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Lucrecia Borja: Estudio Histórico

by W. R. de Villa-Urrutia · Spanish · Gutenberg #48940 · 477,646 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Lucrecia Borja: Estudio Histórico
    
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Title: Lucrecia Borja: Estudio Histórico

Author: W. R. de Villa-Urrutia


        
Release date: May 12, 2015 [eBook #48940]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/48940

Credits: Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
        Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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        available by The Internet Archive/American Libraries.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LUCRECIA BORJA: ESTUDIO HISTÓRICO ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las
    negritas entre =iguales= y las versalitas como MAYÚSCULAS.
  * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
    grafía de mayor frecuencia.
  * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.




LUCRECIA
BORJA




OBRAS DEL AUTOR


  =Relaciones entre España y Austria= durante el reinado de
  la Emperatriz Doña Margarita, Infanta de España, esposa del
  Emperador Leopoldo I.—Madrid, 1905.—En 4.º

  =España en el Congreso de Viena= según la correspondencia oficial
  de D. Pedro Gómez Labrador, Marqués de Labrador.—Madrid, 1907.—En
  4.º con un fotograbado.

  =Ocios diplomáticos.= La jornada del Condestable de Castilla a
  Inglaterra para las paces de 1604. La embajada de Lord Nottingham
  a España en 1605.—Rubens diplomático.—Antonio Van Dyck.—Madrid,
  1907.—En 4.º

  =Relaciones entre España e Inglaterra= durante la guerra de la
  Independencia. Apuntes para la Historia diplomática de España, de
  1808 a 1814, con prólogo del Excmo. Sr. D. Antonio Maura. Tomo
  1. 1808-1809. Desde el Dos de Mayo hasta la batalla de Talavera.
  Madrid, 1911.—Tomo II. 1809-1812. Desde la batalla de Talavera
  hasta la de Arapiles. Madrid, 1912.—Tomo III. 1812-1814. La
  Embajada del Conde de Fernán-Núñez.—El Congreso de Viena. Madrid,
  1914.—En 4.º, tres volúmenes.

  =La Misión del Barón de Agra a Londres en 1808.=—Madrid, 1909.—En
  4.º

  =El Rey José Napoleón.=—Madrid, 1911.—En 4.º

  =La Embajada del Conde de Gondomar a Inglaterra en 1613.=
  Discurso leído ante la Real Academia de la Historia, en el acto
  de su recepción pública, el 25 de Mayo de 1913.—Madrid, 1913.—En
  4.º mayor.

  =El estilo diplomático.= Discurso leído ante la Real Academia
  Española en el acto de su recepción pública, el 4 de Junio de
  1916.—En 4.º mayor.

  =Las Mujeres de Fernando VII.=—Madrid, 1916.—En 4.º, con cinco
  retratos.

  =El Palacio Barberini.= Recuerdos de España en Roma.—Madrid,
  1919.—En 4.º, con una lámina.

  =El Papa de Velázquez.=—Madrid, 1920.—En 4.º mayor, con una
  lámina-retrato.

  =La Embajada del Marqués de Cogolludo a Roma en 1687.=—Madrid,
  1920.—En 4.º, con una lámina.

  =El Duque de Medinaceli y la Giorgina.=—Madrid, 1920.—En 4.º

  =Algunos cuadros del Museo del Prado.= Cómo se recobraron y
  salvaron de segura ruina los de Rafael que se llevó Bonaparte.
  París.—En 8.º mayor, con láminas.

  =Fernando VII, Rey Constitucional.=—Historia diplomática de
  España de 1820 a 1823.—Madrid, 1922.—En 4.º




  [Ilustración: PINTURICCHIO
    SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA
    Supuesto retrato de LUCRECIA BORJA.]




  MARQUÉS DE VILLA-URRUTIA
  DE LAS RR. ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA


  LUCRECIA
  BORJA

  ESTUDIO HISTÓRICO

  [Ilustración]


  FRANCISCO BELTRÁN
  LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
  PRÍNCIPE, 16—MADRID




  ES PROPIEDAD
  DERECHOS RESERVADOS




El porqué de este libro.


No es sólo en España donde los historiadores modernos, impulsados
acaso por el espíritu caballeresco de la raza, han salido a la
palestra, enristrando algún potísimo documento, en defensa de la
honra de egregias damas asendereadas y maltrechas, y así como a Don
Quijote se le antojaron en la venta hermosas doncellas las mozas del
partido que ayudaron a armarle caballero, así también las que gozaron
en vida fama de impenitentes pecadoras, se nos presentan ahora con
ropa de pudibundas matronas y esposas ejemplares, que murieron
casi casi en olor de santidad y sin el menor tufillo de carnal y
pecaminoso ayuntamiento.

Un historiador alemán, como sus compatriotas concienzudo y minucioso,
dedicó, a orillas del Tíber, largas horas de paciente busca en los
archivos, y no pocas vigilias al estudio de la Roma medioeval, y
en sus andanzas topó, en la Corte de Alejandro VI, con la hija de
aquel Papa, la sin par Lucrecia Borja, puesta en solfa por Víctor
Hugo y Donizetti. Prendóse de ella, como tantos otros, y se propuso,
siquiera fuese tardíamente, rehabilitarla ante la mal informada
posteridad, acabando con la leyenda romántica y con los adjetivos
denigrantes que afeaban los amores de una dama que no había nacido
ciertamente para figurar un día con aureola en los altares ni en la
Historia como heroína, ejecutora o inspiradora de gloriosas hazañas.
Era una mujer por cuyas venas corría la sangre española y ardentísima
de los Borjas, no entibiada en su mezcla con la romana y plebeya, no
menos alborotada de la Vannozza, y ni heredó de sus padres virtudes
que ellos no poseyeron ni pudo tampoco sustraerse al ambiente de
abominación y de lujuria que se respiraba en la Corte pontificia.
Pecó como otras muchas hijas de Eva que probaron y saborearon la
fruta prohibida y de ella luego se nutrieron y hartaron; mas pudo
alegar como disculpa la de un temperamento excesivo, al que servía
de aguijón el mal ejemplo de cuantos la rodeaban: padres y hermanos,
tías, cuñadas y primas, sin que bastaran a apaciguarlo y refrenarlo
ni su voluntad flaquísima ni su conciencia por completo embotada.
Predominó en Lucrecia la hembra enamorada, y más que a su belleza,
cuidada con esmero y realzada por el exquisito y dispendioso gusto
con que se vestía y adornaba, rendíanse a su encanto cuantos se le
acercaban y disfrutaban de su trato. Sumisa en Roma para sus enlaces
matrimoniales a los antojos de la familia, vióse obligada en Ferrara,
para satisfacer los propios, a contenerlos dentro de los límites de
la honestidad y la prudencia, impuestos por un marido celoso y una
Corte hipócritamente pudibunda. Falleció en edad temprana, antes de
que el tiempo le hiciera sentir demasiado sus ultrajes; pero sus
últimos años, muertos ya sus padres, sus tres hermanos, sus hijos
Rodrigo y Alejandro, fueron de preparación para la muerte, que por
obra de la divina misericordia presintió ya próxima. Apartóse de
los placeres mundanos, que tanto le gustaron; entregóse a lecturas
ascéticas poco amenas, atenazó con cilicios la carne hermosa y
pecadora, fundó conventos y enriqueció los existentes, y cuando llegó
la Descarnada, hallóla tan bien dispuesta al duro trance, que no
quedó en el ánimo de los ferrareses duda alguna de que aquella alma
bendita había ido derechamente al cielo.

Con estos datos, un historiador español se hubiera apresurado a
instruir el expediente de beatificación de la Duquesa de Ferrara,
para aumentar el ya crecido número de santos famosísimos con que ha
poblado España la Corte celestial, pues española era, y muy mucho
en sus sentimientos, gustos y aficiones, la gentilísima Lucrecia.
No se ha atrevido, sin embargo, a tanto el historiador alemán.
Propúsose Gregorovius solamente limpiar a su heroína de todo el
fango que sobre ella había vertido la calumnia, tanto la de sus
contemporáneos italianos, como la del dramaturgo francés que la sacó
a las tablas sin el más mínimo respeto a la verdad, y rehabilitarla,
dejándola reducida a las modestas proporciones de una pecadora
común y corriente, sin los descomedidos apetitos meretricios de una
Mesalina, y sin otra participación que la de mera comparsa en el
terrible drama de que fueron protagonistas los Borjas, y Roma teatro
durante el papado de Alejandro VI[1]. Lograra o no el sabio tudesco
su propósito, ello es que su libro sobre Lucrecia Borgia fué muy
leído y acreció el interés que la hija de Alejandro inspiró siempre,
no sólo durante su vida, intensa y breve, sino después a cuantos se
aficionaron a la historia del Renacimiento italiano y se sintieron
poderosamente atraídos por la magia de la grande enamorada, que cada
cual veía y pintaba a su manera, según su fantasía, y sin poner
mano en el velo que cubría la esfinge. Rasgólo Gregorovius, y su
libro pareció una revelación que satisfizo, sin embargo, a pocos. La
diosa bajó del pedestal y las gentes quedaron muy mohinas al ver que
el supuesto monstruo apocalíptico era una mujer de carne y hueso,
de la talla y condición de los demás mortales y con las flaquezas
propias de su sexo. Era el fin de una leyenda que, como tantas otras,
desaparecía por obra de uno de esos roedores de bibliotecas y de
archivos que se nutren de libros y papeles viejos y se complacen en
rehacer la Historia, arrancando a la Humanidad sus ilusiones respecto
del pasado.

  [1] Quien primero trató de rehabilitar a Lucrecia Borja en
  Italia, fué el Marqués Campori, de Módena, en un breve artículo
  que publicó en 1866 en la _Nueva Antología_, con el título de
  _Una vittima della Storia—Lucrezia Borgia_.

Pero si acabó la leyenda para los que creyeron, y fueron los más,
que era el Evangelio cuanto les decía Gregorovius, hubo también no
pocos, entre los que profesan o por afición cultivan la Historia,
que se permitieron tratar de apócrifo el tal Evangelio, y siguieron
revolviendo archivos a caza de papeles que pusieran en claro la vida
y milagros de Lucrecia Borja, la cual, a través de los siglos, nos
atrae con la misma irresistible fuerza del encanto con que sedujo a
sus contemporáneos. El autor de la _Historia de los Papas desde el
fin de la Edad Media_, el Barón Luis de Pastor, que representa hoy a
la República austriaca cerca de la Santa Sede, sin dejar de la mano
la obra magna, de la que lleva publicadas ya seis tomos que alcanzan
hasta el Pontificado de Pablo IV, al tratar del de Alejandro VI,
con su escrupuloso y desapasionado amor a la verdad, no deja bien
parados al Papa y a su hija predilecta. Y la pelea sigue encarnizada
entre los caballeros andantes, dispuestos a romper lanzas en favor
de Lucrecia, y los que ponen todavía en duda su honestidad, muy
discutida en Roma, y la sinceridad de su arrepentimiento y conversión
en Ferrara.

Esto ha dado lugar a una literatura copiosísima, obra de
historiadores y novelistas, dramaturgos y pornógrafos que en Italia
como en Francia, en Alemania como en Inglaterra, inspirados por las
gestas de los Borjas, dedicáronse a escribirlas, los unos con ánimo
de arrancar a los archivos su secreto, los otros con fines puramente
literarios, deformando o transformando los hechos según los gustos y
el propósito del autor. En España no ha despertado el debido interés
entre los historiadores la vida de esta ilustre española, hija de un
Papa.

El marqués de Laurencín ha publicado una _Relación de los festejos
que se celebraron en el Vaticano con motivo de las bodas de Lucrezia
Borgia con Don Alonso de Aragón_, que escribió la hermana del novio
Doña Sancha, acrecentándola con muy curiosas noticias y aclaraciones,
en su mayor parte inéditas, que nos dan a conocer los principales
personajes que a las bodas asistieron y en la Relación se nombran,
uniendo su elogio a los del autor de _Las Quincuagenas y batallas_,
el buen capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, que vió a Lucrecia
muchas veces y la tuvo por «persona muy hermosa, sabia e valerosa
señora, e por dicho de muchos de aquel tiempo, era clarísima e pocas
a ella semejantes, cuyas excelencias no se podrían decir sin muchos
renglones y en poco tiempo». Pero el vulgo se contenta con conocer a
_Lucrezia Borgia_ por la ópera de Donizetti aún más que por el drama
de Víctor Hugo, y la gente culta se ha dado por enterada y satisfecha
con el libro de Gregorovius.

En este caso me encontraba cuando vine a Roma. Mis aficiones
diplomáticas habían pasado por una crisis dolorosa y padecido un
amargo desengaño. La fortuna, como mujer, al fin y al cabo antojadiza
y más apegada a jóvenes que a viejos, después de haberme otorgado
durante muchos años, y acaso con inmerecido exceso, sus favores,
volvióme las espaldas y se acopló con quien, en acecho, aguardaba
mi caída. En las postrimerías de una vida consagrada a _la luciente
ociosidad_ con que los profanos, que aspiran a gozarla, estigmatizan
a los profesionales de la carrera diplomática, no cabía ya el cambiar
de oficio, viniendo éste a ser una segunda naturaleza por fuerza
de la costumbre, que tenía ya más de cincuenta años en su abono.
Gracias a un ilustre y bondadoso amigo que me tendió la mano para que
pudiera, no sin trabajo, levantarme, vime restituído a mi carrera
y volví a servir al Rey en la Embajada de Roma con no menor celo
que en las de Londres y París. Y teniendo en cuenta, aquí como en
todas partes, que la ociosidad, siquiera sea luciente, es madre de
todos los vicios, procuré evitarla y dediqué los ratos de vagar a la
lectura de libros y papeles viejos, siendo los libros amigos que no
cambian, y el más seguro trato el de los muertos, nunca engañoso.

Entre los libros que cayeron en mis manos, interesáronme sobre manera
los referentes a Lucrecia Borja, que no son pocos, extrañando, como
queda dicho, que no hubiera tentado la pluma de los historiadores
españoles tan ilustre dama, en cuyo favor ha salido únicamente a la
palestra, dispuesto a romper lanzas con su caballeresco espíritu,
mi buen amigo el Marqués de Laurencín, director de nuestra Real
Academia de la Historia. No pretendo recoger el guante, ni aporto
al pleito ningún nuevo documento que pueda servir para su fallo. Mi
propósito, mucho más modesto y proporcionado a mis fuerzas, se reduce
a dar a conocer a Lucrecia Borja a los españoles que ignoran quién
fué o que sólo la conocen por el libro de Gregorovius o la ópera de
Donizetti. Es un mero trabajo de vulgarización, basado sobre los
datos publicados por los historiadores que hicieron objeto de sus
pesquisas a los Borjas. En Inglaterra, como en Francia, abundan esta
clase de libros en que la Historia no se nos presenta como maestra de
la vida, palmeta en mano y con las severas tocas de dueña quintañona,
sino como garrida institutriz, risueña y parlera, que nos divierte
al par que nos instruye con su amena charla. Se guardan muy bien
los autores de entrar en liza de erudición con esos varones sesudos
en cuyas obras se masca el polvo del archivo; pero no se recatan
de aprovechar los papeles que éstos encontraron y publicaron, para
levantar con los acopiados materiales, no un palacio de sólidos
cimientos y vastas proporciones, sino un modesto pabellón de recreo
para que en él se cobijen los aficionados a las cosas de antaño, que
prefieren la Historia ilustrada con anécdotas y estampas a la que
abunda en documentos inéditos y se cae por pesada de las manos.

Muy digna de encomio es la intención de los que quieren despojar
a la Historia del manto y del coturno para ponerla al alcance de
los simples mortales; mas no siempre corresponden las obras a la
sana intención, y pudiera suceder lo propio en el presente caso. Si
así fuere, perdónenmelo Lucrecia Borja y el lector amigo, a cuya
benevolencia me encomiendo.




  I

  Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia
  acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía
  de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III,
  a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable
  nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto
  de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los
  Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La
  cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa
  con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los
  romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia
  Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la
  elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su
  carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de
  Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al
  siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472,
  como Legado _a latere_ de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección
  simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los
  Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del
  Renacimiento en Italia.—El _uomo carnalesco_ que era el Papa.—Sus
  amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el
  sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la
  Vannozza y de Rodrigo de Borja.


El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso
V de Aragón, _el Magnánimo_, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de
Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de
Játiba, calificado de _Mosén_ y de _Doncel_, que casó con Francina o
Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de
Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la
Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su
tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente
Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de
su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede
alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no
la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador
dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia,
sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de
ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio
como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y
su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como
políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente
VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra
suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio
IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular
la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces
a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando
muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la
muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo
los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los
Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en
D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna
de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques,
que prometían un brevísimo Pontificado.

