Gutenberg · eo1.org

← catalogue

Noli me tángere

by José Rizal · Spanish · Gutenberg #47584 · 850,127 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Noli me tángere
    
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: Noli me tángere

Author: José Rizal

Annotator: Ramón Sempau


        
Release date: December 7, 2014 [eBook #47584]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/47584

Credits: Produced by Jeroen Hellingman and the Online Distributed
        Proofreading Team at http://www.pgdp.net/ for Project
        Gutenberg.


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NOLI ME TÁNGERE ***

                               JOSÉ RIZAL

                            NOLI ME TÁNGERE
                             NOVELA TAGALA

                Edición completa con notas de R. SEMPAU


                        Qué, ¿no podría César presentarse
                          En vuestras tablas y un heroico Aquiles,
                          Un Orestes ó Andrómaca mostrarse?

                        ¡Quia! Si no vemos más que concejiles
                          Personas, curas, frailes, secretarios,
                          Mercaderes, soldados, alguaciles.

                        Dime: ¿qué pueden tales perdularios
                          Pensar ó hacer? ¡Para esos hombres viles
                          Sólo ocurren sucesos ordinarios!

                                     Schiller: La sombra de Shakespeare.


                               BARCELONA

              Casa Editorial Maucci.--Mallorca, 226 y 228

                   Buenos Ayres      México
                   Maucci Hermanos   Maucci Hermanos
                   Cuyo, 1070        1.a del Relox, 1

                                  1902






JOSÉ RIZAL Y MERCADO


Nació en Calamba é hizo sus primeros estudios en Manila, donde publicó
sus poesías juveniles. Tenía sólo trece años cuando dió al teatro un
melodrama en verso que llevaba por título: Junto al Pásig, y después
de esta producción, favorablemente acogida por el público y la prensa,
escribió una oda A la Juventud filipina y una loa denominada El Consejo
de los Dioses, dedicada á conmemorar el centenario de Cervantes.

Discípulo de los jesuítas, recibió de éstos educación esmerada, con
que se acrecentó su natural ingenio. En 1882, siendo aún muy joven,
pasó á España y cursó la carrera de médico y la de Filosofía y Letras.

Poco después, visitó las principales poblaciones de Europa y se
entregó con ardor al estudio de la filología. Conocedor de algunas
lenguas clásicas, quiso aprender los principales idiomas europeos,
y merced á su aplicación, su claro entendimiento y sus viajes, salió
airoso de su intento. Poseyó, además del tagalo, su lengua materna,
el español y el ilocano, aunque este último no le fué nunca familiar
como el primero.

No conoció la pereza. En las horas que su profesión de médico le
dejaba libres, pintaba y esculpía. Su habilidad de escultor era muy
notable, y, según Blumentritt, revelaba verdadera vocación de artista,
encariñado con la improductiva y hermosa labor.

Vivió sucesivamente en París, Bruselas, Berlín, Londres, Gante y
las principales ciudades del Rhin, flores abiertas al lado de las
fecundas aguas. También se detuvo en Italia y cruzó los lagos de
Suiza, que parecen reflejar en sus ondas la alegría y la pureza del
cielo del Mediodía.

En 1890, después de su viaje al Japón, volvió á Madrid y con
Marcelo del Pilar y otros filipinos publicó La Solidaridad, periódico
consagrado á la defensa de los intereses del Archipiélago. Su vigorosa
campaña, sólo secundada por algunos liberales, no mereció la aprobación
de los políticos en general, y, desalentado, se marchó á Bélgica,
fijando otra vez su residencia en la ciudad de Gante, donde publicó
un libro titulado El Filibusterismo.

Desde Gante envió á La Solidaridad algunos bien escritos artículos
que le acreditaban de audaz polemista y distinguido literato, y allí
corrigió las notas destinadas á la nueva edición del curioso libro
de Morga, Sucesos de las Islas Filipinas, reimpreso en París.

Pero el dulce recuerdo del país natal no le abandonaba un solo
instante: en Filipinas vivía su amada, allí tenía sus parientes y
amigos que le llamaban sin cesar, deseosos de abrazarle, y por su
desgracia partió, en el punto en que estallaba la sangrienta revuelta
de Calamba, suceso inesperado que le obligó á detenerse en Hong-Kong.

Meses después, desoyendo los consejos de sus paisanos y los
requerimientos de la prudencia, fiado en la decantada lealtad española,
nada menos que partió á Manila y fué detenido al llegar, no obstante
el salvoconducto que llevaba, refrendado por el Capitán general del
Archipiélago.

Se le envió desterrado á Dapitán (Mindanao) y se le prohibió toda
comunicación con sus partidarios, á la vez que la autoridad local
le sometía á la más escrupulosa vigilancia. Esta incomunicación no
impidió que, cuatro años más tarde, al declararse la insurrección por
él prevista, se le procesase militarmente y se le condujese á Manila.

En Septiembre de 1896 vino á Barcelona, recomendado á la benevolencia
de las autoridades militares por el general Blanco, que noblemente
quería arrancarle al poder de sus enemigos. Pero éstos, que eran los
más fuertes y se obstinaban en perderle, resueltos á lograr la muerte
del patriota filipino, pidieron nuevo Consejo de guerra y Rizal no
tuvo más remedio que volver á Manila.

El tribunal militar, en vista de los datos aportados al juicio,
desestimó las pruebas aducidas por el defensor, y no reconoció, ó no
pudo reconocer la inocencia del procesado, que desde hacía muchos
años estaba materialmente imposibilitado para conspirar ó preparar
una revuelta, y que, en sus libros ó de palabra, había demostrado el
inmenso amor que sentía por España.

El día 30 de Diciembre, al despuntar el alba, ofreció su vida á la
patria, en aquel campo de Bagumbayan donde Burgos y sus compañeros
derramaran con placer su sangre rebelde, que tan cara hemos pagado
con la sangre de nuestros soldados y el dinero de nuestros mercaderes.



Noli me tángere es un libro imperfecto, muy agradable, ingenuo,
romántico, notable por su valentía, en el que están retratados de
cuerpo entero los hombres á quienes debemos la pérdida de todas
las colonias.

Escrito para los indios que debían leerle en tagalo, ilocano y visayo,
tiene la sencillez de un relato más sentimental que artístico; y
su mérito consiste en haber sido publicado oportunamente, cuando era
necesario que al combate precediese la advertencia, inspirada en nobles
deseos y dirigida á un adversario más corajudo y más obcecado que leal.

No sabemos si la sinceridad patriótica que resplandece en la obra
de Rizal desarmará á sus detractores. En todo caso conviene advertir
que este libro no es para  leído ante un Consejo de guerra. Contiene
afirmaciones que deben ser meditadas y alusiones que no pueden ser
comprendidas por la justicia militar. Acaso el españolismo de los
españoles esté reñido con el de Rizal. Eso consiste en que los poetas
no piensan ni sienten como los demás hombres. Si Rizal no fué español
al uso, sus razones tendría para ello. ¿Acaso nosotros hemos sido
filipinos más que para devastar y ensangrentar el Archipiélago?

Geógrafos eminentes creen que la dominación española ha sido más
tolerable que un protectorado holandés ó inglés.

En efecto, somos demasiado perezosos para ser crueles, y no sacamos la
espada más que en los casos de apuro, cuando ya fuera mejor dejarla
quieta al cinto. Esta indolencia es la causa de las desgracias que
nos afligen. Hemos descuidado siempre el lado utilitario de una
conquista para aceptar tan sólo las místicas ventajas que ésta nos
ofrecía. Somos los conquistadores que, en nombre del Señor, toman
posesión de una tierra inculta y no se dignan mejorarla.

Nuestra candidez nos valdrá los elogios que, por pura fórmula,
se consignan en una Geografía. Y se dirá de nosotros que tenemos el
mejor método de colonización, el cual consiste en no colonizar, y que
podíamos haber conservado todas las posesiones con sólo prescindir
por un instante del Altísimo, ó lo que es igual, de sus frailes.

Sin contar con que, en lo concerniente á la lisonjera afirmación de
nuestra bondad, podría hacerse más de un distingo, pues no hay que
olvidar que los últimos gobernadores de las colonias se han mostrado
tan severos como Simón de Anda, sin imitarle en las cosas buenas que
supo hacer.




MI ÚLTIMO PENSAMIENTO

Poesía escrita por Rizal la víspera de su muerte.


          ¡Adiós, patria adorada, región del sol querida!
        Perla del mar de Oriente, nuestro perdido edén;
        á darte voy alegre la triste, mustia vida.
        Si fuera más brillante, más fresca, más florida,
        también por tí la diera, la diera por tu bien.

          En campos de batalla, luchando con delirio,
        otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar;
        el sitio nada importa: ciprés, laurel ó lirio,
        cadalso ó campo abierto, combate ó cruel martirio,
        lo mismo es, si la piden la patria y el hogar.

          Yo muero cuando veo que el cielo se colora
        y al fin anuncia el día tras lóbrego capuz;
        si grana necesitas para teñir tu aurora,
        vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,
        y dórela un reflejo de tu naciente luz.

          Mis sueños cuando apenas muchacho adolescente;
        mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,
        fueron el verte un día, joya del mar de Oriente,
        secos los negros ojos, alta la tersa frente,
        sin ceños, sin arrugas ni manchas de rubor.

          ¡Ensueño de mi vida, mi ardiente y vivo anhelo!
        ¡Salud! te grita el alma que pronto va á partir.
        ¡Salud!... ¡Oh! ¡que es hermoso caer por darte vuelo,
        morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
        y en tu encantada tierra la eternidad dormir!

          Si sobre mi sepulcro vieses brotar un día,
        entre la espesa hierba, sencilla, humilde flor,
        acércala á tus labios, que es flor del alma mía,
        y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fría,
        de tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.

          Deja á la luna verme con luz tranquila y suave,
        deja que el alba envíe su resplandor fugaz;
        deja gemir al viento con su murmullo grave,
        y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
        deja que el ave entone un cántico de paz.

          Deja que el sol ardiente las lluvias evapore
        y al cielo tornen puras con mi clamor en pos;
        deja que un ser amigo mi fin temprano llore;
        y en las serenas tardes, cuando por mí alguien ore,
        ora también ¡oh patria! por mi descanso á Dios.

          ¡Ora por todos cuantos murieron sin ventura;
        por cuantos padecieron tormentos sin igual,
        por nuestras pobres madres, que lloran su amargura;
        por huérfanos y viudas, por presos en tortura,
        y porque pronto veas tu redención final!

          Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio,
        y sólo restos yertos queden velando allí,
        no turbes el reposo, no turbes el misterio;
        pero si acordes oyes de cítara ó salterio,
        soy yo, querida patria, yo que te canto á tí.

          Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
        no tenga cruz, ni piedra que marquen su lugar,
        deja que la are el hombre, que la esparza la azada,
        que todas mis cenizas se vuelvan á la nada,
        y en polvo de tu alfombra se vayan á formar.

          ¡Entonces nada importa me pongas en olvido!
        Tu atmósfera, tus campos, tus valles cruzaré;
        vibrante y limpia nota seré para tu oído;
        aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
        constante repitiendo la esencia de mi fe!

          ¡Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores;
        querida Filipinas, oye el postrer adiós!
        Ahí te dejo todo: ¡mis padres, mis amores!
        ¡voy á do no hay esclavos, verdugos ni opresores,
        donde la fe no mata, donde el que reina es Dios!

          ¡Adiós, padres y hermanos, trozos del alma mía,
        amigos de la infancia en el perdido hogar!
        Dad gracias; ya descanso del fatigoso día.
        ¡Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría!
        ¡Adiós, queridos seres!... ¡Morir es descansar!


Hoy, 30 de Diciembre de 1901, hace cinco años que cayó en Manila bajo
el plomo de los soldados de España, víctima del encono de sus enemigos,
el apóstol de la libertad de Filipinas, verdadero mártir de la causa
de su patria.

Hé aquí como describe un periodista español aquel tristísimo suceso:

«Todavía se cometió otro delito más grave de lesa humanidad. Al caer
el infeliz reo, atravesado el corazón por la espalda, en medio de
aquel tenebroso cuadro formado por miles de españoles, entre los que
se destacaban elegantes mujeres, cual impúdicas damas de la bárbara
Roma en una fiesta del Coliseo, al sonar la mortífera descarga y
dar en tierra aquel endeble cuerpo sobre el paseo de la Luneta, una
exclamación general de vivas y bravos fué la única y piadosa oración
cristiana, que elevaron al cielo tantos espectadores.»

El Dr. Rizal fué asistido en la capilla por sus antiguos profesores
los P. P. Faura, Villaclara y Viza, y el misionero P. Balaguer, á quien
había conocido durante su destierro en Dapitán. A la mañana siguiente
despidióse de su septuagenaria y desconsolada madre y de su hermana,
casóse con su fiel compañera la irlandesa Josefina Brocken, escribió
á su hermano, compuso una poesía y preparóse para ir al fusilamiento.

Entre un piquete de artilleros, y asistido por los padres March y
Villaclara, salió de la fortaleza de Santiago á las siete de la mañana;
al entrar en el cuadro despidióse de su defensor con un apretón de
manos, y puesto de frente á los soldados indígenas encargados de la
ejecución, pretendió morir cara á cara, mas seguro de que habían de
herirle por la espalda, recomendó lo hicieran al corazón, y exclamando
«Consummatum est», recibió la descarga, dió media vuelta, vaciló un
poco, y cayó sobre el costado derecho en un escalón de la Luneta, y
junto á un grupo de arbustos. Un tiro de gracia le remató en seguida,
quedando ilesa su cabeza y con los ojos abiertos.


                                (De La Correspondencia, de Puerto Rico).






A MI PATRIA


Regístrase en la historia de los padecimientos humanos un cáncer de
un carácter tan maligno, que el menor contacto le irrita y despierta
en él agudísimos dolores. Pues bien, cuantas veces en medio de las
civilizaciones modernas he querido evocarte, ya para acompañarme de
tus recuerdos, ya para compararte con otros países, siempre se me
presentó tu querida imagen con un cáncer social parecido.

Deseando tu salud que es la nuestra, y buscando el mejor tratamiento,
haré contigo lo que con sus enfermos los antiguos: exponíanlos en
las gradas del templo, para que cada persona que viniese á invocar
á la Divinidad les propusiese un remedio.

Y á este fin, trataré de reproducir fielmente tu estado sin
contemplaciones; levantaré parte del velo que encubre el mal,
sacrificando á la verdad todo, hasta el mismo amor propio, pues,
como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas.


                                                        Europa 1886.

                                                            El Autor






NOLI ME TÁNGERE


I

UNA REUNIÓN


A fines de Octubre, don Santiago de los Santos, conocido popularmente
con el nombre de «Capitán Tiago», daba una cena, que, sin embargo de
haberla anunciado aquella tarde tan sólo, contra su costumbre, era ya
el tema de todas las conversaciones en Binondo, en otros arrabales y
hasta en Intramuros. Capitán Tiago pasaba entonces por el hombre más
rumboso, y sabíase que su casa, como su país, no cerraba las puertas
á nadie, como no fuese al comercio ó á toda idea nueva ó atrevida.

Como una sacudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de los
parásitos, moscas ó colados que Dios crió en su infinita bondad,
y tan cariñosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betún para
sus botas; otros, botones y corbatas, pero todos preocupados del modo
como habían de saludar más familiarmente al dueño de la casa, para
hacer creer en antiguas amistades, ó excusarse, si á mano viniese,
de no haber podido acudir más temprano.

Dábase esta cena en una casa de la calle de Anloague, y ya que no
recordamos su número, la describiremos de manera que se la reconozca
aún, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que
su dueño la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente
se encarga allí Dios ó la Naturaleza, que también tiene de nuestro
Gobierno muchas obras contratadas.--Es ello un edificio bastante
grande, á estilo de los muchos del país, situado hacia la parte
que da á un brazo del Pásig, llamado por algunos ría de Binondo,
y que desempeña, como todos los ríos de Manila, el múltiple papel
de baño, alcantarilla, lavadero, pesquería, medio de transporte y
comunicación y hasta agua potable, si lo tiene por conveniente el
chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal en
donde más el tráfico bulle y aturde el vaivén, en una distancia de
casi un kilómetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto
por un lado durante seis meses é intransitable por el otro el resto
del año, de tal suerte, que los caballos en la temporada del calor
aprovechan este permanente stato quo para desde allí saltar al agua,
con gran sorpresa del distraído mortal, que en el interior del coche
dormita ó filosofa sobre los progresos del siglo.

La casa á que aludimos es algo baja y de líneas no muy correctas:
que el arquitecto que la haya construído no viera bien, ó que esto
fuera efecto de los terremotos y huracanes, nadie puede decirlo con
seguridad. Una ancha escalera de verdes balaustres y alfombrada á
trechos conduce desde el zaguán ó portal, enlosado de azulejos, al
piso principal, entre macetas y tiestos de flores sobre pedestales
de losa china de abigarrados colores y fantásticos dibujos.

Pues que no hay porteros ni criados que pidan ó pregunten por
el billete de invitación, subiremos, ¡oh tú que me lees, amigo ó
enemigo! si es que te atraen los acordes de la orquesta, la luz
ó el significativo clin clan de la vajilla y de los cubiertos, y
quieres ver cómo son las reuniones allá en la Perla del Oriente. Con
gusto y por comodidad mía te ahorraría á tí de la descripción de
la casa, pero esto es muy importante, pues nosotros los mortales
en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por
nuestras conchas; por esto y otras cualidades más como tortugas son
también los mortales de Filipinas.--Si subimos, nos encontraremos de
golpe en una espaciosa estancia, llamada allí caída, no sé por qué,
que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que de salón de la
orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente,
parece guiñar al colado con dulces promesas, y amenazar á la tímida
joven, á la sencilla dalaga, con dos horas mortales en compañía de
extraños, cuyo lenguaje y conversación suelen tener un carácter muy
particular. Contrastando con estos terrenales preparativos están los
abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos
como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La muerte del Justo,
La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un espléndido y elegante
marco estilo Renacimiento que Arévalo tallara, un curioso lienzo de
grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La inscripción dice:
Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo,
bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad á la piadosa
y célebre capitana Inés. [1] La composición, si no revela mucho
gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece
ya un cadáver en putrefacción por los tintes amarillos y azules
de su rostro; los vasos y demás objetos, ese cortejo de las largas
enfermedades, están reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta
sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito
é inspiran ideas bucólicas, acaso piense alguno que el maligno dueño
de la casa conocía muy bien el carácter de la mayor parte de los que
se han de sentar á la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha
colgado del plafón preciosas lámparas de China, jaulas sin pájaros,
esferas de cristal azogado, rojas verdes y azules, plantas aéreas
marchitas, pescados desecados é inflados, que llaman botetes, etc.,
cerrando el todo por el lado que mira al río con caprichosos arcos de
madera, medio chinescos medio europeos, y dejando ver en una azotea
emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel
de todos colores.

Allá en la sala están los que han de comer, entre colosales espejos y
brillantes arañas: allá, sobre una tarima de pino, está el magnífico
piano de cola de un precio exorbitante, y más precioso aún esta noche,
porque nadie lo toca. Allá hay un grande retrato al óleo de un hombre
bonito, de frac, tieso, recto, simétrico como el bastón de borlas
que lleva entre sus rígidos dedos cubiertos de anillos: el retrato
parece decir:

--¡Ejem! !mirad cuánto llevo puesto y qué serio estoy!

Los muebles son elegantes, acaso incómodos y malsanos: el dueño de la
casa no pensaría en la higiene de sus convidados, sino en el propio
lujo.--¡Es cosa terrible la disentería, pero os sentáis en sillones
de Europa y eso no se tiene siempre! les diría él.

La sala está casi llena de gente: los hombres separados de las
mujeres, como en las iglesias católicas y en las sinagogas. Ellas son
unas cuantas jóvenes entre filipinas y españolas: abren la boca para
contener un bostezo, pero la tapan al instante con sus abanicos; apenas
murmuran algunas palabras; cualquiera conversación que se aventura
muere entre monosílabos, como esos ruidos que se oyen de noche en
una casa, ruidos causados por ratones y lagartijas. ¿Son acaso las
imágenes de diferentes Nuestras Señoras que cuelgan de las paredes
las que las obligan á guardar el silencio y la compostura religiosa,
ó es que aquí las mujeres forman una excepción?

La única que recibía á las señoras era la vieja, prima de Cpn. Tiago,
de facciones bondadosas y que hablaba bastante mal el castellano. Toda
su política y urbanidad consistía en ofrecer á las españolas una
bandeja de cigarros y buyos [2], y en dar á besar la mano á las
filipinas, exactamente como los frailes. La pobre anciana acabó por
aburrirse y, aprovechando el ruido de un plato que se rompía, salió
precipitadamente, murmurando:

--¡Jesús! ¡Esperad, indignos!

Y no volvió á parecer.

En cuanto á los hombres, éstos ya hacían más ruido. Algunos cadetes
hablaban con animación, pero en voz baja, en uno de los rincones,
mirando de cuando en cuando y señalando á veces con el dedo á
varias personas de la sala; y se reían entre ellos más ó menos
disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco,
cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, paseábanse de un extremo
á otro de la sala á grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros
sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la mayor animación
partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un
militar alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y
bizcochos ingleses.

El militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta; parecía un
duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia Civil; hablaba
poco, pero duro y breve.--Uno de los frailes, un joven dominico,
hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tenía
una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fué en años anteriores
catedrático en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado dialéctico,
tanto, que en los tiempos en que los hijos de Guzmán se atrevían aún
á luchar en sutilezas como los seglares, el hábil argumentador B. de
Luna no había podido jamás embrollarle ni cogerle: los distingos de
fray Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas
con lazos. El dominico hablaba poco y parecía pesar sus palabras.

Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho
y gesticulaba más. Sin embargo de que sus cabellos empezaban á
encanecer, parecía conservarse bien su robusta naturaleza. Sus
correctas facciones, su mirada poco tranquilizadora, sus anchas
quijadas y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano
disfrazado, y, sin quererlo, os acordaréis de uno de aquellos tres
monjes de que habla Heine en sus Dioses en el destierro, que por el
Equinoccio de Septiembre, allá en el Tirol, pasaban á media noche en
barca un lago, y cada vez depositaban en la mano del pobre barquero
una moneda de plata, como el hielo fría, que le dejaba lleno de
espanto. Sin embargo, fray Dámaso no era misterioso como aquellos;
era alegre, y si el timbre de su voz era brusco como el de un hombre
que jamás se ha mordido la lengua, que cree santo é inmejorable cuanto
dice, su risa alegre y franca borraba esta desagradable impresión,
y hasta se veía uno obligado á perdonarle el enseñar en la sala unos
pies sin calcetines y unas piernas velludas, que harían la fortuna
de un Mendieta en las ferias de Quiapo [3].

Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía
de notable la nariz que, á juzgar por sus dimensiones, no debía ser
suya; el otro, un joven rubio, parecía recién llegado al país: con
éste sostenía el franciscano una viva discusión.

--Ya lo verá,--decía el fraile;--como cuente en el país algunos meses,
se va á convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid
y otra estar en Filipinas.

--Pero...

--Yo, por ejemplo,--continuó fray Dámaso levantando más la voz para
no dejarle al otro la palabra,--yo que cuento ya veintitres años de
plátano y morisqueta [4], yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No
me salga usted con teorías ni retóricas; conozco al indio. Haga cuenta
que desde que llegué al país, fuí destinado á un pueblo, pequeño, es
verdad, pero muy dedicado á la agricultura. Todavía no sabía yo muy
bien el tagalo, pero ya confesaba á las mujeres, y nos entendíamos,
y tanto me llegaron á querer que, tres años después, cuando me pasaron
á otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se
pusieron á llorar, me colmaron de regalos, me acompañaron con música...

--Pero eso sólo demuestra...

--¡Espere, espere usted! ¡no sea tan vivo! El que me sucedió permaneció
menos tiempo, y cuando salió tuvo más acompañamiento, más lágrimas
y más música, y eso que pegaba más y había subido los derechos de la
parroquia casi el doble.

