Gutenberg · eo1.org

← catalogue

El aprendiz de conspirador

by Pío Baroja · Spanish · Gutenberg #47103 · 317,187 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of El aprendiz de conspirador
    
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: El aprendiz de conspirador

Author: Pío Baroja


        
Release date: October 13, 2014 [eBook #47103]
                Most recently updated: October 24, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/47103

Credits: Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
        Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
        (This file was produced from images generously made
        available by The Internet Archive)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR ***

  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.




             PIO BAROJA

  MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN


  _El aprendiz de conspirador._

  _El escuadrón del Brigante._

  _Los caminos del mundo._

  _Con la pluma y con el sable._

  _Los recursos de la astucia._

  _La ruta del aventurero._

  _La veleta de Gastizar._

  _Los caudillos de 1830._

  _La Isabelina._

  _Los contrastes de la vida._




          MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

            El aprendiz de conspirador




                   ES PROPIEDAD
                DERECHOS RESERVADOS
               PARA TODOS LOS PAÍSES


                   COPYRIGHT BY
                 RAFAEL CARO RAGGIO
                        1920


  Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio.




  PIO BAROJA


  MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN


  EL APRENDIZ
  DE CONSPIRADOR

  NOVELA


  [Ilustración]


  RAFAEL CARO RAGGIO
  EDITOR
  VENTURA RODRÍGUEZ, 18
  MADRID




PRÓLOGO

LAS RECOMENDACIONES DE MI TÍA ÚRSULA


VARIAS veces mi tía Úrsula me habló de un pariente nuestro, intrigante y
conspirador, enredador y libelista.

Mi tía Úrsula, cuya idea acerca de la Historia era un tanto caprichosa,
afirmaba que nuestro pariente había figurado en muchos enredos
políticos, afirmación un tanto vaga, puesto que no sabía concretar en
qué asuntos había intervenido, ni definir qué entendía por enredos
políticos.

Yo supongo que para mi tía Úrsula, tan enredo político era la Revolución
francesa como la riña de dos aldeanos borrachos a la puerta de una
taberna, un día de mercado.

Aseguraba siempre mi tía, con gran convicción, que nuestro pariente era
hombre de talento, despejado, esta era su palabra favorita, de mala
intención, astuto y maquiavélico como pocos.

Yo, que he tenido la preocupación de pensar en el presente y en el
porvenir más que en el pasado, cosa absurda en España, en donde, por
ahora, lo que menos hay es presente y porvenir, oía con indiferencia
estos relatos de cosas viejas que, por mi tendencia antihistórica y
antiliteraria, o por incapacidad mental, no me interesaban.

Hace unos años, pocos días después de la muerte del ex ministro don
Pedro de Leguía y Gaztulumendi, a quien se le conocía en el pueblo por
_Leguía Zarra_, Leguía el viejo, una mañana, mi tía Úrsula, que venía de
la iglesia, vestida de la cabeza hasta los pies de negro, con una
cerilla enroscada, un rosario y el libro de misa en la mano, se me
acercó con apresuramiento:

--Oye, Shanti--me dijo.

--¿Qué hay?

--Sabes que Leguía Zarra ha dejado muchos papeles al morir.

--No sabía nada.

--Pues entre estos papeles están las Memorias de nuestro pariente
Eugenio de Aviraneta. Pídeselas a la Joshepa Iñashi, la Cerora, que se
ha quedado con las llaves de la casa, y te las dará, porque sabe dónde
están.

--Bueno; ya se las pediré--repuse yo, con la indiferencia de un hombre a
quien no preocupa la Historia.

--Debías ver esos papeles--siguió diciendo mi tía--, y hasta
publicarlos.

--Yo no soy editor.

--¿Qué importa? Publica las Memorias como si las hubieras encontrado o
como si las hubieras escrito tú. Leguía no se ha de quejar.

--¡Ah! ¡Claro! Por ahora, al menos, en la vida real no hay la costumbre
de quejarse desde la tumba, y creo que Leguía no será una excepción a la
regla.

--Pues yo no tendría escrúpulo ninguno.

--Tú, no; pero yo, sí. Cada cual tiene sus incompatibilidades. Tú no
irías ahora por la calle con una flor en el pelo, y, sin embargo, yo la
llevaría sin ninguna molestia.

--Siempre estás con esas necedades--dijo Dama Úrsula, que pensaba que mi
ejemplo de la flor en el pelo era una alusión a sus postizos.

--No, no son necedades--repliqué yo--. El no querer aprovecharse del
trabajo de los demás es una obligación. Yo no quiero ser como el grajo
de la fábula, que se adornaba con plumas ajenas. Además, no sé si Leguía
era un buen prosista. No vaya a desacreditarme.

--¡Desacreditarte!

Esta exclamación me mortificó. Comprendí que Dama Úrsula había hablado
con el vicario, que es tradicionalista y buen gramático, según asegura
el secretario del Ayuntamiento, y dice a todo el mundo que yo, no sólo
no soy un prosista castizo de la vieja cepa castellana, sino que mi
prosa parece traducida del vascuence.

Mi tía, además de dudar, como el vicario, de la pureza de mi prosa,
dudaba de la pureza de mis intenciones con relación a lo ajeno.

Para incomodarla un poco, Dama Úrsula tenía la chifladura de los
parentescos, le dije que guardaba mis dudas acerca de que Aviraneta
fuera, en realidad, pariente nuestro.

--¡Pues no había de ser!--exclamó--. Era primo hermano de don Lorenzo de
Alzate y de tu bisabuela, que era hermana de don Lorenzo. Ahora se puede
decir esto claramente.

--¿Y antes no? ¿Por qué?

--Porque Aviraneta tenía una fama malísima; todo el mundo decía que era
un ateo, un masón, y muchos aseguraban que era un canalla que había
pertenecido a la Policía.

Esto de hacer sinónimo canalla y policía me pareció una prueba de buen
sentido de mi tía Dama Úrsula.

--¿Y qué hizo, en resumen, ese Aviraneta?--pregunté yo.

--Debió de hacer muchas trastadas. Por eso me gustaría ver esas
Memorias.

--¿Y por qué no las lees?--dije yo.

--Es que están escritas con una letra malísima, con abreviaturas, y no
puedo entender bien lo que dice.

--¿Y quieres que yo descifre el manuscrito? ¿Por eso me aconsejas que lo
publique? ¡Qué graciosa!

--A ti no te costará nada el leerlo ni el publicarlo.

--El leerlo, el mismo trabajo que a ti, y el publicarlo con mi firma
puede costarme un fracaso literario.

--¡Qué tontería! ¿Por qué?

--Pueden encontrar que es un libro malo, y no dar nadie fe a mis
explicaciones; pueden creer que Leguía es un ser fantástico.

--¡Bah! De otros libros también te habrán dicho que son malos.

--No, no lo creas. Esas son voces que hace correr el vicario.

--Quizá digan que las Memorias de Aviraneta es lo mejor que has
publicado.

Yo protesté de esta idea despectiva que, en general, suele tener la
familia del talento literario de sus miembros. Realmente, se puede
creer, sin dificultad, que un pariente sea un buen carpintero, un buen
abogado, un buen médico; pero que sea un buen escritor, es cosa
inaceptable, a no ser que se haya muerto hace bastantes años.

--No, no; si yo creo que eres un buen escritor--me dijo Dama Úrsula,
con su dejo de ironía--; por eso quisiera que publicaras tú esas
Memorias.

--Pues yo no estoy decidido a firmar un libro que no he escrito.

--Pon algo de tu cosecha; inventa aventuras, otros personajes...

--Eso no es tan fácil.

--¡No ha de ser fácil! No digas tonterías... ¡Para un hombre tan
despejado como tú! Conque ya sabes, si quieres le diré a la Joshepa
Iñashi que te lleve los papeles de Leguía a tu casa.

--Bueno, está bien.


LOS CUADERNOS DE LEGUÍA

Se fué mi tía Úrsula, y al día siguiente se presentó la sacristana con
tres cuadernos gruesos, de papel de hilo, atados con una cinta de color
de ala de mosca.

No sé cuánto tiempo los tuve arrinconados, hasta que una vez,
convaleciente del reúma, cogí el primer cuaderno y lo empecé a leer.

A veces el texto se interrumpía, y había intercalados en él recortes de
periódicos, cartas y proclamas.

Me pareció, a pesar de mi tendencia antihistórica, que algunas cosas no
dejaban de tener interés.

Sospechando si Leguía se habría dedicado a fantasear, intenté comprobar
los datos y las fechas de sus cuadernos.

Consulté algunos libros grandes, por lo menos de tamaño, que se ocupan
de historia de España, y, en general, encontré poca cosa de mi asunto.

El ver que en estas Memorias se transcriben páginas de folletos
publicados por Aviraneta, y el ir comprobando otros detalles, me hizo
creer en la autenticidad de la narración.

Me dirigí, buscando esclarecimiento, a dos o tres especialistas en
historia de nuestras revueltas políticas, y me contestaron rotundamente
que Aviraneta no aparecía en ellas hasta el año 33.

Sin embargo, yo lo había visto en la narración de Leguía peleando, a las
órdenes del cura Merino, contra los franceses, desde 1809; en el año 21,
ya como oficial, luchando contra el cura, su antiguo jefe, escribiendo
en la misma época en _El Espectador_, el periódico de los masones,
dirigido por don Evaristo San Miguel, y después trabajando con el
general Empecinado, para salvar la Constitución, el año 23. Luego le
había encontrado en Grecia, con lord Byron; en Méjico, en la expedición
del general Barradas, y en 1830 a las órdenes de Mina.

Los acontecimientos de la vida de Aviraneta desde 1833 se encuentran en
los libros viejos y en los periódicos de la época. La mayoría de los que
hablan de él consideran a Aviraneta como un canalla y un traidor.


EL FAMOSO AVIRANETA

El famoso Aviraneta, el célebre Aviraneta, así le llaman los papeles de
su tiempo, era un infame, un bandido, un miserable. ¿Por qué? Aviraneta
era uno de esos hombres íntegros personalmente, que buscan los
resultados sin preocuparse de los medios; Aviraneta era un político que
creía que cada cosa tiene su nombre, y que no hay que ocultar la
verdad, ni siquiera aderezarla.

En las sociedades anémicas, débiles, no se vive con la realidad; se
puede poner la mano en todo menos en los símbolos y en las formas. Así,
los reyes y los conquistadores se han llegado a reir de lo humano y de
lo divino; pero han tenido que respetar las ceremonias y los ritos. El
cinismo contra el ceremonial es el que menos se perdona.

Aviraneta quiso ser un político realista en un país donde no se aceptaba
más que al retórico y al orador. Quiso construir con hechos donde no se
construía más que con tropos. Y fracasó.

Entre tanto charlatán hueco y sonoro como ha sido exaltado en la España
del siglo XIX, a Eugenio de Aviraneta, hombre valiente, patriota
atrevido, liberal entusiasta, le tocó en suerte en su tiempo el
desprecio, y después de su muerte, el olvido.

Si hoy pudiera enterarse de ello, probablemente no le preocuparía gran
cosa. El vivió su época, con sus odios y sus cariños, con sus grandezas
y sus ñoñerías, y vivió con intensidad. No debió dar gran importancia al
mundo del pasado ni al mundo del porvenir...

Después de leer los cuadernos de Leguía y de orientarme un poco en la
historia contemporánea española, ya algo encariñado con el tipo de
Aviraneta, no sé si por razón de parentesco familiar y espiritual, o por
verlo tan maltratado en algunos libros viejos, me determiné a publicar
estas Memorias.

Llena los huecos que había dejado Leguía en su relato, ajusté la
narración a un orden cronológico más riguroso, cambié el orden de los
capítulos e intenté explicar los pasajes obscuros.


LOS COLABORADORES

Ahora ya casi no sé lo que dictó Aviraneta, lo que escribió Leguía y lo
que he añadido yo; los tres formamos una pequeña trinidad, única e
indivisible. Los tres hemos colaborado en este libro: Aviraneta,
contando su vida; don Pedro Leguía, escribiéndola, y yo, arreglando la
obra al gusto moderno, quizá estropeándola.

Un filósofo que tenemos en el pueblo, José Antonio Iriberri, dice, y yo
no sé de dónde lo ha sacado, que en la realización de las cosas hay tres
períodos, que él llama hipóstasis: la idea, el ser y el llegar a ser.

En la realización de este libro, la idea ha sido Aviraneta; el hecho,
Leguía, y el advenimiento, yo.

Ya concluído el trabajo, en pleno _advenir_, como diría Iriberri, mandé
copiar las Memorias, y con la copia fuí a casa del editor.

Este, al ver, en la cubierta el nombre de Leguía, torció el gesto, creyó
que era de un poeta modernista, y dijo que no le resultaba. Entonces yo,
pensando en el deseo que tenía mi pobre Dama Úrsula de ver publicadas
las Memorias éstas, decidí aparecer como autor, y para que no me
remordiera del todo la conciencia, añadí al texto algunas digresiones,
que no llamo ligeras, porque es posible que al lector le parezcan
pesadas, con el objeto de darme cierto aire de hombre erudito y de lucir
la vastedad de mis conocimientos históricos, filológicos, antropológicos
y políticos.




LIBRO PRIMERO

PELLO LEGUÍA




I

CAMINO DE LAGUARDIA


UNA mañana de invierno, un coche tirado por tres caballos pasó por en
medio de Uzquiano, y sin detenerse siguió camino de Peñacerrada.

El coche había salido de Vitoria horas antes y llevaba tres viajeros:
una muchachita vestida de blanco, talle alto, gabán, esclavina, gran
sombrero pamela, de moda por los años 35 al 40; una criada vieja, de
aspecto de dueña, enlutada, con peluca rojiza y toca blanca, y un hombre
joven, alto, elegante, vestido de negro, con pantalón estrecho,
entrabillado y sombrero de copa.

El coche era una pequeña berlina, con cuatro ruedas, desconchada y con
los cristales rotos; los caballos, tres jacos escuálidos y de mal
aspecto, marchaban al trote corto, al compás de los cascabeles de sus
colleras. El cochero tenía que parar en todas las ventas del camino, a
mirar los tiros, a arreglar una correa, a dar un encargo; pero la
verdad era que el motivo de sus paradas debía estar más relacionado con
su capacidad interior que con el coche, porque al volver a montar en el
pescante se limpiaba los labios con el dorso de la mano y parecía más
animado y alegre.

El coche cruzó por cerca de Armentia, y al llegar a un ventorro del
camino, avisados sin duda por los cascabeles de las caballerías,
salieron al paso dos voluntarios realistas, haraposos, y un cabo de
boína blanca. Mandó éste detenerse al cochero y pidió el pasaporte a los
que iban en el interior de la berlina.

La muchacha mostró el suyo y el de la criada vieja; el joven elegante
sacó sus papeles, y el cabo, al revisarlos, dijo que podían seguir. El
cochero, sin duda, creyó que no debía desaprovechar esta parada, y en
compañía de los tres soldados entró en la venta y volvió al poco rato al
pescante.

La carretera, encharcada, llena de agujeros y de zanjas, estaba por
aquella parte intransitable. El agua corría por encima de ella, formando
arroyuelos, y los hierbajos brotaban entre las piedras.

El coche iba dando barquinazos en los montones de tierra y en los hoyos
del camino, marchando en zig-zag de la cuneta de un lado a la de otro.
Parecía que el alcohol que había ingerido el hombre del pescante iba
llegando a las ruedas del vehículo. El cochero, poseído de una animación
extraordinaria, cantaba jotas, azotaba a los pencos, y de vez en cuando
miraba hacia el interior del carruaje y se reía.

--Este hombre está loco--exclamó la vieja.

--No; borracho nada más--repuso el joven elegante.


FRENTE A PEÑACERRADA

Varias veces se habían repetido los saltos y crujidos del vehículo en
los zig-zag violentos que daba, cuando al llegar a poca distancia de
Peñacerrada, cerca de una venta, uno de los ejes del coche saltó, dando
un estallido y la caja del coche fué inclinándose rápidamente y
hundiéndose entre las ruedas. El joven sacó la cabeza por la ventanilla
y mandó al cochero que parase al instante.

El cochero tiró de las riendas; los caballos retrocedieron, y el coche
fué a meterse en la cuneta y a dar un topetazo contra un talud de la
carretera. El viajero abrió la portezuela y saltó al camino; luego ayudó
a salir del interior a la niña y a la vieja.

--Este cochero es un salvaje--murmuró el joven elegante, y añadió--:
¿Qué vamos a hacer ahora?

El cochero contempló a los viajeros desde el pescante, sonriendo con su
extraña sonrisa. Luego saltó a tierra, entró en la venta, pidió un vaso
de vino, lo bebió de un trago, salió después y quedó contemplando el
coche con una indiferencia notable.

--¿Esto no se podrá arreglar?--preguntó el joven al cochero.

--¿Esto?

--Sí.

--Yo, al menos, no sé arreglarlo.

--Ya lo veo. ¿Dónde ha aprendido usted el oficio de cochero?

--¿Por qué lo dice usted?

--¡Por qué lo voy a decir! Porque dirige usted muy bien.

--¡Qué vamos a hacer, Dios mío!--exclamó la vieja.

--Nos quedaremos aquí--contestó la muchacha.

--¡Parece mentira que digas esas tonterías, Corito! Parece
mentira--replicó la vieja, con voz agria.

--¡Y qué le vamos a hacer! Yo no tengo la culpa.

--¿Qué pueblo es éste?--preguntó el joven al cochero, que se había
sentado en un montón de piedras del camino, y parecía más dispuesto a
dormirse que a otra cosa.

--¿Este pueblo?

--Sí. ¿Qué pueblo es?

--Peñacerrada... Buen pueblo de pesca.

Y como si el esfuerzo para decir esto le hubiese aniquilado, balbuceó
algunas palabras ininteligibles, sonrió, inclinó la cabeza y se quedó
completamente dormido.

Los tres viajeros avanzaron por la carretera hasta un estrecho camino
que subía a Peñacerrada. Era una calzada sinuosa, entre dos paredes
llenas de maleza; un verdadero río de fango y de inmundicias.

La muchachita y la vieja, horrorizadas, afirmaron que por allí no se
podía pasar.

--Vamos a ver si hay algún camino más arriba--dijo el joven.

Siguieron por la carretera y a unos cien pasos se encontraron con otra
calzada, igualmente estrecha y hundida, con las márgenes pobladas de
zarzas, y el fondo lleno de lodo y de detritus; que echaba un olor
pestilente.

La vieja y la niña encontraron que no se podía cruzar.

--Yo voy a subir al pueblo--dijo el joven--y volveré. Si hay posada
donde pararnos, nos quedaremos aquí, y si no, ya veremos lo que se
hace.

--Me parece bien--contestó la muchacha--; pero no vaya usted a pie por
ahí; se va usted a poner perdido. Tome usted uno de los caballos del
coche.

--Es verdad; eso haré.

El joven desenganchó uno de los caballos, montó en él y tomó el ronzal
como brida.

--Me voy a hundir en esta alcantarilla maloliente--dijo después, con
aire de indiferencia, dirigiéndose a la muchacha--; si hubiera que
hundirse en el infierno, por usted lo haría lo mismo. Puede usted
creerlo, Corito.

--Muchas gracias, señor Leguía--dijo la aludida, sonriendo.

El joven levantó su sombrero de copa y se inclinó finamente. Luego hizo
avanzar al caballo por el camino; fué hundiéndose el animal, hasta dar
con el vientre en el cieno, y siguió hacia adelante, chapoteando en
aquella cloaca, hasta dar en una empalizada que cerraba la muralla.


SE OYE UNA CANCIÓN

Allí no se veía a nadie; pero se iba oyendo una voz de alguien que se
acercaba y cantaba, en vascuence, con un aire que estaba muy en boga
entre los carlistas, esta canción:

      Sargentua, moscorra.
    Charretera galdú;
    Nescacha diru emanta
    Berriya erosi dú.
    ¡Ay, ay, mutillá,
    Chapela gorriya!

(El sargento, borracho, ha perdido la charretera; la chica le ha dado
dinero, y ha comprado una nueva. ¡Ay, ay, muchacho, la boína roja!)

Pello no veía de dónde partía la voz; pero la canción en vascuence le
indicaba que allí había un paisano, y contestó, cantando a media voz:

      Azpeitico nescachac,
    Arrasoyarequin,
    Eztute nai danzatu
    Chapelgorriyaquin.
    ¡Ay, ay, mutillá,
    Chapela gorriya!

(Las chicas de Azpeitia, con mucha razón, no quieren bailar con los que
llevan boína roja. ¡Ay, ay, muchacho, la boína roja!)

--_¡Arrayua!_ ¿Quién canta en vascuence?--dijo la voz de un hombre que
se asomó por encima de una tapia de piedras, con un fusil en la mano.

--Soy yo--dijo Pello.

--¡Usted!

--Sí, yo.

Y el centinela, porque debía ser centinela, se quedó asombrado al ver el
talante de aquel lechuguino que se presentaba caballero en un jaco
escuálido.

--¿Es usted vascongado?

--De Vera. ¿Y usted?

--Yo soy de Oyarzum. ¿Qué le trae a usted por aquí?

--¿Habrá posada en este pueblo?

¡Posada aquí!--exclamó el de Oyarzum, en el colmo del asombro--. Aquí no
hay más que hambre.

--¿Pero se puede pasar, o no?

--Pase usted si quiere.


UN PUEBLO TRISTE

Leguía se acercó a la tapia; dejó el caballo atado a una rama, y saltó
por encima de un obstáculo formado por palos y piedras. Salió a un
callejón estrecho, cerrado entre dos casas por una pared de poca altura.
Escaló ésta, y se encontró en una calleja en cuesta, sucia y desierta.
No había un alma; sólo un campesino apareció, a medias, a la puerta de
la casa; Leguía se acercó a él; pero el campesino, asustado, cerró la
puerta.

Leguía llamó.

--¿Qué quiere usted?--dijeron de adentro.

--¿Dónde está la posada?

--¡La posada!--preguntó la voz con asombro.

--Sí; la posada.

--Ahí, en la plaza estaba.

Siguió Leguía por la callejuela a una plaza triste, mísera y llena de
charcos. Los balcones y ventanas de las casas estaban cerradas con
tablas y con paja; dominaba un silencio angustioso, sólo interrumpido
por las ráfagas de viento, que hacían golpear la puerta de la iglesia en
la apolillada jamba.

Leguía encontró la posada, o lo que había sido posada, y entró en ella.
Pasó a un zaguán, obscuro y húmedo, que comunicaba con un patio pequeño,
cubierto de estiércol. Una escalera, estrecha y negra, subía al piso
principal. Leguía llamó, dió palmadas; no apareció nadie. Sólo un gato
maullaba, desesperado.

De pronto, en el aire estalló el sonido estridente de una corneta.
Leguía bajó al portal y vió un pelotón de soldados que desembocaba en la
plaza.

Era una gente sucia, desarrapada, de malísimo aspecto; aquellos tipos no
eran para inspirar confianza, ni mucho menos; Leguía, instintivamente,
se retiró del portal. Vió cómo los soldados entraban en la iglesia, en
donde debían tener su alojamiento.

Cuando la plaza quedó de nuevo desierta, Leguía salió de la posada,
recorrió la callejuela y entró por el pasadizo entre dos casas por donde
había venido, saltó por encima de la tapia y se encontró con el de
Oyarzum.

--¿Qué, encontró usted posada?--le preguntó el paisano.

--No; me marcho.

Leguía dió al de Oyarzum la única peseta que tenía en el bolsillo, cogió
el caballo, montó en él, y por el fangal del camino salió de nuevo a la
carretera, tan elegante y tan pulcro como había entrado.

--¿Podemos ir?--preguntaron la muchacha y la vieja, al mismo tiempo, al
ver a Leguía.

--No, no. Imposible. Es un lugar infecto, sucio, negro, con carlistas
desarrapados. Creo que lo mejor es largarse de aquí cuanto antes.

--Nada, vamos a Laguardia--dijo la muchacha.

--Nos vamos a perder en el monte, ¡Dios mío!--exclamó la vieja.

--Creo que no hay más que seguir la carretera--repuso Leguía--. ¡Si el
cochero nos dejase los tres caballos!

--Está ahí dormido; no hay manera de despertarlo--dijo la muchacha.

--¿No? Pues mejor. Nos llevaremos los caballos sin decirle nada. Al fin
y al cabo, él tiene la culpa de todo. Lo que necesitaríamos sería algo
para comer en el camino.

--Pues compre usted aquí en la venta lo que haya.

--El caso es...

--¿Qué?

--Que creo que no tengo un cuarto.

--La muchacha tendió el portamonedas al joven, que entró en la venta, y
salió poco después con un gran trozo de pan, queso y una bota de vino.

--¿Sabe usted montar, Corito?--dijo Leguía.

--No; pero creo que no me caeré.

--Yo iré a su lado. ¿Y la señora Magdalena?

--Esa está acostumbrada a andar a caballo.

Leguía improvisó unas monturas con la manta del cochero y ayudó a subir
a Corito y a la vieja sobre los jacos; luego montó él, y comenzaron los
tres a subir, al paso, la cuesta que escala la sierra de Toloño.

Los caballos, cansados, marchaban muy despacio. El tiempo, aunque de
invierno, estaba muy hermoso; en el cielo azul pasaban algunas nubes
grandes, blancas como el mármol.

Al comenzar la tarde, Corito y la vieja decidieron tomar un bocado,
porque estaban desmayadas. Leguía les ayudó a desmontar, y se sentaron
los tres al borde de la carretera, cerca de un arroyo de agua muy pura
que bajaba espumante por entre las peñas.

Corito estaba encantada y alegre; el aire del campo daba un tono de
carmín a sus mejillas, y en sus labios jugueteaba la risa. El ver a
Leguía con su corbatín y su sombrero de copa en medio de aquellos
breñales le producía una alegría loca. La vieja refunfuñó, porque entre
las provisiones no había más que pan y queso.

Leguía miraba impasible a Corito y sentía interiormente un entusiasmo
insólito en él.


APARECE UN PASTOR

Cuando estaban terminando la merienda se presentó de improviso un pastor
con un rebaño de ovejas. Era un hombre de unos cincuenta a sesenta años,
con la cara ennegrecida por el sol, los ojos azules, de un aire de
candidez y de inocencia extraño, la expresión alegre y sonriente.

--Buenos días, señores--dijo--. Salud.

--Buenos días.

--Se merienda, ¿eh?

--Sí. ¿Quiere usted tomar pan y queso?--le preguntó Leguía.

