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Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

by Pío Baroja · Spanish · Gutenberg #49470 · 441,030 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823
    
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Title: Con la Pluma y con el Sable: Crónica de 1820 a 1823

Author: Pío Baroja


        
Release date: July 18, 2015 [eBook #49470]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/49470

Credits: Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CON LA PLUMA Y CON EL SABLE: CRÓNICA DE 1820 A 1823 ***

  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Los errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Las páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.




PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN


_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrón del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._




CON LA PLUMA Y CON EL SABLE




                             ES PROPIEDAD
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                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1921


                      Establecimiento tipográfico
                         de Rafael Caro Raggio




                              PÍO BAROJA

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

                             CON LA PLUMA
                            Y CON EL SABLE

                        CRÓNICA DE 1820 A 1823


                             [Ilustración]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZÁBAL, 34
                                MADRID




PRÓLOGO


ERAN las doce de la mañana de un día de fiesta del año 1820. Comenzaba
el mes de julio; hacía calor. Los arcos de la plaza de Aranda de Duero
rebosaban. La gente había salido de misa de Santa María, y el señorío,
los menestrales y los aldeanos de los contornos se refugiaban en los
porches, huyendo de las caricias de Febo, que apretaba de lo lindo.
Este soportal, donde se paseaban los arandinos, se llamaba la Acera.

Los que han conocido los pueblos españoles después de la emigración
de las aldeas y los campos a las grandes urbes no pueden figurarse
claramente lo que era una ciudad pequeña a principios del siglo XIX.

En nuestro país, y en esta época, los pueblos chicos se sentían más
fuertes que hoy, tenían una vida relativamente más rica que las grandes
ciudades.

El siglo XIX fué el encargado de nutrir las urbes con la savia de las
aldeas y de las villas.

Hoy nuestros pueblos se caracterizan por ser incompletos. Abandonados
por el elemento rico y ambicioso, no quedan en ellos mas que gentes
sin energía, una fauna de pantano, constituída por campesinos toscos y
señoritos apagados, casi conscientes de la inutilidad de su vida.

En estos primeros años del siglo XIX se iniciaba ya el éxodo a las
ciudades; la capital todavía no atraía tanto como más tarde; la
diferencia entre el vivir aldeano y el ciudadano no era fundamental, y
mucha gente adinerada prefería el aldeano, lo que hacía que la vida de
los pueblos fuera algo más amplia y su dinámica más compleja.

Aranda de Duero, en 1820, no llegaba a las cinco mil almas, pero tenía
algún movimiento, cierta vida.

Después del gran desastre de la guerra de la Independencia, unos pocos
pueblos castellanos habían comenzado a trabajar con entusiasmo para
reconstituírse; entre ellos estaba Aranda.

Había allí fábricas de hilados y tejidos de lino, de cáñamo y
mantelería para el consumo de la comarca; de curtidos, de cerámica,
de cordelería, de alpargatas... La agricultura estaba relativamente
próspera.

Aranda sentía deseos de renovación y de mejora.

Era el único pueblo de la provincia con un núcleo liberal importante;
todos los demás, comenzando por la capital, por Burgos, se sentían
furiosamente absolutistas.

El liberalismo del elemento culto de Aranda, la influencia ejercida
en toda la comarca por el Empecinado, impulsaban a gran parte de los
habitantes de la villa a aceptar con entusiasmo las ideas y planes
de la Revolución española y a pensar en la manera de levantarse y
progresar.

Un núcleo de arandinos había hecho un programa indicando los medios
necesarios para impulsar las industrias, mejorar la agricultura y
arreglar los caminos, que desde la guerra de la Independencia se veían
abandonados y deshechos. En este núcleo estaban los Flores Calderón,
los Moreno, los Verdugo, los Mansilla, familias ricas y distinguidas de
Aranda.

Para obra tan importante y trascendental se contaba con el nuevo
Ayuntamiento nombrado por el Gobierno revolucionario de Madrid.

Otra de las reformas en que la mayoría del pueblo esperaba mucho era
la creación de la Milicia Nacional voluntaria. Después de la guerra de
la Independencia el bandolerismo había crecido en España, el campo era
inseguro. Se creía que la Milicia voluntaria podría llegar a imponer
la tranquilidad y el orden en la comarca. No era fácil, ni mucho menos,
organizar estas milicias en los pueblos; faltaba dinero para los
uniformes y las armas. Estos se tenían que adquirir lentamente.

En Aranda más de la mitad de la Milicia se hallaba equipada al mes
de comenzar su organización. Todos los domingos, por la mañana o por
la tarde, se hacía el ejercicio en los alrededores o en la plaza del
Obispo.

Los soldados de la Milicia, y sobre todo los oficiales, se mostraban
orgullosos de sus uniformes y los lucían los domingos y días de fiesta
con entusiasmo.

Este domingo del año 1820, en que comienza nuestra crónica, se veían
por los arcos de la Plaza Mayor más jóvenes que de ordinario vestidos
con el uniforme de nacionales.

La gente del pueblo les miraba con simpatía; las chicas encontraban que
hacían bien ir acompañadas de un miliciano, con su levita entallada y
su gran morrión, por la Acera.

--¿Hoy tenemos revista, eh?--decía uno.

--Sí; en la plaza del Obispo.

--En nuestra compañía ya están todos con uniformes--indicaba otro.

--En la nuestra faltan.

--Parece que vamos a tener bandera.

--Otros dicen que no; que mientras no se forme un batallón no se puede
tener bandera.

--Pues nos debían dejar...

--Si se lo pide Aviraneta al Empecinado nos dejarán.

--¡Es un hombre don Eugenio!

--Ya lo creo.

No todo el mundo celebraba ni contemplaba con simpatía a los
milicianos, y había señor grave vestido de calzón corto, casaca negra
de faldones largos y estrechos, y coleta, que miraba con indignación
los flamantes uniformes, cuando no desviaba la vista de ellos con
desdén.

Seis o siete lechuguinos, de sombrero redondo, levita a medio muslo,
de color verde manzana y cuello de terciopelo, muchachos de familias
pudientes y realistas, ridiculizaban entre ellos a los milicianos y
querían convencerse de que el éxito de los uniformes entre las chicas
no era tan grande como se pensaba.

Estaba el paseo de la Acera en su apogeo cuando por una de las
bocacalles de la plaza se presentó el pregonero, de gran casaca,
tricornio y su tambor, rodeado de una turba de chicos y de un
viejecillo loco, a quien llamaban en el pueblo el Tío Guillotina.

Era éste un borracho perturbado, que decía en sus locos discursos que
era republicano y que iba a llevar a todo el mundo a la guillotina y
luego a echar las cabezas al río.

El Tío Guillotina vestía una casaca verde, calzones amarillos, y solía
llevar un tricornio adornado con plumas de gallo. El Tío Guillotina
discurseaba y hablaba de los buenos y de los malos pecados de los
hombres, y se enfurecía artificialmente cuando empezaba a mentar
la guillotina, que para él era un castigo del Cielo. Veía en su
imaginación montones de cabezas a orillas del Duero y comenzaba a
echarlas al río.

--Una... dos... tres... cien cabezas... doscientas cabezas... al río...

El Tío Guillotina honraba con su presencia todo acto popular.

Se produjo un movimiento de ansiedad en los paseantes de la Acera al
ver al pregonero rodeado de su acompañamiento de chiquillos.

El pregonero se detuvo cerca de los soportales y comenzó a tocar el
tambor.

El Tío Guillotina, poniendo una cara trágica, movió los brazos como si
también él estuviera redoblando.

Tras del redoble, el pregonero sacó un papel que llevaba en lo solapa
de la casaca, y comenzó a leer con voz gangosa un bando, haciendo unas
paradas en su lectura completamente arbitrarias:

  «El alcalde corregidor de la villa de Aranda de Duero: Hago saber:»

Aquí el pregonero hizo un redoble pintoresco y caprichoso. Después
comenzó la lectura de prisa.

  «--Que el jefe político de la provincia de Burgos me ha comunicado
  que... una corta partida de rebeldes, en número de ocho a diez, al
  mando del canónigo de la Colegiata de San Quirce, don Francisco
  Barrio..., anda sacando hombres y caballerías de los pueblos y
  conspirando contra el sabio Régimen Constitucional... Bien conozco
  yo la lealtad y fidelidad de los ciudadanos de Aranda, pero como
  entre ellos se han podido deslizar gentes de aviesa intención
  interesadas en encender la tea de la discordia, en su consecuencia,
  ordeno y mando».

Este ordeno y mando mereció los honores de otro redoble.

  «Primero. Que todos los vecinos y habitantes de esta villa, sin
  excepción de personas... me den cuenta de los sujetos que lleguen
  a sus casas... con especificación de su procedencia, objeto de
  su venida, paraje adonde se dirigen, y si se hallan o no con sus
  correspondientes pasaportes.

  »Segundo. Que todos los que tengan armas las presenten
  inmediatamente, bajo la multa de cinco ducados... y en el término
  de veinticuatro horas, en la casa de don Eugenio de Aviraneta,
  regidor primero y subteniente de la Milicia Nacional de esta
  villa... y los de los demás pueblos, en sus respectivas justicias.

  Dado en Aranda de Duero a 3 de julio de 1820.»

El pregonero, después de acabar la lectura de la orden del alcalde,
redobló de nuevo furiosamente y se dirigió a una de las salidas de la
plaza. El Tío Guillotina levantó su tricornio saludando al público y
siguió al pregonero.

Al volver la gente a la Acera comenzaron los comentarios.

--Es un caso de audacia inaudita--decía un señor viejo dirigiéndose a
unas señoras--. ¡Qué afán de mandar tienen estos caballeros liberales!

--Es mucho atrevimiento--replicaba una señora gorda acompañada de dos
damiselas.

--Sí, señora; mucho atrevimiento--añadió el viejo irritado--. Ya no se
habla aquí para nada de Su Majestad, que Dios guarde.

Y el viejo saludó ceremoniosamente.

--Es el libertinaje--exclamó la señora gorda--. En mi tiempo la vida
era otra cosa.

--Había dignidad, había moral, había religión--prorrumpió el viejo--.
Hoy no hay nada más que relajamiento y anarquía.

Y el viejo mostró a la señora gorda un grupo de muchachitas
provocativas que pasaban agarradas del brazo. La dama desvió la vista
como si estuviera en presencia de Satanás.

--¡Qué escándalo!--dijo.

--¿Qué va a ser de la sociedad, señora?--preguntó el viejo--. Esto se
hunde. Vamos en derechura al abismo. Antes el Ayuntamiento de Aranda
estaba formado por personas respetables, temerosas de Dios... Hoy,
fíjese usted quién nos manda, señora, un forastero, un advenedizo,
un cualquiera... el señor de Aviraneta; caballero muy conocido en su
pueblo y en su casa a las horas de comer. Los arandinos no tenemos
vergüenza; no, señor.

--Es verdad, tiene usted razón, don Juan--contestó la dama.

--El señor de Aviraneta--siguió gritando el viejo--es el amo del
pueblo; el señor de Aviraneta es el tirano de Aranda, y nosotros, como
borreguitos, nos dejamos mandar. Parece mentira--. Las damiselas,
al oír la palabra borreguitos, rieron y cambiaron unas miradas de
inteligencia con dos lechuguinos que iban tras ellas, y la señora y el
viejo siguieron su conversación hasta que acertó a pasar un fraile.

Besaron la señora y el viejo la mano del frailuco y las dos damiselas
hicieron lo mismo.

--¿Ha oído usted este bando escandaloso, padre Gabriel?--preguntó el
viejo.

--Sí; lo he oído. Mejor, mejor--contestó el fraile sonriendo con cierto
maquiavelismo de beata intrigante--. Que tomen medidas extremas. Así
se desacreditarán más pronto. Además--y se acercó al viejo poniendo la
mano en la boca como una bocina--, sé por buen conducto que van a sacar
muy pronto al Rey del cautiverio en que lo tienen los masones de Madrid.

--Hombre... Dígame usted. ¿Y quién, quién dirigirá tan magna
empresa?--preguntó el viejo--. ¿Quién será ese noble adalid?

--Uno de ellos es el Cura Merino...

--¡Ah! Ese es un gran paladín... digno de otros tiempos... un verdadero
español...

El fraile, con voz afectada, dijo que tenía que visitar a un enfermo
muy grave, y se marchó del grupo; la señora y el viejo seguían
hablando; las dos damiselas miraban a los lechuguinos, cuando unos
cuantos jóvenes milicianos, agarrándose del brazo, comenzaron a cantar
una canción nueva que acababa de llegar de Madrid y que decían estaba
dedicada al comandante don Rafael del Riego. Al mismo tiempo se metían
en los grupos de las muchachas. Ellas corrían riendo, chillando y
exagerando el miedo. Algunos milicianos, entusiasmados, cantaban a voz
en grito:

      Soldados: la patria
    nos llama a la lid;
    juremos por ella
    vencer o morir.

Al pasar por delante del viejo, éste les miró furioso y comenzó a
decir:

--¡Bárbaros, más que bárbaros!

--Es el libertinaje--exclamaba haciendo aspavientos la señora gorda.

Las damiselas miraron a los lechuguinos riendo.

En esto salieron del arco del Ayuntamiento y aparecieron en la Acera
dos oficiales de la Milicia, llevando en medio a un regidor.

De los dos oficiales, el uno era ya viejo, flaco, erguido como un
gallo; el otro, joven, moreno, de pelo rizado.

El regidor llevaba casaca obscura de color castaña, con cuello de
terciopelo y corte militar, medias negras de seda, pantalón de nanquin
y chaleco rojo, a lo Robespierre.

Este regidor era pequeño, rubio, de nariz larga, la mirada atravesada
y dura y los ojos azules. Llevaba sombrero redondo y su mentón
desaparecía dentro de la corbata, de varias vueltas.

Andaba muy tieso, muy firme, con la mano derecha puesta en la abertura
del chaleco, en una actitud napoleónica.

--¡Aviraneta, Aviraneta!--dijo la gente al verle.

--Tiene cara de masón--murmuró una vieja.

--De masón y de judío--añadió otra.

--Y es bizco...

--Para que sea bueno. ¡Bizco y rojo!...

--¡Jesús, qué horror! Yo creo que debe ser protestante lo menos. ¿Ha
visto usted qué mirada nos ha echado, señora Manuela?

--Ese hombre no puede pensar nada bueno. Tiene facha de renegado, de
algo prohibido...

Pasaron el regidor y los dos oficiales.

Poco después sonó la oración de las doce, se descubrieron todos, y
en un momento, el señor viejo y la señora gorda, las damiselas y los
lechuguinos, los milicianos y las muchachas provocativas dejaron los
arcos de la plaza desiertos.




LIBRO PRIMERO

DE VERACRUZ A ARANDA




I

LOS HILOS DE LA VIDA PASADA


UNOS meses solamente habían transcurrido desde la salida de Aviraneta
de Veracruz a su llegada a Aranda de Duero, pero estos meses abundaron
en acontecimientos.

Cierto que los sucesos ocurridos a don Eugenio no fueron de aquellos en
los cuales él representara el papel de protagonista, sino más bien el
de comparsa.

A esto se debió, sin duda, el que Aviraneta no tuviese gran interés en
contarlos. Sólo gracias a la inteligencia del cronista aviranetiano,
don Pedro Leguía, se conocen en detalles.

Se habían embarcado en Veracruz, en la fragata _Estrella_, Aviraneta,
el oficial don Ignacio Arteaga, enfermo, gravísimo, y su mujer,
Mercedes, en meses mayores.

Arteaga estaba desahuciado y no tenía más anhelo que morir en España y
que su hijo o hija naciera en la Península.

La suerte no lo quiso así: la travesía fué muy larga y fatigosa, y
quince días después de salir de Veracruz, Arteaga moría, y pocas horas
más tarde, Mercedes daba a luz una niña, que se llamó María del Coro.

Aviraneta tuvo que cuidar de la madre y de la niña. La viuda quiso
levantarse inmediatamente para ver el cadáver de su marido, y
Aviraneta, no pudiendo convencerla con razones, cerró con llave el
camarote, y a pesar de las lágrimas y de las amenazas de Mercedes, no
la dejó salir.

Los días siguientes, Aviraneta tuvo que estar de niñero, paseando en
brazos a la criatura hasta que la madre pudo levantarse.

Después de una penosa travesía, la viuda de Arteaga, su niña y
Aviraneta desembarcaron en Burdeos.

Mercedes tenía la idea de trasladarse a Pamplona o a Laguardia.
Aviraneta deseaba acompañarla, y con este motivo los tres fueron en la
diligencia a Bayona.

Aquí la viuda de Arteaga quiso quedarse unos días a comprar ropas; pero
los días se convirtieron en semanas, las semanas, en meses, y Mercedes
decidió vivir provisionalmente en Bayona.

Dejó la fonda y marchó a instalarse a una pensión. Se bautizó a la niña
en la catedral y fué padrino don Eugenio.

Durante este tiempo, Aviraneta se presentó en Bidart a visitar a
Etchepare, y se acercó a Irún, donde pasaba una temporada su madre.
Aviraneta quería entrar definitivamente en España; pensaba que más
pronto o más tarde intervendría en la política española, aunque por
entonces no tenía proyecto alguno.

Mercedes se había acostumbrado a consultar con Eugenio a cada paso. La
viuda de Arteaga estaba muy guapa, muy interesante y melancólica.

Alguna vez se le había ocurrido a Eugenio la idea de casarse con ella y
convertir a Corito de ahijada en hija, pero pensaba que el recuerdo de
Ignacio se le interpondría siempre como una imagen difícil de borrar.
Ignacio Arteaga había sido para él de estos amigos a quienes se quiere
más que se estima, que son como parte de uno, que estorban a veces,
pero que es imposible olvidarlos.

Aviraneta, al llegar de nuevo a Europa, no había cumplido veintiocho
años. Su pelo, rubio, comenzaba a clarear y le preparaba una calvicie
prematura. Aviraneta tenía aplomo y sabía dominarse. Vestía con
elegancia un poco siniestra, que le daba aspecto de viejo.

Aviraneta no tenía proyectos; pensaba que si seguía viviendo en Bayona
de aquella manera plácida, era posible que acabase allí su vida de
conspirador.

Qué cantidad de necesidad, qué cantidad de casualidad hay en la vida de
los hombres, nadie lo sabe.

En este momento el destino no quiso que las grandes facultades de
maquinación y de intriga de don Eugenio se perdieran, y produjo una
coyuntura para emplearlas.

Visitaba la pensión de la viuda de Arteaga, en donde había una familia
española, un cura vizcaíno.

Este cura se relacionó con Mercedes, y por Mercedes se hizo amigo de
Aviraneta. Se llamaba don Pedro Ignacio de Gondraondo y había sido
párroco de la anteiglesia de Gatica, en Vizcaya.

No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipatía personal
por los curas; al revés, se entendía bien con ellos. Gondraondo era
hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de sí mismo, como buen
vizcaíno. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos. Pasearon juntos,
hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le
contó su vida de guerrillero con Merino, su expedición con Riego por
Europa y sus aventuras de Méjico.

Luego añadió:

--También tomé parte en una tentativa revolucionaria, bastante
misteriosa, dirigida por Renovales y Richart.

--Hombre, ¡qué extraño!--exclamó el cura.

--¿Por qué?

--Por que yo también intervine en esa conspiración--contestó Gondraondo.

--¿De verdad?

--Sí, señor; no es broma.

El cura, efectivamente, había sido amigo de Renovales y tenido ocultos
durante unas semanas a los conspiradores en su casa de Gatica. Después
del fracaso de la conspiración preparó un barco en Plencia, en el que
huyeron los revolucionarios bilbaínos. Los realistas olfatearon la
complicidad, y Gondraondo fué perseguido por el Gobierno, y tuvo que
emigrar, y quedó arruinado.

Es siempre curioso, cuando dos personas toman parte en un mismo
acontecimiento sin conocerse, la distinta manera como lo recuerdan. El
cura de Gatica no conocía lo que Aviraneta y el barón de Oiquina habían
hecho en Madrid; en cambio, Aviraneta no sabía con detalles lo ocurrido
en Bilbao.

--¿Y se sabe lo que ha sido de Renovales?--preguntó Gondraondo.

