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Sí sé por qué: Novela

by Felipe Trigo · Spanish · Gutenberg #47784 · 427,136 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Sí sé por qué: Novela
    
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Title: Sí sé por qué: Novela

Author: Felipe Trigo


        
Release date: December 26, 2014 [eBook #47784]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/47784

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
        Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
        produced from images available at The Internet Archive)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SÍ SÉ POR QUÉ: NOVELA ***




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                             SÍ SÉ POR QUÉ


OBRAS DE FELIPE TRIGO


LAS INGENUAS, NOVELA, dos tomos (_sexta edición_), 7 pesetas.

LA SED DE AMAR, NOVELA (_sexta edición_), 3,50 pesetas.

ALMA EN LOS LABIOS, NOVELA (_cuarta edición_), 3,50 ptas.

LA ALTÍSIMA, NOVELA (_cuarta edición_), 3,50 ptas.

DEL FRIO AL FUEGO: Ellas á bordo, NOVELA (_tercera edición_), 3,50 ptas.

LA BRUTA: Héroes de ahora, NOVELA (_cuarta edición_), 3,50 ptas.

LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA.--REVELADORAS.--LO IRREPARABLE, tres novelas
en un tomo (_tercera edición_), 3,50 ptas.

SOR DEMONIO: El honor de un marido hidalgo y metafísico, NOVELA (_cuarta
edición_), 3,50 ptas.

EN LA CARRERA: Un buen chico estudiante en Madrid, NOVELA (_tercera
edición_), 3,50 ptas.

SOCIALISMO INDIVIDUALISTA, ESTUDIO (_cuarta edición_), 3 ptas.

EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS, ESTUDIO (_tercera edición_), 3,50
ptas.

LA CLAVE, NOVELA (_tercera edición_), 3,50 ptas.

LAS EVAS DEL PARAÍSO, NOVELA (_segunda edición_), 3,50 ptas.

LAS POSADAS DEL AMOR, NOVELA (_segunda edición_), 3,50 ptas.

CUENTOS INGENUOS (_tercera edición_), 2 pesetas.

EL MÉDICO RURAL, NOVELA (_sexta edición_), 3,50 pesetas.

LOS ABISMOS, NOVELA, 3,50 ptas.

EL PAPA DE LAS BELLEZAS, NOVELA, 3,50 pesetas.

JARRAPELLEJOS: Vida arcádica, feliz e independiente de un español
representativo, NOVELA, 3,50 pesetas.

CRISIS DE LA CIVILIZACIÓN.--LA GUERRA EUROPEA, 3,50 pesetas.

ASI PAGA EL DIABLO.--Á PRUEBA.--EL GRAN SIMPÁTICO, tres novelas en un
tomo (_segunda edición_), una peseta.




                             FELIPE TRIGO

                   [Illustration: imagen decorativa]

                             SÍ SÉ POR QUÉ

                               (NOVELA)

                        [Illustration: colofón]

                             RENACIMIENTO

                            SAN MARCOS, 42

                                MADRID

                                 1916

                             ES PROPIEDAD

        Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.--Teléfono 4.967.




PRIMERA PARTE




I


En el expreso, con un recelo casi de terror, conocí ayer á estos que
habrán de ser mis compañeros de buque: Albert, cónsul; Carlos Victoria,
el famoso dramaturgo, y Alejo Hugo Martín, _attaché_ militar en la
Argentina.

¡Oh, mi forzosa intimidad con los extraños! ¡Mi débil voluntad, además,
para cortarla..., yo que contaba siquiera en esta empresa con la soledad
del Océano, y á quien el simple encuentro de un amigo por las calles de
Madrid causaba angustia al corazón, temblores y una afonía instantánea y
sofocada, como si me echasen una cuerda al cuello!... Por lo pronto,
anoche, en el tren, un señor al pie de mi litera; tres al despertar,
forzádome á sus charlas... y un hotel ahora, aquí, donde, á más de los
nuevos conocidos, me aguardan cuatro periodistas. Son gaditanos, que se
han apresurado á saludar al dramaturgo; quieren despedirle de España
cenando en Puerta de Tierra, y, con la jovialidad del montilla, se
obstinan en que yo les acompañe.

En última consecuencia, debo confesar que no me es completamente
insoportable la continua conversación; por primera vez desde hace mucho
tiempo, gracias á ella, me ha faltado para ensimismarme en la manía de
mis reflexiones dolorosas, y á ratos incluso llego á reír y bromear.
Encontraríame satisfecho, ante éstos que no hubieran podido sospechar
hallarse departiendo con un enfermo grave, si á última hora no hubiese
cedido á la insana cobardía de hablarles de mi enfermedad, de mi
neurastenia...

¡Maldita neurastenia!... Les conté todo: que estoy á régimen; que no
duermo; que lloro á veces como un niño...; que una extraña piedad me
acongoja ante el espectáculo de un mendigo ó de una mujer desamparada...

¡Maldita neurastenia!... Menos mal que no les referí cómo una tarde
estuve si me tiro del Viaducto. No puedo tolerar el espectáculo de la
barbarie humana. Me ahogan de piedad, de piedad, de piedad... las
crueldades de la vida; y la neurastenia no es, tal vez, más que... eso:
un estado de exaltación que nos deja percibir en su exacta verdad
horrible el fondo de las cosas.

Un estado de clarividencia, de perfección, en que se siente el dolor que
nos circunda cual si se tuviese el alma en carne viva. No hay tormento
comparable; mas tampoco nada que nos hunda tan sombría y grandiosamente
en la mística significación del Universo. Si los dioses sufren, deben
de sufrir de neurastenia. Por ella he aprendido á amar las nubes, el
sol, los campos, la nobleza, la pureza, los juegos de las flores y las
niñas, lo sencillo.

Vienen los _amigos_ á buscarme. Con recóndito pudor les habré de volver
á escuchar sus groserías de conquistas y mujeres..., esas mismas
groserías de mi pasado que ahora me avergüenzan como en un implacable
espejo al oírselas á ellos: ¡Placer, sí, Placer! Seguirán hablando de
Placer, la artista que conocimos en el tren y que va también á Buenos
Aires. Piensan ya cuál habrá de acapararla... El cónsul, rubio Apolo, la
habló en el pasillo del _sleeping_. Parece que ella le manifestó que me
conoce de vista, que soy el marqués de Torre-Alba (me confunde con mi
hermano); y este conocimiento, aunque les aclaré la confusión, basta á
poner en guardia á _mis amigos_ sobre «la ventaja que me pueda deparar
la idea del marquesado con la procacísima cocota»...

Han subido la escalera en escándalo de risas. Abren. Sin tiempo para
echarme de la cama, quedo incorporado.

--¡Hala! ¡Pero, hombre, Adamar, que estamos esperando! ¿Qué hace usted?

Creerán que me he recluído en el cuarto tratando de ver en el próximo á
la cocota, ó á la actriz, ó á lo que sea esa bella de cien kilos... y me
ocasionaría sonrojo confidenciarles que subí, á pretexto del sombrero y
el bastón, con la única avidez de meditar mis sobresaltos.

Partimos en dos coches. El andaluz anochecer primaveral huele á
claveles. El viento zumba así que dejamos las murallas.

Es la cena de mariscos. No me ha valido la disculpa de mi régimen.
Mejor. Comeré y beberé hasta reventar, á ver si acaba mi excelso
martirio cuanto antes. Por vergüenza hacia el doctor y mi pobre hermana
Elena, que me animaron al viaje, no me vuelvo en el primer tren al
tétrico encanto de mi casa.

Comeré mucho, tendré una tremenda indigestión, y mañana, en vez de
embarcarme, los propios compañeros me reexpedirán para Madrid. Ahora que
son inminentes, el barco y el mar me horrorizan.

No lejos del cenador donde nos sirven abrasando la sopa de almejas,
entre flores, botellas y cañas, rugen furiosamente las olas. Sopla el
levante y danzan los faroles de papel colgados sobre la mesa. Comemos,
comemos; yo me harto. Ponen tortilla de percebes. Y el caso es que la
devoro con gusto. Que me sepa bien, al menos, si todo esto ha de ser el
veneno que me mate.

Háblase de toros. En seguida de mujeres. Hay, sin embargo, un asunto de
gran actualidad, y en él recae la charla: el célebre crimen de Roma, que
está intrigando al mundo. Apenas lo he seguido á saltos en la Prensa,
por fatiga de atención á cuanto conmigo ó mi enfermedad no se relacione,
y me puntualizan el suceso: Una mañana el conde de Montsalvato apareció
muerto en su palacio campestre; no obstante haber manifestado su mujer
(una joven mejicana, bellísima) que despertada por lamentos sordos
acudió desde la inmediata alcoba y le encontró agonizando de un ataque
al corazón, huellas de violencia en la garganta del cadáver hicieron
imprescindible la autopsia, que descubrió la fractura del hiodes y
rastros de un veneno. Se pensó que el asesino fuese algún criado que
intoxicaría al conde al servirle de cenar; que, impaciente, habría
querido acabar de rematarle en el silencio de sueño de la casa, y que no
hubiese podido efectuar el robo al sentir á la condesa. Muchos días, con
su falsa aflicción de viuda, continuó ésta en el palacio; pero los
periódicos empezaban á insinuar los amores de ella con un profesor de
equitación, un emigrado austriaco de historia equívoca, y de pronto, en
compañía de una doncella, fugáronse los dos.

Según telegramas que los periodistas recibieron hoy, el austriaco ha
sido preso en Trieste.

Recuerdo haber visto en los periódicos las fotografías de la condesa,
primero como ilustre viuda, después como criminal..., bella, muy bella
en uno y otro aspecto--si bien habiendo creído advertirla en el segundo
un no sé qué de feroz y repulsivo.

Pero me importan poco, en suma, el crimen, la condesa y estas necias
oscilaciones de nuestra percepción que nos hacen ver diferente el gesto
de una cara según nos digan que se trata de una santa ó de una
miserable...; y escucho á los demás, y como, como langosta, y
langostinos, y ostras, y bocas de la isla y pastelillos de cangrejo...

Mañana la indigestión... No seré yo quien salga de tierra para meterme
en ese mar donde estoy viendo bailar las luces de los buques..., donde
el viento, más fuerte cada vez, hace de las suyas.

Un farol de nuestra mesa ha ido á parar, con vela y todo, á siete
metros. Otros han ardido...

Entre levantarme apresuradamente, á las ocho (tras un sueño de cinco
horas, porque nos acostamos á las tres), arreglar mi equipaje de mano,
salir á aprovisionarme de acidol, bromuro y comprimidos de Vichy, y
venir luego al puerto con el apremio del vapor que va á zarpar, no me ha
quedado un segundo para pensar en mis congojas. Sólo sé que por
invitación del cónsul, y casi encima de él, nos ha acompañado Placer en
la berlina, y que, contra lo temido por mí, me ha sentado bien la brutal
cena de anoche.

El levante nos azota y flamea violentamente las gasas del sombrero y las
faldas de Placer--que el cónsul ayúdala á arreglar con manejos
atrevidos. Contiénelos la presencia de la mucha gente y de las damas que
esperan el embarque. Baja la marea, el mar, que estrella sus olas contra
el muro, es una zarabanda infernal de espumas y de barcos. Imposible
pensar en las lanchas, sin peligro. A tres millas divisamos el _Victoria
Eugenia_ en una confusión de trasatlánticos. Van y vienen los
remolcadores. Atracan mal á la escalera, y el traslado de cosas y
personas se efectúa difícilmente.

Vemos llegar á un esquelético negro vestido de chaqué, con una caja de
violín, que deposita cuidadoso al socaire de la caseta factoría; quítase
los puños, no muy limpios, y con gemelos inclusive los lanza al
vendaval... ¡Diablo de hombre! Hemos visto sus puños huír y perderse
rectos en la furia de las olas como dos aves libertadas.

Uno de los periodistas nos informa de que el negro es un músico
excelente, mimado en tiempos por el kaiser, en Berlín, y hoy enfermo y
miserable. La noticia le cae á mi neurastenia malamente. Símbolo de la
humana veleidad. Yo también fuí algo de la vida, y ya no soy nada de la
vida..., ya no soy más que un harapo.

Parte un remolcador, á tumbos y á gritos de mujeres. Llega otro. Se le
asalta. Contenido con bicheros en prudente separación de la muralla,
para ganarle hay que aprovechar el fugaz momento en que la proa enrasa
el escalón. Salto y caigo encima de unas jarcias. El cónsul ayuda á la
cupletista como puede. Dos señoritas son izadas en brazos de dos
nervudos marineros. Chillan, ríen. Vuelan al aire sus piernas; mas no es
cosa de preocuparse de pudores en este infernal baile entre cómico y
terrible.

Atestada la pequeña embarcación, nos afianzamos á los hierros en la ruda
travesía. Va pálida la gente.

Cuando arribamos al buque, nos da el consuelo de un edén en una roca. No
se mueve. Todo blanco y en orden, salvo el rimero de menudos equipajes
que va recibiendo el portalón. Viene de Génova, de Barcelona, y lleno de
pasaje; elegante, en general; lo aprecio al cruzar con el mayordomo
hacia mi camarote por la cámara de lujo.

El camarote me place: lecho dorado, baño, mesa, diván, ventilador; mío
exclusivamente, lo cierro en cuanto me entran las maletas. He aquí una
bella celda en que me podré aislar conmigo mismo. Túmbome en el lecho.
Fumo, pienso y deploro no haberme traído á mi criado Castro, que me
ayudaría á disponer las ropas en las perchas.

Embarcó el negro con nosotros. Es un tísico que se morirá en el Océano,
y yo un grave enfermo que tampoco volverá de Buenos Aires--si llego. ¿Me
arrojaré antes al mar?... ¡Quién lo sabe! La muerte se ofrece seductora
para quien contempla en su verdad triste la existencia. Ignoraba que
encerrase un tal encanto la esperanza de morir.

Trepida el buque. Empieza á removerse y ruge la sirena. Salgo. Acércome
á la borda. Todo siniestro para mí, y más esta partida. Al abandonar la
patria, la emoción pone lágrimas en los corazones y en los ojos de
muchos, por la madre ó la amada ó el amigo que se deja. En mi seco
vivir, nada puede conmoverme. Y sin embargo, para mayor escarnio, tengo
también mi mujer, frívola, separada de mí hace cinco años, al segundo de
la boda. Poco la importará que me muera ó que me ahogue, si ha sabido
siquiera que me embarco.

Cierro los ojos, porque sufro el repentino pesar del injusto rigor á que
propendo. A lo menos, con Elena..., con mi buena y santa hermana, á
quien olvido y cuyo adiós adivina al fin mi corazón. Los egoísmos de su
nueva familia y de su nueva casa no la impidieron cuidarme como una
madre en el abandono de la mía...

Extraño á la impresión de la partida, torno al camarote. ¡Qué pena!
¡Nada me interesa de cuanto me rodea, tan pintoresco! Vuelvo á tirarme
en el lecho, y evoco á mi mujer. Lloro. Culpa suya nuestra desdicha. En
mi azarosa locura madrileña dormían el romanticismo de mi niñez
provinciana y mi seriedad de hombre de estudios. Al buscar á Laura para
la fundación de un hogar y de una vida de trabajo, mis romanticismos
fueron mi único refugio contra las barbaries elegantes de caballos y
queridas. No supo estimarlo, harto mundana. La quise mucho y no lo
merecía. La decepción me hizo entregarme á los fáciles placeres con
mayor brutalidad.

Laura duerme en mí como una rubia ilusión enterrada para siempre. No he
tenido para qué hablarles de ella á estos conocidos del tren. Me creen
soltero y neurasténico por excesos juveniles.

¡Y cuánto me avergüenza esta última verdad!

En fin, ya ¿qué remedio?... Un torpe desdichado que no debió salir del
panteón bello de su hotel para no perder las visitas de consuelo de una
hermana y su régimen de huevos y de leche. A bordo, uno y otro bien me
faltarán. Ni podré comer, siquiera. De cuando estuve en Nueva York á
perfeccionar prácticamente mis agrícolas conocimientos de ingeniero, sé
demás á qué atenerme con respecto á los huevos en conserva y á las latas
de leche de estos buques...

La contrariedad me sofoca; pero causándome una sorpresa al sentirla al
fin irremediable: me aterra menos que otras veces. Ignoro si es porque
me importa poco no comer ó porque me importa menos comer lo que me
pongan. Una especie de estupefacción casi grata. Si al acostarme una
noche en Madrid me hubiesen dicho los criados que no tenía mi vaso de
leche con azúcar..., ¡oh!, creyéndome el más infeliz de los nacidos,
habría sufrido la obsesión de una musiquilla cualquiera--del vals del
_Conde de Luxemburgo_, por ejemplo, más de una semana.

Nadie que no la haya padecido sabe lo que en esta estúpida obsesión de
tararear mentalmente horas y horas lo mismo, lo mismo, lo mismo..., sin
lograr dormir, sin lograr pensar en otra cosa..., martirio de moscardón
del que no puede uno librarse... ¡Habría de qué reír si no hubiese tanto
de qué llorar en la dichosa neurastenia!

Y ciérranse mis ojos; tengo casi sueño.

       *       *       *       *       *

--¿Señorito? ¡Hora de almorzar!

¡Ah! El reloj me lo comprueba. Profundamente he dormido, entonces, tres
horas (y cinco de anoche, ocho)--lo cual me va resultando
extraordinario. Además, no pienso nada de mis cosas. La neurastenia me
irá á dar por dormir y por algún ataque de idiotez.

Hágome un sumario tocado de peines y jabón, y tengo que abrir una maleta
para vestirme de _smoking_.

En el comedor, mucha gente--sin duda de la que venía desde Barcelona y
Génova acostumbrada al balanceo. Los de Cádiz han debido de marearse.

Mas... no todos, cuando menos. Desde una mesita de un ángulo me llama el
cónsul. No le puedo desairar, y acepto de mal grado (aunque está también
Carlos Victoria), porque han sentado con ellos á la cupletista y á otra
vistosa hembra de su laya. Me presentan á ésta Mlle. Eyllin, actriz de
la Cigale, compañera de camarote de Placer.

Tortilla, el primer plato. Me la como. Guisan bien en el vapor. Albert
quiere bromear; pero está pálido y sospecho que se le anda la cabeza. El
húsar quedó en un sillón de la cubierta, mareado.

Pavo. Me lo como. No, no cocinan mal en el buque. Me sirve vino Placer,
y lo bebo.

Con mi experiencia de la otra travesía, pienso que estos compañeros
míos, nuevos en la vida del mar, no saben lo que hacen trayendo á la
mesa á estas mujeres: el primer día es el que establece para todo el
viaje las costumbres, y las tendremos de constantes camaradas. Por su
trapío aisladas del resto del pasaje, se nos aislará con ellas y no
podremos tratar más que cocotas. A mí no me complace, y supongo que
tampoco al buen nombre de Victoria, del honesto dramaturgo.

Parte Victoria, disparado. Placer se ríe, _loba de mar_ que lo ha
cruzado varias veces por razones de contrata; y yo, mientras el bello
cónsul procura resistir las invasiones del mareo, miro no lejos á una
jovencilla que come con su madre y dos sacerdotes franceses.

La veo casi de espaldas, con la rubia seda ceniza de su pelo en bajo
peinado de chicuela, y en un semiperfil de hechicería. De las crudezas
que empiezan á cambiarse Placer y Eyllin y el cónsul, me purifico en la
muchacha. Parece un ángel. Es mi afición á lo infantil. Tiene lo demás
del comedor el aspecto harto mundano de un hotel, y yo diera no sé qué
por ser admitido en la mesa de la niña y de los curas. Pequeña isla de
respetos en mitad de la algazara... Se ríe y se tintinean demás por
todas partes las cucharas y las copas. Los cíngaros se afanan
inútilmente haciendo llorar á sus violines. Nadie les atiende.

Pero... corre, ha huído también el cónsul, de improviso, y Eyllin le
sigue. La cupletista come mucho, y yo no le voy en zaga--si bien me
contraría el quedar solo con ella. Incapaz de disimulos, hay momentos en
que no contesto nada á sus gozosos comentarios del mareo de los demás.
Sin embargo, es hembra poco ducha en silencios psicológicos. Me habla de
compañeras suyas de Madrid. Conozco á varias. Sábelo bien, á pesar de
haber actuado preferentemente en Barcelona, y con descocada frescura
alude á sus _intimidades_ con una vistosísima Raquel, tan guapa como
diablo, y á otra Loló (¡ah, este nombre!), «tan linda como sosa», que
fueron mis queridas. Por esto me conoce, confundiéndome algo con mi
hermano, y por esto se encuentra más que demás enterada de que soy...
¡atiza! un «maestro del amor».

La conversación, echada á fondo por la ramera impúdica que bajo la mesa
me junta una rodilla, lléname de una zozobra de asediado colegial que á
la vez sintiese los rubores y rechazos del espíritu y los impulsos de la
carne.

Sí, de la carne..., de la carne de pavo que devoro y de la carne del
muslo de Placer. No me atrevo á retirar el mío, y bajo las castidades
mismas de mi alma y la evocación triste de Loló me obstino en meditar si
la provocación descaradísima me causa menos repugnancia de lo que
hubiese imaginado..., porque en Cádiz me harté de mariscos, porque he
dormido desde ayer como un lirón y porque ahora mismo estoy comiendo
como un buitre... Sería hermoso y lamentable que éstos fuesen ya los
efectos de la terapéutica marítima..., que con mi vuelta al sueño y al
hambre y á la vida en mí resurgiese el animal.

Por lo pronto, olvidado de la niña, estudio egoístamente la cara y el
escote de Placer..., y dijérase que á mí mismo me estudio en tal
estudio. Guapa. Cuajada de brillantes. Los dientes blancos y perfectos.
Sólida como una gigantesca estatua, debe de tener un desnudo
irreprochable...

Sino que reacciono, á la hora del café. Sus cien kilos son demasiada
carga para sobrellevarla en el viaje como irredimible consecuencia de
una leve gratitud.

Fosco, casi huraño, cuando ella espera que me la lleve del brazo á la
cubierta, me levanto y me despido:

--Perdón. Tengo que hacer. Voy al camarote.

Y en el camarote, de nuevo encerrado á llave, cual si la bruta
prostituta pudiera perseguirme, comparto mis reflexiones entre el negro
horror de mi neurastenia y el blanco escote de la bruta prostituta...

No la deseo; ó no sé, al menos, si la deseo ó no.

Torno á refugiarme en el recuerdo puro de la niña.

Por él ennoblecido, me hundo en la memoria de la desgraciadísima
Loló--de aquella dulce Ana María en cuyo ser y en cuya alma delicada
cometí todos los crímenes...

¡Pobre Ana María!

Maté tu candor, maté tu fe, maté á nuestro hijo en tus entrañas, maté
cuanto de grande y santo hubiese podido realizar en el mundo tu bondad.

Y claro es que si tú arrastras por mi culpa el dorado horror de tu vida
destrozada, yo debiese arrastrar la cadena de un presidio.




II


Positivamente me resta una de las más ingenuas distracciones de á bordo
mi antiguo conocimiento del mar. No son para mí novedades las que
excitan la curiosidad de mis amigos. En calma el viento, ellos, que ya
pueden andar sin pasamanos, recorren el barco con Placer y con Eyllin.
Bajan á las máquinas, para ver cómo, sin que entre el agua, cruza el
casco el árbol de la hélice; suben al puente, para ver cómo maneja el
sextante el capitán; visitan la punta de la proa, la bodega, las
cocinas, y se preocupan de entender los dobles de esquilón y del momento
en que se anota la singladura en el cuadro de la marcha.

A mí apenas si el espectáculo de algunos buques que cruzan logra
distraerme un rato en la batería de gemelos que formamos en las bordas.
Mis nervios se aplacan. Parece de corcho mi cerebro. La mayor parte del
tiempo la paso tendido en el canapé, contemplando el juego de las olas.

Sin que pueda decir que estoy mal entre los compañeros, estoy mejor
cuando me dejan y se llevan á Placer. Se encuentra irritada por mis
desaires, aunque yo, gentil siempre que me habla, procuro suavizarlos.
No he vuelto á comer con ellos. Una circunstancia favoreció mi disculpa
de descortesías en el propósito: la mesa, de cinco asientos, no lo
habría tenido para el húsar; calculé, pues, que me bastaría concurrir un
par de días al restorán, á pretexto de _mi régimen_, así dando tiempo á
que pudiera sustituirme el pobre mareado; y, efectivamente, al tornar al
comedor, el mayordomo me indicó otra vacante en otra mesa de un viejo
matrimonio alemán y de un marino bonaerense. Locuacísimo el marino, con
unas patillas y una afable distinción del tiempo de Churruca, no me
habla, al menos, de mujeres. Sabe idiomas, y cancillerescamente reparte
su conversación conmigo y con los alemanes; pero su propia galantería de
_gentleman_, que tiene que atender á todos, me libra pronto de él en la
cubierta.

Yo, entonces, me aislo en un rincón y observo la gente del pasaje. El
_Victoria Eugenia_ es el mejor trasatlántico que navega en esta línea.
Vienen muchos franceses, y principalmente familias uruguayas y
argentinas que regresan de sus visitas europeas á todo rumbo de dinero.
Anteanoche un señor del Plata dió quinientos pesos en la rifa de una
Virgen que no sé quién organizó. No hay nadie á quien mi nuevo compañero
de mesa no conozca. El solo llena de ceremoniosas reverencias las
tertulias y los bailes. Toca el piano y la flauta, hace
prestidigitaciones, inventa juegos de prendas, y lo mismo se pone á
conversar con el segundo maquinista que con un ex presidente de la
República de su país, y con la ex presidenta y las hijas, que traen la
mejor cámara del barco, y que han sido en Madrid agasajadísimos. Algo
anticuado el joven teniente de fragata, sin duda, en materia
coreográfica anda aún por rigodones, y en lecturas por Balzac y Víctor
Hugo.

