Orlando Furioso, Tomo I
by Lodovico Ariosto · Spanish · Gutenberg #46201 · 1,006,383 chars · public domain (US)
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Title: Orlando Furioso, Tomo I
Author: Lodovico Ariosto
Translator: Manuel Aranda y Sanjuan
Release date: July 6, 2014 [eBook #46201]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO, TOMO I ***
Nota del Transcriptor:
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LOS GRANDES POEMAS.
JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE
D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.
TOMO II DE LA COLECCION.
[Ilustración: Orlando Furioso]
ORLANDO FURIOSO
POEMA ESCRITO EN ITALIANO
POR
LUDOVICO ARIOSTO
Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO
POR
D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.
TOMO I.
BARCELONA.
EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 1.
1872.
ES PROPIEDAD.
BARCELONA.
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JAIME JEPÚS.
CALLE DE PETRITXOL, NÚM. 9, BAJOS.
1872.
[Ilustración: LUDOVICO ARIOSTO.]
BIOGRAFÍA DE LUDOVICO ARIOSTO.
Ludovico, ó Luis, Juan Ariosto nació el 8 de Setiembre de 1474 en
Reggio, ciudad del ducado de Ferrara. Sus padres fueron Nicolás Ariosto,
noble ferrarés, gobernador de la ciudadela de Reggio, y Daria Maleguzzi.
Luis fué el mayor de sus cuatro hermanos y cinco hermanas.
Apenas entrado en la adolescencia, dió público testimonio de su singular
talento, pronunciando en la apertura del curso universitario un discurso
en latin, compuesto por él, y notable por sus conceptos y por su florido
estilo. Desde entonces reveló su inclinacion y habilidad en la poesía,
escribiendo un drama titulado la _Fábula de Tisbe_, que representó
despues, acompañado de sus hermanos. Por obedecer á su padre empleó
cinco años en el estudio de las leyes; pero con tanta tibieza y
desapego, que no correspondiendo el resultado á las esperanzas
concebidas, se decidió su padre á dejarle seguir la carrera á que le
llamaba su vocacion. Estudió nueva y cuidadosamente la lengua latina
bajo la direccion de Gregorio de Spoleti, y se entregó con tal ardor al
exámen de los más excelentes escritores de aquella lengua, especialmente
de los poetas, que descubrió y aprendió las bellezas menos observadas, y
consiguió descifrar los pasajes más oscuros, lo cual le dió gran
renombre en la corte de Roma, bajo el pontificado de Leon X.
Habiendo adquirido Ariosto en la escuela de Gregorio el caudal de
conocimientos necesario, intentó ajustar la comedia italiana á las
reglas de la griega y de la latina, componiendo en prosa la _Cassaria_ y
los _Suppositi_ (los supuestos ó fingidos), que arregló más tarde en
versos esdrújulos. La muerte de su padre, ocurrida en Febrero de 1500,
le privó, en gran parte, de la comodidad y del tiempo necesario para
continuar los trabajos emprendidos en la poesía italiana y en la latina,
por haberse visto obligado á dedicarse á una tarea tan penosa como nueva
para él, cual era la del arreglo de sus asuntos domésticos, aunque no de
modo que renunciara totalmente á su ocupacion predilecta, segun lo
prueban las diferentes poesías que de aquel tiempo nos dejó impresas. No
tardó en conocer y apreciar su talento el cardenal Hipólito de Este,
hijo de Hércules I, el cual quiso que Ariosto formara parte de su alta
servidumbre. Observando aquel experto Príncipe que no consistia en la
poesía solamente el mérito de nuestro poeta, tuvo á gran dicha confiarle
las comisiones más delicadas, así suyas como de su hermano Alfonso,
sucesor de su padre Hércules en el ducado de Ferrara. Estas comisiones
fueron varias; pero las dos más importantes consistieron, la primera, en
impetrar del pontífice Julio II, en Diciembre de 1509, los socorros
necesarios en gente y dinero para rechazar una agresion de los
venecianos, y la segunda, en aplacar la cólera del mismo Pontífice,
sumamente irritado contra el duque Alfonso por su alianza con los
franceses.
En el tiempo en que Ariosto perteneció á la servidumbre del Cardenal de
Este, se le ocurrió, con objeto de atraerse el favor de su señor,
componer un poema que redundase en alabanza de dicho Cardenal y de su
familia, y empezó á escribirlo en tercetos; mas satisfaciéndole poco
este metro, adoptó las octavas reales, como más á propósito para su
idea, emprendiendo en seguida el trabajo de completar la obra bosquejada
por el conde Boyardo en su _Orlando enamorado_. Despues de diez ú once
años de trabajo, muchas veces interrumpido, creyó que su poema estaba en
disposicion de ser impreso y publicado, á fin de conocer la opinion
formada sobre él, no solo por sus amigos, sino tambien por la
generalidad, y tenerla presente para corregirlo más adelante. En efecto,
en 1516 dió á luz su _Furioso_, y una vez conocido el parecer de las
personas ilustradas, y despues de muchas correcciones, adiciones y
cambios, y de añadir seis cantos á los cuarenta de la primera edicion,
volvió á publicarlo en Ferrara en 1532. No quedó tampoco satisfecho de
las correcciones hechas en esta segunda edicion; porque desanimado por
el desvío con que despues de quince años de leales y penosos servicios
le pagó su señor, y atormentado por los incesantes litigios que tuvo que
sostener y que iban mermando su patrimonio, ó no hizo nada en su poema
por espacio de mucho tiempo, ó á lo menos poco y con poco gusto; de modo
que hácia el fin de su vida se lamentaba de que su _Furioso_ careciese
de la debida correccion, parte por causa de sus cuidados domésticos, y
parte por culpa de sus señores, que continuamente le distraian con
viajes, embajadas y gobiernos.
Ariosto suponia con fundamento que su poema le haria acreedor del
aprecio del Cardenal, y supuso tambien con razon que este aprecio no se
entibiaria por alguna cosa de poca importancia; pero cualquiera que
fuese el concepto que al principio hubiese formado aquel príncipe de
dicha obra, lo cierto es que no habian transcurrido diez y ocho meses
cuando el poeta se vió privado del fruto de sus honrosas tareas. La
única causa que para ello medió consistió en que, cuando pasó el
Cardenal á Hungria para permanecer en aquel país, como permaneció dos
años y algunos meses, Ariosto se excusó de acompañarle, fundándose en la
necesidad de atender á su quebrantada salud y al cuidado de su familia.
Desde aquel momento el Cardenal, si bien no le despidió de su
servidumbre, le privó por lo menos de su gracia, y dió manifiestas
pruebas de su animadversion hácia el poeta. Encontró, sin embargo,
cierta compensacion á esta pérdida en el nombramiento dé gentil-hombre
de su cámara, que le confirió el duque Alfonso.
Desempeñó tranquilamente este nuevo servicio cerca de tres años, en que
disfrutó del sosiego necesario para sus estudios, aun cuando siempre que
salia el Duque fuera de la capital, se veia obligado á acompañarle; pero
no fueron tranquilos por lo que á sus asuntos domésticos hacia, los
cuales le traian sumamente angustiado á causa de lo reducido de su
patrimonio y de su numerosa familia. Poco despues se añadió á esta
estrechez la pérdida de cierta pension que bastaba á sus necesidades,
que cobraba en Ferrara, y que fué suprimida por el Duque.
Reducido á los mayores apuros, suplicó al Duque que le auxiliase en su
necesidad ó que le diera licencia para dejar su servicio, á fin de
buscar en otra parte los medios de vivir de que carecia. Alfonso creyó
satisfacer sus deseos, nombrándole en Febrero de 1522 gobernador de la
Garfagnana, en ocasion en que el gobierno de aquel país era peligroso á
consecuencia de las distintas facciones y partidas de bandoleros que
merodeaban por él. En dicho cargo continuaba en el año de 1523, cuando
Clemente VII fué elegido papa, segun sabemos por la sátira sétima que
escribió á Buenaventura Pistofilo, secretario del Duque de Ferrara, en
respuesta á la proposicion de nombrarle ministro residente cerca del
Papa, que dicho secretario le habia dirigido; manifestando que, aparte
de la obediencia que al Príncipe debia, preferia continuar tranquilo en
su patria. Siguió, pues, encargado del gobierno de la Garfagnana hasta
terminar el plazo fijado, que era de tres años, y despues se trasladó á
Ferrara, donde por complacer al Duque, á quien agradaban en extremo las
representaciones teatrales, se dedicó á revisar y corregir las cuatro
comedias que habia escrito hacia ya muchos años, y á empezar la
_Escolástica_, que fué la quinta, y cuya obra dejó sin concluir.
El duque Alfonso no escaseó gasto alguno para hacer que se representaran
dichas comedias, é hizo que se levantase un teatro en un salon de su
palacio segun los planos del mismo poeta, el cual se esmeró tanto en su
construccion, que por aquel tiempo no se conoció otro tan bello ni
magnífico. En él se representaron varias veces con extraordinario
aplauso y en presencia de muchos príncipes las cuatro comedias citadas,
tomando parte en su ejecucion los personajes más notables de la corte,
segun era costumbre en aquellos tiempos; y hasta el príncipe D.
Francisco, uno de los hijos del Duque, no se desdeñó de recitar el
prólogo de la _Lena_, la primera vez que esta obra se puso en escena en
el año 1528.
Ariosto intentó componer un nuevo poema, ó más bien ampliar su
_Furioso_, añadiendo los cinco cantos que despues de su muerte fueron
impresos á continuacion del poema primitivo. Otras muchas cosas
escribió, además de las publicadas, para ejercitarse en la poesía ó como
meros ensayos; y sábese especialmente que, para adiestrarse en la
invencion de su _Furioso_, se dedicó á la traduccion de varios libros
novelescos, así españoles como franceses. Por complacer al Duque y quizá
tambien por su propia conveniencia, se ocupó asimismo en arreglar á la
escena italiana muchas comedias de Plauto y de Terencio, cuyos ensayos
seria de desear que no se hubiesen perdido, por más que el Poeta los
tuviese en poco, aunque solo fuese porque, merced á ellos, tendríamos
una nueva y respetable interpretacion de muchos pasajes oscuros y
difíciles de los clásicos latinos.
Los primeros ingenios de su tiempo apreciaron cual se merecian las
valiosas dotes de nuestro Poeta, el cual vivió con ellos en cordial
amistad, presentándonos un honroso recuerdo de esta en su poema. Pero
más particular y hasta cariñosamente fué amado, querido y admirado de
los principales señores de Europa, entre los cuales podemos citar,
además de su señor natural, el Duque de Ferrara, que le distinguió más
que cuantos en este ducado tenian á gala proteger las artes y la
literatura, á Juan de Médicis, que fué despues Papa con el nombre de
Leon X; á los cardenales Gonzaga, Farnesio, Salviatti, Bibiena y
Campeggi; al marqués del Vasto y todos los señores de la corte de
Urbino; á otros muchos príncipes y reyes que le ofrecieron un lugar
honroso en sus cortes, y para terminar de una vez, al emperador Cárlos
V, el cual, encontrándose en Mantua en noviembre de 1532, quiso honrarle
públicamente colocándole por su propia mano una corona de laurel en la
cabeza.
Poco más de un mes haria que habia cumplido los 58 años, cuando apenas
terminada la impresion de su poema corregido y ampliado, empezó á sentir
los primeros síntomas de una enfermedad que le condujo en ocho meses al
sepulcro. Los principales médicos de Ferrara que le asistieron la
juzgaron desde luego incurable. La calificaron de una obstruccion en el
cuello de la vejiga, y queriéndola combatir con bebidas aperitivas, le
estropearon el estómago: acudiendo entonces á atajar esta nueva
indisposicion, tanto le estragaron, que al fin resultó ético. Supúsose
que su mal habia tenido principio en la noche que precedió al último dia
del año 1532, no porque entonces empezara á sentirse de él atacado, sino
porque en aquella noche se agravó de manera, que desesperó ya de
recobrar la salud. Ocurrió la citada noche que, prendióse fuego en una
tienda situada en la galería del patio ducal frente á la Catedral, y
corriéndose las llamas á las tiendas contiguas, ardieron todas en tres
dias y con ellas los salones del palacio que sobre ellas habia,
juntamente con el teatro que el Duque habia hecho construir pocos años
antes en aquellos salones para la representacion de las comedias de
Ariosto. Desde entonces la enfermedad hizo rápidos progresos, y despues
de haberle extenuado completamente, le ocasionó la muerte el dia 6 de
Junio de 1533. Cuatro hombres trasladaron su cadáver desde la casa
mortuoria, situada en la calle del Mirasol, hasta la iglesia vieja de S.
Benito, alumbrado tan solo por dos hachas, pero acompañado
espontáneamente por los monjes y enterrado en dicha iglesia tan
sencillamente como habia querido y prescrito.
Su hermano Gabriel deseó hacerle un sepulcro proporcionado á su cariño y
al mérito del Poeta, pero no le ayudaron los medios. Su hijo Virginio se
propuso trasladar sus restos á una capilla que habia levantado en el
huerto de la casa paterna; mas los monjes se opusieron tenazmente á
ello. Cuarenta años permanecieron los huesos de Ariosto en tan humilde
sepultura, aunque visitados y honrados por muchos poetas, que le
dedicaron composiciones latinas é italianas. Agustín Mosti, noble
ferrarés, discípulo de Ariosto, determinó erigirle á sus expensas un
sepulcro más decoroso, y lo construyó en efecto en la iglesia nueva de
dichos monjes, todo de mármoles finísimos, y adornado de figuras y
elegantes tallados, descollando en su parte superior la estátua del
Poeta, de mayor tamaño que el natural. En 1612, uno de de sus
descendientes, llamado como él Ludovico, le erigió otro sepulcro en la
misma iglesia, mucho mejor por la calidad de los mármoles y por su
belleza arquitectónica, y se trasladaron de nuevo á él sus cenizas,
donde reposan hasta hoy dia.
