Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)
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Title: Crónica de la conquista de Granada (2 de 2)
Author: Washington Irving
Translator: G. W. Montgomery
Release date: June 22, 2015 [eBook #49259]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICA DE LA CONQUISTA DE GRANADA (2 DE 2) ***
CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.
CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.
ESCRITA EN INGLÉS
por Mr. Washington Irving.
TRADUCIDA AL CASTELLANO
POR DON JORGE W. MONTGOMERY,
Autor de las Tareas de un Solitario.
TOMO II.
MADRID:
Imprenta de I. SANCHA.
JUNIO DE 1831.
CRÓNICA
DE LA CONQUISTA
DE GRANADA.
CAPÍTULO PRIMERO.
_El Rey don Fernando, con una hueste poderosa, se pone sobre
Velez-málaga._
[Nota al margen: Año 1487.]
Hasta aqui los sucesos de esta ilustre guerra, han sido
principalmente una série de hazañas brillantes, pero pasageras,
como correrías, cabalgadas, y sorpresas de lugares y castillos. Mas
ahora se trata de operaciones importantes y detenidas, y del asedio
formal y rendicion de las plazas mas fuertes del reino de Granada,
cuya capital quedó asi aislada, y desnuda de los baluartes que la
defendian.
Los grandes triunfos de los Reyes de Castilla habian resonado en el
oriente, llenando de consternacion al Gran Señor, Bayaceto II, y
al Soldan de Egipto; y estos príncipes, suspendiendo por entonces
las sangrientas guerras que traian entre sí, entraron en una
confederacion para defender la religion de Mahoma y el reino de
Granada, contra el poder hostil de los cristianos. Á fin de distraer
la atencion de los Soberanos, acordaron de enviar un armamento
poderoso contra la isla de Sicilia, que pertenecia entonces á la
corona de Castilla, y de expedir al socorro de Granada una fuerza
considerable desde las costas vecinas del África.
Con la noticia que tuvieron de estos sucesos, resolvieron don
Fernando y doña Isabel dirigir sus fuerzas contra los pueblos
marítimos de Granada, y apoderándose de todos los puertos, privar á
los moros de los auxilios que les pudieran venir de fuera. El punto
que mas particularmente llamaba su atencion, era Málaga, por ser el
puerto principal del reino, y el emporio de un comercio vasto que se
hacia entre aquellas partes y las costas de la Siria y del Egipto.
Por este conducto se mantenia tambien una comunicacion activa con el
África, y se recibian de Tunez, Trípoli, Fetz y los demas estados
Berberiscos, socorros pecuniarios, tropas, armas y caballos; por lo
que se llamaba enfáticamente la mano y boca de Granada. Pero antes
de poner sitio á esta formidable ciudad, pareció indispensable
asegurarse de la de Velez-málaga y sus dependencias, que, por su
proximidad á aquella, podria entorpecer las operaciones del ejército.
Para esta importante campaña fueron convocados nuevamente los grandes
del reino, con sus gentes respectivas, en la primavera de 1487. La
guerra que amenazaban las potencias del oriente despertó en los
pechos generosos de aquellos caballeros un ardor extraordinario;
y con tal celo acudieron al llamamiento de sus Soberanos, que en
breve se juntó en la antigua ciudad de Córdoba un ejército de doce
mil hombres de á caballo y cincuenta mil infantes, la flor de la
milicia española, capitaneada por los caudillos mas valientes de
Castilla. La noche anterior á la marcha de esta poderosa hueste hubo
un terremoto, que estremeció la ciudad y llenó de espanto á sus
moradores, principalmente á los que vivian cerca del antiguo alcázar
de los Reyes moros, donde fue mayor el movimiento: y este suceso
muchos lo tuvieron por presagio de alguna calamidad iminente, al paso
que otros lo celebraron como anuncio de que el imperio de los moros
iba á estremecerse hasta su centro[1].
[1] Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos.
La víspera del Domingo de Ramos partió de Córdoba el Rey con su
ejército dividido en dos cuerpos; en uno de los cuales puso toda la
artillería, guardada por una buena escolta, y mandada por el maestre
de Alcántara y Martin Alonso, señor de Montemayor. Se dispuso
que marchase esta division por el camino mas llano, para que no
faltase el forrage á los bueyes que llevaban la artillería. La otra
division, que era el grueso del ejército, iba capitaneada por el Rey
en persona, y se dirigió por las montañas, sin que le arredrasen
las asperezas de un camino que á veces se reducia á una vereda,
perdiéndose entre peñas y precipicios, y otras conducia al borde de
una sima espantosa, ó á un torrente cuyas aguas, acrecentadas por
las recientes lluvias, interceptaban la marcha del ejército. Para
vencer en algun modo las dificultades del terreno, se envió delante
al alcaide de los Donceles con cuatro mil gastadores, prevenidos unos
de picos, palas y azadones, para allanar los caminos, y otros, de
los instrumentos necesarios para construir puentes de madera en los
arroyos, mientras que algunos tuvieron órden de poner piedras en los
charcos para el paso de la infantería. Á don Diego de Castrillo se le
despachó con alguna gente de á caballo y de á pié, para que tomase
los pasos de las montañas, cuyos habitantes, por la ferocidad de su
carácter, no dejaban de inspirar al ejército algun cuidado.
Despues de una marcha penosa por montañas tan agrias, que á veces no
habia disposicion para formar el campamento, y con pérdida de muchos
bagages, que rendidos de fatiga perecieron por el camino, llegaron
felizmente á dar vista á la vega de Velez-málaga. Defendido por una
cordillera de montañas, se extendia este delicioso valle hasta la
ribera del mar, cuyos aires le refrescaban, al paso que le hacian
fértil las aguas del rio Velez. Estaban los collados cubiertos de
viñedos y olivares, lozanas mieses ondeaban en las llanuras, y
numerosos rebaños pacian en las dilatadas dehesas. En torno de la
ciudad se veia florecer los jardines de los moros, y blanquear en
ellos sus pabellones por entre infinitos naranjos, cidros y granados,
sobre los cuales descollaba la erguida palma, amiga de los climas
meridionales y de un cielo benigno y puro.
En un extremo del valle, y á la falda de un cerro aislado, estaba
fundada la ciudad de Velez-málaga, bien fortificada con torres
y muros muy espesos. En lo mas alto del cerro habia un castillo
poderoso é inaccesible por todas partes, que dominaba todo el pais
circunvecino, y junto á los muros dos arrabales, defendidos con
albarradas y grandes fosos. Contribuian á la seguridad de esta
plaza las inmediatas fortalezas de Benamarhoja, Comares y Competa,
guarnecidas por una raza de moros muy fuertes y belicosos, que
habitaban aquellas montañas.
Al mismo tiempo que llegó el ejército cristiano á la vista de
Velez-málaga, arribó á aquella costa la escuadra que mandaba el
conde de Trevento, compuesta de cuatro galeras armadas, y de muchas
caravelas con mantenimientos para el ejército.
Despues de reconocer el terreno determinó el Rey acampar en la
ladera de una montaña, que es la última de una cordillera que se
extiende hasta Granada. En su cumbre habia un lugar de moros muy
fuerte, llamado Bentomiz, que, por su proximidad á Velez-málaga, se
creyó podria proporcionar socorros á esta plaza. Á muchos de los
generales pareció peligrosa la posicion escogida por el Rey, pues
quedaba el campo expuesto á los ataques de un enemigo tan inmediato;
pero Fernando resolvió conservarla, diciendo que asi cortaria la
comunicacion entre el lugar y la ciudad, y que en cuanto al peligro,
estuviesen sus soldados mas alerta para evitar una sorpresa. Salió,
pues, el Rey á caballo con algunos caballeros, para distribuir las
estancias, y despues de colocar cierta gente de á pié en un cerro
que dominaba la ciudad, se retiró á su pavellon para tomar algun
alimento. Sentado apenas á la mesa, sintió un alboroto repentino,
y saliendo fuera, vió correr á sus soldados delante de una fuerza
superior enemiga. Asiendo una lanza, y sin mas armas defensivas que
su coraza, saltó Fernando á caballo, dirigiéndose con los pocos que
le acompañaban al socorro de sus soldados. Éstos, que vieron venir
en su auxilio al mismo Rey, cobraron aliento, y revolviendo contra
los moros, los acometieron con denuedo. Llevado del ardor que le
animaba, se metió Fernando por medio de los enemigos: un caballerizo
que iba á su lado, fue muerto á los primeros tiros; pero antes que
pudiera escapar el moro que le matára, le dejó el Rey atravesado con
su lanza. Echó mano entonces á la espada, pero por mas esfuerzos que
hizo, no pudo sacarla de la vaina; de manera que rodeado de enemigos,
y sin armas con que defenderse, se halló el Rey en el mas iminente
peligro. En esta hora crítica llegaron el marqués de Cádiz, el conde
de Cabra y el adelantado de Murcia, con Garcilaso de la Vega y Diego
de Ataide, los cuales, cubriendo al Soberano con sus cuerpos, le
defendieron contra los tiros del enemigo. Al marqués de Cádiz mataron
su caballo, y aun él mismo corrió gran riesgo; pero con la ayuda de
sus valientes compañeros logró rechazar á los moros, persiguiéndolos
hasta meterlos por las puertas de la ciudad.
Pasado este rebato, rodearon al Rey sus grandes y caballeros,
representándole cuán mal hacia en exponer su persona en los combates,
teniendo en su ejército tantos y tan buenos capitanes á quienes
tocaba pelear; que mirase que la vida del príncipe era la vida de
su pueblo, y que muchos y grandes ejércitos se habian perdido por
la pérdida de su general; por lo que le suplicaban que en adelante
les ayudase con la fuerza de su ánimo gobernando, y no con la de su
brazo peleando. Á esto respondió el Rey confesando que tenian razon,
pero que no le era posible mirar el peligro de sus gentes sin acudir
á su socorro; cuyas palabras llenaron á todos de contento, pues
veian que no solo les gobernaba como buen Rey, sino que les protegia
como capitan valiente. Esta hazaña no tardó en llegar á los oidos de
la Reina, haciéndola temblar el arrojo de su esposo, aun en medio
de su regocijo al saber que el peligro era pasado. Posteriormente
concedió doña Isabel á Velez-málaga, por armas de la ciudad, y en
conmemoracion de este suceso, la figura de un Rey á caballo, con un
caballerizo muerto á sus pies y los moros en huida[2].
[2] Illescas, Hist. Pontif. lib. VI. Vedmar, Hist. Velez-málaga.
Estaba ya formado el campamento, pero faltaba la artillería, que por
el mal estado de los caminos aun no habia podido llegar. Entretanto
mandó el Rey combatir los arrabales de la ciudad, los cuales fueron
entrados despues de una lucha sangrienta de seis horas, y con pérdida
de muchos caballeros muertos ó heridos, siendo entre éstos el mas
distinguido, don Alvaro de Portugal, hijo del duque de Braganza.
Se procedió entonces á fortificar los arrabales con trincheras y
empalizadas, se puso en ellos una guarnicion competente, al mando
de don Fadrique de Toledo, y se abrieron en derredor de la ciudad
otras trincheras, con que se cortó enteramente la comunicacion de
los sitiados con los pueblos del contorno. Para mayor seguridad de
las recuas que traian los mantenimientos al real, se colocaron en
los pasos de las montañas varios destacamentos de infantería; pero
la aspereza de aquellos lugares favorecia de manera á los moros, que
no fue posible impedir que hiciesen éstos salidas repentinas, en que
arrebataban los convoyes, y cautivaban las personas, retirándose
luego á sus guaridas con toda seguridad. Á veces, por medio de
grandes fuegos encendidos en las cumbres de las montañas, se
concertaba el enemigo con las guarniciones de las torres y castillos
inmediatos, para atacar al campo de los cristianos, á quienes
convenia por esto estar de continuo alerta y apercibidos para pelear.
Creyendo el Rey haber intimidado á los de Velez-málaga con la
manifestacion de sus fuerzas, les dirigió una carta, ofreciéndoles
condiciones muy ventajosas si desde luego capitulaban, y amenazando
llevar la ciudad á sangre y fuego si persistian en defenderse. El
portador de esta carta fue un caballero llamado Carvajal, que,
poniéndola en la punta de una lanza, la entregó á los moros que
estaban en la muralla, los cuales contestaron diciendo, que el Rey
de Castilla era demasiado noble para llevar á efecto una amenaza
semejante, y que ellos no se entregarian, porque no era posible
llegase al campo la artillería, y porque estaban seguros de ser
socorridos por el Rey de Granada.
Al mismo tiempo que esta noticia, recibió el Rey la de haberse
juntado en Comares, lugar fuerte distante de alli dos leguas, las
gentes de la Ajarquía, cuya sierra era capaz de proporcionar hasta
quince mil hombres de pelea, y era la misma donde, al principio de la
guerra, se habia hecho tan gran matanza de cristianos.
La situacion del ejército, desunido y encerrado en pais enemigo, no
dejaba de ser peligrosa, y exigia la mayor disciplina y vigilancia.
Asi lo entendió Fernando, haciendo publicar en los reales ciertas
ordenanzas, por las que se prohibian los juegos, las blasfemias
y las pendencias: las mugeres mundanas, y los rufianes que las
acompañaban, fueron echados del campamento: ninguno habia de
salir á las escaramuzas que los moros moviesen, sin licencia de
su capitan, ni pegar fuego á los montes inmediatos; y el seguro
concedido á cualquier pueblo ó individuo moro se habia de guardar
inviolablemente. Estas ordenanzas, mandadas observar bajo penas muy
severas, tuvieron tan buen efecto, que en medio de ser tan grande el
concurso de varias gentes que alli habia, no se vió á nadie sacar
armas contra otro, ni se oyó palabra, de que pudiese nacer escándalo.
Entretanto los guerreros de la serranía, reuniéndose en las cumbres
de las montañas á la par de una tormenta que amenaza las llanuras,
bajaron á las cuestas de Bentomiz, que dominaban el real, con intento
de abrirse paso con las armas hasta la ciudad; pero un destacamento
fuerte que se envió contra ellos, los arrojó de alli despues de un
combate muy reñido, y se recogieron los moros á los lugares ásperos
de la sierra, donde no se les pudo seguir.
Habian pasado ya diez dias desde que se asentó el real, y la
artillería aun no habia llegado. Las lombardas y otras piezas de
mayor calibre quedaron en Antequera, de donde no pudieron pasar
por la fragosidad de los caminos: las demas, con muchos carros de
municiones, llegaron, á duras penas, hasta media legua del campo; y
los cristianos, animados con este refuerzo, se dispusieron á batir en
forma las fortalezas de Velez-málaga.
[Ilustración]
CAPÍTULO II.
_Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga;
intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa._
En tanto que el estandarte de la cruz tremolaba delante de
Velez-málaga, las facciones rivales del Albaicin y la Alhambra
seguian afligiendo con sus disensiones á la infeliz Granada. La
noticia de hallarse sitiada aquella plaza llamó al fin la atencion
de los viejos y alfaquís, los cuales, dirigiéndose al pueblo, le
representaron el peligro que á todos amenazaba. “¿Qué contiendas
son estas, decian, en que aun el triunfo es ignominioso, y en que
el vencedor oculta sonrojado sus heridas? Los cristianos están
devastando la tierra que ganaron vuestros padres con su valor y
sangre, habitan las mismas casas que éstos edificaron, gozan la
sombra de los árboles que plantaron; y entretanto vuestros hermanos
andan por el mundo desterrados y peregrinos. ¿Buscais á vuestro
enemigo verdadero?... acampado está en las alturas de Bentomiz.
¿Quereis ocasion en que mostrar vuestro valor?... hallareis no pocas
bajo los muros de Velez-málaga.”
Habiendo asi conmovido los ánimos del pueblo, se presentaron á los
dos Reyes contrarios, á quienes dirigieron iguales reconvenciones.
La situacion del Zagal era en extremo delicada: dos enemigos, uno
de casa, otro de fuera, le guerreaban al mismo tiempo: si dejaba
á los cristianos apoderarse de Velez-málaga, era consiguiente la
perdicion del Reino: si salia á contenerlos, debia temer que Boabdil,
en su ausencia, se levantase con el mando. En tal estado determinó
concertarse con su sobrino, á quien hizo presente cuanto sufria la
pátria por efecto de sus discordias, y cuán fácil seria habiendo
union, remediarlo todo, y acabar de una vez con los cristianos, que
de suyo se habian metido en la sepultura, sin que faltase mas que
echarles la tierra encima: ofreció dejar el título de Rey, reconocer
como tal á su sobrino, y pelear bajo su bandera; solo pedia que
se le permitiese marchar al socorro de Velez-málaga, y castigar
á los cristianos. Pero Boabdil, tratando de artificiosas estas
proposiciones, las desechó con indignacion: “¿Cómo, dijo, he de
fiarme de un traidor, que se ha ensangrentado en mi familia, y que ha
buscado mi muerte por tantos modos y en tantas ocasiones?”
Quedó el Zagal confuso y despechado con esta repulsa; pero no habia
tiempo que perder: los clamores del pueblo, que veia abandonadas
al enemigo las mejores ciudades del reino, y el ardor de los
caballeros de su corte, impacientes por salir al campo, exigian
una pronta resolucion, y se decidió á marchar contra el enemigo.
Poniéndose, pues, á la cabeza de una fuerza de mil caballos y veinte
mil infantes, salió repentinamente una noche, y se dirigió por las
montañas que se extienden desde Granada hasta Bentomiz, tomando los
caminos menos transitados, y marchando con tal rapidez, que llegó á
las alturas de este pueblo, antes que el Rey Fernando tuviese noticia
de sus movimientos.
Alarmáronse los cristianos una tarde, viendo arder grandes hogueras
en las montañas inmediatas á Bentomiz. Á la roja luz de las llamas
se descubria el brillo de las armas y el aparato de la guerra, y se
oia á lo lejos el sonido de los timbales y trompetas de los moros.
Á los fuegos de Bentomiz respondian otros fuegos desde las torres
de Velez-málaga, y el grito de, ¡el Zagal, el Zagal! resonaba de
cerro en cerro, anunciando á los cristianos que el belicoso Rey de
Granada campeaba en las alturas que dominaban al real. Iguales eran
con este motivo la sorpresa del Rey de Castilla y el regocijo de los
moros. El conde de Cabra, con su ardor acostumbrado, queria escalar
aquellos cerros, y atacar al Zagal antes que pudiese formar su campo;
pero no lo consintió Fernando por no exponerse á tener que levantar
el sitio, y mandó que permaneciesen todos guardando sus respectivos
puestos, sin moverse para buscar al enemigo.
Toda aquella noche ardieron los fuegos que coronaban las montañas.
Al dia siguiente presentaban las cercanías de Bentomiz una escena
marcial y pintoresca. Los rayos del sol naciente doraban los altos
picos de la sierra, y deslizándose por la ladera abajo, caian de
soslayo sobre las tiendas de los guerreros castellanos, dando á su
blancura un realce singular, y mayor viveza á los colores de las
banderetas con que se distinguian. El suntuoso pabellon del Rey
descollaba sobre todo el campamento; y plantados en una eminencia,
ondeaban al aire libre los estandartes de Castilla y de Aragon. Mas
allá se descubria la ciudad, su encumbrado castillo, y sus fuertes
torres, en que relumbraban las armas de los infieles; siendo remate
de esta perspectiva el campamento moro, que guarnecia el perfil de
la sierra, y que, á los resplandores del nuevo sol, se mostraba
reluciente de armas, pabellones y divisas. Veíanse subir columnas de
humo donde la noche anterior se habian encendido las hogueras; y la
aguda voz de la trompeta, el ronco sonido de las cajas, y el relincho
de los caballos, se oia confusamente desde aquella elevacion aérea;
que es tan puro y diáfano el atmósfera en esta region, que se oyen
los sonidos y se distinguen los objetos á una gran distancia, y asi
pudieron fácilmente los cristianos ver la multitud de enemigos que se
reunian contra ellos en las montañas inmediatas.
La primera disposicion del Rey moro fue destacar una fuerza
competente al mando de Rodovan de Vanegas, gobernador de Granada, con
órden de dar sobre el convoy de artillería que se encaminaba al real
cristiano; pero la diligencia con que salió á impedirlo el maestre
de Alcántara, le obligó á revocar esta órden; permaneciendo asi
unos y otros sin osar venirse á las manos, y el Zagal contemplando
desde arriba el campo enemigo, como tigre que espera la ocasion de
saltear alguna presa. Habiéndosele frustrado este proyecto, concibió
el de sorprender á los cristianos por medio de un ataque repentino
concertado con los moros de la ciudad. Al efecto escribió al alcaide
de ella, previniéndole que á la medianoche, cuando viese la señal de
un fuego en cierto punto de la sierra, saliese con toda su guarnicion
para dar furiosamente sobre las guardias del real: el Rey acometeria
al mismo tiempo por la parte opuesta; de modo que envolviendo
al enemigo en el silencio de la noche, seria fácil arrollarlo y
destruirlo.
Iba ya el sol tocando el término de su carrera, y las largas sombras
que caian de las montañas, empezaban á oscurecer la vega. Veia el
fiero Zagal llegar la hora de ejecutar sus planes, y ya miraba como
víctimas suyas á los cristianos, agenos, al parecer, del peligro que
los amenazaba. “¡Alá achbar!, exclamó, señalando el campo enemigo,
¡Dios es grande! El ha traido á nuestras manos este Rey infiel con
toda su caballería, para que con un glorioso triunfo recobremos
todo lo perdido. ¡Aqui de nuestro valor y esfuerzo!, y dichoso el
que muere peleando por la causa del profeta, que ese pasará en
derechura al paraiso de los fieles, y gozará la belleza inmortal de
las _houris_ celestiales: dichoso el que sobreviva á esta victoria,
pues él volverá á Granada, y la verá en toda su hermosura, libre de
enemigos, y restituida á su primitiva gloria.”
Llegó al fin la hora señalada, y por órden del Rey moro se encendió
una llama viva en la parte mas elevada de Bentomiz; pero en vano fue
esperar la señal correspondiente que debia hacerse en la ciudad.
Apurada la paciencia del Zagal con esta tardanza, empezó á mover la
sierra abajo con su gente, para atacar al real cristiano. Avanzando
por un desfiladero que conducia al llano, dieron de improviso con
un cuerpo numeroso de cristianos: oyese al mismo tiempo una vocería
terrible, y se ven los moros acometidos cuando menos lo esperaban.
Confuso y sobresaltado, manda el Zagal retirar sus tropas, y se
recoge á las alturas: hace una señal, y al punto empiezan á arder
por todos aquellos cerros muchas y grandes hogueras que estaban ya
prevenidas. El resplandor de las llamas iluminaba el horizonte,
esparciendo en aquellos contornos una luz tan viva, que todo se
descubria, las entradas y pasos de la sierra, el campo cristiano, su
situacion y sus defensas. Donde quiera que volvia los ojos veia el
Zagal relumbrar á la luz de los fuegos, las espadas, yelmos y corazas
de sus enemigos; no habia paso que no estuviese herizado de lanzas
cristianas, ni punto que no estuviese guardado por escuadrones de á
caballo y de á pié ordenados en batalla.
Conviene saber que la carta que el Rey moro dirigió al alcaide de
Velez-málaga habia sido interceptada por el vigilante Fernando, que
tomó con prontitud y sigilo las medidas convenientes para recibir al
enemigo.
Desesperado y furioso el Zagal al ver que se habian descubierto y
frustrado sus designios, mandó avanzar sus tropas al ataque. En
efecto, bajaron los moros aquellas cuestas impetuosamente y con
grandes alaridos; pero de nuevo los detuvieron y rechazaron los
cristianos apostados en la hondonada, los cuales eran la division de
don Diego Hurtado de Mendoza, hermano del gran cardenal. Los moros,
retirándose como antes á las alturas, donde no podian seguirles los
soldados de don Diego, hicieron desde alli un fuego bien sostenido
de arcabuces y ballestas, correspondiéndoles los cristianos con
descargas de artillería. Asi se pasó la mayor parte de la noche: al
estruendo de los tiros retumbaban los montes y valles, y el lúgubre
resplandor de las hogueras hacia resaltar lo terrible de aquella
nocturna escena.
Venida el alba, y viendo los moros que no habia cooperacion por
parte de la ciudad, empezaron á desanimarse, y á temer que subiesen
al asalto de aquellas cuestas las tropas cristianas que guardaban
en gran número todas las entradas y pasos de la sierra. Á esta
sazon fue cuando envió Fernando al marqués de Cádiz con gente de
á caballo y de á pié para apoderarse de un cerro que ocupaba uno
de los batallones del enemigo. Subió allá el Marqués, y con su
intrepidez acostumbrada atacó á los moros, que luego abandonaron el
puesto huyendo. Los demas, que ocupaban otros puntos, alarmados al
ver huir á sus compañeros, se retiran en desórden. Un terror pánico
se apodera de toda la hueste; y arrojando las armas, se entrega
aquella numerosa morisma á una fuga desordenada. Derramándose por las
montañas, se precipitan por todos los pasos y desfiladeros, y huyen
sin saber de que, y sin que nadie los persiga, sembrando el suelo
de espadas, lanzas, corazas y ballestas, que dejan para correr mas
fácilmente. Solo Rodovan de Venegas pudo en tanta confusion reunir
algunos pocos, con los cuales efectuó su entrada en Velez-málaga;
todos los demas gefes, y el Rey con ellos, tuvieron que seguir á
los fugitivos. El marqués de Cádiz, como viese despejado el campo,
y que no se le hacia oposicion, movió adelante con sus gentes; y
subiendo de cuesta en cuesta con mucha circunspeccion por el temor de
alguna estratagema, llegó al sitio que el ejército moro acababa de
abandonar: alli ningun enemigo se le presentó: todo estaba tranquilo;
y solo se veia por el suelo armas, tiendas, banderas y trofeos. La
fuerza con que venia era demasiado corta para perseguir al enemigo;
asi que, cargando con los despojos, se volvió á los reales.