--Está en Nueva Orleáns; fué a vivir allí después de su expedición
fracasada a Méjico. Parece que hizo un convenio con el embajador de
Londres.

--Cierto--dijo Gondraondo--; ese convenio se pactó entre Renovales y el
duque de San Carlos, y se ha respetado. Según han dicho, el Ministerio
no quería aceptarlo; pero el general Eguía, como paisano nuestro y de
Renovales, consiguió que se respetase.

Después de hablar de estos sucesos pasados, el cura de Gatica preguntó
a Aviraneta si no trataba a los emigrados españoles de Bayona.

--No, no conozco a ninguno--contestó Aviraneta.

Gondraondo citó el nombre de los emigrados que estaban allí. Se
encontraba entre ellos Salvador Manzanares; había otros varios a
quienes Aviraneta conocía de nombre como afiliados a la conspiración
del Triángulo.

--¿Y dónde se ve a esa gente?--preguntó Aviraneta.

--Salen muy poco, y de noche. Están vigilados por el Gobierno francés
muy de cerca. Si usted quiere, yo le llevaré adonde se reúnen.

--Bueno, aceptado.

Efectivamente, unos días después, de noche, fueron a una casa vieja del
barrio de Saint-Esprit. Entraron en un cuarto pequeño, con un papel
rasgado y sucio, en el cual se veían clavados con tachuelas retratos de
Lacy, Porlier, el Empecinado y Mina.

En el testero principal, encima de la mesa, había una estampa grande
que, por su aspecto, era inglesa.

Representaba a Fernando VII en su trono, vestido de payaso y con un
gran gorro puntiagudo de bufón, terminado por una campanilla. En el
gorro se leía la palabra _superstición_. En una mano, el rey tenía
un cetro pesado, y en la otra mano, una calavera: España. A un lado
de Fernando estaba sentado el Diablo, y al otro, el padre Cirilo,
que hablaba al déspota de un modo insinuante. Alrededor del trono
se levantaban los patíbulos de Lacy, Porlier, Richart, y la casa de
la Inquisición, a cuya puerta un diablillo quemaba un número de _El
Español Constitucional_, el periódico que por entonces publicaban en
Londres Blanco White y sus amigos.

El cura de Gatica acercó la lámpara a la pared para que Aviraneta
contemplase la estampa.

Luego estuvieron los dos hablando hasta que fueron llegando varias
personas. Eran casi todos oficiales huídos de España, por haber tomado
parte en las conspiraciones últimas de Barcelona y Valencia.

Los dirigía Salvador Manzanares, oficial de Artillería, muchacho
activo, valiente, emprendedor, efusivo y lleno de iniciativas.

La mayoría de los reunidos eran jóvenes; pero no faltaban dos o tres
viejos.

Entre éstos se encontraba Sanz de Mendiondo, el _Manco_, hombre
ardiente, oficial de Mina, cómplice de Porlier, que había pasado
dos años en la cárcel de La Coruña, de la cual pudo escaparse.
Mendiondo seguía animado de un gran entusiasmo, que no le quitaban las
enfermedades ni los años.

Manzanares, al saber que Aviraneta había pasado bastante tiempo en
Méjico, le explicó los trabajos que se llevaban a cabo en España y las
esperanzas que se tenían de que la Revolución triunfase. Don Enrique
O'Donnell, conde de La Bisbal, estaba dispuesto a dar el grito, y todo
el ejército expedicionario que pensaba el Gobierno enviar a América
se hallaba ya comprometido. Hacía unos días que acababa de pasar por
Bayona un oficial de Artillería, Rodríguez Acuña, venido de España a
avisarles que estuvieran dispuestos.

Aviraneta, en seguida expuso sus observaciones, lo que se debía hacer,
las medidas que se debían tomar, todo con la claridad y astucia que le
caracterizaban.

La mayoría de los liberales aceptaban los puntos de vista de Aviraneta;
algunos se pusieron en contra de sus opiniones. Manzanares fué de los
primeros, e indicó a Aviraneta que volviera a la reunión.

A la segunda entrevista, Manzanares le dijo:

--¿Tú puedes entrar en España sin peligro?

--¡Pse! Sin gran peligro.

--¿Tendrías inconveniente en ir?

--Hombre, no.

--Pues entonces, vete. Dirígete primeramente a Madrid, observa lo que
pasa; luego, marcha a Sevilla, y después, a Cádiz. Entérate de los
planes de Riego. De Cádiz sal para Gibraltar, y de aquí nos mandas un
relato de lo que ocurra.

Aviraneta aceptó la comisión y se dispuso a desempeñarla.

Manzanares le dió recomendaciones en Madrid para mucha gente, a quien
podía pedir noticias e informes.




II

EN MADRID, DE PERFUMISTA


AVIRANETA pensó que para entrar en España le convenía un disfraz.
Ciertamente, nadie o casi nadie le conocía.

La gente de Merino probablemente no estaría en las ciudades. El único
contratiempo serio hubiese sido encontrarse con Cecilio Corpas, Freire
o con alguna otra persona que hubiese intervenido en la conspiración
del Triángulo.

Pensó Aviraneta si estaría bien marchar vestido de peregrino o de
fraile; pero supuso que quizá fuera comprometido.

Luego vaciló en pasar por indiano rico o por vendedor de drogas y de
artículos de perfumería, y se decidió por esto. Como su verdadero
nombre, Aviraneta, no lo conocía nadie, se le ocurrió usarlo
italianizado y llamarse Aviranetti. Un perfumista entrometido no es
cosa que choque, y con el pretexto de vender sus pomadas, cosméticos y
bandolinas pudo andar por todas partes.

Aviraneta compró en una perfumería varios frascos de aceites, perfumes
y elixires, y mandó hacer etiquetas muy adornadas y elegantes, en donde
ponía:

                         EUGENIO D'AVIRANETTI

                          PARFUMEUR DES ROIS

Sanz de Mendiondo, el _Manco_, proporcionó al _signor_ Eugenio
d'Aviranetti un pasaporte visado por lord Wellington, y el perfumista
de los reyes se dirigió a España. Tres días después estaba en Aranda,
donde habló con el Empecinado, que se mostró dispuesto a todo por traer
la Constitución. Al día siguiente llegó a Madrid y se instaló en una
fonda de la calle de Preciados.

Hacía ya cerca de cinco años que Aviraneta había dejado la corte. En
estos años, Madrid no había progresado nada. Era un poblachón sucio,
polvoriento, destartalado. La Puerta del Sol, el sitio más céntrico, no
llegaba a ser mas que una encrucijada con una fuente, en donde bebían
hombres y burros.

El pueblo, a pesar de su corto número de habitantes, disfrutaba de
diez y siete parroquias, cuarenta y dos conventos de frailes y treinta
y dos de monjas. Las calles se veían cuajadas de frailes, legos,
demandaderos, y esto, unido a los mendigos, cojos, tullidos, ulcerosos,
paralíticos, que arrastraban las piernas, mudos, que tocaban una
campanilla, y otros monstruos, más o menos pintorescos, daban a la
ciudad un aspecto trágico y desagradable.

La corte ofrecía pocos atractivos: había muchas calles donde no se
podía entrar; las posadas eran hórridas, y sus portales, un asilo de
vagos y de ladrones. En el Prado andaban unos chiquillos andrajosos con
mechas encendidas, formadas de trapos, ofreciendo fuego al que iba a
encender un cigarro.

Aviraneta comenzó sus trabajos de exploración con su natural prudencia.

Habló en los comercios, fué a la Fontana de Oro, oyó las conversaciones
de unos y otros. Todo el mundo estaba descontento; el país marchaba
mal, y, a pesar de las prisiones y deportaciones ordenadas por el
ministro don Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, se
hablaba en las calles con audacia. Había gran incertidumbre entre la
gente; machos deseaban un cambio radical en la política. El optimismo
de la guerra de la Independencia había desaparecido. El tesoro estaba
exhausto, el ejército desnudo y hambriento, los caminos infestados de
partidas de bandidos.

--Esto no marcha--decían unos; pero no se atrevían a hablar de la
Constitución, ni de un cambio de régimen.

Aviraneta comprendía que los resortes policíacos se debilitaban
en las manos del ministro y que podía seguir impunemente en sus
investigaciones.

Había por entonces una logia masónica en la calle del Barquillo, y un
Oriente Escocés de señoras, que se reunía en la calle de la Puebla,
cerca de San Antonio de los Portugueses; pero el Oriente y la logia
eran igualmente anodinos.

Aviraneta no pensó en visitarlos, y fué a ver a uno de los recomendados
por Manzanares, al coronel retirado, Miguel Ezquiaga, que vivía en la
calle de Luzón.

El tal Ezquiaga, jugador empedernido, acudía a una timba de los
Portales de Manguiteros, esquina a la calle de los Tintes. En aquella
chirlata, en donde entraba la policía, se conspiraba, según dijo el
coronel; pero Aviraneta no notó más sino que se hacían trampas y se
levantaban muertos.

De esta chirlata enviaron a Aviraneta a otro rincón de la calle del
Sordo, donde vivía _Paca la Valenciana_, y se jugaba al monte. Allí
también se decía que se conspiraba y que el juego era el manto con que
se envolvían intrigas políticas; pero más bien parecía lo contrario.

Aviraneta sabía que en estas supuestas conspiraciones suele haber parte
de verdad en medio de la farsa y que no es prudente pensar que en ellas
todo es mentira.

La _Valenciana_ era una mujer lista y bien informada de la vida de la
corte. Por ella supo Aviraneta que Corpas hacía ya tiempo que no estaba
en Madrid. En la conversación que tuvieron la _Valenciana_ y Aviraneta
se barajaron los nombres de muchas personas conocidas, entre ellos el
de madama Luisa Robinet, la ex ama de llaves del ministro Macanaz, que
seguía viviendo en Madrid e intrigando.

Aviraneta se despidió de la _Valenciana_, fué a buscar al _Majo de
Maravillas_, el chispero que tenía un taller de herrería en la calle de
Segovia, y por medio de la gente que conocía éste fué enterándose de
dónde vivían algunas personas a quienes no deseaba encontrar. Pronto
pudo asegurarse que ni Corpas, ni Freire, ni Magaz, ni ninguno de los
que habían intervenido en la intriga de la conspiración del Triángulo
estaban por el momento en Madrid.

Aviraneta tenía el campo libre y se decidió a avanzar en su camino.




III

DOS MADAMAS FRANCESAS


NO cabía duda que se encontraba España en un período de mayor libertad
práctica que en tiempo de la conspiración de Richart.

Ya no había tanto entusiasmo por Fernando VII; los liberales comenzaban
a tomarle odio, y los absolutistas y el clero a considerarle poco
celoso de la religión. Los curas ya no hacían aquellos sermones
panegíricos, como el del padre Rodríguez Carrillo, en 1814, que se
titulaba: _Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII_. Algunos
empezaban a comprender que el rey tenía gran parte en todos los males;
sólo el pueblo bajo, que experimentaba simpatía por la manera de ser
plebeya y grosera del Borbón, se sentía fernandino.

Todo le hacía creer a Aviraneta que en las esferas oficiales no había
la severidad de los primeros años de la reacción.

La camarilla de Fernando VII se había transformado: Chamorro, el ex
aguador de la fuente del Berro, no tenía su antigua importancia, y
Ugarte compartía el mando con el embajador ruso Tattischef, célebre en
aquella época por haber mediado en la venta a España de unos cuantos
barcos rusos completamente podridos. Ugarte y Tattischef habían
formado una alianza que se imponía al Consejo de ministros.

Alrededor de Ugarte flotaba una nube de intrigantes: Ramírez de
Arellano, el padre Manrique, un tal Jerónimo, un señor Páez y don
Pascual Vallejo, gente que ayudaba a desgobernar España, pero que con
sus maquinaciones contrarias conseguía que la arbitrariedad de los unos
se neutralizara con la de los otros.

Toda corrupción produce, naturalmente, cierta libertad práctica; en
Palacio se vivía en plena corrupción.

Chamorro seguía haciendo bufonadas en la camarilla, y el rey, que tenía
alma de palafrenero o de mozo de mulas, le miraba encantado; Ugarte y
Tattischef con su corte mandaban.

Los ministros y palaciegos eran grotescos. Lozano de Torres se había
condecorado a sí mismo con la cruz de Carlos III, por haber sido el
primero en publicar el embarazo de la reina, y a Elío le habían dado
otra cruz por restablecer el tormento en Valencia.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa Robinet, con la intención de
mixtificarla. Sabía de ella lo bastante por María Visconti.

Aviraneta sentía cierto amor por la farsa. El representar una pequeña
comedia le gustaba; le daba la impresión de la elasticidad de su
espíritu, la utilizaba para sus fines y era como la literatura de un
hombre iliterato.

Madama Luisa tenía un taller de modas que le servía de pantalla para
sus intrigas y citas. Madama Luisa, en un viaje que había hecho al
mediodía de Francia, había intimado con una tal Carolina, aventurera,
ex cortesana, a quien le quedaban unos miles de francos.

Las dos mujeres en sociedad instalaron su casa en la calle del Clavel,
en un piso segundo.

Aviraneta fué a visitar a madama Luisa, y después de dar muchas
explicaciones a una criada vieja al través de la rejilla de la puerta,
le hicieron pasar a la sala.

Era éste un cuarto grande, con dos balcones, materialmente lleno
de muebles, cuadros, joyas, miniaturas, estatuas antiguas, todo
amontonado, como en una tienda de antigüedades.

Aviraneta se fijó en que las puertas eran nuevas y fuertes y tenían
cerraduras y cerrojos.

Al poco tiempo se presentó la francesa madama Luisa, una mujer
insignificante, fea, cargada de espaldas, vestida de una manera
llamativa.

Aviraneta se dió a conocer como un mejicano que venía a España a vender
perfumes y elixires, y elogió sus productos como un buen comisionista,
diciendo que eran distintos a los demás.

--Ensáyelos usted--dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un
velador--; tengo la seguridad de que le gustarán. Si es así, como será,
usted los recomendará a sus amigos, pues sé que tiene usted buenas
relaciones, y yo le daré un tanto por ciento en la venta.

--¿Y cómo sabe usted que tengo buenas relaciones?--preguntó la francesa.

--Lo sé por Cecilio Corpas, que es amigo mío.

--¿Es usted amigo de Corpas?

--Sí, señora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.

--¡Claro, como que no está en Madrid!

--¿Qué le ha ocurrido?

--Que ha caído en desgracia. Está deportado.

--¿De veras?

--Sí.

--No lo sabía.

--Pues, sí.

--¡Lástima! Tiene mucho talento.

--¡Oh, sí tiene talento el señor de _Corpás!_--exclamó la francesa.

--Ahora aquí, para _inter nos_, yo creo que es un canalla--insinuó
Aviraneta.

--Completo.

Esto para madama Luisa era un elogio.

--¿Y por qué le han deportado?

--Verá usted. El duque de San Carlos le había nombrado cónsul de
Portugal; tenía una causa por suplantar títulos y honores; pero, a
pesar de esto, seguía intrigando y entrando en el cuarto del rey; a un
comerciante le sacó treinta mil reales por ofrecerle su protección; a
un señor no sé cuánto por hacerle marqués.

--¿Y tenía poder para eso?

--Sí; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de
todo el mundo; pero como es un cínico que no tiene miedo a Dios ni al
Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla.
Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.

Doña Luisa quería que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.

--¿Y qué ha producido su deportación?--preguntó Aviraneta.

--Pues que quiso amenazar al ministro León Pizarro, por medio de
Arjona, diciéndole que hiciera lo que él exigía, porque si no, lo
echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tenía más fuerza que
Corpas, y consiguió que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de
Badajoz.

--¿Y cómo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?

--Fué un abandono provisional, mi querido señor. Dejaron al ministro
que tuviera este triunfo pasajero; pero después, como sabrá usted, el
que ha tenido que dejar la poltrona y huír ha sido Pizarro.

--¿Y cómo no ha vuelto Corpas?

--No sé. O ha reñido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisión.

En este momento entró la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la
presentó y Aviraneta la saludó muy finamente.

Era ésta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su
belleza. Vestía de una manera exagerada, se teñía el pelo, se pintaba
los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.

Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de
conversación se puso a hablar con volubilidad de sus cosméticos y de
sus elixires.

--Tengo--dijo misteriosamente--, pero esto no lo puedo mostrar todavía,
un elixir que es una cosa extraordinaria.

--¿Para qué sirve?--preguntó la Carolina.

--Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.

--¿De verdad?

--Sí, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.

--¿Y cómo lo ha encontrado usted!--preguntó la ex cortesana.

--Señora, yo no lo he encontrado, no conozco la química para eso. Es
un secreto que me han confiado. Usted no sé si sabrá que un marino
español, Juan Ponce de León, al llegar a la ínsula Florida, creyó
encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.

--No.

--Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no
muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio,
y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de niño
forma mi elixir.

--¿Y lo tiene usted aquí?--preguntó Carolina.

--No; no, señora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, únicas
que tengo, las he dejado guardadas en París en una caja de hierro
depositada en un Banco.

--¿Y por qué no traerlas?

--No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado.
Además, no tengo autorización de mis indios. Cuando la tenga y me
manden cantidad entonces comenzaré a vender las redomas.

--¿Y serán muy caras?

--Cada redoma pequeña valdrá cincuenta duros, por lo menos.

--Mucho me parece.

--¿Mucho por la salud? ¿Por la juventud?

--Sí, es verdad, tiene usted razón; no es mucho.

--¡Si eso se hubiera conocido antes!--exclamó la ex cortesana,
pensativa.

Aviraneta creyó que, para primer día, había conseguido su efecto; se
levantó, saludó a las dos mujeres y se fué prometiendo volver.

Unos días después estaba de nuevo allí.

Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tenía su
antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, según
ella, no le habían sacado del ministerio y encerrado en el castillo
de La Coruña por venalidades, sino por guardar copias de las cartas
cruzadas entre Napoleón y Fernando.

Aviraneta dijo a la Robinet que a él le parecía muy mal que se
vendieran destinos, vendiéndolos baratos, y con este motivo se
estableció una corriente cordial de cinismo y de alegría.

Aviraneta se manifestó francamente desvergonzado y llegó a entusiasmar
a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible
colaboración. Las dos francesas eran mujeres extrañas. La Carolina
había rodado por el mundo y no creía en nada, excepto en aquellas
cosas absurdas que no se pueden creer. Así pensaba que no había nadie
capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en
cambio, tenía por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades
parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.

Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos
lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los
demás. De la venalidad y el soborno realizados en colaboración con el
ministro Macanaz, de quien había sido amante, había pasado a oficios
celestinescos sin abandonar la alta intriga.

Adivinaba Luisa quién era la señora que necesitaba unos miles de
reales y la relacionaba con un cortesano o con algún comerciante
rico venido de las Indias. Madama Luisa tenía un odio furioso contra
las demás mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que
fundía con un desprecio irónico por los maridos y los padres y un gran
entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jóvenes, bonitos y
ricos.

El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente
extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacían sus menesteres
de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco
anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa sabía dónde había
almonedas de muebles, cuadros, joyas; tenía amigas prestamistas.
Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese
creído en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la
intriga, la alta intriga política.

Carolina no quería mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero,
deseaba el poder.

La ex ama de llaves había querido conquistar a algún personaje de la
Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo había
conseguido.

Sus dos ambiciones eran tener un salón con diez o doce personas de
prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos
franceses, y casarse.

Corpas, durante algún tiempo, la había visitado, dejándola maravillada
con su cinismo y su audacia. La Robinet había esperado que fuese la
primera adquisición de su tertulia, pero Corpas la abandonó pronto.

Aviraneta alentó las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo
en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurría en Madrid.




IV

CÁDIZ


AVIRANETA sabía desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones.
Conocía por experiencia los cambios rápidos de los asuntos políticos.
Comprendía que en las revoluciones, la mayoría de las veces nunca se
está tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca
tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la
mano de los revolucionarios.

Aviraneta dejó Madrid; estuvo en Sevilla dos días y se presentó en
Cádiz poco antes de las Navidades. Había fiebre amarilla en la isla
gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.

El Ejército expedicionario, a causa de la epidemia, había abandonado
por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y
otras ciudades alejadas del litoral.

