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Figuras americanas: Galería de hombres illustres

by Miguel Agustin Pérez · Spanish · Gutenberg #48857 · 325,049 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Figuras americanas: Galería de hombres illustres
    
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Title: Figuras americanas: Galería de hombres illustres

Author: Miguel Agustin Pérez


        
Release date: May 2, 2015 [eBook #48857]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/48857

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        file was produced from images generously made available
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK FIGURAS AMERICANAS: GALERÍA DE HOMBRES ILLUSTRES ***

  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.




  FIGURAS AMERICANAS




  PARÍS.--TIP. GARNIER HERMANOS, 6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6.




  BIBLIOTECA SELECTA PARA LA JUVENTUD




  FIGURAS  AMERICANAS




  GALERÍA

  DE HOMBRES ILUSTRES

  POR

  MIGUEL A. PÉREZ

  [Ilustración]


  PARÍS

  GARNIER HERMANOS, LIBREROS-EDITORES

  6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6

  1891




PRÓLOGO


El nuevo volumen con que aumentamos hoy nuestra biblioteca juvenil,
viene á llenar un hueco y tenemos la esperanza de que será bien
recibido.

Nada más interesante que esta _Galería de americanos ilustres_, en la
cual incluímos personajes de uno y otro sexo, no todos tan conocidos
como por sus talentos ó por sus actos merecen.

Todos los jóvenes americanos, y aun los europeos, conocen los hechos,
ó cuando menos los nombres, de las grandes figuras históricas ó
científicas de América; nadie desconoce los nombres de Wáshington y
Bolívar, ninguna persona medianamente ilustrada ignora descubrimientos
ó los inventos de Maury, de Edison, de Morse; á pocas gentes no habrá
llegado el eco gloriosísimo de nombres tan preclaros como los de Sucre
y San Martín; nosotros mismos hemos alcanzado los tiempos de Juárez y
de Lincoln, nombres no menos ilustres, que para nadie son desconocidos.
Pero existen además, ó han existido, otros muchos hombres menos
populares, apenas conocidos, tal vez enteramente ignorados, que son
acreedores al respeto, á la estimación, algunos de ellos al cariño de
la posteridad. No todos ciñen sus frentes con los nimbos de la gloria,
pero muchos hicieron por su patria ó por la humanidad sacrificios ó
esfuerzos dignos de ser imitados. Los unos combatiendo con las armas
en la mano; los otros enseñando en las escuelas, y muchos divulgando
por medio de sus libros el amor al ideal ó el sentimiento patrio, han
conquistado un puesto digno y envidiable entre las figuras de su tiempo.

Hubo también ignorantes, malvados y traidores, cuyos hechos pueden
servir de utilísima enseñanza, cuyos nombres no merecen desdeñoso
olvido.

El que ayuda á los enemigos de su patria, el que tiraniza á
sus conciudadanos, el que comete errores fecundos en funestas
consecuencias, podrá ser justamente aborrecido, mas no será siempre
con igual justicia condenado al menosprecio. Deberá menospreciarse,
pues odiándole se le honraría, al que en sus crímenes ó en sus errores
haya sido bajo, rastrero, mísero, cobarde; no al que en sus actos haya
tenido grandeza--pues la hay hasta en el crimen;--no al que se haya
equivocado con sana intención ó cumplida buena fe.

De todos modos, conviene presentar á las generaciones sucesivas
los nombres y los hechos ejemplares, todos los ejemplos saludables
ó perniciosos que la fértil historia suministra, que si los unos
alientan, conmueven, estimulan ó entusiasman los otros son todavía más
útiles, pues apartan á la juventud de las sendas peligrosas en que
zozobraron los que las siguieron.

Alternadas con los hombres, figurarán en esta _Galería_ bastantes
mujeres célebres, que no han faltado en América ni antes ni después de
la emancipación damas que honren á su sexo y á la humanidad. Lo que
sentimos es no disponer de suficiente espacio para incluírlas á todas.

No hemos seguido un orden cronológico por creerlo innecesario.
Alternando las figuras como lo hemos hecho, sin tener en cuenta los
tiempos ni los países, creemos haber dado más amena variedad al libro
que hoy ofrecemos y recomendamos á la juventud.




FIGURAS AMERICANAS




DON JUAN RUIZ DE ALARCÓN Y MENDOZA


Este ilustre americano floreció en la época de la dominación española.
Por eso España lo cuenta como suyo, y también por la influencia que
su talento ejerció en la literatura castellana. El teatro de Alarcón
es digno de la patria de Calderón y Tirso de Molina. Hasta hoy no ha
producido América un dramaturgo del genio y el alcance de Alarcón.

Nació este inmortal poeta en el virreinato mejicano, si bien se ignora
en qué pueblo y en qué día. Alguien ha dicho que Tasco era el pueblo
de su naturaleza; pretenden otros que vió la primera luz en la hermosa
capital de Méjico. Sea como quiera, lo seguro es que nació antes del
año de 1590, pues consta que en 1606 recibió en Méjico el grado de
doctor.

No bien terminada su carrera, se embarcó nuestro joven para España,
donde estuvo empleado en el Consejo de Indias. Era ya relator de este
Consejo en 1624.

Las áridas tareas de su importante destino, el trato cortesano que
frecuentó asiduamente, las murmuraciones y las críticas de los que
no podían creer en la inspiración de un corcovado, hubieran bastado
para que otro cualquiera cortara de raíz su comercio con las musas;
pero Alarcón era poeta de veras y no se desalentó por ningún género de
burlas ni sarcasmos. Así, pues, enriqueció la dramática española con
multitud de piezas que, si por el número dan testimonio de la labor y
fecundidad del poeta, por la calidad le ponen al nivel de las grandes
figuras literarias.

Las comedias más conocidas de Alarcón son las siguientes:

  _Los engaños de un engaño._
  _La hechicera._
  _Antes que te cases mira lo que haces._
  _La culpa busca la pena y el agravio la venganza._
  _Dejar dicha por más dicha._
  _El tejedor de Segovia._
  _Don Domingo de Blas._
  _Dar con la misma flor._
  _Ganar perdiendo._
  _Los dos locos amantes._
  _Lo que mucho vale poco cuesta._
  _No hay mal que por bien no venga._
  _Nunca mucho costó poco._
  _Por mejoría._
  _Quién engaña más á quién._
  _Quien mal anda mal acaba._
  _Quien priva aconseje bien._
  _Siempre ayuda la verdad._
  _La suerte y la industria._
  _También las paredes oyen._

Por último, la obra maestra y capital de Alarcón (á juicio de algunos
críticos de reconocida autoridad) que es _La verdad sospechosa_.

Uno de los más notables biógrafos de Alarcón, poeta dramático también y
literato eminente[1], escribe lo que copiamos á continuación:

       [1] Don Juan Eugenio Hartzenbusch.

    «Corneille, que tradujo en parte y en parte imitó _La verdad
    sospechosa_, solía decir que daría dos de sus mejores
    composiciones por haber inventado el original, que era lo que más
    le agradaba de cuanto había leído en español. Molière confesaba que
    _La verdad sospechosa_, imitada por Corneille, era la obra donde
    había conocido la verdadera comedia. Voltaire principia el prólogo
    que puso al _Menteur_ de Corneille, diciendo que los franceses
    nos deben la primera comedia lo mismo que la primera tragedia que
    ilustró á Francia. Puibusque llamaba inapreciable tesoro á lo que
    halló Corneille en la obra de nuestro americano. Adolfo Federico de
    Schack, á quien debe Alemania dos volúmenes de piezas del Teatro
    español traducidas, y después una apreciabilísima historia de
    nuestra literatura dramática, sostiene, después de hacer grandes
    elogios de Alarcón, que no tiene comedia que no se distinga con
    ventaja. El autor de _Edipo_ y el de la _Oda á la beneficencia_,
    el _Curioso Parlante_ y el cantor de _Guzmán el Bueno_, han hecho
    de Alarcón grandes elogios. Los caracteres del maldiciente y el
    mentiroso, el del cortesano y benévolo Juan de Mendoza, en quien
    tal vez Alarcón se retrató á sí propio, con su nombre, apellido
    y fealdad; la Inés en _El examen de maridos_; _El tejedor de
    Segovia_; los protagonistas de _Ganar amigos_; _Los favores del
    mundo_ y _El dueño de las estrellas_; algunas de sus damas, como
    la Leonor de _Mudarse por mejorarse_; alguna criada, como la Celia
    de _Las paredes oyen_; muchos criados, como el Tello de _Todo es
    ventura_, que es realmente el héroe; aquel Domingo de Blas, por
    cuyo bienhechor egoísmo se podría dar toda la virtud humanitaria
    de muchos; éstos y otros personajes de Alarcón tienen en sus
    comedias fisonomía propia, varia y bella; ni se parecen entre sí
    ni pueden equivocarse con figuras creadas por otros autores. Feliz
    en la pintura de los caracteres cómicos para castigar en ellos el
    vicio, como en la invención y desarrollo de los caracteres heroicos
    para hacer la virtud adorable; rápido en la acción, sobrio en los
    ornatos poéticos, inferior á Lope en la ternura respecto á los
    papeles de mujer, á Moreto en viveza cómica, á Tirso en travesura,
    á Calderón en grandeza y en habilidad para los efectos teatrales,
    aventaja sin excepción á todos en la variedad y perfección de las
    figuras, en el tino para manejarlas, en la igualdad del estilo, en
    el esmero de la versificación, en lo correcto del lenguaje.»

Como se ve, no puede ser más lisonjero el juicio de persona tan
autorizada como el ínclito autor de _Los amantes de Teruel_.

Con más cariño si cabe y con más sentida admiración le juzga Roque
Barcia en su _Diccionario etimológico_.

Muchos escritores y críticos de Méjico y de España le han consagrado
artículos y libros, conviniendo todos en el mérito de su teatro.

Luis Eguílaz ha escrito un drama intitulado _Alarcón_, uno de los
mejores que él ha escrito, en el cual figura como protagonista nuestro
insigne poeta mejicano.

Pudo Alarcón, sin duda, quejarse de la injusticia de sus
contemporáneos; pero la posteridad le ha concedido un desagravio
completo. No fué popular en vida, pero pocos lo han sido tanto ni
por tanto tiempo cuando ya no existen. Los palaciegos que se mofaban
indignamente de sus deformidades meramente físicas, han desaparecido
con todas sus bellezas, con todas sus gallardías, con todas sus
elegancias, no dejando ni sus nombres, y sí solo el recuerdo de sus
deformidades morales. En cambio han dejado de existir y nadie ve
las jorobas del contrahecho y mal formado autor de tantas comedias
admirables, pero quedan los frutos de su ingenio, se conservan las
bellezas de su noble alma, fielmente reproducidas en los hermosos
versos que han hecho imperecedero su preclaro nombre.

Las obras de Alarcón han sido coleccionadas por Hartzenbusch para la
_Biblioteca de Autores españoles_ de Rivadeneira, y publicadas en el
tomo XX de la misma.

El coleccionador y el editor han merecido bien de la literatura
castellana.

Sólo falta una estatua que todavía no tiene el autor de _La verdad
sospechosa_, que es de justicia y que se la deben los mejicanos ó los
españoles.




FRANKLIN


Fué uno de los hombres más notables de su siglo. Era hijo de un
fabricante de velas y nació cerca de Boston en 1706.

Á la edad de doce años fué colocado como aprendiz en una imprenta de
Boston. Aprendiendo el oficio, no descuidaba el estudio; cuantos libros
ó manuscritos pasaban por sus manos, los leía con la mayor avidez. Por
las noches, en las horas debidas al descanso, devoraba cuantas obras
conseguía sin reparar el género.

Desde muy joven compuso poesías, y en 1720 colaboraba en un periódico
fundado por un hermano suyo de más edad que él. Era el menor de seis
hermanos.

El joven Benjamín se trasladó á Filadelfia en 1722. Su objeto era
fundar una imprenta, para lo cual hizo un viaje á Londres en 1723, á
fin de adquirir el material necesario.

Habiendo fracasado sus proyectos, regresó de Londres á Filadelfia en
1726. En Filadelfia tuvo una existencia de las más penosas, trabajando
como cajista, siendo tenedor de libros en alguna casa y no dejando por
eso de estudiar con ahinco las letras y las ciencias.

Pero no tardó en encontrar amigos generosos que le facilitaran los
recursos precisos para adquirir una imprenta, conseguido lo cual se dió
á conocer como escritor político. Sus artículos eran leídos con gusto
y sus negocios marchaban perfectamente. Se dedicaba al comercio de
papel, vendía objetos de escritorio y no dejaba por eso de escribir. Su
popularidad y consideración aumentaban cada día, pues todos veían en
él un modelo de ciudadano, y un hombre verdaderamente útil.

Publicaba á la vez un diario y un almanaque, siendo este último la
obra más nueva, más original y acaso la más célebre que se publicó
en América en su siglo. Encierra el almanaque de Franklin preciosas
lecciones de moral social y de economía doméstica, máximas provechosas
y sentencias que no ha olvidado, por fortuna suya, el gran pueblo
de los Estados Unidos. Los pensamientos de Franklin, traducidos á
todos los idiomas y conocidos en todo el universo, están tomados del
almanaque antedicho.

Algún crítico asegura que los _Proverbios del viejo Enrique ó ciencia
del buen Ricardo_ (Filadelfia, 1757), es por su forma y su fondo la
obra maestra de los libros populares.

Es indudable que las obras de Franklin ejercieron poderoso influjo
en sus compatriotas y en su época; se puede decir que él formó una
generación laboriosa y varonil, la que conquistó y consolidó la
independencia y la libertad de América. Los enciclopedistas franceses
están considerados como precursores de la Revolución; Franklin fué
también enciclopedista y precursor, no sólo de la revolución francesa,
sino de la americana. Los derechos del hombre fueron reconocidos y
practicados en la América libre antes que se escribieran en Francia.

Ocupábase Franklin preferentemente en el estudio de la física,
descifrando los misterios de la atmósfera. Él inventó el volantín
eléctrico y el pararrayos, hizo estudios muy serios sobre el calórico y
resolvió problemas difíciles de hidrodinámica. La física experimental
le debe ensayos útiles que Franklin hizo antes que nadie.

Era un hombre de ciencia, pero al mismo tiempo era hombre práctico, dos
cosas que rara vez se ven juntas. Franklin organizó en Filadelfia, en
1738, la primera compañía de seguros contra incendios.

Lo más admirable que hay en los ensayos físicos y en los experimentos
mecánicos de Franklin, es que los hacía con aparatos imperfectos;
carecía de instrumentos _ad hoc_, no tenía péndulo para medir el tiempo
y se valía para esto de una vara que movía cantando como los músicos.

Comunicó sus trabajos y descubrimientos sobre la electricidad á un
amigo de Londres (Cóllinson), el cual amigo á su vez lo puso todo en
conocimiento de los sabios de Europa. El nombre de Franklin fué desde
entonces conocido en ambos hemisferios. No hubo informe científico
ni memoria académica donde no se le citara, ya para discutir sus
grandes descubrimientos, ya para invocar su nombre como una autoridad.
La universidad de Oxford le confería en 1762 el título de doctor
en derecho. El gobierno de la metrópoli, por su parte, le nombraba
director general de correos de las colonias angloamericanas.

Las distinciones del gobierno inglés no le hicieron olvidar que había
nacido americano; jamás echó en olvido lo que debía á sus compatriotas;
por eso, cuando la Cámara de los Comunes abrió una información
parlamentaria con motivo de las quejas que formulaban las colonias,
Franklin hizo un viaje á Londres como delegado de Pensilvania y expuso
francamente la situación de las cosas. En 1775, habiendo expirado
su mandato, regresó á América. Nada había conseguido en favor de su
querida patria, ni en obsequio de la justicia que es ante todo. Los
ingleses persistían en su política tirante, pretendiendo que la actitud
rebelde de los americanos dificultaban toda concesión; los americanos
hablaban ya de romper con la metrópoli separándose completamente de
la madre patria, fundándose en la obstinación de los ingleses: era un
verdadero círculo vicioso. La culpa, entre tanto, no era de unos ni de
otros, sino del tiempo. No en balde marchan y se suceden los siglos; no
en vano progresan las sociedades; no impunemente se trata á un pueblo
viril como á colonia primitiva ó sociedad naciente. En la sociedad
humana como en la naturaleza todo se modifica y se transforma; lo que
no se renueva se petrifica, lo que no adelanta retrocede, lo que no
se agita sucumbe. No hay sociedades en el quietismo, no hay entidades
en la inercia, todo marcha en el mundo, desde el universo que tiene
movimientos regulares y exactamente medidos por el cosmógrafo, hasta el
pensamiento incalculable que abraza la eternidad y abarca lo infinito.

El movimiento separatista se había propagado en las colonias de
América, y Franklin al regresar de Europa se asoció con toda su
voluntad al incontrastable movimiento. Había visto por sus propios ojos
la estrechez de miras de los poderes británicos, y sabía perfectamente
que lo que no progresa regresa, que para su patria no había salvación
sin libertad y que la libertad es incompatible con toda dependencia.

Una confederación de las colonias con la madre patria, moviéndose ésta
y aquéllas con entera libertad en la esfera de sus intereses y en el
círculo de sus funciones propias ó de sus atribuciones esenciales,
habría sido una buena y digna solución del conflicto colonial. Pero
Inglaterra no quería ceder en mengua de su autoridad ó en menoscabo
de su prestigio, y por no conceder algo lo perdió todo. Las colonias
británicas se hicieron independientes.

Franklin fué uno de los que coadyuvaron á la obra magna de la
emancipación, figurando desde entonces como hombre público tanto como
sabio. En 1775 llegó á París como embajador de las colonias inglesas y
fué admitido en Versalles como tal embajador. La reina que compartía
con Luis XVI el tálamo real, muchos príncipes y cortesanos que como
ella habían de perecer más tarde en la guillotina, se burlaron de
Franklin y de sus maneras, pues el ilustre sabio no conocía las reglas
de la etiqueta y mucho menos los procedimientos de la cortesana
adulación; pero el ilustre plebeyo, el cajista americano desdeñó la
pequeñez de seres tan inútiles y tan mezquinos y acabó por hacerse
respetar de todos.

Su permanencia en París se prolongó diez años, hasta el de 1785.
Durante ellos consiguió más de lo que esperaba, acaso más de lo que
se proponía, pues no sólo obtuvo recursos materiales y apoyo efectivo
para la causa de América y el reconocimiento por parte de Francia de
la independencia de los Estados Unidos, sino que los mismos ingleses
trataron con él en París los preliminares de la paz. El 20 de enero
de 1782 firmó Franklin un tratado con Inglaterra, mediante el cual la
metrópoli reconocía de hecho la independencia norte-americana.

Á su vuelta á la patria recibió mil testimonios del cariño y respeto de
sus conciudadanos y fué nombrado presidente del congreso de Pensilvania
reunido en Filadelfia. Era casi octogenario; con todo, ni su edad ni
sus deberes políticos le impidieron continuar trabajando en el campo de
la ciencia. La agricultura, señaladamente, le debió nuevos progresos en
los últimos años de su aprovechada y laboriosa vida.

Franklin murió el 17 de abril de 1790 á la edad de ochenticuatro años.
El Congreso Federal acordó que los Estados Unidos llevaran luto por
la muerte del ciudadano insigne, que representaba á Pensilvania en el
Congreso y á la América entera en el mundo científico y filosófico. El
luto oficial duró dos meses; el particular de cada ciudadano fué más
largo todavía.

La Asamblea nacional de Francia tributó su homenaje á la memoria de
Franklin, llevando tres días de luto por acuerdo unánime de aquella
ilustre Asamblea, que fué la Asamblea de la Revolución.

El viejo Franklin moría; su obra no perecerá. Fué uno de los hombres
más ilustres de su siglo, con ser el siglo más grande de la historia;
fué, sobre todo, un hombre bueno, título más noble, más raro, más
apetecible que el de grande. En las luchas de la pasión y en las
tempestades de la vida conservó siempre su ingénita bondad; su
envidiable grandeza fué la grandeza de los bienhechores.




[Ilustración]

RIVADAVIA


Este gran ciudadano á quien tanto debe la República Argentina, quizá
no merezca el pomposo título de grande hombre; pero nadie le negará
otro título más envidiable y digno, cual es el de hombre útil. No son
tan convenientes para las repúblicas los gigantes y los genios, á
quienes ciega ó deslumbra en ocasiones la propia grandeza ó la estrella
afortunada, como esos otros que unen la aplicación á la honradez, la
constancia en su labor á la energía moral, una modestia digna á las
virtudes cívicas de los buenos ciudadanos.

Bernardino Rivadavia fué incansable, activo, laborioso; no cejaba ante
las dificultades cuando acometía cualquiera empresa; no vacilaba nunca
entre su conciencia y las conveniencias fugitivas de un momento ó de
una personalidad, aunque se tratara de la suya propia.

Como todos los hombres radicales, progresistas y reformadores, tuvo
por enemigos á cuantos creyeron que su programa político amenazaba
intereses, costumbres ó aficiones sancionados por el tiempo, la
preocupación ó la rutina; pero hoy se le hace justicia por amigos y
adversarios, por federales y unitarios, por nacionales y extranjeros.
Todo el mundo reconoce que se le deben grandes beneficios y que él
abrió la senda seguida más tarde por los argentinos con rumbo al
progreso y á la perfección.

Nacido en el último cuarto del siglo XVIII, no era ciertamente un
liberal como son en el día los de las escuelas avanzadas; pero su
liberalismo no era menos sólido ni las circunstancias más difíciles lo
entibiaron ni lo desmintieron.

Fué educado por un sacerdote, el doctor Marcos Salcedo, y después en
el colegio porteño de San Carlos. Joven todavía, fué nombrado teniente
de una de las compañías de milicianos que organizó Liniers después
del primer ataque frustrado de los ingleses á Buenos Aires. En el
segundo ataque se batió con sus _gallegos_, contribuyendo á rechazar la
invasión[2].

       [2] Uno de los cuerpos de milicias se denominaba de _Gallegos_.

Tomó parte en los disturbios que precedieron á la revolución, luchando
en favor del general Liniers que era combatido por Alzaga. Sin embargo,
su papel fué secundario hasta 1811, época en la cual empezó á tener
intervención visible en los sucesos.

Nombrado por entonces ministro de Gobernación, Hacienda y Guerra,
desempeñó conjuntamente cargos tan difíciles y pudo salir airoso,
aunque combatido simultáneamente por las facciones políticas y por los
no domados españoles que abiertamente conspiraban.

En aquella época agitada empezó á demostrar el joven Rivadavia
sus dotes de estadista: fundó la libertad comercial, introdujo
considerables mejoras en la administración, prohibió la trata de negros
y al mismo tiempo deshizo más de un complot contra la seguridad
del Estado y la paz pública. Fué derribado, empero, en 1812 por un
movimiento que dirigió el doctor Medrano, personaje más conocido como
poeta que como político.

En 1814 pasó Rivadavia á Europa, donde prestó servicios á la causa de
la independencia y atesoró conocimientos que más tarde le fueron de
suma utilidad.

En 1820, de vuelta en Buenos Aires, fué nombrado ministro de Gobierno y
supo granjearse las mayores simpatías. Rivadavia estableció el sistema
representativo, allí donde solo existía una dictadura revolucionaria;
emprendió mejoras materiales, sin descuidar las morales que son la
base del bienestar de los pueblos; creó el registro oficial, archivo,
policía, casa de expósitos; fundó escuelas, bibliotecas, premios á
los estudiantes, sociedades de beneficiencia presididas por señoras;
popularizó la enseñanza pública y erigió, por último, la Universidad,
decretada por el rey de España en el siglo precedente sin que el
decreto hubiera tenido ejecución.

Buenos Aires le debió también dos cosas tan interesantes como el
cementerio y la recova.

La Universidad de Buenos Aires, agradecida á su verdadero fundador,
concedió á Rivadavia el título de doctor en uso de facultades que tenía
para conferir los grados que estimara justos, sin necesidad de pruebas,
«á los hombres ilustrados y eminentes»[3]. Esta concesión se hizo algún
tiempo más tarde, siendo Rivadavia presidente de la República.

       [3] Artículo 13 del decreto de 21 de junio de 1827.

Antes de ocupar tan elevado puesto, hizo otro viaje á Europa con una
misión diplomática cerca del gobierno inglés. Al regresar fué elegido
presidente (1826).

El período de su presidencia fué notable, como se esperaba. No
desmintió el presidente las lisonjeras esperanzas que había hecho
concebir. La instrucción progresó considerablemente; se protegió y
fomentó la cría de ganados, que tan útil y productiva es para la
República Argentina; fundáronse pesquerías como la de Patagones; se
buscó en Europa maestros de capacidad que secundaran la benéfica
iniciativa del presidente; en los campos se fabricaron iglesias y se
fundaron colonias; en fin, se hizo la independencia de Montevideo,
á pesar del Brasil. Fué un período fecundo el del doctor Rivadavia.
Si después ha adelantado tanto la República Argentina, política,
industrial y comercialmente, si ha crecido la población, si han acudido
inmigrantes de todas procedencias, si se ha extendido los límites de la
República, sometiendo á los salvajes y explorando los desiertos, bien
pueden decir los argentinos como en la célebre fábula:

¡Gracias al que nos trajo las gallinas!

