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Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)

by Washington Irving · Spanish · Gutenberg #49258 · 341,568 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)
    
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Title: Crónica de la conquista de Granada (1 de 2)

Author: Washington Irving

Translator: G. W. Montgomery


        
Release date: June 22, 2015 [eBook #49258]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICA DE LA CONQUISTA DE GRANADA (1 DE 2) ***

  CRÓNICA
  DE LA CONQUISTA
  DE GRANADA.




  CRÓNICA
  DE LA CONQUISTA
  DE GRANADA.

  ESCRITA EN INGLÉS
  por Mr. Washington Irving.

  TRADUCIDA AL CASTELLANO
  POR DON JORGE W. MONTGOMERY,
  Autor de las Tareas de un Solitario.

  TOMO I.

  MADRID:
  Imprenta de I. SANCHA.
  ABRIL DE 1831.




Introduccion.


La narracion de los sucesos que marcaron una de las épocas mas
brillantes de la historia nacional, las victorias, combates y
peligros de una guerra memorable, la conquista, en fin, del reino de
Granada, y la subversion del imperio árabe en España, son el objeto y
materia de las páginas siguientes.

La imaginacion, seducida por las ideas encantadoras que inspira un
argumento tan fecundo y bello, apenas sabe contenerse dentro de
los límites de la verdad histórica: las hazañas, las proezas, los
grandes hechos de armas que ennoblecen á los actores de la escena,
el entusiasmo religioso del cristiano caballero, y el ardoroso valor
del sarraceno feroz, son circunstancias que dan á esta época un
aspecto heróico y caballeresco, y que arrastran al historiador á las
regiones de la ficcion. Pero el célebre WASHINGTON IRVING, cuya fama
se extiende ya desde las selvas de la América setentrional hasta las
extremidades de la Europa, tratando este asunto con mano maestra,
y con el mismo acierto que todas sus demas producciones, ha sabido
evitar este escollo, y exornar su obra con las gracias de un estilo
que le es peculiar, dándole un aire romántico, sin desdecir un punto
de su carácter de historiador, sin omitir un solo hecho, ni añadir
circunstancia alguna que no se halle en las antiguas crónicas y
memorias que tratan de la materia.

Parecerá una temeridad haberme yo arrojado á traducir á este autor
inimitable. Pero la consideracion de no haberse escrito hasta ahora,
que yo sepa, esta historia en particular y con la extension que se
merece, y sí solo incidentalmente por algunos autores envejecidos,
junto con el deseo de presentar al público español á un escritor
cuyas obras están traducidas en casi todos los idiomas menos el
castellano, me animó á una empresa acaso superior á mis fuerzas, y
digna de mejor pluma.

Por otra parte, los atractivos que parece debe tener para toda
clase de lectores la historia de la conquista de Granada, animan á
creer que este trabajo merecerá una acogida favorable. El hombre
de estado, el literato, el militar, hallarán aqui materia adecuada
á sus gustos é inclinaciones; y los que leen por mera curiosidad,
no dejarán de experimentar algun placer cuando se les trata de los
moros de Granada, de esta nacion de guerreros (como dice Simon de
Argote) galanteadores hasta la adoracion, supersticiosos hasta el
fanatismo, valientes hasta el frenesí; ni dejarán de contemplar con
interés la larga y gloriosa lucha que sostuvieron sus antepasados,
(los Aguilares, los Portocarreros, los Ponces de Leon, nombres
identificados con las glorias de su pátria) primero que lograsen
derrocar el poder colosal del sarraceno, y diesen cima al triunfo
mas señalado que jamas alcanzaron las armas españolas.

Si esta traduccion merece la aprobacion del público, tendré por bien
empleados mis desvelos; _labor ipse voluptas_.

  El Traductor.




  CRÓNICA
  DE LA CONQUISTA
  DE GRANADA.




CAPÍTULO PRIMERO.

    _Del reino de Granada, y del tributo que pagaba á la Corona de
    Castilla._


Desde la desastrosa época en que la invasion de los árabes y la
derrota de don Rodrigo, último Rey de los godos, echaron el sello
á la perdicion de España, habian pasado cerca de ochocientos años;
y los príncipes cristianos, recobrando sucesivamente los reinos
que perdieron, habian reducido el señorío de los moros á solo el
territorio de Granada.

Estaba situado este famoso reino en el mediodia de España, confinando
por esta parte con el mar mediterráneo, y por la del norte con una
cordillera de altas y escarpadas montañas, cuya esterilidad se
recompensaba largamente con la pródiga fertilidad de los ricos y
profundos valles que abrigaban en su seno.

La ciudad de Granada, ocupando el centro del imperio, descollaba
desde la falda de Sierra nevada, y cubria dos alturas y un valle
fertilizado por el Darro. Sobre una de estas alturas se eleva el
alcázar real de la Alhambra, cuya capacidad es tanta, que pueden
alojarse cuarenta mil hombres dentro de sus muros y torreones.
Era fama entre los moros, que el Rey que levantó este suntuoso
edificio, estaba instruido en las ciencias ocultas, y que el arte
de la alquimia le suministró los medios para ocurrir á tan grandes
gastos[1]. Es efectivamente una obra sublime, y acaso superior en
su género á cuanto ha producido la magnificencia oriental; pues
aun en el dia, el forastero que discurre por sus silenciosos y
desiertos patios y desmantelados salones, contempla con admiracion la
curiosa labor de sus dorados techos, y el lujo de los adornos, que á
pesar del tiempo y sus estragos, conservan todavia su brillantez y
hermosura.

  [1] Zurita lib. XX. cap. 42.

Sobre otro cerro, enfrente de la Alhambra, estaba fundada la
fortaleza de la Alcazaba, su rival, donde habia un llano espacioso,
cubierto de casas y de una poblacion numerosa. Por las faldas de
estos cerros se extendia la ciudad, en la que se contaban setenta
mil casas, distribuidas en calles angostas y plazuelas, segun era
costumbre de los moros. En las casas habia patios y jardines; y en
ellos se veian brotar fuentes caudalosas, y florecer el granado, el
cidro y el naranjo; y elevándose unos sobre otros los edificios,
presentaba esta capital el aspecto singular y embelesador de una
ciudad y de un jardin á un mismo tiempo. Estaba la poblacion cercada
de altos muros, que tenian tres leguas de circunferencia, con
doce puertas, y mil y treinta torres. La elevacion de la ciudad y
la proximidad de Sierra nevada, cubierta perpetuamente de nieve,
mitigaban los calores excesivos del estío; de suerte, que mientras
en otras partes agoviaba y rendia el rigor de la canícula, aqui se
gozaba de una temperatura suave, y un aire puro y sano circulaba por
las habitaciones de Granada.

Pero la gloria de esta ciudad era su vega, que se extendia por
espacio de treinta y siete leguas de circunferencia. Era un jardin
de delicias, rodeado de altos cerros, y fertilizado por una multitud
de fuentes y manantiales; y el cristalino Jenil deteniendo su
curso, lo atravesaba con lento y tortuoso paso. La industria de los
moros, habia repartido las aguas de este rio en mil corrientes y
arroyuelos, que llevaban un riego abundante por toda la superficie de
la llanura. Llegaron en efecto á poner en tanta prosperidad á esta
region feliz, que causaba admiracion; esmerándose en añadirle nuevos
adornos, asi como un amante se complace en realzar la belleza de su
dama. Los cerros estaban coronados de olivares y viñedos, y matizados
los valles de huertas y jardines: lozanas mieses doraban el espacioso
llano, y cubríanle inmensos plantíos de moreras que producían una
finísima seda, al paso que por cualquier lado deleitaban la vista
el naranjo, el cidro, la higuera y el granado. Trepando de rama
en rama, se veia á la débil vid enlazarse con el álamo robusto,
ó bien adornando con sus dorados racimos la rústica cabaña; y el
canto perenne del ruiseñor, alegraba á este vergel florido. En una
palabra, tan ameno era el suelo, tan puro y apacible el aire, y tan
sereno el cielo de esta region deliciosa, que se imaginaban los moros
que el paraiso de su Profeta, debia de estar en la parte del cielo
sobrepuesta al reino de Granada[2].

  [2] Juan Bolero Renes. Relaciones universales del mundo.

Se habia dejado á los infieles en posesion de este rico y populoso
territorio, bajo la condicion de pagar á los Reyes de Castilla y
de Leon, un tributo anual de dos mil doblas de oro, y entregar mil
y seiscientos cautivos cristianos, ó en defecto de estos, un número
igual de moros, como esclavos; debiendo verificarse la entrega de
todo en la ciudad de Córdoba.[3]

  [3] Garibay, compend. lib. IV. c. 25.

En la época en que principia esta Crónica, Fernando é Isabel, de
gloriosa y feliz memoria, reinaban en los reinos unidos de Castilla,
Leon y Aragon; y Muley Aben Hazen ocupaba el trono de Granada.

Este Muley Aben Hazen habia sucedido á su padre Ismael en 1465,
siendo Rey de Castilla y de Leon don Enrique IV, hermano y predecesor
inmediato de la Reina Isabel. Era del esclarecido linage de Mahomed
Aben Alamar, el primero de los Reyes moros de Granada, y era el mas
poderoso de su línea, pues se habia acrecentado mucho su poder con
la pérdida de otros reinos, que los cristianos habian conquistado á
los moros, y con haberse acogido á su proteccion muchas ciudades y
lugares fuertes de los reinos contiguos á Granada, que no quisieron
rendir vasallage á los cristianos. Asi se fueron dilatando los
estados de Muley, y tal vino á ser su poblacion y riqueza, cual no
habia ejemplo; pues se contaban en ellos catorce ciudades y noventa
y siete plazas fuertes, ademas de un gran número de aldeas y lugares
abiertos, defendidos por castillos formidables; el espíritu de Aben
Hazen creció á la par de su poderío.

El tributo en dinero y cautivos, habia sido pagado puntualmente por
Ismael, y aun Muley en una ocasion habia asistido personalmente á su
pago en Córdoba. Pero la insolencia y menosprecio que sufrió entonces
de los orgullosos castellanos, habian despertado toda su indignacion,
y se enfurecia el africano altivo al recordar aquella humillante
escena y el envilecimiento de los suyos. Asi, cuando subió al trono,
cesó enteramente el pago del tributo, y bastaba traérselo á la
memoria para que la cólera le arrebatase.

[Ilustración]




CAPÍTULO II.

  _Los Reyes Católicos envian á pedir el tributo al moro: lo que
  éste contestó, y como quebrantó la tregua._


En el año de 1478, llegó á las puertas de Granada un caballero
español de orgulloso porte y muy noble presencia, que venia como
Embajador de los Reyes Católicos, para reclamar los atrasos del
tributo. Llamábase don Juan de Vera, y era un devoto y celoso
caballero, lleno de ardor por la fé y de lealtad por la corona. Venia
perfectamente montado y armado de todas piezas, y le seguia una
comitiva corta, pero bien apercibida.

Miraban los habitantes moros á esta pequeña, pero lucida muestra
de la nobleza castellana, con una mezcla de curiosidad y ceño, al
verla entrar por la famosa puerta de Elvira, con aquella gravedad
y señorío que distinguen á los caballeros españoles. Y mirando el
gentil continente y fuerte contestura física de don Juan, que le
hacian apto para las mas árduas empresas militares, se figuraban que
vendria para ganar renombre y fama compitiendo con los caballeros
granadinos en los torneos ó en los juegos de cañas, por los cuales
eran tan celebrados; pues en los intervalos de la guerra, solian
todavia los guerreros de las dos naciones entretenerse juntos en
estos egercicios caballerescos. Pero cuando entendieron que su venida
era para pedir el tributo tan odiado de su fogoso Monarca, dijeron
que bien era menester un caballero de tanto valor y esfuerzo como
este manifestaba, para venir con una embajada semejante.

Sentado bajo de un dosel magnífico, y rodeado de los grandes del
reino, recibió Muley Aben Hazen á don Juan de Vera en el salon de
Embajadores, uno de los mas suntuosos de la Alhambra. Expuso el
español el objeto de su mision; y habiendo concluido, le dijo el
soberbio Monarca con semblante airado y tono desdeñoso: “Id, y
decid á vuestros soberanos, que ya murieron los Reyes de Granada
que pagaban tributo á los cristianos; y que en Granada no se labra
sino alfanges y hierros de lanza contra nuestros enemigos.”[4] Con
esta respuesta, mensagera de una guerra cruel, volvió el Embajador
castellano á la presencia de su Monarca.

  [4] Garibay, comp. lib. XL. cap. 29. Conde, Historia de los
  árabes, p. IV. cap. 34.

En el corto espacio que permanecieron en Granada, tuvieron lugar don
Juan y sus compañeros de reconocer, como inteligentes y prácticos,
las fuerzas y situacion del moro. Notaron que estaba bien apercibido
para la guerra; que las murallas, fuertes y bien torreadas, estaban
guarnecidas de lombardas y otras piezas de artillería; que los
almacenes estaban bien provistos de municiones y pertrechos de
guerra; que habia una infantería numerosísima, y muchos escuadrones
de caballería, prontos á entrar en campaña y, capaces no solo de
hacer la guerra en la defensiva, sino de llevarla á las puertas del
enemigo. Todo esto vieron nuestros guerreros sin arredrarse, antes
se felicitaron de haber hallado un contrario tan digno de ellos; y
esta consideracion servia de estímulo á su valor. Al pasar por las
calles de Granada, cuando salian de la ciudad, miraban en derredor
de sí, é íbanseles los ojos tras de tanto objeto como excitaba su
codicia. Veian aquellos suntuosos palacios y magníficas mezquitas,
aquella Alcaycería ó mercado, tan abundante de sedas, de telas de oro
y plata, de joyas, de piedras preciosas y de una variedad inmensa de
géneros de mucho precio y lujo, traidos de los mas remotos climas, y
deseaban con impaciencia llegase la hora en que todas estas riquezas
fuesen despojos de sus soldados, y en que, postrada la media luna,
tremolase en su lugar el estandarte de la cruz.

Iba don Juan de Vera atravesando lentamente el pais con direccion á
la frontera, y no veia pueblo que no estuviese bien fortificado: toda
la vega estaba sembrada de torres, que servian de asilo á las gentes
del campo: en las montañas, todos los pasos se hallaban defendidos
con castillos, y todos los cerros tenian sus atalayas. Al pasar bajo
los muros de estas fortalezas, veíanse relumbrar desde los adarves
las lanzas y cimitarras de los moros, y el feroz centinela parecia
lanzar miradas de odio y enemistad á los cristianos. Era evidente
que de romperse la guerra con esta nacion, se seguiria una larga y
sangrienta lucha, llena de trances peligrosos y de empresas árduas;
una lucha, en fin, en que el terreno se ganaria á palmos, y con sudor
y sangre; y solo podria conservarse con suma dificultad. Pero esto
mismo inflamó el espíritu guerrero de los castellanos, y ya se les
hacia tarde que empezasen las hostilidades.

Al desafio del fogoso Monarca moro, hubieran contestado desde luego
los Reyes Católicos con el estruendo de su artillería; pero se
hallaban á la sazon empeñados en una guerra con Portugal, y ocupados
en deshacer una faccion de los grandes de su mismo reino. Asi,
pues, se permitió continuase la tregua, que por tantos años habia
subsistido entre las dos naciones; reservándose el cauto Fernando
la resistencia de los moros á pagar tributo, como un motivo fundado
para hacerles la guerra en el momento que se presentase una ocasion
favorable.

Al cabo de tres años terminó la guerra con Portugal, y quedó sosegada
en gran parte la faccion de los nobles de Castilla. Trataron entonces
Fernando é Isabel de realizar el proyecto, que desde la union de sus
dos coronas habia sido el grande objeto de su plausible ambicion, á
saber: la conquista de Granada, y la extirpacion del dominio de los
moros en España. Para este fin determinó Fernando hacer la guerra
con detenimiento y precaucion; y perseverar en ella, quitando al
enemigo, uno despues de otro, sus castillos y fortalezas, hasta
dejarle enteramente sin apoyo, para acometer entonces la capital. Á
este intento dijo el prudente Rey: “Uno á uno he de sacar los granos
á esta Granada.”

No se ocultaban á Muley Aben Hazen las intenciones hostiles del
Católico Monarca; pero confiaba en los medios que tenia para
resistirle. En el discurso de un reinado tranquilo, habia juntado
grandes caudales y puesto en estado de defensa todas las plazas
del reino: habia sacado de Berbería cuerpos numerosos de tropas
auxiliares, y se habia concertado con los príncipes de África,
para que en caso urgente le enviasen nuevos socorros. Tenia en sus
vasallos soldados aguerridos y de gran corazon, cuyos hechos no
desmentian la opinion de que gozaban. Avezados á los trabajos de la
guerra, sabian sufrir el hambre, la sed, el cansancio y la desnudez;
montaban primorosamente, y lo mismo peleaban á pié que á caballo, lo
mismo armados de todas piezas que á la gineta, ó á la ligera, con
solo lanza y adarga. Obedientes á la voz del Soberano, campeaban
á la primera intimacion, y defendian con tenacidad sus pueblos y
posesiones.

Hallándose tan apercibido para la guerra, resolvió Muley Aben Hazen
anticiparse á Fernando, y dar el primer golpe. En la tregua que
subsistia habia una cláusula singular, y era, que se podia acometer
cualquier castillo, y hacerse unos á otros correrías y cabalgadas,
siempre que no se asentase real, ni fuesen con banderas tendidas,
ni con sonido de trompeta, sino de improviso y con estratagema,
y que esto no durase mas de tres dias.[5] De aqui se originaron
tantas empresas tan temerarias y peregrinas, en que se asaltaban y
sorprendian tantos castillos y lugares fuertes. Pero hacia ya mucho
tiempo que por parte de los moros no se habia cometido ningun exceso
de este género, y por esta causa los pueblos fronterizos de los
cristianos no se guardaban con la debida vigilancia.

  [5] Zurita, Anales de Aragon: lib. XX. cap. 41. Mariana, Historia
  de España: lib. XXV. cap. 1.º

Deseando estaba Muley Aben Hazen saltear alguna villa, cuando se le
dió aviso que la Zahara, por el descuido de su alcaide, se hallaba á
mal recado, mal abastecida y con corta guarnicion. Esta importante
fortaleza, estaba situada sobre un escarpado cerro entre Ronda y
Medina Sidonia, y la dominaba un castillo encaramado en un peñasco
tan alto, que se decia descollaba entre las nubes, y que las aves no
alcanzaban á remontar hasta alli el vuelo. Las calles y muchas de
las casas, no eran mas que excavaciones labradas en la peña viva.
La poblacion tenia una sola puerta, la cual miraba á poniente, y
estaba defendida con sus torres y almenas. La única subida á este
empinado castillo, era por un sendero cortado en la misma roca, y tan
fragoso en algunas partes, que parecia una escalera desmoronada. Tal
era Zahara, que por su situacion y fuerza parecia podia burlarse de
cuantas tentativas se hiciesen para tomarla; y esto se tenia por tan
cierto, que dió motivo á que á las mugeres de una virtud severa é
inaccesibles las llamasen Zahareñas. Pero ni la plaza mas fuerte, ni
la virtud mas austera, dejan de tener algun lado débil, por lo que
han menester la mayor vigilancia para guardarse. Estén, pues, sobre
aviso las damas y los guerreros, y escarmienten con la suerte de
Zahara.

[Ilustración]




CAPÍTULO III.

  _Expedicion de Muley Aben Hazen contra la fortaleza de Zahara._


[Nota al margen: Año 1481.]

En el año de 1481, y pocos dias despues de la natividad de Nuestro
Señor, dió Muley Aben Hazen el famoso asalto de la villa de Zahara.
Los moradores de ella yacian en el mas profundo sueño, y hasta el
centinela habia abandonado su puesto, para ponerse al abrigo de una
tempestad tan brava, que habia durado tres noches consecutivas. En
tal trastorno de los elementos ¿quién habia de pensar que campease
un enemigo? Empero el feroz Aben Hazen halló ser esta la ocasion
mas oportuna para la ejecucion de sus designios. En el silencio
de la noche se oyó repentinamente dentro de los muros de Zahara,
un alboroto y vocería mil veces mas temible que el bramido de la
tempestad; y el grito de “¡al arma! ¡al arma! ¡el moro! ¡el moro!”
resonó por las calles de la villa, mezclado con el estruendo de
las armas, los lamentos de los moribundos y la algazara de los
vencedores. Habia salido de Granada Muley Aben Hazen á la cabeza de
una fuerza considerable, y atravesando aceleradamente las montañas,
llegó á favor de la oscuridad de aquella noche tempestuosa, hasta
el pié de la fortaleza, y arrimando las escalas la entró sin ser
visto, apoderándose del castillo y del lugar. Los moradores, que
no se recelaban del menor peligro, despertaron cuando tenian ya la
guerra y la muerte dentro de casa, y atemorizados huian, figurándose
que los espíritus infernales venidos sobre las alas del viento, se
habian apoderado de sus torres y baluartes. El grito de la guerra se
oia por todas partes, en las calles de la villa y en las almenas del
castillo; todo lo ocupaba el enemigo, y aunque envuelto en tinieblas,
obraba de concierto á favor de señales convenidas. Los soldados de
la guarnicion, saliendo atropelladamente de sus cuarteles, corrian
desordenados por las calles sin acertar á reunirse, y sin saber á
quien herir: entre tanto la cruel cimitarra, esparciendo el terror
y la muerte, interceptaba á los fugitivos, y sacrificaba á cuantos
ofrecian la menor resistencia.

En breve cesó la lucha y con ella el estrépito de las armas; y ya
solo se oian los silvidos del temporal que corria, y de cuando en
cuando las voces de la soldadesca mora, ocupada en el saqueo, cuando
resonó una trompeta por toda la villa, intimando á los habitantes
que se reuniesen en la plaza. Aqui, rodeados de una guardia fuerte,
permanecieron hasta la madrugada; y al amanecer era cosa que movia
á compasion ver una poblacion poco antes tan feliz, y que ayer se
habia retirado al descanso de sus lechos con seguridad y confianza,
hacinados hoy en aquel sitio estrecho sin distincion de edad, calidad
ni sexo, y expuestos á todo el rigor de un cielo proceloso. Sordo
á los ruegos y clamores de estos infelices, mandó el feroz Aben
Hazen que llevasen á todos cautivos á Granada. Dejando una fuerte
guarnicion en el pueblo y en el castillo, con órden de poner á
entrambos en buen estado de defensa, regresó Muley á su capital,
ufano de su victoria, cargado de despojos, y llevando consigo los
pendones y banderas de Zahara.

Se estaba disponiendo en Granada la celebracion de este triunfo con
fiestas y torneos, cuando llegaron los cautivos de Zahara. Estos
infelices, rendidos de fatiga, y con la desesperacion retratada
en sus pálidos semblantes, venian conducidos por un destacamento
de soldados; y mezclados hombres, mugeres y niños, fueron metidos
á manera de ganado por las puertas de la ciudad. Grande fue la
indignacion de los habitantes al presenciar esta cruel escena. Los
ancianos, que tenian experiencia de las calamidades de la guerra,
pronosticaron mil males venideros; y las tímidas madres estrecharon
á sus hijos contra su seno al mirar el desconsuelo de las de Zahara,
con los suyos espirando entre sus brazos. Por todas partes se
oian los acentos de la piedad; y la lástima que inspiraban estos
desgraciados, iba acompañada de imprecaciones contra el Rey, por su
bárbaro proceder. Las prevenciones para las fiestas se abandonaron, y
las viandas que estaban destinadas para el regalo de los vencedores,
se repartieron entre los vencidos.

No por eso dejaron los nobles y los alfaquís de acudir á la Alhambra
para felicitar al Soberano; pero al tiempo que se tributaba al pié
del trono el incienso de la adulacion, salió de en medio de la
turba de cortesanos una voz, que cual trueno asaltó los oidos del
atónito Aben Hazen. “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de Granada!” decia aquella voz:
“la hora de tu desolacion se acerca: las ruinas de Zahara caerán
sobre nuestras cabezas, y nuestro imperio en España se acabará
para siempre.” Aterrados quedaron todos al oir al denunciador de
tantos males, y se retiraron dejándole solo en medio del salon. Era
un anciano vestido en hábito de Dervís, á quien la nieve de las
canas no habia apagado el fuego de su espíritu, que centelleaba en
sus encendidos ojos: era, como dicen los historiadores árabes,
un Santon, uno de aquellos que pasando la vida en la oracion y la
soledad, alcanzan á fuerza de ayunos y penitencias el don de la
profecía. La voz del Santon resonó por los salones de la Alhambra,
imponiendo silencio y causando temor á todos los presentes. Solo
Muley Aben Hazen le oyó sin inmutarse; y mirándole con desprecio, le
trató de viejo demente, cuyas predicciones no eran mas que delirios
de una imaginacion descarriada. Saliéndose de la presencia real, bajó
el Santon á la ciudad y la recorrió toda con ademanes frenéticos,
dando voces, y repitiendo en todas partes el fatal vaticinio.
“La tregua se quebrantó, decia, y desde hoy comienza una guerra
exterminadora. ¡Ay! ¡ay! ¡ay de tí Granada! la desolacion reinará
en tus palacios; tus fuertes defensores caerán bajo la espada del
enemigo, y tus hijos y tus hijas gemirán en la esclavitud. Zahara no
es mas que el tipo de Granada.”

