Tragicomedia de Lisandro y Roselia
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Title: Tragicomedia de Lisandro y Roselia
Author: active 1542 Sancho de Muñón
Editor: marqués de la Feliciano Ramírez de Arellano Fuensanta del Valle
José León Sancho Rayón
Release date: February 5, 2016 [eBook #51130]
Most recently updated: October 22, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRAGICOMEDIA DE LISANDRO Y ROSELIA ***
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas como MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
interrogación, y se han suplido los signos ¶ que faltan.
* Se ha añadido al final del libro un Índice del que carece el
original impreso.
COLECCION
DE
LIBROS ESPAÑOLES
RAROS Ó CURIOSOS.
TOMO TERCERO.
TRAGICOMEDIA
DE
LISANDRO Y ROSELIA,
_LLAMADA ELICIA_,
Y POR OTRO NOMBRE CUARTA OBRA
Y TERCERA CELESTINA.
[Ilustración]
MADRID,
IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
calle del Duque de Osuna, núm. 3.
1872.
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
A mediados del siglo XVI vió la pública luz en España una obra
titulada _La Tragi-comedia de Lisandro y Roselia_, escrita en
excelente prosa, con algunos muy escandidos versos, y cuya fábula
estaba tan felizmente concebida como ejecutada; mas tales méritos no
bastaron para salvarla del olvido en que hoy yace; que suele tambien
la desdicha perseguir á los libros notables lo mismo que á los
hombres esclarecidos, como si el ingenio y la fortuna difícilmente
pudieran estrecharse la mano.
Esta produccion se ha hecho tan rara, que sólo tenemos noticia de dos
ejemplares[1], uno que conservaba en su selecta librería el Sr. D.
Vicente Salvá, y otro del cual se sacó la esmerada copia que existe
en la biblioteca del señor Estébanez Calderon, hoy del Ministerio de
Fomento; de modo que el público en general está privado de conocer
las bellezas de este libro, cuya escasez de ejemplares, no ménos que
su mérito literario, nos ha movido á incluirle en nuestra coleccion.
Publicóse sin nombre de autor, como tambien aconteció con la famosa
tragi-comedia de _Calixto y Melibéa_, ó la _Celestina_; pero, ménos
afortunado que sus antecesores, cuyos nombres han llegado á saberse,
con gloria para ellos, el autor de _Lisandro y Roselia_, á pesar del
enigma acróstico con que termina su obra, permanece todavía ignorado.
[1] Despues de escrita la advertencia que precede al tomo
anterior, ha llegado á nuestra noticia que ademas de los
ejemplares allí citados, en la biblioteca que en la ciudad de
Granada posee el Exmo. Sr. Duque de Gor, muy rica por cierto en
obras de nuestra antigua literatura, existe tambien un ejemplar
de los _Comentarios_ de Francisco Verdugo.
El Sr. Salvá ocupóse con tenaz empeño en descifrar el encubierto
nombre del autor, pero su trabajo fué completamente inútil; así como
tambien el de otros varios que acometieron la misma empresa con igual
resolucion, inclusos los que ahora dan á la pública luz esta obra
inapreciable, esperando confiadamente que al fin y al cabo alguno
tenga la suerte de revelarnos el nombre de quien ciertamente no
merece seguir desconocido.
Tampoco consta por quién está impreso el libro, ni en qué punto; pero
en esto somos más afortunados, porque podemos decir con seguridad el
nombre del impresor, y en cuanto al punto en que debió imprimirse la
obra, podemos tambien afirmarlo con tantos grados de probabilidad,
que casi raya en evidencia.
El Sr. Colon y Colon, igualmente que D. Nicolás Antonio, la supone
impresa en Madrid, teniendo en cuenta la circunstancia de estar
fechadas en este punto las dos cartas de un amigo del autor, que
ocupan el final del libro; pero esta suposicion carece de sólido
fundamento y cae completamente por su base, considerando que en
la córte no hubo imprenta hasta el año de 1566[2], y que á mayor
abundamiento, no se conserva noticia de que jamas imprimiese en ella
Juan de Junta, que es indudablemente el impresor de la obra.
[2] El primer libro de que hasta hoy tenemos conocimiento se
imprimiese en Madrid es la _Relacion de la muerte y honras
fúnebres del SS. Príncipe D. Cárlos, hijo de Felipe II_,
compuesto por el M. Juan Lopez de Hoyos, impreso por Pierres
Cosiu, en 1568, en octavo; el mismo impresor, en union de Alonso
Gomez, dieron á luz, en 1566, unas ordenanzas sobre el precio
del pan, y en el siguiente año de 1567 el cuaderno de las Córtes
de Madrid. El libro más antiguo de entretenimiento que produjera
la tipografía madrileña es el titulado _Arrestos de amor, que
contiene pleitos y sentencias definitivas de amor, con comento_,
traducido del frances por Diego de Gracian, é impreso en 1569
por Alonso Gomez. Noticias que debemos á nuestro buen amigo y
distinguido bibliófilo Sr. D. José María Escudero de la Peña.
Entre otras pruebas que pudiéramos aducir para demostrar la exactitud
de nuestro aserto, parece la más sencilla y concluyente la que nos
suministra el atento exámen de la misma hoja de la portada del libro.
En efecto, á la vuelta de la portada se advierten unos caprichosos y
bien trazados adornos, y entre ellos notó ya el Sr. La Barrera la
existencia de una cifra ó monograma, que se compone de las letras J.
A., primorosamente enlazadas.
Ahora bien, esta cifra es la que Juan de Junta usaba, como puede
verse, entre otras muchas obras que imprimió, en el _Tractatus
Perutilis Martini de Frias, teologiæ in Salmanticensi academia
professoris_, Salamanca, 1550. En una edicion anterior de la misma
obra, hecha tambien por el mismo Juan de Junta, pero en la cual
no se expresa el lugar ó punto donde se verificaba la impresion
usa igualmente como adorno en la portada la misma cenefa que en la
edicion de _Lisandro y Roselia_.
Ademas nos consta positivamente que Juan de Junta imprimió primero en
Búrgos, despues en Salamanca y Búrgos, y por último se estableció en
Salamanca, dejando, segun parece, su imprenta de Búrgos á Felipe, su
descendiente. Fundados, pues, en estas noticias incontestables, no
vacilamos en afirmar que la tragi-comedia de _Lisandro y Roselia_ se
imprimió en la ciudad de Salamanca, en donde es tambien muy probable
que el autor la idease y escribiese.
Sólo nos resta añadir que viene á corroborar más y más nuestra
conjetura la circunstancia, importante para el caso, de ser
precisamente Salamanca el lugar de la escena en que ocurren los
sucesos del drama que tan magistralmente el autor finge y pinta, y
que ademas se muestra muy conocedor de las costumbres y localidades
de aquella ilustre ciudad, tan concurrida á la sazon y áun mucho
tiempo despues de ricos y galanteadores escolares, de bellísimas y
aventureras damas, de Celestinas astutas y avarientas, y de no pocas
_tias fingidas_ de hermosas y complacientes sobrinas, que sin duda
inspiraron al príncipe de los ingenios españoles la más picante de
todas sus bien relatadas y admirables novelas.
F. DEL V. J. S. R.
[Ilustración: ¶ Tragicomedia de Lysandro y Roselia llamada Elicia y
por otro nombre quarta obra y tercera Celestina. 1542.]
CARTA DEL AUCTOR
EN QUE DIRIGE É INTITULA SU OBRA AL MUY MAGNÍFICO Y ILUSTRE
SEÑOR DON DIEGO DE ACEVEDO Y FONSECA.
Necia querella es, Illustre Señor, los que componen escripturas
de cualquier calidad que sean, intitularlas á señores y príncipes
de sus tiempos, para darles auctoridad y favor con el nombre de
aquellos á quien van dirigidas, conforme á lo que dice Píndaro, que
en todas las cosas el principio ha de ser esmerado. Y como yo los
años pasados tuviese vacacion de graves y penosos estudios, en que
he gastado los tiempos de mi mocedad, buscando alguna recreacion de
los trabajos pasados, compuse esta obrecilla que trata de amores,
propia materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa
torpe ni vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la
naturaleza, dejo los loores que del amor dice Platon en su Simposío,
dejo lo que en la Theogonía escribe Hesiodo, que el amor es el más
antiguo Dios entre todos los Dioses, dejo lo de Ovidio, que el
amor tiene dominio universal, y reina sobre los Dioses y sobre los
hombres, y dejo otras infinitas auctoridades que hablan en esta
materia, porque sería nunca acabar. Sólo quiero decir que si á
alguno pareciere no ser la obra digna de mi profesion y estudios,
se acuerde que casi no hubo illustre escriptor que no comenzase por
obras bajas, y de burlas y chufas, tomadas de enmedio de la hez
popular. Y por dejar otras que podria aquí decir, Homero, el más
esclarecido poeta entre los griegos, las primeras obras que escribió
para ejercitarse y ensayarse para las mayores fueron dos: la una
_La Pelea de los ratones contra las ranas_, y la otra de un hombre
llamado Margites, inhábil para todos los oficios de la vida, de las
cuales, la primera dura hasta nuestros tiempos, de la otra, en el
sexto de las _Eticas_ Aristóteles, y Plutarco en los _Morales_, y
otros auctores hacen mencion. Virgilio, asimesmo, el más excelente
poeta entre los latinos, ¿quién no sabe, ántes que compusiese
aquellas tres principales y divinas obras, haberse primero probado
en la mocedad en aquella obrecilla que se llama _Pulga_, y en las
_Priapeyas_, obra deshonesta y de torpes y ilícitos amores, y en
otras niñerías que todos leen en los que se dicen parvos? Lo mesmo
se lee de Lucano, esclarecido poeta, y de otros muchos auctores,
así griegos como latinos, como de nuestra nacion, que dejo por no
ser prolijo. Y así es que la órden en todas las cosas es comenzar
por lo poco, y proceder, como dice Prician, á lo que es más. Y
dice sabiamente Séneca que si se consideran bien todas las cosas
naturales, hallaremos tener muy pequeños principios, despues el
tiempo las engrandece y perficiona. De lo sobredicho parece que no
se me debe á mí atribuir á culpa, si determinado de escrebir he
comenzado por materias bajas y de pasatiempo, pues que, como en el
primero de sus Oratorias Instituciones escribe Quintiliano, digno es
de perdón el que yerra, si sigue grandes capitanes. Buscando, como
dije, favor á esta obrecilla, acordé intitularla á vuestra merced,
porque, lo que por sí no puede, alcance por la sublimidad y méritos
de vuestra merced, persona de tan esclarecidos antepasados que
libertaron y redimieron esta nuestra patria de graves exacciones y
pechos, de condicion tan suave, apacible y angélica, que siendo casi
el príncipe de su ciudad, es tan amoroso y humanísimo, hasta con los
más bajos, que más parece igual de todos, que no señor de todos, como
lo es, y así todos le aman como á igual, y por otra parte le acatan y
reverencian como á señor. Dejo el conocimiento de la lengua latina,
la dignidad, disposicion y gracia de su persona, la liberalidad y
otras preeminencias que en vuestra merced relucen, que, por ser á
todos notorias, es á mí excusado de decirlas por menudo. Suplico
humildemente á vuestra merced no mire el dón, sino la voluntad del
dador; á nadie, como dice Plinio, fué atribuido á vicio sacrificar
con lo poco que tuviese; yo al presente no me hallo con más precioso
dón. Placerá á Nuestro Señor que adelante pueda servir á vuestra
merced con escripturas de materia subida y digna de persona tan
clara y valerosa como vuestra merced, cuya illustre persona y estado
conserve Nuestro Señor, y aumente por muy largos años á su servicio.
PRÓLOGO
AL DISCRETO LECTOR.
Aquel tan afamado hijo de Driante, Licurgo, rey y legislador de los
lacedemonios, por el demasiado amor de vino y torpe embriaguez que
en muchos veia, se dice haber talado las viñas, pareciéndole ser
éste bastante remedio para apartarles de aquel vicio. Mas en esta
parte es reprendido de Plutarcho en el libro, _De la manera que se
ha de tener en leer y oir las ficciones poéticas_, y á mi parecer
no le falta razon, porque fuera muy mejor, si queria que los suyos
se templasen, enseñarles á usar moderadamente del vino mezclándolo
con agua, la cual, de tal manera quita en él lo que daña, que no
acaba de consumir lo que aprovecha, ca, como dice Platon la potestad
de un dios sobrio (que como él entiende es el agua) refrena la
insania y fortaleza del furibundo dios Bacho, y en ellos fuera muy
mayor virtud, de tal manera recibieran esta doctrina, que trayendo
entre manos la ocasion de caer, supieran tener el medio sin faltar
en el vicioso extremo. He traido esto, discreto y sabio lector, á
propósito de una cuestion que mucho tiempo há dura entre los sabios
así católicos como gentiles, en la leccion de las ficciones y
cuentos fabulosos y poéticos, en cuál de las dos maneras que agora
diré nos hayamos de haber. Unos son de opinion que á imitacion
de lo que cuenta Homero de los compañeros de Ulíses, en mentando
ficcion poética, tapemos las orejas con cera, y á gran furia pasemos
adelante, como aquéllos hacian, por no oir el canto de las serenas.
Otros aconsejan que de tal manera paremos en los fabulosos cuentos,
que sepamos aprovecharnos de lo bueno á que ellos van enderezados, y
desechar lo malo que muchas veces adrede los que las tales ficciones
compusieron, mezclan con la doctrina filosófica que en ellas enseñan
por conformarse con la calidad de las personas que introducen, como
si introdujesen un mancebo vicioso que habla cosas en favor del
deleite, ó un tirano en favor de la crueldad, ó un avaro en favor
de la avaricia, no por esto hemos de entender que la intencion de
aquel autor fué alabar aquellos vicios, sino que los quiso pintar
con sus colores para que el de sano entendimiento se supiese guardar
de ellos. Podria decir alguno, esa doctrina yo me la tomaré de los
filósofos que hicieron libros de filosofía moral, y allá os avenid
vos con vuestras ficciones de poetas. A esto está la respuesta muy
fácil; primeramente, que los poetas no son sino filósofos, ni fué su
intento tratar de otra cosa sino de filosofía y otras sciencias, mas
porque vieron que la doctrina de la verdad no es muy suave de oir
para muchos, quisiéronla envolver en fábulas, porque de mejor gana
los lectores se aficionasen á percibir aquella doctrina amarga con
el dulzor de la ficcion fabulosa. Ésta es la causa mesma y descuento
que da Lucrecio en el cuarto de su Poética Philosophía. Quise (dice
Lucrecio) tratar de cosas grandes y oscuras, envolviéndolas en verso
heroico y en el donaire y gracia de las Musas para hacellas más
fáciles á aquellos que se entristecen en tratar cosas de véras por el
poco uso que tienen de ellas, á imitacion de los médicos, que para
hacer que los niños con ménos dificultad tomen el amargo zumo de los
axenxos, les untan los labios con miel para que á vueltas de aquel
dulzor beban la amargura de aquello que les ha de ser medicina. Ansí
que á esta manera de enseñar se podrá aplicar y entender fácilmente
lo que decia Philopono, poeta, de las carnes, aquéllas ser más
sabrosas que no son carnes, y de los pescados aquéllos más dulces
que no son pescados. Es, pues, dificultosa y amarga la doctrina
de la verdad y virtud, la cual, junta con el dulzor de la fábula,
es hecha más fácil, y ámanla más oir y conocer aquellos que, como
decia Caton, tienen el sentido del paladar más vivo y agudo que no
el del entendimiento. Estos tales es cosa de maravilla cuán atentos
y obedientes discípulos son á oir fábulas así como las de Esopo, y
otras tales que son sacadas del tuétano de la philosophía moral,
y que sin dubda viviria bienaventurado el que obrase lo que por
ellas se concluye. Bien conocia esto Sócrates, del cual se lee que
para persuadir lo que queria, era grande artífice de ficciones, y
que tanto le parecieron bien las fábulas de Esopo, que las volvió
en verso, y de esta manera se hallan usurpadas en poetas griegos y
latinos. De una de dos maneras persuaden los philósophos y retóricos
alguna doctrina, amonestando á buenas cosas, como escribe Aristóteles
en el segundo libro de su Retórica: ó por argumentos y razones
vivas, ó por exemplos. Dexados aparte los argumentos, los exemplos
son en dos maneras, ó fingidos ó verdaderos; fingidos como los que
ahora diré, porque el mesmo Aristóteles usa de ellos. Queriendo
Esopo, frigio, persuadir á los de Samo, que no es bien desear nuevo
señor puesto que sea tirano y usurpador de las haciendas de los
pobres, porque al cabo éste en algun tiempo se hartará y dexarles ha
algo con que pasen la miserable vida, mas el que de nuevo viniese
acabarlos hia de asolar como viene de refresco, y á ellos los tomó
sobre cansados, usa, pues, de semejante fábula: En tiempos de grandes
calores, cayó la raposa en un tremedal, y sin poderse rebullir,
en poco tiempo fué llena de moscas caninas; pasando por ahí el
erizo, habiendo compasion, preguntóle si queria que se las quitase,
respondió ella que no, diciendo que aquéllas, como ya estaban hartas
de chupar su sangre, ya era muy poca la que le sacaban, y que si
aquéllas le echaba vendrian otras muertas de hambre que le acabarian
de beber toda la sangre que le quedaba. Así el señor que ya está
enriquescido no daña tanto, mas si éste se alanza, sucede otro pobre
en su lugar, que acaba de agotar lo que queda, y toda la república se
destruye. Es, pues, grande la fuerza de la ficcion para persuadir,
así como hace mucho más el color que sola la raya para que una imágen
humana parezca más clara. La semejanza de la verdad mezclada con
ficciones hace atónitos en alguna manera y engaña aquellos que la
oyen. Dicen que la mandragora tiene tal virtud, que si nasce cerca
de las vides hace que se ablande la fuerza que el vino habia de tener
para embriagar, así la poesía toma de la philosophía la doctrina, y
juntándola con la mandragora del cuento fabuloso, hácela más blanda
y fácil para ser percibida. Es, pues, la ficcion un buen engaño
fabricado para traer con él á lo bueno no á hombres que tienen baxo
entendimiento y grosero, porque estos tales no se dexan así engañar
como cuenta Plutarcho, que preguntado Simónides, poeta, por qué con
su poesía no engañaba á los de Thesalia, respondió, que eran más
necios de lo que convenia para poder ser engañados de él. Gorgias,
preguntado qué cosa era tragedia, respondió ser un engaño, el cual
hace mejores á los que le usurpan que á los que huyen dél, y más
sabios á los engañados que á los que no se dexan engañar dél. Pues si
venimos á las fábulas de que están llenos los poetas antiguos, que ni
llevan piés ni cabeza, hallarémoslas llenas de alegorías y notables
singulares y fundadas sobre algun principio de verdad. Quien á mí no
me creyere lea á Palefato, autor antiguo y de mucha autoridad; el
cual, viendo que la más de la gente no tomaba más de la corteza de
la fábula creyendo cosas del todo imposibles con gran diligencia y
cuidado, peregrinando por el mundo, informándose de hombres ancianos,
averiguó muchas verdades que estaban paliadas con fábula. De muchas
que él pone, contentarme he con una, remitiendo á él al deligente
lector: no hay quien no sepa la fábula de Acteon, como le comieron
sus mesmos canes, siendo convertido en ciervo de la diosa Diana, que
contra él estaba airada por el atrevimiento que habia tenido de verla
desnuda; ¿quién no sabe de Xenophon y Plinio y todos, cuán grande sea
el amor que naturalmente los perros tienen á sus señores, y sobre
todo los de caza? acordaron los poetas de fingir semejante cosa,
porque oyendo tal exemplo los otros hombres se refrenasen de ofender
á Dios, que tiene poder para castigar los malos y galardonar los
buenos. La verdad de esta fábula fué que hubo en Arcadia un hombre
llamado Acteon, muy amigo de la caza, lo cual en aquel tiempo era
causa de mayor escándalo que agora, porque no sabian los hombres
ocuparse en otro exercicio más de en la agricultura. Pues Acteon,
olvidado de ésta, dióse á sola la caza, y menospreciado el cuidado
de su casa, faltóle la hacienda y con ella la vida; de allí vino á
andar por las lenguas de los hombres: ¡ay cuitado de tí, Acteon, que
de tus propios canes fueste comido! Cuantos Acteones hay en nuestros
tiempos, no solamente comidos de perros, mas aún de malas mujeres.
Y porque no sea todo traer exemplos de gentiles, remítome á lo que
el bienaventurado Sant Basilio dice de la leccion de las ficciones
de poesía en un sermon que hizo á los mancebos, de la manera que
han de tener para aprovecharse y tomar doctrina de los poetas y
fabulosas ficciones. El glorioso Sant Hierónimo, como todo el mundo
sabe, fué muy reprendido de los eclesiásticos de su tiempo, porque se
daba tanto á la elocuencia de Ciceron y á la leccion de los poetas;
dexadas otras muchas respuestas, que da por todas sus epístolas
dignas de tan alto y divino varon pondré una. Dice, pues, la poesía
estar figurada en el Deuteronomio por una costumbre que los judíos
tenian, que cuando cautivaban algunas mujeres extranjeras no podian
casar con ellas sin primero cortarles las uñas y los cabellos. Mas
porque esta figura, á este propósito tomada de Sant Hierónimo, en
estilo heroico la declara y aplica á la poesía aquel real poeta Juan
de Mena, parescióme cosa no ajena de mi propósito poner aquí sus
palabras:
¶ Usemos de los poemas
Tomando dellos lo bueno,
Mas huyan de nuestro seno
Las sus fabulosas temas;
Sus ficciones y problemas
Desechemos como espinas,
Por haber las cosas dinas
Rompamos todas sus nemas.
COMPARACION.
¶ Primero, siendo cortadas
Las uñas y los cabellos,
Podian casar con ellos,
Sus cautivas ahorradas
Los judíos, y alimpiadas,
Hacer las israelitas
Puras limpias y benditas
A la su ley consagradas.
APLICACION.
¶ De la esclava poesía
Lo superfluo así tirado,
Lo dañoso desechado,
Siguiré su compañía;
A la católica via
Reduciéndola, por modo
Que valga más que su todo
La parte que hago mia.
Hémonos, pues, de haber en la leccion de los libros que contienen
semejantes maneras de doctrinas, de la manera que nos hemos cuando
queremos coger rosas del rosal, que trabajamos de cogellas de tal
manera que no nos ofendan las espinas. Y pues tenemos discrecion para
tomar los manjares que nos han de aprovechar, y desechar los dañosos,
fea cosa sería no tenerla para hacer esto en los manjares que dan
mantenimiento al alma, imitando á las abejas que ni se asientan en
todas las flores, ni de aquellas en que se asientan toman más de lo
que les hace al caso para la fábrica de su miel, y lo demas dexan,
cosa digna de reprension sería que no bastase en nosotros la razon
á hacer lo que en ellas hace el instinto natural. Estas y otras
muchas razones que aquél dexó de decir por no ser enojoso, movieron
á nuestro autor á componer este libro lleno de avisos y buenas
enseñanzas de virtud sacadas de muchos autores santos y profanos, con
no pequeño trabajo y mayor cuidado, con celo de la utilidad pública.
Por lo cual, yo en su nombre, suplico á todos los que le quisieren
tomar en las manos, juzguen su buena y sana intencion.
_COMIENZA LA OBRA._
¶ _Síguese la tragicomedia de Lisandro y Roselia, llamada
Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina._
✠
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL PRIMER ACTO.
Lisandro, noble mancebo, pasando por cierta calle, vió á
la ventana á Roselia, doncella de alta guisa, de cuyo amor
es vencido; trabaja Oligides, su leal criado, con muchas
razones y exemplos de apartarle de este propósito, y al
cabo, como ve que su trabajo es en balde, promete de darle
medios como pueda llevar á execucion sus deseos.
LISANDRO. — OLIGIDES.
_Lisandro._ ¡Válasme el poderío de Dios!
_Oligides._ ¿Qué es, señor?
_Lis._ Desplega tus ojos, levanta tu sentido, verás una criatura en
quien Dios soberanamente se esmeró con su pincel en el debuxo de su
fermosura: Apélles, excelente pintor, no supiera pintar tan perfecta
imágen, ni natura pudiera más obrar en su perfeccion. ¡Oh divino
resplandor, que deslumbras como sol á los ojos que te miran!
_Olig._ ¿Dó está?
_Lis._ Ya es traspuesta la nueva lumbrera, aquella que con aventajada
claridad al dia priva de su luz. Ya el envidioso lienzo se interpuso
y causó eclipse, escureciendo mi corazon con una profunda tiniebla.
_Olig._ ¿Es la que recostada estaba en la ventana del encerado?
_Lis._ Esa mesma: la que preso me dexa en cárcel de amor, allá en
lo de crímen. ¡Oh, si bien la vieras, contempláras una concorde
proporcion de sus miembros; un lindo talle de cuerpo, un rostro de
serafin, unos ojos matadores, una gracia, en cuanto Dios puso en
ella, que no parece sino piedra iman, así atrae y mueve aún los
corazones de acero, y los hombres para sí convierte con su jocunda
vista, no ménos que Orfeo con su dulce arpa las bestias fieras atraia
al sonido de su armonía, y las serenas del mar los navegantes hacian
detener con la canora melodía del sabroso canto que sus voces, en
compas regladas, formaban con aquel suave estruendo del su gracioso
nadar! Agora doy crédito á las fábulas que dicen que Medusa tornaba
los hombres que la miraban en piedras.
_Olig._ Señor, ¿no miras que estás parado en lugar sospechoso, y que
darás que decir á las gentes? Menéate, y vamos de aquí, no estés
hecho piedra mármol.
_Lis._ ¡A dó iré con el cuerpo! pues el alma que regirle habia le
desmamparó; mal se guia la nao sin gobernalle, mal el barco sin remo,
lo espiritual donde obra, ahí se dice estar, mis pensamientos todos
se ocupan en Roselia, y por ende estoy fuera de mí.
_Olig._ No te congoxes por lo que por ventura sería muy fácil, por
mis medios, de alcanzar.
_Lis._ Habla cortés; sin tiento prometes lo que hacer no podrás,
piensa primero lo que dices, no te sea feo despues volver atras tu
palabra.
_Olig._ Lo dicho dicho.
_Lis._ No puedo creer que tal dicha en mí cupiese, que la cerugía
de mi mortal é incurable llaga esté en tus manos puesta; por
imposible tengo que nadie pueda merecer alcanzar dama tan soberana
en todo merecimiento. Por cierto, suma bienaventuranza sería para
mí si solamente gozase de su divina vista, que con tal refrigerio
mitigarse ía, en parte, el ardiente fuego que mis entrañas abrasa.