Y el que llevó las gallinas fué sin duda Rivadavia, no negando con lo
que decimos la gloria que les quepa á sus continuadores.

Á pesar de todo, Rivadavia fué muy combatido y se vió obligado á
renunciar el poder.

En 1829 le encontramos en Europa. En 1834, gobernando sus mayores
enemigos, tuvo el atrevimiento de volver á Buenos Aires para responder
ante los tribunales de ciertas acusaciones que le dirigían. No
quisieron juzgarle, pero se le desterró.

Después de residir algún tiempo en Mercedes y más tarde en el Brasil,
buscó refugio en España.

Al cabo de tres años de residencia en Cádiz, falleció en 1845.

Fué Rivadavia un ciudadano virtuoso, un político bien intencionado y
un patriota exclarecido. Se equivocó tal vez en sus apreciaciones,
pero nadie es profeta en este mundo. Sus mismos adversarios han hecho
justicia á su rectitud de proceder, reconocen sus talentos y su
ilustración, celebran su indomable voluntad, agradecen y aplauden sus
servicios...

¿Qué más puede esperar un nombre político de sus conciudadanos que
imparcialidad, aplauso y reconocimiento?

¿Qué más puede pedir á la posteridad, si ésta le hace justicia?




[Ilustración]

PÁEZ


El general venezolano José Antonio Páez contribuyó principalísimamente
á la independencia de su patria. Ningún otro caudillo de las guerras
de América fué más afortunado, pero tampoco lo hubo más esforzado que
él. No era un general á la moderna, sino un héroe forjado en moldes
antiguos. No conocía la ciencia ni el arte de la guerra, no había
estudiado estrategia ni fortificación, no entendía de castrametación ni
de balística ni siquiera de táctica; pero tenía la pujanza de Murat, la
bravura de Diego León, una astucia insuperable, una fuerza hercúlea y
una serenidad á toda prueba.

Nació en la provincia de Barinas en 1790 y dedicó su infancia á los
trabajos por demás penosos de la agricultura y la ganadería. Luchando
con la corriente del rápido Apuré, con los caimanes del río y con
las fieras del monte, con el sol de los llanos y con los rigores de
la suerte, no sólo templó su alma para todas las pruebas y todos los
sacrificios, sino que se hizo excelente nadador, inmejorable jinete,
gran cazador, invencible machetero.

Un hombre formado en semejante escuela no podía permanecer impasible,
como hicieron tantos, cuando sonó la hora de la revolución y de la
guerra. Páez debía tomar parte por unos ó por otros en la contienda
que iba á decidir de los destinos de América. Fué buscado y aun
halagado por los españoles; pero optó sin vacilar por la causa de la
independencia.

En 1810 se alistó voluntario en un escuadrón patriota, distinguiéndose
mucho por su arrojo en la primera campaña, en la cual ascendió hasta
sargento primero.

En la segunda campaña le vemos de capitán, sorprendiendo y derrotando
una columna enemiga en el punto llamado Matas Guerrereñas.

Poco después, derrotado por los españoles y abandonado por los suyos
que se desbandaron, fué hecho prisionero y sentenciado á morir. Puesto
en capilla para ser ejecutado, debió su indulto á la generosidad del
enemigo. Cayó segunda vez prisionero, y de seguro que entonces lo
hubiera pasado mal si por su propio esfuerzo no se hubiera libertado.
Los 511 prisioneros que con él estaban, dirigidos por él, desarmaron la
fuerza encargada de su custodia y se salvaron.

Páez y los suyos se incorporaron á las fuerzas patriotas que mandaba
García Sena. Este jefe confió á Páez el mando de su caballería, con la
que realizó las más inauditas y portentosas hazañas. No había empresa
temeraria que no se le confiara ni enemigo que le detuviera. Jamás
contó el número de sus soldados ni el de sus enemigos. Avistarlos y
embestirlos eran siempre dos cosas simultáneas.

En 1814 era Páez coronel de la caballería venezolana, combatiendo con
sus 1.000 caballos en la acción de Chire á las inmediatas órdenes
del general Ricaurte. En Mata de la Miel contribuyó eficazmente al
desastre de los españoles. En las expediciones á través de los Andes,
como en las persecuciones sufridas muchas veces hasta los llanos de
Casanare y las selvas más remotas, era Páez el encargado siempre de las
exploraciones, de los reconocimientos, de cubrir la retaguardia ó de
contener al enemigo.

En la campaña del Apuré (1816) tomó Páez una ofensiva enérgica y
vigorosa contra la división mandada por el general Latorre; la valentía
de Páez no se desmintió en aquellas circunstancias, pero los resultados
fueron negativos.

Los españoles contaban por entonces con los refuerzos de España
llevados á Venezuela por el general Morillo. Eran tropas aguerridas que
en su mayor parte habían combatido contra los ejércitos de Napoleón.
Y además tenían el auxilio poderoso de los terribles llaneros, que
combatían por España á las órdenes del siniestro Boves.

Mal se ponían las cosas para los independientes. Los realistas se
habían apoderado de la isla Margarita, de La Guaira, de todos los
puertos de Costa Firme, incluso Cartagena. Entraron en Santa Fe,
hoy Bogotá; Valencia capituló; fué preciso levantar el sitio de
Puerto-Cabello. Al parecer estaba dominada la revolución.

Para otros no había esperanza; pero Páez, tan familiarizado con los
reveses como con los triunfos, no se desalentó jamás ni perdió nunca la
fe.

En las más adversas circunstancias y escuchando á todas horas los más
siniestros y fatídicos augurios, organizó una fuerza de caballería
con los dispersos que iba recogiendo y con nuevos voluntarios. Formó
también con desertores de las filas realistas el batallón _Páez_, que
se distinguió más tarde por su disciplina y su bravura.

Poco después se unieron Páez y Bolívar, que recíprocamente se admiraban
y se estimaban antes de conocerse. Cuando se conocieron, creció
singularmente la mutua estimación de ambos caudillos, que habían nacido
para completarse. Era Bolívar la inspiración, el genio, el alma de
la revolución; Páez era el brazo que ejecutaba las inspiraciones del
Libertador, y el único capaz de llevar á término los planes gigantescos
del hijo de Caracas.

Una vez reunidos ambos jefes, ansiaba fervientemente el general Bolívar
dar comienzo á sus operaciones; pero no encontraba medio de salvar un
caudaloso río por falta de elementos adecuados. Los españoles tenían
ocupados los pasos más importantes ó más fáciles con sus embarcaciones,
que eran lanchas artilladas y pertrechadas convenientemente. Solo Páez
hubiera sido capaz de arrollar el obstáculo, y en efecto lo arrolló.
Las lanchas realistas fueron atacadas y tomadas por la caballería,
cargando á su cabeza el mismo Páez que tomó al abordaje catorce
embarcaciones.

En 1819 llegó á su apogeo la gloria militar de los republicanos. El
general Morillo, que había sido inexorable con los _insurgentes_,
se decidió después de la batalla de las Queseras del Medio á
conferenciar con los jefes de la insurrección, ofreciendo tratarlos
como beligerantes regulares y no como rebeldes. Accedió Bolívar á los
deseos del general español, y la entrevista se verificó en Santa Ana.
La conducta de ambos caudillos fué caballeresca. El general Morillo
confesó más tarde que en la época de la conferencia estaba ya decidido
á regresar á España, pero que no quería abandonar la América sin
conocer á Bolívar y abrazarlo, puesto que juntos habían de figurar en
la historia; este deseo del general Morillo fué, sin duda, la causa
principal de aquella fecunda conferencia. En ella se acordó civilizar
la guerra, humanizarla, empezando por una suspensión de hostilidades
que ambas partes beligerantes consideraban útil.

Terminada la tregua se dió principio á nuevas operaciones, las cuales
aseguraron la independencia del país con la gran victoria de Bolívar en
los campos de Carabobo. El general Páez tomó gloriosa parte en jornada
tan insigne.

De la intervención del héroe en las contiendas civiles posteriores á la
independencia, no queremos decir ni una palabra. Si en esas luchas hubo
laureles y glorias para Páez, ciertamente no los había menester para
vivir en el corazón de sus conciudadanos. Como ha dicho un compatriota
suyo, «los siglos apagarán los volcanes y secarán los torrentes, pero
serán impotentes para borrar su memoria».

Al fraccionarse Colombia después de la muerte de Bolívar, fué Páez
elegido presidente de una de las tres repúblicas que se formaron: de
la de Venezuela. Dos veces desempeñó tan alta magistratura, lo que
no le impidió morir en tierra extranjera devorando en silencio la
ingratitud de su patria.

Uno de los errores del general Páez, justamente en el período más
brillante de su vida, fué aconsejar á Bolívar que fundara el _imperio
de los Andes_ y se hiciera emperador. Afortunadamente el gran Bolívar
tuvo fe en la democracia; su patriotismo, su perspicacia y su sentido
político, le dictaron la respuesta á Páez que va á continuación:

«Usted no ha juzgado imparcialmente de las cosas y de los hombres. Ni
Colombia es Francia ni yo soy Napoleón. No lo soy ni quiero serlo.
Tampoco pretendo imitar á César; menos á Iturbide. Tales ejemplos me
parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior á
cuantos el orgullo humano ha recibido.»

Vamos á terminar, copiando lo que dice de Páez el escritor argentino
señor Decoud en su libro _La Atlántida_:

    «...Tenía el instinto sagaz, realzado ante sus compañeros por
    una fuerza prodigiosa. En la pelea, el león desesperado no se
    avalanzaba con más furia... Sus soldados le respetaban y le temían,
    porque el insubordinado tenía por castigo someterse á una lucha
    personal con su jefe, en la cual estaba seguro de ser herido; y las
    cicatrices que dejaban las armas de Páez jamás se borraban...

    »No tenía exigencias, no pretendía vestuarios, ni armas, ni
    raciones, ni sueldos. La carne sin sal le saciaba, no le afligía
    la intemperie, no le molestaba la lluvia. Había un río: lo pasaba.
    Había un pantano: lo salvaba. Había un llano prolongado como un
    desierto: lo cruzaba silencioso al paso monótono del animal... Su
    estrategia consistía en la traslación rápida de un punto á otro, su
    táctica en la sorpresa y su ataque en la impetuosidad irresistible
    de la carga. Peleaba sinceramente, por convicción, sin vanidad.
    Sólo sabía que todo hombre debe morir por su patria y que á esa
    patria subyugada es menester libertarla...»

En efecto, así era Páez.




MARIANO EDUARDO RIVERO


Tal es el nombre de una de las mayores celebridades científicas de
América.

He dicho de las mayores, aunque en realidad sólo debiera decir de las
mejor fundadas y de las más legítimas; pues si bien su fama ha sido
tan grande como justificada y merecida, hoy se va desvaneciendo y las
nuevas generaciones parecen olvidarla.

Nació Rivero á fines del siglo XVIII en una de las ciudades más bellas
é importantes del Perú: en Arequipa.

Su padre, coronel de milicias y persona inteligente, procuró darle
toda la enseñanza que entonces era posible en una ciudad del interior
del Perú, lo cual quiere decir que el niño aprendió primeras letras y
un poco de latín. Pero sus disposiciones, claramente reveladas en la
primera enseñanza, y el afán que tenía por aprender, decidieron á su
padre á enviarle á Europa cuando contaba apenas doce años.

Recibió, pues, la segunda enseñanza en un colegio de Londres,
dedicándose á la vez al estudio de las lenguas vivas. El director del
colegio era un distinguido matemático, el doctor Dowling, quien pronto
echó de ver la afición de Rivero á las ciencias físicas y matemáticas,
otorgándole por consecuencia su predilección y su cariño. El joven
Rivero correspondió al afecto que se le demostraba, redoblando su
aplicación y trabajando con celo y con provecho. Así llegó á ser el
alumno más notable del establecimiento, el discípulo más aventajado,
encargándole su director y maestros del arreglo de un observatorio y
asociándolo después á las observaciones y tareas que se llevaban á cabo.

Al mismo tiempo se dedicaba Rivero con perseverancia al estudio de
la química, asistiendo con puntualidad á los cursos que entonces
explicaban sir Humphry Davis y otros sabios ingleses.

Cinco años estuvo nuestro joven estudiando en Inglaterra, de donde pasó
á continuar sus estudios en la capital de Francia.

En París acudía puntualmente, como él acostumbraba, á oír las lecciones
de los profesores más ilustres, especialmente las de Gay-Lussac,
Thenard, Arago y Dulong. Comprendiendo la utilidad que podría reportar
algún día á su patria si adquiría vastos conocimientos metalúrgicos,
trató de ingresar en la Escuela real de minas, empresa harto difícil
entonces para un extranjero. Muchas fueron las dificultades que se le
oponían, logrando al fin vencerlas, gracias á la decidida protección
del embajador de España.

Como ya tenía considerables conocimientos químicos, hizo con facilidad
progresos muy notables que apreció debidamente el sabio profesor
Berthier, jefe del laboratorio. Distinguióle igualmente el profesor
Brochante de Villiers, que enseñaba con lucimiento geología y
mineralogía.

Terminados sus estudios en la Escuela de minas, pasó á Alemania,
deteniéndose en Sajonia para estudiar el importante distrito
metalúrgico de Freiberga y su escuela especial, muy célebre y
concurrida entonces.

Los trabajos de Rivero en distintas regiones alemanas, fueron
mencionados en los informes dirigidos en 1821 á la Academia de ciencias
del Instituto de Francia por Brogniard y Vauquelin. Estos hombres de
ciencia hablaban de una sustancia descubierta en Alemania por el joven
Rivero y bautizada por él con el nombre de _humboltina_, en honor de
Humboldt.

Uno de los primeros trabajos de Rivero, después de su viaje científico
á Alemania, fué una Memoria sobre la explotación del mineral de plata
que se publicó mas tarde en el Perú.

Rivero dió á conocer en Europa el salitre de Tarapacá.

Sus trabajos mineralógicos y sus análisis en la Escuela de minas de
París, le valieron una distinción honrosa de los profesores de la
Escuela, de los del Jardín de Plantas y de los de la Universidad. Su
reputación de sabio estaba hecha.

Por aquel tiempo hizo un viaje científico á la patria de sus
progenitores; visitó en España las famosas minas de azogue de Almadén y
fué de los primeros que hicieron en España estudios serios de geología.
Él fué quien descubrió la magnesia silicílica de Vallecas, á dos leguas
de Madrid.

Á los diez años de residencia en Europa regresó Rivero al Nuevo
Mundo; pero no á su país, donde todavía mandaban los españoles, sino
á Colombia la Grande, regida á la sazón por el general Bolívar. La
República independiente, la gran Colombia gobernada por Bolívar,
comprendía en aquella época las naciones, separadas hoy, de Nueva
Granada, Ecuador y Venezuela.

Llegó, pues, á Bogotá nuestro sabio arequipeño, siendo bien recibido y
agasajado por el Libertador. Iba recomendado por el ministro Zea, que
era el representante de Colombia en París. Le acompañaba una comisión
de jóvenes ilustres, condiscípulos en su mayor parte y amigos de
Rivero, en la que figuraban los célebres sabios Roulin y Boussingault.
Esta comisión hizo estudios de la mayor importancia bajo la dirección
de Rivero, siguiendo las huellas de Bonpland y Humboldt.

Todavía se recuerdan y se citan con elogio las numerosas observaciones
meteorológicas y astronómicas, los estudios barométricos, geológicos y
químicos de los insignes viajeros. Las aguas calientes de la cordillera
de los Andes fueron analizadas por Rivero, que además asistió á
Boussingault en sus operaciones barométricas hechas en la Guaira.
También se dedicó la comisión á estudios interesantes sobre la botánica
y la zoología, especialmente en las orillas del Meta y del Orinoco.

Deseando ver á su familia, deseo muy justo después de catorce años de
separación, dejó su puesto de jefe de la comisión á su colega y amigo
Boussingault, que con tanto lucimiento había colaborado en la común
empresa.

El viaje de Bogotá á Lima fué largo y aprovechado, pues Rivero no
había de recorrer aquellas comarcas prodigiosas y mal reconocidas,
sin explorarlas con ojo inteligente y escudriñador. Subió las laderas
escabrosas de la andina cordillera, trepó á los volcanes Chimborazo y
Pichincha, siguió las huellas de don Antonio Ulloa, de Humboldt, de la
Condamine, y llegó al fin á su patria adonde le había precedido su bien
ganado renombre.

Rivero fué nombrado director general de Instrucción pública y minas
del Perú, cargo que desempeñó con singular acierto y utilidad general.
Fundó muchas escuelas y visitó los departamentos de Arequipa, Junín,
Puno, etc., deteniéndose en el estudio del lago Titicaca.

Publicó en Lima el _Memorial de ciencias naturales_, obra que todavía
se consulta y en la que colaboró don Nicolás de Piérola. En su
colección se hallan las nivelaciones barométricas de Rivero, así como
sus memorias sobre los minerales de Pasco, Puno y Lampa, sobre las
aguas sulfurosas, ferruginosas y saladas de Jura, Tingo y otras muchas
más, sobre el Guano de Pájaros, etc.

Como tantos otros, el sabio Rivero se vió perseguido por la saña de las
facciones que en aquellos tiempos devoraban el Perú. Las alternativas
de la guerra civil le hicieron emigrar, dejando de desempeñar unas
funciones en las que era tan útil á su patria.

Refugiado en Chile, se dedicó á sus tareas habituales con más ahinco y
más afán que nunca. La naturaleza de Chile no la había estudiado nadie
como lo hizo él desde 1829 hasta 1831, así como en viajes que hizo
posteriormente cuando ya se encontraba de nuevo en el Perú.

De vuelta en su patria en 1832, fué encargado de la dirección del Museo
de Historia natural y antigüedades, establecimiento de nueva fundación.
También por entonces fué elegido diputado.

La política no le era familiar ni estaba en su centro en una asamblea
deliberante. Así figuró poco y brilló menos en las tareas legislativas,
pospuestas siempre por él á los estudios científicos y á las faenas de
la agricultura.

Sin embargo, desempeñó cargos administrativos de importancia, como la
prefectura del departamento de Junín, y el general Vivanco lo propuso
para ministro de Hacienda, cargo que él no aceptó.

Se deben á Rivero diversas publicaciones concernientes á la agricultura
y á la ganadería, así como el descubrimiento de varias minas de carbón,
cuya existencia se ignoraba por completo en el Perú.

En 1851 aceptó Rivero el consulado general de la república peruana
en Bélgica, donde se ocupó en la publicación de su importante libro
_Antigüedades peruanas_, contando con la cooperación del sabio Tchudi,
naturalista y filólogo de Viena.

En estos años, que fueron los últimos de su laboriosa vida, hizo algún
viaje al Perú, coleccionó sus trabajos científicos de largos años y
consagró su tiempo á la educación de cuatro hijos.

Murió Rivero en París á fines de 1857.

Era miembro activo ó correspondiente de un gran número de corporaciones
y sociedades científicas, entre ellas la Sociedad filomática y la
Sociedad de ciencias naturales de París; de la de anticuarios de
Dinamarca; las de geología de París, Londres y Estados Unidos; las de
agricultura de Chile, Bélgica y Francia. Poseía varias condecoraciones,
pero tuvo el buen gusto de no usarlas.

Don Mariano Eduardo de Rivero fué uno de los americanos más ilustres de
su siglo; pocos de entre sus contemporáneos tienen tantos ni mejores
títulos al respeto de la posteridad; es, en fin, una verdadera gloria
del Perú.




SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ


Esta notable mujer vió la luz en Méjico en 1614 y murió en la misma
ciudad en 1695. Durante su vida tuvo gran notoriedad; el tiempo
transcurrido desde su muerte no ha sido bastante para que su justa
celebridad se extinga ni se borre, pues se funda en su saber y su
talento del que dejó gallardas muestras cultivando la literatura.

_Décima musa_ la llamaban los mejicanos y todos los españoles de su
tiempo; mas conocida por _la monja de Méjico_, figura con este nombre
en las crónicas y los anales del siglo XVII. Dos tercios de siglo
tuvo excitada la atención de los que en ella admiraron sucesivamente:
primero la gentileza y gracia de su juventud, después la inspiración
de la verdadera poetisa, por último la discreción, la caridad y las
virtudes de una ancianidad respetable y respetada. Su consejo era
tenido en mucho, y hasta los virreyes la consultaban en los casos
arduos ó dudosos.

Educada por un sacerdote que era tío suyo, aprendió latín, estudió la
retórica y la filosofía, cursó la teología y fué muy cursada en las
letras humanas y divinas. Santa Teresa de Ávila fué en parte su modelo,
sin que esto sea decir que no tuviere originalidad. Al contrario,
su personalidad literaria es tan distinta de cualquiera otra, que
no se asemeja en la forma ni en el fondo á los mismos modelos que
imitaba. Dejó sonetos de bellísima estructura y composiciones poéticas
inmejorables en los diversos géneros que cultivó. Su naturalidad
inimitable, su facilidad espontánea, su lógica irrebatible, se ve y
se admira en sus versos que pueden saborearse hoy con tanto deleite
como cuando los produjo. Son de los que no envejecen, pues planteaba
y resolvía problemas que no son de un pueblo ni de un siglo, sino de
todos los países y de todas las generaciones.

En prueba de ello, vamos á copiar algunas de sus _Redondillas contra
las injusticias de los hombres al hablar de las mujeres_:

    Hombres necios que acusáis
  Á la mujer sin razón,
  ¿No veis que sois la ocasión
  De lo mismo que culpáis?
  Si con ansia sin igual
  Solicitáis su desdén,
  ¿Por qué queréis que obren bien
  Si las incitáis al mal?

         *       *       *       *       *

    ¿Qué humor puede ser más raro
  Que el que, falto de consejo,
  Empaña él mismo el espejo
  Y siente que no esté claro?

         *       *       *       *       *

    Opinión ninguna gana
  Pues la que más se recata,
  Si no os admite es ingrata,
  Y si os admite es tirana.

         *       *       *       *       *

    ¿Cuál mayor culpa ha tenido
  En una pasión errada?
  ¿La que cae de rogada
  O el que ruega de caído?
  ¿O cuál es más de culpar,
  Aunque cualquiera mal haga,
  La que peca por la paga
  O el que paga por pecar?

         *       *       *       *       *

    Dejad de solicitar,
  Y después con más razón
  Acusaréis la afición
  De la que os fuere á rogar.

La joven poetisa tuvo la desgracia de perder su novio, muerto poco
antes de la fecha fijada para el casamiento; murieron también sus
padres y su tío, y entonces distribuyó su fortuna entre los pobres de
Méjico y se hizo monja.

En el convento de San Jerónimo, donde tomó el velo y profesó, fué
querida y respetada por sus modestas virtudes y por su gran saber.

La fama de sus méritos y de su sabiduría llegó á ser universal. Desde
la pobre india hasta el altivo virrey; desde el arzobispo de la
diócesis hasta el personaje más desconocido, se acercaban á ella para
consultarla sobre casos graves particulares ó públicos. No obstante su
apego al estudio y á la soledad, bajaba muchas veces al locutorio á fin
de conferenciar con los que querían hablar con ella.

Dos veces fué nombrada abadesa y ambas veces renunció. Sus compañeras
la elegían por unanimidad; con todo, no admitía. Su renuncia no se
fundaba en lo espinoso del cargo, pues más lo hubiera sido para
cualquiera otra, sino en su modestia y en su sencillez.

Falleció en su convento el día 22 de enero de 1695. Sus obras se
publicaron en un tomo, con el título de _Poesías de la madre Juana
Inés de la Cruz_ (Madrid, 1670); figuran también en la _Biblioteca de
autores españoles_, editada por Rivadeneira, tomo XLII (Madrid, 1853).
Ugalde y Parra, en su _Origen del teatro español_, cita á sor Juana
como autora de comedias.

La cierto es que sobresalió bastante en la poesía lírica, habiendo
cultivado todos ó casi todos los géneros. Compuso magníficos sonetos,
sextillas primorosas y redondillas tan acabadas como las citadas más
arriba; pero pecó de gongorismo (fruta del tiempo) en algunas ocasiones.

Méjico, país tan fecundo en poetas admirables, no ha producido hasta
hoy una poetisa tan notable como la célebre monja.




HÁMILTON


Repetiremos aquí lo que hemos dicho en el prólogo: en esta _Galería
de americanos ilustres_ no necesitamos incluír á Wáshington, que
llena el universo con su nombre; ni á Bolívar, que fundó la libertad
en la América española; ni á Lincoln, redentor de los esclavos; ni á
Benito Juárez, salvador de Méjico. Esas grandes figuras son conocidas
y celebradas en América y en todo el mundo y no tienen necesidad de
biógrafos, de historiadores ni de panegiristas. Lo que nos proponemos
es dar á conocer la vida de otros hombres igualmente insignes, pero
menos brillantes; figuras que la juventud americana debe conocer y
respetar, estudiando sus ejemplos y no olvidando sus nombres.

Una de esas figuras es la del ilustre Hámilton, modelo de ciudadanos,
ejemplo de patriotas y dechado de virtudes cívicas.