El pueblo que esto escuchaba se llenó de espanto, pareciéndole que
eran inspiraciones proféticas los desvaríos del Santon. Encerrábanse
los unos en sus casas como en tiempo de luto, y los otros se reunian
en corrillos por las calles y las plazas, alarmándose mútuamente con
los mas tristes presentimientos, y maldiciendo el arrojo y barbarie
del temerario Aben Hazen.

El Monarca moro cerró los oidos al descontento general; y conociendo
que su conducta debia acarrearle la venganza de los cristianos, se
declaró abiertamente, é hizo un esfuerzo para sorprender á Castellar
y á Olvera; pero sin lograr su intento. Envió asimismo alfaquís á los
estados berberiscos, anunciándoles que la espada estaba desembainada,
y solicitando su auxilio para mantener contra la violencia de los
infieles al reino de Granada y á la religion de Mahoma.

[Ilustración]




CAPÍTULO IV.

  _Expedicion del marqués de Cádiz contra Alhama._


[Nota al margen: Año 1482.]

Grande fue la indignacion del Rey Fernando, cuando llegó á saber que
los moros habian entrado en Zahara de rebato; sintiéndolo tanto mas,
cuanto se habia propuesto ser el primero á romper esta guerra famosa,
señalando sus principios con alguna hazaña; y como se preciaba de
una política profunda, le pesó sobre manera que su contrario se le
hubiese anticipado. Expidió, pues, sus órdenes inmediatamente á todos
los adelantados y alcaides de la frontera, para que guardasen con la
mayor vigilancia sus respectivos puestos, y estuviesen prevenidos
para entrar á sangre y fuego por las tierras de los moros; al paso
que despachó á religiosos de diversas órdenes, para que animasen á
los caballeros de la Cristiandad á tomar parte en esta Cruzada contra
infieles.

Entre los muchos buenos caballeros que se reunieron alrededor del
trono de Fernando é Isabel, uno de los mas eminentes por su gerarquía
y renombre en las armas, era don Rodrigo Ponce de Leon, marqués
de Cádiz, de quien será justo dar una noticia particular, puesto
que fue el caudillo principal de esta famosa guerra, y se halló en
casi todas sus empresas y acciones. Nació, pues, don Rodrigo en
1443, del esclarecido linage de los Ponces, y ya desde su primera
juventud se habia distinguido en el campo del honor. Era de mediana
estatura, su cuerpo robusto y capaz de mucho esfuerzo y fatiga: su
barba y cabellos eran rojos y crespos, el rostro ingénuo y noble, y
algo picado de viruelas. Era valiente, piadoso y muy moderado en sus
costumbres: benigno y justiciero con sus inferiores, cortés y franco
con sus iguales. Era afecto y fiel á sus amigos, feroz y terrible,
pero magnánimo, con sus enemigos. Se le consideraba como el espejo
de la caballería de su tiempo, y los historiadores coetáneos le
comparaban con el inmortal Cid.

Tenia el marqués de Cádiz posesiones muy dilatadas en las partes
mas fértiles de la Andalucía; y puesto á la cabeza de sus deudos y
vasallos, podia salir al campo con un ejército. Apenas recibió las
órdenes del Rey, cuando ya ardia en deseos de hacer una entrada
repentina en el reino de Granada, para señalar los principios de la
guerra con una accion brillante, y consolar á los Soberanos por el
insulto recibido en la toma de Zahara. Como sus estados confinaban
con el territorio de los moros, que solian hacer en aquellos
frecuentes correrías, tenia siempre á su servicio muchos adalides y
espías, de los cuales algunos eran moros fugitivos. Despachó á éstos
en todas direcciones para que observasen los movimientos del enemigo,
y le tragesen noticias importantes á la seguridad de la frontera.
Estando en su pueblo de Marchena, se le presentó uno de sus espías,
dándole aviso de que la villa de Alhama, que era de los moros, se
hallaba con una guarnicion muy escasa, y tan mal guardada, que seria
fácil tomarla por asalto.

Era Alhama una plaza bastante grande, de mucha poblacion, y rica,
que distaba pocas leguas de Granada: tenia su asiento en una altura
entre peñascos, y rodeábala casi enteramente un rio, al paso que la
defendia una fortaleza, á que no se podia subir sino por un camino
muy fragoso y escarpado. Por ser tan fuerte el sitio, y en el centro
del reino, vivian sus moradores sin el recelo de ser acometidos,
dando asi lugar á la empresa que contra ellos se dispuso.

Para cerciorarse del estado de la fortaleza, envió el Marqués á
reconocerla un soldado veterano, de quien tenia la mayor confianza,
que se llamaba Ortega de Prado, hombre arrestado, de sútil ingenio,
muy activo, y capitan de escaladores. Llegó Ortega á Alhama una
noche oscura, y con silencio y precaucion fue recorriendo sus muros,
aplicando de cuando en cuando el oido al suelo ó á la muralla. Pudo
asi sentir ya el paso mesurado del centinela, ó ya la voz de la
patrulla, que daba á aquel la contraseña: conociendo que en la plaza
habia vigilancia, se dirigió al castillo, y llegó trepando hasta el
pié de las almenas: alli todo era silencio, y en toda la extension
del baluarte ningun centinela se veia. Hízose cargo de ciertos
parages por donde mas fácilmente podria subirse al muro con escalas,
observó la hora de relevar la guardia, y habiendo tomado las demas
señas que le hacian al caso, se retiró sin ser descubierto.

Ortega, vuelto á Marchena, aseguró al Marqués que era muy practicable
el sorprender á Alhama, escalando los muros del castillo. Trató el
Marqués este negocio secretamente con don Pedro Enriquez, adelantado
de Andalucía, con don Diego de Merlo, asistente de Sevilla, y
con Sancho de Ávila, alcaide de Carmona, los cuales prometieron
ayudarle con sus gentes; y el dia señalado se reunieron en Marchena
con buen número de soldados y vasallos. Solamente los gefes sabian
el objeto y destino de esta expedicion; pero para inflamar el
espíritu de los andaluces, bastaba indicarles que se trataba de
una incursion en las tierras de los moros, sus antiguos enemigos.
El secreto y la prontitud, eran indispensables al buen éxito de
la empresa. Partieron, pues, á toda prisa con tres mil caballos y
cuatro mil infantes, y pasando por Antequera, camino poco transitado,
atravesaron con algun trabajo los puertos y desfiladeros de la sierra
llamada del Arracife, dejando el bagage á las orillas del rio Yeguas.
La marcha era principalmente de noche; de dia permanecian ocultos,
y en su acampamento no se permitia el menor ruido, ni se encendia
fuego, porque no les descubriese el humo. La tarde del tercer dia
volvieron á ponerse en marcha, y habiendo caminado con toda la
diligencia, que permitia un terreno tan fragoso, llegaron á media
noche á un hondo valle, distante media legua de Alhama.

Aqui fue donde manifestó el Marqués á sus soldados el intento que
traia. Díjoles, que se trataba de dar nueva gloria á la santa ley que
profesaban, y de vengar con las armas el agravio recibido en Zahara,
acometiendo á Alhama, pueblo rico que ofrecia grandes despojos.
Animáronse los soldados con esta exhortacion, y pidieron que al punto
se les llevase al asalto. Llegaron junto á Alhama dos horas antes
de amanecer, y poniéndose en emboscada, despacharon trescientos
hombres escogidos é intrépidos, (de los cuales muchos eran alcaides
y capitanes) para escalar los muros, y apoderarse del castillo. Á la
cabeza de estos valientes iba Ortega de Prado, que llevaba consigo
treinta hombres con escalas. Favorecidos de la oscuridad de la noche,
y guardando el mayor silencio, fueron subiendo hácia el castillo:
llegaron al pié de la muralla, donde se detuvieron un instante para
asegurarse de que no se les habia sentido; pero viendo que todos
yacian en el mas profundo reposo, y que nadie rebullia, aplicaron las
escalas y subieron á las almenas.

El primero que entró en la fortaleza fue Ortega, y á éste siguió
Martin Galindo, jóven muy alentado y deseoso de ganar fama.
Acercáronse los dos cautelosamente á la puerta de la ciudadela,
y echándose sobre el centinela, le pusieron un puñal al pecho,
intimándole que les señalase el cuerpo de guardia. Obedeció el infiel
á quien despacharon en seguida, para impedir que alarmase á la
guarnicion. En el cuerpo de guardia empezó no el combate, sino mas
bien el degüello, pues mataron durmiendo á muchos de los soldados, y
á los demas (tal fue el terror que les infundió este sobresalto) los
arrollaron sin resistencia: pero á ninguno perdonaron; porque siendo
en tan corto número los escaladores, no podian hacer prisioneros. En
breve cundió la alarma por la guarnicion, despertaron los moros y
acudieron á las armas, cuando ya los trescientos escogidos se habian
apoderado de los baluartes; mas no por eso dejaron aquellos de pelear
con obstinacion, defendiendo el terreno á palmos, y regándolo con
su sangre. Entre tanto resonaban en todo el castillo el estruendo
de las armas, el grito de los combatientes, y los gemidos de los
moribundos. El ejército que habia quedado en emboscada, conociendo
por este alboroto que los suyos habian logrado sorprender la
fortaleza, salieron de su celada, y se llegaron á las murallas con
grande algazara, haciendo sonar timbales y trompetas para aumentar la
confusion y el espanto de los moros. Entonces fue cuando se trabó con
mas encarnizamiento la pelea; pues habiendo llegado los escaladores
hasta la plaza del castillo, porfiaban por abrir las puertas para
admitir á sus compañeros. Aqui sucumbieron dos valientes alcaides,
Nicolás de Rioja, y Sancho de Ávila, pero murieron honrosamente,
cayendo sobre un monton de muertos. Al fin consiguió Ortega abrir un
postigo que daba al campo, por donde entraron con toda su gente el
marqués de Cádiz, y el adelantado de Andalucía y don Diego de Merlo:
y asi quedó enteramente en poder de los cristianos la ciudadela.

Sucedió en esta ocasion, que estando el marqués de Cádiz discurriendo
con otros caballeros, por las estancias de aquella fortaleza, llegó
á un aposento muy bien alhajado y superior á los demas, donde á la
luz de una lámpara de plata vió una hermosísima mora, que era la
muger del alcaide, que se hallaba á la sazon ausente, habiendo ido
á unas bodas en Velez-málaga. Á la vista de un guerrero cristiano
quiso ella huir atemorizada; pero enredándosele los pies en la
ropa de la cama, cayó á los del Marqués, implorando su piedad y
proteccion. El cristiano caballero, en cuyo noble pecho rebosaban los
sentimientos de honor y cortesía para el sexo, alzó del suelo á la
bella mora, y procuró calmar sus temores: pero en el punto mismo se
aumentó á aquella el susto, viendo entrar corriendo en su aposento
á sus doncellas, perseguidas por los soldados españoles. Reprendió
á éstos el Marqués por una conducta tan indigna, recordándoles,
que alli habian venido para hacer la guerra á los hombres, y no á
mugeres indefensas; y volviéndose á las temerosas moras, les aseguró
su proteccion, y puso una guardia competente para velar sobre su
seguridad.

Ya los cristianos eran dueños del castillo, pero no de la villa,
cuyos habitantes se dispusieron á defender vigorosamente sus hogares;
pues habiendo amanecido, pudieron reconocer y apreciar el número y
fuerzas del enemigo. Aunque la poblacion se componia principalmente
de mercaderes y artesanos, eran diestros en el uso de las armas,
y los animaba un espíritu guerrero y la esperanza de ser en breve
socorridos desde Granada, que distaba solamente ocho leguas.
Coronando sus torres y almenas, las defendieron contra el ejército
cristiano, que habia quedado fuera, descargando sobre él una lluvia
de piedras y saetas cada vez que intentaba acercarse: barrearon las
bocascalles que daban al castillo, y habiendo colocado en ellas
suficiente número de diestros ballesteros y arcabuceros, mantenian un
fuego continuo contra la puerta del castillo; de suerte que mataban ó
herian á cuantos pretendian salir por ella. Dos valientes caballeros
que con alguna gente quisieron hacer una salida, pagaron á la puerta
misma este arrojo con sus vidas.

La situacion de los españoles iba haciéndose ya muy peligrosa, pues
no podia tardar en llegar el socorro de Granada; y si en el discurso
del dia no se apoderaban de la plaza, podrian verse cercados y
bloqueados por un ejército, y casi sin víveres para su manutencion.
Discurrian algunos, que aun cuando llegasen á hacerse dueños del
lugar, no podrian subsistir en él; por lo que aconsejaban que se
hiciese botin de todo lo mejor que habia, y que despues de derribar y
quemar el castillo, emprendiesen la retirada sobre Sevilla. No era de
este parecer el marqués de Cádiz. “Dios, dijo, ha puesto en nuestras
manos esta fortaleza: él sin duda nos dará fuerzas para conservarla:
con trabajo y sangre la hemos ganado, y seria mengua de nuestro honor
el abandonarla por el temor de peligros imaginarios.” Del mismo modo
opinaban el adelantado y don Diego de Merlo, cuyas exhortaciones
impidieron que se abandonase la fortaleza: tal era el cansancio de
los soldados por tan largas marchas y el continuo pelear, junto con
el temor que tenian de la venida de los moros de Granada.

Entre tanto, restauradas en parte las fuerzas de los soldados de
fuera con algunas raciones que se les repartieron, avanzaron al
asalto de la plaza, y peleando desesperadamente con la morisma que la
defendia, arrimaron las escalas y subieron á la muralla. El marqués
de Cádiz por su parte, viendo que la puerta del castillo estaba
completamente dominada por la artillería del enemigo, mandó abrir una
brecha en la muralla, para que por ella pudiesen salir los suyos á
acometer la villa. Efectuada la brecha salió acaudillando su tropa, y
animándola con la promesa de que se le daria el pueblo á saco, y que
los habitantes quedarian cautivos. Con esta seguridad se arrojaron
los soldados al asalto de la plaza, acometiéndola simultáneamente
por diversas partes, por las puertas, por las murallas, y aun por
los tejados de las casas que unian al castillo con el pueblo. Los
moros pelearon valerosamente por las calles y desde las ventanas
de sus casas: eran inferiores á los cristianos en el esfuerzo, por
razon de su género de vida que era sedentaria é industriosa, y por
estar enervados con el uso frecuente de baños calientes[6]; pero se
aventajaban en el número; y en defensa de sus hogares, el amor pátrio
y la desesperacion inspiraban nuevos brios asi á los viejos como á
los jóvenes, asi á los flacos como á los fuertes. Ni los lamentos
de sus esposas é hijos, ni las heridas, ni la muerte de los suyos,
fueron parte para que desmayasen en una contienda en que se trataba
de su libertad, de su hacienda y de sus vidas; á lo que se añadia
la esperanza que les animaba, del socorro que por momentos debia
llegarles de Granada. Los cristianos por su parte, peleaban por la
gloria, por la justa venganza y por la religion. La victoria les
aseguraba un botin inmenso; su vencimiento los entregaba en manos del
tirano de Granada.

  [6] Zurita, Anales, lib. XX. c. 42.

En todo el dia no cesó el combate; pero á la noche empezaron á
desmayar los moros; y se recogieron á una mezquita, desde donde con
dardos, arcabuces y ballestas, hicieron tanto daño en los fieles,
que les obligaron á detener el paso. Por último cubriéndose con
manteletes[7] y broqueles, pudieron los cristianos llegar á la
mezquita, é incendiaron sus puertas. Los moros al ver entrar el humo
y subir las llamas, perdieron de todo punto las esperanzas, y los
mas de ellos se dieron á partido: otros salieron contra el enemigo,
vendiendo sus vidas lo mas caro que les fue posible.

  [7] Especie de parapeto movible, hecho de tablones, con que se
  defendian los soldados cuando iban á escalar una muralla.

Terminada ya esta sangrienta lucha, quedó Alhama por los cristianos:
sus habitantes fueron hechos esclavos asi hombres como mugeres; y
aunque varios lograron escapar por una mina que salia al rio, y
estuvieron algunos dias ocultos en cuevas y parages secretos, al
fin la hambre los forzó á entregarse á los vencedores. Concedióse á
los soldados el saqueo del pueblo, y les valió un botin inmenso.
Hallaron cantidades enormes de oro y plata, alhajas, sedas y
preciosas telas, con mucho ganado, granos, aceite, miel y otros
muchos productos, que rendia esta region feliz; pues en Alhama se
recaudaban las rentas reales y el tributo de aquella comarca. Era el
pueblo mas rico del reino, y por su fuerza y situacion particular,
se llamaba la llave de Granada. La devastacion y estrago que hizo la
soldadesca española seria incalculable; pues creyendo como imposible
mantenerse en posesion de su conquista, trataron de inutilizar cuanto
no pudiesen llevar consigo. Hicieron pedazos grandes tinajas de
aceite, destrozaron riquísimos muebles, y aportillando los pósitos de
granos, esparcieron al viento sus tesoros. Hallaron en las mazmorras
de la plaza algunos cristianos, que habian sido cautivados en Zahara,
á los cuales sacaron en triunfo á respirar el aire libre; y á un
español renegado, que habia servido de espía á los moros en sus
correrías por las tierras de los cristianos, le ahorcaron desde los
adarves para que á todo el ejército sirviese de ejemplo este castigo.

[Ilustración]




CAPÍTULO V.

  _De la sensacion que causó en el pueblo de Granada la toma de
  Alhama, y de la salida que hizo el Rey moro para recobrarla._


No tardó en llegar á Granada la infausta noticia de la toma de
Alhama. Trájola un ginete moro, que habia venido corriendo la vega á
rienda suelta, sin aflojar en su carrera hasta llegar á las puertas
de la Alhambra y á la presencia del Monarca. “Los cristianos, dijo,
están en la tierra: vinieron sobre nosotros de improviso, y de noche
escalaron los muros del castillo. Mucho se ha peleado, grande ha sido
la mortandad, pero á mi salida de Alhama, ya la ciudadela quedaba en
poder de los infieles.”

Confuso quedó Aben Hazen con la nueva de este suceso, pareciéndole
que ya el cielo le castigaba por los males que habia causado en
Zahara. No obstante, llegó á persuadirse que esto seria una incursion
pasagera de algunos forrageadores, á quienes seria fácil echar del
castillo y de la tierra, enviando prontamente á Alhama algun socorro.
Con esta confianza, mandó que salieran al punto para socorrer á
aquella plaza mil ginetes, lo mejor de su caballería, los cuales
llegaron á la vista de Alhama la mañana despues del dia de su
rendicion, y cuando ya el pendon cristiano tremolaba sobre sus muros
y baluartes.

Viendo esto los moros, y que salia de la plaza á recibirlos un cuerpo
numeroso de caballería, volvieron las riendas á sus caballos y
tomaron á mas andar el camino de Granada, donde entraron de tropel,
difundiendo con la noticia que traian el dolor y la consternacion.
“Alhama cayó, decian, Alhama cayó: el cristiano se apoderó de sus
fuertes torres: la llave de Granada está en manos del enemigo.”

Al oir estas palabras y acordándose de los males pronosticados por el
Santon, se alarmaron los granadinos, pareciéndoles que habia llegado
ya el cumplimiento de su fatal vaticinio, y en toda la ciudad no
se oia sino quejas y lamentos. “¡Ay de mí, Alhama!” decian; y esta
exclamacion, tantas veces repetida, sirvió de asunto á un romance
que se compuso con este motivo, y se ha conservado hasta nuestros
dias. Conmovido asi el pueblo, se dirigió á la Alhambra, y llegando
algunos á la presencia del Monarca, manifestaron su sentimiento
plañendo y mesándose los cabellos. “Mal haya el dia, le dijeron, en
que encendiste las llamas de la guerra en nuestra tierra. El santo
profeta nos sea testigo ante Alá que nosotros y nuestros hijos somos
inocentes de este hecho. Sobre tu cabeza y sobre la cabeza de tus
descendientes, hasta la fin del mundo, sea el pecado de la desolacion
de Zahara”[8].

  [8] Garibay, lib. XL. c. 29.

En vista de la tempestad que le amenazaba, se apresuró Muley Aben
Hazen á poner en tan inesperado mal el remedio que estuviese á
su alcance. Sabia que los captores de Alhama eran pocos, y que
escaseaban de municiones de guerra, de mantenimientos, y de otros
requisitos para resistir un sitio. Haciendo un movimiento rápido, se
lisongeaba de envolverlos con un ejército poderoso, y cortándoles
toda comunicacion, cogerlos prisioneros en la misma fortaleza que
le habian arrebatado. Pensar y obrar, todo era uno con Muley Aben
Hazen. Salió, pues, en persona con tres mil caballos y cincuenta
mil infantes, pero sin llevar consigo artillería ni ninguno de los
demas ingenios que entonces se usaban en los asedios: tanta era la
confianza que tenia en la muchedumbre de sus fuerzas.

Entre tanto caminaba tambien con direccion á Alhama, don Alonso de
Córdoba, señor de la casa de Aguilar, el amigo fiel y compañero de
armas del marqués de Cádiz. Era don Alonso de los primeros entre los
nobles de Castilla, y hermano de don Gonzalo de Córdoba, el mismo que
despues vino á ser tan célebre, y que ganó en la guerra el renombre
de gran capitan; pero entonces constituia don Alonso la gloria y
honor de su linage, pues su hermano era todavia jóven en las armas.
Su valor natural y un espíritu caballeresco que le animaba, le hacian
arrostrar gustoso los peligros de toda empresa honrosa y arriesgada.
Teniendo pues noticia en ocasion que se hallaba ausente, de la
incursion que habia hecho el marqués de Cádiz en el territorio de los
moros, se apresuró á reunirse con él para participar, si por ventura
aun fuese tiempo, en las glorias de esta expedicion; y juntando sus
soldados y vasallos, se puso en marcha para Alhama. Llegado al rio
Yeguas, halló en sus orillas el bagage del ejército del marqués, y
cargando con él, prosiguió su marcha. Hallábase don Alonso á muy
corta distancia de Alhama, cuando al marqués de Cádiz le llegó la
noticia de su venida, y casi al mismo tiempo el aviso que le trageron
sus espías, de que el Rey moro venia contra ellos con un ejército
poderoso. Olvidando su propio peligro, y temiendo cayese don Alonso
en manos del enemigo, despachó el marqués con toda diligencia un
mensagero bien montado, para que le advirtiese del riesgo que corria,
y le impidiese pasar adelante.

En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su
marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ejército moro
antes que pudiese entrar en la plaza, trató de tomar una posicion
fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habiéndosele
representado ser una temeridad el oponerse con un puñado de hombres
á un ejército numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por
eso prevaleció la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada
al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron
unos espías anunciando á don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso
de sus movimientos, venia rápidamente en su busca. No quedando, pues,
en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo á la seguridad
de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y
pesaroso emprendió la retirada sobre Antequera. Siguió Muley en su
alcance alguna distancia, pero cansándose de perseguirle, revolvió
con su ejército contra Alhama.

Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo
cubierto de cadáveres, que habian sido arrojados alli sin enterrar,
y que servian de pasto á una manada de perros que los estaban
devorando.[9] Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compañeros
que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por
tamaño ultrage, y echándose sobre aquellos inmundos animales, los
despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al
asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin órden
ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas
escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de
proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino
acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.

  [9] Pulgar, Crónica.

El marqués de Cádiz y sus capitanes, se apercibieron para la
defensa, y distribuidos por la muralla, animaban á sus gentes que
descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos
y cuanto pudieron haber á las manos, hicieron en ellos un estrago
enorme. Ciegos de cólera los moros, intentaban á veces subir á la
muralla por los parages mas dificultosos; pero á proporcion que
subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves,
ó trastornándoles las escalas, los precipitaban contra las peñas.
Á la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley,
enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero
sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que
los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.

La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer á
Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los
correspondientes ingenios de batir. Trató pues, de minar la muralla,
y dió sus órdenes al efecto. Avanzaron los moros á la empresa con
grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que
apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron
varias veces á la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran
pérdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo
desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho daño del
enemigo. Veíanse al pié de la muralla montones de moros muertos, y
entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Duró la
contienda todo aquel dia, y á la noche llegó á dos mil hombres el
número de moros muertos ó heridos.

Perdida ya toda esperanza de tomar á Alhama por asalto, determinó
Muley obligarla á la rendicion por la falta de agua. Á este intento
dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por
aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes
ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama “la seca.”

