Agua de Nieve (Novela)
by Concha Espina · Spanish · Gutenberg #47388 · 484,459 chars · public domain (US)
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Title: Agua de Nieve (Novela)
Author: Concha Espina
Release date: November 17, 2014 [eBook #47388]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK AGUA DE NIEVE (NOVELA) ***
Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
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Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
AGUA DE NIEVE
OBRAS DE CONCHA ESPINA
LA NIÑA DE LUZMELA (novela). (Segunda edición.)
DESPERTAR PARA MORIR (novela). (Segunda edición.)
AGUA DE NIEVE (novela). (Tercera edición.)
LA ESFINGE MARAGATA (novela). (Segunda edición.)
(Obra premiada por la Real Academia Española de la
Lengua.) Traducida al inglés.
LA ROSA DE LOS VIENTOS (novela). (Segunda edición.)
MUJERES DEL QUIJOTE. Traducida al italiano.
RUECAS DE MARFIL. (Segunda edición.) Traducida al italiano.
EL JAYÓN. Drama en tres actos. Traducido al italiano.
EN PREPARACIÓN
PASTORELAS.
EL METAL DE LOS MUERTOS.
CONCHA ESPINA
AGUA DE NIEVE
(NOVELA)
TERCERA EDICIÓN
MADRID
IMPRENTA DE JUAN PUEYO
Luna, 29, teléfono 14-30
1919
ES PROPIEDAD
A ISABEL CARRANCEJA
AMIGA _y señora: Recibid con buen semblante esta novela, nacida en noble
cuna, pues se escribió en vuestra casa al amparo de generosa
hospitalidad. Si la dulzura del asilo que me disteis y la grandeza de
esas marinas y paisajes montañeses no fueron parte á producir obra más
bella, cúlpese á mi pobre ingenio, harto ruin, que no supo recoger de
tantas hermosuras sino vedijas de niebla, pedazos de hielo y salitres de
la mar. Pero la lumbre de vuestro corazón, al reflejarse en estas
páginas, habrá de encenderlas con suavísimos resplandores, como sol de
Mayo, alegría del agua y de la nieve..._
CONCHA ESPINA
LIBRO PRIMERO
LA VIAJERA RUBIA
I
EN EL LAZARETO DE SAN SIMÓN.--REGINA DE ALCÁNTARA.--EL ESPEJO
TURBIO.--LOS MISTERIOS DE UNA NOCHE DE MAYO.--LA FELICIDAD DESCALZA.
TOCÓ el bote dulcemente en la tierra, tierra frondosa y húmeda que
emergía de las aguas como un jirón de los blandos vergeles submarinos.
Regina de Alcántara, moza elegante y gentilísima, de ojos negros y
cabellos rubios, desembarcó de un salto, rápida y leve, sin advertir que
un pasajero le tendía, solícito, la mano. Dió la muchacha algunos pasos
por la costa, con visible emoción, y, de pronto, hincándose de rodillas,
hundió en la hierba fragante el demudado rostro. Acarició la mullida
tierra con un largo beso y levantóse después; miró en torno suyo algo
confusa, y como el mismo pasajero se acercara á decirla:--¿Llora
usted?--ella, riendo, contestó:--No lloro... Es que la pradera me ha
mojado con sus lágrimas... Esta tierra mía del Norte siempre está
llorando...
Pero á Regina se le empañaba la voz al dar esta respuesta y le temblaban
las manos al enjugarse las mejillas con el pañuelo. Volvió á quedarse
quieta y muda, entre risueña y llorosa, mirando cómo desembarcaban en
bulliciosos grupos los demás viajeros: gente humilde, repatriados
pobres, de traza miserable algunos, espumas y relieves de la emigración
española, que arrojaba en la costa de Galicia aquel gran trasatlántico
_Iguria_, negro y humeante, presto á zarpar con rumbo á Francia. Los
recios perfiles del navío se recortaban á lo lejos sobre el fondo verde
obscuro del mar, bajo un cielo sereno, entoldado por gasas vacilantes de
niebla y de sol.
Una señora, de semblante dulce y triste, que acababa también de saltar á
tierra, cogía, de manos de un marinero, el equipaje menudo de Regina y
lo colocaba en el suelo á los pies de la absorta muchacha. Pronto el
«cabás» elegantísimo, la maletita de espeso correaje, el portamantas
abrazado á los abrigos, las cajas y estuches, formaron alrededor de la
señorita un copioso cerco. En el bote, donde los marineros aligeraban á
saltos la carga de pintorescos atalajes, se mecían, bien arropados en
sus fundas de lona, los enormes baúles de la interesante viajera.
Absorta estaba todavía, mirando al mar de hito en hito, cuando la señora
del semblante triste la tocó suavemente en el brazo, para decirle, como
quien despierta á un soñoliento:
--¡Eh!... ¡Que ya estamos en San Simón!
Volvió Regina la cara con lentitud, y pronunció vagamente:
Sí... ya lo sé...
Miraba á su lado con hastío, como si la necesidad de ocuparse en algo
práctico la produjese grave repugnancia. Vió que dos mozos del Lazareto
se le acercaban, serviciales, y confióles al punto los trebejos,
indicando que deseaban una de las mejores habitaciones del hotel.
--Podrá elegir la señorita, porque no hay pasajeros más que en el
pabellón de tercera--le replicaron.
Y siguiendo una vereda adoselada entre los árboles soberbios,
detuviéronse en un recodo del camino, ante una caseta rodeada ya por
buen golpe de repatriados.
---Tienen ustedes que «pasar por el médico»--advirtió un mozo.
En el dintel de la puertecilla, rotulada con el aviso, _Sanidad_,
aparecióse un empleado del Lazareto, que gritó:
--¡Pasajeros de primera! A ver... Por familias...
El caballero que antes habló á Regina, se acercó á ella sonriendo:
--Somos los únicos--dijo--; pasen ustedes.
Entraron las señoras, y un médico, joven y buen mozo, las pulsó
ligeramente y las hizo algunas breves preguntas, de pura fórmula, para
declarar que se hallaban en perfecto estado de salud. Un ayudante
confrontaba las listas de los pasajeros, y apuntando los nombres en su
libro, leía en alta voz: «Doña Regina de Alcántara, soltera, veinticinco
años, pasajera de primera clase para Vigo... Doña Eugenia Barquín,
soltera, cuarenta y ocho años, ídem ídem...» Les dieron á entrambas un
pequeño pasaporte que debían entregar al encargado del hotel, y fueron
despedidas cortésmente, no sin que Regina preguntase:
--¿Es verdad que no hay enfermos en la isla?
--Ninguno--respondióle el doctor, muy diligente.--Hubo, hace días, una
defunción entre el pasaje que vino del Brasil, y ustedes traen patente
sucia, por haber tocado en Río de Janeiro; pero sólo estarán aquí unas
horas, pues no desembarcó ningún enfermo declarado por la sanidad de á
bordo.
El empleado de las anotaciones murmuró, mientras escribía:--Daniel de
Alcántara, soltero, diez y nueve años, fallecido en la travesía, á la
altura de...
Regina volvió la cabeza, vivamente, al oir el fúnebre dictado.
Sorprendió el médico la actitud de la joven, y reparando en la igualdad
de los apellidos, preguntó:
--¿De la familia de usted?
--Mi hermano--balbució la muchacha. Y turbada y ligera salióse del
pabellón, seguida por los ojos del médico, inquisitivos y galantes.
Diez minutos después se destocaba Regina en su estancia ante un espejo
de infame luna, que hacía temblar las imágenes, desfigurándolas con
matices verdosos y alteradas líneas. Volvióse la joven con inquietud
hacia la señora que acomodaba el equipaje:
--Oye, Eugenia, mírame--exclamó.--¿Tengo la cara verde?
--No, mujer, ¡qué ocurrencia!
--Pues aquí me veo lívida.
--Será el reflejo de los árboles, ó la calidad del espejo; tú tienes
buen color.
--Ahora me he vuelto aprensiva... Es tan fácil enfermar... y morir en
plena juventud...
La señora, sin abandonar su trajín, respondía con razonada persuasión:
--Danielito estuvo siempre delicado... Acuérdate que desde pequeño era
un nene cativo, siempre en cuita; no tenía resistencia para
desarrollarse... Tú no pareces hermana suya; eres sana y fuerte.
--Sí; eso es verdad--declaró Regina con visible gozo. Irguióse
arrogante, se miró las manos y las uñas y giró hacia el espejo la
cabeza, pero sin atreverse á consultarle otra vez, señalósele á Eugenia,
diciendo:
--No te mires... Creerías que tienes ictericia, y, además, sentirías
náuseas y mareos, lo mismo que en el camarote.
Alzó los brazos para desprenderse las horquillas, y sobre sus hombros
gentiles, cayeron lánguidas, unas guedejas de pelo dorado, fino y débil,
en melena corta, como la de una niña. Aquel cabello sérico y laso, de
traza infantil, contrastaba, de manera singular, con los ojos negros y
apasionados de la moza y con toda su figura, fuerte y mimbreña, de
actitudes algo varoniles.
Con el cabello suelto y flotante acercóse Regina al balcón y,
abriéndole, se quedó recostada en la barandilla, acariciando con sus
ojos profundos y ardientes las arboledas, ya sombrías en la caída de la
tarde. Brotaba de la tierra una humedad fragante y deliciosa, el denso
olor de la campiña del Norte, dulce beleño del alma y de los sentidos;
el aire salobre de la mar, mezclándose con el perfume agreste, movía las
frondas suspirando.
Se oyó la voz de Eugenia desde el fondo de la estancia:
--Si te quieres arreglar, ya lo tienes todo dispuesto.
Pero la muchacha respondió, desanimada y negligente.
--Me duele un poco la cabeza, y me alivia tener el pelo libre de las
horquillas, así, al aire. Corre aquí un viento que es todo aromas. No
iré á cenar al comedor... Me acostaré temprano...
Quedó en silencio, en una bella postura de abandono que hacía resaltar
todos sus encantos. Era alta, delgada, la piel morena, los músculos
recios, desarrollados en una vida de ejercicios corporales, casi
continuos. Con el paso largo y marcial, el talle recto y el seno apenas
iniciado bajo su traje de corte inglés, algo masculino, pareciera un
doncel, á no serle propia cierta gentileza muy femenina, dulce y triste
á la par. Sus ojos, grandes y negros, fulguraban con intensa inquietud
de pasiones: en aquellos ojazos errantes y curiosos, se asomaban al
mundo, al través de la niebla de la miopía, misterios, ansias y fiebres
de un corazón nada tranquilo de mujer. Ojos eran que mostraban, á veces,
una tristeza sorda, un hastío, un desaliento conmovedores, y, á ratos,
una perfidia, una ambición diabólicas. Bajo el arco ligerísimo de las
cejas, en el rostro nimbado por los pálidos cabellos, los ojos
eclipsaban las demás facciones de Regina, no muy correctas, pero, en
conjunto, de expresión hermosa y profunda. Tenía la frente altiva, la
nariz un poquito gruesa, el mentón suave y redondo, la mano
aristocrática. Su boca sensual, propensa siempre á sonreir burlona,
pecaba de grande, pero enseñaba unos dientes blanquísimos y daba
noticias de una voz musical y elocuente, cuyas cadencias sonaban á
canción y á verso. Aquella voz cantora fluía en mágicas palabras llenas
de agudeza y donaire, revelando una cultura, muy rara en labios y
entendimiento de mujer. Su conversación, más todavía que su tipo,
demostraba un carácter fuerte y original.
Largo tiempo estuvo en la misma postura, mirando á la arboleda; pero
volvió sin duda á pensar en el espejo, porque con movimiento repentino
se acercó á los cristales del balcón, tratando de mirarse en ellos. No
estaban muy aseados ni parecían muy complacientes con la tenaz consulta
de la muchacha, que murmuró, al cabo, llena de enojo:
--En este gran hotel sanitario no encuentro ni un cristal limpio donde
mirarme.
Y pasaba el dedo por los vidrios, señalando una huella escandalosa,
mientras Eugenia se lamentaba:
--¡Qué soledad tan triste! Por toda compañía tenemos de vecino á ese
comisionista de Alcoy, tu pretendiente en la travesía. Los comedores y
las dependencias de la servidumbre están en otro edificio.
--No tengo miedo--replicó la muchacha, acodándose de nuevo en el balcón.
Caía la noche con languidez amorosa en el regazo florido de la isla,
entre el perfume de las rosas de Mayo y las frescas alas de la brisa
marinera. Mostraba el cielo todavía un fulgor del incendio que
circundara al sol en el ocaso; la fronda sostenía en cada rama un
susurro glorioso y peregrino; latía una fuente escondida en el huerto, y
un mirlo silbó dos veces, como un zagal oculto en la espesura.
--Parece que está la isla despoblada--murmuró Regina con asombro,--Acaso
nos han dejado solas con el de Alcoy... Eugenia: podías asomarte por
esos pasillos misteriosos, á ver si encuentras quien nos dé noticias del
comedor... Tengo sueño y quisiera acostarme pronto.
Diligente, la señora, se alejó por los obscuros corredores, y, al cabo
de un rato, volvió con una moza descalza y mal vestida, que hacía, por
lo visto, de camarera.
--Mande la señorita--dijo, ofreciéndose con humildad.
La miró Regina un largo rato, con señales de que empezaba á divertirla
aquel hospedaje pintoresco.
La moza bajó los ojos y se puso colorada. Entonces dijo la grata voz de
la señorita:
--¿Qué hay de cena, sabes?
--Hay muchas cosas--respondió la mozuela muy ufana.--Hay sopa, jamón,
pollos, pescado...
--Muy bien. ¿Y de postre?
--Dulce de cabello y fresas.
Regina palmoteó como nena antojadiza que ha logrado un capricho:
--¡Ah, fresas!... Pues yo no ceno más que fresas. Y quiero que me las
traigas aquí... Muchas, ¿oyes? Un plato grande, con leche y azúcar.
La zagala, que era garrida y graciosa, parecía reflexionar. Al cabo
dijo:
--Tendrá que pagar aparte, por servirla en el cuarto...
--Y mis raciones de jamón y de pollo, ¿no me las rebajaréis de la
cuenta?--preguntaba Regina, con una curiosidad llena de regocijo.
Risueña y astuta, escuchaba la moza sin responder, fingiendo ignorancia,
y cuando Regina le aseguró que pagaría lo que fuera menester por aquel
antojo, alejóse en la sombra del corredor con pasos blandos y lentos,
sin resonancia. Poco después volvió trayendo la silvestre cena, mal
presentada y peor servida; pero las fresas eran buenas, y muchas, y
tenían un penetrante aroma fresco y apetitoso.
Aderezó la viajera su manjar favorito con delectación refinada; en el
plato sopero, un poco descascarado por los bordes, exprimió la fruta y
la azucaró. Luego, despacito, vertió encima la leche densa y espumosa,
hasta colmar el plato, y después, muy satisfecha, inclinó la cara con
regalo para aspirar el aroma del singular banquete, poniendo en ello
tales bríos, que tocó la crema rosada con la punta de la nariz...
Mientras cenaba Regina lentamente, con expresión golosa, la zagala
camarera la estaba mirando, de pie al lado de la mesa, con los brazos en
jarras y una mueca simplona en el semblante. No había solicitado permiso
para amenizar con su presencia el refrigerio de la señorita, y calmosa,
esperaba por el menguado servicio para economizarse un paseo al comedor
lejano.
Después que la viajera apuró su golosina, encaróse con la moza, y
sonriente inquirió:
--¿Sirves en el hotel hace mucho?
La galleguita, según la costumbre negligente y lacónica del país,
respondió:
--Sirvo.
--¿Y estás contenta?
--Estoy...
--¿No sales alguna vez de la isla?
--No salgo, pero...--y tras breve indecisión añadió sonrojándose:--me
divierto aquí porque tengo novio.
--¿Gallego como tú?
--Gallego.
--Será guapo...
--Es.
Y la zagala, que había recogido los ligeros cacharros de la cena,
despidióse de la señorita muy amable, asegurándola que era deliciosa la
vida del Lazareto, espléndido el trato de la fonda, y que lo pasaría muy
bien en los dos días de cuarentena.
Respondióle Regina con benévola aquiescencia, y quedó sola en la
estancia, á la temblona luz de una bujía, ya caída la noche dulcemente
sobre el balcón abierto.
A instancias de la joven había emprendido Eugenia Barquín los
penumbrosos caminos del comedor, y cuando la moza camarera se confundió
en las espesas sombras del pasillo, en vano Regina tratara de sorprender
algún rumor de vida en el enorme edificio desierto y mudo. Tan callando
pasaba aquella hora, que la viajera oyó el tic-tac del tiempo,
latiéndole en las sienes y en los pulsos y palpitando en la silente
noche.
De pronto, en el corredor ululó el viento, arrastrando un profundo
sollozo de la marina; se dobló la llama de la vela, y el taque de una
persiana alzó un eco medroso. Quedó á obscuras el cuarto, y Regina se
refugió en el balcón, avergonzada de tener miedo, pensando vagamente en
su revólver, y conmovida, á pesar suyo, por la tristeza quejosa de aquel
soplo extraño, que apagó su luz y agitó su cabello, alejándose rápido y
solemne, como errante suspiro del mar. Miró al cielo Regina, y al fulgor
solitario de la luna, vió cruzar, rauda, una estrella que se abismó en
el fondo de la noche.
--_Es un alma que pasa_--dijo con el poeta.--Un alma que suspira--añadió
cavilosa y triste, sacudida por la ráfaga misteriosa.--Es el alma de mi
hermano... Es Daniel que desde el mar me besa; Daniel que llora, que
tiene miedo...
Convulsa y pálida, consultó las sombras del aposento y el suave
resplandor del paisaje. Parecía investigar con avidez, buscando por el
cielo y la tierra la escondida verdad de grave duda, y en la ardiente
claridad de sus ojos fulguraba una interrogación ansiosa.
Pero, como pasaron fugitivas la ventada por la tierra y el astro por el
cielo, así aquella intensa emoción de la dama huyó también fugaz, y una
escéptica sonrisa apagó la inquietud de los radiantes ojos.
Era que Regina, en un instante, al evocar la escena cruel de la muerte
de su hermano, se había sentido presa de una amargura penetrante y fría,
tan fría como el cuerpo de Daniel sepultado en las olas. Era que le
causaba siempre un helado estupor la imagen del enfermo, estremecido por
la dura congoja de la asfixia, dilatadas las pupilas por el miedo,
luchando mísero, unos minutos, para caer inerte y desvanecido, colgante
como un pobre muñeco de trapo dentro del sillón de mimbres mecido en la
cubierta del buque...
Aún sentía la muchacha en los labios el ardor de los besos con que quiso
colorear la lividez del amado rostro; aún vibraban sus nervios con la
fuerza de aquel abrazo en que alzó al muerto como á un niño, llamándole
á la vida con vehemente súplica... Daniel fué insensible á sus caricias
y á sus ruegos; él, tan apocado, tan espantadizo y cobarde siempre,
mostró impasible en su cara una sonrisa de cera, cuando desde la borda
le dejaron resbalar por el trágico tablón hasta el fondo del Océano...
En la presente espléndida noche, la primera noche española que
custodiaba la juventud de Regina, sintió la viajera que en su alma
hundía una vez más el desencanto su acero agudo. Y después del rápido
sacudimiento que la estremeció, creyente y enternecida murmuró con la
desilusión en los labios:
--No: el pobre Daniel, devorado por los peces, nada tiene que ver con
una estrella que corre, con una brisa que pasa... Mi hermano se acabó
para siempre; no me llama ni me sigue ni me necesita... Y es menester
vivir y gozar y defenderse todo lo posible de ese espantoso acabamiento
en que él cayó.
Rió la muchacha acerbamente cara á las estrellas pensativas, y
sacudiendo su melena infantil, libre y lánguida, sobre los firmes
hombros, tornó resuelta á su habitación, prendió la vela y empezó á
desnudarse con lentitud. Pensaba en la felicidad con una vaga mueca de
cansancio, mientras desabrochaba su levita y soltaba los automáticos de
su falda _tailleur_, corta y liviana.