Aviraneta, al llegar a Cádiz, se instaló en una casa de huéspedes.

Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se
encontraba en el comercio de los Istúriz.

Don Javier no estaba en Cádiz y Aviraneta fué a ver a don Tomás
Istúriz, a quien le habían recomendado desde Bayona.

Los Istúriz tenían una gran casa, vivían espléndidamente, como unos
pachás.

Don Tomás, después de hacerle esperar mucho tiempo, recibió a Aviraneta
de una manera desabrida. Primero sospechó si don Eugenio sería un
espía; luego, al saber que había tomado parte en la conspiración de
Richart y Renovales, supuso que tenía delante un hombre cándido y quiso
confundirlo a sarcasmos; pero éste era uno de los fuertes de Aviraneta,
y después de resistir las burlas de Istúriz, se las devolvió con mucha
más mordacidad e intención.

Al final de esta entrevista, don Tomás Istúriz miraba a Aviraneta con
recelo y pensaba interiormente que convendría alejar de cualquier modo
a aquel hombre corrosivo y jovial.

Istúriz habló de su hermano Javier, recomendó a Aviraneta que fuera a
verle y que visitara también a algunos masones, como Alcalá Galiano,
Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cádiz,
con sus aires aristocráticos y entonados, le resultaron poco simpáticos.

Una parecida reserva como la de don Tomás Istúriz encontró Aviraneta en
todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde,
y un comerciante, Mendizábal, le acogieron bien. Mendizábal le contó
con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa
María; la defección de Sarsfield y La Bisbal, y la situación en que se
encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios
presos por aquellos acontecimientos.

Mendizábal añadió que iba a reunirse con el comandante del batallón de
Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.

--Yo voy con usted--dijo Aviraneta.

--Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.

Aviraneta comprendió que no se quería nada con él y se decidió a obrar
solo. Con un día de lluvia se embarcó para el Puerto de Santa María,
tomó un coche allí, fué a Jerez, y después a Cabezas de San Juan.

Preguntó por el comandante Riego y se presentó en su casa. Habían hecho
juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Creía que le recibiría
afectuosamente.

Aviraneta encontró a Riego en un cuarto pequeño, blanqueado, con una
cómoda con un niño Jesús encima y unos santos negros en la pared.

Riego tenía aire febril y se veían en su rostro las huellas de una
larga enfermedad. Estaba acompañado del teniente coronel Fernando
Miranda y del capitán Valcárcel. La acogida de Riego fué también muy
fría. Todos recibían a Aviraneta como si éste viniera a quitarles algo,
algo de influencia o de gloria, o de prestigio.

Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus
propósitos; pero después pensó, sin duda, que el consejo de aquel
hombre podría servirle y le explicó su proyecto. No tenía más plan que
sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la
Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedición.
La fecha fijada era la mañana siguiente, el primero de enero. Al mismo
tiempo se levantaría Quiroga y marcharía sobre el puente de Zuazo con
los batallones de España y la Coruña.

--El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno--dijo Aviraneta--. ¿Qué
grito van ustedes a dar?

--Este es uno de los puntos que me preocupan--contestó Riego--. Muchos
de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la
Constitución del año doce; en cambio, Galiano y los de Cádiz no quieren.

--No tienen razón--dijo Aviraneta.

--¿Le parece a usted mejor proclamar la Constitución inmediatamente?

--Sin duda alguna.

Miranda y Valcárcel asintieron. Siguieron Aviraneta y Riego hablando
largamente. Se discutieron una porción de cosas y se puso en evidencia
la poca conformidad de las opiniones de Riego y Aviraneta.

Estaban de acuerdo en las soluciones y estaban en desacuerdo en los
motivos de obrar.

Este desacuerdo en los motivos fundamentales es el que produce casi
siempre mayor falta de estimación entre las personas.

Aviraneta, hombre de perspicacia y de intuición, veía desarrollarse
ante sí el espíritu de Riego a medida que hablaba con él como un hombre
que despliega un plano y va dándose cuenta de la geografía de un país.

Riego era un ambicioso, como lo era Aviraneta; pero Riego se movía
más por motivos ideológicos que Aviraneta. En Riego había una noción
central de la política, quizá no muy elevada, pero la había; en cambio,
en Aviraneta, no. Aviraneta era liberal por odios, por simpatías,
por intuiciones; Riego lo era por conceptos. Aviraneta era valiente
siempre, por fuerza, por agilidad espiritual; Riego podía serlo
en ocasiones por necesidad y por convicción. Riego era capaz del
sacrificio por la idea; Aviraneta era capaz del sacrificio por la
aventura.

Aviraneta tenía una resistencia física grande; Riego era enfermizo;
Aviraneta contaba con su voluntad como con un muelle fuerte y tenso;
Riego no contaba siempre con ella; Aviraneta hubiese expuesto la
vida por una bagatela, por amor al peligro; Riego sólo por una cosa
trascendental; Aviraneta era audaz por instinto, por contextura
psicológica; Riego, por reflexión. Lo que para Aviraneta era fácil,
para Riego significaba un esfuerzo.

Si cada individuo, como suponen algunos observadores, en vez de ser
un yo, es un conjunto de yos obscuros y embrionarios, lo que hacía
Aviraneta lo hacía con todos los Aviranetas de su alma; en cambio, lo
que hacía Riego, lo hacía por el esfuerzo y la victoria de un Riego
sobre los demás Riegos de su espíritu.

Riego era un héroe incompleto; Aviraneta era un aventurero perfecto.
Ahora la perfección tiende a desdeñar la imperfección: Aviraneta
desdeñó a Riego; Riego, en cambio, sintió una mezcla de desprecio y de
temor por Aviraneta.

Aviraneta pensó: «Este pobre hombre quiere ser un héroe y no tiene
energía para ello».

Riego se dijo: «Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de
hacer la revolución y de vender la revolución. Este es un hombre
inmoral».

Riego se engañaba. Aviraneta, para complicarse más, era hombre de
probidad.

Aviraneta veía en Riego una aspiración a cerrar el paso a los demás y
a ser el único; Riego, sin duda, quería que la libertad española se
debiera exclusivamente a él; quería que su figura fuese predominante,
que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexión con su
persona.

Así, la revolución de Riego tenía que estar vaciada en su espíritu;
debía tener cierto carácter culto, no debía ser ni guerrillera ni
demagógica, y sí estar sometida a una oligarquía vinculada en políticos
y en oficiales de carrera.

Aviraneta comprendía que así pensaba Riego. Riego, a su vez, veía que
Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para
quien las jerarquías no significaban nada, para quien las dificultades
no tenían valor. Riego suponía en el visitante un espíritu de audacia
y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera;
pensaba que aquel hombre podía estorbarle, truncarle un éxito,
arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia
contra él.

Muy entrada la noche, Aviraneta se fué a dormir con el convencimiento
de que Riego sería desde entonces enemigo suyo.

¿Tendría éxito? ¿No tendría éxito el comandante de Asturias en su
empresa?

Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro,
no; pues el triunfo de la Revolución le llevaría a él a una vida más
intensa.

Estos complots militares, a veces, aciertan cuando menos se lo figura
uno.

Aviraneta se marchó a su casa y durmió hasta muy entrada la mañana.

Al despertarse supo que Riego se había sublevado y proclamado la
Constitución del año doce.

Por lo menos, la primera parte del plan de Riego había tenido éxito.

La segunda parte del proyecto consistía en avanzar con las tropas
sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel
general, y prender a los jefes.

Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a
las tres de la tarde, y a las dos de la mañana se presentaron delante
de Arcos.

El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe,
Calderón; Miranda, del general Fournas, y Valcárcel, del general
Salvador.

Mucho tiempo se perdió delante de Arcos. Se había decidido que Asturias
entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a
clarear y no habían llegado los de Sevilla.

Riego, impaciente, mandó cinco compañías y ordenó la prisión inmediata
de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos
tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y
cuando no se sabía qué hacer apareció en Arcos el batallón de Sevilla,
que venía de Villamartín y se había perdido en el camino.

Difícilmente se podía comprender que un movimiento tan mal planteado y
dirigido acabara con tanto éxito.

--¡Qué suerte tiene esta gente!--murmuró Aviraneta con cierto despecho.

Posesionado de Arcos el ejército rebelde, se proclamó la Constitución y
se nombraron alcaldes.

El batallón de Guías fraternizó con los sublevados.

Por la noche, Riego envió a varios oficiales con una columna,
formada por compañías de los tres batallones que habían iniciado el
levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la bahía de Cádiz
para anunciar el triunfo de la Revolución.

Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra
revolucionaria. Se había enterado de que en Bornos estaba de oficial
un amigo suyo de Azcoitia, Félix Zuaznavar, afiliado a la masonería y
complicado en la conspiración de Renovales.

Aviraneta marchó a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesitó
convencerle. Zuaznavar se reunió con él en seguida, y fueron juntos a
Arcos, a presentarse a Riego.

Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas
revolucionarias. Había luchado en la guerra de la Independencia y
estaba inflamado de ardor liberal y patriótico. Zuaznavar aseguró que
si se presentaba Riego, el batallón segundo de Aragón, que estaba en
Bornos, se uniría a él.

Riego escuchó las proposiciones de Zuaznavar y decidió salir a las tres
de la mañana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un
destacamento de trescientos hombres.

Se dió la orden de marcha, y al alba se llegó al pueblo. Se colocó la
tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esperó.

Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y
Sorrozábal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente
del batallón, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento
de Aragón, lo hizo prisionero y se lo entregó a Riego, que avanzaba
hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos
ordenanzas de infantería.

Poco después comenzaron a sonar los tambores, y el batallón entero,
tocando generala, salió de sus alojamientos de Bornos dando gritos de
«¡Viva la Libertad!», «¡Viva la Constitución!».

Se volvió a Arcos, y dos días después, todas las tropas reunidas
marcharon a Jerez. Al día siguiente se proclamaría la Constitución en
esta ciudad.

Aviraneta fué al cuartel donde se encontraban los oficiales amigos
suyos, y no le dejaron entrar. Por la tarde vió que estaba vigilado.
Aviraneta se presentó a Zuaznavar y al capitán Sorrozábal, dispuesto
a pedir explicaciones a Riego; pero éstos le convencieron de que en
aquellas circunstancias sería lamentable.

Riego tenía una idea falsa de él.

Zuaznavar y Sorrozábal añadieron que lo que les parecía mejor era que
Aviraneta fuese al Puerto de Santa María a reunirse con otro vasco, el
capitán Roque Arizmendi, que había ido allí escoltando a los generales
prisioneros.

Aviraneta pasó varios días en el Puerto en la inacción, con un tiempo
desdichado de lluvias; presenció la entrada de Riego y Quiroga, y
después fué a San Fernando.

Se había reunido aquí mucha tropa; Aviraneta tenía entre los oficiales
amigos y conocidos, entre ellos Valdés, Iñurrigarro y Arizmendi.
Habían nombrado general en jefe a Quiroga, y Aviraneta fué a verle y a
ofrecerse a él; pero Quiroga era un galleguito ordenancista que creía
que el movimiento era únicamente militar y que los paisanos nada tenían
que hacer en él.

En el fondo existía cada vez más fuerte la rivalidad entre los
guerrilleros y la tropa de línea, que había estallado después de la
guerra de la Independencia, y bastaba que alguien se diese a conocer
como guerrillero para producir desconfianza entre los militares de
carrera.

Aviraneta tuvo que servir de testigo de las marchas y contramarchas de
aquellas tropas, en las cuales seguramente no había ningún Napoleón.

Aviraneta ya no tenía nada que hacer allí, y, recordando el encargo
de Salvador Manzanares, le escribió una larga carta, contándole con
detalles cómo se había verificado el movimiento revolucionario. Esta
carta se la entregó a un contrabandista de Ronda que marchaba a
Gibraltar.

Al final de enero Aviraneta presenció la salida de Riego camino de
Málaga, con una columna de unos mil quinientos hombres y algunos
caballos.

Toda una turba de cantineros, busconas y viejas celestinas de Jerez, el
Puerto de Santa María, Puerto Real y San Fernando se movilizó detrás de
la columna, con una impedimenta de caballos, mulas y borriquillos.




V

EL EMPECINADO


AVIRANETA quedó en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de
carrera no podía simpatizar ni colaborar, abandonó la isla gaditana y
se marchó a Sevilla.

De Sevilla tomó la diligencia para Madrid. Visitó a madama Luisa, que
le dió noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las
noticias de la Revolución, y fué a ver a los amigos masones, a quienes
encontró muy reservados y timoratos.

En vista de que Madrid tampoco respondía, don Eugenio se dirigió a
Aranda y fué a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero.
El Empecinado le dijo que había pensado en dar un golpe para proclamar
la Constitución en Valladolid y que llegaba oportunamente.

La buena acogida de don Juan Martín hizo olvidar a Aviraneta sus
fracasos de Andalucía.

Al saber que ya había algo preparado y organizado, Aviraneta quiso
contribuír a la empresa, y equipó y montó por su cuenta diez hombres,
que se unieron a los del Empecinado.

Éste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peñafiel a
quien llamaban el Licenciado Mambrilla.

Entre el Empecinado y Mambrilla habían ideado sorprender Valladolid
con cien infantes y cincuenta caballos.

Tenían en la ciudad algunos partidarios, entre éstos, un padre
filipino, el padre Giménez, y su sobrino Santos.

El plan consistía en meter en el convento del padre Giménez cien
hombres armados, y después, por la noche, presentarse a las puertas
de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldrían del
convento, abrirían las puertas de la ciudad y se proclamaría la
Constitución.

Preparada la sorpresa, probablemente hubo algún soplo a la policía,
porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y
embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la
guardia de las puertas fué reforzada.

En vista del fracaso de la expedición a Valladolid, el Empecinado,
Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa
apoderándose de una ciudad pequeña como Aranda. Tenían gente
comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, habían hecho
imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar
día. Era a principios de marzo. La expedición de Riego en Andalucía se
daba por muerta.

En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Félix
Acevedo en La Coruña habían ocupado toda Galicia; luego se habló de
la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo
por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaña. En vista
de ello, el Empecinado precipitó la entrada en Aranda y proclamó la
Constitución. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.

La revolución triunfaba, las tropas se unían a los constitucionales, y
Fernando VII, de buen o mal grado, tenía que aceptar el nuevo régimen.

Pocos días después el Empecinado comisionó a Aviraneta para que se
avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y
ofreciese la cooperación del general.

¿Qué iban a hacer? El Empecinado volvería al ejército. Había sido
nombrado segundo cabo de la Capitanía General de Castilla la Vieja,
que residía en Zamora; Aviraneta, según don Juan Martín, tenía que
prepararse para ser diputado. Se establecería en Aranda, lo nombrarían
regidor primero, organizaría la Milicia Nacional y, cuando dominara el
país, se le enviaría a las Cortes.

Aviraneta escribió a su madre, que estaba en Irún, si le gustaría
quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contestó que sí,
que viviría en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquiló
para los dos una casa pequeña en la plaza del Trigo.




LIBRO SEGUNDO

EL TIRANO DE ARANDA




I

LOS MILICIANOS


EL mismo día en que se dió el bando en la Plaza de Aranda acerca de la
partida levantada por el canónigo de la Colegiata de San Quirce don
Francisco Barrio, poco después de comer empezaron a reunirse en una
explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos
de milicianos, de uniforme. Había maniobras.

A las tres comenzó la formación y se pasó lista. Anteriormente habían
tenido los milicianos una época de continuo y diario ejercicio, y el
grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.

En toda España, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuñar
las armas. El Gobierno quería contar con una fuerza capaz de sofocar
cualquier tentativa absolutista.

Comenzó el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayoría de los
milicianos había pasado las primeras dificultades y estaba en la
esgrima de la bayoneta y del fusil, y sólo algunos torpes, en pequeños
pelotones, habían quedado empantanados en las evoluciones de la marcha
y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.

El Tío Guillotina solía ir con los chicos delante de los pelotones que
evolucionaban por la plaza, agitándose y moviendo los brazos.

La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por
dos compañías de infantería y una de caballería. Las primeras eran
incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte
soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.

La compañía de caballería la formaban sesenta y dos hombres.

Cada compañía de infantes tenía capitán, teniente, subteniente,
sargento primero, cinco segundos, seis cabos primeros, dos tambores y
un pito. La fuerza de a caballo se dividía en tres tercios de a veinte
hombres.

Cada tercio tenía un subteniente, un sargento, un cabo primero y uno
segundo, y se dividía en dos escuadras de a cada diez hombres cada una.

La Milicia de caballería la formaban los que por su oficio o por su
posición poseían un caballo.

Todas las fuerzas reunidas de infantería y caballería de Aranda las
mandaba un comandante, un médico que había acompañado en otro tiempo al
Empecinado.

Algunos oficiales querían implantar en la Milicia una disciplina
severa, lo cual no era fácil por muchas razones: la mayoría de los
soldados y oficiales, acostumbrados a sus despachos y mostradores, no
querían aceptar la rigidez formalista de los militares; además, aunque
había en las filas gente decidida, abundaban también los tímidos y los
perezosos. La mayoría de los soldados de la Milicia voluntaria en los
pueblos no eran personas distinguidas. En Aranda no se habían alistado
los Verdugo, ni los Mansilla, ni los Miranda, ni algunos otros.

En muchas aldeas y ciudades, los liberales con ínfulas aristocráticas,
antiguos afrancesados más o menos vergonzantes, se lamentaban de que
las personas de respetabilidad y prestigio no se lanzaran francamente
por la senda constitucional, como había dicho Fernando VII.

La pretensión era absurda. En las esferas donde germinan las ideas
nuevas no hay que esperar encontrarse con hombres de gravedad y de
peso; en los nuevos caminos es más fácil toparse, entre locos, perdidos
y granujas, con algún santo o con algún héroe.

Aviraneta contaba con ello y exigía poco en general; pero lo que exigía
lo hacía con firmeza. A pesar de esto se le consideraba intransigente.
Todo el mundo suponía que la organización de la Milicia de Aranda
dependía de aquel hombre, cuya vida anterior se ignoraba y del cual no
se sabía mas que acababa de venir al pueblo y había sido impuesto como
jefe por el Empecinado.

Aviraneta unía al cargo de regidor primero el de subteniente de uno de
los tercios de que se componía la tropa de caballería. Además era el
presidente de la logia masónica.

La gente sabía que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de
las fuerzas de la Libertad, como se decía entonces con el énfasis de la
época. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia
Nacional, resolvía las dificultades y escribía las proclamas con
recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.

Sabía don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que
daba la disciplina y hacía lo posible por inculcarla. Se cobraba a los
exentos de la Milicia voluntaria y se ponían multas pequeñas a los
milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.

Aviraneta, al comenzar la organización de la Milicia, formó su tercio
con guerrilleros del Empecinado; tenía una docena de caballos y los
prestó a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y
presentaba un aspecto decidido y marcial.

Los absolutistas de Aranda, que se reían de los milicianos de
infantería, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con
disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la
plaza del Obispo asustando al público y daban cargas a galope tendido...

Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se dió descanso a la
tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con
honores de café, a tomar un refresco.

El tabernero había sacado una mesa fuera de la tienda y se había
entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en
el suelo polvoriento.

El comandante de las fuerzas, don José Díaz de Valdivieso, el médico,
era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le
había otorgado el mando precisamente por su nulidad.

Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don José
hacía lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ahí.

De los oficiales de la Milicia de infantería ninguno valía gran cosa.
Entre ellos se distinguía el señor Castrillo, el farmacéutico, hombre
amable, gran jugador de dominó y ajedrez, liberal tibio y un tanto
volteriano, que se reía de sí mismo al verse vestido con uniforme
y morrión; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas
liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el
maestro Sagredo.

Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba
animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre había
aprendido él solo el latín y el griego y estaba estudiando el francés y
el alemán con Schültze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la
Plaza Mayor y que era también miliciano.

Los demás oficiales, un vinatero, un dueño de una tienda de comestibles
y un recaudador de arbitrios municipales, eran gentes de poca monta que
tomaban muy en serio su representación social y se llamaban uno a otro:
ciudadano teniente, ciudadano sargento, etc.

Los ex guerrilleros del tercio de Aviraneta eran, entre los milicianos,
los más aguerridos y fieros.