_Olig._ Señor, yo, cuando pequeño, fuí paje de su padre que en gloria
sea, y su madre quiéreme mucho, y por este amor y conocimiento,
entro allá y salgo y hablo con Roselia, trayéndole á la memoria que,
cuando era niña, yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba, y con
otras cosas de niñez con que los niños en aquella edad se suelen
regocijar. Mira, pues, señor, si te puedo servir, y si hay lugar de
cumplir lo prometido, que un dia que otro, yo la tomaré sola á parte
y le diré de tí por el mejor estilo que sepa. Pero avísote que te
metes en un abismo profundo, en un encenagado piélago, en un mar sin
pié, en un entrincado laberinto, que primero que de él salgas has
de pasar por muchos peligros, trabajos, zozobras que te sobrevernán
si prosigues este intento. Mira bien (pues eres sabio) los fines y
remates que suelen haber los amores. ¿Qué fin hubo Achíles, capitan
de los griegos, que por la hermosura de Polixena, fija de Priamo, se
perdió, cuando Páris, en el templo de Apolo, le echó una saeta por el
cuerpo? ¿En qué acabó Pirro, el que con Hermione, hija de la linda
Elena, por amores se casó? Oréstes, su esposo, lo mató. ¿Qué diré
del mancebo Leandro, el cual pasando á nado el Hellesponto por holgar
con su amiga Ero, que de la otra parte estaba, al fin se ahogó? Pues
Diocles, fijo de Pisistrato, habiendo contaminado una vírgen que
mucho queria, fué muerto del hermano de la doncella. ¿Quién no sabe
las batallas campales que Turno por Lavinia, fija del rey latino, con
Enéas tuvo? Dél fué vencido, desbaratado y lanzado de su reino. Bien
habrás tambien leido lo de Marco Antonio, capitan romano, que cautivo
del amor de Cleopatra, reina de Egipto, por su causa rebelló contra
su patria, y vino á morir á manos de su enemigo César. Si venimos á
nuestros tiempos, dime, ¿en qué paró Macías el enamorado? alanceado
murió. ¿En qué, aquel que por un cordel de sirgo, trepaba á unas muy
altas almenas por gozar de la sargenta? cayó del escala, que ni habló
ni se bulló más. Pues notoria es á todos la fama del bien enamorado
portugues á quien los disfavores de su desdeñosa amiga traxeron á tal
estado, que de sí mesmo fué homicida. Al caballero de Almazan, cuán
desastrado fin acarrearon sus amores, que su hermano el Conde, segun
fama, le empujó de las escalas, y se descoyuntó. No acabaria de aquí
á mañana si hubiese de traerte á la memoria todos los malos recados
que de semejantes negocios se han seguido.
_Lis._ Nada me mueven tus exemplos; dexa esa materia, que por demas
fatigas tu lengua á darme consejo, dada es la sentencia que yo
muera en tal demanda; aunque mil vidas perdiese las daria por bien
empleadas, que ya ardo en fuego de amor: ya se emprendieron mis
entrañas con sólo el resplandor que del mirador salia, do aquellos
pechos virginales recostados estuvieron. ¡Oh fino eslabon de tu
fermosura, que en cualquier empedernido corazon que dés tus retoques
haces saltar las centellas, que con poca yesca enciendan lumbre y
acuden por todas partes de mi cuerpo las vivas llamas! Ya la leña de
tu memoria ceba el brasero con abrasadas ascuas, donde mi alma queda
en purgatorio fasta que tú de allí la saques.
_Olig._ No te aflijas, que para todo hay remedio sino para la muerte.
Pésame que lo más noble que tienes, que es el ánimo, lo sujetas á
cosas mortales y lo empleas en aquello que ni quietud ni reposo darte
puede, ni despues de alcanzado, sosiego y gloria permanente.
_Lis._ Inmortal es la que yo amo, y la que vi ángel es moradora del
cielo, pues su angélica figura sobrepuja y vence con belleza á todo
lo criado, y sus gracias todo tu humano juicio tracienden.
_Olig._ ¿Ángel te parece la que del amor divino te retrae, y del
Criador á la criatura tu deseo inclina, la que descubre camino para
tu perdicion?
_Lis._ Por ángel tengo y juzgo, y ansí la confieso, aquella cuyo amor
hace que ame á Dios como causa del tal efecto.
_Olig._ Perviertes el órden, señor.
_Lis._ ¿En qué manera?
_Olig._ Porque todo lo criado en razon del Hacedor amar se debe, tú
al reves haces y lo contrario sigues de lo que la maestra natura
nos enseña, que es amar al principio por sí mesmo, y la labor en su
orígen.
_Lis._ ¿San Pablo no dice que de lo visible venimos en conocimiento
de lo invisible?
_Olig._ Eso no contradice á lo dicho, ni traes nada á consecuencia.
_Lis._ Ora déxame, no me prediques.
_Olig._ ¡Oh señor! que tuerces á manizquierda, y hace mucho, agora
que eres mancebo, escoger la manderecha. Bien entiendes si has leido
la letra de Pitágoras, y sabes la significacion y inteligencia de la
Y griega. Toma exemplo de Hércules, que eligió el camino trabajoso
y dexó el vicioso cuando encontró con aquellas dos diosas, la una
llamada vicio, la otra virtud; la una hermosa, fresca, graciosa,
afable, vestida de ricas ropas, llena de mil deleites, acompañada
de placer y de otros muchos pasatiempos; la otra orinienta, sucia,
estropajosa, fea, vieja, maltratada, zahareña, rigurosa, áspera,
rodeada de trabajos y afanes; la primera púsosele delante, que todo
aquello le daria, descanso, contentamiento, alegría, gozo, frescores
y deleites de la vida si su parcialidad siguiese, pero no hacia
mencion del paradero; la segunda dixo que nada de esto tenía que le
dar sino fatigas, ánsias y penas aquí, mas que si bien lo hiciese,
le prometia despues eterna fama y gloria perpétua, la cual antepuso
Hércules á todas las holguras presentes. Por seguir este camino
angosto y estrecho de la virtud, Ephrain, aunque menor, hubo la
bendicion paternal de la mano derecha que su padre Jacob, que, para
morir estaba, volvió á él en contra de Manases, hermano mayor, que
descuidado era en el culto divino. Al fin, por muchas tribulaciones
nos conviene conseguir el reino de Dios, pues á Cristo, adalid
nuestro, fué necesario padecer, y así entrar en su gloria.
_Lis._ Mueves la pesada piedra cuesta arriba y das martilladas en
hierro frio. Solo el afilado cuchillo del desmedido dolor que espero
en el disfavor de Roselia es poderoso para me penetrar por mil
partes, lo demas no.
_Olig._ De diamante es tu dureza, que la sangre del torpe cabron te
enternece, doma y ablanda, y no hace mella en tí la punta acerada
de verdaderas razones, ni señal la palabra de Dios que á dos filos
corta. Si en otro contemplases lo que en tí ver no puedes, por
esa niebla levantada de la tierra sensual que lanza de tí ese tu
encendido calor fasta cegarte, verias un hombre avariento y codicioso
que, atados piés y manos de cadenas de oro macizo, y inhábil para
cualquier cosa, por una parte desea ser desatado, porque los
eslabones de la gruesa cadena le lastiman, aprietan y hieren, por
otra no quiere perder ni dexar tan preciadas ligaduras, á las cuales,
libre, accion ni derecho tendria; bien así tú, señor, quéxaste y
buscas remedio, porque la nueva prision, con sus molestos y enojosos
ñudos te causan crecido tormento, y sabes que, para verdaderamente
ser suelto, has de deshacer esos lazos, que tan disformes ronchas por
tantas partes afearian tu fama, y con la llave de la razon abrir el
candado de los grillos y esposas con que preso estás y fuertemente
ligado; y viendo esto, con desman rehusas la secreta ganzúa de
viva razon que abriria la ciega cerradura de Cupido, y el radiante
resplandor de la cadena con los rayos rutilantes te ciega y halaga
tu prision, y te trae la mano por el cerro haciendo de tí cera y
pábilo, y te tiene impedido que no veas con limpios y claros ojos en
tí lo que en otro viendo por locuras juzgarias. Paga, paga, señor, el
carcelaje con alguna pena que al presente sentirás, y dexa á Roselia
que preso en tenebroso suétano te tiene. Loco es el hombre que sus
prisiones ama, aunque sean de oro.
_Lis._ Pierdes trabajo, no me quiebres la cabeza con tus porradas. Hi
de puta el necio, qué caramillos arma por salirse afuera del juego.
_Olig._ Mi deber hago, que es darte consejo porque no me condenes
arrepentido.
_Lis._ ¿Arrepentir? Ya me viese en tan sublime estado que pesar me
pudiese de lo que nunca me pesará. Mas, por mi vida, Oligides, no
solias tú ser tan sancto ni lo eres, ¿qué es esto?
_Olig._ En todas las cosas, señor, guardar el medio es loable cosa, ó
no digna de tanta culpa como sería exceder en los extremos; yo, si
peco, con templanza peco.
_Lis._ ¿Qué excesos me ves tú hacer?
_Olig._ Meterte en el amor en quien, como dice el cómico, todos estos
vicios reinan, injurias, sospechas, enemistades, envidias, celos,
iras, pecados, vigilias, paz, guerra, tregua.
_Lis._ La aguja de mi razon enderezará esa nao de confusa discordia.
_Olig._ Señor, la cosa que en sí ni tiene consejo, ni órden recibe,
regirse con razon no puede.
_Lis._ Ay, ay, ay, miserable me siento, la vida me es enojosa, ardo
en amor, vivo me quemo, y muero y no sé qué me haga.
_Olig._ Basta las penas y pesadumbres que consigo el amor acarrea,
sin que tú más le añadas.
_Lis._ De tí me quexo, que me puedes remediar y no quieres.
_Olig._ Buena medicina te daba si la conocieras; pero, pues dices
eso, aunque poco puedo, mis fuerzas pondré en servirte en este
negocio, y no me acuses cuando salieres del yerro en que estás
metido, y plega á Dios que en paz salgamos todos, y no seamos tus
servientes cebo de anzuelo ó carne de buitrera.
_Lis._ ¿Qué piensas hacer?
_Olig._ Mañana te doy la respuesta.
_Lis._ En tus manos encomiendo mi ánima y mi espíritu.
_Olig._ En las de Dios, señor.
_Lis._ Llama.
_Olig._ Entra, que abierto está.
_Lis._ Di á esos mozos que no me trayan de cenar.
_Olig._ No te apasiones, cena, no dobles tus males.
_Lis._ No estoy para ello.
_Olig._ A más que esto vendrás de esta vez que á no comer, mas, ¿qué
se me da á mí? ahórquenlo en buen dia claro, siquiera se muera ó le
tome el diablo. Andaos por ahí á decir verdades y moriréis por los
hospitales; no es tiempo de eso, ya me llamaba sancto, y pardios
las buenas doctrinas de Eubulo, criado antiguo de esta casa, me
habian casi convertido; pero poco puedo medrar con sus devociones y
sanctidades; no ando yo tras eso, ni es esto lo que busco. Quiero
perquisar y inquerir con mi pensamiento la entrada á Roselia y ser
alcahuete, venga el bien y venga por do quisiere, á tuerto ó á
derecho nuestra casa fasta el techo, que buena parte me cabrá de sus
amores, que á rio vuelto, como dicen, ganancia de pescadores.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL PRIMER ACTO.
Despues de ido Oligides á dar órden como su señor se vea
con Roselia queda Lisandro manifestando su pasion con
palabras muy lastimeras á Eubulo, hombre de honestas
costumbres, criado suyo. Éste nunca cesa de darle consejos
buenos, aunque por demas se fatiga. Vuelve Oligides y dice
que hay oportunidad para ver y hablar á Roselia. Cabalga
Lisandro; van delante dél sus dos mozos de espuelas Siro y
Geta. Éstos pasan entre sí cosas muy donosas, de las que
entre semejantes suelen pasar, y al cabo burlan de los
desatinos que su amo, vencido del amor, dice á su querida
Roselia. Venido Lisandro, retráese á su aposento.
LEANDRO. — EUBULO. — OLIGIDES. — SIRO. — GETA.
_Lisandro._ ¡Ay de mí si tan discreto fuese para quexarme como soy
yunque para sufrir! entónces conocerias, Eubulo, en mis abrasadas
palabras el fuego del lastimado corazon, que no basta á sufrir golpes
de tanto dolor; porque cuanto más el deseo se aviva, tanto más la
esperanza me fallece de gozar de aquel ángel caido del cielo para
enamorar el mundo, cuya figura, no ménos tengo en mi ánima estampada
y impresa que enclavada en mi memoria.
_Eubulo._ Señor, si vas por el camino de tu deseo, créeme, que no
irás conforme á discrecion y tu honra, ca la pasion que te ocupa no
te dexará juzgar la verdad. No te arrojes ni abalances en esa hoguera
tan apresuradamente sin primero mirar lo que haces, que las cosas
arrebatadas siempre traen arrepentimiento, que quien de presto se
determina muy de espacio se arrepiente. Esfuerza á desechar de tí ese
desatinado amor, langosta de todas virtudes; y dado que difícil se te
haga y cuesta arriba, por eso piensa que en las grandes afrentas se
conocen los grandes corazones. No te dés por vencido ni te acobardes,
pues el esforzado acometer hace muchas veces al hombre vencedor.
_Lis._ Bien veo, Eubulo, que á tus tan sentenciosas palabras no
bastan ningunas fundadas razones; pero, ¿qué quieres que haga, que á
las fuerzas de amor el resistir es querer ser vencido?
_Eub._ El huir es vencer, por ende huye las ocasiones, no pases más
por su puerta ni la veas.
_Lis._ ¿Qué dices, mal mirado? ¿que no vea la lumbre de aquellos
alindados ojos que alegremente esclarecen la oscura pena de mi alma?
¿Que no vea aquel cuerpo glorificado, en quien Dios francamente
repartió sus gracias? ¿Que no vea aquella soberana pintura cuyas
sobras de fermosura, si repartidas fuesen por todo el mundo, no
habria cosa fea en él?
_Eub._ Bien muestras que el amor se ha en tí aposentado, pues no
consientes algun consejo ni tienes reposo. Esto digo, que más vale
prevenir el mal con remedio que no, despues de venido, con diligencia
curallo. Ataja esos nuevos deseos, cercena y corta los malos apetitos
que brotan para perdicion de tu alma y destruccion de la honra;
agora, señor, en los principios has de mirar, que de los fines la
ventura es el juez.
_Lis._ ¿Dónde se me puede á mí seguir más honra y más bienaventuranza
que de emplearme todo en la contemplacion de aquella cuya memoria da
sér á mi vida, y á quien por sus merescimientos todos los mortales
deben servir? Llámame acá á Oligides, que mucho tarda.
_Eub._ Escocióle el buen consejo.
_Lis._ ¿Qué dices?
_Eub._ Digo que voy.
_Lis._ Allá irás. Al diablo tanto discreto como yo tengo en esta
casa; pero no sé cómo lo son, que el necio callando es habido por
discreto, como el falto encubierto por cumplido; éstos, parlando, se
hacen cuerdos.
_Eub._ Señor, vesle aquí, viene de fuera.
_Oligides._ De tus negocios, señor.
_Lis._ ¡Oh hermano Oligides! no ménos alegre me haces con tu venida,
que deseoso he estado de tu presencia; mas, ¿qué alegría puede tener
aquel que los dias vive con trabajos y las noches vela con pesares y
tormento? el cual con tu tardanza acrecentaste poniendo en olvido mis
cosas, que sabes que en las cosas de amor la presteza es loable.
_Olig._ ¡Oh, señor! siempre me olvido de mí mesmo por acordarme de tu
servicio, y ¿dícesme eso?
_Lis._ ¿Pues qué has pensado en mi remedio?
_Olig._ ¿Qué? que pardios vengo de allá; y si vas luégo verás á
Roselia en la ventana de jaspe, y podrá ser que la hables si te das
buena maña, que su madre Eugenia es ida á ver á su hermano Menedemo,
que malo está.
_Lis._ ¿Y tardabas en decírmelo? Mozos, Siro.
_Siro._ Señor.
_Lis._ Saca ese cuartago blanco y límpialo, y ponle las mejores
guarniciones y más ricas que tengo. ¿Tardas, lerdo? ¡rabiosa landre y
fin desastrado te arrebate! así eres perezoso.
_Sir._ Ahí te estarás, don necio testarudo; no se le cuece el pan, en
un momento lo querria ver todo hecho.
_Lis._ Llégate acá, único socorro de mis pasiones, ¿qué nuevas traes?
¿Hablaste con aquella que par no tiene en la tierra, y en el cielo
compete con los bienaventurados?
_Olig._ Otro Calixto hereje tenemos.
_Lis._ ¿Qué dices de Calixto?
_Olig._ Que no tuvo tanta razon para amar á Melibéa, aunque fué
mucha, como tú tienes para querer y desear á Roselia.
_Lis._ ¿De mi señora dices? Es un laberinto en grandeza y
merecimiento, un mar océano de gracias, un dechado de virtudes, una
regla de fermosura en la cual se conoce todo lo imperfecto cotejado
con ella. ¿Vístela?
_Olig._ Visto la hé.
_Lis._ ¿Burlando lo dices agora? ¿digo si la viste?
_Olig._ Víla.
_Lis._ ¿Qué te pareció?
_Olig._ Una estrella del cielo caida.
_Lis._ Poco dices.
_Olig._ Un retrato sacado de la hermosura de Vénus.
_Lis._ ¿De Vénus ó qué? y, ¿qué tienen que ver las tres diosas
discordes en el debate de la manzana con la diosa Roselia? mal la
miraste. Pero dime, ¿qué has negociado?
_Olig._ Yo vengo de allá, y estaba Roselia con su madre, y por esta
causa no se ofreció lugar para en secreto manifestarle tu pasion; mas
no dexé declarársela en público con palabras encubiertas, si ella me
quiso entender.
_Lis._ Dime eso, que me es sabroso de oir.
_Olig._ A la fe preguntóme Eugenia con quién vivia, de aquí tomé
yo ocasion y materia para decir de tí muchos loores, con achaque
que tenía buen amo y que estaba á mi contento; y tanto me extendí
en figurar tus perfecciones por extenso, que temo haber caido en
sospecha á su madre, y que haya sentido mis pasos. Finalmente, dixe
que de pocos dias acá una grave dolencia te tenía en la cama, y en
esto hice del ojo á Roselia, entónces ella sonrióse; creo que me
entendió, y en Dios y en mi ánima que no le pesaba cuando de tí me
oia mentar, que bien atenta estuvo. Así que, señor, como el aparejo
faltase y no hubiese oportunidad á lo que iba, y tambien que la madre
se componia para vesitar á su hermano, despedíme, y dejo á Roselia en
la ventana que sale á las huertas.
_Lis._ ¿No podias tornar despues que se fué Eugenia?
_Olig._ Allegáos á eso; déxala tras siete llaves.
_Lis._ ¿Viene ese caballo?
_Sir._ Señor, vesle aquí.
_Lis._ ¿Habias tú de subir en él ó yo? limpia esas ancas, torpe.
_Sir._ Señor, Geta lo almohazó.
_Lis._ ¡Lléveos el diablo á tí y á él!
_Sir._ A tí te llevará, pues te tiene ya por suyo.
_Geta._ ¿Qué dexiste de mí?
_Sir._ Déxame, que temia algun palo de aquel desabrido loco.
_Get._ ¿Y por eso me habias de hacer culpante de tu yerro? Así se
urden ellas, ¿no viste el agudo, como punta de majadero? rascaba yo
el caballo, y íbalo él á fregar con el mandil pisado de la mula para
ensuciar lo que yo limpiaba: ¡hí de puta, si me vieras hacer cosa
que no debiera, como lo parláras luégo! Pues si yo dixese la llaga
que heciste al caballo alazan en el bezo con el acial cuando lo
herraba, no estarias más un dia en casa. Si quieres que digan bien de
tí, Siro, no digas mal de ninguno.
_Sir._ De poco te enojas; aparejado eres para haber ruido.
_Get._ Hoy, por mi vida, no se te entiende, que si una vez toma tema
conmigo este atreguado, jamas se le quitará de la boca asno, puerco,
bobo, masca-paja.
_Sir._ Calla tú, que á buen callar llaman Sancho.
_Get._ ¡Qué consuelo aquél! que os dé Dios salud.
_Sir._ Pues ¿dígote mal, que á mal decidor seas discreto oidor?
_Get._ ¿No sabes que sanan llagas y no malas palabras?
_Sir._ Oye, oye, que nuestro halcon ha visto la garza, cómo se azora
y se entona; veamos qué le dice.
_Get._ Colorado se paró.
_Sir._ Es del mucho fuego que está en su corazon y resulta por la
cara.
_Lis._ Entre muchos beneficios, Roselia, que de Dios recebidos tengo,
ésta hallo por suprema bondad en ponerme en cuenta y número de tus
servidores, porque ser yo tu siervo, es título para mí que más gloria
en esta vida no me puede venir, y si tú, angélica imágen, por tal me
aceptas, no trocaré mi gloria por toda la del mundo. No me niegues,
señora, tu gracia para me salvar, pues las sombrosas encinas amparan
los cansados y asoleados animales para les dar solaz.
_Get._ ¿No miras como se turbó delante su dama? más que necedades se
deja decir.
_Sir._ No te maravilles que el amor le ciega, mi fe no es más en su
mano, ¡cuán presto se truecan los hombres!
_Lis._ No seas como el laurel, de que no se coge sino la verdura de
el esperanza sin fruto de galardon; que no es razon que á quien Dios
de hermosura hizo cumplida, de piedad se muestre avarienta á aquel
que todo se ha dedicado á tu servicio. Y, pues, con tu vista me
has herido de manera que no pudiese escapar de tus manos, en ellas
ofrezco mi vida, que en solo tu favor consiste.
_Ros._ El favor, Lisandro, que de mí habrás, si en tus torpes
deseos perseveras, será el que dió la nombrada Judich al soberbio
de Oloférnes, porque con el mesmo intento que muestras en tus
deshonestas palabras le manifestó su ilícito amor; y de mí tomaria
tal castigo si en poder me viese de tu atrevido pensamiento, cual la
dueña Lucrecia forzada de Tarquino.
_Lis._ Ántes escogeré que dés fin á mi vida que principio á tus
enojos, cuanto más, ¿qué mayor castigo ó pena quieres de mí tomar de
la que me has causado? que si las entrañas interiores de Ticion el
fiero buitre despedaza encarnizado en sus hígados, y de dia en dia,
sin cesar, refresca la llaga del triste sin ventura, mucho más contra
mí el cruel Cupido se encrudece, asestando de contino su frecha
dorada en una mesma parte de mi cuerpo, el casquillo va untado de tu
fresca memoria, el sonido de Roselia es la saeta que penetra y ahonda
mi corazon.
_Ros._ ¿Tanto mal te causa mi nombre?
_Lis._ Tanto, señora mia, que si el elocuente Tulio, ó el facundo
Platon, ó el decidor Demóstenes, con su limado y sublime estilo
explicarlo quisieran, halláranse mudos y embarazados para decir mi
pena como yo sé sentirla. Por tanto te suplico, pues en todo sin
proporcion ni comparacion te aventajas, así en alta y serenísima
sangre, como en resplandecientes virtudes, que uses de misericordia
con este tu cautivo que más que á sí te ama, que no es de nobleza
satisfacer con ingratitud.
_Ros._ Véte de ahí, loco, no muevas mi saña á más ira con tus
atrevidas y torpes razones.
_Lis._ Perdona mi loco atrevimiento y mi atrevida osadía, que el
dolor del corazon quita el concierto de la lengua. Amor es que me
venció y la extraña pasion me ha hecho atrevido, no te muestres tan
brava á tan manso cordero, que como vela de cera se gasta en tu
servicio, y tú en pago le das sólo que muera.
_Sir._ Señor, ¿con quién departes? Roselia es ida.
_Lis._ Consuelo es á los penados contar sus fatigas.
_Get._ ¿Notaste, Siro, las retólicas de nuestro amo?
_Sir._ ¿Y cómo? dos semejanzas tengo en la memoria harto subidas,
de que conté aprovecharme en una carta de amores que he de inviar á
Trassilla, aquella moza salada de doña Estephanía.
_Get._ ¿Entendístelas?
_Sir._ Bien.
_Get._ Dime lo del laurel, que el apodo de la encina claro está que
amparan los fatigados animales, esto es, los hambrientos puercos
engordándolos con bellota, que ansí su señora le engordaria con su
gracia.
_Sir._ Por San Pelayo, que lo declaraste bien, que áun yo no lo
entendia.
_Get._ Tambien entendiera lo del laurel, sino que no estuve atento,
porque en esto dióme Dios gracia especial, que mi madre me dixo que
nací en signo de letras.
_Sir._ Del laurel dijo que no se coge sino hartura de esperanza.
_Get._ No dirá sino de panza.
_Sir._ Creo que sí.
_Get._ Mira cómo caí en la cuenta, ¿entiéndeslo?
_Sir._ Poco.
_Get._ Este dicho conforma con el precedente, porque Panza es un
sancto que celebran los estudiantes en la fiesta de Santantruejo, que
le llaman sancto de hartura, y así Lisandro, loando á su señora, la
llama hartura de panza, y que no sea laurel que no da fructo.
_Sir._ ¿Dónde aprendiste tanto?
_Get._ En el general de Phesica, cuando llevaba el libro á un popilo,
oí al bedel de las escuelas echar la fiesta de Panza; y como dicen
por el hilo se saca el ovillo, de aquella palabra panza saqué la
sentencia de nuestro amo, como el caballo bayo, que yo tengo cargo
de pensar, en mis patadas siente que le voy á echar cebada y relincha
ántes que me vea con el harnero.
_Lis._ Mozos, cerrad las puertas de la calle, no me éntre acá nadie,
á cuantos vinieren me negad.
_Sir._ Hacerse há, señor.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL PRIMER ACTO.
Despues que Lisandro se ve solo en su retraimiento, al són
de su vihuela canta canciones de gran sentimiento en que
manifiesta su pena. Estánle un poco escuchando sus dos
escuderos Oligides y Eubulo discantando sobre las palabras
que le oyen decir; siéntelos Lisandro y manda que entren.
Da gran priesa á Oligides á que busque remedio para su
mal, el cual todo dice Oligides estar en manos de la nueva
Celestina, Elicia, sobrina de la Barbuda, cuyo saber en
arte de alcahuetería mucho encarece. Vanla á llamar Eubulo
y Oligides, y en el camino declaran toda la vida y orígen
de ésta, y por muchas razones concluyen en que va sin
ningun color de verdad la fábula que de la resurreccion de
la vieja Celestina anda.
OLIGIDES. — EUBULO. — LISANDRO.
_Olig._ Bien será que entremos, no se mate este loco, que sólo en la
cuadra se encerró acompañado de tiniebla.
_Eub._ Déxale, que la obscuridad y disiertos consolacion es para los
tristes enamorados.
_Olig._ Su voz oyo, escucha, que trovando está.
_Lis._
¶ ¡Oh vana esperanza mia!
Conviene que desesperes,
Pues tu desventura guia
La contra de lo que quieres.
_Eub._ Bien dice, que donde falta ventura poco aprovecha esforzarse.
_Lis._
¶ Cubre tu verde color
Con luto de triste duelo,
Y no esperes ya consuelo
Que consuele tu dolor.
_Olig._ ¡Qué intolerable trabajo consigo traen estos caballeros
de Cupido, que ningun humano consuelo basta á consolar sus vidas
apasionadas!
_Lis._
¶ Y pues crecen cada dia
Estos males con que mueres,
Desventura es la que guia
La contra de lo que quieres.
_Olig._ Dulcemente toca la vihuela; por Dios, llorar me hace.
_Eub._ Los romances y cantos de amores son para él tizones que
refocilan el su fuego y enconan más la llaga.
_Olig._ Yo habia oido decir que las lágrimas y sospiros mucho
desenconan el corazon dolorido.