--¡La felicidad!... exclamó codiciosa. Y con súbita inspiración,
acordándose de la doncellita del hotel, se le ocurrió que bien pudiera
consistir la felicidad de una moza en andar descalza y tener un novio
gallego... Pensar esto y descalzarse, todo fué uno. Curiosa y lista, se
lanzó á la experiencia, en su primera parte por de pronto, y anduvo por
la estancia, vagarosamente, en leves paseos silenciosos, inclinando la
cabeza con placer para mirar sus pies largos y ágiles, de fina piel
morena. Mas, á poco, se detuvo sintiendo la desagradable sensación del
tillo empolvado bajo sus plantas, y sentóse al borde del lecho para
sacudir con escrupulosidad ambos pies desnudos y mortificados...
Decididamente, la felicidad de la niña camarera no era semejante á la de
Regina.
En el pasillo, rumor de pasos y de voces rompió el silencio en que yacía
el hotel. Eugenia Barquín y el caballero alcoyano, se despedían
volviendo del comedor:
--Buenas noches.
--Muy buenas.
--A los pies de Regina.
--Desgracia doble para mis pobres pies--rezongó bajito la muchacha.
Y aún el de Alcoy taconeaba por el corredor cuando Eugenia, precavida y
cuidadosa, empujaba los baúles detrás de la puerta antes de acostarse.
Agonizaba la bujía, crepitante y tembladora, y á Regina, adormilada ya,
le rondaba el sonsonete de una popular oración, ingenua y simple, que
sin pedirle al alma licencia, repetía muchas veces su memoria, como un
eco de la infancia: _Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._
Rumores de la mar y de las frondas llegaban hasta el lecho, como acentos
de la inmensa plegaria entonada por la naturaleza al otro lado del
balcón, donde la luna rezaba con la noche.
...Blanqueaban apenas en el cielo las primeras luces de la aurora,
cuando Regina se despertó sobresaltada por sueños confusos é
inconscientes cavilaciones. Al abrir los ojos suspiró como aliviada de
congojas y pesadumbres. Ya su cama no se mecía en el mar, ni en su
cabeza rodaba isócrono y formidable el rumor del buque. En la quietud de
su lecho, en la silenciosa paz de la alborada, le pareció sentir la
maternal caricia de su noble tierra española. Mejor que entre el
palpitante resuello del barco llegaba ahora á sus oídos la voz dulce del
mar, que mansamente embatía en la ribera su espumoso oleaje. Al son de
las olas cantaban los pajarillos muy delicadas y sutiles melodías, á la
vez que se rizaba el follaje nuevo, tembloroso al recibir los primeros
rayos de la luz. Los árboles centenarios, desperezándose también,
modulaban con las lenguas de sus hojas un saludo cortés á la mañana.
Envuelta en los halagos de la tierra, la peregrina del mar sentíase
dichosa. Y con tan blando deleite se le llenó á Regina el alma de unos
deseos muy cándidos y sencillos. Soñaba ahora ser buena y humilde en un
rincón del mundo; un rinconcito plácido, semejante á Torremar, la ciudad
costeña cuna de sus mayores. Allí se casaría con un mozo hidalgo y
robusto, sano brote de la indomable raza montañesa, diestra antaño en el
uso de linajudos blasones y armas peleadoras, y le nacerían unos hijos
fuertes y hermosos, sonrisas vivientes capaces de realizar todos los
afanes de ventura que empujaron á la viajera ambiciosa por tan varios
caminos de la tierra.
La sonrosada luz de aquellas ilusiones mostrábale á Regina el cuadro
idílico de una nueva existencia: experimentaba la soñadora un bienestar
intenso al sosegar su agitado espíritu en una visión tan apacible y
balsámica. Torremar, la coquetuela ciudad donde nació, se le aparecía
como un gran lecho de silvestres flores, donde iba á dormir años
seguidos en la bella serenidad de un ensueño delicioso. Veía su casita
blanca y verde, asomando al Cantábrico la solana profunda, y
respaldándose en un cercado, mitad huerto, mitad jardín, donde
lozaneaban las sabrosas frutas sobre las aldeanas clavellinas y las
opulentas rosas de Jericó... Allí, entre la ciudad y el campo, entre el
mar y la sierra, con amor y salud, y con dinero, era seguro alcanzar la
dicha y esclavizarla, y poseerla plenamente, si de cierto en el mundo
podía lograrse... Ninguna memoria triste ahuyentaría de la casa blanca y
verde aquellas ambiciones; porque en su hogar sólo había llorado Regina
lágrimas triviales, de las que no dejan sombras en el espíritu ni
huellas en el rostro: todas sus penas nacieron y peregrinaron lejos de
Cantabria. De llantos duraderos y recias tempestades del corazón supo y
adoleció en lueñes playas, muy ajenas á la suya nativa; todos los
jirones de sus anhelos insaciables pendían en las zarzas de remotos
caminos...
De esta suerte razonaba la ilusa, nimbada por un cerco de optimismo
matinal. Pero en el fondo de tales razonamientos, nacidos con la suave
luz de la aurora, temblaba doliente la angustia de una vida llena de
lutos é incertidumbres, de equivocaciones y fracasos...
* * * * *
Mientras sueña en su lecho la protagonista de esta veraz historia, yo te
invito, lector, sobre sus páginas, á viajar conmigo en el raudo
Clavileño de la fantasía, para que «á vista de pájaro» contemples una
azarosa juventud de mujer. Por tan alado sistema, conocerás la vida y
milagros de la viajera rubia.
II
LA INFANCIA DE REGINA.--EL ÁRBOL DEL BIEN Y DEL MAL--EUGENIA
BARQUÍN.--LA VUELTA DEL PADRE PRÓDIGO--VIVA LA BOHEMIA.
CONTABA ocho años Regina cuando murió su madre. El cariño de aquella
dulce dama, enfermiza y risueña, de semblante infantil, quedó pronto
confuso en el voluble corazón de la niña y llegó á ser, más tarde, para
la ardiente púber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los
días de infancia y primavera.
La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancipó á Regina de
toda tutela familiar. Educóse en bravía independencia, bajo la guarda
liberal y tolerante de Eugenia Barquín, doncella de confianza de la
difunta señora. Mostraba la niña entonces un desenfado y una agudeza
impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bríos y audacias
varoniles, dióse á vivir sin ley ni freno, por campos y playas,
criándose á su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced á
este régimen de libertad é indisciplina, se acentuaron los rasgos de
aquel carácter indómito, adquiriendo á la par la altiva huérfana un
desarrollo físico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces
de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques;
enamorada fuertemente de la emoción y del peligro; llena de precoces
curiosidades, Regina supo de la montaña y de la costa, de los peces y de
los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el
chicuelo más pícaro de la marina.
Medró en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceño y grácil--rubia
espiga en flor--y llególe con los primeros barruntos de lozana pubertad
un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las
cosas. Acontecíale á ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando
el mar y el cielo y la profunda soledad de las campiñas, escuchando en
el silencio de los crepúsculos la sorda respiración de las aguas, las
pulsaciones inefables del corazón de la naturaleza. Toda el alma se le
henchía de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas
revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas sabía
de lágrimas ni de penas, lloró muchas noches sin saber por qué...
Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni
ternuras, empezó á latir blandamente, como un río de savia, el hondo
sentimiento femenino, la voz íntima y dulce del sexo, á punto ya de
florecer. Apartóse Regina por instinto de sus joviales camaradas,
cultivó con más delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintióse
mujer al cabo, y fué adquiriendo poco á poco un aire saladísimo de
gravedad señoril.
Pero la vida sedentaria y monótona, entre un aya ignorante y un niño
melancólico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empujó
por ásperas rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza
juvenil se le habían desarrollado las fuerzas todas del espíritu: el
agudo entendimiento, la fértil imaginación, la mal educada voluntad, el
deseo imperioso de vivir y de saber. Encendiósele en el alma una sed
abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto
veía y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluída
en un rincón provinciano, y un poco refractaria, por su genio
desapacible, al trato de las gentes, cayó en una especie de melancolía,
con trazas de incurable dolencia moral.
Abandonada á su albedrío, en esta profunda crisis de su ardiente
naturaleza, dióse á la lectura sin freno, devorando cuantos volúmenes
había en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de
Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los
misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos
las viejas ramas del árbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos
frutos de la poesía, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas
de amor, agridulces como los nísperos; más tarde, las narraciones de
viajes y de historia, las tragedias reales ó imaginadas, de recio sabor
y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron á clavar
el diente en la áspera poma de la discorde filosofía.
Dueña la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por
tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde
ella no clavase los ojos y el pensamiento; repasó estampas, índices,
diccionarios y pergaminos; hurgó, avara, en viejos códices y en
bibliotecas novísimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofrecía
pasto accesible á su creciente curiosidad. Pasó «las noches en claro y
los días en turbio», desflorando las ideas sin discernirlas ni
asimilarlas, creándose un mundo peregrino de falsas imágenes y confusas
memorias, hasta sepultar poco á poco su fresca juventud bajo la balumba
del papel impreso.
Como el _Príncipe azul_, del gran Benavente, _que todo lo aprendió en
los libros_, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y
buscando, á tientas, luces para las más obscuras razones, abrió los
empolvados volúmenes de su padre, andariego poeta á quien el hogar sólo
recibía en fugaces horas de fatiga ó de antojo. En dos años de
frenéticas lecturas agitó aquella niña su entendimiento y su corazón,
sin otro fruto que una tristeza estéril. Los libros destilaban
melancolía. ¿Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y
filósofos?... Entonces no merece la pena de ser «vivida»; la única
solución es morir... Presa de una calentura romántica, leía con avidez
los sarcasmos crueles de escépticos y pesimistas, embriagándose con el
néctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el
licor untuoso de Renan.
--Es «el mal del siglo» lo que yo padezco--pensaba Regina entre afligida
y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrática.
Pero en medio de sus hondas melancolías, mezcla de tristeza, de
pedantería y de orgullo, juzgábase como un ente superior y miraba á sus
convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:
--Para mí no hay secretos... Lo sé todo...
Espíritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se había
sometido siempre á la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo
el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dejó llevar de
la vida por los más fáciles senderos, medio loco, medio niño,
inconsciente y errático, con una leve sospecha de sus errores y un gran
fondo de bondad en el corazón. Tal vez la esposa que le destinaron no le
convenía. Era una mujercita infantil, débil de cuerpo, inocente y
cariñosa, que todo se lo toleró á su marido con la sonrisa en los
labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdón de alguna culpa
grave. Torpemente le buscaron á Jaime de Alcántara esta novia enamorada
y sumisa que debía refrenar los hábitos del bohemio, guardarle en el
silencioso rincón de Torremar y convertirle en sensato padre de
familia... El aceptó con júbilo aquella alianza, porque le divertía su
inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce muñeca. Y ella,
sonriendo, sonriendo, le aburrió y le dejó partir.
Ave de alas inquietas, Jaime cuelga su nido donde el azar se lo depara,
y cuando un ligero escozor de la conciencia le lleva hacia su esposa,
aquella eterna sonrisa humilde le hastía y le entristece. Sus hijos le
desconocen y le huyen; son criaturas ariscas que parecen haber dejado en
los labios maternales toda la dulzura de la infancia; la casa es con
exceso modesta; Torremar un pueblo chismoso y agresivo, donde oye Jaime
reticencias sobre su conducta, consejos que le enojan y profecías que
le estremecen. Entonces, desamorado y generoso, abre su bolsillo á la
mujer que nada pide, que parece que nada necesita, y huye de nuevo hacia
el placer errante...
Jaime sufre un amago de confusión al quedarse viudo. ¿Qué hará de
aquellos niños rústicos que apenas han querido darle un beso? Dos años
tenía Daniel, desazonado fruto concebido por una madre ya consunta,
cuando Alcántara llegó á Torremar apercibido del grave estado de su
mujer. Y como si esperase para ofrecerle su postrera sonrisa, al llegar
el poeta murió la esposa.
Las ocho agrestes primaveras de Regina, nada íntimo y amoroso dijeron al
padre; el adusto recelo con que ella le miraba le intimidó, como si en
el semblante enérgico y esquivo de la niña viese una acusación severa.
El nene, asustadizo y llorón, huía llamando á mamá por los rincones, y á
las voces lamentables de la criatura, la imagen de la muerta se
deslizaba por los aposentos delante del viudo, con un remedo de sonrisa
en el rostro lívido, como Jaime la viera por última vez...
En la hostilidad de aquel ambiente, volvióse el poeta hacia Eugenia
Barquín, buscando su auxilio inapreciable. La honrada montañesa había
heredado la servidumbre en la familia hidalga y pobre de la difunta
señora, y Jaime la había conocido siempre en aquella casa cumpliendo con
abnegación fidelísima los más señalados servicios. Moza y agraciada, con
gracia austera de solterona, Eugenia había desdeñado muy escogidas
proposiciones de matrimonio; miraba á los hombres con una indiferente
frialdad de mujer casta, que ninguna tentadora conveniencia lograra
vencer. Su vida tenia algo de máquina fuerte y diestra, cuyo poderoso
motor fuese la lealtad. Era esta doncella hija de una falta, que
perdonaron los suegros de Jaime. Tan buenos fueron aquellos señores que
consolaron, compasivos, á una pobre mujer engañada en la propia casa de
ellos y apadrinaron á la criatura nacida al abrigo de tan noble
misericordia. Desde que tuvo uso de razón se consideró Eugenia como «una
cosa» de la legítima propiedad de sus padrinos. La gratitud y la
devoción hacia aquella familia que la acogiera, deshonrada antes de
nacer, arraigaron en su alma saludable, tan profundamente, que en ella
no quedó lugar para otras afecciones, y acaso, también el ejemplo de su
madre burlada, patente á sus ojos como ultraje vivo, la obligase á una
rencorosa actitud contra los requerimientos del amor...
Una temprana siega de vidas dejó á Eugenia sola en el mundo con la hija
única de sus padrinos, recién casada á la sazón. Amaba la moza
entrañablemente á la endeble señorita, y sirviéndola con solicitud algo
protectora, vino á ser la segunda madre de Regina y de Daniel. La dama
doliente le contagió á la robusta doncella su blanda sonrisa y su
apacible condición, por suerte de Jaime, que halló en aquella mujer
paciente y desinteresada una activa y amorosa guardiana de sus hijos, á
falta de más inteligente y más enérgica educadora.
Nunca olvidó el poeta aquel coloquio tímido, impaciente, que entabló con
Eugenia Barquín para feliz, solución de su problema frente á los niños.
Como si esperara tales proposiciones, Eugenia iba diciendo á todo que
sí, con el alma y con los labios.--Cuidaría á los nenes igual que si
fueran sus hijos; viviría para ellos; el señorito se podía marchar
descuidado... Dinero... el que bien le pareciera; poco, muy
poco...--Regina entró de rondón á este punto y el misterio obscuro de
sus ojos se clavó en el padre como un puñal.
Jamás, como aquella vez, tuvo la partida de Alcántara toda la apariencia
de una fuga. Salió de Torremar por la noche, esperando que sus hijos
durmieran para besarlos ligeramente, con ruborosa caricia, temiendo
hallar de nuevo en los ojos profundos de la nena aquel acerado fulgor
que se le clavaba en la conciencia como un reproche ó como una acusanza.
Sentíase culpable y avergonzado, y se prometía volver pronto, en íntima
disculpa de su mal proceder.
Pero luego se acallaron sus débiles escrúpulos con el ruido ensordecedor
de las grandes capitales. Las noticias de los niños eran buenas,
descontando los frecuentes achaquillos que padecía Daniel; y, durante
seis años, dos recuerdos contrarios y punzantes le alejaron de Torremar.
Era el uno la heredada sonrisa de Eugenia, diciéndole con apresuramiento
humilde:--Sí... sí... vaya usted descuidado; váyase cuando quiera;
estése tranquilo...--Era otro el lancinante resplandor de unos ojos
sombríos, que le miraban, le miraban, hasta el fondo del corazón.
Ya entonces de lejos, con sugestión indefinible, la proceridad inculta
de la nena dominaba al hombre artista y mundano.
Un día, de pronto, sin atreverse á meditarlo mucho, por miedo á vacilar,
fué Jaime á ver á sus hijos. Aquella buena corazonada tuvo un éxito
feliz, que decidió la suerte de la pequeña familia.
La sorpresa de Alcántara en esta visita fué una deliciosa impresión de
novedad y orgullo; el primer sacudimiento fuerte y noble de su alma. Los
grandes ojos fulgurantes de su hija se le abrieron con una clara luz de
alegría prometedora, y roto el secreto infantil de aquella mirada, la
esfinge habló. Sus primeras palabras fueron de revelación y de asombro
para el padre:
--Ya he leído tus versos--dijo, mirándole devotamente;--eres un poeta.
Estaba fundido el hielo. Regina ya no observaba á Jaime, investigadora y
sombría, dudando qué clase de papá fuese aquel viajero, siempre en
ausencia, siempre en fuga. Su corazoncito de catorce años se le había
subido á la boca, para murmurar, en son de paces:--¡Eres un poeta!--Y
los labios fervorosos de la chiquilla consagraron aquella alabanza con
un beso de perdón y de olvido en los labios del bohemio...
Contemplábala Jaime embelesado. No parecía la misma: andaba con suma
elegancia, erguía el talle con un señorío, hablaba con tal aplomo y
gravedad, con tan escogido y docto lenguaje, que el frívolo Alcántara,
poco ducho en achaques de erudición, tratóla en amistoso compañerismo,
lleno de sumisas admiraciones, sintiéndose feliz bajo la influencia de
aquel naciente dominio intelectual.
Aun el desenfado rústico y plebeyo de que en ocasiones hacía alarde
Regina, era un encanto en su refinada naturaleza, pródiga en novedades y
audacias. Todo en esta criatura tenía un carácter singular y extraño:
su hermosura y su ingenio peregrinos; la mezcla de melancolía y de
orgullo de su mirada; el contraste de viveza y languidez entre sus
dichos y sus maneras; el conjunto armonioso de la figura, delicada y y
fuerte, risueña y altiva, dulce y varonil al propio tiempo. Hasta el
desequilibrio de la imaginación en perpetuo sobresalto, constreñida bajo
el peso de torpe ciencia hurtada á los libros; la excitación constante
de la sensibilidad; el brío precoz del temperamento, ponían un hechizo
misterioso en su gentil cabeza y una sombra de tortura en la luz
vigilante de sus ojos.
Las gracias de la niña sabihonda y refilotera, se le metieron al padre
en el corazón. No comprendía el donoso vagabundo los peligros y
tristezas que amenazaban á la joven, educada por sí misma en lecturas
caprichosas, sin regla y sin oriente. Dióse á quererla con orgullo de
artista, fomentando antojos y vanidades.
Danielito quedó en segundo término; asido siempre á las faldas de
Eugenia, tímido y quejumbroso, no seducía como su hermana. Pero cuando
ella sentaba al nene en las rodillas del papá y alzaba el pequeñuelo sus
atristados ojos, cobardes para vivir, sentíase Jaime poseído de
vehementísimas ternuras. Con la voz empañada por la emoción y el
arrepentimiento, afirmábase en el propósito de nunca abandonar á
aquellos niños con quienes tenia tan grave deuda de amor.
Toda la bondad nativa de Jaime de Alcántara se removió inquieta y
desbordante, calentando su corazón, llevado siempre como una pluma por
los vientos de las pasiones. Quería, al fin, á todo trance, pagar á sus
hijos las caricias y los desvelos que en el olvido les negó; quería
resarcirles del pasado abandono, dándoles ahora á manos llenas alegrías
y regalos.
Regina aprovechaba tan buenas disposiciones para satisfacer sus más
extravagantes caprichos, imponiendo con altivez majestuosa los dictados
contradictorios de su voluntad. A fuerza de oir «que tenía mucho
talento» concluyó por desdeñar á todo el mundo y contemplarse á si misma
con egolátrica devoción. Era en el fondo piadosa y dulce; pero el
sentimiento, como una fuente prisionera en el duro cristal de la nieve,
corría perezoso bajo la costra pegadiza de ideas falsas y abigarrados
sueños con que llenó su cabecita rubia. A la par escéptica y ansiosa,
mezclaba las burlas y las lágrimas con mucha facilidad; pasaba de la
tristeza al júbilo en un instante, de la acritud á la ternura; tenía
arrebatos vehementes de curiosidad y extrañas crisis de desaliento y
melancolía. Pensaba con gozoso candor que todo ello eran estigmas y
señales de «un exceso de inteligencia».
--¡Si yo fuese artista!--dijo un día para sus adentros. Y se propuso
escribir un libro, una obra genial que produjera asombro y maravilla.