Alejandro Hámilton nació en 1757. Su padre era un escocés establecido
en las colonias inglesas y casado allí con una antillana de origen
francés.

La colonia inglesa donde nació el que tanto había de contribuir á
emancipar colonias, sigue sometida al yugo inglés. Porque Hámilton vino
á la vida en una de las Antillas menores, en la de Nevis, donde vivió
hasta la temprana muerte de su madre.

Á los once años de edad fué enviado el niño Hámilton á la isla
de Santa Cruz, para ser colocado como último dependiente en un
establecimiento mercantil. Compartía sus ásperas faenas con el
estudio, distinguiéndose por su aplicación y por su afán de saber.
Sus cualidades llamaron la atención, y sus parientes le llevaron á un
colegio de Nueva York cuando tenía quince años.

Antes de su salida del colegio empezó á mezclarse, como toda la
juventud de entonces, en la agitación precursora de la independencia
americana.

El primer Congreso de la revolución, celebrado en 1771, dió ocasión
á multitud de hojas, folletos y otros escritos anónimos, entre todos
los cuales llamó la atención pública uno que las gentes atribuyeron á
Jay, que era un jefe de partido. Su autor, sin embargo, no era otro que
Hámilton, joven desconocido, político ignorado, pero pensador discreto
aunque sólo tenía dieciséis años. De gallarda manera hacía sus primeras
armas como escritor público nuestro joven revolucionario el colegial
isleño.

En 1775 recibía la causa de la Independencia su bautismo de sangre, y
entonces fué cuando nuestro hombre, por no decir nuestro niño, organizó
una compañía de colegiales con el nombre de _Corazones de roble_.
«Libertad ó muerte», fué el lema que los Corazones de roble tomaron por
divisa.

De improvisado jefe de escolares ascendió á capitán efectivo en 1776.
Mandando una compañía provincial llamó la atención de generales como
Wáshington y Lafayette.

Traduzcamos aquí lo que ha dicho uno de sus biógrafos:

    «Habiéndose distinguido en la retirada de Long-Island, en Trenton
    y en Princeton, Wáshington le tomó como ayudante de campo con el
    grado de coronel, no tardando en ser el confidente del gran hombre
    de los Estados Unidos, de quien recibió siempre las más afectuosas
    muestras de aprecio.

    »Sirvió, pues, brillantemente en la guerra de la Independencia,
    siendo el lazo de unión entre el improvisado ejército del país y el
    ejército francés, gracias á que poseía los idiomas de ambos y la
    confianza de Lafayette y Wáshington.

    »Cuatro años después de proclamada la Independencia de los
    Estados Unidos, habiendo tenido un pequeño disgusto Wáshington y
    Hámilton, este último abandonó las armas para abrazar la carrera
    de abogado en Nueva-York, pues aunque casado con la hija del
    general Schuyler, veíase obligado á buscar nuevo modo de ganar la
    subsistencia.

    »Tenemos ya al hombre en la plenitud de la vida, cambiado de
    carrera, enérgico como siempre, y siempre deseoso de ser útil á su
    patria y á la libertad. Á los dos años de residir en Nueva-York y
    de adquirir gran reputación se le mandó al Congreso.

    »Los Estados Unidos pasaban entonces por una situación difícil.
    El ejército, durante la campaña de la Independencia, no recibió
    sus pagas; los oficiales estaban empeñados; la paz no estaba aún
    consolidada, y era de temer por todas estas causas una guerra civil.

    »Hámilton en el Congreso defendió á sus antiguos compañeros de
    armas, y para que no se le creyera interesado, declaró antes que
    renunciaba todo cuanto á él correspondiera, pidiendo que fueran
    reconocidos los derechos de los oficiales. El Congreso, estando
    exhausta de fondos la Hacienda, desoyó á Hámilton, y sólo cuando el
    conflicto se hubo presentado decidióse á ser justo.

    »Pero entonces presentó la cuestión otro cariz. Se reconocía la
    deuda que la nación tenía con los militares, mas no había modo de
    satisfacerla. La República estaba en vísperas de una bancarrota.
    El Congreso carecía de medios y datos para resolver la situación,
    pero en su seno contaba un Hámilton que, así como supo conquistar
    un puesto en el ejército y luego se improvisó abogado, improvisóse
    también hacendista. Con asombrosa facilidad dominó al punto la
    cuestión, ilustrando al Congreso y proponiéndole consolidar
    todas los deudas, tomando á cargo de la Confederación la deuda
    militar y las deudas de los Estados, creando la unidad financiera.
    Propuso, además, el establecimiento de aduanas en la costas de
    Norte-América, medida que se tomó con carácter de provisional, pero
    que ha subsistido.

    »Fué Hámilton el verdadero iniciador, con Mádison, de la célebre
    Convención de Annapolis, que produjo tantos beneficios. Redactó el
    dictamen de dicha convención, dirigido al pueblo norte-americano,
    aconsejando que se reuniera otra Convención en Filadelfia
    para corregir los defectos y llenar las deficiencias de la
    Confederación. Proponía que la Constitución, después de redactada,
    fuera sometida á discusión popular.

    »La Constitución se hizo en Filadelfia, mas no satisfacía por
    completo á sus autores. Sin embargo, todos reconocían la necesidad
    de adoptarla. Aquellos hombres tuvieron la abnegación de sacrificar
    una parte de sus convicciones, en aras del interés común, pero
    Hámilton descolló sobremanera. Tomó á su cargo hacer aceptar
    aquella Constitución á trece diversos Estados, que la discutieron
    trece veces, aprobándola, siendo preciso para llegar á tal
    resultado aunar intereses opuestos, acallar celos y rivalidades,
    para lo cual valióse siempre de armas de buena ley.

    »No había bastante con esto, y Hámilton se unió á Mádison y á Jay,
    que representaban los distintos matices políticos, pero que estaban
    convencidos de que la Constitución aquella significaba la salvación
    del país. Los tres decidieron la publicación de una serie de
    artículos sobre la Constitución, cuyo trabajo se considera aun hoy
    día como sus mejores comentarios, y se hallan reunidos en abultado
    volumen bajo el título de _The Federalist_. Ochenta y cinco números
    aparecieron de esta serie, de los cuales redactó Hámilton cincuenta
    y uno, pero yendo todos firmados bajo el pseudónimo _Publius_.

    »El interés que despertó la publicación de _El Federalista_ y la
    campaña de propaganda emprendida por Hámilton determinaron en favor
    de la Constitución á todos los Estados y á todos los ciudadanos.
    _El Federalista_, no en balde calificado de «Manual de la
    libertad», es una de las epopeyas más simpáticas llevadas á término
    en favor de una causa. Apareció el número 1.º ó introducción el 27
    de octubre de 1787 y el último ó la conclusión, el 15 agosto de
    1788, redactados uno y otro por Hámilton.

    »Cuando Wáshington ocupó la presidencia de los Estados Unidos en
    1789, llamó para formar gabinete á Jéfferson, jefe del partido
    democrático, que juzgaba escasa la independencia concedida á los
    Estados, y á Hámilton, que encontraba limitadas las concesiones
    hechas al poder central, y asoció á ambos los generales Knox y Jay.

    »Hámilton desempeñó la cartera de Hacienda, donde por falta de
    dinero y sobra de deudas residía el gran problema de la naciente
    Confederación. En este caso el gran ciudadano pudo realizar sus
    proyectos; salvó á su país de la crítica situación financiera,
    levantando el crédito á gran altura, á pesar de todos los
    rutinarios, y aun hoy Hámilton continúa siendo el más importante
    entre todos los ministros de Hacienda que han conocido los Estados
    Unidos.

    »Pidió retirarse del gabinete en 1795, contando 38 años, después de
    haber fundado el sistema financiero de su país. Un historiador dice
    al llegar á este punto: «Ministro de Hacienda y liquidador de una
    enorme deuda, había restablecido la fortuna del Norte América; pero
    se había olvidado de hacer la suya.»

    «Volvió al seno de su familia y á ejercer la profesión de abogado,
    cuando ya el país no tenía necesidad de sus servicios; pero en
    1796, con motivo de una discordia entre Francia y los Estados
    Unidos, originada en una torpeza del Directorio, la Confederación
    creyó necesario estar dispuesta para la guerra, á cuyo efecto el
    presidente Adams ofreció su mando á Wáshington, quien declaró
    que no aceptaría sino á condición de que Hámilton fuese nombrado
    inspector general, como así fué, siendo él quien organizó aquel
    ejército, de cuyo mando se encargó á la muerte de Wáshington, pero
    no habiendo pasado á vías de hecho las enemistades de Francia con
    los Estados Unidos, Hámilton volvió á la vida privada en 1801, de
    la que no volvió á salir.

    »Sin embargo continuaba interesándose por la cosa pública, y como
    hubiera expresado el concepto de «hombre peligroso» que le merecía
    el vice presidente de los Estados Unidos, coronel Aaron Burr, que
    se presentaba candidato para ser gobernador del Estado de New-York,
    éste ofendido, le retó.

    »Teniendo Hámilton justo criterio sobre el desafío, no hubiera
    aceptado si no temiera la pérdida de toda su influencia. Recordaba
    que tenía esposa, hijos y deudos; que necesitaba vivir para los
    demás, pero como estaba decidido y no temía el duelo, aceptó
    declarando ante sus amigos que dejaría tirar dos veces á su
    adversario y que si le llegaba el turno él no tiraría.

    »El 11 de julio de 1804 realizóse el duelo en Nueva-Jersey y
    habiendo tirado Burr el primero, hirió á Hámilton en el costado
    derecho, pasando la bala á través de las vértebras. Él mismo
    reconoció al momento que la herida era mortal.

    »El día siguiente á las dos moría después de haberse despedido de
    su esposa é hijos; cuando se los llevaron cerró los ojos para no
    verles partir.

    »Tales son los principales rasgos de la vida del gran hombre que
    tanto contribuyó á la obra de la Independencia del Norte América y
    á la consolidación de tal empresa.»

Si la muerte innecesaria de un hombre es siempre dolorosa, ¡cuánto más
sensible es la de un ser útil, grande, bueno como Hámilton! Por no
herir á su adversario, iba dispuesto á dejarse matar. Y su adversario
no era más que un ente repugnante, que procuró después á su país
terrible é inútiles complicaciones, como se verá en el siguiente
capítulo.




AARON BURR


Este militar americano se improvisó como otros muchos en la guerra de
la Independencia. Su primera profesión fué la de abogado; pero á poco
de terminar sus estudios ingresó en el ejército revolucionario que
se formaba entonces para combatir á los ingleses. Era popular en el
ejército, no sólo por su bravura, sino también por el fogoso entusiasmo
que le inspiraba la causa de la emancipación.

Sus servicios militares, debidamente apreciados por sus jefes, le
valieron ascensos repetidos. En 1778 era ya teniente coronel; pero poco
después abandonó el servicio militar sin que se conozca la verdadera
causa. Sus biógrafos dicen que se había quebrantado gravemente su salud
y que no podía soportar las fatigas de la guerra; pero en su tiempo se
decía otra cosa: que estaba descontento por no haber obtenido un puesto
que ambicionaba. Esta hipótesis es verosímil, pues Burr era ambicioso,
díscolo, descontentadizo é insubordinado. Creemos, pues, que algún
desaire sufrido, alguna pretensión no satisfecha ó algún deseo burlado,
le impulsaron á romper su espada y abandonar las filas.

Se estableció Burr en Albany, dedicándose otra vez á ejercer la
abogacía; pero se agitaba mucho como político ambicioso y hombre audaz
que era, gustando más de perorar en público y de gritar en los clubs
que de defender á sus clientes en los tribunales de justicia. Tal vez
por eso mismo fué nombrado senador, distinguiéndose en el Senado por su
actividad é inteligencia. Antes de tomar asiento en el Senado de los
Estados Unidos, fué una temporada procurador general de Nueva York.

Los dos partidos, republicano y demócrata, luchaban entonces como
ahora y se combatían con saña. Burr era uno de los jefes más visibles
del partido republicano, y como tal figuró en 1800 en la lucha
presidencial. Los dos candidatos más favorecidos fueron Burr y
Jéfferson, que obtuvieron igual número de votos. El empate debía ser
resuelto por el Congreso y éste designó á Jéfferson para presidente de
los Estados Unidos, á Burr para vicepresidente.

Siendo vicepresidente de la República fué presentada su candidatura
para gobernador de Nueva York, cargo que anhelaba el ex coronel Burr,
que siempre ambicionaba alguna cosa y no tenía bastante con ninguna.

Muy combatida fué la candidatura del vicepresidente para gobernador,
y uno de los que más la combatieron fué el célebre Hámilton, político
severo y ciudadano virtuoso. La elección no fué favorable á Burr, quien
despechado por su derrota y juzgándose ofendido por uno de los escritos
de Hámilton, le mandó sus testigos.

Alejandro Hámilton no pudo ó no quiso negar á su adversario la
reparación que le pedía y se batió con él.

En Nueva Jersey tuvo lugar el encuentro, que fué á pistola, y allí cayó
mortalmente herido el valeroso Hámilton, en el mismo sitio donde su
hijo mayor había perecido en otro lance no hacía muchos meses.

La muerte de Hámilton fué desastrosa para Burr, que perdió las
simpatías de sus mismos partidarios y no fué reelegido.

Burr se despidió del Senado con un discurso elocuente; pero su
actividad no le consentía permanecer ocioso y emprendió un largo viaje
á las despobladas regiones del Oeste. Conocidos como eran su ambición
y su carácter, el viaje de Burr dió pasto abundante á la murmuración.
Pero la verdad es que entonces fué calumniado por los que supusieron
que intentaba separar los Estados del Oeste, y por lo que llegaron á
insultarle llamándole emperador ó rey del Misisipí.

Lo que Burr se proponía era conquistar el virreinato de Méjico,
expulsar de allí á los españoles y agregar nuevos Estados á la
Confederación. Y puede ser que eso mismo no lo pensara seriamente,
pues dado su talento no podía desconocer que la empresa era difícil.
Creemos que sus planes de conquista eran totalmente simulados y sin
más objeto que recobrar la popularidad que había perdido. Porque, en
efecto, una parte del pueblo de los Estados Unidos tiene la manía del
engrandecimiento, sueña constantemente en anexiones y aspira á la
posesión de todo el continente americano. Cada nuevo Estado que se crea
ó que ingresa en la Federación, supone una estrella más en la bandera
de los Estados Unidos. Trece eran las estrellas del pabellón americano
á raíz de la independencia y son ya más de cuarenta. Los partidarios de
la conquista ó de la anexión de toda América dicen que su pabellón irá
aumentando el número de estrellitas, hasta que anexado todo el Nuevo
Mundo luzca el pabellón americano la estrella salvadora, única, grande,
que llaman ellos «estrella americana» ó «estrella del destino». Estas
ilusiones son hijas de una interpretación aventurada y falsa de la
llamada «doctrina de Monroe».

La idea de Burr era popular en los Estados Unidos, que ya hoy poseen
una parte muy considerable de lo que fué en otro tiempo territorio
mejicano. Pero no es fácil destruír una República tan valerosa como la
de Méjico; no se destruye una gloriosa nacionalidad que tiene historia
ilustre y vida propia; no ha de conquistar toda la América, desde el
círculo polar al cabo de Hornos, ese coloso que con todas sus grandezas
aún no ha vencido á los apaches.

Pero volvamos á Burr.

Sus manejos en la frontera de Méjico le valieron una acusación:
la de atentar á la seguridad y los derechos de un país amigo. Las
reclamaciones del gobierno de España dieron lugar á un proceso contra
Burr, que fué reducido á prisión en 1807.

Burr se defendió á sí mismo con mucha habilidad, logrando convencer al
tribunal de que no había organizado expedición alguna. Fué declarado
inocente, se le puso en libertad y volvió á ejercer su profesión de
abogado.

Este hombre que tanto había figurado murió en la obscuridad en 1836.

Había nacido en Newark en 1757.




[Ilustración]

O'HIGGINS


Nació este chileno ilustre en el pueblo de Chillán el 26 de agosto
de 1776. Era hijo de un militar español de origen irlandés y de una
ilustre dama de Chillán, doña Isabel Riquelme. En la época de su
nacimiento era su padre teniente coronel; más tarde fué capitán general
de Chile y virrey de Perú.

Se comprende que el joven don Bernardo O'Higgins había de recibir una
educación muy esmerada, y así sucedió en efecto. Aprendió las primeras
letras en Chillán, la segunda enseñanza en Santiago y en Lima, y
completó sus estudios en Europa.

Al regresar á Chile era ya partidario de la independencia, habiendo
contraído compromisos con algunos compatriotas que vivían en Cádiz
preparando el movimiento que se presentía. La juventud ilustrada de
aquel tiempo, no sólo en América, sino en la misma España, creía
cercana la emancipación y trabajaba por ella.

No es extraño, pues, que O'Higgins tomara parte desde que llegó en
el movimiento separatista que se había iniciado. Como coronel de las
milicias de Laja se batió con bravura al ser atacado Chile por el
general Pareja; fué herido en la acción del Roble; reemplazó más tarde
al general Carrera en el mando del ejército patriota. Sus rápidos
ascensos despertaron celos y rivalidades y le valieron la ojeriza del
general Carrera; mas éste reconoció, como todos sus compañeros de
armas, que el general O'Higgins era acreedor á todas las distinciones
que se le concedían, pues las justificaba con su valor y con su
intrepidez.

Cuando el general Osorio con 5,000 soldados marchaba sobre Santiago,
donde residía la Junta, O'Higgins se defendió en Rancagua con la
vanguardia chilena sosteniendo una lucha de treinta y seis horas y
deteniendo la marcha de los españoles en una villa abierta. El día 1.º
de octubre 1814, los defensores de Rancagua mandados por O'Higgins se
abrieron paso cargando á la bayoneta, salvando sus banderas y evitando
una rendición que parecía inevitable.

Después de Rancagua, dispersas y diezmadas las fuerzas de los
patriotas, emigraron muchos de éstos buscando un refugio al otro lado
de los Andes. O'Higgins se refugió también en la vecina República,
donde era considerado como jefe de la emigración. Con tal título se
asoció á la empresa del general San Martín. Los chilenos mandados por
O'Higgins formaron parte de la expedición que pasó á Chile en 1817.
Aquella marcha de un ejército bisoño á través de la cordillera andina,
aquella invasión de Chile ideada por San Martín y ejecutada con éxito,
constituye una de las páginas más gloriosas de la independencia y uno
de los hechos más admirables de la historia militar del mundo.

Los invasores de Chile batieron en Chacabuco al ejército español,
contribuyendo eficazmente á la victoria una carga briosa del general
O'Higgins.

Tomada poco después la capital de Chile, fué elegido el general
chileno, Director supremo del Estado. San Martín se dirigió al Perú,
quedando O'Higgins en Santiago. La dirección de O'Higgins duró desde
febrero de 1817 hasta enero de 1823.

La escuadra chilena fué creada en tiempo del general O'Higgins;
habiendo comprendido el Director supremo que Chile necesitaba una
escuadra poderosa, para conquistar su independencia primero, para
defenderla más tarde, para salvaguardia de sus costas, de sus intereses
y de su pabellón en todos los sucesos y en las épocas todas de su vida,
organizó las primeras fuerzas navales que tuvo la América española
después de emanciparse. La escuadra chilena se cubrió de gloria en las
aguas del Pacífico, haciendo sus primeras armas contra fuerzas navales
superiores y recibiendo el bautismo de sangre ante las fortalezas del
Callao, defendidas por los españoles con poderosa y brava artillería.

Al hablar de artillería potente y de naves poderosas, las consideramos
con relación á su tiempo. No entendemos confundir las escuadrillas de
vela ni los cañones lisos que se usaban entonces, con los acorazados
que hoy existen ni con sus bocas de fuego.

Desde entonces ha progresado la marina chilena, al compás de las de
otros países y al nivel de los más adelantados. Sus vasos náuticos, si
no todavía tan numerosos como lo exigen las necesidades de una nación
marítima, son buenos en general, bien artillados, bien tripulados
y bien gobernados siempre. Los marinos chilenos han conservado su
reputación de inteligentes y bravos, mereciendo que su país eleve un
monumento en honra suya. Aunque la patria chilena no debiera más al
general O'Higgins, la creación de la escuadra sería para él un título
de gloria.

Terminó el gobierno del general O'Higgins, por renuncia que
pronunció bajo la presión del pueblo; no cedió por debilidad, sino
por convencimiento. Había pasado el tiempo de las direcciones
incondicionales y de la dictaduras indiscutibles, y el jefe del Estado
renunció su poder personal en manos de una Junta revolucionaria.

La enconada oposición que en Santiago y otras poblaciones hacían
los patriotas al general O'Higgins durante los últimos meses de su
mando, se dirigía al director supremo, al político poco afortunado, al
estadista que parecía no estar á la altura de la situación; de ningún
modo ni por un momento se le perdió el respeto debido al héroe de
Rancagua ni se olvidó la consideración que el hombre merecía por sus
servicios y por sus virtudes. No bien se desprendió del poder, cuando
fué vitoreado por las mismas turbas populares que le habían exigido su
renuncia. Contraste que honra tanto al general O'Higgins como al pueblo
que le derribaba sin ingratitud y sin rencor.

Con la caída de O'Higgins terminó el período de gobierno militar,
abriéndose nueva era para la joven República. Esta ha navegado por
el derrotero de la Libertad y con rumbo al puerto de la Democracia,
con más lentitud que otras, pero con más firmeza. No importa marchar
despacio si se anda con paso firme, y Chile se ha desprendido ya ó se
va desprendiendo poco á poco de las trabas rutinarias, de las usanzas
pueriles, de las prácticas añejas de un fanatismo rancio, de las
preocupaciones aristocráticas más ó menos peligrosas, que no han sido
sino herencias de la época colonial, de la España del absolutismo y de
la Inquisición.

O'Higgins comprendió que su presencia en Chile, después de haber
ejercido tanto tiempo la suprema autoridad, podría ser motivo de
disturbios si se tomaba su nombre por bandera de partido. Por eso
emigró al Perú, á fin de no dar pretexto á las facciones para servirse
de su presencia en perjuicio de la concordia y de la paz.

Murió en el mes de octubre de 1842; pero sus cenizas fueron trasladadas
á Santiago de Chile, desde Lima donde reposaban, algunos años después
de su fallecimiento.

Más tarde se le ha erigido por sus compatriotas un bello monumento
conmemorativo: la estatua ecuestre del héroe de Rancagua.




MÁDISON


En la constelación de hombres ilustres, dignos de Plutarco, que
apareció en los Estados Unidos con motivo de la guerra de la
independencia; entre los varones más preclaros que contribuyeron á
fundar la federación modelo; entre las figuras que honran á América y á
la especie humana, se cuenta Mádison, compatriota de Wáshington, pues
nació como él en un rincón de Virginia (1751.)

Era Jacobo Mádison de constitución tan débil y enfermiza, que sus
padres no pudieron dedicarle como hubieran deseado á las faenas de la
agricultura. Le enviaron á un colegio muy acreditado de Nueva Jersey,
donde pronto se distinguió por su aplicación y su capacidad. En 1772 se
graduó de abogado y regresó á Virginia.

En 1776 fué elegido por sus conciudadanos para formar parte de la
Convención de Virginia, y en 1780 fué enviado al Congreso continental
siendo en él uno de los más distinguidos diputados.

En todas las legislaturas subsiguientes figuró en el partido
democrático y pronunció discursos elocuentes. Se le debe la
«Declaración de la libertad religiosa», documento que defendió con
singular talento y le valió una inmensa popularidad. Desde aquella
fecha no hay religión oficial en los Estados Unidos, siendo allí una
realidad la libertad de cultos.

El Estado de Virginia le eligió su representante en la Convención
extraordinaria encargada de proponer una Constitución y fundar un
gobierno nacional. Hombre de opiniones avanzadas, á Mádison se debe
en gran parte el espíritu eminentemente democrático que informa
algunos artículos de aquel Código inmortal. Á él se deben también
las detalladas reseñas de las sesiones de aquella asamblea, trabajo
acabadísimo que el Congreso de la Unión compró después de su muerte por
30,000 duros.

Promulgada la Constitución, Mádison fué uno de sus más decididos
defensores. Sus notables artículos de _El Federalista_, periódico
que publicaba en unión de Hámilton y de Juan Fay, y sus elocuentes
discursos en la legislatura de Virginia, contribuyeron en alto grado á
la sanción favorable que mereció de todos los Estados de Unión el pacto
fundamental de su prosperidad é independencia.

Constituído el nuevo gobierno, Mádison tomó asiento en el Congreso de
1789, donde por su facilidad en el decir, y por la fuerza de su lógica,
alcanzó gran ascendiente en todas las discusiones.

En 1801, Jéfferson fué elegido presidente y nombró secretario de Estado
á Mádison, cargo el más importante de la administración de aquella
República, y que desempeñó por espacio de ocho años. Durante aquel
período se suscitaron graves y difíciles cuestiones, así interiores
como internacionales, y en ninguna de ellas dejó el secretario de
Estado de presentar á las Cámaras informes notables por su claridad
y fuerza de argumentación. Partidario decidido de la política de
neutralidad iniciada por Wáshington, dedicó todo su talento y energía
á evitar la guerra con Inglaterra, guerra que estalló más tarde muy á
su pesar, gracias á la desatentada conducta que con su antigua colonia
observaba aquella arrogante nación marítima.