--Pero usted me permitirá...

--Aun más; en el pueblo de san Diego he estado veinte años y sólo hace
algunos meses que lo he... dejado (aquí pareció disgustarse). Veinte
años, no me lo podrá negar nadie, son más que suficientes para
conocer un pueblo. San Diego tenía seis mil almas, y yo conocía á cada
habitante como si yo lo hubiese parido y amamantado: sabía de qué pie
cojeaba éste, dónde le apretaba el zapato á aquél, quién le hacía el
amor á aquella dalaga, qué deslices había tenido ésta y con quién,
cuál era el verdadero padre del chico, etcétera, como que confesaba á
todo bicho; se guardaban bien de faltar á su deber. Dígalo, si miento,
Santiago, el dueño de la casa; allí tiene muchas tierras y allí fué
donde hicimos nuestras amistades. Pues bien, verá usted lo que es
el indio; cuando salí, apenas me acompañaron unas viejas y algunos
hermanos terceros, ¡y eso que he estado veinte años!

--Pero no hallo que eso tenga que ver con el desestanco del
tabaco,--contestó el rubio aprovechando una pausa, mientras el
franciscano tomaba una copita de Jerez.

Fray Dámaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedóse
un momento mirando de hito en hito al joven.

--¿Cómo? ¿cómo?--exclamó después, con la mayor extrañeza.--Pero ¿es
posible que no vea usted eso que es claro como la luz? No ve usted,
hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de
los ministros son irracionales?

Esta vez fué el rubio el que se quedó perplejo; el teniente arrugó
más las cejas; el hombre pequeñito movía la cabeza como para dar la
razón á fray Dámaso ó para negársela. El dominico se contentó con
volverles casi las espaldas á todos.

--¿Cree usted?...--pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando
lleno de curiosidad al fraile.

--¿Que si creo? ¡Como en el Evangelio! ¡El indio es tan indolente!

--¡Ah! perdone usted que le interrumpa,--dijo el joven bajando la voz
y acercando un poco su silla;--ha pronunciado una palabra que llama
todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en
los naturales, ó sucede, según un viajero extranjero, que nosotros
excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y
nuestro sistema colonial? Hablaba de otras colonias cuyos habitantes
son de la misma raza...

--¡Ca! ¡Envidias! Pregúnteselo al señor Laruja, que también conoce
el país; ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio
tienen igual!

--En efecto,--contestó el hombre pequeñito, que era el aludido,--en
ninguna parte del mundo puede usted ver otro más indolente que el
indio, ¡en ninguna parte del mundo!

--¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!

--¡Ni más mal educado!

El joven rubio principió á mirar con inquietud á todas partes.

--Señores, dijo en voz baja, creo que estamos en casa de un indio;
esas señoritas...

--¡Bah! ¡no sea usted tan aprensivo! Santiago no se considera indio,
y además, no está presente y... ¡aunque estuviera! Esas son tonterías
de los recién venidos. Deje que pasen algunos meses; cambiará de
opinión cuando haya frecuentado muchas fiestas y bailujan [5],
dormido en los catres y comido mucha tinola.

--¿Es acaso eso que usted llama tinola una fruta de la especie del
loto que vuelve á los hombres... así... como olvidadizos?

--¡Qué loto ni qué lotería!--contestó riendo el padre Dámaso;--está
usted tocando el bombo. Tinola es un gulaí [6] de gallina y
calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado usted?

--Cuatro días,--profirió el joven algo picado.

--¿Viene como empleado?

--No, señor: vengo por cuenta propia para conocer el país.

--¡Hombre, qué pájaro más raro!--exclamó fray Dámaso mirándole
con curiosidad.--¡Venir por cuenta propia y por tonterías! ¡Qué
fenómeno! Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de
frente... muchos han escrito así grandes libros! Con tener dos dedos
de frente...

--Decía vuestra reverencia, padre Dámaso,--interrumpió bruscamente el
dominico cortando la conversación,--que ha estado vuestra reverencia
veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... ¿No estaba
vuestra reverencia contento del pueblo?

Fray Dámaso, á esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi
negligente, perdió repentinamente la alegría y dejó de reir.

--¡No!--gruñó secamente, y se dejó caer con violencia contra el
respaldo del sillón.

El dominico prosiguió en tono más indiferente aún:

--Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte años,
y que se conoce como el hábito que se lleva. Yo, al menos, sentí
dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores
lo hacían para bien de la Comunidad... para bien mío.

Fray Dámaso por primera vez en aquella noche parecía muy preocupado. De
repente dió un puñetazo sobre el brazo de su sillón y, respirando
con fuerza, exclamó:

--¡O hay religión ó no la hay, esto es, ó los curas son libres ó
no! ¡El país se pierde, está perdido!

Y volvió á dar otro puñetazo.

Toda la sala, sorprendida, se volvió hacia el grupo: el dominico
levantó la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos
extranjeros que se paseaban paráronse un momento, se miraron,
enseñáronse un poco sus dientes incisivos, y continuaron acto seguido
su paseo.

--¡Está de mal humor porque usted me lo ha tratado de
reverencia!--murmuró al oído del joven rubio el señor Laruja.

--¿Qué quiere vuestra reverencia decir? ¿qué le pasa?--preguntaron
el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz.

--¡Por eso vienen tantas calamidades! ¡Los gobernantes sostienen á
los herejes contra los ministros de Dios!--continuó el franciscano
levantando sus robustos puños.

--¿Qué quiere usted decir?--volvió á preguntar el cejijunto teniente,
medio levantándose.

--¿Qué quiero decir?--repitió fray Dámaso alzando más la voz y
encarándose con el teniente.--¡Yo digo lo que yo quiero decir! Yo, yo
quiero decir que cuando el cura arroja de su cementerio el cadáver de
un hereje, nadie, ni el mismo rey tiene derecho á mezclarse y menos á
imponer castigos. Conque un generalito, un generalito Calamidad [7]...

--¡Padre, su excelencia es Vice Real Patrono!--gritó el militar
levantándose.

--¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono!--contestó el franciscano
levantándose también.--En otro tiempo se le hubiera arrastrado
escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el
impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos sí que eran tiempos de fe!

--Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa á
S. M. el rey!

--¡Qué rey ni qué Roque! para nosotros no hay más rey que el
legítimo...

--¡Alto!--gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera á sus
soldados;--ó retira usted cuanto ha dicho ó mañana mismo doy parte
á Su Excelencia...

--¡Ande usted ahora mismo, ande usted!--contestó con sarcasmo fray
Dámaso, acercándosele con los puños cerrados.--¿Cree usted que porque
yo llevo hábito, me faltan?... ¡Ande usted que todavía le presto
mi coche!

La cuestión tomaba un giro cómico, pero afortunadamente intervino
el dominico.

--¡Señores!--dijo en tono de autoridad y con esa voz nasal que sienta
tan bien á los frailes,--no hay que confundir las cosas ni buscar
ofensas donde no las hay. Debemos distinguir en las palabras de fray
Dámaso las del hombre de las del sacerdote. Las de éste, como tal,
per se, jamás pueden ofender, pues provienen de la verdad absoluta. En
las del hombre hay que hacer una subdistinción: las que dice ab irato,
las que dice ex ore pero no in corde y las que dice in corde. Estas
últimas son las que únicamente pueden ofender y eso según, si ya in
mente preexistían por un motivo, ó solamente vienen per accidens en
el calor de la conversación, si hay...

--¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, padre
Sibyla!--interrumpió el militar que se embrollaba en tantas
distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía
culpable.--Yo sé los motivos y los va V. R. á distinguir. Durante
la ausencia del padre Dámaso en San Diego, enterró el coadjutor
el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima; yo le
he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se
haya confesado, ¿eso qué? yo tampoco me confieso; pero decir que se
ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que
tiene un hijo en quien cifra su cariño y sus esperanzas, un hombre
que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad,
un hombre honrado y justo no se suicida. Esto lo digo yo, y callo
aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V. R.

Y volviéndole las espaldas al franciscano, continuó:

--Pues bien, este cura, á su vuelta al pueblo, después de maltratar
al pobre coadjutor, ha hecho desenterrar el cadáver y sacarlo fuera
del cementerio para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego
ha tenido la cobardía de no protestar; verdad es que muy pocos lo
supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en
Europa; pero S. E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón,
ha pedido el castigo... y el padre Dámaso fué trasladado á otro pueblo
mejor. He ahí todo. Ahora haga V. R. sus distinciones.

Y dicho esto, se alejó del grupo.

--Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan
delicada,--dijo el padre Sibyla con pesar.--Pero, al fin, si se ha
ganado en el cambio de pueblo...

--¡Qué se ha de ganar! Y ¿lo que se pierde en los traslados... y
los papeles... y las... y todo lo que se extravía?--interrumpió
balbuciente, sin poder contener su ira, fray Dámaso.

Poco á poco volvió la reunión á su antigua tranquilidad.

Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español, cojo,
de fisonomía dulce é inofensiva, apoyado en el brazo de una vieja
filipina, llena de rizos y pinturas y vestida á la europea.

El grupo les saludó amistosamente; el doctor de Espadaña y su señora,
la doctora doña Victorina, se sentaron entre nuestros conocidos. Veíase
á algunos periodistas y almaceneros saludarse, discurrir de un lado
á otro sin saber qué hacer.

--Pero ¿me puede usted decir, señor Laruja, qué tal es el dueño de
la casa?--preguntó el joven rubio.--Yo todavía no he sido presentado.

--Dicen que ha salido: yo tampoco le he visto.

--¡Aquí no hay necesidad de presentaciones!--intervino fray
Dámaso.--Santiago es un hombre de buena pasta.

--Un hombre que no ha inventado la pólvora,--añadió Laruja.

--¡También usted, señor de Laruja!--exclamó con meloso reproche doña
Victorina, abanicándose.--¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora,
si, según dicen, la habían ya inventado los chinos siglos hace?

--¿Los chinos? ¿Está usted loca?--exclamó fray Dámaso.--¡Quite
usted! ¡La ha inventado un franciscano, uno de mi orden, fray no sé
cuántos Savalls [8] en el siglo... siete!

--¡Un franciscano!--Bueno; ése habrá estado de misionero en China,
ese padre Savalls,--replicó la señora, que no dejaba así sus ideas.

--Schwartz querrá usted decir, señora,--repuso fray Sibyla sin mirarla.

--No lo sé; fray Dámaso ha dicho Savalls: ¡yo no hago más que repetir!

--¡Bien! Savalls ó Chevás, ¿qué más da? ¡Por una letra no se queda
chino!--replicó malhumorado el franciscano.

--Y en el siglo catorce, no en el siete,--añadió el dominico en tono
de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro.

--¡Bueno, un siglo más ó un siglo menos tampoco le hace dominico!

--¡Hombre, no se enfade V. R.!--dijo el padre Sibyla sonriendo.--Tanto
mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado ese trabajo á
sus hermanos.

--Y ¿dice usted, padre Sibyla, que fué eso en el siglo
catorce?--preguntó con gran interés doña Victorina;--¿antes ó después
de Cristo?

Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala.






II

CRISÓSTOMO IBARRA.


No eran hermosas y bien ataviadas jóvenes que llamasen la atención de
todos, hasta la de fray Sibyla; no era S. E. el Capitán general con
sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento,
avanzara algunos pasos, y fray Dámaso se quedase como petrificado:
era sencillamente el original del retrato de frac, conduciendo de la
mano á un joven vestido de riguroso luto.

--¡Buenas noches, señores! ¡buenas noches, padre!--fué lo primero que
dijo Cpn. Tiago besando las manos á los sacerdotes que se olvidaron de
dar la bendición: el dominico se había quitado las gafas para mirar
al joven recién llegado, y fray Dámaso quedó pálido y con los ojos
desmesuradamente abiertos.

--¡Tengo el honor de presentar á ustedes á don Crisóstomo Ibarra,
hijo de mi difunto amigo!--continuó Cpn. Tiago;--este señor acaba de
llegar de Europa y he ido á recibirle.

A este nombre, se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvidó
de saludar al dueño de la casa; acercóse al joven y le examinó de
pies á cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con
todo el grupo, y no parecía presentar otra cosa de particular que
su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus
facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una
sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma se han cultivado á
la par. Veíanse en su rostro, franco y alegre, algunas ligeras huellas
de la sangre española al través de un hermoso color moreno, algo rosado
en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los países fríos.

--¡Calla!--exclamó con alegre sorpresa;--¡el cura de mi pueblo! ¡el
padre Dámaso, el íntimo amigo de mi padre!

Todas las miradas se dirigieron al franciscano: éste no se movió.

--¡Usted dispense, me había equivocado!--añadió Ibarra confuso.

--¡No te has equivocado!--pudo al fin contestar aquél con voz
alterada.--Pero tu padre jamás fué íntimo amigo mío.

Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido, mirándole lleno
de sorpresa, se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente
que le seguía observando.

--Joven, ¿es usted el hijo de don Rafael Ibarra?

El joven se inclinó.

Fray Dámaso se incorporó en su sillón y miró de hito en hito al
teniente.

--¡Bienvenido á su país y que en él sea más feliz que su
padre!--exclamó el militar con voz temblorosa.--Yo le he conocido y
tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más
honrados de Filipinas.

--¡Señor!--contestó Ibarra conmovido;--el elogio que usted hace de mi
padre, disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún.

Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dió media vuelta y se
alejó precipitadamente.

Vióse el joven solo en medio de la sala: el dueño de la casa había
desaparecido, y no encontraba quién le presentase á las señoritas,
muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar
algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió á ellas:

--Permítanme ustedes,--dijo,--que salte por encima de las reglas de
una rigorosa etiqueta. Hace siete años que falto en mi país, y al
volver á él, no puedo contener mi admiración y dejar de saludar á su
más precioso adorno, á sus mujeres.

Como ninguna se atrevió á contestar, se vió el joven obligado á
alejarse. Dirigióse al grupo de algunos caballeros, que, al verle
venir, formaron un semicírculo.

--¡Señores!--dijo;--hay en Alemania la costumbre de que cuando un
desconocido viene á una reunión y no halla quién le presente á los
demás, él mismo dice su nombre y se presenta, á lo que contestan los
otros de igual manera. Permítanme ustedes este uso, no por introducir
costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas también,
sino porque me veo obligado á ello. He saludado ya al cielo y á las
mujeres de mi patria: ahora quiero saludar á los ciudadanos, á mis
compatriotas. ¡Señores, yo me llamo Juan Crisóstomo Ibarra y Magsalin!

Los otros dieron sus nombres más ó menos insignificantes, más ó
menos desconocidos.

--¡Yo me llamo A... a!--dijo un joven secamente é inclinándose apenas.

--¿Tendré acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han
mantenido mi entusiasmo por mi patria? Me han dicho que ya no escribe
usted, pero no han sabido darme el por qué...

--¿El por qué? Porque no se invoca á la inspiración para que se
arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en
verso una verdad de Pero Grullo. A mí me han llamado poeta, pero no
me llamarán loco.

--Y ¿se puede saber qué verdad era esa?

--Dijo que el hijo del león era también león; por poco no va
desterrado.

Y el extraño joven se alejó del grupo.

Casi corriendo llegó un hombre de fisonomía risueña, vestido como
los naturales del país, con botones de brillantes en la pechera;
acercóse á Ibarra, le dió la mano diciendo:

--Señor Ibarra, yo deseaba conocerle á usted; Cpn. Tiago es muy amigo
mío, yo conocí á su señor padre... yo me llamo Cpn. Tinong, vivo en
Tondo, donde usted tiene su casa; espero que me honrará con su visita;
venga usted á comer mañana con nosotros.

Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Cpn. Tinong sonreía y
se frotaba las manos.

--¡Gracias!--contestó afectuosamente:--pero parto mañana mismo para
San Diego...

--¡Lástima! ¡Entonces, será para cuando usted vuelva!

--¡La mesa está servida!--anunció un mozo de café de la Campana. La
gente empezó á desfilar, no sin que se hicieran de rogar mucho las
mujeres, especialmente las filipinas.






III

LA CENA

                                               Jele Jele bago quiere [9]


Fray Sibyla parecía muy satisfecho: andaba tranquilamente y en sus
contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén; hasta se
dignaba hablar con el cojo doctor de Espadaña, que respondía por
monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba de un
humor espantoso, pegaba puntapiés á las sillas que le obstruían el
camino y hasta dió un codazo á un cadete. El teniente, serio; los
otros hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de
la mesa. Doña Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz,
pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada: en
efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del vestido.

--Pero ¿es que no tiene usted ojos?--dijo.

--Sí, señora, y dos mejores que los de usted; pero estaba mirando
esos rizos,--contestó el poco galante militar, y se alejó.

Instintivamente los dos religiosos se dirigieron á la cabecera de
la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que
con los opositores á una cátedra: ponderan con palabras los méritos
y la superioridad de los adversarios, pero luego dan á entender todo
lo contrario, y gruñen y murmuran cuando no la obtienen.

--¡Para usted, fray Dámaso!

--¡Para usted, fray Sibyla!

--Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad,
dignidad y gobierno...

--¡Muy viejo que digamos, no! en cambio, ¡es usted el cura del
arrabal!--contestó en tono desabrido fray Dámaso, sin soltar la silla.

--¡Como usted lo manda, obedezco!--concluyó el padre Sibyla
disponiéndose á sentarse.

--¡Yo no lo mando!--protestó el franciscano;--¡yo no lo mando!

Iba ya á sentarse fray Sibyla sin hacer caso de las protestas, cuando
sus miradas se encontraron con las del teniente. El más alto oficial
es, según la opinión religiosa en Filipinas, muy inferior al lego
cocinero. Cedant arma togæ, decía Cicerón en el Senado; cedant arma
cottæ dicen los frailes en Filipinas. Pero fray Sibyla era persona
fina y repuso:

--Señor teniente, aquí estamos en el mundo y no en la iglesia; el
asiento le corresponde.

Pero, á juzgar por el tono de su voz, aun en el mundo le correspondía á
él. El teniente, bien sea por no molestarse, ó por no sentarse entre
dos frailes, rehusó brevemente.

Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la
casa. Ibarra le vió contemplando la escena con satisfacción y
sonriendo.

--¡Cómo, don Santiago! ¿no se sienta usted entre nosotros?

Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa
de Lúculo.

--¡Quieto! ¡no se levante usted!--dijo Cpn. Tiago poniendo la mano
sobre el hombro del joven.--Precisamente esta fiesta es para dar
gracias á la Virgen por su llegada de usted. ¡Oy! que traigan la
tinola. Mandé hacer tinola por usted, que hace tiempo que no la
habrá probado.

Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar
el Benedícite al que casi nadie supo contestar, principió á repartir
el contenido. Pero sea por descuido ú otra cosa, al padre Dámaso le
tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello
desnudo y una ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas
y pechugas, principalmente Ibarra á quien le cupieron en suerte los
menudillos. El franciscano lo vió todo, machacó los calabacines,
tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido, y empujó
bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído
hablando con el joven rubio.

--¿Cuánto tiempo hace que falta usted en el país?--preguntó Laruja
á Ibarra.

--Casi unos siete años.

--¡Vamos, ya se habrá usted olvidado de él!

--Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado,
siempre he pensado en él.

--¿Qué quiere usted decir?--preguntó el rubio.

--Quería decir que hace un año he dejado de recibir noticias de aquí,
de tal manera, que me encuentro como un extraño, que ni aun sabe
cuándo ni cómo murió su padre.

--¡Ah!--exclamó el teniente.

--Y ¿dónde estaba usted que no ha telegrafiado?--preguntó doña
Victorina.--Cuando nos casamos, telegrafiamos á la Peñínsula [10].

--Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en
Alemania y en la Polonia rusa.

El doctor de Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido á hablar,
creyó conveniente decir algo.

--Co... conocí en España á un polaco de Va... Varsovia,
llamado Stadnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto usted por
ventura?--preguntó tímidamente, y casi ruborizándose.

--Es muy posible,--contestó con amabilidad Ibarra;--pero en este
momento no lo recuerdo.

--¡Pues, no se le podía co... confundir con otro!--añadió el doctor
que cobró ánimo: era rubio como el oro y hablaba muy mal el español.

--Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una
palabra de español más que en algunos consulados.

--Y ¿cómo se arreglaba usted?--preguntó admirada doña Victorina.

--Me servía del idioma del país, señora.

--¿Habla usted también inglés?--preguntó el dominico que había estado
en Hong Kong y hablaba bien el Pidgin-English [11], esa adulteración
del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste.

--He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban
el inglés.

--Y ¿cuál es el país que más le gusta á usted en Europa?--preguntó
el joven rubio.

--Después de España, mi segunda patria, cualquier país de Europa libre.

--Y usted que parece haber viajado tanto..... vamos, ¿qué es lo más
notable que ha visto usted?--preguntó Laruja.

Ibarra pareció reflexionar.

--Notable ¿en qué sentido?

--Por ejemplo..... en cuanto á la vida de los pueblos..... vida social,
política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto...

Ibarra se puso á meditar largo rato.

--Con franqueza, me gusta todo en esos pueblos, quitando el orgullo
nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar
su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo hallaba
natural; he visto siempre que la prosperidad ó miseria de los pueblos
están en razón directa de sus libertades ó preocupaciones, y por
consiguiente, de los sacrificios ó egoísmo de sus antepasados.

--Y ¿no has visto más que eso?--preguntó con risa burlona el
franciscano, que desde el principio de la cena no había dicho una
sola palabra, distraído tal vez por la comida;--no valía la pena de
malgastar tu fortuna para saber tan poca cosa: ¡cualquier bata [12]
de la escuela lo sabe!

Ibarra se quedó sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban
al uno y al otro, y temían un escándalo.--«La cena toca á su fin y
S. R. está ya harto», iba á decir el joven, pero se contuvo, y sólo
dijo lo siguiente:

--Señores, no extrañen ustedes la familiaridad con que me trata
nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para S. R. en
vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo
aquellos días, en que S. R. visitaba frecuentemente nuestra casa y
honraba la mesa de mi padre.

El dominico miró furtivamente al franciscano, que se había puesto
tembloroso. Ibarra, continuó, levantándose:

--Ustedes me permitirán que me retire, porque, acabado de llegar
y teniendo que partir mañana mismo, quédanme muchos negocios por
evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y
apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!

Y apuró una copita, que hasta entonces no había tocado. El viejo
teniente le imitó, pero sin decir palabra.

--¡No se vaya usted!--decíale Capitán Tiago en voz baja.--Ya llegará
María Clara: ha ido á sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su
pueblo, que es un santo.

--¡Vendré mañana antes de partir! Hoy tengo que hacer una
importantísima visita.

Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba.

--¿Usted lo ha visto?--decía al joven rubio, gesticulando con el
cuchillo de postres.--¡Eso es por orgullo! ¡No pueden tolerar que
el cura los reprenda! ¡Ya se creen personas decentes! Es la mala
consecuencia de enviar los jóvenes á Europa. El gobierno debía
prohibirlo.

--Y ¿el teniente?--decía doña Victorina haciéndole coro al
franciscano;--en toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha
hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!

La señora no podía olvidar la alusión á sus rizos y el pisoteado
encañonado de sus enaguas.

Aquella noche escribía el joven rubio, entre otras cosas, el capítulo
siguiente de sus Estudios Coloniales: «De cómo un cuello y un ala de
pollo en el plato de tinola de un fraile pueden turbar la alegría de
un festín.» Y entre sus observaciones había éstas: «En Filipinas la
persona más inútil en una cena ó fiesta es la que la da: al dueño
de la casa pueden empezar por echarle á la calle y todo seguirá
tranquilamente. En el estado actual de las cosas casi es hacerles
un bien el no dejar á los filipinos salir de su país, ni enseñarles
á leer...»






IV

HEREJE Y FILIBUSTERO


Ibarra estaba indeciso. El viento de la noche, que por esos meses
suele ser ya bastante fresco en Manila, pareció borrar de su frente
la ligera nube que la había obscurecido: descubrióse y respiró.