--Es lo único que tenemos--repuso Corito.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!

El joven Leguía alargó al pastor un trozo de pan y queso, que comió, y
luego la bota de vino.

--¿No tiene usted miedo del ganado con estas cosas de la guerra?--dijo
Corito.

--Sí; por eso ando aquí, oxeando las ovejas, porque me han dicho que va
a venir por estos contornos la tropa de Zurbano.

--¿Le quitarán a usted muchas ovejas?

--¡Ah, claro, si pueden!

--¿Los carlistas, o los liberales?--preguntó Leguía.

--Los dos. Unos y otros tienen hambre. ¡A ver, qué vida! Este oficio es
muy _emportuno_, ya se sabe; pero _emportuno_ y todo más vale cuidar
del ganado que andar matando gente por ahí.

--Pero los que matan prosperan y tienen galones y sueldos--observó
Leguía--, y usted no prosperará.

--Ya es comprendido--contestó el pastor--; pero uno prefiere su pobreza
tranquila a los cuidados y cavilaciones.

--Más vale que esté usted contento.

--Pues contento está uno. ¿Y por qué no? Salud no falta, come uno su
otana, bebe el agua limpia de la fuente, y ¿para qué se quiere más?

--¿Cuánto tardaremos desde aquí a Laguardia?--le preguntó Corito.

--De aquí, con estos caballos cansados, tardarán ustedes dos horas y
media: media, hasta el puerto, y dos, desde el puerto a la ciudad.
Cuando lleguen ustedes arriba, como hoy está claro, verán desde allí
cinco provincias y gran parte de la Rioja. Por eso le llaman a ese sitio
el balcón de la Rioja, porque de él se alcanza todo el país.


POR EL MONTE

Se despidieron del filósofo pastor; volvieron a montar a caballo y, al
paso, llegaron al puerto. Aquel era el Balcón de la Rioja. Una capa
ligera de nieve cubría el monte. Corría por allá un vientecillo serrano,
frío y agudo, que se metía hasta los huesos. Se divisaba desde arriba un
gran espacio de tierra que parecía llano, a pesar de estar constituído
por una serie de lomas y de cerros. Los caminos, blancos, serpenteaban
por entre las colinas y altozanos apareciendo y desapareciendo,
bordeados a trechos por árboles amarillos y sin hojas.

El Ebro brillaba en varios trozos diseminados por el campo, como pedazos
de espejo, y algunas humaredas azules rastreaban por encima de las
heredades, en el cielo rojo del crepúsculo.

Corito entró en una caseta abandonada de algún peón caminero que, sin
duda, los blancos o los negros, o los dos a la vez, habían desvalijado.

--En último término, podíamos quedarnos aquí a pasar la noche--dijo
Corito.

--¡Jesús, qué ocurrencia! ¡Qué barbaridad!--murmuró la vieja.

--No tengas miedo, Magdalena. Era una broma. Seguiremos andando hasta
llegar a Laguardia.

--Dejemos que descansen los caballos y que coman un poco, aunque sea
hierba, y en seguida nos pondremos en marcha--dijo Leguía.

--Bueno; esperaremos--repuso.




II

LA LUZ A LO LEJOS


CUANDO montaron nuevamente a caballo comenzaba a anochecer. Sobre el
Ebro surgía una niebla blanca y alargada; en el fondo, por encima de la
bruma, se destacaban los picos de la sierra de San Lorenzo, iluminados
por un sol pálido. Empezaron a bajar hacia la ribera. A medida que
descendían se iba levantando el paredón negruzco de la sierra de
Cantabria. Había nevado ligeramente también por allá. Aparecían los
resaltos de la montaña blancos por la nieve, y los grupos de aliagas y
de zarzas se veían negros y redondos entre la blancura de las vertientes
y de los taludes. El camino tomaba un aspecto siniestro a medida que la
obscuridad dominaba. Grandes piedras parecían avanzar en la sombra a
cerrar el paso; la imaginación forjaba gente emboscada entre los troncos
de los árboles.

Pasaron por delante de una venta que había en el cruce de un camino
transversal. A la luz de un farol rojo podía leerse en la pared un
letrero con una flecha al lado. El letrero decía: «A Leza».

La noche comenzó a llenarse de estrellas; las dos viajeras marchaban
mudas, amedrentadas por el silencio y el aire desierto del campo. Los
cascos de las caballerías sonaban fuertemente en el suelo helado de la
carretera; una herradura, al chocar en las piedras, tintineaba con un
sonido metálico.

En el viento no venía el menor murmullo; sólo alguna vez una corneja
graznaba entre los árboles, Leguía silbaba suavemente.

Una estrella que brillaba sobre una altura sacó a los viajeros de su
mutismo; Corito y la vieja afirmaron que era la ventana de alguna casa
del pueblo; el joven Leguía, más acostumbrado al campo, aseguró que era
una estrella. Efectivamente: lo era.

Volvieron de nuevo a marchar en silencio. La vieja empezó a murmurar y a
decir que, indudablemente, habían perdido el camino. Leguía no quiso
meterse en una discusión inútil.

--Vamos bien--murmuró.

Pasó otra media hora. Se comenzó a divisar una colina obscura a la
derecha de la carretera. Allí debía de encontrarse el pueblo.

Se vió una luz; una mirada en medio de la obscuridad; apareció, parpadeó
y desapareció en un instante.

La vieja entonces aseguró que era una estrella; pero Leguía notó que por
encima se veía algo negro y rígido.

--Es una luz--exclamó--; ahí seguramente está el pueblo.

El tono perentorio de Leguía hizo murmurar a la señora Magdalena.

Poco después se fué viendo más clara la luz, y en el cerro de Laguardia
se destacaron con vaguedad las líneas de la muralla y las siluetas de la
torre de Santa María y del Castillo grande.

--Ya estamos--dijo Corito.


¡ALTO!

Subieron la cuesta, y al avanzar por el raso de la muralla hacia la
puerta de San Juan, el centinela les dió el alto.

--¿Quién vive?--gritó.

--España--contestó Leguía, con voz firme.

--¿Qué gente?

--Gente de paz.

--Adelante.

Avanzaron hasta la entrada y esperaron.

Se abrió la puerta y los viajeros pasaron a un corredor iluminado por un
farolillo.

Un oficial se presentó.

--¿Quieren ustedes decirme adónde van?--dijo.

--Nosotros vamos a casa del señor Ramírez de la Piscina--contestó
Corito.

--¿Y usted?

--Yo iré a la posada--dijo Leguía--; donde dejaré también los caballos.

--Los caballos pueden quedar en casa--advirtió la señora Magdalena.

--Bueno; pues iré yo solo.

--Entonces, cuando vuelva--advirtió el oficial--llame usted. El parador
está fuera de puertas y tiene usted que pasar de nuevo por aquí.

--Llamaré. Muchas gracias.

Entraron en el pueblo los jinetes y llegaron hasta la calle Mayor. Se
detuvieron delante de una casa baja con gran alero artesonado, balcón
saliente y puerta ojival, con escudo en la clave.

Leguía saltó del caballo, y dió tres aldabonazos sonoros.

--¿Quién es?--dijo una voz de mujer desde la ventana.

--Soy yo, Corito--contestó a la muchacha.

Pasado algún tiempo se oyó el chirriar de un cerrojo y dos o tres
personas se asomaron al postigo. Hubo abrazos y besos entre Corito y los
de la casa. Un hombre abrió la puerta por completo e hizo pasar adentro
los tres caballos. Luego la cerró y dejó solamente el postigo entornado.

Corito alargó la mano a Leguía, y le dijo:

--¡Muchísimas gracias por todo! Hasta mañana, ¿verdad?

--Sí; hasta mañana.

Leguía saludó con el sombrero de copa muy finamente y quedó un rato
mirando la fachada de la casa, en la obscuridad. La ventana, iluminada
en aquel momento, del segundo piso, le atraía. Pasó una sombra por ella;
luego se apagó la luz.

Leguía se acercó al portal de San Juan y salió fuera de la muralla. La
bóveda celeste palpitaba llena de estrellas. El joven aspiró con fuerza
el aire frío de la noche; después se acercó al parador, cuyo zaguán
estaba iluminado, y entró en él.




III

LA FAMILIA DE LEGUÍA


PEDRO Leguía y Gaztelumendi, Pello Leguía, era por esta época un joven
de veinte años. Su padre, Pedro Mari Leguía, hombre emprendedor, dueño
de una ferrería en Vera de Navarra, contrabandista y minero, era un
liberal decidido. Se había mezclado en cuestiones políticas, y tuvo que
emigrar, después de casado y con hijos, y fué a Méjico, donde murió. La
mujer de Pedro Mari, que había quedado en una posición poco desahogada,
se casó con uno de Elizondo, y el joven Pello, poco aficionado al trato
de su padrastro, decidió abandonar la casa paterna.

Las dos soluciones más corrientes de los jóvenes del país vascongado en
aquella época eran: una, marcharse a América; la otra, ir a la facción.
Pello estaba más dispuesto a lo primero que a lo segundo; los Leguías
habían sido muy liberales y Pello no quería abandonar las ideas de sus
ascendientes.

El liberalismo había sido la causa de la ruina de su familia.


FERMÍN LEGUÍA

Pedro Mari tenía un primo militar, Fermín Leguía, nacido en un caserío
próximo a Alzate, llamado Urrola, allá por el año 1787.

Fermín Leguía era listo, pero no tenía un gran mérito en serlo, Fermín
era de un barrio excepcional, favorecido por las _lamías_ que bajaban
hasta allá desde las cuevas de Zugarramurdi. La existencia de las
_lamías_ por aquellos contornos estaba comprobada por muchas personas;
quién las había oído cantar; quién las encontraba todas las noches
disfrazadas de viejas horribles y sin dientes; quién las había visto
peinarse sus hermosos cabellos rubios a orillas del arroyo.

Este arroyo se llamaba y se llama Lamiocingoerreca, que quiere decir el
arroyo de la sima de las lamias.

Fermín Leguía, nacido al borde de este riachuelo favorecido por aquellas
poderosas damas, no tenía gran mérito en ser listo.

Fermín fué guerrillero en la guerra de la Independencia, a las órdenes
de Jáuregui el Pastor, y después granadero del cuarto batallón de
Navarra.

A pesar de su valor y a pesar de haber nacido al borde de
Lamiocingoerreca, no tuvo ocasiones de distinguirse, y al final de la
campaña contra el francés, era sólo sargento.

Ya mandando alguna fuerza y viendo que la guerra se acababa, quiso hacer
una hombrada. Y para que viera el general Mina, su general, de lo que
era él capaz, con sólo quince de los suyos tomó a los franceses el
castillo de Fuenterrabía.

Pensar que con quince hombres se podía tomar una fortaleza guardada por
soldados franceses era una barbaridad para todo el mundo menos para
Leguía. Fermín, que estaba en Vera, reunió a su gente en una taberna y
la arengó. Era una de las cosas que más le entusiasmaba echar un pequeño
discurso.

Después del discurso encargó a un cabo tuerto, que era de Aya, que
trajera cuerdas y clavos, y por la tarde Leguía se puso en marcha con
sus quince soldados por el camino del Bidasoa. Llegaron a Fuenterrabía,
y clavando un clavo aquí y otro allá, y atando cuerdas, escalaron el
castillo, le pegaron fuego e hicieron prisioneros.

Mina, al saberlo, quedó asombrado.

Esta hazaña le valió a Fermín el ser ascendido a subteniente. Se
concluyó la guerra, entró Fernando VII en España, se derrocó la
Constitución, y Fermín Leguía, que se había distinguido entre sus
compañeros por sus ideas liberales, comprendió que no podía ascender.

Vino la segunda época constitucional, y Leguía fué ascendido a teniente
del regimiento de Infantería de África, de guarnición en Algeciras, y
volvió la esperanza para Fermín de hacer carrera; pero con la reacción
del año 23 tuvo que huir de España y perdió todas sus esperanzas.

Fermín era el tipo del aventurero vasco: valiente, audaz, algo
jactancioso, muy comilón, muy bebedor, dispuesto siempre para las
empresas más difíciles. Tenía una cara sonriente y llena de viveza, la
nariz larga y torcida, los ojos brillantes, la cara de pillo, maliciosa
y socarrona.

Fermín sabía muy poco, apenas podía escribir una carta; pero había visto
mundo, y lo que no sabía se lo figuraba. Un hombre como aquél tenía que
influir mucho entre sus amigos aldeanos, y cuando llegaba a Vera, todos
los que sentían una vaga aspiración liberal iban al caserío Urrola a ver
a Fermín y a oirle como a un oráculo. Entre sus oyentes, y de los más
entusiastas, estaba Pedro Mari, el padre de Pello. No eran menos adictos
los mozos de los caseríos de Eraustea, de Irachecobere, de Chimista, de
Landachipia, de Cataliñecoborda.


LA EXPEDICIÓN DE MINA

Fermín Leguía estaba convencido de que podía contar con sus amigos para
toda empresa liberal, y como era inquieto y audaz, cuando los
constitucionales españoles, presididos por Espoz y Mina, se reunieron en
Bayona en 1830 y acordaron invadir España por cuatro o cinco puntos y
restaurar la Constitución, Fermín se ofreció a Mina para entrar el
primero con sus amigos, por el boquete de Vera.

Mina aceptó, y Fermín Leguía fué formando sus huestes. Anduvo de caserío
en caserío, sacando mozos y llevándolos a Francia. La gente decía que el
dinero con que contaba se lo prestaban los judíos liberales de Bayona.

Leguía llegó a reunir cincuenta o sesenta hombres, armados con
escopetas. Entre ellos había diez o doce vasco-franceses; los demás eran
campesinos de la montaña de Navarra y de Guipúzcoa.

En Vera se sabía quiénes estaban con él, y se citaba a Pedro Mari, el
padre de Pello; a Zugarramurdi, el contrabandista; a Martín Belarra; a
Erauste, a Landáburu; a Landachipia y a otros, entre ellos el leñador de
Antula, hombre éste atrevido y valiente, gran cazador de jabalíes, de
quien la canción popular dijo, después de la intentona fracasada de
Fermín:

      Antula dutelaric
    guizón fierrá
    iñoiz ez du bildurric
    joateco anciñá

(Contaban con Antula, hombre fuerte, que nunca tuvo miedo para ir
adelante.)

Leguía citó a sus hombres en Oleta, y al día siguiente, al compás de un
tambor destemplado, marcharon hacia España. Era una tropa de un aspecto
y de una indumentaria poco común. Algunos vestían como ciudadanos, de
negro y sombrero de copa; otros, de campesinos, con pantalón corto,
abarcas y boína; no faltaban dos o tres con anguarinas pardas, y otros,
con esa prenda céltica, especie de dalmática con capucha, que los
pastores vascos llaman _capusay_.

Los expedicionarios, al llegar a la frontera, tomaron por la regata de
Inzola, un arroyo que baja a Francia, cubierto de árboles espesos, cerca
del cual había antes una vieja ferrería. De la regata de Inzola salieron
a una abertura del monte, conocida en vascuence por Usateguieta, y en
castellano por el Portillo de Napoleón. Esta abertura se encuentra entre
dos altos, uno denominado Ardizaco y el otro Artziña o pico del Águila.

En el Portillo de Napoleón comienza una calzada de piedra, que parece
que es una calzada romana, pero que, según tradición popular, fué hecha
por los franceses durante la guerra de la Independencia para pasar los
cañones de los ejércitos imperiales.

Por esta calzada bajaron Leguía y su gente hasta un arroyo que se llama
Shantellerreca, y al divisar el caserío de Truquenecoborda, mientras los
unos seguían el camino, los otros se desplegaron en guerrilla hacia
Ezpondecoborda. En vista de que no había enemigos se reunieron todos
delante de la primera casa de Alzate, un caserón antiguo, denominado
Itzea, colocado a la izquierda del camino.

Leguía mandó formar a sus hombres en la plazoleta que hay delante de
este caserón.

Era día de fiesta. Hacía un tiempo brumoso y obscuro; no se veía a
cuatro pasos; por entre la bruma llegaban tristes las campanadas de la
iglesia de Vera. Algunos hombres y mujeres, que volvían de misa,
quedaron asombrados al ver aquella tropa formada.

Leguía mandó a veinte hombres que fueran por un maizal hasta la calle de
Alzate, a ver si había gente apostada en el fortín. Los veinte hombres,
pasando un puentecillo, se alejaron entre la bruma, metiéndose por en
medio de los maíces secos.

Estaban los hombres de Leguía en la plazoleta de Itzea cuando la dueña
de esta casa, doña Josefa Antonia de Sanjuanena abrió el portal y llamó
a Fermín.

Doña Josefa Antonia era una viejecita soltera, que vivía sola en aquella
antigua casa, y que se dedicaba por entretenimiento a enseñar labores a
las muchachas de los caseríos.

--¿Qué haces, chico, con estos hombres?--le preguntó doña Pepita a
Fermín, a quien conocía desde niño.

--Aquí estamos, a ver si de una vez establecemos la Constitución en
España.

--Pero estáis locos. ¡Con tan poca gente! ¿Queréis algo? ¿Vino? ¿Queréis
almorzar?

--Luego, luego. Ahora retírese usted, doña Pepita--dijo Fermín.

Poco después se vió a los hombres que habían ido hacia el puente que
volvían perseguidos. Los carabineros del resguardo se acercaron a Itzea
y dispararon algunos tiros, y Leguía, imprudentemente, mandó contestar a
su tropa. Con esto desobedecía las órdenes de Mina, que esperaba atraer
a los carabineros a su bando.

Leguía, por la tarde, entró en Vera, y desde allí esperó a que llegaran
Mina y Jáuregui; pasaron los dos, con sus tropas, hacia Irún; el coronel
Valdés y López Baños quedaron en Vera, donde se batieron heroicamente
con los realistas. Al cuarto día se supo que la expedición había
fracasado por completo; Fermín y sus amigos, viendo la empresa perdida,
disolvieron sus huestes, y unos cuantos, entre ellos el padre de Pello,
se escondieron en el caserío Urrola, sin entrar en Francia, porque las
tropas del general Llauder habían avanzado hasta cerrar todos los pasos
de la frontera.


LA CANCIÓN DE PITHIRI

Pello, a pesar de ser un chico, comprendía la inquietud de su madre en
aquella época. Unos días después del choque entre liberales y realistas
salieron de Vera dos compañías de cazadores al mando de un comandante.
Pronto se susurró en el pueblo que iban a perseguir a Leguía y a los
suyos.

--Mira, sígueles a los soldados a ver adónde van--le dijo la madre a
Pello.

Las dos compañías cruzaron el pueblo, tomaron por la calle que une a
Vera con Alzate, y al llegar a un puentecito que se llama Subi Mushua
(el puente del Beso), el comandante llamó a un viejo medio loco, que
estaba a la puerta de su casucha. Este viejo se llamaba por apodo
Pithiri.

El comandante hizo que se acercara el viejo, y le preguntó:

--¿Usted sabe dónde está el caserío de Urrola?

--¿Urrola? Sí, señor.

--Llévenos usted allí, y cuidado con engañarnos. Si nos engaña usted, le
pegamos cuatro tiros. Conque cuidado.

Pello vió de lejos cómo hablaba el comandante con Pithiri; pero no pudo
enterarse de lo que decían.

Las dos compañías se dividieron en cuatro pelotones, con el objeto de
rodear el caserío de Urrola.

Pello fué delante de la media compañía en que iba Pithiri con el
oficial. Se adelantó ésta por el barrio de Illecueta. Al llegar a una
taberna, el oficial pidió un vaso de agua con aguardiente, y luego
preguntó al tabernero si aquél era el camino de Urrola. El tabernero
dijo que sí.

Se habían parado los soldados a la puerta de la taberna, y Pithiri, que
tenía fama de loco, comenzó a bailar pesadamente. Reían los soldados y
campesinos, y uno de éstos dijo: «Canta, Pithiri.»

Pithiri entonó con voz cascada un zortzico, y después, dirigiéndose
principalmente a los campesinos que le oían, y mirándoles con sus ojos
grises, entonó esta copla:

      Urrolara, Urrolara,
    Urrolara, guacela.
    Norbaitec ará
    laster aguró
    iguesi indezala,

(A Urrola, a Urrola, a Urrola vamos. A ver si alguno, lo más de prisa
posible, puede escaparse.)

No hizo más que oir esto, y Pello echó a correr por la orilla de
Lamiocingoerreca, hacia Urrola. Al llegar al caserío se encontró a
Fermín Leguía y a sus amigos preparándose para huir.

Sabían que venían a su alcance los cazadores.

Fermín Leguía, poniéndole la mano en el hombro a Pello le dijo:

--Pello, cuando seas hombre, acuérdate de que tu padre y tu tío han sido
perseguidos por defender la libertad.

Pello nada contestó.

--¿Por dónde vas tú?--dijo Fermín a su primo.

--Yo, por la regata de Sara--contestó Pedro Mari.

--Bueno, pues adiós. En Francia nos veremos.

Pello y su padre tornaron juntos hacia el caserío Miranda; luego,
torciendo a la izquierda, cruzando por en medio de las heredades,
llegaron a una cañada con árboles altos, que llaman Lizuñaga. Desde aquí
se veía el camino que va a Francia, y en la caseta de Carabineros,
colocada en la misma muga un pelotón de soldados de guardia.

Padre e hijo esperaron tendidos entre los helechos secos a que
obscureciera, y ya de noche dejaron su escondrijo, pasaron la muga y
entraron en la regata de Sara. La luna brillaba entre los árboles y se
reflejaba en las aguas inquietas del río. Pedro Mari y Pello encontraron
a unos carboneros franceses, cenaron con ellos y durmieron en su choza.
Al día siguiente continuaron el camino. La mañana era hermosa, el cielo
azul; en la falda de Atchuria brillaba Zugarramurdi, y poco después iban
apareciendo los caseríos blancos de Sara.

Por la tarde, Pedro Mari envió a su hijo a Vera.

La expedición de Mina y, sobre todo, la entrada de Leguía, produjeron en
Vera un efecto extraordinario.

En toda la región fué aquél el comienzo de la lucha del liberalismo
contra el absolutismo; hasta entonces, casi nadie había oído hablar por
allí de liberales ni de masones.


OTRAS CANCIONES

La mayoría de la gente era hostil a los constitucionales; un poeta y
carpintero de Alzate hizo contra Leguía estos versos, en vascuence, que
corrieron mucho:

      Armada eder bat ecarridigu
    Verara Fermín Leguiac
    Yudu ta sastre protestantiac
    Arc ere eztitu beriac
    Galzaen neurriyac
    Artu diyote español cazadoriac
    Galzac bidian lisatu eta
    Escuac trabac lotzecó
    Guizon oriyec planta char dute
    Madrid aldera joatecó
    Adisquidiac galdu dituzte
    Comisanyura goizecó.

(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía, judíos y
sastres protestantes, que tampoco son los suyos, porque la medida de los
pantalones se la han tomado los cazadores españoles.

Alisándose los calzones en el camino, las manos para atarse las bragas,
esos hombres tienen mal aspecto, para ir hacia el lado de Madrid. Han
perdido sus amigos el día de todos los Santos.)

También corría por Vera otra canción contra los liberales, que decía
así:

      Mina eta Archaya bere odolez
    Ucaturican dabilzá,
    escu gaistotan paratu naicic
    fede santuaren guiltzá,
    eztute oriyec cambiatuco
    gure Jaungoicaren itzá.

(Mina y el Pastor (don Gaspar de Jáuregui) andan negando su sangre,
queriendo dejar en malas manos la llave de la Santa Fe. Tampoco esos
podrán cambiar la palabra de Nuestro Señor.)

Todas esas canciones solía cantar la hermana de la madre de Pello, la
tía Felicitas, furibunda realista; en cambio, la tía Micaela, que era
hermana de Pedro Mari, sabía otras canciones liberales como ésta, que se
refería a la expedición de Mina, y que comenzaba así:

      Mina, eta Archaya,
    Fermín veratarra,
    Aurten etorridira
    Españará,
    Y cusi bear dute
    Beren lurrá.

(Mina, el Pastor y Fermín el de Vera, este año vienen a España, porque
dicen que quieren ver su tierra.)

Y la tía Micaela solía cantar también una canción en honor de los
generales constitucionales, y, sobre todo, de Jáuregui, de quien decía:

      Don Gaspar de Jáuregui,
    Villarrealco semia
    ondo gobernatzendu

(Don Gaspar de Jáuregui, hijo de Villarreal, dirige muy bien su gente.)

Y la canción tenía este estribillo:

      ¡Mina de mi vida,
    Longa de mi amor;
    Don Gaspar de Jáuregui
    De mi corazón!

Todas las familias que tenían algún pariente en la expedición de Mina
fueron mal mirados después por la mayoría del pueblo. Pedro Mari Leguía,
el padre de Pello, era hombre inquieto, de poca paciencia; no quiso
esperar la eventualidad posible de un indulto, y desde Bayona fué a
Burdeos y se embarcó para Méjico, donde murió.

Entonces todos los parientes de la madre insistieron para que se casara
la viuda, y lo consiguieron. El padrastro de Pello era un baztanés, un
hombre áspero, fanático, tradicionalista. Pello, que oía en su casa
constantemente el elogio de unas ideas contrarias a las de su padre, se
iba haciendo, sin decírselo a nadie, un liberal entusiasta.

Al comenzar la guerra, todos los triunfos de los liberales los tenía
como suyos. Cuando su padrastro se entristecía, él se alegraba, y al
contrario.

Un día de a principios de Enero del año 1835, una compañía de
chapelgorris, al mando de Zuaznavar, entraba en Vera y trababa combate
con otra compañía de carlistas, matando a esta última diez y ocho
hombres y dispersando a los demás.

Mientras Zuaznavar mandaba recoger los diez y ocho fusiles y cananas de
los carlistas muertos y preparaba dos camillas para sus dos heridos, se
le acercó el alcalde de Vera.

Le preguntó Zuaznavar por los amigos, y, entre ellos, por Pedro Mari
Leguía, y el alcalde dijo cómo había muerto; y luego, señalando a Pello,
que se encontraba en la plaza, indicó:

--Ese chico es su hijo.

Zuaznavar le llamó, y Pello estuvo charlando en el grupo de
chapelgorris.

Al saberlo su padrastro no dijo nada; pero puso una cara furiosa.

La madre de Pello, que comprendía que esta hostilidad entre su marido y
su hijo no podía traer nada bueno, envió a Pello a San Juan de Luz,
donde tenían un pariente, y luego a San Sebastián, a una casa de
comercio.

