Los Caminos del Mundo
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Title: Los Caminos del Mundo
Author: Pío Baroja
Release date: June 25, 2015 [eBook #49280]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CAMINOS DEL MUNDO ***
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
_El aprendiz de conspirador._
_El escuadrón del Brigante._
_Los caminos del mundo._
_Con la pluma y con el sable._
_Los recursos de la astucia._
_La ruta del aventurero._
_Los contrastes de la vida._
_La veleta de Gastizar._
_Los caudillos de 1830._
_La Isabelina._
_El sabor de la venganza._
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CAMINOS DEL MUNDO
NOVELA
[Ilustración]
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
AL LECTOR
Al comenzar a revisar este tomo de _Las memorias de un hombre de
acción_, para enviarlo a la imprenta, encuentro que el cronista,
don Pedro de Leguía y Gaztelumendi, fuera porque así le convino,
fuera porque no halló medio de fundirlas en una sola, escribió tres
narraciones cortas que no ofrecen más unidad que la de aparecer en
ellas Aviraneta y sucederse una a otra en breve espacio de tiempo.
Es posible que Leguía no conociese todos los detalles de la vida de su
amigo y maestro en un riguroso orden cronológico; es posible también,
y más probable aún que, aunque los conociese, no encontrara en los
intervalos, entre narración y narración, nada digno de ser contado.
Las vidas, aun las más aventureras, tienen, naturalmente, días normales
y tranquilos, como los ríos, aun los más impetuosos; calman su
corriente en las paradas y en los remansos.
Leguía dió a sus narraciones y a los capítulos de éstas títulos un
tanto extraños y folletinescos, que yo no he querido cambiar. De los
tres relatos que forman este volumen, el primero se titula _La culta
Europa_ (Amores, hambre, peste y filosofía); el segundo, _Una intriga
tenebrosa_ (Los hombres de la conspiración del Triángulo); y el
tercero, _La mano cortada_ (Historia de Tierra Caliente).
Es muy probable que un escritor de hoy hubiera intentado modernizar
estos relatos y darles un carácter más en armonía con el gusto de
nuestra época. Yo he preferido dejarlos tal como los escribió Leguía.
Leguía, ciertamente, no era un maestro, sino un aficionado; y así como
a un caballo de coche «simón» cuando se desboca, la furia senil le hace
brioso y difícil de sujetar, así la imaginación del hombre, que no se
ve obligado a tenerla, le empuja a desmandarse y a galopar por los
campos de la fantasía.
Hecha esta salvedad, cedo la palabra a Leguía para que vaya explicando
cómo se agenció los datos y papeles que le sirvieron para escribir el
volumen, y desarrolle después sus tres narraciones en orden de batalla.
LA CULTA EUROPA
AMORES, HAMBRE, PESTE Y FILOSOFÍA
LOS PAPELES DE ARTEAGA
Examinando unos papeles que habían pertenecido al padre de mi mujer,
don Ignacio de Arteaga, encontré un libro de apuntes escrito por él,
donde contaba su vida.
El libro estaba magníficamente encuadernado en piel, y tenía en la
cubierta el escudo de la familia pintado a la acuarela.
La primera parte de la narración me molestó. Era petulante, con ínfulas
aristocráticas y disertaciones genealógicas, cosa muy propia de un
zapatero republicano enriquecido, pero no de una persona discreta.
El narrador expresaba ideas reaccionarias, que a mí me parecen
perjudiciales y anticuadas. Iba pasando las páginas del cuaderno sin
gran curiosidad, cuando tropecé con el nombre de Aviraneta.
Todos mis amigos saben que este nombre ha sido para mí una
preocupación, y desde el momento que lo vi escrito encontré ya más
interés en el relato de mi suegro.
Don Ignacio de Arteaga había sido amigo y compañero de la infancia de
Aviraneta.
Don Ignacio, al comienzo de la guerra de la Independencia, cayó
prisionero de los franceses y estuvo varios años en los depósitos
de Dijón y de Chalon-sur-Saone, hasta que se celebró la paz entre
Bonaparte y Fernando VII.
Al acabar la guerra, Arteaga volvió a España, se casó, vivió varios
años en la Península, y después marchó a Méjico con su mujer.
De la ciudad de Veracruz, donde habitó algún tiempo, pasó a ser
destinado de guarnición al castillo de Ulúa. Allí, dentro de la
fortaleza, último refugio de los españoles en Méjico, enfermo y
aburrido, escribió este _Diario_, del cual copio la parte que se
refiere a su prisión en Francia, por ser la única donde aparece
Aviraneta.
LIBRO PRIMERO
EN LA EMIGRACIÓN
I
PRISIONERO
A principios de 1808 me encontraba yo en Irún de ayudante del general
Rodríguez de la Buria.
Creíamos la mayoría de los españoles que en Bayona no se ventilaba
mas que una cuestión de familia entre Don Carlos IV y el príncipe
Fernando, en la cual ejercería de árbitro el poderoso soberano francés,
cuando quedamos horrorizados al saber la inicua usurpación tramada
por _Buonaparte_ contra el mejor de los reyes y el más amable de los
príncipes.
Al conocer lo ocurrido en Madrid el día 2 de mayo, salí al momento de
Irún, me dirigí a la corte y pasé lo más pronto que pude a Sevilla.
De Sevilla me enviaron a Zaragoza, y aunque Palafox opuso dificultades
a que permaneciera allí, porque, sin duda, no quería tener cerca
testigos de sus andanzas en Bayona, después de una entrevista con su
ayudante y de largas explicaciones, quedé de guarnición en la heroica
ciudad.
En este glorioso sitio hubo de todo: muchos soldados valientes
aparecieron postergados y obscurecidos, y otros que no se señalaron en
la hora de los combates fueron los más celebrados en el momento de las
recompensas.
No es fácil, ciertamente, en el campo de batalla aquilatar con
exactitud los méritos de cada uno, y aunque haya buena voluntad y
rectitud en el mando, siempre queda motivo para la murmuración y el
descontento.
En las primeras páginas de este cuaderno he detallado las acciones en
que tomé parte, y todas constan en mi hoja de servicios. No volveré a
repetirlas.
Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de la entrega con la
columna de jefes, oficiales y tropa.
Poco después nos dividieron en destacamentos y enviaron éstos a
diferentes puntos.
Yo fuí con un grupo de oficiales dirigido a Pamplona, y después de un
viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo, pude llegar a la
ciudad navarra.
Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie del invasor, no es
de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y decaído.
Escribí desde allá a mi madre; y ésta, que tenía muy buenas relaciones
en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para que vinieran
a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no, la
desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.
Al reponerse mis fuerzas fuí a visitar a varias familias
aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de
estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que
hoy es mi mujer.
Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente, dulce, tímida.
Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera mirada
fuimos el uno del otro.
Habíamos entablado relaciones formales ella y yo, cuando un mes o mes y
medio después de mi llegada a Pamplona, me encontré con un oficio del
duque de Mahón, virrey del reino de Navarra por el Gobierno intruso de
José _Buonaparte_.
Los demás oficiales, compañeros míos, recibieron el mismo escrito, que
se nos envió a todos con la anuencia del comandante general.
En el oficio se nos inducía a firmar un papel declarando que, bajo
palabra de honor, guardaríamos obediencia a Su Majestad Católica José
Napoleón. Después de cumplida esta formalidad quedaríamos libres.
En el caso de no aceptar seríamos considerados como prisioneros e
internados en Francia.
La perspectiva de separarme de Mercedes era para mí dolorosísima; hubo
instantes en que di paso en mi alma a proyectos de egoísmo personal;
pero la idea del honor se sobrepuso a conveniencias mezquinas y
contesté al virrey de Navarra, duque de Mahón, con una carta enérgica,
diciéndole que prefería la muerte a aceptar en mi patria la usurpación
y la tiranía de un intruso.
No todos los oficiales rechazaron la propuesta, y hubo españoles
indignos que la aceptaron.
Cuando comuniqué a Mercedes mi decisión, me dijo:
--No esperaba de ti otra cosa; si te llevan a Francia te esperaré toda
la vida.
¡Santa y noble mujer!
Una semana después el comandante de la plaza nos llamó a los oficiales
rebeldes y nos advirtió preparáramos nuestros equipajes, pues íbamos a
ser internados en Francia.
Efectivamente, el siguiente día salimos de Pamplona, escoltados por
una columna de infantería y caballería, y tomamos por Villava hacia
Burguete.
En los días sucesivos cruzamos Roncesvalles, descansamos en Valcarlos
y seguimos por San Juan de Pie del Puerto a internarnos en territorio
francés. Aunque llovió mucho, el tiempo no era desapacible, y pudimos
hacer el largo viaje hasta Dijón con relativa comodidad.
II
EL DEPÓSITO
Dijón, la antigua capital de la Borgoña, es una hermosa ciudad de
calles anchas y bien enlosadas, hermosos edificios, grandes monumentos
y antiguos y amenos paseos. Es ciudad aburrida, como muchas capitales
de provincia francesa, sobre todo para el extranjero. En el depósito de
esta ciudad quedé yo acantonado.
Fuí a vivir a una pequeña pensión de madama Chevalier, vieja avara que
nos trataba muy mal.
Esta casa, por lo barata, siempre estaba llena y había en ella un ir y
venir constante de oficiales españoles que pasaban solamente días.
Yo estuve algunos meses allí, y vi renovarse mucha gente. Sólo dos
oficiales eran los constantes: uno de ellos, Guillermo Minali, italiano
de nacimiento y coronel del ejército español, que había sido hecho
prisionero por los franceses en el sitio de Gerona, y el otro, un tal
Jerónimo Belmonte, castellano viejo, tipo terco, malhumorado y cerril.
Minali tenía un asistente catalán con cara de pillo, aunque muy grave y
muy serio, a quien llamaban el Noy.
Belmonte, el otro oficial, había sido encontrado mutilado y medio
muerto en el campo por los franceses después de la batalla de Talavera,
y el general Víctor le había puesto, para que le cuidase, un guardia
valón, joven efusivo con más condiciones de enfermero que de militar.
Entre el oficial español mutilado y este muchacho flamenco, llamado
Hans, se estableció una amistad fraternal, a pesar del genio
insoportable de Belmonte, quisquilloso y agresivo.
A este oficial mutilado le faltaban una oreja y varios dedos de la
mano, y no quería considerar sus mutilaciones como accidentes naturales
de la guerra, sino como una ofensa inferida a su honor personal. Así,
cualquier alusión a las orejas o a las manos le ponía fuera de sí y la
consideraba como un insulto.
No pensaba quedarme mucho tiempo en la casa de huéspedes misérrima
de madama Chevalier; pero estuve más de lo que esperaba. Yo vivía en
Dijón muy apartado; iba al Jardín Botánico, paseaba por la Plaza Real,
visitaba los monumentos, y a la hora de la retreta me marchaba a casa.
Mi único consuelo era la música, la música religiosa, que oía en la
iglesia siempre que podía, y la música profana, cuando encontraba sitio
donde se tocaba algún instrumento, como el violín o el clavicordio.
Me hubiera gustado mucho comprar una clave y tocar en casa; pero no
tenía dinero para estos lujos.
Un oficial español, jugador empedernido, un tal Mancha, a quien veía
en el café, realizó en parte mis deseos. Este oficial, al oír que yo
me lamentaba de no tener un instrumento de música, quiso venderme
una guitarra; le dije que no; pero la ofreció a precio tan bajo, que
al último tuve que comprársela. Me hice el cargo; tal era la miseria
de los tiempos, que durante algunos meses, en vez de ir al café, me
quedaría en casa tocando este instrumento.
La guitarra que me proporcionó Mancha era muy buena, antigua, de madera
negra; tenía dentro la fecha de construcción; era de a mediados del
siglo XVII. Quizá la había tocado en su vejez don Vicente
Espinel, el autor de la _Vida del escudero Marcos de Obregón_, que,
según dicen, fué el que añadió la quinta cuerda a la guitarra.
Llegué a ser un guitarrista bastante bueno, y el ejercicio para
conseguir esto constituyó mi gran distracción.
A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama Chevalier, Jerónimo
Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo; fuí, y me
chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino de
Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban;
me pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.
Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me había citado Belmonte
para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la cita. Llamé a
su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su habitación.
No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé a
ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco
Hans y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas
rejas echando lazos hacia dentro.
Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte y los dos asistentes
se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se explicaba el buen
Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.
Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos días después me mudé
de casa.
La nueva pensión adonde fuí era de un monsieur Bonvalet, pasante de un
colegio; parecía más limpia que la otra; pero la alimentación era tan
deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.
Mis únicas distracciones en Dijón eran escribir a Mercedes y a mi
madre, ir al café a leer las noticias de España, jugar una partida al
tresillo y después tocar la guitarra.
La mayoría de los oficiales españoles no se contentaban con estar un
momento en el café y jugar una partida al tresillo, sino que iban a un
rincón del billar, se ponían a jugar al monte con mugrientas barajas
españolas y se jugaban todo lo que tenían: dinero, joyas, espadas,
pistolas, trajes, ropa blanca, hasta los calcetines.
Uno de los más jugadores, y quizá el más apasionado, era Mancha, el que
me vendió la guitarra.
Estuve en el depósito de Dijón una larga temporada. Intenté fugarme dos
veces, pero ninguna de ellas lo pude conseguir; la primera, porque el
guía que se había ofrecido a conducirme hasta la frontera de España,
a la vuelta de un viaje concertado con otro prisionero, fué cogido
y metido en la cárcel; la segunda, porque el dinero que esperaba de
mi madre no llegó a tiempo, y tuve el pesar de ver partir al guía
acompañando a varios compañeros.
Esta vez no fué grande mi mala suerte; los españoles y el guía fueron
cogidos y conducidos a un castillo. Entre los fugitivos iba Belmonte,
cansado de Dijón y de la casa de madama Chevalier, desde que se había
encontrado con las rejas de la bodega próxima a su casa herméticamente
cerradas.
Estaba preparando mi tercer proyecto de fuga con probabilidades de
éxito, cuando me encontré sorprendido con la orden de ser trasladado al
depósito de Chalon-sur-Saone.
La distancia de un pueblo a otro no es muy grande; pero para llegar a
conocer los recursos y poder preparar una fuga desde Chalon necesitaba
mucho tiempo.
III
CHALON-SUR-SAONE
Chalon del Saona es una pequeña ciudad a orillas del río de este
nombre, en la desembocadura del canal del Centro.
Tiene la antigua Cabillonum de los romanos hermosas fortificaciones,
calles rectas y agradables, aunque algo tristes y lánguidas; buenos
comercios, algunas fábricas de fundición, un Liceo, una Biblioteca, un
pequeño Museo y varios centros de cultura.
Llegué a Chalon del Saona a mediados de otoño de 1811, y tuve la suerte
de ir a hospedarme a la pensión de una viuda, señora de excelentes
prendas, llamada madama Hocquard.
La casa de madama Hocquard era un poco triste: estaba en una calle
estrecha y obscura próxima a la catedral, entre una imprenta y una
tintorería, de cuyo fondo salía continuamente un arroyo de agua de
colores.
Madama Hocquard, señora muy inteligente y trabajadora, tenía dos hijas,
Berenice y Camila; la mayor, una belleza; la pequeña, Camila, muy
bonita, pero un poco jorobada.
En la casa servía un mozo llamado Antoine, diligente y amable.
Madama Hocquard se desvivía para que no faltara nada a sus huéspedes,
y los trataba con gran consideración.
Eramos siete u ocho constantes, gente seria y respetable: un
magistrado, un canónigo, un ingeniero forestal, dos o tres empleados y
unas señoritas solteras.
Me dieron a mí un cuarto que había dejado un profesor de literatura del
Liceo, con un armario, en el cual quedaban diccionarios y varios libros
clásicos.
Llevaba yo al llegar a Chalon cartas para personas distinguidas de la
ciudad.
Seguía pensando en buscar una ocasión para huír; pero quería dar la
impresión a mis vigilantes de que era un prisionero bien avenido con su
suerte.
Después de instalarme en casa de madama Hocquard le mostré mis cartas
de recomendación para personas del pueblo, y ella me dijo debía
presentarme inmediatamente a monsieur de Montrever, por ser éste el
jefe del partido realista de la ciudad y el personaje de más influencia
de los contornos.
Seguí su consejo, y escribí una carta a dicho señor preguntándole a qué
hora podría ir a saludarle.
Al día siguiente me trajo un criado galoneado una esquela de monsieur
de Montrever fijándome día y hora para la entrevista.
Como hacía un tiempo malísimo alquilé un coche, uno de estos coches de
capital de provincia, suntuoso, grande y destartalado, y fuí a hacer la
visita.
El hotel de monsieur de Montrever estaba rodeado de casuchas pobres
y era grande por fuera, muy adornado de guirnaldas, medallones y
lucernas, con techos de pizarra empinados y dos torrecillas puntiagudas
con veletas de hierro.
Llamé, golpeando la puerta con una gran aldaba de bronce dorado, y
apareció un criado viejo, que me acompañó, cubriéndome con un paraguas,
hasta atravesar el patio de honor de la casa.
Sobre la gran puerta de entrada se destacaba un escudo moderno con las
armas de los Montrever. El antiguo, por lo que supe más tarde, había
sido roto a martillazos por las hordas feroces de 1793.
Atravesado el patio, subimos una escalera resbaladiza y entramos en el
hotel. Era éste lujoso, con un lujo un poco macizo y exagerado.
Un criado me condujo al despacho de monsieur de Montrever. Monsieur de
Montrever era un hombre grueso, fuerte, abultado de abdomen, de cabeza
redonda, muy calva, patillas pequeñas, nariz corta, y la barba rodeada
de tres arrugas de papada.
Monsieur de Montrever me recibió muy amablemente, aunque con cierta
solemnidad, y leyó con mucha calma la carta que yo le entregué.
Estábamos hablando cuando apareció su señora; me presentó a ella, y
luego, mientras charlábamos madama de Montrever y yo, el dueño de la
casa se dedicó a hacer un trabajo que a mí me chocó por lo impropio, y
fué ponerse a bordar en un bastidor.
Madama de Montrever se dignó hacerme algunas preguntas acerca del trato
que nos daban a los prisioneros en el depósito. Esta señora era una
mujer inteligentísima, de esas mujeres que parecen nacidas para ser
princesas; tenía la nariz larga y algo corva, los ojos claros, la boca
pequeña, el pelo rubio y el cuerpo muy esbelto. Era de una amabilidad
exquisita. Sus dos hijos, un niño y una niña, por lo bonitos, bien
cuidados y vestidos, parecían dos príncipes de familia real.
A los pocos minutos me levanté para marcharme; pero me instaron a que
me quedara allá, y estuve más de tres horas en casa de monsieur de
Montrever. Conocí este día a varias personas.
