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La enferma: novela

by Eduardo Zamacois · Spanish · Gutenberg #48302 · 394,091 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of La enferma: novela
    
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Title: La enferma: novela

Author: Eduardo Zamacois


        
Release date: February 18, 2015 [eBook #48302]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/48302

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ENFERMA: NOVELA ***

                              LA ENFERMA




                          OBRAS COMPLETAS DE

                           EDUARDO ZAMACOIS

                      NOVELAS DE LA PRIMERA EPOCA

LA ENFERMA.--PUNTO-NEGRO.--INCESTO.--TIK-NAY, _El payaso
inimitable._--EL SEDUCTOR.--DUELO A MUERTE.--MEMORIAS
DE UNA CORTESANA.--SOBRE EL ABISMO.

                      NOVELAS DE LA SEGUNDA EPOCA

EL OTRO.--EUROPA SE VA...--LA OPINIÓN AJENA.--EL MISTERIO
DE UN HOMBRE PEQUEÑITO.--MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL.--UNA VIDA EXTRAORDINARIA.--TRAICIÓN POR
TRAICIÓN.--LAS RAÍCES.--LOS VIVOS MUERTOS.

                            NOVELAS CORTAS

PARA TI... (_Libro I._)--Rick.--El collar.--La cita.--El secreto.--El
paralítico.--Una mujer espiritual.

PARA TI... (_Libro II._)--La caída.--La virtud se paga.--El
hijo.--Historia de artistas.--Los ojos fríos.--Una buena
acción.

PARA TI... (_Libro III._)--Odios salvajes.--El maleficio amarillo.--Historia
de un drama que no gustó.--Astucias de mujer.--Sobre
el mar.--El emigrante.

EL GUIÑOL DEL DIABLO.--Obra de amor, obra de arte.--El
hotel vacío.--Don Paco “El Temerario”.--Lo horrible.--El
amo del mundo.

                             AUTOBIOGRAFIA

CONFESIONES DE “UN NIÑO DECENTE”.--AÑOS DE MISERIA
Y DE RISA.

                                TEATRO

NOCHEBUENA.--EL PASADO VUELVE.--FRÍO.--LOS REYES PASAN.--PRESENTIMIENTO.

                                VIAJES

LA ALEGRÍA DE ANDAR (_Crónicas de un viaje por tierras de
Puerto Rico y Cuba, Centro-América y América del Sur_).--DE
CÓRDOBA A ALCAZARQUIVIR.

                                CRITICA

IMPRESIONES DE ARTE.--DESDE MI BUTACA (_Apuntes para
una psicología del teatro_).--EL TEATRO POR DENTRO.

                                CUENTOS

La Risa, la Carne y la Muerte.

                            EN PREPARACION

EL DELITO DE TODOS (_novela_).




                           EDUARDO ZAMACOIS

                            OBRAS COMPLETAS

                              LA ENFERMA

                                NOVELA

                 UNICA EDICIÓN REFUNDIDA POR EL AUTOR

                 [Illustration: colofón: RENACIMIENTO]

           COMPAÑÍA IBERO-AMERICANA DE PUBLICACIONES (S. A.)

                             RENACIMIENTO

         Puerta del Sol, 15 Ronda Universidad, 1 Florida, 251

                     MADRID BARCELONA BUENOS AIRES

           Compañía General de Artes Gráficas (S. A.)-Madrid




ADVERTENCIA


Este libro, publicado en 1896, es mi primera novela: afortunadamente, la
prensa apenas habló de ella, la edición fué corta y mi esfuerzo pasó
inadvertido. Aunque ogaño la presento muy corregida, el lector
sorprenderá en sus páginas candores y balbuceos de principiante,
descripciones borrosas, retratos que mi mano bisoña no supo dejar
rotunda y gallardamente concluídos, momentos psicológicos que el temor
de parecer machacón y difuso, dejó mal alumbrados. Conste así en
desagravio de la labor que luego he hecho.

E. Z.

Madrid, Junio 1903.




I


Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la
noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de
sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas
palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien,
al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de
la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció
largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando
nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la
habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba
silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial,
paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos
repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una
silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio!...
Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando
por buscarle semejanza con otro objeto, pero sin conseguirlo; siempre
le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada
imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no
pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los
misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero
de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era
algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la
cabeza? Continuó mirando... y, nada; la realidad se obstinaba en no
doblegarse al capricho.

--Pues yo he de conseguirlo--murmuró la joven esbozando un mohín
picaresco.

Frunció los ojos y miró con uno de ellos a través de su mano derecha
medio cerrada a guisa de telescopio: así quedóse inmóvil, embelesada,
observando siempre: la autosugestión continuó y pronto la visión
rebuscada surgió de golpe, con claridad indudable. Bajo el gran sombrero
de copa, negro y peludo, había una cara redonda, mofletuda y riente;
aquel rostro tenía un ojo hinchado y la nariz torcida; una nariz
ciranesca, insolente y sensual. Consuelo se echó a reír recordando a
Gelasio, el cochero de una amiga suya, cuando iba en el pescante bajo su
pelerina de pieles, con el sombrero encajado hasta las orejas y los
carrillos amoratados por el frío. Siguió mirando y la imagen tornó a
descomponerse: el sombrero de copa se prolongaba convirtiéndose en
hocico; la cara, formada por un trozo de piel blanca, parecía el
terrible pechazo de un animal, las patas se bosquejaron en la sombra.
Consuelo quiso reconocer al cochero y ya no pudo: Gelasio se había
trocado en un oso negro, enorme, que por momentos adquiría mayores visos
de objetividad. La joven lanzó un grito; la fiera no se movió; entonces
ella encogióse más aún, presa de un temblor nervioso que estremecía el
lecho moviendo hasta los cortinajes de muselina: al fin, sacando bríos
de su propio terror y flaqueza, y con desatinados aspavientos, apoderóse
de un zapatito que la víspera quedó olvidado sobre la mesilla de noche y
lo arrojó violentamente contra la quimera: el fantasma del oso se
deshizo y el zapatito cayó al suelo, reapareciendo el abrigo de pieles.

Pero Consuelo estaba tan nerviosa que no podía sosegar, y quiso
distraerse examinando las figuritas de porcelana que exornaban su
tocador, y estudiando la razón de que se reflejasen en el techo del
gabinete las sombras de las personas que ambulaban por la calle. No
podía distinguir si eran hombres o mujeres, mas sí la dirección que
llevaban, lo que bastó a entretenerla algunos momentos. Cuando aquel
juego ya la aburría quiso cambiar de actitud, mas la cama estaba tan
fría que no supo moverse. Volvióse boca arriba y empezó a bostezar,
desperezándose lentamente, con esa lasciva parsimonia de los gatos: sus
blancos brazos extendiéronse hacia arriba, luego se abrieron en cruz y
acabaron desplomándose pesadamente sobre el embozo de las colchas.

--Cuando venga Alfonso--murmuró cerrando los ojos--le diré: “Señor
Sandoval, ¿cómo me tiene usted tan abandonada? ¿No me quiere usted
ya?... Y le daré muchos besos, muchos... y un abrazo muy apretado”.

Tornó a bostezar y sus párpados se llenaron de agua; mareada por sus
propios antojos y por aquel interminable desfile de sombras que
recorrían el techo con sempiterno vaivén, apoyó un timbre; un prolongado
repiqueteo metálico vibró en los aposentos interiores de la casa.
Después resonaron pasos cautelosos.

Cuando Alfonso penetró en la alcoba, Consuelito Mendoza parecía dormir.

--¿Qué quiere mi dueña?--preguntó él socarronamente, acercándose.

Ella no contestó, pero al sentirse abrazar hizo un violento esfuerzo
para desasirse y escondió la cabeza bajo las almohadas. Alfonso, a quien
ya no sorprendían aquellos humorismos de su mujer, intentó
reconquistarla con lagoterías y discretas razones de amante ducho. Ella
mantúvose inexorable. ¡No, aquella vez no le perdonaba aunque se pusiera
de rodillas y en cruz!... Vaya, irse y dejarla sola, sabiéndola enferma;
¿cuándo se vió entre buenos enamorados nada igual?... Alfonso sonreía;
ella, por fin, abrió los ojos, con los labios y las cejas fruncidas y
la expresión agria del muchacho revoltoso que se ha enfadado.

--Ande usted, bicho indómito--exclamó él bromeando y alargando una
mano--; bese usted aquí.

--¿Qué hora es?

--No sé; bese usted humildemente aquí y se le contestará.

--He preguntado qué hora es--gritó Consuelo muy irritada--. ¡Jesús,
hijo!... ¿Estás sordo?

Alfonso la dió un cachetito en la mejilla y ella se echó a reír: hasta
entonces no comprendió que se había irritado un poco sin querer.
Sandoval abrió completamente las hojas de madera del balcón, y descorrió
las cortinas; la claridad gris de la mañana invadió el dormitorio. Eran
las diez.

--No debes levantarte--aconsejó--; llueve y el aire húmedo podría
perjudicarte.

Mas ella quiso llevarle la contraria: sí, señor; se levantaría a todo
trance, aunque en ello se jugase la vida.

--Es un capricho que merecías pagar caro; tienes los labios fríos, la
frente ardiendo...

Consuelo rompió a llorar.

--¡Qué desgraciada soy, qué desgraciada!--repetía--; ¡tampoco quieren
dejarme andar tranquila por mi cuarto!...

Preciso fué complacerla: Alfonso cogió una bata y con mil trabajos
consiguió que la enferma metiese los brazos por las mangas.

--Corre, muchacha--repetía--; si andas con esa cachaza atraparás un
enfriamiento.

--No importa; cuando quise, tú no quisiste; ahora que quieres, no quiero
yo. ¡Ea, chúpate ésa; para que aprendas!

Quedóse sentada al borde del lecho, con las ropas medio subidas y las
piernas colgando, y una encantadora carita de mal humor. Sandoval
acomodóse en el suelo, sobre la alfombra pintarrajeada de negro y
amarillo, apercibido a calzarle a su mujer los zapatos: antes de hacerlo
la besó los pies, esbozando al mismo tiempo, para obligarla a reír,
extravagantes pamplinerías y visajes; después la tomó en brazos y la
puso de pie, echándola, para mayor abrigo, un pañuelo de seda por la
cabeza y un mantón peludo sobre los hombros. Consuelito Mendoza se
acercó a un espejo.

--¡Mala jeta tengo!--exclamó--; me parece que el Día del Juicio no he de
tenerla peor. Sí, queridito; voy a morirme muy pronto.

Pasados algunos segundos de autoinspección y religioso recogimiento,
acercóse a la ventana con el semblante descompuesto por la fiebre. Del
cielo plomizo atravesado por los hilos de una red telefónica, semejante
a un pentagrama gigantesco, caía una lluvia fina y compacta; la calle
Arenal y parte de la Puerta del Sol, estaban casi desiertas: bajo el
balcón, los caballos de los coches de alquiler formados a lo largo de la
acera, sacudían sus arreos moviendo resignadamente la cabeza para
quitarse el agua que les corría orejas adentro; mientras, los cocheros,
envueltos en sus viejos capotones de pardo paño, cabeceaban soñolientos
bajo sus paraguas de algodón. Consuelo seguía ensimismada, mirando hacia
afuera, los ojos medio cerrados, como meciendo su alma en brazos del
ensueño: luego sus labios se agitaron y palideció intensamente. Sandoval
corrió a ella.

--¿Te sientes peor?--inquirió solícito--. ¿Quieres acostarte?

Hizo ella un signo afirmativo, y él, cogiéndola entre sus brazos
robustos, la volvió al lecho sin esfuerzo, ensabanándola después con
cariño y compasión maternales. Transcurrieron quince o veinte minutos.
El calorcillo reparador de los cobertores fué disipando el malestar de
la mimada y su semblante picaresco tornó a sonreír sobre el embozo.

--¡Hola, mosquita--exclamó Alfonso--, parece que vuelves a la vida!...
¿Reconoces ya cómo tu empeño de levantarte era un disparate?

--Pero ya estoy tan famosa.

--Gracias a mí.

--Y a mí, que soy de buena madera.

--El refrán lo dijo: bicho malo...

--Bien podías--repuso ella--contarme un cuento.

--¡Un cuento!... ¡lindo compromiso!...

Sabía muchos, pues era gran aficionado a leer, y cuando no recordaba
ninguno los inventaba sobre la marcha, poquito a poco, según hablaba,
de suerte que en una inmensa mayoría de casos estaba tan ignorante del
desenlace de la narración como su auditorio. Esto hacía que los cuentos
fuesen unas veces cortos y otras excesivamente largos, según el ingenio
y la vena del narrador. En aquella ocasión, teniendo la memoria vacía de
argumentos, empezó a inventar uno. Reducíase éste a la prolija
enumeración de las aventuras, malandanzas y pesadumbres sufridas por
tres soldados ingleses a quienes apresaron los salvajes habitantes de un
país que, desde luego, suponíase clavado en el corazón del africano
continente. Las primeras peripecias ocurrían a orillas de un lago
rodeado de selvas vírgenes impenetrables, a la puesta del sol, hora
precisa en que los elefantes, hipopótamos, cocodrilos y demás
respetables huéspedes del bosque, iban a refocilarse remojando sus
cuerpos en las verdosas aguas del pantano, y en que las manadas de
leones hambrientos acechaban en los claros del bosque la llegada de las
tímidas jirafas.

Estas relaciones infantiles, soporíferas de puro inverosímiles,
transportaban a Consuelito Mendoza a un mundo de aventuras y desatinos
del cual no quería volver; siendo lo más chistoso que si no la petaba el
hilo del cuento ella misma se erigía en autora y lo modificaba: este
episodio no estaba bien y convenía suprimirlo, o buscar otro, pues de lo
contrario se negaba a seguir escuchando: también los personajes habían
de llevar nombres simpáticos...

Aquella vez Sandoval, a costa de esfuerzos mentales inimaginables,
consiguió urdir una fábula de bastante interés, bautizó bien sus héroes,
supo elegir episodios y arribó con toda felicidad y gallardía al término
de su relato después de hablar sin interrupción más de una hora; él
mismo quedó admirado de su locuacidad y fértil ingenio de cuentista, y
Consuelo Mendoza, que compartía su sorpresa, permaneció silenciosa,
saboreando las escenas oídas. Cuando llegó la hora de almorzar la joven
obligó a Alfonso a comer allí, pues no quería quedarse sola: él accedió.
El resto de la tarde lo pasaron sin salir del cuarto, refiriendo cuentos
y tarareando aires populares y trozos de ópera al compás de una guitarra
que Alfonso solía pulsar medianamente. Habían dado órdenes terminantes a
las criadas de no recibir a nadie, y siempre que sonaba el timbre de la
escalera, Consuelo se incorporaba, procurando conocer por la voz a la
persona que llegaba. Después, al oír que el importuno se iba, dejábase
caer en el lecho retorciéndose de risa.

--¡Qué cara llevará!--decía--; el muy tontísimo vendría aterido y calado
hasta los calzoncillos pensando rejuvenecerse al amor de la chimenea, de
los pasteles y de las copitas de Jerez. ¡Pues, hijo, límpiate por
hoy!... Así te caigas al salir de aquí y llegues a tu casa embarrado y
hecho un adefesio, y los porteros no quieran dejarte pasar... Y, ¿qué
más diré?... Que encuentres la sopa fría, y tu mujer te arañe...

Ensartaba disparates, sin poder contenerse, como obedeciendo a un
impulso irrefrenable, hasta que Sandoval, aturdido, acordaba cerrarla
los labios a besos.

A media tarde Alfonso, cansado de no hacer nada entretenido, rindióse al
sueño. Despertó ya de noche; la luz de los faroles callejeros bañaba
gran parte de la habitación, y otra vez danzaban por el techo las
sombras de los transeúntes que iban o venían: levantóse perezosamente,
corrió las cortinas y encendió el quinqué de la chimenea. Al volver a la
alcoba, sus pies tropezaron una silla: el ruido despertó a Consuelo.

--¡Ay!--exclamó ésta lanzando un suspiro de liberación--.
¡Afortunadamente es mentira! ¡Oye!... Una pesadilla horrible... Soñaba
que un hombre... cuya cara no recuerdo... extendía los brazos para
cogerme; yo huía y aquellos brazos se alargaban detrás de mí; eran
negros... parecían dos cuerdas llenas de nudos...

Su cuerpo tiritaba de espanto ante la presencia imaginaria de aquel
fantasma que pretendía abrazarla. Tenía la frente ardiendo, las mejillas
arreboladas, la mirada brillante, el pulso insólito.

--¡Diablo!--murmuró Sandoval contrariado--; nunca te vi tan sobresaltada
como esta noche.

Sentóse a los pies de la cama y quedó pensativo, maldiciendo en su
interior la tardanza de Gabriel, a quien esperaba desde el mediodía.
Consuelo le observaba con ojos febriles, paladeando mucho, cual si su
seca garganta no pudiese deglutir la saliva. Pasó otra media hora; el
timbre de la escalera volvió a sonar; Consuelo, que se había quedado
traspuesta, abrió los ojos.

--Han llamado--dijo.

Alfonso se levantó; la voz de la doncella preguntaba desde el pasillo:

--Señorito, ¿puede pasar el doctor?

Sandoval miró a su mujer, inquieto.

--Diríase--murmuró--que le presentiste en tu pesadilla...

Gabriel Montánchez abrió la puerta y allí se detuvo, esperando a que su
amigo saliera a recibirle.

--Adelante, querido--dijo Alfonso--, y ve a Consuelo; no sé qué tiene.

--¿Jaqueca?

--Jaqueca y mimo, de todo un poco.

--¡Bah! El mimo y los celos, achaques son de recién casadas.

Consuelo hizo un gesto de mal humor y escondió los brazos bajo las
sábanas. Gabriel Montánchez era alto, representaba cuarenta años y sus
ademanes y actitudes tenían naturalidad y sencillez encantadoras; era
hermoso, con esa arrogancia y satisfecha osadía de los retratos
antiguos: la frente desembarazada, pobladas las cejas, la nariz
correcta, los labios finos, las mejillas siempre pálidas, sin barbas ni
bigote. Pero lo más notable de su fisonomía eran los ojos; ojos pardos
muy obscuros, que miraban fijamente, con expresión punzante, cual si
fuesen capaces de leer a través de los cuerpos opacos; su fascinadora
atracción llegaba a ser insoportable; era la mirada del hombre de genio
que todo lo sabe, y también la del aventurero audaz que a todo se
atreve.

--Hay algo de fiebre--afirmó Montánchez pasados algunos momentos de
silenciosa observación--, ¿qué siente usted?

--Nada--repuso Consuelo--, sino son muchas ganas de comer golosinas.
Pero, sí... me duele bastante la cabeza y hasta parece que la habitación
gira en torno mío.

--Yo creo--interrumpió Alfonso viendo que su mujer no acertaba a
explicarse--que a ese cuerpo le falta algún resorte esencialísimo, y de
ahí que los demás órganos funcionen mal. A ratos y sin motivo, sufre
fríos horribles, contra los cuales fracasan cuantos medios de
calefacción se empleen, y que sólo yo puedo curar contando cuentos o
discurriendo tonterías extravagantes: ¿qué te parece? Y otras, un calor
extraño que la sofoca hasta bañarla en sudor. A veces la atormentan
ridículos terrores, o se vuelve irritable y antojadiza... En fin, que la
niña es un manojito de estrafalarios caprichos y de rarezas.

Montánchez encendió un fósforo y aproximándolo al rostro de la joven:

--Míreme usted--dijo--de frente, sin pestañear.

Consuelo sostuvo aquel examen cinco o seis segundos y empezó a
parpadear.

--Estése usted quietecita--exclamó Gabriel sonriendo--; así no puedo
observarla los ojos.

--Ni falta--repuso ella con su habitual mohín de desdén y atropellando
todo género de miramientos--; no quiero que me mire usted; me hace usted
daño.

--¿Dónde?

--Concho, en todo el cuerpo...

Montánchez la examinó el interior de los párpados y las encías.

--¿Tiene usted palpitaciones?--inquirió.

--No sé tampoco; a ratos me duele el corazón.

--¿Mucho?

--Mucho: es decir, regular... No sé...

--¿En qué quedamos?

--¡Ea, ya lo dije!... en que no sé.

El médico continuó preguntando lentamente, interrumpiéndola a cada
momento para reflexionar.

--¿Siente usted, de cuando en cuando, un cuerpo extraño, a guisa de
bola, que sube del estómago y se detiene en la garganta cual si no
pudiera pasar de allí?

--Psch... ¡no recuerdo!

--¿Y no experimenta usted vahídos al levantarse después de haber
permanecido mucho tiempo sentada?

--Tampoco--replicó Consuelito Mendoza con aquella vaguedad que ponía en
todas sus respuestas--: es decir, vahídos, sí... muchas veces, cada
lunes y cada martes...

--¿Se la hinchan los pies?

--Nunca, ¡concho, qué miedo!...

A cada nueva contestación Gabriel Montánchez, perplejo, enarcaba las
cejas. Concluyó marchándose sin recetar.

Entonces Consuelito Mendoza se enfureció; estaban ofendiéndola y su
marido lo permitía. Hola, ¿conque todos menospreciaban sus dolores? Pues
ella sabría de qué modo comportarse en lo sucesivo: desde aquel momento
quedaba libre para hacer cuanto se la ocurriese, comería lo que
quisiera, iría al teatro sin permiso de nadie, y, sobre todo, no
consentiría que volviesen a hablarla de aquel médico cazurro y
antipático...

Sandoval, que había salido a despedir a Montánchez, le interrogó acerca
de la enfermedad de Consuelo.