Una derrota tan señalada y milagrosa, llenó de admiracion al Rey
Fernando, haciéndole recelar algun ardid de los que usaban los moros
con frecuencia. Con esta sospecha mandó que toda aquella noche
estuviesen las tropas sobre las armas; dobló las guardias, y en su
tienda la hicieron mil caballeros é hidalgos bien armados, sin que
se disminuyese un punto esta vigilancia, hasta que se tuvo noticia
cierta de la dispersion del ejército del Zagal.
La noticia de tan feliz acontecimiento, llegó á Córdoba á tiempo
que la Reina doña Isabel hacia grandes aprestos para reforzar con
nuevas tropas el ejército de Fernando. Los avisos que se tenian
alli de la situacion peligrosa del ejército real, y de la salida
del Rey de Granada, habian llenado la corte de consternacion, y
afligian el corazon de la Reina con mil temores y presentimientos.
Se habia convocado, para que tomase las armas, á toda la gente de la
Andalucía, exceptuando solo á los ancianos que pasaban de setenta
años: el gran cardenal Mendoza, religioso, estadista y guerrero á un
mismo tiempo, habia prometido mantener á su costa toda la caballería,
y ya la Reina se disponia á partir para el Real cristiano con los
primeros socorros, cuando se suspendió todo con la plausible noticia
de la total derrota de los moros: los cuidados se convirtieron en
alegría, las tropas fueron licenciadas, y este señalado triunfo se
celebró con _Te Deum_ en todas las Iglesias.
[Ilustración]
CAPÍTULO III.
_Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el
Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas._
La salida del anciano guerrero Muley Audalla, el Zagal, para defender
su territorio, dejando en Granada un rival poderoso, se celebró alli
como una bizarría digna de admiracion: sus pasadas hazañas y su valor
acreditado inspiraban á todos las mas lisongeras esperanzas, al paso
que la apatía de Boabdil, que miraba tranquilo la invasion y ruina de
su pátria, tenia exasperados los ánimos del pueblo, y llenos de temor
á los que seguian su partido. Se habian suspendido las sangrientas
conmociones de la ciudad, y la atencion pública se dirigia únicamente
á las operaciones del Zagal, á quien contemplaban ya victorioso y de
vuelta para Granada, conduciendo prisionero al Rey de Castilla y á
toda su caballería. Estando todos en tan alegre expectacion, vieron
llegar algunos ginetes fugitivos del ejército moro, que corriendo
la vega, fueron los primeros que anunciaron aquella fatal derrota y
dispersion. Al referir este desastroso suceso, parecia que recordaban
confusamente algun sueño espantoso: no sabian decir cómo ni por qué
habia sucedido: hablaban de un combate empeñado en la oscuridad de la
noche entre rocas y precipicios; de millares de enemigos emboscados
en los pasos y desfiladeros de las montañas; del horror que se
apoderó del ejército, de su fuga, dispersion y ruina.
La llegada de otros fugitivos confirmó en breve estas infaustas
nuevas; y el pueblo de Granada, pasando desde el colmo de la alegría
al extremo del abatimiento, prorumpió en exclamaciones no de dolor,
sí de indignacion: confundian al general con el ejército, á los
abandonados con los desertores; y el Zagal, que habia sido el ídolo
del pueblo, vino á ser el objeto de su execracion. En esto se oyó de
improviso el grito de ¡viva Boabdil el chico! y al punto resuena por
todas partes la misma voz; ¡viva Boabdil el chico!, decian, ¡viva
el legítimo Rey de Granada! y ¡mueran los usurpadores! Llevado de
aquel impulso momentáneo, corre el pueblo al Albaicin, y los mismos
que poco antes habian sitiado á Boabdil, rodean ahora su palacio
con aclamaciones. Conducido á la Alhambra en triunfo, y dueño ya de
Granada y de todas sus fortalezas, se vió este príncipe sentado otra
vez sobre el trono de sus mayores.
Al ceñir aquella corona que tantas veces le habia arrebatado la
inconstante multitud, trató Boabdil de consolidar su poder, y por
órden suya rodaron al suelo las cabezas de cuatro moros principales,
que mas celosos se habian mostrado en la causa de su rival. Estos
castigos eran tan comunes en toda mudanza de gobierno, que el
público, lejos de ofenderse, alabó la moderacion de su Soberano:
cesaron las facciones, y ensalzando todos á Boabdil hasta las nubes,
quedó el Zagal entregado al olvido y menosprecio.
Confundido y humillado por un revés tan repentino cual nunca, acaso,
cupo en suerte á ningun caudillo, se dirigia el Zagal tristemente
hácia Granada: la víspera de aquel dia se habia visto á la cabeza
de un ejército poderoso, sus enemigos le temblaban, y la victoria
parecia que iba á coronarle de laureles: ahora se contemplaba
fugitivo entre los montes; su ejército, su prosperidad, su poderío,
todo se habia desvanecido como un sueño ligero, ó como una ficcion de
la fantasía. Llegando cerca de la ciudad, se detuvo en las márgenes
del Jenil, y envió delante algunos ginetes para tomar lengua; los
cuales volviendo en breve con semblantes decaidos, le dijeron:
“Señor, las puertas de Granada están cerradas para vos; el estandarte
de Boabdil tremola sobre las torres de la Alhambra.” Volvió el Zagal
las riendas á su caballo, y partió silencioso la vuelta de Almuñecar:
desde alli pasó á Almería, y por último se refugió en Guadix, donde
permaneció procurando reunir sus fuerzas, por si alguna mudanza
política le llamaba á nuevas empresas.
Entretanto reinaba en Velez-málaga una penosa incertidumbre sobre
lo que pasaba por fuera: durante la noche anterior habian notado
por los fuegos encendidos en las alturas de Bentomiz, que se les
hacian señales cuyo sentido no comprendian: al amanecer del dia
siguiente vieron que el campamento moro habia desaparecido como
por encanto; y todo se volvia conjeturas y recelos, cuando vieron
llegar á rienda suelta, y entrar por las puertas de la ciudad, al
bizarro Rodovan de Venegas con un escuadron de caballería, triste
fragmento de un ejército florido. La noticia de tan gran revés llenó
á todos de consternacion; pero Rodovan los animó á la resistencia
con la seguridad de ser en breve socorridos desde Granada, y con la
esperanza de que la artillería gruesa de los cristianos se atascaria
en los caminos, y nunca llegaria al campo. Pero esta esperanza en
breve se desvaneció: al dia siguiente vieron entrar en el real un
tren poderoso de lombardas, ribadoquines, catapultas, y una larga
fila de carros con municiones, escoltados por el maestre de Alcántara.
Sabido por los sitiados que Granada habia cerrado sus puertas
contra el Zagal, y que no habia que esperar socorros, trataron de
capitular, aconsejándolo el mismo Rodovan de Venegas, que conocia ser
ya inútil la resistencia. Las condiciones se ajustaron entre Rodovan
y el conde de Cifuentes, que se conocian y estimaban mútuamente;
y aprobadas por Fernando, que deseaba proseguir mas adelante
sus conquistas, y marchar contra Málaga, se entregó la ciudad,
permitiéndose salir á los habitantes con todos sus efectos, menos
las armas, y dejando á cada uno la eleccion de su morada, no siendo
en lugares inmediatos á la mar. Ciento y veinte cristianos de ambos
sexos debieron su libertad á la rendicion de Velez-málaga; y enviados
á Córdoba, fueron recibidos por la Reina y la Infanta doña Isabel en
aquella famosa catedral, donde se celebró con toda solemnidad tan
gran victoria.
Á la entrega de Velez-málaga se siguió la de Bentomiz, Comares, y
todos los lugares y castillos de la Ajarquía. Vinieron diputaciones
de unos cuarenta pueblos de las Alpujarras, cuyos moradores se
sometieron á los Soberanos, jurando obedecerlos como mudejares ó
vasallos moriscos. Se tuvo al mismo tiempo noticia de la revolucion
acaecida en Granada; con cuyo motivo solicitaba Boabdil la proteccion
del Rey en favor de los pueblos que habian vuelto á su obediencia,
ó que renunciasen á su tio, asegurando que no dudaba ser en breve
reconocido por todo el reino, al cual tendria entonces como
vasallo de la corona de Castilla. Accedió Fernando á esta súplica,
extendiendo su proteccion á los habitantes de Granada, los cuales
pudieron asi salir en paz á cultivar sus campos, y comerciar con el
territorio cristiano: iguales ventajas se ofrecieron á los pueblos
que dentro de seis meses abandonasen al Zagal, y volviesen á la
obediencia de Boabdil.
Dadas estas disposiciones, y proveido todo lo necesario al gobierno
del territorio nuevamente adquirido, dirigió Fernando su atencion al
objeto principal de esta campaña, la conquista de la ciudad de Málaga.
[Ilustración]
CAPÍTULO IV.
_De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes._
La ciudad de Málaga era la plaza mas importante, y al mismo tiempo la
mas fuerte, del reino de Granada. Fundada en un valle hermoso á la
ribera del mar, la defendia por un lado una cordillera de montañas, y
por otro bañaban el pié de sus baluartes las olas del mediterráneo.
Sus murallas eran altas, macizas, y coronadas de muchas torres. Dos
castillos formidables dominaban la poblacion: el uno la Alcazaba ó
ciudadela, que estaba en la pendiente de una cuesta junto al mar:
el otro, Gibralfaro, situado en la cumbre de la misma cuesta en un
sitio donde antiguamente hubo un faro ó fanal, de donde tomó su
nombre, por una corrupcion de Gibel fano, cerro del fanal; y este
castillo era tan fuerte por su situacion y defensas, que se tenia por
inexpugnable. De la una á la otra fortaleza se comunicaba por medio
de un camino cubierto, seis pasos de ancho, que corria de arriba
abajo entre dos murallas paralelas. Inmediatos á la ciudad habia dos
grandes arrabales; en el uno, por la parte del mar, estaban las
casas de recreo y jardines de los ciudadanos mas opulentos; en el
otro, por la parte de tierra, habia una poblacion numerosa, defendida
por murallas y torres de mucha fuerza.
La ciudad de Málaga, rica, mercantil y populosa, estimaba en mas la
conservacion de un comercio lucrativo que mantenia con el África
y Levante, que el honor de resistir á un asedio, cuyas ruinosas
consecuencias no ignoraba: la paz era sus delicias; y en sus
consejos influia no tanto el voto del guerrero, como el interés del
comerciante. De esta clase era Alí Dordux, uno de los principales;
sus riquezas eran sin cuento, sus navíos cubrian todos los mares, y
su palabra era ley en la ciudad. Reuniendo á los primeros y mas ricos
de sus compañeros, acudió Alí á la Alcazaba, donde hizo al alcaide
Aben Connixa un discurso, representándole la inutilidad de toda
resistencia, los males que debia acarrear un sitio, y la ruina que se
seguiria á la toma de la ciudad á fuerza de armas. Por otra parte le
puso delante el favor que podrian esperar del Monarca de Castilla,
si pronta y voluntariamente reconocian á Boabdil por Rey, la segura
posesion de sus bienes, y el comercio provechoso con los puertos de
los cristianos. El alcaide escuchó con atencion estos consejos, y
cediendo á las instancias que se le hicieron, salió al real cristiano
para tratar de conciertos con el Rey, habiendo dejado á su hermano
con el mando.
Mandaba á esta sazon en el castillo de Gibralfaro aquel moro
belicoso, enemigo implacable de los cristianos, aquel Hamet el Zegrí,
alcaide de Ronda, tan valiente y tan temido. Tenia Hamet consigo
el remanente de sus Gomeles, y otros de la misma tribu que se le
habian agregado. Mirando estos bárbaros la ciudad de Málaga desde
los antiguos torreones de su encumbrado castillo, donde se anidaban
como aves de rapiña, contemplaban con todo el desprecio del orgullo
militar aquella poblacion mercantil, que tenian cargo de defender,
estimando en mas que á sus moradores, sus fortalezas y defensas. La
guerra era su oficio, las escenas de peligro y sangre sus delicias; y
confiados en la fuerza de la plaza y en la de su castillo, tenian en
poco la guerra con que el cristiano les amenazaba.
Tales eran los elementos de la guarnicion de Gibralfaro, y el furor
de sus soldados al saber que se trataba de la entrega de Málaga,
y que el alcaide de la Alcazaba lo consentia, puede fácilmente
concebirse. Para evitar una degradacion semejante, no reparó Hamet
en la violencia de los medios: bajó con sus Gomeles á la ciudadela,
y entrando en ella repentinamente dió la muerte al hermano del
alcaide Aben Connixa, asi como á todos los que presentaron la menor
resistencia, y en seguida convocó á los habitantes de Málaga para
deliberar sobre las medidas que convenia tomar en defensa de la
plaza[3].
[3] Cura de los Palacios, cap. 82.
Á consecuencia de esta intimacion, acudieron de nuevo á la Alcazaba
los principales de la ciudad. Llegando á la presencia de Hamet,
vieron con temeroso respeto la feroz guardia africana que le
rodeaba, y las señales de la reciente carnicería que alli se habia
cometido. “El alcaide Aben Connixa, dijo el Zegrí con tono altivo y
mirar torvo, ha sido un traidor á su Soberano y á vosotros, pues ha
conspirado para entregar la ciudad á los cristianos: el enemigo se
acerca, y conviene que luego elijais otro gefe mas digno del honroso
cargo de defenderos.”
Á esto respondieron todos que solo él era capaz de mandar en
aquellas circunstancias; y quedando asi Hamet constituido alcaide
de Málaga, procedió á guarnecer todas las fortalezas y torres con
sus partidarios, é hizo las demas prevenciones necesarias para una
vigorosa resistencia.
Con la noticia de estos acontecimientos, cesaron las negociaciones
entre Fernando y el destituido alcaide Aben Connixa; y pues
parecia que no quedaba otro recurso, se trató de emprender el
asedio de aquella plaza. En esto el marqués de Cádiz, que habia
hecho conocimiento en Velez con un moro principal, amigo de Hamet,
y natural de Málaga, manifestó al Rey que por este conducto se
podrian hacer proposiciones al alcaide de Málaga para la entrega de
la ciudad, ó á lo menos para la del castillo de Gibralfaro. Vino
Fernando en ello, y aprobando el pensamiento del Marqués, le dijo:
“En vuestras manos pongo este negocio, y la llave de mi tesoro; no
repareis ni en el gasto ni en las condiciones, y haced á mi nombre
lo que mejor os pareciere.” El moro, que estaba ya prevenido y
conforme, partió en compañía de otro moro amigo suyo, para desempeñar
esta comision, habiendo el Marqués provisto á entrambos de armas
y caballos. Llevaban cartas secretas del Marqués para Hamet,
ofreciéndole la villa de Coin en herencia perpetua, y cuatro mil
doblas de oro, si entregaba el castillo de Gibralfaro; juntamente con
una suma cuantiosa para distribuir entre los oficiales y la tropa:
para la entrega de la ciudad los ofrecimientos eran sin límites[4].
[4] Cura de los Palacios, cap. 82.
Hamet, que apreciaba el carácter guerrero del marqués de Cádiz,
recibió á sus mensageros en el castillo de Gibralfaro, con atencion y
cortesía, escuchó con paciencia las proposiciones que le hicieren,
y los despidió con un salvo conducto para la vuelta; pero se negó
absolutamente á entrar en ningun trato.
La respuesta de Hamet no pareció tan perentoria, que no debiese
hacerse otra tentativa. En efecto, despacho el Marqués otros
emisarios con nuevas proposiciones; los cuales llegando á Málaga
una noche, hallaron que se habian doblado las guardias, que
rondaban patrullas por todas partes, y que habia una vigilancia
extraordinaria: en fin, fueron descubiertos y perseguidos, debiendo
solo su seguridad á la ligereza de sus caballos, y al conocimiento
práctico que tenian del pais.
Visto por el Rey que la fidelidad de Hamet el Zegrí no sucumbia á las
ofertas que se le hacian, mandó intimarle públicamente la rendicion,
ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una sumision
voluntaria, y amenazando á todos con la cautividad en el caso de
resistencia.
Recibió Hamet esta intimacion en presencia de los habitantes
principales, de los que ninguno se atrevió á interponer palabra, por
el temor que le tenian. La respuesta fue que la ciudad de Málaga le
habia sido encomendada, no para entregarla como el Rey pedia, sino
para defenderla como veria[5].
[5] Pulgar parte III. c. 74.
Vueltos los mensageros al real, informaron sobre el estado de la
ciudad, ponderando el número de la guarnicion, la extension de sus
fortalezas, y el espíritu decidido del alcaide y de la tropa. El
Rey expidió inmediatamente sus órdenes para que se adelantase la
artillería, y el dia 7 de mayo marchó con su ejército á ponerse sobre
Málaga.
[Ilustración]
CAPÍTULO V.
_Marcha del ejército real contra la ciudad de Málaga._
Tomando la ribera del mar, avanzó con direccion á Málaga el ejército
real, cuyas largas y lucidas columnas se extendian por el pié de
las montañas que guarnecen el mediterráneo, al paso que una flota
de naves cargadas de artillería y pertrechos, seguia su marcha á
corta distancia de tierra. Hamet el Zegrí, viendo que se acercaba
esta fuerza, mandó poner fuego á las casas de los arrabales mas
inmediatos á la ciudad, é hizo salir tres batallones al encuentro de
la vanguardia del enemigo.
Para penetrar en la vega y cercar la ciudad, era preciso que
desfilase el ejército por un paso angosto, al que por una parte
defendia el castillo de Gibralfaro, y por otra lo dominaba un cerro
alto y escabroso que se junta con las montañas inmediatas. En este
cerro colocó Hamet uno de los tres batallones, otro en el paso por
donde habian de marchar las tropas, y el tercero en una cuesta no muy
lejos. Llegando por este lado la vanguardia del ejército, pareció
necesario tomar el cerro, y con este objeto se destacó un cuerpo de
peones, naturales de Galicia, al mismo tiempo que ciertos hidalgos
y caballeros de la casa real atacaron á los moros que estaban abajo
guardando el paso, siguiéndose en una y otra parte una pelea muy
reñida. Los moros se defendieron con valor: los gallegos repetidas
veces fueron rechazados, y otras tantas volvieron al asalto. Por
espacio de seis horas se sostuvo esta cruel lucha, en que se peleó no
solo con arcabuces y ballestas, sino con espadas y puñales: ninguno
daba cuartel ni lo pedia, ninguno curaba de hacer cautivos, y sí solo
de herir y matar.
Los demas cuerpos del ejército oian desde lejos el rumor de la
batalla, los tiros y los lelilies de los moros; pero no podian pasar
adelante para auxiliar á la vanguardia, pues venian por una senda tan
estrecha, entre el mar y las montañas de la costa, que solo podian
marchar en fila, impidiéndose unos á otros el paso, y sirviéndoles de
mucho embarazo la caballería y los bagages. Empero algunas compañías
de las hermandades, sostenidas por las tropas que mandaban Hurtado
de Mendoza y Garcilaso de la Vega, avanzaron al asalto del cerro, y
con gran trabajo pasaron adelante, peleando siempre, hasta llegar á
la cumbre, donde el porta-estandarte, Luis Maceda, plantó su bandera.
Los moros se retiraron de esta posicion, dejándola ocupada por los
cristianos; y á su ejemplo los que defendian el paso se retrajeron al
castillo de Gibralfaro.[6]
[6] Pulgar, Crónica.
Ganado el cerro, y libre ya de enemigos aquel paso, pudo el ejército
seguir adelante sin estorbos. En esto iba entrando la noche, y no
hubo lugar de sentar los reales en los puntos que convenia: las
tropas cansadas y rendidas, acamparon por entonces en la mejor forma
que permitian las circunstancias; y el Rey, acompañado de algunos
grandes y caballeros de su hueste, pasó la noche reconociendo el
campo, poniendo guardias, partidas avanzadas y escuchas, para que
estuviesen en observacion de la ciudad, y avisasen de cualquier
movimiento que hiciese el enemigo.
Á otro dia cuando amaneció, pudo el Rey contemplar y admirar aquella
ciudad hermosa que esperaba en breve añadir á sus dominios. Por una
parte estaba rodeada de arboledas, huertas y viñedos, que hacian
verdear los cerros convecinos: por otra le bañaba un mar tranquilo,
en cuyo plácido seno se reflejaban sus palacios, sus torres y
fortalezas; obras de grandes varones, en muchos y antiguos tiempos
construidas, para mayor seguridad de los habitadores de una morada
tan deliciosa. Por entre las torres y edificios se descubrian los
pensiles de los ciudadanos, donde florecian el cidro, el naranjo y el
granado, y con ellos la erguida palma y el robusto cedro, indicando
la opulencia y lujo que reinaban en el interior.
Entretanto el ejército cristiano, distribuyéndose en derredor de
la ciudad, la cercó por todas partes; se tomó posesion de todos
los puntos importantes, y á cada capitan se le señaló su estancia
respectiva. El encargo de guardar el cerro, que con tanto trabajo
se habia ganado, fue confiado á Rodrigo Ponce de Leon, marqués de
Cádiz, que en todas las ocasiones aspiraba al puesto de mas peligro:
su campamento se componia de mil y quinientos caballos y catorce
mil infantes, extendiéndose desde la cumbre de aquella altura hasta
la orilla del mar, y cerrando asi enteramente por este lado el paso
para la plaza. Desde este punto partia una línea de campamentos
fortificados con fosos y vallados que rodeaban toda la ciudad hasta
la marina, donde las naves y galeras del Rey apostadas en el puerto,
acababan de bloquear la plaza por mar y tierra. En ciertos parages
habia talleres de varios artífices; herreros, con fraguas siempre
encendidas; carpinteros que al golpe de sus martillos hacian resonar
el valle; ingenieros que construian máquinas para el asalto de la
plaza; en fin, picapedreros y carboneros, que los unos labraban las
piedras para la artillería, y los otros hacian el carbon para los
hornos y fraguas.
Sentados los reales, se desembarcó la artillería gruesa, se
construyeron baterías, y en el cerro que ocupaba el marqués de
Cádiz se plantaron cinco lombardas grandes para batir el castillo
de Gibralfaro que estaba enfrente. Los moros hicieron los mayores
esfuerzos para estorbar estas operaciones, y con el fuego de su
artillería molestaron de tal manera á la gente ocupada en los
trabajos, que fue menester abandonarlos de dia para continuarlos por
la noche. Tiraron asimismo con tanto acierto contra la tienda real,
que se habia colocado en un punto al alcance de las baterías, que fue
necesario mudarla de alli para ponerla tras de una cuesta. Estando
concluidos los trabajos, rompieron el fuego las baterías cristianas,
y contestaron á las de la plaza con un cañoneo tremendo; al mismo
tiempo que los navíos de la flota, acercándose á tierra, combatieron
vigorosamente la ciudad por aquella parte.
Era un espectáculo grandioso é imponente ver tanto aparato militar,
tanta batería, tanto cerro poblado de tiendas, con las enseñas de
los mas ínclitos guerreros de Castilla; las galeras y navíos que
cubrian el mar, las embarcaciones que iban y venian, y el contínuo
llegar de tropas, provisiones y pertrechos. Empero causaba horror el
estruendo de la artillería, y el estrago que hacian las lombardas,
singularmente las de una batería cristiana, que se llamaban las
siete hermanas Jimenas. De dia no cesaba el bombardeo; de noche se
veian resplandecer en los aires los combustibles que se arrojaban
á la plaza, y subir iluminando el cielo las llamas de las casas
incendiadas; y entretanto Hamet el Zegrí y sus Gomeles miraban
complacidos la tempestad que habian suscitado, y se gozaban con los
horrores de la guerra.
[Ilustración]
CAPÍTULO VI.
_Sitio de Málaga, y obstinacion de Hamet el Zegrí._
El sitio de Málaga se prosiguió por algunos dias con la mayor
actividad, pero sin producir mucha impresion en los baluartes;
tanta era la fuerza de los que defendian á aquella plaza antigua.
El primero que se distinguió fue el conde de Cifuentes, que con
algunos caballeros de la casa real se arrojó al asalto de una torre
que estaba medio desmantelada por los tiros de la artillería. La
resistencia de los moros fue pertinaz y terrible: desde las ventanas
y troneras de la torre arrojaron sobre los cristianos pez y resina
hirviendo, piedras, dardos y saetas. Pero todo fue poco contra el
valor del Conde y de sus compañeros; los cuales volviendo á poner
las escalas, subieron á la torre, y plantaron en ella su bandera.
Procedieron entonces á atacarla los que habian sido echados de ella:
mináronla por la parte de dentro, y poniendo bajo los cimientos
unos puntales de madera, los pegaron fuego y se retiraron: de alli
á poco cedieron los puntales, se hundió la torre, y cayó con un
rumor tremendo; quedando muchos de los cristianos sepultados en las
ruinas, y expuestos los demas á los tiros del enemigo.