Paréceme que sus mismos compatriotas, picados de _snobismo_ al regresar
del viejo mundo, le miran con la condescendencia que á un niño
candoroso. Mientras él retóricamente trata de ensalzarles á las damas
las figuras de _Cuasimodo_ ó _Juan Valjuán_, ellas se distraen hablando
del tango, de Wagner, de los _apaches_ de París..., y, sobre todo, de lo
que constituye la última atracción de escándalo europeo: del crimen de
la Montsalvato. Traen diarios é ilustraciones, y se desquitan leyendo y
discutiendo á bordo cuanto no tuvieron tiempo de saborear en tierra á su
placer. Los grabados de la «tristemente célebre condesa» circulan. Se
admira su beldad. Una de las más bonitas mujeres de Italia y la más
perversa del mundo. Creen que ya la habrán cogido, y que se la ahorcará
con el amante. Aguardan impacientes, para tener noticias, la escala de
Canarias. Sin embargo, se asedia al capitán, por si radiográficamente
pillase algo del suceso.

Me aburro, oyendo en todas partes hablar del crimen; y lejos de esta
cubierta de joyas y elegancias, como la vasta galería de un balneario,
me hundo en las encrucijadas del barco buscándome á mí mismo.

Más que por la impulsión invencible de pensar y sentir tristezas, según
antes me pasaba, diríase que voluntariamente busco ahora el pensarlas y
el sentirlas por el hábito de que no quiero prescindir. Ellas han
constituído durante dos años mi existencia, y sin ellas parézcome
vacío... sin rumbo en la vida, sin objeto.

Porque la verdad, la misma impulsión bestial que, desde que duermo y
como, siento á veces ante las provocaciones de Placer, me abochorna
hasta el extremo de preferir, incluso con su cohorte de penas desoladas,
la orgánica aversión sensual de mi maldita neurastenia. Triste es tener
que prescindir de la integridad del amor de las mujeres; pero más triste
es tener que aceptarlas en su cercenada realidad de lascivos mecanismos.
Los hombres no hemos sabido formarlas el alma todavía.

O mejor dicho, dejar de deformársela. Ejemplo de ello lo llevamos en
esta miniatura del mundo que viene á ser el buque. Por eso me place, con
amarga complacencia, bajar á la cámara de tercera y ver cuán cerca van
unas de otras las pobres torturadas que forman como los símbolos de
extrema oposición en el martirio de las vidas femeninas. Son, por una
parte, cinco religiosas italianas que irán á hospitales ó colegios
argentinos; por otra, y en patrullas diferentes, un sucio rebaño de
prostitutas francesas y austriacas que irán á Buenos Aires.

Símbolos, sí, del social absurdo. Representan lo que se tiende á hacer
con todas las mujeres de un modo indefectible. Se las parte, y no hay
término medio para ellas. O lo espiritual, en un calvario de
renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.

Estoy contemplando en el entrepuente el grupo de asustada y blanca
sumisión que á un lado componen las monjas; el grupo de descaro
arlequinesco que al otro lado componen las rameras.

¡Horrible! Apartados en polarización inconciliable el beso del espíritu
y el beso de los labios; rotos el amor del cielo y de la tierra para el
amor del hombre y la mujer..., como si la angélica inocencia de los
niños no se besase con los labios..., como si las madres no dieran á sus
hijos con los labios los besos de la gloria.

Lloro por todas las desgraciadas prostitutas y monjas de la tierra, y me
ahoga, me sofoca la piedad.

Pero... otra escena se me ofrece en estos fondos del fastuoso
trasatlántico donde llevamos confinados los horrores. Baja de la
cubierta de emigrantes una pobrísima familia; la madre, la hija mayor y
un niño de quince años, transportan, como preciosas cargas que pudieran
dejar caer en la verticalidad de la escalilla, á otros niños más
pequeños; la joven es bonita, y mira tímida en su torno. Pasan como en
fuga junto al escándalo de burdel de las rameras, y tras el amparo de
las monjas buscan el escondite de unos fardos. Al poco llega un mozo de
limpieza, besa á los chiquillos y repárteles fiambres; se va
inmediatamente, y la familia come, apretada en el amoroso miedo de ella
misma. Los circunda una aureola de honradez. Viéndolos comer la
escudilla de las sobras, y pensando en los festines de mi mesa y en lo
que la bruta de Placer traga á todas horas, siento que las lágrimas del
alma se me vierten por los ojos.

Y el rubor me aleja de las gentes; porque el llanto debe ser una cosa
vergonzosa en un mundo donde la impudencia de una mujer se paga con
brillantes y la virtud de otra con miseria y con limosnas.

Voy enjugándome las lágrimas, y alguien me tropieza: el mozo de antes,
que al salir de un camarote con dos cubos, me vierte un poco de agua.
Pensando que soy francés porque no contesto, discúlpase en francés; no
respondo, y háblame en inglés, al tiempo que se apresura á limpiarme con
un paño. Al incorporarse y oir mi neto madrileño, cree reconocerme.
Resulta un antiguo acomodador de la Princesa. Charlamos. Se expresa
discretamente. Es perito comercial; pero sin influencias para colocarse,
y abrumado por los hijos, atendió á la urgencia de ganarse una peseta
como pudo. La familia que he visto es la suya. Emigran, y él ha logrado
del sobrecargo este puesto eventual en el servicio, que le permite sacar
algunas propinillas y restos de las mesas para librar del rancho á su
mujer y á los pequeños.

Está flaco; está enfermo. Punto menos que á la fuerza le hago aceptar un
billete de diez duros, y llora y quiere besarme las manos... Nos
interrumpe una austriaca que viene medio desnuda, de bañarse. Es una de
las rameras, grande, de senos lacios, casi vieja y casi horrible. Entra
en el camarote y le reclama al mozo los cubos de agua con despótico
ademán.

Yo parto, ocultando mi dolor; el infeliz sirviente me ha cruzado una
mirada que indica sus resignaciones.

Subo adonde pueda ver el cielo. Desierto á esta hora el _verandah_ de la
cubierta alta, porque el pasaje se recluye á la música y al te del
comedor, pido una cerveza.

Mas no logro olvidar al mísero padre de familia que sabe francés, que
sabe inglés, que es un inteligente trabajador, cuyo acoso de la vida le
impidió desenvolver sus aptitudes..., que es un español honrado, cuando
menos, que quiso darle á su patria cinco hijos..., y que, lanzado por su
patria, emigra y acógese á la compasión del barco sirviéndole de rapa á
inmundas extranjeras.

La injusticia me acongoja. No sé qué parte de ella puede caberme á mí, y
las lágrimas vuelven á inundar mis mejillas. ¡Oh, la neurastenia! ¡Qué
excelsa maldición! ¿Por qué cuando estamos buenos y bien hallados en la
vida no vemos todo esto?... Al revés, el ajeno sufrimiento nos
impresiona como un contraste pintoresco que realza y le presta el claro
oscuro á nuestra dicha: un _golfo_ que, muerto de frío, cierra el coche
donde nos ha unido la lujuria con una hembra de alquiler, nos hace
sonreír y decirle una alegre chirigota; una anciana mendiga nos hace
arrojarla de mal modo una moneda y un insulto, sin pensar que tenga las
mismas entrañas hechas por Dios y las mismas canas quizá que nuestra
madre; un camarero que nos habla el francés y el alemán nos parece
sencillamente un majadero.

Y... seco precipitadamente mis lágrimas..., aunque los que llegan
podrían demás, á saber su causa, comprenderlas: la joven rubia con su
madre y los señores sacerdotes. Siéntanse á pocas mesas de mí, y ellos
se ponen á fumar y ellas á leer libros de oraciones.

Es un ángel esta niña. Viste siempre sencillísimos trajes blancos, con
la falda hasta los pies, y luce el ceniza dorado tesoro de su pelo en
trenzas á la espalda. Por la gentileza del cuerpo diríase una mujer de
veinte años; por la lozanía, y el candor del rostro, una chiquilla de
trece.

¿Contará diez y siete ó diez y ocho?... No. Así como hay damitas que
gustan de prolongar su aspecto adolescente valiéndose del infantil
engaño de las ropas, hay niñas de precoces desarrollos que, á pesar de
la puerilidad de su semblante, tienen antes de tiempo que alargarse los
vestidos; y ésta es una de ellas. No he visto jamás una expresión más
cándida y sincera. Tras la diafanidad de sus ojos verdes, claros, su
alma de sencillez fulge al modo de un resplandor ancho y sereno á través
de dos faros de esmeralda. Mira como sin ver, á las gentes..., á los
cien tontos que á bordo se la comen con los ojos, y mira, en cambio, con
éxtasis de atención inmensa las lejanías del mar y los crepúsculos.

Una atracción de suavidades me inclina á venir observándola hace días; á
buscar los sitios de apacible soledad que ella prefiere; y he podido
advertir que apenas si se asoma con su madre á los bailes del salón, que
se acuestan á las once, y que se levantan, igual que yo, para contemplar
las albas esplendentes, cuando aún no se ha hundido Venus en la línea de
las aguas.

Miedo me da la idea de que, advirtiendo al fin la asiduidad de mi
presencia, hubieran de juzgarme uno de esos imbéciles que por ahí las
importunan.

Deja el libro. De un paquete de periódicos, saca uno y pónese á leer.

Los grabados tornan á advertirme que lo que tanto la absorbe en los
diarios es, ¡ah, también!, el crimen de la italiana.

Como á los demás, como á todas las damas del pasaje. Pero á esta niña,
de carne y alma de inocencia, plácela, sin duda, lectura tal, no por
saborear manjares de perversión, sino por una trágica atracción
folletinesca que afirma su infantilismo. Igual que ayer y anteayer, la
veo ensimismarse en los relatos del crimen más que en el libro de
oraciones, y á veces sigo en su faz de ángel los horrores que la
crispan.

¡Oh, sí, sí, diáfana su faz..., diáfana como un fanal su vida entera!
También cuando todas las mañanas la contemplo de hinojos en la misa, veo
el fervor con que su pureza pídele á la Virgen no se sabe qué perdones.

¿Será una francesita?... Franceses son los periódicos que lee y en
francés habla con los curas, uno de los cuales debe de ser hermano de la
madre. Sin embargo, no tiene ese tipo que hace á Francia parecer un
monótono bazar de muñecas blondas de pómulos salientes y labios gordos y
encarnados.

--¡Adamar? ¡Adamar?... ¡Hombre, Adamar!

Giro, y me estremezco. Medio corriendo y en grandísima algazara llegan á
buscarme el dramaturgo, el húsar, el cónsul, Placer y la actriz de la
Cigale. Recogida alta la falda, enseña Placer la aparatosa seda de sus
medias.

Me causan la impresión de que profanan un templo. Los curas, la madre,
la niña-arcángel han vuelto los ojos hacia el tumulto de estas mujeres
de hermosura descompuesta. Porque no se sienten aquí, me levanto y salgo
al encuentro de _mis amigos_ para ir en su compaña á cualquier parte.

       *       *       *       *       *

Estamos en tierra.

Hemos venido durante la mañana viendo definirse las altas montañas de
esta isla, mirando por la vasta extensión del agua la lejanía de las
demás del archipiélago, y acabamos de desembarcar en Tenerife. Nos guía
muelles adelante un grupo de periodistas canarios que ha acudido á
recibir al dramaturgo. Placer tutea desahogadamente al cónsul y no se le
descuelga del brazo. Derechos conyugales que se abroga. Él no parece
agradecerlo.., ya. Bien con otra triunfal alegría me contó hace unas
noches la historia: luna en su camarote, y una ilusión de _cien kilos de
sirena de cocota_ á su litera llegada desde la espuma del mar. Lo peor
es que ni á luna ni á sol se le aparta desde entonces. Lo que temía para
mí, de no haber puesto enérgico el remedio.

Entramos en Santa Cruz. Llena la plaza, de señoras que pasean y de
tiendas de tabaco. Es éste el país de la eterna primavera, como la isla
de Calipso. Las casas pequeñas, pero lindas, tal que casas de juguete,
están pintadas de verde, de rosa, de cielo... Macetas en las ventanas,
macetas en los balcones. Tropical Andalucía paradisíaca, y más
frecuentada por ingleses. El verdor de las montañas le forma un valladar
de frescura á la ciudad. Las mujeres todas me parecen bellas, altas, con
la gracia gentil de la española pigmentada en africano.

Tomamos vermouth en la terraza de un bar, y nos surtimos de tabaco.
Precios inverosímiles: paquetillos Henry Clay á veinte céntimos, y
habanos á real.

Tres coches nos suben una larga calle en cuesta. Siempre las lindas
casas y hotelitos de juguete. Visitamos tiendas de orientales. Los bajos
precios incitan á comprar. Obsequia Placer al cónsul con un elefantito
de marfil y él tiene que pagarla doscientas y pico de pesetas por un
bazar de cosas que ha ido escogiendo: gemelos de teatro, chales y
kimonos de seda china, maques, polveras, estuchillos...

--Perfectamente--me dice aparte el cónsul--. He hecho el _primo_; pero
con ésto habrá de darse por contenta y no hallará ocasión de nuevos
cobros.

La gratitud hácela aferrarse á su brazo más _gachona_.

Entramos en dos redacciones. Nos retratan. Placer, clavada á su rubio
amigo «para que cuando el periódico llegue á España los vean muy
juntos», suelta cada barbaridad que canta el credo. «No la gusta París
porque allí llueve y ventosea mucho». Al fotógrafo, que al componer el
grupo la tocó la barba, le dijo «mari... quita»; y á un chico que
corriendo la tropezó en la calle, «hijo de un rato».

Y andaluces, sí, andaluces los canarios, no saben prescindir de
llevarnos á un arrabal de Santa Cruz para probar el vino isleño. Luego,
montaña arriba, van al Quisisana los coches.

Es uno de los grandes hoteles del turismo. Inglaterra. Misses, ladys y
milores. En la ascensión hemos contemplado panoramas sorprendentes.
Ahora el Quisisana nos brinda todo el _confort_ apetecible. Su
extranjera y silenciosa población le da aires de un convento de
elegancia. Para mis ansias de paz tomo nota de este hotel y de este país
encantador. Acaso alguna vez venga á habitarlos.

Victoria háceme advertir la injusticia con que los españoles buscamos
fuera de España los parajes de belleza; vamos á Niza, á Italia, á Suiza,
y no sabemos siquiera que tenemos hechizos superiores en Asturias y
Galicia y Baleares, en la propia Extremadura, en Canarias, en Granada.
Sin duda somos gentes de un individualismo altivo y feroz que nos deja
ser colectivamente calumniados.

Consultando los relojes, deploran nuestros acompañantes que no nos quede
tiempo de visitar la verdadera maravilla de la isla: el valle de
Orotaba, lleno también de magníficos hoteles; y, andaluces,
individualistas, al fin, á la española, encerrados en sus gustos, nos
hacen partir del Quisisana para llevarnos á comer á una _típica
taberna_... ¡como si las tabernas y nada más que las tabernas fuesen lo
_típico_ de España!

Me resigno á la taberna.

Escabeche y guisos de figón. Algo de guitarreo, con un torero que
aparece, al cual Eyllin le acaricia la coleta, y baile de Placer con
taconeo y patas por el aire. La actriz parisién y nuestro autor se
entienden, á pesar de sus géneros distintos. No hay como ser hombre
festejado para la adhesión de una francesa. Eso sí, al final iguales,
francesas y españolas... y ya verá también Carlos á la hora de cobrar.




III


Me levanto al amanecer, siempre. Es el momento de las purezas perla de
la aurora. Terminados los baldeos y limpio y en orden todo sobre el
sueño del pasaje, el buque parece... de ella y mío--parece de los dos. A
fuerza de encontrarnos cada día en tan bello despertar, ella y su madre
corresponden á la digna inclinación de mi saludo con una bondadosa
simpatía mezclada de recelos.

Los recelos de empezar á creerme un galanteador inoportuno. La joven,
singularmente, me mira como con la súplica medrosa de que no la turbe la
única hora de dulce libertad que goza por el barco. Terror de niña seria
que no osa á jugar con las demás niñas delante de la gente, y que no se
atrevería á separarse de la madre en mi presencia. ¡Qué clara sorprendo
en su faz esa emoción!

La tranquilizo, me alejo, y desde un escondite cualquiera, donde no
pueda sospecharme, la contemplo, la contemplo á mi placer.... atraigo
nítida su imagen con mis _zeiss_, con mis potentísimos prismáticos.

Dúrala el temor buen trecho; vigila en torno su contrariedad de volver á
verme aparecer, y, entregado el susto del alma verde de sus ojos al mimo
de carmín del horizonte, permanece anhelosa y pensativa... Recobrada al
fin la confianza de estar sola, se levanta, y, sin apartarse mucho de la
madre, juega á dar paseos, á vagar de un lado á otro, á observar á los
grumetes en los palos y á acodarse en un rincón de la borda viendo huír
las bandadas de delfines.

Viste de blanco; yo, de blanco también, desde los zapatos á la gorra; es
blanca la silueta de algún oficial de servicio que cruza; son blancos la
cubierta, las bandas, los botes que penden de sus amarras encima de los
salvavidas; son de un vaporoso azul-blanco de ópalo el cielo y el mar...
y creyérase que somos almas y que vamos navegando infinitamente perdidos
á través de un alma inmensa de celaje, de pureza.

Los gemelos me la agrandan y acercan hasta poder contar en el azul
esmalte los diamantillos de la medalla de la Virgen que lleva al cuello.
Única modesta alhaja que la adorna. No usa pendientes ni sortijas. Sus
manos y su cara tienen la pálida mate lozanía de las gardenias, y sus
labios, labios puros, que alientan muchas veces entreabiertos, son
rojos, de un rojo sano de sangre de granada.

Unas veces, juzgándose absolutamente sin testigos, se instala en
cualquier amplio sillón, saca de la escarcelilla un _polissoir_ y
llévase gran rato puliéndose las uñas; otras se tiende en un canapé y
mira extasiada el horizonte. Perdió la otra noche un pañuelo y yo lo
recogí y lo guardé; huele á delicadísimos perfumes. Es toda, elástica y
armónica, el augurio de una aristocrática mujer; pero es también la niña
de ternura y de pudor que ni en la soledad le consiente el más leve
desorden al vuelo de su falda.

Ayer otras niñas más niñas subieron muy temprano. Corrían tirando al
alto una moneda, y la moneda rodó metiéndose entre dos tablas del piso;
se agruparon de bruces á sacarla; no podían, y una pequeñita lloraba.
Las acorrió ella; se postró al suelo también, y con una tijerilla y
acopio de paciencia las hubo de ayudar. El grupo, visto con mis _zeiss_,
resultaba encantador; juntas las angélicas cabezas, tocábanse las sedas
de los rizos y las manos. No la aventajaba ninguna en suavidad.
Últimamente las contentó repartiéndolas monedas suyas... y besos, muchos
besos.

¿Por qué no pude yo ir á unir á las inocencias de sus besos la inocencia
de mis besos?... ¡Ah, qué pena es que siendo de tanto amor el beso de
los niños, y creciendo con la edad el amor del beso, el afán de besar se
convierta en crimen!

Mi admiración ideal placeríale á la pureza de este ángel. Pero, no...;
cuidadosamente evitaré que la confirme. Entre sus quince años y mis
veintinueve años, entre su candor y mi groserísima miseria, entre su
calma virginal y mi atormentada situación de hombre casado y
endiabladamente enfermo, no puede haber nada común.

Puede haber lo que no necesita ser manifestado por mí ni conocido por
quien de modo tan gentil me lo produce: el consuelo de una hermana
dulce, más pequeña que mi hermana, que no está aquí..., y la vergüenza y
el asco de las pasadas brutalidades de mi vida.

No, no tiene por qué saber jamás la tribulación de repugnancias con que
mi corazón llora ante ella; ni podría entenderla, ni el infesto de mi
ser permitiríame reposar en la limpia nobleza de su hombro mi frente
consternada.

¡Elena, hermana mía, cuánta transparencia de divina humanidad lloraba en
el descanso de tu hombro!

Te recuerdo; recuerdo á nuestra madre en esta niña, y tengo que beber
los breves minutos de ansias inefables en la copa del bochorno.

Harto breves--los minutos, la hora de comunión con lo ideal. Va saliendo
el sol, y van apareciendo pasajeros que despiertan. Primero los niños,
que se ponen á jugar y á reír con la alegría de la mañana...; después
los curas, que secuestran á la niña hechicerísima con sus calmas
evangélicas...; luego, poco á poco, los demás.

Dijérase que al día y al haz del buque llega el mundo en un inverso
orden de moral imperfección.

Los últimos, allá á las once, son Eyllin, Placer y mis amigos.

Sino que yo los esquivo cuanto puedo.

O escalas arriba trepo á la cubierta de botes, poniéndome á departir con
las olas y las nubes, ó ansiando emociones menos plácidas bajo á los
entrepuentes de emigrantes.

Me conocen ya, en el de la proa, en el de la popa.

Cuando los contemplo desde la cubierta de cámara, como desde los
miradores de un alcázar que diese á patios de leprosos, el cuadro
ofréceseme cruel. Amontonados. Campamentos de locura y suciedad. De día,
los que en su inmovilidad apretada caen fuera de los toldos, ampáranse
del sol colgando mantas; de noche, algunos las transforman en hamacas, y
la mayoría duerme en el suelo de madera, donde se han pisoteado los
vómitos y el rancho. Monstruos, más que humanos seres. Cerdos, en su
salaz aglomeración forzosa, más que varia humanidad. Babel en marcha,
maldita por no se sabría qué Dios de los rencores; hablan todos los
idiomas, abrúmanse de todas las ruindades y mezclan con una igual y gris
promiscuidad sus vidas y sus almas.

Dan idea del aplastamiento, de la trituración por lo fatal. En vano
mujeres jóvenes y bellas, familias honestísimas, que en la pobreza de su
país habrán hecho de lo delicado religión de sacrificio (como la del ex
acomodador de la Princesa), en un poco de limpieza y de paz querrían
aislarse de la soez canallería: con el agua vertida alrededor, corren
hasta ellos los detritus; con la copla ó la frase del rufián, la
desvergüenza...; y el albo pañizuelo de la pulcra conviértese en
guiñapo, y el pudor de la madre y de la virgen en rosa ajada por una
lluvia de inmundicia en el estiércol. No lejos de la novia que mira
triste en la estela que se pierde la endecha de su amor, van el ladrón y
el asesino, que esquivan á la vez que añoran sus presidios torvamente,
y el Sileno que grita sobre un tonel.

Todas las concupiscencias, todas las confusiones, todos los apetitos...,
toda la condensación del caldo hediondo y negro de la amasada y
destripada Humanidad. En la caldera de horror, las inocencias se han
fundido; y así por las sombras y el sueño del montón oye la casta el
sordo rugir de una lujuria entre un sátiro y una bestia, y así,
anteanoche, fueron llevados á la barra dos hombres cuyos cuerpos
yacentes se buscaban con viscosas reptaciones de lombrices...

El dolor se me clava en el corazón como una espada.

No había podido nunca imaginarme semejante violación de la humana
dignidad. Pensar que con este cosmopolitismo de la crápula, que con esta
espuma que Europa le da á la emigración, van muchos inocentes
desdichados, muchos engañados..., me acongoja. Pensar aún que á tres
metros por encima, que á una baranda por en medio vamos nosotros en
festín de lujos, de mágicos salones, de músicas, de flores, de
pereza..., me atosiga y me destroza.

¿Por qué esta injusticia tremenda entre los hombres, esta inútil
necesidad de la crueldad?

No sé por qué.

No lo comprendo.

Con el espacio y los divanes y los manjares que nos sobran, esos
infelices ahorraríanse la humillación de verse tratados de un modo tal
por sus hermanos. Un pájaro, un lobo y hasta una hiena no están jamás
así en su bandada, en su manada.

¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... Y yo debería correr gritando por
ahí: «¡Socorro! ¡Que se ahogan, que se asfixian aquí los decoros de la
vida!»...

Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como
son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á
arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para
sufrir siquiera un poco su tormento.

Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de
piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil
pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he
advertido algunas veces...

Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez
repartiéndoles limosnas.

Con una desorientación tremenda en punto á caridades y á filosófica
moral, vuelvo á la cristiana indiferencia y á la estultez de mis
congéneres. Allá los pobres, pues, con su penar, y los ricos á bailar y
á reír en la molicie... hasta la hora del Infierno.




IV


El oleaje de almas y de cosas, que dijérase que para jugar
caprichosamente con las vidas salta á bordo desde el oleaje del mar que
juega con el buque, me ha lanzado á limbos de ideal. Soy amigo de la
rubia-ángel. Imposible habríale parecido ésto á mi afán, y sin embargo
ha podido realizarse con la sencillez de una casual presentación á ellas
par el teniente de fragata. Bendigo las expansivas hidalguías de este
hombre que trata á todo el mundo.

Fué hace cinco tardes. Salíamos del comedor, y los dos sacerdotes
franceses, el P. Reims y el P. Ranelahg, uniéronse á nosotros. Nos
sentamos, y al poco las dos personas en cuya aparición yo no cesaba de
pensar se acercaban sonriéndonos..., ó, á mejor decir, sonriendo á sus
antiguos conocidos, puesto que ambas, y la niña especialmente, no
pudieron reprimir un cambio de la jovialidad á la contrariedad al
advertirme; pero, como antes á los curas, mi presentación se hizo
inevitable; Lambea (ajeno, por lo demás, á la emoción de las llegadas),
formuló:

--El señor Alvaro Adamar. La señora Leopolda Río Hoffmeyer, y su hija,
la señorita Rocío.

Extremé mi corrección para borrar el mal efecto. Me quedé un poco aparte
en la tertulia. La dama, los sacerdotes y el teniente de fragata
hablaban en francés. Rocío (¡diáfano nombre!), también callada,
turbadísima por lo que juzgaría en mí amaño de tenorio, mirábase los
pies y me arrojaba ojeadas de recelo; estaba pálida; era tanta su
emoción... que yo, incapaz de compaginarla con el simple temor de la
libertad de una chicuela amenazada por un impertinente, incurrí un
segundo (lo debo confesar) en la sospecha de que fuese lo contrario: el
recóndito vibrar de una niña que por primera vez se siente galanteada
por un hombre.