El lugarteniente de Aviraneta era uno apodado el _Lobo_. El _Lobo_,
antiguo soldado del Empecinado, se distinguía como hombre fanático y
violento. El _Lobo_ tenía una posada en la calle del Aceite, donde
trabajaba de herrador. A la posada del _Lobo_ la llamaban la posada del
Brigante, y los enemigos, la posada del Fanfarrón.

El _Lobo_ estaba casado con una mujer muy guapa, de un tipo griego, a
quien apodaban la _Loba_.

Era un matrimonio de dos fieras. Alguno que otro lechuguino se había
acercado a la _Loba_, a galantearla, pero pronto había tenido que huír
prudentemente.

El _Lobo_ era hombre malhumorado, dispuesto siempre a echarlo todo por
la tremenda y deseoso de saltar.

Dos muchachos jóvenes, Jazmín y el _Lebrel_, que eran criados de
Aviraneta, formaban también el tercio.




II

DIAMANTE


LOS tercios de caballería los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un
joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.

Estos dos últimos oficiales habían sido nombrados por don Eugenio.

Alejandro López Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de
cráneo pequeño y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada
por el sol, las manos sarmentosas.

Tendría unos cincuenta años. Había sido estudiante de cura y vivido con
un tío suyo casi toda la vida.

Diamante era solterón, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la
guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su
tío juró varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el
dinero y la guerra, optó por el dinero. Era su gran dolor.

Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dormía en
las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado.
No sentía el frío ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco
de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le
bastaban.

Diamante tenía una casa pequeña y unos majuelos heredados de su tío.

Diamante apenas comía por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y
viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.

Diamante vivía con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres más
cazurros del pueblo.

Magdaleno tenía facha de sacristán; una cabezota grande, la nariz chata
y la cara redonda, en la que las barbas le salían negras y duras como
pinchos a la media hora de afeitarse.

Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba
sólo la casa y la luz--la luz del sol--. Amo y criado se llamaban de
tú, aunque no en público; disputaban, se insultaban y cada uno se hacía
la comida.

Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos
de honor, jerarquía o derecho no cedía jamás.

Unido a esto tenía una arbitrariedad indignante.

No había modo de que enmendase una injusticia o una antipatía
inmerecida. Se sentía infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no
volvía de su acuerdo.

Había en el pueblo un comerciante catalán que se llamaba Catá; él
decidió llamarle Cantá, y aunque el interesado asegurase llamarse Catá,
Diamante seguía convencido de que su verdadero nombre era Cantá.

Según Diamante, unos lo merecían todo; otros, nada; que no le pidieran
explicaciones, porque no las daría.

Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le había prestado los
libros de Salustio, Tito Livio y Tácito, y Diamante, cuya buena memoria
recordaba muy bien lo leído, quería ajustar todo lo de la época a
aquellas narraciones romanas.

Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudición.

--A mí me gusta ser pedante con estos brutos--decía.

Lo que más despreciaba Diamante era el sentimentalismo.

--Ñoñerías, chiquilladas ridículas--solía repetir con desprecio, y
añadía con entusiasmo--: Diamante es duro como su apellido.

Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo
parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.

Aviraneta recomendó a Diamante creyéndole hombre útil para la
organización de la Milicia; después se convenció de que no servía para
gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba oírle y hablar con él.

El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre
pintoresco. Sórdido las más de las veces, generoso en ocasiones,
arbitrario siempre, Diamante podría ser tenido por un ejemplar extraño
de la especie humana. Diamante, además de su avaricia normal, tenía un
orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le producía un sentimiento de
postergación y de tristeza.

Para él era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de
jerarquía inició disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero
Aviraneta y Frutos cedían.

Diamante no quedaba satisfecho y solía refunfuñar largo tiempo.

--Con esa indiferencia que tiene usted--le decía a Aviraneta--, no se
puede hacer nada bueno.

Aviraneta reía, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y
estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si
la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una
gran cordura y discreción.

Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cómo
se desatan las malas pasiones; pero para la mayoría de los humanos el
espectáculo de un espíritu borrascoso es interesante y divertido.

El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan,
era algo así como el familiar de Aviraneta.

Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el
Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tomó como secretario y le nombró
oficial de la Milicia de caballería.

El joven Frutos era muy solapado, muy hipócrita. Tenía mucho éxito con
las mujeres, y esto quizá le había hecho cauteloso, pues no sólo se
dedicaba a las solteras, sino también a las casadas.

Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros,
brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de
esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas
como sus joyas.

Frutos había sido monaguillo y recibido una educación sacristanesca.

Este joven aprovechado vivía en una continua ansiedad. En el fondo de
su alma, las ideas recibidas por él pugnaban con las nuevas que oía
exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el
poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. Él, en su interior,
temblaba; los altares, las imágenes, las lámparas misteriosas eran
señales claras de la divinidad. Los retablos le parecían de oro macizo;
la campanilla del viático sonaba para él de otra manera que una
corriente; las voces del órgano las tenía por sobrenaturales.

De día, el joven Frutos se sentía valiente y capaz de manifestarse
enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada
impiedad suya la sentía como espada de Damocles sobre su cabeza de
pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catástrofe se maravillaba.

Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; hacía favores a los
enemigos del jefe y sostenía amistades con el bando contrario.

Le ayudaba en esta obra el alguacil Fermín Cabello, alias _Argucias_.
Cabello era tipo delgado, de ojos pequeños y mirada atravesada.
_Argucias_, cuyo apodo le retrataba bien, era enemigo acérrimo de los
constitucionales, pero se guardaba su odio contra ellos y hacía el
papel de hombre indiferente, que no se ocupa mas que en ganarse la vida.

Aviraneta sorprendió varias veces al alguacil en un espionaje
sospechoso; pero quería pescarlo de una manera flagrante para caer
sobre él.

       *       *       *       *       *

Todos los oficiales de la Milicia de a pie y a caballo se hallaban
sentados en la taberna de la plaza del Obispo.

--¿Han leído ustedes la prensa de Madrid?--dijo el boticario
Castrillo--. Se dice que el Gobierno tiene dificultades, que España
se llena de extranjeros y que estos extranjeros vienen a producir
perturbaciones.

--¡Ah! Si yo estuviera en el Poder no habría perturbaciones--exclamó
Diamante.

--¿No?--preguntó burlonamente Frutos.

--No, señor. Porque fusilaría a todo sospechoso, a todo desafecto al
Régimen. Esta benevolencia ridícula nos mata. Aquí no hay fibra, no
se toman las cosas en serio. El otro día, al pasar por delante de la
huerta del tío Lesmes, nos gritaron: «¡Masones! ¡Mata frailes!», y nos
tiraron dos piedras. Yo le dije al comandante: «Hay que arrasar esa
huerta». Y no quiso.

--¿Y la hubiera usted arrasado? ¡Qué barbaridad!--dijo Frutos.

--Arrasaría la mía. Antes que nada, está la libertad y la patria.

--Es verdad--asintió el _Lobo_.

--Así debe ser--añadió un viejo, dejando el vaso de vino vacío en la
mesa.

Este viejo era un sargento de infantería, antiguo soldado que había
hecho varias campañas. El tal sargento, llamado Valladares, vivía
casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que
trataba al viejo de mala manera.

Valladares se sentía liberal; más que liberal, partidario del Gobierno.
El Gobierno para él siempre tenía razón. Valladares ganaba un pequeño
jornal por dar a los fuelles del órgano en la parroquia de San Juan.
Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los
ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazañas guerreras
en el Rosellón y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo
cuando estaba un poco borracho.

Aviraneta sonrió al oír a Diamante y a Valladares.

Se habló de los defectos que quedaban aún en la organización de la
Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.

Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y después, las
dos compañías de infantería, en una columna, seguida de los tercios a
caballo, evolucionaron por la ancha plaza al compás de la música de
tambores y pitos, que tocaban el _Himno de Algeciras_, que empezaba a
llamarse el _Himno de Riego_.




III

LOS TRES CARGOS DE DON EUGENIO


UNOS meses después de haber sido nombrado teniente de la Milicia
voluntaria de caballería y regidor primero de Aranda de Duero,
designaron a Aviraneta para comisionado del Crédito Público.

Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.

Se había discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales
podían desempeñar otros cargos, y se declaró por el Congreso que no
sólo el ser miliciano no debía servir de obstáculo para conseguir un
empleo, sino que debía considerarse como mérito.

Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias;
pero él se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.

No se contentaba sólo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la
comarca, y enviaba al jefe político informes claros y precisos acerca
de los Ayuntamientos que no cumplían inmediatamente los decretos de
las Cortes; señalaba a los que no habían jurado la Constitución, a
pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no habían
organizado la Milicia Nacional, o que, habiéndola organizado, no se
daban prisa en instruírla.

Aviraneta miraba el nuevo régimen como una cosa suya personal, y
estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.

Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballería, don Eugenio hacía
de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de
solucionar la serie de dificultades económicas que se presentaban.

En el Ayuntamiento, Aviraneta había preparado una habitación que daba
hacia el Duero, y allí trabajaba.

Todos los asuntos los despachaba él. El corregidor firmaba únicamente.
Aviraneta tenía la ilusión del revolucionario que cree que una sociedad
puede cambiar en su esencia en pocos años.

Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El
secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso,
ponía trabas a toda tentativa liberal, atrincherándose en las fórmulas,
en las costumbres. El secretario daba a entender que no quería mas que
el éxito de los propósitos liberales del Gobierno; pero les hacía toda
la guerra posible.

Desde la promulgación de la Constitución, el partido absolutista de
Aranda, formado por el clero y dirigido por un señor del Pozo, iba
tomando cada vez más fuerza.

Aviraneta, puesto en contra de él, se empeñó en que los párrocos
explicaran los artículos de la Constitución los domingos; pero los
párrocos, apoyados por los absolutistas, se empeñaron en no hacerlo.

El señor del Pozo, en unión de un propietario rural, don Narciso de la
Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolución. Los
curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla,
el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por días
iba haciéndose más poderosa.

Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachón alto,
rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como
dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz
atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y
chismoso, llamaban en el pueblo la _Gaceta_. La _Gaceta_ era de primera
fuerza para el descrédito de algo o de alguien. Mentía descaradamente,
pero con gran habilidad, y sus embustes tenían siempre una intención
maquiavélica.

El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre también
atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban _Poncio
Pilatos_, y, efectivamente, tenía aspecto de procónsul romano. Era tipo
sombrío, grave, cumplidor de su obligación y ferviente fanático.

A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Sabía
que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podían, y esto
indignaba a _Poncio_.

Santa Olalla tenía un odio profundo por los constitucionales y un gran
desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y
la _Gaceta_.

A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban
organizando sus huestes.

El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crédito Público
alarmó a los clericales de la comarca.

Las Cortes habían decidido suprimir los monasterios de monacales,
cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y
enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras
pasadas.

Se quería que en cada pueblo se formase un expediente y un plano
catastral de los terrenos baldíos, con expresión del deslinde, calidad,
uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los
ganados de los pueblos.

Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos
del país, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.

Se quería crear una clase de pequeños terratenientes sobre las grandes
propiedades monacales, con lo cual se suponía que el nuevo régimen
podría consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesión
serían los más acérrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.

La medida, bien pensada, no dió resultado, y el pueblo, constantemente,
rechazó aquellas ofertas, que le parecían sacrílegas. Si alguno se
aprovechó, luego se hizo más católico que nadie.

Aviraneta, a pesar de que vió desde el principio la hostilidad popular,
no retrocedió; siguió trabajando con entusiasmo en sus inventarios.
Con su letra española clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo
Iturzaeta, escribía folio tras folio, día y noche, sin cesar.

Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes
nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...

Era imposible promover la formalización de los expedientes. Algunos
jueces liberales comenzaban la incoación; pero tenían que abandonarla
pronto. Todo el mundo hacía lo posible para que los trabajos quedasen
interrumpidos.

Aviraneta quería luchar así, de cerca, convencido de que era el único
modo de instaurar la era revolucionaria.

Algunos amigos le advertían que a su lado, como tiburones que siguen a
un barco, había gente desacreditada y sin escrúpulos que iba a ver si
se lucraba con los bienes nacionales.

Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio García, de Vadocondes.
García era uno de esos hombres que en un momento de revolución ven
una fortuna que hacer. García era hombre frío, audaz, indiferente a
todo lo que no fuera negocio. Tenía un pie en el realismo y otro en la
revolución. Se servía de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el
_Rojo_ y del hombre a quien decían la _Gaceta_. A veces se entendía
también con Frutos.

Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa había que franquear el
acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable
para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el
cambio de régimen.

Algunos se lamentaban de esto.

--Es una cosa absurda--les decía Aviraneta--. ¡Como si la propiedad
antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la
violencia!

No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta;
algunos, molestados porque se había dado el mando a un advenedizo, no
querían nada con él.

Estos eran la mayoría gente rica que se consideraba postergada.

Si en la esfera de los aristócratas existían descontentos, también los
había entre los demócratas, los cuales se hallaban representados por
los contertulios de un zapatero remendón llamado Domingo, de la calle
de la Canaleja.

De la zapatería del tal Domingo salió con el tiempo una torre
de Comuneros tan efímera como las tapas y medias suelas del
establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos
comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.

El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el
zapatero Simón de Aranda, a quien se le decía _Dominguín_ y _Domingo
Siete_. Este último apodo se lo habían puesto los liberales por su
inoportunidad.

Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra
giba por inoportuno.

Había ido un giboso un sábado por la noche a un bosque donde moraban
las brujas, y les había oído cantar repetidas veces, con la melancolía
de una canción que no se conoce bien, este estribillo:

      Lunes, martes, miércoles, tres.
    Lunes, martes, miércoles, tres.

Entonces el giboso, en el mismo tono triste que las brujas, cantó:

      Lunes, martes, miércoles, tres.
    Jueves, viernes, sábado, seis.

Las brujas al oír esto lanzaron un ¡ah! de satisfacción, y
entusiasmadas por el segundo verso añadido a su canto fragmentario,
buscaron al autor, encontraron al giboso, le acariciaron, le quitaron
la giba y la colgaron en un árbol.

Llegó el giboso al pueblo derecho y gallardo y contó a otro amigo
jorobado lo ocurrido, y éste el sábado por la noche se fué al bosque y
esperó. Vinieron las brujas y se pusieron a cantar con entusiasmo, con
una algarabía de papagayos:

      Lunes, martes, miércoles, tres.
    Jueves, viernes, sábado, seis.
    Lunes, martes, miércoles, tres.
    Jueves, viernes, sábado, seis.

Entonces el giboso, saliendo de debajo del árbol, gritó con voz aguda:

    Y domingo, siete.

Las brujas, que tenían cierto sentido estético, lanzaron un grito de
disgusto y de repulsión, digno de un profesor de Retórica, al ver que
no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le
arañaron y le colocaron la joroba del giboso del sábado anterior.

A Dominguín el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como
el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba _Domingo Siete_.

_Dominguín_, _Tumbatoros_ el cortador, _Payuco_ el gitano, Matías el
sanguijuelero y un matón a quien llamaban el _Tarambana_ formaban la
extrema izquierda arandina.

Aviraneta tenía como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a
Diamante.

Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos
estuviera vendido al celebérrimo oro de la reacción; suponía que le
faltaba celo, nada más.

Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quería dominar
por el terror. Había echado a volar la noticia por el pueblo de que al
primer intento absolutista haría una sarracina de las gordas.

Aviraneta al principio vivía con su madre y con una criada vieja de
Irún, Joshepa Antoni; luego se separó de ellas por muchas razones. La
primera y más importante era que no quería que sus enemigos pudiesen
vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido él.

Aviraneta echó a volar la especie de que la buena señora estaba muy
incomodada con su conducta.

Aviraneta iba a comer con su madre todos los días, y después,
burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurría en el pueblo.
Ella le oía mientras hacía media y le recomendaba que no fuera
demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.

Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca
importancia.

Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el
_Lebrel_ y Jazmín.

Solía andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y
liebres, y cuando había varios días de fiesta seguidos marchaba con
algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos
y del Urbión.

A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que había recorrido como
guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba así las fiestas religiosas, a
las cuales, como regidor, no tenía más remedio que acudir estando en
Aranda.

Tenía Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magníficos, _Piramo_
y _Tisbe_; tenía también varios perros y uno favorito, al que llamaba
_Murat_.

En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto,
él se encontraba bien allí y decidió instalarse en Aranda y comprar
una casa vieja bastante alejada de las demás, que se llamaba la _Casa
de la mujer muerta_ o la _Casa de la Muerta_.

Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construída
a medias de ladrillo y adobes, era sólida, espaciosa y bastante bien
conservada.

Se tenía contra la casa cierta prevención: en tiempo de la guerra de la
Independencia había sido hospital, y después vivió en ella gente pobre.
Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y
paragüeros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse allá.

La historia de la casa era romántica. Se contaba que hacía dos siglos
había pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este
caballero tenía un hijo y una hija. La hija había muerto abrasada en un
incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendió casarse
con una judía.

El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la
judía se iba a convertir al cristianismo, la aceptó en su casa, y el
mismo día de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cayó al
patio y quedó muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapió
aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.

No se decía si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria
_ad hoc_ de sábanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que
la gente lo pensara.

Aviraneta compró la _Casa de la Muerta_ y llevó obreros para
restaurarla. Puso cristales pequeños y romboidales emplomados en casi
todas las ventanas, cosa que pareció un lujo provocativo e insultante.
Arregló bien las cuadras, blanqueó las habitaciones y compró muebles,
los necesarios para un hombre que podía vivir como un árabe del
Desierto en una tienda de campaña.

Sólo tenía el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo
y comodidad.

En el piso bajo Aviraneta instaló su despacho para sus asuntos de
regidor y de teniente de la Milicia. Había mandado poner marcos a
varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tenía una
lámina, titulada _El entierro de los serviles_, con esta leyenda:

      Si el servil esfuerzos hace
    para salir de la sima
    donde por nuestro bien yace,
    ¡milicianos, tierra encima
    y que _requiescant in pace_!

En este cuarto se celebraban las reuniones masónicas de Aranda.

Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayoría de los cuartos los
dejó sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos
caídos. El huerto también se hallaba abandonado, lleno de maleza, con
los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.

Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos
piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que
Aviraneta se cansó de este cementerio de paraguas y de botas y decidió
no cultivar el jardín.

La madre de Aviraneta se quedó asombrada al ver la casa.

--Pero, ¡qué locuras hace este Eugenio!--exclamó, llevándose la mano a
la frente.

La compra de la _Casa de la Muerta_ contribuyó a aumentar la fama de
extravagancia de Aviraneta.

--¡Qué desgracia la de esa señora tener un hijo así!--se decía.

El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo
del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola
por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.

Excepción hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la _Casa de la
Muerta_.

Aviraneta tenía en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que
eran también guerrilleros, el _Lebrel_ y Jazmín.

El _Lebrel_ era un gran cazador. Jazmín, como un criado de comedia
antigua, tenía gran fertilidad de recursos y de intrigas y era
atrevido, hábil y valiente.

Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en
algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos _bravi_
capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.

Aviraneta les enseñaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces
necesitaba de sus dos muchachos y le acompañaban ambos armados y
embozados en la capa.

Cada día que pasaba Aviraneta era más odiado.

Todas las disposiciones municipales dadas por él para adecentar las
escuelas, sitios sombríos y miserables, para limpiar las calles y los
pozos negros, para sanear las fuentes, poner árboles en los caminos
y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos
insultos.

¿A qué se metía aquel forastero a cambiar las costumbres de los
arandinos? ¿Es que no habían vivido sus padres igual que ellos? ¿No se
habían revolcado en la tradicional suciedad española sin detrimento de
su salud?

La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal
oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les parecía ridículo y
vejatorio y una manifestación de tiranía insoportable.

Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le
acusaba a Aviraneta de propagandista masón y de tener una policía
a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las
instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe político.

La pequeña tropa de Milicia voluntaria de caballería era profundamente
odiada y muchas veces había recibido tiros y pedradas, que no se sabía
de dónde venían.

Otros, más cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.

Al principio la locura oratoria de este pobre loco había producido
risa; a medida que el sentimiento realista y fanático tomaba violencia,
el Tío Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le
tiraban piedras y le pegaban.

Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el
_Lobo_ también le protegía.