Entretanto se habia abierto una brecha en la muralla que cercaba uno
de los arrabales; y acudiendo á ella sitiados y sitiadores, los unos
para defender la entrada, los otros para forzarla, comenzó una lucha
cruel, en que no se ganó paso que no fuese regado con sangre de los
unos y de los otros. Al fin hubieron de ceder los moros al esfuerzo
de los cristianos, y quedaron éstos dueños de la mayor parte del
arrabal.
Estas ventajas aunque cortas, hubieran podido animar las tropas de
Fernando; pero las defensas principales de la plaza estaban aun
enteras, la guarnicion se componia de soldados veteranos, que habian
servido en muchas de las plazas conquistadas por el Rey; y los moros,
acostumbrados á los efectos de la artillería, no se confundian ya, ni
se amedrentaban con el estruendo de los cañones, sino que reparaban
las brechas, y construian nuevas defensas con mucha habilidad.
Por otra parte, los cristianos ensoberbecidos con la rapidez de
sus conquistas anteriores, se mostraban impacientes por los pocos
progresos que hacian en este sitio. Algunos temian una carestía
en los mantenimientos, cuya conduccion por tierra era en extremo
trabajosa, y por mar estaba sugeta á mil incertidumbres. Muchos se
alarmaron por una pestilencia que se manifestó en aquellos contornos;
y tanto pudo con ellos el temor, que no pocos abandonaron los
reales, y se volvieron á sus casas. Otros, pensando hacer fortuna, y
persuadidos que por todas estas causas tendria el Rey que levantar el
sitio, desertaron al enemigo, á quien dieron noticias exageradas de
los temores y descontentos del ejército, de la desercion diaria de
los soldados, y sobre todo de la escasez de pólvora, que aseguraban
haria en breve callar la artillería.
Animados los moros con estas amonestaciones, y no dudando que
si perseveraban en su defensa obligarian al Rey á retirarse de
sus muros, cobraron nuevos brios, hicieron nuevas salidas, y tan
vigorosas, que fue preciso estar en todo el real con una continua
y penosa vigilancia. Asimismo fortificaron las murallas en los
lugares menos fuertes, con zanjas y empalizadas, é hicieron otras
demostraciones de un espíritu pertinaz y decidido.
Entretanto el Rey, instruido de las noticias que se habian comunicado
á los moros, y de la persuasion en que estaban de que muy pronto se
alzaria el sitio, habia escrito á la Reina para que se trasladase
al campo, juzgando ser este el medio mas seguro de desmentir tan
falsos rumores, y de desvanecer las vanas esperanzas del enemigo. En
efecto, pasados algunos dias se presentó doña Isabel en los reales,
y no fue poco el entusiasmo de los soldados cuando vieron llegar á su
magnánima Reina, dispuesta á partir con ellos los peligros y trabajos
de aquella empresa. Venian acompañándola muchos grandes y caballeros
de su corte; á un lado iba la Infanta su hija, al otro el gran
cardenal de España; despues el prior de Praxo, su confesor, con otros
prelados; y últimamente, un séquito numeroso, para manifestar que no
era una visita pasagera la que la Reina se proponia hacer.
Con la venida de doña Isabel se suspendieron los horrores de la
guerra, cesó el fuego contra la plaza, y se despacharon mensageros
á los sitiados para ofrecerles la paz en los mismos términos que se
habia concedido á los de Velez-málaga: se les intimó la resolucion de
los Soberanos de no levantar el campo hasta apoderarse de la ciudad,
y se les amenazó con el cautiverio y la muerte si persistian en la
resistencia.
Hamet el Zegrí oyó esta amonestacion con desprecio, y despidió á los
mensajeros sin dignarse dar una respuesta. “El Rey cristiano, dijo á
los suyos, nos quiere ganar con ofrecimientos, porque desespera de
vencernos con las armas: la falta que tiene de pólvora se conoce por
el silencio de sus baterías: se le acabaron ya los medios de destruir
nuestras defensas; y por poco que permanezca aqui, las próximas
lluvias y temporales arrebatarán sus convoyes, dispersarán sus
flotas, y llenarán su campo de hambre y mortandad. Entonces, quedando
el mar abierto para nosotros, podremos recibir del África socorros y
mantenimientos.”
Estas palabras, acompañadas de terribles amenazas contra todo el
que tratase de capitulacion, impusieron silencio á los que pensaban
de otro modo y suspiraban por la paz. No obstante, algunos de los
moradores entraron en correspondencia con el enemigo; pero habiendo
sido descubiertos, los bárbaros Gomeles, para quienes una insinuacion
de su gefe tenia fuerza de ley, se echaron sobre ellos, y los
mataron, confiscando en seguida sus efectos. Intimidóse el pueblo con
estos rigores, y los que mas habian murmurado eran ya los que mas
diligentes se mostraban en la defensa de la plaza.
Instruido el Rey del menosprecio con que habian sido tratados sus
mensageros, se indignó sobremanera; y sabiendo que la suspension del
fuego se atribuia á la falta de pólvora, mandó hacer una descarga
general de todas las baterías. Esta explosion repentina convenció á
Hamet de su error, y acabó de confundir á los habitantes, que ya no
sabian á quien mas temer, si á los que les guerreaban de fuera, ó á
los que les señoreaban de dentro, si al cristiano ó al Zegrí.
Aquella tarde fueron los Soberanos á visitar las estancias del
marqués de Cádiz, desde donde se descubria gran parte de la ciudad
y del campamento. La tienda del Marqués era de mucha capacidad,
y construida al estilo oriental; sus colgaduras de brocado y de
finísimo paño de Francia. Estaba colocada en lo mas alto del cerro,
frente de Gibralfaro, rodeándola otras muchas tiendas de diferentes
caballeros; de modo que presentaban juntas un contraste vistoso y
alegre con las torres sombrías de aquel antiguo castillo. Aqui se
sirvió á los Soberanos un refresco espléndido, de que participaron
damas hermosas é ilustres caballeros; y viéronse reunidas en un punto
la flor de la belleza de Castilla y la gala de la caballería.
Mientras aun era de dia, propuso el Marqués á la Reina que
presenciase los efectos de la artillería, y al intento mandó disparar
algunas lombardas gruesas contra la plaza. La Reina y sus damas,
sintiendo temblar la tierra bajo sus pies, y viendo caer al ímpetu de
las balas grandes fragmentos de las murallas, se llenaron de temor
y de admiracion. Estando el Marqués entreteniendo asi á sus reales
huéspedes, levantó los ojos, y quedó confundido al ver su misma
bandera desplegada en una de las torres de Gibralfaro. Un sonrojo
irresistible cubrió sus mejillas, pues aquella bandera era la que
habia perdido en la memorable matanza de los montes de Málaga. Para
agravar aun mas este insulto, se presentaron los moros en las almenas
vestidos con los cascos y corazas de muchos caballeros que habian
quedado muertos ó cautivos en aquella ocasion[7]. El marqués de Cádiz
disimuló su indignacion, y sin proferir palabra, remitió para otro
dia la satisfaccion de aquel agravio.
[7] Diego de Valera, Crónica MS.
[Ilustración]
CAPÍTULO VII.
_Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz._
La mañana despues del banquete que se dió en obsequio de la Reina,
rompieron las baterías del marqués de Cádiz un fuego tremendo contra
el castillo de Gibralfaro. Todo el dia estuvo aquella altura envuelta
en una nube de denso humo; ni cesó el estruendo de las lombardas con
la entrada de la noche, sino que siguió durante toda ella, hasta la
mañana, cuando el cañoneo, lejos de disminuirse, continuó con mayor
viveza. Muy pronto se reconocieron en aquellos baluartes los efectos
de estas máquinas terribles; pues la torre principal del castillo,
donde se habia desplegado aquella insolente bandera, quedó luego
desmantelada, y reducida á escombros otra mas pequeña; habiéndose
tambien abierto en la muralla inmediata una brecha considerable.
Muchos de aquellos jóvenes fogosos que seguian las banderas del
Marqués, pidieron que se les llevase al asalto de la brecha; otros,
mas prudentes y experimentados, reprobaron esta empresa como una
temeridad; pero todos convinieron en que las estancias podrian
acercarse mas á las murallas, y que esto debia hacerse en pago del
insolente desafio del enemigo.
Dudoso estuvo el Marqués al adoptar una medida tan arriesgada; pero
porque no pareciese que rehusaba este peligro el que nunca habia
mostrado temer ninguno, determinó complacer á aquella juventud
briosa, y mandó adelantar su campo hasta ponerlo á un tiro de piedra
de los baluartes.
El estruendo de las baterías habia cesado: la mayor parte de la tropa
se habia entregado al sueño para descansar de las fatigas y desvelos
de las noches anteriores, y la demas, esparcida por el campamento, lo
guardaba con negligencia, sin recelar peligro alguno de una fortaleza
medio arruinada. En tal estado salieron repentinamente del castillo
hasta dos mil moros, conducidos por Aben Zenete, el capitan principal
de Hamet, los cuales dieron sobre las primeras estancias del Marqués
con ímpetu tan arrebatado, que mataron á muchos de los soldados
mientras dormian, y á los demas pusieron en huida. Estaba el Marqués
en su tienda, distante de alli como un tiro de ballesta, cuando oyó
el tumulto de la embestida, y vió la fuga y confusion de sus gentes.
Saliendo fuera sin tardanza, y sin mas acompañamiento que el alférez
que llevaba su bandera, corrió el marqués á detener á los fugitivos.
“¡Vuelta hidalgos! les decia, ¡vuelta!, que ¡yo soy el Marqués!, ¡yo
soy Ponce de Leon!” é iba su bandera delante de él. Al oir aquella
voz tan conocida, se detuvieron los soldados, y reuniéndose bajo la
bandera del Marqués, volvieron rostro al enemigo. Felizmente llegaron
al mismo tiempo varios caballeros de las estancias inmediatas con
algunos soldados gallegos, y otros de las hermandades. Trabóse
entonces una porfiada y sangrienta lucha en las quebradas y barrancos
del monte, peleando unos y otros á pié, y cuerpo á cuerpo; por manera
que llegaban á herirse con los puñales, y á veces abrazados rodaban
aquellos precipicios. La bandera del Marqués estuvo á pique de
caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanto el valor de los
caballeros que la guardaban, hubiera sido cierta esta desgracia, pues
llegaron á verse rodeados de enemigos, y heridos muchos de ellos;
entre otros don Diego y don Luis Ponce, yerno éste, y hermano aquel,
del marqués de Cádiz. Duró el combate por espacio de una hora, y el
cerro, cubierto de muertos y heridos, se humedeció con la sangre de
unos y otros; pero al fin cedieron los moros, viendo mal herido de
una lanzada á su capitan Aben Zenete, y se retrajeron al castillo.
Viéronse entonces los cristianos expuestos á un fuego atroz de
arcabuces y ballestas, que se les hizo desde los adarves de
Gibralfaro: las guardias avanzadas del campamento padecieron en
extremo; y como quiera que los tiros se dirigian principalmente
contra el Marqués, le acertó uno en el broquel, y pasándolo, le
barreó la coraza sin hacerle daño. Con ésto vieron todos el peligro é
inutilidad de una posicion tan inmediata á aquella fortaleza, y los
mismos que habian aconsejado se estableciesen alli las estancias,
solicitaban ahora con empeño que se volviesen á poner donde estaban
al principio. Asi lo ejecutó el Marqués á quien por su valor y por
el que infundia á sus soldados con su presencia, se debió en aquel
peligro la salvacion de toda aquella parte del ejército.
Entre los muchos caballeros de estimacion que perecieron en este
rebato, fue uno Ortega de Prado, capitan de escaladores, el mismo
que proyectó la sorpresa de Alhama, y que plantó la primera escala
para subir al muro. Su pérdida se sintió en extremo especialmente
por el marqués de Cádiz, que le habia dispensado siempre su amistad
y confianza, como quien sabia apreciar á los hombres de mérito, y
aprovecharse de sus talentos[8].
[8] Zurita, Mariana, Abarca.
[Ilustración]
CAPÍTULO VIII.
_Continuacion del sitio: descontento de los habitantes._
Tanto sitiados como sitiadores hicieron ahora los mayores esfuerzos
para proseguir la contienda con vigor. El vigilante Hamet recorria
los muros, doblaba las guardias, todo lo reconocia. Entre otras
medidas dividió la guarnicion en partidas de cien hombres con un
capitan; los unos para rondar, los otros para escaramuzar con el
enemigo, y otros de reserva y prontos á auxiliar á los combatientes.
Hizo tambien armar seis albatozas ó baterías flotantes provistas de
piezas de gran calibre para atacar la flota.
Los Soberanos de Castilla por su parte, hicieron venir mantenimientos
en gran cantidad de diferentes puntos de España, y mandaron traer
pólvora de Barcelona, Valencia, Sicilia y Portugal. Para el asalto
de la plaza construyeron unas torres de madera montadas sobre ruedas
que podrian contener hasta cien hombres. De estas torres salian unas
escalas para echar sobre los muros; y para descender desde el muro
á la ciudad, habia otras escalas ingeridas en las primeras. Habia
tambien galápagos ó grandes escudos de madera, cubiertos de cueros,
con los cuales se defendian los soldados en los asaltos, ó cuando
minaban las murallas: en fin, se abrieron minas en diferentes puntos,
unas para volar el muro, otras para la entrada de las tropas en la
ciudad, y entretanto se distraia la atencion de los sitiados con el
incesante fuego de la artillería.
El infatigable Hamet, que conocia todos los puntos combatibles
del real cristiano, no cesaba de atacar á los sitiadores, ya por
tierra con sus Gomeles, ya por mar con las albatozas; de manera
que dia y noche no les dejaba punto de reposo. Con tan continuos
trabajos estaba el ejército real rendido y desvelado, y ya no
cabian los heridos en las tiendas llamadas hospital de la Reina.
Para mejor resistir los asaltos repentinos de los moros, mandó el
Rey profundizar los fosos en derredor del campamento, y plantar una
estacada hácia la parte que miraba á Gibralfaro. El cargo de guardar
estas defensas, y proveer lo necesario á su conservacion, se dió á
Garcilaso de la Vega, á Juan de Zúñiga, y á Diego de Ataide.
En muy poco tiempo fueron descubiertas por Hamet las minas que
con tanto secreto habian empezado los cristianos. Al punto
mandó contraminarlas, y trabajando mútuamente los soldados
hasta encontrarse, se trabó en aquellos subterráneos un combate
sangriento y de cuerpo á cuerpo, por desalojar los unos á los otros.
Consiguieron al fin los moros lanzar á los cristianos de una de las
minas, y cegándola la destruyeron. Animados con este pequeño triunfo,
determinaron atacar á un mismo tiempo todas las minas y la escuadra
que bloqueaba el puerto. El combate duró seis horas, por mar, por
tierra, y debajo de la tierra, en las trincheras, en los fosos, y
en las minas. La intrepidez que manifestaron los moros, excede á
toda ponderacion; pero al fin fueron batidos en todos los puntos, y
tuvieron que encerrarse en la ciudad, sin tener ya recursos propios
ni poderlos recibir de fuera.
Á los padecimientos de Málaga se añadieron ahora los horrores del
hambre; el poco pan que habia se reservó exclusivamente para los
soldados, y aun éstos no recibian sino cuatro onzas por la mañana y
dos por la tarde, como racion diaria. Los habitantes mas acomodados,
y todos los que estaban por la paz, deploraban una resistencia tan
funesta para sus casas y familias; pero ninguno osaba manifestar su
sentimiento, ni menos proponer la capitulacion, por no despertar la
cólera de sus fieros defensores. En tal estado, se presentaron á Alí
Dordux, que con otros ciudadanos estaba encargado de guardar una de
las puertas, y comunicándole sus penas y los trabajos que padecian,
le persuadieron á intentar una negociacion con los Soberanos, para la
entrega de la ciudad y la conservacion de sus vidas y propiedades.
“Hagamos, le dijeron, un concierto con los cristianos antes que sea
tarde, y evitemos la destruccion que nos amaga.”
El compasivo Alí cedió fácilmente á las instancias que se le
hicieron; y poniéndose de acuerdo con sus compañeros de armas,
escribió una proposicion al Rey de Castilla, ofreciendo dar entrada
en la ciudad al ejército cristiano por la puerta que le estaba
confiada, con solo que le diese seguro para las vidas y haciendas
de los moradores. Este escrito se confió á un fiel emisario, para
que lo llevase al real cristiano, y trajese á una hora convenida
la respuesta de Fernando. Partió el moro, y llegando felizmente al
campo, fue admitido á la presencia de los Soberanos, los cuales,
con el deseo de ganar aquella plaza sin mas sacrificios de hombres
y dinero, prometieron por escrito conceder las condiciones. Venia
ya el moro de vuelta para la ciudad, y se hallaba no muy lejos
del parage donde le esperaban Alí Dordux y sus compañeros, cuando
le descubrió una patrulla de Gomeles que rondaba aquellos sitios.
Teniéndole por espía, lo acechan los Gomeles, y cayendo sobre él de
improviso, le prenden á la vista misma de los confederados, que se
dieron por perdidos. Conducido por los soldados, llegó el infeliz
hasta cerca de la puerta; pero haciendo entonces un esfuerzo, se
escapó de sus manos, y huyó con tal ligereza, que parecia llevar alas
en los pies. Los Gomeles le persiguieron, pero perdiendo luego toda
esperanza de alcanzarle, se detuvieron, y apuntándole uno de ellos
con la ballesta, le disparó una vira que se le clavó en mitad de las
espaldas: cayó el fugitivo, y ya iban á asirle los soldados, cuando
volvió á levantarse, y huyendo con las fuerzas que la desesperacion
le daba, pudo llegar al real, donde poco despues murió de su herida,
pero con la satisfaccion de haber guardado el secreto y salvado las
vidas de Alí y sus compañeros.
[Ilustración]
CAPÍTULO IX.
_De los padecimientos del pueblo de Málaga._
La extrema necesidad que padecian los de Málaga, y el peligro de
que cayese esta hermosa ciudad en poder de los cristianos, tenian
llenos de temor y sentimiento á los moros de otras partes. El anciano
y belicoso Rey Muley Audalla, el Zagal, estaba aun en Guadix,
procurando rehacer poco á poco su desbaratado ejército, cuando supo
la situacion crítica en que se hallaba aquella plaza. Animado por
las exhortaciones de los alfaquís, y dejándose llevar de su aficion
á la guerra, determinó socorrer á Málaga, y con la fuerza que tenia
disponible envió allá un capitan escogido para que entrase en la
ciudad.
El Rey chico Boabdil, noticioso de este movimiento, y dispuesto
siempre á hostilizar á su tio, despachó una fuerza superior de á pié
y de á caballo para interceptar los socorros. Trabóse un combate
muy reñido; y las tropas del Zagal, derrotadas con mucha pérdida,
se retiraron en desórden á Guadix. Ensoberbecido Boabdil con tan
triste triunfo, y deseoso de acreditar su lealtad á los Soberanos
de Castilla, les envió mensajeros con la noticia de esta victoria,
suplicándoles le tuviesen siempre como el mas leal de sus vasallos.
Asimismo envió (como regalo para la Reina) preciosas telas de
seda, perfumes orientales, un vaso de oro curiosamente labrado, y
una cautiva de Reveda; con cuatro caballos árabes suntuosamente
enjaezados, una espada y una daga con guarniciones primorosas, muchos
albornoces, y otras ropas ricamente bordadas, para el Rey.
Tal era la fatalidad de Boabdil, que hasta en sus victorias era
desgraciado: su reciente expedicion contra el Zagal, y la derrota
de unas tropas destinadas al socorro de Málaga, habia entibiado el
amor de sus vasallos, haciendo vacilar en su lealtad á muchos de
sus partidarios mas adictos. “Muley Audalla, decian, era soberbio y
sanguinario, pero tambien era fiel á la pátria, y sabia sostener el
decoro de la corona. Este Boabdil sacrifica la religion, la pátria,
los amigos, todo, á un simulacro de Soberanía.”
Instruido Boabdil de estas murmuraciones, y temiendo algun nuevo
revés, escribió á los Reyes Católicos solicitando con urgencia
le enviasen tropas para ayudar á mantenerle sobre el trono. Esta
súplica, tan favorable á las miras políticas de Fernando, fue
al punto concedida; y por órden del Rey marchó para Granada un
destacamento de mil caballos y dos mil infantes al mando de Gonzalo
de Córdoba, despues tan celebrado por sus hazañas.
No era el Rey chico el único príncipe moro que solicitaba la
proteccion de Fernando é Isabel: vióse un dia entrar en el puerto de
Málaga una galera pomposamente engalanada, llevando el pabellon de la
medialuna, y juntamente una bandera blanca en señal de paz. Enviado
por el Rey de Tremecen, venia en esta galera un embajador con regalos
para los Soberanos de Castilla, á quienes pasó luego á cumplimentar,
presentando al Rey caballos berberiscos con jaezes de oro, mantos
moriscos ricamente bordados, y otros objetos de mucho precio; con
vestiduras de seda de diversas maneras, aderezos de finísimas
piedras, y perfumes exquisitos de la Arabia para la Reina.
Manifestó el embajador á los Soberanos que el Rey de Tremecen,
admirando el gran poder y rápidas conquistas de SS. AA. deseaba le
reconociesen como vasallo de la corona de Castilla, y que en este
concepto diesen favor y proteccion á los naturales y navíos de
Tremecen, de la misma suerte que á los demas moros que se habian
sometido á su dominio: pidió asimismo un modelo de las armas de
Castilla, para que el Rey, su amo, y sus vasallos pudiesen conocer
y respetar su bandera donde quiera que la viesen; y por último les
suplicó extendiesen á los habitantes de la infeliz Málaga la misma
clemencia que habian dispensado á los de otras plazas conquistadas.
Esta embajada fue recibida por los Reyes Católicos con el mayor
agrado; concedióse el seguro que pedia el Rey de Tremecen para sus
buques y vasallos, y se le enviaron las armas reales fundidas en
escudos de oro del tamaño de una mano[9].
[9] Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.
Los sitiados entretanto veian crecer la hambre de dia en dia, y
disminuirse las esperanzas de recibir socorros de fuera: los mas se
mantenian de carne de caballos; y diariamente perecian muchos de pura
necesidad. Esta penosa situacion se les hacia aun mas sensible al ver
cubierto el mar de embarcaciones que entraban de continuo con víveres
para los sitiadores. Todo sobraba en el campo cristiano; el ganado
que no cesaba de llegar, y el trigo y la harina, que amontonados en
medio del real blanqueaban al sol para tormento de los sitiados, los
cuales veian á sus hijos perecer de necesidad, al paso que reinaba la
abundancia á un tiro de ballesta de sus muros.
[Ilustración]
CAPÍTULO X.
_Atentado que cometió un Santon de los moros._
Vivia por este tiempo en una aldea cerca de Guadix un moro anciano,
llamado Abrahan Alguerbí, natural de Guerba, en el reino de Tunez,
el cual por muchos años habia hecho vida de ermitaño. La soledad
en que vivia, sus ayunos y penitencias, junto con las revelaciones
que decia tener por un ángel enviado por Mahoma, le granjearon en
breve entre los habitantes del contorno la opinion de santo; y los
moros, naturalmente crédulos, y afectos á este género de entusiastas,
respetaban como inspiraciones proféticas los desvarios de su
imaginacion.
Presentóse un dia este visionario en las calles de Guadix, pálido el
semblante, extenuado el cuerpo, y los ojos encendidos. Convocando el
pueblo, declaró que Alá le habia revelado allá en su retiro, un medio
de libertar á Málaga, y de confundir á los enemigos que la cercaban.
Los moros le escucharon con atencion; y mas de cuatrocientos de
ellos, fiando ligeramente de sus palabras, ofrecieron aventurarse
con él á cualquier peligro, y obedecerle ciegamente. De este número
muchos eran Gomeles, que ardian en deseos de socorrer á sus paisanos,
de quienes se componia principalmente la guarnicion de Málaga.
Pusiéronse en camino para esta ciudad, marchando de noche por sendas
secretas al través de las montañas, y ocultándose de dia por no
ser observados. Al fin llegaron á unas alturas cerca de Málaga, y
dieron vista al real cristiano. El campamento del marqués de Cádiz,
por la parte que se extendia desde la falda del cerro frente de
Gibralfaro hasta la orilla del mar, pareció el punto mas combatible,
y consiguiente á esto tomó el ermitaño sus medidas. Aquella noche
se acercaron los moros al campamento, y permanecieron ocultos; pero
la mañana siguiente, casi al alba, y cuando apenas se divisaban los
objetos, dieron furiosamente y de improviso en las estancias del
Marqués, con intento de abrirse paso hasta la ciudad. Los cristianos,
aunque sobresaltados, pelearon con esfuerzo: los moros, saltando unos
los fosos y parapetos, y otros metiéndose en el agua por pasar las
trincheras, lograron entrar en la plaza en número de doscientos: los
demas casi todos fueron muertos ó prisioneros.
El santon ni tomó parte en la contienda, ni quiso entrar en la
ciudad: era muy otro el propósito con que venia; por lo que
apartándose del lugar donde peleaban, se hincó de rodillas, y
alzadas las manos al cielo, fingió estar en oracion. En esta actitud
le hallaron los cristianos, que despues del combate andaban buscando
á los fugitivos por aquellas quiebras y barrancos, y viendo que se
mantenia en la misma postura, inmóvil como una estátua, llegaron á él
con una mezcla de admiracion y respeto, y lo llevaron al marqués de
Cádiz. Á las preguntas que le hizo el Marqués, respondió el moro, que
era santo, y que Alá le habia revelado todo lo que habia de acontecer
en aquel sitio. Quiso el Marqués saber cómo y cuándo se tomaria la
ciudad; pero á esto dijo el santon que no le era permitido descubrir
un secreto tan importante sino solo al Rey ó á la Reina en persona.
