Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
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Title: Antaño i Ogaño: Novelas i Cuentos de la Vida Hispano-Americana
Author: José Victorino Lastarria
Release date: June 12, 2014 [eBook #45945]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ANTAÑO I OGAÑO: NOVELAS I CUENTOS DE LA VIDA HISPANO-AMERICANA ***
Nota del Transcriptor:
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Páginas en blanco han sido eliminadas.
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Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
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La mayoría de las preguntas y exclamaciones en el texto original
fueron imprimidas sin el primer signo de interrogación y exclamación
respectivamente. Estos signos fueron añadidos.
BIBLIOTECA CHILENA
PUBLICADA BAJO LA DIRECCION
DE LOS SEÑORES
LUIS MONTT I J. ABELARDO NUÑEZ.
LASTARRIA.
[Ilustración: J. V. LASTARRIA.]
J. V. LASTARRIA.
ANTAÑO I OGAÑO.
NOVELAS I CUENTOS
DE
LA VIDA HISPANO-AMERICANA.
EL MENDIGO.--EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE
GUZMAN.--ROSA.--DON GUILLERMO.--EL DIARIO
DE UNA LOCA.--MERCEDES.--UNA HIJA.
1885
SANTIAGO DE CHILE.
SE VENDE EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE LA REPÚBLICA.
_Es propiedad._
ÍNDICE.
Pájina
EL MENDIGO 1
EL ALFEREZ ALONSO DIAZ DE GUZMAN 39
ROSA 59
DON GUILLERMO 67
EL DIARIO DE UNA LOCA 189
MERCEDES 219
UNA HIJA 283
EL MENDIGO.
(1842.)
I.
No ha muchos años, en una tarde de octubre, me paseaba sobre el malecon
del Mapocho, gozando de la vista del sinnúmero de paisajes bellos que en
aquellos sitios se presentan. La naturaleza en la primavera allí ostenta
con profusion todos sus primores, i parece que desarrolla ante nuestros
ojos su magnífico panorama, con la complacencia de una madre tierna que
presenta sonriéndose un dijecillo al hijo de su amor. El Mapocho ofrece
en sus márjenes mil delicias que le hacen recordar a uno con pena
aquellas bellas ilusiones que se forma en sus primeros amores: aquí
aparece el aspecto duro i melancólico de una ciudad envejecida, cuyos
edificios ruinosos están al desplomarse; a lo léjos, una confusa
aglomeracion de edificios lucidos, de torres esbeltas i elegantes, i el
puente grande del rio que se ostenta majestuosa i soberbiamente sentado
sobre sus formidables columnas; allí multitud de grupos de árboles
floridos, que a veces se confunden con los lijeros i blancos vapores que
se elevan de las aguas; allá interminables corridas de álamos de color
de esmeralda, cortadas a trechos por el lánguido sauce i por otros
arbolillos que contrastan sus matices verdinegros con el triste
amarillo del techo de las chozas. De entre las densas arboledas, se ven
salir en direcciones curvas i varias las columnas del humo del hogar;
los niños triscan en inocente algazara sobre las arenas del cauce, el
pastor desciende con su blanco rebaño por las laderas del San Cristóbal
i se pierde de repente tras de las peñas o arbustos que se encuentran al
paso; i en medio de estas rústicas escenas, se oye la armonía universal
de la naturaleza que se despide de la luz del dia, i que confunde sus
ruidos misteriosos a la distancia con el sordo bullicio de la ciudad.
¡Oh encantos del Mapocho! ¡Cuántas veces habeis henchido mi pecho del
regocijo mas puro! ¡Cuántas veces habeis ahuyentado de mi corazon penas
acerbas! ¡Yo derramaria lágrimas de ternura, si estando separado de mi
patria, me asaltara el recuerdo de esas escenas de simple rusticidad en
el centro de la cultura de un pueblo!
