La familia de León Roch, Tomo 1
by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #48091 · 440,855 chars · public domain (US)
The Project Gutenberg eBook of La familia de León Roch, Tomo 1
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: La familia de León Roch, Tomo 1
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: January 26, 2015 [eBook #48091]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/48091
Credits: Produced by Josep Cols Canals, Carlo Traverso, Ramon Pajares
Box, and the Online Distributed Proofreading Team at
http://www.pgdp.net (This file was produced from images
generously made available by The Internet Archive/Canadian
Libraries)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, TOMO 1 ***
Nota de transcripción
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las
negritas entre =iguales=, las versalitas como MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la
grafía de mayor frecuencia.
* Se han igualado los enunciados de los capítulos en el texto y en
el índice.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos. En particular,
los siguientes:
Pág. 6: “D. Diego de Noche” cambiado por “dondiego de noche”.
Pág. 10: “Rostchilds” cambiado por “Rothschilds”.
Pág. 24: “chabeta” cambiado por “chaveta”.
Pág. 72: “_zandunga_” cambiado por “_sandunga_”.
Pág. 80: “Amparo” cambiado por “Al amparo”.
Pág. 95: “armonía.” cambiado por “armonía!”.
Pág. 183: “rododrendon” cambiado por “rododendro”.
Pág. 223: “Oyéme” cambiado por “Óyeme”.
Pág. 225: “desconformidad” cambiado por “disconformidad”.
Pág. 226: “puedas” cambiado por “puedes”.
Pág. 230: “Antarés” cambiado por “Antares”.
Pág. 285: “gleditchas” cambiado por “gleditchias”.
Pág. 285: “fuchias” cambiado por “fucsias”.
Pág. 291: “estibiado” cambiado por “entibiado”.
Pág. 384: “Denuchelis” cambiado por “Demichelis”.
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
Es propiedad. Queda hecho el
depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no
lleven el sello del autor.
Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
(Primera época.)
LA FAMILIA
DE
LEÓN ROCH
TOMO I
29.000
[Ilustración]
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1920
LA FAMILIA DE LEÓN ROCH
PRIMERA PARTE
I
De la misma al mismo.
_Ugoibea, 30 de Agosto._
«Querido León: No hagas caso de mi carta de ayer, que se ha cruzado
con la tuya que acabo de recibir. La ira y los pícaros celos me
hicieron escribir mil desatinos. Me avergüenzo de haber puesto en
el papel tantas palabras tremebundas mezcladas con puerilidades
gazmoñas... pero no me avergüenzo: me río de mí misma y de mi estilo,
y te pido perdón. Si yo hubiera tenido un poco de paciencia para
esperar tus explicaciones... Otra tontería... ¡Celos, paciencia!
¿quién ha visto esas dos cosas en una pieza? Veo que no acaban aún
mis desvaríos; y es que después de haber sido tonta, siquiera por un
día, no vuelve á dos tirones una mujer á su discreción natural.
»Mientras recobro la mía, allá van paces y más paces y un propósito
firme de no volver á ser irascible, ni suspicaz, ni cavilosa,
ni inquisidora, como tú dices. Tus explicaciones me satisfacen
completamente: no sé por qué veo en ellas una lealtad y una honradez
que se imponen á mi razón, y no dan lugar á más dudas, y me llenan el
alma, ¿cómo decirlo? de un convencimiento que se parece al cariño,
que es su hermano y está junto con él, abrazados los dos, en el
fondo, en el fondo... no sé acabar la frase; pero ¿qué importa?
Adelante. Decía que creo en tus explicaciones. Una negativa habría
aumentado mis sospechas; tu confesión las disipa. Declaras que en
efecto amaste... no, no es ésta la palabra... que tuviste relaciones
superficiales, de colegio, de chiquillos, con la de Fúcar; que la
conoces desde la niñez, que jugabais juntos... Yo recuerdo que
me contabas algo de esto en Madrid, cuando por primera vez nos
conocimos. ¿No era esa la que te acompañaba á recoger azahares caídos
debajo de los naranjos, la que tenía miedo de oir el chasquido de
los gusanos de seda cuando están comiendo, la que tú coronabas
con florecillas de dondiego de noche? Sí: me has referido muchas
monadas de esa tu compañera de la infancia. Ella y tú os pintábais
las mejillas con moras silvestres y os poníais mitras de papel. Tú
gozabas cogiendo nidos, y ella no tenía mayor placer que descalzarse
y meter los pies en las acequias, andando por entre los juncos y
plantas acuáticas. Un día, casi á la misma hora, tú te caíste de un
árbol, y ella fué mordida por un reptil. Era la de Fúcar, ¿no es
verdad? Mira qué bien me acuerdo. ¡Si sería yo capaz de escribir tu
historia!
»La verdad, yo no había puesto mucha atención en estos cuentos de
_bebés_... pero cuando ví á esa mujer, cuando me dijeron que la
amabas... Hace de esto diez días, y aún se me figura que me estoy
ahogando como en el momento en que me lo dijeron. Créemelo: me
pareció que se acababa el mundo, que el tiempo se detenía (no lo
puedo explicar) y se doblaba mostrando un ángulo horrible, un lado
desconocido donde yo... otra frase sin concluir. Adelante.
»Ahora me acuerdo de otra aleluya de tu infancia, que me contaste no
hace mucho. ¡Cómo se quedan presentes estas tonterías! Cuando fuiste
pollo y empezaste á estudiar esa ciencia de las piedras, que no sé
para qué sirve; cuando ella (y sigo creyendo que sería otra vez la
de Fúcar) no metía los pies en las acequias, ni se pintaba la cara
con moras, ni se ponía tus mitras de papel, jugásteis á los novios
con menos inocencia que antes; pero... vamos, lo concedo, siempre
con inocencia. Ella estaba en un colegio donde había muchas lilas y
un portero que se encargaba de traer y llevar cartitas. Asómbrate de
mi memoria. Hasta me acuerdo del nombre de aquel portero: se llamaba
Escóiquiz.
»Basta de historia antigua. Lo que no me dijiste nunca, lo que yo
no sabía hasta hoy, cuando he leído tus explicaciones, es que...
(pues repito que no me hace gracia, caballero) es que hace dos años
os encontrásteis otra vez allí donde florecen los naranjos, mascan
los gusanillos y corren las acequias; que hubo así como un poquillo
de ilusión; que desde entonces tuviste para ella un afecto sincero,
y que ese afecto fué creciendo, creciendo hasta... (aquí entro yo)
hasta que me conociste... Muchas gracias, caballero, por la retahila
de galantería, de finezas, de protestas, de amorosas palabras
que vienen en seguida. Esta lluvia de flores lleva una carilla.
Hay carillas que parecen caras divinas, y ésta me hace llorar de
contento. Gracias, gracias. Esto es muy hermoso; y lo que dices de
mí muy exagerado. Más vales tú que yo... Vives para mí. ¡Ay! León,
lo mejor que se puede hacer con estas frases de novela es creerlas.
Ábrete, corazón, y recíbelo todo. Yo soy buena católica y me he
educado en el arte de creer.
»¡Si seré tonta que he vuelto á leer la bendita carilla!... ¡Oh, está
muy bien!... Que un amor verdadero, elevado, profundo, borró aquel
capricho, no dejando rastro de él: muy bien... Que las ilusiones
infantiles rara vez persisten en la edad mayor: perfectamente... Que
tus sentimientos son sinceros y tus propósitos formales: sí, sí...
Que la voz que llegó á mi oído haciéndome creer en el fin del mundo,
fué una de tantas conjeturas que lanza la frivolidad del mundo para
que las recoja la malicia y haga con ellas armas terribles: eso es,
eso es... Que la de Fúcar es hoy para tí tan indiferente como otra
cualquiera: divino, delicioso... En fin, que yo y sola yo... que á
mí y sólo á mí... ¡Oh, qué dulce es ponerse la mano en el pecho y
apretarse mucho diciendo con el pensamiento: «á mí, á mí sola, á
nadie más que á mí!»
»¡Qué argumento tan poderoso me ocurre en favor tuyo! La de Fúcar es
inmensamente rica, yo soy casi pobre. Pero cuando se tiene fe no se
necesitan argumentos, y yo tengo fe en tí... Cuantos te conocen dicen
que eres un modelo de rectitud y de nobleza, un caso raro en estos
tiempos. Estoy tan orgullosa como agradecida. ¡Qué bueno ha sido mi
Dios para mí al depararme un bien que, al decir de las gentes, anda
hoy tan escaso en el mundo!...
»No quiero dejar de manifestarte, aunque esta carta no se acabe
nunca, la impresión que me causó la Fúcar, dejando aparte el
rencorcito que despertó en mí. Después de pasado el temporal, puedo
juzgarla fríamente y con imparcialidad; y si cuando me dijeron lo
que sabes parecióme tener grandes perfecciones, ahora la veo en su
verdadero tamaño. No hay que hablar del lujo escandaloso de esa
mujer: es un insulto á la humanidad y á la divinidad. Papá dice
que con lo que ella gasta en trapos en una semana, podrían vivir
holgadamente muchas familias. No carece de elegancia; pero á veces
es extravagantísima y parece decir: «Señores, me pongo así para
que vean todos que tengo mucho dinero.» Mamá dice que no habrá
hombre alguno que se case con ese mostrador de maravillas de la
industria. Los Rothschilds no abundan, y la de Fúcar causa terror
á los pretendientes. Esa muchacha pródiga, voluntariosa, llena de
caprichos y pésimamente educada, tendrá al fin por dueño á cualquier
perdido. Así lo dice mamá, que conoce el mundo, y yo lo creo.
»No la encuentro yo tan graciosa como dicen y como á mí me pareció
cuando me moría de celos. Es demasiado alta para ser esbelta,
demasiado flaca para airosa. El bonito color no puede negársele; pero
se necesita un microscopio para encontrarle los ojos: ¡tan chicos
son! Cuentan que habla con mucho gracejo: yo no lo sé, porque nunca
la he tratado ni quiero tratarla. La ví de lejos en la playa, y en el
balcón de la casa de baños, y me pareció de maneras desenvueltas y
libres. Creo que me miró de un modo particular. Yo la miré queriendo
darle á entender que me importaba poco su persona: no sé si lo hice
bien.
»Estuvo aquí tres días. Yo no salí de casa. Nunca he llorado más. Al
fin se fué esa loca. El gozo que me causó dejar de verla, se anubla
un poquito cuando considero que ahora está donde tú estás. He pensado
ayer todo el día en que debiera haber aquí una torre muy alta, muy
alta, desde la cual se viese lo que pasa en Iturburúa. Yo subiría á
ella de un salto... Pero confío en tu lealtad... Y si le dices que
me amas á mí sola, si ella te conserva algún afecto, y al oírlo
rabia... ¡Oh! si rabia, avísamelo: quiero tener ese gusto.
»El lunes te esperamos. Papá dice que si no vienes no eres hombre de
palabra. Está muy impaciente por hablar contigo de política, pues
según él, aquí hay una plaga de gente ministerial que le apesta. Si
al fin le hicieran senador... y francamente, temo por su razón si no
consigue ese bendito escaño. Sigue con la manía de mandar sueltos
á los periódicos. En los de estos días hemos encontrado algunos,
y también artículos. Ya sabes que mamá los conoce en que casi
invariablemente empiezan diciendo: _Es de lamentar..._
»Hoy entró muy orgulloso mostrándome la obra que has publicado. Él
hacía elogios ardientes, y le leyó á mamá los primeros párrafos. Era
cosa de risa. Ni él, ni mamá ni yo comprendíamos una sola palabra,
y, sin embargo, todos encarecíamos mucho la sabiduría del libro.
Figúrate lo que entenderemos nosotros del _Análisis del terreno
plutónico en las islas Columbretes_, ni qué interés pueden tener para
mí las capas _cuaternarias_, los terrenos _pirógenos_, _azóicos_...
Hasta el escribir estas palabrotas me cuesta trabajo, y tengo que
ir trazando letra por letra. Sin embargo, basta que hayas hecho tú
esa monserga de sabidurías obscuras, para que me cautive. He pasado
algunos ratos leyendo tus páginas, como si leyera el griego, y... no
lo creerás, pero es cierto que sin saber la causa, yo leía y leía,
llevada de un no sé qué de admiración y respeto hacia tí. Entre
tantos nombres endiablados he encontrado algunos preciosísimos y que
han despertado en mí simpatías, tales como _sienita_, _pegmatita_,
_variolita_, _anfibolita_. Todas estas niñitas me parecen nombres
de hadas ó geniecillos que han jugado alrededor de tu cabeza cuando
estudiabas la obra de Dios en las honduras de la tierra.
»Pero sin quererlo me estoy volviendo poetisa, y esto es
inaguantable, señor mío. ¡Y esta pícara carta que no quiere dejarse
acabar!... Mamá me está llamando para ir á paseo. Está muy aburrida.
Dice que éste es un lugar de baños eminentemente _cursi_, y que antes
se quedará en Madrid que volver á él. Ni casino, ni sociedad, ni
expediciones, ni tiendas de chucherías, ni gente de cierta clase. La
verdad es que no hay dos Biarritz en el mundo.
»Leopoldo también está aburridísimo. Dice que éste es un pueblo
salvaje, y que no comprende cómo hay persona decente que venga á
bañarse entre cafres. Así llama á los pobres castellanos que inundan
estas playas. Gustavo ha pasado á Francia para visitar al santo y
angelical Luis Gonzaga, que está algo delicado. ¡Pobre hermanito
mío! Hace días nos visitó de parte suya un clérigo italiano, un
tal Paoletti, hombre amabilísimo, muy instruído y de conversación
muy amena... Pero quiero darte cuenta de todo, y no puede ser. El
papel se acaba, y mamá me llama otra vez. Adiós, adiós, adiós. Que
no faltes el lunes... Hablaremos de aquello, ¿sabes? de aquello.
Anoche, cuando rezaba, le pedí á Dios por tí... No pongas esa cara
de pillo. Hay en tu alma un rinconcito obscuro que no me gusta. No
digo más por no parecer doctora de la Iglesia, por no anticipar una
empresa gloriosa que tendrá su... quédese también esta frase sin
concluir... Abur, perdido... Memorias á las _sienitas_, _pegmatitas_
y _anfibolitas_, únicas señoritas de quienes no tiene celos la que te
quiere de todo corazón, la que tiene la simpleza de creer todo lo que
le dices, la que te espera el lunes... cuidado con faltar. Hasta el
lunes. Si no, verás quién es tu
MARÍA.»
II
Herpetismo.
El que leyó esta carta paseaba, mientras leía, por una alameda
de altísimos árboles. En uno de los extremos de ella había una
construcción baja, de cuyo pórtico con pretensiones greco-romanas
salían tibios vapores sulfúricos, harto desagradables, y en el otro
uno de esos edificios falansterianos á que concurren los españoles
durante el estío para reproducir en el campo la vida estrecha,
incómoda y enfermiza de las poblaciones. Escabrosas montañas, de
hierba y musgo vestidas, daban con el pie al establecimiento, como
para arrojarlo al río, y éste, que intentaba disimular su pequeñez
haciendo ruido (á semejanza de muchos hombres que son Manzanares
de cuerpo y Niágaras de voz), se encrespaba junto al muro de
sostenimiento, jurando y perjurando que se llevaría falansterio,
alameda, cantina, médico, fondista y veraneantes.
Estos cojeaban tosiendo en la alameda, ó formaban desiguales grupos
bajo los árboles y en los bancos de césped. Oíanse monografías de
todos los males imaginables: cálculos sobre digestiones hechas ó
por hacer; diagnósticos ramplones; recuentos de insomnios, hipos
y acedías; inventarios de palpitaciones cardiacas; disertaciones
varias sobre las travesuras del gran simpático; sutiles hipótesis
sobre los misterios del sistema nervioso, iguales á los de Isis en
lo impenetrables; observaciones erigidas en aforismos por un pecho
optimista; vaticinios de aprensivo que cuenta por sus toses los
pasos de la muerte; esperanzas de crédulo que supone en las aguas la
milagrosa virtud de resucitar difuntos; sofocados ayes del atacado de
gastralgia; soliloquios del desesperado y risas del restablecido.
El que no ha vivido siquiera tres días en medio de este mundo anémico
y escrofuloso, compuesto de enfermos que parecen sanos, sanos que se
creen enfermos, individuos que se pudren á ojos vistos carcomidos por
el vicio, y aprensivos que se sublevarían contra Dios si decretara la
salud universal, no comprenderá el fastidio é insulsez de esta vida
falansteriana, tan ardientemente adoptada por nuestra sociedad desde
que hubo ferrocarriles, y en la cual rara vez se encuentra el plácido
sosiego del campo.
Con todo, no faltan atractivos en la sociedad herpética. La
renovación constante de tipos; las bellezas que entran cada día,
acompañadas de más mundos que un sistema planetario; el lujo,
las tertulias; la delicada ambrosía de la murmuración, servida á
cada instante y pasada de boca en boca sin saciar jamás á ninguna
ni agotarse con el diario consumo; los improvisados ó redivivos
noviazgos; los rozamientos morales, ora ásperos; ora de dulce
suavidad; los mil cabos que se atan ó se desatan, el bailoteo, las
expediciones para ver gruta, panorama ó golpe de ruínas, que ya
se vieron el año pasado, y que se han de gozar uniendo la voz al
coro de la admiración general; los juegos inocentes ó venialmente
criminales; las bromas, los complots, las galanas intrigas con que
algunos se atreven á romper la monotonía de la felicidad colectiva,
de aquel esparcimiento colectivo, de aquella higiene colectiva, de
aquella vida eminentemente colectiva, que en medio de sus esplendores
tiene un no sé qué reglamentario y lúgubre á estilo de hospital,
dan atractivos á estos sitios, al menos para ciertos caracteres,
precisamente los que más abundan. Por eso van allá todos los
españoles, unos con su dinero, otros con el ajeno, y desde que apunta
Julio son puestos en prensa el administrador ó el prestamista para
que alleguen los caudales que reclama aquel importante fin de la
vida moderna. Enardece á la sociedad un loco afán de embriagarse con
aguas de azufre, y para cantar esta sed elegante se echa de menos un
Anacreonte hidropático.
El que leía la carta era un joven vestido de riguroso luto. Leídos y
guardados los tres pliegos, quiso seguir paseando; mas le fué preciso
atender á los saludos de sus compañeros de fonda. Era la hora en que
la mayor parte de los bañistas bajaban á beber el agua y á pasearla.
Veíanse caras desconsoladas y escuálidas, unas de viejos verdes
y otras de jóvenes achacosos; sonrisas mustias que se confundían
con las contracciones de dolor; no se oía más que un preguntar y
responder constante sobre las distintas formas y maneras de estar
malo.
La chismografía patológica es insoportable, y así debió comprenderlo
el de la carta, que afortunadamente estaba bien con Esculapio, porque
tomó el camino de la fonda para salir del establecimiento; pero
fué detenido por un grupo compuesto de tres personas, dos de las
cuales eran de edad madura, de aspecto grave y hasta cierto punto
majestuoso.
«Buenos días, León--dijo el más joven en tono de confianza
íntima.--Ya te ví desde mi ventana leyendo los tres pliegos de
costumbre.
--Hola, amigo Roch, usted siempre tan madrugador,--indicó el más
viejo, que era también el más feo de los tres.
--Leoncillo, buena pieza... alma de cántaro, ¿no paseas hoy con
nosotros?--dijo el de aspecto más imponente, que ocupaba entonces,
como siempre, el centro del grupo, de tal modo, que los otros dos
parecían ir á su lado con un fin puramente decorativo para hacer
resaltar más su importancia física y social.
El joven vestido de negro se excusó como pudo. «Bajaré dentro de una
hora--dijo evadiéndose con ligereza.--Hasta luego.»
El grupo avanzó por la alameda adelante. ¿Será preciso describir esta
trinidad ilustre, la cual es, si se nos permite decirlo así, una
constelación que se ve en España á todas horas á pesar de ser muy
turbio el cielo de nuestro país?
Aquí el lector, lo mismo que el autor, dirá forzosamente: _Son ellos;
dejémosles que pasen_. Pero esta constelación no pasa ni declina
jamás; no baja nunca hacia el horizonte, ni es obscurecida por el
sol, ni se nubla, ni se eclipsa. Siempre está en alto, ¡ay! siempre
resplandece con inextinguible claridad pavorosa en el zénit de la
vida nacional.
¿Quién no conoce al Marqués de Fúcar, de quien ha dicho la adulación
que es uno de los pocos oasis de riqueza situados en medio del árido
desierto de la general miseria? Así como ocupa el primer lugar en la
constelación citada, también es el _alpha_ de la sociedad española.
