Sotileza
by José María de Pereda · Spanish · Gutenberg #49388 · 684,196 chars · public domain (US)
The Project Gutenberg eBook of Sotileza
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: Sotileza
Author: José María de Pereda
Release date: July 7, 2015 [eBook #49388]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/49388
Credits: Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SOTILEZA ***
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO IX
SOTILEZA
CUARTA EDICIÓN
MADRID
VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
1906
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
Á
MIS CONTEMPORÁNEOS DE SANTANDER QUE AÚN VIVAN
_Así Dios me salve como no he pensado en otros lectores que vosotros
al escribir este libro. Y declarado esto, declarado queda, por ende,
que á vuestros juicios le someto y que sólo con vuestro fallo me
conformo._
_Perdone, pues, la crítica oficiosa si, por esta vez, la pierdo el
miedo. No se fatigue arrastrando el microscopio y metiendo las pinzas
y el escalpelo entre las fibras de estas páginas; déjese, por Dios,
de invocar nombres de_ extranjis _para ver á qué obras y de quién de
ellos y por dónde arrima mejor la estructura de la mía; no se canse
en meterme por los ojos la medida que dan ciertos doctores de allende
en el arte de presentar casos y cosas de la vida humana en los libros
de imaginación; considere, una vez siquiera, que cada cual en su
propia casa, siendo hacendosito y cuidadoso, puede arreglárselas con
los recursos que tiene á mano, vivir tan guapamente y campar por sus
respetos como el más runflante de sus vecinos, sin copiarle el modo
de andar ni pedirle un real prestado, y entienda, por último, que
este libro, de la misma veta que algún otro que llegó al mundo con
muy buena suerte, y mucho antes de que en España se gastaran mares de
tinta en encomiar modelos que ya apestan de tanto no venir al caso
los encomios, es como es, no por parecerse á otros en su hechura,
sino porque no puede ser de otra manera; porque al fin y á la postre,
lo que en él acontece no es más que un pretexto para resucitar
gentes, cosas y lugares que apenas existen ya, y reconstruir un
pueblo, sepultado de la noche á la mañana, durante su patriarcal
reposo, bajo la balumba de otras ideas y otras costumbres arrastradas
hasta aquí por el torrente de una nueva y extraña civilización;
porque ciertos toques y perfiles, que desde lejos pudieran parecer
alardes de sectario de una escuela determinada, no son otra cosa
que el jugo y la pimienta del guisado: lo que da el estudio del
natural, no lo que se toma de los procedimientos de nadie; lo que
pide la verdad dentro de los términos del arte, los cuales han de
estar en la mente y en el corazón del artista y no en las cláusulas
de los métodos de escribir novelas (que á estos fines iremos á parar
extremando otro poquito la pasión por los modelos); porque lo que se
busca, en una palabra, es que reaparezcan aquí aquellas generaciones
con los mismos cuerpos y almas que tuvieron._
_Y tratándose de esto, ¿á quién si no á vosotros, que las conocísteis
vivas, he de conceder yo la necesaria competencia para declarar con
acierto si es ó no su lengua la que en estas páginas se habla; si son
ó no sus costumbres, sus leyes, sus vicios y sus virtudes, sus almas
y sus cuerpos los que aquí se manifiestan? ¿Y quién, si no vosotros,
podrá suplir con la memoria fiel lo que no puede representarse con
la pluma: aquel acento en la dicción pausada, aquel gesto ceñudo
sin encono, aquel ambiente salino en la persona, en la voz, en los
ademanes y en el vestir desaliñado? Y si con todo esto que yo no
puedo representar aquí, porque es empresa superior á las fuerzas
humanas, y con lo que os doy representado, resultan completas,
acabadas y vivas las figuras, ¿quién, si no vosotros, es capaz de
conocerlo? Y si lo conocéis y lo declaráis así, ¿qué aplauso puede
resonar al fin de mi tarea, que mejor me cure del espanto de haberla
acometido?_
_Ved aquí por qué doy tanta importancia á vuestro fallo en la ocasión
presente, y por qué, y á pesar del grandísimo respeto que yo tengo á
la crítica y á sus fueros indiscutibles, he de atreverme esta vez á
mirarla sereno cara á cara, por muy ceñuda que me la ponga._
_Cierto que las obras de arte ofrecen, amén del aspecto indicado,
otros muy principales también y cuya apreciación estética, por ser
de sentimiento y no de seco raciocinio, cae bajo la jurisdicción de
la crítica, por ignorante que sea en el asunto que haya inspirado la
obra juzgada; pero si es cosa resuelta ya, á lo que parece, que en la
novela que de_ seria _presuma, no han de admitirse otros_ horizontes
_que aquéllos á que estén avezados los ojos de la_ buena sociedad,
_si no han de aceptarse como asuntos de_ importancia _otros que los
que giren y se desenvuelvan en los grandes centros urbanizados á
la moderna; si la levita y el_ boudoir, _y el banquero agiotista,
y el político venal, y el joven docto en todas las ciencias, pero
desdeñado de la fortuna; el majadero elegante, y el_ problema _del
adulterio, y el_ problema _de la prostitución, y el de la virtud con
caídas, y tantos otros problemas... y hasta los indecentes galanteos
del chulo del_ Imperial, _han de ser los temas obligados de la_
buena _novela de costumbres, ¿cómo he de aspirar yo á la conquista
del aplauso general y al veredicto de la crítica militante, con un
cuadro de miserias y virtudes de un puñado de gentes desconocidas,
con accesorios de poco más ó menos y fondos de la naturaleza, ya en
su grandiosa tranquilidad, ya en sus cóleras desatadas?_
_Y vaya observando el lector distinguido y elegante, cómo,
anticipándome á su fallo y acomodándome á su modo de ver y de sentir,
confieso humildemente que no aspiro á escribir un libro al gusto de
todos, con materiales sacados de las canteras de mi huerto; y cómo
me voy aproximando á declarar, si se me aprieta un poco, que importa
menos en una estatua la obra del escultor, que la nombradía del monte
en que se arrancó la piedra._
_Así, pues, y en virtud de esto y de lo otro y de todo lo demás que
se entiende sin que yo lo puntualice, decidme vosotros cuando hayáis
leído la última palabra de esta novela:--«Choca esos cinco, porque
eres de nuestra calle...» y vengan penas después..._
_Y hasta puede que me atreviera entonces, con los alientos de ese
aplauso, contando con que el público me niegue el suyo, á exclamar
para mis adentros, puestos los ojos en las desdeñadas páginas del
libro:_
--_Pues por más que ustedes digan, no es para todos la tarea de
hinchar perros de esta catadura._
SANTANDER, diciembre 1884.
J. M. DE PEREDA.
POSTDATA.--_Al reimprimir esta novela, año y medio después de
agotada la copiosa edición primera (marzo de 1885), lugar era éste
bien á propósito, en mi entender, para decir yo cómo respondieron
á la precedente dedicatoria los aludidos y hasta los no aludidos
en ella; pero como la enumeración de los honores tributados á la
humilde_ callealtera _en tantas formas, desde tantas partes y por
tantas y tan diversas gentes, pudiera traducirse por la malicia en
pueril artificio de vanagloria, quédese, bien á pesar mío, esa cuenta
sin ajustar en público, y válgales la advertencia á mis acreedores
nobilísimos, por la más solemne declaración de lo muchísimo que les
debo._
Junio de 1888.
J. M. DE P.
[Ilustración]
[Ilustración]
I
CRISÁLIDAS
El cuarto era angosto, bajo de techo y triste de luz; negreaban á
partes las paredes, que habían sido blancas, y un espeso tapiz de
roña, empedernida casi, cubría las carcomidas tablas del suelo.
Contenía una mesa de pino, un derrengado sillón de vaqueta y tres
sillas desvencijadas; un crucifijo con un ramo de laurel seco, dos
estampas de la Pasión y un rosario de Jerusalén, en las paredes; un
tintero de cuerno con pluma de ave, un viejo breviario muy recosido,
una carpetilla de badana negra, un calendario y una palmatoria de
hoja de lata, encima de la mesa; y, por último, un paraguas de
mahón azul con corva empuñadura de asta, en uno de los rincones más
obscuros. El cuarto tenía también una alcoba, en cuyo fondo, y por
los resquicios que dejaba abiertos una cortinilla de indiana, que no
alcanzaba á tapar la menguada puerta, se entreveía una pobre cama, y
sobre ella un manteo y un sombrero de teja.
Entre la mesa, las sillas y el paraguas, que llenaban lo mejor de la
estancia, y media docena de criaturas haraposas, que arrimadas á la
pared, ó aplastando las narices contra la vidriera, ó descoyuntadas
entre dos sillas y la mesa, ocupaban casi el resto, trataba de
pasearse, con grandísimas dificultades, un cura de sotana remendada,
zapatillas de cintos negros y gorro de terciopelo raído. Era alto,
algo encorvado, con los ojos demasiado tiernos, de lo cual, por
horror á la luz, era obra la encorvadura del cuello; y tenía un poco
abultada y rubicunda la nariz, gruesos los labios, áspero y moreno el
cutis y negra la dentadura.
Entre todos aquellos granujas no había señal de zapato ni una camisa
completa; los seis iban descalzos, y la mitad de ellos no tenían
camisa. Alguno envolvía todo su pellejo en un macizo y remendado
chaquetón de su padre; pocos llevaban las perneras cabales: el
que tenía calzones no tenía chaqueta, y lo único en que iban
todos acordes era en la cara sucia, el pelo hecho un bardal y las
pantorrillas roñosas y con _cabras_. El mayor de ellos tendría diez
años. Apestaban á perrera.
--Vamos á ver--dijo el cura, dando un coquetazo al del chaquetón,
que se entretenía en resobar las narices contra los vidrios del
balcón, el cual muchacho era morrudo, cobrizo, bizco y de cabeza
descomunal,--¿quién dijo el _Credo_?
Se volvió el rapaz, después de largar un hilo sutil de saliva á la
vidriera por entre dos de sus incisivos, y respondió, encogiéndose de
hombros:
--¡Qué sé yo?
--Y ¿por qué no lo sabes, animalejo? ¿Para qué vienes aquí? ¿Cuántas
veces te he repetido que los apóstoles? Pero _ab asino, lanam_...
¿Cuántos Dioses hay?...
--¿Dioses?--repitió el interpelado cruzando los brazos atrás, con lo
que vino á quedar en cueros vivos por delante; porque el chaquetón no
tenía botones, ni ojales en que prenderlos aunque los hubiera tenido.
Reparó el cura en ello y dijo, echando mano á las solapas y cruzando
la una sobre la otra:
--¡Tapa esas inmundicias, puerco!... ¿Y los botones?
--No los tengo.
--Los habrás jugado al bote.
--Tenía una escota y la perdí esta mañana.
El cura fué á la mesa y sacó del cajón un bramante, con el que
á duras penas logró sujetar las dos remendadas delanteras del
chaquetón, de modo que taparan las carnes del muchacho. En seguida
le repitió la pregunta:
--¿Cuántos Dioses hay?
--Pues habrá--respondió el interpelado, volviendo á cruzar los brazos
atrás,--á todo tirar, ocho ó nueve.
--_¡Resurge de profundis!_... ¡Ánimas benditas, qué pedazo de
animal!... Y personas ¿cuántas?
Miró el bizco, á su manera, de hito en hito, al cura, que también le
miraba á él como podía, y respondió, con todas las señales de estar
poseído de la mayor curiosidad:
--¡Personas!... ¿Qué son personas, usté?
--¡San Apolinar bendito!--exclamó el sencillo clérigo haciéndose
cruces,--¿con que no sabes qué son personas... lo que es una
persona!... Pues ¿qué eres tú?
--¿Yo?... Yo soy _Muergo_.
--Ni tanto siquiera, porque los hay en la playa con más entendimiento
que tú... ¿Qué son personas?--repitió el cura, encarándose con el
muchacho que seguía á Muergo por la derecha, también descamisado,
pero con calzones, aunque escasos y malos, menos feo que Muergo y no
tan bronco de voz.
Este muchacho, no sabiendo qué responder, miró al más inmediato, el
cual miró al que le seguía; y todos fueron mirándose unos á otros,
con las mismas dudas pintadas en la cara.
--¿De modo--exclamó entonces el cura, volviendo á encararse con el
que seguía á Muergo,--que tampoco sabes qué eres tú?
--¡Eso sí, corflis!--respondió el muchacho, creyendo ver una salida
franca para sus apuros.
--Pues ¿qué eres?
--_Surbia._
--¡Eso te diera yo para que reventaras, animal!
--Y tú ¿qué eres?--añadió el cura, dirigiéndose á otro, de media
camisa, pero sin chaqueta y muy poco pantalón.
--Yo soy _Sula_,--respondió el interpelado, que era rubio y
delgadito, por lo cual descollaba en él, más que en el fondo tostado
de sus camaradas, la roña de las carnes.
De esta manera, y tratando de responder á la misma pregunta, fueron
diciendo sus motes los otros tres muchachos que había en el cuarto, ó
séanse _Cole_, _Guarín_ y _Toletes_. Acaso ninguno de ellos conocía
su propio nombre de pila.
El cura, que los tenía bien estudiados, no acabó de perder la
paciencia por eso. Los descerrajó cuatro improperios y media docena
de latines, y después les dijo en santa calma:
--Pero la culpa me tengo yo, que me empeño en varear el árbol,
sabiendo que no puede soltar más que bellotas. El que menos de
vosotros lleva dos meses asistiendo á esta casa... ¿Á qué, santo
nombre de Dios!... Y ¿por qué, Virgen María de las Misericordias!...
Pues porque el padre Apolinar es un bragazas que se cae de bueno.
«Pae Polinar, que este hijo está, fuera del alma, hecho una bestia;
pae Polinar, que este otro es una cabra montuna... pae Polinar, que
esta condenada criatura me quita la vida á disgustos; que yo no
puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no le hacen maldito
el caso... que éste, que el otro, que arriba, que abajo; que usté
que lo entiende y para eso fué nacido... que enséñele, que dómele,
que desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que yo busco,
cata la casa llena de muchachos; y aguanta su peste, y explica y
machaca... y cébalos para que vuelvan al día siguiente, porque yo
sé lo que sucediera de otro modo... y hazlo todo de buena gana,
porque esa es tu obligación, pues eres lo que eres, _sacerdos Domini
nostri Jesuchristi_, por lo cual digo con Él: _sinite pueros venire
ad me_; dejad que los niños se acerquen á mí... y ríase usted de
la vecina de abajo, y del padre de éste, y de la madre del de más
allá, que murmuran y corren y propalan que si salís de mis manos más
burros de lo que vinísteis á ellas, como salieron otros muchos que
vinieron á mí antes que vosotros... ¡_Linguæ corruptæ_, carne mísera
y concupiscente!... Ríase usted de eso, como yo me río, porque debo
reirme... Pero vosotros, alcornoques, más que alcornoques, ¿qué
hacéis para corresponder á los esfuerzos del padre Apolinar? ¿Cómo
estamos de silabario al cabo de dos meses?... ¡Ni la O, cuerno, ni
la O se conoce en estas aulas si os la pinto en la pared! Pues de
doctrina cristiana, á la vista está... Y como no quiero enfadarme,
aunque motivos había para echaros uno á uno por el balcón abajo...
vamos á otra cosa, y alabado sea Dios _per omnia sæcula sæculorum_,
que lo demás es chanfaina.
Tras este desahogo, pasó fray Apolinar, sin dejar de pasearse, casi
en redondo, con las manos cruzadas atrás, á lo que él llamaba lo
llano y de todos los días: á preguntar á los granujas las oraciones
más usuales y sencillas, para que no las olvidaran; lo único que
había logrado meterles en la cabeza, aunque no bien ni del todo.
Muergo no necesitó remolque más que tres veces en el _Ave María_;
Cole dijo tal cual el _Padre nuestro_, y el que mejor sabía el
_Credo_, entre todos ellos, no pasó, sin apuntador, del «su único
Hijo.»
En vista de lo cual, fray Apolinar no le dió á Sula más que media
galleta dulce; un botón del provincial de Laredo á Toletes, y un higo
paso á Guarín.
--Del lobo un pelo, hijos--les dijo en seguida el pobre
exclaustrado;--otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa,
canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.
Los muchachos, que ya se disponían á salir, se detuvieron. Y dijo el
fraile á Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:
--Esto no puede continuar así. Sin camisa, cuando hay chaqueta, vaya
con Dios; pero sin calzones... ¿Á dónde han ido á parar los tuyos?
--Los puso antier mi madre á secar en las Higueras,--respondió Muergo
á tropezones.
--¿Y no han secado todavía, hombre de Dios?
--Los royó una vaca, mientras mi madre destripaba una merluza que
agolía mal.
--¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios!--dijo fray Apolinar
rascándose el cogote.--Las merluzas que huelen mal, porque están
podridas, se tiran á la mar, y no se limpian lejos de las gentes para
vendérselas después, á medio precio, á los pobres como yo, que tienen
buenas tragaderas. Pero ¿no quedó nada de los calzones, hombre?
--La culera--respondió Muergo,--y esa, _en banda_.
--Poco es--repuso el exclaustrado, revolviéndose dentro de su ropa,
movimiento que era muy habitual en él.--¿Y no hay otros en casa?
--No, señor.
--¿Ni barruntos de dónde puedan venir?
--No, señor.
--¡Cuerno con el hinojo!... Pues así no puedes continuar, porque aun
cuando te sobra paño para envolverte, á lo mejor se rompe la driza;
tú no reparas en ello, y, si reparas, lo mismo te da... De modo
que lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú, que no puedes, llévame
á cuestas, padre Apolinar. ¿No es eso? ¿No es la purísima verdad?
¡Cuerno si lo es!
Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar se metió en la alcoba.
Oyósele pujar allá dentro y murmurar entre dientes algunos latinajos;
y no tardó en aparecer, alzando la cortina, con un envoltorio negro
entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.
--No son cosa mayor--le dijo;--pero, al fin, son calzones. Dile á tu
madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga á secar en
las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le parecen poco todavía,
que se consuele con saber que á la hora presente no los tiene
mejores, ni tantos como tú, el padre Apolinar... Con que, ¡vira,
canalla, por avante!
Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo y respingando como piara
de cerdos que huelen el _cocino_ al salir de la pocilga, y se pintaba
en todos los roñosos semblantes el ansia de llegar á la escalera
para examinar la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún el
calorcillo que le había chocado á Muergo en ella al entregársela el
pobre exclaustrado, cuando se abrió la puerta y se presentaron en
el cuarto dos nuevos personajes. El uno era un muchacho frescote,
rollizo, de ojos negros, pelo abundante, lustroso y revuelto; boca
risueña, redonda barbilla, y dientes y color de una salud de bronce:
representaba doce años de edad, y vestía como los hijos de «los
señores.»
Traía de la mano á una muchachuela pobre, mucho más baja que él,
delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando á rubio, dura de
entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza de pie y pierna, y no
llevaba sobre sus carnes, blancas y limpias, en cuanto de ellas iba
al descubierto, más que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido
á la flexible cintura sobre una camisita demasiado trabajada por el
uso, pero no desgarrada ni pringosa, cualidades que se echaban de ver
también en el refajo. Hay criaturas que son limpias necesariamente
y sin darse cuenta de ello, lo mismo que les sucede á los gatos. Y
no se tache de inadecuada la comparación, pues había algo de este
animalejo en lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y seguro,
y en el continente receloso y arisco de la muchachuela.
En cuanto la vió Muergo, se echó á reir como un estúpido; Cole soltó
un taco de los gordos, y Sula otro de los medianos. La recién llegada
remedó á Muergo con una risotada falsa, poniendo la cara muy fea,
sin hacer caso maldito de los otros dos granujas, ni del mismo padre
Apolinar, que alumbró un coquetazo á cada uno de los tres.
--¿Á qué vienen esas risotadas, bestia, y esas palabrotas sucias,
puercos?--dijo el fraile mientras largaba los coscorrones.
--Es la callealtera... ¡ju, ju, ju!--respondió Muergo rascándose el
cogote machacado por los nudillos de fray Apolinar.
--La conocemos nusotros,--expuso Cole, palpándose la greña.
--Que de poco se ajuega, si no es por Muergo,--añadió Sula.
Muergo volvió á reirse estúpidamente, y la muchacha tornó á hacerle
burla.
--¿Y por eso te ríes, ganso?--dijo el fraile, largándole otro
coquetazo.--¡Pues el lance es de reir!
--Es callealtera...--repitió Cole,--y estaba hiciendo barquín-barcón
en una percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos allí
tirándola piedras desde la orilla. Dimpués, allegó Muergo... la
acertó con un troncho, y se fué al agua de cabeza.
--¿Quién?--preguntó el fraile.
--Ella--respondió Cole.--Yo pensé que se ajuegaba, porque se iba
diendo á pique... Y Muergo se reía.
--Y yo--saltó Sula,--le dije: «¡Chapla, Muergo, tú que anadas bien,
y sácala, porque se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua y la
sacó. Dempués, la ponimos quilla arriba; y á golpes en la espalda,
largó por la boca el agua que había embarcao.
--Y eso ¿es verdad, muchacha?--preguntó á ésta el exclaustrado.
--Sí, señor,--respondió la interpelada, sin dejar de remedar á
Muergo, que volvió á reir como un idiota.
--Corriente--dijo el exclaustrado.--Pero ¿á qué vienes aquí, y á qué
vienes tú, Andresillo, y por qué la traes de la mano? ¿En qué bodegón
habéis comido juntos, y qué pito voy á tocar yo en estas aventuras?
--Es callealtera,--respondió muy serio el llamado Andresillo.
--Ya me voy enterando, ¡cuerno!--Tres veces con ésta se me lo ha
dicho ya. Y ¿qué hay con eso?
--La conozco del Muelle-Anaos--continuó Andrés.--Baja casi todos los
días allá.--Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo sé! (y enderezó
á Muergo un gestecillo avinagrado), porque también conozco á éstos.
--¿Del Muelle-Anaos?--preguntó fray Apolinar, sin pizca de asombro.
--Sí, señor--respondió Andrés.--Van muy á menudo.
--Y él á la Maruca,--añadió Guarín.
--¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!... Pero vamos al caso.
Resulta, hasta ahora, que esta niña es callealtera, y que tú y esta
granujería, á pesar de las respectivas vitolas, sois... tal para
cual... ¿Y qué más?
--Que esta mañana avisó á mi madre el _talayero_ que quedaba á la
vista la _Montañesa_... y yo salí de casa para ir á San Martín á
verla entrar... y llegué al Muelle-Anaos.
--¡Al Muelle-Anaos!... ¿No vivís ya en la calle de San Francisco?
--Sí, señor.
--¡Pues buen camino llevabas para ir á San Martín!
--Iba á ver si estaba allí _Cuco_ y me quería acompañar.
--¡Cuco! ¿También eres amigo de Cuco, de ese raquerazo descortés y
grosero, que me canta coplas indecentes en cuanto me columbra de
lejos?... ¡Cuerno con la cría!
--Yo nunca le oigo esas cosas... Malo, algo malo es; pero no hace
daño á nadie. Anda en el bote del Castrejo, y me enseña á remar, y á
echar _coles_ y _tapas_, y á descansar de espaldas y de pie...
--Sí, y á birlar los puros á tu padre para regalárselos á él; y á
_correr_ la escuela, y á andar en las _guerras_... y á muchas cosas
más que me callo... ¡Pues buenas tripas se le pondrían á tu padre si
al entrar hoy con la corbeta te veía en las peñas de San Martín en
compañía de tan ilustre camarada! ¡Cuerno, recuerno del hinojo!
Andrés se puso muy colorado, y dijo, con la cabeza algo gacha:
--No, señor... Yo no hago nada de eso, pae Polinar.
--¡Como que te vas á confesar conmigo ahora!...--repuso el fraile con
mucha sorna.--Pero ¡á mí de esas cosas, Andresillo?... En fin, ya
hablaremos de esto en mejor ocasión. Ahora, sigue con el cuento. ¿Qué
te dijo Cuco en el Muelle-Anaos?
--Á Cuco no le ví, porque andaba de flete con unos señores. Pero
estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le habían dado, de pura
lástima, unos calafates, y me dijo que había dormido anoche en una
barquía, porque la habían echado de casa.
--Y ¿por qué?
--Porque le gusta mucho la bribia, y la pegaron.
--¡Guapamente, cuerno!... ¡Eso es lo que se llama una escuela de
órdago para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?
--Silda me llamo,--respondió secamente la interpelada.
--Es callealtera,--añadió Andrés.
--¡Dale, y van cuatro!--exclamó el presbítero.
--No tié padre... ¡ju, ju, ju!--graznó el salvaje Muergo.
La niña le remedó, según costumbre.
--Se ajuegó en San Pedro del Mar en la última costera del
besugo,--dijo Cole.
--Ni madre tampoco tiene,--añadió Sula.
--La recogió de lástima un callealtero que se llama tío
Mocejón,--expuso Andrés.
--¡Ta, ta, ta, ta!...--exclamó el padre Apolinar al oirlo.--Luego
esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo hacía dos años cuando
pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos
pasos dí yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran en esa
casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que no recuerdo haberte visto
más de dos veces, y esas mal, como lo veo yo todo con estos pícaros
ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero ¿de qué se trata
ahora, caballero Andrés?
--Pues yo--respondió éste, dando vueltas á la gorra entre sus
manos,--la dije, al oir lo que me contó: «vuélvete á casa.» Y ella me
dijo: «si vuelvo me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo:
«¿qué vas á hacer aquí sola?» Y dijo ella: «lo que hagan otros.» Y
yo dije: «puede que no te peguen.» Y dijo ella: «me han pegado muchas
veces... todos son malos allí, y por eso me he escapado para no
volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la dije: «yo te llevaré
á un señor que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.» Y ella
dijo: «pues vamos.» Y por eso la traje aquí.
Á todo esto, la niña, cuando no hacía gestos á Muergo, recorría
con los ojos suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como
si nada tuviera que ver con lo que se trataba allí entre el padre
Apolinar y el hijo del capitán de la _Montañesa_.