Mucho nos quedaria que decir aun si quisiéramos ocuparnos minuciosamente
de cuanto tiene relacion con el poeta ferrarés. Nos limitaremos á
manifestar, que en sus poemas y especialmente en sus sátiras nos dejó
una exposicion clara é ingénua de las dotes de su ánimo, conformes á la
más rigurosa moral, y nos aventuramos á decir que, si viviese en
nuestros dias, hubiera ofrecido un ejemplo digno de imitar, y habria
descollado sin duda alguna entre los hombres de fama mejor sentada. Los
escritores contemporáneos de Ariosto ponderan la afabilidad de su
trato, la delicadeza y lealtad de sus acciones, su diligencia en
complacer á cuantos hacian uso del favor que gozaba con el Duque, su
modestia y su respeto hácia todos, su justicia, su mansedumbre y su
agrado. Ensalzaban asimismo su moderacion en el deseo de gracias y
honores, y aseguraban, que dándose por satisfecho con una modesta
riqueza, aborrecia los bienes adquiridos por medio de las bajezas ó las
humillaciones. Amigo de la sobriedad, despreciaba los esquisitos
manjares de los banquetes solemnes. Le suponian experto y sagaz,
profundo conocedor de los cortesanos y del carácter de los hombres que
habia tratado; de imaginacion rápida, y agudo y hasta chistoso en sus
palabras; inclinado al estudio y á la contemplacion; enemigo de la
ociosidad, de las vanas ceremonias, y sobre todo de las adulaciones
palaciegas; amante en extremo de su patria, fiel á sus príncipes, y
constante en su amistad.
En muchos pasajes de sus poesías se manifiesta inclinado á los galanteos
amorosos; pero aun cuando hubiese sido tal como él mismo confiesa,
créese que se separó algun tanto de la verdad por capricho, y por dar
belleza y amenidad á sus poéticas fantasias como lo exigía el carácter y
la libertad de su siglo. Parece á muchos censurable que ciertos trozos
de sus poesías no puedan leerse por todos sin perjuicio de la
honestidad; pero debe tenerse presente que en su tiempo no sucedia lo
mismo, como hoy no lo es entre ciertos isleños la desnudez que no
tolerarian los europeos. Ariosto fué siempre cauto y reservado en cuanto
se relacionaba con sus amores: tuvo dos hijos naturales, Virginio y Juan
Bautista: el primero, nacido de una amiga, llamada Ursulina, fué
canónigo de la Catedral de Ferrara; y el segundo, de madre ignorada,
capitan de la milicia del Duque. De su mujer legítima, Alejandra
Benucci, florentina, no se sabe que tuviese descendencia.
Por último, aun cuando á nuestro Poeta no se le ocurrió hacer gala de un
valor que se avenia mal con su carácter pacífico, debemos hacer constar
con el Pigna, uno de los escritores contemporáneos, que tomó parte en un
combate naval contra las fuerzas del papa Julio, ó más bien contra las
de la República veneciana, en el cual dió evidentes pruebas de bravura,
resistiendo valerosamente con otros caballeros, y logrando apoderarse de
un bajel enemigo, cargado de pertrechos y de toda clase de víveres de
boca y guerra. Por lo demás, basta la energía que demostró para limpiar
el territorio de la Garfagnana de los bandoleros y facciosos que lo
infestaban, para dejar sentado que el valor no era una de las cualidades
que menos resaltaban en el inmortal autor de _Orlando furioso_.
ORLANDO FURIOSO.
CANTO PRIMERO.
Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel
caballo que se le ha escapado.--Encendido este guerrero en ira y en
amor, ataca al orgulloso Ferragús.--Este pronuncia un nuevo
juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse
de un casco.--El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada,
y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.
Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y
las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar
de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso
y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la
muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.
Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa
ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel
hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por
quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va
amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á
cabo lo que prometo.
Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y
esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo,
única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro
humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros
lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy
todo cuanto me es posible daros.
Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos,
oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra
ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables
hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar
un lugar entre vuestros elevados pensamientos.
Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia
alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India,
en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y
llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en
Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña
contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer
arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el
primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber
aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en
España, para destruir el hermoso reino de Francia.
Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se
arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama:
¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por
quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas
orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su
patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo.
El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la
hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva
disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de
un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de
Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto
inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle
ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de
Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara
por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla
que se preparaba.
El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido
derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero
juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de
campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia
adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de
trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.
Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un
caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la
espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero
que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La
tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más
veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia
ella se dirigia.
Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien
por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto
fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su
bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La
doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la
espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida,
temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la
eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva,
en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.
Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio
Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á
pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por
refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y
hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.
La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus
fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un
momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer
mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la
hermosa Angélica la que se aproximaba.
Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería,
le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el
yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador
hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian
encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el
temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y
desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes,
que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más
fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes
procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su
instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á
todo escape por el bosque y por el campo.
Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno
al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos,
para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia
de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió
al sarraceno, diciéndole:
--Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien
perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo
Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun
cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella
doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye
precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la
alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje
más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á
quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado
combate, solo resultará perjuicio para entrambos.
Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío.
Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á
olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al
apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el
buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que
montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de
Angélica.
¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran
rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del
rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron
juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva
oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro
acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino.
Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las
dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al
acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de
haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo
sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia
perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á
buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan
enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de
recobrarlo.
Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de
un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente.
Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus
esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que
sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un
caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la
cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco
que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.
Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:
--¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo,
que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando
diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me
prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues,
porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido
cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y
lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura
adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y
quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino.
Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has
prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.
Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el
color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos,
expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de
Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte,
reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por
la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni
tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era
verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que
juró por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con más casco que con
el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor
este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio,
que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni
dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por
todos los sitios donde suponia encontrarlo.
[1] Nombre de la madre de Ferragús.
No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á
su caballo saltar delante de él.--Detente, detente, Bayardo mio, exclama
el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!--Pero el
corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia
con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en
pos de él.
Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas
y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal
temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las
ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia
que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven
cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que
le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del
feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando
de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el
fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba
despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber
adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado
bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros
arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva
la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el
rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en
completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun
tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor
abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le
dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras
márgenes de aquellos arroyuelos.
No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de
encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y
estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y
pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al
par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol
no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un
lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se
dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas
lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo:
levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al
rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el
temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura,
conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.
El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una
mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol.
Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos;
despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas,
que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba
sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia
abrasado como un volcan.
--¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon,
decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo
hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el
fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro
ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni
flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella
es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin
sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el
aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los
amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó
su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde
tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el
cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante
de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su
propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable
á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á
quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás,
mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah,
prefiero morir antes que olvidarla!
Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el
enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena
consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto
reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á
Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á
Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se
habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más
servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se
presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota
de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica,
cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su
amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á
prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.
En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba
torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á
oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable
que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las
palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente
amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales
quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como
sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno
de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que
Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal
que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella
oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que
en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia
dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No
desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia
inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado,
concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con
lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su
frialdad y dureza habituales.
Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de
improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse
al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante
le dijo:
--La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta
que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.
Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el
hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus
compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la
figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella
que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y
amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus
brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del
guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio,
mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar
paterno.
Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo
desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey
de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la
deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia
podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió
del vientre materno.
Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido
cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más
graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el
amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo
invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es
desgraciado cree con facilidad lo que desea.
El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:
--Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la
ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy
dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del
bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré
inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera
marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa,
ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es
que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo
realice mis deseos.
Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el
bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su
temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba
siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se
colocó en la silla y empuñó la lanza.
En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero
continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien
el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar
la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia
estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada
impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á
singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido,
cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su
contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates
en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante
revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse
golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros
irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que
se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los
primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan
terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados
cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos
pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los
caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros;
pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve
muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el
otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda
punta del acicate.
El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se
dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que
aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que
el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.
Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y
tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla
despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del
mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su
triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó
dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que
nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al
considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.
Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz
y la palabra.
--Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha
sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento
más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará
gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion
claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.
En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron
llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros
una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó
junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á
un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien.
Sacripante le respondió:
--Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo
acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado
del caballo, espero que me digas su nombre.
El mensajero contestó:
--Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el
esforzado valor de una doncella gallarda, pero
[Ilustración: La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.
(Canto I.)]
más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien
te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta
ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.
Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando
tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado
como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su
derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su
dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á
Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para
ocasion y sitio más tranquilos.
Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que
les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta,
apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos
de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su
veloz carrera cuanto se oponia á su paso.
--Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan
mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto
estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es
Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de
él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!
Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle;
pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que
de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró
con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En
seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de
algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella,
recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca,
cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano
izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio
animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un
corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre
Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la
doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su
aliviado caballo.
Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas
armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él
al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al
paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en
otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que
él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles.
Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes
efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una
llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en
hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba:
Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.
Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño,
hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que
con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que
huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.
--¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil
me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido
las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado,
contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?
Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió
en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre
todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia
inflamado su corazon.
Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para
el canto siguiente.
CANTO II.
Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos
rivales suspendan el combate.--Reinaldo acude donde le llama el
Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.--Buscando la
atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al
traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.
¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que
simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la
desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado
fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué,
en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que
me aborrece?
Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le
parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le
amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su
despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en
vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su
amor.
Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:
--Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo
que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien
intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu
poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un
ladron como tú.
--Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de
ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que
de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la
dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no
hay en el mundo nada que pueda comparársele.
Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia,
se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y
más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á
morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen
furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el
uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de
parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se
negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es
que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no
conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo
avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza
despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el
Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su
fiereza, se apeó de él con rapidez.
En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo,
trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y
empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y
rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban
en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus
diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su
maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora
inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto;
adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar
del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno
perdido por el otro.
Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la
paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha
de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe
resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si
cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo
impedido por la violencia del golpe.
Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe,
palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y
reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de
aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió
las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no
sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la
perseguia.
No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un
ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á
la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un
pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la
más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando
el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le
acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su
debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más
directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de
Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El
hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama,
ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus
alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la
primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado,
apareció poniéndose á sus órdenes.
Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió
al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en
medio de ellos audazmente y les dijo:
--¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros
que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué
mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la
lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin
sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella,
causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he
encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose
ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno.
Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si
Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.
Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y
echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado
lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen
Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y
entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á
alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse
de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin
despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El
animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su
paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni
los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.
No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo
se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en
vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que
estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho
huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por
guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de
la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba
suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero
no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de
contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió
por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que
le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró
Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso
Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á
aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje
emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.
Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda brida hácia Paris, y
tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le
pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero
del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su
desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante;
y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey
Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército.
Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva
batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa
procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus
generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que
se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar
la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto
de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero,
con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo
campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la
suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á
Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que
despues se llamó Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no
porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad
del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de
reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con
menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus
pesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y
emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á
Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.
[2] Inglaterra se llamó primitivamente Albion, voz Latina
procedente de _Albus_, blanco, porque está rodeada de montes que
parecen blancos al acercarse á ellos. Llamóse despues Bretaña del
nombre de uno de sus reyes, Briton. Finalmente, cuando los sajones
se apoderaron de ello bajo el gobierno de la reina Angela, la
llamaron _Angel-Landt_, tierra de Angela, voz que despues fué
convertida en England por los ingleses, Ingla-terra por los
españoles, Angle-terre por los franceses, etc.
Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando
solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la
vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente
alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el
desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del
bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de
espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos
arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar
poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el
viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad
que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con
naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del
que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad,
ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa;
mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la
tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir
varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave,
y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.
Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante.
Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y
audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que
los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente
un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el
cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven,
cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró
con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de
una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante,
llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta
excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en
pos de sí una fuerte escolta.
Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el
rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte,
hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una
pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el
dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á
apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del
calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á
disfrutar algunos momentos de reposo.
Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un
bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del
líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y
solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á
cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian
verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia
melancólico y dolorido.
Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las
vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel
caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que
se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para
apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo
guerrero,
[Ilustración: Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.
(Canto II.)]
le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:
--Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al
campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las
montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba
con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero
armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si
es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi
hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon
que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella,
cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi
dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra
suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre,
que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita
en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al
raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada,
y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel
terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces
que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en
mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al
través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde
me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo
y mi vida.
»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas,
donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se
habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle
inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y
en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un
castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba
desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al
acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en
general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios,
obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado
aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las
aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el
brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.
»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y
noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun
obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las
maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la
señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar.
¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar
desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa,
que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila,
da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es
aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden
llegar hasta él.
»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos
caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero
bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era
Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy
apreciado en la corte de África.
--«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el
señor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrúpedo alado, hace
frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.
--«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero,
salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.