¿Quién no conoce á D. Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la
Administración, que encendido en todas las situaciones, ilumina con
sus rayos á una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del
Estado consumen medio presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no
eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse ¡cielos!
que si esa luminaria se apagase quedarían á obscuras los ámbitos de
la buena administración, y reducidos á revuelto caos el orden, las
instituciones y la sociedad toda.
El tercer ángulo de este triángulo, lo formaba un acicalado y muy
bien parecido joven, en cuyo semblante pálido y linfático parecían
extinguidas prematuramente la frescura y la energía propias de sus
treinta y dos años. Eran sus maneras perezosas y su aspecto de
fatiga y agotamiento, como es común en los que han derrochado la
riqueza moral en la mala política, la intelectual en el periodismo de
pandilla, y la física en el vicio. Este tipo esencialmente español y
matritense, nocturno, calenturiento, extenuado, personificación de
esa fiebre nacional que se manifiesta devorante y abrasadora en las
redacciones trasnochantes, en los casinos que sólo apagan sus luces
al salir el sol, en las tertulias crepusculares y en los mentideros
que perpetuamente funcionan en pasillos de teatro, rincones de café
ó despachos de ministerio, parecía muy fuera de su lugar propio en
aquel ambiente puro y luminoso, á la sombra de gigantescos árboles.
Podría creerse que le causaba molestia hallarse lejos de sus antros
de corrupción y malevolencia, y que para las esplendentes gracias de
la Naturaleza no había en su corazón un latido, ni una mirada en sus
turbios ojos sin viveza, de párpados turgentes, embolsados y rojos
por el hábito del insomnio.
Federico Cimarra, que era el joven; Don Joaquín Onésimo (á quien
se creía próximo á llamarse Marqués de Onésimo) y D. Pedro Fúcar,
Marqués de Casa-Fúcar, luego que midieron dos ó tres veces la
alameda, se sentaron.
III
Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles
hacen de sus compatriotas y de su país.
«Ya es evidente que León se casa con la hija del Marqués de
Tellería--dijo Federico Cimarra.--No es gran partido, porque el
Marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma.
--Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza,--apuntó Fúcar
con indiferencia.
--Es buena finca, construída en tiempo del Marqués de Pontejos... Al
fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia, todos,
desde el Marqués hasta Polito, tienen la cabeza á pájaros.
--¿Pero no le queda á Tellería más que la casa?--preguntó el hombre de
Administración con curiosidad, que parecía el afán celoso del Fisco
buscando la materia imponible.
--Nada más--repitió el de Fúcar demostrando conocer á fondo el
asunto.--Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta
judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó
mi cuñado en Febrero último. En fondos públicos no debe de tener
nada. Me consta que en Junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué
garantía... En fin, otra torre por los suelos.
--Y esa casa fué poderosa--dijo Onésimo.--Yo le oí contar á mi
padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley á toda
Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las
alcabalas de Badajoz.»
Federico Cimarra se puso en pie frente á los otros dos, y abriendo
las piernas en forma de compás, empezó á hacer el molinete con su
bastón.
«Es increíble--dijo sonriendo,--la calaverada de ese pobre León...
Cuidado que yo le quiero... es mi amigo... ¿Pero quién se atreve á
contradecirle? Váyase usted á argumentar con estas cabezas de piedra
que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio con
sentido común?
--Ninguno, ninguno--exclamó el Marqués de Fúcar riendo á borbotones,
que era su especial manera de reir.--¿Y es cierto lo que me han
dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa
ver á un librepensador de mares altos pescado con anzuelito de
Padrenuestros y Avemarías.
--No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita--afirmó Cimarra
paladeando.--Pase lo de santurrona por lo que tiene de _barbiana_...
Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que
anda enamorada no piensa en santidades... La que me parece en camino
de ser verdadera beata es la Marquesa, que no podrá eludir la ley por
la cual una juventud divertida viene á parar en vejez devota. ¡Qué
desmejorada está la Marquesa! La ví la semana pasada en Ugoibea y me
pareció una ruína, una completa ruína. En cambio, María está hecha
una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué _trapío_!»
En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre á la fraseología usual
de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.
«Eso sí--dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de
sátira.--María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático
ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos
de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura
superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter
escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.
--¡Caramba!--exclamó el hombre de Administración dándose una palmada
en la propia rodilla.--Todo menos hablar mal de María Sudre. La
conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.
--Hombre--dijo el Marqués de Fúcar descuadernando su cara en una
risa homérica.--La familia es la familia de tontos más completa que
conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.
--¡Ah! no: la chica vale, vale--afirmó Onésimo.--No diré lo mismo
de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la
Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me
inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la
entienda; mucha teoría obscura y palabrejas ridículas; mucho aire de
despreciarnos á todos los españoles como á un atajo de ignorantes;
mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más
me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías
contrarias al catolicismo: yo soy católico, católico.»
Se dió dos palmadas en el pecho.
«Hombre, sea usted todo lo católico que quiera--dijo Fúcar riendo
con menos estrépito, ó si se quiere con cierta tendencia á la
seriedad.--Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh! la
exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos á un lado las
creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Yo veo
en León un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que
ha salido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal
talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es
geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia
natural le son familiares y es un astrónomo de primera fuerza.
--¡Oh! León Roch--exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora
que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia
á la sabiduría,--vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en
España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que
en el colegio no se distinguía; pero después...
--No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar...--dijo
Onésimo como quien se niega á tomar una pócima amarga.
--Mire usted, amigo Onésimo--indicó el Marqués en tono solemne,--no
hay que exagerar... La exageración es el principal defecto de este
país... Eso de que porque seamos católicos condenemos á todos los
hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de
pecho, y se desvían... yo concedo que se desvían un poco, mucho
quizás, de los senderos católicos... Pero ¿qué me importa? El mundo
va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal
de Leoncillo... yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se
criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su
juventud, su riqueza, su porvenir en ese enlace con una familia
desordenada y decadente que le devorará sin remedio.
--¿Es rico León?
--¡Oh! ¡mucho!--exclamó Fúcar con grandes encarecimientos.--Conocí á
su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses,
después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le
traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas.
La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del Sr. Pepe era muy
estimado. Me acuerdo de ver entonces á León tamaño así, con la cara
sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había
detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... ¡Pero
si los ha vendido hasta hace quince años... y no hace treinta que
trasladó su industria á Madrid...! Después que tuvo capital, entróle
el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh! es incalculable el
dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste,
de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del
ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo
comemos... El Sr. Pepe trabajó mucho, primero á brazo, después con
aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado
(el Marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo):
que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el
54 construyó una casa en Madrid; que se calzó los mejores bienes
nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos
aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se
dejará ahorcar por ocho ó nueve millones.
--Lo mejor de la biografía--dijo Cimarra sentándose junto á sus
dos amigos,--se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la
vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales
enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos
y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días viviendo sin
comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando
trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más.
Su _chifladura_ consistía en que le hiciesen Marqués.
--Diré á ustedes--manifestó gravemente el de Fúcar, cortando con un
gesto de hombre superior esta tendencia á las burlas.--D. José Roch
era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social.
Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos
que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas
del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el
sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el
mundo más que un sér, su hijo León: le quería con delirio. Tenía por
enemigo declarado al que no le diese á entender que León era el más
guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres
nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaban en ser
autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta
de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... pero él
no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me
dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una
piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un
título de Castilla. Es lo único que le falta.» Yo me eché á reir.
¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr.
D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...»
pero ¿qué desea usted, ser Marqués?... A las coronas les pasará
lo que á las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no
tenerlas. Pronto llegaremos á un tiempo en que, cuando recibamos el
diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero
que nos lo traiga... porque también él será Marqués...»
Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo
chillón y terminaba en un plegado general de la piel de sus
facciones, y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes
de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver á su
color primero y á su normal aspecto de seriedad majestuosa.
«Señores--dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de
la Administración, enojo que podría atribuirse á sus proyectos
marquesiles,--por mucho que se hayan prodigado los títulos de
nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros.
Pues no faltaba más...
--Amigo Onésimo--objetó el Marqués con flemática ironía,--yo creo
que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título
de Marqués de Casa-Roch, fué porque su hijo se opuso resueltamente á
caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.
--¡Oh! sí--exclamó el hombre administrativo, en quien las
instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo.--Por lo
común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden
científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos
aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo
gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en
sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada,
señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No
conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.
--Aquí no salimos de paradojas.
--Es la verdad pura.
--Vivimos en el país de los viceversas.
--No exageremos, no exageremos, señores--dijo el Marqués removiéndose
y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta
favorita, que era la protesta contra la exageración.--Aquí abusamos
de las palabras, y calificamos á los hombres con mucha ligereza. La
envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay?»
Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de
miedo á un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.
«La señorita llama á Vuecencia. Está mala otra vez.
--Vamos, mi hija está hoy de vena--dijo el Marqués de mal humor,
levantándose.--Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les
diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy á verla.»
Sus dos amigos callaban mirándole partir. El Marqués de Fúcar andaba
lentamente á causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha
majestuosa de un navío ó galeón antiguo, cargado del pingüe esquilmo
de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa
fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la
sociedad contemplaba pasmada y temerosa.
IV
Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter
nacional.
Frente á la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos
de corregir el _oidium_ de su naturaleza, había una glorieta. Eran
las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo
se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo Don Joaquín
Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una
silla, caballero en ella y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus
balanceos.
«¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?
--Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.»
Después de decir esto, León miró atentamente al suelo.
«Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el Marqués--añadió
Onésimo.--Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona
porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días
en Arcachón. Las hijas del Conde de la Reole le regalaron tres piezas
de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen
loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de
una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte
parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de
sus porcelanas. Las guardaba y las sacaba sesenta y dos veces al día.
Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió á la habitación más
alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se
hicieron treinta mil pedazos.»
Federico miró á León Roch, que sólo dijo: «Sí, ya lo oí contar.
--Ayer tarde--continuó Onésimo,--cuando volvíamos de la gruta (que,
entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó
una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos;
al fin la distinguí junto á una piedra: me abalancé á cogerla, como
era natural; pero más ligera que yo, púsole el pie encima... y la
aplastó diciendo: «¿para qué sirve esto?» Además, cuentan que ha
hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en
el salón? Yo juraría que está loca.»
León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.
«¿Saben ustedes--añadió el fanal de la Administración,--que va á
estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores,
pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la
moneda, no le ha enseñado á distinguir un billete de mil pesetas de
una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían
dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos
más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y
pobre padre!... Si al menos fuera bonita... pero ni eso. Ya le dará
disgustos á D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere
contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado
á la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce
ignorancia, sus aficiones á la vida reservada y doméstica, su horror
al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean
ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna.
Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que si no se
ataja obligará á los gobiernos á dar una ley de novios y una ley de
casamientos, estableciendo un presidio de solteros.
--¡Graciosísimo!--exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre
el hombro de León.--Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá
hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños.»
León dijo fríamente: «Si la enfermedad y las rarezas de Pepa
consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El
Marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más
rico.
--Sobre este tema--indicó el fénix burocrático,--sobre la colosal
riqueza del señor Marqués, la frase más característica la debemos al
amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.
--Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar,--replicó Federico con
aspavientos de honradez.
--¡Lengua de escorpión! ¿No fué usted el que en casa de
Aldearrubia... yo mismo lo oí... á propósito de la escandalosa
fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo
aforismo económico que diga: La bancarrota nacional es una fuente de
riqueza?»
--Eso se puede decir de tantos...--murmuró León.
--De muchos, de muchísimos--dijo Cimarra prontamente.--Como Fúcar ha
labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público...
¿qué tal la figura?... pues digo que habiendo centuplicado su
fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único á quien se
podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...»
El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:
«Yo he oído hacer á usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de
los millones del Marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les
perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos: ya sé
que ahora es usted muy amigo de su víctima, de aquél á quien supo
pintar diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo
líquido y con lo gaseoso, ó lo que es lo mismo, con los adoquines,
con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus
contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si
amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales
su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los
presidiarios las llamaban _píldoras reventonas del boticario Fúcar_.»
--Hablar por hablar--replicó Cimarra.--Sin embargo de esto, yo
aprecio mucho al Marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado
algún alfilerazo al prójimo.
--Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste.
Somos así los españoles. Desollamos vivo á un hombre, y en seguida le
apretamos la mano. No critico á nadie: reconozco que todos somos lo
mismo.»
El Marqués de Fúcar apareció en la glorieta. «¿Y Pepa?--le preguntó
León.
--Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza á la alegría con
una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se
acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento á su madre...
qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí
sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan
estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país.
¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas á primeras, y cuando nos
hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir á Iturburúa. Y
no hubo remedio... á Iturburúa, á Iturburúa, papá... ¿Qué había yo
de hacer?... Al fin ya me había acostumbrado á esta vida ramplona,
y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme
sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí: aguas como éstas no
creo que las haya en todo el mundo... ¿Y á dónde vamos ahora? Ni
hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de
mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir
el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo
estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano á
más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae
encima la fonda, y también el cielo se le viene abajo, y le son muy
antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...»
Mientras D. Pedro expresaba así con desorden su paterno afán, los
tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases
comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de
aquéllas y otras no comprendidas rarezas que á la más bella porción
del género humano afligen. El Marqués tomó del brazo á Federico
Cimarra, diciéndole:
«Querido, hágame usted el favor de entretener un rato á Pepa. Ahora
está contenta; pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe
usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me
dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...» Bien
comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está
sola... Adiós, señores: me llevo á este bergante, que hace más falta
en otra parte que aquí.»
Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.
«¿Qué piensa usted de Pepita?--preguntó el primero.
--Que ha recibido una educación perversa.
--Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es
cierto que se casa usted?
--Sí, señor... Llegó mi hora,--dijo León sonriendo.
--¿Con María Sudre?...
--Con María Sudre.
--¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente,
amigo, es más de lo que merece un hereje.»
Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.
V
Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del
carácter nacional.
Avanzado había la noche, y el modesto sarao de los bañistas
principiaba á desanimarse. Los últimos giros de las graciosas
parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos
círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se
deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan á las
doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano
homicida que dirigía con su martillante música el baile. No faltó una
beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas
del instrumento un soporífero _Nocturno_, que es la más insulsa y
calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido
elegiaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron
y alegres tribus de señoritas empezaron á desfilar sobre el piso
de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las
sillas; al pío pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo
de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta
carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que
eran la flor y el principal lustre del establecimiento.
En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del
tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que
riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera
arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos,
y después aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del
lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que á lo más florido de
la actual generación aqueja, se fué perdiendo en el largo pasillo,
luego atronó la escalera y se extinguió poco á poco, distribuyéndose
en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de
considerar á éste como un gran órgano, en el cual, después de la gran
sinfonía tocada por el viento, volvía cada nota, aguda ó grave, á su
correspondiente tubo.
En la sala del tresillo leía periódicos el Marqués de Fúcar. Su
postura natural para este patriótico ejercicio era altamente tiesa,
manteniendo el papel á bastante distancia y ayudando su vista con los
lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las
ventanillas. Si tenía que mirar á alguien, miraba por encima y por
los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante
la lectura; sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón
punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra
prensa, el aguijón estaba envenenado.
A su lado leían otros dos. En el salón grande, cuatro ó cinco hombres
charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra,
después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos,
entró en la sala de tresillo á punto que el Marqués de Fúcar apartaba
de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para
doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco.
«¡Qué país, qué país!--exclamó el ilustre negociante, conservando
en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste
leído.--¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo
habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados, de
Madrid... pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos
y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación.
Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores.
--Donde todo es malo--dijo Federico con frialdad filosófica,
que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de
una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo
enfermo;--donde todo es malo no es posible escoger.
--Y la causa de todos los males es la holgazanería.
--¡La holgazanería! es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho,
el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España.
Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte.
Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos...
--¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo...»
Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del
prójimo.
«¡El trabajo!... Ya ni siquiera sabemos tener paño pardo. Van
desapareciendo las alpargatas, los botijos son cada vez más raros,
y hasta las escobas vienen ya de Inglaterra... Pero nos queda la
agricultura. ¡Ah! éste es el tema de los tontos. No hay un solo
imbécil que no nos hable de la agricultura. Yo quiero que me digan
qué agricultura puede haber donde no hay canales, y cómo ha de
haber canales donde no hay ríos, y cómo ha de haber ríos donde
no hay bosques, y cómo ha de haber bosques donde no hay gente
que los plante y los cuide, y cómo ha de haber gente donde no hay
cosechas... ¡Horrible círculo del cual no se sale, no se sale!...
Cuestión de raza, señor Marqués... Esta es una de las pocas cosas
que son verdad: la fatalidad de la casta. Aquí no habrá nunca sino
comunismo coronado por la lotería... éste es nuestro porvenir. Que
el Estado administre toda la riqueza nacional y la reparta por medio
de rifas... ¿Qué tal? esto sí que tiene _sombra_... ¡Oh! Verá usted,
verá usted... ¡Magnífico! Este es un ideal como otro cualquiera.
Consúltelo usted con D. Joaquín Onésimo, que pasa por una lumbrera de
la Administración, y es, á mi juicio, una de las mayores calabazas
que se han criado en esta tierra.
--¿No está por ahí?--dijo Fúcar, riendo y mirando en derredor.--Que
venga para que oiga su apología.
--Está hablando del orden social con Don Francisco Cucúrbitas, otra
gran eminencia al uso español. Es de esos hombres que hablan mucho
de Administración y de trámites, es decir, de expedientes... Dios ha
criado á estos señores para realizar el quietismo social, que después
de todo no es malo... Nada, señor Marqués: mi sistemita de comunismo
y rifas. Las contribuciones lo recogen todo y la lotería lo reparte.
_¡Pistonudo!_ ¿Sabe usted, amigo, que aquí se aburre uno lindamente?»
Durante la pausa que siguió á esta frase, acercóse Federico á la
puerta del salón para llamar á los que aún quedaban en él; después
volvió junto al Marqués, y sacando de su bolsillo una baraja, la
arrojó sobre la mesa. Las cartas se extendieron pegadas unas á otras
y resbalando como una serpiente cuadrada.
«¡Hombre, también aquí!» dijo Fúcar con expresión de disgusto.
Cimarra volvió al salón, que ya estaba apagado. Empujados por él
entraron cuatro caballeros. León Roch se paseaba solo en el salón
medio á obscuras. Después de hablar en voz baja con el mozo, Cimarra
tomó el brazo de su amigo y paseó con él un rato. Entre los dos se
cruzaron palabras apremiantes, agrias; pero al fin León subió á su
cuarto, bajando diez minutos después. «Toma, vampiro,» dijo con
desprecio á su amigo, dándole monedas de oro.
Después se quedó solo. Acercándose á la puerta de la sala de
tresillo, pudo ver el cuadro que en el centro de ésta había,
formado por seis personas, algunas de las cuales tenían un nombre
no desconocido para la mayoría de los españoles. Es verdad que
había entre ellos quien gozaba de reputación poco envidiable;
pero también alguien había que la ganara ventajosa con sus bellos
discursos, en los cuales no faltaban palabrejas muy sonoras contra
el desorden social, los vicios y la holgazanería. El Marqués de
Fúcar era, de los allí presentes, el único que parecía tomar la
ocupación como un verdadero juego, y apuntaba sonriendo las cartas,
acompañando de picantes observaciones cada pérdida ó ganancia.
Cimarra, con el sombrero en la corona, el ceño fruncido, los ojos
atentos y brillantes, la expresión entre alelada y perspicua, con
cierta seriedad de adivino ó de estúpido, tallaba. Sus delicados
labios murmuraban á cada instante sílabas obscuras, que un inocente
habría tomado por fórmulas de evocación para atraer espíritus. Era
el tenebroso lenguaje del jugador, el cual, con gruñidos ó sólo con
el ardiente resuello, mantiene un diálogo febril con las cuarenta
personas de cartón que se deslizan entre sus manos, y ora le sonríen,
ora se mofan de él con hórridos visajes.
La contienda con el azar es una de las luchas más feroces á que puede
entregarse el hombre inteligente. La casualidad, que es el giro libre
y constante de los hechos, no ha de ser hostigada; no se la puede
mirar cara á cara; jugar con ella es locura. Revuélvese con las
contorsiones y la fuerza del tigre, y ataca y destroza. Sus caricias,
pues también las tiene, despiertan en el hombre un hondo anhelo
que le consume como llama interior. El espíritu de éste se pierde
y delira con sueños semejantes á los del borracho, porque el ideal
indeciso de aquella misma casualidad que con él forcejea, le penetra
todo y hace de él una bestia. Atleta furibundo y desesperado en las
tinieblas, el jugador es víctima de pesadilla horrenda, y se siente
lanzado en una órbita dolorosa, como piedra que voltea en la honda
sin salir nunca de ella.