  [2] Gil Sánchez Muñoz, nombrado Papa por los dos Cardenales de
  Pedro Luna (Benito XIII) en Peñíscola.

  [3] El 20 de Agosto de 1429 recibió en Peñíscola el orden
  sacerdotal y al día siguiente fué consagrado por el Cardenal
  Pedro de Foix como Obispo de Valencia.

El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable
anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones,
afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la
pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad,
ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la
Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales
y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades
faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición
esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino
español o _catalán_, que así llamaban a cuantos, atraídos por el
esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su
ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para
engrandecerse, según Escolano, _a costa de la bolsa de San Pedro_
y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado
diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes,
gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación
de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse
insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación,
y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido
justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada
edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos
los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que
confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana
Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja
y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro
Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de
Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller
de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas
dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6].
Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y
no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto
Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor
del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico
Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de
Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de
Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a
España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca,
que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.

  [4] Tuvo, probablemente antes de recibir las órdenes sagradas,
  un hijo natural, Francisco de Borja, nacido en Játiba, del que
  no se oyó hablar hasta la accesión de Alejandro VI, que le
  hizo Arzobispo de Cosenza y Cardenal de Santa Cecilia, siendo
  generalmente conocido como el Cardenal Cosentino. Los editores
  de los _Monumenta Historica Soc. Jesu_ lo tienen por hijo de un
  Juan Borja, hermano legítimo o ilegítimo de Jofre de Borja y
  Doms, el cuñado de Calixto III, padre de Alejandro VI; murió en
  Octubre de 1511, excomulgado por Julio II como cismático por su
  participación en el Concilio de Pisa.

  [5] Decía un proverbio: _los catalanes, de las piedras sacan
  panes_, y Dante en _El Paraíso_ hace que Carlos Martel aconseje a
  su hermano Roberto que huya de _l’avara poverta di Catalogna_.

  [6] Además de estos dos hijos tuvo Isabel tres hijas que casaron
  y quedaron en España. No tuvieron sucesión ni Tecla, mujer de
  Mosén Vidal, de Vilanova, ni Beatriz, que lo fué de D. Ximén
  Pérez de Arenós, Señor de Castelnovo, la cual sobrevivió pocos
  días a su hermano el Papa. La mayor, Juana, contrajo matrimonio
  con Pedro-Guillén Lanzol, de Romani, Señor de Villalonga, y sus
  hijos, por autorización del Papa Alejandro VI, tomaron el nombre
  materno de Borja anteponiéndolo al de Lanzol, lo cual dió lugar
  al error en que incurrió el P. Mariana y los historiadores que
  le siguieron, incluso Gregorovius, de reputar padre de Alejandro
  VI a Jofre de Borja Lanzol, que era su sobrino carnal. Este
  Jofre casó con Juana de Moncada y tuvo en ella numerosa prole.
  De sus tres hijos varones, Rodrigo, el primogénito, fué Capitán
  de la Guardia del Papa, y los otros dos, Cardenales. Juan,
  llamado _el Menor_ para distinguirlo de su tío el Arzobispo de
  Monreale, sucedió a César en el Arzobispado de Valencia, y Pedro
  Luis sucedió a su hermano y fué el último Borja Arzobispo de
  Valencia. De las hijas, cuatro, D.ª Leonor, D.ª Marquesa, D.ª Ana
  y D.ª Isabel casaron en Valencia, y en Italia las otras dos, D.ª
  Jerónima y D.ª Angela, que acompañaron a Ferrara a Lucrecia Borja.

Fué la Naturaleza con los Borjas pródiga en extremo, dotándoles
de todas aquellas cualidades en que estriba el secreto de la
irresistible influencia que ejercen algunos seres privilegiados,
hembras y varones, en el ánimo de los demás mortales. Eran de cuerpos
bien trazados, de sangre alborotada y ardentísima, de despierta
inteligencia, de valor temerario y de una voluntad férrea que les
hacía aptos para las grandes empresas a que la desmedida ambición les
empujaba. Presumían de ilustre y antiquísima prosapia, que hacían
remontar hasta el siglo XI, pretendiendo entroncar con la Casa Real
de Aragón en Don Ramiro I, quien tuvo, fuera de matrimonio, a D.
Sancho, primer Señor de Aybar y abuelo de Pedro de Atarés, el insigne
caudillo que acompañó a su pariente D. Alfonso _el Batallador_ en
la conquista de la tierra baja, y al ganarse la villa de Borja fué
su primer Señor, y en su palacio residió y descansó de las fatigas
bélicas, habiendo contraído matrimonio con D.ª Garcenda de Bearne
y rehusado la Corona de Aragón, que los navarros y aragoneses le
ofrecieron a la muerte de _el Batallador_. Pero descendieran o no de
Pedro de Atarés, lo cual no aparece suficientemente probado, ello
es que hallamos a los Borjas heredados en Játiba, después de la
conquista de Valencia, en cuyo repartimiento figuraron en 1240, y los
vemos dos veces elevados a la Silla de San Pedro, primero con Calixto
III, Alonso de Borja, en 1455, y luego, en 1492, con su sobrino
Rodrigo de Borja, que fué Alejandro VI.

Pero no debió ciertamente Alonso de Borja a la antigüedad de su
linaje y a los méritos de sus antepasados: primero, el Obispado de
Valencia; luego, la púrpura, y por último, la tiara. Cuando con él se
enemistó su antiguo soberano y protector el Rey D. Alfonso, por no
haber hallado en el Papa la ductilidad y sumisión que esperaba del
Secretario a quien tanto había favorecido, recordóle, por boca del
enviado napolitano en Roma, su humilde origen y el haber enseñado a
leer en el pueblecillo de Canals y cantado la epístola en la iglesia
de San Antonio; como si no fuera razón de más para sentirse ufano y
satisfecho el llegar, por el propio valer y los servicios prestados
a su Rey y a la Iglesia, a la alta autoridad que San Vicente Ferrer
habíale predicho.

Tres años duró el Pontificado de Calixto III, y su principal
preocupación fué la política oriental y la cruzada que promovió
contra los turcos, los cuales, apoderados de Constantinopla,
constituían una seria amenaza para la Europa. El ánimo esforzado y
varonil del Papa no decayó un instante, a pesar de las trabas que
a su actividad ponían los quebrantos de su gastada naturaleza y la
poca ayuda que encontró en los Príncipes de quienes más la esperaba.
Oriundo de una nación en que el _puñar con infieles_ había sido
durante siete siglos la cotidiana labor de todo buen cristiano[7],
creía que la voz del Papa sería por todos escuchada y que bastarían
las bendiciones e indulgencias, juntamente con el producto de los
diezmos, para alistar un ejército poderoso al que Dios daría la
victoria; habiendo hecho voto solemne de reconquistar Constantinopla
y siendo esta reconquista, según frecuentemente repetía, la cosa
que, después de su salvación eterna, más ardientemente deseaba. No
logró Calixto ver a los turcos expulsados de Constantinopla, ni
parece probable que hayamos de verlo en nuestros días por las mismas
razones que entonces lo frustraron, o sea por el desacuerdo entre las
Potencias europeas; pero sí tuvo el Papa la satisfacción, que fué la
mayor de su vida, de ver contenida en Belgrado la avanzada turca y
deshechas las huestes de Mohamed por un puñado de húngaros y cruzados
y por obra de tres Juanes, de quienes se dijo, como del vencedor de
Lepanto, que habían sido enviados por Dios: el héroe húngaro Hunyadi,
que levantó a su costa un ejército de siete mil hombres y dirigió la
batalla; el septuagenario fraile Capistrano, que capitaneó y alentó a
los cruzados, y el Cardenal Carvajal, Legado y compatriota del Papa,
uno de los más grandes purpurados de su tiempo, que fué el alma de
la empresa y el organizador de la victoria, y si de ella no se sacó
mayor partido no fué por culpa del Papa y su Legado.

  [7] Para fomentar la guerra contra los moros dió a Enrique IV
  de Castilla una Bula de Cruzada en la cual por vez primera se
  concedieron indulgencias para los difuntos. También envió a aquel
  Rey una espada bendita que se conserva en la Armería Real.

Faltóle desde luego el eficaz apoyo de los Príncipes a quienes
acudió, y sobre todo el del poderoso Rey de Aragón, que lo era
entonces de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y cuyas disputas con el Papa
amargaron el Pontificado de Calixto III. A tal punto se agriaron las
relaciones entre el Rey y el Papa, que éste le dirigió un Breve en
que le decía: «Sepa Vuestra Majestad que el Papa puede deponer al
Rey»; a lo que contestó el aragonés: «Sepa Su Santidad que si el Rey
quiere, encontrará los medios para deponer al Papa». Así las cosas,
llegó a Roma, con un numeroso y lucido séquito, la hermosa Lucrecia
de Alagno, que la voz pública tenía por manceba del Rey, aunque
D. Alfonso pretendiera que no pasaban de platónicas sus amorosas
relaciones con la dama. Recibióla el Papa con gran agasajo; pero se
negó a la anulación del matrimonio que el Rey solicitaba, fundado
en la esterilidad de la Reina María, para poder contraer segundas
nupcias; con lo cual, lejos de haber servido el viaje para suavizar
asperezas, contribuyó a hacerlas mayores. Causa principal de la
enemistad era la negativa del Papa a reconocer como heredero de
Nápoles al Infante D. Fernando, hijo natural de D. Alfonso[8], que
en 1436 vino a Italia con el futuro Calixto III, que fué también
su maestro. Al fin vióse libre el Papa de su acérrimo enemigo, que
murió el 27 de Junio de 1458; mas no le sobrevivió mucho Calixto,
que después de haber luchado tenazmente con la muerte durante quince
días, entregó su alma a Dios el 6 de Agosto.

  [8] No se supo con certeza quién fuera su madre. Pontano refiere
  variedad de opiniones y se inclina a que lo había sido la Infanta
  D.ª Catalina, cuñada del Rey. Zurita y Bofarull piensan que lo
  tuvo en D.ª Margarita de Hijar, dama de la Reina. El Papa Calixto
  III decía que no era hijo de D. Alfonso sino de un hombre bajo
  y de vil condición, por lo que algunos tenían por su padre a un
  moro bastardo, de Valencia.

La exagerada afición a los suyos, llamáranse Borjas o fueran
simplemente catalanes, única debilidad de Calixto III, suscitóle
la animadversión de los romanos, y como quiera que se hablase del
matrimonio del Prefecto de Roma, D. Pedro Luis de Borja, con una
Colonna, bastó esto para que se echaran al campo en guerra abierta
contra el Papa los Orsini. Un historiador moderno compara a los
nepotes Borjas con los Claudios de la Roma Imperial, y pudiera
decirse de Calixto III lo que de Napoleón dijo Stendhal: que hubiese
sido una suerte para él no tener familia. Corría por las venas de
los Borjas sangre de conquistadores. Calixto III españolizó la Curia
y Alejandro VI y su hijo César intentaron crear para el Papado el
poder temporal a que después dió vida Julio II; mas su dominación
fué efímera en Italia, y a la muerte de Calixto estalló fragoroso y
potente el odio amasado contra aquellos catalanes que habían sido,
durante tres años, señores de Roma. En la madrugada del día en que
expiró el Papa huyó el nepote Prefecto, temeroso de caer en manos
de los Orsini, y se refugió en Civitavecchia, en cuyo castillo
falleció de la malaria el 26 de Septiembre siguiente. Y no le faltó
razón a D. Pedro Luis para temer el odio popular que se sació en los
españoles, muriendo asesinados no pocos de los que ejercían mando.
Saqueó la plebe el palacio del Cardenal D. Rodrigo de Borja, a la
sazón ausente, y las casas de muchos españoles que se habían puesto
en salvo, y aun las de algunos romanos afectos a los Borjas. Dió
entonces el Cardenal D. Rodrigo prueba de valor, pues después de
haber favorecido la fuga de su hermano el Prefecto, regresó a Roma
y aquí permaneció sin que le intimidara la cólera de sus enemigos,
ni le afligiera el desamparo en que le dejaron sus antes numerosos
amigos. Debióle su elección Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, de
Siena, e intervino también muy principalmente en la de sus sucesores,
el veneciano Pedro Barbo, Pablo II; Francisco de la Rovère, Sixto IV,
y el genovés Cibo, Inocencio VIII, hasta que, al fin, llegó su hora,
y como era el Cardenal que tenía más que dar, sea con buenos medios,
sea con malos, salió del Cónclave con la tiara adjudicada al mejor
postor, como se dijo en Roma.

Apenas puso el pie en Italia tuvo Rodrigo de Borja por amiga a la
fortuna, que le otorgó con largueza y sin tasa sus favores. Dedicado
casi desde la infancia a la carrera eclesiástica, entonces una de las
más conspicuas y lucrativas, sobre todo para los parientes del Papa,
que gracias al imperante nepotismo se ennoblecían y enriquecían a su
sombra, cuidó Calixto III de prepararlo para los más altos destinos
dándole por preceptor de Humanidades a Gaspar de Verona y enviándole
luego a Bolonia con su primo Luis Juan del Milá, que iba a encargarse
del gobierno de aquella ciudad, donde residió Rodrigo quince meses en
el Colegio de San Clemente, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz
para estudiantes españoles, y cursó el Derecho canónico en aquella
Universidad, no menos reputada que la de Salamanca. Durante su
ausencia, y en un Consistorio secreto, confirió el Papa el capelo
a sus dos sobrinos, el 20 de Febrero de 1456, y el joven Cardenal,
que apenas contaba veinticinco años[9], fué enviado como Legado a
Ancona, y al año siguiente, con escándalo de toda la Curia, obtuvo
el codiciado cargo de Vicecanciller, que era la primera dignidad
eclesiástica después del Papa. En él proveyó también Calixto III,
en cuanto falleció el Rey D. Alfonso, el Arzobispado de Valencia,
que desde su elevación al Pontificado había quedado vacante por no
haberse rendido el Papa a los apremios del Rey, que lo pretendía para
su hijo bastardo D. Fernando.

  [9] Según el documento publicado por Villanueva en su _Viaje
  literario a las iglesias de España_, nació en Játiba, en Julio
  de 1431. Burchard declara que en su presencia dijo el Papa a los
  Cardenales, el 1.º de Enero de 1498, que el día anterior había
  cumplido 67 años y que había nacido en Año nuevo que era domingo.
  Y como no era domingo el 1.º de Enero de 1431 debió nacer, según
  Pastor el 1.º de Enero de 1430.

Con la muerte del Papa Calixto padeció un eclipse la estrella de los
Borjas, mas no así la del Cardenal Vicecanciller, que continuó en
su puesto y sin menoscabo de su influencia en los Cónclaves y en la
Curia. Como Legado _a latere_, para preparar la cruzada contra los
turcos que proyectaba Sixto IV, pasó a España en 1472, desembarcando
el 20 de Junio en el Grao de Valencia.

Salió a recibirle, por encargo del Rey de Castilla don Enrique IV,
el Obispo de Sigüenza D. Pedro González de Mendoza, que andaba harto
desabrido por la tardanza del Papa en darle el capelo que pretendía y
que esperaba ahora lograr por medio del Cardenal Legado. Fué éste muy
festejado en Valencia, si bien no plugo a sus paisanos, que le habían
conocido apenas sacristán de Játiba, la excesiva ostentación de su
riqueza, de la que daba muestra su lujosamente ataviada comitiva.
De Valencia pasó por tierra a Tarragona para hablar con el Rey de
Sicilia, D. Fernando, y luego a Barcelona para avistarse con el Rey
D. Juan II, partiendo de aquellos Estados para Castilla el 29 de
Octubre. Recibiéronle en Madrid con gran acompañamiento, debajo de
palio: los Grandes y Prelados iban delante y el Rey le llevaba a
su mano derecha, costumbre de España de mucha honra. No sabemos si
con los agasajos y festejos pudo el Legado darse cuenta de que la
ignorancia estaba apoderada de los eclesiásticos en España en tanto
grado, según dice Mariana, que muy pocos se hallaban que supiesen
latín, dados de ordinario a la gula y a la deshonestidad, y lo menos
mal a las armas. En cuanto a la simonía, muy común y reputada mera
granjería en España, no podía sorprender a quien venía de Roma y de
ella había luego de valerse para llegar a la Silla de San Pedro. Fué
portador de la dispensa del Papa para el matrimonio que D. Fernando
había contraído tres años antes con la Princesa D.ª Isabel, hermana
del Rey de Castilla, y aunque usó de gran diligencia para apaciguar
y sosegar aquel Reino, no pudo conseguirlo por estar las voluntades
enconadas y ser él mismo más aficionado, como era natural, al partido
de D. Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con
este intento pasó a Alcalá de Henares, donde estaban D. Fernando
y D.ª Isabel, y de allí a Guadalajara, sin otro objeto que el de
granjearse la Casa de Mendoza y apartarlos del Rey y del Maestre de
Santiago. No olvidó D. Fernando los servicios que el Legado prestara
a su causa, y comprendió, desde luego, la importancia y conveniencia
de contar en la Curia con un Cardenal tan hábil, tan influyente y tan
español como el de Borja, amistándose con él estrechamente. Apadrinó
el Cardenal al Príncipe D. Juan, primogénito de D. Fernando y D.ª
Isabel, nacido en 1478, y cuando tuvo noticia de la toma de Granada,
hecho glorioso y fausto para la Cristiandad y para España, lo celebró
con una fiesta genuínamente española y nunca vista en Roma, a saber:
con una corrida de toros. Y siendo ya Papa otorgó a los Reyes de
España el título de Católicos, y en las tres famosas Bulas de 3 y
4 de Mayo de 1493 reconoció nuestra soberanía en América y fijó la
línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas.
Era la Italia entonces teatro de intrigas y de guerras en que cupo
parte principal y muy lucida al astuto D. Fernando. La sangre
aragonesa de Alejandro VI movíale a seguir la política de aquel gran
Rey, cuyas altas dotes había tenido ocasión de apreciar como Legado
del Papa en España. Durante veinticinco años mantúvose fiel a la
política española, y cuando en los últimos de su vida se apartó de
ella, no por propia convicción, sino rendida su voluntad a la de su
hijo, el prepotente César, los hechos probaron que el afrancesamiento
había sido para los Borjas una lamentable y desastrosa equivocación.