El sol comenzaba a ocultarse en las colinas de occidente, dibujando en
el azulado fondo del cielo diversos copos de luciente nacar, tiñendo de
un suave color de rosa las nubecillas que flotaban sobre las faldas de
los Andes, i dorando el manto de nieve con que se cubren estos jigantes
del mundo, de modo que los hacia aparecer como montañas de oro macizo
puestas allí para sustentar el firmamento con sus encumbradas cimas. El
aura de la tarde era fresca i aromática, yo dejaba flotar a su impulso
mis cabellos i permanecia reclinado sobre la muralla, mirando las
corrientes del rio: ellas se llevaban consigo mis pensamientos i mi
vista, i se precipitaban bulliciosas hasta estrellarse en esas ruinas
adustas que ha dejado en su paso el antiguo tajamar, i que hoi,
inmóviles i silenciosas desafian su embate i lo desprecian. Pero aquel
momento de delicias en que todo lo sentia, sin pensar en nada, fué mui
corto para mí; un hombre se puso a mi lado sin pronunciar una sola
palabra i me sacó de mi ensueño: era de grande estatura, aspecto grave,
semblante apacible; i melancólico; su barba era larga i blancuzca, sus
ojos humildes i hermosos. Vestia una manta larga i gruesa, calzon i
media de lana blanca, i en su mano derecha tenia un sombrero de paja
burda, en actitud de respeto. Al instante reconocí al misterioso mendigo
que recorria todas las tardes aquellos sitios implorando la caridad de
los transeuntes, sin desplegar los lábios; no habrá en Santiago quien no
le recuerde; apénas hará cinco años que ha desaparecido. Ese hombre
atraia poderosamente mi atencion: siempre habia procurado con algunos
amigos saber quién era, pero nunca habíamos logrado oirle mas que
monosílabos. Entónces traté de trabar con él una conversacion; le dí una
moneda i nos cruzamos estas palabras:
--¿Me conoce usted a mí, buen hombre?
--Sí señor, usted siempre me ha hecho bien; me respondió con voz
apagada.
--¿Sabe usted cómo me llamo?
--Nó.
--¿I su nombre de usted?, dígamelo, mire que siento ardientes deseos de
saber quién es usted, de saber algo sobre su vida. Vamos, hable usted.
Despues de un silencio, durante el cual ví en su rostro cierto aire de
ternura, me dijo:
--Soi un antiguo soldado de la patria, me llamo Alvaro de Aguirre; i
bajó al suelo sus ojos guarnecidos de una blanca i larga pestaña.
Yo continué haciéndole varias preguntas, i él contestándomelas a medias.
Luego que supo por mi nombre quien era mi padre esclamó: ¡Buen señor,
siempre me da limosna; estuvimos juntos en el sitio de Rancagua, en una
misma trinchera, él era paisano i peleaba como nosotros!--Estas frases
pronunciadas con cierto aire de nobleza, me hicieron palpitar el
corazon i traté de hacerle conocer el interes que me inspiraba su
desgracia, le prometí amistad i conseguí al fin de muchas súplicas que
me dijera algo sobre su vida. Marchamos juntos hasta la penúltima
pirámide; en su base tomó asiento el mendigo i yo permanecí en pié. La
luna principiaba a rayar sobre los Andes, i su luz rielaba sobre las
lijeras i bulliciosas aguas del rio, figurando en ellas una prolongada
cinta de plata estendida en desórden sobre la arena; todo estaba en
calma. El aspecto del mendigo me inspiró veneracion i me causó mil
ilusiones misteriosas que pasaron por mi mente con la lijereza de la
brisa que lamia el encumbrado follaje de los álamos. Su voz me sacó de
mi meditacion, pero no era ya la voz apagada del que sufre, sino firme i
sonora, como la del hombre que revela con franqueza su corazon.
Principió conmigo una conversacion, la mas interesante que he tenido en
mi vida: la rapidez de su narracion i de su lenguaje, me reveló desde
luego que no tenia en mi presencia a un hombre comun. A cuantas
preguntas le dirijia me respondia entónces con desembarazo i con
firmeza; de modo que llegué a creer que aquel era un mendigo supuesto,
un personaje mui diferente del personaje que representaba, i me persuadí
de que por alguna de aquellas anomalías, tan frecuentes en el mundo,
habria llegado este hombre a habituarse a permanecer en una situacion
tan despreciable como era la en que se encontraba. Pero esta persuasion
me duró poco tiempo, porque luego ví que eran mui naturales i aun
comunes los accidentes que le habian precipitado en la desgracia. Voi a
tratar de trazar aquí la historia de su vida con el mismo aire i
animacion con que él me la refirió, omitiendo detalles, i en frases
cortadas como él lo hacia.
II.