Terminada la presidencia de Jéfferson, que duró ocho años, fué elegido
Mádison para sustituírle en 1809.

En circunstancias críticas se hizo cargo del poder. Inglaterra, so
pretexto del bloqueo continental establecido por su rival el emperador
Napoleón, apresaba los buques americanos, embargaba sus cargamentos
y hacía prisioneros á sus tripulantes á quienes consideraba por el
derecho de la fuerza como á súbditos ingleses; y las tribus indias que
poblaban las fronteras del Oeste, impulsadas por agentes británicos,
invadían y asolaban continuamente los Estados de la Unión limítrofes á
aquellos territorios. Esto produjo una serie de notas y reclamaciones,
de las que ningún caso hizo la orgullosa dominadora de los mares.

El hecho inaudito de haber sido contestada á cañonazos por una fragata
inglesa la petición de auxilio de un buque americano durante la noche,
exasperó de tal manera los ánimos, que el mismo Mádison, tan enemigo de
la guerra, se vió precisado á pedir al Congreso la adopción de medidas
de represión, y éste, el Senado y el Gobierno, votaron la guerra por
una gran mayoría.

No estaban los Estados Unidos en situación muy favorable para tal
empresa; su ejército y su marina eran reducidísimos, y su tesoro estaba
casi exhausto. No obstante, Mádison comunicó la mayor actividad á todos
los departamentos militares, y logró poner en pie de defensa el vasto
territorio de aquella República, gracias á la actividad de su ministro
ó secretario de guerra, general Monroe, á quien dedicaremos un capítulo.

Dos años duraron las hostilidades por mar y tierra sin resultado
decisivo por una y otra parte, hasta que el almirante inglés Cockburn,
que había ya amenazado atacar á Wáshington, después de haber sembrado
la devastación y la ruina en varios puntos, se presentó de improviso
delante de la ciudad amenazada, derrotó las tropas americanas que
acampaban en sus inmediaciones y entró triunfante en ella, acompañado
del incendio y del más rapaz saqueo. El Capitolio, la biblioteca del
Congreso, la Casa Blanca, las oficinas del Estado, y un sinnúmero
de edificios particulares fueron reducidos á cenizas, y grandes, y
valiosos obras de arte fueron completamente destruidas. Las pérdidas
que sufrió la ciudad se elevaron á algunos millones de pesos.

La indignación que produjo este acontecimiento inflamó de tal manera
el amor patrio de los americanos, que acudieron presurosos á atajar en
su marcha triunfal al audaz invasor. Las milicias populares alcanzaron
algunos muy señalados triunfos, y Mádison los aprovechó para lograr de
Inglaterra el más ventajoso tratado de paz, que se firmó en la ciudad
de Gante el 24 de diciembre de 1814.

Después de la guerra, la administración de Mádison continuó tranquila,
sosegada y próspera. El presidente dedicó todo su empeño á restañar las
heridas de la patria y reparar los desastres causados por la guerra.
Reelegido presidente, se retiró á la vida privada en 1817 sin terminar
el tiempo legal de su magistratura.

Se estableció en su hacienda de Virginia y en ella murió en 1836, á la
edad de 85 años.

En los últimos años de su vida fué rector de la Universidad de
Virginia, y tomó parte en las deliberaciones para reformar la
Constitución del mismo Estado.

La memoria de Mádison es muy respetada en los Estados Unidos.




HEREDIA


En Santiago de Cuba y en 1803 nació el más grande, el más inspirado y
uno de los mas célebres poetas de la América latina. Los ha habido más
fecundos, los hubo también más fáciles, más correctos y más originales;
pero ninguno le ha aventajado ni le aventaja hoy en espontáneo
lirismo, en natural grandiosidad ni en sentida inspiración. Sobresale
especialmente en el género descriptivo, que tan fácil parece y es en
realidad el más difícil de todos. Nos referimos á José María de Heredia.

Á la temprana edad de diez años, ¡tanta precocidad apenas se concibe!
escribió unos ensayos poéticos, de los que nada decimos por cuenta
propia, pues no los hemos leído; pero en un _Estudio sobre la
literatura hispano-americana_, publicado en 1854 por don Antonio
Cánovas del Castillo en la _Revista Española de Ambos Mundos_, descubre
el citado crítico en el infantil autor «el poder de su entendimiento,
maravillosamente formado para edad tan temprana, inclinado al
filosofismo tanto como á la poesía.»

Nuestro poeta conspiró por la independencia de su patria, viéndose
obligado á emigrar de su adorada Cuba y á refugiarse en los Estados
Unidos. Allí escribió sus más primorosos versos. Más tarde pasó á
Méjico donde pidió y obtuvo la nacionalidad. En Méjico se casó, fué
nombrado Senador y luego magistrado de la Suprema Corte de Justicia.

La primera edición de sus obras apareció en Toluca en 1825, la segunda
en Méjico, la tercera en Barcelona (España). Después se han hecho
otras muchas en Barcelona, Madrid, París, Nueva York, etc., como
también numerosos juicios críticos en diversidad de lenguas.

El célebre Villemain[4], hablando del poeta José María de Heredia y de
sus poesías, escribe lo siguiente:

       [4] _Essais sur le génie de Pindare et sur la poésie lyrique
       dans ses rapports avec l'élévation morale et religieuse des
       peuples_, par M. Villemain, membre de l'Institut.--1859.

    «El niño que debía ilustrar el nombre de Heredia, era endeble y
    enfermizo; pero el vigor y la energía de su alma se imponen á su
    cuerpo. Estudiando las lenguas griega y latina, y los filósofos
    franceses, Homero y Raynal, bien pronto se siente poeta. Conducido
    á Caracas, donde su padre fué nombrado presidente de la Audiencia
    Real, respirando el aire de la primera república proclamada en
    Venezuela, no sueña más que volar al combate y empuñar la trompa
    de Tirteo. Con esta esperanza vuelve á Cuba en 1824, y trata
    inútilmente de conjurar á sus compatriotas: y perseguido por el
    Gobierno español, se ve precisado á marchar á la América del Norte,
    donde encuentra triunfante toda la libertad que había soñado.»

Hasta aquí Heredia no había hablado en sus cantos más que de los
sufrimientos morales de su vida sin gloria y sin amor. Visita la
catarata del Niágara y entonces muestra todo el poder de su genio y
exclama:

    Templad mi lira, dádmela, que siento
  En mi alma estremecida y agitada
  Arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo
  En tinieblas pasó, sin que mi frente
  Brillase con su luz!... Niágara undoso,
  Tu sublime terror sólo podría
  Tornarme el don divino, que ensañada
  Me robó del dolor la mano impía.

    Torrente prodigioso, calma, acalla,
  Tu trueno aterrador: disipa un tanto
  Las tinieblas que en torno te circundan,
  Déjame contemplar tu faz serena
  Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
  Yo digno soy de contemplarte: siempre
  Lo común y mezquino desdeñando,
  Ansié por lo terrífico y sublime.
  Al estallar el huracán furioso,
  Al retumbar sobre mi frente el rayo
  Palpitando gocé: vi el Oceano.
  Azotado por austro proceloso
  Combatir mi bajel, y ante mis plantas
  Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro,
  Y sus iras amé; mas su fiereza
  En mi alma no produjo
  La profunda impresión de tu grandeza.

    Sereno corres, majestuoso, y luego
  En áspero peñasco quebrantado,
  Te abalanzas violento, arrebatado,
  Como el destino irresistible y ciego.
  ¿Qué voz humana describir podría
  De la sirte rugiente
  La aterradora faz? El alma mía
  En vagos pensamientos se confunde,
  Al mirar esa férvida corriente,
  Que en vano quiere la turbada vista
  En su vuelo seguir al borde oscuro
  Del precipicio altísimo; mil olas
  Cual pensamiento rápidas pasando,
  Chocan y se enfurecen,
  Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
  Y entre espuma y fragor desaparecen.

    ¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
  Devora los torrentes despeñados;
  Crúzanse en él mil iris, y asordados
  Vuelven los bosques el fragor tremendo.
  Al golpe violentísimo en las peñas
  Rómpese el agua; vaporosa nube
  Llena el abismo en torbellino, sube,
  Gira en torno y al éter
  Luminosa pirámide levanta,
  Y por sobre los montes que la cercan
  Al solitario cazador espanta.
  ¿Mas qué en ti busca mi anhelante vista
  Con inútil afán? ¿Por qué no miro
  Al rededor de tu caverna inmensa
  Las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas,
  Que en las llanuras de mi ardiente patria
  Nacen del sol á la sonrisa y crecen,
  Y al soplo de las brisas del Océano
  Bajo un cielo purísimo se mecen?
  Este recuerdo á mi pesar me viene...
  Nada, ¡oh Niágara! falta á tu destino
  Ni otra corona que el agreste pino
  Á tu terrible majestad conviene.
  La palma y mirto y delicadas rosas,
  Muelle placer inspiran y ocio blando
  En frívolo jardín; á tí la suerte
  Guardó más digno objeto, más sublime.
  El alma libre, generosa y fuerte,
  Viene, le ve, se asombra
  Y al mezquino deleite menosprecia
  Y aun se siente elevar cuando te nombra.

    ¡Omnipotente Dios! En otros climas
  Vi monstruos execrables
  Blasfemando tu nombre sacrosanto
  Sembrar error y fanatismo impío,
  Los campos inundar en sangre y llanto,
  De hermanos encender la infanda guerra
  Y desolar frenéticos la tierra.
  Vilos, y el pecho se inflamó á su vista
  En grave indignación. Por otra parte
  Vi mentidos filósofos que osaban
  Escrutar tus misterios, ultrajarte,
  Y de impiedad al lamentable abismo
  Á los miseros hombres arrastraban.
  Por eso siempre te buscó mi mente
  En la sublime soledad; ahora
  Entera se abre á ti; tu mano siente
  En esta inmensidad que me circunda,
  Y tu profunda voz hiere mi seno
  De este raudal en el eterno trueno.
  ¡Asombroso torrente!
  ¡Cómo tu vista el ánimo enajena
  Y de terror y admiración me llena!
  ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza
  Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
  ¿Qué poderosa mano
  Hace que al recibirte
  No rebose en la tierra el Oceano?

    Abrió el Señor su mano omnipotente;
  Cubrió tu faz de nubes agitadas,
  Dió su voz á tus aguas despeñadas,
  Y ornó con su arco tu terrible frente.
  Ciego, profundo, infatigable corres,
  Como el torrente oscuro de los siglos
  En insondable eternidad!... Del hombre
  Huyen así las ilusiones gratas,
  Los florecientes días,
  Y despierta al dolor... ¡Ay! agostada
  Yace mi juventud, mi faz marchita,
  Y á la profunda pena que me agita
  Ruge mi frente de dolor nublada.
  Nunca tanto sentí como este día
  Mi soledad y mísero abandono
  Y lamentable desamor... ¿Podría
  En edad borrascosa
  Sin amar ser feliz? ¡Oh! si una hermosa
  Mi cariño fijase,
  Y de este abismo al borde turbulento
  Mi vago pensamiento
  Y ardiente admiración acompañase!
  ¡Cómo gozara viéndola cubrirse
  De leve palidez y ser más bella
  En su dulce terror, y sonreírse
  Al sostenerla en mis amantes brazos!...
  ¡Delirios de virtud! ¡Ay! desterrado
  Sin patria, sin amores,
  ¡Sólo miro ante mí llanto y dolores!

    ¡Niágara poderoso!
  ¡Adiós! ¡adiós! dentro de pocos años
  Ya devorado habrá la tumba fría
  Á tu débil cantor, ¡Duren mis versos
  Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
  Al contemplar tu faz algún viajero,
  Dar un suspiro á la memoria mía!
  ¡Y al sepultarse Febo en Occidente
  Feliz yo vuele do el Señor me llama,
  Y al escuchar los ecos de mi fama
  Alce en las nubes la radiosa frente!

Un crítico español, D. Emilio Martín, escribe:

    «Cierto es que en esta poesía no hay, como dice Villemain, la
    belleza severa del gran lírico de la antigüedad. En presencia del
    Etna y en la descripción de los fenómenos del mar de Sicilia,
    Píndaro, no se acuerda de sí, no mezcla á los terrores de la
    naturaleza su personalidad ni se queja de su vida sin amor y sin
    gloria. Heredia, por el contrario, ve la catarata, se asombra, la
    mide con las fuerzas de su espíritu, y, creyéndose digno de ella,
    canta su belleza, describe su grandor, encuentra semejanza entre el
    torrente que se desborda y los siglos que se atropellan; lamenta
    su juventud y se acuerda de su patria; llora su triste abandono y
    piensa en Dios, fuente de todo lo bello. ¿Qué más puede pedírsele
    á un poeta? Nosotros hallamos en esta composición de Heredia una
    discreta distribución de partes y una lógica de sentimientos que
    nos encanta. La naturaleza, su juventud, la patria, la inmortalidad
    y Dios. He aquí su pensamiento.»

Copiemos ahora un fragmento de su poesía _La Tempestad_:

    Huracán, huracán, venir te siento
  Y en tu soplo abrasado
  Respiro entusiasmado.
  Del Señor de los aires el aliento...
  ¿Al toro no miráis? El suelo escarban
  De insoportable ardor sus pies heridos;
  La armada frente al cielo levantando,
  Y en la hinchada nariz fuego aspirando
  ¡Llama la tempestad con sus bramidos!...
  Los pajarillos callan y se esconden
  Al acercarse el huracán bramando,
  Y en los lejanos bosques retumbando
  Le oyen los bosques y á su voz responden.
  Llega ya, ¿no le veis? ¡Cuál desenvuelve
  Su manto aterrador y majestuoso...
  Gigante de los aires te saludo!...
  En fiera confusión el viento agita
  Las orlas de su parda vestidura...
  ¡Ved!... ¡en el horizonte
  Los brazos rapidísimos enarca,
  Y con ellos abarca
  Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!
  ¡Oscuridad universal! Su soplo
  Levanta en torbellino
  El polvo de los campos agitado;
  En las nubes retumba despeñado
  El carro del Señor y de sus ruedas
  Brota el rayo veloz, se precipita,
  Hiere y aterra el delincuente suelo
  Y su lívida luz inunda el cielo...

    ¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
  De tu solemne inspiración henchido
  Al mundo vil y miserable olvido
  Y alzo la frente de delicias lleno!
  ¿Do está el alma cobarde
  Que teme tu rigor?...

Á los diez y siete años de edad, estando en Choluca, escribió una
composición descriptiva que bien puede contarse entre las mejores.

    ¡Oh, cuán bella es la tierra que habitaban
  Los aztecas valientes!...

                         Sus campos
  Cubren á par de las doradas mieses
  Las cañas deliciosas. El naranjo
  Y la piña y el plátano sonante,
  Hijos del suelo equinoccial se mezclan
  Á la frondosa vid, al pino agreste,
  Y de Minerva al árbol majestuoso.

         *       *       *       *       *

    Era la tarde. La ligera brisa
  Sus alas en silencio ya plegaba,
  Y entre la hierba y árboles dormía,
  Mientras el ancho sol su disco hundía
  Detrás de Iztacihual. La nieve eterna
  Cual disuelta en mar de oro, semejaba
  Temblar en torno de él un arco inmenso
  Que del empíreo en el cenit finaba...

En su epístola á _Emilia_, pensando en la libertad de Cuba, escribe:

    Pluguiera al cielo, desdichada Cuba,
  Que tu suelo tan sólo produjera
  Hierro y soldados... La codicia ibera
  No tentáramos, no... ¡patria adorada!
  De tus bosques el aura embalsamada
  Es al valor y á la virtud funesta.

En su aspiración de independencia, no veía que en su época era Cuba una
isla aún despoblada. Por eso escribe:

    «Que no en vano entre Cuba y España
  Tiende inmenso sus olas el mar.»

Hizo Heredia bastantes traducciones, algunas muy notables. He aquí un
fragmento de la del canto á Napoleón, de Delavigne:

    Vanamente en las lides ya te fuera
  La España generosa
  De gloria y de peligros compañera,
  Esclava la anhelaste...
  Mas no, sus sacerdotes, sus guerreros
  Á la lid mutuamente se excitaron
  Supersticiosos, fieros,
  Los pueblos al clamor se levantaron...
  Los hijos nobles de Pelayo fuerte.

Heredia murió en Toluca el 7 de mayo de 1839. En su sepulcro se lee
esta inscripción:

    «Su cuerpo envuelve del sepulcro el velo:
  Pero le hacen la ciencia, la poesía,
  Y la pura virtud que en su alma ardía
  Inmortal en la tierra y en el cielo.»




[Ilustración]

ARTIGAS


La crítica histórica no ha dicho aún su última palabra acerca de este
hombre, que ha tenido y tiene tantos detractores como panegiristas.
Sea como quiera, nadie le puede negar que es una de las figuras más
notables y curiosas de la América meridional.

José Artigas nació en Montevideo á mediados del siglo XVIII. En
su juventud prestó servicios á las autoridades coloniales, que lo
dedicaron á la persecución de vagos y malhechores. De esa manera
adquirió un gran conocimiento del terreno, circunstancia que le fué muy
útil en su agitada vida. La topografía del Uruguay le era tan familiar,
que ni las cuchillas, ni los valles, ni los ríos, ni las selvas tenían
secreto alguno para él.

En su obscura posición y al servicio de los españoles le sorprendió
el movimiento de 1810; se adhirió sin vacilar y reconoció el gobierno
constituído en Buenos Aires. Su alma, empero, abrigaba una doble
aspiración: quería la independencia de América, una América libre de
todo extranjero yugo, pero anhelaba igualmente la autonomía de la
patria uruguaya. Artigas deseaba que se reconociera la personalidad
política de la Banda Oriental, como entonces se decía, la cual no
había de ser una provincia dependiente de Buenos Aires, sino un Estado
aparte. Sostenía la conveniencia de una Federación, pero si ésta no se
establecía optaba en absoluto por la independencia.

Figuró Artigas en el primer asedio de Montevideo (1811), durante el
cual se le acusó de díscolo, ambicioso y turbulento por sus continuas
querellas y reyertas con sus compañeros de armas. El gobierno
constituído en Buenos Aires cerraba pacientemente los ojos á las
arbitrariedades del caudillo, pues la situación de aquél era asaz
delicada y la influencia de Artigas demasiada útil para prescindir de
ella. La revolución no estaba en el caso todavía de enajenarse fuerzas
ni siquiera voluntades.

Montevideo capituló el 20 de junio de 1810 y Artigas fué ascendido á
general. Proclamado por sus secuaces «patriarca de la Federación»,
exigió y obtuvo de Posadas la evacuación inmediata por los vencedores
de lo que él llamaba la patria Oriental.

Retiráronse los argentinos, quedándose él con sus patriotas. Pero si
él había sido elevado de simple guerrillero á general, sus fuerzas
no habían pasado de guerrillas á tropas regulares con organización
y disciplina. Seguían, pues, siendo unas partidas irregulares y
cometiendo desmanes que les enajenaban muchas simpatías. Y no se
convirtieron en temibles hordas, por la autoridad que en ellas ejercía
el jefe que las mandaba. La influencia de Artigas en su gente cada vez
era mayor.

Uno de los biógrafos de tan discutido personaje, escribe:

    «Á principios de 1815, derrotó Artigas á una división en el
    Guayabo (cerros de Asurunguá), quedando dueño de la posición y
    árbitro del país. Las atrocidades cometidas entonces por sus
    corifeos estremecen á la humanidad; todavía se recuerdan con
    horror los nombres de Blasito, Gai, Otorques y alguno más. Baste
    decir que el terror subió á tal punto con el espectáculo de las
    víctimas _enchalecadas_ ó desolladas vivas, que creció la hierba
    en las ventanas de la capital; familias enteras vivían aisladas,
    incomunicadas en sus habitaciones, sin abrir de miedo las puertas
    ni las ventanas.

    »Con todo, José Artigas continuaba siendo el ídolo de las
    multitudes y su prestigio era cada día mayor. La plebe le aclamaba,
    la muchedumbre le aplaudía; solamente desde lejos se atrevían
    algunos á censurar sus actos. Jamás se ha visto en Montevideo una
    popularidad tan grande como la suya.

    »Sin embargo, siendo ya intolerables sus desafueros, el cabildo
    de Buenos Aires le declaró fuera de la ley; pero la proclama del
    cabildo que contenía tal declaración fué quemada á los dos meses
    por mano del verdugo, al mismo tiempo que se declaraba á Artigas
    patriota benemérito.

    »Ensoberbecido el gaucho oriental con las caricias de la mudable
    fortuna, creyó que él era árbitro del destino y que podía oprimir
    el suelo patrio como los lomos de su caballo de guerra; pero la
    fortuna es tornadiza, por no desmentir su sexo, y pronto volvió la
    espalda al que había sido su amado más favorecido.

    »Habiendo atacado Artigas, de improviso, á la división portuguesa
    que estaba de observación en la frontera del Brasil, dió motivo á
    una invasión formidable que acabó en breve tiempo con la influencia
    y fuerza del caudillo. Artigas fué derrotado en 1817, aprendiendo
    entonces cuán poco duraderas son las simpatías, cuán poco firmes
    las devociones, cuán míseras las adhesiones de los que rinden culto
    al hombre y no á la idea, al éxito y no al hombre.

    »Derrotado Artigas y desconocido en la hora del infortunio por
    sus mismos partidarios, por sus propias criaturas, por sus
    más fervientes colaboradores, abandonó para siempre el suelo
    ensangrentado por sus caprichos, refugiándose en el Paraguay.

    »El doctor Francia, aquel sombrío tirano que es otro enigma de
    la Historia, sabía de sobra con quién tenía que habérselas.
    Desconfiando de Artigas, no le negó un refugio en la tierra
    paraguaya, pero puso condiciones á la hospitalidad que se le
    concedía: le señaló por residencia un lugar remoto, Cumquatí, donde
    Artigas estuvo confinado y sin poder salir de la demarcación.

    »En Cumquatí vivió más de veinticinco años, dedicado exclusivamente
    á la labranza é ignorando por completo lo que sucedía en su
    patria, pues sólo de tarde en tarde llegaban hasta él los apagados
    ecos, los rumores vagos de las luchas y de los sucesos que se
    desarrollaban del ancho Plata en una y otra orilla.

    »Muerto Francia, el dictador López (padre) que le sucedió en el
    gobierno y en el despotismo, permitió que Artigas se acercara á la
    Asunción; en efecto, en 1845 vivía á una legua de la capital, en
    la _chacra_ de Ibiraí. Allí feneció en 1850, á los noventa años de
    edad y treintitrés de ostracismo, olvidado ya de todo el mundo y en
    la mayor pobreza.»

Debemos añadir que algunos años más tarde se trató en Motevideo de
rehabilitar la memoria del célebre caudillo; el gobierno mismo le
decretó honores póstumos, declarando que Artigas había merecido bien de
la patria y que tenía derecho á que su fama fuese entregado á la piedad
de la Historia. Con tal motivo se han dado á luz en Buenos Aires,
en Gualeguaichú y en Montevideo mismo, numerosos libros, folletos,
opúsculos y hojas destinados á denigrar la memoria del singular
Artigas. Los autores han demostrado sin duda notables dotes de críticos
y de literatos, mucha erudición, horror al crimen... Pero no han
destruído la creciente popularidad que acompaña á la memoria del héroe.

En el Uruguay no se olvidará el nombre de Artigas.

Cuando un hombre rudo é ignorante, que cometió faltas graves, que
persistió en sus errores, que tuvo debilidades y llegó hasta tolerar
el crimen, deja un nombre popular y muchos admiradores, es que
indudablemente prestó grandes y señalados servicios. La posteridad
pronunciará su juicio definitivo acerca de tal hombre, que se
halla todavía demasiado cerca de nosotros para permitirnos la fría
imparcialidad. Las crueldades y los asesinatos merecen agria censura;
mas los servicios pueden ser tan grandes que la figura descuelle y
sobreviva cuando se desvanezcan en la sombra de los siglos todas las
impurezas de la realidad.

Un pueblo tan grande, civilizado y culto como el pueblo francés, parece
haber perdonado á Thiers sus carnicerías humanas porque cree que con
ellas fundó la República y aseguró la paz. Las víctimas de Artigas y de
sus hordas, aumentadas con las de Rivas y todos los tiranos de América,
no sumarán la horrible cifra de 40,000 personas sacrificadas en Francia
la _semana terrible_.

Dejamos, pues, á la posteridad la sentencia definitiva, el juicio final
sobre Artigas y su tiempo.




FREIRE


Esta figura chilena bien merecería más extensión de la que aquí podemos
consagrarle. Soldado, corsario, hombre político, es uno de los héroes
de la independencia y uno de los caudillos del partido liberal que más
han figurado en las contiendas de Chile.

