Viaje a America, Tomo 2 de 2
by Rafael Puig y Valls · Spanish · Gutenberg #48652 · 325,247 chars · public domain (US)
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Title: Viaje a America, Tomo 2 de 2
Author: Rafael Puig y Valls
Release date: April 6, 2015 [eBook #48652]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK VIAJE A AMERICA, TOMO 2 DE 2 ***
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
versalitas como MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la
grafía de mayor frecuencia.
* Se ha respetado también el uso inconsistente de los separadores
de millares en las cifras.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Algunas ilustraciones han sido desplazadas ligeramente para no
interrumpir ningún párrafo.
VIAJE Á AMÉRICA
VIAJE
Á
AMÉRICA
_Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago,
México, Cuba y Puerto Rico_
POR
Rafael Puig y Valls
[Ilustración]
TOMO II
BARCELONA
TIPOLITOGRAFÍA DE LUIS TASSO
Arco del Teatro, 21 y 23
1894
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
Washington
[Ilustración]Mi querido lector: Si estás cansado de oir cantar
las alabanzas de la Exposición de Chicago; si te repugna leer los
detalles de la muerte de un hombre que pensó dar gloriosa tumba
á la gran feria del mundo, y halla la suya abierta por la mano
odiosa de un asesino horas antes del 30 de octubre; si te adolora
contemplar como se enlazan y confunden en la Babel de las grandes
ciudades americanas, la estruendosa fiesta que ilumina la ciencia
con todos sus esplendores y la industria con todas sus riquezas,
con el horror de trenes que chocan cada día produciendo víctimas
sin cuento, de incendios que devoran edificios á centenares, de
asesinatos aleves que buscan víctimas rodeadas de todos los
prestigios: ven conmigo á tierras más tranquilas, donde el humo de
las fábricas no emponzoña el aire que se respira, donde la agitación
loca y febril del dollar no enloquece á los hombres, donde el sol
brilla, y la atmósfera es transparente, el aire sano y la gente
culta; ven conmigo á Washington, donde verás una ciudad que levanta
monumentos á los mejores patriotas; el Capitolio, á la gloria más
pura de la gran república norteamericana; modesto albergue, en la
Casa-Blanca, al representante del pueblo, y á orillas del Potómac
la tumba del Cincinato de la historia contemporánea, que abatió la
soberbia británica y fundó con su alta sabiduría el edificio colosal,
el Código de las libertades americanas que ha fecundado todas las
energías desplegadas durante los últimos cien años, procurando,
en tan corto espacio de tiempo, el desenvolvimiento más rápido y
poderoso de una nacionalidad que registra la historia humana.
Washington, más que ciudad, es panteón colosal que glorifica á los
dioses de la democracia americana; la estatua de Washington, sentado
en silla curul, tronando como un dios pagano sobre las alturas del
Capitolio, sintetiza en tres leyendas puestas en el zócalo del
monumento, con sencillez espartana, toda su historia y toda su vida:
«El primero en la paz», «El primero en la guerra», «El primero en el
corazón de sus conciudadanos».
El que supo hallar nota tan justa, digno fué de sentir tanta grandeza.
Y como guardianes del Capitolio, altivos y arrogantes, los ungidos
por el pueblo en el pórtico del gran monumento, las estatuas de Colón
y las de Washington, Garfield... que han ocupado unos tras otros los
puestos de honor como _leaders_, por no decir señores, de las
muchedumbres americanas.
Pero no quiero, lector querido, que me sigas al través de las grandes
avenidas de Washington, de sus hermosos parques cuajados de estatuas
y monumentos, ni quiero que formes concepto conmigo, de las bellezas
y los defectos del Capitolio, que tantos recuerdos de España y
aun de Barcelona ostenta, del gran monumento que imita las agujas
monolíticas de Egipto, de todo lo que encierra la Casa-Blanca, porque
todo esto está ya descrito hasta la saciedad, y siendo probable que
no daría con la nota justa, más vale que consultes autores de mayor
y más justificado predicamento, contentándote con venir, en piadosa
peregrinación, á la casa que habitó en Mount Vernon el fundador de
la República, y á la tumba que dista pocos pasos del que fué, al
parecer, dichoso hogar de la familia Washington.
Yo bien quisiera hacer este viaje entre pocos y aun silenciosos
amigos; no se va, ni se puede ir á Mount Vernon, sin meditar, sin
retrotraer á la vida toda la historia, todas las dotes de mando de
un hombre que llenó de gloria las tierras americanas. Pero, no
soy rico para fletar un vapor por mi cuenta, y he de contentarme
con pagar cincuenta centavos para que _The Maid of the Mist_,
la doncella de la niebla, me conduzca entre _gentlemen_ y
_ladies_ de todas clases y categorías, á la Meca de la República
de los Estados Unidos.
La mañana está fría y destemplada; el Potómac arrastra el limo de
aguas torrenciales, producto de fuertes lluvias; los horizontes están
cerrados y los pasajeros arrebujados en la toldilla, contemplan
silenciosos las frondosas orillas del río. A las diez el vapor señala
la salida, abandona la dársena y emprende la marcha, camino de Mount
Vernon.
El marinero de guardia va anunciando á los pasajeros los puertos
de parada, Alexandría, Port Foote, Fort Washington, Mount Vernon.
La gente sale, se precipita á la pasarela, y el vapor retrocede
y nos deja en la entrada del parque que rodea la casa que habitó
Washington, después de haber renunciado todas sus grandezas para que
vinieran hombres nuevos á continuar la historia de los Estados Unidos.
La niebla que nos persigue toda la mañana da á lo que nos rodea
un aire de tristeza que convida á meditar. El parque se extiende
en terreno suavemente ondulado, formando una colina que domina el
silencioso Potómac, que, al deslizarse blandamente, parece respetar
el sueño inmortal del héroe de la independencia norteamericana.
Árboles forestales plantados por la mano de Washington, pinos,
robles, encinas, cipreses piramidales, árboles todos de hoja perenne,
dan al conjunto la fisonomía triste de un cementerio. A pocos pasos
del río, una estrechísima senda que sigue la cañada de un vallecito,
elevándose rápidamente, guía á una pequeña meseta, donde se halla la
modesta tumba de Washington y su mujer Martha.
El que pretenda hallar allí mármoles y bronces, leyendas fantásticas
ó epitafios altisonantes, pierde lastimosamente el tiempo; una
especie de capilla, que cubre una bóveda de cañón seguido, construída
con toscos ladrillos recubiertos con lechada de cal y vermellón, dos
tumbas de mármol blanco que los rigores del clima han manchado de
tonos grises, el nombre del que descansa allí, esperando, según dice
un versículo de la Biblia apuntado en el paramento que cierra el
fondo de la capilla, que no morirán nunca los que creen, y una verja
de hierro toscamente labrada, cuyas llaves fueron lanzadas al fondo
del río, es cuanto constituye el monumento funerario de un hombre que
sus contemporáneos creyeron que no cabría, tanta fué su gloria en la
paz y en la guerra, bajo la bóveda portentosa del Capitolio de la
capital de la república.
Fuera, y como satélites del gran astro, yacen los parientes de
Washington, orgullosos aun en sus tumbas de pertenecer á la familia
del gran ciudadano norteamericano.
Y cuando la turba que me acompaña silenciosa se cansa de contemplar
aquellas tumbas modestas, llevando cada cual en su pensamiento,
unos toda la historia de un pueblo, otros la sencilla visión de una
grandeza extinguida, los más la idea de lo que no se comprende, algo
así como música que recoge el viento, que acaricia nuestros sentidos
sin dejarnos la huella de un pensamiento claramente definido, yo
me quedo allí pensando si aquel hombre que había nacido para jefe
de un pueblo, si aquella inteligencia poderosa que temía que los
hijos de los ricos se corrompieran en Europa y adquirieran, entre
cortesanos, sentimientos adversos á la república que él había fundado
con sencillez espartana, se asustaría hoy del vuelo que alcanza
aquí la corrupción, tan grande, tan cínica y tan consentida, que
ostenta desvergonzada todas sus llagas, sin que haya siquiera una
mano piadosa que cubra sus lacras con manto de misericordia. Aquel
hombre que dejaba en su testamento una manda piadosa para fundar
una Universidad donde la juventud aprendiera á amar una república
austera hallaría hoy una sociedad que ama desenfrenadamente una sola
cosa: el dollar, que alienta todas las pasiones y satisface todas
las concupiscencias. Y Washington, que creyó ofrecer su modestia á
América como un legado de paz y caridad, si resucitara creería que
habían falseado su obra, permitiendo que entre ricos y pobres se
levante la barrera infranqueable que trata de derribar la dinamita
y que la corrupción cortesana había penetrado por todos los ámbitos
de la república, contemplando un pueblo ávido de medallas, cintas y
condecoraciones ridículas que parecen indicar tendencias marcadísimas
á nacientes y aun mal definidas aristocracias.
Y es que no hay obra humana que no sea efímera, ni previsión que
baste para fecundar las iniciativas y los desenvolvimientos de un
pueblo, en sus evoluciones al través de las edades y los tiempos.
Se deja con pesar aquella tumba que enseña tantas cosas á los que la
interrogan con buen sentido; y subiendo por suave cuesta, á pocos
pasos se halla la casa de Washington, restaurada con _amore_
por manos piadosas que han respetado con empeño su tradición, los
recuerdos y las reliquias acumuladas, el color local de cuanto
vivificó el genio poderoso del héroe de la independencia americana.
El estilo de aquella mansión, la decoración de las salas de fumar,
conversación y música, donde apenas caben una docena de personas, el
clavicordio la flauta, todo lo que constituía lo íntimo del hogar
representa, en lujo y riqueza, lo que puede gastar en cualquier parte
una fortuna modestísima. El cuarto donde murió Washington, la cama
donde soñaría el héroe tantas grandezas para la patria, el sillón
donde reclinó tantas veces su noble cabeza, se conservan como ejemplo
de modestia y objeto de veneración.
Las paredes, museo vivo de las glorias americanas, los anaqueles,
los libros de predilección, los cuadros de historia, los autógrafos
en que llama amigos á sus subordinados, ofreciéndose como su humilde
servidor, los recuerdos de Lafayette, de los compañeros de armas que
bajo su mando tutelar alcanzaron tanta gloria, todo está allí reunido
para que las generaciones del presente y del porvenir desfilen
con la cabeza inclinada ante uno de los prestigios más puros, más
desinteresados y nobles de la historia del mundo.
Y al volver al vapor para regresar á Washington, el ánimo parece
sentir la influencia y el aliento poderoso de tan altos ejemplos, que
allí se aprende á amar la patria con desinterés, y sin más objetivo
que el bien común.
[Ilustración: EL TEMPLO DE LOS MORMONES]
Salt Lake City
He visitado la ciudad del Lago salado movido por la curiosidad, y
sin tener la pretensión de estudiar las costumbres de los mormones.
He permanecido en ella cuarenta y ocho horas que parecerán á toda
persona sensata espacio demasiado breve para intentar siquiera un
estudio que requiere, aún siendo un movimiento social de limitado
alcance, tiempo, calma, ocasión y juicio atento y seguro para poderlo
apreciar debidamente.
Pero como la doctrina de Brigham Young ha producido algo más que
un movimiento de opinión, algo que se traduce en trabajo útil á
la humanidad, me pareció curioso visitar un pueblo, que cual cuña
metida en un cuerpo extraño agita á la sociedad americana, barrena
sus principios, impone sus leyes, establece su gobierno y predica una
moral reñida con cuanto constituye la esencia de la nación sobre que
vive como parásito adherido á las entrañas de su extenso territorio,
con tendencia manifiesta, él que es tan poca cosa, á devorar al
monstruo, imponiéndole su doctrina y sus creencias religiosas.
Sería curioso ciertamente averiguar que magia pudo convertir á la
mujer libre y civilizada en esclava y envilecida; sería una obra
meritoria estudiar la del patriarca mormón, que duerme en los altos
de la ciudad el sueño profundo de la muerte, él que como Cristo dijo
que resucitaría entre los muertos para que sus apóstoles predicaran
la buena nueva por el mundo; pero no tengo sabiduría ni fuerzas para
tanto, bastándome contemplar, desde Prospect Hill, la ciudad que ha
creado el genio mormón, y la llanura que se extiende á sus pies,
estepa árida y fría ayer, campo fecundo y rico hoy, fertilizado por
la mano de una secta que extiende ya sus dominios por importantes
territorios, que cuenta más de 200,000 adeptos, y que envía sus
misioneros á Europa no sé si convencidos ó guiados por móviles menos
nobles y loables que la convicción.
La capital de Utah es una población de factura norteamericana
bien marcada; sus calles rectas y anchas, sus tranvías eléctricos,
sus discos de alarma, sus policías con casco y club en la cintura,
sus tiendas abigarradas, hoteles inmensos, edificios públicos
estrafalarios, la luz eléctrica en todas partes, son notas repetidas
en la ciudad de los mormones, como lo son en todas las grandes
poblaciones de la Unión americana. No es eso, pues, lo que interesa
en la ciudad del Lago salado; y el extranjero, el gentil para el
mormón, que no puede entrar en la mansión donde la poligamia esconde
sus delitos cometidos contra la ley soberana de los Estados Unidos,
ni escudriñar sus prácticas religiosas, ni las leyes que regulan
los vínculos de aquellas familias patriarcales, busca ansioso las
manifestaciones externas, los monumentos, las obras de arte, las
inspiraciones del genio popular calcadas sobre las creencias y las
aspiraciones de su espíritu.
Y en un recinto que cierra alto muro de adobe, situado al pie de una
colina, como centro de la ciudad santa, escondidos entre la arboleda,
como temerosos de que los profanen las miradas de los gentiles, la fe
de los mormones ha levantado tres grandes edificios: el templo, el
tabernáculo, y la asamblea.
[Ilustración: EL TABERNÁCULO DE LOS MORMONES]
El templo no puede verse más que exteriormente, su arquitectura y su
forma no explican el uso á que está destinado, ya que sus cuerpos
avanzados y las aberturas de sus diferentes pisos no parecen indicar
la construcción de un espacio cubierto, semejante al de nuestras
catedrales, donde se congregue el pueblo mormón en sus prácticas
religiosas; y como es inútil preguntar al guardián para que sirve
aquel inmenso edificio, especie de castillo feudal rematado por altas
pirámides, feo, desproporcionado, revelando únicamente la potencia
financiera de un pueblo que puede permitirse el lujo de gastar cuatro
millones de dollars en fabricar un palacio, destinado probablemente
á oficinas y á las ceremonias de carácter civil del mormonismo, no
tengo más remedio que buscar, dando un largo rodeo, la entrada de
un edificio extraño, parecido á un elipsoide de tres ejes, llamado
_el tabernáculo_, rematado por una bóveda rebajada que cubre
una planta, casi elíptica, de aspecto teatral sobre que se levanta
ancha gradería que domina una platea espaciosa, en cuyo fondo está la
tarima presidencial y un órgano potente, especie de altar, por cuyos
tubos cilíndricos se elevan al cielo las plegarias del pueblo mormón.
Unas cuantas lámparas de arco voltaico, simétricamente repartidas
por la sala; completan, con los bancos, sillones y graderías el
ajuar de un recinto que, sin cambiar un solo detalle, podría servir
para espectáculos teatrales, como sirve ahora para las grandes
solemnidades religiosas de los mormones.
[Ilustración: INTERIOR DEL TABERNÁCULO]
La bóveda fría, desnuda, inmensa, cubierta con una lechada de cal,
sin una sola abertura por donde pueda entrar aire y luz en un recinto
confinado, está sabiamente dispuesta para convertir la sala en una
sonorísima caja de música, tan sensible y delicada que un alfiler
caído sobre el suelo, el rozamiento de una mano con otra se oye
perfectamente de todos los ámbitos de aquella inmensa sala que ofrece
8 mil asientos al pueblo mormón, en sus grandes fiestas, y espacio
suficiente para doce mil personas.
Las prácticas religiosas consisten en lecturas y sermones, conciertos
y plegarias escuchadas por un pueblo, al parecer, profundamente
convencido, por más que la mala semilla, la tolerancia impuesta por
la ley, envíe á Utah legiones de gentiles que acabarán probablemente
con lo que parece ser una chifladura de los profetas del mormonismo.
El Assembly Hall, recuerda la arquitectura empleada en las iglesias
de las sectas protestantes tan comunes en los pueblos anglo-sajones;
su espacio, relativamente reducido, sus paramentos adornados con
frescos que historian la leyenda mormona, sus elementos decorativos,
pobres y fríos, no revelan entusiasmos, ni la fe profunda que levantó
en los tiempos medioevales las asombrosas catedrales españolas,
italianas y belgas, como si los pueblos nuevos, _parvenus_ de
raza, afición y convicciones proclamaran constantemente que lo único
admirable y digno de loa, en el mundo, es la agrupación de la unidad
seguida de ceros, acompañada del estúpido signo del dollar con que se
envanecen, despreciando la manifestación artística, que no estiman
ni comprenden.
Los Estados Unidos, que tienen establecida la ley del divorcio, en la
tierra americana donde hay mujeres que tienen apuntados en su cartera
tres ó cuatro maridos, y hombres que han paseado tranquilamente
otras tantas esposas, viviendo todos alegremente entre hijos que
deben ser ya de difícil clasificación, se asustan hipócritamente
de la poligamia, y las Cámaras del país indignadas han prohibido
terminantemente la más grande de las abominaciones terrenales.
Pero en Utah, como en todas partes, las leyes se acatan, pero no
se cumplen, y el pacífico pueblo mormón continúa discretamente su
obra, practicando el conocido precepto bíblico, en sentido tan
amplio, que ha dado ya al Lago salado lo que llaman _our best
crop_, _nuestra mejor cosecha_, y que con cierta cranerie
tenían expuesta en la Gran Feria del mundo, representada por una
gran fotografía poblada de cabecitas rubias, sonrientes, llorosas,
bonitas, feas, pero colección inmensa de chiquillos, que si no son
manifestaciones externas de costumbres puras, lo parecen de una gran
fecundidad y de gran fe en los principios fundamentales de la iglesia
mormona.
Y allí, en los altos de la ciudad, lejos del mundanal bullicio, donde
no llega el ruido del tráfico, en modesto _cottage_, ó alegre
y lujoso hotel, la familia mormona esconde sus amores y se ríe de
la ley patria, y crece y se multiplica, reconfortado en la fe de
aquel que duerme bajo lauda inmensa en el cementerio, sin nombre,
ni símbolo religioso, rodeada de una verja de hierro, que separa su
tumba de la de sus esposas que ostentan en sus piedras tumulares sus
nombres y apellidos para que sean conocidas en la tierra, las que
tuvieron tanta fe en la doctrina que envilece á la mujer redimida por
Jesucristo.
[Ilustración: TUMBA DE BRIGHAM YOUNG]
Y si el espíritu de Brigham Young puede contemplar el
desenvolvimiento del pueblo mormón, contento ha de estar al ver como
una árida llanura, desalada y saneada, cruzada de caminos y zanjas de
desagüe, alimenta miles y miles de cabezas de ganado que enriquecen
á un pueblo que, formando hace 43 años extensa caravana, desterrado,
expulsado por las leyes americanas, buscó en el desierto, donde la
yerba no crecía, tierra maldita sembrada de sal, poblada de razas
indias enemigas, refugio y paz para las creencias de su espíritu.
No he de decir aquí, ni apuntar siquiera lo que pienso acerca del
mormonismo, pero sí han de tener presente los que arrancan la fe del
pueblo, que los mormones, con sus creencias falsas y absurdas, pero
fundadas en el amor, han fecundado el desierto y poblado la tierra
más ingrata del globo, enriqueciendo á los que partieron pobres y
desolados de las tierras americanas ricas y fecundas; y que con el
odio en el corazón y muerta la fe en el espíritu, los campos fecundos
se convierten ya en tierras malditas, donde sólo puede levantarse
fatídico catafalco, negación impura de toda civilización y toda raza
honrada y laboriosa.
Y con ser tanta la labor mormona, y tanto lo que queda aún por hacer
en aquellas tristes llanuras, observo que aun siendo raza de poderoso
aliento, más que proteccionista, juzgan necesaria para su ulterior
desarrollo la prohibición absoluta, como lo prueba el principio
que copio y recomiendo á los economistas españoles, copiado de una
leyenda puesta en los coches tranvías de la ciudad _When you spend
a dollar for foreign goods you are making Utah 1'00 $ poorer, cuando
usted gasta un dollar en géneros extranjeros está usted haciendo
á Utah más pobre de un dollar._ Y en el corto recorrido de
diez y ocho millas en ferrocarril que separan la ciudad del lago
salado, observo aún extensas tierras cubiertas de sal que sanearan
y desalaran por el conocido y antiguo procedimiento de zanjas y
riegos, y al llegar á Garfield beach completo mi visita al país de
Utah, contemplando un ostentoso natatorio, formado de dos largos
pabellones, que une un salón central rematado por ostentoso cimborio,
donde acude la gente en verano á oir los conciertos, y á solazarse en
aquel mar muerto, de aguas casi tan densas como las de aquel otro mar
de la desolación que en las tierras de Asia guarda tantos recuerdos
y leyendas cristianas. Mi excursión, pues, á la ciudad mormona,
había terminado, con algún desencanto ciertamente, pero, contento
con la satisfacción de haber visto y tocado el fenómeno social del
mormonismo, y contemplado la obra de un fanático que prueba una vez
más la potencia de la fe, como veo tristemente al llegar á mi querida
España los horrores del descreimiento, y la negación del amor que
convierte al hombre en fiera y la civilización en barbarie.
San Francisco de California
[Ilustración]El que va de la ciudad de los mormones á San Francisco,
y sale á las once y media de la mañana de Salt Lake City, llega á
la capital de California á las diez de la noche del día siguiente.
Bordea la línea férrea el lago salado y hasta llegar á Ogden no halla
el viajero el oasis que descansa su vista, fatigada de mirar aguas
palidísimas que no alegran orillas arboladas, ni casas de recreo
vistosas, ni jardines llenos de pájaros y flores, viéndose sólo la
desolación de la estepa en todas partes, y en todos los horizontes
del gran lago de Utah. Y el tren sigue corriendo y el viajero
anhelando que el desierto americano, inmenso, inacabable, ponga
término á la desesperante monotonía de un viaje que no responde á lo
que la imaginación pintóle con todos los colores del deseo.
Sólo las estaciones ofrecen alguna distracción; la mezcla de razas,
el negro, el chino, el indio sioux, que vende sus baratijas, mirando
con desdén al yankee que le humilla y embrutece, cuando no le
persigue y mata; el indio mexicano, el criollo, el sajón, el inglés
de pura raza, son notas que en el _Far-West_ van acentuándose,
mostrando, á medida que el tren se aparta del Atlántico, pueblos
cada vez más nuevos, y sociedades menos cultas, mezcla confusa,
aluvión monstruoso, impurezas sociales que el hombre va arrojando,
empujándolas al interior de las tierras americanas, sin que nadie
alcance á sospechar siquiera qué civilización va á surgir de aquella
masa caótica, espuma de todos los pueblos y todas las razas de la
tierra.
Los pueblos van sucediéndose, sin cambios en su color y su factura;
la columna del verandah, la puerta, la jamba, el arco, el alero,
todo igual ó parecido, recordando la eterna máquina, moviéndose día
y noche, que entrega al mercado las mismas piezas, de molde único,
monótono, capaz de matar todo sentimiento artístico en el sér mejor
dotado, que embrutece al obrero perpetuamente sometido al castigo
de máquinas que cepillan y regruesan, que empalman y tornean, sin
descansar jamás, sin variar una línea en su movimiento, sin cambiar
un perfil en su forma; expresión de puntos, líneas y curvas de un
esquema que trazó el ingeniero, con la vista fija en el negocio, en
el _business_, eterno tormento, doloroso torcedor de la raza
norteamericana.
Y cuando voy pensando en todas estas cosas, cansado de mirar, sin
ver, ni hallar la impresión alegre de mis ansias, de repente, al
llegar á la cumbre de la Sierra Nevada, el tren se pára ante el
panorama espléndido de las montañas de California. En aquel momento,
el aire templado del Pacífico, pareció que despertaba en mi ser
todos los recuerdos mal dormidos de la patria ausente: muchachos de
rostro atezado, mal vestidos, con cestas llenas de flores, uvas y
naranjas, movimiento inusitado en la estación, recuerdos de otros
climas y otras razas, gentes que gritan y alborotan, el sol que
cambia repentinamente de color, la tierra de vestidura y el aire
de olores, no me permitieron expresar más que un solo sentimiento,
dirigiéndome á un muchacho cargado con una cesta de flores, «chico,
¿hablas español?» que español parecía aquel cielo puro y clima
clemente, españolas parecían aquellas montañas llenas de perfumes,
pobladas de árboles semitropicales, vigorizados por las oleadas de
aire que les envían las aguas tibias del Pacífico; aquellas casas
de campo de factura catalana, recuerdo quizá perpetuado por los
primeros pobladores, frailes humildes de las Baleares que han dejado
en California la misión Dolores, y con ella, cuanto recuerda nuestra
religión, nuestros cultivos y nuestras costumbres, plantando los
primeros viñedos, y los frutos más preciados de la península ibérica.