Una de ellas fué monsieur de Saint-Trivier, señor anciano, ex oficial
de la Guardia del Rey en tiempo de Luis XVI.
Monsieur de Saint-Trivier vestía a la antigua, con coleta y los
cabellos empolvados. Había estado a punto de ser guillotinado en 1793,
y la noche de su prisión le produjo tal efecto, que le dejó un temblor
nervioso para toda la vida.
Saint-Trivier guardaba recuerdos tan terribles de las inmundas y
sanguinarias escenas revolucionarias, que la menor alusión a esta época
le dejaba pálido y tembloroso.
No se recataba en decir que si volvía un período como aquél, huiría
inmediatamente a cualquier parte.
Le bastaba oír por la calle a un chiquillo cantando la _Marsellesa_
para volverse a su casa, encerrarse en ella y no querer salir.
Su sobrina, la señorita Magdalena Angennes, era muy delgada y esbelta.
Tenía unos treinta años, vestía de negro y llevaba un collarín blanco.
Parecía una abadesa. Según me dijo después madama Hocquard, mi patrona,
unos amores desgraciados habían impulsado a esta señorita a entrar de
novicia; pero, al poco tiempo, tuvo que salir del convento porque no le
convenía la reclusión y comenzaba a estar enferma del estómago.
Ya de noche, me despedí de monsieur y madama de Montrever, y de
Saint-Trivier, y de su sobrina Magdalena.
Esta me preguntó con interés si no había leído los libros del vizconde
de Chateaubriand; le contesté que no, y prometió enviármelos.
Saludé a todos y salí del hotel. Atravesé de nuevo el patio de honor,
húmedo y sombrío, acompañado del viejo criado con el paraguas; me metí
en el coche solemne y me volví a casa.
IV
LA VIDA EN CHALON
Había en el depósito de Chalon un gran número de oficiales españoles,
y, como en pueblo pequeño, nos veíamos a cada paso.
Nuestro punto de cita era un café, obscuro y ahumado, con un escaparate
bajo, oculto por cortinillas blancas.
Se llamaba el café del Saona. Los compatriotas solíamos reunimos allí a
fumar y a hablar de los asuntos de actualidad.
Algunos, los menos, desgraciadamente, éramos buenos españoles,
católicos y realistas; pero la mayor parte, contagiados con las
ideas revolucionarias, se jactaban de no tener creencias, insultaban
atrozmente a Fernando y a la familia real y elogiaban a todas horas y
con entusiasmo la Constitución de Cádiz.
Casi todos ellos habían ingresado en la masonería y en las sociedades
secretas que se formaban en el ejército francés.
El número de los que se llamaban constitucionales aumentaba por día.
Varios no se contentaban con ser partidarios de la Constitución, sino
que hablaban de la República y de que había que imitar a Danton, a
Marat y a los demás monstruos de la Revolución Francesa.
Yo muchas veces pensaba: ¿Qué va a pasar en nuestro país cuando estos
hombres vuelvan allá?
De los más señalados entre los militares españoles de ideas liberales
que se hallaban en este depósito, eran el oficial asturiano Rafael del
Riego, y los dos hermanos San Miguel, Evaristo y Santos.
Los constitucionales tenían más simpatías entre la guarnición francesa,
y algunos estaban secretamente ayudados por la logia masónica de Chalon.
En cambio, nosotros, los realistas, éramos odiados y sufríamos la mala
voluntad de nuestros guardianes.
Pronto las discusiones entre constitucionales y realistas se hicieron
tan agrias y violentas, que muchos tuvimos que dejar de ir al café del
Saona.
Los oficiales franceses que nos custodiaban nos trataban lo más
severamente posible; nos obligaban a acudir a una, y a veces a dos
listas diarias; no se nos permitía salir de noche, y solamente para dar
un paseo fuera de las murallas había que pedir permiso, que no se nos
concedía, o se nos concedía siete u ocho días después, cuando estaba
lloviendo.
Tuve una época de fiebres y quedé entristecido, aburrido y abandonado.
Se me hincharon las articulaciones de las manos y de los pies. En vez
de llamar a un médico, no hice caso.
Por entonces, y en la cama, comencé a leer las obras de Chateaubriand
que me había prestado la señorita de Angennes, sobrina de monsieur de
Saint-Trivier.
Yo había sido muy partidario de _Pablo y Virginia_, y también de la
_Nueva Eloísa_, de Juan Jacobo Rousseau, aunque el furor demagógico de
este tristemente célebre escritor me repugnaba siempre. Cuando leí las
obras del vizconde de Chateaubriand comprendí que un nuevo sol aparecía
en el horizonte de la literatura.
¡Oh, René! ¡Yo he vivido tu vida, he sentido los mismos grandes deseos,
el mismo desdén por los vulgares menesteres de la existencia cotidiana,
la misma desgarradora pena, la misma niebla espesa de melancolía!
¡Oh! ¡Tú no morirás! ¡Como tu hermano Werther, seguirás siendo el
búcaro donde se guarden las esencias poéticas del alma moderna!
¡Y _Átala_ y _Chactas_, _Corina_ y _Pablo y Virginia_, sombras amables,
que convertís la vida vulgar en algo ligero, aéreo, lleno de poesía!...
Mi entusiasmo por la lectura era en aquella época grandísimo; no me
ocupaba de mis fiebres para nada; cuando estaba con el espíritu sereno,
leía, y cuando comenzaba la calentura, desvariaba.
Camila, la segunda hija de mi patrona, me cuidaba y estaba siempre en
mi cuarto.
Solíamos tener largas conversaciones los dos, y yo le contaba mi vida y
mis campañas. También le enseñé a tocar la guitarra y algunas canciones
españolas, que las cantaba con mucha gracia.
Ella quiso convencerme de que debía llamar a un médico; pero yo le
decía que cuando se es desgraciado, es mejor que se lo lleve a uno Dios.
Casi me sentía más feliz enfermo, con fiebre, que sano y andando por la
calle.
Un día se presentó en mi casa un médico, el doctor Boussieres. Venía
de parte de monsieur de Montrever. Me recetó un vino de quina y unas
píldoras, y al cabo de poco tiempo me levanté de la cama.
Tenía el aire enfermizo, sombrío y lánguido, que entonces comenzaba a
estar de moda.
Fuí a casa de los Montrever a darles las gracias por su atención; y
como me recibieron con mucha amabilidad y me instaron repetidas veces a
que volviera, adquirí la costumbre de pasar un rato de tertulia en su
hotel.
También solía verlos el día de fiesta en la misa mayor de la Catedral,
en San Vicente, adonde iban las personas más distinguidas de la ciudad,
y yo solía estar arrobado oyendo las armonías del órgano.
V
LA REUNIÓN DE MADAMA DE MONTREVER
La reunión de madama de Montrever se celebraba casi todos los días en
un saloncito del hotel, alhajado con el gusto fastuoso del tiempo de
Luis XV.
En el salón se habían reunido los muebles antiguos de la casa; en el
techo brillaban guirnaldas, medallones y adornos dorados; las paredes
mostraban grandes espejos y candelabros de muchos brazos, y sobre la
alfombra descansaban consolas y sillones de patas retorcidas. Los
escudos de los muebles y paredes se notaba que habían sido raspados y
luego vueltos a dorar.
Madama de Montrever gustaba mostrar a sus amigos sus tapices de
Beauvais, algunas pinturas buenas y una Venus de Coysevox.
La reunión en el gabinete de madama de Montrever era casi únicamente
de señoras y señoritas, y de alguno que otro muchacho joven que iba a
galantear a las damas.
Los hombres graves, amigos de la casa, se dedicaban a hablar de
política y a pensar en las probabilidades de una restauración de los
Borbones.
Unicamente un señor, por cierto no muy simpático, alternaba con la
gente joven: monsieur Boisjoli de Beauffremont.
Monsieur de Beauffremont era un hombre de unos cincuenta años, muy
currutaco. Llevaba patillas cortas, pintadas de negro, lo que daba a
su rostro un aspecto duro; vestía a la última moda: frac entallado,
corbata muy apretada al cuello, y usaba un lente, con el cual miraba a
derecha e izquierda con marcada impertinencia.
Monsieur de Beauffremont gozaba del privilegio de abandonar a las
personas graves y reunirse con los jóvenes.
--Monsieur de Beauffremont ama la juventud--se decía; frase que le
hacía torcer el gesto; porque daba a entender que, aunque le gustaba
conversar con los jóvenes, no lo era.
Madama de Montrever dirigía su reunión con un arte exquisito: sabía
hacer resaltar los méritos de sus invitados y presentarlos ante los
demás por el lado favorable.
A pesar de esto, a veces, como cansada de su benevolencia, se entregaba
libremente a la sátira, y entonces era capaz de poner en ridículo a
cualquiera.
No comprendía esta señora que ser ultrarrealista y burlarse de los
reyes, de la aristocracia y hasta de las sagradas prácticas de la
religión era un contrasentido. A mí me trataba con mucha amabilidad;
bromeaba a mi costa y me llamaba el Caballero de la Triste Figura.
--Tengo un gran amor platónico por Arteaga--solía decir riendo.
Una amiga de madama de Montrever, que bullía mucho en la reunión y que
gozaba de gran fama de belleza en el pueblo, era madama de Hauterive.
Madama de Hauterive, hija de un banquero alemán, se había casado con un
militar francés y quedado viuda al poco tiempo.
Esta señora, joven aún, de veintisiete o veintiocho años, era muy
decidida. Yo comprendía sus encantos; pero no me gustaba.
Tenía una frescura poco elegante, ojos grandes y azules, pelo rubio
y una familiaridad excesiva. Se ocupaba ella misma de sus negocios,
defendía con tenacidad sus ideas, era algo liberal e imbuída en ideas
protestantes.
A mí me resultaba un poco pesada con sus disertaciones sabias acerca de
Alemania.
Siempre me figuré que quería imitar a madama Stael.
La de Montrever la llamaba por su nombre, Corina, y ésta a su amiga,
Gilberta.
Las dos damas eran las estrellas del salón.
En una corte, madama de Montrever hubiera brillado más que su amiga;
pero en una ciudad pequeña la belleza exuberante de la alemana
eclipsaba el tipo espiritual y satírico del ama de la casa.
Las otras señoras que acudían a la reunión eran ya damas respetables, y
algunas muchachas solteras.
Entre las señoritas, Magdalena Angennes, la sobrina de Saint-Trivier,
vivía en pleno romanticismo. Leía los versos de Ossian y tocaba el arpa.
A mí me decía que, a pesar de ser pequeño de estatura, debía llevar
bien la espada. Me hubiera gustado presentarme ante ella a caballo y
con uniforme.
Otras dos señoritas frecuentaban la casa: la señorita de O'Ryen y la de
Harcourt.
La de O'Ryen era la nieta de un francés emigrado, en tiempo de la
Revolución, a Irlanda.
La madre de esta muchacha se había casado con un irlandés.
Leopoldina O'Ryen parecía una mujercita muy seria y formal.
Su amiga Margarita Harcourt era muy viva e inteligente, pero coqueta
como pocas. Vestía siempre trajes vaporosos y tenía dos o tres novios a
la vez.
Madama de Montrever y todas las señoras, al saber que yo sabía música,
me hicieron tocar muchas veces la clave, y cuando les indiqué que tenía
una guitarra me obligaron a llevarla y a cantar.
Pocos días después, madama de Montrever me dijo que si entre los
oficiales españoles de buenas ideas conocía alguno distinguido, podía
llevarlo a su tertulia.
Como muchas veces con la desgracia pierde uno los sentimientos
delicados y se convierte el más correcto en un hombre sin decoro, yo
vacilé en hablar a los compañeros míos, y, por último, le invité a ir a
casa de Montrever a un tal Fermín Ribero.
Ribero era un muchacho inteligente y digno, aunque muy poco religioso.
Le presenté en casa de los Montrever, y el primer día tuvo una acogida
fría entre las damas.
Yo noté que lo trataban con cierto despego, y pensé sería costumbre en
ellas recibir así a un desconocido; pero luego me confesó madama de
Montrever, con su ironía burlona, que el poco éxito de mi amigo Ribero
entre las damas dependía de que era rubio, con un tipo común de suizo
o de francés, y las señoras y señoritas esperaban un español, moreno y
lánguido, con aire de árabe.
A pesar de esta primera impresión, Ribero siguió visitando la casa y se
hizo amigo de todos. Bromeaba con las muchachas y con las señoras; les
contaba historias y murmuraciones del pueblo. Se le llegó a considerar
hombre muy divertido.
Un día Ribero me dijo que madama de Montrever le había indicado que él
y yo debíamos hacer la corte a la señorita d'Harcourt y a la de O'Ryen,
que tenían un bonito dote: doscientos cincuenta mil francos una, y más
la otra.
Ribero dijo que él no sentía vocación para casarse; prefería hacer el
amor a madama Hauterive o a la de Montrever.
--¿A madama Montrever, estando casada?--le pregunté yo con asombro.
--¡Eso qué importa!--me replicó él, con una indiferencia que me dejó
asustado--. Lo que debemos hacer nosotros es dedicarnos a ellas. Tú,
escoge. Si tú te dedicas a Corina, yo me dedico a Gilberta, o al
contrario. A mí me es igual.
--Amo con toda el alma a una mujer y no puedo hacerla traición ni aun
con el pensamiento--le dije.
Ribero se echó a reír.
En Carnaval de 1812 representamos, en el hotel Montrever, _Le bourgeois
gentilhomme_, de Molière. El principal papel de la comedia, monsieur
Jourdain, lo hizo el cuñado de madama Montrever, el conde de Lannerac,
y lo hizo muy bien.
La dama joven, la hija de monsieur Jourdain, fué la señorita de
Harcourt, que estuvo admirablemente; Dorimena, madama Montrever, dió al
tipo la elegancia suya y su gran distinción, y madama de Lateyzonniere,
una señora joven y muy sonriente, tomó a su cargo el papel de la mujer
de Jourdain.
Ribero hizo del maestro bailarín que dice que la ciencia del baile es
la más importante de todas las ciencias, y yo, del profesor de esgrima;
y luego salimos los dos de españoles, recitando:
Sé que me muero de amor
y solicito el dolor.
Tanto Ribero como yo tuvimos un gran éxito en nuestros respectivos
papeles.
Después de la función se organizó un baile, en el cual lucimos todos el
traje que habíamos sacado en la comedia.
En el pueblo se habló mucho de esta fiesta, y los bonapartistas,
dirigidos por el senador barón de Doneville, su jefe, y los
republicanos, por un farmacéutico, monsieur Vertot, y por un
almacenista de maderas, monsieur Meyer, se encargaron de propalar
maliciosos rumores.
_El Independiente_ de Chalon, una hoja clandestina de los liberales,
habló del baile del hotel Montrever como si hubiera sido una bacanal.
A renglón seguido, para realzar la odiosidad de los aristócratas y
realistas, hizo un cuadro, ennegrecido a propósito, acerca de la
miseria que reinaba en Chalon, y pintó dos o tres escenas lamentables
de frío y de hambre.
«Mientrastanto--concluía diciendo _El Independiente_--, los realistas,
los traidores de Coblenza, los amigos de Austria y de Metternich se
entregan a la orgía en unión de oficiales extranjeros enemigos de
Francia...»
Así se engaña al pueblo y se le dan instintos de odio y de venganza.
VI
EL CHATEAU DES AUBEPINES
Durante una larga temporada no se oyó hablar entre los españoles
prisioneros del depósito de deserción alguna. Al mismo tiempo, los
asuntos del Imperio iban bien, y el Gobierno francés ordenó se nos
tratara con más dulzura que al principio.
Se nos dieron licencias para salir al campo. Al terminar la primavera
de 1812 estuvimos Ribero y yo invitados a pasar unos días en una finca
de los Montrever: el Chateau des Aubepines.
Ribero se las prometía felices; pensaba que íbamos a hacer _le diable a
quatre_, como dicen los franceses: la de Montrever, la de Hauterive, él
y yo.
Yo, algo contagiado con su plácido cinismo, le dije que no se hiciera
ilusiones, y él contestó:
--Tú, déjalo a mi cuenta.
Hicimos el viaje, acompañando a monsieur de Montrever, a su mujer y a
sus hijos y a madama de Hauterive.
Ribero y yo íbamos a caballo escoltando el coche.
El tiempo estaba espléndido.
Teníamos que cruzar la Bresse. La Bresse es una antigua región que
formaba en otro tiempo parte de la Borgoña. Es tierra de llanuras
calcáreas, que se interrumpe con los primeros macizos montañosos del
Jura. Había llovido algo, y esto nos evitó en el viaje el polvo del
camino.
Nos detuvimos en un pueblo llamado San Marcelo, donde hay una antigua
abadía en la cual se encuentra depositado el cuerpo del famoso
Abelardo, el amante de Eloísa.
Almorzamos en el campo cerca de Sermesse; cenamos en Bellevue, y para
la noche estábamos en el Chateau des Aubepines.
Todo el mundo sabe que el _chateau_ francés no corresponde exactamente
al castillo español.
El castillo español, en general, es guerrero, procede del feudalismo y
de las luchas con los moros; existen también en España castillos del
Renacimiento con planta de palacios o casas fortificadas, como los de
Segovia, Avila y Salamanca; pero hay pocos de éstos en el campo. En
cambio, en Francia, además del castillo guerrero y del de lujo de las
ciudades, hay mucho _chateau_ en la campiña que no conserva ningún
aspecto militar ni estratégico.
El Chateau des Aubepines era una hermosura por lo grande y lo
maravillosamente situado. Tenía varios pabellones con sus monteras de
pizarra, cuatro torres redondas acabadas en tejados cónicos, y grandes
ventanas en los muros, cubiertos de hiedra.
Los antiguos fosos del castillo habían sido rellenados de tierra y
convertidos en un gran jardín, limitado por una verja.
Por dentro, la casa era espaciosa, cómoda, de inmensas habitaciones;
los suelos, de madera brillante; las chimeneas, de piedra, y los
muebles, pesados. Rodeando la casa se extendía en una gran distancia un
parque magnífico con árboles centenarios y macizos de hierba a estilo
inglés.
Cerca, en una colina, se veían las torres derruídas de un antiguo
castillo, y en el fondo se destacaban montes de la cordillera del Jura.
Al llegar al Chateau des Aubepines íbamos todos bastante cansados del
viaje y nos retiramos a las habitaciones que nos destinaron.
En aquella posesión pasamos una temporada magnífica. Yo, a los ocho
días, me encontraba fuerte, como no me había sentido desde mi salida de
Zaragoza.
Ribero y yo acompañábamos a madama de Montrever y a la de Hauterive.