El Marqués decía á cada rato:
«Señores, que es tarde; que tenemos que madrugar. Bueno es divertirse
un poco pero no exageremos...»
VI
Pepa.
León Roch no quiso ver más, y salió del salón y del establecimiento.
La noche tibia y calmosa convidábale á pasear por la alameda, donde
no había alma viviente ni se oía otro ruido que el canto de los
sapos. Después de dar cuatro vueltas, creyó distinguir una persona
en la más próxima de las ventanas bajas. Era una forma blanca, mujer
sin duda, que apoyando su brazo derecho en el alféizar, mostraba el
busto. León se acercó, y viendo que la forma no se movía, se acercó
más. Habría ésta parecido una estatua de mármol, á no ser por el pelo
obscuro y el movimiento de la mano que jugaba con las ramas de una
planta cercana.
«Pepa,--dijo él.
--Sí, soy yo... Aquí me tienes hecha una romántica, mirando á las
estrellas... Es verdad que no se ve ninguna; pero lo mismo da.
--Está muy negra la noche; no te había conocido--dijo León poniendo
sus dedos en el antepecho de hierro.--La humedad puede hacerte daño.
¿Por qué no cierras? No esperes á tu padre. Ese ladrón de Cimarra ha
puesto banca. Allí están entretenidos... Retírate.
--Hace calor en el cuarto.»
León no pudo distinguir bien, por ser obscurísima la noche, las
facciones de la hija de Fúcar; pero observaba la fisonomía de la voz,
que suele ser de una diafanidad asombrosa.
La voz de Pepa gemía. Su cabeza, echada hacia atrás, se apoyaba
en la madera de la ventana. Tenía en la mano una flor (á León le
pareció una rosa) de palo largo. A cada instante se lo llevaba á
la boca, y arrancando un pedacito, lo escupía. León vió todo esto,
y comprendiendo la necesidad de decir algo apropiado al momento,
buscó en su mente, rebuscó; pero no hallando nada, nada dijo. Ambos
estuvieron callados un rato: León atento, inmóvil, con ambas manos
fijas en el frío antepecho; ella arrancando y escupiendo palitos.
«Se cuentan de tí estos días no pocas rarezas, Pepa--indicó él,
considerando que para llegar á decir algo de provecho era preciso
empezar diciendo una tontería.--Dicen que rompiste las porcelanas,
que cortaste en pedazos los encajes, no sé qué encajes...
--¡Qué tipo!...--exclamó Pepa, rompiendo á reir con un desentono que
hizo temblar á León.--La pobre señora no sale de las sacristías...
¿No entiendes?... parece que eres idiota. Hablo de tu futura suegra,
de la Marquesa de Tellería... Cuando estuve en la playa de Ugoibea
tuve el gusto de verla. Me contaron las picardías que habló de mí.
Lo de siempre... que soy muy malcriada, que derrocho; que tengo
modales libres y hábitos chocantes... chocantes, justamente... ¡La
pobre señora ha cambiado tanto desde que empezó á marchitarse su
hermosura!... Ya se ve: no se puede llevar una vida mundana cuando se
tiene un hijo santo... pues qué, ¿no te has enterado? ¿No sabes que
Luis Gonzaga, el hermano gemelo de tu novia, el que está de colegial
en el _Sagrado Corazón_ de Puyóo, tiene fama de ser un ángel con
sotana? Chico, vas á vivir en medio de la corte celestial. Hasta tu
suegra usa cilicio. ¿No lo crees? Pues créelo, porque lo han dicho
sus amantes.»
Al decir esto, Pepa escupió un palito de rosa con tanta fuerza, que
fué á chocar en la frente de León.
«Pepa--indicó éste con enojo.--No me gusta que las personas que
estimo hablen así de una familia respetable.
--Se puede hablar de mí y llamarme loca, voluntariosa... Yo no
puedo hablar... es verdad. En mí todo es informalidad, desenfreno,
desorden, ignorancia... Pasemos á otra cosa. León, sentí mucho no ver
cara á cara á tu futura esposa María Egipciaca. Dicen que está muy
guapa; siempre fué guapa. En Ugoibea sale poco; ella y su tontísima
mamá se van solas á tomar los aires puros. Cuentan que están muy
tronadas; pero tú eres rico, y el Marqués... ¡Oh! Dicen que es el
único mentecato que no ha logrado hacerse un puesto en la política.
--Pepa, por Dios, no digas disparates. Me lastimas en lo más delicado
con tu charla imprudente.»
Pepa seguía escupiendo palos. El tallo de la rosa estaba reducido á
la cuarta parte.
«Sí: yo soy muy mal educada--dijo con amarga ironía.--Además, ahora
han descubierto que tengo muy mal corazón, un corazón cruel, un
carácter rebelde y caprichoso...
--Eso no es verdad; pero has de hacer lo posible para que la gente no
lo crea.
--Sí, valiente cuidado me da á mí la gente. ¿Acaso yo necesito de
nadie?
--¡Qué orgullosa eres!
--Dicen que no encontraré un hombre razonable que se case
conmigo--exclamó repitiendo el desentonado reir, que parecía una
conmoción espasmódica.--Esto como que da á entender que hay hombres
razonables... Yo no soy de esas que se fingen santas y modestas para
encontrar marido... Por mi parte, aseguro desde hoy que no me casaré
con ningún sabio... Me repugnan los sabios. La suprema felicidad
consiste en tener mucho dinero y casarse con un tonto.
--Veo que esta noche estás de humor de disparatar--le dijo León
familiarmente.--Tú no crees lo que dices, y tus ideas son mejores que
tu lenguaje.»
Ya porque sus ojos se habituaran á la obscuridad, ya porque aclarase
un poco la noche, León empezó á distinguir las facciones de Pepita
Fúcar destacándose en el negro cuadrado de la ventana como la
figura borrosa y pálida de un lienzo antiguo. La blancura de su
tez, sus cabellos bermejos, la viveza de sus ojos pequeñuelos, en
cuyas pupilas brillaba una brasa diminuta, el mohín mimoso de sus
labios, la graciosa ferocidad de sus dientes partiendo palitos, y
principalmente su enfado, casi la hacían aparecer bella estando algo
distante de serlo.
«A otros podrías hacerles creer que tienes esas ideas
extravagantes--dijo León;--pero no á mí que te conozco desde que
éramos niños, y sé que tu corazón es bueno. Una madre cariñosa habría
formado en tí ciertos hábitos de que careces y corregido muchos
defectos que te hacen parecer peor de lo que eres; pero has vivido
en gran abandono: pasaste la niñez entre personas mercenarias, y
después, en la edad en que se forma el carácter y se hace, por
decirlo así, la persona, tu padre te lanzó bruscamente á la vida en
un torbellino de lujo, frivolidades y riquezas. De tus caprichos
hizo leyes, y no supo ó no quiso poner tasa á tus genialidades
dispendiosas. Tú sabes mejor que yo lo que ha sido tu palacio durante
mucho tiempo: un _maremagnum_ de desorden, la anarquía doméstica
en su último grado. Confiada á tí alguna vez la dirección de tu
casa, los criados se convertían en señores. Fué preciso que los
extraños te llamasen la atención para que comprendieras el saqueo
infame que allí reinaba, y echases de ver que te consumían en una
semana los fondos de un trimestre. Tu padre, ocupado en ganar
dinero, no pensó en enseñarte á conocer su valor, porque tu padre
es también un delirante, un insensato que no piensa más que en los
negocios, así como el jugador no piensa más que en la carta que ha
de venir... ¡Pobre Pepa, tan rica y tan sola!... Ahora me explico
muchas excentricidades de tu vida que el público comentaba de un
modo desfavorable para tí y en las cuales yo te disculpo, sí, te
disculpo... Hiciste construir una gran estufa en tu jardín, y una vez
armada, la mandaste quitar de la fachada de Oriente para ponerla en
la del Norte. Concluída de poner estaba, cuando la hiciste desmontar
y la cambiaste por una colección de porcelanas. En un mismo año
variaste tres veces todo el mueblaje y tapicería de tus habitaciones,
y hoy comprabas bronces, tallas y telas carísimas, para venderlo todo
mañana por la cuarta parte de precio. En tus viajes has gustado de
comprar preciosidades, pero no en tanto número como las chucherías
sin arte, ni elegancia, ni valor alguno. Reuniste una colección
de pájaros, para regalarlos después uno por uno. He oído contar
que solicitada por otros deseos y antojos, estuviste dos días sin
echarles de comer. Estableciste en tu casa un fotógrafo para que te
sacara vistas del jardín, de la escalera y retratos de los caballos;
y en tanto que así protegías las artes, no había en tu casa un solo
libro, ni uno solo, como no fuera algún almanaque estúpido ó alguna
mala novela que pedías prestada á tus amigas. Haces limosna, amparas
á los desvalidos, porque tienes un corazón excelente; pero oye el
relato de tus caridades; es preciso que oigas esto, Pepa, y que luego
medites. Un día se te presentó una mujer que pedía para celebrar
una novena: sacaste de tu gaveta dos mil reales y se los pusiste en
la mano. El mismo día se te presentó la viuda de un albañil muerto
en las obras de tu palacio, la cual se quedó con cinco hijos y sin
recursos: á esa le diste un duro. No conoces el valor ni la extensión
de las penas humanas, ni alcanzas la medida de las necesidades. Gran
peligro es no ver jamás el fondo de esa arca de dinero en la cual
metes sin cesar la mano para satisfacer tus gustos á cada instante
renovados. ¡Pobre Pepilla!... No extrañes que use contigo este
lenguaje, un poco duro, muy distinto de las adulaciones que oyes sin
cesar, pero que es sincero, leal y está inspirado en el deseo de tu
bien. Es el lenguaje de un hermano que quiere verte corregida y en
camino de ser feliz... porque temo por tí días muy amargos y hechos
graves que te enseñarán con abrumadora prontitud y realidad lo que
aún no sabes. La realidad, cuando hemos descuidado sus lecciones,
viene súbitamente á sorprendernos en medio de los goces, y nos
instruye á golpes... Tengo un sentimiento profundísimo al verte tan
desgraciada, tan sola, querida Pepa, en medio de este frío páramo de
tus riquezas, y no poder conducirte fuera, porque nuestros destinos
son distintos: á tí y á mí nos ha llevado Dios por sendas diferentes.
Tengo un sentimiento grande, y si quieres que te lo diga claro,
como deben decirse las cosas, te tengo lástima, sí, lástima... Yo
te estimo, te aprecio mucho; ¿cómo he de olvidar que hemos jugado
juntos en nuestra niñez, que nos hemos tratado en todas las épocas
de nuestra vida y aun... ¿por qué no decirlo? que hemos tenido el
uno para el otro esas inclinaciones superficiales, pasajeras, que
nos hacen novios á los ojos del vulgo?... Esto no puede olvidarse.
Siempre he sido y seré siempre para tí un buen amigo.»
Pepa pilló fuertemente entre sus dientes el palo ya muy mermado
de la flor, y tirando de ésta la deshojó. Volaron las hojas en la
ventana, y algunas fueron á posarse en la barba y cabeza del joven
que hablaba. Después, Pepa se llevó su pañuelo á la boca.
«¡Sangre!--dijo León cogiéndole la mano que oprimía el pañuelo.
--Es que me he clavado una espina en el labio,» dijo Pepa con voz
tan hondamente transfigurada, que León Roch se estremeció de pena.
Después de una breve pausa, la de Fúcar volvió á hablar, y con
acento más seguro, dijo: «¿Sabes que en tu nueva casa vas á estar
divertido?...
--¿Por qué?»
Pepa rió oprimiendo con las dos manos su agitado seno.
«Porque cuando tu cuñado Luis Gonzaga, el que está aprendiendo para
misionero, empiece á echar sermones por un lado y tú empieces á
soltar herejías por otro, no habrá quien pare en la casa. León, lo
dicho, dicho: eres un sabio insoportable, y tu talento da náuseas.
--Ya sé que el verdadero juicio tuyo sobre mi persona no es tan poco
benévolo.»
Pepa se inclinó un poco hacia afuera. León sintió próximo á su rostro
un aliento abrasado que le quemaba como una lámpara cercana.
«El que no ha estudiado otra ciencia que la de las piedras--dijo Pepa
con la voz más amarga que puede oirse,--es un idiota.
--Tal vez eso sea verdad... Ahora, querida Pepa, amiga á quien
profeso un cariño puro y fraternal, dame tu mano.»
Pepa se puso bruscamente de pie.
«Dame tu mano y despídete de mí lealmente... ¿No te dice tu corazón
que algún día necesitarás de mí... quizás un leal consejo, quizás
esa ayuda que los desgraciados se prestan unos á otros en los
inevitables naufragios de la vida?»
Pepa arrojó con violencia los restos de la rosa, cuyo roído tallo fué
á azotar la frente del joven. Este creyó sentir un latigazo.
«¡Yo necesitar de tí!...--exclamó.--¡Vanidoso...! Verdaderamente
me pareces un estúpido... Puede ser que si algún día veo que se me
acerca un pedante dando el brazo á una simplona, le pregunte: «¿quién
es usted?» ¡Despedirme de tí! Bueno: lo mismo me da que sea hasta
mañana ó hasta la eternidad.
--Como tú quieras--dijo León, alargando su mano.--Adiós. Te vas
mañana con tu padre. Yo no voy á Madrid por ahora. Quizás no nos
veamos en mucho tiempo.»
Pepa le volvió la espalda con brusco movimiento, y desapareció en
las tinieblas de su cuarto. León miraba hacia dentro sin ver nada.
Perfume delicado, tan ligero que parecía una ilusión del olfato, era
lo único que de la persona de la Marquesita de Fúcar había quedado en
la ventana junto al sabio perplejo. Era como un hueco conservando la
forma de la figura ausente.
«Pepa, Pepilla...» dijo León con acento cariñoso.
Pero no tuvo respuesta ni distinguió nada en aquel cuadro de
tinieblas profundas. Después oyó un débil gemido. Largo rato estuvo
en la ventana llamando á intervalos sin obtener contestación. Pero
los gemidos seguían, anunciando que en el fondo de aquella obscuridad
existía un dolor.
Esperó más; al fin se alejó paso á paso, turbado como un pecador y
tétrico como un asesino.
VII
Dos hombres con sus respectivos planes.
Tropezó con un bulto, sintiendo al mismo tiempo fuerte palmetazo en
el hombro, acompañado de estas palabras: «La bolsa ó la vida.
--Déjame en paz,» dijo León apartando á su amigo y siguiendo adelante.
Pero Cimarra se pegó á su brazo y le retuvo haciéndole girar sobre
un pie. Por un instante se habría podido ver en aquel grupo el paso
vacilante y el vaivén de un grupo de borrachos. Pero suposición tan
fea se hubiera desvanecido al oir á Cimarra, el cual, muy serio,
ceñudo y con la voz ronca y airada, dijo á su amigo:
«¡Suerte deliciosa!... Estoy luciéndome en Iturburúa.
--Déjame, tahur--replicó León con ira, sacudiendo el brazo en que
hacía presa su amigo.--No tengo humor de bromas ni intención de
prestarte más dinero... ¿Se ha retirado del juego el Marqués de Fúcar?
--Ahora va á su cuarto. Es hombre de una suerte abrumadora. Así está
el país... Esta noche el pobre país he sido yo... ¡Infeliz España!...
Solís ha ganado mucho. Desde que le han hecho Gobernador de provincia
tiene una suerte loca; las víctimas somos Fontán, el jefe de la Caja
de X... y yo... Es temprano. León, sube á tu cuarto y trae _guita_.»
León no dijo nada porque su espíritu estaba en gran confusión y
desasosiego, muy distante de la esfera innoble en que el de su amigo
se agitaba.
En vez de subir, como Federico quería, entró con él en la sala de
juego. Una de las víctimas antes mencionadas roncaba en un diván.
La otra se disponía á salir con gesto y voz que indicaban un humor
de todos los demonios, andando perezosamente y tomando precauciones
contra el fresco de la noche.
Los dos amigos se quedaron solos.
«No juego,» dijo León bruscamente.
Conociendo el genio poco voluble de León Roch, Cimarra pareció
resignarse, y sentado junto á la mesa acariciaba con sus dedos finos
y esmeradamente cuidados la baraja. El grueso anillo que ceñía su
meñique, despedía pálidos reflejos á la luz ya mortecina del quinqué,
y fijos los cansados ojos en las cartas, las pasaba y repasaba,
mezclándolas y remezclándolas de todas las maneras posibles. Eran en
sus manos como una masa blanda que aceptaba la forma que le querían
dar.
«Yo no tengo la culpa, yo no tengo la culpa--dijo lúgubremente León,
que se había sentado en un diván, mostrando hallarse muy agitado.
--¿De qué?--preguntó Federico mirándole con asombro.--A tí te pasa
algo, bandido. ¿En dónde has estado?
--No estoy enfermo. Lo que me pasa no puedo confiártelo... Es una
pena singular, un remordimiento... no, remordimiento no, porque en
nada he faltado... Una pena, un sentimiento... tú no comprenderías
esto aunque te lo explicase: eres un libertino, un depravado, un
corazón muerto, y tus emociones son de un orden profundamente egoísta
y sensual.
--Gracias. Si no soy digno de recibir la confianza de un amigo...
--Tú no eres mi amigo; no puede haber verdadera amistad entre
nosotros. El acaso nos hizo amigos en la infancia; la Naturaleza nos
ha hecho indiferentes el uno al otro. En esta región frívola, de pura
fórmula cuando no de corrupción, en que tú has vivido siempre, no
puedo yo respirar ni moverme. Llevóme á ella la vanidad de mi pobre
padre, cuyo cariño hacia mí ha tenido extravíos y alucinaciones. Mi
carácter y mis gustos me inclinan á la vida obscura y estudiosa. Mi
padre, que ganó una fortuna con el sudor de su frente en el rincón de
una chocolatería, quiso hacer de mí un sér infinitamente distinguido
y aristocrático, tal como él lo concebía en su errado criterio, y
me dijo: «Sé marqués, gasta mucho, revienta caballos, guía coches,
seduce casadas, ten queridas, enlázate con una familia noble, sé
ministro, haz ruido, pon tu nombre sobre todos los nombres.» Sus
palabras no eran éstas; pero su intención sí.»
La agitación de su alma no permitía á León permanecer sentado por más
tiempo, y se levantó. Hay situaciones en que es preciso aventar los
pensamientos para que no se aglomeren demasiado y anublen el cerebro,
formando en él como una negra nube de espeso humo.
«¿Y á qué viene eso?--preguntó Federico.--No hables tonterías y
echemos un...
--Dígote esto porque estoy decidido á desertar... Me son
insoportables los caracteres de esta zona social á donde mi padre me
hizo venir. No puedo respirar en ella; todo me entristece y fastidia,
los hechos y las personas, las costumbres, el lenguaje... las
pasiones mismas, aun siendo de buena ley. Sí: me entristecen también
los afectos disparatados, el sentimiento caprichoso y enfermizo que
se ampara de todas aquellas almas no ocupadas por una indiferencia
repugnante.
--Enérgico estás--dijo Cimarra tomando á risa el énfasis de su
amigo.--A tí te ha pasado algo grave: tú has recibido una picada
repentina, León. A prima noche te ví tranquilo, razonable, cariñoso,
un poco triste, con esa melancolía desabrida de un hombre que se va
á casar y vive á ocho leguas de su novia... De repente te encuentro
en la alameda, alterado y trémulo; te oigo pronunciar palabras sin
sentido; entramos aquí, y noto una palidez en tu cara, un no sé
qué... ¿Con quién has hablado?»
El jugador le observaba atentamente sin dejar de remover las cartas
entre sus dedos.
«No te diré--indicó León ya más sereno,--sino que mi cansancio va
á concluir pronto. Yo labraré mi vida á mi gusto, como los pájaros
hacen su nido según su instinto. He formado mi plan con la frialdad
razonadora de un hombre práctico, verdaderamente práctico.
--He oído decir que los hombres prácticos son la casta de majaderos
más calamitosa que hay en el mundo.
--Yo he formado mi plan--prosiguió León sin atender á la observación
del amigo,--y adelante lo llevo, adelante. No puede fallarme: he
meditado mucho, y he pensado el pro y el contra con la escrupulosidad
de un químico que pesa gota á gota los elementos de una combinación.