¡Deleitoso camino! después de tantos días de estepa y desierto, sólo
manchados por pueblos ennegrecidos por el humo de las fábricas, ó el
_cottage_ del colono americano, el ánimo halla esparcimiento al
bajar rápidamente por curvas sabiamente dispuestas, por pendientes
quizá excesivas, entre lindísimas casas de recreo, arboledas de
variadísimos matices, pinares de vigorosos crecimientos, y jardines
de hermosura incomparable, accidentes naturales que responden
ciertamente á la belleza con que la imaginación adorna las montañas
de California, más ricas por la perpetua fertilidad de su suelo que
por sus placeres de oro ya casi agotados, más hermosas para el que
sólo aspira á contemplar su flora rica y fecunda que para el que
escruta sus entrañas buscando en sus ocultos senos el metal, por cuya
posesión ahoga el hombre los placeres más puros del alma.
La vista no puede saciarse de contemplar la intrincada orografía de
aquellas espléndidas montañas, y cuando el sol se pone, escondiéndose
en los horizontes del Pacífico, el tren llega á Sacramento, ciudad
sentada á orillas del río del mismo nombre, por cuyas aguas
caudalosas surcan barcos y vapores que cargan los frutos de las
tierras de California, al pie mismo de los valles de Sierra Nevada.
Tres horas más tarde el tren llega á Oakland; los viajeros se apean
al pie del _ferryboat_, barco ó pontón, de manga anchísima que
atraviesa la bahía de San Francisco hasta llegar al pie de la calle
central, llamada _Market-street_, que atraviesa en toda su
longitud la ciudad, y en media hora, surca el espacio comprendido
entre ambas poblaciones, mientras contemplan las estrellas que
brillan fulgurantes en el cielo y el centelleo de las luces que
iluminan el puerto y la ciudad de San Francisco.
San Francisco, ¿qué mano podrá narrar su belleza y sus pintorescos
contornos? ¿qué pluma será capaz de describir la fisonomía
especialísima de sus calles y paseos, de su factura, yankee
ciertamente, pero discrepante y con notoria ventaja, en su
arquitectura, en su color, en su raza, en su movimiento?... ¿qué
imaginación pudo jamás concebir un parque como el «Golden Gate Park»,
de vegetación tropical espléndida, de trazado amplio y suntuoso, de
líneas que no pudo concebir ciertamente, como no sea por inconcebible
excepción, y Dios me perdone el agravio si me equivoco, ningún yankee
de pura raza, porque situado en lo alto de la ciudad, rodeado de
dunas arboladas, cruzado por anchas vías, adornado con fastuosos
palacios, umbráculos y monumentos, dedicados á Garfield, Starr King,
Scott Key, autor del himno _Starspangled Banner_, con grandes
recintos cerrados, donde los animales silvestres amansados parece
que viven en libertad, tan grande es el espacio destinado á su vida
y esparcimiento, los árboles, las orquídeas, las lianas, viviendo al
aire libre en aquel clima semitropical y á los 37 grados de latitud,
acariciados por las brisas del Pacífico, cuyo mar rodea á San
Francisco habiendo dibujado con su inconstante oleaje los senos, las
calas y los puertos naturales que la abrazan y estrechan, convertida
en península de tan atormentada topografía, que sus calles, de
urbanización dificilísima, más que calles son planos inclinados de
más de 20 por 100 de pendiente, cruzadas constantemente por tranvías
de cable, que parecen destinados á grandes explotaciones mineras más
bien que al tráfico de pasajeros, tan imposible parece ser que haya
seres humanos que confíen su existencia á tan peligroso medio de
locomoción.
En los sitios más alejados del centro y en aquellas pendientes
enormes, la población rica ha adornado la ciudad con un sinnúmero
de hoteles, de madera casi todos, caprichosos, de arquitectura
enrevesada, proyectos estrafalarios de quien desdeña la tradición y
los antiguos moldes, pero adornados espléndidamente por una flora de
primavera eterna, árboles de verdes tan intensos, flores de colores
tan soberbios, formas de hojas, ramas y troncos tan caprichosos y
brillantes, que me fué forzoso hacer un esfuerzo para creer que toda
aquella potencia creadora era obra del mes de noviembre, cuando, en
este clima benigno, apenas quedan hojas en los árboles y flores en
los sitios más abrigados de nuestros jardines.
La ciudad, en sus edificios públicos, no ofrece al viajero grandes
perspectivas; iglesias pocas y pequeñas, la de los jesuitas grande
y aparatosa, la misión Dolores, construída de adobe en 1778 por los
misioneros españoles, es una reliquia veneranda, recuerdo de los
primeros pobladores de California. La arquitectura de las iglesias
de la montaña alta catalana, cubiertas con bóveda de cañón seguido,
parece haberla inspirado; atirantados los paramentos por miedo á
la acción de los terremotos, cubierto el adobe con una lechada de
cal, con altares vetustos, levantados á santos de mirada torva, obra
de escultores poco aventajados, todo rococó y de mal gusto, frío,
desnudo, pobre, con una fachada que termina un campanil extraño y
achatado, parece todo antiquísimo, cuando apenas cuenta un siglo de
existencia.
A lo largo de _Market-street_ y en sus alrededores, la Bolsa,
la casa de correos, los Bancos, el mercado, los edificios de los
principales diarios, la biblioteca mercantil, las oficinas de Minas,
las escuelas, las Casas Consistoriales, merecen ciertamente una
mirada, pero no incitan á tomar un apunte, ni anotar una originalidad
genial. Todo nuevo, brillante, bonito en suma, como obra que en su
conjunto no cuenta aún cincuenta años de existencia; pero falto
de originalidad y con tendencias marcadas á modificar la factura
yankee, y á someterse á las reglas arquitectónicas del clasicismo
europeo.
El movimiento comercial responde al espíritu y á las necesidades de
un Estado agrícola por excelencia; las aceras y las calles llenas
de envases que contienen naranjas, uvas, peras y manzanas, fresas,
vinos, licores, suponen un acarreo importantísimo que desemboca en
los puertos y las dársenas para rellenar las bodegas de los barcos
y vapores que hacen la travesía de San Francisco á Alaska y á la
baja California y también á los puertos del Japón y de la China.
A ciento cincuenta millones de dollars asciende el importe de las
exportaciones é importaciones que se efectúan anualmente por el
puerto de San Francisco, contándose entre las primeras materias más
importantes de exportación el oro, la plata, el vino, las frutas, la
lana y entre las importadas el carbón, las maderas de construcción,
el arroz, el azúcar, el té y el café. En 1890 el negocio de hierro,
harina, seda, pañería, caña, cueros, licores, construcción de buques,
azúcar, cristalería, tasajo, cordelería, etc., etcétera, importó unos
134.000,000 de dollars.
Así, pues, la fisonomía característica de San Francisco es la de un
pueblo dedicado al comercio, en que se notan aficiones artísticas y
aun científicas relacionadas con la crianza de los vinos y el cultivo
de las tierras que hacen de dicha ciudad un centro civilizador, que
se refleja en la hospitalidad franca y cortés de sus habitantes, y en
la suavidad de sus formas, tan desconocida en las ciudades del centro
de la América del Norte que he visitado.
La población de San Francisco, en lo que tiene de europea y
americana, muestra el carácter que he intentado esbozar en este
artículo; la población china, en cambio, conserva su fisonomía propia
y merece capítulo aparte y detenida narración. El barrio chino
es un pedazo de tierra asiática soldado á la costa californiana
del Pacífico, y pocas cosas ofrecerán al viajero europeo mayores
atractivos, y más deleitosas observaciones, que el estudio de las
costumbres de la colonia china de San Francisco, al visitar los
Estados de la gran república norteamericana.
Chinatown
[Ilustración]Tiene la civilización china pocos secretos para los
habitantes de San Francisco. La raza amarilla, tan amante de sus
costumbres, sus dioses y sus leyes, cuando se ve obligada, tanto la
abruma la pobreza, á buscar trabajo en países extraños, se entrega
atada de pies y manos al vencedor, y le enseña impúdica todas sus
lacras y miserias, sin protesta, sin manifestación de agravios, que
esconde cuidadosamente en el fondo de su alma.
El extranjero puede ver en San Francisco el cuadro completo de las
costumbres chinas, el templo con todos sus fanatismos, el bazar con
sus extrañas manifestaciones artísticas, el mercado con sus variadas
mercancías, la casa de juego y su natural secuela la casa de empeños,
la botica, que parece antro de conjuros, el teatro, el lupanar, los
cafés donde se fuma el opio y se embrutece toda una raza... no falta
allí más que ambiente propio, porque de prestado vive en América
aquella mísera gente que, avezada á frugalidades inconcebibles para
los voraces anglo-sajones, acude á los mercados de California, acepta
todos los oficios y escupe todas las miserias, recoge agradecida las
migajas que desdeña el indígena, y se apodera de la labor del campo,
la faena doméstica y los provechos de las pequeñas industrias, dando
al cuerpo lo estrictamente indispensable para la vida; y donde el
yankee muere de inanición y miseria, el chino halla aún el recurso de
las economías, que suma y multiplica, pensando en la hora feliz de la
repatriación y del olvido de las playas en donde fué escarnecido y
humillado.
Son las ocho de la noche del día 3 de noviembre último, y mientras
el guía hace gala de hablar un francés que sólo se hizo para su
uso particular, observo cuidadosamente cuanto me rodea, escena
extraña, mezcla de dos civilizaciones que no pueden comprenderse,
ni compenetrarse, como no sea en la forma externa, en la casa de
construcción americana que adorna el farol chino y los caracteres
de un idioma bárbaro; en la iluminación eléctrica y las luces que
enciende la piedad á dioses y estatuas de formas peregrinas y
actitudes singulares; en el coche del tranvía funicular que contrasta
con trajes y colores de indumentaria carnavalesca que parece pedir á
gritos el uso en aquellas calles, del palanquín chino ó del _push
push_ del Tonquín; en el policeman gigante, sanguíneo, orgulloso,
que parece el vencedor de una raza caduca, embrutecida y que arranca
sagaz y paciente del suelo americano el puñado de oro que le negó
el continente asiático, que vislumbra al través de los vapores del
opio, allá, lejos, muy lejos, en el fondo del Pacífico, donde está la
tierra de sus ambiciones y esperanzas.
Por la noche, cuando el americano se recoge y digiere tranquilo,
en familia, copa tras copa, la copiosa cena que remata dignamente
la serie de comidas que es uno de los más bellos ornamentos de la
civilización yankee, el chino llena las calles de Chinatown, acude
solícito al teatro, al café, á las casas de juego, llenas siempre de
bote en bote, al lupanar, y se acuesta tarde, solicitado por todas
las seducciones de sus vicios favoritos: el opio y el juego.
El juego es el escollo donde choca la codicia de la raza china; hay
en Chinatown calles enteras donde se juega, á pesar de la policía,
que persigue tenazmente á cuantos van á dejar sus economías en los
tugurios de San Francisco. Hay en cada boca calle un vigilante que,
al ver una persona extraña, sea ó no policía, avisa á los jugadores
que apaguen inmediatamente todas las luces de las casas de juego.
El extranjero observa como van apagándose las luces rápidamente,
quedando todo en silencio y en el más absoluto recogimiento. La
policía persigue de la misma manera á los fumadores de opio, pero
no basta su vigilancia para evitar el vicio clandestino y perseguir
al que, echado sobre tablas mal cubiertas de estera, en miserable
recinto donde no se renueva el aire ni penetra jamás un rayo de
sol, carga concupiscente su pipa de ancha boca, desenrosca el
tubo larguísimo cuya boquilla apoya en los descoloridos labios y
aspira el veneno de una droga que despierta en el cerebro visiones
encantadoras, sueños extraños, deleitosos, de intensidad tanta que
embrutecen y matan. Nada más triste que la habitación china, ni que
revele, con su espantosa promiscuidad, mayor rebajamiento moral.
Nótase á primera vista la ausencia de mujeres en el barrio, ausencia
que revela por sí sola la lacra más espantosa que se achaca á la raza
amarilla.
Recuerdo como una pesadilla los fosos del teatro chino; cansado
de ver tiendas extrañas, bazares llenos de baratijas, barberos
rapando las cejas y las pestañas de los chinos, farmacias de
anaquelería llena de botes que contienen drogas desconocidas, pieles
de serpiente, esqueletos de sabandijas, telarañas de arácnidos
colosales, algo así que recuerda á las brujas medioevales en sus
antros, con sus filtros y encantamientos... Entramos por una puerta
excusada en el foso del escenario y en las habitaciones de los
actores. Difícil es formarse idea por una rápida ojeada de todos
los recursos de la familia china, condensados en una habitación que
desdeñaría en Europa el ser más pobre y envilecido. No hay cárcel
en nuestro continente que, en la comparación, no resulte mansión
espléndida, porque los tableros-camas superpuestos, como las literas
en un camarote, la indumentaria extraña, todas las necesidades de
la vida celebrándose en un recinto único, agrupados y confundidos
todos los sexos, durmiendo acurrucadas dos y tres personas donde
no hay espacio para una sola; seres que pasan años sin salir de
aquellos camaranchones inmundos, más terribles para el olfato que
para la vista, son tristezas espantosas que apenas concibe un sér
civilizado. Y si á todas estas miserias de la vida física se añade
la fiscalización, por pura curiosidad, de seres más venturosos que
vamos allí á sorprender el genio chino, sin aportar más que la
impertinencia de nuestros estudios ó nuestras flaquezas, merecida
tenemos la especie de rubor que sentí al abrogarme el derecho, al
amparo de la bandera americana, de sorprender, sin el consentimiento
de los agraviados, todas las flaquezas y miserias del pueblo chino.
Y en aquellos corredores, donde se ven nichos extraños que alumbran
cirios de colores y dioses en su fondo de fealdad espantosa, y ya
por entre rejas de malla apretadísima, actores que se embadurnan
y acicalan con vestidos de seda brillantísimos, encerrados en
habitaciones tan pequeñas, que no se concibe siquiera haya aire
suficiente para respirar y escaleras que conducen á una intrincada
red de corredores y cuartos destinados á familias de actores que allí
viven, aman y mueren, atentos sólo á funciones teatrales inacabables
que duran semanas enteras, sin que el público se canse de contemplar
un escenario desnudo, sin más mueble ni adorno que el indispensable
para el desenvolvimiento de la acción teatral, en cuyo fondo toca una
orquesta, compuesta de seis ó siete músicos que tocan piezas de ritmo
monótono vulgarísimo, y tañen instrumentos de timbre chillón, menos,
sin embargo, que la voz de los actores, hombres todos pintados los
que desempeñan papeles de mujer con tendencias tan deplorables para
tipos varoniles, que ellas solas bastarían para inspirar aversión á
las funciones del teatro chino, si hubiera oído medianamente educado
capaz de resistir con paciencia, el ritmo y la monotonía de los
actores.
La afición de los chinos á las funciones teatrales es evidente; no
sé por qué extraña prerrogativa, la del más fuerte quizá, puede
subir el extranjero al escenario y sentarse á la vista del público
y en las partes laterales del mismo, dominando á los espectadores
de la platea, que siguen con ansia, y formando haz apretadísima,
las peripecias de la acción teatral; pero lo cierto es que esa
prerrogativa produce una ilusión completa al ver en un gran recinto
centenares de chinos agrupados junto al escenario, vestidos con los
trajes propios de su nacionalidad, atentos, con la mirada fija y
excitada, riendo estrepitosamente, sin fijar siquiera por un momento
la atención, tanta será ya la costumbre, en el viajero, que se figura
estar sólo y aislado en el corazón del gran imperio asiático.
Salí en el momento de un cambio de escena, y pasando por la sala de
espera ó _foyer_ vi reunidos los principales actores, vestidos
con trajes vistosísimos, esperando ser llamados, y sin mostrar la
menor curiosidad al ver un blanco entre tantos amarillos. La salida
me produjo una impresión agradable al respirar el aire puro del
Pacífico.
Atravesé algunas calles, trazadas todas en ángulo recto y llegué al
templo principal, que no sé cómo llamarle porque la entrada tiene
más bien apariencia de casa de baile ó casino que de sitio dedicado
á la oración y al recogimiento, siendo el primer piso el lugar
donde se han levantado los altares que adoran los hijos del celeste
imperio. La primera impresión es la de una decoración teatral; hay
allí tantos objetos extraños, de un culto desconocido, figuras tan
singulares, dragones, esfinges, culebras, un dios que de la forma
humana sólo tiene lo exagerado y ridículo, adornos de coloración
intensísima, dominando el encarnado y el verde, sedas hermosísimas,
bordados preciosos, marfiles que representan deidades de teogonía
para mí desconocida, fanales de alambre donde arden los papeles que
recoge cuidadosamente el chino en todas partes como si quisiera
ofrecer en holocausto á sus dioses patrios, los secretos y las ideas
de la humanidad, luces que arden perpetuamente, nichos que besa el
chino, sitios de preferencia donde ora llorando y pidiendo al cielo
clemencia y protección, son notas que recoge allí rápidamente el
viajero que paga su tributo, comprando unos sacos llenos de perfumes
que derrama el chino en los altares de sus deidades favoritas.
Salí de aquel templo con ideas de justicias vengadoras, de monstruos
que devoran, de dioses que exigen sacrificios, de vanidades humanas
vencidas y humilladas, sin haber visto un solo símbolo que sirva de
consuelo y esperanza en las tribulaciones de la vida.
La noche, ya avanzada, no se traducía en letargo en las calles,
llenas de celestes; la casa de empeños, repleta de mil objetos,
esperaba aún al desdichado que había dejado su último centavo en la
casa de juego; la silueta de la mujer embadurnada, espantosamente
fea, sentada tras estrecha celosía, ejercitaba las seducciones
de sirena, el policeman continuaba siendo una nota rara en aquel
cuadro de costumbres, y los que estábamos ya cansados de ver cosas
tan extrañas y vicios tan horribles, volvimos al hotel creyendo que
habíamos realizado en América el grato sueño de un viaje al corazón
de la China.
El reporterismo y la hospitalidad en California
[Ilustración]Al llegar á San Francisco á las diez de la noche,
se me proporcionó, media hora después, el placer de dar un
_shake-hands_ cordial á dos reporters del _Chronicle_ y el
_Sun_ que me eran completamente desconocidos.
«Buenas noches, venimos á preguntarle quién es usted y á qué viene
á San Francisco»; «pues miren ustedes, yo, vamos al decir, no soy
nadie; hasta hace pocos días he sido Comisario de Industria de España
en la Exposición de Chicago; ahora soy un caballero particular
que viene por su cuenta y riesgo á estudiar la importancia y el
desarrollo de la vinicultura en California. Ustedes comprenderán,
si á esta distancia llegan, los clamores de los productores de mi
país, que habiendo alcanzado la viticultura en España un desarrollo
anormal, la competencia que ustedes», me refería mentalmente á los
vinateros, «pueden hacernos en América tiene para nosotros un interés
de primer orden, interés que mis compatriotas no han sabido ver, si
es cierto, como se dice, que soy el primer español que ha venido á
California con las expresadas miras.»
«Nuestras bodegas están llenas, nuestros caldos por los suelos,
necesitamos exportar los vinos á todo trance, y como sospecho
_¡valiente sospecha y sin fundamento!_ que los vinos de ustedes
han de mezclarse con los europeos para ser potables, vengo á estudiar
los medios de facilitar la importación de aquéllos á este país con
ventaja de ambas naciones.»
«Ustedes entienden claramente lo que digo ¿verdad? porque mi inglés
no va muy allá, y sentiría ser mal comprendido.» «Oh, _yes_», y
en efecto, prescindiendo del cambio fundamental del _importer_
por el _exporter_, la fraseología resultó exacta en la relación
publicada textualmente al día siguiente en el _Chronicle_ de
San Francisco. Se despidieron y me acosté. A la mañana siguiente,
al volver á casa, hallé un buen número de tarjetas de personas que
deseaban visitarme y transmitirme sus opiniones acerca de la cuestión
vinatera. La mayor parte me pareció gente de poco fuste; entre
ellos, sin embargo, llamóme la atención el químico Mr. Hugh Frazier
y el propietario de Napa Valley Mr. Shram, que mostraron deseos
de acompañarme y hacerme ver lo más interesante de lo que puede
estudiarse en vinicultura californiana. Esperábame el día siguiente
en el embarcadero el químico Mr. Hugh y fuimos juntos á Santa Helena,
capital del condado de Napa.
Atravesamos la bahía de San Francisco, llegamos á Oakland á las
ocho de la mañana, tomamos el tren en seguida y á las diez y media
nos apeamos en la estación más inmediata á Santa Helena, llamada
Rutherford. El aspecto del valle no puede ser más risueño: extensos
viñedos que pueblan llanos y montes en terrenos de grandísima
fertilidad, teñidos fuertemente por el óxido de hierro y en donde
pueden observarse, en los rodales de plantas desmedradas y sarmientos
cortos, los efectos destructores de la filoxera, que alternan con
tierras destinadas al cultivo del maíz, y caseríos alegres levantados
á la sombra de árboles semitropicales corpulentos, que gozan de la
temperatura constante de aquella latitud propia de una perpetua
primavera.
Llegamos á la quinta del Capitán Gustave Niebaum y el químico
ofrecióme en primer término las primicias de su trabajo, sintetizado
en extensos encasillados de sus ensayos cualitativos y cuantitativos
de los mostos, con el objeto de averiguar la época, deducida
naturalmente de términos medios, de la maduración de la uva en
las diferentes tierras y exposiciones de los viñedos de la finca.
Enseñóme más tarde la finca entera, las bodegas repletas de vino y
los lagares llenos de mosto en fermentación; visité el laboratorio,
el mecanismo para separar el hollejo y las pepitas del mosto, los
planos inclinados para el transporte de la pulpa, las cubas con los
nombres de los vinos, la botillería, revelando todo una limpieza
exquisita y una atención preferente á los fenómenos complicadísimos
de una buena vinificación. Y me decía modestamente: «cuanto se
refiere al cultivo de la vid y de los vinos es un problema para
nosotros; no sabemos nada, cultivamos á tientas, y á pesar de cuanto
hemos aprendido y adelantado en poco tiempo, no sabemos sacar partido
de los recursos de la vid en relación con nuestro suelo y nuestro
clima.»
«Tenemos aquí diferentes suelos y exposiciones variadísimas que son
un rompecabezas; en este valle, cada propietario vendimia en época
diferente y saca vinos esencialmente distintos, aun siendo igual
la especie cultivada. Esta tarde iremos á ver las bodegas de Mr.
Parrott, probará sus vinos y verá qué diferencias se hallan entre los
de esta finca y los suyos, estando las propiedades contiguas, siendo
iguales los cultivos y variando sólo la exposición.»
Fuimos á comer á Santa Helena y nos dirigimos después á la quinta de
Mr. Parrott.
Díjome Mr. Hugh: «Creo que Mr. Parrott habla español, y seguro estoy
que hallará usted en su casa una hospitalidad franca y agradable.»
Pasamos un puente al dejar un mal camino de travesía, y entramos
en la finca por una senda adornada de árboles y arbustos floridos.
Llegamos á una plazoleta sombreada por árboles frondosísimos y nos
apeamos al pie de una suntuosa morada.
Nos recibió una china, pulcramente vestida, y nos anunció á Mr.
Parrott.
Al saber que era español, me dijo con acento que envidiaría un
castellano de la meseta central de España: «Usted desea marchar hoy
mismo y esto no es posible; no tendría usted tiempo para ver lo que
viene á estudiar»; «sí, pero...» «no admito excusas; no le faltará á
usted cama, mesa y hospitalidad cordial; soy más español que usted y
tengo interés en hacerle conocer nuestro valle».
«No tengo medios», contestéle, «para sentarme en su mesa, no digo
yo de etiqueta, sino limpio y decentemente; pensaba regresar hoy á
San Francisco y...» «los _yankees_ hacemos poco caso de estas
cosas... no admito escusas, y vamos á la bodega».
Con el amor que siente un padre por sus hijos predilectos, mostróme
el señor Parrott la serie de vinos blancos, claretes y cognacs que
fabrica con una maestría envidiable. Larga fué la lista de los vinos
probados que escalonamos razonadamente, para que el paladar pudiera
juzgarlos y apreciarlos en su justo valor.