Fue sangriento y porfiado el debate que se siguió á las orillas
del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para
apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los
capitanes españoles animaban á los suyos con el ejemplo, haciéndoles
volver á la pelea cada vez que el enemigo les forzaba á recogerse al
pueblo. Al marqués de Cádiz se le veia hasta las rodillas en el agua,
peleando mano á mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y
embarazado con los cadáveres de los muertos. Por último consiguieron
los moros rechazar á los cristianos y torcieron la corriente. Pero
quedando todavia un hilo de agua, y forzados á aprovechar aun esta
corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de
tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros
tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego
del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia
esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba
otra de sangre.

Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron á
verse reducidos al último extremo. Los hombres y los caballos caian
muertos de sed: muchos se negaban á hacer el servicio, y desesperados
ó faltos de fuerzas, arrojaban las armas. Á esto se añadia que los
moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra
ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto,
se apresuraron los caudillos á enviar mensageros á Córdoba y á
Sevilla, suplicando á los caballeros de Andalucía que les acudiesen
al socorro. Enviaron asimismo á implorar el favor del Rey y de la
Reina, que á la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion
tan crítica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua,
que sirvió provisionalmente de remedio á sus trabajos.

[Ilustración]




CAPÍTULO VI.

  _El duque de Medina Sidonia y los caballeros de Andalucía, acuden
  al socorro de Alhama._


La situacion peligrosa de los caballeros á quienes Muley Aben Hazen
tenia cercados y encerrados en Alhama, llenó de temor á sus amigos,
y de consternacion á toda la Andalucía. Pero el sentimiento mayor
era el que mostraba la marquesa de Cádiz, esposa del valiente
don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de
su marido, volvió la vista en derredor, buscando algun caballero
poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y
ninguno halló mas á propósito que don Juan de Guzman, duque de Medina
Sidonia. Distinguíase este señor entre todos los grandes de España,
por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en
Andalucía, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que
le reconocian y obedecian como á un soberano. Pero el duque de Medina
Sidonia y el marqués de Cádiz eran á la sazon enemigos declarados.
Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces
habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues
todavia el poder de la corona, no habia podido despojar á aquellos
orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse mútuamente
la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que á cualquiera hubiera
debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de
Medina Sidonia; pero juzgaba esta señora de la condicion del duque
por la nobleza de los sentimientos que á ella misma la animaban.
Apelando, pues, á la generosidad de tan cortés y valiente caballero,
imploró su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni
fue vana su confianza; pues apenas oyó el duque los ruegos de la
esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determinó
ir en persona á socorrerle.

Á este fin hizo circular una órden á todos los alcaides de sus
pueblos y castillos, para que á la mayor brevedad se reunieran
en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas
guarniciones: convocó á los caballeros de Andalucía, representándoles
que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la
caballería española; y á los que le siguiesen como voluntarios,
ofreció paga generosa, armas, caballos y subsistencia.

Asi es que todos aquellos á quienes podian estimular el honor, la
religion, el patriotismo ó la codicia, acudieron al estandarte
del duque, que en breve se halló al frente de cinco mil caballos
y cincuenta mil infantes.[10] Muchos caballeros de nombradía le
acompañaron en esta empresa: entre otros el intrépido don Alonso de
Aguilar, con su hermano don Gonzalo de Córdoba, despues tan célebre
por sus hazañas; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente
con Martin Alonso de Montemayor, y el marqués de Villena; tenido por
la mejor lanza de España. Con tan brillante y numerosa hueste, y
rodeado de todo el aparato de la guerra, salió de Sevilla el duque
de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad
famosa.

  [10] Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de
  Medina. M. S.

Hallábanse los Reyes en Medina del Campo, donde se estaba celebrando
con un _Te Deum_ el triunfo de la fé por la toma de Alhama, cuando
recibieron el aviso del iminente peligro del valeroso Ponce de Leon
y sus compañeros. En caso tan urgente, y recelando no se perdiese
el fruto de aquella conquista, tomó el Rey caballos al instante,
y dejando órden para que la Reina le siguiese, partió á grandes
jornadas para Andalucía[11], acompañado de don Beltran de la Cueva,
duque de Alburquerque, don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de
Tendilla, y de don Pedro Manriquez, conde de Treviño, con algunos
otros caballeros de distincion y fama. Sin detenerse mas tiempo
que el preciso para mudar caballos, continuó el Rey su carrera
hasta Córdoba: tanta era su impaciencia por ponerse á la cabeza
del ejército del duque. Á su llegada á aquella ciudad, y cuando se
acercaban á la frontera, le hizo el duque de Alburquerque algunas
reflexiones sobre la imprudencia de entrar en pais enemigo con tan
poca precaucion y tan corto acompañamiento, aconsejándole dejase
el socorro de Alhama al cuidado de sus capitanes, sin aventurar
su real persona; “porque los Reyes vuestros predecesores, dijo el
duque, nunca entraron en tierra de moros sino acompañados de un gran
número de gentes de Castilla, y los reyes que tienen las gentes y los
capitanes que vos teneis, basta que envien algunos de ellos á hacer
las guerras.” Y á esto respondió el Rey: “duque, habiendo partido de
la villa de Medina, con propósito de socorrer á aquellos caballeros,
cosa seria por cierto contra mi condicion dejar de continuar mi
camino, no habiendo para ello mas impedimento que el que decís.”[12]

  [11] Illescas, Hist. Pontifical.

  [12] Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.

Teniendo aviso en Córdoba que el duque de Medina Sidonia estaba
ya muy adentro en el territorio enemigo, prosiguió su marcha sin
descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar
en persona el socorro á los cercados, envió delante un correo
para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada.
Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se
aventuraba el éxito de la empresa, por la gran necesidad en que se
hallaba la guarnicion de Alhama, escribió á su soberano de acuerdo
con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella
ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibió el Rey esta
carta en Ponton del Maestre, y haciéndose cargo de las razones del
duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan
pocos caballeros como le seguian, determinó esperar noticias del
ejército en la ciudad de Antequera.

Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de
Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del
Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoció
que era ya preciso hacer el último esfuerzo, y recobrar á Alhama
por un asalto general y vigoroso, ó abandonarla á los cristianos.
Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros
jóvenes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo
intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la
posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se
dirigieron estos pocos hácia la villa, la mañana del dia siguiente
al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron á
la muralla, que elevándose sobre las peñas en que estaba sentada,
parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron
las escalas, y lograron subir á las almenas sin que nadie lo notase,
porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer á los
cercados, ordenó una zalagarda, y fingió un asalto por otra parte.
Con este ardid llegaron á introducirse en la villa hasta setenta
moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos
empezaba á escalar la muralla un número mayor, cuando advertidos
del peligro corrieron los españoles á las almenas para contener al
enemigo. Trabóse alli una contienda encarnizada, y hombre á hombre
y cuerpo á cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha pérdida
de ambas partes; bien que no tardaron estos últimos en ganar el
ascendiente, pues desprendiéndose las escalas con el peso de la gente
que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron
rodando sus cuerpos de peña en peña hasta la llanura: á los demas que
habian ganado lo alto del muro, los llevaron á cuchillo, y muertos ó
heridos los arrojaron por los adarves. Debióse en gran manera este
buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso
Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este
del marqués de Cádiz.

Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en
persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada
en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en
defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido
muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya á las
puertas para abrirlas al ejército[13]. La muerte iba guiando sus
pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas,
y por los cadáveres de los que inmolaban de camino. Llegaron á una de
las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia
postrados á la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron
alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un
momento mas que tardáran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Viéronse
entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto
forman un círculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el
centro, presentan animosamente los pechos á sus contrarios. De esta
suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion formándose
en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron
contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso
dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia
su número, estrechaban mas y mas el círculo, defendiendo con
inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas,
pereció el último moro abrazado con el asta de su estandarte. Este
estandarte se desplegó en seguida sobre la muralla, y las cabezas de
los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.[14]

  [13] Zurita, lib. XX. c. 43.

  [14] En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo.
  Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.

Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de
sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su
dolor. Para mayor confusion suya, se le avisó que desde las alturas
se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ejército
cristiano, que venia á socorrer á Alhama. Cediendo pues al rigor
de su fortuna, alzó Muley el sitio, movió el campo sin tardanza,
y al tiempo que se oian los últimos acentos de los añafiles del
ejército moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se
vieron desembocar por las montañas las espesas columnas del duque de
Medinasidonia.

Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte á sus
enemigos, y avanzar por otra á sus libertadores, prorrumpieron en
gritos de alegría; pues se les volvia á la vida en el punto mismo en
que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y
todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos.
La escena que pasó entre el duque de Medinasidonia y el marqués de
Cádiz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir á su magnánimo
libertador, se le asomaron al Marqués las lágrimas á los ojos, y
lleno de admiracion y reconocimiento, le estrechó entre sus brazos.
El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le
correspondió con iguales demostraciones, y le ofreció generosamente
para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.

Mientras esto pasaba con los gefes, se suscitó entre la tropa
una contienda sórdida, sobre la particion de los despojos; pues
pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella
victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado.
De las palabras hubieran llegado á las armas, á no intervenir el
duque que decidió la cuestion con su magnanimidad característica,
diciendo á los suyos: “Quédense con los despojos, aquellos á quien
la fortuna se los dió; que nosotros solo hemos tomado las armas por
la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea
éste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro
que serán vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas
de los moros y del reino de Granada.” Aplaudieron los soldados las
razones de su general, apaciguáronse los ánimos, y terminó felizmente
aquel tumulto.

Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado
abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante
esposa del marqués de Cádiz habia prevenido, se retiraron los
veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista á una
parte de las tropas recien venidas, y volvieron á sus casas cargados
de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqués de
Cádiz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron á Antequera,
donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y señales
particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa
del Marqués, cuya esposa, agradecida á la gentileza que habia usado
con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos,
y se honró á tan distinguido huésped con un espléndido banquete.
Cuando partió el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqués
acompañando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos
afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos
dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno
por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino
de Granada, el otro por haber subyugado á su mayor enemigo por un
acto de magnanimidad.

[Ilustración]




CAPÍTULO VII.

  _Acontecimientos en Granada, y principios del Rey moro, Boabdil el
  chico._


Confuso y pesaroso volvió Muley Aben Hazen á su capital, despues de
esta expedicion infructuosa, para ser testigo del descontento general
y para oir las quejas y acusaciones de su pueblo. El desafecto que
se manifestaba en el comun, fermentaba con mas secreto, pero mas
peligrosamente entre los nobles. El reinado de Muley habia sido
tiránico y sanguinario; y muchos de los gefes de la tribu de los
Abencerrages, la mas ilustre entre los moros, habian sido víctimas
de su política ó de su venganza: circunstancias que, unidas á
las disensiones que existian en la familia real, prepararon una
conspiracion cuyo objeto era el de desposeerle del trono, y libertar
al pueblo de tan opresivo yugo.

Era Aben Hazen apasionado al sexo y tenia muchas mugeres, de las
cuales se dejaba dominar alternativamente. Entre ellas habia dos
reinas, á quienes amaba con extremo: la una se llamaba Aixa, á quien,
en obsequio de su honestidad y pureza, dieron los moros el sobre
nombre de la “Horra”, en arábigo la casta. Ésta en su juventud,
tuvo de Aben Hazen un hijo, á quien todos consideraban como el
heredero presuntivo del trono, y que se llamó Mahomet Audalla, si
bien los historiadores le conocen mas generalmente por el nombre de
Boabdil. Á su nacimiento los astrólogos, segun costumbre, formaron
su horóscopo; y el terror y el espanto se apoderaron de sus ánimos,
al notar los fatales portentos que su ciencia les revelaba. La
vana ciencia de la astrología judiciaria, era muy comun entre los
moros; y la supersticiosa costumbre de sacar horóscopos, parece
haberse observado en el caso que aqui se cita. “¡Alá achbar! Dios
es grande, exclamaron: él es quien pone y quita los imperios: en el
cielo está escrito que este príncipe ocupará el trono de Granada,
pero que en su reinado se consumará la perdicion del reino.” Desde
este punto concibió contra él su padre una aversion decidida, y
fue tan constante en perseguirle, que por esto y por la prediccion
ominosa que le amenazaba, vino Boabdil á llamarse el “Zogoibi” ó el
desgraciado.

La otra reina favorita de Muley, era Fátima, á quien dieron los moros
el título de la “Zoroya” ó luz del alba, por lo resplandeciente
de su hermosura: era cristiana de nacimiento, hija del comendador
Sancho Jimenez de Solis, y siendo aun niña habia quedado cautiva
de los moros.[15] Enamorado el viejo Rey de esta bella española, la
hizo su sultana, y se entregó enteramente á su gobierno. El fruto de
este amor fueron dos príncipes, á quienes desde su nacimiento tenia
determinado la Zoroya elevar á la autoridad suprema, por cuantos
medios estuviesen á su alcance; pues la ambicion de Fátima no era
menor que su hermosura, y el objeto de sus mas ardientes deseos era
el de colocar á uno de sus hijos sobre el trono de Granada. Para
este fin se valió del ascendiente que tenia sobre el ánimo cruel de
su marido, y haciéndole entrar en sospechas contra sus demas hijos,
á quienes achacaba los mas siniestros designios, logró perderlos en
el afecto de su padre. Tanto pudieron al fin sus artificios, que
mandó Muley dar públicamente la muerte á varios de sus hijos en la
fuente de los leones, que está en el patio de la Alhambra, lugar muy
señalado en la historia de los moros como teatro de tantos hechos
sanguinarios.

  [15] Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.

No satisfecha con esto, pasó á indisponer al Rey con la virtuosa
sultana Aixa, su rival, cuya belleza no era ya la misma que en
su juventud primera, ni ofrecia tantos atractivos como antes á
su marido; y por esto no le fue dificil persuadir á Muley que la
repudiase y la encerrase con su hijo en la torre de Comáres, una de
las principales de la Alhambra. Por último, viendo en Boabdil, que ya
iba entrando en la edad viril, un obstáculo á sus designios, despertó
de nuevo en el pecho feroz de su padre los recelos y las sospechas,
recordándole la prediccion que fijaba la pérdida del imperio para
cuando llegase á reinar este príncipe. Á esto, desafiando el influjo
de las estrellas, decia Muley: “La cuchilla del verdugo probará la
falsedad de estos horóscopos, y atajará la ambicion de Boabdil, asi
como ha castigado la osadía de sus hermanos.”

Advertida secretamente de la intencion cruel del viejo Monarca,
la sultana Aixa, muger de resolucion y talento, se concertó con
algunas damas de su servidumbre para facilitar la fuga de su hijo.
Á un criado de toda su confianza se dió el encargo de apostarse á
la media noche en las orillas del rio Darro, prevenido de un ligero
caballo árabe. Y al tiempo que yacian todos en un profundo reposo,
y reinaban en palacio el silencio y la oscuridad, atando por los
cabos los mantos y tocas de sus criadas, descolgó la sultana al jóven
príncipe desde la torre de Comáres.[16] Bajando á tientas aquella
áspera cuesta, llegó Boabdil á las márgenes del Darro y saltando en
su caballo, partió á carrera tendida para Guadix, en las Alpujarras.
Aqui permaneció oculto algun tiempo; pero despues, reuniendo sus
partidarios y fortificándose en aquella plaza, pudo declararse
abiertamente y desafiar las asechanzas de su padre.

  [16] Salazar, Crónica del gran Cardenal, c. LXXI.

Tal era el estado de cosas en la casa real de Granada, cuando volvió
Muley de su desastrosa expedicion de Alhama. La faccion formada entre
los nobles para deponer al Rey padre y colocar en el trono á Boabdil,
se habia puesto ya de acuerdo con éste: estaban tomadas las medidas
necesarias, y para la ejecucion de su proyecto solo esperaban una
ocasion favorable, que en breve se les presentó. Tenia Aben Hazen en
las inmediaciones de Granada un sitio de recreo llamado Alejares,
donde solia acudir para solazar el ánimo y distraerse de los cuidados
contínuos que le rodeaban. Habia pasado alli un dia, cuando volviendo
á Granada, halló cerradas las puertas de la ciudad, y proclamado Rey
á su hijo Boabdil. “¡Alá achbar! ¡Dios es grande! dijo el triste
Monarca: en vano es porfiar contra el destino: estaba escrito que
mi hijo habia de subir al trono: Alá no permita que se cumpla lo
restante del vaticinio.” Conociendo Aben Hazen que mientras durase
aquella efervescencia popular, serian inútiles cuantos esfuerzos
hiciera para recuperar su autoridad, volvió las riendas á su caballo
y se dirigió á Baza, donde fue recibido con grandes demostraciones de
lealtad.

Pero en el carácter entero y firme de Muley Aben Hazen, no cabia la
debilidad de rendir el cetro sin resistencia: confiaba en la lealtad
de una gran parte del reino que aun le reconocia; y se lisongeaba que
presentándose repentinamente en la capital con una fuerza regular,
conseguiria intimidar al pueblo y hacerle volver á su observancia.
Tomada esta resolucion, procedió á llevarla á efecto con la destreza
y osadía propias de su carácter, y á la cabeza de quinientos hombres
escogidos se presentó una noche bajo los muros de Granada: escaló la
Alhambra, y entrando con furor sanguinario por aquellos silenciosos
aposentos, se arrojó sobre sus pacíficos habitadores, cebando en
ellos el alfange exterminador, que no perdonaba edad, calidad, ni
sexo. Despertaron aquellos infelices para volver los mas de ellos
á cerrar los ojos en la muerte: resonaban en todo el castillo sus
alaridos, y las fuentes corrian ensangrentadas. El alcaide Aben
Comixer se retrajo á una torre fuerte, y se encerró con algunos
soldados; pero Muley, sin perder tiempo en perseguirle, bajó con
su feroz cuadrilla á la ciudad, para vengarse de los rebelados.
Alarmáronse los habitantes, corrieron á las armas y encendiendo
luces por todas partes, pudieron reconocer el corto número de
los autores de tanto estrago. Muley se habia equivocado en sus
conjeturas; porque la masa del pueblo indignado de su tiranía, se
manifestó decididamente, en favor de Boabdil. Siguióse por las calles
y plazas un combate terrible, pero corto, en que murieron muchos de
los partidarios de Muley: los demas se salvaron con la fuga, y en
compañía de su soberano, se dirigieron á la ciudad de Málaga.

Tal fue el principio de aquellos bandos y disensiones intestinas,
que apresuraron la ruina de este imperio. Divididos los moros entre
sí, formaron desde aquel dia dos partidos, mandados por el padre y
el hijo; pero con todo eso, cuando la ocasion se presentaba, nunca
dejaron de unir sus respectivas fuerzas para dirigirlas contra los
cristianos, como á enemigo comun.

[Ilustración]




CAPÍTULO VIII.

  _Expedicion real contra Loja._


En un consejo de guerra convocado por el Rey Fernando en Córdoba,
se trataba de lo que debia hacerse con Alhama, y ya el parecer de
los que aconsejaban que se desamparase aquella fortaleza, por estar
situada en el centro del territorio moro y expuesta en todo tiempo á
un ataque, empezaba á prevalecer, cuando llegó la Reina. Instruida
Isabel de estas deliberaciones, se presenta en el consejo y tomando
la palabra: “No quiera Dios, dice, que asi se malogre el primer
fruto de nuestras victorias: ¿tan fácilmente habiamos de abandonar
la primera plaza que hemos arrancado al enemigo? Lejos de nosotros
semejante idea; ¿pues qué otra cosa seria el hacerlo, sino descubrir
la debilidad de nuestros consejos, é inspirar mayores brios á los
infieles? No se vuelva pues á tratar de abandonar á Alhama, y sí
solo de conservar y extender nuestras conquistas, hasta dar glorioso
término á tan santa guerra con la destruccion total del imperio de
los moros en España.”

El discurso de la Reina infundió nuevo ánimo en el consejo real, y
al punto se tomaron las medidas convenientes para mantener á Alhama á
todo trance: por alcaide de esta plaza nombró el Rey á Luis Fernandez
Portocarrero, señor de Palma; se le agregaron Diego Lopez de Ayala,
Pedro Ruiz de Alarcon y Alonso Ortiz, capitanes de cuatrocientas
lanzas, con mil hombres de infantería y vituallas para tres meses.

Deliberó Fernando entonces emprender el asedio de Loja, ciudad
fuerte, no muy distante de Alhama. Con este intento intimó á todas
las ciudades y pueblos de Andalucía y Extremadura, al reino de Toledo
y á las órdenes militares, le enviasen para un tiempo señalado, á
su campo delante de Loja, cierta cantidad de provisiones, segun
sus respectivos repartimientos. Los moros por su parte, no fueron
menos diligentes en sus preparativos: enviaron al África á solicitar
socorros, y á impetrar el auxilio de los príncipes berberiscos en
esta guerra por la fé. Á fin de interceptar estos socorros, apostaron
los Reyes de Castilla en el estrecho de Gibraltar, una escuadra de
navíos y galeras al mando de Martin Diaz de Mena y de Cárlos de
Valera, con órden de barrer las costas de Berbería y destruir hasta
la última nave de aquella nacion.

Mientras se hacian estas prevenciones, salió el Rey á hacer una tala
en la vega de Granada, y quemáronse en esta incursion gran número
de cortijos, alquerías y lugares; se robó mucho ganado, y fueron
destruidas las mieses.

Hácia fines de junio partió de Córdoba el Rey Fernando, para sentar
sus reales bajo los muros de Loja, llevando consigo solo cinco mil
hombres de á caballo y ocho mil de infantería. El marqués de Cádiz,
capitan tan experimentado cuanto valiente, representó al Rey que con
tan corto número de tropas seria muy arriesgado acometer aquella
empresa; hízole ver que el plan de campaña se habia formado mal, y
que se habian omitido muchas prevenciones importantes; pero en el
ánimo del Rey, pudieron mas los consejos de don Diego de Merlo; y sin
llevar todos los pertrechos indispensables á un ejército sitiador,
movió el campo, y con resolucion y confianza marchó contra la ciudad
de Loja.

Llegando á aquella plaza, asentó el Rey su estancia entre unos
olivares, á orillas del rio Jenil, que por aquella parte pasa muy
hondo, y acanalado por unas riberas tan altas, que con dificultad se
puede vadear, y los moros estaban en posesion del puente. Las alturas
inmediatas fueron ocupadas por la demas tropa, distribuida en varios
acampamentos, pero separados unos de otros por barrancos, de suerte
que en caso necesario, no podian acudir á socorrerse mútuamente. La
artillería, por otra parte, se colocó con tan poco acierto, que no
se pudo sacar de ella utilidad alguna, y la aspereza y desigualdad
del terreno impidieron no poco las maniobras de la caballería. Todos
estos defectos fueron notados por el duque de Villahermosa, hermano
natural del Rey, que aconsejó se mudase el campo á otra parte, y se
echasen puentes sobre el rio. Hiciéronse algunas diligencias á este
efecto, pero con tan poca actividad y conocimiento, que no fueron de
ningun provecho. Hay cerca de la ciudad un cerro llamado cuesta de
Albohazen, que por dominar á aquella ciudad y estar situado delante
del puente, era muy á propósito para contener al enemigo. Para
remediar en parte los desaciertos cometidos, y dar mayor seguridad al
campo, se hacia preciso apoderarse de aquella altura y fortificarse
en ella; por lo que mandó el Rey que acometiesen á tomarla; y
este honroso encargo se confió al valor y bizarría del marqués de
Cádiz, el marqués de Villena, don Rodrigo Tellez Giron, maestre de
Calatrava, su hermano el conde de Ureña y don Alonso de Aguilar.
Subieron allá estos ínclitos guerreros con sus tropas, y vióse en
breve relucir la cuesta de Albohazen con las armas de Castilla.