»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor
que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar
por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea,
rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié
del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al
pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el
primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por
suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de
desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella
sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza.
Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su
armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á
elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces
por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas
todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el
nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no
llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que
replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele
descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma.
El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y
antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y
le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar
las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de
cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes
sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar
sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion
anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre
Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de
defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que
su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le
vió confundido en las nubes.
»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á
Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras
que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la
rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos
en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á
turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian
comprender por donde les acometia.
»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra,
contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que
tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal
como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni
un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en
relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca
increible.
»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa
tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo
que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado
completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del
nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo
incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron
deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que
me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un
largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano,
sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas
profunda oscuridad.
»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un
mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su
escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza.
Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad
por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay
alguna comparable á la mia.»
Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo
dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de
Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo
se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los
sobrepujó á todos.
La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del
caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos
que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor
alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en
peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte
de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:
--Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan
grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo
que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que
no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.
El caballero respondió:
--¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí
poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba;
pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte
voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás
quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te
espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.
Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha
guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que
el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les
alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia
derribado.--«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y
cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y
Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte
de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que
debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole
mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la
defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de
territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en
la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado
su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.
Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La
jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal
llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder;
por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último,
decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo
encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es
bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el
mensajero se retiró contento y satisfecho.
En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy
tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella
familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo
género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con
su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente
apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la
cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.
Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un
momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para
huir, y á este efecto le dijo:
--Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un
albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se
levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras
reconozco el terreno desde esa roca.
Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte,
mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en
medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta
brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido
vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra
cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una
antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la
estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos,
presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la
caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto,
buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para
hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la
peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de
semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su
elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba
claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando
se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella,
vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse
enfurecido.
Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de
Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el
medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en
la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con
su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que
sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues
del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva.
Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en
seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:
--¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de
una vez!
Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se
prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama
sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á
ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como
seguiré diciendo en el canto siguiente.
CANTO III.
Vuelta en sí la hermosa Bradamante, encuentra á Melisa en aquella
gruta, y oye el relato de las señaladas y heróicas acciones de
todos sus descendientes.--En seguida, se informa del modo cómo se
apoderará del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer inútiles
todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado á
Rugiero, y de librar á su amante y demás cautivos.
¿Quién me prestará el estro poético, la inspiracion que requiere el
noble asunto que me propongo cantar? ¿Quién dará á mis versos alas para
remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi
pecho el fuego de la poesía con más vehemencia de lo acostumbrado;
porque esta parte de mi narracion va consagrada á mi Señor, de cuyos
nobles ascendientes voy á ocuparme.
Entre tantos príncipes ilustres como descendieron desde el Cielo á
gobernar la Tierra, no has visto, ¡oh Febo, que iluminas el mundo! raza
tan gloriosa en la paz ó en la guerra, ni que por tanto tiempo haya
sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo
conservará, si no me engaña la profética inspiracion que en mí siento,
mientras el mundo gire sobre sus polos.
Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se
requiere, no la mia, sino aquella lira que dió gracias al Soberano del
éter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer
mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas
imágenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio y
mis desvelos. Mi inexperto buril procurará no obstante bosquejar esta
obra, hasta que quizás consiga, á fuerza de estudio, perfeccionar del
todo mi trabajo.
Pero volvamos á aquel infame cuyo pecho no podrán resguardar en adelante
ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que creyó haber
dado muerte á Bradamante. El traidor pensó que la doncella se habia
destrozado al caer por el alto precipicio; y apartándose entonces con
faz pálida y torva de aquella triste abertura, volvió á montar á
caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevóse el corcel de la
jóven. Dejemos á aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de
otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos á la doncella
que, por efecto de aquella felonía, estuvo á punto de recibir á un mismo
tiempo muerte y sepultura.
Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibió
contra la dura piedra, se dirigió hácia la puerta que daba paso á una
segunda y más anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa,
parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bóveda estaba sostenida
por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se
levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lámpara, que
con sus claros resplandores iluminaba todos los ámbitos de ambas
cavidades.
Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar
sagrado, arrodillóse y dirigió á Dios una fervorosa oracion. En tanto se
oyó rechinar sobre sus goznes una pequeña puerta, que dió paso á una
mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos
sueltos, la cual llamó á Bradamante por su nombre diciéndole:
--¡Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la
voluntad divina la que te ha conducido hasta aquí: sabe tambien que
hace muchos dias, el espíritu profético de Merlin me habia anunciado que
debias venir á visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te
estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con
respecto á tí. Esta es la gruta antigua y memorable que edificó Merlin,
el sábio mago de quien quizás hayas oido hablar alguna vez, y á quien
engañó aquí mismo la Dama del Lago. Aquí debajo existe su sepulcro,
donde yace corrompida su carne, y donde se acostó vivo y halló el sueño
de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer[3]. Muerto
está su cuerpo, pero su espíritu continuará animado hasta que se deje
oir el sonido de la angélica trompeta, que le cierre las puertas del
cielo ó á él le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus
acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas á la marmórea
tumba, podrás oirla con claridad, pues nunca dejó sin respuesta las
preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas ó futuras. Muchos dias
hace ya que vine á este cementerio desde un apartado país, para que
Merlin me resolviera un árduo misterio referente á mi profesion, y como
tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aquí más de un mes;
pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fijó en este dia el
de tu llegada.
[3] Existió en Inglaterra un varon justo y tenido generalmente en
opinion de santo, el cual, tentado muchas veces por el Demonio, lo
sufria todo con admirable paciencia. Fueron por último tantas las
persecuciones diabólicas, que el desgraciado, al ver muerto su
ganado, y despues de este sus hijos varones y hasta su propia
mujer, cayó en cama desesperado, entregando al poco tiempo su alma,
en medio de mil blasfemias, á aquel que á tal estado le redujera.
Dejó tres hijas, una de las cuales fué condenada á muerte, segun
las leyes de aquel país, por haberse dejado seducir por un jóven;
la segunda, para no incurrir en una pena semejante, se entregó á la
prostitucion; pero la tercera, deseosa de guardar la castidad de
que habia hecho voto, fué seducida entre sueños por el Demonio,
quedando embarazada. Reducida á prision por esta causa y en virtud
del cumplimiento de la citada ley, dió á luz en la cárcel á Merlin,
y queriendo sus jueces llevar á cabo la sentencia, fué defendida y
libertada por su hijo, niño aun de pocos dias. Hombre ya Merlin,
fué á la corte del rey Uterpendragon, donde fundó la famosa órden
de la Tabla redonda, é hizo cosas extraordinarias así como muchas
profecías. Enamorado de la Dama del Lago, á quien solia llamar la
blanca serpiente de la selva del Norte, construyó antes de su
muerte un sepulcro capaz para él y para su amante, y estando con
ella, le enseñó un conjuro, que una vez pronunciado sobre el
sepulcro cerrado, jamás podria este volverse á abrir. La dama que
odiaba á Merlin por haberse él envanecido de haberle arrebatado la
virginidad, urdió un nuevo engaño, y acariciándole un dia más de lo
que acostumbraba, le hizo entrar en el sepulcro con el pretexto de
querer asegurarse de su capacidad, y habiendo entrado en él el
encantador, lo cerró la dama, pronunciando inmediatamente las
misteriosas palabras, de modo que no pudiendo salir, quedó el
cuerpo de Merlin muerto, pero su espíritu hablaba y respondia á
todo aquel que le dirigia alguna pregunta.
La asombrada hija de Amon escuchó inmóvil y atenta aquellas palabras; y
tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soñando ó despierta.
Confusa y ruborizada bajó los ojos, y replicó modestamente:
--¿Quién soy yo, qué mérito es el mio, para que los profetas prevean mi
venida?
Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigió hácia la Maga, que
la condujo al pié del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los
huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura,
reluciente, tersa y tan brillante, que á pesar de no penetrar el Sol en
la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de él
salian. Ya sea que algunos mármoles tengan cual pequeñas antorchas la
propiedad de disipar las sombras, ó bien, y esto me parece mas
verosímil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de
astrología, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia
distinguir en torno de aquel sitio venerable las más bellas pinturas y
esculturas.
Apenas Bradamante separó el pié del umbral de la puerta para penetrar en
el secreto recinto, cuando el espíritu vivo de aquellos restos mortales
le dirigió en voz clara estas palabras:
--Favorezca la fortuna tus deseos, ¡oh casta y nobilísima doncella, de
cuyas entrañas saldrá el gérmen fecundo que honrará á Italia y al mundo
entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en tí por sus
dos fuentes mejores, producirá el ornamento, la flor, la alegría de
todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y
el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de
los mayores honores y dignidades, serán marqueses, duques y emperadores.
De tu raza saldrán los capitanes y valientes guerreros que restituirán á
la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual
empuñarán el cetro reyes justos, que, imitando á Numa y al sabio
Augusto, harán renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y
paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha
designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada
habrá que pueda oponerse á este designio; en prueba de lo cual, pronto
caerá bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado á tu amante.
Calló Merlin, y acto continuo se preparó Melisa á hacer comparecer ante
la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las órdenes
de la maga empezaron á reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un
número considerable de espíritus elegidos, no sé si procedentes del
Infierno ó de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se
colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un círculo de
mayor diámetro que su altura; la proveyó además de un excelente talisman
á fin de que la respetaran los espíritus, y encargóle que callara y
permaneciera inmóvil. Hecho esto, cogió un libro y conjuró á los
demonios.
De repente empiezan á salir de la primera cueva numerosos espíritus, que
se fueron amontonando al rededor del sagrado círculo: en vano era que
intentasen penetrar en él; pues un poder misterioso se lo impedia, cual
si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando
sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba
los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas á
que estaban obligadas.
--Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los
encantados espíritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido,
dijo la encantadora á Bradamante, no sé cuando pondria fin á mi relato,
porque no basta una noche para tanto; así es que me limitaré á indicarte
algunos, segun el tiempo y la oportunidad.
»El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y
placentero, será el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y
de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier,
derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos
que habrán dado muerte á su padre. Por su valor se verá despojado
Desiderio del reino de Lombardia, valiéndole tan notable hazaña el
señorío de los estados de Este y Calaon.
»El que ves detrás de él es tu sobrino Uberto, honor de los combates y
de La Hesperia, que más de una vez salvará á la santa Iglesia de los
ataques de los infieles.
»Contempla ahí á Alberto, invicto capitan, que ostentará merecidos
lauros: con él está su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegará
con honor el estandarte de las culebras[4]. Más allá vése á Azzo, que
sucederá á su hermano en el reino de los insubres, y á Alberto Azzo,
cuyos prudentes consejos serán causa de que se arroje de Italia á
Berengario y á su hijo, haciéndose además digno de que el emperador Oton
le conceda la mano de su hija Alda.
[4] Habiendo Berengario asediado á Milan, Hugo, hijo de Alberto de
Este, le obligó á levantar el sitio, y reconquistó aquel Estado
desplegando el estandarte en que estaba pintado el dragon que otro
Hugo, uno de sus más valerosos ascendientes, habia adoptado como
distintivo en la primera cruzada, y cuya historia era esta. Voluce,
uno de los jefes de los sarracenos, acostumbraba llevar por cimera
una serpiente que entrelazaba su yelmo, en cuya parte superior
terminaba con la boca abierta y devorando á un niño. Habiendo
retado Voluce á Hugo á singular batalla, este aceptó el reto,
venció al infiel, y se apoderó de su casco, cuya cimera adoptaron
por enseña él y sus sucesores.
»Allí tienes á otro Hugo: ¡oh admirable descendencia, que sigue las
huellas de sus virtuosos progenitores! Ese será el que castigue con
justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores á Oton III
y al Pontífice, apoderándose de la ciudad y de su castillo[5]. De ahí á
Folco, que haciendo donacion á su hermano de todo cuanto tiene en
Italia, pasa á gobernar otro gran ducado en Alemania[6]. Heredero por
línea materna de la casa de Sajonia, próxima á desaparecer, contribuirá
á mantenerla en su esplendor, y á que siga sosteniéndose en sus
descendientes.
[5] Obligado el papa Gregorio V á huir de Roma á causa de la
actitud de los Romanos capitaneados por Crescencio, fué á pedir
auxilio al emperador Oton III, el cual le proporcionó un ejército
bajo el mando de Hugo de Este, que bien pronto humilló la soberbia
de los romanos: habiéndose fortificado Crescencio en el castillo de
San Angelo juntamente con el antipapa por él elegido, cayeron ambos
en poder de Hugo, que mandó dar muerte al primero y sacar los ojos
al segundo.
[6] El ducado de Sajonia, que le correspondia como heredero de su
madre Alda, hija de Oton I, el cual habia muerto sin dejar
sucesores.
»Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el
segundo Azzo, más amigo de la galantería que de la guerra. Su
primogénito vencerá al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre
alemana los campos de Parma: al otro le harán digno sus virtudes de
contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde[7] un enlace tan
ventajoso, que además de llevar en dote casi la mitad del reino de
Italia, alcanzará la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella época,
de enlazarse con la sobrina de Enrique I.
[7] Llama el Poeta casta y prudente á la condesa Matilde, señora de
las comarcas que hasta aquí habian formado parte del patrimonio de
S. Pedro, porque habiendo contraido matrimonio con Albertazzo de
Este, ignorando que era su pariente, así que pasados algunos años
tuvo noticia de ello, se separó de su marido aconsejada por el
Papa, y dedicándose á la vida contemplativa, murió dejando á la
Santa Sede heredera de sus Estados.