Pasamos allí horas enteras; al anochecer, probados los vinos
de Inglehook-vineyard y de la Villa de Parrott, tenía ya el
convencimiento de que en California se producen vinos que pueden
competir ventajosamente con los sauternes y los claretes del mediodía
de Francia.
Los claretes no tienen, para mí, más defecto que el ser un poco
ásperos, como si fueran hijos de uva cuyo hollejo, cargado de
tanino y materias colorantes, diera al vino un sabor astringente en
demasía y difícil de tragar. Pero los sauternes, con un poco más de
_bouquet_, se venderían en Francia como si fueran criados en los
mejores viñedos de su propio país.
Después de probar 30 ó 40 vinos, y preguntar si los mezclaban con
caldos europeos, me convencí de que los vinos de California tienen
los defectos de los nuestros, son excesivamente ricos en color y en
alcohol y que sólo los vinos franceses, por su escasa graduación,
pueden importarse á América para hacer el _coupage_ con alguna
ventaja. Mi sueño, pues, de exportación de vinos españoles á
California quedaba desvanecido.
Regresamos á la quinta Parrott cuando anochecía; entramos en el
drawing-room, donde hallé á Mrs. Parrott, su sobrina miss Theresa
Shrieves y á unas cuantas señoras de las propiedades vecinas,
lujosamente ataviadas, á que fuí presentado. Difícil es hallar en el
campo un salón alhajado con más _confort_, ni que responda mejor
al bello desorden, mezcla de cosas bonitas que la moda actual pregona
como la última palabra del buen gusto.
Mesas y sillas primorosas, anaqueles llenos de _bibelots_ y
retratos, cuadros, panoplias, candelabros, todo rico y harmónico, aun
en su desorden, búcaros llenos de crisantemas de riquísimos colores,
cristales de color por donde penetra la luz tamizada del exterior
entre el variado follaje de las orquídeas, los palmitos arborescentes
y los almeces gigantescos, y en medio de la conversación sostenida
en español, inglés y francés, la señora de la casa tocó «La Paloma»
como obsequio al forastero español, y recuerdo de los tiempos
juveniles pasados en Bilbao por el señor Parrott, que no se cansaba
de preguntar con amor de hijo adoptivo por cuanto se relaciona con
nuestra patria.
Otra señorita silbó, cantó y tocó con admirable perfección durante la
velada, hasta que, llegada la hora de cenar, me invitaron á pasar á
un comedor digno de cuanto hay en aquella morada rica y fastuosa.
Sirven la mesa un chino raquítico y feo y una chinita de labios
prominentes que lleva unos aretes azules, que hace resaltar sobre su
piel amarilla, la vivísima luz de los candelabros. Su traje limpio
y blanco, su pelo arrebujado como el de nuestras campesinas, su
voz estridente al contestar las preguntas que le hacía con bondad
suma la señora de la casa, que parece tratarla como niña mimada,
su risa á carcajadas cuando la miro con la curiosidad propia de mi
ignorancia en la ciencia étnica, sus movimientos ligeros, impropios
de toda china respetable, son detalles que avaloran aquella cena
opípara, en mesa hospitalaria, donde las señoras tienen para mí
tantas deferencias y los demás comensales tantas bondades, sin más
merecimiento que el de ser un extranjero que llamó á su puerta
pidiendo sólo noticias sueltas de sus trabajos, que halló sazonadas
con mesa espléndida, cama y habitación dignas de un palacio, y
conversación cordial y deleitosa.
A las doce de la noche, tras mucho hablar de España y recordar en
el piano nuestros tangos, jotas y boleros, nos fuimos á la cama;
y al despertar, entrando un sol espléndido por las ventanas, sol
y ambiente que me recordaban, tras tan largo período en Chicago
de cielos grises y pálidos tonos en el aire, el vívido color de
la atmósfera patria, me faltó tiempo para gozar aquellas brisas y
aquellos campos, plantados de vides y olivos, plantas europeas,
alternando con las tropicales, arbustos aquí, árboles colosales en
California, vivificados por aquel sol, por aquel clima, más suave y
más dulce que el de las costas catalanas y andaluzas.
Al poco rato, y después de haber recorrido el jardín lleno de rosas,
claveles, crisantemas y geranios, Mr. Parrott me invitó á visitar
la quinta de Mr. Shram, situada ya en el fondo de Napa Valley. En
una carretela tirada por un hermoso tronco y guiada por un cochero
aragonés, van las señoras de la casa, que han llenado el coche de
flores. Mr. Parrott va al vidrio y yo subo al pescante para gozar
mejor las preciosas vistas del valle. Pasamos Santa Helena, seguimos
una carretera polvorienta y mal trazada que me recuerda los caminos
españoles de otros tiempos, contemplo ansioso la campiña llena de
luz, de ambiente y color, y al entrar en un bosque frondoso donde
apenas penetra el sol, en el fondo y dominando el valle aparece la
pintoresca quinta de Mr. Shram, orgulloso con justo título de sus
vinos, de sus bodegas, que contienen más de 200,000 galones de vino,
y que me ofrece un almuerzo espléndido, que sazona la más amable y
cariñosa hospitalidad.
Llega la hora de partir y regresar á San Francisco. Mientras monto
al carruaje, el _verandah_ se llena de señoras y caballeros,
todos agitan los pañuelos, todos me desean, con un _good bye_
expresivo, feliz viaje, y mientras anoto en mi corazón esos ricos
testimonios de la hospitalidad californiana, apunto también en el
haber de mi vida dos de los más hermosos días de mi existencia.
Los vinos de California
[Ilustración]Me ha llevado á California el amor que tengo á mi país y
el convencimiento de que el estudio de la viti-vinicultura americana
tiene para nosotros una importancia de primer orden.
Los datos copiosos recogidos en aquella hermosa región americana,
voy á condensarlos aquí, confiando en que serán leídos atentamente
por las personas que sólo conocen de oídas el desarrollo de la
vinicultura en las costas del Pacífico, y que confían aún en que
América, y sobre todo la América del Norte, podría ser un mercado
dilatadísimo para los vinos españoles.
Cuando escribí el artículo referente á la sección española de vinos
en la Exposición de Chicago, indiqué, con algún recelo por más que
la persona que me había dado la noticia me merecía confianza, que
en California arrancaban ya las viñas por exceso de producción; hoy
puedo asegurar cosas que en mi concepto han de causar asombro á mis
lectores, y entre ellas son, que en California se arrancan las viñas,
porque la filoxera las mata, porque tiene un exceso de producción y
porque, alcanzando los vinos un precio _fabulosamente_ barato,
la mayor parte de los viticultores tienen hipotecados los viñedos y
sólo confían en que el cambio de cultivo ha de facilitarles la mejora
económica de tan triste situación.
Y es que este asombro es legítimo para los que saben que la tarifa
de cincuenta centavos por galón, aplicada á todos los vinos, sea
cualquiera su fuerza alcohólica, resulta prohibitiva y que una
población de sesenta y cuatro millones de habitantes ha de ser
elemento sobrado para consumir todos los vinos de California y los
que producen los Estados de New-York, Ohio, Illinois y Missouri.
Pues este razonamiento, que parece tan sólido y tan irrebatible, va á
desvanecerse leyendo los siguientes datos estadísticos.
Promedio anual de las sustancias alcohólicas consumidas por los
habitantes de los Estados Unidos:
GALONES
--------------
Cerveza 1.000.000,000
Bebidas espirituosas: aguardientes, cognacs, etc. 20.000,000
Vino. 30.000,000
Correspondiendo sólo una mitad del vino consumido al Estado
de California, y el resto á los Estados del Este, mencionados
anteriormente.
Y para los que se asusten, con razón, del enorme desnivel que
existe entre el consumo anual de mil millones de galones de cerveza
y cincuenta millones de espíritus y vinos que acusan los datos
estadísticos _oficiales_ que me ha suministrado el «Board of
State Viticultural Commisioners», voy á dar algunas noticias respecto
á la relación existente entre el galón y el litro, entre la hectárea
y el acre, á fin de que sea rigurosamente entendido en lo que voy á
decir, y se forme así concepto claro de la viticultura y vinicultura
norteamericanas.
El galón americano es más pequeño que el inglés, y equivale á unos
cuatro litros; ó sea un poco más de cinco botellas bordelesas; á su
vez, una hectárea contiene dos acres y cuarenta y siete centavos de
acre.
Estudiadas esas relaciones, he de empezar por hacer presente que la
producción máxima de vino de California ha sido de veinte millones
de galones, siendo algunos años de doce y el promedio de quince á
diez y seis millones. Tomando este término medio y multiplicándolo
por cuatro, resulta una producción anual de 64.000,000 de litros, ó
sean 640,000 hectólitros de vino, que con otro tanto producido por
los Estados del Este, New-York, Ohio, etc., dan un total aproximado
de un millón doscientos mil hectólitros de vino, término medio anual
aceptable de producción y consumo de vino en todo el territorio de
los Estados Unidos de América.
Ahora, el que se fije en los términos que voy á poner á la vista
de mis lectores, verá que la conclusión que voy á deducir es
rigurosamente lógica:
Producción de vino en Francia en 1893:
40.000,000 de hectólitros.—Población, 36.000,000 de habitantes.
Producción de vino en los Estados Unidos de América en 1893:
1.000,000 de hectólitros.—Población, 64.000,000 de habitantes.
No quiero fiar á la memoria la producción de España, que no creo
baje de 26.000,000 de hectólitros por 18.000,000 de habitantes, y me
limito á razonar un poco los números antes expresados, cuyo simple
enunciado prueba: ó que se importan á los Estados Unidos cantidades
inmensas de vino ó que en dicho país no se bebe; no gusta el vino.
Que no se importan vinos lo dicen dos cifras elocuentísimas: los
50 centavos de derechos aplicados á cada galón de vino extranjero,
sea la que quiera su graduación, y los mil millones de cerveza que
consume anualmente el pueblo de la Unión Americana.
Y no importándose vinos, no hay más remedio que llegar á la siguiente
conclusión: los americanos del norte prefieren los espíritus y
la cerveza al vino: los americanos no beben vino, ni europeo ni
americano. Y si todo esto no bastara, tengo aún, en apoyo de mi
modesta opinión, dos argumentos de grandísima importancia: el de los
cosecheros arruinados, aquellos que tienen sus viñas hipotecadas, y
las arrancan y cambian rápidamente de cultivo porque no pueden vender
su vino, y vino bueno, á _doce_ centavos el galón, _á dos
reales y medio de moneda española las cinco botellas bordelesas_,
cuando pagan á dollar y medio y dos dollars el jornal de diez horas
á un bracero de mediana capacidad y más mediana labor; y el de
las bodegas llenas, en donde se crían de 30,000 á 200,000 galones
de vino, sin hallar comprador que, por piedad, ponga precio á una
mercancía olvidada y tan fuertemente protegida por las leyes del país.
Una de las ventas que ha llamado poderosamente la atención en
California ha sido la de 12,000 galones de vino clarete hace poco
efectuada por Mr. Parrott, uno de los criadores más inteligentes en
vinos de Napa Valley que ha conseguido un precio de 75 centavos
por galón, cuando el mismo vino se habría vendido en Europa á tres
francos la botella bordelesa sin inconveniente alguno. Y al llegar
á estas conclusiones, para muchos quizá huelgue cuanto voy á decir,
porque lo natural y lógico es suponer que donde no hay gusto en
comprar determinada mercancía, donde no hay mercado, aun dándose á
vil precio el producto, todo intento de importación ha de fracasar;
pero, no he ido á California, ni he gastado cinco días en viaje y á
gran velocidad al través de los desiertos americanos para ahondar tan
poco en asunto tan serio, y así, síganme los que quieran ver claro en
la producción de vinos de California para que se convenzan conmigo de
que de los vinos españoles, con derechos y tarifas ó sin ellos, sólo
en marcas especiales, en vinos de lujo, en Jerez, manzanilla, etc.,
podemos esperar un mediano consumo.
Los que hemos aprendido nociones de viticultura americana en los
libros, nos figuramos que la zona californiana plantada de viña
es muy extensa; ¡qué error! vean y mediten las cifras que van á
continuación y verán lo equivocados que están:
ACRES
--------
Viñas dedicadas á producción de vino. 90,000
Idem dedicadas á uva de mesa. 10,000
Idem dedicadas á pasas. 100,000
--------
Total acres. 200,000
Dividido este total por 2'47, resulta en hectáreas una cifra
escasísima en relación con los viñedos de Europa, que cuenta los
viñedos por millones de hectáreas, y una producción grandísima de
vino por hectárea que admira más al que ve la distancia que existe
entre las cepas plantadas en los campos de California é ignora que
hay viñas tan fructíferas que han dado de 60 á 80 libras por pie. Y
como también se estudian en California estas cuestiones, vean mis
lectores las contestaciones categóricas dadas á varias preguntas mías
que juzgo de interés para los vinateros españoles.
¿Sería fácil introducir en California vinos de España para hacer el
_coupage_?
—No; los vinos de California tienen los mismos defectos que los
vinos españoles, demasiado alcohol y mucho color, para esto y aun
en cantidades muy pequeñas, preferimos los vinos franceses á los de
España.
¿Por qué razón el pueblo americano prefiere la cerveza y el
aguardiente al vino? ¿Cómo es que disponiendo California de una
prensa que tiene tanto ascendiente en la opinión, y teniendo el
productor yankee tanta iniciativa, no consigue probar que el vino es
mejor, más higiénico y más agradable que aquellos líquidos?
—Pues, porque el pueblo americano, compuesto de razas del norte,
avezadas á líquidos fuertes, halla en el vino escaso aliciente, el
vino le resulta desabrido y poco excitante, y por otra parte, siendo
tan poderosa la industria cervecera y tan rica la de espíritus, en
cuanto entabláramos la lucha en la prensa, seríamos irremediablemente
vencidos los que estamos ya arruinados por la falta de consumo.
Pero, con el tiempo, y mediante la mejora de los vinos, la educación
del pueblo y la propaganda racional, el vino alcanzará el premio que
merece; y es más, á mi se me figura que la propaganda de los vinos
americanos será beneficiosa á los vinos de España, porque el gusto se
irá afinando, y los aficionados al vino, sabrán apreciar mejor que
ahora el aroma, el cuerpo y la finura de los vinos españoles.
Sí, algo hemos de conseguir, á largo ó larguísimo plazo; pero no
olviden los españoles, y eso me lo decían como _mot de la fin_,
dos cosas esencialísimas: que los criadores de vinos americanos han
hecho en diez años progresos enormes; que entre los vinos limpios, de
buen color y bouquet ya muy pronunciado, vinos que envejecen ya en la
cepa y en los toneles y que vendemos hoy, y el _zinfandel_ de
hace 20 años, hay un abismo, y que California tiene una zona vitícola
tan extensa como no la tienen España y Portugal juntos.
De San Francisco á El Paso
[Ilustración]Intento razonable ha de parecer que durante mi estancia
en los Estados Unidos haya procurado estudiar con cuidado la
idiosincrasia del pueblo americano, estudio que completé al salir de
San Francisco el día 4 de noviembre último, al tener la desdichada
suerte de presenciar uno de los espectáculos más tristes que puede
ver un hombre y que bastara él solo para marcar y esculpir en mi
cerebro uno de los rasgos fisionómicos y más característicos del
pueblo yankee, si pudiera aun caber la duda en mis apreciaciones,
tantas veces expuestas en las columnas de _La Vanguardia_,
acerca del modo de ser y sentir de aquella raza.
En Oakland hallé preparado el tren que debía conducirme á El Paso,
estación fronteriza de México, al norte de aquella república, busqué
el número de mi asiento-cama en el Pullman-car y esperé impaciente el
momento que debía marcar mi salida definitiva de los Estados Unidos
de la América del Norte.
Acostumbrado ya á la marcha silenciosa de los trenes y á su falta de
puntualidad, mi impaciencia no podía justificarla más que el afán
de ver llegar la hora de mi repatriación, aunque fuera siguiendo
un camino larguísimo, colmado de peligros. El tren se puso al fin
en movimiento, el número de pasajeros era escasísimo, y en aquel
vagón inmenso llamado pomposamente vagón palacio, que había de
ser mi vivienda durante tres días, ocurriéronme en mi soledad las
narraciones repetidas en los diarios durante los últimos meses de
1893, de trenes asaltados por hombres enmascarados y armados de
rifles Winchester, de asesinatos seguidos de linchamientos, de
robos inauditos, con todo el variado repertorio de escenas salvajes
representadas de noche en las inmensas estepas de los desiertos
americanos. Tocábame recorrer los estados de Arizona, New-México y
Texas, reputadísimos por sus bandoleros, y no me pareció situación
muy halagüeña la de un hombre sólo, desarmado y dotado de escasas
fuerzas físicas.
Esas ideas no respondían ciertamente al ambiente que respiraba al
atravesar los valles de la baja California en un día lleno de sol
y brisa suave y fresca que daba á mi temperamento nervioso un
bienestar indefinible. Marchando el tren á gran velocidad y gozando
el bienestar del que cae en la meditación sugerida por lo que le
rodea, desvanecido el terror de un momento de desfallecimiento de
espíritu, no sé yo cuánto tiempo había pasado, aunque no debía
ser mucho, cuando el maquinista dió la señal de alarma y parada
de tren, que se efectuó con una celeridad pasmosa. El motivo no
podía ser más triste, el tren acababa de arrollar á dos hombres,
lanzarlos de la vía y matarlos instantáneamente. Había en una curva
una cuadrilla de trabajadores, ocupados en el asiento del material
fijo, curva en desmonte que formaba en su centro una verdadera
celada, en que entraron á la vez, por desgracia, dos trenes. Con el
ruido y quizá el aturdimiento, dos trabajadores vieron al tren que
iba á San Francisco, se colocaron sobre la vía que creyeron libre,
y descuidando el convoy que llevaba dirección contraria fueron
arrollados sin misericordia.
Paróse el tren, atravesaron mi vagón dos caballeros, y al regresar,
estando ya el tren en marcha, dijeron tristemente «dos hombres
muertos». Me levanté, acerquéme á la ventanilla y vi sobre la hierba
dos hombres jóvenes, palpitantes aun y desangrándose, con la cabeza
destrozada. Este espectáculo, más que triste, me pareció desastroso,
porque más inhumano que la muerte es considerar que bastaron
escasamente siete minutos para que el tren matara á aquellos hombres,
tomara, no sé quién, nota de lo ocurrido, y volviera el convoy á
emprender su camino, mientras los muertos yacían solos y abandonados
por sus compañeros, que continuaban su labor, fríos, indiferentes,
como si aquellos cadáveres fueran despojos de un naufragio,
escupidos por el mar en días de tormenta sobre playas desiertas é
inhospitalarias. Más desastroso aun, sí, que no hay tormenta en el
mar, ni ciclón en el cielo que pueda compararse, en estos días de
prueba, al odio y á la indiferencia que parece haberse apoderado,
como desoladora epidemia, del corazón humano.
Así empezó mi viaje de regreso; señalado en su primera etapa por la
noticia abrumadora, al llegar á la capital de México, el día 9 de
noviembre á las siete de la mañana, de la explosión de una bomba, con
todas sus traidoras y viles consecuencias, en el Liceo de Barcelona.
Y, sin embargo, entre los dos términos de esa escala de indiferencias
y crueldades, entre el odio de un malvado y el frío irritante de
los que no tuvieron para los vencidos por fiera desgracia ni una
lágrima, ni una mirada compasiva, hallo más cercano al amor el odio
de una fiera que la indiferencia que considera al sér humano como una
bestia más de la escala zoológica. Y aunque sea alargar algo más de
lo conveniente ese orden de consideraciones que viene á completar,
en mi concepto, el juicio que he formado de la civilización
americana, permítame el paciente lector que le presente, en episódico
contraste, la nota comparativa de dos razas, la nota que pinta como
siente nuestro pueblo, extraviado por las doctrinas subversivas, la
miseria y el hambre, pero bueno en el fondo, compasivo, capaz aun
de arranques generosos, ya que ha visto como sabe sufrir y penar el
pueblo americano.
El trasatlántico «Alfonso XII» salía de Cádiz el 18 de diciembre
último, con mar llana y ligera brisa; el piloto del puerto dirigía ya
la maniobra, arriadas las escaleras y moviéndose el barco lentamente
en busca del mar libre de obstáculos, camino de este puerto. De
repente y desde la toldilla observó que se había quedado á bordo un
muchacho de diez y seis á diez y siete años, y con tono brusco y
señalándole el cable que pendía de estribor y á cuya extremidad había
una lancha, le dijo: «largo, inmediatamente bajas por la cuerda y te
vas... largo»; el chico quedóse pálido como un muerto, no sabía si
llorar ó protestar, mudo de espanto dudaba entre sufrir las iras del
piloto ó exponerse á bajar por la cuerda y deslizarse con peligro
de caer al agua. El piloto insistía con ánimo resuelto, y como el
muchacho opusiera á la ira del marino la resistencia pasiva del que
teme jugarse la vida en la contienda, intervino en ella un marinero
del «Alfonso XII» con ánimo resuelto y decidido: «Pero hombre, no ve
usted que el chico tiene miedo, que no ha bajado nunca por una cuerda
y está temblando... pues no faltaba más»; y amparando al cuitado,
salta la banda, coge el cable y al muchacho por la cintura, lo sujeta
vigorosamente, le da rápida instrucción para que le deje sueltas las
manos y en menos tiempo del que cuesta relatarlo, como si fuera un
padre amoroso, dejó al chico en la lancha, subiendo rápidamente á
bordo sin esperar, probablemente, las gracias del agradecido mancebo.
Compárese la indiferencia de los obreros de California con el
arranque generoso del marinero del «Alfonso XII», y después escójase
entre aquella civilización, orgullosa de sus máquinas, fría y
repulsiva como toda vanidad, y ésta que tiene por base la familia con
todas sus derivaciones, costumbres humanas y sentimientos piadosos
que dan al prójimo el dictado de hermano y amigo.
Los campos de California van repoblándose á medida que se avanza
en dirección al sur con las plantas que son el orgullo de nuestras
provincias de levante. Arrancadas las viñas en muchas partes, los
árboles frutales, naranjos, limoneros, melocotoneros, cerezos,
correctamente alineados, dominados en el fondo de la plantación por
la quinta, la masía ó el _cottage_, constituyen la fisonomía
especial de la baja California. Camino del Estado de Arizona ya
no se cruzan grandes ríos, viéndose sólo en lontananza la altiva
cordillera de Sierra Nevada; los pueblos guardan su fisonomía
especial, las casas, casi todas de madera, no están ya rematadas
por cubiertas de 40 ó 45 grados, el frío no cuenta ya en las
fértiles llanuras, besadas por las brisas del Pacífico, y cruzando
paralelos cada vez más cercanos al trópico de Cáncer, las plantas
tropicales asoman ya por todas partes, el indio se transforma, no
es tan robusto, ni tiene facciones tan angulosas, y al amanecer
del domingo, cuando el sol doraba el hermoso valle de Los Ángeles,
donde se producen los vinos americanos tan parecidos á los vinos
andaluces y portugueses, después de haber atravesado el valle de San
Joaquín, granero de California, y las estaciones llamadas y escritas
en español, Merced, Madera, Fresno, que recuerdan nuestro paso por
aquellos valles, llegué á las ocho de la mañana á La Puebla de la
Reina de los Ángeles, fundada por los españoles en 1781, anexionada
en 1846 á los Estados Unidos y formando hoy una agrupación de más
de 50.000 habitantes, que se considera la segunda población de
California en riqueza é importancia comercial.
A medida que el tren se aleja de Los Ángeles camino de San Diego,
las plantaciones son cada vez más raras, hasta que ya antes de
mediodía y de llegar á Yuma, se atraviesa el desierto de Colorado,
en que sólo se ven yucas y cactus, extensos arenales matizados de
sal, caldeados por un sol ardiente que en verano ofrece al viajero
vistosos espejismos, desierto que en algunos puntos está por
debajo del nivel del mar, solución de continuidad hoy del golfo de
California, que quizá vuelva á invadir algún día si un movimiento del
litoral americano sumerge otra vez las tierras que un levantamiento
lento, fenómeno del volcanismo, ha puesto al descubierto en la época
moderna del globo terráqueo. Y ya poco queda por ver que llame la
atención en la larga travesía de San Francisco á El Paso, como no
sean pueblos que el viajero pregunta de qué viven, dónde se halla la
riqueza que explotan y aprovechan, cómo crecen y se desarrollan en
aquellas inmensidades donde no hay bosques ni plantaciones, teniendo
siempre á la vista aquella Sierra Madre de México, que esconderá aún
tantas riquezas en sus entrañas, y aquellos desiertos que las aguas
del mar han escupido como hueso estéril, ensanchando prodigiosamente
el continente americano del que se cuentan tantos prodigios, y en
donde amontona el monopolio tantas riquezas, poseídas por manos que
han cruzado el territorio de caminos de hierro, puesto los jalones
de nacientes poblados y quizá gérmenes de nuevas nacionalidades,
pero puntos perdidos hoy en los inmensos campos de California y
Arizona, de Texas y New-México, más grandes que España y Portugal,
Francia é Inglaterra, Italia y Austria juntas, donde la vida nómada
se ejercita con todas las manifestaciones del salvajismo, que la
civilización pasa sólo allí entre los rieles de los caminos de
hierro rápida y fugaz, desvaneciéndose á la vista del que suspira en
aquellas landas desiertas, como el humo de la locomotora y el vapor
de la caldera en los espacios infinitos del cielo.