Pasaban coches como relámpagos, calesas de alquiler á paso moribundo,
transeuntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual,
que da á conocer al distraído ó al desocupado, dirigióse el joven
hacia la plaza de Binondo [13], mirando á todas partes como si quisiera
reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas
blancas y azules y paredes blanqueadas ó pintadas al fresco imitando
mal el granito; la torre de la iglesia seguía ostentando su reloj
con la traslúcida carátula; eran las mismas tiendas de chinos con
sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales había
él torcido una noche, imitando á los chicos mal educados de Manila:
nadie la había enderezado.

--¡Se va despacio!--murmuró, y siguió la calle de la Sacristía.

Los vendedores de sorbetes seguían gritando: ¡Sórbeteee! los huepes ó
lamparillas alumbraban aún los mismos puestos de chinos y de mujeres,
que vendían comestibles y frutas.

--¡Es maravilloso!--exclamó;--es el mismo chino de hace siete años,
y la vieja ... ¡la misma! ¡Diríase que esta noche he soñado en siete
años de viaje por Europa!... y ¡Santo Dios! continúa aún desarreglada
la piedra como cuando la dejé.

En efecto, estaba aún desprendida la piedra de la acera, que forma
la esquina de la calle de San Jacinto con la de la Sacristía.

Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país
de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó
la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi
sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas
cejas fruncidas que tanto le caracterizaban.

--¡Joven, tenga usted cuidado! ¡Aprenda usted de su padre!--le dijo.

--Usted perdone, pero me parece que ha querido usted mucho á mi
padre. ¿Podría usted decirme cuál ha sido su suerte?--preguntó Ibarra
mirándole.

--Qué, ¿no la sabe usted?--preguntó el militar.

--Se lo he preguntado á don Santiago, pero no me prometió referirlo
sino hasta mañana. ¿Lo sabe usted por ventura?

--¡Ya lo creo, como todo el mundo! Murió en la cárcel.

El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito.

--¿En la cárcel? ¿quién murió en la cárcel?--preguntó.

--¡Hombre, su padre de usted, que estaba preso!--contestó el militar
algo sorprendido.

--¿Mi padre ... en la cárcel ... preso en la cárcel? ¿Qué dice
usted? ¿Sabe usted quién era mi padre? ¿Está usted?...--preguntó el
joven cogiéndole del brazo al militar.

--Me parece que no me engaño; era don Rafael Ibarra.

--¡Sí, don Rafael Ibarra!--repitió el joven débilmente.

--¡Pues yo creía que usted lo sabía!--murmuró el militar con acento
lleno de compasión, al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra;--yo
suponía que usted ... pero ¡tenga usted valor! ¡aquí no se puede ser
honrado sin haber ido á la cárcel!

--Debo creer que no juega usted conmigo,--repuso Ibarra con voz débil,
después de algunos instantes de silencio.--¿Podría usted decirme por
qué estaba en la cárcel?

El anciano pareció reflexionar.

--A mí me extraña mucho que no le hayan enterado á usted de los
negocios de su familia.

--Su última carta de hace un año me decía que no me inquietase si
no me escribía, pues estaría muy ocupado: me recomendaba siguiese
estudiando... ¡me bendecía!

--Pues entonces esa carta se la escribió á usted antes de morir:
pronto hará un año que le enterramos en su pueblo.

--¿Por qué motivo estaba preso mi padre?

--Por un motivo muy honroso. Pero sígame usted, que tengo que ir al
cuartel; se lo contaré andando. Apóyese usted en mi brazo.

Anduvieron por algún tiempo en silencio: el anciano parecía reflexionar
y pedir inspiración á su perilla que acariciaba.

--Como usted sabe muy bien,--comenzó diciendo,--su padre era el
más rico de la provincia, y aunque era amado y respetado de muchos,
otros en cambio le odiaban ó envidiaban. Los españoles que venimos
á Filipinas no somos desgraciadamente lo que debíamos: digo esto
tanto por uno de sus abuelos de usted, como por los enemigos de su
padre. Los cambios continuos, la desmoralización de las altas esferas,
el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de
todo: aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno,
pronto le corrompe el país. Pues bien, su padre de usted tenía entre
los curas y los españoles muchísimos enemigos.

Aquí hizo una breve pausa.

--Meses después de su salida de usted, comenzaron los disgustos con el
padre Dámaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fray
Dámaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba,
y sin embargo eran muy amigos, como usted recordará aún. Además,
don Rafael era un hombre muy honrado y más justo que muchos que
confiesan y se confiesan: tenía para sí una moral muy rígida, y solía
decirme cuando me hablaba de estos disgustos: «Señor Guevara, ¿cree
usted que Dios perdona un crimen, un asesinato, por ejemplo, sólo con
decirlo á un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo,
y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atrición? ¿con ser
cobarde, desvergonzado sobre seguro? Yo tengo otra idea de Dios, decía;
para mí, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos
lloriqueos, ni con limosnas á la Iglesia. Y me ponía este ejemplo:
si yo he asesinado á un padre de familia, si he hecho de una mujer
una viuda infeliz, y de unos alegres niños huérfanos desvalidos,
¿habré satisfecho á la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar
el secreto á uno que me lo ha de guardar, dar limosnas á los curas,
que menos las necesitan, comprar la bula de composición ó lloriquear
noche y día? ¿Y la viuda y los huérfanos? Mi conciencia me dice que
debo sustituir en lo posible á la persona que he asesinado, consagrarme
todo y por toda mi vida al bien de esta familia cuya desgracia hice,
y aun así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?» Así
razonaba su padre de usted, y con esta moral severa obraba siempre,
y se puede decir que jamás ha ofendido á nadie; por el contrario,
procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que él decía
habían cometido sus abuelos. Pero volviendo á sus disgustos con el
cura, éstos tomaban mal carácter; el padre Dámaso le aludía desde el
púlpito, y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su
carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde ó temprano la
cosa iba á terminar mal.

El viejo teniente volvió á hacer otra breve pausa.

--Recorría entonces su provincia un exartillero, arrojado de las
filas por demasiado bruto é ignorante... Como el hombre tenía que
vivir, y no le era permitido dedicarse á trabajos corporales que
podrían dañar á nuestro prestigio, obtuvo de no sé quién el empleo
de recaudar impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido
educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos
es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era
burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que
cobraba, y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba más su
carácter, rudo y malo ya de antemano. Dábanle intencionadamente lo
escrito al revés; él hacía ademán de leerlo y firmaba en donde veía
blanco con unos garabatos que le representaban con propiedad. Los
indios pagaban, pero se burlaban; él tragaba saliva, pero cobraba,
y en esta disposición de ánimo no respetaba á nadie, y con su padre
de usted había llegado á cambiar muy duras palabras.

Sucedió que un día, mientras daba vueltas á un papel, que en una
tienda le habían entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de
la escuela empezó á hacer señas á sus compañeros, á reirse y señalarle
con el dedo. El hombre oía las risas, y veía la burla retozar en los
serios semblantes de los presentes; perdió la paciencia, volvióse
rápidamente, y empezó á perseguir á los muchachos que corrieron
gritando: ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles
alcance, les arroja su bastón que hiere á uno en la cabeza y le
derriba; corre entonces á él, le patea, y ninguno de los presentes
que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba
por allí su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del
brazo y le increpa duramente. Este que, sin duda, veía todo rojo,
levanta la mano, pero su padre no le dió tiempo, y con esa fuerza
que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le pegó,
otros que se contentó con empujarle; el caso es que el hombre vaciló,
cayó á algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. Don Rafael
levanta tranquilamente al niño herido y lo lleva al tribunal. El
exartillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvió en sí, muriendo
algunos minutos después. Como era natural, intervino la justicia, su
padre de usted fué preso y todos los enemigos ocultos se levantaron
entonces. Llovieron las calumnias, se le acusó de filibustero y hereje:
ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella
época, cuando la provincia tenía por alcalde á un hombre que hacía
gala de devoción, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz
alta el rosario, quizás para que le oyesen todos y rezasen con él;
pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres cobradores
de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le
abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acusó por
suscribirse á El Correo de Ultramar y á periódicos de Madrid, por
haberle á usted enviado á la Suiza alemana, por habérsele encontrado
cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote y ¿qué sé yo más? De
todo se deducían acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo él
descendiente de peninsulares. A haber sido otro, su padre de usted
acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un médico que atribuyó
la muerte del desgraciado cobrador á una congestión; pero su fortuna,
su confianza en la justicia, y su odio á todo lo que no era legal ni
justo, le perdieron. Yo mismo, á pesar de mi repugnancia á implorar
la merced de nadie, me presenté al Capitán General, al antecesor del
que tenemos: le hice presente que no podía ser filibustero quien acoge
á todo español, pobre ó emigrado, dándoles techo y mesa, y en cuyas
venas hierve aún la generosa sangre española; en vano respondí con
mi cabeza, juré por mi pobreza y mi honor militar, y sólo conseguí
ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado.

El viejo se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su
compañero que escuchaba sin mirarle, prosiguió:

--Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acudí al
célebre abogado filipino, el joven A,--pero rehusó encargarse de
la causa--«Yo la perdería», me dijo. «Mi defensa sería un motivo
de nueva acusación para él y quizás para mí. Acuda usted al señor
M, que es un orador vehemente, de fácil palabra, peninsular y que
goza de muchísimo prestigio.» Así lo hice, y el célebre abogado se
encargó de la causa, que defendió con maestría y brillantez. Pero los
enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos
testigos abundaban, y sus calumnias, que en otra parte se hubieran
disipado á una frase irónica ó sarcástica del defensor, aquí tomaban
cuerpo y consistencia. Si el abogado conseguía anularlos poniéndolos
en contradicción entre sí y consigo mismos, pronto renacían otras
acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos
terrenos, le pidieron indemnización de daños y perjuicios; dijeron
que mantenía relaciones con los tulisanes para que sus sembrados
y animales fueran respetados. Al fin, embrollóse el asunto de tal
manera, que al cabo de un año ya nadie se entendía. El alcalde tuvo
que dejar su puesto; vino otro que tenía fama de recto, pero éste,
por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedió amaba demasiado
los buenos caballos.

Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisión,
ó el dolor de ver á tantos ingratos, alteraron su salud de hierro,
y enfermó de ese mal que sólo la tumba cura. Y cuando todo iba á
terminarse, cuando iba á salir absuelto de la acusación de enemigo de
la Patria y de la muerte del cobrador, murió en la cárcel sin tener
á su lado á nadie. Yo llegué para verle expirar.

El viejo se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entre tanto habían
llegado á la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole
la mano, le dijo:

--Joven, los pormenores pídaselos usted á capitán Tiago. Ahora,
¡buenas noches! es menester que vea si ocurre algo nuevo.

Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada,
y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció.

Volvióse lentamente y vió un coche que pasaba; hizo una seña al
cochero.

--¡Fonda de Lala!--dijo con acento apenas inteligible.

--Este debe venir del calabozo,--pensó el cochero dando un latigazo
á sus caballos.






V

UNA ESTRELLA EN NOCHE OBSCURA


Ibarra subió á su cuarto que da al río, y dejóse caer sobre un sillón,
mirando al espacio que se ensanchaba delante de él, gracias á la
abierta ventana.

La casa de enfrente, á la otra orilla, estaba profusamente iluminada
y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos, de cuerda en su
mayor parte.--Si el joven hubiera estado menos preocupado, si, más
curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba
en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas
visiones, una de esas apariciones mágicas que á veces se ven en
los grandes teatros de Europa, en que á las apagadas melodías de una
orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada
de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa
gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo,
rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: á su presencia brotan las
flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos,
ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan
panderetas, hacen evoluciones y depositan á los pies de la diosa cada
cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta,
vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro
de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y
moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos,
militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El padre Dámaso estaba al lado
de aquella beldad; el padre Dámaso sonreía como un bienaventurado; fray
Sibyla, el mismo fray Sibyla le dirigía la palabra, y doña Victorina
arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y
brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella
era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre
los tenía bajos, enseñaban un alma purísima cuando los levantaba,
y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes,
podía decirse que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil,
un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña [14]
y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen
los tagalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo
hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir:
era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la
contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar.

Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra cosa. Cuatro
desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio; en uno de
aquéllos, allá arriba, había una reja; sobre el sucio y asqueroso
suelo, una estera, y sobre la estera un anciano agonizando: el
anciano, que respiraba con dificultad, volvía á todas partes la vista
y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía de
cuando en cuando el ruido de una cadena ó un gemido al través de la
pared... y luego allá á lo lejos un alegre festín, casi una bacanal,
un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las flores á los aplausos y
á la embriagada risa de los demás. ¡Y el anciano tenía las facciones
de su padre, el joven se le parecía á él, y el nombre que aquél
pronunciaba llorando era el suyo!

Esto era lo que veía el desgraciado delante de sí. Se apagaron las
luces en la casa de enfrente, cesó la música y el ruido, pero Ibarra
oía aún el angustiado grito de su padre, buscando un hijo en su
última hora.

El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía
dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar
con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta
del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba á asomarse; todo
parecía descansar; sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado
quizás de sus tristes pensamientos ó del viaje.

Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso
en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo
sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido
rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso á lo lejos
una estrella que brillaba en el obscuro cielo. La estrella palideció
y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante;
pero el fraile no se movió de su sitio: miraba al lejano horizonte
que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan,
hacia el mar que dormía aún.






VI

CAPITÁN TIAGO

                                       ¡Hágase tu voluntad en la tierra!


Mientras nuestros personajes duermen ó se desayunan, vamos á ocuparnos
de capitán Tiago. No hemos sido jamás convidado suyo; no tenemos,
pues, el derecho ni el deber de despreciarle haciendo caso omiso de
él, aun en circunstancias importantes.

Bajo de estatura, claro de color, redondo de cuerpo y de cara gracias
á una abundancia de grasa, que, según sus admiradores, le venía del
cielo, de la sangre de los pobres según sus enemigos, capitán Tiago
aparecía más joven de lo que realmente era: le hubieran creido de
treinta á treinta y cinco años de edad. La espresión de su rostro
era constantemente beatífica en la época á que se refiere nuestra
narración. Su cráneo, redondo, pequeñito y cubierto de un pelo negro
como el ébano, largo por delante y muy corto por detrás, contenía
muchas cosas, según dicen, dentro de su cavidad; sus ojos pequeños,
pero no achinados, no cambiaban jamás de espresión; su nariz era
fina y no chata, y si su boca no hubiese estado desfigurada por el
abuso del tabaco y del buyo, cuyo sapá [15] reuniéndose en un carrillo
alteraba la simetría de sus facciones, diríamos que hacía muy bien en
creerse y venderse por un hombre bonito. Sin embargo de aquel abuso,
conservaba siempre blancos sus propios dientes y los dos que le prestó
el dentista, á razón de doce duros pieza.

Se le consideraba como uno de los más ricos propietarios de Binondo y
uno de los más importantes hacenderos por sus terrenos en la Pampanga
y en la Laguna de Bay, principalmente en el pueblo de san Diego, cuyo
canon ó arriendo cada año subía. San Diego era el pueblo favorito
suyo por sus agradables baños, famosa gallera [16] y los recuerdos
que de él conserva: allí pasaba cuando menos dos meses del año.

Capitán Tiago tenía muchas fincas en Santo Cristo, en la calle de
Anloague y en la del Rosario; la contrata del opio la explotaban él y
un chino, y ocioso es decir que sacaban grandísimos beneficios. Daba de
comer á los presos de Bilibid, y zacate [17] á muchas casas principales
de Manila, mediante contratas, se entiende. En bien con todas las
autoridades, hábil, flexible y hasta audaz tratándose de especular
con las necesidades de los demás, era el único y temible rival de un
tal Pérez en cuanto á arriendos y subastas de cargos ó empleos, que el
Gobierno de Filipinas confía siempre á manos particulares. Así que en
la época de estos acontecimientos, capitán Tiago era un hombre feliz en
cuanto puede ser feliz un hombre de pequeño cráneo en aquellas tierras;
era rico, estaba en paz con Dios, con el Gobierno y con los hombres.

Que estaba en paz con Dios, era indudable, casi dogmático: motivos
no había para estar mal con el buen Dios cuando se está bien en
la tierra, cuando no se ha comunicado con Él jamás, ni se Le ha
prestado dinero. Nunca se había dirigido á Él en sus oraciones, ni
aún en sus más grandes apuros: era rico y su oro oraba por él: para
misas y rogativas Dios había criado poderosos y altivos sacerdotes;
para novenas y rosarios, Dios en su infinita bondad había criado
pobres para bien de los ricos, pobres que por un peso son capaces
de rezar dieciséis misterios y leer todos los libros santos, hasta
la Biblia hebraica si aumentan el pago; y si alguna vez en un grande
apuro necesitaba auxilios celestiales y no encontraba á mano ni una
vela roja de chino, dirigíase á los santos y santas de su devoción,
prometiéndoles muchas cosas para obligarlos y acabarlos de convencer
de la bondad de sus deseos. Pero á quien más prometía y cumplía su
promesa, era á la Virgen de Antipolo, Nuestra Señora de la Paz y de
Buenviaje, pues con ciertos santos pequeños no andaba el hombre ni
muy puntual ni decente: á veces, conseguido lo que deseaba, no volvía
á acordarse de ellos, verdad es que tampoco los volvía á molestar,
si se le presentaba ocasión: capitán Tiago sabía que en el calendario
había muchos santos desocupados, que acaso no tienen qué hacer allá
en el cielo. A la Virgen de Antipolo, además, atribuía mayor poder
y eficacia que á todas las otras Vírgenes, ya lleven bastones de
plata, ya Niños Jesús desnudos ó vestidos, ya escapularios, rosarios
ó correas; quizás se debe esto á la fama de ser aquélla una señora
muy severa, muy cuidadosa de su nombre, enemiga de la fotografía,
según el Sacristán mayor de Antipolo, y que, cuando se enfada, se pone
negra como el ébano, y á que las otras Vírgenes son más blandas de
corazón, más indulgentes: sabido es que ciertas almas aman más á un
rey absoluto que á uno constitucional; díganlo Luis XIV y Luis XVI,
Felipe II y Amadeo I. Por esta razón acaso se debe el verse también,
en el famoso santuario andar de rodillas á moros infieles y hasta
españoles; sólo que no se explica el por qué se escapan los curas
con el dinero de la terrible Imagen, se van á América y allá se casan.

Aquella puerta de la sala, oculta por una cortina de seda, conduce á
una pequeña capilla ú oratorio, que no debe faltar en ninguna casa
filipina: allí están los dioses lares de capitán Tiago, y decimos
dioses lares, porque este señor más bien estaba por el politeismo
que por el monoteismo, que jamás había comprendido. Allí se ven
imágenes de la Sagrada Familia con el busto y las extremidades de
marfil, ojos de cristal, largas pestañas y cabellera rubia rizada,
primores de la escultura de Santa Cruz. Cuadros pintados al óleo
por los artistas de Paco y Hermita, representan martirios de santos,
milagros de la Virgen, etc.; Santa Lucía mirando al cielo y llevando
en un plato otros dos ojos con pestañas y cejas, como los que se ven
pintados en el triángulo de la Trinidad ó en los sarcófagos egipcios;
san Pascual Bailón, san Antonio de Padua con hábito de guingón [18],
contemplando lloroso á un Niño Jesús vestido de Capitán general,
tricornio, sable y botas como en el baile de niños de Madrid: esto
para el capitán Tiago significaba que aunque Dios añadiese á su poder
el de un Capitán general de Filipinas, siempre jugarían con él los
franciscanos como con una muñeca. Vénse también un san Antonio Abad con
un cerdo al lado, cerdo que para el digno capitán era tan milagroso
como el santo mismo, por cuya razón no se atrevía á llamarle cerdo,
sino criatura del santo señor san Antonio; un san Francisco de Asís con
siete alas y el hábito color de café colocado encima de un san Vicente
que no tiene más que dos, pero en cambio lleva un cornetín, un san
Pedro Mártir con la cabeza partida con un talibón [19] de malhechor,
empuñado por un infiel puesto de rodillas, al lado de un san Pedro que
corta la oreja á un moro, Malco sin duda, que se muerde los labios y
hace contorsiones de dolor, mientras un gallo sasabungin [20] canta
y bate las alas sobre una columna dórica, de lo cual deducía capitán
Tiago que para ser santo lo mismo era partir que ser partido. ¿Quién
puede enumerar aquel ejército de imágenes y decir las cualidades
y perfecciones que allí se atesoran? ¡No tendríamos bastante con
un capítulo! Sin embargo, no pasaremos en silencio un hermoso san
Miguel de madera dorada y pintada, casi de un metro de altura: el
arcángel, mordiéndose el labio inferior, tiene los ojos encendidos,
la frente arrugada y las mejillas de rosa; embraza un escudo griego y
blande en la diestra un kris joloano, dispuesto á herir al devoto ó
al que se acerque (según se deduce de su actitud y mirada) más bien
que al demonio rabudo y con cuernos que hinca los colmillos en su
pierna de doncella. Capitán Tiago no se le acercaba jamás temiendo un
milagro. ¿Cuántas y cuántas veces no se ha animado más de una imagen,
por peor tallada que fuese como las que salen de las carpinterías de
Paete [21], para confusión y castigo de los pescadores descreidos? Es
fama que tal Cristo de España, invocado como testigo de promesas de
amor, asintió con movimiento de cabeza delante del juez, que otro
Cristo se desclavó el brazo derecho para abrazar á santa Lutgarda ¿y
qué? ¿no había él leido un librito, publicado recientemente sobre un
sermón mímico, predicado por una imagen de santo Domingo en Soriano? El
santo no dijo una sola palabra, pero de sus gestos se dedujo ó dedujo
el autor del librito que anunciaba el fin del mundo [22] No se decía
también que la Virgen de Luta del pueblo de Lipa tenía una mejilla
más hinchada que la otra, y enlodados los bordes del vestido? ¿No
es esto probar matemáticamente que las sagradas imágenes también
se dan paseos sin levantar el vestido y hasta padecen dolores de
muelas, acaso por causa nuestra? No había él visto por sus propios
ojitos á los Cristos todos en el sermón de las Siete Palabras mover
y doblar la cabeza á compás de tres veces, provocando el llanto
y los gritos de todas las mujeres y almas sensibles destinadas al
cielo? ¿Más? Nosotros mismos hemos visto al predicador enseñar al
público, en el momento del descenso de la cruz, un pañuelo manchado
de sangre, é íbamos ya á llorar piadosamente, cuando, para desgracia
de nuestra alma, nos aseguró un sacristán que aquello era broma: era
la sangre de una gallina, asada y comida incontinenti á pesar de ser
Viernes santo... y el sacristán estaba grueso. Capitán Tiago, pues,
á fuer de hombre prudente y religioso, evita aproximarse al kris de
san Miguel;--¡Huyamos de las ocasiones! decía para sí; ya sé que es
un arcángel, pero ¡no, no me fío, no me fío!

No pasaba un año sin concurrir con una orquesta á la opulenta romería
de Antipolo: entonces costeaba dos misas de gracia de las muchas que
forman los tres novenarios y los otros días en que no hay novenarios,
y se bañaba después en el renombrado batis ó fuente, donde la misma
sagrada Imagen se bañara. Las personas devotas ven aún la huella de
los pies y el rastro de los cabellos en la dura peña, al enjugarlos,
precisamente como una mujer cualquiera que gasta aceite de coco,
y como si sus cabellos fuesen de acero ó de diamante, y pesase mil
toneladas. Nosotros desearíamos que la terrible Imagen sacudiese una
vez su sagrada cabellera á los ojos de estas personas devotas, y les
pusiese el pie sobre la lengua ó la cabeza.--Allí, junto á esa misma
fuente, capitán Tiago debe comer lechón asado, sinigang de dalag con
hojas de alibambang [23] y otros guisos más ó menos apetitosos. Las
dos misas le venían á costar algo más de cuatrocientos pesos, pero
resultaban baratas si se ha de considerar la gloria que la Madre de
Dios adquiere con las ruedas de fuego, cohetes, bombas y morteretes
ó bersos como allí se llaman, si se han de calcular las grandes
ganancias, que, merced á estas misas, había de conseguir en el resto
del año.