--Es decir--exclamó el bendito fraile, cruzándose de brazos delante
del protector y de la protegida,--que éramos pocos, y parió mi
abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar!
Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense
los hijos de sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan
sin bragas de Petra con mucha guinda... húndase el pico de Cabarga
y ciérrese la boca del puerto... aquí está el padre Apolinar que lo
arregla todo, como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que
hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias como las
que me escuchan. Y ¿quién te ha dicho á tí, Andresillo, que basta con
querer yo que se recoja á esta muchacha en una casa honrada, para
darla por recogida ya? Y ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible,
querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me
lo han agradecido siquiera? Pues sábete que negocios ajenos matan
al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona, ¡hasta la
corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis
pecados!...
Aquí se dió dos vueltas el fraile por el cuarto, mientras las
ocho criaturas se miraban unas á otras, ó se desperezaban algunas
de ellas, ó se aburrían las más; y después de retorcerse dos
veces seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de
Andresillo, y les dijo:
--De modo que lo que vosotros queréis es que ahora mismo os acompañe
á casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí está el hijo
pródigo que vuelve arrepentido al hogar paterno...
--Á mí no--interrumpió Andrés con viveza;--á ésta es á quien ha de
acompañar usté. Yo me voy ahora mismo á San Martín á ver entrar á mi
padre, que debe estar ya si toca ó llega.
--Y yo me voy contigo--dijo Silda con la mayor frescura.--Me gusta
mucho ver entrar esos barcos grandes...
--Entonces, cabra de los demonios--replicóla fray Apolinar,
cuadrándose delante de ella,--¿para quién voy á trabajar yo? ¿Qué
voy á meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si á tí no te importa
lo que resulte del paso que me obligáis á dar, ¿qué cuerno me ha de
importar á mí?... ¡Pues no voy, ea!
--Á que sí, pae Polinar,--le dijo Andrés, mirándole muy risueño.
--¡Á que no!--respondió el fraile, queriendo ser inexorable.
--Á que sí,--insistió Andrés.
--¡Cuerno!--replicó el otro casi enfurecido,--¡pongo las dos orejas á
que no, y á reteque no!
Entonces, como si se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los
ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos y con cuanta voz
les cabía en la garganta:
--¡Á que sí!
Y como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un
testarazo á Muergo, lanzáronse todos en tropel á la escalera, que,
angosta y carcomida, retemblaba y crujía, y no pararon hasta el
portal, donde se examinó el regalo del padre Apolinar.
Después de convenir todos en que no era cosa superior, dijo Andrés á
Silda:
--Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá estado pae Polinar
en casa de tío Mocejón, ó en otra casa... De un brinco subo yo á
preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo
cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre todos. Ahora,
vámonos.
La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la
driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho los
ojos:
--Yo voy tamién, en cuanto deje estos calzones á mi madre.
--Y yo tamién,--añadió Sula.
Silda llamó burro á Muergo; Guarín, Cole y los demás dijeron que
se iban, quién al Muelle-Anaos, quién á las lanchas, quién á otros
quehaceres, y Muergo á dejar los calzones en su casa, y se separaron
á buen andar.
* * * * *
Todo esto acontecía en una hermosa mañana del mes de junio,
bastantes años... muchos años hace, en una casa de la calle de la
Mar, de Santander; de aquel Santander sin escolleras ni ensanches;
sin ferrocarriles ni tranvías urbanos; sin la plaza de Velarde y
sin vidrieras en los claustros de la catedral; sin _hoteles_ en
el Sardinero y sin ferias ni barracones en la Alameda segunda; en
el Santander con dársena y con pataches hasta la Pescadería; el
Santander del _Muelle-Anaos_ y de la _Maruca_; el de la Fuente
Santa y de la Cueva del tío Cirilo; el de la Huerta de los Frailes
en abertal, y del provincial de Burgos envejeciéndose en el cuartel
de San Francisco; el de la casa de Botín, inaccesible, sola y
deshabitada; el de los Mártires en la Puntida, y de la calle de
Tumbatres; el de las gigantillas el día 3 de noviembre, aniversario
de la _batalla de Vargas_, con luminarias y fuegos artificiales
por la noche, y de las corridas en que mataba _Chabiri_, picaba el
_Zapaterillo_, banderilleaba _Rechina_ y capeaba el _Pitorro_, en la
plaza de Botín, con música de los Nacionales; el Santander de los
Mesones de Santa Clara, del Peso público y de _Mingo_, la _Zulema_
y _Tumbanavíos_; del _Chacolí_ de la Atalaya, y del cuartel del
Reganche en la calle de Burgos; del parador de Hormaeche, y de la
_casa del Navío_; el Santander de aquellos muchachos _decentes_,
pero muy mal vestidos, que, con bozo en la cara todavía, jugaban al
bote en la plaza Vieja, y hoy comienzan á humillar la cabeza al peso
de las canas, obra, tanto como de los años, de la nostalgia de las
cosas venerandas que se fueron para nunca más volver; del Santander
que yo tengo acá dentro, muy adentro, en lo más hondo de mi corazón,
y esculpido en la memoria de tal suerte, que á ojos cerrados me
atrevería á trazarle con todo su perímetro, y sus calles, y el color
de sus piedras, y el número, y los nombres, y hasta las caras de sus
habitantes; de aquel Santander, en fin, que á la vez que motivo de
espanto y mofa para la desperdigada y versátil juventud de hogaño,
que le conoce de oídas, es el único refugio que le queda al arte
cuando con sus recursos se pretende ofrecer á la consideración de
otras generaciones algo de lo que hay de pintoresco, sin dejar de
ser castizo, en esta raza _pejina_ que va desvaneciéndose entre la
abigarrada é insulsa confusión de las modernas costumbres.
[Ilustración]
[Ilustración]
II
DE LA MARUCA Á SAN MARTÍN
Estaba tentadora la Maruca cuando pasaron junto á ella los cuatro
muchachos que se encaminaban á San Martín. Salía el agua á borbotones
por el boquerón de la trasera del Muelle, y regueros de espuma iban
marcando el creciente nivel de la marea en el muro de la calzada de
Cañadío y en la playa de la parte opuesta, cerrada por la fachada de
un almacén que aún existe, y un alto y espeso bardal que empalmaba
con ella en dirección al Este, espacio ocupado hoy por la casa de
los Jardines y la plaza del Cuadro, con cuantos edificios y calles
les siguen por el Norte, hasta la pared de la huerta de Rábago.
Esto era la Maruca de entonces, que comunicaba con la bahía por el
alcantarillón que desembocaba en la punta del Muelle, antro temeroso
que muy pocos valientes se habían atrevido á explorar, cabalgando
en un madero flotante. Cuco aseguraba haber acometido esta empresa;
es decir, entrar por el boquerón de la Maruca y salir por el del
Muelle, á media marea; pero tales cosas contaba de tinieblas espesas,
de ruidos espantosos, de ratas como cabritos y de ayes lastimeros,
como de ánimas en pena, que me han hecho dudar después acá que fuera
verdad la hazaña. Meter la cabeza en el negro misterio, pero sin
abrir los ojos por no ver horrores, eso lo hicieron muchos, y yo
entre ellos; pero lo de Cuco... ¡bah! ¿Por qué no citaba testigos
cuando lo afirmaba? Y bien valía la pena de acreditarse así tal
empresa, por ser la única que podía, ya que no compararse, ponerse
cerca siquiera de otra, tan espantable de suyo, que ni en broma se
atrevió entonces ningún muchacho á decir que la hubiera acometido:
dar cuatro pasos no más en el antro misterioso que conducía al
abismo en cuyo fondo _flotaba_ el barco de piedra en que vinieron á
Santander las cabezas de sus patronos, los mártires de Calahorra,
San Emeterio y San Celedonio; antro cuya puerta de entrada, baja y
angosta, manchada de todo género de inmundicias y cerrada siempre,
contemplaban chicos y grandes, con serios recelos, en el muro del
Cristo, cerca ya de San Felipe, al pasar por la embovedada calle de
los Azogues. Según la versión popular, lo mismo era penetrar allí
una persona, que caer destrozada á golpes y desaparecer del mundo
para siempre. Se habían dado casos, y nadie los ponía en duda, aunque
sobre los _quiénes_ y los _cuándos_ no hubiera toda la claridad que
fuera de apetecer.
Repito que estaba tentadora la Maruca para los cuatro chicos que
caminaban hacia San Martín.
La marea, á más de dos tercios (y eran _vivas_ á la sazón), y todos
los maderos flotando; y además de las perchas de costumbre (porque
siempre había allí alguna), dos vigas que no estaban el día antes:
dos vigas juntas, amarradas una á otra y fondeadas con un arpón,
cerca de la orilla del bardal.
--¡Cosa de nada!--como dijo Andrés respingando de gusto en cuanto las
vió;--descalzarme, remangar las perneras hasta los muslos, y en un
decir «Jesús,» atracar un poco las vigas, halando del cabo del arpón;
saltar encima de ellas, y con el palo que tengo escondido donde yo
sé, bien cerca de aquí... ¡Recontra, qué _barco_ más hermoso!... ¡y
qué marea!
Lo mismo opinaban Sula y Muergo, y bien le tentaron para que no
pasara de allí; pero la fuerza que le movía hacia San Martín era más
poderosa que la que trataba de detenerle en la Maruca; y por eso,
y porque Silda, acaso recordando el remojón consabido al ver la
percha, que ya le había señalado Muergo con sus ojos bizcos y su risa
estúpida, le apoyó con vehemencia, fué sordo á las seducciones de sus
astrosos compañeros, y ciego á los atractivos que tenía delante.
Así es que duró poco la detención allí, y muy pronto se les vió
trepar á los prados en busca del camino de la Fuente Santa. Aunque
Andrés había visto, al asomarse al Muelle en sitio conveniente, que
aún no se había puesto el gallardete amarillo sobre la bandera azul
en el palo de señales de la Capitanía, prueba de que la corbeta
avistada no abocaba todavía al puerto, llevaba mucha prisa; porque
resuelto á ver la entrada de su padre desde San Martín, creía que
andaba el barco más que su pensamiento, y temía llegar tarde.
Mientras caminaba, siempre delante de los demás, éstos le
acribillaban á preguntas, ó le detenía alguno de ellos para ver cómo
se revolcaba Muergo sobre los prados, ó se bañaba algún chico entre
las peñas cercanas á la Cueva del tío Cirilo, ó rendía la bordada un
patache buscando la salida con viento de proa, ó remedaba Silda el
mirar torcido y el reír estúpido de Muergo.
--¡Buenas cosas traerá tu padre!--dijo la muchachuela á Andrés.
--Á veces las trae tal cual,--respondió Andrés sin volver la cara.
--¿Para tí también?
--Y para todos. Una vez me trajo un loro.
--Mejor eran cajetillas,--expuso Sula.
--U jalea,--añadió Muergo.
--Para él las trae á cientos, de _Las tres coronas_,--dijo Andrés
respondiendo á Sula.
--¡Bien sé yo lo que es jalea, puño!--insistió Muergo
relamiéndose.--Una vez la caté... ¡ju, ju, ju! Se lo dió á mi madre
una señora del Muelle... Yo creo que lo trincó, ¡ju, ju, ju! Tamién
yo se lo trinqué á ella una noche, y me zampé media caja... ¡Puño,
qué taringa endimpués que lo supo!
--Puede que tamién traiga mantones de seda--dijo Silda, apretando la
jareta de la saya sobre su cintura.--Si trae muchos, guárdame uno,
¿eh, Andrés?
Volvióse éste hacia Silda, asombrado del encargo que acababa de
hacerle, y vió á Sula cabeza abajo, agarrado con las manos á la yerba
y echando al aire, ora una pierna, ora la otra, pero nunca las dos
á la vez. Cabalmente el hacer pinos pronto y bien era una de las
grandes habilidades de Andrés. Sintióse picado del amor propio al ver
la torpeza de Sula, y alumbrándole un puntapié en el trasero, díjole,
para que se enteraran todos los presentes:
--Eso se hace así.
Y en un periquete hizo el pino perfecto, con zapateta y perneo, y
la Y, y casi la T, y cuanto podía hacerse, sin ser descoyuntado
volatinero, en aquella incómoda postura. Y tanto se zarandeó, animado
por el aplauso de Silda y de Muergo, que se le cayó en el prado
cuanto llevaba en los bolsillos, lo cual no era mucho: tres cuartos
en dos piezas, un pitillo, un cortaplumas con falta de media cacha, y
unos papelejos.
En cuanto Muergo vió el pitillo, le echó la zarpa y se apartó un buen
trecho; y antes que Andrés hubiera deshecho el pino y recogido del
suelo los cuartos, papeles y navaja, ya él había sacado un fósforo
de cartón que conservaba en el fondo insondable de un bolsillo de su
chaquetón, y resobado el misto contra un morrillo, y encendido el
cigarro, y dádole tres chupadas tan enormes, sin soltarle de la boca,
y tan bien _tapadas_, que cuando se le fué encima el hijo del capitán
de la _Montañesa_ reclamando á _piña seca_ lo que era suyo, Muergo,
envuelta en humo la monstruosa cabeza, porque le arrojaba por todos
los agujeros de ella y hasta parecía que por las mismas crines de su
melena, sólo pudo entregar medio pitillo, y ese puerco y apestando.
Así y todo, le consumió Andrés en pocas chupadas, pues si á Sula le
vencía en hacer pinos, á _taparlas_ no le ganaba Muergo. ¡Como que
le había enseñado á fumar Cuco, que era el fumador más tremendo del
Muelle-Anaos, lo cual es tanto como decir el fumador más valiente del
mundo! Pues todavía alumbró Sula un par de _bofetadas_ buenas á la
colilla impalpable que tiró Andrés.
En la Fuente Santa se encaramaron en el pilón y bebieron agua, sin
sed los más de ellos, y Silda se lavó las manos y se atusó el pelo.
Después echaron por el empinado callejón de la «fábrica de sardinas,»
y salieron á los prados de Molnedo. Allí intentó Muergo hacer su poco
de pino, quedándose rezagado para que no le vieran la prueba si le
salía mal. En la brega para enderezar no más que el tronco sobre la
cabeza, pues en cuanto á los pies, no había que pensar en despegarlos
del prado, se le volvieron las faldas del chaquetón hasta taparle
los ojos. En tan pintoresco trance le hallaron los de sus camaradas,
advertidos por Silda, que fué la primera en notar la falta del
salvaje rapaz. Llegáronse todos á él muy queditos; y uno con ortigas
y otro con una vara, y Silda con la suela entachuelada de un zapato
viejo que halló en el prado, le pusieron aquellas nalgas cobrizas,
que echaban lumbres.
--¡Págame el tronchazo, animal!--le gritaba Silda mientras le
estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando le dejaban sitio y
ocasión la vara de Andrés y las ortigas de Sula.
Bramidos de ira, y hasta blasfemias, lanzaba Muergo al sentirse
flagelado tan bárbaramente; pero sólo cuando imploró misericordia,
logró que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse á sus anchas las
ampollas, que le abrasaban.
Sula, ya que estaba allí, quiso acercarse al _Muelluco_. Andrés le
dijo que hartas detenciones iban ya para la prisa que él llevaba;
pero Sula no tomó en cuenta el reparo, y se bajó al Muelluco. En
seguida empezó á gritar:
--¡Congrio, qué hermosura!... ¡Cristo, qué marea! ¡Madre de Dios, qué
cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!
Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era,
en efecto, la marea, mas no para tan ponderada; y en cuanto á los
cámbaros, los pocos que se veían no pasaban de lo regular. Pero
Sula estaba en _lo suyo_, y no podía remediarlo. El sol calentaba
bastante; el agua, verdosa y transparente, _cubría_ en aquel sitio
más de dos veces, y se podían contar uno á uno los guijarros del
fondo.
--Échame dos cuartos, Andrés--le dijo el raquero, piafando impaciente
sobre el Muelluco.--¡Te los saco de un cole!
--No los tengo,--contestó Andrés, que deseaba continuar su camino
sin perder un minuto.
--¡Que no los tienes?--exclamó admirado Sula.--¡Y te los cogí yo
mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!
Andrés se resistía. Sula apretaba.
--¡Congrio!... ¡Échame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto
solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves
en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la
faldriquera...
Y Andrés, que nones. Pero terció Silda á favor del suplicante, y
al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco, fué echada
al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma
atención, cómo descendía en rápidos ziszás hasta el suelo, y cómo se
metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente
oculta á la vista.
--¡Cóntrales!--dijo Sula rascándose la cabeza y suspendiendo
la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin
despedazarla por completo.--¡Puede que haiga _pulpe_ allí!
Cosa que á Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y
cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura; largó el chaquetón
que le envolvía hasta cerca de los tobillos, y se lanzó al agua, de
cabeza, con las manos juntas por delante. Tan limpio fué el cole,
que apenas produjo ruido el cuerpo al caer; y sólo unas burbujitas
y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se
había colado aquel animalote bronceado y reluciente, que buceaba,
como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto
gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de porreto; se le
vió en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban
agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio,
llevársele á la boca; invertir su postura con la agilidad de un
_bonito_, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie
con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de
cría.
--¿Echas la mota?--dijo á Andrés después de quitarse el cuarto de la
boca, y sosteniéndose derecho en el agua, solamente con la ayuda de
las piernas.
--Ni la mota ni un rayo que te parta--respondió Andrés, consumido por
la impaciencia.--¡Ni os espero tampoco más!
Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver atrás la
cara.
Cuando la volvió, cerca ya de los prados de San Martín, observó que
no le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto sospechó, no
infundadamente, que el cuarto adquirido por Muergo era la causa
de la deserción. Sula y la muchacha querrían que se _puliera_ en
beneficio de todos.
No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha gracia andar en sitios
públicos con amigos de aquel pelaje.
Menos le pesó cuando al atravesar, por el podrido tablero, el foso
del castillo, vió su _batería_ llena de gente que le había precedido
á él con el mismo propósito de asistir desde allí á la entrada de
la _Montañesa_; gente que le era bien conocida en su mayor parte,
pues había entre ella marinos amigos de su padre, prácticos libres
de servicio aquel día, á quienes había visto mil veces, no sólo en
el Muelle, sino en su propia casa; el mismo dueño y armador de la
corbeta, comerciante rico, que le infundía un respeto de todos los
diablos; las mujeres de algunos marineros de ella; el mismísimo
don Fernando Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre y
de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces, personaje de
proverbial rigidez en cátedra, al cual temía mucho más que al amo
de la _Montañesa_, porque sabía que estaba destinado á caer bajo su
férula en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto Cántabro,
que no perdía espectáculo gratis y al aire libre; su amigo el _Conde
del Nabo_, con su casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé
qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna queja de que
no le alcanzaba la jubilación para nutrir el achacoso cuerpo, que ya
se le quebrantaba por las _choquezuelas_; don Lorenzo, el cura loco
de la calle Alta, tío de un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba
_Colo_ y estaba abocado á matricularse en latín, por exigencia y con
la protección de aquel energúmeno; _Ligo_, mozo que iba á hacer ya
su segundo viaje de piloto, y á cuya munificencia debía él algunos
puñados de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre
inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués de
Villatorre... y muchos curiosos más de diversas cataduras; algunos
con sus catalejos enfundados, y no pocos con sus sabuesos de caza ó
su borreguito domesticado... Porque, en aquel entonces, la entrada
de un barco como la _Montañesa_, de la matrícula de Santander, de un
comerciante de Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto
y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia
en la capital de la Montaña, donde no abundaban los de mayor bulto.
Además, la _Montañesa_ venía de la Habana, y se esperaban muchas
cosas por ella: la carta del hijo ausente; los _vegueros_ de regalo;
la caja de _dulces surtidos_; el sombrero de jipijapa; la letra de
50 pesos; la revista de aquel mercado; las noticias de tal cual
persona de dudoso paradero ó de rebelde fortuna, y, cuando menos,
las memorias para media población, y algunos indianos de ella, de
retorno. La misma curiosidad, y por las mismas razones, excitaban la
_Perla_, la _Santander_ y muy pocas fragatas más de aquellos tiempos.
Nadie ignoraba en la ciudad cuándo salían, qué llevaban, á dónde
iban ni por dónde andaban, como fuera posible saberlo. Sus capitanes
y pilotos eran popularísimos, y sus dichos y sus hechos se grababan
en la memoria de todos, como glorias de familia. ¿Quién de los que
entonces tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá olvidado aquella
tarde inverniza y borrascosa, en que, apenas avistada al _puerto_ una
fragata, se oyó de pronto el tañido retumbante, acompasado, lento y
fúnebre del campanón de los Mártires!
--¡Á barco!--exclamaron cientos y cientos de personas que conocían el
toque.
--¡La _Unión_!--añadían consternadas, echándose á la calle, las que
aún no habían salido de casa.
Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana, que la _Unión_ era la
fragata avistada, y que venía corriendo un temporal furioso.
Yo me hallaba en la escuela de Rojí al sonar el campanón, y ninguno
preguntó allí «¿qué fragata es esa?» cuando se nos dijo: «¡la
_Unión_ se va á las _Quebrantas_!» Todos la conocíamos, y casi
todos la esperábamos. Con decir que en seguida se nos dió suelta,
pondero cuanto puede ponderarse la impresión causada en el público
por el suceso. Medio pueblo andaba por la calle, y el otro medio se
desparramaba desde el castillo de San Martín al del Hano, viendo
consternado, primero, cómo se salvaba la tripulación, casi por
milagro de Dios, y, después, cómo daba á la costa el hermoso buque,
y se despedazaba á los golpes del embravecido mar, y caía sobre
sus despojos una nube de aquellos rapaces costeños, de quienes se
contaba, y aún se cuenta, que ponían una vela á la Virgen de Latas
siempre que había temporal, para que fueran hacia aquel lado los
buques que abocaran al puerto.--No cabe en libros lo que se habló en
Santander de aquel triste suceso, que hoy no llevaría dos docenas de
curiosos al polvorín de la Magdalena. Y aún fué, pasados los años,
tema compasible de muchas y muy frecuentes conversaciones; y todavía
hoy, como se ve por la muestra, sale á colación de vez en cuando.
Y con esto, vuelvo á las personas que dejamos en San Martín esperando
la llegada de la _Montañesa_.
Á pesar de ser muchas, se hablaba muy poco entre ellas; lo cual
acontece siempre que se aguarda un suceso que interesa por igual á
todos los circunstantes, ó están las gentes á cielo descubierto,
delante de la naturaleza que habla por los codos, sin dejar que nadie
meta su cuchara en la conversación... ¡Y qué elocuente estaba aquel
día! La mar, verdosa y fosforescente, rizada por una brisa que yo
llamaría juguetona, si el término no estuviera tan desacreditado por
copleros chirles y por _impresionistas_ cursis, que quizá no han
salido nunca de los trigos de tierra adentro; el sol despilfarrando
alegre sus haces de luz, que centelleaba entre los pliegues de la
bahía y en los rojos traidores arenales de las Quebrantas. Allá, en
el fondo del paisaje, los azulados picos de Matienzo y Arredondo, y
más cerca, las curvas elevadas y los senos sombríos de la cordillera
que iba perfilando la vista desde el cabo Quintres y las lomas de
Galizano, hasta los puertos de Alisas y la Cavada, transparentándose
en una bruma sutil y luminosa, como velo tejido por hadas con hilos
impalpables de rocío; y allí, al alcance de la mano, los cerros del
Puntal recibiendo en sus cimientos arenosos los besos amargos de la
creciente marea. Por todo ruido, el incesante rumor de las aguas al
tenderse perezosas en la playa contigua, ó al mojar con sus rizos,
agitados por el aire, las asperezas del peñasco. No se veía el pulmón
bastante henchido nunca de aquel ambiente salino, ni la vista se
hartaba de aquella luz reverberante, parlanchina y revoltosa, que se
columpiaba en la bruma, en las aguas y en las flores.
No sé si irían precisamente por este lado todos los pensamientos
de aquellas personas cuando discurrían de una á otra parte por
la explanada del castillo, ó se encaramaban en la paredilla del
parapeto, ó se tumbaban sobre la yerba de la braña exterior, sin
hablar más de tres palabras seguidas y con la vista errabunda por
todos los términos del paisaje; pero puede apostarse á que, si por
arte de hechicería se les hubiera puesto delante, en lugar del
miserable castillejo, los mayores prodigios de la industria humana ó
las maravillas de los palacios de Aladino, los hubieran contemplado
sin el menor asombro; señal, aunque sin darse cuenta de ello, de
que, á sus ojos, valían mucho más las maravillas de la naturaleza.
Andrés era el único de los espectadores que no paraba mientes en
estas maravillas, ni las hubiera parado tampoco en las de la misma
Pari-Banú, si allí se hubiera presentado para transformar de repente
el castillo en un alcázar de oro con puertas de esmeraldas. Pensaba
en la llegada de su padre, y del barco de su padre, y á lo más, en
que toda aquella gente estaba allí para ver eso mismo que tanto le
interesaba á él, por ser hijo de quien era; es decir, del héroe de
la fiesta. ¡Si estaría hueco y gozoso y preocupado! Ligo le había
tomado por su cuenta; y después de andar con él de un lado para otro,
haciéndole reir ó ponerse colorado con las cosas que preguntaba al
Conde del Nabo sobre la flojedad de sus choquezuelas, ó á Caral
acerca de su _canoa_ (sombrero), se habían acomodado juntos en lo más
alto y saliente del promontorio.
Al fin, se oyeron muchas voces que exclamaron á un tiempo:
--¡Ahí está!
Y allí estaba, en efecto, la _Montañesa_, que abocaba orzando,
cargada de trapo hasta los topes, el pabellón ondeando en el pico de
cangreja, y con el práctico á bordo ya, pues que llevaba la lancha al
costado. Apenas arribó sobre la Punta del puerto, ya se la vió pasar
rascando la Horadada por el Sur del islote, y tomar en seguida, como
dócil potro bien regido, el rumbo de la canal. La brisa la empujaba
con cariño, y sobre copos de blandos algodones parecían mecerse sus
amuras poderosas.