Ya hemos dicho, con Mariana, que como el Cardenal Borja era el que
tenía más que dar, sea con buenos medios o con malos, salió del
Cónclave con el Pontificado. Superaba en riqueza, según Giacomo de
Volterra, a todos los Cardenales, excepto a Estouteville. Las rentas
que percibía de numerosos beneficios eclesiásticos, de muchas Abadías
en Italia y España y de sus tres Obispados de Valencia, Porto y
Cartagena, además de su oficio de Vicecanciller, que producía 8.000
ducados de oro al año, eran enormes. Grande era también la cantidad
de su vajilla de oro y plata, de sus perlas y joyas, de sus trajes,
de sus ornamentos de seda y oro, de sus libros de varia disciplina, y
todo de tan fastuosa magnificencia, que sería digna de un Rey o de un
Papa.

El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei
Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza,
hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce,
estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos
cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su
hermano Ludovico _el Moro_, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al
hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller,
en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de
la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala
estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí
se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos
tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con
los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de
raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata
con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían
dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con
dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de
aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un
tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de
finísima talla.

No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se
reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el
Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan
cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección
en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan
Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro
probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la
Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de
Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias
votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad
de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras
promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y
su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado
de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las
importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca
y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco
con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y
el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel,
el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios,
llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno
de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de
noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que
decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto
de 1492.

Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo
como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado,
reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese
mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el
manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de
por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado
Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana
belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por
los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del
Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en
el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español,
Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa,
escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez,
padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados
ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa
Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia
en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros
acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia
y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se
tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías
se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas
_speso_ (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia
y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos
la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su
gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»

  [10] El Agente del Marqués Gonzaga, Antonello de Salerno, en
  despacho fecho en Rimini, el 21 de Julio de 1492, cuenta que a la
  cabecera del moribundo Inocencio VIII estuvieron a punto de venir
  a las manos los dos Cardenales Borja y Julián de la Rovère.

Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados
españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y
que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por
los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma
acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo
de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de
Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y
españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino
en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos
fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos
puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la
vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque
así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos
como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de
legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo
caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de
los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en
Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara;
Segismundo Malatesta, en Rimini.

El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió
en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y
costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia,
patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo
XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque
necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI
artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más
afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente _pecadoras_ se
convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en _cortesanas_,
nombre que, según Burchard, se daba a las _meretrices honestas_, las
cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer
todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la
corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que
también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que
la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara
el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores
que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas,
la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por
maestro al _Strascino_ de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con
citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus
codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana
y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en
Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba
maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana
de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio
e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por
su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla
bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.

  [11] Riquísimo banquero, hijo de un Embajador de Siena. Vino a
  Roma, ayudó a César Borja y obtuvo la confianza de Julio II y la
  superintendencia de la hacienda pontificia. Se hizo construir,
  por Baltasar Peruzzi, el palacio llamado de la Farnesina, que
  decoraron al fresco los más ilustres artistas del siglo XVI, y
  en el que obsequió con suntuosos banquetes a León X y su Corte.
  Arruinados los Chigi vendieron el palacio a los Farnesios,
  de donde le vino su actual nombre, y extinguida esta familia
  en 1731 pasó a la Corona de Nápoles, y el último Rey la dió
  en _enfiteusis_ al Duque de Ripalda. Hoy es propiedad de su
  hija la Duquesa de Santa Lucía y lo habita el Príncipe Chigi,
  descendiente del primer propietario.

  [12] Nicolás Campani, llamado el _Strascino_ de Siena, autor de
  un célebre _Lamento_ sobre el mal francés.

  [13] Era hija del Cardenal Pedro Taglaria de Aragón y de la bella
  Julia Campana, famosa cortesana de Ferrara, en quien la hubo,
  dice un cronista, _furtivamente_. Tuvo una corte de poetas y la
  protegió D.ª Leonor de Toledo, Duquesa de Florencia. Después de
  haber ganado con su belleza y con su arte una fortuna, murió en
  la miseria en una taberna del Transtevere. (G. Biagi.—_Un etèra
  romana Tullia d’Aragona._ Firenze, 1897.)

  [14] G. Passini.—_Veronica Franco, celebre poetessa e
  cortigiana_, 2.ª edición, Venezia, 1888.

Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de
aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que
naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de
imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y
ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron
nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en
Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores,
entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el
Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos
clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena
los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del
cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban
infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número
de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los
humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano
Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio
Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en
nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya
en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que,
traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese
las proporciones del manifiesto escándalo.

Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados
por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la
peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado
de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y
allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo
bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel
reino.

No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la
Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos
Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue,
Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar
en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares,
en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos
armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente
y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban,
jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban
parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de
desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era
la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián
de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del
siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción
y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el
celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.

Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie
pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II,
que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de
amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó
a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que
el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15].
Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados
y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel _uomo
carnalesco_, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó
con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el
imán al hierro[16].

  [15] He aquí la traducción castellana de la carta de Pío II:

  «Amado hijo: Cuando hace cuatro días se juntaron en los jardines
  de Juan de Bichis algunas damas de Siena entregadas a la mundana
  vanidad, olvidaste, según hemos sabido, la dignidad del cargo
  que desempeñas y te entretuviste con ellas desde las 17 hasta
  las 22. Tuviste por compañero a quien la edad, si no el honor de
  la Santa Sede, hubiera debido recordarle su deber[A]. Hemos oído
  que se bailó disolutamente, sin omitir ninguno de los atractivos
  del amor, y que tu conducta fué la de cualquier joven mundano.
  Lo que allí ocurrió el pudor obliga a callarlo, porque no sólo
  el hecho, sino hasta el nombre es indigno de tu posición. Los
  maridos, padres, hermanos y parientes de aquellas damas, casadas
  y solteras, no fueron admitidos, para que vuestro placer pudiese
  ser más desenfrenado. Os encargasteis, con pocos criados, de
  dirigir y de animar los bailes. No se habla hoy en Siena sino
  de tu ligereza, que anda hoy en boca de todos. Es verdad que en
  estos baños donde es grande el concurso de clérigos y seglares
  eres la fábula de todos. Es indecible nuestro disgusto porque
  esto redunda en desdoro del oficio y dignidad sacerdotal. Se dirá
  que nos enriquecemos y encumbramos, no para vivir honestamente,
  sino para procurarnos los medios de satisfacer nuestros antojos.
  De ahí el desprecio de los Príncipes y de las Potencias y el
  cotidiano sarcasmo de los legos. De ahí que se nos eche en cara
  nuestra manera de vivir cuando reprendemos la de los demás, y que
  las censuras alcancen al Vicario de Cristo porque tolera tales
  cosas.

    [A] Mons. de Robau.

  »Tú, hijo amado, estás a la cabeza de la diócesis de Valencia,
  la primera de España; eres, además, Canciller de la Iglesia,
  y, lo que hace más reprensible tu conducta, figuras entre los
  Cardenales que con el Papa forman el Consejo de la Santa Sede.
  Dejamos a tu juicio si conviene a tu dignidad el cortejar
  doncellas, el enviar fruta y vino a tu predilecta y el pasar el
  día sin pensar más que en solazarte deleitosamente. Por culpa
  tuya se nos censura y padece la memoria de tu tío Calixto que,
  a juicio de muchos, hizo mal en cubrirte de tantos honores. Si
  buscas excusas con la edad, no eres tan joven que no puedas
  comprender los deberes que tu dignidad te impone. El Cardenal
  debe ser irreprensible y modelo de conducta moral a los ojos
  de todos. ¿Podremos, acaso, enojarnos si los Príncipes de la
  tierra nos dan calificativos poco honrosos, si nos disputan la
  posesión de nuestros bienes y nos obligan a someternos a sus
  mandatos, cuando somos nosotros mismos los que nos inferimos
  estas heridas y los que nos aparejamos estos males, menoscabando,
  cada vez más, con nuestras acciones, la autoridad de la Iglesia?
  Nuestro castigo en este mundo es la vergüenza, y en el otro el
  consiguiente padecer. Ponga tu prudencia coto a estas vanidades
  y tenga presente tu dignidad, para evitar que ganes fama de
  pisaverde entre las damas. Si tales hechos se repitieran
  Nos veríamos obligados a hacer ver que ocurren sin nuestra
  aprobación, antes bien, muy a pesar nuestro, y nuestra censura no
  te favorecería. Siempre te hemos querido y te hemos creído digno
  de nuestra protección porque parecías hombre serio y morigerado.
  Haz de modo que podamos seguir teniendo de ti la misma opinión
  y nada contribuirá más a ello que el llevar una vida más seria.
  Tu edad, que promete todavía mejora, nos permite amonestarte
  paternalmente.

  »Petriolo, 11 de Junio de 1460.»

  [16] Cuando en 1464 acompañó a Pío II en su viaje a Ancona
  enfermó allí y el médico dió pocas esperanzas _Maxima quia paulo
  ante non solus in lecto dormiverat_.

Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia
Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina
hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia
llamábanla _la Bella_ y también, impíamente, _la esposa de Cristo_.
Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de
Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, _la hija
de Nuestro Señor_, después de haberse lavado la cabeza, operación
frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a
la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera
que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la
posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura
di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya
belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari
que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de
los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa
Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala
de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos
que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante
ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco
de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone
que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la
protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente
vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera,
aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía
entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar
preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].

  [17] Es pura leyenda la de que sirvió de modelo a la Justicia en
  el mausoleo de su hermano Pablo III, que en el estilo de Miguel
  Angel hizo Guillermo della Porta en San Pedro; estatua cuya
  desnudez veló Teodoro della Porta, en el Pontificado de Clemente
  VIII, con una lámina de hierro que se confunde con el mármol.

En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo _indecente
parecido_ proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban
los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía
ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, _el
Tuerto_, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo
con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y
zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.

Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada
núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505
con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo
declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba _Marrano_,
nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la
boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete
de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia,
doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y
espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos
de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino
en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable
reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que
sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba
a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después
escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era
D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido
quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella
intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del
Renacimiento que añadiera a sus letanías: _A consuetudine Lauræ,
libera nos Domine_.

  [18] Declaró un notario que, _por su aspecto_, parecía núbil.

  [19] _El Tuerto_ murió en Agosto de 1500, trágicamente, sepultado
  bajo los escombros del techo de su habitación.

Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de
1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien
tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres,
inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la
afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco
años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias,
seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de
pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a
cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de
las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el
tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de
los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido
los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor
padecer y castigo de la mujer hermosa.

  [20] Murió el 24 de Marzo de 1524.

Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores
de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo
a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos
Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y
de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se
ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el
de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con
Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando
Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto
dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que
acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y
políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros,
de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada
a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por
impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha
absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa
especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del
infante romano habremos de tratar más adelante.

  [21] El profesor de Oxford, Mr. W. H. Woodward, en su biografía
  de _Cesare Borgia_, tiene también por hijo de Julia a un
  Rodrigo Borja que nació en 1503; es decir, en el último año del
  Pontificado de Alejandro VI, y cuando éste había cumplido ya más
  de setenta.

Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas
mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de
boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que
la reconoce el Cardenal por hija y la llama _hermana del noble
adolescente Pedro Luis y del infante Juan_. Otra hija, Isabel, casó
el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y
cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini
clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su
mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes
de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de
la familia Orsini.

Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la
romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones
durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida,
ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa
María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre
de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.

No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo
Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la
Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo
opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la
Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV
_adolescente romano_, hijo _tunc Diacono Cardenali et soluta_, y al
ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483,
debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le
concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre
de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de _Egregius_, extensivo
a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a
otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este
título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo
arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el
Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de
Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres,
tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido
ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre
don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando
la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por
ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo
el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de
Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta
su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en
1748[24].

  [22] «D. Rodrigo de Borja (Alejandro VI), sus hijos y
  descendientes» Informe de D. Manuel Oliver y Hurtado. _Boletín de
  la Academia de la Historia._ Tomo IX. Madrid, 1886.

  [23] Höfler. _D. Rodrigo de Borja (Papst Alexander VI) und seine
  Söhne, D. Pedro Luis, erster, und D. Juan, zweiter Herzog von
  Gandia aus dem Hause Borja._ Wien, 1889.

  [24] Hubo doce Duques de Gandía por descendencia directa y
  masculina de los Borjas, hasta que extinguida en 1748 pasó el
  Ducado a D. Francisco Pimentel y Borja, Duque de Benavente. Este
  no tuvo hijos varones y su hija y sucesora, la famosa Duquesa
  de Benavente, D.ª María Josefa, casó con D. Pedro de Alcántara
  Téllez Girón, Duque de Osuna.

Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por
el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller,
arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª
María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones,
hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su
sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en
Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por
heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún
menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año,
en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia.
El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la
fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las
relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que
confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.

  [25] Gregorovius dice que Pedro Luis murió muy joven, en España,
  antes de 1491, y Béthencourt da como fecha de su fallecimiento
  el 3 de Septiembre de 1488. Murió en Roma, si no el mismo día en
  que otorgó su testamento, pocos después, porque el 28 el Deán
  de Valencia, D. Juan López, que ejercía el cargo de notario
  apostólico, extendió un instrumento público de poder a favor de
  Francisco Prats, para que en nombre de D. Juan de Borja y con el
  cargo de procurador suyo, se trasladase a España y firmase las
  capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez
  que, siendo todavía innúbil, había quedado intacta. Y como el
  nuevo Duque no había cumplido aún los catorce años, pues sólo
  contaba doce, necesitaba la dispensa de edad y la del impedimento
  de parentesco, que el Papa Inocencio VIII, a instancia de D.
  Rodrigo de Borja, otorgó al instante en la misma fecha. Los
  restos del primer Duque de Gandía fueron trasladados de Roma a
  Gandía, en cuya Colegiata, reedificada por D.ª María Enríquez,
  están enterrados muchos de sus sucesores. D.ª María nació en
  1479, casó el 24 de Agosto de 1493, con D. Juan, segundo Duque
  de Gandía; enviudó el 14 de Junio de 1497, y puestos en orden su
  Casa y Estados pudo entregarlos a su hijo D. Juan y entró en el
  Convento de Santa Clara, en 1511, y en él murió en 1537, con el
  nombre de Sor María Gabriela. En este Convento había ya profesado
  su hija Isabel y profesaron también cinco hijas del tercer Duque
  de Gandía, hermanas de San Francisco de Borja.

Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para
rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración
de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el
escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del
epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de
legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos,
pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un
su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto
de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin
conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el
joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento,
o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma.
Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados
por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto
conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios
padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los
quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos
los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos
de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en
documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo,
hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó
en una romana que no salió de Roma!

  [26] _Le Pape Alexandre VI et les Borgia._ París, 1870.

  [27] _Papa Alessandro VI, secondo documenti e carteggi del
  tempo._ 3 vol. Bologna, 1880.




  II

  Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge
  de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla
  de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas
  y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III,
  y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas
  del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de
  la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran
  Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo
  de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando
  al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y
  devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía,
  casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El
  retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se
  desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los
  Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su
  ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan
  cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras
  amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe
  de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae
  después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso
  II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su
  mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de
  Aragón.


¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal
Rodrigo de Borja y _la feliz e infeliz madre_ de sus ilustres hijos,
según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se
llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de
Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28];
que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy
Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio
del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba
su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya
enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres
Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama
de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida
y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.

  [28] En 1841 reimprimió Luis de Usoz, en Londres, el _Cancionero
  de burlas provocantes a risa_, publicado en Valencia en 1519,
  y hablando en sus _Advertencias previas_ de Alejandro VI, dice
  que «pocos años antes de ser Arzobispo cayó en amor con cierta
  dama, viuda con dos hijas, que había venido con su familia de
  Roma a Valencia. Rodrigo, hecho ya dueño del honor de la madre,
  y crecidas en tanto las hijas, las puso también asechanzas; pero
  la muerte de la madre puso un dique a su carrera de lascivias.
  Dejó bajo el cuidado de la madre a las muchachas; e puso la una
  monja en un monasterio y a la otra, llamada Catalina y que otros
  llamaban en Valencia _Rosa Vannozza_ tomó por concubina y de ella
  tuvo muchos hijos antes y después de ser Papa».

  No sabemos de dónde tomó Usoz estas noticias que tenemos por
  apócrifas y no las citaríamos si no fuera por lo del nombre de
  _Rosa_, porque las tres veces que Burchard la menciona en su
  _Diario_, la primera, cuando saquearon su casa los soldados de
  Carlos VIII; la segunda, cuando al repasar por Roma los suizos,
  camino de Francia, les quitaron algunos bagajes los hombres de
  César en venganza del hecho anterior, y la tercera, cuando dió a
  sus hijos una cena en su viña la noche del asesinato del Duque de
  Gandía, la llama solamente _domina Rosa_, omitiendo su apellido.

  Don Juan de Borja segundo probó, ante la Corte de justicia de
  Valencia, por medio de una justificación de testigos, que su
  padre del mismo nombre y Doña Lucrecia de Borja eran hermanos,
  hijos ambos de la propia madre y ésta la noble _D.ª Bennosa_.

  Y en el instrumento de 29 de Enero de 1483 en que se daba tutor
  a D. Juan de Borja, cuya madre (la Vannozza) había contraído
  segundas nupcias, se decía que su abuela materna D.ª Mónica era
  viuda de un Jacobo Pinctor y estaba excusada por su edad senil
  y que los parientes que había en Roma, por parte de la madre,
  hábiles para el cargo eran Juan Bautista y Paulo, hijos del
  maestro Antonio de Brixio o Brixia, familia no conocida.

No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces
pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y
calidad, las españolas, según el testimonio de _la Lozana Andaluza_,
de Francisco Delicado, digna compañera de _la Nanna_, protagonista
de los _Ragionamenti_, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad,
doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas
romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de
Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo
sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan
sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar
de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro
amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse
con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas,
_la Bella_, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante
veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se
jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de
Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo
así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.

Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico
d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro
VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de
Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV,
el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto
de nacimiento honesto, como _nacido de Cardenal Obispo y de mujer
casada_[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos
testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano,
marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el
Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción;
tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana,
siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius
pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera
legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con
Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una
donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara
viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido,
obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del
fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano,
de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no
conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493
en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante
matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de
Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico
y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble
varón Juan de Borja, Duque de Gandía.

  [29] _De Episcopo Cardinali genitus et conjugata._

Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal
Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce,
para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a
ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al
menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo
año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron
por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció,
el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para
Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario
apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal
munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y
viñas y las tres conocidas hosterías _el León_, _la Vaca_ y _el
Gallo_, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido,
que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa
María del Popolo.

  [30] _Nobis genitus et muliere vidua._

No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese
a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que
pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de
la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce,
casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido
como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del
Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con
el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa
de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien
relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había
servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si
aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que
tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a
un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe
si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero
síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua,
dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino.
Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber
emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener
por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los
romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas
cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una
pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo,
que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de
suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de
la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad
del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el
valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria,
ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su
cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo,
a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que
por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo,
del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y
vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de
San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de
Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con
los suyos al castillo de Sant’Angelo.

  [31] En carta que escribió el 25 de Noviembre de 1492 a un Fray
  Jorge de Mantua, solicitaba le enviase el Marqués un buen caballo
  _para el Duque de Gandía mi hijastro, que lo demás corre de mi
  cuenta_.

  [32] El 1.º de Abril de 1500 escribía Cristóbal Poggio, Embajador
  mantuano en Venecia, que Carlos Canale había muerto de fiebre.

Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con
más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor
duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como
Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin
ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus
conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro,
diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los
italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un
tratado _De morbo gallico_ dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar
Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto
que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, _el Perotto_,
asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del
Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia,
capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en
España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente
mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a
señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban.
Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en
Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado
de Alejandro VI, que las tales tuvieron _por su mejor tiempo_, a
duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de
los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que
dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal
Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado
de su Eminencia y autor del poema _Historia parthenopea_, escrito en
honor del Gran Capitán[34].

  [33] Según Infessura, había en Roma, en 1490, antes de que se
  conociera el mal francés, 6.800 mujeres públicas, sin contar las
  concubinas, y según Sanudo, 11.654 en Venecia, en 1500.

  [34]   Tu casa fué el arca donde han escapado
       toda nobleza de gente d’España,
       según el gran odio, rancor y gran saña,
       que tanto Alexandre nos ovo dexado...

César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise,
Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a
quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero
éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones
del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin
embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera
tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al
anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de
la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido
sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado
de Pío III.

Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos
méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave
por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran
de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los
Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos
y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento
de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener
los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la
elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde
no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del
Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado,
puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de
Julio II, Julián de la Rovère.

No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo
igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y
del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero,
se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el
fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César
con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña
presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común
acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que
fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió
al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones,
que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el
Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta
que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que
esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia,
en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran
las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para
pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán,
envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le
advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir
al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no
pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el
efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin
dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo
de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no
se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia.
Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el
camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja.
Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de
que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles,
intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún
tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo,
Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él,
con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se
entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y
Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto
de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a
su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que
«de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa
corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán,
como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes
Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho
a su fama y qué dirán.

Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla
y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en
que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho.
Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y
peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a
Viana la muerte honrosa del soldado.

Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en
Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz
e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de
la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los
Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini,
la hija de Alejandro VI y de _la Bella_. Para salvar su fortuna
donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de
Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo
di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose
los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma
de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce,
y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su
vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la
grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la
fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la
concubina de Alejandro VI, sino _a la magnifica e nobile Madonna
Vannozza_, que Paulo Jovio llamó _donna dabene_; es decir: señora
honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en
su _Orlando furioso_, y del famoso César que fué _el Príncipe_
ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna
para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él
hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A
la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los
recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte
del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente
romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas,
sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables
hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida
despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en
Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera
al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota
y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de
consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que
gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino
cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y
satisfecha.

Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518,
y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana,
por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha
muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta
pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con
gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia
de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque
de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía
romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo
representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.

Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone,
haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba
los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza
que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido
número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por
unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez
de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un
magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por
pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante
el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba
enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios
y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para
recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que
odiaban la ingratitud.

Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo,
las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de
los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad
eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para
sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en
el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar
cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un
sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la
lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta
desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío,
sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó
por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con
otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la
de Vannozza en Santa María del Popolo.

Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César
de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa
Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los
cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de
la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius
sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los
Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y
Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493,
daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de
Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con
el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en
Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor
peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de
la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera
Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que
tenía _seis años cumplidos_ y no había llegado al séptimo, y en
otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice
que estaba _en el nono_; de suerte que, según Oliver, la época
de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13
de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que
fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado
en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el
Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le
dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona
a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo
y tenía ya unos _dieciocho años_[35]. Tanto de esta Bula como de
las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en
1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis
años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.

  [35] _Ad presens in decimo octavo vel circa tue etatis anno
  constitus._ En la Bula de la misma fecha dirigida al Clero de
  Valencia, que publica el Sr. Sanchís, empléase igual expresión:
  _hodie in decimo octavo vel circa suæ etatis anno_.

En cuanto a la cuestión de la primogenitura, a pesar de
la respetable opinión del Barón Pastor[36], que es la de
Gregorovius, Oliver, Höfler, el Marqués de Laurencín y la
generalidad de los historiadores, que tienen por mayor a
Juan, creemos, con el Sr. Sanchís, que lo fué César. Además
del epitafio de Vannozza y del orden en que el Rey Católico
los nombra al hacer a ellos extensivo el título de _Egregio_
concedido a Pedro Luis de Borja, hay en abono de esta opinión,
no sólo la de Burchard[37], que es terminante, sino varias
pruebas documentales, como el instrumento de tutela a favor de
Pedro Luis, hecho en 29 de Enero de 1483, en que se llama a
Juan _infante_, el testamento otorgado por Pedro Luis el 14 de
Agosto de 1488, en que al nombrar a Juan su heredero le sujeta a
curadoría hasta que llegue a los veinte, y, en fin, la dispensa
_ex defectu ætatis_, dada el 28 del propio mes y año por el Papa
Inocencio VIII al segundo Duque de Gandía para las capitulaciones
matrimoniales con D.ª María Enríquez, por no haber cumplido los
catorce años, contando entonces sólo _doce_, según el Breve de
dispensa, por lo que debió nacer en 1476. Por último, la antes
citada Bula del 19 de Septiembre de 1493, que declara a César
hijo legítimo, dice que Juan fué procreado después, cuando
Vannozza era ya viuda.

  [36] Me dice el Barón Pastor que en la nueva edición que va a
  publicar del tomo III, escrito hace muchos años, rectifica esta
  opinión y reconoce que César fué el mayor de los dos hermanos.

  [37] _R. d. Cardinalis Valentinus dicti ducis frater germanus et
  natu major_, dice en su Diario el 10 de Agosto de 1496.

Heredó D. Juan de su hermano Pedro Luis el Ducado de Gandía, y por
su enlace con D.ª María Enríquez emparentó con el Rey Católico. Del
de Nápoles obtuvo, al casarse Jofre, el Principado de Tricarico,
y luego el de Teano y el Ducado de Sessa, que su viuda vendió en
1506 al Rey Católico y éste hizo de él merced al Gran Capitán.
Era Gandía el predilecto de su padre, _el ojo de Su Santidad_,
según decía Canale. Dedicáronlo a la carrera de las armas para que
fuera estirpe de un linaje que había de ser, tal como Alejandro lo
soñaba, uno de los más ilustres en Italia y España. César y Jofre
se vieron, sin vocación, destinados a la Iglesia. Al de Gandía lo
retrató Pinturicchio en el fresco de la _Disputa de Santa Catalina_,
siendo el gallardo mozo, jinete en un caballo blanco y tocado con un
turbante, porque gustaba mucho de vestir a la turca en competencia
con el Príncipe Djem, que también figura en el fresco[38]. En punto a
costumbres, pecaba de enamorado y mujeriego, como el padre, y tenía
además la pasión del juego y la afición al vino, sin que estos vicios
se vieran compensados por virtudes o calidades que los hicieran
disculpables; siendo justificada la opinión de los españoles que,
según Bernáldez[39], le tenían por un _muy mal hombre, soberbio, muy
enlodado de grandeza e de mal pensamiento, muy cruel y muy fuera de
razón_. Ansiaba el Papa tener a su lado a aquel hijo predilecto, a
quien suponía grandes dotes militares, y para apresurar su regreso
de España nombróle Capitán general de la Iglesia, aun reconociendo
su poca edad e inexperiencia, pero dando como razón del nombramiento
el haberlo pedido el Rey D. Alfonso y los principales condotieros,
el Señor de Pesaro (su yerno), el de Piombino, D. Próspero Colonna
y otros Señores y Barones que no querían estar a las órdenes de un
Capitán que no fuera de la sangre del Papa. Puesto al frente de las
tropas pontificias destinadas a castigar a los Orsini, quedó en la
batalla de Soriano derrotado su ejército y demostrada su incapacidad,
viéndose obligado Alejandro a hacer las paces con aquellos poderosos
Barones romanos, émulos de los Colonnas. Y para rescatar a Ostia, que
había quedado en poder de los franceses, apeló el Papa a la amistad
de Gonzalo de Córdoba, que con mil infantes y seiscientos caballos
se apoderó en ocho días de la plaza. Hizo su entrada en Roma el Gran
Capitán acompañado del Duque de Gandía, y allí se vió la diferencia
entre un verdadero General, hombre de Estado, y un Príncipe de
teatro, cubierto de oro y alhajas.

  [38] El Sr. Sanchís reproduce, como retrato de D. Juan, el de
  la tabla de principios del siglo XVI, que existe en el Colegio
  de Corpus Christi, de Valencia, y representa a la Virgen con el
  Niño, teniendo a sus lados a Santo Domingo y Santa Catalina y a
  sus pies dos grupos de hombres con trajes de la época. Sospecha
  Bertaux que dicho cuadro fué pintado por algún discípulo de Pablo
  de S. Leocadio con destino al oratorio de la Duquesa de Gandía,
  que se lo encargó en 1507, y que el Duque es el hombre que en el
  grupo de la derecha está arrodillado, coronado de flores, con las
  manos juntas en actitud suplicante, y a quien sujeta por detrás
  y amenaza herirle con un largo puñal un asesino. Este retrato es
  muy semejante al del fresco del Pinturicchio.

  [39] _Historia de los Reyes Católicos._ Sevilla, 1870.

Cuentan los historiadores aragoneses Abarca y Zurita que le
recibió el Papa sentado en su solio y rodeado de su familia, de
los Cardenales y de la Corte, y que cuando se inclinó Gonzalo
para besarle el pie se levantó Alejandro y le besó en la frente,
manifestándole su gratitud por el servicio que le había hecho y
dándole por su mano la rosa de oro con que solían los Papas premiar
cada año a los beneméritos de la Santa Sede. Mas como al despedirse
le diese el Papa algunas quejas de los Reyes Católicos, que él
mejor que nadie conocía, respondióle el Gran Capitán con libertad y
rudeza de soldado, llegando a decirle «que le valía más no poner la
Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas,
teniendo con tanta publicidad cerca de sí y en tanto favor sus hijos,
y que le requería reformase su persona, su casa y su Corte, que bien
lo necesitaba la cristiandad». Enmudeció el Papa, asombrado de que
supiese apretar tanto con palabras un soldado, y que así hablara al
Pontífice, en punto de reformas, un hombre no aparecido del cielo.

Muy otro era César; no porque tuviera menos vicios que su hermano,
sino porque estaba dotado de mucho mayor entendimiento y sagacidad.
Animoso condotiero y astuto político, desleal y falso, según era
entonces uso, león y raposo a la par, como debía ser, a juicio de
Maquiavelo, el perfecto Príncipe, había heredado del padre la
jocunda serenidad propia de la familia; pero era terrible en sus
odios y venganzas, y su crueldad pareció, aun en aquellos tiempos,
excesiva. Su desmedida ambición no conocía obstáculos ni escrúpulos,
y fiel a su lema _aut Cesar aut nihil_, después de haber sido señor
potísimo en Italia, murió en España oscuramente, no como Capitán,
sino como soldado al servicio de una causa mezquina e ingloriosa.
Claro es que no le llamaba Dios por el camino de la Iglesia, aunque
lo recorrió en breve tiempo, sin pararse en barras. A los siete años
era Protonotario Apostólico; diez años después, Obispo de Pamplona;
al siguiente, Arzobispo de Valencia, y al otro, Cardenal. Para que
pudiera ordenarse le dispensó Sixto IV el impedimento de honestidad
por ser hijo de Cardenal y de mujer casada, y para hacerlo Cardenal
lo declaró Alejandro VI hijo legítimo de la Vannozza y de su marido
Domenico d’Arignano. Harto sabía César que en la carrera eclesiástica
no podría llegar a la meta, o sea al papado, y como no bastara a su
ambición la púrpura cardenalicia, aspirando a más altas grandezas
mundanas y aun a coronas reales, colgó en cuanto pudo los rojos
hábitos talares. No le estorbaron, sin embargo, para sus aventuras
amorosas, que tempranamente empezaron con la Fiammetta y siguieron
después con honestas meretrices y deshonestas damas, demostrando en
ellas que al heredado apetito acompañaban las dotes necesarias para
dejar satisfechas a cuantas invitaba a compartirlo. Entre las damas
figuró durante algún tiempo su cuñada D.ª Sancha de Aragón, mujer de
su hermano Jofre, y la leyenda, que ha hecho de estos Borjas unos
monstruos de crueldad y de concupiscencia, no se ha detenido ante el
incesto, acusando a Lucrecia de haberlo cometido con su padre y con
su hermano.