El marqués de Cádiz, aunque nada supersticioso, todavia porque notaba
en este moro algo de misterioso, y podria ser tuviese que comunicar
alguna noticia interesante, determinó ponerlo en presencia de los
Reyes, y en la misma forma en que fue hallado, vestido un albornoz,
lo envió al pabellon real, rodeándole las gentes, que le llamaban el
Moro Santo; pues ya la fama de este supuesto profeta habia cundido
por el campo.
Dió la casualidad de hallarse el Rey durmiendo cuando lo trajeron, y
la Reina, aunque deseaba ver á este hombre singular, mandó, por un
efecto de su delicadeza, que lo guardasen fuera hasta que despertase
el Rey. Entretanto, lo entraron en una tienda inmediata donde
estaban doña Beatriz de Bobadilla, y don Alvaro de Portugal, hijo
del duque de Braganza, con algunas otras personas. El moro que no
sabia la lengua, creyó, segun el aparato y magnificencia que veia,
ser aquella la tienda real, y que don Alvaro y la Marquesa eran el
Rey y la Reina. Pidió entonces un jarro de agua, que luego le fue
traido; y levantando el brazo para tomarlo, aparta el albornoz con
disimulo, suelta el jarro, y tirando de un terciado ó espada corta
que traia oculta, dió á don Alvaro tan fiera cuchillada en la cabeza,
que le postró por tierra y puso á punto de morir. En seguida se
volvió contra la Marquesa, á quien tiró otra cuchillada, pero no con
igual acierto, por habérsele enredado el arma en las colgaduras de la
tienda[10]. Antes que pudiese repetir el golpe, se arrojaron sobre él
el tesorero Rui Lopez de Toledo, y un religioso llamado Fr. Juan de
Velalcazar, los cuales abrazándose con él, le tuvieron sugeto hasta
que llegaron las guardias del Marqués que alli mismo le hicieron
pedazos al instante[11].
[10] Pietro Martir, epist. 62.
[11] Cura de los Palacios.
Sabido por los Reyes este suceso, se llenaron de horror al considerar
el eminente peligro de que acababan de escapar. Los soldados tomaron
el cuerpo destrozado del santon, y metiéndolo en un trabuco, lo
arrojaron á la ciudad. Alli lo recogieron los Gomeles, y despues de
lavado y perfumado, lo enterraron con el mayor decoro y con grandes
demostraciones de sentimiento. En seguida, para vengar su muerte,
mataron á un cristiano de los principales que tenian cautivos, y
poniendo su cadáver sobre un asno, echaron fuera el animal con
direccion al campamento.
Desde entonces se nombraron para la custodia de las personas reales,
ademas de la guardia ordinaria, doscientos caballeros hijos-dalgo de
los reinos de Castilla y de Aragon; se prohibió la entrada en el real
á todo moro, que no se supiese primero quién era y á qué venia, y se
mandó saliesen del campo los mudejares ó vasallos moriscos, á quienes
la traicion que acababa de cometerse, habia puesto en mal concepto
con los cristianos.
[Ilustración]
CAPÍTULO XI.
_Hamet el Zegrí animado por un Dervís, persevera en su defensa;
destruccion de una torre por el ingeniero Francisco Ramirez._
Hecho apenas el entierro del santon con los mismos honores que se
pudieran tributar á un mártir, se levantó en su lugar un Dervís, que
protestaba tener el don de la profecía. Mostrando á los moros una
bandera blanca, que aseguraba ser cosa sagrada, les dijo que Alá
le habia revelado que bajo aquella enseña saldrian los habitantes
de Málaga contra el ejército sitiador, alcanzarian una victoria
cumplida, y gozarian de los mantenimientos que abundaban en el
real[12]. Los moros entusiasmados con este vaticinio, hubieran
querido hacer en el acto una salida; pero díjoles el Dervís que aun
no habia llegado la hora, y que era necesario esperar que el cielo
le descubriese el dia señalado para tan gran triunfo. Hamet el Zegrí
escuchó al Dervís con el mas profundo respeto, lo llevó consigo á su
castillo de Gibralfaro, consultando con él en todo, y para animar al
pueblo, enarboló la bandera blanca en la torre mas elevada.
[12] Cura de los Palacios.
Entretanto venian acudiendo al servicio de los Reyes varios grandes
y caballeros, cuyos auxilios se hacian necesarios para relevar en
parte al ejército de los muchos trabajos y fatigas que habia pasado
en tan largo sitio. De cuando en cuando se veia entrar en el puerto
de Málaga algun gallardo navío, ostentando la enseña de una casa
ilustre, y conduciendo tropas y municiones: ni eran menos frecuentes
los refuerzos que llegaban por tierra, atronando las montañas con el
sonido marcial de cajas y trompetas, y deslumbrando la vista con el
brillo de sus armas. Un dia se vió blanquear el mar con las velas de
una flota numerosa, y fondearon en la bahía cien buques, armados unos
para la guerra, y cargados otros con provisiones y pertrechos. Este
poderoso socorro habia sido enviado por el duque de Medinasidonia,
que llegó al mismo tiempo por tierra, y entró en el real con una
fuerza considerable de caballeros deudos suyos, y gentes de su casa,
todo lo cual puso á disposicion de los Reyes, juntamente con veinte
mil doblas de oro, que les prestó.
Reforzado asi el ejército, aconsejó la Reina, con el fin de evitar
las miserias de un sitio prolongado, ó la efusion de sangre
consiguiente á un asalto general, que de nuevo se propusiese á los
moros la rendicion en los términos mas benignos. En su consecuencia
se les ofreció seguridad para sus vidas y haciendas, y la libertad
personal, si desde luego venian á partido, y denunciando todos los
horrores de la guerra si persistian en defenderse. Pero Hamet,
confiando en la fuerza de sus defensas, que aun estaban muy enteras,
desechó estas proposiciones con el mismo desprecio que las primeras:
animábale tambien la consideracion de los azares á que está expuesto
un ejército sitiador, las inclemencias de la estacion que se
acercaba, y sobre todo los vaticinios y consejos del Dervís.
Volvieron entonces los cristianos á hostilizar al enemigo: algunos
caballeros de la casa real, conducidos por Rui Lopez de Toledo,
tesorero de la Reina, emprendieron el asalto de dos torres
del arrabal cerca de la puerta llamada de Granada, y peleando
desesperadamente, las tomaron, las perdieron, y las volvieron
á tomar, sin que quedasen por los unos ni por los otros, pues
pegándoles fuego los moros, fueron al fin abandonadas por ambas
partes. Á este combate se siguió otro por la mar, en que fueron
aun menos afortunados los cristianos; pues saliendo los moros con
sus albatozas, atacaron tan vigorosamente los navíos del duque de
Medinasidonia, que echaron uno á pique, é hicieron retroceder á los
demas.
Entretanto Hamet el Zegrí, mirando estos combates desde la torre mas
alta de Gibralfaro, atribuia el triunfo de sus armas á las artes y
encantos del Dervís; y este impostor, que no se apartaba de su lado,
señalándole el ejército cristiano, acampado por todo el valle, y la
numerosa flota que cubria el mar, le decia que cobrase esfuerzo,
porque en breves dias seria presa de los elementos aquella flota,
y saliendo ellos con la bandera sagrada, derrotarian de todo punto
aquella hueste, ganarian grandes despojos, y Málaga victoriosa y
libre, triunfaria de sus enemigos.
Viendo la pertinacia de los sitiados, determinaron los cristianos
aproximar sus estancias á los muros; y ganando una posicion despues
de otra, llegaron cerca de la barrera de la ciudad, donde habia un
puente con cuatro arcos, y en cada extremo una torre de mucha fuerza.
Dióse órden de tomar este puente á Francisco Ramirez de Madrid,
general de la artillería. La empresa era peligrosa, y los aproches
no podian hacerse sin exponer la tropa á un fuego destructor; por
lo que mandó Ramirez abrir una mina, que se llevó hasta debajo de
los cimientos de la primera torre, donde puso boca abajo y bien
cargada una pieza de artillería, para volar la torre cuando llegase
la ocasion. Acercándose entonces al puente cuanto pudo, levantó un
reducto, plantó en él algunos cañones, y empezó á batir la torre.
Los moros contestaron desde los adarves con vigor; pero estando en
la furia del combate, se puso fuego al cañon que estaba armado bajo
la torre, rebentó la tierra con una explosion tremenda, y vino al
suelo gran parte de la torre, sepultando en sus escombros á muchos
de los moros que la defendian: los demas huyeron amedrentados por
aquel estremecimiento, y confundidos por un ardid de que no tenian
noticia. Quedando asi desamparado este puesto, se apoderaron de él
los cristianos, y procedieron á combatir la torre que estaba al
otro extremo del puente. Hiciéronse entonces mútuamente las torres
un fuego terrible de arcabuces y ballestas, y por mucho tiempo no
se atrevieron los combatientes á salir de ellas para batirse; pero
al fin logró Francisco Ramirez pasar el puente, y llegar á la torre
contraria por medio de parapetos que levantó de trecho en trecho para
defenderse de la artillería de los moros, los cuales, despues de una
larga y sangrienta lucha, fueron forzados á ceder, y á dejar aquel
importante paso en poder de los cristianos.
En premio de esta hazaña, y del valor y pericia que habia desplegado
el capitan Ramirez, le armó el Rey caballero, despues de la rendicion
de Málaga, en la misma torre que tan gloriosamente habia ganado[13].
[13] Pulgar, p. III. c. 91.
[Ilustración]
CAPÍTULO XII.
_Crece la hambre en la ciudad; quejas del pueblo, y salida de Hamet
el Zegrí con el pendon sagrado para atacar á los cristianos._
Era ya excesiva la hambre que se padecia en la ciudad. Los Gomeles,
buscando que comer, entraban en las casas, rompian las arcas,
y derribaban las paredes; y los habitantes reducidos al último
extremo, se mantenian de cueros de vaca, y daban á sus criaturas
hojas de parra cocidas con aceite. Todos los dias perecian muchos
de necesidad; y algunos, forzados á elegir entre el cautiverio y la
muerte, salian al real cristiano á ofrecerse por esclavos. Al fin
pudo mas con ellos el rigor de la hambre que el respeto que tenian
á los Gomeles; y reuniéndose en casa de Alí Dordux, el comerciante
rico, le suplicaron intercediese por ellos con Hamet el Zegrí, para
que consintiese en la entrega de la ciudad. Alí, viendo que la
necesidad iba dando osadía á los ciudadanos, al paso que amortiguaba
la fiereza de los soldados, se animó á entablar con el alcaide esta
peligrosa conferencia, y asociándose con un alfaquí llamado Abrahan
Alhariz, y un habitante principal, cuyo nombre era Amar-ben-Amar, se
dirigió con este objeto al castillo de Gibralfaro.
Llegando alli hallaron á Hamet, no como antes rodeado de armas
y soldados, sino solo en su aposento con el Dervís, y sentado á
una mesa de piedra con varios cartones y pergaminos delante, en
que habia trazados signos cabalísticos, y caractéres místicos y
extraños: distribuidos en derredor habia tambien instrumentos raros
y desconocidos; y el Dervís que le acompañaba parecia haberle estado
explicando el sentido misterioso de aquellos signos[14].
[14] Cura de los Palacios.
Admirados y temerosos, se acercaron Alí Dordux y sus compañeros á
Hamet, sin atreverse por de pronto á declarar el objeto de su venida;
pero el alfaquí confiando en lo sagrado de su carácter, tomó al fin
la palabra y le arengó en estos términos. “Te requerimos en nombre
de Dios todo poderoso que desistas de una resistencia tan inútil
como funesta, y que entregues la ciudad al cristiano mientras aun
hay esperanzas de que nos trate con clemencia. Considera cuantos de
nuestros guerreros tiene postrados el cuchillo del enemigo, y no
quieras tú que la hambre acabe con los que quedan, ni con nuestras
mugeres é hijos, que gimiendo nos piden pan, y se nos mueren ante
nuestros ojos, sin que nos quede remedio con que acudirles. ¿De
qué sirve nuestra defensa? ¿Son por ventura mas fuertes los muros
de Málaga que los muros de Ronda? ¿ó son nuestros guerreros mas
valientes que los caballeros de Loja? La fortaleza de Ronda sucumbió,
y la caballería de Loja tambien tuvo que ceder. ¿Esperaremos que nos
socorran? Ya no hay tiempo de esperanza; ya Granada perdió su fuerza,
perdió su orgullo; ya Granada no tiene caballeros, ni Rey que la
gobierne, ni capitanes que la defiendan. Por Alá te conjuramos, pues
eres nuestro capitan, que no seas nuestro mas duro enemigo, sino que
entregues lo que queda de esta Málaga, otro tiempo tan feliz, y nos
saques de las miserias que nos abruman.”
Tales fueron las quejas que la desesperacion arrancó á los habitantes
de la ciudad. Hamet el Zegrí las escuchó sin alterarse, porque
respetaba el carácter privilegiado del alfaquí: pero lleno de vanas
esperanzas, insistió en aguardar algunos dias. “Tened todavia
paciencia, les dijo, y confiad en este varon santo que veis aqui,
el cual me asegura terminarán en breve nuestros males; el hado es
inmutable; y en el libro del destino está escrito que saldremos á
pelear con los cristianos, que los venceremos, y serán nuestros esos
montones de harina que blanquean en los reales. Asi lo ha prometido
Alá por boca de su profeta. ¡Alá achbar! ¡Dios es grande! Nadie se
oponga á los decretos del Altísimo.”
Esto dijo Hamet, y los diputados no atreviéndose á replicarle,
regresaron á la ciudad, y exhortaron al pueblo á tener paciencia.
“En breves dias, le dijeron, habrán cesado vuestros trabajos: cuando
desaparezca la bandera blanca de las torres de Gibralfaro, la hora de
vuestro triunfo estará cerca, pues entonces habrá llegado la de salir
contra el enemigo.”
Todos los dias, y todas las horas del dia volvian aquellos habitantes
los ojos hácia el estandarte sagrado, que continuaba tremolando
en el castillo. Por fin, estando Hamet un dia en consulta con sus
capitanes para determinar el partido que se habia de tomar en tan
apuradas circunstancias, se presentó el Dervís. “Disponeos, dijo,
á obedecer la voluntad de Alá, que la hora de nuestro triunfo está
ya cerca. Salid mañana al campo, y pelead como varones esforzados:
yo con el pendon sagrado iré delante, y entregaré en vuestras manos
el enemigo; pero antes perdonaos mútuamente las ofensas, pues solo
siendo caritativos podreis ser vencedores.”
Las palabras del Dervís fueron recibidas con el mayor aplauso; al
punto se recogió la bandera blanca, y toda aquella noche se pasó
en prevenciones para la mañana siguiente, cuando Hamet, con el
capitan Abrahan Zenete y los Gomeles, bajó á la ciudad para ejecutar
aquella salida que habia de acabar con los cristianos. Delante iba
el Dervís, que llevaba la sagrada enseña; y al verla pasar el pueblo
entusiasmado y lleno de esperanzas, exclamaba: “¡Alá achbar!” y se
postraba humildemente, animando al mismo tiempo con alabanzas las
tropas de aquella empresa. El temor y la esperanza agitaban en Málaga
á todos los corazones: los ancianos, las mugeres y los niños, en
fin, todos los que no salieron al combate subieron á las almenas, á
las torres, ó á las azoteas, para ver una batalla que habia de ser
decisiva de su suerte.
Antes de salir al campo hizo Alí Dordux una amonestacion á los
soldados, previniéndoles que no abandonasen la bandera, que fuesen
siempre delante peleando, y que á ninguno diesen cuartel. Volviendo
entonces á ponerse en movimiento, fueron á dar con ímpetu tan furioso
en las estancias del maestre de Santiago y del maestre de Alcántara,
que tuvieron lugar de matar y herir á mucha de la gente que las
guardaba. En este rebato llegó el capitan Zenete á una tienda donde
halló algunos niños cristianos, á quienes el rumor de las armas
acababa de despertar de su sueño. El moro compadeciendo su tierna
edad, ó porque desdeñaba un enemigo tan débil, se contentó con darles
de plano con el alfange, diciendo: “andad rapaces á vuestras madres”
y como le riñese el fanático Dervís por este acto de clemencia,
respondió: “no los maté porque no vide barbas”[15].
[15] Cura de los Palacios, c. 84.
Cundió la alarma por el campo, y los cristianos acudieron de todas
partes para defender las entradas del real. Don Pedro Portocarrero,
señor de Moguer, don Alonso Pacheco, y Lorenzo Suarez de Mendoza,
corrieron con sus gentes á defender los portillos por donde
pretendian entrar los moros, á quienes con gran pena impidieron el
paso, mientras llegaba nuevo socorro. Hamet furioso al encontrar
tanta resistencia, cuando esperaba una victoria fácil, llevó
repetidas veces sus tropas al asalto de los portillos, y otras tantas
hubo de retroceder con mucha pérdida. Los cristianos, al abrigo de
sus defensas, hicieron un destrozo terrible en las filas de los
moros: pero ellos confiando ciegamente en los vaticinios del Dervís,
volvian á la pelea cada vez mas enardecidos, arrostrando los peligros
y la muerte por vengar á sus compañeros. Por último, intentaron
escalar la cerca que defendia el real, y acometieron en medio de
una lluvia de dardos y saetas, cayendo á cada paso, y llenando los
fosos con sus cuerpos. Hamet el Zegrí, siempre á la cabeza de sus
guerreros, siempre en lo mas encendido del combate, corria de fila en
fila, y animaba á sus Gomeles con la voz y con el ejemplo. Al ver la
terrible matanza de los suyos, bramaba de corage, y discurria delante
de la cerca buscando por donde entrar, y pasando como por ensalmo
por entre mil tiros que le asestaron los cristianos sin que ninguno
le tocase. El Dervís tambien acudia como frenético á todas partes,
ondeando la bandera blanca, y excitando á los moros con alaridos;
pero en medio de su frenesí, una piedra arrojada por una catapulta,
le alcanzó en la frente, dando fin á un mismo tiempo á su vida y á
sus delirios[16].
[16] Garibay, lib. 18, cap. 33.
Los moros, viendo muerto á su profeta y postrado por tierra el pendon
sagrado, perdieron inmediatamente el ánimo, y huyeron en desórden
á la ciudad. Hamet hizo algunos esfuerzos para contenerlos, pero
confundido él mismo por la pérdida del Dervís, tan solo acertó á
cubrir la retirada de las tropas, y se retrajo con ellas á los muros
de la plaza.
Los habitantes de Málaga, suspensos entre el temor y la esperanza,
miraron esta contienda desde las almenas y torres. Al principio,
cuando vieron huir delante de los moros las guardias del real,
exclamaron: “¡Alá nos da la victoria!” y prorumpian en gritos de
alegría; pero cuando las tropas, rechazadas cuantas veces volvian
al asalto, empezaron á retroceder, cuando vieron caer el mandante,
y volver huyendo al mismo Hamet perseguido por los cristianos, el
regocijo se convirtió en lamentos, y el horror y la desesperacion se
apoderó de todo el pueblo.
Al entrar el Zegrí en Málaga se vió expuesto á los furores de una
multitud exasperada: todo se volvia quejas y reconvenciones: las
madres, cuyos hijos habian muerto, le seguian con imprecaciones,
y algunas poniéndole delante sus criaturas á punto de espirar, le
decian: “Holladlas con los pies de vuestro caballo, pues ni tenemos
alimento que darles, ni valor para oir sus quejas.” Los ciudadanos
que habian tomado las armas, y muchos de los guerreros que habian
venido de fuera para defender la ciudad, unieron sus clamores á los
del pueblo; de modo que Hamet, perdido el ascendiente militar, é
incapaz de resistir aquel torrente de quejas y maldiciones, renunció
el mando de la plaza, y se recogió con los Gomeles que le quedaban á
su castillo de Gibralfaro.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIII.
_Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del
Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí._
Los moradores de Málaga, libres ya del dominio de Hamet, acudieron
á Alí Dordux: y pusieron en sus manos la suerte de la ciudad.
Alí, asociándose el alfaquí Abrahan Alhariz y otros cuatro moros
principales, formó una junta provisional, en que se acordó enviar
mensajeros al Rey de Castilla, ofreciendo entregar la plaza con tal
que á los habitantes se les asegurase en sus personas y bienes en
calidad de mudejares, ó vasallos tributarios. Salieron los mensageros
al real cristiano, y oida por el Rey la peticion de los moros,
respondió airado: “Ya no es tiempo de pedir ni de conceder partidos,
pues bien se que la hambre, y no vuestra voluntad, es la que os mueve
á capitular. Entregaos pues á discrecion y disponeos á sufrir la ley
que imponga el vencedor: los que merezcan la muerte, morirán, y los
que cautiverio, quedarán cautivos.”
Grande fue la turbacion de los moros cuando supieron la respuesta
de Fernando; pero Alí Dordux los consoló ofreciendo ir en persona
á solicitar condiciones mas favorables; como en efecto lo hizo
acompañado de dos cólegas suyos, aunque sin adelantar nada, pues
el resultado de esta embajada tan lejos estuvo como la primera de
corresponder á las esperanzas de los sitiados. Fernando ni aun
consintió que llegasen los embajadores á su presencia. “Dadlos al
diablo, dijo con enfado al comendador de Leon, que no los quiero ver,
ni los he de tomar sino como á vencidos, dándose á mi merced[17].”
Con esta nueva repulsa, vinieron los moros á un estado que rayaba en
desesperacion; pero resolviendo tentar el último recurso, escribieron
al Rey manifestándole que ellos le darian la ciudad con todas sus
fortalezas, y con todos los bienes que en ella habia; pero que si no
se les daba seguro para la libertad de sus personas, ellos colgarian
de las almenas de la plaza hasta mil y quinientos cautivos cristianos
que tenian de ambos sexos; y poniendo á las mugeres, viejos y niños,
en la Alcazaba, darian fuego á la ciudad, y saldrian á morir matando,
para que al fin tuviesen los Reyes la victoria sangrienta, y aquel
hecho de la ciudad de Málaga fuese celebrado por todos los vivientes,
y en todos los siglos que durase el mundo.
[17] Cura de los Palacios, cap. 84.
Á consecuencia de esta carta se suscitaron algunos debates en el
real, y fueron varios los votos de los caballeros. Muchos de ellos
indignados contra los moros por las grandes pérdidas que habian
ocasionado á los cristianos en tan larga resistencia, quisieron
irritar el ánimo del Rey para que los tratase con el último rigor;
pero la generosa Isabel, reprobando consejos tan sanguinarios,
insistió en que no se empañase aquel triunfo con algun acto de
crueldad[18]. Los moros entretanto, se abandonaron á los extremos
de su desesperacion: por una parte veian la hambre y la muerte;
por otra, la esclavitud y las cadenas. Aquellos cuyo oficio era
la guerra, ardian por señalar su caida con una accion ilustre.
“¡Perezcan los cautivos!, decian, ¡arda la ciudad, muramos, y
acometamos al enemigo!” En medio del clamor general alzó Alí Dordux
la voz, y dirigiéndose á los habitantes principales y padres de
familia, les dijo: “Los que viven de la espada perezcan, pues lo
quieren, con la espada; pero no sigamos nosotros tan loco ejemplo.
¡Quién sabe si la vista de nuestras inocentes esposas y tiernos
hijos, despertará en el pecho real de Fernando una centella de
conmiseracion! y cuando no, la Reina cristiana dicen que es la piedad
misma.”
[18] Pulgar.
Animados los moros por este rayo de esperanza, autorizaron á Alí
Dordux para que entregase la ciudad á merced de los Soberanos. Partió
de nuevo Alí con este encargo; empeñó en su favor á muchos caballeros
del real, y al fin obtuvo una audiencia de los Soberanos, á quienes
presentó regalos de telas de seda y oro, piedras preciosas, joyas,
aromas, y otros objetos de gran valor, que habia acumulado en su
comercio con los paises orientales; y poco á poco ganó la gracia
de Fernando y de Isabel[19]. Alí entonces renovó las súplicas,
representando que él y otros muchos habian procurado desde un
principio que se entregase la ciudad, pero que las amenazas de
hombres arbitrarios, en cuyas manos estaba la fuerza, se lo habian
impedido; por lo que esperaba no se confundiese al inocente con el
culpado.
[19] Crón. de Valera MS.
Los Soberanos habiendo admitido los regalos de Alí Dordux, no
pudieron ya cerrar el oido á sus súplicas. Asi, pues, le indultaron
á él y á cuarenta familias que nombró, dándoles seguro para
sus personas, con facultad para residir en Málaga en clase de
mudejares[20]. Hecho este arreglo, hizo Alí venir veinte habitantes
principales, á quienes entregó en rehenes, hasta que toda la ciudad
quedase en posesion de los cristianos.
[20] Cura de los Palacios.
Don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon entró entonces
en la ciudad armado y á caballo, y tomó posesion en nombre de los
Soberanos de Castilla. Entrando despues varios capitanes y caballeros
del ejército, ocuparon todas las fortalezas, y enarbolaron el pendon
de la cruz, el de Santiago, y el estandarte real, en la torre de
homenage de la Alcazaba.