--Por ahora--repuso el médico--, el daño es insignificante, pero puede
ser germen de perturbaciones gravísimas. Al principio, creí habérmelas
con un desarreglo cardíaco, pero no, el corazón funciona perfectamente.
Aquí todo el mal radica en el cerebro, o por decir mejor, en la médula
espinal: los nervios son los causantes de esos vahídos y palpitaciones
que sufre, y los conturbadores únicos de su carácter. Consuelo es
extraordinariamente impresionable, parece una sensitiva o una balanza de
precisión, y el menor disgusto, el accidente más nimio, la alteran: el
color de sus cabellos, la expresión de su mirada, la palidez y suavidad
de la piel, todo acusa un desarrollo neurológico excesivo; y los
desmanes de esos nervios es lo que importa corregir. Para ello debes
evitarla todo clase de emociones; las emociones son un veneno para los
enfermos del corazón o del cerebro. Prohíbela el uso de perfumes, no la
lleves al teatro cuando representen dramas demasiado vehementes, ni a la
ópera, porque la música, según Goncourt, es el haschisch de las mujeres
y las vuelve locas; no la contradigas nunca abiertamente, para que la
contradicción no la excite irritándola, y distráela cuanto puedas: los
nervios son a modo de sutilísimos hilos telegráficos que siempre están
vibrando, y ya que no se les puede reducir al reposo absoluto,
procuremos, al menos, que vibren agradablemente. Por ahora, nada de
medicamentos. El agua de azahar sólo la procuraría alivios pasajeros, y
el bromuro es un calmante demasiado enérgico. Más adelante, si la
enfermedad se mostrase rebelde, recurriremos a las duchas o al
hipnotismo, único sistema que puede emplearse con éxito en la curación
de los padecimientos nerviosos.

Con esto se fue Montánchez, y Alfonso regresó al dormitorio donde su
mujer continuaba llorando, muy pesarosa de que nadie creyera en la
gravedad de su estado.

En días sucesivos la joven experimentó alguna mejoría.

Por las mañanas su refugio predilecto era el despacho; un cuarto grande
y bien empapelado, con dos ventanas a un patio espacioso. A un lado de
la habitación había un retrato de Víctor Hugo, ya viejo, con sus dulces
ojos azules y su melena blanca; debajo estaba la mesa de escribir
adornada por un tintero de plata que Sandoval conservaba como recuerdo
de familia: los demás testeros los decoraba una rica estantería de caoba
repleta de libros cuidadosamente colocados; los grandes a un lado, los
chicos a otro, los encuadernados ocupaban sitios preferentes, los en
rústica los lugares menos visibles. Sobre aquellos estantes varios
bustos de hombres célebres levantaban sus escorzos inmóviles: Cervantes
y Calderón, junto a Demóstenes y a Esquilo; Byron y Shakespeare, frente
a Confucio y a Marco Aurelio; así, todos revueltos, como celebrando
desde lo alto de los armarios un congreso misterioso a despecho de los
siglos y de la muerte.

Allí era donde Consuelito Mendoza pasaba las mañanas, cosiendo junto a
la ventana hasta la hora de almorzar; a ratos apoyaba la frente sobre el
cristal para sentir una impresión de frialdad que aliviaba los ardores
de su cerebro, y permanecía embelesada, mirando las paredes del patio
renegridas a trechos por grandes manchas de humedad, y oyendo las voces
de los vecinos o el adormecedor murmullo de la lluvia. Entonces su
espíritu parecía desligarse del cuerpo; éste yacía inmóvil, conservando
la actitud que adoptó al sentarse, mientras el otro se disipaba en lo
infinito o era absorbido por ese “no ser” que en las horas de reflexión
y recogimiento flota sobre nuestras cabezas: sus ojos abiertos, apenas
veían el objeto reflejado en la retina, el tímpano vibraba transmitiendo
al cerebro ecos indefinidos...

El alma, como el mundo, tiene sus desiertos, infinitamente más grandes
que los terrestres; arenales inmensos, piélagos sin playas por las
cuales vuela el pensamiento sin hallar una idea seductora. Cuando
Consuelo Mendoza, harta de mirar hacia abajo, levantaba los ojos para
complacerse viendo caer la nieve, apreciaba la velocidad con que
descendían los copos a pesar de su extraordinaria rapidez, y entonces
seguía mirando con nuevo ahinco, hasta que aquella multiplicación
interminable de puntitos blancos empezaba a trastornarla: sucedíala con
ellos lo que a los viajeros de un tren, para quienes los árboles, los
postes telegráficos y los pueblos enteros corren hacia atrás, cuando son
ellos los que caminan hacia adelante. Viéndolos caer, Consuelo pensaba
subir. Esta ascensión comenzaba poco a poco, luego su rapidez aumentaba
y al fin convertíase en carrera furiosa, trasportándose a través del
abismo cual si fuese una pluma; y si no se estrellaba la cabeza contra
el techo, era porque su casa y todas las adyacentes ascendían también
con el mismo anhelo y premura con que los copos de nieve bajaban. Cuando
la joven podía reconocer oportunamente su alucinación, apartaba los ojos
del objeto que tan fuertemente la atraía; pero si el embeleso cobraba
apariencias de realidad no podía substraerse a él, y muchas veces la
hallaron junto a la ventana, la cabeza caída hacia atrás, jadeante,
mirando al cielo con ojos alocados, cual si un hipnotizador sobrehumano
la sugestionara desde la inmensidad del vacío.

Otras mañanas, hallándose con verdaderos deseos de trabajar, se
entretenía repasando la ropa de su marido, examinando cada prenda una
por una, y cuando muy a despecho suyo reconocía que todo estaba bien,
arrancaba los botones de un chaleco para procurarse el gusto de
ponérselos otra vez; o bien deshacía una camisa y luego empezaba a
recoserla, poniendo todo su empeño en concluir aquella labor antes de
que Alfonso volviese: lo importante, pues, era estar haciendo algo que
aludiese a su marido, en quien no dejaba de pensar.

El origen de aquel desarreglo nervioso, que el tiempo y los azares y
tropezones de la vida fueron desarrollando, nadie lo supo.

Consuelo era hija única de don Felipe Mendoza y Sorero, anciano militar
que lidió en la primera guerra civil y se reintegró al tranquilo hogar
cuando el reuma y las heridas le inutilizaron: su mujer murió de
sobreparto y Consuelo quedó al cuidado de una tía solterona que la
amparó desde muy pequeña y veló por ella con solicitud maternal.

Su niñez deslizóse plácidamente en una casita del barrio Pozas, que
tenía ventanas a un vasto solar donde las vecinas iban por las tardes a
tender ropa. Consuelito salía a las cinco y media de un colegio situado
en la calle Don Evaristo, junto a la de Ferraz, y con dos o tres
amiguitas de su edad íbase a rondar el solar, atisbando por entre las
tablas mal unidas que lo circuían, la ocasión propicia de penetrar en
él.

En aquel espacio cubierto de hierba lozana, que servía de pasto a las
vacas de las lecherías inmediatas, había una casuca con techumbre de
teja y chimenea de ladrillo, y agrandada en sus fachadas anterior y
posterior por dos viejísimos soportales de madera. En aquella choza
reinaba como omnipotente y única soberana la señora Daniela, viejecilla
pequeña y canija como las brujas de Teniers. Vivía con su marido, que
siempre estaba borracho, y por tanto impotente para nada útil, y con una
hija, ya moza; pero ésta tampoco la ayudaba en sus quehaceres porque
tenía un señorito que la compraba pendientes finos de oropel, y
vestidos y zapatos de charol y camisas de treinta pesetas... Todo, menos
mantenerla y casarse con ella.

Daniela, por tanto, era la administradora única de aquellos dominios:
ella fué quien impuso a las vecinas que llevaban su ropa a secar allí,
cinco céntimos de contribución, y diez o veinte, según las
circunstancias y la abundancia de pastos, a los dueños de las vacas y
burras de leche; la que regaba el solar con agua sacada de un pozo,
hacía calceta por las noches, y barría y repasaba lo más apremiante de
lo roto que tenían las ropas de su marido y las suyas; ella, finalmente,
era propietaria de un copioso enjambre de pollitos culones y vivarachos,
hechizo de Consuelo y de sus amigas.

Desde la ventana de su cuarto, Consuelito Mendoza los veía correr por el
solar, moviendo las inteligentes cabecitas y riñendo sobre los montones
de estiércol: todos eran hermanos, y cuando a la caída del sol su madre
los llamaba, acudían en tropel a guarecerse bajo el soportal trasero de
la casa. Poseer uno de aquellos pollitos, dormir con él y comérselo a
besos, constituía la mayor ilusión de Consuelo.

Resuelta a dar satisfacción a este deseo, espió pacientemente la
oportunidad de allanar los dominios de la señora Daniela: pasaron más de
quince días sin que la anhelada coyuntura se presentase; ¡qué mala
suerte!... los pollitos serían, cuando ella los cogiese, casi unos
gallos. Pensando así la pobre niña lloró mucho, perdió el apetito y fué
necesario llamar al médico. Cuando los tan codiciados animalitos
crecieron, aquel antojo quedó repentinamente olvidado. Esta volubilidad
de carácter presidió la psicología, toda la psicología, de Consuelo
Mendoza.

A los diez y siete años, la joven sufrió un accidente que puso en riesgo
su vida.

Una tarde, yendo con su padre, varios granujillas intentaron prenderla
en el abrigo una obscena figura de papel: don Felipe, justamente
irritado contra el atrevimiento de los chicuelos, quiso aplicarles una
buena mano de azotes que, sin romperles hueso, les escociese, cuando se
vió detenido por un hombre que, luego de insultarle groseramente por lo
que llamó “cobardía y barbaridad”, intentó agredirle con un cuchillo.
Afortunadamente, varias de las personas allí reunidas mediaron en la
cuestión, evitando que ésta tuviese mal desenlace; pero Consuelo, que
desde los primeros momentos comenzó a sentirse muy excitada, al ver
brillar el arma dió un grito espantoso y cayó al suelo sin conocimiento.
Este accidente, complicándose con las manifestaciones primeras de la
pubertad, provocó una violentísima fiebre que la hizo delirar varias
noches consecutivas y de la cual tardó mucho tiempo en reponerse.

Desde entonces su naturaleza quedó resentida: adelgazó, perdió el
color, sus ojos se agrandaron, su mirada fué más profunda y brillante, y
su carácter adquirió una irritabilidad morbosa. Todo llamaba su atención
y de todo se aburría; sus cuadernos de dibujo estaban llenos de esbozos
y figuras a medio terminar, y al piano farfullaba seguidamente los
trozos musicales más opuestos, sin acabar ninguno: sus labores
inconcluídas, la pluralidad de libros que empezó a leer y que rodaban de
una silla a otra con las hojas a medio cortar, el desorden de sus
conversaciones y propósitos, todo descubría un carácter inconstante,
sujeto a crisis nerviosas y a inmotivados accesos de ternura. Pero, como
el ataque primitivo no volvió a repetirse, los médicos opinaron
neciamente que todo ello desaparecería con los años y el matrimonio, y
dejaron que la enfermedad, al parecer dormida, siguiese echando mejores
y más profundas raíces.

Dos años después conoció a Sandoval, un muchacho de muy buena familia
que acababa de salir de la Universidad, y que, falto de obligaciones y
no necesitando de su carrera para vivir, divertía agradablemente el
tiempo en viajes o riendo con amigos y pecadoras de buen humor. Aquel
noviazgo formó una pareja perfecta: ella de regular estatura, cabello
negro y ondeado, ojos soñadores, un poco fruncidos, como los del árabe
que explora el desierto; las curvas abultadas, breve la cintura, las
manos y los pies aniñados; él, alto, vigoroso, alegre, con el
ilusionado corazón siempre propicio a enamorarse de todo lo noble y
digno de aplauso. Las relaciones fueron cortas, y tras un viaje de
novios más empalagoso que un idilio de Mosco, los nuevos cónyuges se
establecieron en un cuartito entresuelo de la calle Arenal. Poco después
murió el padre de Consuelo, y la pérdida de aquel ser querido reforzó
los lazos que ya la unían apretadamente a su esposo. El idilio de la
niñez había terminado y empezaba la novela de la juventud.




II


Jorge Sand dijo que “una mujer no puede amar al hombre a quien considere
inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es
amistad”. Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería
Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la
amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución.
Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al
perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía
desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su
orientación y su temple.

A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de
caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente
que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a
ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su
casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente
que, si bien hay mujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad
por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más
fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de
pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera
de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada
a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin
procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas:
le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a
obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen
recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose
sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con
más violencia.

--¡Ahí viene!--exclamaba corriendo a la ventana.

Y ¡cosa rara! su agudo instinto de mujer enamorada jamás la engañó:
había necesariamente entre ellos un flúido que les ponía en relación
constante, permitiendo que se buscaran sin verse, por la misma ley
magnética que mueve a la aguja imantada a señalar al norte. En lo que
Alfonso Sandoval mostrábase absolutamente intransigente era en cuanto a
la salud de su mujer concernía: a verla sana y fuerte, aspiraban sus
empeños.

--Acerca de esto procederé según mi criterio y mi conciencia me
aconsejen--decía--; Montánchez, que, como médico y como amigo, está
interesado en curarte, me aconseja evitarte toda clase de malas
impresiones, que no te deje llorar ni reír con exceso... y yo, que
cumplo fielmente estas cuerdas prescripciones, inmolando muchas veces mi
voluntad y mis deseos a tu bien, ¿consentiré que nadie, sea quien fuere,
llegue con su imbecilidad a destruir mi obra?

A pesar de tan prolijos cuidados, la flaca salud de Consuelito Mendoza
no mejoraba; el diablillo inapresable de la neurosis mordía sus nervios;
sus risas y sus lágrimas sucedíanse caprichosa e inesperadamente, como
las grupadas en los días vernales o de otoño.

Una tarde, después de almorzar, el matrimonio pasó al gabinete a tomar
el café. Era aquella una habitación cuadrangular, ricamente alfombrada.
Sandoval arrimó su butaca a la chimenea, cruzó una pierna sobre otra y
encendió un tabaco.

--Acércame el café, niña, ya que estás ahí--dijo con su tono cariñoso
habitual.

Ella apresuróse a obedecerle trayendo un velador con dos tazas. Alfonso
cogió la suya y bebió un sorbo.

--¡Uy, qué rico está!--dijo.

Aquel era uno de sus mayores caprichos; el de fumar y beber café al amor
de la lumbre, sin discurrir nada serio, abandonándose a una pereza
enervante. Entonces reconocíase completamente feliz; el adormecedor
aroma del tabaco, el humo que caracoleaba alrededor de sus dedos y
luego subía en líneas sinuosas girando sobre sí mismo en caprichosas
espirales por el ambiente tibio, el sonsonete continuo de la lluvia y el
cálido chisporroteo de la madera quemada inspirábanle un placer
tranquilo, soporífero, paradisíaco.

Consuelo, sentada delante de él sobre el brazo de una butaca, le
contemplaba silenciosa, cubriéndole bajo una mirada de amor: tenía el
pelo graciosamente recogido, un pañuelo rojo de seda ceñía su cuello
mórbido y blanco; el vestido negro realzaba los contornos ondulantes,
exquisitamente pomposos, de su cuerpo; cuerpo juvenil, de carnes frías y
apretadas. Su frente pequeña, sus ojos grandes, la afilada nariz y el
tinte pálido del semblante y de los labios, daban a su fisonomía la
expresión dulce de esos retratos de mujeres hebreas que publican las
revistas ilustradas...

De pronto Sandoval miró su reloj; eran las tres, la hora de ir al Casino
para desentumecerse haciendo gimnasia o tirando al florete.

--¿Te vas?--preguntó Consuelo.

Alfonso repuso indeciso:

--Psch... ¿Llueve mucho?

Ella corrió al balcón y levantando los visillos:

--¡Qué atrocidad--dijo--, no se ve a cuatro metros! ¡Qué modo de caer
agua!... En toda la Puerta del Sol hay dos personas. Pero, chico, si los
tranvías parecen submarinos y los pobrecitos caballos tienen un canalón
en cada oreja...

Dejó caer la sutil cortinilla y fué a sentarse sobre las rodillas de
Sandoval.

--¿Conque, vas a salir?

--¡Diantre... no sé!...

Consuelo sintió uno de aquellos vehementes arrebatos mimosos que la
transfiguraban en otra mujer.

--Bien mío, no salgas, complace esta vez a tu mujercita. El tiempo es
malo, llegas al Casino mojado de pies a cabeza, manchado de barro,
tiritando de frío... ¿y para qué? Para ganar o perder una partida de
tresillo: mientras que aquí estás abrigadito, con los pies calientes y,
sobre todo, junto a mí, que te adoro. Verás: jugaremos al tute, al
ajedrez, me contarás cuentos... ¿verdad que sí? ¡Concho, hijo, cuánto
tardas en responder!... Di, ¿te quedas?... ¿Eh?... ¿Te quedas?...

Realmente Sandoval ya estaba decidido a quedarse, pero no quiso rendirse
tan pronto.

--Acceder a esto--dijo--no es cuestión de cariño, porque las pequeñeces
no merecen tenerse en cuenta. Lo que te quiero lo sabrás algún día, si
llega el caso. Yo me quedaría, ¡pero eso de no ir al Casino, ni un
ratito siquiera, es horrible!... La vida de Círculo llega a ser para
ciertos hombres, para mí, verbigracia, una segunda naturaleza.

Consuelo hizo un gesto impaciente.

--¡Qué Casino ni qué concho! Siempre estás mortificándome; es lo
primero que te pido y luego...

--Digo esto--agregó él complaciéndose en verla apurada--, porque
prescindir del Casino equivale a renunciar a la tertulia de mis amigos,
al riquísimo café que allí se bebe, a la sonrisa del criado que está en
el guardarropa y me ayuda a quitarme el gabán, a los asaltos que riñen
los aficionados en la sala de armas... y a otra multitud de atractivos;
¡celebraría que las mujeres tuvieran también sus círculos para que
apreciases cuánto vale todo esto!... Pero el hombre es débil, y
Hércules, hilando a los pies de Onfala, es el ejemplo que mejor
demuestra cuán grandes son el imperio y poderío que las faldas tienen
sobre los pantalones; por eso yo, que te quiero tanto o más que Hércules
a Onfala, también me rindo a tus súplicas, bribonzuela, y con tal de
verte alegre renuncio a todo y... ¡me quedo!

Ella, enajenada de gozo y no sabiendo cómo demostrar su regocijo,
acomodóse en el suelo entre las piernas de él, los brazos apoyados sobre
sus rodillas, besándole las manos. Alfonso sonreía satisfecho,
acariciando aquella frente preciosa cubierta de abundantes cabellos
negros que ponían a su cara un marco de azabache. Luego estuvieron
contemplándose, dictando con sus miradas un idilio mudo.

--¿Me quieres mucho?--preguntó Consuelo.

--Más que el primer día de casados, y nunca he sido tan feliz como hoy:
creo que ni en el paraíso cristiano, con sus santos repletos de teología
y sus once mil vírgenes insulsas y rezadoras, ni en el edén musulmán
poblado de huríes ardientes, puede estarse mejor que aquí: esto es un
ensueño de opio y hasta me creo un sultán vestido a la europea, y tú una
sultana más hermosa y discreta que _Schéhérazade_.

--¿Se te quitará el mal humor? ¿Serás bueno y tolerante para mí? ¿No
volverás a reñirme?...

--Tonta; defendiendo tu bienestar soy para los demás una fiera; para ti,
siempre seré un niño.

Consuelito, aburrida de permanecer en el suelo, quiso cambiar de
posición, mas no acertaba a colocar cómodamente las piernas.

--¡Concho, siempre me lastimo!

Harta de removerse inútilmente, acabó por estirarlas, dejando al
descubierto sus pantorrillas: tenía medias negras.

--¡Qué vergüenza!--exclamó Alfonso tapándose los ojos--; ¿le parece a
usted eso decente?

--¿El qué, concho?

--Esas dos cosas negras que te asoman por debajo de las faldas.

--Y, ¿qué importa?

--¿Cómo?... ¿No es un delito tenerme siempre el ánimo en pecado mortal?

Ella, bruscamente, se levantó.

--¡Ah, está bien--dijo--, te disgustan!... Pues no volverás a verlas en
toda tu vida, lo juro. Eso ya no es para nadie.

Parecía enfadada y corrió a echarse en el sofá, al otro extremo del
gabinete. Después, sin saber por qué, comenzó a ponerse seria, muy
seria; sus cejas se fruncieron; plegó los labios gravemente.

El crepúsculo fué breve y la noche cerró en seguida; la luz de los
faroles atravesaba los cristales del balcón dejando en el techo ligeros
resplandores que se movían en indeciso aquelarre.

Como la joven no depusiese su actitud esquiva, Sandoval la llamó.

--Acércate, quiero descubrirte un secreto al oído...

La requerida continuó impasible; él agregó incomodándose:

--¿Para eso me retuviste con tus ruegos? ¿Para luego ponerte a ensayar
mojigangas?

--Pues... ¿por qué no quieres verme las piernas?

--Vaya, basta de tonterías, chiquilla mal criada.

--No haberlo dicho.

--Tonta.

--Mejor que mejor.

--Si quieres reconciliarte conmigo, ven aquí.

--¡No, ven tú!

--¡Eres más empalagosa que un tarro de almíbar! ¿Qué? ¡Haces lo que
mando o me marcho y no vuelvo hasta la madrugada!

Consuelo reanudó su llanto, lanzando a cortos intervalos largos y
entrecortados suspiros. Alfonso, compadecido, acercóse a ella; seguía
tendida con abandono delicioso; bajo su traje negro, sencillo como el de
una colegiala, se bocetaban las formas lujuriantes del cuerpo, y estaba
tentadora, con esa seducción irresistible que tienen las mujeres bonitas
cuando lloran de amor.