Pero deseché mi petulancia. Se hallaba ella junto á mí, ambos aislados
de la conversación de los demás, y todavía ante la sorpresa de los
nombres españoles y del español empleado en la presentación por el
marino, no obstante encontrarnos hablando con franceses, á una pregunta
mía respondió que era española, de Barcelona, aunque había vivido en
Nueva Orleans casi siempre.

Toda despreocupación é ingenuidad, la coquetería no asomaba á su gesto
ni á sus ojos; quise hacerla hablar de los teatros y de la vida elegante
de Nueva Orleans, y me respondió del colegio y de juegos infantiles:
monjas, las madres; y ella patinaba en el parque del convento. Pasó en
seguida un gato junto á nosotros, y le llamó con un rápido _gui-rí_,
_gui-rí_ _gui-rí_, del cual hubo de explicarme que es el modo con que en
Nueva Orleans se sustituye nuestro clásico _mis_, _mis_...; le cogió, le
acarició; luego un gran papel que cruzó volando, tirado sin duda desde
el puente, hízola correr á la borda para verle flotar sobre las aguas...
Allí permaneció. Maldito si yo parecía importarla lo que el gato ó el
papel--y ello, en final de cuentas, prodújome alegría, porque en la
fraternal amistad con esta niña, no busca mi alma, no debe buscar
absurdas intrigas imposibles...

Un momento más de atención de la mamá al notarme por la chiquilla
abandonado; preguntas sobre si voy al Uruguay ó la Argentina;
lamentaciones acerca de las sales disipadas de un pomito roto que sacó
de la escarcela, porque sufre mucho de los nervios y no podría reponerlo
en el vapor..., y, ¡ah!, preciosa coyuntura para acercarme al camarote y
volver ofreciéndola otro pomito de los que yo embarqué con mi
antineurasténica provisión de morfinas y bromuros... Y como el marino,
cuya inquietud no le deja pasar diez minutos en un sitio, se levantó y
se despedía, juzgué discreto acompañarle...

Me completó las noticias. Las nobles pasajeras no son parientes ni
tienen nada que ver con el P. Reims y el P. Ranelahg; conociéronse de
haber vivido algunos días esperando el embarque en el mismo hotel de
Barcelona; muy religiosas las dos, simpatizaron con los dignos
sacerdotes. Leopolda es de origen francés-argentino y viuda de un
negociante catalán que murió en Nueva Orleans hace tres años; ella y la
hija han vuelto á Barcelona para arreglar asuntos familiares, y piensan
fijar la residencia en Buenos Aires, donde tienen intereses.

¡Bravo!... Al día siguiente Leopolda se apresuró á agradecerme el
tranquilo sueño logrado con mis sales; me habló extensamente de sus
nervios; y yo, picado en la manía que iba ya casi olvidando, la hablé de
mi neurastenia.

Sus nervios, mi neurastenia y mis sales de Labanda han sido, pues, el
nexo de nuestros egoísmos necesarios á toda intimidad; y, ahora, en la
blanca gloria de nuestro despertar de las mañanas, puedo unas veces
dejar que la voz melodiosa y lenta de la madre apacigüe mis angustias, y
puedo otras con la hija vagar por la cubierta, mirando como á través de
su inocencia las crestas de ámbar de las olas y contemplando el candor
de su inocencia misma cuando ella observa á través de mis gemelos los
buques que nos cruzan.

A las seis suena diariamente una campana; mi niña amiga despídese de mí
con una graciosa reverencia para ir á misa, al fondo de atrás de la
cubierta, donde apenas si suelen concurrir más que las monjas, algunas
pobres emigrantes y algún rudo marinero; póstrase de hinojos cerca del
altar..., y yo, viendo la guirnalda rubia que la forman en la espalda
sus dos trenzas tejidas en arco por las puntas, desde lejos, y también
por reverencia á ella de rodillas, hacia ella continúo la adoración de
la que adora á la Purísima con fervores que la postran retorcida contra
el suelo. Al anochecer vuelvo en la terraza del bar á reunirme á ellas y
los venerables sacerdotes. Y aún, algunas noches, después de la comida,
concurro á la tertulia de los cuatro, en la baja cubierta, hasta la hora
de dormir.

A la tertulia singular de calma y abandono; á la tertulia sin tertulia.
Todos arriba se recogen al baile del salón, y esta niña y esta madre y
estos curas bondadosos prefieren la fiesta de callada paz de las
estrellas. Raramente hablan. La limpieza de sus almas predispuestas á la
amplia comunión con los espacios, redímelos de esa mezquina necesidad
social que se llama la conversación, tramada siempre de envidias y
ruindades. Saber hablar constituye sin duda un don preeminentísimo; pero
lo constituye todavía más alto el saber callar.

Por eso, antes quizá que por el temor á importunarlas demasiadamente, no
estoy á todas horas junto á ellas; desconfío de que yo sepa callar en el
grado de prudencia necesario; dudo en mí de esta superioridad de hombre,
que es casi de Dios; por no permanecer mudo, pensando así pecar de
descortés, le diría á Rocío... que me parece de arcángel su belleza, que
admiro su exquisita sensibilidad, sus gustos infantiles, su talento--ó
lo que es igual, diríala cortesísimas sandeces. Fuérzome, pues, á la
violencia del silencio, que no es violencia en los demás, y de tan
exagerado mi temor, llego á ignorar si él constituye un mérito ó, al
revés, un defecto que subraya más el locuacísimo Lambea cada vez que
llega á la «tertulia sin tertulia». Entonces cambia todo de improviso:
trae constantemente algo que contar, algo que comentar y discutir..., y
quién sabe si á Rocío yo no le resulto aburrido demás en el contraste.

El silencio de ella, en verdad, discreto colmo de su inglesa educación,
no parece presuponer indiferencia á lo que sepa hacerla oir cualquiera
amenamente: lo noto en cómo escucha al P. Ranelahg si éste explícale á
la madre algún misterio del libro de oraciones; asimismo lo advertí ayer
con motivo de una discusión entre los Padres y Lambea: versó sobre el
crimen de Roma--tema eterno y testarudo del vapor, por lo mismo que á
nadie nos importa, y traído también á la espiritualidad de esta reunión
por el simpático marino--; él se ha hecho un argumento de fortuna contra
la creencia general de que no será aprehendida la condesa, y lo repite
en todas partes: «La Montsalvato, con la atención fija del mundo entero,
con sus fotografías reproducidas por millones y millones de periódicos,
con su espléndida beldad de reina llamativa, encuéntrese donde se
encuentre, en París, en Londres, en un barco hacia Nueva York por mitad
del Océano, no se escapará, no podrá escaparse». Lambea cree que antes
del final de nuestro viaje la sabremos detenida; y á la objeción del P.
Ranelahg, robustecida por el otro Padre y por Leopolda, relativa á que
justamente el convencimiento que tendrá la criminal de no poder pasar
inadvertida la hará ocultarse en el fondo de la tierra, Lambea, lógico,
replica y prueba que no, que lo de «ocultarse» se dice mejor que se
efectúa..., puesto que no se trata de un agujero del campo ó de una peña
donde nadie, y menos una hermosísima mujer, haya de vivir como una
loba...

¡Ah, sí, qué aguda atención infantil la de Rocío!... Seguí las
emociones de su cara, intensas, hondas, que la crispaban á veces de
vibraciones de terror..., y no sé si porque me daba enojo el no acertar
nunca de tal modo á entretenerla, ó porque me diese pena, pena, ver su
alma estremecida con tales infamias, sufrí escuchando al charlatán.

Claro es que he confirmado que á Rocío no la interesa el crimen sino por
la absorción que pudiese igual ocasionarla un relato de ladrones ó de
brujas... Sin embargo, en el caso de su madre, aficionaríala á otras
lecturas.

¡Bah!... Incluso sin estar en el caso de la madre, me faltó nada para
rogarle á Lambea que no volviese á hablar del crimen ante ella... Y
hubiera sido insigne indiscreción... esa indiscreción que mi afán de ser
discreto teme á cada instante: en primer lugar, por mi horror á que
nadie crea, ni yo mismo, que pueda estar enamorado de esa niña; y luego,
porque habría de resultar extrañamente necio que le marcase vallas de
delicadeza al delicadísimo marino á quien le debo el bien de su
amistad.




V


Lo saliente en el alma de Rocío es una sensibilidad que lo mismo se
conturba por el hecho baladí de la presentación de un extraño, por la
simple lectura de un periódico ó por la fe con que se arrodilla y llora
ante la Virgen; y la curiosidad hacia esa alma es la obsesión en que se
ha concentrado mi vida enteramente.

Sigo vagando por el buque como si ya no existiesen ni para la más leve
atención de mis sentidos los otros pasajeros, como si no hubiese cerca
de mi alma más que otra alma cuyas profundidades me cautivan. ¡Rocío!
Únicamente ella me inquieta con una paradójica inquietud de calmas
bienhechoras, y parezco un hombre que, perdida la facultad de observar
alrededor, continuase la travesía en el enorme trasatlántico cual si á
bordo quedasen sólo él y una chiquilla.

¡Una chiquilla!... Compañera misántropa y gentil, ciega también de
divina ceguedad, para no ver sino dentro de la gloria de su alma. Pero
su visión, desde su atención muda enfocada en mis angustias, es, sin
duda, más intensa; y mi visión sobre su vida blanca de gardenia es de
una amplitud que la envuelve como un aura y recoge todos sus efluvios.
Apenas si he osado á dejarla adivinar mis penas en insinuaciones de
suspiro, y mis penas la inspiran la simpatía y el afecto que la debo.
Pensar que ese afecto esté constituído por otros sentimientos, fuese
insensatez. Dícemelo su infantil indiferencia. Si la hablo, escúchame y
sonríe; si callamos en la extraña «tertulia sin tertulia», no le causo
preocupación á sus miradas. Soy yo quien así puede mirarla, quien mira
constantemente cómo ella mira al cielo ó mírase los pies, y quien bebe á
grandes sorbos la delectación de su bellísima inocencia.

¿Por qué acierto providencial, nuncio de lo que en lejano día habrán de
ser todas las mujeres, hay en Rocío una tan armónica exageración
acentuada de la mujer y de la niña?...

Su expresión de ángel está rodeada por la opulenta cabellera rubia como
por un humano marco de pasión, y bajo sus blusas, sueltas como túnicas,
toda la castidad que derrama su semblante no impide vislumbrar la
elástica y larga elegancia de un cuerpo macizo y fino, poderoso.

A veces se levanta, se pasea, aléjase á la borda. No pide disculpa ni
permiso. Es la libertad de las chiquillas. Y en la chiquilla, de
espaldas, desde los hombros á los pies, la esbeltez de la mujer
denúnciase en una flexible sucesión de ondulaciones. Marcha apoderándose
del suelo lenta y firmemente, con la pesantez de su arrogancia, y á
pesar de ello no avanza recta; tal, que si á la dura y ágil goma de su
estatua le sobrasen energías.

Obstinado en inquirir la causa de su andar rítmico, creo haberla
hallado: es que á cada paso, al ir á pisar con el pie que está en el
aire, por un muelle y nuevo impulso del que está apoyado, lo adelanta
aún un poco más..., lo cual le imprime á la gracia de la figura toda un
balanceo de minué. Efectivamente, hace el efecto de que baila, de que
sigue la cadencia de una música que oyese sólo ella..., de que sea tan
flexible que pudiera saltar como una tigre, doblarse como una
titiritera, enroscarse y enlazarse igual que una serpiente.

Cierro los ojos..., acabo por cerrar los ojos cuando de tal manera la
contemplo. Mis ansias egoístas van entonces más allá de lo que conviene
á mi miserable situación y á su inocencia. Ha querido la suerte ponerla
tarde en mi camino. De un ángel así..., ¡oh!, ¿no hubiese hecho mi
amargura la perfecta mujer de los amores juntos del alma y de la carne,
del cielo y de la tierra?

Es de noche. Está ella en la borda mirando no sé qué de la obscuridad
del mar á ras del casco del buque..., y estoy yo en uno de esos momentos
cuya dulzura me envenena. A fin de protegerme en su misma ingenuidad, me
levanto y me acerco al lado suyo.

--¿Qué mira usted?

Nos hallamos en el solitario verandah de la cubierta. La ha sorprendido
mi silenciosa aparición, y me responde:

--Los fuegos de las olas.

Inclinada nuevamente á contemplarlos, me doblo también al antepecho.
Lumbres de plata, que surgen del fondo tenebroso y que rebrillan y
dispérsanse en estrellas. Madejas fosforescentes, juegos de hechicería y
fantasmagoría que le van tendiendo al barco paveses siderales. Vuelvo á
pensar en la sensibilidad y el talento de Rocío, que se manifiesta en
todo á cada instante. El espectáculo es de una grandiosa simplicidad
digna de su espíritu. Además, al contestarme pudo decir, con expresión
directa y vulgar: «Las luces de las olas», y ha dicho, con gráfica
energía: «Los fuegos de las olas»...

No me atrevo á romper con comentarios su embeleso. Pasan los minutos.
Suena cerca la algazara del pasaje. El contraste de las gentes que no
saben divertirse si no es en la frívola elegancia del conjunto de
estultez que forman ellas propias, me acentúa la delicadeza de esta
niña, de esta melancólica hechicera, de esta espléndida criatura que
podría ser la reina del salón. A los mundanos agasajos prefiere los
pequeños encantos infinitamente bellos del mar, de que las otras no
disfrutan, y sabe sentirlos hondamente.

«Los fuegos de las olas.»

¡Sí, sí; ésta, en la chiquilla, no es la expresión de una chiquilla!

E igual que ahora, cien veces en sus verdes ojos, fijos, he creído
percibir el crítico proceso de una mujer de inteligencia extraordinaria.

Cesa de mirar al mar. Apoyada en la borda contra el codo, contempla la
celeste diafanidad de maravilla. Hay un lucero cuyo fulgor riela en el
agua fuertemente. Calla, calla siempre Rocío, y yo sigo prisionero en la
magia blanca de su ser y en la tenue emanación de su perfume. Es
gardenia, y tiene aroma de gardenia; huele á la exquisita esencia del
pañuelo suyo que traidoramente guardo; es gardenia, y, como las
gardenias, tiene el supremo encanto de irradiar la gracia y el bien de
su beldad ignorándolo ella misma.

Y, por último, ella es la que dice, señalando á la altura con la maño:

--¿Conoce aquel lucero?

--No--vacilo, avergonzado de no poder satisfacer con mi ignorancia lo
que creo una fugaz curiosidad de sus infantiles ignorancias--; Venus...,
Mercurio, acaso.

Pero rectifícame sencilla:

--Es Júpiter.

Recorre con los ojos y la mamo la bóveda infinita, y me va nombrando
otros luceros, otras constelaciones de las que en las proximidades de la
región ecuatorial fulguran como ascuas.

--Marte está allí, aquél de brillo rojo; y aquél Mercurio; no se ven por
este lado más planetas. Venus sale á media noche. Mire, vea: Cástor y
Polux; á la izquierda, Alderabán; allá Rigel, en el cinturón de Orion;
en la Lira, Vega; y luego, por todo éso, Enif, Antarés, Sirio, que es
azul y que titila; Altair..., Sirrach..., las Pléyades...

El asombro de esta familiaridad con los astros impídeme continuar
mirando el firmamento, para fijarme en Rocío; al advertirlo, se recoge
ruborosa, dejando de indicar. Sonríe con una ideal sonrisa que Júpiter
alumbra.

Maravillado de la niña que sin conocer el mundo en que vive conoce los
mundos con que sueña, se lo manifiesto así, y suspira deliciosa:

--¡Las estrellas son amigas mías!

¡Ah, sí! Por eso, porque Rocío, hasta por su nombre, es algo del cielo,
es algo de ángel o de estrella, es algo del espacio, una mañana, que en
_nuestro despertar de almas_ tardó en salir, tuve la impresión de que al
alba le faltase algo tan del alba como Venus ó un celaje..., tuve la
impresión de que se hubiera perturbado el Universo.

--¿Dónde aprendió usted--la pregunto--los nombres de sus amigas las
estrellas?

--¡Oh!... En Nueva Orleans; en el colegio.

--Pero en los colegios, en los libros, esas cosas se aprenden... y se
olvidan.

Cruza á la colegiala una evocación de melancolías, y añade con dolorosa
timidez:

--En mi colegio de Nueva Orleans había una alta terraza adonde me
gustaba subir sola por las noches; á fuerza de mirar las estrellas quise
conocer sus nombres en una carta de la clase. ¡No sé, muerto mi padre,
creía que pudiéndolas nombrar estaba yo más cerca, estaba él menos
lejos!

Esta vez, con el talento de la joven, me sorprende su ternura. Siento
una enorme gana de decírselo, y ante el nuevo silencio de ella me
violento por no hablar.

Mas no logro dominarme.

--Rocío, no puede imaginar en cuántas ocasiones he estado tentado de
decirla, de la diafanidad profunda de sus ojos, algo que no es
precisamente de sus ojos, que no la he dicho por miedo, y que ahora, sin
embargo, digo á usted: que tiene usted mucho talento.

--¡Ah!

--Mucho talento y una gran sensibilidad.

--¡Oh, gracias! Y... ¿por qué no quiso usted decirlo?

--Por miedo..., por miedo de parecerla un fatuo.

--No comprendo.

--Pues, sí. El reconocerle expresamente á otra persona cualidades
estimables, y, sobre todo, cuando á la inteligencia se refieren, implica
para el que lo hace una especie de afirmación de superioridad, una como
tácita reclamación de reciprocidad y gratitud.

Ríese leve, con una de sus carcajadas arpégicas. Yo persisto en
aclararla mis ideas.

--Fíjese; si tras de elogiarle á alguien su alta inteligencia, él,
sincero, nos replicase ó siquiera nos dejase sospechar que no le
merecemos igual concepto, ¿no rectificaríamos inmediatamente tachándole
de tonto?... Luego elogiar á una mujer por sus méritos mentales es más
peligroso que florearla por sus ojos..., porque no es, en rigor,
decirla: «¡Qué inteligente es usted!»..., sino: «¡Vea, vea lo
inteligente y perspicaz que soy, que acaso yo sólo puedo comprenderlo!»
Perdóneme, pues, si á esta _flor_ que á mi pesar acabo de ofrecerla, no
acierto á quitarle matices de vanidad que me sonrojan.

Vuelve á reír la colegiala, la niña que tiene dentro una mujer, y
exclama, al retirar su intensa mirada del fondo de mis ojos:

--¡Es usted sutil!

--¿Lo cree?

--Indudablemente.

--Bien...; no sé si dar á usted las gracias, porque ignoro hasta qué
punto no sea ello un defecto.

--Cuando menos, un castigo.

--¿La sutileza?--inquiero yo, que soy quien ahora, no comprende.

--La sutileza. Para quien la posee y para quien habla con el sutil. Por
ejemplo, sus razones, innegables, arrojan sobre mí, porque le escucho,
porque le contesto, porque le _reconozco una cualidad_, el recelo de
«reciprocidades».

--En el sentido de que también sería usted sutil, al entender de
sutilezas.

--¡Claro!... Y note usted, Adamar, que de tal modo fuese imposible
conversar de nada, de absolutamente nada, sin estarle advirtiendo á cada
frase designios de inversión.

--Por eso, quizá, Rocío, habla usted poco.

--Es posible. Como usted.

--Porque tienen las almas fronteras de desconfianza y de malicia.

--Exacto--me concede--. Y el ideal fuese poder decirlo todo de alma á
alma, desde lo nimio hasta lo enorme, sin malicias ni recelos.

¿Qué horizontes de luz clarea, al decirme esto, la vida de aparente paz
de la criatura?... No lo sé. Tomada de recóndita tristeza, pónese á
juguetear con la medalla de la Pura que pende en su garganta. Seducción
de misterio divinamente humano para la torpeza de mis ojos, que no saben
penetrar lo que, como en mí, en el destrozado por todas las brutalidades
y rigores del mundo, con ansias perpetuas de expansión y con condena de
perpetua inconfesión pudiese también guardar de «enorme» la niña
ruborosa. ¡Oh!, pero la torpeza de mis ojos la ve entera palpitar; el
corazón me grita, al menos, que su ansia de cándidas sinceridades
difíciles es la misma que mi difícil ansia de sinceridades miserables,
y en otro impulso de vehemencias, y en la creciente admiración á su
espíritu exquisito, cierto de que nada podrá quedar fuera de la
comprensión de ella, le pido á la mujer que ocultábaseme en el ángel:

--¿La placería á usted poder hablar así... conmigo? ¿Ser mi inmensa
amiga del alma siempre, siempre... siempre?

Y tiemblo, en seguida. He sido imbécilmente impetuoso. A la rara
mariposa que estaba oculta en la crisálida, tímida de todos, por nadie
sospechada, quizá ni por su madre..., la he asustado. Rehácese en un
suspiro que es casi un sollozo, y tornada á la faz la inconsciencia
indiferente de la niña, con su grácil andar de minué se vuelve á la
tertulia de su madre y de los curas.

Yo, como si me hubiese quedado un rayo de la luz etérea de su alma en
proyección á los abismos, sigo contemplando el fulgor de plata que
Júpiter derrama por el mar.




VI


No sólo porque les iban saliendo caras (cuentas terribles, en el
_bar_--de champaña, chartrés, jamón, cigarros turcos), sino también
porque los trasnocheos con trueque final de camarotes tomaban
proporciones de escándalos, acerca de los cuales les hubo de llamar la
atención el capitán, mis amigos abandonaron á Placer y á Eyllin hace
días.

Pero á las que por sorda imposición de las damas honorables y orden del
sobrecargo fueron expulsadas del comedor, ahora, á la semana, casi las
reverencian las damas honorables. Así, para oirlas cantar, el pasaje
entero está recluído en el salón. A iniciativas de Lambea se ensaya la
magna fiesta con que se solemnizará el paso de la Línea.

La cupletista española y la francesa actriz, luciendo sendos anillos que
antes fueron del _attaché_ y del dramaturgo, comen y cenan con dos
jovencitos bonaerenses que las han tomado á todo lujo de restorán y de
cautelas nocturnas; y con los demás, con las damas y señores
honorables, gracias á la necesidad que parece haber habido de su
artístico concurso, se tratan muy compuestas de burguesa dignidad el
resto de la tarde. Las señoras envidian sus joyas é inquieren qué
sastres de París las hacen los vestidos...; las encuentran gentiles y
simpáticas..., no menos que al húsar y al cónsul, que declamarán poesías
y galantean á las hijas de un rico personaje (el que dió mil pesos para
la rifa de la Virgen), y no menos tampoco que á Victoria, de quien es la
honesta obra teatral que se va á poner en el festejo.

Hemos comentado estas cosas Rocío y yo. Para la «buena sociedad» importa
poco la cruda realidad de dos descocadas _artistas_ y de un célebre
autor, si el uno sabe ser casto en sus comedias y todos, en el oportuno
instante, disfrazarse bien de hipocresía. Recordando el cuento _Boule de
Suif_, de Maupassant, la he referido su asunto..., atrevido para la
niña, pero lleno de nobilísima ironía para la mujer excelsa que en la
niña, menos á mí, se le sigue ocultando á todo el mundo.

Y la niña ó la mujer que está leyendo junto á mí, me pregunta
divagadora, de improviso:

--¿Conoce usted Buenos Aires?

--No.

--Dicen que es una ciudad hermosa.

--Creo que sí.

--¿Lleva usted ganas de llegar?

--No. ¿Y usted?

Me mira dulcemente; aparta luego los ojos, sonríe y dice:

--Tampoco. El mar me encanta. Debería perder el rumbo el buque y
tenerme en esta calma deliciosa no sé cuánto tiempo.

A pesar de que con el ademán indica la extensión azul, donde empieza á
declinar el sol tras un espléndido celaje, en la dedicación de su mirada
quiero entender que no es completamente ajena mi amistad á su _calma
deliciosa_.

Estamos sentados en el abandono de la cubierta. El P. Reims y el P.
Ranelahg, consagran á sus oraciones esta hora, por la otra banda, y
Leopolda, la madre de Rocío, dormita, mareada; al contrario que á su
hija, el mar, aunque apacible, cáusala gran daño. Es una enferma que
nunca puede andar á bordo con el total dominio de sí misma; apenas si
medio echada en el canapé, y con el socorro de las sales y la brisa,
logra conversar algunos ratos. La temperatura la sofoca, según nos vamos
acercando al Ecuador. Y esto acaba de explicarme la «tertulia sin
tertulia», el ansia de expansiones de Rocío en sus paseos matinales por
el buque, y la sistemática ausencia de ambas en los conciertos, en los
bailes, en cuanto signifique reclusión del aire libre.

Cantan otra vez, con voz más armoniosa. Es la actriz de la Cigale.
Vuelve Rocío á interrumpir la lectura del _Kempis_; yo también dejo caer
mi libro, y unida la atención en el lejano canto, parece sentir mejor la
indolencia de nuestra mutua compañía, de nuestro ya hondo afecto
fraternal.

Porque, sí; sin necesidad de una expresa aceptación por su parte, que
hubiese implicado la de una especie de amorosa declaración impertinente
por la mía, Rocío y yo vamos llegando á la franqueza ideal de las almas
hermanas que se lo dicen todo sin recelo.

Hablándola una vez de mi soledad, de la espantosa soledad que me tiene
en medio de la barbarie del mundo sin amigos, sin afectos, la he evocado
mi infancia provinciana y mi educación en el hogar á la antigua de mis
padres,--que me apercibían tan bien para una vida de cariños como mal
para el áspero Madrid que en la horrenda libertad de mi orfandad y mi
juventud había de recibirme. Rezaba antes de dormir, al confesarme
temblaba de fervor, escondiéndome echaba casi todo mi dinero en la mano
de un mendigo y en los cepillos de la Virgen, y muchas noches, pensando
en los niños que tendrían frío y hambre mientras yo gozaba la caricia de
mi lecho, por sufrir por ellos siquiera un poco, como Cristo, hasta
hacer brotar la sangre clavábame las uñas en las manos.