Teníamos bastante confianza con ellas para llamarlas por su _petit
nom_: a la una, Gilberta, y Corina, a la otra. Ibamos con frecuencia
de excursión a los pueblos próximos y a una posesión que tenía madama
de Hauterive en el mismo país, aunque ya dentro de la zona montañesa,
que se llamaba el Chateau la Foret, porque estaba en medio de un gran
bosque.
El Chateau la Foret no era tan hermoso como el de la familia Montrever;
pero el sitio donde se encontraba era más agreste y salvaje y traía a
la imaginación ideas de luchas trágicas de los tiempos feudales.
Varias veces en estos paseos tuvimos que entrar en ventas y alquerías a
almorzar, por encontrarnos lejos de casa. A veces también, como nuestra
bolsa de oficiales proscritos era tan mezquina, teníamos que dejar, con
gran rubor por mi parte, que pagaran las señoras.
Yo solía discutir con las dos damas, a pesar de que Ribero me hacía
callar.
Siempre me han desagradado estas personas sarcásticas que nada
respetan, que atacan con sus ironías lo más sagrado de la vida, sin
pensar que, aunque el bufón arrastre por el lodo la piel del armiño,
será ésta el símbolo de la pureza y de la blancura.
Madama de Montrever, al oírme, se reía a carcajadas y me abrumaba con
sus burlas.
--Mi querido Arteaga, siempre tan caballeresco--exclamaba.
Un día que la encontré sola, Gilberta me contó su vida, me habló con
tristeza de su infancia, de sus amores con un joven, amores que
había contrariado la familia, y de su matrimonio de conveniencia con
Montrever. Nunca la había visto tan triste, tan melancólica. Entonces
comprendí que su ironía era en el fondo amargura que le brotaba del
alma, amargura que no había podido borrar el tener dos niños tan
hermosos y el llevar una existencia fácil y rica.
Una semana después, una tarde de junio, de calor, en que monsieur de
Montrever y sus hijos habían ido a una finca próxima, después de un
largo paseo a caballo, tuvimos una cena íntima en un pequeño gabinete
Gilberta, Corina, Ribero y yo. Las dos damas estuvieron muy serias al
principio.
Nuestra madama Stael defendió que una mujer puede tener la
honorabilidad en los mismos asuntos que el hombre, y que si la
Naturaleza le hace obedecer a sus deseos de amor, no por eso deja de
ser una persona honrada.
Yo me permití llevarle la contraria y decirle que no, que el honor de
una mujer está únicamente en su honestidad, en su virtud, en obedecer a
sus padres, y si está casada, a su esposo...
Madama de Montrever me miraba con tan marcada ironía que me desconcertó.
--¿Por qué me mira usted así, Gilberta?--le dije--. ¿No cree usted lo
que digo?
--Gilberta, como yo--replicó Corina--, cree que eso que dice usted es
un poco _vieux jeu_. Estaría bien en un libro de Fenelón.
--No; en este momento no quiero pensar en nada--contestó madama
Montrever.
Corina, aficionada como era a las disertaciones, se puso a filosofar
acerca del amor, sentimiento del cual tenía una idea muy materialista y
muy sensual, que a mí, a pesar de ser hombre, me disgustaba.
Al levantarse de la mesa Corina, madama de Montrever la cogió por la
cintura y la sentó en sus rodillas.
--A mí me gusta ver así cerca a una mujer hermosa--dijo madama de
Montrever--, y acariciarla y mirarla.
--Pues a mí me gustaría más estar en las rodillas de un muchacho--dijo
Corina tranquilamente.
--¡Ah, pícara! ¡Ingrata!
--¡Qué quieres, mi querida Gilberta!--replicó la alemana--. Soy más
natural que tú, más primitiva.
A los postres las dos damas, después de haber bebido una copa de
_champagne_, nos pidieron un cigarrillo y se pusieron a fumarlo.
Madama de Montrever lo tiró pronto, con disgusto; abrió la ventana y
se puso a respirar el aire frío de la noche. Corina hizo lo mismo, y
vi que el brazo de mi amigo Ribero pasaba alrededor del talle de la
alemana.
--¡Cuánta vida! ¡Cuánto esfuerzo misterioso de todos los seres hay en
una noche como ésta!--exclamó madama de Montrever--. Las plantas, los
gusanos, las hormigas... Me da como el vértigo pensarlo.
--Es la Naturaleza--dijo Corina.
--Es la obra de Dios--repuse yo.
--En el fondo es lo mismo--replicó la alemana.
--¡Cómo lo mismo!--pregunté yo.
--Sí; Dios es para los niños y para los pobres de espíritu lo que es la
Naturaleza para los filósofos.
--¿Y es Dios o es la Naturaleza el que ha dicho: amaos los unos a los
otros?--preguntó Ribero--. Yo creo que, sea uno u otra, el precepto es
digno de ser seguido.
Yo iba a protestar de su irreverencia, cuando madama de Montrever me
dijo:
--Calle usted.
--¿Qué hay?
--Esa estrella que ha pasado. Dicen que si uno pide algo en ese momento
se le concede.
--¿Y usted lo ha pedido?--dijo Ribero.
--La verdad, no he sabido qué--contestó ella.
Madama de Montrever me miró con sus ojos claros y brillantes. Yo
estaba turbado. Luego comenzó a recitar una poesía de Parny: «La
primavera de las flores»:
Printemps chéri, doux matin de l'année
console-nous de l'ennui des hivers;
reviens, enfin, et Flore emprisonnée
va de nouveau s'élever dans les airs.
Como yo conocía estos versos por habérselos oído a ella, seguí
recitando:
Qu'avec plaisir je compte tes richesses!
Que ta présence a de charmes pour moi!
Puissent mes vers, aimables comme toi,
en les chantant, te payer tes larguesses!
Corina, acercándose a nosotros, añadió:
Déja Zéphire annonce ton retour.
Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi amigo en voz alta.
--¿Ribero?
--¿Qué quiere usted?
--Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van a tener una
sorpresa.
Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete. Entramos en el
pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:
--Ellas decidirán.
Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante, lleno de turbación. De
pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever en mi cuarto...
¿Para qué insistir en este momento poco honorable de mi vida? No lo he
querido callar, para que el descendiente mío que lea mi historia sepa
que yo tampoco fuí virtuoso.
VII
PROYECTOS DE FUGA
La vida muelle del Chateau des Aubepines se terminó con una orden del
comandante del depósito para que volviéramos en seguida a Chalon.
Como he dicho, el final del año 1811 y la primera mitad del 12 se
pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante el
principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno
francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.
El empleo de esta medida fué contraproducente, pues muchos que hasta
entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse, viendo el
rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y
encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.
Había entonces que acudir a tres listas diarias; no se podía salir de
la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar encerrado en
el cuarto desde el anochecer.
El comandante del depósito nos trataba más como a presidiarios que como
a oficiales y a hombres de honor.
Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su odio, y cuando
estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a nosotros,
de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos,
adornados de cuernos, y de los amantes sinvergüenzas que iban a
explotar su físico.
Varias veces estuve a punto de provocar una explicación; pero Ribero me
contuvo.
Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo intentamos fugarnos. Tratamos
de informarnos del medio de que los otros se valían para evadirse;
pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí; primeramente, porque
estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después, porque todos
los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los procedimientos
utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo para
que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.
Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino por donde varios
se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona; también nos
enteramos del nombre de algunos guías.
Era indispensable obrar con cautela; pues si el comandante sospechaba
algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la cárcel pública,
y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en pueblo,
hasta un recinto fortificado.
Estos casos se repetían muchas veces con oficiales que no pensaban
escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales
intenciones.
Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o tres de ellos,
comprometidos con los españoles, los delataron después a la policía.
Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual es imposible
emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de
la nieve.
Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó
de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de
Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán,
confiada a un administrador.
Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su
administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos
contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos
los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante
del depósito, y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a
uno ir a la cárcel.
El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá
diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.
Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero
recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.
Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha
en el comandante.
Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las
señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por
fracasado.
VIII
AVIRANETA EN CHALON
En el transcurso de la primavera y del verano de 1813 se escaparon
muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron cogidos y
encerrados.
Los castillos estaban llenos de militares españoles. Yo no sabía qué
determinación tomar; de mi familia no tenía noticias; ni del paradero
de mi novia.
No iba tampoco a visitar a madama de Montrever, porque esta señora
me había dicho que no fuera a su casa mas que muy de tarde en tarde.
Corina, que venía algunas veces a verme, me contó que había entrado de
preceptor de los niños de Montrever un cura joven, hijo de una antigua
criada de la familia, y que este curita se estaba haciendo el dueño de
la casa. Corina me dijo que veía poco a su amiga, y afirmó con desdén:
--Gilberta acabará siendo devota.
La soledad, el tiempo triste de otoño me hicieron desear la muerte.
Mi única distracción era hablar con Camila, la hija menor de mi
patrona. La pobre muchacha sentía alguna inclinación por mí y me
atendía con cariño.
En estas circunstancias, un día se me presentó Antoine, el mozo, a
decirme que un abate me estaba esperando. Supuse si sería algún amigo
de los Montrever; me vestí, salí al salón de la casa y ¡cuál no sería
mi asombro al encontrarme con Aviraneta!
--¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha llevado por el buen
camino?
--No, no--me dijo él con sorna--; soy tan cura como tú; es decir, algo
menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas y largas
de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para
ayudarte a salir de aquí.
--¿Está bien mi madre?
--Muy bien.
--¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?
--Me han dicho que está en un convento.
--¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me consuelas. Ya estoy más
tranquilo.
--¿Pero cómo no has intentado escaparte?
--Lo he intentado; pero todos mis intentos han fracasado. Los Pirineos
están muy lejos.
--Bueno; pero ahora hay otro camino posible para huír.
--¿Cuál?
--El de Suiza. No hay mas que veinticinco o treinta leguas que recorrer.
--Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como Suiza está aliada
con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas hay el
riesgo de ser entregado a los franceses.
--No, ahora no--replicó Aviraneta--. Después de la batalla de Leipzig
y de la disolución de la Confederación del Rhin, Suiza se ha declarado
neutral en la guerra con los aliados.
--No lo sabía.
--Sí; y por lo que dicen, a los españoles que han llegado allí los
han acogido bastante bien y proporcionado los papeles necesarios para
continuar su camino. Así que la única dificultad es pasar las treinta
leguas que hay de aquí a la frontera. ¿Tú conoces los alrededores?
--Sí, en parte.
Expliqué a Eugenio el camino de la Bresse y la situación del Chateau la
Foret.
Madama de Hauterive me había dicho que ella iba a pasar parte del
invierno en su castillo y que me ofrecía hospitalidad en él.
--Si me dieran licencia como enfermo podía ir al Chateau la Foret y de
allí fácilmente entrar en Suiza.
--No la pidas, porque no te la darán y suscitarás sospechas--dijo
Aviraneta.
--Entonces, ¿qué hago?
--Puesto que tú conoces bien este país, arréglatelas como puedas para
salir de Chalon y llegar a Lons-le-Saunier. Allí estaré yo y mandaré a
mi antiguo asistente Ganisch a Saint-Laurent para que prepare el paso a
Suiza.
--Yo no tengo dinero--le dije.
--Toma quinientos francos.
Y Aviraneta, con gran asombro por mi parte, me dió un montón de monedas
de oro.
Decidimos comunicarnos por un sistema especial que me enseñó Eugenio.
El mandaría una carta de amor, y entre líneas las instrucciones.
Después de quedar conformes, Aviraneta se fué. Le vi marchar por la
calle con aire humilde, de cura, y doblar la esquina.
IX
DIFICULTADES
El invierno se presentó frío y cruel. Ya estábamos a principios de
diciembre, y algunas personas, a quienes había yo confiado mi proyecto
de marcha, me decían que era el mayor absurdo que podía hacer.
En esta época, todas las montañas del Jura y de los Alpes están
cubiertas de nieve y es difícil atravesarlas no siguiendo el camino
real. Por éste no se podía entrar ni salir de Francia mas que con
documentos en regla, y había, no una, sino triple fila de puestos de
guardia para registrar a cuantos pasaban.
Tales observaciones no me movieron a renunciar al plan, y comencé a dar
pasos para agenciarme un carricoche en el cual salir del pueblo.
A mediados de diciembre recibí carta de Aviraneta; su amigo Ganisch,
situado en Saint-Laurent, tenía ya hechos los preparativos necesarios
para atravesar los Alpes.
Hacia el final de diciembre o principios de enero llegó a Chalon una
noticia importante. Los aliados habían pasado el Rhin por Basilea y
avanzaban a marchas forzadas hacia Belfort y el Franco-Condado. La
noticia consternó al vecindario.
Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver a las tropas
enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.
Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir de Chalon a los
oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para impedir
nuestra deserción.
Seguí con mis diligencias para alquilar un coche. No era esto fácil, ni
mucho menos.
Todos los alquiladores tenían orden expresa de no dejar carruaje a
ningún oficial prisionero.
El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa comprometida; había
el peligro de ser delatado por algún patriota o, sencillamente, por un
hombre de mala intención.
Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero no pude encontrar
quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me alquiló un
cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.
La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces, que los prusianos
habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando rápidamente.
Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y Schwarzenberg,
que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la meseta de
Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía
legítima.
El pueblo estaba espantado; los bonapartistas aseguraban que todo se
iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo faltaban; no
había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían llegar a
Chalon en una semana sin dificultad.
Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la calle, del avance
de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me preocupaban más los
proyectos de los franceses.
--¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?--le preguntaba.
--Unos dicen que les van a obligar a ustedes a salir de Chalon; otros,
que les dejarán aquí para impedir que los aliados hagan daño en la
ciudad.
En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos para agenciarme
caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.
En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos acontecimientos
consulté con madama de Montrever.
Ella era de la opinión que aguardara la llegada de los ejércitos
monárquicos.
Esto le parecía lo más prudente.
Escapándome por un camino por donde se iban a retirar todas las
partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de la
frontera me exponía a ser preso.
Madama de Montrever suponía que en este caso lo pasaría malamente, pues
las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de venganza contra
los extranjeros.
--¿Y usted qué cree que debía hacer?--le dije.
--Yo, como usted, me ocultaría en una casa cualquiera hasta que
entraran los defensores del rey legítimo.
Este consejo hubiera sido excelente con la seguridad de que el Gobierno
francés no iba a tomar disposiciones nuevas respecto a nosotros y
sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero los aliados
estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que
hallarían en su marcha.
Era muy probable también la llegada de fuerzas imperiales a disputar el
paso del Saona, y que los franceses cerrasen las puertas de Chalon y se
dispusieran a defenderse en un largo sitio.
Estas consideraciones me obligaron a persistir en mis proyectos.
Al día siguiente, por la mañana, fuí a buscar un amigo de mi patrona,
monsieur Martin, hombre muy honrado, y le encargué buscase un caballo
para mi cabriolé.
Monsieur Martin me dijo hablaría a un conocido suyo, cochero, y me
daría la respuesta a las doce de aquel día.
Yo me encontraba en un estado de impaciencia grande. Aviraneta
me escribía dándome prisa. A cada instante llegaban noticias
contradictorias de la posición del ejército aliado; los unos decían que
los austriacos se encontraban solamente a quince leguas; los otros, que
al día siguiente entrarían en Chalon; no faltaba quien aseguraba que
aun no habían pisado el Franco-Condado.
Con estas noticias, todos los emigrados estábamos presa de la mayor
agitación. Al salir de la lista diaria fuí a saber la respuesta de
monsieur Martin. El hombre de los caballos había ido a conducir un
carruaje a una casa de campo, a dos leguas de Chalon, y no volvería
hasta la noche.
A media tarde me hallaba en casa de monsieur Montrever, cuando oímos el
redoblar de tambores y ruido de gente en la calle; salimos al balcón;
se veía una multitud reunida hablando entre sí, con aire satisfecho; se
envió a un criado para que se enterase de la causa de esta algazara,
y al cabo de un momento volvió diciendo acababa de llegar de Lyón la
noticia de la paz con España. Unos momentos después se iba a publicarla
con todo aparato.
Monsieur y madama Montrever me felicitaron por mi libertad, y los
franceses conocidos, en la calle, me dieron la enhorabuena.
La gente, sobre todo los bonapartistas, se mostraban satisfechos;
suponían que los miles de hombres empleados en la guerra de España
volverían a Francia a luchar contra los austriacos, rusos y prusianos.
Quise enterarme bien de la certeza de la noticia y fuí al Ayuntamiento.
Había allí un tropel de hombres y mujeres aguardando por si salía
alguien a publicar la paz.
Tuve la suerte de ver a un camisero conocido mío, monsieur Frontenard;
llevaba una copia de la carta que había producido tanto revuelo en
el pueblo. Estaba escrita por el prefecto de Lyón al subprefecto de
Chalon. Al parecer, un senador que acababa de llegar a Lyón había
traído la noticia de la paz definitiva, concluída con España, y, a
consecuencia de ella, las tropas francesas de ocupación de los Pirineos
volverían a marchas forzadas a oponerse al paso de los aliados.
Por la carta comprendí que la noticia no era oficial; probablemente la
habían echado a volar para tranquilizar la población; de todas maneras
no iba a influír en la suerte de los emigrados.
Efectivamente, los días sucesivos tuvimos que seguir presentándonos a
las tres listas como antes.
LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA
I
LA SALIDA DE CHALON
Una tarde, al anochecer, estaba contemplando a través del cristal la
nieve; había perdido casi toda esperanza de salir de Chalon, cuando se
presentó en mi casa Aviraneta, como días antes, vestido de cura.
Habló con mi patrona y entró en mi cuarto.
Me recriminó por mi tardanza en salir del pueblo, y yo fuí explicándole
las dificultades con que tropezaba.
--Bueno; vamos a hacer una intentona--dijo él--; ven a cenar conmigo.
--¿Y qué hago con mis cosas?
--Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona conocida.
--Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.
--No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas conmigo y que
vendrás muy tarde.
Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la fonda. Cenamos, y
después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó del
interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.
--¿Para qué es eso?--pregunté.
--Para ti.
--No me lo pongo.
--Ya lo veremos. Es sólo para salir del pueblo; inmediatamente que
estemos fuera te lo quitas.
--¿Pero cuándo vamos a partir?
--Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en la cuadra.
Como Aviraneta era terco no quise entrar en discusiones.
--¿Tienes la seguridad de salir de Chalon?--le dije.
--Sí.
--¿Cómo lo has podido conseguir?
--Amigo, los masones tenemos recursos secretos--contestó él con
jactancia.
--¿No nos detendrán?
--No, no; puedes estar tranquilo.
--Si es así, bueno.
Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo
estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer
fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de
ella y de sus hijas.
Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la
calle.
En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba
enganchando.
--Buenos días, Juan--dijo Aviraneta.
--Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?
--Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?
--Sí, señor abate; pueden ustedes montar.
Subimos al carruaje. Las calles estaban muy obscuras, cubiertas de
nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el agua al caer de
los canalones a las aceras.
El coche marchaba en silencio.
Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de
Saint-Laurent; no había un alma por las calles. Al acercarnos a la
puerta de San Marcelo, la única por donde se podía salir, nos la
encontramos cerrada.
--Me habían dicho que se abría al amanecer--murmuró Aviraneta,
preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
--¿No es hora de que la puerta esté abierta?
--Sí--contestó el vecino--; sin duda, al guardián se le han pegado las
sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para
preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo que caía
sobre mí.
Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a abrir la puerta.
--¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo tendría nadie ganas
de viajar?--le preguntó Aviraneta.
--No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
--Gracias, muchas gracias.
Pasamos la puerta.
--¿Por qué no le has dado algo?--le dije a Eugenio.
--¡Un cura dando dinero! Eso sería ponerse en contra de todas las
tradiciones.
--¿Este hombre es de los vuestros?--le pregunté a Aviraneta al cabo de
un momento.
--¿De cuáles?
--De los masones.
--¡Ca, hombre!
--Entonces, ¿qué preparativos tenías hechos?
--¡Yo!... Ninguno.
--¿Así que hemos salido al buen tuntún? ¡No tenías preparado nada! Y si
me cogen a mí así vestido me pongo en ridículo. Me están dando ganas de
volverme.
--Sería peor--me dijo Aviraneta tranquilamente--. La cuestión era
salir de Chalon; ahora, ya fuera, no nos pueden detener; tengo un
salvoconducto para los dos.
Pasamos el puente de piedra inmediato a la puerta de San Marcelo; en
seguida, el arrabal de este mismo nombre, y luego, otro puentecillo
sobre un brazo del Saona, y embocamos la calzada, que tiene tres
cuartos de legua de largo y es la única vía que hay para cruzar la
Bresse.
Al fin de la calzada de San Marcelo sigue el camino que va al
Franco-Condado.
Aquel día la carretera estaba infranqueable por la nieve y el lodo. Las
ruedas del coche se hundían hasta los ejes.
Yo pensaba que en el camino encontraríamos tropas de regreso de la
frontera, y se lo advertí a Aviraneta para que dijera al cochero que
corriese.
--El cochero no puede hacer más--replicó él--. Hay que dejarle.
II
LA MAÑANA
Marchamos despacio, muy despacio. Yo no sé cómo no me morí de
impaciencia. Recorrimos la calzada y llegamos a Saint-Marcel.
Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la gente estaba ya
levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos a las
puertas, creyendo que entraba el enemigo.
Atravesamos la aldea entre la expectación pública, y dejando el camino
real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más pequeño y de
menos tránsito.
Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que estaban cubiertos
de nieve, y seguimos adelante.
Preguntamos a los campesinos que encontramos si se sabía por dónde
venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce leguas
aparentábamos gran temor.
A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos detuvimos en una posada
para tomar un bocado.
El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba a gritos. Se
manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos. Cualquiera
hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.
Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y trincó de lo lindo. Yo
estaba avergonzado con mi disfraz.
--La pobre señorita no tiene apetito--dijo varias veces el posadero.
Aviraneta, con la boca llena, me decía:
--Te advierto, hija mía, que los pollos de este país tienen fama.
Mientras estábamos comiendo, se presentó un caballero, que pidió
también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de impertinencia.
Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.
Me figuré que debía ser algún empleado del Gobierno. Efectivamente;
supimos que era el subprefecto del Dôle, que se retiraba a Chalon
porque los aliados se acercaban y no quería llevar las cuestiones de
etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.
A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al cochero que
preparase los caballos.
Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en Sermesse que yo era una
heredera rica y él un jesuíta.
Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí dar las doce en el
reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se habrían
enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las
inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.
A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo próximo a Bellevue.
Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros el ruido de unos
caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza. Eran
cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin
duda, los habían sacado a pasear.
Poco después encontramos un grupo de aldeanos con cargas de leña en
la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los enemigos, y
respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como Lons
está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los
tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.
III
EN BELLEVUE
El cochero, al oír estas noticias, comenzó a dar muestras de
intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse con los
aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los
austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el
cochero nos llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera
adonde quisiera.
Efectivamente: al acercarse a las primeras casas del pueblo el coche
se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió rápidamente,
fustigando a los caballos.
Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje de mujer y lo tiré
entre unas matas.
--Ahora, vamos--dije.
--El caso es--murmuró Eugenio--que yo no he dicho en Bellevue que sea
cura. Tendrás que vestirte tú de abate.
Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no tuve más remedio que
acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se quedó de
paisano.
En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y entramos en una posada
donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.
Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había hecho traición; que
al oír decir que los aliados estaban en el pueblo, se detuvo asustado y
nos obligó a bajarnos del coche.
La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó contra el cinismo de los
cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.
Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada y fuimos a la
plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían. En
esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus
arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café
de la plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía
contemplando la gente.
Al vernos, dijo:
--¡A buen tiempo vienen ustedes!
--¿Pues qué hay?
--Que ya está ahí un oficial austriaco.
--¿De veras?
--Sí; parece que acaba de llegar para preparar las raciones a un
destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí es el
suyo.
Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle, pero Aviraneta
decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.
Hacía un momento que habíamos entrado en el café cuando se oyó un gran
barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.
--¿Qué pasa?--preguntamos.
--¡Los austriacos! ¡Los austriacos!--gritaba la gente--. ¡Ya están
aquí! ¡Que vienen!
Fué una desbandada general; todo el mundo echó a correr; las puertas y
ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos en los patios
y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros dentro...
Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de los
_kaiserlicks_ no se oía por ninguna parte.
--No es nada--dijo Aviraneta al mozo--. Es el miedo que se comunica.
Nos asomamos a los arcos. Efectivamente, no venía nadie.
Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego, un postigo; un
vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se asomó al
portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose
del pánico producido por la falsa alarma.
Volvimos a la posada, entramos en el comedor y saludamos a los amos de
la casa.
Estábamos hablando con ellos cuando entró el oficial que habían tomado
en el pueblo por austriaco. Era un militar francés que se retiraba y,
al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.
Este militar dijo que los aliados estaban a una legua de
Lons-le-Saunier.
Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la casa, que quiso que
me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la fatiga del
día.
Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía práctico en aquellos
contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al segundo, a las
cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo que no
convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar
en sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no
despertar a nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.
Esperaban dos caballos ensillados y el guía. Montamos y echamos a andar
detrás del hombre.
El guía se había comprometido a llevarnos por el camino de Lons hasta
salir fuera de unos bosques espesos, en donde era muy fácil perderse.
El tiempo estaba frío; la noche, obscura; no había amanecido aún;
nuestro conductor iba a pie, a una cierta distancia de nosotros,
andando con mucho trabajo.
A cada paso nos encontrábamos con pantanos profundos, y el hombre salía
de ellos ayudándose con un gran palo que llevaba.
Mucho nos compadecimos del infeliz al ver lo que trabajaba en un camino
tan penoso.
Le dijimos que subiera en uno de nuestros caballos; pero él contestó
que montado era muy posible que no conociese el terreno.
Después de andar cerca de tres horas por medio de bosques muy espesos y
caminos impracticables salimos a campo raso.
Había aclarado y se veía ya nuestra ruta. Aviraneta dió un luis a
nuestro guía, el cual lo cogió contento, como si fuera una fortuna.
Continuamos nuestro camino; pasamos por Arlay, pueblo del departamento
del Jura y centro de las posesiones del príncipe de Chalon; subimos
un monte en el cual hay un hermoso castillo; luego cruzamos por
Saint-Germain en Bois, y llegamos al Chateau la Foret, donde nos
presentamos a madama de Hauterive.
* * * * *
Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y después de mostrarnos
los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba para almorzar.
Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de sentarnos
cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca
atravesaba el campo.
Salimos a la ventana a ver aquellos famosos _kaiserlicks_.
Era una patrulla de doscientos hombres que iban a alguna descubierta.
Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy raro y muy
lujoso.
Pasaron al galope y los perdimos de vista.
Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos preguntó Corina
qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por Suiza,
subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque
pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.
--Va usted a tener muchas molestias en el viaje--le advertí yo.
--No me asusta el frío ni el cansancio; probablemente me divertiré
presenciando escenas que no he visto.
Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en
ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.
Corina tenía un carricoche, pero no caballos, porque se los había
decomisado un intendente austriaco.
Decidimos enganchar los nuestros y partir en el coche suyo.
IV
LONS-LE-SAUNIER
Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo había sabido que el
general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna, estaba en un
pueblecito próximo llamado Poligny.
Prefería presentarme al conde que no al simple comandante que había en
Lons-le-Saunier.
Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta formalidad. A pesar
de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir del Chateau
la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de
Chateau-Chalon a Poligny.
De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de caballería. Cuando
estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en francés,
con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.
Le contestamos que sí, y después le dije yo si sabía si el conde de
Bubna estaba aún en Poligny.
--Ya no está--replicó él--. ¿Para qué lo necesita usted?
--Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.
--Pues yo soy el conde de Bubna--contestó él--. Voy a Lons. Esta noche
preséntese usted en mi casa.
Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier.
Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos
nosotros a una posada.
Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un
salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que
parecía una odalisca.
Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había
en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban
alguna defensa contra los aliados.
Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.
Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los
papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde
encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.
Los documentos no nos los dieron en seguida.
Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso
por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y
Excelencias fruncía el ceño.
Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.
Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.
Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes,
intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones,
la gente estaba sin salir a la calle.
Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares,
donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles
lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que
les parecía.
Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y
hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.
Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa.
Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido
que no nos dejaron dormir.
Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la
estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales
brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise
ser más papista que el Papa.
Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del
conde de Bubna.
Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los
caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que
no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.
Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de
Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el
carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al
honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.
Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que
nos habían robado los almohadones.
Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a
obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la
continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que
soldados borrachos.
En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una
mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.
Fácil era comprender lo ocurrido.
Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar;
después paró la nieve y salió la luna.
Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.
Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de
heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para
cubrirnos los pies.
Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.
Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos
en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde
debíamos llegar se alejaban también cada vez más.
La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.
Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.
Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de _kirsch_; bebimos
los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.
Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo
muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí
nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.
El frío nos había dado un gran apetito.
Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en
marcha.
Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los
caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a
Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con
pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.
A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:
--¿De dónde han sacado ustedes este hombre?
--Es un español amigo mío--contestó Aviraneta, riéndose también.
Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al
cruzar por allí, habían hecho mucho daño.
--¿Daño?--contestó--. Nos han comido y bebido lo que había, y algunos
soldados sueltos han detenido a los pasajeros que han encontrado en el
camino cerca del pueblo y les han quitado el dinero y el reloj. A las
mujeres las han violado.
El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho cuidado y no ir por
la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha dificultad para
atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos estaban
cerrados con la nieve.
El hombre no era nada tranquilizador, y sus consejos no servían mas que
para dejarle a uno inquieto.
V
EL TRINEO
Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.
Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.
La luna brillaba hermosa en el cielo claro.
--Señal del frío que hace--dijo Aviraneta--y del que nos espera por
esos montes.
A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.
Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de
Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a
mostrarnos un paisaje magnífico.
A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a
nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una
hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto
uno que llevaba un fusil.
Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y
amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía.
Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas
galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien
llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.
Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul,
sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas
resplandecientes.
Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus
ramas verdes de follaje.
En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro,
todos los objetos parecían negros.
Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan
sutil que se metía hasta los huesos.
Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si
encontrábamos algunos _kaiserlicks_ o gendarmes que vinieran a
registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía
negruzco en una hondonada cubierta de nieve.
Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta
de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más
de una legua de larga.
En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo
enganchamos.
Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los
tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos,
hasta acercarme al pueblo.
Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién
era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba
de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de
detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.
--Bueno, pues avisaré a mis amigos--dije, y me acerqué al trineo con el
guardia.
--¿Qué hay?--preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.
Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:
--¿Está lejos la casa del alcalde?
--No, aquí cerca--contestó el guardia.
--Podemos ir en el trineo--le dijo Aviraneta--. Le haremos a usted
sitio.
Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.
Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a
trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.
--¡Pare usted! ¡Pare usted!--gritó el hombre--. Ya hemos llegado, ya
hemos pasado.
Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un
cuarto de hora.
El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo
el trineo.
--Mi querido amigo--dijo Aviraneta al amoscado guardia--: nosotros no
teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su
pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente
prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un
poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se
caliente el estómago.
El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó
una monedita de oro.
--Puede usted elegir--dijo Aviraneta--entre marcharse incomodado y
sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted
detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.
El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.
Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos
azotaba la cara como si fuera polvo.
En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos
en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos
muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se
pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.
A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales,
comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues.
Estábamos ya en Suiza.
Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.
A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca.
Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un
magnífico fuego.
En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de
Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.
La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se
pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de
mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados;
y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a
que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes
ultraconservadores de Metternich.
A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.
Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de
barbaridades de Eugenio.
--Esta gente enamorada del pasado--decía a Corina--, es gente estólida
y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros, no;
nosotros tenemos confianza...
--Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende la poesía de
la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los
realistas--replicaba Corina.
--No, señora, no--gritaba Aviraneta--; no hay desinterés en
ellos.--Luego, más tranquilo, decía--: Yo veo que unos luchan por el
rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso,
el dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la
horca, el fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha
decidido que los que pelean por su interés son los desinteresados, los
idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos
egoístas y miserables.
No quise replicar por no enzarzar de nuevo la cuestión y me retiré a mi
cuarto.
VI
UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO
Nos levantamos al otro día temprano y salimos de Nyón en el mismo
trineo en que habíamos llegado.
El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago Leman; pero había una
niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe ser muy hermoso,
pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.
Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a pararnos dos o tres veces
y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los pies.
Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y
al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.
Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.
--Te ha tomado por alguna chica disfrazada--me dijo irónicamente
Aviraneta.
--Si me besa a mí así..., lo mato--exclamó el bruto de Ganisch.
Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros
pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado
en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.
La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré
rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un
aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe,
tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta
calvinista.
Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era
Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a
dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.
Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba
que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron
a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de
sal, otro poco de cal y una copa de vino.
Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal
Calvino; y, furioso, se marchó.
Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua
hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.
En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos
acerca de Calvino.
Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo,
casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del
lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.
Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la
literatura de la época.
Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.
¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había
encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje,
a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se
marchara!
Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con
una escena desagradable.
Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que
dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron
en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por
reñir.
VII
LA DILIGENCIA
A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo
por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en
Lausana, en la posada del León de Oro.
Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro
que domina el lago Leman.
Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después
fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros
pasaportes.
En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de
visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa
de morir días antes de un balazo en el vientre.
Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de
Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.
Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída la cena, fuimos a la
posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un lugar dentro
y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la
imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.
Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos
que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del
coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.
Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos
y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo
de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan
inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio.
Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones,
me entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me
resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía
mas que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal.
El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la
última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me
vivificó y me volvió un poco en mí.
Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla
abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.
Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y
atravesando aldeas.
A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta
sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.
En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y
entramos en un trineo.
Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la
bruma blanquecina de la mañana.
Ganisch se había hecho amigo del cochero, y gritaba: _¡Coronela!,
¡Generala!_, produciendo el escándalo de los alemanes. Corina se reía a
carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un palo sujeto entre
los equipajes y una bandera blanca en la punta.
A medida que la claridad se desparramaba por la tierra, se iba viendo
el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de los soldados:
casas saqueadas, incendiadas, árboles rotos, caminos desfondados por
los cañones.
A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer fuí a presentarme
al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que llevaba
del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó
nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.
Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de estufas, y en el piso
alto, un invernadero y una enorme pajarera.
El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos era lo que más le
interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de ellos le
hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en
un campo de batalla.
Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una broma, y él contestó:
--¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que
mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?
No le contesté nada, y me despedí de él.
Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino.
Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las
aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos
detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran
cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como
Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos
adelante.
VIII
EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO
Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar
sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.
Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.
Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una,
llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres
y un alemán.
No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y
pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos
en formación.
El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el
cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de
Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia.
Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el
Rhin.
Es imposible explicar la confusión y laberinto de Basilea en aquel
momento; no se podía andar por las calles.
Se hallaba uno expuesto a ser atropellado continuamente por los
innumerables coches de generales y de príncipes, que no cesaban de
pasar de una parte a otra, y por los caballos de cosacos y edecanes,
que iban al galope.
Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y
pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca
anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender
lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.
Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una
plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y
verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.
Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en
este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.
Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fuí paseando
hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían
fuego con los franceses.
Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia,
Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír
misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales.
Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero
con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis
pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante
muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo
saludaba con el mayor agrado y afabilidad.
Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel soberano que venía a
restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía. Realmente, es un
espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.
También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el _kaiser
Franz_. No tenía el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no
contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta,
y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden estar muy
orgullosos de tener un emperador de buena figura.
Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.
El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por
el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia
imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar
ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan
buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas
con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos
lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es
la caballería.
Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch.
Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también
pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.
--¡Lo han reventado a ese pobre hombre!--exclamó Aviraneta.
--¿Para qué habéis pasado?--pregunté yo--. ¿No veíais que venía la
tropa?
--¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué
brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes,
emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?
No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles
y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el
sol y las estrellas.
No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende
estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios
monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.
Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord
Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años,
muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de
Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de
una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía
dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía
socorro, sino que firmase mi pasaporte.
Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial
español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de
Chalon-sur-Saone.
Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco
efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga
y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y
lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro
y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la
batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los
afiliados a lo masonería.
IX
LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA
La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía
ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los
caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las
seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran
algunos caballos a la posta.
Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.
Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina, Aviraneta, Riego y yo
tomamos los mejores sitios.
Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.
En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para
aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que
comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada
calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí,
bebían con rapidez y como si fuera agua.
--¿Pero cuándo salimos?--les preguntaba yo, impaciente.
Ellos contestaban: _¡gleij!, ¡gleij!_, que parece que quiere decir:
ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que
fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos,
de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros,
menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la
sangre. A todo decían: Ya... ya...
Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve,
barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.
Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de
nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.
Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso.
Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: _Schwarz-Wald_.
Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían
matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el
Gobierno jacobino.
Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la
Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones
sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos
la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por
convencimiento.
--Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando
en lo imprevisto--decía Aviraneta--. Prefiero un general improvisado a
un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.
--Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso
de la vida--replicaba Corina.
--Para mí, la tradición es un principio sin valor.
Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre
todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.
Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca,
y luego lo desarrollaba según las circunstancias.
Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los
tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le
pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que
cumpliese. Y yo repliqué:
--En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida;
pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel
de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde
donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y
se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro
postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta,
que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que
interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas
con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra,
cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar
sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea
de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo
aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una
cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se
hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan
admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se
necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles
a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el
movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la
vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el
esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.
Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo
interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de
la naturaleza no significaban nada.
Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido
en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual
pretendía dominar.
Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el
fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía
la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le
decía poco.
X
LAS POSADAS DEL CAMINO
Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta
nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los
conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo,
un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los
amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y
cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor
era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se
renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro
horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a
comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos
en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no
perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas
cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio.
Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de
cualquiera de nosotros.
Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles
que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me
contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no
tenían la culpa.
Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía
intranquilo y nervioso.
Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces
la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy
incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se
reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había
siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas
herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo
estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos,
sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un
banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo,
todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los
pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo
de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía
que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo
estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera
a caer sobre ellos en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba
de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa,
parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor
había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros.
Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy
desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era
difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un
poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo
la continua humedad del piso.
Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante
peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa
encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.
Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en
las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron
siempre mejores las de Francia.
Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos
varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.
Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar
a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la
Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le
parecía mucho.
No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos
presentó a su alteza.
El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea
con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué
causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el
que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la
posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.
Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de
Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran
duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.
Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de
hombros groseramente.
XI
CORINA DESCUBRE ESPAÑA Y ARTEAGA A BEETHOVEN
Al llegar a Radstadt madama de Hauterive, nuestra Corina, nos invitó a
comer en casa de su madre con otras varias personas.
Fuimos todos, incluso el criado o familiar de Aviraneta, llamado
Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.
Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias del camino.
Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había divertido tanto como
en aquel viaje.
Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo éramos los españoles.
--Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca vida interior--nos
dijo--, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha fuerza
orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve
que a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos
así no puede ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de
individuos, de individuos grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés
o Pizarro; pero no un pueblo. Yo prefiero con mucho mi país, Alemania,
en donde la clase pobre es sensual, obediente y humilde. Claro que un
alemán no sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá
obedecer. En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que
dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no
tienen ni pueblo, ni aristocracia.
Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los conceptos de esta señora;
yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía ridículo el que una
mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco personas naturales
de ese país que había tratado.
Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra religión. Según ella, los
católicos, sobre todo los católicos españoles, no éramos cristianos mas
que de nombre; no teníamos conciencia.
Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la ligera; pero ella aseguró
que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó diciendo que nosotros,
los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los alemanes,
pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.
Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta filiación.
Después de comer llegaron otras personas y estuvimos charlando.
La madre de Corina, al oír que yo hablaba de literatura, me preguntó si
conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque no sabía el alemán,
pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido al francés.
A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y tan
hermosa el _René_, del vizconde de Chateaubriand, y casi también la
_Nueva Eloísa_. La mayoría de los presentes protestaron, asegurando que
la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor inglés
dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo
y tan fatuo como _René_; respecto a la _Nueva Eloísa_, le parecía el
libro más declamador y más necio que se había escrito.
Después de hablar de literatura, este inglés se puso a comentar la
política del tiempo, y dijo que era una prueba de bestialidad la guerra
y el matarse así.
La mayoría de los presentes asintió a las afirmaciones del inglés; pero
un joven profesor repuso que era indispensable para el desarrollo de la
gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera en las ciencias
y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan bárbaros
y tan superficiales como los franceses.
La Alemania del sueño, de la poesía, de la metafísica, no podía estar
bajo las botas de los soldados de Napoleón, meridionales advenedizos,
mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de aceite, llenos de
galones y de plumas.
Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran más civilizados
que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi aspecto la
duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a Hegel
y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.
Un estudiante dijo que se estaba desarrollando entre los alemanes un
entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el mundo hablaba
de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a lo
francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de
trajes.
Había patriotas que recomendaban una indumentaria gótica para andar por
las calles, cosa que a él le parecía completamente grotesca.
El joven profesor replicó que el punto de vista del estudiante era
mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse, reconcentrarse,
para ser la directora del mundo científico, y que aquella tendencia
patriótica era admirable.
Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el
profesor dijo:
--Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.
--Está muy bien esa probidad--replicó Corina--; pero si no se tuviera
opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían
tener mas que un número muy corto de opiniones.
--No se perdería con esto gran cosa--replicó él.
Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo--creo que se refirió
a Kant--se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su
lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos,
llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del
_spleen_; a España, la tierra de los antepasados...
Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era
país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país
que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las
aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.
Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto
entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en
España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de
Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.
A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era
mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda
clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.
Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso,
invitándonos a ir al salón.
Allí, una señorita cantó un trozo del _Don Juan_, de Mozart. Me pareció
una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse
a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije
que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la
canción de Mozart era feliz.
--No, no; oiga usted--dijeron todos--: va a tocar a Beethoven. Es el
genio musical más grande de Europa.
Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada _Pastoral_, y la otra,
_Heroica_.
El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas
sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas
acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra;
me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.
Yo le di las gracias por sus comentarios.
No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella
noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al
mismo tiempo.
Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego
discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que
afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado
con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.
--¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?--le
pregunté a Eugenio.
--¡Sí, hombre, si!--contestó él--. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he
aburrido tanto.
XII
INTENTO DE DUELO
Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad muy amplia, hermosa,
que forma un semicírculo, con calles que irradian del centro como las
varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta ciudad se
debe al capricho de un margrave.
Vimos la magnífica plaza central que hay delante del palacio del gran
duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con facilidad hasta
ochenta mil soldados.
El interior del palacio se asegura que es admirable; pero nosotros no
tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.
Después del paseo matinal fuimos a comer a una posada llamada Rothes
Haus, la Casa Roja.
El amo y el ama se sentaron a la mesa con los huéspedes y nos trajeron
una comida bastante mala, en la que figuró la _choucroute_, cosa que me
pareció horrible.
Aviraneta y Riego trabaron conversación con un mayor holandés, el mayor
Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los católicos, y sobre todo
de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del duque de Alba, de
los inquisidores y de los matadores de judíos.
Además de lo irritantes que eran para mí sus afirmaciones, concluyó de
molestarme el vecino de la mesa, un alemán grueso y rojo, que al oír
lo que decía el mayor holandés de los católicos se reía, se sonaba y
estornudaba encima del plato.
Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:
--_Monsieur, vous etes un degoutant personnage._
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase,
recalcándola:
--_Je dis que vous etes un degoutant personnage._
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en
la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la
solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran
estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo
conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no
se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba
acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una
bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el
alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los
padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El
francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y
otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y
que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver
lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con
furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.
XIII
ALEGRÍA Y HAMBRE
Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros
el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el
mayor Witkamp.
Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo
camino, decidimos seguirlo juntos.
El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de
licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.
Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo
castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos
en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo,
dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.
No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que
recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.
La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el
mundo se sentía hambriento.
Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy
miserable.
Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la
puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos
que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan
profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo
despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta
la cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de
cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno
sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba
el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste
e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor
parte habían muerto de una epidemia reinante.
--¿Hay epidemia aquí?--le preguntamos.
--Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada--contestó él--.
Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha
corrido el mal.
--¿Y en esta casa ha muerto alguno?--le dijo Aviraneta.
--Nada más que mi padre--contestó él--. Ahí, en ese banco donde ustedes
están, murió--dijo, señalando al nuestro.
--¿Sería ya viejo?
--No, no era viejo--replicó el joven--. Lo que sí era que estaba muy
gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes
de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la
guerra y nos fastidió.
--Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?--le preguntamos.
--Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la
otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi
padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal
y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que
le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.
--¡Qué desdicha!
--Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los
pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el
vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma
indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza
uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp;
fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
LIBRO TERCERO
DEL RHIN AL TÁMESIS
I
EL JUDÍO DE FRANCFORT
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio
antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle,
recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y
sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada
Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en
el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas,
huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el
aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos,
austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas,
francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la
sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que
fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército
aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más
ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos,
uniformes, medicinas, como píldoras.
--Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos--dijo el mayor
Witkamp--. Militar y ladrón son sinónimos.
Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano
cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz
corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
--¿Son ustedes españoles?--nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a
hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando
concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como
para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de
los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por
todavía, y empleaba giros muy extraños.
--Vosotros los cristianos de Castilla--exclamó gesticulando--creéis que
nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros _remotos_, y
debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a
España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del
alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada,
Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas,
banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:
--La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de
muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y
nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna;
entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es
dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo,
creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos
temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con
calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la
religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios
que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico
el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y
abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos
les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del
rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se
llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban
a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de
judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y
al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas tortuosas, negras, algunas
con las fachadas pintadas y con torres en las esquinas, y llegamos a la
calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable y más estrecha que
las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la calle se cerraba
con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos obsequió con
té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos presentó a
un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que
entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta llamada _Tugendbund_
(asociación de la virtud), constituída con un objeto mixto, medio
liberal, medio patriótico. Parece que los asociados trabajaban con un
enorme entusiasmo por la unidad alemana formada alrededor de Prusia,
y que las dos cabezas principales eran: el ministro prusiano, barón de
Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto Arndt, que había publicado
canciones patrióticas, atacando a Napoleón y elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que hacían las Sociedades
secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería y de la Secta
de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada por Adan
Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya
casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la _Tugendbund_
y la _Burchenschaft_ (reunión de estudiantes). Estas, abandonando las
cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y
patriótica más inmediata.
La _Tugendbund_ conservaba un aire misterioso y romántico, según nos
dijo el impresor. Los individuos que pertenecían a ella iban a las
sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón blanco y negro al
cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y la leyenda
en latín _Ultima ratio populorum_.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había pertenecido Fichte,
célebre profesor que había escrito un discurso a la nación alemana que,
a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania era el primer país
del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía alemana, la
cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del patriota y volvimos a
nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no quería separarse
de nosotros.
II
UN BURGOMAESTRE OSADO Y UNA VIEJA IRACUNDA
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y en vista de que no había
posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los cuatro españoles,
el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla cerca de
Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su uniforme. Vivía pendiente
de que no se le manchara, y constantemente se estaba mirando las mangas
y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo que habían efectuado
allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la debilidad que se
encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le alargó una
botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos
adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos
que españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de
Italia se debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba
herido y enfermo, le hubiera enseñado a hablar de nosotros con más
respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la
epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando
había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde
el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las
bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre
que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch
dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de
Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor
exclamó:
--¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El
italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos
en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos
adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado
porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de
noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas
patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde
ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un
aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con
su familia, y que nos fuéramos.
--Nada; vamos a ver al burgomaestre--dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve,
llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó
en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo
y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
--Aquí no hay camas ni posada--gritó el burgomaestre furioso--; todas
las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.
--¿Pero no podríamos entrar bajo techado?--preguntó el mayor.
--Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial. Al ver nuestro
grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España. Le
expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia
a aquel _bürgermeister_ bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había camas en el pueblo, y
añadió que estaba deseando que la epidemia reinante acabase con todos
los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o rusos,
sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a
nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar un sitio donde dormir
y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el Ayuntamiento no
quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las palabras de tan audaz
enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera castigado a
aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la
sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los
sentimientos caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no tuvimos más remedio
que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche estaba clara y
fría; en las afueras del pueblo había un montón de ataúdes que, sin
duda, habían dejado allí por no poder llevarlos al camposanto. Despedía
aquello una peste que echaba para atrás. Apresuramos la marcha, y a la
hora u hora y media de salir pasamos por delante de una casa bastante
grande que había a un lado de la carretera, y nos decidimos a pedir
auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora. La lluvia arreciaba
cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano y nos
hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la casa, pasara lo que
pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por otro, escalaron unas
ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron la puerta,
entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el
ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de una vieja, guardiana
de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle algo del perjuicio
causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien veces
ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar
a la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se
quedó refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra marcha. La vieja
nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e insultándonos,
hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le apuntó
desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando,
volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un jamón y un par de
quesos de un saco.
--¿De dónde ha salido esto?--pregunté yo.
--Lo he cogido de la despensa de la casa--contestó él con
indiferencia--. También he arramblado con unas botellas.
--¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!--dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas posadas y fondas estaban
todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo próximo.
III
EL PASO DEL RHIN Y LA «LANDSTURM» DE COLONIA
Camino adelante íbamos viendo la silueta de Colonia, con las torres de
su catedral no concluídas y los baluartes de sus murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros fuimos a Deutz,
pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede
considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el
Rhin, que en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien por encima del hielo,
de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha cruzado hasta la
artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho barullo, porque pasaba
un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río era operación
larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no. Nosotros nos metimos,
sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que aguardaban en la
orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El canal transversal
se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir
apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya enteramente deshelado, tenía
mucha corriente y era muy difícil llevar la barca en la dirección
necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos que marchaban por
encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía unos días, y al llegar
nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia en aquel momento
era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que recordaban
la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces de
Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y
allí donde estaba escrito en francés _coiffeur_, _cordonnier_, se ponía
_perru ckenmacher_, _schuhmacher_, peluquero y zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos firmó los
pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos
antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del Rhin, por ser el
camino más corto; pero nos dijeron que no había aún diligencias ni
postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran inseguros,
porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada Neuhaus (casa nueva), y
después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un poco irregular,
pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos
jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo cuando oímos un
redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran tropel de
gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos del
motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas,
los unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y
echaban a correr. Algunos estudiantes cantaban, con un aire parecido
al _God save the King_ de los ingleses, un himno cuya letra comenzaba
así:
Heil dir im Siegerkranz
Herrscher des Vaterlands
Heil, Kaiser, dir!,
palabras que parece quieren decir: ¡Salve, coronado de victoria!
Soberano de la patria. ¡Salve, César!
Estos preparativos y estos cantos nos hicieron pensar si los franceses
habrían pasado el Rhin de nuevo y si vendrían a atacar las pocas tropas
que estaban allí acantonadas. Como no entendíamos nada de cuanto entre
sí decían aquellas gentes y las veíamos armarse con tal precipitación,
nos encontrábamos inquietos.
Nos reunimos en la calle con el dueño de la posada, y éste nos dijo que
tales preparativos eran para recibir al gobernador o comandante del
reino de Westfalia, príncipe alemán que iba a entrar momentos después
en Colonia.
Ya más tranquilos, fuimos de nuevo a pasear. En las casas encendían
hogueras y luminarias; la música del pueblo salía a una de las entradas
de la ciudad para tocar a la llegada del príncipe. Toda esta gente
armada formó en las calles próximas al Palacio del Gobierno y de
Justicia, por donde había de pasar el gobernador, dejando en medio
sitio suficiente para la comitiva.
A esta milicia, rápidamente organizada, parece que llaman en alemán
_landsturm_, o leva en masa. La _landsturm_ de Colonia se acababa de
crear cuando salieron los franceses, y tenía por objeto defender el
país en ausencia de las tropas, que en su totalidad habían pasado a
Francia.
Aviraneta no quiso presenciar la ceremonia de recibir al gobernador
y nos volvimos hacia casa. Antes de llegar a la posada, Eugenio nos
propuso meternos en un café a tomar un ponche, y así lo hicimos. El
café estaba vacío; como era natural, todo el mundo había salido con la
_landsturm_ a presenciar la entrada del príncipe.
Unicamente en una mesa vimos a un hombre alto con una porción de
papeles delante. Nos sentamos a su lado y observamos que en los papeles
tenía muchos cálculos complicados. Aquel hombre debía de ser algún
profesor o inventor. De cuando en cuando hacía números y ecuaciones;
luego se quedaba mirando al techo como esperando algo.
Daba la impresión de que para él no existían los demás.
Aviraneta, que era hombre que siempre le gustaba llevarme la contraria,
señalando al desconocido dijo:
--Es muy posible que dentro de cien años se hable de este hombre
como de un personaje eminente, y, en cambio, no se sepa quién era el
fantasmón que entra ahora en Colonia en medio de aclamaciones y músicas.
Como yo creo que hay que dejar a cada loco con su tema, no contesté.
Tomamos nuestro ponche y poco después se presentó en el café un grupo
de estudiantes; comenzaron a beber cerveza, y uno de ellos se subió a
una mesa y entonó canciones patrióticas con un gran fuego, coreadas por
tempestades de aplausos.
Nosotros nos levantamos y nos fuimos a acostar.
IV
UN PAÍS TRANQUILO
Desde Colonia hasta la entrada de Holanda pasamos Dusseldorf, Arnhem
y Múnster, y de este pueblo, notable por sus anabaptistas, tomamos el
camino de Zwolle, que nos dijeron era el mejor.
Ibamos en una silla de posta abierta. Hacía un frío terrible; el camino
estaba cubierto de nieve y tenía no solamente agujeros y baches, sino
verdaderas lagunas de más de una vara de profundidad, en parte heladas
y en parte, no.
En los sitios donde el hielo se hallaba compacto, los caballos corrían
por encima fácilmente; pero donde se encontraba roto y a medias
fundido, se hundían las ruedas y era muy difícil salir del atranco.
Afortunadamente, los caballos eran buenos y el cochero muy hábil.
Gracias a esto pudimos salir con fortuna de aquellos malos pasos.
Después de la silla de posta tomamos un carro y, molidos por el
traqueteo de cincuenta horas de camino, llegamos a Zwolle, pueblo de
Holanda, a no mucha distancia del golfo de Zuidersee.
Zwolle es un pueblo muy limpio, de calles rectas. Preguntamos si
podríamos encontrar barco para Inglaterra en el Zuidersee, y nos
dijeron que probablemente no lo encontraríamos. En vista de esto
tomamos asiento en la posta para Utrecht, con la idea de ir a La Haya,
en donde nos dijeron hallaríamos con seguridad transportes.
En Nijkerk nos encontramos sin tiros al llegar a la posta. Había pasado
unas horas antes el hermano del príncipe de Orange con mucha comitiva,
llevándose todos los caballos. Tuvimos que aguardar a que trajesen
otros, sentados al lado de la estufa, dando cabezadas, hasta la noche,
en que volvimos a ponernos en camino.
Llegamos a Utrecht, ciudad hermosa, con calles magníficas, de mucho
comercio y hermosos canales. El cochero nos dijo con sorna que en
Utrecht se recordaba mucho a Carlos V y a los españoles; pero parece
que se les recordaba como a una enfermedad mortal.
Paramos poco en Utrecht; tomamos una diligencia con cuatro caballos y
salimos en dirección a Leyden, con tiempo claro y muy frío.
Los caminos en Holanda están muy bien cuidados; pero son estrechos
hasta tal punto, que en algunos parajes, si se encuentran dos coches,
el uno o el otro tiene que pararse.