--Niña, no te excites, procura serenarte--dijo Sandoval--; levanta la
cabeza; ya me tienes aquí. Ea, ¿qué?... ¿te pasó el mal humor?

--No. ¿Por qué me llamaste empalagosa? Hijo, yo debo de darte náuseas;
las cosas muy dulces repugnan.

Decía esto abriendo mucho los ojos y arqueando las cejas con adorable
expresión inocente: Alfonso la abrazó conmovido, murmurando:

--¡Pobre enfermita!

--No estoy enferma; ésas son calumnias que el mundo inventa para
atormentarme. Lloro porque me tratas muy mal, porque no me quieres,
porque te aburre en mí todo lo que antes te divertía, porque soy para ti
menos que una esclava... Menos, sí; pues yo he oído contar que muchos
hombres quieren a sus esclavas como a sus propias mujeres...

--¡Loca... locuela... loquilla!...

--Eso querría yo, eso... porque prefiero morir loca a que me abandones.
Desgraciadamente no será así. Me lo aseguran tu manera de comportarte
conmigo, tus miradas, tus atenciones, que más parecen dictadas por el
deber que por el cariño; tu conversación...

Sandoval estaba perplejo, no sabiendo si entristecerse y tomar la
cuestión por su lado serio, o si reír.

--¡Ay, maridito mío!--exclamó de repente Consuelo--: yo tengo muchas
ganas de llorar.

--¡Cómo, tontuela! ¿qué motivo tienes?

--No sé, quizá ninguno, pero siento sobre el pecho un peso muy grande
que me impide respirar, y estoy cierta de quitármelo llorando.

--Pues llora.

--Es que no puedo...

Volvió a reclinarse en el sofá, prorrumpiendo en sollozos fingidos;
luego se sentó, oprimiéndose el pecho; pero las lágrimas no corrían, y
tal fué su desesperación que llegó a pegarse un vigoroso cachete en la
cara. El dolor permitió que los ojos se humedecieran momentáneamente,
pero en seguida volvieron a secarse.

--¡Virgen, qué nerviosa estoy!... Alfonso, dime algo, hazme algo, para
que llore...

Se retorcía los brazos como un reo en la tortura.

Sandoval la llevó al lecho, pero Consuelito Mendoza, insensible a sus
halagos, dejóse caer en la cama, sollozando furiosamente, pugnando por
derramar aquellas lágrimas rebeldes que se obstinaban en no correr. Su
excitación nerviosa fué aumentando, empezó a revolcarse y llegó a
tirarse del pelo.

--¡No seas imbécil!--gritó Alfonso realmente irritado--; vas a
lastimarte.

--Eso quiero.

--Pues cuida de que no te haga llorar de veras aplicándote unos buenos
azotes.

El semblante de Consuelo expresó alegría inmensa.

--¡Sí, por Dios, sí... dámelos!

--No instes, porque cumplo lo ofrecido.

--Bueno, pues, sí; anda pronto...

--Que van a escocerte...

--Lo que quieras, tirano mío; pégame cuanto gustes, tuyos son mi
espíritu y mi cuerpo, pero no dejes de amarme. Mírame a merced tuya,
sumisa, gozando ya con el castigo... ¡Pégame, Alfonso, pégame!...

Ella misma se tendió boca abajo, la cara sobre la almohada, esperando
impaciente. Toda aquella flagelación envolvía una voluptuosidad extraña.
Sandoval, sin otros ambages, sofaldó a la joven y cogiendo una chinela
levantó el brazo sobre aquellas carnes turgentes que parecían vibrar de
placer bajo la fina tela de la camisa. Consuelo permanecía inmóvil,
suspirando dulcemente, esperando el castigo, deleitándose con él: al fin
recibió el primer golpe y su cuerpo tembló más de sensualidad que de
dolor; luego recibió otro y seguidamente cinco o seis más, muy
fuertes... Después Sandoval, condolido, acarició la parte azotada.
Consuelito le abrazó diciendo:

--¡Esposo mío, piedad para mí, no me pegues más, basta, por Dios!...

Tenía los ojos colorados y las lágrimas corrían abundantes por sus
mejillas. Pero Alfonso, comprendiendo la refinada voluptuosidad de aquel
capricho, quiso extremarlo, y desasiéndose de la joven continuó
macerando sañudamente aquellas carnes blancas y duras; ella sollozaba;
después, juzgándola bastante castigada, se acostó a su lado para
consolarla. Consuelo se dejaba acariciar besándole y riendo y llorando
al mismo tiempo, complaciéndose en rendirse a su propio verdugo; y
cuando estuvo completamente tranquila acabó por confesarle, y aun lo
juró por su padre muerto, que desde aquel momento le quería más y que
los azotes mejores fueron los últimos.

Aquella noche, acobardados los dos por el frío, se acostaron temprano:
Consuelo tenía miedo; ese miedo a lo indeterminado y remoto que sólo
conocen los nerviosos: la seguridad de sufrir el asalto de alguna
pesadilla horrible, oprimía su ánimo.

--¿Qué tienes?--inquiría Alfonso sintiéndola temblar.

--¡Ay, no sé, pero... no me sueltes... se me antoja que van a
llevarme!...

Al fin, tras muchos esfuerzos, logró dormirse; el temido ensueño,
efectivamente, no tardó en llegar disfrazado bajo sus vagarosas
hopalandas negras y grises...

...Era una tarde de invierno; ella vivía en aquella misma casa, pues
todas las estancias guardaban entre sí idéntica disposición, pero las
habitaciones eran inmensas, las paredes de color plomizo se balanceaban
alejándose o acercándose cual si tramoyistas invisibles las pusieran en
movimiento por medio de mágicos resortes...

Consuelo andaba por allí calladamente, sorprendida de que sus pasos no
tuvieran eco y de la prolongada ausencia de Alfonso: también
maravillábase de la pequeñez de los muebles y de la gran altura a que
fueron colocados los cuadros: la cama no llegaba a sus rodillas, la
mesita de noche apenas levantaba dos palmos del suelo. Alarmada por
tanto silencio salióse al pasillo y llamó a la camarera; a sus voces
sólo contestó un eco lejano, un quejido moribundo semejante al del
viento penetrando por una abertura estrecha. Entonces recorrió el
corredor, las alcobas, la cocina; todo estaba desierto: en la despensa,
encaramado sobre un queso de bola, había un ratoncillo gris, de largos y
blancos bigotes. Siguió adelante y se detuvo frente a la puerta del
despacho; aplicó el oído a la cerradura y no oyó nada; llamó ligeramente
con la yema de los dedos... y nadie respondió. Animándose a entrar
empujó la puerta, y al comprender lo que en la habitación sucedía, quiso
huir; una fuerza invencible se lo impidió. Delante de la chimenea y
alrededor de un hombrecillo de pelo rojo, se hallaban repantigadas en
sendos butacones de cuero claveteado, varias personas: el hombrecillo
era un gnomo; los demás, las estatuas del despacho que habían dejado sus
pedestales: todas tenían sus hermosas cabezas de yeso asentadas sobre
pequeños cuerpos vestidos con jubones acuchillados, gregüescos y gola, y
sus voces resonaban temerosamente como si saliesen de una caverna o del
fondo de una tinaja vacía.

Consuelo colocóse sin ruido tras una cortina para no llamar la atención
de los misteriosos personajes. La conversación de éstos llenóla de
espanto; hablaban de ella, querían buscarla, prenderla, llevarla
maniatada a un paraje lejano, a un mundo chiquitín que brillaba en medio
del espacio... Quien entonces usaba de la palabra era Cervantes, y le
respondían Quevedo y Marco Aurelio. Byron callaba, mirándoles con sus
ojos sin luz. Todos ellos, y éste fue un detalle que no sorprendió a
Consuelo, se expresaban fácilmente en correcto castellano. Entonces
estuvo a punto de salir de su escondrijo diciendo a gritos:

--Concho, ¿qué es eso?... ¡Fuera de aquí, espíritus y desatinos mágicos!
¡Zape! ¡Cada mochuelo a su olivo!...

Mas se contuvo, sobrecogida de curiosidad y de miedo. El gnomo hechicero
acababa de levantarse; iba vestido de encarnado, como el Mefistófeles
de Fausto, y después de dar una cabriola en el aire, empezó a describir
con su mano izquierda movimientos cabalísticos y a pronunciar palabras
en un idioma desconocido. Obedeciendo a su irresistible llamamiento,
penetraron por la ventana muchos espíritus revestidos de formas extrañas
y tan pequeños, que el más grande, que tenía cabeza de elefante y cuerpo
de pescado, no era mayor que una sopera.

Aquellos diablejos trabaron entre sí reñida batalla: un sapo que volaba
por la habitación montado en un plumero, atravesó con su espadín a otro
espíritu con trazas de zorro; dos escarabajos horripilantes trepaban
cachazudamente por las flacas y torcidas piernas del gnomo, quien subido
sobre un tambor, continuaba dirigiendo con los movimientos de su mano
zurda la espantosa bataola; las estatuas dejaron los butacones para
volver a sus sitiales respectivos. Consuelo las veía trepar por
inseguras escalerillas de cuerda, pendientes del techo, apreciando las
violentas contracciones musculares de sus brazos y de sus piernecillas
negras, impotentes para soportar el peso abrumador de sus cabezotas; y
por entre aquel perpetuo flujo y reflujo de figurillas disparatadas, de
ratonzuelos que corrían por el suelo empujando quesos de bola, de machos
cabríos, de lagartos verdes que se arrastraban por las paredes cazando
tortugas con alas de murciélago, los ilustres padres del habla
castellana, del romanticismo moderno y de la grave filosofía estoica,
continuaban trepando en busca de sus pedestales vacíos. La joven les
observaba atentamente, deseando verles arribar sanos y sin magulladuras
al término de sus afanes. Cervantes llegó el primero; luego Calderón; al
recobrar su puesto sus cuerpecillos desaparecían y tornaban a ser las
pacíficas estatuas que ella misma compró por doce o quince pesetas a un
mercader italiano.

Pero Marco Aurelio fué menos afortunado que los otros: al llegar a la
cornisa del estante, un condenado diablillo que andaba por el suelo
jugando al trompo, quiso subir por la escalerilla en que, desde hacía
diez minutos, realizaba prodigios de agilidad el desgraciado emperador y
filósofo romano, y aquélla empezó a oscilar. Consuelo hubiera deseado
ahuyentar al maligno espíritu, mas como no podía moverse, tuvo que
resignarse a permanecer inactiva. No obstante las importunas sacudidas
del demoncejo revoltoso, el autor de “Los doce libros” estaba a punto de
salvarse: ya había afianzado su pie izquierdo en la cornisa y
reconcentraba todas sus energías para separarse con un último esfuerzo
de la escala fatal, cuando una lagartija que huía de un repugnante sapo
armado de adarga y lanza, tropezó con tal violencia al desventurado
filósofo, que le arrebató el equilibrio. Consuelo le vió vacilar,
inclinarse hacia atrás, dar una vuelta de campana y caer pesadamente al
suelo, saltando en añicos. Al quedar la venerable cabezota de Marco
Aurelio reducida a un montón de pedacitos de yeso, la joven lanzó un
grito. Entonces desaparecieron por ensalmo los detalles de aquel
aquelarre y la joven permaneció inmóvil, creyendo que la llamaban: luego
aquella audición fue más clara; parecía la voz de Alfonso.

--¿Qué es eso?--murmuró.

--Despierta, mujer; tienes una pesadilla.

--Es que el pobrecito Aurelio se ha roto la cabeza...

Sus ideas tornaban a confundirse y calló.

--¿Qué dices, loca?... Vuelve en ti; no sueñes.

Era otra vez la voz de Alfonso. Consuelito Mendoza oyó que la hablaban
casi al oído, un aliento tibio rozó su cara, manos vigorosas la
sacudieron. Despertó sobresaltada, frotándose los ojos.

--Alfonso--balbuceó.

--¿Qué?

--¿Pasó ya?

--Sí; era una pesadilla; como te empeñas en acostarte del lado
izquierdo... Ahora duerme y déjame en paz; tengo mucho sueño.

--¡Hijo... qué miedo tan grande!... ¡Si vieras!

Dió media vuelta, abrazándose al cuello de Sandoval.

--¿Qué hora es?--preguntó.

No dijo más y volvió a dormirse. Transcurridos algunos minutos, la
pesadilla se reanudó.

Estaba con su marido en un palco del teatro Real, viendo una ópera cuyo
argumento desconocía. De pronto tuvo frío y se levantó para vestirse el
abrigo que había dejado en el antepalco: éste era una alcoba, su
dormitorio de la calle Arenal, con su otomana, su mesa de noche y su
cama matrimonial vestida de blanco. Sentóse en el lecho a reposar; tenía
jaqueca; las notas llegaban a sus oídos debilitadas, tenues, remedando
suspiros.

De pronto reapareció el gnomo con su luenga barba gris, su caperucita
roja y una linterna en la mano. Corría de un lado a otro callado y sin
ruido, como buscando algún pequeño objeto extraviado. Consuelo no tuvo
ganas de seguir mirándole.

--Este hombre--pensó--es un pillo. ¿A qué vendrá esta noche aquí?
Seguramente entró por el cristal roto de alguna ventana, como hacen las
brujas, o por la puerta, bajo las faldas de alguna señora: como es tan
chiquitín... Pero, ¿a qué habrá venido, a qué?... Yo antes lo sabía y la
idea está aquí; se va... se me escapa, no consigo agarrarla bien. ¡Ah,
sí... ya sé... ahora recuerdo!... Lo que pretende es organizar una
reunión de diablos para que bailen un poquito al son de la música.

Reapareció el gnomo: sin fijarse en ella atravesó el cuarto y procuró
ocultarse bajo la otomana: después de tenderse de pecho al suelo
comenzó a estirarse alargando los miembros, doblegándose de diferentes
modos con una suavidad de movimientos semejante a la de los gatos cuando
quieren meterse por debajo de una puerta. Consuelo le observaba
fijamente: el misterioso espíritu pasó primero la cabeza, luego la mitad
del busto, en seguida la otra mitad, las piernecillas también fueron
entrando poco a poco hasta desaparecer enteramente: y entonces sólo vió
el reflejo de la linterna que continuaba luciendo bajo la otomana,
iluminando su vientre, convirtiéndola en un gigantesco gusano de luz.

De pronto las miradas de Consuelo repararon en una puertecilla que
acababan de abrir y por la cual entró un hombre muy pálido, sin pelo de
barba, con las mejillas arreboladas, las orejas grandes y separadas del
cráneo, los labios descoloridos, el pelo áspero y cortado a rape, la
mirada inmóvil y sin expresión, las manos exangües como las de un
muerto, el cuerpo vestido con un burdo traje de tafetán verde; aquel
extraño antojo avanzaba lentamente, sin mover los brazos ni las piernas,
como patinando... La joven comenzó a tiritar de miedo: no podía huir, ni
gritar, ni defenderse; la espeluznante aparición ejercía sobre ella una
atracción fascinante. Entretanto, la sombra fatídica se acercaba sin
ruido, sin movimientos, sin voz, extendiendo hacia su víctima sus brazos
y sus labios. Consuelo sintió que aquellos brazos la enlazaban con un
anillo de hielo. El fantasma maldito tenía la fuerza de una realidad
espantable: la boca del horrible engendro oprimió la suya con un beso
mortal, mientras una mano, fría como el mármol, la palpaba bajo las
faldas. Estaba tendida en el suelo, sin poder desasirse, jadeante, a
punto de ser vencida... Entonces la expresión del hombrecillo del traje
de tafetán empezó a cambiar: sus apagados ojuelos fueron transformándose
en otros grandes, expresivos, penetrantes, de color pardo o verde muy
obscuro, sombreados por largas pestañas negras. Consuelo, que había
visto aquellos ojos en otra parte, miró mejor... El muñeco había
desaparecido y en su lugar estaba Montánchez. La vergüenza y su dignidad
de esposa sublevaron el valor de Consuelo, que empezó a defenderse.

--¿Qué hace usted?--exclamó.

--Nada, no se apure usted--repuso él con su acostumbrada finura--; vamos
a representar la última escena de la ópera.

--No, no... puede venir Alfonso y enfadarse conmigo. Espere usted a que
yo se lo diga; vuelvo pronto... Hombre, ¿usted no dice que deben
evitarme las impresiones fuertes?... ¡No me irrite usted!

--Señora--insistía Montánchez sin soltarla--, tenga usted paciencia;
concluímos en seguida.

--Suélteme usted, se lo ruego, porque si Alfonso nos ve aquí solos y
abrazados, es capaz de matarnos. ¡Oh!... Si él supiera que un hombre me
ha tenido entre sus brazos, me daba un tiro... Suélteme usted... oigo
pasos... ¡es él... es él!...

Ya no percibía la música del teatro, ni los rumores de la sala, ni las
voces de los cantantes: la decoración había cambiado.

En aquel momento apareció Sandoval. Consuelo le vió dar un paso atrás,
ponerse horriblemente pálido y coger un cuchillo, una faca enorme, cuya
hoja brillaba a la luz siniestramente; la faca, tal vez, con que
quisieron matar a don Felipe: luego caminó hacia ellos... Montánchez no
se movió: hubiérase creído que esperaba resignado el golpe, o que poseía
algún medio oculto y sobrenatural para conjurar el peligro y detener el
brazo agresor. Mas Consuelo no pudo contenerse y lanzó un grito.

--¡Yo no quería!--exclamó--; ¡es... él!...

Iba subiendo la voz. Luego oyó la de Sandoval, y el trágico caramillo se
disipó.

--Es Montánchez--repetía la joven.

Abrió los ojos y vió que ya amanecía. Alfonso la riñó duramente; no le
había dejado dormir en toda la noche.

--¡No te enfades, hijito!--repuso ella--. ¿Ves?... yo no soy responsable
de mis males. Es que he tenido pesadillas horribles. Creí que un muñeco
de estuco, vestido de verde, me abrazaba, y después aquel monigote se
convirtió en Gabriel Montánchez, que quería representar conmigo la
última escena de una ópera...

Y volvió a temblar, recordando aquellas quimeras.

Poco a poco, sin embargo, tornó a quedarse dormida. Tenía el semblante
pálido, sus ojos cerrados temblaban ligeramente, los labios se movían
balbuceando palabras que no llegaban a ser inteligibles...

Al día siguiente, y sin otro contratiempo o motivo, Consuelito Mendoza
amaneció tiritando otra vez bajo las garras de la calentura.




III


Gabriel Montánchez vivía en un piso tercero de la calle Hortaleza, sin
otra familia que una vieja sirvienta y un hermoso perrazo negro que
agonizaba de viejo y de gordo.

La primera juventud de Montánchez fué borrascosa. Cuando cursaba el
cuarto año de Medicina se enamoró de una modista vecina suya, y fué
correspondido; su familia, sabiendo que el joven pagaba largamente las
mercedes de la muchacha y que la pasión amorosa le quitaba la del
estudio, intentó romper el idilio. La escena entre el padre y el hijo
fué violentísima y se separaron sin avenirse.

Al día siguiente Gabriel corrió al Monte de Piedad a empeñar su reloj,
sus sortijas y cuantas alhajas tenía, malbarató sus libros y algunos
trajes, pidió dinero a varios amigos de posición holgada, aguzó el
ingenio hasta conseguir que un prestamista conocido le facilitase dos
mil reales, y con más de cuatrocientos duros en la bolsa, y en compañía
de la moza que le había vuelto el juicio, emigró a París: fué un viaje
relámpago, salpicado de peripecias interesantes, de escenas imprevistas.

Los primeros meses pasados en la ciudad del Sena no fueron malos.

Embriagados Montánchez y su coima de amor y de libertad, no miraron al
porvenir hasta que su caja de caudales estuvo casi vacía. Entonces
recordaron que ninguno de ellos era hijo de millonarios, y alarmados por
tan razonable observación procuraron contener a la miseria con su
trabajo: ella buscó quehacer en un obrador; él pidió dinero prestado a
un viejo corredor de vinos con quien hubo de intimar en sus días de
prosperidad y bonanza, y con aquel dinero y el que pudo allegar dando
lecciones de español, pudo continuar evitando la bancarrota definitiva
algunos meses más.

La situación, no obstante, fué agravándose: la patrona, sospechando que
nunca vendría de España aquella letra de dos mil pesetas con que sus
huéspedes parecían pretender engatusarla eternamente, empezó a
desconfiar; púsoles mala cara y acabó negándose a mantenerles si no
satisfacían su deuda.

Ante esta dificultad que las circunstancias hacían insuperable, Gabriel
Montánchez procedió con el acierto y resolución que siempre fueron los
rasgos sobresalientes de su carácter; obligó a su querida a ponerse unos
sobre otros sus vestidos; él hizo lo mismo; y una mañana escaparon
dejando a la patrona, por todo recuerdo, una maletilla vieja llena de
piedras cuidadosamente envueltas en papeles para que no sonasen unas
contra otras.

Esta aventura fué como la introducción o prólogo que el Destino maleante
quiso poner a los muchísimos enredos en que más tarde el aventurero
había de verse preso y trabado. Gabriel y su amiga descendieron los
últimos peldaños del moral rebajamiento: la miseria corrompió sus
costumbres y su amor; ella llegó a vivir de la prostitución; él, cuando
la veía regresar a su boardilla despeinada y oliendo a vino, se encogía
de hombros despreciativamente, feliz de que nunca le faltase tabaco con
que llenar su pipa.

Una noche la pobre mujer no volvió: al día siguiente Montánchez supo,
por los periódicos, que la habían asesinado en una taberna de los
arrabales.