Entregada la ciudad, imploraron aquellos infelices habitantes se
les permitiese salir al real para comprar pan para ellos y sus
familias. Obtenida la licencia, acudieron arrebatados y famélicos á
los montones de grano y harina que tantas veces habian mirado con
ansia desde sus muros. Todo se repartió entre ellos, y satisfecha su
necesidad, quedó en cierto modo cumplido el vaticinio del Dervís,
cuando dijo que aquellos bastimentos los habian de comer ellos.
Entretanto Hamet el Zegrí, indignado y pesaroso, miraba desde las
torres de su fortaleza la ocupacion de Málaga por los batallones
de Castilla; veia tremolar el pendon de la Cruz donde poco antes
ondeaba el de la medialuna, y si los suyos le siguieran, bajára allá
espada en mano, y muriera gustoso á trueque de tomar venganza de los
cristianos. Mas ya no animaba á los Gomeles el mismo espíritu que
en otro tiempo: los lentos progresos de la hambre habian minado
las fuerzas asi del alma como del cuerpo, y casi todos aconsejaban
la rendicion. Muy duro se le hacia al altivo Hamet el someterse á
pedir partido: empero confiando que su valor le haria respetar de un
contrario noble, envió un parlamentario al Rey, ofreciendo capitular
en términos honrosos. La respuesta de Fernando fue lacónica y
terminante: “que se entregase á discrecion.”
Todavia permaneció Hamet dos dias encerrado en su castillo despues
de la toma de la ciudad; pero al fin hubo de ceder á los clamores de
sus secuaces, y bajó con ellos á someterse al vencedor. Los Gomeles
todos quedaron cautivos, con la excepcion de Abrahan Zenete, á quien,
por haber procedido tan piadoso con aquellos niños cristianos cuando
la última salida de los moros, se concedió un partido favorable. En
cuanto á Hamet, se le puso inmediatamente en hierros; y preguntado
qué le movió á tan pertinaz resistencia, respondió, que él habia
tomado aquel cargo con obligacion de morir, ó ser preso, defendiendo
su ley, su Soberano, y la ciudad que éste le habia confiado, y que á
tener ayudadores, antes le vieran muerto que prisionero[21].
[21] Pulgar, Crónica.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIV.
_Entrada de los Reyes Católicos en la ciudad de Málaga, y
distribucion de los cautivos._
Una de las primeras disposiciones de los vencedores, despues de la
rendicion de Málaga, fue celebrar la emancipacion de los cautivos
cristianos con una funcion religiosa. Á corta distancia de la
ciudad mandaron erigir una tienda, y poner en ella un altar con las
decoraciones de iglesia correspondientes; pasando alli los Reyes
para recibir á los cautivos. Éstos, en número de mil y seiscientos
de ambos sexos, entre ellos algunas personas de distincion, salieron
de la ciudad en procesion, con una cruz, cantando himnos y dando
gracias á Dios y á los Soberanos por haberles librado del duro
cautiverio en que yacian. Á medio camino se reunió con ellos, y les
fue acompañando, un gran concurso de gentes del real, con cruces
y pendones, y una música solemne. Llegando á presencia de sus
libertadores, se hubieran postrado los cautivos á sus pies para
besárselos; pero el Rey y la Reina les dieron benignamente sus manos
á besar, sin consentir otro acatamiento. Arrodillándose entonces
los cautivos delante del altar, se pusieron en oracion, y de nuevo
prorumpieron en alabanzas al Altísimo por tan gran victoria. En
seguida se mandó quitarles los hierros, que aun llevaban, se les dió
de comer, ropa, dinero, y todo lo que necesitaban para retirarse
á sus casas. El aspecto de los cautivos, pálidos, desfallecidos
y extenuados, su admiracion y su agradecimiento, las lágrimas y
la alegría de todos los presentes, constituyeron un espectáculo
verdaderamente grande, y que á todos enterneció.
De los cristianos que desertaron á los moros, y les habian informado
de lo que pasaba en el real, fueron hallados doce, y se les sentenció
á morir acañaverados: castigo harto severo, que consistia en atar
al delincuente á una estaca en medio de una plaza, mientras que los
soldados, corriendo á caballo, los atravesaban con cañas puntiagudas:
los moros conversos y relapsos fueron entregados á las llamas[22].
[22] Abarca, Anales de Aragon, tom. 2.º, ley 30, cap. 3.
Estando ya limpia la ciudad de las inmundicias y malos olores que se
habian acumulado en tan largo sitio, entraron en ella los obispos
y otros eclesiásticos que seguian la corte, con los cantores y
capellanes del Rey; y pasando en procesion solemne á la mezquita
mayor, la consagraron é intitularon santa María de la Encarnacion.
Concluido este acto, entraron el Rey y la Reina acompañados del
gran cardenal y de los grandes y caballeros del ejército, oyeron
misa, y en seguida erigieron aquella iglesia en catedral, y á Málaga
en obispado. La Reina se aposentó en la Alcazaba, desde donde se
descubria toda la ciudad: el Rey estableció su alojamiento en el
antiguo castillo de Gibralfaro.
Se procedió entonces á disponer de los moros que habian quedado
prisioneros. Divididos en tres porciones, se destinó una á la
redencion de los cautivos cristianos en el reino de Granada y tierras
de África; otra se repartió entre los capitanes y caballeros que
habian concurrido á aquella empresa, segun su clase y los servicios
que habian prestado; y la tercera se tomó para indemnizacion de los
grandes gastos ocasionados en tan largo sitio. Cien moros Gomeles
fueron enviados al Papa Inocencio VIII, quien los bautizó y convirtió
á la fé cristiana. Á la Reina de Nápoles, hermana del Rey, se le hizo
regalo de cincuenta moras, doncellas; treinta fueron enviadas á la de
Portugal, y otras muchas fueron repartidas por doña Isabel entre las
damas de su corte y señoras principales de Castilla.
Cuatrocientos y cincuenta judios moriscos, que se hallaron en
la ciudad, fueron rescatados por otro judío, rico contratista de
Castilla, que pagó por ellos veinte mil doblas de oro, y se los llevó
en dos galeras armadas.
Á la masa general de los habitantes se concedió la facultad de
rescatarse mediante á suma que pagarian dentro de un término
señalado. El contingente de cada individuo, sin distincion, se fijó
en treinta doblas de oro, y á buena cuenta del pago general se les
habian de recoger todas las alhajas de oro y plata, con los demas
objetos de valor que poseian. El plazo se fijó á los ocho meses, con
la condicion que si al espirar este término no hubiesen satisfecho
la cantidad estipulada, serian todos tratados como esclavos. Para
asegurar por parte de los moros el cumplimiento de estas condiciones,
se hizo una enumeracion rigurosa de las casas y familias, se tomó
razon de todos sus efectos, y se les mandó acudiesen con ellos á
unos corrales grandes que habia en la Alcazaba, rodeados de una
muralla alta, y que en otro tiempo habian servido para encerrar á los
cristianos que los moros cautivaban.
Viérase entonces á estos infelices pasar tristemente por las calles
con direccion á la Alcazaba; asi ancianos como jóvenes, asi matronas
como doncellas, de las que algunas eran bien nacidas, y criadas con
el mayor regalo; y habiendo de desamparar sus casas para sufrir
el cautiverio en las agenas, se torcian las manos, y levantaban
los ojos al cielo, diciendo: “¡Ó Málaga, ciudad nombrada y hermosa
como ninguna! ¿Do está la fortaleza de tus castillos? ¿Do está la
hermosura de tus torres? ¿Tus poderosos muros de qué aprovecharon á
sus moradores, que desterrados de la dulce pátria van á morir entre
extrangeros, ó á vivir en la esclavitud? ¿Qué harán tus viejos y
tus matronas, cuando no haya quien honre sus canas? ¿Qué harán tus
doncellas, criadas con tanta delicadeza y señorío, cuando se vean en
dura servidumbre? ¡Ah, tus naturales, separados para siempre, nunca
mas volverán á verse! al hijo arrancan de los brazos de su padre;
apartan al marido de su muger, y á los tiernos niños arrebatan del
seno de sus madres. ¡Ó Málaga, ciudad de nuestro nacimiento! ¿quién
podrá ver tu desolacion, que no derrame lágrimas de amargura?[23]”
[23] Pulgar.
Estando ya bien asegurada la posesion de la ciudad, se envió un
fuerte destacamento contra las villas de Mijas y Osuna, situadas á la
orilla del mar, y se les intimó la rendicion. Los habitantes pidieron
las mismas condiciones que se habian concedido á los de Málaga,
ignorando cuales fuesen; y habiéndoseles prometido, se rindieron, y
fueron todos presos y conducidos con sus efectos á los corrales de
la Alcazaba.
Éstos, asi como los cautivos de Málaga, fueron distribuidos entre
varios pueblos y familias, hasta tanto que se cumplia el plazo
señalado para el pago total de su rescate; pero habiendo espirado
los ocho meses estipulados, antes que pudiesen verificarlo, quedaron
todos, en número de once mil, segun refieren algunos, y de quince
mil, segun otros, condenados á la esclavitud.
[Ilustración]
CAPÍTULO XV.
_De la situacion en que se hallaban respectivamente el Rey Católico,
Boabdil y el Zagal, y de la incursion de éste en tierra de
cristianos._
Toda la parte occidental del reino de Granada reconocia ya el dominio
de los Reyes Católicos: el puerto de Málaga obedecia sus leyes; y los
belicosos naturales de la serranía de Ronda les rendian vasallage,
subyugados y sumisos: aquellas soberbias fortalezas, que tanto tiempo
habian señoreado los valles de Andalucía, desplegaban ahora el
estandarte de Castilla y Aragon; y las atalayas que coronaban todas
las alturas, estaban desmanteladas, ó guardadas por las tropas del
Rey Católico.
Mientras que en esta parte del territorio moro se establecia el
imperio de los cristianos, en la parte central, que es lo que
rodea á Granada, se mantenia el Rey chico Boabdil gobernando como
vasallo de la corona de Castilla. Este desgraciado príncipe no
perdia ocasion de propiciar á los conquistadores de su pátria con
actos de sumision, y con demostraciones en que no podia tener parte
el corazon. Apenas supo la toma de Málaga, envió sus mensageros
á felicitar al Rey, acompañando regalos de caballos suntuosamente
enjaezados, telas de seda y oro, y perfumes orientales; todo lo cual
fue admitido benignamente; y Boabdil, con poca advertencia, se figuró
haber ganado un lugar distinguido en los afectos de Fernando. Pero
la política de Boabdil algunas ventajas, aunque pasageras, producia
á sus vasallos: el territorio que reconocia su dominio estaba libre
de las calamidades de la guerra; el labrador cultivaba en paz sus
campos, y la vega de Granada, volviendo á florecer, se manifestaba
en su primitiva lozanía. Restablecido el comercio, prosperaba el
traficante, y en las puertas de la ciudad habia un tránsito continuo
de caballerías cargadas con los productos de todos los climas. Pero
el pueblo de Granada, aunque apreciaba estas ventajas, aborrecia en
secreto los medios con que se habian conseguido, y miraban á Boabdil
casi como apóstata é infiel.
Los moros que aun no se habian sometido al dominio cristiano,
fundaban ahora sus esperanzas en el anciano Rey Muley Audalla el
Zagal. Este príncipe, aunque no reinaba en la Alhambra, todavia se
hallaba con mayores fuerzas que su sobrino: sus dominios se extendian
desde Jaen, por los confines de Murcia, hasta el mediterráneo, y
comprendian las ciudades de Baza y Guadix, y el importante puerto
de Almería, que en algun tiempo habia rivalizado con Granada por
su poblacion y riquezas. Tenia ademas bajo su jurisdiccion una gran
parte de las Alpujarras, ó serranía de Granada. Esta region montuosa
es el centro del poder y riqueza de los moros. Su grande elevacion y
su fragosidad la hacian casi inaccesible á los enemigos; pero en el
seno de aquellos riscos se abrigaban unos valles deliciosos, donde
reinaba una temperatura suave y una pródiga fertilidad. Por todas
partes brotaban manantiales y fuentecillas, que creciendo en ciertas
estaciones con las aguas que bajaban de Sierra nevada, cubrian de
verdor y frescura las faldas de aquellos cerros, y formaban al fin
arroyos caudalosos, que corrian serpeando por entre plantíos de
moreras, almendros, higueras y granados. Aqui tambien se producia
la seda mas fina de toda España, se cultivaban grandes viñedos,
y se criaban numerosos rebaños con los ricos pastos que ofrecian
los valles y las quebradas. Aun en la parte mas árida y estéril
proporcionaban estos montes inmensas riquezas, por la diversidad de
minerales de que estaban impregnados. En fin, las Alpujarras eran
un raudal copioso que acrecentaba en gran manera las rentas de los
Monarcas de Granada: sus naturales eran robustos y guerreros, y al
llamamiento del Rey salian de aquellos lugares hasta cincuenta mil
hombres de pelea.
Tal era la porcion de este imperio que tocó al anciano Muley el
Zagal. La guerra aun no habia llegado á esta poderosa comarca, pues
le servian de barrera contra sus estragos los elevados riscos y
áridos peñascos que la defendian. Mas no por eso dejó el Zagal de
añadirle nuevas defensas, mandando reparar todas las fortalezas, á
fin de hacer alli el último esfuerzo contra los progresos de los
cristianos. Entretanto, conociendo la necesidad de acometer alguna
empresa para conservar en su punto al afecto y fidelidad de sus
vasallos, ordenó una correría por el territorio enemigo, cuya manera
de guerrear sabia él ser la mas grata á los moros, para quienes tenia
mas atractivos un corto botin arrebatado á fuerza de armas, que todos
los provechos de un comercio pacífico y seguro.
Reinaba entonces la mayor tranquilidad en la frontera de Jaen, y
los alcaides de las fortalezas cristianas vivian descuidados, y
seguros de toda agresion, por tener tan cerca á su aliado Boabdil, y
contemplar distante á su fogoso tio el Zagal. De repente salió este
príncipe de Guadix con una fuerza escogida, atravesó rápidamente las
montañas que se extienden detras de Granada, y fue á dar como un rayo
en la campiña de Alcalá la Real. Primero que cundiese la alarma, ni
pudiese la comarca acudir á su defensa, habia hecho en ella el Zagal
un estrago enorme, saqueando y quemando aldeas, arrebatando ganados,
y llevándose gran número de cautivos. Reuniéronse las gentes de la
frontera; pero ya estaba muy lejos el enemigo, que volviendo á pasar
las montañas, entró triunfante por las puertas de Guadix, cargado de
despojos cristianos, y conduciendo una numerosa cabalgada. Con esta y
otras empresas semejantes fomentaba el Zagal el espíritu guerrero de
sus vasallos, granjeaba su opinion y afecto, y disponia los ánimos á
resistir una invasion que se esperaba por parte del Rey Católico.
[Ilustración]
CAPÍTULO XVI.
_Disposiciones del Rey Fernando para continuar la guerra; sale á
campaña; varias empresas de moros contra cristianos._
[Nota al margen: Año 1488.]
Iba ya entrando el año de 1488, y los Soberanos Católicos, resueltos
á proseguir en la triunfante carrera que habian comenzado, hasta
acabar con el imperio sarraceno en España, se dispusieron á hacer
nuevos sacrificios, y á pasar nuevos trabajos y fatigas. Los apuros
del erario obligaron á discurrir medios, y á buscar recursos, para
la continuacion de los aprestos que se hacian; pero á todo ocurrió
el celo del estado eclesiástico contribuyendo con subsidios de
consideracion en tropas y dinero. Con todo esto no pudo el Rey reunir
su ejército hasta junio de este año, cuando á los cinco dias del
mes partió de Murcia con un campo volante de cuatro mil caballos y
catorce mil infantes, conduciendo la vanguardia el marqués de Cádiz,
á quien seguia el adelantado de Murcia. Entró el ejército en la
frontera enemiga por la ribera del mar, esparciendo el terror donde
quiera que llegaba: á su vista se rendian los pueblos sin hacer
resistencia, temerosos de experimentar los males que habian desolado
la frontera opuesta; y en esta forma los pueblos de Vera, Velez el
rubio, Velez el blanco y otros de menos nota, se entregaron á la
primera intimacion.
Hasta llegar cerca de Almería, no halló el ejército oposicion alguna.
En esta importante ciudad mandaba á la sazon el príncipe Zelim,
pariente del Zagal. Á la vista del enemigo salió este valeroso
moro capitaneando su guarnicion, y en las huertas inmediatas á
la ciudad trabó una escaramuza muy reñida con las tropas de la
vanguardia. Llegando el Rey con el grueso del ejército, mandó cesar
la escaramuza, y recoger las gentes; y pues conocia que la fuerza que
llevaba era poca para combatir la ciudad, se contentó con reconocer
su asiento, y se retiró con direccion á Baza, donde se hallaba el
Zagal con una guarnicion poderosa.
El Rey moro se apercibió para recibirlos, y en un valle que está
delante de la ciudad, donde habia muchas huertas, colocó una
celada de arcabuceros y ballesteros. Llegaron los cristianos, y como
se acercasen á este sitio, salió el Zagal á su encuentro con gente
de á caballo y de á pié, y empezó una escaramuza con el marqués
de Cádiz y el adelantado de Murcia, que conducian la vanguardia.
Despues de pelear un rato fingieron los moros ceder, y se retrajeron
poco á poco á las huertas, para atraer alli á los cristianos, como
en efecto lo consiguieron. Saliendo entonces los que estaban en la
celada, abrieron un fuego atroz contra los cristianos por flanco y
por retaguardia, matando é hiriendo á muchos, y poniendo á los demas
en confusion. Reforzado el Zagal con mas tropas que salieron de la
ciudad, atacó de nuevo al enemigo, le obligó á volver las espaldas,
y lo persiguió dando horribles alaridos, y haciendo en él un estrago
enorme. Á este tiempo llegó felizmente el Rey con la demas tropa,
y cubriendo la retirada de los suyos, se opuso con tanta firmeza á
la furia de los moros, que los hizo retroceder, y encerrarse en la
ciudad. Muchos caballeros de nota perecieron en esta refriega; entre
otros don Felipe de Aragon, maestre de Montesa, sobrino del Rey é
hijo natural de don Cárlos su hermano.
Con el descalabro de la vanguardia, se suspendió la marcha victoriosa
del ejército cristiano; y Fernando, mas cauto ya por la leccion
severa que acababa de recibir, acampó en las orillas del rio
Guadalquiton que pasa por alli cerca, sin atreverse, con la fuerza
que llevaba, á emprender el sitio de aquella plaza. Desesperando,
pues, de desalojar de Baza al anciano guerrero el Zagal, levantó
Fernando sus reales, y se retiró de alli como antes lo habia hecho de
delante de Loja.
Vuelto á Murcia, tomó el Rey las medidas convenientes para la
seguridad de las plazas conquistadas en este año: puso en ellas
fuertes guarniciones y víveres en abundancia, y nombró por
capitan mayor de todas á Luis Fernandez Portocarrero. Dadas estas
disposiciones, y despedida la gente de guerra, se retiró el Rey á
hacer oracion á la cruz de Carabaca.
Apenas fueron licenciadas las tropas del ejército invasor, salió
de Baza el Zagal, y entrando á fuego y sangre por las tierras que
acababan de someterse á Fernando, sorprendió el castillo de Nijar,
que se guardaba con poca vigilancia, y pasó á cuchillo la guarnicion.
Corrió despues con furor sanguinario toda la frontera, matando,
hiriendo, y haciendo prisioneros á los cristianos donde quiera que
los hallaba desprevenidos. El alcaide de Cullar, confiando en la
fortaleza de este pueblo, que por su situacion y por su castillo
parecia inexpugnable, se habia ausentado sin recelar ningun peligro.
Presentóse alli el vigilante Zagal, asaltó el lugar, y á viva fuerza
echó de él á los cristianos, que se refugiaron en el castillo. Un
capitan veterano é intrépido, que se llamaba Juan de Avalos, tomó
entonces el mando, resuelto á defenderse hasta el último extremo. Los
moros, dueños ya del lugar, acometieron la fortaleza: los ataques
fueron recios y repetidos, y la resistencia del alcaide obstinada y
ejemplar; pero habiendo el enemigo minado una torre con parte de
la muralla, penetró en el átrio del castillo. Aqui los cristianos
redoblaron los esfuerzos, y subiendo á las torres se defendieron
contra los moros con una lluvia de piedras, con pez hirviendo,
flechas, y todo género de armas arrojadizas, logrando al fin
lanzarlos del castillo. Cinco dias duró este combate. Los cristianos,
rendidos por el cansancio y las heridas, estaban á punto de sucumbir;
pero les animaban las exhortaciones de su animoso alcaide, y temian
la muerte si caian en manos del Zagal. La llegada de Portocarrero,
con una fuerza numerosa, los sacó de este peligro: el Rey moro
abandonó el asalto; pero en su rabia y despecho incendió la villa, y
se puso en marcha la vuelta para Guadix.
Á ejemplo del Zagal, dos capitanes moros, Alí Alatan el uno é Izá
Alatan el otro, salieron de Alhendin y Salobreña, y asolaron todas
las tierras que estaban sujetas á Boabdil, robando y destruyendo
muchos de los lugares que se habian declarado por los cristianos.
Los moros de Almería, de Tabernas y de Purchena, hicieron tambien
entradas, y devastaron las tierras mas fértiles de Murcia, al paso
que en la frontera opuesta, los pueblos de sierra bermeja corrieron á
las armas, y sacudieron el yugo que acababan de admitir. El marqués
de Cádiz con su actividad y vigilancia habia logrado suprimir una
insurreccion de los moros de Gausin, lugar fuerte de la serranía;
pero los que se habian hecho fuertes en castillos roqueros, ó torres,
siguieron hostilizando á los cristianos, dando sobre ellos de
improviso, y llevándose los hombres, los ganados, y todo género de
botin á sus guaridas, donde quedaban al abrigo de toda persecucion.
Tales fueron las operaciones y sucesos que terminaron la campaña de
este año, señalado por otra parte con un acontecimiento que parece
digno de recordarse. Muy grandes (dicen los antiguos coronistas)
fueron las aguas y tempestades que en este año prevalecieron en
Castilla y Aragon. Parecia que se habian vuelto á abrir las cataratas
del cielo, y que un nuevo diluvio iba á inundar la naturaleza. Los
arroyos convertidos en rápidos torrentes, arrollaban en su hervoroso
curso las casas y los molinos, destruian las mieses, y arrebataban
los ganados. Los pastores veian anegarse sus rebaños, y huyendo del
peligro se refugiaban en las torres y lugares altos. El plácido
Guadalquivir se volvió un mar embravecido, cuyas olas inundaban todo
el campo de Tablada, llenando de terror á los habitantes de Sevilla.
Compelida por un viento recio, y acompañada de temblores de tierra,
vino una negra y espesa nube, que donde quiera que pasaba arrebataba
los tejados de las casas, y estremecia hasta sus cimientos las
torres y las fortalezas. Los navíos en los puertos eran arrancados
de sus amarras, y los que andaban por la mar, arrojados sobre las
costas por la furia del huracan, se estrellaban contra las rocas,
volando por el aire sus fragmentos. Grande fue la desolacion y ruina,
que señaló el curso de esta perniciosa nube, asi por mar como por
tierra. Á muchos pareció este trastorno de los elementos un evento
prodigioso, fuera del órden natural, y no pocos lo consideraban como
presagio de alguna calamidad iminente.
[Ilustración]
CAPÍTULO XVII.
_De las disposiciones del Rey Católico para sitiar la ciudad de Baza,
y de las medidas que tomaron los moros para defenderse._
[Nota al margen: Año 1489.]
Al borrascoso invierno del año pasado, se siguió la primavera de
1489, y las tropas cristianas convocadas para la prosecucion de
la guerra, se pusieron en movimiento para reunirse en Jaen, donde
llegaron tarde, y con no poca dificultad, porque las grandes aguas
recientes habian hecho casi intransitables los caminos, y muy
trabajoso el vado de los rios. Pero juntándose al fin en aquella
ciudad trece mil caballos y cuarenta mil infantes, pudo el Rey abrir
la campaña, y á últimos de mayo pasó la frontera con su ejército. La
Reina, con el Príncipe don Juan y las Infantas, permaneció en Jaen,
servida y acompañada por el gran cardenal de España, y otros prelados
que asistian en sus consejos. El propósito de Fernando era sitiar la
ciudad de Baza, que era la llave de las posesiones que le quedaban
al moro. Tomada esta importante plaza, tendrian que someterse luego
las de Guadix y Almería; el Zagal quedaria sin apoyo, y se daba el
último golpe á su poder. Á medida que avanzaba el ejército, tuvieron
los cristianos que combatir varios castillos y lugares fuertes en las
cercanías de Baza, para asegurarse contra la molestia que pudieran
ocasionarles. Pero esto no siempre se conseguia sin trabajo: la villa
de Cujar hizo una resistencia porfiada; y su alcaide el bizarro
Hubec Adalgar, oponiendo la fuerza á la fuerza, y los ingenios á los
ingenios, frustró varias tentativas de los cristianos ya para ganar
el muro por asalto, ya para derribarlo con pertrechos. Defendíanse
los moros desde sus almenas con toda clase de armas arrojadizas; y
por medio de unas calderas asidas unas á otras con cadenas, arrojaban
fuego sobre el enemigo, quemándole los manteletes y otras máquinas
que tenia para el asalto. Duró este sitio algunos dias; pero al
fin hubo de ceder el valor del alcaide á la fuerza superior de los
sitiadores, y se entregó la plaza, concediéndola el Rey un partido
honroso. Los habitantes y la guarnicion salieron con sus efectos
y armas, y conducidos por el valiente Hubec Adalgar tomaron la
direccion de Baza.