Nació en Santiago en los últimos años del siglo XVIII, pasó la niñez
en Concepción y tomó las armas en clase de cadete en 1811. En la
épica lucha de Rancagua era capitán de los dragones chilenos. Después
de aquel desastre, en el cual pudieron decir los combatientes de la
libertad como Francisco I en los campos de Pavía, que «todo lo habían
perdido menos el honor», emigró á la Argentina como la mayoría de sus
camaradas. Pero su ardimiento no le permitía esperar con calma la
llegada de mejores tiempos. Si otros compañeros suyos permanecieron
emigrados desde 1814 hasta 1817, él no tuvo paciencia para aguardar
tranquilo á que San Martín organizara su célebre expedición. Mientras
llegaba la hora de disputar á los realistas el dominio de la tierra,
creyó que podía con más fortuna disputarles la posesión del mar. Al
efecto se alistó como simple corsario á las órdenes de un marino tan
acreditado como Brown, y éste le confirió el mando de las fuerzas de
desembarco que llevaba en sus expediciones. Esta campaña marítima fué
gloriosa para Freire, que supo ganar laureles en algunos desembarcos.

En 1816, cuando supo que San Martín organizaba en Cuyo la expedición
destinada á libertar á Chile, se presentó al general argentino
pidiéndole un fusil para combatir como soldado. San Martín, que conocía
por su fama al oficial chileno, le confió la misión de penetrar en su
país por la cordillera de Talca, empresa que realizó con tanta fortuna
como valentía. Con cien hombres tomó posesión de Talca derrotando al
destacamento que la guarnecía.

Las fuerzas expedicionarias que salvando la cordillera andina cayeron
como un torrente sobre los chilenos valles, venciendo á los españoles
en Chacabuco y Maipú, tuvieron en el esforzado Freire uno de los más
activos auxiliares. No solo distrajo la atención de los realistas por
la parte de Talca, sino que más tarde batió completamente al feroz
guerrillero Benavides á las puertas de Concepción. Esta victoria le
valió una inmensa popularidad y la subida al poder cuando cayó para
siempre el general O'Higgins, de quien era adversario.

Los españoles, entre tanto, si vencidos en el continente, mantenían
enhiesto su pabellón en Chiloé. Freire los atacó en sus últimos
baluartes, dando término á la obra de la independencia con una victoria
más. En toda América se mostraron los españoles dignos de su raza:
vencidos, abandonados por la metrópoli, sin esperanza de socorro
alguno, lucharon con los vestigios de sus hambrientos ejércitos hasta
quemar el último cartucho. Las guarniciones de Veracruz, del Callao y
de Chiloé dejaron bien puesto el glorioso nombre de su patria, legando
á sus descendientes en las nuevas naciones republicanas y libres, el
ejemplo de su abnegación al sacrificarse en aras del deber.

El valeroso Freire tomó parte muy activa en las guerras civiles que
siguieron á la emancipación. Esta parte de su vida nos daría tema
fecundo y materia abundante para completar este capítulo. Pero más que
escribir por nuestra cuenta y riesgo, nos conviene extractar lo que
dice un compatriota suyo:

    «Ramón Freire, después de servir á la patria con decisión y
    esfuerzo contra sus enemigos, la perturbó grandemente en su
    constitución y desarrollo. Se mezcló en las revueltas políticas
    que agitaron á Chile después de la independencia; el ejército que
    acaudillaba fué vencido en Lircay por las fuerzas que mandaba el
    caudillo conservador, general Prieto. Á la derrota siguió la
    proscripción del jefe liberal, que vivió emigrado en el Perú hasta
    1842.

    «Su estancia en Lima le valió el ser acusado en Chile de prestarse
    torpemente á servir de instrumento á los políticos peruanos. Esta
    acusación tenía su origen en la circunstancia de haber encabezado
    alguna expedición de aventureros chilenos, sin más objeto que
    disputar el poder á los que lo detentaban. Fueron vanos todos sus
    esfuerzos; el partido liberal, haciendo justicia á sus rectas
    intenciones, le otorgó sus mayores simpatías, mas no secundó sus
    planes.»

Gobernaba en Chile un hombre como Portales, que tenía condiciones
de verdadero estadista y era la gran figura del partido conservador
chileno. Los esfuerzos de los conspiradores se estrellaron en la
decisión, la entereza, la previsión de aquel hombre de Estado, que
al fin murió asesinado cobarde y villanamente, pero sin que Freire
tuviese parte ninguna en la conjuración que le arrebató la vida.
En esta parte se hizo completa justicia el caudillo emigrado, que
trabajaba ciertamente contra la paz pública y ambicionaba el poder, no
para sí propio sino para su partido, pero no se mezcló nunca en planes
homicidas ni en conjuraciones tenebrosas.

Portales, víctima sacrificada á las disensiones intestinas, puso los
cimientos de la prosperidad, los sólidos fundamentos del bienestar
nacional, con su honradez y economía en la gestión financiera. Se
esmeró además en respetar las leyes; se le tuvo por autoritario,
solamente por su afán de tener á raya á los conspiradores y por su
celo en mantener constante el orden público. Su único error fué no
aceptar el sistema federativo defendido por Infante, que era de fijo
tan conservador como él, pero tenía un conocimiento más exacto de
la ciencia política, de los peligros de la centralización y de la
conveniencia de imitar á los Estados Unidos más bien que al Paraguay, á
los hombres de Wáshington y no á los jacobinos.

Hemos citado á Portales, por la influencia que tuvo en la vida del
general Freire. Éste no pudo hacer nada ni logró la realización de sus
intentos, porque se medía con un adversario políticamente superior.

Freire vivió tranquilamente en el seno de su patria desde 1842 hasta
su fallecimiento, ocurrido en diciembre de 1851.

Murió de sesenta y cuatro años.

Algún tiempo después se abrió una suscripción para elevarle una
estatua; la suscripción se llevó á cabo con resultado lisonjero, y la
figura en bronce del denodado Freire figura hace tiempo en un paseo de
Santiago.




[Ilustración]

BELLO


He aquí el nombre de un publicista eminente. La América española no ha
producido hasta hoy ninguno que le aventaje. Su fama es tan merecida
que nadie la discute ni la niega.

Andrés Bello nació en la ciudad de Caracas en 1780; se educó en un
convento de frailes mercenarios, donde se daba una enseñanza incompleta
ó mal distribuida; no cursó ninguna carrera con regularidad ni la
terminó completamente. Es curiosa la circunstancia de que no obtuviera
nunca el título de abogado un jurisperito como Bello, autor del notable
Código civil de Chile.

La situación casi precaria de la familia Bello, obligó á éste á
interrumpir sus estudios regulares para desempeñar un destino muy
modesto. Bello no lo obtuvo por favor, sino por concurso. El capitán
general de Venezuela dispuso que todos y cada uno de los aspirantes
redactasen una memoria sobre cierto asunto concreto y determinado; la
de Bello fué la mejor de todas y el empleo disputado le fué justamente
concedido.

Los antepasados de Bello procedían de las islas Canarias, y nuestro
joven poseía las cualidades que suelen distinguir á los isleños:
asiduidad constante en el trabajo, incansable celo en su labor y
energía moral superior á todos los desfallecimientos. No heredó las
fuerzas físicas de los canarios, pero sí la fuerza de voluntad y la
constancia. Por eso trabajó toda su vida, como los de su raza, no en
las rudas faenas de la mar ó de la agricultura, que son las habituales
de los insulares en América, sino en las propias de su entendimiento y
de su constitución. Tan débil era ésta, que Alejandro Humboldt aconsejó
á su familia, interesándose por la salud del joven, que no le dejaran
estudiar con aplicación tan desmedida.

Estudió, no obstante, con ahinco, estudió siempre, y bien puede
asegurarse que consagró su vida entera al estudio.

En su juventud, sin desatender sus labores de empleado, aprendió las
lenguas vivas sin maestro alguno y sin otra base que el latín aprendido
en el convento, aprendió la lógica del lenguaje, aprendió sólo cuanto
por entonces constituía la ciencia filológica, ciencia que estaba en su
infancia y que él supo cultivar con aprovechamiento.

Por necesidades de su empleo, tanto quizá como por afición, hizo un
estudio prolijo de la administración hispano colonial y de las leyes
de Indias. Al mismo tiempo devoraba las publicaciones filosóficas
y las novedades literarias de su tiempo, siéndole familiares todas
las obras de los enciclopedistas. Y con todo, le quedaba tiempo y lo
utilizaba con general provecho dando lecciones de gramática, retórica
y filosofía. De los jóvenes que fueron sus discípulos hubo algunos que
después brillaron en su patria y viven en la historia, entre ellos
Simón Bolívar.

Además era poeta; y como no se daba instante de reposo ni momento de
vagar, componía versos magníficos para solaz ajeno y placer propio;
sus versos eran leídos con general aplauso en todas las tertulias
caraqueñas. Sus poesías de aquella época no se imprimieron jamás y se
han perdido muchas.

Al empezar la guerra de la independencia, su espíritu estaba entero
con sus compatriotas; pero el insigne Bello no era hombre de lucha y
no tomó en la guerra parte activa. Le ataban además lazos de familia
y de agradecimiento, que originaron calumnias groseras é infundadas.
El tiempo y las pruebas materiales han desvanecido las calumnias; la
memoria de Bello es la de un patriota puro y convencido; pero aquellas
acusaciones injuriosas debieron mortificar hondamente el alma del
patriota, cuando le obligaron á abandonar su país.

Bello emigró de Venezuela, estableciéndose en Chile; pero antes
viajó por otros varios países de América y de Europa. En Londres
cultivó la amistad de los sabios más sobresalientes, registró los
archivos, consultó las bibliotecas y aprendió mucho. Allí estudió
la lengua griega, que le era indispensable, dada la especialidad de
sus estudios; aprendió el limosín, que le había de ser tan útil en
sus investigaciones literarias sobre la Edad media; perfeccionó sus
conocimientos de la lengua patria, del portugués, del francés, del
italiano y sobre todo, del inglés, lengua que hablaba y escribía con
rara perfección.

Desde 1829 hasta su muerte, ocurrida en 1865, vivió nuestro Bello en la
capital de Chile donde fué querido y venerado. Allí escribió ó revisó
sus obras más importantes, ejerciendo una influencia que dura todavía
en la política, las letras y la enseñanza. Fué senador, fué rector
perpetuo de la Universidad y unió su nombre al _Código chileno_.

Las obras de Bello son tan numerosas é importantes, que su simple
reseña exigiría un volumen.

La literatura castellana le debe ricos tesoros, tan apreciados
en España por los eruditos como en América por todos los hombres
estudiosos. Los trabajos de Bello sobre el poema del _Cid_, sobre
la gramática española, sobre la ortología y métrica de la lengua
castellana, son verdaderos monumentos del habla de Castilla. Con
justicia fué nombrado Bello miembro honorario de la Academia Española.

Escribió el gran publicista sobre derecho internacional, hizo
traducciones directas de los poetas clásicos y dejó manuscrita en
lengua inglesa una obra referente á la crónica fabulosa de Turpin, obra
que no podemos juzgar.

La literatura amena le debe también las poesías más perfectas y más
acabadas; sus himnos patrióticos, su poema descriptivo de la zona
tórrida, su traducción del _Orlando_, son otros tantos modelos.

Como prueba de su correctísima versificación, vamos á dar algunas
muestras.


FRAGMENTOS DE LA ORACIÓN POR TODOS


I

    Ve á rezar, hija mía. Ya es la hora
  De la conciencia y del pensar profundo.
  Cesó el trabajo afanador, y al mundo
  La sombra va á colgar su pabellón.

    Sacude el polvo el árbol del camino
  Al soplo de la noche; y en el suelto
  Manto de la sutil neblina envuelto
  Se ve temblar el viejo torreón.

    ¡Mira! su ruedo de cambiante nácar
  El occidente más y más angosta
  Y enciende sobre el cerro de la costa
  El astro de la tarde su fanal.

    Para la pobre cena aderezado
  Brilla el albergue rústico, y la tarda
  Vuelta del labrador la esposa aguarda
  Con su tierna familia en el umbral.

    Brota del seno de la azul esfera
  Uno tras otro fúlgido diamante;
  Y ya apenas de un carro vacilante
  Se oye á distancia el desigual rumor.

    Todo se hunde en la sombra: el monte, el valle.
  Y la iglesia, y la choza, y la alquería;
  Y á los destellos últimos del día
  Se orienta en el desierto el viajador.

    Naturaleza toda gime; el viento
  En la arboleda, el pájaro en el nido,
  Y la oveja en su trémulo balido,
  Y el arroyuelo en su correr fugaz.

    El día es para el mal y los afanes:
  ¡He aquí la noche plácida y serena!
  El hombre tras la cuita y la faena
  Quiere descanso y oración y paz.

    Sonó en la torre la señal: los niños
  Conversan con espíritus alados;
  Y los ojos al cielo levantados,
  Invocan de rodillas al Señor.

    Las manos juntas, y los pies desnudos,
  Fe en el pecho, alegría en el semblante,
  Con una misma voz, á un mismo instante,
  Al padre Universal piden amor.

    Y luego dormirán; y en leda tropa
  Sobre su cama volarán ensueños,
  Ensueños de oro, diáfanos, risueños,
  Visiones que imitar no osó el pincel.

    Y ya sobre la tersa frente posan,
  Ya beben el aliento á las bermejas
  Bocas, como lo chupa las abejas
  Á la fresca azucena y al clavel.

    Como para dormirse, bajo el ala
  Esconde su cabeza la avecilla,
  Ya la niñez en su oración sencilla
  Adormece su mente virginal.

    ¡Oh dulce devoción, que reza y ríe!
  ¡De natural piedad primer aviso!
  ¡Fragancia de la flor del paraíso!
  ¡Preludio del concierto celestial!


II

    Ve á rezar, hija. Y ante todo
  Ruega á Dios por tu madre; por aquella
  Que te dió el ser, y la mitad más bella
  De su existencia ha vinculado en él.

    Que en su seno hospedó tu joven alma,
  De una llama celeste desprendida;
  Y haciendo dos porciones de la vida,
  Tomó el acíbar y te dió la miel.

    Ruega después por mí. Más que tu madre
  Lo necesito yo... Sencilla, buena,
  Modesta como tú, sufre la pena,
  Y devora en silencio su dolor.

    Á muchos compasión, á nadie envidia,
  La vi tener en mi fortuna escasa:
  Como sobre el cristal la sombra, pasa
  Sobre su alma el ejemplo corruptor.

    No le son conocidos... ¡ni lo sean
  Á tí jamás!... los frívolos azares
  De la vana fortuna, los pesares
  Ceñudos que anticipan la vejez;

    De oculto oprobio el torcedor, la espina
  Que punza á la conciencia delincuente,
  La honda fiebre del alma, que la frente
  Tiñe con enfermiza palidez.

    Mas yo la vida por mi mal conozco,
  Conozco al mundo, y sé su alevosía;
  Y tal vez de mi boca oirás un día
  Lo que valen las dichas que nos da.

    Y sabrás lo que guarda á los que rifan
  Riquezas y poder, la urna aleatoria,
  Y que tal vez la senda que á la gloria
  Guiar parece, á la miseria va.

    Viviendo, su pureza empaña el alma,
  Y cada instante alguna culpa nueva
  Arrastra en la corriente que la lleva
  Con rápido descenso al ataúd.

    La tentación seduce; el juicio engaña;
  En los zarzales del camino deja
  Alguna cosa cada cual: la oveja
  Su blanca lana, el hombre su virtud.

    Ve, hija mía, á rezar por mí, y al cielo
  Pocas palabras dirigir te baste;
  «¡Piedad, Señor, al hombre que criaste;
  Eres Grandeza; eres Bondad; perdón!»

    Y Dios te oirá; que cual del ara santa
  Sube el humo á la cúpula eminente,
  Sube del pecho cándido, inocente,
  Al trono del Eterno la oración.

    Todo tiende á su fin: á la luz pura
  Del sol la planta; el cervatillo atado,
  Á la libre montaña; el desterrado,
  Al caro suelo que le vió nacer.

    Y la abejilla en el frondoso valle,
  De los nuevos tomillos al aroma;
  Y la oración en alas de paloma
  Á la morada del Supremo Ser.

    Cuando por mi se eleva á Dios tu ruego,
  Soy como el fatigado peregrino,
  Que su carga á la orilla del camino
  Deposita y se sienta á respirar.

    Porque de tu plegaria el dulce canto
  Alivia el peso á mi existencia amarga
  Y quita de mis hombros esta carga,
  Que me agobia, de culpa y de pesar.

    Ruega por mí, y alcánzame que vea
  En esta noche de pavor, el vuelo
  De un ángel compasivo, que del cielo
  Traiga á mis ojos la perdida luz.

    Y pura finalmente, como el mármol
  Que se lava en el templo cada día,
  Arda en sagrado fuego el alma mía,
  Como arde el incensario ante la Cruz.


III

    Ruega, hija, por tus hermanos,
  Los que contigo crecieron
  Y un mismo seno exprimieron,
  Y un mismo techo abrigó.

    Ni por los que te amen solo
  El favor del cielo implores:
  Por justos y pecadores
  Cristo en la Cruz expiró.

    Ruega por el orgulloso
  Que ufano se pavonea,
  Y en su dorada librea
  Funda insensata altivez.

    Y por el mendigo humilde
  Que sufre el ceño mezquino
  De los que beban el vino
  Porque les dejen la hez.

    Por el que de torpes vicios
  Sumido en profundo cieno,
  Hace aullar el canto obsceno
  De nocturno bacanal.

    Y por la velada virgen
  Que en su solitario lecho,
  Con la mano hiriendo el pecho,
  Reza el himno sepulcral.

    Por el hombre sin entrañas,
  En cuyo pecho no vibra
  Una simpática fibra
  Al pesar y á la aflicción,

    Que no da sustento al hambre,
  Ni á la desnudez vestido,
  Ni da la mano al caído,
  Ni da á la injuria perdón.

    Por el que en mirar se goza
  Su puñal de sangre rojo,
  Buscando el rico despojo
  O la venganza cruel.

    Y por el que en vil libelo
  Destroza una fama pura,
  Y en la leve mordedura
  Escupe asquerosa hiel.

    Por el que surca animoso
  La mar, de peligros llena;
  Por el que arrastra cadena,
  Y por su duro señor.

    Por la razón que leyendo
  En el gran libro, vigila;
  Por la razón que vacila;
  Por la que abraza el error.

    Acuérdate, en fin, de todos
  Los que penan y trabajan;
  Y de todos los que viajan
  Por esta vida mortal.

    Acuérdate aún del malvado
  Que á Dios blasfemando irrita.
  La oración es infinita:
  Nada agota su caudal.


IV

    ¡Hija! reza también por los que cubre
  La soporosa piedra de la tumba,
  Profunda sima adonde se derrumba
  La turba de los hombres mil á mil:

    Abismo en que se mezcla polvo á polvo,
  Y pueblo á pueblo; cual se ve á la hoja
  De que al añoso bosque abril despoja
  Mezclar la suya otro y otro abril.

    Arrodilla, arrodíllate en la tierra
  Donde segada en flor yace mi Lola,
  Coronada de angélica aureola;
  Do helado duerme cuanto fué mortal;

    Donde cautivas almas piden preces
  Que las restauren á su ser primero,
  Y purguen las reliquias del grosero
  Vaso, que las contuvo, terrenal.

    ¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,
  Y cien apariciones peregrinas,
  Sacuden retozando tus cortinas;
  Travieso enjambre, alegre, volador.

    Y otra vez á la luz abres los ojos,
  Al mismo tiempo que la aurora hermosa
  Abre también sus párpados de rosa,
  Y da á la tierra el deseado albor.

    ¡Pero esas pobres almas!... ¡si supieras
  Qué sueño duermen!... su almohada es fría:
  Duro su lecho; angélica armonía
  No regocija nunca su prisión.

    No es reposo el sopor que las abruma;
  Para su noche no hay albor temprano;
  Y la conciencia, velador gusano,
  Les roe inexorable el corazón.

    Una plegaria, un solo acento tuyo,
  Harán que gocen pasajero alivio,
  Y que de luz celeste un rayo tibio,
  Logre á su obscura estancia penetrar;

    Que el atormentador remordimiento
  Una tregua á sus víctimas conceda,
  Y del aire, y el agua, y la arboleda,
  Oigan el apacible susurrar.


FRAGMENTO DE LA ZONA TÓRRIDA

    Tú das la caña hermosa
  De do la miel se acendra,
  Por quien desdeña el mundo los panales:
  Tú en urnas de coral cuajas la almendra
  Que en la espumante jícara rebosa;
  Bulle carmín viviente en sus nopales
  Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
  Y de su añil la tinta generosa
  Émula es de la lumbre del zafiro.
  El vino es tuyo que la herida agave
  Para los hijos vierte
  Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
  Que cuando de suave
  Humo en espiras vagorosas huya
  Solazará el fastidio al ocio inerte.
  Tu vistes de jazmines
  El arbusto sabeo
  Y el perfume le das que en los festines
  La fiebre insana templará á Lieo.
  Para tus hijos la procera palma
  Su vano feudo cría,
  Y la piña sazona su ambrosía:
  Su blanco pan la yuca,
  Sus rubias pomas la patata educa,
  Y el algodón despliega el aura leve
  Las rosas de oro y el vellón de nieve.

El entierro del gran poeta, del eminente filólogo, del distinguido
hombre público, fué una solemnidad que dejó memoria en la capital de
Chile. El pueblo entero acompañó á su tumba los restos del anciano
venerable. Bello cerró sus ojos á la luz á la edad de 85 años.




MONROE


En el firmamento americano brillan astros de todas magnitudes.
Wáshington y Bolívar son imperecederos, eternamente visibles como
soles que no se apagan, como luminares sin noche y sin eclipse. Otros
despiden fulgores menos intensos, ya que no menos puros. No deslumbran,
no ciegan, pero guían al caminante por las obscuras sendas de la
Historia. Por lo mismo que son menos gloriosos y no tan refulgentes,
puede juzgárseles con imparcialidad y sin pasión. Las manchas del sol
no se distinguen; pero se verían, si por acaso existieran, las de esos
astros sin luz deslumbradora.

Una de las estrellas de primera magnitud en el cielo americano,
es Jacobo Monroe, soldado entusiasta de la independencia, notable
estadista, virtuoso ciudadano, que figura y aun descuella entre los
insignes presidentes de los Estados Unidos.

Nació el 2 de abril de 1759 en el condado de Westmoreland (Virginia).
Sus padres le destinaban al foro y, en efecto, principió á cursar la
carrera de derecho; pero á los 16 años abandonó sus estudios para
alistarse en el ejército de Wáshington y concurrir á la defensa de
la ciudad de Nueva York, amenazada por un ejército inglés. Corrió el
joven soldado las vicisitudes todas de la guerra. En la acción de
Trenton fué herido de gravedad. Monroe se mostró toda su vida orgulloso
de la extensa y honda cicatriz que señalaba su frente, verdadera
condecoración que daba testimonio de sus riesgos, de sus campañas y de
sus servicios. Esas son las únicas y gloriosas condecoraciones que se
usan en América, donde no se adornan los pechos valerosos con dijes
femeniles y con relumbrones cortesanos de los que se prodigan en Europa.

El joven militar que hacía su aprendizaje de tan ruda manera, sin que
se amenguara su entusiasmo patrio, ascendió á capitán en recompensa de
su gloriosa herida.

En 1777 fué nombrado ayudante del general Sterling: á sus órdenes se
distinguió en los campos de batalla. El mismo Wáshington premió su
comportamiento con su promoción á coronel.

Terminada la guerra acabó su carrera de abogado y se estableció en
Virginia.

Afiliado al partido demócrata, fué varias veces elegido representante
del pueblo.

De 1790 á 1794 fué senador por Virginia, sentándose constantemente en
los escaños de la oposición.

Jorge Wáshington, para dar una prueba de deferencia al partido
demócrata y estrechar las relaciones de los Estados Unidos con la
República francesa, nombró á Monroe ministro representante en París.
Mucho contribuyeron el tacto y las ideas de Monroe á la buena armonía
de ambas repúblicas; mas su entusiasmo y simpatía por la Francia, en
lucha entonces con Inglaterra, no se avenía muy bien con la política de
neutralidad que sostenía Wáshington, y vióse éste precisado á llamarle
en 1796. El partido democrático se resintió grandemente de esa medida
de la presidencia, y el mismo Monroe manifestó también su disgusto
en un notable folleto en el que, sin combatir á Wáshington, á quien
tenía en gran consideración y estima, justificaba su misión cerca del
gobierno francés.

En 1799 fué nombrado gobernador del Estado de Virginia, funciones
que desempeñó á satisfacción de todos hasta que el presidente
Jéfferson, que sucedió á Wáshington, le mandó en calidad de embajador
extraordinario á Francia á fin de concertar la cesión de Nueva-Orleáns,
propósito que realizó: pasando después á Inglaterra en calidad de
representante de la Unión y de allí á España, á fin de negociar la
cesión de otros Estados á la gran república.

En 1811 fué nombrado de nuevo gobernador de Virginia y al poco tiempo
el presidente Mádison le llevó á la secretaría de Estado.