»He ahí á Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguirá
la alta gloria de salvar á la Iglesia de las manos del impío Federico
Barbaroja. Por allí se aproxima otro Azzo, que será el que posea á
Verona con su hermoso territorio, y á quien el emperador Oton IV y el
papa Honorio II conferirán el título de marqués de Ancona.
»No acabaría nunca si hubiera de designarte á todos aquellos de tus
descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar á cabo
portentosas hazañas en favor de la Iglesia romana. Mira ahí á Obizzo, á
Folco; á otros Azzos y otros Hugos; á los dos Enriques, padre é hijo, y
los dos Güelfos, uno de los cuales subyuga la Umbría, y viste el manto
ducal de Espoleto. Ahí tienes al que restañará la sangre y curará las
heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo,
añadió designando á Azzo V, por quien será derrotado y muerto aquel
Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio,
aniquilará á sus súbditos y asolará el hermoso territorio de la Ausonia,
y á cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron,
Cayo y Antonio[8]. El mismo Azzo derrotará al emperador Federico II, y
regirá despues con cetro más feliz la hermosa tierra regada por el
rio[9] desde donde Febo llamó con dolorido plectro al hijo que no supo
guiar su ardiente carro, cuando se convirtió el llanto de las Heliades
en fabuloso ámbar[10], y Cienus, cubriéndose de blanco plumage, fué
transformado en cisne; aquella tierra le será dada por la Santa Sede
como recompensa de sus señalados y notables servicios.
[8] Eccelino Romano, jefe de un numeroso cuerpo de ejército,
proporcionado por el emperador Federico II, fué un hombre orgulloso
y tan cruel, que se le creia hijo del Demonio. Entró en Lombardia
al frente de sus tropas, y á sangre y fuego se apoderó de muchas
ciudades. Declaró despues la guerra á los paduanos, y habiéndolos
vencido, desterró á muchas familias que le parecieron sospechosas,
dió muerte á innumerables personas, castrando á los niños, sacando
los ojos á los ancianos y cortando los pechos á las mujeres,
llegando al extremo de encerrar en el prado de Padua á doce mil
hombres que hizo quemar vivos. Habiéndose apoderado despues de
Cremona, Mantua, Ferrara y otras muchas ciudades, donde hizo abrir
el vientre á las mujeres embarazadas, quemar á los niños, violar á
las doncellas y matar á los hombres, se propuso conquistar á Milan;
pero los milaneses, aliados con otros pueblos al mando de Azzo V,
le derrotaron causándole tres heridas y reduciéndole á prision fué
conducido á Sonzino: al verse Eccelino en aquel estado y
desesperando de su salvacion, no quiso tomar alimento alguno, se
abrió las heridas y murió. Los milaneses, para no quedar sin
venganza, se apoderaron de un hermano de Eccelino llamado Alberto,
juntamente con su mujer, seis hijos varones y dos hembras, y dieron
muerte en su presencia á los hijos, y quemaron despues á las hijas,
quitándole en seguida la vida. Las ciudades confederadas
continuaron combatiendo contra Federico II; se apoderaron de
Ferrara y volvieron á entregarla al Pontífice, el cual dió su
gobierno á Azzo de Este, que tan valerosamente se habia portado en
su lucha con los soldados de Federico.
[9] El Eridano, rio de Italia, que hoy se llama Pó.
[10] Las Heliades eran las hijas del Sol y hermanas de Faeton. La
desgraciada muerte de su hermano les causó tal dolor que estuvieron
llorando cuatro meses enteros. Los dioses las transformaron en
álamos, y sus lágrimas se convirtieron en granos de ámbar. Por la
misma causa, Cienus, amigo de Faeton, fué transformado en cisne.
»Y, ¿dónde dejo al hermano Aldobrandino[11]? Ese héroe, por socorrer al
Pontífice, no vacilará en atacar á Otton IV y á los gibelinos, que
cercarán el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio
vecino, sujetando á los habitantes de la Umbría y del Piceno; mas viendo
que no le será posible continuar auxiliando á la Iglesia por falta de
dinero, lo pedirá á Florencia, dejando en prenda, á falta de otra
seguridad, su propio hermano. Desplegará en seguida sus banderas
victoriosas, y destrozará el ejército aleman reponiendo en su silla al
Pontífice, y castigando merecidamente á los condes de Celano. Tan activo
guerrero se verá sorprendido por la muerte en la flor de su edad,
estando dedicado al servicio de la Santa Sede.
[11] Creado Oton IV emperador por el Papa Inocencio III, declaró la
guerra á la Iglesia y ayudado de la faccion gibelina, redujo al
Pontífice á tal extremo, que tuvo que refugiarse en el Capitolio;
Inocencio III reunió en él su Consejo y desposeyó á Oton del
imperio. Fué auxiliado despues por muchos príncipes de Italia,
entre los cuales estaba Aldobrandino de Este, primer marqués de
Ferrara, el cual obligó al emperador Oton á regresar á Alemania, y
como habia gastado todo cuanto poseia en defensa de la Iglesia,
tuvo que pedir dinero prestado á los florentinos dejándoles en
prenda á su hermano Azzo, y con bastantes miles de ducados que
aquellos le dieron, levantó un ejército y destrozó completamente al
enemigo. Murió al poco tiempo dejando á su hermano por heredero del
Exarcado de Rávena y de todo el país comprendido entre el Pó y el
Apenino, desde Placencia hasta Venecia.
»Su hermano Azzo heredará no solo los dominios de Ancona, Pisa y de
todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el
Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de ánimo de su
hermano, cualidades más preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da
ó los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre
aquellos. Hé ahí á Reinaldo, cuyo valor resplandecerá con no menor
brillo; pero la suerte le arrebatará la vida, envidiosa de la exaltacion
de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonará hasta
aquí desde Nápoles, donde el valeroso mancebo se hallará en rehenes de
su padre.
»Ahí viene Obizzo que, niño aun, sucederá á su abuelo en el gobierno de
sus estados, acrecentándolos con la alegre comarca de Regio y la feroz
Módena. Será tal su valor, que los pueblos le aclamarán unánimes por
soberano. Mira á Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de
la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Cárlos II de
Sicilia, será duque de Andria[12]. Contempla ese gallardo y amistoso
grupo, donde se reunen príncipes tan excelentes como Obizzo,
Aldobrandino, Nicolás el Cojo y el amoroso y clemente Alberto. Por no
entretenerte demasiado, dejaré de referirte cómo harán que se agreguen á
su bello patrimonio Faenza[13] y Adria, ciudad que ha dado su nombre al
mar agitado que la baña; el país conocido con un agradable nombre griego
á causa de las muchas rosas que produce[14], y la ciudad que, elevada en
medio de lagunas cenagosas, está siempre temiendo los desastrosos
efectos de las dos bocas del Pó, donde habitan gentes deseosas de ver
siempre enfurecido el mar y agitados los vientos[15]. Tampoco me ocuparé
de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.
[12] Se refiere á Azzo VI que en la cruzada que pasó á Palestina
para librar á los cristianos sitiados en Tolemaida, era portador
del estandarte de la Cruz, mereciendo despues por su valor la mano
de la hija de Cárlos, rey de las dos Sicilias.
[13] Habiéndose rebelado los habitantes de Faenza contra el Papa
Gregorio XI, envió este contra ellos á Juan Hancuto el cual se
apoderó de la ciudad, la saqueó, pasó á cuchillo á todos sus
habitantes, y la vendió despues por veinte mil ducados á Nicolás de
Este.
[14] Rovigo, llamada en Italia _Rhodigium_, de _Rhodos_, rosa, en
griego.
[15] Esta ciudad es Comacchio, perteneciente al ducado de Ferrara y
situada entre el Primaio y el Volano, dos brazos del Pó. Dice el
poeta que sus habitantes desean que el mar se altere, porque las
tempestades arrastran hácia aquellas lagunas gran cantidad de
pescado, de que se utilizan aquellos, que son en su mayor parte
pescadores.
»Ahí tienes á Nicolás, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de
su país cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra él agitará Tadeo
la tea de la guerra civil, pero sabrá hacer completamente inútiles sus
esfuerzos rebeldes[16]. Sus entretenimientos juveniles consistirán en el
manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado así
desde la infancia á los peligros que unas y otros ofrecen, llegará á ser
la flor de los guerreros de su tiempo. Destruirá los planes de sus
rebeldes súbditos, convirtiéndolos en daño de los mismos; y merced á su
perspicacia, tan conocidas le serán toda clase de estratagemas que
ninguna podrá perjudicarle. Tarde le conocerá por su desgracia Oton III,
feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicolás le despojará á un mismo
tiempo de ambos estados y de su culpable vida[17]. Sus dominios irán
siempre extendiéndose, sin que para ello se aparte del camino recto. A
nadie causará jamás perjuicio alguno, como no se vea antes provocado;
por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondrá
límites á su elevacion, que irá en aumento mientras el mundo gire sobre
sus ejes.
[16] Muerto Alberto de Este, Azzo de la misma familia que hacía
mucho tiempo habia sido desterrado de su patria, se preparaba á
regresar á ella con el auxilio de Tadeo, conde de Conio; pero los
tutores de Nicolás rechazaron la invasion de Azzo, y fué creado
Nicolás primer señor de su tierra.
[17] Cuando murió Galeazzo Visconti intentaron apoderarse del
gobierno de la Lombardia numerosos tiranuelos y capitanes, y entre
ellos Oton III, el cual usurpó las ciudades de Parma y Reggio que
habia sido cedida tiempo hacia por Azzo de Correggio á Obizzo de
Este. Llegado Nicolás á su mayor edad, tomó las armas y dió muerte
al citado Oton, y aclamándole los habitantes de Parma y Reggio como
á su libertador, se pusieron voluntariamente bajo su dominio.
»Fija tu vista en Leonelo, y despues en el ínclito Borso, primer duque
de Ferrara[18] y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz,
alcanzará no obstante los triunfos más envidiables de cuantos se hayan
visto en otros paises; pues conseguirá domeñar al sanguinario Marte, y
encadenar al Furor. La única aspiracion de este príncipe consistirá en
hacer la felicidad de su pueblo.
[18] Condenada á muerte por Nicolás de Este su mujer á quien habia
sorprendido en adulterio, se casó con Ricciarda Salucense, de la
que tuvo dos hijos, Hércules y Sigismundo: antes habia tenido otros
dos naturales llamados Leonelo y Borso. Cuando murió Nicolás, dejó
por herederos á los hijos legítimos confiándolos al cuidado de
Leonelo, el cual se apoderó del gobierno de los Estados de Ferrara
y desterró á Nápoles á sus hermanos. Gobernó durante nueve años, y
al morir dejó un hijo pequeño llamado Nicolás, recomendándolo á su
hermano Borso, el cual, guiado por su corazon religioso y
magnánimo, levantó el destierro de sus dos hermanos y los hizo
educar como príncipes. Borso fué amado de todos, y habiendo
recibido pomposamente en Ferrara al emperador Federico, fué
titulado por este duque de Ferrara, cuyo título fué confirmado por
el Papa Paulo II, en él y todos sus descendientes.
»Ahora se adelanta Hércules que, con el pié medio quemado y débil paso,
reconviene al que va inmediato á él por haber impedido la fuga de
Budrio, aun cuando este en premio le declarará luego la guerra y pasará
hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Príncipe es ese de quien no sé
explicarme si alcanzará mayor gloria en la paz ó en la guerra. Los
habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias
alcanzará un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarán
memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harán famoso entre los
más invictos capitanes, y con su valor recobrará un señorío cuya
posesion le habrá sido disputada por más de treinta años. Cuanto
agradecimiento puedan tener á príncipe alguno sus vasallos, se lo
deberán á ese, no ya por haber convertido en campos fertilísimos lagunas
cenagosas, ni por atender á la defensa de las ciudades amparándolas con
muros y fosos, hermoseándolas además con templos y palacios, anchurosas
plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido
defender á su país de las garras del leon alado de Venecia, ni por
sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionará en toda la
Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios
deberán á Hércules tanto afecto y agradecimiento sus súbditos, como por
la gloria que les proporcionarán sus ínclitos descendientes, el justo
Alfonso y el benigno Hipólito. De ambos hermanos podrá decirse lo que la
tradicion refiere de los hijos del tindáreo cisne[19], que se privaban
alternativamente del calor del Sol para sustraerse mútuamente á los
rigores de la maligna atmósfera que les rodeaba; pues cada uno de
aquellos estará pronto á acudir en auxilio del otro aun á costa de su
propia vida.
[19] Estos eran Cástor y Pólux, Elena y Clitemnestra, que habian
nacido del consorcio de Júpiter, convertido en cisne, con Leda,
esposa de Tindaro. Muerto Castor á mano de Linceo, su hermano pidió
á Júpiter que lo hiciera inmortal; pero como este ruego no podia
ser enteramente atendido, se les concedió que dividieran la
inmortalidad entre ellos, de suerte que vivian y morian
alternativamente.
El afecto que se profesarán los dos hermanos hará que su pueblo esté más
seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas
de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso verá reunidas
en sí la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos
creerán los mortales que Astrea[20] ha vuelto desde el cielo á la
Tierra, así como á ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno.