Mandaba á la sazon en Loja un alcaide viejo llamado Aliatar, cuya
hija era la sultana favorita de Boabdil. Era Aliatar un esforzado y
valiente moro, muy versado en la guerra, como que se habia criado en
ella; y aunque muy cargado de años, (pues llegaban á noventa los que
tenia) conservaba en la vejez todo el fuego y energía de la juventud.
Su nombre era el terror de la frontera, su espíritu indómito y fiero,
é implacable el odio que profesaba á los cristianos. Tenia á sus
órdenes tres mil ginetes, con los cuales habia hecho muchas correrías
muy señaladas, y estaba esperando por momentos la venida del Rey
viejo con tropas de refuerzo. Desde las torres de su fortaleza,
habia observado este veterano caudillo los movimientos del ejército
cristiano, y ninguno de los errores que cometieron se ocultó á su
penetracion. Aquella misma noche, mandó salir un cuerpo numeroso de
tropa escogida, con órden de ponerse en emboscada junto á una de
las faldas de la cuesta de Albohazen; y al dia siguiente hizo una
salida por el puente, fingiendo atacar aquella altura. Corrieron á
hacerle rostro los caballeros que alli estaban, dejando desamparado
el puesto, y al punto Aliatar finge ceder al ímpetu del enemigo y
retrocede: los cristianos le persiguen, y hallándose ya bastante
apartados de su campo, oyen á retaguardia un clamor terrible;
vuelven el rostro y ven atacado su acampamento por los moros que
habian quedado en emboscada: acuden los cristianos á la defensa
de sus estancias, y tornan á pelear con grande ánimo; pero Aliatar
revuelve al instante contra ellos y los embiste. Viéronse entonces
los caballeros acometidos de frente y por espalda, y con esta
desventaja sostuvieron el combate por espacio de una hora: la cuesta
de Albohazen se empapó en sangre, y quedó cubierta de montones de
cadáveres; pero viniendo luego á socorrerles una parte del ejército
cristiano, fue forzado el fiero Aliatar á retirarse, y se volvió con
los suyos á la ciudad. Algunos caballeros de fama perecieron en esta
refriega: entre ellos don Rodrigo Tellez Giron, que murió de una
saeta, la cual le acertó debajo del brazo al tiempo de levantarlo
para descargar un golpe. Fue muy sentida su muerte, por haber
ocurrido en la flor de su edad, cuando apenas contaba veinte y cuatro
años. Los Reyes le lloraron como á uno de sus mejores vasallos,
los capitanes como á un fiel compañero de armas y partícipe en sus
glorias y peligros, y los soldados como á un gefe bajo cuya conducta
se habian prometido alcanzar los mayores triunfos.

Alterado por este revés, y conociendo, aunque tarde, ser muy acertada
la opinion del marqués de Cádiz en cuanto á la insuficiencia de sus
fuerzas para aquella empresa, convocó el Rey aquella noche un consejo
de guerra, y se acordó, para evitar mayores desastres, retirar el
ejército y replegarse sobre Riofrio, no muy lejos de alli, á fin de
esperar la reunion de las tropas que venian de Córdoba. Al amanecer
del dia siguiente, se empezaron á abatir las tiendas en la cuesta de
Albohazen; y notando el vigilante Aliatar este movimiento, salió sin
tardanza para dar un nuevo ataque. Una parte del ejército cristiano,
á quien aun no se habia comunicado la órden de levantar el campo,
viendo que se abandonaba aquella posicion importante y que salia toda
la guarnicion de Loja, entendió que los moros habrian sido reforzados
la noche pasada por la venida de su Rey, y que el ejército se habia
puesto en retirada. Al punto y sin detenerse á recibir órdenes, se
entregan á una fuga precipitada; y comunicando su confusion á los
demas, no paran en su carrera hasta llegar á un parage dicho la Peña
de los enamorados, distante de Loja unas siete leguas[17].

  [17] Pulgar, Crónica.

El Rey y los capitanes que le asistian reconocieron el peligro de
aquel momento, y haciendo frente al enemigo, sostuvieron repetidas
cargas, para dar tiempo á que se recogiese el campo y se pusiese
en salvo la artillería y demas pertrechos. Conseguido este objeto,
corrió el Rey á una altura desde donde llamando á voces á los
fugitivos, procuraba rehacerlos. Reuniéronsele unos pocos, con
los cuales, metiéndose por medio del fuego enemigo, arremetió á
un escuadron de moros con tal denuedo y valor, que los arrolló y
echó hasta el rio, donde fueron ahogados los que no murieron con
la espada. Pero reforzados los moros, volvieron en mayor número, y
corrió gran peligro la persona del Rey: dos veces debió la vida al
valor de don Juan Ribera, señor de Montemayor. El marqués de Cádiz,
viendo desde lejos el riesgo de su Soberano, corrió á socorrerle
seguido de unos setenta ginetes, y de la primera lanzada atravesó al
mas osado de los moros. Herido el caballo de un flechazo y sin mas
armas que la espada, se echó entre el Rey y los enemigos, y haciendo
prodigios de valor, le sacó de aquel aprieto. Á su constancia y
serenidad se debió principalmente la salvacion de la mayor parte del
ejército[18], en el cual hubo, no obstante, grandes pérdidas, por lo
mucho que en aquel azaroso dia se expusieron los caudillos. El duque
de Medinaceli fue derribado de su caballo, y estuvo en poco no cayese
en manos del enemigo: el conde de Tendilla recibió varias heridas, y
no fue menos lo que padecieron otros hidalgos de nota y caballeros
de la casa real. Por último, recogido la mayor parte del bagage y
restablecido algun tanto el órden, comenzó á retirarse el ejército,
evacuando las cercanías de Loja y la sangrienta cuesta de Albohazen,
con pérdida de algunas piezas de artillería, muchas tiendas de
campaña y una cantidad de provisiones.

  [18] Cura de los Palacios, c. 58.

Siguió Aliatar el alcance, picando la retaguardia hasta llegar á
Riofrio. Desde alli pasó el Rey Fernando á Córdoba, donde procuró
escusar este mal suceso, atribuyéndolo al poco número de sus fuerzas
y á la circunstancia de ser gente allegadiza, sin experiencia ni
disciplina. Tal fue el éxito de esta mal trazada expedicion, en que
recibió Fernando una leccion que le hizo mas cauto en adelante y
menos confiado en su fortuna. Entre tanto, para consolar y animar á
sus soldados, ordenó una nueva incursion en la vega de Granada.

[Ilustración]




CAPÍTULO IX.

  _Muley Aben Hazen entra por los estados de Medinasidonia, y corre
  la campiña de Tarifa._


Juntando un ejército en Málaga, marchó Muley Aben Hazen á socorrer
á Loja; pero llegó cuando ya Fernando iba de retirada, y cuando
el último escuadron de su ejército estaba á la otra parte de la
frontera. Perdida esta ocasion, revolvió el Monarca moro contra
Alhama, sin que en esta segunda tentativa fuese mas feliz que en la
primera; pues el valor y constancia del alcaide Luis Portocarrero,
le tuvieron á raya hasta tanto que la salida del Rey Fernando para
correr segunda vez la vega, le obligó mal de su grado á retirarse.

No pudiendo con una fuerza tan inferior como la suya competir con
el ejército de Castilla, ni tampoco permanecer tranquilo viendo la
devastacion de su territorio, determinó Muley hacer una entrada por
los estados de Medinasidonia, diciendo: “Ya que no podemos defender
nuestras tierras del enemigo, vayamos á asolar las suyas.” Todo
parecia convidar á esta empresa; la abundancia del pais, la gran
cantidad de ganado que se criaba en sus dehesas, y la ausencia de
muchos de los caballeros de Andalucía que se hallaban en el ejército
del Rey, y habian dejado la tierra casi sin defensa. Procedióse pues
á la ejecucion de este proyecto: marchó Muley para las tierras de
Medinasidonia con mil y quinientos caballos y seis mil infantes;
y tomando la ribera del mar, pasó por Estepona, y entró en el
territorio cristiano por la parte de Gibraltar.

El alcaide de esta plaza, Pedro de Vargas, soldado animoso, vigilante
y emprendedor, era el único que inspiraba á Muley algun recelo;
y aunque sabia éste que la guarnicion era demasiado corta para
que hiciesen una salida con buen éxito, no dejaba de temer que le
molestasen en su marcha. Asi es que al pasar por aquel peñon antiguo,
que parece elevarse hasta las nubes, volvia Muley la vista hácia
él con ansia y con cuidado: siguiendo su marcha con precaucion y
silencio, envió delante batidores para reconocer el terreno, y tomó
otras medidas para asegurarse contra cualquiera emboscada ó asechanza
del enemigo, sin creerse enteramente seguro hasta que, pasando la
tierra quebrada y montuosa de Castellar, y dejando á Gibraltar á la
izquierda, llegó á las llanuras que atraviesa el rio Celemin. Aqui
sentó su campo; y destacando cuatrocientos corredores, ó ginetes
armados á la ligera, los apostó cerca de Algeciras, con órden de
observar la fortaleza vecina de Gibraltar, de atacar al alcaide y
cortarle la retirada, en el caso que intentase una salida. Tomada
esta disposicion, se despacharon doscientos corredores mas para
correr la campiña de Tarifa, é igual número para asolar las tierras
de Medinasidonia: los demas, con el Rey, quedaron en el campo para
formar un punto de reunion. Con tan buen efecto corrieron aquellos
forrageadores el pais, que en breve volvieron conduciendo rebaños
enteros, y ganado en tanta cantidad, que era mas de lo suficiente
para suplir la falta de lo que acababa de quitarles Fernando en su
incursion en la vega. La tropa apostada en la playa de Algeciras con
órden de observar á Gibraltar, volvió tambien al campo, diciendo
que en aquella plaza todo quedaba tranquilo, y que no habian visto
moverse un solo soldado de la guarnicion; por lo que Muley se
felicitó en vista de la celeridad y secreto con que habia efectuado
esta entrada, burlando la vigilancia de aquel sagaz alcaide.

Pero se equivocaba Muley Aben Hazen creyendo que sus movimientos
habian sido tan secretos, que no se hubiesen notado. De todo tenia
aviso Pedro de Vargas; mas siendo tan corta su guarnicion, no se
atrevia á salir de la fortaleza, por no dejarla desamparada.
Felizmente aportó, á esta sazon, en la bahía de Gibraltar la escuadra
de Cárlos de Valera, que cruzaba en el estrecho; y Vargas, dejando
al comandante de ella encargado de la defensa de la plaza en su
ausencia, se salió fuera aquella misma noche con setenta caballos, y
se dirigió á Castellar, lugar fuerte situado en una altura por donde
sabia que los moros habian de pasar á su regreso. De órden suya se
encendieron hogueras en los cerros, para avisar á las gentes del
campo que los moros estaban en la tierra, y despacháronse correos en
diversas direcciones para apellidar á los habitantes, é intimarles
que se le reuniesen armados en Castellar.

Muley Aben Hazen, conociendo por las almenaras que ardian en las
montañas que el pais se levantaba, alzó el campo, y á toda prisa se
puso en movimiento con direccion á la frontera; pero le servia de
mucho entorpecimiento en su marcha el botin que habia recogido, y
la gran cabalgada que habia sacado de la campiña de Tarifa. En esto
le avisaron sus adalides que habia tropas enemigas en campaña; pero
hizo poco aprecio de este aviso, sabiendo que no podian ser sino los
soldados de Pedro de Vargas, que no pasaban de doscientos ginetes.
Empero echó delante doscientos y cincuenta caballos al mando de
los alcaides de Cáceres y de Marbella: detras de estos colocó la
cabalgada, llevando él mismo la retaguardia, que formaba el grueso
de su ejército. Pedro de Vargas, que estaba alerta, los vió venir
cuando se acercaban á Castellar, por una nube de polvo que levantaron
al bajar una de las cuestas de aquel pais montuoso, y notó que la
vanguardia estaba separada de la retaguardia por un espacio de mas de
media legua, y por la cabalgada que iba en el centro, al paso que un
bosque espeso ocultaba los primeros á los últimos. Persuadido Vargas
que en tal disposicion no podrian valerse unos á otros, en el caso de
ser atacados repentinamente, y que seria fácil ponerlos en confusion,
tomó cincuenta ginetes escogidos, y haciendo un rodeo, fue con el
mayor secreto á esperar al enemigo á la entrada de un paso angosto,
por donde forzosamente habia de pasar.

Aqui se pusieron en emboscada, ocultándose entre los peñascos y
matorrales, con propósito de dejar pasar la delantera, y caer sobre
la rezaga. En esto se presentaron seis batidores moros á caballo,
que empezaron á reconocer aquel sitio con el mayor cuidado, y ya
iban á descubrir la celada, cuando Vargas, precisado á mudar el
plan que habia formado, hizo una seña, y al punto salieron contra
ellos diez ginetes españoles. De la primera embestida mordieron
la tierra cuatro de los moros: los otros dos, metiendo espuela á
sus caballos, huyeron para reunirse con los suyos, persiguiéndolos
los diez de Pedro de Vargas. Adelantáronse entonces unos ochenta
caballos de la vanguardia de los moros para socorrer á los batidores:
volvieron atrás los diez españoles, y persiguiéndolos los moros,
entraron unos y otros atropelladamente por el paso ó desfiladero
donde estaba la emboscada. Al punto suena una trompeta, y saliendo
Vargas y los suyos, dieron en ellos con tal furia y denuedo, que en
un momento arrollaron á cuarenta de los enemigos: los demas volvieron
las espaldas. “¡Adelante! gritó Vargas, y acabemos con la vanguardia
antes que puedan ser socorridos por los de atrás.” En efecto,
hicieron los nuestros una carga tan vigorosa, que desbarataron toda
la delantera de los moros, los cuales huyeron desordenados para
reunirse con la retaguardia, y atravesando por medio de la cabalgada,
la pusieron en confusion, levantando entre todos tal polvo, que no
se podian distinguir los objetos. Satisfechos con esta ventaja,
y recelando la llegada del Rey moro con el grueso del ejército,
trataron los cristianos de ponerse en cobro, y con veinte y ocho
caballos y los despojos de los muertos, (entre los cuales hallaron á
los alcaides de Cáceres y Marbella) se retiraron á Castellar.

Sorprendido Muley con esta confusion y alboroto, llegó á temer que
toda la gente de Jerez estaba en armas contra él, y poco faltó, para
que abandonase la cabalgada y se retirase por otro camino; pero
como el buen soldado jamas abandona la presa sin pelear, determinó
pasar adelante, y llegando al campo de batalla, le halló cubierto de
los cuerpos muertos de mas de ciento de sus soldados. Enfurecido á
la vista de tanto estrago, siguió el alcance del enemigo hasta las
puertas de Castellar, y pegó fuego á dos casas que habia junto á la
muralla. Reuniendo despues el ganado que andaba disperso, lo hizo
conducir formando una hilera inmensa, por debajo de los muros de la
villa, como para desafiar á Pedro de Vargas.

En medio de su fiereza, tenia el viejo Aben Hazen sus rasgos de
generosidad y cortesía, y no era menos caballero que soldado.
Mandando llamar á un cautivo cristiano, le preguntó cuáles eran las
rentas del alcaide de Gibraltar; y habiéndosele respondido que de
cada piara que pasaba por aquel término, le correspondia una res,
dijo Muley: “Alá no permita que á tan buen caballero se le defraude
de su derecho.” Inmediatamente mandó escoger de entre el ganado
que traia doce reses de las mejores y mas gordas, que entregó á un
alfaquí con órden de presentárlas de su parte á Pedro de Vargas. “Y
decidle, añadió el Rey, que me perdone si antes no satisfice sus
derechos, de los cuales no tenia noticia; pero que instruido ya de
ellos, me apresuro á pagárselos con la puntualidad que se debe á tan
buen caballero; y que no sabia yo fuese el alcaide de Gibraltar tan
activo y vigilante en la cobranza de sus alcabalas.”

No dejó de caerle en gracia á Pedro de Vargas la ocurrencia del Rey
de Granada; y usando del mismo estilo, contestó: “Decid al Rey,
vuestro señor, que le beso las manos por la merced que me hace, y
que siento no me haya permitido la cortedad de mis fuerzas darle un
recibimiento mas señalado á su entrada en estas partes; pero que
estoy esperando la llegada esta noche de trescientos caballos de
Jerez, y que si en efecto vienen, no dejaré de obsequiar á S. M. con
ellos á la madrugada.” Y presentando al alfaquí un vestido de seda y
un manto de escarlata, le despidió con mucha cortesía.

Al recibir esta respuesta, dijo Aben Hazen meneando la cabeza:
“Líbrenos Alá de una visita de estos campeadores de Jerez; que si nos
atacan, embarazados como vamos con esta cabalgada, y empeñados en
un pais tan áspero y fragoso, no les será dificil efectuar nuestra
destruccion.” Con este cuidado aceleró su marcha, y pasó con tal
precipitacion aquellas montañas, que se le descarrió una gran parte
del ganado, y se volvieron cinco mil cabezas, que fueron recogidas
por los cristianos: con lo demas llegó Muley á Málaga, donde entró
ufano y glorioso por el daño que habia causado en las tierras del
duque de Medinasidonia[19].

  [19] Alonso de Palencia, L. XXVIII. c. 3.

[Ilustración]




CAPÍTULO X.

  _Incursion de los caballeros de Andalucía por los montes de Málaga,
  llamados la Ajarquía._


[Nota al margen: Año 1483.]

La reciente correría de Muley Aben Hazen, hiriendo el amor propio
de los caballeros de Andalucía, les animó á nuevas empresas; y
resueltos á tomar satisfaccion de este insulto, se reunieron en
Antequera, por el mes de marzo de 1483, el marqués de Cádiz, don
Pedro Enriquez, adelantado de Andalucía, el conde de Cifuentes,
alférez del pendon real y asistente de Sevilla, don Alonso de
Cárdenas, maestre de Santiago, y don Alonso de Aguilar. Á estos se
agregaron muchos caballeros de nota con sus respectivas fuerzas; de
modo que en breve se vieron juntos en Antequera dos mil y setecientos
caballos, y algunas compañías de á pié: toda gente muy lucida, la
flor de la caballería española. Tratóse en un consejo de guerra de
fijar el punto donde habian de dirigir las armas, y hubo entre los
gefes gran diversidad de pareceres. El consejo del marqués de Cádiz
era que marchasen contra Zahara, para cobrar aquella plaza, y los
demas caballeros propusieron diferentes planes: pero el maestre
de Santiago, manifestando el que habia formado, fijó la atencion
del consejo, y le hizo entrar en sus ideas. Dijo que segun aviso
que tenia de sus adalides, se podria con toda seguridad hacer una
incursion en un pais montuoso cerca de Málaga, llamado la Ajarquía,
region muy fértil, abundante de ganado, y cubierta de aldeas y
lugares, donde seria fácil juntar un botin inmenso. Añadió que la
guarnicion de Málaga era demasiado corta para salir á molestarles, y
que llevando adelante sus estragos, podrian acaso sorprender aquella
rica é importante plaza, y apoderarse de ella por asalto.

El marqués de Cádiz trató de manifestar las dificultades que ofrecia
esta empresa, por la naturaleza del pais, del cual tenia noticias
exactas por un moro tránsfugo, llamado Luis Amar, que le servia
de adalid. Representó que la Ajarquía era unos montes ásperos y
fragosos, herizados de riscos y peñascos, y habitados por una gente
feroz y guerrera, que al abrigo de aquellas asperezas podrian
desafiar, aunque pocos, á ejércitos enteros; y que aun cuando se
consiguiese vencer á estos infelices, seria una victoria sin provecho
y sin despojos, porque á ellos les seria muy fácil poner en cobro los
bienes que tuviesen, llevándolos á los lugares fuertes de la montaña.
Pero contra las advertencias del Marqués prevaleció el consejo del
maestre de Santiago; é inflamados aquellos ánimos por la esperanza
de un suceso brillante, se dispusieron con ardor á acometer aquella
empresa.

Dejando en Antequera una parte del bagage, por ir menos embarazados,
se pusieron en marcha, llenos de confianza, con direccion á la
Ajarquía. Don Alonso de Aguilar y el adelantado de Andalucía guiaban
la vanguardia: á esta seguia la batalla del valiente don Rodrigo
Ponce de Leon, marqués de Cádiz, á quien acompañaban algunos
hermanos y sobrinos suyos, con otros muchos caballeros que deseosos
de distinguirse se alistaron en sus banderas: la retaguardia la
conducia don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago, donde iban los
caballeros de su órden, con la gente de Écija, y los hombres de armas
de la santa hermandad: y detras de todos venian las acémilas con las
provisiones. Ejército mas bizarro, ni mas confiado en sus fuerzas,
con ser tan pocas, jamas pisó la tierra. Componíase principalmente
de jóvenes de la primera nobleza, para quienes la guerra era un
pasatiempo y la gloria el único galardon. Rivalizando entre sí en el
lujo de sus arneses, no habian perdonado gasto alguno para salir con
gala y lucimiento á aquella empresa. Montados en hermosos caballos
andaluces, las armas resplandecientes y primorosamente labradas,
adornados los yelmos con pomposas cimeras, y los escudos con divisas
curiosas, salieron por las puertas de Antequera con ostentacion
marcial, arrebatando los aplausos y la admiracion del pueblo entero.
En seguimiento del ejército venia una cuadrilla de mercaderes, gente
pacífica, y atraida tan solo de la codicia de aprovechar los despojos
de la guerra, para cuyo fin traian al cinto sus taleguillos de cuero
bien provistos de monedas de oro y plata, proponiéndose con ellas
comprar á bajo precio las alhajas, joyas, vajilla, y telas de seda
que habian de ganar los soldados en el saqueo de Málaga. Muy mal se
hallaba el orgullo de aquellos caballeros con las ideas bajas de
estos traficantes; pero los dejaron seguir por la comodidad de sus
soldados, que sin ellos se hallarian sobrecargados de botin.

Se habia tratado de conducir esta expedicion con mucha prontitud
y sigilo: pero el ruido de los preparativos habia llegado ya á
la ciudad de Málaga, donde mandaba Muley Audalla, hermano menor
de Muley Aben Hazen, conocido por el sobrenombre del Zagal, ó el
valiente: título que le ganaron sus proezas, y que en las batallas
valia por un ejército, por la confianza que inspiraba á los
soldados. No se le ocultó al Zagal que el objeto ulterior de aquella
expedicion era la ciudad de Málaga, por lo que determinó apoderarse
de aquellas montañas, convocar el paisanage, y tomando todos los
pasos y salidas, atajar los progresos del enemigo.

Entre tanto el ejército, prosiguiendo su marcha, llegó á la entrada
de la Ajarquía y por sendas estrechas y fragosas, se internó en
aquellas soledades, siguiendo unas veces el cauce de un arroyo,
donde las piedras, sueltas y amontonadas por las avenidas, hacian el
paso en extremo trabajoso, y otras, atravesando barrancos y trepando
precipicios con suma dificultad y peligro. Habiendo marchado todo
el dia, llegaron poco antes de ponerse el sol á una elevacion,
desde donde se descubria la hermosa vega de Málaga y el azulado
mediterráneo, vista que despertó de nuevo toda su codicia, pues no
se prometian menos que la conquista de aquella plaza. Á la entrada
de la noche se hallaron en medio de unas aldeas esparcidas por un
valle pequeño que se abriga en el seno de aquella sierra, las cuales
son propiamente lo que los moros llamaban la Ajarquía. Aqui fue
donde empezaron á disiparse aquellas esperanzas tan alegres y tan
ligeramente formadas; pues hallaron que los habitantes, avisados de
su venida, habian abandonado sus casas, y se habian recogido con
sus efectos á las atalayas y lugares defensibles de la montaña.
Irritados por este suceso, pegaron fuego á las casas, y esperando
mejor fortuna mas adelante, prosiguieron su marcha, asolando la
tierra, quemando las alquerías, y destruyendo cuanto los moros no se
habian llevado.

Despues de andar alguna distancia, se hallaron empeñados en lo
mas áspero y fragoso de la sierra, y rodeados por todas partes de
riscos, peñascos y precipicios. Ya el órden de la marcha no se pudo
conservar: los caballos no tenian lugar para revolverse, y tropezaban
á cada paso, rodando aquellos derrumbaderos con sus ginetes, y
poniendo en desorden á los peones. Al pasar por una aldea incendiada,
la luz de las llamas reveló á los moros el ahogo y turbacion de los
cristianos; y corriendo aquellos á ocupar todas las cumbres, los
acometieron desde alli con piedras, dardos y saetas, aumentando su
confusion y espanto con terribles alaridos, cuyos ecos, retumbando de
roca en roca, hacian creer á los nuestros que se hallaban cercados
de una hueste innumerable. En tal conflicto, y viendo el maestre
de Santiago caer en derredor á muchos de sus mejores soldados sin
poderles valer, ni tomar venganza, envió con urgencia á pedir
socorro al marqués de Cádiz. Acudió este caudillo, y con él don
Alonso de Aguilar, á favorecer á su compañero de armas: si bien
no hicieron mas que participar de su peligro. Reunidos los tres
gefes, entraron apresuradamente en deliberacion sobre el partido que
podrian tomar en tan críticas circunstancias, y acordaron, en medio
de la tempestad de piedras y flechas, volver atrás, y retirar las
tropas de aquella espesura para buscar un terreno mas igual. Dióse
en consecuencia órden á los adalides para que los guiasen fuera de
aquel sitio azaroso; pero estos, ó turbados por el miedo, ó porque
ignoraban el pais, erraron el camino, y fueron metiendo el ejército
en un valle angosto, dominado de riscos y tan pedregoso, que era
casi intransitable no solo para la caballería sino tambien para
los infantes. Entre tanto los moros, alentados por la angustia de
los cristianos, los acometieron de nuevo; y con armas arrojadizas,
con piedras enormes que hacian rodar sobre ellos desde lo alto de
aquellos precipicios, y con gritos espantosos, les tuvieron fatigados
sin dejarles un momento de respiro. Á esto se añadia la oscuridad
de la noche, interrumpida solamente por los fuegos que ardian en
los cerros, donde se veia discurrir á los enemigos saltando de peña
en peña, semejantes á espíritus infernales mas bien que á figuras
humanas.