Por aquel tiempo estalló la guerra con Inglaterra, y Monroe, que
después de la toma de Wáshington y de otros reveses que experimentaron
las armas americanas, fué nombrado ministro de la Guerra, dió pruebas
inequívocas de una notable energía y un carácter entero y valeroso.
Á pesar de hallarse exhausto el tesoro, casi perdido el crédito, y
con la oposición que á la guerra hacían los adictos á la política
pacífica que iniciara el primer presidente, el ministro de la Guerra,
que continuaba ejerciendo la secretaría de Estado, preparó la defensa,
creó ejércitos, infundió al soldado americano la decisión y el valor de
que carecía, improvisó medios y recursos empeñando hasta sus propios
bienes, y en una palabra, Monroe, que era el alma de aquella lucha,
obtuvo la victoria. La gran derrota que experimentaron los ingleses
que amenazaban la ciudad de Nueva-Orleáns determinó la paz, que lo fué
honrosísima y ventajosa para los Estados-Unidos (1815).

Á tan gran altura se elevó la reputación de Monroe, y tal fué la
popularidad que alcanzara con su ejemplar conducta, que el partido
democrático le designó por unanimidad en las elecciones de 1816
candidato á la presidencia de la Unión; elección que sancionaron con
sus votos favorables todos los demás electores. Jacobo Monroe fué
nombrado por unanimidad quinto presidente de los Estados-Unidos.

El día 4 de marzo de 1817, en el Capitolio de Wáshington, ante los
jueces del Supremo Tribunal de Justicia, los ministros extranjeros y
otros altos dignatarios, el nuevo presidente prometía velar por los
intereses y prosperidad de su patria, y fidelidad á sus republicanas
leyes. Notabilísimo fué su discurso inaugural, en el que hacía votos
por el bienestar y progreso del pueblo americano.

Durante su primera administración, y fiel á su lema de _América para
los americanos_, trabajó con ahinco para la adquisición de la Florida,
que pertenecía al gobierno español, del que logró la cesión. Así, pues,
á Monroe como ministro de Estado primero, y después como presidente,
deben los Estados Unidos las dos adquisiciones más importantes del Sur,
la Luisiana y las Floridas (1803 y 1820).

Débense también á Monroe la fijación muy ventajosa para la República,
de los límites del Canadá y un tratado con Inglaterra por el que se
permitía á los ciudadanos norte-americanos compartir con los ingleses
las pesquerías de Terranova, que hasta entonces habían monopolizado
éstos últimos.

En 1818 expidió un decreto por el que se pensionaba á los oficiales
y soldados de la revolución de la independencia y á las viudas y
huérfanos de los mismos, decreto que contribuyó grandemente á la
popularidad de Monroe.

Fué reelegido presidente, desempeñando con acierto tan alta
magistratura hasta 1825. Después se retiró á Virginia, donde ejerció
las modestas funciones de juez de paz y más tarde las de rector de la
Universidad de su Estado. ¡Cosas de los Estados Unidos! exclaman los
europeos.

Sí, cosas que sólo se ven en las verdaderas democracias, en los pueblos
grandes, en las naciones libres, en las instituciones federales.

El gran Monroe murió rodeado de sus hijos, en Nueva York, el 4 de julio
(día de la fiesta nacional) del año 1831. Sus restos fueron trasladados
á Richmond en 1859.

El hecho culminante de la vida de Monroe fué el haber derrotado á
los ingleses que invadieron la República en 1812 con el propósito de
reconquistarla. Incendiaron los invasores el capitolio de la capital;
pero tuvieron que reembarcarse vencidos.




BELGRANO


Este apellido figura entre los más conocidos y respetables de América,
no ciertamente á la altura de los San Martín y los Bolívar, nunca al
nivel de los Wáshington, los Hámilton, los Juárez ó los Bello, pero de
todos modos á elevación bastante para ser visto de todos y servir de
ejemplo á la posteridad.

El prócer argentino don Manuel Belgrano, general de la Revolución, vino
al mundo en Buenos Aires hacia el año 1770. Pasó casi niño á España,
cursando jurisprudencia en Valladolid y graduándose en Madrid. Era,
pues, doctor en derecho cuando volvió á su patria; pero sus estudios
favoritos eran los concernientes á la economía política y á lo que hoy
llamaríamos ciencia social.

En 1806, hallándose España en guerra con Inglaterra, fué invadido el
río de la Plata por una escuadra inglesa, que atacó á Buenos Aires. Las
tropas inglesas de desembarco se posesionaron de la capital, pero no
pudieron sostenerse ante la resistencia valerosa de las escasas tropas
y de las milicias populares. Por dos veces fué vencida Inglaterra en
Buenos Aires, siendo los héroes de la resistencia el coronel Liniérs y
el alcalde de la ciudad Martín Alzaga. Belgrano tomó parte, como simple
capitán de las milicias urbanas en 1806, como sargento mayor del cuerpo
de Patricios en 1807.

Sonó la hora de la Independencia en 1810, y constituído un gobierno en
Buenos Aires, fué llamado al poder el insigne Belgrano con otros varios
patriotas argentinos.

Los españoles no opusieron en la región del Plata, por falta de
recursos, la tenaz resistencia que hicieron en Méjico, Venezuela y
el Perú. No fué la lucha tan larga ni tan sangrienta; pero de todas
maneras fué necesario reñir algunas batallas con los elementos
españoles, muchas con los descontentos, varias con las provincias que
querían su propia independencia al mismo tiempo que la de Buenos Aires.
Las divergencias y las discrepancias, las notas y los matices eran
tantos como pueblos, casi tantas como hombres. Cada ciudadano concebía
una forma de gobierno, prefería una solución ó ponía su confianza en
una persona diferente. Las dificultades eran grandes, tal vez mayores
que en los países donde los españoles combatían con tesón y con
bravura, pues su sola presencia constituía una amenaza y aunaba los
esfuerzos y las aspiraciones de los independientes.

El Paraguay se negaba á someterse al gobierno constituído en Buenos
Aires, y Belgrano, con 700 hombres, recibió la misión de someterlo. Una
campaña heroica, pero desgraciada, terminada por un armisticio, obligó
á retroceder al general Belgrano con su titulado ejército.

Belgrano perdió las batallas de Paraguarí, Tacuarí y alguna otra,
sin que padeciera su prestigio de soldado: había luchado con fuerzas
inferiores, en la proporción de 1 á 16, no cediendo la victoria sino á
la superioridad numérica del enemigo.

Pero si mantenía su buen nombre de soldado y su acreditada fama de
valiente, en cambio carecía de esa reputación de inteligencia militar
sin la cual no hay caudillo prestigioso. La pericia de un general se
demuestra lo mismo en los reveses que en las victorias; mas los pueblos
no la ven jamás sino en la gloria del triunfo.

En la campaña de 1812 fué Belgrano mucho más feliz, pues ganó la acción
de Tucumán, como también la de Salta en 1813. Estas victorias, que
restablecieron su prestigio, aseguraron el éxito de la revolución. La
Asamblea, y en nombre suyo el gobierno, premió á Belgrano con un sable
de honor que contenía la inscripción siguiente:


                  LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

                AL BENEMÉRITO GENERAL BELGRANO


La guarnición del sable era de oro.

Además se le regalaron sobre 40,000 pesos en fincas del Estado.

El cabildo de la capital le remitió un bastón de mando y un par de
magníficas pistolas.

Belgrano aceptó los obsequios con que se le honraba, excepto el de las
fincas. Sobre éste dijo en una respetuosa comunicación:

    «Nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el patriota
    verdadero que goza de la confianza de sus conciudadanos, que las
    riquezas. Éstas son el escollo de la virtud, y adjudicadas en
    premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia en los demás,
    sino que parecen dirigidas á lisonjear una pasión abominable en
    el agraciado. He creído digno de mi honor y de los deseos que me
    inflaman por la prosperidad de mi patria, el destinar esa suma de
    40,000 pesos á la dotación de cuatro escuelas en las ciudades de
    Tarija, Jujuy, Santiago y Tucumán.»

En octubre de 1813 fué batido Belgrano en las altillanuras de Bolivia,
teniendo que retirarse á Jujuy. Después de entregar sus fuerzas al
general San Martín, regresó á Buenos Aires.

Enviado á Europa en comisión, tornó á su patria en 1815. Entonces
fué nombrado por segunda vez general del ejército que operaba en el
Perú[5]. Cuatro años se mantuvo lidiando en las cordilleras, y contrajo
allí la enfermedad que poco después le arrebató la vida. En aquella
guerra de fatigas y de privaciones sin gloria ni lucimiento, acreditó
sus dotes militares, sus virtudes y su patriotismo. Es necesario
conocer la guerra de montañas y lo escabroso que es el que fué teatro
de sus operaciones, para apreciar todo el mérito de su abnegación y sus
servicios.

       [5] Alto Perú, hoy Bolivia.

Llegó moribundo á Buenos Aires en el mes de marzo de 1820, falleciendo
en el inmediato mes de junio.

Sus funerales se celebraron con inusitada pompa. Su memoria se conserva
con veneración en todos los pechos argentinos. Cerca de Buenos Aires se
ha fundado un pueblo con su nombre. Por último, su ciudad natal le ha
dedicado una estatua ecuestre con estas cuatro inscripciones:

                       MANUEL BELGRANO

          _Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770_

            AL INICIADOR DE LA REVOLUCIÓN DE 1810

     _Campaña del Paraguay, 1811.--Victoria de Tucumán, 1812_

               Á BELGRANO LA PATRIA AGRADECIDA

                     _Victoria de Salta 1813_

        _Fundó las primeras escuelas en cuatro provincias_

                     _Campaña del Alto Perú_

                       GENERAL BELGRANO

         _Murió en Buenos Aires el 20 de junio de 1820._




BILBAO


Como todos los hombres apasionados y entusiastas, Francisco Bilbao tuvo
en su tiempo y en su patria más detractores que amigos. Los unos le
reprochaban la temeridad de sus empresas, los otros la osadía de sus
concepciones; quién le consideraba un sectario exclusivista, quién un
terrible demagogo. Ha sido necesario que la muerte le oculte á los ojos
de los vivos, para que éstos hagan completa justicia á su talento y á
sus intenciones.

Hemos dicho que tuvo corto número de amigos, lo cual no quiere decir
que no fuese popular; contaba en absoluto con las masas. Hemos
querido decir que no le daban apoyo ni le hacían justicia los hombres
ilustrados, los que guían y encauzan la opinión, los escritores y los
periodistas, pues éstos en general veían con malos ojos sus ideas
revolucionarias y sus planes políticos. Sin embargo, sus planes eran
prácticos. Lo que parecía demagógico á muchos hombres públicos, se
ha realizado en parte; lo que se juzgaba peligroso en las naciones
de América, lo considerarían insuficiente, reaccionario ó tímido en
Europa, á la fecha en que escribimos, no los nihilistas y socialistas
revolucionarios, sino los simples liberales belgas, ingleses, franceses
ó españoles.

He aquí un extracto de su biografía:

    «Francisco Bilbao nació en Santiago de Chile en 1823 y murió en
    Buenos Aires en 1865. Su vida fué una constante peregrinación;
    perseguido casi siempre, calumniado á menudo, desdeñado á veces,
    no halló casi nunca justicia ni reposo ni consiguió morir en el
    seno de su patria.

    Á la edad de veinte años hizo pública su profesión de fe; el
    librepensamiento, que él defendía, contaba entonces muy pocos
    partidarios, y Bilbao fué sometido á un proceso, lo que le obligó á
    emigrar. Cinco años pasó en Europa, no como suelen hacerlo tantos
    jóvenes americanos que sólo se dedican á gozar de los placeres que
    ofrecen las corrompidas ciudades del antiguo mundo, sino estudiando
    con verdadero afán, con ansia de saber, con infatigable aplicación.
    Tuvo por maestros á Lamennais, Edgard Quinet y Michelet, de quienes
    conservó toda la vida recuerdo cariñoso. De tales maestros no podía
    salir un mal discípulo, sobre todo cuando aquéllos sembraban en
    campo tan abonado para su semilla.

    Las revoluciones de febrero y junio de 1848, que presenció
    en París, le enseñaron prácticamente dos cosas: primera, la
    imposibilidad de perpetuar errores é injusticias en pueblos que
    tienen el sentimiento de su dignidad; segunda, la manera de
    combatir á los tiranos y á las oligarquías, valiéndose del plomo,
    del hierro, de las barricadas y del corazón.

    Aprendió más en aquel año fecundo y que tantas huellas ha dejado
    en la política europea: la solidaridad de los pueblos, esto es,
    la unidad de la democracia para la cual no hay distancias ni
    fronteras, pues la revolución de febrero tuvo un eco en todas las
    naciones, repercutió en los pueblos que parecían menos aptos para
    la República, produjo barricadas y sangrientas luchas en la heroica
    Milán, en la vetusta Roma, en España, en Alemania, en Irlanda.
    El año de 1848 fué la aurora de la redención, fué el programa
    que había de realizarse en la segunda mitad del siglo XIX. En la
    brecha de Roma, heroicamente defendida por Garibaldi, fué aclamado
    el librepensamiento; en las calles de Milán, atestadas de cañones
    austriacos y de soldados tudescos, vitoreó Mazzini la independencia
    de Italia; en Hungría y en Alemania se luchó con denuedo por la
    libertad; en las calles de Sevilla y por dos veces en las de
    Madrid, cayeron cien patriotas al grito de ¡viva la República!

    Francisco Bilbao aprendió más todavía en las dos revoluciones
    parisienses de 1848: que los vencedores son siempre unos héroes y
    unos santos; los vencidos unos miserables cobardes y traidores. Los
    mismos que en febrero derribaron á Luis Felipe, rey constitucional
    de Francia, y se proclamaron á sí mismos salvadores de la patria,
    ametrallaron despiadadamente á los obreros que en junio intentaron
    conquistar, con una bravura digna de mejor éxito, el sufragio
    universal y los derechos del hombre. Sí, los derechos del hombre.
    Estaban escritos desde 1789; pero la burguesía francesa los
    interpretaba con un criterio mezquino. El hombre tiene derecho á
    vivir, á trabajar y á saber; los obreros de París reclamaban con
    razón un aumento de salario, una organización del trabajo nacional
    que no hiciera depender el suyo de la voluntad de los patrones, y
    una amplitud racional en la enseñanza pública, en la instrucción de
    sus hijos, á quienes debe la sociedad una educación extensa, laica
    y gratuita. La dignidad por medio de la libertad, el pan por medio
    del trabajo, la instrucción por el Estado, eso era todo lo que
    pedían los revolucionarios parisienses, y eso fué lo que Francisco
    Bilbao quería para la plebe. Quería, principalmente, como base de
    sus futuras conquistas, la libertad de conciencia y la proscripción
    del fanatismo.

    Bilbao tornó á su patria en 1849 y pronto se hizo el ídolo de las
    masas. Fundó la «Sociedad de la Igualdad», en cuyo seno educaba á
    _los rotos_, y á muchos que no eran rotos, imbuyéndoles ideas de
    igualdad y de fraternidad. Aquella sociedad llegó á contar seis mil
    socios.

    La revolución del 20 de abril de 1851 tuvo por jefe á Bilbao, que
    con su gente se batió seis horas. Fué vencido, y tuvo que emigrar
    una segunda vez; segunda y última, pues no volvió á su patria.

    Refugiado en el Perú, continuó con ahinco su propaganda en la
    prensa, combatiendo sobre todo la corrupción política. Su campaña
    periodística le valió en breve ser desterrado del Perú. Entonces
    fué al Ecuador, pero no tardó en volver á Lima, donde combatió en
    las calles el día 5 de abril de 1854. Derribado el gobierno que le
    había desterrado por su campaña contra la corrupción, emprendió
    nueva campaña contra el ultramontanismo. Nuevas persecuciones,
    cárcel, destierro, fueron las consecuencias inmediatas para el
    viril escritor. Pasó entonces á Francia donde estuvo poco tiempo,
    regresando á América para vivir al lado de sus padres. Hallábanse
    establecidos éstos en la ciudad de Buenos-Aires, muy agitada á
    la sazón, y Bilbao no pudo permanecer indiferente, ni mantenerse
    alejado de la lucha, ni considerarse extraño en las cuestiones de
    interés humano y universal que exaltaban los ánimos de toda la
    República Argentina. Escribió de nuevo contra el clericalismo, huyó
    de Buenos-Aires para evitar sañudas persecuciones y anduvo errante
    algún tiempo á la espectativa de algún cambio.

    Apaciguadas un tanto las pasiones políticas, entró nuevamente en
    Buenos-Aires, donde vivió consagrado al estudio de complicados
    problemas sociológicos. Dejó algunos escritos, en los que aparece
    tan intransigente en sus ideas como lo fué en sus costumbres.
    Radical exaltado y convencido librepensador, no fué sin embargo
    materialista ni ateo.

    Muchas veces la calumnia, queriendo hallarle su flaco, le llamó
    díscolo, insensato y ambicioso; nunca sus más enconados detractores
    se atrevieron á negarle acrisolada honradez y pureza de costumbres.
    Se puede decir que fué el iniciador del racionalismo en las
    antiguas colonias españolas, educadas por la inquisición y el
    jesuitismo.

    La figura de Bilbao parecerá más grande á medida que transcurra el
    tiempo.

    Murió cuando todavía estaba en condiciones de ser útil á la
    humanidad; tenía 42 años.»




MUÑOZ GAMERO


Este chileno ilustre, hoy casi olvidado por sus mismos compatriotas,
merece figurar en este galería como uno de los hombres que honran á
su raza. Era oficial de la marina chilena desde 1836, y prestó buenos
servicios en las campañas navales que sostuvo Chile por entonces. En
1838, desempeñaba ya el mando interino de la corbeta _Janequeo_.

No hemos podido averiguar la fecha en que nació ni el lugar preciso
de su nacimiento; solo sabemos con referencia á personas que le
conocieron y nos merecen crédito absoluto, que Benjamín Gamero--así se
le llamaba--era todavía muy joven hacia el año 1840; pero estudioso,
formal y de gallarda presencia, distinguiéndose por su afición al
estudio de las lenguas vivas.

En 1842 fué ascendido Gamero á teniente de primera clase, y en el mismo
año se le comisionó por su gobierno para navegar y practicar estudios
en la marina británica. Embarcó primero en la corbeta de guerra
_Carysfort_, como oficial agregado, y luego se le confió el mando de
la goleta _Victoria_, distinción que los ingleses no suelen otorgar á
oficiales extranjeros.

Al cabo de dos años se incorporó á la marina chilena, mereciendo que el
oficial inglés comandante de la _Carysfort_ lo recomendara con encomio
certificando que «el teniente Benjamín Muñoz Gamero, por su celo y su
pericia náutica, se hallaba á la altura de los oficiales ingleses más
acreditados».

En 1844 obtuvo el mando del _Magallanes_, desempeñándolo con acierto.
En 1845 ascendió á capitán de corbeta, pasando á mandar la _Janequeo_
que ya había mandado anteriormente por interinidad.

Pero estas alternativas, las vicisitudes de su carrera en los primeros
años, los servicios comunes y corrientes que prestó en la naciente
armada de su país, no merecerían ni recordación si él no se hubiera
distinguido en otros servicios más distinguidos y en comisiones
extraordinarias, que desempeñó con singular pericia hasta su trágica
muerte.

El gobierno de Chile, que conocía las sobresalientes condiciones
y la capacidad del capitán Gamero, le comisionó para explorar con
algunos auxiliares la región austral de la República. En efecto,
reconoció prolijamente los ríos y lagos de aquella importantísima
región, entonces mal conocida, especialmente el Llanquihue y el
Coyuhué. Estos trabajos hidrográficos eran de una dificultad inmensa
por la falta de recursos, pues aquellas comarcas estaban enteramente
desiertas y necesitaban los exploradores abrirse paso á machete,
llevarlo todo consigo, trazar sendas practicables talando ó chapeando
ellos mismos, sin hablar de las innumerables privaciones y sus
naturales consecuencias. De todos modos, la ciencia debe mucho á
aquellos exploradores capitaneados por Gamero, que llenaron su misión
venciendo todas las dificultades. _El Diario_ de la expedición contiene
interesantes noticias y preciosos datos geográficos, topográficos,
físicos y geológicos.

Ascendido Gamero á capitán de fragata en 1850, fué nombrado gobernador
de la colonia de Magallanes. No bien hubo tomado posesión de su
destino, se dedicó al estudio de la lengua indígena y empezó á formar
un diccionario patagónico.

Desgraciadamente no pudo concluírlo, pues al frente de la colonia le
sorprendió el desenlace de su laboriosa y útil existencia.

El 21 de noviembre de 1851 fué reducido á prisión por las fuerzas
que estaban á sus órdenes, las cuales se sublevaron incitadas por
el teniente de artillería Cambiaso que se puso al frente de la
sublevación. El gobernador Gamero fué bien tratado al principio; pero
habiéndose escapado con el capellán Acuña, tuvieron ambos que soportar
mil riesgos y privaciones. Arrastrados por un temporal á una isla de
la Tierra del Fuego, tuvieron que batirse con los insulares; hasta que
que viéndose hostilizados por un gran número de salvajes fueguinos, se
vieron obligados á tornar al continente. Desembarcaron en una pequeña
caleta que se llama Agua Fresca, donde no tardaron en ser descubiertos
por los emisarios, agentes y espías del traidor Cambiaso. Tardaron
muchos días en ser cogidos, porque se internaron en los montes; pero
algunos hombres armados que desde Punta-Arenas habían salido en su
persecución, lograron darles alcance y capturarlos sin resistencia
cuando hacía una semana que los infelices prófugos no se alimentaban
más que con mariscos y hierbas. Aquella misma noche fueron pasados por
las armas Gamero y el padre Acuña; sus cadáveres fueron quemados.--El
asesino Cambiaso fué fusilado á su vez, en Valparaíso, en 1852.

_El Diccionario náutico_, obra de Gamero, es una prueba de la
aplicación de este benemérito y malogrado marino, mártir del deber.




GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA


Esta inolvidable poetisa nació en la isla de Cuba en 1816. Puerto
Príncipe, su ciudad natal, que ha tenido fama y la tiene todavía y
es probable que no la pierda nunca, por el corazón y la hermosura de
sus incomparables y bellísimas mujeres, las habrá sin duda producido
más guapas, más varoniles, más patriotas ó tanto como Gertrudis, pero
ninguna tan grande ni tan célebre.

No solo descuella la camagüeyana Tula entre todas las mujeres de Cuba
y de su siglo, sino entre todas las que en todo tiempo han cultivado
con éxito la literatura castellana. Es el más brillante ingenio que su
sexo ha producido. No sin razón decía don Manuel Bretón de los Herreros
oyendo la lectura de sus poesías: ¡Es mucho hombre esta mujer!... Y don
Juan Nicasio Gallego escribía á su vez estas palabras: «Nadie le puede
negar la primacía entre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira
castellana, así en éste como en los pasados siglos.»

El epitafio que escribió don Nicomedes Pastor Díaz para la tumba de
la Avellaneda, no es menos elocuente que los juicios anteriores: «Fué
uno de los más ilustres poetas de su nación y de su siglo; fué la más
grande entre las poetisas de todos los tiempos.»

Murió la Avellaneda en España á principios de 1873.

Desde muy joven había venido á España, donde supo conquistarse un
puesto prominente en la fecunda y rica república de las letras
españolas. Casada varias veces, volvió más de una vez á su patria
que se enorgullecía con hija tan ilustre. Sus últimos versos fueron
escritos en Cárdenas.

Sus poesías líricas hubieran bastado para crearle un envidiable
renombre: sus novelas no son menos notables; sus producciones
dramáticas la elevaron á una inmensa altura.

Los dramas de Gertrudis más aplaudidos en España, fueron _Alfonso
Munio_, _Baltasar_ y _La hija de las Flores_. Uno de ellos, _Baltasar_,
ha sido transformado en ópera por el maestro Villate, compatriota de la
poetisa. La ópera también fué celebrada al estrenarse en Madrid.

Pero veamos á la poetisa retratada por sí propia:

    «Había cumplido diez y ocho años--dice la Avellaneda en sus
    memorias--y excepto leer y escribir, y representar tragedias, nada
    sabía. Todos los desvelos de mi madre por hacerme progresar en la
    música y el dibujo, no habían podido llevarme más lejos que á tocar
    de memoria algún vals, á cantar algunas arias de Rossini, con más
    expresión que arte, y á pintar mal algunas flores. Mi maestro de
    aritmética me había declarado incapaz de conocer los números; mi
    profesor de gramática me decía que era imposible hacerme comprender
    una sola regla; en fin, cuantos se habían encargado de mi educación
    parecían convencidos de mi ineptitud para todo; y, sin embargo,
    yo escribía y hablaba con más corrección de la que es común en mi
    país, y, no obstante mi natural desidia para aprender, tenía sed
    ardiente de saber y leía mucho y pensaba mucho.»

Y pensando, y leyendo, se transformó la poetisa cubana, que llegada
á Madrid en un período de animación y renacimiento literario, logró
lo que á muy pocos les es dado conseguir: una reputación unánime de
poetisa inspirada y de escritora correcta. Su desidia y su pereza, no
eran más que aparentes; eran manifestaciones de un espíritu inquieto
y soñador que no podía sujetarse al estudio metódico de materias
áridas, que prefería los vuelos de su imaginación y los goces de una
fantasía potente y creadora. ¡Quién sabe los dramas, las tragedias,
las imágenes, las elegías que bulleron en la cabeza de Tula, cuando se
mostraba tan rebelde á la gramática! He aquí dos de sus sonetos:

    ¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
  ¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
  La noche cubre con su opaco velo
  Como cubre el dolor mi triste frente.