Cada movimiento del barco arrancaba un comentario de aplauso á los
inteligentes de San Martín, y producía un tumulto en el corazón de
Andrés, que era el más interesado de todos en las valentías de la
corbeta y en la llegada de su capitán.
Así se fué acercando poco á poco, siguiendo inalterable su
derrotero, como quien pisa ya terreno conocido, que es, además,
camino de su casa; y tanto y con tal destreza atracaba la costa
de los espectadores, que cualquier ojo ducho en estas maniobras
hubiera conocido que el práctico que la gobernaba se había propuesto
demostrar á los _contramaestres de muralla_ que allí no se trabajaba
á lo zapatero de viejo, sino que se hilaba mucho y por lo fino. ¡Y
vaya si el tío Cudón, que era el práctico que había tomado á la
corbeta en el Sardinero, sabía, como el más guapo, _meter_ como una
seda el barco de mayor compromiso!
Y en esto continuaba arribando, con un andar de siete millas; y
llegó á oirse el rumor de la estela, y el crujir de la jarcia al
rehenchirse la lona, y el resonar de la cadena al ser sacada de sus
cajas, y plegadas á proa las brazas suficientes de ella para dar
fondo en el momento oportuno; algún espectador creía distinguir
caras conocidas sobre el puente; llegó á verse claro y distinto al
piloto _Sama_, sobre el castillo de proa, con sus botas de agua, su
chaquetón obscuro y su gorra de galón dorado... y Andrés, exclamando:
«¡mírale!» apuntó, con el brazo tendido, á su padre, de pie sobre
la toldilla de popa, junto á la rueda del timón, y la diestra en la
driza de la bandera, con la cual, momentos después y al hallarse
la corbeta casi debajo de la visual de los espectadores de San
Martín, respondió á las aclamaciones y saludos de éstos, izándola
tres veces seguidas, mientras se llenaba la borda de estribor de
tripulantes y pasajeros que agitaban al aire sus gorras y jipijapas.
Entonces pudieron gozarse á la simple vista todos los detalles de la
corbeta... ¡La muy presumida! ¡Cómo había cuidado, antes de abocar
al puerto, de sacudirse el polvo del camino y arreglarse todos sus
perifollos! Sus bronces parecían oro bruñido; traía las vergas
limpias de palletería, y sin sus forros de lona, burdas y cantos
de cofa; oscilaba en la batayola el catavientos de pluma, que sólo
se luce en el puerto, y flameaban en los galopes de la arboladura
la grímpola azul con el nombre del barco en letras blancas; la
contraseña de la casa, y la bandera blanca y roja de la matrícula de
Santander.
Otra vez saludó el pabellón de la _Montañesa_, y otra vez más
volvieron á cruzarse vítores, hurras y sombreradas entre la gente de
á bordo y la de tierra; y como si el barco mismo hubiera participado
del sentimiento que movía tantos ánimos, haciendo crujir de pronto
todo su aparejo, hundió las amuras en el agua hasta salpicar las
anclas, que ya venían preparadas sobre capón y boza, y se tendió
sobre el costado de babor, dejando al descubierto en el otro, por
encima de las lumbres de agua, más de una hilada de reluciente cobre.
En esta posición gallarda, meciéndose juguetona en el lecho de
hervorosa espuma que ella misma agitaba y producía, se deslizó á
lo largo del peñasco, rebasó en un instante del escollo de las
_Tres hermanas_, cargáronse en seguida sus mayores y se arriaron
gavias, foques y juanetes; y muy poco más allá, á la voz resonante
y varonil de _¡fondo!_ que se dejó oir perceptible y clara sobre el
puente, caía un ancla en el agua y se percibía el áspero sonido de
los eslabones, al filar por el escobén más de cuarenta brazas de
cadena. Con lo que la airosa corbeta, tras un fuerte estremecimiento,
quedó inmóvil sobre las tranquilas aguas del fondeadero de la _Osa_,
como corcel de bríos parado en firme por su jinete á lo mejor de su
carrera.
[Ilustración]
[Ilustración]
III
DÓNDE HABÍA CAÍDO LA HUÉRFANA DE MULES
Tío Mocejón, el de la calle alta (porque había otro Mocejón más joven
en el Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano con los
sesenta, de color de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos,
de bastante barba, casi blanca, muy mal nacida y peor afeitada
siempre, y tan recia y arisca como el pelo de su cabeza, en la cual
no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía
los _andares_ como todos los de su oficio, torpes y desaplomados; lo
mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar en tierra,
obscuro y desdeñoso. En tierra digo, porque en la mar, como andaba
en ella, ó por encima ó alrededor de ella venía cuanto en el mundo
podía llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el
apego instintivo al mísero pellejo le despertaban en el espíritu
los cuidados; y no hay como la luz de los cuidados para que echen
chispas los ojos más mortecinos. En cuanto á genio, mucho peor que
la piel, que la barba, las greñas, los andares y la mirada; no por
lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo áspero,
y lo desapacible. Unos calzones pardos, que al petrificarse con la
mugre, el agua de la mar y la brea de la lancha, habían ido tomando
la forma de las entumecidas piernas; unos calzones así, atados á la
cintura con una correa; unos zapatos bajos, sin tacones ni señal de
lustre, en los abotagados pies; un _elástico_ de _cobertor_, ó manta
palentina, sobre la camisa de estopa, y un gorro catalán puesto de
cualquier modo encima de las greñas, como trapo sucio tendido en un
bardal, componían el sempiterno envoltorio de aquel cuerpo, pasto
resignado de la roña, y muy capaz hasta de pactar alianzas con la
lepra, pero no de dejarse tocar del agua dulce.
Pues con ser así tío Mocejón, no era lo peor de la casa; porque le
aventajaba en todo la Sargüeta, su mujer, cuyo genio avinagrado y
lengua venenosa y voz dilacerante, eran el espanto de la calle, con
haber en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más alta que
su marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico de merluza,
dientes negros, ralos y puntiagudos; el color de las mejillas, rojo
curado; y lo demás de la cara, pergamino viejo; el pecho hundido,
los brazos largos; podían contarse los tendones y todos los huesos
de sus canillas, siempre descubiertas, y apestaba á _parrocha_ desde
media legua. Nunca se le conoció otro atalaje que un pañuelo obscuro
atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la frente y caído
hacia los ojos, para que no los ofendiera la luz; un mantón de lana,
también obscuro y también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre
el pecho las puntas y amarradas encima de los riñones; un refajo de
estameña parda, y en los pies unas chancletas con luces á todos los
vientos.
Sin embargo, hay quien asegura que era más llevadera esta mujer
inaguantable, que su hija Carpia, moza ya metida en los diez y nueve,
tan desaliñada y puerca como su madre, pero más baja de estatura,
más morena, más chata, tan recia de voz y tan larga de lengua, y,
además, _cancaneada_. Era de oficio sardinera, y cosa de taparse la
gente los oídos y los ojos y aun las narices, cuando ella pasaba con
el carpancho lleno, encima de la cabeza, chorreando la pringue sobre
hombros y espaldas, cerniendo el corto y sucio refajo al compás del
vaivén chocarrero de sus caderas, y pregonando á gañote limpio la
mercancía. Ninguna sardinera ponía la nota final más alta ni tan
bien sostenida; se llegaba á perder la esperanza de que aquel grito
áspero y penetrante tuviera fin. Pero que algún transeunte le diera
á entender esta sospecha con el menor gesto, ó mostrara su desagrado
con la más leve palabra; que cualquier fregona inexperta, después de
preguntarle desde el balcón de la cocina «_¿á cómo?_» no replicara
á su respuesta, ó replicara con malos modos, ó que después de haber
replicado, por ejemplo, «_á tres_,» y de haber dicho la sardinera
«_abaja_,» la fregona no bajara, ó tardara en bajar... ¡era cuanto
había que oir y que ver lo que decía y hacía Carpia entonces, con
el carpancho en el suelo en mitad de la calle y la vista unas veces
en su _agresor_, ó en el sitio que éste había ocupado, si se retiró
prudente á lo escondido temiendo la granizada, y otras en el primer
transeunte que cruzara á su lado, ó en todos los transeuntes, ó
en todos los balcones de la calle! Mirándola en aquel trance, se
dudaba cuál era en ella más asombroso, entre la palabra, la idea, el
gesto, la voz y los ademanes; y todo ello junto parecía imposible
que cupiera en una criatura humana, y del mismo sexo en el cual se
vinculan el aseo y la vergüenza. Y, sin embargo, Carpia no estaba
_enfadada_ de veras: aquello no era más que un ligero desahogo que
se permitía entre burlona y despechada; porque cuando se enfadaba,
es decir, cuando _reñía_ con todo el ceremonial del caso entre el
gremio, que ha llegado á formar escuela, y va á la hora presente en
próspera fortuna... ¡Dios de bondad!... En fin, casi tan terrible
como su madre, de quien tomó el estilo, ora oyéndola en la vecindad,
ora aprendiendo con ella á _correr la sardina_, llevando por las asas
el carpancho entre las dos.
Carpia tenía un hermano llamado Cleto, de menos edad que ella. Salía
este hermano más á la casta de su padre que á la de su madre. Era
sombrío y taciturno, pero trabajador. Andaba ya á la mar, y no se
llevaba bien con su hermana. La daba patadas en la barriga, ó donde
la alcanzaba, cuando llegaba el caso de responder á las desvergüenzas
de la sardinera.
No sabía _hablarla_ de otro modo.
Esta apreciable familia habitaba el quinto piso de una casa de la
calle Alta (acera del Sur) que tenía siete á la vista, y cuya línea
de fachada se extendía muy poco más que el ancho de sus balcones de
madera. Digo que tenía siete pisos á _la vista_, porque entre bodega,
cabretes, subdivisiones de pisos y buhardillas, llegaban á catorce
las habitaciones de que se componía; ó si se quiere de otro modo más
exacto, catorce eran las familias que se albergaban allí, cada una
en su agujero correspondiente, con sus _artes_ de pescar, sus _ropas
de agua_, sus cubos llenos de _agalla_ con arena para _macizo_, sus
astrosos vestidos de diario, y toda la pringue y todos los hedores
que estas cosas y personas llevan consigo necesariamente. Cierto que
los inquilinos que tenían balcón le aprovechaban para destripar en
él la sardina, colgar trapajos, redes, medio-mundos y _sereñas_, y
que tenían la _curiosidad_ de arrojar á la calle, ó sobre el primero
que pasara por ella, las piltrafas inservibles, como si el goteo
de las redes y de los vestidos húmedos no fuera bastante lluvia de
inmundicia para hacer temible aquel tránsito á los _terrestres_
que por su desventura necesitaran utilizarle; y en cuanto á los
cubiles que no tenían estos desahogaderos, allá se las componían tan
guapamente sus habitadores, engendrados, nacidos y criados en aquel
ambiente corrompido, cuya peste les engordaba. De todas maneras,
¿cómo remediarlo? No vivían mejor los inquilinos de las casas
contiguas y siguientes, ni los de la otra acera, ni todo el Cabildo
de Arriba... Lo propio que el de Abajo en las calles de la Mar, del
Arrabal y del Medio.
Volviendo á tío Mocejón, añado que era dueño y patrón de una
_barquía_, por lo cual cobraba de la misma dos _soldadas_ y media:
una y media por _amo_, y una por patrón; ó, lo que es lo mismo (para
los lectores poco avezados á esta jerga), de todo lo que se pescara,
hecho tantas partes como fueran los _compañeros_ de la barquía, se
tiraba él dos y media. Procedía de abolengo esta riqueza (mermada en
la mitad en manos de Mocejón, puesto que lo heredado por éste fué una
lancha); y nadie sabe la importancia que esta propiedad le daba entre
todo el Cabildo, en el cual era rarísimo el marinero que tenía una
parte pequeña en la embarcación en que _andaba_; ni lo que influyó
en la Sargüeta y en su hija Carpia para que llegaran á ser las más
desvergonzadas y temibles reñidoras del Cabildo.
Como tío Mocejón era bastante torpe en números, y se mareaba en
pasando la cuenta de la que él pudiera echar por los dedos de la
mano, bien agarrados, uno á uno, con la otra, la _patrona_, es decir,
su mujer, era quien cobraba cada sábado el pescado vendido durante la
semana al costado de la barquía, al volver ésta de la mar; lances en
los cuales había acreditado, principalmente, la Sargüeta, el veneno
de su boca, lo resonante de su voz, lo espantoso de su gesto, lo
acerado de sus uñas y la fuerza de sus dedos enredados en el bardal
de una cabeza de la Pescadería. Por eso, del cepillo de las Ánimas
sacara una revendedora los cuartos, si no los tenía preparados el
viernes por la noche, antes que pedir á la Sargüeta diez horas de
plazo para liquidar su deuda. Aunque _patronas_ se llaman todas las
mujeres de los patrones de lancha, cobren ó no por su mano las ventas
de la semana, en diciendo «la patrona» del Cabildo de Arriba, ya se
sabía que se trataba de la Sargüeta. ¡Qué tal patrona sería!
Ya se irá comprendiendo que no le faltaban motivos á la muchachuela
Silda para resistirse á volver á la casa de que huyó. En cuanto á
las razones que se tuvieron presentes para que la recogieran en
ella cuando se vió huérfana y abandonada en medio de la calle,
como quien dice, no fueron otras que la de ser Mocejón marinero
pudiente, y además, compadre de Mules, por haber éste sacado de pila
al único hijo varón de la Sargüeta. Que costó Dios y ayuda reducir
á Mocejón y toda su familia á que se hiciera cargo de la huérfana,
no hay necesidad de afirmarlo; ni tampoco que el padre Apolinar y
cuantas personas anduvieron con él empeñadas en la misma empresa
caritativa, oyeron verdaderos horrores, particularmente de Carpia y
de su madre, antes de lograr lo que intentaban; lo cual no aconteció
hasta que el Cabildo ofreció á Mocejón una ayuda de costas de vez en
cuando, siempre que la huérfana fuera tratada y mantenida como era
de esperar. Mocejón quiso, por consejo de su mujer, que la promesa
del Cabildo «se firmara en papeles por quien debiera y _supiera_
hacerlo;» pero el Cabildo se opuso á la exigencia; y como ya había
más de una familia dispuesta á recoger á Silda por la ayuda de costas
ofrecida, sin que se declarara en papeles la oferta, tentóle la
codicia á la Sargüeta, convenció á los demás de su casa, contando con
que, á un mal dar, del cuero le saldrían las correas á la muchacha,
y dióle albergue en su tugurio, y poco más que albergue, y mucho
trabajo.
Por de pronto, no hubo cama para ella: verdad que tampoco la tenían
Carpia ni su hermano. Allí no había otra cama, propiamente hablando,
y por lo que hace á la forma, no á la comodidad ni á la limpieza,
que el catre matrimonial, en un espacio reducidísimo, con luz á la
bahía, el cual se llamaba sala porque contenía también una mesita de
pino, una silla de _bañizas_, un escabel de cabretón y una estampita
de San Pedro, patrono del Cabildo, pegada con pan mascado á la pared.
Carpia dormía sobre un jergón medio podrido, en una alcoba obscura
con entrada por el _carrejo_, y su hermano encima del arcón en que se
guardaba todo lo guardable de la casa, desde el pan hasta los zapatos
de los domingos. Á Silda se la acomodó en un rincón que formaba el
tabique de la cocina con uno de los del carrejo, es decir, al extremo
de éste y enfrente de la puerta de la escalera, sobre un montón de
redes inservibles, y debajo de un retal de manta vieja. ¡Si la pobre
chica hubiera podido llevarse consigo la tarimita, el jergón, las dos
medias sábanas y el cobertor raído á que estaba acostumbrada en su
casa!... Pero todo ello y cuanto había de puertas adentro, no alcanzó
para pagar las deudas de su padre. Después de todo, aunque Silda
hubiera llevado su cama á casa de tío Mocejón, se habrían aprovechado
de ella Carpia ó su hermano, y, al fin, la misma cuenta le saldría
que no teniendo cama propia. No sé si discurría Silda de esta suerte
cuando se acostaba sobre el montón de redes viejas del rincón de la
cocina; pero es un hecho averiguado que tenderse allí, taparse hasta
donde le alcanzaba la media manta, y quedarse dormida como un leño,
eran una misma cosa.
Algo más que la cama extrañaba la comida. No era de bodas la de su
casa; pero la que había, buena ó mala, era abundante siquiera, porque
entre dos solas personas, repartido lo que hay, por poco que sea,
toca á mucho á cada una. Luégo, como hija única de su padre, que no
se parecía en el genio ni en el arte á Mocejón, era, relativamente,
niña mimada; por lo cual, de la parte de Mules siempre salía una
buena tajada para aumentar la de su hija; al paso que, desde que
vivía con la familia de la Sargüeta, nunca comía lo suficiente
para acallar el hambre; y lo poco que comía malo, y nunca cuando
más lo necesitaba, y, de ordinario, entre gruñidos é improperios,
si no entre pellizcos y soplamocos. Siempre era la última en meter
la cuchara común en la tartera de las berzas con alubias y sin
carne, y todos los de casa tenían un diente que echaba lumbres;
de modo que, por donde ellos habían pasado ya una vez, era punto
menos que perder el tiempo intentar el paso. ¡Tenían un arte para
cargar la cuchara!... Cada cucharada de Mocejón parecía un carro
de yerba. Solamente su mujer le aventajaba, no tanto en cargarla,
como en descargarla en su boca, que le salía al encuentro con los
labios replegados sobre las mandíbulas angulosas y entreabiertas, y
los dientes oblicuos hacia afuera, como puntas de clavos roñosos;
luégo... luégo nada, porque nunca pudo averiguar Silda, que no dejaba
de ser reparona, si era la boca la que se lanzaba sobre la presa,
ó si era la presa la que se lanzaba, desde medio camino, dentro de
la boca: ¡tan rápido era el movimiento, tan grande la sima de la
boca, tan limpia la dentellada, y tan enorme el tragadero por donde
desaparecía lo que un segundo antes se había visto, chorreando caldo,
á media cuarta sobre la tartera! No eran tan _limpios_ en el comer
Carpia y su hermano, aunque sí tan voraces; pero, lo mismo los
hijos que los padres, tenían la buena costumbre, antes de soltar en
la tartera la cuchara que acababan de tener en la boca, de darla
dos restregoncitos contra los calzones ó contra el refajo, á fin de
quitar escrúpulos al que iba á tomar con ella su correspondiente
cucharada, por riguroso turno.
Porque Silda no lo hizo así el primer día que comió en aquella casa,
la llamó puerca la Sargüeta y le dió Carpia un testarazo.
Cuando no había olla, cosa que no dejaba de ocurrir á menudo, si
abundaban las sardinas, Silda consolaba el hambre con un par de
ellas, asadas, con un gramo de sal, encima de las brasas; si no había
sardinas ó agujas, ó panchos ó raya, ó cualquier pescado de poca
estimación en la plaza (de lo cual le daba la Sargüeta una pizca mal
aliñada, ó un par de pececillos crudos), una tira de bacalao ó un
arenque, por todo compaño, para el mendrugo de pan de tres días, ó el
pedazo de borona, según los tiempos y las circunstancias. Tal era su
comida: fácil es presumir cómo serían sus almuerzos y sus cenas.
Entre tanto, tenía que andar en un pie á todo lo que se le mandara,
si quería comer eso poco y malo con sosiego; y lo que se le mandaba
era demasiado, ciertamente, para una niña como ella. Por de pronto,
ayudar á las mujeres de casa, dentro ó alrededor de ella, en el
_aparejo de la barquía_, es decir, componer las redes, secarlas,
hacer otro tanto con las velas y con _las artes_ de pescar, etc.,
etc... Cuando toda la familia, hombres y mujeres, iban á la pesca
de bahía, especialmente á la boga (pescado que entonces abundaba
muchísimo, y que desapareció por completo años después, debido,
según dice la gente de mar, á la escollera de Maliaño, porque
precisamente el espacio que ella encierra era donde las bogas
tenían su pasto), á la pesca de bahía tenía que ir Silda también,
y á trabajar allí, aunque niña, tanto ó más que las mujeres, ó que
Carpia, pues la Sargüeta rara vez iba ya á la bahía con su marido;
á ella se encomendaba preferentemente la engorrosa tarea de sacar
la _ujana_, hundiendo en la basa las dos manos, con los dedos
extendidos, como las _layas_ de los labradores, y virar luégo la
_tajada_, y deshacerla en pedacitos para dar con las _gusanas_, que
iba echando en una cazuela vieja, ó en una cacerolilla de hoja de
lata, con arena en el fondo. Otras veces se la veía con un cestito
al brazo, picoteando el suelo con un cuchillo, á bajamar, para dar
con las escondidas _amayuelas_; ó en las playas de arena, sacando
muergos con un ganchito de alambre. Pero, al cabo, estas tareas y
otras semejantes, aunque penosas, sobre todo en invierno, le daban
cierta libertad, y á menudo pasaba ratos muy entretenidos con niñas
y muchachos de su edad, que también andaban al muergo y á la amayuela
y á la gusana y al chicote. Esto fué siempre lo preferible para ella:
coger la esportilla y largarse á la Dársena, al _arqueo_ del chicote,
de la chapita y del clavo de cobre. Allí conoció á Muergo, y á Sula
y á otros muchos raqueros de la calle de la Mar, y, sobre todo, al
famoso _Cafetera_ (cuya biografía en libros anda años hace), que,
aunque de la calle Alta, no asomaba por ella jamás, y á Pipa y á
Michero, y á más de una chicuela que andaban con ellos á todo lo que
salía. Siguiendo á esta tropa menuda, se aficionó al Muelle-Anaos y á
la vida independiente y divertida que hacía en aquel terreno famoso,
en que cada cual campaba por sus respetos, como si estuviera á cien
leguas de la población y de todo país civilizado. Insensiblemente fué
retardando la hora de volver á casa, y volvía casi siempre con la
espuerta vacía. En ocasiones no volvió hasta por la noche; y como lo
mismo la sacudían el polvo por faltar una hora que por faltar todo el
día, optó serenamente por lo último; y al Muelle-Anaos acudía casi
diariamente aunque la mandaran á la Peña del Cuervo, y con los del
Muelle-Anaos aprendió á la Maruca. Así la conoció Andrés.
Es de advertir que Silda, aunque asistía á todas las empresas y á
todos los juegos de la pillería del Muelle-Anaos, rara vez tomaba
parte en ellos más que con la atención; no por virtud seguramente,
sino porque era de ese barro: una naturaleza fría y muy metida en
sí. Sabía dónde se _ufaba_ el cobre y el cacao y el azúcar, y de qué
manera, y dónde se vendía impunemente, y á qué precio; sabía dónde se
gastaban los cuartos, así adquiridos, en tazas de café con copa, y
lo que se daba por un ochavo, y por un cuarto, y por dos cuartos, y
hasta por un real; sabía cómo se jugaba al cané... y sabía muchísimas
cosas más que se enseñaban en aquella escuela de cuantos vicios
pueden arraigar en criaturas vírgenes de toda educación física y
moral; pero jamás en su espuerta entró cosa que no pudiera cogerse
á vista de todo el mundo; ni vendió en el barracón del tío Oliveros
un triste clavo ni una hebra de cáñamo; ni tomó en sus manos un
naipe para el cané, ni una piedra en las _guerras_ de Baja-mar entre
raqueros y terrestres, ó entre raqueros de la calle Alta y raqueros
de la calle de la Mar. Satisfacíase con asistir á todo y enterarse de
todo cuanto hacían los pilletes, impávida é insensible, por carácter,
como se ha dicho ya, no por virtud.
Andrés tampoco tomaba parte en las empresas _raqueriles_ de
los muchachos del Muelle-Anaos; pero sí en sus pedreas, en sus
zambullidas, en sus juegos de agilidad, en sus intentos, casi
siempre logrados, de atrapar un perro y arrojarle al agua con un
canto al pescuezo. Sus diversiones de preferencia allí eran remar
con Cuco en su bote, y pescar con un aparejillo que tenía, desde
las escaleras del Paredón. Esto le gustaba mucho también á Silda;
y en cuanto Andrés calaba la sereña, ya estaba ella á su lado, muy
calladita y con los ojos clavados en el aparejo.
--¡Que pican!--solía decir alguna vez que otra, muy por lo bajo,
viendo que la sereña se estremecía.
--Es picada falsa,--respondía Andrés sin halar el aparejo.
Y así se pasaban los dos larguísimos ratos. Cuando se _trababa_ algún
pancho, Silda ayudaba á Andrés á encarnar los anzuelos; y si los
panchos eran dos, ella destrababa el uno.
Y á todo esto, calladita, impasible, y siempre con la cara, las manos
y los pies limpios como un sol. Era como la señorita de aquella
sociedad de salvajes; á Andrés le hacía por eso mismo mucha gracia, y
tenía con ella consideraciones y miramientos que jamás usaba con las
otras niñas desarrapadas que solían andar por allí. En cambio, ella
no mostraba mayor inclinación al vestido y á los modales de Andrés,
que á la basura y á la barbarie de los raqueros. Al contrario, el
objeto de sus visibles preferencias parecía ser el monstruoso Muergo,
el más estúpido, el más feo y el más puerco de todos sus camaradas.
Mas estas preferencias no se revelaban en el hecho solo de acercarse
á él muy á menudo, pues á otros muchos se acercaba también, siempre
que le daba la gana, sino en que con ninguno era tan cariñosa como
con Muergo.
--¡Límpiate los mocos y lávate esa cara, cochino!--solía decirle;
ó--¿por qué no te esquilan esa greña?... Dile á tu madre que te ponga
una camisa.
Entre tantos puercos y descamisados como andaban por allí, solamente
se dolía de la roña y de la desnudez de Muergo. Y Muergo correspondía
á estas relativas delicadezas de Silda riéndose de ella, dándola
una patada, ó arrimándola un tronchazo, como el de la Maruca. ¡Y
la preferencia continuaba, por parte de Silda! ¿Por qué razón?