Pello siguió con ansiedad las luchas de Mina y Zumalacárregui en el
Baztán, deseando que el caudillo navarro venciera al guipuzcoano, lo que
no ocurría siempre.

Pello recordaba a su padre y a su tío Fermín, a quien no volvió a ver
más.

Muchos años después, al ir a Vera, preguntó por Fermín Leguía.

Dos o tres le contaron que Fermín, al frente de los chapelgorris, había
peleado contra los carlistas y vencido, en Zugarramurdi, al cabecilla
Ibarrola, a quien había fusilado; se decía también que Fermín murió a
manos de unos asesinos, y algunos carlistas furibundos añadían que, por
sus pecados, por haber querido quemar varias veces la iglesia de Vera,
el cadáver de Fermín Leguía había sido comido por un perro.




IV

PELLO, ENAMORADO


PELLO se había distinguido siempre por su actitud serena y filosófica
ante los hechos y ante las personas.

Pello hablaba poco y se apuraba menos; hacía sus comentarios interiores
acerca de la Naturaleza, que no le parecía tan respetable como dicen, y
cuando veía que los juicios suyos divergían de los demás, no protestaba.

--Indudablemente, al final, alguien será el que tenga razón--pensaba.

Este razonamiento le inclinaba a suponer que el tiempo, en último
resultado, lo arregla todo.

Convencido de esta verdad, Pello consideraba muy prudente esperar los
acontecimientos.

Hasta los diez y ocho o diez y nueve años, el joven Leguía estuvo
empleado en un almacén de San Sebastián, donde ganaba treinta duros al
mes. Con este dinero vivía en una casa de huéspedes bastante buena; iba
con frecuencia al teatro; llevaba pantalón de trabillas, botines
lustrosos, gran corbatín y un magnífico sombrero de copa.

Como Pello era, naturalmente, elegante, tenía sus éxitos entre las
chicas del pueblo.


LA NIÑA Y LA VIEJA

Un día, Pello, al salir del almacén donde trabajaba para ir a comer vió
en la plaza de la Constitución una muchacha vestida de blanco, una niña
todavía, acompañada de una vieja. Pello no las conocía. Indudablemente
no eran de San Sebastián. Pello acababa de cobrar su sueldo, y pensaba
en lo poco profundos que son los senos de la casualidad para el hombre
que no tiene más lastre que treinta duros en el bolsillo.

Mientras rumiaba esta idea vió que la vieja y la niña salían de la plaza
y entraban en la calle del Ángel, en el despacho de un consignatario de
buques.

--Voy a ver de nuevo cómo es esta muchacha; a ver si es tan bonita como
me ha parecido antes--se dijo el joven Leguía. Y esperó paseando arriba
y abajo por la acera.

Salió la muchacha de la tienda y se cruzó con Pello. Este, a pesar de su
filosofía, quedó extasiado. La chica era realmente bonita, morena,
sonrosada, con unos ojos negros, brillantes.

Pello Leguía, asombrado del efecto que le causaba, y sin proponérselo,
fué tras de la vieja y de la niña hasta que entraron ambas en el parador
Real.

--Está de paso en la fonda--se dijo Leguía--y se va a alguna parte. La
cuestión sería averiguar adónde va.

El joven Leguía tomó de nuevo hacia la calle del Ángel; iba pasando la
hora de comer; media hora después debía encontrarse en su escritorio.
Pello se detuvo en una esquina a pensar.

--La verdad es--se dijo a sí mismo--que estaría bien que yo hiciera una
calaverada. Todos los que me conocen se dirían: «¡Parece mentira;
Leguía, un muchacho tan serio!»


AL AZAR

Pello dió unos cuantos pasos y pensó si uno de los senos profundos de la
casualidad se encontraría siguiendo a aquella muchacha tan bonita que
tanta impresión le había causado.

De pronto se decidió, y sin vacilar entró en el despacho del
consignatario.

--¿A qué hora sale el barco?--preguntó, con aire de indiferencia.

--¿Qué barco?--dijo uno que escribía detrás de la ventanilla, en tono
brusco.

--El barco que han tomado esta señora y esta señorita.

--¿Va usted con ellas?

--Sí; soy de la familia.

--¿A Santander?

--Sí. A Santander.

--¿Un pasaje de primera?

--Eso es.

El de la oficina escribió algo en unos papeles; Leguía sacó el dinero
que le pidieron, lo dejó en la ventanilla y se fué a la calle.

--Cualquiera diría que acabo de hacer un disparate--murmuró Pello--, y
¿quién sabe?; quizá sea lo único prudente que he hecho hasta ahora.
Además, que lo mismo da vivir aquí que en otra parte.

Leguía fué a su casa; comió, escribió una carta al principal y comenzó a
hacer su maleta.

--Realmente--se dijo--, todas estas cosas son inútiles. Dejemos la
maleta, dejemos la carta y vamos a tomar el barco.

Pello se presentó en el muelle, entró en el vapor y se sentó a tomar
café. Poco después llegaban las viajeras.

El vapor, de ruedas, empezó a echar bocanadas de humo por su alta
chimenea; funcionaron las paletas y el barco salió del puerto y comenzó
a dirigirse por entre las puntas.

Al dejar la bahía, como la mar estaba gruesa, algunos de los pasajeros,
entre ellos la vieja que acompañaba a la niña, se marearon. Pello se
mostró servicial e impasible. La muchachita se rió al ver a este joven
alto, flemático y atento que la miraba sin pestañear. Creía haberle
visto en San Sebastián; pero no estaba muy segura.

A las dos horas de estar en el barco cambiaron algunas palabras.

--¿Van ustedes a Santander?--les preguntó Leguía.

--Sí; de allí vamos a ir a Laguardia--contestó ella.

--¿A Laguardia de Alava?

--Sí.

--¡Cosa extraña!

--¿Por qué?

--Porque yo también voy allí.

--Nosotras vamos a quedarnos unos días en Vitoria.

--¿En Vitoria?

--Sí; ¿tiene usted algún pariente también en Vitoria?

--No; pero si a ustedes no les molesta, me quedaré unos días
acompañándolas--contestó Pello, atrevidamente.

La muchacha se rió y no dijo nada. Pello recordó que tenía un tío
segundo, cosechero, en Laguardia, a quien había escrito, por orden de su
principal, desde San Sebastián, pidiéndole vinos, y mentalmente murmuró:

--Mi calaverada va a parecer el viaje de un comisionista. La verdad es
que las personas serias como yo no pueden hacer disparates.

Llegaron a Santander. La niña y la vieja fueron a una de las mejores
fondas del pueblo y Leguía hizo lo mismo.

A pesar de que se veían en la mesa, la muchacha decidió no hablar
mientras estuviese en Santander con Pello. Este supo que la niña se
llamaba Corito Arteaga, y, a pesar de la filosofía del joven enamorado,
el descubrimiento le pareció importantísimo.

Al día siguiente, la vieja y la niña, y Pello de edecán, salieron en
coche para Vitoria. Allí, Corito tenía algunas amigas; Pello ganó
terreno, y la acompañó, con la vieja criada, por las calles y paseos de
la ciudad alavesa.

Cuando decidió Corito ir a Laguardia, las personas conocidas le
advirtieron que no intentara marchar por el camino recto, porque estaba
ocupado por los carlistas; pero ella dijo que iba a casa de su pariente
Ramírez de la Piscina, hombre de gran influencia en el partido de Don
Carlos, y que no le asustaba pasar por en medio de las balas.

--¿Usted vendrá?--le preguntó Corito a Leguía.

--Naturalmente.

En el camino, Corito y Pello se hicieron muy amigos.

Corito contó que su padre había muerto en el mar, al volver de Méjico, y
su madre en Francia; y dijo que no tenía más parientes que Ramírez de la
Piscina, y un amigo íntimo de su padre, a quien ella llamaba su padrino,
y que vivía en Madrid.

Pello dijo quién era y lo que hacía. Después hablaron de la gente de San
Sebastián, de los teatros, de las personas que conocían uno y otro;
luego, de los libros que habían leído, y Corito contó su vida en el
colegio de Angulema. De pronto, Pello preguntó:

--¿Y va usted a estar mucho tiempo en Laguardia?

--Sí; creo que sí--contestó Corito--. ¿Y usted?

--Yo, probablemente, también.

En este momento fué cuando el coche se rompió, y tuvieron que quedarse
los viajeros a pie, en Peñacerrada.




V

EN DONDE LEGUÍA SOSPECHA SI TENDRÁ BUENA SUERTE


A la mañana siguiente, al levantarse, Leguía sondeó un bolsillo del
chaleco, luego el otro, y notó, ciertamente, sin gran sorpresa, que no
tenía un cuarto. Pensó en si valdría la pena de hacer la cuenta de lo
gastado por él en los diferentes puntos del camino, desde su salida de
San Sebastián; pero comprendió, sin mucho trabajo, la inutilidad
manifiesta de este esfuerzo de memoria.

--¡Cuántas cosas se dejarían de hacer--exclamó Pello, mirando
filosóficamente su sombrero de copa, puesto sobre la consola--, si uno
tuviera el acierto de comprender con rapidez su inutilidad!

Dicho esto se vistió; se encasquetó el sombrero de copa y salió del
parador. Hacía un día hermoso; el sol brillaba en un cielo sin nubes.

Pello paseó, arriba y abajo, por delante de la muralla; se cruzó con
unos cuantos curas y vió una colección de viejos momias laguardienses,
envueltos en largas capas, que tomaban el sol. Presenció también cómo
entraban los soldados de la guardia exterior en el cuartelillo.


EL TÍO JOSÉ JUAN

Cuando se cansó de pasear pensó que era tiempo de tomar una
determinación y se fué a comer. Concluyó de comer y preguntó a la
patrona:

--¿Usted sabe dónde vive don José Juan Gaztelumendi?

--¿El cosechero de vinos?

--Sí.

--Ahí; cerca de la plaza tiene el almacén.

Pello entró en el pueblo por la puerta de San Juan y se dirigió a la
plaza. Pronto dió con el almacén de su tío.

Abrió una puerta de cristales y pasó a un sitio largo y estrecho, con un
mostrador, un armario lleno de botellas y una ventana en el fondo. Una
muchacha, vestida de luto, se levantó al ver a Leguía.

--¿El señor Gaztelumendi?--preguntó Pello.

--Aquí es--contestó la muchacha--. ¿Quiere usted verle?

--Sí; si no está muy ocupado.

La muchacha recorrió el pasillo y llamó en una puerta:

--¿Qué hay?--dijeron de adentro.

--Un caballero que pregunta por ti.

--Que pase.

Pello entró en un despacho, con una ventana grande, donde escribía un
hombre todavía joven.

--He tenido que pasar por Laguardia--dijo Pello--, y vengo a visitarle
a usted de parte de su prima María, de Vera.

--¡Hombre! ¿Es usted de allá?

--Sí; yo soy el hijo mayor de María.

--¿Mi sobrino, entonces?

--Sí.

--¿Pello?

--Eso es; Pello.

--Me alegro de verte, chico. ¡Anita! ¡Anita!--exclamó el señor.

La muchacha de luto, que era una morena de ojos negros muy hermosos,
entró en el despacho.

--Aquí tienes a tu primo Pedro de Vera. ¡Mírale, qué grande y qué guapo!

La Anita se acercó, sonriendo, algo ruborizada.

--¿Y cómo están tu madre y tus hermanos?--preguntó el tío de Pello.

--Bien. Muy bien. Ya hace tiempo que no les veo. He estado fuera de
casa, en San Sebastián, en un comercio.

--¿Y qué piensas hacer?

--Tengo pensado ir a América.

--¿Estás muy decidido?

--No necesito estar muy decidido para ir.

--¿Sabes teneduría de libros?

--Sí.

--¿Y tienes práctica?

--También.

--¿Llevas dinero a América?

-No.

--¿Y no te convendría más hacer aquí unos cuartos antes de marcharte?

--Sí; pero esto me parece muy difícil.

--¿Tienes precisión de embarcar en seguida?

--¿Precisión? Ninguna.

--¿Te daría lo mismo marcharte dentro de unos meses o de un año?

--Igual.

--Pues mira, sobrino, si quieres quedarte aquí una temporada, te daré un
buen sueldo y un tanto por ciento. Tengo la contrata de vinos para el
ejército y necesito una persona de confianza que me ayude.

--¿Hay que estar en Laguardia?

--Sí, y andar al mismo tiempo por los pueblos de al lado entre las
tropas. ¿Es que te da miedo la guerra?

--¿Miedo? Ninguno.

--Pues mira, piensa y decide; porque yo estoy haciendo gestiones para
buscar un dependiente.

--Decido.

--¿Qué decides?

--Que me quedo por una temporada.

--¿Desde cuándo?

--Desde ahora mismo, si usted quiere.

--Bueno; pues quédate también a comer con nosotros, y a la tarde
empezaremos a trabajar.

Pello encontró que la suerte le favorecía demasiado, dándole una
ocupación tan pronto; pero si esto casi le parecía fastidioso, en
cambio, la idea de que podía vivir largo tiempo en el mismo pueblo que
Corito le encantaba.


PELLO EN LAGUARDIA

A pesar de que su tío le propuso ir a vivir con él, Pello no aceptó;
deseaba desde el principio gozar de alguna independencia, y se fué de
pupilo a una casa de huéspedes, donde solían alojarse varios oficiales
de la guarnición.

El tío José Juan era una excelente persona; la prima Anita se
manifestaba muy amable con Pello; pero éste se guardó muy bien en los
días sucesivos de galantearla; sus pensamientos íntegros estaban
dedicados a Corito.

Pello hizo efecto en Laguardia. Corito le presentó a las personas de más
viso de la ciudad. Conocía, a poco de llegar, a toda la aristocracia
laguardiense. Iba a la tertulia de las señoras de la Piscina, a casa de
los Ribavellosa y Manso de Zúñiga. Era el _dandy_ de la Laguardia.

Durante el día, Pello trabajaba, y por las tardes, al anochecer, tenía
tiempo de pasear. Con mucha frecuencia daba la vuelta al pueblo,
alrededor de las amarillentas murallas.

El contemplar aquella gran explanada desde el cerro donde se levanta la
ciudad le producía a Pello una impresión de vida andariega y aventurera
que le encantaba. Recorrer tierras y tierras a caballo, cambiar de
paisajes constantemente, comer aquí, dormir allá, no volver nunca la
mirada atrás, éste hubiera sido su ideal.

Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el
cochecito de su tío iba a Logroño, a El Ciego, a La Bastida, a Viana,
para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tenía que verse
con los jefes del ejército.

Los domingos, por la tarde, Pello acompañaba a Corito y a sus amigas a
dar la vuelta al pueblo, alrededor de las murallas; paseo que no dejaba
de tener sus inconvenientes, porque a veces disparaban los carlistas al
bulto, desde lejos, y llegaba alguna bala perdida.




LIBRO SEGUNDO

LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA




I

LAGUARDIA, EL AÑO DE GRACIA DE 1837


HOY se baja en una estación del ferrocarril de Miranda a Logroño, y en
un coche, cruzando por El Ciego, se llega a Laguardia, pueblo de esos
que hacen pensar al viajero que allí ha quedado una ciudad antigua,
destinada a desaparecer olvidada por los trenes y los automóviles.

Laguardia tiene la silueta hidalguesca, arcaica y guerrera. Se destaca
sobre un cerro, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una
cadena de montañas; pared obscura, gris, desnuda de árboles. Este muro
pétreo, formado por la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño,
ofrece en su cumbre una línea casi recta. Sólo hacia el lado de Navarra
muestra un picacho abrupto, el pico de la Población.

Desde el tiempo de la primera guerra civil acá, la ciudad de Laguardia
apenas ha cambiado; un hombre de entonces, bastante viejo para vivir
hoy, la recordaría, como si sobre sus piedras no hubiera pasado la
acción de los años. La única diferencia que podría encontrar sería ver
la muralla agujereada por ventanas, balcones y miradores; aberturas
éstas que en tiempo de la guerra civil primera no existían.

Laguardia, antes y ahora se ve pronto; encerrada en sus altos paredones,
con sus dos iglesias góticas, no ha podido desarrollarse, ha quedada
enquistada, oprimida entre sus viejas murallas de piedra.

Laguardia tiene la forma de barco con la proa hacia el Norte y la popa
hacia el Sur. Cinco puertas abren sus muros al exterior; éstas son la de
Santa Engracia, Carnicerías, Mercado, San Juan y Paganos.

Todas las calles de la ciudad alavesa se reducen a tres: la de Santa
Engracia, la Mayor y la de Paganos, a la cual la gente del pueblo llama
«páganos»; no se sabe si porque, en realidad, es ese su nombre, o por un
vago temor a la paganía.

Las demás calles de Laguardia son pasadizos estrechos y húmedos;
callejones sombríos, entre dos tapias, donde no penetra jamás el sol.


DURANTE LA GUERRA CIVIL

En la época de la primera guerra civil, Laguardia era uno de los puntos
avanzados del ejército liberal, en la línea del Ebro.

Los carlistas, que dominaban la zona Norte de esta línea, hacían
constantes apariciones por las alturas de la cordillera de Cantabria y
la sierra de Toloño, y en todos aquellos pueblos y aldeas de la Ribera
luchaban casi constantemente, con alternativas de éxito y de fracaso,
las fuerzas enemigas.

El ejército, que consideraba a Laguardia como plaza fuerte de
importancia, había mejorado las antiguas y ruinosas fortificaciones de
la ciudad, construyendo reductos y baterías, reparando la muralla,
emplazando algunos cañones modernos.

Habían habilitado también los ingenieros el torreón de Sancho Abarca;
alto, de cinco pisos, al que llamaban en el pueblo el Castillo Grande;
magnífica atalaya, desde donde se dominaba toda la llanura próxima. Este
Castillo Grande se hallaba en el centro de una plaza de armas,
circunscrita por la muralla, que trazaba a su alrededor un arco de
herradura, avanzando hacia el Norte. Cerca del torreón del rey Sancho se
erguía otra atalaya, la torre de Santa María, antiguo castillo Abacial.

Estas tres torres del pueblo, la de San Juan, la de Santa María y la de
Sancho Abarca servían para el telégrafo de señales con que el ejército
se comunicaba con Viana y con otros pueblos de alrededor.

El Castillo Grande daba, por la parte de atrás, a un cobertizo largo,
dirigido de Este a Oeste, donde había almacenes y depósitos de
municiones, llamados los Generales.

El cobertizo cerraba la plaza de Armas. En ésta, por las fiestas y en
período de paz, solían correrse toros.

Al Oeste del pueblo, por el lado de Paganos, el muro trazaba hacia el
exterior una línea convexa, comenzando en las paredes de la torre de
Santa María y terminando en una barbacana, que aun se conserva. Esta
línea convexa se hallaba interrumpida por una serie de cubos con
almenas, denominados los Siete por su número.

En aquella época, fuera del casco no había en Laguardia más que dos
edificios: uno, el parador, a pocos pasos de la muralla y cerca de la
puerta de Santa Engracia; el otro, el cuartelillo, entre esta puerta y
la de San Juan, donde se alojaban los soldados de la guardia de
extramuros, y donde hacían el rancho.


LA GUARNICIÓN

Laguardia tenía por entonces un regimiento de guarnición, con sus
respectivos oficiales, alojados en el Castillo Grande y en sus anejos.
El regimiento estaba destinado únicamente a guardar la plaza y las cinco
puertas del pueblo.

A pesar de que exteriormente parecía pequeño el recinto amurallado de la
ciudad, no lo era tanto; y los soldados y los oficiales tenían bastante
que hacer con vigilar las puertas, los baluartes y toda la línea
fortificada de la plaza. Cuando había que operar en columnas por los
terrenos próximos, llegaban más batallones, que se alojaban en las
casas.

Alrededor de la ciudad, y encerrando el paseo de extramuros, un paredón
recién construído continuaba la barbacana y rodeaba el cerro sobre el
que se asienta Laguardia.

Los hermosos nogales, que antes daban sombra al paseo exterior, habían
sido talados, para impedir una sorpresa del enemigo.

En aquella época, Laguardia estaba muy animado: de día, por las calles
se veía mucha gente, sobre todo militar; por las tardes, al Angelus, se
cerraban las puertas de la muralla, y al toque de retreta soldados y
paisanos desaparecían de las calles.

Solamente las personas alojadas en el parador tenían, con alguna
frecuencia, necesidad de entrar y salir. Cuando se creía posible un
ataque, todos, los de dentro y los de fuera, se quedaban en el pueblo.


POR LA NOCHE

Al encenderse los faroles comenzaban las rondas; se ponía el retén e
iban colocándose los centinelas. Pocos momentos después, el soldado que
estaba de guardia en el baluarte de la puerta de San Juan, a la
izquierda de la torre, comenzaba dando el grito: «¡Centinela, alerta!»,
y todos los de alrededor de la muralla iban contestando sucesivamente:
«¡Alerta!» «¡alerta!». Subía el grito desde los adarves hasta los cubos,
bajaba de nuevo, corría a lo alto de los torreones hasta que llegaba la
vez al soldado de la derecha de la puerta de San Juan, que gritaba:
«¡Alerta está!»; lo que indicaba que la línea se hallaba vigilada y los
centinelas en su puesto.

Cada cuarto de hora, el primer soldado daba su grito de «¡Centinela
alerta!». Si la serie de voces se interrumpía se llamaba al oficial de
guardia para ver si alguno de los centinelas se había quedado dormido en
su garita o si ocurría novedad.

A pesar de la estrecha vigilancia que se mantenía en la plaza, muchas
veces los carlistas de fuera del pueblo hablaban con los del interior.
El procedimiento que usaban era éste: Escogían noches obscuras y
tempestuosas en que soplaba el cierzo, y solían ir varios. Uno se
colocaba en un punto, fuera de la muralla, para preguntar, y la
contestación, el de dentro de Laguardia se la daba a otro, aprovechando
la dirección del viento. Generalmente tenían que esconderse detrás de
una piedra o de un tronco de árbol, porque el centinela muchas veces
disparaba al oir la voz.

También se aseguraba que había sitios por donde se podía entrar y salir
de la ciudad sin ser visto. Algunos se reían de estos rumores; pero,
realmente, no debía ser difícil comunicarse con el exterior.

Se habían hecho investigaciones sin resultado; pero los que afirmaban la
existencia de las salidas secretas no se convencieron.

Varias veces que se inició un ataque de los carlistas se vió Laguardia
preparándose para la defensa. Los soldados se fueron colocando en las
trincheras escalonadas que había alrededor de las murallas; las puertas
se cerraron; las baterías comenzaron el fuego, y los voluntarios,
apostados en las almenas de los baluartes, se dispusieron a rechazar al
enemigo.

Con los medios de entonces, Laguardia era casi inexpugnable; los que
vivían en el pueblo experimentaban la impresión del peligro y, al mismo
tiempo, de la seguridad.


UNA BROMA

Una vez, algunos burlones, probablemente carlistas, soltaron de noche
dos perros con una lata vacía de petróleo atada a la cola; al estrépito,
las cornetas tocaron alarma, y se alborotó la ciudad y la guarnición.

Se sospechó del criado de una taberna y de algunos amigos suyos; y como
el coronel del regimiento había mandado a un capitán hacer indagaciones
para averiguar a los autores de la broma, tres o cuatro mozos, sobre los
cuales recaían sospechas, tuvieron a bien largarse.

En general, por la noche solamente quedaba habilitada para entrar y
salir en la ciudad la puerta de San Juan. Como no había caseríos lejos
ni gran seguridad en las afueras, pasada la hora de la queda nadie salía
de Laguardia, y únicamente, en casos raros, era indispensable abrir la
puerta a los paisanos.


LOS ALREDEDORES

Los campos de los alrededores estaban en aquella época en el mayor
abandono, y pocas veces se veía trabajar en los viñedos y en las
heredades.

En los pueblos que se divisaban desde lo alto del cerro de Laguardia se
advertían con frecuencia llamas y enormes humaredas de los pajares
incendiados, y se oía a veces el rumor de las descargas.

Los aldeanos de Paganos y del Villar, y de Viñaspre y de El Ciego, ya no
pasaban con sus caballerías por los caminos llevando sacos de trigo, ni
las mujeres de Cripan se acercaban al pueblo con sus machos cargados de
leña; sólo los convoyes militares, formados por grandes galeras en fila,
custodiadas por la tropa, se acercaban a Laguardia.

Durante el invierno, con las nevadas, la campiña quedaba aún más triste
que de ordinario; la sierra aparecía como un paredón gris, veteado de
blanco, y sobre la alba y solitaria extensión de las heredades y de los
viñedos brillaba el resplandor de los incendios y resonaba el estampido
del cañón.

Hacia el Sur de Laguardia, dos lagunas grandes, redondas, alimentadas
con las nieves y con las aguas del invierno, parecían dos ojos claros
que reflejasen el cielo.




II

LA TERTULIA DE LAS PISCINAS


UN pueblo como Laguardia, en la línea de combate de las fuerzas
liberales y carlistas, era, a pesar de la vigilancia del ejército, un
foco de intrigas.

Estas intrigas, en general, no tenían gran importancia; eran como nubes
de verano, se deshacían por sí solas; pero a veces se tramaban proyectos
serios, de ventas, de traiciones, de los cuales se enteraba todo el
mundo menos la autoridad.

Un pueblo de escaso número de habitantes como aquél, en donde
constantemente estaban yendo y viniendo las tropas, en donde a cada paso
corría una noticia importante, verdadera o falsa, necesitaba una serie
de puntos de reunión, de pequeñas tertulias, para comentar los
acontecimientos y calcular las probabilidades de éxito de los bandos.

La esperanza y el desaliento iban, alternativamente, de la derecha a la
izquierda, y los dos partidos contaban su triunfo como seguro repetidas
veces.

Entre las tertulias realistas de Laguardia, la más conocida, la más
distinguida, la más aristocrática, la única que tenía opinión cotizada y
valorada, era la de los Ramírez de la Piscina.

La tertulia de las Piscinas--se le daba el nombre de las damas, y no el
de los varones de la casa--, no contaba en aquella época más que con un
varón. Los otros dos, los más notables, estaban en la corte carlista.

La familia de los Piscinas que vivía en Laguardia estaba formada por un
señor, casado con una Ribavellosa, y por dos solteronas viejas.

La casa de las Piscinas era una casa chapada a la antigua, gran mérito
en Laguardia. Se rezaba el rosario en la tertulia; se tomaba chocolate
por la tarde; se llamaba estrado al salón, y a los tres o cuatro
criados, la servidumbre.