_Eub._ En otras pasiones sí, pero no en caso de amores; pregúntalo á
Petrarca en los diálogos, él te responderá lo que yo digo y Horacio
tambien lo mesmo.
_Lis._ ¿Quién está ahí afuera?
_Olig._ Señor, nosotros.
_Lis._ Entrad acá; ¿no veis que cuanto más de tormento huyo, tanto
más se me acerca la muerte en pensar la dura respuesta que hube de
aquel jardin encerrado, de aquella flor de hermosura, de aquella cara
de ángel y corazon de tigre? En esto veo que el vivir es ofensa de mi
razon pues deseaba ser querido donde no hallo sino desden. ¿Qué haré,
que ya la desesperacion y disfavor, á una, de refresco, comienzan á
renovar y avivar nuevos dolores y sentimientos? ya reverdecen mis
males en pasiones, como la salamandria en el fuego, me crio para
fenecer, como el cisne, en canciones doloridas; ya espiró mi remedio,
desahuciado soy; crecido há mi pecho fasta el tristísimo Oresmon con
ronquidos mortales. Mis penas son semejantes á las de los dañados,
que siempre arden y jamas se acaban de consumir; no fué tan lastimera
la muerte rabiosa del esforzado Hércules como la mia, que al fin
aquél con las miserables llamas de la henchizada camisa, que á las
carnes se le pegaron por industria de su amiga, acabó su vida, yo
ardo en el alma y vivo muriendo.
_Eub._ Por eso es bueno estar bien con Dios.
_Olig._ Calla en mal punto; no le mientes agora devociones, que todas
las cosas tienen su tiempo y sazon.
_Eub._ Las cosas de Dios en todo tiempo y lugar vienen bien sazonadas.
_Lis._ Las tres furias infernales con sus serpentinos azotes no hacen
tan gran señal en los cuerpos pecadores, que no hagan mayor en mi
espíritu las acedas palabras que hoy en este dia oí á mi señora.
Acabad ya de cortar, hadas, si bien me quereis, el hilo de mi vida. Y
tú, Pluton, gobernador de la profundidad tartárea, envia á Charon, tu
fiel piloto, que en su barca reciba la alma de Lisandro que por los
aires pena.
_Eub._ Irás con los muchos que allá están porque tu opinion siguieron.
_Olig._ ¿No callarás? Cose la boca si no quieres que te reña.
_Eub._ Flaca es la fidelidad, como decia Parmeno, que temor de pena
la convierte en lisonja; nunca por sus amenazas dexaré de decir la
verdad.
_Lis._ ¿Qué es lo que hablais? ¿qué sentís de esto?
_Olig._ Deciamos, señor, que tienes poco sufrimiento, en poca agua
te ahogas.
_Lis._ ¿En poca? ¿qué dolor hay igual al mio, ni qué tormento ó afan
que comparado con el mio no sea descanso?
_Olig._ Señor, no es cordura tomar senderos nuevos y dexar caminos
viejos, el seguro camino es el de las carretas; dígolo, porque es
mejor acuerdo que una mujer entienda en esto que no tú sin tercero, ó
yo que soy sospechoso, que al fin mal se tañe la vihuela sin tercera;
en el cielo sin medianera no se alcanza cosa que buena sea, cuanto
más en el suelo, lo demas es andar de mula coxa.
_Lis._ ¿Conoces tú alguna?
_Olig._ No una, sino ciento; está sembrada la ciudad de ellas, no hay
mujer cantonera que no tenga su vieja al lado para que sea corredora
de estas ventas y compras; en especial conozco una de este oficio, la
más principal y famosa en el pueblo y que más negocios y despachos
tiene, así con legos como con clérigos, ca ninguna cosa toma entre
manos que no salga con ella, aunque sea encerrada tras siete paredes
la hará venir á quien se lo encomendáre; creo que es un poco
hechicera.
_Eub._ No hay otro tan eficaz hechizo como es el amor: éste á las muy
recogidas trastorna, y los ermitaños busca por los yermos, y á los
religiosos quita la atencion en el coro; esos otros hechizos poco
obran do no hay amor.
_Lis._ ¿Podríala yo hablar?
_Olig._ Yo te la traeré acá con que me dés señal, que le dé, que será
bien pagada.
_Lis._ Dale ese par de doblas y tráemela luégo acá, no tardes, y á la
vuelta escogerás de esa caballeriza un caballo para tí en que rues.
_Olig._ ¡Oh señor! singular merced, yo voy.
_Lis._ Dios te guie. ¡Oh grandeza de Dios! en esto muestras tu
potencia en dar poder á mí inmérito que merezca hablar á esta vieja,
que no puede ser sino mujer muy honrada, si tal cosa me promete de
traerme á mi deseado fin, y mis culpas y pecados no sean causa de
perder tan gran premio.
_Eub._ Mas tus delictos y ofensas, que á Dios has cometido, darán
ocasion á que tú alcances eso y más.
_Lis._ Quien á Dios tiene enojado, cosa de valía merecer no puede ni
impetrar cosa suprema.
_Eub._ No lo niego, por las culpas.
_Lis._ Calla, no hables más palabra.
_Eub._ Callaré por tu mal.
_Lis._ Descortés, ¿quereis vos contradecirme? tan bueno Pedro como su
amo. Véte con Oligides, acompaña aquella dueña.
_Eub._ ¡Hola! ¡hola! ¿Oligides, ce?
_Olig._ ¿Acá vienes?
_Eub._ Vengo; ¿quién es esta negra señora que venimos á traer de la
mano?
_Olig._ Yo te lo diré; bien habrás oido mentar á Celestina la
barbuda, la que tenía el Dios os salve por las narices, aquella que
vivia á las tenerías; ¿no caes?
_Eub._ ¡Oh! ¡oh! di, di, que ya caigo, que como ha habido tantas y
hay, no sabía por quién decias.
_Olig._ Ésta dexó dos sobrinas, Areusa y Elicia. Areusa llevóla
Centurio al partido de Valencia; quedó Elicia ya vieja y de dias, la
cual viendo que los años arrugaban su rostro, y que su casa no se
frecuentaba como solia de galanes, ni ménos sus amigos la visitaban,
determinó, pues con su cuerpo no podia ganar de comer, ganallo con el
pico y tomar el oficio de su tia.
_Eub._ ¡Y cómo si sabria usar dél! De mala berengena nunca buena
calabaza, y de mal cuervo nunca buen huevo. Yo oí que su tia le dexó
por heredera en el testamento de una camarilla que tenía llena de
alambiques, de redomillas, de barrillejos hechos de mil facciones
para que mejor exercitase el arte de hechicería, que ayuda mucho,
segun dicen, para ser afamada alcahueta; ya creo que es bien diestra,
astuta y sagaz en estas artes liberales.
_Olig._ Éralo en dias de la madre bendita, cuanto más agora que el
tiempo, inventor de las cosas, le habrá hecho artera, y enseñado más
de lo que sabía; y ella, con la experiencia que tiene, ha conservado
lo que con diligencia alcanzó. La mesma Celestina, espantada del
saber de su sobrina, dijo á Areusa: ¡ay, ay, hija! si vieses el saber
de tu prima, y cuánto le ha aprovechado mi crianza y consejos y cuán
gran maestra está. Pues esta Elicia, porque más se cursase su casa y
fuese más conocida y tenida, tomó el nombre de su tia, y así se llama
Celestina, y desto se jactaba ella á su prima Areusa y á otras muchas
personas, adevinando á lo que habia de venir, si bien me acuerdo,
por estas palabras: allí estoy aparrochada, jamas perderá aquella
casa el nombre de Celestina, que Dios haya, siempre acuden allí mozas
conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella crió; allí
hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algun provecho. Y muchos
extranjeros que no conocieron á Celestina, la vieja, sino de oidas,
piensan que es ésta aquella antigua madre, porque vive en la mesma
vecindad, y tienen razon de creello, ca ninguna remedó tan bien las
pisadas y exemplos, la vida y costumbres de la vieja, como ésta,
que en la cuna le mostraba á parlar las palabras de que ella usaba
para sus oficios; de manera que con la leche mamó lo que sabe. Así
que si Celestina toma esta empresa, por nuestro queda el campo. Bien
puede dormir descuidado Lisandro, que fasta su cama la hará venir á
Roselia, tanta es la virtud que en su lengua tiene.
_Eub._ Ya que el pecado lo quiso que tan á pechos busque nuestro amo
su perdicion, ¿no sería mejor que llamases á su tia la barbuda, pues
ha resucitado?
_Olig._ ¿Quién te lo dixo?
_Eub._ No se suena otra cosa en la ciudad, y maguera que poco há que
la encorozaron, porque entendió en los amores de Felides y Polandria.
_Olig._ Engáñaste.
_Eub._ Bien sé, aunque la vulgar opinion tiene que resucitó, que
estuvo escondida en casa del Arcediano, por vengarse de Sempronio y
Parmeno.
_Olig._ Ménos eso.
_Eub._ Dilo tú.
_Olig._ Habrás de saber que Celestina la vieja verdaderamente murió,
y la mataron Sempronio y Parmeno por la particion de las cien monedas
y la cadenilla que le dió Calixto. Y esto ser verdad, lo afirman hoy
dia los vecinos que se hallaron presentes á su muerte y entierro, los
cuales acudieron á las voces de Celestina, que se quexaba y pedia
favor, diciendo: justicia, justicia, señores vecinos, que me matan
en mi casa estos rufianes. Y nuestra Elicia, en la historia, la
llora muerta: es mi madre y mi bien todo. Y tambien la oyeron decir
á su prima Areusa estas palabras de su tia: ya está dando cuenta de
sus obras, mil cuchilladas la vi dar á mis ojos, en mi regazo me la
mataron. ¿Qué más claro lo quieres? no tienes ya por qué dubdar; y si
vas á San Laurencio, junto á la pila de baptizar hallarás sobre su
sepultura este epitafio:
¶ Las mientes empedernidas
De las muy castas doncellas,
Aunque más altas y bellas,
De mí fueron combatidas;
Y ablandadas y vencidas
Con mis sabrosas razones,
Pusieron sus corazones
En mis manos ya rendidas.
¶ So color de honestidad
Sembre daños deshonestos,
Arme mis lazos compuestos
Buscada oportunidad,
De cuya perplejidad
Lucrecia no se escapára,
Con mis promesas cebára
La penelopea bondad.
¶ Si Pluton á mí llamára,
Cien Proserpinas le diera,
Sin que trabajo sufriera,
Aunque más le desdeñára;
Pues si de mí se ayudára
Fedra en su ilícito amor,
A Hipólito su dolor
En balde no publicára.
Pues ¿quién no sabe que Elicia traxo luto por ella? que áun hoy dia
traen por manera de refran unas palabras que tuvieron orígen de ella:
mal me va con este luto. Ni es de creer que la justicia degollára á
los escuderos de Calixto sin hacer suficiente informacion si murió
ó no; en especial que el Corregidor era amigo de Calixto, y fué
criado de su padre, segun verás en las quexas que él muestra tener,
diciendo: ¡oh cruel juez! y qué mal pago me has dado del pan que de
mi padre comiste; y si los degolló, fué porque claramente el alguacil
que acaso pasaba por ahí rondando la noche, oyó los gritos y vió la
sangre por el suelo, y á Celestina tendida, con muchas y espesas
estocadas. Ni es cosa de decir que ella tuvo lugar para hacer
encantaciones ó algunos embustes para no morir, porque la tomaron
desapercibida en la cama; cuanto más que si Celestina estuviera
encubierta en casa del Arcediano, hiciéralo saber á sus sobrinas
secretamente, que muy congoxosas estaban por la muerte de aquella que
en lugar de madre tenian.
_Eub._ Agora digo que me libre Dios de tantas mentiras, que ni
traen piés ni cabeza. Con todo, ¿no se llamaba Celestina la que fue
alcahueta en los amores de Felides y Polandria, ó es todo mentira?
_Olig._ No, que verdad fué haber esa Celestina, pero no era la
barbuda, sino una muy amiga y compañera desta, que tomó el apellido
de su comadre, como agora estotra, por la causa ya dicha.
_Eub._ ¿Eso me dices? espantado me dexas.
_Olig._ Sábete que esto es lo que pasa, lo demas son ficciones.
_Eub._ Así lo creo yo, que bien me parecia á mí esta segunda
Celestina no ser tan sábia como la primera; cierto, otra plática
tenía la otra. Mas, dime, ¿quién es aquel mal encarado rufian que
tiene esta tercera Celestina á cabo de su vejez?
_Olig._ ¿Brumandilon dices? tambien te lo diré: éste es un gran
fanfarron que ha corrido todas las puterías, cuyo esfuerzo, más
consiste en feroces palabras que en el efecto de las armas. A prima
faz espantarte há, segun echa fieros renegado por aquella boca. A
éste, Elicia, habrá ocho años tomó por guarda de su persona, porque
su casa no estuviese sin hombre y le acaeciese el desastre que á su
tia vino; y tambien porque cada noche estudiantes le daban grita, y
Brumandilon, como perro ladrador, los aventaba y oxeaba. En demas
que quiso guardar el consejo que cada dia la madre prudente le daba,
y se lo acordó al punto que habia de morir, cuando apremiada de los
dos que la mataron, dixo: si aquella que allí está en aquella cama me
hubiese á mí creido, jamas quedaria esta casa, de noche, sin varon,
ni dormiriamos á lumbre de pajas.
_Eub._ ¿Quién son dos mujeres galanas, las de los verdugados azules,
que estaban anteayer á la puerta pasando nosotros por allí?
_Olig._ Dos sobrinas suyas, la más chica se llama Livia, la mayor
Drionea, las cuales tienen por oficio remediar necesidades ajenas,
y socorrer á los necesitados y desatacados envergonzantes, y áun
Drionea á las veces me muestra la mercaduría de la trastienda.
_Eub._ No mientes bellaquerías, que no se sirve Dios de ello.
_Olig._ Alarga el paso, que nuestro amo por más ayna que vengamos
dirá que hemos tardado.
_Eub._ A las cosas deseadas todo tiempo es prolixo, como á las
odiosas breve.
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL PRIMER ACTO.
Ántes que llamen Eubulo y Oligides en casa de Celestina, se
paran á la puerta á escuchar los castigos y reprensiones
que da la buena madre á su sobrina Drionea. Eubulo de muy
sancto, quédase á la puerta y Oligides entra. Y pasadas
muchas cosas donosas con tia y sobrina, declara su
embaxada. Pártese luégo con él para hablar á Lisandro, el
cual la recibe con grande alegría y le descubre su pasion.
Vuelve Celestina á urdir su tela. Entre tanto Oligides va
á llamar á Brumandilon el fanfarron, en cuya encomienda
estaba Celestina, para que le sea favorable. Queda Eubulo
dando sus buenos consejos á Lisandro, poniéndole delante
los peligros que de tales casos se suelen seguir, de los
cuales y de su auctor el ciego amante se burla.
OLIGIDES. — CELESTINA. — DRIONEA. — EUBULO. — LIBIA. — POLO. —
LISANDRO. — FILIRIN.
_Olig._ ¿No oyes, Eubulo? escucha, escucha, no llames.
_Celestina._ ¿Así, doña puta, meter habias en casa sin mi licencia
el paje del Conde, que no tiene más de lo que trae á cuestas? Mirad
qué casas ó alhajas ó qué viñas ó hogares le dexó su madre para
que esté un momento ociosa sin ganar de comer. Loquilla, ¿parecióte
galan? ¿pagástete de su gentileza? pues de ésa comerás. Malograda de
mi hermana, que buen siglo haya, cuando fué moza como tú; cierto,
no atendia ella esas galanías ó disposiciones. Primero se informaba
si eran hombres de caudal los que la festejaban, y si eran tales,
á todos les mostraba voluntad, ora fuesen feos, ora hermosos, ora
viejos ó mancebos; á los pelados enviábalos á espigar. Tomáras,
maldita seas, exemplo de nuestra vecina la Calventa, que primero
recibe que da; si no traen dineros, que dexen prendas. ¿Dónde tenías
los ojos ayer cuando la fuimos á vesitar? ¿No miraste la alhaja de
atavíos, y la rima que tenía llena de decretos y Baldos, y de Scotos
y Avicenas y otros libros? Llévoos yo allá para que deprendais y
tomeis avisos y doctrinas, porque mas ven cuatro ojos que no dos,
y éntraos por un oido y sáleos por otro, castígame mi madre y
trompóselas yo; hija, sé buena madre, hé aquí un clavo, así eres tú,
que no te aprovecha nada mi crianza y consejos. Yo seguro que otra
diligencia que la tuya trae nuestra comadre la Pinta, en mi ánima
con el pié manda la justicia, sino veldo, que no se toma espada ni
armas que no pasen por su registro. Aosadas que por tí pocos ruidos
y revueltas se levanten, á mi seguro que no alborotes la ciudad con
muertes para ser sonada y conocida como la hija del mesonero; de
otra manera cumplen el sagrado Evangelio _Date et dabitur vobis_,
nuestras amigas de la claustrilla, y las bagasas de San Cristóbal.
Pues la amiga del cura Bermejo ¿de qué ha medrado de pocos dias acá?
¿el axuar y aparato de casa quién se lo dió? ¿esto no lo ves tú? mira
que te mando que de hoy adelante no me entren en casa si no fueren
clérigos, ó nuestros confesores, ya me entiendes. ¿Piensas que estas
del oficio que te he contado ganan á hilar, ó coser ó labrar, las
sayas de terciopelo, los monjiles de damasco, las saboyanas de grana
fina, las gorgueras y cofias tachonadas con oro de martillo de muchas
perlas y joyas, las gargantillas y collares de aljófar, los fermalles
y joyeles, las axorcas y anillos, los zarcillos, las camisas y mangas
de Calicud labradas á las mil maravillas? A la hé engañada vives si
eso piensas, guay del uso que la barba no anda de suso; la ganancia
de la mujer con rueca y almohadilla no es para sacar de mal año, ni
poner en cuenta de nada para que en ello confies, vuelve la hoja,
malvada perversa, haz libro nuevo, no muestres las piernas ni áun al
duque que sea, si no traxere el dinero en la mano ó buenas prendas.
Cata que quien adelante no mira atras se cae, cuando no pensares te
hallarás vieja como yo, y si no tienes algun pegujal para sustentar
la vida á la vejez de lo que ganares siendo moza, puédeste quedar á
buenas noches. Sigue mi consejo, que sé más del mundo que tú, y donde
el maravedí se dexa hallar, allí debes otro buscar, y no entre gente
pelada, que no tienen más de aquella compostura de fuera.
_Drionea._ Así goce, madre Celestina, que no le abrí las puertas para
ese efecto que piensas más de para saber de mi primo, el hijo de
Ponza, que está con su amo.
_Cel._ Ay puta, mala rabia te entre por ese corazon, por eso le
querias, ¿á mí que las entiendo y he pasado por ello quieres engañar?
A perro viejo nunca cuz cuz; ¿qué hacíades en la camarilla del carbon
encerrados con aldaba y tranquilla? buenos traes los tocados de cisco.
_Drion._ Así viva yo que por fuerza me metió dentro y cerró la puerta
de golpe.
_Cel._ Gente está á la puerta, acechando están los malogrados.
Bellacos, ¿qué escuchais? Por el alma que tengo en las carnes, si
con un palo salgo las cabezas os quiebre. ¿No nos dexaréis en nuestra
casa vivir bien, escudriñadores de vidas ajenas?
_Eub._ Como parla de talanquera.
_Olig._ Tus devotos somos, señora.
_Cel._ ¡Ay maldito seas! traidor, ¿tú eres? hija Drionea, en mis
brazos le tengo el que tú deseabas.
_Drion._ ¡Ay! ¡ay! dexámelo abrazar; ¡ay! ¡ay! ¿es él ó no? él es,
dame otro abrazo, mi rey, á mi cargo que no holgarás tú tanto con mi
vista como yo con la tuya.
_Olig._ ¡Oh perla de quien el cielo se enamora y yo con él!
_Cel._ Por tu vida, hijo, que hablábamos de tu descuido, que ni la
ves ya ni la visitas, dolor de la que en tí confia. Yo la estaba
reñendo porque no te enviaba á llamar, que aquí se está sola todo el
dia ocupada en su labor sin maldita la recreacion de hombre.
_Eub._ Eso os falta, putas.
_Drion._ Déxale, que es un desconocido; mal me haga Dios si me
contenta otro sino él, este corazon se me alegra cuando lo veo, y
él no hace más caso de mí que si nunca me conociera; bien dicen que
amores nuevos olvidan viejos; á osadas que bebes los aires por quien
yo sé.
_Olig._ ¿Por quién he de yo penar sino por tí?
_Drion._ A la hé, por Carmisa.
_Olig._ Hí, hí, hí.
_Drion._ A la fe, digo la verdad; ¿mirad por quién? donosa vision.
_Cel._ Calla, que quien feo ama hermoso le parece; hay ojos que de
lagañas se agradan.
_Olig._ No te enojes, mi Drionea; oye ántes que me juzgues por
malhechor.
_Cel._ De mucho como te quiere te pide celos.
_Eub._ ¡Oh putas, putas! el que no os conoce os compre, por eso me
voy, que quien quita la causa quita el pecado. Jesus, ya me encendia;
líbreme Dios de tentacion maligna; ¡Ave María! ¡Ave María! vade
retro, Satana.
_Olig._ Pues no es otra cosa sino que un amigo mio bachiller la tiene
á esa que dices, y el maestre-escuela súpolo, y echóle preso fasta
que pague la pena de los diez florines, y yo por partes dél la voy á
hablar sobre ciertas prendas.
_Cel._ ¡Oh crudo y riguroso y tirano juez, que en tal caso tal ley
pone! Ese robóle, digo yo, que no justicia.
_Olig._ Reprendes la ley porque es en tu perjuicio y disfavor, que
ella justa y buena es.
_Cel._ Mientes, hablando con honor.
_Olig._ Mas ¿qué es de la señora Libia, que no la veo?
_Cel._ Arriba está con dolor de muelas.
_Olig._ ¡Ah, señora Libia! si os tienen encerrada por gran tesoro,
razon es; mas si por otra cosa, injuria es que hacen á Dios en no
dexar ver sus obras.
_Libia._ ¡Ay cuitada! métete en esa nasa, no suba acá el amigo de mi
hermana.
_Polo._ ¡Mis ojos! pláceme no te congoxes; cubre el brocal con la
manta, ó trastorna la nasa sobre mí.
_Lib._ Eso es mejor, esconde la falda del escapulario, que se te
parece el hábito.
_Cel._ No te responderá, que le duelen mucho.
_Olig._ Pues, madre mia, toma el manto y vamos, que la cabeza de casa
peligra y hay necesidad de tí.
_Cel._ ¡Ay dolor de la que no tiene que se cobijar!
_Olig._ Pídelo prestado y luégo.
_Cel._ No estoy en barrio que sepan dar ni un jarro de agua.
_Olig._ Ya te entiendo; toma señal, porque no pienses que serás
burlada.
_Cel._ En el cielo sea pagado. Drionea, hija, daca ese bernio raido,
pues no hay otro.
_Olig._ Quede Dios contigo, señora; yo seré más contino en adelante.
_Drion._ Sí, la semana que no haya viérnes te esperaré. Mas, ¡nunca
acá vuelvas, plega á Dios!
_Cel._ ¿Qué mal es el de tu amo?
_Olig._ Arde en amores de Roselia, y creemos que morirá, si tú, que
eres única en esto, no le remedias.
_Cel._ Gracias á Dios, hijo, que sus dones reparte por quien quiere,
á unos da el dón de profetar, á otros de predicar, á otros de hacer
milagros, á mí de sanar enfermos.
_Olig._ Bien creerás, madre, que en tí, como en sagrada y postrimera
áncora de su salud, tiene puesta mi amo su confianza despues de
muchos remedios aplicados.
_Cel._ En eso habeis errado la cura y dañado la postema del su
afligido corazon, que, como dixo Séneca, la llaga á la cual muchas
medicinas tocan, con dificultad llega á cicatrizar; y si el principio
se yerra, no puede seguirse buen fin.
_Olig._ Por tanto se pone el pandero en tus manos, que lo sabrás bien
tañer.
_Cel._ Ni la graveza de la herida sufre excusa, ni el precio de la
cura ménos valor, por la bondad del cerujano, que la enmienda en lo
no acertado es más trabajosa que el remedio en sus principios.
_Olig._ Dexa esos rodeos, que tu boca será medida de lo que pidieres.
_Cel._ Bien es que me entiendas, que yo vivo de mi oficio; ésta fué
la herencia que me dexaron mis padres y mi tia, que Dios perdone,
y como sabes que este nuestro trato sea tan peligroso, no queremos
poner la mano en labor tan delicada sin ver el por qué, que cada
puntada nos podria costar la vida sino fuese por nuestras buenas
diligencias, aunque caro le costó á mi antecesora la negra cadenilla,
que habiéndose librado del toro, cayó en el arroyo; huyendo un
peligro cayó en otro, libróse de Pleberio y vino á dar en las manos
de aquellos malogrados que bien escotaron la tercera parte con la
vida. Dígolo, que si en estos pleitos me he de ver con vosotros,
dende agora me tornaré á mi casa y me despido de entender en ello,
que más quiero poco con seguridad que mucho con temor de perdello.
_Olig._ Buena pró te haga lo que mi amo te diere, que ni yo seré
á estorballo ni ménos despues de dado te ladraré por parte ó
partecilla; allá te aven con Dios, y entremos, que abierta está la
puerta.
_Eub._ Señor, aquí viene Celestina.
_Lis._ ¡Oh hombre sin comedimiento! Corre, baxa, dale la mano, y dile
que suba su merced.
_Eub._ No es mujer de tanta cuenta.
_Lis._ ¡Perenal! ¿dó consiste mi bien todo y mi remedio, dices no ser
señora de cuenta y de mucha honra? ¡Señora mia! ¡Señora Celestina!
dame la mano, que es agra la escalera, ayudarte hé.
_Cel._ A tan chico santo no tanta fiesta, mi señor.
_Lis._ Pon dos coxines aquí á la señora. ¿No vienes, rapaz? ¡Ah,
rapaz! dale dos bofetadas, Eubulo.
_Fil._ ¡Ay! ¡Ay!
_Lis._ Dale bien, manos de topo; no haréis lo que yo mando: ¡oh! cosa
recia es servirse hombre de bobos y lerdos.
_Eub._ Mas, ¡oh! cosa difícil servir á locos y necios.
_Olig._ Calla, que la blanda respuesta quiebra la ira, y la dura la
despierta.
_Lis._ Ha sido tan deseada tu venida, madre mia, que bien se puede
decir nunca mucho costó poco: siéntese. Ya sabrás que amor, viendo
embelesados mis ojos en la contemplacion de la más hermosa que
todas las mujeres, y desplegadas las velas de mi deseo en pos de su
fermosura, me puso en tal estrecho, que si en esta mi cuita no me
ayudas, por mejor tengo la dichosa muerte, que todos los trabajos
ataja, que no la desesperada vida donde las sombras de mi tristura se
engrandecen y espesan. Sólo el pensamiento dó Roselia se aposenta,
esclarece la triste cárcel de amor, en la cual estoy preso, lo
demas todo me atormenta; tristeza, congoja, trabajo, desdicha,
desamor, angustia, deseo, tormento, aficion, ánsia, pasion, cuidado,
desesperanza, mal, pena, dolor, cuita, tribulacion, sospiros con
lágrimas, de todos estos males con sólo el morir pienso librarme,
pues mi voluntad lo quiere y mi razon lo ordena, si tú, como llave
desta prision, otro remedio no aplicas ó descubres.