Oyéndome, se le saltó á Rocío una lágrima; y hube de añadir:

--Nunca hubiese sabido nadie ésto..., porque hay cosas del eterno niño
que no puede confesar el hombre sin rubor..., y no sé por qué sin rubor
á usted acabo de decírselo. Quizá porque sea niña también.--«O porque
para decirlas, si hay á quién decirlas--comentó--, hagan falta además
estos infinitos reposos del mar y de los cielos.»--Y enjugándose los
ojos, asimismo sin rubores de dejarme ver cómo lloraba, me habló á su
vez de su aún más espantosa soledad..., porque es la soledad de una
chiquilla presentida desde antes que el vivir la llegue á ofrecer sus
ilusiones. Si la mía está al lado acá del desengaño, la suya está
sencilla y horriblemente enfrente del dolor, junto á una madre afecta
desde hace mucho tiempo de un mal que limitó su voluntad, y la cual,
lejos de dárselos á ella, necesita sus amparos. El padre la educó
también en la religión de lo delicado y de lo bello; mas no
permitiéndole luego sus viajes y negocios continuar consagrándose á la
adorada hija, con aquel germen de purezas en el corazón tuvo que
enviarla á la vida no tan noble de un colegio donde la niña de bondad
empezó á sentirse herida por las pasiones infantiles de otras niñas.
Había salido de la fe y la recogió la doblez y la falsía: porque estaba
triste, se le burlaban y no querían jugar con ella las alegres; porque
era seria, la tachaban de orgullosa; porque estudiaba é iba á confesarse
con fervor, sin esperar cartas de novios por las tapias, las demás
pensaban que descubríalas á las madres, y poníanla hortigas en el
lecho... Confirmando así del modo más cruel, puesto que veíanlo sus ojos
en juveniles almas, las prevenciones de maldad que su padre habíala
repetido tanto acerca de las gentes, la ganaban más y más los miedos á
la vida que, ya su padre muerto, acecharíala indefensa.--Por eso mira
ella los mundos del espacio, y por eso en los santos libros y en no sabe
qué aislamientos quiere poner su esperanza de otros mundos.

No me lo expresó completamente; pero sus palabras, sus hábitos, sus
lecturas y su simpatía hacia los dos viejos sacerdotes, dejan comprender
que no acaricia otra esperanza que los cuidados de su madre, mientras
viva, y después la clausura de un convento.

Desde entonces, idénticos nuestros seres y nuestras penas, y tan
distintas en su misma semejanza nuestras desesperaciones (la mía
desgarrada por todos los desengaños y manchada por todos los cienos del
vivir, la suya sublimada por todas las previsiones de la delicadeza aun
antes de haber vivido)..., cuando la hablo, á la vez que envidia, siento
el miedo de que mis pensamientos de mundana queja lleguen á turbar la fe
con que ella al menos se fía al último consuelo de entregarle intactas á
Dios las purezas de su alma.

Sólo con mirarla, sin embargo, una amargura se me ofrece--puesto que no
va ella por una suave y mística atracción directa al amor de Dios...,
sino por amparo, por refugio, por dolorosísimo rechazo de los amores de
la vida, que la hace adivinar innobles el instinto de bondad. En esa
misma amargura recojo la suficiente tranquilidad para no apartarme de su
trato al modo de un infestado peligroso á quien le queda siquiera la
conciencia del daño que puede producir. O mostrándola la sinceridad de
mis dolores, de mis arrepentimientos del pasado bruto, soy capaz de
brindarla en mí mismo la prueba de la no imposibilidad de encontrar
otros hombres nobles como yo, como mi padre, como su padre, para
librarla un poco de la horrenda persuasión de haber nacido á un mundo de
belleza que por maldición no fuese más que infierno..., ó reposando en
su fe de ángel las negruras de mi enorme pesadumbre yo me limpiaré de
ellas y llegaré también á ser un poco ángel. El juego de nuestra
redención está entablado con lealtad igual desde la tierra, desde el
cielo... ¡Cuán poco importaría que lo ganase ella, ganándome para otro
convento, al pie de su convento, donde hubiera de seguirse hablando
nuestra fraternidad por la oración de metal de las campanas!

Y me estremezco de pronto. Terminado el canto de Eyllin rato hace, el
sarcasmo que preside mi existencia, entre trágica y ridícula, complácese
en romperme las etéreas ilusiones: la orquesta de zíngaros ha comenzado
á tocar _El conde de Luxemburgo_...

Es el vals de mi obsesión, de mi bufo y brutal martirio, tantas veces
clavado en mis sesos y repetido en los antiguos insomnios de mis noches.
Desde que embarqué, no había vuelto á oirlo. Me aterra su cadencia, su
nueva imposición, como la de una tortura de burla maldita que yo habría
dejado en tierra, y que en mitad del mar se me aparece, porque,
minúsculo y alado Mefistófeles, hubiese venido persiguiéndome tras el
buque con las aves. Acométeme el impulso de escapar adonde no pueda
escucharlo, y me contiene la sorpresa... ¡No! ¡No! Pasado el horror del
ímpetu primero, advierto que lo escucho, que lo soporto, sin que vierta
hiel el temblor de mis entrañas... Soy ya, pues, el hombre que duerme y
come, el hombre fuerte, libre del estúpido desequilibrio de mis
nervios..., y trato de serenarme ante la bella hermana que advirtió mi
sobresalto.

Pero éste ha sido tan manifiesto en el impulso de fuga que hubo de
incorporarme en el sillón y en la expresión que me había anublado el
rostro, que ella me pregunta:

--¿Qué tiene usted? ¿Qué le sucede?

Me está observando, y sufro la vergüenza de un chiquillo que para
contestarla debiese declarar sus cobardías.

--¿Qué tiene usted, Adamar?

Continúa observándome, piadosa, y sufro el bochorno de un vil que para
responderla debiese desvelarla sus engaños.

Porque, ¡ah!, la odiosa sonatilla está ligada al tiempo en que más se
ahondaron de mi mujer á mí los abismos del olvido. Debo empezar
confesándole á Rocío que... soy casado.

Una montaña de indecisiones complejísima me impide semejante confesión;
y repentina y miserablemente resuelvo falsear un poco la verdad, antes
que renunciar á las «sinceridades con la hermana»; antes, al menos, que
esquivarle el fondo de mi confidencia de dolor á la que se ha
establecido el derecho á ellas con las suyas.

E interroga á su vez el farsante en el sincero:

--Rocío, ¿conoce usted por algún momento de su vida la fuerza evocadora
de la música? ¿Guarda su alma algún ritmo que la recuerde intensas cosas
de su infancia, de su padre, del colegio?

--Tal vez.

--Tristes ó serenas cosas, ¿verdad?..., é implacablemente unidas á la
memoria del oído con plena independencia del posible inverso valor del
ritmo musical que las incrusta. Pues ese vals que tocan los zíngaros,
ligero, baladí, encanallado además por su populachería, levanta en mí el
recuerdo de la tragedia de ilusiones más grande que pudo sufrir un
corazón.

--El de usted.

--El mío.

Brilla en sus ojos bajos la curiosidad, y con voz trémula y velada me
incita á proseguir, diciendo:

--Tan grande, que sólo el recordarla aún parece impresionarle de tal
modo!

--Tan grande--insisto--, que aquel desastre, que únicamente pudo ser
contemplado por mi propia compasión, selló para siempre mi lúgubre
destino.

Marco también un silencio, á fin de concentrar mis emociones, á fin de
ponerlas con la posible verosimilitud los frisos de mentira, y continúo:

--Hubo una mujer á quien yo adoraba lo mismo que adoré á la Virgen
cuando niño. Era rubia, y se llamaba Laura. Era mi novia, y en el hogar
de sencillez que soñé con ella puse mi afán de redención. Mas era al
mismo tiempo, quizá, demasiado joven, demasiado inocente con su cándida
alegría en medio del espectáculo del mundo, al lado del amargor de mi
tormentosa experiencia casi infame, y muchas veces, Rocío, mirándola
sonreír al embeleso de un lazo ó un adorno, ajena á las recónditas
tristezas que no podía comunicarla, yo, que peregrino maldito llegaba á
ella como á otra humana Virgen que me hubiera de salvar incluso del
sacrílego olvido de la que veneró mi niñez en los altares, sufría el
temor, en verdad, de verla demasiado niña, demasiado pura para mí.

Rocío me mira, y no puede menos de extrañar:

--¿Demasiado pura!...

--Sí--contesto decisivo--; y con tanto miedo temía eso el que conocía,
toda la impureza..., que, ¡yo no sé, Rocío!, á ser posible hubiese mi
deseo cambiado á aquella niña por otra con alma de arrepentimiento y de
amargura que asimismo, al ser santa de nuevo, hubiera sido, sin
quererlo, incluso infame.

--¡Oh!--exclama horrorizada Rocío, cubriéndose los ojos.

Pero se domina, y no la queda más que un poco de ansiedad para decirme:

--¡No comprendo!

Y como el susto de su bondad la ha puesto tan divinamente bella que por
contemplarla pierdo la noción de lo que hablo, ella me dice de
indefinible modo:

--¡No le creo á usted, Adamar! ¡No puedo creerle!

¡Ah!

¿De qué es su gesto? ¿De reproche? ¿De asombro, simplemente?... Incapaz
de discernirlo, me doy cuenta, nada más, de haber rebasado en mis
franquezas el límite de las comprensiones de la mujer niña, de la mujer
ángel...; sino que como esa franqueza es la menos innoble de las que le
estoy mezclando con mentiras, no quiero cometer la nueva cobardía de
retirarla.

--Se lo juro á usted por mi honor; se lo juro por mi madre: antes que de
tanto infantil candor irreflexivo, habría querido á aquella alma, en
santa regresión hasta de lo infame y lo perverso.

Severa mi actitud al formular el juramento, y enorme la emoción que á
ella le causa; derríbase al respaldo del sillón, y vuelve á cubrirse los
ojos con la mano. La enormidad, si lo ha sido, está hecha. La un poco
inconsciente temeridad que acaso haya de apartarme de esta hermana como
un indigno monstruo, y con harta más razón que la para ella, al fin
indiferente noticia, de si soy ó no casado, queda entre los dos
irrecogible.

No me resta otro recurso que explicarla, y lo intento:

--Laura, mi novia, habría formado una vez más el vulgar y constante
absurdo de todos los matrimonios, y conmigo de un modo singular: ella,
no siquiera pensativa y triste como usted, inocente, confiada, tan
ganosa de mi amor como del fausto de Madrid, tan ansiosa de parecerme
bella y buena como de parecerlo á los demás, ignorante siempre del alma
de aquél con quien habría de formársela á sus hijos, y entregada siempre
más de la mitad al exterior, á las perfidias de la vida...; yo,
taciturno y arrastrando solo el peso de mi miseria inconfesada, ansioso
de noblezas y ternuras infinitas que únicamente pueden saber bien los
mártires del dolor y de lo horrendo, deseoso del retiro eterno de un
campo bajo el cielo y entre flores y entre aromas del amor..., y así,
ella, yo, los dos juntos, condenados al mortal tormento de la mutua
incomprensión de sus almas y sus vidas. A tiempo, y por suerte, la
catástrofe moral que el frívolo vals me evoca... vino á evitarlo.

Guardo un digno silencio esta vez, y espero. He dicho lo bastante para
merecer la maldición ó el perdón de la que escucha torvamente.

Y la que escucha torvamente, sepárase, por último, de los ojos la mano,
gira lenta la cabeza y me sonríe. ¡Sonrisa que me abre rosados fondos de
la gloria! Es mi hermana, y puede y quiere no dejar de ser mi hermana.

--¿Me cree usted ahora?

--¡Sí!

--¿Y me comprende usted ahora?

--¡Sí!... Prosiga su evocación.

La obedezco. Pareciéndome, no obstante, que en esta incidencia de lo que
proponíame referirla ha querido el azar que se concentre la mayor
vibración que pudiera sacudir de hondas compasiones á la miseria mía el
alma de la buena, pierde interés en mis zozobras lo demás.

--Iba á ser el Carnaval--digo, dispuesto á abreviar los recuerdos de
martirio--y mi novia y yo, para casarnos y empezar á realizar la dulce
existencia de aislamiento, teníamos apercibida una campestre
instalación, lejos de Madrid. Todas las fiestas de multitud gozan la
propiedad de entristecerme, y el Carnaval la de infundirme casi el odio.
A tal tristeza, y en la angustia de lo que presentabáseme inminente,
sumábase la que me llenaba el corazón con la íntima desconfianza de
poder nunca reducir en mis ensueños de felicidad recóndita á la cándida
aturdida, que, contra mi aprobación, y á pretexto de que «sería nuestra
última diversión de solteros», se obstinaba en que concurriésemos los
dos en una carroza de máscaras al tumulto de locura. Me negué; la
expresé mi pena por su intención, siquiera, de robárseme á la idealidad
en aquellos días..., y ella, mi novia, enmudeció y aparentó acceder
pasivamente..., sin perjuicio de hacerme ver poco después entre las
galas blancas del ajuar el disfraz de colorines. Enviado de París, y
precioso, á juicio de la pobre alucinada, por dos días más se consagró á
retocarlo en una absorción que no la consentía ver cuanto la apartaba
de mi anhelo..., cuanto en cambio yo veía á la virgen amorosa
transformada para siempre en arlequín... A fin de no turbarla la
hipnótica alegría con mi tortura, no volví durante las cuarenta y ocho
horas que aun debía esperarla la carroza de su triunfo.

--¡Oh!--hace leve Rocío en un lamento que es sollozo--. ¿Y ella?

--Ni se dió cuenta de una ausencia que yo mismo ignoraba entonces que
había de ser de eternidad. Lo supe, cuando vagando á la siguiente noche
en el vacío como en torno de la blanca muerta de ilusión, á través del
Carnaval las lágrimas del alma me llevaron á querer mirar algo así como
su entierro. Era el momento del desfile por la calle de Alcalá. Yo
estaba en la terraza de un Casino. Todo vértigo y todo confusión. Orgía
de estruendos y de lumbres. La muchedumbre estrujábase en una demencia
del infierno. Por las aceras, la negra reptación de dos sierpes de
entrañas monstruosas cuyo aliento ahogaba con igual escándalo de gritos
el gemir del niño atropellado y el reír de la púdica ultrajada..., y
sátiros y bestias y mendigos con careta y cascabeles que hendían la
compacta masa á rugidos y codazos. Por el centro, entre el relinchar de
los caballos y el bullir de las comparsas, los coches y los autos con
sus racimos de _pierrots_; las carrozas avanzando lentas con su carga de
locura y la multícroma explosión de sus antorchas. Batalla de rabias y
alegrías muy lúgubres, en que se cruzaba la carcajada del insulto con el
puñetazo del confetti. Tocaban y cantaban canallamente ese cadencioso
vals de _El conde de Luxemburgo_, á la sazón de moda, muchas murgas de
ciegos y muchos hombres y rameras borrachos que á saltos avanzaban al
son de su cadencia cogidos por las manos en guirnalda. Y seguían,
seguían cruzando las carrozas. Y seguía, seguía mirándolas la seca
fiebre de mis ojos. Vieron una, de improviso, en un resplandor de talcos
y bengalas rojas, más grande que las demás, más payasescamente suntuosa,
en su trono de flores de papel, y sentí un horrible frío, y sentí que la
sangre se me helaba en la impía burla del escarnio: mi novia, la
idolatrada de mi corazón, sin pensar siquiera que el dolor mío pudiese
contemplarla, sin querer adivinar que me estaba asesinando su báquica
alegría, despeinada, arrebatada la faz, descompuestas las sedas de su
traje... horrible, horrible, horrible toda ella, inclinada al barandal
ante unos que alargábanla copas de champaña, en un frenesí de risas le
arrojaba serpentinas á otro coche.

Se hace tétrico mi acento, y continúo como en un eco de la cruelísima
emoción..., de una emoción cuya total intensidad no puede apreciar
Rocío, porque era mi mujer aquélla de la cual la estoy mintiendo que no
me fuese más que prometida:

--Iba bella, con una desgarrada belleza tan extraña, que iba horrible,
horrible... La maldita visión duró delante de mi angustia unos
minutos..., y... cuando se perdió...

La pena me interrumpe. Rocío me excita:

--¿Qué?

--¡Nada!... Mi persuasión de cómo podía morir algo muy grande de una
carcajada... y la cadencia canalla y ondulosa de ese vals lanzando
siempre á la multitud en su rítmica danza de estruendo y de sarcasmo. Yo
seguí mirando la confusión de bacanal como un hombre en la agonía
abandonado de mi hermana, de su madre, de su Dios... porque en Laura
habían puesto las ansias de mi vida todo eso.

Quiere Rocío saber más de Laura; va á preguntarme, y esta vez oblíganos
á callar Lambea, que se nos acerca.

Es la hora de comer.

El ensayo ha concluído. Desde el salón dirígese al comedor todo el
mundo.

Ya en nuestra mesa, distrae mis penas el marino. Los arreglos de la
fiesta le traen atareado. Me cuenta que por segunda vez han ido en
comisión él y unas señoritas para rogarle al negro que concurra con su
violín maravilloso. Se niega el negro. Le está poniendo el pasaje como
un trapo. Además de gran maestro es descortés; no le gustará tocar de
balde ó no juzgará lo bastante selecto al auditorio.

Sin embargo, discúlpale Lambea. Da miedo de verle. Viene muy enfermo y
derrotado el infeliz. Apenas se alimenta ni sale de un rincón del
fumadero.

Refiéreme en seguida noticias radiográficas de hoy, inadvertidas para mi
abstracción de solitario, aunque, según parece, no se ha hablado de otra
cosa á bordo en todo el día. La condesa de Montsalvato está presa, al
fin, en Nueva York; y su amante, Jacobo Vanska, cuyo proceso continúa en
Roma, se exculpa, lanzándola las responsabilidades: ella sería la que le
provocó impudente al adulterio; ella la que envenenó al conde y la que
le estranguló al ver que el tóxico le prolongaba la agonía...

Una inicua mujer vulgar, en suma, que no sé cómo á nadie pueda
interesarle de tal modo. Sin embargo, á creer á mi amigo, con su prisión
se la librado de un gran peso el mundo elegante del _Victoria Eugenia_.
Ahora se aguarda con nueva ansiedad el día en que, retornada á Italia,
haya de ser confrontada con el miserable cómplice que le acompañará á la
horca.




VII


Tornan los prestigios mágicos á mi alma y mis sentidos. El nombre de
felicidad le sería tal vez demasiado á la calma que me envuelve; pero
duermo intensamente en pocas horas y despierto siempre en las plenas
agilidades de la vida. Todo me causa un sencillo bien, cuyo halago me
penetra: la limpidez del aire, la amplitud del mar, el nácar de estas
albas..., que una insaciable ambición me impulsa á buscar más temprano
cada día. Cada noche, podría decir. Hoy aún brillan las estrellas. Si
Rocío es algo del mismo amanecer, yo soy algo del halo de una adoración
satélica que anticípase á esperarla.

Para no turbar mi bien, únicamente me veo forzado á no pensar en el
término de este viaje que me impone la contradictoria sensación de su
fugacidad y su eternidad al mismo tiempo. Cuando lo pienso, la hora
cruel en que la niña hermana y yo hayamos de separarnos háceme temblar
como la del nuevo tránsito de lo celestial á lo maldito.

¿Me engañaré?... Acaso el milagro de ventura sea obra del mar, y la
niña, que tan distinto de mi camino habrá de seguir el suyo, sólo
represente un encanto más en mis renacidas ilusiones. De todas suertes,
la gratitud por el descanso que la debo me arrastra á su avidez. Cae su
camarote opuesto al mío, también sobre cubierta, en esta banda. Duerme,
y vengo á robarla los ensueños del dormir..., como la robé el pañuelo,
como la he robado la medalla de la Virgen, como la voy robando secretos
de la conciencia poco á poco..., y como la robaría el espíritu,
llevándomelo en reliquia de ideal, si pudiese ahora, vampiro excelso,
deslizarme hasta el aliento descuidado de su sueño y respirárselo y
agotárselo sin tocarla.

¡Bella muñeca dichosa, que ya lejos vivirá de mí, ignorando quién la
habría apagado el alma en la luz verde de los ojos!

Pero... me presiente su alma, su vida, que no quiere morir..., y ha
despertado y ha venido á descorrer la cortinilla azul en la ventana.
Sorprendido al pie, me quedo inmóvil. Acaríciame una oleada de las finas
esencias de un nido de mujer, porque sólo permanece corrida la persiana
tras la abierta vidriera, y una vez más se me confirma cuán cerca de lo
espiritual está lo sensual, hasta en el ángel que más ángel pueda ser
sobre la tierra.

La imagino en su desnudez de gasas leves... delante de los pomos del
tocador ó del baño, cuyo grifo suelto empieza á sonar en catarata...
Casta mi veneración á la estatua de purezas hecha por Dios con carne de
la gloria...; pero huyo furtivamente, de improviso..., no sé bien si
porque la sola idea de la traición á ella y á mí propio me abochorna, ó
porque hacia la proa surgen los marineros del baldeo que con el
purificador torrente de sus mangas, como á un ladrón, me arrojarían de
donde mora la nobleza...

Busco en la borda el refugio de una azoteílla medio cubierta por los
cordajes de un bote. Magnífico balcón sobre el mar. Encima, la densa
humareda del buque y las estrellas que empalidecen. Apenas una línea de
rosada palidez frisa en el Oriente la alborada; y es sobre el color de
alma de las olas tan limpia la pureza que sucede á la noche, que la
humana visión de la angélica desnuda se me borra en la visión de la
blanca angélica vestida que pronto vendrá á reafirmarle á mis ojos el
éxtasis de paz.

Debemos ir navegando no lejos de alguna costa, porque las gaviotas
siguen al buque, volando sobre la estela y bajo el humo. Paréceme
adivinar entre ellas el minúsculo alado Mefistófeles de mi obsesión, y
yo soy al fin quien ríe de su impotencia, para atormentarme con la
maldita musiquilla. Cuando recuerdo el vals ó se lo escucho á los
zíngaros, sólo me suscita un problema de presente: «¿Por qué al contarle
á Rocío la carnavalesca muerte de Laura en mi corazón..., no la dije que
es Laura mi mujer?»...

Lo ignoro todavía. Me atrevería á jurar, sin embargo, que, más que el
egoísmo de un bajo engaño, hubo de impelerme á mentir la cobardía de no
haberla empezado con ésta, la mayor, la confidencia de mis penas. Tarde
la noche aquélla, y más ahora, á la verdad, puesto que el espíritu capaz
de fraternizar inmensamente á la sola advocación de lo desinteresado y
de lo inmenso, no pudo el mío sospecharlo en la chiquilla á quien,
únicamente buscaban mis ojos como consuelo de candor y que á su vez, en
cambio, pudiera estimar que mi contrita y tardía franqueza la ocultó los
designios del ultraje.

Guarde este dolor de mi farsa nuestra gran fraternidad, en el terror de
trocarla por el desprecio del alma que, á pesar ó por lo mismo de su
comprensión para las eternas cosas infinitas, pudiera no comprender ni
perdonar las pequeñas cosas miserables. Hay alturas desde las cuales lo
pequeño no se ve, y en donde aparece, si se alza á ellas, demasiado
repugnante lo pequeño. Está en tales alturas el alma de Rocío..., por
encima de la inocencia, por encima del candor, en la cúspide de
majestuosas dignidades que la inundan de una virtud más noble que la de
las inocentes candorosas.

Esa alma va entregándoseme, sabiendo bien cómo se entrega en sus alturas
y en sus lumbres..., con un poco de sorpresa, nada más, hacia el noble
ladrón de grandezas de las almas, que siempre la espía calladamente.
Protesta, protesta de dejárseme robar...; pero sonríe después y me
brinda los tesoros de su espíritu.

Cierto es que también ella me espía. La solicitud de nuestra atención es
mutua. Ha visto mi llanto alguna vez, y he visto muchas veces las
claras perlas de su llanto. Saber que somos capaces de llorar, no nos da
vergüenza.

Así, anteayer, ella durante la misa se sorprendió porque una lágrima de
su fe de adoraciones á la Virgen fué sorprendida, haciéndome sonreír de
inefable modo, por mí, que también de hinojos, y casi desde un
escondite, la adoraba. Poco después estaba yo en la cubierta baja,
rodeado de emigrantes. Habían agotado la plata suelta en mi bolsillo;
pero he descubierto, aparte de la familia del ex acomodador de la
Princesa, otro interesantísimo grupo familiar que nunca pide, que forma
un cuadro de conmovedora sencillez, compuesto por una joven madre ciega
y dos niñas, de siete y nueve años, cuyas tristes seriedades la sirven
de lazarillo de amor en busca del padre á través del Océano, y luego de
entregarlas un billete y volverme para que no viesen las niñas el llanto
de congoja que me producían sus gratitudes..., vi con sorpresa que
Rocío, desde lo alto de la escala, devolvíame mi sonrisa de poco antes,
porque estaba viéndome llorar. Juego de vanidosas humildades de corazón
á corazón, de celestes represalias. Abrió la escarcelilla, sacó también
un billete, y descendiendo un poco me lo alargó, y me suplicó:
«--Entregádselo á esas pobres de parte de la menos generosa»...--Cuando
me reuní con ella, cuando la dije quiénes eran aquellos desgraciados...,
cuando la escuché decirme que no era la primera vez que enternecíala el
espectáculo de mis compasiones pródigas con ellos y con otros..., una
aureola de amplitud de divina humana vida la envolvía de tal manera, que
no pudo asombrarme la mística sensual pureza idéntica que al pie de la
escalilla acababan de recibir mis ojos admirándola en la frente la
perfecta idealidad del pensamiento y al borde de la blanca falda la
blanca media que ceñía la perfección de una de sus piernas avanzada en
el peldaño.