El Zagal, que se hallaba en Guadix, distante pocas leguas de Baza,
se aprovechó de las demoras que por estas causas sufria el ejército
cristiano, para hacer las prevenciones necesarias á su defensa.
Sabia que habia llegado el caso de hacer el último esfuerzo para la
conservacion de los dominios que le quedaban, y que esta campaña iba
á determinar si permaneceria Monarca ó viviria vasallo. Confiando en
la fortaleza de la ciudad de Baza, no creyó necesario acudir allá
en persona, pero aumentó la guarnicion enviando desde Guadix toda
la fuerza que tenia disponible, abasteció la plaza completamente, y
convocó en su defensa á todo el que se tenia por verdadero musulman,
y amaba la religion, su pátria y su libertad. Las ciudades de
Purchena y de Tabernas, y otras de aquella serranía obedeciendo esta
intimacion, corrieron á las armas: las Alpujarras arrojaron de su
pedregoso seno una multitud de hombres de pelea, que acudieron á la
defensa de Baza; y muchos caballeros de Granada, desdeñando el ócio
y tranquilidad en que vivian bajo el gobierno de un Rey tributario,
salieron ocultamente de la ciudad, y se reunieron con sus valientes
patriotas para el mismo objeto. Pero las esperanzas del Zagal se
fundaban principalmente en el valor y lealtad de Cidi Yahye Alnayar
Aben Zelim, deudo suyo y alcaide de Almería, á quien habia mandado
venir á Baza con todas las tropas de su mando. Llegaban éstas á
diez mil hombres, soldados aguerridos y avezados á los trabajos,
asi como de mucha experiencia en todo género de ardides, emboscadas
y evoluciones. Gobernados á una sola voz de su capitan, acometian
impetuosos, ó se detenian en medio de su carrera; y al sonido de la
trompeta, se recogian, se ordenaban, ó revolvian contra el enemigo
con maravillosa prontitud y destreza. Semejantes á una tempestad,
daban sobre sus contrarios de repente, esparciendo el estrago y la
consternacion, y luego con increible ligereza se retiraban; de manera
que pasado el sobresalto, no se veia mas que una nube de polvo, ni se
oia sino el galopear de los caballos.
Entrando Cidi Yahye por las puertas de Baza con sus diez mil
valientes, fue recibido por el pueblo con aclamaciones. El Zagal,
aunque permanecia en Guadix, se creia seguro de aquella plaza por
la confianza que tenia en su pariente, y se felicitaba de tener un
general de su sangre y tan valiente á la cabeza de sus tropas. Con
estos refuerzos llegaba la guarnicion á veinte mil hombres, mandados
por tres capitanes principales; el uno Mohamed Ben Hazen, llamado el
veterano, el otro Abu Halí, alcaide de la guarnicion primitiva, y el
tercero Hubec Adalgar, que lo habia sido de la de Cujar. Pero sobre
todos éstos ejercia la autoridad suprema el príncipe Cidi Yahye, por
su nacimiento real, y porque gozaba la confianza particular del Rey.
La ciudad de Baza está fundada en un valle espacioso, ocho leguas de
largo y tres de ancho, que se llamaba la Hoya de Baza, y la rodea una
sierra que es la de Habalcohol, de donde descienden las aguas de dos
rios que riegan y fertilizan el pais. Por una parte protegian á la
ciudad las ramblas y cuestas de la sierra inmediata, y un castillo
poderoso; y por otra, la defendia un fuerte muro guarnecido de muchas
y grandes torres: los arrabales eran grandes, pero mal fortificados
con una cerca de tapia y casa-muro. Enfrente de los arrabales, habia
una frondosa huerta con muchos árboles y frutales, que ocupaban
casi una legua en circuito. Aqui tenian los vecinos pudientes sus
torres ó casas de campo, aqui sus jardines y huertos llenos de
flores y legumbres, y regados por las abundantes aguas de la sierra;
sirviendo de proteccion á la ciudad esta multitud de árboles, torres
y acequias, por los impedimentos que ofrecian al paso de un enemigo.
No obstante que la prevencion hecha en Baza de armas, municiones
y víveres, era mas que suficiente para un sitio de quince meses,
continuaban todavia los preparativos cuando se presentó á vista de
la ciudad el ejército de Fernando. Veíanse por una parte cuadrillas
de á caballo y de á pié, dirigiéndose presurosas hácia las puertas,
y arrieros con numerosas recuas, aguijando sus cansadas caballerías,
todo con el afan de ponerse á cubierto de la tormenta que amenazaba:
por otra, venia por el valle adelante á par de una nube preñada,
el ejército cristiano con estruendo de cajas y trompetas, que
hacian retumbar la sierra, y con armas resplandecientes, cuyo brillo
reverberaba desde lejos. Sentó Fernando sus reales un poco desviados
de aquella espesura de huertas, y envió á intimar la rendicion á la
ciudad, ofreciendo las condiciones mas favorables en el caso de una
sumision inmediata, y protestando del modo mas solemne no alzar mano
del sitio hasta quedar dueño de la plaza.
Recibida esta intimacion, tuvieron los caudillos moros un consejo
de guerra. El príncipe Cidi Yahye, irritado por las amenazas del
Rey, queria que se le contestase declarando que la guarnicion, lejos
de entregarse, se batiria hasta quedar sepultada en las ruinas de
sus muros. Pero á esto dijo el veterano Mohamed: “¿De qué sirve una
declaracion que tal vez nuestros hechos desmentirán? las amenazas
deben medirse por las fuerzas que se tiene para cumplirlas, y los
hechos deben ser siempre mayores que los ofrecimientos.”
Conforme á este consejo se envió al Monarca cristiano una respuesta
lacónica, agradeciéndole la oferta de un partido ventajoso, pero
diciéndole que ellos estaban en aquella ciudad, no para dársela sino
para defenderla.
[Ilustración]
CAPÍTULO XVIII.
_Batalla de las huertas delante de Baza._
Sabida por el Rey la resolucion de los caudillos moros, se dispuso
á sitiar la plaza con vigor; y pareciéndole necesario adelantar el
campo para que la artillería batiese con mas efecto las murallas,
lo mandó poner en las huertas cerca de los arrabales. Mientras se
verificaba esta operacion, y se fortificaban las estancias, avanzó
un destacamento fuerte para ocupar las huertas y contener las
salidas del enemigo. Entraron en ellas los capitanes por diferentes
puntos con sus batallas ordenadas, mas no sin algun recelo de verse
comprometidos en aquel verde laberinto. El maestre de Santiago,
que iba delante, previno á sus soldados que se mantuviesen firmes
y unidos, asegurándoles que si peleaban con osadía y duraban en el
esfuerzo, saldrian triunfantes de cualquiera dificultad y peligro.
Á poco de haber entrado en las huertas, oyeron desde los arrabales
el sonido de cajas y trompetas, mezclado con alaridos, y en seguida
vieron salir á su encuentro un cuerpo numeroso de infantería mora. Á
su cabeza venia el príncipe Cidi Yahye, que los animaba diciéndoles,
que iban á pelear por la vida y por la libertad, por sus bienes,
por la pátria y por la religion[24]. “Para nosotros, decia, no hay
mas recurso que la fuerza de nuestras manos, el valor de nuestros
corazones, y la divina proteccion de Alá.” Á esta exhortacion
respondieron los moros con aclamaciones, y se arrojaron animosos al
combate. Juntáronse entonces las armas enemigas unas con otras en
medio de las huertas, y empezaron á herirse con espadas, lanzas,
arcabuces y ballestas. Pero las muchas torres y otros edificios, la
espesura de los árboles, y las acequias, daban mayor ventaja á los
moros que estaban á pié, que á los cristianos que iban á caballo.
Visto este inconveniente, mandaron los capitanes cristianos que
se apeasen los ginetes y se juntasen con los peones. Entonces se
encendió de nuevo la pelea, y con tal furia, que cada uno parecia
disponerse con voluntad á la muerte por dársela al enemigo. Á medida
que se empeñaba el combate, las tropas de la una y de la otra parte
iban separándose de sus banderas por la estrechez y dificultades del
terreno, hasta llegar á batirse sueltos ó por pelotones, sin órden
de batalla, y sordos asi á las señales de las trompetas como á la
voz de los capitanes. Asi es que mientras en una parte vencian los
moros, en otra triunfaban los cristianos. En esta confusion sucedia
á veces que los combatientes, ciegos de temor, huian de los suyos
mismos, y corrian á refugiarse entre los enemigos, no pudiendo
distinguir los unos de los otros en aquella oscura frondosidad.
Pero la contienda mas reñida fue la que se trabó al derredor de
las torres, donde unos y otros se alojaban como en unas fortalezas
pequeñas, y que ganaban y perdian alternativamente. Muchas de estas
torres fueron incendiadas, aumentándose los horrores del combate con
el humo y llamas que envolvian aquellas arboledas, y con los alaridos
de los que morian en el fuego.
[24] Illi Mauri pro fortunis, pro libertate, pro laribus
patriciis, pro vita denique certabant. Petri Martir epist. 70.
Algunos de los capitanes cristianos, en vista de aquel desórden y
carnicería, quisieran retraerse de la huerta con sus gentes; pero
perdido el tino de la salida no supieron efectuar su retirada.
Estando asi las cosas, sucedió que una bala derribó el brazo al
alférez de uno de los batallones del gran cardenal, y ya la bandera
iba á caer en manos del enemigo, cuando Rodrigo de Mendoza, sobrino
del cardenal, mozo de pocos años pero intrépido, se abalanzó á
salvarla en medio de una lluvia de balas y saetas, y recobrándola,
pasó delante contra los moros con sus soldados, que le siguieron con
aclamaciones.
Entretanto quedaba el Rey con la demas tropa á la entrada de la
huerta, desde donde expedia sus órdenes, y enviaba socorros á los
puntos donde parecia necesario. Pero estaba con mucha pena, porque
con el impedimento de los árboles y torres, y del humo que todo lo
envolvia, le era imposible descubrir lo que pasaba; y los que salian
de la pelea, heridos ó desalentados, no le daban mas que noticias
confusas ó contradictorias. De los que se le presentaron en este
estado fue uno don Juan de Luna, jóven de un mérito particular, muy
favorecido del Rey, y de todos bien quisto por sus buenas prendas.
Estaba recien casado con doña Catalina de Urrea, dama de no menos
hermosura que nobleza[25]. Poniéndole al pié de un árbol, procuraron
estancar la sangre que le brotaba de una profunda herida; pero fue
diligencia inútil; y el malogrado jóven espiró á los pies de su
Soberano, que sintió vivamente esta desgracia.
[25] Mariana. P. Martir. Zurita.
Por otra parte Mohamed Ben Hazen, rodeado de sus capitanes,
contemplaba ansiosamente desde los muros esta escena sanguinaria.
Doce horas sin intermision habia durado la batalla, impidiendo los
árboles y casas que los de la ciudad supiesen el estado en que se
hallaba; pero al través de aquella espesura veian relumbrar las
lanzas y cimitarras, y subir por diferentes partes de la huerta
columnas de humo, al paso que el estrépito de las armas, el tronar
de ribadoquines y espingardas, el clamor de los vencedores, y los
gemidos de los moribundos, anunciaban el fatal conflicto de los
combatientes. Á éstos se añadian los gritos y lamentos de las
mugeres, cuando, traidos en hombros de sus compañeros, veian llegar
á las puertas de la ciudad sus parientes mas caros, heridos y
ensangrentados. Pero cuando vieron exánime á Reduan de Zalfarga, que
era uno de sus capitanes mas valientes, fue general el sentimiento,
y subió de todo punto la confusion y espanto de los moros. Poco á
poco se fue acercando el rumor de la batalla, y al fin vieron á sus
guerreros salir de la huerta peleando, y retraerse á un lugar junto
á los arrabales, que habian fortificado con palizadas. Llegando aqui
los cristianos, establecieron sus estancias junto á las de los moros,
fortificándolas igualmente con palizadas, y mandó el Rey que se
sentase el campo en la huerta, que con tanto trabajo se habia ganado.
Mohamed Ben Hazen hizo una salida para socorrer al príncipe Cidi
Yahye, é intentó desalojar á los cristianos de la importante posicion
que ocupaban; pero iba ya entrando la noche, y la oscuridad hizo
inútiles sus esfuerzos. Mas no por eso dejaron los moros de dar
varios ataques y rebatos en el discurso de la noche; por manera que
los cristianos, rendidos con las fatigas y trabajos de aquel dia, no
pudieron disfrutar un momento de reposo[26].
[26] Pulgar, part. III, cap. 106, 107. Cura de los Palacios, cap.
92. Zurita, lib. XX. cap. 81.
[Ilustración]
CAPÍTULO XIX.
_Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones
con que el Rey completó el cerco de la ciudad._
Al dia siguiente presentaba el campo delante de Baza una escena
lastimosa. Los cristianos mostraban en la palidez de sus semblantes
los trabajos que habian pasado, y los cadáveres que yacian á
montones delante de los cuerpos de guardia, daban indicios de
los fieros asaltos sostenidos en el discurso de la noche. Las
acequias corrian tintas en sangre; las torres incendiadas humeaban
todavia; y el suelo, hollado por las pisadas de hombres y caballos,
manifestaba haber sido teatro de terribles conflictos entre sitiados
y sitiadores. El Rey, con la experiencia de la noche pasada, se
convenció del peligro y trabajo que habria en conservar la posicion
que ocupaba, y despues de haber consultado con los cabos principales
del ejército, determinó retirar el campo y abandonar las huertas.
Este movimiento, á la vista de un enemigo activo y vigilante, era en
extremo arriesgado. Para asegurar el éxito, mandó Fernando reforzar
los cuerpos de guardia situados cerca de los arrabales, y colocó en
órden de batalla en frente de la ciudad una division formidable para
hacer rostro al enemigo. Aun no se habia desarmado tienda alguna,
y las banderetas con que se distinguian ondeaban todavia sobre los
árboles de la huerta; pero entretanto se trabajaba con calor para
retirar todo el equipage del ejército á la posicion donde primero
se formó el campo. Al caer de la tarde se dió la señal de abatir
las tiendas, y desaparecieron todas de repente; se abandonaron los
puestos avanzados, la demas tropa se puso en retirada, y todo aquel
aparato militar empezó á desvanecerse de la vista de los moros.
Entendiendo Cidi Yahye, aunque tarde, esta sútil maniobra, salió de
la ciudad con mucha gente de á pié y á caballo, y atacó furiosamente
á los cristianos; pero éstos, que conocian el modo de pelear de los
moros, se retiraron en buen órden; y volviendo algunas veces el
rostro al enemigo, para proseguir despues su marcha, lograron salir
con poco daño de aquel peligroso laberinto.
Puesto ahora el campo en parte mas segura, convocó el Rey un consejo
de guerra, para determinar el modo de proceder, y fueron muy diversos
los pareceres. Las dificultades que presentaba esta empresa por la
fuerza y extension de las defensas de la plaza, por la muchedumbre de
moros que la defendian y por la naturaleza del terreno, influyeron
con el marqués de Cádiz para que votase contra la continuacion del
sitio. Don Gutierre de Cárdenas, al contrario, aconsejó que se
prosiguiese lo comenzado, porque si otra cosa se hiciese pareceria
temor y flaqueza, cobraria nuevos brios el enemigo, y tomando
incremento el partido del Zagal, quedaba Boabdil expuesto á que se le
rebelase su inconstante pueblo. Esta opinion alhagaba el amor propio
de Fernando; pero al reflexionar sobre los trabajos que el ejército
habia pasado, los que aun tendria que padecer si se continuaba el
sitio, y la dificultad que habria para proveer los mantenimientos
necesarios, le pareció mas acertado el consejo del marqués de Cádiz,
y determinó seguirlo.
Los soldados, sabiendo que el Rey trataba de levantar el campo, tan
solo por escusar los trabajos y peligros á que estaban expuestos,
se llenaron de un entusiasmo generoso, y todos á una voz suplicaron
que por ningun motivo se abandonase el sitio hasta la rendicion de
la ciudad. En esta incertidumbre, envió Fernando sus mensageros á
la Reina, que estaba en Jaen, para consultarla sobre el partido
que convenia tomar. La respuesta de Isabel fue, que dejaba á la
discrecion del Rey y de los capitanes el levantar ó continuar el
sitio que se habia puesto sobre Baza; pero que si se resolvian á
perseverar en aquella empresa, ella con la ayuda de Dios daria órden
para que fuesen bien provistos de gente, víveres, dinero y todo lo
que fuese necesario hasta la toma de la ciudad. Con esta seguridad
se animó Fernando á continuar el sitio, y comunicada á los soldados
la determinacion del Rey, la recibieron con tanto regocijo como la
noticia de una victoria.
Entretanto el príncipe moro, Cidi Yahye, que habia tenido noticia de
estos debates, no dudaba que el ejército sitiador alzase luego el
campo y se retirase. Un movimiento que notó en el real cristiano,
parecia confirmar esta esperanza; pues vió abatirse tiendas y
desfilar las tropas por el valle. Pero esta ilusion lisonjera fue
de poca duracion: el Rey Católico no habia hecho mas que dividir su
hueste en dos reales, para mas estrechar el sitio. El uno, que se
componia de cuatro mil caballos y ocho mil infantes, con toda la
artillería y los pertrechos de batir, se colocó á las faldas de la
sierra, entre ésta y la ciudad; y en él se aposentaron el marqués
de Cádiz, don Alonso de Aguilar, y don Luis Fernandez Portocarrero,
con otros caballeros distinguidos. En el otro mandaba el Rey en
persona con seis mil caballos, una infantería numerosa, y las gentes
de las montañas de Vizcaya y Guipuzcoa, y las del reino de Galicia.
Entre otros caballeros, estaban con el Rey el conde de Tendilla, don
Rodrigo de Mendoza, y don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago.
Estaban estos dos campamentos situados á partes opuestas de la
ciudad, y del uno al otro habria la distancia de media legua: el
terreno de en medio estaba ocupado por las huertas; y por esto se
tuvo cuidado de fortificar á entrambos con trincheras, palizadas y
otras defensas.
El veterano Mohamet, miraba cuidadoso estos dos campamentos tan
formidables; pero todavia se consolaba pareciéndole que estando tan
separados el uno del otro, y con aquella espesura de huertas en
medio, no podrian socorrerse mútuamente en caso necesario. Mas no
tardó en venir el desengaño para destruir esta confianza. Apenas
acabaron de fortificar los reales, cuando se dejó sentir allá en
las huertas el ruido de herramientas, y el hundimiento de árboles;
y con sorpresa y dolor vieron los moros de la ciudad como iban
desapareciendo aquellas deliciosas arboledas, postradas por los
gastadores de Fernando. Animados de un celo ardoroso, salieron á
proteger aquellos sitios, que eran su placer y su recreo; y por
muchos dias fueron las huertas teatro de escaramuzas y refriegas muy
sangrientas. Pero entretanto, seguia la devastacion, y los taladores
protegidos por la tropa, continuaban su trabajo. Era una empresa que
exigia infinita paciencia, y esfuerzos gigantescos, pues era tal
la magnitud y espesura de los árboles, que aunque trabajaban para
derribarlos cuatro mil hombres armados con destrales, apenas lograban
escombrar cien pasos en cuadro cada dia; y por otra parte, ponian los
moros tanto impedimento, que pasaron cuarenta dias primero que se
acabase de arrasar las huertas.
Asi quedó la ciudad de Baza despojada de aquel verdor lozano que
la hermoseaba, y que constituia á un mismo tiempo su proteccion
y sus delicias. Prosiguiendo los sitiadores su trabajo, lograron
al fin cercar enteramente y aislar la plaza: abrieron en lo llano
una zanja profunda, que llegaba del un real al otro, y por medio
de ella hicieron correr las aguas de la sierra; fortificándola
ademas con una gran palizada y con quince castillos que levantaron
de trecho en trecho. Por la parte de la sierra se hizo otra zanja,
fortificada con las mismas defensas que la primera; quedando asi los
moros cercados por todas partes con fosos, palizadas y castillos, en
términos que no les era posible en sus salidas exceder de esta gran
línea de circunvalacion, ni recibir socorros de fuera. Finalmente,
se deliberó quitarles el agua de una fuente que habia cerca de la
ciudad. Á esta fuente tenian los moros un afecto particular, pues
era casi indispensable á su subsistencia; y sabiendo por algunos
desertores, que el Rey trataba de apoderarse de ella, salieron una
noche y fortificaron sus alrededores tan eficazmente, que tuvieron
los cristianos que abandonar el proyecto, y dejar á los moros este
recurso.
[Ilustración]
CAPÍTULO XX.
_Hazaña de Hernan Perez del Pulgar._
El sitio de Baza, mientras proporcionaba á los generales cristianos
el lucir su ciencia y conocimientos militares, ofrecia muy pocas
ocasiones á la fogosa juventud española para egercitar sus brios.
El tedio de una vida tan monotona y tranquila como la que pasaban
en el real, se les hacia insoportable, y suspiraban por acometer
alguna empresa de dificultad y peligro. Entre otros caballeros á
quienes animaba este deseo, se distinguian Francisco de Bazan, y
don Antonio de la Cueva, hijo del duque de Alburquerque. Estando
estos dos en conversacion un dia se quejaban de la inaccion á que
estaban reducidos, cuando un adalid veterano que los habia escuchado,
se les presentó ofreciendo llevarlos á tal parte, que les fuera
fácil ganar honra y provecho, y hacer un servicio al Rey. “Cerca
de Guadix, decia, hay unas aldeas que ofrecen rica y abundante
presa. Conducidos por mí, podreis dar sobre ellas de improviso; y si
sois discretos como sois valientes, os llevareis los despojos á la
vista misma del Zagal.” La proposicion gustó en extremo á aquellos
jóvenes ardorosos. Estas expediciones eran muy frecuentes por aquel
tiempo; y los moros del Padul, de Alhendin y de otros lugares de
las Alpujarras, habian hecho muchas cabalgadas y correrías por el
territorio cristiano. Francisco de Bazan y don Antonio de la Cueva,
fácilmente hallaron otros caballeros de su edad, que se reunieron á
ellos para esta empresa; y muy pronto llegó su número á doscientos
caballos y trescientos peones, todos bien equipados y mejor
dispuestos.
Guardando muy secreto el destino que llevaban, salieron del real
una tarde entre dos luces, y guiados por el adalid, se dirigieron
por caminos escusados al través de las montañas. Continuaron su
marcha sin detenerse de dia ni de noche, hasta que una mañana al
rayar del alba, llegaron cerca de Guadix, y entrando repentinamente
en las aldeas, saquearon las casas, prendieron á sus moradores, y
destruyeron cuanto no podian llevar consigo. Saliendo despues al
campo, cogieron mucho ganado; y reunido todo el botin, se pusieron en
retirada apresuradamente, para ganar las montañas antes que corriese
la alarma, y la tierra se levantase. Pero habiéndose comunicado
inmediatamente al Rey moro, por algunos pastores, la noticia de este
arrojo, y del estrago cometido, mandó el Zagal salir á toda prisa
seiscientos hombres escogidos á caballo y á pié para recobrar la
presa, y traer á los agresores cautivos á Guadix.
Los caballeros cristianos, caminando con la prisa que permitia su
cansancio y una numerosa cabalgada, empezaban á internarse en las
montañas, cuando volviendo el rostro, descubrieron una nube de polvo,
y poco despues los turbantes de una fuerza enemiga que venia en su
persecucion. Algunos de los ginetes cristianos, viendo que los moros
eran en mayor número, y que salian de refresco, al paso que ellos
y sus caballos estaban rendidos de fatiga, querian abandonar la
cabalgada y salvarse con la fuga. Pero sus gefes, Francisco de Bazan,
y don Antonio de la Cueva, lejos de consentir una accion tan cobarde,
mandaron que se apercibiesen todos á la pelea, diciendo que seria
cosa indigna soltar la presa sin tirar un golpe, y abandonar los
peones á la furia del enemigo; que si el temor aconsejaba la fuga, la
conservacion de sus vidas dependia de una resistencia vigorosa; y que
seria menor peligro acometer como valientes, que huir como cobardes.
En esto se acercaba el enemigo, y con la diversidad de voluntades iba
creciendo la confusion. Unos, como buenos caballeros, querian batirse
y esperar al enemigo: otros, que eran voluntarios y gente allegadiza,
solo pensaban en asegurar sus personas huyendo. Para terminar la
disputa, mandaron los capitanes al alférez que volviese la bandera,
y fuese delante contra los moros. El alférez se mostró indeciso, y
la tropa iba ya á entregarse á una fuga desordenada. Entonces un
escudero de la guardia del Rey, que se llamaba Hernan Perez del
Pulgar, y era alcaide de la fortaleza del Salar, se puso al frente
de todos, y atando al extremo de su lanza un pañuelo por via de
enseña, la levantó en alto, diciendo: “Caballeros ¿para qué tomamos
armas en las manos, si hacemos consistir la salud en la ligereza de
nuestros pies? hoy se ha de ver quien es el hombre esforzado, y quien
es el cobarde: el que se hallare con ánimo de pelear, no carecerá de
bandera, si quisiese seguir esta toca.” Dicho esto y ondeando aquella
bandera sobre su cabeza, volvió su caballo y arremetió á los moros
con denuedo. Este ejemplo animó á todos los caballeros; y movidos
unos de su voluntad, y otros vencidos de la vergüenza, siguieron al
valeroso Pulgar, y entraron con algazara en la pelea.