Los árboles de la carretera, muy bien cuidados, forman alamedas, y por
entre su ramaje se ven canales de agua inmóvil.
Cuando pasamos nosotros, los canales estaban helados, y en la
proximidad de los pueblos los chicos patinaban y se deslizaban en
trineos.
Continuamente, a un lado y a otro de la carretera, aparecían granjas,
huertas, jardines, bosques, casas de madera, todo limpio y arreglado.
Los holandeses son gentes que lavan con frecuencia las fachadas de sus
casas y se cuidan de los más pequeños detalles; así que su país da una
impresión de orden y de limpieza muy agradable.
Llegamos a Leyden, ciudad rodeada de agua por todas partes, con el río,
un canal alrededor como el foso de una ciudad amurallada, y otros
varios canales por las calles.
El pueblo estaba amotinado contra los franceses, que ya se habían
marchado de allí; manera de amotinarse muy cómoda. Al parecer, los
soldados de Napoleón, mientras ocuparon Leyden, no habían dejado hueso
sano a los hombres, ni doncella íntegra en unas leguas a la redonda.
Los habitantes de Leyden se habían vengado de los invasores, cogiendo
a los dependientes encargados del cobro de derechos que percibía el
Gobierno francés, metiéndolos en toneles y echándolos al agua.
V
UNA INGLESA ANTIESPAÑOLA
Llegamos a La Haya y fuimos a la posada del Aguila de Oro. En la mesa
se sentó junto a nosotros un comerciante inglés con su hija, muchacha
muy bonita.
La inglesa, al saber que éramos españoles, expresó cándidamente su
sorpresa.
--¿Por qué le choca a usted?--le preguntamos nosotros.
--Porque yo he oído decir que los españoles son tan crueles y tan
feroces, que no creía tuvieran el aspecto de las demás personas.
Aquello me indignó.
Aviraneta, tomándolo a broma, dijo a la inglesa:
--¿De manera que usted creía que la generalidad de los españoles
tendrían todavía peor aspecto del que tenemos nosotros? Es decir: que
suponía usted que eran más flacos, más negros y más feos que nosotros.
No, no, señorita; no todos son como nosotros. Hay alguno que otro
presentable.
Riego, que sabía algo de inglés, dijo en serio:
--Mire usted, señorita. No tiene duda que los españoles hemos hecho,
en todos los tiempos, muchas barbaridades; pero crea usted que no las
han hecho menores los ingleses, los franceses, los alemanes o los
holandeses. Si nosotros hemos sido crueles, tan crueles han sido
ellos; si hemos sido ladrones y piratas, ladrones y piratas han sido
ellos. Lo único que no hemos sabido hacer tan bien como ustedes ha sido
vestir nuestros crímenes históricos con el manto de la hipocresía.
--Pero ustedes mandaron la Armada Invencible para destruír
Inglaterra--dijo la muchacha.
--Y ustedes mandaron la escuadra de Nelson a Trafalgar. Sólo que la
Armada Invencible tuvo la mala suerte de desaparecer en un temporal, y
la de Nelson la buena suerte de echar abajo nuestros buques.
La señorita inglesa no quería reconocer esta identidad; suponía que
Inglaterra había vencido siempre porque tenía la virtud y llevaba al
lado a San Jorge, que la protegía.
El padre de la muchacha, más transigente, nos decía, llenando su vaso:
--Sí, sí; hacen ustedes bien en defender su bandera, jóvenes. Antes que
nada, la bandera.
Y vaciaba el vaso de un trago.
VI
EL CHINO DE LA HAYA
El día siguiente nos presentamos en casa del embajador inglés lord
Clancarty a que nos dieran los pasaportes para entrar en Inglaterra.
El embajador, que era un inglés de estos ridículos y soberbios, nos
trató muy desdeñosamente, y después de hacernos esperar mucho tiempo,
nos envió los documentos con un criado.
Hecha esta diligencia, volvimos al hotel.
Había por las calles de La Haya gran animación. El príncipe de Orange
acababa de llegar procedente de Inglaterra, en cuyo país había
permanecido el tiempo que Holanda estuvo ocupada por los franceses.
Con este motivo se celebraban fiestas y se organizaban cuerpos de
voluntarios que iban a reunirse a los aliados.
Aviraneta decía que era cosa extraña que los pueblos que se habían
prestado a morir por unos reyes que se escapaban de su país en el
momento del peligro los recibieran a éstos, al volver, con entusiasmo.
Aviraneta no podía comprender que un rey no es un hombre. No estábamos
en aquellos momentos para discutir, porque nos encontrábamos cansados
de tanto ajetreo.
Creíamos que podríamos embarcarnos en el puerto de La Haya, llamado
Scheveninguen, al día siguiente; pero allí no había ningún paquebote
inglés y nos dijeron que teníamos que ir a las bocas del Mosa.
Nos resignamos a quedarnos en La Haya por aquella noche. En la fonda,
en la mesa, encontramos un chino que iba a embarcarse para su tierra.
Sabía un poco de francés y de español y hablamos con él. Yo le dije
que iría verdaderamente asombrado de la civilización de Europa, y me
contestó que no; que Europa le parecía una cosa despreciable. Me quedé
atónito. Riego y Aviraneta se reían.
Preguntándole por qué tenía una idea tan mala de nuestro continente,
dijo que en su país no se mataban los hombres como en Europa, ni se
quemaban las casas; que allí el matar no tenía valor, sino el saber y
las virtudes.
Le quise convencer de que debía tener más respeto por nuestra
civilización, primeramente por creer nosotros en la única religión
verdadera, que es la Católica Apostólica Romana, establecida por
Cristo y su Iglesia, y gozar nuestros países de los mayores adelantos,
a lo que contestó el chinito que la única religión verdadera es la
establecida por Buda, y que hay mayores adelantos en China que en
Europa.
Si hubiéramos estado en España le hubiera dirigido a algún sabio padre
inquisidor para que convirtiera a aquel bárbaro; pero en Holanda
descuidan los asuntos de conciencia y no hay inquisidores.
El tal chino era malicioso en extremo y se burlaba de cuanto veía de
una manera verdaderamente molesta.
Ya no me faltaba más sino que, después de haber sido vejado durante
todo el camino por alemanes, holandeses, italianos e ingleses, viniera
un ridículo chino a reírse de uno.
Al día siguiente, en compañía del chino, salimos de La Haya por las
calles, adornadas con arcos de triunfo y guirnaldas para el paso del
príncipe de Orange.
Llegamos a Maassluis, e inmediatamente fuimos al embarcadero a pasar un
brazo de mar que comunica con el río Mosa.
En la punta del muelle encontramos un correo de gabinete inglés que
se llevó con su comitiva las barcas. Esperamos a ver si volvía; pero
como tardaba mucho, después de calarnos hasta los huesos, tuvimos que
retornar al pueblo.
Las posadas en Maassluis estaban ocupadas y nos repartieron en casas
particulares. A mí me llevaron a la de un médico, donde no había nada
que comer. Parece que el domingo hay por allá la costumbre de tener las
tiendas cerradas. Comí unas patatas y un poco de queso y estuve en un
cuarto calentado con una estufa de turba, que olía muy mal y que me dió
dolor de cabeza. Mientrastanto, el médico, cirujano, o lo que fuese, me
echó un discurso en mal francés, diciendo que explicara a los españoles
lo que era la tolerancia, y cómo allí convivían los católicos, los
presbiterianos, los luteranos y los judíos en paz. Le dije que esto
sería cierto, pero que en España, en cambio, no se tenía la costumbre
de molestar a los huéspedes.
Se calló el médico y no me habló más.
VII
EFECTO DE SOL EN EL TECHO DE UNA POSADA
Al día siguiente pasamos la desembocadura del Mosa y salimos a Brielle.
De Brielle marchamos a Hellevoetsluis, que está en una gran ensenada.
De aquí salían casi diariamente paquebotes para Inglaterra.
En Hellevoetsluis las posadas estaban llenas; no cabía en todo el
pueblo una rata, y nos dijeron que fuéramos a alojarnos al cuartel.
Fuimos a ver el cuartel, que era un lugar horrible y sucio.
En vista de esto, nos dedicamos, cada uno por su lado, a ver si
encontrábamos posada.
Yo vi un cuarto como un camarote, que lo alquilaban por dos coronas
inglesas; Riego, una alcoba en una casa; Aviraneta dijo que lo único
con que se había topado era una sala de billar, y Ganisch, que tardó
mucho, dijo que había encontrado un cuarto magnífico, cómodo y barato,
en una posada de los alrededores.
Riego se quedó en el pueblo, y nosotros fuimos con Ganisch, y,
efectivamente, nos hallamos con un cuarto muy hermoso, con dos camas.
La dueña de la casa era una vieja que tenía una criada rubicunda,
gruesa, muy blanca, con la cara ancha, algo parecida a esas mujeres de
los cuadros de Rubens. Ganisch comenzó a andar tras ella, mientras
Aviraneta y yo charlábamos.
Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos
despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluído de rezar mis oraciones y estaba en el momento de
conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían
sobre mi cama.
--¡Eugenio!--dije.
--¿Qué?
--¿Has oído?
--No; ¿qué pasa?
--Que cae algo de arriba.
--No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que
éste cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como
un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!
--¡Eh!, ¿qué es eso?--exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al
descubierto de la criada le fuera a contestar.
Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto
y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a
Ganisch, que intentó esconderse, y ayudó a la criada rubicunda a salir
del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí.
Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido
para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente, salimos de la posada de la criada rubicunda y nos
fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que
debíamos pagar los billetes por anticipado, si queríamos que se
nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos
presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.
VIII
EL «FÉNIX», LA «SOFÍA» Y EL «VULCANO»
A las ocho de la mañana estábamos en el puerto Riego, Aviraneta, el
chino de La Haya, Ganisch y yo.
Nos dijeron que nos apresuráramos, porque el _Fénix_ iba a salir.
Los bateleros nos hicieron pagar la friolera de tres coronas inglesas
por persona por llevarnos al buque, que estaba a un tiro de fusil.
Llegamos al _Fénix_, y el barco se quedó sin moverse. Intentó salir, y
no salió. En vista de esto volvimos al muelle, hablamos al comisario
inglés, y éste nos dijo que la que partía de veras era la corbeta
_Sofía_, que iba directamente a España. Dijimos al comisario inglés que
nos devolviera el dinero, que iríamos en la _Sofía_; pero el comisario
contestó que no, que nada tenía que ver un barco con otro.
Nos metimos en una lancha, que no nos costó tanto como la primera, y
fuimos a la _Sofía_. El buque era un brick holandés pequeño; llevaba
treinta oficiales españoles, sesenta soldados, entre ellos algunos
ingleses, y otros pasajeros.
No había sitio para tanta gente.
Llegó la hora de comer, y nos dieron como ración para seis un pedazo de
carne salada de tres libras, un poco de harina, un puñado de pasas, un
cuartillo de ron y galleta.
Algunos oficiales fueron a pedir más ración; pero el capitán les volvió
la espalda. Aviraneta tenía dinero y compró suplementos al cocinero, y
además contrató con él que nos hiciera la comida. Con la harina, metida
en un saco de lienza, las pasas y un poco de sebo hacían un _pudding_
muy pesado; una pasta que parecía de engrudo.
A la mañana siguiente creímos que íbamos a salir, y nada; en cambio,
el otro transporte, el _Fénix_, donde habíamos estado el día anterior,
pasó por delante de nosotros con las velas desplegadas.
El chino nos saludó al pasar, y nos dijo en castellano, maliciosamente:
--Buda _puele_ más que _Clisto_.
No quise contestar nada a aquel pobre salvaje.
El capitán de la _Sofía_, al ver nuestra desesperación, dijo que a la
mañana siguiente saldríamos.
Vino la mañana; los marineros empezaron sus preparativos; todos los
soldados y oficiales ayudamos a la maniobra, tirando de los cables;
pero el barco no se movió. El capitán, muy tranquilo, dijo que la
_Sofía_ estaba encallada en arena y que había que esperar a que la
marea subiera más.
Al día siguiente ocurrió lo mismo; la _Sofía_ no quiso salir. Tres días
pasamos así, sometidos al capricho de la _Sofía_ y al _pudding_ con
engrudo, hasta que el capitán confesó que el barco se iba poniendo muy
pesado y que había que descargarlo para que pudiera moverse.
Bajamos a tierra y volvimos a ver al comisario inglés. El hombre,
cínicamente, dijo que el haber pagado antes no valía, y solamente a
Ganisch, al ver que no se separaba de él y se miraba los puños, le
devolvió el dinero.
Por la tarde llegó un transporte inglés, el _Vulcano_.
Intentamos embarcar, pero nos dijeron que no podía ser. Acababa de
venir un embajador austriaco que iba a Londres con su séquito y le
habían reservado todos los puestos del transporte. Aviraneta se puso
como un loco y dijo mil disparates y barbaridades, sin comprender que
los diplomáticos tienen asuntos más importantes que las demás personas.
El comisario indicó que nos prepararían otro transporte, cuando llegó
un aviso de que el embajador austriaco no podía salir aquel día. Por lo
tanto embarcábamos para Londres.
--¡No se pueden ustedes quejar!--nos dijo el comisario inglés.
Nosotros torcimos el gesto. Era demasiada broma. Ganisch hizo una de
las suyas: al subir al barco aparentó que tropezaba, se agarró al
comisario inglés y cayó con él al agua.
El inglés salió sin sombrero y chorreando como un perro, y esta falta
de respeto de Ganisch fué muy celebrada por Aviraneta y por todo el
equipaje del barco.
IX
JURA DE LA CONSTITUCION
Se puso el _Vulcano_ en franquía, enderezó el rumbo a Inglaterra, y
a las diez o doce horas de navegación, después de marearnos todos,
pasamos las corrientes del Canal de la Mancha y entramos en el Támesis.
Estuvimos en Londres sólo unas horas; Riego se quedó allí, donde formó
un cuerpo militar con muchos refugiados españoles, y volvió a la
península meses después.
Aviraneta, Ganisch y yo tomamos pasaje para España en un paquebote, en
donde iban únicamente treinta y tantos pasajeros. La navegación fué
feliz y el tiempo bueno.
Al acercarnos a La Coruña, al pasar por delante del castillo de San
Antón, se levantó de improviso una racha de viento favorable, que
aprovechamos para acercarnos a la ciudad; con el anteojo veíamos a la
gente que se agolpaba en el paseo de la Alameda. Luego el viento se nos
puso de proa y creíamos que no podríamos pasar. Así estuvimos un cuarto
de hora, al cabo del cual cambió el viento, y entramos en el puerto a
las tres y media.
El muelle y el paseo estaban ocupados por una multitud que nos recibió
con aclamaciones y aplausos.
Bajamos y fuimos a una posada de la calle Real.
Por la tarde me llamó el general Lacy, que mandaba el ejército, y me
dijo que se iban a formar dos batallones con los oficiales y clases que
venían repatriados.
En dos días se organizaron los batallones y nos pasó revista Lacy.
Una semana más tarde mandó formar el cuadro en el patio del cuartel y
pronunció una corta arenga. Después se celebró la jura.
En el centro del patio se había levantado una pila con tambores,
poniendo encima los Evangelios, un ejemplar de la Constitución y la
bandera del regimiento.
Juraron el nuevo Código nacional: primero, el coronel y un oficial
de cada grado; en seguida, un sargento, un soldado y un cabo de cada
batallón.
El general Lacy recogía el juramento con el tricornio en la mano. El
que iba a jurar se arrodillaba delante de los tambores, colocando la
mano en el libro santo.
Preguntaba el general:
--¿Juráis a Dios y prometéis guardar y hacer guardar la Constitución y
defender al rey?
--Sí, juro.
--Si así lo hacéis, Dios os lo premie, y si no, os lo demande.
Después de esta ceremonia me reuní con Aviraneta, que me dió cuenta del
dinero que le había entregado mi madre y de la forma en que lo gastó.
Yo no quise oírle; le abracé y le rogué que se quedara con lo que
sobraba. El no aceptó, y entonces nos lo repartimos entre los dos.
Poco después hubo en La Coruña varios días de iluminación por la
llegada de Fernando VII a Madrid. El general Lacy fué suspendido de su
empleo y sustituído por Bassecourt, lo que a los constitucionales sentó
muy mal.
Al despedirme de Aviraneta le pregunté:
--¿Y ahora, qué vas a hacer?
--Me voy a Soria o a Navarra a vegetar.
Yo marché a Madrid a abrazar a mi madre.
UNA INTRIGA TENEBROSA
LOS HOMBRES DE LA CONSPIRACIÓN DEL TRIÁNGULO
HABLA LEGUÍA
En el tiempo a que me refiero, el restaurante del Rocher de Cancale era
muy célebre en París.
Ni los salones de Very o de Vefour, ni la celebrada fonda de los
Hermanos Provenzales, podían competir en fama con el Rocher de Cancale
entre los discípulos y practicadores de las suculentas teorías de
Brillat-Savarin.
Una noche, de sobremesa, después de cenar con varias personas en el
Rocher, oí la historia que voy a contar al barón de Oiquina.
Era a fines de 1840. Había ido yo a París desde Bayona con una comisión
de Aviraneta para don Vicente González Arnao, personaje de larga
historia que en las postrimerías de la primera guerra carlista fué
el intermediario entre el Gobierno de María Cristina y el cabecilla
Muñagorri. Este Muñagorri, escribano de Berástegui, hacía la guerra al
carlismo con la bandera Paz y Fueros.
En el fondo, el cabecilla-escribano era una creación de Aviraneta, y
su proyecto de escisión del carlismo estaba copiado de otro de don
Juan Olavarría, el cual había presentado al Gobierno, hacía años, una
Memoria considerando la bandera de Paz y Fueros como un buen medio de
acabar la guerra.
Muñagorri no tuvo el éxito que se esperaba de él. Era hombre ligero, de
pocos arrestos y, sobre todo, de poca sindéresis. A pesar de esto, algo
contribuyó a descomponer el carlismo, y hubiera contribuído más si el
cónsul de Bayona, Fernández de Gamboa, esparterista y enemigo de toda
transacción, no hubiese opuesto una serie de obstáculos y dificultades
a la empresa.
González Arnao, partidario como Aviraneta de acabar la guerra a todo
trance, creyó que la campaña de Muñagorri podría ser útil y trabajó
para ayudarla con lord John Hay y con el embajador de España en París,
marqués de Miraflores.
Arnao, muy patriota, tenía gustos e inclinaciones de parisiense más que
de español, a pesar de ser hijo de Madrid; cosa no muy rara, porque
había vivido cerca de treinta años en la capital de Francia.
Cuando le conocí yo, Arnao era muy viejo, pero se conservaba derecho y
fuerte.