Vaya usted á saberlo. Acaso la fuerza del contraste; la misma
monstruosidad de Muergo; un inconsciente afán, hijo de la vanidad
humana, de domar y tener sumiso lo que parece indómito y rebelde, y
de embellecer lo que es horrible; hacer con Muergo lo que algunas
mujeres, de las llamadas elegantes en el mundo, hacen con ciertos
perros lanudos y muy feos: complacerse en verlos tendidos á sus
pies, gruñendo de cariño, muy limpios y muy peinados, precisamente
porque son horribles y asquerosos y no debieran estar allí.
Más fácil de explicar es la inclinación de Andrés al Muelle-Anaos
y á la pillería que en él imperaba. Hijo de marino y llamado á
serlo, los lances de la bahía le tentaban, y el olor del agua salada
y el tufillo de las carenas le seducían; y escogió aquel terreno
para satisfacer sus apetitos marineros, porque allí había botes
de alquiler, y lanchas abandonadas, y barcos en los careneros, y
ocasión de bañarse impunemente y en cueros vivos á cualquier hora
del día, y correr la escuela, y fumar con entera tranquilidad, y muy
principalmente porque otros chicos de su pelaje andaban también por
allí muy á menudo: ventajas todas que no podían hallarse reunidas
ni en la Dársena ni en _los cañones_ del Muelle. Sólo la Maruca las
ofrecía alguna vez; y por eso iba también, de tarde en tarde, á la
Maruca.
Por lo que hace á su amistad con los raqueros, no había otro remedio
que elegir entre ella y la fatiga de entrar en su terreno por la
fuerza de las armas, lo cual era algo pesado y expuesto para hecho
diariamente. Por lo común, se hacía la primera vez. Después se
firmaban las paces, y se vivía tan guapamente con aquella pillería,
cuidando de tenerla engolosinada con cigarros y cualquiera chuchería
de la ciudad, especialmente á Cuco, que, por su corpulencia y
barbarie, era el más temible en sus _bromas_, aunque, á su modo,
fuera sociable y cariñosote.
Y como Silda iba apegándose más y más á la vida regalona del
Muelle-Anaos, y sus ausencias de casa eran más largas cada día, y el
Cabildo no parecía acordarse de dar la ofrecida ayuda de costas, y
la familia de Mocejón estaba resuelta á no mantener de balde á una
chiquilla tan inútil y rebelde, ocurrió una noche lo de la tunda
aquélla, que obligó á Silda, que tantas había sufrido ya, á largarse
á la calle y á dormir en una barquía, por no querer aceptar la oferta
que, al bajar, la hizo al oído el bueno de tío Mechelín, marinero
que, con su mujer, tía Sidora, ocupaba la bodega, ó sea la planta
baja de la casa.
Y como es preciso hablar algo de esta nueva familia que aparece aquí,
y el presente capítulo tiene ya toda la extensión que necesita,
quédese para el siguiente, en el cual se tratará de ese asunto... y
de otros más, si fuere necesario.
[Ilustración]
[Ilustración]
IV
DÓNDE LA DESEABAN
Todo lo contrario de Mocejón y de la Sargüeta, así en lo físico como
en lo moral, eran Mechelín y tía Sidora. Mechelín era risueño, de
buen color, más bien alto que bajo, de regulares carnes, hablador,
y tan comunicativo, que frecuentemente se le veía, mientras echaba
una pipada á la puerta de la calle, referir algún lance que él
reputaba por gracioso, en voz alta, mirando á los portales ó á los
balcones vacíos de enfrente, ó á las personas que pasaban por allí,
á faltas de una que le escuchara de cerca. Y él se lo charlaba y
él se lo reía, y hasta replicaba, con la entonación y los gestos
convenientes, á imaginarias interrupciones hechas á su relato.
También era algo caído de cerviz y encorvado de riñones; pero como
andaba relativamente aseado, con la cara bastante bien afeitada, las
patillas y pelo, grises, no precisamente hechos un bardal, y era tan
activo de lengua y tan alegre de mirar, aquellas encorvaduras sólo
aparentaban lo que eran: obra de los rigores del oficio, no dejadez
y abandono del ánimo y del cuerpo. Entonaba no muy mal, á media voz,
algunas canciones de sus mocedades, y sabía muchos cuentos.
Su mujer, tía Sidora, también gastaba ordinariamente muy buen humor.
Era bajita y rechoncha; andaba siempre bien calzada de pie y pierna,
vestida con aseo, aunque con pobreza, y gastaba sobre el pelo pañuelo
_á la cofia_. Nadie celebraba como ella las gracias de su marido, y
cuando la acometía la risa, se reía con todo el cuerpo; pero nada le
temblaba tanto al reirse como el pecho y la barriga, que, tras de
ser muy voluminosos de por sí, los hacía ella más salientes en tales
casos, poniendo las manos sobre las caderas y echando la cabeza hacia
atrás. Pasaba por regular curandera, y casi se atrevía á tenerse por
buena comadrona.
Nunca había tenido hijos este matrimonio ejemplarmente avenido.
Tío Mechelín era _compañero_ en una de las cinco lanchas que había
entonces en todo el Cabildo de Arriba, en el cual abundaron siempre
más las barquías que las lanchas, y tía Sidora estaba principalmente
consagrada al cuidado de su marido y de su casa; á vender, por sí
misma, el pescado de su quiñón, cuando no hubiera preferido venderlo
al costado de la lancha, y acompañar, á jornal, en la Pescadería, á
alguna revendedora de las varias que la solicitaban en sus faenas de
pesar, cobrar, etc. El tiempo sobrante le repartía en la vecindad
de la calle, recetando cocimientos aquí, restañando heridas allá,
cortando un refajo para Nisia ó frunciendo unas mangas para Conce...
ó «apañando una criatura» en el trance amargo.
Como no había vicios en casa, ni muchas bocas, tía Sidora y su marido
se cuidaban bastante bien, y hasta tenían ahorradas unas monedas de
oro, bien envueltas en más de tres papeles, y guardadas en lugar
seguro, para «un por si acaso.» Los domingos se remozaban, ella con
su saya de mahón azul obscuro; medias, azules también, y zapatos
rusos; pañolón de seda negra, con fleco, sobre jubón de paño, y á la
cabeza otro pañuelo obscuro. Él, con pantalón acampanado, chaleco y
chaqueta de paño negro fino, corbata á la marinera, ceñidor de seda
negra y boina de paño azul con larga borla de cordoncillo negro; la
cara bien afeitada, y el pelo atusado... hasta donde su aspereza lo
consintiera.
Todas estas prendas, más una mantilla de franela con tiras de
terciopelo, que usaban las mujeres para los entierros y actos
religiosos muy solemnes, las conservaron hasta pocos años há, como
traje característico y tradicional, las gentes de ambos Cabildos de
mareantes.
Con una moza del de Abajo llegó á casarse (¡raro ejemplar!) un
hermano de Mechelín, que era callealtero, como toda su casta. ¡Bien
se lo solfearon deudos, amigos y comadres! «¡Mira que eso va contra
lo regular, y no puede parar en cosa buena! ¡Mira que _ella_ tampoco
lo es de por suyo ni de casta lo trae!... ¡Mira que Arriba las tienes
más de tu parigual y conforme á la ley de Dios, que nos manda que
cada pez se mantenga en su playa!... ¡Mira que esto y que lo otro, y
mira que por aquí y mira que por allá!»
Y resultó, andando el tiempo, lo anunciado en el Cabildo de Arriba;
no, á mi entender, porque la novia fuera del de Abajo, sino porque
realmente no era buena «de por suyo,» y se dió á la bebida y á la
holganza, hasta que el pobre marido, cargado de pesadumbres y de
miseria, se fué al otro mundo de la noche á la mañana, dejando
en éste una viuda sin pizca de vergüenza, y un hijo de dos años,
que parecía un perro de lanas, de los negros. Mechelín y su mujer
amparaban, en cuanto podían, á estos dos seres desdichados; pero
al notar que sus socorros, lo mismo en especie que en dinero, los
traducía la viuda en aguardiente, dejando arrastrarse por los suelos
á la criatura, desnuda, puerca y muerta de hambre, amén de echar
pestes contra sus cuñados, por roñosos y manducones, y de que el
chicuelo, á medida que crecía, se iba haciendo tan perdido y mucho
más soez que su madre, cortaron toda comunicación con sus ingratos
parientes. Así pasaron cuatro años, durante los cuales creció el
rapaz y llegó á ser el Muergo que nosotros conocemos. Muergo, pues,
era sobrino carnal de tío Mechelín, en cuya casa no recordaba haber
puesto jamás los pies; y su madre, la _Chumacera_, sardinera á ratos,
había obtenido por caridad de los que fueron compañeros de lancha de
su difunto, la peseta diaria que gana una mujer por el trabajo de
madrugar para la compra de _carnada_ (cachón, magano, etc.), para la
lancha, á los pescadores ó boteros de la costa de la bahía. El miedo
á perder la ganga de la peseta, la obligaba á ser fiel y puntual en
este encargo, único que supo desempeñar honradamente en toda su vida.
¡Con cuánto gusto tío Mechelín y su mujer hubieran llevado á su lado
al niño, huérfano de tan buen padre, si hubieran creído posible
sacar algo, mediano siquiera, de aquella veta montuna y bravía, y
muy particularmente sin los riesgos á que les exponía este continuo
punto de contacto con la sinvergüenza de su madre! Porque el tal
matrimonio se perecía por una criatura de la edad, poco más ó menos,
del salvaje sobrino, para que llenara algo la casa, como la llenan
los hijos propios, tan deseados de todos los que no los tienen. Así
es que cuando comenzaron las negociaciones del padre Apolinar con
tío Mocejón para que éste recogiera á Silda en su casa, los ojos se
les iban á los inquilinos de la bodega detrás de la niña que jugaba
en la calle; y muy tentados estuvieron más de una vez, viendo bajar
al fraile de mal humor, á tirarle del manteo para llamarle adentro y
decirle por lo bajo:--«Tráigala usté aquí, pae Polinar, que nosotros
la recibiremos de balde, y muy agradecidos todavía.»--Pero el acuerdo
era cosa del Cabildo, que bien estudiado le tendría; y además, no
querían ellos que en casa de Mocejón llegara á creerse que el intento
de apandarse «la ayuda de costas» ofrecida, era lo que les movía á
recoger á la huérfana.
--¡Cuidao--decía Mechelín á tía Sidora,--que ni pintá en un papel
resultara más al respetive de la comenencia!... ¡Finuca y limpia es
como una canoa de rey!
--En verdá--añadía tía Sidora,--que pena da considerar la vida que la
aguarda _allá arriba_, si Dios no se pone de su parte.
--¡Uva!--añadía el marido, que usaba esta interjección siempre que, á
su entender, un dicho no tenía réplica.
Cuando Silda fué recogida en el quinto piso, tío Mechelín, que la vió
subir, dijo á tía Sidora:
--¡Enfeliz!... ¡No tendrás tan buen pellejo cuando abajes!... ¡Y eso
que has de abajar pronto!
--Lo mismo creo--respondió la mujer, muy pensativa y con las manos
sobre las caderas.--Pero tú y yo, agua que no hemos de beber,
dejémosla correr; y la lengua, callada en la boca, que más temo á esa
gente de arriba, que á una galerna de marzo.
--¡Uva!--concluyó Mechelín con una expresiva cabezada, guiñando un
ojo, dándose media vuelta y poniéndose á canturriar una seguidilla,
como si no hubiera dicho nada, ó temiera que le pudieran oir los de
arriba.
Pero desde aquel momento no perdieron de vista á la pobre huérfana,
que, á juzgar por su impasible continente, parecía ser la menos
interesada de todos en la vida que arrastraba en el presidio á que se
la había condenado, creyendo hacerla un favor. Se condolían mucho de
ella, viéndola en los primeros meses, de invierno riguroso, entrar en
casa tiritando y amoratada de frío, con el cesto de los muergos al
brazo, ó con la cacerola de _gusanas_ entre manos; ó bajar del piso
con cardenales en la cara, ó con el pañuelito del cuello por venda
sobre la frente. Nunca la vieron llorar ni señales de haber llorado,
ni pudieron sorprender entre sus labios una queja. En cambio, la
lengua se le saltaba de la boca á tía Sidora con las ganas que tenía
de sonsacar pormenores á la niña; pero el miedo que tenía á los
escándalos de la familia de Mocejón, la obligaban á contenerse. En
ocasiones, al sentir que bajaba Silda, se atravesaba el pescador ó la
marinera, á la puerta de la calle, con un zoquete de pan, haciendo
que comía de él, pero, en realidad, por tener un pretexto para
ofrecérsele.
--¡Bien á tiempo llegas, mujer!--le decía con fingida sorpresa.--Á
volver iba al arca este pan, porque no tengo maldita la gana. Si tú
le quisieras...
Y se le dejaba entre las manos, preguntándole al oído:
--¿Qué tal andamos hoy de apetito?
--Una cosa regular,--decía la niña, revelando, en el afán con que
apretaba el zoquete, las ganas que tenía de devorarle.
Pero no podían conseguir que se detuviera allí un instante, ni que al
pasar les dijera una sola palabra de las que ellos querían oir. ¿Era
miedo que tenía la niña á las venganzas de sus _protectores_? ¿Era
dureza y frialdad de carácter?
Ellos achacaban la reserva á lo primero, y esta consideración doblaba
á sus ojos el valor de las prendas morales de aquella inocente
mártir.
Vieron, días andando, cómo ésta volvía tarde á casa, y averiguaron la
vida que hacía fuera de ella, y los castigos que se le daban por su
conducta, y las veces que había dormido á la intemperie, en el quicio
de una puerta ó en el panel de una lancha.
--¡Y acabarán con la enfeliz criatura, dispués de
perderla!--exclamaba tío Mechelín al hablar de ello.--Tan tiernuca
y polida, dela usté carena por la mañana, lapo al megodía y taringa
por la noche, con poco de boquiblis, y no digo yo ella, un navío de
tres puentes se quebranta... ¡Fuérame yo, en su caso, pa no golver en
jamás!
--Como llegará á suceder--añadió la marinera,--si Dios antes no lo
remedia. ¡Eso tiene el poner, sin más ni más, la carne en boca de
tiburones!
--¡Uva!
Una noche, después de haber resonado hasta en la bodega los horrores
que vomitaban en el quinto piso las bocas de la Sargüeta y de
Carpia contra la niña, que poco antes había llegado á casa, y dos
ayes de una voz infantil, penetrantes, agudos, lamentosos, como si
inopinadamente una mano brutal arrancara de un tirón á un cuerpo
lleno de salud todas las raíces de la vida; después de haberse
asomado á la puerta de cada guarida algún habitante de ella, no
obstante lo frecuentes que eran en aquella vecindad, más arriba
ó más abajo, las tundas y los alborotos, tío Mechelín y su mujer
vieron á Silda que bajaba el último tramo de la escalera con igual
aceleramiento que si la persiguieran lobos de rabia. La salieron
al encuentro en el portal (tía Sidora con el candil en la mano),
y observaron que la niña traía las ropitas en desorden, el pelo
enmarañado, los ojos humedecidos, la mirada entre el espanto y la
ira, la respiración anhelosa y el color lívido.
--¡Déjeme pasar, tía Sidora!--dijo la niña á la marinera, al ver que
ésta le cerraba el camino de la calle.
--Pero ¿aónde vas, enfeliz, á tales horas?--exclamó la mujer de
Mechelín, tratando de detenerla.
--Me voy--respondió Silda deslizándose hacia la puerta, no cerrada
todavía,--para no volver más. ¡Todos son malos en esa casa!
--¡Métete en la mía, ángel de Dios, siquiera hasta mañana!--dijo el
pescador, deteniendo con gran dificultad á la niña.
--¡No, no!--insistió ésta, desprendiéndose de la mano que blandamente
la sujetaba,--que está muy cerca de la otra.
Y salió del portal como un cohete.
--¡Pero escucha, alma de Dios!... ¡Pero aguarda, probetuca!...
Así exclamaba tía Sidora viendo desaparecer á Silda en las tinieblas
de la calle, sin resolverse á dar dos pasos en ella detrás de la
fugitiva; porque el mismo Mechelín, con tener buena vista entre las
mejores de los de su oficio, no pudo saber, por ligero que anduvo, si
la niña había seguido calle adelante, hacia Rua Mayor, ó había tirado
hacia el Paredón, ó por la cuesta del Hospital.
El lector sabe lo que fué de ella aquella noche y á la mañana
siguiente, por habérselo oído referir á Andrés y haberla visto, tan
descuidada y campante, en casa del padre Apolinar, junto á la Maruca,
en la Fuente Santa y en los prados de Molnedo.
No habría llegado á la Maruca con Andrés y su séquito de raqueros,
cuando ya el padre Apolinar, con el sombrero de teja caído sobre
los ojos, la cabeza muy gacha por miedo á la luz, y los embozos del
pelado manteo recogidos entre sus manos cruzadas, restregando alguna
vez que otra el cuerpo contra la camisa (si es que no la había dado
también, desde que salimos de su casa con el relato) y carraspeando á
menudo, atravesaba los Mercados del Muelle con rumbo á la calle Alta.
Sin ser visto ¡cosa rara! de la tía Sidora, cuando menos, pues estaba
abierta de par en par la puerta de su bodega, llegó al quinto piso,
y llamó con los nudillos de la mano, diciendo al mismo tiempo:
--¡Ave María!
Una voz de mujer respondió una indecencia desde allá dentro; pero con
tal dejo, que el exclaustrado, sin soltar de sus manos cruzadas los
embozos del manteo, se rascó dos veces seguidas las espaldas, por el
procedimiento acostumbrado, y murmuró, después de carraspear:
--¡Mucha mar de fondo debe haber aquí!
En seguida volvió á carraspear y á resobarse; empujó la puerta, como
la voz se lo había ordenado, y entró.
Mocejón estaba á la mar; pero estaban en casa, destorciendo filástica
de chicotes viejos, la Sargüeta y su hija, las cuales, aunque no
esperaban seguramente la visita del bendito fraile, en cuanto le
vieron delante sospecharon el motivo que le llevaba allí; porque,
con tener todavía entre dientes el suceso de la noche anterior,
recordaron las insistencias del padre Apolinar para que se cumplieran
los intentos del Cabildo respecto de la huérfana de Mules; las torres
y montones que les había ofrecido en cambio del amparo que les pedía;
las veces que le habían reclamado infructuosamente el cumplimiento
de las ofertas... En fin, que les dió el corazón que venía _á lo de
Silda_; y sin esperar á que acabara de darles los buenos días, ya
temblaba la casa.
Tío Mechelín no había ido á la mar aquel día, porque había pasado la
noche con un ladrillo caliente, envuelto en bayeta amarilla, en el
costado de estribor, para matar un dolorcillo que se le presentó poco
antes de meterse en la cama; obra, en su opinión y en la de su mujer,
del disgusto que tomó, en seguida de la cena, con el suceso de Silda.
El dolor se calmó mucho á la madrugada, y en dudas estuvo el enfermo,
al oir en la calle el grito de _¡arriba!_ del _deputao_ que tiene
esa obligación, y por ella cobra, de levantarse como todos los demás
compañeros; pero no se lo consintió su mujer, y se aguantó en la cama
hasta bien entrado el día.
Entonces se vistió; desayunóse con una mediana ración de cascarilla
con leche, y, por no aburrirse, se puso á torcer, _á la teja_, unos
cordeles de merluza. No le llenaba del todo este procedimiento, pues
era más recomendado, por más seguro, el de torcer _á la pierna_, es
decir, sobre el muslo con la palma de la mano, en lugar de atar un
casco de teja al extremo de la cuerda y hacerle dar vueltas en el
aire. Pero notó tío Mechelín, al ponerse á trabajar, que al continuo
sobar la cuerda con la palma de la mano sobre el muslo, se le
despertaba el dolor con más crudeza que del otro modo, y optó por el
cascote. Así estuvo trabajando hasta muy cerca del mediodía.
Mientras él remataba la última braza de las noventa que pensaba
dar al cordel que tenía entre manos, su mujer colocaba, pues sabía
hacerlo primorosamente, un anzuelo grande, el único que lleva el
aparejo de merluza, al extremo de la _sotileza_, ó alambre fino en
que debía terminar el cordel, y tenía convenientemente dispuesto el
_chumbao_, ó peso de plomo que se amarra en el empalme de la sotileza
con el cordel, para que el aparejo, al ser calado, se vaya á pique.
Por tales alturas andaba ya este negocio, cuando en las de la
escalera se oyeron las voces de la Sargüeta y de Carpia, que
respectivamente decían á gritos:
--¡Pegotón!
--¡Magañoso!
Y al mismo tiempo el zumbar de otra voz áspera y varonil, y los
golpes sonoros en los inseguros peldaños, como de zancas torpes que
bajaran por ellos, saltándolos de tres en tres.
El matrimonio de la bodega salió despavorido al portal, á donde no
tardó en llegar, haciéndose cruces con una mano, agarrándose con
la otra á la sucia barandilla y murmurando latines y fulminando
conjuros, el padre Apolinar.
--_¡De ira proterva... de iniquitatibus earum... libera me...
libera me, Domine, et exaudi orationem meam!..._ ¡Jesús, Jesús...
Jesús, María y José!... ¡Furias, furias del averno!... ¡Ufff!...
_¡Fúgite... fúgite!..._ ¡Carne mísera!... ¡Tu palabra impía
escandalizará á la tierra; pero el Señor te confundirá... te
confundirá!... ¡Alabado sea su santísimo nombre!
Así bajaba exclamando el aturdido fraile, y así llegó al último
peldaño, sin dejar de oirse las otras voces que desde allá arriba le
apedreaban con amenazas y con improperios.
--¡Farfallón!
--¡Piojoso!
Esto fué de lo más blando y lo último que se le dijo al pobre
hombre... desde lo alto de la escalera; porque, apenas callaron allí
las voces, aparecieron en el balcón, más venenosas y desvergonzadas,
contando las voceadoras con dar al fraile una corrida en pelo á todo
lo largo de la calle. Mirándola con espanto se quedó el infeliz, al
oirlas de nuevo por allí, con los pies clavados en el portal y un
latín cuajado en la entreabierta boca. ¡Salir entonces! ¡Quién se lo
mandara!
Pero no hubiera salido de ningún modo, porque para que no saliera sin
hablar con ellos, se le habían puesto delante tía Sidora y su marido;
los cuales, haciéndole señas para que callara, le cogieron cada uno
por un embozo del manteo y le condujeron á la bodega, cuya puerta
cerraron después de entrar.
Tenía esta habitación una salita con alcoba, á la parte del Sur,
con una ventana enrejada que las llenaba de luz, y aun sobraba algo
de ella para alumbrar un poco una segunda alcoba, separada de la
primera por un tabique con un ventanillo en lo alto, y entrada por
el carrejo que conducía á la sala desde la puerta del portal. Cuando
esta puerta se abría, se notaban ciertas señales de claridad en la
cocina y dos mezquinas accesorias que caían debajo de la escalera.
Cerrada la puerta, todo era negro allí, y no tenía otro remedio
tía Sidora que encender el candil, aunque fuera al mediodía. Las
puertas de las alcobas tenían cortinas de percal rameado; las paredes
estaban bastante bien blanqueadas, y en las de la sala había tres
estampas: una de la Virgen del Carmen, otra de San Pedro, apóstol,
y otra del Arcángel San Miguel, con sus marcos enchapados de caoba.
Debajo de la Virgen del Carmen había una cómoda con su espejillo de
tocador encima, algo resobado todo ello y marchito de barniz; pero
muy aseado, como las cuatro sillas de perilla y los dos escabeles de
pino, y el cofre de cuero peludo con barrotes de madera claveteada,
y hasta el cesto de los aparejos, que estaba encima de uno de los
escabeles, y el suelo de baldosas que sostenía todos estos muebles y
cachivaches. La cama, que se veía por entre las cortinas recogidas
sobre sendos clavos romanos, algo magullados ya y contrahechos,
llenando dos tercios muy cumplidos de la alcoba, no estaba mal de
mullida, á juzgar por lo mucho que abultaba lo que cubría una colcha
de percal, llena de troncos entretejidos de gallos encarnados y
azules, y de otros volátiles pintorescos. El tufillo que se respiraba
allí, algo transcendía á dejo de pescado azul y humo reconcentrado;
pero, así y todo, una tacita de plata llena de pomada de rosas
parecía aquella bodega, comparada con todas y cada una de las
viviendas de la escalera.
Y vamos al caso. Fray Apolinar fué conducido, del modo susodicho,
hasta la salita. Allí se dejó caer en una silla que le preparó muy
solícito tío Mechelín; y después de quitarse el sombrero, que puso
sobre otra silla, y de pasarse por la cara un arrugado pañuelo de
yerbas, continuó así sus interrumpidas lamentaciones:
--¡Carne... carne mísera, frágil y pecadora! ¡Buff!... ¡Qué
sinvergüenzas!... ¡Ni consideración al hombre de bien, ni respeto
al sacerdote... ni temor de Dios! ¡Y seguirá el improperio, á la
luz del día! ¡Lenguas de serpiente! Á bien que yo nada debo y con
nada pago. ¡Magañoso!... Corriente: el hombre más honrado puede
serlo como yo lo soy... y como lo es ella, cuerno; que bien magañosa
es... ¡Farfallón!... porque ofrezco, en nombre de otro, lo que
otro se resiste á dar... porque no debe darlo... ¿Es merecido el
epíteto?... Pues dígote ¡pegotón! ¡Pegotón! ¿Por qué? ¿De quién?
Cierto que nadie lo creerá del padre Apolinar... Pero los que no le
conozcan... ¡Y en qué ocasión! Mira, hombre... ¡y Dios me confunda
si lo hago por bambolla!... (Y se levantó la sotana hasta más arriba
de las rodillas, dejando ver que sólo cubría sus largas piernas
con unos calzoncillos de algodón y unas medias negras y recosidas,
de estambre.) Y perdona el modo de señalar, Sidora; pero una hora
hace tenía yo pantalones, aunque malos... ¡Mira si he prosperado de
entonces acá!... ¡Si seré pegotón!... ¡Carne, carne concupiscente
y corrompida!... Pero, en fin, más pasó Cristo por nosotros, con
ser quien era... ¡Desvergonzadas!... _Et dimite nobis, Domine,
debita nostra, sicut nos dimitimus debitoribus nostris..._ Porque
yo os perdono con todo mi corazón; y si otra me queda, que con ella
reviente... ¡Picaronazas!... ¿Sigue el infierno vomitando escorias
todavía, Miguel?... ¿Oyes sus voces protervas en el balcón, Sidora,
tú que tienes buen oído?