En tal situacion les amaneció, sin que la luz del dia sirviese de
consuelo á sus cansados espíritus; pues no veian en derredor sino
la desolacion y la muerte. Al mirar cubierto de cadáveres aquel
sitio fatal, y coronados los cerros por el enemigo, que no cesaba
de afligirlos, la desesperacion se apoderó de aquellos ánimos
valientes. Los soldados volvian ansiosamente la vista sobre sus
gefes, como implorando su socorro, y éstos, que no podian sufrir
aquellas miradas, ni atajar la mortandad que se hacia en los suyos,
enloquecian de rabia y de dolor. Cubiertos de polvo, y de sangre, y
de heridas, y demudados por el horror y la fatiga, ¡qué diferente
espectáculo ofrecian ahora estos caballeros de el que presentaron al
salir de Antequera con sus lucidos y bizarros escuadrones!

Tomados todos los pasos por los moros, fueron inútiles cuantos
esfuerzos hicieron los cristianos para salir de aquella estrechura;
y sin bandera que los reuniese, ni trompeta que los animase, ya los
soldados procuraban salvarse, cada uno como pudiese, cuando para
mayor confusion oyeron resonar por aquellos cerros el terrible grito
de “¡el Zagal! ¡el Zagal!” “¿Qué grito es ese?”, dijo el Maestre,
y un soldado veterano le respondió: “es el apellido de guerra del
general moro, que sin duda ha salido en persona con las tropas de
Málaga.” Entonces el buen Maestre, volviéndose á los caballeros,
dijo: “Muramos, haciendo camino con el corazon, pues no lo podemos
hacer con las armas, subamos esa sierra como hombres, y procuremos
vender caro las vidas, sin esperar á que nos degüellen como reses
mudas.” Diciendo estas palabras, hincó las espuelas al caballo, y
arremetió la sierra arriba, siguiéndole buen número de sus soldados.
Aqui llegó á su colmo la congoja de los nuestros, y fue grande
el destrozo que hizo en ellos el enemigo con dardos, flechas y
azagayas. Á veces un peñasco enorme, desprendido desde lo alto de
un precipicio, los cogia en medio, abriendo tremendos surcos, y
arrebatando en su impetuoso curso escuadrones enteros: y á veces
los caballos, que no podian hacer pié en un terreno tan escabroso,
perdian el equilibrio, y con sus ginetes, asi como con los peones que
se agarraban á sus colas para sostenerse, rodaban la cuesta abajo
hasta el valle, estrellándose hombres, armas, y caballos contra
las peñas. En esta lucha cruel perdió el Maestre á su alférez, ó
portaestandarte, y á muchos de sus parientes y amigos mas queridos.
Al fin consiguió llegar hasta la cima de aquella cuesta, donde se
vió amenazado de nuevos trabajos y de mayores peligros. Cercado de
enemigos, rodeado de precipicios, muertos la mayor parte de sus
parciales, y dispersados casi todos los demas, no pudo el Maestre
contener su dolor, y exclamó: “¡Dios bueno! grande es la tu ira que
en el dia de hoy has querido mostrar contra los tuyos; pues vemos
que la desesperacion que estos moros tenian, se les ha convertido en
tal osadía, que sin armas hayan victoria de nosotros armados.” Bien
hubiera querido el Maestre hacer todavia un esfuerzo para reunir
algunos soldados, y oponerse al enemigo; pero los pocos que estaban
con él, viéndolo todo perdido y sin remedio, le suplicaron que
huyese, y que pensase en salvar su vida, para dedicarla despues á
tomar venganza de los moros. Con harto pesar suyo admitió el Maestre
este partido y tornó á exclamar: “No vuelvo, por cierto, las espaldas
á estos moros, pero huyo la tu ira, ¡Señor! que se ha mostrado contra
nosotros para nuestros pecados.” Dichas estas palabras, envió delante
á sus adalides; y valiéndose de la ligereza de su caballo, pasó uno
de los desfiladeros de aquellos montes antes que los moros se lo
pudiesen estorbar, y se salió de la sierra.

El marqués de Cádiz, con don Alonso de Aguilar, y el conde de
Cifuentes, habian ganado la cima de aquel cerro por otra senda, y
fueron atacados alli por las tropas del Zagal y el paisanage. Los
deudos y vasallos del Marqués se reunieron alrededor de su gefe, é
hicieron una resistencia porfiada; pero los moros cargaron en tanto
número, que tuvieron aquellos que ceder á la superioridad de la
fuerza. Rendidos de fatiga, desfallecidos y atemorizados, perdieron
la presencia de ánimo, y apelaron á la fuga; pero alcanzados por el
enemigo, fueron muertos la mayor parte, ó compraron la vida á precio
de su libertad. Con ser un guerrero veterano, no pudo el marqués de
Cádiz sostener tan de cerca el aspecto terrible de la muerte: ya
dos sobrinos suyos, atravesados de flechas habian caido exánimes á
sus pies, y acababa de ver exhalar el postrer aliento á dos de sus
hermanos, don Diego y don Lope, quedándole solo don Beltran, cuando
una piedra que alcanzó á éste, le arrebató tambien la vida. Visto
esto, lanzó el Marqués un alarido, y prorrumpió en exclamaciones de
dolor, y en maldiciones contra los moros. Perdida toda esperanza, y
no pudiendo ayudar á don Alonso de Aguilar, por haberse interpuesto
el enemigo, se alejó de alli huyendo, y favorecido de la oscuridad,
(pues ya iba entrando la noche) llegó por sendas secretas que le
indicó la fiel guia, Luis Amar, hasta la salida de aquellos montes,
desde donde, con algunos pocos que le siguieron, se dirigieron á
Antequera.

El conde de Cifuentes, con un corto número de soldados, queriendo
seguir los pasos del Marqués, se extravió por aquellos desiertos; y
no pudiendo ni huir, ni resistir al enemigo; que por todas partes les
cercaba, se dieron á partido, y quedaron prisioneros el Conde, su
hermano don Pedro de Silva, y los pocos que le seguian.

Pasada aquella noche, don Alonso de Aguilar y un puñado de hombres
que le quedaban, amanecieron empeñados todavia en aquellos montes,
sin haber podido hallar la salida de tan intrincado laberinto.
Turbados los ánimos, y rendidas las fuerzas, detuvieron el paso
por un momento, y se repararon al abrigo de un peñasco que les
ocultaba al enemigo. Aqui les sirvió de mucho alivio un riachuelo
que descubrieron, pues era excesiva la sed que padecian asi hombres
como caballos. Á medida que entraba el dia, íbanse descubriendo los
horrores de aquel sangriento teatro: alli se veian los cuerpos de
los hermanos y sobrinos del marqués de Cádiz, cubiertos de polvo,
y acribillados de heridas; alli tambien los de otros caballeros
no menos ilustres, y todo el campo teñido en sangre, y sembrado
de cadáveres, armas y trofeos. Entre tanto los moros, abandonando
las alturas para recojer los despojos, dieron á los cristianos un
momento de respiro, y algunos de los fugitivos que en el discurso de
la noche se habian escondido en las cuevas y quiebras de la sierra
tuvieron lugar de reunirse con don Alonso. Asi se formó poco á poco
un escuadron pequeño alrededor de este caudillo, que aprovechando
aquella coyuntura, pudo salir de la sierra, y con este remanente de
un ejército brillante llegó á Antequera.

Sucedió este desastre tan señalado en viernes 21 de marzo, dia de
san Benito, habiendo empezado la tarde del dia anterior. La memoria
de tan funesto suceso se conserva en los anales de estos reinos bajo
el título de la derrota de los montes de Málaga; y el lugar donde
fue mayor la mortandad, se denomina, aun hoy dia, la cuesta de la
matanza. De los caudillos que sobrevivieron, los mas volvieron á
Antequera; algunos se refugiaron en Alhama, y muchos caballeros
y soldados anduvieron vagando por los montes unos ocho dias,
manteniéndose de yerbas y raices, saliendo de noche y ocultándose
de dia. Á tal punto llegó su debilidad y desaliento, que acometidos
no hacian resistencia alguna, y á veces tres ó cuatro de ellos se
entregaban á un paisano moro: hasta las mugeres salieron é hicieron
prisioneros. Algunos fueron metidos en las mazmorras de los pueblos
de la frontera, otros llevados cautivos á Granada; pero la mayor
parte fueron conducidos á Málaga, donde se habian lisonjeado de
entrar en triunfo. Á doscientos y cincuenta caballeros de linage,
entre alcaides, capitanes é hidalgos, encerraron en la Alcazaba, ó
ciudadela de Málaga, para esperar su rescate; y de los soldados,
quinientos y setenta fueron hacinados en el corral de la misma
Alcazaba, para ser vendidos como esclavos[20].

  [20] Cura de los Palacios.--La pérdida de los cristianos, segun
  Zurita, (Anales de Aragon l. 20, cap. 47.) fue de ochocientos
  muertos y mil y quinientos prisioneros, entre ellos 400
  caballeros de linage. Y esta derrota y matanza (dice Andrés
  Bernaldez,) se efectuó con 550 de á caballo, que los mas eran
  gente del campo, sin arte ni disciplina.

Fue grande el despojo que ganaron los moros en esta jornada, por
la cantidad y valor de las armas y arneses de los cristianos, que
ó murieron con ellas ó las arrojaron para huir; y por los caballos
magníficamente enjaezados, que recogieron, juntamente con muchos
estandartes y banderas; todo lo cual fue llevado en triunfo por los
pueblos de los moros.

Los mercaderes que habian seguido el ejército para traficar en los
despojos de la guerra, vinieron á ser ellos mismos un objeto de
tráfico; y conducidos como ganado á la plaza pública de Málaga,
fueron vendidos como esclavos, ó compraron á fuerza de oro su
libertad.

Apenas en Antequera habia empezado á calmar el tumulto de alegría y
admiracion que habia causado en el pueblo la salida de los caballeros
para correr los montes de Málaga, cuando vieron acudir á refugiarse
en sus muros los miserables restos de esta expedicion desgraciada.
Cada dia, y cada hora, se presentaba alli algun fugitivo, en cuyo
dolorido semblante, y condicion desaliñada y lastimosa, no era ya
posible reconocer al guerrero que poco antes habian visto salir por
aquellas puertas con tanto lucimiento y gallardía.

La llegada del marqués de Cádiz, casi solo, cubierto de polvo y de
sangre, destrozada la armadura, y desfigurado el rostro por el dolor
y la desesperacion, llenó de tristeza á todos los corazones; que era
mucho el amor que le tenian. Preguntábanle qué era de sus hermanos,
que le habian acompañado, y cuando supieron que todos tres habian
perecido ante sus ojos, se quedaron como pasmados, y sin atreverse á
hablar, le miraban con silenciosa simpatía. En tanta afliccion, el
marqués de Cádiz, encerrado en su aposento, sin hablar palabra ni
admitir consuelo, ponderaba en la soledad toda la extension de su
infortunio. Empero sirvió de algun alivio á su sentimiento la venida
de don Alonso de Aguilar; y en medio del estrago que la guadaña de
la muerte habia causado en su familia, se felicitaba el Marqués de
que este fiel amigo y compañero de armas hubiese salido salvo de tan
gran peligro.

Por muchos dias permanecieron aquellos habitantes con los ojos
vueltos, ansiosamente hácia la frontera, esperando la llegada de
algun amigo ó pariente, cuya suerte era todavia un misterio. Pero en
breve cesaron las agonías de la incertidumbre, y se llegó á saber
esta gran calamidad en toda su extension. El dolor y la consternacion
se apoderaron de los ánimos de todos; la tierra se cubrió de luto, y
fue tan general el llanto, que como dice un historiador coetáneo, “no
habia ojos enjutos en toda la Andalucía[21].” Todo parecia perdido:
los cristianos humillados por este revés, quedaron sin ánimo, sin
brios, sin aliento: el miedo y la inquietud reinaron algun tiempo
en los pueblos de la frontera, y llegó el desmayo hasta los reales
pechos de Fernando é Isabel, en medio del esplendor de su corte.

  [21] Cura de los Palacios.

Grande fue por el contrario el regocijo de los moros cuando vieron
entrar cautivos en sus pueblos á los guerreros mas ilustres de
la cristiandad, conducidos por el paisanage de las montañas,
pareciéndoles que era una disposicion de Alá en su favor. Pero
cuando vieron entrar cautivos á muchos que eran la flor de la
caballería española, cuando vieron arrastrar ignominiosamente por las
calles de Granada las armas y banderas de algunas de las primeras
casas de Castilla, cuando vieron, en fin, llegar prisionero al conde
de Cifuentes, portaestandarte real de Castilla, con su hermano don
Pedro de Silva, ya no supieron poner límites á su alegría: creian ver
restituidos los dias de su gloria primitiva, y parecíales que iban
á entrar nuevamente en una carrera de triunfos sobre los infieles.
Tales fueron los efectos de la desastrosa jornada de la Ajarquía.

[Ilustración]




CAPÍTULO XI.

  _El Rey chico de Granada, con un ejército bizarro, marcha contra
  Lucena. El conde de Cabra y el alcaide de los Donceles, se disponen
  á resistirle._


La derrota de los cristianos en los montes de Málaga, y el éxito
feliz de la incursion ejecutada por Muley Aben Hazen en la comarca
de Medinasidonia, produjeron un efecto muy favorable á los intereses
de este Monarca; y la multitud inconstante le victoreaba por las
calles de Granada, sin disimular el menosprecio que les inspiraba
la inaccion de Boabdil. Éste, aunque en la flor de la edad, y
distinguido por su vigor y destreza en las justas y torneos, no
habia dado aun muestras de su valor en las batallas; y se murmuraba
de él que preferia el blando reposo de la Alhambra, á los peligros
y privaciones de la guerra. La autoridad y crédito de ambos Reyes,
padre é hijo, se fundaba en la prosperidad de sus empresas contra
los cristianos; y Boabdil, conociendo la necesidad de acreditarse
con una accion señalada, que sirviese al mismo tiempo de contrapeso
al triunfo reciente de su padre: consultó al efecto con su suegro
Aliatar, el viejo alcaide de Loja, que bajo las cenizas de la vejez
alimentaba el fuego de un odio mortal á los cristianos. Aliatar
ponderando el temor y desmayo de éstos por los daños que últimamente
habian padecido, y el estado indefenso de la frontera de Córdoba y
Écija por la pérdida de tantos caballeros principales, aconsejó una
entrada por aquella parte, para combatir á Lucena, ciudad no muy
fuerte, y situada en un territorio abundante de ganado, granos y
toda clase de productos. En esto hablaba el viejo alcaide con todo
conocimiento; pues eran tantas las veces que habia entrado á correr y
talar aquella comarca, que solian decir los moros que Lucena era la
huerta de Aliatar.

Animado por los consejos de este veterano de la frontera, reunió
Boabdil una fuerza de nueve mil infantes y setecientos caballos,
compuesta la mayor parte de sus parciales, aunque muchos habia que
lo eran de su padre; pues en medio de sus discordias, jamas dejaron
estos Reyes rivales de unir sus fuerzas cuando se trataba de una
expedicion contra los cristianos. Reuniéronse bajo el estandarte real
muchos de los mas ilustres y valientes de la nobleza de Granada,
magníficamente equipados, y con armas y vestidos de tanto lujo,
que mas parecia que iban á una fiesta ó juego de cañas, que á una
empresa militar.

Antes de partir, la sultana Aixa la Horra armó á su hijo Boabdil, y
al ceñirle la cimitarra, le echó su bendicion. Moraima, su esposa
favorita, al considerar el peligro en que iba á ponerse su marido,
no pudo contener las lágrimas. “¿Por qué lloras, hija de Aliatar?
le dijo la altiva Aixa: esas lágrimas no están bien á la hija de un
guerrero, ni á la esposa de un Monarca. Ten por cierto que mayores
peligros rodean á un Rey dentro de los fuertes muros de su palacio,
que bajo el frágil techo de una tienda de campaña: con los peligros
en la guerra, se compra la seguridad sobre el trono.” Pero Moraima,
colgada al cuello de su esposo, no acertaba á apartarse de él,
ni sabia disimular su dolor y sus recelos. Separándose, al fin,
subió á un mirador que daba sobre la vega, y desde alli siguió con
los ojos la marcha del ejército, que se alejaba por el camino de
Loja, respondiendo con ayes y suspiros al estruendo marcial de los
atambores.

Al salir el Rey por la puerta de Elvira, en medio de las aclamaciones
de su pueblo, se le rompió la lanza en la bóveda de la puerta; y
algunos de los nobles que le acompañaban, teniéndolo por mal agüero,
se turbaron y le aconsejaron que no pasase adelante. Pero Boabdil,
despreciando sus temores y sin querer tomar otra lanza, sacó el
alfange y con ánimo varonil, se puso al frente de todos, mandando
que le siguiesen. Otro accidente, que pareció no menos aciago,
ocurrió al llegar á la rambla del Beiro, distante medio tiro de
ballesta de la ciudad; pues saliéndoles al camino una zorra, corrió
por medio de todo el ejército, y muy cerca de la persona del Rey, sin
que ninguno de tantos como tiraron á matarla la hiciesen el menor
daño. Pero Boabdil, sin hacer caso de pronósticos, prosiguió su
marcha con direccion á Loja[22].

  [22] Mármol Rebel. de los moros, lib. I. c. 12.

Llegando á esta ciudad, se aumentó la fuerza del ejército con algunos
caballos escogidos de la guarnicion, capitaneados por Aliatar, que
armado de todas piezas y montado en un fogoso caballo berberisco,
discurria por las filas, saltando y caracoleando con la ligereza
de un árabe del desierto. Los soldados y el pueblo que le miraban
tan lozano y tan animoso, sin embargo de contar cerca de un siglo
de años, le prodigaron sus aplausos, y le acompañaron con vivas
hasta salir de la ciudad. Entró el ejército moro á marchas forzadas
en el territorio cristiano, asolando el pais, robando el ganado y
llevándose cautivos á los habitantes. El objeto era caer de improviso
sobre Lucena: por esto y para no ser observados, hicieron la última
jornada de noche; y ya el veterano Aliatar, en cuyo carácter se unian
la astucia de la zorra y la ferocidad del lobo, se lisongeaba de
haber sorprendido aquella plaza, cuando vió arder hogueras por las
montañas. “Estamos descubiertos, dijo á Boabdil: el pais se está
armando contra nosotros: marchemos sin pérdida de momento contra
Lucena; acaso, siendo tan corta su guarnicion, podremos tomar la
plaza por asalto antes que lleguen los socorros.” Aprobó el Rey este
consejo, y avanzaron rápidamente hácia Lucena.

Hallábase á la sazon en su pueblo y castillo de Baena, distante
pocas leguas de Lucena, don Diego de Córdoba, conde de Cabra,
guerrero muy señalado, que mantenia en pié cierto número de soldados
y vasallos para resistir las incursiones repentinas de los moros;
pues en aquellos tiempos era indispensable al noble que vivia en la
frontera, estar continuamente con mucha vigilancia, ceñida la espada,
ensillado el caballo, y las armas á punto, para no ser sorprendido
por el enemigo. La noche del 20 de abril, 1483, estando el Conde para
recogerse, dió parte el centinela que velaba sobre la torre principal
del castillo, que en las montañas inmediatas y en una atalaya situada
cerca del camino que pasa de Cabra á Lucena, se veian arder hogueras.
Subió á la torre el Conde, y mirando á la atalaya, vió encendidas
en ella, cinco luces, señal de que el moro andaba en la comarca.
Al punto mandó tocar á rebato, despachó correos para avisar á los
pueblos convecinos, é intimó con un trompeta á los habitantes de la
villa, que al amanecer estuviesen armados y equipados para salir á
campaña. Toda aquella noche se pasó en hacer prevenciones para el dia
siguiente; y tanto en el pueblo como en el castillo no se oia sino el
ruido de los armeros, el herrar de los caballos y el bullicio de los
preparativos.

Al amanecer del dia siguiente, salió de Baena el conde de Cabra con
doscientos cincuenta caballos y mil y doscientos infantes, y se puso
apresuradamente en marcha para Cabra, distante de alli tres leguas,
donde á su llegada, se le reunió don Alonso de Córdoba, señor de
Zuheros. Habiendo dado aqui de almorzar á la tropa, que aun no se
habia desayunado, iba á emprender de nuevo la marcha, cuando reparó
que se le habia olvidado traer el estandarte de Baena, que por
espacio de ochenta años habian llevado siempre los de su familia
en los combates. Mas ya no era tiempo de enviar por él, y tomó el
estandarte de Cabra, cuya divisa era el animal de este nombre, y que
por espacio de medio siglo no se habia sacado en las batallas. En
esto recibió un correo el Conde despachado con toda urgencia por su
sobrino don Diego Hernandez de Córdoba, señor de Lucena y alcaide de
los Donceles, suplicándole acudiese sin tardanza á su socorro, pues
se hallaba cercado por un ejército poderoso mandado por Boabdil, que
amenazaba asaltar la plaza, y habia ya pegado fuego á las puertas.

Con esta nueva, y el deseo de batirse con el Rey moro en persona,
marchó el Conde inmediatamente con sus tropas la via de Lucena, donde
llegó cuando Boabdil, dejando de combatir la plaza, se ocupaba en
talar los campos circunvecinos. Entre tanto, don Diego Hernandez de
Córdoba, cuyas fuerzas no pasaban de ochenta caballos y trescientos
infantes, habia recogido dentro de los muros de la ciudad á las
mugeres y niños, armado á todos los hombres, y despachado correos en
diferentes direcciones, para pedir socorro; al mismo tiempo que por
su órden ardian las hogueras en las montañas. Aquel dia al amanecer,
habia llegado el Rey moro con su ejército, amenazando pasar á
cuchillo la guarnicion si no se le entregaba la plaza en el momento.
El mensagero que envió con esta intimacion, era un Abencerrage,
á quien don Diego (que le conocia y habia tratado familiarmente)
entretuvo con palabras, para dar tiempo á que llegasen los socorros.
Entre tanto el fogoso Aliatar, sin esperar el resultado de la
conferencia, habia dado un asalto á la plaza, pero hallando una
resistencia inesperada, habia retirado su gente con propósito, segun
se temia, de intentar otro mas vigoroso aquella noche.

Enterado el Conde de todo lo sucedido, se volvió á su sobrino con
semblante alegre, y propuso que al punto saliesen en busca del
enemigo. Al prudente don Diego le pareció temeridad acometer á
tantos con tan poca gente, y asi lo manifestó á su tio; pero éste
insistiendo en su idea, dijo: “Yo, sobrino, partí de Baena con
intento de pelear con este Rey moro; ved lo que os parece.” “En
todo caso, le respondió el alcaide, espere vueseñoría siquiera
dos horas, y entre tanto habrán llegado los socorros que han de
venir de la Rambla, de Santaella, de Montilla y de otras partes.”
“Si esto aguardamos, dijo el Conde, ya se habrán ido los moros, y
nuestro trabajo habrá sido en vano: quédese vuesamerced aqui, que
yo resuelto estoy á pelear y á no aguardar mas.” El jóven alcaide
de los Donceles, aunque mas cauto que su ardoroso tio, no era menos
valiente; asi es que determinando seguirle en esta empresa, se le
reunió con la poca gente que tenia, y juntos marcharon al encuentro
del enemigo.

Habiéndose enviado delante seis descubridores á caballo para
reconocer su situacion, volvieron de alli á poco con la noticia de
haber dado vista al ejército moro en un prado al pié de una colina,
donde los soldados de infantería, tendidos por la yerba, estaban
comiendo el rancho, mientras la caballería, formada en cinco
escuadrones, les hacia la guardia. Subiendo á una altura, vieron
el Conde y su sobrino al ejército moro, y notaron que los cinco
escuadrones se habian formado en dos, cuya fuerza podria ser de
unas setecientas lanzas cada uno. Al parecer estaban ya disponiendo
su marcha, y la infantería empezaba á desfilar, siguiéndola los
prisioneros y un numeroso tren de acémilas con la presa y el bagage.
Reconocieron á Aliatar que correteaba por el campo apresurando los
movimientos de la tropa, y pudieron distinguir al Rey por su caballo
blanco, magníficamente enjaezado, asi como por la lucida y brillante
guardia que rodeaba su persona.

Vueltos los dos caudillos á su tropa, la pusieron en ordenanza; y el
Conde para inspirarles el valor tan necesario en aquella ocasion les
arengó, diciendo: que no se dejasen intimidar por el gran número de
los moros, pues muchas veces se habia visto, y Dios habia permitido,
que los pocos venciesen á los muchos; y que por su parte confiaba
alcanzarian aquel dia un triunfo señalado, en que ganarian gloria
y riquezas juntamente; que no arrojasen las lanzas, sino que las
guardasen para repetir con ellas las heridas; y últimamente, que no
diesen grita sino cuando la diese el enemigo, para que asi no se
pudiese conocer cual de los dos ejércitos era el mas numeroso. En
seguida mandó á Lope de Mendoza y á Diego de Cabrera que se apeasen,
y entrasen á pié en los batallones de infantería para animarlos al
combate; y á Diego de Clavijo, alcaide de Baena, que se quedase en
la retaguardia, para impedir que ninguno volviese las espaldas.
Dadas estas órdenes, arrojó la lanza, y sacando la espada, mandó que
adelantasen el estandarte hácia el enemigo.