Los moros apenas tuvieron esfuerzo para resistir el primer encuentro.
Arrebatados de un terror pánico, se pusieron en huida, y fueron
perseguidos por los cristianos con mucha pérdida hasta cerca de
Guadix. Trescientos moros quedaron tendidos en el campo, y fueron
despojados por los vencedores; algunos cayeron prisioneros; y los
caballeros cristianos, con su cabalgada y muchas acémilas cargadas
de despojos, regresaron al real, donde entraron en triunfo, llevando
delante la bandera singular que los habia conducido á la victoria.
El Rey, instruido de esta hazaña de Hernan Perez del Pulgar, le armó
caballero, y en memoria de tan bizarro hecho, le dió licencia para
traer por armas una lanza con una toca, juntamente con un castillo y
doce leones. Por esta y otras proezas semejantes, fue muy distinguido
el esforzado Pulgar en las guerras de Granada, y ganó tanta nombradía
que vino á ser llamado, el de las hazañas[27].
[27] Hernando del Pulgar, historiador y secretario de la Reina
doña Isabel, suele ser confundido con este caballero. Aquel
tambien estuvo en el sitio de Baza, y refiere este hecho en su
Crónica de los Reyes Católicos.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXI.
_Continuacion del sitio de Baza, y embajada que recibió el Rey._
Los quebrantos y reveses de la guerra, tenian abatido el ánimo del
anciano Monarca el Zagal, y las noticias que todos los dias le venian
de los sufrimientos de la guarnicion y vecinos de Baza, le afligian
tanto mas, cuanto no podia ir en persona á socorrerlos, por ser
necesaria su presencia en Guadix para contener á su sobrino. Empero
su situacion, bajo algunos aspectos, se aventajaba á la del jóven
Rey de Granada; pues mientras éste en clase de vasallo pensionado
disfrutaba tranquilo del blando reposo de la Alhambra, el veterano
Zagal mantenia la guerra con honor, defendiéndose hasta en el último
escalon del trono. Los caballeros de Granada hacian comparaciones
entre la generosa resistencia de los defensores de Baza, y la
indecorosa sumision que prestaban ellos al dominio de un extrangero.
Cuando se les referia alguna desgracia acaecida á sus compatriotas,
se llenaban de angustia sus corazones; cuando se les participaba
alguna brillante empresa felizmente acabada por los mismos, se
quedaban sonrojados y confusos. Muchos salieron ocultamente de la
ciudad con sus armas, y fueron á reunirse con los guerreros de Baza;
los demas, conmovidos por los partidarios del Zagal, entraron en una
conspiracion cuyo objeto era sorprender la Alhambra, matar á Boabdil,
y reuniendo todas las tropas, marchar á Guadix, donde reforzados
por la guarnicion de esta plaza, y capitaneados por el belicoso
Rey viejo, podrian caer con fuerza irresistible sobre el ejército
cristiano delante de Baza.
Felizmente para Boabdil se le dió con tiempo noticia de esta
conspiracion; y haciendo prender á los autores de ella, mandó cortar
á cuatro de los principales las cabezas, las cuales fueron colocadas
en las puertas de la Alhambra. Con este castigo se atemorizaron
los desafectos, cesó el alboroto, y se estableció una tranquilidad
aparente en toda la capital.
Fernando, con la noticia que tuvo de estos movimientos, tomó
oportunamente sus medidas para impedir que se socorriese á Baza;
colocó en los caminos partidas de caballería para interceptar los
convoyes, y prender á los voluntarios que salian de Granada; y mandó
erigir atalayas en las alturas, para guardar el campo, y dar aviso al
momento que se presentase un enemigo.
Con estas medidas, y con aquella línea de torres y almenas erizadas
de tropas que ceñia la ciudad, quedaron el príncipe Cidi Yahye y sus
valientes compañeros de armas excluidos, en cierto modo del resto
del mundo. Las semanas y los meses se pasaban, esperando el Rey que
el temor ó la necesidad obligase á los moros á mover partidos de
rendicion; pero ellos en medio de sus apuros, aparentaban cada dia
mayor esfuerzo; hacian salidas frecuentes, disponian emboscadas,
y daban asaltos vigorosos al real cristiano. Este, por la grande
extension de sus defensas, era débil en algunas partes; y los moros
dirigiéndo por alli sus ataques, entraban de rebato en el real,
hiriendo y robando, para volverse en seguida á la ciudad con los
despojos que cogian.
Estas salidas acarreaban á veces encuentros y escaramuzas muy
sangrientas. En ellas se distinguieron don Alonso de Cárdenas, el
alcaide de los Donceles, y otros caballeros. En cierta accion que se
empeñó una tarde al pié de la sierra, un capitan valiente, llamado
Martin Galindo, viendo á un poderoso moro á caballo, que hacia
tanto estrago en los cristianos, que parecia no haber resistencia
contra la fuerza de su brazo, se fue para él, y lo desafió á combate
singular. El moro, que era de la valerosa tribu de los Abencerrajes,
apenas oyó el reto, manifestó que lo admitia: tomaron los dos
carrera, y arremetiendo el uno contra el otro, se encontraron de
las lanzas con ímpetu furioso. En el primer encuentro el caballero
cristiano derribó de la silla á su contrario; pero antes que Galindo
pudiese volver su caballo, se levantó el moro, cobró su lanza, y
embistiéndole le hirió en el brazo y en la cara. Aunque Galindo
estaba á caballo y el moro á pié, era tal la destreza y valentía
de este último, que Galindo se hallaba en el mayor peligro, cuando
felizmente fue socorrido por algunos de sus compañeros. Á la llegada
de éstos se retiró el valiente moro con serenidad, teniéndolos á raya
hasta reunirse con los suyos.
Algunos de los jóvenes caballeros españoles, envidiosos del triunfo
de este guerrero infiel, quisieron asimismo hacer armas con otros
caballeros del ejército enemigo; pero el Rey prohibió semejantes
encuentros por inútiles, y aun mandó que se evitasen las escaramuzas;
porque ademas de la destreza que tenian los moros en este género de
peleas, se aventajaban á los cristianos en el conocimiento práctico
que tenian del pais.
Estándose asi prosiguiendo el sitio de la ciudad de Baza, llamó la
atencion de todos la venida al real de un religioso que acababa de
llegar de la tierra santa: llamábase Fray Antonio Millan, y era
prior del monasterio del santo Sepulcro en Jerusalen. Venia este
religioso como embajador del Soldan de Egipto, para tratar con el
Rey Católico de materias concernientes á la guerra de Granada. La
confederacion formada entre aquel potentado y el gran señor Bayaceto
II para socorrer unidos á los moros de Granada, (como se dijo en
otro capítulo de esta crónica) se habia disuelto, y estos príncipes
volviendo á su antigua enemistad, se habian declarado la guerra. Pero
el Soldan, como acérrimo musulman, creyó de su deber salvar al reino
de Granada del poder de los cristianos. Con este objeto, despachó al
referido religioso con cartas para los Soberanos de Castilla, como
igualmente para el Papa y el Rey de Nápoles, representando contra los
daños que se hacia á los de su nacion y ley, en la guerra con los
moros de Granada; siendo asi que él en sus dominios, protegia muchos
cristianos en la posesion de sus bienes, y en el egercicio de su
religion. Por lo tanto exigia que cesase la guerra contra los moros,
y que se les restituyese el territorio de que habian sido despojados;
y de lo contrario amenazaba dar la muerte á todos los cristianos
que estaban bajo su señorío, arrasar sus templos y monasterios, y
destruir el Sepulcro santo.
Recibida esta embajada, tuvo el Rey algunas conferencias con el
religioso, y en ellas se trató del estado de la iglesia en los
dominios del Soldan, y de la conducta y política de este príncipe
para con ella. Y contestando á las quejas del Soldan, entró Fernando
en una relacion detallada de las causas que justificaban aquella
guerra, cuyo objeto, decia, era recobrar el territorio usurpado
antiguamente por los moros, y satisfacer los muchos agravios y
ofensas que de éstos habian recibido los cristianos. Al mismo tiempo
encargó que se informase al Soldan del buen tratamiento que daba á
los moros que se reducian á su obediencia.
Con esta respuesta, y despues de recibir del Rey las atenciones mas
lisongeras, se despidió Fray Antonio Millan, y partió para Jaen, para
visitar á la Reina. Doña Isabel le recibió con todo honor y cortesía,
y haciéndole venir á menudo á su presencia, escuchaba con interés la
relacion que le hacia de las cosas de Palestina. Compadecida de los
sufrimientos de los cristianos en aquellas partes, dió al monasterio
del santo Sepulcro una renta de mil ducados cada año; y al despedirse
Fray Antonio para Jerusalen, le dió un velo bordado por sus propias
manos para poner encima de la santa sepultura del Señor[28].
[28] Conviene manifestar el resultado de la mision de este
religioso. Algunos años adelante, enviaron los Soberanos
Católicos por embajador cerca del Soldan de Egipto al célebre
historiador Pedro Martir de Anglería. Las representaciones de
este sábio, no solo dejaron enteramente satisfecho al potentado
oriental, sino que le movieron á conceder la remision de muchas
extorsiones que se practicaban contra los peregrinos cristianos
que visitaban el santo Sepulcro. Pedro Martir escribió una
relacion de su embajada al gran Soldan; obra muy apreciada de los
eruditos, y que contiene noticias muy curiosas: se intitula _De
Legatione Babilonica_.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXII.
_De las disposiciones que tomó la Reina para proveer de bastimentos
al ejército._
En tanto que don Fernando, con la nobleza del reino, se mantenia
constante en su real de Baza, esperando dar nuevos blasones á las
armas de Castilla; la Reina doña Isabel, que realmente era el alma
de esta grande empresa, discurria con sus consejeros en el palacio
de Jaen, los medios de proveer á la subsistencia del ejército y del
Rey. Los suministros de víveres y dinero no cesaban, y eran continuos
los reemplazos que exigia la pérdida de la gente de guerra. Pero
de las obligaciones de Isabel, era esta última la menos difícil de
cumplir; pues era tanto el amor que se le tenia en todo el reino,
que á su llamamiento no quedó grande ni caballero de los que habian
permanecido en sus casas, que no acudiese á servirla, ya en persona,
ó ya enviándole sus gentes. Las casas antiguas de Castilla pusieron
sobre las armas hasta el último vasallo; y los moros de Baza veian
llegar todos los dias nuevas tropas al campo de los sitiadores, y
ondear en él nuevas enseñas con armas y divisas bien conocidas en la
guerra.
La mayor dificultad era el suministro de provisiones; pues no solo
habia que abastecer al ejército, sino tambien á las guarniciones de
los pueblos conquistados. La conduccion de lo que diariamente exigia
el consumo de tan gran número de gentes, era un trabajo inmenso, en
un pais donde apenas habia caminos de rueda, ni menos comunicaciones
por agua. Todo se tenia que llevar á lomo, y por caminos escabrosos,
ó por sendas al través de las montañas, donde no habia seguridad
contra la rapiña y continuos asaltos de los moros. Los mercaderes que
tenian costumbre de abastecer al ejército por contrata, suspendieron
las remesas de mantenimientos en vista de las dificultades y pérdidas
que habia para conducirlos. Para suplir esta falta, alquiló la Reina
catorce mil bestias, mandó comprar todo el trigo y cebada que habia
en Andalucía y en las tierras de los maestrazgos de Santiago y de
Calatrava. La administracion de estos recursos se confió á personas
de probidad; que los unos se hacian cargo del grano que se compraba,
otros cuidaban de su elaboracion en los molinos, y otros de su
conduccion al campo. Para cada doscientas bestias habia un oficial
que dirigia á los conductores de las recuas, á fin de que no hubiese
entorpecimiento en las remesas. Los convoyes estaban en continuo
movimiento, y las acémilas no cesaban de ir y venir, guardadas por
escoltas competentes, para evitar que fuesen interceptados por los
moros; y en estas operaciones no hubo un solo dia de intermision,
porque de ellas dependia la subsistencia del ejército. Cuando
llegaban al campo las provisiones, se vendian á la tropa á un precio
tasado, que ni subia ni bajaba.
Para ocurrir á estas atenciones fue menester un gasto enorme;
pero con los subsidios del clero, y los préstamos de los pueblos
y particulares, se vencieron todas las dificultades. Muchos
comerciantes ricos, caballeros, y aun señoras, anticiparon de
su voluntad cuantiosas sumas sin exigir garantías: tanta era
la confianza que tenian en la palabra de la Reina. Asimismo se
enagenaron ciertas rentas de la corona, para que las tuviesen por
juro de heredad los compradores. Y no bastando todo esto para
tan grandes gastos, envió doña Isabel su vajilla de oro y plata,
con todas sus joyas y pedrería, á Valencia y Barcelona, donde se
empeñaron por una cantidad crecida, que luego se destinó á cubrir las
necesidades de la guerra.
Asi pues con su talento, actividad y espíritu emprendedor, consiguió
esta muger heróica mantener aquella numerosa hueste, y abastecerla
de todo lo necesario, en el centro de un pais enemigo, donde no se
podia llegar sino por montañas ásperas, y caminos escabrosos. Ni
eran solamente las cosas necesarias á la vida las que abundaban en
el real, sino las de comodidad y lujo. Bajo la proteccion de las
escoltas, y atraidos por su interés, los comerciantes y artífices
acudieron de todas partes á este gran mercado militar, donde en breve
se establecieron almacenes de toda clase de géneros, y talleres
en diversos ramos: armeros que labraban aquellos suntuosos cascos
y ricas corazas, que eran la gala de los caballeros cristianos:
silleros y guarnicioneros, con arreos de montar relucientes de oro y
plata; y mercaderes, en cuyas tiendas habia abundancia de preciosas
sedas, brocados, lienzos finos y tapicería; en fin, cuanto podia
alhagar el gusto de una juventud afecta á la magnificencia. Asi es
que en el adorno de sus tiendas, y el esplendor de sus vestidos y
jaeces, rivalizaban entre sí los grandes y caballeros, sin que el
ejemplo ni las insinuaciones del Rey, bastasen para contenerlos.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIII.
_De los desastres que ocurrieron en el real._
A proporcion de la abundancia que habia en el real cristiano de todas
las cosas de necesidad, y aun de lujo, conducidas por una multitud de
acémilas que dia y noche no cesaban de bajar de las montañas, era la
escasez que se padecia ya en la guarnicion de Baza, donde la falta de
mantenimientos y la mengua de los recursos, amenazaba los horrores de
la hambre.
El príncipe Cidi Yahye se habia conducido con mucho valor y espíritu,
en la defensa de la ciudad, mientras hubo esperanzas de triunfar de
los sitiadores; mas ahora empezaba á declinar de la constancia que
solia animarle, y se le veia pasear con aire pensativo los adarves
de Baza, volviendo muchas veces los ojos ansiosamente hácia el campo
cristiano, y quedando luego absorto en una meditacion profunda.
El veterano alcaide Mohamed Ben Hazen, á cuya penetracion no se
ocultaban los pensamientos del jóven príncipe, procuraba reanimarle
y le decia: “La estacion de invierno se acerca; con las lluvias
crecerán los arroyos, y las avenidas de la sierra inundarán la vega.
El Rey cristiano ya vacila, y no podrá detenerse mucho mas en estos
sitios. Un solo temporal que sobrevenga, arrebatará con ímpetu
irresistible ese conjunto de alegres pabellones, y los desparramará
de la misma suerte que el viento esparce el polvo de las eras.”
Con estas razones se animó el príncipe Cidi Yahye, y no veia llegar
la hora de que empezase la estacion lluviosa. Estando un dia
observando el real cristiano, notó en él un movimiento general,
y oyó el ruido de muchas herramientas, como si se estuviera
construyendo algunas nuevas máquinas de guerra. Poco despues vió
con asombro levantarse sobre las cercas del real unos edificios
cubiertos de madera y tejas; luego mas de mil casas construidas de
tapia, aparecieron coronadas con los pendones de diversos capitanes;
por último, las frágiles tiendas y blancos pabellones que cubrian
las llanuras, desaparecieron como nubes ligeras, y vióse al campo
cristiano convertido en una especie de ciudad, con sus calles y
plazas; pues hasta los soldados habian hecho sus enramadas ó chozas,
para su comodidad. En medio de todas ellas se habia erigido un
edificio capaz, donde tremolaban los estandartes de Castilla y de
Aragon, indicando la mansion del Soberano[29].
[29] Cura de los Palacios. Pulgar, &c.
Fernando habia tomado la resolucion de substituir á las tiendas
de campaña estas casas provisionales, asi para defensa contra los
rigores de la estacion próxima, como para convencer á los moros que
su ánimo era continuar el sitio. Pero al construir estas nuevas
habitaciones, no se habia tenido presente la naturaleza del clima en
aquel pais, ni se tomaron las precauciones convenientes contra los
estragos que suelen causar en Andalucía las aguas otoñales despues de
una larga sequedad. Apenas se acabaron de construir aquellos endebles
edificios, sobrevino un temporal tan recio, que en pocos momentos
vinieron la mayor parte al suelo, sepultando en sus ruinas hombres y
bestias; el campamento se inundó todo, se perdieron muchas vidas, y
fue grande la pena y trabajo que se padeció en el real. Para mayor
confusion de los sitiadores, cesaron repentinamente las remesas de
víveres; porque con la gran lluvia reciente, ni los caminos eran
transitables, ni se podian vadear los rios. Con solo haber faltado
un dia la provision ordinaria, se hizo tan sensible la escasez de
pan y cebada, que la consternacion se apoderó de todo el ejército.
Afortunadamente fue pasagero el temporal; cesó la lluvia, pasaron los
torrentes, y los convoyes detenidos en las orillas de los arroyos,
llegaron con felicidad al campo.
Apenas la Reina doña Isabel tuvo noticia de este contratiempo, tomó
providencias activas para precaver efectos tan desastrosos. Despachó
seis mil peones, con ingenieros experimentados, para reparar los
caminos, y hacer puentes y calzadas, como lo verificaron por espacio
de siete leguas de tierra. Las gentes de armas que por órden del Rey
estaban distribuidas por los cerros para guardar los pasos de las
montañas, hicieron dos sendas; una para las caballerías que venian al
real con los bastimentos, otra para las que volvian á fin de que no
se encontrasen en el camino, ni se estorbasen el paso las unas á las
otras: las casas destruidas por el temporal reciente, se construyeron
de nuevo con mayor solidez, y se tomaron medidas de precaucion para
proteger el campo contra las inundaciones que podrian sobrevenir en
adelante.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIV.
_Escaramuzas entre moros y cristianos delante de Baza; y decision de
los sitiados en defensa de la ciudad._
En vista del estrago y confusion que habia causado en el campo un
solo temporal, y con la experiencia de los males á que está expuesto
un ejército sitiador, deseaba el Rey hacer algun partido á los moros
de Baza, y terminar aquella empresa. Con este objeto envió mensageros
á Mohamed Ben Hazen, ofreciendo libertad personal y seguridad de
bienes á los habitantes, y á él mercedes ilimitadas, si luego se le
entregaba la ciudad. Pero los brillantes ofrecimientos de Fernando,
lejos de deslumbrar al veterano alcaide, sirvieron para inspirarle
mayor confianza, pareciéndole síntomas de temor ó debilidad. Las
noticias exageradas que habia recibido de los daños ocasionados en el
real por la inundacion reciente, y del descontento de la tropa por
la falta de víveres, le confirmaron en esta opinion. Asi pues, dió
á las proposiciones del Rey una negativa cortés pero terminante; y
queriendo entretanto animar la guarnicion, les aseguraba que en breve
las fortunas del invierno y la hambre, pondrian á los cristianos
en la inevitable necesidad de abandonar el sitio; por lo que les
exhortaba á ser constantes en la defensa de la ciudad, y que saliesen
con espíritu y ardimiento á pelear con el enemigo. Asi, en efecto,
lo hicieron; y animados por su alcaide, casi todos los dias daban
batalla á los sitiadores, atacaban las guardias avanzadas, y movian
escaramuzas muy reñidas, en que perecian de la una y de la otra parte
muchos de los caballeros y soldados mas valientes.
En una de estas salidas subieron á lo alto de la sierra hasta
trescientos de á caballo y dos mil peones, para sorprender á los
cristianos que estaban ocupados en los trabajos. Su venida fue tan
repentina, que las tropas que estaban de guardia para proteger las
obras, no tuvieron lugar de apercibirse: muchos de ellos, escuderos
del conde de Ureña, fueron muertos; los demas huyeron la sierra
abajo, perseguidos por los moros, hasta encontrar con las gentes
del conde de Tendilla y de Gonzalo de Córdoba. El valeroso Conde,
abrazado con su rodela y sostenido por Gonzalo, se puso al frente
de sus tropas, detuvo á los fugitivos, é hizo rostro al enemigo. La
carga de los moros fue terrible; y turbados los cristianos empezaban
á remolinarse, cuando sobrevino don Alonso de Aguilar con algunas
compañías, y se renovó la pelea en las asperezas al pié de la
sierra. Los moros eran inferiores en el número, pero se aventajaban
á los cristianos en ligereza, y en la costumbre que tenian de pelear
en lugares fragosos. Con todo esto fueron al fin batidos, y huyeron
perseguidos por don Alonso hasta los arrabales de la ciudad, dejando
gran número de muertos en el campo.
Tal fue uno entre infinitos encuentros ásperos que ocurrian cada
dia, con pérdida de muchos buenos caballeros, sin beneficio
conocido de una ni de otra parte. Los moros, sin embargo de tantas
pérdidas y reveses, continuaban haciendo salidas diariamente con
admirable vigor y esfuerzo, y la pertinacia de su resistencia
parecia crecer á proporcion de sus apuros. Éstos se hacian de
hora en hora mas sensibles; la caja militar estaba ya agotada, y
no habia dinero con que pagar el sueldo de la tropa. Para suplir
esta falta, fue menester discurrir nuevos recursos; y el veterano
Mohamed apelando á la generosidad del pueblo, le manifestó las
necesidades de la guarnicion. Con esto los ciudadanos consultaron
entre sí, y recogiendo toda la vajilla de oro y plata que tenian,
la entregaron al alcaide. “Tomad esto, le dijeron, y haced moneda,
ya sea vendiéndolo, ó ya empeñándolo, porque no falte con que pagar
á nuestros defensores.” Las mugeres de Baza, tambien, animadas de
una noble emulacion, se desprendieron de sus brazaletes, manillas
y zarzillos, y todo lo pusieron en manos del alcaide, diciendo: “He
aqui los despojos de nuestra vanidad; dispon de ellos de modo que
contribuyan á la defensa de nuestras casas y familias. Si Baza se
salva, no serán menester joyas para celebrar tan alegre evento; si
Baza se pierde, ¿para qué quieren adornos los cautivos?”
Con estas contribuciones pudo Mohamed pagar el sueldo de las tropas,
y proseguir en la defensa de la ciudad. El generoso desprendimiento
y decision del pueblo de Baza, no tardó en llegar á noticia de
Fernando; y sabiendo el político Monarca la persuasion en que
estaban los caudillos moros de que el ejército cristiano tendria que
retirarse de sus muros, determinó darles una prueba convincente de la
falacia de sus esperanzas. Escribió, pues, á la Reina doña Isabel,
rogándola que con los caballeros de su corte y toda su servidumbre,
se pusiese en camino para el real, y fijase alli su residencia
durante el invierno. Por este medio se convencerian los moros de la
inalterable resolucion tomada por los Soberanos, de perseverar en
el sitio hasta la rendicion de la ciudad, y vendrian en partido de
entregarla.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXV.
_Llega la Reina doña Isabel al campo, y efectos que produjo su
venida._
Mohamet Ben Hazen animaba todavia á sus compañeros con la esperanza
de que el ejército real abandonase el sitio, cuando una tarde oyeron
en el campo cristiano una salva general, y mucha algazara entre la
gente. Los centinelas en las atalayas, avisaron al mismo tiempo que
un ejército cristiano bajaba de las montañas; y subiendo Mohamed con
los demas caudillos á una de las torres mas altas, vió en efecto
una fuerza numerosa y suntuosamente equipada que, con sonido de
trompetas y otros instrumentos militares, venia ya marchando por
el valle adelante con direccion al real. Estando mas cerca aquella
hueste, descubrieron una dama primorosamente ataviada; y en su aire
magestuoso reconocieron luego á la Reina. Venia montada en una mula
con paramentos magníficos, y resplandecientes de oro, que llegaban
hasta el suelo. Acompañaban á la Reina la Infanta doña Isabel, su
hija, que iba á la mano derecha, y el cardenal de España que estaba á
la izquierda, con un séquito lucido de damas y caballeros: despues
venian los pages y escuderos, y últimamente una numerosa guardia de
hidalgos, cubiertos de una armadura espléndida. El veterano Mohamed,
como viese venir la Reina en persona al campo sitiador, perdió de
todo punto el ánimo, y volviéndose tristemente á sus capitanes, dijo:
“Caballeros, la suerte de Baza está ya decidida.”
Los caudillos moros contemplaron un rato, entre pesarosos y
admirados, esta brillante procesion que anunciaba la pérdida de la
ciudad; y algunos de ellos, en un rapto de desesperacion, quisieran
salir para atacar la escolta real. Pero el príncipe Cidi Yahye,
lejos de consentirlo, prohibió que se disparase la artillería, ni se
ofreciese á la Reina el menor insulto; pues aun entre los moros era
respetado el carácter de Isabel, y los mas de los capitanes de Baza
poseian aquella cortesía caballeresca que distingue á los ánimos
heróicos; como que en efecto, eran de los caballeros mas valientes de
su nacion.