    ¡Voy á partir!... La chusma diligente,
  Para arrancarme del nativo suelo,
  Las velas iza, y pronta á su desvelo
  La brisa acude de su zona ardiente.

    ¡Adiós, patria feliz, edén querido!
  Do quier que el hado en su furor me lleve
  ¡Tu dulce nombre halagará mi oído!

    ¡Adiós!... Ya cruge la turgente vela...
  El ancla se alza... el buque, estremecido,
  Las olas corta y silenciosa vuela!

         *       *       *       *       *

    En vano ansiosa tu amistad procura
  Adivinar el mal que me atormenta;
  En vano amigo, conmovido intenta
  Revelarlo mi voz á tu ternura.

    Puede explicarse el ansia, la locura,
  Con que el amor sus fuegos alimenta...
  Puede el dolor, la saña más violenta
  Exhalar por el labio su amargura.

    Mas de decir mi malestar profundo,
  No halla mi voz, mi pensamiento medio,
  Y al indagar su origen me confundo;

    Pero es un mal terrible, sin remedio,
  Que hace odiosa la vida, odioso el mundo,
  Que seca el corazón... En fin, ¡es tedio!




[Ilustración]

HIDALGO


El célebre cura de Dolores (Méjico) nació en el Estado de Guanajuato en
1753, dedicándose desde muy joven á la carrera eclesiástica.

El 16 de septiembre de 1810 inició Hidalgo la lucha que había de
destruír el sistema virreinal, lucha que duró 14 años, no viendo su fin
casi ninguno de los iniciadores.

Con 300 indios desarmados empezó Hidalgo la guerra contra los
dominadores; guerra sangrienta y larga, tan sangrienta y larga como
heroica, en la cual sólo tomaron parte en los primeros tiempos algunos
sacerdotes, masas de indios y pobres desheredados. Los mejicanos
ricos, ilustrados ó influyentes, salvo muy contadas excepciones,
permanecieron impasibles ó defendieron la causa de los tiranos que era
la causa de sus privilegios.

Cuando al fin se decidieron por la revolución, su peso inclinó la
balanza del lado de la Independencia; si se hubieran decidido antes,
no se hubiera vertido tanta sangre, no se hubieran levantado tantos
patíbulos, no contaría tantos horrores la historia mejicana.

Por eso los mejicanos, haciendo justicia á los verdaderos fundadores
de su gloriosa nacionalidad, conservan el culto de Hidalgo, Morelos
y Matamoros, festejan el 16 de septiembre, se enorgullecen con las
glorias de los que combatieron en la que pudiéramos llamar época
heroica de la Independencia mejicana, sin acordarse apenas de los que
consumaron la obra con sus arrojos tardíos, en época de victorias
fáciles, de triunfos lisonjeros y de evoluciones útiles.

Miguel Hidalgo y Costilla, que así se llamaba el héroe, tuvo que
refrenar excesos y desórdenes de gentes allegadizas, necesitando
ordenarlas y disciplinarlas al mismo tiempo que hacía su propio
aprendizaje de la guerra. Combatir contra un poder constituído,
tradicional y fuerte, aprender lo que ignoraba, instruír al mismo
tiempo á los suyos, es una triple tarea llena de dificultades que
excusan los desaciertos, las faltas militares, los errores políticos
del cura de Dolores. No por fanatismo personal, sino por acomodarse
al fanatismo ajeno, levantó por enseña revolucionaria la imagen de la
Virgen. La devoción de los indios á la virgen de Guadalupe, hábilmente
explotada por Hidalgo, le dió un gran contingente de soldados y el
apoyo de la raza indígena. Hasta un regimiento colonial formado como
todos por soldados indios (el de la Reina, si mal no recordamos) se
unió á las fuerzas de Hidalgo en los primeros tiempos.

El 28 de septiembre, doce días después de haberse iniciado la
revolución, se titulaba el cura «teniente general» y mandaba un
ejército de 56,000 hombres, con el cual tomó posesión de Guanajuato
pasando á cuchillo á toda la guarnición y al intendente Riaño (que se
hizo fuerte en la Alhóndiga y se defendió como era su deber.)

Hidalgo se valió del fanatismo de los naturales como medio de
arrastrarlos al combate por la independencia. Los españoles se
sirvieron de las mismas armas para combatirlo, creyendo desautorizarlo
con excomuniones de la Iglesia. Por eso fué Hidalgo excomulgado como
hereje, sacrílego y perjuro, excomuniones que habían de hacerle poca
impresión á él mismo, pues siendo cura estaba en el secreto de su
inutilidad, pero podían determinar deserciones en su ejército. Supo
contenerlas con habilidad, y no sólo conservó sus fuerzas, sino que
las aumentó, dotándolas de buena artillería de la fundición por él
establecida en Guanajuato.

Entró en Valladolid el 10 de octubre de 1810 y fué nombrado
generalísimo con facultades para legislar y tratamiento de Alteza
serenísima.

Poco después, en Monte de las Cruces, derrotó las fuerzas de Torcuato
Trujillo, quedándole abierto el camino de la capital. En pocas jornadas
hubiera podido llegar triunfante á Méjico, pero no se atrevió; y
contramarchando con rumbo hacia Querétaro, se encontró con el famoso
Calleja que le derrotó poco menos que sin combatir. Hidalgo, sin
embargo, tenía en aquel encuentro unos 40,000 hombres y 12 piezas de
artillería. Pero sus soldados eran todavía bisoños y sus oficiales
inexpertos, como improvisados y sin instrucción, lo cual explica de
sobra su inferioridad.

Después de esta derrota se retiró á Valladolid, donde reorganizó sus
huestes lo mejor que pudo. Se trasladó en noviembre con 7,000 hombres,
casi todos de caballería, á Guadalajara, ciudad que había caído en
poder de la revolución. Allí se constituyó un gobierno presidido
por Hidalgo, cometiéndose muchas crueldades con los españoles y
degollándose con ensañamiento á personas inocentes y aun inofensivas.
Los mismos historiadores mejicanos juzgan con dureza los actos de
Hidalgo, de alguno de sus tenientes y de muchos de sus hombres. Las
guerras justas no deben ser inhumanas; los jefes de un ejército deben
reprimir los instintos sanguinarios que pueda haber en la tropa; los
crímenes de Guadalajara, como los ejecutados antes en Valladolid, son
tanto más sensibles por que eran innecesarios. Allende, compañero
de Hidalgo, se opuso con su influencia á la perpetración de tales
crímenes: todo fué inútil.

Grandes tiranías, duras represiones y sangrientas represalias
hicieron los españoles en la guerra de la independencia; en toda
América sacrificaron víctimas, atropellaron inocentes y cometieron
crímenes dignos de la reprobación, de la execración universal. Pero
es fuerza convenir en que el cura Hidalgo les marcó tan mala senda.
Las represalias no se justifican nunca, pero se explican á veces por
la dura necesidad de la defensa propia. Los primeros crímenes de la
guerra americana son imputables, desgraciadamente, al cura de Dolores.
La posteridad le agradece el heroísmo de que dió pruebas iniciando en
Méjico la revolución; le perdona sus faltas, en gracia del sacrificio
de su existencia que hizo en aras de la independencia mejicana; pero
no le considera á la altura de los grandes héroes, valientes al mismo
tiempo que humanos, como Bolívar, San Martín, Wáshington, Sucre,
Allende y tantos otros.

El 17 de enero de 1811 fueron batidos Hidalgo, Allende y Abasolo con
80,000 infantes, 20,000 jinetes y 96 bocas de fuego, por 5,000 hombres
de tropas regulares que acaudillaba Calleja. El combate fué reñido;
pero al fin tuvo que ceder el número ante la disciplina y buena
dirección de las fuerzas virreinales. Hidalgo dejó en poder del enemigo
crecido número de prisioneros, toda su artillería y las banderas con la
imagen de la virgen milagrosa.

Buscando refugio en los Estados Unidos, fué Hidalgo detenido antes de
llegar á la frontera. Se le fusiló el 1.º de agosto de 1811.

El historiador de Méjico, mejicano él mismo, don Lucas Alamán, trata
con harta dureza al cura Hidalgo. Sus errores, ciertamente, fueron
numerosos y perjudiciales para la causa que con ardor defendía; pero
no es justo acusarle de hombre sin plan, sin principios, sin ideas,
como hace el mencionado historiador, pues demostró lo contrario en
circunstancias adversas.

En cuanto á los errores, los pagó con su vida y murió con el valor de
los héroes.

Cubra sus faltas el piadoso manto del olvido; pero viva su nombre en la
memoria de los americanos.




MORELOS


José Morelos y Pavón nació en Valladolid (Méjico) en 1765. En la misma
ciudad, pero algún tiempo más tarde, nació Agustín Iturbide. Ambos
vallisoletanos sirvieron á la causa de la Independencia; pero el uno,
Morelos, fué vencido y ejecutado; el otro, Iturbide, se hizo proclamar
emperador, lo cual no le eximió de morir igualmente fusilado como
mueren en Méjico los emperadores. Morelos se batió por la Independencia
mejicana desde que empezó la guerra, tropezando con las dificultades
consiguientes y con las fuerzas de los españoles. Iturbide, oficial
del ejército real, combatió primero contra sus paisanos y se adhirió
después al movimiento cuando su triunfo parecía indudable. El mérito,
pues, de ambos caudillos no tiene los mismos grados; por eso los
mejicanos, que más tarde fusilaron á Iturbide, hubieran resucitado á
Morelos si hubieren tenido medios para hacer ese milagro. La gratitud
nacional pone á Morelos mucho más alto que á Iturbide. La ciudad en que
nacieron ambos ha cambiado su nombre castellano de Valladolid por el
actual de Morelia, sin que el honor que de este modo se ha concedido
á Morelos se le haya ocurrido á nadie otorgárselo á Iturbide. Los
pueblos se equivocan pocas veces; y aunque los hombres suelen ser
injustos cuando se trata de juzgar sucesos ó personajes contemporáneos,
el juicio de la posteridad repara casi siempre los errores y las
injusticias. Pasadas las pasiones del momento, los intereses que
ofuscan y las impresiones personales, queda la historia imparcial,
la crítica serena, la razón fría que juzga sin pasión. Por eso los
mejicanos enaltecen la memoria del patriota Morelos, y casi olvidan
al brillante militar que solo sirvió á la patria en la medida de sus
conveniencias y de sus ambiciones.

Hijo Morelos de un artesano humilde y huérfano desde la infancia,
debió á la protección de un pariente la entrada en un colegio regido
por Hidalgo, otro futuro mártir de la Independencia. Se distinguió
en sus estudios y siguió la carrera eclesiástica no sin lucimiento.
No bien hubo recibido las órdenes sagradas, desempeñó varios curatos
sucesivamente.

Sublevado contra el rey el célebre cura Hidalgo, á quien Morelos tanto
conocía, presentósele éste pidiéndole un puesto en la revolución.
Hidalgo le improvisó coronel encargándole que extendiera y propagara
el movimiento separatista por la región del sur. La primera campaña
de Morelos fué tan brillante como afortunada, consiguiendo más de una
vez sorprender al enemigo con su tropa irregular de indios y con sus
escasos elementos. En 1810 y 1811, las victorias debidas á su audacia
le proporcionaron á Morelos muchos recursos de que carecía: cañones,
fusiles, armas blancas. El 16 de agosto del último año citado entró
vencedor en Tixtla.

Á principios de 1812 fué destinado el general Calleja á la persecución
del esforzado Morelos, que se encontraba á la sazón en Cuautla.
Morelos pudo retirarse á tiempo, evitando un encuentro con fuerzas
superiores; no lo hizo, prefiriendo resistir en las posiciones que
ocupaba. Calleja atacó resueltamente, preparando el asalto con los
fuegos de su artillería. Cuando juzgó bastante quebrantadas las tropas
de Morelos, dió la señal del asalto. La embestida fué tan cruenta como
inútil, perdiendo los realistas 400 hombres sin lograr su objeto. Las
siguientes acometidas fueron tan infructuosas como la primera, siendo
necesario formalizar un verdadero sitio. Dos meses duró la resistencia
de Cuautla, que afirmó la fama de Morelos así como la gloria de sus
indios. Á principios de mayo evacuó Morelos con su gente la plaza que
defendía; poco después entraba en Oajaca á viva fuerza, tomaba el
castillo de Acapulco y desconcertaba á los oficiales españoles con su
movilidad que era el secreto de su fuerza.

El 13 de septiembre de 1813 instaló Morelos en Chilpacingo el primer
Congreso mejicano, Congreso que declaró la Independencia de Méjico
adoptando la forma de República.

Un acto político tan importante daba prestigio y fuerzas á la
revolución; mas era necesario que el Congreso ya constituído se
trasladara á una población más importante y que su ejército no
se limitara á correrías estériles ó excéntricas, sino que tomara
vigorosamente la ofensiva.

Para ello contaba el cura Morelos con un ejército de 20,000 hombres,
aguerridos ya, con 47 cañones y con bastante dinero. Su estrella, sin
embargo, se eclipsó cuando más deslumbraba con su brillo.

Marchando con el grueso de sus fuerzas sobre Valladolid, encontró en
su camino á las tropas de Iturbide que lo derrotaron. No obstante la
inferioridad numérica de la columna española, desbandáronse los indios
de Morelos haciendo inútiles todos los rasgos de heroísmo del caudillo
y de sus oficiales.

Pero el gran Morelos no se amilanó; los desastres no desalentaban su
alma fuerte. Recogió cuantos dispersos pudo, y desoyendo los consejos
de Matamoros, Bravo, Galiana y otros oficiales insurgentes, presentó
batalla á los realistas en la hacienda de Puruarán con solos 3,000
hombres y 20 piezas que le quedaban de su artillería. Destrozado
nuevamente por Llano é Iturbide, quedaron deshechas las mejores tropas
revolucionarias. Allí quedó prisionero el bravo Matamoros, uno de
los héroes más brillantes de la guerra de la Independencia, que fué
fusilado en Valladolid.

Morelos mismo cayó poco después en poder de sus perseguidores. Un
mejicano de Tepecuacuilco, llamado Carranque (según otros Carranco) le
entregó á los españoles.

Los biógrafos de Morelos cuentan un episodio que es sin duda trivial,
pero que pinta el carácter del caudillo. Estando prisionero el héroe de
Cuautla fué á verle un coronel español, el cual le preguntó:

--¿Si fuera usted el vencedor y yo el prisionero, qué haría usted
conmigo, señor cura?

--Fusilarle, contestó Morelos sin titubear.

El cura Morelos fué pasado por las armas, previa la degradación, el 22
de diciembre de 1815. Pero vive en la historia y en todos los corazones
mejicanos.




[Ilustración]

ITURBIDE


En 1783 nació en Valladolid, hoy Morelia, un niño que fué bautizado
con el nombre de Agustín. Los padres de la tierna criatura se hubieran
horrorizado si hubiesen leído su horóscopo. Nació con mala estrella;
presidió su destino la negra fatalidad. El que pudo ser libertador de
un pueblo, fundador de una República, hijo predilecto de su patria,
sólo tiene en la historia dos páginas tristes y apenas vive en la
memoria del pueblo. Sus actos más notorios, los hechos culminantes de
su vida, no responden en manera alguna á la conciencia nacional, no se
ajustan al noble ideal americano, están fuera de la realidad histórica
de Méjico.

Agustín Iturbide nació predestinado á las dos más afrentosas desdichas:
á ser emperador y á morir á manos de los suyos; á convertirse en tirano
de sus compatriotas y á que éstos le arrancaran violentamente la vida.
Cuando él se decidió, demasiado tarde para su prestigio, por la causa
de la Independencia, ésta se convirtió rápidamente en hecho consumado.
Su concurso no pudo ser más eficaz y sus partidarios le llamaron
«el Libertador». Pero el pueblo, que penetra con sagaz instinto en
las intenciones de los hombres públicos, descifró el pensamiento de
Iturbide y no creyó nunca en su sinceridad.

Las desconfianzas del pueblo se vieron confirmadas. Iturbide se movía
por impulsos de interés, no por móviles patrióticos ni liberales.

Haremos, sin embargo, una breve reseña de su vida y un conciso relato
de su muerte, para que sirvan de enseñanza al mundo y de escarmiento á
caudillos ambiciosos.

Ingresó Iturbide en el ejército de la colonia ó del virreinato
mejicano, como subteniente, cuando sólo contaba quince años. Fué
favorecido en su carrera por la protección de sus deudos y de sus
amigos, y ya era teniente del ejército español cuando el cura Hidalgo
dió el grito de Independencia.

En la acción de las Cruces recibió el bautismo militar, el bautismo de
sangre, pues allí se batió por la primera vez entrando en fuego con las
tropas de Trujillo. Se portó bizarramente, mereciendo plácemes de sus
compañeros los jefes y oficiales españoles. Su comportamiento le valió
el ascenso á capitán.

Desde entonces no cesó de batirse por el rey, obteniendo grados y
condecoraciones en los campos de batalla. Al poco tiempo fué nombrado
coronel, pasando previamente por todos los grados inferiores. Sus
mismos compañeros aplaudían los ascensos que se le otorgaban,
reconociendo que los merecía por su serenidad en los combates y por la
tenacidad con que perseguía á sus compatriotas _insurgentes_. Solamente
el obispo Abad y Queipo censuraba los ascensos y los elogios que se
prodigaban á Iturbide, anunciando que sería traidor.

Las ejecuciones sucesivas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Mina y
otros muchos, no consiguieron domar la insurrección. Por todas
partes brotaban guerrilleros, y la lucha continuaba entre mejicanos y
españoles sin que le pusieran término los fusilamientos, los cadalsos,
las victorias de Calleja ni las de Iturbide. Éste fué quien capturó al
indómito republicano Albino García, que no le daba tratamiento ni al
mismo Hidalgo, porque él «no reconocía más alteza que la de los cerros».

Así llegó el año de 1820. Se supo en Méjico la revolución de España
contra el malvado, pérfido, ingrato Fernando VII, ese monstruo de
tiranía, de corrupción y de perversidad. Riego, al frente de sus tropas
(que debían embarcarse para América) dió el grito de libertad y acabó
por el momento con el absolutismo. Ciertos mejicanos, sometidos hasta
entonces al poder absoluto de los reyes, empezaron á considerar que
el triunfo de Riego y de la libertad en la Península era una amenaza
para sus títulos, propiedades, fueros, pragmáticas y preeminencias.
Temían que los gobiernos liberales, entrando por la vía de las
reformas, acabaran con sus privilegios y con otras injusticias. «Para
_conservar_, decían, los _derechos_ de la religión, de la aristocracia
y de las leyes, es necesario romper con el liberalismo.»

Y en efecto, conspiraron por la Independencia los mismos que habían
aplaudido las ejecuciones y persecuciones contra los independientes.
Sedujeron á Iturbide haciéndole entrever una corona. Acordaron
separarse de la metrópoli, constituyendo aparte una monarquía absoluta,
católica y militar. En lo que no se hallaban todos de acuerdo era en la
persona del monarca, pues unos pensaban seriamente en Iturbide y otros
querían que fuese un príncipe de sangre real. Pensaron algunos hasta en
Fernando VII para hacerlo emperador.

Iturbide no dudó; sus ideas realistas y su ambición personal le
inclinaron á ceder á las sugestiones de sus deudos y de sus amigos,
ofreciendo hacer él mismo la revolución. Pero antes consideraba preciso
acabar con los republicanos, con _los insurgentes_, como él los llamaba
todavía.

El caudillo más importante que continuaba en pie sosteniendo en el sur
la bandera de la revolución, era sin duda Guerrero. Iturbide consiguió
que el virrey le confiara las fuerzas necesarias para combatirlo,
prometiéndose acabar con él y sublevarse á su vez en ocasión oportuna.
Sus bastardas miras no pudieron realizarse enteramente á su gusto, pues
Guerrero no se dejó batir con tanta facilidad.

Entonces Iturbide prefirió entenderse con el caudillo revolucionario,
proponiéndole tres bases para un acuerdo: unión, religión,
independencia.

Guerrero aceptó las bases, y con gran desprendimiento se puso á las
órdenes de Iturbide. Éste proclamó públicamente el famoso _plan
de Iguala_ ó de las tres garantías, que era el programa de los
conservadores.

El 24 de febrero de 1821 comunicó Iturbide desde Iguala su famoso
plan, no solamente á sus amigos, sino á todos los jefes militares y
al virrey. Contaba Iturbide con unos 6,000 soldados y se le agregaron
otros muchos. No pocos de sus compañeros de armas secundaron el
pronunciamiento. La campaña de Iturbide no fué otra cosa que un
paseo militar: guarniciones enteras se rendían sin un mal simulacro
de defensa y apenas si se batió con denuedo algún destacamento poco
numeroso.

Al frente de 16,000 hombres hizo Iturbide su entrada en la capital de
Méjico el 27 de septiembre de 1821.

Los españoles no conservaban más que el castillo de San Juan de Ulúa,
situado en un islote del puerto de Veracruz, donde se resistieron con
tenacidad. ¡Era el último baluarte de su dominación!

Iturbide permitió que un motín militar le hiciera emperador; el
sargento Pío Marcha le puso una corona, que debió causarle una
impresión penosa como el frío de la muerte. Aceptó el manto imperial,
que había de ser su mortaja, y celebró con salvas su propia coronación.
Todo esto pasaba en la fatídica fecha del 18 de mayo de 1822.

El emperador incorporó la República de Guatemala á su imperio no
reconocido, enviando allí un ejército mandado por Filisola. Creó
cuatro capitanías generales, fundó la orden de Guadalupe y repartió
condecoraciones militares y civiles á los individuos de uno y otro sexo
de su Corte imperial.

En desacuerdo bien pronto con el Congreso nacional, lo disolvió.
El usurpador de la soberanía marchaba directamente al absolutismo
degradante. Pero el 8.º regimiento de infantería de línea que tenía
por coronel á Santa Ana (el mismo que fué más tarde, presidente de
la República), se sublevó contra el imperio, que no pasaba de ser
una mascarada, una caricatura de las ridículas cortes asiáticas y
europeas. Guerrero también se sublevó en el sur en compañía de Bravo.
La insurrección se propagó por todos los ámbitos de Méjico; Iturbide
se vió obligado á renunciar la corona; el Congreso declaró que tal
renuncia no era necesaria, pues su elección era nula. En efecto, el mal
aconsejado Iturbide no había sido más que emperador _de hecho_, vulgar
usurpador.

Fué desterrado Iturbide, señalándosele un sueldo anual de 25,000 pesos
con la expresa condición de residir en Italia.

Pero después de una corta permanencia regresó de Europa, desembarcando
en Soto la Marina con algunos compañeros. Un sargento mejicano
le reconoció; fué preso inmediatamente, juzgado por el Congreso
constituído en tribunal y fusilado en Padilla á fines del mes de julio
de 1824.

Murió con tranquilidad, después de arengar á los soldados que habían de
hacerle fuego y de repartirles algunas onzas de oro.




[Ilustración]

ENRIQUETA STOWE


La célebre novelista americana Enriqueta Beecher de Stowe nació en
Litchfield (Connecticut) el día 15 de junio del año 1814. Era hija del
doctor Beecher, pastor presbiteriano de Boston. Su padre la quería
dedicar á institutriz y le dió al efecto una sólida instrucción. Á la
edad de quince años sucedió á su hermana Catalina en la dirección de
una escuela; después regentó otra escuela en Cincinatti.

Se casó Enriqueta con el doctor Calvino Stowe, uno de los teólogos más
notables del protestantismo, de quien había sido discípula aprovechada.

El doctor Stowe fué profesor del seminario de Cincinatti desde 1832
hasta 1850, fecha en la cual se vió perseguido por abolicionista y se
refugió en el Estado del Maine. Su mujer le acompañó.

Poco después desempeñaba el marido una cátedra de literatura bíblica,
mientras ella se ocupaba en escribir novelas.

Su fama literaria fué creciendo por grados y con lentitud; primero
estuvo circunscrita á la localidad donde vivía y al círculo de sus
relaciones; después se extendió por los Estados Unidos; más tarde llegó
á Inglaterra, donde la novelista se hizo eminentemente popular. Todo el
mundo leía las obras de Enriqueta.

Sin mencionar sus artículos, cuentos y ensayos de la juventud,
escribió Enriqueta una serie de estudios que se publicaron en _The
National Era_, notable periódico abolicionista que se daba á luz
en Wáshington. Esos mismos estudios son los que llamaron tanto la
atención y cimentaron el renombre de la novelista, cuando aparecieron
coleccionados en dos volúmenes con el título de _La choza de Thom_
(Boston, 1852).