Todas las cuestiones de etiqueta se llevaban a punta de lanza; se vestía
luto por la muerte del pariente más lejano, si era aristócrata, y se
cubría con un paño negro el escudo de la casa.

Al viejo demandadero se le daban honores de mayordomo; a las pequeñas
fincas que poseía la familia se las llamaba las posesiones, y a todo se
intentaba prestar un aire de grandeza que no tenía.


LAS LUMBRERAS DE LA REUNIÓN

Don Juan de Galilea y don Hernando Martínez de Ribavellosa pontificaban
en esta reunión. Eran allí estrellas de primera magnitud. Sus opiniones
pasaban por dogmáticas. Unicamente, a su altura, estaba, tratándose de
asuntos religiosos, el vicario de Santa María, don Diego de Salinillas.

Don Juan de Galilea, hombre grave, hablaba por apotegmas; creía que el
desconocimiento de las humanidades y del latín era el que estaba
perturbando la sociedad; don Hernando coincidía con él en hallar
lastimoso el estado de su época; pero extraía sus argumentos casi
exclusivamente de la Historia. El estado natural de la política del
mundo, según el señor de Ribavellosa, era el de hacía doscientos años,
por lo menos. Hablaba del reino de Castilla, del señorío de Vizcaya, del
fuero de Sobrarbe, y siempre que nombraba a Laguardia tenía que decir
Laguardia de Navarra.

De las damas de la tertulia, las más principales, después de las
señoritas de la casa, eran las dos marquesas de Valpierre, la hermana de
don Hernando, las de Manso de Zúñiga cuando estaban en el pueblo, y la
señorita de San Mederi.

En esta reunión aristocrática cada cual tenía asignado su papel. Don
Juan de Galilea y don Hernando resolvían las cuestiones políticas
graves. Las señoras, a quienes no preocupaba gran cosa el sistema
constitucional ni el rey absoluto, criticaban los acontecimientos y
hablaban de las costumbres y de las modas.

Las marquesas de Valpierre eran en esto las más intransigentes. Estas
dos viejas solteronas vestían siempre de negro; llevaban toca en la
cabeza, y solían dedicarse a hacer media en la tertulia.

Estaban las dos constantemente escandalizadas con los abusos del siglo;
para ellas, un lazo azul o verde socavaba los cimientos del orden
social, y por ende, como hubiera dicho el señor de Galilea, los del
universo.

Según las de Valpierre, el mundo estaba perdido; ya no se respetaban
las clases, ni a las señoras; el desenfreno era horrible. Laguardia,
para ellas, era una nueva Babilonia, llena de vicios y de impurezas.

Entre la gente de media edad que figuraba en casa de las Piscinas había
dos o tres solterones que vivían con sus madres. Uno de ellos, don Luis
de Galilea, el hermano de don Juan, se dedicaba a escandalizar a la
tertulia con barbaridades y groserías que él consideraba concepciones
atrevidas de orden filosófico.

Don Luis era pequeño, tostado por el sol, con los ojos ribeteados y
desdeñosos y la nariz arqueada y roja.


LA SEÑORITA DE SAN MEDERI

El elemento más romántico de la reunión, sin que nadie pudiera
disputarle esta preeminencia, era la señorita Graciosa de San Mederi.

Graciosa tenía sus cuarenta años; pero no le parecía decoroso reconocer
más de veintinueve. Alta, caballuna, con la nariz larga y los dientes
salientes y amarillos, no tenía la pobre señorita físico para producir
grandes pasiones; pero si le faltaba físico, indudablemente, no le
faltaba corazón.

Graciosa tenía un gran entusiasmo por el vizconde de Arlincourt y por
sus novelas. Hubiera andado mejor por el osario del Morar que por el
camino de El Ciego o de Logroño, y el monte Salvaje, lugar de románticos
paseos del Ermitaño, del vizconde, era para ella más conocido que los
alrededores de Laguardia.

Graciosa de San Mederi había leído también una novela de Ana Radcliff,
que le produjo gran admiración, y desde entonces no pensaba más que en
situaciones extraordinarias y espantosas, en bosques incultos y llenos
de misterio, en castillos con subterráneos y almas en pena, en rocas
malditas y, sobre todo, en lagos, en esos lagos sombríos y poéticos, en
los que se puede navegar una noche de luna, sobre un ligero esquife,
mientras se escucha, a lo lejos, el rumor de las locas serenatas.

Desgraciadamente para ella, vivía en un pueblo asentado en lo alto de
una colina, en donde no había más lago que aquellas dos charcas que se
llenaban con las lluvias del invierno, y en las que no se podía navegar
más que en un cajón, y empujando con un palo en el fondo cenagoso, cosa
horriblemente antipoética.


EL CAPITÁN HERRERA

La señorita de San Mederi había sido víctima de uno de los militares de
la guarnición, del capitán Herrera.

Este capitán, joven andaluz, fué durante algún tiempo el niño mimado de
la tertulia de las Piscinas. Se le llamaba Herrerita.

Herrerita cantaba al piano las últimas canciones; Herrerita inventaba
juegos de prendas; Herrerita era chistoso, ocurrente, amable. Todo el
mundo le consideraba como una alhaja, y Graciosa sentía una gran
inclinación por él. Unicamente le reprochaba en el fondo de su corazón
el no tener un aire siniestro. Con su bigotillo rubio y su ceceo
andaluz, no encajaba en el marco de los héroes de Arlincourt ni de Ana
Radcliff.

De pronto, y sin motivo, Herrerita dejó de aparecer en casa de las
Piscinas; pasó un día y otro y se supo con gran escándalo que se había
presentado en la tertulia liberal de las de Echaluce, donde era
obsequiadísimo.

El asombro, la estupefacción de las Piscinas y de sus amigos fué enorme.
¿Qué idea tenía aquel hombre de las categorías sociales? ¿Qué concepto
de la sociedad y del mundo?

Se comprendía que hubiera ido a casa de Salazar. ¡Pero a la tienda de
Echaluce! ¡Qué vulgaridad la de aquel capitán!

Los contertulios de las Piscinas, en tácito y común acuerdo, decidieron
no volver a saludar ya más al traidor, infligirle este severo castigo;
pero vieron con asombro que a aquel inconsciente militar no le
preocupaba gran cosa la falta de saludo, y que seguía en su
inconsciencia tan alegre y tan sonriente.


EL LICEO

Era difícil en un pueblo tan pequeño como Laguardia, en donde todo el
mundo se conocía y encontraba varias veces en la calle, hacerse el
desentendido; sin embargo, la gente sabía fingir el desconocimiento
perfectamente; llevaba sus divisiones a punta de lanza.

Había entonces en una casa grande y antigua un teatro que se llamaba el
Liceo. Allí se representaban comedias en un acto, en las que tomaban
parte las señoritas y caballeros más distinguidos de la localidad.

En aquel estrecho recinto las tertulias tenían sus grupos, y unos eran
tan extraños a otros como los osos blancos del Polo Norte pueden serlo
de los osos blancos del Polo Sur.

Para representar se elegían las obras más tontas e inocentes, porque
había algunas damas, como las marquesas de Valpierre, que eran capaces
de encontrar intenciones deshonestas en la culata de un fusil o en el
extremo de una bayoneta.

Casi todas las muchachas habían recitado algún monólogo o tomado parte
en algún sainete. Graciosa, no; decía que no sentía lo cómico, y no
quería representar astracanadas groseras y vulgares. Graciosa sentía lo
trágico, lo sublime; varias veces trató de convencer a los jóvenes para
que declamaran con ella un trozo de un drama espeluznante; pero nadie
quería figurar en la representación, hasta que pudo convencer a Luis
Galilea.

La noche de la función hubo risa para mucho tiempo.

Graciosa, tan alta, tan desgarbada, al lado de Galilea, tan bajito, con
los ojos redondos y desdeñosos, la nariz de loro, encarnada, y el ademán
retador, hacía un efecto muy cómico.

Graciosa creyó que había conseguido un gran éxito, y para completarlo,
después del diálogo espeluznante recitó aquel parlamento de Calderón que
comienza diciendo:

      Difícilmente pudiera
    conseguir, señora, el sol...

Graciosa recitaba esta lluvia de piropos calderoniana como si se
estuviera enjuagando, de tal manera, que la hacía perfectamente odiosa;
pero ella pensaba que no sólo sabía darle acentos admirables, sino que
además su recitado era una lección para los jóvenes del pueblo, que eran
incapaces de declararse a una mujer, llamándola sol, girasol, acero,
norte, etc.

Algunos notaron que cuando terminó su tirada de versos Graciosa, el que
aplaudió con más entusiasmo fué el capitán Herrera; pero otros afirmaban
que al tiempo de aplaudir se veía una sonrisa mefistofélica en los
labios del capitán andaluz.

A las muchachas jóvenes, amigas de Corito, Luisita Galilea, Cecilia
Bengoa, Pilar Ribavellosa, Antoñita Piscina, todas las señoras y
Graciosa las consideraban como niñas. Sin embargo, no era raro verlas
mandar cartitas o recados a algún joven, que la mayoría de las veces era
oficial de la guarnición.




III

LAS OTRAS TERTULIAS


SI la tertulia tradicionalista aristocrática era una e indivisible, como
la República de Robespierre, las tertulias liberales, por el contrario,
eran múltiples, cambiantes, de varios matices, representación de las
nuevas ideas, por entonces mal conocidas y deslindadas, sin un credo
completamente claro y definido.


LA CASA DE SALAZAR

La primera y más importante de estas reuniones era la del señor Salazar.

El señor Salazar, rico propietario, había sido jefe político con Zea
Bermúdez, el ministro partidario del despotismo ilustrado, y aunque esto
no abonaba mucho las ideas progresivas del señor Salazar, era liberal a
su manera. Se encontraba, según decía, conforme con el moderantismo de
Martínez de la Rosa, aunque no lo acompañaba en sus exageraciones
sectarias, porque él era, sobre todo, monárquico y católico, y añadía
que estaba tan lejos de los procedimientos odiosos de Calomarde como de
los delirios insanos de los revolucionarios.

El señor Salazar creía que la sociedad es una máquina que debe marchar;
pero consideraba necesario ponerle de cuando en cuando una piedra lo más
grande posible, para que se detuviera y reflexionara. El señor Salazar
quería que el mundo entero reflexionara, dictaminara y pesara sus actos.

Dictaminar, reflexionar y pesar. En estos verbos estaba reconcentrada
toda su filosofía.

El señor Salazar era tan religioso o más que los contertulios de las
Piscinas. Se hallaba colocado, con relación a su época, en el puesto más
seguro y más fuerte; así que ejercía una gran influencia en Laguardia.

Los oficiales, de comandante para arriba, iban casi siempre de tertulia
a su casa; las autoridades que llegaban al pueblo le dedicaban la
primera visita.

Sabidos su preponderancia y su influjo, todo el mundo acudía a él en un
caso apurado, y la misma gente de la tribu de las Piscinas solía
presentarse al señor Salazar con el traje y la sonrisa de los días de
fiesta, pidiendo protección cuando la necesitaba.

La tertulia de este hombre importante era trascendental para el pueblo;
allí se resolvía lo que había que hacer en Laguardia; se daban destinos,
se repartían cargos. El señor Salazar, como todos los políticos y
caciques españoles antiguos y modernos, distribuía las mercedes con el
dinero del Estado.

Salazar tenía más simpatía por los absolutistas que por los
revolucionarios. Con aquéllos se sentía a sí mismo joven y ágil de
espíritu; en cambio, con los liberales exaltados se mostraba hosco y
displicente.


LA TIENDA DE ECHALUCE

Menor en prestigio aristocrático, pero mayor en entusiasmo liberal, era
la tertulia de Echaluce. Las de Echaluce, cuatro hermanas, una viuda y
tres solteras, tenían en la plaza un pequeño bazar, en cuya trastienda
se reunían varias personas en verano a tomar el fresco, y en invierno,
alrededor de la mesa camilla, a calentarse y a charlar.

Las cuatro hermanas, inocentes como palomas, se creían muy liberales y
muy emancipadas; su vida era ir de casa a la tienda, y de la tienda a
casa; los domingos, a la iglesia, y cada quince días, a confesarse con
el vicario.

Entre los contertulios de la casa de Echaluce había algunos audaces que
encontraban bien las disposiciones de Mendizábal, lo que entonces era lo
mismo que encontrar bien los designios del demonio.

A esta tertulia había trasladado su campamento el capitán Herrera desde
que llegó a Laguardia una sobrina de las de Echaluce.

Esta chica, una riojana muy guapa y muy salada, escandalizaba a la gente
laguardiense con sus trajes, que no tenían más motivo de escándalo que
algún lazo verde o morado, colores ambos que se consideraban en esta
época completamente subversivos y desorganizadores de la sociedad.

La plebe de Laguardia, que era toda carlista, miraba como una ofensa
personal estos lazos y tiraba a la chica patatas, tomates y otras
hortalizas.

Al principio lo hacían con impunidad; pero cuando apareció Herrerita con
su sable, al lado de la muchacha, y vieron que el oficialito estaba
dispuesto a andar a trastazos con cualquiera, la lluvia de hortalizas
disminuyó, y sólo algún chico, desde un rincón inexpugnable, se atrevía
a lanzar a la riojana uno de aquellos obsequios vegetales.


EL CAFÉ DE POLI Y EL FIGÓN DEL CALAVERA

La tertulia de Echaluce, que notaba sobre su cabeza los manejos de la de
Salazar, sentía bajo sus pies las tramas del café de Poli.

El café de Poli estaba en el primer piso de una casa de la calle Mayor.
Era un sitio grande, destartalado, con dos balcones. Junto a uno de
ellos se reunían, por las tardes y por las noches, algunos obreros de la
ciudad y del campo que, sin saber a punto fijo por qué, simpatizaban con
las nuevas ideas y se habían alistado como nacionales.

Haciendo la competencia a este café, y en el mismo plano social, o algo
más abajo, estaba el figón del Calavera, punto de cita del elemento
reaccionario rural, ignorante y bárbaro, el más abundante del pueblo.


LA BOTICA

Por encima del armazón visible de Laguardia, casi fuera del mundo de los
fenómenos, que diría un filósofo, existía el centro del
intelectualismo, del enciclopedismo, de la ilustración: la botica. Allí
se discutía sin espíritu de partido; se examinaban los acontecimientos
desde un punto de vista más amplio, como si hubiera vivido en Laguardia
aún don Félix María Samaniego y sus amigos; allí se llegaba a defender
la república como la forma de gobierno más barata, y algunos se
arriesgaban a encontrar la religión católica arcaica y reñida con la
razón natural.

Estos intelectuales de Laguardia tenían su masonería; hablaban fuera del
cenáculo con gran reserva de sus discusiones; decían que no querían
perder por alguna imprudencia la hermosa libertad que disfrutaban en la
botica.

Todos estos diversos centros de Laguardia se espiaban, se entendían,
conspiraban, y desde la alta y aristocrática tertulia de las Piscinas
hasta el obscuro y sucio figón del Calavera, y desde la prepotente
camarilla de Salazar hasta el tenebroso club del café de Poli, había una
cadena de confidencias, de delaciones, de complicidades.




IV

LAS MUJERES POLÍTICAS


HABÍA, además, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinión,
gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos
merodeadores sueltos eran los más intolerantes. Entre los carlistas se
distinguían el Chato de Viñaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los
liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.

La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los
hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a
muerte: Dolores Payueta y Saturnina Treviño.

Las dos tenían apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la
Saturnina, la Gitana.

Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografía de carácter
chabacano; propalaban noticias falsas, traían canciones, inventaban
frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los
liberales. Para ellas la cuestión no salía de Laguardia; el liberalismo
o el tradicionalismo del resto de España las tenía casi sin cuidado.

Estas dos arpías representaban la parte turbia que hay en todas las
sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo
principal; un odio frenético, sin cuartel. Cuando estas mujeres se
encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su
desprecio; volvían la cabeza, escupían al suelo. Se hubieran lanzado una
contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran
tenido buena dentadura.

Dolores era de posición regular, y se trataba con la gente acomodada del
pueblo. Era fea, antipática, marisabidilla, con una voz de falsete que
parecía que tenía que salir por detrás de una careta; vestía con trajes
claros y ridículos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando
reñía, que solía ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera.
Vivía con tres o cuatro perros, y de aquí debía proceder el apodo de
Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.

Dolores tenía una adoración especial por el Ejército; los militares le
parecían una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia
le hacía sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no
defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que
intentaba interrumpir el orden y la armonía de una cosa tan bella como
la tropa.

Satur la Gitana era más violenta, y quizá por esto menos grotesca.

Vestía siempre de negro; tenía una cara morena y enérgica, y el pelo de
ébano, lleno de mechones blancos. La Satur era partidaria de la
tradición. Tenía algo de iluminada; los enemigos decían que esto era
debido al alcohol; pero no era cierto del todo.

Vivía esta mujer en una casa pequeña, sin criada, completamente sola.
Los vecinos solían verla pasar con una cesta; pero en la cesta no se
advertía más que el cuello de una botella.

La Satur andaba de noche de casa en casa y de taberna en taberna,
propalando sus noticias e intrigando.

Era valiente, atrevida y fanática.

El Chato de Viñaspre, el Raposo, el Caracolero, el Riojano y otros
carlistas la obedecían.

Si llegaba a Laguardia algún papel o alguna canción contra el Gobierno,
contra María Cristina, o contra algún general liberal, ya se podía
apostar que había pasado por las manos de la Satur.

Una vez la denunciaron, ante la autoridad militar, como carlista y
propaladora de noticias falsas, y al acudir a presencia del coronel, la
Satur no sólo no se turbó ni negó sus ideas, sino, por el contrario,
dijo que era carlista a mucha honra, y que María Cristina era una
piojosa, que estaba enredada con el hijo de un estanquero, y que los
soldados liberales no valían nada.

El coronel, que era hombre inteligente, se rió, y la dejó suelta.

La Satur era una revolucionaria por temperamento: sentía la demagogia
negra; creía que el pueblo, su pueblo, formado por pobrecitos aldeanos,
todos buenos, infelices, hasta los que pegaban puñaladas, deseaban con
ardor el rey absoluto, y que bastaba quitar la Constitución y el
Gobierno liberal para que España fuera dichosa y se viviera bien.




V

CORITO Y PELLO LEGUÍA


EN este ambiente de odio político y de enemistades personales, Pello
Leguía y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas
insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse
cartas por cualquier motivo.

Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmósfera de Laguardia
los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el
mundo físico hay interferencias, las hay también en el mundo moral para
los enamorados y para los que viven en el sueño y en la ilusión.

Corito traía, desde su llegada, trastornados a los jóvenes y a algunos
viejos verdes de Laguardia.

Entre los oficiales de la guarnición tenía fervientes adoradores; pero
ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Leguía.

--¿Qué le encuentras a ese muchacho?--le decían sus amigas--. Es guapo,
sí; pero tan serio, tan soso.

--Pues a mí me es muy simpático--contestaba ella.

Siempre que salían a pasear con varias personas, Corito y Leguía venían
a reunirse y a marchar juntos hablando.

Corito le preguntaba muchas veces si era verdad que iba a casarse con su
prima Anita, como decían en el pueblo.

--No. ¡Ca!--contestaba él.

--Pues es una chica bonita y rica.

--Sí; pero ya tiene su novio.

La gente decía que al padre de la muchacha, a Gateluzmendi el cosechero,
no le disgustaría casar a su hija con su sobrino Pedro.

Corito coqueteaba con Pello; quería sacarle de su impasibilidad
habitual, y lo conseguía; pero al mismo tiempo que él se iba enamorando,
ella también se interesaba cada vez más.


ANTONIO ESTÚÑIGA

Uno de los muchachos que se había hecho amigo de Pello, buscando su
arrimo, era Antonio Estúñiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.

Antonio Estúñiga era un mozo acostumbrado a imponer su voluntad,
violento y cerril; hacía la corte a Luisita Galilea, pero con un amor un
poco bárbaro y plebeyo.

Luisita era romántica; estaba bajo la influencia de Graciosa de San
Mederi, y ésta le había convencido de que era indispensable someter a
prueba al joven Estúñiga. Según Graciosa, para conseguir el amor de una
señorita distinguida había que hacer grandes méritos, soportar fatigas,
penalidades, y hablar del Norte, del imán, del girasol; no basta decir:
«tengo tanto para vivir»; esto era una cosa grosera, vulgar, impropia de
gente delicada.

Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tenía muchísima razón,
y, además, y esto era lo principal, le gustaba más uno de los oficiales
de Laguardia que el joven Estúñiga, malhumorado y tosco.

--Pero, ¿tú crees que a lo bruto se consigue el cariño de una señorita
como yo?--decía Luisita--. Pues estás equivocado.

Antonio tenía, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de
Luisita le indignaban.

Varias veces confesó a Leguía que iba a dejarlo todo y a marcharse al
campo carlista.

Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno dúo de amor.
Laguardia les parecía un lugar lleno de encantos.

Muchas veces Pello tenía que salir a los pueblos próximos para los
negocios; había que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las
balas.

El peligro hacía que Corito se interesase más y más por su novio. Cuando
desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dónde había andado,
Corito temblaba y se estrechaba contra él.




LIBRO TERCERO

EL VIAJERO EXTRAÑO




I

LA SILLA DE POSTAS


UNA tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de
postas llegó a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del
Vizcaíno.

Pello Leguía y el capitán Herrera, que charlaban y paseaban por delante
de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la
puerta de San Juan, abandonaron el raso que servía, y sirve, de paseo a
los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del
Vizcaíno.

En esta época la llegada de una silla de postas a Laguardia era un
acontecimiento que por sí solo servía de motivo de conversación para
varios días, cuando no tenía ulteriores consecuencias. No era cosa de
dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algún jugo, y Leguía y
Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a
desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.


EL VIAJERO

Era éste un hombre más bien bajo que alto, vestido de negro, con
sombrero de copa. Llevaba en la mano una maleta pequeña y una cartera,
que acababa de sacar del coche, la capa doblada sobre el hombro, y
andaba cojeando.

El viajero, después de dar sus disposiciones al mayoral, entró en el
zaguán del parador y llamó varias veces desde allí, gritando y dando
palmadas. Al cabo de un rato apareció la muchacha en la escalera.

--¿Es que sois sordas en esta casa?--gritó el viajero.

--No, señor; no somos sordas.

--Pues lo parece.

--¿Qué quiere usted?

--Un cuarto.

--No hay ninguno. Están todos ocupados.

--¡Bah!

--Sí, señor. No le engaño a usted; están todos ocupados. Tendrá usted
que ir a la plaza, al parador de la Rosalía.

--No; no me marcho.

--Pues aquí no hay sitio.

--Mira; llámale al amo, que me conoce.

--Le dirá a usted lo mismo que yo.

--No importa; llámale.

La criada se retiró, y poco después salió el amo, un poco fosco, a la
escalera.

--¿Qué es lo que quiere usted?--preguntó--. ¿No le dicen que no hay
sitio?

El recién venido subió unos cuantos escalones, para acercarse al
posadero, y mostró algo que Pello y Herrera no vieron.

El mesonero cambió de aspecto, y saludando respetuosamente al huésped
tomó su maleta y la subió al piso principal.

--Le llevaré a usted a mi cuarto, que es el único que está vacío.

--Bueno.

La deferencia del posadero era bastante extraña, porque no estaba en su
costumbre el ser cortés, y trataba a todo el mundo con malos modos.

Como Pello pensaba ir al día siguiente a casa de las Piscinas, y Herrera
a la tertulia de Echaluce, ambos con el propósito de enterarse y de
llevar una noticia interesante a los amigos, se acercaron al dueño del
parador cuando éste bajó de nuevo al zaguán.

--Qué, ¿ha llegado algún viajero?--preguntó Herrera.

--Así parece.

--¿De dónde viene?

--No sé; el mayoral lo sabrá.

--¿No sabe usted quién es, o a qué viene?

--No.

--Pues él ha dicho que le conocía a usted--interrumpió Leguía.

--¿A mí?--preguntó algo sobresaltado el posadero.

--Sí; es cierto--afirmó Herrera.

--¡Ah!... Es verdad..., creo que ha estado aquí hace años.

El capitán se dió por satisfecho con la respuesta; pero comprendió, lo
mismo que Leguía, que era un subterfugio del mesonero, pues su manera
de recibir al nuevo huésped no era, ni mucho menos, la que acostumbraba
a tener con una persona a medias conocida. Indudablemente, el viajero
era persona de influencia o muy recomendada.


EL HOMBRE DE LA ZAMARRA

Volvieron Leguía y Herrera a dar otros paseos por el raso de la muralla,
desde el cuartelillo a la puerta de San Juan, cuando al ir a meterse en
el pueblo al capitán se le ocurrió acercarse de nuevo al parador a
curiosear un poco. Lo hicieron así, y al llegar delante de la casa
vieron que por el camino venía un hombre montado a caballo, envuelto en
una bufanda.

--¿Quién será este ciudadano que llega a estas horas?--dijo el capitán
Herrera--. Me parece un tipo un tanto sospechoso.

El hombre, que sin duda tenía motivos para no querer ser visto, se
acercó al parador del Vizcaíno y estuvo mirando a derecha y a izquierda,
hasta que entró.

--Vamos a ver quién es--dijo Herrera, decidiéndose rápidamente.

--Vamos.

Se acercaron de nuevo al parador. El hombre sospechoso había entrado en
el zaguán, y, sin llamar a nadie, andaba de un lado a otro, como
buscando algo.

--¡Eh, buen amigo!--le dijo el capitán--. ¿Va usted de viaje?

--Sí, señor.

--¿Tiene usted papeles?

--¿Se necesitan papeles para pasar por aquí?

--Sí, señor; porque hay mucho carlista disfrazado de persona por esta
tierra--contesto el capitán.

El hombre hizo un movimiento brusco; desabotonó su zamarra de piel y,
refunfuñando, sacó del bolsillo interior del pecho unos papeles, y
eligió de entre ellos uno. Herrera lo tomó en la mano y se puso a leerlo
a la luz del farol que alumbraba la entrada de la posada.

Leguía pudo contemplar al tipo sospechoso a su sabor. Era un hombre de
unos cincuenta años, afeitado, bajito, con los ojos negros, el tipo
sacristanesco. Tenía un aire de astucia y de hipocresía poco agradable.

Después de leer el papel. Herrera se lo devolvió al de la zamarra.

--Es posible que no tenga usted sitio aquí en el parador--le dijo.