Voy á mi fin, que es legítimo, noble, bueno, honrado, profundamente
social y humano, conforme en todo á los destinos del hombre y al
bienestar del cuerpo y del espíritu; en una palabra, me caso.»
Federico le miraba y le oía con expresión de malicia socarrona.
«Me caso, y al elegir mi esposa... no está bien dicho elegir, porque
no hubo elección, no: me enamoré como un bruto. Fué una cosa fatal,
una inclinación irresistible, un incendio de la imaginación, un
estallido de mi alma, que hizo explosión levantando en peso las
matemáticas, la mineralogía, mi seriedad de hombre estudioso y todo
el fardo enorme de mis sabidurías... Pero esto no impide que antes
de decidirme al matrimonio no haya hecho una crítica fría y serena
de mi situación y de las cualidades de mi novia. Debo hacer lo que
haré, Federico, debo hacerlo; estoy en terreno firme; este paso es
acertadísimo. María me cautivó por su hermosura, es verdad; pero hay
más, hay mucho más. Yo procuré dominarme, acerquéme con cautela,
miré, observé científicamente, y en efecto, hallé dentro de aquella
hermosura un verdadero tesoro, no menos grande que la hermosura misma
que lo guardaba. La bondad de María, su sencillez, su humildad, y
aquella sumisión de su inteligencia, y aquella celestial ignorancia
unida á una seriedad profunda en su pensamiento y en sus gustos, me
convencieron de que debía hacerla mi esposa... Te hablaré con toda
franqueza: la familia de mi novia es poco simpática. ¿Pero qué me
importa? Yo me divorciaré hábilmente de mis suegros... No me caso más
que con mi mujer, y ésta es buena: posee sentimiento y fantasía, y
esa credulidad inocente, que es la propiedad dúctil en el carácter
humano. Su educación ha sido muy descuidada, ignora todo lo que se
puede ignorar; pero si carece de ideas, en cambio hállase, por el
recogimiento en que ha vivido, libre de rutinas peligrosas, de los
conocimientos frívolos y de los hábitos perniciosos que corrompen
la inteligencia y el corazón de las jóvenes del día. ¿No te parece
que es una situación admirable? ¿No comprendes que un sér de tales
condiciones es el más á propósito para mí, porque así podré yo
formar el carácter de mi esposa, en lo cual consiste la gloria más
grande del hombre casado?... porque así podré hacerla á mi imagen y
semejanza, la aspiración más noble que puede tener un hombre, y la
garantía de una paz perpetua en el matrimonio. ¿No te parece así?
--¿Me consultas á mí que soy un egoísta corrompido?...--dijo Federico
con ironía.--León, tú estás loco.
--Te consulto como consultaría á ese banco--dijo León, volviéndole
la espalda con desprecio.--Hay situaciones en que el hombre necesita
decir en voz alta lo que piensa para convencerse más de ello. Haz
cuenta que hablo solo. No me contestes si no quieres... Sí: la
haré á mi imagen y semejanza; no quiero una mujer formada, sino
por formar. Quiérola dotada de las grandes bases de carácter, es
decir, sentimiento vivo, profunda rectitud moral... conocimientos
muy extensos del mundo, y la ridícula instrucción de los colegios,
lejos de favorecer mi plan, lo embarazarían: tendría que demoler para
edificar sobre sus ruínas; tendría que ahondar mucho para buscar
buena cimentación.»
Entonces hubo un cambio de actitudes. Arrojó Federico la baraja sobre
la mesa, levantóse, y después de dar algunas vueltas alrededor de
León, que permanecía sentado, le puso la mano en el hombro, y en voz
baja le dijo:
«Señor sabio, también los ignorantes depravados fijan su mirada en
el porvenir; también forman sus planes, no con matemáticas, pero
quizás con más garantía de seguridad que los hombres prácticos.
Digamos, entre paréntesis, que el burro es un animal práctico... No
condenan el matrimonio: al contrario, le consideran necesario para
el adelantamiento de las sociedades y el perfeccionamiento de las
condiciones...»
Dió otras dos vueltas y añadió:
«De las condiciones del individuo. Ya comprenderás lo que quiero
decir... Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como
cadetes hacemos un estudio exegético de las cualidades de las dignas
hembras que van á ser nuestras mujeres... no aspiramos tampoco á
fabricar caracteres: esta manufactura la tomamos como está hecha por
Dios ó por el Demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela,
es del peor gusto. A otra cosa más que al carácter debemos atender
en estos apocalípticos tiempos que corren. La desigualdad de fortuna
entre los seres creados, y el desgraciado sino con que algunos
han nacido; el desequilibrio entre lo que uno vale y los medios
materiales que necesita para luchar con y por la vida, ¡oh! el pícaro
_struggle for life_ de los transformistas, es mi pesadilla... la
falta de trabajo que hay en este maldito país, y la imposibilidad de
ganar dinero sin tener dinero... ¿oyes lo que digo?... pues estas
causas todas y otras más nos obligan á considerar antes que el mérito
de nuestras futuras...
--¿Qué?...»
Cimarra hizo con los dedos un signo muy común, diciendo: «El
_trigo_...»
Como se ve, de su agraciada boca afluía el lenguaje complejo de
ciertos jóvenes del día, y mezclaba el idioma de los oradores con
el de los tahures, las elegantes citas en habla extranjera con los
vocablos blasfemantes que aquí no se pueden decir...
«La vida moderna--añadió,--se hace cada vez más difícil; los ricos
como tú pueden echarse á volar por el mundo de las moralidades y
no poner en su corazón deseo que no sea puro, ni tener pensamiento
que no sea la quinta esencia del éter más delicado. Pero no hay
que exagerar, como dice Fúcar. Yo sostengo que eso que los tontos
llaman el vil metal, puede ser un gran elemento de moralidad. Yo, por
ejemplo...
--¡Tú! ¿de qué eres ejemplo tú?...
--Yo... quiero decir que hallándome en posesión de una fortuna, sería
un modelo de patricios, y quizás pasaría á la posteridad con el
calificativo de ilustre. ¿Pues no es ya frase de cajón, frase hecha,
llamar ilustre á D. Francisco Cucúrbitas?
--Aunque quieras disimularlo, en tí hay un resto de pudor--le dijo
Roch.--Tu relajación no es tanta como quieres hacer creer.
--Todo es _al respetive_, como dice, siempre que bromea, mi amigo
Fontán--repuso Cimarra alzando los hombros.--No se puede juzgar así,
tan á la ligera, á un hombre que vive entre ricos y es pobre. Fíjate
bien en esto. A tí se te puede hablar con franqueza. Mis proyectos
no son todavía más que anteproyectos, querido... allá veremos... se
me figura que he empezado bien. El tiempo lo dirá. Puede que algún
día, cuando vivas olvidado de mi en medio de tu felicidad de marido
pedagogo, oigas decir que este perdido de Cimarra se ha casado. A eso
vamos, á eso marchamos. Este pobre tiene también sus planes y sus
filosofías. Todos somos galápagos, y otros tienen más conchas que
yo... No creas que me desentiendo de las prendas morales de mi mujer;
y estoy seguro de que no me caso con un monstruo. Habrá honradez,
señor sabio; habrá honradez, hijos y hasta nietos.
--¿Has elegido?
--He elegido... Te advierto que no doy gran valor á la belleza
física. Los hombres superiores no se dejan seducir y enloquecer como
tú por unos ojos más ó menos grandes y una boca que luego han de
afear los años... La hermosura tan sólo vive ¡ay! como dijo el poeta,
_l’espace d’un matin_... Hay un conjunto agradable y simpático,
maneras distinguidas, cierta discreción, cierta travesura agradable,
chiste y hasta _sandunga_... De educación no estamos bien; pero no
pensamos poner cátedra... Hay mucho bueno, algo que no lo es tanto;
abundan las genialidades tontas, los caprichos, los hábitos de
despilfarro...»
León palideció, fijando en su amigo una mirada ávida.
«A mí me importa poco que rompa platos que no valen nada, que haga
pedazos un cuadro de Murillo, que haga picadillo de encajes... Hay
cosas en que los maridos no deben meterse.»
Roch miró con estupidez el hule verde de la mesa en que apoyaba sus
codos.
«¡Hombre, cómo se va el tiempo!...--dijo bruscamente, levantándose y
abriendo la ventana.--¡Si es de día!...»
La claridad de la mañana entró en la sala. Iluminados por aquélla,
los dos rostros aparecieron melancólicos y pálidos. La luz de la
lámpara brillaba aún lacrimosamente dentro del tubo y alargaba fuera
una lengüeta negra, delgada, hedionda.
«¡Qué vida para reparar la salud!» dijo León. Miró luego por la
ventana el cielo turbio y lloroso, cuya tristeza servía de cuadro
sombrío á la tristeza de los dos trasnochadores. León empleó un rato
en la contemplación vaga de que apenas se da cuenta el espíritu
en horas de cansancio y que fluctúa entre el sueño y la pena, no
siéndonos posible decir si dormimos ó padecemos. En aquel momento
Federico halló en su amigo un aspecto excesivamente triste, pues
todo en él era negro, la ropa y la barba; y su hermosa fisonomía,
de un moreno subido, tenía cierto tinte acardenalado, á causa del
insomnio. Su ancha frente, llena de majestad, mas revelando brumosas
cavilaciones, dominaba su persona como un cielo cerrado y opaco que
guarda en sí la luz y sólo muestra las nubes.
Volviéndose repentinamente hacia su amigo, León dijo: «Pues buena
suerte.
--Siento no poder dormir un poco--manifestó Federico.--Me muero de
sueño; pero tengo que ponerme en camino con Fúcar.
--¿Te vas?
--¿No te lo había dicho? Se han empeñado en que les acompañe... Vamos
adelante, adelante con los faroles.»
Cimarra aderezó sus palabras con una sonrisa maliciosa.
«Buen viaje,» dijo León volviéndole la espalda.
Sintióse más tarde el ruido de los coches del Marqués, ya dispuestos
para llevar á los viajeros á la estación de Iparraicea. Subió
Federico á su cuarto para arreglarse precipitadamente, y al poco
rato oyóse en el falansterio el estrépito que acompaña á la salida y
entrada de huéspedes, arrastre de equipajes, rugido de mozos, chillar
de criados. León permaneció en la sala de juego, y aunque sentía
la voz del Marqués y de su hija que entraban en el comedor para
desayunarse, no quiso salir á despedirles.
Media hora después partió un ómnibus cargado de mundos y de criados,
seguido de la berlina que llevaba á los tres viajeros. León vió el
primer coche pasar junto á su ventana; pero antes de ver el segundo,
dió media vuelta, y marchando de un ángulo á otro con las manos en
los bolsillos, dijo para sí: «Debo estar tranquilo: yo no tengo
culpa.»
Salió después al pasillo, donde empezaban á aparecer arrebujados y
claudicantes los bañistas de más fe. Los bañeros, con sus mandiles
recogidos, entraban en los calabozos donde yacen las marmóreas tinas,
y con el vaho sulfuroso salía por las puertecillas ruido de los
chorros de agua termal y el de las escobas fregoteando el interior de
las pilas.
Después salió á la alameda, y como viese á lo lejos los dos coches
que subían por el cerro de Arcaitzac, dió un suspiro y dijo para sí:
«¡Desgraciados los que no logran encadenar su imaginación!»
Descansó tres horas en su cuarto, y á las nueve ocupaba un asiento
en el coche de Ugoibea. Su semblante había cambiado por completo, y
parecía el más feliz de los hombres.
VIII
María Egipciaca.
Pasaron algunos meses, y León Roch se casó el día señalado, á la hora
señalada y en el lugar señalado para tan gran suceso, sin que cosa
alguna contrariase el plan formado á su debido tiempo y con todo
rigor cumplido. Su alma gozaba de aquel contento que viene tranquilo,
manso y sin ruido, como el soplo de primavera; contento que recrea la
vida sin embriagarla, y que ofreciéndose al alma en dosis mesuradas,
no la deja satisfacerse por entero, y así la pone á salvo del tedio.
Filósofo y naturalista, León creyó que ningún estado mejor podía ni
debía ambicionar.
La belleza de María Egipciaca tomó desarrollo admirable después de la
boda, y en este aumento de hermosura vió el esposo como un gallardo
homenaje tributado por la Naturaleza á la idea del matrimonio, tan
sabia y filosóficamente llevada de la teoría á la práctica. «Somos un
doble espejo, decía, en el cual mutuamente nos recreamos, y á veces
no sabemos si la imagen contemplada es la mía ó la de ella. De tal
modo se confunden nuestros sentimientos.»
El amor de María Egipciaca, que era al principio tímido y frío
como corresponde á un Cupido bien educado que acaba de quitarse
la venda, fué bien pronto arrebatado y ardoroso. La pasión, que
primero había estado detrás de la cortina, presentóse después con su
tea incendiaria, su cáliz divino, su dogal de ansias perpetuas que
producen una estrangulación deliciosa, por lo que el marido estuvo
durante algún tiempo olvidado de sus planes pedagógicos, aunque
su razón en los momentos lúcidos le hacía comprender la urgente
necesidad de ponerles en uso y de realizar en la práctica el mejor de
los sistemas. Poco á poco fué recobrando su habitual equilibrio, y
los sentimientos irritados descendieron al punto subalterno que en su
alma les correspondía. Hallóse al fin como quien sale de un letargo.
Vió su espíritu como grande y hermoso país que ha estado largo tiempo
ocupado por una inundación; pero ya las aguas bajaban, dejando
ver primero los picachos más altos, después las lomas, al cabo la
llanura. Entonces dijo: «Esto va pasando: necesariamente tiene que
pasar. Cuando pase, yo abordaré resueltamente la temida cuestión,
y empezaré á modelar (empleaba con mucha frecuencia este término de
escultura) el carácter de María. Es un barro exquisito, pero apenas
tiene forma.»
La mujer de León Roch era de gallarda estatura y de acabada gentileza
en su talle y cuerpo, cuyas partes aparecían tan concertadas entre
sí y con tan buena proporción hechas, que ningún escultor la soñara
mejor. Sus cabellos eran negros, su tez blanca linfática con
escasísimo carmín, y así se realzaba su expresión seria y apasionada
en tal manera, que cuantos la veían se enamoraban y sentían envidia
de su esposo. No tenía tipo español, y su perfil parecía raro en
nuestras tierras, pues era el perfil de aquella Minerva ateniense que
rara vez hallamos en personas vivas, si bien suele verse en España y
en Madrid mismo, donde hallará el curioso un ejemplar, único, pero
perfecto. Sus ojos eran rasgados, grandes, de un verde oceánico,
con movible irradiación de oro, y miraban con serenidad sentimental
que podría pasar por sosa aquí donde, si se reúne mucha gente y un
ejército de ojos negros, se advierte un verdadero tiroteo granizado
de saetazos. Pero las miradas de María no tenían fama de desabridas,
sino de orgullosas. Sus labios eran tan rojos como recién abiertas
heridas, su cuello airoso, su seno proporcionado, y sus manos
pequeñas _y de dulce carne acompañadas_, como las de Melibea.
Hablaba con calma y cierto dejo quejumbroso que llegaba al alma de
los oyentes, y reía poco, tan poco que cada día iba creciendo su fama
de orgullo; y era tan reservada en sus amistades, que en realidad
no tuvo amigas. Había adquirido desde su infancia tal renombre de
sensatez, que sus mismos padres la diputaban como lo más selecto
que la familia había dado de sí en todo el curso de su gloriosa
existencia.
Con esta belleza tan acabada que parecía sobrehumana, con esta mujer
divina en cuya cara y cuerpo se reproducían, como en cifra estética,
los primores de la estatuaria antigua, se casó León Roch después de
diez meses de relaciones platónicas. Fué ocasión de su esclavitud
un súbito enamoramiento que le sobrecogió al verla por primera vez
y tratarla en una reunión de la Corte, cuando María, recién salida
al mundo, se hallaba en aquel peregrino estado de pimpollo en que
la belleza de la mujer se marca con un sello de inocencia y aparece
matizada aún con el rocío de esa encantadora mañana que se llama
infancia. Se enamoró como un pastor, vergüenza da decirlo, y él
mismo se asombraba de ver que el teodolito de topógrafo y el soplete
de mineralogista trocábanse en sus manos en caramillo ó flauta de
bucólico vagabundo.
¿Pero vió en su mujer algo más que una extraordinaria belleza? ¿Qué
parte tenía su corazón en aquel delirio? Sería gracioso que se dejase
arrastrar por la imaginación quien tanto se jactaba de tenerla por
esclava.
* * * * *
Crióse María en un pueblo próximo á Ávila con su abuela materna,
señora de grandísima terquedad y tiesura, que á menudo hablaba de
principios sin dar nunca á conocer de un modo concreto cuáles eran
los suyos y en qué se distinguían de los ajenos. Al amparo de esta
noble señora, que á los sesenta años tuvo la abnegación de trocar las
vanidades del mundo por la estrechura de una casa rústica, el lujo y
bullicio por la huraña soledad de un páramo, y la crónica escandalosa
de Madrid por la chismografía de aldea, recibió María su primera
instrucción. Sabía leer bien, escribir mal, y recitaba la doctrina
sin perder una coma. A excepción de algunas ideas gramaticales y
geográficas que le inculcó una maestra de gran sabiduría, todo lo
demás lo ignoraba. Más tarde supo la niña, hojeando algunos libros,
allegar ciertos conocimientos de esos para cuya adquisición no se
necesita gran esfuerzo.
Compañero en aquel período de su vida en el páramo fué su hermano
gemelo Luis Gonzaga. La abuela les quería locamente á los dos y les
llamaba los ángeles de su muerte, porque decía que, teniéndolos á su
cabecera en la hora tremenda, le sería más fácil enderezar á Dios
con devoción profunda sus últimos pensamientos. Ellos, que también
se amaban con toda su alma, compartían sus juegos, los trabajos de
las lecciones, el pan y queso de las meriendas y los húmedos besos
de su abuela. Paseaban juntos por los horribles pedregales avileses,
y de noche se sentaban con la cabeza echada atrás para contar á
competencia las estrellas que en aquel país se ven más claras que en
ningún otro paraje del mundo. Se les oía decir:
«Cuenta tú por ese lado, que yo contaré por éste... No me quites mi
cielo ni te salgas del tuyo... Vaya, que lo de este lado me toca á
mí... Medio cielo para cada uno.
--Todo será para entrambos--le decía una clueca voz desde la ventana
alta.--Vaya, angelitos míos, venid á cenar, que es tarde.»
Leían á menudo vidas de santos, única lectura que en aquellas
soledades era posible; y tan á pechos tomaron ambos niños las
estupendas historias de padecimientos, trabajos y martirios, que
sintieron deseo de que les martirizaran también á ellos, y ocurrióles
la misma idea que cuenta Santa Teresa en el relato de su infancia,
cuando ella y su hermanito discurrieron ir á tierra de infieles para
que les cortaran la cabeza. María y Luisito salieron una mañana por
aquellas áridas tierras, resueltos á no detenerse hasta que no les
deparase Dios un par de moros que les descuartizaran. Quedáronse
dormidos al amparo de una peña, y allí el Autor de todas las cosas,
Dios omnipotente, les dió un beso y les entregó á la Guardia civil.
Recogidos por la pareja, fueron llevados á la casa.
Vivían en un país casi desierto, lejos de toda humana sociedad. El
cura les llamaba los _niños del yermo_, y les sentaba sobre sus
rodillas para entretenerse con ellos en el juego de los dedos, en el
cual, cada uno de los de la mano es un personaje figurado, y entre
todos representan una especie de comedia ó pasillo, _verbi gratia_:
el dedo gordo es un frailazo que llega á la puerta de un convento de
monjas, llama con gruesa voz, y al punto contesta el dedo anular con
voz de tiple. _Tan, tan.--¿Quién...?--El fraile que quiere entrar._
Todo se reduce á que fray Pedro va en busca de unas coles, que las
monjas le dan de palos y él se retira refunfuñando. Con esto se reían
mucho los dos gemelos, en edad en que los chicos apetecen por lo
común muñecos más divertidos que sus propios dedos.