Desnuda cual la imaginé minutos antes, la hubiese visto igual. Maravilla
hecha por Dios, como las flores, las flores están desnudas. Hubiésela
confidenciado este pensamiento de enormes castidades; pero íbamos ya
lejos del dolor por la cubierta de nuestro elegante mundo de las farsas,
y sólo las eucarísticas desnudeces podíamos presentarnos.--«Es usted
bueno, Alvaro»--me acarició.--«Es usted buena, Rocío»--la devolví. Y
contemplándonos con las bondades sin rubor en los ojos, ambos tuvimos
que sonreír infantilmente á la amargura de un pensamiento mutuamente
adivinado sin decirlo: el de que nos creerían «dos tontos», si nos
oyesen, los demás; no comprenderían que nos reuniésemos en las matinales
citas sin cita para no decirnos nada ó decirnos estas cosas.

Y un afán de no querer ser menos buena que yo, forzó á la buena, cuyas
limosnas son también de santidad, porque reza indudablemente por los
pobres, á desprenderse, á entregarme la medalla de la Virgen. Quería que
yo se la pusiese á la ciega, con el encargo de que no se la quitara
nunca. Se lo prometí y no lo cumplí. La guardo, traidor á mi pesar,
porque está perfumada, la medalla de _la vida_ de Rocío--aroma á la vez
de gardenia y pensamiento. A la ciega (¡oh, su asombro!) la dí los cien
duros á que puede ascender el valor de la medalla.

Robados, pues, á la que cuando me descubre ladrón en esta guisa me
perdona, tengo de Rocío el pañuelo, la medalla y muchas joyas más de su
conciencia. Alma rara, toda por fuera de silencio y de pueril
indiferencia; toda por dentro de curiosidad y de inquietud.

Pero tiene más resplandor el mar y advierto tras de mí un aletear de
mariposa. Es ELLA. Me trae la calma de todo, en su sonrisa.

--¡Hola!--me saluda simplemente, pasando á la terracilla circular que es
una jaula de balcón sobre las aguas.

--¡Hola!--la saludo con la sencillez que pudiera saludar á un etéreo
pedazo mío que vuelve á mí.

Durante un rato, la oración matinal de nuestras almas asomadas á los
ojos préndese á la beatitud lejana de la aurora, que es rosada y que es
clarísima, con una sola nube como una lanza de carmín. Y debemos, sí,
cruzar cerca de costas; parece también un alma perdida la nívea vela
triangular de una lancha que esfuma la diafanidad del horizonte.

--No sé por qué no habrá pintores de albas--susurrábame Rocío cuando la
hechicería de luz la tiene lleno el ser--; pintores que no pintasen más
que albas. Pintarían siempre lo infinito inagotable.

No la contesto. La maga posee el secreto de florecer en los espacios los
halagos de la vida; y yo, que sin ella no sabré qué hacer de la mía
aunque haya de seguir en mitad del piélago de ilusión de los espacios,
me quedo contemplándola.

En la sensación de mi miseria invádeme la angustia de implorarla
limosnas de piedad y de salvación.

--Rocío, usted, que en la mística filosofía de sus libros busca la
felicidad del porvenir, y que espiritualmente sabe entretener la
felicidad de su presente, ¿qué me dice de su espíritu ó qué ha leído en
sus libros que pueda servir para forjarle á mi porvenir alguna
felicidad?

Percibe pronto el fondo de mi interrogación, y se sonríe.

--¿No es usted feliz?

--Ahora sí, porque también el mar, como á usted, me tiene en un limbo de
delicia--; pero... pronto no lo seré..., y quisiera serlo, quisiera que
alguien me indicase para la soledad del mundo el programa de una
existencia venturosa.

--¡Pobre de mí! ¿Yo había de trazárselo?

--Usted, que es feliz de sí misma porque ha sabido trazárselo á sí
misma.

Suspira.

--Pues eso dependerá de sus predisposiciones y aptitudes. Rece y crea
mucho en la Virgen, lo primero.

--¡Ah! Esa aptitud, Rocío, la perdí. Únicamente me restan vulgares
aptitudes de la tierra.

--¿Cuáles?

--La música, el piano, por ejemplo.

--Bella cosa. Conságrese á la música hasta alcanzar la perfección.

--Pinto algo, también, y sé la fotografía.

--Muy bien. Complementos admirables. Quedábamos en que sería hermoso
pintar albas.

--Amo, además, el campo y los cultivos por razón de mis estudios.

Estamos charlando como en afable broma.

--Por Dios, Alvaro..., y ¿con tales cualidades y aficiones no ha de
saber formarse un poco de ventura?

--No. Son grandes cualidades, quizá, cuando á la vida no le falta la
clave de un amor; usted lo tiene en lo divino; yo no lo encuentro por el
mundo.

Mi acento ha sido menos ligero, casi severo..., y la toma á ella su
severidad, dejándola una sonrisa triste. Como siempre que sospecha el
riesgo de una derivación de mi espiritual afecto á otros egoístas, se me
esquiva en sutil condescendencia.

Al cabo de un instante inquiere con una especie de remota compasión que
la escuda contra cuanto no sea compadecer desde su alteza mis humanos
infortunios:

--¿No tuvo usted nunca otro amor que el de aquella novia, que el de
aquella Laura?

Y me observa la mujer de comprensión tan hondamente, que yo creería que
ven sus ojos en la profundidad de mi corazón los otros dos nombres de
amargura que le ha removido la pregunta: el de Ana María (_Loló_, para
Placer--que brutal un día hubo también de recordármelo) y el de
Enriqueta.

Cedo á la tentación de descargar mis pesadumbres en la hermana.

--Amor, ninguno más; bajas pasiones, sí--digo--; Laura constituyó el
fracaso de la redención de aquellas pasiones mías, y en singular de dos
que me mancharon de crimen y de infamia.

Expresado esto con la tranquila convicción de quien ni miente ni
exagera, comprendo que lo he dicho en homenaje de heroicos respetos á
Rocío. Es la compensación excesiva de la mentira de omisión referente á
mi matrimonio; es más aún, porque será la barrera que por propia
voluntad establezca entre mis imprudentes sentimientos, posibles á mi
pesar, y la que me deba conocer tan vil que jamás pueda otorgarme sino
su horror en la inmensidad de sus santas compasiones.

--¡De crimen y de infamia!--ha repetido, crispada y lúgubre, como ya
otra vez que no llegué más que á insinuarla la misma confesión.

No lo cree, tal vez, en aquél cuya bondad la ha emocionado viéndole
repartir limosnas á los pobres, y una rabia de mi infamia me fuerza á
ponérsela completamente al descubierto.

--Perdida la divina fe y con el afán de recobrarla--empiezo á hablar--,
ante la Virgen que usted se arrodilla contándola sus dolores inocentes,
me he arrodillado yo contándola mis dolores de impudicia. Y, dígame,
Rocío, si á la pureza de una Virgen del altar se le pueden revelar
impudicias sin agravio, ¿lo habría en que se las repitiese á usted, á la
pureza de una Virgen de la Vida?

Calla, siempre con los ojos bajos, siempre con su anhelación de espera,
y no tiene que esperar más la así purificada bestialidad de mis
recuerdos.

Acodados ambos sobre el mar, ella dispónese á escuchar el prometido
relato de mis crímenes--tanto más horrendos cuanto que son los mismos
que realiza á cada hora, entre aplausos y con la absoluta impunidad, la
social galantería. Corresponden á la primera época de mi degradación; y
reducidos en el mundano ambiente á las sendas elegancias de haber sabido
coronar caballerescamente con un duelo un adulterio y de haber seducido
á una chiquilla..., en la contrición de mi alma, después, y aquí en la
clara grandiosidad de las aguas y los cielos, cobran su negra realidad
de asesinatos.

De una de mis historias fué protagonista una mujer conocidísima en
Madrid por linda y por liviana. Conquista mía y de mil, su marido, sabio
ilustre, más atento á la gloria de su ciencia y al encanto de su hogar y
de sus hijos que no á las perfidias de la esposa, la adoraba. Existencia
de engañosa dicha en aquel hombre, y que sitié y rompí villanamente.
Ciego á la sazón en el torbellino de demencia, mis desaprensiones
lanzaron al escándalo con harta facilidad á la histérica, que antes,
cuando menos, habíase contenido en ciertos respetos familiares. Ella
llamándole inmortal pasión á nuestro desenfreno y yo exasperado por la
vanidad satánica de lucirla prostituída más que los demás, hacíala
volver á media noche á casa, ebria de champaña y desvergüenza, y en
ninguno de los dos cedían las procacidades, ni ante la presencia misma
del hombre de dignidad, cuya paz tan rudamente desgarrábamos. Los
teatros, cuando la pobre loca iba con él y con su hija, servíanme para
proclamarle más á la multitud que era mi esclava y mi querida la que no
apartaba sus gemelos de los míos. Llegó á tal punto una vez este
descaro, que el marido, desde su butaca, sufriendo la burlona piedad del
público y lanzándome la amargura de su enojo, casi de violento modo
tuvo que reñirla. Pero todo lo sobrepasaba nuestra obcecación, ajena ó
desdeñosa incluso á la angustia dolorida de la niña, que, mirándonos
también, comprendía la indecencia de su madre... Y como hubo un momento
en que el ultrajado hombre de dignidad se tornó hacia mí
amenazadoramente... mi matonería de rufián de frac me sacó del
aristocrático palco en que me hallaba y me hizo descender al patio y
situarme frente al «provocador»--el cual intentó en seguida mi castigo,
y me escupió al verse detenido entre los espectadores que nos estaban
observando. Mi tarjeta puso término al tumulto. Duelo. Lance de _honor_.
El público lo sancionaba. Y aquella sanción del público, que no nos
arrojó á silbidos á mí y á la impudente, y aquel hombre de ciencia y de
bondad, que no nos metió en la cárcel como á dos rateros de su honra, al
día siguiente consintieron que _por la grave ofensa_ de un escupitajo de
su desprecio y su dolor, la fría saña de un diestro espadachín le
hundiese un acero en el pecho al deshonrado. Un hogar deshecho, en suma:
una traidora abandonada á su mayor libertinaje, y un herido, mal curado
de heridas de la carne, al año por las del alma muerto de pena y de
locura entre el amor triste de dos niños.

--Vea, Rocío, un crimen que, parecido á ese célebre de Roma, entraña más
iniquidad y estupidez; y, sin embargo, ahorcarán al repugnante Jacobo
Wanska y á la miserable Montsalvato, presa en Nueva York, aborrecidos
por la indignación universal, mientras yo sigo gozando consideraciones
de las gentes.

Mis palabras prodúcenla impresión enorme. Se ha puesto pálida. Veo
temblar sus manos y su boca. Nada dice. Es el juez de severidad que me
estará juzgando en el mudo horror de su conciencia..., y yo, sombrío en
el mortal dolor que no puede remediar lo irreparable, quiero, al menos,
mostrarla la inmensidad de mi arrepentimiento, apurando hasta el final
el cáliz de lo inmundo.

Para amontonar crueldades de una vez, concreto desde luego que mi otra
víctima fué una modesta muchacha á quien, en calvario de cruces juradas
de mi honor, hice perder todos los pudores; á cuyo espanto de deshonra
le consintió la complicidad de mi desvío matar una inocente vida de los
dos en sus entrañas, y cuyo odio á mí, luego de destrozada por siempre
en cuanto tenía de noble su espíritu y su ser, la arrojó desesperada al
vicio de los demás como pudiera arrojarse á una florida charca de cienos
la aparente belleza de un guiñapo.

Así dejo enunciada mi segunda historia de vilezas; y cuando intento
irlas destacando con el proceso entero de las iniquidades que asesinaron
una vida no nacida y otra vida que, muerta, sigue viviendo del
oprobio..., contiéneme una inmutación del pálido semblante de Rocío.
Miro adonde ella mira con asombro, con horror, y descubro una especie de
fatídico fantasma que en silencio se desliza hacia nosotros por la
lejanía de la cubierta.

Algo maldito y espectral que turba también desde fuera de mí el candor
de la mañana. Algo como si las sombras desenterradas de mi conciencia
se hubiesen ido cadavéricamente concentrando tras de mí.

Quedamos fijos en la extraña aparición que va acercándose, y en su
sombría silueta vemos dibujarse las marañas de un lanoso pelo erizado á
modo de orejas de tigre; los ojos lívidos de una calavera de carbón que
conservase sobre la blancura de los dientes el agónico sarcasmo de una
boca seca, estirajada, y la vacía holgura de un esqueleto amortajado en
las amplitudes de un chaquet y de un pantalón lleno de manchas... Antes
que por él mismo, por el violín que trae en la mano reconozco al negro
violinista. No había vuelto á verle desde Cádiz. Más que del fondo del
buque, dijérase que surge del fondo de una tumba: tales son las verdes
demacraciones de su cara, como de putrefacción, y tal su aspecto de
muerto galvanizado por una póstuma amargura.

Sin advertirnos, llega á muy poca distancia de nosotros, y repósase en
la borda. Aunque su expresión de sardónica ferocidad me ha paralizado en
igual congoja que á Rocío, por un momento me tranquiliza la sospecha de
que el estrambótico artista, de que el tísico infeliz venga buscando la
sagrada soledad del alba para tocar su _extradivarius_ donde nadie pueda
oirle--y le habremos nosotros de escuchar. Lo acaricia, en efecto, con
mano trémula, y besan sus labios secos una rosa seca contra el mástil...
¿Qué amores de su vida y de algún lejano corazón besa en el
_extradivarius_ y en la rosa?

Mas, no: certero el terror que nos impuso. No le traen afanes de
dulzura, sino el odio. Le vemos pulverizar la rosa al viento en la ira
de su puño..., le vemos repentinamente la cólera de un golpe de maza que
destroza contra la borda el violín... y, helada nuestra sangre, vemos el
gesto de demonio con que él, al fin, oprimiendo en la diestra mano los
pedazos de madera, salta el antepecho y se arroja de cabeza al mar.

¡Ah! ¡Horrible!

Ha caído como un desbaratado muñeco entre el vuelo de las faldas del
chaquet y de sus brazos extendidos; se le han desprendido las zapatillas
por el aire, y las olas le recogen, le hunden..., le arrastran en su
diáfana profundidad verdosa bajo nuestra atónita mirada... haciéndole
reaparecer un momento, allá atrás, con las zapatillas que flotan en la
furia espumosa de la estela...

Un sordo gemir de Rocío, la desmaya al arrancarse de la trágica visión.
Por no desplomarse, doblase á la borda como una tronchada flor de nieve,
y porque no se desplome, recíbenla mis brazos. En la doble y urgente
solicitud de aquella desdichada vida que llévanse las aguas, y de este
glorioso cuerpo que se ahoga pesadamente contra mí, miro con
alternativas ansias la dirección en que aún reapareciendo alguna vez se
pierde el trágico suicida, y miro cómo la faz de la divina se descompone
en fulguraciones que me espantan. Sus manos suben á la garganta sin
sentido; están frías, y está fría la frente que mis manos intentan
reanimar. La llamo. La nombro. Agítase toda á las angustias de quien va
á morirse sofocado..., y el dolor de mi impotencia por quitarla tal
martirio inclíname en suspiros y sollozos hacia ella para darla aliento
con mi aliento.

--¡Rocío! ¡Rocío!

No responde; no sé si pedir á voces socorro ó transportarla..., y estoy
como loco, y mi angustia y mi piedad besan la frente y las sienes puras
con muchos pequeños besos que mis labios vierten como llamas de la vida
con su nombre.

--¡Rocío! ¡Rocío! ¡Oh, Rocío!...

Pero siente al fin la inerte el cálido contacto, y recobrada la
conciencia, de improviso, suéltase de mí y huye con un larguísimo
alarido de espanto y de dolor...

La veo alejarse en la cubierta, rápida, oscilante, previniéndole á la
incertidumbre de sus pies el apoyo de las manos avanzadas..., y tras de
volverme á mirar todavía la estela del barco, que ya no es quizá sino
sudario eterno para el infortunio del negro..., gritando á mi vez escapo
en contraria dirección.

Cunde la alarma. ¡Hombre al mar! Acuden marineros. Minutos después el
_Victoria Eugenia_ se detiene, vira, retrocede en su camino, y larga
botes cuya inútil intención de salvamiento, por más de media hora,
presencia el duelo de mucha gente del pasaje. Un duelo de silencio
fúnebre que es por el infortunado que nadie acierta á descubrir, y que
en la desolación de mi alma podría extenderse al asesinato que yo acabo
quizá de efectuar en la nobleza de una hermana.

Buscan los otros al infeliz, que ya no lo será, sin encontrarle..., y
busco yo torvamente á Rocío, sin verla en parte alguna.

       *       *       *       *       *

El buque ha vuelto á tomar su rumbo, separándose durante toda la mañana
del desierto lugar de la tragedia. Pero la tragedia sigue en mi soledad
del corazón con el vacío de la que refugió en su camarote no sé si el
espanto de la macabra escena ó el de la traición torpe de mis besos.

¡Ah! ¡Mis torpezas y mis crímenes!... ¡Bárbaramente he violado las
castidades de su espíritu y su faz de tantos modos!...

Por la tarde, continúa recluída con su madre.

Por la noche, el médico de á bordo la visita.

--¡Nada--me dice cuando trato de informarme--; la impresión de la
chiquilla! La he puesto morfina y dormirá.

       *       *       *       *       *

Cuando á la hora del almuerzo, al día siguiente, y pensando en lo que
para siempre he perdido, voy al comedor, mis ojos sorpréndense de ver en
su mesa á Rocío, muy pálida, muy pálida. La cobardía del asesino ante la
víctima impúlsame á escapar; pero me ve también, y me inclino desde
lejos como en mísero ruego de perdón. Afable y triste, me sonríe... ¡Oh!

Nos saludamos, rato después, en la cubierta. Sentados uno junto al otro,
y los dos cerca de la madre, á quien el suceso de ayer destrozó más
todavía, lo recordamos. La impresión le ha dejado á Rocío una languidez
de dulce enferma. Débil, tiene en la mano un libro y pónese á hojearlo.
Leopolda cierra los ojos y aspira el pomo de las sales.

Dudo ahora un instante si Rocío se dió cuenta de mis besos, y á pesar de
la duda quiero sincerarme de lo que, abandonado á su inadvertencia y mi
silencio, quedaría en mí ó en ambos con sombras de traición.

Me inclino y dígola al oído:

--Ayer huyó usted de junto á mí por no sé cuál horror. Perdóneme si fué
también por el de la locura de mi piedad ante su angustia.

--¡Oh!--suspira resignada en halagos inefables.

--¿Me perdona usted, Rocío?

--¡Oh!--vuelve á suspirar.

No sólo sabe, pues, que la besé, sino cómo la besé.

--Son nuestras almas demasiado hermanas--añado--para que en el supremo
dolor no puedan acariciarse sus purezas.

Abre el libro y lee, sin dejar la sonrisa de feliz convaleciente.

Y puesto que hay cosas de la santidad del sentimiento que profanan las
palabras, no la digo más.




VIII


Aunque están abiertas las ventanas y los ventiladores funcionan, nos
sofoca el calor durante el banquete que es en este anochecer la comida.
Hemos pasado hace una hora la línea ecuatorial. Hay quien lleva tomadas
cinco duchas, y señoritas que, incapaces de aguantar la ropa, é imitando
á Placer y á Eyllin, lucen el corsé y las piernas en la transparencia de
los vestidos sin enaguas.

Venimos en plena fiesta. Despertó al pasaje una burlesca diana de
acordeones y sartenes, y entre los escudos y banderas que adornan la
cubierta desfiló la mascarada de Neptuno; luego de almorzar, música y
baile; á las tres, _lunch_ de emparedados y champaña..., brindis,
canciones y alguna digna borrachera paseada de alto á bajo del buque á
traspiés...

Lambea encuéntrase rendido. Principal director de la zambra, aún le
quedan, para después del nuevo _lunch_ de la noche, el concierto y la
comedia. Cuando salimos á la cubierta con la dispersión de los que
buscan al aire libre algún consuelo, se nos unen el P. Reims y el P.
Ranelahg. El mismo afán de un poco de fresco y de reposo nos lanza á los
cuatro á la más elevada altura posible en la azotea de popa, donde se
hallan Rocío y su madre. Han comido en el bar. Leopolda no soporta la
confinación del comedor.

Charlamos, comentando pormenores del festejo. Pero otra actualidad,
relativa al infeliz que allá quedó hace tres días en el fondo de las
aguas, se ha mezclado hoy á la expansión de regocijos, y Lambea, que
todo lo averigua, nos informa de la especie de testamento del suicida
que guarda el sobrecargo. Son cartas y retratos de una bella berlinesa,
mujer del negro, y de una niña de doce años, su hija. Con un amante se
fugó la esposa del violinista años atrás; tuvo que entregarse á otros,
al ser por él primero abandonada..., y enferma, al fin, de repugnante
mal que la ha destruído la belleza, desde un hospital de Buenos Aires
escribió las cartas que demandaban las compasiones del marido. A
impulsos de sublime caridad iba, pues, el negro á América, ya casi un
agonizante de la pena y de la tisis, sin otro empeño que salvar en el
harapo de hermosura la reliquia del espíritu falaz que fué su religión.
No pudo terminar la travesía. Sintiéndose morir, prefirió ganarle al
inútil sufrimiento algunas horas. Realizaba el viaje sin el amparo de la
hija, dejada en un colegio de Europa porque no sepa jamás la vida de la
madre, y lega, á una y otra importantes sumas, cuyos documentos y
efectivos se han encontrado en la maleta del generoso moribundo que
viajaba hasta sin ropa.

Un alma como esa alma ha podido extinguirse aislada entre el desprecio
del pasaje.

Y ahora un poco de compasión tardía..., que no le estorbe á nadie
divertirse. Únicamente en nuestra tertulia, y sobre el holgorio del
buque engalanado, pesa el relato de Lambea como una maldición humana que
arrojó á un mártir á la tumba de las olas y que tiene en lejana
reclusión á una niña inocente de que un hospitalario pudridero de la
vida está agotando las impúdicas podredumbres de su madre...

Es una historia idéntica á mi historia y á la de la Montsalvato y á
tantas más.

Siempre la obra destructora del amor en un mundo que sin el amor, no
obstante, sería absurdo. ¡No lo comprendo!

Parte el inquieto teniente de fragata. Rocío se ha quedado pensativa, y
yo permanezco también dolorosamente impresionado. El Padre Ranelahg, que
á la vista de la futura monja y de mis ansias ideales dijérase que ha
tomado á empeño nuestra catequística rección, aprovecha la oportunidad
para una de sus pláticas. En el cristianismo cree que vuelve á surgir el
paganismo más hipócrita y cobarde. No tornará el mundo á la bienandanza
de los cristianos primitivos, hasta que con la mirada en Dios acierte de
nuevo á recogerse cada cual en la caridad, en la oración, en la pobreza,
en la vida interior del penitente. El drama, por mitad horrendo y por
mitad hermoso, que acabamos de oír, prueba el desastre de cualquier
ventura que se cifre en los bienes de la tierra. Solamente la belleza
del alma perdura como lazo de amor á través de las contingencias y de
la muerte misma de la física belleza, ya que ésta no es sino una mentira
del pecado, encubridora de las repugnancias de la carne.

Calla, y á pesar de la paz que ha derramado en mí, sufro una confusión,
puesto que, por una parte, se me impone la evidencia de que sólo con un
criterio tal de santidad fuesen imposibles las injusticias que yo siento
alrededor, sin encontrarlas el remedio, y, por otra, el estruendo del
buque, confirmándome que la humanidad resurge al bruto paganismo, parece
que me quiere gritar que con él es la vida misma la que reclama
turbulentamente sus derechos. La vida misma, que ni proviene de la santa
castidad, ni pronto haría sino agotarse si el mundo entero llegase un
día á alcanzar la perfección de la santa castidad. ¿Habría de ser
condición de la vida, entonces, vivir de lo bestia y lo cruel, ó no
vivir, por el místico suicidio?

Guárdome de manifestar mi duda, iniciando una intempestiva discusión en
que yo no podría oponer, después de todo, afirmaciones; pero me inquieta
ver reflexiva á Rocío bajo el influjo de las sutilezas del dialéctico.

Afortunadamente corta las meditaciones de la niña una invasión de
estruendo que se acerca. Capitaneados por tres comerciantes catalanes,
suben las escaleras dos docenas de emigrantes haraposos; detrás va
llegando el pasaje, en turbión. Lambea, que vuelve acompañando á la
familia del ex presidente de República, se nos acerca un momento á
decirnos que se efectuará aquí esta especie de intermedio bufo, porque
la cubierta se está arreglando para la función teatral. Todo el mundo
se enfila en corro alrededor del la azotea, por los bancos, ó en pie, ó
en donde puede.

Y empieza la diversión. Parece los títeres de un pueblo. _Carreras de
costales_, cuyo premio serán cinco pesetas. Meten y atan los
comerciantes á diez infelices (cabeza y todo) en sendos sacos, dan la
señal de partida, caen de primera intención cuatro ó cinco, y el público
se ríe. Al poco están todos en el suelo; se arrastran, ruedan y de
cualquier modo procuran avanzar; ni ven adónde van ni en dónde chocan.
Unas veces se amontonan y se agarran en pelea de coces desde dentro de
los fardos; otras veces salen disparados contra una lucerna, y á un
gemido doloroso y á un magullamiento de narices mánchanse de sangre.
Pero el elegantísimo pasaje chilla y goza ante los desdichados á quienes
ha traído por primera vez al lujo de su cámara para que por un duro le
divierta.

A la _carrera de costales_ sucede otra en que parejas de hombres, con
sendos cordeles al cuello y pasados entre las piernas, marchando á gatas
y tirando uno de otro tendrán que llegar á metas prefijadas. Las parejas
son cuatro, y se han descalzado para mejor afianzarse á las rendijas de
las tablas con los pies... Le gana el espectáculo en brutalidad al
anterior: antes sangraron las narices; ahora sangran las uñas de los
pies y de las manos. Si el que va vencido se aferra á un gancho ó al
remate de un cordaje, el rival se obstina en arrancarlo, y á la presión
del cáñamo parece que van á ser segados los cogotes apopléticos.
Entonces, entre la risa general, se les azuza, se les arrea, casi se
les golpea y se les pincha como á bueyes que tuviesen atascada la
carreta.