--Y á usté ¿qué le importa que griten ó que se callen?--respondió
la marinera, queriendo echar á broma aquel paso, que transcendía á
prólogo de tragedia.--Hágales la cruz como al demonio, y témplese
los niervos; que cuanto más solimán echen ahora, menos tendrán en el
cuerpo para la otra vez.
--¡Uva!--añadió tío Mechelín, que no quitaba ojo al exclaustrado,
ni perdía una palabra de las pocas, pero buenas, que llegaban á sus
oídos desde el balcón del quinto piso, no obstante estar cerrada la
puerta de la bodega.--¡Esa es la fija: proba á la cellisca, y vira
por avante!
--Es que, si declaro mi verdad, ni en este puerto cerrado me creo
seguro contra esos huracanes... ¡Si huelen que estoy aquí!...
¡Cuerno!... Y no es que tiemble mi carne flaca, sino que temo más á
una mala lengua que á un bote de metralla.
--Si agüelen que está usté aquí, pae Polinar--repuso en voz solemne
tío Mechelín, preparándose como para decir una gran cosa;--si agüelen
que está usté aquí... será como si no lo agolieran; porque á mi casa
no atraca naide cuando yo hago una raya en la puerta.
--¡Bah!...--añadió tía Sidora con muchísimo retintín.--¿No hay más
que querer asomar el bocico en casa de naide, pa salirse con la
suya?... Échese, échese á la espalda, pae Polinar, esos cuidaos, y
díganos, con dos pares de rejones que las entren de pecho á espalda,
¿qué mil demonios ha tenido con ellas? ¿Qué mala ventisca le llevó
hoy, santo de Dios, á caer entre las uñas de esas gentes?
--¡Uva, uva!... Eso es lo que hay que saber.
--Pues, hijos de mi alma--dijo el exclaustrado después de enjugar
blandamente los sanguinolentos bordes de sus párpados con un retal de
lienzo fino que traía guardado para esos lances,--con dos palabras os
mataré la curiosidad... Que se presenta en mi casa la niña...
--¿Qué niña?
--La del difunto Mules.
--¿Silda?
--Así creo que se llama.
--¿Cuándo se presentó?
--No creo que hace una hora todavía.
--¿De ónde venía?... ¿Ónde está?
--Cállate esa boca, hombre; que todo irá saliendo cuando deba
salir... Y dempués, pae Polinar, ¿qué resultó?
--Digo que se me presenta la niña, ó, para que el demonio no se ría
de la mentira, me la presentan, y se me dice: «Padre Apolinar, que
anoche la golpearon y la maltrataron en su casa, y se escapó de
ella, y durmió en una barquía; y que ya no tiene más casa que la
calle, con el cielo por tejado... y que á ver cómo arregla usted este
negocio...» Porque ya sabéis, hijos míos, que al padre Apolinar se le
encomienda, en los dos Cabildos, el arreglo de todas las cosas que
no tienen compostura... Esa es mi suerte. No es cosa mayor; pero las
hay peores... y, sobre todo, á mí no me toca escoger... Que el padre
Apolinar oye esto, y que, en bien de la niña desamparada, piensa
acudir á casa de Mocejón, para oir... para saber... para implorar, si
convenía... Y que vengo, y que llamo, y que me mandan entrar, y que
entro... y que en lugar de oirme, me injurian y vilipendian, porque
intercedí para que recogieran á la muchacha, y el Cabildo no les ha
dado lo que les ofreció por otras bocas y por la mía; y que me lo
habré comido yo, y que me harán y que me desharán... Y ¡cuerno! que
tuve que salir ahumando, porque no me devoraran aquellas furias... Y
ya sabéis del caso tanto como yo.
Tía Sidora y su marido cambiaron entre sí una mirada de inteligencia;
y no bien acabó el padre Apolinar su relato, díjole aquélla:
--¿De modo que, á la hora presente, Silda está sin amparo?
--Como no sea el de Dios...--respondió el fraile.
--Ese á naide falta--replicó la marinera;--pero ayúdate y te
ayudaré... Y ¿qué es de ella, la enfeliz?
--No te lo puedo decir. De mi casa salió... para ir á ver entrar la
_Montañesa_, con el hijo del capitán... ¡Mira si la acongoja bien lo
que le pasa! ¡Recuerno con la cría!
--Cosas de inocentes, pae Polinar. Dios lo hace. Y usté, ¿qué rumbo
piensa tomar?
--El de mi casa en cuanto salga de aquí.
--Digo yo respetive á la muchacha.
--Pues respetive á la muchacha digo yo también. Después, daré cuenta
de todo al Alcalde de mar de este Cabildo, para que sepa lo que
ocurre; y allá se descuernen ellos... Yo, _lavo inter inocentes manus
meas_.
--Y si en tanto le saliera á la probe desampará un buen
refugio--preguntó tía Sidora, mientras su marido confirmaba las
palabras con expresivos gestos y ademanes,--¿por qué no le había de
aprovechar?
--¡Uva!--concluyó tío Mechelín acentuando la interjección con un
puñetazo al aire.
--¡Un buen refugio!--exclamó el fraile.--¿Qué más quisiera ella! ¿qué
más quisiera yo! Pero ¿dónde está él, Sidora de mis pecados?
--Aquí--respondió con vehemencia cordialísima la marinera, sacando
más pecho y más barriga que nunca.--En esta misma casa.
--¡Uva!--añadió tío Mechelín.--En esta misma casa.
--¡Aquí!--exclamó asombrado fray Apolinar.--Pero ¿estáis dejados de
la mano de Dios! ¡Tenéis la paz y buscáis la guerra!
--¿Por qué la guerra?
--¿Sabéis que es una cabra cerril esa chiquilla?
--Porque no ha tenido buenos pastores: ahora los tendría.
--¿Y _las_ del quinto piso?... ¿Pensáis que os darán hora de sosiego?
--Ya nos entenderemos con esas gentes: por buenas, si va por las
buenas; y si va por malas... hasta para la mar hay conjuros, bien lo
sabe usté.
--Pues, hijos--exclamó fray Apolinar, levantándose de la silla y
calándose el sombrero de teja,--con tan buena voluntad, no ha de
faltaros el auxilio de Dios. Mi deber era poneros en los casos; y ya
que os puse y no os espantan, digo que me alegro por el bien de esa
inocente; y como no digo más que lo que siento, ahora mismo me largo
en busca de su rastro, sin más miedo á los demonios del balcón que á
los mosquitos del aire... Bofetones, afrentas y cruz sufrió Cristo
por nosotros... Ánimo, y á sufrir algo por Él.
Y salió, acompañado del honradote matrimonio. Al pasar por delante
de la alcoba del carrejo, tía Sidora, alzando las cortinillas de la
puerta, dijo, deteniendo al fraile:
--Mire y perdone, pae Polinar. Aquí pensamos ponerla. Se llevarán
estas ropas de agua y todos estos trastos de la mar, que ocupan mucho
y no agüelen bien, al rincón de ajunto la cocina; se arreglará,
como es debido, la cama, que ahora no tiene más que el jergón; y
hasta el dormir la oiremos nosotros desde la otra alcoba. ¡Verá qué
guapamente va á estar!... Como hubiera estado el lichón de mi sobrino
si fuera merecedor de ello.
--¿Qué sobrino?--preguntó el fraile andando hacia la puerta del
portal.
--El hijo de la Chumacera, de _allá abajo_.
--¡Ah, vamos... Muergo!... ¡Buen pez! Si va de la que va, te digo
que hará buena á su madre. Carne, carne también, mordida del gusano
corruptor... ¡Buen pez!... ¡bueno, bueno, bueno! Con que hasta luégo:
vaya, adiós, Miguel; ea, adiós, Sidora.
Los cuales le oyeron claramente murmurar estas palabras, en cuanto
puso los pies en el portal:
--_¡Domine, exaudi orationem meam!_
Porque sin duda iba pidiendo al Altísimo que le librara de las
injurias que las del quinto piso quisieran lanzarle desde el balcón.
Si hace la salida un minuto antes, el haber pasado, como pasó, desde
aquel punto de la calle hasta la esquina de la cuesta del Hospital,
sin oir una injuria, hubiera sido un verdadero milagro; pues aún
estaban entonces, de codos sobre la barandilla, echando pestes por la
boca, la Sargüeta y su hija Carpia.
[Ilustración]
[Ilustración]
V
CÓMO Y POR QUÉ FUÉ RECOGIDA
No se le olvidaban á Andrés, con las glorias, las memorias. Había
prometido á Silda ver al padre Apolinar al volver de San Martín; y
para cumplir su promesa, dejó el camino derecho que llevaba, un poco
después del mediodía, por detrás del Muelle, y se dirigió á la calle
de la Mar, atravesando una galería de los Mercados de la Plaza Nueva.
Sentada en el primer peldaño de la escalera del padre Apolinar, halló
á Silda, muy entretenida en atarse al extremo de su trenza de pelo
rubio, un galón de seda de color de rosa. Tan corta era la trenza
todavía, que después de pasada por encima del hombro izquierdo,
apenas le sobraba lo necesario para que los ojos alcanzaran á
presidir las operaciones de las manos; así es que éstas, y la trenza
y el galón y la barbilla, contraída para no estorbar la visual de
los ojos entornados, formaban un revoltijo tan confuso, que Andrés
no supo, de pronto, de qué se trataba allí.
--¿Qué haces?--preguntó á Silda en cuanto reparó en ella.
--Ponerme esta cinta en el pelo,--respondió la niña, mostrándosela
extendida.
--¿Quién te la dió?
--La compremos con el cuarto que le echastes á Muergo. Él quería
pitos, y Sula caramelos; pero yo quise esta cinta que había en una
tienduca de pasiegas, y la compré. Después me vine á esperarte aquí,
para saber _eso_.
--¿Está en casa pae Polinar?
--No me he cansado en preguntarlo,--respondió Silda con la mayor
frescura.
--¡Vaya, contra!--dijo Andrés, puesto en jarras delante de la niña,
dando una patadita en el suelo y meneando el cuerpo á uno y otro
lado.--Pues ¿á quién le importa saberlo más que á tí?
--¿No quedemos en que subirías tú, y yo te esperaría en el portal?
Pus ya te estoy esperando; con que sube cuanto antes.
Andrés comenzó á subir de dos en dos los escalones. Cuando ya iba
cerca del primer descanso, le llamó Silda y le dijo:
--Si pae Polinar quiere que vuelva á casa de la Sargüeta, dile que
primero me tiro á la mar.
--¡Recontra!--gritó desde arriba Andrés.--¿Por qué no se lo dijiste á
él cuando estuvimos en su casa antes?
--Porque no me acordé,--respondió Silda de mala gana, entretenida de
nuevo en la tarea de poner el lazo de color de rosa en su trenza de
pelo rubio.
No habría transcurrido medio cuarto de hora, cuando ya estaba Andrés
de vuelta en el portal.
--Estuvo en casa de tío Mocejón--dijo á Silda, jadeando todavía,--y
de por poco no le matan las mujeres.
--¿Lo ves!--exclamó Silda, mirándole con firmeza.--¡Si son muy
malas!... ¡pero muy malas!
--Te van á llevar á una buena casa,--continuó Andrés en tono muy
ponderativo.
--¿Á cuál?--preguntó Silda.
--Á la de unos tíos de Muergo.
--¿Cómo se llaman?
--Tío Mechelín y tía Sidora.
--¿Los de la bodega?
--Creo que sí.
--Y ¿esos son tíos de Muergo?
--Por lo visto.
--Buenas personas son... pero ¡están tan cerca de _los otros_!
--Dice pae Polinar que no hay cuidado por eso.
--Y ¿cuándo voy?
--Ahora mismo bajará él para llevarte. Yo me marcho á casa á esperar
á mi padre que desembarcará luégo, si no ha desembarcado ya...
¡Contra, qué bien entraba la _Montañesa_!... ¡Lo que te perdistes!...
¡Más de mil personas había mirándola desde San Martín!... Adiós,
Silda: ya te veré.
--Adiós,--respondió secamente la niña, mientras Andrés salía del
portal y tomaba la calle á todo correr.
Bajó pronto fray Apolinar; pero antes de que Silda le viera, ya le
había oído murmujear, entre golpe y golpe de sus anchos pies sobre
los escalones.
--¡Cuerno del hinojo con la chiquilla!--decía al bajar el último
tramo de la escalera.--¡Muy tumbada á la bartola, como si no la
importara un pito lo que á mí me está haciendo sudar sangre!... Corra
usté medio pueblo en busca de ella para que se averigüe que no ha ido
á San Martín, sino que la han visto en la Puntida con dos raqueros...
vuélvase usté á casa, y fáltele el apetito para comer la triste
puchera de cada día, y díganle á lo mejor que lo que busca y no
halla, y por no hallarlo se apura, lo tiene en el portal, rato hace,
sin penas ni cuidados... ¡Cuerno con el moco éste!... ¿Por qué no has
subido, chafandina?
--Porque esperaba á Andrés, que era quien había de subir.
--¡Había de subir!... Y ¿quién es la que está á la intemperie de Dios
y necesitada de un mendrugo de pan y de una familia honrada que se
le dé con un poco de amor? ¿No eres tú?... Y siéndolo, ¿á quién le
importa más que á tí subir á mi casa y preguntarme: pae Polinar, qué
hay de eso?... ¡Moco, más que moco!... Vamos, deja ese moño de cuerno
y vente conmigo.
Mientras caminaban los dos hacia la calle Alta, pae Polinar iba
poniendo en los casos á la chiquilla. Entre otras cosas, la dijo:
--Y ahora que has encontrado lo que no mereces, poca bribia y mucha
humildad... Se acabó la Maruca, y se acabó el Muelle-Anaos... porque
si das motivo para que te echen de esa casa, pae Polinar no ha de
cansarse en buscarte otra. ¿Lo entiendes? Tu padre, bueno era; tu
madre no era peor: conmigo se confesaban. Pues tan buenas ó mejores
que ellos son las personas que te van á recoger... De modo que si
sales mala, será porque tú quieres serlo, ó lo tengas en el cuajo...
Pero conmigo no cuentes para enderezar lo que se tuerza por tus
maldades... ¡cuerno! que harto crucificado me veo por ser tan á
menudo redentor... Porque ¡mira que lo de esta mañana!... Y escucha
á propósito de eso: iremos por Rua-Menor á la cuesta del Hospital.
En cuanto lleguemos al alto de ella, te asomas tú á la esquina con
mucho cuidado, y miras, sin que te vean, á la casa de la Sargüeta. Si
hay alguno asomado al balcón, te echas atrás y me lo dices; si no hay
nadie, pasas de una carreruca á la otra acera; yo te sigo, y pegados
los dos á las casas, y á buen andar, nos metemos en la de Mechelín,
que nos estará esperando... ¿Entiendes bien?... Pues pica ahora.
No sospechaba Silda que se quisieran tomar tantas precauciones
por lo que al mismo fray Apolinar interesaban, pues no tenía otra
noticia que la muy lacónica que le había dado Andrés de lo que le
había ocurrido en casa de Mocejón; pero como á ella le importaba
mucho pasar sin ser vista, cuando llegó el momento oportuno cumplió
el encargo del fraile con una escrupulosidad sólo comparable al
terror que la infundían las mujeres del quinto piso; y no hallándose
éstas en el balcón ni en todo lo que alcanzaba á verse de la calle,
atravesáronla como dos exhalaciones el exclaustrado y la niña, y se
colaron en la bodega de tío Mechelín, cuya mujer _barciaba_ la olla
en aquel instante para comer, creyendo, pues era ya muy corrida la
una de la tarde, que Silda no parecería tan pronto como había creído
el padre Apolinar.
No podía llegar la huéspeda más á tiempo. Recorrió serenamente con
la vista cuanto en la casa había al alcance de ella, y se sentó
impávida en el escabel que le ofreció con cariño tía Sidora, delante
del otro sobre el cual humeaba el potaje dentro de una fuente honda,
muy arranciada de color, y algo cuarteada y deslucida de barniz, por
obra de los años y del uso no interrumpido un solo día. Tío Mechelín,
por su parte, y mientras le bailaban los ojos de alegría, ofreció
á Silda un buen zoquete de pan y una cuchara de estaño, porque en
aquella casa cada cual comía con su cuchara; la oferta fué aceptada
como la cosa más natural y corriente, y se dió comienzo á la comida,
sin que se notara en la muchachuela la menor señal de extrañeza ni de
cortedad; aprovechaba rigurosamente el turno que le correspondía para
meter en la fuente su cuchara, y oía, sin responder más que con una
fría mirada, las palabras cariñosas de aliento que tía Sidora ó su
marido la dirigían.
Fray Apolinar creyó muy oportuna la ocasión para repetir á Silda lo
que le había dicho por el camino, y aun para añadir algunos consejos
más, y comenzó á ponerlo por obra; pero tía Sidora le cortó el
discurso, diciéndole:
--Todo eso y otro tanto hará ella, sin que se lo manden, por la
cuenta que la tiene. ¿No verdá, hija mía? Ahora come con sosiego;
llena esa barriguca, que bien vacía debes de tenerla; duerme en buena
cama, y dispués ya habrá tiempo para todo: tiempo pa trabajar y
tiempo pa divertirte como Dios manda.
--¡Uva!--exclamó tío Mechelín.--Al cuerpo no hay que pedirle más rema
que la que puede dar de por sí... Y usté, pae Polinar, que tiene
buen pico y mano en todas partes, bueno sería que diera cuenta, á
quien debe tomarla, de los mases y los menos que ha habido en este
particular.
--¡Vaya si estoy yo en eso, por la responsabilidad que me
alcanza!--respondió el fraile.--¡Si me mamaré yo el dedo!
--¡Uva!... Hoy es sábado... Mañana habrá Cabildo motivao á socorros y
otros particulares.
--Mejor entonces--dijo el padre Apolinar:--yo pensaba ver solamente
al Sobano cuando volviera de la mar esta tarde; pero ya que tú me
haces ese recuerdo, me acercaré mañana por acá, y haré que el caso
sea tratado en Cabildo.
--¡Uva!... Pero ná de sustipendio ni de socorro pa el caso; aquí no
se quiere más que autoridá y mano contra todo mal enemigo de lo que
se hace con buen corazón...
--Entendido, Miguel, entendido... ¡Recuerno! ¡pues no me va á mí
poca parte en ello! Cuando á tí te desuellen por lo que haces,
buena me pondrían á mí la pelleja... ¿Tantas horas hace que lo has
visto?... ¿eh?... ¿Lo olvidastes ya? Pues á mí todavía me tiemblan
las carnes y me zumban los oídos. ¡Lenguas, lenguas de sierpe y almas
de perdición!
--Vaya--dijo medio en broma tía Sidora,--que tiene usté menos correa
de lo que yo creía, pae Polinar. ¿Quién se acuerda ya de eso, si no
es para hacerlo la cruz y pensar en otra cosa?
--Cierto, Sidora, cierto--respondió apresuradamente el fraile,--que
ni por lo que son ellas ni por lo que yo soy, debiera haber vuelto á
tomarlas en boca. Pero somos barro frágil, carne mísera; y se cae,
se cae cien veces cada hora. Mi ejemplo debiera ser de fortaleza, y
lo es de... de chanfaina, Sidora, de chanfaina; porque no valemos
un cuerno... _¡Domine, ne recordaris pecata mea!_ Y con esto, si no
mandáis otra cosa, me vuelvo á mis quehaceres... Silda, lo dicho,
dicho: has caído de pie; te ha tocado la lotería. Si lo arrojas por
la ventana, no merecerás perdón de Dios, ni cuentes conmigo, por mal
que te vaya... Con que Miguel; con que Sidora, á la paz de Dios...
Creo que se podrá salir... digo yo, sin avería gruesa, ¿eh?... ¿Os
parece á vosotros?
Tía Sidora se levantó, sonriéndose maliciosamente; salió, llegó á la
misma puerta de la calle, miró y escuchó desde allí, y volvió á la
salita diciendo al padre Apolinar:
--No se ve un alma ni se oye un mosquito.
--No tomes tan á pechos mi pregunta, mujer--dijo el fraile algo
pesaroso de haberla hecho,--porque ya sabes que cuando llega el caso,
fray Apolinar tiene piel de hierro para las injurias; pero, de todos
modos, se te agradece la precaución, y Dios te lo pague.
Tornó á despedirse, y se marchó.
Momentos después preguntaba tía Sidora á Silda:
--Y de equipaje, ¿cómo estás, hijuca? ¿No tienes más que lo puesto?
--Y otra camisa limpia que se quedó _allá_,--respondió Silda.
--Pues no hay que pensar en sacarla, aunque juera de rasolís. Pero ya
parecerá otra, ¿no verdá, Miguel?
--Y lo que de menester juere--respondió tío Mechelín,--que para
cuando llegan los casos son los agorros.
De pronto dijo Silda:
--El que no tiene hilo de camisa es Muergo.
--Buena la tendría si la mereciera,--respondió tía Sidora.
--Esta mañana--añadió Silda,--tampoco tenía calzones, y pae Polinar
le dió los suyos.
--¡Bien de sobra los tenía!--dijo la marinera con enojo visible hacia
su sobrino.
Á lo que replicó en seguida la chica:
--Le dió los que llevaba puestos; y yo creo que no le quedaron otros.
Tía Sidora y su marido se miraron recordando haber visto al fraile en
calzoncillos.
--Y bien, ¿y qué?--preguntó á la niña tía Sidora.
--Que más falta le hace á Muergo la camisa que á mí.
Volvieron á mirarse Mechelín y su mujer, y preguntó aquél á la niña:
--¿Y cuando te laven esa, que buena falta le hace ya?...
--Me estaré en la cama hasta que seque,--respondió Silda,
encogiéndose de hombros.
--Pero ¿de qué conoces tú á ese lichón de Muergo?--preguntó la
marinera.
--De _allá abajo_.
--Y ¿por qué me cuentas á mí que anda sin camisa y sin calzones?
--Porque me dijo Andrés que era sobrino de usté.
--¿Quién es Andrés?
--Un c...tintas, hijo del capitán de la _Montañesa_.
--¿Le conoces tú?
--Él me llevó á casa de pae Polinar cuando yo estaba sola en el
Muelle-Anaos esta mañana.
--¿Para qué te llevó?
--Para que hiciera por mí lo que ha hecho. Es bueno ese c...tintas de
Andrés.
--¿Conoce él á Muergo?
--Mucho le conoce.
--¿Y por qué no le da la camisa, ya que es rico?
--Le tiene enquina porque me tiró á mí á la Maruca de un tronchazo.
--¿Quién te tiró?
--Muergo.
--Y ¿cómo salistes?
--Me sacó Muergo, porque se lo mandaron Sula y otro que se llama Cole.
--De modo que si no se lo mandan esos, ¿te ahogas?
--Puede que sí.
--¿Y con too y con eso pides camisa para él? ¡Un rejón que le parta!
--¡Da asco verle, de cómo anda! Pero si le dan aquí camisa, que no la
lleve si no se corta las greñas y se lava las patas. Es muy lichón,
¡muy lichón!... ¡y muy burro!... ¡y muy malo!
--Entonces ¿por qué mil demonios te apuras tanto por él?
--Por eso, porque da asco verle... y su madre no tiene vergüenza...
Al llegar aquí Silda con la respuesta, una voz que de pronto se
dejó oir hacia el extremo del carrejo, como si tuviera la fuerza
material de una catapulta, la arrojó hasta lo más escondido de la
alcoba. La voz era vibrante, desgarrada, con matices aguardentosos,
entre provocativa y fiera, con unos alti-bajos y unos retintines que
estaban pidiendo camorra.
--¡Ahí va!--decía,--pa que se mude los piojos mañana, que es
domingo... ó pa rueños del carpancho, que en mi casa están de
sobra... ó pa gala del día que la caséis con un marqués de cadena de
oro... ¡caraspia!... Porque las Indias vos van á caer en la bodega
con esa inflanta que echemos ayer á la barredura con la escoba...
¡Puáa!... ¡Toma, pa ella y pa el magañoso que vos vino con la
princesa y con el cuentoooo!... ¡Indecenteeees!...
Cuando la voz se fué alejando hacia la calle, salió de su escondite
tía Sidora, con muchas precauciones, y halló en mitad del carrejo un
envoltorio blanco. Recogióle, le deshizo, y vió que era una camisa de
niña: sin duda la de Silda. Atreviéndose después á llegar al portal y
á sacar la cabeza fuera de la puerta, vió á Carpia que se alejaba por
el medio del arroyo, hacia abajo, los brazos en jarras, descalza de
pie y pierna, cerniendo el refajo, y con dos carpanchos vacíos sobre
la cabeza.
--Ya lo saben--dijo para sí.--Mejor que mejor: eso tenemos
adelantado. Les pica, y empiezan á morder. Pues que muerdan. Ellas se
cansarán. ¡Bribonazas! ¡Borrachonas! ¡Sinvergüenzas!
[Ilustración]
[Ilustración]
VI
UN CABILDO
Lo que entonces se llamaba Paredón de la calle Alta, existe
todavía con el mismo nombre, entre la primera casa de la acera del
Sur de esta calle, y la última de la misma acera de Rua-Mayor.
Solamente faltan el pretil que amparaba la plazoleta por el lado
del precipicio, y la ancha escalera de piedra que descendía por la
izquierda hasta Baja-mar[1], atracadero de las embarcaciones de
aquellos mareantes, hoy parte de un populoso barrio, con la estación
del ferrocarril en el centro. Allí, en el Paredón, celebraba sus
cabildos el de Arriba, al aire libre, si el tiempo lo permitía; y si
no, en la taberna del tío Sevilla, que era, como la _Zanguina_ para
el Cabildo de Abajo, su holgadero, su lonja, su banco, su fonda, su
tribuna y, más tarde ó más temprano, el pozo de sus economías.