No tardó Montánchez en consolarse de aquel descalabro, y al fin, libre
de la malhadada pasión que en un momento de fiebre le robó a su familia
y a su patria, decidió regresar a Madrid, lo que hubiera hecho si el
Destino no hubiese dispuesto el curso de los acontecimientos de muy
distinta manera.

La esposa de un alemán de quien Montánchez era íntimo amigo, tuvo el
imperdonable antojo de enamorarse del joven español a los cuarenta años
cumplidos: fué una pasión tardía, pero abnegada y generosa, que
proporcionó al antiguo estudiante ganancias pingües.

Más tarde la mujer de un sueco, recién venido a París de agregado a la
embajada de su país, cautivó el corazón del arriscado mozo,
arrastrándole a nuevos azares.

En este tercer enredo Montánchez fué menos afortunado. El marido,
sospechando la verdad, le desafió, y Gabriel recibió una estocada que
puso en gravísimo riesgo su vida.

Cuando salió del hospital, como París le inspirase repugnancia
invencible, resolvió emigrar sentando plaza en un batallón de zuavos que
salía para la guerra de Argel. Al año siguiente, cansado de la vida del
campamento y comprendiendo que ni su carácter ni sus antiguas
disipaciones le permitían resistir aquellos trabajos, desertó, y merced
a un pasaporte falso pudo embarcarse con rumbo a Sicilia. Luego pasó a
Italia y en Roma vivió dos años, endulzando con su amor las soledades de
una rica viuda genovesa. Más tarde marchó a Grecia, recorrió el Asia
Menor y, finalmente, volvió a París, donde conoció a Sandoval, de quien
no tardó en ser muy camarada.

Aquélla fué para Montánchez una era de paz. Se colocó de traductor en
una casa editorial, y los ratos que sus ocupaciones y sus devaneos le
dejaban libres, los consagró al estudio de la Medicina. Por aquel
entonces las teorías criminalistas de Lombroso y el hipnotismo
empezaban a estar en boga; diariamente hablaban los periódicos y las
revistas profesionales de los descubrimientos hechos en un sentido o en
otro, y Montánchez, cediendo a ese impulso innato que arrastra a la
juventud hacia lo desconocido, aceptó inmediatamente las teorías
defendidas por la flamante escuela. Los misterios de la ciencia
hipocrática y los nuevos vastísimos horizontes extendidos ante sus ojos,
le sedujeron: los trabajos de Charcot, relativos al origen y desarrollo
de los padecimientos mentales, le aficionaron al estudio de la
psicología fisiológica; leyó a Wund y a Lotze, oyó las explicaciones de
Cullerre y de Luys, concurrió asiduamente a la escuela de Medicina y a
los hospitales, y bien pronto figuró entre los alumnos más aventajados:
su espíritu, hasta entonces adormecido por los placeres, despertó
súbitamente, adquiriendo en pocos meses un copioso caudal de
conocimientos.

Aquel otoño Sandoval y su amigo regresaron a Madrid, donde Gabriel
Montánchez tuvo la desgracia de saber muchas y muy amargas novedades: su
padre había muerto poco después de su fuga, y su madre, aniquilada por
tantos disgustos, vivía en una calle de las afueras, consagrada a sus
recuerdos y a la educación de una sobrina.

La reconciliación entre la anciana y el hijo pródigo fué completa y
dulcísima; pero Montánchez, para no tener nada que coartase su fanático
amor a la libertad, quiso vivir solo, y no sosegó hasta hallar un cuarto
al cual se fué a vivir con una antigua sirvienta de su familia.

Una vez establecido, tomó posesión de la parte que le correspondía de la
herencia de su padre, que era considerable, y tres años después se
graduaba doctor en Medicina; hecho lo cual compró aparatos de física y
química, retortas, alambiques, dialisadores, balanzas de precisión,
cajas de reactivos, pilas de Bunsen, una máquina eléctrica de Ramsden y
una soberbia biblioteca que importó más de cinco mil duros y en la cual
reunió lo más notable que en aquellos últimos años se había publicado
relativo a la ciencia de curar.

En aquella casa pasaba Gabriel casi todo el día y gran parte de la noche
estudiando a sus autores favoritos, sacando notas, escribiendo Memorias,
entregado a una labor incesante que ocupaba todas sus horas, y
disfrutando una vida anómala, más propia de un monomaníaco que de un
hombre cuyos tornillos razonadores estuviesen bien apretados.

Asustado de sus antiguas calaveradas y de los años perdidos en torpes
aventuras, odiaba al tiempo con todas las fuerzas de su alma, y a tener
forma corporal se hubiera batido con él.

--Es el único enemigo que me ha hecho temblar--decía.

Y le odiaba porque le temía, seguro de que contra la eterna sucesión de
las cosas no se puede luchar.

Cuando el amor al estudio transformó a Gabriel Montánchez en otro
hombre, el antiguo aventurero, parapetado en su gabinete sin más
entretenimientos que sus autores y sus recuerdos, echó una ojeada a su
alrededor considerando lo que fué, lo que era, lo que podía ser... Nueve
años eran pasados desde que una mujer le robó con el amor de sus padres
el aprecio de sí mismo; aquellos años huyeron veloces y sus deleites
podían compendiarse en estas palabras: amar y maldecir del objeto amado
para volver a enamorarse de otros ídolos tan falsos como el caído y
renegar de ellos también. Evocó aquella dichosa juventud que se cubría
bajo un cendal de poéticos encantos según se alejaba, recordó su
presente lleno de hastío y las nieves que coronarían los años venideros,
y quedó horrorizado ante los progresos del tiempo, ese monstruo que los
días hermosos se presenta con cara de risa y los nublados con ceño de
demonio, pero a quien siempre recibimos con gusto porque trae cabalgando
sobre cada amanecer una nueva esperanza.

Gabriel Montánchez, no queriendo envejecer ni morir, soñó con ser
inmortal. Para lograrlo propúsose descubrir un elixir, que mantuviese la
juventud perpetuamente, de modo que los cabellos no blanqueasen, ni los
ojos perdieran su brillo, ni las carnes su tersura, ni el cuerpo se
encorvara, ni el corazón dejase de alentar los divinos entusiasmos de
la edad primera; quería, en fin, llegar a los treinta o treinta y cinco
años, edad en que el desarrollo ha terminado definitivamente, y no pasar
de allí. Y este propósito de substraerse a la muerte, de vivir en el
mundo contrariando la más inquebrantable de sus leyes al conservar para
sí la vida que la Naturaleza exige a todo lo que nace, era la ambición
más grande, el desvarío más original y prodigioso, que ningún espíritu
cultivado pudo concebir.

Gabriel Montánchez trabajó en su empresa cuanto supo; revolvió libros,
consultó autores, practicó experimentos en animales vivos y compuso
multitud de combinaciones químicas sin hallar la bebida que, reuniendo
todos los elementos constitutivos de los tejidos orgánicos, tuviese la
facultad de eliminar las substancias calizas que los años acumulan sobre
los órganos.

Al fin se convenció de que el tiempo era más fuerte que él, y ya no
pensó más en disputarle aquella vida miserable que se escapaba.

Pero el deseo de inmortalidad había logrado preocuparle tan hondamente,
que aun después de reconocerse vencido no quiso saber la duración de su
suplicio, y para conseguirlo apeló a un procedimiento original. Cerró
cuidadosamente las ventanas de sus habitaciones, tapando con burletes y
argamasa cuantos intersticios pudieran servir de paso a la luz exterior;
extendió, para mayor seguridad de no ser nunca sorprendido en su
refugio por un rayo de sol, grandes cortinajes de damasco sobre las
ventanas y encendió magníficas lámparas en todos los cuartos; de este
modo, permaneciendo sumido en una noche perpetua, ignoraba la sucesión
de los días. Para realizar más cumplidamente su alejamiento del mundo,
vendió todos los relojes, esos chismes fatales que amarran la humana
existencia al rítmico girar de sus manecillas; los almanaques, que
cuentan los días, los meses y los años, y cada una de cuyas hojas, al
caer, deposita sobre el corazón una gotita de hielo; los termómetros,
que al marcar la temperatura recuerdan indirectamente el nombre de la
estación; los periódicos, que cada veinticuatro horas compendian en sus
páginas los ecos todos de la opinión y de la vida, y los espejos, que al
reflejar nuestra imagen nos obligan a comparar involuntariamente lo que
fuimos y lo que somos... Y para estar más libre aún, su ama de llaves
quedó encargada de recibir al casero y a cuantos importunos pudiesen
recordarle que estaba en el mundo y que era esclavo de sus
impertinencias.

Al principio este nuevo plan de vida no dió los resultados apetecidos,
porque el hambre, el sueño y los ruidos que subían de la calle, le
recordaban vagamente las horas; mas poco a poco la realidad mundana fué
borrándose, la casa pareció un retiro encantado, los quinqués siempre
estaban encendidos, el silencio era casi completo, sobre las
habitaciones pesaba una noche eterna. Montánchez vivió así tres meses
consecutivos, pasados los cuales vió con satisfacción que no recordaba
fijamente ni la hora, ni el día, ni el mes en que vivía. Después empezó
a salir a la calle y se hizo socio del casino a que concurría Sandoval,
pero procurando siempre mantenerse alejado del movimiento de la vida. Si
al salir de su casa encontraba la luz del sol o la de los faroles, o
veía casualmente algún reloj, como no sabía ni el día ni el mes en que
estaba, aquellas impresiones no le causaban efecto ninguno: cuando tenía
que hacer alguna visita, su ama de llaves cuidaba de avisarle de un modo
especial, previamente convenido, y de ventilarle bien las habitaciones
durante sus ausencias, cerrándolas antes de que él volviese, para que
las encontrase según las dejó, y de servirle las comidas a horas
estrafalarias y desordenadamente. Merced a estas sapientísimas
precauciones, el encanto duraba.

La última fecha conservada en la memoria del médico era la del cinco de
diciembre, día en que se parapetó en su casa con el propósito firme de
renunciar al mundo: a partir de allí, la realidad y la ficción se
fundían en inextricable laberinto y, como sus paseos eran poco
frecuentes, la ilusión persistió. La única persona que de tarde en tarde
le visitaba, era Alfonso Sandoval, su amigo íntimo. Éste procuró
arrancarle de la cabeza aquel inútil “odio al tiempo”, hablándole de su
próximo enlace con Consuelo Mendoza, recordándole las bellezas del
mundo y la posibilidad de matrimoniar con una joven guapa y rica, que le
colmase de comodidades y de muchachos.

--Hay que cumplir los preceptos divinos--decía Sandoval--, y ya que no
estamos en edad de crecer, debemos multiplicarnos para dejar a Dios
contento.

Montánchez, indiferente, alzábase de hombros.

--El mundo--decía--me hizo mucho daño; no quiero saber de él.

Así vivía, retraído, a solas con sus autores y sus ensueños de sabio,
luchando, ya que no por la inmortalidad del cuerpo, sí por la del
hombre, en aquella mansión fantástica, remedo exacto de la eternidad,
rodeado de libros y de objetos inmutables.

Este cambio radical de costumbres modeló notablemente los principales
rasgos fisonómicos del médico.

Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la cara cuidadosamente
afeitada, conservando aún la fresca gallardía y desenvoltura de sus
buenos tiempos de galán, pero sin olvidar la sangre fría y el aplomo
propios del hombre de mundo.

Pero donde los efectos del trabajo mental se revelaron más
poderosamente, fué en su mirada enérgica, fascinante, dotada de una
fuerza magnética irresistible: había en ella algo sobrenatural y
misterioso que infundía miedo, horizontes inmensos, relampagueos
deslumbrantes de genio y de luz. Todas las actividades de su cuerpo
estaban concentradas en los ojos: el fuego y las pasiones de la juventud
dieron a su mirada la expresión de la audacia y del desprecio; la
ciencia y el estudio, la mansedumbre y la profundidad; era una mirada
fría y dura, dotada de fijeza mortificante, que acariciaba sondeando.
Aquellos ojos eran el terror de Consuelito Mendoza; eran los ojos que
tenía el muñeco vestido de tafetán verde de su pesadilla, y los que
algunas veces vió en sus horas de ensueño. A su juicio, el poseedor de
tales ojos no podía ser bueno.

Aquella mañana, Sandoval salió de su casa en busca de Montánchez: caía
una lluvia menudita, que el viento pulverizaba.

Al cruzar la Puerta del Sol miró el reloj del ministerio de la
Gobernación; eran las ocho. Cambió el paraguas a la mano izquierda y
llevóse la derecha a la boca para alentar sobre ella e infundirla calor;
después la guardó en el bolsillo del pantalón apretando mucho los dedos
unos contra otros. Al entrar en la calle Montera oyó una voz estentórea
que pregonaba: “¡Café caliente!...” Y vió un grupo de vendedores de
periódicos, colilleros, barrenderos y agentes de orden público, reunidos
alrededor de un hombrecillo regordete que sacaba un brevaje obscuro y
humeante de una no muy limpia cantimplora de hojalata, colocada sobre un
braserillo. Aquel cuadro de costumbres madrileñas trajo a Sandoval
recuerdos de otros tiempos.

Iba caminando maquinalmente hacia la calle de Hortaleza y abarcando los
detalles del cuadro. A su lado pasaban algunos obreros de prisa, con la
gorra sobre las cejas, la nariz amoratada por el frío, la americanilla
abrochada, los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los
sobacos, para calentárselas con el calor del propio cuerpo; criadas
madrugadoras que iban a la plaza envueltas en densos mantones a cuadros,
y grupos de barrenderos que quitaban la nieve de la noche anterior con
las mangas de riego y las escobas. Las puertas de los comercios se
abrían con estrépito y a ellas salían los horteras, con sus redondas
cabezas y sus semblantes inexpresivos, el centímetro alrededor del
cuello y las tijeras en el bolsillo; parados con las piernas abiertas y
frotándose sin cesar sus manos cuajadas de sabañones, miraban ufanos a
las mujeres transeúntes. Las porteras barrían sus zaguanes, quitando el
barro y sacudiendo las paredes, y los visillos de algunas ventanas se
corrían descubriendo caras macilentas que aún conservaban en las
mejillas las señales de la almohada.

Sandoval, agradablemente sorprendido por un espectáculo que, por
perezoso y dormilón, veía pocas veces, ambulaba recomponiendo un mundo
de memorias.

Recordó los años en que su padre le obligaba a ir todas las mañanas a
un colegio de primera enseñanza situado en la calle del Pez, esquina a
la de Pozas, y donde tenían que habérselas, él y sus condiscípulos, con
un cura que les abofeteaba y vejaba sin motivo. A las siete en punto la
criada iba a despertarle: ¡horrible iniquidad!... Él procuraba eludir la
orden todo lo posible, seducido por el calor del lecho, la
semiobscuridad encantadora de la habitación y el ruido de la lluvia;
pero a las siete y cuarto volvían a llamarle y luego a las siete y
media... A las ocho no había salvación; su padre en persona iba a
visitarle armado con un jarro lleno de agua recién sacada de la fuente,
amenazándole con echársela por la espalda si no se levantaba en seguida.
Después, tras un buen chapuzón, le vestían su trajecito marinero, le
daban un pocillo de chocolate y una ensaimada, le ponían su boina, le
terciaban a la espalda la cartera de los libros y le echaban a la calle.

Y recordó también las noches que aprovechaba estudiando las lecciones de
Gramática, de Historia o de Aritmética, del siguiente día; el repaso que
les daba camino del colegio, los cinco céntimos de castañas asadas que
siempre compraba al salir de su casa, no sólo por el gusto de comerlas,
sino para calentarse con ellas las manos; el invariable mal humor del
presbítero pedagogo, los insultos, los pescozones recibidos, muchas
veces injustamente; y luego las correrías hechas con otros chicos por
las orillas del Manzanares, las riñas con las lavanderas, las peleas con
los granujillas del barrio de Pozas y de la Moncloa, y la ovación que le
tributaron sus compañeros de hazañas una tarde en que luchó y venció a
dos pilletes en la Fuente de la Teja.

De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la
tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy
despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con
la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la
bufanda muy levantada alrededor del cuello.

Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de
cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego,
dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados
objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro
representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba
apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial
herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el
color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un
teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos
mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas
diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse
a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.

La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él
tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las
ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.

En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito
Mendoza y de Alfonso, se parecían.

Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado
pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más
tarde.

El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle
Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.

Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se
prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas
escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de
anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y
allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía
un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.

Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en
componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el
sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone
a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban
asuntos puramente científicos.

Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse
junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que
explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido
en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a
Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes
estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un
esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás
un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo
de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen
abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones,
diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la
cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones
del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión
tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un
esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos,
piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras
contraídas por muecas horribles.

Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el
gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban
las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela
gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y
buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados
en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques,
varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de
minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta
correspondiente.

Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los
cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía
Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y
largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su
fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.

Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que
tenía al descubierto:

--¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!

Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y
tranquilos.

--¡Cuánto he trabajado!--murmuró.

Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin
preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día
sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo,
que había serios motivos para temer por la salud de su razón.

Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.

--¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?--preguntó.

Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían
contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez
de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse,
las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro,
sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el
ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse
de sonreír.

--Todo eso--comentó--es muy serio y muy interesante, y acusa los
gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir
antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que
ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos
característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta
la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que
está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas
de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz,
expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que
el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una
base segura de dónde partir.

Sandoval agregó nuevos pormenores.

--Todos son datos que merecen tenerse en cuenta--dijo Montánchez--, pues
aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye
la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su
cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del
susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los
que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o
matriz de la enfermedad.

Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no
omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas,
con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.

Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:

--¡Es extraño todo eso!...

Y añadió:

--¿Sabes si tiene alguna manía constante?

--Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.

--¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que
impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de
café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados
objetos o personas?

Sandoval vaciló.

--Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque
ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco
debe importarte. Consuelo no te quiere.

--¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?

--Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece
con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.

--Pues no lo entiendo.

--Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que
eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de
comprender tus excelencias, sigue odiándote.

--He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna--dijo
Gabriel--, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el
enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su
maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu
revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose
de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo,
los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.

--No importa--repuso Sandoval levantándose--, quiero que la veas antes
que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te
espero a las...

--Calla--interrumpió Montánchez--, ya sabes que los relojes y yo no nos
entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.

--¿Seguramente?

--Seguramente.

Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del
gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada
poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar
sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según
las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba,
otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera
cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas
perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas
impalpables.

Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.

--¿Por qué me odiará esa mujer?...--dijo.

Y se quedó profundamente dormido.

Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.

--Hola, flor de la maravilla--exclamó--, ¿ya te levantaste a dar guerra?

--¿Dónde has ido?

--A la calle.

--Necesito saber a qué sitio.

--Aquí estamos perfectamente--dijo Alfonso acercando una butaca a la
chimenea recién encendida--; fuera hace un frío inaguantable.

--¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.

--¿Me convidas a chocolate?

--Vaya usted a paseo.

--Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.

--Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso
mismo... ni te dejo catar el chocolate.

--¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a
Gabriel.

--¿A ese albéitar indecoroso?

--Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para
tanto.

--¡Lástima de albarda!

--Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y
te meta en cintura.

--¡Pues que se ande con tiento!

--¿Qué ibas a hacerle?

--¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo
a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre
es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese
amigote de los infiernos.

--Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas
a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida
íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo
se ha reído bastante.

--¡Asqueroso!

Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al
fin, las dulces paces quedaron hechas.

Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para
que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle
a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por
tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.

--Ponte aquí--dijo.

Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente,
el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus
faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso
de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.

--¡Qué guapo eres!--decía--. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga
tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya...
Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que
tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido
por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así
te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si
no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y
andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que
no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece
que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo,
¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas
de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres
mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío,
delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no
sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que
seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.

Y añadió:

--¡Quién te quiere a ti!

Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:

--Mi burra.

--¿Tu burra chiquinina?...

--Ella solita.

--¿Y tú, a quién quieres?

--A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan
monísimas como tú.

--Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no
tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y
esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los
objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los
recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza.
¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de
tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos
chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las
calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa
para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando
una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta
años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como
una pieza de punto...

Volvió a besarle los ojos y la boca.

--¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...

Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de
caricias.

--Oye, Alfonsito--dijo de pronto la joven--, ¿quieres referirme un
cuento?

--¡Un cuento!--exclamó él aterrado--. ¡Para romances tengo la cabeza!...

--¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio
descompuesta.

--¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!

--Te advierto que es largo.

--No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.

--Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces
no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.

--Espera a que encienda este cigarrillo.

Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia,
porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las
calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con
las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.

--Pues, señor--empezó Consuelo--, una mañana supo el gallo Pinto que su
amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de
patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma
puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.

--Concho--pensó el gallo--; si como trigo se me ensuciará el pico y los
que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo
más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la
caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de
limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió
una malva y dijo:

--Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito.
Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco
rato encontró un borrego y le dijo:

--Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto
para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y
al ver un lobo le dijo:

--Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso
limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y
tampoco quiso...

Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres:
sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué
encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un
burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de
palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.

Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al
colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a
su marido.

Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le
importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada
peregrinación.

Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en
silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a
apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos;
pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose
para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la
joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.

--¿Qué sucede, mujer?--dijo--. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.

--¡Jesús, concho--repuso ella lloriqueando--, qué susto tan grande! Como
te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.

La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque
estaba pálida y con las manos frías.

Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el
sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones
sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la
escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse
al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.

Aquellas horas de soledad y recogimiento eran su delicia, pues podía
discutir consigo misma los mil proyectos que bullían en su cabeza, y
fantasear a su antojo. Allí nadie la forzaba a seguir ésta o la otra
conversación, podía discurrir libremente, sin aguardar a que su
interlocutor hablase para responder ella, ni que observar cierto
comedimiento en las palabras: allí no había estorbos; estaba sola,
entregada a su albedrío, con un mundo de quimeras por delante.