El libro adquirió las proporciones de un acontecimiento. Á su
indisputable mérito literario reunía un interés de actualidad, pues
la lucha teórica entre esclavistas y abolicionistas se hallaba en
toda su fuerza. Las polémicas sostenidas con singular pasión por las
partes contendientes, no eran sino el preludio de la lucha armada. Por
consiguiente, _La choza de Thom_ era una buena acción á más de ser un
buen libro. La escritora intervenía con las armas de su entendimiento
y su sensibilidad en favor de los esclavos negros. Servía juntamente,
quizá no sospechando ella misma el alcance de su obra, en favor de las
letras, en honra de la patria americana y en obsequio de la humanidad
escarnecida.

El libro circuló con profusión, no solamente en los Estados Unidos,
sino en el mundo entero; fué traducido á casi todas las lenguas y en
todas partes se hicieron numerosas ediciones. Los ingleses arrebataban
la obra de los estantes de las librerías, no quedando un inglés
medianamente ilustrado ni una inglesa pasablemente instruída que no la
comprara y la leyera.

Fué un éxito delirante.

Sólo en un año se imprimieron 300,000 ejemplares nada más que en los
Estados Unidos.

Pasado el entusiasmo de los primeros días empezaron á circular en
América las críticas de la obra, algunas muy acerbas. No faltaba
ciertamente motivo en qué fundarlas, pues el libro de Enriqueta no
carecía de defectos y de imperfecciones; pero no fué la crítica
literaria, sino la saña esclavista quien se cebó en la escritora
despiadadamente. Ella no había pensado ni pretendido nunca hacer un
monumento literario ni soñaba en un éxito tan extraordinario como tuvo,
pues había escrito con el corazón, en lenguaje tal vez desaliñado,
tratando de conmover y despertando la indignación y la ira de los
bárbaros negreros y de los odiosos esclavistas que á toda costa querían
sostener en una democracia la gangrena de la esclavitud.

Se intentó procesar á la noble novelista en nombre de las leyes,
puesto que las leyes autorizaban la existencia de esclavos en la
gran República. Sin embargo, no se llevó adelante la persecución.
Los tribunales hubieran absuelto á la que denunciaba tantos abusos y
crímenes cometidos á la sombra de leyes inhumanos.

Poco después se publicó en los Estados Unidos un comentario de la
obra de Enriqueta, con el título de _Clave de la choza de Thom_. Esta
producción demostraba plenamente que el libro no era parto de una
sensibilidad exagerada ni de una imaginación enardecida, sino copia
fidelísima de la negra realidad.

En 1853 hizo Enriqueta un viaje con su marido, recibiendo en Inglaterra
una acogida entusiasta y cariñosa. Al volver á América publicó sus
_Memorias felices de tierras extranjeras_, libro en que cuenta sus
impresiones de viaje.

Posteriormente escribió algún otro libro continuando su campaña
contra la esclavitud, como _Dred_ (última producción de la celebrada
novelista) que vió la luz en Boston y Londres en 1856. _Dred_ es una
sátira contra la esclavitud, impregnada de cristianismo filantrópico,
de caridad evangélica, de comunicativa sensibilidad como _La Choza de
Thom_.

La influencia ejercida en América por _La Choza de Thom_ es indudable.
Su libro hizo llorar á una generación; excitó el celo de los
abolicionistas, despertó la dormida caridad de los indiferentes y
estremeció á los tiranos de la raza oprimida. Los héroes que doce años
más tarde rompieron en cien batallas las cadenas de la esclavitud,
recordarían en el fragor del combate las lágrimas que habían escaldado
sus mejillas al leer _La Choza de Thom_. ¿Qué americano existía que
no hubiera leído, y leyéndolas, llorado, las desventuras del negro
maltratado y perseguido?

Enriqueta Stowe deja un envidiable nombre literario y una memoria digna
de respeto.

Su obra capital será leída siempre con verdadera emoción, y hará
ruborizar á los descendientes de los esclavistas, no hasta la cuarta,
sino hasta las últimas generaciones.

La raza de color debe una estatua á Enriqueta; y con estatua ó sin
ella, le debe una inmensa gratitud.




CASTILLA


El general peruano Ramón Castilla nació en la provincia de Tarapacá por
los años 1796 ó 1797. En su juventud perteneció al ejército español en
clase de oficial, como otros jóvenes americanos que adquirieron en las
filas realistas los conocimientos militares que luego aprovecharon en
servicio de la Independencia.

Los ejércitos de España en sus colonias de América se nutrían
generalmente de reclutas indios, sobre todo en épocas normales;
había también soldados españoles, pero éstos en escasa minoría. Los
oficiales eran de raza española, tanto criollos como peninsulares,
unos y otros sirvieron lealmente á España, subsistiendo aun hoy
en la península jefes retirados, generales distinguidos y hombres
públicos, nacidos en el Perú ó en Méjico, en Nueva Granada ó en el
Plata, en Chile ó Venezuela, en Guatemala ó las Antillas. Muchos de
ellos han desaparecido, en España, ocupando los más altos puestos en
la gobernación y en la milicia, en las letras y en la Iglesia. No es
posible que los citemos á todos ni eso responde á nuestros objeto;
sólo diremos que los generales don Manuel de la Concha (marqués del
Duero), don José de la Concha (marqués de la Habana), don Antonio Ros
de Olano (marqués de Guadeljelú), don Luis y don Fernando Fernández de
Córdova (marqueses de Mendigorría), don Juan Zavala (marqués de Sierra
Bullones), don Juan de la Pezuela (conde de Cheste), el célebre general
Narciso López ajusticiado en Cuba, el almirante Topete, el cardenal
Moreno, el poeta Ventura de la Vega y otros mil, habían nacido en las
colonias de América. Todos estos personajes eran niños cuando empezó la
guerra de la Independencia americana; pero otros americanos que habían
nacido en el siglo precedente, que se batieron por España y que en
España han muerto, ocuparon también brillantes posiciones en la madre
patria, distinguiéndose con especialidad en las letras, las armas ó la
política desde 1824 hasta que el tiempo los ha ido acabando poco á poco.

Pero hemos dicho que algunos, entre ellos el general Castilla, optaron
en la hora crítica por la causa americana. Su amor á la Patria y á la
libertad fué más poderoso que sus compromisos con la metrópoli, que
su afecto á la tradición, que su fidelidad á un rey malvado y perjuro
como Fernando VII. El rey, que era entonces el símbolo de la unidad
nacional, fué traidor á lo que él mismo personificaba; los hombres
dignos estaban relevados para con él de todo compromiso. Los militares
que, siendo americanos, se decidieron sin vacilaciones por la causa de
la Independencia, fueron sin duda los más cuerdos y los más patriotas.

Castilla era capitán cuando abrazó la causa de la Independencia, á la
que le arrastraban de consumo el sentimiento patrio, los principios
liberales y su dignidad de hombre. Pudiendo ser ciudadano ¿cómo había
de ser vasallo?

El 9 de diciembre de 1824, á las órdenes de Sucre, tomó parte en la
gloriosa batalla de Ayacucho que puso fin á la dominación de España
en el Perú y en América. En el ejército peruano ascendió luego á
mayor, comandante y coronel, figurando activamente en la política de
su país desde 1831. En la guerra civil de 1834 ascendió á general de
brigada. Después de las batallas de Yanacocha y Socabaya, perdidas por
él en 1835, emigró á la República chilena. En 1839 se encontró en la
batalla de Jungaí como general de división de las tropas de Gamarra,
contribuyendo mucho á la victoria.

El general Castilla fué ministro de Hacienda. Más tarde, en 1845, fué
elegido presidente del Perú. En tan elevado puesto mereció bien de
su patria y de la humanidad, aboliendo la esclavitud de los negros.
Devolver su libertad á 30,000 esclavos: he aquí el timbre de gloria
del general Castilla. Hizo más: suprimió el injustísimo tributo que
dos millones de indios pagaban todavía á los que, en plena república,
seguían siendo sus señores.

Castilla supo mantener el orden, aumentó la marina peruana dotándola
de vapores y organizó la Hacienda fundando el crédito nacional, que
antes de su mando no existía. Suprimió la pena capital por delitos
políticos, y aunque subsistió para crímenes comunes, jamás quiso firmar
una sentencia de muerte.

En la época de su mando se mejoraron las costumbres públicas, pues, él
daba ejemplo de respeto á las leyes, de sinceridad electoral y de amor
á todas las libertades.

Firmó tratados con otras repúblicas de América, extendió la influencia
del Perú en el exterior, impulsó los progresos industriales en el
interior y mejoró la organización del ejército peruano.

Los primeros ferrocarriles peruanos se deben á la iniciativa
inteligente del general Castilla, que para construírlos se asoció á un
capitalista chileno muy acaudalado y muy amigo suyo[6].

       [6] Don Pedro González de Candamo.

En 1858 fué elegido nuevamente para la magistratura suprema del Estado,
habiendo sido presidente de la República por espacio de catorce años en
el transcurso de su larga y provechosa vida política, una de las más
gloriosas del Perú.

En 1867, á la edad de 70 años cumplidos, se puso al frente de una
rebelión. El acto ha sido juzgado con dureza. Á nosotros sólo nos toca
decir que lo pagó muy caro, pues le costó la vida: sucumbió en el campo
de batalla.




LAMAR


El general José Lamar nació en Guayaquil en 1778. Era, pues,
ecuatoriano; mas en aquel tiempo el Ecuador no existía como
nacionalidad particular, sino como parte integrante del Perú.

En su niñez fué Lamar á Madrid en compañía de su pariente el doctor
Cortázar, que había de ser más adelante oidor en la audiencia de Bogotá
y regente de Quito.

En España ingresó Lamar en el ejército desde su primera juventud,
habiendo ido con su regimiento al Rosellón con motivo de la guerra
declarada por todas las monarquías de Europa á la primera República
francesa.

Los ejércitos de la República se cubrieron de gloria en todas las
fronteras y las ensancharon con sus triunfos; pero en el Rosellón
encontraron un adversario digno de medirse con los caudillos
revolucionarios, en el ilustre general Ricardós, gaditano célebre y
militar instruído con quien aprendió Lamar el arte de la guerra.

Al terminar la campaña del Rosellón, era Lamar capitán del regimiento
de Saboya que aun existe en España.

Tomó parte después el joven ecuatoriano en la guerra de la
independencia sostenida por los españoles contra los ejércitos
imperiales de Napoleón I, habiéndose encontrado en el memorable sitio
de la inmortal Zaragoza, donde fué herido de mucha gravedad.

Restablecido más tarde y ascendido á coronel, sirvió á las órdenes
del general Blake en la campaña poco feliz que sostuvo éste en la
región valenciana. Lamar se distinguió mandando una columna de 4,000
combatientes; pero comprendido en la capitulación del 9 enero de 1812,
tuvo que rendirse al general Suchet y fué llevado prisionero á Francia.

Destinado al depósito de prisioneros establecido en Dijón, se negó á
empeñar su palabra de permanecer en la ciudad, lo que obligó á los
franceses á encerrarle en un castillo. Un realista francés, enemigo
de Bonaparte y de la Revolución, le proporcionó los medios de fugarse
y pudo Lamar al cabo de algún tiempo ganar la frontera suiza. Después
atravesó toda Italia, embarcándose en Nápoles con rumbo á la península
en un barco inglés de guerra.

Desembarcó Lamar en la ciudad de Cádiz cuando ya los franceses habían
evacuado el territorio español. Se dirigió á Madrid, donde Fernando VII
recompensó sus servicios ascendiéndole al generalato y destinándole
á Lima, como él solicitaba. Lamar llego á Lima con el propósito de
conciliar las tendencias separatistas de los americanos y los llamados
derechos de la metrópoli. Amaba la libertad, la independencia, el
derecho y la justicia; pero sentía gran respeto á España y no quería
una ruptura completa; sus aspiraciones eran ya irrealizables, pues dada
la situación de las cosas, el estado de los ánimos y la sangre vertida
por unos y por otros, aflojar los lazos entre España y América era lo
mismo que acelerar el momento de la emancipación. Lo que pretendía
Lamar hubiera sido bueno, político, oportuno, sesenta años antes; en
1815 era imposible y absurdo.

Así lo comprendió por fin el ilustre ecuatoriano, decidiéndose con
resolución por la libertad de América. El soldado de la independencia
española, también lo fué de la independencia peruana. Tardó mucho en
decidirse, pero su concurso fué precioso.

El Perú independiente quiso premiar los servicios de Lamar, que bien
lo merecían; al efecto le hizo donación de una riquísima hacienda, que
había sido embargada á un español; pero Lamar sólo aceptó el donativo
para devolver la hacienda al dueño despojado. Era éste adversario suyo,
enemigo de la Independencia, persona poco estimada en el país; pero
Lamar tenía un corazón generoso y dió muestras de un desprendimiento
digno de alabanza.

Lamar se mezcló posteriormente en sucesos políticos de los que agitaron
el Perú, viéndose obligado á emigrar y emigrando para no volver. Murió
en San José de Costa-Rica en 1830.

Pero los despojos del gran mariscal Lamar no podían perderse lejos del
Perú. En 1834 autorizó la Convención nacional al Poder ejecutivo para
trasladarlos con decoro desde la América central al cementerio de Lima,
y se operó la traslación en 1845, siendo jefe del Estado peruano el
benemérito general Castilla.




[Ilustración]

SUCRE


Declaramos sinceramente que hemos vacilado antes de resolvernos á
incluír á Sucre en esta galería.

Figuran en ella las celebridades americanas de segundo orden, los
personajes célebres cuya nombradía no siempre sale de los límites de
una nación, los que pueden ser olvidados y aun desconocidos.

¿Pero quién no conoce al héroe legendario de Ayacucho?

Si hemos omitido los grandes hombres como Wáshington, Bolívar, San
Martín, Lincoln y Juárez, personajes históricos de fama imperecedera,
¿no debiéramos hacerlo mismo con el gran mariscal Sucre?

Todas las figuras que hemos bosquejado son justamente célebres; pero no
todas en el mismo grado. La celebridad de un Hámilton, que es grande en
los Estados Unidos, se desvanece y pierde antes de llegar al Ecuador;
la de Lamar, que es grande en el Ecuador, Bolivia y el Perú, apenas
alcanza á Méjico; la de Bilbao, tan considerable en Chile y aun en la
Argentina, quizá no llegue á Colombia, Honduras y Guatemala. ¿Pero
dónde no resplandece con destellos vívidos la gloria inmortal de Sucre?
¿Dónde está el americano que desconozca al héroe? ¿Cuándo habrá una
generación tan ingrata que le olvide?

Por eso hemos vacilado antes de resolvernos á dedicarle un capítulo,
decidiéndonos al fin una consideración: la de que nunca serán bastantes
los aplausos que se le tributen ni las maldiciones que se lancen contra
sus cobardes asesinos.

Sucre nació en Cumaná (Venezuela) en 1793. Se alistó en 1810 en las
filas patriotas y se batió á las órdenes del general Miranda. Vencido
éste por los españoles, combatió al lado de Nariño. En 1813 era Sucre
teniente coronel y peleaba á las órdenes del inmortal Bolívar.

Los futuros vencedores de Ayacucho y de Junín se estimaron desde el
punto que se conocieron. Tal vez adivinaron que habían de vivir juntos
en la historia, como inseparables colaboradores en la obra magna de la
independencia. La amistad de los héroes no se quebrantó jamás.

Los hechos de armas de Sucre, sus esfuerzos por organizar los mejores
ejércitos que América tuvo entonces (y nunca los ha tenido después
superiores ni aun iguales), sus privaciones, peligros, contratiempos
en una guerra feroz de catorce años, todos los sacrificios; todos los
reveses, todos los triunfos que logró en sucesivas campañas, son hechos
que pueden ser detallados por sus biógrafos, pero no caben en este
ligero apunte. Sólo diremos que sus victorias como sus derrotas, sus
acciones de guerra como sus planes de organización y de campaña, sus
servicios militares y sus méritos cívicos, todo ello aparece oscurecido
y en segundo término ante el resplandor que despiden las espléndidas
victorias de Pichincha y Ayacucho, en las cuales se cubrió el general
Sucre de inmarcesibles coronas de laurel.

En Pichincha mostró Sucre todo el valor de su genio militar. En
Ayacucho puso feliz remate á la dominación de España en el Nuevo Mundo.
La primera de estas dos batallas fué decisiva por lo que influyó en la
suerte de la guerra. La segunda tiene una importancia histórica por
nadie desconocida.

Desde el punto de vista militar, Pichincha vale más ó tanto como
Ayacucho; pero considerada desde el punto de vista político é
histórico, la de Ayacucho es la victoria más trascendental del siglo
XIX.

De todas maneras, los militares europeos (á la verdad no muchos) que
se dedican á estudiar las guerras americanas, de lo que se asombran
no es de las batallas y de las victorias que han inmortalizado á los
caudillos de América, sino de sus marchas increíbles, de aquellas
penosas é inverosímiles jornadas por cordilleras abruptas, desiertos
sin caminos, sabanas sin recursos y selvas seculares. Bolívar, Sucre y
San Martín, con más motivo que Napoleón el Grande, pudieron felicitarse
y enorgullecerse de tener soldados «que pasaban ríos sin puentes,
marchaban sin zapatos, vivaqueaban sin raciones y sin aguardiente,
combatían con los elementos y con los enemigos». Los generales de la
independencia americana hicieron más en los Andes y en las pampas de la
América del Sur, y con más éxito, que Aníbal en los Alpes ó Napoleón en
las estepas rusas, llanuras heladas que fueron la tumba de su ejército.

El 24 de diciembre de 1824, en los campos de Ayacucho, se rindió
á Sucre el general La Serna, último virrey del Perú, quedando
prisioneros con el virrey los generales Canterac, Valdés, Carratalá,
Monet y Villalobos, gran número de jefes y oficiales y más de 2,000
soldados. Estos últimos, casi todos indios, ingresaron en el ejército
libertador; los generales, jefes y oficiales, así los peruanos como
los peninsulares, después de estar algún tiempo en diferentes pontones
fueron enviados á la Península con todo el respeto y consideración
debido á la desgracia.

El general Rodil con un puñado de hombres se sostuvo todavía algún
tiempo en la plaza del Callao, no con esperanza de éxito ni con
ilusiones imposibles, sino por el honor de las armas y el lustre de la
bandera.

El Alto Perú, que á Sucre debía su libertad, se constituyó en República
adoptando el nombre de «Bolivia» que todavía conserva. Sucre fué
elegido presidente.

En 1828 renunció tan alto puesto, que solamente le había producido
sinsabores, y regresó á su patria.

En ella no fué tampoco feliz: el héroe de Ayacucho, el gran mariscal,
el hombre que había cosechado más puros y legítimos laureles, murió
villanamente asesinado en la provincia de Pasto el día 4 de junio de
1830.

¡Que caiga la maldición de la historia sobre los aleves mercenarios que
atentaron á su preciosa vida, pero más duramente sobre los infames á
quienes servían de vergonzoso instrumento!

La memoria de Sucre no puede perecer: es doblemente sagrada para los
hijos de América, pues fué mártir después de haber sido héroe; fué
bueno después de haber sido grande; fué generoso con los vencidos,
justo con los redimidos y magnánimo con los rebeldes.

    ¡Gloria á Sucre!




WALKER


Este americano célebre de nuestros días forma un contraste violento con
el anterior. Sucre, que le precede en nuestra galería, fué un defensor
de la justicia, un soldado de la libertad, un héroe de la patria.
Walker no es otra cosa que un osado aventurero sin más ideal que la
codicia. Para él no había gloria si no había utilidades, prefiriendo
en todo caso la rapiña á los laureles. Si vamos á bosquejar su figura,
no es para tributarle aplausos que no merece ni para honrar su memoria
que es bien poco ejemplar, sino para marcarlo con afrentoso estigma por
perturbador de pueblos y victimario de hombres.

Las glorias militares, los nombres de los guerreros, las batallas
históricas y trascendentales deslumbran á los pueblos y resplandecen en
las páginas de la universal historia; pero es con la condición de ser
glorias legítimas, de ser nombres honrados, de ser batallas libradas
por causas dignas y justas.

Las guerras promovidas por el interés ó la ambición de reyes ó de
pueblos, no son legítimas nunca; las que tienen por fundamento la
ruindad ó la audacia de un caudillo, no pueden ser gloriosas; no
hay más guerras gloriosas que las guerras justas, y únicamente son
justas las que sostienen los pueblos en defensa de su libertad, de su
independencia y de su honor.

Las guerras de conquista pueden ser en algún caso gloriosas, no por las
hazañas de los conquistadores, sino por los beneficios que produzcan
á la civilización, al progreso y á la humanidad. En muchas ocasiones
son los conquistados los más favorecidos. La humanidad tiene derecho á
poseer el mundo, á estirpar la barbarie donde exista y á destruír las
barreras que oponga la ignorancia á la fraternidad.

Pero Walker no intentó abrir ninguna puerta al comercio, ni destruír
valladares que se opusieran á la civilización, ni romper cadenas de
esclavos que no existían, ni librar á Centro-América de tiranos y
déspotas odiosos. No fué más que un atrevido y audaz filibustero, con
ideales mezquinos si es que los suyos merecen el nombre de ideales.

Guillermo Walker nació en los Estados Unidos (Tennessee) en 1824. Se
educó en Alemania, donde no se distinguió por sus talentos aunque sí
por sus puños. Cuentan que descalabró á muchos estudiantes alemanes.
Su carácter inquieto le impulsó á viajar, sin que los años le hicieran
menos turbulento ni modificaran su genio díscolo y emprendedor.

Intentó conquistar el departamento mejicano de Sonora, mas fué vencido
por los mejicanos.

Después alistó 10,000 filibusteros, con los cuales fingió que se
proponía conquistar la Isla de Cuba; pero el nublado cayó en el
continente, en la América Central. Nicaragua fué la víctima de la
osadía de Walker, pues desembarcó en las costas de esa pacífica
República en 1855.

Walker y su gente cometieron sin pudor todo género de tropelías,
sembrando el terror y la desolación en campos y ciudades. Hombres sin
fe y sin vergüenza, no respetaban las leyes ni las costumbres ni la
religión de Nicaragua. ¿Cómo habían de respetar la conciencia de los
habitantes si ellos no la tenían?

La empresa filibustera de Walker no fué única, pues habiéndole salido
bien la de 1855, organizó una segunda aprovechando la ocasión de una
ruptura entre Nicaragua y Costa Rica. Intervino entonces el gobierno
de los Estados Unidos, siendo Walker detenido en Punta Arenas por el
comodoro norte americano _Paulding_. Conducido á su patria en calidad
de preso, fué puesto en libertad por el gobierno y aun agasajado por
sus amigos y sus admiradores. No dándose por vencido ni cejando en su
empresa, organizó una tercera expedición para su soñada y quimérica
conquista.

Desembarcó en Trujillo el 6 de agosto de 1860, y emprendió una campaña
que fué la más penosa de las suyas, demostrando en las adversidades y
los riesgos un temple digno de más justa causa.

Arrostró toda suerte de penalidades, fué herido en una pierna y en la
cara en uno de los encuentros, se vió perseguido como una fiera por
selvas, desiertos y pantanos, y al fin se rindió al general hondureño
don Mariano Álvarez, que le hizo fusilar á principios de septiembre.

Así terminó su vida el filibustero Walker.

Este hombre sin creencias se había convertido antes al catolicismo,
creyendo que de este modo le sería más fácil obtener la elección de
presidente en una república centroamericana.




FRANCIA


El célebre dictador del Paraguay José Gaspar de Francia es uno de los
tipos más notables que ha presentado América. Su figura es una de
las más siniestras; pero bajo cierto aspecto ha sido poco estudiada.
No somos los llamados á hacer ese estudio histórico-crítico que se
echa de menos sobre el doctor Francia, pues semejante tarea nos haría
rebasar los límites que aquí nos hemos trazado. Sólo diremos que,
sean cualesquiera los juicios que en adelante se emitan acerca de tan
singularísimo hombre, éste no se rehabilitará ni dejará de tener una
página sombría en la historia americana.

Como dice un escritor, «la figura sangrienta de este personaje aparece
ennegrecida por hechos de crueldad semejantes á los de Tiberio». Su
dictadura sólo acabó con su vida, pues gobernó hasta su muerte la
República del Paraguay en la que fué un verdadero monarca, un rey
absoluto, indiscutible, punto menos que sagrado. Educado el pueblo
paraguayo por misioneros jesuítas, se hallaba en tal situación de
inferioridad y atraso que la dictadura podía ser necesaria á raíz de la
independencia; pero una dictadura moderada, benevolente, civilizadora,
ejercida con ilustración y con templanza, no con sanguinario despotismo
como el que hizo de Francia un esbirro y un inquisidor, un tirano y un
verdugo.

¿Qué beneficios produjo su larga y terrible dictadura?

La de convertir al Paraguay en un silencioso cementerio y en un borrón
para la América libre. Á la muerte de Francia, la República no había
dado un paso por la vía del progreso; y el valiente pueblo paraguayo,
desangrado, fanatizado, anémico, envilecido, ni tenía conciencia de su
ser ni aspiraciones á mejor destino, carecía de fuerza y de influencia,
no poseía, más bienestar que el del _orden_... ¡el orden y la paz de
los sepulcros!

Francia recibió la vida en Yaguarón, pueblo de indios, en 1756. Su
padre se

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