Pero Antipolo no era el único teatro de su ruidosa devoción. En
Binondo, en la Pampanga y en el pueblo de san Diego, cuando tenía que
jugar un gallo con grandes apuestas, enviaba al cura monedas de oro
para misas propiciatorias, y, como los romanos que consultaban sus
augures antes de una batalla dando de comer á los pollos sagrados,
capitán Tiago consultaba también los suyos con las modificaciones
propias de los tiempos y de las nuevas verdades. Él observaba la llama
de las velas, el humo del incienso, la voz del sacerdote etc., y del
tono procuraba deducir su futura suerte. Es una creencia admitida que
capitán Tiago pierde pocas apuestas, y éstas se deberían á que el
oficiante estaba ronco, había pocas luces, los cirios tenían mucho
sebo, ó que se había deslizado entre las monedas una falsa, etc.,
etc.: el celador de una cofradía le aseguraba que aquellos desengaños
eran pruebas, á que le sometía el cielo para asegurarse más de su fe y
devoción. Querido de los curas, respetado de los sacristanes, mimado
por los chinos cereros y los pirotécnicos ó castilleros el hombre
era feliz en la religión de esta tierra, y personas de carácter y
gran piedad le atribuyen también gran influencia en la Corte celestial.

Que estaba en paz con el Gobierno, no hay que dudarlo, por difícil
que la cosa pareciese. Incapaz de imaginarse un pensamiento nuevo,
y contento con su modus vivendi, siempre estaba dispuesto á obedecer
al último oficial quinto de todas las oficinas, á regalar piernas de
jamón, capones, pavos, frutas de China en cualquiera estación del
año. Si oía hablar mal de los naturales, él, que no se consideraba
como tal, hacía coro y hablaba peor; si se criticaba á los mestizos
sangleyes [24] ó españoles, criticaba él también acaso porque se
creyese ya ibero puro. Era el primero en aplaudir toda imposición
ó contribución, máxime cuando olía una contrata ó un arriendo
detrás. Siempre tenía orquestas á mano para felicitar y dar enfrentadas
[25] á toda clase de gobernadores, alcaldes, fiscales, etc., etc.,
en sus días, cumpleaños, nacimiento ó muerte de un pariente, en
cualquiera alteración, en fin, de la monotonía habitual. Encargaba
para esto versos laudatorios, himnos en que se celebraba al suave y
cariñoso gobernador, valiente y esforzado alcalde que le espera en
el cielo la palma de los justos (ó palmeta) y otras cosas más.

Fué gobernadorcillo del rico gremio de mestizos, á pesar de la
protesta de muchos que no le tenían por tal. En los dos años de su
mando estropeó diez fracs, otros tantos sombreros de copa y media
docena de bastones: el frac y el sombrero de copa en el Ayuntamiento,
en Malacañang y en el cuartel; el sombrero de copa y el frac en
la gallera, en el mercado, en las procesiones, en las tiendas de
los chinos, y debajo del sombrero y dentro del frac, capitán Tiago
sudando con la esgrima del bastón de borlas, disponiendo, arreglando
y descomponiéndolo todo con una actividad pasmosa y una seriedad
más pasmosa todavía. Así que las Autoridades veían en él un hombre,
dotado de la mejor voluntad, pacífico, sumiso, obediente, agasajador,
que no leía ningún libro ni periódico de España, aunque hablaba bien
el español; le miraban con el sentimiento con que un pobre estudiante
contempla el gastado tacón de su zapato viejo, torcido gracias á su
modo de andar.--Para él resultaban verdaderas ambas frases cristiana
y profana de beati pauperes spiritu y beati possidentes y muy bien se
le podía aplicar aquella, según algunos, equivocada traducción del
griego: ¡'Gloria á Dios en las alturas y paz á los hombres de buena
voluntad en la tierra'! pues, como veremos más adelante, no basta que
los hombres tengan buena voluntad para vivir en paz. Los impíos le
tomaban por tonto, los pobres por despiadado, cruel explotador de la
miseria, y sus inferiores por déspota y tirano. ¿Y las mujeres? ¡Ah,
las mujeres! Rumores calumniosos zumban en las miserables casas de
nipa [26] y se asegura oirse lamentos, sollozos, mezclados á veces
con los vagidos de un infante. Más de una joven es señalada por
el dedo malicioso de los vecinos: tiene la mirada indiferente y
el seno marchito. Pero estas cosas no le quitan el sueño; ninguna
joven turba su paz; una vieja es la que le hace sufrir, una vieja
que le hace la competencia en devoción, y que ha merecido de muchos
curas más entusiastas alabanzas y encomios que él en sus mejores días
consiguiera. Entre capitán Tiago y esta viuda, heredera de hermanos
y sobrinos, existe una santa emulación, que redunda en bien de la
Iglesia, como la competencia de los vapores de la Pampanga redundaba
entonces en bien del público. ¿Regala capitán Tiago un bastón de plata
con esmeraldas y topacios á una Virgen cualquiera? pues ya está doña
Patrocinio encargando otro de oro y con brillantes al platero Gadáunez;
que en la procesión de la Naval capitán Tiago levantó un arco con dos
fachadas, de tela abollonada, con espejos, globos de cristal, lámparas
y arañas, pues doña Patrocinio tendrá otro con cuatro fachadas,
dos varas más alto, más colgajos y pelendengues. Pero entonces
él acude á su fuerte, á su especialidad, á las misas con bombas y
fuegos artificiales, y doña Patrocinio tiene que morderse con sus
encías los labios, pues, excesivamente nerviosa, no puede soportar
el repiqueteo de las campanas y menos las detonaciones. Mientras él
sonríe, ella piensa en su revancha y paga con el dinero de los otros
á los mejores oradores de las cinco Corporaciones de Manila, á los
más famosos canónigos de la Catedral y hasta á los Paulistas para
predicar en los días solemnes sobre temas teológicos y profundísimos
á los pecadores que sólo comprenden lengua de tienda. Los partidarios
de capitán Tiago han observado que ella se duerme durante el sermón,
pero los partidarios de ella contestan que el sermón está ya pagado,
y por ella, y en todas las cosas pagar es lo primordial. Ultimamente
le anonadó regalando á una iglesia tres andas de plata con dorados,
cada uno de los cuales le costará más de tres mil pesos. Capitán Tiago
espera que esta anciana acabe de respirar el mejor día ó que pierda
cinco ó seis de sus pleitos, para servir solo á Dios; desgraciadamente
los defienden los mejores abogados de la Real Audiencia, y en cuanto á
su salud, no tiene por donde cogerla la enfermedad: parece un alambre
de acero, sin duda para edificación de las almas, y se agarra á este
valle de lágrimas con la tenacidad de una erupción de la piel. Sus
partidarios tienen la confianza segura de que á su muerte será
canonizada, y de que capitán Tiago mismo la ha de venerar aún en los
altares, lo que él acepta y promete con tal de que muera pronto.

Así era capitán Tiago en aquel entonces. En cuanto á su pasado
era el hijo único de un azucarero de Malabón, bastante acaudalado,
pero tan avaro que no quiso gastar un cuarto para educar á su hijo,
por cuyo motivo fué Santiaguillo criado de un buen dominico, hombre
muy virtuoso, que procuraba enseñarle todo lo bueno que podía y
sabía. Cuando iba á tener la felicidad de que sus conocidos le
llamasen lógico, esto es, cuando iba á estudiar lógica, la muerte
de su protector, seguida de la de su padre, dió fin á sus estudios,
y entonces tuvo que dedicarse á los negocios. Casóse con una hermosa
joven de Santa Cruz que le ayudó á hacer su fortuna y le dió su
posición social. Doña Pía Alba no se contentó con comprar azúcar,
café y añil: quiso sembrar, y compró el nuevo matrimonio terreno en
San Diego, datando de ahí sus amistades con el P. Dámaso y D. Rafael
Ibarra, el más rico capitalista del pueblo.

La falta de heredero en los seis primeros años de matrimonio hacía
de aquel afán por acumular riquezas casi una censurable ambición, y,
sin embargo, doña Pía era esbelta, robusta y bien formada. En vano
hizo novenarios; visitó por consejo de las devotas de san Diego á la
Virgen de Caysasay en Taal; dió limosnas; bailó en la procesión en
medio del sol de Mayo delante de la Virgen de Turumba en Pakil: todo
fué en vano, hasta que fray Dámaso le aconsejó se fuera á Obando, y
allí bailó en la fiesta de san Pascual Bailón, y pidió un hijo. Sabido
es que en Obando hay una Trinidad que concede hijos é hijas á elección:
Nuestra Señora de Salambau, santa Clara y san Pascual. Gracias á este
sabio consejo, doña Pía se sintió madre... ¡Ay! como el pescador
de que habla Shakespeare en Macbeth, el cual cesó de cantar cuando
encontró un tesoro, ella perdió la alegría, se puso muy triste y
no se la vió ya más sonreír.--¡Cosas de antojadizas! decían todos,
hasta capitán Tiago. Una fiebre puerperal concluyó con sus tristezas,
dejando huérfana una hermosa niña que llevó á la pila el mismo
fray Dámaso; y como san Pascual no dió el niño que se le pedía,
le pusieron los nombres de María-Clara en honor de la Virgen de
Salambau y de santa Clara, castigando con el silencio al honrado
san Pascual Bailón. La niña creció á los cuidados de la tía Isabel,
aquella anciana de urbanidad frailuna que vimos al principio: vivía
la mayor parte del año en san Diego por su saludable clima y allí
fray Dámaso le hacía fiestas.

María Clara no tenía los pequeños ojos de su padre: como su madre,
los tenía grandes, negros, sombreados por largas pestañas, alegres
y risueños cuando jugaba, tristes, profundos y pensativos cuando no
sonreía. De niña su rizada cabellera tenía un color casi rubio; su
nariz, de un correcto perfil, ni era muy afilada ni chata; la boca
recordaba la pequeña y graciosa de su madre con los alegres hoyuelos
de las mejillas; su piel tenía la finura de una capa de cebolla y
la blancura del algodón al decir de sus enloquecidos parientes, que
encontraban el rasgo de paternidad de capitán Tiago en las pequeñas
y bien modeladas orejas de María-Clara.

Tía Isabel atribuía aquellas facciones semieuropeas á antojos de doña
Pía; recordaba haberla visto muchas veces en los primeros meses de
la gestación llorar delante de San Antonio; otra prima de capitán
Tiago era del mismo parecer, sólo que difería en la elección del
santo; para ella ó era la Virgen ó San Miguel. Un famoso filósofo,
primo de capitán Tinong y que sabía el Amat [27] de memoria, buscaba
la explicación en influencias planetarias.

María Clara, ídolo de todos, creció entre sonrisas y amores. Los
mismos frailes la festejaban cuando en las procesiones la vestían de
blanco, la abundante y rizada cabellera entretejida de sampagas [28]
y azucenas, con dos alitas de plata y oro pegadas á la espalda del
traje, y dos palomas blancas en la mano, atadas con cintas azules. Y
luego, era tan alegre, tenía una charla tan cándidamente infantil,
que capitán Tiago, loco de amor, no hacía más que bendecir á los Santos
de Obando y aconsejar á todos la adquisición de hermosas esculturas.

En los países meridionales, la niña á los trece ó catorce años se hace
mujer, como el capullo de la noche, flor á la siguiente mañana. En
ese periodo de transición, lleno de misterios y romanticismo, entró
María Clara por consejos del cura de Binondo en el Beaterio de Santa
Catalina para recibir de las monjas la severa educación religiosa. Con
lágrimas se despidió del padre Dámaso y del único amigo con quien
había jugado en su niñez, de Crisóstomo Ibarra, que después partió
también para Europa. Allí, en aquel convento que se comunica con
el mundo al través de una doble reja, y todavía bajo la vigilancia
de la Madre Escucha, vivió ella siete años.--Cada uno con sus miras
particulares y comprendiendo la mutua inclinación de los jóvenes, don
Rafael y capitán Tiago concertaron la unión de sus hijos y formaron
una razón social. Este acontecimiento, que tuvo lugar algunos años
después de la partida del joven Ibarra, fué celebrado con igual
júbilo por dos corazones cada uno en un extremo del mundo y en muy
diferentes circunstancias.






VII

IDILIO EN UNA AZOTEA

                                              El Cantar de los Cantares.


Temprano habían ido aquella mañana á misa tía Isabel y María Clara:
ésta vestida elegantemente, con un rosario de cuentas azules que
medio le servía de brazalete, y aquélla con sus anteojos para leer
el «Ancora de Salvación», durante el Santo Sacrificio.

Apenas desapareció el sacerdote del altar, la joven manifestó
deseos de retirarse, con gran sorpresa y disgusto de la buena tía
que creía á su sobrina piadosa y amiga del rezo, como una monja
cuando menos. Refunfuñando y haciéndose cruces se levantó la buena
anciana. «¡Bah! ya me perdonará el buen Dios, que debe conocer el
corazón de las muchachas mejor que usted, tía Isabel», le hubiera
dicho para cortar sus severos, pero al fin maternales sermones.

Ahora se han desmayado ya, y María Clara distrae su impaciencia
tejiendo un bolsillo de seda, mientras la tía quiere borrar los rastros
de la fiesta anterior, empezando á manejar el plumero. Capitán Tiago
examina y repasa unos papeles.

Cada ruido en la calle, cada coche que pasaba hacían palpitar el seno
de la virgen y la estremecían. ¡Ah, ahora desea estar otra vez en su
tranquilo beaterio, entre sus amigas! ¡Allí le podría ver sin temblar,
sin turbarse! Pero ¿no era él tu amigo de la infancia, no jugabais
tantos juegos y hasta reñíais á veces? El por qué de estas cosas no
lo he de decir; si tú que me lees has amado, lo comprenderás, y si no,
es inútil que te lo diga: los profanos no comprenden estos misterios.

--Yo creo, María, que el médico tiene razón,--dice capitán
Tiago.--Debes ir á provincias, estás muy pálida, necesitas buenos
aires. ¿Qué te parece, Malabón... ó San Diego?

A este último nombre, María Clara, se puso roja como una amapola y
no pudo contestar.

--Ahora iréis Isabel y tú al beaterio para sacar tus ropas y despedirte
de tus amigas,--continuó capitán Tiago sin levantar la cabeza;--ya
no volverás á entrar en él.

María Clara sintió esa vaga melancolía que se apodera del alma cuando
se deja para siempre un lugar en donde fuimos felices, pero otro
pensamiento amortiguó este dolor.

--Y dentro de cuatro ó cinco días, cuando tengas ropa nueva, nos iremos
á Malabón... Tu padrino ya no está en San Diego; el cura que viste
aquí anoche, aquel padre joven, es el nuevo cura que tenemos allá,
es un santo.

--¡Le prueba San Diego mejor, primo!--observó la tía Isabel;--además,
la casa que allá tenemos es mejor; y se acerca la fiesta.

María Clara quería dar un abrazo á su tía, pero oyó pararse un coche
y se puso pálida.

--¡Ah, es verdad!--contestó capitán Tiago, y cambiando de tono, añadió:

--¡Don Crisóstomo!

María Clara dejó caer la labor que tenía entre las manos; quiso
moverse, pero no pudo: un estremecimiento nervioso recorría su
cuerpo. Se oyeron pasos en las escaleras, y después, una voz fresca,
varonil. Como si esta voz hubiese tenido un poder mágico, la joven se
sustrajo á su emoción y echóse á correr, escondiéndose en el oratorio
donde estaban los santos. Los dos primos se echaron á reir, é Ibarra
oyó aún el ruido de una puerta que se cerraba.

Pálida, respirando aceleradamente, la joven se comprimió el palpitante
seno y quiso escuchar. Oyó la voz, aquella voz tan querida, que hacía
tiempo sólo oía en sueños; él preguntaba por ella. Loca de alegría
besó al santo que encontró más cerca, á San Antonio Abad ¡santo feliz,
en vida y en madera, siempre con hermosas tentaciones! Después buscó
un agujero, el de la cerradura, para verle y examinarle: y sonreía,
y cuando su tía la sacó de su contemplación, sin saber lo que se hacía,
se colgó del cuello de la anciana y la llenó de repetidos besos.

--Pero, tonta, ¿qué te pasa?--pudo al fin decir la anciana enjugándose
una lágrima de sus marchitos ojos.

María Clara se avergonzó y se tapó los ojos con el redondo brazo.

--¡Vamos, arréglate, ven!--añadió la anciana en tono
cariñoso.--Mientras él habla con tu padre de ti... ven, y no te
hagas esperar.

La joven se dejó llevar como una niña, y allá se encerraron en su
aposento.

Capitán Tiago é Ibarra hablaban animadamente cuando apareció la tía
Isabel, medio arrastrando á su sobrina, que dirigía la vista á todas
partes, menos á las personas...

¿Qué se dijeron aquellas dos almas, qué se comunicaron en ese lenguaje
de los ojos, más perfecto que el de los labios, lenguaje dado al
alma para que el sonido no turbe el éxtasis del sentimiento? En
esos instantes, cuando los pensamientos de los felices seres se
compenetran al través de las pupilas, la palabra es lenta, grosera,
débil, es como el ruido bronco y torpe del trueno á la deslumbradora
luz y la rapidez de la centella: expresa un sentimiento ya conocido,
una idea ya comprendida, y si se usa de ella es porque la ambición del
corazón, que domina todo el sér, y que rebosa de felicidad, quiere que
todo el organismo humano con todas sus facultades físicas y psíquicas
manifieste el poema de alegrías que entona el espíritu. A la pregunta
de amor de una mirada que brilla ó se vela, no tiene respuestas el
idioma: responden la sonrisa, el beso ó el suspiro.

Y después, cuando la enamorada pareja, huyendo del plumero
de la tía Isabel que levanta el polvo, se fueron á la azotea
para departir en libertad entre los pequeños emparrados, ¿qué se
contaron entre murmullos, que os estremecíais, florecitas rojas del
cabello-de-ángel? ¡Contadlo vosotras, que tenéis aromas en vuestro
aliento y colores en vuestros labios; tú, céfiro, que aprendiste
raras armonías en el secreto de la noche obscura y en el misterio
de nuestros vírgenes bosques; contadlo, rayos del sol, manifestación
brillante del Eterno en la tierra, único inmaterial en el mundo de la
materia, contadlo, vosotros, que yo sólo sé referir prosaicas locuras!

Pero ya que no lo queréis hacer, lo voy á intentar yo mismo.

El cielo era azul: una fresca brisa, que no olía á rosa, agitaba
las hojas y las flores de las enredaderas,--por esto se estremecían
los cabellos-de-ángel,--las plantas aéreas, los pescados secos y las
lámparas de China. El ruido del saguan [29], que removía las turbias
aguas del río, el paso de los coches y carros por el puente de Binondo
llegaban distintamente hasta ellos, pero no lo que murmuraba la tía.

--Mejor, allí estaréis vigilados por todo el vecindario,--decía ésta.

Al principio no se dijeron más que tonterías, esas dulces tonterías
que se parecen mucho á las jactancias de las naciones en Europa:
gustan y saben á miel para los nacionales, pero hacen reir ó fruncir
las cejas á los extranjeros.

Ella, como hermana de Caín, es celosa y por esto pregunta á su novio:

--¿Has pensado siempre en mí? ¿no me has olvidado en tantos
viajes? ¡Tantas grandes ciudades con tantas mujeres hermosas!...

El también, otro hermano de Caín, sabe eludir las preguntas y es un
poco mentiroso, y por eso:

--¿Podría yo olvidarte?--contesta mirando embelesado en las negras
pupilas de ella:--¿podría yo faltar á un juramento sagrado? ¿Te
acuerdas de aquella noche tempestuosa en que tú, viéndome solitario
llorar junto al cadáver de mi madre, te acercaste á mí, me pusiste la
mano sobre el hombro, tu mano que hacía tiempo ya no me dejabas que
cogiese, y me dijiste: «Has perdido á tu madre, yo nunca la tuve...» y
lloraste conmigo? Tú la querías y ella te quería como á una hija. Fuera
llovía y relampagueaba, pero me parecía oir música, ver sonreir
el pálido rostro del cadáver... ¡oh, si mis padres vivieran y te
contemplaran! yo entonces cogí tu mano y la de mi madre, juré amarte,
hacerte feliz, sea cualquiera la suerte que el cielo me deparase, y
como este juramento no me ha pesado nunca, ahora te lo renuevo. ¿Podía
yo olvidarte? Tu recuerdo me ha acompañado siempre, me ha salvado de
los peligros del camino, ha sido mi consuelo en la soledad de mi alma
en los países extranjeros; tu recuerdo ha neutralizado el efecto del
loto de Europa, que borra de la memoria de muchos las esperanzas y
la desgracia de la Patria. En sueños te veía de pie en la playa de
Manila, mirando al lejano horizonte, envuelta en la tibia luz de la
temprana aurora; oía un lánguido y melancólico canto, que despertaba
en mí adormecidos sentimientos y evocaba en la memoria de mi corazón
los primeros años de mi niñez, nuestras alegrías, nuestros juegos,
todo el pasado feliz que animaste mientras estabas en el pueblo. Me
parecía que eras el hada, el espíritu, la encarnación poética de mi
Patria, hermosa, sencilla, amable, candorosa, hija de Filipinas, de
ese hermoso país que une á las grandes virtudes de la Madre España
las bellas cualidades de un pueblo joven, como se reune en tu sér
todo lo hermoso y bello, patrimonio de ambas razas [30]; y por esto
tu amor y el que profeso á mi Patria se funden en uno solo... ¿Podía
olvidarte? Varias veces creía escuchar los sonidos de tu piano y los
acentos de tu voz, y siempre que en Alemania, á la caída de la tarde,
cuando vagaba por los bosques, poblados por las fantásticas creaciones
de sus poetas y las misteriosas leyendas de sus pasadas generaciones,
evocaba tu nombre, creía verte en la bruma que se levanta del fondo
del valle, creía oir tu voz en los susurros de las hojas; y cuando
los aldeanos, volviendo del trabajo, dejaban oir desde lejos sus
populares cantos, se me figuraba que armonizaban con mis voces
interiores, que cantaban para tí, y daban realidad á mis ilusiones
y ensueños. A veces me perdía en los senderos de las montañas, y la
noche, que allí desciende poco á poco, me encontraba aún vagando,
buscando mi camino entre pinos, hayas y encinas; entonces, si algunos
rayos de luna se deslizaban por entre los claros del ramaje, me parecía
verte en el seno del bosque como una vaga, enamorada sombra oscilar
entre la luz y las tinieblas de la espesura; y si acaso el ruiseñor
dejaba oir sus variados trinos, creía que era porque te veía y tú le
inspirabas. ¡Si he pensado en tí! ¡La fiebre de tu amor no solamente
animaba á mi vista la niebla, sino que además coloreaba el hielo! En
Italia, el hermoso cielo de Italia por su limpidez y profundidad me
hablaba de tus ojos; su risueño paisaje me hablaba de tu sonrisa, como
las campiñas de Andalucía con su aire saturado de aromas, poblado de
recuerdos orientales, llenos de poesía y colorido, me hablaban de tu
amor. En las noches de luna, de aquella soñolienta luna, bogando en
una barca en el Rhin, me preguntaba si acaso no podría engañar á mi
fantasía para verte entre los álamos de la orilla, en la roca de la
Lorelay ó en medio de las ondas, cantando en el silencio de la noche,
como la joven hada de los consuelos, para alegrar la soledad y la
tristeza de aquellos arruinados castillos!