La soñadora se fastidiaba porque ni sabía seguir con paciencia el lento
curso de los acontecimientos naturales, ni podía doblegar el mundo a sus
caprichos. Sabiendo que esta imposibilidad duraría lo que su vida, hizo
lo que los filósofos idealistas: fabricar un mundo arbitrario para
refugiarse dentro de él cuando lo estimara conveniente y vivir feliz.

Consuelito Mendoza quedó largo rato sin pensamientos, perdido el magín
en un vacío infinito, la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos
cerrados: después levantó la frente y sus miradas se fijaron en el
espejo situado sobre la chimenea, fronterizo al sofá. Allí, dentro de la
luna, había otra muchacha, otra Consuelo envuelta, como ella, en un
mantón negro, y como ella peinada con los cabellos sobre la frente.

--Ésa soy yo--dijo la joven--; porque es indudable que lo que ahí veo es
mi propia imagen.

Agitó un brazo en el aire cerciorándose de que su sombra lo haría
también, y pareció quedar más tranquila.

--Estas cosas tan raras que me suceden--murmuró--, no sé si atribuirlas
a que estoy medio chiflada, como dice Alfonso, o a que tengo mucho
talento. A ratos creo que no vivo y que cuanto siento y pienso es pura
invención mía, como le pasaba al famoso personaje de Calderón. Voy por
la calle y me pregunto: ¿Andaré yo como las demás personas, vestiré lo
mismo, no habrá sobre mi cuerpo nada estrafalario que haga volver la
cabeza?... ¡Quién se viera por detrás!... Si pudiese hacer lo que San
Cristóbal, que cogió su propia cabeza después de cortada... Si yo me
encontrase a mí misma en la calle, ¿me reconocería?... Seguramente,
porque cuando me observo en un espejo sé que la figura aquella es otra
yo. A veces pienso que mis palabras carecen de significado, que nadie me
entiende y hasta que mis labios se mueven sin formular ningún sonido
comprensible. ¿Qué es una sílaba, qué es una palabra, qué es un
idioma?... No acabo de entender por qué todos los hombres se mueven de
la misma manera, aplican a cada objeto un nombre particular y argumentan
de idéntico modo. Necesariamente esto se debe a algún convenio que
celebraron nuestros abuelos, los cuales acordaron llamar sombrero a la
prenda de vestir que se pone en la cabeza, y zapato a la destinada a
abrigar los pies, y hombres... a los hombres, vamos... y mujeres, a
nosotras. Tampoco comprendo por qué los franceses hablan de diferente
modo que los rusos, y los españoles que los chinos. A mí me enseñan una
carta geográfica y me dicen: este pedacito pintado de amarillo, es
España; y este otro muy largo y del mismo color, que parece una bota de
montar, Italia; el encarnado, Francia y el verdoso, Dinamarca. ¡Concho!
Pues yo pregunto: ¿Por qué los de aquí no hablarán como los de allá, y
éstos tienen su bandera y aquéllos la suya, y los unos se llaman
austriacos y los otros ingleses?... Todo en el mundo es convencional;
por eso a ratos dudo de mí y creo que la suerte me hizo diferente de los
demás, y que parezco a los ojos de los que me rodean un bicho raro. Y el
carácter... ¿qué será eso?... Siempre que se habla de una persona dicen
que es de este modo o del otro, que tiene bueno o mal carácter... De
modo que el carácter es el humor o genio de cada quisque; esto es claro.
Pero, ¿qué carácter es el mío? ¿En qué grupo debo clasificarlo?...
¡Concho, qué pena tan grande... si creo que no tengo ninguno!... Yo
desearía ser algo, poseer algo exclusivamente mío: hay mujeres frías,
chismosas, indiferentes, alegres, apasionadas... y yo no siento ninguna
de estas tendencias; no tengo amor patrio, ni fe religiosa, ni
entusiasmo por nada; lo podré aparentar, pero, en el fondo, no es
cierto, lo sé perfectamente. Es decir, según y cómo; apasionada sí soy,
¡qué concho!... no me lo vaya a quitar todo ahora, porque lo que es a
Alfonsito le quiero con delirio; pero en cuanto a sentir entusiasmo por
mis semejantes... que no puede ser, vaya...

Quedó silenciosa, contemplándose en el espejo con religioso
arrobamiento, examinando su fisonomía con el prolijo cuidado del
naturalista que escudriña los órganos de un insecto a través de los
cristales de un microscopio.

Primero reparó en su frente, un poco pequeña, orlada de cabellos
ondulantes; luego en sus grandes ojos adormecidos entonces por la
pereza; en su boca de labios finos, en sus mejillas un poco pálidas, en
la parte superior de su busto redondo y esbelto...

--Soy guapa--dijo--; lo reconozco aunque tengo el buen juicio de
juzgarme sin apasionamiento: además, lo que dicen por ahí y los delirios
que le inspiro a mi maridito, lo confirman. ¡Lástima que no tenga la
boca un poco más chica, concho!... ¿En qué estarían pensando mi madre y
padre?... Así, en esta posición, estaré el día en que me muera. No...
así mejor, con la cabeza caída sobre el hombro y las manos cruzadas...
¡Uy, si ahora me quedase muerta, valiente susto iban a pasar los que
fuesen entrando! ¿Qué haría Alfonso?... Probablemente echaría unas
cuantas lágrimas de cocodrilo o de viudo joven, que es lo mismo; muy
pocas, las indispensables para parecer bien... y luego se consolaría con
otra. ¡Concho, si eso fuese verdad, resucitaba, y después de reventarle
me volvería a morir tranquila!...

Tendióse en el sofá y cerró los ojos, quedando con las manos cruzadas
sobre el pecho. Insensiblemente experimentó en todo el cuerpo una
extraña sensación de flojedad, una laxitud invencible y creciente, cual
si algún mecánico desconocido fuese aflojándola uno tras otro los
resortes y tornillos de su ser; los órganos se independizaban poco a
poco de la voluntad, los nervios se negaban a transmitir impresiones y
la actividad cerebral decrecía paulatinamente según aquel agotamiento
psíquico iba invadiendo las celdillas donde el pensamiento elabora sus
maravillosas pulsaciones.

Consuelo sentía que su yo se desdoblaba en dos personalidades o
entidades distintas; una material, de carne y hueso, que permanecía
tendida en el sofá; y otra aérea, vaporosa como un jirón de neblina,
que flotaba en el aire yendo de un lado a otro cual si quisiera escapar
por algún intersticio de las paredes o del techo, y que sólo se hallaba
unida a la primera por un hilo sutilísimo.

--Estoy medio muerta--pensó la joven--; concho, lo que siento es haberlo
procurado tan bien, porque voy a morirme de verdad... y eso,
francamente, me haría poquísima gracia. Me parece que dentro de mi
cuerpo se ha roto algo y que por el agujerillo se escapa el alma sin
pedirme consejo... ¡Eh, señora!... ¿Dónde se camina tan diligente?...
Ahora la veo flotar; sí... es ella; concho, ¡qué delgadita y qué blanca
es!... y está prendida a mí por un rabo fino y muy largo... como esas
tenias que exhiben los boticarios, metidas en tubos de cristal. ¡Qué
lástima! Si tuviese aquí una de esas redecillas con que los naturalistas
salen al campo a cazar mariposas, la atrapaba. ¡Ay, Virgen de la
Soledad, Cristo de la Misericordia, qué miedo tengo!... Si esa lombriz
se rompe, mi alma se escapa y quedo más muerta que mi abuela... Cuidado
si soy burra; ¿quién me mandaría abrir la boca para que el espíritu se
escapara?... Vamos, eso de morirse sin motivo no tiene sentido común.
Bien; ahora la cuestión se arregla, y el alma, comprendiendo que fuera
hace demasiado frío, vuelve a refugiarse dentro de mí: perfectamente,
porque así, estando yo cierta de no correr ningún peligro, representaré
mejor y con más tranquilidad mi papel de difunta... Ya me han metido en
el ataúd; el maldito, por lo duro, parece de piedra: ¡bien se conoce que
los colchones de muelles no se hacen para los muertos! Tengo las manos y
los pies helados, circunstancia que ayuda mucho a encubrir mi
superchería; ¡qué frío! Por ahí debe de haber alguna puerta abierta...
Ya siento ruido de gente que se acerca y oigo voces, pero no puedo
conocer quiénes son. Están dándome tentaciones de abrir un ojo un
poquitín para ver lo que sucede; estoy segura de que todos los
asistentes vienen vestidos de negro, con unas caras muy compungidas y
hasta pálidos, porque hay personas que tienen, como los camaleones, la
capacidad de cambiar de color; pero por dentro están perfectamente,
deseando salir a la calle para charlar y reír a sus anchas... ¡Qué
diablo! Voy a mirar; para eso me he muerto, para enterarme de lo que
harán conmigo el día en que la cuestión vaya de veras. Ea, vamos allá;
¡uf, cuánta gente y qué serios están todos!... Allí está Alfonso; ¡oh,
granuja! ¿Pues no está fumando y riéndose con aquel tipo de patillas
rubias como si nada grave le hubiera sucedido? ¿Y quién será ese
mamarracho? Me revienta; los rubios no deben asistir a los entierros. En
ese grupo de hombres y mujeres sólo trato a dos o tres... y ellas no son
feas... y miran a mi marido de una manera... Lo que me molesta mucho a
los ojos es la luz de los cirios... y éste que tengo junto a mi cabeza
está derritiéndose, y como me caiga una gota de cera en la cara voy a
freírme. Esa maldita puertecita que dejaron abierta tiene la culpa; si
me quemo no podré contenerme y daré un grito. ¡Puf!... ¿No lo dije? ya
está aquí, en la frente ha sido; menos mal que no he chillado. ¡Concho,
aquí están los de la funeraria! ¡Qué pantorrillas tan delgadas
tienen!... Y me bajan sin acordarse de cerrar la caja... me agarraré,
porque, si no, estos bárbaros me matan sin remisión. Me llevan por unos
pasillos muy anchos atestados de gente que mira con estúpida curiosidad;
no conozco a nadie: atravieso la antesala, en pies ajenos, se entiende,
y empiezo a bajar la escalera. Lo dicho; esta bromita me cuesta un
riñón; en un recodo he visto una anciana llorando, conmovida;
¡pobrecita, si supiera que todo esto es una farsa!... Eh, ¿qué es
eso?... Siento un ruido extraño de pasos que se acercan; los de la
funeraria no se mueven y mi ataúd ha quedado en el suelo; tengo mucho
frío y mucho miedo, y no me atrevo a abrir los ojos... Dios mío, ¿qué
ocurrirá?... ¡Ay! Pretendo incorporarme y no puedo; siento una opresión
en el pecho que no me deja respirar y me duele el corazón. ¡Aaa...
aaa!... este nudo que tengo en la garganta me ahoga... No puedo desunir
las manos... las manos cruzadas y... ¡aaa... aaa!... Un hombre se acerca
muy de prisa, oigo sus pisadas, ya está aquí; me toca, me sacude por un
brazo, me acaricia... ¡No puedo moverme ni gritar!... Me toca el cuerpo
con sus manos ardientes, ¡qué horror, va a besarme!... Tiene su boca
junto a la mía, su aliento roza mi cara... ¿Quién es?... No sé, no lo
veo... pero le presiento, le adivino y me infunde mucho miedo... Ya le
reconozco; esa mirada... esos ojos me aterrorizan y me atraviesan de
parte a parte como cuchillos; son los de Montánchez, es él... ¡Soo...
socoo... rrooó!... Sí... si ya le dije a usted las otras noches en el
palco que no podía ser... que no po... po... día...

La joven perdió la conciencia de su ensueño y empezó a luchar
defendiéndose de aquella agresión imaginaria, hasta que su mano derecha
tropezó violentamente contra la pared: el dolor físico la despertó.

Era ya tarde: incorporóse en el sofá, y al tenue reflejo de los faroles
de la calle vió su imagen dibujarse confusamente sobre el cristal del
espejo como una mancha negra.

En el silencio, el timbre de la puerta de la calle vibró largamente.




IV


Eran Sandoval y Gabriel Montánchez. La joven murmuró:

--Os había presentido.

--¿Estabas soñando?--preguntó Alfonso.

--Sí.

Luego agregó, mirando al médico de soslayo y torvamente:

--Esto parece una maldición. Le encuentro a usted en todas mis
pesadillas...

El quinqué que Sandoval acababa de encender esparcía por la habitación
una suave luz verdosa que realzaba las diversas expresiones de aquellos
tres semblantes.

Sentada entre los dos hombres, Consuelo miraba al médico con ojos muy
abiertos y una expresión parecida a la de esos muchachos revoltosos que,
para persuadir al maestro de que se fijan mucho en la explicación, le
miran sin pestañeos. Sandoval la contemplaba ansiosamente, queriendo
adivinar sus palabras antes de oírlas; y Montánchez permanecía frío,
siempre encerrado en sí mismo, midiendo el alcance de sus preguntas y
aquilatando el valor de las respuestas, con los codos apoyados en los
brazos del sillón y las manos cruzadas sobre el pecho, atento a las
últimas particularidades.

--¿Cómo se encuentra usted ahora?--dijo.

Consuelito Mendoza se palpó el cuerpo como si se tratara de algún dolor
físico.

--Ahora, bien--repuso.

--¿No sufre nada?

--Nada, no, señor, absolutamente nada; y es raro... pues hace un momento
me quedé dormida aquí y desperté con mucho dolor de cabeza y mal sabor
de boca.

Montánchez inició un hábil interrogatorio. Iba enumerando uno a uno los
síntomas de la enfermedad que, según su criterio, padecía la joven, y
después la preguntaba minuciosamente acerca de ellos. Su trabajo fué
prolijo como el del juez que procura poner al reo en contradicción
consigo mismo: hablaba repetidamente y de diverso modo de los mismos
temas, unas veces preguntando y otras afirmando rotundamente, y en tanto
que sus palabras y sus argumentos de médico experto obtenían confesiones
de la enferma, sus ojos sagaces escudriñaban el semblante de Consuelo
con tenacidad infatigable.

La empresa, sin embargo, era difícil: las respuestas de la joven
carecían de fijeza.

--¿Suele usted sufrir mareos al levantarse de la cama o de la mesa?

--No, señor.

--Repase bien su memoria: probablemente los ha experimentado usted más
de una vez y más de dos; ¿qué digo?... lo aseguro, estoy persuadido de
ello; no lo niegue, porque es un síntoma muy característico.

Consuelo tardó bastante en contestar; quería complacer al médico
demostrando que meditaba sus respuestas, pero en aquellos momentos la
indócil imaginación vagaba muy lejos de allí. A pesar suyo no podía
fijarse en nada: la distraían los semblantes de Sandoval y de su amigo,
las arrugas de los cortinajes de la alcoba, la forma puntiaguda de la
llama del quinqué, el sempiterno tic-tac del reloj...

Aquellas nimiedades ejercían sobre su espíritu atracción invencible; no
podía desecharlas, ni mirar a otro sitio, ni proponerse otro asunto; era
una manía, una obsesión de loca; y cuando respondía procuraba hacerlo,
no con arreglo a su criterio, pues en circunstancias tales carecía de
voluntad y de pensamientos, sino del modo que más satisficiese a
Montánchez.

Éste llegó a comprenderlo.

--Es imposible entenderse con usted--dijo severo--; siempre contesta
usted lo primero que se la ocurre y esa falta de sindéresis reporta dos
males gravísimos: el de confundirme y el de engañarse a sí propia. Diga
usted lo que sienta y no lo que yo quiero oírla decir, pues yo no quiero
nada: vine a que usted me esclarezca respecto de un asunto para mí
desconocido, y si por pereza, indiferencia o volubilidad de carácter, me
lo oculta o desfigura, las consecuencias podrían ser fatales para usted.

El semblante de Consuelito Mendoza reflejó vergüenza y arrepentimiento,
y el esfuerzo brioso que sobre sí misma hacía para gobernar su atención.
Pero su buena voluntad no tardó en decaer y sus ideas empezaron de nuevo
a confundirse: el mundo de lo soñado volvió a surgir ante sus ojos; su
imaginación, harta de seguir paso a paso aquel interrogatorio odioso,
atropelló todas las conveniencias.

Miraba al médico sin verle, o sin poder apreciar, cuando menos, los
rasgos de su cara; le oía sin comprender claramente sus palabras y
replicaba con la vaguedad del alumno que responde sin conciencia de lo
que dice y movida sólo por la idea de complacer a su marido y a
Montánchez, y de que la dejasen sola.

En tal ocasión experimentaba con redoblada fuerza el indefinible
malestar que sufría siempre que la examinaban con fijeza, pues los ojos
del médico la sugestionaban. Al principio de la entrevista pudo mirarle
con timidez, luego empezó a desconcertarse y una profunda turbación
invadió su espíritu; sus ideas se nublaron y acabó por no atreverse a
levantar la vista del suelo; a continuación sintió miedo y ese frío
íntimo y penetrante de la calentura; los ojos del médico la hormigueaban
en las entrañas. De pronto, rompiendo aquel exótico embrollo de
impresiones y de recuerdos, surgió una idea que murió casi al mismo
tiempo de nacer, iluminando el obscuro abismo de la conciencia con una
luz tenuísima de fuego fatuo; pero aquella imagen reapareció más tarde,
y entonces sus contornos fueron mejor definidos. Era algo soñado que
pretendía armonizarse con la realidad; un recuerdo, una figura
misteriosa, un jirón de gasa o de niebla cuyos vagos perfiles iban
acentuándose. En aquella forma incorpórea, Consuelo veía los rasgos de
una persona que en otra ocasión la impresionara fuertemente, pero que
entonces no recordaba bien...

--¿Sueña usted mucho?--inquirió Montánchez.

--Sí; casi todas las noches.

--¿Y se refieren sus pesadillas a asuntos determinados?...

--No, señor... es decir, no recuerdo...

--Insisto en ello--advirtió el médico--, porque el estudio de los sueños
es interesantísimo, no desde el punto de vista profético, como afirmaban
los antiguos y como aparentan creer las gitanas, sino por hallarse
ligados a muchas enfermedades nerviosas; y tan cierto es esto, que
algunas afecciones cardíacas o espinales, van siempre unidas a
determinados ensueños.

--Pues mis pesadillas varían mucho--contestó Consuelo--, pero
generalmente se refieren a lo que me ha impresionado durante el día.

--¿Y en ellas no vió usted nunca unos objetos muy grandes y otros muy
pequeños?

--No, señor, aunque... espere usted... ¡Ah, sí!... he tenido un delirio
horrible, que no puedo olvidar...

--Uno de los fantasmas que más activamente intervienen en las dislocadas
imaginaciones de mi mujercita--observó Sandoval--, eres tú.

--¡Yo!--repuso el médico sorprendido.

--Sí; noches atrás, cuando la desperté, me dijo que querías representar
con ella no sé qué ópera o qué belenes...

Estas palabras fueron para Consuelo una revelación; se acordó de las
quimeras que tanto la atormentaban, de aquellos brazos inconmensurables,
largos y negros como alambres quemados, que una tarde soñó se extendían
tras ella para sujetarla; de la reunión de espíritus celebrada por un
gnomo en un antepalco del teatro Real, y de aquel horripilante monigote
de estuco vestido con traje de tafetán verde, que al abrazarla se
convirtió repentinamente en Gabriel Montánchez...

Al recomponer este último detalle de su pesadilla, la imagen incolora
que momentos antes surgiera en su cerebro, reapareció en toda su fuerza,
y la vida ficticia de sus noches y la realidad se dieron la mano. El
hombre que tenía delante era el mismo con quien tantas veces soñó en sus
horas nocturnas de fiebre; era el original de aquel fantasma que
pretendió abrazarla so pretexto de representar una ópera desconocida;
aquellos ojos eran los mismos ojos verdes y penetrantes que en su
pesadilla de la última siesta la observaban cuando ella iba hacia el
Campo Santo en hombros de cuatro sepultureros imaginarios; la mirada
diabólica que registraba sus pensamientos más íntimos y gravitaba sobre
ella como una maldición. Ante aquel hombre tan temido, su valor flaqueó,
y tapándose la cara con un pañuelo rompió a llorar. Montánchez se
levantó.

--¿Qué es ello?--dijo--. ¿Se siente usted mal?

La joven no repuso y siguió llorando, dejando correr a lo largo de sus
dedos gruesos lagrimones.

El médico quiso pulsarla, mas ella le rechazó violentamente.

--¡No, por Dios... suélteme usted!...

--Consuelo--exclamó Sandoval procurando obligarla a levantar la
cabeza--: no te pongas así, ¿qué tienes?...

--¡Déjeme usted tranquila: no me toque usted!

--Pero si soy yo quien te habla... ¿no me conoces?...

Ella le miró: estaba hermosa, con las mejillas encendidas y cubiertas de
lágrimas y los ojos brillantes. Una sonrisa imperceptible alegró sus
labios; pero al ver a Montánchez que se había quedado un poco detrás,
sus facciones volvieron a contraerse penosamente. Alfonso insistió:

--¿Qué tienes?

--Nada, déjame en paz.

--Consuelo, está aquí Gabriel, que se enfadará contigo y con razón.

--¡No guardo contemplaciones a nadie!--gritó la joven furiosa--; eso es
lo que quiero, que se enfade, que se vaya... que no vuelva más... Ea, ya
lo dije bien clarito para que todos me entiendan; ¿lo ha oído usted?...
pues me alegro mucho de que lo sepa. No le quiero; sin saber la causa me
pongo nerviosa en cuanto le siento... No me es usted antipático,
precisamente, pero le tengo miedo, muchísimo miedo...