Largo tiempo estuvo con la pluma en la mano sobre las satinadas
cuartillas, mientras acariciaba, en traza de meditación, los pelitos
rubios de las sienes.
Pero incapaz de reducir á la disciplina la muchedumbre infantil de sus
pensamientos, acabó por diseñar en las páginas unos muñequines de cabeza
muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. ¡Oh;
el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y
difícil! ¡Jamás podría la soñadora someterse á tan duro ensayo! Escribir
libros y tañer el piano y el violín; manejar los pinceles; hacer
maravillas con mármoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que
despiertan asombro, curiosidad y devoción, pero no se logran sin trabajo
y sin pena...
Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluyó riendo
como una loca al ver los fantoches que había dibujado.
--¿No es más cómodo y fácil--dijo al fin--gozar del trabajo ajeno y
echar á volar la fantasía sobre todas las cosas del mundo?...
Dispuesto Jaime de Alcántara á cumplir sus propósitos paternales,
preguntó á Regina qué clase de vida nueva quería emprender.
--¿Qué es lo que tú prefieres?--la dijo, como esos magos de los cuentos
de color de rosa, que interrogan á las princesas sobre sus antojos, con
una varita de virtudes en la mano.
La muchacha tenía prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la había
dado, en sueños, al hada visitadora de las juveniles fantasías.
--Quiero viajar--exclamó--. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas
nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...
Había una infinita impaciencia en estas palabras, un desmán de
curiosidades y deseos contenidos, el ímpetu brioso de una juventud
enérgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y
abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros,
desatentada y febril.
--¡Viva la bohemia!--pronunció de repente, con un grito que hizo huir á
los pájaros del huerto.
Jaime, halagado en sus gustos nómadas, estrechó en sus brazos á la
niña, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un
poeta francés, amigo suyo en París:
_Mon enfant, ma soeur,
songe á la douceur
d'aller la--bas vivre ensemble!
Aimer á loisir,
aimer et mourir
au pays qui te resemble!_
* * * * * * * *
_Vois sur ces canaux
dormir ces vaisseaux
dont l'humear est vagabonde;
c'est pour assouvir
ton moindre desir
qu'ils viennet du bout du monde..._
Sin otras meditaciones y obtenido fácilmente el consentimiento de
Eugenia Barquín, se puso en pie aquella singular caravana. Fuéronse con
grande sorpresa de los vecinos de Torremar, sin previo itinerario, como
artistas bohemios, por la vida adelante.
Quedó cerrada la vieja casita solariega, donde aún moraba la sombra
triste de la mujer de Jaime; quedó el hogar abandonado, la huerta en
barbecho, y abierta la solana, en muda hospitalidad, á las nidadas
estivales de las golondrinas...
III
PARÍS.--LA MUSA DEL BOULEVARD.--DEL SENA AL TÍBER.--LAS PULSERAS DE
FUEGO.--EL CASTILLO DE ROLANDO.--LAS FRESAS DEL RHIN.
EL primer alto de los peregrinos fué París, antiguo teatro de los
triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcántara; imán de todos los
calaveras ociosos y noveleros del mundo. Allí conocieron Regina y su aya
que el veleidoso poeta era todavía muy rico, porque Jaime acomodó á sus
hijos en elegante morada y hartóles de regalos y finezas.
Pero aquel dorado bienestar tuvo para los niños una sombra; una sombra
perfumada y tangible que respondía al nombre romántico de _Silvia_, y
que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el
fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios
bermejos.
Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la
categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto,
calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.
Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de
la niña fueron inútiles; y cuando _Silvia_ se cansó de halagarla y á su
vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se
entabló francamente entre las dos.
De cuanto disponía _mademoiselle_ con dominantes atribuciones,
protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni
una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con
ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas
horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de
París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente
lucha.
No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de
aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica
insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar
maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo
discurso, halagador y mimoso, contóle que _Silvia_ era «un demonio
francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso
para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños...
Medroso el nene huyó con espanto de _mademoiselle_; y la servidumbre
francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la
mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso,
pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel
extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.
La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y
disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña,
y entre dientes llegó á llamar á _Silvia co-co-te_, cuando la francesa
le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos _¡Hèlas!_ y muchos
_¡Mon Dieu!_, que Eugenia tomaba por agravios.
En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya
la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de
mujer, diciendo:
--Elige ahora mismo entre _Silvia_ y yo. Si ella no sale de esta casa en
seguida, yo me vuelvo á Torremar...
Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus
ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la _Musa_...
Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al
caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el
corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su
padre seguía cultivando el trato de la vencida _demoiselle_, ó de otra
tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal
cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las _Silvias_ del
mundo se habían muerto para el poeta...
Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la
ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero,
que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el
blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos
que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente,
con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.
Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus
padres. La casualidad, mejor que su cautela, habíale conservado mucha
parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, allá
en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas
posesiones llegaban á su dueño tarde y con daño, filtrándose entre los
dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas
partidas se cuentan en Europa.
La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros,
sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de
dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su
padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y
Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la
Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer
cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto
de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo
solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas,
mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura
apoyar los designios de su hija.
Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido
entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en
el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de
pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan
dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados
amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los
ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y
señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.
Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas
aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el
semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes
monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los
palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por
haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una
mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible
cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más
recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para
comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer
instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante
ruego, firme como un mandato:
--¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...
Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al
través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que
sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.
Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con
rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella,
haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á
quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.
En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin
asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á
los caprichos de la señorita.
De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados
adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad
de mujer...
Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas
y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso
hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en
confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento
y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se
prometía, donde no pusiera los ojos.
Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español,
el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de
arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.
No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna,
Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada
Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La
reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la
tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus
silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado
la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de
una góndola, igual que una antigua dogaresa.
La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de
los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del
Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de _El Fuego_, de Gabriel
d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á
compás de la música de _Tristán é Iseo_. Todas las sombras insignes que
poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña
española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre
pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad
de amoríos y tragedias...
La _Pineta_ de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes.
Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del
Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban
los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la
silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su
_Infierno_. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal,
sitio predilecto del vate florentino; la célebre _Vía del poeta_, donde
cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y
Dryden padecieron y amaron.
Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo
y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y
de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa
espesura á la devota visitante...
Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en
Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia
cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre
monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan
ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...
Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro
de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen
para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la
catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el
soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del
magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara,
lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía
cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y
el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la
cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces;
al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la
literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante
Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz...
¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á
Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y
allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio
de su fría admiración hacia las musas clásicas.
Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la
niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios
nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y
todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan
reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.
--¡Adiós, Dante!--murmura Regina.--¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito...
Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la
hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy
á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!
Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán
repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_.
Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el
cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas
coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre
guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...
Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de
Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales,
y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable
reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre
laureles.
También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data
nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.
Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en
ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el
misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio
donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á
las persecuciones de Arfeo, el dios río...
--Pero fué el caso--añade Regina--que Arfeo juntó sus aguas con las de
su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose
en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar
como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de
la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor!
¡Qué maravilla!
La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere,
concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la
contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un
tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las
superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni
comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura
constante de la imaginación y de los sentidos.
Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina,
busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos
de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen
leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica,
memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos
abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre
praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos
que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas
las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y
voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.
Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera
soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se
encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató
al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de
la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre
visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de
la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en
el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de _El
oro del Rhin_.
Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río
alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á
manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en
las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las
imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un
caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales
arreos...
--Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.--No es cierto
que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu
palacio de mármoles y bronces!
Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con
emoción sus ojos de sonámbula.
Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para
desposarla en su castillo mágico...
Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y
definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio,
que no se adentrase mucho en el corazón.
Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y
perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las
montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los
pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan
por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras
con prodigiosa fecundidad...
Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de
fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono
de Rolando el guerrero.
Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de
aquella golosina predilecta...
IV
EL NIÑO ENFERMO.--ORIENTE.--SPA.---LA MUJER CABEZA.--LA MEDIA
LUNA.--¡VÁMONOS Á AMÉRICA!--EL MAR.
CUATRO años de holgorio por Europa no bastaron á satisfacer la
insaciable curiosidad de Regina. El espectáculo del mundo, atisbado en
tan múltiples formas, superficiales y rápidas, no hacía sino excitar su
apetito de emociones; todo quería verlo y sentirlo en su ruta, sin tener
paciencia para detenerse á comprenderlo y amarlo. De cuantas cosas
percibía no le quedaba luego más que un tropel de sensaciones
contradictorias.
La naturaleza, el arte, la historia y la leyenda, íbanla llamando por
diversos caminos; pero una dolorosa irritabilidad de su imaginación la
obligaba á devorar las impresiones con estímulo impaciente de otras
distintas, como si le faltase tiempo para saborearlas, como si alzase
Dios sobre tan desbocadas ansiedades el castigo de no poder gustar los
frutos de la vida, la maldición de desflorar todos los goces en una
carrera anhelosa y penitente.
Las cuitas de Daniel obligaron á la viajera á muchas detenciones
imprevistas. Con frecuencia el niño necesitaba reposo, y era siempre su
hermana la primera en notarlo y prescribirlo.
En las forzosas paradas del errabundo peregrinaje, muchas eminencias de
la medicina auscultaron el pechito endeble de Daniel. Aquellos sabios
doctores mecieron la cabeza, conpungidos, diciéndole al padre inquieto:
--Muy lento desarrollo... Estrechez de la cavidad torácica... Pobreza de
sangre...
Y algunos, más desengañados ó menos piadosos, añadieron cruelmente:
--Candidato á la tuberculosis...
La amenaza siniestra quedó flotando sobre los alegres nómadas como una
ironía de su buena fortuna.
Joven y hermoso el padre; la hija moza y gentil; robusta y agraciada la
doncella, iban por el mundo, derrochadores, sin pena ni gloria, y era
Daniel á su lado la triste nota del humano dolor, la sombra de la
fatalidad, que no perdona á los felices.
Amaba Regina á su hermano con pía ternura; le mimaba como á un
chiquitín; tenía para él condescendencias protectoras y entrañas
maternales. Pero desde que vió esquiciarse el señuelo de la Avara en los
ojos velados y dulces de Daniel, padeció rudas crisis de terror y
misericordia.
Si el pobre sentenciado se amortecía silencioso y febril, en horas
turbias, era Regina siempre su más infatigable compañera. Apostábase
junto al lecho del paciente, inflamada en temerarios rencores,
avizorando, en traza de reto, el sutil avance de la Intrusa. Con el
frescor saludable de sus bellas manos, acariciaba Regina las manitas
madorosas del niño, y erguía el lozano busto como troquel adversador
contra la enemiga invisible. En esta defensora actitud hablaba á
Danielín alegremente, ocultando en la maravilla de sus gorjas los hilos
de una voz que temblaban rotos de miedo.
Como el muchacho solía animarse con estos halagos, Regina se altivecía
entonces, suponiendo que disputaba, triunfadora, su presa á la muerte.
Otras veces, medrosa del silencio en sus velatorios, entonaba una dulce
cantilena, mientras se adormecía el niño en la quieta oscuridad de la
alcoba. Viéndole ya en reposo, iba á besarle, pero al advertir que
estaba desfallecido en profundo sopor, después del acceso febril,
sentíase á punto de lanzar un grito, helado como la frente del
enfermo... Allí estaba la Astuta, la Invencible... Se removía en la
estancia el toldo de la sombra con rumores macabros, tal vez de
mandíbulas crujientes ó de áspera guadaña, y Regina, en un esfuerzo
viril de angustia y de valor, alzaba los brazos sobre Daniel como
queriendo defenderle.
Cuando el hermanito recobraba algunas fuerzas y volvía, con arrestos
fugaces, á la vida, en vano la moza pretendía arrebatar de aquella
existencia amada el halo de mortal sufrimiento con que se inclinaba
hacia la tierra. Imaginando que el niño se dejaba vencer por cobardía;
que se dejaba morir, como su madre, en la dilatación de una sonrisa
humilde pretendía aleccionarle, fortalecerle, henchirle de esperanzas y
rebeliones.
Mirábale á los ojos con hipnótica fijeza; le soplaba en los labios el
cálido aliento de la florida boca; le sacudía fervorosamente con sus
brazos recios y hermosos, como si se creyera dotada de un poder
sobrenatural para repetir en la carne marchita de Daniel el divino
milagro:
--¡Levántate y anda!...
Reía el niño con diversión, tomando á juego los arrebatos de su hermana,
mientras Jaime se conmovía en aquellas escenas rápidas y crueles, y
Eugenia suspiraba, disimulando sus temores.
De aquellas luchas entre el cariño y el espanto, á la vera de Daniel, le
quedaban á Regina un amargor y un tedio, contra los cuales buscaba
defensa en furiosa renovación de placeres.
Apenas su hermano se animaba con aparentes destellos de salud, la
madrecita delegaba en Eugenia sus obligaciones, y eligiendo un lugar
sano y cómodo para la doncella y el niño, disponíase á tramontar
volcanes, resucitar mitos, registrar monumentos y ruinas y perseguir
sombras y musas. La acompañaba su padre, amante y orgulloso, aliviando
su corazón de la presencia lastimosa de Daniel, con una facilidad acaso
ligeramente egoísta.
Los dos, solos y juntos, sentíanse consolados y felices, llenos de la
fuerza alegre que dan la juventud, el talento y la hermosura. Ligeros y
engreídos, formaban una linda pareja de ambulantes, á quienes se tomaba
por matrimonio, con gran contento por parte de la niña y halago juvenil
para el papá. De esta guisa posaron su fugitiva planta en cientos de
parajes raros y bellos, sin que Regina renunciase á uno solo de sus
caprichos de exploradora, por costoso y difícil que pareciera. Cantó
frente á Estambul la _Canción del pirata_ en homenaje á Espronceda, su
compatriota, y navegó sobre el Mármara y el Bósforo, deteniéndose á
saludar la _Torre de la Doncella_, donde la infiel sacerdotisa de Venus
adoraba en románticas citas á su heroico Leandro, náufrago de amor en
las furias del Helesponto... Quiso buscar las huellas de Shakespeare en
su tierra natal, cabe el Avon, y recitar las baladas de Walter Scott, á
orillas del Tweed... Quiso dormir en los lagos de Suiza y deslizarse en
raudo trineo sobre el Neva helado, envuelta en ricas pieles de
Astracán... Erró, sabia y curiosa, entre los viejos mármoles de Atenas,
y sus ojos aventureros navegaron por la azul bahía de Eleusis, á la hora
melancólica del crepúsculo, cuando los centenarios bosques de mirtos se
inclinan hacia el mar en lánguido suspiro...
Jaime y Regina habían llegado á olvidar un poco el adolecido rostro de
Daniel; pero una fecha vino á decirles que había llegado el tiempo de
llevarle á las aguas salutíferas de Spa, según prescripción de un médico
ilustre.
Y allí precisamente, al pie del famoso manantial, promesa de salud,
sintió Regina, por paradoja, su primer malestar físico. Era un mareo
doloroso, con punzadas en las sienes; una profunda fatiga del espíritu,
que hacía pesadas y enormes todas sus ideas, y mezclaba sus memorias en
extravagante confusión. Inapetente y desmayada, sentía necesidad de
cerrar los ojos á cada momento, con la rara sensación de que todo su
cuerpo era cabeza.
A las alarmas de su padre, contestó, queriendo burlarse de sí misma.
--Tengo náuseas en la frente...
Y era verdad. Sentía ascos y bascas en la cabeza, en la cabeza
monstruosa que le bajaba hasta los pies y le crecía sobre los hombros
hasta dar en el techo de su cuarto. Se acostó entelerida. Dentro del
miembro disforme que había tomado posesión de su persona entera,
bailaban los recuerdos gigantescos y confusos, veloces, disparatados...
Un beso devoto que dió Regina en Ruan al _Corazón de León_ de Ricardo I,
mirábale ahora, sangriento como una herida, impreso en el rostro de
Juana de Arco, la cual se paseaba tranquilamente por la plaza donde la
quemaron, en la propia ciudad de Normandía.
A este punto llega Schiller, con su peluca rubia y su casaca con puños
de encaje, dando voces, pretendiendo que se aplace el suplicio mientras
él compone su drama _La doncella de Orleans_. La gran plaza se llena de
soldados ingleses, de sacerdotes, de gente curiosa y vocinglera; pero de
pronto se disipan todas las imágenes y se abre en el fondo un agujero
inmenso, negro como la boca de un sepulcro. Lanza Regina un grito, y las
tinieblas se deshacen; aparece el mar y en el mar unas islas blancas y
sonrosadas, como mármoles al sol... Luego un paisaje bellísimo, todo
sembrado de ruinas; al fondo se dibuja una gigante acrópolis de airosas
columnas y labrado friso... Un tropel de garzas reales huye á esconderse
en las orillas de un lago azul... Son los dioses fugitivos, que,
añorantes de Grecia, se disfrazan á menudo para visitar los sagrados
lugares de su antigua dominación... Al cabo, Regina, vestida de
tirolesa, baja del Monte Rosa, pisando con blandura la nieve. Atraviesa
valles y ríos con suma facilidad: se detiene en la isla Bella, bajo los
opulentos toronjales, y se pone á hacer un lindo ramo de adelfas,
blancas y rojas...
De repente se le echa encima la rígida sombra de un enorme ciprés, y
Regina se siente presa en tupida maraña de siemprevivas. Todas estas
flores de cementerio muestran unas caritas llorantes y resignadas, y
parecen miniaturas de la cara angustiosa de Daniel.
Medrosa y contrita la muchacha, quiere rezar por su hermano, pero no se
acuerda de ninguna plegaria. En vano pugna por hallarla en su corazón.
Su corazón no existe. Regina sigue siendo toda cabeza... Busca que te
busca, bajo el cráneo fenomenal, encuentra la infeliz muchas imágenes,
algunas ideas enrevesadas, unos pensamientos que se encogen y se
estiran, como larvas temblorosas... ¡oraciones, ninguna! Las caras de
muchos Danielitos chiquitines la acosan en todos aquellos brotes de
sepultura que aciagos crecen en la fecundidad de la isla Bella, entre
bálsamos, orquídeas y limoneros... Quizá su hermanito abandonado la
llama y la acusa; tal vez se está muriendo el triste, solo y mísero...
Regina quiere, á todo trance, pedir clemencia al cielo.
--¡Una oración! ¡una oración!--grita desesperada. Su terrible cabeza se
arrodilla, y con esfuerzo desgarrador, entre unos labios secos y duros,
pronuncia maquinalmente una voz melodiosa:
--_Con Dios me acuesto... con Dios me levanto..._
--Hija mía, ¿qué dices?--pregunta alarmado Jaime, á la cabecera de la
cama.
La enferma abre los ojos.
--Estoy rezando--murmura. Y sonríe con gozo repentino, al sentir en la
almohada su cabeza de tamaño natural, y al advertir que su cuerpo,
bienlogrado y armonioso, obedece á la cabecita rubia en movimientos
fáciles.
Alcántara la observa con ansiedad creyendo que delira, y la muchacha se
coloca una mano sobre el corazón acuciando sus latidos con un resto de
inquietud y pidiéndole todavía una plegaria, más supersticiosa que
ferviente.
El buen corazón, pronto siempre á conceder cuanto le piden, contesta sin
tardanza:
--_Padre nuestro, que estás en los cielos..._
Regina cerró los ojos con dulzura y adormecióse en aparente serenidad,
con la desusada oración entre los labios, que sonreían y rogaban en una
vaga mezcla de beatitud y divertimiento.
Tal vez aquel benéfico reposo gustaba á medias de la santidad de una
deprecación confortadora y de la fantasmagoría de unos sueños
enrevesados y sorprendentes...
Poco después, en su visita de la noche, el médico pulsó á la enferma
cuidadoso, sin despertarla, y aseguró á Jaime que había remitido la
fiebre nerviosa que aquejaba á la niña, y que en unos descansados días
de Spa quedaría sana y alegre.
Y fué verdad que muy pronto, curada y placentera, inventaba Regina
nuevas caminatas, aburriéndose ya en el famoso paseo de _Las siete
horas_, donde Meyerbeer compuso sus más bellas partituras; pero le
habían probado tan bien á Danielito las aguas y los aires del balneario
belga, que en obsequio al muchacho se detuvieron allí los viajeros
cuanto la impaciencia pesquisadora de Regina lo pudo permitir.