Cansado de meditar sin comprender los misterios de los vastos
desiertos americanos, recojo una nota artística en la estación de
Yuma, que colora aquel desierto y aquella rígida nota de la línea
recta en todo: una compañía nómada que pasea por aquellos desiertos
leones enjaulados, panteras, tigres y hienas en grandes carromatos,
indios que montan caballos enjaezados á la mexicana, elefantes que
guía un muchacho cuarterón, monos que saltan y brincan, mujeres que
visten trajes imposibles, chillones, llamativos, de raza difícil
de clasificar, y en un gran carro, terminado por ancha plataforma,
una murga de indios más ó menos auténticos, que toca una marcha
discordante, ensordecedora, proyectándose todo en el cielo tropical,
que ensucia de tonos grises la ola de aire caliente que levanta el
sol en las caldeadas arenas del desierto.
Pasa aquella mascarada por delante del tren lenta y majestuosamente;
es el reclamo americano que no tiene bastante campo en las ciudades
y que necesita las inmensas soledades del desierto para proclamar
que él solo es el rey del mundo. Y la locomotora mueve otra vez sus
bielas y ruedas y el tren sigue y sigue cruzando estepas y pueblos,
ríos y lagunas, acercándose cada vez más á Río Grande, muy chico
donde lo cruzamos, poco antes de llegar á la frontera mexicana, y á
la estación de El Paso, en territorio aun de los Estados Unidos de la
América del Norte.
De El Paso á México
[Ilustración]A las dos de la tarde del día 6 de noviembre último
llegué á la estación de El Paso, en territorio de Texas de los
Estados Unidos de la América del Norte.
Para ir á la estación mexicana es menester atravesar la población, de
fisonomía yankee, en el conjunto y los detalles. Lo característico
allí es el cambio de tipo, la aparición de nuestra raza, del mestizo
y del indio mexicano, esencialmente distinto del sioux criado en el
Far-West y en los desiertos de Arizona, New-México y Texas.
El indio mexicano tiene en su piel y en sus rasgos fisionómicos
algo que recuerda al chino, y sin embargo, cuando se comparan en
los restaurants de las estaciones donde concurren, al chino puro,
activo, inteligente, observador, con el indígena de México indolente,
resignado, gozando la molicie del reposo, la única semejanza que
aparece en los dos tipos es la inmovilidad fatal de su fisonomía, la
tristeza de raza, tan honda y constante que parece haber desterrado
la risa de aquellas esfinges humanas.
«Señor, ¿quiere usted algo?» me dijo un mestizo de ojos negros,
rasgados, soñolientos. «Sí, necesito cambiar dinero; ¿podrá usted con
todo esto?»—«y cómo no», contesta el mozo echando una rápida mirada
á mi equipaje de mano, y con un acento tan dulce y con tan suaves
inflexiones en la voz, que cantaba más que hablaba, y al decirme que
le siguiera, guióme por aquellas calles polvorientas y las sendas más
trilladas, llegando al poco rato, en tarde de noviembre tan calurosa
como una de septiembre en Barcelona, al Banco de la ciudad, donde me
dieron por cada cien dollars ciento setenta y dos pesos mexicanos.
Al ver tanto dinero en mi mano, tentado estuve de creer que soñaba,
porque si la vida en México había de resultar proporcionada á lo que
cuestan las cosas aquí, tomando por unidad el duro, iba á darse el
caso extraño de que el viaje á Nueva España no me costara nada ó casi
nada.
Regresé á la estación y me tocó esperar hasta las cinco de la tarde;
los trenes en México no llevan prisa; hay de El Paso á México unas
mil doscientas treinta millas, y para su recorrido necesité andar,
sin descanso, desde el lunes á las cinco de la tarde á las siete
de la mañana del jueves siguiente. Media hora antes de la partida,
el expendedor de _boletos_ abrió la taquilla y al pedirle
pasaje para la capital de México, aunque el idioma del país es
el castellano, observé que no me entendía, que domina aun en los
caminos de hierro de Nueva España el idioma de la gran república
norteamericana.
Me figuré, pues, que estaba aún en los Estados Unidos y hube de
reiterar la petición en inglés. «Aquí, contestóme, no damos pasaje
más que hasta Ciudad de Juárez, en donde está la estación principal
y la Aduana».—«All right»; dí diez centavos, me entregó un
_boleto_ y esperé la hora de partida.
A las cinco llegó el tren compuesto de vagones de primera, segunda,
tercera y Pullman-cars, rotulados en inglés, y el consabido negro,
con su uniforme azul y botones dorados, el revisor que chapurreaba el
español, con el séquito y la factura indiscutible que caracteriza el
servicio de las compañías norteamericanas. Esos trenes me hicieron el
efecto de avanzadas de los ejércitos de la gran república ansiosa de
ir tachonando, de estrellas nuevas, las barras blancas y azules del
pabellón americano.
Partió el tren y los aduaneros empezaron á ejecutar sus funciones; el
bagaje de mano quedó revisado en pocos instantes, poniendo en todos
ellos un rotulillo que decía: «Revisado por el resguardo de la Aduana
fronteriza de la Ciudad de Juárez». Anochecía ya al llegar á Ciudad
de Juárez y allí revisaron mi equipaje, cené y tomé pasaje para la
capital de los Estados Unidos mexicanos. En el restaurant estaba en
funciones una partida de chinos que ha arrendado la mayor parte de
los servicios culinarios de las estaciones carrileras.
La comida me pareció aceptable y calcada en la cocina norteamericana:
muchas carnes asadas, pocas salsas, agua helada á pasto, y la eterna
banana en compota, frita, al natural, perfumando con su empalagosa
esencia todos los platos.
Y al dejar arreglados mis cachivaches en el Pullman, observé en el
andén de la estación el movimiento de hombres de distintas razas
y colores, de muchachos y niñas que vendían chucherías y frutas,
movimiento inusitado, extraño, fantasmagórico entre sombras y
penumbras difuminadas, algo que recuerda nuestras estaciones de la
costa catalana, en las primeras horas veraniegas de la noche, cuando
la gente ansía ver el espectáculo, siempre igual y siempre variado,
del tren que llega y del tren que parte, espejo fiel y triste de
todos los acontecimientos de la vida, esperados con ansia como una
alegría, vistos desaparecer con el dejo amargo del desengaño.
Dejé á Ciudad de Juárez recordando á aquel hombre de raza azteca que
defendió, palmo á palmo, el territorio mexicano, y que, acorralado
en el confín de la república, sentó allí las bases de su gobierno,
organizó sus huestes, derrotó á sus contrarios, los lanzó del país y
entró triunfante en la capital, dando á su patria uno de los períodos
más largos de reposo desde que se emancipó de la metrópoli. Bien
merecido tenía que la ciudad que le acogió en la desgracia, conserve
el nombre del que defendió la independencia de la nación.
Ciudad de Juárez, iluminada apenas por el centelleo de las estrellas,
se escondía cada vez más tras la arboleda, desaparecía rápida de
la vista del viajero, y mientras el negro prepara las literas del
Pullman, doy una ojeada á un guía que canta las maravillas de
México, llamándole «Wonderland», y me dispongo para gozar, desde el
día siguiente, la serie de espectáculos anticipados por relaciones
pintorescas, dignas de una imaginación meridional.
Al despertar, á primera hora, apenas amanecía; recostado en la litera
con el visillo levantado, observé ansioso la salida del sol. El que
no ha estado en las altas mesetas mexicanas no sabe, no tiene idea
de cómo se dibuja en el cielo la línea divisoria de las montañas,
pura, limpia, cortada con precisión matemática que se proyecta en el
horizonte como un trazo que separa la montaña, de tonos violados,
del fondo azul del cielo. No puede haber en ningún clima atmósfera
más transparente, ni tonos más calientes en el aire, ni dorado más
intenso en los rayos del sol, ni líneas más finas en el cirrus que
parece encaje de filigrana suspendido en el espacio, y allí donde el
sol se proyecta intensamente, donde la tierra abrasada recibe amorosa
aquel beso ardiente de un sol que no mitiga, con sus alientos suaves,
el agua reducida á vapor, parece que se levanta intensa hoguera que
abrasa aquellas inmensas llanuras. Pero cuando el sol va subiendo
hacia el zénit y el aire se hace menos transparente, y se observa
atento el llano inculto, la choza misérrima de adobe que ampara al
indio azteca, el pueblo sin fisonomía, que no la tienen aquellas
casas de arcilla, paralelepípedos de color terroso, sin enlucido, que
no se necesita en aquel clima seco para conservar su cohesión, con
una abertura que hace oficio de puerta y otra muy chica de ventana,
alternando con barracas cónicas de tierra y caña, y desaparecen los
espejismos en el cielo, la realidad se descubre por todas partes,
mostrando una miseria tan espantosa y una despoblación tan grande,
que ellas solas bastan para explicar los continuados alzamientos y
sublevaciones de aquel pueblo vencido y humillado.
A las nueve de la mañana llegué á Chihuahua, capital del Estado del
mismo nombre. Situada la ciudad á bastante distancia de la estación,
el agrupamiento de las casas, su fisonomía, la iglesia principal con
sus torres dominantes, me recordaron las ciudades españolas de la
meseta central castellana.
[Ilustración]
Y en la estación se ven ya los hombres con _zarape_ y las
mujeres con _rebozo_, prendas de la indumentaria mexicana,
remedo de nuestras mantas y pañolones castellanos, que cubren
cuerpos sin camisa y pelos desgreñados, manifestación tristísima de
la más terrible miseria. El indio, envuelto en su zarape, sentado
en cuclillas, triste, macilento, mira como pasa el tren, satisfecho
hoy porque tiene aún algunos centavos ganados no recuerda cuándo ni
de qué manera, que ya trabajará mañana, cuando sea pobre y no tenga
dinero para comprar _pulque, tortillas_ y un puñado de judías.
¿Qué le importa al indio el mundo, del que nada espera? Cuando tiene
hambre coge el fusil que le da la ambición del primer caudillo que
se presenta y mata y muere para llenar su vientre, que es la única
política que domina su corazón, su entendimiento y sus entrañas. Y
al verle acurrucado, tomando el sol, enteco, arrugado, indiferente,
nadie adivinaría en aquel sér envilecido un héroe que sabe batirse
con singular bizarría, sin preguntar á nadie el color de la bandera,
ni el derecho que defiende, ni la justicia de la causa que puso en
sus manos el arma homicida.
Y al poco rato, después de tomar el _breakfast_ en el restaurant
chino, aquella masa desaparece lentamente, mientras el tren va
cruzando campiñas abandonadas, desiertos inmensos que tienen por
marco altísimas montañas, atravesando de tarde en tarde alguna
_hacienda_, como dicen las gentes del país, que tienen sesenta
y ochenta mil hectáreas de extensión, verdaderos falansterios
indios donde éstos hallan choza que les cobije, trabajo que alivie
su miseria é iglesia que consuele sus pesares. Necesarios son esos
recursos en un país donde las sequías lo matan todo, donde los
ganados mueren en los caminos, hambrientos y engañados por traidores
espejismos, y las sequías duran años y años en los Estados del norte
de México, teniendo que abrir las fronteras á los granos de Norte
América para no morir de hambre, produciendo esto una sangría tan
espantosa en el numerario de la Hacienda mexicana, que la balanza
comercial acusa una pérdida enorme, una corriente de millones que
empobrece á aquella nación con una rapidez aterradora. Esto me
cuentan mis compañeros de viaje, mostrándome en todas partes campos
agostados, arenales salitrosos, tierras yermas y abandonadas, chozas
misérrimas, indios cubiertos con sombrero, modificación de nuestro
calañés, protector de la cabeza contra el sol y la lluvia torrencial
de los climas tropicales, mientras van pasando las estaciones de
La Cruz, Santa Rosalía, Jiménez, Torreón, empalme de la línea de
Durango, Jimulco... y el día pasa esperando aquellas maravillas que
no vienen y aquellas tierras tropicales que he soñado tantas veces,
pobladas de palmeras, helechos arborescentes y lianas trepadoras con
todo el cortejo de una flora y fauna poderosas.
El sol se pone, y el cielo vuelve á reproducir el espectáculo sublime
de un incendio que dora, al esconderse en el horizonte, las cimas de
las montañas y las profundidades del cielo. El indio, que ve cada día
las fiestas sublimes de la atmósfera y compara aquella luz y aquellos
colores con las tristezas de sus campos desolados, ¿cómo no ha de
sentir la nostalgia de otra vida, allá, en el fondo de aquel cielo
tan hermoso, tan puro y transparente, que parece ser una promesa y
una esperanza?
Al día siguiente, poco después de las diez de la mañana, uno de los
compañeros de viaje, compadecido de mi desencanto, me coge de la mano
y me conduce á la plataforma posterior del vagón para presenciar un
cambio completo de decoración, y me dice: «Estamos atravesando una
de las comarcas más ricas de México, en el distrito de Zacatecas,
región argentífera por excelencia; fíjese usted en aquellas piedras
blancas que marcan cotos mineros y en las bocas de las minas, en
cuyas galerías hay, ó mejor dicho, había unos 15,000 trabajadores
extrayendo mineral argentífero del subsuelo. Por desgracia, el
monometalismo y la abolición de la ley Sherman en las Cámaras de
Washington acaban de asestar á esta riqueza una herida mortal. Los
propietarios de las minas están despidiendo á muchos trabajadores y
el laboreo de las minas va disminuyendo con una velocidad aterradora.»
«Observe usted ahora el paisaje: los tonos rojos y calientes de
estas montañas, sus formas suaves y onduladas, sus valles risueños,
embellecido todo por ese sol y ese clima primaveral», y al salir de
una curva, como si se levantara repentinamente un telón de boca,
mostróme en el fondo de un valle la ciudad de Zacatecas, escalonada,
con sus casas blancas, bajas, rematadas por azoteas, recordando las
ciudades orientales, hasta tal punto, que los que no hemos tenido
la suerte de visitarlas, si nos hubieran transportado con los ojos
cerrados á aquel centro minero, con la visión de las fotografías de
Oriente en la memoria, no habría habido uno solo que se creyera en
América; tanta semejanza existe entre Zacatecas y las ciudades en que
se desarrollaron los portentos que conmemora la religión cristiana.
La explotación de las minas se remonta al 1516 y se supone que ha
rendido ya más de 800 millones de dollars; la ciudad está sentada
sobre filones de plata y en ella misma se abren los pozos para la
extracción del precioso mineral.
Las iglesias se parecen, desde lejos, á las que se veían en
Chihuahua; los edificios principales, los únicos que tienen alguna
grandiosidad, son obra de nuestros antepasados, y por eso me decía
mi compañero de viaje: «cuando vea usted, en México, un edificio de
importancia, una iglesia de buen tipo arquitectónico, un palacio
majestuoso, un cuartel, un ministerio, lo mismo en la capital que en
los Estados, no vacile usted un instante en creer que todo es obra de
España y del tiempo de la conquista.»
Poco tiempo me quedó para contemplar aquel oasis llamado Zacatecas
en medio de tantos desiertos; los pasajeros ocuparon el tranvía que
debía conducirles á la población, y el tren emprendió la marcha por
la gran pendiente que guía á Guadalupe, y á pesar de haber pasado
ya, á primeras horas de la mañana, el trópico de Cáncer y estar en
los climas cálidos de la zona tórrida, las yucas, las palmas y los
nopales eran las únicas plantas que me recordaban el país tropical
de los bosques gigantes y las selvas encantadoras, descritas tan
magistralmente por Humboldt.
[Ilustración: YUCA]
A la una llegamos á Aguas Calientes, almorcé en un restaurant del
país á instigación de mis compañeros de viaje, y, aunque descontento
de mi condescendencia, tuve la curiosidad de probar las celebradas
_tortillas_, pasta repugnante hecha de harina de maíz y no sé
qué más; el _pulque_, brebaje procedente de la savia fermentada
del agave americano, muy parecido y perteneciente al mismo género
de los agaves que se crían en la costa mediterránea, y una serie de
platos de origen español mal condimentados y suciamente ofrecidos,
que me hicieron formar una pobrísima idea del arte culinario de los
Estados Unidos mexicanos.
Por fin, al día siguiente, á las siete de la mañana, vislumbré ya los
célebres lagos del gran valle de México, sus cordilleras famosas, sus
volcanes apagados, sus cimas más altas que los picos más elevados
de los Alpes, y después de cinco días y otras tantas noches de
ferrocarril, capaces de fatigar al más robusto, bien merecido tenía
llegar al cerebro del país de las maravillas, á la ciudad de Motezuma
y Hernán Cortés, de las leyendas heroicas, la noche triste y cuanto
se relaciona con los hechos más gloriosos de la historia colonial de
España.
La ciudad de México
[Ilustración]Temo que muchos extranjeros, al visitar la capital
de la república mexicana, no le hallarán grandes atractivos. Lo
moderno vale poca cosa, lo antiguo, lo que construyó el Virreynato de
España durante tres siglos, sólo interesará á un reducido número de
personas, amantes de la historia del mundo y de las proezas humanas.
Si el que visita México está imbuído en ideas de secta, en todas
partes hallará las huellas de los quemaderos de la inquisición,
del martirio de los jefes indios humillados y vencidos por los
conquistadores, más afanosos de tesoros escondidos que de glorias
guerreras, y considerará justo que los mexicanos no tengan para
Hernán Cortés ni un recuerdo, ni una alabanza.
Quien estudie imparcialmente la historia de la conquista de México,
y observe cómo crece y se civiliza su raza indígena, mientras en el
territorio de los Estados Unidos se extingue, siendo más guerrera
y más viril, atosigada por procedimientos inhumanos, perseguida á
sangre y fuego, y acorralada en su propia casa, quizá hallará que
la obra de la conquista dejó en los campos regados por tanta sangre
española, algo más que fanatismos y codicias, crueldades y martirios,
que no son ciertamente los que tienen en sus manos los destinos
mexicanos quienes puedan hacer alardes de clemencia, y de ahorrar
la sangre indígena que derraman á raudales en nombre de ideales
políticos menos excusables que los derechos de conquista.
Si levantaran la cabeza Iturbide y Maximiliano, los dos emperadores
mexicanos fusilados en nombre de la revolución triunfante, ellos, que
no atentaron á la independencia del país y procuraron enaltecerlo
y honrarlo, qué dirían de una raza que reniega de su sangre y
halla vilipendio en la conquista que les hizo hombres civilizados,
cristianos y dignos de alternar con los pueblos cultos, cuando los
indios, que son los más, más de la mitad de la población, no han
hecho otra cosa que cambiar de señores, conquistados hoy por nuestros
hermanos como lo fueron hace cuatrocientos años por nuestros abuelos,
y lanzados á continuas luchas fratricidas para levantar sobre el
pavés, al más osado ó al más fuerte.
Difícil ha de ser al español ilustrado sustraerse á esas
consideraciones, si de la estación va á parar al hotel Iturbide,
mansión durante cortísimo tiempo del infortunado emperador Agustín
I, ungido en la catedral de México, á los treinta años de edad,
cuando acababa de libertar el territorio del dominio de España,
trescientos años después de aquella epopeya escrita con sangre
española por un puñado de hombres mandados por Hernán Cortés en los
campos y montañas mexicanas, epopeya que no necesita mármoles ni
bronces que la perpetúen, que mientras el mundo exista, mientras
exista México, no habrá ciudad ni aldea, montaña ni llanura que no
guarde, desde las más hondas raíces de aquella nacionalidad hasta
las cimas más elevadas de sus cordilleras, el recuerdo del paso de
aquellos guerreros que fundaron un imperio, dejando en él el sello
imperecedero de su sangre y su genial valor.
El palacio convertido en hotel, el patio rodeado de columnas,
rematadas por arcos de medio punto en su parte baja, por arcos
rebajados en el principal y adintelados en el segundo, como si
representaran aquellos accidentes arquitectónicos épocas distintas
en su construcción, el patio desnudo, que si lo rematara un velarium
recordaría los patios andaluces, todas las crujías modificadas para
las atenciones del café, billares, salas de lectura y restaurant,
todo lo banal y pobre de un hotel de segundo orden, ha venido á
rematar las glorias de un imperio sellado con la sangre de un hombre
que olvidó sus juramentos para libertar á su patria del llamado
ominoso yugo extranjero.
Conquistada la independencia en los campos de Querétaro y Puebla,
Iturbide entró triunfante en la capital en septiembre de 1821; en 19
de mayo de 1822 el Libertador fué elegido emperador por 67 votos, y
en 21 de julio del mismo año, Iturbide y su esposa fueron coronados
en la catedral de México, para reinar sólo poco más de un año,
derrocados en marzo de 1823 por el general Santana. Desterrado y
maldecido, se le concedieron 25,000 duros anuales de limosna para que
viviera en suelo extranjero, y él, que había dado á sus compatriotas
un territorio inmenso, quince ó diez y seis veces más grande que la
metrópoli, no podía pisar, sin ser llamado traidor, ni un palmo de
tierra mexicana.
Al año de la expulsión, la nostalgia, el rencor ó ambas cosas á la
vez, le hicieron volver á México; é Iturbide el Libertador, el ungido
en la catedral, el ídolo del pueblo, fué declarado traidor, preso y
fusilado en 19 de julio de 1824.
Los vencedores no aventaron sus cenizas, ni arrojaron sus huesos á la
voracidad de las alimañas; la piedad recogió el cadáver de Iturbide,
que bien pudo cederle para tumba unos cuantos palmos de terreno á
perpetuidad en la catedral, en cambio de un territorio independiente,
afianzado por la mano poderosa del Libertador mexicano.
Fuerza es desvanecer esa impresión dolorosa que siente todo español
de raza al pisar la ciudad de México. Son tan recientes las fechas,
tan heterogéneos y extraños los pensamientos que levanta el amor á
España y la idea de justicia ante la tumba de un hombre que olvidó
sus juramentos y fué ingrato con la metrópoli que le hizo general
antes de los 30 años de edad, y le confió su honra, sus ejércitos
y sus intereses, que yo, español, no me atrevo á llamar traidor á
Iturbide, no me atrevo á infamarle como lo hicieron aquellos que le
debían la libertad y la independencia, obcecados y vencidos por la
ambición y las ansias terribles del poder.
Necesito orear mi frente y salir á la calle animadísima de San
Francisco, una de las arterias principales de la capital, para
desvanecer tan tristes pensamientos. La fisonomía de sus casas
bajas, pues pocas tienen más de dos pisos, sus tiendas de aire puro
español, los chicos que pregonan las mercancías y ofrecen los diarios
del día, los carruajes de lujo y alquiler que cruzan el arroyo,
la urbanización bastante bien entendida, todo tiene aire europeo,
todo recuerda á Madrid, y al llegar á la plaza llamada «El Zócalo»
ó «Plaza mayor de la Constitución», en cuyo centro hay actualmente
una especie de circo con un jardín interior que la afea, hallé más
pronunciada esta fisonomía en los puestos de venta de flores, en
los portales llenos de buhoneros y baratijas, rodeada por edificios
públicos inmensos, la catedral, el antiguo palacio de los Virreyes,
convertido ahora en Ministerios, la casa de la ciudad, jardincillos
y bosquetes, estatuas y monumentos en el centro, parada de tramways
en las partes laterales, y todo ello iluminado por un sol tropical
que no enturbia á 2,400 metros de altitud el vapor de agua, con
los indios envueltos en sus zarapes y rebozos de colores vivos y
estrafalarios, cubierta la cabeza con el típico sombrero mexicano,
alternando con gentes de sociedad más culta, traje más atildado y
apariencia más decente.
El edificio más notable por su arquitectura es la catedral. Empezada
en 1573, terminóse en 1667, siendo más reciente la fecha de la
terminación de las torres que lleva la de 1791. Dicen las gentes
que la catedral costó 2.200,000 duros, pero á mí se me figura que
si en esta cantidad no se cuentan joyas y obras artísticas de valor
intrínseco que no están al alcance del vulgo, hay que estar prevenido
contra esta cifra que parece calcada en las exageraciones yankees, y
las cuentas galanas que convierten á América en el país de las Mil y
una noches.