Casi constantemente Aviraneta recibía algún anónimo insultante y
amenazador. Él se reía y una de las veces lo clavó con cuatro tachuelas
en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.

Aviraneta hacía como que no se enteraba de la hostilidad contra él;
recorría el pueblo solo y únicamente de noche iba acompañado de sus
_bravi_. Esta disposición la tomó desde que una vez, al acercarse a la
_Casa de la Muerta_, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna
de las balas le dió.

Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del
_Zamorano_ o al mesón del Brigante, del que era dueño el _Lobo_.

Allí, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del
Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y
pasaba a la cocina del mesón. Si entraba algún carretero conocido le
decía: «¡Eh, buen amigo! ¿Qué tal? ¿Se viene de lejos?» Y departía con
los arrieros, les preguntaba de dónde venían, adónde iban; se informaba
de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo
que decían en Almazán, en Soria o en Roa.

El arriero contaba lo que había visto y oído, llevaba sus mulas a la
cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las
criadas.

Aviraneta, después de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se
mudaba, hacía encender los candelabros y cenaba como un gran señor.




IV

UNA FAMILIA AMIGA


AVIRANETA era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba
algún sitio adonde ir de tertulia.

Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por
la Acera, hablando con los amigos; después solía pasar por la botica
de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la
plaza; charlaba allí un rato; luego salía, saludaba a la gente de
la confitería de doña Manolita y cambiaba un saludo con Schültze,
el relojero, que al verle se levantaba y le hacía siempre la misma
pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles
inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del
pueblo en sus rincones.

Al mismo tiempo que Eugenio hacía amistades, su madre se había
relacionado con la familia del juez, recién llegado al pueblo, que
vivía en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.

Se llamaba este juez don Francisco Auñón.

Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a
cuarenta y cinco años. Se había casado muy joven y tenía dos hijas,
Rosalía y Teresita, de diez y ocho y quince años, respectivamente, y un
niño de diez, Juanito.

Auñón era hombre serio, pero de poca energía. Le dominaba su mujer,
doña Antonia, a quien su marido y luego los íntimos de la casa, entre
ellos Aviraneta, llamaban doña Nona.

Doña Nona debía haber sido de soltera muy guapa, pero había engordado y
su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.

Doña Nona tenía una cara de Dolorosa, pálida y parada; los ojos grandes
y negros, la boca pequeña, el pelo de ébano.

Espiritualmente era el tipo de la mujer española práctica, hacendosa,
indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egoísmo familiar
llevado a las últimas consecuencias.

La hija mayor, Rosalía, debía ser el retrato de su madre joven. Era muy
bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermosísimos y color
atezado. Tenía muy buen carácter y un aplomo perfecto, ese aplomo del
castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir
de una manera literaria--es decir, exagerada--las pasiones.

Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana,
acababa de pasar esa edad en que las niñas comienzan a dejar las
muñecas, pero todavía no había llegado al período de los muñecos.

Teresita prometía ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo único
que tenía allí eran libros religiosos. Leía _La vida de los Santos_
y la _Guía de Pecadores_, y sabía muchas poesías de Santa Teresa de
Jesús, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León.

La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y solía estar
hablando y haciendo media.

Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.

Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendían bien.

Aviraneta tenía una gran facundia y no dejaba languidecer la
conversación. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo
y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de
Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema
inagotable para sus burlas.

A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doña Nona y Rosalía
le pedían una porción de cosas.

Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a
caballo, para llevarles un adorno, una chuchería de moda cualquiera.

Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosalía, que
estaba muy guapa; pero era difícil que un hombre tan atareado como
Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.

Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios
habituales de la casa del juez; pero al principio de otoño apareció un
curita, don Víctor, muy amigo de doña Nona, a hacer la competencia a
don Eugenio y a minarle el terreno.

Don Víctor conquistó a doña Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con
él era imposible.

Este curita, joven e inteligente--inteligente a lo cura--, se comenzaba
a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quería ser en
Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cáceres y fray Miguel González,
el colector de la Victoria, en Burgos. Decía que la Constitución era
cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos
los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en
el cieno y en la sangre.

Este curita había echado a volar desde el púlpito de la iglesia de
San Juan una frase que, según decían, era de San Agustín, frase que
consistía en asegurar lo lícito de la _persecución por amor_.

La _persecución por amor_ era un buen invento para una época de guerra
civil.

Aviraneta pensaba que al cleriguillo aquel él le hubiera pegado con
gusto una paliza para que no intrigara en contra suya en la casa del
juez, no por odio ni por mala voluntad, sino por amor. La persecución
por el amor.

Don Víctor, el cura, tenía un gran ayudante en una señora, doña Cleofé
Navas, viuda de un militar.

Doña Cleofé era una mujer alta, fuerte, enérgica, hombruna, seria y
autoritaria. Tenía una rigidez de fariseo en paso de Semana Santa,
la cara amarillenta y dura, con unas arrugas que parecían hechas con
tiralíneas; la nariz aguileña y los labios finos.

Doña Cleofé era una de estas mujeres caritativas que nacen para
hacer la desesperación de los desdichados. Era el recaudador de
contribuciones, el agente de policía, el tambor mayor de la caridad;
visitaba las casas pobres, donde reñía a la gente; asistía a los
moribundos, para darles la puntilla recordándoles que estaban en las
últimas, y pasaba la vida en la iglesia.

Doña Cleofé tenía un hijo, con quien no se hablaba, una hija reñida con
ella, y un yerno que la hubiese querido ver en el hospital, en la sala
de los tiñosos.

Las criadas no aguantaban en casa de la beata más que unos días.

La paz del Señor reinaba en aquella santa morada.

Doña Cleofé solía tener una tertulia en su casa, en una sala tan
antipática como ella, con unas estampas religiosas tan antipáticas
como la sala, con una consola y unas butacas tan antipáticas como las
estampas, y una alfombra y unas cortinas tan antipáticas como las
butacas y la consola.

En este cuarto antipático se reunía la tertulia de las viejas beatas
más antipáticas del pueblo.




V

EL SEÑOR SORIHUELA


HABÍA un señor que vivía en Aranda dedicado al estudio.

Este señor, viejo, solitario y apolillado, el señor Sorihuela, había
vivido en Madrid en otra época, protegido por Godoy y en relación con
los masones.

El señor Sorihuela se dedicaba a estudiar la historia de España en
tiempos antiguos y a hacer un plano de las calzadas romanas en las
provincias de Burgos y Soria; recogía fósiles, monedas y pedruscos, y
hacía estadísticas. Como se ve, se dedicaba a cosas sin importancia.

El señor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen
erudito. Tenía la cabeza grande, el pelo cano, la cara roja por el
herpetismo--según otros, por el vino--, la frente despejada y blanca, y
las patillas grises.

Este arandino ilustre gastaba larga casaca verde, de cola de abadejo;
chaleco abotonado hasta el cuello, calzones de paño, medias de lana y
una gran corbata de batista de dudosa blancura.

El señor Sorihuela tenía un perro chato, y era un problema, al verlos
juntos, saber si el perro se parecía a él o él se parecía al perro. A
punto fijo no era fácil averiguar quién era más egoísta de los dos, si
el perro o el hombre; probablemente lo era el hombre.

El señor Sorihuela lucía un egoísmo suspicaz e inquieto. Hombre culto,
y sobre todo muy prudente, se había creado fama de loco en el pueblo, y
la cultivaba para disfrutar de libertad.

Sorihuela tenía mucho miedo a los ladrones, y más miedo aún de que
alguna de las piezas de su colección o algunos datos de sus carpetas
desapareciesen.

El señor Sorihuela era un incrédulo; iba todos los días a la iglesia y
solía estar leyendo algún libro de Estrabón o de Plinio.

El señor Sorihuela despreciaba a los hombres, despreciaba más a las
mujeres, despreciaba la política, la religión, todo lo establecido y
por establecer, cosa, después de todo, muy razonable; lo único que no
despreciaba--y aquí estaba el tendón de Aquiles de su personalidad--era
la historia y la numismática. Para este erudito, la idea de que dentro
de cien, quizá de doscientos años, los numismáticos, los investigadores
que se ocuparan de la historia romana en la Celtiberia tendrían que
hablar de él, de él, del señor Sorihuela, a quien nadie consideraba
en el pueblo y que, sin embargo, según el informe desinteresado del
propio Sorihuela, era el único hombre digno de consideración de Aranda;
la idea de que tendrían que citarlo y alabarlo era tan halagüeña, tan
agradable, que constituía su gran esperanza.

Tal pensamiento sumía al viejo erudito en un ambiente de delicia
numismática, que era como el avance de los goces de la inmortalidad.

El único amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este
hombre tenía un tipo repulsivo, y lo era: su cara roja y pustulosa, el
manteo lleno de lamparones, hacían que fuera poco agradable encontrarlo
en el campo visual del observador.

La fama de este curángano era casi tan mala como su aspecto; se
sabía que era aficionado al vino, y se decían además de él cosas
abominables. Eso sí, todo el mundo reconocía que don Juan, a quien no
había por dónde cogerlo en cuestión de moralidad, era un gran latinista
y que sabía como pocos la historia de la Iglesia.

Verdad es que nadie tenía en el pueblo la pretensión de conocer bien
la historia de la Iglesia, y se cedía este mérito al clérigo sin
inconveniente.

Como todos los personajes excéntricos tienen, naturalmente, una
tendencia a encontrarse, Aviraneta solía ir a visitar al señor
Sorihuela, pensando si en la cabeza del hombre numismático habría algo
útil que aprovechar en un sentido actual.

El numismático recibía a Aviraneta en unos salones bajos y
destartalados, donde tenía sus colecciones, y hablaban.

Aviraneta le reprochaba que se ocupara de cosas que no servían para
nada, y Sorihuela contestaba con acento sarcástico:

--Sí; si yo ya sé que lo que hago no sirve para nada. ¿Qué importancia
tienen las calzadas romanas? Ninguna. Como que los romanos eran unos
imbéciles, unos pobres majaderos...

Aviraneta se reía, y replicaba:

--Yo no sé cómo eran los romanos, ni me importa gran cosa; lo que sí
sé es cómo son los hombres modernos, en especial los españoles, y en
particular los de Aranda, y creo que toda la gente que tiene alguna
inteligencia debe contribuír a mejorar su estado.

--Pues no seré yo el que tal haga.

--Porque es usted un egoísta, señor de Sorihuela.

--Y usted lo es mayor, señor de Aviraneta. Lo que ocurre es que usted
tiene muchas condiciones para intrigar y hacer trastadas.

--Muchas gracias por el favor, señor de Sorihuela.

--Y usted mismo lo reconoce, señor de Aviraneta. Es usted como un perro
perdiguero que dijera: «tengo el deber de cazar», o como un gato que
creyera que se sacrificaba matando ratones. Ha nacido usted para eso,
como yo he nacido para hacer el plano de las calzadas romanas. ¡Vaya un
mérito!

--Esos son argumentos de topo, señor de Sorihuela. Si saliera usted al
sol vería que todos esos sofismas no tienen valor.

--No, no tienen valor. Si usted fuera un hombre culto, señor de
Aviraneta, que no lo es, y en vez de aprender gramática parda en los
suburbios y callejuelas hubiera usted frecuentado los clásicos, le
diría que una vez, leyendo a Diógenes Laercio, me fijé en la frase de
un sofista griego llamado Protágoras, el cual asegura que el hombre es
la medida de todas las cosas. Al principio la proposición me pareció
absurda; pero, dándole vueltas en el pensamiento, vine a caer en la
profundidad de la frase y en que estaba más dentro de la realidad que
ninguna otra.

--¿Y qué consecuencia saca usted de esto, señor de Sorihuela?

--Saco la consecuencia de que usted mira el mundo con la medida de un
regidor del Ayuntamiento de Aranda injerto en miliciano nacional, y
yo...

--Con la medida de un peón caminero...

--Protesto.

--De un peón caminero romano.

--No pretendo convencer a usted, porque es usted un hombre inculto.

--¿Convencerme de qué? ¿De la utilidad de los peones camineros y de las
calzadas? Estoy convencido ya.

--¡Bárbaros! ¡Beocios! ¿Qué os proponéis con ese desprecio por el
pasado?--gritaba el señor Sorihuela--. Si no habéis de durar un
momento. Andad, andad; lucíos, mequetrefes; petulantuelos, echáodlas de
dictadores; ya os darán lo vuestro. Sois orugas que se han convertido
en mariposas. Os creéis dueños del mundo y del aire; pero mañana
vendrán los fríos y se acabarán vuestros triunfos.

--¿Y morirá la libertad? ¿Cree usted...?

--No; la libertad no; vosotros. Porque la libertad no muere; todo
deja un germen, y de esos gérmenes vendrán nuevas crisálidas y nuevas
mariposas... Se eclipsa el absolutismo, y volverá; se eclipsará vuestra
Constitución, y volverá después. Todo vuelve... Pero, en fin, haced lo
que queráis. A mí nada me importa.

--No se incomode usted, señor Sorihuela--replicaba Aviraneta--; no
hay motivo. Le hago a usted hablar para oírle. Su conversación aclara
algunas de mis ideas. Como dice usted, soy un hombre inculto.

--¿Lo reconoce usted?

--Sin duda alguna. Pero vamos a ver: ¿Qué piensa usted de lo que hace
el Gobierno? ¿Qué le parece a usted la gestión de los liberales en
Aranda?

--¿Qué me parece? Mal; muy mal. ¿Qué pretenden ustedes? ¿Me quiere
usted decir? ¿Acabar con la tranquilidad del mundo? ¿Inculcar en el
pobre el odio al rico?

--No.

--Sí; yo digo que sí, y añado que el día que el pobre no respete al
rico, que tiene dinero y poder, precisamente porque es rico y poderoso,
ese día la sociedad caerá en el mayor desorden.

--Que caiga. Es posible que eso sea necesario.

--¿Para qué?

--Para progresar, para mejorar.

--No esperes la República de Platón--dice Marco Aurelio--; conténtate
con llevar remedio a los grandes males.

--Yo no hubiera dicho eso.

--¿No?

--No. Yo hubiera dicho: «No esperes la República de Platón; pero
trabaja por ella como si pudiera venir».

--¡Qué ilusión más absurda! Cuanto más cerca está un país de su
esplendor, está más cerca de su ruina. Se multiplican las necesidades,
vienen nuevas angustias, nuevos dolores, nuevas preocupaciones... Es lo
que sucedió con el Imperio Romano. No hay mas que leer a Tácito.

--Transportémonos a Aranda--replicaba Aviraneta.

--¿Es que los ejemplos no valen?--gritaba irritado el señor Sorihuela.

--Para mí muy poco. Discutamos, si usted quiere, lo que ocurre. ¿Usted
supone que limpiar un pueblo, establecer escuelas, plantar árboles,
organizar mejor la vida, no sirve para nada?

--Sirve; yo no digo que no sirva; sirve para el que tiene esa necesidad
de tener la calle limpia; para el que no le importa que esté su calle
limpia no sirve; al que cree que no conviene ir a la escuela, no le
preocupa que ésta esté bien o mal. Y hoy, en España, a la mayoría de la
gente no le importa, ni por el montón de estiércol, ni por la escuela
mala.

--Pero hay que hacer que les importe.

--¿Cómo?

--Convenciéndoles, demostrándoles que salen ganando.

--No. ¡Qué han de salir ganando! ¿Y la comodidad de no pensar y de
no preocuparse? ¿Y el dejarse llevar por las ideas hechas, por las
costumbres hechas?

--¡Qué miseria!--exclamaba Aviraneta--. ¡Qué cobardía! Nosotros, los
filósofos, ¿vamos a dejar que el mundo se rija por las necedades del
montón?

--¿Qué petulancia es esa de decir nosotros los filósofos?

--¡Pse! En un país en donde los frailes de una Universidad decían:
«Lejos de nosotros la funesta manía de pensar», no está mal que se
tenga la petulancia de ser filósofo...

       *       *       *       *       *

Realmente, Aviraneta tenía razón. En tiempo de la primera guerra
carlista había en el campo del Pretendiente el partido ilustrado o de
los listos, y el no ilustrado o el de los brutos.

Los prohombres de este último partido hablaban así a su rey:

--Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid.

Es muy posible que cuando los hombres se llaman a sí mismo los
filósofos, se equivoquen, y no sean tan filósofos como se figuren, y
es posible también que cuando se llaman a sí mismo los brutos, no sean
brutos como creen.

Pero siempre resultará que los que dicen: «Nosotros los filósofos»,
aspiran a ser filósofos, y los que dicen: «Nosotros los brutos»,
aspiran a ser más brutos de lo que son. Y entre una aspiración y otra,
no cabe duda que la primera es mejor...

       *       *       *       *       *

El señor de Sorihuela, volviéndose contra Aviraneta, decía:

--Sois de una necedad verdaderamente inaguantable; habláis de todo, y
resulta que no comprendéis nada.

--¿Es que siempre las costumbres viejas son cómodas?--preguntaba
Aviraneta.

--Siempre más cómodas que el tener que inventar otras. El hombre de
aquí o de allá sabe lo que tiene que hacer en la ceremonia de la boda,
cuando nace el hijo, cuando se le muere el padre... Todo el mundo,
queriendo ser original, sería el salvajismo.

--Yo lo preferiría a la rutina.

--Pues afortunadamente, amigo mío, es usted de los pocos. La gente
está contenta con sus prejuicios, con sus hábitos, y le va bien así, y
nadie quiere cambiar, y los que parece que quieren cambiar no son mas
que ambiciosos que, como han visto que al Arco Agüero, al Riego y a los
demás les han dado tres grados y buenas pensiones, esperan que a ellos
les pase igual.

--¿Y yo también soy un ambicioso, señor de Sorihuela?

--No. Usted es algo peor que eso: usted es un canalla.

--Gracias. Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos de
numismática os contemplan.

--¡Sí, usted es un canalla, que goza mortificando a los demás!

--¿De manera que, para usted, todo el que no se sienta peón caminero de
las carreteras romanas es un bandido?

--Todos, no; pero usted, sí.

--¿De manera que fuera de la numismática no hay salvación?

--Para el que está hundido en el fango, no.

--Me conmueve esta opinión halagüeña que tiene usted de mí, señor de
Sorihuela. ¿De manera que, según usted, no se debe protestar contra
lo malo, y cuanto peor está la sociedad está mejor? Así es que vengan
las calles sucias, la falta de agua, la falta de escuelas, la peste...
Vengan frailes bien puercos, sacristanes, legos, donados, demandaderos
de monjas, pordioseros, ermitaños; paguemos diezmos y primicias a la
Iglesia de Dios, y sufragios para las benditas ánimas del Purgatorio,
y viva la viruela, el tifus y las lacras... Es usted gracioso, señor
de Sorihuela. Pero dejemos esto, que no tiene importancia. Vamos a lo
trascendental, a lo científico. ¿Cuántos granos de uva cree usted que
tendrá la cosecha de este año en Aranda?

--¡Vaya usted a paseo!

--Hoy no se siente usted estadístico. Bueno; enséñeme ese nuevo plano
de las calzadas romanas que está usted inventando.

--¡Inventando yo!... ¡Si usted mismo las ha visto!

Aviraneta reconocía que las había visto, y el viejo abría la puerta de
su despacho y pasaba adentro a su contradictor.




VI

LA MORAL DEL TIRANO


EN general, para el que ha vivido con entusiasmo durante la guerra, el
tiempo de paz es un día pálido y sin sol, en que nada brilla, en que
todo es desabrido e insignificante.

Tal fuerza tiene la barbarie innata y consubstancial humana, que, a
pesar del miedo a la muerte, el hombre que se siente lleno de energías
prefiere vivir matando que vivir en paz dentro de las férulas de la
civilización. Esto demuestra lo agradable de matar y lo desagradable
de obedecer. Sin duda, a pesar de todos los progresos, en cada uno de
nosotros sigue ardiendo la llama del corazón del troglodita.

Aviraneta era hombre poco propicio a vivir del pasado. Aviraneta era
siempre actual.

De sus empresas conservaba un vago recuerdo, casi siempre confuso y sin
detalles. Los acontecimientos del día, de la hora, del momento, tenían
tal importancia para él, que no le dejaban fantasear sobre lo pasado.