Ya en traza de ruta, aquella impaciencia señaló audazmente el camino de
Africa. Ningún obstáculo puso Jaime á tan imprevisto derrotero; mas ante
la flaqueza de Daniel y el semblante estupefacto con que Eugenia recibió
tal noticia, la señorita y el papá resolvieron dejarlos á los dos en un
célebre sanatorio, donde el chico afirmase su naciente mejoría al lado
de la solícita doncella, mientras ellos hacían con libertad y soltura la
expedición africana.
Y así la emprendieron. Los abrasados países del Profeta, el misterio
sensual de la vida mahometana atraían á la moza como un objeto de
suprema curiosidad. Sus últimos sueños de inquietud y de neurosis se
habían balanceado sobre un inmenso campo rojo, lleno de esbeltos
alminares, bajo el arco gracioso de la media luna... Ansiaba conocer las
orillas del Nilo y los restos ciclópeos del Egipto legendario; las
tierras salvajes y escondidas, el desierto, las minas del oro y del
diamante, cuanto había desflorado en los libros de su ardiente
adolescencia.
Pero hubo de contentarse con un breve paseíto por tierra de moros, y al
tornar dos meses después el poeta y su musa al sanatorio suizo, tuvieron
la fortuna de hallar á Daniel muy repuesto de salud.
Al punto concibieron la perdida esperanza de lograrle, firme en la vida
por una de esas prodigiosas evoluciones de la voluble pubertad. Infante
caedizo se aparecía el muchacho, aun en aquel efímero gentilear de sus
catorce abriles. «Su niño» le llamaban siempre con halago de protección
Regina y Eugenia, y «el nene» le nombraba su padre todavía.
En los ojos claros y melancólicos de Danielito flotaba siempre una
niebla de timidez infantil; toda la endeblez de su persona lánguida y
menuda tenía un aspecto enfermizo y contristado que pedía ternura y
caridad. Cuando una ficticia llamarada de vigor se le encendía en las
mejillas y en los ojos y calentaba sus miembros, libertándolos de su
habitual laxitud macilenta, Daniel, con su cabello dorado y rizo, sus
pupilas pesarosas y su delicado perfil, era un bello adolescente, una
interesante figurita que hubiera estado en carácter con hábitos de
terciopelo y gorguera encrespada, como regalado pajecillo de una reina ó
modelo de un cuadro de Van-Dyck.
El padre y la hermana hallaron al doncel sonriendo á una de aquellas
mentiras de salud y de belleza con que los verdes años engañarle solían.
Los peregrinos de Africa se dejaron encantar por la ficción acariciadora
que había pintado rosas falaces en la cara del muchacho y que á su voz y
á sus ojos diera brío y calor.
Regina entonces, infatigable y resuelta, dirigió á su padre unas
palabras sembradas largo tiempo en su imaginación, y que lo mismo podían
ser una consulta que un ruego, ó tal vez un designio.
--Vámonos á América.
Y Jaime, como un eco, sin vacilar ni discutir, con sugestión ferviente,
repitió:
--Vámonos...
Eugenia y Daniel, que tenían ya el presentimiento de aquellas palabras
en los sedientos labios de Regina, también dijeron sumisamente:
--Vamos--con lentitud en que temblaban la curiosidad y el miedo, en
sigilo emocionante.
Y se fueron. En un puerto francés tomaron pasaje para Cuba, primera
tierra americana que deseaba conocer la hija del poeta cubano...
--¡El mar, el mar!... Las azules llanuras pacíficas; las llanuras grises
y espumosas; las naves lejanas, hendiendo la infinita soledad del
horizonte con una vela blanca y fuyente, con una bandera que saluda y se
borra... Las castas bodas inmensas del celaje con las aguas; un pez que
vuela; un monstruo que asoma; un ave que pasa; una estrella que gira...
El peligro acechante; la tempestad inclemente, la dulcísima bonanza...
Estaba Regina loca de contenta con el regalo de tantas novedades, apenas
adivinadas por ella en sus breves navegaciones; y toda la codicia de sus
ojos negros se derramó, febril, sobre la sábana enorme del Océano,
mugiente y abismal...
V
TRES AÑOS DESPUÉS.--EL ÚLTIMO SONETO.--LA SEGADORA.--LOS SUEÑOS DE UNA
NOCHE DE CALENTURA.--EN LAS ALAS DE UN CÓNDOR.
PASÁRONSE tres años desde que la aventurera familia desembarcó en San
Cristóbal de la Habana, con grande escolta de ilusiones y recuerdos,
hasta el instante en que volvemos á encontrar á Regina en otra playa de
América, al lado de un tímido mozalbete y de una pensativa señora, ambos
vestidos de luto...
Delante de aquel mozo eternamente niño, señalado ya por el dedo
inexorable de la Muerte, cayó Jaime de Alcántara, el ufano caballero,
cuando más ovante y feliz gozaba de la vida en la cumbre.
Hallábanse en la Argentina, descansando de aquellas frenéticas jornadas
por el Nuevo Mundo, y de pronto dió Jaime inesperado fin á sus viajes y
emprendió el de la obscura eternidad.
Murió lo mismo que había vivido, fácil y blandamente, sin miedo y sin
dolor, reclinando la hermosa cabeza, vestida de ensortijados cabellos,
sobre un pedazo de papel donde comenzara á escribir un soneto precioso
«A la felicidad»... Dejó iniciada en sus labios frívolos cierta sonrisa
gentil y en sus ojos una mirada burlona, como si una vez más le
preguntase á Regina dulcemente:
--¿Y ahora, ¿adónde vamos?
La muchacha, loca de terror ante la irónica y fúnebre consulta, clamó,
asida al cadáver, con insensata rebeldía:
--¿Adónde vas, adónde, frío, insensible y mudo?... ¿Adónde vas?...
¡Dímelo; quiero saberlo; quiero detenerte!... ¡No consiento que te vayas
de esta espantosa manera, solo y ciego, por un fatal camino
perpetuamente obscuro!...
Pero Jaime se había ido, á pesar de todo. Su arrogante figura de artista
y hombre mundano, su romántica melena, sus ilusiones infantiles, cayeron
allí bajo la tierra joven y floreciente de la costa del Plata.
Danielito le vió marchar sin grande asombro, con una especie de suave
resignación que parecía decir:
--Hasta luego...
Largo tiempo le miró difunto, con fascinados ojos, y después, sin
llorar, sin hablar, lanzó un suspiro y bajó la cabeza, como si á su vez
ofreciese el dócil cuello á la hoz de la eterna Segadora.
Eugenia, apiadada y confusa, rezó y gimió calladamente, hasta que olvidó
su pena para cuidar á Regina, enfebrecida y postrada, á punto de
fenecer. Pasados los primeros días de estupor, después de aquella
catástrofe imprevista, la joven, que había tomado una apariencia de
estólida insensibilidad, sintióse de improviso enferma y náufraga en
mares de amarguras y congojas indefinibles. Su dolencia, aguda y
alarmante, tenía un punto de semejanza con la antigua fiebrecilla
nerviosa padecida en Spa. Lo mismo que entonces, Regina sentía náuseas
cerebrales y padecía delirios monstruosos. Todas las impresiones
copiosas y aceleradas de sus lecturas y sus viajes le fabricaban en la
imaginación estupendas fantasías, con dolor y quebranto de alma y
cuerpo. Soñaba á gritos, despierta y espantada, ó soñaba dormida, quieta
y silenciosa, sin otro síntoma de la quimera mortificante que alguna
furtiva lágrima, densa y ardiente rodando por el rostro impasible, y
algún apagado sollozo henchido de angustia. En aquellas crisis de acerba
insensatez, cuantas figuraciones son posibles bajo una frente ahita de
imágenes y de membranzas surgían volanderas en tropeles, fingiéndole á
la visionaria una existencia de pesadilla y desatino, entre luces y
sombras, entre delicias y torturas. ¡Qué de cosas leídas ó adivinadas;
qué de sucesos peregrinos, fantasmagorías y novelas urdidas al azar en
noches de fiebre! Ya son las impresiones de viajes, revueltas y
agigantadas, encendidas en el lienzo de la imaginación por el pincel de
fuego de la calentura; ya las letras de molde y las estampas de los
libros, fingiendo absurdos garabatos, rojas quimeras, insectos
fabulosos... Rotas las leyes de la gravedad y de la vida, la triste
soñadora vuela de astro en astro, como un ánima en pena; se sumerge en
el mar y hace su lecho entre las algas; corre por la tierra lo mismo que
un antílope; siente palpitar en el corazón toda la muchedumbre de los
seres y de las cosas...
Condenada como el judío errante á vagar por el mundo sin reposo y sin
término, anda y anda y anda... muerta de cansancio y de sed. Abolidas
las distancias para siempre, tan pronto pisa las arenas del desierto
como hunde la planta en los remotos glaciares. Desde una isla de
palmeras y bambúes, que se refleja en el mar como un paisaje de abanico,
sube de repente al cono del Orizaba, de la mano de los volcaneros
indios, y desgarra sus pies en las aristas de la roca. Luego registra
con afán los despojos de un cementerio tolteca donde halla la estatua de
una divinidad benigna: el dios de las cosechas y de las lluvias, Tlaloc
el compasivo.
Entonces empieza á llover con mansedumbre y las montañas enverdecen bajo
el dosel de púrpura del sol levante. Van creciendo las aguas del plácido
diluvio hasta formar con su recial corriente un río inmenso, tal vez el
Napo, quizá el Marañón.
La estatuilla del dios indio se anima por ensalmo, y Tlaloc el bueno,
tripulando una piragua, conduce á la viajera en repentino desliz sobre
las ondas, sin que la muchacha logre descubrir en las orillas rastro
alguno de las bellas amazonas legendarias... Aquel río veloz obra el
prodigio de subir faldeando ásperas y rígidas cordilleras, de cumbres
rojas con fuego de volcanes, y desde la cima hirviente, desciende la
piragua de Tlaloc en vorágine espantosa hasta el fondo profundo de las
hoces. Regina hubiera querido morir pronto en aquella tragedia de los
elementos, porque le dolía cruelmente la cabeza, herida sin piedad por
los colmillos de un monstruo, y le causaba un asco intolerable el
amargor de las aguas en la boca. Pero una mano varonil la levanta en
vilo, salvada por azar del naufragio, y la joven, con una venda en la
frente, trémula de frío y de terror, se encuentra delante de un hombre
osado y apuesto que le dice con una cortesana reverencia:
--Jacinto Ibarrola, para servir á usted.
¡Es Ibarrola! El famoso explorador vasco, de quien Regina se supone un
poco enamorada. Iba ella á corresponder con efusión á su saludo, cuando
un súbito rubor la detiene, presa de terrible azoramiento: está desnuda,
y el explorador vasco la mira con una complacencia sonriente y
triunfal...
Huyendo la codicia de aquellos ojos, llega Regina en absurda carrera
hasta una hermosísima selva colombiana: las cañas de bambú mecen sus
airosas cabelleras verdes entre una corte ufana de bejucos; inmensos
árboles indígenas hunden en la virginidad del suelo las colosales
raíces, asomando á flor de tierra sus tramos retorcidos; los troncos de
los cedrelos, tapizados con hojas nervadas de rubí, se yerguen entre los
luengos y odoríferos estambres de las ingas; cañas bravas, altas cañas
dísticas, aparecen enguirnaldadas por lianas, sutiles como cabellos, ó
gruesas como mástiles, que entre el follaje se encabestran de mil modos,
y que en la altura ostentan con orgullo sus campanillas purpúreas y
azuladas; columnas arborescentes, artísticas y firmes como las de una
catedral gigantesca, elevan un oquedal esquivo á los rayos del sol; vela
la atmósfera misteriosa penumbra, y la silente paz de las llecas duerme
sobre los cálices rojos y erizados, sobre las corolas retorcidas y
doradas, de infinidad de plantas tropicales en plena ostentación de sus
glorias.
De estas bóvedas divinas, cae sin cesar sobre la errante moza una lluvia
de flores; y cada uno de aquellos pétalos odorantes y blandos, al
acariciar su carne desnuda, la avergüenzan y la estremecen, como si
fueran ojos ó besos atrevidos.
Huye y llora Regina sintiendo sobre su espalda la maldición que hace al
pueblo judío vagar sin patria y sin sosiego por las patrias ajenas,
entre los ajenos reposos. Aspada y rendida se deja caer al suelo la
viajera. Unas gotas de líquido frescor le resbalan por la frente y le
salpican el rostro. No sabe si son la sangre de su herida ó las lágrimas
de sus pesares... Tal vez la bienhechora lluvia que el dios tolteca
manda á los sembrados, ó el agua sedativa con que Eugenia humedece las
sienes calenturientas de una joven que yace en desmayo conmovedor...
Encalmada un instante la paciente, se incorpora de pronto al escuchar
cien distintos rumores que en la selva dormían al resistero de la hora
meridiana. Erguida en su lecho, despierta y demente, trata de alcanzar
los racimos de frutas comestibles que cuelgan de una palmera de los
Llanos, y al levantar los ojos, distingue una legión de mariposas
negras, encarnadas y azules, aleteando entre anacardos, musgos y
líquenes, orquídeas y helechos trepadores. Todas estas parasitarias
hacen nidos y palios á los loros y á las cotorras que se cortejan y
charlan con agudas voces. En una red de encajes formados por vainillas
de carnosas guirnaldas, un martín pescador está en acecho, y sobre el
regio dosel del oquedal, pasan volando en raudas parejas los guacamayos
de colores rútilos. A la par de una admirable pasionaria roja, coquetea
un matrimonio de tangaras, y una espesa nube de libélulas cobalto, pinta
un trozo de cielo tropical bajo la fronda... Toda la selvática
hermosura del paraje se ha despertado de la siesta, en brava sacudida.
La enferma, á pesar de sus penalidades, sonríe con embeleso al sublime
espectáculo de aquel paraíso natural, remecido por soberana brisa de
amores bárbaros. Y, á tal tiempo, entre espigas de flores y parásitas
cabelleras ondulantes, asoma enroscada y dañina una serpiente coral, de
venenosa mordedura. Regina que la distingue, abre los ojos desmesurados,
fijos con pavor en un ángulo de su gabinete. Quiere huir, y le corta el
paso un río soberbio. ¿Acaso el Magdalena? No lo sabe. Todos los grandes
ríos que han remontado con varoniles audacias, los confunde ahora; todos
en su recuerdo son azarosos mares sin orillas... Buscando la salvación
con impaciencia furiosa, halla la fugitiva un milagroso puente
bamboleante, formado por dos troncos, cubiertos de fajinas y tierra.
Perseguida muy cerca por la serpiente, trata de ganar de un salto la
frágil esperanza, y una muchedumbre de siemprevivas pálidas forma un
lazo traidor en torno suyo, mientras la sombra huraña de un ciprés la
oculta el puentecillo y la detiene... A sus propios gritos desemejados y
punzantes, recobra Regina la razón en medio del aposento, con la camisa
arpada y la melena en vellones, jadeante y convulsa entre los brazos de
Eugenia, que en el colmo de su aflicción no sabe contener aquel acceso
de la extraña enfermedad.
Lúcida y humilde se esconde la muchacha bajo las ropas de su lecho, con
triste cobardía, dudando y creyendo, entre el espanto del delirio y la
luz de la cordura; trépidos los pulsos, palpitantes los nervios,
desmayado el espíritu en confusiones temerosas.
Cuando supone Eugenia que ha remitido aquel grave recargo, aún la pobre
Regina es un alma que tiembla acosada por un monstruo, delante de un
abismo, agitando las alas con infinito anhelo hacia una sutilísima
ilusión en forma de puente bamboleante...
La solícita enfermera se esperanza advirtiendo la actitud apacible de la
joven, mientras ella, en su cuerpo cansado de correr por desiertos y
montañas, siente las ligaduras de las lívidas flores que la persiguen
como un augurio mortal. Pero tiende hacia su amiga una mirada
complaciente y dulce, y Eugenia sonríe tranquila, sin notar que hay en
aquellos ojos un bosque de secretos donde perdura y se agita la trágica
sombra de un medroso ciprés... ¡Ya para siempre aquella sombra tiembla
con recónditas ondulaciones de misterio en la mirada obscura de Regina!
Así, entre sueños y pócimas, entre los cuidados maternales de Eugenia y
las caricias mudas y devotas de Daniel, padeció Regina, y con denuedo
luchó cara á la muerte. En las breves remitencias de su mal, se daba
cuenta de su estado y hacía inauditos esfuerzos por dominarle, acudiendo
á todas las energías de su ánimo viril en apoyo de la naturaleza
lastimada.
Lentamente iban siendo más largos los sosiegos y más breves las
agitaciones de la enferma. Sus delirios tomaban una forma clemente, en
sucesión de escenas mágicas y disparates confusos, sin graves notas de
terror ni fatídicas advertencias de exterminio. Ya en las vírgenes
espesuras donde ambulaba el espíritu errátil de Regina, no asomaban las
serpientes su aguijón venenoso, ni á los diosecillos indígenas les
acaecían lamentables naufragios al conducir en sus piraguas veloces á
las vagantes doncellas.
Ya la doliente imaginadora no gira, perseguida y desnuda, por los
paraísos americanos, ni lleva en la frente vendajes opresores. Ahora su
cabeza es un casco ligerísimo y hueco, que apenas sirve más que para
sostener los pelitos dorados que le cubren. Bajo aquella peluca liviana
y graciosa, ruedan en el vacío, con ecos musicales y tenues, las
palabras de la enferma, y suceden aventuras de raro prodigio y
placentera traza... Ahora, entunicada á la griega, en traje vaporoso de
ninfa, la niña rubia hace unas plácidas excursiones de ensueño por los
más varios y admirables caminos del planeta... Cruza bosques perfumados
por los aromas de la gran datura blanca, cubiertos de espigas rosas y
azules y enmarañados de enredaderas floridas, y por senderitos abiertos
en las taquitas de las montañas, sube á los Andes ecuatorianos desde el
hondo valle del Chota, ardiente y feraz, el más profundo de la tierra,
hasta el altísimo volcán del Corazón, cubierto de nieve perdurable.
Aunque los parajes que atraviesa deben llenar su alma de espanto y
admiración, ella camina con frívolo placer, sin extrañeza ni afán.
Va pisando suavemente las alfombras de miosótides blancos y las radiadas
de flores de color de azufre, que en las vertientes de la cordillera se
agrupan y sonríen con humildad á las plantas de la peregrina, mientras
el alto paisaje parece tiritar de frío. La muchacha, indemne á todas las
inclemencias de la temperatura, avanza con lentitud caprichosa,
envolviéndose en cendales de tul; pero ya en la cima del páramo, siente
un instante de incertidumbre, no sabiendo qué rumbo tomará por el
sudario de armiño, sin rutas ni límites. Entonces un cóndor altanero y
magnífico desciende hasta sus pies, en rendición de súbdito, y le ofrece
el vasallaje de sus alas, reinas del espacio, deponiendo con estupenda
gracia sus agresivas tendencias.
Sin dudar ni temer, se sume Regina con regalo en las regias plumas del
ave, y se lanza á la inmensidad de los cielos, arrebatada y dominadora,
en un espasmo indescriptible de voluptuosos deleites.
En aquel vuelo felicísimo, la sutil cabecita de la joven va afinando su
ligereza á medida que sube y que flota, triunfante y mayestática. Y se
va convirtiendo en una hoja de papel, en un pétalo de flor, en una
burbuja... hasta quedar confundida con el éter; perdida en el azul;
borrada entre las nubes...
Poco después, Regina, sin cabeza humana, con una especie de globo
atmosférico encima de los hombros, sin dolores ni placeres, igual que
una sombra ó que una estatua, se pasea vagarosa entre las mil quinientas
hijas del sol que en el Imperio lejano de los Incas habitaron el
_Recinto de oro_... Los jardines que rodean al famoso templo están
formados de frutas, plantas y flores artificiales, de plata y oro, y el
insigne inca Garcilaso de la Vega compone sus _Comentarios reales_ en
ronda solemne al través de las joyas del huerto y del vestalato juvenil.
Sin sorpresa ni admiraciones, la rodante muchacha abandona el jardín
peruano que tal vez espera á muchos rimadores dueños de «la flor
natural», y se detiene en la linde de unas ruinas donde un pastorcillo
griego labra en su cayado una artística figura.