La fachada de la catedral, achatada en el conjunto y los detalles,
empotrada en dos grandes cubos que sostienen dos pesadísimos
campanarios y un anexo en la parte Este, churrigueresco y enrevesado
que aumenta la traza del edificio en perjuicio de su alzado, no
mantiene, ni un segundo, la atención del viajero. El interior frío,
desnudo, con el coro en el centro que corta sus ejes con menoscabo de
su grandiosidad, tampoco puede compararse con los templos españoles
de arquitectura más sentida.
Tiene la catedral mexicana cinco naves espaciosas y un crucero,
rematado por una cúpula decorada por artistas afamados. Descuella en
el extremo de la cruz latina el altar mayor, ampuloso, reluciente,
rococó, contraste inarmónico con el desmantelado de columnas frías y
altares escasos, pobremente decorados.
Hay, sin embargo, algunos detalles suntuarios bien entendidos; los
púlpitos y la pila bautismal de ónice, algunas verjas riquísimas de
oro, plata y cobre, el altar de los reyes, artístico y suntuoso,
la tumba de Iturbide, la de los Virreyes y la de los ajusticiados
en Chihuahua, rebeldes á la metrópoli, Hidalgo, Aldama, Allende y
Jiménez, que levantaron el pendón de independencia, sirviendo como
de enseña de combate la efigie de la virgen de Guadalupe, patrona
de México. Al Este de la plaza se levanta el antiguo palacio de los
Virreyes, construído sobre las ruinas del palacio de Motezuma, último
emperador azteca.
No hay en el mundo edificio más grandioso ni más banal que el antiguo
palacio de los Virreyes españoles, convertido ahora en ministerio de
Estado, Hacienda, Tesorería y no sé cuántas dependencias más, con
aire de cuartel, montada la guardia en las puertas, y llenos los
patios interiores de soldados, sin un detalle que merezca mirarse
ni apuntarse en la cartera. Doce patios interiores, ocho acres
equivalentes á unas cuatro hectáreas de superficie cubierta; dos
fachadas larguísimas adornadas con ventanas en los bajos y una serie
de balcones en el principal, rematados con guardapolvos vulgarísimos
que no recuerdan ciertamente los buenos tiempos de la arquitectura
española, ni la intervención de una inteligencia artística en la
fábrica de tan grandioso edificio.
Al Sur de la plaza se halla el palacio municipal, albergue del
gobernador del Estado, con portales de piedra de sillería y una
fachada lindísima, pero de interior pobre y de mal gusto, tanto en la
sala de sesiones, como en el salón del alcalde y escalera principal.
Adornan las paredes del municipio los retratos de los presidentes de
la República y los personajes más célebres de México, desde Hidalgo
hasta nuestros días, que la historia de aquel país desde Motezuma
hasta el último Virrey español no cuenta para los republicanos de
este siglo.
Hidalgo, si he de juzgar por los monumentos que le ha levantado el
patriotismo mexicano, es el nombre más querido y respetado de la
República.
La primera herida causada al corazón de España lo fué por un humilde
párroco de Dolores, lugar cercano á Guanajato, en 15 de septiembre de
1810.
Las intenciones de Hidalgo fueron conocidas por el Virrey; Hidalgo
conspiraba, y alentado por sus parciales, pero sin escuchar las voces
de la prudencia y sin la preparación necesaria, cogió el fusil, mandó
tocar á arrebato, reunió á los indios en la plaza, y proclamó la
independencia. Luchó con varia fortuna, pero al fin derrotado por las
tropas españolas, acorralado y vendido por los suyos, fué arrestado y
ajusticiado con los principales cabecillas Jiménez, Allende y Aldama,
que descansan con Hidalgo, en el altar de los reyes de la catedral de
México.
Once años más tarde, el cura Morelos continuó la obra de Hidalgo,
terminada en 1821 por el general Iturbide. La ingratitud del pueblo
afrentó más tarde al general con la tacha de traidor, y fusilóle,
como España fusiló á los que atentaron á la posesión de su más
preciada colonia.
Volvamos á la calle de San Francisco para ir á buscar la avenida
Juárez, ancha, hermosa, soberbia, que termina junto al sepulcro
levantado en Chapultepec á los cadetes que murieron defendiendo
el territorio contra los ejércitos de los Estados Unidos, y que
recuerda otra época sangrienta, si no fatal, de la historia mexicana.
Esta gran avenida, llamada sarcásticamente Avenida Juárez, es una
mejora debida á la emperatriz Carlota, á aquella mujer desdichada
que perdió la razón cuando no pudo hallar en el mundo el amor que se
hundió con su corona en los campos sangrientos de Querétaro.
En esa célebre avenida, llena de monumentos, no hay más que recuerdos
ominosos que deprimen el corazón.
Dos príncipes aztecas, modelados en bronce, de nombre enrevesado,
Ahuitzolt y Axayácatl, de indumentaria extraña, parece que guardan
airados la entrada del cielo indio, donde sólo pueden penetrar sin
peligro los hombres de su raza. En la primera glorieta se halla el
monumento dedicado á Colón, único europeo que ha hallado misericordia
en el corazón de los mexicanos; en la segunda, el dedicado á
Cuauhtemoctzin, último héroe del imperio azteca; la tercera se guarda
para Hidalgo, el enemigo más terrible de España; la cuarta á Juárez,
el presidente indio, que guardó siempre en su corazón todos los
rencores de su raza.
En el monumento dedicado al héroe azteca hay dos bajos relieves y
dos leyendas. El primero representa á Cuauhtemoctzin preso ante
Hernán Cortés; el segundo, la tortura del mismo príncipe y de
Tetlepanpuetzal sometidos al tormento para hacerles descubrir el
escondrijo de sus tesoros. Las leyendas confían al bronce los nombres
de cuatro héroes aztecas.
Yo no sé qué hace allí Colón, entre tantos indios y tantos enemigos
de nuestra raza; si el Gran Almirante despertara y viera tan
empequeñecida la figura legendaria de Hernán Cortés, sentiría
amargamente haber descubierto un mundo cuyos habitantes, después de
ochenta años de dominar el territorio que reivindicaron en nombre
de la civilización y el progreso, no han sabido hacer por la raza
indígena otra cosa que levantar tres monumentos que perpetúan el odio
contra los que la convirtieron al cristianismo, arrancando de sus
pedestales á los dioses paganos, y como si temieran los entusiasmos
y hervores de su propia sangre, calumnian las figuras legendarias de
los héroes españoles, sin cuyo paso por la tierra mexicana no serían
otra cosa que míseros indios esclavos de su cerebro atrofiado, y de
una sangre empobrecida y degenerada.
Si consignara aquí que en México no se ha borrado el recuerdo de las
antiguas tradiciones españolas, y que el acuerdo tácito, colmado de
desdenes, con que los hijos del país muestran olvidar los tiempos de
la conquista y las hazañas portentosas de Hernán Cortés y Alvarado,
no es más que una ficción con que se engañan á sí mismos, parecería
un axioma que huelga en un trabajo dedicado á un público culto é
ilustrado, conocedor de la historia contemporánea española, y de los
altos hechos de nuestros afamados conquistadores.
Todos los pueblos conquistados conservan monumentos dejados por sus
dueños y señores, páginas de piedra que recuerdan una civilización
extinguida y un período histórico; pero en parte alguna se confunden
y compenetran como en México, nuestro espíritu y nuestra sangre con
la raza indígena, batida en los primeros tiempos de la conquista,
sometida más tarde con el apoyo, después de la noche triste, de los
tlascaltecas, confundidos ya en la comunión del amor de pueblo á
pueblo durante el largo mando de los Virreyes, en que se levantaron
las iglesias y los conventos, los palacios y los monumentos, los
canales y las conducciones de aguas que hemos dejado en todo el
territorio, como huella poderosa de nuestras ciencias y de nuestras
artes animadas por el espíritu divino de nuestra religión y nuestras
creencias.
No se ha hecho aún en México la paz en los espíritus, la paz fecunda
que está en el corazón y no en los labios, porque las generaciones
actuales guardan en la memoria el recuerdo vivo de nuestra historia,
y no han tenido tiempo de borrar las huellas de nuestra superioridad
de raza y de entendimiento, superioridad que representa para los
leaders del país un yugo más doloroso que el mando político y la
mano opresora del fisco. El día que puedan levantar una catedral
más alta que la construída por nosotros, el día que hallen la forma
precisa y exacta para modificar el palacio de los Virreyes, el
momento histórico en que se levante al calor de su potencia tropical
una arquitectura más elevada y una literatura más noble y más pura
que la nuestra, cuando purificado el medio ambiente de las ambiciones
políticas, nuestra sangre, que circula por la nación mexicana, nada
deba envidiar, ni pueda codiciar á su madre España, la reconciliación
resultará espontáneamente hecha, con evidente ventaja de las dos
naciones hermanas.
Pero hoy, no habría un sólo mexicano que se atreviera á levantar una
estatua á Hernán Cortés, y sin embargo, no puede darse un paso en la
capital sin hallar las huellas de aquella epopeya que convierte á
México en una de las ciudades históricas más importantes del mundo.
Los mexicanos imitan á los enamorados que rasgan las fotografías y
los recuerdos de la mujer amada, y no pueden arrancarla del corazón,
donde crece y se agiganta, con los esfuerzos hechos para lanzarla del
sitio en que reina como dueña y señora.
¡Inútil porfía! recórrase la ciudad en la dirección más caprichosa,
y en todas partes hallaré el recuerdo del héroe y el árbol de la
historia hispana trasplantado al suelo mexicano. Y para probarlo,
voy á tomar la catedral como punto de partida, y en dirección á San
Cosme siguiendo la calzada, hoy avenida de hombres ilustres, por
donde huyó Cortés y sus soldados durante la _noche triste_.
Circundaba la ciudad en aquella época un ancho canal; los aztecas,
dueños de la comarca, se rebelaron contra los españoles y los
acuchillaron cruelmente. Rechazados en aquella calzada, al llegar
huídos al canal, cayeron al agua y murieron en gran número, cegando
la corriente, tan grande fué el número de los que perdieron allí la
vida en la refriega. El capitán Alvarado, héroe de aquella tragedia,
saltó la corriente y pudo escapar yendo á retaguardia, animando con
su valor y abnegación á los tercios españoles.
Cortés llegó á Tacuba, se sentó bajo un árbol y dicen que allí lloró
por sus soldados, árbol que vive aún y se conoce con el nombre de «El
Árbol de la noche triste».
Cortés rehizo su maltratada gente, hizo una alianza con los
tlascaltecas, arrancó azufre de los volcanes para fabricar pólvora,
pidió refuerzos á Cuba, construyó una escuadrilla en el lago Texcoco,
y en poco más de un año reconquistó la capital, tomada en 13 de
agosto de 1521, levantando una capilla, llamada hoy de San Hipólito,
en conmemoración del día del santo en que Cortés pudo vengar la
carnicería que los aztecas hicieron en las tropas españolas.
Hace muy poco tiempo que la piedad católica ha restaurado aquel
templo, pero de tal manera que los manes del arte deberían poner en
el portal de aquella iglesia la célebre frase dantesca: _Guarda
e passa_. Echemos, pues, una mirada sobre la lápida que dice
así y pasemos. «En este sitio y noche de 1.º de julio de 1520,
llamada la noche triste, fué tan grande la carnicería de españoles
por los aztecas, que al tomar otra vez la ciudad un año más tarde
los conquistadores acordaron construir en este sitio un edificio
conmemorativo, llamado capilla de los mártires y dedicarla á San
Hipólito para recordar que en día del santo fué reconquistada la
ciudad.»
México es la ciudad de las iglesias y los conventos; el más grande ó
uno de los más grandes del mundo era el convento de San Francisco,
que derribó la revolución triunfante. En su recinto había once
iglesias y capillas, un hospital, un refectorio para quinientos
monjes, un dilatadísimo jardín y un vasto cementerio.
La desamortización convirtió el monasterio en calles y solares; el
hotel del Jardín ocupa el sitio que fué hospital y aprovecha parte
del jardín que fué conventual, la calle de la Independencia atraviesa
el área del monasterio que empezó Hernán Cortés, á cuya iglesia
iba á misa y donde estuvo enterrado 65 años, hasta 1794. En aquel
sitio construyeron los frailes la primera escuela destinada á la
instrucción de los indios, levantándose la iglesia con los despojos
de un templo azteca.
Aquel inmenso edificio, cuna de nuestra dominación y de la
evangelización de los indios, fué confiscado por el Presidente
Comonfort, y vendido por Juárez; empezando así la ruina de los
recuerdos de España en aquel vasto imperio colonial.
Al rededor del hotel Iturbide, situado en la calle de San Francisco,
se ve una bonita iglesia, Santa Brígida; al nordeste La Profesa, y al
sudeste San Agustín, dedicada hoy á biblioteca nacional. Adornan las
bases de las pilastras, estatuas de los hombres de Estado mexicanos
y ocupan las capillas y los paramentos laterales lujosos armarios
llenos de libros y documentos importantes.
Siguiendo la calle de San Francisco en sentido contrario á la
Catedral se halla la Alameda, poblada de árboles cuya antigüedad
indica claramente la mano que los ha sembrado ó plantado, y al
terminar la calle se desemboca en una plaza, cuyo centro ocupa la
estatua ecuestre que recuerda á primera vista la de alguno de los
reyes que hay en las plazas de Madrid.
La sorpresa que causa esa estatua en la capital de México sólo puede
compararse á la causada por una excepción que no parece deber admitir
un principio claramente definido. ¿Qué hace allí la estatua ecuestre
de Carlos IV, del odiado rey que con el recuerdo de sus debilidades
armó la mano de Hidalgo y más tarde la de Morelos é Iturbide? ¿quién
conserva aquel monumento levantado en medio de la plaza Mayor ó de
la Constitución por los Virreyes, en 1803, siete años antes de la
primera intentona de independencia? Forzoso es averiguar ese enigma:
ese monumento, proyectado por el célebre Tolsa, fué derribado en
1824, retirado al patio de la Universidad hasta 1852, en cuya fecha
pasó al sitio que ocupa hoy, consignándose, empero, que se conserva
como obra de arte de gran merecimiento, no como recuerdo de un Rey
español.
Y ciertamente, la estatua fundida de una sola pieza es una obra
soberbia: tiene 16 pies de alzado, pesa treinta toneladas y está
primorosamente modelada y fundida. El zócalo es sencillísimo,
de altura casi igual á la estatua, sin leyendas pomposas en sus
paramentos: consígnase sólo el nombre de Tolsa, á cuya memoria se
debe la conservación de una obra artística que puso en gran peligro
el _chauvinisme_ ridículo de los políticos mexicanos.
Si vamos siguiendo el mismo camino, en dirección á Chapultepec, á
la izquierda del camino veremos un largo acueducto compuesto de 900
arcos, concluído en 1607, para abastecer la capital; al otro lado se
ve otra conducción construída por el Virrey Bucareli, cuyos huesos
descansan en el santuario de Guadalupe.
¿Qué más? 10,112 iglesias y capillas católicas existen en el
territorio mexicano y, casi todas, si todas no, han sido levantadas
por la piedad española.
Doce millones de almas cuenta México y, de éstas, sólo unas 25,000
profesan religión distinta de la nuestra. Juárez quiso reformar
el antiguo estado de cosas; separó la Iglesia del Estado, y desde
1874 la estadística no acusa más cambios que los siguientes:
Presbiterianos, 90 iglesias y 4,000 fieles; metodistas, 15 y 4,000;
baptistas, 16 y 1,000; menguado resultado en país tan propicio á
las exageraciones, y donde el indio puede ser fácilmente seducido y
engañado.
Juárez, el hombre de las grandes reformas, el que venció á los
franceses y acabó con el imperio de Maximiliano, descansa con sus
émulos y sus mártires en el panteón erigido por el patriotismo
mexicano en la pequeña plaza de San Fernando.
El mausoleo parece un templo pagano, donde truena como dios máximo
la estatua yacente de Juárez. A la vista tengo la fototipia que me
recuerda aquel monumento de mármol, abierto en su centro, sostenido
por 16 robustas columnas dóricas, estriadas, macizas, que sostienen
una bóveda plana que cobija á la estatua de la república sentada en
la extremidad de la losa funeraria, y sobre cuyo regazo descansa la
cabeza de la estatua yacente de Juárez.
[Ilustración]
Los demás sepulcros no cuentan apenas, al lado del héroe indio que la
patriotería mexicana tiene la debilidad de comparar al austero, al
honrado, al gran repúblico Washington. Leo los nombres de Guerrero,
Zaragoza y Comonfort, y casi á los pies de Juárez los nombres de
Mexía y Miramón.
¡Ah! todo lo iguala la muerte, en su seno no se odian víctimas y
verdugos; la política no habla hipócrita en nombre de la patria y no
rebaja ni engrandece; los dramas de la vida parecen espejismos ante
la serenidad augusta de la muerte; pero los vivos, los que alentamos
llevando sobre nuestros espíritus todas las miserias mundanales, con
dificultad comprendemos la promiscuidad horrorosa de hacer tronar
aun después de muerto al que mató en nombre de la ley sobre los
que también creyeron cumplir su deber en aras de la misma patria y
quizá amándola honda y tiernamente. Pero quien sabe si los que tal
hicieran, comprendían que la reconciliación al pie de la tumba era
una idea santa y justa, y pensaron, tal vez con razón, que el triunfo
no siempre justifica las causas, y que la patria debe reconocimiento
igual á todos los que la amaron.
Y al llegar aquí justo es consignar que debo á la exquisita cortesía
de mi buen amigo, el señor subsecretario del ministerio de Fomento,
don Gilberto Crespo Martínez, que me presentó y recomendó á los
conservadores del Museo de Antigüedades de México, el haber visto
con alguna detención las preciosas colecciones de Historia natural,
de Arqueología y de Historia que, con gran competencia y verdadero
cariño, se guardan en la antigua Casa de la Moneda de aquella capital.
No ofrece la fachada del Museo grandes atractivos: una puerta que
adornan columnas corintias, un vestíbulo desnudo, un patio central
donde se cultivan plantas tropicales muy hermosas, un señor, alto
funcionario de la casa á quien me presenta el señor Crespo y me colma
de atenciones, es cuanto llama mi atención al entrar en un edificio
que contiene las reliquias más preciadas de la historia mexicana.
Abren la puerta del fondo del patio y entro en un salón, acompañado
del señor secretario del Museo á cuya inteligente solicitud debo
las pocas noticias recogidas y que voy á trasladar al papel como
puede hacerlo un ignorante como yo, en materias que exigen estudio
constante, profundo y detenido.
Hay en aquel salón páginas brillantísimas de la historia azteca,
de aquel pueblo indio que tuvo su teogonía, su política, sus
emperadores y sus guerreros, que dominó grandes comarcas y tuvo
dinastías fundadoras de civilizaciones extrañas, cuyo centro de
radiación estuvo en la ciudad que habitaba Motezuma en tiempo de la
conquista. Lo primero que llama la atención del viajero es el estado
de conservación en que se hallan las estatuas de los dioses paganos,
las piedras de los sacrificios, el calendario azteca... objetos todos
hallados en las excavaciones hechas, en su mayor parte en la capital,
conservación debida al clima de las grandes mesetas mexicanas de
los Estados del Norte, donde apenas llueve, donde hiela raramente,
recordando los desiertos de Egipto en que todo se conserva y tiene
vida histórica, representación de pueblos que han envejecido sin
perder el amor á sus antiguas tradiciones, que enterraron con sus
momias y las dinastías de sus reyes en el fondo de tumbas abiertas
en la roca imperecedera de las tierras tropicales. Quisiera seguir
con mi amable cicerone la historia de cada estatua, la significación
de cada piedra; quisiera contar aquí los dolores del desdichado que
ofreció á sus dioses vida, honores, gloria, amor, cuantas cosas puede
ver el sabio en aquellos monumentos, mudos para mí, elocuentes para
el que sabe leer en los trazos esculpidos en la piedra, en la figura
de un dios de fisonomía estrafalaria, en las formas que revelan
aplicaciones extrañas borradas de la conciencia humana, relacionado
todo con una civilización muerta que tuvo sus días de gloria y sus
esperanzas de inmortalidad.
El tiempo, lo que no existe en el infinito, lo que no empieza ni
acaba en el espacio, todos los pueblos necesitan medirlo, que sin
él los acontecimientos humanos no contarían en el mundo. Así no
me admira ver en el fondo de la sala, y en sitio preferente, el
calendario azteca, cuya facsímil había fijado ya mi atención en el
Smithsonian Institution de Washington, y que aun teniéndolo á la
vista, en una fototipia que me recuerda sus rasgos característicos,
no sé cómo describir. Es una gran piedra porfídica, en donde se han
grabado, entre los anillos de circunferencias concéntricas, símbolos
extraños que tienen por centros la cara de un hombre, representación
probable de un astro que servía á los aztecas para fijar el régimen
de las estaciones anuales. ¿Cómo se contaban en aquel artificioso
enigma los acontecimientos de la vida azteca? ¿quién es capaz de
averiguarlo? que aun los más sabios, en tan difícil materia se
pierden en conjeturas al tratar de adivinar en los inflexibles trazos
de aquella piedra, las ideas que las dictaron y esculpieron.
Recorro la sala y me salen al paso ídolos deformes: el dios del
fuego, llamado Chac-Mool, el dios principal del antiguo México;
guerreros en número crecido; el indio triste; las piedras de los
sacrificios, por cuyos agujeros debió correr la sangre de las
víctimas; figuras grabadas, extrañísimas; símbolos portentosos de
bestias enroscadas, airadas, de fisonomías terribles; estatuas
grandiosas que ocupan los centros de la sala, esperando la vuelta
de aquellas razas cuyos descendientes las miran sin comprenderlas;
que murieron ya en el corazón de los indios, y para siempre, las
teogonías de los crueles dioses paganos.
Salgo de aquel salón sin explicarme nada de lo que he visto; son
para mí aquellas figuras palabras sueltas que no forman ideas en mi
cerebro, y como si despertara de repente á la realidad de la vida, al
atravesar el patio y entrar en reducida habitación, veo la carroza
de gala de los últimos emperadores mexicanos, la carroza que usaron
Maximiliano y su esposa al ser ungidos en la catedral de México.
Contraste terrible entre dioses airados que exigían el holocausto de
sangre humana, y civilizaciones modernas que coronan las víctimas y
las llenan de incienso y perfumes antes de fusilarlas en los campos
de Querétaro. No hay, pues, entre ambas civilizaciones, más que
diferencias de procedimiento; pero el fondo no revela, en ambas, otra
cosa que asquerosos fanatismos y crueldades terribles.
Subo al primer piso y me enseñan un hermoso museo de Historia
natural; México, país de recursos mineralógicos espléndidos, de
fauna y flora tropical prodigiosa, sin grande esfuerzo puede montar
colecciones de gran precio y ofrecer á sus hijos páginas llenas de
datos, noticias y ejemplares para el estudio de su gea y la vida que
sustenta. Falta ya sólo una sala para terminar la visita al precioso
museo mexicano, sala que contiene para los españoles reliquias de
inestimable valor.
En aquella sala podríamos aprender mucho, si fuéramos capaces de
retrotraer, condensándolo en un pensamiento sintético, toda la
historia colonial de España, tan gloriosa, tan triste y tan rica en
enseñanzas, experiencias y contrastes.
Hidalgo, el párroco que trocó el cayado de pastor por arma homicida,
tiene allí su estandarte, su bastón y su fusil, y junto á estas
prendas mexicanas el estandarte de damasco rojo que llevaba Hernán
Cortés en los días de la conquista. Bien están juntas esta gloria
y aquellas enseñanzas, que en ambas cosas aprenderán los hombres
como se conquistan las colonias y como se pierden, lo que pueden la
fuerza inteligente, y los desaciertos impulsados por la codicia y el
desgobierno.
Hay allí también el escudo de Motezuma y el servicio de mesa de
Maximiliano, reliquias de dos emperadores para quienes los campos de
México estuvieron sembrados sólo de abrojos y espinas.
Otro edificio notable y que vale la pena de ser visto detenidamente
es el palacio de la Minería, obra moderna de principios de este
siglo, la última quizá debida á los Virreyes españoles. Ocupa
actualmente su vastísima área el ministerio de Fomento y la escuela
de Ingenieros de minas. Para construirlo, la explotación de los
minerales recargóse con el pago de un cánon que se destinó á obra
digna de albergar la realeza. Los que conocen la historia íntima
del país creen que, desterrado don Fernando y en entredicho la
corona de España, á principios de siglo, el elemento español
mexicano pensó ofrecer al Rey Fernando aquel albergue suntuoso, de
escalera magnífica, de patios espaciosos y espléndidos, de fachadas
artísticas, de conjunto superior á cuanto se hizo en aquella capital
por nuestros Virreyes en los primeros siglos de la conquista.