«Yo nací en la Serena, dijo, i mi nacimiento causó la muerte de la que
me dió la vida; mi padre, que era uno de los comerciantes de mas crédito
en aquel pueblo, cuidó esmeradamente de mis primeros años, i me educó
sin perdonar sacrificios. Ya habia salido de mi infancia, ya principiaba
a sombrearme la barba, cuando me entregó a un amigo suyo, rico mercader
de Lima, para que me llevase consigo i me comunicase sus luces i su
esperiencia. Yo partí lleno de angustias: el corazon me presajiaba
entónces un porvenir de lágrimas i de sangre. ¡Ah! ¡jamas olvidaré el
aspecto de mi padre en aquel instante! El anciano desgraciado lloraba
como un niño, me estrechaba sobre su pecho i me acariciaba con ternura,
dándome consejos i protestándome que me separaba de su lado solo porque
deseaba mi felicidad! ¡Padre querido! ¡mil veces te he llorado como
ahora i jamas he podido hallar consuelo!....» El mendigo ocultó
sollozando su rostro entre sus manos, i despues de un suspiro profundo,
continuó: «Ocho años hacia que yo estaba en Lima, cuando supe que mi
padre habia muerto, agobiado de pesares a causa del mal estado de sus
negocios; sus acreedores se habian repartido de los efectos de su
comercio para pagarse; el entierro de su cadáver se hizo de caridad; ¡no
tuvo un deudo, un amigo que derramase una lágrima tan solo sobre su
sepulcro! ¡Ah! ¡yo debiera haber partido entónces a mi pueblo! pero mil
esperanzas vanas me encadenaron en Lima, i me decidí a permanecer allí
para siempre. El mercader a quien mi padre me habia encomendado habia
muerto tambien, i yo continuaba con su hijo malbaratando el caudal que
aquel hombre honrado le formó con tantos sacrificios: ámbos éramos de
una edad, i sin guia, sólos en aquella Cápua de la América, nos habíamos
lanzado a la disipacion. Nuestros negocios se encontraban en el peor
estado, no teníamos crédito, ni avanzábamos en el comercio: un dia de
aquellos en que el demonio se apodera del alma para arrancarle la razon
i precipitar al hombre en el vicio, mi amigo, Alonso, tomó el dinero que
habia en caja i nos encaminamos a casa de su querida, en donde se
juntaban de ordinario varios hombres perdidos. Serian las seis de la
tarde, en invierno; entramos en silencio hasta una pieza oscura, sin
sentir el menor movimiento en toda la habitacion, pero no bien habíamos
puesto en ella el pié, cuando oimos palpitante el estallido de un beso
lleno de amor, i luego un prolongado suspiro: pedimos luces i al momento
sentí que se acercó a mi amigo su querida llenándole de caricias. Al
iluminarse la sala, vimos reclinado sobre un canapé a un militar español
que en la noche anterior nos habia ganado allí mismo veinte mil duros.
Se levantó restregándose las manos i diciéndonos: «¿vienen ustedes a
continuar la partida?» i nosotros no le respondimos palabra.
Alonso, que estaba con sus facciones contraidas, se dirijió a él en
silencio, como a exijirle una esplicacion, pero a la sazon entraron
varios con las mujeres que formaban el embeleso de aquella tertulia. El
juego, el ponche i la corrupcion dieron principio; las horas comenzaron
a pasar lijeras para todos, pero lentas para mí. Mui tarde era ya, las
luces ardian en candiles i a su opaco resplandor continuaban los
jugadores su tarea con mas ardor: yo estaba fastidiado i dispuesto a
retirarme. Alonso habia perdido todo su dinero, el almacen de su
comercio, i hasta su reloj, pero permanecia mirando jugar con su cabeza
reclinada sobre el hombro de su querida.
Las mujeres no me habian impresionado aquella noche, yo sentia en mi
alma una amargura que me desesperaba. En un momento en que la algazara
del desórden habia cedido su lugar al cansancio, se acercó a mí un
fraile de la buena muerte, que andaba con una guitarra en la mano, i
tomando un aire sério me dijo al oido: «yo no quiero guardar mas un
secreto que pesa sobre mi conciencia: sepa usted, don Alvaro, que a su
amigo le han ganado mal. Su misma adorada ha facilitado al militar los
dados falsos.»