Rocío y yo nos ahogamos de una piedad que se dicen de tiempo en tiempo
nuestros ojos. Y como la tal pelea, á más de bestial, es larga, pues
cada vencedor debe acollerarse con otro vencedor, el público empieza á
fatigarse, y advierto que muchos se fijan en el grupo que formamos.
Curiosidad de los que no suelen vernos reunidos entre ellos, y que no
pudiendo sospechar en mí otra índole de afectos que los del más puro
desinterés hacia una niña de falda corta y trenzas á la espalda,
pensarán que sólo la intransigencia fanática y el misantropismo sean los
que me hagan preferir la soledad al lado de la chiquilla por una igual
veneración de los dos á los señores sacerdotes. Todos, todos lo
pensarán..., incluso mis amigos, ante los cuales mis desdenes á Placer
dejaron bien sentada mi aversión á cierta clase de aventuras y á no
importa qué otros devaneos..., é incluso los propios sacerdotes, á pesar
de que nos observan más de cerca.

Y, sin embargo... se engañan--como yo mismo me engañaba no hace mucho.
Sé al fin que adoro locamente á la «niña de falda corta y trenzas á la
espalda», y sé, además, que el misterio de su espíritu y el contacto de
su vida en los besos de mi boca fuéronme la revelación de lo que ya
puedo confesarme sin bochorno... ¡Casado, sí..., y ella, purísima!...
Mas ¿qué importa?... Un insomnio y una tenacidad de mi corazón, en la
noche misma que hubo de luchar con la evidencia gloriosa y miserable, en
un relámpago de idea me hicieron ver que los nudos de la ley se desatan
por la ley..., que un casado se divorcia..., se divorcia..., y que yo,
por tanto, podré recobrar mi libertad en Buenos Aires. Secreto que le
guardo á la chiquilla por si pasase alguna vez á la plenitud de la mujer
de humanidad en mi cariño.

¡Oh, la plena mujer de humanidad que sintieron mis brazos y mis besos!
¡La plena alma de mujer tantas veces sentida por mi alma!

¿Conoce mi pasión?

Lo ignoro. Y en vano aquí trataría de penetrarlo en el hermético candor
y en la piedad de la niña tan niña delante de las gentes.

Pero aumentan las risotadas, de pronto, y acrece hasta el tormento su
piedad. Agotada la resistencia de un luchador que se aferraba á la
lumbrera, de un tirón hercúleo es arrastrado de tal modo por el otro,
que tienen que llevárselo con un síncope, del calor y del esfuerzo.

El P. Ranelahg y el P. Reims se marchan, contristados. Les imitaríamos
si no le fuese á Leopolda difícil hendir la multitud.

Menos mal que á lo cruento sucede lo jocoso. Depositadas ahora las
monedas en el fondo de grandes cubos de agua y de cazuelas embadurnadas
con aceite y con tizne, los míseros emigrantes, ya de sobra lastimosos
con sus andrajos y sus carnes laceradas, de rodillas, y atadas atrás las
manos, han de sacarlas con los dientes. Parece resultar muy divertido
verles caerse cara al tizne ó sepultar en los cubos la cabeza hasta los
hombros. Se van poniendo hechos una lástima, y el público ríe, ríe... No
son hombres, son vivos autómatas que se han traído aquí por diversión.
Antes se escarneció el ultraje á sus dolores, y ahora, se escarnece el
ridículo de su grotesca humillación con las mismas carcajadas. Cuando
alguno á punto de ahogarse saca la abotagada faz de un cubo y vierte el
agua por la nariz como una foca, llega al colmo el regocijo. Y no
obstante, no fuese una piltrafa de humanidad lo que se ahogaría con la
desdicha de estos seres á la vista del aristocrático concurso, sino la
humana dignidad.

Sigue, sigue el espectáculo soez, y aun por media hora me obliga á
recordar mis sandeces de aquel día en que yo quise sacudir las
compasiones de estas gentes gritándoles que se _ahogaba la humana
dignidad_ en la sentina de emigrantes...

Soy yo, pues, y es Rocío, quienes únicamente nos ahogamos de piedad, de
piedad, de piedad... Somos nosotros, tan sólo, los necios mártires de la
piedad estéril, ante la imposición de las crueldades del mundo que el
selectísimo concurso manifiesta en toda la magnitud de su inconsciencia.

Y no, no lo comprende; no puede comprenderlo, á pesar de la sanción
general abrumadora, la protesta constante de mi alma.

¿Por qué la necesidad de ser crueles? ¿Por qué en todas partes las
durezas de la vida, ó por qué, si no, frente á ellas el absurdo de
ángeles de bondad como Rocío?

Leopolda, siquiera, oculta en el abanico, le ha pedido anestesias á sus
sales.

Dormita tan tronchadamente, que no siente, por último, la dispersión de
la desdichada tropa de payasos, á puntapiés de sus joyosos directores--y
tras ellos la del público.

Junto al sueño de la pobre enferma destrozada quedamos Rocío y yo en la
soledad.

Quedamos con nuestro dolor, con nuestra angustia, con nuestro horror del
mundo...; y mudos, caídos atrás en los sillones, el ángel que es del
cielo acoge su aflicción á los mundos de los cielos.

Estrellas. Amigas suyas de pureza fulgurante. Están tan altas que no las
llegarán las miserias de la tierra. Brillan á través del dosel de humo
que nos va tendiendo el buque. Sabe Rocío sus nombres y las va
nombrando--algo desorientada bajo este firmamento, que es ya la mitad
del Sur. Pero Lambea nos las indicó en las pasadas noches, y puedo á mi
vez dirigirlas mi saludo... «Acharnair»... «Procion»... «La Corona»...
«Tomalhaut»... «El Fénix»...

La espléndida «Cruz Austral», predilección de nuestros embelesos, queda
oculta, hacia la proa, en la balumba de chimeneas y botes y mástiles y
puentes del _Victoria Eugenia_.

Levántase Rocío y va en vago paseo de abstracciones á la borda.

Al poco, voy á su lado.

Ella contempla perdidamente las cinco estrellas de la Cruz Austral. No
sé lo que las hable. Seguro de no discordar mucho en el diálogo de alma
y de luz, susúrrola al oído:

--Y sin embargo, también tiene sidéreos resplandores nuestro mundo.
Desde allí nos deben ver como otra estrella.

Cierra y abre los ojos. Yo insisto:

--Con la misma pureza, que otra estrella.

Me mira.

--Y por mucha razón que parezca apoyar la unánime ferocidad del mundo,
contra todo él hay que afirmarle que es estrella en mitad del Universo y
que habrá de ser estrella.

Al apartar de mí la mirada, Rocío déjala melancólicamente caer en
nuestro mundo, que debería ser estrella y no lo es, en nuestro barco,
que es por todas partes cargamento de crueldades. A la izquierda, en el
hundido entrepuente de tercera, y al agónico fulgor de las bombillas,
muéstrasenos la incongruencia humana con los dos grupos que forman á uno
y otro lado las blancas monjas y las colorinescas prostitutas. Y como
queda fija en ellas la angélica compasión de la que tanto puede
comprender, no dudo en expresarla las mismas reflexiones que sentí al
verlas el primer día: «Símbolos del social absurdo, representan lo que
de un modo indefectible se tiende á hacer con todas las mujeres; se las
parte sin término medio para ellas: ó lo espiritual, en un calvario de
renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.»

--Unas--concluyo--van á aprisionar su juventud sin juventud y sin vida
en hospitales y lúgubres conventos argentinos; otras, á servirles en
burdeles su beldad sin beldad y sin alma al vicio de los hombres.

--¡Qué horrible!--clama algo del ser entero de la mujer-ángel, volviendo
á la Cruz Austral la angustia de los ojos.

Callamos los dos. Pero si ella adora los luceros al rechazo de no poder
noblemente adorar lo humano, yo estoy adorando en ella la excelsa
humanidad de su belleza divinizada por su espíritu.

--¡Qué horror!--repite suspirando.

--¡Y qué error y qué pena, Rocío!--añado, con el recuerdo de las
abominaciones del catequista que pudiésemela robar lanzándola al otro
extremo de la vida místicamente cercenada--. Vea: todo es bello y digno
en la Creación..., la estrella, la nube, la luz, el mar..., el árbol y
la montaña, el pájaro y la flor...; todo es diáfano y purísimo en su
mismo incesante cambio del vivir y del morir que realiza la eternidad de
la armonía creada por Dios y que cautiva de divinidad universal á
nuestros ojos..., y sólo nuestros ojos, sólo nuestra, vida material,
sólo la plástica belleza, humana, que en usted, por ejemplo, resume
todas las purezas de la luz y de las flores..., habría de ser inmundo y
despreciable.

Me mira otra vez la que todo lo comprende, y sonríeme para quedarse
agradecida en mi mirada. Su atención de espera es tan intensa como la
que hubo de prestarle al P. Ranelahg. Él la presentó el enigma de los
odios á la vida. No debo yo en el sentido opuesto defraudarla.

--¿No cree usted, Rocío--la expongo lo más humildemente que puedo, es
decir, en interrogaciones, que buscan también mi orientación al fulgor
que me está irradiando el ángel de la tierra--que hubiera más egoísmo y
cobardía al recogernos al alma limitados á la ambición única del cielo,
sólo porque en el mundo nos hiera su barbarie, que no en salvarnos
combatiendo esa barbarie y salvando á los demás? ¿De qué, entonces,
sirviese la humana, caridad del amor que á usted y á mí nos acongoja
porque vemos siempre en torno lo cruel?...

Tiembla en la grandeza de alma de sus ojos la conciencia del impoderío
de la chiquilla, que fuese toda, á pesar suyo, de estéril compasión, é
interrógame á su vez:

--¡Oh! ¿Y es posible eso?

--¡Sí!--no vacilo en contestar--; con el amor que haga religión amorosa
de la vida; con el amor que no odie; con el amor que lo ame todo y lo
embellezca, desde el perfume de una rosa y el rosa de unos labios, hasta
la desdicha de los que no saben besar con pureza igual los labios y las
rosas.

Me corrijo, al advertirle demasiadas seguridades á mis dudas de
inseguro:

--Es posible, cuando menos, intentar contra la crueldad que
inmediatamente nos rodee la obra redentora. Así, usted y yo bajamos á
los pobres y les damos limosnas de dinero. No basta, bien lo sé; pero
tampoco las limosnas de oración. Entre las religiosas de la caridad
espiritual, que huyen de la vida con espanto, y la vida aborrecida y
torturada que por las únicas esclusas sin alma del brutal instinto de
las gentes reclama sus imperios como puede y sin cesar, siempre
invencible, nunca vencida, yo creo que falta un sentimiento de humanas
amplitudes que, fundiendo y concordando á aquellos dos, le entregase á
la partida vida sus noblezas. Lo creo, y porque lo creo, allá, en mitad
del mundo, en mitad de un abierto campo de España, dejé abandonado á la
barbarie el templo de humana religión que le dije á usted que esperaba á
la Laura que no fué..., á una Laura allí quizá esperada todavía. Con
ella, Venus idealizada por el místico resplandor de la Pura Concepción,
mitad pagana, mitad cristiana, habría fundado yo la colonia del amor de
todos los amores y de todas las limosnas: para ella, besos de ideal en
las flores de su pecho y de su boca; para los otros, piedad que aliviase
sus dolores, escuela que combatiese su ignorancia, generosidad que
salvase su pobreza, y para nosotros y los otros, hijos de los dos á
quienes poder educar de modo que continuasen la misma redención de la
vida bajo el manto de estrellas de los cielos.

Extínguese mi voz en un suspiro de oración, y nada más tengo que decirla
á la divina humana que nada tiene que reprocharme ni decirme. Han debido
estremecerse á mis palabras las flores de su boca y de su pecho.

La noche ecuatorial envuelve nuestras vidas en su inmensidad de
maravilla. Los astros son lumbres cuya pureza ilumina á la del ángel.
Piensa, tal vez, el ángel, la mujer, en lo lejos que va quedando el
triste templo de mi amor, y al girar más la cabeza, ansiando descubrir
en los nuevos horizontes nuevas tierras que pudiesen convertirse en
templo abierto de los cielos, la sorpresa arráncala una exclamación
alucinada.

Me vuelvo y sufro el mismo asombro.

Toda una magia.

A mi evocación, la diáfana tierra de divinas claridades habría surgido
del mar y está delante de nosotros.

Está inmensa y radiante en la obscuridad, como una gloria. Isla
fantástica, blanca, en blanco incendio de resplandor de paraíso.

No comprendemos, al pronto; no podemos comprender, y juntos y
silenciosos nos acercamos á la otra borda con la atracción sobrecogida
del milagro.

¡Ah! El hechizo se deshace un poco y nos obliga á sonreír humanamente.
Es la luna, que sale tras un celaje denso, en el cual finge el país de
la ilusión.

Es la luna..., y aunque adivinada por nuestra serena predisposición
contra lo sobrenatural, nos cuesta violencia hacerles aceptar á los ojos
que sea la luna y que no sea aquéllo un Olimpo donde las desnudas diosas
vayan efectivamente á aparecer ante nuestro curioso aturdimiento de
mortales.

Fundidas platas y fúlgidos velos en decoración de inmensidad. Apoteosis
del ensueño. La negrura de las aguas corta rectamente la negrura de unas
acantiladas costas que parecen ganar la línea del cielo avanzadas á
nosotros y que en rompientes blancas figuran las suaves playas de luz
que van á internarse y perderse en los valles de la luz, en las
paradisíacas selvas de transparencias ambarinas, en las edénicas cumbres
de albor de nieve que otras sombras pintan por el dilatado reino azul de
la quimera...

Miramos la celeste fantasmagoría no sé cuánto tiempo; y cuando la luna
ha acabado de salir redonda por lo alto, dejando reducidas las nubes á
su gris, Rocío concreta la emoción sentida en un solo pensamiento:

--¡Se comprende que en la inspiración de la Naturaleza quisiese alguna
vez la Humanidad forjar su religión!

Digno de ella el pensamiento, fija como definitivamente otro mío en mis
angustias eternas de piedad.

--Las ruindades humanas--la digo--no se borrarán hasta que los hombres
encuentren su perfección en la simple imitación de la Naturaleza, donde
nada es crueldad, donde todo es ritmo y belleza y armonía.




IX


Frío, lluvia y huracán; crespones de nubes. El _pampero_, el terrible
_pampero_, que nos viene embocando hace sesenta horas desde El Plata.
Zarpamos de Montevideo, hermosa población que no he visitado por no
restarle ni uno de estos últimos momentos á Rocío, y vuelve á su ingrata
danza el barco. Casi una tempestad, en que persiguen nuestros tumbos las
aves blancas y las aves negras, como esperando despojos de la muerte.

Mirándolas yo, creyese que van recogiendo de la estela mis propias
ilusiones.

El mar ya no es el mar, sino un piélago de sucias aguas.

Mi alma ya no es tampoco más que un piélago de dudas.

He vivido un infinito en tiempo breve. Desde la primavera que mi
desolación dejó en España, y desde el estío que mi loca ilusión de
juzgarlo eterno cruzó en el Ecuador, pocos días más han bastado para
lanzarme á estos otros de tristezas invernales.

Tal que una sombra de mí mismo recorro las abandonadas cubiertas con un
ansia de «adiós» á cada sitio en que bebí olvidos de la pena. Nadie.
Mudos duelos de la gente mareada, de aquel alegre pasaje que ahora en
los salones tristes le huye al yerto anochecer. Rocío, con su obscuro
abrigo, parece en luto por los dos.

¿Dónde están las músicas y los gozosos bailes de los otros? ¿Dónde
nuestras amigas las estrellas y el perla de nuestras purísimas auroras?

El encanto del mar se rompe según nos acercamos á la tierra. Una noche,
ésta, la última, y mañana Buenos Aires. La dispersión se ha iniciado
para concentrar á cada cual en su egoísmo. Amistades y simpatías que se
deshacen; hondas afabilidades, nacientes amores, quizá, que se deshojan.
Ya nadie le importa á nadie, y todos se aperciben á ser extraños que
apenas se habrán de saludar en la gran ciudad al verse desde lejos.

¡Sí, sí, los egoísmos!... Cargamento de cosas inconexas que habrán de
diseminarse en la vida. Los veo por el cristal de las ventanas. Unos
yacen tumbados, con el displicente horror de su mareo, porque el buque
no cesa de hundirse y levantarse en el barro furioso de las olas; y
otros, en los camarotes, preparan para el desembarco sus maletas. Yo
también he ordenado las mías, y Rocío arregla las suyas aún, junto á la
madre infeliz, tendida sobre el lecho. Alcázar que se muda, y
desabrimiento y trastorno de mudanza, en mitad del cual se va asfixiando
mi efímera felicidad.

¿Habremos de ser ella y yo, asimismo, los extraños que no vuelven á
verse ó que sólo hayan de saludarse desde lejos?

¡Oh!

Mi corazón protesta; mi corazón me grita que no podrá ser; que no podrá
ser esto con la niña cuya angustia resignada siempre está pendiente de
mi angustia; pero el plan de su destino, que desconozco, y la falta de
un convenio del de ambos, que tampoco me he atrevido á proponerla por
exceso de respetos, contra su afán y mi afán pudieran separamos para
siempre. Aparte los empeños del P. Ranelahg, que porque ella sea un
ángel quiere guardársela á Dios en la clausura, ignoro absolutamente la
solicitación de vida que la espera, y los proyectos de su madre. Anoche
hablaban del hospedaje que en un convento ofrecíalas el P. Ranelahg.
Ello significaría el secuestro con respecto á mi última esperanza. No
pude entender bien, sin embargo, más que el dolor que Rocío me lanzaba
de soslayo, en despedida.

Está pálida y nerviosa. Su incertidumbre ante el dilema del sacrificio
en el espíritu á que la incita el sacerdote y de la amplia vida que yo
la he ponderado sin que nadie se la ofrezca, la tienen en algo así como
la crispada expectación de la urgencia con que el fin de este viaje
habría de resolverlo.

¡Pobre niña!

¡En el momento decisivo, y á pesar de mis ideas de salvación, cuán
lejanas se me vuelven á aparecer su purísima existencia y mi existencia
miserable!

Suenan los timbres. Llaman á la última comida.

El _pampero_ viene arreciando hasta hacer verosímil la posibilidad de
que seamos nosotros los que les sirvamos de festín á los peces y á las
aves. Todo se mueve y todo cruje y amenaza, estallar en el buque, que el
horrible viento combate por la proa.

Pocos van al comedor: apenas si algunos valerosos cruzan con los pies
abiertos y sin soltar los pasamanos.

Me acerco al camarote de Rocío. Como ayer y anteayer, mi brazo le
servirá de sostén á Leopolda.

Rocío aparece.

--No; no iremos, gracias. Aquí nos servirán.

Anúnciame que no saldrán luego tampoco al salón porque no puede su madre
levantarse, y quedo en volver un instante á decirla el «adiós» de esta
última noche...; á decirla: «¡hasta mañana!»

Parto. Mi zozobra va pensando que volveré á decirla «¡hasta mañana!», ó
«¡hasta nunca!...» ¡Quién lo sabe! Damas solas que necesitan una noble
protección..., ¿aceptó tal vez Leopolda el ofrecimiento del P. Ranelahg?
¿Qué hospedería, qué colegio ó qué convento sería ése, cerrado
seguramente para mí?

Mañana, cuando el _Victoria Eugenia_ amanezca anclado en Buenos Aires y
con la confusión de todo el mundo por dejarlo, el «adiós», el último
«adiós» de Rocío, no podrá tener al menos la efusiva fraternidad de
nuestras almas.

Desierto el comedor. O lo que es lo mismo (comparado con la pasada
animación, que ya no tornará), algunos solitarios por las mesas. En la
mía falta el matrimonio austriaco, y sólo acompáñame Lambea, que
celebra mi resistencia contra el mar. En la de Rocío, nadie. En la de
Placer, desde su artística absolución, restituída al comedor con Eyllin
y los jovencitos bonaerenses, ella únicamente.

Se aburre Placer ó ha olvidado mis desaires; me sonríe. Su afable
bestialidad, en la ausencia de lo que constituye caricia ideal para mis
ojos, parece burlescamente querer decirme que no me guardará el mundo
más que el escarnio de su amor ó el de otras como ella.

Lambea charla de noticias que adquirió en Montevideo.

Todavía la Montsalvato; el crimen que maldito si nunca ha logrado
interesarme y que menos le importa ahora, á mi gran preocupación.
Mientras dice y comenta el marino no sé qué de si van á ahorcar á Wanska
ó de si se está muriendo del tifus y de si se ha confirmado ó no la
prisión de la condesa en Nueva York..., yo no logro arrancarme á la
obsesión exagerada que me causa este concepto de «lo último» en cuanto
hago y cuanto miro: la «última» cena en el vapor; «la última» noche al
lado de Rocío; el «último» adiós que de aquí á un poco hayamos de
cruzarnos.

Abrevio la amarga cena de desastre, que me evoca la cena de un entierro,
y sin saber cuál haya sido entre Rocío y yo el muerto cuyo lúgubre vacío
me turba el corazón, voy á mi camarote á besar llorando sus reliquias.

El pañuelo. La medalla. La horquilla de concha que quedó en su sillón
una noche.

Es la «última» vez que soñaré en esta pequeña estancia, donde he soñado
tantas. Es la «última» vez que miraré estas cosas en esta mesa donde
tanto las miré. Y como la «última» vez, como la «última» vez, miro con
tristeza igual el diván de mis descansos infinitos, las butacas, la
bañera, las cortinas, las perchas y el armario donde ya no están mis
ropas; las almohadas del dorado lecho, donde ya no están mis
ilusiones...

Pasa el suficiente tiempo para que también Rocío haya acabado de cenar,
y, guardando junto al pecho nuevamente las reliquias, salgo á buscarla.

La encuentro en la cubierta. Infantil y valerosa, delante de su
camarote, abierto, entretiene la impaciencia jugando á pasear como
pudiera un equilibrista pasear por un ancho balancín. El buque, en
efecto, cabecea y se hunde de costado hasta hacer rodar las sillas á las
bandas.

--¡Qué noche!--me dice.

--¡Qué noche!--contesto.

Y puesto que sólo con habernos parado los dos nos lanza de costado un
balanceo, rehacémonos y buscamos el apoyo de la borda.

¡La «última» vez que habremos de conversar en esta borda, desde la cual
han contemplado tantas maravillas nuestros ojos!

Se lo manifiesto así... y sonríe..., y sonrío, sonrío yo... por no ceder
á la emoción de llanto que volviérame quizá algo ridículo. Pero sonríen
tan tristes las afabilidades de los dos, que nuestras sonrisas no son
más que llanto de las almas. Sin embargo, ó por lo mismo, queremos
aferrarnos á la frivolidad de lo que está fuera de nosotros.

--Ya no tiene el mar fosforescencias.

--No, Rocío; no tiene más que sombra y confusión.

Según se inclina el buque, nos moja la fina lluvia que el viento
arrastra ó nos salpican espumas los montes de agua que estrella el casco
á nuestros pies. Va en una monstruosa galopada que nos levanta hasta el
cielo y nos sepulta hasta el abismo. Unos ratos parece que se para, que
gime vencido por el horror del viento y que va á hundirse de popa;
otros, que se precipita de quilla en la cuesta abajo de las simas que
abre el vendaval.

Negrura, alrededor: ni hay cielo ni horizontes. Perdidos en la locura
infernal de las tinieblas, sólo las ráfagas luminosas de las redondas
ventanas del casco enfilan cerca alguna vez las turbias aguas...,
turbias cual si hubiese removido la tempestad los limos de su fondo.

--Es decir--corrígese Rocío en lo que antes expresó--¡creo que desde
ayer no navegamos por el mar!

--Navegamos por El Plata, por un río...

--Menos limpio, pero ancho como un mar.

--Ni tan ancho que en la otra orilla y en pocas horas más no nos haga
encontrar á Buenos Aires.

--¡Oh, sí!

A pesar del intento en contrario, he dado pronto en mi obsesión de lo
«que acaba», en mi manía dolorosa de lo «último», que la invade y que la
apena.

E insisto:

--El término del _limbo de delicia_. En él empezarán acaso los olvidos.

--¡Los olvidos! ¿De qué?

--De todo. De los recuerdos que cada uno haya de perder al perderse por
el mundo.

La oigo suspirar.

--¿No lo cree usted, Rocío?

--¡Oh! Eso será según la intensidad de los recuerdos y el propósito que
cada uno ponga en olvidarlos.

Vibra en lo que me dice casi un reproche, no obstante estar viendo mi
ansiedad, y, para reasegurarla de mi parte mejor que con palabras, saco
su pañuelo.

--Mire. Prenda del propósito de no olvidar con qué nacieron sus
recuerdos. Se lo he robado á usted.

Con ligera sorpresa, lo toma de una punta. Yo lo retiro con el jovial
temor de que quiera arrebatármelo, y saco y le muestro en la mano la
horquilla.

--Mire. ¡La he robado á usted! ¡La he robado á usted!

Sonríe. Sus recónditas alegrías del corazón me devuelven la alegría.

Saco al fin la medalla.

--Mire, mire, Rocío.

A mi ademán de esquivársela tras de habérsela enseñado, responde esta
vez más honda su sorpresa:

--¡Oh, mi medalla! ¡Usted la tiene!... ¿Por qué?

--La tengo..., la tengo...--balbuceo mientras ávido lo vuelvo todo al
bolsillo--¡porque sí! Me la dió usted para una ciega que no ve sino con
los ojos de la fe, sin reparar en que yo no veo sino con mis ojos de
codicia. La tengo, Rocío..., porque es de oro y de brillantes... y
porque hizo usted mal en comisionarle tal encargo á un hombre á quien
no conocía..., á un hombre que bien pudiera resultar un estafador
indigno de sus generosas confianzas. La dí á la ciega cien duros y me
quedé con la medalla. Sólo me resta pedir á usted perdón... cínicamente,
puesto que no pienso devolvérsela.