César, que tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, aspiró a
enlazarse con Carlota de Aragón; pero ni ésta ni el Rey Fadrique,
su padre, prestáronse a la boda, y Luis XII, deseoso de ganárselo,
hízolo Duque de Valencia, en Francia, y cuando fué a Chinon como
portador del capelo para Amboise y de la dispensa para que pudiera
el Rey casarse con Ana de Bretaña, ofrecióle la mano de la bellísima
Carlota de Albret, hermana del Rey Juan de Navarra. El 12 de Mayo de
1499 celebróse en Chinon, con gran pompa, el matrimonio; que aquel
mismo día y noche quedó ocho veces consumado, según lo participó
César a su padre por medio de un correo despachado al efecto[40].
Escribió también Carlota a Su Santidad, muy contenta con el marido,
que la había dejado satisfecha. Mas duró poco la luna de miel, pues a
los cuatro meses partió el Duque Valentino para Italia, y su azarosa
vida y temprana muerte le impidieron volver a reunirse con su esposa
y conocer a su hija, fruto de su efímera temporada conyugal[41].

  [40] Esto dice Burchard, _Matrimonium... consumasse et fecisse
  octo vices susccesive_. Luis XII escribió al Papa que Valencia
  había roto cuatro lanzas más que él, dos antes de la cena y seis
  por la noche, siendo costumbre en Francia que se consumase el
  matrimonio de día.

  [41] Luisa de Borja, la hija de César, casó a los dieciséis años,
  con Luis II de la Trémoille, muerto en la batalla de Pavía,
  y cinco años después contrajo segundas nupcias con Felipe de
  Borbón-Busset.

  Estaba aún en la infancia cuando su padre entró en tratos para
  casarla con Federico Gonzaga, el primogénito de Isabel de Este,
  Marquesa de Mantua, del que había sido padrino de bautismo;
  tratos que, muerto César, se renovaron en 1516 y no tuvieron
  éxito porque los mentores del Príncipe mantuano, enviado a la
  Corte de Francisco I para completar su educación, calificaron
  la novia de «pequeñuela, fea de cara y nariguda y con una señal
  en la frente que la hacía parecer aún más fea», no bastando a
  compensar estos defectos físicos la pingüe dote y «el ingenio
  vivo y pronto, natural en quien era hija de español y de gascona».

  Tuvo César dos hijos naturales: Jerónimo y Camila, que estuvieron
  en Ferrara al cuidado de Lucrecia. Jerónimo casó en 1537 con
  una Pizzabeccari y en 1545 con Isabel Pío, de los señores de
  Carpi. Camila entró a los cinco años en el Convento de Clarisas
  del _Corpus Domini_, y habiendo mostrado su inclinación a la
  vida monástica, edificó Lucrecia la iglesia y convento de San
  Bernardino, en el que profesó Camila, tomando el nombre de
  Lucrecia, y allí está enterrada. Del Jerónimo se sabe, por el
  Diario de un tal Jacoppo Ranieri, de Bolonia, que «el 4 de Marzo
  de 1542 fueron decapitados tres ferrareses que vinieron a Poggio,
  por encargo de un hijo del Duque Valentino, para matar a un tal
  Castrone», el cual, por cierto, fué asesinado el 15 de Noviembre
  de 1546, junto a la puerta de San Jorge, en Ferrara, no habiendo
  podido escapar a la venganza del Borja, que debía tener sobre su
  conciencia la desaparición de tres Lambertini, Señores de Poggio,
  a cuyo servicio estaba el Castrone.[A]

    [A] Conrado Ricci. _Anime dannate. Il figlio di Cesare Borgia._
    Milano, 1918.

Jofre, Príncipe de Squillace en el Reino de Nápoles, el menor de
los hijos que tuvo Rodrigo de Borja en la Vannozza, y a quien,
por Bula de 6 de Agosto de 1493, reconoció como hijo suyo y de
mujer viuda[42], estaba destinado a seguir, como César, la carrera
eclesiástica que empezó tempranamente, puesto que era ya canónigo de
Valencia a los diez años; pero razones políticas movieron al Papa a
cambiar de parecer y a casarlo con D.ª Sancha de Aragón, hija natural
del Rey D. Alfonso II de Nápoles; habiéndose celebrado el matrimonio
por poder, en Roma, el 16 de Agosto de 1493, y representando a la
novia su tío Fadrique, Príncipe de Altamura, que recibió el anillo
nupcial con risa de los asistentes y del Papa, que lo abrazó. El 11
de Mayo del año siguiente se casaron de presente en Nápoles, cuando
Jofre sólo contaba trece años. Dos más tenía Sancha, que a los ocho
se había desposado con Honorato de Gaetani, desposorios anulados
por una Bula de 17 de Septiembre de 1493, casando Gaetani el 8 de
Diciembre con Lucrecia, hija natural del Rey Fernando.

  [42] _De Nobis genitus et muliere vidua._

Era Sancha mujer de gran belleza, como su madre Trusia, hija de
Ursula Caraffa, de Gaeta, y de Antonio Gazella, Señor de Campello,
Secretario de Fernando y su Embajador en Milán y en Roma. La
sangre real aragonesa que corría por sus venas, al mezclarse con
la napolitana, resultó ferventísima e hízola por demás enamorada
y pecadora, sin que para su salacidad hallase freno ni remedio
el cuitado marido, que apenas varón la noche de la boda tuvo que
habérselas con aquella hembra harto viripotente[43]. Jofre, que
según decía su hermano César era hombre para poco, resignóse a
la constante infidelidad de su mujer, y mientras ésta llamaba la
atención de los romanos por su hermosura y sus amores, y pasaba
de los brazos del Cardenal de Valencia a los del Duque de Gandía,
causa, según se dijo, del fratricidio atribuido a César, buscaba
el pacientísimo marido el venal consuelo que en su infortunio le
ofrecían las menos honestas meretrices y andaba con otros españoles a
caza de nocturnas aventuras, en una de las cuales tuvo un encuentro
con los esbirros y quedó malherido, con gran disgusto de Su Santidad.
A la muerte de Alejandro VI púsose al lado de César y le acompañó a
Nepi, mientras D.ª Sancha, a quien, para mayor seguridad, dejó en el
Castillo con los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, tomó el camino de
Nápoles con Próspero Colonna para tratar de recuperar sus bienes en
aquel reino. Reuniósele el marido cuando fué con César a Nápoles;
pero no duró la unión más que una semana y tuvo que volverse el
Príncipe con su hermano a casa del Cardenal Borja, cuyos esfuerzos,
así como los del Gran Capitán y los de la Reina de Hungría y la
Duquesa de Milán, resultaron vanos para reconciliar a los mal
avenidos cónyuges. No es cierto que Jofre corriera la misma suerte
que César y estuviera con él preso. Veíasele todos los días con el
Gran Capitán, con quien cabalgaba y triunfaba, faltándole solamente
para colmar su felicidad, según escribía Pandolfini, recobrar a su
mujer, que no quería saber nada con él. Un año después[44], y en
edad tempranísima, falleció sin sucesión D.ª Sancha, y pasó el viudo
a segundas nupcias con doña María Milán de Aragón, de los Condes de
Albaida por su padre, y Villahermosa por su madre, en quien tuvo
descendientes, siendo la última D.ª Ana de Borja, que a principios
del siglo XVII trajo a la Casa de Gandía el principado de Squillace
por su matrimonio con D. Francisco de Borja. Dice Gregorovius que
no se sabe el fin que tuvo Jofre; pero en una carta de 2 de Enero
de 1517 daba Lucrecia al Marqués Francisco Gonzaga la noticia del
fallecimiento de su querido hermano el Príncipe de Squillace, que
le había sido comunicada por un correo enviado por don Francisco de
Borja, hijo del difunto.

  [43] El Embajador mantuano en Venecia, Tosabezzi, escribía el 28
  de Septiembre de 1497, que corrían voces de que D. Jofre no había
  podido nunca consumar el matrimonio con D.ª Sancha, por lo que
  pensaban casarla con el Valentino.

  Contradice estas voces la carta del Cardenal de Monreal, que
  original se conserva en el Archivo de la Catedral de Valencia,
  fecha en Nápoles, el 12 de Mayo, y dirigida a D. Juan de Marrades
  dándole cuenta de la boda, para conocimiento del Papa, en los
  siguientes términos: «Después de levantarnos de la mesa el Rey
  y yo con todos los Grandes del Reino, acompañamos a D.ª Sancha
  y a D. Jofre hasta la puerta de la posada en que se alojaba el
  Príncipe fuera del Castillo nuevo y los acompañamos hasta su
  cuarto, y S. M. y yo la entregamos a las damas que la aguardaban
  en casa del Príncipe y a quienes tocaba meterla en la cama a
  ella y al Príncipe, y al Rey y a mí nos tocaba aguardar a que
  estuvieran en la cama y entramos luego en el cuarto y allí
  estuvimos hasta una hora antes de amanecer, mirando cómo estaban
  en la cama, y S. M. y yo bromeando con ellos, y el Príncipe
  estaba tan gracioso y animoso en la batalla que hubiera dado
  cualquier cosa porque lo hubiesen podido ver otros como yo le vi.
  Después de darle la bendición en la cama, nos fuimos... Mandé hoy
  por la mañana un camarero mío para saber cómo estaba el Príncipe,
  que estaba todavía en la cama, y le dijo en secreto que se había
  portado muy bien, y estaba tan alegre, que delante de él besó dos
  o tres veces a D.ª Sancha y daba gusto verlo». Y tanto satisfizo
  al Papa esta relación del Cardenal, que se apresuró a participar
  al Duque de Gandía, en carta del 18 de Mayo, que su hermano Jofre
  «había consumado el matrimonio con D.ª Sancha, su esposa, y _se
  había portado muy bien, aunque no tenía más que trece años_».

  [44] Decíale Emilia Pía a la Marquesa de Mantua, en carta fecha
  en Urbino el 21 de Diciembre de 1504: «D. Gonzalo (el Gran
  Capitán) ha mandado celebrar exequias bellísimas a la Princesa
  de Squillace, en las que quiso se hallase reunida toda la
  familia, la cual quedó malcontenta, porque D. Juan de Cardona
  les había quitado toda la fortuna, dejándolos sin nada, salvo a
  una favorita suya a quien quedaron unos cuantos centenares de
  florines, y esto quizá porque era muy hermosa, según se dice, y
  natural de Fossombrone.»

  A. Luzio y R. Reiner. _Mantova e Urbino._ Turín, 1893.




  III

  Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana
  Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres
  italianas del Renacimiento.—_Las Claras Mujeres_ de Jacobo
  de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo
  de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y
  Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción
  del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata
  del arca de San Maurelio.—_La Schiavona_, del Tiziano.—_La Santa
  Catalina_, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus
  contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y
  su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según
  Catalano: el _flirt_ y las fiestas.—Su afición a los trajes y las
  joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las
  dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.


Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento
valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles,
hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en
el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes
de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce
años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el
agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho
de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría
en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor,
siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más,
dándola por nacida en 1478.

  [45] Alfonso V dió título de Conde, en 1448, a Francisco Gilabert
  de Centelles, su Camarlengo, en premio a sus servicios en las
  guerras de Nápoles. Por la extinción de la línea masculina recayó
  el Condado en una hembra, Magdalena, que casó con el quinto Duque
  de Gandía, Carlos, hijo de San Francisco de Borja.

Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano
del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello,
de quien tuvo a Orsino Orsini, _el Tuerto_, marido de Julia Farnesio.
Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de
ser suegra de _la Bella_, y lo atribuye Gregorovius a que había ya
mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de
sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación
de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre
ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con
el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina,
desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra
latina _pudor_, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.

No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de
educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo
se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer
marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a _Pedro
Calderón_, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el
_infante romano_ Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de
Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.

En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora,
en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban
esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes
y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como
Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna
infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos
los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre
puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en
Roma, quien escribía al Duque que era _no menos católica, temerosa
de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la
Natividad_.

Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos
sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros
literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la
elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente,
las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las
mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias
disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos
el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo
de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre _Las Claras
Mujeres_, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que
era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en
Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con
ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo,
suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del
auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza
Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía,
trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San
Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita
su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa
Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los
Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a
Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón,
Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima,
una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor
femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de
la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención
por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de
las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la
dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.

  [Ilustración: LUCRECIA BORJA
    Medalla de Filippino Lippi.
    ANVERSO
    REVERSO]

En la pléyade de _Las Claras Mujeres_ del Renacimiento no tiene
derecho a figurar Lucrecia Borja. Había aprendido lenguas, música
y dibujo en Roma, y más tarde, en Ferrara, admiráronse mucho sus
bordados de seda y oro, para los que debió tener por maestro al
bordador de Leonor de Aragón, el español Jorba[46] famosísimo en su
arte. El biógrafo de Bayard decía de ella, en 1512, que «hablaba
español, griego, francés y un poquito también correctamente el
latín, y en todas estas lenguas escribía y hacía versos». Tenía
Lucrecia tanto de española como de italiana, y no es extraño que
ambas lenguas le fueran igualmente familiares, y sobre todo, el
valenciano, que era la lengua materna que hablaba siempre el Papa con
los suyos. Sus cartas a Bembo, dos en español y siete en italiano,
muestran algún sentimiento, pero ninguna profundidad espiritual.
La caligrafía es desigual: a veces los trazos enérgicos y duros
recuerdan la del padre, otras veces la escritura clara y menuda se
asemeja a la de Vittoria Colonna. En ninguna de sus cartas se ve
que poseyera el latín; mas algo debía entenderlo puesto que el Papa
la dejó en el Vaticano como representante suyo, con facultad de
abrir sus cartas. Muy somero debía ser también su conocimiento del
griego, que es posible aprendiera con Ludovico Podocatharo, médico
de Inocencio VIII y secretario de Rodrigo Borja, que lo hizo Obispo
y Cardenal. Y aunque en alguna Historia de la Literatura italiana
figura Lucrecia como poetisa, ni sintió el estro divino, ni de sus
versos se conoce más que una canción española en una de sus cartas a
Bembo, canción que debió tomar de alguno de los cancioneros españoles
que poseía[47], como las que se tuvieron por poesías de Bembo,
compuestas en español para Lucrecia, y fueron simplemente copias que
hizo para su uso, de estrofas de Alonso de Cartagena, Juan de Tapia,
Juan Alvarez Gato y Diego López de Haro. Verdad es que el enamorado
Bembo, en una poesía latina dedicada a Lucrecia, la llama poetisa
y dice que cuando declama versos en lengua vulgar parece nacida en
tierra italiana, y cuando toma la pluma y compone versos y poemas,
son versos y poemas que emanan de las Musas. Pero ni los Strozzi,
ni Ariosto, ni Aldo, ni otros muchos de sus contemporáneos, que no
anduvieron parcos en el elogio de Lucrecia, no hubieran dejado de
otorgarle las palmas de la poesía de haber sabido que también la
cultivaba la Duquesa de Ferrara, y aun hubiera salido a relucir su
tía D.ª Tecla de Borja, hermana de Alejandro VI, poetisa muy loada
por el gran poeta Mosén Ausias March. Para lo que sí tenía dotes
y gracia especialísimas era para el baile y, sobre todo, para las
danzas españolas. El Prete que informaba a la Marquesa de Mantua
de cuanto pasaba en la Corte de Ferrara, le escribió que tenía la
Duquesa dos bufones españoles que cuando bailaba iban gritando por la
sala: «Miren la gran señora, qué linda es de cara y qué bien baila:
poco y bueno.»

  [46] El Sr. Sanchís en su trabajo sobre _El arte del bordado en
  Valencia en los siglos XIV y XV_, cita a un Luis de Sent _Jordi_,
  a quien se le llama maestro.

  [47] Los libros que figuran en el inventario de Lucrecia,
  publicado por Luca Beltrami (Polifilo. _La Guardaroba di Lucrezia
  Borgia._ Milano, 1903), son quince; de ellos, cuatro españoles:
  Un libro de coplas a la española, en pergamino, miniado de oro,
  cubierto de terciopelo carmesí, con cantoneras y broche de plata,
  en una bolsa de gamuza roja; un libro manuscrito de canciones de
  varios autores y al principio los proverbios de D. Iñigo López
  (el Marqués de Santillana), encuadernado en cuero encarnado,
  con cantoneras y broche de latón (este Cancionero Estense se
  conserva, aunque con distinta encuadernación, en la Biblioteca
  de Módena); una _Vita Christi_, en español, y el _Dodese del
  cristiano_, en valenciano.