En el vestíbulo principal hay grandes aerolitos caídos en territorio
mexicano, y en las salas principales, hermosas colecciones de
minerales y fósiles, dignas de la riqueza minera del subsuelo de
Nueva España.
Ya anocheciendo, al salir del Museo, atravieso el Zócalo, la calle
de San Francisco, cruzada de carruajes cuyos cocheros, aun llevando
vistosas libreas, sólo excepcionalmente dejan el sombrero mexicano;
las aceras concurridísimas, y en una plaza junto á la Alameda Juárez,
un señor que me acompaña fija mi atención en una dama, cuya silueta
alcanzo sólo á descubrir en un balcón y que resulta ser la de la
señora viuda de Miramón, de aquel general que murió con el emperador
Maximiliano en los campos de Querétaro.
Allí mismo, los muchachos pregonan la terminación de una algarada,
de una nueva sublevación que durante un mes ha tenido en jaque á
las tropas de la república. El jefe se había rendido imponiendo
condiciones como si fuera beligerante reconocido. Y es que en México
el fermento de la guerra civil subsiste siempre en aquella sociedad,
convertido en elemento de resistencia con el que cuentan todos los
partidos, que nadie está seguro de lo que pasará el día siguiente,
y de si la víctima de la víspera se convertirá en dueño y señor de
aquellas corrompidas democracias.
Y mientras veo pasar luces sin cuento de carruajes que cruzan la
Alameda, escucho admirado los detalles curiosos de historietas,
en que figuran los personajes más conspícuos de las repúblicas
americanas, nombres que no quiero recordar convencido como estoy
de que el escándalo es el peor de los pecados, y que quizá no están
los tiempos para derribar reputaciones cuando tanta falta hace sumar
voluntades en la gobernación de los pueblos. Y casi distraído oigo
que dicen: «El gobernador del Estado X... preparó una emboscada al
jefe del Gobierno; el plan no podía ser más sencillo; en una cacería
bien organizada debía guiar la mano experta de un bandido la voluntad
decidida de dejar una vacante en la poltrona presidencial. El jefe
del Gobierno averiguó el caso, y cuando se presentó el Gobernador á
convidarle, aceptó al parecer gustoso, rogándole sólo que regresara á
su Estado y aguardara allí el día en que las funciones de su cargo le
permitieran acudir á la fiesta.»
»El Gobernador regresó á su casa aquella misma noche, y en el vagón
que lo conducía subieron dos desconocidos que tomaron asiento junto
al jefe aludido. Cuando el tren cruzaba uno de los territorios más
desiertos de aquel país, uno de los desconocidos apretó el timbre de
alarma para que el maquinista parara el tren, que supuso estar en
peligro. Mientras tanto el otro desconocido enseñaba al Gobernador la
orden de arresto, expedida, en forma, por quien tenía atribuciones
para hacerlo.» No sé si protestó el interesado, pero sí cuentan malas
lenguas, que el arrestado bajó del vagón, se arrodilló junto á la vía
y murió fusilado.
Y decía otro: «los españoles son ustedes deliciosos; su
sentimentalismo resulta ridículo y contraproducente. En América
entendemos las cosas de Gobierno de manera muy distinta. Iba yo hace
poco en un tren, camino del norte, con varias señoras; cuando más
distraídos estábamos, una agresión salvaje puso en peligro la vida de
una de las damas, que se salvó milagrosamente. Junto á la línea, unos
indios hicieron fuego, y las balas penetraron en el vagón. Paróse
el tren, perseguimos á aquellos bandidos, y allí mismo, sin más
contemplación ni causa criminal, los fusilamos.»
»¿Cree usted que con este procedimiento habría motivo de vanagloria
en los que atentan á la vida del prójimo?»
No sé lo que contesté, porque ya otro señor proseguía:
«¿Recuerdan ustedes la historia de aquel general que entró en un café
y mató á fulano é hirió á zutano...? pues ya está en la calle, y tan
campante.»
La verdad es que todo aquello no daba grande idea de los gobiernos
democráticos, y pensándolo un poco y agrandando el cuadro,
quizá hallaríamos que las repúblicas americanas están en manos
de dictadores y que la democracia estará en las leyes y en los
organismos de aquellos Estados, pero no en el entendimiento y el
corazón de los que rigen aquellos pueblos, manadas de hombres que
cambiaron de señores para ser tan esclavos como lo han sido, son
y serán siempre los que por deficiencias de raza, por pobreza de
inteligencia y falta de dotes de gobierno, no tienen aptitud para
mandar, ni pueden conocer más elemento de orden que el sable y la
opresión.
Los que quieran afianzar sus principios de gobierno en las ideas
democráticas, no deben ir á América y mucho menos á las repúblicas de
raza española, si han de guardar un resto de ilusión y de esperanza
en la panacea que á fines del siglo pasado se impuso al mundo con
tanta sangre y tantas lágrimas, panacea redentora que después de un
siglo de ensayos no ha podido arraigar en el corazón de las gentes
civilizadas del mundo.
Chapultepec y Guadalupe
[Ilustración]Joyas del suelo mexicano deben ser, cuando son tan
renombradas y para verlas salgo temprano del hotel Iturbide,
aprovechando una mañana deliciosa y un sol espléndido con brisas de
primavera que envían á las altas mesetas mexicanas los picachos que
tienen alturas de 17,000 pies en que durante muchos siglos lucharon
con varia fortuna la lava encendida de los volcanes y las nieves
eternas de las grandes altitudes. Paso rápidamente por frente de la
Alameda, saludo, admirado, la soberbia estatua ecuestre de Tolsa,
miro sin enojo los monumentos que levantó el patriotismo mexicano,
respetable aun en sus ingratitudes, y gozo la vida espléndida
de aquella Avenida Juárez que al alejarse de la ciudad crece
en hermosura, sombreada por árboles majestuosos, exhuberantes,
agitados por las vibraciones de aquella luz que sacude sus complejos
organismos con energías propias de los climas tropicales.
Recorro en hora escasa la distancia comprendida entre la ciudad
y Chapultepec, y lo que parecía, visto desde lejos, accidente
insignificante de la llanura, surge lentamente en el ocular del
grande anteojo que forman las ramas al cruzarse y se levanta y crece
á mis ojos, dibujándose ya en mi retina la colina con los accidentes
caprichosos de la masa porfídica, en cuya cumbre se levanta el
palacio que ha albergado ya á los representantes de todas las
formas de gobierno conocidas: Virreyes, Presidentes y Emperadores;
pasajeros todos veleidosos, encarnación viva y espejos fieles de las
muchedumbres y las democracias mexicanas.
Dejo á mi izquierda el acueducto de 900 arcos que lleva las aguas á
la capital, llego á la verja y á los muros que dibujan el contorno
de lo que es hoy mansión presidencial, y sin que entorpezca mi
entrada la guardia de honor puesta en cada una de las puertas del
recinto, hállome de repente en un jardín de los trópicos, en uno de
aquellos paraísos encantados que sueña el botánico ó el paleontólogo
cuando lee ó clasifica los ejemplares de la flora de los países
cálidos, donde viven ó vivieron los gigantes del reino vegetal,
sin letargos ni crecimientos estacionales, saturados durante siglos
de savia ardiente, poderosa, suma de energías capaz de vencer las
inclemencias de los tiempos y las vicisitudes que siegan despiadadas
las generaciones humanas en su paso por la tierra.
Aquellos árboles inmensos que necesitan varios hombres, formando
cadena, para ser medidos, tan enormes son las circunferencias
de sus troncos, parecen pertenecer á la familia botánica de las
_cupresineas_, siendo llamado _ahuehete_ por los indios.
Sus ramas péndolas llenas de musgo, entrelazadas con festones de
orquídeas, parece que están adornadas para dar sombra á fiestas
espléndidas en que la naturaleza ostenta sus mejores galas. Y
entre aquellas frescas sombras y penumbras que rasgan rayos de sol
ardiente, un recuerdo triste surge de entre la maleza y las flores
de un parque escondido entre peñascos de pórfido, un monumento,
una página de aquella historia que no deberían olvidar nunca
los mexicanos, dedicado á los cadetes que en 1847 defendieron
la independencia contra los ejércitos de la gran república
norteamericana, y perdieron la vida sin poder evitar que el coloso
les arrebatara con ella un pedazo de territorio inmenso que no sé
yo si bastará para saciar el hambre devoradora de un pueblo que se
figura que América es, y debe ser, sólo la patria de la gran familia
yankee.
Cada año los cadetes dedican un día á conmemorar la desdichada suerte
de sus compañeros, y el presidente de la república coloca una corona
fúnebre sobre las cenizas de los mártires.
Al pie mismo del monumento hallo un camino de travesía que en
pocos minutos me conduce á la cumbre de la colina donde se asienta
Chapultepec, el palacio del actual presidente de la república,
Porfirio Díaz.
La puerta de hierro que da acceso al jardín que precede al palacio,
está guarnecida de tropa numerosa: á la vista de un extranjero, el
guardia llama al sargento, que me niega la entrada, no recuerdo
ya con qué pretexto, y con no poco disgusto me limito á echar una
ojeada á la parte exterior del edificio, que no ofrece signo alguno
que revele, en el autor del proyecto, la idea de levantar un palacio
digno de un jefe de Estado.
Me limito, pues, á buscar un punto de mira y á orientarme, con ayuda
de un guía, tomando como origen un edificio conocido. Lo consigo
fácilmente sabiendo que la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe
está al nordeste de Chapultepec, siendo aquel edificio uno de los
primeros que se conoce al llegar á México.
Al pie de la colina veo los dos acueductos mencionados en el capítulo
anterior; al Norte, Atzcapatzalio y Tlalnepantla, sitios reales
de pasados siglos; más allá, Tacuba, donde descansaron, rotos y
vencidos, los tercios españoles, en aquella noche infausta, llamada
_la noche triste_; al Sud, y al pie de unas colinas, Tacubaya,
que es sitio de recreo donde las clases altas mexicanas han levantado
suntuosas moradas de recreo, y al Oeste, el Panteón Dolores,
cementerio inmenso, con su rotonda de Hombres ilustres, donde
descansan, entre otros, los restos de Arista y Lerdo, presidentes que
fueron de la República mexicana.
Volviendo los ojos al Este, desde un punto apropiado, veo la ciudad
de aspecto algo parecido á Zacatecas, de algo que recuerda los
pueblos del Asia menor, con sus azoteas y sus monumentos achatados,
su aspecto blanquecino que no amortigua la nota pálida de los
alrededores, porque prescindiendo de algunas huertas, muy pocas, que
se ven junto á un pueblo que se llama San Ángel, de los árboles que
adornan las calzadas de la Verónica y Chapultepec, la Alameda y el
sitio en que estoy colocado, oasis delicioso de verdura y vegetación
espléndida, lo demás tiene aire de desierto que va acentuándose
camino de la Esperanza, entre México y Veracruz.
No percibo desde este punto más que algunas manchas verdes que se ven
en dirección á los volcanes; pero todo induce á creer que son campos
de agave que se crían para recoger la savia que, fermentada, da el
_pulque_, delicia de los indios y aun de personas acomodadas del
país.
[Ilustración]
El gran valle de México desde Chapultepec tiene para mí una fisonomía
tristísima, y digo para mí, porque hay quien lo halla muy hermoso y
tiene una verdadera pasión por aquella alta meseta mexicana. Cuando
se lee en la geografía que los picachos volcánicos de Popocatepetl é
Ixtaccihuatl están respectivamente á una altitud de 17,777 y 17,071
pies, equivalentes á 5,420 y 5,204 ms., la imaginación pinta en el
cerebro gigantes prodigiosos que luego resultan tan pequeños, vistos
desde México, que la ilusión se desvanece, recordando otras montañas
menos elevadas, y que producen un efecto mucho más sorprendente.
El secreto de este desengaño estriba en que la ciudad de México se
halla situada á 2,400 metros sobre el nivel del mar, y como dista
50 millas, ó sean 80 kilómetros de los volcanes, á tan enorme
distancia, el ángulo que se forma en la retina es pequeñísimo,
viéndose tan altas cimas á escasa altura sobre el valle principal de
la meseta mexicana.
El volcán, por otra parte, duerme desde 1802, y los humos sulfurosos
no pueden verse á tan larga distancia. Aquellos picachos, cuando
las nieblas no los esconden, presentan sus formas cónicas esbeltas,
cubiertas de nieve desde los 14,000 pies de altura, siendo, según
dicen, de fácil acceso, y bastando dos días para llegar á la boca del
volcán, si se pernocta en el rancho de Tlamacas.
Dejo con pena el recinto de Chapultepec, tomo el tranvía y un buen
almuerzo por un peso mexicano en el restaurant que hay enfrente del
hotel Iturbide, y salgo inmediatamente para visitar el santuario de
Guadalupe, patrona de México y dueña y señora de los pobres indios.
En el Zócalo hallo preparado el tranvía, lleno ya de indios envueltos
en sus zarapes y rebozos, abrigados como si estuviera helando,
que salió al poco rato lentamente, camino del santuario. Aquella
concurrencia indígena brilla por su recogimiento; no se oye ni una
palabra ni se nota un gesto, nada que denote la manifestación de una
idea revelada en aquellas caras tristes y macilentas. A la media
hora de haber salido de la ciudad y al revolver una calle, el coche
entra en una plazoleta donde hay un modestísimo monumento dedicado
al párroco de Dolores, á Hidalgo, el primer insurrecto en 1810 y hoy
el primer mexicano. No tiene aquel monumento gran cosa que admirar,
y aun figuróseme ver tantas telarañas en el bronce y tanta suciedad
en el zócalo que parecióme debía ser tratado con más decoro el que
dió la vida por la independencia de su patria. Entrar en el recinto
del santuario y notar la fisonomía propia de nuestra tierra, es
la primera revelación; después sustituya la fantasía á nuestras
vendedoras de rosquillas, buñuelos, confites y frutas, por indios
acurrucados que venden fríjoles, tortillas de maíz y quesadillas;
procure cambiar nuestra vegetación algo raquítica por bananas y
palmeras lozanas de verde intenso, y esto basta, porque en lo demás,
en la arquitectura, en el corte del santuario y sus anexos, en el
modo de construir, en el color local de sitios polvorientos, sucios,
llenos de mendigos, no hay nada que variar, ni tilde, ni coma que
poner, todo está allí en su punto; la vieja España ha calcado en
Guadalupe sus viejos moldes y sus rancias costumbres. Lo primero que
me ocurre es visitar una capillita que hay en la parte lateral del
santuario, compuesto éste de dos iglesias y un jardín con un pórtico;
junto á éste es donde están los que venden chucherías y recuerdos de
Guadalupe. Y me voy á aquella capilla porque me parece un edificio
arrancado de nuestras montañas, toscamente construído, con sus
puertas reviejas, con una especie de surtidor en el vestíbulo,
rodeado de una verja, y con un vaso de metal sujeto por una cadenita
de hierro que usan los indios para beber el agua del manantial. En el
santuario llaman á ese edificio la Capilla del pocito, que pozo de
aguas ascendentes debe ser, donde van los indios á confortar su fe,
creyendo que la virgen de Guadalupe, al aparecer al indio Juan Diego,
hizo surgir del suelo el milagroso manantial.
La aparición de esta virgen en el suelo mexicano recuerda la de
Lourdes en Francia. Juan Diego era un pobre indio convertido; un
día, mejor dicho, un sábado, yendo á misa y atravesando la colina
oyó que los ángeles cantaban, y presentósele una hermosa señora
que le encargó fuera á ver al obispo y le dijera que la virgen
quería tener un templo en el sitio en que se encontraba. Juan Diego
cumplió el encargo, pero el obispo necesitó mayores garantías, y
tras mucho ir y venir, la dama volvió á presentarse, dando al pobre
indio un manojo de flores que puso en su tilma, flores que, al
enseñarlas al obispo, desaparecieron para convertirse la tilma en
cuadro, donde estaba pintada la virgen de Guadalupe que se venera
hoy en el templo y santuario del mismo nombre. Excusado es decir que
el obispo no opuso nuevos reparos, y que la iglesia se construyó
hasta alcanzar los esplendores que ostenta actualmente. Al salir
de la capilla del pocito, hallé enfrente la senda que conduce á
otra capilla llamada del cerrito, y que ocupa el sitio en donde la
virgen dió al indio Juan Diego las flores que pintaron la tilma
que se venera en el templo principal. Antes de llegar á la cumbre,
unas indias me ofrecieron la _tierrita_,—todo se pone allí en
diminutivo,—que comen los fieles con veneración, tierra amasada con
el agua del pocito y que me daban con la perspectiva de que comprara
sus celebradas tortillas, producción nacional que dudo alcance la
categoría de género de exportación.
La capilla del cerro no ofrece nada que merezca contarse: un altar
mayor barroco, un púlpito pobrísimo, las paredes enlucidas con
lechada de cal, los altares con santos de fisonomía indígena, y
el suelo con losas funerarias, pintorescas muchas de ellas: «ella
duerme», «desde que tú descansas nosotros padecemos», con nombres que
recuerdan que España ha dejado allí, con sus creencias, su sangre y
sus huesos, polvo fecundo que hará brotar allí, algún día, por ley de
atavismo, los viejos amores á la metrópoli ausente. Al exterior, la
vista de la ciudad, desteñida por el sol de la tarde que da á todo
la fisonomía deslucida de una atmósfera llena de detritus humano;
al Este el lago Textoco, de aguas blanquecinas, que recuerdan las
del mar salado de las tierras mormonas, y al pie del santuario, que
se reconstruye ó mejora, que no lo sé á ciencia cierta, que no
tienen los mexicanos buena mano para dedicarla á restauraciones. Y
no es que falte dinero para intentar allí, en el terreno religioso,
grandes empresas. Un día, y en la capilla del cerrito, un cura dijo
con sentido acento, con el acento dulce y florido de las lenguas
tropicales, que la virgen no tenía corona digna de su excelsitud, y
dirigiéndose á los indios les dijo que no les pedía nada, despojos
sólo de lo que ya no les servía, sortijas de plata, hebillas, cadenas
gastadas por el uso, migajas nada más de la vida corriente, y con
aquellas migajas se recogieron 600,000 pesos mexicanos, arrancados á
la piedad de los indios para enaltecer las gracias de la Virgen de
Guadalupe.
Y esa piedad se manifiesta de manera tan sentida, hay en aquellas
caras tanta unción que, macilentas y compungidas, parecen arrancadas
de los cuadros de Juan de Juanes y del Greco. Sentado en la iglesia
provisional donde se venera actualmente la patrona de México,
observé largo tiempo un grupo compuesto de tres indios, padre, madre
é hijo, al parecer, con un cirio encendido en la mano, puestos de
rodillas, la mujer en medio de los otros dos, rezando en voz baja, el
padre ya viejo con los ojos en blanco, el rostro demacrado, la tez
amarillenta de pergamino, la madre con el rosario en la mano y la
cabeza inclinada sobre el pecho, el hijo mirando fijamente la cara
de la Virgen y quizás los reflejos dorados y plateados de aquel
marco precioso que rodea la tilma de Juan Diego, convertida en imagen
milagrosa; y cada vez que terminaba la plegaria, los tres pobres
pecadores se arrastraban sobre sus rodillas avanzando camino del
altar de la Virgen, mirando sin ver, atentos á aquella oración que
Dios sabe hacia qué ideal se elevaría; y á aquel grupo seguían otros
desdichados, inclinados, besando el suelo, con actitudes y semblantes
sólo soñados por Ribera, al pintar aquellas carnes apocalípticas,
maceradas por la penitencia, el ayuno y el remordimiento que se
admiran en los principales museos del mundo.
Salí de aquella iglesia tristemente impresionado. La raza india
convertida al cristianismo no ha comprendido aún todo el alcance
de su conversión. El indio admira al Dios justiciero, rígido,
severo, inflexible, inhumano quizá, que aun queda en su corazón
algo de aquellos dioses paganos, crueles, airados, vengativos,
cuyos sacerdotes sacrificaban seres humanos para domeñar sus iras,
y no al Dios misericordioso, al Dios de amor de los cristianos,
que perdona al arrepentido con un solo acto de contrición. Y las
clases directoras mantienen á los indios en estado de menor edad,
embrutecidos por el pulque que beben con glotonería infantil, sin
renovar aquella sangre empobrecida, temiendo quizá el despertar de
aquella raza que hoy sirve paciente á sus señores, como carne de
cañón ó bestia de carga, raza que debía ser la dueña del territorio
como descendiente de aquellos aztecas y tlascaltecas vencidos primero
por Hernán Cortés y Alvarado, vencidos también ahora por hombres que
reniegan de la sangre indígena, y que se avergüenzan de ella si la
ven escrita en sus uñas, en su piel y en su fisonomía.
Dicen que desde hace algún tiempo las escuelas de la república se
llenan de indios, que el gobierno procura levantar el espíritu del
pueblo, que algo se hace para infundir nueva savia y vigor á aquella
raza que sólo así será laboriosa y rica, y sólo así podrá ser valla
infranqueable á las tormentas que pueden levantarse en los Estados de
la América del Norte é invadir los campos y las tierras casi vírgenes
de la república mexicana.
[Ilustración]
Querétaro
El que quiera recordar conmigo uno de los acontecimientos más tristes
de la historia contemporánea, será necesario que retroceda, camino
del Norte, tomando un boleto en la estación del Central mexicano para
ir hasta Querétaro, situado á 53 millas de la capital de Nueva-España.
Este trayecto, que hice de noche yendo de El Paso á la ciudad de
México, no merece los honores de una larga descripción; todos los
pueblos de las altas mesetas mexicanas, todas las chozas de los
indios, con las haciendas famosas de miles y miles de hectáreas,
con sus campos de magüey (agave americana) palmeras y palmitos
arborescentes, alternando con vastísimas llanuras desiertas,
sedientas, monótonas, se repiten en sus rasgos fisionómicos con
escasas variantes, en el largo recorrido que sigue el ferrocarril
central desde el Estado norteamericano de Texas hasta la capital de
la República de México.
Querétaro, situado en valle frondoso, regado por aguas laboriosamente
captadas en tiempo de los Virreyes y por iniciativa de nuestro
compatriota el marqués del Villar del Águila, lo primero que ofrece
á la vista del viajero es el magnífico acueducto construído desde
1726 á 1738 por aquel ilustre español que, con la conducción de
aguas á Querétaro, fertilizó el valle, saneó la población, aseguró
su porvenir y la convirtió en una de las ciudades más alegres de la
República mexicana.
Por debajo de uno de los arcos del acueducto pasa el tren, para
llegar, muy en breve, á la ciudad que tantos templos levantó durante
la dominación española, y que se distingue especialmente por sus
torres y campanarios, por sus tradiciones y sus recuerdos, por su
sitio famoso que acabó con la rendición de las tropas imperiales
mandadas por Maximiliano, y vendidas por López, y por la tragedia que
en «El Cerro de las Campanas», al Oeste de la ciudad, desarrollóse
inclemente el día 19 de junio de 1867, escribiéndose allí, sobre
aquella tierra sonriente, en aquel valle tropical, una de las páginas
más tristes de la historia mexicana.
El recuerdo de aquel drama es tan reciente, su mecanismo tan ruin, la
intervención de los hombres de Estado tan menguada, y la imposición
de los que aparecen como agentes tan cruel, que no hay ni puede haber
para un espíritu reflexivo, en la visita á Querétaro, más que una
idea capaz de subyugarle: la de examinar atentamente la pequeñez
de los hombres de este siglo, y las consecuencias terribles que ha
tenido el egoísmo feroz de que dieron pruebas las naciones europeas
al consentir que se fusilara en Querétaro al representante de nuestra
civilización en América. En el «Cerro de las Campanas» no se fusiló
al usurpador, triste y calumnioso dictado con que quiso Juárez
justificar su conducta, que allí cayó, quizá para siempre, nuestra
influencia, nuestra superioridad de raza, de entendimiento y de
corazón.