Se ríe; rápida y sutil, sabe contestarme en igual tono:

--Bien. Entonces... estoy cobrada con exceso; porque no sólo hizo una
limosna de cien duros por lo que no me costó ni treinta, sino que además
le ha venido usted entregando joyas y tesoros de su alma á una niña á
quien tampoco conocía..., á una mujer que... igual pudiese ser una
ladrona.

--Verdad es--bromeo, defendiendo de la divina ladrona mi más positivo
tesoro con la mano contra el pecho.

--¿Conoce usted, Alvaro--bromea también--nada tan candorosamente
ridículo como las fórmulas sociales?... ¡Bah! Dos que no se conocen,
otro recién presentado desconocido que los presenta (Lambea, en nuestro
caso) y sobra: ¡la amistad!

--¡Entre nosotros, Rocío, la fraternidad, la inmensidad!--comento yo
volviendo brusco á lo severo ante la fascinación del talento de la
niña--; pero nuestra presentación no la hizo Lambea: la han hecho
nuestras almas de profundo modo, y nos conocemos uno al otro mejor aún,
tal vez, que á sí propio cada cual. Sea cualquiera, por ejemplo, mi
historia, que ya conoce usted, usted me juzga, sin duda, menos miserable
que lo que yo mismo me creo.

Nada dice, la que dice siempre más con sus silencios.

Y hay en su purísima belleza una tal exaltación de mártires llantos
prontos á correr..., que para no estrecharla en los brazos gritándola
que es mía y que nadie de mi ser la arrancará, domo el ímpetu en vagas
amarguras, y prosigo:

--Tanta es la virtud de las presentaciones tan raramente realizadas por
las almas; tanto nos conocemos, tanto, á pesar del larguísimo pasado que
tuvo á las nuestras esperándose, que en vano Buenos Aires las quisiese
separar aunque hubieran de apartarse nuestras vidas. Pero ¡ah, Rocío!,
¿no fuese horrendo que con las almas unidas tuviésemos que vivir lejos
los dos? ¿No va, acaso, en la misma dirección nuestro camino?

Cedo á la violencia del dolor tomándola una mano para quitársela de la
faz, donde espero franca la respuesta, y se crispa, al responder sin
esquivarme la franqueza ni la mano:

--Sí, al menos, por lo pronto; usted va también á Buenos Aires. ¿Por
qué, pues, Alvaro, lo teme?

--¡Porque le oí anoche al P. Ranelahg brindarle á la futura monja su
convento! ¡Porque he temido venir ahora, á despedirme hasta nunca del
alma de mi alma!

Beso con lágrimas su mano, largo rato, en el afán de retener á la que
querría robarme el sacerdote; ella llora, tornado, sobre la borda, el
rostro hacia la otra mano que oprime su pañuelo. Beso luego con besos de
dulzuras infinitas sus sienes y su frente..., y ella, al fin, se yergue
y se desprende de mi brazo:

--Hasta mañana, Alvaro. Iremos al mismo hotel. Búsquenos para
desembarcar.

La he soltado dulcemente ó se ha soltado dulcemente, como se suelta lo
que ya es de uno y no puede jamás abandonarle. Me quedo viéndola cruzar,
divina y vacilante, al camarote.

Desde él, antes de cerrarlo, me envía otro adiós que adivino en las
palabras que borra el huracán.

--¡Hasta mañana!

El viento ruge; el agua hínchase en furia de montañas; el barco gime y
bota en su bravo galopar á Buenos Aires: me había olvidado de todo esto,
que ya esta noche no hará sino mecer con sus grandezas los ensueños de
mi triunfo.




SEGUNDA PARTE

I


Recorremos la ciudad con el encanto de unos ingenuos viajeros
complacidos en ir descubriéndola sin guías.

El azar nos cambia sus aspectos.

Recibidos desde el buque Avenida de Mayo adelante por un bulevar lleno
de carruajes, de palacios, de una animación completamente europea, fué á
la siguiente noche la magna fiesta patriótica que nos aumentó el asombro
con el espectáculo de una iluminación de magia, como si Buenos Aires se
alumbrara en el opulento incendio de sí mismo. Abierta la Argentina á
todos los progresos y en plena y pujante formación, á fuerza de dinero
importa á ella cuanto no tiene ni produce de lo más perfecto del mundo:
si necesita escuelas, teatros, hospitales, envía una Comisión adonde se
encuentren los mejores, y construye lo mejor de lo mejor; si quiere
recrearse con los reyes del teatro, contrata, como sucede ahora, á
Caruso, á la Paretto y la Guerrero; si desea para un jardín el prodigio
de una estatua, le paga á Benlliure otra _Dilecta_, ó á Rodin otro
_Penseur_.

Estamos en un país al que nada más le inquieta lo fastuosamente positivo
del dinero y las riquezas. Así, al hojear en el Majestic los periódicos,
alguien nos informa que sobre el frontispicio del alcázar de uno de
ellos hay una sirena que, cada vez que resuena anunciando nuevas
trascendentes, rompe en un kilómetro á la redonda los cristales--por lo
cual el Municipio le impone al periódico una multa de diez mil pesos,
sin perjuicio de que vuelva siempre á tocarla y á pagar; así nos dicen
que el Jockey Club es el Círculo más lujoso de la tierra, porque dispone
de unos cuantos hipódromos que le rinden millones cada año, y así, al
cruzar diariamente la Avenida, los inmensos carteles de las fachadas y
las vallas, luciendo también cifras de millones y millones de pesos, nos
hablan insolentemente del poderío de un emporio comercial.

Tierras, ganados, tabacos, buques, Bancos, explotaciones, nuevos
periódicos que se fundan para anunciar más con las planas á mil pesos...
Y pesos, pesos, pesos siempre; fija preocupación en las conversaciones
de los que corren las calles al apremio del negocio y en las de los que
descansan de los negocios en las terrazas de los cafés preparando otros
á copas de vermú.

La grandeza singular de Buenos Aires empezó, pues, anonadándonos un
poco; un poco, sí, como hecha para glorificar exclusivamente los
prácticos dominios de la vida..., como hecha expresamente para arrojar
de ella á dos ilusos soñadores. Huyéndole al tráfago mercantil nos
alejábamos del centro y por todas partes nos perdíamos en la infinita y
como provinciana calma de unas calles rectas y desesperadoramente
iguales, de casas de dos pisos, á kilómetros y kilómetros, cortándose á
cuadros con el implacable rigor de un tablero de ajedrez. Habríamos
jurado que Buenos Aires no fuese sino una vasta factoría adonde las
gentes del mundo entero llegaran de pasada á enriquecerse.

--Mire--solía decirme Rocío al bajar del coche en la acera del Majestic
é indicándome el cuadriculado del asfalto--: ¡el plano de la ciudad!

Sin embargo, la recorríamos, la recorríamos buscando al azar dentro y
fuera del dédalo geométrico sus remansos de hermosura, y no tardamos en
hallarlos: la calle Florida, madrileña carrera de San Jerónimo, llena de
joyerías y de bazares, donde pasea á pie la elegante juventud; Palermo,
espléndido parque de lagos y de selvas, en el cual desfilan los lujosos
trenes que no se ven por otros sitios sino en rara dispersión; el
_Palais de Glace_, un magnífico _skaating_, sobre cuyo hielo gustamos
Rocío y yo de patinar al ritmo de la orquesta; el río Tigre, en fin, de
aguas profundas que surcamos con ligerísimos esquifes y de paisajes
soberanos á los cuales nos lleva un tren cruzando interminables campos
de _sports_ donde los bonaerenses corren á caballo ó juegan al _tennis_,
al _polo_ y al _foot-ball_, en un británico culto á la higiene, todos
los domingos.

Así reconciliados con Buenos Aires, fuimos entrando, á través de su
grandeza material, en la grandeza generosa y joven de su espíritu.
Celebran Rocío y Leopolda la facilidad con que me adapto á la costumbre
argentina de guardar los billetes en el bolsillo del pantalón para
sacarlos á puñados, arrugados y revueltos; ellas también se van
habituando á llevarlos sueltos en las escarcelas, con el pañuelo, el
espejito y la caja de polvos, y los tres á la cierta _sorpresa europea_
que al principio nos causaba el verlos pródigamente correr de nuestras
manos.

País éste de paradoja, se llama de la Plata, es el de la riqueza y el
dinero, á no dudar, y lo único que le falta es la plata, ó lo que es lo
mismo, el dinero; lo representan los sucios billetes que nada valen, y
todo, en cambio, cuesta un dineral--que tanto menos se regatea cuanto
que parece que se paga con viejos papeles inservibles: un paquete de
bombones, diez pesos; un par de horas de «taxi», veinte; el hotel,
sesenta diarios para ellas y cuarenta para mí..., sin contar los otros
cuarenta ó cincuenta á que semanalmente ascienden las gratificaciones
repartidas á los camareros del comedor, al camarero y la camarera del
cuarto, al portero, á la telefonista, á los ascensoristas...

Pero nuestras _alarmas europeas_ se calman al considerar que un peso
equivale á diez reales solamente, y que hasta las clases más modestas,
viven confiadas á parecidos rumbos en un medio cuya característica,
quizá por desconocer la avaricia del dinero positivo, es la esplendidez
que directa emana de la abundancia del trabajo y de las cosas. Noble
concepto de una nueva Economía que le explica á Buenos Aires su joven
alma generosa.

Se desconoce la tiranía de ahorrar, por lo mismo que el ahorro es fácil
y compatible con la cotidiana comodidad de la existencia. La enorme
población que al principio tiende á aturdir con los faustos de un París,
y que aspira á ser la Nueva York de la América del Sur, es mucho menos
todavía; y, sin embargo, con su financierismo propenso á democratizar la
riqueza y á desterrar «iniquidades económicas» es ya, acaso, mucho más,
aun en medio de la monstruosidad de todo gran conjunto--porque
representa la naciente Arcadia donde la Humanidad va afirmando sus
decoros. No hay mendigos, no hay ladrones, y se inicia el respeto á la
mujer: florearlas en la calle está prohibido bajo multa.

Hasta las propinas las saben aceptar los serviciarios sin el servilismo
esclavo de Madrid, sin el servilismo fino de París, donde al que las
recibe puede el que las da llamarle «animal» al propio tiempo.

Mandé la otra tarde al chiquillo de un restorán, por un coche, y se
excusó de ir porque llovía; acertó á pasar uno, y lo tomó _para él_ el
mozo que acababa de servirnos y que ya se retiraba. Asombros, en Rocío y
en mí...; asombros sin enojos, en la buena, hacia el hombre
independiente que no se juzgó forzado á atenciones con extraños una vez
su obligación cumplida, y hacia el discreto muchacho que despreció el
peso con que habríamos querido lanzarle á mojarse en nombre nuestro.

--Hacen bien. ¡Oh! ¡Claro!--aplaudió Rocío. Y por castigarse en la
intención, llamó al chico y le dió el peso, con pretexto de la vuelta
de un periódico.

Asombro como el que en otro orden y en otra tarde nos produjo una
especie de rusita elegantemente vestida de pieles y que nos saludaba al
cruzar patinando á nuestro lado en el _Palais de Glace_. No la
conocíamos. Al día siguiente, la gentil patinadora me despertaba con el
desayuno en el hotel, y se reía de mi torpeza: era la francesa doncella
de mi cuarto, la que debe de sacar doscientos ó trescientos pesos
mensuales.

Cuando se lo referí á Rocío, comentamos el suceso, comprendiendo por
primera vez que en algún hotel del mundo haya lindas doncellitas que
puedan servir á plena dignidad.

Así, tocadas de blancas cofias, las vemos diligentes, como monjas de una
religión noble del trabajo, por los corredores de este entonado Majestic
que dijérase que sólo alberga diplomáticos y reinas.

Harto á diferencia que en el buque, nadie se preocupa de nadie; aquí
cada cual confínase en su gravedad cortés y en sus relaciones amistosas.
Joyas, sedas, escotes esculturales, desfile de lujos en bizarras
toaletas de las damas. Apenas Rocío y Leopolda dan una nota de casta
sencillez con sus trajes hasta el cuello, y todas miran simpáticamente
extasiadas la beldad niña de mi amiga. Creeríamos haber definitivamente
dejado el mundo de las frívolas miserias si no fuese porque también,
desde el momento de llegar, la charla de las encopetadas familias por
las inmediatas mesas del comedor nos sigue acosando con ese crimen de la
Montsalvato, que nada nos importa. Impórtale, por lo visto, al orbe
entero. Los periódicos mantienen la estúpida obsesión hinchando
cablegramas sobre que no era la condesa la aprehendida erróneamente en
Nueva York (sin duda lo que Lambea me contó en el mar la última noche) y
de que sea tifus ó no lo sea la grave enfermedad que en Roma tiene á
Vanschka á punto de morir antes que hubiese de ser afrontado y ahorcado
con su cómplice...

¡Oh, el interés mundial que inspiran los científicos empeños y los
cuidados exquisitos con que un concurso de doctores obstínase en salvar
al pobre diablo! Insiste, insiste y detállalo todo la Prensa en tono
sentimental. De día á día relata los análisis de sangre que efectúan los
Laboratorios y Academias para encaminar mejor la curación, los desvelos
paternales y las frases de ánimo y cariño de los médicos ilustres al
enfermo y las tiernas gratitudes de éste..., cual si se tratase de un
héroe esperado por la gloria... Y como no puede ser más repugnante la
macabra caridad de arrancarle un hombre á la muerte sin otro fin que
entregársele al verdugo..., Rocío y yo, leyendo al menos con interés
esta incidente monstruosidad social del célebre proceso, sentimos una
tristeza que nos hace temblar y nos ahoga.

Siempre la misma desorientada interrogación de sus ojos á mis ojos. ¿Por
qué tanta inconsciencia de maldad ha de ser inevitable?

No atinamos á saberlo.

Lo intentamos, y no logramos comprender por qué. A lo sumo venimos á
parar á mi vaga adoración de la Naturaleza, que los ciegos hombres no
quieren imitar. No habría ferocidades de lobos, suponiéndolos
intelectuados, de ese refinamiento que con el manto piadoso congrega á
toda una sociedad cristiana contra un sentenciado inerme.

Sufre mucho Rocío, y, arrebatándola los periódicos, la hablo de mis
encinas, de corazón menos dura que el de las gentes, y de mis anchos
valles de España, donde está eternamente aguardando almas dolorosas un
templo humano del Amor... Y entonces, desde el mundo que es igualmente
horrible en todas partes, nuestras ansias de ideal vuelan á perderse en
los lejanos campos españoles de encinas, de flores, de cielo, de paz.

--Una noche, un lobo...--la cuento, por contarla historias de
pastores...

Mas ¡ah!, mi cuento no suele ser sino una cobarde desviación del
infinito miedo á acabar de decirla que sólo ella es en aquel templo la
esperada..., del íntimo terror de no saber si haya de resultar posible
la liberación legal que acaricié con el divorcio y que me hace retrasar
todos los días para el siguiente la consulta á un letrado cuyo juicio
negativo hubiera de dejarme en miserables desnudeces ante la angélica,
tan bravamente entregada siquiera á mi amistad. Canónico y civil mi
matrimonio, no admitirá quizá otra anulación que la civil; y...
¿avendríase á un enlace civil, y en tales adversas condiciones la tan
hondamente religiosa?... Cuando por las mañanas la veo volver sola de
misa, siento mayor angustia que si continuase ella bajo los sutiles
catequismos del P. Ranelahg.--«¡Buenos días!»--la digo besándola, la
frente, que nunca se me niega (hermana, hermana confiadísima á mi
amistad desde los besos del vapor...), y mis besos de ahora me amargan
como los de un farsante que pronto hubiese de quedar al descubierto.

Horrenda ya la duda, cierro los ojos á su espanto, me abandono á la
espiritual delicia con la hermana, agravando al paso de las horas
nuestra falsa situación, y en vano envidio á los pájaros--libres de
leyes que no les fuerzan á ser innobles, como muchas veces á los hombres
cuando más bajo la amplitud del cielo se querrían ennoblecer.

Pero es el hotel una artística jaula de hierros y cristales, de cinco
pisos, con un _hall_ central en el bajo, sobre el que van abriéndose las
abarandadas galerías de los demás hasta la diáfana techumbre que se
azulea de cielo, y en la tibia claridad de su interior, al menos, Rocío
y yo volamos como dos pájaros á todos los rincones.

No sólo por hábitos de la yanqui educación de Rocío, sino también porque
las vigilancias de la madre le fueran humillantes á la hija, capaz de
guardarse en su propia dignidad, Leopolda, atareada con sus ocupaciones
ó rendida con sus nervios, no se inquieta de nosotros.

Unas veces, pues, estamos en el _hall_ hojeando revistas, y de pronto
subimos al sol de la azotea, pasando por mi cuarto á recoger unos
gemelos para mirar panorámicamente la ciudad; es la hermana, sola
conmigo, que entra en mi aposento sin vacilaciones, sin malicias, sin
necesidad de ninguna invitación.--¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Por
qué, teniendo ella más pureza y más espíritu, un equívoco pudor habría
de contenerla en la puerta con menos dignidad que á la doncella que me
lleva incluso al lecho el desayuno?--Otras veces descansamos en las
galerías del segundo piso, al pie del comedor, esperando para la mesa á
Leopolda, ó después de la cena tomamos el té en las mismas galerías
oyendo al gran violonchelista que figura en el sexteto y viendo la
exposición de lujos que forman al fin las damas al desfilar hacia la
ópera; los ascensores no cesan de bajar y subir; las que cruzan no dejan
de mirar á esta bellísima amiga mía que, aunque ya no luce las trenzas á
la espalda, se peina de un modo juvenil, y que gusta más de la
conversación conmigo que no de los teatros; y como á la media hora la
deserción alrededor nuestro es completa y han ido apagando muchas luces,
y Leopolda se ha retirado á algún quehacer de sus estancias, Rocío y yo
quedamos en la semiobscuridad y el abandono, y muchos ratos, oyéndola
decir cosas de ensueño ó escuchándola leer cualquier libro en el
estrecho confidente, reclino la cabeza en su hombro confiado á mis
dolores con ternura igual que el de aquella Elena hermana cuyas cartas
leemos juntos según vienen de Madrid.

No sé de nada tan dulce ni tan noble como el hombro de Rocío, como la
seda y el perfume y la tibia vida de esta niña, como la divina confianza
de esta criatura-arcángel que nos convierte en dos inocentísimos
chiquillos, á pesar ó por lo mismo que no desconoce ella mi pasado de
barbarie y que no olvida la memoria de mi pecho y de mis brazos los
encantos sentidos en la espléndida mujer el día que hubieron de
recogerla desmayada.

Olvido esos encantos, ó los exalto sin olvido en la misma castidad, y
juego con la mano que ella á veces me abandona; y como la mano de flor
es acariciada á un tiempo por mis manos y mis ojos, en el marfil blando
de los dedos descubro muchas noches sombras de tinta, que no desaparecen
bien á pesar de todos los cuidados, y que creeríanse la impregnación de
quien asiduamente coge la pluma con más absorta atención á escribir que
á no mancharse. Una mañana, en efecto, al entrar en el salón que separa
frente á frente las alcobas de ella y de su madre, la he sorprendido
escribiendo..., escribiendo grandes pliegos que se apresuró á ocultar en
la carpeta. Cierto estoy de que no cesa en tarea tal todas las mañanas.
Ocupación que me la roba algunas horas. Comentarios á sus libros, tal
vez...; aunque al interrogarla me ha dicho que son cartas y notas de
asuntos que lleva ella por ahorrarle á la pobre madre la molestia... Sí,
sí, bastante también podría explicar la indolencia de Leopolda su triste
enfermedad, que casi la incapacita. Más que la cariñosa directora de
Rocío, dijérase la dirigida por la niña afortunadamente tan sensata. Así
comprendo que en la última noche del buque fuera Rocío quien decidió si
aceptaban ó no las ofertas del P. Ranelahg.

Éste ha venido á reiterarlas su interés en dos ocasiones--un noble
interés nacido, acaso, hacia la niña indefensa, sobre la misma
comprensión de las bondadosas inutilidades de la madre; y desde la
segunda, porque almorzó aquí, y yo, naturalmente, no tuve por qué
desertar de la mesa, no ha vuelto.

¿Sospechó quizá, anticipándose á la realidad, que yo sea el novio de
Rocío, y que en mi lealtad también haya encontrado el ángel la
protección que haga innecesarias las demás?

¡Oh, cierro, cierro los ojos del alma y de la cara cuando pienso ésto
sobre el hombro de la confiada hermana noble, y háceme temblar el alma y
el corazón y todo el ser la idea de la responsabilidad que acaso he ido
acumulando sobre mí con tanta, insensatez, con tal encadenamiento de
insensibles ligerezas!

Porque es cierto que yo no soy el novio de Rocío ni á nada aun con ella
me he comprometido de un modo expreso...; ¿pero dónde encontrar más
abominable traición que la de mis torpezas con el ángel cuya fe para
entregarme su alma toda entera no ha necesitado convenios ni promesas de
palabras?




II


Confírmase mi antigua apreciación: lo singular de Rocío es la
sensibilidad que hácela vibrar á todas las emociones. De horror se
desmayó en el barco cuando el negro se arrojó al mar, de fe llora
arrodillada ante la Virgen y conmovidísima la he visto por un suceso
lejano que sólo en su corazón de santa podía repercutir de tal modo.

Esperando que vuelva de la misa suelo desayunarme en el _bar_, al sol de
las cristalerías de la azotea, y una mañana se me apareció loca de gozo
para mostrarme un periódico cuyos grandes epígrafes decían:

   JACOBO WANSCKA HA MUERTO.--SUS ÚLTIMAS DECLARACIONES.--INOCENCIA
                    Y ABSOLUCIÓN DE LA MONTSALVATO.

Era la honda impresión de la compasiva que había seguido paso á paso la
tragedia y que inesperadamente se encontraba con un redentor final
folletinesco. Tomado también de compasión, leí los cablegramas--á la vez
que ella volvía á leerlos inclinándose á mi hombro.

Jacobo Wanscka, por una caridad del infortunio menos cruel que la de los
ilustres doctores que querían reservárselo á la horca, ha muerto de la
enfermedad que le aquejaba. Sus arrepentimientos de la agonía, en
solemnes declaraciones al confesor y á los jueces, dejan establecido que
en el asesinato del conde no tuvo la esposa ninguna intervención.

Rica la Montsalvato, esclava de él gracias al adulterio á que la empujó
la desdicha conyugal, y tan noble, sin embargo, que le hubiese odiado al
sospecharle siquiera designios criminales, el amante, para casarse con
la presunta viuda y disfrutar de su caudal, concibió y efectuó el crimen
sin que ella se enterase hasta que el ruido siniestro la atrajo de un
contiguo dormitorio. Seguían pormenores terribles de cómo la infeliz
incluso ignoraba que él hubiese permanecido oculto en el palacio después
de la velada, durante la cual envenenó á su víctima; de cómo,
desconfiando del veneno, el miserable le confió á sus manos el término
del drama repugnante, y de la espantosa escena de amenazas con que al
ser por la aterrada sorprendido la forzó al encubrimiento... Apresuré
estos pasajes, porque sentía á Rocío llorar detrás de mí; salté apenas
al que notificaba que el tribunal de Roma ha cerrado el proceso
proclamando inocente á la condesa, salvo en su mínima culpa de
encubridora por horror, de la que asimismo será absuelta bajo la piedad
del mundo así que ella no tarde en presentarse..., y soltando el
periódico me volví á la que lloraba.

--¡Siempre me resistí á creerla criminal!--sollozó, explicándome
concentradamente su emoción--. Si ella era ya rica, ¿por qué matarle?
Además, hay groserías de la maldad tan increíbles en una mujer fina y
educada...

La exactitud de este juicio me admiró. No sólo por él sentí más el gozo
de ver redimida á la dama delicadísimamente bella que he visto en los
retratos, sino que borró la acusación de absurda que al contemplarlos le
había lanzado á la Naturaleza, capaz de tal monstruosidad inarmónica
entra las líneas nobles de una cara y las líneas nobles de un espíritu.

Por transmitirme su contento no fué á la iglesia esa mañana el ángel en
quien tan bien se acuerdan los bellos trazos del espíritu y los bellos
trazos de la faz..., el ángel que todo me lo deja ver dentro de su
diáfana conciencia.

Sin embargo, generosa de lo grande y de lo exquisitamente impersonal
mejor que de lo que ella pensará que constituyen las vulgaridades
cotidianas, nunca me confidencia, nada de sus proyectos, de sus asuntos,
de su plan de porvenir; y hay en particular una ocupación, entre las que
la enferma madre la deja, la de escribir (tan absorbente ahora que la
hace madrugar y asimismo olvidarse muchas mañanas de la misa), que á mí
me esquiva en el misterio. ¿Qué escribe?... Notas, ó cuentas, ó cartas.
Debo aceptar su reserva como otra sutil delicadeza de la que no quiere
mezclar á nuestra idealidad los prosaísmos, y, no obstante, igual que un
robo de su alma me duele en ocasiones. Tanto más, cuanto que al fin el
nombre temido y ansiado fija nuestra situación: es _mi novia_.

Como por el azar de una conversación, y sin expresos convenios, llegamos
á ser los grandes amigos que se lo comunican todo, desde lo nimio hasta
lo enorme, un nuevo é insignificante azar ha hecho que quedemos novios
proclamados sin necesidad de declaraciones por mi parte. Creyérase que
nos impulsa el Destino antes que nuestra propia voluntad.