Sandoval se había levantado y miraba estupefacto a su amigo; mientras
Montánchez, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, según su
costumbre, sonreía con sonrisa burlona imperceptible.

--¿Pero quieres callar, imprudente?--gritó Alfonso exasperado.

--No, no... quiero que se vaya...

Continuaba echada sobre el diván, tapándose los ojos con ambas manos.
Gabriel, sin despedirse, dirigíase de puntillas hacia la puerta. Alfonso
le siguió. Cuando llegaron al recibimiento, Sandoval preguntó:

--¿Qué piensas de todo esto?

--Es un caso muy extraño--repuso el médico gravemente.

--Es que te odia.

--Sí, me odia y me teme: quizá la inspiro más miedo que aborrecimiento.

--¿Y qué opinas de su mal?

--No he conocido ningún temperamento tan original como el suyo: es un
carácter incomprensible que tan pronto está de un modo como de otro; o
más exactamente: son diez o doce caracteres diferentes arracimados en un
solo espíritu. Desde que me hablaste de ella hasta ahora, he pensado
mucho en su enfermedad, y con lo que me dijiste y lo que acabo de
presenciar, creo conocerla bien. Consuelo tiene un temperamento
extraordinariamente sensible; el menor accidente la contraría, el
obstáculo más insignificante la asusta; a solas se atreve a todo, en el
terreno de los hechos no es capaz de nada; su voluntad, por tanto, es
una actividad puramente subjetiva, que no trasciende al exterior, que no
sale fuera de su propio ser y se limita a elaborar ideas que, por no
tener cimiento sólido, son siempre descabelladas, y a voliciones que
ceden y se desvanecen al primer asomo de peligro. Consuelo es una
persona doble, o lo que es lo mismo: entre sus muchas manías, cada una
de las cuales constituye un carácter distinto, hay dos determinadas y
permanentes. En el seno del hogar, contigo o con otra persona que la
inspire confianza, debe de ser alegre, decidora, resuelta y hasta un
tantico amiga de imponer su voluntad; en cambio, cuando se halla entre
extraños, parece cohibida y acobardada. Al principio de la consulta me
miraba familiarmente; luego advertí en ella señales de turbación que
fueron aumentando hasta provocar el desenlace que hemos visto y del cual
la pobrecilla no es responsable: y es que se turba; que en su cerebro
debilitado desde aquel susto que me referiste, las ideas se confunden y
la falta de aplomo en los pensamientos origina esas vacilaciones y esos
terrores pueriles cuyo origen desconoce ella tanto como nosotros. Su
falta de carácter lo atestigua su modo de mirar; Consuelo no puede
sostener la mirada porque carece de voluntad.

--¿Y será fácil su curación?

--Creo que sí, y debemos intentarla en seguida, antes que el daño
crezca.

Hablaron del plan curativo.

--Yo emplearía el hipnotismo--dijo Montánchez--; es mi panacea para toda
clase de males. Además, el magnetismo no deja en el cuerpo, como el
mercurio, señales de su paso: el imán, cual la luz, obra sin manchar. El
hipnotismo es la gran terapéutica del espíritu: impón a Consuelo tu
voluntad, domínala, enséñala a tener firmeza en sus deseos y conciencia
de sus actos, tonifica mediante esa gimnasia espiritual los resortes de
su carácter relajado, y verás cómo esas veleidades ridículas
desaparecen.

--Pues, en ese caso--contestó Sandoval estrechando la mano de su amigo,
que ya se marchaba--, quedas en libertad de obrar según te acomode; ven
cuando gustes y procederemos al primer ensayo.

Despidióse Montánchez, y Alfonso volvió al gabinete donde Consuelo le
esperaba arreglándose los cabellos. Al verle entrar, la joven corrió a
echarse en sus brazos.

--Concho, ¿de qué habéis hablado tanto?... Hijo, desde aquí no oía más
que el “muu” de la conversación; parecíais dos moscones.

--Contento me tienes--repuso Alfonso sentándose y afectando gran
seriedad--; ¿es disculpable lo que has hecho esta tarde?... ¿Qué dirá
ese hombre de nosotros? Vamos a ver, ¿qué dirá? Pues dirá que eres una
niña incorregible que no debió salir nunca de la escuela y que mejor
estaría en un convento estudiando el abecé, que casada; y yo, un marido
bonachón, un ablandahigos sin medio adarme de sentido común para
distinguir lo bueno de lo malo, y sin fuerza de voluntad para hacerme
respetar ni aun de las muñecas como tú. Ahí tienes, eso es lo que dirá,
¿te parece bonito...

Consuelo sonreía comprendiendo que Alfonso no hablaba formalmente; esto
la tranquilizó.

--Pero, hijo mío, si no lo pude remediar; ese amigote de los demonios es
muy antipático.

--Pues, niña, bien guapo es.

--¡Lo cual no impide que sea muy antipático, concho!

--Haces mal en odiar a Gabriel--dijo Alfonso--, cuando no hay razón para
ello; pues, como enseña un antiguo proverbio, necesitamos comer una
fanega de sal con un hombre antes de conocerle.

--No, señor; yo le conozco muy bien, como si nos hubiésemos criado
juntos; y sé que es un infame, un bandido de mala ley... ¡ya ves si le
conozco mejor que tú!...

--No hay hombre que no tenga sus ribetes de bellaco.

--¡Y además, tiene cara de bruto!

Sandoval se echó a reír.

--No rías, que es la verdad; de bruto... y luego con aquellos bigotazos
que parecen... no sé qué...

--¿Bigotes Montánchez? ¿Gabriel con bigotes?--exclamó Alfonso--;
muchacha, ¿has perdido la chaveta?

--¿Que no tiene bigote?...

--¡Qué ha de tener, si siempre anda afeitado como un inglés!... ¿Pero
tú, cómo miras a las personas que después no las recuerdas?... Apuesto a
que si me vieras en la calle no ibas a conocerme tampoco.

--Pues, no sé--dijo--, no me acuerdo...

Y así era.

A la semana siguiente verificóse la primera prueba de hipnotismo que,
como era de suponer, no dió ningún resultado.

Practicóse el experimento en casa de Sandoval, una tarde.

Acomodóse Consuelo en un sillón, de espaldas a la luz y con la cabeza
echada hacia atrás; delante de ella se puso Montánchez, y a un lado, y
de modo que ella no podía verle, Alfonso.

--El sueño hipnótico vendrá en seguida--dijo Gabriel disponiéndose a la
operación--, porque este cuarto reúne inmejorables condiciones; poca luz
y mucho silencio. Usted procure no distraerse y cortarle los vuelos a la
picara imaginación: de no hacerlo así, dificultaría usted mucho mi
trabajo y nos cansaríamos todos inútilmente. Piense en lo que vamos a
hacer; esto es: en que se halla enferma, y que yo, para curarla, quiero
dormirla; que Alfonso también desea oírla roncar como una
bienaventurada, y que usted procura dormir porque está rendida y tiene
mucho sueño. Conque, veamos, ¿lo hará usted así?... Ponga sus manos
sobre las mías y míreme fijamente a los ojos, tratando de pestañear lo
menos posible.

Pero Consuelo, a quien la sola presencia de aquel hombre bastaba otras
veces para ponerla de mal humor, no podía reprimir la risa; una risa
inmotivada y tonta que llenaba de lágrimas sus bellos ojos.

--Ya sé lo que debo hacer--decía--; pero no consigo mirarle seriamente:
pone usted un semblante tan estrafalario que me río con toda el alma;
pero no de usted, concho, no sea que “papá” Sandoval lo oiga y luego
haya sermón: es del hip... no... tizador, ¿no se dice así?... Hip, hip,
hip... parece que acaba una de comer, que no hizo bien la digestión y
que está hip... hipando.

Montánchez no respondió, esperando a que pasase aquel acceso de
hilaridad. Cuando la comprendió más tranquila, volvió a cogerla de las
manos.

--Procedamos con formalidad--dijo--; quizá de esto, que parece un juego
de estudiantes, dependa su curación.

--¡Pero si no estoy mala!... ¡qué hombres éstos... empeñarse en decir a
todo el mundo que estoy enferma y que ellos van a curarme!... Vamos, ¿se
apuesta usted algo a que de los tres que estamos aquí quien primero se
muere es usted, y que una de las mujeres que irán al entierro seré
yo?... Ea, ¿se apuesta usted algo?...

Fue preciso desistir de la empresa, pues cuando Consuelo se hartó de
reír, se levantó diciendo que no quería más mojigangas.

A la tarde siguiente hubo otra sesión hipnótica.

Esta vez Montánchez, para evitar los perturbadores efectos de la risa,
acudió a otro procedimiento. En las garras del buitre disecado que
colgaba del techo, ató un hilito del cual pendía un esferita de metal
brillante. El hilo tenía la longitud necesaria para que la bolita
metálica estuviese suspendida a media pulgada sobre el entrecejo de
Consuelo, quien, como el día anterior, hallábase sentada en un sillón de
espaldas a la luz.

--Mire usted a esa esfera--dijo Montánchez--, y si se arma de paciencia,
antes de cinco minutos dormirá como un lirón.

La joven quiso obedecer.

--¡Concho--exclamó pasados algunos segundos--, yo no sigo mirando!

--¿Por qué?

--Porque me duelen mucho los ojos.

--Tenga usted calma, mujer, que ese desasosiego visual es el primer
síntoma del sueño.

Consuelo volvió a inclinarse hacia atrás mientras Alfonso y su amigo
permanecían inmóviles, conteniendo la respiración. Durante algunos
instantes sólo se percibió la tranquila respiración de la joven, el
tic-tac del reloj, el sordo rumor de los coches rodando sobre el
entarugado de la calle...

Sandoval miró al médico preguntándole con un gesto si la paciente
dormía; Montánchez se encogió de hombros, pero viendo que habían pasado
cinco minutos, aproximóse a ella de puntillas. Consuelito Mendoza tenía
las manos caídas sobre la falda, la boca entreabierta, los ojos
cerrados y el aspecto de una persona dormida.

--¿Duerme?--preguntó Alfonso.

--Ahora veremos.

--Mejor será dejar que el sueño sea más profundo.

--Sí... mejor es.

Entonces ella abrió sus grandes ojazos y lanzó sobre el médico una
mirada burlona como una carcajada.

--¡Yo no estoy dormida!

--¿Y por qué tenía usted los ojos cerrados, diablillo indómito?

--¡Concho, porque me dolían mucho! Y, además, porque para mirar esa bola
debo ponerme bizca y no tengo ganas de quedarme hecha un adefesio para
toda la vida... Entonces ya podía echarle un galgo corredor a mi
maridito, que se iría por esos mundos a buscar mujeres que le mirasen
con buenos ojos.

Sandoval quiso reñirla por su falta de respeto y de juicio.

--Vaya--exclamó Consuelo insinuando un mohín como si fuese a llorar--,
te aseguro que por hoy no puede ser; no te encalabrines, hombre, mañana
será otro día; ahora estoy muy distraída y os será imposible sacar
partido de mí. ¿Sabes de lo que estaba acordándome hace un rato?... Pues
de aquella fábula que habla de un labrador que, estando sentado a la
sombra de un guindo, se lamentaba de que las guindas no fuesen tan
grandes como los melones; y cuando ya empezaba a sentir humos de teólogo
campestre y a decir que el mundo no estaba bien arreglado y que Dios no
sabía un pitoche de eso de fabricar planetas, ¡pum! le cayó una guinda
en la punta de la nariz; lo cual le hizo comprender que bien están los
melones cerquita del suelo. Y por eso yo pensaba: si conforme esta bola
es una esferita que no pesa, fuese como un melón o un pepino, cualquiera
me hacía estar debajo de ella...

--Pues mírese usted las narices--dijo Montánchez--, a mí, me es igual...

--Como a mí--interrumpió ella riendo--, que se mire usted las suyas, o
que se las suene.

--Lo digo porque los resultados son idénticos; ese procedimiento y el de
mirarse el ombligo eran los usados por los frailes medioevales.

--¡Hoy no me parece nada bien; mañana, mañana!...--gritó Consuelo.

Montánchez se convenció de que la misma impresionabilidad de la joven,
que al principio juzgó circunstancia favorable para emplear el
hipnotismo como plan curativo, era el primer obstáculo que entorpecía
sus planes.

Consuelo Mendoza era una desequilibrada animada por un espíritu de
protesta que la incitaba a rebelarse continuamente. Cuando comprendía
que se trataba de un asunto serio sentía deseos de jugar, porque su
alegría y su risa se excitaban ante la gravedad ajena; y, por el
contrario, si veía a los demás contentos, experimentaba súbitos accesos
de tristeza. El único modo de dominarla era sorprenderla con lo
desconocido, con lo que ella no pudiese prever ni esperar; a traición
exclusivamente se vencerían las asperezas de aquel carácter que sólo era
consecuente en sus propias inconsecuencias.

--Estoy seguro de subyugarla--decía Montánchez a su amigo--; si bien
necesitamos aprovechar la ocasión propicia. Siempre el primer
experimento es el más difícil, porque aún el organismo no está
predispuesto a recibir las influencias del sueño hipnótico, pero en los
sucesivos se camina como por país conquistado.

Aquella ocasión tardó mucho en presentarse.

Aunque Alfonso dejó de ir al casino con tal de que Montánchez fuese a
visitarle por las tardes, casi nunca Consuelo les acompañaba: se metía
en sus habitaciones y ellos quedaban en el comedor, con los pies
colocados sobre los morillos de la chimenea, las piernas envueltas en
mantas, fumando y bebiendo café, adormecidos en la tibieza de la
atmósfera. A veces Consuelo, cansada de estar sola, venía a
acompañarles: ellos entonces sacudían su pereza oriental y hablaban de
los asuntos del día, para distraerla: Sandoval refería chascarrillos o
el escándalo de la última semana: Montánchez le escuchaba atentamente,
porque aquéllos eran los ecos de un mundo que él desconocía.

Las conversaciones de su amigo despertaban en su memoria gratos
recuerdos de otros tiempos y de otros lugares, y su borrascosa juventud
desfilaba ante sus ojos medio cerrados: él también había amado y reñido
con maridos celosos, y recibido heridas por mujeres que no le
importaban, y peleado, como Byron, por una patria que no era la suya, y
sufrido miserias por el gusto de triunfar de todas y poder referirlas
después... Y entonces recordaba los años que fueron y le acometían súbitos
deseos de desenterrar, charlando, detalles de su historia que sus amigos
ignoraban; y cuando Alfonso agotaba el tema de las comidillas
callejeras, Gabriel hablaba de París, de Argel, de un carnaval pasado en
Venecia, de la noche en que hirió, a la entrada de Atenas, a un marinero
corso por una mora a quien había visto sólo un ojo y con la cual huyó
después a Menidi; de las noches pasadas al pie de las palmeras en los
oasis, contemplando el fantástico espectáculo de la luna iluminando la
arenosa inmensidad del desierto; y de las orgías nocturnas celebradas en
góndolas al pie del Vesubio, con napolitanas complacientes...

A Consuelo la divertían aquellos episodios que, por lo inverosímiles,
parecían capítulos sacados de un folletín.

Montánchez gozaba refiriéndolos, y como los recuerdos, cuando son muy
vivos, caldean el cerebro, aquellas viejas memorias adquirían a sus ojos
toda la fuerza de la realidad: entonces parecía que su alma misteriosa,
deponiendo su habitual reserva, se desdoblaba para mostrarse mejor, y
Consuelo le escuchaba embelesada, algunas veces con curiosidad, otras
con grima, siempre con interés.

Gabriel Montánchez, que vivió mucho en poco tiempo, era más viejo de lo
que parecía y tenía una historia más larga de lo que sus amigos
imaginaban. Aquel hombre cuyos ojos encerraban, como el mar, abismos
insondables; el médico que vivía encerrado en su estudio,
emborrachándose con tinta, según la expresión de Flaubert, y
arrancándole secretos al cuerpo humano con el microscopio y el bisturí;
aquel viejo de cuarenta años, tan frío y dueño de sí mismo, era en sus
ratos de expansión, otro individuo. A pesar del empeño que siempre
mostraba en no revelarse, la naturaleza o el temperamento vencían su
voluntad, y el alma surgía. Su conversación era sencilla, su lenguaje
claro, sus pensamientos ingeniosos o mordaces: todo lo refería
llanamente, con un candor de niño grande que cautivaba, aun cuando
tratase asuntos difíciles: los mayores delitos los refería claramente,
sin rebuscar palabras que dulcificaran las durezas de la acción ni
disculparse de las infamias cometidas.

Aquellas confesiones provocaban las de Sandoval, reverdecía sus amores
de estudiante, las graves deudas que contrajo y de las cuales hubo de
librarle su padre, su viaje por Europa, en compañía de algunas pecadoras
que se encargaron de embellecerle su estancia en Basilea, Munich y
París, y otros pormenores de su antigua vida de soltero: Montánchez
refería una historieta y él otra, y a veces contaban entre los dos una
travesura en que ambos intervinieron.

Consuelo les oía silenciosa, sin acordarse de su costura, pensando que
su inocencia debía de ser muy grande cuando no tenía nada que referir:
quería conocer bien los secretos del hombre a quien estaba unida por los
vínculos del amor, de la religión y de la ley, y de aquel otro
fantástico personaje que el Destino atravesaba en su camino. Pero en
Alfonso jamás sorprendió nada aborrecible; siempre fué el mismo calavera
de buen tono, franco y valiente, que ella conoció; mozo sin dobleces ni
hipocresías, poeta por temperamento y artista de corazón, que necesitaba
de la alegría y del amor, como del aire, para poder vivir.

En Montánchez su fino instinto procuró ver la luz, y, no hallándola,
retrocedió espantada ante las tinieblas pavorosas que rodeaban su
espíritu gigante: aquel hombre, a pesar de su amabilidad y de la miel
que destilaban sus labios, tenía una historia lúgubre, que se traslucía
en las sencillas narraciones de su vida pasada. Lo más novelesco, los
cuadros más interesantes y dramáticos, aquéllos donde existía un
destello de pasión para disculpar los errores del hombre, eran los que
Montánchez contaba; pero tras estos episodios había otros cuidadosamente
velados, lagunas enormes que el narrador no quiso o no supo llenar,
contradicciones que envolvían misterios, viajes sin objeto, ciudades y
personas cuyos nombres no pudo saber.

A Sandoval le parecía su amigo un calavera afortunado y de talento, que,
cansado de correr mundo, se retiró a la vida tranquila cuando su cerebro
conservaba aún muchas energías para el estudio y su corazón mucho
entusiasmo por la gloria; para Consuelito Mendoza, Gabriel Montánchez
era algo peor que un aventurero; era un criminal; y su imaginación,
predispuesta siempre a ver las cosas abultadas y por su lado pésimo,
creyó adivinar en el misterioso pasado de aquel truhán muchas páginas
rojas. Su marido decía que Gabriel fué un loco de buena índole, porque
él era bueno y no podía juzgar mal a nadie; pero ella no pensaba así:
Montánchez no trabajaba “por amor al estudio”, mentira; quien tal cosa
dijese, era un embustero o un tonto: estudiaba por distracción, por
espantar algún remordimiento ineluctable: el trabajo era para él lo que
el aguardiente para los borrachos o el opio para los chinos; un medio de
olvidar...

Gabriel Montánchez era alto, fornido, con un pechazo de atleta y un
cuello de león. Cuando aquel cerebro privilegiado funcionó estimulado
por la abrasadora sangre de la juventud, y a sus nervios, semejantes a
hilos telegráficos, los contrajo la pasión, sus energías serían
portentosas. Era, pues, un coloso que, si entonces se mostraba grande en
sus libros y en sus rarezas, también lo fué antes en sus amores y en sus
crímenes. Un amor desgraciado y un crimen horrendo: tal era, según
Consuelo, el nudo más interesante de la historia del terrible médico.

Prescindiendo de estas particularidades físicas, lo que más aterrorizaba
a Consuelo era la aureola sobrenatural que, según ella, envolvía el
nacimiento y la historia del arriscado desertor de las tropas argelinas.
Montánchez era médico, conocía el mecanismo de los músculos y de los
huesos, los secretos de la química y de la botánica, y dormir con los
ojos e imponer su voluntad a la persona dormida, convirtiéndola en
instrumento inconsciente y dócil de sus caprichos; y además de este
saber peligroso que adquiriera en las bibliotecas, había viajado mucho
por Oriente, donde aprendió, quizá por boca de algún endiablado brujo,
el secreto de componer venenos, decir sortilegios y preparar filtros
mágicos. En suma: Montánchez era un bandido que, cual otro Judío
Errante, recorrió el mundo bajo la nefasta influencia de su sino; un
corsario del siglo XV vestido a la moderna, un brujo rezagado de la
última “misa negra” que se celebró antes del descubrimiento del gas; un
nigromante que, a usar bigote, hubiera tenido tres pelos del diablo en
cada una de sus guías; una mala persona de la que era prudente recatarse
como de los espíritus infernales...

--Adviértele a Gabriel--dijo Consuelo a su marido una noche después que
el médico se hubo marchado--, que no vuelva a contar más aventuras; de
oírle me pongo nerviosa; es un hombre que da miedo, porque, si es malo
lo que cuenta, peor es lo que calla.

--¿Así que tú crees que Montánchez es uno de los pocos demonios que se
libraron de las parrillas inquisitoriales?

--Poco menos.

--Entonces, ¿un Borgia con su correspondiente redomita de venenos en el
pomo de la espada?... Pues aún le haces favor...

--Búrlate cuanto quieras--exclamó la joven--, pero ¡ojalá que ese tío no
sea nuestro ángel malo!

Alfonso sonrió.