De mucho le servirán la prudencia y el valor, semejante al de su padre;
pues desprovisto de ejército, llegará á habérselas por una parte con las
escuadras de Venecia y por otra con la que no sé si llamar madrastra ó
madre, aunque de concederle este último título, será para él tan cruel
como con sus hijos lo fueron Medea ó Progne[21]. Cuantas veces salga con
su pueblo fiel, sea de dia ó de noche, fuera de los límites de su país,
otras tantas causará á sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar,
como por tierra, de lo cual darán fé por su desgracia los habitantes de
la Romanía, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso,
regarán con su sangre las tierras que están entre el Pó, el Santerno y
el Zanniolo. En los mismos confines sentirán la fuerza de su brazo los
españoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo, á quienes arrebatará
la Bastia, dando muerte á su gobernador despues de apoderarse de él; en
seguida hará perecer á toda la guarnicion desde el más ínfimo soldado
hasta el capitan, de suerte que no habrá quien pueda llevar á Roma la
noticia de tal desastre[22].
[20] Astrea, diosa de la justicia, segun la fábula.
[21] Medea fué una célebre maga que se enamoró de Jason,
conquistador del vellocino de Oro. Habiéndose casado él despues con
Creusa, Medea se vengó matando á todos los hijos que habia tenido
de Jason.--Progne, hija de Pandion, rey de Atenas, mató á su hijo y
lo sirvió en la comida á su esposo Tereo, furiosa al ver que este
le habia sido infiel violentando á su hermana Filomena.
[22] Enemistado Alfonso con el Papa por no querer prestarle
vasallaje por el feudo de Ferrara, le declaró la guerra. El Papa
entonces fué auxiliado por Fernando de Aragon y los venecianos. El
capitan aragonés Pedro Navarro pasó con su gente á la Romanía y
entró en el ducado de Ferrara, apoderándose á viva fuerza de la
Bastia, fortaleza del Duque. Una vez posesionados de ella, los
soldados españoles se esparcieron por todas las estancias buscando
qué comer y entonces Alfonso, logrando escaparse, reunió todas sus
gentes y derrotó á su vez al descuidado enemigo. Los romañoles que
por creer perdido el ducado de Ferrara iban devastando el país,
fueron tambien destrozados por Alfonso, el cual se apoderó otra vez
de la Bastia, siendo pasada á cuchillo toda la guarnicion española,
por creer los ferrareses que su duque habia muerto de una pedrada
cuando solo estaba herido.
»Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzará la gloria de dar
el triunfo al ejército francés en los campos de Romanía contra los de
Julio II y de España, cuyo combate será tan terrible, que los caballos
se hundirán hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habrá gente
bastante para enterrar á tanto Aleman, Español, Griego, Italiano y
Francés como allí sucumbirá.
»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el
sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime
Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado
asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los
idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un
Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su
fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las
estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los
de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y
regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus
dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones
menores[24].
[23] Publio Virgilio Maron, príncipe de los poetas latinos,
contemporáneo y amigo del emperador Augusto.
[24] Los venecianos, enemigos de Ferrara, acudieron al Pó con una
respetable armada contra ella. El cardenal Hipólito salió de la
ciudad con unos cuantos caballos é infantes y al llegar á Volana,
castillo próximo al Pó, estableció secretamente su artilleria,
protegido por los márgenes del rio, hizo por todas partes ciertas
aberturas, y viendo descuidadas 20 galeras venecianas por haber
saltado á tierra su tripulacion para saquear el país, rompió de
noche el fuego contra ellas, echó cuatro á pique y se apoderó de
las otras quince. Angelo Trevisano, jefe de aquella escuadra, logró
escapar en la restante. De esta victoria hace diferentes veces
mencion el Ariosto en este poema.
»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya
fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es
Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes
conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de
su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se
llaman Alfonsos.
»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á
uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion
alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la
aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo
cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras
retirarse y de que yo guarde silencio.»
Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro
la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente
aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante,
comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo
de su narracion, le preguntó:
--¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre
Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y
como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian
apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia[25].
[25] Ultrajado por el cardenal Hipólito, D. Fernando, su hermano
carnal, acudió al Duque pidiendo venganza ó castigo para él; pero
viendo que no la conseguia se aconsejó de Don Julio, su hermano
natural, y entrambos determinaron asesinar al Duque. Faltándoles en
todas ocasiones resolucion para ello, fueron al fin sus planes
descubiertos por el prudente cardenal y condenados á cadena
perpétua.
Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en
llanto, exclamó:
--¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos
de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules!
no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por
las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la
justicia á la piedad.
Despues añadió en voz mas baja:
--No es necesario ni conveniente que sepas más. Conténtate con saborear
las dulzuras que en sí encierra el brillante cuadro que he presentado
ante tu vista; y no desees amargarlas á lo último. En cuanto aparezca en
el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que
más directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de
otro. Yo te guiaré hasta dejarte fuera de esa áspera selva, y cuando
lleguemos á la orilla del mar, te enseñaré el camino de modo que te sea
imposible extraviarte.
La atrevida jóven permaneció toda la noche en aquella cueva, y estuvo
hablando largo rato con Merlin, que le dirigió vivas instancias á fin de
que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empezó á rayar
el dia, salió de aquella mansion subterránea por un camino oculto y
oscuro, acompañada de Melisa, yendo á parar á un barranco escondido
entre montes inaccesibles á toda planta humana. Saltaron zanjas,
atravesaron torrentes, y á fin de hacer más agradable tan molesto
camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba,
suavizándolas con sabrosas y halagüeñas pláticas, que consistian
principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante, y en
los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maña y astucia á su
Rugiero.
--Aunque fueses Palas ó Marte, le decia, y llevases á tus órdenes más
gente de la que reunen el rey Cárlos y el rey Agramante, no podrias
resistir al nigromante; pues además de estar ceñida la roca inexpugnable
de murallas de acero, y de ser tan alta; además de que su caballo se
abre camino al través del aire, donde salta y galopa, posee el escudo
mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su
resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de
los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no
podrás precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces,
¿cómo podrias saber en lo más fuerte de la pelea si te acercabas á tu
adversario ó te alejabas de él? Un medio, y muy rápido, existe, sin
embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos
los demás encantos, y ese medio que voy á indicarte, es el único que
existe en el mundo. El rey Agramante de África ha dado un anillo, robado
á una reina de la India, á uno de sus barones llamado Brunel, que se
encuentra á pocas millas de aquí: la virtud de ese anillo es tal, que
quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin
embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaños, cuanto
lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado
en la práctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, más de
una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar á
Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanagloriándose de conseguir su
intento, ha prometido á su señor devolverle aquel guerrero, que merece
toda la preferencia del monarca. Pero á fin de que sea á tí, y solo á
tí, á quien deba tu amante su libertad, voy á manifestarte la conducta
que has de seguir. Irás durante tres dias caminando por la orilla del
mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te
encontrarás en una posada con el portador del anillo; le conocerás
fácilmente por su corta estatura que no llega á seis palmos, y por su
encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz pálida,
la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva,
aplastada la nariz y ásperas las cejas. Terminaré la pintura que de él
te hago diciéndote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes
á los de un mensajero. Procurarás entablar conversacion con él
hablándole de aquellos encantos extraños; y hazle creer que deseas, como
en afecto lo desearás, medir tus armas con las del mago, pero guárdate
de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase
de encantos. Él, entonces, se brindará á servirte de guia y compañero
hasta la roca. Síguele, y en el momento en que llegueis á descubrir el
castillo, dále la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que
pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu
pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria
de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.
Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona
cerca de Burdeos. Allí se separaron ambas, no sin derramar algunas
lágrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper
las ligaduras que sujetaban á su amante, caminó tanto, que llegó una
noche á un albergue donde ya se encontraba Brunel.
Le reconoció apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la
memoria la pintura que de él le hiciera la Maga; preguntóle de dónde
venia y á donde iba, cuyas preguntas satisfizo él con otras tantas
imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fué en zaga en
engañarle, y le ocultó del mismo modo su patria, linage, religion,
nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas
de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo
mismo que conocia sus mañas. Observándose estaban mútuamente, cuando
hirió sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os diré, Señor, luego que
haya descansado un momento.
CANTO IV.
Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose
del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.--Cabalga
este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le
transporta á regiones remotas.--Llega Reinaldo á Bretaña,
cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion
de salvar á la princesa Ginebra.
Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala
condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una
ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños,
querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en
esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para
encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las
penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos
trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con
aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia
advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era
necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun
dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.
Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella,
dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:
--¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?
Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta,
con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un
cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa
maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba
los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran
grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del
caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto,
desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la
verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con
frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba
su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la
tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por
aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó
creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se
atrevian á salir durante el dia.
El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un
castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que
en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que
habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de
volver.--«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó
muertos.»
La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella,
porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable
prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo.
Dirigiéndose al huésped, le dijo:
--Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese
castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo
contener mis deseos de pelear con ese nigromante.
--No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo.
Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas
que te harán agradable mi compañía.
Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á
decir más por no exponerse á las consecuencias.
--Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir
que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de
conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo
que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.
El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á
propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del
siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y
otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al
punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando
está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de
España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de
Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli.
Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en
medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda
cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto,
que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y
trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen
alas. Brunel dijo entonces:
--Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los
caballeros.
La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus
cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que
facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente
para morada de las águilas ó de otro animal alado.
Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo
y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con
un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse
dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que
no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y
elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de
la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de
Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de
la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su
trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.
Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y
montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven
se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño
podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la
mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la
derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus
encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar
enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con
la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe
le alcanzara.
El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una
yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y
las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran
iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su
especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la
otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su
arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones,
y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió
hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la
tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo
demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes
acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo,
todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran
impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.
Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y
revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le
aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para
cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que
el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni
creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en
que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante.
Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin
tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la
lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el
astuto gato se complace en jugar con el
[Ilustración: Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.
(Canto IV.)]
ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este
entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con
el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus
contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se
valió del poder oculto de su anillo.
Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le
acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo,
cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera
deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino
para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en
que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas
la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las
alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en
el espacio.
El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se
dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera
oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado,
se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos.
El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus
encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago
llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no
habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo
adversario como habia aprisionado á tantos otros.
Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia
alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un
débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza,
levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del
vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza
impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto
en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos
cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.
--Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de
despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia
él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero,
con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y
por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.
El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:
--¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la
hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me
incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero
gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro
de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No
alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante;
llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es
Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y
laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante,
mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle
de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese
magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á
Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme
dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y
demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una
grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad.
He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese
castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin,
todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos,
manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el
paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has
venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu
corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi
humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese
corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el
castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que
elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á
todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi
querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de
arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á
Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!
La doncella se apresuró á responder:
--Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al
escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi
condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de
pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo
que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que
quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta
suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar
lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que
te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo
está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco
estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue á complacerte, tú mismo
podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora,
vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.
Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.
Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le
inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de
verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron
al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una
estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.
Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella,
llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la
piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que
despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento
quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose
como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido
el castillo.
Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la
dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido
presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros
se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del
campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les
privaba de los placeres que allí habian encontrado.
Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino
de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin
encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con
ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era
deudor de su libertad.
Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para
restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus
ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo
referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas
que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é
intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido
volverse á ver.
Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y
al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por
el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y
fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde
encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la
silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel
permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió
las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la
pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á
remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja
perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para
hacerles perder su pista.
Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado
al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando
poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados,
haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada
cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas
peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.
Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su
constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le
amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se
lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo,
esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa.
El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo
permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó
de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo,
le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante
algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un
rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á
quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.
Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se
quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse
de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del
palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á
suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes.
Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su
vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó
que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en
amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su
vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas,
decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno
cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable
restituirlo á su dueño.
[26] Ganimedes fué un príncipe de extremada belleza, hijo de Tros,
rey de Troya, á quien el águila de Júpiter arrebató y trasladó al
cielo, para reemplazar á Hebe en el cargo de escanciador ó copero
de los dioses.
El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero,
imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas
más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible,
hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el
terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á
tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto,
dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra
en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero
bajel impulsado en el mar por un viento favorable.
[27] Hácia el África.
Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin
Reinaldo.
Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento
tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos
dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las
olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar
á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva
Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar
antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros
andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los
de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega
y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de
penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la
muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas hazañas de
Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos
caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de
cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y
trofeos pomposos.
[28] Famosos caballeros de la Edad media, cuya existencia es
fabulosa en su mayor parte, y problemática en los restantes.
[29] Orden de caballeria fabulosa, instituida á fines del siglo V,
segun las leyendas de la Gran Bretaña, por el rey Utherpandragon,
por consejo del encantador Merlin. La órden se compuso de 24, y
despues de 50 caballeros, cuyos nombres se encuentran grabados en
una tabla de forma redonda que se ha conservado en Winchester.
Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo
desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se
alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el
guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna,
siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara
alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una
abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas
damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron
con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo
restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los
caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en
que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran
dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos
bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más
honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran
aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia
noticia de ellas.
--Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de
quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre
merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora
justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más
digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido
caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento
necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que
pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio
la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien
que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un
amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las
llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra
un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley
de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual
fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él,
como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal
castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es
inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido
por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho
publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su
defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en
recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa,
que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada
alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio,
ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa
te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues
además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan
solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el
Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio
que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey,
que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo
caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á
una dama que, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y
castidad.
Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:
--¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada
entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley
ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor
razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su
fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al
suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto,
con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla:
así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al
encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto
renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la
doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando
no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe
castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero
que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes
deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más
razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se
unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona
el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se
ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con
varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece,
quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley
se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la
mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el gran mal que se ha
causado soportándola por espacio de tanto tiempo.
Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los
antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese
ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la
reformaba.
Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte,
Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero
que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el
trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en
direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada
doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose
por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que
resonaban en todas las sinuosidades de la selva.
Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al
parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una
jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos
malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo
una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la
pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias
de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas
reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia
ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las
espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las
fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino
que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran
castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del
rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras
cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de
modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus
facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte.
Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz
humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.
CANTO V.
Dalinda refiere á Reinaldo su historia y la de la princesa
Ginebra.--Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia
dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor,
mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey
su padre de impúdica y deshonesta.--Acude Reinaldo y dá la muerte
al duque de Albania, obligándole antes á confesar sus imposturas.
Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en
paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca
á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona
descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el
lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué
Megera[30] ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué
hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos
dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una
mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en
sangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?--Todo esto es
en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un
ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al
que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de
una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le
quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.
[30] Nombre de una de las furias.
Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que
habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y
desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La
dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la
historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.
La jóven empezó á hablar de esta manera:
--Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que
se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar
célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en
su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que
hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros,
evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han
presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus
enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa
continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando
reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos
bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi
edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.
»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando
en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi
señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme
y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera
el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles.
Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin
reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple
el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y
amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia
frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella
guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces.
Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo
misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun
tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me
proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por
el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre
desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio
habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni
de noche.
»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto
nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que
en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual
me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia
mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme
su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el
atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra.
Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio.
Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que
ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor
alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su
nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no
era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo
estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa
fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la
voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo
el reino otro caballero más digno, despues del monarca.
»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey,
estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á
su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia
todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que
su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera
alcanzar.
»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó
no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia
en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones,
aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de
encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que
Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice
cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero
nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las
aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus
pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un
caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á
Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de
residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal
perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le
igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto
era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y
jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron
al par de los principales nobles del reino.
»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la
amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su
hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo
fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya
despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.
»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara
siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás
me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza;
así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi
amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le
despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia
aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible
reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á
cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan
viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo
de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así
se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por
sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió
sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder
soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de
torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante
tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron
la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no
volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra
una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.
Tomada esta determinacion, me dijo:--«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te
confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de
sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque
tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo
conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita
el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora
bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien
me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las
veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en
que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella
se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus
cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y
por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada
imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás
vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se
irán amortiguando mis vehementes deseos.»
»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él
me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era
un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes,
vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la
escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el
lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.
»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante,
de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en
rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:
--«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más
consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal
hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras
el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que
estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te
atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en
obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si
estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que
respetaria tu felicidad.
--«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni
siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia.
Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan
ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser
mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que
no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que
nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como
indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño
más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de
Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy
menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.
--«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir
tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo
tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda
sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré
ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los
dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y
procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no
diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio
espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»
»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo
juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual,
Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus
amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras,
que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás
consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey
su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia
oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias
en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir
sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones,
así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey
y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que
llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto
conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.
»Despues añadió:
--«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á
conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más
irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio
hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por
otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil
solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.
»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon
que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia
propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:
--«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte
convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el
verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi
amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni
estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y
palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á
necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas
de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas;
pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en
callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro,
seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las
voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que
hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo
continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra
parte, ya que soy el más afortunado de los dos.
--«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy
seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de
falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como
todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso
que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que
no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.
»El Duque replicó:
--«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte
ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis
palabras.
»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su
cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo
manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el
corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento,
respondió:
--«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que,
segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la
que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para
mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes
que dé crédito á tus palabras.
--«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió
Polineso: y separóse de su rival.
»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á
visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente
urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre
las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y
señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia
subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado
atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una
emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle
cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible.
Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le
encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara.
Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso
entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las
armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro
que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera.
Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado;
y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que
Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado.
Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:
--«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego
que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo
te llame.»
--«Te lo prometo, contestó Lurcanio.
»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que
estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se
adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de
Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de
aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo
construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage
blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y
engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de
púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.
»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su
hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á
otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con
la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de
distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he
dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de
la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro
eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian
confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas
casas arruinadas media una regular distancia.
»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra,
y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria
el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso
á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al
balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser
de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia
siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me
acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de
disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de
Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que
en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó
darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo
la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia
visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle,
reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que
se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion.
Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más
léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.
--«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por
ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida?
¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más
bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más
honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era
desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes
aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto
contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa
falta de su hija.
»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal
empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No
ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó
de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el
furor que le puso fuera de sí.
»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una
palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante
muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano,
todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se
hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la
Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero,
portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia
perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad,
sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza
al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El
portador de tan triste nueva añadió:
--«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente
habia encontrado en el camino:--«Ven conmigo, á fin de que puedas
referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que
vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si
antes hubiera quedado sin vista!»--Nos encontrábamos entonces cerca del
promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion
á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se
precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le
dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»
»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez
mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando,
vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál
manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno,
desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos,
repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la
causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto
demasiado!
»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero
se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo
que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas
por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en
tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose
á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra
era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su
muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de
la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y
tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de
satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y
mucho menos en perder la gracia del monarca.
»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de
toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo:
--«Sabe, señor, que la única causa de que mi hermano perdiera la razon,
hasta el extremo de darse la muerte ha sido tu hija. Tan agudo fué el
dolor que traspasó su alma al presenciar su deshonestidad, que desde
entonces le fué odiosa la vida. Ambos se amaban, y hoy me atrevo á
hacerte esta revelacion, porque los deseos de mi desgraciado hermano
eran respetuosos al par que honestos, como lo prueba el que esperaba
merecer la mano de la princesa por medio de su valor y de sus leales
servicios. Pero mientras el desdichado se contentaba con aspirar desde
léjos el perfume de las hojas, vió que otro subia por el árbol reservado
y cogia el anhelado fruto.»
»Y continuó refiriendo cómo habia visto á Ginebra salir al balcon,
afirmando que la habia visto echar desde él una escala por donde subió
un amante, cuyo nombre ignoraba, el cual, para no ser conocido, habia
recurrido á un disfraz y se habia ocultado los cabellos. Por último,
añadió, que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la verdad
de cuanto habia dicho.
»Fácilmente comprenderás el estupor del angustiado padre cuando oyó
semejante acusacion, ya por el asombro que le causaba una revelacion que
jamás se le hubiera ocurrido, ya tambien porque se veria obligado á
condenar á muerte á su hija, en el caso de que no se presentara un
caballero que, tomando la defensa de la jóven, probara la falsedad de lo
aseverado por Lurcanio. Nuestras leyes condenan á muerte á toda mujer,
sea casada ó doncella, convencida de haber cedido á una pasion criminal,
y se aplican con todo rigor, llegándose hasta el extremo de entregar la
esposa muerta al marido engañado, si en el término de un mes no
encuentra la acusada un caballero de ánimo tan varonil que sostenga,
contra lo asegurado por el falso acusador, que es inocente é
inmerecedora del suplicio.
»El Rey, que no puede dar crédito á la acusacion de su hija, ha hecho
proclamar con el objeto de libertarla, que entregará su mano y además
un gran dote, al que se presente en defensa de su honra mancillada.
Hasta ahora nadie se ha presentado; todos vacilan, y se limitan á
observar al terrible Lurcanio, cuyo valor infunde al parecer miedo en el
ánimo de todo guerrero. Por una coincidencia funesta, Zerbino, hermano
de la princesa, se halla ausente de su patria; hace muchos meses que
viaja por lejanos paises, señalándose en numerosos hechos de armas. Ah!
si aquel gallardo jóven estuviera más cerca, ó en un punto donde pudiera
llegar á su noticia la suerte de su hermana, no se veria esta, como hoy
se vé, abandonada.
»Procurando el Rey en tanto averiguar, por otros medios distintos de las
armas, lo que esta acusacion tenga de calumniosa ó verdadera, para saber
si es ó no justo que muera su hija, ha hecho prender á ciertas
camareras, que por su posicion al lado de su señora deberian estar
forzosamente en el secreto; por cuya razon preví que, si llegaban á
apoderarse de mí, correriamos un grave riesgo tanto el Duque como yo.
Esta consideracion me obligó á alejarme precipitadamente de la corte
aquella misma noche y buscar un asilo en casa del Duque, á quien hice
presente el peligro que corrian nuestras cabezas, si me reducian á
prision. Aplaudió mi determinacion, por la que me prodigó las mayores
alabanzas, y me dijo que nada temiera; despues me aconsejó que confiara
en él, y que me refugiara en una fortaleza que posee cerca de aquí, á la
que hizo que me acompañaran dos servidores suyos.
»Ya has oido, señor, las repetidas pruebas de amor que dí á Polineso;
por ellas comprenderás si tenia ó no derecho á esperar de él el
acendrado cariño de que me era deudor: oye, sin embargo, el galardon que
recibí por mis amorosos desvelos: oye la gran merced que á mis grandes
merecimientos ha hecho; y juzga si por el solo delito de haber amado
demasiado, puede esperar una mujer el más completo olvido! Aquel amante
pérfido, cruel é ingrato ha llegado al fin á sospechar de mi fidelidad,
y temeroso de que tarde ó temprano se me escapara la revelacion de sus
fraudulentas acciones, ha fingido enviarme á uno de sus castillos, bajo
el pretexto de que en él podria esperar con seguridad á que se mitigaran
la ira y el furor del Rey, cuando en realidad donde me encaminaba era á
la muerte; pues habia encargado secretamente á mis dos guias, que en
cuanto nos internáramos en la espesura de esta selva, me inmolaran sin
compasion; é indudablemente se hubieran realizado sus deseos, á no haber
acudido tú al oir mis gritos. ¡Este es el premio que Amor da al que le
sirve bien!»
Tal fué la triste historia que refirió Dalinda al paladin mientras
proseguían su viaje. Regocijó en gran manera á Reinaldo aquel encuentro,
que le proporcionó la ocasion de profundizar un secreto que así le
patentizaba la inocencia de Ginebra; y si se habia propuesto salir en su
defensa cuando no le constaba si la acusacion tenia algun fundamento
cierto, con mucha mayor energía la abrazaba ahora siéndole tan evidente
la calumnia.
Apretó, pues, el paso hácia la ciudad de San Andrés, donde se hallaba el
Rey con toda su familia, y donde debia tener efecto el combate que
decidiera de la suerte de la princesa. Pocas millas le faltaban para
llegar, cuando encontró á un escudero á quien supuso portador de
noticias más recientes. Habiéndole dirigido algunas preguntas, el
escudero le manifestó que habia llegado un caballero dispuesto á
defender á Ginebra, en cuya armadura se veian emblemas desusados, y á
quien nadie habia podido conocer, porque procuraba esquivarse á todas
las miradas; que desde que en aquella ciudad se encontraba, nadie habia
conseguido verle el rostro, por llevar siempre calada la visera de su
yelmo, y que hasta su mismo escudero juraba que ignoraba completamente
quién pudiera ser.
Continuando su camino, llegaron en breve al pié de los muros de la
ciudad. Dalinda manifestaba un gran temor de seguir adelante; pero
Reinaldo la tranquilizó; y como viese cerradas las puertas, preguntó la
causa de ello al centinela, el cual le dijo, que era por haber ido todo
el pueblo á presenciar el combate que debia tener efecto, entre Lurcanio
y un caballero desconocido, en una pradera llana y espaciosa situada al
otro lado de la ciudad; añadiendo, que ya habia comenzado la lucha.
El señor de Montalban hizo que le abrieran la puerta, que volvió á
cerrarse en cuanto él y Dalinda la traspusieron, y atravesó la desierta
ciudad, despues de haber dejado á la doncella en una posada,
encargándole que permaneciera tranquila en ella hasta su regreso que no
se haria esperar. En seguida se dirigió precipitadamente á la palestra
donde ya se habian dado y se estaban dando tremendos golpes los
campeones. A Lucarnio le animaba su furiosa cólera contra Ginebra,
mientras que su adversario sostenia con no menos ardor la empresa que
habia abrazado.
Encontrábanse con ellos en la estacada seis caballeros, á pié y armados
de corazas, á cuyo frente, y montado en un magnífico caballo de pura
raza, estaba el Duque de Albania, que en su calidad de gran Condestable,
tenia á su cargo la custodia del campo y del terreno de la liza.
Polineso se gozaba en la apurada situacion de Ginebra, á la que dirigia
orgullosas miradas.
Reinaldo atravesó la apiñada multitud, abriéndole camino su brioso
Bayardo; pues al sentir su fuego, se retiraba la gente presurosa.