[Ilustración]




CAPÍTULO XII.

  _La batalla de Lucena._


Mirando estaban el Rey moro y Aliatar las tropas cristianas que
avanzaban á dar batalla, sin poder averiguar su número, por la
distancia y una niebla que las rodeaba, cuando Boabdil divisando
confusamente el estandarte de Cabra, preguntó á su suegro qué bandera
era aquella. “Señor, dijo este anciano guerrero, la he estado
considerando, y no la conozco. Paréceme que es un perro, y esto traen
los de Úbeda y Baeza en su enseña. Si fuese asi, toda Andalucía está
movida contra vos, y soy de parecer que os retireis.”

El conde de Cabra, al bajar de una loma para acercarse al enemigo,
se halló en un terreno mas bajo que los moros; por lo que hizo un
movimiento retrogrado con intento de mejorar de posicion. Entendieron
los moros que los cristianos reusaban la batalla, y se arrojaron
impetuosamente á la pelea; pero el Conde, que ya tenia la ventaja del
terreno, los recibió con tanta firmeza, que los hizo detenerse y aun
retroceder. En seguida, viendo á los moros revueltos é indecisos,
bajó de la altura en que se hallaba, y apellidando Santiago, los
cargó con tal furia, que los puso en confusion, y empezaron los
moros á huir. Boabdil hizo los mayores esfuerzos para ordenarlos:
“Deteneos, les decia, deteneos: no huyais: á lo menos sepamos de
quien huis.” Los caballeros granadinos, sintiendo esta reconvencion,
volvieron por su honor, y por un rato hicieron rostro al enemigo
con el valor á que obliga la presencia del Soberano. En este punto
llegó Lorenzo de Porres, alcaide de Luque, que asomó por un encinar
con cincuenta caballos y ciento y cincuenta infantes, sonando una
trompeta italiana. Apenas sus acentos hirieron el fino oido de
Aliatar, cuando volviéndose al Rey, dijo: “Señor, esta trompeta es
italiana: sin duda se ha revuelto todo el mundo contra vos.” Á la
trompeta de Porres respondió la del conde de Cabra en otra direccion,
haciendo creer á los moros que se hallaban entre dos ejércitos.
Saliendo Porres del encinar, acometió por aquella parte. Los moros,
amedrentados y confusos por la diversidad de las alarmas, no se
detuvieron á averiguar la fuerza de este nuevo contrario; y viéndose
acometidos por partes opuestas, sin poder reconocer el número del
enemigo, por la espesura de la niebla, dieron las espaldas, y se
retiraron poco menos que huyendo.

Siguieron los nuestros el alcance por espacio de tres leguas,
peleando y escaramuzando con ellos hasta llegar al arroyo de
Martin Gonzalez, que á la sazon llevaba mucha agua por las lluvias
recientes. Aqui se detuvo el Rey, y poniéndose al frente de un
escuadron de caballería, determinó hacer rostro al enemigo hasta
que las tropas y el bagage pasasen el arroyo. Pero en este lance
peligroso, solo se mantuvieron á su lado algunos pocos, los mas
leales y valientes de su guardia: la infantería, en cuanto pasó
el vado, se entregó á una fuga desordenada: otro tanto hizo la
mayor parte de la caballería, sin que bastasen para detenerlos las
exhortaciones del Rey, ni el ejemplo del pequeño escuadron que
amparaba su persona. Estos pocos caballeros, que eran la flor de
la nobleza granadina, sostuvieron el choque de los cristianos, y
peleando con resolucion desesperada, sin querer rendirse ni pedir
cuartel, protegieron la retirada de su Rey.

Boabdil, forzado á huir, se metió en una espesura que habia orillas
del arroyo, que estaba guarnecido de fresnos, sauces y tamariscos.
Desde alli, volviendo atrás los ojos, vió el campo cubierto de
muertos y moribundos, y que arrollados los pocos que quedaban de
sus fieles defensores, perecian en el arroyo, donde los alcanzaba
el furor de los cristianos. Apeándose entonces de su caballo, cuyo
color y ricos jaeces pudieran dar á conocer el dueño, procuró el
Rey ocultarse entre aquellos arbustos; pero un soldado de Lucena,
llamado Martin Hurtado, le descubrió y acometió con una pica para
prenderle. Defendióse el Rey con su alfange; pero viendo venir contra
él otros dos soldados, se hizo atrás algunos pasos, ofreciendo un
rescate generoso si le dejaban: entonces uno de los tres se adelanta
para asirle, y Boabdil de una cuchillada le hiende la cabeza hasta
los hombros. Llegando á este tiempo el alcaide de los Donceles,
le dijeron los soldados: “Señor, aqui tenemos preso á un moro que
parece hombre principal y de rescate.” “¡Miserables! exclamó el
Rey, vosotros no me habeis prendido: á este caballero me entrego.”
Don Diego, al hacerse cargo de su prisionero, le trató con mucha
cortesía y respeto, pues veia que era persona de calidad; pero
Boabdil, ocultando su gerarquía, se dió á conocer como hijo de Aben
Aleyzer[23], un caballero de la casa real.

  [23] Garibay, lib. XL. c. 31.

Entregó don Diego su prisionero á cinco soldados, para que le
condujesen al castillo de Lucena, y pasó adelante para reunirse con
el conde de Cabra, que seguia el alcance de los moros. Llegando al
arroyo de Riancal, alcanzó á su tio, que aun perseguia al enemigo,
sin hacer reflexion sobre el riesgo que corria de que los moros
volviendo del terror pánico que les habia cegado, reconociesen el
corto número de sus vencedores, y atacándoles los destruyesen.

Siguió el ejército moro retirándose por un valle que, atravesando
las montañas de Algarinejo, conduce á Loja. Á cada paso le salia al
encuentro algun nuevo enemigo; pues alarmado el pais por los fuegos
de la noche anterior, habian corrido á las armas todos los pueblos y
lugares en contorno. Perseguido por retaguardia y acometido por los
costados, el fiero Aliatar, como lobo acosado por los pastores, se
volvia de cuando en cuando contra los cristianos, pero sin atreverse
á suspender la marcha de sus tropas.

Con la noticia de este suceso, don Alonso de Aguilar, que se hallaba
en Antequera con algunos de los caballeros que habian escapado de
la matanza de los montes de Málaga, salió en busca de los moros,
capitaneando un escuadron de solo cuarenta ginetes, pero caballeros
todos de un valor acreditado, y que no respiraban sino venganza
contra los infieles. Llegando á las orillas del Jenil, por la parte
donde empieza á regar las llanuras de Córdoba, alcanzaron al ejército
moro, ocupado en vadear el rio, que á la sazon venia muy crecido por
las lluvias recientes. Apenas el pequeño escuadron de don Alonso
avistó al enemigo, se arrojaron furiosos al combate, diciéndose
unos á otros: “acordaos de los montes de Málaga.” La carga fue
terrible, pero la sostuvo con firmeza la caballería de Aliatar que
cubria la retirada del ejército. Siguióse á las márgenes del rio
una lucha sangrienta y porfiada, peleando moros y cristianos mano
á mano y cuerpo á cuerpo; unas veces en tierra y otras en el agua:
muchos fueron lanceados en la orilla, otros se arrojaron al rio, y
hundiéndose con el peso de las armas, se ahogaron: algunos asidos
unos á otros, caian de sus caballos, sin dejar de luchar aun en medio
de las ondas, y se veian rodar por el arroyo abajo turbantes y yelmos
juntamente. Los moros eran muy superiores en el número, pero iban
desmayados por la derrota que acababan de sufrir, al paso que animaba
á los cristianos un ardor que rayaba en desesperacion.

Solo Aliatar, en medio de este revés, conservaba su energía
característica. Indignado por la fuga ignominiosa de su ejército,
por la pérdida del Rey y por el estrago que este puñado de valientes
hacia en sus tropas, corrió contra don Alonso de Aguilar, cuyo
fulminante acero difundia por do quiera el terror y la muerte. Lo
halló vuelto de espaldas, y juntando el moro todas sus fuerzas, le
arrojó su lanza para atravesarle, pero no la dirigió en esta ocasion
con el tino que acostumbraba: el golpe arrancó á don Alonso parte
del coselete sin hacerle herida. Entonces echando mano al alfange,
se arrojó sobre don Alonso; pero éste, que ya estaba alerta, paró
el golpe y cerrando con él, le fue echando hasta el borde del agua,
donde el uno al otro procuraron sumergirse, acuchillándose sin cesar.
Aliatar habia recibido ya varias heridas, y don Alonso compadeciendo
su edad, queria perdonarle la vida, y le intimó que se rindiese.
“¡Á un perro cristiano!, exclamó Aliatar, ¡jamas!” Apenas acabó
de pronunciar estas palabras, cuando un golpe de la espada de don
Alonso, le partió el turbante y la cabeza al mismo tiempo. Cayó
Aliatar muerto sin proferir un ay, y su cuerpo fue á parar al Jenil,
donde nunca se pudo hallar ni reconocer[24]. Asi murió Aliatar, que
por tanto tiempo habia sido el terror de la Andalucía: toda su vida
la pasó en hostilizar á los cristianos, dando pruebas del odio que
les tenia hasta morir.

  [24] Cura de los Palacios.

Con la muerte de Aliatar cesó toda resistencia por parte de la
caballería: revueltos caballos y peones se apresuraron á pasar el
vado, y atropellándose unos á otros, fueron muchos los que perecieron
en el agua. Don Alonso y sus compañeros les siguieron el alcance
hostigándolos hasta la frontera; y cada golpe que descargaban en
ellos, les parecia disminuir la gravedad de la humillacion y afrenta
que pesaba sobre sus corazones.

En esta derrota tan señalada, perdieron los moros mas de cinco mil
hombres entre muertos y prisioneros, de los cuales muchos eran de
las casas mas ilustres de Granada. Á esta batalla la llaman algunos
la batalla de Lucena, y otros la del Rey moro, por la captura de
Boabdil. Cayeron en poder de los cristianos veinte y dos estandartes,
que se colocaron en la iglesia de Baena, donde quedan (dice un
coronista de época posterior) hasta el presente; y todos los años, el
dia de san Jorge, se llevan en procesion para celebrar tan gloriosa
victoria.

Grande fue el triunfo del conde de Cabra cuando, al volver de
perseguir los moros, halló al Rey Boabdil prisionero en su poder.
Pero cuando trajeron el real cautivo á su presencia, y vió tan
infeliz y abatido al mismo que poco antes habia ocupado un trono,
el generoso corazon del Conde se sintió tocado de simpatía. Como
cristiano y cortés caballero, procuró consolarle, y le dijo: que la
misma mutabilidad de las cosas humanas que le habia reducido á su
estado actual, podria restituirle á su anterior prosperidad, que en
este mundo no hay nada permanente, y que hasta el dolor mas grande
tiene un término señalado. Suavizando asi con palabras consoladoras
la pena del Rey de Granada, y guardándole toda la consideracion y
respeto que inspiraban su dignidad é infortunio, le condujo el Conde
prisionero á su castillo de Baena.

[Ilustración]




CAPÍTULO XIII.

  _Lamentaciones de los moros por la batalla de Lucena._


Estaban los centinelas de Loja observando, desde las torres de la
ciudad, el valle que separa las montañas de Algarinejo, y recorrian
con la vista las verdes márgenes del Jenil, con la esperanza de
descubrir el victorioso pendon de Aliatar, su ídolo guerrero, y de
anunciar el triunfante regreso de su Monarca, cuando en la tarde
del 21 de abril, vieron un solo ginete, que venia por la ribera del
rio fatigando los hijares de su cansado caballo. Ya desde lejos
indicaba el brillo de sus armas que era un guerrero, y estando cerca,
conocieron por la riqueza de su armadura, y por los jaeces del
caballo, que era un guerrero distinguido.

Entró en Loja desfallecido y consternado; y el caballo cubierto de
polvo y de sudor, jadeando de fatiga y enrojecido por la sangre que
manaban sus heridas, despues de haber sacado á su dueño del peligro,
cayó rendido y espiró en la puerta de la ciudad. Los soldados
que estaban en la puerta se apiñaron en torno del caballero, que
contemplaba silencioso y triste las agonías de su moribundo caballo,
y vieron que era el bizarro Cidi Caleb, sobrino del alfaquí principal
del Albaicin de Granada. Los moradores de Loja, viendo á tan
principal caballero tan solo, tan abatido y demudado, se abandonaron
á los mas tristes recelos y sospechas.

“Caballero, le dijeron, ¿do el Rey y el ejército?” Y él señalando
tristemente la tierra de los cristianos, respondió: “¡allá quedan,
que el cielo cayó sobre ellos, y todos son perdidos ó muertos!”[25]

  [25] Cura de los Palacios.

Entonces prorrumpieron todos en exclamaciones de dolor, y fue
excesivo el llanto de las mugeres, pues la flor de la juventud de
Loja habia salido con el ejército. Estaba en la puerta apoyado en su
lanza, un soldado viejo cubierto de cicatrices: “¿Qué es de Aliatar?
preguntó ansiosamente: viviendo él no está perdido el ejército.” “Yo
le ví caer, dijo Cidi Caleb, hendido el turbante por la espada del
cristiano.” Al oir el soldado estas palabras, se golpeó el pecho, y
se echó polvo en la cabeza, pues era uno de los secuaces mas antiguos
de Aliatar.

El noble Cidi Caleb, sin detenerse á tomar descanso, montó otro
caballo, y se apresuró á llevar á Granada tan infáustas nuevas. En su
tránsito por los pueblos, cundió mas y mas la consternacion, pues
lo mejor de sus moradores habia ido á la guerra con el Rey. Cuando,
al llegar á Granada, anunció la pérdida del Rey y del ejército, una
voz de horror se difundió por toda la ciudad. Cada uno ponderaba la
parte que le habia tocado en tan general calamidad: rodearon las
gentes al mensagero de tan fatal anuncio, y el uno le preguntaba por
su padre, el otro por su hermano, algunas por sus amantes, y muchas
madres preguntaron por sus hijos. Las respuestas de Caleb no referian
mas que muertes ó heridas: á este le decia “ví como á tu padre le
atravesaron de una lanzada, estando defendiendo la persona del Rey:”
á aquel, “tu hermano cayó herido entre los pies de los caballos, pero
no hubo lugar de socorrerle, pues ya teniamos encima la caballería de
los cristianos.” Á alguna dijo: “ví el caballo de tu amante, cubierto
de sangre y corriendo por el campo sin su ginete:” á otra, “tu hijo
peleó á mi lado en las orillas del Jenil: acosados por el enemigo nos
arrojamos al agua, y en medio de la corriente le oí invocar á Alá;
llegué á la orilla opuesta, y no le volví mas á ver.”

Dejando á todos en el mayor desconsuelo, pasó Cidi Caleb adelante, y
entrando á galope por la frondosa alameda que conduce á la Alhambra,
se apeó en la puerta de la justicia. Aixa, la madre de Boabdil, y
Moraima, su tierna y amante esposa, estaban esperando ya con ansia
la noticia de su victorioso regreso. ¿Qué palabras bastarán para
pintar su afliccion, al oir la dolorosa narracion de Cidi Caleb? La
sultana Aixa, transida de dolor, apenas habló palabra: de cuando en
cuando lanzaba un profundo suspiro; pero alzando los ojos al cielo,
decia: “es la voluntad de Alá;” y procuraba reprimir las mortales
angustias que agitaban su corazon maternal. No asi la sensible
Moraima, que arrebatada de un acceso de dolor, se arrojó en el suelo,
lamentando á voces la pérdida de su padre y de su marido. Su madre,
la sultana, animada de un espíritu mas elevado, le reprendió esta
debilidad. “Hija mia, le dijo, modera esos extremos; considera que
la magnanimidad debe ser el atributo de los príncipes, y que no les
es permitido publicar con clamores las penas que padecen, á par de
ánimos comunes y vulgares.” Pero Moraima, como débil y tierna muger,
solo sabia sentir y llorar. Encerrada en su aposento, contemplaba
desde un mirador la florida vega y el plácido Jenil, y el camino que
conduce á Loja; objetos que todos le recordaban las causas de su
afliccion. “¡Ah, padre mio! decia entre lágrimas y suspiros, ¡alli
veo correr tan risueño ese rio cuyas aguas cubren tus desfigurados
restos! ¿Quién será el que en tierra de cristianos los recoja, y les
dé honrosa sepultura? ¡Y tu, Boabdil! ¡luz de mis ojos, gloria de
mi corazon, vida de mi vida, en mal dia y en mal hora te alejaste de
estos muros!, el camino por do fuiste queda solitario, y nunca mas se
regocijará con tu vuelta, la montaña que pasaste yace como una nube
en el horizonte, y mas allá todo es oscuridad.”

Convocóse á los músicos de palacio, para que procurasen con su arte
embelesador calmar el sentimiento de la Reina, y entonaron cantares
alegres al compás de sus instrumentos; pero muy pronto prevaleció la
angustia de sus corazones, convirtiendo los cánticos en lamentaciones.

“¡Bellísima Granada! decian, tu gloria está marchita: ya no suena en
la Bivarrambla el pisar de los caballos, ni el sonido de la trompeta;
ya no se junta alli tu juventud lozana, para manifestar sus brios en
las cañas y torneos. ¡Ah!, ¡la flor de tu caballería queda postrada
en tierra extraña!, ya no se oyen en tus silenciosas calles los
dulces acentos del laud, ni los del rabel en la pastoril cabaña, ni
la graciosa zambra alegra los estrados. ¡Deliciosa Alhambra!, ¡cuán
triste y solitaria quedas! en vano el azahar y el mirto espiran sus
olores en tus dorados aposentos; en vano el ruiseñor canta en tus
florestas; en vano es el murmullo arrullador de las claras fuentes
que refrescan tus marmóreos salones, pues ya no resplandece en ellos
el rostro de tu Rey, y la luz que te iluminaba se extinguió para
siempre.”

Tales fueron, dice un coronista árabe, los lamentos que se oian en
Granada: desde el palacio hasta la choza, todo era duelo y llanto; y
todos, con igual sentimiento, deploraban á su jóven Monarca, atajado
asi en la flor de su edad y en los principios de su carrera. Algunos
se temian que iba á cumplirse la prediccion del astrólogo, y que á la
caida de Boabdil, (á quien creian muerto) seguiria la perdicion del
reino.

[Ilustración]




CAPÍTULO XIV.

  _Del ensalzamiento de Muley Aben Hazen, y de la cautividad de
  Boabdil._


Mientras se creia en Granada que Boabdil habia muerto, fue excesivo
el sentimiento que mostró el pueblo por su pérdida, y el entusiasmo
con que celebró su memoria; que las faltas de los hombres, con una
muerte prematura, fácilmente se perdonan; pero cuando llegaron á
saber que aun estaba vivo, y que se habia entregado prisionero á los
cristianos, hubo en ellos una mudanza repentina. Ya no le concedian
ni talento como general, ni valor como soldado; censuraron su
expedicion como temeraria y mal trazada, y le acusaron de cobarde por
no haber querido morir en el campo de batalla, primero que entregarse
al enemigo.

Los alfaquís, como siempre, se mezclaron con la multitud, y dieron
sagazmente al descontento general la direccion que querian. “¡Lo
veis! dijeron, ¡el pronóstico anunciado cuando nació Boabdil, está ya
cumplido! este príncipe se ha sentado en el trono, y su vencimiento
y cautividad han puesto la pátria al borde de un abismo. Pero,
¡consolaos, Musulmanes! que el dia aciago ya pasó; los hados están
satisfechos, y el cetro que se quebró en la débil mano de Boabdil, va
á cobrar su esplendor primitivo en la vigorosa de Aben Hazen.”

Fue aplaudido este discurso por el pueblo, que se consideraba ya
libre del ominoso vaticinio que tanta inquietud le habia causado, y
declararon todos que solo Aben Hazen tenia el valor y la capacidad
necesaria para protejer el reino en tiempos tan revueltos. Cuanto mas
duraba el cautiverio de Boabdil, tanto mas crecia el favor popular
de su padre, y uno despues de otro volvieron muchos de los pueblos á
su obediencia; que el poder llama al poder, y la fortuna atrae á la
fortuna. Asi es que en breves dias pudo Aben Hazen volver á Granada
y restablecerse en la Alhambra. Antes que llegára, juntó Aixa, su
repudiada esposa, la familia y tesoros de su hijo, y se retiró al
barrio del Albaicin, cuyos habitantes aun conservaban sentimientos
de lealtad á Boabdil. Aqui se fortificó, y mantuvo en nombre de
su hijo el simulacro de una corte, sin que el fiero Aben Hazen se
atreviese á molestarla, pues eran aun muchos, tanto del pueblo como
del ejército, los que respetaban las virtudes de Aixa la Horra,
y compadecian las desgracias del Rey cautivo. Asi es que Granada
presentaba el espectáculo singular de dos soberanías en una misma
ciudad, pues mientras Aben Hazen mandaba en la Alhambra, la sultana
Aixa tenia plantado el estandarte de Boabdil en la fortaleza rival de
la Alcazaba.

Entre tanto, permanecia este desgraciado príncipe en el castillo de
Baena, bajo una guardia vigilante. Mirando desde las torres de su
prision, no veia en derredor sino gente armada, centinelas, y muros
impenetrables; todo el pais estaba cubierto de atalayas, y guardados
todos los pasos y caminos que conducian á Granada; de suerte que
un solo turbante no podia asomarse por la frontera, sin que se
alarmase toda aquella comarca. En tal estado, y no viendo esperanza
de fugarse, ni de que viniesen los suyos á libertarle, se entregó
Boabdil á las mas tristes reflexiones, considerando el trastorno de
las cosas de su reino, el desconsuelo de su familia, y los males que
á unos y otros podrian sobrevenir á consecuencia de su cautiverio.

El conde de Cabra, si bien guardaba á su real prisionero con la
mayor vigilancia, no por eso dejaba de tratarle con todo honor y
respeto, dándole el mejor alojamiento de su castillo, y animándole
con palabras lisonjeras y con esperanzas de libertad. Pasados algunos
dias, llegaron cartas de los Reyes de Castilla; y su contenido
llenó á Boabdil de consuelo, pues no respiraban sino compasion por
su suerte: proceder cortés y noble, que distingue á las almas de
un órden superior. Esta magnanimidad en un enemigo, sacó de su
abatimiento al espíritu del cautivo Monarca. “Decid (respondió) á los
Reyes mis señores, que yo no puedo estar triste hallándome en poder
de tan altos y poderosos príncipes, especialmente siendo tan humanos,
y teniendo tanta parte de la gracia que Alá concede á los Reyes que
bien ama. Decidles tambien que dias ha que pensaba ponerme debajo
de su poderío, para recibir de sus manos el reino de Granada, asi
como lo recibió el Rey mi abuelo de las de don Juan II, padre de la
augusta Reina, y que el trabajo mayor que tengo en esta prision es el
de hacer por fuerza lo que pensaba hacer de grado.”

Entre tanto Muley Aben Hazen, temeroso de la parcialidad de su hijo
que aun era formidable en Granada, trató de consolidar su poder
haciéndose dueño de la persona de Boabdil. Con este objeto, envió
embajadores á los Reyes de Castilla, ofreciendo por el rescate, ó
mas bien por la compra de su hijo, poner en libertad al conde de
Cifuentes, con otros nueve prisioneros de los mas distinguidos, y
formar una confederacion con aquellos Soberanos. Al proponer estas
condiciones, no repugnó el inhumano padre manifestar que le era
indiferente le entregasen su hijo vivo ó muerto, con tal que quedase
seguro de su persona. Pero el generoso corazon de Isabel se opuso á
la entrega del desgraciado príncipe en manos de su desnaturalizado
enemigo: las proposiciones insolentes del Rey moro, fueron por tanto,
rechazadas con desden, y díjosele que los Reyes de Castilla, no se
hallaban en el caso de recibir leyes, sino de darlas; y que no se
trataria de paz con él en tanto que no dejase las armas y la pidiese
con humildad.

Otras proposiciones hicieron, con mas sana intencion, la sultana
Aixa y sus parciales: ofrecian que Mahomet Audalla, por otro nombre
Boabdil, tendria su corona como vasallo de los Reyes de Castilla,
pagando un tributo anual de doce mil doblas zahenas, y entregando
por espacio de cinco años setenta cautivos en cada uno; que daria en
el acto una suma considerable como rescate, poniendo al mismo tiempo
en libertad cuatrocientos cautivos, los que escogiese el Rey; que
serviria á éste con una fuerza militar determinada, y vendria á las
cortes del reino cuando fuese llamado; finalmente, que entregaria
en rehenes su hijo único y los hijos de doce casas principales de
Granada.