[1] Actualmente es todo esto una espaciosa y elegante avenida,
á la que, por acuerdo unánime de la Corporación municipal, se
ha dado el nombre de _Rampa de Sotileza_; inmerecida honra,
tanto más agradecida, cuanto nunca fué soñada por las modestas
ambiciones del autor de este libro.--(_Nota de 1888._)
Ya se sabe, porque lo dijo tío Mechelín en su casa, que al día
siguiente habría Cabildo «motivao á socorros y otros particulares.»
Y le hubo, en efecto, concurridísimo. No faltaba un mareante con
voz y voto, al sonar en el reló del Hospital las nueve y media de
la mañana. El Sobano, Alcalde de mar, ó, si se prefiere, presidente
del Cabildo, dió el ejemplo, acudiendo de los primeros. Era hombre
de pocas palabras y mucha sentencia; y como había sido dos veces
regidor del Ayuntamiento de la ciudad, en representación de ambos
gremios de mareantes, aunque iba á la mar como cualquiera de ellos,
y no los aventajaba mucho en rentas ni en calzones, había adquirido
ese desparpajo ó aire de suficiencia que da, entre ignorantes
y pelones como él, el roce frecuente con personas de viso y de
pesetas; y más si estas personas están constituídas en autoridad;
y mucho más todavía si, como le ocurría al Sobano, había sido tan
autoridad como cada una de ellas y participado de sus honores y
magnificencias. Cierto que cuando los gremios le diputaron para tan
alta magistratura, ya habrían visto en él prendas de entendimiento y
de juicio, y modales que no abundaban entre la gente de mar. Pero,
¿y lo que había observado y aprendido aquel hombre, mientras ejerció
dos veces, á dos años cada una, el cargo de regidor? ¿Quién de los
mareantes santanderinos dejó de verle en la procesión del Corpus ó en
las de Semana Santa, ó en los bancos _curules_ de la catedral, con su
traje negro, de rigurosa etiqueta; con su medalla de concejal sobre
el pecho, y sus guantes blancos... de algodón, porque no hubo modo de
calzarle los de cabritilla en sus manazas encallecidas por el remo?
Pues ¿y cuando, durante la semana de su turno, presidía el teatro,
desde aquel palco con colgaduras de terciopelo y oro, arrellanado
en su sillón de seda, con sus policías de respeto detrás de la
cortina del antepalco, y era dueño de enviar á la cárcel al primer
caballerete que hiciera méritos para ello, y de complacer ó no á
aquella muchedumbre de gentes principales, volviendo ó no volviendo
cara abajo, sobre la barandilla del palco, el cartel de la función,
para que se repitiera ó no se repitiera alguna parte de ella muy
aplaudida por el público? ¿Qué mareante de Arriba no vió esto desde
la _cazuela_ alguna vez, ó no lo supo, siquiera, por relatos de los
dichosos que lo habían visto?
Pero quizá diga algún boquirrubio de los de hogaño, imberbe aspirante
á gobernador, si no á ministro, que ninguna de esas prerrogativas
es cosa del otro jueves. Cierto; y bien sé yo que, por ver, se han
visto, como dice _Mesio_, hasta sastres con reló; pero véngase acá
ese boquirrubio; acérquese al Cabildo que yo le resucito ahora en
el Paredón de la calle Alta; fíjese en aquel hombre atezado, áspero
de barba, rudo de greña, cargado de espaldas, torpe de movimientos,
abultado y velloso de manos, y no muy aventajado de calzones; que le
diga yo, apuntando al hombre aquél: «ese es el que ha hecho todas
esas cosas que á tí no te parecen del otro jueves;» y á ver si no hay
motivo sobrado para que se asombre, y para que las personas del mismo
pelaje del héroe, que le rodean, se juzguen diez codos por debajo de
él. Que es á donde íbamos á parar con el propósito, aunque el camino
haya sido algo más largo de lo conveniente á la impaciencia de los
lectores boquirrubios.
Se reunía el Cabildo de Arriba:
Porque de un momento á otro iba á sacarse una leva; y sacándose
una leva, había que socorrer con ciento cincuenta reales á cada
matriculado de los comprendidos en ella, por orden riguroso de
matrícula;
Porque el reparto de cuarenta reales por mareante cabeza de familia,
y de diez por cada viuda, que debió haberse hecho en la semana
anterior, á causa de no haber podido salir las lanchas á la mar en
cerca de quince días de temporales, no se hizo en ocasión oportuna ni
por completo;
Porque, de dos meses á aquella parte, había muchos descubiertos en el
tesoro del Cabildo, á consecuencia de no haber ingresado en él todas
las _soldadas_ que semanalmente habían de ingresar, á razón de una
por cada lancha de pesca ó de pasaje, pinaza, barquía, etc...;
Porque el boticario del gremio había advertido que no admitiría nuevo
_asalareo_, cuando terminara el vigente, si no se le daban cuarenta
duros más al año, ó se asalariaba el Cabildo con otro médico que
recetara menos;
Porque se acercaba el día de San Pedro, y urgía saber si, por la
vez primera, desde tiempo inmemorial, dejaba el Cabildo de pagar el
gasto de las fiestas, así religiosas como profanas: misa de tres, con
música y sermón, y entre otras menudencias de rúbrica, novillo de
cuerda y el tamborilero de la ciudad durante dos días y tres noches;
Porque había cinco enfermos socorridos por el Cabildo, que ni sanaban
ni se morían;
Y, por último, y sobre todo, porque el tesorero se declaraba incapaz
de acudir á tantas necesidades, si los que más gritaban por no cobrar
á punto los socorros no pagaban lo que debían al tesoro, ó no se
le autorizaba para meter mano á las reservas existentes para los
grandes apuros y necesidades del gremio.
Tales eran los principales puntos que iban á tratarse aquel día en
Cabildo. La junta, digámoslo así, compuesta de dos Alcaldes de mar
(primero y segundo), tesorero y recaudador, ocupaba el sitio más
visible, esparrancada en lo alto de la plazoleta, cerca del pretil en
cuyo lomo cabalgaban raqueros, ó apoyaban ligeramente sus posaderas
los congregados más viejos ó más perezosos. Los demás se extendían
en grupos por la explanada; grupos que se hacían ó se deshacían,
según que no hablara ó que hablara la presidencia, ó fuera menos
interesante ó más interesante lo que expusiera un orador de la masa.
Entre tanto se oía un rumor incesante de conversaciones á media voz,
y sobre este rumor el zumbido de Mocejón, que parecía un tábano
por lo tenaz y molesto. Todo cuanto allí se decía ó se acordaba,
provocaba sus gruñidos; y con su pipa rabona entre los dientes, los
brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza gacha y torcida, el gesto
de ira y de tedio, y puerco y sin afeitar, iba torpe y perezoso, de
acá para allá, respondiendo á todo sin hablar con nadie, y renegando
hasta del sol que caldeaba la escena.
Aunque no con la brusquedad salvaje de este hombre, abundaban allí
los recelosos y descontentadizos; y era muy curioso observar cómo
aprovechaban precisamente la ocasión en que debían ser explícitos y
dar la cara, para volverse de espaldas, ó, cuando menos, de costado,
y murmurar una excusa maliciosa, ó una barbaridad cualquiera, hacia
un colateral que no había desplegado sus labios.
Decía el Sobano, por ejemplo, que blanco.
--¡Yo digo que negro!--respondía, empinándose, un vejete.
--¿Por qué?--replicaba el Alcalde de mar.
--¡Porque sí!--decía el otro, virando de costado; y luégo, haciendo
un poco de barquín-barcón con la encorvada espalda, añadía,
encarándose con los de atrás:--¡Á mí con esas!... ¡Si cuando tú vas,
ya estoy yo de vuelta, probetuco... rasolís!
Otra vez era un mozo de piel lustrosa, pelo encrespado, corto de
labio y largo de dientes, que se había atrevido á apuntar un reparo,
con voz airada, desde lo más trasero del concurso.
--Y ¿qué hay con eso?--le preguntaba desde la paredilla alguien de la
junta.
--Pos... ¡lo dicho!--respondía el mozo, volviendo la cara á su
derecha.
--Y ¿qué es lo dicho?--le replicaban.
--Pa saberlo está usté ahí--reponía el del labio corto y los dientes
largos, acabando de dar la media vuelta hacia atrás:--pa eso, pa
saber lo que yo digo y hacer lo que nusotros quieramos; que pa eso
semos Cabildo.
Palabras que recogía con gusto un cincuentón desaliñado, diciendo,
con la cara vuelta al costado de babor:
--Pa largar sereña semos Cabildo nusotros; que pa comerse la ujana,
como si no juéramos naide.
--Ande va eso--exclamaba, un poco más allá, un mareante caído del
hombro derecho y guiñando un ojo al preopinante;--ande va eso, bien
lo sé yo... Angunos güen pellejo van echando de un tiempo acá...
Mejor que el mío, ¡zonchos!
Por donde se murmuraba tan recio, solía andar Mocejón.
--La barredera... ¡la barredera, hijos!--añadía por su parte, con
la cabezona gacha y el ojo de cerdo.--¡La barredera!... Aquí no se
gasta menos... á pie ensuto y cuerpo regalón; y tú, probe mareante,
arrevienta allá juera jalando del remo, ¡y vengan julliscas!...
Siempre largando lastre, y nunca mus sale la cuenta... ¿Cómo ha de
salir, ñules, si angunos hombres no tienen calo!
No era opinión muy corriente ésta del malévolo Mocejón en el
concurso, ni, en honor de la verdad, existían razones para que lo
fuera; pero, en cambio, abundaba, entre los que nunca habían podido
lograr la tesorería, la de que el tesorero no sabía serlo; que todos
los achaques del tesoro consistían en la falta de un hombre que
supiera administrarle como era debido, y que el Sobano, con todo su
saber, no alcanzaba á enderezar lo que torcían _otros_ en punto á
intereses del gremio.
Éstas eran las notas de color sombrío que salpicaban aquel cuadro tan
alegre y pintoresco, y la base del rumor incesante que se observaba
entre sus personajes. Porque el verdadero peso de la discusión le
llevaban, en nombre de la junta, el Sobano; y entre el concurso,
hombres de buena voluntad, como tío Mechelín y otros compañeros, que
aunque también trataban los puntos de medio lado, al fin los trataban
racionalmente. Por lo común, el Alcalde de mar era quien encauzaba
y dirigía los discursos, cortando extravíos ociosos y razones
impertinentes; llevaba los remates á donde debían y cuando debían
llevarse, y formulaba los acuerdos, á los cuales no se oponían, al
cabo, ni los más díscolos. Sin esta especie de dictadura, jamás
hubiera sido posible en aquel Cabildo, ni en el de Abajo, ni en
ningún concurso por el estilo, resolver cosa alguna.
Y se resolvió entonces, al cabo de hora y media de sesión al aire
libre, bastante respetada de curiosos y transeuntes, y, lo que es
más raro, de las hijas y mujeres de los congregados allí, hembras
capaces de todo menos de desacatar los preceptos tradicionales, que
eran leyes para el gremio; se resolvió, digo:
Primero. Que pagaran, á contar desde aquel día, soldada y media por
semana las embarcaciones deudoras, en este concepto, al tesoro del
Cabildo, hasta la extinción de las respectivas deudas.
Segundo. Que se advirtiera al boticario del gremio que no se le
darían los cuarenta duros de aumento que pedía para el nuevo
asalareo, ni se despediría al facultativo, ni se pondría coto á sus
recetas.
Tercero. Que cuando llegara el caso de marchar al servicio de
la Armada los matriculados comprendidos en la leva, cobraría
puntualmente cada uno los ciento cincuenta reales de socorro á que
tenían derecho.
Cuarto. Que en la taberna del tío Sevilla se pondrían de manifiesto,
acabado el Cabildo, las cuentas de tesorería, y que con el remanente
que arrojaran y á medida que fueran recaudándose los créditos, se
irían levantando todas las cargas pendientes, sin tocar al fondo de
reserva; pues si sagrada era la obligación que tenía el Cabildo de
dar socorros á los pescadores en épocas de temporal, no lo era menos
la de pagar los pescadores las soldadas semanales al tesoro del
Cabildo.
Quinto. Que se gastara la cantidad de costumbre en las fiestas de San
Pedro.
Y por último. Que los enfermos que ni sanaban ni se morían,
continuaran percibiendo el socorro que se les pasaba, hasta que Dios
dispusiera de ellos, según fuera su santísima voluntad.
Proclamados estos acuerdos á la luz del sol, y estampados en el
fondo azul de los cielos, bajo la fe de la palabra honrada de los
mareantes constituídos en Cabildo, libro que no admite raspaduras ni
malicias de redacción, y por eso nunca dieron que hacer sus cláusulas
á la Justicia, tosió el Sobano cuando ya el concurso comenzaba á
disgregarse, alzó el brazo derecho y la cabeza, y dijo así, sobre
poco más ó menos:
--¡Alto, señores!... que falta un punto por arreglar, y hay que
arreglarle antes de irnos de aquí.
La curiosidad movió á todas las gentes aquéllas, y poco á poco
fueron acercándose al Alcalde de mar, hasta encerrarle en compacto
círculo. Mocejón y el otro mareante, el mozo del labio corto y de los
dientes largos, se quedaron fuera de la línea, pero con mucho oído y
refunfuñando.
El Sobano comenzó á hablar entonces, con gran parsimonia y pulsando
mucho las palabras para que ofendieran menos, de cierto compromiso
adquirido siete meses antes por el Cabildo, pero fuera de junta, de
socorrer con una ayuda de costas á la familia que recogiera y tratara
como era debido _en josticia y caridá_ (esto lo recalcó mucho), á la
huérfana del llamado Mules, «perecido en las rompientes de San Pedro
del Mar, con todos sus compañeros, en la última costera del besugo.»
Tío Mocejón, barruntando que aquel asunto iba con él, recibió las
palabras del Sobano y las miradas codiciosas de la gente, como un
mastín el palo con que le hurgan los muchachos por debajo de la
puerta.
Añadió el Alcalde de mar que si el Cabildo no había cumplido lo que
ofreció por bocas de hombres de bien, era porque no se creía obligado
á ello, visto que de sobra estaban pagados el escaso alimento que
recibía la huérfana y el montón de guiñapos que se le daba por cama,
con el trabajo y los castigos bárbaros que se le imponían por la
familia que la había recogido.
--¡Uva!--exclamó una voz.
--¡Choba... ñules!--bramó la aguardentosa de Mocejón.--¡Que se haga
bueno eso!
--¡Se hará!--dijo con firmeza el Sobano,--y todo lo que sea de
menester. Pero más le valiera á anguno que me oye, aguantarse al remo
mientres pasa esta noruestá, que isar tanta vela.
--¡Uva!--volvió á exclamar la voz de Mechelín.
--Y ese que me prevoca--gruñó Mocejón,--¿isa vela, ú no la isa?
¿Sopla aquí el norueste pa toos por igual, ú sopla de otro modo?...
¡Ñules!... Y miá tú, chaquetín de la bodega, si quies decir algo,
lo dices claro y á la cara, y no escondío entre el porreto como los
pulpes... ¡ojo!
Hubo un poco de movimiento, como hervor de resaca, en el concurso,
al oir á Mocejón; cuyo descomedimiento animó al Sobano, curado de
escrúpulos ociosos, á contar en pocas palabras lo acontecido á Silda
en casa de la Sargüeta, hasta que fué recogida en la de Mechelín.
Se preguntó al Cabildo si consideraba bastante aquella casa para
refugio y amparo de la huérfana; y el Cabildo respondió que sí, entre
los gruñidos, _bandazos_ y manoteos del salvaje Mocejón, que no
cerraba boca ni paraba un punto, mientras el mozo del pelo crespo,
de labio corto y de los dientes largos, iba con los ojos airados de
Mocejón á los de adentro, y de los de adentro á Mocejón, sin saber á
quién arrimarse con su parecer.
Tío Mechelín tomó entonces la palabra, y dijo:
--Se hace saber que por el amparo de la desvalida no se quiere
sustipendio ni cosa anguna de naide; pero se pide al Cabildo mano
y autoridá para que se deje hacer por ella, á quien quiere hacerlo
de buena voluntá, lo que _otros_ no han querido ó no han podido
hacer. ¿Vale, ú no vale esto que se dice? ¿Se me entiende, ú no se me
entiende? ¿Hay seguranza, ú no hay seguranza de que la cosa se haga
como se pide?
--¡La hay!--respondieron muchas voces.
Y el Sobano añadió en seguida, con la proa puesta á Mocejón:
--El Cabildo ampara á esa muchacha... ¿Se oye bien lo que se dice?...
Pues no se dice más, porque no es de menester más para que angunos
entiendan lo que se quiere decir.
Mocejón, que no cesaba de rutar, protestando de todo y contra todo,
al ver que el concurso se deshacía, fué soltando voz según iban
creciendo los rumores de los que se dispersaban; y todavía cuando,
arrollado por ellos y estorbando á la mayor parte, estaba cerca de la
taberna del tío Sevilla, se le oía decir:
--¡Pos míate el otro... piojucos... chumpaoleas! ¡Ñules!... Se ha
de ver si sirve ser un cuentero, lambe-caras, como tú, pa disfamar
á naide que vale más que tú y la perra sarnosa que ha de volver
á parirte á tí y toa esa gatuperia que saca la cara por tí...
¡reñules!...
[Ilustración]
[Ilustración]
VII
LOS «MARINOS» DE ENTONCES
Aunque el lector de ultrapuertos quisiera permanecer un ratito en el
Paredón, después de terminado el Cabildo, para dar recreo á los ojos
contemplando el panorama que se descubre desde allí, describiendo con
la vista un arco desde el monte Cabarga hasta el llano de las Presas;
deteniéndola en el cercano fondeadero del _Pozo de los Mártires_,
verdadero bosque de arboladuras, ó en el más próximo aún del _Dueso_,
salpicado de lanchas y barquías del Cabildo, bien ajeno éste á creer
que su axioma tradicional de «_por mucho que apañes no fundarás en
el Dueso_,» había de ser desacreditado por el genio emprendedor
de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la
estación del ferrocarril, emblema del espíritu revolucionario y
transformador de las modernas sociedades; haciendo, por curiosidad,
desde lo alto de la escalera, algunas preguntas (que no quedarán
sin sabrosa respuesta) á los _muchachos de lancha_, que canturrian
ó vocean debajo del Paredón, mientras _achican_ ó desatracan las
que están á su cuidado; ó dando un vistazo, desde el crucero del
alto de la cuesta del Hospital, á las dos filas de casas altas,
angostas, desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse
mejor, cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos, y los
balcones, de redes y de trapajos, con _rabas_ de pulpo y artes de
pescar secándose en las paredes del fondo; y tripas de sardina y
piltrafas de bonito por los aires; y madres desgreñadas y sucias,
espulgando á sus hijos, medio desnudos, á la puerta de la calle;
que todo eso, y mucho más que no digo, porque se adivina, y porque
no cabe en la pulcritud del arte, era el barrio de los mareantes de
Arriba, y en la misma forma continuó siendo durante muchos años;
aunque en la contemplación de éste y del otro espectáculo quiera
detenerse, repito, el susodicho lector de ultrapuertos; y aunque se
pare un instante á la puerta de la taberna del tío Sevilla, atestada
de marineros que más se ocupan en tomar la mañana que en examinar
las cuentas del Cabildo, aún nos queda tiempo sobrado para llegar,
poco á poco, á la calle de San Francisco, por la cual discurrían
los elegantes de entonces, con sus tuinas de mezclilla verdosa,
prenda recién introducida en la indumentaria al uso, y penetrar,
con la debida licencia, en casa del capitán de la _Montañesa_, don
Pedro Colindres, más conocido entre la gente de mar por su mote de
_Bitadura_, en el instante de llegar con su señora y su hijo de la
misa de once de la Compañía.
Y quiero que sea éste el momento de nuestra presentación á él, para
que le vean con todas sus _empavesadas_ de señor los que hayan podido
verle á bordo, ó desembarcar al día siguiente, con su ropaje del
oficio, sin _arrastraderas_, macizo y basto.
No era este personaje de mucha talla: quizá no pasaba de la regular;
pero, en cambio, era doble, sobre todo de espaldas, de brazos y de
manos...
Perdone la impaciencia del lector; pero necesito tomar esta figura
desde más atrás, _ab ovo_ casi, para que resulte con todo el relieve
que debe tener en el momento de aparecer en el cuadro. Procuraré ser
breve; pero, aunque no lo consiga, no se apure, pues esta digresión,
además del fin inmediato que lleva, ha de ahorrarnos otras por el
estilo, despejándonos el terreno en que vamos á entrar; porque la
especie abunda en ejemplares, y _ab uno disce omnes_.
De cepa marinera por todos sus cuatro costados, apenas salió de
la escuela de don Valentín Pintado ingresó á estudiar náutica en
el Consulado[2] con don Fernando Montalvo; pero ya para entonces,
aunque sólo contaba trece años, fumaba valientemente de lo pasiego,
si no había tabaco más suave á sus alcances; nadaba de espaldas y se
sostenía derecho en el agua sin mover los brazos; se hacía el muerto,
y, en fin, echaba un _cole_ desde el paredón del Muelle-Anaos;
_daba torno_ á cualquiera de su parigual remando en un bote; había
capitaneado dos _guerras_, y en la bofetada limpia era una reputación
en la plaza de las Escuelas, en la Maruca, en el prado de Viñas y
en otros holgaderos por el estilo; le temían de lumbre muchísimos
zapateros de portal; tenía buenas amistades en el Paredón de la calle
Alta, y en la mesa de la _Zanguina_ llegó á dar las tres bolas y el
cangrejo á un cabo de la guarnición, que había sido pinche de billar
en su tierra, y, así y todo, le ganó la partida.
[2] Hasta el año de 1837, en que se inauguró el Instituto
Cántabro, se estudiaban esta asignatura y otras de la carrera
mercantil, en el _Consulado de Comercio_.
Pero todavía conservaba en el vestir y en el andar y en el decir,
el aire terrestre; todavía era vivaracho, desorejado de borceguíes,
gastaba cachucha, tiraba á rubio, decía _¡coila!_ cuando se enfadaba,
y comía mucho pan, pellizcando, sin sacarle, el zoquete que llevaba
siempre en el bolsillo.
En cuanto fué _náutico_, se asimiló poco á poco los aires y el estilo
de aquella raza especialísima de estudiantes que no parecían nacidos
de madre, como toda la descendencia de Adán, sino construídos de
roble en las gradas de un astillero. De ellos tomó la rudeza del
acento, el apóstrofe crudo, el mirar osado, la falta de respeto á
todo profesor que no fuera el suyo, el andar oscilante, con los
hombros levantados, el horror á los faldones, la chaqueta abrochada,
la gorra con galón dorado y visera de charol, muy pegada á la
frente... y hasta la tez empañada.
Cuando concluyó los cursos de náutica, necesitó hacer, en calidad
de _agregado_, dos viajes redondos á la Isla de Cuba. Y los hizo
en un barco que mandaba un amigo de su padre. En estos viajes
tuvo la categoría de _mozo de á bordo_, es decir, la de marinero
principiante. Después se examinó en el Ferrol; y allí, aprobados sus
ejercicios, obtuvo el título de _tercero_, con el cual se embarcó
en Santander en una fragata, para hacer los tres viajes que se le
exigían en aquella segunda etapa de su carrera. Los hizo también,
en poco más de un año, á ratos navegando como en una palangana, y á
ratos con la vida en un hilo.
Del último de estos viajes volvió, aunque crisálida todavía,
apuntándole las alas de mariposa. Ya el espeso pelambre de su cara,
afeitada de quijadas arriba, era algo más que sombra de patilla
á la catalana; sus manos comenzaban á ponerse velludas, su voz á
embronquecerse y sus espaldas á encorvarse; era muy atezado, y
formaba con «los marinos» en sus parrandas y _rumantelas_.
Preparóse, repasando con Montalvo una temporadita; fuése al Ferrol
por segunda vez; aprobáronle en el rígido examen á que fué sometido,
y se le extendió su título, en toda regla, de _segundo_, ó sea de
_piloto de derrotas_, que es lo que iba buscando Pedro Colindres,
ya, para entonces, conocido entre la gente del oficio con el mote de
_Bitadura_, no sé por qué... Y aprovecho esta oportunísima ocasión
para advertir á los lectores de tierra adentro, persuadidos, quizá,
de que es un capricho mío la coincidencia de que casi todos los
personajes que van apareciendo hasta ahora en este libro tengan un
mote por nombre, que no hay tal capricho ni cosa que lo parezca. Tan
frecuente es el mote entre las gentes de mar de este puerto, y tan
avezadas están á oirse llamar por él, que en el gremio de pescadores
ha habido quien desconocía su propio nombre de pila, y muchos que no
le conocieron hasta que le necesitaron para inscribirle en el libro
de matrículas de mar. Lo mismo entre estas gentes ignorantes y zafias
que entre las más elevadas y cultas, de carrera, el mote aparece
sin saberse por dónde ni cómo. Generalmente procede de un dicho ó de
un hecho, ó de una circunstancia cualquiera, de la persona que se le
halla encima de la noche á la mañana; pero quién se le puso y cuándo,
no es fácil de averiguar.
Bitadura tardó bastante en colocarse, después de recibir el título
de _segundo_, porque estas plazas no abundaban, con ser entonces tan
numerosa la marina mercante de vela; pero, al fin, halló barco, y en
él hizo su primer viaje de piloto.