Crecieron, y sus juegos iban siendo menos primitivos, sus lecturas
las mismas y sus caracteres muy serios y formales. Luis Gonzaga
cautivaba á todos por su índole reservada y juiciosa, así como por
su incapacidad para travesuras. Unicamente le reprendían su afán de
vagar por las soledades pedregosas, aspirando el ambiente fino y
helado que sin cesar bate las inmensas moles graníticas, semejantes
á ruínas de una colosal arquitectura, ó á osamenta de un mundo cuya
carne se han llevado las aguas. Gustaba de estar solo, ambicionaba
apacentar las cabras sedientas y flacas que saltan de hueso en hueso
sobre aquel esqueleto de una Arcadia muerta ya y seca. Despreciaba el
frío, despreciaba el calor. Un día le encontraron tendido á la sombra
de un pino, único ejemplar allí existente de la familia arbórea, y
que triste, pelado y vacilante, parecía decir como el cartujo: «De
morir tenemos.» Luis Gonzaga escribía cosas en un papel, valiéndose
de un lápiz trompudo, sin cesar mojado en saliva. Sorprendido por el
cura, arrebatóle éste el escrito, y vió unos renglones desiguales,
sin rima, sin numen, sin gramática ni ortografía, que le causaron
risa, porque él también entendía un poco de humanidades.
«Ni esto es verso--le dijo,--ni es tampoco prosa.»
No era verso ni prosa, pero sí poesía: eran estrofas, renglones
bíblicos, que expresaban las agitaciones de un alma contemplativa.
¡Cómo se reía el cura leyendo: «Llega el obscuro de la noche, y las
ovejas del cielo se extienden por el grandísimo campo azul, guardadas
por los ángeles bonitos... El Señor ha pasado ayer en un carro de
truenos, del que tiraban relámpagos, que resollaban con granizo y
sudaban con lluvia... Yo temblé como llama en el viento, y dí mil
vueltas en mi idea, como la piedrecilla arrastrada por el río... Soy
como el cardo seco á quien se pega fuego: haciéndome humo, suelto mi
ceniza y subo al cielo!»
Un día la abuelita se levantó más tarde que de costumbre, el rostro
encendido, torpísima el habla, las pupilas resplandecientes como dos
botones viejos, á los cuales con el roce se hubiera dado brillo.
Observaron con dolor todos los de la casa que la señora decía mil
disparates, y aunque esto no era en absoluto una novedad, éralo
por la repetición constante de los despropósitos, sin intervalo de
discreción. Cuando el cura le tomaba el pulso, la señora se agarró de
su brazo, después de echarse un mantón por los hombros, y riendo con
estupidez delirante, gritó:
«Al baile... ¡señor cura, vamos al baile!»
Hizo dar dos vueltas al reverendo, y después cayó como un plomo.
No le alcanzó más que la Extremaunción. Muerta y enterrada, los
dos gemelos volvieron junto á sus padres, que estaban entonces
en un período de grandísima escasez y apretura. Luis Gonzaga fué
mandado á Carrión de los Condes, de donde pasó á Francia; y María,
que afligió á la familia por su estado cerril, fué llevada á un
establecimiento de esos que llevan el nombre de colegio. Salió de él
á los dos años con el barniz que en tales casas se da, y su madre
la presentó á los amigos; entonces la familia de Tellería principió
á salir del abatimiento y obscuridad en que estaba, á causa de un
cambio favorable en su fortuna; y al fin la Marquesa abandonó aquel
apartamiento que tanto le repugnaba, y durante algún tiempo se vió
á madre é hija discurrir por las varias esferas de la sociedad
distinguida y andar en lenguas de aduladores como en plumas de
revisteros, y hartarse de palco y landó, y eclipsarse en los veranos
para reaparecer en los inviernos con nuevo brillo. Por último, vino
un día deseado y María se casó.
Fué considerado este matrimonio como un golpe de suerte para los
Tellerías, nobles de segunda fila, cuyo bienestar material no debía
inspirarles grandes escrúpulos en la elección de maridos. Dígase
lo que se quiera, las familias nobles del día no profesan á sus
pergaminos un culto fanático, y si se exceptúan media docena de
nombres que unen á su resonancia histórica un caudal sano, aquéllas
no vacilan en aceptar las alianzas convenientes y substanciosas,
fundiendo la nobleza con el dinero; y así vemos un día y otro que
las doncellas de ilustre cuna dan la mano, y la dan con gusto, á los
marqueses de última emisión hechos al minuto, á los condes haitianos,
á los políticos afortunados, á los militares distinguidos y aun á
los hijos de los industriales. La sociedad moderna tiene en su favor
el don del olvido, y se borran con prontitud los orígenes obscuros
ó plebeyos. El mérito personal unas veces, y otras la fortuna,
nivelan, nivelan, nivelan con incansable ardor, y nuestra sociedad
camina con pasos de gigante á la igualdad de apellidos. No hay
país ninguno entre los históricos que esté más próximo á quedarse
sin aristocracia. A esto contribuyen, por un lado, el negocio,
haciéndoles á todos plebeyos, y por otro el Gobierno, haciéndoles á
todos nobles.
La felicidad de aquel matrimonio no tuvo en los primeros meses otras
contrariedades que la sombra que proyectaban á veces sobre ellos
los parientes de María. Pasado algún tiempo, León empezó á creer
que se prolongaba más de lo regular la ternura apasionada, inquieta
y quisquillosa de su mujer. Esto habría carecido de importancia si
con ello no coincidiera una resistencia acerada á plegarse á ciertas
ideas y sentimientos de su marido. Grandísima tristeza tuvo León
cuando vió que sin dejar de amarle arrebatadamente, María no iba
en camino de someterse á sus enseñanzas, no ciertamente del orden
religioso, pues en esto el discreto marido respetaba la conciencia
de su mujer. ¡Estupendo chasco! No era un carácter embrionario, era
un carácter formado y duro; no era barro flexible, pronto á tomar la
forma que quieran darle las hábiles manos, sino bronce ya fundido y
frío, que lastimaba los dedos, sin ceder jamás á su presión.
Una noche, al año de casados, hallábanse solos en su gabinete. Habían
hablado larga y cariñosamente de la conformidad de pensamientos
como base inquebrantable de todo matrimonio pacífico. Agotada la
conversación, el uno había tomado un libro para hojearlo junto á
la chimenea, y la otra rezaba. De repente, María Egipciaca dejó el
reclinatorio, y acercándose á su marido, le puso la mano en el hombro.
«Tengo una idea--le dijo clavando en él su misteriosa mirada
verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro,
dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver á
Dios;--tengo una idea que me enorgullece, León.»
León aguardó un poco, por no dejar interrumpido el párrafo, y después
oyó á su mujer.
«Voy á manifestarte mi idea--añadió ella.--Yo, mujer débil, inferior
á tí en muchas cosas, y principalmente en saber y experiencia,
lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.»
León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole:
«Yo no soy superior á nadie, y menos á tí.
--Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa...
Tú, con tu juicio, que crees tan fuerte, aspiras á cambiar mi
carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios,
aspiro á conquistar el juicio tuyo, haciéndote á mi imagen y
semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!
--¿Cómo lograrás eso?--dijo León rodeando con el brazo la cintura de
su mujer.
--No sé si intentarlo poco á poco... ¡ó así!»
Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de
su esposo y lo arrojó á la chimenea, que ardía con viva llama.
«¡María!» gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para
salvar al pobre hereje.
Ella le estrechó en sus brazos impidiéndole todo movimiento; le besó
en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso á rezar
de nuevo.
¿Qué decía el libro? ¿Qué decía el rezo?
IX
La Marquesa de Tellería.
Los Marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León
Roch, atento á que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese
la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado
una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le
encontraremos dos años después de su boda.
«Buenos, días, León... ¿Estás solo? ¿Y Mariquilla?... ¡Ah! estará
en misa: yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la
de once en San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis
reñido?... Pero me sentaré... Dime, ¿cuánto te han costado esas
estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces...
Pero dime, ¿todavía vas á meter más libros en este despacho? Esto es
la biblioteca de Alejandría. ¡Oh! ¡no es como tú toda la juventud
de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del
mundo cuando lleguen á la edad madura esa multitud de jóvenes
viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de
esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los
muchachos sean casquivanos y sin substancia... pero los viejos son
más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los
chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte,
querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco.»
Azotó la Marquesa con su hermosa mano el brazo de la butaca más
próxima, y sentado en ella León, dispúsose á oir á su madre política.
Era ésta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después
de una larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían
presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más
rezagados. Y no obstante, aún la hermosura de la dama prevalecía
resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte
entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado
con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las
más espléndidas. Su cuerpo airoso y antaño lleno de majestad, se
inclinaba ya como presintiendo su bajada á las frías honduras del
sepulcro, si bien el férreo costillaje del corsé mantenía en aparente
firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros
y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y á
veces se abrillantaban con gracia y embeleso, semejando á un rasgo
de inspiración en medio de la oda académica compuesta de imágenes
arcáicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado
al rubio veneciano, pasaba ora del rubio de Venecia á un plateado
indeciso y pulverulento.
Su tez, áspera ya y sin lisura, desaparecía bajo una especie de
vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas,
dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros
el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad
y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto
en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, perdíase á
veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen
un poco los dientes, todavía enteros, bonitos, iguales. Su sonrisa,
toda gracia y desdén, los mostraba á cada rato, por hábito antiguo
que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado
doble comenzaba á desorganizarse como un ejército que cree haber
peleado bastante. Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era
abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual
frase ingeniosa al aluvión de palabras insubstanciales que forma el
fondo de la conversación corriente entre personas sin médula.
«Ya escucho, señora,--dijo León.
--No me gustan rodeos--añadió la Marquesa.--Además, María te habrá
hablado de esto. Tu padre político es un perdido.
--Creo que exagera usted un poco. El Marqués gusta de divertirse...
es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.
--No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefendible...
¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un
hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo: me
repugna ver al Marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa;
aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos
años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo
empezó á frecuentar el _Círculo_ de los muchachos; tropezó con
algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo
de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece
rejuvenecido? ¿No te hace reir, confiésalo con franqueza, su empeño
de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos
que mariposean por Madrid... De veras es cómico... Siempre le tienes
de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades
un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre,
porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí en la confianza de
la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que
no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fué ordenado, pero
tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel,
pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible...
¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado
siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está
quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay! ¡cuánto envidio
á la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón
en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida.
Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy
poco apegado á sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por
su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos á
pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al
paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro
lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para
una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María, aquél tan
profundamente apegado á su carrera eclesiástica que será, según me
dicen los Padres, un verdadero santo; ésta casada contigo, feliz
contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en
completa armonía! ¡Lástima que no tengáis hijos!»
Al llegar aquí, la Marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dió
libertad á algunas lágrimas que no llegaron á rodar por sus mejillas:
tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió
exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre.
Según dijo, había padecido mucho por el carácter ligero del Marqués
y la condición díscola ó superficial de Gustavo y Leopoldo; había
consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heróicos
para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado
para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano
de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los
chicoleos juveniles del Marqués y los extravíos de sus hijos
llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse á una vejez de
miseria humillante, ni á vivir de la limosna de su hija, casada
con un hombre rico: sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le
permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente
que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los
cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... ¡Y si ella lo
dijese todo, si ella revelase lo más negro...!
«Sí, lo revelaré... á tí se te puede decir todo--añadió mirando á su
yerno con cierto éxtasis.--No sólo tienes el deber, sino el derecho
de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el
Marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de
ella... esa que llaman _la Paca ó la Paquira_... no vale nada, pero
es graciosa y elegante. Le comió al Duque de Florunda lo poco que
le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está
con un pie en el sepulcro... Esto más que ira da compasión, ¿no es
verdad?»
León meditaba.
«¿En qué piensas, hijo?
--En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.
--Eso quiere decir que sufra y aguante... ¡Pero si mi vida ha sido
un puro martirio!... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y
las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan al
buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh!
Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me
prestaste y que yo debía devolverte este mes como convinimos.
--No importa--dijo León deseando cortar delicadamente aquel
asunto.--No se ocupe usted de eso.
--Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me
hacen falta otros tres mil.
--Tampoco importa: los tendrá usted.
--¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!...
Será la última vez, porque estoy decidida á montar la casa con un
régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales
de Arriba.
--No es preciso garantía... Repito...
--¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!...
¿Cómo te pagaré?...--dijo la Marquesa visiblemente trastornada por
una emoción verdadera.--No creas: también tú tienes que agradecerme.
Me ocupo de tí, de tu bien, y algunas veces me apresuro á quitar de
en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra á tu felicidad. Anoche
reñí con tu mujer.
--¿Con María?
--Con María, sí: también ella tiene sus defectos, aunque defectos
que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes.
Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo
comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar
algunos disgustillos.»
León dió un suspiro.
«Algunos--indicó;--pero no graves.
--Vamos, no vengas á quitar importancia á vuestras desazones--dijo la
Marquesa, contrariada de que León suavizase lo que á ella le convenía
endurecer.--La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está
sobre todo; pero le atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que
los pensamientos de mi hija son indóciles é indomesticables como las
fieras del desierto.»
León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta
afirmativa más triste aún.
«Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos
han enseñado una fe, y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore
y se desespere porque no vas todos los días á la iglesia como ella,
ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en bobadas... vamos,
esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?...
me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un
yunque, y al fin...
--¿Y al fin?...
--La convencí, sí, la convencí de que no se puede exigir á los
hombres ciertas prácticas, que si en nosotras están bien, en ellos
serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres
del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una
cosa: María empleando su tiempo en devociones, y tú gastándolo en tus
estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso
tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen
sus ideas, y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa
que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres
no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se
desavenga por esto, me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no
sabes su pretensión? Aspira nada menos que á convertirte, á hacerte
aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la
risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería
quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima! ¡unas
encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría á mí de que
mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal de que me amase
mucho y no amase á ninguna más que á mí... ¡Celos de los libros!
jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza
le hablé: le dije que tú eras el hombre mejor de la tierra... Ella
convenía en esto; pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales
más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un
fantasma; que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como
se hablaba antes de las brujas á pesar de no existir tales brujas.
Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor
que podía hacer para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un
poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar
de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy
religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto
con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija deba imitarme?»
León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó
de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y
mirando á su suegra, le dijo:
«Hoy mandaré á usted los sesenta mil reales.
--¡Ah! ¿te ocupabas de eso?--repuso la Marquesa, cuyo
semblante parecía que con la irradiación del gozo se ponía
fosforescente.--Bueno: mándalo, te daré el recibo... ¡Pero cómo me
estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que
tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy á perder la
misa!...»
Levantóse apresuradamente y dió la mano á su yerno.
«El Padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro á San Prudencio.
¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto á casa, que
estás muy solo. Abur, abur.»
X
El Marqués.
Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por
cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza,
semejante á un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo
en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran
en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que
en ella cautivaba, en él hacía reir, y lo serio se mudaba en cómico,
porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una
mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo
mezquino.
Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su
cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de
benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban su persona, brillando
como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un
hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien: era
un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por
contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que
difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía,
porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha
hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad
que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo
no permitan decir _las masas aristocráticas_.
Y aquel sér vacío y sin luz tenía palabras abundantes no exentas
de expresión, y manejaba á maravilla todos los lugares comunes de
la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin
quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro
de frases hechas, que para muchas personas es compendio y cifra de
la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya _mucha
administración y poca política_; estaba convencido de que _este
país es ingobernable_; deseaba que se conservasen _las venerandas
creencias de nuestros antepasados_, para que volviéramos á ser
asombro de _propios y extraños_; creía firmemente que _aquí no puede
haber nada bueno_; _que éste es un país perdido_, á pesar de _la
fertilidad del suelo_; y al mismo tiempo sostenía con rutinaria
devoción los dogmas inquebrantables de la _hidalguía castellana_,
de la _religiosidad nunca desmentida del pueblo español_, de la
_tendencia materialista del siglo_, etc. Tenía además _grandísimo
horror á las utopias_, y para él todo lo que no entendía era una
utopia. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve,
ninguna sonaja.
«¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda
de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un
príncipe por las obras de arte que contiene!... siempre aquí, querido
León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa;
no faltaron las lágrimas de siempre. Va á que su mamá la consuele,
y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen
como ropa de Pascua. Allí no se piensa más que en los abonos de los
teatros y en los Triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen
todas á hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿que
tienes?
--¿Yo?--dijo León mirando á su suegro como quien despierta de un
sueño y se ve delante de un desconocido...--¿Decía usted...?
--Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de tí en
casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al Marqués de tan mal
humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre D. Pedro no hace
más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles
bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No
vas por allá?... Tienes buenos cigarros, á fe mía...»
El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un
instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan
sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que
el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones
lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía
una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor
modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho,
un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande
como un facistol, mostraba en franjas de colores las edades del
mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus
ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares
conchylológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus
graciosas bóvedas esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando
huevos en distintos grados de incubación; modelo del ojo humano
en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas
resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y
enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del Marqués, que, por
lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia.
«¿Te dedicas también á la Historia Natural?--dijo éste con expresión
de tolerancia.--Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del
materialismo. ¡Bonito servicio estáis haciendo al género humano,
arrancándole _sus venerandas creencias_, para darle un cambio...
¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los
monos del Retiro!»
Rióse con pueril carcajada de su propia ocurrencia, y después echó
una ojeada sobre los estantes de libros.
«¿Sabes--dijo súbitamente,--que soy ponente de la Comisión que ha de
dar informe sobre la _Ley de vagos_?
--Darán ustedes un informe brillante.
--¡Oh! es cuestión delicada--añadió el Marqués, echándose atrás en
la mecedora, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies
en el aire;--es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al
Presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena _Ley de
vagos_, no hay que pensar en una buena política.» Hay que ir al fondo
de las cosas, á las causas fundamentales, ¿no te parece? De la
multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y
pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto,
proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te
respondo del orden social.
--Muy bien pensado--dijo León.--Barrer, barrer es lo que importa.
--¡Ah! lo malo es que no puedo dedicar á la Comisión todo el tiempo
que deseara. Estoy muy ocupado. Y á propósito, querido León, tengo
que hablarte de un negocio.»
Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo
con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba
expertamente. No podían faltar á aquel hombre enteco emociones
íntimas y donosura cortesana para velarlas.
«Ya sabes que soy consejero de Administración del _Banco de
Agricultores_. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de _levantar
el crédito territorial del abismo en que yace_.»
Esta y otras frases de suelto financiero andaban por la boca del
Marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después varias cosas
jamás oídas, á saber: que España es _esencialmente agrícola_; que
la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales;
que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que
es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente
para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden...
El Marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y
no del repertorio, se le atascó. El _Banco de Agricultores_ estaba
íntimamente ligado á la gran compañía inglesa _Spanish Phosphate
Limited_, destinada á hacer una transformación en nuestro país...
Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos _polos
del eje sobre que ha de girar la regeneración agrícola del país_.
(Esta también era frase de prospecto.) El Marqués concluyó la arenga
diciendo con aparente indiferencia:
«¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras
acciones?
--Necesito mi capital para vivir,--dijo León con fingida inocencia.
--¡Hombre!...»
León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el Marqués
perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y
parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que
eclipsándose ó apareciendo en su cara, expresaba los distintos
afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñóse
en dar á las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico
de las astas de un toro, se levantó y se puso á observar los objetos
de Historia Natural. «Bien: no hay más que hablar de este asunto,»
murmuró.
Siguió observando, revolviendo, tocando aquí y allí, cogiendo algunos
objetos para acercarlos á sus ojos, y adaptando después uno de éstos
al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí
misma que caracteriza á la ignorancia:
«Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te
aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?...
¡Ya! como no la ven, sostienen que no existe.»
Y antes que su yerno le diese contestación, fuese á él, parósele
delante, le miró un buen rato, y moviendo la cabeza, le dijo:
«Estoy pensando que á mi pobre hija no le falta razón para
quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero
vamos á cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas;
mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén
por las _venerandas creencias del pueblo español_ la ofenden, la
lastiman, la afligen sobremanera. Querido--añadió poniéndole la mano
en la frente con apariencias de cariño,--recuerda que el pueblo
español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en
Alemania, país de las locas _utopias_?»
León dijo algo.
«No, no, no basta que la dejes en libertad--replicóle Tellería con
viveza.--Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que
espanta. Yo... te soy franco: más querría perder mi posición y mi
nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has
ganado. Comprendo las angustias de María: ella es religiosa; parece
que, nacidos de un mismo vientre su hermano y ella, nacieron para
ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y
no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por
haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el
que menos todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir,
yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la médula; á mí no me vengan
con filosofismos... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes,
cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto,
guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo
_eminentemente religioso_... recordamos que las clases populares
necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos
en Alemania. ¡Oh! te juro que aborrezco las _utopias_. El pueblo
español tendrá muchos defectos, pero jamás ultrajará lo que ha sido
causa de su gloria y del respeto que infundió _á propios y extraños_.
Por encima de nuestras miserias descollará siempre la _hidalguía
castellana_, para...»