Estaba el Rey Fernando en Córdoba cuando se le comunicaron estas
proposiciones: la Reina estaba ausente, y hasta consultar con ella,
suspendió el Rey tomar una resolucion en negocio tan importante,
limitándose á mandar al conde de Cabra trajese el cautivo Monarca á
Córdoba. Obedeciendo el Conde, vino á esta ciudad con su prisionero,
á quien Fernando no admitió desde luego en su presencia, por
hallarse aun indeciso sobre la conducta que habia de observar con
él. En tanto, pues, que determinaba si se le pondria en libertad con
rescate, ó le dispensaria un trato mas magnánimo, le puso bajo la
custodia de Martin de Alarcon, con órden de guardarle en el castillo
de Porcuna, y de tratarle con decoro y distincion.

Las disensiones y discordias que á esta sazon agitaban á Granada,
ofrecian á Fernando la ocasion mas oportuna para una incursion en
aquel reino; y el político Rey, aprovechando aquella coyuntura,
cuando aun no habia concluido ningun tratado con Boabdil, entró
en el territorio moro á la cabeza de sus grandes y de una fuerza
considerable, asolando la tierra, y destruyéndolo todo hasta las
mismas puertas de Granada. El viejo Aben Hazen, desde las torres
de la Alhambra, miraba el estrago que hacian los cristianos, sin
atreverse á salir para contenerlos; no porque le faltasen tropas,
sino por la poca confianza que tenia en ellas y en el pueblo. Se
recelaba especialmente de la faccion del Albaicin, persuadido que
si salia de la ciudad le habrian éstos cerrado las puertas cuando
volviese. Asi es que el Rey moro, consumido de rabia y encerrado
en la capital como tigre en su jaula, veia, sin poderlo impedir,
señorearse de la vega los lucidos batallones de Castilla, y relumbrar
el estandarte de la cruz por entre el humo de los lugares y pueblos
incendiados.

[Ilustración]




CAPÍTULO XV.

  _Libertad de Boabdil._


Habiendo el Rey conseguido el objeto que se propuso en esta
expedicion, marchó con su ejército la vuelta de Córdoba, donde á
su llegada, trató de fijar la suerte de Boabdil con acuerdo de los
prelados y grandes del reino reunidos en consejo.

Don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago, habló el primero, y
oponiéndose á toda transacion ó pacto con los infieles, dijo que en
aquella guerra no se trataba solo de la subyugacion de los moros,
sino de su expulsion completa; y que por tanto no debia ponerse en
libertad á Boabdil.

El marqués de Cádiz, por el contrario; aconsejó al Rey la restitucion
inmediata del Rey cautivo á sus dominios, aunque fuese sin
condiciones. “Esta medida tan conforme á la sana política, dijo,
atizará la guerra civil de Granada, que es un fuego que abrasa las
entrañas del enemigo, y hará mas por los intereses de Castilla, que
cuantos triunfos alcanzen nuestras armas.”

Don Pedro de Mendoza, gran cardenal de España, conformándose con el
parecer del Marqués, apoyó su proposicion.

Con esta variedad de consejos, se hallaba el Rey perplejo; pero
la Reina le sacó de dudas, manifestando su opinion. Los Reyes de
Granada habian sido vasallos de los Reyes sus progenitores, por lo
que opinaba que á Boabdil se le podria conceder su libertad si se
declaraba feudatario de la corona de Castilla, añadiendo que por
este medio se lograria sacar de las prisiones de Granada muchos
cristianos que gemian en el cautiverio. Adoptó Fernando la medida que
le aconsejaba su magnánima esposa, y se notificaron á Boabdil las
condiciones. Fueron éstas otorgadas por el Rey cautivo, que se obligó
á reconocer á los Reyes de Castilla por señores, á pagar tributo,
y á dar á sus tropas paso seguro y mantenimientos en sus dominios.
Los Soberanos por su parte, le concedieron á él y á los pueblos de
su dominio una tregua por dos años, ofreciendo ademas mantenerle
sobre el trono, y ayudarle á recobrar las plazas que hubiese perdido
durante su cautiverio.

Celebrado y solemnizado este contrato en el castillo de Porcuna,
se hicieron las prevenciones necesarias para recibir al Rey chico
en Córdoba con lucimiento y distincion. Soberbios caballos,
primorosamente enjaezados, vestiduras de riquísimo paño, brocados
y sedas, y otros arreos suntuosos, le fueron suministrados, á él
y á cincuenta caballeros moros que habian venido á tratar de su
rescate, para que pudiese comparecer con la grandeza correspondiente
al Monarca de Granada, y al mas poderoso vasallo de los Reyes de
Castilla: se le entregó ademas una cantidad de dinero, para el
sostenimiento de su dignidad mientras permanecia en Córdoba, y para
los gastos de su regreso á sus dominios: finalmente, se dió órden
para que todos los títulos y caballeros de la corte saliesen á
recibirle.

Habiendo llegado el caso de parecer Boabdil en presencia de Fernando,
juzgaron algunos que viniendo á rendirle homenage como vasallo,
le debia besar la mano, por lo que aconsejaron al Rey que se la
diese para el efecto. “Diérasela por cierto, respondió Fernando, si
estuviese libre en su reino, pero no se la doy porque está preso en
el mio.”

Entró el Rey moro en Córdoba con grande acompañamiento de caballeros
de la corte, y escoltado por los cincuenta moros sus parciales: fue
recibido en palacio con mucha pompa y ceremonia, y llegando á la
presencia del Rey, inclinó la rodilla, y pidió le diese á besar la
mano, asi porque era su señor y él su subdito, como en reconocimiento
de la libertad que le habia dado. Pero Fernando no consintió esta
señal de dependencia, y le levantó del suelo. Entonces empezó un
interprete á hacer en nombre del Rey moro mil elogios de Fernando,
ponderando su magnanimidad, y dándole las mas rendidas gracias. El
Rey, no sufriendo alabanzas en su presencia, le interrumpió y dijo:
“No son menester estos cumplimientos: yo espero de su integridad, que
hará todo aquello que como buen Rey y buen hombre debe hacer.” Con
estas palabras recibió á Boabdil el chico bajo su real proteccion, y
le aseguró de su amistad.

[Ilustración]




CAPÍTULO XVI.

  _Boabdil vuelve de su cautiverio._


Por el mes de agosto llegó á Córdoba con una comitiva espléndida
un noble moro Abencerrage, que traia al hijo de Boabdil y á otros
jóvenes de la primera nobleza de Granada, que habian de quedar en
rehenes hasta el cumplimiento de las condiciones del rescate. Viendo
el rey moro á su hijo único á quien dejaba como cautivo en tierra
estraña, se enterneció, y estrechándolo entre sus brazos, dijo: “En
hora menguada nací, y bajo infausta estrella: con razon me llaman el
Zogoibi, ó el desgraciado, pues los males que mi padre me acarrea,
esos mismos ocasiono yo á mi hijo.” Pero sirvió de mucho consuelo
al afligido Boabdil la piedad que usaron los reyes católicos con el
jóven príncipe, pues entregándolo al buen alcaide, Martin de Alarcon,
dieron á éste las mas estrechas órdenes para que le sirviese atento
y obsequioso, y le guardase todas las consideraciones debidas á sus
tiernos años y distinguido nacimiento.

El dia 2 de setiembre se presentó á las puertas de la mansion de
Boabdil una guardia de honor para escoltarlo hasta la frontera de su
reino. Al separarse de su hijo, volvió el Rey á abrazarlo, pero sin
pronunciar palabra, por no descubrir la agitacion de su espíritu.
Montó á caballo, y sin volver atrás el rostro, se apresuró á partir,
temiendo manifestar por entre la estudiada serenidad de Rey la
debilidad de un tierno padre.

Salió Boabdil de Córdoba acompañándole el Rey hasta corta distancia,
donde se separaron, partiendo éste para Guadalupe, y aquel para
Granada. En su tránsito por los pueblos, se le hicieron los honores
correspondientes á una persona real, escoltándole los adelantados
de las Andalucías y generales de la frontera, hasta dejarle en sus
dominios. Saliendo entonces á recibirle los caballeros principales de
su corte, enviados secretamente por la sultana Aixa, para conducirlo
á Granada, se halló otra vez el Rey chico en su propio territorio,
rodeado de guerreros musulmanes, y bajo la salvaguardia de su
mismo real estandarte. Con tan feliz suceso se ensanchó el corazon
oprimido de Boabdil, que ya empezaba á dudar de las predicciones de
los astrólogos. Pero fue de poca duracion su regocijo: en el corto
número de leales caballeros que habian salido á recibirle, echaba de
menos el príncipe á muchos de sus mas obsequiosos servidores: bien
pronto notó una gran mudanza en los ánimos de sus vasallos: su padre
representando el concierto ajustado en Porcuna como una traicion
á la pátria y á la religion, habia logrado desconceptuarle con el
pueblo: muchos de los nobles que estaban á su devocion, persuadidos
que Boabdil trababa de imponerles el yugo de los cristianos, habian
vuelto á reconocer á su padre, y casi todos los pueblos se habian
apartado de su obediencia: de suerte que la sultana Aixa y su partido
apenas se podian mantener en las torres de la Alcazaba.

Tal fue la triste relacion que hicieron á Boabdil sus cortesanos
del estado de sus intereses. Tambien le manifestaron que su regreso
á Granada, para reunirse con aquella pequeña corte que aun le
reconocia, era una empresa de mucha dificultad y peligro, por la
vigilancia con que el viejo Aben Hazen guardaba las puertas y
murallas de la ciudad.

Llegó Boabdil á su capital de noche, y acercándose cautelosamente á
los muros, logró apoderarse de un postigo del arrabal del Albaicin,
cuyos moradores siempre le habian sido favorables. Pasó con rapidez
aquellas calles, y llegó sin oposicion al castillo de la Alcazaba,
donde le recibieron en sus brazos la heróica Aixa su madre, y Moraima
su esposa predilecta. Ésta, en medio de su regocijo por la vuelta
de su marido, no pudo contener las lágrimas al recordar la muerte
del anciano Aliatar, su padre, y la ausencia de su hijo, que quedaba
con los cristianos en rehenes. Aun á Boabdil, humillado por las
desgracias y por las mudanzas que notaba, se le humedecieron los
ojos; pero su madre le inspiró otro ánimo y otros pensamientos. “No
es ocasion esta, dijo, de lágrimas y ternezas: ya solo el cetro y el
trono han de ser el objeto de tus cuidados. Bien hiciste, hijo mio,
de volver con resolucion á tu capital; pero piensa que de tí solo
depende el permanecer en ella como soberano ó como cautivo.”

El Rey viejo Aben Hazen, recogido en una de las torres mas fuertes
de la Alhambra, apenas se habia entregado al descanso de su lecho,
cuando oyó confusamente un mormullo que se levantaba en el cuartel
del Albaicin, que está á la parte opuesta del valle que atraviesa el
Darro. Poco despues llegaron sin aliento á las puertas de palacio
algunos mensageros, esparciendo la alarma de que Boabdil habia
entrado en la ciudad, y se habia apoderado de la Alcazaba. En el
primer arrebato de ira estuvo en poco que Aben Hazen postrase á
sus pies al portador de esta nueva. Convocó inmediatamente á sus
consejeros y capitanes, y exhortándoles á la fidelidad en tan crítico
momento, mandó prevenir lo necesario para que á la mañana siguiente
se entrase por fuerza de armas en el Albaicin.

Entre tanto la sultana Aixa tomó las medidas mas prontas y vigorosas
para fortalecer su partido. Se proclamó á Boabdil por las calles
del Albaicin, se distribuyeron entre el pueblo cuantiosas sumas de
dinero, y á los nobles se prodigaron promesas de honores para cuando
el Rey chico estuviese afirmado sobre el trono de Granada. Estas
disposiciones tan acertadas hicieron el efecto que era consiguiente,
y al amanecer ya estaba todo el Albaicin sobre las armas.

Siguióse en Granada un dia de luto y sangre: todo era horror y
tumulto: las cajas y trompetas resonaban por todas partes: se
suspendieron los negocios, cerráronse las puertas de las casas,
y veíanse discurrir por las calles cuadrillas de gente armada,
aclamando unos á Boabdil, otros á Aben Hazen. Donde quiera que éstas
se encontraban, se batian furiosamente, y cada plaza era un campo
de batalla. Las tropas del Rey viejo, entre las cuales habia muchos
caballeros de gran valor y orgullo, consiguieron echar de las plazas
al populacho, que favorecia á Boabdil: pero éste, barreando las
calles, y fortificándose en las casas, peleó desesperadamente desde
las ventanas y azoteas. Mas de un guerrero de la mejor sangre de
Granada pereció en esta refriega civil con armas villanas y á manos
de plebeyos.

Tan violenta convulsion en el centro de una ciudad, no podia ser muy
duradera. Por intercesion de los alfaquís se efectuó un armisticio,
y Boabdil, fiando poco del inconstante favor del pueblo, se allanó
á dejar una capital en que su autoridad, siempre precaria, solo
podria conservarse á fuerza de sangre y de una lucha continuada.
Pasando á Almería, estableció su corte en aquella ciudad, que estaba
enteramente á su devocion, y que por su riqueza é importancia
rivalizaba con Granada. Pero este pacto, en que se renunciaba á la
grandeza en obsequio de la tranquilidad, fue del todo opuesto á los
consejos de la sultana Aixa; porque para ella no habia mas dueño
legítimo de aquellos dominios que el que residia en Granada, y dijo,
con una sonrisa desdeñosa, que no era digno de llamarse Monarca el
que no era dueño de su capital.

[Ilustración]




CAPÍTULO XVII.

  _Salida de los moros de Ronda para correr los campos de Utrera, y
  batalla del Lopera._


Aunque Muley Aben Hazen, quedaba ya mandando en Granada sin rival,
apoyándole los alfaquís, que habian denunciado á Boabdil como
apóstata, y desgraciado por destino, todavia la inconstancia de
aquel pueblo turbulento, y el número de partidarios que en las
clases inferiores conservaba su hijo, le inspiraban las mas vivas
inquietudes. “¡Alá achbar! exclamó Muley, ¡Dios es grande! pero una
incursion feliz en tierras de cristianos, ha de efectuar mas en mi
servicio que mil textos del Koran, comentados por diez mil alfaquís.”

Estando á la sazon el Rey Fernando ausente de Andalucía, y ocupado
con muchas de sus tropas en una expedicion distante, juzgó Muley Aben
Hazen ser esta la ocasion mas favorable para una correría. Dudoso
estuvo el Rey al nombrar un general que la dirigiese. Aliatar, aquel
rayo de la guerra, ya no existia; pero quedaba otro general de no
menos valor y fortuna, y éste era el veterano y sagaz Bejir, alcaide
de Málaga. El espíritu que animaba á las gentes de su mando favorecia
sobremanera el éxito de la expedicion que se meditaba. Ufanos por
la derrota del ejército cristiano en las sierras de la Ajarquía,
habian llegado á persuadirse que nada podia resistir á su valor.
Muchos de ellos montaban los caballos y llevaban las armas de los
caballeros andaluces que perecieron en aquella jornada desastrosa, y
ensoberbecidos con esta decantada victoria, ardian en deseos de salir
al campo para cobrar nuevos laureles.

Apenas recibió las órdenes del Rey para entrar á sangre y fuego hasta
el centro de Andalucía, se dispuso el viejo Bejir á cumplirlas,
convocando á los alcaides de la frontera y á los guerreros de mas
fama para que se le reuniesen con sus tropas en la ciudad de Ronda,
fronteriza del territorio cristiano.

Ronda, situada en medio de la serranía del mismo nombre, se eleva
sobre un peñasco casi aislado, al cual rodea un hondo valle ó
barranco, por donde corren las aguas cristalinas del Rioverde. Los
moros de esta ciudad eran los mas activos, robustos y guerreros de
aquellas montañas: tan diestros en el uso de las armas, que hasta
los niños disparaban la ballesta con asombroso acierto: adictos á
la rapiña, no cesaban de hacer daño en las fértiles campiñas de
Andalucía: sus casas estaban llenas de despojos cristianos, y no
pocos cautivos suspiraban en sus profundas mazmorras.

El gobernador de esta ciudad guerrera era Hamet el Zeli, llamado
asimismo el Zegrí. Era de la famosa tribu de este nombre, y el
mas altivo y valiente de su linage. Ademas de la guarnicion de
Ronda, tenia á su servicio particular una legion de moros Gomeles,
naturales del África, gente mercenaria, feroz y sin mas ocupacion
que la guerra. Bien equipados, y montados en los ligeros y briosos
caballos que se crian en los pastos de Ronda, era la caballería de
los Gomeles la mejor y mas acreditada entre los moros. Rápidos en sus
movimientos, fieros al embestir, bajaban de las montañas á la llanura
como huracan impetuoso, retirándose con igual presteza sin dar lugar
á la persecucion.

Al llamamiento del Bejir acudieron con prontitud y gusto los moros
de aquella comarca, juntándose dentro de Ronda en número de mil
quinientos caballos y cuatro mil infantes. Los habitantes de la plaza
se regocijaban con anticipacion por los despojos que en breve habian
de acumularse dentro de sus muros. Á todos tenia ocupados el afan de
participar del fruto de aquella empresa. El estruendo de los tambores
y trompetas resonaba en las calles y plazas; y hasta los caballos,
con relinchos y patadas, manifestaban, al parecer, su impaciencia
por salir al campo; al paso que los cautivos cristianos, sintiendo
desde el fondo de sus lóbregos calabozos el rumor de las prevenciones
con que se amenazaba á su pátria, suspiraban y se afligian.

Salieron de Ronda aquellos moros animándose mútuamente con las mas
lisonjeras esperanzas, engalanados muchos de ellos con armaduras
espléndidas, ganadas á los cristianos en el reciente destrozo tan
señalado, y montados en los caballos que tomaron entonces á los
caballeros de Andalucía. El cauto Bejir concertó sus planes con tal
secreto y prontitud, que los pueblos de la frontera cristiana ninguna
sospecha tuvieron de la tempestad que se iba aglomerando contra ellos
mas allá de las montañas. La dilatada serranía de Ronda, interpuesta
como una pantalla, ocultaba los movimientos del enemigo. Siguió el
ejército su marcha con la rapidez que permitia la naturaleza del
pais, guiándole Hamet el Zegrí, que tenia bien conocidos todos los
pasos y salidas de aquellas montañas. Ni golpe de tambor, ni sonido
de trompeta se permitió alterase el silencio que todos guardaban;
y aquella masa armada fue avanzando poco á poco, como nube que
congregándose en la cumbre de una montaña, va á estallar sobre la
llanura.

En vano el general mas prevenido se cree seguro de ser descubierto; y
que las peñas tienen oidos, y los árboles tienen ojos, y los pájaros
lengua, para descubrir los proyectos mas secretos. Andaban á la
sazon discurriendo por aquellos montes seis cristianos Almogávares,
especie de guerrilleros, que se empleaban en asaltar á los moros,
haciéndolos prisioneros, y robando sus ganados. Puestos en acecho
sobre la cumbre de un cerro, esperaban estos seis, como aves de
rapiña, se les presentase en la llanura algun objeto en que saciar su
codicia, cuando vieron desembocar por un valle al ejército moro. Al
abrigo de aquellas espesuras, estuvieron observando con silencio el
número y fuerzas del enemigo, las banderas de los diferentes pueblos
y capitanes, y la direccion que al parecer llevaban en su marcha.
Separándose entonces, partieron cada uno por camino diferente, para
dar la alarma, y avisar á los comandantes de la frontera. Unos fueron
á Écija, donde mandaba don Luis Portocarrero, á quien anunciaron
esta entrada de los moros, y otros dieron aviso de ella en Utrera,
alarmando los pueblos de aquella comarca.

Portocarrero, con la actividad y energía que le caracterizaban,
despachó correos á los alcaides de las fortalezas del contorno, á
Hernan Carrillo, que mandaba algunas gentes de las hermandades, y á
ciertos caballeros de la órden de Alcántara. Reuniendo las tropas
de su capitanía y los dependientes de su casa, fue Portocarrero el
primero que salió al encuentro de los moros. La fuerza que llevaba
era harto escasa; pero todos iban bien apercibidos y perfectamente
montados: estaban hechos á aquellos rebatos, y eran hombres para
quienes bastaba la voz de “¡al arma! ¡á caballo! y ¡al campo!” para
despertar su espíritu guerrero, y animarlos á cualquiera empresa.

La noticia de esta entrada llegó tambien á Jerez, donde la recibió el
marqués de Cádiz. Avisado este valeroso caudillo que el moro habia
pasado la frontera, llevando delante el estandarte de Málaga, se
llenó de gozo por la ocasion que se le presentaba de vengar en los
autores de la cruel matanza de la Ajarquía la muerte de sus hermanos,
acaecida en aquella ocasion calamitosa. Juntando pues apresuradamente
sus vasallos y las gentes de Jerez, partió, respirando venganza, con
trescientos caballos y doscientos infantes.

El veterano Bejir, habiendo atravesado las sierras de Ronda sin que
se hubiese notado su marcha, segun él se persuadia, empezaba á bajar
á las llanuras de Utrera. La vista de esta feraz campiña despertó la
codicia de aquellos feroces Gomeles, y aun sus caballos, empinando
las orejas y olfateando el aire, parecian reconocer el teatro de sus
frecuentes correrías.

Al salir de los montes, dividió el Bejir sus tropas en tres partes:
una, compuesta de peones y de la gente mas flaca, quedó á la entrada
de la sierra, para guardar el paso; otra se puso en emboscada entre
los árboles y matas del rio Lopera; y los demas fueron enviados
delante para correr los campos y robar la tierra. Esta última fuerza
se componia principalmente de la caballería ligera de los fogosos
Gomeles de Ronda, capitaneados por el intrépido alcaide Hamet el
Zegrí, siempre el primero en semejantes ocasiones.

No sospechando que la tierra estaba alerta y en movimiento para venir
á su encuentro, se lanzaron estos africanos por aquellos campos hasta
llegar á dos leguas de Utrera. Aqui se desparramaron por la llanura,
cercando los ganados, y reuniendo los rebaños en grandes manadas,
para llevarlos á la montaña. Estando asi dispersados, salieron de
Utrera, y dieron de improviso sobre ellos, un escuadron de caballos
y un cuerpo de infantería. Los Gomeles, formándose en pelotones,
procuraron defenderse; pero les faltaba su capitan Hamet el Zegrí,
que andaba, como azor, buscando presa por aquellos contornos. No
pudiendo resistir aquel ímpetu, cedieron y huyeron á la emboscada que
estaba en las orillas del Lopera. Al llegar al rio salieron los moros
que estaban en la celada, y volviendo al mismo tiempo el rostro los
fugitivos, embistieron todos juntos á los cristianos. Éstos, aunque
muy inferiores en el número, sostuvieron el choque con firmeza.
Quebradas las lanzas al primer encuentro, echaron mano los unos á las
espadas, los otros á los alfanges, y revueltos entre sí pelearon con
furor. Hamet, abandonando la presa que traia, corrió con algunos de
sus Gomeles al combate; pero en aquel punto sonaron trompetas en otra
direccion, y Portocarrero y sus gentes entrando á galope en el campo
cargaron al enemigo por el flanco.

Los moros, aunque aturdidos por un asalto tan repentino en parte
donde pensaban no habia guardia ni defensa, pelearon un rato con
desesperacion, y resistieron con valor una carga impetuosa que les
hicieron los caballeros de Alcántara en union con los hombres de
armas de la santa hermandad. Al fin, derribado de su caballo el
valiente Bejir, y hecho prisionero, perdieron el ánimo sus tropas,
y se entregaron á la fuga. Al huir, dividieron su fuerza, y tomaron
dos caminos para mejor salvarse. Portocarrero les siguió el alcance
por una parte causándoles mucha pérdida. Esta accion tuvo lugar en
las orillas del Lopera, junto á una fuente llamada de la higuera.
Fueron muertos seiscientos caballeros moros, y muchos mas quedaron
prisioneros. Los despojos fueron de mucha consideracion, y con ellos
volvieron los cristianos á sus casas en triunfo.