Yo me quedé pasmado con esta fatal revelacion, i luego que me serené,
con mucha calma, me puse junto a la mesa de juego: mi amigo permanecia
como he dicho ántes, i aquella mujer perversa lo acariciaba todavía,
resbalando una mano suavemente por sus barbas. Estaba yo observándola i
tratando de descubrir en su semblante la verdad de la revelacion que
acababa de hacerme el fraile; i al fijarme en sus ojos apacibles i
bellos, llegué a considerarla incapaz de un crímen. Pero luego la ví
hacer un jesto de intelijencia al militar i pasarle unos dados,
diciéndole:--«toma, éstos son mejores.» No pude contenerme i esclamé:
¡esos dados son falsos, señora!...--Sí, tiempo ha que yo lo sospechaba,
grita Alonso, hundiendo al mismo tiempo su puñal con fuerza en el
corazon de su traidora amante. ¡El español se levanta furioso i dirije
una pistola al pecho de mi amigo, yo se la arrebato, i éste le deja
muerto en el instante mismo con el puñal que le habia servido para
principiar su venganza! En aquel momento terrible, todos altercaban en
confuso desórden i gritería, i de tal modo se trabó la riña i tanto
duró, que la ronda se introdujo, aprehendió a varios allí mismo i entre
ellos a mi amigo Alonso. Yo me precipité entre la turba i logré
ocultarme en una casa vecina que era de un comerciante con quien habia
tenido relaciones.
Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pasé encerrado en un
sótano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador
i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho
tráfico i que daba a espaldas del palacio del virei. ¡La oscuridad de
aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la
humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me
hacia desesperar i correr frenético a los ángulos de aquella prision en
busca de aire puro que respirar! Desde ahí percibia yo el bullicio de la
calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sentí gran
tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agonía en una iglesia
próxima, i de cuando en cuando una lúgubre campanilla precedia el grito
de álguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. ¡Este era
Alonso, sí, mi amigo Alonso, que ese dia fué arrastrado a un banquillo,
por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que
fué condenado por los jueces. La misma sentencia recayó sobre mí....!
El que me habia salvado la vida completó su favor, haciéndome salir con
precaucion para el Alto Perú. ¡Dos años vagué por pueblos estraños,
procurándome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando
los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis
lágrimas! Atravesé el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un
sinnúmero de sacrificios i de privaciones, trasmonté los Andes i pude
alcanzar a la Serena, ¡mi patria! Entónces desperté como de un letargo,
me sentí estenuado, me ví lleno de andrajos, rodado de miseria; ¡pero
hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo!
¡Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin
embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion!
¡Nadie me conocia, la casa que habité en mis primeros años estaba
ocupada por jentes estrañas!
La primera noche que pasé en aquella ciudad deliciosa no tuve donde
acojerme: estendí mi manta sobre las losas de una de las puertas del
templo de Santo Domingo, i me dormí arrullado por el estruendo de las
olas del mar; tuve sueños de ventura, i me desperté, al rayar el sol,
riéndome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero
tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi
situacion; ya me habia puesto en pié para ir a buscar adonde trabajar,
cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entré lleno de veneracion
i me arrodillé a oir una misa que principiaba. ¡Mi corazon en aquellos
momentos fué todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a él a pedirle
misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvió al
pueblo, i con voz trémula i aire apacible, le pidió una oracion
implorando el favor de la Vírjen Santísima sobre los desgraciados que
acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno
que se habia instalado a nombre del rei.
Esta noticia que oia por primera vez, llamó sériamente mi atencion. Salí
del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de
haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido
decir al sacerdote. Me acerqué a una pobre anciana, que tambien salia,
para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llaméla
por su nombre i ella me respondió con sorpresa: no pude contenerme, la
abracé i me le dí a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de
mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. ¡Lloramos juntos en
silencio! i cuando pasó nuestra primera ajitacion, me llevó a su casa i
me prodigó mil cuidados.
De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria
no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo.
Supe, ademas, que como ocho meses ántes de mi llegada, se habia cambiado
el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que
presajiaba muchos desastres.
Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me
desconocieron; i reflexionando entónces que el hombre, cuando está
sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas,
principié a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para
ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me
habia facilitado su hogar i su mesa.
Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un
vacío que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi
mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompañado
en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una
ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueño
delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado
mis primeros años.
Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todavía a su lado, visitar todas
las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de
muchos años; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su
pureza i hermosura parecia un ánjel. Todas las noches nos reuníamos:
nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran;
a veces advertíamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer
i se sonreian; nosotros nos ruborizábamos i quedábamos en silencio. Yo
no tenia durante el dia otro pensamiento que el de llevar por la noche
algun dije a mi amiguita Lucía, o el de aprender algun cuento para
referírselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos
clavados en mí durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i
de mirarla yo tambien...
El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorábamos,
no hacíamos mas que sentir sus efectos. Este amor fué el que hizo amarga
mi separacion de la Serena, ese amor fué el que siempre tuve presente
durante mi ausencia, él habia llegado a ser para mí una especie de
relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crímen, o
mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. Así es que
miéntras duró mi mansion en Lima, jamas me atreví a mirar a una mujer,
sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Lucía.
A los dos años de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto
la madre de Lucía, i nunca mas volví a tener de ésta la menor noticia.
Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficioné
de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en
algo a mi Lucía; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan
frecuentes en la juventud, ella era el único término de mi aspiracion;
la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo
tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda
mi alma, i por ella sola vivia.
Despues de mi llegada a la Serena, traté de tomar noticias acerca de
esta linda niña, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja María me hizo
saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia
encomendado su hija i todos sus bienes a un español que era mui
conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.
Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltías, habitaba en
una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla
de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia
jamas en público, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba
las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi
Lucía, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia
enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo
jamas se la habia visto por nadie desde aquella época.
Un año empleé practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi
querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca
pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para
no llamar la atencion sobre mí, i tomé la costumbre de dirijirme a la
vega, con mi caña de pescar, todas las tardes, apénas terminaba los
pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pié de las paredes de la casa
de don Gumesindo, i desde ahí estaba en continuo acecho, i siempre
sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que
estaba para mí lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los
abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que
parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian
la vista, miéntras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes
negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la
pobre Lucía. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme
en la misma situacion, porque así permanecia horas enteras calculando i
buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me
habia reducido mi suerte.
Lo único que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave
que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba
a percibir, porque ésta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i
angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para mí no habia
duda de que aquella era la voz de Lucía, i esta persuasion me daba el
consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.
Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una
tarde oí patentemente que cantaban estos versos:
Aunque me olvidas, te adoro, i aunque no me das consuelo, yo lo
tengo porque lloro.
I despues de algunos mas, que no alcancé a percibir sino mui vagamente,
oí con mucha claridad estos otros:
No creas que porque sufro,
soi cobarde:
No hai mal que por bien no venga
aunque tarde.
Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Lucía
con sus grandes ojos negros cubiertos de lágrimas, sentia que estrechaba
mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de
persuadirme de que hablaba con ella i de que ¡la poseia para siempre...!
III.
El fruto principal de mis tareas en un año, habia sido la amistad que me
procuré con el negro Luciano, que era el único esclavo de quien don
Gumesindo se confiaba. Principié a agasajarle i a captarme su cariño,
pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se
recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le
hacia acerca del réjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logré
de él tener algunas nuevas de Lucía, las que no hicieron mas que avivar
mi pasion; pero como yo temia todavía del negro, no me atrevia a tentar
su fidelidad. Un dia le encontré en la calle i me dijo que buscaba a un
carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del
altar del oratorio de su señor, porque el maestro que trabajaba en su
casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me
le ofrecí, i con pocas instancias logré que me diese aquella ganancia.
En efecto, busqué algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me
atreví a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora
despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fuí
conducido por Luciano.
Estaba el español recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta
las cejas, i sentado en un canapé en cuyo brazo tenia apoyado el codo de
manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazándose la
garganta entre el índice i el pulgar: su aspecto era el del gato que
acecha, por que tenia un ceño terrible. Díjole entre dientes a Luciano
que me condujera al oratorio i volviese para tratar. Así lo hicimos i
nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al
otro dia. Me retiré con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que
a don Gumesindo en la casa, i llegué a temer que no me seria posible ver
a Lucía, que era el único objeto de mis esfuerzos.