Un azar. Nada. O algo que flotase en el aire envolviéndonos, y que á la
simple acción de presencias extrañas cuajó sobre nosotros. Acaeció...
que al mes de llegar no había visitado á ninguna de las personas para
quienes traía presentaciones. Las hubiera roto, feliz de encontrarme con
Rocío anónimo y aislado en Buenos Aires, y receloso de que el trato con
cualquier compatriota que conociese mi estado descubriéraselo á ella.
Pero una de las cartas, de la mujer de mi hermano á unos parientes
suyos, argentinos, me inquietaba, especialmente--porque también aparte y
con cariñosísimo interés habíales anunciado mi visita. Imposible
demorarla. No era de temer que supiesen si soy ó no casado, y fuí.
Amables los señores de Rialta, acogiéronme en familia desde luego,
obligándome á almorzar. Dos días después Rocío y yo, ella con una mano
dulcemente abandonada entre las mías, frente á un ascensor, y en espera
de la cena, charlábamos en un diván de la desierta galería de nuestro
piso; así nos sorprendió el ascensor, dando paso á los señores de
Rialta..., los padres, las tres elegantes hijas..., que venían á
visitarme. ¡Ah! ¿Cómo por un simple título de amigos explicar la
confianza en que me hallaban con Rocío? ¿Cómo corregir la ingrata
impresión causada en quienes creeríanla alguna aventurera de hotel?...
Me rehice; adelanté hacia ellos, les saludé y les presenté:

--La señorita Rocío Hoffmeyer..., mi novia, mi prometida ya, puesto que
será mi mujer dentro de poco.

Halláronla en seguida tan gentil las señoritas de Rialta, que,
celebrando su juventud y su belleza, la rodearon en lluvia de
atenciones. No tardó en llegar Leopolda--avisada personalmente por
Rocío, sin duda para prevenirla. Cenamos todos juntos, y admiré una vez
más los bellos dominios de la hija sobre la pasividad de la pobre madre,
cuyas extrañezas al oír que los dos nos tuteábamos nos hubieran puesto
con los invitados en conflicto. Terminada la cena, los Rialta se
obstinaron en llevarnos al teatro--y al salir, no pudimos eludir tampoco
su invitación de almuerzo al día siguiente. Amables, sí; muy amables.
Parecía que nos conociésemos de largos años.

--¡Adiós, hasta mañana!--me despedí aquella noche de Rocío, detenida un
segundo á la puerta de su cuarto, y confirmándola á solas lo que de los
dos había querido hacer la casualidad delante de las gentes--. ¡Adiós,
Rocío..., mi novia, mi prometida, pronto mi mujer..., tú!!

Con no sé qué congoja, alargándome ambas manos, me ofrecía en los ojos
el alma. Recogí sus manos, recogí su alma, y, ávido de su vida entera,
la estreché toda contra mí y besé sus ojos con el primer beso de pasión
de tantos besos como en tantas noches habían besado las purezas de su
frente.

Desde entonces ha dejado de ser la niña para ser plenamente la mujer. La
transfiguración viene efectuándose veloz, aunque insensible--según todo
en ella se realiza.

No me he dado cuenta de qué modisto la haya podido surtir, ni del
momento en que haya abandonado sus trajes de jovencilla, y el hecho es
que me parece (siempre la más bella) tan _vestida de largo_, además, y
tan alta y buena moza como cualquiera de estas arrogantes argentinas del
Majestic.

No he advertido cuál instante fué el primero en que correspondiesen sus
labios á los besos de mi boca, y ahora nuestras bocas se unen fugazmente
cada noche en despedidas donde sabe glorificar el ángel las lumbres del
amor.

No podría decir cuál minuto marcó el tránsito á la jovialidad expansiva
en la pensativa melancólica del buque, y es lo evidente que conmigo está
sin desagrado en las reuniones á que frecuentemente nos invitan.

Un cambio exterior que no afecta á la intensa sentimental que es á mi
lado. ¿Se debe á que su madre mejora desde hace algunos días, ó á la
confianza con que al fin se ve frente á la vida junto á mí?... A ambas
cosas, de seguro; y sobre sus alegrías... la duda de la posibilidad de
mi divorcio me apuñala el corazón y háceme diferir siempre como un
peligro afrentosísimo mi visita al abogado.

Cierro los ojos, cierro los ojos é insensatamente me abandono á la
delicia triste del ensueño, que acaso no me guarda más que un ridículo y
terrible despertar.

Los Rialta poseen en la Recoleta un magnífico hotel. Allí vamos tratando
á muchas gentes distinguidas: diplomáticos, banqueros, hombres de
negocios; es decir, vamos tratando á sus esposas y á sus hijas--ya que á
ellos, tomados por la argentina actividad que les obliga á pasar las
tardes en las oficinas y en las Bolsas y las noches en el Jockey Club
cambiando mercantiles impresiones, apenas suele vérseles. Sólo á fin de
recoger á las damas con sus automóviles aparecen á última hora en los
teatros; y cuando la solemnidad de alguna recepción los fuerza á
acompañarlas y á cambiar por la levita el habitual descuido de sus
trajes, como en un té donde la otra tarde cantaron la Barrientos y
Caruso, las miran con iguales indulgencias que á niñas candorosas
vestidas siempre de elegantísimas muñecas.

Y sí, niñas candorosas, grandes niñas candorosas, formado el corazón por
el fondo de las rancias virtudes castellanas y el alma abierta á todo lo
moderno, á todo lo mundial, esta contradicción las torna
encantadoramente incongruentes. Viven á la inglesa desde el punto de
vista del _confort_ de sus hogares, sienten en español, menos curiosas
por visitar á España que á Francia y Alemania é Inglaterra, y en francés
gustan al menor motivo de expresarse. Juegan al _tennis_ ó patinan, sin
que las importe lucir las piernas en las cortas faldas, y las mataría el
rubor si un descuido en visita se las alzase encima del tobillo.
Ofenderíalas un señor recién presentado que al día siguiente las
detuviese á saludarlas solas en la calle, y en el salón no tienen el
menor reparo en departir con él acerca del _Moulin Rouge_ y de las
célebres cocotas de París ó de cualquier tema escabroso puesto en boga
desde Europa por libros ó revistas.

Porque, sobre todo, gustan de las conversaciones evocadoras de sus
viajes y de la disquisición culta, de la polémica. Jactándose de la
ultranueva agilidad de su espíritu, libre de los seculares prejuicios
que en el viejo mundo le amodorran, frente á las extranjeras que las
tratan, en este cosmopolitismo bonaerense, muéstranse á menudo
orgullosas de la espléndida democracia de un país como el suyo, donde no
hay que rendir vasallajes á reyes ni señores. Sin embargo, no pueden
olvidar los ilustres apellidos españoles que muchas llevan, y así como
la señora de Rialta me presenta siempre consignando su parentesco con el
conde de Torre-Alba, mi hermano, ella y todas, picadas de
aristocratismo, conocen mejor que yo, sin duda por los retratos de las
ilustraciones y por las noticias de los revisteros de Madrid, á los
descendientes de nuestros históricos duques y marqueses y á los miembros
de nuestra dilatada familia real.

En este ambiente de ingenuidad, doblado de rígidas etiquetas, ha caído
Rocío como un encanto. Su dominio de varios idiomas confírmala desde
luego las simpatías que despiertan su belleza y su bondad. Es admirable
la perspicacia que sabe suplirla con una improvisada mundanidad sus
infantilismos de inexperta colegiala. Más que una niña educada entre
monjas creeríasela una señorita habituada á los refinamientos de un
salón. Ninguna acierta á elegir su adorno para cada oportunidad de
excursión ó de cena ó de teatro mejor que ella; ninguna se conduce con
más gentil desenvoltura de sonrisas y ademanes, y cual ninguna sabe
mantenerse en una equilibrada discreción durante las no siempre
sencillas discusiones que arman las demás.

Desde el tema tenaz de la Montsalvato, por ejemplo, absuelta como
criminal, aunque para estas damas severísimas abominada como adúltera
(sin que la disculpen las maldades del marido, que ahora en reacción de
sinceraciones y en honor á ella detalla la Prensa diariamente), en
términos generales se ha pasado esta noche al del porvenir de la mujer.
Un viejo ex ministro sostenía que no pudiera cifrarse sino en la
reconstitución del hogar, cada vez más destrozado por perniciosas modas
y costumbres, y único semillero de purezas femeninas y de madres capaces
de darle al orden social ciudadanos excelentes. Un joven diplomático,
opinando que el curso de los tiempos les impondrá á las mujeres la
competencia con los hombres en todas las ramas del trabajo y del saber,
concedíale, en cambio, más interés al ideal de verlas libertadas, como
el hombre mismo, que no al de que continúen siendo sus esclavas
virtuosas. Varias señoras han tomado el partido del ex ministro, á pesar
de que alguna, junto á mí, me desliza que en su juventud dieron no poco
que hablar sus hazañas donjuanescas; más como otras, y entre ellas una
culta conferenciante del Consejo Nacional de Educación y una distinguida
señorita concurrente á la Escuela de Estudios Psicológicos, apoyan al
joven, la controversia sobreviene en una greguería adorable cuyo mismo
desorden la encierra pronto en dos extremos inflexibles: el de las que,
sin negar la masculina tiranía, juzgan precisamente exaltado frente á
ella el sacrificio de pudor y virtud de las mujeres, por lo cual nada
deberá cambiarse, y el de las que al sostener la igualdad del hombre y
la mujer defiendan que, ó ellos tendrán que confinarse en los hogares
con los mismos guardianes de virtud que les imponen á sus esposas y á
sus hijas, ó éstas deberán imitarles su absoluta libertad. Recabada mi
opinión, abstiéneme el temor de no saber acoplarla de conciso modo entre
tanta divergencia; solicitada Rocío más insistentemente, halla la
humilde fórmula que á todos satisface: «No cree que esté la solución en
que uno ú otro sexo se inviten á sus falsas posiciones actuales, sino en
un término medio por el cual los hombres cediesen tanto de su despótica
libertad como saliesen las mujeres de su cárcel de prejuicios, hasta
encontrarse dignamente.»

¡Oh! Aun conociendo su talento, la vaga profundidad de tal respuesta
lánzame al nuevo asombro de la gloria de su alma, tan consciente de ella
propia que por nada titubea. Rato después, camino del Majestic, forzado
el taxi que nos conduce á rodar despacio entre la aglomeración de otros
vehículos frente al teatro Royal, ofrécesenos un cuadro que explica la
confinación á que los graves señores argentinos, y los de todas partes,
obligan, con más ó menos éxito de resignación, á sus esposas. No todo en
ellos resulta abnegaciones de trabajo ni indulgencias desdeñosas á las
muñecas bien vestidas, puesto que otras muñecas bien vestidas, no con
tanta honestidad, lindas y congregadas en el Royal como en un mercado de
placeres, van siendo esperadas á la puerta por los mismos autos que
otras noches recogen en Colón honradamente á las honradas... Son las
austriacas, las italianas, las francesas; el doloroso cargamento de
lujuria y juventud que el viejo mundo le envía al nuevo para saciar el
vicio de sus hombres.

Comprende Rocío la significación del espectáculo. Sintiendo la pena del
mercado infame que subsiste en nuestro siglo de cultura, tal que en la
Alejandría de la barbarie, y recordando á las Eyllin y Placer del buque,
á los rebaños de europeas que venían también junto á las monjas,
volvemos los dos á evocar lo que yo la dije un día sobre la excisión
impuesta á la vida torpemente: ó lo espiritual, en la clausura de
renunciaciones de las monjas y en la dorada jaula de resignaciones de
las damas, ó lo tan cruel y tan bestial que estamos contemplando.

El auto nos aleja. Con queda voz le resumo á Rocío, sentada al lado mío,
enfrente de su madre:

--Todo esto no es sino una forma de la incomprensión á que aludí cuando
hube de referirte la mía de otra índole con Laura; y de todo esto hoy
tan desacorde, el instinto bruto de los hombres, la pureza de las damas,
el misticismo de las monjas y hasta el libre sonreír de las rameras...,
fundido alguna vez, por no sé cuál milagro, surgirá definitivo el
porvenir que preveías en tu respuesta.

Llegamos. Entramos en el hotel. Subimos.

Como siempre, retrásase Rocío en la puerta de su cuarto brindándome el
beso de despedida habitual; pero mi beso en plena boca, y en la vasta
sensación de nuestras vidas intensas y diferentes á la vez que parecidas
á todas las demás, es tan hondo, es tan largo, fundiendo desde mis
labios á sus labios todos los misticismos y purezas y sensualidades de
las vidas de los dos, incendiando desde el fondo de mi ser el exaltado
afán que en esta noche me invade por saber si la prodigiosa conciencia
de Rocío es en verdad tan firme que por nada titubee..., que ella tiene
que cortarlo, reclinándose al muro mareada de delicia. Retenida su mano
en mi mano, contemplo las gallardas líneas que recorren su estatua hasta
los pies.

--¡Qué bella eres! ¡Toda!

Sigo contemplándola, sigo envolviéndola en lo que es otro inmenso beso
de mis ojos, nuevo para la casta novia del novio singular que nunca la
habló ni la besó sino como hermano, y sobre el rojo anhelo de sus labios
sus ojos bajos me esquivan el rubor de su sorpresa.

--¡Qué bella eres toda, toda tú! Una mañana de aquellas de nuestro
amanecer de almas en el mar sentí en tu camarote los grifos de tu baño,
y cuando saliste estuve para haberte dicho que habría sabido contemplar
tu desnudez con idénticas purezas que á tu alma. Así, bajo estas sedas,
te estoy ahora imaginando desnuda, purísima y perfecta.

Se estremece. Aumentan la confusión y las lumbres de su faz. Mas no
cedo, no quiero ceder, y la reprocho:

--¿Te inquieto? ¡No osas levantar tus ojos á los míos! ¡Ah! Mira, no dí
en casa de Rialta mi opinión de la mujer, de la religión de amores que
guarda el porvenir y que ya en nosotros se presiente, porque no habría
acertado á formularla con las grandes sencilleces de la tuya; la misma,
sin embargo: la de la pagana cristiana sin sonrojos de su alma ni su
carne, hechas por Dios, y sin ese pudor, por consecuencia, que á solas
conmigo te impide confirmar que sea él una de las cadenas de prejuicios
de que hablabas hace poco. ¿Te engañabas antes, al decírselo á las
otras?

--¡No!--expresa, comprendiendo al fin la intención de mis audacias y
entregándome en la firmeza de la voz y de los ojos la brava seguridad de
su conciencia.

--¿Qué significa, pues?

--Si lo prefieres, y para ti, para nosotros--sonríe, torturada en
humildad--, llámalo «emoción», sencillamente.

Estremecido yo ahora de grandezas, quedamos mirándonos, fijos, serenos,
con una serenidad trémula de majestades de la Vida.

--¿Crees en mí?

--¡Como en Dios!

--¿Por encima de toda clase de desconfianzas, por encima de toda clase
de temores?

--Sí.

--¡Aunque hubiera de causarte algún mal!

--Aunque hubieras de causármelo; pensaría que tu nobleza me lo causase á
pesar tuyo.

--¡Ah! ¿De modo que crees en mí incluso por encima de pudores, por
encima de prejuicios?

--Incluso por encima de pudores; incluso por encima de prejuicios.

La acoso--por ver su serenidad cuánto resiste:

--Entonces, ¡ah Rocío!..., ¿si quisiera mi antojo verte desnuda alguna
vez?

No vacila. Unicamente al contestar vuelve á bajar los ojos.

--Me verías.

--¿Y si en la alucinación de tu beldad--apuro yo hasta lo cruel--ansiase
mi pasión tenerte toda entera?

Se acoge toda roja al refugio de mi hombro y responde en un suspiro de
su mismo corazón:

--Me tendrías.

Lo ha dicho con sublime sencillez la purísima, la virgen. Humilde y
confiada, su frente háceme en el hombro sentir la de una diosa. Reposa
su dignidad en mi dignidad. Ambos callamos.

Es mía y es mi preciadísimo tesoro. Es alma, clara alma de cristal desde
la frente á los pies; un alma que en su abandono pasa dulce sobre mí el
inmortal peso de la Vida, y con la eucarística unción que á una divina
alma que se podría romper, beso su frente; besa ella, santa, mi mano, y
así nos despiden en esta noche los dos besos más castos que hayan podido
cambiar jamás nuestras noblezas.




III


El coche. Bella perspectiva de todo un día en nosotros mismos.
Almorzaremos en el Tigre. Sube Leopolda.

--¿Lloverá?--inquiétase, al subir, Rocío.

--No--afirmo, conminando á las sueltas nubes con el imperio de mi dicha.

Y el portero preséntame una carta cuyo membrete me indica que es, al
fin, del letrado á quien anteayer tarde consulté.

Entro en el portal para ocultar mi emoción, y abro la carta. «Tiene el
placer» de manifestarme que puedo recoger el informe cuando quiera. Un
frío de agujas me recorre; sin embargo, este «tengo el placer» parece
desvelar un poco el misterio en el sentido de lo no horrible. ¡Oh! Iría
mañana; pero, incapaz de soportar la duda que hoy turbase mi alegría,
les ruego á Rocío y Leopolda que me esperen en el Tigre. Va á retenerme
una hora la urgencia de un asunto.

Parten.

Tomo otro coche.

Veinte minutos después el letrado me recibe amabilísimo y me anticipa
sonriendo:

--Mal; largo. Mas no absolutamente imposible el divorcio, á la mira de
otro matrimonio, según le anticipé. Habría que realizarlo en Francia,
con previa nacionalización, y no sé si pudiendo prescindir de la
voluntad y la comparecencia de ambos cónyuges.

No advierte mi palidez, y pónese á leerme el informe:

«Código argentino. Capítulo VII. Apartado 198: El divorcio que este
Código autoriza consiste únicamente en la separación personal de los
esposos, sin que sea disuelto el vínculo matrimonial.

»164: Es válido en la república, y produce efectos civiles, el
matrimonio celebrado en país extranjero que no produzca allí efectos
civiles, si lo ha sido según las leyes de la Iglesia católica.

»159: La validez del matrimonio, no habiendo poligamia ó incesto, es
regida por la ley del país en que se ha celebrado, aunque los
contrayentes lo abandonen por no sujetarse á...»

No le atiendo.

Es el mismo efecto que si este hombre me hubiese arrojado contra un
muro. Contra el muro imbécil de la ley ó contra el muro de mi inmensa
estupidez. El lee, lee; yo vuelvo á atenderle cuando, á modo de
salvación, invoca la ley francesa:

--«La mujer casada tiene la nacionalidad del marido, aunque se halle
ausente.» Siendo así, bastaría que el interesado se nacionalizase en
Francia, sin la imprescindibilidad de llevar consigo á su mujer. Única
favorable contingencia que nos resta--y termina alargándome con el
informe la nota de honorarios--: doscientos pesos.

Pago.

       *       *       *       *       *

Desde el despacho de ese hombre me encuentro de nuevo en la calle como
si me hubiese arrojado por el balcón al mar de mi infinita estupidez.

Las gentes pasan. Yo floto, vacío y perdido, sarcasmo de mí propio.

El muro de la ley y de mi infinita estupidez contra el cual me habría
estrellado el amable sonreír de ese hombre de la ley, y el mar de mi
infinita estupidez al cual habría caído un harapo lamentable. Más allá
de estas casas, que existen ó no existen, no existe ya Buenos Aires, ni
el Tigre..., ni ella..., todo borrado en mi sandez que se dilata á la
amplitud del universo.

¡Rocío!

Un cerco de hierro en la frente, un temblor de hielo en las entrañas, y
en mi desolación un solo convencimiento rotundo y frío: el de que acabo
de perderla..., el de que no deberá, en mi miseria, verme más..., el de
que para siempre me alejo de ella en el oleaje de la vida como el negro
aquél á quien vimos alejarse en el oleaje de las aguas...

Y lo que más le sorprende á mi corazón es que haya podido sorprenderse
ante una realidad de destrozo tan temida durante toda mi lenta obra de
soberano mentecato.

       *       *       *       *       *

Cruzo, cruzo calles...; necio inmenso que huye avergonzado sin saber de
qué manera y dónde y hasta de él mismo esconderá su necedad.

A ratos, me paro. Me miran las gentes creyéndome borracho, quizá. Medito
correr al Majestic (antes que regresen á él Rocío y Leopolda) á tomar
rateramente mi equipaje que me permita escapar de Buenos Aires en un
tren, en un buque; pero me vuelve la impresión del guiñapo ó del
náufrago que no necesitan para nada meditaciones ni equipajes..., y
sigo--acabando á mi vez por hallar imbécilmente divertidas á las gentes
y á las cosas.

--¡Eeeh!--grítanme de pronto.

Un tranvía; por un centímetro y un segundo no me aplasta. Sonrío;
recuerdo que yo he pisado algún sapo alguna vez, y en el vacío de mi
pensar queda un pensamiento: el hombre es una cosa blanda y destripable
como un sapo.

       *       *       *       *       *

A las doce, sin saber cómo, encuéntrome en el puerto. Y sí, sí, desde el
punto de vista del guiñapo he acabado por hallarlo todo
inexplicablemente divertido. Para transportar carbón los carros llevan
los caballos con plumas y platas y escudos, como caballos guerreros.
Leo: «Dársena Norte». Fondeado un buque: el «Mafalda»; salen señores y
damas del pasaje, muy dichosos. Ignoran que la dicha no es cuestión sino
de un centímetro y un segundo. Yo asimismo desembarcaba tan contento una
mañana. Yo asimismo creía hace dos horas mandar en la tierra y en los
cielos.

Pero un carro está ahora á punto de aplastarme, y recójome á la acera.

Hay que ir por donde se pueda ir muriendo sin peligro.

Cruzan marineros. Les oigo hablar, el italiano, el francés, el alemán, y
miro las tabernas y las tiendas de cuchillos donde ellos los comprarán
para partirse la barriga. Vuelvo á leer. Políglotas letreros: «Bubet»,
«Trattoria della Alta Italia», «La Giovane Somellina». Portalones de
antros cruzados de vigas y tinieblas. Un borracho que con su mujer come
salchicha, le larga á un hijito suyo un puñetazo que le tira contra el
suelo.

Y yo sonrío. Radicalmente estoy curado de piedad. ¿Qué me importa? ¿Qué
más le importa al sol que ese niño goce ó sufra, y que el padre, porque
puede, le suelte un puñetazo?

Aléjome hacia la confusión de los muelles y por mucho tiempo me
entretengo en mirar cómo entre dos diques alzan un puente para que pase
un vapor. ¡Qué estupidez, tantos vapores! Mil, diez mil, cien mil.
Cargaderos de trigo, galpones. Barricas de sebo. Bueyes. Negra multitud
de hombres que se afanan. ¡Qué estupidez! Al fondo, el Plata...; sucio,
como la vida.

Sigo, sigo, otro siglo ú otra hora.

Estoy ya fuera del tumulto. Aquí no hay más que lanchones de patatas;
llueve, por último, y me ampara el cobertizo de un figón. Me ladra un
perro y asusto á las palomas. Una moza que suda, pregúntame si quiero
almorzar: tiene jamón, vino. Perfectamente. Como, bebo, le echo la mitad
del jamón al perro y migajas de pan á las palomas. Son muchas; bajan y
vuelven al tejado. Vuela con ellas un pájaro negro con cresta roja, cuyo
nombre desconozco. El tampoco lo sabrá--y de seguro las palomas ignoran
que se llaman las palomas.

Las veo arrullarse y amarse libremente.

¿Qué dirían si las contase mis tristezas?... «Me veis morirme porque en
la bandada humana amé á una paloma que me huyó, y ya la bandada no me
dejará jamás amar á la que amo...»

Es decir--rectifico, volviéndome á mí mismo--: si por haberme unido á
una mujer la ley de la bandada no me deja unirme noblemente á otra
mujer, me grita, en cambio: «¡Imbécil! ¡Ahí tienes la falsedad para
engañarla, ó ahí tienes la prostitución en que legal y variadamente te
brindo mil mujeres!»

La honorable sociedad. Yo también de piedades y ternuras disfrazaba mi
vileza.

¡Oh Rocío! ¡Me esperas; hoy debiera haber sido un día más de los de mi
bella farsa en tu delicia..., y por primera vez tardo en volver á ti,
sin que sospeches que sea ésta mi tardanza de lo eterno... la fuga
vergonzosa del cobarde que te ha envuelto en el ridículo..., del
grotesco ladrón que, de tan necio, no ha acertado ni á robarte la
inocencia!...

       *       *       *       *       *

Y sin embargo, á las cinco me acerca al Tigre un automóvil. He releído
el informe y ha renacido mi esperanza; quizá tenía razón el hombre de la
ley: á Francia, Rocío y yo; la espera; el divorcio... con la voluntad ó
sin la voluntad de mi mujer. ¿Le aceptará la noble tantas dilaciones más
á la farsa descubierta?... Por lo pronto he visto también que puedo
darme tiempo á tranquilas reflexiones ocultándola esta tarde mis
angustias.

Tales son mis dudas de puñal y mi propósito cuando llego al Tigre Hotel;
cuando ella me recibe blanca, toda ángel..., advirtiéndome la trémula
zozobra, lo mismo que su madre, á pesar de mis esfuerzos placenteros.

Sin mí tuvieron que almorzar. No sé desentenderme de las preguntas
acerca de mi huída y mi retraso con un pretexto baladí, y... miento
malas noticias de España:

--Enferma Elena.

--¿Tu hermana?

--Grave--acentúo, mirando á Rocío, que no puede adivinar á qué hermana
se refiere la verdad de mi mentira.

Y como en la mentira se me brinda la oportunidad de dejarle tendido un
jalón á la inminencia de horror que desconozco, añado:

--Estuve cablegrafiando. No vendrá hasta mañana la respuesta. Acaso
mañana mismo deba irme á Madrid.

Cúbrela súbitamente el rostro un velo de pena en que no entra la menor
desconfianza. A su piadoso deseo de tornar á Buenos Aires, opone mi
tristeza el de distraernos paseando por el río. Dócil siempre, bajamos á
una lancha. Inútilmente Leopolda nos arguye que va á llover y que
anochece... Abro el motor, y como una flecha la pequeña nave se aleja de
Leopolda--cuyo miedo al agua la hace preferir l

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