De Lucrecia no existe, según Gregorovius, más retrato que el de las
dos conocidas medallas. La de Filippino Lippi (reproducida en este
libro), modelada en cera en Bolonia en 1502 y ejecutada en 1505,
cuando ya era Duquesa de Ferrara[48], es una de las más bellas
del Renacimiento. En ésta, que llama Yriarte la medalla heroica,
Lucrecia está con el cabello suelto, sin adorno ni detalle ninguno
indumentario. En el reverso, que es precioso, hay un amorcillo atado
a un laurel, teniendo a sus pies un violín y un papel de música:
del árbol pende, rota, la aljaba, y en el suelo está el arco con la
cuerda rota; alrededor se lee la siguiente inscripción: _Virtuti ac
forma pudicitia prœciosissimum_, que quería decir que había pasado
el tiempo de los amores libres, estando ya atada al laurel, que
simbolizaba la Casa de Este. La otra medalla, atribuída a Caradosso
y llamada la de _la redecilla_ por el peinado, tiene más carácter
de retrato y sus detalles coinciden con los que Yriarte cree
retratos de Lucrecia, si bien, en punto a traje y peinado, existe
igual coincidencia con los de otras damas de su época. El cabello,
aplastado en ondas regulares, que cubren parcialmente la frente y
baja en cocas que ocultan por completo las orejas, está recogido por
detrás en una coleta, que llamaban _cuazzone_ las milanesas, dejando
libres dos rizos o tirabuzones que caen a ambos lados de la cara. La
_lenza_ o hilo que ciñe la cabeza y la bordada redecilla en la parte
posterior del cráneo, completan el peinado. Esta descripción del
de Lucrecia es la del de Beatriz de Este en el busto de Cristóforo
Romano, que se conserva hoy en el Louvre.

  [48] Esto dice Friedländer, Director del Gabinete Numismático, de
  Berlín. En el Gabinete de la Biblioteca Nacional de París, hay
  una medalla atribuída a Medioli, y en el Museo del Prado, entre
  las medallas del legado de D. Pablo Bosch, hay otra, que también
  posee el Marqués de Laurencín, atribuída a Geremia, cuyo anverso
  es parecido al retrato de Lucrecia de Lippi, pero en el reverso
  aparece el de Alfonso de Este.

Crowe y Cavalcaselle, después de discutir los supuestos retratos de
Lucrecia, creen, como Gregorovius, que no existe ninguno auténtico
y que hay que atenerse a las medallas, y de la misma opinión es el
Marqués Campori. Pero si no se ha podido encontrar ningún retrato
de mano de un gran artista contemporáneo, hay cuatro, a juicio de
Yriarte, que son la reproducción del único retrato de Lucrecia. Uno
es el de Ferrara, que poseía Mgr. Antonelli; otro, el del Museo de
Nimes; el tercero, el de Florencia, de Mr. Spence, y el último,
reproducido en color por Yriarte en su libro _Autour des Borgia_, el
del Sr. Gugenheim, de Venecia. Estas cuatro Lucrecias, dice, vistas
por el mismo artista el mismo día, con la misma redecilla, el mismo
collar, el mismo traje del dibujo de Dosso Dossi, representan el
mismo personaje que fué, probablemente, retratado por un hermano de
este artista, pintor oficial de la Corte de Ferrara[49].

  [49] Habiendo sabido que el Señor Duque de Solferino creía poseer
  en su palacio de Centellas, de Barcelona, un retrato de Lucrecia
  Borja, me permití escribirle preguntándole si era cierto, y
  rogándole me enviase, en caso afirmativo, una fotografía. Nada
  puedo decir de este retrato, porque el Señor Duque no se ha
  dignado contestarme.

Los demás supuestos retratos, el del Tiziano, de la Galería Doria,
de Roma; el de Giorgione, del Museo de Dresde, y el de Dosso Dossi,
de Londres, de Mr. Henry Doetsche, no tienen el menor parecido
con Lucrecia. El de la Galería Doria, y el del Museo Nacional de
Stockholmo, son réplicas o copias del que hoy está en la Galería de
Sir Herbert Cook, en Richmond. De Venecia pasó a Praga a poder del
Emperador Rodolfo II; de allí a Stockholmo, como botín de guerra;
vino a Roma con la Reina Cristina de Suecia; a su muerte pasó a la
familia Azzolini, de quien lo adquirió el Príncipe Livio Odescalchi,
y luego a la Galería del Duque de Orleans, en el Palacio Real, en
1721; vendiólo Felipe Igualdad a un banquero de Bruselas, y fué, por
último, a parar a Londres; lo compró allí el Conde de Suffolk en
52.000 francos, y de otras manos pasó a las de su actual poseedor.
Lo grabó Sadeler, en Praga, y le dió el nombre de _Lucrecia Borgia_;
pero Malœvre, que lo grabó, en 1786, para la _Galerie du Palais
Royal_, lo cambió por el de _La Esclavona_, con el que figuraba en
el catálogo de Roma[50]. Aunque esta Esclavona en nada se asemeja
a Lucrecia, un autor italiano, Portigliotti, que recientemente ha
maltratado a los Borgias[51], cree, sin embargo, inducido a error
por Sadler y por Ridolfi, que éste es el retrato de la Duquesa de
Ferrara, que pintó Tiziano al mismo tiempo que el del Duque, que
se encuentra en el Museo del Prado. En cuanto al del Duque, ya
probó cumplidamente Justi que no es Alfonso de Este el retratado, e
intentó, equivocadamente, demostrar, por semejanza con unas medallas,
que era Hércules II, el hijo de Alfonso y de Lucrecia. Los Sres.
Allendesalazar y Sánchez Cantón[52] identifican, con fehacientes
datos, el personaje, que es Federico Gonzaga, primer Duque de
Mantua, hijo de Isabel de Este, a quien retrató Tiziano, en Mantua,
en 1530.

  [50] El cuadro del Museo de Stockholmo, designado como _Retrato
  de una Señora de calidad_, procede de la colección del Rey
  Gustavo III, en la que era conocido como _Retrato de la Princesa
  Laura d’Este_, siendo ésta la Laura Dianti, la _donna amata_ de
  Alfonso de Este, que casó con ella a la muerte de Lucrecia.

  [51] _I Borgia._ Milano, 1921.

  [52] _Retratos del Museo del Prado._ Madrid, 1919.

Se ha dicho, y se ha repetido tantas veces, que el Pinturicchio
retrató a Lucrecia, y que ésta es la Santa Catalina de Alejandría,
del famoso fresco de la Sala de los Santos, del apartamento de los
Borjas en el Vaticano, reproducida al frente de este libro, que ha
llegado a tenerse por cosa cierta, aunque para afirmarlo no haya
ningún dato ni fundamento serio. No hay autor contemporáneo que
lo diga. El propio Vasari, que ha creído ver a Julia Farnesio en
una Virgen, que está, según ya queda dicho, en una sobrepuerta de
la Sala de los Santos, no hubiera dejado de hacernos saber que la
protagonista de la disputa de Santa Catalina era la hija de Alejandro
VI. En nuestros días surgió la idea de que Pinturicchio no se había
contentado con retratar al Papa, sino que había querido dejar a la
posteridad el recuerdo de la prole y de la Corte de Alejandro VI,
retratándola en sus frescos de las salas de los Borjas. Y el Conde
Lemmo Rossi Scotti, que había pasado largas horas contemplando y
copiando estos frescos, se persuadió de ello y quedó convencido
de que la Santa Catalina de Alejandría no era otra que la propia
Lucrecia, siquiera no se pareciese a la Lucrecia de las medallas y de
los cuatro retratos que Yriarte tiene por reproducciones del perdido
de Dossi; mas hay que tener en cuenta la diferencia de edad, pues
apenas contaba trece años cuando pintó su fresco el Pinturicchio[53].

  [53] En el arca de bronce que guarda las reliquias de San
  Maurelio, en la iglesia de San Jorge, de Ferrara, hay una placa
  votiva, de plata, que representa a Lucrecia Borja ante el Santo,
  con su hijo Hércules y cinco de sus damas. El parecido con las
  medallas es grande aunque se ve que es ya una mujer de más de
  treinta años. La ha reproducido el Sr. Michele Catalano en su
  opúsculo _Lucrecia Borgia, Duchessa di Ferrara_. Ferrara, sin
  año, publicado en el de 1921.

No podía competir Lucrecia con Julia Farnesio en hermosura. Los que
la miraron con enamorados ojos la tuvieron por la propia Venus, y
puestos en el caso de Paris no hubieran vacilado en darle la fatal
manzana. Pero si no reunió el conjunto de perfecciones físicas, que
valieron a Julia Farnesio el ser llamada _la Bella_ por antonomasia,
y si, a juicio de la Marquesa de Cotrone, de las tres Princesas que
se juntaron en Ferrara: Isabel de Este, Isabel Gonzaga y Lucrecia
Borja, llevábase la palma de la belleza la primera; reconocía la
Marquesa que Lucrecia, sin ser una hermosura, tenía _una dolce
ciera_, frase italiana que, literalmente traducida, sería una cara
dulce, pero que expresa algo intraducible, un especial encanto, que
seducía a cuantos la veían y trataban, y cuyos efectos se hacían
sentir con más fuerza en los hombres, a quienes, por natural instinto
de femenina coquetería, se complacía en someter dulcemente a sus
antojos y mandatos.

El primer documento diplomático que cita Yriarte para darnos a
conocer a Lucrecia, tal como la vieron y pintaron sus contemporáneos,
es la carta que escribió el 23-24 de Diciembre de 1493 a su hermano
Giannozzo, Lorenzo Pucci, Embajador florentino cerca del Papa, que
vió a Lucrecia con Julia Farnesio y Adriana Milá calentándose al
fuego de la chimenea en el Palacio de Santa María dei Portici. Dice
Yriarte, incurriendo en grave error, que Pucci encontró a Lucrecia
parecida al Papa, _adeo ut vere ex ejus semine orta dici possit_. Mas
no era a Lucrecia a quien se refería Pucci, sino a Laura, la hija
de Julia Farnesio, la cual Julia, dice, «quiso que viese yo a la
niña, que ya es grande, _et ut mihi videtur est simili Pontifici_».
Dió suelta Julia a la rubia cabellera, que le llegaba hasta los
pies, para que la peinaran, y parecióle a Pucci un verdadero sol. De
Lucrecia sólo dice que se fué a quitar un peinador que tenía a la
napolitana y volvió al poco rato lujosamente ataviada.

No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada
cabellera a alguna _lexía para enruviar_, como la que recomendaba
Celestina, o a alguna de las recetas _a far capelli biondi come
oro_ de las que juntó en sus _Experimenti_ Catalina Sforza, la
señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de
Lucrecia, aunque los autores del libro _Les femmes blondes selon
les peintres de l’école de Venise_, los Sres. Baschet y Feuillet de
Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como
las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido
morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55]
y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por
lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza
quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición
del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma
a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una
semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó
con este motivo la llegada a Ferrara.

  [54] _Les femmes blondes selon les peintres de l’école de
  Venise_, par deux Vénitiens. París, Aubry, 1865.

  [55] Cuando vino de Roma por Legado y pasó por Játiba, dijo que
  fué bautizado en la iglesia de San Pedro y llamado Rodrigo; que
  era _Narahinet_, hoc est, _Morenico_ y _Morrudet_.

Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso
de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es
bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y
de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia
en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana,
esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los
cabellos dorados, los ojos _blancos_, la boca un poco grande, los
dientes relucientes, el pecho firme y blanco, _ornato con decente
valore_: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo
calificó de _blancos_ los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del
ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues
hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente
de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos,
según el florentino Firenzuola en su tratado _Della perfetta bellezza
di una donna_, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color
de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy
marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara
su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose
Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por
auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena,
sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, _blancos_, muy abiertos
y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y
muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando
engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo
dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y
sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al
destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento
demasiado dócil.»

  [56] En una de sus poesías latinas, dijo Hércules Strozzi que
  la mirada de Lucrecia, ora inflamaba, ora helaba y petrificaba;
  quien mira al sol, queda ciego; quien se fijaba en Medusa,
  quedaba hecho piedra, y quien miraba a Lucrecia quedaba primero
  ciego y luego petrificado. _Fit primo intuitu cœcus et inde
  lapis._

La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia,
además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a
todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de
ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no
desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a
ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de
poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos
la rodeaban.

La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales,
disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el
segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César,
no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con
Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la
suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada
Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia
de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a
guardar cama el día siguiente.

Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la
de Pedro Calderón, el _Perotto_, Camarero de Su Santidad, asesinados
ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o
debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado
ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada,
dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal _Perotto_
y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía
tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo
primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.

Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres
distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro
VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta,
y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió
adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.

Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el _flirt_ y las
fiestas. Respecto al _flirt_ cree que las relaciones amorosas de la
Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua,
Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por
cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que
no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero _flirt_, que de ello
hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia
era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por
lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la
honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día
buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su
Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y
cruelísima venganza.

La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más
inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma
competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la
competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel
de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por
tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía
sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes
del mundo, un perdurable imperio.

Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto
con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa,
sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces
poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que
obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre
Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna
bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio
y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de
reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en
Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de
Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca
llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter
de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del
Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en
múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad,
quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los
negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y
concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia,
para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que
alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo
de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en
Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió
a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y
Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus
obras adornó el _Paradiso_ y los _Camerini_ del palacio de Mantua.
Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y
cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó
a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil
Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su
espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le
robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de
amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron
los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su _Orlando
furioso_.

Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en
el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no
congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían
a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era
exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa
actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del
cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar
su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso
cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y
fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces
en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas
en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las
perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara,
mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: _Quiero que mi hija sea
la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas_. Y,
por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico
como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas
como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más
valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su
esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido,
figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª
Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de
su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el
cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.

  [57] Este collar conocíanlo los banqueros y joyeros de Roma
  y Florencia por haberlo tenido repetidas veces en prenda por
  préstamos hechos al Duque Hércules, y en 1510, por causa de la
  guerra que tuvo que sostener Ferrara, empeñó Alfonso de Este las
  alhajas de Lucrecia y fundió la plata.

Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso
renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento
del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la
nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus
naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes
y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se
encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el
Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha,
y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua,
Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más
groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales
era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el
espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera
lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres
deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente
manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse,
mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida
concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la
Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.




  IV

  Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don
  Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con
  el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda
  del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez,
  viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase
  la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha
  de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los
  Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de
  Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico _el
  Moro_ abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen
  en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima
  y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII
  en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de
  Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para
  el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de
  Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en
  Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después
  llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército
  pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en
  la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del
  Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable
  la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el
  Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado
  matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación
  de incesto contra el Papa.


El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la
Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase
de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al
par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más
tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad
de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D.
Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de
Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato
en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de
1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente
debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de
que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el
30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble
español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde
de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de
Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde
afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que
le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de
Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el
10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba
ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa
indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio
que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el
Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, _para evitar escándalo_,
por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.

  [58] Alfonso V de Aragón dió título de Conde de Oliva, en 1448, a
  Francisco Gilabert de Centelles, su Camarlengo, por premio a sus
  servicios en las guerras de Nápoles. Extinguida la descendencia
  masculina, recayó el Condado en una hembra, Magdalena, que casó
  con el quinto Duque de Gandía, D. Carlos de Borja, hijo de San
  Francisco.

El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de
Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano
de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines
de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había
enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua
Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda,
que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y
fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9
de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida
comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino.
La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano,
y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador
del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y
Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy
llamaríamos _reporteros_, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este.
No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano,
el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente
vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres
llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la
que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla,
añade: _la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere
la favorita del Papa_. A la ceremonia religiosa siguió una égloga
pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto
_Menechmes_, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no
dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del
Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche:
si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».

  [59] El apellido Aragón con que figura Sforza en el contrato
  de boda era el de su madrastra Camila, Princesa de la Casa de
  Nápoles, con quien casó Constanzo, y de la cual no tuvo sucesión.

  [60] Alejandro, tras larga carrera militar, tuvo un reinado
  tranquilo y juntó una espléndida biblioteca en Pesaro, donde
  pasaba su tiempo en pías y eruditas conversaciones.

Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía,
cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de
Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a
D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como
procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones
matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia
fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y
parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid
las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio _in
facie Ecclesiæ_ tres años después y obligándose los padres de
doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la
consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin
que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o
particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de
Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días
después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma,
para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D.
Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados
que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad
que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de
España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó
esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia,
colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el
equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por
Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en
el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr.
Sanchís y Sivera con otros interesantes _Documentos y cartas privadas
que pertenecieron al segundo Duque de Gandía_[61]. Igualmente
numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba,
compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros,
escuderos, músicos, _burberestador_ (desbravador) y _el patje que
porta les camises a la senyoria_.