--Yo no he viajado como tú; no conozco más que tu pueblo, Manila
y Antipolo,--contesta ella sonriendo, pues cree todo cuanto él le
cuenta,--pero desde que te dije adiós, y entré en el beaterio, me
he acordado siempre de tí, y no te he olvidado por más que me lo ha
mandado el confesor, imponiéndome muchas penitencias. Me acordaba de
nuestros juegos, de nuestras riñas cuando éramos niños. Escogías los
más hermosos sigüeyes [31] para jugar al siklot [32]; buscabas en
el río las más redondas y finas piedrecitas de diferentes colores
para que jugásemos al sintak; tú eras muy torpe, perdías siempre
y por castigo te daba el bantil [33] con la palma de mi mano,
pero procuraba no pegarte fuerte, pues te tenía compasión. En
el juego de la chonka [34] eras muy tramposo, más aún que yo, y
solíamos acabar á arrebatiña. ¿Te acuerdas de aquella vez cuando te
enfadaste de veras? Entonces me hiciste sufrir, pero después, cuando
me acordaba de ello en el beaterio, sonreía, te echaba de menos para
reñir otra vez ... y hacer las paces en seguida. Eramos aún niños:
fuimos con tu madre á bañarnos en aquel arroyo bajo la sombra de los
cañaverales. En las orillas crecían muchas flores y plantas cuyos
extraños nombres me decías en latín y en castellano, pues entonces
ya estudiabas en el Ateneo. Yo no te hacía caso; me entretenía en
ir detrás de las mariposas y libélulas, que tienen en su cuerpo fino
como un alfiler todos los colores del arco iris y todos los reflejos
del nácar, que pululan y se persiguen unas á otras entre las flores;
á veces con las manos quería sorprender, coger los pececillos, que se
deslizan rápidos entre el musgo y las pedrezuelas de la orilla. De
pronto desapareciste, y cuando volviste traías una corona de hojas
y flores de naranjo que colocaste sobre mi cabeza, llamándome Cloe;
para tí hiciste otra de enredaderas. Pero tu madre cogió mi corona,
la machacó con una piedra mezclándola con el gogo [35] con que nos iba
á lavar la cabeza; se te saltaron las lágrimas de los ojos y dijiste
que ella no entendía de mitología:--«¡Tonto!--contestó tu madre,--verás
qué bien olerán después vuestros cabellos.»--Yo me reí, te ofendiste,
no me quisiste hablar, y el resto del día te mostraste tan serio, que
á mi vez tuve ganas de llorar. De vuelta al pueblo, y ardiendo mucho
el sol, cogí hojas de salvia que crecía á orillas del camino, te las
di para que las pusieses dentro de tu sombrero y no tuvieses dolor
de cabeza. Sonreiste, entonces te cogí de la mano é hicimos las paces.

Ibarra se sonrió de felicidad, abrió su cartera y sacó un papel, dentro
del cual había envueltas unas hojas negruzcas, secas y aromáticas.

--¡Tus hojas de salvia!--contestó él á su mirada;--esto es todo lo
que me has dado.

Ella á su vez sacó rápidamente de su seno una bolsita de raso blanco.

--¡Psh!--dijo ella dándole una palmada en la mano;--no se permite
tocar; es una carta de despedida.

--¿Es la que te escribí antes de partir?

--¿Me ha escrito usted otra, señor mío?

--Y ¿qué te decía yo entonces?

--¡Muchos embustes, excusas de mal pagador!--contestó ella sonriendo,
dando á entender cuán agradables eran aquellas mentiras.--¡Quieto! te
la leeré, pero suprimiré tus galanterías para no martirizarte.

Y levantando el papel á la altura de sus ojos para que el joven no
le viera la cara, comenzó:

«Mi... no te leo lo que sigue, pues es un embuste,--y recorrió algunas
líneas con los ojos.--«Mi padre quiere que parta á pesar de mis
súplicas.--Tú eres hombre, me ha dicho, debes pensar en el porvenir y
en tus deberes. Debes aprender la ciencia de la vida, lo que tu patria
no puede darte, para serle útil un día. Si permaneces á mi lado, á mi
sombra, en esta atmósfera de preocupaciones, no aprenderás á mirar á
lo lejos; y el día en que te falte te encontrarás como la planta de
que habla nuestro poeta Baltasar: «Crecida en el agua, se le marchitan
las hojas á poco que no se la riegue; la seca un momento de calor.»
¿Ves? eres ya casi un joven ¡y lloras aún!--Me hirió este reproche y le
confesé que te amaba. Mi padre se calló, reflexionó, y poniéndome la
mano sobre el hombro me dijo con temblorosa voz:--¿Crees que tú solo
sabes amar, que tu padre no te ama ni siente separarse de tí? Hace
poco perdimos á tu madre; voy caminando ya á la vejez, á esa edad en
que se busca el apoyo y el consuelo de la juventud, y sin embargo,
acepto mi soledad, y no sé si te volveré á ver. Pero debo pensar en
otras cosas más grandes... El porvenir se abre para tí, para mí se
cierra; tus amores nacen, los míos van muriendo; el fuego hierve en
tu sangre, el frío se insinúa en la mía, y sin embargo lloras y no
sabes sacrificar el ahora á un mañana útil para ti y tu país!--Los
ojos de mi padre se llenaron de lágrimas, caí de rodillas á sus pies,
le abracé, le pedí perdón y le dije que estaba dispuesto á partir...»

La agitación de Ibarra suspendió la lectura: el joven estaba pálido
y andaba de un extremo á otro de la azotea.

--¿Qué tienes? ¿qué te pasa?--le preguntó ella.

--¡Tú me has hecho olvidar que tengo mis deberes, que debo partir
ahora mismo para el pueblo! Mañana es la fiesta de los muertos.

María Clara se calló, fijó en él algunos instantes sus grandes y
soñadores ojos, y cogiendo unas flores, le dijo conmovida:

--¡Vé, yo no te detengo más; dentro de algunos días nos volveremos
á ver! ¡Coloca esta flor sobre la tumba de tus padres!

Algunos minutos después, el joven descendía las escaleras acompañado
de capitán Tiago y de la tía Isabel, mientras María Clara se encerraba
en el oratorio.

--¡Haga usted el favor de decir á Andeng que prepare la casa,
que van á llegar María é Isabel! ¡Buen viaje!--decía capitán Tiago,
mientras Ibarra subía en el coche, que partió en dirección á la plaza
de San Gabriel.

Y después, por vía de consuelo, decía á María Clara, que lloraba al
lado de una imagen de la Virgen:

--Anda, enciende dos velas de á dos reales, una al señor San Roque,
y otra al señor San Rafael, ¡patrón de los caminantes! Enciende la
lámpara de Nuestra Señora de la Paz y Buenviaje, que hay muchos
tulisanes [36]. ¡Más vale gastarse cuatro reales en cera y seis
cuartos en aceite que no tener después que pagar un rescate gordo!






VIII

RECUERDOS


El coche de Ibarra recorría parte del más animado arrabal de Manila;
lo que la noche anterior le ponía triste, á la luz del día le hacía
sonreir á pesar suyo.

La animación que bullía por todas partes, tantos coches que iban y
venían á escape, las carromatas, las calesas, los europeos, los chinos,
los naturales, cada cual con su traje, las vendedoras de fruta,
los corredores, el desnudo cargador, los puestos de comestibles,
las fondas, restaurants, tiendas, hasta los carros tirados por el
impasible é indiferente carabao, que parece entretenerse en arrastrar
bultos mientras filosofa, todo, el ruido, el traqueteo, hasta el sol
mismo, cierto olor particular, los abigarrados colores, despertaban
en su memoria un mundo de recuerdos adormecidos.

Aquellas calles no tenían aún adoquinado. Brillaba el sol dos días
seguidos y se convertía en polvo, que todo lo cubría, hacía toser y
cegaba á los transeuntes: llovía un día, y se formaba un pantano, que
á la noche reflejaba los faroles de los coches, salpicando desde cinco
metros de distancia á los peatones en las angostas aceras. ¡Cuántas
mujeres no habían dejado en aquellas olas de lodo sus chinelas
bordadas! Entonces veíanse apisonando las calles presidiarios en fila,
la cabeza rapada, vistiendo una camisa de mangas cortas y un calzón
hasta las rodillas con números y letras azules; en las piernas cadenas
medio envueltas entre trapos sucios para moderar el roce ó quizás el
frío del hierro; unidos de dos en dos, tostados por el sol, rendidos
por el calor y el cansancio, hostigados y azotados con una vara por
otro presidiario, que se consolaba acaso con poder á su vez maltratar
á otros. Eran hombres altos, de sombrías fisonomías, que él no había
visto jamás serenarse con la luz de una sonrisa; sus pupilas, sin
embargo, brillaban, cuando la vara, silbando, caía sobre los hombros,
ó cuando un transeunte les arrojaba la colilla de un cigarro, medio
mojado y deshecho: lo cogía el que estaba más cerca y lo escondía
en su salakot [37]; los demás se quedaban mirando con una expresión
rara á los otros transeuntes. Le parecía oir aún el ruido que hacían
desmenuzando la piedra para cubrir los baches, y el sonido alegre
de los pesados grillos en sus tobillos hinchados. Ibarra recordaba
estremeciéndose aún una escena que había herido su imaginación de
niño: era una siesta y el sol dejaba caer á plomo sus más calurosos
rayos. A la sombra de un carretón de madera yacía uno de aquellos
hombres, exánime, los ojos entreabiertos; otros dos, silenciosos,
arreglaban una camilla de caña, sin ira, sin dolor, sin impaciencia,
lo que era propio del carácter atribuído á los naturales.--Hoy tú,
mañana nosotros, dirían entre sí. La gente circulaba sin cuidarse
de ello, aprisa; las mujeres pasaban, lo miraban, y continuaban su
camino; el espectáculo era común, había encallecido los corazones;
los coches corrían reflejando en su barnizado cuerpo los rayos de
aquel sol brillante en un cielo sin nubes; á él solo, niño de once
años, acabado de llegar del pueblo, le conmovía, á él sólo le dió
una pesadilla la noche siguiente.

Ya no estaba el bueno y honrado Puente de Barcas, aquel puente buen
filipino, que hacía todo lo posible por servir á pesar de sus naturales
imperfecciones, que se elevaba y se deprimía según el capricho del
Pásig y que éste más de una vez había maltratado y destrozado.

Los almendros de la plaza de San Gabriel no habían crecido, continuaban
raquíticos.

La Escolta [38] le pareció menos hermosa, sin embargo de que un gran
edificio con cariátides ocupaba el sitio de los antiguos camarines. El
nuevo Puente de España llamó su atención; las casas de la orilla
derecha del río entre cañaverales y árboles, allá donde la Escolta
termina y la Isla del Romero empieza, le recordaron las frescas
mañanas, cuando en banca [39] pasaban por allí para ir á los baños
de Ulî Ujî.

Encontraba muchos coches tirados por magníficos troncos de caballos
enanos: dentro de los coches, empleados, que medio dormidos aún, se
dirigían acaso á sus oficinas, militares, chinos en una postura fatua
y ridícula, frailes graves, canónigos, etc. En una elegante victoria
creyó reconocer al padre Dámaso, serio y con las cejas fruncidas,
pero éste ya había pasado y ahora le saluda alegremente desde su
carretela Cpn. Tinong, que va con su señora y sus dos hijas.

A la bajaba de puente los caballos tomaron el trote, dirigiéndose
hacia el paseo de la Sabana. A la izquierda, la fábrica de Tabacos de
Arroceros dejaba oir el estruendo que hacen las cigarreras golpeando
las hojas. Ibarra no pudo menos de sonreir, acordándose de aquel
fuerte olor que á las cinco de la tarde saturaba el Puente de Bargas
y le mareaba cuando niño. Las animadas conversaciones, los chistes
llevaron maquinalmente su imaginación al barrio de Lavapiés en Madrid
con sus motines de cigarreras, tan fatales para los desgraciados
guindillas, etc.

El jardín botánico ahuyentó sus risueños recuerdos: el demonio de las
comparaciones le puso delante de los jardines botánicos de Europa,
en los países donde se necesitan mucha voluntad y mucho oro para que
brote una hoja y abra su cáliz una flor; recordó los de las colonias,
ricos y bien cuidados y abiertos todos al público. Ibarra apartó
la vista, miró á su derecha y allí vió á la antigua Manila, rodeada
aún de sus murallas y fosos, como una joven anémica envuelta en un
vestido de los buenos tiempos de su abuela.

¡La vista del mar que se pierde á lo lejos!.....

--¡A la otra ribera está Europa!--pensaba el joven. ¡Europa con sus
hermosas naciones agitándose continuamente, buscando la felicidad,
soñando todas las mañanas y desengañándose al ocultar el sol ... feliz
en medio de sus catástrofes! ¡Sí, á la otra orilla del infinito mar
están las naciones espirituales, sin embargo de que no condenan la
materia, más espirituales aún que las que se precian de adorar el
espíritu!...

Pero estos pensamientos huyen de su imaginación á la vista de
la pequeña colina en el campo de Bagumbayan [40]. El montecillo,
aislado, al lado del paseo de la Luneta, llamaba ahora su atención
y le ponía meditabundo.

Pensaba en el hombre que le había abierto los ojos de su inteligencia,
hecho comprender lo bueno y lo justo. Las ideas que le había infundido
eran pocas, sí, pero no eran vanas repeticiones: eran convicciones
que no palidecieron á la luz de los mayores focos del Progreso. Aquel
hombre era un anciano sacerdote, y las palabras que le había dicho al
despedirse de él, resonaban aún en sus oídos. «No olvides que si el
saber es patrimonio de la humanidad, sólo lo heredan los que tienen
corazón», le había recordado. «He procurado transmitirte lo que de mis
maestros he recibido; el caudal aquel lo he procurado aumentar en lo
que he podido y lo transmito á la generación que viene: tú harás lo
mismo con la que te suceda, y puedes triplicarlo, pues vas á muy ricos
países.» Y añadía sonriendo: «Ellos vienen buscando oro, id también
vosotros á su país á buscar otro oro que nos hace falta. Recuerda,
sin embargo, que no es oro todo lo que reluce.» Aquel hombre había
muerto allí.

A estos recuerdos contestaba él profiriendo en voz baja:

--¡No, á pesar de todo, primero la patria, primero Filipinas, hija
de España, primero la patria española! ¡No, eso que es fatalidad no
empaña á la patria, no!

No llama su atención la Ermita, fénix de nipa, que se levanta de sus
cenizas bajo la forma de casas pintadas de blanco y azul, techadas
de cinc pintado de rojo. No atraen sus miradas ni Malate, ni el
cuartel de caballería con sus árboles enfrente, ni los habitantes,
ni las casitas de nipa de techo más ó menos piramidal ó prismático,
ocultas entre plátanos y bongas, construídas como los nidos, por cada
padre de familia.

El coche seguía rodando: se encontraba con una carromata tirada por
uno ó dos caballos, cuyos arneses de abaká [41] delataban su origen
provinciano. El carromatero procuraba ver al viajero del brillante
coche y pasaba sin cambiar palabra, sin un solo saludo. A veces un
carretón, tirado por un carabao de paso lento é indiferente, animaba
las anchas y polvorosas calzadas, bañadas por el brillante sol de los
trópicos. Al melancólico y monótono canto del guía, montado sobre
el búfalo, acompaña el estridente rechinar de la seca rueda con el
descomunal eje del pesado vehículo; á veces es el sonido sordo de los
gastados patines ó plantas de un paragos, ese trineo de Filipinas, que
se arrastra penosamente sobre el polvo ó los charcos del camino. En
los campos, en las tendidas eras pasta el ganado, mezclado con las
blancas garzas, tranquilamente posadas sobre el lomo del buey, que
rumía y saborea medio cerrando los ojos la hierba de la pradera; á
lo lejos yeguadas triscan, saltan y corren, perseguidas por un potro
de genio vivo, cola larga y abundantes crines: el potro relincha,
y salta la tierra á los golpes de sus poderosos cascos.

Dejemos al joven viajar meditando ó dormitando: la poesía melancólica
ó animada del campo no llama su atención; aquel sol que hace relucir
las copas de los árboles y correr á los campesinos, cuyos pies quema
el candente suelo á pesar de su calzado de callos, aquel sol que
detiene á la aldeana bajo la sombra de un almendro ó cañaveral y
le hace pensar en cosas vagas é inexplicables, aquel sol no tiene
encantos para nuestro joven.

Volvamos á Manila mientras el coche rueda tambaleando, como un
borracho, por el accidentado terreno, mientras pasa un puente de caña,
sube elevada cuesta ó baja rápida pendiente.






IX

COSAS DEL PAIS


Ibarra no se había equivocado: en aquella victoria iba en efecto el
padre Dámaso y se dirigía á la casa de donde él acababa de salir.

--¿A dónde os vais?--preguntó el fraile á María Clara y á tía Isabel
que se disponían á subir en un coche con adornos de plata: padre
Dámaso en medio de su preocupación daba ligeros golpecitos en las
mejillas de la joven.

--Al Beaterio á sacar mis cosas,--contestó ella.

--¡Ahaaá! ¡ajá! vamos á ver quién puede más, vamos á ver...--murmuraba
distraído, dejando á las dos mujeres no poco sorprendidas. Con la
cabeza baja y andar lento ganó las escaleras y subió.

--¡Debe tener sermón, y lo estará estudiando de memoria!--dijo tía
Isabel;--sube, María, que llegaremos tarde.

Si el padre Dámaso tenía sermón ó no, no lo podemos decir; pero cosas
muy importantes debían absorber su atención, pues no tendió la mano
á Cpn. Tiago, que tuvo que hacer una semigenuflexión para besársela.

--¡Santiago!--fué lo primero que dijo,--tenemos que hablar de cosas
muy importantes; vamos á tu despacho.

Cpn. Tiago se puso inquieto, perdió el uso de la palabra, pero
obedeció y siguió detrás del colosal sacerdote, que cerró detrás de
sí la puerta.

Mientras conferencian en secreto, averigüemos qué se ha hecho de
fray Sibyla.

El sabio dominico no está en la casa parroquial: muy temprano, después
de decir misa, se fué al convento de su orden, situado á la entrada
de la puerta de Isabel II ó de Magallanes, según qué familia reina
en Madrid.

Sin hacer caso ni del rico olor á chocolate, ni del ruido de cajones
y monedas, que venía de la procuración, y contestando apenas al
respetuoso y deferente saludo del hermano procurador, fray Sibyla
subió, atravesó algunos corredores y llamó á una puerta con los
nudillos de los dedos.

--¡Adelante!--suspiró una voz.

--¡Dios devuelva á vuestra reverencia la salud!--fué el saludo del
joven dominico al entrar.

Sentado en un gran sillón se veía á un viejo sacerdote, demacrado, algo
amarillento, como esos santos que pintó Rivera. Sus ojos se hundían en
las ahuecadas órbitas, coronadas de pobladísimas cejas, que, por estar
contraídas casi siempre, aumentaban el intenso brillo de aquellos.

El padre Sibyla le contempló conmovido, cruzados los brazos debajo
del venerable escapulario de Santo Domingo. Después dobló la cabeza
sin decir una palabra y pareció aguardar.

--¡Ah!--suspiró el enfermo--me aconsejan la operación. Hernando,
¡la operación á mi edad! ¡El país, este terrible país! ¡Escarmienta
en mí, Hernando!

Fray Sibyla levantó lentamente los ojos y los fijó en la fisonomía
del enfermo:

--Y ¿qué ha decidido vuestra reverencia?--preguntó.

--¡Morir! ¡Ay! ¿quédame otra cosa acaso? Sufro demasiado pero ... he
hecho sufrir á muchos ... ¡saldo mi deuda! Y tú ¿cómo estás? ¿qué
traes?

--Venía á hablarle del encargo que me ha dado.

--¡Ah! y ¿qué es de ello?

--¡Psh!--contestó con disgusto el joven sentándose y volviendo con
desprecio la cara á otra parte; nos han contado fábulas; el joven
Ibarra es un chico prudente, no parece tonto, pero le creo un buen
chico.

--¿Lo crees?

--Anoche comenzaron las hostilidades.

--¿Ya? y ¿cómo?

Fray Sibyla refirió brevemente lo que pasó entre el padre Dámaso y
Crisóstomo Ibarra.

--Además,--añadió concluyendo,--el joven se casa con la hija de
Cpn. Tiago, educada en el colegio de nuestras hermanas, es rico,
y no querrá hacerse de enemigos para perder felicidad y fortuna.

El enfermo movía la cabeza en señal de asentimiento.

--Sí, pienso como tú... Con una mujer tal y un suegro parecido, le
tendremos en cuerpo y alma. Y si no, ¡tanto mejor si se declarase
enemigo nuestro!

Fray Sibyla miró sorprendido al anciano.

--Para bien de nuestra Santa Corporación, se entiende,--añadió,
respirando con dificultad.--Prefiero los ataques á las tontas alabanzas
y adulaciones de los amigos... Verdad es que están pagados.

--¿Piensa vuestra reverencia?...

El anciano le miró con tristeza.

--¡Tenlo bien presente!--contestó respirando con fatiga. Nuestro
poder durará mientras se crea en él. Si nos atacan, el Gobierno
dice: Los atacan porque ven ellos un obstáculo á su libertad, pues
conservémoslos.

--Y ¿si les da oídos? El Gobierno á veces...

--¡No les dará!

--Sin embargo, si, atraído por la codicia, llegase á querer para sí
lo que nosotros recogemos ... si hubiese un atrevido y temerario...

--Entonces ¡ay de él!

Ambos guardaron silencio.

--Además,--continuó el enfermo,--nosotros necesitamos que nos ataquen,
que nos despierten: esto nos descubre nuestros flacos y nos mejora. Las
exageradas alabanzas nos engañan, nos adormecen, pero fuera nos
ponen en ridículo, y el día en que estemos en ridículo, caeremos
como caímos en Europa. El dinero ya no entrará en nuestras iglesias,
nadie comprará escapularios ni correas ni nada, y cuando dejemos de
ser ricos, no podremos ya convencer á las conciencias

--¡Psh! siempre tendremos nuestras haciendas, nuestras fincas...

--¡Todas se perderán como las perdimos en Europa! Y lo peor es que
trabajamos para nuestra misma ruina. Por ejemplo: ese afán desmedido de
subir cada año, y á nuestro arbitrio, el canon de nuestros terrenos,
ese afán que en vano he combatido en todos los Capítulos, ¡ese
afán nos pierde! El indio se ve obligado á comprar en otra parte
tierras que resultan tan buenas ó mejores que las nuestras. Temo que
empezamos á bajar: Quos vult perdere Júpiter dementat prius. Por eso
no aumentemos nuestro peso; el pueblo murmura ya. Has pensado bien:
dejemos á los demás que arreglen allá sus cuentas, conservemos el
prestigio que nos queda, y puesto que pronto apareceremos ante Dios,
limpiémonos las moscas... ¡Que el Dios de las misericordias tenga
piedad de nuestra flaqueza!

--¿De manera que vuestra reverencia cree que el canon ó tributo?...

--¡No hablemos ya más de dinero!--interrumpió con cierto disgusto el
enfermo.--Decías que el teniente había prometido al padre Dámaso...

--¡Sí, padre!--contestó Fray Sibyla medio sonriendo. Pero esta mañana
le vi y me dijo que sentía cuanto había pasado anoche, que el Jerez
le había subido á la cabeza, y que consideraba que el padre Dámaso
estaba en igual situación que él.--Y ¿la promesa? le pregunté en
broma.--Padre cura, me contestó: yo sé cumplir mi palabra cuando con
ella no mancho mi honor: no soy, ni he sido nunca delator; por eso
no tengo más que dos estrellas.

Después de hablar de otras cosas insignificantes, fray Sibyla se
despidió.

El teniente no había ido en efecto á Malacañan [42], pero el Capitán
General supo lo ocurrido.

Hablando con sus ayudantes de las alusiones que los periódicos de
Manila le hacían bajo el nombre de cometas y apariciones celestes,
uno de aquellos le refirió la cuestión del padre Dámaso con colores
algo más intencionados aunque en forma más correcta.

--¿De quién lo supo usted?--preguntó Su Excelencia sonriendo.

--De Laruja, que lo contaba esta mañana en la redacción.

El Capitán General volvió á sonreirse y añadió:

--¡Mujer y fraile no hacen agravio! Pienso vivir en paz el tiempo
que me queda de país y no quiero más cuestiones con hombres que usan
faldas. Es más; he sabido también que el provincial se ha burlado de
mis órdenes; yo pedí como castigo el traslado de ese fraile; y bien,
le trasladaron llevándole á otro pueblo mucho mejor: ¡frailadas,
como decimos en España!