Desde aquel momento no pensé mas que en el modo de dármele a conocer, i
al efecto escribí una carta para entregársela al dia siguiente. Un
amigo mio, que era un español llamado Laurencio Solis, me sorprendió
aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de
mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude
ocultarle mi propósito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon,
deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase
con su consejo. Desde entónces consideré a Laurencio como un hermano que
el cielo me concedia para templar mis amarguras.
Llegó el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don
Gumesindo, armado con los útiles necesarios para ejecutar la obra i
comunicarme con mi querida. Entré temblando a la presencia de este
hombre, que entónces me pareció mas terrible que nunca: me dijo sin
mirarme i con voz mui entera:
--¿Vienes para el trabajo?
--Sí, señor.
--Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.
--Acabaré ántes, señor.
--¡Eh! ¡qué dócil pareces, bribon! ¿de dónde eres tú?
--De Lima, señor.
--¿Mucho tiempo ha que estás en estos lugares?
--No, señor.
--Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replicó
hiriéndome con una mirada que acabó de intimidarme.
Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de
don Gumesindo, ví a Lucía sentada en el estrado i tejiendo randas en un
cojinillo pequeño que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron
de la mano las herramientas, ella levantó sus hermosos ojos, los fijó en
mí, el cojinillo rodó por la alfombra i la pobre niña quedó con sus
lábios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus piés.
Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:--¡Hola, ya principias
con torpezas! me sacó de mi atolondramiento; tomé las herramientas i
seguí mi camino.
Dí principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar
desde allí a mi ánjel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo
de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia.
Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i
entoné un yaraví peruano con los versos
Aunque me olvidas, te adoro,
i aunque no me das consuelo,
yo lo tengo, porque lloro.
El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi
canto, pero Lucía la entendió al momento, porque la ví mirarme con sus
ojos llenos de lágrimas i suspirar con ternura. En aquel momento
delicioso fuí mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvidé mis
pesares, i en lugar de llorar me reia como un niño. Luego trajeron a don
Gumesindo una gran taza de chocolate, él se desvió un poco de la puerta
del oratorio para tomársela al sol, i aprovechando yo aquel momento,
saque mi carta i se la tiré a Lucía; ella la recojió i sonriéndose la
besó. Volví a aserrar otra tabla i Lucía acercándose a la puerta me dijo
en una voz suave i dulce:--«Alvaro, yo no sé leer!».....
Perdí todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegué a
desesperar de mi suerte, pero por fortuna llegó entónces Luciano a
avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don
Gumesindo se dirijió a recibirle diciendo a su esclavo: «atiende a ese
hombre.»--El español era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma
nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba
trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que
eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A
él se encaminó don Gumesindo para recibir al guardian.
Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a
darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para
retirarle, hasta que se me ocurrió decirle que necesitaba fuego para
seguir el trabajo; i miéntras se apartó para cumplir mi deseo, Lucía se
aproximó a la puerta temblando, pálida como si acabara de cometer un
gran crímen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:
--Lucía, ¿me amas todavía?
--¡Jamas te olvidé!
--¿Con que no sabes leer? ¿Cómo podremos comunicarnos? tengo muchas
cosas que decirte.....
--No hallo cómo.
--Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de
la casa, ¿a dónde caen?
--A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la única mujer
que hai aquí, i la cual me espía i me maltrata mucho.
--¿Pero no podrias subir por la despensa?
--Sí, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello,
pero tú no podrás alcanzar por la calle.
--Pierde cuidado, nos veremos esta noche.
--No puedo; mañana sí, a media noche.
--¿Me prometes no faltar, Lucía? ¡Dame tu mano.....!
Me dió un sí espresivo, i entónces no ví mas, no sentí mas que su linda
mano: maquinalmente la estreché a mis lábios, perdí el sentido; la
fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor.
En ese instante entró Luciano; Lucía estaba ya en su asiento, i yo
permanecia aun lánguido i sin accion para moverme ni hablar una sola
palabra.
Desde luego no traté mas que de concluir la obra para retirarme de aquel
sitio en donde un momento ántes habria deseado permanecer para siempre:
no sé por qué se apoderó de mí una zozobra, una inquietud inesplicable:
me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme
de asistir a la cita que acababa de darme mi Lucía. En poco tiempo mas,
estuve desocupado. Don Gumesindo llegó al oratorio, miró el altar i
pasándome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has
portado..... Al salir, nos correspondimos con Lucía una mirada que
significaba mas que cuanto habíamos hablado.