El noble señor no pudo concluir su frase, porque León le interrumpió
hablándole con viveza y energía. Oyóse durante largo rato la voz de
uno y otro, y allá en la pieza lejana donde cantaban los pájaros,
María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar
oído al rumor parlamentario que del despacho venía.
«Estos malditos pájaros no dejan oir una palabra--dijo el
mancebo.--¿Oyes, María? Papá y tu _señor_ disputan. ¡Qué ganas de
perder el tiempo!»
María puso atención después de decir á los pájaros con acento de
enojo: «Callad, tontos.»
Poco después un brusco movimiento de la cortina dió paso á los
bigotes corniformes del Marqués, á su cara, en la cual la gravedad
se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner
Naturaleza un ejemplo vivo del eterno y capital dualismo del arte.
«Ya lo sabes--dijo con voz agridulce, entre serio y festivo.--Yo soy
un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas
palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.»
Y dió un beso á su hija.
«Positivamente--añadió,--la cabeza de León está un tanto
perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos
malditos pájaros no dejan hablar.
--Callad, tontos.»
¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres!
Entre los conceptos de la conversación acalorada ó apacible, arrojan
sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.
Mucho se habló después; pero las avecillas no dejaban oir. El lector
tendrá paciencia para esperar á que callen los pájaros.
XI
Leopoldo.
Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fué bruscamente
interrumpido. Alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo
que delante de él estaba sobre la chimenea, vió una figura enjuta
y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición
subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta
viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y
violáceo, cuya piel, llena de costurones, parecía recientemente
remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa;
pero que por su agudeza iba tomando aspecto de pico y daba al rostro
cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de
pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara en angosta
faja, semejando el pañuelo que se pone á algunos muertos para que no
se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa,
en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante á un
surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos
se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así
es permitido decirlo, la descomposición ó la transfiguración de una
cara hermosa, ó mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y
también vió dos manos metidas en bolsillos, y dos pies de mujer,
cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de
pantalones cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin
formas, sin donaire, como armadura hecha para la ropa; un traje de
mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un
bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor
clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de
consumar el asesinato. Y cuando esto vió, León dijo bondadosamente:
«¡Ah! Polito, siéntate. ¿Qué traes por aquí?»
Dejóse caer el joven en una butaca y estiró las piernas con muestras
de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada,
era ronca y carraspeante, una al modo de tos ó gargarismo hablado,
como esas voces que en la más baja escala social se forman en
el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el
aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló para
echarse en la boca un objeto medicinal.
«No puedo abandonar la brea ni un instante...--dijo gruñendo.--Desde
que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo.
Envidio tu vida tranquila... No, gracias: hoy no puedo fumar. Me
lo ha prohibido el médico... es preciso ver si combato los ataques
epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy á Sevilla?
Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro
amigos: Manolo Grandezas, el Conde-Duque, Higadillos y yo. Higadillos
tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A
María le gustará mucho ver la feria.
--Si ella quiere ir, estoy dispuesto á llevarla.
--Ella no quiere ir, ese es el caso--añadió el de la ronca voz.--Y
á propósito, _mio caro Leone_, por ahí dice la gente que sois
muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu
descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León;
me río de esas cosas... «Pero si es el hombre mejor del mundo, si
es un caballero como hay pocos,» les digo... Aquí de mis elogios.
¡Cascarones! ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche
dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!...
que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. «Pero señores,
sean ustedes razonables, consideren ustedes...» Nada, nada... que
eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú
conoces, y yo y todos... no te digo quién es... le oí decir estas
mismas palabras: «Antes quisiera ver muerta á mi hija que casada
con un hombre así...» No faltó quien te defendiera, aun en el bello
sexo... «¡Ah! es hombre de grandísimo mérito...» La señora decía que
no con su boca, con su mano, con su abanico... «Hay cosas que no
pueden ser, decía, que no pueden ser...» Por último, querido León, yo
no me atreví á defenderte... Lo que te aconsejo ¡cascarones! es que
no pongas los pies en ciertas casas: te expondrías quizás á recibir
un gran desaire por todo lo alto, ó á que te planten un par de
_palitos cuarteando_. La de Borellano te llama la _bestia negra_...
Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa
muy chusca á propósito de la inquina que te tiene la de Borellano.
«Nada: todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce,
León es el único que no le hace el amor.» Ya sabes que ha tenido
un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su
edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y con su
suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan
á la Habana... ¿Pero qué hora es? ¡Las once! ¡Y tu mujer no viene de
misa! Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah! ya sé: ella y mamá
estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano _berrendo en
negro, retinto_... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no: yo no
seré cornúpeto, _passez moi le mot_... ¡Oh! si lo fuera, mi mujer
haría mi gusto y nada más. María es buena; pero cuando se la pone una
cosa en el testuz... No creas, yo también le he dicho mis verdades
por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer
que constantemente nos esté cantando el estribillo: hombre, confiesa;
hombre, comulga; hombre, ve á misa... ¡Cascarones! Es para pegarse un
tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu
parte haces mal en tomar tan á pechos lo que vale tan poco... Mira
tú, yo dejaría á mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas
al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa
en eso de gastarme mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio.
¡Bah! siempre que ella me hablara de cosas santas, yo le diría: «Sí,
hija mía, todo lo que quieras. Eso, y lo otro, y lo de más allá.» En
fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más ó menos; y al mismo
tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. _Comparito_,
eso de irse al infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto
del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá...
porque tú te condenarás y yo también, León... allá iremos todos.»
Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo
permitía. Después se levantó, y poniendo ambas manos sobre la
mesa, cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de
puntales, habló así:
«¿Sabes, querido, que me vas á prestar otros cuatro mil reales?»
León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero consta que
de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo
inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez
la causa de que á veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta
con gusto, por no contrariar á un sér excesivamente miserable y
desvalido. O quizás plagiaba León el sistema benéfico del vicario
de Wakefield, que siempre que quería sacudirse á algún pariente
importuno, le prestaba dinero, ropa, ó un caballo de poco valor,
«y jamás, dice, se dió el caso de que volviera á mi casa para
devolvérmelo.»
«Gracias, querido _beau frère_--dijo el mancebo, no ocultando la
alegría que en la raza humana acompaña siempre á la adquisición de
dinero.--Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de
una vez; te advierto que no podré dártelo junto... á plazos sí...
¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los
españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca!... ¡Vaya con
los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron á dar
mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado,
el Papa debía darnos á nosotros... ¡Eh! ¡So tunante! _¡Lady Bull!_...
¡Eh, venga usted aquí!»
Estas palabras iban dirigidas á una alimaña rastrera y obscura que
había entrado en el despacho con el joven; pero que hasta entonces
se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era
una perrita de la horrible raza _King Charles_, que tenía el color
de ratón, la redondez del puerco-espín, un hocico de mono entre
abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas
pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces
mudo, empezó á sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la
descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.
«¡Venga usted aquí, aquí pronto!»
La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado
pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de
estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.
«¡Ah! Ya están aquí--dijo Leopoldo.--Higadillos á caballo y el
Conde-Duque en su _break_... Les dije que pasaran por aquí á
recogerme. Vamos á ver el apartado... Allá voy.»
Desde su asiento vió León el coche detenido junto á la reja, y el
torero á caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura
fajada, de cuerpo culebreante no falto de belleza escultórica,
rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero
ancho. El caballo piafaba, y el Conde-Duque contenía los de su
_break_, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.
Poco tardó Polito en subir al coche con _Lady Bull_, y la festiva
comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y
alegrada por los cascabeles del tiro á la calesera. León miró con
curiosidad aquel fragmento pequeño, pero expresivo, de la iconografía
contemporánea de España.
XII
Gustavo.
Le miró, y una sonrisa afable, señal inequívoca de complacencia por
la visita, iluminó su semblante triste. Después, las miradas de uno
y otro (pues se hallaban próximos á la ventana) se recrearon en la
frescura aromática del jardín, sobre cuyo verdor pasaba el chorro
de la manga de riego como un plumero de agua que limpia el polvo,
ahuyentando los pájaros, deteniendo á las mariposillas, ahogando á
los insectos, acariciando á las plantas. Hábilmente dirigida por el
jardinero, penetraba en la espesura de los setos de evónimus, se
desmenuzaba para formar polvaredas líquidas en las cuales jugaba
fugaz arco iris. El jardín era nuevo, de esos que se traen de casa
del horticultor como los muebles de casa del tapicero, formando un
todo completo, y se plantan con método, con su selva en miniatura,
sus praderas, sus vergeles, sus peñascos bordados por la hiedra, sus
canastillos llenos de minutisa y de convulvuláceas. Cada conífera
estaba en su sitio, y había corrillos simétricos en los cuales
algunas filas de petunias aparentan estar de rodillas adorando la
majestad de una _araucaria imbricata_, ó la altiva insolencia de un
drago que todo es púas. Diríase que todo acababa de ser desembalado,
cual si más bien fuese hechura de la industria que de la Naturaleza;
pero era bonito, fresco, alegre, y no se podía concebir cosa más
apropiada para separar la calle, que es de todos, de la casa, que es
de uno solo.
Después que contemplaron un rato el jardín, sentáronse á tomar café.
--Antes que se me olvide--dijo Gustavo,--quiero reprenderte una
virtud que por lo mal practicada es dañosa: me refiero á tus
liberalidades, que indudablemente perjudican á tí que las haces y
á mi hermano que las disfruta. Sé que otra vez has dado dinero á
Polito, y esto me disgusta, porque mi hermano es un vicioso de la
peor casta que existe... Aquí en el seno de la confianza, puedo decir
todo lo que siento y juzgar con rectitud á los individuos de mi
familia. Si su conducta me produce vergüenza, prefiero que me abrase
el rostro á que me queme la sangre.»
El que así hablaba era un joven formal y un poco severo, parecido
á sus hermanos y á su padre, pero menos hermoso que María y muy
distante de la extenuación irrisoria de Leopoldo. Su rostro, quizás
demasiado duro, indicaba un carácter entero, rara cosa en tal
familia, convicciones arraigadas y una digna estimación de sí mismo.
Era grave en el discurso, cortés en el trato, huyendo al parecer
tanto de la arrogancia como de la llaneza, y manteniéndose en un
medio de frialdad cultísima que algunos tenían por estudiada. Honrado
y puntualísimo caballero en las relaciones comunes de la vida, poseía
de añadidura instrucción no escasa y brillante talento. Ni alto ni
bajo, ni grueso ni delgado, vestido de obscuro, la mirada serena
detrás de sus lentes, exento de vicios incluso el de fumar, parco en
sus gastos, implacable con el desorden, Gustavo, hijo primogénito del
Marqués de Tellería, era, según el común sentir, lo mejor de la casa,
la honra de la clase en que naciera y una esperanza para la patria.
Inútil es decir que era abogado. Su hermano Leopoldo lo era también,
como casi todos los jóvenes españoles; pero si éste no sabía ya qué
forma tiene un libro, Gustavo estudiaba más cada día y aun defendía
pleitos al amor del bufete de uno de los primeros jurisconsultos de
Madrid. Había seguido la carrera genuinamente nacional y aventurera
por excelencia, y saliendo de la Universidad sin ser nada, hallábase
en camino de serlo todo. Debe añadirse que era orador elocuentísimo.
«A tí, querido León--añadió,--puedo confesarte que tengo horas de
amarga tristeza por la conducta de alguna persona de mi familia, de
todas ellas, mejor dicho, exceptuando á ese ángel que es tu mujer y
al otro ángel quizás más perfecto que vive lejos de nosotros. ¿No es
horrible ver á mi hermano corroído por el vicio, encenagado en la
frivolidad corruptora que envilece á tantos individuos, no diré de
nuestra clase porque no es exclusiva de ella esta ignominia, sino de
todas las clases? Empeñándose en hacer un papel superior á nuestros
medios de fortuna, el ejemplo de otros le arrastra á una disipación
absurda. Pero esos otros son ricos, y mi hermano no. Yo me indigno
al ver á Leopoldo guiando coches y montando caballos que cuestan más
de lo que él puede poseer en un año... Además, si su ignorancia me
aflige, su holgazanería me desespera. ¡Oh! tienes razón en lo que me
has dicho alguna vez. Es muy exacta tu observación de que así como la
plebe tiene su aristocracia, la nobleza tiene su populacho... Pero,
en fin, no hablemos más de esto que me entristece. Queda demostrado
que no debes alentar el libertinaje de Polito.»
León dijo algo, y Gustavo le contestó así:
«Sí: creo que mis padres tienen la culpa. Nuestra educación ha sido
muy descuidada. Es tontería disimular que mi madre... gran trabajo
me cuesta esta confesión... no ha sabido apartarse y apartarnos á
tiempo del torbellino de la sociedad sedienta de goces; ha vivido más
fuera de su casa que dentro. Hoy mismo... ¿por qué he de ocultarte
lo que sabes tan bien como yo? hoy mismo, cuando nuestra fortuna ha
mermado tanto, y según creo, lo poco que resta será bien pronto de
los acreedores, ¿no es monstruoso que mi madre sostenga su casa en un
pie de lujo que no nos corresponde?... ¡Infame vanidad!... Cuando veo
los saraos dispendiosos de mi casa, lo que en vanas apariencias se
gasta allí donde escasean tantas cosas, tantas... que son necesarias;
cuando veo la escandalosa variación de vestidos de mi madre, su
asistencia casi diaria á los teatros, su afán de competir con quien
tiene mucho más dinero que nosotros; cuando veo esto, León, siento
impulsos de renunciar al porvenir que he soñado en mi patria, y
correr á buscar un pedazo de pan en país extranjero.»
León le interrumpió para hacer una observación, á lo que Gustavo
contestó así:
«Yo de buena gana me iría; pero... qué quieres... no se puede
abandonar el porvenir que ya está á medio conquistar; no se decide
uno á abandonar el terreno ganado á fuerza de estudio. Además, por
lo mismo que preveo grandes desastres en mi familia, creo que debo
estar presente en el momento del naufragio... Conformémonos con
esta vida odiosa y triste... Tú no conoces ciertas interioridades
vergonzosas, León; tú no sabes lo que es vivir en una casa donde
todo se debe, desde las alfombras hasta el pan de cada día, ni
conoces los escalofríos producidos por la campanilla del terror,
anunciando perpetuamente á los industriales afligidos ó furibundos
que van á reclamar su dinero; ni tienes idea de las farsas que se ven
obligadas á representar cada día personas cuyo nombre solo parece
debiera ser emblema de respeto y formalidad; ni conocerás nunca esa
agonía profunda en que se ven personas decentísimas por carecer en
un momento crítico de cantidades que no quitarían el sueño á un
jornalero.
»Tú que tienes fortuna y modestia, la cual es como segunda fortuna
que beneficia á la primera, no conoces las ansias de este vivir en
plena comedia entre el humo de la vanidad y sobre las ascuas de la
escasez. Tranquilo y dichoso, sin otra pasión que la del estudio,
libre de los aguijonazos de la ambición que quitan el sueño, y de
los tropiezos y reveses que amargan la vida, pareces el niño mimado
de la Providencia; aquí, en esta casa no sitiada por acreedores, ni
asaltada por las visitas, en la dulce compañía de tu mujer querida,
que es un ángel... ¡Pobre María!»
Después de una pausa, durante la cual el sesudo joven parecía leer
alguna cosa en la frente de su cuñado, dijo con amargura:
«¡Y sin embargo, León, no has sabido hacerla feliz!»
Palabras vivas, una observación seca y tonante como un disparo,
y, por último, una afirmación categórica, provocaron la siguiente
respuesta:
«Tu primer deber es evitar el escándalo y no dar al mundo el
espectáculo de una unión descompuesta y perturbada por la disensión
religiosa. Ya que tienes la desgracia de no creer, debiste ocultar á
tu esposa esa llaga de la conciencia; debiste abstenerte de publicar
ciertos escritos científicos. De todos modos es malo el ateísmo;
pero cuando carece de pudor, cuando no se disimula á sí propio,
es más repugnante. Toda deformidad debe ser velada, y las de la
conciencia más, para no ofender á la moral pública... No esperes que
sea indulgente contigo en esta cuestión; ya conoces mi carácter, ya
sabes que no puedo ocultar lo que siento. Yo te estimo, reconozco
tus buenas cualidades, tu bondad relativa, tu moralidad pasiva, pues
no merecen otro nombre las perfecciones y méritos de los que viven
fuera de la verdad revelada; confieso que eres mejor que algunos que
se tienen por creyentes; que posees las virtudes frías y correctas
de la filosofía pagana, y que cumples ciertos preceptos por la razón
sencilla de que es _cómodo ser bueno_, y porque el cumplimiento
de los deberes externos siempre trae ventajas al individuo; sé
que obedeces á tu helada moral filosófica como obedece el buen
contribuyente y ciudadano los reglamentos de policía y de higiene; te
declaro de los mejores en esta baraúnda de hombres corrompidos; te
tengo aprecio y aun cariño; te admiro por tu talento; pero á pesar
de todo, óyelo bien: si yo... si yo, León (al decir esto se levantó
alzando el brazo en actitud harto apostólica), hubiera tenido en mi
mano la mano de María, no te la habría dado jamás, ¿lo entiendes? ¡no
te la habría dado jamás!»
Habló entonces León con más calor, y Gustavo le dijo:
«¡Oh! Yo detesto también la hipocresía. No admito más que dos
caminos: ó ser católico ó no serlo. En nuestra fe sacratísima no
caben distingos ni acomodos. Yo soy católico, y como tal procedo en
toda mi vida; yo no tengo el dogma en mi boca y el ateísmo en mis
actos; yo, despreciando los juicios de la frivolidad, oigo misa,
confieso, comulgo, practico el ayuno. Me glorío de recibir los
ultrajes de la canalla desvergonzada que aparenta dirigir la opinión,
y á su cinismo opongo yo mi valor, y á su chismografía volteriana
los principios santos y la autoridad de la Iglesia. Estas ideas,
este rigor de mi vida llena de dignidad, yo los llevaré á la vida
pública cuando entre en ella... porque entraré impulsado por una
secreta vocación de soldado y de mártir, y por la mano de Dios que no
quiere quedar sin defensa en esta arena sangrienta de las pasiones
humanas. Si hay hombres perversos que han desenjaulado á las fieras
del descreimiento y del racionalismo, Dios arrojará á sus domadores
en medio de ellas. Al hombre que te manifiesta estas ideas con tanto
tesón, no le pidas indulgencia para las disensiones de tu casa, ni
le exijas que participe del criterio acomodaticio, según el cual
mi hermana y tú tendríais igual culpa de vuestra desgracia. No, mil
veces no. Ella no tiene culpa ninguna, ¡tú la tienes toda, tú toda!
La verdad no puede transigir con el error. En este caso, tú has de
sucumbir y ella ha de permanecer siempre levantada y triunfante.»
A esto, León le hubiera contestado algo; pero deseando poner á un
lado aquel desagradable tema, llevó el curso de la conversación á
otro que era de mucho gusto para el joven. Este abandonó el tono
apocalíptico para hablar así:
«Es verdad: los votos de tus arrendatarios de Cullera me han salvado.
Ya tengo por seguro el triunfo... Aquí, en confianza, yo he deseado
mucho ir á las Cortes... comprendo que es mi camino, mi carrera.
Cuando se tienen principios fijos y el inquebrantable propósito de
sostenerlos á todo trance, la vida pública es honrosa. El tiempo en
que vivimos convida á la lucha, ¿no es verdad?... porque cuando los
caracteres han desaparecido anegados en una riada de corrupción, ¿no
es ventajoso y lucido mostrar carácter y que se diga: «ese es un
hombre?» Cuando la lógica humana y la verdad ultrajada piden que haya
azotes, ¿no es hermoso y brillante tomar el látigo? La civilización
cristiana es como un hermoso bosque. La religión lo ha formado en
siglos; la filosofía aspira á destruirlo en días. Es preciso cortarle
las manos á esa brutal leñadora. La civilización cristiana no puede
perecer en manos de unos cuantos ideólogos auxiliados por una gavilla
de perdidos que, por no tomarse el trabajo de tener conciencia, han
suprimido á Dios.»
Enarboló la mano flexible y pesada, blandiéndola como la palmeta de
un maestro de escuela, y en pie, dispuesto á partir, dijo:
«Amigo, casi hermano, te profeso sincero cariño; pero en tocando
al punto negro, cuidado, mucho cuidado. Si la llaga de tu casa se
agrava, ponte en guardia... Me verás al lado de la víctima, al lado
de mi pobre hermana... Adiós.»
Se fué. Viéndole salir, León sintió que un secreto pavor llenaba su
alma, dejándole por algún tiempo imposibilitado de pensar nada claro.