Del cercano bosque de laureles rosa llega hasta el camino un penetrante
perfume que embriaga, y Regina comienza á observar que todo su ser,
impasible y etéreo, se enciende en vida cálida y nerviosa, dócil á las
impresiones de los sentidos. Mientras el aroma del bosque la deleita,
tórnase la niebla de sus dedos en carne obediente, y encima de la estofa
de su túnica halla la joven con asombro las sartas de diamantes
transvalinos que le mostró un joyero en un bazar de Marrakkes... Son las
mismas, rutilantes y pródigas, opulento milagro del _desierto aullador_,
patria de héroes...
Conmovida la viajera por el hallazgo portentoso, con un vivaz
sacudimiento de emoción se despierta en la cama y nota en la frente
serenidad benigna y en las ideas calma saludable. Al recordar lo que ha
soñado, con regocijo infantil evoca el sugestivo nombre de una comedia
que antaño aplaudió en Torremar: _Sueños de oro_... El sol, como una
bella realidad de aquella fábula, entra en el cuarto y se posa á los
pies de Regina en dorada columna, viva y ardiente, y un ramo de flores
que el astro besa, embalsama el aire con perfumes de laureles y rosas...
Daniel contempla á su hermanita con silencioso afán, y Eugenia, que ha
envejecido un poco, la besa las manos tiernamente.
VI
ENSENADA.--TRISTES ANATOMÍAS.--JACINTO IBARROLA.--PLACERES DEL GRAN
MUNDO.--LOS AMORÍOS DE REGINA.--LA CAÑA Y EL HENO.
ENSENADA es un puerto chiquito y risueño, sobre El Plata, donde Regina
convalece entre lágrimas y desmayos.
Su juventud y su voluntad le ayudan á vencer la dolencia. No se resigna
á morir; siente una repugnancia insuperable hacia el tenebroso agujero
del sepulcro; tiene un miedo cerval á la Intrusa y se azora, con temor
de precita, ante la idea de borrarse en el mundo sin dejar de su paso un
recuerdo, siquiera fugitivo; una estela como la nave en las aguas; un
aroma como la flor en el ambiente...
A pesar de su escepticismo práctico, le acosa el vivo deseo de
permanecer asida á las cosas firmes y perdurables. Abrazada la tierra,
por un temor extraño de mirar al cielo, pretende hallar en todo lo que
ven sus ojos raíces y promesas de vida y eternidad. Con delirante avidez
quisiera á veces convertirse en campo, rosal ó piedra, para brotar, para
florecer, para resistir... Quisiera ser un libro, un monte, un
torrente, para tener siempre voz, siempre entrañas, siempre fuerza y
poderío... En cuanto recobra algunos vigores se lanza de la cama con un
impulso de terror y de altivez, recelosa y arrogante. Con las manos
pálidas y temblonas se acaricia la frente, asegurándose de que todo está
en su sitio allá dentro. Pero suspira adivinando que siempre habrá un
eco de tormenta debajo de sus cabellos rubios; que siempre encima de sus
ojos, cansados de aprender, habrá marejadas bravías de memorias y
confuso ventar de pensamientos. Y que en aquella oculta borrasca de su
existencia flotará siempre, zozobrante y sin norte, el ansia de la vida
y el dolor de la muerte; dudas del cielo y odios á la sepultura de la
tierra...
Aprendió Regina á rezar y á creer vagamente en el regazo de su madre,
cuitada y niña. De aquella débil alborada de sus fervores infantiles, al
través de los años y de la ciencia, le queda una sombra de crepúsculo. Y
como la sombra es cosa espantadiza y pávida, la joven, al sentirla caer
sobre su espíritu, reza algunas veces, con la tembladora ansiedad del
«por si acaso», unas frías oraciones desamoradas que la atrición
construye á flor de tierra.
Estériles los pasos de Regina por el mundo, no han levantado ni un leve
soplo de inmortalidad que le haya penetrado el corazón. Todo lo vió y lo
tocó su inteligencia. Ninguna maravilla le llegó á la medula del
sentimiento.
Cuanto aprendiera en libros sabedores, lo comprobaron sus ojos;
convirtiéronse en realidades las fantasías, pero su alma no sació
ninguno de sus ocultos anhelos, y ninguna esperanza infinita encendió
en el camino de la viajera la devota lámpara de promesas eternales.
Creyéndose poseedora de raros secretos de la materia, quiso aplicar
aquella sabiduría á los espíritus, empezando por hacer un despiadado
análisis del suyo. Hundía con crueldad el escalpelo en la entraña viva
de sus emociones, y autopsiando sentires y analizando instintos, venía á
deducir que todo en ella era caduco y vano, todo miseria, automatismo y
fatalidad.
Lo que tomó por dolor puro y amoroso en la muerte de su padre, era ahora
lamentación miedosa y egoísta, sensación de abandono y de sorpresa. No
le amaba, puesto que sin él podía vivir y gozar, puesto que no quería
seguirle más allá de la tumba. No le amaba, puesto que al recobrar la
salud, sus primeras ideas de sensatez fueron para pensar que el muerto
había dejado su fortuna líquida y abundante, legada á sus hijos con
todas las formalidades de la ley. También había pensado con descanso y
fruición que era mayor de edad, tutora de Daniel, y apta para manejar
los intereses de ambos. Había sentido crecer la importancia de su
persona, con todas estas dignidades y méritos, y se había engreído con
ufania pueril al borde mismo de la fosa de aquel poeta y amigo, que puso
en la hija ingrata todas sus ilusiones...
Era, pues, evidente que la naturaleza humana se resistía á los duraderos
cariños abnegados, de esos que tal vez no florecen más que en los
discursos poéticos en los credos optimistas; ficciones inventadas por
locos ó soñadas por ilusos, inverosímiles comedias de la vanidad
mundana... Acaso Jaime la quiso á ella por antojo ó diversión, sin esa
entrañable ternura del espíritu, llena de caridad y de heroísmo, que de
los padres cuentan... ¿No la olvidó, como á Daniel, cuando eran
pequeños? ¿No abandonó su infancia largos años en el viejo rincón de
Torremar?
¡Oh! El sagrado calor de los hogares; los benditos lazos de la
familia:--murmuraba Regina acerbamente ¡leyenda de corazones orgullosos,
quimérica invención de almas que quieren emanciparse de la tierra, donde
todo amor es costumbre, interés ó deleite!... Daniel y yo--seguía
escudriñando la joven--queremos á Eugenia, porque nos convienen sus
servicios honrados, y ella nos sigue y nos atiende por hábito y rutina,
tal vez porque no sabe romper una cadena que el destino forjó.
¿Y aquel cariño delicado y profundo; aquella dulcísima terneza que su
hermano la inspira? Regina está confusa unos instantes mientras clava en
este fraternal amor su bisturí anatómico. Mas luego, levanta sobre
aquella duda fugaz una de sus escépticas negaciones, y encogiéndose de
hombros, con desdén de sí misma, declara:--Esto es lástima, es pena de
ese niño infeliz que dan por muerto los sabios; que tiembla y gime á
cada hora; es un alarde que hace mi robustez á su flaqueza. Y á esta
virtud estética que embellece la vida, á este placer físico que produce
el remediar el mal ajeno... porque es ajeno precisamente, le llaman los
sentimentales sacrificio, caridad...
En tal fase del secreto estudio patológico, la doctora piensa con mucha
curiosidad en el amor de los sexos, en el grande y eterno amor, clave de
la vida. Y sonríe meciendo la cabeza con incrédulo signo, porque está
segura que en los «choques pasionales», entre hombre y mujer, no hay más
que instinto, conveniencias y goces.
--Es menester--musita, sagaz y perversa--enterarse de todas estas cosas.
Me casaré; pero quiero un novio de mis gustos, un hombre excepcional y
valioso... Suspira, y añade:--Jacinto Ibarrola tal vez...
No le conoce. Ha visto en los periódicos su retrato y en ellos ha leído
sus aventuras sensacionales, aureoladas con altísimas ponderaciones.
Es Ibarrola un caballero vascongado, valiente y buen mozo, con una
brillante historia de heroísmo. De ilustre familia española, ha luchado
por su patria voluntariamente, con arrojo que decoró su pecho de heridas
y galardones. Aventurero de noble estirpe, se arriesga ahora en una
exploración peligrosísima por el interior del Gran Chaco, proponiéndose
remontar el Pilcomayo hasta sus fuentes originarias; intento en que ya
dejaron la vida ó los propósitos varias huestes de expedicionarios.
Cuatro fecundas castas de habitantes independientes y enemigos entre sí,
celan con salvaje vigilancia aquel bravo territorio, y á sus primeras
tentativas de avance entre las feroces tribus, Ibarrola se queda solo en
la incógnita ruta. Retroceden sus camaradas, enfermos ó arrepentidos, y
él prosigue impávido su temeraria empresa.
Los periódicos del Uruguay y la Argentina consagran diariamente á
Jacinto Ibarrola arrogantes columnas de laureles, y describen
imaginarios derroteros por donde le suponen señor del Pilcomayo, en
regreso feliz. Y Regina, que ha seguido los pasos del héroe con
enamoradas admiraciones, al recobrar los bríos juveniles, después de la
tempestad de sus pesares y dolencias, vuelve hacia el peregrino del
Chaco las miradas curiosas, y anhelante le busca su imaginación cual si
entre ambos existiese el tácito acuerdo de una cita en tal valle, en tal
cumbre, en el suave declive de esta montaña, en el pliegue feroz de
aquella selva, ó en las embosquecidas márgenes de esotro río... Perdida
en una niebla de ilusiones llegó la joven á pensar: Sí; donde nos vimos
la otra vez...--Y recordaba confusamente una entrevista suya con
Ibarrola en el fondo sombrío de una hoz...
Corrieron á poco rumores alarmantes sobre la suerte del viajero. Los
quinientos hombres que en socorro suyo envió el Gobierno argentino al
mando de un coronel, retroceden á las veinte leguas de indagaciones por
el Chaco Austral, sin haber hallado la pista que buscaban. Y según
confidencias de los indios pilagas, sus adversarios en las frecuentes
luchas intestinas de la comarca, los sanguinarios tobas habían dado
cruel muerte al solitario español prisionero en sus tolderías. La
trágica sospecha se extendió con rapidez emocionante por aquellas
repúblicas, interesadas de cerca en la intrépida excursión de Ibarrola,
y agitóse Regina con profundos temores de novia en duelo, igual que si
su denodado compatricio hubiese hecho votos de llevarla al altar cuando
rindiera vencedor aquel famoso viaje...
* * * * *
Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente
el corazón, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda
á cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plácidas,
que preparando el porvenir tejía con el galante cumplidor de sus
antojos, el infatigable compañero de sus jornadas inquietas. Mira en
torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonríen con
pálida indecisión, con melancólica simplicidad de criaturas tímidas y
obedientes, almas que sólo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.
Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena allí, por la
inquietud con que aguarda su aparición, Regina escaparía con presteza en
busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal
ímpetu aquel interés por el esforzado caballero, que la joven se detiene
uno y otro día, lanzando desde el escondite de la breve playa sus
agitados deseos en pesquisas veloces detrás del peregrino. Pasmados
están Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje,
mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores
que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de
quien ella se juzga enamorada. ¿Enamorada?
Sí; Regina empieza á creer, ó al menos á dudar en el amor; y ya no se
atreve á analizarle con frías razones. Se ha vuelto de improviso
respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaña y
la abriga y la sostiene en medio del páramo de su mocedad, atenta al eco
de unos pasos desconocidos, pronta á partir no sabe adónde, cuando la
realidad de aquel ensueño llegue. Su actitud es la de una desolada
viajera que en estación de tránsito aguardase un tren de recreo detenido
por lastimoso azar...
Harto sabe la joven de galanteos y de coqueterías, que no en vano es
moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiración
y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de
coleccionista guarda epístolas amatorias escritas en todos los idiomas
universales. Los nerviosos pies, conocedores de las más altas cumbres y
de los valles más hondos, portentos de la Naturaleza, saben, también,
deslizarse por los salones mundanos con un señoril donaire, de mucha
gracia y atractivo.
Jaime de Alcántara, bien relacionado desde París con las legaciones
españolas en los países que ha visitado, pudo presentar á su hija en la
más encumbrada sociedad mundial. Galán y artista, hombre de estrados,
diestro en cortesanías, hizo el papá valer en todas partes la beldad
extraña de aquella niña que le servía de adorno como una flor exótica de
feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme
paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando
en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecían pensar siempre
en otra cosa, mientras yacía olvidada una sonrisa noble en la púrpura
regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distinción la daban
un aplomo que suplía á su inexperiencia en aquellos lances, y detrás de
su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesía rumores de
curiosidad y admiración.
Así gozó Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en
espléndidas fiestas. Y no desmintió su carácter femenino mostrándose
insensible á los halagos del éxito y la lisonja, sino que reveló unas
grandes aptitudes para la coquetería de buen tono, y supo acreditarse
ducha en el flirteo más exquisito sin previa novatada.
Pero ningún doncel de los que la pidieron un vals ó un rigodón, en su
galante odisea de excursionista universal, mereció de la niña española
devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto
tomaban proporciones de pasión, ella deponía sus travesuras femeninas
con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba á sus
amadores, se encogía de hombros con indiferencia, para seguir agitando
por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.
En Tánger se prendó Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el
mismo hotel que la familia de Alcántara. El hijo de Mahoma parecía haber
inflamado con sus candentes ojos el corazón indómito de la viajera, y
cuando acaso ella vislumbra una romántica aventura de apostasía y
matrimonio, cae sobre la cándida chilaba del africano la funesta sombra
de una tremenda acusación política, y desaparece el buen mozo prisionero
y celado sabe Alah en qué mazmorras inclementes... El espacio de una
quincena había durado aquel idilio singular; pero no fué menester tan
largo tiempo para que la imagen del moro pasase á un rincón de la
memoria de la niña, como pasa una prenda de ropa en desuso á la percha
olvidada de un armario.
Y entre los recuerdos amorosos de Regina, quedó colgado un jaique, junto
al gabán de pieles de un polaco guapísimo á quien ella creyó amar, en
Varsovia, lo menos ocho días... Allí en la extensa galería de tales
membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y
jocundos de ingleses y alemanes, pálidos fantasmas italianos, perfiles
franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con
vestigios varoniles de la vieja Europa.
Las Américas dieron á esta colección de apuntes íntimos un gran
contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicidó
desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la siguió desde
California, por toda la América Central, inútilmente decidido á
congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el
duelo era formal, y uno de los combatientes quedó con la cara partida
por el sable enemigo. Como la señorita había coqueteado un poco aquella
vez, sintió el cordial impulso de corresponder á la víctima, á manera de
indemnización. Mas halló tan feo al incauto con las vendas y el
descaecimiento del percance, que, sin esperar á que cicatrizara la
herida de aquel rostro compungido, tramontó, ligera y conquistadora, sin
remordimiento alguno...
Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las ponía
la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen
brava y esquiva, reina de sus pensamientos.
--Esto es amor... Debe de ser amor--murmura la muchacha, deliciosamente
sorprendida--; esto lo tengo aquí, clavado y doliente, hace ya mucho
tiempo.
Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir _aquí_,
apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. «Mucho tiempo» son tres
meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que,
desde su rincón porteño, avizora los horizontes donde ha de amanecer su
felicidad en forma de aventurero caminante.
Y un día cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros,
confirmada y rotunda dentro de un periódico, la tremenda noticia:
¡Ibarrola ha muerto! Los bárbaros tobas han destrozado á su heroico
prisionero en suplicio salvaje.
Una misión que los españoles enviaron en socorro del compatriota, halla
los restos mutilados del mártir, los identifica y los salva del abandono
con veneración piadosa.
Toda la culta América se estremece de espanto al conocer este nuevo
drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traición
brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes á la redentora
influencia de los conquistadores...
El general boliviano que fracasara en esta misma expedición capitaneando
una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan
inútiles esfuerzos en idéntica empresa, se obscurecieron en el olvido
cuando el francés Crevaux fué asesinado al tratar de internarse en el
territorio independiente. A la sazón, sobre todos los intentos de
exploraciones en el Pilcomayo, quedará el prestigio de la nueva
tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegación y
valentía en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul,
es hazaña de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores españolas
que trascienden á bravura de raza, á fortaleza de un pueblo inmortal.
El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones
cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne
del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un
legendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del
explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte
naciones...
Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata
entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de
Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y
á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca.
Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus
palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye
velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime
una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en
la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la
flor del prado...»
VII
NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE
AMOR.--REGRESO Á LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.
AQUELLAS graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa
de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
--La carne es heno--repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas
aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván
de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de
incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se
detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de
emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la
existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir
y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran
otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de
ultratumba:
--Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríos
que van á dar en el mar,
que es el morir...»
Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros
una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos
repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los
brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al
punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed
abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar
pudiera.
La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un
inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.
Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los
grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de
esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de
toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora
mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen
turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.
Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del
monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una
anhelante querella que se compadecía:--_¿quién me diera alas como á la
paloma, para echar á volar y hallar reposo?..._
Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo
tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro
martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible.
Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con
desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado
y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces
hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la
carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se
acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país
adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á
mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento,
la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los
mulos...
Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros,
en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la
cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi
invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba
torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las
espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje
y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!
A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse
acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los
hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella
excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.
La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la
muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó
por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de
escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma
enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre
andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de
acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de
hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de
ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y
tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza
hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que
la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los
profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera
murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar
siempre y luego... morir..._
Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un
arranque...
--Aquí me quedo--dice.
Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le
miraron perplejas.
--¿Por qué?--pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.
--Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.
¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera
rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á
su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para
aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por
irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares,
que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa
la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.
¿Otra muerte? ¿Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo
se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida
altura vecina de los cielos...
Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la
solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los
últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se
quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de
creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida
consumación.
En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo,
enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo,
escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial
sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en
oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.
Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y
pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no
tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.
Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre
una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste
espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la
muchacha:
--Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...
--¿Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.
--Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.
Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días
y huye con Daniel, que apenas pregunta:
--¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?
--No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...
El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil
y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de
lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y
la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos
tiempos azarosos.
Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las
dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad.
Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud,
repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de
mujer, de los latidos maternales de su corazón.
La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha
inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de
ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se
despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre
atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda
su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de
caricias y votos: _¡Hijo mío!_ Al pronunciarla siente en sus labios de
doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en
compasiones y desvelos de madre.
La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro
y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de
Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara,
y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un
coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que
es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el
infeliz pidiendo á gritos:--¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por
piedad!...--Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de
aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razón; es un loco que pide un
beso á una mujer. ¿A qué mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y
hermosa--le responden--; está enamorado de un ensueño, y padece un
horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por
una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un
salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto
el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los
labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales
de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--¡Ah,
eres tú!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahíto de felicidad, sacio y
trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de
aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las
curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las
ventanillas.
En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso
de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en
España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido
con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella.
Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico
cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno
espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de
gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.
Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas;
estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo
pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo
de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre
enfermo: _¡hijo mío!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que
alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste
humanidad, huérfana de consuelos.
* * * * *
--¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!--piensa Regina antes
de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho
compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con
dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.--No
quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea
las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta
rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro
acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos
tentadores y amargos.--¡La huérfana de Alcántara, la viuda de
Ibarrola!--piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta
con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el
poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta
de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su
camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle,
únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime;
búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga
tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el
viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola--conviene
la viajera en su escéptico soliloquio--no era nada mío, nada; sólo le he
visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me
confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la
dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de
lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor;
por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la
felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me
ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco;
quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte...
¡Adiós!
Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la
amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con
joviales adornos de primavera se despide de la costa americana,
alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos,
sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.
Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas
aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí,
bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.
--Tal vez la muerte se quedará también en la ribera--piensa en zozobras
calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y
sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas
chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á
la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por
ese sentimiento desgarrador de las despedidas.
--¿Llora usted?--la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta
misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han
sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre,
responde:
--Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante
largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...
* * * * *
Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que
en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único
que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.--Está en
todas partes--dijo.--¡Está en la vida!--Y con una impavidez
martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas,
en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en
las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y
hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con
ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que
la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.--_Morir...
dormir... soñar acaso..._--repetía, tratando de asir alguna esperanza
que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo
hastío:--¡Descansar, á lo menos!...
Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la
borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--¿España?--Y la
contestan:--Sí, Galicia, _la costa de la muerte..._--¡Ah! ¡Qué
admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al
mismo tiempo. Y repite:--España... Galicia... _¡la costa de la
muerte!..._ ¡Qué hermosura!...
Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al
espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron
explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así
salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los
éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan
alegre turbación.
VIII
AURORA DE MAYO.--CRUCES Y NAVES.--CENTELLICA DE AMOR.--¡AH DE LA RIBERA!
LA alborada radiante de aquella mañana española vino á encender con
luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa
delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa
desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de
su rápida existencia.
Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con
decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un
apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante:
una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que
pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer
comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...
La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:
--¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del
equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la
tarde cuando salgamos para Vigo...
Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en
aquella advertencia, y responde con un suspiro:
--Bueno...
Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el
aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al
sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante
sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como
guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la
placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan
pacíficos sentimientos.
En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas
y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos
enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el
paisaje bañado de luz.
Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil
madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le
relumbran los ojos amorosamente.
Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante
jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.
Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su
semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera
ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se
la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y
venturosa...
En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la
gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge,
placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las
costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la
vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y
solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su
mujer, enferma desde su último alumbramiento.
--¿Es usted casado?--pregunta Regina con alguna sorpresa.
Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase
aquí...
Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba
vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un
momento cuando murmuró:
--¡La muerte está en todas partes!--Pero queriendo, la muchacha
resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para
endulzarla, interrogóle con amable interés:
--Tiene usted hijos, ¿verdad?
Una parejita--contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía
inclinada.
El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y
juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa
recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una
hora sentimental.
Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir
que «le conoce» y le juzga.
--Es un hombre apasionado y sencillo--piensa.
Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á
definir más que una cosa:
--¡Linda y rara mujer!...
Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus
sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.
A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan
los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive
hacia el mar.
Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:
--Es el cementerio.
Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y
siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura.
Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las
cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados
sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados
en el mar como arboladuras náufragas.--¡Han zozobrado!--piensa Regina,
mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma
de nave.
Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la
saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan
hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue
rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes
la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el
insuperable pavor, todas las energías de aquella alma están vigilantes
en acecho de la felicidad.
--Me conformo--dice interiormente,--me resigno á morir; pero mientras
llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...
Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la
sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.
El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la
travesía la cortejó sin tregua.
--Anoche me habló mucho de usted...
Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el
pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos
de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.
Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado
suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre
entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos
silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus
pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.
--¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?--se pregunta
perplejo.
De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los
empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el
pabellón de primera clase.
Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un
joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados
homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada
con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.
En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el
doctor dice señalándolos:
--Mis nenes...
Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las
manos.
El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.
La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su
hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.
Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia
de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con
sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y
murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:
--Coqueta, ¿eh?
--Interesantísima--contesta el interrogado con fervor.
* * * * *
Declina la tarde, dorada y silenciosa.
Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera,
aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que
lleva de la mano á sus hijos.
Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de
caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su
regazo al son de dulcísimos cantares.
Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y
delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la
albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los
lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la
señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las
cadencias de un villancico:
_La virgen lava pañales
y los tiende en el romero
y los pajaritos cantan
y el agua se va riendo..._
Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.
--¡Pobre nena sin madre! murmuró.
Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña,
asustada, echóse á llorar...
La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel
día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su
espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.
Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va
solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que
condena sin apelación sus amorosas pretensiones.
--¿No le da á usted lástima?--pregunta el médico á la desdeñosa,
señalando la fugitiva estela.
Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se
empequeñece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en
el oleaje de la existencia. Luego replica:
--Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.
Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez
noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se
atreve á preguntar:
--¿No se ha enamorado usted nunca?
--No he podido--responde ella sencillamente después de una leve
vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo
seria y triste:
--Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte
de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy
voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos.
Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes...
¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una
especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales
se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se
desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir
demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa
y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un
instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por
ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los
abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no
soy buena.
Quédase pensativa al decir esto y añade después:
--Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueño del
corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis
pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más
dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es
posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero
no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda
sentirlos nunca...
Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y
contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:
--¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!
Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el
corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:
--En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante
en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete
darme noticias de ellos á menudo.
Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido,
pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le
tiende la mano, repitiendo:
--¿Quiere usted?
Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:
--Con muchísimo gusto.
--Adiós, doctor.
--Adiós, señorita.
Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á
la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un
luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz
de remotas canciones...
Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella
tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos
que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á
la vida.
La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto,
por una cartulina negra, que decía en letras blancas: _Rafael
Marín.--Doctor en Medicina._
De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de
embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había
mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al
malogrado Daniel, gimieron:
--¡Por el alma del señorito!
Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con
esplendidez á la camarera, que andaba rondando:
--¿Quedas contenta?--le preguntó.
Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:
--Quedo.
Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para
besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica
rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los
remos.
Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como
si el paisaje cayera en un sueño profundo. La isla de San Simón se
hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á
la luna.
Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor
que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre
las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando
el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón
desierto que tiembla y clama:
--¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?
LIBRO SEGUNDO
HUMOS DE REINA
I
TORREMAR, CINCO MINUTOS.--MEMORIAS Y MUDANZAS.--LOS OJOS ENTORNADOS.
NUBLADA estuvo aquella última noche de viaje.
Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde
que penetró en la tierra de Cantabria, pero sólo pudo advertir manchas
de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo, ó asomadas
con fugacidad en el camino.--Son pueblos; son mieses; son montes--iba
pensando, cuando oyó en una estación el anhelado aviso: «Torremar, cinco
minutos de parada», y toda su impaciencia se cuajó en un asombro
inmóvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la
llegada á San Simón.
--¡Que estamos en Torremar, Regina!
--¡Ah! ¿sí? ¿es cierto?
Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, saltó al
andén, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar
la casita de Alcántara, en el largo abandono de sus dueños.
Tres personas componen la breve comitiva de recepción: Dolores Barquín,
y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difíciles,
llamando con mucha finura «doña Eugenia» á su tía, mientras las dos
mujeres se comen á besos á las recién llegadas, lloriqueando, pesarosas,
á guisa de saludo y de pésame:
--¡Pobre don Jaime, que en gloria esté! ¡Pobre Danielín!
No adivinaban ellas cuándo ni cómo Daniel se hubiese malogrado, porque
en la ciudad se supo la desgracia del padre, únicamente. Eugenia les
decía en su carta de aviso: «Llegamos solas; hay que divertir mucho á la
niña, y no mentarle _los muertos._»
Pero á las buenas provincianas les parece cosa inevitable «acompañar en
el sentimiento» á la señorita, siquiera en el primer abrazo. La
encuentran muy alta, muy hermosa.
--¡Válgame Dios, qué aire se da al difunto señorito! Se asemejan como
dos gotas de agua, mismamente... Y tú, Genia--continúa Dolores--,
vendrás hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... ¡Tantos
años por esos mundos!...
Sonríe Eugenia, desmintiendo con su expresión sencilla las
probabilidades de aquel supuesto cambio.
Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias
le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo
los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el
título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva
el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que
le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una
relación de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de
los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la
niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías
salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya
en la niñez inició con vocación resuelta.
El camino hasta la casa es base de averiguaciones entre las dos
muchachas, que van delante, á lento paso. Pero Regina sabe preguntar más
de lo que responde, y se entera de muchas cosas sin haberle contado á
Marta casi ninguna.
La sobrinuca de Eugenia, convertida en recia mujer, bien portada al uso
de la clase popular del puerto cántabro, siente crecido y ferviente su
respeto por la señorita que ya en la infancia le había inspirado
admiración y docilidad. Va respondiendo á todas las consultas de la
viajera, que se detiene á cada momento en un recodo, en un cruce,
delante de un edificio, bajo la luz escasa y débil del alumbrado
público:
--Este es el Ayuntamiento... ¿Le han levantado un piso?
--Sí, señora. Le han puesto encima unas cuantas sociedades: la de
_Socorros mutuos_, la de _Propietarios_ y no sé cuáles otras...
--Aquí está la iglesia parroquial. Pero la torre... ¿No tenía torre?
--La partió un rayo y hubo que tirarla. ¡Ya hace mucho tiempo!...
Tenemos una parroquia nueva, muy preciosa, con dos torres altísimas, y
ya de ésta no hace caso nadie.
--Es más largo el muelle, ¿verdad?
--Mucho más largo. Y el mar queda más lejos; rellenaron un trozo
grandísimo y han hecho jardines donde entraban antes las olas...
--Por aquel lado se sale á la Plaza Mayor.
--Sí, señorita. Esa está lo mismo que cuando se marchó usted, sólo que
en medio han puesto la estatua de uno... ¡No me acuerdo el oficio que
tiene!...
--¿Poeta?
--Otra cosa.
--¿Novelista?
--Tampoco.
--¿Marino?... ¿Soldado?
--¡Menos!... Es uno de los que mandan en Madrid.
--¿Ministro?
--¡Justamente! Un ministro republicano... Por la noche da miedo pasar
cerca de él; como es todo blanco parece un fantasma.
--Y dime, ¿todavía pasea la gente en los portalones?
--Todavía. Y hay música los jueves y los domingos, como «antes».
--Habrá muchas casas nuevas...
En el barrio de San Martín hay algunas; pero en el nuestro nada más que
el hotel de los señores de Velasco.
--¿Viven en Torremar?
--Casi siempre. Desde que se murió el padre no aselan en Madrid, porque
á la señora le pinta mucho esto.
--¿Qué fué de los hijos?
--El mayor estudia para sabio y parece que nunca acaba la carrera; lo
mismo que el chiflado de don Juan Ramírez. Están siempre juntos entre
libros, papelotes y animalejos... El otro es un cortejante de primera
¡y está muy guapo!
--¿Y esos de Ramírez? ¡Eramos tan amigos!
--¿Pero no sabe usted lo que les sucedió?
--Nada, hija.
--Una cosa tremenda...
--¿Triste?
--Muy triste.
--Entonces, no me lo cuentes. Oye: el Casino, ¿está donde estaba?
--¡Quia!... Tiene un edificio para él solo; dan bailes y conciertos.
Además, «tenemos» _Filarmónica_ y «estamos» haciendo un teatro...
--¡Cuántas novedades!... Pero, cualquiera diría que toda la población
está durmiendo. Apenas hemos encontrado gente. Unas cuantas siluetas
misteriosas, y pare usted de contar.
--Es que ya son las once, lo menos--dijo Marta bajando la voz, como si
recordase de pronto que á tales horas era menester hablar bajito.
También siente Regina el imperioso mandato del «escucho». Y muy quedo,
continúa la charla curiosa:
--¿Saben en el pueblo que yo llegaba?
--¡Vaya si lo saben! Todo el señorío está revuelto. Yo conté la noticia
en la botica «de abajo», y como hay tertulia «se corrió» á escape. No
hacen otra cosa que hablar de usted... Que si venía usted casada... que
si viuda...
--¿Viuda?
--Que si se había usted quedado pobre...
--Pues date prisa á decir que vengo rica y soltera.
--Ya lo creo que lo diré... ¡Mire, mire! ¿Ve usted cómo tiembla aquella
cortina?
--No veo nada.
--Sí; en ese antepecho del primer piso... Es el gabinete de labor de las
señoritas de Bernaldo.
--¿Pero no se han muerto?
--¿Morirse?... ¡Si la más pequeña todavía piensa en casarse!... Ya
suponía yo que estarían de atalaya para vernos pasar... ¡Ah! ¿Sabe quién
se acuerda de usted muchísimo? _Timonel;_ aquel pescador que la enseñó á
nadar y la llevaba siempre en su bote.
--¡Pobre _Timonel_!... Ya estará viejo.
--Algo viejuco está, pero sigue «haciendo todas las mareas».
Un balcón se abre con sigilo encima de las muchachas, y unas cabezas se
perfilan, estiradas y fisgonas, hacia la calle.
--¿Oye?--susurra Marta, oprimiendo el brazo que Regina apoya en el
suyo.--Son las de Estrada, que la quieren ver.
--Buenas noches--dice pronta la voz de la señorita, lanzada al silencio
con musicales trinos. Vibra el saludo en la obscuridad, mientras Marta
acelera el paso y advierte á su compañera:
--No las diga nada... ¡Si es que la quieren ver á escondidas, sin que
usted lo note!
Las cabezas acechantes se esfuman en la sombra, detrás del ruido sordo
de una puerta.
--¡Ah, vamos!--dice Regina únicamente. Y se le figura que su pueblo
dormido está soñando con ella; que los temblores del cortinaje y los
mudos perfiles de las cabezas, son movimientos de pesadilla en aquel
profundo sopor. En vano por sorprender los horizontes familiares del
puerto, medio borrados en la memoria, quiso cruzar las calles á pie,
desde la estación hasta el viejo arrabal donde se yergue la casa nativa
al socaire del monte, dominando la playa. Todo lo encuentra confuso y
extraño al través de la ciudad obscura y silente. Apenas si en la sombra
se dibujan los contornos del caserío, en manchas densas, con bruscos
tajos de vías angostas sobre un hostil pavimento y bajo la llama lívida
de los escasos faroles. Por las embocaduras del muelle llega el aura del
mar, salobre y tónica, entre los murmullos del puerto y de la bahía. Se
oyen de tarde en tarde algunos pasos y se esquician en la penumbra
formas inciertas y movibles...
Antes de doblar la última esquina del barrio de San Martín, llamada
también «el de abajo», el más urbano y populoso, las dos muchachas
aguardan á Dolores y á Eugenia, que con Pablo vienen detrás. Enciende el
mozo su farol de aceite, necesario á los trasnochadores en el arrabal
marinero, cuando falta la luna, y el grupo caminante encuentra á pocos
pasos, otro grupo quieto y silencioso, recatándose de la luz que Pablo
lleva.
Vuelve Marta á estrechar el brazo de Regina y le dice, muy bajo:
--Son señoritos que están en acecho de la llegada de usted...
Ya el resuello del mar, libre en la playa, sube al camino empujado por
una brisa acre y sutil, que en los huertos cercanos ha recogido esencias
de flores primaverales.
Aquel aliento puro del mar y de la costa besa con ímpetu la cara
sonriente de la viajera, cuyo flotante velo de crespón va dejando una
estela de curiosidad y de atisbos, al través del pueblo que la mira con
los ojos entornados...
II
LA CAJITA BLANCA.--LUMBRES DE HOGAR.--REMOS Y FLORES.
LA lluvia amaneciente moja el paisaje con una triste dulzura, como de
llanto infantil. Sube la niebla entocando los montes, y sus flecos
deshilachados permiten ver á Regina un rebaño que ondula lento por la
alta vereda. Los sordos gruñidos del mar extienden en la costa abrupta
su amenaza resonante y quejosa.
Recordando las galernas terribles de aquel fiero Cantábrico, tan voluble
como soberanamente hermoso, Regina escucha y mira en honda expectación.
Una campana vocinglera lanza al viento su toque de rebato, que rueda por
el valle marinero con agudo estridor, mezcla de sollozo y de
_aleluya_... ¿Es que llora?... ¿es que canta?
--¡Canta y llora!--piensa Regina, inclinando el busto sobre el trémulo
barandaje de su balcón. De pronto mira al camino rústico que por encima
de la playa cruza el arrabal hacia la sierra: extraño grupo bulle y se
retuerce en el sendero, bajo la fina gasa de la lluvia; madrugadora
procesión en cuyo centro blanco los ojos miopes de la muchacha
descubren, al cabo de no pocas dudas, el féretro de un niño... Sí; eso
es: una cajita que conducen cuatro chicuelas vestidas de albos ropajes,
lacios y humildes; trepando van con rumbo al cementerio, que se asoma á
los cantiles desde la silvestre llanura.
Sube la pobre comitiva en afanosa demanda de la tierra clemente; suben
las nieblas á las cumbres montaraces, y el rebaño á las floridas brañas;
suben las olas á la playa rubia, y las voces de la campana á los
nublados cielos... También sube, azaroso, un suspiro temblón y
zozobrante de Regina de Alcántara, aunque los labios que le dieron
licencia tratan de sonreir, comentando:
--¿Un niño infeliz que logra descansar?... ¿Un ángel que ha volado á la
gloria? _¡Aleluya... Aleluya...!_
Por hay una ansiedad tan triste en aquel paisaje lluvioso; en aquellas
neblinas desgarradas; en aquellos retumbos del mar y del bronce; en
aquel entierro blanco y humilde que se agarra á las ondulaciones del
camino, sube que te sube, arañando la tierra en el esfuerzo de la
pendiente, que Regina abandona su observatorio, y dentro de la estancia
se sienta en un sillón á forjar otros planes, perspectivas más luminosas
que las que le ofrece aquella hora matinal de un Mayo norteño.
Pero allí anda Eugenia, limpiando viejos muebles y acomodando ropas de
la señorita, que ha elegido aquel aposento y quiere aderezarle con las
mejores prendas del modesto ajuar. Es la pieza un saloncito cuadrado,
con las paredes tendidas de florido papel y el techo de cal, decorado
por un friso y un rosetón de tosca factura. En un extremo se colocará la
cama, con el recato de un gran biombo, y queda espacio libre para el
diván y los sillones de sedosa tapicería, un poco pálida; el tocador y
el armario; un bufetillo; una Venus de escayola, sobre su artística
columna; una mesa de centro; cuadros antiguos, fotografías, flores; y el
balcón abierto á la sierra y al mar, sin cortinajes ni estorbos...
--Tendré un cuarto confortable y alegre, á estilo de aldea--dícese
Regina--. Luego modificaré un poco todo el mobiliario, y cuando me case
haré un _chalet_ moderno con mucho lujo y muchas cosas buenas.
Estos discursos silenciosos la inmovilizan toda la mañana, y reacciona
de aquella postración y aquel mutismo con una repentina actividad
nerviosa y apremiante, que la empuja por las habitaciones en voz de
mando, disponiendo mil novedades y trajines, estorbando las faenas de la
servidumbre, y fatigándose inútilmente, sin haber hecho nada. De la
impaciencia que la mueve por todas partes, con estéril inquietud tienen
mucha culpa sus deseos contenidos de verle al pueblo la cara, de
reconocerle y pasearle, y aprender la historia de sus años de ausencia.
Aquel rincón del mundo tan absolutamente olvidado por la «viajera rubia»
durante largo tiempo, despierta de improviso en ella sumo interés, como
si sus límites le cerrasen todos los caminos de la tierra y allí
estuviese esperándola su porvenir entero. Nada quiso saber de Torremar
ni de sus habitantes, desde que, niña y ambiciosa, partió de la ciudad
norteña; y ahora se le figura que tiene allí escondidas muchas
esperanzas y emociones, muchos cariños y proyectos.
--No salgas--le ha dicho Eugenia viéndola pronta á lanzarse á la
calle--; vendrán visitas...; estás de luto riguroso.
Y la muchacha se detiene, á su pesar, ante la evidencia de estos graves
motivos de reclusión; pero á cada momento se asoma á los balcones, baja
al portal, hace preguntas referentes á cosas y familias de su pueblo, y
se ríe sola, sin saber por qué, con los ojos rasos de lágrimas, sean
tristes ó alegres las respuestas que recibe, y que apenas escucha, con
la prisa de hacer otras.
* * * * *
La víspera, al llegar, á instancia generosa y urgente de Regina, quedó
convenido que Dolores, Marta y Pablo, se instalasen en la casa de
Alcántara con la doble calidad de familiares y servidores, para que
Eugenia estuviese descansada, gustando la compañía y ayuda de los suyos.
Fué Dolores casada de muy moza con un honrado marinero, y á los pocos
años quedó viuda en una horrible galerna, de que aún se guardaba
temeroso recuerdo en Torremar. Todo el espanto que la pobre mujer cobró
al oficio rudo del esposo no pudo evitar que Pablo fuera grumete en
cuanto el chico halló manera de cruzar sobre su elástica de punto un
tirante ufano para sostén de los calzones. En continuas zozobras vió la
madre espigar al marinero, y siempre encontró amargo como el agua salina
el pan difícil que se gozaba el hijo en ofrecerla. Marta, más joven que
su hermano, se hizo moza ayudando á su madre á coser toscas prendas de
la gente de mar, á zurcir redes y aparejos, ó á la ordinaria confección
de sacos para la vecina fábrica de yute, una de las más importantes
industrias de la ciudad. Más tarde la muchacha, poco satisfecha de tan
vulgares labores y de su escaso rendimiento, aprendió el oficio de
planchadora, y merced á su aplicación logró aumentar los ingresos de la
familia y ofrecer á su madre algún descanso.