_Cel._ Señor, con pequeño trabajo no se alcanzan grandes cosas, que
por eso dicen no se toman truchas á bragas enxutas, todo eso es
menester que sufras por el bien que habrás tras el mal de la pena que
agora padeces.
_Lis._ Dichoso sería yo, madre, estar debajo de la bandera de tantas
pasiones, si consiguiesen la victoria que tu palabra promete.
_Cel._ Por poco que tú me dés, mi dicho habrá su efecto.
_Lis._ Si mi servicio hobiese de igualar y conformar con tan alto
merecimiento que el prometimiento de tus palabras merece, hallo el
mundo ser muy poco, que tan soberana merced no se compra por dinero.
_Cel._ Este necio piensa que me empreño yo de palabras hinchadas para
parir viento. Harias mejor cerrar la boca y abrir la bolsa, que no
usar de tan largo ofrecimiento, que las muchas palabras son indicios
de las pocas obras.
_Lis._ ¿Qué dices?
_Cel._ ¿Qué? que mujer soy de contentar, aunque tu galardon y mi
peligro no emparejen en satisfaccion de igualdad, porque la vida y
persona, la cual en semejantes casos se pone en suerte de perder, es
más digna y de más valor que otra cosa ninguna.
_Lis._ Toma esta esmeralda, y con ella recibe mi voluntad, y no mires
al dón, sino al dador, que mayor deseo le queda que poder tiene para
gratificar tu trabajo.
_Cel._ Dios te dé tanta parte en el cielo como mereces en la
tierra, que tu larga franqueza pone silencio á mi lengua á darte
las gracias por tan crecida y sobrada merced; pero aunque me faltan
palabras para agradecer, no me fallece conocimiento para ver cuanta
obligacion me has puesto para despertar mi ingenio en la invencion
de tu remedio, que bien dicho está, el premio anima á las artes y la
honra las sustenta. Y duerme descuidado, que yo soy Celestina, que en
las duras peñas hago camino, y con hucia desto descansa, y quede Dios
contigo.
_Lis._ Y él guie tu reverenda persona. ¿Paréceos, hermanos, que lo
hará bien esta mujer?
_Olig._ ¡Y cómo! aunque tu amor fuese fingido, ella le haria
parecer verdadero, que en esto tiene las veces de natura en suplir
sus defectos y necesidades. Solamente es menester que hables á
Brumandilon, que es un descarado rufian que tomó la vieja por su
guarda, temiendo el desastre de su tia. Éste, aunque aprovechar no te
pueda, pero puede dañar estorbando lo que á remediar no basta, que
si ve tantico peligro en el negocio, porque á él no le quepa parte,
disuadirá á Celestina que en ningunas maneras se meta en danza de
espadas, de las cuales él á sabor blasona, siendo como trueno, que
espanta y no hace mal.
_Lis._ Tráemelo luégo acá, que yo le haré mudar de propósito, que en
semejantes personas dádivas rompen peñas, y lo que temor acobarda,
avaricia incita. ¿No vas?
_Olig._ Voy.
_Lis._ ¿Y tú, no vas con él, Eubulo?
_Eub._ Suplícote, señor, me escuches una palabra.
_Lis._ Di, y con brevedad. ¿Qué querrá este necio, que ya me amohina?
_Eub._ Señor, en todas las cosas sabiamente ordenadas, el deliberar
es primero que el disponer, porque en lo primero hay enmienda, en
lo segundo arrepentimiento. Así que, en las cosas que mucho va, los
sabios y cuerdos toman consejo, porque despues no se arrepientan de
la errada deliberacion, que si una vez ocasion vuelve su cabeza,
despues, cuando la quieras asir de los cabellos, hallarla has calva.
Despues de esto, conviene los corazones de aquellos, que en arduo
negocio proveer tienen, estar desembargados de pasion, porque los
oidos con ella cerrados empiden la entrada al consejo, de manera
que resultan dos cosas que te cumple hacer, si quieres no errar
en lo malo y acertar en lo bueno, lo uno que mires lo que haces
y no confies en tu prudencia en cosa en que si yerras haces gran
ofensa á Dios y á tu fama, que quien á solas se aconseja, á solas
se desconseja; lo otro que apartes de tí la pasion que perturba tu
razon en el sabio ordenamiento. Esto hecho, asiéntate en la silla
de reposo y toma la vara de justicia, y oidas entrambas partes,
sentencia como recto juez, y la sentencia que tu razon ordena,
pronuncie tu voluntad con consentimiento. Mira que las virtudes con
dificultad se ganan y con facilidad se pierden; si agora aflojas y
sueltas la rienda al apetito y lo desenfrenas, tarde lo tornarás en
obediencia, que poco aprovecha que una vez le encojas las riendas,
si con una sobarbada hace que sueltes, y no seas señor dél. No
hay cosa que más reverdezca que es el amor, guárdete Dios de su
desenfrenamiento, que no parará fasta despeñarte.
_Lis._ ¿Has dicho, cuerdo?
_Eub._ Dixe, aunque no todo lo que queria.
_Lis._ Pues véte de ahí, necio, que eso yo me lo sabía, y cierra esa
puerta.
_Eub._ Malaventurado de hombre que entiende y no obra; vana es
la potencia sin acto conforme á regla de razon: oh Lisandro,
Lisandro, prosigue en tu locura, que tú te verás en mucho tiempo de
arrepentirte, y en poco lugar de remediarte.
¶ ARGUMENTO DE LA QUINTA CENA DEL PRIMER ACTO.
Píntase muy al natural los fieros de Brumandilon y la
desordenada avaricia de los alcahuetes. Lisandro toma por
tercero á Brumandilon para con Celestina en sus negocios.
A lo cual se ofrece este fanfarron, vencido con los dones
de Lisandro. Murmura Eubulo de la prodigalidad de su amo.
Y entre él y Oligides, su compañero, pasan cosas de mucha
doctrina y aviso.
BRUMANDILON. — CELESTINA. — OLIGIDES. — LISANDRO. — EUBULO.
_Brumandilon._ ¡Oh pese á tal! como á las veces de los flacos
animales los más fuertes son oprimidos, que una pequeña víbora con
su veneno mata un gran toro, y un suzuelo raton pone espanto á un
poderoso elefante; ansí esta desventurada vejezuela con sus amenazas
quiere acobardar la fuerza de mi poder, como quiera que esté por
nacer á quien yo mostrar la virtud de mi ánimo en la fuerza de mis
golpes. ¡Descreo de tal con la puta, que haya yo corrido la casa de
ceca y meca, y los cañaverales y los olivares de Santander, y pasan
ya de cien mujeres las que me han sustentado en mi estado y honra en
públicos burdeles, y todas me han tenido acatamiento con obediencia,
y que esta hechicera al cabo de mi vejez, despues de traidos treinta
años los atabales acuestas, burle de mí con menosprecio! pues yo
juro por el dorado chapin de la Magdalena, que aunque más fieros me
haga con los criados de Lisandro, de todo lo que ganáre ha de partir
conmigo la mitad, que no en balde pongo mi vida á riesgo por ella, y
si porfía en sus trece, no es mucho que la mate, segun soy de esta
hechura. Ya se me ha escapado de buena cuando con mi pesada mano le
dí tal torniscon, que los dientes le quebré en la boca bañada en
sangre, y voto á la sancta letanía, que si un poco más extendiera el
brazo, colmillos y muelas todo iba al suelo. Por el fuerte y galano
arnes de San Miguel Ángel, si se me antoja, á papirotazos le quinte
los dientes como á falsaria. Segun soy derreñegado y en mis hechos
crudo, en punto estoy de tomar la mi porra y machacarle aquella
cabeza y enviarla al infierno en compañía de su tia; venga despues
la justicia con sus porquerones á prenderme, que no creo en quien me
engendró si no granizo más cuchilladas sobre ellos, que Dios si tiene
qué; voto á Dios, á todos, sin excepcion alguna, haga piezas, si me
enojan, para hacer cazuela de ellos, y de sus huesos escarba-dientes;
hi de puta, qué hombre yo para que rey ni Roque tenga que ver
conmigo. Mas ¿qué me detengo, y no voy á arrancarle la alma de las
carnes, ó que me dé parte de la ganancia? que tanto merece el que las
riquezas conserva como el que las adquiere; tha, tha, tha, abríos,
puertas.
_Cel._ Ya viene el loco de casa.
_Brum._ Si no fuese porque la fortaleza sin prudencia es habida por
temeridad, luégo en esta hora te enviaria á cenar con Pluton; por
ende si quieres enfrenar el furioso brío de mis desapoderados golpes
y que no descarguen sobre tí, daca luégo la mitad de lo que te dió
Lisandro, que todo lo he sabido; donde no, díme si estás confesada.
_Cel._ Si supieses qué pocos son los que se han perdido por callar,
y muy ménos los que se han ganado por mucho hablar, tú holgarias de
echar una mordaza á la lengua, y no descargar como badajo tantas
porradas; cata que quien amenaza, una tiene y otra espera, nunca las
palabras soberbiosas hicieron á los hombres bienaventurados.
_Brum._ Mi dicho es mi hecho, y mis hazañas tan espantosas son de oir
como monstruosas de ver. Bien veo que donde las obras no aprovechan,
en balde se gastan las palabras; pero cuando el decir conforma con
el hacer, bien es, lo que el corazon concibe la boca publique, lo
cual yo hago porque no digas, no me lo dixiste; que hágote saber que
yo soy hombre que lo que sé decir con verdad lo sé executar con las
armas.
_Cel._ ¿En tí verdad? como en el Evangelio mentira.
_Brum._ No quieras con buena respuesta hurtar el cuerpo á mi furia.
Pues guarte no me enciendas la ira, que no será más en mi mano
matarte que en el fuego dexar de quemar.
_Cel._ Calla, desconcertado relox, que más son los amenazados de tí
que no los heridos.
_Brum._ Agora lo verémos si lo que haré será prueba de lo que digo.
Daca lo que te dió Lisandro, sino con este mi puñal te escarbaré el
hondon del corazon.
_Cel._ Quiero le dar parte de las doblas, que lo principal yo me lo
callaré, no haga algun desatino este lebron como el judío afrontado.
¡Ay sancta Catalina! apártate allá, mete el puñal, no se diga de
tí, del monte sale con que se arde, ¿tométe por defension y eres mi
ofension? Crío cuervo que me saque el ojo; tómatelo todo para tí y
nada para mí, que yo soy como la cabra que parió para el lobo, como
la ave curruca, que cria y mantiene hijos ajenos, ó como la gallina,
que con mucho sudor saca pollos de huevos ajenos. Ya pensé que esto
no sabías, pero amores, dolores y dineros mal se pueden encubrir.
_Brum._ Todo eso y más me debes, pues por tí asaz veces asiento la
vida al tablero en ventura de perdella, que, juro á tal, la fortaleza
en los hombres muchas veces es causa de su muerte; dígolo, porque
anteayer por salvar tu fama perdiera mi vida por confiar mucho en
la virtud de mi espada, que, como toro agarrochado en el Coso, me vi
entre siete que en tí pusieron lengua; sino, mira mi capa arpada y
el broquel con trecientas picaduras, pero todavía mi blanca espada
hizo lugar, los cuatro se me escaparon por piés, á los tres dexo
descalabrados; al uno de ellos si no traxera caxquete de Calatayud,
con el poderío del golpe le hendiera la cabeza fasta los hombros,
pero no le entró sino fasta la piamater.
_Cel._ Por más que blasones quedarás sin medalla.
_Brum._ ¿Malla? Todos venian cargados de hierro, pero poco se le da á
mi espada que vengan armados que desarmados, para que con sus filos
no rebañe carne, que si todas las fuerzas de mis brazos que Dios
me ha dado, emplear quisiese, no habria hombre que no traspasase,
hendiese y derrocase, y mil menuzos hiciese; mas por no agotar y
disminuir la cristiandad, que me parece grave pecado, templo y modero
con cordura lo que me sobra de esfuerzo, por no lo hacer comun con
los brutos animales, los cuales desenfrenadamente siguen el apetito
de su vigor y furor.
_Cel._ Ese almacen sería bien excusado á mí, que dentro en el pellejo
te conozco. Con todas tus bravezas y fieros no osaste levantar el
gaje del suelo que en desafío te echó el escudero de Chremes, cuñado
de Alisa, madre de la malograda Melibéa.
_Brum._ ¡Oh, cómo la mala fama vuela como ave y corre como moneda,
y la buena se queda en casa por conseja detras del fuego! Refran
es, el bien suena, y el mal vuela. Quien te dixo eso, ¿no te contó
los espaldarazos que le dí un dia ántes? ¿Pues habia de aflixir al
aflixido? ¿No sabe Dios y todo el mundo que en la reyerta yo llevára
la mejor parte y él quedára en el campo ó muerto ó puesto en la
postrimera necesidad? En los denuedos y visajes que me ves agora
hacer habias de argüir la animosidad que entónces tendria, que
de ánimo esforzado procede la compostura feroz del cuerpo, que la
natura así suele entallar, expresando los afectos del corazon en la
corpulenta imágen. Mas, ¿no vistes contra quién habia de mostrar mi
ira y ardid? Eso fuera, para los que lo vieran, otro espectáculo cual
fué el del escarabajo con el águila, ó de la hormiga con el leon,
que no me estuvo bien, pues señal es de grande cobardía acometer á
los menores y á los que poco pueden; más quiero morir emprendiendo
grandes cosas que no vivir venciendo las flacas, que más tengo
acatamiento á la fama inmortal que no á la victoria presente; no
quiero ensuciar mis manos en tan flacos hechos, porque á tan gran
corazon como el mio, grandes hazañas son menester para que, vencidas,
se cuenten por aventajadas entre las que hicieron los claros y
ilustres varones de aquel glorioso siglo.
_Cel._ Pasos oigo, acá suben, no sé quién es; ó amigo, ó enemigo, ó
mal criado es, pues sube sin llamar.
_Brum._ ¡Oh, por Dios, que lo segundo es; méteme en la camarilla de
las hierbas, cierra, cierra presto con llave por defuera!
_Cel._ Zancadillas va dando el diablo azogado, el judío lleva en el
cuerpo.
_Olig._ ¿Qué alboroto éste, madre?
_Cel._ Calla, calla, que mi negro duelo se escondió de tí pensando
que eras el escudero con quien hubo palabras; tú muda el tono de la
voz y finge que lo buscas para matar, que el miedo, que las cosas que
no son hace que tengan existencia, y las que son parezcan no ser,
hará que no te conozca perturbando su juicio con tropel de fantasías
imaginadas, que bien es que á este baladron la experiencia del temor
castigue la ferocidad de sus arrufianadas palabras y fieros hinchados.
_Olig._ Comienzo, aunque otra cosa le queria. ¿Di, señora, tienes acá
á Brumandilon, que, por vida de tal, si aquí está, luégo sus maldades
y su vida acaben juntamente?
_Cel._ Por cierto, señor, dos dias há que no le he visto.
_Olig._ Dime la verdad.
_Cel._ Y Jesus, ¿habia de mentir?
_Brum._ ¡Oh desdichado de mí! muerto soy si las puertas quiebra.
_Olig._ Que no te creo, que quien una vez miente, no se le ha de
dar más entera fe; ya me mentiste el otro dia negándomelo, por ende
dámelo acá si no quieres haber el mesmo fin que á él espera.
_Cel._ Afortunada yo que no sé dél, y porque lo que digo sea
testimonio de mi verdad, toma las llaves de las cámaras y búscalo.
_Brum._ Ya, ya, no espero más vivir. Señor, perdona mis pecados.
¡Santo Dios! ya abre; Credo.
_Olig._ ¡Ah cuerpo de mí, Brumandilon! quien quiere ser temido,
forzado es que tema.
_Brum._ Por el santo Martirolojo de Peapa si no tuve por muy
averiguado, cuando me escondí, que el Corregidor me venía á prender
por ciertos palos que dí la noche pasada, y que dexaba en celada su
gente y él subia quedito por tomarme desapercibido de mi broquel y
espada. Y áun ¡voto á tal! que no envie sus justicias á mí, él en
persona viene á buscarme, porque sabe que ninguna otra vara obedezco
sino la suya; y si quisiese tambien ir contra él podia despedazar á
él y á los suyos, que un dia me amostazó las narices y no sé qué mala
respuesta le dí y disimuló, y tuvo por bien de sufrirme. Por agora,
por mejor tuve retraerme que no hacer un hecho sonado, por donde la
ciudad se alterase y viniese á oidos del Rey; pero despues que sentí
no ser el Corregidor, de coraje reventar queria en no poder salir;
de buena te escapaste, que como los primeros movimientos no sean en
nuestra mano, pudiera ser que sin mirar, súbitamente te barrenára
con una estocada temerosa, ó tendiera con un tiro mortal: da gracias
á Dios, que de buena te libró.
_Olig._ Así las doy, y toma la capa, que Lisandro, mi señor, te
llama; y adios, Celestina, y no descuides del negocio, que ya sabes
que la luenga esperanza aflixe el enamorado corazon, y más el de mi
amo, que le hierve.
_Cel._ Véte, que en cuidado me lo tengo.
_Brum._ Hermano Oligides, bien creerás que si tu amo no fuera, que
no me tomára allá, aunque enviára otras cien veces á llamarme;
treinta caballeros en persona me vienen á buscar y me sacan de mi
casa importunado, ó para afrontar nobles, ó castigar ruines, ó cruzar
caras de putas, ó terciar en hacer amistades, porque no hallan otro
más aparejado y dispuesto, ni más diestro en caso de refriegas. Y
ésta es la causa por que estoy huido por los rincones, que quien
crueza hace, su peligro busca, de justicias digo, ó por mejor decir,
de sus palillos, que á otra persona no temo, que quien de armas se
precia, como yo, con razon ningun otro peligro debe temer.
_Olig._ Adelántome, y aguarda en este portal.
_Brum._ Así lo haré.
_Olig._ Señor, aquí viene conmigo Brumandilon, despacha con él lo más
ayna que pudieres, no le des lugar á que meta más palabras de las que
él suele fuera de todo propósito, que en historia no habrás leido
tan gran fanfarron. Su persona espantarte há, los fieros como los
quisieres, los hechos por el cerro de Úbeda.
_Lis._ Dile que entre.
_Olig._ Entra, Brumandilon, y sígueme.
_Brum._ Las manisicas de tu merced beso.
_Lis._ Bien seas venido, Brumandilon amigo. Tu favor y ayuda hé
menester.
_Brum._ Señor, no pases más adelante, que juro á la serpentina vara
de Aron y Moisés, si es para desafío, ó afrenta, ó matar alguno,
ántes será hecho que mandado, que la muerte tengo por vida, en tanto
que sea en tu servicio; cuanto más que éstas son mis misas y mis
pasatiempos, porque cuanto trabajo es por el miedo á los cobardes la
guerra, tanto placer es á los esforzados la continuacion de ella; no
creo en quien me parió, si sueño puedo dormir que bien me sepa, si no
hé con mi espada hecho riza de broqueles, ó harpado gestos, ó cortado
miembros, ó he molido á palos los alguaciles; pues si esto me
quieres, dime luégo las personas que te han enojado, que bien pueden
doblar por ellos, y si no cumpliere lo que prometo, el morir será la
paga, que no es mala muerte la que el hombre muere haciendo lo que
debe.
_Lis._ Agradezco tu animoso ofrecimiento, que tu denodado semblante
da á entender mucho más de lo que dices.
_Brum._ Y ¿cómo, señor, di?
_Lis._ Pero para tales casos mi gente basta.
_Brum._ Anda, señor, que más hace la virtud que la muchedumbre.
_Olig._ Maldito seas, fanfarron, ¡quién te patease! A mí seguro
que no tovieses los piés tan ligeros para huir como la lengua para
blasonar.
_Lis._ Otra cosa te quiero, y es que Celestina entiende dar remedio
con su buena maña á mi fluctuoso tormento, que la hermosa Roselia me
causó desde el dia que la vi.
_Brum._ Ya, ya, no me digas más.
_Lis._ Óyete, que no es lo que piensas; torna acá.
_Olig._ Huye con temor no le mandes cosa de su peligro.
_Lis._ Lo que quiero rogarte es, pues tienes tanta cabida con
Celestina, que no sólo no impidas ó estorbes la cura mia, que
de ella espero, mas le impertunes que en esto ponga particular
diligencia, y si fuere menester se lo mandes, que ni tú quedarás
quexoso ni ella mal pagada.
_Brum._ Por la clavazon de las puertas celestes aún todavía el
corazon me da latidos y el brazo me tiembla de lo que entendia
facer si me mandáras que sacára á Roselia por fuerza de armas, y la
entregára en tu poder; y holgára dello, porque conocieras quién es
Brumandilon, que en los peligros se muestra la bondad del esfuerzo.
Desotro pierde cuidado que no quedará por negligencia de Celestina,
ni ménos yo impidiré cosa que toque al menor pelo de tu servicio,
ántes seré en acrecentallo. De la mi vieja te sé decir que hablalle
más de una vez en su oficio es dar de espuelas al que corre y
despertar al que vela; así den dineros, que bailarémos todos, que
todas cosas obedecen á la pecunia.
_Lis._ Corre, Eubulo, saca de mi recámara seis canas de raso carmesí
y la mi capa de grana, y dáselo á Brumandilon.
_Eub._ ¿La de fajas, señor?
_Lis._ Esa ó esotra.
_Brum._ Si las gracias de tan pujantes mercedes te hobiese de dar,
ántes falleceria tiempo para decir que palabras para satisfacer;
pero á las obras me remito, con las cuales adelante, como criado
tuyo, entiendo servirte, que no en balde te he señalado por mi señor,
pues tan en derredor miras mi provecho y honra, por ende, si más
mandas dímelo, porque tan seguro puedes estar de mi servicio, que
aunque la muerte se me ofrezca no la negaré.
_Lis._ Que no se dilate mi vida ó muerte, pues al doble es más pena
aguardar que recibir la rigurosa sentencia.
_Brum._ Todo lo dexará y el tu negocio será el primero que despache,
aunque otros del mesmo jaez en cuantidad y calidad traia ya entre
manos con adelantada paga.
_Olig._ Estotro pajuelas; pagado y repagado está.
_Brum._ ¿Qué le dió?
_Olig._ ¿Qué le dió? una medalla con un cerco de oro, y en ella una
esmeralda con una escultura de Júpiter como deciende á juntarse con
Danae convertido en lluvia de oro, de harta estima y valor.
_Brum._ Eso pasa, y encubriómelo la puta vieja. No paro más aquí.
Quedaos adios, señores compañeros.
_Olig._ No le digas que yo te lo dixe.
_Brum._ No diré.
_Eub._ Caro le costará la fruta de postre en el banquete de sus
amores, pues tal comienzo tiene la comida. Todo para alcahuetas y
mandiletes y fementidos lisonjeros, nada para fieles sirvientes.
Andar, mundo es que corre, unos por buenos se pierden, otros por
malos se ganan.
_Olig._ Por eso me voy yo al hilo de la gente, sentir con los pocos y
hablar con los muchos.
_Eub._ Si sigues el discante de la cortesana malicia, aunque sientas
para tí las voces baxas de bondad, al fin, cuando se canta la gloria,
te hallarás burlado, que las obras hacen bueno, no los propósitos.
_Olig._ No por eso dexaré de bien obrar.
_Eub._ Cosa difícil es tratar con el aceite y no se amancillar, pues
muy más difícil es conversar entre malos hombres y no ensuciarse con
sus perversas y dañadas costumbres. La maldad de ligero se pega y
cunde como azogue fasta corromper los tuétanos del uso de razon; oro
ha de ser, y fino, el que ha de defender sus quilates entre las vivas
brasas de la vida corrupta, ca dime con quién paces y decirte he qué
haces.
_Olig._ ¿Quiéreste meter fraile, pues tanto aborreces nuestro vivir?
_Eub._ Deséolo.
_Olig._ Si tanta piedad cuanto calor en verano albergase el capillo,
yo te seguiria.
_Eub._ ¡Oh palabra digna de fuego con su auctor! ¿Qué son las cuatro
religiones sino cuatro pilares de la Iglesia que la sustentan en
su fe, esperanza y caridad? de cuyas escuelas salen lumbreras que
alumbran, ilustran y esclarecen con doctrina toda la cristiandad,
y sabios que destruyen y destierran las herejías, no ménos que del
caballo troyano esforçados y electos varones en destruicion de Troya
salian.
_Olig._ Véte tú á la religion, que yo á mi Carmisa me recojo.
_Eub._ Ella te llevará con los muchos, aunque más sientas con los
pocos.
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Tómanle ánsias de muerte á Celestina por la dificultad
del negocio encomendado; mas considerada su destreza y el
aparejo que en todo hay, delibera de ir á hablar á Roselia
so color de su oficio, corredora por maneras exquisitas.
Es cosa de reir ver los negocios que dexa encomendados á
su sobrina Drionea. Al fin, ida la vieja, despide Libia á
Polo, su amigo, y entra Esclarabel á Drionea, su querida.
CELESTINA. — DRIONEA. — BRUMANDILON. — POLO. — LIBIA. — ESCLARABEL.