  [61] Valencia, 1919.

Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y
encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén
Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa
todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y
diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose
sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de
juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar
jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que
al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de
Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la
única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y
que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y
no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra
persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque
a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa
respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no
estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra
carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía
hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los
guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las
manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se
miraba mucho.

El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba
cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:

«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la
Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada,
guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso
collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre
el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por
la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y
la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades
se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e
hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y
hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio,
trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus
Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se
hace entre nosotros.»

De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón
de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a
noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque
a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos
de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran
empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por
la ciudad _matando perros y gatos_, acaso en compañía del Príncipe
heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego
como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general;
airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de
Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí
dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente,
que ya estaba encinta la Duquesa.

Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del
Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma,
el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de
Nápoles, D. Alfonso II, _el Bizco_, y hermana del Duque de Bisceglia,
que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año
siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a
Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a
Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés,
que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de
1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella
a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada
lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce
o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de
España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de
los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz
aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre
infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador
ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva
la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus
favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía,
y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.

  [62] Gregorovius da como fecha el 8 de Mayo. Pastor el 7. El
  Cardenal de Monreal en carta a Juan de Marrades, fecha en
  Nápoles el 12 de Mayo, dice que los casó el día anterior, que
  era domingo. La coronación del Rey D. Alfonso había tenido lugar
  el jueves anterior, día de la Ascensión, es decir, el 8, según
  consta en carta que el Rey dirigió al Papa participándoselo, así
  como las mercedes concedidas a D. Juan y a D. Jofre de Borja.
  Ambos documentos, conservados en el Archivo de la Catedral de
  Valencia, figuran entre los publicados por el Sr. Sanchís.

No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos
que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con
título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540
vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes
de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que
sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos
contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de
los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos
bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona
de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de
Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres
italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez
estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico _el Moro_, que casó con
Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª
Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán
una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493
se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán
Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana
Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón
se firmaba _Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia_; pero
quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico _el
Moro_, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un
veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona
que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó
después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo
de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas
de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y
emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más
famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa.
Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de
Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco
Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio
de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en
primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana
de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano,
y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo
María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de
Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien
tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama
de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada
en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en
que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que
tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de
ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para
que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en
efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.

  [63] Pidió en 1480 la mano de Isabel de Este, pero como estuviera
  ya prometida a Francisco Gonzaga, primogénito del Marqués de
  Mantua, le ofrecieron la de Beatriz, que tenía entonces cinco
  años, habiendo Ludovico cumplido ya los veintinueve.

  [64] _Femina quasi virago et de gran animo_, la llamó Martín
  Sanuto.

Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la
de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón
con su libro _El Cortesano_, primorosamente traducido al castellano
por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó
con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este,
y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino
por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo
de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo,
Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa
poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos
e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos
madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad
de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el
desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo _el Magnífico_ y
hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de
suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las
damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal
Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio,
aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de
Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, _hacíale el
destierro más humano_. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán
general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de
Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco
I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y
mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar
su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para
dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de
la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la
Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre
Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia.
Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique
II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del
mal francés que padecía.

  [65] La hermana mayor de Isabel, Clara Gonzaga, casó con
  Gilberto, Duque de Montpensier, y su hijo Carlos, Condestable de
  Borbón, murió al frente de las tropas de Carlos V, en el asalto
  de Roma en 1527.

El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas.
La antigua _Pisaurum_, ciudad edificada, según se dice, por los
sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que
hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar
en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del
Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la
destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó
la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona,
Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó
Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino
y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta,
que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal
Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia.
Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta
que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo,
y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en
20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la
cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.

El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo
una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían
preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad
presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió
encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó,
comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice,
sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó
Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que
pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral
idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona
y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes
ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos.
Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple
y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente
transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más
acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro,
que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando
los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan
su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna
para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el
proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los
suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos
Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, _el
Joven_, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López,
sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con
Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.

Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus
desventuras. Llamado por _el Moro_ entró en Italia Carlos VIII, el 3
de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el
propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar
esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia
y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente
italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la
habilidad del _Moro_, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces
_ludovicheggiare_ el arte de la intriga en que parecía el milanés
maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta
de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve
para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la
sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de
cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo
pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían
ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de
labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la
mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la
idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la
Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y
que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos
VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron
sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se
defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes
viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre,
al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad,
encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según
Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los
Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.

Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en
que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar
del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar
posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al
Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado
obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que
esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con
la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.

Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron
Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del
florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para
reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone
con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y
el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la
bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados.
Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo
de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el
cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas.
Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre,
a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su
Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de
jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española,
con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana.
Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por
haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran
el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él
obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los
franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate,
cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.

  [66] Galeazzo era uno de los doce hijos de Roberto San Severino,
  cuatro de los cuales sirvieron con las armas _al Moro_ y fueron
  personas conspicuas en su Corte. Galeazzo casó con Blanca Sforza,
  hija natural de Ludovico y de Bernardina de Corradis, y tomó,
  después de la boda, el apellido de Sforza Visconti, siendo
  tratado como miembro de la familia.

Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de
Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los
astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del
Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las
nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza
marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios
suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros
escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones
de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo
esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos.
Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère,
y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio
Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los
altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el
Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.

Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el
Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y
que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén,
hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él
se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba
su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco
Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio
Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí
no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la
reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco.
La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que
un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada,
no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que
había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra
el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido
de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se
firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César
siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase
en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo
de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase
obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual
ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque.
Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia,
tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de
los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército
numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e
indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había
salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto
estuvo de perder la tiara.

En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas
y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de
Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó
los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a
César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de
Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado
en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían
contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado
rezagada, halláronlos vacíos los franceses.

Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto
de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa,
atribuyóse al veneno de los Borjas.

La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal
paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se
refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando
entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de
la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en
gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con
toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió
el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes
y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa
atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa:
el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran
estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.

  [67] Entre las preseas del Rey de Francia que cayeron en poder
  de los italianos en la batalla de Fornovo, y en su mayor parte
  le fueron devueltas por Francisco Gonzaga, figuraba un libro
  con los retratos de las beldades italianas cuyos favores había
  gozado Carlos VIII, libro que el Marqués retuvo y envió a Mantua
  juntamente con unos hermosos tapices.

  [68] _Syphilis, sive de morbo Gallico._ Hay una traducción
  francesa, con notas, de Macquer y La Combe. Aunque la materia es
  delicada, el autor la ha tratado de una manera muy decente.

Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse
del resto de Italia, Ludovico _el Moro_, arrepentido de haber
traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey
le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga
contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de
Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando
del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse
también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el
20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso
por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo
primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron
los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima
batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos,
porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber
conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión _el
Moro_ para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos
VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre
de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.

Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con
su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a
Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le
vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las
paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.

Jofre de Borja siguió la suerte del Rey de Nápoles; acompañóle a
Sicilia y con él volvió a Nápoles, haciendo su entrada en Roma con
D.ª Sancha, el 20 de Mayo del año 1496. El Papa los recibió en el
Vaticano, en su trono, rodeado de once Cardenales, e hizo sentar a
sus pies, en sendas almohadas, a Lucrecia a la derecha y a Sancha a
la izquierda. Era entonces Pascua, y a las fiestas con que la Iglesia
las celebra concurrieron las dos jóvenes princesas, que se sentaron,
con escándalo de los romanos, en las sillas de coro, entre los
Canónigos.

Tres meses después, el 10 de Agosto, hizo su entrada, no menos
solemne, en Roma el Duque de Gandía, que dejó a la Duquesa en
Valencia y trajo al Papa, según se dijo, como recuerdo de España,
una bellísima valenciana; mas debió ser chisme propalado por los
Embajadores venecianos y por _el Moro_, enemistado ya con Alejandro.
Ardía éste en deseos de castigar a los Orsini, que por odio a los
Colonna se habían puesto de parte de los franceses. Cuando tuvieron
que capitular en Atella, a fines de Julio, los que al mando de
Montpensier habían quedado en el reino de Nápoles para defenderlo,
cayeron en poder del Rey Fernando II, Virginio Orsini y su hijo
Juan Giordano, con lo que se vieron privados los Orsini del jefe
de la familia y del más valiente de sus capitanes. Parecióle a
Alejandro la ocasión propicia para acabar con aquellos poderosos
Barones y apoderarse de sus bienes, y llamó al Duque de Gandía para
ponerle al frente del ejército pontificio como Capitán general, a
quien acompañaría el Duque de Urbino Guidobaldo. Pero la batalla de
Soriano, en que quedaron los pontificios completamente derrotados,
el Duque de Urbino prisionero y el de Gandía herido levemente en la
cara, obligó al Papa a hacer las paces con los Orsini y acabó con las
ilusiones que se había forjado sobre los talentos militares de su
hijo predilecto, a quien más le hubiera valido morir como soldado en
el campo de batalla.

La noche del 14 de Junio de 1497 tuvo lugar, en la viña de la
Vannozza, junto a San Pedro _ad vincula_, un banquete a que
asistieron sus dos hijos, Juan y César, y gran número de amigos,
entre ellos el Cardenal Juan Borja _el Joven_. Era ya tarde cuando
los dos hermanos y el Cardenal montaron sus mulas y se encaminaron
con una pequeña escolta al Vaticano. Al llegar al Palacio Cesarini,
que habitaba el Cardenal Ascanio Sforza, se despidió el Duque de
Gandía de sus dos compañeros con el pretexto de una cita a que
debía ir solo, y sin hacer caso a los Cardenales que trataron de
persuadirle de que se hiciese escoltar por unos cuantos hombres de
los que llevaban consigo, fuese con un solo lacayo y un enmascarado
que había traído al banquete y que desde hacía un mes iba todos los
días a visitarle[69]. En la plaza de los Hebreos despidió el Duque
al lacayo con orden de que le aguardara allí una hora, y que si al
cabo de ella no volvía, tornase a palacio, y tomando a las ancas al
enmascarado, espoleó la mula y al trote desapareció en la oscuridad.
Como no regresara el Duque a palacio a la mañana siguiente, sus
familiares dieron parte al Papa, el cual atribuyó la ausencia a
alguna aventura galante que le obligaba a aguardar las sombras de
la noche para abandonar la casa hospitalaria en que se albergaba.
Pero llegó la noche, y no habiendo Gandía parecido, inquietóse
sobremanera Su Santidad y ordenó se le buscara por todas partes.
Encontraron la mula que montaba y al lacayo gravemente herido, que
no pudo dar explicación ninguna, y finalmente, el 16 de Junio, por
un eslavo, mercader de leña, que tenía su almacén a orillas del
Tíber, junto al hospital de su nación, y se hallaba de guardia en
una barca, se supo que en la noche del martes 14, a las dos de la
madrugada, desembocaron por la izquierda del hospital dos hombres,
que después de haber mirado a su alrededor y visto que no había
nadie, se marcharon. Vinieron a poco por el mismo sitio otros dos
hombres, que cerciorados de la soledad, hicieron una señal y apareció
entonces un caballero en un caballo blanco, que llevaba atravesado en
la silla un hombre muerto, cuya cabeza y brazos pendían de un lado y
las piernas del otro, sosteniéndolos a uno y otro lado los otros dos
hombres, todos ellos enmascarados. Llegaron a la orilla del Tíber,
al sitio en que se echan al río las inmundicias, y allí arrojaron
el cadáver. A la pregunta del caballero de si se había ido bien a
fondo, contestaron afirmativamente, y los cinco hombres, dos de los
cuales montaban la guardia, desaparecieron por otra calle que daba
al Hospital de Santiago. Y habiéndosele echado en cara al mercader
eslavo que no hubiese dado aviso al Gobernador, respondió, y esto
pinta la Roma de los Borjas, que había visto en su vida echar al río
más de cien cadáveres sin que a nadie le importase nada.

  [69] Según Bernáldez, el enmascarado era una meretriz que arregló
  la cita, sabiendo que a ella acudiría el Duque.

Aquel mismo día los pescadores encargados de arrancarle al río su
secreto, encontraron el cadáver del Duque no lejos de Santa María
del Pueblo y cerca de un jardín perteneciente a Ascanio Sforza.
Halláronle degollado y con nueve heridas en el cuerpo; pero nada le
faltaba, ni del traje, ni de las joyas, ni del dinero que tenía en
la bolsa. Era, pues, evidente que no había sido el robo el móvil del
delito[70].

  [70] En algunos detalles discrepa de esta versión la que da en
  sus _Batallas y quincuagenas_, el Capitán Gonzalo Fernández de
  Oviedo y por vez primera ha publicado el Marqués de Laurencín,
  Oviedo llegó a Roma en el año de 1500, tres años después del
  asesinato de Gandía, «cuando la común opinión de todos lo ponía a
  cuenta y cargo de D. César Borja por cosas e señales e causas que
  era para lo tener por averiguado, que otro no lo pudiera hazer ni
  lo osara cometer». El estafero o mozo de espuelas del Duque, que
  le acompañaba, llamábase Campo, y dióle su amo el encargo de que
  fuera a buscar sus armas secretas y le aguardara en determinado
  sitio y allí le aguardó hasta el alba, y no habiendo parecido el
  Duque, tornó a palacio con las armas. En cuanto a la máscara que
  sacó al Duque del banquete, dice Oviedo que oyó afirmar al Campo
  que era D. Micalet Corella, bastardo valenciano, de la Casa del
  Conde de Cocentaina, mal hombre y de pequeña estatura (por lo
  que pudieron tomarle por mujer) que fué después muy favorecido
  por el Valentino, y adquirió siniestra fama como ejecutor de sus
  venganzas.

Grande fué el dolor de Alejandro por la muerte de aquel hijo que
compartía con Lucrecia la predilección paterna. Encerróse en el
castillo de Sant’Angelo y no quiso ver a nadie, ni en dos días probó
alimento ni bebida, ni pudo conciliar el sueño, llorando amargamente
y lamentándose a voces. En el Consistorio del 19 de Junio, a que
asistieron todos los Cardenales presentes en Roma, excepto Ascanio
Sforza, y los Embajadores de la liga, el español, el napolitano,
el veneciano y el milanés, dió el Papa rienda suelta a su pena.
«Amábamos, dijo, al Duque de Gandía sobre todas las cosas del mundo,
y daríamos con gusto siete tiaras por volverlo a la vida. Dios, por
nuestros pecados, ha querido mandarnos esta prueba, porque no merecía
el Duque de Gandía muerte tan terrible y misteriosa. Ha corrido la
voz de que el autor de ella es Juan Sforza. Estamos seguros de que no
es verdad, y aún menos de que lo sea su hermano o el Duque de Urbino.
Dios perdone a quien lo haya cometido. Estamos resueltos a atender de
aquí en adelante a nuestra reforma y a la de la Iglesia. Confiaremos
ésta a seis Cardenales y a dos auditores de la Rota. Los beneficios
se conferirán únicamente a los que los merezcan. Queremos renunciar
al nepotismo y empezar la reforma por nosotros mismos para pasar
después a la de los demás miembros y llevar esta obra hasta el fin.»
El Embajador español, Garcilaso, excusó la ausencia del Cardenal
Ascanio Sforza, que rogaba a Su Santidad no diese crédito a la voz
de que era el asesino, y se había puesto a la cabeza de los Orsini,
y que si lo permitía el Pontífice, comparecería para justificarse
personalmente, no habiendo asistido al Consistorio por temor a la
furia y venganza de los españoles. «Dios nos libre—contestó el
Papa—de tener tan terrible sospecha de un Cardenal que siempre tuve
por hermano, y será, cuando comparezca, el bienvenido.» Pero a pesar
de estas buenas palabras y de que no se sentía el Cardenal culpable,
creyó más prudente, en vista de la hostilidad de los españoles,
apartarse de Roma y pasó a Genazzano.

Nombróse inmediatamente la comisión para la reforma de la Iglesia,
y los Cardenales que la compusieron tomaron muy a pechos su encargo
y redactaron una Bula que ponía coto a todos los más conocidos
abusos; pero a su aprobación y publicación se fueron dando largas
y quedó, por fin, condenada a perpetuo olvido cuando se aplacaron,
con el tiempo, el dolor y el arrepentimiento de Alejandro VI y de él
se enseñorearon de nuevo y con más fuerza sus pasiones y carnales
apetitos.