Aviraneta no era de los turbulentos que languidecen en tiempo de paz.
Llevaba la turbulencia allí por donde iba; la paz era también para
él la guerra, porque constantemente estaba intrigando, conspirando,
ejerciendo sus facultades de dominación y de lucha.

La vida de casi todos los hombres es como una cadena de eslabones
iguales; la vida de los tipos como Aviraneta es una cadena en que cada
eslabón es diferente. Sin embargo, la cadena de su existencia en ellos
es también una unidad.

Del fondo del espíritu suyo brotaba un manantial de energía que
le permitía elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la
reglamentación estrecha de un pueblo; estaba rompiendo constantemente
el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del
hombre.

Ese tejido conjuntivo de la sociedad, que fija al individuo en el
ambiente y lo inmoviliza y lo deforma, no tenía para el Tirano, para el
Robespierre de Aranda, más valor que una cosa que se dejaba penetrar
sin dificultad.

Aviraneta no podía, seguramente, deshacer la tradición en el espíritu
de los demás, ni en el espíritu del pueblo; pero la rompía en sí mismo
constantemente.

Él pensaba lo contrario; se hacía la ilusión de que su empuje
demoledor, su acometividad de revolucionario, iba abriendo una brecha
en la vieja fortaleza de la España arcaica.

El Tirano se encontraba siempre con energía suficiente para adaptarse
y para desadaptarse, para soportar los lazos sociales y para cortarlos
bruscamente. A veces tenía algún miedo retrospectivo por haber hollado
y despreciado la costumbre respetada; pero en el momento de ejecutar
estaba siempre tranquilo.

La ilusión, la eterna esperanza, fingiéndole para el día siguiente
oasis espléndidos, le hacía en el instante de decidirse a algo ligero y
fuerte como un pájaro de presa.

Cuando perdía su aliento, el Tirano, hombre dinámico antetodo, que
no había llegado a un estado completo de conciencia, consideraba que
sus períodos de desmayo para la acción eran resultado de un morbo
psicológico.

No suponía nunca que el mundo pudiese ser una estepa, un pedregal
árido, sin una mata, sin una fuente, sin una humilde flor; la Ilusión,
esa gran Maia de los indios, le hacía ver siempre delante de los
ojos un magnífico telón con hermosas perspectivas, sobre el cual las
miserias de la vida próxima eran únicamente negruras para contrastar
con la claridad y la belleza de las cosas futuras y lejanas.

El terrible egoísmo de los hombres, su vanidad, su envidia, su
petulancia, la mezquindad de espíritu de las mujeres, el odio entre sí
por rivalidad sexual, tan despreciable y tan bajo; la vida basada en
la cobardía y en la constante abdicación de lo más noble, eran para él
pequeños episodios, ligeras manchas sin importancia.

Todo el conjunto inarmónico de voces de la naturaleza y del hombre, el
clamor del rencor, de la desesperación, del egoísmo de la Humanidad
entera, animado por la ilusión constante, le parecía una sinfonía con
su ritmo, el coro trágico sobre el cual se levantaba la voz poderosa
del héroe.

Podía suponer que el terreno pisado hoy sería ingrato para él. ¿Y qué?
En cambio, el de mañana tenía que ser admirablemente bello.

Aviraneta caía rara vez en el desaliento y en la desgana. Bastaba
que encontrara algo que hacer para que huyeran en seguida todas sus
vacilaciones.

Su pensamiento era siempre dinámico; no podía discurrir sin unir al
discurso una idea de acción, y cuando llegaba a ésta comenzaba a poner
los medios para realizarla.

Sólo algunas veces, muy raras, deprimido por ligeras afecciones
artríticas, sentía que su inteligencia comenzaba a vagar en lo
abstracto, y entonces se decía a sí mismo:

--Algo me ha hecho daño.

Uno de los entusiasmos de Aviraneta era lo difícil. Lo difícil es la
gran atracción de todos los aventureros; lo difícil exige inteligencia,
tesón, frialdad, nervios duros, espíritu ecuánime. Intentar lo difícil,
imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad,
trabajar como un condenado. Este era su orgullo.

Para un hombre tan fértil en recursos como él, de un valor y de una
serenidad rara, la dificultad era el mayor atractivo.

Si Aviraneta hubiera sido filósofo y hubiera intentado postular su ley
moral, la hubiera formulado así: «Obra de modo que tus actos concuerden
y parezcan dimanar lógicamente de la figura ideal que te has formado de
ti mismo».

Aviraneta creía que era valiente, sereno, frío; pues sus actos debían
estar a la altura de su valor, de su serenidad y de su frialdad
supuesta.

Generalizando la norma de Aviraneta, el Tenorio debía obrar como
Tenorio; el intrigante como intrigante; el ladrón como ladrón. La moral
de Aviraneta era moral de cómico, moral de teatro, moral un tanto
inmoral; pero moral fuerte, al menos para él.

Aviraneta acertaba o no acertaba en sus acciones, pero no tenía
remordimientos.

La conciencia, indudablemente, tiene algo parecido con una función
orgánica como la digestión. No es sólo la bondad o maldad de
las acciones, o de las substancias ingeridas, la que produce el
remordimiento en la conciencia o la indigestión en el estómago; es, más
que nada, la fuerza del órgano de pensar y de digerir la que falla o la
que vence.

Hay conciencias como el buche de los avestruces, que deshacen las
piedras; hay otras, en cambio, como las corolas de las sensitivas, que
se marchitan al menor contacto.

El Tirano tenía una conciencia fuerte; digería todas sus acciones
y no se acordaba de ellas. Jamás le venía a la imaginación la idea
de preguntarse si había obrado bien o mal en estas o las otras
circunstancias del pasado; lo único que se le ocurría preguntarse era
si en este o en el otro momento se había conducido con habilidad.

No quería juzgar su vida y someterla a normas de sacristía ni de logia
masónica.

Inconscientemente, la moral era para él una cuestión de pulcritud, como
la buena ropa o la buena caligrafía.

Su amigo de la mocedad el capitán Sanguinetti le decía muchas veces:

«Mio caro, studiate la matematica», y Aviraneta estudiaba la matemática
a su modo.

Aviraneta tendía siempre, como su primer maestro, Merino, a dejar en el
misterio sus fines y sus medios de acción. Así infundía en los demás
la idea de que era más poderoso de lo que era en realidad, y esta idea
refluía después en sí mismo y le daba fuerza.

Estos hombres de acción se forjan, sin saberlo, motivos que salen de
ellos y vuelven a ellos, y los toman como si vinieran del ambiente.

Aviraneta creía en la fisiognomía; había leído a Lavater, e intentaba
aplicar sus teorías.

Le gustaba estudiar a una persona mirándola. Creía que la primera
impresión visual era importante; que se podía llegar a averiguar el
sentido de una vida por la cara de un hombre.

Por esto uno de sus esfuerzos era aprender a conocer a los demás y
aprender a disimular.

Aviraneta suponía que cada momento que pasaba mejoraba su juicio;
toda su vida anterior le parecía infancia. Ilusión, seguramente; pero
ilusión halagadora.

Aviraneta no se sentía fatalista, y, sin embargo, lo era. Tenía
demasiada confianza en sí mismo para no creer un poco en su estrella.

El Tirano no se analizaba, no se preocupaba de sus contradicciones;
quería prepararse para la vida sedentaria, y había días que andaba
cinco leguas a caballo. Le dolía perder los hábitos de un guerrillero;
esperaba volver a serlo.

Pensaba también que podía convertirse en un buen señor sedentario y
tranquilo; pero en el fondo, ni la familia, ni la mujer, ni el hogar
le seducían. Era el pajarraco salvaje que necesita espacio, soledad,
desolación...

Aviraneta creía que trabajaba para los demás; pero en el fondo
trabajaba para sí mismo, no por sentido utilitario práctico, sino
porque era un coleccionista de empresas difíciles y peligrosas.

Aviraneta, que había suprimido el remordimiento, quería suprimir el
temor.

Su tío y maestro Gastón Etchepare le había escrito una vez: «Un
hombre digno no debe temer nunca, al menos en los momentos de salud
y de razón; ni la muerte, y después la nada, si es incrédulo; ni la
muerte, y después el infierno, si es creyente. ¿Temor? Jamás. Ni aunque
fuéramos responsables de nuestros actos debemos temer».

Aviraneta intrigaba, iba, venía; se le solía ver esperando con
impaciencia las galeras que llegaban con el correo desde Irún y
Madrid...

En aquel pueblo castellano, pardo, terroso, de casas de madera y
adobes, había un hombre que vivía con la misma energía que un ciudadano
de una república italiana del Renacimiento, o que un vecino de París
en tiempos de la Revolución. Era don Eugenio de Aviraneta, que
llevaba bajo su cráneo, ancho y espacioso, un mundo de intrigas, de
maquinaciones, de sueños de ambición y de poder...




LIBRO TERCERO

ASECHANZAS Y EMBOSCADAS




I

UN OFICIO


UNA mañana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer,
estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le
presentó un correo con un pliego. Aviraneta lo abrió y leyó, no sin
cierta sorpresa, este oficio:

  «Gobierno político de la provincia de Burgos. Cerciorado de la
  ardiente adhesión de usted al régimen constitucional, de su celo y
  amor por el bien público y de que, al mismo tiempo, se halla dotado
  de actividad y de un carácter enérgico y decidido, creo que podía
  usted hacer un servicio importante a la provincia y a la patria si
  se prestara gustoso a una comisión ardua y honorífica que trato de
  encomendarle.

  »Para esto convendría se avistara usted conmigo sin pérdida de
  tiempo, viniendo provisto de lo necesario para algunos días de
  expedición. Dios guarde a usted muchos años. Burgos, 12 de julio de
  1820.--_José Marrón._»

Leyó Aviraneta el oficio detenidamente, lo guardó, y poco después se
levantó de la mesa y salió a la calle.

El joven Frutos había seguido con curiosidad todos los movimientos de
Aviraneta. Salió también del despacho, y en la puerta del Ayuntamiento
se encontró con el alguacil Argucias.

--¿Quién ha venido con la carta para don Eugenio?--le preguntó.

--Dos hombres de Burgos, a caballo.

--¿Qué clase de hombres eran?

--Algunos milicianos, probablemente, aunque no traían uniforme.

--¿Qué habrá de nuevo?--exclamó Frutos.

--Este hombre está comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo--murmuró
Argucias--. Debías abandonarlo.

--El caso es...

--No le dejéis hacer lo que quiera.

--¡Yo cómo me voy a oponer!

--Sí. Entre el secretario y tú podéis pararle los pies.

--No es tan fácil.

--Sí. ¡No ha de ser fácil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que
tú sepas me lo cuentas a mí, yo se lo advertiré al párroco. Éste me
dijo el otro día: «Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas
veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que esté al lado de ese
hombre». Y yo le contesté: En el fondo, Frutos está con nosotros.

--¿Eso le dijo usted?

--Sí.

El joven Frutos quedó perplejo.

--No, no; yo...--balbuceó.

--¿Por qué no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen
a algún lado, y entonces...

--¿Qué?

--Vas con él.

--Sí; y luego, el pueblo creerá...

--No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la
_Gaceta_.

En esto entró Diamante en el portal, miró con desdén a los dos hombres,
y preguntó:

--¿Está don Eugenio?

--No; ha salido--contestó Frutos, secamente.

--Es extraño. Me dijo que estaría.

--Ha recibido un oficio y se ha marchado.

--¿Un oficio? Voy a ver lo que es.

--Iré con usted.

Se acercaron ambos a la _Casa de la Muerta_ y vieron a don Eugenio que
estaba aparejando dos caballos en compañía de sus criados Jazmín y el
_Lebrel_.

--¿Qué es esto?--preguntó Diamante.

--Nada; que me voy a Burgos.

--Pues... ¿qué sucede?

--Que me llama el gobernador para encargarme de una comisión.

--¿De qué comisión?

--Pues no sé cuál es.

El primer movimiento de Diamante fué de envidia.

¿Por qué le llamaban a Aviraneta y no a él? Aquel hombre había
estado en la guerra de la Independencia, se había mezclado en las
conspiraciones liberales, había estado en Méjico, en París, y ahora le
llamaban..., y a él no.

Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.

--A usted no le molestará que yo le acompañe--dijo Diamante.

--No, hombre.

--Entonces, voy con usted.

--Y si usted quiere--dijo Frutos--, yo iré también.

--Como ustedes quieran. Pero yo no sé si tendrán ustedes que hacer algo.

--Eso allí se verá--replicó Diamante.

--Entonces vayan ustedes al hospital a verle a Valdivieso y a decirle
que tenemos una comisión del Gobierno, y que nos substituyan el domingo
próximo en el mando de los tercios. Yo, mientrastanto, voy a avisar a
mi madre.

Diamante hizo el encargo rápidamente, y una hora después cuatro
hombres, jinetes en briosos caballos, marchaban al trote largo por el
camino de Lerma.




II

CONFERENCIA CON EL GOBERNADOR


DON José Marrón, brigadier de los ejércitos nacionales, era uno de
tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesión no
llegaba al entusiasmo firme y constante; y al ver la lentitud de la
obra renovadora del liberalismo, se desilusionó en seguida y comenzó a
mirar con indiferencia los acontecimientos.

Elegido jefe político de Burgos, había comenzado su tarea con ahinco, y
al ver las dificultades presentadas consideró la obra como imposible al
poco tiempo.

Don José Marrón se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando
le anunciaron que un señor llamado Eugenio de Aviraneta quería hablarle.

Inmediatamente, abandonando el despacho, entró en un cuarto pequeño,
contiguo, y dijo al ordenanza:

--Tráigale usted aquí a ese señor.

Aviraneta entró; el gobernador le dió la mano y le hizo sentar frente a
él.

--¿De manera que usted es Aviraneta?--le preguntó.

--El mismo.

--¿El regidor de Aranda?

--Sí, señor.

--Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.

--No creí que tuviera fama ninguna.

--Pues sí la tiene usted.

--Me alegro.

--¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?

--No.

--El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.

--No es extraño; Cortázar es muy amigo mío, y es, como yo, masón.

--¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?

--Sí... Es decir, según de lo que se trate.

--Verá usted--y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el
cuarto--. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de
Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero,
preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.

--¡Ya empiezan!--exclamó Aviraneta--. No me choca.

--Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido
unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey,
don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de
Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la República,
y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso
contaba con el infante don Carlos para influír en Fernando VII; pero
no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y
Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de
Policía Echevarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se
sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.

--¿Pero el movimiento sigue?

--Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del
Cura Barrio. Usted estará enterado, seguramente, de que hace un mes se
levantó el canónigo de la colegiata de San Quirce don Francisco Barrio
en la sierra de Quintanar.

--Sí, lo sabía.

--Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido
las sierras de Burgos y de Soria, deteniéndose en Covaleda y en
Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y
municiones y guardándolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo
conmigo, el gobernador militar mandó varias columnas en persecución de
los facciosos.

--¿Y han conseguido algo?

--Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el país;
ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados.
Además, yo sospecho que algunos, en el fondo, son absolutistas. Esto,
unido a que el espíritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de
veinte hombres sea inhallable.

--En Aranda se dijo que se había acabado con ello.

--Sí, eso se ha dicho; pero no es cierto, y Barrio anda campando por
ahí con absoluta impunidad. Ahora, al parecer, ya no se trata sólo
de la partida del canónigo, sino que se quiere dar al movimiento una
gran extensión. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las
provincias del Norte; el general Echevarri, Santos Ladrón, Eguía y
otros sublevarán las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos
se levantará en masa cuando se presente el Cura Merino, que ha salido
de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio,
que se engrosará con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como
no tiene uno medios para hacer nada, me determiné a reunir una junta
formada por el comandante general y el juez de Primera Instancia, don
Modesto Cortázar. Expuse ante ellos la situación en que me encontraba,
desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortázar me habló de
usted. Me dijo que había sido usted guerrillero con Merino. ¿Es verdad?

--Sí.

--Es extraño. Me dijo también que conocía usted la sierra a palmos y
que tenía usted amistades y relaciones en ella.

--Todo eso es cierto.

--Y concluyó afirmando que si le daban a usted medios, acabaría usted
con la facción al momento.

--Tanto como eso, no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el
éxito; pero intentaré.

--¿De manera que acepta usted?

--Sí, señor.

--¿Condiciones?

--Para mí, ninguna. Lo hago por amor al arte.

--¿Qué necesita usted?

--Un escuadrón de caballería con buenos caballos y buenos jinetes. Yo
mismo escogeré los caballos. Formaré tres pequeñas columnas, que las
mandarán dos amigos míos y yo.

--Muy bien.

--¿Qué instrucciones son las mías? Si cojo a los facciosos, ¿qué hago
con ellos?

--Prenderlos.

--¿A los jefes también?

--También. ¿Le parece a usted mal?

--Muy mal.

--¿Pues qué cree usted que se debía hacer con ellos?

--Fusilarlos.

--No, no. Tomarán represalias.

--Las tomarán de todas maneras.

--No, no. Nada de fusilar.

--Esta guerra que empieza ha de ser terrible--dijo Aviraneta
pensativo--. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo
verá usted.

--Aunque así sea. Nada de fusilar.

--Está bien.

Aviraneta salió del despacho del gobernador y fué a encontrarse con
Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en
la entrevista y les expuso su plan.

Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a
Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.

Diamante fué el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de
seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre
infatigable y enérgico, y había de hacer los imposibles para alcanzar
al cabecilla y lograr el éxito.

Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas.
Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en
Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doña
Urraca, y al día siguiente fué a Santo Domingo de Silos.

Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.

Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una
partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque
al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.

Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo
vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles.
Inmediatamente dió orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y
la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo,
con la consigna de no dejar escapar una mosca.

Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta
de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar
al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.

Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto
desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.

La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los
irruptores de su casa.

--¿Tomarán ustedes algo?--preguntó.

--Yo, una taza de chocolate--contestó Aviraneta.

--Nosotros veremos si hay alguna cosa más sólida--dijo Frutos.

Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.

--¿Usted es el alcalde del pueblo?--preguntó Aviraneta.

--Sí, señor.

--Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin
rodeos.

--Sí, señor.

--¿Dónde está el forastero que vino ayer al pueblo?

--Ayer no vino nadie al pueblo.

--Ayer o anteayer, es igual. ¿Dónde está el que ha venido al pueblo a
hablar de parte del Cura?

--Yo no lo he visto.

--¿Pero usted sabía que estaba aquí?

--No, señor.

--Entonces, ¿cómo ha dicho que no lo ha visto?

--Porque no lo he visto.

--Pero sabía usted que estaba, si no, no hubiera usted dicho que no lo
había visto.

--No, señor, no sabía que estaba.

--Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engañan.

--Está bien.

--Otro testigo--dijo Aviraneta.

Entró un vecino y comenzó un nuevo interrogatorio.

Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta
de la posada atraídos por la patrulla de caballería.

Aviraneta, después de interrogar a varios vecinos, se convenció de que
el pájaro había volado.

--No tenemos suerte--le dijo a Frutos--. Almorzaremos y seguiremos
adelante.

       *       *       *       *       *

Al mismo tiempo que se hacían estos interrogatorios en la posada, un
bulto negro había intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos
soldados de caballería.

--Alto, ¿quién vive?--dijeron los soldados.

--España.

--¿Qué gente?

--Gente de paz.

--¡Adelante!

El hombre dió varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al
individuo.

--Dese usted preso--le dijeron--; y cuatro manos le sujetaron.

--Preso, ¿por qué?

--Eso ya se lo explicarán a usted.

Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo,
llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y
entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el
sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante
iluminaba la estancia.

--¿Da usted su permiso?--dijeron los soldados.

--¡Adelante! ¿Qué ocurre?

--Que traemos un preso.

--¡Cristo!--exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro--. El Cura
Merino.

--El mismo soy, ¿qué me quieren?

--Vigilad la puerta--dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín--; que
este hombre no se escape.

Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y
luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.




III

FRENTE A FRENTE


QUEDÓ la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura
Merino, con voz agria, preguntó:

--¿Quién manda aquí? ¿Por qué se me prende?

--El canónigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos
montes--repuso Aviraneta.

--Eso ¿quién lo dice?

--Lo digo yo.

--¡Esa voz, ese tipo!--murmuró el Cura extrañado acercándose a
Aviraneta--. ¿Eres tú, Pisaverde?