Á la vuelta de este viaje fué cuando apareció en Santander en
perfecto carácter de «marino;» ya era... como todos. Porque, yo no sé
cómo diablos sucedía eso; pero sucedía: que fueran rubios ó delgados,
ó altos ó bajos, los _náuticos_ del Instituto ó los _agregados_ en
su primer viaje, poco á poco iban transformándose; y cuando volvían
de _segundos_, todos eran iguales; todos tenían mucha espalda, mucha
mano y muy velluda; todos eran morenos, con patilla corrida, muy
espesa; abiertos de brazos, ásperos de voz, lentos en el andar, duros
de ceño, secos de frase, pero pintorescos de palabra, y de gustos
pueriles y espíritu regocijado. Por último, todos vestían el mismo
traje: la gorra con galón de oro y botón de ancla sin corona; el
chaquetón pardo; las botas de agua sobre pantalón pardo también, y
la corbata negra á la marinera; y acaso esta rigurosa uniformidad
de vestido y de modales, contribuyera á darles la extraordinaria
semejanza que se notaba entre ellos.
Bitadura fué uno de los más populares de su tiempo; y cuando,
después de haber corrido borrascas en todos los mares de los dos
mundos, dió en antojársele que no le _llenaban_ por entero, al
llegar á Santander, los entretenimientos del café de la _Marina_,
las parrandas nocturnas, las _culebras_ en las romerías, y otras
hazañas de rigor en el gremio, algunas de ellas harto pueriles, se
armó un día de valor, él que no se amilanaba entre los abismos del
mar embravecido; se atusó un poco la greña; se puso camisa limpia, y
unas botas de charol debajo de las perneras, y se fué á pedir á un
piloto jubilado, más por falta de salud que por sobra de años, la
única hija que tenía, moza, á la sazón, en la flor de su primavera,
y, como decía el mismo Bitadura al describírsela á un amigo, después
de confesarle su proyecto, «bien corrida de eslora, recia y levantada
de amuras, airosa de raseles y alta de guinda.»
Estaba hecha á poco la pretendida, porque en aquel tiempo aún había
_clases_, y apenas gastaban seda las chicas solteras de más de siete
familias de Santander; era bien afamado el pretendiente, porque
no se tomaban á pecado las calaveradas temporeras, digámoslo así,
de aquellos mozos tan honrados en el fondo de sus almas, y tan
valientes y sufridos en la mar; le estimaba mucho el padre, y la
hija le había visto, por tres veces, barrer á bofetadas la acera de
enfrente para quedarse él solo echándola requiebros, mentalmente,
desde allí; de modo que, aunque todavía no había pasado de piloto, y
era tan desmañado en _finiquituras_ y voquibles, que sudó brea para
dar á entender lo que quería en aquel trance (porque claro de todo
no acertó á decirlo), concediéronle la chica, que se llamaba Andrea,
y tenía dos ojos como dos soles; un pelo que relucía de negro, y tan
abundante, que no le cabía en la cabeza; y una boca, y un color... en
fin, una buena moza en toda la extensión de la palabra.
Casóse con ella andando los días; y antes de un mes de casado, se
embarcó para hacer su último viaje de piloto. Porque á la vuelta,
habiéndose desembarcado el capitán por una larga temporada, le dieron
á él el mando del buque, que era un bergantín bien afamado. Y hete
aquí ya á Periquito hecho fraile. Ya era capitán; ya tenía una paga
de sesenta pesos al mes, y no tardaría en disfrutar de los beneficios
que generalmente conceden los fletadores ó dueños del barco al
capitán que le manda con celo é inteligencia... Pero, en cambio,
¡qué peso tan molesto el de los deberes que le imponía su repentina
transformación! ¡Cómo le costaba amoldarse al ritual de su nueva
categoría! Por de pronto, fuera chaquetones y botas de agua, y todo
cuanto ésta y las demás prendas del hábito de un piloto representaban
en su vida pública: la independencia, la holgura, la vida alegre de
mozo descuidado, el lenguaje convencional y pintoresco... y hágase
usted hombre formal, y hable en serio con mercaderes y corredores, y,
sobre todo, vístase usted de paño fino, con alas y arrastraderas...
y meta el corpanchón macizo debajo de una levita; los pies dentro de
unas botas de charol; las manazas, gruesas y velludas, en guantes de
cabritilla, y... ¡horror de los horrores! sobre la cabeza, arreglada
por la hoz del peluquero, encájese el oprobio de la _castora_... y
échese usted con ese aparejo á la calle, sin atreverse á andar ni
á revolverse mucho por temor de que salten los botones ó revienten
las costuras; y salude á la moda en los escritorios y consulados; y
mientras habla ó le despachan, siéntese, _por lo fino_, en una silla,
y mátele la duda de si pondrá la _canoa_ en el suelo ó la tendrá
entre las manos, ¡ó la arrojará por el balcón, que es lo que él
preferiría!
La primera vez que se vió ataviado así delante de un espejo, soltó la
carcajada.
--Con esto y un bastón--exclamó,--un matasanos de aldea.
--¿Por qué no le compras?--le dijo su mujer.
Bitadura la miró con el asombro pintado en la cara.
Decir á un capitán de aquéllos que saliera con bastón, equivalía á
aconsejar á un coracero que llevara en la mano un abanico.
Pero, en fin, se fué acostumbrando á la librea, aunque no la usaba
más que en actos _oficiales_, digámoslo así, ó en momentos muy
solemnes; fuera de esos casos, un traje holgado, de medio aparejo,
entre piloto y capitán; cómodo, sin dejar de ser serio.
Cuando ya tenía un hijo de tres años, le dieron el mando de la
_Montañesa_, uno de los mejores barcos de la matrícula de Santander.
Como no era lerdo, se acostumbró primero al trato de gentes que
al uso de las prendas finas; llegó á ser un capitán de los más
atractivos para los pasajeros, y el armador de la _Montañesa_
no tuvo motivos para arrepentirse de haberla puesto bajo su
mando. Como, además, era un marino consumado y un administrador
celosísimo, abriósele ancha mano, comenzando por concedérsele los
_abarrotes_, con lo cual, llevando por su cuenta pacotillas de frutos
peninsulares, y trayéndolas de ultramarinos, se granjeó muy buenas
ganancias en pocos viajes, y señalósele más tarde un buen interés
en los cargamentos que se le encomendaban. Á pesar de ello y de
tener muy rebasados los cuarenta cuando el lector le ha conocido,
continuaba siendo, _fuera de servicio_, el Bitadura de siempre, el
muchacho grande, dado con pasión á las cosas chicas de su tierra, á
los placeres sencillos, á la frase pintoresca y al vestido cómodo.
Andrea, que no tuvo más hijos que el que conocemos, se había ido
ajamonando poco á poco, y era, en la ocasión en que aparece aquí, una
mujer de gran estampa: blanca y apretada de carnes, rica de formas, y
de rostro alegre y bello.
Había ido á misa de once aquel día _del bracete_ de su marido, con
vestido de gró negro, chal de Manila, mantilla de blonda, abanico
de nácar y mitones de seda calados. Él con levita y pantalón de
paño negro finísimo, con trabillas de botín, chaleco de raso, sobre
el cual serpenteaban dos enormes ramales de la cadena de oro de su
reló; chalina de seda, de cuadros obscuros con dos alfileres de
brillantes, unidos por una cadenilla de oro; sombrero de copa, muy
reluciente; botas de charol y guantes de seda de color de ceniza.
Sudaba el hombre, de calor y de molestia, debajo de aquellas galas
que le oprimían por el cuello, por la cintura y por las manos y por
los pies; y relucía su atezado rostro, encuadrado entre las patillas,
algo grises ya, y las alas del sombrero, mientras el almidonado
cuello de la camisa se reblandecía y arrugaba con el sudor del
pescuezo.
Todo aquello lo esperaba él, y bien sabe Dios lo que le desazonaba;
pero la salida era de necesidad, porque su mujer había estado soñando
con ella meses enteros: no conocía satisfacción más grande; y él
quería demasiado á su mujer para no complacerla, sin regatear, en
cosa tan hacedera. Por otra parte, ¿á qué negarlo? si Andrea se creía
más alta que una corregidora por ir del brazo de un marido como el
suyo, Bitadura pensaba que, en opinión de cuantos pasaban á su lado,
no había princesa que valiera en estampa lo que su mujer.
Y así marchaban los dos, calle de San Francisco arriba y Plaza
Vieja adelante, recibiendo á cada paso bienvenidas y apretones de
manos él, y felicitaciones y saludos ella, mientras Andrés, que
caminaba á la derecha de su madre, con su vestido de los domingos,
compuesto de chaqueta entallada, con cuello de moaré, pantalón de
mezclilla de lana, chaleco jaspeado, corbata de mariposa, borceguíes
nuevos y gorra de felpilla imitando piel de tigre, saludaba muy
ufano á los amigos de su mismo pelaje, ó se hacía el desconocido
cuando le guiñaba el ojo algún granuja, su camarada de hazañas del
Muelle-Anaos. Al salir de misa, nuevos y más numerosos saludos,
nuevas detenciones y bienvenidas; y vuelta á casa con el posible
apresuramiento, porque no faltarían visitas que recibir en ella, amén
de que había convidados á la mesa, se comía á la una en punto, y
Andrea no se fiaba ni de la _guisandera_ que había tomado para aquel
lance, superior á los recursos culinarios de su criada.
El lector y yo llegamos en el momento en que el capitán largaba los
guantes y la _cacimba_ sobre una cómoda, y su mujer, después de
plegar la mantilla y el pañolón de seda, los guardaba en un tirador
del propio mueble. De buena gana hubiera cambiado Andrea su vestido
de gró por otro más modesto, de raso de lana, y el capitán sus arreos
de «señor de Ayuntamiento» por el atalaje de á bordo; pero, como
ya se ha dicho, aguardaban visitas, por ser de rigor en aquellas
circunstancias; y las visitas de entonces no las recibía un recién
llegado como Bitadura, sin echarse encima el fondo del baúl, máxime
siendo día de fiesta y teniendo una mujer tan escrupulosa en estos
particulares, y tan guapota y apuesta como la que él tenía.
Mientras ésta se daba una vuelta por la cocina, se oyeron golpes á
la puerta de la escalera y Bitadura salió corriendo á la sala...
sala de capitán de entonces, con los retratos de todos los barcos
en que había navegado, desde piloto inclusive; un espejo con marco
de papel dorado, y dos ó tres cuadritos de bordados de felpilla,
obras de la capitana cuando iba al colegio, colgados en las blancas
paredes; sobre las rinconeras y la consola de caoba, caracoles de
la China, ramilletes de coral, monigotes de especias, una bandeja
grande, puesta de canto, detrás de una caja de música; y entre dos
fruteros de cera, con sendos fanales, y debajo de otro ovalado,
un barco que se bamboleaba sobre una mar contrahecha, en cuanto
se tocaba un resorte que tenía la peana; sillería de cerezo; una
alfombra delante del canapé; cortinillas de muselina rameada en las
vidrieras del balcón, en las de la alcoba, carrejo y gabinete; el
suelo de tabla de pino, muy fregado... y paren ustedes de contar. Las
sillerías de caoba con embutidos de _limoncillo_ y asientos de tejido
de cerda; el reló de sobremesa, los candelabros de plata, los espejos
de vara y media de altos con marco de pasta dorada; el retrato de
cuerpo entero, obra del pincel de Salvá ó de Bardeló; el papel
aterciopelado en las paredes, las cortinillas de tafetán encarnado en
las vidrieras de las alcobas, y la alfombrita delante de cada puerta
y de cada mueble importante de la sala, quedábanse para un puñadito
de familias, cuyas mujeres torcían el gesto cuando se rozaban con el
vulgo de los mortales, y cuyos muchachos gastaban las únicas levitas
forradas de seda que se vieron entre sus coetáneos, no bebían
agua en las fuentes públicas aunque se murieran de sed, jugando
_finamente_ al marro con sus _congéneres_, y antes se hubieran dejado
desollar que descalzarse en la Maruca para navegar un poco en sus
flotantes perchas...
Y perdone otra vez el lector al ver que me marcho por los trigos
nuevamente: puede más que mi propósito de no extraviarme con el
relato, la fuerza de los recuerdos que vienen enredados á cada
detalle que apunto de aquellas gentes y de aquellos tiempos que se
grabaron en las tablas vírgenes de la memoria.
Vuelvo, pues, al asunto, y digo que la primera visita al recién
llegado capitán, fué la del matrimonio del cuarto piso, con la
mayor de sus hijas, apreciable familia de tenderos por juro de
heredad, pero harto insípida para unos gustos tan especiales como
los de Bitadura. Algo más le entretuvo después el jubilado capitán
Arguinde, con sus alegrías de carácter y su desatinada sintaxis de
vizcaíno impenitente; no tanto doña Sinforiana Cantón, viuda desde
muy joven, y ya pasaba de los cuarenta y cinco, de un piloto que
murió de calenturas en la costa de África; mucho menos la señora y
las hijas de un comandante retirado, amigas de su mujer, y menos
todavía otras personas que acudieron también á verle por razón de
parentesco remoto, ó de gratitud ó de interés. Porque con los amigos
y camaradas, con _la gente del aligote_, como él llamaba á los del
oficio, ya se había visto despacio y en lugar conveniente para hablar
sin trabas y reir sin medida.
De esta gente eran los tres convidados que aguardaba, además de su
piloto Sama, y fueron llegando uno tras otro. Uno solo de ellos
era capitán. De los dos pilotos, sin contar á Sama, uno se llamaba
_Madruga_, prototipo de la especie; el otro era Ligo, el mozo que
vimos en San Martín con Andrés. Éste era el más joven de todos, y
quería ser el más elegante y culto; desde luégo era el más aparatoso
y el más desatinado. Madruga y él formaban un delicioso contraste.
Madruga era impasible de fisonomía, hablaba bajo, poco y como de
mala gana; pero lo que hablaba, salía forrado en cobre de sus
labios, cuya expresión de burla estaba tan cerca de la del enojo,
que se confundían muy á menudo: de aquí el interés singularísimo de
su pintoresca palabra. Ligo, al contrario, era locuaz, con grandes
presunciones de _hombre de mundo_, ó de ser capaz de serlo. Hablaba
de todo en el estilo y con la brusquedad de lo que era, con términos
finos, que él fabricaba á su gusto cuando la necesidad se lo exigía.
De este modo, resultaban unos potajes, unas finezas tan burdas y unas
groserías tan finas, que era todo lo que había que oir.
Había señoras todavía en casa de Bitadura cuando él llegó, y llegó
el último. Madruga se había portado tal cual, quitándose la gorra
y haciendo su poco de reverencia antes de sentarse. Sama tampoco
se había metido en muchos dibujos, porque no los conocía, y se
había achantado, muy calladito, en un rincón, donde se entretenía
en dar vueltas á la gorra entre sus manos, mientras silbaba, casi
mentalmente, una _sopimpa_ de allá.
El capitán _Nudos_, algo más joven que Bitadura y tan bien vestido
como él y cortado por el mismo patrón que él, no le aventajaba
un ápice en perfiles de cortesía y ceremoniales de sociedad:
verdaderamente estaba casi rapado á navaja en esos particulares;
pero, al cabo, había tenido trato de gentes por razón de su empleo,
y tenía oído que, en una casa, la señora debe ser siempre la persona
más atendida de propios y extraños; por lo cual, viendo desocupado un
hueco en el canapé donde se sentaba entre otras amigas la capitana,
allá se coló, y allí dió fondo junto á ella, sin más trabajo que el
de removerse algo para agrandar la plaza en que no encajaban bien sus
anchas posaderas. Y allí se estaba, algo oprimido y molestando un
poco á sus colaterales; pero, al cabo, como un señor y sin meterse
con nadie.
Cuando entró Ligo, con gran estruendo de tacones y resoplidos y
mucho zarandeo de arboladura, el amo de casa entretenía como Dios
y su impaciencia le daban á entender, aquellos ratos fastidiosos;
Andrea hablaba con las señoras; Sama, cansado de voltear la gorra,
se había puesto de codos sobre los muslos, y se divertía en meter
_escupitinas_, á plomo, por la juntura de dos tablas del suelo;
Madruga, con el pie izquierdo descansando sobre la rodilla derecha,
muy tirado el cuerpo hacia atrás, con una mano entre las solapas del
chaquetón y en la otra la gorra, escuchaba, con una atención tan
afectadamente grave que resultaba cómica, lo poco que en serio se
le ocurría á Bitadura; y el capitán Nudos, á juzgar por la cara que
ponía, le estaba pidiendo á Dios que le inspirara un modo de salir
cuanto antes de aquellas estrecheces.
Por entrar Ligo y observar el cuadro, se ratificó en su creencia de
que aquellos hombres no valían para el trance en que estaban metidos,
y sospechó que las señoras se aburrían. Él lo iba á arreglar todo
dando una lección de cortesía y travesura elegante á sus camaradas, y
un poco de amenidad á la visita, para recreo de las señoras. ¡Y allá
va! Apóstrofe á éste, palmoteo sobre la espalda del otro, indirectas
á Bitadura, chicoleos á la capitana, fineza por aquí, galantería
por allá, cómo se las arreglaría el bueno de Ligo, y de qué calidad
serían sus discreciones y amenidades, que antes de que pensara en
sentarse en la silla que arrastraba de un lado para otro, mientras
hablaba y se revolvía dentro del corro, ya no quedaba en la sala una
señora, y salía detrás de la última la capitana con las mejillas muy
coloradas y mordiéndose los labios de risa.
En cuanto se vieron solos los cinco marinos, Bitadura cayó sobre
su compañero, el del sofá, que comenzaba á desarrugar la faz y á
desentumecerse, diciéndole mientras le abrumaba á resobones:
--¡Osio, Macario!... ¡Desínflate ya, hijo, que tienes la cara como
una _ufía_!
Á lo que añadió Ligo:
--¡Si él no se metiera en _manipulencias_ que no entiende!...
--Para manipulencias y _pitiflanes_, tú,--dijo Madruga muy serio.
--Ya se ve que sí--repuso Ligo.--Aquí hay aparejo para navegar en
todas aguas, lo mismo de aligote que de pitiminí. Y si no, ¡mira cómo
se desguarnían de risa las señoras, que estaban, cuando yo entré,
como en el cuarto de oración!... ¡Ná, hombre, que sois toninas de la
mar, y no más que eso!...
Y por aquí siguió la porfía; y al ruido del tiroteo y de las
carcajadas, perdió Sama el respetillo que le infundía la presencia
de Bitadura, que, al cabo, era su capitán; largó una sopimpa de
cornetín, remedándole con los puños y con la voz, y cata á los cuatro
restantes bailándola como los mismos negros de Cuba. Y no jugaron
después á _paso_ ó al _soleto_, porque llegó la capitana, avisó que
estaba la sopa en la mesa, y se fueron todos al comedor.
Cinco meses había estado fuera de su patria Bitadura, y cerca de dos
de ellos acababa de pasarlos en la mar sin comunicación alguna con el
mundo. Lo primero que se le ocurriría hoy á un hombre, en esas mismas
condiciones, al volver á su casa y sentarse á la mesa entre amigos,
sería preguntarles:
--¿Quién manda en España? ¿Qué hay de política? ¿Cuándo se hizo el
último pronunciamiento? ¿Qué revolución se prepara? ¿Qué gobernador
tenemos?...
Á Bitadura y á todos los Bitaduras de entonces, les tenían estas
cosas sin cuidado. Lo que preguntó con grandísimo interés, tan pronto
como se sentaron todos á la mesa y mientras servía á Madruga un plato
de fideos encogollado, porque acababa de oirle decir que todavía
_estivaba_ tal cual en la _bodega_, fué del tenor siguiente:
--Y ¿qué hace Nerín?... ¿Y _Caparrota_?... ¿Cómo está la
_Sietemuelas_? ¿Y _Tumbanavíos_?
Éstos y otros tales fueron los temas de la conversación, interrumpida
á menudo para decir, por ejemplo, Madruga á Sama que estaba enfrente
de él: «_atraca_ esos _abarrotes_,» señalando unas aceitunas que
deseaba; ó Ligo á Andresillo: «pica esa bomba, _motil_,» para que le
escanciara el vino de una botella en la copa que le presentaba; y así
por el estilo.
Hacia los postres, se habló un poco, casi en serio, de los propósitos
del capitán con respecto á la carrera de su hijo. Ya iba siendo éste
muy grandullón, y deseaba su padre que se matriculara en náutica
en pasando un año, para que hiciera á su lado todas las prácticas,
antes que él se cansara de navegar, ó le recogiera el mismo Dios la
patente, dándole sepultura en el «campón de las merluzas;» con lo que
á la pobre madre, cuya cruz más pesada era pensar incesantemente en
ese mismo riesgo mientras su marido andaba navegando, se le oprimió
el corazón. No podía resignarse, sin protesta, á que su hijo siguiera
la carrera azarosa de su padre.
Viendo Bitadura que por aquel lado se enturbiaba el horizonte, torció
el rumbo de la conversación; y con esto y con haberse acabado los
postres, y con aparecer en la mesa la ginebra y el marrasquino y los
avíos de hacer café, como se hacía allí, á taza de polvo por barba,
colado con agua hirviendo por manga de franela; y con retirarse
Andrea y su hijo con sus correspondientes raciones en una bandeja
«para no estorbar á nadie,» quedáronse los marinos mejor que querían.
Una hora después, Madruga bailaba el _Cucuyé_ con Ligo; y, un
poco más tarde, á instancias del anfitrión, su piloto, provisto
de un cuchillo y una servilleta retorcida, cantaba y representaba
el _Sama-la-culé_... (precisamente por representar esto tan á la
perfección, se le había puesto el mote que llevaba), haciéndole el
coro y ayudándole en la escena todos los demás...
Y en éstas y en otras tales, hasta la hora de irse á _correr un
largo_ á la Alameda de Becedo.
¡Y aquellos niños grandes eran los hombres que sabían conducir un
barco á todos los puertos del mundo, y con una plegaria ferviente
y una promesa á la Virgen, afrontar cien veces la muerte, con faz
serena y corazón impávido, en medio del furor de las tempestades!
¿Ha cantado jamás la poesía cosa más grande y más épica que aquellas
_pequeñeces_?
[Ilustración]
[Ilustración]
VIII
EL ARMADOR DE LA «MONTAÑESA»
Perfectamente, señor don Pedro; todo lo que usted me cuenta, todas
las noticias que me da, junto con los resultados obtenidos, prueba
de nuevo que la _Montañesa_ es una finquita más que regular; en lo
que no tiene poca parte la mano de su administrador, que la trae y
la lleva por esos mares de Dios con una suerte rara. Verdaderamente
tiene usted mano de ángel. Hasta los huracanes, una vez empujándole y
otras deteniéndole, parece que están á su servicio, á fin de que el
buque llegue á puerto en hora de sazón para el negocio de la casa...
Que siga unos cuantos años todavía alumbrándole tan buena estrella,
y... Á propósito de azares de la mar: ¿persiste usted en hacer marino
al único hijo que tiene?
Decía así don Venancio Liencres, comerciante rico y armador de la
_Montañesa_, hablando con su capitán, al día siguiente de lo narrado
en el capítulo anterior, en el triste y empolvado departamento
señorial del mezquino escritorio que tenía en el entresuelo de una
casa del Muelle. Rato hacía que estaban solos allí los dos: el
comerciante, mal vestido y peor sentado en el sillón de paja de su
pupitre, sobrecargado de fajos de cartas sin contestar y de muestras
de azúcar, harinas y cacao, y el capitán en el sofá roñoso de
enfrente, debajo del retrato de la _Montañesa_, igual al que tenía
él en su casa, y de un papel con los _Días de correo á la semana_,
clavado en la pared con tachuelas amarillas, sobre un ribete de
ligueta encarnada.
Mientras el comerciante hablaba así, manoseaba, con notorio cariño,
después de haberle plegado cuidadosamente, el _extracto de cuenta_
del último viaje de la fragata, que apresuradamente, y para gobierno
suyo, le habían hecho en el contiguo departamento, cuya puerta de
comunicación había cerrado el capitán, por encargo de don Venancio,
después de entrar por ella.
Bitadura se quedó un poco suspenso con la pregunta del comerciante,
tan inesperada como extraña para él. Inesperada, porque era la
primera vez que aquel hombre le hablaba de su hijo; extraña, porque
jamás se le había ocurrido que Andrés pudiera seguir otra carrera
que la de marino. Por eso, sin salir de su medio asombro, respondió
con esta otra pregunta:
--Y si no le hago marino, ¿qué va á ser?
--Cualquier cosa... Todo es preferible á esa carrera de azares en que
el hombre de mejor corazón y de más suerte, no puede conseguir jamás
lo que logra sin esfuerzo cualquier perdulario que no sea marino: la
vida de familia. Bien lo sabe usted.
--Cierto es eso,--respondió el capitán, devorando un suspiro y
frunciendo el entrecejo, como si el comerciante le hubiera acertado
en el rinconcito en que él guardaba el único secreto de su corazón.
--Además--añadió don Venancio Liencres,--no se halla usted, con
respecto al porvenir de su hijo, en el caso de otros compañeros de
profesión: usted, por haber obtenido buenos frutos de su carrera y
por no tener más que un hijo, puede darle á escoger entre lo que más
le guste.
--Nada le gusta tanto como la carrera de marino,--se apresuró á
replicar el capitán.
--Ó escoger usted mismo--continuó el comerciante, fingiendo no
haber oído la réplica,--lo más conveniente para él; porque las
inclinaciones de los niños obedecen, por lo común, á caprichos del
momento... á fantasías pasajeras de la imaginación, al contagio de
los entusiasmos de otro... Ya usted me entiende.
--Sí que le entiendo, señor don Venancio--dijo Bitadura con
una fuerza de atención y una seriedad poco imaginables en el
descuidado marino que el día antes bailaba la sopimpa en su casa con
Madruga;--pero puesto á escoger carrera para Andrés, ¿qué escojo? ¿La
de picapleitos?
--¡Bah!
--¿La de matasanos?
--¡Puf!
--¿La de procurador?... ¿La de escribano?... ¿La de catedrático?...