Pero cuando Su Excelencia se encontró solo, dejó de reir.

--¡Ah! ¡si el pueblo este no fuera tan estúpido, les metería en
cintura á sus reverencias!--suspiró.--Pero cada pueblo merece su
suerte, y hagamos lo que todo el mundo.

Capitán Tiago entretanto concluyó de conferenciar con el padre Dámaso,
ó mejor dicho éste con aquél.

--¡Conque ya estás advertido!--decía el franciscano al
despedirse.--Todo esto se hubiera podido evitar si me hubieses antes
consultado, si no hubieses mentido cuando yo te lo preguntaba. ¡Procura
no cometer más tonterías y fíate en su padrino!

Capitán Tiago dió dos ó tres vueltas por la sala, meditabundo
y suspirando de repente, como si se le hubiese ocurrido un buen
pensamiento, corrió al oratorio y apagó aprisa las velas y la lámpara
que había hecho encender para salvaguardia de Ibarra.

--¡Todavía hay tiempo y el camino es muy largo!--murmuró.






X

EL PUEBLO


Casi á orillas del lago está el pueblo de San Diego [43] en medio
de campiñas y arrozales. Exporta azúcar, arroz, café y frutas ó los
vende malbaratados al chino, que explota la candidez ó los vicios de
los labradores.

Cuando en un día sereno los muchachos se suben al último cuerpo de la
torre de la iglesia, que el musgo y las plantas trepadoras adornan,
entonces prorrumpen en alegres exclamaciones, provocadas por la
hermosura del panorama que se ofrece á su vista. En medio de aquel
cúmulo de techos de nipa, teja, cinc y cabonegro [44], separados por
huertas y jardines, cada uno sabe encontrar su casita, su pequeño
nido. Todo les sirve de señas: un árbol, el tamarindo de ligero
follaje, el cocotero cargado de nueces como la Astarté generadora ó la
Diana de Efeso con sus numerosas mamas, una flexible caña, una bonga,
una cruz. Allá está el río, monstruosa serpiente de cristal, dormida en
la verde alfombra; de trecho en trecho rizan su corriente pedazos de
roca, esparcidos en el arenoso lecho; allá el cauce se estrecha entre
dos elevadas orillas á que se agarran haciendo contorsiones árboles de
raíces desnudas; aquí se forma una suave pendiente y el río se ensancha
y remansa. Allá, más á lo lejos, una casita, construída al borde,
desafía la altura, los vientos y el abismo, y por sus delgados harigues
ó puntales, diríase una monstruosa zancuda que espía al reptil para
acometerle. Troncos de palmeras ó árboles con corteza aún, movedizos y
vacilantes, unen ambas orillas, y si son malos puentes, son en cambio
magníficos aparatos gimnásticos para hacer equilibrios, lo que no es
de desdeñar: los chicos se divierten desde el río en que se bañan,
con las angustias de la mujer que pasa con el cesto en la cabeza,
ó del anciano que va temblando y deja caer el báculo en el agua.

Pero lo que siempre llama la atención, es una que diríamos península de
bosque en aquel mar de terrenos cultivados. Allí hay árboles seculares,
de ahuecado tronco, que mueren solamente cuando algún rayo hiere la
altiva copa y lo incendia: dicen que entonces el fuego se circunscribe
y muere en el mismo sitio; allí hay enormes peñas que el tiempo y
la naturaleza van vistiendo con terciopelos de musgo: el polvo se
deposita capa tras capa en sus huecos, la lluvia las fija y las aves
siembran semillas. La vegetación tropical se desenvuelve libremente:
matorrales, malezas, cortinas de enredaderas entrelazadas unas á otras,
pasan de un árbol á otro, se cuelgan de las ramas, se agarran á las
raíces, al suelo, y como si Flora no estuviese aún contenta, planta
sobre las plantas; musgo y hongos viven sobre las agrietadas cortezas,
y plantas aéreas, graciosos huéspedes, confunden sus abrazos con las
hojas del árbol hospitalario.

Aquel bosque era respetado: acerca de él existían extrañas leyendas,
pero la más verosímil y por lo mismo menos creída y sabida parece
ser la siguiente.

Cuando el pueblo era todavía un montón miserable de chozas, y en
las mal llamadas calles crecía aún abundante la hierba, en aquellos
tiempos en que durante la noche venían venados y jabalíes, llegó
un día un viejo español de ojos profundos y que hablaba bastante
bien el tagalo. Después de visitar y recorrer los terrenos en varios
sentidos, preguntó por los propietarios del bosque en donde corrían
aguas termales. Presentáronse algunos que pretendían serlo, y el viejo
lo adquirió en cambio de ropas, alhajas y algún dinero. Después, sin
saberse cómo, desapareció. La gente le creía ya encantado, cuando
un olor fétido, que partía del vecino bosque, llamó la atención
de unos pastores; rastreáronlo y encontraron al viejo en estado de
putrefacción, colgado de la rama de un balitî [45]. En vida ya daba
miedo por su voz profunda, cavernosa, por aquellos ojos hundidos y
aquella risa sin sonido; pero ahora, habiéndose suicidado, turbaba el
sueño de las mujeres. Algunas tiraron las alhajas al río y quemaron
la ropa, y desde que el cadáver fué enterrado al pie mismo del balitî,
ya no hubo persona que por allí se quisiese aventurar. Un pastor, que
buscaba á sus animales, contó haber visto luces; fueron los mancebos,
y éstos ya oyeron lamentos. Un infeliz enamorado, que para llamar la
atención de la desdeñosa prometió pasar la noche debajo del árbol
arrollando á su tronco un largo junco, murió de una fiebre rápida,
que le cogió al día siguiente de la noche de su apuesta. Corrían aún
sobre este paraje muchos cuentos y leyendas.

Mas pasaron meses y vino un joven, mestizo español al parecer, que dijo
ser el hijo del difunto, y se estableció en aquel rincón dedicándose
á la agricultura, sobre todo, á la siembra del añil. Don Saturnino
era un joven taciturno y de un carácter violento, á veces cruel, pero
era muy activo y laborioso: cercó con un muro la tumba de su padre,
que visitaba solo de tiempo en tiempo. Entrado en años, casóse con una
joven de Manila, de quien tuvo á don Rafael, el padre de Crisóstomo.

Don Rafael, desde muy joven, se hizo amar de los campesinos:
la agricultura, traída y fomentada por su padre, se desarrolló
rápidamente; afluyeron nuevos habitantes, vinieron muchos chinos,
el villorio pronto se hizo aldea y tuvo un cura indio; después la
aldea se convirtió en pueblo, murió el cura y vino Fr. Dámaso, pero
el sepulcro y el territorio anejo fueron respetados. Los chicos
se atreven á veces, armados de palos y piedras, á vagar por los
alrededores, para coger guayabas, papayas, lomboi [46], etcétera,
y ocurría que en lo mejor de la ocupación, ó cuando contemplaban
silenciosos la cuerda que se balancea desde la rama, caía una ó
dos piedras, venidas sin saberse de dónde; entonces al grito de ¡el
viejo! ¡el viejo! arrojaban frutas y palos, saltaban de los árboles,
corrían entre rocas y matorrales y no paraban hasta salir del bosque,
pálidos, jadeantes unos, llorosos otros, y riendo muy pocos.






XI

LOS SOBERANOS

                                                  Dividíos é imperad.

                                                     (Nuevo Maquiavelo.)


¿Quiénes eran los caciques del pueblo?

No lo fué don Rafael cuando vivía, aunque era el más rico, tenía
más tierras, y casi todos le debían favores. Como era modesto y
procuraba quitar el valor á cuanto hacía, en el pueblo no formó nunca
su partido, y ya vimos como se le levantaron en contra cuando le vieron
vacilar.--¿Sería Cpn. Tiago?--Cuando llegaba, era en verdad recibido de
sus deudores con orquesta, le daban banquete y le colmaban de regalos:
las mejores frutas cubrían su mesa; si se cazaba un venado ó jabalí,
él tenía un cuarto; si encontraba hermoso el caballo de un deudor,
media hora después lo veía en su cuadra: todo esto es verdad, pero
se reían de él y le llamaban en secreto Sacristán Tiago.

¿Acaso el gobernadorcillo?

Este era un infeliz que no mandaba, obedecía; no reñía á nadie, era
reñido; no disponía, disponían de él; en cambio, tenía que responder al
Alcalde Mayor de cuanto le habían mandado, ordenado y dispuesto como
si todo hubiese salido de su cráneo, pero, sea dicho en su honor, él
do ha robado ni usurpado esta dignidad: le ha costado cinco mil pesos
y muchas humillaciones, y por lo que le renta, le parece muy barata.

¡Vamos! ¡entonces será Dios!

¡Ah! el buen Dios no turbaba las conciencias ni el sueño de sus
habitantes: por lo menos no les hacía temblar, y si les hubiesen
hablado de El por casualidad en algún sermón, de seguro que habrían
pensado suspirando: ¡Si sólo hubiese un Dios!... Del buen Señor se
ocupaban poco: bastante que hacer daban los santos y las santas. Dios
para aquella gente había pasado á ser como esos pobres reyes que
se rodean de favoritos y favoritas: el pueblo sólo hace la corte á
estos últimos.

San Diego era una especie de Roma, pero no Roma cuando el tuno de
Rómulo trazaba con el arado sus murallas, ni cuando después, bañándose
en sangre propia y ajena, dictaba leyes al mundo, no: era como la Roma
contemporánea con la diferencia de que en vez de monumentos de mármol
y coliseos, tenía monumentos de saualî [47] y gallera de nipa. El
cura era el Papa en el Vaticano; el alférez de la guardia civil el
Rey de Italia en el Quirinal, se entiende, todo en proporción con el
saualî y la gallera de nipa. Y aquí como allá resultaban continuos
disgustos, pues cada cual, queriendo ser el señor, hallaba sobrante
al otro. Expliquémonos y describamos las cualidades de ambos.

Fray Bernardo Salví era aquel joven y silencioso franciscano de que
ya hemos hablado antes. Por sus costumbres y modales distinguíase
mucho de sus hermanos y más aún de su predecesor, el violento
P. Dámaso. Era delgado, enfermizo, casi constantemente pensativo,
estricto en el cumplimiento de los deberes religiosos y cuidadoso
de su buen nombre. Un mes después de su llegada, casi todos se
hicieron hermanos de la V. O. T. [48], con gran tristeza de su rival,
la Cofradía del Santísimo Rosario. El alma saltaba de alegría al
ver en cada cuello cuatro ó cinco escapularios y en cada cintura un
cordón con nudos, y aquellas procesiones de cadáveres ó fantasmas con
hábitos de guingón. El sacristán mayor se hizo un capitalito vendiendo
ó dando de limosna, que es como se debe de decir, todos los objetos
necesarios para salvar el alma y combatir al diablo: sabido es que
este espíritu, que antes se atrevía á contradecirle á Dios mismo cara
á cara, dudando de sus palabras, como se dice en el libro santo de
Job; que llevó por los aires á N. S. Jesucristo, como después en la
Edad Media con las brujas, y continúa, dicen, haciéndolo aún con los
asuang [49] de Filipinas, parece que hoy se ha vuelto tan vergonzoso,
que no puede resistir la vista de un paño en que hay pintados dos
brazos y teme los nudos de un cordón; pero esto no prueba otra cosa
sino que se progresa también por este lado, y el diablo es retrógrado
ó al menos conservador como todo el que vive en las tinieblas, si no
quiere que le atribuyamos debilidades de doncella de quince años.

Como decíamos, el P. Salví era muy asiduo en cumplir con sus deberes;
según el alférez, demasiado asiduo. Mientras predicaba--era muy
amigo de predicar--se cerraban las puertas de la iglesia; en esto se
parecía á Nerón que no dejaba salir á nadie mientras cantaba en el
teatro; pero aquél lo hacía para el bien y éste para el mal de las
almas.--Toda falta de sus subordinados la solía castigar con multas,
pues pegaba muy raras veces: en lo que se diferenciaba también mucho
del P. Dámaso, el cual todo lo arreglaba á puñetazos y bastonazos,
que daba riendo y con la mejor buena voluntad. Por esto no se le
podía querer mal;  estaba convencido de que  sólo a palos se le trata
al indio; así lo había dicho un fraile  que sabía escribir libros y
él lo creía pues no discutía nunca  lo impreso: de esta modestia se
podían quejar muchas personas.

Fr. Salví pegaba rarísimas veces pero como decía un  viejo filósofo
del pueblo, lo que faltaba en cantidad, abundaba  en cualidad, pero
tampoco por esto se le podía querer mal.  Los ayunos y abstinencias,
empobreciendo su sangre, exaltaban sus nervios y, como decía la gente,
se le subía el viento á la cabeza. De esto venía á resultar que las
espaldas de los sacristanes no distinguían bien cuando un cura ayunaba
mucho ó comía mucho.

El único enemigo de este poder espiritual con tendencias de temporal,
era, como ya dijimos, el alférez. El único, pues cuentan las mujeres
que el diablo anda huyendo de él, porque un día, habiéndose atrevido
á tentarle, fué cogido, atado al pie del catre, azotado con el cordón,
y sólo fué puesto en libertad después de nueve días.

Como es consiguiente, el que después de esto se haga todavía enemigo
de un hombre como tal, llega á tener peor fama que los mismos pobres
é incautos diablos, y el alférez merecía su suerte. Su señora,
una vieja filipina con muchos coloretes y pinturas, llamábase doña
Consolación; el marido y otras personas la llamaban de otra manera. El
alférez vengaba sus desgracias matrimoniales en su propia persona
emborrachándose como una cuba, mandando á sus soldados hacer ejercicios
al sol, quedándose él en la sombra, ó más á menudo, sacudiendo á su
señora, que, si no era un cordero de Dios para quitar los pecados de
nadie, en cambio servía para ahorrarle muchas penas del Purgatorio,
si acaso iba allá, lo que ponen en duda las devotas. El y ella,
como bromeando, se zurraban de lo lindo y daban espectáculos gratis
á los vecinos: concierto vocal é instrumental, á cuatro manos, piano,
fuerte, con pedal y todo.

Cada vez que estos escándalos llegaban á oídos del P. Salví, éste se
sonreía y se persignaba, rezando después un padrenuestro; llamábanle
carca, hipócrita, carlistón, avaro; el P. Salví se sonreía también y
rezaba más. El alférez siempre contaba á los pocos españoles que le
visitaban, la anécdota siguiente:

--¿Va usted al convento á visitar al curita Moscamuerta? ¡Ojo! Si
le ofrece chocolate, ¡lo cual dudo!... pero en fin si le ofrece,
ponga atención. ¿Llama al criado y dice: Fulanito, haz una jícara de
chocolate, ¿eh? entonces quédese, sin temor, pero si dice: Fulanito,
haz una jícara de chocolate ¿ah? entonces coja usted el sombrero y
márchese corriendo.

--¿Qué? preguntaba el otro espantado ¿da jicarazo? ¡Caramba!

--¡Hombre tanto, no!

--¿Entonces?

--Chocolate ¿eh? significa espeso, y chocolate ¿ah? aguado.

Pero creemos que esto sea calumnia del alférez, pues la misma
anécdota se atribuye también á muchos curas. A menos que sea cosa de
la Corporación...

Para hacerle daño prohibió el militar, inspirado por su señora,
que nadie paseara arriba de las nueve de la noche. Doña Consolación
pretendía haber visto al cura, disfrazado con camisa de piña y
salakot de nitô [50], pasearse á altas horas de la noche. Fr. Salví se
vengaba santamente: al ver al alférez entrar en la iglesia, mandaba
disimuladamente al sacristán cerrar todas las puertas, y entonces se
subía al púlpito y empezaba á predicar hasta que los santos cerraban
los ojos, y le murmuraba ¡por favor! la paloma de madera sobre su
cabeza, la imagen del Espíritu divino. El alférez, como todos los
impenitentes, no por eso se corregía: salía jurando y tan pronto
como podía pillar á un sacristán ó un criado del cura, le detenía, le
zurraba, le hacía fregar el suelo del cuartel y el de su propia casa,
que entonces se ponía decente. El sacristán, al ir á pagar la multa,
que el cura le imponía por su ausencia, exponía los motivos. Fr. Salví
le oía silencioso, guardaba el dinero, y por de pronto soltaba á sus
cabras y carneros para que fuesen á pacer en el jardín del alférez,
mientras buscaba un tema nuevo para otro sermón mucho más largo y
edificante. Pero estas cosas no eran obstáculo ninguno, para que,
si después se veían, se diesen la mano y se hablasen cortesmente.

Cuando el marido dormía el vino ó roncaba la siesta y doña Consolación
no podía reñir con él, entonces acomodábase en la ventana con su puro
en la boca y su camisa de franela azul. Ella, que no puede soportar
á la juventud, dardea desde allí con sus ojos á las muchachas y las
moteja. Estas la temen, desfilan confusas sin poder levantar sus ojos,
apresurando el paso y conteniendo la respiración. Doña Consolación
tenía una gran virtud: parecía no haber mirado nunca un espejo.

Estos son los soberanos del pueblo de San Diego.






XII

TODOS LOS SANTOS


Lo único que sin disputa distingue al hombre de los animales, es el
culto que rinden á los que dejaron de ser. Y ¡cosa extraña! esta
costumbre aparece tanto más profundamente arraigada cuanto menos
civilizados son los pueblos.

Escriben los historiadores que los antiguos habitantes de Filipinas
veneraban y deificaban á sus antepasados; ahora sucede lo contrario:
los muertos tienen que encomendarse á los vivos. Cuentan también
que los de Nueva Guinea guardan en cajas los huesos de sus muertos
y mantienen con ellos conversación; la mayor parte de los pueblos
de Asia, Africa y América les ofrecen los platos más exquisitos
de sus cocinas ó los que fueron en vida su comida favorita, y dan
banquetes á que suponen que asisten. Los egipcios les levantaban
palacios, los musulmanes capillitas, etc., pero el pueblo maestro
en esta materia y que ha conocido mejor el corazón humano es el de
Dahomey. Estos negros saben que el hombre es vengativo; así, pues,
dicen, para contentar al muerto no hay mejor que sacrificarle sobre
la tumba á todos sus enemigos; y como el hombre es curioso y no sabrá
cómo distraerse en la otra vida, le envían cada año un correo bajo
la piel de un esclavo decapitado.

Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las
tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en
paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el
Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por
muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias
y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya
que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino
el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa
en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y
un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle
del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos
cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones
en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera
sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja
de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en
el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que
el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí
esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino
la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten
y laven aquellas frías desnudeces.--En los alrededores recientes
excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña
colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî [51]:
el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el
segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía
bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que,
como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador:
la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de
los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se
encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda
fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y
terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales;
sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con
brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca,
levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

--No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse:
el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja
vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro
está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

--¡Oye!--dice el que fuma, en tagalo.--¿No sería mejor que cavásemos
en otro sitio? Esto es muy reciente.

--Son tan recientes unas fosas como otras.

--¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y
esos cabellos?

--Pero ¡qué delicado eres!--le reprocha el otro.--¡Ni que fueras
tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo
lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras,
lloviendo... Se apagó mi linterna.

El otro se estremeció.

--El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú
que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

--¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

--¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

--¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su
compañero.

--¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después
un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro:
me lo mandó el cura grande.

--¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?--continuó preguntando
el delicado.

--¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que
verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el
cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los
chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos
está lejos...

--¡No, no! ¡yo no cavo más!--interrumpió el otro, lleno de horror,
soltando la pala y saltando de la fosa;--he partido un cráneo y temo
que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se
alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de
luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre
sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se
arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para
sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar;
oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó
reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se
rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía
no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón
de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo
entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno
tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas,
movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente
se levantó y se dirigió al sepulturero.

--¡Oye!--le dijo.

Este levantó la cabeza.

--¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del
coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la
cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

--¡Mira!--añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;--no tengo
más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario
y dijo:

--¿No está allá? ¿No? Pues entonces no lo sé.

--¿Sabes? Cuando me paguen los que me deben te daré más,--continuó
el viejo.--Era el cráneo de mi esposa; con que si me la encuentras...

--¿No está allá? ¡Pues no lo sé! Pero si queréis, os puedo dar otro.

--¡Eres como la tumba que cavas!--le apostrofó el viejo
nerviosamente;--no sabes el valor de lo que pierdes. ¿Para quién es
la fosa?

--¿Lo sé yo acaso? ¡Para un muerto!--contestó malhumorado el otro.

--¡Como la tumba, como la tumba!--repitió el viejo riendo
secamente;--ni sabes lo que arrojas, ni lo que tragas. ¡Cava, cava!

Y se volvió dirigiéndose á la puerta.

El sepulturero entretanto había concluído con su tarea; dos montículos
de tierra fresca y rojiza se levantaban en los bordes de la fosa. Sacó
de su salakot buyo, y púsose á mascarlo, mirando con aire estúpido
cuanto en su derredor pasaba.






XIII

PRESAGIOS DE TEMPESTAD


En el momento en que el viejo salía, parábase á la entrada del sendero
un coche que parecía haber hecho un largo viaje; estaba cubierto de
polvo y los caballos sudaban.

Ibarra descendió seguido de un viejo criado; despidió el coche de un
gesto y se dirigió al cementerio, silencioso y grave.

--¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver!--decía
el anciano tímidamente;--capitán Tiago dijo que se cuidaría de hacer
levantar un nicho; pero yo planté flores y una cruz labrada por mí.

Ibarra no contestó.

--¡Allí detrás de esa cruz grande, señor!--continuó el criado,
señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.

Ibarra iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de
algunas personas al reconocerle, quienes suspendieron el rezo y le
siguieron con la vista llenas de curiosidad.

El joven caminaba con cuidado, evitando pasar por encima de las fosas
que se conocían fácilmente por un hundimiento del terreno. En otro
tiempo las pisaba, hoy las respetaba: su padre yacía en iguales
condiciones. Detúvose al llegar al otro lado de la cruz y miró á
todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado; buscaba
huellas en el suelo y en ninguna parte se veía cruz alguna.

--¿Es aquí?--murmuraba entre dientes:--no, es allá, pero ¡la tierra
está removida!

Ibarra le miraba angustiado.

--¡Sí!--continuó,--recuerdo que había una piedra al lado; la fosa era
un poco corta; el sepulturero estaba enfermo, y la tuvo que cavar un
aparcero, pero preguntaremos á ése qué se ha hecho de la cruz.

Dirigiéronse al sepulturero, que les observaba con curiosidad.

Este les saludó quitándose el salakot.

--¿Podéis decirnos cuál es la fosa que allá tenía una cruz?--preguntó
el criado.

El interpelado miró hacia el sitio y reflexionó.

--¿Una cruz grande?

--Sí, grande,--afirmó con alegría el viejo, mirando significativamente
á Ibarra, cuya fisonomía se animó.

--¿Una cruz con labores, y atada con bejucos?--volvió á preguntar
el sepulturero.

--¡Eso es, eso es, así, así!--y el criado trazó en la tierra un dibujo
en forma de cruz bizantina.

--Y ¿en la tumba había flores sembradas?

--¡Adelfas, sampagas y pensamientos! ¡eso es!--añadió el criado lleno
de alegría, y le ofreció un tabaco.

--Decidnos cuál es la fosa y dónde está la cruz.

El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando:

--Pues la cruz... ¡yo la he quemado!

--¿Quemado? y ¿por qué la habéis quemado?

--Porque así lo mandó el cura grande.

--¿Quién es el cura grande?--preguntó Ibarra.

--¿Quién? El que pega, el padre Garrote.

Ibarra se pasó la mano por la frente.

--Pero, á lo menos, ¿podéis decirnos dónde está la fosa? la debéis
recordar.

El sepulturero se sonrió.

--¡El muerto ya no está allí!--repuso tranquilamente.

--¿Qué decís?

--¡Ya!--añadió el hombre en tono de broma;--en su lugar enterré hace
una semana una mujer.