--Soy yo, señor cura.

--¿Tú eres el que manda esta patrulla?

--El mismo.

--¿El que me ha mandado prender?

--Sí, señor.

El Cura cogió una silla y se sentó en ella.

--¿Qué piensas hacer conmigo?--dijo tras un momento de silencio.

--No sé lo que hará el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un
poco de poder--añadió con acento duro--, antes de cinco minutos estaría
usted fusilado.

El Cura se estremeció, se levantó de la silla y echó una mirada a su
alrededor.

--No se canse usted. No puede usted escapar--dijo fríamente Aviraneta.

--¡Echegaray!--exclamó el Cura--. Tú no puedes tener motivo contra
mí... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...

--Sí, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.

--No, tonto. ¿Crees que si hubiera querido fusilarte te hubiese
encerrado en aquella casa? No. Quería asustarte nada más, hacerte
reflexionar, llevarte por el buen camino...

--¿El buen camino del absolutismo?

--El absolutismo y la religión son las únicas cosas que pueden salvar a
España.

--Yo creo todo lo contrario, que la Libertad y la Constitución nos han
de salvar.

--Pero, Echegaray, España no es de hoy; vive hace muchísimos siglos...

--Sí, vive hace muchísimos siglos mal, entregada a la barbarie, al
fanatismo...

--No seas necio... Yo te probaría...

--No me probaría usted nada... Yo sí que le probaría, si tuviera tanto
así de fuerza, que le fusilaba sobre la marcha.

--Bueno, fusílame... Fusila a tu antiguo jefe..., a un sacerdote
indefenso...

--Nada de comedias, don Jerónimo... Ya le he dicho a usted que no le
fusilo porque no tengo fuerza...

--¡Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no
quieres...

--Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando
eventual. Mis tropas no me conocen; quizá no me obedecieran si les
ordenara su fusilamiento. Son además gentes supersticiosas. Saben ya
que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que
matar a otro hombre.

--¿Y tú, no?

--Yo, no. Yo dejaría los santos huesos del ministro del Señor aquí,
revueltos con el estiércol, en esta tierra donde tanta sangre ha
derramado usted.

--¡Sacrílego! ¡Bárbaro!

--¿Pero de verdad cree usted, don Jerónimo, que usted es persona
sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado...,
que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo
un pequeño Merino, usted que ha robado...

--¿Yo robar?

--Para el partido, no para usted.

--¡Ah! Eso es otra cosa.

--¿De manera que usted se cree sagrado? ¿Usted cree que son sagrados
todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados
de bellaco? Extraña idea.

--Para ti, que eres masón e impío muy extraño.

--Y para usted debe serlo también, si alguna vez hace examen de
conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.

--Gracias, hijo.

--No, no la tiene usted. Usted es una alimaña, una fiera... Ahora que
es usted un gran militar... Eso es cierto.

--Vamos. Veo que me concedes algo.

--¿Por qué no? Por eso precisamente le fusilaría a usted si pudiera,
porque sé que ha de hacer usted mucho daño a España, a la Libertad, a
la civilización. Sí, le fusilaría a usted, no por venganza, sino como
quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviaré a
usted con escolta a Burgos; allí el gobernador le soltará un discurso
severo. Usted a todo dirá que sí; luego el señor arzobispo, con la
superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al
año, le dirá que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno
constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarán suelto,
y dentro de un par de meses estará usted aquí de nuevo sublevando el
país. En fin, si me coge usted, don Jerónimo, ya sabe que me puede
fusilar sin remordimiento.

--No, no te fusilaré.

--¡Jazmín!--llamó Aviraneta.

--A la orden.

--Llama al sargento.

Entró el sargento en el cuarto.

--Sargento--dijo Aviraneta--, hay que conducir a este señor, que es el
Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algún carricoche en el
pueblo.

--Sí, hay uno.

--Decomisadlo, y que lo aparejen.

Salió el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmín quedaron en el
cuarto.

Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de
Aviraneta, y, al recordarlas, la cólera le subía en ráfagas de sangre a
la frente.

Aviraneta sonreía, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba
de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que
Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.

Un cuarto de hora después el sargento entró diciendo que ya estaba
preparado el birlocho.

--¿Lo atamos?--dijo, señalando a Merino.

El Cura se levantó furioso y miró al sargento de tal modo que lo
intimidó.

--¡Atarme a mí!--exclamó.

--No hay necesidad de atarle--dijo Aviraneta fríamente--. ¿Cuántos
hombres van?

--Veinte.

--¿El cochero es del pueblo?

--Sí.

--Sustitúyanlo ustedes por un soldado. ¡Bueno, don Jerónimo, a montar!

El Cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó las
escaleras, cruzó el zaguán de la posada y subió en el vehículo.

La escolta, mandada por el sargento, rodeó el coche, que tomó el camino
de Lerma. Una hora después Aviraneta y Frutos, con su gente, volvían a
Santo Domingo de Silos, y de aquí se encaminaban a Hontoria del Pinar.




IV

LA PARTIDA DE BARRIO


DESCANSARON Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar.
Aviraneta averiguó que Barrio, perseguido por Diamante, había entrado
en la provincia de Soria, dirigiéndose a la sierra de Yanguas, y
al saberlo envió un parte al jefe político de Soria indicándole la
dirección de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de
soldados o de milicianos a su paso.

Mandó a un aldeano con el parte, y al día siguiente salieron Frutos y
Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanzó hacia San Leonardo, y
Aviraneta recorrió Covaleda y Vinuesa.

Tenían como punto de reunión Hinojosa de la Sierra.

Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante seguía persiguiendo
al Cura Barrio por Salas y Quintanar; que aquí se habían metido los dos
en las sierras de Hormazas y de Santa Inés, y que iban por el momento
uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.

La única solución del Cura Barrio para no verse obligado a internarse
en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era,
o entrar en tierra aragonesa, solución mala, no conociendo el terreno,
o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho
Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en
Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.

Aquí supieron que el Cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados
y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba
descansar un momento, ni de día ni de noche, se habían rendido y
entregado las armas al alcalde de Yanguas.

Diamante no pudo coger el fruto de su persecución, porque al día
siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas,
se presentó una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.

Diamante, indignado, los reclamó; el jefe de la columna no quiso
entregarlos, y se dirigió con ellos hacia la capital. Al encontrarse
en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta éste dió al
comandante explicaciones de cómo habían salido en persecución de Barrio
desde Burgos, y el comandante entregó los prisioneros.

Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres
curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro
Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus
fechorías, y, además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.

Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la
presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.

Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclamó
entristecido:

--¡Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?

--No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a
mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al
llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le
hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.

--¡Qué lástima!--exclamó Diamante.

Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida
capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos
prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos;
pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó
a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le
dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo
agradecería.

El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado
por Aviraneta, y al día siguiente los tres jefes de los tercios de
Aranda volvían a esta villa.




V

HOSTILIDAD POPULAR


TODO Aranda se enteró bien pronto de lo que habían hecho Aviraneta
y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los
absolutistas consideraron que había cometido una violencia y hasta un
sacrilegio al prender al Cura Merino.

El charlatán del pueblo, voceador de los absolutistas, la _Gaceta_,
añadió al suceso detalles de su invención para pintar más odiosos a
Aviraneta y a Diamante.

Se habló de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los
liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del señor
Sorihuela, disparó a Aviraneta una carta impresa, con este título:

                    «Epístola a un Avioncete tirano
                    (pajecillo masónico de Marte).»

La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, año primero de la
Libertad de Disparatar, y tenía como lema esta frase en latín:

  _Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen
  Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni
  cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi
  Paraboli)._

El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto
a los Tentiritas, que sólo al oír sus voces se llena de pavor; no de
otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo,
las cartas de los eruditos.

(De las parábolas de Erasmo.)

En su carta, el clérigo derrochaba erudición, pedantería y gracia
zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.

La _Gaceta_ llevó la carta dedicada al Avioncete tirano por todas
partes; la gente se rió de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta,
deseando vengarse, contestó imprimiendo otro escrito, que no tenía
la erudición ni la gracia de la del cura, pero sí mayor precisión y
brutalidad. Se titulaba:

                      «Epístola al clérigo Caspa
                  (licenciado en Baco y en Sodoma).»

La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de
la Cochambre, año primero de los Malos Usos y Costumbres.

El escrito de Aviraneta indignó a la mayoría de la gente.

--Eso es una grosería, un disparate--dijeron las personas de orden,
y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocación
había partido del cura.

La réplica quitó las ganas al clérigo de seguir satirizando a don
Eugenio.

El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por
aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progresó. Aviraneta
continuó su vida ordinaria.

Pasaba la mañana en el despacho, y después marchaba a su casa, para
la que había traído una buena colección de libros. Luego comía con su
madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera,
visitaba la confitería de doña Manolita y la relojería del suizo, y
por las noches, después de cenar, iba de tertulia a casa del juez,
donde hablaba y bromeaba con Rosalía y Teresita.

Los domingos, al amanecer, solía ir a cazar con el _Lebrel_, y volvía
para la hora de comer.




VI

LA VID


A principio de invierno Aviraneta recibió orden del Ministerio de
Hacienda para que pasara al próximo convento de La Vid a hacer el
inventario de las propiedades monacales.

La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana
de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en
las márgenes del Duero.

La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en
Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tenía varias casas en
España, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de
Campóo, La Vid, y alguna otra en Cataluña.

Las fundaciones premonstratenses procedían en España de su casa matriz
Santa María de Retuerta y habían sido protegidas por Alfonso VII.

La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador
hasta el año 1532, en que Clemente VII estableció que este monasterio
tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregación.

El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros,
asentado a orilla del Duero. Tenía un puente largo y estrecho de
piedra, de nueve ojos, sobre el río, y magníficas propiedades, prados,
campos, bosques y dehesas.

El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una
fachada recargada y barroca y una espadaña de varios pisos.

Por dentro era grande y ofrecía la particularidad de ser un cuerpo de
tres naves con el techo sólo de una, como la catedral de Coria.

Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas
del cardenal arzobispo de Burgos, don Iñigo López de Mendoza, y de don
Francisco de Zúñiga y Alella, conde de Miranda, desde el año 1552 hasta
el 1562.

El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco,
testamentario del cardenal Mendoza, en unión del conde de Miranda,
extendieron en 1.º de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la
obra de la capilla a favor de Hierónimo de Quincoces, a condición de
que había de residir en el monasterio mientras durase aquélla, tener
un libro de cuenta y razón donde constara lo que recibiese y gastase,
y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales
y peones, asignándole para su salario y acostamiento diez y ocho mil
maravedises al año, a contar desde la fecha.

Duró Quincoces en su mayordomía hasta el año 1558, en el cual le
sustituyó Diego Daza, que terminó las obras en 10 de junio de 1562.

En el convento, de sólida construcción, lo más notable era el claustro,
el coro y las escaleras.

Las antiguas viviendas de los frailes se señalaban por lo grandes,
cómodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se veía que había
sido lo más trascendental en aquella santa casa.

Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en
los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la
comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y cuatro
milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el
sargento Lobo.

El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que
la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación
religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad
de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar
el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un
labrador de Vadocondes.

Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar
las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para
que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban
dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.

El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a
los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba
dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una
paliza hasta pegarle cuatro tiros.

Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.

No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a
los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los
vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa
propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.

Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta
comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y
bosques.

La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas
anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.

La _Gaceta_ apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.

Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta
de la cólera de los vecinos.

Todas las maniobras del inventario se hacían por procedimientos
militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al
enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.

Aviraneta no había querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivían
en el monasterio, en la misma sala. Se hacía la comida en la cocina
de la portería y se dormía en el archivo, que estaba encima de la
biblioteca.

La biblioteca era un salón alto, con el techo abovedado y pintado. La
bóveda tenía en medio una gran composición con figuras desconchadas, y
en los cuatro ángulos, los evangelistas con sus atributos.

Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo,
en la misma bóveda, se abrían en las gruesas paredes unas claraboyas,
por las cuales se veía el cielo y las cumbres de los árboles próximos.

Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba
un zócalo en la biblioteca. Encima de los armarios se veían algunos
lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos
terráqueos hechos de madera y hierro.

En medio del salón había una mesa maciza y grande.

El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras
de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ángulo de la sala había en
la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.

De esta biblioteca se salía a varias habitaciones estrechas y obscuras,
y de una de ellas partía una escalera que iba a otro departamento
destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un
descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y
con el piso de madera.

Tenía una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran
chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, había armarios de
nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos,
negros del polvo y de las moscas.

Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente.
Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.

Desde él se podía mirar quién venía por el puente.

El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas
de paja para los milicianos.

Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y
sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de
centinela arma al brazo.




VII

AUTO DE FE


UNA noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos
intentaron encender la chimenea del archivo.

Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la
portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que
tenían para las camas.

--Pues aquí no nos puede faltar papel--murmuró Aviraneta.

Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del
archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los
capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.

--Esto no arderá--murmuró Aviraneta--. ¡Eh, muchachos!

--¿Qué manda usted?

--A ver si encontráis por ahí tomos en papel.

Jazmín, el _Lebrel_ y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron
cada uno una espuerta de libros.

--Buena remesa--dijo Aviraneta--. Usted, Diamante, que ha sido cura.

--¿Yo cura?--preguntó el aludido con indignación.

--O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se
puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de
éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí,
patrocina la cultura... He dicho.

Diamante cogió el primer volumen al azar.

--_Aurelius Augustinus_--leyó--. _De Civitate Dei. Argumentum operis
totius ex-libro retractationum._

--San Agustín--exclamó Aviraneta--. Santo de primera clase. ¿No
lo quiere nadie?--preguntó--. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante,
licenciado.

--San Jerónimo: Epístolas.

--¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.

--Santo Tomás: _Summa contra gentiles_.

--Santo Tomás--dijo Aviraneta con solemnidad--, el gran teólogo de...
(no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos
paganos. ¡A ver esos papeles!

--_Carta de Alfonso VII, el Emperador_--leyó Diamante--, otorgada en
unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores
la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda
y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos,
con la condición de que _ibi sub beati augustini regula comniorantes
abbatiam constituatis_.

--Bueno; eso se puede dejar por si acaso--dijo Aviraneta--. Sigamos.

--Fray Juan Nieto: _Manojitos de flores_, cuya fragancia descifra los
misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos,
enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al
demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

--Don Eugenio--dijo uno de los milicianos sonriendo.

--¿Qué hay, amigo?

--Que yo me quedaría con ese _Manojito_.

--Dadle a este ciudadano el _Manojito_--exclamó Aviraneta.

--¿Para qué quiere esa majadería?--preguntó Diamante.

--Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el _Manojito_. ¡A
ver el _Manojito_! Necesitamos el _Manojito_. La patria es bastante
rica para regalar a este ciudadano ese _Manojito_.

Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:

--Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San
Anselmo.

--¿No las quiere nadie?--preguntó Aviraneta.

--Tienen buen papel, buenas hojas--advirtió Diamante.

--¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.

--Otra carta de donación otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio
de Santa María de La Vid y a su abad Domingo de _meam villam que
dicitur Guma_, con todas sus pertenencias y términos de una y otra
parte del Duero, _et inter vado de Condes et Sozuar_.

--Dejémoslo. Adelante, licenciado.

--Fray Feliciano de Sevilla: _Racional campana de fuego_, que toca a
que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio
del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí
penan.

--Al fuego inmediatamente.

--Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de
La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y
marcando los límites de Vadocondes y Guma.

--Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban!--exclamó Aviraneta.

--Otra donación de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuño
de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos
alfonsinos.

--Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a
don Nuño--dijo Aviraneta.

--Augustinus: _De proedestinatione sanctorum_.

--Al fuego. Siga usted, licenciado.

--_Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de
Vadocondes y Guma_, hecha «en el anno que don Odoart ffijo primero e
heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos.
Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de
Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de
Niebla, y otros vasallos del Rey».

--¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.

--Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta,
mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida
toledana «e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para
las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con él
viniesen».

--Siempre comiendo esa gente--dijo Aviraneta.

--Otro censo--leyó Diamante--a los vasallos de la granja llamada de
Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan
terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta
maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.

--Bueno, bueno; basta ya--exclamó Aviraneta--; nos vamos a empachar.
Todo lo que esté manuscrito dejarlo, y lo que esté impreso, ya sea
un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para
calentarnos.

Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas
las noches.




VIII

NOCHEBUENA EN LA VID


EL día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron
espléndidamente en el convento.

Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y
después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron
todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían
llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados
alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.

El _Lobo_ y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un
rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.

Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.

Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y
no se ocupaba de detalles vulgares.

Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían
frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y
entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube
redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.

Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las
piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.

Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona;
sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente,
llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba
las horas, las medias horas y los cuartos.

Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del
techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.

Este escudo era del cardenal don Iñigo López de Mendoza, arzobispo de
Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.

En el silencio se oían las ratas, que corrían por los armarios royendo
las maderas y los pergaminos.

--Hablemos, contemos algo--dijo Aviraneta.

--¡Qué vamos a contar!--murmuró Diamante.

--Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la
vida.

--Pues empiece usted--dijo Diamante.

Aviraneta contó su mejor Nochebuena en Irún, de joven, y la peor,
guarecido en una cueva del Urbión, en la época en que estaba en la
partida de Merino.

Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que
había pasado.

El _Lobo_ dijo:

--Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la
Independencia, que todavía al pensar en ella se me ponen los pelos de
punta.

--¿Qué fué?

--Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año
de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San
Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los
franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos.
No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno
de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos;
pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por
aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.

Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos
encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué
imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con
nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en
fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció
tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se
fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: _le lup, le lup_. Los
tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco,
cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.

Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la
crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al
principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron
a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno
de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y
roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí;
yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué;
él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero
estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.

Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos
vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir
sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi
compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los
lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una
vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.

Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y
defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra
situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas
para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón
encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo
que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a
salvar.

--Un Lobo contra otros lobos--dijo Aviraneta.

--Eso es.

--Fué una Nochebuena superior esa.

Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar
en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la
puerta.

El _Lebrel_, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.

--¿Quién es?--preguntó.

--¿El señor don Eugenio de Aviraneta?

--Aquí es.

--Traigo una carta para él.

--¿De quién?

--Del señor González de Navas, juez de Arauzo.

--Ahora vamos.

Aviraneta, acompañado del _Lebrel_ y de Jazmín y alumbrando el camino
con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus
fusiles.

Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él
preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la
carta y la leyó. Decía así:

  «Estimado Aviraneta: Sé que hay varios hombres bien portados y
  montados de noche y de día en los alrededores de La Vid que le
  esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura
  Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los demás son dos o tres
  absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga
  usted solo, sobre todo de noche.--_González de Navas_».

--¿Va usted a volver a Arauzo?--preguntó Aviraneta al propio.

--Sí, pero no tengo prisa.

--Entonces, quédese usted aquí. Estará usted más seguro.

--¿Por qué?

--Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted
con uno de nosotros.

--Entonces, me quedo.




IX

SAN MARTÍN CON SU CAPA


VOLVIÓ Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible
ataque de Merino, y el _Lebrel_, que era de Vadocondes, explicó cómo se
había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de
los ladrones, que querían robar la iglesia.

--Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia--contó el
_Lebrel_--, mejor dicho, unos meses después.

Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.

--Lo conocí--dijo Aviraneta.

--Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida
de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió
esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde
había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus
cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta
de la iglesia al altar mayor.

A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron,
y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar
al altar mayor.

A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se
arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y
cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual
los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.

El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión
al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos
y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.

Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del
_Lebrel_, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.

Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban
el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes.
El _Lebrel_, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se
levantaron de al lado del fuego.

Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le
ocurrió una estratagema.

Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras
y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de
Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la
biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la
luz de su farolillo por las estatuas.

Aquel _spolliarium_ era cómico de día y trágico de noche. Un santo con
una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban
con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el
aire como pidiendo misericordia.

Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a
caballo, y con un brazo de menos.

--Este muñeco nos va a servir--dijo don Eugenio.

--¿Para qué?--preguntaron Diamante y Jazmín.

--Ahora verán ustedes--replicó él.

Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta
el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció
Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.

--¿Qué quiere usted hacer?--le preguntaron.

--Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.

Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó
atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San
Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que
cabalgara le bastaba a don Eugenio.

Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un
sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.

--¡Lebrel! ¡Jazmín!--gritó luego.

--¿Qué manda usted?

--Aparejad los caballos y traedlos aquí.

Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos
al zaguán.

--Ahora--dijo Aviraneta a Diamante--, pónganse todos ustedes en las
ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan
a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que
disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el
_Lebrel_ con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a
avisarme.

Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el _Lebrel_ volvió al
zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta
abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a
alguien:

--Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.

La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el
viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se
oían ladridos de perros.

El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte
metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de
otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.

Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron
a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos.
Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron;
después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar
a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de
Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en
este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La
Vid.

Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento
el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y
que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.

El herido declaró que él había ido con la _Gaceta_ desde Aranda; que
en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con
otros dos que no conocía.

--A ese _manflorita_ de la _Gaceta_--dijo el Lobo--, cuando le eche la
mano encima, le voy a poner como nuevo.

A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el _Lebrel_, Diamante y los
cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en
el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar
un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e
hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel
González de Navas.

La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda.
Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz
al sentirse odiado por la canalla.

--No acabará bien ninguno de los dos--decía la _Gaceta_ por todas
partes.

Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el
vaticinio de la _Gaceta_ no le inquietaba gran cosa.

A Frutos se le compadecía.

--El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas
compañías--decía la _Gaceta_.

Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprendía era la tenacidad de
Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de
obrar, pero no los motivos políticos o de bien general.




X

EL DILEMA DE DOÑA NONA


DURANTE el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando
mucho en sus tres cargos.

Por aquella época la Milicia tenía misiones de policía que cumplir,
porque había muchos ladrones y malhechores en el campo.

Todos los días Aviraneta iba a casa del juez. Discutía mucho con don
Francisco.

A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a
iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto,
unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban
imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía
la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El
juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no:
que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar
efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e
imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.

Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta.
Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.

Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de
insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.

Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa
del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el
confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.

Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña
Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.

De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca.
Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las
obsequiaba galantemente...

Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura
Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus
fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y
algunos aseguraban que diez mil.

La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos
hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.

Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario
prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios
al país. Aviraneta contestó:

--Veremos a ver si nos llaman.

--¡Qué llamar! Hay que ir.

Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de
la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase
con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se
encontraba la comarca.

Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña
Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.

--¿Qué querrá?--se preguntó Aviraneta.

Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a
don Eugenio.

Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que
su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de
que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de
familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su
casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.

--Pero, señora, ¿por qué?--preguntó Aviraneta.

--Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido
será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en
el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben
tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.

--¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?

--No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero,
como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede
estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede
ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted
les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la
Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán
de usted.

--¡Bah!

--Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a
los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo
Diamante.

--No lo creo.

--Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo
que es en los pueblos, ninguno.

--Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña
Nona?

--Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que
es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi
hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre
expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus
correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a
mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en
ese caso no aparezca usted por aquí.

--Señora, me mata usted.

--Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está
expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no.
Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse
quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.

--Juzga usted las cosas de una manera...

--Es que para mí no hay mas que esas dos soluciones.

--¿Y ha preguntado usted a Rosalía?

--No; ni pienso preguntarle nada. Rosalía hará lo que sus padres manden.

Aviraneta quedó callado, mirando al suelo; quería encontrar una
solución para resolver el conflicto, pero no daba con ella.

--¿Y en el caso de que Rosalía quisiese, no le parecería a usted bien,
por ejemplo, que su hija y yo viviésemos en Francia, en un pueblo de la
frontera, donde yo tengo familia?

--No, no.

--Así a ella no le podía ocurrir nada.

--A ella, no; pero a usted, sí. Vivir en el extranjero, con el marido
perseguido, quizá preso, ¡bonita situación!

Doña Nona salía inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado
cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurría nada.

--Ya se lo he dicho a usted--terminó diciendo doña Nona--; no hay más
solución que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.

Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se
metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando
a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.

Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su
familia y se casara con él.

Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día
siguiente le diera la carta a Rosalía.

Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada
era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener
relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y
tuvieran el santo temor de Dios.

Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá
andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.

Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.

Poco después fueron a buscarle Diamante y el _Lobo_.

Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que
no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a
pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les
dieron las gracias.

--Está usted en un error, Aviraneta--dijo Diamante hablando con
serenidad--; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos
al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no
hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina
nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos
conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que
echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad
o muerte.

--Eso es: libertad o muerte--exclamó el _Lobo_ con furia.

--Ahora mismo debemos marcharnos--indicó Diamante.

--Sí, ahora mismo--replicó el _Lobo_.

--Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo--añadió
Aviraneta--; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.

Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando
el modo de aplacarla en estos términos:

  «Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el
  dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución.
  ¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy
  ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y
  hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted
  exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los
  liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada
  en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a
  volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad?
  ¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible.
  Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no
  bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.

  »A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si
  Rosalía no me olvida, yo encontraré una.

  »Es de usted atento s. s., q. b. s. p.--_E. de Aviraneta._»

Después escribió una esquela a Rosalía.

Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al _Lebrel_;
luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y
al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el _Lobo_ y los dos
criados, que venían con los caballos de las riendas.

Aviraneta montó en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino
de Burgos.




LIBRO CUARTO

EL EMPECINADO CONTRA MERINO




I

DON JUAN MARTÍN Y SALVADOR MANZANARES


EL jefe político de Burgos, don Joaquín Escario, conferenció con
Aviraneta para comenzar la nueva campaña que había que emprenderse
contra el Cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables;
dos batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. El jefe
político no podía dar mando a Aviraneta; así que éste tendría que ir
como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero. Diamante
y el _Lobo_ no podrían tampoco ingresar en los escuadrones del ejército
regular.

Vaciló en aceptar Aviraneta; pero al asegurarle el jefe político que
el Gobierno había despachado una orden al Empecinado para que tomase
el mando de las tropas de la provincia, aceptó. Debían acompañar al
Empecinado los oficiales don Jacobo Escario, hermano del gobernador,
don Florencio Ceruti y don Salvador Manzanares.

Se decidió formar una compañía volante dirigida por Aviraneta, que
haría el servicio de información, y en esta compañía se alistaron
Diamante, el _Lobo_ y Jazmín.

La compañía volante y las fuerzas regulares salieron al campo en
seguida.

En las dos semanas que operaron no tuvieron ningún éxito; por el
contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas
preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo
para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.

La primera fuerza que entró en Arauzo fué la partida volante de
Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don
Angel González de Navas. Todos los expedientes del Crédito Público
de venta de bienes nacionales se habían quemado en la plaza por los
absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.

Aviraneta pudo ver páginas escritas con su letra entre los montones de
papel quemado. Casi toda su labor de burócrata acababa en aquel momento
de ser pasto de las llamas.

Salieron de Arauzo los constitucionales en persecución de la partida
del Cura; pero no dieron con ella.

Unos días después se ordenó a Aviraneta y a sus amigos que fueran a
Lerma y se presentaran al Empecinado.

El Empecinado acogió a Aviraneta con grandes extremos: le abrazó, le
dió golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre sí
mismo, mirándole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le
tenía cariño.

Don Juan Martín Díez, el Empecinado, caballero de la militar Orden
Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejércitos
nacionales, parecía en la época constitucional tan abandonado de
indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra
de la Independencia.

Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido
que la identidad era superficial y que el guerrillero no sólo no era el
mismo, sino que había cambiado por completo.

Los seis años pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero,
enseñaron mucho al Empecinado.

Don Juan Martín había leído y pensado sobre las cosas y había perdido
la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas
la iglesia.

El pueblo, que lo sabía, iba trocando el amor que le profesaba por el
desvío.

El Empecinado, en éste tiempo, era un anarquista de la época: odiaba a
los curas y a los ricos.

Vivía con una mujer, con quien no estaba casado, y sentía un gran
desprecio por todas las jerarquías.

Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento,
trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte.
Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubrió y
deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dormía ni
descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quizá por influencia de
los realistas, lo trasladó a Valladolid, y nombró comandante general de
Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.

Era una de estas disposiciones clásicas españolas la de poner a las
órdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey,
delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como
el Empecinado.

Al poco tiempo, don Juan Martín se encontró destituído, y supo que el
Gobierno había nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general
Santocildes.

Éste llegó a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado
intentó posesionarse del mando.

Santocildes tenía antecedentes realistas; había contribuído a derrocar
la Constitución en 1814, en La Coruña, y firmado la sentencia de muerte
de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.

Sin embargo, el Gobierno liberal le prefería al Empecinado. El uno era
militar de carrera; el otro, guerrillero.

Don Juan Martín se mantuvo en Valladolid algún tiempo, hasta que le
ordenaron que tomase el mando de las tropas que debían luchar con
Merino, y se presentó en Lerma.

Dos oficiales de graduación acompañaban al Empecinado: Escario y
Salvador Manzanares.

Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos,
Van-Halen y algunos otros militares jóvenes, representaba el tipo
alegre de _dandy_ de la Revolución española.

Salvador Manzanares era un oficial de artillería, hijo de un médico muy
nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.

Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, había
conspirado en tiempo de Renovales. Fué de los que entraron con Mina en
Santisteban a proclamar la Constitución en 1820, y de los expulsados de
Madrid en compañía de Riego, en septiembre del mismo año. Manzanares
era entonces teniente coronel, después llegó a ser general y ministro
de la Gobernación. Cuando la entrada de los franceses con Angulema,
Manzanares se escapó a Gibraltar.

Desde entonces estuvo en la emigración, hasta que en febrero de 1831
se acercó a Gibraltar con Minuisir, Díaz Morales y Epifanio Mancha, y
desembarcó con un puñado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el
levantamiento de Cádiz.

El movimiento abortó; Salvador, reducido a veinte hombres, en una
situación angustiosa, se dirigió a dos cabreros, dándoles una carta
para Marbella. Los cabreros le hicieron traición y le entregaron a
la policía. Al ver a los dos hombres, en quienes se había confiado,
seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sacó el sable y de un tajo
cortó la cabeza a uno de los cabreros; así siguió atacando con rabia
hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.

La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y
muy hermosa, fué perseguida en Logroño por el trapense, el padre fray
Antonio Marañón, que había sido nombrado comandante general de la Rioja.

El trapense no se contentó con robar la casa que tenían los Manzanares
en San Millán de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la
iglesia de Logroño intentó violarla. Casimira pudo salvarse gracias a
la protección de una señora y a la de la querida del fraile, la por
entonces célebre amazona apostólica Josefina Comerford. Un general del
ejército de Angulema denunció las tropelías del padre Marañón, y el
Gobierno le ordenó que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo,
llevándose varias acémilas cargadas con el botín obtenido en sus robos.

Los Manzanares reclamaron después al convento las sumas robadas; pero
los trapenses de Santa Susana, donde estaba fray Antonio, contestaron
que el rey les había hecho donación de todo el botín llevado por su
compañero, y que, a pesar de su voto de pobreza, lo guardaban para
mayor gloria de Dios.

El sino de la familia Manzanares fué triste. El padre de Salvador, que
pasaba su vejez en Escoriaza, en Guipúzcoa, fué hecho prisionero y
fusilado en 1836 por el general carlista Villarreal.

Se le atribuía el ser masón y el haber escrito un Credo y una Salve
liberales. Esto fué motivo bastante para fusilar a un viejo de ochenta
y dos años, demostrando lo verdaderamente digna de admiración que es la
piedad de los defensores de la Iglesia, nuestra madre.




II

EN LERMA


TARDÓ bastante en organizarse la división del Empecinado, con la que se
pensaba batir a los soldados de la Fe, capitaneados por Merino.

Se habían reunido a los batallones de Ossorio y Suero, y a algunas
partidas de nacionales, el regimiento de Jaén y los de caballería de
Calatrava y Lusitania; pero las compañías de los batallones estaban
incompletas y algunas en cuadro. El Gobierno no tenía medios: la
situación iba haciéndose apurada. Merino se paseaba impunemente por
donde quería, sin que se le pudiera batir.

Aviraneta explicó al Empecinado los datos que tenía acerca de la
insurrección feota y los medios y recursos con que contaba.

Esta era completamente clerical, engendrada en los obispados y
arzobispados, y tenía sus focos en las sacristías de los pueblos.
Mientras el Gobierno no obrara con energía contra el clero faccioso,
Aviraneta pensaba que sería muy difícil dominar la situación.

Respecto a Merino, él lo conocía, sabía cómo pensaba, comprendía su
táctica. Merino y sus lugartenientes paseaban por los pueblos con
partidas pequeñas de ochenta o noventa hombres. Se decía que era la
misma partida; pero Aviraneta estaba seguro de que eran varias y de
que el Cura, en caso de necesidad, disponía de más de mil, quizá de más
de dos mil hombres.

Para Aviraneta, el único plan era salir a operar con dos columnas
grandes, dar en los pueblos la impresión de que había fuerza y no
fraccionarlas.

El Empecinado escuchó con atención las opiniones de Aviraneta. Sabía
las marrullerías del Cura y no quería que se burlara de él.

En Burgos había una asociación misteriosa, instrumento del Palacio de
Madrid. De aquí salía la ayuda a los facciosos.

A Lerma llegaban también las ramificaciones de aquella asociación; pero
los hilos que unían a los conspiradores eran invisibles.

Una noche apareció en la Plaza Mayor un gran pasquín hecho a mano, que
decía lo siguiente:

  «Al pueblo.

  »Los días del infame Gobierno Revolucionario están contados.
  Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos
  correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Muera la
  Nación! ¡Viva el Rey!»

Aviraneta se propuso averiguar de dónde había salido este papel y formó
una lista de desafectos al régimen constitucional. Después convenció al
Empecinado para que mandara hacer registros domiciliarios en todas las
casas de vecinos sospechosos.

Aviraneta, como director político de las fuerzas del Empecinado,
comenzó a asistir a los registros, con el doble objeto de que se
hicieran bien y no se atropellara a personas inocentes.

A los dos días de comenzar estas visitas, Aviraneta, con una patrulla,
entraba en la casa de un cura de la iglesia de San Juan, que vivía en
la plaza de los Mesones. Mandó don Eugenio que quedase la patrulla en
el zaguán y subió él sólo al primer piso. Llamó con los nudillos en la
puerta.

Apareció una mujer en el umbral y Aviraneta quedó sorprendido.

--¡Fermina!--exclamó--¿Eres tú?

--Sí; soy yo. ¿Qué quieres?

--Vengo a saludarte--murmuró confuso Aviraneta.

--¡Gracias!--contestó ella secamente--. No sé si puedes entrar o no.

--¿Por qué no? Si tú lo permites...

--Antes que nada, ¿hay Dios o no hay Dios?

--¡Qué sé yo!

--No entres.

--Pero, ¿quieres que yo resuelva esta duda aquí, en la escalera?

--Pues no entres.

--Es que traigo la orden del general Empecinado para registrar esta
casa.

--¡Ah! Entonces sigues siendo de esos bandidos masones que quieren
matar al rey y a los sacerdotes. ¡Fuera de aquí, infame! ¡Polizonte! Si
no, yo misma te haré correr.

--Escúchame un momento. Vengo a prestarte un servicio.

--No necesito servicios tuyos.

--Pero, ¿por qué no quieres oírme? Vengo a decirte que estáis
denunciados como cómplices del Cura Merino...

--¿Nos habrás denunciado tú? ¡Serpiente!

--No; por mí, podéis huír... Diré que he registrado la casa, que no he
encontrado nada.

--Nada quiero de ti.

En esto se abrió la puerta de par en par y se presentó en ella un
viejo bajito, tembloroso, de pelo blanco, la cabeza grande, los ojos
abultados y rojos y el labio colgante.

--¿Quién es este hombre que te habla de tú?--preguntó con voz
cavernosa, agarrando a Fermina del brazo--. ¿Es el que te engañó?

--No, padre; no es él.

--Sí es él. Lo comprendo. ¿Quieres salvarlo? Es él.

Luego, dirigiéndose a Aviraneta, exclamó:

--Ven aquí, canalla, que aunque soy viejo tengo ánimos para ahogarte en
mis brazos.

Aviraneta, espantado, bajó un escalón y luego otro, y viendo que el
viejo se lanzaba tras él, echó a correr hasta el portal.

--¡Cobarde!--vociferaba el viejo trompicando por las escaleras.

--¿Qué pasa?--preguntó Diamante, que estaba con la patrulla, viendo a
Aviraneta que bajaba rápidamente.

--Un viejo que se echa encima de mí, que está loco.

--¡Loco yo...! ¡Miserable...!--y el padre de Fermina se lanzó sobre
Aviraneta.

Diamante y los soldados sujetaron al viejo, hasta que éste, cansado de
bregar y de pegar patadas, comenzó a echar espuma por la boca y le dió
un desmayo. Al recuperar el conocimiento se levantó, buscó a Aviraneta;
pero éste había salido a la calle.

--¡Demonio con el viejo!--exclamó Diamante--. Es un energúmeno, no hay
manera de sujetarlo.--Luego salió del portal, y al encontrarse con
Aviraneta le dijo:

--¿Qué le ha hecho usted a este hombre?

--Nada. Que estuve para casarme con su hija y luego no me casé.

--Está bien el viejo... Es un hombre de fibra y de corazón. Lo mejor
sería pegarle cuatro tiros.

--No, no; ¡qué barbaridad!

--Sería una muerte digna de él. Además, crea usted, el terror es lo más
beneficioso para estas gentes.

Aviraneta se metió en su casa deseando marcharse cuanto antes de Lerma
para no ver a aquel viejo convulso y furioso.

Este viejo solía ir acompañado de dos navarros, Chatarra y Ezcabarte,
criados suyos.

En el pueblo, la gente que conocía a Aviraneta, antiguos guerrilleros
y amigos de Merino, le consideraban como un traidor por ser liberal.
Muchos de ellos querían equiparar a los franceses con los liberales,
y pensaban que era tan patriótico luchar contra éstos como contra los
soldados de Napoleón.

Una noche habían estado en el alojamiento del general hablando el
Empecinado, Salvador Manzanares y Aviraneta. Después de charlar largo
rato, Salvador y Aviraneta se despidieron de don Juan Martín, salieron
y, al pasar por una calle, sintieron gran alboroto. Se acercaron,
llegaron a la plaza de los Mesones, y vieron delante de la casa de
Fermina un grupo de gente, en su mayoría soldados y nacionales.

--¿Qué hacen?--preguntó Aviraneta.

--Están cantando--dijo Salvador--una canción que han traído de Cádiz:
el _Trágala_.

Efectivamente, una voz aguardentosa en aquel momento cantaba una copla:

      Señor doctor,
    estoy empachado,
    no me ha sentado
    la Constitución.
      Pues, amiguito,
    trague esa china
    que no hay más quina
    para ese mal.

Concluída la copla, un coro de bárbaros comenzó con el estribillo:

      Trágala, trágala,
    trágala, trágala
    trágala, trágala,
          perro,
    ya que no quieres
    Constitución.

Todo el grupo de soldados y nacionales reía, y, después de la canción,
armaban una algarabía infernal agitando cencerros y dando golpes en
unas calderas. Sobre todo, el coro del _Trágala_ lo repetían de una
manera tan brutal, tan ofensiva, con una intención tan mortificante,
entre carcajadas y gritos, que se comprendía que cualquiera insultado
así se hiciese enemigo a muerte y para siempre de los liberales.

--¡Lo que van a hacer con nosotros si llegan a vencernos!--exclamó
Salvador.

--Sí, creo que todos tendremos que salir corriendo--murmuró Aviraneta.

--Si nos dejan--replicó Manzanares riendo--. ¡Adiós, Eugenio! ¡Buenas
noches!

--¡Adiós, Salvador! Expresiones a Mercedes.

Mercedes era la novia de Salvador.

Aviraneta fué a ver a Diamante, que estaba en el grupo, y a los otros
nacionales a disuadirles de que siguieran cantando; pero a ellos les
parecía ésta una magnífica ocasión y no querían dejarla.




III

EN CAMPAÑA


A la media noche del 29 al 30 de abril salía la columna del Empecinado
para Covarrubias, precedida de la patrulla exploradora de Aviraneta.

Allí se averiguó qu

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