El cuerpo mayor del ejército enemigo se retiró por la ribera del
Guadalete en número de mil caballos y una multitud informe de
infantería. Á poco que anduvieron les salió al encuentro el marqués
de Cádiz con las gentes de su casa y los caballeros de Jerez. Estando
ya sobre el enemigo, vieron los cristianos á muchos de los moros
ataviados con las armas de los caballeros que habian perecido en los
montes de Málaga, y aun con las suyas propias que en la misma ocasion
les fue forzoso arrojar para salvarse. Enfurecidos con semejante
afrenta, se lanzaron contra los moros no ya con el ardimiento de
guerreros, sino con la ferocidad de tigres. Á todos animaba un mismo
espíritu, y un deseo igual de lavar aquella mancha en la sangre del
enemigo. El buen marqués de Cádiz, á la vista de un poderoso moro
montado en el mismo caballo de su hermano Beltran, dió un grito de
dolor y rabia, y acometiéndole con furia irresistible, le derribó
del caballo, y dió con él muerto en el suelo. En breve tuvieron los
moros que ceder al valor frenético de sus contrarios, poniéndose en
huida con direccion al desfiladero guardado por la primera batalla
que habia quedado en la sierra. Éstos, como viesen á los suyos
entrar huyendo por aquel estrecho, perseguidos por los cristianos,
creyeron tener encima á toda la Andalucía y participando en su terror
siguieron su ejemplo.

Las tropas del Marqués, habiéndolos perseguido alguna distancia
por aquellos montes, volvieron á las márgenes del Guadalete. Aqui
se detuvieron para descansar y hacer la particion de los despojos.
Entre estos se hallaron muchos ricos coseletes, yelmos y armas:
trofeos ganados por los moros en la derrota de los montes de Málaga.
Muchos fueron reclamados por sus dueños, otros fueron conocidos
como pertenecientes á caballeros que perecieron en aquella jornada.
Hubo tambien caballos ricamente enjaezados, perdidos en la misma
ocasion por los guerreros de Antequera[26]. Asi es que el júbilo de
los vencedores se templó con el triste recuerdo de sus desgraciados
compañeros de armas.

  [26] “En el despojo de la batalla se vieron muchas ricas corazas,
  é capacetes, é baberas, de las que se habian perdido en el
  Axarquía, é otras muchas armas, é algunas fueron conocidas de
  sus dueños, que las habian dexado para fuir, é otras fueron
  conocidas, que eran muy señaladas, de hombres principales que
  habian quedado muertos ó cautivos, é fueron tomados muchos de los
  mismos caballos con sus ricas sillas, de los que quedaron en la
  Axarquía, é fueron conocidos cuyos eran.” Cura de los Palacios,
  c. 67.

Estaba el buen marqués de Cádiz descansando á la sombra de un árbol,
orillas del rio, cuando le trajeron el caballo que habia sido de su
hermano Beltran. Apoyándose sobre el cuello del hermoso bruto, miró
el Marqués tristemente aquella silla do nunca mas se sentaria su
noble dueño. Una congoja mortal agitaba su espíritu, y ocultando el
rostro en la frondosa crin del caballo, exclamó: “¡Ay, hermano mio!”
sin pronunciar mas palabra: tan expresivo es, con ser tan callado, el
sentimiento de un guerrero. Tendiendo luego la vista por el campo,
y viéndolo cubierto de moros muertos, se consoló en medio de la
amargura de su dolor, con la consideracion de que su hermano no habia
quedado sin venganza.

[Ilustración]




CAPÍTULO XVIII.

  _Retirada de Hamet el Zegrí._


El fogoso Hamet andaba, como se ha dicho, recorriendo la campiña de
Utrera, y arrebatando los ganados, cuando oyó desde lejos el ruido
del combate que se habia trabado. Sin detenerse un punto, partió
á rienda suelta con un puñado de hombres, para reunirse con el
ejército; y como viese á los cristianos persiguiendo ciegamente á los
moros, que se retiraban á la emboscada, creyó confundir al enemigo
atacándole por retaguardia. “¡Á ellos, dijo, que son nuestros!” y
ya con solo treinta Gomeles que le seguian, se disponia á la carga,
cuando sonaron trompetas, y vió á Portocarrero acometer por el flanco
á los moros que estaban emboscados.

La derrota total y fuga precipitada de su ejército, que en breve se
siguió, llenó á Hamet de consternacion y rabia. Rodeado de enemigos,
que por todas partes venian acudiendo, y forzado á huir, no sabia por
donde emprender la retirada, pues el paso por la sierra lo ocupaba
el ejército cristiano, y por cualquier otro camino era iminente el
riesgo de caer en manos del enemigo. Recogió las riendas al caballo,
y levantándose sobre sus estribos, volvió Hamet la vista en derredor
para reconocer el pais, quedando luego pensativo como quien consulta
consigo mismo. Acordándose entonces de un desertor cristiano que
venia en su tropa, se volvió á él, y llamándole le dijo: “cristiano,
¿sabes tú algun camino desviado, alguna senda solitaria, por donde
podamos pasar de largo sin tropezar con el enemigo?” “Una ruta
puedo señalaros, respondió el desertor, que nos conduciria á Ronda;
pero está llena de peligros; pues pasa por medio del territorio
cristiano.” “Está bien, dijo Hamet, cuanto mas peligrosa en
apariencia, tanto menos se sospechará que la seguimos. Ahora bien;
ponte á mi lado, y marchemos; pero atiende á lo que te digo: ¿ves
este bolsillo de oro y este alfanje? Llévanos con seguridad á los
pasos de la sierra, y el bolsillo será el galardon de tus servicios;
engáñanos, y el alfanje dividirá tu cabeza hasta los hombros[27].”

  [27] Cura de los Palacios, ubi supra.

Obedeció el traidor temblando: apartáronse del camino que conduce en
derechura las montañas, y por senderos escusados, atravesando ramblas
y barrancos, se dirigieron hácia Lebrija. La ruta que llevaban
era verdaderamente peligrosa: todo les alarmaba, ya el sonido de
trompetas, que oian desde lejos, ya las campanas de los pueblos,
que aun tocaban á rebato anunciando la presencia del enemigo:
obligándoles á veces el peligro de ser descubiertos á esconderse
entre las peñas y matorrales. Hamet cabalgaba silencioso, puesta la
mano sobre el pomo del alfanje, y la vista sobre el renegado que le
guiaba, pronto á sacrificarle á la menor señal de traicion: detras
iba su cuadrilla de Gomeles, llenos de vergüenza y rabia por tener
que salir huyendo de un pais que habian venido á devastar.

Al cerrar de la noche, tomaban caminos mas transitables, evitando
pasar por los pueblos. Siguiendo su marcha con precaucion y silencio,
llegaron á media noche hasta cerca de Arcos: pasaron el Guadalete, y
al rayar el alba, ya estaban á la entrada de la sierra. Internándose
en aquellas soledades, llegaron al mismo desfiladero por donde el
ejército moro habia pasado huyendo de los cristianos. Alli vieron, de
trecho en trecho, señales tristes de la matanza de sus camaradas: las
peñas estaban manchadas de sangre mora, y cubierto el suelo de armas
rotas y de cuerpos mutilados, expuestos á la voracidad de las aves y
fieras; vista que llenó al alcaide de Ronda de dolor é indignacion.
De cuando en cuando veian salir de entre las peñas y matas algun
miserable moro, que al abrigo de aquellas asperezas, y abandonando
caballo y armas, habia podido eximirse del furor del enemigo.

El ejército moro habia salido de Ronda entre aclamaciones y vivas;
pero á la vuelta de Hamet á aquella plaza con el remanente de sus
Gomeles, desfallecidos y extenuados por el hambre y la fatiga, solo
se oian lástimas y lamentos; pues ya los fugitivos habian anunciado
allá la pérdida de aquella brillante hueste en las márgenes del
Lopera.

La derrota de los moros en esta ocasion no fue menos señalada y
desastrosa que la de los cristianos, acaecida poco antes en las
alturas de Málaga. De un ejército poderoso, compuesto de la flor de
la caballería mora, apenas lograron escapar doscientos hombres; y de
aquella tropa tan lucida, que con tanta confianza habia entrado por
la Andalucía, casi todos quedaron muertos ó prisioneros; entre ellos
hubo muchos capitanes y caballeros de casas ilustres, que probaron
la amargura de la cautividad hasta redimirse con la entrega de
cuantiosos rescates.

Esta batalla se dió el dia 17 de setiembre y se llamó la batalla
de Lopera. La nueva de este triunfo alcanzó á los Reyes Fernando
é Isabel en Vitoria, y se celebró con fiestas, luminarias y
procesiones. El Rey honró al marqués de Cádiz concediéndole, y á sus
herederos, el privilegio de vestir, todos los años, la ropa que él
y sus sucesores, los Reyes de Castilla, llevasen el dia de Nuestra
Señora de setiembre, en conmemoracion de tan gloriosa victoria. Con
igual favor premió la Reina los servicios de don Luis Fernandez
Portocarrero, haciendo merced á su esposa, mientras viviese, del
vestido que llevase en el aniversario de aquella batalla[28].

  [28] Mariana, Abarca, Zurita, Pulgar, etc.

[Ilustración]




CAPÍTULO XIX.

  _Del honroso recibimiento que hicieron los Reyes católicos al conde
  de Cabra y al alcaide de los Donceles._


Suspendiendo aqui por un momento la marcha de nuestra crónica,
apartémonos, lector discreto, del ruido de las armas, para considerar
la entrada solemne que el conde de Cabra y el alcaide de los
Donceles, hicieron en Córdoba con motivo de la captura del Rey moro
Boabdil.

En esta ciudad, y en el antiguo Alcázar moro que hay en ella,
tenian á la sazon su corte los Soberanos de Castilla. Arreglado el
ceremonial por el cardenal don Pedro de Mendoza, obispo de Toledo, el
buen conde de Cabra, conforme á lo que estaba dispuesto, se presentó
el dia 14 de octubre á las puertas de Córdoba. Salieron á recibirle
el gran cardenal y el duque de Villahermosa, hermano natural del
Rey, con muchos de los grandes y prelados del reino, que le fueron
acompañando hasta palacio, donde entró entre las aclamaciones de un
pueblo numeroso, y obsequiado con el marcial estruendo de cajas,
trompetas y otros instrumentos.

Llegando el Conde á presencia de los Soberanos, que estaban
sentados bajo un dosel magnífico en el salon de audiencia, se
levantó el Rey para recibirle, adelantándose cinco pasos al efecto:
el Conde doblando una rodilla, le besó la mano; pero el Rey para
mas honrarle, y porque no queria tratarle solamente como vasallo,
le abrazó afectuosamente. La Reina entonces se acercó tres pasos
hácia el Conde, y lo recibió con un semblante lleno de bondad y
dulzura, dándole á besar su mano. Volviendo luego los Reyes á ocupar
su asiento en el trono, mandaron al Conde que se sentase en su
presencia. Hízolo éste asi en un escaño cerca del Rey; sentándose
tambien al lado del Conde el duque de Nájera, despues el obispo
de Palencia, luego el conde de Aguilar, el conde de Luna y don
Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon. Al lado de la Reina
tomaron asimismo asiento el gran cardenal de España, el duque de
Villahermosa, el conde de Monterey y los obispos de Jaen y Cuenca,
segun el órden en que van nombrados. La Infanta doña Isabel, por
estar indispuesta, no pudo asistir á esta ceremonia.

Sonando entonces una música festiva, se presentaron veinte damas del
acompañamiento de la Reina, primorosamente ataviadas, y con ellas
otros tantos caballeros jóvenes adornados de magníficos arreos;
los cuales dieron principio á un baile, en que se danzó con toda
la gravedad y compostura características de aquel tiempo, pero con
mucha gracia. Concluido el baile, se levantaron el Rey y la Reina
para retirarse, y habiéndose despedido de la corte con expresiones
las mas benignas, quedó deshecho aquel concurso. El conde de Cabra
pasó entonces en compañía de todos los grandes al palacio del gran
cardenal, donde se le sirvió una cena suntuosa.

El sábado siguiente se le hizo su recibimiento al alcaide de los
Donceles, aunque no con la misma distincion que á su tio el Conde,
por considerarse á éste como el actor principal en aquel hecho tan
famoso. Asi es que el gran cardenal y el duque de Villahermosa, en
vez de salir á la puerta de la ciudad á recibirle, lo verificaron en
palacio, donde le entretuvieron en conversacion, esperando se les
llamase á comparecer en la real presencia.

Habiéndose presentado el alcaide de los Donceles á sus Soberanos, se
levantaron éstos de su asiento, y abrazándolo benignamente, aunque
sin haberse adelantado hácia él, le mandaron que se sentase al lado
del conde de Cabra. La Infanta doña Isabel salió tambien á recibirle,
y tomó su asiento al lado de la Reina. Se volvió á entonar una música
alegre, y se procedió como antes á bailar, saliendo al efecto la
Infanta acompañada de una jóven dama portuguesa. Concluyendo asi la
funcion, despidieron los Reyes al alcaide de los Donceles con mucho
agasajo y cortesía y la corte se retiró.

El domingo siguiente el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles,
fueron convidados á cenar con los Soberanos. Aquella noche concurrió
á la corte toda la grandeza, con vestidos y galas del mayor lujo, y
con el esplendor que distinguia á la nobleza castellana de aquella
época. Antes de cenar hubo baile: el Rey sacó á la Reina, y bailó con
ella: el conde de Cabra tuvo el honor de dar la mano á la Infanta
doña Isabel, y otro tanto hizo el alcaide de los Donceles con la hija
del marqués de Astorga.

Despues del baile, pasaron los Reyes y la corte á la sala de cenar.
Aqui á la vista de todos los presentes, cenaron el conde de Cabra
y el alcaide de los Donceles con el Rey, la Reina y la Infanta. El
marqués de Villena sirvió á la familia real, siendo escanciador del
Rey don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba: en igual calidad
sirvió á la Reina don Alonso de Estúñiga, y á la Infanta don Tello
de Aguilar. Otros caballeros principales y distinguidos sirvieron al
conde de Cabra y al alcaide de los Donceles. Á la una se retiraron
los dos huéspedes, habiéndolos despedido los Reyes con expresiones
muy corteses y benignas[29].

  [29] La relacion de este ceremonial tan característico de la
  corte de Castilla en aquella época, concuerda en todo lo esencial
  con otras que se hallan en Andrés Bernaldez y en otros MSS.

Tales fueron los obsequios y honores que dispensaron los Reyes
católicos á estos dos famosos caballeros. Pero el reconocimiento
de los Soberanos no paró aqui. Pasados muy pocos dias, concedieron
á entrambos cuantiosas rentas, asi perpetuas como vitalicias, y el
título de don para ellos y sus descendientes. Asimismo se les dió
facultad para añadir á sus armas anteriores la cabeza de un moro
coronado, con una cadena de oro al cuello, y que orleasen el escudo
con veinte y dos banderas, en señal de otras tantas que habian ganado
á los moros. Los descendientes de las casas de Cabra y Córdoba traen,
aun hoy dia, estas armas, en memoria de la victoria de Lucena, y de
la captura del Rey chico de Granada.

[Ilustración]




CAPÍTULO XX.

  _Empresa del marqués de Cádiz para recobrar á Zahara, y su
  resultado._


Los adalides ó espías que el marqués de Cádiz tenia constantemente
á su servicio, no cesaban de rondar las plazas y fortalezas de los
moros, para reconocer su situacion y fuerza, el número de la tropa
que las guarnecia, y la vigilancia ó descuido de los alcaides. De
todo esto daban puntualmente parte á su dueño, el cual por este medio
sabia el estado de defensa en que se hallaban todas las fortalezas de
la frontera, y el momento mas favorable para atacarlas con ventaja.
Ademas de muchos pueblos y villas sobre los cuales egercia un dominio
feudal, tenia el Marqués siempre á su disposicion una fuerza armada
compuesta de sus vasallos, deudos y familiares, que en todo lance ú
ocasion estaban prontos á seguirle, y á morir en su defensa. En las
armerías de sus castillos habia gran provision de corazas, yelmos, y
armas de varias clases, todo á punto de servir; estando ademas llenas
sus caballerizas de caballos fuertes, activos y muy propios para el
servicio de la montaña.

Persuadido el marqués de Cádiz que por efecto de la derrota de los
moros en las orillas del Lopera, estarian los pueblos fronterizos
del enemigo con muy poca defensa, y reducidas á muy corto número
sus guarniciones, por la pérdida de sus alcaides, juzgó ser esta la
ocasion mas oportuna para intentar una nueva empresa. Las noticias
que le daban sus espías, le determinaron á acometer á la fortaleza de
Zahara; la misma que dos años antes habia Muley Aben Hazen arrebatado
á los cristianos, y que á la sazon se hallaba mal guardada y escasa
de mantenimientos.

Habiendo participado sus designios á Luis Fernandez Portocarrero,
y á Juan Almaraz, que mandaba las gentes de la hermandad, juntaron
estos caudillos sus tropas, y el dia 28 de octubre de este año, se
reunieron con el Marqués sobre la ribera del Guadalete, junto á un
desfiladero que conduce á Zahara. Reunidas sus tropas, llegaban
al número de seiscientos caballos y mil quinientos infantes, con
los cuales se pusieron en movimiento contra Zahara en cuanto cerró
la noche. Entrando por el desfiladero, siguieron su marcha con
precaucion y silencio al través de aquellos montes, hasta llegar
junto á los muros de la plaza. Llegaron tan callando, que los
centinelas no sintieron ni una voz, ni una pisada; y la oscuridad
era tanta, que no pudieron distinguir objeto alguno. Venia con el
marqués de Cádiz el famoso escalador Ortega de Prado, que ya se
habia distinguido en la sorpresa de Alhama. Este veterano con diez
hombres prevenidos de escalas, fue á colocarse en el hueco de unas
peñas junto á la muralla: en un barranco, no muy lejos de alli, se
apostaron setenta soldados que debian sostener á los escaladores; y
en una hondonada que distaba poco de la puerta de la plaza, se ocultó
la demas tropa, para esperar el momento de acometer.

Lo que restaba de la noche se pasó guardando todos el mas profundo
silencio: al fin amaneció, y los rayos del sol naciente comenzaron
á dorar los altos picos de la serranía de Ronda. Los soldados de la
guarnicion de Zahara, mirando desde las almenas y viendo la quietud
que reinaba en aquel pais solitario, abandonaron las murallas,
muy lejos de sospechar que no habia peña ni mata que no ocultase
un enemigo. Entonces fue cuando por órden del Marqués salió de la
hondonada un escuadron de caballería ligera, que se presentó delante
de la villa, y corriendo el campo llegó hasta la misma puerta,
provocando á los moros para que saliesen á escaramuzar. Asi lo
hicieron en efecto unos setenta de á caballo y algunos peones de los
que guardaban la muralla, los cuales pensando castigar la osadía
del enemigo, arremetieron á él con valor impetuoso. Huyeron los
cristianos, y corrieron en pos de ellos los moros persiguiéndolos;
pero en esto oyeron á sus espaldas una vocería y tumulto grande,
y volviendo los ojos, ven que se está atacando á la villa, y que
una partida de escaladores va subiendo, espada en mano, por la
muralla: al punto vuelven las riendas á sus caballos y se retiran
con precipitacion hácia el lugar. Saliendo entonces de la hondonada
donde estaban emboscados, trataron el marqués de Cádiz y Portocarrero
de cortarles la retirada; mas no lo pudieron conseguir, y los moros
tuvieron lugar de refugiarse dentro de la plaza.

Mientras Portocarrero combatia la puerta, el Marqués metiendo las
espuelas al caballo, corrió al socorro de los escaladores, los cuales
acometidos por cincuenta moros armados de lanzas y corazas, se veian
en el mayor aprieto, y á pique de ser lanzados de la muralla. En
tan crítico momento llegó el Marqués, que arrojándose del caballo y
animando á sus gentes, subió por una escala con algunos soldados y
atacó vigorosamente al enemigo[30]. Turbados y confusos, desampararon
los moros la muralla, pero siguieron defendiéndose por las calles:
al fin, acosados por los cristianos, se recogieron á la ciudadela,
dejando las puertas y torres de la plaza en poder del enemigo. Los
moros no pudiendo subsistir en la ciudadela por ser muchos y tener
pocos bastimentos, ofrecieron darse á partido, y el Marqués les
concedió el de salir libremente con sus efectos, dejando las armas y
obligándose á pasar á Berbería.

  [30] Cura de los Palacios, c. 68.

Asi se volvió á ganar la villa de Zahara para confusion de Muley Aben
Hazen, que de esta manera pagó la pena y perdió el fruto, de aquella
su agresion injusta. Los Reyes de Castilla, agradeciendo esta hazaña
al valiente Ponce de Leon, le concedieron el título de duque de Cádiz
y marqués de Zahara; pero él estimaba en tanto su primer título, que
nunca lo dejó, y firmaba siempre: el marqués duque de Cádiz.

[Ilustración]




CAPÍTULO XXI.

  _De la disciplina y buen gobierno que estableció el conde de
  Tendilla en la guarnicion de Alhama._


Con motivo de la toma de Zahara, ganada por segunda vez por los
cristianos, se complacen los coronistas de aquella época en cotejar
el descuido del alcaide moro, que perdió esta fortaleza en la
claridad del dia, con la vigilancia del cristiano gobernador de la
de Alhama. Las observaciones que hacen á este intento, servirán de
asunto al capítulo presente.

La custodia de esta importante plaza, estaba entonces confiada á don
Iñigo Lopez de Mendoza, conde de Tendilla, caballero esforzado y de
noble sangre, hermano del gran cardenal de España. Al tomar posesion
de su gobierno, halló que la guarnicion se componia de solo mil
hombres entre peones y caballos: tropa aguerrida y veterana, pero
licenciosa, adicta al juego y á la holganza, y agena de disciplina.
Los naipes y los dados eran ya las armas que mas bien manejaban:
los cantares deshonestos, las músicas ociosas, les ocupaba lo mas
del tiempo, á vueltas de ruidosas altercaciones y sangrientas
riñas. “Aqui, dijo el Conde, no hay mas que un puñado de hombres: es
menester, pues, que cada uno de ellos sea un héroe.”

Desde luego se dispuso á reformar estas costumbres, procurando
inspirar á sus soldados una loable ambicion, y doctrinándoles en
todo lo concerniente al ejercicio de la caballería: desterró los
juegos, prohibió las músicas é hizo desaparecer la ociosidad, origen
de tantos vicios, y causa de la perdicion de tantos ejércitos[31].
“El justo fin de una guerra, dijo, se pervierte muchas veces por
la pravedad de los que la siguen: y la insubordinacion y falta de
órden en la tropa, suelen ser el escollo de los planes mas bien
concertados.” Añadiendo, cuando era menester, el rigor á la blandura
y el castigo á los consejos, logró poco á poco restablecer la
disciplina, despertó el espíritu belicoso de sus soldados, y los hizo
ser el terror del enemigo.

  [31] Pulgar, Crónica. Salazar, Hist. del gran Cardenal.

La fortaleza de Alhama, por la elevacion en que estaba puesta,
dominaba el camino que conducia á Málaga, y aquella parte de la
vega regada por el Cazin y el Jenil. Desde aqui hacia el Conde sus
salidas y correrías, arrebatando ganados, destruyendo mieses, é
interceptando los convoyes que pasaban por el camino; y esto era tan
frecuente, que decian los moros que ni una hormiga podia atravesar
la vega sin que lo advirtiese el conde de Tendilla. Algunas veces
salia á combatir las torres y casas fuertes que habia en contorno,
donde el paisanage moro se guarecia y depositaba sus cosechas y
ganado. En estas ocasiones solia llevar sus estragos hasta cerca de
Granada, y volvia á Alhama conduciendo gran cantidad de despojos, y
muchos prisioneros. Tal, en fin, era la actividad y solicitud con que
el conde de Tendilla hacia la guerra, que ni dejaba en ócio á los
suyos, ni en seguridad al enemigo: y los moros, viendo que no podian
alejarse de Granada mas de una legua, para atender á las labores
del campo, sin mucho peligro de quedar cautivos, prorrumpieron en
quejas y clamores contra el Rey, que asi permitia se insultase
su territorio. Con este motivo se despacharon de Granada varios
escuadrones de caballería, á fin de que protegiesen á los labradores
en la colectacion de sus cosechas. Estas tropas, rondando en las
inmediaciones de Alhama, impedian las salidas de los cristianos, y
los tuvieron por algunos dias encerrados en la fortaleza.

Estando asi bloqueado el Conde, se oyó una noche un estampido
tremendo, que estremeció la fortaleza hasta sus cimientos. Los
habitantes de la villa despertaron llenos de temor, y los soldados
de la guarnicion corrieron á las armas, recelando fuese un asalto
del enemigo: pero la causa de esta alarma resultó ser la caida de un
gran trozo de la muralla del castillo, que minada por las lluvias del
invierno, se habia hundido, dejando una gran brecha por la parte que
miraba al campo. En gran cuidado puso este fracaso al Conde, pues
llegando á conocimiento de los moros, era indudable que darian aviso
en Granada y Loja, y que viniendo de alli una fuerza considerable,
les seria fácil combatir la fortaleza y entrarla por aquella brecha.
En este apurado lance dió el Conde pruebas de un ingenio fecundo
de recursos. Mandó cubrir toda aquella parte del muro que se habia
caido con un gran lienzo, el cual hizo luego pintar, imitando una
muralla con sus almenas; y en efecto salió tan semejante, que desde
lejos no se podia distinguir el lienzo

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