--¿Estáis loco?--le preguntó el criado;--si todavía no hace un año
que le hemos enterrado.

--¡Pues eso es! hace ya muchos meses que lo desenterré. El cura
grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero
como era pesado y aquella noche llovía...

El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud
de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y
sacudiéndole.

--Y ¿lo has hecho?--preguntó el joven con acento indescriptible.

--No os enfadéis, señor,--contestó palideciendo y temblando;--no le
enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos,
dije para mí, y arrojé el muerto al agua!

Ibarra le puso ambos puños sobre los hombros y le miró largo tiempo
con una expresión que no se puede definir.

--¡Tú no eres más que un desgraciado!--dijo, y salió precipitadamente,
pisoteando huesos, fosas, cruces, como un loco.

El sepulturero se palpaba el brazo y murmuraba:

--¡Lo que dan que hacer los muertos! El Padre Grande me pegó de
bastonazos por haberlo dejado enterrar estando yo enfermo; ahora éste
á poco me rompe el brazo por haberlo desenterrado. ¡Lo que son estos
españoles! Todavía voy á perder mi oficio.

Ibarra andaba aprisa con la mirada á lo lejos; el viejo criado le
seguía llorando.

El sol estaba ya para ocultarse; gruesos nimbus entoldaban el cielo
hacia el Oriente; un viento seco agitaba las copas de los árboles y
hacía gemir á los cañaverales.

Ibarra iba descubierto; de sus ojos no brotaba una lágrima, de su pecho
no se escapaba un suspiro. Andaba como si huyese de alguno, acaso de la
sombra de su padre, acaso de la tempestad que se aproximaba. Atravesó
el pueblo dirigiéndose hacia las afueras, hacia aquella antigua casa
que desde hace muchos años no había vuelto á pisar. Rodeada de un muro
donde crecen varios cactus, parecía que le hacía señas: las ventanas
se abrían: el ilang-ilang [52] se balanceaba agitando alegremente
sus ramas, cargadas de flores; las palomas revoloteaban alrededor
del cónico techo de su vivienda, colocada en medio del jardín.

Pero el joven no se fijaba en estas alegrías que ofrece la vuelta al
antiguo hogar: tenía sus ojos clavados en la figura de un sacerdote,
que avanzaba en dirección contraria. Era el cura de San Diego,
aquel meditabundo franciscano que vimos, el enemigo del alférez. El
aire plegaba las anchas alas de su sombrero; el hábito de guingón
se aplastaba y amoldaba á sus formas, marcando unos muslos delgados
y algo estevados. En la diestra llevaba un bastón de palasán [53]
con puño de marfil. Era la primera vez que Ibarra y él se veían.

Al encontrarse, detúvose el joven un momento y le miró de hito en hito;
fray Salví esquivó la mirada y se hizo el distraído.

Sólo un segundo duró la vacilación: Ibarra se dirigió á él rápidamente,
le paró dejando caer con fuerza la mano sobre el hombro y en voz
apenas inteligible.

--¿Qué has hecho de mi padre?--preguntó.

Fray Salví, pálido y tembloroso al leer los sentimientos que se
pintaban en el rostro del joven, no pudo contestar: sentíase como
paralizado.

--¿Qué has hecho de mi padre?--le volvió á preguntar con voz ahogada.

El sacerdote, doblegado poco á poco por la mano que le oprimía,
hizo un esfuerzo y contestó:

--¡Está equivocado; yo no le he hecho nada á su padre!

--¿Que no?--continuó el joven oprimiéndole hasta hacerle caer de
rodillas.

--¡No, se lo aseguro! fué mi predecesor, fué el padre Dámaso...

--¡Ah!--exclamó el joven soltándole y dándose una palmada en la
frente. Y abandonando al pobre fray Salví se dirigió precipitadamente
hacia su casa.

El criado llegaba entretanto y ayudaba al fraile á levantarse.






XIV

TASIO EL LOCO Ó EL FILÓSOFO


El extraño viejo vagaba distraído por las calles.

Era un antiguo estudiante de filosofía, que dejó la carrera por
obedecer á su anciana madre, y no fué ni por falta de medios ni de
capacidad: fué precisamente porque su madre era rica, y se decía que
él tenía talento. La buena mujer temía que su hijo llegase á ser un
sabio y se olvidase de Dios, por lo que le dió á escoger entre ser
sacerdote ó dejar el colegio de San José. El, que estaba enamorado,
optó por lo último, y se casó. Viudo y huérfano en menos de un año,
buscó un consuelo en los libros para librarse de su tristeza, de la
gallera y de la ociosidad. Pero se aficionó de tal modo á los estudios
y á la compra de libros, que descuidó completamente su fortuna y se
arruinó poco á poco.

Llamábanle las personas bien educadas don Anastasio ó el filósofo
Tasio, y las de mala educación, que eran la mayoría, Tasio el loco,
por sus raros pensamientos y extraña manera de tratar á los hombres.

Como decíamos, la tarde amenazaba tempestad; algunos relámpagos
iluminaban con pálida luz el cielo plomizo; la atmósfera era pesada
y el aire sumamente bochornoso.

El filósofo Tasio parece haber olvidado ya su querida calavera:
ahora sonríe mirando las obscuras nubes.

Cerca de la iglesia encontróse con un hombre, vestido de una chaqueta
de alpaca, llevando en la mano más de una arroba en velas y un bastón
de borlas, insignia de la autoridad.

--¿Parece que estáis alegre?--preguntóle éste en tagalo.

--En efecto, señor capitán; estoy alegre porque tengo una esperanza.

--¡Ah! ¿y qué esperanza es esa?

--¡La tempestad!

--¡La tempestad! ¿Pensáis bañaros sin duda?--preguntó el
gobernadorcillo en tono burlón, mirando el modesto traje del viejo.

--Bañarme... no está mal, sobre todo cuando se tropieza con una
basura,--contestó Tasio en tono igual, si bien algo despreciativo,
mirando en la cara á su interlocutor;--pero espero otra cosa mejor.

--¿Qué, pues?

--¡Algunos rayos que maten personas y quemen casas!--contestó
seriamente el filósofo.

--¡Pedid de una vez el diluvio!

--¡Lo merecemos todos, y vos y yo! Vos, señor gobernadorcillo,
tenéis allí una arroba de velas que vienen de la tienda del chino;
yo hace más de diez años que voy proponiendo á cada nuevo capitán la
compra de pararrayos, y todos se me ríen, y compran bombas y cohetes,
y pagan repiques de campanas. Aun más, vos mismo, al siguiente día
de mi proposición, encargasteis á los fundidores chinos una esquila
para Santa Bárbara, cuando la ciencia ha averiguado que es peligroso
tocar las campanas en días de tempestad. Y decidme, ¿por qué el año
70 cuando cayó un rayo en Biñan, cayó precisamente en la torre y
destrozó reloj y un altar? ¿Qué hacía la esquila de Santa Bárbara?

En aquel momento brilló un relámpago.

--¡Jesús, María y José! ¡Santa Bárbara bendita!--murmuró el
gobernadorcillo palideciendo y santiguándose.

Tasio soltó una carcajada.

--¡Sois dignos del nombre de vuestra patrona!--dijo en castellano
dándole las espaldas, y se dirigió hacia la iglesia.

Los sacristanes levantaban dentro un túmulo rodeado de cirios en
candelabros de madera. Eran dos mesas grandes, puestas una encima de
otra, cubiertas con lienzos negros listados de blanco; aquí y allá
se veían calaveras pintadas.

--¿Es por las almas ó por las velas?--preguntó.

Y viendo á dos muchachos de diez años el uno y siete el otro
aproximadamente, se dirigió á éstos sin esperar la contestación de
los sacristanes.

--¿Venís conmigo, muchachos?--les preguntó.--Vuestra madre os tiene
preparada una cena de curas.

--¡El sacristán mayor no nos deja salir hasta las ocho,
señor!--contestó el mayorcito.--Espero cobrar mi sueldo para dárselo
á nuestra madre.

--¡Ah! y ¿á dónde vais?

--A la torre, señor, para doblar por las almas.

--¿Vais á la torre? Pues ¡cuidado! no os acerquéis á las campanas
durante la tempestad.

Después abandonó la iglesia no sin haber seguido antes con una
mirada de compasión á los dos muchachos, que subían las escaleras
para dirigirse al coro.

Tasio se frotó los ojos, miró otra vez al cielo y murmuró:

--Ahora sentiría que cayesen rayos.

Y con la cabeza baja dirigióse pensativo hacia las afueras de la
población.

--¡Pase usted antes!--le dijo en español una voz desde una ventana.

El filósofo levantó la cabeza y vió á un hombre de treinta á treinta
y cinco años que le sonreía.

--¿Qué lee usted ahí?--preguntó Tasio señalando hacia un libro que
el hombre tenía en la mano.

--Es un libro de actualidad: ¡Las penas que sufren las benditas ánimas
del Purgatorio!--contestó el otro sonriendo.

--¡Hombre, hombre, hombre!--exclamó el viejo en diferentes tonos de
voz entrando en la casa;--el autor debe ser muy listo.

Al subir las escaleras fué recibido amistosamente por el dueño de
la casa y su joven señora. El se llamaba don Filipo Lino y ella
doña Teodora Viña. Don Filipo era el teniente mayor y el jefe de un
partido casi liberal, si se le puede llamar así, y si es posible que
haya partidos en los pueblos de Filipinas.

--¿Ha encontrado usted en el cementerio al hijo del difunto don Rafael,
que acaba de llegar de Europa?

--Sí, le ví cuando bajaba del coche.

--Dicen que ha ido á buscar el sepulcro de su padre... El golpe debió
haber sido terrible.

El filósofo se encogió de hombros.

--¿No se interesa usted por esa desgracia?--preguntó la joven señora.

--Ya sabe usted que fuí yo uno de los seis que acompañamos al cadáver;
fuí yo quien me presenté al Capitán General cuando ví que aquí todo el
mundo, hasta las autoridades, se callaban ante tan grande profanación,
y eso que prefiero siempre honrar al hombre bueno en su vida á adorarle
en su muerte.

--¿Entonces?

--Ya sabe usted, señora, que no soy partidario de la monarquía
hereditaria. Por las gotas de sangre china que mi madre me ha dado,
pienso un poco como los chinos: honro al padre por el hijo, pero no
al hijo por el padre. Que cada uno reciba el premio ó el castigo por
sus obras, pero no por las de los otros.

--¿Ha mandado usted decir una misa por su difunta esposa, como se lo
aconsejaba ayer?--preguntó la mujer cambiando de conversación.

--¡No!--contestó el viejo sonriendo.

--¡Lástima!--exclamó ella con verdadero pesar;--dicen que hasta
mañana, á las diez, las almas vagan libres esperando los sufragios
de los vivos; que una misa en estos días equivale á cinco en otros
días del año, ó á seis, como dijo el cura esta mañana.

--¡Hola! ¿es decir que tenemos un gracioso plazo que hay que
aprovechar?

--¡Pero, Doray!--intervino don Filipo;--ya sabes que don Anastasio
no cree en el purgatorio.

--¿Que no creo en el purgatorio?--protestó el viejo medio levantándose
de su asiento.--¡Hasta sé algo de su historia!

--¡La historia del purgatorio!--exclamaron llenos de sorpresa ambos
consortes.--¡A ver! ¡Cuéntenosla usted!

--¿No la saben ustedes y mandan allá misas y hablan de sus
penas? ¡Bueno! ya que empieza á llover y parece que va á durar,
tendremos tiempo de no aburrirnos,--contestó Tasio poniéndose un
momento á meditar.

Don Filipo cerró el libro que tenía en la mano, y Doray se sentó á
su lado, dispuesta á no creer en nada de lo que el viejo Tasio iba
á decir. Este comenzó de la siguiente manera:

--El purgatorio existía mucho antes de que viniera al mundo
N. S. Jesucristo, y debía estar en el centro de la tierra según
el P. Astete, ó en las cercanías de Cluny, según el monje de que
nos habla el P. Girard. El sitio aquí es lo de menos. Ahora bien;
¿quiénes se tostaban en aquellos fuegos que ardían desde el principio
del mundo? Su existencia antiquísima la prueba la Filosofía cristiana,
que dice que Dios no ha creado nada nuevo desde que descansó.

--Podría haber existido in potentia, pero no in actu,--objetó el
teniente mayor.

--¡Muy bien! Sin embargo, os contestaré que algunos lo conocieron
como existente in actu, y uno de ellos fué Zarathustra ó Zoroastro,
que escribió parte del Avesta y fundó una religión, que tenía ciertos
puntos de contacto con la nuestra; y Zarathustra, según los sabios,
existió ochocientos años lo menos antes de Jesucristo. Digo lo menos,
pues Gaffarel, después de examinar los testimonios de Platón, Xanto
de Lidia, Plinio, Hermipos y Eudoxo, le cree anterior en dos mil
quinientos años á nuestra era. Sea de esto lo que se quiera, es lo
cierto que Zarathustra hablaba ya de una especie de purgatorio, y daba
los medios para librarse de él. Los vivos pueden redimir las almas de
los muertos en pecado, recitando pasajes del Avesta, haciendo buenas
obras, pero con la condición de que el que ha de orar sea un pariente
hasta la cuarta generación. El tiempo para esto tenía lugar cada año y
duraba cinco días. Más tarde, cuando esta creencia se hubo afirmado en
el pueblo, los sacerdotes de aquella religión vieron en ella un gran
negocio y explotaron aquellas «cárceles profundamente oscuras en donde
reinan los remordimientos,» como dice Zarathustra. Establecieron, pues,
que por el precio de un derem, una moneda de poco valor según dicen,
se le puede ahorrar al alma un año de torturas; pero como para aquella
religión había pecados que costaban de 300 á 1000 años de sufrimiento,
como la mentira, la mala fe, el no cumplir una palabra dada, etc.,
resultaba que los pícaros se embolsaban millones de derems. Aquí
verán ustedes algo que se parece ya á nuestro purgatorio, si bien
con la diferencia sobrentendida de la diferencia de religiones.

Un relámpago, seguido de un retumbante trueno, hizo levantarse á Doray,
quien dijo santiguándose:

--¡Jesús, María y José! Los dejo á ustedes; voy á quemar palma bendita
y encender candelas de perdón.

La lluvia empezó á caer á torrentes. El filósofo Tasio prosiguió,
mientras miraba alejarse á la joven:

--Ahora que no está, podemos hablar de la materia más
razonadamente. Doray, aunque un poco supersticiosa, es una buena
católica, y no me gusta arrancar la fe del corazón: una fe pura y
sencilla se distingue del fanatismo como la llama del humo, como
una música de una algarabía: los imbéciles como los sordos los
confunden. Entre nosotros podemos decir que la idea del Purgatorio
es buena, santa y razonable; continúa la unión entre los que fueron
y los que son, y obliga á una mayor pureza de vida. El mal está en
el abuso que de él se hace.

Pero veamos ahora cómo pudo pasar al catolicismo esta idea que no
existía ni en la Biblia ni en los Santos Evangelios. Ni Moisés ni
Jesucristo hacen la más pequeña mención de él, y el único pasaje que
citan de los Macabeos es insuficiente, además de que este libro fué
declarado por el concilio de Laodicea apócrifo, y la Santa Iglesia
Católica sólo lo ha admitido con posterioridad. La religión pagana
tampoco tenía nada que se pareciese á él. El pasaje tan citado de
Virgilio de Aliæ panduntur inanes [54], que diera ocasión á S. Gregorio
el Grande para hablar de almas ahogadas, y á Dante para otro relato en
su «Divina Comedia», no puede ser el origen de esta creencia. Ni los
bramines, ni los budhistas, ni los egipcios, que dieron á Grecia y Roma
su Caronte y su Averno, tenían nada que se pareciese á esta idea. No
hablo ya de las religiones de los pueblos del Norte de Europa: estas
religiones de guerreros, bardos y cazadores, pero no de filósofos,
si bien conservan aún sus creencias y hasta ritos cristianizados, no
han podido acompañar á sus hordas en los saqueos de Roma ni sentarse
en el Capitolio: religiones de las brumas, se disipaban al sol del
mediodía.--Pues bien, los cristianos de los primeros siglos no creían
en el Purgatorio: morían con esa alegre confianza de ver en breve cara
á cara á Dios. Los primeros padres de la Iglesia que al parecer lo
mencionaron, fueron san Clemente de Alejandría, Orígenes y san Ireneo,
quizás influídos por la religión zarathustriana, que entonces florecía
aún y estaba muy extendida por todo el Oriente, pues nosotros leemos
á cada paso reproches al orientalismo de Orígenes. San Ireneo probaba
su existencia por el hecho de haber permanecido Jesucristo «tres días
en las profundidades de la tierra», tres días de Purgatorio, y sacaba
de esto que cada alma debía permanecer en él hasta la resurrección
de la carne, por más que en esto el Hodie mecum eris in Paradiso
[55] parece contradecirle. San Agustín habla también del Purgatorio,
pero, si no afirma su existencia, no la cree sin embargo imposible,
suponiendo que podrían continuarse en la otra vida los castigos que
en ésta recibimos por nuestros pecados.

--¡Diantre con San Agustín!--exclamó don Filipo;--¡no estaba satisfecho
con lo que aquí sufrimos y quería la continuación!

--Pues así andaba la cosa: unos creían y otros no. Sin embargo de que
San Gregorio lo llegó ya á admitir en su de quibusdam levibus culpis
esse ante judicium purgatorius ignis credendus est, [56] nada hubo
sobre ello definitivo hasta el año 1439, esto es, ocho siglos más
tarde, en que el Concilio de Florencia declaró que debía existir un
fuego purificador para las almas de los que han muerto en el amor de
Dios, pero sin haber satisfecho aún á la Justicia divina. Ultimamente
el Concilio Tridentino, bajo Pío IV, en mil quinientos sesenta y
tres, en la sesión XXV, dió el decreto del Purgatorio que empieza:
Cum catholica ecclesia, Spiriiu Sancto edocta etc. [57], en donde
dice que los sufragios de los vivos, las oraciones, limosnas y otras
obras piadosas eran los medios más eficaces de librar á las almas,
si bien antepone á todo el sacrificio de la misa. Los protestantes
no creen sin embargo en él, y los Padres griegos tampoco, pues echan
de menos un fundamento cualquiera bíblico, y dicen que el plazo
para el mérito ó desmérito termina á la muerte, y que el Quodcumque
ligaberis in terra... [58] no quiere decir usque ad purgatorium,
etc. [59]; pero á esto se puede contestar que estando el Purgatorio
en el centro de la tierra, caía naturalmente bajo el dominio de
san Pedro. Pero no acabaría si tuviese que repetir aquí todo lo que
sobre el asunto se ha dicho. Un día que queráis discutir conmigo la
materia, venid á mi casa y allá abriremos volúmenes y discutiremos
libre y tranquilamente. Ahora me voy: yo no sé por qué esta noche la
piedad de los cristianos permite el robo,--ustedes, las autoridades,
lo dejan,--y yo temo por mis libros. Si me los robasen para leerlos,
los dejaría, pero sé que muchos los quieren quemar para hacerme una
obra de caridad, y esta clase de caridad, digna del califa Omar,
es temible. Algunos por estos libros me creen ya condenado.

--Pero ¿supongo que creerá usted en la condenación?--preguntó sonriendo
Doray, que aparecía llevando en un braserillo hojas secas de palma
que despedían humo fastidioso y agradable perfume.

--¡Yo no sé, señora, lo que de mí hará Dios!--respondió el viejo
Tasio pensativo.--Cuando esté agonizando, me entregaré á Él sin temor;
haga de mí lo que quiera. Pero se me ocurre un pensamiento.

--Y ¿qué pensamiento es ese?

--Si los únicos que pueden salvarse son los católicos, y de entre
estos un cinco por ciento, como dicen muchos curas, y formando los
católicos una duodécima parte de la población de la tierra si hemos de
creer lo que dicen las estadísticas, resultaría que después de haberse
condenado millares de millares de hombres durante los innumerables
siglos que transcurrieron antes que el Salvador viniese al mundo,
después que un hijo de Dios se ha muerto por nosotros, ahora sólo
conseguiría  salvarse cinco por cada mil doscientos. ¡Oh ciertamente
no! prefiero decir y creer con Job: ¿Serás severo contra una hoja que
vuela y perseguirás una arista seca? ¡No, tanta desgracia es imposible,
creerlo es blasfemar, no, no!

--¿Qué quiere usted? La Justicia, la Pureza divina...

--¡Oh! ¡pero la Justicia y la Pureza divina veían el porvenir antes de
la creación!--contestó el viejo estremeciéndose y levantándose.--La
creación, el hombre es un sér contingente y no necesario, y ese Dios
no debía haberle criado, no, si para hacer feliz á uno debía condenar
á centenares á una eterna desgracia, y todo por culpas heredadas
ó de un momento. ¡No! Si eso fuera cierto, ahogue usted á su hijo
que allí duerme; si tal creencia no fuese una blasfemia contra ese
Dios que debe ser el Supremo Bien, entonces el Molok fenicio que
se alimentaba con sacrificios humanos y sangre inocente, y en cuyas
entrañas se quemaban á los niños arrancados del seno de sus madres,
ese dios sanguinario, esa divinidad horrible sería al lado de él una
débil doncella, una amiga, la madre de la Humanidad.

Y lleno de horror, el loco ó el filósofo abandonó la casa, corriendo
á la calle á pesar de la lluvia y de la oscuridad.

Un deslumbrador relámpago, acompañado de un espantoso trueno, sembrando
el aire de mortíferas chispas alumbró al viejo que, tendidas las
manos al cielo, gritaba:

--¡Tú protestas! ¡Ya sé que no eres cruel, ya sé que sólo debo llamarte
El Bueno!

Los relámpagos redoblaban, la tempestad arreciaba...






XV

LOS SACRISTANES


Los truenos retumbaban á cortos intervalos, cruzándose unos con
otros, y cada trueno precedido del espantoso zigzag del rayo:
habríase dicho que Dios escribía con un incendio su nombre y que
la bóveda eterna temblaba medrosa. La lluvia caía á torrentes y,
azotada por el viento, que silbaba lúgubremente, cambiaba atontada
á cada momento de dirección. Las campanas entonaban con voz llena
de miedo su melancólica plegaria, y en el breve silencio, que dejaba
el robusto rugido de los elementos desencadenados, un triste tañido,
queja al parecer, gemía plañidero.

En el segundo cuerpo de la torre hallábanse los dos muchachos, que
vimos de paso hablando con el filósofo. El menor, que tenía grandes
ojos negros y tímido semblante, procuraba pegar su cuerpo al de
su hermano, que se le parecía mucho en las facciones, sólo que la
mirada era más profunda y la fisonomía más decidida. Ambos vestían
pobremente trajes llenos de zurcidos y remiendos, Sentados sobre un
trozo de madera, cada uno tenía en la mano una cuerda, cuya extremidad
se perdía en el tercer piso, allá arriba entre sombras. La lluvia,
empujada por el viento, llegaba hasta ellos y atizaba un cabo de
vela, que ardía sobre una gran piedra, de que se sirven para imitar
el trueno en Viernes Santo haciéndola rodar por el coro.

--¡Tira de tu cuerda, Crispín!--dijo el mayor á su hermanito.

Este se colgó de ella, y arriba se oyó un débil lamento, que apagó
al instante un trueno, multiplicado por mil ecos.

--¡Ah! si estuviéramos ahora en casa, con madre!--suspiró el pequeño
mirando á su hermano; allí no tendría miedo.

El mayor no contestó; estaba mirando cómo se derramaba la cera y
parecía preocupado.

--¡Allá nadie me dice que robo!--añadió Crispín; ¡madre no lo
permitiría! Si supiese que me pegan...

El mayor separó su vista de la llama, levantó la cabeza mordiendo
con fuerza la gruesa cuerda de la que tiró violentamente, dejando
oir una sonora vibración.

--¿Vamos á vivir siempre así, hermano?--continuó hablando
Crispín.--¡Quisiera enfermar mañana en casa, quisiera tener una
larga enfermedad para que madre me cuidase y no me dejase volver al
convento! Así no me llamarían ladrón, ni me pegarían! Y tú también,
hermano, debías enfermar conmigo.