--¡Ay, cabecita, cabecita mía!--dijo--, ¿cuándo te acostumbrarás a ver
las cosas como son?...

Aquellas tardes de invierno pasadas con sus amigos y al amor de la
lumbre, fueron una resurrección para el misantrópico carácter de
Montánchez.

Insensiblemente su espíritu despertaba, sus expansiones eran más
francas, sus pensamientos más explícitos, y aunque seguía fiel a su
antigua costumbre de vivir retraído, esquivando las impresiones con el
mismo cuidado que ponía en impedir que ciertos elementos químicos
quedasen expuestos a la luz, aquel cuartito bien alfombrado y
confortable de la calle Arenal, fue para él un oasis delicioso en su
desierto de estudios y vigilias. En casa de Alfonso encontró
comodidades, una chimenea siempre encendida, tabacos, café, un amigo con
quien evocar libremente los recuerdos de los años pretéritos en la
seguridad de ser escuchado con interés, ya que sus vidas corrieron
juntas muchas veces, y una mujer que halagaba su vanidad con la atención
que prestaba al relato de sus aventuras.

En el seno de aquella intimidad, donde la presencia de Consuelo
reforzaba el afecto de los dos amigos, pasó el invierno y llegó el mes
de mayo con sus alegres alboradas.

--Estoy quebrantando mis votos--solía exclamar el médico--, y jugándome
la tranquilidad; y como aún soy joven y remolco muchos vicios sobre la
conciencia, temo que el mundo consiga engatusarme otra vez.

Sandoval procuraba retenerle alegando, entre otras razones, la necesidad
de velar por la salud de su mujer.

--No seas maniático--decía--; aquí vives perfectamente, tan libre del
mundo y del tiempo como en tu misma casa; puedes con más facilidad
estudiar el temperamento y los achaques de mi enfermita y, sobre todo,
ganar poco a poco su confianza y su aprecio, circunstancias que te
permitirán entenderte con ella y someterla a tus procedimientos
sugestivos.

--Eso sí--replicaba Gabriel--, en cuanto yo pueda allanar el misterioso
santuario donde las personas nerviosas encierran sus afectos, y Consuelo
se acostumbre a verme sin temblar, su curación está asegurada.

La vida de Montánchez había cambiado notablemente. Al principio sus
visitas eran raras, parecía que le llevaban a remolque, y siempre
pretextaba, para no ir, su amor a la soledad o la urgencia con que había
de terminar algunos trabajos: después sus visitas menudearon y pocos
meses después eran casi diarias: hubiérase dicho que su espíritu
empezaba a disfrutar de una segunda primavera y que bajo el sol de la
amistad retoñaban los pocos gérmenes que no tronchó el sufrimiento.

--El mundo y la juventud vencen mi voluntad--decía Gabriel cuando vió
que el fastidio también le perseguía en su cuarto de estudio--; la
soledad me aburre, mi dolor de tantos años se desploma, el contento
vuelve a uncirme a su dorado carro de cascabeles...

Pero Consuelo creía con terror que quien le arrastraba era un diablo, y
que ese diablo le empujaba hacia ella...

La joven seguía empeorando; cada vez su temperamento era más irritable,
más irregular; lloraba y reía por todo, y su carácter cambiaba como las
piedras de un kaleidoscopio sin que en ella se revelase ninguna idea
matriz que sirviese de norma a sus pensamientos. Pocas eran los noches
en que no sufría algún ataque de jaqueca: entonces se ponía
insoportable; todo la molestaba: la luz, el ruido de los platos que la
doncella fregaba a cencerros tapados al otro extremo de la casa, el
ruido de la péndola del reloj, las voces de los vecinos, el rodar de los
coches. Al fin se quedaba dormida boca abajo, con la cabeza entre las
manos para no oír, sufriendo descargas nerviosas que la hacían brincar
cual si de improviso la pusieran en comunicación con una pila eléctrica.

Algunos médicos que la examinaron dijeron que aquello no revestía
gravedad, que todo ello desaparecería con los primeros síntomas de
embarazo, y que era inútil y hasta peligroso emprender ningún plan
curativo, ya que se trataba de una enfermedad que no ofrecía caracteres
determinados. Montánchez también se mostró partidario de la espera.

--Aguardemos--decía--a que llegue el verano; el frío ejerce influencia
funesta sobre los organismos delicados, pues contrae los nervios
sometiéndolos a dolores cruelísimos; con los primeros calores se
disiparán esos amagos de histerismo y entonces emplearemos con ella un
tratamiento más bien higiénico que terapéutico.

A despecho de tantas opiniones tranquilizadoras, un accidente imprevisto
demostró que no se trataba de ningún desarreglo vulgar, y que el mal de
Consuelo adquiría proporciones alarmantes.

Una tarde, después que Montánchez se marchó, la joven fué a sentarse
sobre las rodillas de su marido, rogándole con porfiada insistencia que
contase algún cuento para distraerla; todo el día estuvo alegre y
parlanchina, y muy entusiasmada con la idea de ir por la noche a ver
unos acróbatas chinos que despertaban en el público, según decía el
cartel, “gran atracción”.

--¿Te sientes bien?--preguntó Alfonso.

--Sí, muy bien.

--Tienes amarillentos los ojos y las encías muy pálidas--agregó él
examinándola--; pronto empezarás a beber agua de hierro y en cuanto
llegue el buen tiempo saldremos a pasear todas las mañanas, para que
aspires los aires vivificadores del campo; y este verano, al mar, a
bañarnos y a correr por la playa. Dos meses de vida salvaje nos harán
infinito bien a los dos: este Madrid es una cloaca blasonada donde
estamos pudriéndonos poco a poco.

--Conformes, ¿me cuentas eso?...

--No creas--continuó Sandoval distraído--, yo también deseo verme
vestido de campesino y tener una escopeta y un perro, ¡me aburren tanto
esas alamedas del Retiro, con sus arbolitos recortaditos y afeitados por
la mano del jardinero!...

--¿Me complaces en lo que pido--interrumpió Consuelito impaciente--, sí
o no?

--Sí, niña; ¿qué es ello?

--Un cuento.

--¿Cómo lo quieres?

--¡Como te dé la gana, con tal que dure hasta la hora de cenar!

Y su cara, hasta entonces sonriente, se puso seria, expresando en pocos
segundos sorpresa, furor y angustia.

Había visto en el alfiler de corbata de Alfonso un hilo de toquilla, que
recordaba la presencia de otra mujer.

--¿Qué tienes aquí?--preguntó levantándose y cogiendo entre sus dedos
convulsos aquella prueba de adulterio.

--¿Dónde?--preguntó Sandoval estupefacto.

--Aquí, ¿no ves? ¿Dónde has estado, de dónde vienes, a qué mujer has
abrazado? Alfonso, dímelo por Dios, por tu madre... mira que prefiero
saber la verdad, toda la verdad, por tus labios. ¿No ves? Habla,
cuéntamelo todo, yo te perdono antes de saberlo... pero dime a quién has
abrazado, dime su nombre, ¡su nombre! para que yo pueda maldecirlo...

--¡Consuelo, por lo que padeció Cristo en la cruz!

--Porque tú has abrazado a otra mujer--afirmó ella--; éste es un hilo de
toquilla, de una toquilla azul y yo no tengo ninguna de ese color...

--Cálmate y déjame hablar--dijo Alfonso poniéndose muy serio--, y
procura no aturdirme con papeles trágicos; estás preguntándome cosas a
las cuales no puedo responder porque las ignoro tanto como tú...

--¡Mentira!

--Repito que no puedo satisfacer tu curiosidad más que con suposiciones:
yo no he estado en ningún sitio donde no pueda entrar contigo, y con
esto digo bastante: ni he hablado con mujeres. Ese hilo maldito habrá
caído de algún balcón y se enredaría ahí... ¿qué sé yo?...

--¡Mentira!--gritó la joven con vehemencia--, conozco que mientes en tu
manera tibia de negar; porque si fueras inocente y te doliesen mis
dudas, protestarías fogosamente, como todo el que tiene su conciencia
limpia.

Y continuó mesándose los cabellos:

--¡Con otra, Virgen santa, con otra, dejarme a mí por otra, a mí, que le
quiero tanto!... ¡Eres un criminal que va matándome poco a poco!... Y es
que ya no me quieres... estás harto de mí y con mi enfermedad, Dios mío,
te aburro más aún... y me castigas así, dejándome, como si yo tuviese la
culpa de los dolores que sufro...

--¿Quieres escucharme una observación?

--No, este desengaño me mata... no podré resistirlo... ¡Con otra, padre
mío, con otra!...

Aquel ataque de celos fue tan violento, que su delicado organismo no
pudo soportarlo. Calló repentinamente, permaneciendo de pie, con la
cabeza un poco inclinada hacia adelante y los brazos inertes a lo largo
del cuerpo; parecía la imagen del abatimiento: después, perdiendo el
equilibrio, lanzó un grito ronco y hubiese caído al suelo si Alfonso no
la coge del talle.

Inmediatamente una criada fué en busca de Montánchez, que no tardó en
acudir: cuando llegó, la joven seguía tendida en la cama sin recobrar el
conocimiento: tenía los ojos un poco abiertos y entre los párpados dos
gruesos lagrimones que parecían congelados; el semblante conservaba su
color habitual, pero el pulso era casi imperceptible y la respiración
fatigosa. Gabriel la llamó por su nombre y no obtuvo contestación.

--Está insensible--dijo--; todo lo que ahora hiciésemos por despertarla
a la vida sería inútil; esperemos a que decline la crisis.

--¿Te parece--observó Alfonso--que le echemos agua fría por la cara?...
Acaso reaccione.

--No consigues nada, pues no hay reacción donde la sensibilidad falta;
es preferible aguardar a que vuelva en sí, y probablemente no tardará
mucho, pues ya la naturaleza estará luchando y poniendo en juego sus
resortes para triunfar del mal.

Alfonso, lleno de impaciencia, comenzó a pasear por el gabinete,
mientras Montánchez permanecía de pie junto a la cama, mirando a la
enferma: estaba un poco pálido y en su semblante impasible vagaba una
ligera expresión de tristeza y ansiedad. En aquel momento Consuelo
sonrió y sus facciones denotaron bienestar infinito.

--Consuelo--exclamó Alfonso cogiéndola una mano--, ¿te sientes mejor?

Montánchez le hizo seña de que era inútil hablar, pues la enferma no
oía.

--¿Que no me oye... y está riendo?

--Ríe... ¡vaya al diablo a saber de qué! Esta muchacha es histérica y
casi todos los ataques de histerismo se presentan así.

--Nunca la he visto igual.

--Es porque el mal sigue creciendo.

--¡No quiero café, concho!... ¿No sabes que me pone nerviosa?--gritó de
repente la joven.

Los dos hombres se miraron.

--De eso hablamos hoy a la hora de almorzar--dijo Alfonso--. ¿Pero será
posible que no me oiga?... ¡Consuelo, Consuelo!...

--Alfonsete, ¡qué rico!...--exclamó ella--, las consecuencias serán de
oro, ya verás... si no te quedas ciego... ¿Sabes que me duele el
corazón?

--¡Si parece loca!--murmuró Sandoval consternado--; ¿es posible que se
discurra así sin haber perdido la razón?...

--Lo que presenciamos no es extraordinario; cuando recobre el
conocimiento estará como de costumbre y sin acordarse de nada.

Consuelo se había quedado seria y su semblante expresó ira, cansancio,
después miedo.

--¿Y si muriera en un ataque de esos?...--preguntó Alfonso.

--Imposible, en el caso presente, por lo menos.

Sandoval empezó de nuevo a pasear con los brazos cruzados a la espalda,
mientras el médico continuaba en la alcoba mirando a la joven con
insistente fijeza. Entonces Consuelo sonreía con sonrisita semejante a
un iris de paz, cual si sus oídos gozasen los acordes de una música
deliciosa.

Alfonso, que se había detenido delante del lecho, exclamó:

--¿Es hermosa, verdad?

--¡Oh... es preciosa!--repuso Montánchez cerrando los ojos, distraído y
como en éxtasis.

Sandoval le miró un instante y dijo:

--No puedo estar tranquilo mientras la vea tendida ahí, como una muerta;
¿quieres que probemos a despertarla dándole a oler amoníaco?

--Probemos.

Alfonso salió del gabinete trayendo a poco un frasquito destapado que
puso bajo las narices de la enferma; ésta, al principio, no demostró
sentir nada; luego ladeó la cara con un gesto de repugnancia, se
colorearon sus mejillas y empezó a toser.

--Hola--murmuró Sandoval alegre--, ya parece volver a la vida.

Pero Montánchez le obligó a retirar el brazo, diciendo:

--No lo creas; esa tos proviene, no de que su olfato perciba el olor,
sino de la irritación que el amoníaco produce en la membrana pituitaria;
tengamos paciencia, pues, para ser espectadores.

Transcurrieron algunos minutos y Consuelo comenzó a inquietarse; la
sonrisa huyó de sus labios y su entrecejo se contrajo; parecía ahogarse;
luego balbuceó palabras incoherentes...

--A... aa.. ven, ven... siento que suben... la escalera, qué miedo, qué
frío... es un hombre, un hombre alto... ¡¡Alfonso!!

Dió un grito fortísimo, y como si los músculos del cuello hubieran
perdido instantáneamente el vigor, su hermosa cabeza rodó sobre la
almohada, y su boca se llenó de espumarajos que en vano pretendía
escupir; después llevóse las manos al corazón y su respiración fué
difícil, agitóse violentamente presa de movimientos espasmódicos y
volvió a quedar tranquila. Luego bostezó profundamente y abrió los ojos;
sus miradas, que parecían por lo inmóviles las de una idiota, se fijaron
alternativamente en su marido y en Montánchez.

--¡Uy, qué miedo!--murmuró.

--¿Quieres agua?--dijo Alfonso acercándola un vaso a los labios.

--Agua... agua--repitió ella como un eco.

Bebió algunos sorbos y volvió a tenderse diciendo que tenía mucho sueño.

El acceso histérico había pasado.

Aquellas crisis se repitieron. Ocurrían sin pretexto justificativo, a
veces por la menor contrariedad, y se anunciaban por un malestar general
y una laxitud indefinible que obligaban a la paciente a adoptar
distintas posturas sin que en ninguna de ellas acertara a estar bien:
entonces sentía frío y calor, contento y tristeza, miedo y ganas de
llorar; era una modorra suprema que la hacía maldecir de sí misma.

Con los primeros amagos de sueño experimentaba deseos de estirarse y de
suspirar: extendía los brazos y las piernas, arqueaba la columna
vertebral con la voluptuosidad de los gatos que se desperezan al sol, y
su boca se abría bajo la acción de grandes bostezos que hacían crujir
sus mandíbulas y llenaban sus ojos de lágrimas. Después quedaba inmóvil,
los párpados temblaban un momento antes de cerrarse, la cabeza perdía su
posición, y sus miembros, atacados de súbito desmadejamiento, adoptaban
la actitud más conforme con las leyes de la gravedad: en seguida
sobrevenía el desvanecimiento y la insensibilidad era completa.

Aquello era una muerte que sólo conservaba de la vida el aliento y un
poco de calor: perdido el oído, la vista y el olfato, el mundo exterior
desaparecía completamente.

En ciertas ocasiones el ataque era pasivo y Consuelito Mendoza
conservaba durante muchas horas la misma posición, sin parpadear ni
moverse: otras su espíritu rebrincaba furioso en su cárcel de células,
víctima de pesadillas intraducibles, y entonces refería escenas que
había presenciado o lo que pensaba hacer, y todo con perfecta hilación y
notable claridad y lógica, como si estuviera despierta.

Cuando las crisis eran habladoras, Alfonso y su amigo escuchaban con
vivísimo interés aquellas confesiones inconscientes en que la enferma
refería todos sus pensamientos con la prolijidad y franqueza del que
charla sin saber que le oyen; y tan íntimas fueron en más de una ocasión
sus confidencias, que Sandoval hubo de taparle la boca.

Todo cuanto se hacía para arrancarla de aquel estado, era inútil; no
había medio de conmoverla; los nervios estaban rotos o embotados y era
imposible hacerlos vibrar.

Lo más sorprendente de aquellas crisis eran los presentimientos, las
corazonadas. Consuelo, que no veía la luz encendida delante de sus ojos,
ni oía las voces dadas cerca de ella para despertarla, experimentaba
pequeñas sensaciones inapreciables para otro cualquiera.

--En toda mi carrera de médico, y a pesar de lo mucho que he estudiado
las afecciones mentales--decía Montánchez--, he visto nada semejante: a
veces creo habérmelas con una de aquellas adivinas que el fanatismo de
la Edad Media asesinó en las hogueras inquisitoriales; a una posesa que
mantiene relaciones sobrehumanas con ese mundo fantástico que no vemos y
dicen está habitado por millones de almas de personas que ya murieron y
de otras que no han nacido aún. Porque en esos momentos, aunque Consuelo
no disfrute una vida semejante a la nuestra, tiene otra enteramente
suya, en la cual discurre con perfecta lógica; un retablo poblado de
imágenes y de escenas que ella misma dispone y al cual raras veces
llegan las luces y rumores del mundo.

Y esto era cierto, pues la joven, que parecía ajena a toda sensación
física, contraía súbitamente los ojos, como herida por una luz vivísima.

--¡Oh, qué miedo!--murmuraba--, ¿has visto, Alfonso?... Por ahí ha
pasado una sombra; será la de algún bandido; sal al balcón y llama a los
guardias, di que quieren robarte... pero no, no vayas, porque teniéndote
junto a mí estoy más tranquila. Ven, acércate, ¿dónde te escondes?...
¿Es que no quieres estar conmigo?... ¿No quieres?

Extendía las manos y sus dedos se agitaban en el aire buscando un
fantasma, un vapor impalpable, y luego cerraba los brazos apretando
entre ellos aquel ser misterioso que su imaginación la ofrecía, en tanto
su bello semblante expresaba placer y sosiego subidísimos.

Pero la sombra de que hablaba no era un antojo; Sandoval y Montánchez la
habían visto también: fué la de un coche que se dibujó fugazmente en el
techo del gabinete, o un reflejo ligerísimo que entró por la ventana,
casi nada... y, sin embargo, Consuelo la vió, puesto que sus párpados
temblaron en el preciso instante de cruzar la sombra y hasta explicó su
aparición diciendo que era la de un hombre que huía... Otras veces sus
cejas se arqueaban y permanecía inmóvil, conteniendo el aliento y
abriendo la boca para oír mejor; después se incorporaba en el lecho,
apoyándose sobre un codo y estirando el cuello, como escuchando la
revelación de algún espíritu a través del espacio infinito...

--Algo debe de impresionarla--decía Montánchez--; todos sus gestos lo
indican.

--¡Consuelo, Consuelo!--gritaba Alfonso--, ¿me oyes?

Pero la joven le rechazaba, imponiéndole silencio con el ademán,
mientras escuchaba aquellos ruidos que sólo ella percibía.

--¡Ah, sí, es él... le conozco perfectamente por el modo de andar!...
¡Qué oportunamente llega! Cuando sepa que ha entrado aquí un ladrón y
que estuve sola con él, se pondrá furioso... Sí; ya ha entrado en el
zaguán; ya empieza a subir la escalera...

En efecto, se oía ruido de pisadas.

--¡Ya viene, ya va a tocar!--exclamaba Consuelo alegremente--; voy a
abrirle.

Y como hiciese ademán de levantarse y Alfonso se lo impidiera:

--Dejadme, concho--decía--; quiero abrirle la puerta; es mi marido...

Y sus misteriosos ensueños la daban, efectivamente, la facultad de
presentir y de ver a despecho de la distancia y de los cuerpos opacos,
pues mientras decía aquello el timbre de la escalera sonaba. Las agudas
vibraciones del metal disipaban instantáneamente su ilusión; Consuelo se
entristecía, echaba la cabeza hacia atrás y volvía a tenderse en la cama
suspirando profundamente.

--¡No es él, no es él!--murmuraba--. ¡Dios mío! ¿dónde andará?... ¿Por
qué no viene?...

Transcurrido algún tiempo, la crisis disminuía y su desaparición se
indicaba por caracteres semejantes a los que fueron heraldo de su
llegada.

Empezaba a desperezarse y a bostezar, paladeaba mucho, chasqueando la
lengua como si tuviese mal sabor de boca o se la hubiera atravesado
algún cabello en la garganta, se pasaba las manos por la frente y abría
los ojos.

Al volver en sí no recordaba nada y permanecía atontada largo rato,
sorprendida de oír los detalles que su marido y el médico referían de su
accidente. No tenía conciencia de lo pasado y su memoria no hallaba
solución de continuidad entre lo último que dijo o hizo antes de perder
el conocimiento y el instante en que lo recobró, aun cuando el acceso
hubiese durado varias horas.

La buena alimentación, los largos paseos por el campo, los vasos de
leche recién ordeñada bebidos en el Retiro o en la Moncloa, y las
distracciones de que Sandoval procuró rodear a la joven, no modificaron
su salud, que, aparte de su histerismo y de sus ratos de negra
pesadumbre, era excelente.

Los primeros días de junio fueron de distracción para Consuelo; el
cumpleaños de su marido se acercaba y era preciso celebrarlo según
costumbre.

“El día grande”, como ella lo llamaba, estuvo atareadísima. Aquella
mañana fué a la joyería de Ansorena a recoger una preciosa sortija de
oro, con esmalte verde, que había encargado; luego, a una tienda de
bisutería de la calle del Príncipe; después a casa de Tournié en busca
de dulces y fiambres. Por la tarde no quiso salir de la cocina, empeñada
en preparar por sí misma los flanes y las fuentes de natillas que debían
de servirse a los postres; aquel desusado trajín y el calor de la
lumbre la rindieron, y tuvo que sentarse junto a la ventana, fatigada,
sudorosa, aventándose con el delantal.