--A mí me basta un rincón en la cuadra para dormir--contestó el hombre.

Leguía y Herrera se dirigieron al pueblo; las campanas comenzaban a
tocar el Angelus.

--¿Qué clase de pájaro será éste?--preguntó Leguía.

--Algún sacristán carlista de uno de estos pueblos--contestó el
capitán--; tiene la pedantería y la suficiencia de todos esos tipos que
se creen los depositarios de la verdad.

El capitán Herrera y Pello Leguía entraron en el pueblo y fueron juntos
a cenar a la casa de huéspedes. Después de cenar. Pello marchó al
almacén de su tío y se dedicó a escribir y a hacer cuentas. Tenía que
fijar una porción de asientos en los libros.

Se acordó varias veces de que Corito estaría charlando en la tertulia de
las Piscinas; pero no había más remedio, era indispensable tenerlo todo
al día.

Trabajó con ahinco sin levantar la cabeza, y concluyó más pronto de lo
que esperaba. En las noches que tenía que velar, Pello dormía en casa de
su tío.

Al verse libre, cogió la llave, cerró el almacén y se fué a dar una
vuelta.

Al pasar por la calle Mayor, por delante de casa de las Piscinas, vió
que abrían el postigo y salía a la calle el viajero de negro y de
sombrero de copa que había llegado por la tarde, en coche.

El viajero recorrió la calle Mayor; cruzó la plaza; se reunió con un
militar que le esperaba, en quien Pello reconoció al capitán Herrera, y
juntos salieron del pueblo por la puerta de San Juan.




II

EL HOMBRE Y SU SOMBRA


AL día siguiente era domingo, y Pello fué a misa mayor.

Al pasar por cerca de la iglesia vió que el viajero de luto, a quien la
noche antes había visto salir de casa de las Piscinas, entraba en la de
Salazar.

Pello se quedó asombrado. Este salto del tradicionalismo arcaico y
piscinesco al liberalismo oportunista y salazariano, si alguno lo daba
en Laguardia era después de graves vacilaciones, de maduras reflexiones
y de mucho tiempo.


LOS RUBICONES DE LAGUARDIA

El viajero de negro no había necesitado para pasar este Rubicón más que
unas pocas horas. Pello pensó en cómo el contagio de los prejuicios hace
creer muchas veces en la dificultad de cosas que no tienen nada de
difíciles.

Estaba Pello contemplando la casa de Salazar cuando vió al hombre de la
zamarra, al que había llegado al parador al anochecer, que paseaba por
delante de la casa, mirando al portal.

--Este le espía al otro--se dijo Pello--; ¿qué enredos se traerán entre
los dos? No falta más que haya un tercero que le espíe al segundo.

El viajero de traje negro y sombrero de copa salió al poco rato de casa
de Salazar y, dirigiéndose a la plaza, entró en la tienda de las de
Echaluce. El hombre de la zamarra, haciéndose el distraído, se recostó
en uno de los pilares de los arcos de la casa del Ayuntamiento.

De los Piscina a Salazar, de Salazar a los de Echaluce... eran demasiado
Rubicones éstos para no llamar la atención de un hombre solo.

Pello se decidió a dejar la misa mayor y a ver qué lugar nuevo visitaba
aquel hombre, y dónde y cómo terminaba el espionaje del otro.

Todavía el viajero, siempre seguido del hombre de la zamarra, estuvo una
media hora en la botica y un momento en el café de Poli.

Después salió por el portal de San Juan, y el hombre de trazas de
pordiosero le siguió con la mirada hasta que le vió llegar al parador
del Vizcaíno.

Pello entró en su casa, y después de tomar café se fué inmediatamente a
visitar a las Piscinas. Los domingos, la tertulia se celebraba por la
tarde; después, al anochecer, se salía a tomar el fresco, generalmente,
alrededor de la muralla.

--Ayer no vino usted--le dijo inmediatamente Corito al verle.

--No pude. Tuve que trabajar.

--Estaría usted hablando con la primita, ¿eh?

--No; estuve haciendo cuentas. ¿Cree usted que si hubiera podido venir
no hubiera venido?

--Sí, sí; lo creo.

--Pues se engaña usted. Y ustedes, ¿tuvieron alguna visita?

--Sí; ha venido mi padrino.

--¿Su padrino de usted es un señor de negro, bajito, de sombrero de
copa?

--Sí. ¿Cómo lo sabe usted?

--Porque le vi venir al pueblo ayer noche. ¿Va a estar algún tiempo
aquí?

--No; mañana se va a marchar.

--¿Ha venido para algunos asuntos de familia?

--No sé para qué ha venido. Yo no le pregunto nunca nada.

--¿Viaja mucho?

--Sí; mucho.


EL PADRINO DE CORITO

Pronto Pello y Corito dejaron esta conversación y hablaron de otras
cosas más interesantes para ellos. Al ponerse el sol, como era costumbre
la tarde de los domingos, salieron todos a dar el paseo alrededor de la
muralla. Corito iba al lado de Pello, muy animada y alegre; Luisita
Galilea, coqueteando con un oficial, y sin hacer caso de Antonio
Estúñiga, que cada vez estaba más desesperado; Cecilia Bengoa y Pilar
Ribavellosa, del brazo.

Al anochecer volvió todo el grupo a los arcos del Ayuntamiento. En esto
cruzó la plaza el padrino de Corito y se acercó a su ahijada y le dió un
beso en la mejilla.

El viajero saludó a las señoras, y Corito le presentó a sus amigas y a
los muchachos que les acompañaban.

--Este joven es un amigo nuestro, Pedro Leguía--dijo Corito,
ruborizándose--; nos acompañó a Magdalena y a mí desde San Sebastián.

--¡Hombre, Leguía!--murmuró el viajero--. ¿No será usted de Vera, de
Navarra?

--Sí; soy de Vera.

--Y ¿su padre se llamaba como usted, Pedro?

--Sí.

--Entonces le he conocido mucho a él y a su primo Fermín, el
Chapelgorri. Pedro Mari Leguía fué muy amigo mío.

Corito iba a presentar a su padrino a Antonio Estúñiga; pero éste,
naturalmente huraño y de mal humor, hizo un movimiento brusco y se
ocultó detrás de una de las columnas del Ayuntamiento.

Fué una retirada un poco inesperada y cómica, que sorprendió a todos.

--¡Conéjuba!--dijo el viajero, en un vascuence castellanizado,
dirigiéndose a Pello y señalando a Estúñiga con el dedo índice.

Corito y Leguía se echaron a reir. Estúñiga se marchó, incomodado.

--¿Sabe usted vascuence?--preguntó Pello al padrino de Corito.

--Poco.

--Ya veo que poco.

--Hombre, ¿por qué?

--Porque ha dicho usted «conéjuba» para decir conejo.

--Pues, ¿cómo se dice?

--«Unchía».

--¿De manera que tú sabes el vascuence bien?

--Sí, bastante bien.

--Tu padre también lo sabía muy bien. ¡Las veces que le habré oído
cantar zortzicos en Bayona. ¡Ya hace tiempo! Se va uno haciendo viejo de
verdad.

El viajero indicó que se marchaba al parador; estaba enfermo con dolores
reumáticos y no le convenía el aire de la noche. Se despidió de Leguía,
diciéndole que fuera a verle; dió un beso en la mejilla a Corito, y se
marchó renqueando.

Al poco rato, como la sombra, apareció en la plaza el hombre de la
zamarra; cruzó por los arcos del Ayuntamiento y entró en la puerta de
San Juan.


UN HOMBRE ENIGMÁTICO

Antes de despedirse oyó Pello que el señor de la Piscina y el de
Ribavellosa hablaban del padrino de Corito.

--Debe ser hombre inteligente, ¿eh?--dijo él, mezclándose en la
conversación.

--Mucho.

--¿Es del partido?

--Sí; ¡ya lo creo!--contestó el de la Piscina, con su gravedad
acostumbrada--; trabaja infatigablemente por la buena causa.

Sin duda, el padrino de Corito era un carlista acérrimo.

Leguía se despidió de sus amigos; fué a la casa de huéspedes, y después
de cenar estuvo charlando con el capitán Herrera. De pronto se acordó
que el capitán había hablado con el padrino de Corito la noche anterior,
y le preguntó:

--¿Averiguó usted quién era el viajero del otro día?

--Sí.

--¿Quién es?

--Un enviado del Gobierno.

--¿Entonces será liberal?

--Liberalísimo. Un revolucionario impenitente.

Pello no replicó. El padrino de Corito resultaba un tipo raro y ambiguo.
Los unos le tenían por carlista entusiasta, los otros por un
revolucionario.

No podía ser las dos cosas al mismo tiempo; más fácil era que no fuese
ninguna de las dos, y que aparentase, según sus conveniencias, profesar
tan pronto una opinión como otra.

Realmente, su actitud era un poco misteriosa. Había estado en casa de
las Piscinas, había tenido una conferencia con Salazar y saludado a las
de Echaluce. Para que nada faltara estuvo media hora en la botica y un
momento en el café de Poli.

Aquel viajero audaz había pasado todos los Rubicones laguardienses como
quien salta un charco.

--¿Quién era este hombre? ¿Qué buscaba?




III

TRAIDOR, ESPÍA Y MASÓN


AL día siguiente, por la tarde, trabajaba Pello en el escritorio cuando
vió pasar varias veces a Antonio Estúñiga; Antonio se mostraba indeciso,
sin atreverse a entrar; pero, al fin, se decidió y, cruzando el almacén,
se plantó en el despacho.

--¿Qué hay?--le dijo Pello.

--¿No está tu tío?--preguntó Antonio.

--No.

--¿Te encuentras solo?

--Completamente solo.

--¿Sabes lo que pasa?

--No. ¿Qué pasa?

--Que ese hombre que nos presentaron ayer, el padrino de Corito...

--Sí... ¿qué?

--Que se ha descubierto que es un espía... un traidor que viene a
engañarnos.

--¿Quién lo ha descubierto?

--Me lo han dicho.

--¿Quién?

--Un hombre que le va siguiendo los pasos.

--¿Uno con trazas de mendigo?

--Sí.

--¿Afeitado?

--Sí.

--¿Con una zamarra?

--Eso es.

--Le vi cuando llegó; venía tras él.

--Sí, viene persiguiéndole, vigilándole. Cuando salgas de aquí entra en
el figón del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.

--Cuando acabe iré.


EL FIGÓN DEL CALAVERA

Pello terminó su trabajo; saludó a su prima Anita, que estaba cosiendo a
la luz de una lámpara, y se fué al figón del Calavera.

Era este figón un agujero obscuro y lóbrego, abierto en una callejuela.
Tenía varias barricas en el portal y una rama de álamo a la entrada,
como muestra. De día estaba alumbrado por una angosta ventana, y de
noche por un candil que colgaba de la campana de la chimenea.

Varias mesas negras, con bancos de madera, ocupaban el interior. En un
rincón, hablando con el hombre de la zamarra y con Estúñiga, estaban
tres hombres. Uno de ellos era el Calavera, el dueño del figón, un
Hércules rechoncho, con aire bestial, la cara ancha, la nariz chata y
roja, como si acabaran de remachársela a fuego; el pecho y las manos,
velludas. Los otros dos eran tipos maleantes: el Raposo y el
Caracolero; los dos carlistas y asiduos contertulios de la casa.

El Raposo, realmente, parecía un zorro: tenía una viveza de rata; la
cara afilada, y unos pelos amarillos en el bigote; el Caracolero era
flaco, pálido, de aspecto enfermizo, con los ojos legañosos y rojizos;
la barba gris, sin afeitar en quince días, y una voz de flauta
completamente ridícula.

Pello se acercó a la mesa.

--Siéntate--le dijo Estúñiga.

--Le estábamos esperando a usted--agregó el Raposo.

--¿A mí?

--Este señor--añadió Estúñiga señalando al hombre de la zamarra--nos ha
contado las maldades de ese hombre que vino anteayer por la noche a
Laguardia.

--¿Tan malo es?--preguntó Leguía.

--Es un canalla, un traidor, un masón--contestó el hombre de la zamarra,
con gran solemnidad.

--Y ¿qué es lo que ha hecho?--volvió a preguntar Leguía, a quien, sin
duda, estas acusaciones vagas no le parecían gran cosa.

--Ha hecho horrores. Así, que la Policía le busca siempre por
conspirador. El dirigió en Madrid la matanza de frailes el año 34; él
ordenó la muerte de ciento treinta y tres prisioneros carlistas que
estaban en la ciudadela de Barcelona. El sublevó el año pasado Málaga y
Cádiz. Por donde va lleva el incendio, la matanza, la ruina, el
sacrilegio...

--¡Pues es todo un tipo!--dijo Leguía, no sin cierta admiración.

--¡Sí lo es!--murmuró el Raposo.

--Y ¿cómo se llama ese hombre?--preguntó Leguía.

--Eugenio de Aviraneta.

--Tiene apellido vascongado.

--¡Vete a saber si se llamará así!--exclamó Estúñiga.

--Sí, así se llama--replicó el de la zamarra--. Su nombre es bastante
conocido.

--Y ¿serán verdad todos sus crímenes?--preguntó Leguía.

--Lo son.

Y el hombre de la zamarra sacó del bolsillo cuatro o cinco recortes de
periódicos en donde se hablaba del infame, del malvado Aviraneta.

El Raposo se puso unos anteojos de hierro grandes, y estuvo leyendo con
atención los recortes.

--Y ¿qué intenciones tendrá este hombre al venir aquí?--preguntó el
Caracolero.

--Yo creo--dijo el de la zamarra, y acercó su cabeza a la de los demás,
como para dar más misterio a la confidencia--que lleva una misión de los
masones de Madrid para desunir y sembrar la cizaña entre los partidarios
de don Carlos.

--Pero, ¿aquí qué puede hacer?--preguntó Leguía.

--Aquí ha venido de paso; pero no ha debido desaprovechar el viaje. Se
ha visto con Salazar y con el señor de la Piscina, de quien habrá sacado
datos. En casa de la Piscina tiene confidentes; la vieja y la niña le
deben contar lo que se dice en la tertulia.

Estúñiga miró a Leguía, como diciéndole: «Eso va para ti.» Pello, que
experimentaba por el hombre de la zamarra una naciente antipatía, notó
que este sentimiento se transformaba en odio, al pensar que aquel
individuo podía producir algún disgusto a Corito.


LA PRUDENCIA DEL RAPOSO

--Aquí debíamos jugarle una buena pasada a ese granuja--murmuró
Estúñiga, a quien desde la tarde del domingo se le había atragantado el
padrino de Corito.

--¿Dónde está alojado ese señor?--preguntó el Raposo.

--En el parador del Vizcaíno--contestó Estúñiga--. Una noche nos
quedamos fuera de puertas, al anochecer...

--¿Para qué?--preguntó brutalmente el Calavera.

--Toma, ¿para qué? Para salir del pueblo.

--¡Ja... ja... ja...!--rió el tabernero.

--¿De qué se ríe usted?--preguntó Estúñiga.

--¿Tú crees que nosotros necesitamos quedarnos fuera de puertas?

--Pues si no tendrán ustedes que salir por el portal de San Juan.

--Ni por el portal de San Juan, ni por ninguno. Pregúntale al Raposo.

--¡Silencio!--exclamó el Raposo--. Me parece que estás hablando
demasiado, Calavera. Cuando se tiene la cabeza dura como la tienes tú,
se espera a que hablen las personas de juicio.

El Calavera refunfuñó y se calló.

--Yo tengo pensado un plan--indicó el de la zamarra--; más tarde
hablaremos de eso.

--Y usted, ¿hace mucho tiempo que conoce a Aviraneta?--preguntó Pello.

--Mucho tiempo, mucho. Si no les molesta, en un momento les contaré cómo
le conocí. Por esta historia podrán ver los procedimientos que emplea
ese bandido de Aviraneta.

--Cuente, cuente usted--dijo Estúñiga.

--Trae un poco de vino, tú--dijo el Raposo al Calavera.

Este se levantó pesadamente, mascullando; volvió con un porrón y lo dejó
sobre la mesa.

El hombre de la zamarra bebió un sorbo, se limpió los labios con un
pañuelo de hierbas y comenzó la historia.




LIBRO CUARTO

HISTORIA Y EMBOSCADA




I

LO QUE CONTÓ EL HOMBRE DE LA ZAMARRA


SOY de bastante lejos de aquí--comenzó diciendo el hombre de la
zamarra--, de un pueblo grande de la provincia de Albacete.

La casa de Vargas, la de mis amos, era allí la más fuerte de todos los
contornos. «Más rico que un Vargas», se decía en mi lugar cuando se
quería ponderar la riqueza de alguna persona acomodada.

La casa de Vargas, en mi tiempo, tenía treinta parejas de mulas,
cortijos, olivares, viñedos y leña en el monte para quemar y vender.

Era la familia de mis amos modelo de honradez y de religiosidad: los
Vargas varones son siempre caballeros, como las hembras de la familia,
recatadas y honestas.

Don Fernando de Vargas, mi amo, era un hombre como va habiendo pocos:
educaba a la familia con una severidad conveniente, y se mostraba
adversario de las peligrosas novedades que quieren implantar en España
los impíos.

Don Fernando sabía luchar en todos los terrenos contra los
revolucionarios que intentan privarnos de Dios, de la religión y del
rey.

--Este hombre, además de servil, es un pedante--se dijo Leguía a sí
mismo.

--Don Fernando de Vargas--siguió diciendo el hombre de la zamarra--gastó
su fortuna en la restauración gloriosa del año 23 y en los varios
intentos posteriores de los realistas para restablecer la monarquía
pura.

Su desinterés por el altar y por el trono; su entusiasmo por la buena
causa hicieron que sus bienes mermaran de tal modo, que al morir dejó a
su familia, formada por su esposa y tres hijos, dos varones y una
hembra, en una lamentable situación.

Los usureros se lanzaron sobre las fincas, y se apoderaron de ellas;
montes, tierras, viñedos, cortijos, olivares, todo fué a parar a sus
manos.

Unicamente quedaron libres la casa, una viña y un molino. La señora de
don Fernando y su hija se resignaron a vivir pobremente en el pueblo con
los escasos restos de la fortuna, y don Fernando y don Luis, así se
llamaban los dos hijos varones, salieron a ganarse la vida.

Yo, que había comido su pan, y que les veía en aquella situación mísera,
me decidí a seguirlos.

Don Fernando consiguió un empleo en Aduanas, y con su ayuda, don Luis
pudo entrar en el ejército y hacer los gastos necesarios para ingresar
en un cuerpo distinguido como el de Artillería.


EN SAN SEBASTIÁN

Por el año 29, don Luis fué enviado de guarnición a San Sebastián, y don
Fernando, que tenía un gran cariño por su hermano, consiguió que a él
también le trasladaran a la capital guipuzcoana. Los dos y yo nos
instalamos en la calle del Campanario, en una casita pequeña, próxima al
arco que pasa por encima de la calle del Puerto.

Vivíamos allí tranquilamente; mis señoritos hacían en la ciudad buen
papel; eran arrogantes mozos, hombres finos y bien educados.

Yo les aconsejaba que buscaran alguna rica heredera para casarse con
ella y poder volver a levantar la casa de Vargas.

Al poco tiempo de estar en San Sebastián, don Fernando y yo notamos que
el hermano menor, don Luis, iba por mal camino. Frecuentaba mucho la
tertulia de Arrillaga, un comerciante rico, tildado de liberal, e iba al
anochecer a la platería de don Vicente Legarda.

Este platero era hombre de ideas revolucionarias, y su casa, un antro
donde se reunían Beunza, Orbegozo, Zuaznavar, Baroja, don Lorenzo de
Alzate y otros liberales exaltados de San Sebastián.

Al prevenirle don Fernando y yo de los peligros que corría en unión de
aquella gente, don Luis nos confesó que estaba enamorado de la hija
mayor de Arrillaga, Juanita, y que ella le correspondía.

El liberalismo de don Luis no tenía más causa que ésta: el amor.

Al oir aquella declaración vi que don Fernando quedaba lívido; después
comprendí que él también estaba prendado de la muchacha.


EL EMISARIO

Por esta época, en el otoño del año 30, se comenzó a hablar a todas
horas de que en París había habido revolución, y después, de que los
constitucionales españoles se agitaban más allá de la frontera.

Se decía que Mina con los dos Jáureguis, Chapalangarra, Méndez Vigo,
Miláns del Bosch y otros militares desterrados desde el año 23, habían
tenido una junta en Bayona, y decidido entrar en España por varios
puntos, al frente de muchos miles de hombres.

A mediados de Octubre, una noche que estaba lloviendo a mares, antes de
cenar, se presentó un hombre en nuestra casa preguntando por don Luis:
era Aviraneta.

Don Fernando me dijo:

--Este tipo me parece sospechoso; vamos a ver qué quiere de mi hermano.

Don Luis había pasado a su visita a la sala. Entramos nosotros en la
alcoba, que tenía una puerta excusada, y desde allí don Fernando y yo
pudimos ver y oir a Aviraneta.

Aviraneta venía como emisario de Mina; pero al mismo tiempo tenía
pensado, por su parte, un plan de conspiración infernal.

Me figuro estar viéndole, a la luz de un velón, hablando y mirando a don
Luis, con sus ojos bizcos. Pretendía que inmediatamente que aparecieran
las tropas constitucionales delante de San Sebastián se sublevara la
guarnición, y algunos de los militares se encargaran de nombrar una
Junta revolucionaria, entre cuyos individuos estuviera él, Aviraneta. El
objeto de esta Junta era prender a las autoridades y a los realistas de
más significación y fusilarlos inmediatamente.

Aviraneta llevaba una lista de las personas que consideraba necesario
sacrificar, y entre ellas estaban los sacerdotes de la ciudad.

Don Luis no se prestaba a ayudarle en este crimen. Aviraneta quería
convencerle; y cuando vió que era imposible, se caló el sombrero de copa
y se marchó, murmurando con despecho:

--No se puede hacer nada. Aquí no hay liberales.


LA PRISIÓN

Quince días después, por la madrugada, la Policía llamaba en nuestra
casa. Registraron los papeles de don Luis y le prendieron. Le habían
encontrado una carta del general Mina dándole instrucciones para el
movimiento, que ya había abortado, pues Mina y Jáuregui y los demás
huían camino de la frontera, y Chapalangarra había muerto, a tiros, en
Valcarlos.

Don Luis, entre bayonetas, fué llevado preso al castillo de la Mota, y
sufrieron la misma suerte varios vecinos de San Sebastián, entre ellos
dos empleados de Arrillaga. Los peces gordos se escabulleron: ni a
Arrillaga, ni a Legarda, ni a Alzate se les encontró: todos habían
escapado. Respecto a Aviraneta, la Policía ni le buscó siquiera, pues, a
pesar de ser uno de los jefes de la trama, estaba, como siempre, en la
sombra.

El pobre don Luis había caído en la red por su entusiasmo amoroso; nos
confesó que Juanita Arrillaga, su novia, le había calentado los cascos y
animado para que entrase en la conspiración constitucional.

Don Fernando y yo discutimos lo que había que hacer para salvar a don
Luis.

La situación era grave. Por el hecho de tener correspondencia con
cualquiera de los individuos que habían emigrado del reino, a causa de
los crímenes del año 20 al 23, se imponía la pena de dos años de cárcel
y doscientos ducados de multa, y si la correspondencia tenía tendencia
directa a favorecer proyectos contra el Gobierno, como la encontrada a
don Luis, se llegaba a castigar con la muerte.

Don Fernando escribió y fué a hablar a todos sus amigos, que tenía
muchos e influyentes en la corte, entre los realistas, y consiguió que
el consejo de guerra fuese benévolo con su hermano.

Le condenaron a ocho años de presidio en el Fijo de Ceuta.

Mientras don Fernando estuvo en Madrid trabajando a favor del preso, iba
yo todos los días al castillo de la Mota, a la parte alta, que llaman el
Macho, a llevar la comida y a hablar por entre las rejas con don Luis.
Cuando volvió don Fernando, íbamos los dos.

Los demás presos eran liberales comprometidos en el movimiento. La
mayoría creía haber hecho una buena obra conspirando y contribuyendo a
la rebelión, y estos desgraciados se pavoneaban y se manifestaban
contentos y alegres.

La gente del pueblo, entre la que abundaban los revolucionarios,
visitaba y obsequiaba a los presos; en Carnaval hicieron correr los
bueyes ensogados, delante del muelle y no en la plaza, para que los
prisioneros pudieran verlos desde la terraza del castillo.

Aquellos infames negros nos tenían odio a don Fernando y a mí porque
sabían que éramos realistas.

Don Luis escribió varias cartas a Juanita Arrillaga; pero ella no le
contestó.


LA MUERTE DE DON LUIS

Llegó la época en que tenían que trasladar a Ceuta los prisioneros.
Estaba mandado que fueran a pie hasta Cádiz, atravesando toda España,
para embarcarse allí.

Preparamos el equipaje de don Luis, y don Fernando y yo decidimos
acompañarle.

Don Luis se puso en camino en un estado lastimoso. No tuvimos que andar
mucho tiempo; ocho días después de la marcha, al llegar a Lerma, ya no
pudo más con el cansancio, y cayó agobiado, sin fuerzas.

Se le dejó en la cárcel del pueblo, donde se le declaró el tifus, y
murió a las dos semanas.

Sobre el cadáver de su hermano don Fernando juró vengarse... y se vengó.

--¿Se vengó?--preguntó Estúñiga, con ansiedad.

--Sí, se vengó--contestó el viejo, solemnemente.




II

LA VENGANZA


EL hombre de la zamarra echó un trago del porrón, y continuó así su
relato:

--Dos años después había un baile de máscaras en casa del jefe político
de San Sebastián. En todas partes se hablaba con gran entusiasmo de la
fiesta; estaban concertadas varias bodas que daban mucho que hablar al
pueblo, entre ellas la del hijo del jefe político con Juanita Arrillaga,
la antigua novia de don Luis de Vargas.

La casa de la Aduana, donde se celebraba el baile, brillaba, llena de
luz; por las ventanas, iluminadas, se oía desde la calle el rumor de la
orquesta.

Delante de la puerta se amontonaba la gente del pueblo, que veía entrar
las máscaras con gran curiosidad. A cada instante se tenía que abrir el
grupo de curiosos para dejar pasar a los enmascarados.

En esto, en el momento en que el baile estaba en su mayor animación y
algazara, se oyó un grito desgarrador tan penetrante, que llegó hasta
la calle. Una mujer cayó al suelo.