Quién fuera el asesino del Duque de Gandía no se sabe hasta hoy con
absoluta certeza. Además del Cardenal Ascanio y del Señor de Pesaro,
atribuyóse el crimen a los Orsini, y a esta opinión se inclina la
autorizada del Barón de Pastor, en su _Historia de los Papas_, aunque
sin datos bastantes que la afirmen. Rechaza, en cambio, la versión
del fratricidio, universalmente admitida _algunos años más tarde_.
La primera alusión a César la hallamos en un despacho del Enviado de
Ferrara en Venecia, de 22 de Febrero de 1498, es decir, ocho meses
después del crimen, y dos años más tarde, cuando por orden de César
fué estrangulado el segundo marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón;
el Embajador veneciano Capello escribía desde Roma que «el asesino
era el mismo que mató al Duque de Gandía y lo echó al Tíber». A raíz
del crimen daba de él cuenta a su Gobierno el Embajador florentino
Bracci, y le decía: «Quien ha dirigido la cosa tiene entendimiento
y valor y es un gran maestro»[71]. Y Scalona escribía al Marqués
de Mantua: «La cosa, si no ha sido hecha, ha sido mandada hacer o
aconsejada por persona _que tiene los dientes largos_.»

  [71] Despacho de 17 de Junio de 1497.

_Dientes largos_ teníanlos los Orsini; mas después de haber obtenido
con la victoria de Soriano y el subsiguiente acuerdo cuanto
apetecían, no parece que sólo por vengar anteriores agravios hubieran
cometido el crimen. Y no es tampoco verosímil que si el Papa los
tuvo por asesinos de su hijo los hubiese dejado en paz buen número
de años, puesto que no comenzó hasta fines de 1502 la implacable
persecución de aquellos poderosos Barones. Es más: en los primeros
meses de 1498, pocos después del asesinato de Gandía, trató el Papa
de casar a Lucrecia con un Orsini, y si el proyecto matrimonial no se
llevó a cabo, debióse al deseo de Alejandro VI de enlazar a sus hijos
con los de la Casa de Aragón para favorecer las ambiciosas miras de
César, que soñaba con la corona de Nápoles.

De no ser los asesinos los Orsini, ¿quién sino César tenía los
dientes largos y podía considerarse gran maestro, según lo acreditó
más tarde con el engaño de Sinigaglia? Manteníase todavía el Cardenal
de Valencia en la sombra, entregado al toreo de reses bravas, la caza
y las mujeres, por lo que no recayeron en él las primeras sospechas;
pero como las pesquisas de la policía para descubrir a los sicarios
resultasen vanas y el delito quedase impune y envuelto en el más
profundo misterio, se creyó que había un interés en echar tierra
al asunto, siendo la impunidad preferible al escándalo. Y la voz
pública designó entonces a César como autor del fratricidio. ¿Qué
razón pudo tener para deshacerse tan criminalmente de su hermano?
Dicen los que defienden su inocencia que no pudo ser el codicioso
deseo de apoderarse de los bienes del Duque de Gandía, puesto que
tenía éste un hijo que había de heredarle, ni tampoco porque fuera
D. Juan obstáculo a sus ambiciones, después de haber demostrado
en su campaña contra los Orsini su completa incapacidad. No eran
ciertamente los bienes de Gandía los que el Cardenal codiciaba, sino
el puesto del hijo predilecto, ojo derecho de Alejandro[72], que le
disputaba la primacía con el Papa y los favores de Sancha y el cariño
de Lucrecia, que los maldicientes suponían incestuoso. Prescindiendo
de los celos del amante, bastábale la envidia de Caín para impulsarle
al crimen, sin el cual no hubiera podido señorear la voluntad del
padre y ser, mientras vivió Alejandro, el alma y el brazo del
Pontífice.

  [72] El 18 de Marzo de 1493 escribía Canale, hablando de _su
  hijastro_ el Duque de Gandía: _es el ojo de Su Santidad_.

El 7 de Junio había sido nombrado Legado para coronar al Rey D.
Fadrique, último de los Monarcas napolitanos de la Casa de Aragón.
Después del asesinato de Gandía pensó el Papa enviar, en lugar del
Cardenal de Valencia, al Vicecanciller Ascanio Sforza, con quien tuvo
una conferencia el 21 de Junio; pero al fin fué César, que salió
el 22 de Julio para Capua con numeroso séquito y la fastuosidad
que tanto le placía, llevando al cinto _la reina de las espadas_,
que pasó a poder del Duque de Sermoneta, y ha heredado su hijo el
Príncipe de Bassiano, obra maestra del aurífice de Ferrara, Hércules
de Fideli, cuyo cincel supo expresar emblemática y admirablemente el
pensamiento del joven Cardenal que aspiraba a ser César, valiéndose
de la espada, después de haberse abierto camino con la daga del
sicario. El 6 de Septiembre regresó a Roma. Su Santidad lo recibió
en su trono con el Sacro Colegio y lo besó según el ceremonial;
pero ni el Valentino dijo una palabra al Papa, ni éste al Cardenal.
En Octubre hicieron las paces padre e hijo, y éste manifestó su
propósito de renunciar la púrpura, para lo que parecían suficiente
razón su mala vida y sus notorias deshonestidades, aun para lego
hartas. En el Consistorio secreto del 17 de Agosto de 1498 obtuvo la
dispensa y renunció el capelo, con no poco escándalo, por ser cosa
hasta entonces nunca vista.

Ya hemos dicho que uno de los primeros a quien la voz pública imputó
el asesinato de Gandía fué Juan Sforza, habiendo el Papa públicamente
declarado que estaba seguro de que no era verdad. Hacía tiempo que el
Señor de Pesaro había dejado de ser para los Borjas persona grata. A
ello contribuyó primeramente el haber abierto Ludovico _el Moro_ las
puertas de Italia al Rey de Francia para la conquista de Nápoles,
y a oídos del Papa debieron llegar también los horrores que de él
decía el Duque de Milán a los diplomáticos italianos acreditados en
su Corte. Pesóle a Alejandro VI la alianza con los Sforza, y pensó
en buscarle a Lucrecia marido de más fuste que el Señor de Pesaro y
que mejor sirviera para sus combinaciones matrimoniales y políticas,
que tenían por principal objeto el encumbramiento de sus hijos y el
engrandecimiento de su Casa. Hiciéronle indicaciones a Juan Sforza
para que espontáneamente se prestara a la disolución del matrimonio,
a lo que se negó, y teniendo sospechas o habiéndole avisado Lucrecia
por habérselo dicho César[73] que iba a ser asesinado, salió de
Roma el Viernes Santo, 24 de Marzo de 1497, con el pretexto de ir a
confesarse en San Crisóstomo; fuera de Roma, montó allí a caballo
y no paró hasta Pesaro. El Papa mandó al Padre Mariano, célebre
predicador de Genazzano, para persuadirle de que volviera a Roma;
mas resultó vana toda su elocuencia, en vista de lo cual y de que
en los cuatro años que llevaban de casados no había habido fruto
ninguno de bendición que confirmara la consumación del matrimonio,
aunque Scalona la tenía por cierta, resolvió el Papa disolverlo por
impotencia del marido, y así lo hizo saber al Sacro Colegio en el
Consistorio del 19 de Junio, encargando la instrucción del expediente
a dos Cardenales que por no ser parientes ni españoles pudiesen
parecer imparciales.

  [73] Esto dice Gregorovius, tomándolo de los cronistas de
  Pesaro, que reconoce yerran muy a menudo. Según este manuscrito,
  Lucrecia, cuando vino César, escondió al criado de Sforza y le
  encargó contase a éste cuanto había oído. Sforza montó un caballo
  y a rienda suelta llegó en veinticuatro horas a Pesaro, donde
  cayó muerta la cabalgadura.

Le dolía a Sforza verse tachado de impotente, puesto que su primera
mujer, Magdalena Gonzaga, había muerto de parto, y la tercera,
Ginebra Tiepolo, con quien casó en 1500, le hizo padre de un hermoso
hijo varón; pero no quiso someterse a la prueba pericial de su
virilidad en Milán en presencia de testigos fidedignos y del Legado
del Papa, según ingenuamente le propuso _el Moro_, y al fin, tanto
pesó en el ánimo de éste y en el de su hermano el Cardenal el temor
a las iras de Alejandro y a la venganza de los Borjas, que lograron
arrancar al acobardado Juan la declaración, escrita de su puño y
letra, indispensable para el fallo que se dictó el 20 de Diciembre,
de que nunca había consumado el matrimonio, y Lucrecia se declaró,
por su parte, dispuesta a jurar que estaba intacta[74]. Pero el
marido manifestó de palabra al Duque de Milán, según escribía al de
Ferrara Castaldi, su representante, «que la había conocido infinidad
de veces y el Papa se la había quitado sólo para disfrutarla».
De Milán y del ofendido marido partió la calumniosa acusación de
incesto, que la maledicencia acogió en Roma, como asimismo atribuyó
a Sforza el asesinato de Gandía, porque la voz pública reputaba
incestuosa la intimidad de Lucrecia con su hermano. Y de Venecia y
quizá del propio Sforza surgió la acusación contra César de haber
asesinado por celos a Gandía.

  [74] Bien sabía Dios—dice Matarazzo—que había sido y era entonces
  la mayor p... que había en Roma.




  V

  Conducta de Lucrecia después de la fuga de Sforza.—Abandona su
  palacio y se refugia en el convento de San Sixto.—Proyectos del
  Papa de casar a César con Carlota de Aragón, la hija del Rey
  Fadrique de Nápoles, y a Lucrecia con D. Alonso, hijo natural
  de D. Alfonso II.—Desliz de Lucrecia con _Perote_. Da a luz un
  hijo.—Razones que hacen creer sea el Juan Borja, infante romano,
  a que se refieren las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501.—La
  leyenda del incesto.—Oposición de D. Fadrique al matrimonio
  de su hija con César.—Consiente el del Duque de Bisceglia, D.
  Alonso, con Lucrecia.—La Princesa de Squillace, D.ª Sancha,
  escribe la relación de los festines que con motivo de esta boda
  se celebraron en el Vaticano.—La corrida de toros.—Matrimonios
  concertados por el Papa de sus dos sobrinas Jerónima y Angela
  Borja.—Se seculariza César y es nombrado por Luis XII Duque de
  Valence.—Pasa a Francia y casa con Carlota d’Albret.—Acuerdo
  de los Reyes Cristianísimo y Católico para repartirse el reino
  de Nápoles.—Huye de Roma Ascanio Sforza y sigue su ejemplo el
  Duque de Bisceglia.—Nombra el Papa a Lucrecia Regente de Spoleto
  y luego Señora de Nepi.—Reúnese con ella su marido y regresan
  a Roma, donde da a luz a su hijo Rodrigo.—Paz de que disfruta
  durante la ausencia de César, ocupado en la conquista de la
  Romaña.—Regresa a Roma triunfador.—El atentado contra el Duque
  de Bisceglia. Escapa con vida y se la quita Micheletto por orden
  de César.—Dolor de Lucrecia.—La envía el Papa a Nepi.—Antes
  de dos meses vuelve a Roma y se dispone a contraer un nuevo
  matrimonio que se proyectaba con Alfonso de Este, primogénito
  del Duque de Ferrara.—La negativa del Duque.—Para vencer la
  prevista resistencia de Ferrara acude el Papa a Francia, que
  para la empresa de Nápoles necesitaba el apoyo de la Santa
  Sede.—Cede el Duque con ciertas condiciones previas.—Larga y
  laboriosa negociación en que interviene Lucrecia en defensa
  de los intereses de Ferrara y obtiene la aceptación del Papa,
  firmándose el contrato en Ferrara el 1.º de Septiembre de
  1501.—Queda Lucrecia en el Vaticano como Lugarteniente del Papa,
  mientras éste marcha a Sermoneta.—Júbilo de Roma y de Lucrecia
  al saberse la firma de las capitulaciones.—Fiestas romanas.—La
  de las castañas.—La entrada de los ferrareses en Roma el 23 de
  Diciembre.—Más fiestas con motivo de la boda.—El 6 de Enero
  despídese Lucrecia de Roma y de los suyos, y toma el camino de
  Ferrara.


El 24 de Marzo de 1497 escapó de Roma a uña de caballo y no paró
hasta Pesaro, creyendo su vida amenazada, Juan Sforza, el marido de
Lucrecia. Ésta, que en un principio tomó el partido de su esposo,
riñó luego con él, y en Junio fué completa la ruptura entre los
cónyuges. El día 14 escribía el Cardenal Ascanio a su hermano
Ludovico _el Moro_, que tanto el Papa como César y el Duque de
Gandía le habían declarado que no estaban dispuestos a consentir que
volviese Lucrecia a poder de aquel hombre, que el matrimonio no se
había consumado, y que, por consiguiente, podía y debía disolverse. Y
en el Consistorio del día 19 había hablado Su Santidad del matrimonio
de su hija con el Señor de Pesaro, que hubiese deseado fuese
perpetuo; pero que no habiéndose consumado por impotencia, no quería
el Papa decidir como juez, dejando al Sacro Colegio que entendiese en
la causa y procediese en justicia.

El 4 de Junio había abandonado Lucrecia su palacio _insalutato
hospite_, o sea sin despedirse del Papa, refugiándose en el convento
de San Sixto, en la vía Appia. Decían unos, según escribía al
Cardenal Hipólito de Este Donato Aretino, el 19 de Junio, que pensaba
hacerse monja, y los demás decían otras cosas que no eran para
escritas. En el convento recibió Lucrecia la noticia del asesinato
del Duque de Gandía, y conociendo a César debió sospechar fuera el
autor de tan nefando crimen, del que pudiera ser causa ocasional,
si no primera, su cuñada Sancha, cuyos favores se disputaban ambos
hermanos. Ignóranse los motivos que hicieron a Lucrecia refugiarse
en el convento de San Sixto, así como la duración de su clausura.
Díjose que cuando Alejandro VI quiso reformarse y reformar la
Iglesia, ante el dolor por la pérdida del hijo predilecto, que
consideraba castigo y aviso del cielo, pensó alejar a los demás
de Roma. El 22 de Julio partió César para Nápoles como Legado
pontificio, para la coronación del Rey D. Fadrique. El 7 de Agosto se
fueron a Squillace Jofre y Sancha, y se habló de que Lucrecia iría
a Valencia[75]. Mas ya estaba entonces el Papa, según escribía a su
hermano Ludovico el Cardenal Ascanio el 20 de Agosto, en tratos con
el Príncipe de Salerno para casar a Lucrecia con el hijo de dicho
Príncipe, en ciertas condiciones que, de ser ciertas, no redundarían
en provecho de la Majestad Real ni de Italia. Al propio tiempo había
oído decir que el Cardenal de Valencia se secularizaría y casaría
con la Princesa de Squillace, dándosele los estados que posee en
el Reino de Nápoles el Príncipe, que hasta ahora no ha conocido
carnalmente a la Princesa, y que sucedería al Cardenal en todos sus
beneficios eclesiásticos. Que César estuviese resuelto a despojarse
de la púrpura era cierto; mas no que lo hiciese para casarse con
su cuñada Sancha, porque eran más altas sus aspiraciones. Tenía
puestos los ojos en la corona de Nápoles, la que creía poder alcanzar
por medio de su enlace con Carlota de Aragón, la hija del Rey
Fadrique, contentándose por lo pronto con el Principado de Taranto,
y estos ambiciosos proyectos de César, que eran también los del
Papa, movieron a éste, en su deseo de granjearse a los aragoneses,
a negociar la boda de Lucrecia con Alfonso, Duque de Bisceglia,
hijo natural, como Sancha, de Alfonso II y de la bella Trusia. Pero
necesitábase ante todo anular el matrimonio de Lucrecia con el Señor
de Pesaro, para lo que era preciso probar la impotencia del marido, y
al fin se obtuvo por la declaración conforme de ambos cónyuges.

  [75] El Sr. Sanchís y Sivera deduce de las cuentas de los gastos
  del Duque de Gandía en Valencia, en que figuran varias compras
  para la Sra. de Pesaro, D.ª Lucrecia, hechas a fines de Junio
  1494, que es probable estuviera entonces en Valencia Lucrecia
  Borja, que vino sin duda a visitar las posesiones del Duque,
  mientras su marido no había tenido tiempo de pensar en ella,
  ocupado en asuntos políticos y en otros propios de su disipada
  conducta. Jofre de Borja la siguió, tal vez, en aquel corto viaje
  en tanto se preparaban sus bodas con la hija del Rey de Nápoles.

  El mes de Junio de 1494 lo pasó Lucrecia en Pesaro, y Jofre casó
  con Doña Sancha, en Nápoles, el 11 de Mayo de 1494. Ninguno de
  los dos estuvo en España.

Mientras se ocupaba el Papa en buscar a Lucrecia un buen marido, como
prometía serlo el Duque de Bisceglia, mozo que no se había visto
ninguno más bello en Roma, al decir del cronista romano Falini,
encontraba Lucrecia sin ayuda de nadie un buen amante en la persona
del primer Camarero de Su Santidad, Pedro Calderón, conocido por
_Pe

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