Descollaba entre todas la figura del paladin, flor y nata de la
gallardía; detúvose al llegar frente al sitio en que se hallaba el Rey,
y todos se aproximaron á él para saber lo que pretendia. Reinaldo
dirigió entonces la palabra al monarca, expresándose en estos términos:
--Ruégote, gran señor, que hagas suspender ese combate; pues debes tener
por seguro que sea cualquiera de los dos campeones el que sucumba,
tolerarás que muera injustamente. El uno cree que le asiste la razon, y
se equivoca lastimosamente, pues sostiene lo que es falso, ignorando que
miente, porque el mismo error que ha causado la muerte de su hermano es
el que le hace empuñar las armas; al paso que el otro no sabe si
defiende lo justo ó lo injusto, y solo su generosidad y compasion le
hacen arrostrar la muerte, á fin de no consentir en la de una dama de
tan sin par belleza. Yo traigo conmigo la salvacion de la inocencia;
conmigo va el castigo del impostor; pero, por Dios te suplico que hagas
cesar esa lucha, y despues concédeme algunos momentos de atencion.
Causó tal impresion en el ánimo del Rey la autoridad de un caballero tan
digno como por su talante y apostura parecia Reinaldo, que hizo
inmediatamente la señal de que se suspendiera el combate. El paladin
entonces descubrió en presencia del Monarca, de los magnates, de los
caballeros y de toda la muchedumbre allí reunida la infame trama que
habia urdido Polineso contra la inocente Ginebra, añadiendo al terminar
su narracion que estaba dispuesto á probar con las armas en la mano la
verdad de cuanto habia dicho.
Llamóse á Polineso, que se acercó turbado y pálido, si bien lo negó todo
con cínica audacia. Reinaldo entonces apeló al acero, y como ambos
estaban armados y el campo abierto, vinieron á las manos sin tardanza.
¡Oh! ¡cuán vivamente desea el Rey, y con él su pueblo entero, que brille
en todo su esplendor la inocencia de Ginebra! Todos abrigan la firme
esperanza de que Dios patentizará lo injustamente que se la habia
tratado de impúdica y deshonesta. Nadie duda ya de que Polineso, tenido
siempre por cruel, soberbio y avaro, y además inícuo y fraudulento, ha
sido el autor de tan vil calumnia.
El duque de Albania, macilento, con el corazon tembloroso y rostro
pálido, enristra la lanza al oir la tercera señal de las trompetas: en
cuanto la oye Reinaldo se precipita sobre él procurando atravesarle de
un lanzazo á fin de terminar el combate con un solo golpe. El resultado
correspondió al deseo, pues le escondió en el pecho la mitad del asta.
Clavado en la lanza le arrancó de la silla y le arrojó contra el suelo á
más de seis brazas de distancia de su caballo. Reinaldo se apeó con suma
celeridad, llegóse á su vencido adversario, y antes de que pudiera
incorporarse, le desató el yelmo; pero aquel que no se encontraba ya en
estado de combatir, le pidió humildemente perdon con rostro acongojado.
Entonces confesó Polineso, siendo testigos el Rey y toda la corte, la
infame calumnia que le habia conducido á tan desastrosa muerte. No pudo
concluir, pues en medio de su confesion, le faltó el aliento y la vida.
Al contemplar el Rey á su hija libre de la muerte y recobrada su honra,
experimentó mayor alegría, gozo más vivo y más consolador que si le
acabaran de restituir la corona despues de haberla perdido. Colmó de
honores á Reinaldo, á quien lo debia todo, y cuando al quitarse el yelmo
el guerrero le conoció, pues habia tenido ocasion de verle otras veces,
alzó las manos al cielo, dando á Dios infinitas gracias por haberle
concedido tal defensor.
En tanto que el monarca daba espansion á su alegría, el caballero
desconocido que habia acudido primeramente en defensa de Ginebra se
mantenia modesta y respetuosamente retirado hasta ver el desenlace de
aquella escena. El Rey le llamó rogándole que le dijera su nombre, ó por
lo menos que se descubriera, á fin de que pudiera recompensarle tal cual
merecia su meritoria accion. Despues de muchas instancias, accedió el
desconocido á quitarse el yelmo, y descubrió lo que se verá en el canto
siguiente si es que os agrada escuchar esta historia.
CANTO VI.
Ariodante se enlaza con su amada Ginebra, obteniendo en dote el
ducado de Albania.--Rugiero, atravesando los aires en su caballo
alado, llega al reino de Alcina.--Un mirlo humano le refiere las
infamias de Alcina, por lo cual Rugiero se propone huir de ella,
más se vé rechazado en su camino por una turba de mónstruos, y
salvado de ellos por dos damas que le obligan á emprender nuevos
combates.
¡Desgraciado del hombre perverso que confia en que siempre han de
permanecer ocultas sus malas acciones! El aire, la tierra misma que
encubra su delito lo harán patente, á falta de alguna persona que la
denuncie, y Dios mismo permite muchas veces que el pecador, arrastrado
por su intranquila conciencia, y aun cuando haya conseguido su perdon,
se descubra á sí mismo por imprudencia ó por casualidad. El miserable
Polineso creyó encubrir completamente su crímen haciendo desaparecer de
la faz de la tierra á Dalinda, su única cómplice y la sola persona que
podia revelarlo; y uniendo un crímen á otro crímen, precipitó el funesto
desenlace que podia muy bien haber diferido y evitado quizá; pero
impotente para contener su impaciencia, él mismo aceleró su muerte,
perdiendo á un tiempo mismo amigos, vida, hacienda, y sobre todo el
honor, principal castigo de su perfidia.
Dije antes que se habian dirigido insistentes ruegos al caballero
desconocido para que revelara su nombre. Accedió al fin á descubrirse, y
quitándose el yelmo, dejó ver el tan conocido rostro de Ariodante, á
quien poco antes habia llorado por muerto la Escocia entera; de
Ariodante, por quien aun llevaban luto Ginebra, su hermano, el Rey, la
corte y el pueblo todo, y que se mostraba admirable de valor y
gallardía.
Su presencia venia á desmentir la narracion del viajero: este, sin
embargo, habia dicho la verdad, pues le vió en efecto precipitarse en el
mar desde la roca; pero como suele suceder á más de un desesperado, que
anhela y llama á la muerte cuando está léjos, y al verla llegar le causa
pavor, segun lo terrible y amargo que le parece aquel trance, otro tanto
le sucedió á Ariodante que, despues de sumergido en el agua se
arrepintió de morir, y echando mano de toda su fuerza, destreza y
singular osadía, se puso á nadar hasta que ganó la orilla: una vez en
ella, abandonó como loco é insensato el deseo de arrancarse la vida que
hasta entonces le habia atormentado, y empapado aun en el agua del mar,
se puso á caminar hasta que encontró un asilo en el albergue de un
eremita, donde se propuso permanecer hasta que tuviera noticia de si
Ginebra se habia alegrado de su muerte, ó si, por el contrario, la habia
entristecido y angustiado.
Llegó primeramente á sus oidos que el dolor que experimentó la
princesa, estuvo á punto de hacerla bajar al sepulcro: noticia que se
esparció rápidamente por toda la isla. ¡Resultado bien diferente del que
esperaba despues de lo que con gran pesadumbre habia presenciado! Supo
luego que Lurcanio habia denunciado á Ginebra como criminal ante su
padre, y su ira contra su hermano no fué menos vehemente que el amor que
volvió á sentir hácia la princesa, por parecerle aquella determinacion
tan cruel como impía, por más que hubiera sido adoptada en favor suyo.
Poco despues tuvo noticia de que no se presentaba caballero alguno que
quisiera abrazar la defensa de la doncella; porque todos tenian reparo
en ponerse frente á frente de la pujanza y valor de Lurcanio, pues el
que le conocia, apreciaba en tanto su discrecion, prudencia y
perspicacia, que no podia presumir que arrostrara la muerte, si fuera
falso lo que sostenia; razon por la cual la mayor parte de los
caballeros temian exponerse á defender una causa injusta. Ariodante,
despues de mil reflexiones, se decidió á aceptar el reto de su hermano.
--¡Infeliz de mí! se decia á sí mismo: no, no podré consentir que ella
perezca por mi causa: mi muerte seria demasiado cruel y desastrosa, si
la viera expirar antes que yo. Ella es aun mi esposa y la diosa que
idolatro; ella es aun la luz de mis ojos. Es preciso, pues, que justa ó
injustamente vuele en su auxilio, y pierda por ella la vida. Sé que
defiendo el delito; enhorabuena: sé tambien que pereceré, pero esto
tampoco me desconsuela; lo que sí me atormenta es que mi muerte no podrá
salvar la vida de tan hermosa doncella. Solamente un consuelo encontraré
al morir: el de que, si es cierto que la ama su Polineso, habrá podido
ver claramente que no se ha movido para socorrerla; mientras que á mí, á
quien tan cruelmente ha ofendido, me verá morir á su lado. De este modo
me vengaré tambien de mi hermano, causa de tanto escándalo; porque habrá
de arrepentirse dolorosamente del desenlace de este asunto, en el
momento en que contemple con terror que ha dado muerte á su hermano
cuando creia vengarle.
Apoyado en tales reflexiones, se procuró nuevas armas y nuevo caballo,
así como una sobrevesta y un escudo negros, listados de verde y
amarillo. La casualidad le proporcionó un escudero desconocido en aquel
país, y de esta suerte disfrazado se presentó á combatir contra su
propio hermano. He referido ya todos los incidentes de tan triste
aventura, y cómo fué por fin conocido Ariodante. La alegría que sintió
el Rey al verle en su presencia no fué menor que la que tuviera poco
antes viendo á su hija justificada. Reflexionó entonces el monarca que
nunca se podria encontrar amante más tierno y leal que aquel, cuando á
pesar de tanto ultraje, no habia vacilado en defender á la princesa aun
contra su mismo hermano; é impulsado por esta consideracion, por su
propia inclinacion que hácia Ariodante le arrastraba, y finalmente por
los ruegos de toda la corte, así como por la singular insistencia de
Reinaldo, le entregó la mano de su hija y con ella el ducado de Albania,
que providencial y oportunamente habia vuelto á poder del Rey por la
muerte de Polineso. Reinaldo alcanzó el perdon de Dalinda, la cual, ya
fuese por estar desengañada del mundo, ó por haber hecho algun voto,
dirigió á Dios sus pensamientos, y ausentándose de Escocia sin demora,
fué á tomar el velo en un monasterio de la Dacia[31].
[31] Region de la Europa oriental de la que hoy forma gran parte la
Valaquia.
Pero tiempo es ya de volver á Rugiero, á quien dejamos recorriendo los
cielos montado en su rápido corcel.
Aunque el ánimo de este guerrero era entero y varonil, y el terror
jamás habia hecho palidecer su rostro, no puedo asegurar que en aquellos
momentos no temblara su corazon como la hoja en el árbol. Habia dejado
ya muy atrás la Europa, y se encontraba á gran distancia del monumento
levantado por el invencible Hércules como aviso á los navegantes[32]. El
Hipogrifo, ave inmensa y sobrenatural, lo conducia con tan vertiginosa
rapidez que aventajaria seguramente en celeridad al ave de Júpiter,
portadora de sus fulmíneos dardos: no hiende los aires ser tan ligero
que pudiera igualársele en velocidad, y aun creo que el trueno ó la
saeta invertirian más tiempo que él en llegar desde el cielo á la
tierra. Despues de haber recorrido un inmenso espacio, siempre en línea
recta y sin moderar el vuelo, empezó el Hipogrifo á describir anchos
círculos en los aires, como si ya estuviera satisfecho de atravesar sus
solitarias regiones, y fué descendiendo poco á poco hácia una isla muy
parecida á aquella donde pasó en vano, á través de un camino oculto por
debajo del mar, la ninfa Aretusa, á fin de librarse de un amante á quien
tanto despreciaba y del que tanto se habia preservado[33].
[32] Las columnas de Hércules que, segun la fábula, fueron
colocadas por aquel semi-dios en los montes Calpe y Avila á uno y
otro lado del Estrecho de Gibraltar como fin de sus trabajos, y
como límite de las tierras y mares conocidos.
[33] Bañándose un dia la ninfa Aretusa en el rio Alfeo inspiró
amores al Dios de este rio. Para escapar de sus persecuciones
imploró Aretusa el socorro de Diana, que la convirtió en fuente.
Inmediatamente Alfeo mezcló sus aguas con las de Aretusa, y estas
desaparecieron, yendo á brotar despues de un largo viaje
subterráneo y submarino en Oligia, isla vecina de Siracusa, donde
formaron una clara fuente.
En su viaje aéreo, no habia recreado la vista de Rugiero un país tan
bello ni de tan halagüeño aspecto; ni aunque recorriera el mundo entero,
llegaria á encontrar otro tan pintoresco y maravilloso como aquel, donde
por fin se posó el enorme pájaro con su ginete, no sin describir antes
un último y prolongado círculo en el aire. Por do quiera empezó á
descubrir fértiles llanuras, collados de pendiente suave, aguas
cristalinas, márgenes umbrosas y frescas praderas. Numerosos y
encantadores bosquecillos de agradables laureles, de palmeras, de mirtos
amenísimos, de cedros y de naranjos, cargados de frutas y flores de
múltiples formas, todas bellas, ofrecian con sus espesas ramas un grato
refugio contra los calores del estío, mientras que el ruiseñor saltando
de rama en rama con vuelo seguro, halagaba el oido con sus dulces
cantos. Entre las purpúreas rosas y las blancas azucenas, á las que el
céfiro con su templado aliento conservaba en toda su frescura y lozanía,
se veian triscar, tranquilos y seguros, conejos, liebres y ciervos de
frente elevada y orgullosa, que sin temer una traidora muerte ó el
escondido lazo, pastaban ó rumiaban la yerba, mientras que los corzos,
las gacelas y los vivaces cabritillos saltaban y retozaban por la
campiña en crecido número.