Como la mayoría de los hombres de esta época, había tenido una vida
doble. En tiempo de Carlos IV fué profesor de Física experimental en la
Universidad de Alcalá, síndico del Ayuntamiento de Madrid y abogado.
Por esta época publicó, en colaboración, el _Diccionario
histórico-geográfico de Navarra y de las Provincias Vascongadas_.
Formó parte, en 1808, de la Junta de Bayona, y al tomar posesión de la
corona de España José Bonaparte le nombraron consejero de Estado.
En 1813 tuvo que huír a Francia con todos los que habían aceptado el
Gobierno del intruso.
Don Vicente estuvo en París hasta 1820, y cuando el Gobierno anuló el
decreto de la Junta Central de Cádiz, en que declaraba a los ministros
y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey,
volvió a España con otros josefinos.
Era González Arnao hombre sinceramente liberal; amaba la libertad como
algo necesario para la vida, y no le preocupaba gran cosa la cuestión
de personas.
Al entrar en España vió que no se podía vivir en Madrid; que entre
comuneros y masones estaban acabando con el régimen constitucional;
quiso mediar entre unos y otros, y enemistado con los dos bandos, se
volvió a París.
En el lapso de tiempo comprendido entre la segunda época constitucional
y la primera amnistía otorgada por Fernando VII poco después de su
matrimonio con María Cristina, don Vicente llegó a ser el abogado de
los proscritos españoles, no sólo de Francia, sino de toda Europa.
Tenía Arnao por entonces su despacho en una de las calles más animadas
de París, la del Faubourg Montmartre, y su casa era un constante subir
y bajar de personas que iban a consultarle.
Entre los políticos y escritores franceses contaba Arnao con amigos
ilustres, y en esta época sentaba con frecuencia a su mesa a Destutt
Tracy, a Armando Carrel y al historiador Mignet.
González Arnao podía alternar con ellos; era un hombre muy culto; sabía
el latín y el griego admirablemente y conocía a la perfección los
idiomas modernos: el francés, el inglés y el alemán.
A fines de 1831, Arnao marchó a España y dejó su bufete a su secretario
y socio, un catalán llamado Pagés.
En 1838, don Vicente volvió de nuevo a Francia y estuvo en Bayona y
en París por asuntos relacionados con la guerra carlista. Mientras él
acudía a la Embajada de España y celebraba consultas en la calle del
Faubourg Montmartre, su antiguo secretario corría medio París en su
cabriolé.
Arnao, a quien fuí a visitar por encargo de Aviraneta y a darle datos
de las conjuras que se fraguaban en Bayona para reanudar la guerra
después del Convenio de Vergara, me recibió muy afectuosamente.
Después de una larga conferencia me dijo:
--¿Quiere usted comer esta noche conmigo?
--Con mucho gusto.
--Comeremos en el Rocher de Cancale. ¿Sabe usted dónde está?
--No.
--Pues entonces mi amigo Pagés le irá a buscar a su casa. ¿Dónde vive
usted?
--Vivo en el hotel de Embajadores, calle de Santa Ana, 75.
--¡Oh, lo conozco! Allí hemos conspirado los españoles durante mucho
tiempo. Espere usted a Pagés; irá a buscarle al anochecer.
--Muy bien. Le esperaré.
Me fuí a la fonda, y, efectivamente, antes del anochecer se presentó el
señor Pagés a buscarme. Subimos al coche, que esperaba a la puerta, y
nos encaminamos al Rocher de Cancale.
Aguardamos un rato y, uno tras otro, se presentaron los tres comensales
que iban a cenar con nosotros. En total éramos cinco: Arnao, Pagés,
un cura vizcaíno, don Ignacio, que hacía mucho tiempo vivía en París,
expulsado de España por afrancesado, y el barón de Oiquina.
El barón de Oiquina era un viejo que, a pesar de ser exageradamente
atildado en el vestir, resultaba no sólo un hombre serio, sino una
persona respetable.
Tendría el barón más de setenta años; era sonrosado, de ojos azules, de
cabellos blancos, que parecían vellones de lana. Iba rasurado, vestía
de claro y tenía el tipo y el porte de un lord inglés.
Su larga permanencia en Francia le hacía hablar con giros extraños y
con muchos galicismos.
El barón de Oiquina vivía habitualmente en una propiedad de una hermana
suya, próxima a Bayona, y había ido por entonces a París a pasar unos
días.
Por lo que me dijo Arnao, el barón había sido subprefecto de Valladolid
en tiempo de José Bonaparte, y en vez de evolucionar, como casi todos
los afrancesados, en sentido reaccionario, se distinguía por sus ideas
avanzadas.
Durante la comida, Arnao, el barón y el cura don Ignacio recordaron
escenas, anécdotas y personas de España y Francia.
Salieron a relucir el general Mina, Galiano, Mendizábal, Istúriz,
Lafayette, el general Berton, Caron, Vaudoncourt, Cugnet de Montarlot,
y otros más.
--¿Y usted no le ha conocido a Aviraneta?--le preguntó González Arnao
al barón, de pronto--. Este caballero, el señor Leguía--y me señaló--,
es amigo suyo.
--¡A Eugenio de Aviraneta! ¡Sí, hombre! Le he conocido cuando era un
muchacho joven como lo es ahora el señor Leguía.
--Entonces hará mucho tiempo.
--¡Figúrese usted! El año 12.
--¡Qué raro!
--Sí; yo era subprefecto de Valladolid por el Gobierno de José
Bonaparte. Un día se me presentaron dos jóvenes, acompañados de
un capitán francés, que les recomendaba para que les diera un
pasaporte. Dijeron que eran comerciantes; pero yo sospeché que eran
guerrilleros--. Y ¿hacen ustedes mucho comercio?--les pregunté--. Sí;
no estamos descontentos--contestó uno de ellos, que era Aviraneta; y un
relámpago de ironía brilló en sus ojos. Aquella mirada y aquel perfil
de aguilucho no se me borró de la imaginación. Cuatro años después le
volví a ver en París... ¡Aviraneta! ¡Qué tipo! Ha debido tener una
vida curiosa ese hombre. ¿Estará ya viejo?--preguntó el barón.
--No mucho--dije yo.
Habíamos concluído de comer y de tomar café y, retirándonos de la mesa,
nos preparábamos a encender unos habanos.
--Don Joaquín--dijo Arnao, dirigiéndose al barón.
--¿Qué quiere usted, querido?
--Creo que le conozco a usted bastante bien.
--Es posible; no digo que no.
--He notado que el nombre de Aviraneta le ha sugerido intensos
recuerdos...
--Sí; es cierto.
--¿No querrá usted contarnos en qué circunstancias conoció usted a
Aviraneta cuatro años después de verle en Valladolid?
--¿Qué supone usted?
--Supongo que Aviraneta y usted no estarían quietos cuando se
encontraron por segunda vez en París y que tramarían alguna cosa.
--¿Y quiere usted que la cuente?
--Creo que nos haría usted pasar un buen rato contando lo que fué.
--Estos señores se van a aburrir... preferirán ir al teatro... a ver
_Lázaro el pastor_, la última obra de Bouchardy, el éxito del día.
--Yo, por mi parte--dije--, prefiero oírle a usted que ir a cualquier
teatro de París.
--Muchas gracias.
El socio de Arnao pretextó que tenía que verse con un agente, y se fué;
el cura don Ignacio, González Arnao y yo acercamos nuestras butacas a
la del barón. Este su puso a contemplar melancólicamente la ceniza de
su cigarro hasta que levantó la cabeza y comenzó así su relato:
LIBRO PRIMERO
DE PARÍS A MADRID
I
ANTECEDENTES
Como ha supuesto usted muy bien, mi querido Arnao, el nombre de
Aviraneta me ha sugerido recuerdos de cosas y de hombres de otra época:
Mina, Renovales, Yandiola, Richart, Arquez... ¡Qué tiempos! ¡Qué
entusiasmo!
El señor Leguía, no, porque es muy joven; pero ustedes recordarán que
cuando la primera reacción de 1814 todos se asombraron en España y en
Francia de que la resistencia de los liberales españoles fuese tan
débil.
La razón principal era que había aún en Francia y en Inglaterra
muchísimos cientos de oficiales y de soldados de ideas liberales que,
prisioneros en los depósitos, no habían vuelto a España.
Además, nos encontrábamos en la emigración los que habíamos ejercido
algún cargo con Bonaparte.
Fernando VII sabía que la ocasión de recobrar el poder absoluto era
oportuna, y los informes del duque de San Carlos, a quien envió a
Madrid con nombre supuesto a explorar los ánimos de los políticos y
generales, le confirmaron la idea de que la reacción era fácil.
Cierto que se decía que algunos caudillos de la guerra de la
Independencia, como Mina, Lacy, el Empecinado, Villacampa, Renovales,
se inclinaban a la Constitución; pero era solamente la parte plebeya
y guerrillera, porque los generales palaciegos, los Castaños, los
Palafox, los Eguía, los Montijo, estaban por el absolutismo.
Se creía por muchos que se había implantado en España el poder personal
y teocrático a gusto de todos, cuando al cabo de unos meses se comenzó
a hablar de que se fraguaban conspiraciones.
Primeramente se descubrió una en Cádiz, y se mandó allí de comisario
regio a Negrete, hombre que para mucho tiempo dejó fama de bárbaro por
sus procedimientos inquisitoriales.
Esta conspiración inventada por el Gobierno, no tenía más objeto que
limpiar Cádiz de liberales y de masones, atemorizarlos y hacerles huír.
Después se levantó don Francisco Espoz y Mina con la División Navarra,
e intentó, en unión de su sobrino Mina el Mozo, del coronel Asura, de
Górriz y de otros, apoderarse de la ciudadela de Pamplona, de noche,
aprovechando un tumulto que debía estallar en la ciudad, y proclamar la
Constitución.
El comandante de uno de los regimientos mandados por Mina, después
realista célebre, don Santos Ladrón, fué el que denunció la empresa.
Ladrón era amigo de Mina el tío y rival y enemigo de Mina el Mozo. Los
dos eran jóvenes; los dos, estudiantes; los dos, navarros de pueblos
vecinos: Mina, de Idocin, y Ladrón, de Lumbier.
Ladrón era realista furioso; Mina el Mozo, liberal exaltado; Ladrón
y Mina eran valientes; pero Mina, además, era audaz, conquistador,
de estos mozos que arrastran a los hombres y se hacen querer por las
mujeres.
La envidia de Ladrón por Mina influyó en el fracaso de la empresa
liberal de Pamplona, que costó la vida al coronel don José Górriz y al
mayor Cía, fusilados delante de los muros de la ciudad navarra.
Los españoles gozaron unos meses de calma.
La guerra de la Independencia había sido funesta para nuestra cultura.
En Madrid se volvió a la estolidez y a la ñoñería habituales. No se
publicaban mas que folletitos contra los liberales y masones; se
adulaba al rey de la manera más vil, y por toda literatura se daban a
la estampa historias de bandidos, de ahorcados y de almas en pena; los
cuarenta y ocho motivos que tiene el hombre para no casarse, y otras
obras igualmente importantes.
La salida de Napoleón de la isla de Elba produjo en todas las testas
coronadas de Europa un enorme pánico. Fernando y sus ministros
amainaron en la persecución contra los liberales.
Se dijo que Napoleón iba a dejar a Francia con un gobierno democrático;
que abdicaría de ser emperador para llamarse generalísimo de la
República, y se añadió que iban a traer de nuevo a España a Carlos IV.
Lo único que resultó algo cierto fué que el elemento republicano se
agitó en Francia y que los reyes de la vieja Europa temblaron a la idea
de que Napoleón se consolidara en el trono.
Pasaron los Cien Días; vino Waterloo y volvieron Fernando y los suyos a
su persecución contra los liberales.
La primera conspiración de que se ocupó el Gobierno español después de
los Cien Días fué una supuesta tramada en el café de Levante, de Madrid.
Como yo tenía gran curiosidad y gran deseo de que pasara algo en
España, me enteré de lo que era.
No había tal conspiración. Lo ocurrido fué que en ese café, por aquella
época, se habían reunido unos cuantos señores de ideas liberales y
habían hablado de la posibilidad de que Napoleón volviera a dominar en
Francia y de que Fernando tuviera que huír.
A los serviles ministros del tirano esto les escandalizó tanto, que
tuvieron que condenar a presidio a varios de aquellos señores por
haber puesto en ridículo, como decía la _Gaceta_ al hablar de este
asunto, las constantes virtudes del mejor de los reyes.
De los conspiradores del café de Levante, tres o cuatro eran abogados;
uno, un teniente, don Ramón de Latas, y otro, un músico de la Real
Capilla, llamado Balado, que dijo no conocía los designios de sus
amigos. Naturalmente, no tenían ninguno; pero fueron todos condenados a
varios años de prisión, como verdaderos conspiradores.
Después de los Cien Días, tras de la batalla de Waterloo, fué cuando
comenzó en grande el éxodo de los oficiales españoles emigrados hacia
España. Hubo que establecer depósitos en las capitales de provincia
para ellos.
Pronto se notó que la mayoría de los oficiales que volvían de Francia e
Inglaterra eran de las nuevas ideas, y se les trató de una manera tan
cruel, que llegaron a echar de menos los pueblos extranjeros de donde
llegaban.
Elío, luego famoso por su crueldad, fué de los que se distinguió por su
mal trato con los que venían de la proscripción.
En Madrid las persecuciones contra afrancesados, liberales y masones
las dirigía un tribunal presidido por el mariscal de campo don Pedro
Agustín de Echavarri.
Se estaba consolidando la Santa Alianza; la política de Metternich
iba triunfando, y los gobiernos creían poder apretar impunemente los
tornillos a sus respectivos países.
En España comenzaba a haber dos elementos importantes contra el
despotismo: uno, el de los oficiales venidos de la emigración,
exacerbados por la crueldad y la indiferencia que les demostraban;
otro, el de los paisanos liberales que iban ingresando en la masonería.
Entonces, de todos los pequeños Centros masónicos españoles, el más
importante era el de Granada, que estaba presidido por el conde del
Montijo, personaje enigmático e inquieto, extraño botarate que tan
pronto intrigaba a favor del rey como a favor del pueblo.
El conde del Montijo, que había sido uno de los partidarios de la
abdicación de Carlos IV y de los inspiradores del motín de Aranjuez;
que había conspirado con los reaccionarios contra la Junta Central en
tiempo de la guerra de la Independencia; que en 1814, complicado con
Macanaz, con Escoiquiz, Palafox y San Carlos, había trabajado por el
absolutismo y dado dinero a la chusma de los barrios bajos de Madrid
para que gritara: «¡Abajo la Constitución!»; el conde del Montijo,
que apareció firmando el manifiesto de los Persas, era, año y medio
después, el jefe principal de la masonería en España, y el Oriente
fundado por él en Granada se llamaba Oriente Montijano.
Al mismo tiempo tenía la amistad del rey y era capitán general de
Granada.
Realmente, estas cosas despistan a cualquiera y hacen pensar que había
entre nosotros muchas personas que por debajo de cuerda trabajaban por
Fernando VII.
Aunque esto ocurriera, era lo positivo que los dos núcleos rebeldes, el
de los masones y el de los militares, aumentaba. El levantamiento de
Díaz Porlier en La Coruña fué fruto de los dos elementos, y fracasó por
confidencias y por trabajos que hizo el arzobispo, ayudado por el clero.
Porlier, a quien llamaban el Marquesito, fué ahorcado; pero sus
cómplices se escaparon y fueron apareciendo en la frontera de Francia y
estableciéndose allí.
Las emigraciones ocasionadas por las tentativas de Mina y de Porlier
produjeron en Francia, unidas a la de los afrancesados, núcleos
importantes, en donde no faltaba la gente de dinero y de influencia.
Teníamos en París a Toreno, a Urquijo, a Hermosilla, a Llorente, al ex
fraile don Manuel Núñez Taboada, a González Arnao, a Azanza...
En Burdeos estaban el ex jesuíta Rafael Martínez, el coronel de
Caballería Gavilanes, el bibliotecario Gallardo, el fraile músico
Moliner, el coronel Colombo, el capitán Arquez.
En Bayona se hallaba el núcleo mayor. Allí estaban Espoz y Mina, Fermín
de Asura, que acababa de escaparse de la prisión de Cahors y estaba
escondido en una casa de campo de los contornos; el fabulista alavés
don Pablo de Jérica, complicado en lo de Porlier, a quien por orden
del embajador de España habían tenido preso en el castillo de Pau; el
capitán de fragata O'Connor; el ex fraile Arrambide; Juan Bautista
Beunza, preso también en Pau; Nicolás Uriz, secretario de Mina, preso
en Montauban, y otros que no recuerdo.
Ya por entonces bullía José Manuel del Regato; el traidor Regato, que
jugó un papel tan triste en la segunda época constitucional. Regato
había publicado en Bayona un folleto contra Fernando, titulado _El
Carolino_, papel lleno de palabrería vulgar, pero que había tenido
algún éxito entre los emigrados.
Regato se hacía llamar Oyo, Abeille y Abella. Yo, como vivía en Bayona
y conocía mucha gente, me enteré de la vida que hacía Regato y sospeché
siempre de él; tenía relaciones secretas con la policía, lo que hubiera
bastado a cualquiera para desconfiar. Sin embargo, este hombre pasó
durante mucho tiempo por un hombre íntegro, gracias a la pedantería
española y a la importancia que damos a las palabras; vivió en París,
en casa del conde de Toreno, y fué protegido en Madrid por Alcalá
Galiano.
Al último, él mismo se desenmascaró, cuando en 1823 dirigió en Madrid
la pedrea contra las Embajadas, dejando en las garras de la policía a
un pobre zapatero remendón a quien engañaba.
Regato vivió después en Madrid tranquilamente en la calle de Silva de
agente de Calomarde, con el que hacía jugadas de Bolsa, y cuando en
1833 comenzaron a volver los liberales de la emigración, temeroso de
una venganza, huyó de España.
En Londres teníamos un núcleo de emigrados; pero la mayoría eran gente
de libros, a quienes dirigía Blanco-White. Había también allí una
reunión en casa de un banquero bilbaíno, don Fermín Tastet, hombre muy
viejo, muy jovial y que llevaba muchos años viviendo en Londres, y en
su casa se reunían Flórez Estrada, el general Romay y otros varios...
He dado estos antecedentes para que vean ustedes, poco más o menos, con
qué fuerzas contábamos fuera de España; tengo que añadir que, a pesar
de lo que se ha dicho, no éramos tan ilusos y tan confiados como se nos
ha querido pintar. No. Unicamente lo que nos diferenciaba de épocas
posteriores es que había entonces más entusiasmo, más ansia de alcanzar
la libertad.
II
UN BAILE DE CONSPIRADORES
A fines de otoño de 1815 vine yo a París a estar una temporada.