Fué todo el mundo a ver qué ocurría. Juanita Arrillaga, herida de una
puñalada en el corazón, estaba muerta.

--¿Vargas era el asesino?--preguntó Leguía.

--Sí; era él el vengador--replicó el hombre de la zamarra, con voz
sorda.

Don Fernando había entrado en el baile enmascarado con un dominó negro;
después saltó por una ventana hacia la plaza con el dominó en la mano;
me entregó el capuchón y se fué a la fonda. Yo me marché a una posada y
escondí el disfraz. Al día siguiente, mi amo y yo estábamos en Francia.

El viejo calló. Leguía estaba irritado; la manera grave y solemne de
hablar de aquel hombre, su pedantería y su servilismo le indignaban.
Parecía una persona nacida única y exclusivamente para ser criado.


LEGUÍA SE ESCAPA

--Y más cosas podría contar donde ha intervenido ese bandido; ese
Aviraneta que Dios confunda--dijo el hombre de la zamarra.

--Hay que acabar con él--exclamó Estúñiga, dando un puñetazo en la mesa.

Es lo que yo pretendo--repuso el hombre de la zamarra--. Voy siguiéndole
los pasos, y ha de caer. Tarde o temprano ha de caer.

--Tú nos ayudarás, Leguía, ¿eh?--dijo Estúñiga.

--¿Yo? Yo, no. Yo no soy carlista. Allá vosotros.

Y Pello se levantó decidido de la mesa.

--Entonces, si no es de los nuestros, ¿para qué ha venido?--preguntó el
hombre de la zamarra.

El Caracolero, que estaba al lado de Leguía, le agarró por el brazo.
Pello intentó desasirse; pero como el otro le oprimía con fuerza, le
cogió por el cuello, le zarandeó con furia y le tiró contra la pared.

Estúñiga y el Raposo se levantaron a impedirle la salida: el Raposo,
armado de una navaja; Pello, que había visto que tras él había una
puerta entreabierta, cogió el candil y lo tiró contra los que le
atacaban, dejando el figón a obscuras.

Después retrocedió a ganar la puerta. Pasó por un corral estrecho, subió
unas escaleras, luego bajó otras, y salió a un portal de la calle de
Santa Engracia.

¡Qué tíos más brutos!--murmuró.

Como era la hora en que solía ir a buscar al capitán Herrera, para cenar
juntos, se dirigió al portal de San Juan; pero Herrera aquel día había
marchado a Logroño.




III

EL AVISO


PELLO marchó a cenar solo a su casa. Estaba preocupado; el padrino de su
novia corría algún peligro. Quizá este peligro podía alcanzar a Corito.

Después de cenar, siempre con la misma preocupación, salió de casa a dar
un paseo. Se le ocurrió acercarse al figón del Calavera. Por una rendija
de la puerta vió que el grupo del hombre de la zamarra había aumentado,
y que en el grupo estaban la Satur, el Chato de Viñaspre y el Riojano.
Por las actitudes de aquella gente parecía que acababan de tomar alguna
disposición definitiva.

--¡Qué habrán tramado estos bárbaros!--pensó Leguía.

Poco después la luz del figón se apagó, y los reunidos allí salieron a
la calle; pero Leguía no vió ni al de la zamarra, ni a Estúñiga, ni al
Raposo, ni al Caracolero.

Esto le dió que pensar. Aquéllos habían salido, indudablemente, por
alguna otra parte.

Sin saber qué determinación tomar, pasó por delante de la casa de las
Piscinas. La casa estaba cerrada.

Esperó a ver si por casualidad llamaba alguien y aparecía la criada;
viendo que no llegaba nadie, cogió unas piedrecitas y las fué
sucesivamente tirando a la ventana de la cocina. Se abrió la ventana, y
una vieja, la señora Magdalena, se asomó y miró a derecha e izquierda
con gana de reñir al que así se entretenía.

--Soy yo, Pedro Leguía--dijo Pello.

--¿Usted?

--Sí; dígale usted a la señorita Corito que le tengo que dar un recado
de parte de su padrino.

Se retiró la vieja, y al poco rato salió Corito a la ventana.

--¿Qué me quiere usted, Pedro?--preguntó.

Leguía contó en pocas palabras lo que había oído en el figón del
Calavera.

--¿Y qué ha dicho ese hombre de mi padrino?

--Horrores.

--Y ¿han pensado en hacer algo contra él?

--De eso estaban hablando.

--¿Y lo intentarán esta misma noche?

--Así lo han dado a entender.

--Entonces lo mejor es que vaya usted al parador y avise usted a mi
padrino del peligro que corre. Lo hará usted, Pedro, ¿verdad?

--Ya lo creo. No tenga usted cuidado.

Pello se despidió de su novia; salió de la calle Mayor, y fué por la
plaza a la puerta de San Juan. Entró en el cuarto de guardia y pidió al
oficial que le abriera.

--Tenga usted cuidado--le dijo éste--. El cabo Sánchez ha dicho que hace
un momento que anda por ahí fuera gente sospechosa.

Pello salió al raso de la muralla. La noche estaba obscura. Avanzó
rápidamente. Un instante después se oyó un silbido. Se detuvo. Le
pareció que entre los árboles andaba gente; quizá fuera una ilusión,
provocada por las palabras del oficial; pero el caso fué que sintió
miedo, y en vez de marchar en línea recta siguió deslizándose por la
muralla hasta encontrarse cerca del parador. Entonces, abandonando el
muro, cruzó de prisa y entró en el zaguán.

Subió las escaleras, y en la cocina preguntó a la criada:

--¿Está ese viajero de negro que vino anteayer?

--¿El caballero?

--Sí.

--En el comedor lo tiene usted.

--¿Hay más gente?

--Sí, dos más; ahora han acabado de cenar y están tomando café.

--Voy a verle.


RETRATO DE AVIRANETA

Pello entró en el comedor, saludó a los tres comensales y se sentó a la
mesa. Aviraneta, que estaba leyendo un periódico, le miró vagamente;
pero no le reconoció.

Pello pudo contemplar despacio al hombre de quien tantos horrores
acababan de contar en el figón del Calavera.

Era Aviraneta un tipo de más de cuarenta años, afeitado, la cara
triangular, ancha en la frente y estrecha en la mandíbula; la mirada,
profunda, con un ojo que se le desviaba y le dejaba completamente bizco;
la nariz, larga, arqueada, huesuda; la boca, de labios pálidos y finos;
el pelo, que empezaba a blanquear en las sienes. Tenía el perfil clásico
del diplomático sagaz; parecía un hombre todo inteligencia, claridad y
astucia. Vestía de negro, a la moda de la época, levitón entallado, de
ancha solapa, corbatín de muchas vueltas y sombrero de copa grande,
echado hacia la nuca, dejando ver la calva.

Estaba ensimismado, y mientras leía el periódico a través de una lente
que tenía en la mano izquierda, agitaba de cuando en cuando con la mano
derecha la cucharilla del café en la taza.

A Pello le pareció un pajarraco, una verdadera ave de rapiña.

Los otros dos comensales, que tenían aspecto de campesinos acomodados,
se levantaron, dieron las buenas noches y salieron del comedor.

Leguía miró hacia el pasillo, por si se acercaba alguno, y viendo que no
venía nadie, se levantó, y dijo:

--¡Señor Aviraneta!

--¡Eh!--exclamó el hombre, sorprendido--. ¿Quién es usted?

--Yo soy Pedro Leguía, y vengo de parte de Corito a decirle que aquí
está usted en peligro.

--Pues, ¿qué pasa?

Leguía contó lo ocurrido en el figón del Calavera. Aviraneta escuchó sin
dar señales de sorpresa.

--¿Y cómo es ese hombre de la zamarra?--dijo.

Pello dió sus señas.

--No; pues no recuerdo haber visto a ese tipo--murmuró Aviraneta--. Y
ese Estúñiga, ¿quién es?

--Es un muchacho de aquí.

--¿Carlista?

--Muy carlista.

--Y ¿qué motivo de odio tiene ese joven contra mi?

--Que ayer, cuando iban a presentarle a usted, se escondió detrás de una
columna, y usted se burló de él llamándole conejo.

--Es verdad. ¿Es rencoroso?

--Mucho.


VACILACIONES

--Cualquier cosa puede hacer de un hombre un enemigo--dijo Aviraneta--;
luego preguntó: ¿Estará el capitán Herrera en la puerta de San Juan?

--No; me han dicho que Herrera se ha marchado a Logroño con el amo de
esta casa.

--¿Con el de aquí?

--Sí.

--¿Probablemente, también con el hijo?

--Con seguridad.

--Entonces, ¿estamos solos?

--Alguien habrá en la casa.

--No; no debe haber más que estos dos hombres que han salido, y que no
sabemos quiénes son, y yo.

--Lo mejor será refugiarse en el pueblo--dijo Leguía--. Vámonos.

--Es tarde. Habrá que esperar un cuarto de hora, lo menos, a que nos
abran, ahí en la obscuridad... y mientras tanto!...

--Se llama desde aquí mismo.

--No; armaríamos un escándalo.

--Pues yo me voy--dijo Pello.

--Espera un momento, por si acaso.

Aviraneta apagó la lámpara; luego abrió el balcón y se asomó a él,
tendiéndose en el suelo. Leguía hizo lo mismo.

Estuvieron con el oído atento cinco minutos.

--Anda gente por allí, entre los árboles, no tiene duda--murmuró
Aviraneta.

--Sí; hay cuatro o cinco, por lo menos--afirmó Pello.

--Los del figón.

--Y ¿cómo habrán salido?

--Tendrán algún agujero en la muralla.

--Eso ha dado a entender el Calavera; pero no lo creía.

--El hombre de la zamarra, ¿duerme aquí?--preguntó Aviraneta.

--Sí.

--Vamos a advertir en la casa que no abran si llaman. Si tú quieres,
vete; pero no me parece prudente.

--No, no; yo me quedo.

Aviraneta entró en la cocina y dijo a la dueña que había gente
sospechosa por allí cerca, y que no abriera si alguien llamaba.

--¡Dios mío! ¿Qué pasa?--preguntó el ama.

--Que anda una bandada de pillos por ahí merodeando.

--¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Y mi marido y mi hijo fuera! ¡Jesús!

--Bueno, bueno; vamos a echar la barra a la puerta.

La criada y la dueña bajaron al zaguán alumbrándose con el farol, y
Aviraneta y Leguía sujetaron la puerta.

--¿Han cerrado ustedes balcones y ventanas?--preguntó Aviraneta a la
dueña.

--Sí.

--¿Los dos huéspedes se han retirado?

--Sí, señor.

--¡Bien. ¡Buenas noches!

--¡Buenas noches! ¡Jesús, Dios mío!

La patrona subió las escaleras, con la criada, hasta el piso segundo, y
se le oyó lamentarse durante largo rato.


PREPARATIVOS

Pasado un instante, Aviraneta volvió a encender la lámpara del comedor,
y cogiéndola con la mano derecha, dijo:

--Vamos ahora a explorar el terreno.

Aviraneta salió al pasillo y abrió una puerta. La puerta daba a una
sala. Entró en ella. Era un cuarto de esquina, con un ancho balcón;
tenía en el fondo dos alcobas: una, la más interior, sin ningún hueco
hacia afuera; la otra, con una ventana que caía enfrente de la muralla.

--Creo que este cuarto es el más estratégico--dijo Aviraneta.

--Tiene el inconveniente de que está ocupado--advirtió Leguía, señalando
un baúl y una caja, puestos en el suelo.

--Aquí estuvieron anoche un señor de Viana y su hija; pero cuando a esta
hora no han venido, es que no se encuentran en Laguardia.

--Si por casualidad llegan dirán que tenemos la gran frescura.

--¡Pse! ¿Qué importa? Voy a coger mis maletas y a traerlas aquí.

--¿Guarda usted cosas importantes dentro?

--¡Importantísimas!--contestó, bromeando, Aviraneta.

Fueron a un cuarto del otro extremo, y entre los dos trasladaron el
equipaje.

--Aquí estamos mejor--murmuró Aviraneta--; podemos primero hacernos
cargo de las intenciones de esa gente. ¿Que entran aquí, en esta sala?
Nos refugiamos en la alcoba. ¿Que llegan a forzar la puerta de la
alcoba? Podemos descolgarnos por la ventana.

--Esta puerta de la sala no es nada fuerte--dijo Leguía--; si lo
intentan, la podrán romper fácilmente.

--Sí; en cambio, la de la alcoba es sólida como una poterna--añadió
Aviraneta--: una tabla de roble seca, magnífica.

Leguía inspeccionó la puerta.

--Tiene el inconveniente--dijo--que la cerradura no marcha.

--¿No?

--No. Aquí estoy haciendo esfuerzos con la llave, y no puedo.

--Se le podría poner una tranca. A ver si en la cuadra hay algún palo.

Bajó Pello con una vela encendida, y volvió al poco rato con una rama
gruesa al hombro y un fusil en la mano.

--¿Dónde has encontrado esta espingarda--le preguntó Aviraneta.

--En la escalera.

--¿Funcionará?

--Véalo usted.

--Sí funciona, marcha muy bien. Es un buen hallazgo. Preparémonos.
Cierra la puerta con llave.

Leguía cerró la puerta de la sala. Aviraneta se sentó delante de un
velador; puso el maletín en una silla, lo abrió y sacó del interior una
pistola de gran tamaño, un frasco de pólvora y una caja de pistones.
Luego desdobló un periódico, echó allí la pólvora, y fué cargando las
armas con gran cuidado, metiendo con la baqueta tacos de papel. Después
sacó un plomo, y con un cortaplumas lo cortó en pedazos. De estos
proyectiles puso dos en la pistola y cuatro en el fusil.

--Cualquiera diría, al verle cargar así, que está usted acostumbrado al
trabuco--dijo Leguía.

--Y no diría mal--contestó Aviraneta.

--¡Hombre!

--Sí.

--¿Dónde ha empleado usted el trabuco? ¿En Sierra Morena?

--No; en la provincia de Burgos. El trabuco no sólo ha sido arma de
bandidaje; también ha sido arma patriótica.

Aviraneta, que había concluído de cargar el fusil y la pistola, los dejó
con cuidado encima del velador. Después sacó del fondo de su maletín un
puñal y un cordón de seda, de diez a doce varas.

--Ahora veremos lo que nos reserva la noche--murmuró sonriendo con aire
de fuina.

--Veremos--repitió Pello.

--Tú no te alarmas, ¿eh?

--Yo, no. Como diría el otro: ¿para qué?


¿ENTENDIDO?

--Me gustan los hombres templados. Reconozcamos nuestros medios de
defensa. ¿La puerta se cierra bien con la tranca?

--Sí; pero se tarda mucho en sujetarla.

--Entonces haz una cuña que pueda entrar y salir por encima del
picaporte. ¿Comprendes?

--Sí.

--De manera que en un momento se pueda cerrar.

--Bueno; ahora mismo la hago.

Pello, con el cortaplumas, estuvo cortando un trozo de madera.

--¿Está bien?--dijo, haciendo que el trozo de madera entrase y saliese
con facilidad en la abrazadera del picaporte.

--Muy bien--contestó Aviraneta--. Ahora quedemos de acuerdo en lo que
vamos a hacer. Esta gente entrará en la casa por la puerta o por algún
balcón. Si el hombre de la zamarra se ha enterado antes del cuarto que
yo ocupaba, lo que es muy probable, irá directamente al extremo del
pasillo. Es casi seguro que le oigamos, y entonces nos preparamos.
Encendemos la vela y la llevamos a la alcoba. Dejamos la lámpara en este
velador y ponemos delante de la puerta de la sala dos o tres muebles.
Desde la entrada de la alcoba veremos lo que esos hombres hacen. ¿Que
fuerzan la puerta de la sala y pasan adentro, derribando los trastos?
Pues desde aquí, tú con la pistola, yo con el fusil, les soltamos dos
tiros, nos metemos en seguida en la alcoba, cerramos y atrancamos la
puerta. ¿Está entendido?

--Entendido.

--¿Te parece bien?

--Muy bien.

--¿No encuentras ninguna dificultad?

--Ninguna. Lo único que se me ocurre es que me parece mejor que metamos
la lámpara en la alcoba y dejemos la vela aquí; la vela les ha de durar
menos que la lámpara.

--Está bien pensado eso, Pello. No nos conviene que tengan una luz clara
y constante.

--Y hasta podríamos hacer...

--¿Dejar un cabo de vela sólo?

--Eso es.

--Que durará lo bastante para disparar sobre ellos.

--Exacto.

--Veo que nos entendemos admirablemente.

--¿Y la segunda parte?

--La segunda parte la iremos pensando después.

--Bueno. ¿Cierro la puerta?

--Sí, ciérrala. Vamos a poner el sofá y la mesa de barricada.

Los dos, de puntillas, sin hacer ruido, llevaron los muebles delante de
la puerta del cuarto.

--¿Qué hacemos ahora?--preguntó Leguía.

--Ahora, nada. Si quieres, puedes dormir un rato, Pello. Echate en la
cama, y si no hay novedad, luego me echaré yo.

Pello se tendió, y al poco rato estaba dormido. Aviraneta se quedó
leyendo a la luz de la lámpara.




IV

EL ATAQUE


ACABABAN de dar las doce en el reloj de la iglesia de San Juan cuando se
oyeron golpes en la puerta.

--¡Ya están ahí!--dijo Aviraneta, y, acercándose a Leguía, le zarandeó
fuertemente--. ¡Eh, Pello!

--¿Qué pasa?--preguntó Pello, asombrado.

--Levántate.

Leguía se despejó pronto.

--¡Ya los tenemos ahí!--exclamó Aviraneta.

Los dos escucharon en silencio.

--Hablan con la criada--dijo Leguía.

--Sí. A ver, a ver qué es lo que quieren.

       *       *       *       *       *

ANSIEDAD

--¿Quién es?--decía la criada.

--Soy yo--contestó una voz de fuera--. Abre.

--Me ha dicho el ama que no abra a nadie.

--Si estoy aquí hospedado.

--No importa.

--Vamos, no seas tonta.

--Que no, que no; me ha dicho el ama que no abra a nadie.

       *       *       *       *       *

Quedó todo tranquilo.

--Esta gente no se marcha sin intentar algo--murmuró Aviraneta.

--Creo lo mismo--dijo Pello.

Al cabo de poco tiempo Leguía notó ruido de pisadas en el balcón del
comedor; luego crujió una madera, y poco después se sintieron pasos muy
suaves en el suelo.

--Han abierto--dijo Aviraneta.

--Sí.

--Ya han pasado.

--¿Adónde irán?--preguntó Pello.

--Van allí, al cuarto donde yo estaba--contestó Aviraneta.

Pasó largo rato; de pronto resonó un grito, que se ahogó en seguida;
luego, un rumor de lucha, y quedó todo nuevamente en silencio.

Transcurriría más de un cuarto de hora; volvieron a oirse pisadas en el
corredor, crujido de maderas en el suelo y un murmullo quedo de voces.
Aviraneta y Leguía estaban con la mayor ansiedad, con la respiración
contenida. De repente, alguien se acercó a la puerta de la sala y dió un
golpe. Aviraneta y Leguía se estremecieron. Luego, el golpe se repitió
más fuerte:

--¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio!--dijo una voz.

--¿Quién es?--preguntó Aviraneta, que en un momento recobró la sangre
fría.

--Una carta que traen para usted.

--¿A estas horas?

--Sí; abra usted.

--¡Ya voy, ya voy!

Aviraneta, en voz baja, murmuró:

--Pello, enciende la vela.

Leguía la encendió en la lámpara, y de puntillas llevó ésta a la alcoba
y dejó el cabo de vela sobre el velador.

--Pero, ¿no abre usted?--dijo la voz de fuera.

--Es que no encuentro las zapatillas--contestó Aviraneta--. Lo mejor
será que echen la carta por debajo de la puerta.

--No, no; me han dicho que se la entregue a usted en su propia mano.

--Pues entonces será mejor que espere usted a que me vista.

Aviraneta cogió la escopeta y Leguía la pistola, y se colocaron en la
entrada de la alcoba.

Al ver que no abrían, los asaltantes debieron sospechar algo.

--Hala, y no perdamos tiempo--dijo la voz del hombre de la zamarra.


ENTRAN

Un hierro penetró entre la puerta y su jamba, a martillazos; por la
abertura entró el extremo de un garrote; las tablas ligeras crujieron
violentamente; de repente, con un estrépito terrible, cayó el sofá, el
velador y la puerta al suelo.

Varios hombres aparecieron en la sala, y al mismo tiempo sonaron dos
tiros. Al instante, Aviraneta y Leguía retrocedieron a la alcoba,
cerraron la puerta y sujetaron el picaporte con la cuña.

Alguno de los asaltantes debió quedar herido, porque se oyó un grito de
dolor y de rabia.

--Hay más de uno--dijo la voz chillona del Caracolero.

--Y están bien armados--murmuró el Raposo.

--No importa. Son nuestros--gritó el hombre de la zamarra--; y nos la
van a pagar.

El hombre de la zamarra intentó mover el picaporte; pero estaba fijo.
Leguía, con la ayuda de Aviraneta, colocó la tranca en la puerta.

Los asaltantes la empujaron con el hombro; pero la puerta no se movió ni
cedió lo más mínimo.

--Está admirablemente--dijo Aviraneta, y llevó la lámpara encima de la
mesa de noche, y a la luz cargó el fusil y la pistola con el mismo
cuidado y minuciosidad que si estuviera en una escuela de tiro. Después
abrió la ventana y ató en uno de los pernios el cordón de seda.

El silencio de los de dentro alarmaba a los que intentaban entrar. De
pronto se notó que la vela se les había consumido y apagado, y empezaron
a encender fósforos.

Uno de los asaltantes comenzó a introducir un formón por la juntura de
la puerta a golpes de martillo; pero la puerta de la alcoba era de
roble, de una pieza, y se notaba, además, que el pulso del que
martilleaba no estaba muy seguro.


AVIRANETA PIDE AUXILIO

--Creo que vamos a poder dormir aquí--dijo Leguía, frotándose las manos.

Acababa de decir esto cuando se oyeron pasos en la alcoba próxima, y
después sonaron tres o cuatro puñetazos en el tabique. Alguno lo
sondeaba, sin duda, suponiendo que sería más fácil entrar por él en el
cuarto, abriendo un agujero. Aviraneta, de pronto, cogió la lámpara y se
acercó a mirar las paredes. Luego dejó la luz en el velador, y
rápidamente tomó el fusil, salió a la ventana y disparó al aire. En
aquel momento se oyó el alerta de un centinela.

El hombre de la zamarra y su gente debieron quedar sorprendidos por el
disparo.

El centinela de la muralla lanzó un grito de alarma y disparó también.

Leguía le miraba a Aviraneta, asombrado. Aquel hombre parecía haber
perdido de repente su sangre fría.

--Habrá que descolgarse--dijo varias veces.

Aviraneta esperó unos segundos; luego, sacando el cuerpo por la ventana,
comenzó a gritar:

--¡Sargento! No son más que tres o cuatro. Que rodeen la casa, y los
cogen.

Los asaltantes se creyeron presos; echaron las herramientas, bajaron las
escaleras y huyeron. Aviraneta salió del cuarto y desde el balcón del
comedor les disparó un tiro. Tardó más de media hora en llegar la
patrulla. Venía un pelotón de treinta soldados con un sargento.
Aviraneta salió a recibirlos, y volvió poco después a la sala, donde
había quedado Leguía.

--La verdad--dijo Pello, al verle--, no he comprendido esta última
maniobra.

--¿No?--preguntó Aviraneta, sonriendo y liando su cordón de seda verde
sobre la hoja afilada del puñal.

--No. ¿Para qué pedir auxilio sin necesidad? ¿No nos bastábamos nosotros
para defendernos? Creo que ha hecho usted una tontería, don Eugenio.

Aviraneta no respondió. Cogió la lámpara e invitó a Leguía a entrar en
la alcoba interior, contigua a la que habían estado ellos; luego penetró
hasta el fondo del cuarto, se acercó a la pared, dió un empujón y abrió
una puerta de escape que comunicaba las dos alcobas.

--¿Y cómo ha notado usted que había esto?--dijo Pello.

--Cuando uno de ellos comenzó a golpear el tabique, inmediatamente se me
vino la idea de si habría alguna comunicación; cogí la luz, y vi el
marco de la puerta rebozado de cal; antes de que el que golpeaba llegara
al fondo de la alcoba con su sondeo y notara la puerta, disparé. Me
pareció mejor que descolgarse y andar por el campo cogiendo el relente.

--Retiro lo de la tontería, don Eugenio. Es usted un hombre de recursos.

Aviraneta sonrió, satisfecho.


LOS DOS HUÉSPEDES

El pelotón de soldados que acababa de llegar, al mando de un sargento,
reconoció la casa. La criada y el ama, encerradas en su cuarto, estaban
muertas de miedo.

Al ver a Aviraneta, el ama exclamó:

--Creí que le habrían matado a usted, don Eugenio.

Pues ya ve usted, todavía vivo. Y los dos huéspedes de anoche, ¿están en
casa?

--Sí.

--No creo que tengan el sueño tan duro que no se hayan despertado con
este alboroto.

Fueron al cuarto de los dos huéspedes, y se encontraron con un
espectáculo horrible: uno de los hombres estaba muerto, cosido a
navajadas, en la cama; el otro, en el suelo, desnudo, atado y
amordazado. Le quitaron las ligaduras, y pudo contar lo ocurrido. Se
había despertado y encontrado con cinco hombres desconocidos que le
ataron y amordazaron. Al mirar hacia la cama de su compañero le vió
muerto y bañado en sangre.

Se quedaron doce soldados y un cabo en la casa, y los demás hicieron un
reconocimiento por los alrededores de la muralla y por los viñedos
próximos; pero no encontraron a nadie.

--Bueno. Esto se ha concluído--dijo Aviraneta--. Dormiremos un rato,
¿eh?

--Me parece una buena idea--contestó Pello.

Y el uno en una alcoba y el otro en la otra se tendieron en la cama.




V

UNA PROPOSICIÓN


AL día siguiente, Aviraneta se levantó temprano. Abrió el balcón de la
sala para que entrara la luz, y estuvo contemplando las huellas del
combate de la noche anterior; una de las balas se había incrustado en la
pared; la otra, hecho trizas un espejo.

En el suelo quedaban manchas de sangre.

Aviraneta salió al pasillo de la casa; en un cuarto del fondo, alumbrado
con cuatro velas, estaba el cadáver del hombre asesinado por la noche.