Apenas se encontró el Hipogrifo tan cerca de la tierra, que el salto
desde él no ofreciera peligro, se deslizó Rugiero precipitadamente de la
silla y puso el pié sobre el esmaltado césped. No abandonó, sin embargo,
las riendas, y para impedir que su corcel tornara á remontar el vuelo,
lo ató al tronco de un mirto que crecía en aquella costa entre un laurel
y un pino. En seguida se dirigió hácia donde brotaba un manantial de
trasparentes aguas, rodeado de cedros y de fecundas palmas; dejó el
escudo, quitóse el yelmo y las manoplas; y volviendo el rostro, ora
hácia la playa, ora hácia los montes, se puso á aspirar con delicia el
ambiente embalsamado de aquellas frescas y puras auras, que agitaban con
dulce murmullo las elevadas cimas de los abetos y de las hayas. Refrescó
luego sus ardientes labios en el agua límpida é incitante del arroyo, y
metiendo despues en él las manos, la estuvo agitando durante largo rato
á fin de mitigar el calor que sentia en sus venas cansado por el
contínuo peso de la armadura. Debia sentirse en efecto abrasado de calor
y abrumado de cansancio, si se atiende á que habia atravesado, siempre
corriendo y completamente armado, más de tres mil millas de distancia.
De pronto el caballo, que habia dejado atado á la sombra de una espesa
enramada, se encabritó procurando huir espantado de un objeto que
proyectaba su sombra por el bosque, é hizo plegarse de tal modo al mirto
á que estaba ligado, que las hojas de la copa rodearon todo el tronco,
alfombrando el suelo al desprenderse; no obstante, le fué imposible
romper sus ligaduras. Así como cuando se pone en el fuego un tronco
falto de sávia y que tiene seco el corazon, se nota que el aire
encerrado en su interior va dilatándose por medio del calor, haciendo
que el leño empiece á dar chasquidos y á resonar con estrépito, hasta
que aquel se abre un camino para escapar, del mismo modo se puso á
murmurar, á rechinar y retorcerse el ofendido mirto, hasta que por
último abrió la boca, y con triste y débil voz pronunció distinta y
claramente estas palabras:
--Si eres tan piadoso y cortés como lo indica tu gallarda presencia,
aparta este animal de mi tronco; harto grande es ya el dolor que me
atormenta, para que otras penas y otros dolores vengan á aumentarlo.
Apenas oyó Rugiero los primeros acentos de aquella voz, volvió el rostro
hácia el sitio de donde procedia y levantóse precipitadamente, y cuando
se cercioró de que salian del árbol, quedó tan estupefacto cual nunca lo
habia estado. Corrió á desatar el caballo, y cubiertas de rubor las
megillas, contestó:
--Quien quiera que seas, espíritu humano ó divinidad de esta floresta,
perdona mi indiscrecion. No sabiendo que bajo ruda corteza se ocultase
un alma humana, me he dejado llevar del atractivo de esa hermosa
enramada, cometiendo una falta con tu florido mirto. No dejes, sin
embargo, de manifestarme quién eres, tú, que conservas voz y alma
racional bajo un cuerpo áspero y erguido; así te preserve el cielo de
las injurias del granizo! En cambio te prometo por el nombre de aquella
á quien he dado la mejor parte de mi ser, que si ahora ó en cualquiera
ocasion puedo prestarte algun servicio, lo haré sin vacilar, ya sea de
palabras ó por obra, y de modo que tengas motivo para congratularte de
mí.
Luego que Rugiero hubo concluido de proferir estas palabras, empezó á
temblar el mirto desde sus raices hasta la copa; despues cubrióse la
corteza de un sudor semejante al que se desprende de una rama verde
cuando empieza á sentir el calor del fuego, del que por algunos momentos
le habia preservado su natural humedad, y contestó:
--Tu cortesía me induce á revelarte á un tiempo mismo quién fuí yo, y
quién me ha convertido en este mirto que ves colocado á orillas del mar.
Astolfo fué mi nombre, y yo fuí un guerrero francés muy temido en la
guerra: primos mios eran Reinaldo y Orlando, cuyo renombre no conoce
límites, y esperaba suceder á mi padre Oton en el trono de Inglaterra.
Fuí tan galan y enamorado, que causé la desesperacion de más de una
dama; pero al fin solo yo salí perjudicado. Volvia de aquellas apartadas
islas que baña en Oriente el mar Indico, donde habíamos permanecido
largo tiempo encerrados en oscuros calabozos Reinaldo y yo con otros
caballeros, hasta que el poderoso esfuerzo de Orlando nos devolvió la
libertad, é íbamos siguiendo en direccion á Occidente las arenosas
costas azotadas con frecuencia por el viento Norte, cuando una mañana,
impulsados quizá por nuestro cruel destino, saltamos en tierra en una
hermosa playa, donde se elevaba el castillo de la poderosa Alcina, á
quien encontramos fuera de su fortaleza, y sentada sin compañia alguna
en una roca, desde la cual hacia salir á la orilla todo cuanto pescado
se le antojaba, sin necesidad de redes ni anzuelos. Hácia la playa se
dirigian veloces los delfines; los pesados atunes acudian á ella con la
boca abierta, lo mismo que los becerros marinos, que aun no habian
logrado sacudir su perezoso sueño; y los sargos, las rayas, los barbos,
y los salmones que nadaban con toda la velocidad de que eran capaces,
formando prolongadas hileras: las focas, los cachalotes y las ballenas
sacaban fuera del mar sus gigantescos lomos. Vimos á una de aquellas
ballenas, indudablemente la mayor que hasta entonces habitara los mares,
elevar su enorme espalda más de once pasos fuera de las saladas ondas.
Su extraordinaria magnitud hizo que todos cayéramos en un error; pues
como estaba parada y no notamos en ella movimiento alguno, la tomamos
por un islote, tanta era la distancia que separaba sus dos extremidades.
»Alcina continuaba atrayendo á los peces, valiéndose de palabras
misteriosas y encantadas. Alcina era hermana de la hada Morgana; pero no
sé si vió la luz al mismo tiempo, ó antes ó despues que esta. La
solitaria pescadora fijó su vista en mí, y sin duda hube de agradarle,
pues bien lo demostró en su semblante; formó al momento el proyecto de
separarme de mis compañeros con astucia y maña, y consiguió su intento.
Dirigióse hácia nosotros con placentera sonrisa, y dando muestras del
mayor agrado al par que reverencia, nos dijo:
--Caballeros, si os dignais aceptar hoy mi hospitalidad y mi pesca, os
daré á conocer mil clases de pescados, unos escamosos, otros de lisa
piel y otros cubiertos de pelo tosco, todos de formas variadas y más
numerosas que las estrellas del cielo; y si os place ver una sirena,
cuyo dulce canto aplaca el furor del mar tempestuoso, pasemos desde aquí
hasta aquella orilla, donde suele dejarse ver á estas horas.
»Y al decir esto nos designaba aquella ballena, que, segun he dicho,
parecia una isla. Yo, que siempre fuí voluntarioso y temerario, ¡harto
me pesa! salté sobre la ballena, á pesar de que Reinaldo y Dudon me
hacian señas en contrario. La hada Alcina saltó tras de mi con risueño
semblante y sin cuidarse de mis dos compañeros, mientras que la ballena,
desempeñando diligente su cometido, se alejó surcando velozmente las
aguas. Pronto me arrepentí de mi impremeditacion; pero cuando conocí el
engaño, ya estaba muy apartado de la orilla. Reinaldo se arrojó al mar y
se esforzó en nadar cuanto pudo para auxiliarme; pero habiéndose
levantado un viento furioso que cubrió de sombras el cielo y el piélago,
quedó casi sumergido. Ignoro completamente lo que despues le aconteció.
»Alcina procuró solícita tranquilizarme: todo aquel dia y la noche
siguiente continuamos navegando sobre aquel mónstruo, hasta que llegamos
á esta hermosa isla, cuya mayor parte posee Alcina por habérsela
usurpado á una hermana suya á quien su padre dejó por heredera de todos
sus dominios por ser la única legítima; pues Alcina, y Morgana son fruto
de un amor incestuoso, segun me ha revelado quien lo sabe positivamente.
Estas dos hermanas son pérfidas é inícuas, y están poseidas de los
vicios más feos é infames, mientras que la otra, viviendo castamente, ha
cifrado toda su dicha en la virtud. Contra ella se han conjurado las
dos, y han armado más de un ejército para arrojarla de la isla,
habiéndole arrebatado en diferentes veces más de cien castillos. Ya no
le quedaria un palmo de tierra á Logistila, que así se llama la mejor de
las tres, si no estuvieran sus posesiones separadas de las de Alcina por
un golfo y una montaña salvaje, del mismo modo que Inglaterra y Escocia
están divididas por un monte y un rio; á pesar de esto, Alcina y Morgana
no quedarán satisfechas hasta que hayan despojado á su hermana de lo
poco que aun le queda. Los crímenes y vicios que á las dos mancillan no
pueden sufrir el eterno reproche que la castidad y virtud de Logistila
les dirije.
»Pero volviendo á mi interrumpido discurso, para que sepas cómo fuí
convertido en planta te diré que Alcina, abrasada enteramente por mi
amor, me colmaba de delicias y atenciones; yo, por mi parte, al
contemplarla tan bella y obsequiosa, no pude menos de corresponder á su
pasion. Extasiado ante los placeres que la posesion de la hermosa Alcina
me proporcionaba, pareciame que en ella estaba reunido todo el bien que
tan repartido se halla entre los mortales, tocando á unos mucho, á otros
menos y á ninguno demasiado. A su lado me olvidaba por completo de
Francia y de todo, dedicado exclusivamente á contemplar su rostro; todos
mis pensamientos, todos mis proyectos iban á parar á ella y no pasaban
más adelante. En cuanto á Alcina, su pasion era tal vez mayor que la
mia: todo lo habia abandonado por consagrarse á mí, y por mí habia
despreciado á los varios amantes á quienes correspondia antes de
conocerme. Confidente yo de sus más íntimos pensamientos, no se apartaba
de mi lado ni de dia ni de noche: yo era el que á todos dictaba órdenes
con aquiescencia y por encargo de mi amada; solo á mí daba crédito, de
mí se aconsejaba, y por último con nadie hablaba más que conmigo.
»¡Ah! ¿Por qué voy renovando mis heridas, cuando no espero remedio
alguno para cicatrizarlas? Por qué he de evocar el recuerdo de un
perdido bien, cuando me encuentro en tan extrema desdicha! Cuando más
feliz me contemplaba y estaba más persuadido de que el amor de Alcina
iria aumentando, me arrebató el corazon que me habia dado y echóse en
brazos de otro amante. Tarde conocí por mi desgracia su veleidoso
genial, acostumbrado á amar y á olvidar á un tiempo mismo. Apenas habian
trascurrido dos meses, cuando terminaba mi reinado: aquella voluble hada
me apartó desdeñosamente de su lado apenas hube perdido su gracia.
Despues he sabido que del mismo modo habia tratado á otros mil amantes,
y á fin de evitar que vayan publicando por el mundo los secretos de su
vida lasciva, puebla este fértil terreno con aquellos desgraciados,
convirtiéndolos en abetos, olivos, palmas, cedros ó en el arbusto en que
está encerrada mi alma: á muchos de ellos los transforma en fuentes, y
en fieras á algunos, como mejor cuadra á tan caprichosa y altiva hada.
»Ahora bien ¡oh tú! que á través de caminos inusitados has puesto el pié
en esta isla fatal, para que por tu causa se vea algun amante convertido
en piedra, en agua ó cosa parecida: reinarás seguramente en el corazon
de Alcina, y serás el más feliz de todos los mortales; pero desde ahora
te advierto, que no tardarás en llegar al amargo trance de quedar
transformado en fiera, en fuente, en árbol ó en peñasco. Voluntariamente
te aviso el peligro que corres, aunque no creo que esté en el deber de
prestarte auxilio alguno; sin embargo, será muy conveniente que no te
precipites, y que conozcas á fondo las costumbres de la hada; pues así
como no hay dos rostros iguales, tampoco son iguales el ingenio y la
astucia, y quizás consigas tú reparar el daño que otros mil y mil no han
sabido apartar de sus cabezas.»
Rugiero habia oido decir más de una vez que Astolfo era primo de su
amada, por cuya razon dolióse doblemente de verle trasformado en una
planta infecunda: por amor hácia la hermosa guerrera (y así hubiese
deseado que lo supiera) le habria prestado una generosa ayuda; pero en
aquella ocasion no podia ofrecerle más que estériles consuelos, que le
prodigó del mejor modo que supo, preguntándole despues si existia algun
camino que le condujera al reino de Logistila, ya fuese por llanuras ó
por cerros, con tal de que no tuviera precision de pasar por los
dominios de Alcina. El árbol le contestó que en efecto existia uno, pero
erizado de rocas y de barrancos, y que para encontrarlo deberia
dirigirse un poco á la derecha, y subir despues hasta la pelada cima de
aquella montaña agreste; pero le advirtió que no debia prometerse seguir
muy adelante por aquel camino, pues forzosamente habria de tropezar con
una multitud de mónstruos, que le cerrarian el paso á todo trance, y que
á guisa de muralla estaban colocados allí por Alcina á fin de impedir
que alguien traspusiera la montaña.
Rugiero dió las gracias á aquel mirto, y separándose de él,
perfectamente instruido de lo que habia de hacer, se dirigió á donde
estaba el hipogrifo, le desató, co
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