XIII
El último retrato.
El hombre á quien hemos visto en la soledad de su gabinete, turbada
rara vez en el espacio de algunos meses por las escenas descritas, no
consagraba todo su tiempo al estudio. Engranado en la máquina social
por las afecciones, por el matrimonio, por la ciencia misma, no podía
ser uno de esos sabios telarañosos que los poemas nos presentan
pegados á los libros y á las retortas, y tan ignorantes del mundo
real como de los misterios científicos. León Roch se presentaba en
todas partes, vestía bien, y aun se confundía á los ojos de muchos
con las medianías del vulgo bien vestido y correcto que constituye
una de las porciones más grandes, aunque menos pintorescas, de la
familia social. No se eximía de la insulsez metódica que informa la
vida de los ricos en esta capital, y así se le veía con su mujer
en el paseo de carruajes, cuyo encanto consiste en reunirse todos
á hora fija y dar unas cuantas vueltas en orden de parada, coche
tras coche, paso á paso, en perezosa y militar fila, de modo que las
señoras reclinadas en el asiento posterior del landó, sienten en su
cara el resuello de los caballos del coche que va detrás, y aun ha
habido solípedo que intentara comerse, creyéndolas vivas, las flores
del sombrero de la dama que va en el carruaje delantero. También iba
al teatro con su mujer, observando la deliciosa disciplina de los
abonos á turno, que tiene la ventaja de administrar el aburrimiento ó
el regocijo á plazos marcados, sin contar para nada con el estado del
espíritu. Daba de comer á pocas personas en un solo día de la semana,
habiendo disputado y ganado á su mujer la elección de comensales, que
eran de lo mejor entre lo poquito bueno que tenemos en discreción
y formalidad. Para elegir no se acordó de categorías de escuela,
y sólo obedeció á las simpatías personales. De modo que su yantar
semanal (horrible frase) y sus _noches_, como pudiéramos decir,
reunían hombres listos, católicos remachados, políticos de la más
pura doctrina epicúrea, aristócratas de la edición incunable, otros
de las flamantes, y hombres de escasa importancia social, pero que
la aparentaban por su cualidad de crónicas vivas ó por la seducción
de su trato, en gran manera distinguido. También iban jóvenes de
la pléyade universitaria, brillantes en el profesorado y en las
ardientes disputas cuyo estruendo se oye por todas partes. Reinaba en
estas reuniones armonía completa, pues nada reconcilia tanto como el
buen comer, la presencia de elegantes damas, y la obligación de no
olvidar un momento las leyes de la cortesía. Aunque algunos quizás
se despreciaban cordialmente, había en la casa cierta atmósfera de
estima general; y una conversación discreta, tolerante, instructiva
y amena, producto feliz de aquel conjunto de opiniones diversas,
engañaba las horas. Se hablaba de artes, de letras, de costumbres,
de política; se murmuraba también un poco; en algún pequeño grupo,
hacían crónica personal algo escandalosa; y en otro se hablaba de
las cuestiones más hondas, de religión, por ejemplo, que es un
tema planteado en todas partes donde quiera que hay tres ó cuatro
hombres, y que tiene el don de interesar más que otra cosa alguna.
Este tema, constantemente tratado en las familias, en los corrillos
de estudiantes, en las más altas cátedras, en los confesonarios,
en los palacios, en las cabañas, entre amigos, entre enemigos, con
la palabra casi siempre, con el cañón algunas veces, en todos los
idiomas humanos, en los duelos de los partidos, con el lenguaje de
la frivolidad, con el de la razón, á escondidas y á las claras, con
tinta, con saliva, y también con sangre, es como un hondo murmullo
que llena los aires de región á región y que jamás tiene pausa ni
silencio. Basta tener un poco de oído para percibir este incesante y
angustioso soliloquio del siglo.
Rasgos físicos de León Roch eran lo moreno del color, lo expresivo de
la mirada, la negrura de la barba y cabello; su rasgo moral era la
rectitud y el propósito firme de no mentir jamás. La mayor parte de
las personas hallaban encanto indefinible en su modo de mirar; pero
de su rectitud no podía juzgarse tan fácilmente, porque la conciencia
no se ve. El ponerle ó no en el número de los buenos, dependía
del criterio con que se le mirase. Teníanle algunos por persona
excelente; otros por un mal sujeto. Si á la vista era su cuerpo
airoso y seductora su presencia, alguien dijo de él: «Por fuera es
buen mozo, pero por dentro es un jorobado.»
No tenía la gazmoñería racionalista (pues también hay gazmoñería
racionalista), que consiste en escandalizarse con exceso de la
credulidad de algunas personas y en ridiculizar su fervor: por el
contrario, León miraba con respeto á algunos creyentes, y á otros
casi con envidia. No tenía tampoco el afán de la conquista, ni quería
convertir á nadie; y si el estudio le había dado grandes regocijos,
también le producía horas de amargura y desaliento. No creía su
estado perfecto, sino, por el contrario, harto imperfecto; por lo
cual no gustaba de embarcar gente en las islas frondosas de la fe
para llevarlas á las solitarias estepas de la duda.
Dióse primero á las ciencias naturales, hallando en su investigación
los más puros goces. Después, la filosofía le trajo un mareo
insoportable, y al fin volvió á los estudios experimentales, que era
donde se encontraba con pie firme y en país conocido. La historia
le divertía tan sólo; la fisiología le encantaba. También cultivó
la astronomía, favorecido por su dominio de las matemáticas. Solía
decir: «La historia nos hace enanos, la fisiología nos pone en
nuestro tamaño natural, y la astronomía nos engrandece.»
Había en su alma cierta aridez, ocasionada por el escaso empleo de
la imaginación en su niñez y en sus estudios. Se había criado en una
trastienda, y allí corrió desabrida su edad primera al lado de su
madre, mujer tosca y sin delicadeza, que sentía poco y carecía de
luces. Trabajaba mucho, pero no sabía leer; tenía la vanidad de que
su hijo era muy precoz, y la creencia de que llegaría á ser obispo,
general ó ministro. Muerta su madre, pasó una temporada en Valencia
en la casa de un tío paterno, plebeyo enriquecido con la cerámica,
y que decía: «Todo el saber es aire. Más útil es á la humanidad el
hombre que hace un ladrillo que el que escribiera todos los libros
que se conocen.» Después vino para León una juventud sin calaveradas,
sin aventuras, sin conatos de poeta dramático, sin proyectos de
raptos y duelos, sin lágrimas, sin melancolías, sin vacilaciones
en la elección de carrera, con pocos ensueños. Le metieron en un
laberinto de matemáticas, diciéndole: «Sal si puedes.» Es verdad que
salió; pero luego le arrojaron en un mar de guijarros, donde había
que luchar con esos oleajes petrificados, testimonio palpable de
las agitaciones plutónicas y neptunianas que han esculpido nuestro
globo; le metieron de cabeza en las entrañas del planeta, abiertas
por la inducción ó representadas en los museos por las colecciones,
y le dijeron: «Toda esta grava, que parece arrancada del arrecife
de un camino, es un libro maravilloso: cada chinita es una letra.
Es preciso que lo leas todo.» Vió las aguas haciendo ruido antes
de que hubiera orejas, y arco iris antes de que hubiera ojos; vió
la heráldica del mundo expresada en las figuras de bivalvos, de
crustáceos y de ofidios que dejaron su forma impresa como el sello
auténtico de las dinastías que desean hacer constar su reinado; vió
plantas nacidas antes de que hubiera dientes y muelas que mascaron
antes de que hubiera hombres, y al hombre mismo, huésped tardío de
la creación, llegando cuando los bosques se habían resignado á ser
almacenes de carbón, y cuando no había mares definitivos, y los
ríos estaban nivelando hermosas llanadas, y cuando aún bufaban mil
volcanes ingentes, arquitectos infatigables que daban el último golpe
de cincel á la crestería de nuestras bellas montañas. Vió esto y
otras muchas cosas que vienen detrás.
Más tarde, cuando terminada su carrera se vió rico, es decir, cuando
comprendió que no sería esclavo de la ciencia, sino por el contrario,
dueño de ella, cultivó un poco la imaginación. Bien conocía que
jamás sería artista; pero tomó en su mano el fino estilete con que
es representada una de las musas. Sus manos, que tan bien sopesaban
la palanca de Arquímedes, eran toscas para instrumento tan delicado.
«Está visto--decía,--que siempre seré un bruto.»
Había logrado escribir medianamente, con más claridad que elegancia;
hablaba en público muy mal, atrozmente mal; pero en la conversación
privada solía expresarse con elocuencia, siempre que el tema fuese
alto. Había adquirido la costumbre de emplear gallardas figuras por
la inclinación de la ciencia moderna á lisonjear en vez de espantar
el sentido de la muchedumbre, y porque las formas parabólicas han
sido siempre muy del gusto de los entendimientos superiores. Es el
eterno homenaje tributado por la ciencia al arte, y al que éste debe
corresponder alumbrándose en su glorioso camino con la inextinguible
luz de la verdad.
Aquel hombre tan preocupado de si esta piedra era más ó menos
siluriana que aquélla, y de si otra cristalizaba en romboedros ó en
prismas, se encariñó desde su temprana juventud con un ideal para la
vida, y era éste una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor
y del estudio, las dos alas del espíritu, como en su jerga figurada
decía. Pasada la época de los afanes escolásticos, soñaba con buscar
y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual
nacería una familia. Esta familia soñada, la gran familia ideal,
la placentera reunión de todos los suyos, ocupaba su pensamiento.
¡Cosa extraordinariamente bella y consoladora! Unirse con una mujer
adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde
nunca se agotaran las bondades; ver después unos seres pequeñitos
que irían saliendo, y haciendo gracias pedirían piando el pan de
la educación; desarrollar en ellos con derechura el sér moral y el
físico; vivir por ellos y atender á las necesidades de aquel grupo
encantador, en cuyo centro la esposa y la madre parecería la imagen
de la Providencia derramando sus dones, ora fecunda, ora maestra,
ya cubriendo al desnudo, ya dando alimento al desfallecido, guiando
el primer paso del vacilante, conteniendo el ardor del intrépido...
¡Oh! para esto valía la pena de vivir; para lo que esto no fuera,
no. Luego venían á su imaginación los encantos de la vida del rico
ilustrado, que puede gustar los placeres del trabajo sin ser esclavo
de él... una vida deliciosa, consagrada por mitad al estudio, por
mitad á los cuidados de la familia, dividiéndola asimismo entre la
ciudad y el campo, pues de este modo es más grata la Naturaleza y
más grata la sociedad; vida ni muy apartada ni muy pública, en un
dulce retiro sin esquivez, lejos del bullicio, mas no inaccesible á
los amigos discretos... Sí: era preciso realizar esto, y realizarlo
pronto, antes que se pasase la vida en un rodar incesante y
vertiginoso; era menester hallar pronto la que había de ser base de
aquella felicidad soñada, pero posible. La elección no era fácil:
debía ser prudente, seria, estudiada; pero ¿acaso no estaba él en las
mejores condiciones para hacerla bien?... Sí: la haría bien, porque
era un sabio, tenía mucho talento, mucha serenidad, espíritu de
crítica, grandes hábitos de análisis... Y sin embargo...
XIV
Marido y mujer.
«Y sin embargo... me equivoqué.»
Esto decía para sí una noche en presencia de su mujer, solo con ella,
en el silencio de la casa tranquila, abandonada ya por los tertulios,
tibia aún por el calor de la reunión, en aquella hora en que el
pensamiento cae en vagas meditaciones precursoras del sueño, después
de representarse los hechos del día que hace poco eran escenas y
figuras reales, y que pronto serían pesadillas.
Frente á él, dispuesta ya á acostarse, estaba la incomparable figura
de la Minerva ateniense, cuyos ojos verdes, por aberración artística
inconcebible, se fijaban en uno de esos vulgares libros de rezo,
llenos de lugares comunes, oraciones enrevesadas y gongorinas,
sutilezas hueras, páginas donde no hay piedad, ni estilo, ni
espiritualismo, ni sencillez evangélica, sino un repique general de
palabras. ¿Pero qué importa? Dejando que su mente se perdiera con
somnolencia en semejante fárrago, María estaba soberanamente hermosa.
León había dejado caer de sus manos el periódico de la noche,
otro repique general de timbres rotos, de cascabeles chillones y
de ásperos cencerros, y contemplaba á su mujer, cavilando en la
espantosa burla que había hecho él de su destino. Él, que había
pasado su juventud conteniendo la imaginación, habíale soltado un
día las riendas sin darse cuenta de ello, y se dejó arrastrar por
una ilusión impropia de hombre tan serio. ¿Cómo pudo dejar de prever
que entre su esposa y él no existiría jamás comunidad de ideas, ni
ese dulce parentesco del espíritu que descubren hasta los tontos?
¿Cómo se dejó llevar de la fascinación ejercida por una hermosura
sorprendente? ¿Cómo no vió la pared de hielo, enorme, dura, altísima,
que se levantaría eternamente entre los dos? ¿Cómo no penetró aquel
entendimiento rebelde, aquel criterio inflexible, aquella estrechez
de juicio, aquella falta de sentimiento expansivo, generoso, mal
compensada por una exaltación áspera ó mimosa? ¿Cómo no adivinó
aquella sequedad y desabrimiento de su hogar, vacío de tantas cosas
dulces y cariñosas, y en particular de la más cariñosa y dulce de
todas, la confianza?
En un momento de profunda tristeza y desaliento, llevó su mano
del corazón á la frente y asentó sobre ésta la palma crispada,
como echando una maldición á su sabiduría. María no advirtió aquel
movimiento y siguió con los ojos fijos en el libro.
«Me enamoré como un estúpido--pensó él volviendo á mirarla.--¿Y cómo
no, si es tan hermosa?...»
Recordó después sus infructuosas tentativas para formar el carácter
de María. En la primera época del matrimonio, María amaba á su marido
con más ardor que ternura. Bien pronto, sin dejar de amarle del mismo
modo, empezó á ver en él un sér extraviado y vitando en el orden
intelectual. León le había dado libertad para practicar el culto;
y ella la usó con moderación al principio. Pero á medida que León
trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe,
como algunos mal intencionados dijeron entonces, sino por el deseo de
establecer entre ambos la mayor armonía posible, abusaba ella de la
libertad concedida á sus devociones, y éstas llegaron á ser tantas
que ocuparon pronto la mitad de su tiempo y casi todo su espíritu.
No se crea por esto que renunció á las vanidades del mundo, pues
gozaba de ellas, aunque sobria y moderadamente. Iba al teatro, con
excepción del tiempo de Cuaresma, vestía muy bien, frecuentaba los
paseos de moda, y dedicaba parte del verano á los esparcimientos y
expediciones propias de la estación. De su persona cuidaba muchísimo,
porque gustaba de agradar á su marido; de su casa poco, de su esposo
nada, y el resto del tiempo lo consagraba al trabajo intelectual y
práctico que le exigían varias congregaciones piadosas y las juntas
benéficas á cuyo seno había sido llevada por sus amigas ó por su
madre. Militaba en la encantadora cuadrilla de la devoción elegante.
«¿Pero no soy yo el rebelde?--decía León con desaliento.--¿De qué la
acuso? ¿De que tiene fe? Si yo la tuviera, seríamos felices. ¿Por qué
no la tengo?»
Hubo un tercer período, durante el cual el amor de María permanecía
inalterable, siempre más vehemente que tierno, y tan poco espiritual
como al principio. En dicho período, revolviéndose María contra
su esposo con arrebatos de querer humano y de piedad mística,
sentimientos que, lejos de excluirse, parece que se complementaban en
ella, quiso atraerle al camino de la devoción elegante, perfumado con
inciensos, alumbrado con cirios, embellecido con flores, amenizado
con bonitos sermones y acompañado de hermosas damas. La aspiración
de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había
realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle á la iglesia era su
afanoso empeño.
«Déjame solo--le decía León agobiado de pena.--Vete y ruega á Dios
por mí.
--Sin tí me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy nada
buena, como deseo serlo.»
Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y
reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con
gemido perezoso: «¡Te quiero tanto!...»
La resistencia de León á tomar parte en las prácticas piadosas
estableció al fin aquella desavenencia, ó mejor dicho, completo
divorcio moral en que les hallamos á los dos años de su matrimonio.
Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea ó plan,
ni partían entre los dos una alegría ó un pesar, que es el comercio
natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente
se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que á la
vista están juntas y en realidad á muchos millones de leguas una de
otra. Fácil era á los amigos conocer que León sufría en silencio un
gran dolor.
«Se empeña--decían,--en que su mujer sea racionalista, y esto es tan
ridículo como un hombre beato.
--Eso digo yo--añadía otro.--El creer ó no es cuestión de sexo.
--Es que está enamorado de su mujer.»
Esto último era exacto en el sentido de que León vivía fascinado
aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipciaca,
hermosura que ella, sin dar tregua á la devoción, sabía realzar con
el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su
persona.
De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al
enamoramiento: ella también no cambiara por cosa alguna el hombre
que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto á él, llenaba
el vacío de su alma con aquella pasión temporal encendida por una
pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le vanagloriaba
el _beati possidentes_ con que la multitud obsequia al dueño de una
mujer fiel y hermosa; y la idea de que María pudiese pertenecer á
otro hombre, siquiera en intención ó pensamiento, le enfurecía. En
resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los
sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento
de la fisiología. Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la
noche. Ultimamente hizo esta observación amarguísima:
«El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí como
el matrimonio puede también llegar á ser un concubinato.»
«¿Has concluído?--dijo á su esposa, viéndola que dejaba el libro para
rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.
--¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa.
La Duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de
mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.»
León leyó en voz alta toda la sección de cultos.
«¿Sermón del Padre Barrios?...--interrumpió María demostrando
admiración.--Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no
se le puede oir... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser
el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos á
reirse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del Padre
Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen
las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en
aquella casa. No, no sueltes el periódico: lee los espectáculos, ¿Qué
ópera nos dan mañana?
--La misma--dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el
brazo á su mujer que se levantaba.--Aguarda, tengo que hablarte.
--Y de cosas serias, según parece--manifestó sonriéndose
María.--¿Estás enojado? ¡Ah! ya sé... me vas á reñir. Sí, sí--añadió
arrojándose en un sofá próximo á la butaca en que estaba sentado
él.--Me riñes porque he gastado mucho dinero este mes.
--No.
--Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro
mes te indemnizaré... Sí, queridito: he gastado más de la cuenta. ¿A
ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil; el triduo, cuatro mil;
la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi
alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos
blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los
regalos á los actores, por no haber querido cobrar nada en la función
de Beneficiencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres...
Además... Mañana sacaré la cuenta.
--No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que
quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna á
modistas, curas y cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos
quiero hablarte, María: quiero preguntarte si no es tiempo ya de que
cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es
tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva á los asuntos de
iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto á
las devociones, forzosamente has de quitar algo á nuestra casa y á mí.
--Ya te he dicho--repuso María seriamente,--que de mis devociones
buenas ó malas daré cuenta á Dios, no á tí, que no las entiendes. Haz
por entenderlas, ten fe y hablaremos.
--¡Ten fe!... De eso sí que no entiendes tú. Yo no la tengo, no puedo
tenerla según tu idea. Además, tu conducta y tu modo especial de
cumplir los deberes religiosos, me la arrancarían, si la tuviese como
tú deseas. Te lo diré de una vez. No veo en tus actos ni en tu febril
afán por las cosas santas ninguno de los preciosos atributos de la
esposa cristiana. Mi casa me parece una fonda, y mi mujer un sueño
hermoso, una imagen tan seductora como fría. Te juro que ni esto es
matrimonio, ni eres tú mi mujer, ni yo soy tu marido.
--¿Y quién es aquí el culpable sino tú?--replicó la dama con
brío;--¿quién sino tú? Si no hay armonía, si no hay confianza, ¿á
qué se debe sino á tu descreimiento, á tu ateísmo, á tu separación
de la Santa Iglesia? Yo estoy firme en el terreno del matrimonio; tú
eres el que está fuera. Te llamo, te aguardo con los brazos abiertos,
y no quieres venir, menguado.»
Y los abrió; pero León no tuvo ni siquiera á idea de arrojarse en
ellos.
«Y yo iría, sí, iría con el corazón lleno da gozo, si encontrara en
tí á la verdadera mujer creyente para quien la piedad es la forma más
pura del amor; yo iría respetando y admirando tu fe, y aun deseando
participar de ella; pero así tal cual eres, no quiero, no quiero ir.