_Cel._ Ántes que tome el camino para casa de Roselia, quiero en
la mia bien pensar con reposo lo que le he de decir, y con mucha
cautela proveer con qué oro doraré la píldora, en qué copa dorada
disimularé esta purga, con qué sobrehaz azucarada cubriré el acíbar,
con qué dulzor saborearé la amargura de estas mis confaciones, con
qué cebo esconderé el anzuelo, con qué achaque digo coloraré mi
nueva venida, con qué palabras paliadas solaparé el negocio á que
voy que no sea sentida, en qué matiz de bondad embestiré mi mensaje,
finalmente, cómo ocultaré y descubriré una mesma cosa, qué mañas
y modos tendré para celar mis ardides engañosos y manifestar mi
intencion, que me entienda y no me entienda, que quiera enojarse
y no pueda; gran prudencia y saber, gran sagacidad y astucia has
menester aquí, Celestina, y despues de esto mucha serenidad en el
rostro, mucho reposo en la persona, mucha templanza en la plática,
para que no saque por puntos la malicia de mi embaxada. Mas ¡ay!
amarga cuitada que el entendimiento se me ofusca, el juicio se me
altera y la lengua se me turba en tan arduo negocio, que ni razon me
encamina, ni consejo me aprovecha, ni la propia experiencia me incita
á que cometa con el pensamiento lo que me cumple poner por obra; ¡ay
madre de Dios! y qué sudores con ánsias de muerte en torno rodean mi
corazon en pensar en lo que me he metido, las piernas se me cortan y
la sangre me desampara; escarmentada habia ya de estar de las veces
que he sido empicotada y azotada por este mi oficio en muchos pueblos
de Castilla, y no me viniese más mal, que esto fructa comun es de
Brumandilon y de mí traer las espaldas pintadas con bandas de color
purpúreo y las cabezas con mitras y rocaderos; ¡guay de la que se
pone á perder la vida! En mi seso me estaba yo en dejar este trato si
la maldita y insaciable codicia del más haber, que á los más de los
mortales fuerza acometer lo ilícito, no me venciera; mis ganancillas
ciertas tenía por otra parte en dar medicinas á las doncellas que
no paran, á las casadas bebedizos que den á los maridos porque no
sientan los cuernos que á vistas ojos sus mujeres les ponen, evitando
rencillas cornudales, á los mancebos mayorazgos bocados con que maten
sus mesmos padres, porque los muertos abren los ojos á los vivos
que deseosos estaban de heredar; á las enamoradas bien querencias
y polvillos que atrayan á su amor los canónigos y racioneros más
mozos y francos; á los honestos mandragora y granos de helecho con
que puedan entrar y salir do quisieren sin ser sentidos, á los
amantes hechizos de cabello ó cordon con que hagan que sus amigas
les amen, y aborrezcan el que amaban, y amen el que aborrecian; y
si de este oficio usar no quiero por ser tambien peligroso, loores
á Dios que no se concluyó ni encerró en el mi saber, que lapidaria,
herbolaria, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, perfumera,
corredora, melecinera, partera y un poco física soy; entre dueñas y
señoras, entre doncellas y casadas, entre monjas y frailes, entre
clérigos y abades suelo yo tratar, todos me han menester y todos me
conocen, y todos vienen á mí para que remedie sus necesidades; no
parece mi casa sino botica, ansí unos entran y otros salen cargados
de medicinas, que no piden cosa que no esté en la camarilla que me
dexó mi tia, que buen siglo haya, en el testamento; ahí tengo los
perfumes que falseaba, los afeites que conficionaba, las aguas de
rostro que hacia, y otras aguas que sacaba para oler, los çumos con
que adelgazaba los cueros, los untos y mantecas que tenía y los
aparejos para baños y lexías, los aceites que sacaba para el rostro,
y otras cosas muchas que con mi buen trabajo y propio sudor y mayor
experiencia he yo adquirido, conviene á saber: hieles de perro
negro macho y de cuervo, tripas de alacran y cangrejo, testículos
de comadreja, meollos de raposa del pié izquierdo, pelos priapicos
del cabron, sangre de murciélago, estiércol de lagartijas, huevos
de hormigas, pellejos de culebras, pestañas de lobo, tuétanos de
garza, entrañuelas de torcecuello, rasuras de ara, ciertas gotas de
ólio y crisma que me dió el cura, zumos de peonia, de celidonia, de
sarcocola, de tryaca, de hipericon, de recimillos y una poca de
hierba del pito que hobe por mi buen lance; tengo tambien la oracion
del cerco, que no tenía mi tia, que Dios haya, que es ésta; _avis_,
_gravis_, _seps_, _sipa_, _unus_, _infans_, _virgo_, _coronat_; y
si todo lo de mi tienda hobiese de contar, sería cosa para nunca
acabar; pues desdichada de mí, este oficio me bastaba, éste mantiene
mi casa, sustenta mi honra y me hace ser tenida y acatada de todos,
y afama mi nombre por la ciudad, que nadie hay que me vea que no me
llame madre acá, madre acullá, el uno me dexa, el otro me toma, el
vicario me convida, el arcediano me llama, que ningun señor de la
iglesia me ve que no quiera ganar por la mano cuál me llevará primero
á su casa. Malos años para Medea y Sapho y Circe y para la noble
Erichto, hechiceras famosas que tan nombradas fuesen en sus tiempos
como agora yo. ¡Tristes de mis dias si no salgo con la empresa! si no
doy buena cuenta de mí en estos amores, ¿qué será de mi creencia en
que me tiene el pueblo? Desconfiarán de mis artes, aborrecerán mis
caractéres y palabras, escupirán, escarnecerán de mis supersticiones,
chufarán de mis cerimonias, burlarán de mis encantamentos, no darán
más crédito á mis agüeros, todos de hoy más me denostarán con
baldones, chufas, escarnios, injurias, silbos, ultrajes, risas,
desdenes, burlas y con otras palabras injuriosas, y ninguno vendrá
más á mi casa, los niños por las calles irán en pos de mí diciendo
puta, hechicera, vieja, falsa, malhechora, mondaria, burladora,
rabosa, çancajosa, trotaconventos, saltabardales, encorozada,
azotada, perfiletada, alcahueta y otros muchos ignominiosos nombres,
finalmente que de todo mi estado caeré, y de la opinion en que
estaba puesta; yo me tengo la culpa, que quise tomar mayor peso del
que podia llevar, y así al cabo caeré con la carga, que quien mucho
abarca, dicen, poco aprieta, y quien todo lo quiere todo lo pierde;
mal hice á la verdad en no mirar bien la calidad del negocio ántes
de aceptar la demanda de Lisandro; imprudente fuí en no pensarlo
primero una vez y otra, que, como dixo mi tia, aquellas cosas que
bien no son pensadas, aunque algunas veces hayan buen fin, comunmente
crian desvariados efectos, ansí que la buena especulacion nunca
carece de buen fructo; cierto, cegóme la canina hambre y sed grande
y hambrienta codicia de las preseas y riquezas que de ahí esperaba;
¡oh! cuando era pobre, entónces me hallaba más rica porque nada
codiciaba, y agora que, bendicto Dios, me sobra, más y más deseo,
no contenta con lo que poseo, al fin crece la necesidad con la
abundancia, y auméntase la cobdicia con el dinero; mas ¿quién soy yo,
á quien temor ó cobardía ponga espanto en las cosas de mi oficio?
¿yo no soy Elicia, la sobrina de Celestina, la que heredó nombre y
fama y hechos de la mesma? Sé que Elicia soy, la insigne alcahueta,
la famosa hechicera, la sábia nigromántica; ¿qué denodadas palabras?
¿qué fieros ó ademanes de rufian? ¿qué amenazas de muerte? ¿qué
rigurosos trances? ¿qué peligros inminentes jamas á mí atemorizaron?
¿No he sacado otros amores más arduos que éstos á luz? sí; ¿y no he
salido á paz y á salvo en todos ellos? sí: de la vida digo, que lo
demas no lo estimo en lo que huello: ¿qué cosa hay tan dura que yo
no ablande, ni qué tan alta que no alcance, ni qué tan imposible
que no me sea posible, ni qué tan sublime que no abata, ni qué tan
entrincada que no deslinde? Veamos, ¿Roselia no es mujer? sí; luego
liviana, que las mujeres, mal pecado, somos como veletas, que,
con poco aire, volvemos á todos vientos, enemigas de firmeza. ¿No
es moza? sí; luego de enamorada voluntad y lascivos pensamientos,
que los aguijones de la carne, y más nueva, algo le moverán á que
condecienda á mi peticion. ¿No es hermosa? sí; luego no casta, que
pocas veces castidad y hermosura caben en un objeto. ¿No es de
complexion sanguínea? sí; pues es de alegre condicion y colorada en
el rostro, luego inclinada á lujuria. ¿Pues Lisandro no es gentil
hombre, dispuesto y galan? sí; luego para ser amado, que como la
hermosura en las mujeres es una pegajosa liga en que se traban los
hombres, bien así la gentileza y buena disposicion de los hombres es
un señuelo, reclamo y añagaza con que vienen desaladas las mujeres,
que si general ley de natura no fuera que el macho siga la hembra,
asaz veces rogarian á muchos; ¿Lisandro no es mancebo de noble
linaje, dotado de muchas gracias, de linda crianza, bien hablado,
generoso, franco, aparentado? sí; luego sobre seguro voy, que estas
cosas mucho hacen al caso para que en Roselia con más facilidad
prenda su amor; ¿quién tengo de mi parte? al amor, que todas las
cosas vence; al amor, que seso y discrecion trastorna; al amor, que
saltea los monasterios, escala los muros, rompe las paredes, mina los
encerramientos, asierra las rejas, trepa por las ventanas, enciende
los castos, altera los devotos, espancta los sanctos; al amor, que
desploma la razon, ofusca el entendimiento, fuerza la voluntad,
embota el juicio, turba la memoria, fistola el corazon, descoyunta
los miembros, hace temblar las carnes, ciega los ojos con lágrimas,
desplega la boca con sospiros, cierra los oidos al consuelo, ábrelos
á las pasiones, y finalmente, todos los sentidos tropella, pues
todo se adereza así de partes de mí por ser principal maestra de
este oficio, como por parte de los aparejos que hay de una parte y
de otra; encomiéndome á mis familiares, Lucifer, Astaroth, Arangel,
Beliath, Sathan, Bercebuth, Balan y á Rescoldapho, el mi buen amigo,
príncipes de los demonios que me den buena manderecha á lo que voy,
sólo os suplico, mis buenos adalides, perturbeis la fantasía de
Roselia con deseos luxuriosos y cebeis sus pensamientos con tizones
de amor, yo soplaré con mis fuelles el fuego y atizaré las ascuas que
la quemen viva; emprenda la llama en su pecho con vuestras sanctas
inspiraciones, que yo tendré cuidado de encenderla y avivarla con mis
devotos consejos. ¿Drionea, hija?
_Drion._ Madre.
_Cel._ Si viniere de mucha priesa la desposada que hice haber aquel
hijo del racionero, en el tabladillo hallarás la caxuela pintada de
los virgos; toma de ahí lo que sabes, y restáurale la flor perdida,
ni más ni ménos de como me lo viste hacer á la que estotro dia se
casó con el carpintero; y si estoviere muy abierta, cúrala con punto,
muy sotilmente; y si viniere tambien la mujer del cordonero por los
bebedizos, en el barrillejo de barro los hallarás, dáselos, y que los
polvorice con un poco de soliman molido, y dile que han de ser nueve
candelillas de cera las que me dixo, pasadas las doce de la noche.
Y no te olvides de lo que has de hacer con la manceba del canónigo
mozo, la que tuvo presa el Obispo por el ólio.
_Drion._ ¿Qué respuesta daré á Sigiril, escudero de Felides, si te
buscáre, que ayer vino acá y no te halló?
_Cel._ Dile que se vaya con Dios ó con el diablo, que no soy yo
casamentera, ni ménos es ése mi oficio; allá á la amiga de mi tia
vaya él con esas embaxadas, ó á los parientes de Polandria, que
concierten el casamiento, que para ese caso no es menester el estudio
de mis artes, ni mucho ménos que mi tia resucitára ó apareciera, como
holgaron de mentir. Dame acá esa ropa blanca que me encomendaron que
vendiese de aquella señora malograda que murió los otros dias, y no
saques sino lo más rico y vistoso; esos gorjales aljofarados, esas
cofias estampadas y todos los deshilados y cosas hechas de red de
oro y seda, que lo quiero llevar á parte donde no se perderá nada en
ello, que buena manera será ésta para entrar en casa de Roselia, pues
soy corredora.
_Drion._ Toma.
_Cel._ Cierra esas puertas y di á ésos que se levanten que ya es
mediodia, porque tenga esa necia espacio para tocarse; y dile, en
hora negra, que si se le acuerda que habia de pasar por aquí aquel
bozalejo que sabe.
_Drion._ Sí diré.
_Brum._ Trap, trap, trap; putas, abrí.
_Drion._ Putos dias vivas.
_Brum._ Abrí presto, no me hagais arrojar las puertas por el suelo de
otro par de pomazos.
_Drion._ ¡Ay, santa Catalina! ¿no nos darás huelgo? veréis qué
encapotado viene.
_Brum._ ¿Qué es de la vieja ruin, que no creo en tal, si no hago con
ella un hecho hazañoso que sonado sea? ¿Dónde está?
_Drion._ Es ida al negocio que sabes.
_Brum._ Aquí la aguardo, que ó ella me dará la medalla ó me ofrecerá
la vida.
_Drion._ Ce, ce. ¿Señor Polo, quieres salir, que Brumandilon sentado
está en el poyo de la puerta?
_Pol._ ¡No por Dios! que quedé dalle unos dineros que me pidió, y no
los tengo.
_Drion._ Pues vénte conmigo, que por los corrales te irás.
_Pol._ Amores, ¿vendré acá á la noche?
_Lib._ No, por tu vida, no te haga mal á la salud.
_Pol._ Pues, mándame.
_Lib._ Que no te olvides de las mangas de aguja coloradas.
_Pol._ Y áun perfumadas te las prometo. Señora Drionea, encárgoos á
mi Libia, que no la hable otro, pues yo la sustento.
_Drion._ ¡Ay, señor! no digas eso, que vive Dios y reina; otro hombre
no la habla en esa parte sino tú; es muy salada rapaza y vergonzosa,
y quiérete mucho.
_Pol._ Con esa confianza me voy.
_Drion._ Pierde cuidado y salta por este lugar, que está más baxo.
_Escl._ Ce, ce, ce. Señora Drionea, ¿puedo entrar seguro?
_Drion._ Trepa quedito, no hagas ruido.
_Escl._ ¿Está allá la vieja?
_Drion._ No; daca la mano.
_Escl._ Acá estoy, bésame.
_Drion._ ¡Ay putillo! ¿Cómo te has tardado?
_Escl._ No pude más; está queda.
_Drion._ Gallito, ¿no olvidas tus mañas? Donde quiera que me tomas,
ora en público, ora en secreto, no miras más. Subamos arriba, no nos
tome Celestina en el hurto, como me contaste que Vulcano tomó á Mars
y á Vénus.
_Escl._ En este caso, siguo la opinion de los filósofos cínicos; pero
vamos.
_Drion._ ¡Ay bellaquillo! ¿quitándote vas las agujetas?
_Escl._ Sí, par Dios, sube presto.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Con encubiertas de gran artificio habla Celestina á Roselia
con muy poca ayuda de la vecina, y acabado con ella que
siquiera se vea con Lisandro, se despide; Roselia finge que
está mal dispuesta; Melisa, su doncella, entiende todo el
hecho.
CELESTINA. — MARIVAÑES. — MELISA. — ROSELIA.
_Cel._ ¡Ay Dios! ¿si es aquella que veo ir por la cuesta arriba,
Eugenia, la madre de Roselia? Ella es; por los santos de Dios, bien
está, todo se adereza, alégrate, Celestina, que el precio de la ropa
blanca será la sangre de aquella inocente; ¿llamaré, pregonaré mi
axuar? mejor es allegarme á aquella vecina con quien me entiendo,
la que yo encubrí con el abad en mi casa asaz veces, ahí fingiré
que vendo cotones de Valencia, y ella, por via de vecindad, puede
llegarse á Roselia si quiere comprar algo de esto, que viendo la
curiosidad y valor de todo ello, como muestra estar hecho con sotiles
manos, no dexará de llamarme y yo entrar segura; señora, amiga, Dios
mantenga.
_Marivañes._ ¡Oh madre Celestina! seas muy bien venida, que deseo
tenía ya de te ver.
_Cel._ Calla, que mañana nos verémos más despacio, agora óyeme dos
palabras: has de saber que con achaque de trama vengo á buscar la
hija de nuestra ama Eugenia, que me lo encargó mucho aquel caballero
que fué mantenedor en las justas pasadas, el que te dixe, y así me lo
paga cierto mejor que me lo pagó el abad cuando andaba tras tí y te
hablé en ello.
_Mar._ Mucho va de Pedro á Pedro.
_Cel._ Por tanto, pues eres vecina, llégate allá y diles si quieren
algo de esto, que en la mesma moneda te lo pagaré cuando no te
catares.
_Mar._ Que me place en buena fe; tha, tha, tha.
_Melisa._ ¿Quién está ahí?
_Mar._ Doncella, decí á la señora moza que está aquí la corredora
que me vendió unos volantes y trae cosas muy galanas y ricas de ropa
blanca, si quiere algo su merced.
_Mel._ Sí diré.
_Ros._ ¿Quién es, Melisa?
_Mel._ Señora, una mujer que trae lindas cosas á vender, y obras
tan bien labradas, que parece que así se nacieron; allí viene una
gorguera muy polida, suplícote, señora, me la compres.
_Ros._ Dile que entre en ese portal, yo me pararé á la ventanilla de
la escalera.
_Mel._ Tia, entra, que ya baxa mi señora.
_Cel._ Pues véte, amiga, y como te digo, para traerle á tu amor,
úntale las manos con aquel sebo de cabron, cuando entre burlas y
véras se las tomares, y di estas palabras que te he dicho, que son
muy aprobadas.
_Ros._ Vieja honrada, muéstrame eso que traes.
_Cel._ Ángel mio, no lo verás bien, que está el portal obscuro,
espera, que yo subiré allá.
_Mel._ Toma, por ahí ella se entremete donde no llaman.
_Ros._ Guarda tú esa puerta, Melisa, y avísame si viniera mi señora
madre.
_Cel._ Todo viene á pedir de boca, con pié derecho salí de casa sin
ver ave que denotase mal acaecimiento; sola la tengo sin testigos de
mi mensaje.
_Ros._ ¿Qué hablas, madre, entre dientes?
_Cel._ Luégo, señora hija, que acabo tres cuentas de mi rosario que
me falta de rezar por los que están en pecado mortal, que primero nos
conviene buscar el reino de los cielos y despues entender en estas
cosas momentáneas cuanto basta á la necesidad de aquesta miserable
vida, lo demas superfluo es y lleno de conjoxas y zozobras.
_Ros._ Por mi salud, madre, que aciertas, que al fin vana cosa es
amar con desórden lo presente y no tener ojo de ir allí donde es el
gozo perdurable.
_Cel._ ¡Ay, mi señora! ¿dices dónde no se hartan los ojos de
ver, ni las orejas se hinchen de oir, dónde ni hay trestura, ni
noche, ni obscuridad, dónde siempre se celebra Pascua y fiesta muy
solemne, dónde las sillas bienaventuradas llenas de suavísimo olor y
flagrancia, llenas de cantos y modulaciones, de dulzor y alegría, nos
esperan á los que aquí con diligencia trabajarémos en la viña de Dios?
_Ros._ Ahí digo.
_Cel._ Los ojos se me arrasan de agua y los sentidos se me roban, el
entendimiento se me eleva y el corazon me desmaya, y toda yo estoy
fuera de mí cada vez que oyo mentar aquel paraíso de deleites y
aquellos Campos Elíseos; que aunque el deseo de la vida es natural á
todos, á mí el morir me sería glorioso en tanto que fuese á gozar de
aquella vision beatífica.
_Ros._ Si así fuese, devota vieja, todos deseariamos la muerte á
trueque de tal vida.
_Cel._ Mal pecado, ya lo veo, que nadamos como ranas á somorgujo en
las aguas del olvido, descuidados de nos mesmos, que nacimos para
morir y morimos para vivir con Cristo, si aquí le sirviéremos. Si
nuestra memoria refrescásemos algunos ratos con el pensamiento de
aquella suave inmortalidad, ella daria de espuela á nuestra voluntad
que obrase lo que la razon le encamina y el claro juicio le enseña,
y las tales obras buenas avivarian é incitarian nuestro deseo para
la bienaventuranza; si esto se hiciese, señora mia, con ansiosos
sospiros clamariamos á Dios que nos libertase de esta tenebrosa y
ciega cárcel del cuerpo, pero como estemos hundidos fasta los ojos en
el cieno y tremedal del bullicioso tráfago del mundo, echamos atras
lo eterno y ponemos delante lo que un soplo fenece. No hay cosa que
más en olvido y menosprecio de las cosas divinas nos ponga que el
amor de las temporales.
_Ros._ ¡Oh, qué bien hablas, bendita madre! bien dicen que mejor es
el rústico humilde que sirve á Dios, que no el soberbio filósofo que
considera el curso del cielo.
_Cel._ Mil cosas te contaria de éstas, señora hija, que aprendí en
compañía de las beatas dominicas, si el tiempo nos diese lugar.
_Ros._ Pues ¿qué pides por este garvin hecho de red de oro así como
está aljofarado?
_Cel._ Mi reina, ésta es cosa encomendada, espantarte hías de lo
poco que de aquí he yo de sacar por mi trabajo aunque lo venda muy
bien, cuanto más si lo vendo ménos de lo que quiere su dueño. En seis
piezas de oro me estimaron este tranzadillo.
_Ros._ Toma cuatro por ser cosa que se lo ha puesto otra.
_Cel._ ¿Cuatro, señora? en mi alma, no se pagan las manos, pues de
aljófar tiene más; pero sin más regatear, en cinco lo toma ó lo dexa,
que yo me atrevo á dártelo en esto, porque sé los caudales de las
señoras doncellas dónde llegan, y cosa se ofrecerá en que me puedes
remunerar este servicio, que al cabo sé que perder con los buenos es
ganar, y con decir que no hallé más, cumpliré, que yo seré la que
perderé de mi derecho. Mírala bien, que es pieza muy acabada de buena
y barata.
_Ros._ Cara es, mas toma, que á la verdad la curiosidad en las cosas
hace encarecer la obra de ellas.
_Cel._ ¿Caro te parece, buena señora? bendito seas tú, mi Dios, que
en este trato tan poca ganancia se me sigue, que con haber andado
arrastrada todo el dia, habré de aquí tan poco que no bastará á
poderme hoy sustentar, sea por tu amor, que más quiero morder las
paredes de hambre y pasar la vida con afan y laceria empleada en tu
servicio, que no enriquecer en otros tractos ilícitos.
_Ros._ No llores, madre, que yo te favoreceré en todo lo que yo
pudiere.
_Cel._ ¡Ay mi señora! si supieses por qué lo digo, pues sábelo Dios
y yo que más valdria mi saya y manto de lo que vale si quisiese dar
oidos á una cierta persona de esta ciudad, pero mejor es pobreza con
un poquito de honra que riquezas acompañadas de vituperio; por el dia
sancto que es hoy, á oro me pesa, porque le hable á una gentil dama
de este pueblo, ni sé quién ni quién no, él vive hácia San Benito, y
creo que se llama Lisandro.
_Ros._ ¡Oh vieja! cómo temo que tus pisadas y luengo preámbulo, y tu
prolixa arenga y devota salutacion con tus falsos presupuestos, se
hayan enderezado y ordenado para inferir tan maldicta y sospechosa
conclusion.
_Cel._ ¿Qué es, mi señora, que no te entiendo?
_Ros._ Tú sabes si me entiendes ó no, y si en esas palabras de Dios
traes envuelto el dimonio, que entre las matizadas y bordadas flores
se esconde la culebra ponzoñosa.
_Cel._ Entiéndate Dios, que yo no te alcanzo.
_Ros._ Dime, pues, á quién te mandó hablar.
_Cel._ ¿Quién, mi señora? ¿Lisandro?
_Ros._ No me repitas su nombre, que me turbas; respóndeme á lo que te
pregunto, veamos si es lo que yo digo, que vienes con engaños.
_Cel._ ¿Y yo conózcolo más que tú, ni sé quién es, ni aguardé á que
me lo dixese? Mal me conoces, señora, las piernas me cortaria primero
que diese paso á tales mensajes, en ese caso ningun hombre me ha de
hablar si no quiere ser mi capital enemigo; guárdeme Dios de mala
hora, montas que soy yo de ésas, entre qué personas me crié para osar
de tal oficio, á la hé entre religiosas y áun de las más encerradas.
Pero segun pude colegir de las pocas palabras que escuché á Lisandro,
digo aquel mancebo caballero y ¡Jesus, qué sin memoria soy! algunas
señas y indicios te daré. Ella era en su boca la más hermosa doncella
que natura por agora formó, no sólo decia en la ciudad, mas ni áun
en la tierra, en todas las gracias y perfecciones acabada. Por aquí
sacarás por quién entendia Lisandro, digo aquel señor galan que preso
de su amor loaba la que mucho queria; ya sabes que en Salamanca pocas
hermosas hay, y ésas se pueden señalar con el dedo, y por tu vida,
mi amor, que despues que te vi he pensado si eras tú la que decia,
porque tu perfecta fermosura es argumento que no entendia por otra.
_Ros._ Madre, no me entres por esos rodeos, véte con Dios.
_Cel._ ¿Qué rodeos, mi señora? ¿piensas que no te diria el nombre de
ella si me acordase, por quitarte de sospecha? Mas sea Dios loado,
que ya voy acordándome Ro, Ro, Roselia se llama, por quien pena,
segun me dijo.
_Ros._ Segun te dijo, malvada vieja, ¿qué no me conoces tú, que soy
yo la que agora mentaste?
_Cel._ ¿Tú? y Jesus, Jesus, ¿tú? No lo creo.
_Ros._ ¿Santíguaste, mala hembra, bote de malicias? ¿que no lo
sabes tú? ¿ésas eran las joyas que traias á vender? ¿las fingidas
lagrimitas que por tus haces regabas? ¿los devotos consejos que me
dabas? ¿las sanctidades con que venías? ¿las cuentas que rezabas?
¿las encubiertas y disimuladas palabras con que me entrabas á dañar
mi fama, tentar mi propósito, combatir mi honestidad, corromper mi
vergüenza, ensuciar mi honra? Astuta vieja, vaso de maldad, maestra
de malos recaudos, discípula del diablo, madre de todos vicios; mas
¿si eres tú la que encoroçaron estotro dia por semejante caso, que á
ella te pareces en tus obras? ¿Con ese mensaje te envió ese loco para
que publicases su pasion y locura? Espera, alcahueta, que tú habrás
el castigo que merece tu atrevida osadía. Melisa, Melisa, llámame acá
á mi hermano Beliseno.
_Cel._ Señora, no juzgues mis palabras sin que primero juzgues mi
intencion, que cuando la intencion no yerra, salvo está el que se
juzga, y si la lengua resbaló, no tiene culpa el corazon, desdichada.
_Mel._ ¿Qué es, señora? ¿no concluyes con esa mujer?
_Ros._ Esta vieja que me viene con alcahueterías de aquel que estotro
dia me vido y comenzó á desvariar en aquellos desatinos que viste;
éste es el loco atreguado por quien me habló el paje que fué de mi
señor padre, que en gloria sea; pues guárdese, que si mi hermano le
coge, él le dará el pago.
_Cel._ Se tú el juez, doncella graciosa; si yo ni tenía noticia de
la señora ni sabía que Lisandro penaba por su merced, ni ménos le
menté palabra de las muchas que echaba por aquella boca, como hombre
que estaba para morir, y pedia socorro de su señora, que morir le
hacia; mas de que simplemente á buena fe y sin mal engaño le conté
lo que vino á coyuntura de no sé qué hablamos; ¿tengo yo aquí la
culpa? cuitada yo, que en mala hora nací, si todo lo que digo y hago
se ha de echar á mala parte, bien dixo nuestro Señor Jesucristo
en el Evangelio de la misa que ayer oí, no juzgueis y no seréis
juzgados, segun declaraba el cura; si yo, mezquina, te contára los
sospiros lastimosos que pregonaban su lastimado corazon á causa tuya,
las lágrimas que sus rubicundas haces regaban en oyendo tu nombre,
los desmayos que le tomaban en acordándose de tí, los dolores que
le atormentan en tu crueldad, las pasiones que le persiguen con
el amor que te tiene, los deseos de tu suave conversacion que le
atribulan, las tristezas que le derriban y otros mil cuentos de males
que sostiene, segun dice despues que del homenaje de tus ventanas
asaeteaste su deseo; si esto, y otras cosas más que dixo con harta
pena, te dixera yo, señora, ó supiera que eres tú aquella por quien
moria, aunque, ciega de mí, por las señas de hermosura que me daba
habia yo de entender luégo que eras tú, entónces tenías razon de
culparme, pero si ni esto ni lo otro me salió por la boca, ¿de qué te
quejas?
_Mel._ Justa y razonable es tu excusa, madre mia.
_Ros._ No te espantes, vieja honrada, que haya tomado sospecha de tus
pláticas por lo que ha precedido de aquel loco, y acaso tú no sabías.