En la actualidad Marta sabía presentarse con finura y vestirse con
pulcritud, dentro de la modestia de su clase; era inteligente y
graciosa, y Regina pensó, desde luego, convertirla en gentil camarera y
adueñarse de su voluntad con cariños y mercedes. No necesitó muchos
esfuerzos para conquistarla; pronto la moza se rindió, murmurando:
--Disponga lo que guste... ¡Tiene «un ángel» la señorita!...
Por su parte Dolores dijo que sí con efusión á cuanto Regina le propuso:
vivir en una casa de señores, trabajar poco y gozar de buen trato y de
buenas ganancias, le parecieron cosas admirables. El marinero estuvo más
reacio á capitular en tierra firme. Se daba una fuerte rasquina de
cabeza, no imaginando cómo á la señorita le parecía tan fácil que él
dejara su puesto en la tripulación de _Mariposa_ para cuidar un
jardín:--¡Ave María Purísima! ¿Cómo va á ser eso?--se interrogaba á sí
mismo.
Pero Regina mostrábase obstinada:--Os quedáis los tres--decía--. ¡Vamos,
hombre, no pongas esa cara de susto! Te das de baja en el gremio de
pescadores, pero no en el Cabildo de marineros. Compraré un balandro; tú
me darás lecciones de náutica y yo á ti de jardinería... «Lo cortés no
quita á lo valiente»: habrá en esta casa remos y flores. ¿Qué dices?
Las tres mujeres, que escuchaban con embeleso tan dulces ofertas,
instaron á porfía para que Pablo aceptase. Y él, por fin, pronunció
confuso:
--Digo... que bueno... si lo del balandro es de veras.
Afirmando que sí, Regina, muy alegre, tendió con llaneza las manos al
pescador, el cual, no sabiendo qué hacer entre las suyas con aquel
regalo tan fino, se puso muy colorado, y aflojó los dedos temblones y
cobardes.
III
¡UN ALMA NUEVA!--HISTORIA DE LA «BELLA DURMIENTE».--EL PALADÍN DE
REGINA.
LAS antiguas amistades de la familia de Alcántara muy correctas y
rigurosas en cuestiones de etiqueta, aguardan, sin duda, que descanse la
niña enlutada y que arregle su nido. Y ella, que ya logró reposo para su
cuerpo y aliño para su casa, tiene en tortura la curiosidad, esperando
visitas que no llegan.
Ha salido el sol; ha sacudido Mayo con arrogancia sus bancales de
flores, y todo es dulzura y aromas en el ambiente, luz y belleza en el
horizonte.
Punzada en sus pesares por la alegría exterior, Regina, desde el fondo
de su cuarto, contempla el mar y el cielo acerbamente, y sospecha con
pesadumbre: ¿Nadie se acordará de mí?
--Don Carlitos Ramírez--anuncia con ufanía la fresca voz de Marta.
Y entra en el aposento un mozo elegante y gentil, de pocos años, á
juzgar por la cara imberbe y la ingenua expresión de niño: es alto,
moreno; toda la gracia de su persona viste un aire de nobleza y de
bondad que subyuga; tiene doradas las pupilas, en las que se derrama un
corazón amoroso, á la sombra negra y doble de unas pestañas admirables;
lleva sobre los labios la pincelada obscura de un futuro bigote, y le
baña el rostro cordial sonrisa, que alumbra sus palabras y actitudes con
luz melancólica y ardiente.
La señorita y el doncel se miran un segundo, y ella rompe el silencio
investigador de aquella mirada, abriendo los brazos al visitante:
--¡Abrázame, chiquillo!
Es muda y tierna la caricia; ambos amigos, abrazados, sonríen para
disimular su emoción. Él quiere preguntar alguna cosa, y tímidamente
balbuce:
--¿Daniel?...
Regina se pone un dedo tembloroso en los labios.
--Quiero olvidar; ¿sabes? Quiero creer que soy otra; que ni la tierra
sepultó á mi padre, allá en país extranjero, ni soy yo la misma que vió
á Daniel, tu camarada, morir en un barco en medio de los mares, y
después... No, no; ¡qué recuerdos tan horribles!... Soy otra, Carlos;
soy una criatura rara que nació sin familia; que de su pasado nada sabe;
que no habla nunca de su vida de ayer... Al cabo--añadió, con temblor de
cobardía en el acento--¿qué importa lo que ya pasó?
--Sí; haces bien, lo mejor es olvidar. Solamente--replica el mozo con
grave tristeza--que algunas desgracias están siempre activas sobre
nuestro corazón, y no llega la hora en que podamos decir: «ya
pasaron»...
Recuerda Regina entonces que, según noticias de su doncella, á los de
Ramírez les había sucedido una cosa «muy triste», y pregunta con
interés:
--¿Tus padres?... ¿Ana María?...
--Mi hermana deseando verte. Mi padre está bueno.
--¿Tu madre, quizá?...
--¿No sabes nada?--dice él, sin levantar los ojos de la alfombra.
--Que algo adverso os ocurre; pero no he querido que me lo cuenten.
--Luego, ¿sospechas?...
--Nada. El enorme egoísmo que estoy cultivando me hace huir de mis penas
y de las extrañas; sobre todo, si las padecen personas á quienes aprecio
tanto como á vosotros... Temo que se relacione con tu madre lo que os
aflige... ¿Acierto?
--Si huyes de penas, ¿qué te voy á contar? Esta es amarga como la hiel.
Sonaba la voz dulce del muchacho tan sorda y contenida, que la de
Alcántara se apresuró á indagar con sincera inquietud:
--¿Está enferma tu madre?
--No lo sé.
--¿Cómo?
--Mi madre... huyó de Torremar hace tres años.
--¿Ella? ¿Carlota?... Huyó, dices... pero ¿por qué?
Callaba el mozo, trémulo, transido, luego de revelar con agudo esfuerzo
la cruel noticia, pálido el semblante, henchidos de lágrimas los ojos.
Regina entonces, conforme sentía crecer la curiosidad en torno al drama,
tuvo compasión, tuvo misericordia, un instante, de aquella pesadumbre
tan dura que abatía la frente del muchacho.
Sentados como estaban los dos amigos en el pequeño sofá del gabinete,
inclinábase ella, dulce y solícita, para buscar la turbia mirada de
Carlos puesta en el suelo con angustiosa obstinación.
--Vas á contarme esa desventura--le encarece Regina.--Vas á decirme
todas tus penas con grande confianza, como si fuésemos hermanos... No
siempre creas en mi egoísmo; ya ves cómo tus palabras me conmueven.
Y, en efecto, la dama curiosa ha perdido la serenidad. No por la blanda
emoción--vulgarísima y corriente á su parecer--del íntimo saludo ni del
tierno coloquio, sino por la traza peregrina, por el aire singular con
que el mancebo, heraldo de una tragedia, tal vez interesante, se
manifiesta de súbito. La mujer zahorí, sabia leyente de corazones,
piensa con avidez:
--No es un hombre cualquiera, ni un niño como hay muchos... Será preciso
estudiarle...
Este afán, este loco deseo, se alza ahora en el corazón femenino
dominando los impulsos de sus fugaces misericordias.
Con la rubia luz de los ojos y el treno apasionado de la voz, desata
Carlos Ramírez en un segundo la dañosa afición que Regina siente hacia
sorpresas y novedades.
Así que el amigo de la niñez habla, mira y sonríe, ella, la mariposa
voraz sobre jardines raros, descubre la exótica flor, se estremece y
murmura:
--¡Un alma «nueva»!...
Y giran las alas del insecto goloso en derredor del alma virgen, llena
de luceros: espíritu infantil por su ingenuidad, santo y fuerte por su
linaje.
Esconde Carlos como sagrada reliquia aquel pesar profundo que Regina
quiere compartir; y á las exploraciones insinuantes de la dama se
resiste con pudor y quebranto.
--Lo has de saber--asegura--aunque no lo pretendas. Las torremarinas se
proponen que «ese asunto» no pase de moda... Ya te lo contarán «por
ahí», aumentado y corregido...
--En cambio tú me dirías lo justo y lo cierto...
--Sí; pero entonces resultaría la historia larga y triste por
demás...--Un aire de secreto infortunio cela aquellos reparos y los
ofrece con tales atractivos de extrañeza y de sombra, que Regina,
exaltada delante del misterio, no acertaría á decir si sufre compasión ó
se embriaga de gozo cuando en las redes de sus artificios y razones
siente al muchacho vacilar y le ve, al fin, entregarse á las dulzuras de
una íntima confidencia.
Carlos Ramírez, que es un niño grande, con arrestos varoniles y ribetes
de romántico, ha profesado siempre acendrada admiración á la niña
viajera, rubia y pálida, de quien oyó contar pasmosas aventuras y
atractivos deslumbradores. Ahora que la tiene delante, transformada en
mujer bonita y lagotera, vestida de luto para mayor encanto, siente el
mozo, mirándola, una dulce desgarradura en el pecho. Es que la flor de
sus emociones se abre incauta á los ojos de Regina, como el capullo de
rosa besado por el sol. La viajera de antaño puede libar á su placer las
primicias sentimentales de un alma «nueva», porque ya Carlos ofrece,
generoso, el divino licor de la suya.
En el inconsciente sacrificio, la víctima se ofrenda seductora: tiene
oro en la mirada, miel en los labios y una tragedia obscura, sangrando
en el abierto corazón... ¿Qué más pide Regina para considerarse feliz
aquella tarde? Ya oprime el sazonado fruto del pecho herido y beberá el
néctar hasta sentirse sacia. Tanto quiere saber del misterio de Carlota
como del dolor de Carlos... ¡Aquellos ojos donde el sol se oculta en la
nube de penas, aquella noble sonrisa resignada!... ¡Oh, el dolor!...--El
dolor ajeno como espectáculo artístico--, piensa la escéptica
observadora--, es curioso y notable. Hay en la más equilibrada
naturaleza una dosis de crueldad que se gloria delante del drama humano
y le busca y hasta le persigue...--Yo soy cruel--añade con un remoto
espanto--, soy fría como la nieve. Estos sacudimientos que me estremecen
ahora son morbosas impaciencias de morder las amargas revelaciones que
he buscado, que he perseguido... Me voy á recrear en el drama de este
mozo, mi camarada de la niñez, el ídolo pequeño de mi pobre hermano...
¡Y qué! Yo no tengo la culpa de que Carlos Ramírez, el rapaz que conocí,
lindo como un juguete, venga hoy á visitarme en traza de hermoso
caballero, con una historia tétrica en el bolsillo... Ni es cosa de
hacer examen de conciencia porque _El Dolor_, usando el porte más
garboso del mundo, me brinde un placer estético de alta categoría...
Aunque así razona la de Alcántara en rápida meditación, por el fondo de
su curiosidad helada y cruel, sin pías veredas, igual que un monte
nevado, corre un hilo de ternura, tan suave y oculto, que el mismo
corazón por donde pasa no le siente. Mansa y sin voces la linfa del amor
fluye y fluye, constante en las entrañas de Regina, como la excelsa
gracia del bautismo que en los senos más duros prende y enflora; divino
sol de piedad en lucha con la nieve de humanas impiedades...
* * * * *
También Carlos se sume en reflexiones aceleradas. Ha encontrado, sin
duda, un corazón grande y amigo donde puede romper el broche pudoroso de
su dolor: toma carne y espíritu la sombra fugitiva que se borró en la
ausencia lo mismo que un ensueño, cuando el mozo de hoy era un nene que
ya sabía soñar. Aquel rastro de ilusión infantil encendióse en luz de
juveniles ansiedades, pero fué luz remota y ausente, como de estrella,
resplandor inquieto de una felicidad imposible. Y de pronto, la errante
lucecilla que Carlos avizoró por ilusos caminos, arde en negras miradas,
calienta con acentos dulces, se yergue en la forma de una mujer
peregrina del mundo, que ha sondeado los abismos de la tierra, que
conoce las desolaciones del desierto y la llanura de los mares...
¡Cuánto no sabrá de vidas tristes! De seguro es su corazón un torrente
de misericordia...
Así piensa el cautivo de Regina, mirando al suelo. En el vertiginoso
volar de sus esperanzas le punzan con lacerante escozor los agravios que
persiguen á su madre. Nadie se la nombra, como si fuese una vergüenza
definitiva y segura que al hijo le quisieran perdonar; y los rumores
hostiles que se acallan delante de él, por lástima ó por miedo,
repercuten á su alrededor, sordos y agudos; le duelen, le sofocan; le
han llevado, en instantes de espiritual cobardía, al borde de la
demencia y del suicidio.
Sabe el muchacho de una sola mujer en Torremar que no culpa á Carlota
de Heredia, que no atribuye delito ni sonrojo á su desaparición; pero es
dama de muchos años y respetos á quien Carlos no se atreve á decir ni
una palabra de la ausente. Hay un sacerdote en el pueblo que también por
sus frases y actitudes demuestra caridad y ternura á la desaparecida
señora, mas los hábitos y las canas de este varón piadoso sellan en la
boca de Carlos la ansiada confidencia. Finalmente, un señor joven, muy
amigo de la familia de Ramírez, es seguro que tributa á Carlota leal
admiración y que la supone limpia de pecado. Aunque así lo comprende el
hijo de la dama, motivos poderosos le retraen de tratar con el caballero
las penas que le afligen. Y se conforma con sentir hacia aquella
trinidad compasiva una profunda gratitud.
Así los años han corrido sin que logren refugio apropiado los anhelos
del mozo: él quisiera verter del alma suya la piedad y el amor en la
memoria de su madre; limpiar de dudas y de sombras el nombre amado;
erguir la bella imagen de la ausente en un trono de lágrimas y duelo,
puro y noble, donde se pudiera leer: «Fué desgraciada y buena»... Pero
se siente amordazado por la inverosimilitud de muchas cosas que él solo
sabe, que acaso nadie creerá cuando las diga; le detienen mil escrúpulos
de íntimo pudor familiar; le amedrenta, sobre todo, la triste convicción
de que sus palabras no hallarán en el pueblo ecos amigos ni piadosos
rumores. No; su madre, la esposa de un hombre ilustre entregado toda la
vida á su ciencia y á su hogar, es una mujer joven y hermosa... «que se
ha fugado»... ni más ni menos... Solamente el corazón de Ana María
conoce la tragedia en toda su magnitud. Y la moza también calla,
también sufre, sin protestas ni alardes, el obscuro pesar, la negra
desventura.
Pasa el tiempo, frío bálsamo de las cuitas humanas, y no acorta los
afanes de Carlos. Tal vez olvidaría á su madre muerta, mas no la puede
olvidar perdida sabe Dios dónde, loca ó desesperada por el mundo. La
aflicción del hijo se convierte en un largo tormento. Trata de partir
buscando las borradas huellas, el olvido ó la muerte; quiere padecer en
el anónimo; lanzarse á una emigración pobre y suicida. Pero su hermana
le persigue, cargados los grandes ojos de zozobra, y ruégale á menudo,
con las manos en cruz:
--¡No me abandones!
Carlos se detiene conmovido, preso en las cadenas de enamorada caridad.
¿Qué haría sin él la dulce criatura, en las soledades de un rincón,
siempre de luto?--Aguardaré--decide--hasta que ella se case. Y aguarda,
romántico y triste, cuando aparece Regina como un astro, encendiendo
promesas en los sombríos horizontes de aquella atormentada juventud...
Allí están los dos amigos, á la vez juntos y solos, ausentes en bien
distinta ruta de pensamientos. Es ella la más pronta en regresar del
imaginario viaje; pliega las alas de sus meditaciones, y segura de que
tiene Carlos en sazón su discurso, le dice previsora:
--Espera.
Sale un momento y vuelve para tranquilizarle:
--Advertí á Marta y no vendrán á molestarnos. Ya puedes--añadió con
aquella blandura persuasiva que su acento solía tomar--decirme tus
pesares; que el relato brote desde lejanas horas, sincero y seguro del
interés que me produce: muéstrame vida y corazón imagino que tus dolores
son de los que se alivian compartiéndolos y tengo esperanzas de poder
consolarte cuando me los confíes. No son así los míos--dijo aún entre
dientes con repentina acidez;--por eso los oculto.
Alzó el muchacho la cabeza, y puso largamente los ojos en su amiga, con
afanes y devoción:
--Sí;--pronuncia--te voy á contar todo lo que yo sé de mi madre;
recuerdo que ella te quería mucho.
--Yo guardo la memoria de su triste hermosura y no olvido que me inspiró
profunda simpatía. Siempre la llamé por su nombre, Carlota, como si
fuese otra chicuela de mi edad. Tenía el aire juvenil de una colegiala.
--Los forasteros creyeron muchas veces que éramos hermanos, cuando yo la
acompañaba por la calle--añora el mozo con melancolía.
Y la muchacha, con la imaginación ya ardorosa, insiste:
--Anda, Carlitos, cuenta...
Un breve silencio inicia la relación, y Regina escucha antes de que su
amigo comience:
«Se me va la memoria detrás de mi madre, sufriendo siempre sumisa las
tremendas borrascas del hogar. El genio violentísimo de mi padre
conturbaba en agitaciones febriles la tristeza de nuestra vida...
¡Porque nuestra vida familiar era bien triste! Yo lo sentí, en cuanto la
brasa dulce de otros hogares amigos me calentó el alma. Jamás entre
nosotros amaneció una de esas alegrías generosas que todo lo besan y lo
contagian de ilusión, desparramadas en risas y cantares. Teníamos
dinero y salud, teníamos inteligencia y corazones, ¡y nos faltaba por
entero la felicidad! El carácter irascible de mi padre, su trato huraño
y brusco, eran como una torva nube que se cerniese sobre nuestro
destino, negándonos la luz pacífica de toda íntima ventura. Bajo aquel
ceño sombrío y dominador, vivía la casa en silencios angustiosos, sólo
quebrantados por las crisis violentas del genial, fiero y hostil, que
nos hacía esclavos. Nuestro _Robledo_, la finca mejor puesta de
Torremar, altiva entre el bosque y la playa, libre y rebelde en la
altura, me ha parecido toda, desde que siento y discurro, clavada con
puñales de tristeza. La obscura masa del robledal tiene una inquietadora
perspectiva...»
El relato se quebranta:
--¿No te has fijado? Acércate. Desde tu balcón se ven sus perfiles
medrosos que ponen un gesto amargo en la casa, el huerto y el jardín.
¡Mira, mira qué desolada se yergue mi arboleda!
--Es verdad--asiente Regina, llevada por Carlos á la contemplación del
alto bosque,--¡parece que clama al cielo!
Y vuelta al donoso conferenciante, sonríe:
--Oye: caes en lirismos agudos y me contaminas. Tu _Robledo_ te hace
poeta...
--Cursi, ibas á decir.
--Sentimental, que no es enteramente lo mismo. Hablas casi en verso.
--No te burles, por Dios. La historia rara y secreta que trato de
contarte, me adiestró los sentimientos y hasta la palabra. A fuerza de
escudriñar eternas horas en la negrura espesa de este dolor, he dado en
la manía de escribirle; y en un cuaderno le he extendido con todos sus
detalles y observaciones, para afinarle y medirle, destilado, gota á
gota, como en un filtro, á ver si de mi análisis resulta algún rastro
luminoso.
--¿Y no encuentras?...
--Nada. Siempre la impenetrable densidad del misterio...
--Pero has conseguido hacerte orador y adornar tu drama con divagaciones
líricas que me están impacientando. Volvamos al sofá y al asunto de
nuestra confidencia, y acuérdate de que yo no sé esperar; esa virtud la
sigo desconociendo como antaño.
Entre dolorido y sonriente, Carlos reflexiona:
--Mi drama, sí; este «es mi drama».
Y dócil, se sienta junto á Regina, en tanto que el camarín se tiñe con
resplandores de púrpura, como si en él reflejase su haz de llamas un
incendio poderoso.
Es que el sol ha caído moribundo en el mar y su sangrienta agonía
inflama en rojos destellos la sierra y el Cantábrico.