Aviraneta volvió a su cuarto, impresionado.

--Se va uno haciendo viejo--murmuró--. Estas cosas ya me hacen efecto.

Aviraneta se acercó a la alcoba donde se había acostado Leguía, y quedó
asombrado al verle dormir tan profundamente.

--¡Cómo duerme! A éste no le preocupa mucho que haya un muerto en la
casa.


LA FILOSOFÍA DE PELLO

Aviraneta se lavó y se afeitó, y al dar las ocho llamó a su compañero.

--¡Eh, Pello! Ya has dormido bastante.

Leguía, desde la cama, entre dos bostezos, dijo:

--¿Qué hora es?

--Las ocho han dado ahora mismo.

--Habrá que vestirse.

--¡Claro!; no te vas a estar todo el día en la cama. Además, ten en
cuenta que pueden venir los verdaderos huéspedes de este cuarto.

Pello se sentó en la cama.

--A ese pobre hombre le han matado por equivocación--murmuró Aviraneta,
en tono sentimental.

--¿A qué hombre?

--Al de ayer. ¿A cuál va a ser?

--¡Ah!

--¿Ya no te acordabas?

--Sí. ¿Y dice usted que le han matado por equivocación?

--¡Claro! El golpe iba dirigido a mí.

--¡Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual--replicó Leguía, con
indiferencia, mientras se ponía los pantalones.

--Veo que eres un bárbaro, Pello.

--Hay que ser filósofo. A uno también le tocará su hora, y por eso no se
estremecerán las esferas.

--Esa indiferencia en un muchacho joven como tú me parece horrible. Si
ahora eres así, ¿qué será cuando tengas mi edad?

--Seré una especie de Aviraneta--replicó Leguía con viveza.

--Eres un cínico, Pello.

--Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la
zamarra.

--Voy a mandar que te fusilen, Pello.

--Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesuítas por masón.

--Eres un bárbaro, Pello.

--Y usted un bandido.

--Muy bien; le diré a Corito que me has insultado.

--Yo le diré que quien me ha insultado ha sido usted.

--No te creerá.

--Ya la convenceré.


EL DIABLO TENTADOR

--¿Qué vas a hacer ahora?

--Voy al almacén, a casa de mi tío.

--Espera un momento. Te voy a hacer una proposición.

--Venga la proposición.

--¿Quieres venir conmigo, sí o no?

--¿A qué?

--Eso te lo explicaré más tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos,
intrigaremos juntos, quizá tengamos que defendernos juntos...

--Muy bien; nos defenderemos juntos...

--Yo no, porque soy viejo...

--¡Hombre, no es usted viejo!

--Tengo cuarenta y seis años, y he vivido bastante. Yo, no; pero tú
puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipámpano...
Yo te ayudaré... ¿te conviene?

--Me conviene. ¿Me protegerá usted también para casarme con Corito?

--Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te
protegerá.

--Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.

--Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.

--No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar
llamas de azufre, señor de Aviraneta.

--No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus
amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.

Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el
sombrero de copa y salió del parador.




LIBRO QUINTO

UN SOLDADO AUDAZ




I

EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA


MOMENTOS antes de las doce se presentó Leguía en el parador. Aviraneta,
sentado en el zaguán, contemplaba las gallinas que picaban en el
estiércol y a dos perros que retozaban, ladrando.

--Está uno dispuesto para la marcha--dijo Pello--; he concluído las
despedidas.

--¿Qué te han dicho?

--Nada. Mi tío lo ha sentido. Su familia y él me tenían afecto.

--Y a Corito, ¿la has visto?

--Sí.

--¿Qué dice?

--Dice que la voy a olvidar si me marcho por ahí.

--¿Y serás bastante granuja para eso?

--¡No! ¡Ca!


LOS IDEALES DE PELLO

--Realmente, hago mal en sacarte de este pueblo. Aquí tienes amigos,
personas respetables que te estiman..., que te quieren... Creo que es un
disparate que salgas de Laguardia.

--¿A usted le parece buena esta vida, de verdad?

--Sí, ¡ya lo creo!; la mejor.

--Pues nada, nos quedamos los dos. Rezaremos el rosario por la tarde;
iremos a casa de las Piscinas; usted hablará con don Juan de Galilea
acerca del sistema constitucional, y con las marquesas de Valpierre de
que Laguardia está perdido...

--Creo que te permites burlarte de mí, Pello.

--No, nada de eso; no hago más que empezar a desarrollar los encantos de
la vida tranquila. Además de que don Juan de Galilea es hombre muy
ameno, sobre todo cuando dictamina y encuentra que esto no empece para
lo otro.

--Sí, sí, búrlate.

--¡Yo burlarme! ¡Yo, que he aguantado a pie firme discursos de dos horas
seguidas, sin desmayar!

--¿De manera que lo que tú quieres es conspirar, intrigar, andar a
tiros?

--Robar algo bueno si se tercia.

--Seducir infelices doncellas...

--Desvalijar las iglesias...

--Asaltar los conventos...

--Comer bien...

--Beber mejor...

--Jugarse las pestañas...

--Pello, permíteme que te lo diga, eres un bandido.

--Y usted otro.

--¿De manera que para ti la moral no es nada?

--¡La moral! Es una cuestión de estómago, don Eugenio.

--¿Cómo de estómago?

--Sí; de estómago. Se tiene el estómago malo, pues es uno moral, porque
no tiene uno apetito; pero se tiene buen estómago, y es uno inmoral
necesariamente.

--Y ¿tú eres inmoral?

--En este momento, sí, porque tengo apetito.

--¡De manera que para ti la moralidad es un catarro gástrico... ¡Qué
teorías! Eres un pagano, Pello. Bueno, vamos a comer.

Entraron en el comedor. Aviraneta se sentó en la cabecera y Leguía a su
lado.

--Tendrán ustedes que esperar un rato--dijo la dueña de la casa.

--¿Por...?

--Porque van a venir unos militares.

Leguía torció el gesto.

--¡Demonio! Nos van a fastidiar. Tardarán mucho?

--No, no; ahora mismo van a llegar.


SE RECONOCEN

Aviraneta, para hacer tiempo, sacó un plano del bolsillo y comenzó a
estudiar el itinerario que tenían que seguir, en coche, hasta Santander.
Leguía se puso a silbar, mirando el techo.

Un momento después se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompañadas
de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el
comedor.

Aviraneta no levantó la cabeza del plano.

Leguía contempló indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos
atezados, negros por el sol; de aspecto enérgico y decidido. El jefe,
sobre todo, llamaba la atención por su mirada profunda y fuerte. Hombre
más bien bajo que alto, fornido y macizo, tenía esos movimientos lentos
y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.

Llevaba zamarra de piel al hombro, a manera de dolmán; boína blanca,
grande, que le sombreaba los ojos; el pulgar de la mano derecha apoyado
en la cadena del reloj. Debajo de la zamarra se veía la faja azul; a los
lados, dos pistolas y el sable al cinto.

No se podía saber la graduación de aquel oficial, porque no llevaba
insignias de mando; andaba de un lado a otro, como un lobo, y en su paso
había la decisión del hombre que cree que no puede encontrar obstáculos
en su marcha.

De pronto el jefe, apartándose de sus oficiales, que estaban de pie a la
entrada del comedor, quedó mirando fijamente a Aviraneta.

--Algún otro conflicto tenemos--pensó Leguía.

El jefe se fué acercando a Aviraneta y le puso la mano en el hombro.
Aviraneta levantó los ojos y dejó la lente sobre la mesa.

--¡Demonio! ¡Martín!--exclamó--. ¡Tú por aquí!

--¡Aviraneta! ¡Eugenio de Aviraneta! Ya sabía yo que te conocía. ¿Qué
vienes a hacer por Laguardia?

--Estoy de paso. Voy a Francia.

--A intrigar, ¿eh?

--Parece que lo sabes.

--Me lo figuro. ¿A favor de los carlistas o de los liberales?

--Soy más liberal que tú, Martín--replicó Aviraneta--, aunque no tan
bárbaro.

--Sólo a ti te permito decir esas cosas. Si fueras otro, te mandaría
fusilar delante de la muralla.

--Lo creo.

--¿Me consideras cruel?

--Lo eres.

--Mala opinión tienes tú de mí, Eugenio.

--Peor la tienes tú de mí, Martín.

--Es que no te veo claro.

--No lo soy cuando no lo puedo ser.

--¿Ni con los amigos?

--Ni con los amigos. Cuando mis secretos no son míos no se los comunico
a nadie.

--Está bien. ¿Sabes que me han hecho coronel?

--Lo sé--dijo Aviraneta--; lo sabía antes que tú.

--A ver, explica cómo puede ser eso.

--Un ministro que tú conoces me dijo, hace meses: «Le vamos hacer
coronel a Martín, al amigo de usted. ¿Qué le parece a usted?» Yo le
contesté: «¡Muy mal!»

El jefe y sus compañeros quedaron asombrados. Aviraneta, cuando pasó un
momento, añadió:

--¡Muy mal!--le dije--; creo que le deben ustedes hacer general.

La actitud de los oficiales cambió por completo, y algunos se echaron a
reir a carcajadas.

--A éste no le conocéis--dijo el coronel, señalando a Aviraneta--; éste
es el granuja más granuja que hay en el mundo.

--Y el liberal más liberal de todos los españoles.

--¿Qué piensas hacer, Aviraneta?

--Pienso comer.

--¿Y luego?

--Luego tomar el coche y marcharme a Santander.

--¿Irás por Miranda?

--Sí.

--Pues hasta Labastida te acompañaré.

--Bueno. ¿Os falta alguno para venir a comer?

--No.

--Pues entonces, manda que traigan la comida, porque este amigo y yo
estamos ya con hambre.

--¡Patrona! A ver esa sopa.

Aviraneta y Leguía habían conservado los puestos que ocupaban en la
mesa.

El jefe se sentó a la derecha de Aviraneta, y los demás oficiales se
fueron acomodando donde les vino bien.

--¿Este joven es amigo tuyo?--preguntó el jefe a Aviraneta.

--Sí, es mi secretario; Pedro Leguía. Pello, este coronel es el famoso
Martín Zurbano, terror de los carlistas.

Leguía se levantó; Zurbano hizo lo mismo, y se estrecharon la mano
gravemente.




II

HISTORIAS RETROSPECTIVAS


REZO el Benedícite?--preguntó Aviraneta, tomando una actitud compungida,
de cura.

Zurbano contestó con una blasfemia.

--Déjalas para el final--advirtió Aviraneta--; ahora estamos en la sopa.

La conversación se generalizó en seguida. Zurbano era muy ocurrente;
tenía gran repertorio de anécdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus
relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.

Al oirle se comprendía la fama terrible del guerrillero liberal. Para
una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aquél, tan
exaltado, tan furibundo, tan bárbaro, que exponía la vida a cada paso,
que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin
escrúpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tenía que
parecer un energúmeno, un monstruo vomitado por el infierno.


ZURBANO CUENTA CÓMO CONOCIÓ A AVIRANETA

--Siempre recuerdo cómo le conocí a este hombre--dijo Zurbano,
refiriéndose a Aviraneta.

--¿Cómo fué?--preguntó Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las
historias y anécdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.

--Pues veréis. El año 23 los franceses venían a acabar con la
Constitución y la libertad de España, al mando de un duque que no
recuerdo cómo se llamaba...

--El duque de Angulema--dijo Aviraneta.

--Eso es; el duque de Angulema. Por entonces nos reuníamos en Logroño,
en un mesón cerca del puente, unos cuantos nacionales y algunos paisanos
patriotas. Era por la primavera, no recuerdo qué mes. Se hablaba de que
los absolutistas, que venían de vanguardia con los franceses, se
acercaban. Mandaba en Logroño los regimientos constitucionales el
brigadier don Julián Sánchez, uno de los guerrilleros de más fama de la
guerra de la Independencia. Una noche, dos hombres a caballo se apearon
en el mesón. Eran un capitán de Caballería y su asistente. Sin quitarse
el polvo del camino fueron a casa del gobernador militar y volvieron al
poco rato. El capitán venía acompañado de un sargento de nacionales y de
algunos patriotas. «Vamos, vamos», nos dijeron a todos. Entramos en el
comedor del mesón, y nos reunimos treinta o cuarenta. El mesonero vino
con dos candiles y los colgó de las vigas del techo. Entonces el capitán
se subió en una silla, y llamándonos «ciudadanos» comenzó a hablar, a
explicarnos la situación en que se encontraba España. Era un hombre
joven, flaco, con los ojos vivos y la voz áspera. Nos dijo que la
Constitución y la Libertad estaban en peligro, que los generales nos
hacían traición, que las autoridades estaban en tratos con los franceses
y los realistas, y que el rey jugaba con el país. A pesar del fuego con
que hablaba aquel hombre, la gente estaba fría y poco decidida. Al
último dijo que había que nombrar inmediatamente una Junta para la
defensa de la ciudad, buscar armas y repartirlas entre los patriotas.

Después del discurso, el sargento y el oficial se sentaron en una mesa,
y con la ayuda de los nacionales comenzaron a hacer una lista de los
individuos que debían de formar la Junta. El primer nombre de la lista
fué el del oficial, luego hubo otros cuatro o cinco; los demás no
quisieron comprometerse, y la Junta no se formó. Al día siguiente, los
franceses entraban en Logroño; el brigadier Sánchez caía herido de una
lanzada en el costado. Al capitán aquel que había hablado la noche
anterior le vi luchando en medio de un grupo de nacionales acorralados
por los franceses. ¿Sabéis quién era aquel oficial? Este hombre que
tenéis delante: Eugenio de Aviraneta. Muchos años después, un amigo mío
recibió una carta de Aviraneta, firmada en Zaragoza, recomendándole que
apoyara en unas elecciones a Mendizábal.

--Buen premio me dió ese cocodrilo llorón--murmuró Aviraneta.

--Al ver la firma--siguió diciendo Zurbano--me acordé yo, y dije: «Es
aquél». Luego me indicaron que estaba en Logroño, y no paré hasta
encontrarle. Este ha sido uno de los hombres que más me han llamado la
atención.


AVIRANETA CUENTA CÓMO CONOCIÓ A ZURBANO

--Pues yo supe de ti--dijo Aviraneta--de una manera menos trágica.

--¡Hombre! A ver, ¿cómo fué eso?

--Estaba a la puerta de ese mesón de Logroño de que tú has hablado, con
el sargento y otro miliciano, cuando pasaste tú. «Si hubiera muchos como
éste--dijo el sargento--, se podría hacer algo.» «¿Quién es ése?»,
pregunté yo. «Martín Zurbano, un contrabandista de Varca». Y me contó un
sucedido tuyo, que no sé si es verdad o mentira.

--¿Qué fué?

--Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que
hacía tanto frío, que se helaban las palabras, y que tú dijiste: «Esto
no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroño a caballo y en
cueros.» Los demás dijeron que era una barbaridad; pero tú, empeñado, te
desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima
de la tierra helada. ¿Es verdad esto?

--Sí. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podría hacer.

--¡Bah! ¿Qué importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazón.

--Eso no falta.

--Lo mismo me ocurre a mí--dijo Aviraneta.

--¿De verdad?--preguntó Zurbano, con la brutal franqueza que le
caracterizaba.

--Parece que lo dudas.

--¡Y eres político!

--¿Y qué?

--Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los políticos.




III

VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA


HUBO un momento de silencio.

--Creo que te engañas, Zurbano--dijo Aviraneta, secamente.

--El que se engaña eres tú, Aviraneta--replicó Zurbano.

--Suponer que la mala fe está sólo en los políticos es un absurdo.

--¿Piensas tú que los políticos españoles son buenos?

--No. ¡Cómo voy a pensar eso! Sé que son malos; pero sé que tienen
muchos de ellos tanta buena fe como los de los demás países.

--Entonces no comprendo por qué lo hacen mal.

--Lo hacen mal porque en España es imposible hacerlo bien. Los políticos
son malos cuando el país es malo.

--No, no. España no es peor que otra nación.

--No será peor individualmente; lo es colectivamente.

--No entiendo eso. Me parece lo que dices una de esas frases de político
que no quieren decir nada.

--Un hombre puede ser buen hombre y mal ciudadano.

--Cuando se es mal ciudadano se es mal hombre--contestó Zurbano, dando
un puñetazo en la mesa.

--No. Un Cristo que viviera entre nosotros, sería un buen hombre, sería
un mal ciudadano.

--Argucias.

--Razones.

--Di lo que quieras. Yo estoy convencido de que son los políticos los
que nos matan. ¿Por qué no se acaba la guerra civil? Por ellos.

--Por ellos y por los generales, que se odian--replicó Aviraneta--. Hace
unos meses estaba yo en Arcos de la Frontera, y veía cómo dos generales
del ejército liberal, Alaix y Narváez, no sólo no se ayudaban nunca,
sino que hacían lo posible para que los carlistas de Gómez derrotasen a
las tropas de su compañero y rival. Y esto de las rivalidades es lo más
digno que pasa entre ellos. No hablemos de lo más indigno.

--Y ¿por qué no se habla claro en ese Congreso?--preguntó Zurbano--.
¿Por qué no se dice la verdad? Eso no es un Congreso; es un charco de
ranas.

--Aunque fuera un estanque de cisnes sería lo mismo.

--Aquí se necesita un hombre, Aviraneta.

--Aquí se necesita un pueblo, Zurbano.

--Yo estoy convencido de que en España, hoy, lo mejor sería una
dictadura militar, una dictadura de un hombre justo, valiente, que
supiese sentar las costillas a todo el que quisiera salirse de la ley.

--No, Martín--contestó Aviraneta--; no estoy conforme. España no
necesita más que una dictadura: la de la justicia, la de la
inteligencia, la de la libertad. Nada de fuerza, nada de soldados que
quieran imitar a Napoleón. El Poder civil debe estar siempre por encima
del Poder militar. El Ejército no debe ser más que el brazo de la
nación, nunca la cabeza.


AVIRANETA HABLA DE SÍ MISMO

--No estoy conforme--y Zurbano dió un puñetazo en la mesa--. Los
soldados somos tan ciudadanos como los demás. Ciudadanos que exponen su
vida. ¿Podéis decir lo mismo los políticos?

--¿Lo dices por mí, Martín?

--Lo digo por todos vosotros.

--He peleado en la guerra de la Independencia con don Jerónimo
Merino--contestó Aviraneta fríamente.

--Queréis ganar batallas desde los rincones de los ministerios.

--He hecho cuatro campañas.

--Aspiráis a mandar con vuestras intrigas; no sois tan liberales como
nosotros los militares.

--He peleado el año 23 con el Empecinado; el año 30 tomé parte en la
expedición de Mina; hoy sigo luchando contra los facciosos.

--Sí; pero queréis tenerlo todo en vuestra mano; no queréis que el mundo
sea libre.

--He guerreado con lord Byron por la independencia de Grecia.

--No os preocupa más que lo que pasa en Madrid; no sois patriotas.

--Tomé parte en Méjico en la expedición del general Barradas.

--No dudo de que seas un valiente; pero, créeme, Aviraneta, sólo un
hombre de puños, capaz de fusilar a todo el que no ande derecho, puede
salvar a España.

--Sería necesario que cuando acabara de fusilar a todos hubiera otro
hombre de puños que lo fusilara a él--replicó Aviraneta.


ZURBANO EL IBERO

La discusión siguió así, en el mismo tono extremado y agresivo. Los
demás oían y callaban, presenciando el duelo. Estaban frente a frente el
torero y el toro, el cazador y la fiera, la violencia impulsiva de
Zurbano ante la energía serena de Aviraneta.

No era posible dar una idea de la actitud y de las palabras de Zurbano;
acostumbrado a mandar, la resistencia le irritaba; hablaba, accionaba,
daba puñetazos en la mesa, se revolvía furioso; quería oir y, al mismo
tiempo, acogotar al contrincante.

Aquel hombre era un admirable ejemplar de la violencia ibérica; su alma
inquieta, tumultuosa, tenía algo de volcán en perpetua erupción.

Era el fiero cántabro, violento, exaltado, con un valor que llegaba a la
temeridad, a la tendencia suicida, con una confianza grande en su
estrella.

Esta confianza le hacía emprender aventuras absurdas. Una de ellas se la
contó Mecolalde a Leguía en un alto de la discusión.

Unos meses antes, en Noviembre del año anterior, habían salido de noche
unos doscientos hombres del batallón de Zurbano, desde Vitoria.

Al llegar cerca de Salvatierra, Zurbano dejó el grueso principal de la
fuerza en una altura, viendo que el terreno que se presentaba ante ellos
era pantanoso, y con veinte jinetes y doce infantes se metió
sigilosamente en Zalduendo, ocupado por los carlistas. Zurbano sabía
dónde estaba alojado el general Iturralde, y solo, envuelto en el
capote, se dirigió hacia la casa. «Buenas noches», le dijo el centinela.
«Buenas noches», le contestó el soldado.

Zurbano entró en el portal, subió la escalera, recorrió un pasillo y
llegó a un cuarto donde unos veinte hombres, la mayoría oficiales
carlistas, estaban jugando al monte.

El banquero tenía suerte: iba acumulando delante de sí una gran cantidad
de plata y de billetes. Dió las cartas, y viendo que Zurbano no
apuntaba, le dijo:

--¿Y usted no juega, compañero?

--Yo copo--dijo Zurbano; y se levantó y extendió la mano sobre la mesa.

--¿Quién es este hombre?--gritó Iturralde.

--¡Soy Martín Zurbano! Todo el mundo queda preso. Y sacó un trabuco que
llevaba escondido debajo del capote.

Los jugadores quedaron sorprendidos; Martín, valiéndose de su sorpresa,
se asomó al balcón y dijo a Mecolalde: «¡Eh, vosotros, venid arriba!»

Así prendió Zurbano al mariscal de campo del ejército carlista don
Francisco Iturralde, a su mujer, a su hijo, a cinco oficiales y a
cincuenta y cuatro personas más.

Estas gatadas eran frecuentes en el guerrillero riojano, que vivía sólo
para la guerra, para la emboscada, para la sorpresa.

Aquel hombre, por lo que dijo Mecolalde, era insensible a los placeres
materiales; no comía ni dormía. Era de una austeridad furiosa y salvaje.

Para que su genio fuera más irascible, padecía del estómago, y la
enfermedad daba a su rostro, largo y fino, unas arrugas de melancolía;
sus ojos, grises y azulados, brillaban con furor; la boca, de labios
pálidos y rectos, denotaban un carácter de crueldad y de energía.

Siempre vibrante, siempre amenazador, Zurbano hablaba con un fuego
extraordinario, con una elocuencia incorrecta, y a veces incoherente.

En aquel duelo de palabras entablado en el comedor de la fonda,
Aviraneta se batía a la defensiva; parecía un aguilucho resistiendo las
embestidas de un jabalí.

De pronto, los dos contrincantes se pusieron de acuerdo, pensando en la
patria futura. Zurbano entreveía en el porvenir un mundo de justicia y
de bondad, sin guerras, sin enemigos, sin violencias; Aviraneta estaba
conforme; pero, para acercarse a aquel ideal, los dos consideraban que
había de seguirse distinto camino. El uno creía que era indispensable
marchar de frente, aniquilando las torpezas y las mentiras dejadas por
el pasado; el otro pensaba que había que tomar por el atajo y atacar al
enemigo de soslayo, cuando no se pudiese cara a cara.




IV

CONSEJO DE AMIGO


LA discusión se interrumpió por la entrada de un viejo.

Este viejo venía a saludar a Zurbano. Era un hombre alto, de bigote
cano, facciones duras. Por sus actitudes parecía militar.

--¡Hola, Varea!--le dijo a Zurbano; porque muchos le llamaban por el
nombre del arrabal de Logroño donde había nacido.

--¿Quién es usted?--preguntó Zurbano, bruscamente.

---¿No te acuerdas?... ¿No se acuerda usía de Caparroso, aquel cabo de
Carabineros que un día le mandó parar a usía, amenazándole con el fusil,
y que usía...?

--¡Rediós! ¿Eres tú?

--Sí, vivo aquí, donde está casado mi hijo.

--¡Cuánto me alegro de verte!


EL CABO CAPARROSO

Zurbano se levantó, se acercó al viejo y estuvo hablando con él.
Mecolalde, que conocía muy bien la vida de su jefe, contó a Leguía y a
Aviraneta lo ocurrido a Zurbano con aquel hombre.

El recién llegado había sido cabo de Carabineros y perseguidor de
Zurbano en sus tiempos de contrabandista. El cabo Caparroso tenía fama
de templado, y como Zurbano se le escapaba de entre las uñas, juró
prenderle cuando le echase la vista encima. Un día, el carabinero lo vió
en el monte, con dos mulos cargados de mercancías. Amartilló el fusil,
y, saltando por entre las zarzas, se plantó delante de Zurbano, y,
echándose el arma al hombro, gritó: «¡Alto! ¡Ríndete!» «Bueno, me
rindo», dijo el contrabandista. «Hala. Tira para adelante», añadió el
cabo. Martín comenzó a marchar con sus mulos hacia el pueblo. Al llegar
a un recodo, la carga de uno de los machos se inclinó hacia un lado;
Zurbano fué a arreglar la alforja, y con un movimiento rápido sacó un
trabuco de debajo de la manta, y, apuntando al carabinero, gritó:
«Ríndete tú ahora, o disparo.» El cabo Caparroso dijo al contrabandista
que le perdonaba, que se fuera; pero Zurbano, riendo, contestó: «¡Ca!;
ahora toma tú del ramal a las caballerías y llévalas hasta la cuadra de
mi casa. Yo voy detrás.»

El cabo y Zurbano llegaron a Varea, y allí, Zurbano le ofreció al
carabinero una buena cena y se hicieron amigos.


EL EMPECINADO Y ZURBANO

--Algo parecido le sucedió al Empecinado--dijo Aviraneta.

--¿Cuándo conoció usted al Empecinado?--preguntó Mecolalde.

Le conocí el año 13--contestó Aviraneta--. Peleé con él y con el cura
Merino en tiempo de la guerra de la Independencia; luego luché, con una
partida suelta, contra Merino, el año 23, y fuí, durante algún tiempo,
secretario de campaña del Empecinado.

Todos los comensales se le quedaron mirando atentamente. A pesar de que
aquel hombre no era viejo aún, pertenecía a otra generación: a una
generación que en menos de treinta años había tomado un carácter
legendario.