_Cel._ ¿Saber? ansí me ayude Dios como yo no lo sabía más que agora
que no lo sé; lo que yo vi es esto, que queda en la cama con los más
espantosos desmayos que nunca vi, puesto en el hilo de la muerte;
y así como está con profundo clamor, los sospiros echa fasta el
cielo, las lágrimas le verias mezcladas con sollozos de hilo en hilo
corriendo por aquellas sus mexillas más resplandecientes que rubíes,
aquellas rosas coloradas, que tiene en medio del gesto más blanco
que copos de nieve, vieras rociadas con el rocío que destilaba de
aquellos sus alindados ojos, que tanta era la lástima que me puso
en le ver, que como sea cosa muy comun los corazones dolerse de las
pasiones ajenas, me forzó á acompañalle en su tristeza con algunas
de mis lágrimas, que, sin sentillo, me brotaban en abundancia por mis
haces abajo. A lo ménos una cosa, mi señora, creo de cierto te podria
afirmar, que si presente estuvieras á su tan duro lamentar, cuando
yo digo que estuve, no te bastára tu corazon de acero, como veo que
tienes, á lo ménos si no lo tienes muéstraslo, y no sé por qué, á
que no se ablandára con los martillos que salian de sus íntimas
entrañas rasgando su profundísimo pecho. En Dios y en mi ánima, que
en acordándome cuál le dexé, tan gran compasion me toma, que si
remediarle pudiera por lo que debo á buena cristiana, aunque fuera
con la sangre de mis brazos lo hiciera; pero no soy yo por la que él
pena, que no me hizo Dios tan cruel y sin piedad, que si yo fuera
dexára morir el más agraciado mancebo y galan que mis ojos vieron.
_Ros._ Son blasones de los enamorados decir que mueren por amores.
_Cel._ Bien está, ella irá poco á poco á entrar en el garlito,
en las palabras y en el semblante lo veo, que por las palabras y
señales bien se adevinan los pensamientos, cuanto más que ligero es
de conocer en las mujeres cuando aman, que sin conceder dan señales
de consentimiento, y más que el color se le ha vuelto colorado;
encendida la tengo.
_Ros._ ¿Qué dices, madre? ¿Parece que te has pasmado? ¿Qué estás
comidiendo?
_Cel._ ¿Qué, señora? Que sabe poco de las cosas naturales el que
piensa que de amores no puede morir uno, porque puede ser el amor
tan vehemente é intenso, que empedidas las potencias naturales por
la ocupacion contínua de las animales, en la cosa que mucho amamos,
venga á consumir el humido radical sin reparacion alguna, y así la
persona que el tal amor posee, hecha ética, perezca; y si esto es, mi
señora, allá te aven con tu conciencia, que no faltas de homicida,
pues eres causa que muera aquel amargo sin redempcion, cuya verdadera
salud en sola tu vista consiste, que no queria el cuitado más de
verte y hablarte.
_Ros._ Todavía me augmentas la sospecha, pues no se te entiende que
no hemos de hacer mal por bien que se sigua.
_Cel._ ¡Ay señora! y ¿qué mal es, ó qué pecado, si con mi vista y
palabra puedo dar la vida al doliente, consentir que me vea y hable?
Y áun es obra de perfeccion dar industria y forma para ello.
_Ros._ Si no es más de eso, cosa sancta y buena es.
_Cel._ ¿Y cómo sancta? lo contrario hacer sería pecado mortal,
porque cualquier que puede á otro salvar la vida sin pecado ó notable
peligro suyo, y no lo hace, peca; cuanto más que entre las obras de
misericordia es dado consejo que visitemos los enfermos.
_Ros._ Por cierto que lo haria no más de por ser servicio de Dios,
sino que temo mi peligro, que al fin la estopa cabe el fuego presto
prende.
_Cel._ Donde la razon y virtud enseñorean y reinan como en tí, en
balde ladra el sensual apetito, y puesto que peligro de alguna
liviana tentacion hubiese, no por eso te excusas, que de dos males
inevitables el ménos empecible se ha de elegir, que del mal siempre
se debe escoger lo ménos, dicen, y pues mayor mal es ser tú homicida
que tentada, manifiéstase claro que eres obligada á dalle remedio,
ni pienses que te perjudica aquel señor en amarte con tan ardiente
deseo, yo pondré á que me corten la lengua que no lo hace á mala
fin, es una bendicta criatura, un ángel en limpieza, una dama en
condiciones; no es otra cosa, sino como te vió á tí, que eres otro
que él en gracias y hermosura, que á la verdad algo os pareceis en
la fisionomía del rostro, aficionóse á amar á su símile, ca toda
cosa ama su semejante y tambien que lo hermoso atrae á sí los ojos
de todos y mueve los corazones delicados y tiernos á su amor; yo
juraré que en solo verte y tener una poquita de conversacion honesta
contigo quede contento, y tú satisfecha de la obligacion que tienes
á socorrer al enfermo; cuanto más que una poca de recreacion con
virtuosas personas como lo es Lisandro, virtud es, llamada Eutrapelia
de los filósofos.
_Ros._ No quiera Dios que por mi causa muera ese señor que dices, que
no fuera yo tan cruel para él si me constára de su buena intencion y
limpio motivo como agora.
_Cel._ Pues, señora mia, da forma que de noche te hable, porque no
seais sentidos, que hoy dia las gentes, por nuestros pecados, son
llenas de mil sospechas, juzgando lo exterior y no entendiendo los
secretos y misterios de Dios.
_Ros._ Quédese para el juéves en la noche, dadas las once.
_Cel._ ¿Por qué lugar?
_Ros._ Por las ventanas de esta mi torre que salen á dar al alcázar.
_Mel._ Señora, señora, mi señora Eugenia asoma por la calle.
_Ros._ Pues véte, madre, con Dios.
_Cel._ Los ángeles queden en tu guarda.
_Mel._ Señora, ¿qué te dixo la vieja despues que me torné á abaxar?
_Ros._ No sé, déxame; ponme dos almohadas en el estrado, iréme á
echar, que me siento mal dispuesta.
_Mel._ Que me maten si no es ésta la nueva Celestina de las tenerías,
que en su traje y plática ella parece, aosadas que dexa urdido algun
mal recabdo; en hora mala vino acá.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Procura Oligides de resistir á la saña que Brumandilon
tiene contra Celestina; viene Celestina, que no cabe en
sí de placer por la buena respuesta que hobo de Roselia.
Perturba su gozo Brumandilon con sus fieros, finalmente
pónelos en paz Oligides. Pasa Celestina despues de esto
muchas cosas graciosas con su sobrina Drionea, y vase con
Oligides á dar la buena respuesta á Lisandro.
OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA. — ESCLARABEL. —
FILIRIN. — LISANDRO.
_Olig._ ¿Qué haces, Brumandilon? ¿Ha venido Celestina del negocio?
Mas ¿qué es esto que veo? A punto estás, la mano en la empuñadura y
la espada medio desenvainada.
_Brum._ Por los que habitan en la profundidad del Erebo, media hora
más no viva la vieja avarienta si no me da la mitad de lo que le dió
Lisandro; déxala venir.
_Olig._ Donde está claro no poder ganar honra, locura es aventurar la
persona, si la matas, puede ser que te asa la justicia y te guinde
del rollo.
_Brum._ ¿Qué dices, señor Oligides? No me has conocido, pues sábete
que en balde trabaja quien piensa en mi corazon poner miedo ó temor
de justicia. No me es más llevar por una calle al alguacil y á su
gente que acorralar seis becerras mansas, sino pregúntale como le fué
habrá tres noches en la calle de Lobo sobre mi puta Philena, y con
todo me vino á pedir perdon.
_Olig._ Por Dios, que tus hechos en armas se van pareciendo á las
hazañas del valiente Diego García de Paredes, el de nuestro tiempo.
_Brum._ Aquí está Brumandilon, que siendo maestro de esgrima en
Milan, le enseñó á jugar de todas armas, de espada sola, de espada
y capa, de espada y broquel, de dos espadas, de espada y rodela, de
daga y broquel grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal
contra puñal, de montante, de espada de mano y media, de lanzon,
de pica, de partesana, de baston, de floreo y de otros muchos
exercicios de armas; y él viendo mi esfuerzo en los golpes, mi osado
atrevimiento para acometer seis armados, rebanar brazos, cortar
piernas, harpar gestos, hender cabezas y otros miembros, con mi
exemplo salió tan diestro y animoso como veis.
_Olig._ Héla, héla, asoma Celestina, alegre viene.
_Cel._ ¿Qué girifaltes, qué sacres, qué neblíes, qué esmerejones,
qué primas, qué tagarotes, qué baharies, qué alfaneques, qué azores,
qué alcotanes, qué gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo
bastarán á abatir en tierra con sus uñas la páxara escondida en
las nubes, como yo, sábia Celestina, con mis palabras cautelosas
abatí á mi peticion al muy encerrado propósito de Roselia? Mi fe,
cacéla, y si sus pensamientos fasta aquí volaban por el cielo
con contemplaciones de Dios, agora rastrearán por el suelo con
imaginaciones de la carne. Hi de puta, qué bien lo he hecho, para
Sancta María, que me quiero bien en ver que no pierdo punto á mi tia;
mas, por mi vida, qué alindados y seguros nortes llevé, que repicando
ella de broquel con sus acedas palabras y súbitas alteraciones,
volvia yo al tema que tomé en principio de mi sermon. ¡Ay bonita,
cómo te engañé! así engañan á los bobos con especie de sanctidad y
servicio de Dios, con este color le dixe lo que quise, y bien me
estuvo. ¿Quién dubda que no sueñe á Lisandro esta noche? En mi alma
no estoy en mí de placer, ay, ay; ah papagayos, ah ruiseñores, ah
calandrias, ah canarios, ah sergueritos, ah pardillos, ah verderones,
ah gafarrones, ah torzuelos, ah luganos, ah carrancas, ah jamarices,
ah todas las aves del canto suave, ¿oisme? ¿por qué todas en uno no
os juntais á cantar la mi alegría que llevo en este mi corazon, y
cantar con vuestras lenguas arpadas, á quien lo quisiese saber, mi
maravillosa astucia, mi astuta cautela, mi cautelosa vivez, mi vivo
saber, mi sábia sagacidad, mis artes no sentidas, mis fraudes y dolos
encubiertos, mis mañas y sotiles engaños? Sacabuches, chirimías,
atambores, trompetas, rabeles, flautas, dulcemeles, guitarras,
vihuelas, arpas, laúdes, clarines, duzainas, añafiles, órganos,
monacordios, clavecímbanos, clavicordios y salterios y todos los
instrumentos de música con vuestra suave, apacible y sonora armonía y
canora melodía resoná por el aire mi verdadera mentira, mi virtuoso
vicio, mi maliciosa bondad, mi endemoniada sanctidad, mi inquieto
reposo, mi turbada mesura que tuve para aquella señora, que no tenía
dónde asir para azorarse contra mí, segun le entré por sabroso y
encubierto estilo:
¡Ay que me fino,
Ay que fino, de regocijo!
_Olig._ Buen despacho trae la madre, parece que toda se querria
tornar lenguas para hablar, la alegría que en aquel cuerpecillo de
malicias no cabe, rebosa á borbollones por la boca y por los ojos.
Alarga el paso, Celestina, mueve esos piés, no te detengas, aguija,
ea, date priesa.
_Brum._ Todas las paradillas que hace son ratos de su vida. Pues, por
el cerrojo de santa Gadea de Búrgos, do juran los hijos de algo, en
llegando más no viva, si no me da la medalla.
_Cel._ Sálveos Dios.
_Brum._ Sálvete el diablo; sús, daca luégo la medalla, no me hinchas
de mostaza las narices, no sea el dimonio que te engañe, ten memoria
de las veces que te has librado de mis manos.
_Cel._ Válalo el diablo, mozas, con qué me salió á recibir el
charlatan glorioso, ¿medalla ó qué? una higa en tu ojo; no os
deshagais de eso por mi amor.
_Brum._ Suéltame, señor Oligides, suéltame, que no le haré otra cosa
más de matalla.
_Olig._ Ea, no haya más, por mi vida; ea, no haya más, que no te he
de soltar, acaba, no seas porfioso, ya sabes que quien sobrado es de
furor, falto es de autoridad.
_Cel._ Déxale venir, que el diablo á mí me lleve si no le quiebro la
cabeza con esta piedra. Veréis que te trayo salutacion para el alma;
medalla queria, ¿por cuál carga de agua?
_Olig._ No seas tú tambien demasiada, Celestina, calla, que mejor
atavío es en la mujer la templanza en la lengua que las ricas ropas
en el cuerpo.
_Brum._ ¡Ah puta embaidora, alcahueta, hechicera!
_Cel._ Déxate de esos baldones, fanfarron, que nunca con palabras
injuriosas y feas se acrecentó el esfuerzo natural.
_Olig._ Bien dice en aquello Celestina, que al fin ninguno en su
cortés y blanda respuesta pierde la fama de su esfuerzo.
_Brum._ Ya lo veo, pero voto á tal, donde la mujer aguijonea, la
discrecion de hombre no basta.
_Cel._ Mas donde la cobdicia interviene, no hay amistad ni tregua que
no corrompa, ésta te hace á tí salir de seso, que no yo.
_Brum._ ¿Aun parlais? Agradeceldo al buen padrino. ¡Oh, pese á mis
males! ¿por qué no me soltaste, que su vida y maldades acabáran en un
tiempo?
_Cel._ Allá al que te dió de palos haz tú esos fieros, y no me hagas
más hablar.
_Olig._ Mejor estuviera eso por decir, Celestina, y no buscar cinco
piés al gato.
_Brum._ Y, puta alcoholada, ¿no sabes que sentado á tu puerta seguro
y descuidado, cuatro que eran, solo un palo me alcanzaron á traicion
y fuí tras ellos, y como hacía la noche obscura, de ellos perdí de
vista, de ellos se me escaparon por piés? Pero yo los buscaré, y
descreo de la leche que mamé si aunque se me metan en el golfo del
mar, y del golfo del mar en el vientre de la ballena, y del vientre
de la ballena en el seno de Abraham, no se me escaparán, que con esta
punta de mi puñal no les escarbe los aradores que tuvieren allá en
lo íntimo de sus corazones; yo juraré que me acometieron por otro,
porque no creo que nadie tuviese tal atrevimiento contra Brumandilon,
pero como quiera que sea, por vida de estas barbas luengas y espesas,
no les cumple más parar en el reino, porque si los topo, el mayor
pedazo de ellos será menor que brizna de diente de vieja, ó pedrecica
de moleja de arador, ó liendre; más menuzos los haré que carnero
picado, en mi espada los ensartaré como rubias.
_Olig._ Ora bien que despues se averiguarán estos pleitos. Agora
vamos, Celestina.
_Brum._ No me la lleves, Oligides, sin que primero sea liberal
para conmigo, que no lo he de ir á hurtar para comer, ni ménos me
mantengo de rocío como cigarra, ó de viento como camaleon, basta que
le hice merced de la vida por tu intercesion.
_Cel._ Que no me está bien ni me pago de ello. Véte con Dios de mi
casa, que no te quiero, no me dés más pasion.
_Olig._ Oíos, no torneis á reñir, que con pequeñas palabras á las
veces se enciende y crece la ira en los hombres, así como de la
pequeña centella, si no se mira por ella, se suele levantar gran
fuego. ¿Esta medalla hase de partir por medio, ó dártela toda?
_Brum._ Ni uno ni otro; mas de que se venda, y dividamos igualmente,
como hermanos, el precio de ella, pues de ninguna cosa es buena la
posesion sin compañía.
_Cel._ ¿Ya no te dí dos doblas? ¿qué me pides más?
_Brum._ La medalla ó la vida.
_Cel._ No tengo medalla.
_Olig._ Señor Brumandilon, hazme este placer, porque otro dia te lo
sirva, que no se hable agora más en ello, que las cosas argüidas con
voces son mal definidas, y tambien que agora no hay tiempo para esa
disputa, porque mi amo queda con la soga á la garganta esperando su
salud ó desastrado fin en la respuesta de Celestina; no nos estorbes.
_Brum._ ¡Oh pese á tal, qué ha de salir con la suya esta vieja
esfalsaria! sobre cuernos penitencia, sobre que me ha engañado me
niega lo que á vista de todos le dió Lisandro. Por nuestro Señor,
no es otra cosa la mujer sino un censo perpétuo que tienen los
hombres sobre sí y sobre sus vidas, que ella basta para acortar,
disminuir y abreviar estos pocos dias que nos quedan con sus enojos y
pesadumbres, hablo de las tales como esta bellaca, saco de vicios.
_Cel._ Espera, Oligides, daré una vista á mi gente, que luégo salgo.
_Olig._ No tardes.
_Cel._ Abrí, hijas.
_Drion._ Esclarabel, baja presto, y véte por el lugar acostumbrado,
que mi tia viene.
_Esclarabel._ Pues, amores, como digo, en dándome el Conde librea te
daré esta capa, de que hagas un sayuelo.
_Drion._ Como tú quisieres, pino de oro.
_Cel._ ¿No os he mandado que mientra no estuviere hombre en casa
estén las puertas de par en par abiertas, y vosotras al umbral
sentadas? creo que por demas es la citola en el molino. ¡Ah! malditas
seais si no me teneis podrida de enojo; en mi dicha cabe que jamas
ceso de daros consejos. Landre que os mate, si no os ven ni oyen
no os conocerán, y si no os conocen nadie vendrá á vosotras. La
taberna por el pendon se conoce, y sin pendon nadie acude allá á
comprar vino. El caminante extranjero no acierta el meson sino por
la tablilla ó la señal colgada. Bien me entendeis, una arriba y otra
abaxo; si Libia se ocupó con Polo, ¿por qué tú, Drionea, no baxaste á
dar recabdo á los que vinieren, y respuesta á los que me buscaren?
_Drion._ Ya decendia, que me estaba componiendo, no hayas enojo, que
todo se hizo lo que me mandaste.
_Cel._ ¿No te he dicho que cuando no hobiere tiempo de afeitarte
tomes una toca y te la reboces fingiendo dolor de muelas, y te
cobijes esa mantillina colorada? Medio desnuda, medio vestida, los
pechos de fuera con un disimulado descuido en faldetas como éstas,
no hay tal para provocar á luxuria los hombres. En Dios y en mi
conciencia, que cuando yo era moza como vosotras, mi desenvoltura,
mis meneos del cuerpo, mi requiebro de ojos, mi dulce y delgada voz
bastaba para incitar los castos, aunque hermosura me faltára. Pues
¿quién vino á buscarme?
_Drion._ Siete personas cuando ménos.
_Cel._ ¿Quién?
_Drion._ La mujer del sastre envió acá, que el sábado de mañanita va
á la vega, por tanto que avises al estudiante por quien la hablaste,
que madrugue.
_Cel._ Mirad la descarada, quedó con el otro ese dia de venir á mi
casa disimulada, y hace conciertos con estotro, ¿que no habia tiempo
para todo? Di adelante.
_Drion._ El doctor viejo envió su paje á saber si hablaste á la hija
de la lavandera.
_Cel._ ¡Oh! que se me olvidó; acuérdamelo mañana. Di más.
_Drion._ La beata aquella muy penitente te estuvo buen rato aquí
aguardando, y como no venías, rogóme que te encargase mucho que
estovieses con aquel su devoto, de quien hobo el hijo, y que le
dixeses en secreto, que pues Nuestro Señor tuvo por bien darles
aquella criatura para su servicio, que envie faxas y mantillas para
envolver al niño y dineros para pagar el ama, ó que lo dé á criar.
_Cel._ Importuna mujer, ¿ya no le dió eso y esotro, y el su capirote
raido por cobija?
_Drion._ Tambien aquella doncella que tuvimos aquí de parto, la que
sacó el teólogo, vino llorando que por caridad le digas, pues es
hombre de conciencia, que lo haga bien con ella, y que se acuerde de
lo que le es en cargo.
_Cel._ Di, que eso yo lo sé bien.
_Drion._ El mozo del bachiller vino que vayas á la tarde á echar una
melecina á un su popilo.
_Cel._ ¿No le he dicho que mientra mi comadre Clara viviere que la
llamen? porque yo no quiero hacerle mal en su oficio, que es mi amiga.
_Drion._ Dice que está mala de los ojos de una siringada que le soltó
un escolar al tiempo que sacaba el cañuto, que, como le mirase unas
almorranas que tenía para se las curar, el estudiante, no pudiendo
retener el puxo, suelta y rocíale aquellos hocicos y ciégale los ojos.
_Cel._ Hi, hi, hi, mala landre que te mate, que reir me has hecho.
¿Hay más?
_Drion._ La manceba del clérigo, y la mujer del cordonero y la
desposada vinieron aquí y hice lo que me mandaste.
_Cel._ ¿Supiste hacer el virgo?
_Drion._ Muy bien.
_Cel._ Pues comé vosotras, no me aguardeis, que voy á consolar aquel
loco ántes que de sí haga algun desatino.
_Drion._ ¿Cómo te sucedió?
_Cel._ De perlas; algo habian de aprovechar los caractéres del cerco
de esta noche.
_Olig._ ¿No baxas, madre?
_Cel._ Vamos.
_Olig._ Dime agora lo que has hecho, que segun te vi venir alegre y
dando saltos de placer, por mí tengo que has ablandado aquella breña
y duro risco, y que traes buen recabdo. Mas, de véras, ¿qué acabaste
con ella? Dímelo porque yo contigo me alegre, que no ménos que tú
holgaré del bien de mi amo, y así será tu gozo perfecto y entero, que
el placer no comunicado no es cumplida alegría.
_Cel._ ¡Ay bobo! ántes que tú nacieses entendia yo esas malicias;
quiere que se lo diga para ganar por la mano las albricias de aquel
que en el triunfo de sus locuras no estima el gasto.
_Olig._ ¿No dices, madre?
_Cel._ Cerca estamos, ahí lo oirás.
_Olig._ Dígolo, porque si ruines nuevas traes no te cumple parecer
ante los ojos de aquel desabrido, ni ménos yo iré con esa embajada,
no quiebre sobre nosotros el enojo que tiene de la pasion que le dan
sus amores; que los corazones apostemados con ira, con poco cauterio
brotan su venino en los primeros encuentros sin esperar más razon.
_Cel._ Otra vez á doce.
_Fil._ Señor, señor, Celestina.
_Lis._ Daca esas ropas de martas cebellinas, saldréla á recibir. ¡Oh
Dios! ¿con qué viene?
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Apénas puede creer Lisandro la buena nueva que Celestina
le trae de su señora; y sobre esto pasa con ella y con sus
criados muchas cosas llenas de donaire. Despídese Celestina
de Lisandro para ir á hallarse en el pleito de Angelina.
Todavía el gran celo de Dios incita á Eubulo á decir sus
sanctas y buenas razones á Lisandro, aunque sabe que ha por
ello de ser afrentado del embobecido su amo.
CELESTINA. — LISANDRO. — EUBULO. — OLIGIDES. — MOZA.
_Cel._ Metámonos dentro, señor mio, no estemos aquí en la calle dando
cuenta á los que pasan, que bien es que vivamos cautamente, pues
castamente no permite esta negra carne; allá sabrás bueno ó malo, ó
lo que fuere.
_Lis._ Señora mia, ó afloja ya sin más tardar el cordel que de rato
en rato con estrechos estirones de temor y desconfianza acorta el
huelgo de mi vivir, ó dame presto garrote, que más tormento me es la
esperanza de tu palabra, que las prisiones que sostengo.
_Cel._ Dime, señor Lisandro, ¿qué merece la que hoy en este dia
aventuró la vida en tu servicio?
_Eub._ Algo de bueno trae la madre, encarecérselo quiere primero que
lo diga.
_Olig._ Su costumbre es jamas meter aguja sin sacar reja.
_Lis._ Mucho por cierto, si de la fuente de mi mal trae alguna
esperanza de mi bien.
_Cel._ ¿Y si la trayo?
_Lis._ Júzgote por Dios, pues por ninguna via podemos parejarnos con
los dioses inmortales, dice el gentil Ciceron, como dando salud á los
mortales.
_Cel._ A sus trece torna este necio; ¿qué cómo yo de eso?
_Lis._ Habla alto, madre, que te entienda.
_Cel._ Digo, señor, que en sólo esto me parezco á Dios en no comer
palabras, sino obras, que palabras y plumas el viento las lleva.
_Lis._ Pues ¿qué quieres tú, madre, y sácame de pena?
_Cel._ Yo, seguro que no te pida tesoros ni montes de oro, si no
fuese para casar dos sobrinitas mias huérfanas.
_Lis._ Pluguiese al Soberano que mi deseo hobiese su efecto, que tu
peticion no careceria de cumplimiento, porque incomparablemente
estimo por más aventajada la merced á mí hecha que cualquier dón á tí
prometido.
_Eub._ Oligides, por lo que debes á virtud, te llegues á ese loco, y
le digas al oido que no prometa tal cosa.
_Olig._ Díselo tú si bien te estuviere, que yo no lo pienso, allá se
lo haya, con su pan se lo coma si algun desatino hiciere.
_Eub._ Señor, una palabra.
_Lis._ ¿Agora me vienes con secretos, necio?
_Eub._ Señor, mira lo que haces, que quedas atado al prometimiento,
porque el que de su voluntad se obliga, obligado es á cumplir
lo prometido; por amor de Dios no lo hagas, que es pecado de
prodigalidad, no te saque de quicios esa mala hembra y tu desvariada
alegría.
_Lis._ Véte de ahí, asno, ¿quién te hizo cura de ánimas ó procurador
de pleitos ajenos? Déxame á mí, que yo sé lo que hago.
_Eub._ Por donde te tengo, por ahí te dejo; nunca más perro á molino,
á tu placer, mula, da, promete, cree á alcahuetas, que tú te pondrás
del lodo y morderás en el ajo más de cuatro pares de veces.
_Olig._ En mi seso estuve estar quedito y no irle á la mano en cosa
fuera del propósito de sus boberías.
_Eub._ Él vendrá á tiempo en que se pele las barbas de que no me
creyó. Quiero salirme de este juego, que bienaventurado es, dice el
serenísimo rey y profeta David, el que no fué en pos del consejo de
los impíos, ni se detuvo en el camino de los pecadores.
_Cel._ No pasemos más adelante, yo me obligo de te la hacer haber,
con que dés tú fe de me las casar honestamente.
_Lis._ Doite mi fe y palabra como caballero de lo hacer.
_Cel._ Recibo la merced que á eso me atengo, pues al buey por el
cuerno y al hombre por la palabra, dicen en mi tierra, cuanto más que
en los nobles y generosos como tú, el nuevo ofrecimiento es habido
por nueva obligacion, y no pierdo las albricias de las buenas nuevas
que oirás.
_Lis._ ¿Buenas nuevas, madre mia? daca esos piés, besarételos, que no
me tengo por digno besar tus manos, que, por ventura, tocaron la ropa
de mi señora. Di agora que de rodillas se ha de recebir la palabra
salida por boca de aquel ángel.
_Cel._ Por mi salud, no lo consienta, levántate, señor.
_Lis._ Pues di.
_Cel._ La suma de ello es que el juéves á las once de la noche
Roselia te saldrá á hablar por las ventanas traseras de su torre que
miran al alcázar.
_Lis._ ¿Qué dices, señora? ¿Qué dices, salvacion mia y bien mio?