La hora de la cena deslizóse agradablemente; el único invitado a ella
fué Montánchez. Se habló de literatura; el médico, contra lo que de un
empirista acérrimo podía esperarse, sostuvo la preeminencia de la forma
sobre el fondo.

--Si hubiera caído la caja de Pandora entre mis manos--dijo--, no la
hubiese abierto.

Después, ponderando la magnitud de sus pesadumbres, agregó:

--Aseguraba Ernesto Renán, que para leer todo lo que se ha escrito, para
amar y para escribir, se necesitan tres vidas; figuraos yo, que he
escrito bastante y leído mucho y amado mucho también, si habré sufrido
condensando las amarguras de esas tres existencias en una sola.

Después de tomar el café, y cuando los tres se disponían a prolongar en
la sala la reunión, dijo el médico:

--Sandoval es un Nabab que me ha tratado espléndidamente, pero esto no
pasa de ser una comida europea. Yo, a mi vez, deseo invitaros a una
fiesta oriental, si es que os dignáis aceptar el modesto ofrecimiento de
un persa con levita: mi festín se reducirá a algunos exquisitos licores
que yo mismo compongo, porque aquí son desconocidos; a frutas de entre
trópicos y a media docena de pipas cargadas de opio: ahí es donde
escondo los deleites de mi orgía.

--Opio he tomado una vez--repuso Sandoval--, y creí volverme loco;
después de aquel ensayo anduve atontado varios días, y prometí
contentarme con los sueños que tuviera cuando me acostase del lado
izquierdo.

--Pero yo lo sé administrar y respondo de que no sufrirás la menor
molestia.

--¡Tú no tomarás eso!--gritó Consuelo acercándose a Alfonso y
sacudiéndole por un brazo--; no lo tomarás porque es un veneno, y no
hagas caso de lo que ese hombre te diga...

--No te apures--repuso Sandoval rechazándola suavemente--; aún no ha
sucedido nada.

--Pero sucederá...

--No, mujer.

--Lo que Gabriel te brinda no es opio, es ponzoña... lo sé... me lo ha
revelado ahora mismo una voz misteriosa...

Y agregó con excitación creciente:

--¡Júramelo!... Júrame que no tomarás nada de su mano... Júrame que no
te separarás de mí ni el negro de una uña... ¡Júramelo!

Palideció.

--¡Consuelo, Consuelo!

Ella no contestó: sus labios balbucearon algunas palabras, arreboláronse
sus mejillas, se llevó las manos al corazón y empezó a vacilar.

--¡Agua, agua en seguida!...--pidió Sandoval.

Entonces Montánchez se acercó a la enferma y, cogiéndola por un brazo,
la miró fijamente a los ojos: ella exhaló un pequeño grito y quedó
inmóvil, sosteniendo la mirada del médico.

Fué una escena relámpago que apenas duró tres segundos.

--Vamos--exclamó Gabriel con aire triunfal--, al fin se presentó la
ocasión que tanto hemos buscado y pude aprovecharla. Ya está
hipnotizada.




V


Las experiencias que siguieron a esta primera sugestión se realizaron
fácilmente.

Todas las tardes iba Gabriel Montánchez a casa de Alfonso, y era tan
grande la presión que ejercía sobre el ánimo de la joven, que no
necesitaba recurrir al procedimiento de la bolita metálica, ni a ninguno
de los medios que provocan la hipnotización por fatiga: le bastaba
mirarla repentinamente a los ojos para ponerla en estado cataléptico.

Una vez dormida, Gabriel imponía su voluntad de un modo absoluto, con
sólo tocar a la enferma, obedeciendo ésta los mandatos del médico con la
pasividad de una máquina.

--Como su desarreglo nervioso--explicaba Montánchez--procede
indudablemente de atonía cerebral o medular, podemos someterla a duchas
artificiales; esto es, a duchas imaginarias o nerviosas que, sobre ser
más intensas que las naturales, ofrecen la ventaja de aumentar o
disminuir en intensidad frigorífica a mi capricho. Ya verás qué remedio
tan raro, es un baño que puede tomar el paciente sin desnudarse ni
mojarse las puntas de los pies, y de cuya dolorosa impresión no se
acuerda en cuanto recobra el dominio de sí mismo.

Durante estas sesiones Alfonso se colocaba en un ángulo del aposento,
sin hablar y comunicándose con el médico por señas, mientras Consuelo,
en los momentos de descanso, permanecía de pie en medio de la
habitación.

Gabriel se acercaba a ella y, poniéndola una mano sobre el hombro o en
la frente, decía con acento enérgico:

--¡Hace un frío horrible, estás tiritando!...

Consuelito Mendoza dudaba un momento, luego empezaba a temblar y sus
dientes castañeteaban, corría de un lado a otro, acercándose a los
muebles, buscando algún calor que mitigase el frío que penetraba sus
huesos; poco a poco la alucinación adquiría mayor fuerza y los efectos
producidos por la voluntad del operador eran conmovedores. La joven se
arrodillaba, se encogía, doblegándose y enroscándose como un gato para
calentar unas con otras las partes de su cuerpo, lanzaba quejidos
angustiosos, se azotaba los sobacos con las manos, se alentaba las
puntas de los dedos e iba encogiéndose hasta quedar tendida sobre la
alfombra hecha un ovillo, casi sin conocimiento, acometida por tiritones
intermitentes, como una mendiga que hubiese caído medio helada bajo
nieve.

Entonces palidecía hasta la lividez, sus labios perdían el color, su
nariz se amorataba y los efectos de aquel frío imaginario eran tan
reales y valederos, que casi paralizaban los movimientos respiratorios y
las palpitaciones cardíacas; y era que sus nervios, sometidos en
absoluto a la voluntad del médico, vibraban al unísono coadyuvando a
producir la misma alucinación de frío.

--En estos momentos no hay para Consuelo más mundo que el que yo quiera
poner delante de sus ojos--decía Gabriel--: y reirá hasta morir o
llorará hasta que sus ojos queden secos, si ése fuere mi gusto: es un
cuerpo que, durante la operación, no tiene más inteligencia, ni otros
sentidos, ni más voluntad, ni más conciencia que mi capricho: y mira
cómo el hipnotismo ha proclamado, en este siglo de libertades, la
esclavitud del espíritu.

Luego, cuando calculaba que aquella sensación no debía prolongarse más,
ponía una mano sobre el cuerpo de la joven, diciendo con el mismo tono
autoritario de antes:

--¡Hace un calor insoportable; estás ahogándote!...

Instantáneamente Consuelo dejaba de tiritar y se ponía de pie; el
semblante readquiría su color natural; comenzaba a pasearse con la boca
abierta, cual si la faltase aire respirable; quería abrir los balcones
y era preciso sujetarla para que no se desnudase. En menos de dos
minutos aparecían los primeros síntomas de la asfixia, y se dejaba caer
sobre una silla o en el suelo, la faz congestionada, la frente inundada
en sudor copiosísimo, la mirada inmóvil, los ojos inyectados...

Estos “baños nerviosos” sólo duraban cinco o seis minutos, pues aunque
Consuelo, al recobrar su personalidad, no se acordaba de lo hecho y
hasta se resistía a creer lo que su marido y el médico contaban, solía
quedar tan rendida que era necesario llevarla al lecho.

Una tarde Gabriel Montánchez tuvo una curiosidad.

--Alfonso--dijo--, ¿quieres que examinemos a esta criatura por dentro?

--No entiendo--repuso Sandoval.

--Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando
en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.

--¿Y lo dirá todo?

--Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para
Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me
ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las
antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia
hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y
clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo
advertirte que el bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su
primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me
propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de
las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que
casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero,
chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché
estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos
hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi
traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un
italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las
afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo;
un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre
gusta violar el alma de una mujer.

--Probemos--exclamó Sandoval--, aunque me parece que Consuelo no tiene
un pensamiento que yo desconozca.

--Sin embargo--dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono--, si se
tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por
dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero
siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la
analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a
quien amas!... Sino por mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún
secreto íntimo.

--No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo
hemos de asustarnos; por tanto...

--Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que
guarda su conciencia.

Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:

--Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora
más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece
Gabriel Montánchez.

Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera
abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar
de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones
encantadoras.

Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.

--Es la primera vez, y quizá la última--advirtió Montánchez--, que una
persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera
franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un
milagro de muy difícil repetición.

Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la
sugestionaba.

A su marido le quería ciegamente, con frenesí, como ninguna mujer amó a
su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de
su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más
ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible
concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades
morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...

Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado
por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos
enguantadas.

--¿Qué te parece esto?--dijo.

--Me parece un sueño--repuso Montánchez.

Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.

Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular
los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente:

--¿Qué piensas de mí?...

--Tú... tú...

--Sí, yo.

--Apuesto a que le pareces muy mal--dijo Alfonso en voz baja.

--¿Y quién eres tú--preguntó la joven.

--¿Y tú, quién crees que soy?

--No lo sé.

--Mírame bien.

--No sé... no veo nada.

--¿No ves?

--No.

--Fíjate; esta frente...

--¡Ah! sí... esa frente...

--Estos ojos...

--Sí, sí... esos ojos... esos ojos...

Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...

--Soy Montánchez; ¿qué te parezco?

--¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es
pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será
el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...

--No es el muñeco de tafetán, no...

--¡Dice que no es el muñeco de tafetán!--repuso la joven perpleja.

--Soy Montánchez.

Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.

--¡Qué miedo!--dijo--; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa
es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted
mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay
en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me
haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted
mucho...

Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí
permaneció extendiendo las manos hacia adelante como para rechazar una
agresión.

--Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche
y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora
recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...

Alfonso miró a Montánchez.

--¡Es singular!--murmuró.

--Y tanto...--repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.

--¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso,
Alfonso!!...--gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo
invisible.

Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de
hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo
molido.

Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas
semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas
notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no
desvirtuar su acción.

El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido,
uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas
razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.

Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la
visita de Montánchez.

--Sandoval ha salido hace un momento--dijo la joven--, pero si desea
verle puede buscarle en el casino.

El médico pareció muy contrariado.

--Siento no encontrarle aquí--repuso--, porque ir al casino es exponerme
a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a
las cuales mi salud no interesa...

Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar
a lo ya dicho.

--¿Quiere usted que vayan a buscarle?--preguntó súbitamente.

--¡Oh, no... no merece la pena!

--Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...

--No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.

Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo,
y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera
el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de
silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su
interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se
rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar
a la criada algo importante...

Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza sus ojos vieron los de
Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.

No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.

--¡Ay--balbuceó entre dientes--; no puedo!...

Después empezó a temblar.

--¿Qué tiene usted?--preguntó Gabriel.

--Nada... mucho frío.

--Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa
de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues
todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño,
dígamelo también para mi sosiego.

--No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los
nervios...

--Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su
bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?

--No, señor... de ningún modo...

Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que
se negaban a sostenerla.

--Yo vine esta tarde--continuó Montánchez--creyendo hallar a Alfonso y
con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo
en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!...
que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un
amigo verdadero con quien hablar. En busca de ese rato de plática
sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que
no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he
atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.

--No, señor... ¿por qué?...

--Consuelo--prosiguió el médico acercando su silla a la joven--, ¿usted
y yo somos amigos?

--¡Oh, amigos!...

--Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?

--Sí... ¿por qué no?

--¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice
con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio.
Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos
de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?

--No le entiendo... no comprendo bien...

--Consuelo--agregó Gabriel con acento insinuante--, hace tiempo que me
examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano
invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más
pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al
mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo,
sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe...
La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el
cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantos
gérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he
recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la
espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque
a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos
escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la
necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre
de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de
la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad
para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un
faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir
la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento
continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que
moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después
la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce
algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos,
un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le
oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...

Consuelo lanzó un quejido.

--¿Pero qué pretende usted de mí?--dijo--; yo sólo sé que le temo; que
ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luego
esta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.

--¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...

--No, no, señor--repuso Consuelo con súbita energía--; pero comprendo
que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme
si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la
de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de
reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión
misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...

Y agregó vivamente y sonriendo:

--Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces...
pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee
usted talento, le creo doblemente peligroso...

Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo,
y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.

--Usted lo dice--exclamó Montánchez--; parezco un criminal, una fiera...
y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde
nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando
dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente,
que yo era un malvado...

--¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que
decía--interrumpió Consuelo juntando las manos suplicante--, y sin
deseo de ofenderle!...

--Haré lo posible por complacerla--respondió Gabriel fríamente.

Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico
continuó:

--Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no
pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su
perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?

--Sí--repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.

--¿No me engaña usted?

--No, no le engaño.

--¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...

--Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...

--Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.

--No sé... no estoy para distingos ni argucias; parece que el comedor da
vueltas en torno mío...

--Usted me teme porque sólo ve mi lado malo; usted cree que soy un
criminal que ha recorrido el mundo huyendo de la justicia y de sus
remordimientos, o un hechicero como aquel famoso José Bálsamo, que
reveló a la reina María Antonieta su trágico fin mostrándoselo en el
fondo de una botella.

--¡Yo no sé... no sé!...

--¿Está usted mala?

--Estoy en un potro, mientras esté usted aquí.

--Bien, me voy; pero, su amistad, ¿podré obtenerla algún día?...

Entonces sonó el timbre de la escalera y Consuelo dió un grito.
Montánchez se levantó.

--No se atortole usted--dijo tranquilo--; será alguna visita.

--No, debe de ser Alfonso.

Era la modista; Consuelo lanzó un largo suspiro de liberación y
contento; el médico se despidió inclinándose gravemente.

--Señora...

--Adiós, don Gabriel.

--Beso a usted los pies.

A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una
playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los
semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.

Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y
el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de
sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en
el humor y en la salud de Consuelo.

Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor
color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía
palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos
súbitos desvanecimientos de la temporada anterior. Alfonso, creyéndola
definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El
médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces
harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a
extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que
antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular,
pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo
más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.

--Es indispensable--concluyó--que tu mujer vuelva a someterse al
hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se
nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones,
podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la
distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere
demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente
y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando
su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a
contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas
son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan
destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado
insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y
confieso que no vi nada tan digno de estudio. Consuelo, aunque
correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay
organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir
adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de
Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te
tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas,
entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis
separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del
reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de
tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre
la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que
procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y
para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti,
porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la
sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que
alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la
única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su
presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el
duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien
aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo
tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para
infundírselo, mientras tú sigas viviendo y queriendo y pensando por
ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer
te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter,
su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que
Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.

--¿Y para eso, qué debemos hacer?--preguntó Sandoval.

--Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes
sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya
enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la
labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe
su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la
seguridad de que mis planes no han de fallar.

--Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la
lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el
mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome
discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su
casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...

--Exactamente.

--Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista
es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer como yo.
Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea
mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que
se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan
ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se
acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...

--Búrlate cuanto quieras--repuso Montánchez--; pero si examinas el
asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir
a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad
ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y
de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida
es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos
personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más
enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del
cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son
innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se
convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu
matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la
tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada
superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de
inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú
eres apasionado, enérgico, arrebatado, dominador; naciste para vivir
libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer
mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese
subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un
“mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del
suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su
carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su
conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin
otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo
el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin,
bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se
abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos
que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases;
un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus
pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve
llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives
en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís”
incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los
humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en
corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.

--¿Y qué haré para principiar mi tarea?

--No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga
sola...

--¿Y si la enamoran por ahí?

--No es probable.

--Pero, ¿y si sucediera?

--Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo
así, no cuentes conmigo.

De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que
Gabriel le había prescrito.

--Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que
cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus
reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte--agregó Sandoval preparando
el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación
moral de su esposa--, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte:
deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene
que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre
cuatro paredes.

La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo
hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de
transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para
ella desconocido, se enfureció.

--¿Y eres tú quien propone eso?

--Naturalmente.

--¿Tú?...

--Claro, mujer--repuso Alfonso con aire inocente.

--¡Eres un embustero!

--Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para
vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los
zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi
casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?

Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió
en un chaparrón de sollozos y pucheritos.

--No me quieres ni me has querido nunca--decía--, pues si me quisieras
un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si
pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don
nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya
para engañarme!...

--Muchacha--respondió Sandoval desconcertado--, mi proposición es
inofensiva, pero tienes un geniecillo tan arrebatado, que ves un
bombardeo donde sólo hay un tiro de pichón.

Ella continuó:

--¿Qué hiciste de tus celos, de tu empeño en no dejar que nadie me viese
ni se acercara a mí, y de cuantos cuidados me rodearon hasta ahora?...
Te veo y no te conozco, y te oigo y me figuro que los oídos me engañan
también. ¿Quién te dijo que para curarme necesito andar sola de Ceca en
Meca, como una de esas vendedoras de específicos que ya están subidas
sobre una silla bajo los portales de la Plaza Mayor, como en el pescante
de un coche de alquiler en medio de la Glorieta de Bilbao?... Y, sobre
todo, si esa vida ambulante me es provechosa, ¿por qué no has de
soportarla también tú?...

--No me comprendiste, niña--repuso Alfonso disponiéndose a desarrollar
la teoría de cómo se influencian las personas que viven juntas--, y voy
a darte las razones que me asisten...

--Sí lo sé todo--replicó ella haciendo un mohín despreciativo--; no
tienes que molestarte; conozco la fuente, la cabeza, de donde ha brotado
esa idea tan huérfana de sentido común... Eso te lo dijo Montánchez, ese
tío infame, ese bandido con traje de persona decente, que será tu
perdición y la mía; sí, lo que oyes, soy medio bruja, voy a morirme
pronto y tengo la facultad de conocer lo futuro, como les sucede a
muchos moribundos. Y ahora sí te juro que no lo hago; aunque me muera,
no lo hago... ¡y yo sé por qué!... Montánchez es un miserable, un
criminal con más veneno que sangre en el cuerpo... Si no, el tiempo ha
de decirlo y entonces exclamarás, si tienes la desgracia de verlo:
“¡Pero con cuánta razón hablaba aquella pobrecita loca... que decía las
verdades!”

--Y suponiendo que Montánchez sea el autor de ese proyecto--interrumpió
Alfonso--, ¿por qué te parece mal?

--Porque... ¡no sé por qué!... pero él pone siempre, en cuanto dice,
segunda intención, y esa intención es perversa.

--¡Deliras con los ojos abiertos!

--Alfonso--gritó Consuelo muy excitada--, ¡no me hagas hablar!

--¿Tienes algún secreto?

--¡Quién sabe!

--No, no te tiro de la lengua... sé que no tienes nada que decir.

--¿No crees en la virtud profética de ciertos sueños?... ¿No recuerdas
aquél, tan espantoso, que tuve una noche?...

--¿Cuál?

--Aquél en que un monigote verde me abrazaba: pues ese antojo era
Gabriel, le vi perfectamente y recuerdo la escena como si ahora
sucediese... y el demonio que anda metido en esto hará que mi pesadilla
se realice...

--Hazme el obsequio de no seguir disparatando porque tus visiones me
lastiman.

--La verdad siempre cura con dolor.

Sandoval concluyó por irritarse formalmente; pero, a pesar de su
autoridad, no pudo vencer la obstinación de Consuelo.

--Ahora querría yo ver a Montánchez--decía Alfonso--, a él, que hace
unos momentos me aseguraba que tu enfermedad principal consistía en no
tener voluntad...

--Pues no quiero hacerlo--repetía ella triunfante--, no lo hago aunque
me descuarticen; no quiero hacer nada que venga por conducto o
iniciación suya, porque ese hombre sólo puede aconsejar maldades.

--¿Y si te mueres?

--Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes
con otra... ¡y tal día hizo un año!...

En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible
a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía.
Ella tenía sus razones para obrar así.

Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera
de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus
conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas.
Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él
terror razonado y repugnancia invencibles.

Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a
poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el
espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso
besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que
procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el
capricho de saber lo que sucedería en su entierro; la sombra del crimen
y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que
antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella
en la realidad un idilio horrible.

Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su
educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella
hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante
podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del
hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no
le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido
avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y
aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero,
fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de
que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y
si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos
arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...

Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su
conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas
llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.

Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el
corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida
del placer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el
fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve,
despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la
del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso
y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los
ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo
mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo
la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la
dormía mirándola...

Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la
existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que
Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a
despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente
prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.

Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a
formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de
histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba
seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con
el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus
primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que
querían acostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba
continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que
parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la
mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla
indefensa al individuo que tanto temía.

Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual;
las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines
del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno
abrieron de nuevo sus puertas.

Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que
“en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de
su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz
ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su
cabeza y a moverse por sí misma...”

Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a
cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.

--Bueno--dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática
adelantaría más--; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero
concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.

--¡Tampoco, tampoco--gritó Consuelo--, no quiero nada que venga de manos
de ese hombre, ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando
yo me niego a complacerte, mis razones tendré.

--¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...

--Está bien.

--Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.

--Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal...
cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis
ojos...

--No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.

--Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras
o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme
cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir
empezó a mascar tierra!...

Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo
sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder
explícitamente.

--No me atormentes con más preguntas--agregó--, porque ni puedo ni sé
decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y
gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo
soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca
del estómago y ahí permanece hasta marcharse.

--Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas--dijo Sandoval--,
cualquiera mañana despiertas convencida de que ya no puedes aguantarme
y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú;
conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con
llave”.

--Y cualquiera mañanita lo hago.

--Ya digo que no me cogería de susto.

--Lo que debíamos hacer--repuso Consuelo conciliadora--era salir de
Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer
muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me
gustaría a mí, viajar!... ¡T

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