--¡Horror!... Nada de eso, don Pedro amigo, nada de eso: eso es la
peste del mundo, y, además, una miseria... ¡Abogados, médicos...
curiales, literatos! ¡Puá!... Bambolla y hambre... Á cosa más sólida
debe aspirar un padre para su hijo... Y ríase de los que le digan
que no sólo de pan viven las gentes; que esto suelen decirlo los que
nunca han logrado hartar el estómago. ¡Pan, pan ante todo, mi señor
don Pedro! es decir, pesetas, ¡muchas pesetas! que lo demás, ello
solo se viene á la mano. Mire usted, hombre: mi padre guardaba ganado
en el monte, y mi madre sallaba maizales á jornal; yo no tuve otros
estudios que los que pudo darme el maestro del pueblo: las cuatro
reglas, una bastardilla mediana y el Catecismo. Pues con esto sólo
y mucha paciencia, y hoy barriendo el almacén y andando á escobazos
con los ratones que mordían los sacos de harina, y después haciendo
casi lo mismo en el escritorio, y luégo corriendo las hojas, y
copiando algunas cartas y llevando muchas al correo, y ¡aguantando
y aguantando! y ¡adelante y adelante! hoy dependiente, mañana un
poquito más, al otro día mucho más alto... aquí me tiene usted. Me
dieron la mujer que pedí cuando se me antojó casarme; cónsul del
Tribunal de Comercio he sido, no sé cuántas veces; alcalde, siempre
que me ha dado la gana, y no gasto coche porque no le necesito, y
el único que hay en el pueblo no sale más que los días que repican
fuerte. ¿En qué se me conoce que no he resobado de muchacho los
bancos de las aulas con el trasero? ó, por lo menos, ¿qué diferencia
de cultura halla usted entre las dos docenas de personas que pasan
aquí por principales, y yo? Quiero decir con esto, que el comercio
es el alma de los pueblos, la miga de todas las cosas, la mejor y
más digna carrera para la juventud, con doble motivo cuando ésta no
necesita pasar por las estrecheces por que yo pasé para llegar á
donde he llegado. ¿Me entiende el señor don Pedro?
El señor don Pedro entendía perfectamente al señor don Venancio; y
porque le entendía, se permitió apuntar algunas observaciones no
desprovistas de fundamento, tales como la del riesgo de pasarse la
vida empeñado en las ingratas tareas del escritorio, y llegar á viejo
sin haber salido de pobre, ni visto el mundo ni aprendido cosa alguna
de lo que hay ó de lo que se enseña en él.
--¡Desatinos, desatinos!--decía don Venancio Liencres á cada reparo
que, á su manera, le hacía Bitadura, deseoso, evidentemente, de
ponerse de acuerdo con el modo de discurrir del comerciante; el cual
remachó sus argumentos con la fuerza de este otro:--El comercio de
Santander es, hoy por hoy, pan de flor: poco, pero bueno; y oro
molido llegará á ser, si la codicia no nos ciega, si no hacemos
locuras... como esa que se ha echado á volar estos días, con
referencia á no sé quién que habló del caso no sé dónde: la de que
podrían ser convenientes un camino de hierro entre Alar y Santander,
á imitación del que se está haciendo entre Aranjuez y Madrid, y una
línea de vapores entre este puerto y la Isla de Cuba. ¡Caminos de
hierro! ¡Vapores! Aventuras de loco; calaveradas de gente levantisca
que tiene poco que perder, y quiere probar fortuna con caudales de
los incautos, para venir á parar á aquello de «aquí yace un español
que estando bueno quiso estar mejor.» Y vuelvo á mi tema: si nos
arreglamos con lo que tenemos, y no nos lanzamos en aventuras
descabelladas, como esa del ferrocarril y de los vapores (que, á Dios
gracias, no pasa de una idea de estrafalario, comentada por cuatro
desocupados), el maravedí que aquí se siembre en el comercio, con un
poco de cariño y de inteligencia, da la peseta bien cumplida en el
primer agosto. ¿Se va usted enterando, señor don Pedro?
Don Pedro se iba enterando, en efecto; y por lo mismo, se atrevió á
decir al comerciante que, aun aceptando como el Evangelio todo lo
que exponía, quedaba la dificultad material de poner á Andresillo en
ese rumbo. ¿Qué entendía Bitadura de esas cosas, aunque andaba tan
arrimado á ellas por razón de su oficio? ¿Quién le daba la mano? ¿Qué
valedores tenía? ¿Á dónde se arrimaba su hijo? ¿Por qué puerta le
metía?
--Vamos á eso--respondió don Venancio, que hablando de aquellas cosas
estaba en su púlpito natural, porque no entendía pizca de otras,
amén de que, por las trazas, había tomado con empeño el asunto de la
carrera de Andrés.--Entrégueme usted su chico. Yo no tengo más que
dos hijos: el varón será de su edad, próximamente: pienso traerle al
escritorio en cuanto pase el verano. Que trabajen juntos y se hagan
buenos amigos: un mismo estímulo puede animar á los dos, pues si el
hijo de don Venancio Liencres trabajaría en la viña de su padre,
en esa viña tiene muy buenas cepas en producto el padre de Andrés
Colindres. Que pasaban los años, y los niños aplicados llegaban á
comerciantes entendidos, y usted y yo á retirarnos á descansar: aquí
quedaba su caudal de usted, acrecentado por los intereses, ó por el
beneficio de los negocios si había preferido usted que ese caudal
pasara de la humilde categoría de una cuenta corriente con interés,
á la más respetable de un socio comanditario... ¿Acaba usted de
comprenderme, señor don Pedro?
--Sí, señor--respondió éste, sin disfrazar el vivo interés con que
trataba el punto.--Pero y si, después de metido en el comercio,
resulta que no le toma ley ó no sirve para el paso, ¿qué hago yo de
mi hijo?
--Pues, ¡canastos!--replicó el comerciante:--si después de hecho
marino resulta que se marea, ó se ahoga, ó sale un perdido y vende
el barco, ¿hará usted de él cosa mejor que un pinche de escritorio,
holgazán y torpe, como hay muchos?...
--Tiene usted razón, señor don Venancio,--respondió con prontitud
Bitadura, que no disimulaba jamás sus impresiones.
--¡Vaya si la tengo!--exclamó el comerciante repantigándose en
el sillón, completamente satisfecho de su triunfo, aunque sin
extrañarse de él.
--Creo que hemos de entendernos--añadió Bitadura levantándose.--Por
lo pronto, le agradezco á usted con todo corazón el interés que se
toma por la suerte de mi hijo, y la oferta que me hace... No tardaré
en responderle con mayor claridad... No lo extrañe usted. Las cosas
que mejor me suenan son las que más quiero yo ver de lejos: se marca
mejor así el rumbo que traen, que atracándose á ellas.
En esto, oprimía con su diestra la mano que le había tendido el
comerciante; y como estaba algo conmovido, al decir por despedida:
«á la orden de usted, señor don Venancio,» don Venancio vió las
estrellas, por una razón que se le alcanzaría al más torpe al
observar cómo, momentos después de salir Bitadura, se soplaba el
comerciante los dedos cárdenos y como pegados unos á otros; detalle
que prueba, á lo sumo, que es un poco peligroso dar la mano á hombres
como aquél, si están algo conmovidos.
Pero ¿por qué mil demonios se interesaba tanto el señor don Venancio
Liencres por la suerte de Andresillo? ¿Qué se le daba al rico
comerciante, duro de epidermis, como las talegas que amontonaba en
su caja de hierro, de que al hijo del capitán Bitadura le tocara la
lotería ó se le comieran los tiburones? ¿De cuándo acá reparaba
tanto el hombre del daca-y-toma en que los marinos gozaban poco
las delicias del hogar doméstico? ¿Por qué se mostraba ahora tan
sensible á esas _pequeñeces_, de las cuales jamás le había oído
hablar, como si las considerara género de mal comercio para su
corazón? ¿Por qué en lo referente á ellas discurría lo mismo que
Andrea?... ¡Tate!... ¡Andrea!... Este nombre fué un punto luminoso
en la obscuridad de los razonamientos del capitán, mientras iba
camino de su casa... «¿Apostamos dos cuartos,» se dijo, «á que mi
mujer ha andado conspirando por aquí? ¿Serán de ella también las
razones de conveniencia que don Venancio me ha expuesto, combatiendo
mi propósito de hacer marino á mi hijo? De cualquier modo, y sean
de quienes fueren esas razones, están muy en su lugar y yo no debo
desatenderlas porque no se me hayan ocurrido á mí.»
Efectivamente, la capitana había conspirado contra los planes de su
marido, en el escritorio de don Venancio Liencres. Cada pena negra
que pasaba, y pasaba muchas la infeliz, durante las larguísimas
ausencias de su marido, temiendo por su vida entre las veleidades
del mar ó los rigores de extraños climas, y ¿por qué ocultarlo? por
su cariño de esposo amante (que lo era en verdad y á toda prueba, el
bueno de Bitadura); cada pena de éstas, repito, que pasaba Andrea,
volvía los ojos del alma á su hijo, y otra pena mayor le resultaba de
ello, al considerar que á las ausencias del capitán habría que añadir
pronto las del _agregado_... ¡y las dos ausencias á un tiempo!... ¡y
ella sola, enteramente sola, en su casa, temiendo por la vida de los
dos! Muchas veces había intentado hablar con este tema á su marido,
y hasta conseguido fijar su atención por unos instantes; pero de
allí no pasó nunca, porque Bitadura, que todo lo metía á barato, le
salía al encuentro con una cuchufleta, pegándola una papuchadita y
mordiéndola luégo los carrillos, ó tapándole la boca con un beso,
después de haberla dado tres vueltas en el aire, entre sus brazos
de hierro, en la misma postura que coloca un padrino á su ahijado
mientras el cura le pone la sal en los labios. Pero Andrés iba
creciendo, se acercaba la hora de decidirse, y Andrea seguía temiendo
lo peor. Se armó de voluntad después de meditarlo mucho, y tres días
antes de la llegada de su marido pidió una audiencia en el escritorio
á don Venancio Liencres; y con esa sencilla y poderosa elocuencia del
corazón, tan común en todas las madres cuando abogan por la causa
de sus hijos, expuso al comerciante sus temores, sus deseos y sus
fervientes súplicas para que, guardando, mientras fuera posible, el
secreto de aquellas gestiones, tratara de desarraigar en su marido la
idea que tanto la atormentaba á ella...
Don Venancio Liencres era un hombre completamente insignificante,
_intus et foris_; pero, en los casos dudosos, tenía el buen instinto
de inclinarse á lo mejor, porque su madera, aunque tosca, era sana;
además, como todas las nulidades de suerte, que son hechas de esta
manera, careciendo de materiales propios para hacer algo regular
siquiera, tomaba los que le ofrecían en cualquiera parte; y los
tomaba con amor, porque se pagaba muchísimo de que las gentes le
tuvieran en algo, haciendo algo que no hicieran los demás. Estimaba
cordialmente al capitán; conocía de vista á su hijo, y hasta le
parecía guapo y dispuesto; tuvo en mucho aquel acto de consideración
hacia él, de una mujer tan guapota y honrada como la capitana;
pareciéronle naturalísimos sus temores y muy fundados sus deseos, y
aun se conmovió un poquillo con sus sentidas palabras; y no sólo la
prometió, de todas veras, servirla en cuanto deseaba, sino que, de
cuenta propia, llegó con su amparo hasta donde ha visto el curioso
lector; y todavía hubiera llegado más allá, si mayor esfuerzo
se hubiera necesitado para conseguir, con la virtud sola de sus
razonamientos (pues cabalmente el razonar bien era la manía del
señor don Venancio Liencres), el triunfo sobre la obstinación del
capitán.
Esta vez fué Bitadura quien sacó, tan pronto como llegó á casa,
la conversación sobre la carrera de Andrés; y como la capitana no
ignoraba de dónde venía su marido, á las primeras palabras de éste
se le puso la cara que ardía. Esto la delató, y Bitadura se hizo el
enfadado; pero se le veía la mentira por el rabillo del ojo y por los
extremos de la boca. Andrea, haciendo como que no veía nada, confesó
el hecho con todos sus pormenores, y un aire de resignación bastante
falsificado también.
--¡Nos veremos sobre ese particular!--exclamó Bitadura, paseándose
por la sala, siempre de espaldas á su mujer, braceando mucho y
taconeando más.--¡Ir con los secretos de familia á casa de los
vecinos!... ¡Eso no se hace!
Andrea, que le miraba á hurtadillas y le vió tan empeñado en no dar
la cara, comenzó á pasear detrás de él, pero muy cerquita, y le dijo,
según iba andando, con acento de estudiada humildad:
--Pues, hijo, si tan mal he obrado creyendo acertar, ya lo sabes: el
cuchillo eres y la carne soy; con que corta por donde quieras.
--¡Sí, señora!--respondió Bitadura volviéndose de pronto.--¡Sí que
cortaré!... ¡Y ahora mismo! ¡Y mucho! ¡Venga usted acá! ¡Siéntese
usted aquí!
Y sentándose él en el sofá, la sentó á ella sobre sus rodillas.
--¡Míreme usted á la cara!... ¡Venga esa pitorruca!
Y le dió un mordisco en la nariz.
--¡Vengan esas orejinas!
Y se las mordió también.
--Y ahora, para acabar primero, vaya todo este brazado de carne por
el balcón abajo.
Y tomó á su mujer en brazos, como solía. Púsose enfrente del balcón,
y diciendo: «¡á la una! ¡á las dos! ¡á las tres!» columpiándola al
mismo tiempo, giró de pronto sobre sus talones hacia dentro, y la
estampó en la cara media docena de besos.
--Toma... por habladora... por cuentera... y porque me da la gana.
Andrea se reía como si la hicieran cosquillas, y tomaba aquellos
castigos tan dulces por señales de buen agüero... hasta que Bitadura
le dijo que todo se haría como ella deseaba; y se trocaron los
papeles.
[Ilustración]
[Ilustración]
IX
LOS ENTUSIASMOS DE ANDRÉS
Entre tanto, Andresillo caminaba hacia la calle Alta, deteniéndose
con todos los conocidos que hallaba al paso para hablarles de la
llegada de su padre, de lo que le había oído contar sobre su viaje, y
algo también de la comida del día antes, y muy particularmente de las
cosas de Sama, Ligo y demás comensales. ¡Muchísimo se había divertido
con ellos! Iba á la calle Alta para ver qué tal se las arreglaba
Silda en su nueva casa. Consideraba á la huérfana como protegida
suya, y se interesaba por su suerte.
Al llegar enfrente del Paredón, vió á Colo que subía de bajamar,
con dos remos al hombro, y en una mano un balde á medio llenar de
_macizo_. Colo era aquel sobrino de don Lorenzo, el cura loco, de
quien ya se ha hecho mención. Andrés le preguntó por la casa de tío
Mechelín, y notó que Colo estaba de muy mal humor. Antes que él
pensara en preguntarle por la causa de ello, le dijo el marinero,
echando abajo los remos:
--Hombre... ¡si esto no es pa que uno pierda hasta la salú!...
--¿Qué te pasa?--le preguntó Andrés.
--Ese hombre, ¡toña!... mi tío el loco, que no hay perro, ¡toña! que
le saque de la bodega ese hipo, ¡mal rayo!; y esta mañana, malas
penas, me voy pa la lancha, me coge á la puerta de casa, y ¡toña! que
me ha de manipular en el sostituto... ¿no es eso, tú? ¿no se dice
asina?... Ello es lo que hay que hacer pa atracarse á ese colegio en
que enseñan esos latines de... ¡mal rayo!... ¡Miá tú, hombre, qué sé
yo de eso, ni pa qué me sirve!
--Para maldita la cosa,--dijo Andrés.
--Pus dale que ha ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este
verano... Con que yo me cerré á la banda... y sin más ni más, el
burro de él, ¡toña! me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos
que él gasta... ¡Mal rayo!... Pero ¿pa qué, hombre? Vamos á ver, ¿pa
qué quiero yo eso? ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio
en unos calzones nuevos?... Pus porque le dije esto mesmo, me alumbró
otro estacazo. ¿No es animal!... Dice que hay una... ¿cómo dijo?...
ello es cosa de iglesia... ¡Ah! capellanía... Una capellanía que es
de nusotros; y que si yo allego á ser cura, me embarbaré de betún.
¡Como no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora
resulta que el señor que enseña esos latines, da más leña entodía que
el animal de mi tío... ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?... Don,
don...
--Don Bernabé,--apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.
--Eso, don Bernabé...
--¡Mucho palo te espera allí!--dijo Andrés con candorosa
ingenuidad.--¡Mucho palo!
Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al
pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo á Andrés:
--Esta es la casa.
Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle,
despidióse y apretó el paso.
En esto salió de hacia la bodega Silda, acompañando á Muergo.
Muergo llevaba ya puestos los calzones del padre Apolinar; pero
sin otro arreglo que haberles recogido él las perneras á fuerza de
remangarlas; y así y todo, le bajaba la culera hasta los tobillos.
Con esto, el chaquetón de marras por encima y las greñas revueltas
coronando el conjunto, el hijo de la Chumacera parecía un fardo de
basura que andaba solo.
--Aquí llevo una camisa... ¡ju, ju!--dijo á Andrés el monstruoso
muchacho, golpeándose con la mano derecha una especie de tumor que se
le notaba en el costado izquierdo.
Andrés le miró asombrado, y Muergo apretó á correr calle abajo. Silda
dijo á Andrés en seguida, aludiendo á Muergo:
--Quería yo que le dieran una camisa, y ellos no querían, porque
Muergo no la merece y su madre no tiene vergüenza; pero le encontré
esta mañana cerca del Paredón, y le traje á casa para que le viera su
tía sin camisa, y le diera una vieja de su tío. Él no quería venir;
pero luégo vino, y entonces no le querían dar la camisa; pero yo me
empeñé, y se la dieron; pero si la echa en aguardiente y le ven sin
ella, no le darán más ni le dejarán volver aquí... Su madre es una
borrachona, y él también sorbe mucho aguardiente. ¡Qué feo es y qué
puerco! ¿verdá, tú?... Entra un poco, verás qué bien se está aquí...
Ya no pienso volver á la Maruca tan pronto, ni al Muelle-Anaos... Se
hace una allí muy pingona... Pasa luégo este portal, para que no te
encuentren las del quinto piso si bajan; y no te pares nunca mucho
á esa puerta de la calle, porque te tirarán inmundicias desde el
balcón. Son muy malas, ¡pero muy malas!... Ayer armaron bureo porque
á tío Mocejón le dijeron en el Cabildo que me había castigado mucho,
y que si no me dejaban en paz las de su casa, se verían con la
Justicia... Son muy malas, ¡pero muy malas!
Tía Sidora, que andaba trajinando por adentro, salió, al rumor de la
conversación, hasta la mitad del carrejo, y Silda la dijo señalando á
Andrés:
--Este es el c...tintas bueno que me llevó á casa de pae Polinar.
Se alegró mucho la marinera de conocerle, y le ponderó la acción; y
como el muchacho le pareció muy guapo, le dijo lo que sentía, con lo
que Andrés formó un gran concepto de tía Sidora, aunque se puso muy
colorado con los piropos. Ella no conocía personalmente al capitán de
la _Montañesa_; pero su marido sí, y muchas veces la había hablado de
él, ponderando sus prendas de marino y su _parcialidá_ de genio: era
gran persona el señor don Pedro, y, además, callealtero de origen:
otra condición muy digna de tenerse en cuenta por la tía Sidora para
estimar al capitán y alegrarse de que hubiera sido su hijo quien se
apiadó de la niña desamparada en el Muelle-Anaos, y la llevó á casa
de persona capaz de hacer por ella lo que hizo luégo el pae Polinar.
Le trataron mal, muy mal, las desvergonzadas de arriba, cuando fué
á hablarlas sobre la niña que ella y su marido recogieron después,
como la hubieran recogido antes, si no hubieran mirado más que al
buen deseo; pero había otras cosas que considerar, y se aguantaron.
Ahora, gracias á Dios, estaba Silda en puerto seguro, y el Cabildo
había puesto en los casos á las deslenguadas sin vergüenza, para que
no intentaran impedir con sus malas artes que hicieran otros por la
desdichada lo que ellas no quisieron hacer...
--Mira la mi alcoba,--dijo Silda á Andrés, interrumpiendo la retahila
de tía Sidora.
La alcoba, libre de estorbos y muy barrida, contenía una cama muy
curiosa, y una percha vieja con algunas prendas de vestir de tía
Sidora.
--Aquí se colgarán también los sus vestiducos--dijo ésta,--en cuanto
los tenga listos. Ahora le estoy arreglando uno de una saya mía de
percal, casi que nueva; y, si Dios quiere, hemos de mercar algo de
tienda cuando se pueda, porque no se puede todo lo que se quiere. En
remojo tengo lienzo para dos camisucas, que es lo que más falta le
hace; porque vino la enfeliz, pa el cuasi, en cuerucos vivos.
Desde allí pasaron á la salita, donde estaba la saya de tía Sidora,
hecha pedazos, sobre una silla cerca de un montón de filástica
deshilada. Aquellos retazos eran las piezas del vestido de Silda, que
había cortado y se disponía á coser tía Sidora. Silda había asistido
con mucha atención á aquellas operaciones, y tía Sidora esperaba
hacerla tomar apego á la casa; enseñarla, poco á poco, á coser, y
el Catecismo; hacer lumbre, arrimar siquiera la olla, barrer los
suelos; en fin, lo que debía aprender una hija de buenos padres, que
había de ser mañana una mujer de gobierno. En opinión de tía Sidora,
Silda se había dado á la bribia desde la muerte de su padre, porque
malas mujeres le habían hecho la casa aborrecible. No sucedería eso
en adelante: la niña saldría cuando y como debiera salir, y pasaría
en casa el tiempo que debiera pasar; pero ni en casa ni en la calle
tendría otras ocupaciones que las propias de sus años y de su sexo.
Mientras decía todas estas cosas, á su manera, la tía Sidora encarada
con Andrés, Silda, con su faz impasible, miraba tan pronto á éste
como á la marinera, y Andrés, atentísimo y hasta impresionado con la
locuacidad expansiva y noblota de la pescadora, no apartaba los ojos
de ella sino para fijarlos un momento en los serenos de Silda, como
diciéndola: «¿lo oyes bien?» Al fin, no se contentó con la elocuencia
de su mirada, y acudió á la de las palabras, enderezando á la niña,
muy serio y con gran energía, las siguientes:
--Te digo que no tendrás vergüenza si vuelves al Muelle-Anaos y á
arrimarte á ese indecente de Muergo.
--Al Muelle-Anaos--le interrumpió tía Sidora,--ya está ella en no
volver... ¿verdá, hijuca?... Y por lo tocante á Muergo, según él
se porte, así nos portaremos con él... ¿No es eso, venturaúca de
Dios?... Pero ¿qué mil demontres habrá visto esta inocente en ese
espantajo de Barrabás, pa tomarse tantos cuidaos por él?... Pa mi
cuenta, es de puro móstrico que le ve... ¿Verdá, hijuca?
Silda se encogió de hombros, y preguntó á Andrés si iría á la calle
Alta cuando las fiestas de San Pedro. Andrés respondió que puede que
sí, y tía Sidora le ponderó mucho lo que había que ver entonces y
lo bien que se veía desde la puerta de su casa. Habría hogueras y
peleles, y mucho bailoteo; tres días seguidos, con sus noches, así; y
en el del santo, novillo de cuerda. Sartas de banderas y gallardetes
de balcón á balcón. Las gentes del barrio, sin acostarse en sus
casas, comiendo en la taberna ó á la intemperie, y triscando al son
del tamboril. La calle, atestada de mesas con licores y buñuelos. La
iglesia de Consolación, abierta de día y de noche; el altar de San
Pedro, iluminado, y la gente entrando y saliendo á todas horas. Pero
tan bien enterado estaba Andrés de lo que eran aquellas fiestas, como
la misma tía Sidora, porque no había perdido una desde que andaba
solo por la calle.
Después examinó con muchas ponderaciones una sedeña de bahía,
que estaba colgada de un clavo. ¡Aquello se llamaba un aparejo de
veras, y no el cordelillo que él tenía, con unas tanzas de poco más
ó menos, y unos anzuelos de chicha y nabo! Tía Sidora, que le vió
tan admirado de aquello poco, fué por el cesto de las artes, que su
marido no había llevado á la mar, porque estaba á sardina, que se
pesca con red. Andrés había visto muchas veces aquellos aparejos
secando al balcón ó amontonados en el cesto, pero devanados. Tía
Sidora le explicó el destino y el manejo de cada uno. Los cordeles
de merluza, del grueso de la cabeza de un alfilerón gordo, con su
remate fino y un anzuelo grande á la punta. El palangre para el
besugo: más de ochenta varas de cordel lleno de anzuelos colgando de
sus _reñales_ cortos; de palmo en palmo, un reñal. Las cuerdas de
bonito, compuestas de tres partes: la primera, y la más larga, un
cordel que se llamaba _aún_, doble de gordo que el de la merluza;
después, una cuerda más fina, y después la sotileza de alambre, con
un gran anzuelo. Se encarnaban los anzuelos del besugo y el de la
merluza, con _carnada_ de sardina, generalmente, y en el del bonito
se ponía un engaño cualquiera: por lo común una hoja de maíz, que
no se deshacía en el agua, como el papel. Para llevar á la pesca
las cuerdas del besugo, había una _copa_, especie de maserita,
próximamente de un pie en cuadro, con las paredes en talud muy
abierto, como la que tía Sidora enseñó á Andrés, porque la tenía á
mano. Á medida que se encarnaban los anzuelos, se iban colocando en
el fondo de la copa con los reñales tendidos sobre las paredillas,
y el cordel recogido sobre los bordes. Así se llevaba á la mar este
aparejo, cuya preparación exigía bastante tiempo, porque los anzuelos
no bajaban de doscientos. Á veces se trababan cien besugos de un
golpe. La merluza se pescaba _al garete_, casi á lancha parada, y
á una profundidad de cien brazas poco más ó menos; el besugo, pez
bobo, se trababa él por sí mismo, dejando tendida la cuerda con los
anzuelos colgando; el bonito, _á la cacea_, á todo andar de la lancha
á la vela. Era un animal voraz; y se tragaba el engaño con tal ansia,
que á veces salía trabado por el estómago. Para todo esto, había que
salir muy afuera, ¡muy afu
Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/49388