Tórname á decir eso, explícate más, quizá entendí mal, ó trastroqué
las palabras, ó mi poca advertencia causó poco entendimiento, ó mi
mucha aficion hizo que el disfavor de aquella princesa que enxerido
traes en tu razon, echase á la mejor parte.
_Olig._ Está el diablo desbabado oyendo, y dice que no tiene atencion.
_Cel._ Algo merece la que tan buen recabado trae, que si el sesgo no
llevára el córte de mi razonar á remate, iba perdida.
_Lis._ Señora Celestina, único remedio y reparo de mi desahuciada
salud, declara y repite esa autorizada sentencia, que no la entendí.
_Cel._ Pasado mucho intervalo de tiempo, y usando yo de mis artes
cautelosas y fingidos rodeos, acabé con Roselia que te viese por do
te dixe, haciéndole entender que tocaba al servicio de Dios ver y
hablar al que con su vista y palabra recuperaria la vida.
_Lis._ Mozos, ¿estais ahí?
_Olig._ Sí señor.
_Lis._ ¿Qué dixo la señora?
_Olig._ Que Roselia, dadas las once de la noche, saldrá á las
ventanas de su torre, y que ahí la hablarás.
_Lis._ Mira no te engañes, mira si entendiste como yo, que aquel
resplandeciente lucero, cuando el prolixo relox tocáre las once, se
descubrirá, y esclarecerá del castillo la calleja del alcázar, y de
ahí esparcirá sus refulgentes rayos por mi corazon y dará luz á mis
ojos; ¿es esto?
_Olig._ Eso es en sentencia.
_Lis._ ¡Oh singular merced! ¡oh premio tan sobrado y desmedido á mi
merecer! ¡oh incomparable dón! ¡oh crecido y sobrepujante galardon
á mi servicio! ¡oh aventajado salario de mi pequeño trabajo! ¡oh
soberana! ¡oh divina! ¡oh suprema! ¡oh excelente! ¡oh encumbrada y
ensalzada magnificencia y liberalidad de mi señora, que á su captivo
siervo y esclavo aherrojado rescató en este dia de las obscuras
prisiones de cárcel de amor! Espejo de mi vista, lumbre de mis ojos,
dulzor de mi ánima, joya preciosa entre todas las perlas, hermosa
ninfa, en cuya presencia todo el mundo es feo, ¿qué favor es éste que
me envias? ¿qué es posible que saldrás de tu grado? ¿cuándo te lo
merecí? ó háceslo por tu grandeza, que condicion es de las grandes
hacer mayores las mercedes que los servicios merecen. Mas ¿qué es
esto, si me he vuelto loco, sin seso, hecho frenético de suerte que
con la mucha pasion, trastornada la imaginativa, fantasea fingiendo
lo que deseaba? ¡Ah, señora! ¿tú no eres Celestina y vosotros mis
criados? ¿No me es agora dicho que mi señora Roselia de su homenaje,
cuasi á la media noche, con su venida descombrará mi pecho de
pasiones, y remontará las mis ciméricas tinieblas que me obscurecian?
_Olig._ Sí, sí, sí, ora ver si lo creerás; juraré que ha de pensar
aún sobre ello. Ea, señor, que no estamos aquí en la opinion de
Empedocles, filósofo, el cual decia de ninguna cosa poder nosotros
tener evidencia, porque los sentidos podian recebir engaño y
decepcion; no pasa otra cosa ni hay más de lo que oiste.
_Lis._ ¿Y qué fué?
_Olig._ ¿Y no lo has oido seiscientas veces? Sancto Dios, y qué
prolixo hombre; bien dicen que cuanto más deseada es la cosa, más
dura es de creer; pues ten atencion y oye.
_Lis._ Di.
_Olig._ Roselia, el.....
_Lis._ Espera pues, no dé otro sentido del que suena tu habla y
pronuncia tu boca, veré si conformamos, que mucho hace un sí ó no en
la oracion. Roselia, mi señora.
_Olig._ El juéves en la noche.
_Lis._ El juéves en la noche.
_Olig._ Dadas once.
_Lis._ Dadas once.
_Olig._ Te verá y hablará.
_Lis._ Aguarda, no te des tanta priesa. Me verá y hablará.
_Olig._ Del puesto.
_Lis._ ¿De qué puesto?
_Olig._ De las ventanas de su torre que caen al alcázar.
_Lis._ Eso sí, de las ventanas de su torre que caen al alcázar. Es
así: que Roselia, mi señora, el juéves, dadas las once, me verá y
hablará de las ventanas de su torre.
_Olig._ Que sí, que sí, que sí, ¡válate el diablo! Dios me perdone si
lo has entendido.
_Lis._ ¡Oh bienaventuradas orejas mias que en tan breves palabras tan
sublimes sentencias oís! ¡Oh gozo extraño! ¡oh dichoso hombre más que
cuantos nacieron! pues ninguno gozó de tanta alegría como agora yo.
_Cel._ Sosiega, señor, que no ménos te podria dar la muerte la
demasiada alegría extendiendo las telas del corazon fuera de sus
límites, que la mucha pasion y tristeza angostándolas más de lo
necesario.
_Lis._ ¡Oh mi buena madre! ¡oh excelente triaca de mi secreta y
mortal llaga! Cuéntame agora todo lo que pasaste con aquella señora,
y dime algunas palabras consolatorias de aquella dulce boca.
_Cel._ Señor, bástete saber que del casquillo de la saeta que á
tí hirió queda ella lastimada, y aunque parezca que por via de
bien quiso conceder á mi ruego y satisfacer á tu deseo de vella y
hablalla, pero ella vendrá de su grado dando de piés y manos á lo que
pretendemos, que la vergüenza y empacho comun á todas hace que lo
que la voluntad otorga la boca niegue, con este velo cubrimos hartos
defectos que publicariamos si lícito nos fuese como á los hombres,
aunque yo, pardios, no me curaba de esas vergüenzas cuando moza, que
si bien me parecia alguno, no dexaba de hacerle señas y mostrarle
claramente la gana que tenía.
_Fil._ Señora, una moza te busca.
_Cel._ Pues, mi señor, el viérnes de mañana soy acá á ver cómo te
fué con tu dama para que de ahí colija y sepa en qué estado está el
negocio y en qué disposicion la tenemos, y conforme á esto obrarán
mis artes, y quédate á Dios.
_Lis._ Toda la córte celestial te acompañe.
_Cel._ ¿Qué quieres, hija?
_Moz._ Mi señora Angelina te suplica que en todo caso vayas á las dos
á juicio, porque aquel estudiante con quien tú la desposaste niega
ser su esposa.
_Cel._ Dile que me place, que yo lo haré de mil amores, y que me
espere en su casa, que de ahí nos irémos entrambas juntas.
_Lis._ ¡Oh, cómo temo no me acaezca agora algun infortunio ó
desastre! que la fortuna así suele usar de sus casos falaces con los
que en prosperidad pone y en alta cumbre como á mí, de manera que
cuanto más alto los sube, tanto más baxo lo derrueca y abate; rueda
es de fortuna no permanecer en un sér.
_Olig._ Por ende es buen aviso, señor, pensar hombre consigo todos
los males que le pueden suceder, y estar apercebido con sufrimiento,
porque si alguno sucediere no le halle desarmado y desproveido de
paciencia, ántes dé gracias á Dios que no le sobrevinieron todos
aquellos males que él pensados tenía.
_Eub._ ¡Oh! cuánto sería mejor dejar esas vanidades y contemplar la
brevedad de la vida y el fin y remate de ella, que al fin pasa la
gloria de este mundo y sus deseos y cobdicias. Mas, ¡oh desvarío
de los hombres! da voces el clarísimo orador y poeta Petrarca,
nadie hay que esto no sepa, y esperan enmienda con dilacion de la
vida fingiendo entre sí que están léxos de la muerte, la cual el
tiempo breve, la vida corta, las muchas desventuras y fortuitos
acaecimientos la hacen vecina y muy cercana á nosotros; así es el
mundo y el engaño de los vivientes, que mientra luengo espacio de
vida, á sí mesmos prometen pensando vivir los años de Nestor, ó que
les sucediera la dicha de Metello, ó que la natura les será madre
más piadosa que á los otros, á deshora la triste y congoxosa muerte
les acomete sin apercibimiento. Mira, señor, que aquel vivió, dice
Marcial á su amigo Posthumo, el que ayer vivió, que de hoy no tenemos
certinidad. Teme á Dios y acuérdesete de aquella palabra digna de ser
escripta con letras de oro, por ser de aquel gentil Valerio, que la
ira de Dios procede en su venganza de espacio y á pasos contados, y
la tardanza la recompensa con graveza del castigo.
_Lis._ Oligides, di á ese sandio que calle si no quiere palos, que,
por Dios, creo que ha de reventar un dia de éstos de mucha devocion.
Y mira si está aderezado, que quiero comer.
_Olig._ Voy, señor. Anda acá Eubulo, que eres menester.
_Eub._ Ya, ya, á buen entendedor pocas palabras.
¶ ARGUMENTO DE LA QUINTA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Va Celestina con Angelina á pleito ante el Provisor,
juntamente con los testigos y Procurador. Despues de largas
disputas con el letrado, el Provisor absuelve á Sancias,
estudiante, de la demanda que por Angelina le fué puesta
sobre caso de ser su esposo y marido. Está llena esta cena
de mucha doctrina, y no ménos de gracias y donaires.
CELESTINA. — ANGELINA. — TESTIGOS. — PROVISOR. — PROCURADOR. —
SANCIAS. — LETRADO.
_Cel._ Tha, tha, tha.
_Ang._ Mochacha, corre, verás quién llama.
_Cel._ Bendígate Dios y San Miguel Ángel, y qué galana estás.
_Ang._ No estoy para ver despues que parí del Arcediano.
_Cel._ Tal me venga el año y la Pascua cual tú agora me pareces.
_Ang._ Madre, no me lo tomes á soberbia, que en mi ánima agora dos
años no habia otra más hermosa en la ciudad.
_Cel._ ¿Por qué no te arrancas esos pelitos de entre ceja y ceja?
Saca las tenacicas del estuche, pelarételas.
_Ang._ Ten; ay, que escuece.
_Cel._ Hija, por eso dicen sufrir cochura por hermosura. Cobíjate y
vamos, que ya estarán en audiencia, y de camino llevarémos los dos
mancebos que escondimos en la recamarilla por testigos.
_Ang._ Vamos; rapaza, vénte conmigo y cierra la puerta.
_Cel._ Aquí moran. Gentiles hombres, por la parte que os cabe de
la señora Angelina que vengais con nosotras á jurar lo que oisteis
cuando la desposamos con aquel estudiante llamado Sancias, que lo
niega á pié-juntillas.
_Test._ Eso de muy buena voluntad, id, que luégo somos allá.
_Cel._ Por mi salud, hija, que te cumple éste más que otro, que yo
lo he mirado con tales ojos, que será buen oficial de lenternas, y
tú podrás á tu salvo hacer lo que bien te estuviere, que á los tales
no ménos los ojos les engañan que la poca experiencia que tienen en
estas cosillas, cuanto más que mucho hace al caso el sonsonete de,
mujer casada soy, para que en más te tengan los galanes que hasta
aquí te servian, que lo vedado más se desea, y más caro cuesta lo
que no se halla fácilmente á cada canton, y tambien que así no te
llevarán el marco.
_Ang._ Si eso no viera, nunca tan á pechos tomára este casamiento,
cuanto más que es hijo de un mercader muy rico, y está un dia de
éstos para repetir.
_Cel._ Dices la verdad, que ansí lo oí.
_Ang._ Pongámonos cabe estas verjas, que Sancias velo do está, y
los testigos ya vinieron; tú responderás por mí, que yo soy muy
empachada, mientra viene nuestro Procurador.
_Provisor._ ¿Qué quereis, mujeres?
_Cel._ Señor, esta doncella se casó con este estudiante y él niégalo,
y por cuanto se siente muy agraviada en no casarse, pide en justicia
á vuestra merced le mande casar con ella, pues darémos informacion de
la verdad.
_Prov._ Toma procurador, que tú, mujer, no puedes procurar.
_Cel._ Hélo aquí, señor.
_Prov._ Bien está; pues ¿qué pides al estudiante?
_Procurador._ Pedímosle por marido de esta señora.
_Prov._ ¿Qué decis vos á esto?
_Sancias._ Que no sé qué se dicen, y niego lo que me levantan.
_Proc._ Es verdad, y porque lo creas, señor, toma juramento á estos
testigos que están aquí, que ellos dirán la verdad.
_Prov._ Jurad que jurais á Dios y á santa María, y á esta señal de la
cruz ✝ decir verdad de todo lo que supiéredes en este caso y os fuere
preguntado. Respondé, sí juro.
_Testigos._ Sí juro: sí juro.
_Prov._ Si así lo hiciéredes Dios os ayude, si no, él os condene.
Decí, amén.
_Test._ Amén.
_Prov._ Por el juramento que habeis hecho, es verdad..... ¿Cómo os
llamais vos?
_Ang._ Señor, Angelina.
_Prov._ ¿Y vos?
_Sanc._ Sancias.
_Prov._ Que Angelina se casó con Sancias, estudiante, y sabeis que se
dieron las manos por palabras de presente.
_Test._ Que para el juramento que hemos hecho que están casados, y
les vimos dar las manos por palabras de presente.
_Sanc._ Señor, aquello no lo niego; pero puse condicion cuando me
casé con ella diciendo así, yo te tomo por mujer si el arcediano que
te hobo te diere comigo veinte mil maravedís en casamiento.
_Proc._ Señor, ya se los da el arcediano.
_Sanc._ Señor, bien me puedo salir afuera si no tornamos de nuevo á
darnos las manos con nueva obligacion y consentimiento.
_Proc._ No podeis por el capítulo _Super eo de conditionibus_.
_Prov._ Escuchaos y salios fuera, tomaré parecer con el letrado,
que ése es caso dubdoso y áun harto dificultoso de determinar.
Señor doctor, ¿qué sentís en este caso? Si dos se dan las manos con
consentimiento de entrambas partes por palabras de tiempo presente,
y el uno de ellos pone esta condicion de futuro diciendo, yo te tomo
por mujer ó marido con tal que fulano te dé en casamiento tantos
mil maravedís, dáselos; pregúntoos si será válido el tal contrato ó
matrimonio complida la demanda, ó condicion puesta, ó si se requiere
nueva obligacion y nuevo consentimiento.
_Letrado._ Antigua y vieja querella es ésa, señor Provisor, en la
cual los famosos canonistas y teólogos fieramente se encuentran, y
entre ellos hoy dia hay gran controversia en la porfía y debate de
la verdad, de manera que cada uno de ellos, segun su opinion, daria
su parecer y decreto. Pero yo sigo en este caso la sentencia de los
teólogos, que en esto, como en lo demas, sintieron y hablaron mejor.
Cuyo cánon verdadero es que el matrimonio que de principio no fué
matrimonio por causa de algun pacto ó concierto ó impedimento ó
condicion puesta, no viene á ser matrimonio, puesto que despues se
cumpla lo prometido, ó cese el estorbo que empidia el tal contracto,
si de nuevo no comienza entre ellos nueva obligacion y consentimiento
de voluntades.
_Prov._ ¿Por qué razones os fundais? que, ya sabeis que en materias
disputables, más hace la razon y argumento que la auctoridad del que
lo dice, dado que mucho me persuadan las letras y buen juicio que en
vos florecen.
_Letr._ No creais que la doctrina de estos sabios teólogos aceptase
por la más razonable y verdadera, si sus subtiles y agudas razones no
me moviesen á ello y áun me compeliesen á creello. E dexadas nuestras
leyes y capítulos que parecen sentir esto, donde por consecuencias y
argumentaciones os podria traer á conocimiento de mi opinion, como es
la ley _Si stipulator_ y la ley _Stipulantes_, § _Sacram de verborum
obligationibus_, y el capítulo _Super eo de conditionibus_, argúyoos
con vivas razones, las cuales despiertan más el entendimiento. La
primera, si Sancias ántes que le cumplan la condicion se arrepiente
y desiste de su propósito y intincion que tenía de casarse con
Angelina, todos los doctores, así teólogos como canonistas, convienen
que el tal no sería matrimonio; luego, dado que no revoque su
consentimiento, no valdrá el contracto de palabra si de nuevo no
consientan. Pruéboos la consecuencia, porque ningun arrepentimiento
basta para quitar ó anular la fuerza ó virtud del contracto, si en sí
causa el matrimonio y tiene virtud de lo hacer. La segunda razon, si
Sancias ántes que el arcediano le diese los veinte mil maravedís, ó
ántes que le cumpliesen cualquier otra condicion puesta largamente,
se podia casar con otra, como vos, señor, tampoco negaréis, luego si
tiene poder de casarse con cual quisiere, es porque el tal contracto
con condicion era inválido y sin virtud de hacer matrimonio, y como
quiera que sola la ratihabicion no es suficiente de causar obligacion
en el matrimonio sin nueva voluntad y contracto, síguese que no es
necesario que nuevamente se casen y consientan. La tercera razon.....
_Prov._ No procedais más adelante, señor Doctor, que yo estoy ya
contento de vuestras razones, pero no satisfecho de mi dubda; y no os
espanteis que yo dubde, pues dubdaron aquellos doctos varones como
Hostiense, Calderino, Angelo de Clavassio, Antonino y el teólogo
Palude, y otros muchos que siguieron el parecer contrario; y pues
no ménos virtud y sabiduría es defender la verdad de los contrarios
que saberla sustentar con razones, ruégoos me respondais á estos
argumentos que en sí traen dificultad y en mí engendran escrúpulo,
tanto que apénas os creo, y áun con vuestro perdon digo que es
falso lo que decís; y sea el primer argumento: en todos los otros
contractos condicionales, veniendo la condicion queda el contracto
perfecto sin otra nueva obligacion; exemplo: doy os cien libras
de plata si me asegurais la nao, doy os la casa si me diéredes la
heredad, si vos cumplis la condicion yo quedo obligado á lo que
prometí y me condenarán á ello, y áun vos sentenciárades contra mí,
luego si el matrimonio es un contracto natural, síguese que obliga
puesta la condicion. El segundo argumento: en el capítulo de _Illis
de conditionibus appossitis_, se dice que si alguno juráre por estas
palabras de casarse con alguna, yo juro de te tomar por mujer si
traxeres tanto en casamiento, si no lo trae no queda perjuro, si con
todo no se hubiere seguido consentimiento presente ó cópula carnal.
Argúyoos yo, señor Doctor, por el contrario sentido. Si haya habido
consentimiento será perjuro, luego como aquél, en el caso que os
puse, ha habido consentimiento explicado por palabras que significan
presencia de tiempo, síguese que tambien será matrimonio. El tercero
argumento, si alguno diga, yo huelgo de ser tu marido y te acepto
por mujer si tú consintieres; si la otra responde, y yo tu mujer y á
tí tomo por marido, no hay dubda, sino que son casados y contraxeron
matrimonio, y la tal condicion era de futuro, luego por lo mesmo, si
dixere, yo te tomo por mujer si dentro de un año consintieres, venido
ó cumplida la condicion, será vero matrimonio. Oyoos, señor Doctor,
entre dientes hablar, y daisme sospecha que no os encaxa esta razon ó
probacion, por ende quiero probar y confirmar el antecedente. Decíme,
por vuestra vida, ¿en todos los casamientos no acontece así, que el
uno habla primero que el otro, y por el consentimiento del segundo ó
del que habla á la postre se perfecciona el matrimonio entre ambos?
por donde siempre me parece á mí que la eficacia del consentimiento
depende de las palabras advenideras ó del tiempo futuro. Por mi fe,
señor, que habeis menester adelgazar vuestra pluma y tajarla más
delgado de lo que soleis en otras cuestiones, si quereis presumir
de responder á mis argumentos, que cada uno de ellos me da nueva
sospecha de vuestra opinion, y todos ellos me causan consentimiento y
juicio de la parte contraria.
_Letr._ De una cosa me pesa, señor Provisor, que no permitistes á
mi lengua dar fin y remate á otras razones que se me ofrecian; mas
creo que lo hecistes porque las sentíades como tiros que minaban y
echaban por suelo el fundamento de los canonistas, los cuales vos con
rabia de defender habeis multiplicado argumentos y réplicas. Si tan
fácil me fuese persuadiros que dexásedes esa opinion y siguiésedes
la sentencia de los teólogos, como me es deshacer vuestras razones,
luégo pensaria que quedaba por mí el campo. Y porque no os parezca
que cumplo de palabra, siendo muy ajeno de mi propósito, respondo por
órden á vuestras objeciones. A la primera digo: que no es de virtud
y naturaleza del contracto que cumplida la condicion cause y haga
traslacion de la cosa; como quiera que ahí no haya sino prometimiento
solo, pero las leyes disponen y ordenan que cualquier que promete,
quiera que no quiera, sea obligado á cumplir lo que prometió, lo
cual no pueden hacer ni disponer en el pacto ó concierto matrimonial
por causa de aquella suma y grande libertad que Dios quiso haber
en el matrimonio, conviene á saber, que cualquiera que áun no es
casado esté en su poder y potestad casarse ó no casarse, tomar mujer
ó dexalla; por lo cual se infiere que si aquél áun no tiene mujer ni
es casado ántes que se cumpla la condicion, segun tambien confiesan
los adversarios, y vos tampoco no lo negaréis, está en su libre poder
aún despues hacer lo que bien le estuviere; y por este fundamento,
señor Provisor, pues sois docto, sacaréis la respuesta de las otras
objeciones. Pero todavía, como gato por brasas, iré tocando las
soluciones, que á vos bastará media palabra, que al hombre sabio
basta apuntalle la cosa para que de media vez entienda. A la segunda
objecion respondo que es verdad lo que el capítulo dice, y lo que
vos inferis á contrario sentido, pero niégoos la consecuencia en
que decis que lo mesmo es en vuestro caso. Entendé el texto, señor
Provisor, que quiere decir que si despues del pacto condicional
hobiere nuevo consentimiento presente no expresada la condicion, ó se
siguiere cópula carnal, entónces queda perjuro si no se casáre con
ella; y así digo en nuestro caso, que si Sancias de nuevo consiente
con las ceremonias de palabras y otras cosas que sabeis requiere el
matrimonio para que obre despues que se puso, ó al tiempo que se pone
la condicion, queda tan casado como vos agora estais, pero porque no
es ansí os negué con razon la consecuencia ó illacion.
_Prov._ No mirais, señor Doctor, lo que dixistes, ni teneis
advertencia á los exemplos que poneis; decisme que soy casado, eso
será á media carta.
_Letr._ No os maravilleis, que son descuidos de letrados. A la
tercera objecion, porque es de poco tomo, no respondo por mi honra
y áun por la vuestra, que bien sabeis vos que me sobraba razon de
sonreirme debajo mi loba al tiempo que la formastes.
_Prov._ Maravíllome de vos, para ser letrado hacer tan poca cuenta de
lo que en sí trae mucha dificultad. En especial que puede haber tanto
intervalo de las palabras obligatorias del uno á las del otro, que
con mucha y sobrada razon se dubde si despues que la mujer consiente
á cabo de rato sea matrimonio ó no, ó es menester que de nuevo
entrambos juntamente consientan.
_Letr._ Dice Avicena que el rejalgar ó veneno puede ser tan poquito
que no empezca ni dañe al cuerpo que lo recibe; bien así podrá
ser tan breve y corta la tardanza de tiempo en que tarda la mujer
á proferir sus palabras y corresponder á las del hombre, que no
impida ni estorbe el matrimonio y vínculo que nace de ahí, como en
el baptismo porque diga el baptizante un poquito ántes ó despues que
batee ó chapuce al niño las palabras sacramentales, no deja de ser
perfecto baptismo. Cuanto más que el consentimiento de la otra parte
es de esencia y sustancia del matrimonio, y no condicion, y así hay
diferencia de lo uno á lo otro.
_Prov._ No os creo, por Dios, en el exemplo que pusistes.
_Letr._ Bien os demostrais ser puro canonista y que andais atado
á las glosas como asno á estaca. Perdonáme si soy discortés, que
debíadesmela, váyase una por otra.
_Prov._ Pase por donaire, que ni vos medraréis mucho á la sombra de
los teólogos, que más presto se os pegará algun piojo que no algun
obispado.
_Letr._ Y áun ése es el mal, que cuando crian obispo no le preguntan
si sabe textos ó apellaciones ó pleitos, mas si sabe _utrumque
testamentum_. Máxime que á ellos pertenece lo que dice San Pedro:
_Parati semper ad satisfactionem omni posidenti vos rationem de ea
quæ in vobis est spe_, y á su oficio compete predicar la doctrina
evangélica al pueblo, que el púlpito agora está usurpado de frailes.
_Prov._ No me agrada eso que decis, porque oficio es del obispo
decidir y determinar cuestiones y dubdas, las cuales sin los cánones
y decretos de sumos pontífices mal se averiguarán con sola la
teología.
_Letr._ Careceis de principios, señor Provisor.
_Prov._ Habla cortés y decí el porqué.
_Letr._ Porque eso es accesorio; que tambien pertenece á su señoría
mirar por los edificios y ornamentos de la iglesia, que esté bien
proveida de todo esto, pero no se requiere por eso ser carpintero
ó platero; así acá, aunque sea así como dices, pero basta para eso
tener una persona docta como vos en los cánones, ca entender en
pleitos sería meterse en negocios seglares, contra el precepto de
San Pablo. De manera que su oficio principal es predicar y enseñar
la doctrina de Cristo, y para esto les es necesario saber la Sagrada
Escriptura y sancta teología, donde se aprenden tambien los textos
de cánones que tocan á la salud de las ánimas, cuanto más que los
cánones fueron fundados de varones teólogos como conclusiones sacadas
del manantial de las letras divinas.
_Prov._ A todo eso que dices contradice Hostiense y Panormitano.
_Letr._ Verdad es, pero no respondieron á mis razones, y hablaron
como canonistas en saber poco en casos de conciencia.
_Prov._ Dexaos, por mi vida, de ésos, señor Doctor, que nunca haréis
mayorazgo si os ateneis mucho á los teólogos, y despachemos á esta
gente, que nos hemos mucho detenido.
_Letr._ Bien podeis dar por libre al estudiante, que en esto no solo
seguis la caterva de los teólogos como es Sancto Tomás, Ricardo,
Scoto, Silvestre y otros muchos; pero teneis de este bando los más
famosos canonistas, conviene á saber, Panormitano, Inocencio III, el
Cardenal y Francisco de Arecio.
_Cel._ Ya deciende el Provisor, llégate acá Angelina.
_Prov._ Estad atentos y oí la sentencia.
_Cel._ Diga su merced.
_Prov._ En el pleito que es entre Angelina y su procurador en su
nombre de la una parte, y Sancias de la otra: fallamos, atentos á los
auctos y méritos de este proceso de pleito, que la dicha Angelina y
su procurador en su nombre no probaron su peticion y demanda.
_Cel._ En hora mala os pusisteis ahí.
_Prov._ Dámosla y pronunciámosla por no probada, y que el dicho
Sancias probó bien y cumplidamente sus excepciones y defensiones.
_Cel._ En buena fe, mentís.
_Prov._ Dámoslas y pronunciámoslas por bien probadas, en consecuencia
de lo cual, que debemos absolver y absolvemos al dicho Sancias de
la demanda contra él puesta por parte de la dicha Angelina y su
procurador en su nombre. E dámosle por libre y quito de todo lo
contra él pedido y demandado.