Y al subir al «Cerro de las Campanas», sin querer, sin poder
determinar qué enlace pueden tener dos ideas tan distintas, recordé,
con singular viveza, la peregrinación á Mount-Vernon, á las tumbas
de Washington y Martha, su esposa, que dejaron en mi espíritu la
idea del amor á hombres que enaltecieron nuestra especie y fundaron
una república joven, robusta, llena de fe y ardimiento, resultando
enaltecida la figura de su héroe; recordé que aquella historia no
levantó en mi espíritu una sola protesta, que los que murieron en
las batallas de la independencia no dejaron con su sangre el vaho
inmundo del odio y del rencor, y que vencedores y vencidos resultaban
en mi cerebro glorificados en nombre del más santo y más puro de
los amores: el amor á la patria respectiva. En cambio, en el «Cerro
de las Campanas», no hallé más que odios de raza, recuerdos de la
política pequeña y miserable que engañó á Maximiliano, llamado
emperador por los que mandaban y usurpador por los vencidos; de
López, que vendió primero á la república y al imperio más tarde,
siempre vil para la patria; de Escobedo, el triunfador, que al
dar cuenta de la ejecución de Maximiliano, Miramón y Mexía, puso
al pie del oficio: «Lo que tengo el _placer_ de comunicar
á usted», placer que produce náuseas á la humanidad entera; de
Juárez, que pudo ser magnánimo y generoso y no resultó más que
ambicioso, cruel y vengativo; de Europa, que debió portarse enérgica
y dignamente, y no supo ser más que mujerzuela débil y enfermiza; de
la civilización cristiana, que debió imponerse en nombre de lo que
debe ser patrimonio de la humanidad entera, y no hizo más que abdicar
vergonzosamente ante la osadía y el odio de un indio victorioso.
[Ilustración]
¡Ah! poco espacio media entre la tumba donde descansa el héroe
de la independencia de los Estados Unidos y el lugar donde la
tierra empapóse de la sangre de Maximiliano, al caer rendido por
fiera venganza; sin embargo, aquellos puntos insignificantes en
el ancho espacio del mundo, tan próximos entre sí, determinan dos
civilizaciones distintas: fecunda la primera, basada en el amor,
en los sentimientos cristianos de un hombre que, con sus alientos
poderosos, infundió al Nuevo-Mundo la savia ardiente de la libertad,
sólo peligrosa cuando se exagera y se funde en moldes que no labró
con sus manos, y vivificó con su espíritu, la noble figura de
Washington; incierta y vacilante la segunda, hostigada siempre por
el mal ejemplo, por la ambición que derrama sangre inútilmente,
sangre que no exige el honor y la independencia de la patria, y
que cae y caerá siempre como una maldición sobre el pueblo que lo
consiente, por odio ó cobardía, que sólo es santo, fecundo y bueno lo
que ejecuta la mano guiada por la serenidad augusta de la justicia.
Y mientras tengo la vista fija en el reducido espacio que ocupa el
lugar donde cayeron Maximiliano, Miramón y Mexía, lugar rodeado
por una verja de hierro, en las tres piedras tumulares que no dan
sombra ya á las cenizas de los mártires, viene á mi memoria la
historia de aquellos días funestos en que se derrumbaba un imperio,
mientras se celebraban en París las fiestas con que Napoleón III
solemnizaba el fausto acontecimiento de la visita del Czar de Rusia
á la Exposición Universal, preludio de otra caída más terrible, la
de todo un pueblo, vencido por las garras de las águilas prusianas,
y la de seculares dinastías en España é Italia; como si fuera todo
ello castigo de faltas cometidas en nombre de principios egoístas
que dejaron abandonado al que fió la conquista moral de México á
su bondad, y al deseo de hacer la felicidad de un pueblo libre. La
naturaleza, sin embargo, no se cuida de entristecer aquella página
dolorosa de la historia mexicana; el sol de los trópicos la esmalta
con todos sus colores, las inflexiones suaves de la orografía del
valle, la frescura de su vegetación, la ciudad, en el fondo, con los
tonos blancos y pardos de su caserío, sus iglesias y campanarios, el
cielo purísimo de tonos azules, intensos, convidaban á olvidar, á
gozar de la vida, á confiar en tiempos mejores, en razas más humanas
y en civilizaciones más puras, que aquellos quejidos de dolor,
aquella exclamación de última hora, cuando Maximiliano se acuerda
de la esposa amante y dice al caer ¡pobre Carlota! al recogerlos el
viento en el espacio como nota al parecer perdida, sumóse á tantas
otras allá, en el cielo, donde se recogen los dolores humanos, se
analizan y pasan por el crisol de cuyo seno brota la felicidad,
la emancipación, la redención, en fin, de todos los que amamos y
padecemos en este mundo de miserias.
Y fuerza es bajar y volver á la ciudad, yendo en peregrinación al
convento de capuchinos que sirvió de cárcel á Maximiliano hasta su
hora postrera. Hoy ya no es edificio público; la desamortización pasó
por allí como ha pasado por otros países, que en México deben sobrar
brazos, que no ocupaban los que tenían acaparada la propiedad con el
nombre de manos muertas. ¡Sueños de sectarios! lo que falta en Nueva
España es fuerza viva que no se improvisa, que no brota de la tierra
como los hongos en el bosque, y que sólo podrá conseguirse con la paz
y la seguridad, con la instrucción y la mezcla de sangre que avive
las energías dormidas de aquella raza inerte y sedentaria.
Allí, en la tristísima mansión, pueden verse aún la mesa en que
el tribunal militar firmó en 14 de junio de 1867 la sentencia de
muerte de Maximiliano y sus generales; los taburetes que ocuparon
Miramón y Mexía mientras duró la vista del proceso, la caja en que
se transportó el cuerpo inerte del último emperador mexicano, y el
mísero ajuar puesto á su servicio durante el mes de cautiverio que
medió entre el día de la rendición de Querétaro y el del fusilamiento
de Maximiliano, Miramón y Mexía.
El emperador murió como mueren los bravos, mirando al enemigo; sus
generales no merecieron la compasión del vencedor, y cayeron heridos
por la espalda.
Pocos días después, las pocas poblaciones defendidas por las tropas
imperiales fueron rindiéndose una tras otra, y Juárez entró en la
capital de la república, fusilando sin compasión á cuantos generales
pudo considerar como á rivales temibles, presuntos sucesores á la
presidencia del Estado.
Así terminó en Norte América el ensayo ya intentado por Iturbide de
establecer un imperio en Nueva España, acabada también sin gloria la
invasión francesa que no tuvo un solo día de fortuna en los campos
mexicanos. Al principiar la invasión en el camino de Veracruz, en las
tierras bajas del golfo de México, los soldados españoles, franceses
é ingleses no tuvieron más enemigo que la fiebre, enemigo terrible
que dejó las cercanías de Córdoba llenas de cadáveres insepultos, y
que habría acabado allí con aquel ejército, si el buen criterio del
general Prim no hubiera recabado, mientras se estipulaba el tratado
de paz, tierras y climas más clementes para los ejércitos europeos.
Los españoles y los ingleses se embarcaron otra vez; los franceses
reclamaron su libertad de acción, y luchando con varia fortuna
llegaron á dominar el país que entregaron á Maximiliano más tarde,
sin fuerza y sin prestigio.
Los Estados Unidos no vieron jamás con buenos ojos la intervención
europea, y aun menos la creación de un imperio que consideraron
perturbador de su política democrática. Juárez aprovechó ese
descontento, y perdonó al enemigo que en 1847 se apoderó sin
escrúpulos de una gran parte del territorio mexicano, pactando
secretos auxilios con los enemigos más fieros de su raza.
Maximiliano, con su hidalga condición, no pudo hacer frente jamás
á la guerra de insidias y dolos, de traiciones y sorpresas de sus
enemigos, más dolorosa y difícil de vencer que la lucha entablada
franca y lealmente en los campos de batalla. Carlota, la esposa
mártir, fué á Europa á pedir auxilios que no supo hallar en parte
alguna, perdiendo cuanto puede perder en una hora la dama de más alta
alcurnia, el amor de un esposo, la corona de emperatriz y la razón,
esencia purísima del espíritu.
En México ya no quedan más que reliquias de aquella tragedia: Juárez
llegó al término de su carrera colmado de honores, vencedor de
cuantos enemigos halló en el camino de su accidentada existencia;
Miramón y Mexía, los leales al emperador, ocupan puesto de honor
en el panteón de hombres ilustres; Maximiliano sólo dejó en México
los tristes despojos de su cautiverio y los más tristes aun de una
soberanía colmada de zozobras y peligros... y Carlota, la desdichada
esposa, aun busca, en sus horas de extravío, lo que sólo vive en su
corazón, hasta donde no puede llegar con sus odios, para enredarla en
la tupida malla de sus raíces, la planta maldita de la política.
Cansado de seguir el calvario de una historia que los años
convertirán en leyenda, y de ver iglesias y catedrales, plazas y
calles estrechas, monótonas y descoloridas en las ciudades mexicanas,
ansío volver á la capital, arreglar mi equipaje y abandonar las altas
mesetas de Nueva España, para ver pronto las tierras doradas de los
trópicos, con sus bosques famosos, sus chozas, sus pájaros y sus
flores, tierras pródigas en sirenas encantadoras que esconden en su
seno fecundo la fiebre terrible, compañera inseparable de la muerte.
De México á Veracruz
[Ilustración]Ordeno mis ideas, concentro mi pensamiento y rasgo
cuartilla tras cuartilla sin hallar la nota justa que exprese
aquí con la vehemencia requerida el placer, el goce intensísimo
experimentado en la travesía de la capital mexicana á la ciudad
llamada por Cortés Santa Vera Cruz. Requiere esta narración el empleo
de colores que no hallo en mi pobre paleta; exige esta impresión,
que vivirá perpetuamente en mi memoria, talento que no tengo, estilo
sobrio, que no necesita forma galana la expresión exacta de aquel
espectáculo grandioso, corrección de líneas que den al cuadro,
aire, luz y perspectiva, conjunto deleitoso que veo, con los ojos
entornados, ávidos aun de aquel placer tan hondamente sentido que ha
dejado en mi cerebro la sensación intensa de una belleza que no hay
pluma ni pincel que pueda abarcarla en su conjunto, que quien fuera
capaz de expresarla haría obra digna de un dios.
La imaginación que sobreexcita una narración brillante es el enemigo
mayor del que viaja; porque acontece con frecuencia que todo lo
pensado con líneas holgadas resulta pobre, lo de tonos vivos,
descolorido; donde creyó hallarse una sacudida nerviosa el espíritu
no despierta ni concibe, resultando empobrecido, para la imaginación
ardiente, lo que fantaseó la descripción colorista de un escritor
de raza. Sólo en casos excepcionales, la realidad va más allá de
lo pintado y sugerido; que la naturaleza al vestirse con todas sus
galas, muéstrase genio inimitable, que no ha nacido aún el hombre que
ha de hallar en su paleta los innumerables tonos y los brillantes
colores con que la luz matiza las tierras, las plantas y los animales
de los climas tropicales.
Salgo á las siete y media de la mañana de la capital de la república;
vuelvo á saludar á la Virgen de Guadalupe, patrona de México;
echo una rápida ojeada á las aguas descoloridas del lago Texcoco,
y á medida que me voy acercando á la Esperanza, estación situada
en la divisoria de la alta meseta mexicana, los campos de agave
van multiplicándose, el arenal va invadiendo las tierras, arenal
que parece formado de polvo diorítico finísimo, levantado por la
velocidad del tren y que llena los vagones formando nube, donde
apenas puede respirarse, como si la duna se moviera á impulsos
del huracán y amenazara sepultar bajo su oleaje estéril, aquella
manifestación de una civilización nueva que pretende dominar el
desierto, él que no respetó jamás á la caravana en días de tempestad,
abrasándola con sus arenas ardientes, y sepultándola con sus fuerzas
de gigante. Y dominando aquel cuadro, se levanta el Orizaba y el
Malintzi con sus nieves eternas, enorme cono, el primero, centinela
del Atlántico, que contempla ansioso el navegante en el proceloso
golfo de México, buscando en su silueta, oscurecida por la niebla, ó
limpia y pura proyectándose en el cielo, la predicción del tiempo,
que de aquellas altitudes inmensas baja airado el viento Norte que
levanta olas de tempestad, pone en grave peligro las embarcaciones
ancladas en el puerto de Veracruz, hace inabordables las costas de la
península de Yucatán, y corriendo los barcos la borrasca en alta mar,
moviéndose entre bajos, estrechos y playas, se estrellan muchas veces
en la costa, impotentes ante la fuerza colosal del Norte, de aquel
gradiente barométrico, salto inmenso que va de los altos neveros del
Orizaba á las tierras bajas y ardientes del golfo mexicano.
El viajero, cansado de ver campos de magüey y de respirar un
aire que se masca, sediento, cubierto el traje de arena, con los
ojos secos é irritados, llega por fin á la estación de Esperanza,
confiando también en que ha puesto término á la parte menos
interesante de la travesía, y que en el restaurant hallará medio de
refrescar sus ojos y su garganta, y reparar las fuerzas perdidas, en
hora ya apropiada para hacer un almuerzo copioso.
Las mesas se llenan de viajeros; la comida, servida por gente
del país, sin ser un modelo del arte culinario, se acepta sin
repugnancia, y dispuestos ya á saborear las delicias del paisaje, en
cuanto arranca el tren agrúpanse los viajeros en la parte derecha
del vagón porque el gran espectáculo, la bajada hasta Córdoba y
Orizaba, en plena zona tropical, empieza inmediatamente con gran
contentamiento de los ojos, ávidos de contemplar aquella serie de
cuadros que se transforma en cada revuelta del camino, sin que sea
posible pararse cuando se pide á gritos calma para saborear aquel
paraíso lleno de aire purísimo y de luz intensa como no habrá visto
jamás el que sólo ha vivido en los campos y los bosques de los climas
templados, donde la primavera es tan fugaz como la dicha humana,
mientras allí, y en las altitudes medias, las brisas de primavera
mantienen la juventud de la vida en todos los seres, remozándose en
aquellos campos perpetuamente regados, bañados en aquel sol y aquel
aire que llena de flores y pájaros las selvas y los bosques, dando á
las plantas tonos de color tan brillante y tan intenso, tan variado
y tan hermoso, que no se concibe ya que pueda haberlos más hermosos,
ni aun en los mundos siderales, que la imaginación ¡pobre imaginación
humana! se pierde en la contemplación de aquel paisaje que soñó
tantas veces al leer la descripción de los bosques tropicales.
Al dejar la estación de Esperanza la transformación es tan rápida
como el cambio de una decoración teatral. A las tierras y los
arenales de las altas mesetas mexicanas, al trazado monótono de la
línea férrea sentada sobre borrosa llanura, al campo plantado de
magüey, á la choza india de paralelepípedos de adobe de color de
tierra sucio, al aire transparente y suave de las grandes altitudes,
suceden tierras fuertes y mantillosas, sobre las que parecen haber
pasado, dejando allí sus despojos, las llamaradas de un incendio,
la vía que dibuja con sus sutiles contornos una obra de ingeniería
portentosa, el bosque con sus pinares propios aun de climas templados
en las partes altas y sus plantas de la tierra caliente en las
medias y bajas de la cordillera; la choza prismática, primitiva,
cubierta de bambú, sentada con arcilla, albergue de las razas indias
descendientes de las que descubrieron los primeros pobladores, y las
oleadas de nubes y nieblas que suben del Atlántico, lamiendo aquellas
tierras calcinadas y regando aquellas flores y plantas atosigadas
por sed insaciable. Y en aquel inmenso escenario, la vista se pierde,
sin saber qué partido tomar, si dedicar la atención á un trazado de
ferrocarril, único en el mundo, en que los trenes parecen despeñarse,
atravesando túneles y puentes, muy superior á cuanto he visto en el
paso de los Alleghenies, Rocky Mountains, Sierra Nevada y en muchas
comarcas europeas, ó si fijarla únicamente en aquellos paisajes
donde crecen confundidos el plátano y la piña, los nopales y las
palmeras, los naranjos y los limoneros, la caña de azúcar y el café,
formando bosques tupidos llenos de flores de colores vivísimos, con
festones de orquídeas, con chozas escondidas á la sombra de árboles
colosales, regado todo por aguas abundantes, derretidas en los
flancos del pico de Orizaba, mientras el tren desciende rápidamente
formando zig-zag con curvas de corto radio, apoyándose constantemente
en la caja abierta en la roca de acantiladas vertientes.
[Ilustración]
Desde grande altura se ve ya la estación de Maltrata, situada en
el fondo del valle alto, sobre pequeña planicie que debió ser, en
otras edades, fondo de un lago, y más tarde se atraviesa el valle
llamado La Joya hasta entrar en la estación de Orizaba, en pleno país
tropical. La estación presenta á la llegada del tren un verdadero
cuadro de costumbres. Los negros, casi desnudos, ofrecen á los
viajeros flores y frutas, abundando las naranjas, los plátanos y las
chirimoyas, llamadas en el país la fruta de los ángeles; los indios,
con sus trajes de colores vivísimos; los mestizos, con su piel de
color cetrino y sus ojazos soñadores; la estación, rodeada de árboles
frondosísimos y arbustos de flores grandes y hermosas; la población,
dominada por la iglesia, recordando los pueblecitos escondidos en
las hondonadas de las sierras andaluzas, y todo ello animado por la
vibración nerviosa de la raza de los trópicos, gritando, sacudiendo
á los que vienen y van con la cordialidad sentida de sangre de raza
latina, inoculada por los conquistadores en las venas de la raza
indiana.
El tren sale, y la gente grita aún, y agita los pañuelos, mientras el
extranjero vuelve á gozar con ansia de aquel espectáculo que no llega
á saciarle, y pasan las estaciones, y se cruzan arroyos rumorosos,
mientras la tarde va cayendo y las nieblas arrastrándose por los
picachos, bajan por las vertientes dando sombras de melancolía á
aquellos espléndidos paisajes que recuerdan los tiempos bíblicos,
paraísos encantados, poblados por los primeros hombres de que nos
hablan los libros santos y las santas escrituras. Y ya á últimas
horas de la tarde, cuando se inicia el crepúsculo que anticipa
la niebla que corona las alturas, el espectáculo colorista de la
estación de Orizaba se reproduce en la de Córdoba, con la mezcla
de razas y la orgía de colores, de frutos y flores, de zarapes y
rebozos, de hombres blancos, negros y amarillos, como si aquella
tierra fecunda fuera capaz, ella sola, de vaciar en sus moldes, al
calor del sol tropical, la concreción pasmosa de todos los reinos de
la naturaleza, formados allí como centro vital para esparcirse luego
por todo el haz de la tierra.
Salgo de Córdoba y el crepúsculo va amortiguando lentamente la
tensión de mi espíritu, sostenida largo tiempo por una excitación
nerviosa de goces intensísimos; y como fin de fiesta, al entrar
el convoy en una garganta estrechísima, de vertientes arboladas,
de tonos obscuros que acrecientan turbonadas de niebla de colores
blancos y pardos que rasgan las sombras del monte, aparecen de
repente como cuadro final la cascada de Atoyac, formando vistosas
caídas y estrepitosos remolinos que animan aquel paisaje solitario,
lamiendo los pies de frondosos bosques tropicales. Desde allí,
recorrido el Paso del Macho, el país de los portentos con sus bosques
y sus arroyos, sus pueblos y sus razas, se desvanece como un sueño;
el tren atraviesa rápido la llanura de Veracruz, árida y triste,
tan triste como el pensar del viajero que, dejando á la espalda un
paraíso, teme hallar traidora muerte en las calles de la ciudad que
se considera patria y cuna de la desoladora fiebre amarilla.
Anochecido ya, los compañeros de viaje resumen sus impresiones, y
antes de llegar á la estación se calcula la mejor manera de pasar la
noche en la temida ciudad de Veracruz.
En el vagón que me ha tocado en suerte va un fraile italiano, una
familia mexicana y dos muchachos de Córdoba que van á pasar unos días
de asueto en la Habana.
El fraile italiano me incita á embarcarme en seguida, si el viento
norte, tan temible en el puerto de Veracruz, lo permite; acepto su
consejo, y después de cenar en un hotel de la ciudad, nos vamos
al puerto, poco menos que á tientas, y sin saber dónde vamos,
ni quién nos dirige. El miedo á la fiebre nos hace cometer una
verdadera calaverada, fiándonos de un botero que no sabemos quien
es, cerrada la noche, sin más luz que el fulgor de las estrellas, ni
más conocimiento de nuestro destino que el nombre del trasatlántico
español que ha de zarpar del puerto al día siguiente, con rumbo á la
Habana.
Mi buen fraile y yo, nos fiamos de nuestro acompañante, que nos
hace atravesar un portal de la ciudad, nos lleva á la escollera,
silba para que atraquen una barca, y entre el acompañante y el
botero me bajan al fondo de la lancha, temiendo ya si el miedo á la
fiebre me había hecho escoger un peligro real, embarcándome en un
puerto abierto, soplando el norte en noche obscura, y á distancia
del trasatlántico anclado junto al fuerte de San Juan de Ulúa. El
fraile no estaba muy tranquilo, ni yo tampoco: el botero empezó á
remar, el barco á moverse más de lo que convenía á la estabilidad
del vehículo, y el trasatlántico «Reina Cristina» á mostrarnos sus
cámaras y salones iluminados espléndidamente con luces eléctricas,
proyectándose su inmenso casco y silueta oscura en el fondo del cielo.
Al avanzar, el gigante iba creciendo, mi miedo á lo desconocido
aminorándose, y tras una recapitulación de tan variadas emociones
experimentadas en un solo día, al subir la escalera de á bordo y
entregar mi pasaje al camarero, parecióme que mi pecho se dilataba y
que había ganado y merecido el descanso entre los míos, amparado en
el golfo mexicano por la bandera augusta de la patria.
De Veracruz á la Habana
[Ilustración]A mediados de noviembre, no podía resistirse el calor en
los camarotes del «María Cristina». Las aguas del golfo mexicano me
parecieron aquella noche tan tibias, como si las hubiera calentado
el fuego central de la tierra. Recuerdo haber pasado una noche
angustiosa, una noche de verano en un camarote caldeado todo el día
por el sol de los trópicos, y el aire abrasador de la zona tórrida.
El primer rayo de luz que filtró por la porta, avivó mis deseos de
dar el último adiós á las tierras mexicanas, y me levanté rápidamente
para ver la silueta de la ciudad apestada, la traza del puerto, y los
muros artillados del castillo de San Juan de Ulúa.
El capitán del «María Cristina» no parecía tranquilo; el barómetro
bajaba y oscilaba sometido á cambios bruscos de presión; el mar
aparecía manchado en su superficie, inquieto, como si en su seno
se agitaran fuerzas de resultantes infinitas; la montaña estaba
cubierta de niebla, mostrándose ceñuda é irritada; el norte crecía
al bajar por riscos y malezas, despeñándose sobre las llanuras en
busca del equilibrio que no hallaba en las capas calientes y bajas
de la atmósfera, y el vapor que salía á chorros de las calderas del
trasatlántico, al chocar contra las placas vibrantes del silbato,
parecía responder á la impaciencia del capitán para acabar pronto y
cambiar el peligroso puerto de Veracruz por el mar libre, cruel á
veces, pero jamás traidor, donde la fiereza de las olas y la pericia
del que manda una nave, pueden luchar noblemente, oponiendo á la
fuerza de las aguas, la fuerza del ingenio y del saber.
Mis compañeros de viaje iban embarcándose y tomando posesión de sus
camarotes; los botes, llenos de equipajes y mercancías, rodeaban
el buque con deseos de acabar pronto, y al terminar la maniobra y
recogerse la balija del correo, contemplo por última vez la ciudad
de Veracruz extendida sobre playa bajísima, rodeada de dunas,
donde crecen ejemplares aislados de palmera real; ciudad levantada
con edificios de fisonomía española, de poca altura, rematados
por azoteas, pintados con colores chillones, ostentando grandes
rótulos de fondas, que de lejos recuerdan los paradores de nuestras
diligencias, con un puerto apenas esbozado, abierto á su principal
enemigo, el norte, que entra en aguas de Veracruz como dueño y
señor de vidas y haciendas, sin que haya buques con anclas bastante
robustas, ni cables bastante fuertes para contrarrestar las furias
de aquel coloso que convierte el puerto de Veracruz en uno de los
puertos más peligrosos del mundo.
Mientras el «María Cristina» arría sus escaleras y cierra sus
escotillas, doy la última mirada al San Juan de Ulúa, tan
desmantelado y pobre como otros castillos que todos conocemos,
retrotrayendo á mi memoria los recuerdos que guarda en su recinto;
y el buque empieza á mover su hélice poderosa y á luchar con
la mar de proa al principio y de costado más tarde, que ha de
mantenerse constantemente en su travesía de Veracruz á la Habana.
El trasatlántico español se mantiene gallardamente sobre el mar
embravecido; al cuarto de hora de navegar, el pasaje recobra su
tranquilidad al ver cómo lucha el coloso contra el mar con ventaja,
y cómo, á pesar del viento y el oleaje, el «María Cristina» anda con
bastante rapidez y sin que los balanceos fatiguen excesivamente á
los atribulados pasajeros. La travesía no fué afortunada; fatigónos
el norte constantemente y el pasaje se mareó hasta el estrecho
de la Florida. En tres días se atraviesa el golfo de México y
puede llegarse sin dificultad desde Veracruz á la Habana con tres
singladuras. Nosotros pusimos cuatro, y no pudimos decir que
perdiéramos el tiempo.