--Pues entonces, loco, mil veces loco, ¿qué quieres? ¡Ah! ¿Quieres
que yo reniegue de Dios y de su Iglesia, que me haga racionalista
como tú; que lea en tus perversos libros llenos de mentiras; que
crea en eso de los monos, en eso de la materia, en eso de la
Naturaleza-Dios, en eso de la Nada-Dios, en esas tus herejías
horribles? Felizmente, he podido salvarme de caer en tales abismos.
Soy piadosa, creo todo lo que debo creer y practico el culto con
asiduidad, con prolijidad, porque es el medio mejor para sostener
viva la fe y no dar entrada en el entendimiento á ninguna falsa
doctrina. ¡Que frecuento demasiado la iglesia! ¡Que cumplo muy
á menudo los preceptos más santos!... ¡Que celebro funciones
espléndidas!... ¡Que oigo todos los días la palabra de Dios!... ¡Que
rezo de noche y de día!... Esta es la cantinela, ¿no es verdad? Ya
sé que paso por beata. Pues bien: todo tiene su razón en el mundo.
¿Crees tú que yo me abrazaría tan fuertemente á la cruz si no
estuviera casada contigo, es decir, con un ateo, si no estuviera,
como estoy, en peligro de ser contaminada de tu doctrina por el trato
diario contigo y por el mucho amor que te tengo? No: si tú no fueras
tan poco, yo no sería tanto. Si tú fueras católico sincero, aunque
descuidado en tus deberes, yo no sería beata: cumpliría los preceptos
esenciales y nada más. Ten presente una cosa, León: imagínate dos
navegantes que cruzan en una pequeña barca un mar tempestuoso. Si
los dos remaran con igual fuerza, llegarían sin dificultad á la
orilla; pero he aquí que el uno suelta el remo y se tiende. ¿No es
indispensable que el otro redoble sus fuerzas hasta morir? Fíjate
bien, querido mío: uno solo rema y han de salvarse los dos.
--Esa figura no es de tu invención--dijo el esposo, que sabía muy
bien hasta dónde alcanzaba el ingenio retórico de su mujer.--¿De
quién es?
--Si es mía ó no, no te importa--replicó María, con desabrimiento
y menosprecio.--Lo principal es que contiene una verdad innegable.
¿Quieres que vaya á aprender la verdad en tus monísimos libros?
--No, no pretendo eso--dijo León, lleno de pesadumbre.--Pero por
torpe que yo sea, por extraviado que me supongas, ¿lo seré tanto que
no merezca de tí el favor de que aceptes una idea mía, una sola,
siquiera una vez, sino que siempre has de ir á buscar tus ideas fuera
y lejos de mí?
--De tí acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto á mis
creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; ¡pero tus ideas,
tus consejos...!»
Dijo esto María con tal rigor de expresión y tal brillo de desdén
en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una
espada en su corazón oprimido.
«¡Nada mío!--murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien
desea morir.
--Nada que venga de tu razón soberbia y extraviada; nada que pueda
contaminarme de tu filosofía diabólica,» añadió María, hundiendo su
espada hasta la empuñadura. Después de una pausa, León, exhalando un
suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.
«¿Quién te ha dicho eso?--le preguntó.
--Eso no te importa--replicó María, palideciendo también, mas sin
perder su valor.--Ya te he dicho que como sincera católica no me creo
obligada á dar cuenta á un ateo de los secretos de mi conciencia
religiosa, en lo que se refiere á mis prácticas de piedad. Sabe que
te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento
he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto
acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes
esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece á Dios,
no pretendas explorarla: es un reino sagrado en el que te está
prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho
eso?» porque no tienes derecho á recibir contestación.
--Ni la necesito--dijo él.--No tuve jamás la idea de alarmarme
porque mi mujer se acercase al confesonario una ó dos ó tres veces
al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme á su
creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto
consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con
cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo, sostenido
de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la
curiosidad imprudente de quien no tiene familia.
--No, tonto--dijo María irónicamente:--mejor será que yo busque
reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual
de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza
con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te
he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una
ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día
en que me resista resueltamente á presentarme en ellas. No niego que
sean muy respetables algunos de los que vienen á casa; pero otros no
lo son: conozco las ideas de algunos.
--¿Quién te las ha dicho?--preguntó León vivamente.
--No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de
disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas
cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que
no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo
lo sé.
--Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra
nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.»
Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su
curso sombrío, estallando é iluminándose con el brillo engañoso de un
júbilo apócrifo, León rompió á reir.
«Pues sí: tus tertulias son muy cargantes--dijo María algo
turbada.--Son muy perjudiciales, porque entre una frase política,
otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es
que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.
--Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se
murmurara. En mi salón no se hablado nunca de ateísmo ni cosa
que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia
infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la
práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor
supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras
tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y
sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de
sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que
entran y salen!... ¡Te crees perfecta, y ni aun tienes el mérito
de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación
vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la
de estos tiempos!... Antes el lanzarse á la devoción significaba
renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa
de la personalidad, odio á las glorias vanas del mundo, desprecio
de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los
puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas
del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu
hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre,
el sano pedía á Dios que le enfermase, y el limpio quería cubrirse
de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, mas
era grande, sublime, porque la abnegación y la humildad son las
virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un
suicidio, el único suicidio disculpable, el delirio, la enfermedad
del sacrificio; pero ahora...»
León dirigió á su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.
«Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes,
eso sí; exigen asistencia metódica á los templos, ceremonias
ostentosas; pero se trata á las personas según su rango: al pobre
como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo
sea, siempre que no niegue su ayuda á ciertos intereses. Sí:
las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas
sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el
polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches
son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso,
asistir á las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos
ó protestantes, ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con
el arte su belleza para perder á los hombres... ¿pero qué importa?
Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe
lo que hace.
--¡Qué groseras burlas!--dijo María algo confusa.--Según tú, yo estoy
en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que
hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del
mundo.»
No estaba enojada: prueba de ello es que con un movimiento cariñoso
pasó la mano por la barba de su marido.
«¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues
has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al
baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo
sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha
tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada
no puedo romper los lazos que me unen á la sociedad...
--Sí: esa, esa es la consigna, yo lo sé...--dijo León
riendo.--Divertíos todo lo que queráis, con tal que...
--Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te
convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!
--¿Sandeces?--dijo León sonriendo y tomando entre sus dedos la
barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez y gracia.
--¡Cómo me voy á reir de tí, cuando al fin, con la eficacia de mis
oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes?
Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos
casos que si te los contara te pasmarían.
--Pues no me los cuentes,--dijo León moviendo á un lado y otro la
cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.
--Sí: hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que
se han convertido... y tú no eres malvado...
--¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora,
que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allá se tiene de
mí... todavía.»
María se abalanzó á él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en
la frente.
«Tú vendrás al lado mío--le dijo,--y serás católico ferviente, como
yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...
--¿Yo?
--Sí, tú. Tú vendrás á mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero
tanto!...»
¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto
irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos
ojos en que algo se veía semejante á la inmensidad turbada y
resplandeciente del mar, cuando se mira el fondo para descubrir
un objeto perdido. Separóse de él María, y en pie delante de un
espejo, alzó las manos para soltarse el cabello. Las guedejas negras
cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al
frío mármol, sino á la más hermosa carne humana, pues también hay
carne de Paros; á eso que el misticismo llama barro y ha servido al
divino Artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no
necesitan de un alma para tener vida y hermosura.
«¡Qué linda!--exclamó Roch, hundido en su sillón como un
estúpido,--¡Cada vez más linda!»
Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su
alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo
rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo ó contra
alguien.
«¡Necio de mí!--exclamó con su voz más íntima.--Una esposa cristiana
quería yo, no una odalisca mojigata.»
XV
Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.»
Pasó un rato. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador.
León fué corriendo á la alcoba y vió á su mujer incorporada en el
lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.
«León, León--dijo con espanto.--¿Eres tú? ¿dónde estás? ¡Ah! ya te
veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!»
León procuró tranquilizarla, y no tardó la dama en sosegarse con
la apreciación de la realidad, medicina de los desvaríos de la
imaginación.
«¡Qué sueño!... Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo
más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una
cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías á otra... Yo
no quiero que quieras á otra.»
Encadenó con sus brazos el cuello de su marido. «¿Qué hora
es?--preguntó.
--Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.
--Y tú, ¿no duermes?
--No tengo sueño.
--Entonces vas á velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?
--Medito.
--¿Piensas en aquello que hablamos?
--En aquello y en tí.
--Eso, eso: piensa mucho en las verdades que te dije, y así te irás
preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas tocando á
fuego.»
Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona
de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios,
suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos.
Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía,
y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj de
León en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.
«No es todavía hora de tocar á misa--dijo él.--Duérmete.
--No tengo sueño, no quiero dormir--replicó María echando atrás su
cabeza.--Me parece que he de volver á verte en el fondo del hoyo,
mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de
la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!
--¿Te he dicho yo eso alguna vez?--manifestó León con enfado.
--No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo
sé.
--¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
--Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos
filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque
no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.»
Apartóse León de su mujer vivamente afectado. Dió algunos pasos para
salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de
María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:
«María, voy á pronunciar la última palabra, la última... He tenido
en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es
aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno.»
Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo
hablaba, María no supo decir nada.
«En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... no sé
cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo
á sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la noble
amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará como
la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá á oir ni siquiera
un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre
las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de
historia; en una palabra, no se hablará de nada.
--¡Qué felicidad!--dijo María incorporándose para besar las manos de
su marido.--¿Es cierto que me lo prometes y me cumplirás lo que me
prometes?
--Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de
tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase
sino á cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya.
Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es
cosa muy distinta; sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy
problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar á
las devociones diarias é interminables, á confesar todas las semanas
con un mismo Padre, á poner todo tu espíritu en los accidentes
teatrales del culto. Irás á misa los domingos y fiestas, y confesarás
una vez al año, sin previa elección de sacerdote.
--¡Oh! es mucho, es mucho--dijo María, moviendo sobre la almohada su
linda cabeza cual si á sí misma se compadeciera por la deplorable
mezquindad á que sus piedades quedaban reducidas.
--¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te
concedo más: te concedo que si reduces tus visitas á la iglesia, iré
á ella contigo.
--¡Irás conmigo!--exclamó María saltando bruscamente en el lecho como
un pez recién sacado del agua.--¿Es verdad lo que dices?... Tú me
engañas.
--Iré, sí; iré... los domingos.
--¿Nada más que los domingos?
--Nada más.
--¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?
--Eso...--murmuró León.
--¿Vas á decir que no?
--Eso no... ¡Oh! tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es
inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo
superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las
feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer
cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso,
pues poniendo á tus pies mis estudios y mis amigos, te pongo delante
lo mejor de mi vida para que lo pisotees.
--Pero no es bastante, no--dijo María con abandono.--¿Qué te importa
dejar de leer, si piensas, piensas, y pensarás siempre lo mismo? Me
acompañarás á la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma
se quedaré en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada
en las manos del sacerdote, soltarás dentro de tí una carcajada
diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en
el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar
en nuestra divina alma.
--No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios
ridículos. Yo te prometo una asistencia respetuosa y una atención
sincera... ¡Ah! me olvidaba de otra particularidad. También has de
sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos
iremos á vivir á otra parte. Elige tú.
--Mucho pides... ¡qué abuso!--exclamó la dama con entonación de un
niño mimoso.--¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara
de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.
--No hay salvación para mí,» exclamó León golpeando su cabeza con
ambas manos.
Transcurrido un instante de agitación muda, miró fríamente á su
mujer, y con solemne acento le dijo:
«María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así.
Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás
en esta casa ó irás á vivir con tus padres, según quieras; yo me
marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.»
Se levantó. La dama piadosa á la moda le tomó las manos, y
estrechándolas contra su seno, rompió á llorar.
«¡Separarnos!--murmuró sollozando.--Tú estás tonto... ¡Ingrato!»
María Egipciaca sentía por su marido un afecto semejante al que él
sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre
sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!...
«Mi resolución es irrevocable,--afirmó con entereza León.
--Acepto, acepto todo lo que quieras.»
Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió á oirse el
grito de espanto y la explicación de la pesadilla.
«¡Qué horrible visión! Ahora me he visto á mí misma muerta, y
mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas
abrazando á otra, besando á otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que
suenan campanas.»
En efecto: oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las
torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el
nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este
pueblo.
«Llaman á las primeras misas--pensó María.--Me muero de sueño... ¡á
dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no
puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón,
campanitas de mi alma: no puedo ir hasta el domingo.»
XVI
De Crematística.
Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el
calor, Madrid era un hormigueo de impaciencias buscando dinero.
El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las
pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios.
No pocas familias apretaban el dogal atado á su cuello por las
dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera
dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano
de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al
verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en
Pinto ó Getafe es como invernar en el Escudo ó en Pajares.
Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se
iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste
con toda ley económica. Pero obligada á estirar hasta lo imposible
la primavera, la Marquesa decía que el tiempo era aún tolerable,
que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos
para prorrogar su viaje, sino antes bien, razones poderosas para
acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la
víspera de la fecha marcada, un suceso trastornó los planes de todos.
Ya sabían los hijos del Marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba
enfermo. Gustavo y León sabían algo más: sabían que le devoraba un
mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea;
mal que se aviene con las naturalezas débiles ó extenuadas por las
pasiones y el estudio. Como según los informes de los Padres de
Puyóo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían
dicho nada á la Marquesa, esperando que ésta sabría la verdad por
sí misma al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante
la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa como
un rayo de la ira celeste, un aviso del Rector anunciando que Luis
Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que...
«deseando el joven ver á su familia, saldría al siguiente día para
Madrid en el tren expreso.»
Absortos y afligidos quedaron todos, y más aún cuando al otro día
vieron entrar al infeliz joven, que tan claro mostraba en su persona
el sello de la traidora dolencia, parecido á un espectro con sotana.
Su cara ofrecía, á pesar de estar ya como agostada por el frío beso
de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de
María. Ya se sabe que eran gemelos y que se parecían todo lo que
puede parecerse un hombre á una mujer, sólo que la joven, con su
aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y en representación
física á su hermano, harto afeminado desde la infancia.
Barbilampiño y endeble, se le creería nacido para el sacerdocio y
para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por
lo verdes y expresivos eran como espejos en que se reflejaba la
propia mirada de María Egipciaca, estaban rodeados ya de un cerco
obscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado
por una fiebre constitucional, con la cual iba tirando como si fuera
un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su
fiebre era un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana
negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del
esqueleto: su voz parecía el eco de quien está hablando en algún
rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden,
entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo
de una gotera.
Sentado en un sillón, á las demostraciones cariñosas de la familia
respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto
compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas
ardientes y amorosas.
Desolada y suspirante, la Marquesa no sabía contener la expresión de
su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar
á su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de
llevarle á beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fué
celebrar junta de médicos, convocando á lo más selecto. El enfermo
sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia á
nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale
fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.
León no le había visto nunca. Cuando entró á verle, la Marquesa le
dijo: «Aquí tienes á tu hermano que no conoces...
--Le conozco,» contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano por
la de León.
Y diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto
tiempo, que la Marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro
mudo, dijo así:
«Ya sabes que es muy bueno.
--Ya, ya sé--repuso Luis mirando á su hermano.--¿Y os marcháis de
Madrid?
--¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así?--replicó María,
derramando abundantes lágrimas.
--Pero tu esposo no querrá detenerse.
--Nos quedaremos--afirmó León, sentándose en el grupo que rodeaba al
joven.--Ni María quiere separarse de su hermano, á quien no ha visto
en tanto tiempo, ni yo quiero que se separe.
--Ni tampoco quieres tú separarte de ella--añadió la Marquesa.--Eres
un modelo de maridos complacientes y bondadosos... Quizás nos vayamos
todos juntos.
--Luis mejorará--dijo León,--y entonces emprenderemos nuestro viaje.»
* * * * *
No sabemos si fué aquel mismo día ó el siguiente cuando León,
hallándose á solas con su suegra, presenció uno de los más fuertes
accesos de tristeza que en ella había visto, y que se determinaban
en suspiros, en lamentos de su desgraciada suerte y en protestas
de poner las cosas en un pie conveniente de orden y economía. La
excelente señora derramaba copiosas lágrimas, y estrechaba la mano
de su yerno prodigándole los nombres más dulces de que se vale el
cariño materno.
Atravesaba, según ella, la familia una de las más graves crisis que
podrían perturbar á familia alguna. El mal de Luis Gonzaga exigía
dispendios inmediatos. La ilustre dama no tenía carácter para tratar
á la junta de médicos como trataba á sus acreedores de escalera
abajo el Marqués, cuyos despilfarros habían llegado á un extremo
escandaloso. Se sentía fatigada, consumida de aquel género de vida
aparatosa y de relumbrón en que la sostenía, mal de su grado, el
orgullo de su marido y de sus hijos. Se consumía en el tedio de los
saraos, y devoraba en silencio las ansias del hambre disimulada y
de aquel malestar continuo que hacía de su casa un infierno. ¡Oh!
su educación, su clase, sus principios, sus nobles sentimientos
pugnaban con la farsa; mas era débil, amaba entrañablemente, aunque
sin premio, á los mismos autores de aquel malestar, y no podía
desprenderse de los hábitos que se le habían impuesto. Pero estaba
decidida á ser enérgica, implacable; á cortar para siempre las malas
costumbres introducidas en su casa; á enfrenar al Marqués; á hablar
claro, muy claro, á sus hijos; á establecer un orden riguroso,
excesivamente, ferozmente riguroso; á vivir de sus recursos propios y
naturales renunciando al brillo engañoso y á la competencia ridícula
con fortunas saneadas y enteras. Lloraba en silencio y pedía á Dios
que apartase de la casa de su hija las calamidades que pesaban
sobre el hogar paterno, favor que Dios parecía resuelto á conceder
desde que adjudicó á la bienaventurada joven un marido ejemplar, un
marido juicioso, un marido modelo, un marido de elección, un marido
canonizable, dicho sea con perdón de la Iglesia.
Y no sabemos tampoco si fué aquel día ó el siguiente cuando el
Marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético
y desembarazado desarrolló ante los ojos de éste el panorama
desconsolador de su propia situación, dando en él toques de
grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras, y dibujando
con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del
mejor, del más querido de sus hijos. Este infortunio acercaba la
mecha á la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales,
atestada de oropeles, de colorines, de bambolla inútil... Veíase el
insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible,
y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia
estaban como reos de muerte á quienes ya se ha subido en el fatal
tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la Marquesa,
autora indirecta de las _filtraciones_ (gustaba mucho de emplear
este término tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que
disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío...
Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había
querido sostener una posición _exageradamente decorosa_, como hombre
que se debe á su nombre, á su partido, á su patria; había contado con
el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que
adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente,
no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido
débil, excesivamente débil ante el desenfrenado lujo implantado en su
casa por la Marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia
las comilonas, los tes, los _raouts_, los saraos que llenaban de
ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados
días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo
duda? pero no protestó; fué cómplice, faltó á los sanos principios
conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta.
Pero estaba decidido á cortar abusos, á _reformar radicalmente la
Administración_, á _hacer economías_, á _sostener el orden doméstico,
base de las virtudes privadas y públicas_. Y no hablaba ciertamente
á su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo
para salir de los compromisos del día, no: esto no era compatible
con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de
dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle á conocer la
abrumadora realidad, para que _usando de su prestigio cerca de la
familia_, tratase de señalar á Milagros el abismo que á sus pies se
abría. El pobre Marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para
sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo;
no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de
las pésimas condiciones de este _país ingobernable_, pobre á pesar
de la _fertilidad del suelo_. ¿Cómo hacer frente á las inmensas
dificultades de tal situación? ¡Ay! el mismo Marqués necesitaba con
toda urgencia tomar baños alcalinos para su reúma, y no podía, no
quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de
su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que
reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi
un sacerdote, un santo bajado del cielo... El Marqués conocía los
deberes que le imponía su situación, y estaba decidido á cumplirlos.
Sí: su _hidalguía genuinamente española_ se lo ordenaba así; pero
necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado;
necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le
alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto,
juicioso, franco, enemigo de farsas, necesitaba, en fin, un apoyo
moral, puramente moral...
«Repito que un apoyo moral nada más,» dijo terminando la frase con un
suspiro y estrujando entre sus manos la de León.
Si éste fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo
merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos ó
tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:
«¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir
debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!»
Y cuando el Marqués le dijo:
«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad,
que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias;
pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el
interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que
en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve.
¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»
Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su
familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el
arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su
esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus
padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca
andaban.
XVII
La desbandada.
Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo,
Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/48091