Era todavía joven, despreocupado, amigo de divertirme y de gozar de la
vida.
Tenía muy buenos amigos en París y lo pasaba bien.
Uno de ellos, de los que conservo más vivo recuerdo, era Nicolás de
Miniussir, uno de los hombres más cultos y simpáticos que he conocido.
Miniussir era austriaco, de Trieste, aunque naturalizado español.
Había estado en la batalla de Waterloo en compañía del general don
Miguel Ricardo de Alava, y luego, entre los dos, presentaron un
servicio importante a nuestro país.
Durante la guerra de la Independencia los franceses habían desvalijado
a España, trayendo a París una porción de cuadros y de joyas.
Miniussir y el general Alava discutieron la manera de recobrar las
riquezas robadas, y decidieron que Miniussir, al frente de doscientos
hombres de infantería inglesa, entrara en los museos y recuperara lo
que pudiera.
Así se hizo: Miniussir cargó con cuadros y con todo lo que vió de
procedencia española; pasó la frontera belga, arrollando a los
aduaneros; llegó a Amberes, embarcó sus riquezas y las transportó a
Cádiz.
Con Miniussir y con algunos otros acudíamos a los teatros, a las
fiestas, al salón de Teresa Cabarrús...
Iba acabándose mi tiempo de estancia en París, dentro de lo vulgar
y corriente, cuando de improviso me encontré metido en una intriga
amorosa y en una intriga política.
Tenía yo un encargo que me habían dado en Bayona para entregarlo en
París a un señor don José González, presbítero, que habitaba en el
hotel de la Cometa, calle de la Cometa, en el Gros Caillou.
Como ya me faltaba pocos días de estancia cogí el encargo y fuí a ver
al presbítero. Entré en el hotel, llamé en la puerta que me indicaron
y, en vez de salir un clérigo, salió una de las muchachas más bonitas
que yo he visto en mi vida. Pensé si me habría equivocado; pero, no;
allí vivía don José, el cura, y esta muchacha, llamada Concepción, era
su sobrina.
Don José había ido aquella tarde a cobrar la renta en casa del banquero
Hardouin. Con el pretexto de esperar, hablé largo rato con la muchacha,
y nos entendimos tan bien, que quedamos de acuerdo en escribirnos todos
los días y en vernos siempre que ella pudiera, porque el cura era
regañón y suspicaz.
Cuando llegó don José, el cura, le entregué el encargo, saludé a
Conchita con afectada indiferencia y me marché a la calle.
Durante mucho tiempo ya no pensé mas que en la muchacha y en hablar con
ella.
Como en esta época había una policía al servicio del partido
ultramontano, que entonces se llamaba del pabellón Marsan, y esta
policía espiaba a los extranjeros tildados de liberales, me vi
molestado con frecuencia por los agentes, que preguntaban en mi hotel
quién era yo, qué hacía y qué personas venían a verme.
Seguía entregado a mis amores, luchando con el viejo cura del hotel de
la Cometa, que hacía de don Bartolo con mi Rosina y quería guardarla en
un rincón obscuro, cuando un día me encontré con una invitación para
ir a un baile de la Embajada Española.
Me chocó la invitación y pensé en no ir, cuando al día siguiente recibí
una carta en la que me decían:
«Mañana por la noche, en el baile de la Embajada Española, se
reunirán los suyos. El punto de cita será el tercer balcón a la
derecha, entrando en la gran sala. La hora, las doce.
_X._»
El aviso me sorprendió. Aquello de que se reunirían los míos había
picado mi curiosidad. Decidido, después de cenar me vestí de etiqueta,
tomé un coche y fuí a la Embajada.
No recuerdo quién era nuestro embajador por entonces; me figuro que
era el duque del Parque, un señor un tanto fatuo y muy entusiasta de
las ideas liberales, que en tiempo de la segunda época constitucional
gustaba de que no le llamaran duque, sino el ciudadano Cañas, pues éste
era su apellido, y que peroró en Madrid, en el club que se llamaba la
Cruz de Malta.
No recuerdo bien, como digo, si en esta época era el embajador el duque
del Parque o el de San Carlos.
Cuando entré en el gran salón eran las once y media, y el baile
comenzaba a animarse. Había muchas máscaras, muchos emigrados españoles
y muchas mujeres hermosas.
El espíritu de esta época en París era muy distinto al del Imperio. La
megalomanía napoleónica había sucumbido por muerte natural; la gente no
quería mas que olvidar y divertirse. Tantos años de guerra del reinado
de Napoleón habían producido una gran fatiga. Tras del dominio de los
militares, venía el de los jesuítas y de los abogados de provincia, y
se preparaba el de los periodistas.
La aristocracia reaccionaba; las damas del gran mundo intentaban
desterrar de las reuniones a las generalas e intendentas del Imperio,
y trataban de mezclar las costumbres de la Regencia con el culto del
Sagrado Corazón de Jesús.
En esta época todo el mundo intrigaba ferozmente, y los jóvenes
ambiciosos esperaban hacer una carrera rápida en un salón o en una
sacristía.
Un baile entonces era un lugar de enredos y de maquinaciones; se sentía
la necesidad de la Prensa, que no era nada aún, y la gente tenía que
contarse muchos secretos y hacer un sinnúmero de cábalas.
Estaba yo solo, en medio de los bailarines, presenciando el
espectáculo; la orquesta tocaba un aire de la ópera _Jean de Paris_, de
Boieldieu, cuando una enmascarada se agarró de mi brazo.
--¡Caballero!--me dijo.
--¿Qué quieres, máscara?
--¿Me puede usted dar el brazo un momento?
--Con mucho gusto; pero tendrás que dispensarme, porque tengo una cita.
--¿Conoce usted aquí algún español?
--A varios. Además, yo lo soy. Pero observo, máscara, que no sigues las
reglas del Carnaval. En estos días las máscaras hablan de tú.
--¿De manera que es usted español?--preguntó ella sin hacer caso de mi
observación.
--Sí. Pero dispénsame ahora; tengo una cita.
Y, soltando el brazo de la máscara, me metí entre la gente, fuí al
tercer balcón que me habían señalado, y quedé de pie junto a los
cristales.
Al poco rato se acercó a mí un joven seco, delgado, vestido a la moda,
con una levita larga de color azul, pantalón de nanquín, zapato bajo y
media de seda blanca.
Quedé mirando atentamente a aquel joven. Yo le conocía; pero, ¿de dónde?
--Ha sido usted puntual a la cita, señor barón--me dijo.
--Ya ve usted.
--Me mira usted sorprendido. Parece que está usted preocupado.
--Sí, lo estoy, caballero--le contesté--. Estoy preocupado, pensando
que le conozco a usted, y no sé dónde.
--Es posible; yo no recuerdo.
--¿Quiere usted decirme su nombre?
--A otro no se lo diría--me contestó él--. A usted, sí. Me llamo
Eugenio de Aviraneta.
--No; pues no me dice nada el nombre... Sin embargo, yo le recuerdo a
usted. ¿Usted no ha usado nunca otro apellido de carácter también vasco?
--Sí; en tiempo de la guerra de la Independencia me llamaban Echegaray.
--¿Y estuvo usted una vez en Valladolid con un amigo y un militar
francés?
--Sí.
--De ahí lo recuerdo a usted. Yo era entonces subprefecto de
Valladolid. Usted era guerrillero, ¿verdad?
--Sí.
--Lo adiviné. ¿En qué partida estaba usted?
--Con el Cura Merino.
--¡Estaba usted entre realistas!
--Entonces nos sentíamos solamente patriotas. Cuando Merino se enteró
de que era masón, quiso fusilarme.
En esto, una máscara se aproximó a Aviraneta y le habló al oído.
--Está bien--dijo Aviraneta.
Y, separándose de la máscara, se acercó a mí y añadió:
--Ahora que nos conocemos, señor barón, le voy a poner al corriente de
lo que tramamos. Usted sabrá que el Gobierno de los Cien Días, al verse
perdido, llamó en su socorro no sólo a los bonapartistas y republicanos
franceses, sino a los patriotas de todos los pueblos europeos. Como
nada se improvisa, por más que la masonería y las Sociedades secretas
comenzaron a trabajar en favor de Bonaparte, no se pudo organizar
algo eficaz, no hubo tiempo ni medios. Bueno. Han pasado unos meses,
y los diferentes centros de París han creído que hoy en España es más
fácil un movimiento liberal que en Francia, y han pensado ponerse en
relación con los españoles y ayudarles con su dinero. Yo he tenido
una reunión con los delegados de las Sociedades, que me han encargado
de entrevistarme con los emigrados españoles. Y como la policía nos
vigila, y como tenemos amigos en la Embajada, he escogido este baile
para citar a unos cuantos conspiradores, porque aquí no suponen que
vengamos nosotros. Ya sabe usted de qué se trata: de preparar un
movimiento a favor de la Constitución.
--¿Quién patrocina el movimiento?--dije yo.
--La masonería, con los centros liberales y republicanos franceses y
los núcleos de nuestros emigrados.
--Y en España, ¿quién se pondría al frente?
--Por ahora, el general Renovales.
--¿Y Mina?
--Mina, según parece, no quiere nada con Renovales.
--¿Por qué?
--Rivalidades del tiempo de la guerra de la Independencia. Renovales
mandó desarmar un escuadrón de caballería de Mina.
--¿Y no se podrían llegar a poner de acuerdo?
--No sé; dicen que no.
--¿Y Renovales tiene bastante prestigio para ponerse a la cabeza del
movimiento?
--Sí.
--¿Es valiente?
--Hasta la temeridad.
--¿Es discreto?
--Menos que valiente.
--¿Es honrado?
--Menos que discreto.
--¿No nos venderá?
--Hoy por hoy, no.
--¿Nuestros emigrados favorecerán el movimiento?
--Veremos.
--¿Y los franceses republicanos piensan hacer algo?
--Sí; formarán secretamente una legión extranjera, al mando del general
Berton, y la enviarán a España. Hay alistados más de tres mil hombres,
casi todos oficiales y suboficiales del Imperio, entre los que abundan
polacos, italianos y griegos.
--La aventura me parece muy difícil y muy peligrosa.
--A mí también.
--¿Pero usted no piensa abandonarla?
--Yo, no; y usted tampoco la abandonará.
--¡Mucho afirmar es eso!
--Usted decidirá. Dentro de media hora volveré a este balcón. Usted me
dirá si quiere seguir, o no.
--¿Tiene usted algún otro conspirador en el baile?
--Sí.
--¿Se va usted?
--En seguida vuelvo.
No hizo mas que marcharse Aviraneta, cuando la máscara que había
encontrado al entrar se me acercó de nuevo.
--¿Ha concluído usted su cita misteriosa?--me dijo.
--Sí.
--¿Han tratado ustedes algo importante?
--Me estás escamando, máscara--le dije yo--. ¿Es que eres de la policía?
Comprendí a través de la careta que la mujer se había turbado y
avergonzado.
--Está bien--dijo con dignidad--. No le preguntaré a usted nada más. Me
voy.
--Es que yo no le conozco a usted--repliqué--; no le veo la cara. No
tengo motivos para tener confianza.
--Y si me viera usted la cara, ¿tendría más confianza?
--Según.
La máscara me llevó a un extremo del salón y se quitó la careta. Era
una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.
--Tiene usted unos ojos soberbios--le dije.
--¿De verdad?
--Sí. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que estoy enamorado.
--¿Está usted enamorado?
--Sí.
--Un español, ¿no está siempre enamorado?
--No siempre. ¿Tenía usted algún interés en saber mi nombre?
--Sí.
--Pues me llamo el barón de Oiquina y en este momento estoy citado
con algunos de mis compatriotas que trabajan allí para implantar la
Constitución... No dirá usted que no tengo confianza.
--¿De verdad, es usted español?
--De verdad.
--¿Y liberal?
--Completamente.
--¿Conoce usted a Miniussir?
--Es muy amigo mío.
--Yo también lo conozco. Es el que me ha dicho que vendrían españoles
liberales aquí.
--¿Usted es italiana?
--Sí, soy de Roma. Mi nombre es María Visconti.
--¿Visconti? ¡Nombre ilustre!
--Para nosotros no hay nombres ilustres. Sólo la patria y la libertad
son ilustres. Pero no quiero detenerle, barón. Vaya usted ahora con sus
amigos. Quisiera de usted una cosa.
--¿A ver cuál es?
--Que mañana o, lo más, pasado, vaya usted por mi hotel.
--Iré.
--Necesito un favor que sólo un español puede hacerme.
--Lo que usted quiera, señora.
--A cambio de esto les ayudaré en su conspiración. Soy romana,
entusiasta de la libertad, y España es hija de Roma, tierra latina...
Aquella mujer extraña me dió las señas de su casa, estrechó mi mano y
desapareció entre las máscaras. Volví al punto de cita y me encontré a
Aviraneta acompañado de dos señores.
--Querido barón--me dijo Aviraneta--, conspirar y hacer conquistas
creo que es demasiado. Le voy a presentar a dos amigos...: el conde de
Tilly..., monsieur Cugnet de Montarlot.
Nos dimos la mano. El conde de Tilly era un currutaco de aspecto
enfermizo, que hablaba el castellano con acento extranjero. Debía de
ser hijo del Tilly que perteneció a la Junta Central que intervino en
la batalla de Bailén y murió en el Castillo de Cádiz.
Respecto a Cugnet de Montarlot era el tipo del soldado del Imperio:
jactancioso, valiente, fanfarrón y audaz. Vestía de paisano, de tal
manera que se le notaba en seguida que era militar.
Cugnet de Montarlot, después de cambiadas algunas palabras, dejó a
Tilly y a Aviraneta charlando conmigo, y entró en medio de la gente. Al
poco rato, vino con dos tipos, por su aspecto también militares, que
nos presentó:
--Nantil... Lamotte...
Saludamos. Nos dimos la mano.
--Son de los mejores--dijo Cugnet--. Volvió a marcharse, y un momento
después se presentó con otros tres.
--Moreau... Pombas... Vallé...
Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de hora hubo nueva
presentación:
--Fabvier... Delon... Caron... Vaudoncourt...
Nos dimos un apretón de manos, y, como no convenía llamar la atención,
nos desperdigamos por el baile.
--Está aquí la flor de la Sociedad _El alfiler negro_--dijo Cugnet--, y
añadió, dirigiéndose a mí:
--España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos han de conocer. La
libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas de Francia.
--Ahora, señores, como aquí es imposible hablar con comodidad--dijo
Aviraneta--, nos vamos a ver mañana en la librería de Eymery, de la rue
Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes
vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven
ustedes que les espían, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!
Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.
III
RAPTO
Al día siguiente, cuando me desperté, tuve la impresión de que había
soñado que conspiraba en un baile; pero pronto mis recuerdos se fueron
aclarando y tomaron una absoluta precisión.
Salté de la cama.
Me vestí. Eran las diez. Al recoger mis zapatos, encontré en uno de
ellos una carta, que, sin duda, acababa de dejar el mozo del hotel. Era
de Conchita, mi novia. Me decía estas palabras:
«Ven a sacarme de aquí. Mi tío me quiere encerrar en un convento.
Hoy irá a cobrar a casa de su banquero, y estaré sola. Me vigila una
vieja bruja, madama Mathieu, que ha traído mi tío expresamente para
eso. Cuando esta tarde quede sola y se vaya mi tío, pondré un papel
blanco en el cristal de la ventana de mi cuarto. Inventa un pretexto
para que salga la vieja. Mándale un recado diciendo que la esperan
para darle un dinero de Angulema. Es de ese pueblo y es muy avara, e
irá.
_Tu Conchita._»
Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a la calle, tomé un
coche y pasé por delante del hotel de la Cometa. Todavía no estaba el
papel en el cristal de la ventana. Sin duda no había salido el viejo
don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una esquina de la
calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos y
media, y aun no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro
tenía la cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres
menos cuarto, el cuadrado de papel blanco se vió en el cristal de la
ventana.
Inmediatamente me fuí a una taberna, que se llamaba _A la cita de los
cocheros_; entré y pregunté al dueño por el hotel de la Cometa. El
hombre me dió una explicación de dónde estaba, y yo le dije que era
recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos
francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de
la Cometa, y añadí:
--Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que
fuera a avisar a esa señora.
--Yo mismo iré--dijo el tabernero.
--Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que
me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a hacer otro recado.
Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí
en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el
hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita.
Llamé.
--¿Eres tú?--me dijo ella.
--Sí.
--Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé
cómo abrirla.
Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la
puerta; pero no era posible abrir.
--¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra cosa para correr la
lengüeta de la cerradura?--dije a Conchita--. ¡A ver, ensaya!
Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.
De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy buena.
--Oye--le dije.
--¿Qué?
--El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de éste?
--Sí.
--¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta condenada, o algo por el
estilo?
--Sí; detrás del colgador tiene un tabique de tela que cierra el hueco
de una puerta.
--La llave del cuarto de tu tío, ¿estará en el clavero?
--Sí.
--¿Qué número es?
--El 23.
Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un momento a que no pasara
nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura. Después abrí el
cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que separaba
un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos.
Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con
un velo negro y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y
montamos en él.
Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a las cuatro en la
librería de Eymery.
--Tendremos que separarnos--le dije a Conchita.
--¿Por qué?
--Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos amigos.
--¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a mí sola, y hoy?
--Es que es una cita política. Estamos conspirando.
--No te creo.
--¿No?
--No.
--Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que eres mi mujer.
Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al cochero:
--Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.
El caballo comenzó a trotar y unos minutos después de las cuatro
estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de Eymery.
Esta librería era una tiendecilla negra con un fondo obscuro. Estaba al
lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había un mono disecado
con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía: «Jean».
Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico
o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: _Au singe
Jean en batiste_ (al mono Juan en batista), y la tienda se llamaba _Au
Saint Jean-Baptiste_ (al San Juan Bautista), palabras que en francés se
pronuncian de una manera algo parecida.
Entré en la librería, expliqué al librero a lo que iba, y me dijo que
no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio Llorente y
don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.
--Si quieres, entra--le dije a Conchita.
--No, no.
Se había convencido de que el asunto que tratábamos era serio y me dijo
que iría a mi casa.
--Yo te acompañaré.
Advertí al librero que dijera a mis amigos que tardaría una hora en
volver.
Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí, en la calle de
Richelieu.
Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.
IV
LA REUNIÓN EN LA LIBRERÍA
Una hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía
tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto
un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro
paredes cubiertas de libros.
Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general Berton, que había
ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de Montarlot,
Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel
español.
Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz aventura, que no podía
fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que me estaban
dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.
Al principio no me enteré apenas de lo que se habló y no hice mas que
contemplar con atención los tipos de todos.
Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba quieto en su sillón con
las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo y, aunque afra
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