No estuvo, pues, agradable la travesía, ni puedo contar este viaje
entre los llamados de recreo. Cinco personas acudíamos sólo á la mesa
de primera, y aun no todos los días pudimos resistir hasta el fin
los balanceos del «María Cristina». De los cinco, uno era un fraile
italiano que iba á Bilbao, para partir, á los pocos días de llegar á
España, en dirección á Chile; otro, era un mexicano que acompañaba á
dos hermanas suyas á la Habana; los tres restantes, dos mexicanos de
Córdoba y yo, íbamos á la capital de Cuba por recreo y curiosidad.
Cito estas personas, que recuerdo como si las estuviera viendo,
porque están relacionadas con un acontecimiento que me causó en la
Habana una impresión dolorosísima.
El fraile italiano tenía un miedo terrible al vómito y su mayor pena
consistía en tener que pasar cuatro días en la Habana, esperando la
salida del vapor; el mexicano que acompañaba á sus hermanas, tenía
la constante preocupación del mismo mal, y sólo los dos chicos de
Córdoba, que no tenían más allá de 25 años cada uno, contaban, con
placer, las horas que faltaban para llegar á Cuba, donde confiaban
pasar unas cuantas semanas de recreo en la Chorrera y los sitios más
reputados de la isla por sus placeres y atractivos. No teníamos á
bordo noticias ciertas del estado sanitario de la grande Antilla;
se sabía que el año había sido rudo y que la fiebre había atacado
fuertemente en la Florida, en las costas del Pacífico y el Atlántico
de México, en Cuba y Puerto Rico, lo mismo á los extranjeros que á
los hijos del país; pero, estando ya avanzada la estación, á mediados
de noviembre, los más recelosos creían que el peligro en Cuba debía
ser remoto y que era probable librar bien del contagio.
Los compañeros de Córdoba, acostumbrados á vivir en la zona rayana
á la fiebre, no parecían preocuparse ni parar mientes en lo que
decíamos; llegamos á la Habana, cada cual tomó su camino y aquellos
muchachos, guiados por algunos compatriotas suyos que viven en Cuba,
empezaron la vida regalada que imaginaron, contentos y alegres, en
los sonrientes campos del valle de Orizaba.
A los ocho días de estar en la Habana y cuando ya me convencí de que
había cometido una imprudencia, leyendo un periódico de la localidad
supe que uno de los dos muchachos de Córdoba acababa de morir de
un ataque fulminante de fiebre amarilla. En el mismo diario leí en
seguida: «la fiebre ha tenido este mes un aumento de consideración»,
no ignorando allí nadie que habían muerto algunos pasajeros que
acababan de llegar á la Habana en el «Alfonso XII», procedentes de
la península, y produciendo entre los novatos una alarma que no
sabíamos disimular.
Después de cuatro días de navegación, la isla de Cuba empezó á
dibujarse en el horizonte. Uno de los objetos de mis ansias estaba ya
á la vista; pude dar la vuelta al mundo, y preferí visitar nuestras
Antillas y estudiar sobre aquella tierra candente las múltiples
cuestiones que la agitan y devoran. Los montes de la isla fueron
creciendo á mi vista, como si salieran lentamente del fondo de los
mares, y á las nueve de la mañana, en día de luz intensa, dorando el
sol aquellas tierras y caseríos, centelleando en las aguas tranquilas
los rayos de luz ardiente, el «María Cristina» atravesó la boca de
la bahía, entre el castillo del Morro y el castillo de la Punta,
mientras un corneta tocaba la marcha real española con ansias, sin
duda, de saludar el pabellón de la patria, arbolado en los mástiles
del trasatlántico.
Los pasajeros del «María Cristina» contemplaban ávidamente el
puerto de la Habana, de cuyo tráfico se cuentan maravillas; y vimos
aparecer, en primer término, los buques de la escuadrilla española;
en el fondo y amarrados á los muelles algunos vapores nacionales y
extranjeros; y cruzar la bahía los _ferryboats_ á la americana,
con sus máquinas de balancín, moviéndose lentamente, para transportar
pasajeros y mercancías á Puerto Real, camino de Guanabacoa y
Matanzas. Los muelles se desarrollan siguiendo las inflexiones
de tierra firme, y á lo largo de los mismos vense acumuladas las
mercancías, azúcar, café, ron, frutas, en tinglados de escasa cabida
y corte anticuado, que no responden á la riqueza y fama del comercio
de un puerto de primera clase, y de la ciudad más rica y famosa del
archipiélago antillano.
No sé si la impresión que me causó la bahía de la Habana corresponde
á la realidad de las cosas; parecióme, en primer término, escasamente
concurrida; ni el número ni la calidad de los buques anclados en
el puerto respondían á la idea que me había formado del tráfico de
la Habana, y digo que no ha de ser justa la impresión recibida,
porque llegué á la isla en plena crisis, pocos meses después de la
suspensión de pagos del Banco Español de la Habana, y cuando el stock
de azúcar en almacén era tan formidable que bastaba él solo para
explicar la paralización de todas las fuerzas vivas de la isla.
El desembarco efectuóse rápidamente; multitud de barcos, tripulados
por negros, en su mayor parte, ofrecía á los pasajeros cómodo
vehículo para saltar á tierra. Los botes de la bahía, cubiertos con
toldo de lona que preserva á los viajeros de los rayos solares,
llevan los bultos á la Aduana, donde se molesta muy poco á los que
declaran estar exentos del pago de derechos, siendo todo el mundo
tratado allí por los funcionarios del ramo con exquisita cortesía.
Un coche de plaza, que no ofrece cosa alguna que merezca contarse,
cruzando plazas y calles, condújome por la de O’Reilly al Parque,
donde está emplazado mi albergue llamado Hotel de Inglaterra.
Acostumbrado á los hoteles de la América del Norte, me avengo con
dificultad á la indumentaria de mi habitación, situada en un patio
central, sin luz directa, pobremente amueblada, mal oliente y... muy
cara, tan cara como pudiera serlo un cuarto de primer orden en un
hotel de primera clase. Recapitulo, pues, mis impresiones habaneras,
mientras hago un _bout de toilette_, y no resultan lisonjeras.
Sospecho que, al ir del puerto á la fonda, he atravesado una buena
parte de la ciudad, la más nueva quizá, y la policía municipal
resulta estar tan atrasada que es difícil ver una ciudad más sucia,
más pobre y más toscamente empedrada que la Habana.
Calles estrechas, estrechísimas, por cuyas aceras no puede pasar
más de una persona, si ha de quedar arroyo bastante holgado para
que crucen por él dos carruajes sin peligro; casas bajas, tan bajas
que en su mayoría no tienen más de un piso; toldos horizontales ó
ligeramente inclinados, con otros verticales y divisorios en las
calles, que tamizan la luz y dan al interior de las tiendas una
entonación triste y pobre; almacenes grandes en general, pero poco
adornados y vistosos, por más que hay en ellos cuanto puede necesitar
la dama de gusto más refinado y exquisito; arroyos llenos de baches,
descuidados, mal barridos, aun aquellos que corresponden á calles
principales y de más escogida y numerosa concurrencia.
Listo ya para salir á la calle, desde el saloncito de conversación
del hotel de Inglaterra, fijo mi atención en el Parque, sitio
céntrico de la ciudad y de reunión durante la noche, cuando una
música militar solicita el favor del público, y observo en el centro
una dilatada plataforma en medio de la cual está emplazada, sobre
zócalo sencillísimo, una estatua en mármol de doña Isabel II, obra
de un escultor cuyo nombre no me interesa, y á los costados del
monumento, macizos de flores que alternan con árboles desmedrados,
candelabros de gas y asientos de madera. Rodean la plaza ó Parque
los teatros más notables de la Habana: Tacón, Pairet y Albisu, pero
ninguno de ellos presenta fachadas monumentales que fijen la atención
del viajero y merezcan una descripción detallada.
Llama la atención en aquella plaza la falta de criterio con que se
determinó su traza, pues siendo porticada en algunas partes, presenta
soluciones de continuidad inexplicables, en otras, con evidente
desventaja para la buena visualidad del conjunto. Hay en la misma
el Centro de bomberos del comercio, instituto digno de merecidas
alabanzas; algunos edificios particulares vistosos, uno de ellos
paralizado hace bastantes años; cafés bastante lujosos y de holgadas
formas, y uno de los casinos más famosos del mundo, conocido con el
nombre de «Centro Asturiano.»
Mas todo esto y lo que me queda por reseñar, que no es poco, nada
significa al lado de lo que compone la estructura íntima de un centro
donde se agita todo el trabajo fecundo de la isla, se acumulan
enormes riquezas, se acrecientan grandes ambiciones y se alimentan
esperanzas pavorosas para el porvenir del poderío y la riqueza de
España. Algo he de decir de todo eso, que su estudio interesa á todos
los que aman la patria, su integridad, sus prestigios y su gloria.
[Ilustración: EL PARQUE]
En la Habana
Quisiera rectificar mi primer juicio respecto á las condiciones de
la capital de Cuba; pero, cuanto más conozco su vialidad é higiene,
sus calles y paseos, sus edificios públicos y particulares, me afirmo
más en el concepto que formé al apreciarla, en su conjunto, desde la
bahía, y al recorrer algunas plazas y calles, yendo de la Aduana al
hotel de Inglaterra.
Nótase, en primer término, durante el día falta de animación, lo
mismo en el centro que en los barrios apartados de la ciudad,
las calles del Obispo y O’Reilly, el Parque, el Prado, sitios un
tanto apartados de los muelles, lo mismo que la Plaza de Armas en
donde está la Capitanía general, y los alrededores de la misma,
centros comerciales de importancia, la Universidad, las agencias de
vapores, la Aduana, etc., etc., no consiguen mayor animación; las
señoras salen muy poco y en carruaje, los hombres de negocios usan
constantemente coches de alquiler, durante las horas de sol, y sólo
en los mercados se nota movimiento durante las primeras horas de la
mañana en la abigarrada multitud de razas, negros, mulatos, chinos,
que van invadiendo la isla desde que los Estados Unidos pusieron
cortapisas y reparos á la afluencia de celestes en las costas de
California, criollos y blancos, gritando y empujándose en el continuo
tráfico menudo necesario á la vida de una población extensísima que
goza de confort y lujo, y se abastece de buenas carnes, excelente
pesca y frutas sabrosísimas de perfume delicado y exquisito. Es
un espectáculo original para los peninsulares, ver los puestos de
frutas, en los mercados, producto de una Flora completamente distinta
de la nuestra, con un perfume tan intenso que embriaga, dominando
el olor del plátano, fruto que, en grandes racimos, de tamaños
variados, forma manojos que recubren los bastidores de las mesas,
los pies derechos de las cubiertas, colgando de todas partes como
si fuera, y lo es realmente, artículo de consumo ilimitado; los
cocos verdes cubiertos aún con su cáscara carnosa, recién cortados
de los cocoteros para dar á beber la leche vegetal que contienen,
refrescante, fresca, higiénica y deleitosa; las chirimoyas de pulpa
de color de sangre, con su cáscara negruzca y forma elipsoidal,
menos dulce que la generalidad de las frutas tropicales, pero de
esencia delicadísima, pasta que se deshace en la boca y que da al
paladar, sin fatigarle, un gusto exquisito é incomparable; la piña
verde, cubierta con sus hojas florales, de tonos amarillos, con
la acidez deleitosa que rellena su carne jugosa, tierna y llena
de perfumes; los mangos que no he podido probar y que dicen ser
excelentes, la... pero, ¿á qué continuar la lista interminable de
aquella Flora espléndida, si no hay pluma que pueda describirla sin
quitarle los perfumes de sus esencias y los colores brillantes con
que se engalana, robando á la luz los matices y las gamas de sus
innumerables tintas y delicados tonos?
Y al salir de los mercados, las calles porticadas de los alrededores
mantienen aún la fisonomía de casas de venta, que tienen sus horas
de vida agitada, prolongación de aquellos centros donde no penetra
el sol, y apenas la luz, como si el aire libre hubiera de llevarse
los colores brillantes de las flores, los perfumes de los frutos, los
jugos de las carnes y la substancia toda del vientre de la Habana,
que necesita reponer las fuerzas perdidas en un clima enervante,
traidor, que fatiga y liquida la sangre, que ni fuerza tiene para
teñir las pálidas mejillas de la raza criolla.
Por las noches, el Parque se llena de gente; la animación crece
hasta las diez; los negritos que vocean los periódicos del día, los
buhoneros con sus baratijas, los concurrentes á Tacón, Payret y
Albisu que salen á respirar el aire fresco en la calle, los cafés
Central y Tacón llenos de luz y consumidores, la banda militar
animando el cuadro y tocando lo mejor de su repertorio, dan al centro
de la Habana, durante las primeras horas de la noche, una animación
extraordinaria.
Alguna gente circula por el Prado, centro aristocrático, iluminado
con luz eléctrica que va del Parque al castillo de la Punta, sitio
agradable, de buen caserío, donde se disfruta la brisa del Atlántico
y la tranquilidad de sitio poco frecuentado por carruajes y gentes
dedicadas al comercio al por menor.
De más tránsito y lucida concurrencia disfrutan, durante el
anochecer, las calles de Empedrado, O’Reilly, Obispo y Teniente de
Rey, casi paralelas entre sí y de ejes normales á la bahía, con sus
tiendas profusamente iluminadas y aparadores bien surtidos, que
pierden el aire de tristeza que tienen durante el día y les da la luz
filtrada al través de toldos y cortinas de malla tupida, tendidos
sobre calles estrechísimas que se defienden de los rayos caloríficos
del sol y de su luz intensa y devoradora.
Más concurridas están aún las calles transversales á las mencionadas
en el párrafo anterior, llenas de tabernas y de gente bulliciosa
que busca el placer venal, ofrecido á manos llenas, tras balcones y
ventanas enrejadas, por celestinas y mujeres de todas las castas y
de todos los colores; desde el negro azabache al blanco del sajón,
pasando por el tipo mulato que es la tentación y el peligro más
grande de los hogares antillanos, según opinión de los que conocen á
fondo las costumbres y las pasiones de nuestros hermanos de Cuba y
Puerto Rico. La alegría, en aquellos barrios, muéstrase al exterior
ruidosa y desvergonzada; vívese allí, poco menos que en la calle, y
los escritores realistas hallarían con poco esfuerzo y poco gasto,
materia sobrada, aunque poco decente, al correr de la pluma. Dicen
las gentes del país que no se recorren aquellas calles sin peligro,
que el vino y el amor son pendencieros, que es vario el humor de
razas que junta sólo el placer breves instantes, y que la curiosidad
tiene allí, algunas veces, castigo muy superior al pecado venial
cometido, yendo tras el conocimiento de costumbres que sólo se
distinguen en las diferentes latitudes del mundo por el escenario y
la forma con que las decora la idiosincrasia especial de cada pueblo.
Y si de aquellos antros, donde se mueven figuras tan extrañas y tipos
tan distintos, iluminados, en salas desmanteladas de mueblaje sucio
y raído, por candilejas y velones, donde alternan la india mexicana
de cara aplastada, ojos velados y tristes que recuerdan los rasgos
fisionómicos de la raza amarilla y especialmente del pueblo chino,
con negras de labios carnosos y caídos, mulatas de ojos avispados
y labios rojos y concupiscentes, cuarteronas y blancas solicitando
favores con las ansias de la miseria y el vicio, se pasa al teatro
Tacón en días de beneficio, numerosísimos allí, que todos los motivos
son buenos para ejercer actos de caridad ó filantropía en la sociedad
culta y humanitaria de la capital de Cuba, nótase la sacudida de una
transformación tan radical que el ánimo parece recrearse en aquella
atmósfera tibia y perfumada, en aquella sala llena de luz y mujeres
hermosas, lujosamente ataviadas, luciendo escotes soberbios, de
aquellos que desafían á la maledicencia cuando duda si los esconde el
pudor ó la fealdad.
Desde un palco platea á que me invita la cordial y ostentosa
hospitalidad de un amigo, recreo la vista mirando la finísima traza
de la platea, cómoda, holgada y elegante, los palcos quizá un tanto
pequeños, especialmente los proscenios con relación á la capacidad
del teatro, el adorno sobrio y bien entendido, la iluminación
espléndida y bien repartida, el aire entrando por las aberturas
cerradas sólo con persianas, pero, aun así, habiendo en la sala
intenso calor, el teatro lleno, las partes altas con gente de color,
mulatos especialmente, que aplauden de manera estruendosa un drama
titulado «La mulata», en cuya trama romántica figura como heroína
una mujer de color, víctima de blancos viciosos y criminales; en los
palcos y platea señoras irreprochablemente vestidas, dominando las
morenas, de ojos grandes, encantadores, y cabellos negros, tan negros
como los tienen únicamente aquí los que usan ó abusan de la química,
y caballeros con frac ó smoking, elegantes y atentos con las damas, á
las cuales obsequian con dulces y flores.
A última hora y á la salida de los teatros, la buena sociedad cubana
cena en los restaurants del Parque y calles anejas, cuyo servicio es
esmerado, ó toma helados y chocolates en los cafés y cervecerías,
hasta que los tranvías del Cerro y el Vedado y los carruajes de
particulares, en hora avanzada de la noche, van desapareciendo del
Parque, que recobra la tranquilidad perdida durante las últimas horas
de la tarde y primeras de la noche.
[Ilustración]
Y ya que he citado el Cerro y el Vedado, centros de veraneo de los
habaneros, algo he de apuntar aquí, aunque no tenga, especialmente el
Cerro, fisonomía propia que lo distinga de otras calles excéntricas
de la capital de Cuba, como no sea por su caserío más suntuoso y
sus jardines tropicales, donde reside ó mejor residía la sociedad
más selecta de aquella ciudad, y se daban fiestas brillantísimas,
cuando el dinero abundaba y decía la gente que la Habana era una
de las ciudades más ricas del mundo. Quizá la fisonomía borrosa de
hoy, en calle no muy ancha, polvorienta y llena de baches, cuyo eje
sigue un tranvía de coches reviejos y descoloridos, lanzando los
vehículos que la cruzan oleadas de polvo que dan á las fachadas,
ya descascarilladas, apariencias de pobreza y suciedad, presentaba
entonces signos de mayor grandeza, grandeza que hoy se oculta en el
fondo de las quintas y en los jardines verdaderamente espléndidos,
en que la palmera real y el cocotero alzan sus troncos y sus palmas
por encima de las azoteas, como muestra de la fecundidad asombrosa
del suelo y el clima de la grande antilla española. Una visita hecha
á una familia habanera distinguidísima que habita en el Cerro, me
permitió echar una rápida ojeada al interior de aquellas casas.
Tiene la fachada fisonomía italiana, algo que recuerda las casas
de Pompeya reconstruídas; breve pórtico facilita el paso á un
vestíbulo grande, limpio, que sirve de entrada á las habitaciones
y de cochera, que alineados están allí tres carruajes, cubiertos y
enfundados. El criado, que va en mangas de camisa, me guía á una de
las habitaciones que da al jardín, y como la señora no me espera
ni me conoce, me da tiempo para escudriñar la estructura de la
casa, de habitaciones espléndidas por su holgura y limpieza; techos
elevadísimos que enseñan sin reparo sus cabrios desnudos de madera
finísima, con sus bovedillas enlucidas como las paredes, blanco todo
y reluciente, contrastando con el verde intenso de las persianas
que cubren todas las aberturas, dejando al aire del jardín ancho
espacio para circular por las habitaciones amuebladas con sillas y
sillones de rejilla, cómodos, ligeros, apropiados al clima, adornadas
las paredes con grandes cuadros de afamados pintores, abundando los
muebles de maderas ricas, patrimonio de los bosques cubanos; cómodas,
armarios, anaqueles, marcos ostentosos de espejos biselados, pero
pegado todo á las paredes, sin consentir que el aire halle en las
habitaciones obstáculos para circular libremente, y dando al conjunto
una fisonomía un tanto fría para los que estamos acostumbrados á
ver salones alfombrados, cuajados de muebles, con sillas y sillones
tapizados, abundando los contornos suaves, redondos, blandos, que
constituyen una base de _confort_ completamente distinta de la
indumentaria propia de los climas tropicales.
Terminada la visita, echo una rápida ojeada al barrio, y mientras
espero el tranvía que me ha de conducir al hotel, por casualidad
topo con una pareja de negros, un Tenorio y una Menegilda que sin
preocuparse de mi venida, entablan el más interesante coloquio.
Es difícil dar con un negro más asqueroso: bajo, rechoncho, con
la cara pustulosa; ella, fea también, sucia, mal vestida, con la
cara sebosa y reluciente que adornan labios carnosos, violáceos y
profundamente agrietados.
La chica se dolía de que se atreviera á pararla un hombre que no
conocía; el negrito no parecía preocuparse de los lamentos de
la joven y bastaron pocos segundos para desarrollar, con frase
brevísima, su atrevido pensamiento. Ella no se dejaba convencer, la
faltaba la presentación previa: «pero hombre, si yo no le conozco á
usted... ¡usted qué se figura! ¿acaso me detengo yo con el primero
que pase por la calle?... vaya usted á trabajar, hombre, vaya usted
á trabajar...»; y él, apurado ya, respondió: «pero, mujer, ¿cómo es
posible que no sienta usted lo que siento yo por usted, si me estoy
muriendo por usted?» y los ojos del negrito relucían como carbones
encendidos, sin poderse convencer de que las ansias que sentía no
lograran vencer los rigores de aquella Venus que había inspirado
pasión tan honda al atrevido mancebo. La negrita, contrariada,
aguantaba á pie firme la rociada amorosa; el Tenorio no parecía haber
agotado sus argumentos, y como el tranvía no había de esperar la
terminación de aquella escena idílica para continuar su carrera, allí
quedó mi pareja amartelada, terminando el prólogo de la comedia ó
drama amoroso.
Tampoco deben buscarse, en la capital de Cuba, edificios
arquitectónicos suntuosos, catedrales de traza holgada, iglesias
ricamente decoradas, edificios públicos elegantes, jardines grandes y
bien dispuestos, porque se perdería lastimosamente el tiempo.
La Habana no tiene la pretensión de ser una ciudad monumental; todo
lo que hay en ella notable se ha de estudiar en su historia y en
su trabajo, historia que es la de la patria española, como suyo es
el desenvolvimiento de su riqueza que hemos arrancado con nuestros
brazos y nuestra inteligencia del suelo cubano.
Pero hay en el recinto de la ciudad páginas tan hermosas de nuestra
historia, que sería desdén criminal pasar por la Habana sin leerlas.
Descansan en su catedral las cenizas del hombre que escribió la
página más gloriosa y más pura de la historia de la humanidad.
En modestísima plaza porticada, cuyo nombre no recuerdo, mirando á la
calle de Empedrado, levántase, sobre breve escalinata, la catedral
de la Habana. Su fachada gótico-latina de piedra sillar ennegrecida,
en cuyos paramentos y entre columnas pareadas hanse abierto desnudas
hornacinas; flanqueada por dos torres de escasa altura, con ancha y
holgada puerta central y dos laterales más pequeñas y simétricas,
dan al conjunto un aire de pobreza que recuerda las iglesias de
los antiguos conventos españoles. No presentan mayor grandeza las
naves en su traza y sus alzados; las líneas correctas de sus arcos
y columnas resultan frías, los altares pobres, nada hay allí que
distraiga la atención de un modesto mausoleo que lleva al pie esta
leyenda:
«¡Oh restos é imagen del grande Colón!
Mil siglos durad guardados en la urna,
Y en la remembranza de nuestra Nación.»
mirando al altar mayor y á la izquierda del presbiterio, un retrato
orlado sostenido por una especie de zócalo en que están esculpidos
anclas, cables, y un reloj de arena en que se apoya la leyenda, es
cuanto recuerda al viajero que allí, según dicen, descansan las
cenizas del gran Almirante, cuya grandeza no cabe en el mundo.
[Ilustración]
Allí estuve largo tiempo contemplando aquella urna funeraria que
guarda los despojos de nuestra gloria más pura, recordando nuestra
larga historia colonial, nuestras conquistas, nuestros héroes,
sombras y penumbras del pasado, manchas de un sol que no se apagará
mientras el mundo exista, dejando en el espacio la estela luminosa
de las leyendas españolas. Y ante aquellas cenizas venerandas, mi
frente inclinóse reverente, que después de Cristo, no ha cabido á
ningún sér humano más alto destino, ni misión más santa, que Colón
trajo al mundo, en su cerebro, la semilla de nuevas civilizaciones
cuyo desenvolvimiento vasto y fecundo no es capaz de abarcarlo, en su
conjunto, el entendimiento humano. Y al ver allí una corona, que un
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