Cuando los habitantes de la ciudad supieron que la Reina se acercaba
al campo cristiano, corrieron á apoderarse de todos los puntos
elevados que dominaban la vega; y en breve no quedó azotea, torre ni
mezquita, que no estuviese coronada de turbantes, por el ansia que
tenian todos de ver tan grande espectáculo. Primero vieron salir al
Rey, el cual con mucha pompa, y acompañado del marqués de Cádiz,
del maestre de Santiago, del almirante de Castilla, y de otros
grandes, se adelantó á recibir la Reina: despues venian todos los
demas caballeros del Real, magníficamente arreados, y en seguimiento
de ellos un gran concurso de gentes, que en obsequio de su amada
Reina prodigaban los vivas y aclamaciones. Habiéndose encontrado los
Soberanos, se abrazaron; y reunidas las dos comitivas, entraron con
pompa marcial en el campo. Entretanto los espectadores de la ciudad,
contemplaban maravillados el lujo y esplendor de los vestidos y
caparazones, el brillo de las armas, las ricas sedas y brocados, los
plumages de diversos colores, y las banderas que ondeaban al viento;
al paso que fijaba su atencion una música festiva de cajas, clarines,
chirimías y dulzainas, cuyos armoniosos sonidos parecian elevarse al
cielo[30].
[30] Cura de los Palacios.
Caso fue digno de admiracion (dice el coronista Hernando del Pulgar
que se halló presente) ver la mutacion repentina que causó en los
ánimos de los moros la llegada de la Reina: cesaron las escaramuzas;
los rigores de la guerra se mitigaron; y á la turbulencia de los
espíritus sucedió una dulce calma: desde alli adelante no disparó la
artillería un solo tiro, ni se tomaron armas, como antes, para salir
á las peleas; y aunque de la una y de la otra parte se mantenia una
vigilante guarda, no se dieron mas combates, ni hubo mas muertes ni
violencias.
Con la venida de la Reina, se persuadió el príncipe Cidi Yahye
que los cristianos habian hecho propósito firme de proseguir el
sitio: veia que al fin tendria que capitular la plaza; y aunque
habia prodigado las vidas de sus soldados, mientras le animaba la
esperanza de un resultado feliz, no queria verter sangre en una
causa desesperada, ni exasperar al enemigo con una resistencia
inútil. Habiendo pues, manifestado sus deseos de parlamentar, nombró
el Rey al comendador de Leon, don Gutierre de Cárdenas, para que
conferenciase con el alcaide Mohamed. Juntándose los dos caudillos
en el lugar convenido, con acompañamiento de caballeros de la una y
de la otra parte, y saludándose ambos cortesmente, habló primero el
comendador de Leon, manifestando al alcaide en un discurso enérgico,
cuán vano y peligroso era continuar en su defensa, y recordándole
los males que habia padecido la ciudad de Málaga por su pertinacia.
“De parte de mis Soberanos, dijo el comendador, os ofrezco, si luego
entregais la ciudad, que todos los moradores de ella serán tratados
como subditos, y protegidos en su religion, en su libertad, y en la
posesion de sus bienes. Si vos que tanta fama teneis de capitan
juicioso y experimentado, rehusais admitir este partido, entonces
serán cargo vuestro las muertes, cautiverios y estragos que padecerá
la ciudad de Baza.”
Esto dijo el comendador, y Mohamed volvió á la ciudad para consultar
á sus cólegas. Era evidente que la rendicion de Baza no se podia
escusar; pero la entrega de una plaza tan importante, sin haber
sostenido un asalto, pareció á los caudillos moros que seria mengua
de su reputacion. Asi pues, pidió el príncipe Cidi Yahye licencia
para enviar un mensagero á Guadix, con una carta para el anciano Rey
el Zagal, tratando de la entrega. Concedióse la licencia, juntamente
con un salvo conducto para el enviado, y partió Mohamed Ben Hazen
para desempeñar tan delicado encargo.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXVI.
_Rendicion de Baza._
Encerrado en un aposento en el castillo de Guadix, y solo con su
tristeza, estaba el anciano Rey el Zagal, reflexionando sobre el
estado deplorable de sus intereses, cuando le fue anunciado el
enviado de Baza, y entró en su presencia el alcaide Mohamed Ben
Hazen, que le entregó la carta del príncipe Cidi Yahye. En ella
se le participaba la crítica situacion de Baza, la imposibilidad
de resistir por mas tiempo, faltando los socorros, y el partido
favorable que ofrecian los Soberanos de Castilla. El contenido de
esta carta se imprimió altamente en el corazon del Monarca, el cual,
acabando de leerla, dió un profundo suspiro, y quedó como pensativo
y pesaroso. Reuniendo luego á los ancianos y alfaquís, les comunicó
las noticias que acababa de recibir, y pidió que le aconsejasen. El
consejo, dividido por una variedad de votos y opiniones, no hizo mas
que aumentar la perplejidad del Rey; pues sin socorrer á Baza, era
inevitable la pérdida de esta ciudad, y cuantas tentativas se habian
hecho al efecto habian sido infructuosas. Despidiendo, pues, el
Zagal á su consejo, mandó venir á su presencia al veterano Mohamed.
“¡Alá achbar! ¡Dios es grande!, exclamó, volved á mi primo Cidi
Yahye: decidle que no está en mi poder el socorrerle, y que haga lo
que juzgue mas acertado; pues no es mi voluntad exponer á mayores
trabajos á los que con hazañas dignas de memoria los han sufrido ya
tan grandes.”
La contestacion del Zagal decidió de la suerte de la ciudad. Cidi
Yahye de acuerdo con los demas capitanes capituló inmediatamente,
y obtuvo condiciones muy favorables. Á los caballeros y demas que
habian venido de fuera para defender la ciudad, se les permitió
salir libremente con sus armas, caballos y efectos; á los habitantes
se concedió la facultad de retirarse con todos sus bienes, ó de
establecer su morada en los arrabales, sin ser molestados en sus
ritos ni costumbres, haciendo en este caso juramento de ser fieles
á los Soberanos, y de contribuir con el mismo tributo que antes
pagaban á los Reyes moros. La ciudad con todas sus fortalezas, se
habia de entregar al Rey en el término de seis dias, concediéndose
este tiempo á los moradores de ella para retirar sus efectos; y
entretanto, para garantía de este asiento, se pondrian en poder del
comendador de Leon quince moros hijos de casas principales. Cuando se
presentaron Cidi Yahye y Mohamed para entregar los rehenes, entre
los cuales habia un hijo de este último, hicieron reverencia al Rey y
la Reina, de quienes fueron recibidos con el mayor agrado y cortesía,
y obsequiados ellos y otros caballeros moros con mercedes que se les
hicieron de dineros, ropas, caballos, y otros objetos de valor.
El príncipe Cidi Yahye quedó tan prendado de la gracia, dignidad y
generosidad de la Reina, y del noble proceder de Fernando, que juró
nunca sacar la espada contra tan magnánimos príncipes; y la Reina,
muy pagada de su gentileza, le dijo que teniéndole á él en su partido
creia ya felizmente concluida la guerra de Granada. ¡Cuán poderosas
son las alabanzas en boca de los príncipes! el discurso lisonjero de
la ilustre Isabel subyugó enteramente á Cidi Yahye; y animado este
príncipe de una lealtad repentina, pidió á los Reyes le contasen en
el número de sus vasallos mas adictos, ofreció en el fervor de su
celo no solo dedicar su espada á su servicio, sino emplear todo su
influjo, que era grande, para persuadir á su primo Muley Audalla el
Zagal, que les entregase las ciudades de Guadix y Almería; y lo que
es mas, abjuró (segun consta en las historias,) los errores de la
secta, y se convirtió á la fé cristiana.
El veterano Mohamed, movido tambien de la magnanimidad y noble
condicion de los Reyes, solicitó que le recibiesen en su servicio;
y á ejemplo hicieron otro tanto muchos caballeros moros, cuyos
servicios fueron admitidos benignamente y premiados con magnificencia.
Asi, pues, la ciudad de Baza, despues de un sitio de seis meses
y veinte dias, se entregó el 4 de diciembre de 1489. Al otro dia
verificaron los Reyes su entrada del modo mas solemne, y el júbilo de
los vencedores se aumentó á la vista de mas de quinientos cautivos
cristianos que fueron sacados de las mazmorras de la ciudad.
La pérdida de los cristianos en este sitio subió á veinte mil
hombres, de los que la mayor parte perecieron de frio y de
enfermedades. Á la entrega de Baza se siguió la de Tabernas,
Almuñecar, y de casi todos los pueblos y fortalezas de las
Alpujarras; concediéndoles el Rey los mismos privilegios que á
la ciudad de Baza: sus moradores fueron recibidos como vasallos
mudejares, y se premió á los alcaides con dinero, y otras mercedes,
á proporcion de la importancia de las plazas que entregaban. En los
principios de la guerra debió Fernando sus conquistas á la espada;
pero en esta campaña halló que el oro no era menos poderoso que el
acero.
Entre los alcaides moros que vinieron á hacer entrega de las
fortalezas de su mando, habia uno llamado Alí Abenfahar, guerrero
veterano, que siempre habia gozado de la confianza de su monarca.
Era un moro de noble presencia y de aspecto sério; y mientras sus
compañeros hacian la entrega de sus respectivas fortalezas, él,
triste y silencioso, se mantenia aparte de los demas. Cuando le tocó
hablar, se dirigió á los Soberanos con la franqueza de un soldado;
pero con el tono que correspondia á la adversidad en que se hallaba,
y dijo: “Yo señores soy moro, y de linage de moros, y soy alcaide de
las villas y castillos de Purchena y de Paterna, donde fui destinado
para guardarlas; pero me faltaron los que debieran ayudarme,
posponiendo al honor su seguridad. Estas villas, pues, muy poderosos
Reyes, son vuestras, y podeis tomar posesion de ellas cuando fuere
vuestra voluntad.” Al punto mandó el Rey que se le diese una
cuantiosa suma, en pago de tan importante entrega; pero el moro, con
ademan altivo y firme, apartó de sí el dinero, y añadió: “no vengo
ante VV. AA. para vender lo que no es mio, sino para entregar lo que
la fortuna ha hecho vuestro; y creed que á no fallecer el esfuerzo de
los míos, la muerte me seria el premio que recibiera defendiendo mis
fortalezas, y no el oro que me ofreceis.”
Prendados los Reyes del noble orgullo y lealtad de este alcaide,
quisieron atraerle á su servicio, y con este objeto le hicieron las
ofertas mas lisongeras; pero sin ningun efecto. “¿Y no se os ofrece
cosa alguna, dijo la Reina, en que os podamos complacer y manifestar
nuestro aprecio?” “Lo que suplico á VV. AA., dijo el moro, es que
hayan en su encomienda á los que moran en aquellas villas y en su
valle, y los manden conservar en su ley y en sus bienes.” “De hacerlo
asi os damos nuestra real palabra, dijo el Rey; ¿y para vos qué
pedís?” “Nada, respondió Alí, sino que me deis seguro para pasar con
mis caballeros y efectos á las partes de África.”
Estando provisto de un pasaporte del Rey, reunió Alí Abenfahar sus
criados, armas y demas efectos, se despidió de sus compañeros, y con
el corazon lleno de dolor, pero sin derramar una lágrima, montó su
caballo berberisco, volvió la espalda á los deliciosos valles de su
conquistada pátria, y partió á buscar fortuna en las ardientes arenas
del África[31].
[31] Pulgar. Garibay, lib. XL. cap. 40. Cura de los Palacios.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXVII.
_Sumision del Zagal á los Reyes de Castilla._
No parece sino que las malas nuevas se comunican mas presto que las
buenas, y que las desgracias se eslabonan, y llaman unas á otras.
Despues de la rendicion de Baza, apenas pasaba dia que no tuviese
el Rey anciano aviso de alguna nueva pérdida; ya era una fortaleza
formidable que entregaba sus llaves al Rey cristiano, ya un pueblo
floreciente que le abria sus puertas, ó ya un valle risueño que
pasaba bajo su dominio; por manera, que los estados del Zagal
quedaban ahora reducidos á una pequeña parte de las Alpujarras, y á
las ciudades de Guadix y Almería.
La contrariedad de su fortuna, y la mengua de su gloria, tenian
abatido y cuidadoso al triste Monarca, cuando se le presentó su
primo el príncipe Cidi Yahye, que conforme á la obligacion contraída
con los Soberanos, venia á persuadir al Zagal que se sometiese á
los vencedores. Pasando desde luego al objeto de su mision, le
representó Cidi la triste situacion de las cosas, y la imposibilidad
de restablecer el imperio sarraceno en España. “La suerte, decia, se
ha declarado contra nosotros; nuestra ruina está ordenada de arriba.
Acordaos de la prediccion de los astrólogos cuando nació Boabdil;
ésta que creimos cumplida cuando se perdió la batalla de Lucena, es
ya evidente que se refiere á la perdicion total del reino: asi lo van
manifestando los sucesos, y asi es la voluntad del cielo.” El Zagal,
que le oia con mucha atencion y sin mover pestaña, despues de haber
estado un rato pensativo y sin responder, dijo, lanzando un triste
y profundo suspiro: “¡Alá huma su bahana hu! ¡hágase la voluntad de
Dios! Ya veo que asi lo quiere Alá, y que cuanto le place se cumple.
Si él no hubiera decretado la caida del reino de Granada, esta espada
y este brazo le hubieran defendido”[32].
[32] Conde, tomo III. cap. 40.
“¿Qué resta, pues, añadió Cidi Yahye, sino sacar el mejor partido
que permitan las circunstancias, y salvar de la ruina general
alguna pequeña parte de vuestros dominios? Concertaos con los Reyes
de Castilla, confiad en su justicia y generosidad, y no dudeis
en cederles como á amigos lo que al fin os habian de quitar como
enemigos.”
Vencido por estas razones, y humillándose al rigor de su fortuna,
accedió el altivo Zagal á las proposiciones de su primo; y
aquella rica porcion del imperio que poseia, con tantas villas y
fortalezas, y con las montañas que se extienden desde Granada hasta
el mediterráneo, con sus fértiles valles semejantes á esmeraldas
engastadas en una cadena de oro, pasaron al dominio del cristiano,
juntamente con las populosas ciudades de Guadix y Almería, las dos
mas preciosas joyas de su corona.
Los Soberanos para compensar esta cesion, recibieron al Zagal por
amigo y aliado, y le concedieron en herencia perpetua el territorio
de Alhamin en las Alpujarras, con las sabinas de Malaha; se le dió
el título de Rey de Andarax, con dos mil mudejares por vasallos, y
una renta de cuatro millones de maravedises al año[33]; todo lo cual
habia de poseer como vasallo de la corona de Castilla.
[33] Cura de los Palacios, cap. 94.
Dadas estas disposiciones, partió de Baza el Rey don Fernando y pasó
á Almería, para tomar posesion de las tierras y villas nuevamente
adquiridas, pues estaba concertado que se le hiciese alli la entrega
formal de todas ellas. Al llegar cerca de esta ciudad, salió el Rey
moro con el príncipe Cidi Yahye y otros caballeros á recibirle. Para
cumplir esta ceremonia se revistió el Zagal de una humildad violenta;
pero se descubrieron en su semblante señales de impaciencia; y era
evidente que al humillarse ante Fernando, no creia hacer mas que
someterse á la voluntad del cielo; no obstante, cuando llegó cerca
del Rey, se apeó de su caballo, y le pidió la mano para besarla; pero
aquel, guardando la consideracion debida al título real que el moro
habia tomado, no consintió este homenage, y abrazándole benignamente,
le dijo que volviese á cabalgar[34].
[34] Cura de los Palacios, cap. 93.
Formalizado el concierto acordado entre los dos príncipes, quedó
Fernando dueño de Almería y de todas las demas posesiones del
Zagal; y este anciano guerrero, despidiéndose del vencedor, partió
con algunos pocos partidarios en busca de su pequeño territorio de
Andarax, para ocultar alli á los ojos del mundo su humillacion, y
consolarse con una sombra de Soberanía.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXVIII.
_Acontecimientos en Granada posteriores á la sumision del Zagal._
Tal es la instabilidad de las cosas humanas, que cuando está mas
en su punto el placer, entonces está mas cerca el pesar. Las olas
de la prosperidad tienen su reflujo como las del mar; y el mismo
viento que parece conducirnos al puerto de nuestras esperanzas, suele
sumergirnos en un abismo de desgracias. Cuando Jusef Aben Connixa,
visir de Boabdil, anunció á su Soberano las capitulaciones del
Zagal, el corazon del jóven príncipe se llenó de un gozo excesivo; y
felicitándose por tan feliz acontecimiento, dijo “¡al fin el hado se
cansó de perseguirme! ¡de hoy mas nadie me llame el Zogoibi!”
En el primer arrebato de su alegría, mandó Boabdil ensillar un
caballo; y con una comitiva brillante salió de la Alhambra para
recibir en la ciudad los parabienes y aclamaciones de su pueblo.
Entrando en la plaza de Vivarrambla, halló un gentío inmenso muy
conmovido; pero estando ya mas cerca ¡cuál seria su sorpresa al
oir murmullos, reconvenciones, vituperios! La noticia de haberse
obligado á Muley Audalla el Zagal á capitular, habia llegado á la
capital, y llenado todos los ánimos de dolor é indignacion. En
aquellos primeros momentos ensalzó el pueblo al anciano Muley como
príncipe virtuoso, y como espejo de Monarcas, que se habia batido
hasta el último extremo en defensa de la pátria, sin comprometer
jamas la dignidad de su corona con ningun acto de vasallage.
Boabdil, por el contrario, contemplando sin moverse la heróica pero
desgraciada lucha de su tio, se regocijaba por el vencimiento de
los fieles y el triunfo de los cristianos. Viendo, pues, que se
presentaba al público con tanta pompa en un dia que, segun ellos,
era de humillacion para todo buen musulman, no supieron contener su
furor; y entre los clamores que prevalecian, oyó Boabdil que se le
aplicaban los epítetos de apóstata y traidor.
Pesaroso y confuso volvió el jóven príncipe á la Alhambra, donde
se encerró como en una prision voluntaria, mientras pasase aquella
borrasca popular. Confiaba que el pueblo, conociendo al fin las
ventajas de la paz en que vivia, no renunciaria ligeramente un bien
tamaño, por consideracion al precio con que se le habia procurado;
y cuando no, la poderosa amistad de los Reyes Católicos le parecia
mas que suficiente, para asegurarse contra las asechanzas de los
partidos. Pero muy pronto recibió cartas de Fernando que le sacaron
de esta ilusion, recordándole las condiciones con que habia comprado
la proteccion que disfrutaba.
Despues de la toma de Loja, estipuló Boabdil en un tratado con los
Soberanos que, ganada por ellos la ciudad de Guadix, les entregaria
la de Granada dentro de un término señalado, quedándose él con
ciertas villas y rentas para su sustento. Ahora le notificaba
Fernando que no solo Guadix, sino Baza y Almería, habian sucumbido
á su poder; y le exigia el cumplimiento del tratado. Aun cuando
el desgraciado Boabdil quisiera, no podia ya satisfacer esta
reclamacion. Encerrado en la Alhambra, donde apenas se creia seguro
contra el furor de un pueblo exasperado, llena la capital de gente
forastera y de soldados con licencia, á quienes la necesidad y la
desesperacion habian hecho feroces ¿qué autoridad tenia para mandar,
qué medios para hacerse obedecer, ni cómo en tal tempestad osaria
intimar á los granadinos la entrega de la ciudad? Todo esto hizo
Boabdil presente al Rey cristiano en contestacion á las reclamaciones
que éste le hacia; y suplicándole quedase por ahora satisfecho con
sus conquistas recientes, le aseguró que si lograba restablecer su
autoridad en la capital, seria para gobernar como vasallo de la
corona de Castilla.
Ya se deja discurrir que Fernando no quedaria muy satisfecho con esta
excusa; y pues las circunstancias favorecian sus designios, determinó
dar la última mano á la gran de obra de la conquista, sentándose en
el trono de la Alhambra. Tratando á Boabdil como un aliado infiel
que habia faltado á su palabra, le excluyó de su amistad, y escribió
una carta al consejo y caudillos de Granada, pidiendo la entrega
de la ciudad y de todas sus fuerzas, juntamente con las armas asi
de los naturales como de los que estaban alli refugiados. Si los
moradores accedian á esta demanda, prometia tratarlos benignamente, y
concederles el mismo partido que á Baza, Guadix y Almería; si por el
contrario se resistian, les amenazaba con la suerte de Málaga[35].
[35] Cura de los Palacios, cap. 96.
La intimacion del Católico Monarca, alteró sobremanera los ánimos de
los granadinos. Algunos, que en la tregua reciente habian hecho un
comercio lucrativo con el territorio cristiano, quisieran asegurar
estas ventajas mediante una sumision voluntaria: otros, que tenian
familia y obligaciones, y las miraban con solicitud y ternura,
temian atraerse con la resistencia los horrores de la esclavitud.
Pero la gente de guerra, que era el mayor número, los que no tenian
mas patrimonio que la espada, ni mas oficio que las armas, y los
refugiados que habiéndolo perdido todo solo respiraban venganza,
se negaban á otorgar el partido que se les proponia. Á esta clase
se añadia otra de condicion no menos belicosa, pero animada de un
espíritu mas noble y caballeresco: estos eran los caballeros de
alta gerarquía, y de claros y antiguos linages, que habian heredado
un odio mortal á los cristianos, y para quienes era peor que la
muerte la idea de que Granada, Granada ilustre, por tantos siglos
centro de la grandeza y poderío de los moros, viniese á ser mansion
de infieles. Entre estos guerreros sobresalia Muza Ben Abul Gazan,
descendiente de Reyes, y tan noble por su condicion como por su
estado. La gracia y robustez se veian reunidas en su persona: la
habilidad con que regia un caballo, y manejaba todo género de armas,
era la envidia de sus compañeros; y la destreza que desplegaba en los
torneos, la admiracion de las damas moras; al paso que sus proezas en
la guerra le habian hecho el terror del enemigo.
Cuando Muza llegó á saber que Fernando exigia la entrega de las
armas, se vió centellear la cólera en sus ojos. “¿Piensa el Rey
cristiano, dijo, que somos mugeres, y que para nuestras manos bastan
ruecas? si tal piensa, sepa que el moro nació para vibrar la lanza,
y para blandir la espada: quitarle éstas es quitarle su naturaleza.
Si tanto apetece el Rey de Castilla nuestras armas, venga y ganelas.
Por mi, quiero mas bien una humilde sepultura al pié de los muros que
muriera defendiendo, que el mas soberbio palacio de Granada habido á
costa de sumision á los cristianos.”
Las palabras de Muza merecieron á la mayoría de sus oyentes aplausos
y aclamaciones. Granada despertó de nuevo como un guerrero que sale
de un letargo ignominioso: los caudillos y el consejo participaron
del entusiasmo general, y de comun acuerdo despacharon un mensagero
á los Soberanos con una contestacion, en que declaraban, que primero
sufririan la muerte que entregarles la ciudad.
[Ilustración]
CAPÍTULO XXIX.
_El Rey don Fernando vuelve las armas contra la ciudad de Granada;
suerte del castillo de Roman._
[Nota al margen: Año 1490.]
Recibida por el Rey la declaracion hostil de los moros de Granada,
hizo prevenciones para llevar allá la guerra tan pronto como pasase
la estacion del invierno. Habiendo reforzado las guarniciones de
todas las fortalezas que tenia en las inmediaciones de aquella
capital, dió la capitanía mayor de todas á don Iñigo Lopez de
Mendoza, conde de Tendilla; y este veterano caudillo estableció su
cuartel general en Alcalá la Real, distante ocho leguas de Granada.
Entretanto bullia esta ciudad con nuevos preparativos de guerra;
y asi el pueblo como los caballeros, animados por Muza Ben Abul
Gazan, que era el alma de sus movimientos, se disponian con ardor
á acometer nuevas empresas. Ya se habian hecho diversas salidas, y
Muza que mandaba la caballería habia corrido la tierra hasta las
mismas puertas de las fortalezas cristianas, arrebatando los ganados,
sorprendiendo al enemigo en los pasos angostos de las montañas, y
poniendo espanto en toda la frontera.
Era ya pasado el invierno, la primavera estaba muy adelante, y
Fernando aun no habia salido á campaña. Sabia el prudente Monarca
que la ciudad de Granada era demasiado fuerte y populosa para que
se pudiese tomar por asalto, y que con la abundancia de víveres que
habia en ella, seria menester un sitio muy largo para rendirla. Por
estos motivos determinó ceñir sus operaciones á asolar la vega este
año, para producir una escasez en el siguiente, y emprender entonces
con mejor efecto el cerco de la ciudad. Un intervalo de paz habia
restituido á la vega toda su lozanía y hermosura; los verdes pastos
que bordaban las márgenes del Jenil, estaban cubiertos de numerosos
rebaños; las floridas huertas prometian cosechas abundantes, y las
doradas mieses ondeaban en la llanura. Se aproximaba el tiempo en
que el labrador debia meter la hoz, y recoger los preciosos frutos
de su industria; cuando descendió de las montañas el torrente de la
guerra, y Fernando, con cinco mil caballos y veinte mil infantes, se
presentó delante de Granada. Venian con él el duque de Medinasidonia,
el marqués de Cádiz, el de Villena, los condes de Ureña y de
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