--¡El Empecinado!--exclamó Zurbano, que se había despedido del antiguo
cabo de Carabineros y volvía a su sitio a la mesa--. He oído decir que
fué siempre hombre de gran corazón y gran liberal.

--¿Era como Martín?--preguntó Mecolalde, a quien le gustaba sacar a
relucir, siempre que podía, a su jefe.

--No, no.

Zurbano torció el gesto.

--Eran muy diferentes--siguió diciendo Aviraneta, mirando a Zurbano con
su impasibilidad habitual--. Este Martín y aquel Martín, los dos han
nacido guerreros, con el sentimiento de las sorpresas y de las
emboscadas. En esto únicamente se parecen; en lo demás, muy poco. El
Empecinado era como una encina de Castilla, robusta, fuerte,
achaparrada; éste es como un pino alto y delgado; el Empecinado era más
tosco, más pueblo; éste es... más fino, más aristócrata.

--¡Aristócrata yo!--exclamó Zurbano, sorprendido, y lanzó una blasfemia
que hizo persignarse a todas las mujeres de la casa--. Sólo a ti se te
ocurre decir esto.

--Sí, aristócrata. A pesar de tu rudeza aparente y de tus palabras, eres
un aristócrata.

--¡Yo, que no llevo ni siquiera las insignias de mi grado!

--Por eso, porque eres aristócrata.

--¡Bah!

--El Empecinado era más humano; éste es más duro, más implacable; el
Empecinado era francote, sencillo; éste es un zorro.

--Sin duda; porque desciendo de vascongados--replicó Zurbano con
malicia, sabiendo que Aviraneta lo era.

--Quizá por eso. El Empecinado era como un niño, y lo hubiera sido
siempre; éste es como un viejo; aquél no tenía ambición; éste la tiene;
aquél era sano; éste, no.


EL HORÓSCOPO

Zurbano, que había seguido la comparación con cierta ansiedad
disimulada, como hombre que oye un horóscopo en el que cree, quedó
pensativo.

--¿De dónde sabes que yo no estoy sano?--preguntó.

--No lo sé. Lo supongo nada más. Cuando uno es un rabioso, un violento,
es que no está sano.

--Eres inteligente, Aviraneta.

--Me tengo por tal; quizá sea una equivocación.

--Ves a los hombres por dentro; pero no progresarás.

--Lo sé.

--Comprenderás a la gente; pero eso no te servirá de nada. Alguno dirá:
«Ese hombre tiene talento, tiene valor, tiene perspicacia...» Pero te
sobra una cosa: la personalidad; eres demasiado Aviraneta; no sabes
pensar en los demás; te falta otra: la suerte. Detrás de ti no irá nunca
nadie; tendrás que estar siempre a las órdenes de un hombre que valga
menos que tú: el inteligente te temerá, el no inteligente te
despreciará.

--¿Es mi horóscopo?--dijo Aviraneta.

--Parecido al tuyo.

--¿Y qué debo hacer, según tú?

--Retirarte de la vida activa.

Aviraneta quedó pensativo, y una sonrisa de tristeza frunció sus labios.

--¿Te ha molestado?--dijo Zurbano, riendo y poniendo la mano en el
hombro de su interlocutor.

--No; ¿por qué? El destino está por encima de los hombres.

--Pues véngate, pronosticándome alguna desgracia.

--¿Desgracia? No sé si la tendrás, Martín. Por lo pronto, desconfía de
tu carácter. Eres un militar, un buen militar. Has hecho lo más difícil
de tu carrera. Si prosperas, como prosperarás, querrán hacer de ti un
político, y entonces...

--Y entonces, ¿qué?

--Entonces fracasarás, y podrás llegar a perder todo lo que has ganado,
si no pierdes también la vida.

Realmente, Zurbano era de esos tipos en cuya frente parece leerse un
destino trágico.

--Son ustedes pájaros de mal agüero--exclamó Mecolalde--; dejemos esto,
y que traigan café.


EL ENTUSIASMO LIBERAL

Estaban tomando el café cuando delante del parador la charanga del
regimiento de Zurbano comenzó a tocar el himno de Riego.

Zurbano, Aviraneta, Leguía, Mecolalde y los oficiales salieron al
balcón.

Soldados y gentes del pueblo se habían amontonado delante de la casa.
Uno de los soldados llevaba en la cabeza un sombrero de teja, grande, y
repartía bendiciones, entre las carcajadas de los demás.

Cuando los jefes aparecieron en el balcón cesó el tumulto.

--¡Viva Zurbano!--gritó un hombre del pueblo con voz furiosa, levantando
un garrote blanco en el aire.

--¡Viva!--repitieron varias voces, igualmente frenéticas.

Zurbano se estremeció; parecía un caballo encabritado.

--¡Riojanos!--exclamó con voz vibrante, agarrándose con las dos manos al
hierro del balcón--. ¡Viva la reina!

--¡Viva!

--¡Viva la Constitución!

--¡Viva!

--¡Viva la libertad!--gritó Aviraneta.

--¡Viva!

La charanga volvió a tocar el himno de Riego aun con más brío.

Pello quedó asombrado al mirar a Aviraneta. Estaba pálido de la emoción,
con las lágrimas en los ojos.

--Maestro, está usted emocionado. El aire de la Libertad le emborracha.

--Sí; es verdad.

--¡Si le llegan a usted a ver en el balcón las Piscinas!--añadió Pello,
burlonamente.

Aviraneta sonrió, y tuvo que limpiarse disimuladamente los ojos.




V

POR EL CAMINO


ZURBANO y sus oficiales habían salido camino de La Bastida. Hasta un par
de horas después, Aviraneta y Leguía no tuvieron la silla de postas
preparada.

Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro
de Laguardia.

El día, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas
suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshaciéndose sobre la
falda obscura de los montes.

Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una
compañía, que iba a retaguardia. Habían detenido un landó, ocupado por
una señora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se
habían escondido en un viñedo al ver a la tropa. En ellos reconoció
Leguía al hombre de la zamarra y al Raposo.

--Ahí tiene usted a dos de los asaltantes de anoche--dijo Pello a
Aviraneta.

--¿Son esos?

--Sí.

El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvió la cabeza
rápidamente.

--¿Han cogido ustedes gente sospechosa?--preguntó Aviraneta a Mecolalde.

--Sí.

--¿Qué clases de tipos son?

--Estos son espías de los carlistas.

--Entonces, mala les espera.

--Martín ordenará lo que haya que hacer con ellos.

La silla de postas avanzó por entre los soldados; al pasar por delante
del landó detenido, Aviraneta echó una mirada hacia el interior del
coche y se estremeció.

--Va dentro una mujer muy guapa--dijo Leguía, que había mirado también.

Aviraneta no dijo nada; pero poco después mandó al cochero de la silla
de postas que se detuviese; se paró la silla de postas en medio del
camino, y pasó por delante de ella el landó, rodeado de soldados.

Detrás del caballo de Mecolalde venían el Raposo y el hombre de la
zamarra con las manos atadas.

En esto se vió aparecer a Zurbano, al galope, seguido de un ayudante.
Mecolalde se acercó a él, y los dos jefes hablaron. Mecolalde explicó,
sin duda, a Zurbano lo que ocurría.

--A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta
tapia--gritó Zurbano--. A la señora llevadla al depósito.

Dos soldados abrieron el landó e intimaron a los viajeros para que
bajasen. Salieron del interior un caballero y una señora. El caballero
era un hombre de unos cuarenta años, delgado, esbelto, de bigote corto;
la señora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante
presencia.

Aviraneta se acercó disimuladamente a Zurbano.

--Martín--dijo--: una palabra.

Zurbano se inclinó desde su caballo.

--¿Qué quieres?--preguntó.

--Esta mujer ha sido mi mujer--dijo Aviraneta.

--¿Tu mujer?

--Sí. ¿No podrías dejarla en libertad?

--Lo haré por ti.

--Y por los otros, ¿puedes hacer algo?

--Nada. Dile a esa señora que se vaya. No hago la guerra ni a las
mujeres ni a los niños; no soy ningún Cabrera.

Aviraneta le rogó a Pello que comunicara a aquella señora las palabras
de Zurbano. Leguía se acercó a la dama y se descubrió.

--Señora--dijo--: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a
usted marcharse libremente.

--¿A mí sola?

--A usted sola.

--¿Y mi esposo?

--Quedará prisionero.

--Pues dígale usted a ese bruto--replicó la dama, con aire orgulloso e
insultante--que no me separo de mi marido.

--Pero, señora...

--Nada, nada.

Leguía se inclinó, y, acercándose a Aviraneta, le contó lo que pasaba.

--¿Es su marido?--preguntó Aviraneta, con cierto asombro.

--Sí.

Aviraneta habló nuevamente a Zurbano, y le convenció de que sería mejor
interrogar a los prisioneros.

--Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrará un juicio sumarísimo.

La casa que había indicado el coronel tenía un ancho zaguán y una
columna de piedra en el centro; pusieron junto a ésta una mesa; Zurbano
se sentó en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un
capitán.

--Que entren los prisioneros--dijo Zurbano.

Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la
señora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.


VARGAS

--Interrógueles usted, capitán--dijo Zurbano.

--¿A quién primero?

--Al señor.

--¿Cómo se llama usted?--preguntó el capitán.

--Don Fernando de Vargas--contestó el caballero, esforzándose por
aparecer sereno y tranquilo.

--¿De dónde viene usted?

--De Valladolid.

--¿Adónde iba usted?

--A Francia.

--¿Es usted carlista?

--Sí, señor.

--¿Lleva usted alguna misión de su partido?

--No, señor.

--¿Qué parentesco tiene usted con esa señora?

--Es mi esposa.

--¿Conoce usted a estos dos hombres?

--A éste--y señaló al de la zamarra--lo conozco. Ha sido criado mío;
pero hace ya muchos años que no le veía. Al otro no le conozco.

--Está bien. ¿Sigo el interrogatorio?--preguntó el capitán a Zurbano.

--No; empiece usted con el otro.


EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE

El capitán comenzó a interrogar al hombre de la zamarra; pero éste, por
exceso de astucia, quiso hacerse el tonto. El capitán se picó al ver que
el mendigo se le escabullía por entre los dedos, y fué acorralándole a
preguntas. A veces, las contestaciones maliciosas y los subterfugios del
viejo hicieron arrancar una carcajada a los oficiales.

En esto, abriéndose paso por entre los soldados, se presentó ante el
tribunal un hombre con facha de labriego. Ni Aviraneta ni Leguía le
reconocieron; era uno de los que habían estado la noche anterior en el
parador del Vizcaíno, el compañero del asesinado por la banda del hombre
de la zamarra.

--¿Quién es usted y qué quiere?--preguntó Zurbano, al verle.

--Vengo a declarar--dijo el labriego--. Ayer noche, un compañero mío,
tratante en granos, y yo fuimos al parador del Vizcaíno, de Laguardia.
Nos pusieron a los dos a dormir en el mismo cuarto. A media noche me
desperté sobresaltado, y me encontré con cinco hombres que me ataron y
me amenazaron con las navajas si daba un grito. Aquellos hombres
acababan de matar en la cama a mi compañero; entre los asesinos estaban
estos dos.

--¡Miente!--gritó el hombre de la zamarra--. Ese día yo no estaba en
Laguardia.

--Digo la verdad--afirmó el labriego.

--¿Los reconoce usted a los dos? ¿Tiene usted la seguridad de que son
ellos?--preguntó Zurbano, señalando al de la zamarra y al Raposo.

--Sí, señor; la seguridad absoluta.

--Está bien. No hay más que hablar. Retírese usted, buen hombre. Se hará
justicia. La señora y el caballero, que vayan escoltados al depósito de
Logroño. A estos dos granujas pegarles cuatro tiros delante de esa
tapia.

El hombre de la zamarra, al oir esto, dió un salto y se echó para atrás;
derribó a tres o cuatro soldados; pero no pudo salir y cayó al suelo.
Allí se defendió como una fiera, pateando, mordiendo, hasta que le
sujetaron y le ataron los brazos. El Raposo, sin que nadie se diera
cuenta, se escabulló como una rata y comenzó a correr a campo traviesa.
Los soldados le dispararon una descarga y cayó a cuarenta o cincuenta
metros; pero poco después se levantó y echó a correr.

El hombre de la zamarra presenció la fuga de su compañero. Cuando le
mandaron avanzar por la carretera, para fusilarle, estaba transfigurado.
Se veía vencido; pero esto le daba una gran energía.

--¡Canallas! ¡Cobardes! Por mucho que me matéis yo he matado más de los
vuestros--gritaba.

--¡Anda! ¡Anda! Que te vamos a dar para vino--le decía un soldado joven,
riendo.

Al pasar por delante de Aviraneta, el hombre de la zamarra le miró
fijamente y exclamó:

--Señor de Aviraneta. Cada cual trabaja por sus ideas, a su manera,
¿verdad?

Aviraneta no dijo nada.

La patrulla que llevaba al que iban a fusilar se alejó.

Al poco rato se oyó una descarga; poco después un tiro suelto, y luego,
otro.

--Ya lo han rematado--dijo un soldado viejo a Leguía.

--En fin, un enemigo menos--murmuró Aviraneta.

Aviraneta y Leguía montaron en la silla de postas y cruzaron por entre
los soldados de Zurbano.

--¿Habrá usted presenciado muchas escenas de éstas, eh, don
Eugenio?--preguntó Leguía.

--¡Figúrate! Cuando estemos tranquilos, y si no te aburre, te contaré
algunos episodios de mi vida.

--¿Aburrirme? ¡Nada de eso! Le escucharé a usted con mucho gusto.

La silla de postas marchó a tomar la carretera de Haro, y de allí siguió
en dirección a Miranda de Ebro.




LIBRO SEXTO

LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR




I

EL ARCHIVO SECRETO


UN año después, una tarde de invierno, Aviraneta y Pello marchaban, en
un tílburi, por la carretera de Bayona.

Habían salido de Irún después de comer, y pensaban detenerse en Bidart.

Bidart es una aldea de la costa vascofrancesa que está entre San Juan de
Luz y Biarritz; tiene una iglesia, con su cementerio alrededor; unas
cuantas casas agrupadas, constituyendo el pueblo, y otras varias
diseminadas por las dunas próximas al mar y cubiertas de hierba verde.

Estas dunas forman parte del acantilado que comienza en Hendaya y acaba
en Biarritz.

La tarde estaba lluviosa y gris. Entre la niebla apenas se veía. Pello
iba dirigiendo el tílburi, obedeciendo las indicaciones de Aviraneta.

--El tiempo se nos mete en aguas--murmuró Aviraneta.

--Sí; parece que sí.

--A ti eso no te preocupa; pero a mí, mucho.

--¿Por qué?

--Por el reúma.

--Pero ¿tiene usted reúma, de veras, o es que dice usted que lo tiene
cuando le conviene, don Eugenio? Porque voy viendo que cuando no quiere
usted hacer algo, padece usted de reúma.

--¡Qué opinión estás formando de mí! Lo que es si a ti te encargaran mi
biografía, ¡me he lucido!

--Yo supongo que no sólo engañará usted a los carlistas, sino que
engañará usted también a los amigos.

--Eres un granuja, Pello. Eres indigno de mi amistad.

--Insúlteme usted, y soy capaz de ir con el tílburi al mar y empezar a
marchar por encima, como Neptuno.

--¡Neptuno, sí; buen tuno estás hecho tú!

--¡Hombre, don Eugenio! No juegue usted con el vocablo de una manera tan
vulgar; eso no está a su altura.

--¡Hay que descender a veces, amigo Pello!


EL CASERÍO ITHURBIDE

Habían pasado Guethary, y marchaban entre la carretera y la costa.
Pronto encontraron un punto en donde el camino se bifurcaba.

--Tira por la izquierda--dijo Aviraneta--; ya te diré dónde tienes que
parar.

El tílburi tomó el camino de la izquierda, que se iba acercando al mar,
y que subía en una pendiente suave. Antes de llegar a la cima,
Aviraneta mandó hacer alto delante de una casa rústica.

Era una casita con ventanas verdes y dos galerías por el lado del
camino, cubiertas con una parra que iba dejando sus hojas marchitas al
viento; por el lado contrario, hacia el mar, tenía un prado y un pequeño
jardín.

La puerta del caserío estaba abierta, y Aviraneta y Leguía entraron en
el zaguán. Una vieja, muy arrugada, les salió al encuentro con dos
chicos de la mano. Aviraneta cambió con ella algunas palabras en
castellano y en francés, dió unas monedas de cobre a los chicos y
comenzó a subir la escalera seguido de Leguía.

Llegaron al piso segundo; Aviraneta entró en un cuarto y abrió las
maderas de un gran balcón que daba al mar.

La tarde, lluviosa, iba obscureciendo rápidamente; la noche se venía
encima; apenas llegaba a verse algo en el interior de la casa.

--Mira, a ver si por ahí hay un quinqué--dijo Aviraneta.

--Sí, aquí hay uno--contestó Pello.

--Bueno; tráelo. También habrá por ahí una maquinilla de espíritu de
vino y una botella con petróleo.

Leguía buscó, a tientas, en un vasar, y encontró las dos cosas pedidas.

Aviraneta se puso a limpiar la lámpara, la llenó de petróleo y la
encendió. Después cerró las maderas del balcón; abrió un armario y sacó
un bote de café y un molinillo.

--Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el café--dijo
Aviraneta--, di a la mujer del caserío, madama Ithurbide, yo la llamo
así por ser éste el nombre del caserío, que nos prepare la cena, y de
paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado
pienso.

--Bueno; todo se hará.

Leguía desapareció por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el
reúma, limpió la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que
saliera el hollín, la cargó con astillas y pedazos de carbón de piedra y
le dió fuego con unos periódicos viejos. Después se puso a moler el
café.

Unos minutos más tarde volvió Leguía.

--¿Ya tenemos fuego, maestro?--dijo.

--Sí, ya tenemos fuego. ¿Qué hay de los encargos?

--He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociación. Hemos
llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de
huevos fritos con jamón; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de
merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino,
hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No
he podido conseguir más en mi negociación diplomática.

--¿Todo eso que has dicho piensas comer?--preguntó Aviraneta.

--Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.

--Eres un tragón. ¿Has visto si el caballo está en la cuadra?

--Sí; está comiendo su pienso.

--Bueno; pues acaba de moler el café, que yo voy a dejar la mesa libre.

Leguía cogió el molinillo y comenzó a dar vueltas al manubrio mientras
Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.

--Con esa levita y ese sombrero de copa, haciendo de cocinero, me
resultas un tipo ridículo--dijo Aviraneta.

Realmente, Leguía estaba hecho un _dandy_, con su levita entallada y su
redoblante en la cabeza.

--Pues usted está también un poco grotesco--dijo Leguía, mirando a
Aviraneta, que, después de limpiar la mesa, estaba a gatas, delante de
la estufa, con las manos negras.

--Ahí dentro, en ese armario, debe haber unas blusas viejas, que yo
empleo para andar en la huerta. Mira a ver si las encuentras.

Leguía las sacó, y el maestro y el discípulo se quitaron las levitas
para ponerse las blusas.

Este será el mandil masónico que usted empleará en las tenidas
negras--dijo Leguía--. Cómo se conoce que estamos en casa de un
venerable. ¿Qué grado tiene usted, treinta y tres o cuarenta y tres, don
Eugenio?

--Bueno, bueno; esos chistes a mí no me causan impresión, Pello. Voy a
lavarme las manos. Ojo con la estufa, ¿eh?

--Bueno.

Aviraneta volvió al poco rato.

--¿Marcha la estufa?

--Como una seda. El agua del café hierve. Esa madama Ithurbide es la que
me está preocupando.

--Ya vendrá, hombre, ya vendrá.

Los dos amigos se sentaron, con los pies al lado de la estufa, hasta que
entró madama Ithurbide con el mantel y los cubiertos.

--Madama Ithurbide, ¡salud!--gritó Leguía--. Permita usted que le
abrace. ¿Todo ha salido bien?

--Todo.

--¿Las coles estarán blandas?

--Sí, sí.

--¿El pollo no se habrá desgraciado?

--No.

--A la mayonesa, ¿le ha encontrado usted el punto?

--Sí, señor.

--¡Es usted admirable, madama Ithurbide!

Se sentaron a la mesa los dos amigos e hicieron honores a la cena.
Después se sirvieron el café, del que Aviraneta tomó tres tazas, y luego
se dedicaron a fumar. Leguía llevó delante de la estufa un colchón y una
almohada; improvisó un diván, y se tendió en él. De cuando en cuando
hacía una reflexión optimista acerca de la vida.


MIENTRAS EL VIENTO GIME

--Este caserío es mío--dijo de pronto Aviraneta--; me lo dejó un
pariente en unas condiciones poco comunes. Por su mandato no le puedo
cobrar al inquilino más que cincuenta francos al año; pero él tiene la
obligación de reservarme los cuartos de este piso y de este lado que dan
al mar.

--¡Cosa rara!

--Sí; era un tipo bastante extraño mi tío.

Comenzó a llover: se oía el redoblar de las gotas de agua que azotaban
los cristales de las ventanas; todas las trompetas del viento sonaban al
unísono, silbando, cantando, mugiendo; alguna ventana chirriaba en el
enmohecido gozne con un quejido lastimero y terminaba dando un golpazo.

A veces, el viento, rugiente, parecía que iba a arrancar la casa y a
llevarla en el aire; luego volvía a su moscardoneo manso y en algunos
momentos se detenía, y entonces resonaba el rumor de la lluvia y el del
mar.

--¿Para cuándo reserva usted su ingenio, maestro?--dijo de pronto
Leguía.

--¿Por qué dices eso?

--Porque debía usted amenizar la velada contando algo interesante.

--¿Te aburres?

--¡Pse! Un poco.

--¡Claro! ¡Estás acostumbrado a la vida del gran mundo!

--Creo que exagera usted, maestro.

--No; no exagero. ¿Has escrito a Corito?

--Sí, ayer.

--Pues si quieres y no te parece más aburrido que no hacer nada, te
contaré algunos episodios de mi vida.

--Eso es lo que le estaba pidiendo a usted.

--¿No te resultará pesado?

--De ninguna manera.

--No me vengas con cortesías. Ya sabes, Pello, que te conozco. Si no te
gusta el proyecto, no he dicho nada.

--Me gusta, maestro, me gusta; una historia entretenida es para mí en
este momento el complemento de la cena.

--Muy bien; eso me basta.

Aviraneta cruzó el comedor y abrió una puerta que daba a un cuarto
contiguo. Este cuarto estaba lleno de cajas y de trastos viejos.

--¿Qué tiene usted ahí?--preguntó Leguía.

--Ahí tengo unos cuadros que unos chapelgorris amigos míos sacaron de
unas iglesias de la Rioja.

--¿Sacaron? Quiere usted decir que los robaron.

--No vamos a reñir por cuestión de verbos; pon el que te dé la gana;
pero te advierto que tu tío Fermín Leguía iba con ellos.

--Mi tío Fermín ha sido siempre un hombre enemigo de las supersticiones.
¿Y valen algo esos cuadros?

--Sí; los hay muy bonitos: tablas góticas de verdadero mérito.

--¿Y qué piensa usted hacer con todo eso? ¿Venderlo?

--No. ¡Ca! No soy tan positivista. Los guardaré para cuando tenga casa.

--Y usted, enemigo de la religión, ¿se va usted a pasar la vida mirando
santitos? Vamos, don Eugenio, le creía a usted un hombre de más fuerza.
Creo que va usted chocheando.

--Pello, eres un beocio. No quiero enseñarte mis cuadros. Eres indigno
de contemplar una tabla gótica.

--Creo que sí, completamente indigno. ¿Qué tiene usted en ese armario?

--Este es el archivo secreto. Con esto podría echar abajo muchas
reputaciones falsas de honradez, de valor, de moralidad...

--¿Y qué adelantaría usted?

--Quitar la máscara a muchos tunantes.

--¡Bah! Todos los hombres tienen su zona de luz y de sombra: unos más,
otros menos. Hay que tomarlos como son.

--Esta es tu opinión, Pello; pero no la mía. En fin, dejemos eso. En
este cuadernito tengo los apuntes y las fechas, por si alguna vez
escribo mis Memorias para confundir a mis enemigos. Repito: si te
aburre, dímelo.

--Venga esa historia--dijo Leguía, encendiendo un cigarro y tendiéndose
en su improvisado diván.

Aviraneta se acercó al quinqué; abrió su cuaderno, sacó su lente y
comenzó su narración.




II

LAS DOS INFLUENCIAS


SOY un hombre de mala suerte, mi querido Pello, en parte mitigada por mi
fuerza de voluntad grande. Soy de esos que no se desaniman fácilmente,
ni consideran que una causa está perdida hasta que no ven medio alguno
de encontrar una solución. No tengo nada de místico; ni creo que haya en
el mundo más que fuerzas naturales; pero, aunque tuviera la sorpresa de
encontrarme después de muerto con el infierno, no lo podría considerar
como una cosa definitiva e irremediable, y mientras alentara, pensaría
en buscar recursos para mejorar mi situación. La esperanza no la
abandonaría nunca.

Mi filosofía, si es que a un político aventurero se le permite tener
filosofía, ha sido siempre esa: trabajar con entusiasmo para conseguir
las cosas, y cuando no las he conseguido, quedarme tranquilo y renunciar
a ellas sin dolor alguno.

Como hombre de mala suerte, he sufrido bastantes desgracias; he
presenciado catástrofes, derrotas, incendios, matanzas; patriota
entusiasta, he sido testigo de dos invasiones extranjeras y del
desmoronamiento del imperio colonial español; liberal y progresista, he
visto a mi país padeciendo las reacciones más bárbaras; me ha herido la
calumnia y el descrédito, privándome de todas las armas cuando
necesitaba más de ellas; he pasado por casi todas las cárceles de
España; he estado muchas veces a punto de ser fusilado... y, sin
embargo, si volviera a vivir, volvería a hacer lo mismo de lo que hice.

--Hay que ser consecuente--murmuró Leguía, lanzando una bocanada de humo
al aire.

--Lo dices con cierta sorna--replicó Aviraneta--. Ya sé que en el fondo
te burlas de los de mi época. Los jóvenes de hoy vais siendo demasiado
positivistas.

--¡Bah!

--Ya no estimáis más que los resultados. Adoradores del éxito.

--¡Claro! Es natural.

--Para mí no ha sido natural. Hay personas que sólo en determinadas
condiciones se pueden poner en acción. Yo no he pensado esto nunca.
Todas las ocasiones y todos los momentos me h

Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/47103