Exaltados en aquella luz de tragedia, Regina atiende sin interrumpir, y
el narrador sentimental continúa:
«Las morbosas intolerancias de mi padre, crueles en ocasiones, solían
tener sorpresas para mi hermana y para mí, porque se trocaban, de
pronto, en arranques de ternura pegajosa y hasta un poco teatral. Esto
sucedía precisamente cuando mamá nos juzgaba merecedores de alguna
reprimenda ó prohibición. En tan inesperado momento, un melodrama
paternal nos favorecía con descargos y mimos. Y á fuerza de ser injustos
aquellos arrumacos, los reíamos en calladas burlas, á espaldas del
autor y comediante. Si mamá sorprendía nuestra crítica irrespetuosa,
decíanos con severidad:--Eso está mal hecho. ¿No _le_ queréis?...
Bajábamos la frente en grave confusión. A menudo yo le pregunté á mi
hermana:--_¿Le_ quieres tú? Y con la cabeza me contestaba que sí, muy
despacio... Pero no era verdad. Mi padre nos inspiraba, únicamente,
miedo ó risa. En él sólo veíamos dos aspectos ingratos: el de la tiranía
y el de la ridiculez. La grande fama de sus científicos méritos, nos
pareció siempre una leyenda en la cual pudiera tener fe todo el mundo,
menos los hijos del naturalista ilustre. Manuscritos, dibujos y
colecciones de que él se enorgullecía con vanagloria intolerable, fueron
para nosotros una máquina infernal de suplicios. La servidumbre giraba
ensordecida por voces y juramentos, en torno á los peces raros que el
biólogo conserva, muertos ó vivos, en complicadas vasijas de cristal.
Toda una instalación difícil de agua salada y de agua dulce; frágiles
tubos, tendidos en forma de cañería al través de los vasos,
desinfecciones, limpiezas, graduación varia de temperaturas en las
diferentes salas del museo; cuanto se relaciona con los cuidados
prolijos del laboratorio, corría mil azares en manos profanas, y era
pretexto para que en aquel santuario de la ciencia estallasen borrascas
terroríficas. Incapaz de sacrificarse á la enseñanza, y sin ideales de
compañerismo, servíase mi padre de asalariados torpes, con tal que le
permitiesen abrir curso sin freno á su mal humor. No atreviéndose al
manejo de un látigo, pretendía, siquiera, fulminar á su antojo las
amenazas y los improperios. Pero los criados pasaban como exhalaciones
por el embudo de aquellas leyes tiránicas, y en huelgas tales, se
quedaba mamá, sola y valiente, blanco de todas las iras y de todas las
faenas. Viéndola soportar sin reproches las violencias del sabio,
hablarle con dulzura y servirle con solicitud, decíame: ¡Ella sí que le
quiere!--Pero me sublevaba contra aquella suposición. Yo empezaba á
discernir y á razonar.--¿Por qué le ha de querer?--discutía conmigo
mismo. ¿Acaso yo le quiero?--Después, arrepentido de mis ocultas
rebeliones, optimistas y benévolo, pensaba:--Sin duda le admira porque
es un hombre eminente y excepcional...--A escape, la más despiadada
lógica daba gritos en mi conciencia.--Entonces--decía su voz--tú que
eres sangre de ese hombre insigne, también debes admirarle...--Sí, le
debo admirar, á lo menos,--medité, piadoso, muchas veces. Y á poco, la
resonancia de una soez interjección, el ludir violento de una puerta,
anunciando la presencia del déspota, me hacían estremecer y
confesar:--No, no; ¡mentira!
Aquella lucha, tensa y martirizada, iba labrándome una sensibilidad
precoz y depositando en el fondo de mi carácter franco y vivo, ácidos
sedimentos de melancolía. Empecé á sentir por mi madre pungente
compasión, y tanto supe aguzar mis dotes de psicólogo, que, de cuantas
sospechas me atormentaban, hice seguridades en plazo breve. Entonces,
con la triste carga de mis descubrimientos, fuí donde Ana María, deseoso
de romper entre los dos el tímido ropaje de los disimulos; ya éramos
«mayores», y se hacía urgente una alianza que nos pusiera á la
defensiva, cerca de mamá.
En este paso, que me pareció una proeza varonil, sentíame orgulloso, á
pesar mío, suponiendo que mi hermana, con dos años más que yo, iba á
experimentar profundísimo asombro ante mis expertas revelaciones. La
hallé sola, bordando, reflexiva como siempre. Me miró con los mismos
ojos de mi madre y sonrió como ella, con esa expresión que, á veces,
descubre en ambas un pliegue oculto del pensamiento, un signo de remoto
desdén ó de pía benignidad... Cuando sonríen así, no se sabe si
noblemente acusan ó perdonan... En aquel gesto dulce y conocido, tropecé
de pronto con serias dificultades para iniciar mi discurso. Jamás de
acuerdo habíamos lamentado la suerte dolorosa de nuestra madre. Una
cortedad infantil, llena de azoramientos y de alarmas, nos cerró el
camino de la fraternal confidencia. Sentíamos rubor y timidez para
declararnos en posesión del amargo secreto. ¡Era que nos dolía la pena y
el bochorno de tener que acusar á nuestro padre!
Cautivo una vez más en aquellos reparos, á despecho de mi arranque
viril, me enardeció la pregunta adivinadora:
--¿Qué vienes á decirme?
Torpemente relaté mis averiguaciones; y, al cabo, con alguna arrogancia,
expuse mis filiales intentos:
--Hay que «defenderla»--aludí, brioso, para convencer á mi hermana, que
parecía perpleja en su actitud. Como un eco repitió:
--¡Hay que defenderla!
Pero aquella exclamación me sonó á lamento. Ana María se mantuvo absorta
y muda, sin mirarme. Cuando con una caricia la hice volverse hacia mí,
amapolada y trémula, se quiso cerciorar:
--En resumen: ¿qué es «lo que sabes» y lo que pretendes?
Sin pronunciar nombre alguno, le dije al oído:
--No _le_ quiere... ¡Nada!... ¡Nada!
--¿Y qué más?
--No _le_ admira.
--¿Eso es todo?--inquirió ansiosa.
--Sufre mucho y es preciso que pongamos remedio á su tortura.
--¡Sufre... sufre!... ¡Oh, cuánto!--gimió Ana María sobre mi corazón.
Y al morder un sollozo, lamentaba:
--¡Si yo fuera hombre!
--Pero yo lo soy--dije altanero.--Ella me ha defendido muchas veces de
castigos y amenazas. Ahora, seré su defensor.
Enjugóse mi hermana los ojos con presteza, y endulzando sus frases me
contuvo razonadora:
--Olvida lo que dije--suplicó.--Ser hombre es mostrar cordura... Sólo
podemos «ayudarla» á llevar la cruz. También somos hijos de _él_... Sé
prudente y humilde.
--No, no,--insistí con guapeza;--hay que hacer algo...
--Obedecer y callar--suspiró Ana María.--Tú irás á Madrid, dentro de un
mes, á estudiar leyes. Yo--dijo con la voz temblorosa--iré á Zalla un
año, á perfeccionar mi educación.
Quise alzarme en gallardas razones, sosteniendo bellas actitudes contra
la idea cruel de separarnos de mamá cuando la podíamos servir de más
consuelo y aun de fuerzas y refugio.
Pero mi hermana me aseguró, dolida:
--Ella lo busca; tiene afán de estar sola. Con difíciles y largos
artificios ha logrado que papá decrete nuestra marcha.
--¿Y por qué? ¿No lo sabes? ¿No te sorprende?--interrogué confuso.
Se encogió de hombros, reprimiendo el llanto; y suplicante, presa de
repentina zozobra, me hizo prometer una ciega sumisión á mi destino...
--Sigue, sigue--encareció Regina--al represar Carlos su palabra
fluyente.
--Es que se hace de noche.
--No importa. Estoy ardiendo en el interés de tu relato. ¡Qué bien
cuentas, chiquillo! Hundes la palabra en el corazón, y sabes construir y
repentizar como un artista.
--Será el dolor de un buen maestro--responde, un poco vanagloriado el de
Ramírez. Y á su vera, ya nublada en la obscuridad, Regina se duele:
--Pues aquí tienes una condiscípula, que no le honra mucho.
--¿Tú?...
Carlos deshojaría, galante, algunas flores cándidas en el regazo amigo,
si la voz penumbrosa no dijera, empapada en recuerdos:
--Como á la luz del sol, se me ilumina la memoria, según estás contando
tus pesares. Sois aquellos Ramírez de mi infancia á quienes nunca pude
olvidar, porque vi en vosotros no sé qué raros síntomas dramáticos y
tristes que hicieron huella en mi voluble imaginación. El pueblo no os
conocía bien. Decíase entonces que tu padre, hombre de estirpe sabia,
era un misántropo, enfermo de ciencia. Y que, celoso de la hermosura y
juventud de su mujer, la esclavizaba por amor. De ella, todos sabíamos
virtudes y primores singulares. Se la creyó algo altiva, y muy
admiradora de su marido... Desde aquí abajo parecíais felices en vuestro
_Robledo_ señorial, casi divorciados de la población, tejedores de una
existencia un poco extravagante, á la sombra dos veces grata del oro y
la sabiduría.
--Miel sobre hojuelas--apuntó Carlos irónico.
--Por aquel tiempo ya gastaba yo opiniones propias, tan pintorescas y
atrevidas, que las guardé para mi uso particular, ocultas siempre como
un delito.
--Y opinabas de nosotros...
--Unas cosas muy raras.
--A ver, á ver.
--Os envolví en un cuento fantástico y emocionante. «El
_Robledo_--imaginaba yo--es el castillo donde un ogro, don Juan
Ramírez...» No te ofendas.
--Ni pizca--sonríe con resignación el joven.
--Bien: «pues el ogro tiene encantada á la princesa Carlota. Ana María
es un hada gentil y vigilante, que sirve á «la hija del Rey» y la
deleita en su cautiverio... Un duende muy mono, que conoce el encanto de
la dama, la protege con ímpetus de libertador; usa «botas de siete
leguas», igual que _Pulgarcillo_, y en artes de brujería siente las
hierbas nacer. Este brujo, benéfico y sagaz, se llama Carlos «por mal
nombre»; tiene dorados los ojos y aguda la inteligencia... promete
mucho».
Sin levantarse, toca Regina un conmutador y queda la estancia en baño de
apacible luz. Ingeniosa y festiva, la juglaresa pone al cuento un final
inseguro:
--Creí que el hada y el duende libertarían á la princesa Carlota...
--El duende--alude Carlos pesaroso--duda que sea posible en la tierra la
redención de esclavos.
Aquel dolorido comento, añorante de humanas liberaciones, sacude la
versátil memoria de Regina.--¿Creerás--dice--que se me había escapado tu
drama un minuto?
--Ya es tarde--anuncia el mozo poniéndose de pie. Consulta su
reloj:--Cerca de las nueve.
--¿Y piensas dejarme loca de curiosidad?
--Hace más de dos horas que te acompaño... ¡Para ser la primera
visita!...
--¿La primera? El duendecillo del _Robledo_ estuvo en «esta tu casa»
cientos de veces. Supongo que no irás á tratarme como si nos acabásemos
de conocer.
--Claro que no.
--Somos viejos amigos, aunque la mocedad nos sonríe. Acuérdate cuando
asaltaba vuestro cercado para sorprenderos en la casuca del bosque,
donde solíais jugar. Yo era la mayor de los tres y exigía «la
presidencia» en los enredos de aquellas tardes felices. Pero tuve, á
menudo, tal cansancio y hastío de otras desenfrenadas diversiones por
serranías y mieses, que permanecíamos sosegados mientras yo os relataba
historias de mi fantástica invención, sólo por engreirme con la quietud
halagadora del auditorio... ¡Ya el pedantismo afilaba las uñas en mi
orgullo!... A la hora de la merienda iba tu madre á darnos golosinas y
besos. Viéndola aparecer entre los árboles, tan hermosa y tan triste
camino de la casuca, me decía yo: _Es la princesa encantada, la bella
durmiente del bosque._
Se ha levantado Regina para retener á Carlos pero, enfrascada en los
infantiles recuerdos que entre los dos evocan, enhebra una felicidad,
que ya pasó con la presente cuita de su amigo, y le turba, al referir:
--Sí; Carlota me quería, es cierto. Sus ojos, cuajados de éxtasis, se
posaban en los míos con blandura maternal. Largo tiempo me acompañó por
el mundo la impresión de aquella mirada...
Carlos balbuce:
--Es tarde... Adiós, Regina.
Ella, con la memoria en fuga, le detiene y dice:
--Tanto así levantabas del suelo, y ya con ribetes de erudito y de
galante, traducías mi nombre al castellano. Me llamabas _Reina_.
Devoto, murmuro el doncel:
--Todavía te nombro como entonces, con el pensamiento y con los labios,
callandito: ¡_Reina_ de Alcántara! ¿Te gusta?
--¡Vaya!... Me enamora; no lo olvides.
Y vuelta al presente, desde la suave niebla del pasado, pulsa Regina las
varias emociones de su amigo, y trata de explorar hasta el fondo aquel
espíritu en tormento y vibración.
--Acaba de contarme la historia--encarece--; no sales de aquí sin
decirme tu secreto.
Le estrecha las manos, que se encogen como las de un niño cobarde. Toda
la juventud del mozo queda estremecida en aquella amistosa intimidad, y
doblando las firmes pestañas sobre las ojeras azules, se defiende de su
turbación, sonriendo:
--Ya volveré; practica la virtud de la paciencia... Esperar es un
placer.
Dice Carlos con tal fuego las últimas palabras, que Regina, de pronto,
asiente caprichosa:
--Sí; esperar es acaso un placer. Tener paciencia--añade con
travesura--, quizá sea muy divertido.
--Entonces, quedamos en eso.
--Quedamos, ya que te empeñas. Eres irresistible; me gustas, y te cruzo
mi paladín en Torremar.
En traza de broma le hizo con los dedos una cruz encima del corazón.
Salió el mozo de la estancia, radiante y fascinado:
--Adiós, _Reina_.
--Adiós... _duendecillo_. Un beso á Ana María, y que venga pronto.
* * * * *
Marta, al despedir en la cancela al caballero, murmura:
--Larga fué la visita de don Carlitos Ramírez.
Y el rumor de los pasos del visitante se confunde con el murmullo del
mar, que en la playa interroga á los graves misterios de la noche.
IV
LAS ALEGRES COMADRES DE TORREMAR.--«ESTRADUCA».--LA «NOVIA DE
GABRIEL».--IDILIO DEL BOTICARIO Y LA JAMONA.--LA NIÑA DEL
«ROBLEDO».--RÁFAGAS DE PIEDAD.
VIÓ Regina crecer la primavera sin tedio ni desilusiones. Aquel amago de
precoz hastío en que la sorprendió Carlos Ramírez no tuvo, por fortuna,
continuidad, porque todas las tardes, á la plácida hora del crepúsculo,
surgía del pueblo inmóvil un grupito endomingado y vistoso que llamaba á
las puertas de la recién venida ciudadana, y que, en el gabinete por
ella preferido, hacía historia menuda de los más íntimos secretos de la
población.
No se escapó á la de Alcántara ni una mueca, ni un retintín, ni una
frase, en aquel desfile de visitas, soldadura de relaciones y efusión de
saludos. Y entre sonrisas y reverencias hizo, con muchísimo donaire,
todos los descubrimientos que se le antojaban.
Ya está Regina al cabo de Torremar como quien dice. Contagiada por la
chismosa fiebre pueblerina, deja un punto en descanso sus propios
anhelos para divertirse con ajenas aventuras, y en solaces curiosos,
muy femeninos, va ordenando sus averiguaciones, según hemos de dar breve
noticia en el presente capítulo.
Sabe la aprendedora que son las de Estrada dos mocitas arrogantes y
jacareras, con muchas ínfulas y poco dinero, y que, por competir en lujo
y aparato con las encumbradas familias de la ciudad y los contornos,
hacen á su padre andar de cabeza, enredado en trampas, muriéndose de
fatigas y sofocones... Quiere aquí Regina hacer memoria sobre esta gente
tan sonada y visible, pero sólo recuerda que es de linaje ilustre,
nativo de Asturias; que las niñas de Estrada eran ya de pequeñas muy
ostentosas, y que vivían en una casa con balcones esquinados y
ventrudos, semi-palacio de blasón y rejas saledizas, radicante en la
Corredera. La mamá de estos dos pimpollos que tanto ruido meten en el
pueblo, fué una mujer revoltosa y linda, que se murió de susto ante la
bancarrota de su fortuna, y el esposo de la dama sensible, ha sido
siempre un cuitado, preso antes en la imperativa voluntad de su
consorte, mártir después de las trapacerías y locuras de sus retoños,
Palmira y Jacoba; por donde el bueno y triste don Victoriano Estrada
degenera en prototipo del «pobre hombre» inconsciente y lastado, ya
viejo y miserable, en el total hundimiento de su flaca personalidad. Al
través de los cristales obscuros que guarecen la cobardía de sus ojos,
don Victoriano ve á una luz de panorama lívido todas las cosas del
mundo: rostros, senderos, fiestas, jardines, astros y horizontes, cuanto
mira aquel hombre infeliz, tiene un tinte amarillo de vergüenza y
pesadumbre, un color trágico de bosque en deshoja, de cielo en
borrasca. Estraduca suelen decirle, en son de caridad ó de altivez, al
ruinoso caballero.
Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera,
cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocación complicada y
rebuscadora: es _la novia de Gabriel;_ una mujer tristísima, siempre de
luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora
sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se
recuerda su nombre en Torremar; la conocen por _la novia de Gabriel_;
algunos la dicen solamente _la novia_, otros _Gabriela_. Su figura
atribulada es, desde varios lustros, la nota fúnebre del mujerío
porteño; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta que
_la novia_ hace mal de ojo, y los pacatos ó ignorantes huyen de ella con
supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los
perseverantes duelos de esta mujer, que debió de ser bella porque aún
tiene en los ojos, entre lágrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de
hermosura amorosa.
Cuando Regina corrió por los campos montañeses, rapaza y traviesa, ya
_la novia de Gabriel_ se amustiaba, fatal, en los rincones del templo;
ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios
festivos, producía inquietud y desazón, como los revuelos de la
_nétigua_ sobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya
entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el
pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer había de regar
muchas primaveras de flores.
Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante
soñadora. _Gabriela_, con su ropaje de viuda, su encanto de esfinge y
su aspecto funeral, causa á Regina asombros de misterio y de abismo.
Porque esta febril admiración la atormenta un poco, rechaza el luctuoso
recuerdo y acude á buscar otros menos inquietantes.
Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más
pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida,
supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don
Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la
rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora
en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita
dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es
ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes
ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en
tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.
Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de
amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una
historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena,
que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más
ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de
rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con
disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su
hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara
travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés,
de alegres colores, y calzaba escarpines de paño marrón. No puede la
enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la
cosa», va y le dice:--Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad»,
alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para
mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería,
porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán
que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en
ese caso.
El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió,
y repuso, en son de gran secreto:
--Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche,
al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las
almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención
mía--dicho sea sin ofender á nadie,--los alados rizos de usted volverán
á su pristino color de oro.
--Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo,
todavía...--insiste ruborosa Filomena.
--Usted está admirable, como siempre,--adula el boticario--y muy joven;
no pasa día por usted.
Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la
Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que
iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona,
llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía
la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de
una boda posible.
Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pañuelo á la cabeza,
untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la
tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del
boticario viudo á la noble doncella Filo.
En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones
amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus
dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la
vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de
reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían
blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura
maravillosa...
De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su
presencia durante el visiteo de la temporada.
Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su
nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que
envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son
los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y
los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante,
donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».
Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de
Regina:
--Don Carlitos Ramírez.
Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus
íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo
notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa
suya.
Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en
público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no
anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía
asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina
sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo
confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde
Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama
un sacerdote, un anciano y un poeta...
--¿Cuál de los tres?--se preguntaba don Celso, que «como hombre de
ciencia» era algo volteriano.
Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia
adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo
conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los
albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria
residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto.
¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos
fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama
bórrase el camino de todas las suposiciones.
Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer,
aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á
la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya
descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero,
en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de
Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la
actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento
después del drama, y desde años atrás casi en divorcio con la
población.
Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del _Robledo_.
Ana María se casa con Adolfo Velasco, _Velasquín_ como familiarmente se
le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más
pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes
admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama
austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de
que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua
afición de los muchachos.--¿Cómo--dicen los chismes populares--la
displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota?
Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña
el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura
masculina
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