--¡No!--contestó el mayor;--nos moriríamos todos: madre de pena,
y nosotros de hambre.

Crispín no replicó.

--¿Cuánto ganas tú este mes?--preguntó al cabo de un momento.

--Dos pesos: me han impuesto tres multas.

--Paga lo que dicen que he robado, así no nos llamarán ladrones;
¡págalo, hermano!

--¿Estás loco, Crispín? Madre no tendría qué comer; el sacristán mayor
dice que has robado dos onzas, y dos onzas son treinta y dos pesos.

El pequeño contó en sus dedos hasta llegar á treinta y dos.

--¡Seis manos y dos dedos! Y cada dedo un peso,--murmuró después
pensativo.--Y cada peso... ¿cuántos cuartos?

--Ciento sesenta.

--¿Ciento sesenta cuartos? Ciento sesenta veces un cuarto? ¡Madre! Y
¿cuántos son ciento sesenta?

--Treinta y dos manos,--contestó el mayor.

Crispín se quedó un momento viéndose las manecitas.

--¡Treinta y dos manos!--repetía;--seis manos y dos dedos, y cada
dedo treinta y dos manos... y cada dedo un cuarto... ¡Madre, cuántos
cuartos! No podrá uno contarlos en tres días... y se puede comprar
chinelas para los pies, y sombrero para la cabeza cuando calienta el
sol, y un gran paraguas cuando llueve, y comida, y ropas para tí y
madre y...

Crispín se puso pensativo.

--¡Ahora, siento no haber robado!

--¡Crispín!--le reprendió su hermano,

--¡No te enfades! El cura ha dicho que me mataría á palos si no parece
el dinero; si yo lo hubiese robado, lo podría hacer aparecer... y si
muero, que al menos tengáis ropas tú y madre! ¡Si lo hubiese robado!

El mayor se calló y tiró de su cuerda. Después repuso suspirando:

--¡Lo que temo es que regañe madre contigo cuando lo sepa!

--¿Lo crees tú?--preguntó el pequeño sorprendido.--Tú dirás que á mí
ya me han pegado mucho, yo le enseñaré mis cardenales, y mi bolsillo
roto: no he tenido más que un cuarto que me dieron en la Pascua, y
el cura me lo quitó ayer. No he visto otro cuarto más hermoso. ¡Madre
no lo va á creer, no lo creerá!

--Si el cura lo dice...

Crispín empezó á llorar, murmurando entre sollozos:

--Entonces retírate solo, no quiero retirarme; dí á madre que estoy
enfermo; no quiero retirarme.

--¡Crispín, no llores!--dijo el mayor.--Madre no lo creerá; no llores;
el viejo Tasio dijo que nos espera una buena cena...

Crispín levantó la cabeza y miró á su hermano:

--¡Una buena cena! Yo todavía no he comido; no me quieren dar de comer
hasta que parezcan las dos onzas... Pero ¿si madre lo cree? Tú le
dirás que el sacristán mayor miente, y el cura que le cree, también,
que todos ellos mienten; que dicen que somos ladrones porque nuestro
padre es un vicioso que...

Pero una cabeza apareció saliendo del fondo de la escalerilla que
conducía al piso principal, y esta cabeza, como la de Medusa, heló
la palabra en los labios del niño. Era una cabeza prolongada, flaca,
con largos cabellos negros; unas gafas azules le disimulaban un ojo
tuerto. Era el sacristán mayor que así solía aparecer, sin ruido,
sin prevenir.

Los dos hermanos se quedaron fríos.

--¡A tí, Basilio, te impongo una multa de dos reales por no tocar á
compás!--dijo con voz cavernosa como si no tuviese cuerdas vocales.--Y
tú, Crispín, te quedas esta noche hasta que aparezca lo que has robado.

Crispín miró á su hermano como pidiéndole amparo.

--Tenemos ya permiso... madre nos espera á las ocho,--murmuró
tímidamente Basilio.

--¡Es que tampoco te retiras tú á las ocho! ¡hasta las diez!

--Pero, señor, á las nueve ya no se puede andar y la casa está lejos.

--Y ¿me querrás tú mandar á mí?--le preguntó irritado aquel hombre. Y
cogiendo á Crispín del brazo trató de arrastrarle.

--¡Señor! ¡hace ya una semana que no hemos visto á nuestra
madre! suplicó Basilio cogiendo á su hermanito como para defenderle.

El sacristán mayor de una palmada le apartó la mano y arrastró á
Crispín, que comenzó á llorar dejándose caer al suelo mientras decía
á su hermano:

--¡No me dejes, me van á matar!

Pero el sacristán, sin hacerle caso, le arrastró escaleras abajo,
desapareciendo entre las sombras.

Basilio se quedó sin poder articular una palabra. Oyó los golpes que
daba el cuerpo de su hermanito contra las gradas de la escalerilla,
un grito, varias palmadas, y después se perdieron poco á poco aquellos
acentos desgarradores.

El muchacho no respiraba: escuchaba de pie, con los ojos extremadamente
abiertos, y los puños cerrados.

--¿Cuándo podré arar un campo!--murmuró entre dientes, y bajó
precipitadamente.

Al llegar al coro se puso á escuchar con atención; la voz de su
hermanito se alejaba á toda prisa y el grito: ¡madre! ¡hermano! se
extinguió completamente al cerrarse una puerta. Tembloroso, sudando,
detúvose un momento; mordióse el puño para ahogar un grito que se le
escapaba del corazón y dejó vagar sus miradas en la semiobscuridad de
la iglesia. Allí ardía débilmente la lámpara de aceite; el catafalco
estaba en medio: las puertas todas cerradas, y las ventanas tenían
rejas.

De repente subió la escalerilla, pasó por el segundo cuerpo, donde
ardía la vela, y subió al tercero. Desató las cuerdas que sujetaban los
badajos, y después volvió á descender pálido, pero sus ojos brillaban
y no por las lágrimas.

La lluvia en tanto comenzaba á cesar y el cielo se despejaba poco
á poco.

Basilio anudó las cuerdas, ató un cabo á un balaustre da la barandilla,
y sin acordarse de apagar la luz se dejó deslizar en medio de la
obscuridad.

Algunos minutos después, en una de las calles del pueblo se oyeron
voces y resonaron dos tiros; pero nadie se alarmó y todo quedó otra
vez en silencio.






XVI

SISA


La noche es obscura: duermen en silencio los vecinos; las familias
que han recordado á los que dejaron de existir, se entregan al
sueño tranquilas y satisfechas: han rezado tres partes de rosario
con requiems, la novena de las almas, y quemado muchas velas de cera
delante de las sagradas imágenes. Los ricos y pudientes han cumplido
con los deudos que les legaron su fortuna; al día siguiente oirían
las tres misas que dice cada sacerdote, darían dos pesos para otra
en su intención, y luego comprarían la bula de los difuntos, llena
de indulgencias. A fe que la Justicia divina no parece tan exigente
como la humana.

Pero el pobre, el indigente que apenas gana para mantenerse y tiene
que sobornar á los directorcillos, escribientes y soldados para que le
dejen vivir en paz, ese no duerme con la tranquilidad que creen los
poetas cortesanos, los cuales tal vez no hayan sufrido las caricias
de la miseria. El pobre está triste y pensativo. Aquella noche, si
ha rezado poco, ha orado mucho, con dolor en los ojos y lágrimas
en el corazón. No tiene las novenas, ni sabe las jaculatorias,
ni los versos, ni los oremus, que han compuesto los frailes para
los que no tienen ideas propias, ni propios sentimientos; no los
entiende tampoco. Reza en el idioma de su miseria; su alma llora
por él y por los seres muertos cuyo amor era su bien. Sus labios
pueden proferir salutaciones, pero su mente grita quejas y acusa
lamentos. ¿Estaréis satisfechos, tú que bendijiste la pobreza, y
vosotras sombras atormentadas, con la sencilla oración del pobre,
proferida delante de una mal grabada estampa, á la luz de un timsim
[60], ó deseáis por ventura cirios delante de Cristos sangrientos,
de Vírgenes de boca pequeña y ojos de cristal, las misas en latín,
que dice maquinalmente el sacerdote? Y tú, Religión predicada para
la humanidad que sufre, ¿habrás olvidado tu misión de consolar al
oprimido en su miseria y de humillar al poderoso en su orgullo, y sólo
tendrías ahora promesas para los ricos, para los que pueden pagarte?

La pobre viuda vela entre los hijos que duermen á su lado; piensa
en las bulas que debe comprar para el descanso de los padres y del
difunto esposo. «Un peso, dice, un peso es una semana de amores para
mis hijos, una semana de risas y alegrías, mis economías de un mes,
un traje para mi hija que se va haciendo mujer...»--«Pero es menester
que apagues estos fuegos, dice la voz que ella oyó predicar; es
menester que te sacrifiques.» ¡Si! ¡es necesario! La Iglesia no te
salva gratuitamente las almas queridas: no reparte bulas gratis. La
debes comprar y, en vez de dormir la noche, trabajarás. Tu hija que
enseñe entretanto sus desnudeces púdicas; ¡ayuna, que el cielo es
caro! ¡Decididamente parece que los pobres no entran en el cielo!

Estos pensamientos van volando por el ámbito que separa el sahig
[61], donde está tendida la humilde estera, del palupu [62] de donde
cuelga la hamaca en que se mece el niño. Su respiración es fácil y
reposada; de cuando en cuando mastica la saliva y articula sonidos:
sueña comer el estómago hambriento que no está satisfecho con lo que
le han dado los hermanos mayores.

Las cigarras van cantando monótonamente uniendo su nota eterna y
continuada á los trinos del grillo, oculto en la hierba, ó de la
zarandija que sale de su agujero para buscar alimento, mientras el
chacón [63], ya no temiendo el agua, turba el concierto con su fatídica
voz asomando la cabeza por el hueco de un tronco carcomido. Los perros
ladran lastimeramente allá en la calle, y el supersticioso que lo
escucha, está convencido de que los animales ven los espíritus y las
sombras. Pero ni los perros ni los otros insectos ven los dolores de
los hombres, y sin embargo ¡cuántos existen!

Allá lejos del pueblo, á una distancia como de una hora, vive la
madre de Basilio y de Crispín, mujer de un hombre sin corazón, la
cual procura vivir para sus hijos mientras el marido vaga y juega al
gallo. Sus entrevistas son raras, pero siempre dolorosas. El le ha ido
despojando de sus pocas alhajas para alimentar sus vicios, y cuando
la sufrida Sisa [64] ya no poseía nada para sostener los caprichos
de su marido, entonces comenzó á maltratarla. Débil de carácter, con
más corazón que cerebro, ella sólo sabía amar y llorar. Para ella su
marido era su Dios; sus hijos eran sus ángeles. El, que sabía hasta
qué punto era adorado y temido, se portaba también como todos los
falsos dioses; cada día se hacía más cruel, inhumano, voluntarioso.

Cuando le consultó Sisa, una vez que le vió con el semblante más
sombrío que nunca, sobre su proyecto de hacer sacristán á Basilio,
continuó acariciando el gallo, no dijo ni sí ni no, y sólo preguntó si
ganaría mucho dinero. Ella no se atrevió á insistir; pero su apurada
situación y el deseo de que los chicos aprendieran á leer y escribir
en la escuela del pueblo, la obligaron á llevar á cabo el proyecto. El
marido tampoco dijo nada.

Aquella noche, á eso de diez y media ú once, cuando las estrellas
brillaban ya en el cielo que la tempestad ha despejado, estaba
Sisa sentada sobre un banco de madera, mirando algunas ramas que
medio ardían en su hogar, compuesto de piedras vivas más ó menos
angulares. Sobre uno de estos trípodes ó tunkô, había una ollita en
donde cocía arroz, y sobre las brasas tres sardinas secas, de las
que se venden tres dos cuartos.

Tenía la barba apoyada sobre la palma de su mano, mirando la llama
amarillenta y débil que da la caña, cuyas pasajeras brasas se volvían
pronto ceniza; triste sonrisa iluminaba su rostro. Se acordaba del
gracioso acertijo de la olla y del fuego, que Crispín le propuso una
vez. El muchacho decía:


            Naupú si Maitim, sinulut ni Mapulá
            Nang malaó y kumara kará [65].


Era aún joven y se conocía que un tiempo debió ser bella y
graciosa. Sus ojos, que, al igual de su alma, diera ella á sus hijos,
eran hermosos, de largas pestañas y profunda mirada; su nariz era
correcta; sus pálidos labios, de un gracioso dibujo. Era lo que los
tagalos llaman kayumanging kaligatan, esto es, morena, pero de un
color limpio y puro. Sin embargo de su juventud, el dolor, ó acaso el
hambre, empieza á socavar las pálidas mejillas, la abundante cabellera,
en otro tiempo gala y adorno de su persona, si está aún aliñada no es
por coquetería, sino por costumbre: un moño muy sencillo sin agujas
ni peinetas.

Había estado varios días sin salir de casa, cosiendo una obra que
le habían encargado concluyese lo más pronto posible. Ella, para
ganar dinero, dejó de oir misa aquella mañana, pues habría empleado
en ir y venir al pueblo dos horas lo menos:--¡la pobreza obliga á
pecar!--Concluído su trabajo, lo llevó al dueño, pero éste sólo le
prometió pagar.

Todo el día estuvo pensando en los placeres de la noche: supo que sus
hijos iban á venir, y pensó regalarles. Compró sardinas, cogió de su
jardinito los tomates más hermosos, porque sabía que eran la comida
favorita de Crispín; pidió á su vecino, el filósofo Tasio, que vivía
á medio kilómetro, tapa de jabalí y una pierna de pato silvestre,
los bocados favoritos de Basilio. Y llena de esperanzas coció el más
blanco arroz, que ella misma había recogido en las eras. Aquello era,
en efecto, una cena de curas para los pobres chicos.

Pero por una desgraciada casualidad vino el marido y se comió el
arroz, la tapa de jabalí, la pierna del pato, cinco sardinas y los
tomates. Sisa no dijo nada, si bien le pareció que la comían á ella
misma. Harto ya él, se acordó de preguntar por los hijos; entonces
Sisa pudo sonreir y, contenta, prometió en su interior no cenar
aquella noche, pues de lo que quedaba no había para tres. El padre
preguntó por sus hijos, y esto para ella era más que comer.

Después él cogió su gallo y quiso marcharse.

--¿No quieres verlos?--preguntó temblorosa;--el viejo Tasio me ha
dicho que se retardarían un poco; Crispín ya lee y... ¡quizás Basilio
traiga su sueldo!

A esta última razón el marido se detuvo, vaciló, pero triunfó su
ángel bueno.

--¡En ese caso guárdame un peso!--dijo, y se marchó.

Sisa lloró amargamente, pero se acordó de sus hijos y secóse las
lágrimas. Coció nuevo arroz, y preparó las tres sardinas que quedaron:
cada uno tendría una y media.

--¡Traerán buen apetito!--pensaba;--el camino es largo y los estómagos
hambrientos no tienen corazón.

Atenta á todo rumor la encontramos escuchando las más ligeras pisadas;
fuertes y claras, Basilio; ligeras y desiguales, Crispín, pensaba ella.

El kalao [66] cantó en el bosque dos ó tres veces ya, desde que la
lluvia había cesado, y no obstante sus hijos no llegaban todavía.

Puso las sardinas dentro de la olla para que no se enfriaran y se
acercó al umbral de la choza para mirar hacia el camino. A fin de
distraerse se puso á cantar en voz baja. Ella tenía una hermosa voz,
y cuando sus hijos la oían cantar kundiman [67] lloraban sin saber por
qué. Pero aquella noche su voz temblaba, y las notas salían perezosas.

Suspendió su canto y hundió la mirada en la obscuridad. Nadie venía
del pueblo, á no ser el viento que hacía caer el agua de las anchas
hojas de los plátanos.

De repente vió un perro negro aparecer delante de ella; el animal
rastreaba algo en el sendero. Sisa tuvo miedo, cogió una piedra y se
la arrojó. El perro echó á correr aullando lúgubremente.

Sisa no era supersticiosa, pero tanto había oído hablar sobre
presentimientos y perros negros que el terror se apoderó de ella. Cerró
precipitadamente la puerta, y se sentó al lado de la luz. La noche
favorece las creencias, y la imaginación puebla el aire de espectros.

Trató de rezar, de invocar á la Virgen, á Dios para que cuidasen de
sus hijos, sobre todo, de su pequeño Crispín. Y distraídamente olvidó
el rezo para no pensar más que en ellos, recordando las facciones
de cada uno, aquellas facciones que le sonríen continuamente, ya en
sueños, ya en vigilias. Mas de repente sintió erizarse sus cabellos,
sus ojos se abrieron desmesuradamente; ilusión ó realidad, ella veía
á Crispín de pie al lado del hogar, allí donde solía sentarse para
charlar con ella. Ahora no decía nada; la miraba con aquellos grandes
ojos pensativos, y sonreía.

--¡Madre, abrid! ¡abrid, madre!--decía la voz de Basilio desde fuera.

Sisa se estremeció vivamente y la visión desapareció.






XVII

BASILIO

                                                       La vida es sueño.


Apenas pudo entrar Basilio, y tambaleando se dejó caer en los brazos
de su madre.

Un frío inexplicable se apoderó de Sisa al verle llegar solo. Quiso
hablar, pero no halló sonidos; quiso abrazar á su hijo, pero tampoco
halló fuerzas; llorar, érale imposible.

Pero á la vista de la sangre que bañaba la frente del niño, pudo gritar
con ese acento que parece anunciar la rotura de una cuerda del corazón:

--¡Hijos míos!

--¡No temáis nada, madre!--lo contestó Basilio;--Crispín se ha quedado
en el convento.

--¿En el convento? ¿se ha quedado en el convento? ¿Vive?

El niño levantó hacia ella sus ojos.

--¡Ah!--exclamó pasando de la mayor angustia á la mayor alegría. Sisa
lloró, abrazó á su hijo cubriéndole de besos la ensangrentada frente.

--¡Vive Crispín! tú le dejaste en el convento... y ¿por qué estás
herido, hijo mío? ¿Te has caído?

Y le examinaba cuidadosamente.

--El sacristán mayor, al llevarse á Crispín, me dijo que no podría
salir hasta las diez, y como es muy tarde me escapé. En el pueblo me
dieron los soldados el ¿quién vive? eché á correr, dispararon, y una
bala rozó mi frente. Temía que me prendiesen y que me hiciesen fregar
el cuartel á palos como lo hicieron con Pablo, que aún está enfermo.

--¡Dios mío, Dios mío!--murmuró la madre estremeciéndose.--¡Tú le
has salvado!

Y añadía mientras buscaba paños, agua, vinagre y plumón de garza:

--¡Un dedo más y te matan, me matan á mi hijo! ¡Los guardias civiles
no piensan en las madres!

--Diréis que me he caído de un árbol; que no sepa nadie que fuí
perseguido.

--¿Por qué se ha quedado Crispín?--preguntó Sisa, después que hubo
hecho la cura á su hijo.

Este la contempló por algunos instantes, después, abrazándola, le
refirió poco á poco lo de las onzas; sin embargo, no habló de las
torturas que hacían sufrir á su hermanito.

Madre é hijo confundieron sus lágrimas.

--¡Mi buen Crispín! ¡acusar á mi buen Crispín! ¡Es porque somos pobres,
y los pobres tenemos que sufrirlo todo!--murmuraba Sisa, mirando con
sus ojos llenos de lágrimas el tinhoy [68], cuyo aceite se acababa.

Así permanecieron algún rato silenciosos.

--¿Has cenado ya? ¿No? Hay arroz y sardinas secas.

--No tengo ganas; agua, quiero agua no más.

--¡Sí!--repuso la madre con tristeza;--ya sabía yo que no te gustaban
las sardinas secas; yo te había preparado otra cosa, pero vino tu
padre, ¡pobre hijo mío!

--¿Vino padre?--preguntó Basilio, y examinó instintivamente la cara y
las manos de su madre. La pregunta del hijo hizo oprimirse el corazón
de Sisa, que le comprendió demasiado, así es que se apresuró á añadir:

--Vino y preguntó mucho por vosotros, quería veros; tenía mucha
hambre. Ha dicho que si seguís siendo buenos, volvería á quedarse
con nosotros.

--¡Ah!--interrumpió Basilio, y sus labios se contrajeron con disgusto.

--¡Hijo!--le reprendió ella.

--¡Perdonad, madre!--repuso seriamente:--¿no estamos mejor nosotros
tres, vos, Crispín y yo? pero lloráis; no he dicho nada.

Sisa suspiró.

--¿No cenas? Entonces acostémonos, que ya es tarde.

Sisa cerró la choza y cubrió las pocas brasas con ceniza para que no
se extinguiesen, como hace el hombre con los sentimientos del alma:
cubrirlos con la ceniza de la vida que llaman indiferencia, para que
no se apaguen con el trato cotidiano de nuestros semejantes.

Basilio murmuró sus oraciones y acostóse cerca de su madre, que
rezaba arrodillada.

Sentía calor y frío; procuró cerrar los ojos pensando en su hermanito
que aquella noche contaba dormir en el regazo de la madre, y ahora
lloraría y temblaría de miedo en un rincón obscuro del convento. Sus
oídos le repetían aquellos gritos, como los había oído en la torre,
pero la cansada naturaleza principió á confundir sus ideas, y el
espíritu de los sueños descendió sobre sus ojos.

Vió una alcoba donde ardían dos velas. El cura, con el bejuco en
la mano, escuchaba sombrío al sacristán mayor, que le hablaba en un
extraño idioma, con gestos horribles. Crispín temblaba y volvía los
ojos llorosos á todas partes como buscando á alguien ó un escondite. El
cura se vuelve á él y le interpela irritado, y el bejuco silba. El
niño corre á esconderse detrás del sacristán, pero éste le coge,
le sujeta y le ofrece al furor del cura: el infeliz pugna, patalea,
grita, se tira al suelo, rueda, se levanta, huye, resbala, cae
y para los golpes con las manos, que, heridas, esconde vivamente
aullando. ¡Basilio le ve retorcerse, golpear el suelo con la cabeza,
ve y oye silbar el bejuco! Desesperado su hermanito se levanta;
loco de dolor, se arroja sobre sus verdugos y muerde al cura en la
mano. Este suelta un grito, deja caer el bejuco; el sacristán mayor
coge un bastón, le da un golpe en la cabeza, y el niño cae aturdido; el
cura, al verse herido, le patea, pero ya no se defiende, ya no grita:
rueda por el suelo como una masa inerte y deja un húmedo rastro [69]...

La voz de Sisa le llamó á la realidad.

--¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?

--¡Soñé!... ¡Dios mío!--exclamó Basilio incorporándose cubierto de
sudor.--Fué un sueño, decid, madre, que no fué más que un sueño,
¡un sueño no más!

--¿Qué has soñado?

El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el
sudor. La choza estaba toda á obscuras.

--¡Un sueño, un sueño!--repetía Basilio en voz baja.

--¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!--decía la madre cuando
su hijo volvió á acostarse.

--Pues,--dijo éste en voz baja,--soñé que fuimos á recoger
espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres
tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos
llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre,
no me acuerdo de lo demás!

Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.

--Madre, he formado un proyecto esta noche,--dijo Basilio después de
algunos minutos de silencio.

--¿Qué proyecto?--preguntó ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía
más juiciosos que ella misma.

--¡Ya no quisiera ser sacristán!

--¿Cómo?

--Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo
del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues
bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que
ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle
á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó
carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa
del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea
el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más
pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le
he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se
arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán,
se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se
quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe,
me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para
tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás
os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la
engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las
venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta,
y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos
monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré
también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y
así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un
pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que
coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos
carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos
los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín
tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré
trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?

--¿Qué he de decir? ¡Que sí!--contestó Sisa abrazando á su hijo.

Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el
porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.

Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los
años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía sí,
todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre
los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que
nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de
alegres pinturas.

Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay [70

Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/47584