_Cel._ Para esta que aquí Dios me puso que yo te haga tambien libre y
quito de la que estotro dia me rogaste que hablase.
_Prov._ Y ponemos perpétuo silencio á la dicha Angelina y á su
procurador, para que agora ni de aquí adelante no le pidan ni
demanden cosa alguna de lo en la dicha su demanda contenido, y por
causas que á ello nos mueven no hacemos condenacion de costas; y por
esta nuestra sentencia definitiva, ansí lo pronunciamos y mandamos.
_Cel._ Ansí don cavez mordido, por los huesos de mis finados, tú me
la pagues, no te aprovecha importunarme con el sacristan, que no la
habrás. Calla tú, Angelina, no llores, que yo he de morir ó salir
con este pleito; yo estudiaré mañana y esotro dia para engañar á
Sancias, y entre burlas y véras le sacarémos del buche un sí, puro y
no aguado con condicion; agora vámonos, que no me he desayunado sino
de pecados.
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL TERCERO ACTO.
Va Lisandro armado con sus criados á hablar á Roselia.
Encuentra á Beliseno, hermano de ella, que anda rondando
la calle, porque habia barruntado el negocio, el cual no
conociendo á Lisandro se va; Lisandro, como no salia su
señora, vase á quexar á Celestina, la cual, despues que se
excusa, le dice que note una carta para su querida, y que
ella se la dará y la hará venir á su propósito con su buena
lengua.
LISANDRO. — OLIGIDES. — EUBULO. — SIRO. — GETA. — BELISENO. —
CASAJES. — GALFURRIO. — DROMO. — REBOLLO. — CELESTINA. — LIBIA. —
FILIRIN.
_Lis._ Oyes, Oligides, di á esos mozos que aderecen las armas y esté
todo á punto, que es hora.
_Olig._ Señor, agora dió las nueve.
_Lis._ No hace al caso, que bien es apercibirnos con tiempo, cuanto
más que no sé si por ventura esta noche más que las otras el
primer movimiento llevará en pos de sí al planeta sol fuera de su
acostumbrado camino, y así pensando hallar á Roselia encontraré con
la hija de Palántes que sale desmeleñada con sus rosados cabellos y
acompañada de rocío á descombrar el esmaltado cielo de estrellas, y
estorbarme de ver y hablarla, que con su vista me alegra y con su
ausencia me atormenta.
_Olig._ Eso no puede ser por via de naturaleza.
_Lis._ ¿Qué sabes tú si Dios agora hará milagro en acelerar el curso
del cielo como hizo con Josué en detenello? Que á los que bien aman
nunca les faltan desdichas, á los cuales no ménos fortuna les es
contraria, que á los ménos dignos amor favorable.
_Olig._ ¿Qué armas quieres, señor?
_Lis._ Dame á mí ese montante, vosotros llevad rodelas.
_Olig._ Vístete estas corazas, Eubulo.
_Eub._ Bástame á mí zarahuelles y un brazal izquierdo con la rodela.
_Olig._ Yo vístome el jubon fuerte de nudillos, que á mí más que á
otro me trae sobre ojo para me matar Beliseno, hermano de Roselia,
despues que sintió mis pasos y mis entradas y salidas á su hermana de
partes de Lisandro. Siro, Geta, armaos presto.
_Lis._ Quédense ésos en casa, que bastais vosotros.
_Olig._ ¡Oh señor! vengan, que quien á sus enemigos popa á sus manos
muere. Bien es que vamos á recabdo.
_Lis._ ¿Quién hay que nos ande á los zancajos por aquí?
_Olig._ Beliseno el mayorazgo, hermano de ella.
_Lis._ ¿Y ha venido á su noticia cosa alguna?
_Olig._ Tanto que me pesa, porque supo que yo habiendo sido paje de
su padre, y fiando su casa de mí, con este título le alcahuetaba á
su hermana para tí, y anda por me matar, segun me dixo Galfurrio,
su criado y mi amigo; y tambien me dixo que te cumple á tí traer la
barba sobre el hombro y andar en aviso, porque cada noche fasta las
once pasea la calle de banda á banda, y trae espías á ver si te puede
coger, que fué sabidor de cómo los otros dias te requebraste con
Roselia, y que fasta hoy dia la sirves y festejas con mil juegos de
cañas, y justas, y pomposos atavíos en tu persona y diversas libreas
en tus sirvientes, en las cuales siembras letras de tu pasion,
bordadas y chapadas las ropas todas del nombre de la dama; que áun en
los paramentos de los caballos y en la cimera del yelmo huelgas de
escrebir su nombre. Con todas estas cosas, ¿no querias ser sentido?
Piensan los enamorados que los otros tienen los ojos quebrados. Pues
sábete que Beliseno es hombre que tiene sangre en el ojo y mira mucho
por la honra, y por este pundonor no estimará el resto en lo que
pisa; á su mesma hermana matará si siente el menor pelo del mundo.
_Lis._ Pues no sólo mi hacienda, mas tambien mi vida he condenado al
fisco de su servicio, por bien empleada doy la muerte en tanto que
ella se sirva. Cuanto más, que dientes tuvo mi linaje, que los supo
mostrar en tiempo de afrenta, y lo mesmo haré yo á quien me enojáre ó
tocáre al menor de mi casa, y déxate de eso y vamos.
_Olig._ Atraviesa por esta calle, que es más secreta.
_Lis._ Hola, id de dos en dos porque no parezca que vamos en
cuadrilla.
_Olig._ Bien dice.
_Eub._ Señor, por amor de Dios, que si algo fuere nos defendamos con
moderacion que carezca de culpa, y no acometamos, que no lo permite
la ley evangélica, ántes nos enseña á amar los enemigos.
_Lis._ Boballa tres veces, ¡con qué sale el asno devoto!
_Olig._ Ce, ce, señor, el lobo en la conseja; ¿ves aquel bulto de
hombres arrimados al esquina?
_Lis._ Mucho bien, ¿quién son?
_Olig._ Beliseno con su gente. Ponte en primera, que se acercan, y
poco á poco se van juntando con nosotros.
_Lis._ Hacé lugar, jugaré de mi montante en esta plazuela si algo
fuere.
_Sir._ Geta, ¿sabes alguna postura de espada? dímela, que no aprendí
á esgremir.
_Get._ Ponte así en tercera.
_Sir._ Echaré mano tan ayna.
_Get._ Veamos primero en qué pára esto.
_Beliseno._ Mozos, no se menee nadie de su lugar sin que ántes sepan
quién son, no paguen justos por pecadores. Si fuere Lisandro, el
primero que le diere una estocada y le derribáre en el suelo, tiene
de mí cincuenta monedas.
_Casajes._ Señor, ¿si le matamos?
_Bel._ Muera.
_Galfurrio._ Perdónele Dios.
_Cas._ Bien pueden doblar por él.
_Dromo._ Mas recen por él luégo.
_Rebollo._ Digámosle todos un pater noster, porque Dios le alumbre á
conocimiento de sus pecados y no pierda el alma con el cuerpo.
_Bel._ Tiremos la calle derecha, que no son ellos si no me engaño,
que están muy retapados, y creo que es la justicia.
_Galf._ ¿No nos viste, señor, en tu reguarda asestadas las puntas
de nuestras espadas en su corazon? No hubiera dicho, yo soy, cuando
cuatro estocadas, una en pos de otra, le rasgáran las telas del
corazon.
_Cas._ Por el sepulcro de Sanct Vicente de Ávila, en esta piedra
estaba aguzando la punta de mi espada para escarballe las entrañas.
_Drom._ Juro á los Corporales de Daroca, yo las uñas porque hiciesen
buena presa, que sin dubda pensaba hacelle tal puerta con mi espada
en el costado izquierdo, que con las uñas le arrancára el corazon.
_Reb._ ¡Oh pésete tal! ¿por qué no era él? que Galfurrio lo dirá
si le pedí prestado su pañizuelo para me limpiar despues la mano
derecha, que, por la cruz de Caravaca, por mi tengo que fasta la
empuñadura le metiera la espada y me bañára la mano en sangre, porque
yo le apretára tanto, que las costillas le hiciera cruxir y que
dieran lugar á mi mano que se engolfára dentro.
_Bel._ Mando que ninguno haga más de matalle.
_Galf._ Si fuere en nuestra mano, señor, podernos moderar fasta
sacarle de vida no más, lo cual creo que no podrá ser, harémoslo,
donde no, podrás perdonar. Tira, señor, por estotro camino, no nos
encuentre la justicia y nos desarme, pues no te quieres dar á conocer.
_Bel._ Vamos.
_Galf._ ¿Qué os parece, compañeros, si tornáramos la cuesta donde
quedan los otros? no fueran más nuestras vidas.
_Drom._ Ahí nos matáran.
_Cas._ Hagámonos cuenta que hoy nos nacimos, que de dos buenas hemos
escapado.
_Reb._ A tí debemos la vida, Galfurrio.
_Olig._ Señor, está siempre á punto y guarda la entrada, no haga
Beliseno alguna zalagarda donde quedemos todos apiolados, que por
arriba me pareció que subian á rodearnos.
_Eub._ Ya se fué.
_Lis._ Sentémonos al pié de la torre miéntras se hace hora y sale mi
señora. Vosotros, ¡hola!
_Sir._ Señor.
_Lis._ Poneos á esos cantones y mirad quién pasa, avisáme.
_Sir._ Yo escóndome, hermano Geta, tras esta pizarra, que mal va este
negocio como el diablo.
_Get._ ¿Cabemos entrambos?
_Sir._ Espera, meteréme yo debaxo; ponte agora ahí arrimado, que no
te vean los que pasan.
_Lis._ ¿Qué hora da el relox?
_Olig._ Las once.
_Lis._ Apartaos allá, no vea mi señora otra persona más de la mia, no
se turbe de ver tanta gente, y se empache de salir á hablarme, basta
el temor con que lo hace.
_Eub._ Aquí estarémos.
_Lis._ Hola, ce, ¿dormís?
_Olig._ Señor, no.
_Lis._ ¿Habeis oido el relox?
_Olig._ Poco há que dió las doce.
_Lis._ Y no sale aquella resplandeciente luna de la noche, aquella
luminosa hacha para alumbrar de sus finiestras la profunda tiniebla y
tenebrosa obscuridad de mi corazon preso en la carcel de su servicio.
Mas ¡oh desdichado! que no son tan grandes mis servicios, que no sea
mayor su merecimiento para hacerme mercedes, ni hay tan gran cosa en
mi poder, que mayor á tí no se deba; pero por eso, señora mia, es más
tu nobleza y liberalidad para me las hacer, que no mi diligencia para
las merecer y recebir, y lo que fuere falto en mis obras, la virtud
tuya lo supla volviendo los ojos á mi crecido deseo, que del todo á
tu servicio se ha dedicado, de suerte que no tiene cosa nueva que
te ofrecer, que si más hobiera más sacrificára; y de todo esto con
sola tu vista me doy por pagado, que así mis ojos se contentarán y
mi corazon quedará satisfecho. ¡Ah señora! ¿óysme? Cata, que si la
esperanza de verte me faltase, tampoco la vida se podria sostener;
¿no me respondes, ó déxasme por atreguado como pieza de axedrez?
_Olig._ Asotra puerta, al diablo le responderá, está la otra
durmiendo á su placer y oirálo. En buena fe, señor, mejor sería irnos
á dormir que no guardalle su torre.
_Lis._ Esperemos hasta las dos, y si no sale, vámonos, que aquella
burladora de Celestina me ha engañado. Desviaos, no esteis conmigo,
no os sienta si saliere, y así se torne.
_Get._ Po, po, y como hiedes, Siro.
_Sir._ Pardios, para te decir la verdad, que pensé que alguno te
engarrafaba cuando te heciste á mí y me empuxaste, y con este miedo
caguéme.
_Get._ Yo te doy mi fe que no me quedó gota de sangre en el cuerpo
cuando me enovillé y me apreté contigo, que no sé cómo me volví los
ojos despavoridamente y representóseme por hombre aquella piedra
frontera.
_Eub._ Señor, las dos da, vamos que ya no saldrá.
_Lis._ Ay, ay de mí, que, como mi ánima, fasta aquí puesta en temor
y suspensa en esperanza, atentamente esperaba el buen ó mal suceso,
así agora que no tiene en qué estribar, queda atónita, sin sentido y
pasmada.
_Olig._ Supla tu cordura lo que falta de razon, para no dar lugar á
tu pasion.
_Lis._ Ni Job con paciencia, ni con fortaleza Posidonio, su dolor
disfrazaron, cuanto más yo, flaco hombre de cordura, me podré ensayar
para no sentir lo que me sobra de razon para quexarme.
_Eub._ Señor, pues no puedes lo que quieres, quieras lo que puedes,
esto es, que des obra á que Cupido no aviente con sus alas más
desórden en tu voluntad, la cual si virtud y sabiduría no la enfrena,
ella por sí desbocada y sin freno es.
_Lis._ Fácilmente todos, cuando sanos, damos buenos consejos á los
enfermos, si tú adolecieses de mi mal, otra cosa dirias y sentirias.
_Olig._ Señor, tarde es, vámonos á dormir que ya no saldrá.
_Lis._ No lo haré fasta ir á hablar á la vieja.
_Olig._ Pues tira por esta acera, aquí vive.
_Lis._ Llama.
_Olig._ Tha, tha, tha, ¿quien está acá? Celestina, Celestina, asotra
puerta, que aquésta no se abre. La fuerza del primer sueño vence su
sentido que no nos oya.
_Lis._ Golpea con esta piedra.
_Olig._ Trap, trap.
_Cel._ Libia, mochacha, despierta y párate á la ventana, verás quién
es, que hunden la puerta á golpes, y di que aguarde á quien fuere
mientra me visto, que si á mano viene alguna debe estar con dolores
de parto, pues á tales horas vienen.
_Lib._ Voy. ¿Quién está ahí?
_Lis._ ¡Ah, señora!
_Olig._ Paso, señor, que no es Celestina; señora Libia, decid á
Celestina que está aquí Lisandro, mi señor, que la quiere hablar.
_Lib._ Sí diré. Tia, aquel caballero de Roselia te busca.
_Cel._ ¿Él mesmo ó algun su criado?
_Lib._ Él en persona.
_Cel._ Duelos tenemos, pues á tal hora viene, daca ese ropon,
echarémelo encima.
_Lib._ Toma.
_Cel._ Y ¡Jesus! señor, ¿á tales horas por acá?
_Lis._ Bien lo has hecho, madre, buena cuenta has dado de mi negocio.
_Cel._ ¿Qué es, mi señor?
_Lis._ No vino.
_Cel._ ¿Qué, no salió Roselia á hablarte?
_Lis._ No, por ende mira si me traes en tres pasos burlado, que temo
que nada le dixiste.
_Cel._ ¿Decir? mal me haga Dios y no vea esta cruz á la hora de mi
muerte si no se lo dixe, y áun de tal repicapunto, y con tal astucia
y viveza, que mi tia, que Dios haya, no supiera mejor decillo; desas
soy, en buena fe, mal me conoces, no hay tal mujer en el reino de mi
oficio como yo, mal pecado; no son éstos los primeros amores en que
he entendido.
_Lis._ Pues ¿qué piensas haber sido la causa de faltar mi serafin su
fe y palabra?
_Cel._ Impedimentos que no faltan, cuanto más que el temor vergonzoso
la habrá retraido de lo que, por ventura, ella libre de aquel natural
empacho y velo de vergüenza, más que tú desearia. Pero déxamela,
que yo la ablandaré más que cera, y áun la derretiré con mi plática
que destile en lágrimas de tu amor; que mi lengua allana todas esas
asperezas y rigores, que una martillada y otra hace mella y empresion
en el hierro, y lo pone de la figura que quiere; una contínua
gotera horada la piedra, las hormigas con el mucho uso gastan los
pedernales y hacen camino pasajero, la frecuentacion de los actos
causan hábito, el mucho exercicio desenvuelve los miembros. Así
mis compuestas, multiplicadas y importunas palabras desbastan los
corazones rudos al amor, y los duros enternecen, y los tiernos del
calor de Cupido derriten, y en ellos imprimen su sello, virtud y
eficacia. Tú, señor, nota de mañanica una carta en que le declares
tu pasion y te quexes de su fe quebrantada y lo que más supieres, y
envíamela, dársela he; que todas estas machinas son menester para
combatir y abatir el su fuerte propósito á lo que queremos; y á
buenas noches, que me toma dolor de cabeza si me desvelo con esta mi
negra axaqueca.
_Lis._ A tí me encomiendo, señora.
_Olig._ Adios, madre, y salúdame á mis ojos.
_Cel._ Andad con Dios, mis hijos, que sí haré.
_Lis._ No llames recio, no nos sientan los vecinos. ¿No salen esos
tacaños á abrir? Bellacos, ¿así esperais á vuestro amo que os da de
comer? ¿Qué es de aquel rapaz, Filirinillo? Puto rapaz, ¿dormís?
espera que yo te despertaré, con una vuelta de cabello.
_Fil._ Señor, yo despertaré.
_Lis._ Despierta, despertad, pues vuestro amo vela. Enciéndeme luégo
una vela y súbela á mi escritorio.
_Olig._ Señor, reposa eso poco que falta de la noche, que tiempo hay
para todo.
_Lis._ No te fatigan mis cuidados ni te quitan el sueño como á mí,
anda, véte á acostar y cierra esa puerta.
_Fil._ Yo, yo, ju, juro á Sant Juan, yo, yo lo diga á mi padre que
me peela, y, y me abofete, ea, y, y que me asiente co, con otro amo
mejor.
_Eub._ Calla, hermanito, no llores, que quien bien te quiere te hará
llorar. Si buenos principios llevares de pequeño, cuando grande los
hallarás, que las buenas costumbres y buena crianza de la niñez
mucho aprovechan para despues tener firmeza y constancia en la
virtud, que de becerrillo verás que buey harás. Si desde chico te
vezas á ser virtuoso, siempre adelante amarás lo bueno, y en ello te
deleitarás, porque la virtud frecuentada por muchos actos conviértese
en naturaleza, y la natura inclina á obrar con deletacion y suavidad,
al contrario, si te enfrascas en el vicio, y una vez te metes en él,
tras él te irás como barco suelto en pos de la randa, ó como nao que
va en popa, ó como caballo desbocado, no habrá quien te refrene ni
aparte de sus halagos, ni nadie bastará á sacarte de su muladar, que
ya sabes que mudar costumbre es par de muerte, y quien malas mañas
há tarde ó nunca las perderá; sino míralo en lo que dice Plutarcho
en el tratado cómo se han de criar los hijos, donde, entre otras
cosas dignas de recordable memoria, cuenta que Licurgo, rey de los
lacedemonios, queriendo mostrar á los ciudadanos cuanto hace para las
costumbres la crianza en que se crian los hombres, tomó dos perros,
hijos de un padre y una madre, criados en diversos exercicios, el
uno en la cocina enseñado á golosinas y á lamer ollas y platos, y el
otro en el campo hecho á trabajos y á cazar, y juntado el pueblo en
la plaza, díxoles: mucho pueden, varones Lacedemonios, la crianza y
los enseñamientos y exercicios en los hombres, como luégo lo veréis
por las obras en estos dos perros, hijos de un padre y de una madre;
y esto dicho, soltó los perros, y el uno se fué á una olla que
pusieron allí, y el otro tira tras una liebre que soltaron. Esto te
he dicho, Filirin, porque parece mal los mochachos ser rezongones
y desobedientes, y tambien porque juras y juegas, y áun sirves de
mandilete, que es peor, que yo lo sé. Y mata ese cabo de candela y
durmamos, que es tarde.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL TERCERO ACTO.
Yendo Oligides á dar la carta á Celestina, encuentra con
Brumandilon, que va muy denodado á matar á Celestina porque
no le dió parte de la medalla. Conciértanse entrambos de
robar á Celestina y huir temiendo el mal fin que de los
amores de Lisandro se espera, porque Beliseno anda muy
sobre el aviso. Llegados á casa de Celestina, asegúranla
con palabras lo mejor que pueden, vase Celestina á llevar
la carta, quedan Oligides y Brumandilon en casa con las dos
sobrinas.
LISANDRO. — OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA. — LIBIA.
— CAPELLAN.
_Lis._ Mozos, levantaos y llevad esta carta á Celestina.
_Olig._ Nunca por mucho madrugar amanece más ayna; ¿no ves, señor,
que no es de dia?
_Lis._ A tus ojos vencidos de sueño. Vístete en un aire, y toma esta
letra y dásela, que la dé lo más presto que pudiere á mi señora, y
dile de mi parte que le suplico, pues mi vida pende de su lengua, que
sepa con ella darme remedio, ó sino que abrevie mi pena. Corre en un
vuelo, no le ocupen otros negocios.
_Olig._ Ya voy, que me olvidaba la gorra y me iba tocado con la
escofia. O yo no veo ó aquél es Brumandilon. ¿Ah, Brumandilon, dónde
bueno con tanta priesa? ¿Es alguna muerte de hombres?
_Brum._ Los vivos lo verán y los que nacieren oirán la hazaña que voy
agora á hacer.
_Olig._ Aosadas que es sobre la medalla.
_Brum._ No es sobre otra cosa.
_Olig._ Pues allá voy yo á darle esta carta que dé á Roselia.
_Brum._ Anda allá y serás testigo de su muerte.
_Olig._ Mas hagamos otra cosa, si te parece.
_Brum._ Di.
_Olig._ Bien sabes que esta vieja es cobdiciosa y avarienta.
_Brum._ Sí sé.
_Olig._ Y que primero le sacarás la vida que la medalla.
_Brum._ Mucho bien.
_Olig._ Luégo, ¿qué mejor hecho romano quieres hacer que robarla una
noche? y si tú partes comigo, yo daré industria para ello, que si la
matas perderás la medalla y por ventura la vida.
_Brum._ De eso no se hable, que solo Dios es bastante á quitármela,
otro no; pero de esotro estoy en ello, y me parece bien, y de mi
consejo hágase luégo, no se dilate.
_Olig._ Hágote saber que bien mirado cumple que lo hagamos, porque
estos amores de Lisandro son peligrosos, y creo que por bien que
libremos todos, así sus criados, como los que dieron causa á ello,
no escaparémos ó de degollados ó muertos de los parientes de ella,
que son de los principales de la ciudad, ó desterrados perpétuamente
con alguna mutilacion de miembros, y pues hemos de huir, bien es que
llevemos las bolsas aforradas á costa de aquella que ha seido causa
de tantos males en esta vida.
_Brum._ Bien dice éste, que yo en propósito me lo tenía sin eso y con
eso, irme de aquí, que por Sancta María, mal ojo me echa Beliseno
cada vez que me topa; quiero vivir á mi contento y quitarme de
revueltas, que más quiero vaca en paz que pollos con agraz.
_Olig._ ¿No te determinas?
_Brum._ Nada me mueves por esa via, ¿no te he dicho que no temo
á hombre nacido ni al diablo que sea? Soy exento en ese caso;
públicamente, si se me antoja, sacaré á Roselia por medio de su casa
y la entregaré en las manos de Lisandro, y que nadie me lo pida. Si
se ha de hacer es porque de este hurto se nos seguirá mucho provecho
y interes, que vivir y no medrar es gran pesar. Yo te digo que si
topamos con el cofre do tiene muchas piezas y joyas de oro que ha
ganado por este su oficio, que saldrémos de mal año y mudarémos el
pelo, que quien no se aventura no há ventura.
_Olig._ Estése, pues, la cosa así y disimúlese, verémos si le da más
Lisandro, y tú no dejes de mirar los rincones de casa, no tenga por
dicha escondido algun dinero que no sepamos.
_Brum._ Déxame el cargo, y agora vamos, pidiréle dos reales para
comer, que seis que me dió estotra que tengo en la putería acabo de
perder á los dados de un mal azar.
_Olig._ En ninguna manera le mientes la medalla, porque descuide,
ántes te aven con ella amorosamente.
_Brum._ Bien; aunque no es de mi condicion, ni me pagué jamas de
esos dobleces mostrar amistad do no la hay. Que no ménos virtud me
parece el hombre ser siempre claro enemigo, que en el debido tiempo
al amigo ofrecido mostrar su verdadera amistad. Pero tornando á otro
propósito, señor mio Oligides, bien ves dónde estamos.
_Olig._ Sí.
_Brum._ Por el bravo y venenoso Cancerbero, que debajo de este arco
de los Milagros rebané á dos las cabezas á cercen diez años há, como
quien rebana dos cohombros, que el diablo los puso junctos y los hizo
iguales.
_Olig._ Tanto há y más que estoy en este pueblo y nunca tal oí.
_Brum._ Escucha que miento, que no fué sino en Córdoba en otra
encrucijada como ésta, pero aquí no fué sino las piernas. La
diversidad y gran variedad de las hazañas que por mí han pasado por
diversos reinos y ciudades, me privan de memoria, á que no me acuerde
de los casos particulares que tengo hechos por todo el mundo.
_Olig._ Démonos priesa, que la puerta de casa de Celestina veo abrir,
entremos de rondon y tomémosla en la cama. Sube.
_Brum._ Mas sube tu.
_Olig._ No haré por mi fe, ea, no quieras con tu larga crianza
hacerme á mí falto de comedimiento. Sube tú, pues sabes la casa.
_Brum._ Subo, pues do conviene obedecer no há lugar la cortesía.
_Cel._ Ce, ce, ce, Drionea, esconde el capellan presto, presto, que
viene Oligides.
_Drion._ Ay mezquina, que no hay dónde.
_Cel._ Mételo en esa arca del pan.
_Brum._ ¡Ah vieja desdentada! aquí te tengo, no te me irás sin que me
pagues lo que me debes.
_Cel._ ¿Y qué te debo, centeno?
_Brum._ Tres veces que me sacaron á la vergüenza y una á azotar por
tu causa.
_Cel._ Y á mí ¿no me hicieron obispo de escala entónces?
_Brum._ ¿No subes, Oligides?
_Olig._ Ya, que vacio las aguas; buenos dias, señora Celestina.
_Cel._ Vengas en buen hora, hijo.
_Brum._ Dime, vieja, ¿no tiemblas en verme para no me hacer enojo
alguno?
_Cel._ Pardios, no.
_Brum._ Pues no tengo yo gesto de eso, que, por vida de tal, cuando
me lo miro en el espejo, así horrible, feroz y temeroso como es, cien
leguas de mí huir querria.
_Cel._ Arre allá, asno.
_Brum._ Por la sancta letanía, si no fuese por no dejar mis zapatos
en tu barriga, más coces te diese que letras tiene la Biblia, porque
no dés tan mala respuesta y tan mal galardon á quien defiende tu casa
de ladrones, y tu persona de los que mal te quieren, y tu honra y
fama de malas lenguas.
_Cel._ Andate ahí con tus zaherimientos. Sola una vez que oxeó á
voces unos popilos que me daban matraca, me lo zahiere á cada paso y
me da con ello en los ojos.
_Brum._ Pese á tal, ¿despues de tener los brazos cansados de dar
golpes en tu servicio, y los broqueles y espadas hechas piezas, me
dices eso? Todos te besan la ropa y lo que huellas, y te hacen el buz
sólo por mi respecto, porque saben que no son más sus vidas de lo que
te enojaren, y no lo sabes conocer.
_Cel._ ¿A mí quieres engañar con esas mentiras? ¿A
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