De ahí me fuí lijero a buscar a Laurencio, le describí cuanto habia
ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla
por donde habíamos de vernos con mi Lucía.
Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las
infinitas citas que tuve con aquel ánjel en lo sucesivo: yo permanecia
horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente
con una mano de la reja i afianzando los piés en una cuerda que me
servia para izarme; pero miéntras estaba con aquella mujer divina no
sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que
sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recíprocamente nos
contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que
formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor i
nos lisonjeábamos con un porvenir de placer i de ventura: estos
coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces
nuestras angustias.
La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte
de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la
casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar
todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que
a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lábios en su
presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su
espía i la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le
daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su
confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia
de acuerdo con su tutor.
Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia
reducido, me sentia adorado por la única mujer que habia ocupado siempre
mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis
ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo
podia llorar conmigo nuestra desventura.
A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba
motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se
fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a
trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su
destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus
caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de
mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i
establecernos en otra parte, en donde pudiéramos gozar libremente de
nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el
plan de nuestra fuga, i a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio,
el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa, que
prometió acompañarme a donde fuera con mi querida.
Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto
simpatizábamos, corria entónces la misma suerte que yo; era pobre i
desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se
ignoraba de dónde i con qué fin: él decia que habia sido comerciante en
su pais i que viniendo al Perú con sus negocios, un naufrajio le redujo
a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.
El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a
las dos de la mañana, i Lucía habia de salir vestida de hombre por una
alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo
estaba dispuesto, i contábamos entre los preparativos cuatro hermosos
caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a mí i a
Laurencio. Amaneció el dia deseado i nosotros estábamos alegres porque
no habia obstáculo que no estuviese ya vencido, i teníamos la seguridad
de no haber sido descubiertos.
Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero
pasando por la plaza con el objeto de hacer todavía alguna dilijencia,
tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que
despues de haber sabido mi nombre i mirádome mucho, me remitió a la
cárcel con la órden de que me colocaran incomunicado i con una barra de
grillos. Al instante temblé i obedecí sin replicar, porque no hubo duda
para mí de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se
apoderó de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera
quitado un puñal que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel
instante mismo. Pero luego quedé en calma i en una especie de
embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.
Así permanecí dos dias, durante los cuales no ví mas que al carcelero
que se acercó a mí dos veces para darme de comer: al tercer dia fuí
llevado ante el juez i sufrí un largo interrogatorio sobre si conocia a
don Gumesindo, si tenia mui estrecha amistad con el esclavo Luciano i
sobre un plan que se decia que yo habia formado con éste para asesinar a
su amo. Todo esto contribuia a aumentar mi confusion, i llegué a
sospechar que el juez se valia de tales rodeos para desentrañar mejor el
rapto de Lucía; pero al salir, ví que entraba tambien a la sala del juez
el pobre negro Luciano con grillos i lleno de sangre: despues supe que
su señor le habia castigado ferozmente ántes de entregarle a la
justicia.
Tres veces mas me llevaron ante el juez en ocho dias que estuve
incomunicado, i por los interrogatorios i cargos que me hacian, vine en
cuenta de que yo estaba acusado de asesino i de complicidad con Luciano;
i supe, con gran sorpresa, que por la noche del dia en que me apresaron
habia fugado Lucía de la casa de su tutor. La ajitacion que me causó
este accidente, oido de boca del mismo juez, fué tomada por éste como un
efecto de mi inocencia en el rapto, i al instante decretó que se me
pusiera sin prisiones en el calabozo de los demas presos. Allí encontré
a Luciano i a una multitud de facinerosos, cuyo aspecto me dió pavor i
me hizo pensar de nuevo en todo el peso de mis desgracias: uno de los
presos se acercó a consolarme, otros se reian en mi presencia de mis
angustias, i trataban de ridiculizarme con espresiones groseras, segun
decian ellos, para darme valor.
Yo no lo tenia, es verdad, ni siquiera para darme a respetar de aquellos
malvados. El mas viejo de todos conversaba con Luciano, refiriéndole la
vida de don Gumesindo, el cual, segun él decia, habia venido de
marinero en un buque español para cumplir la pena a que en su pais fué
condenado por varios delitos que cometió. Luciano lo oia con mucha
complacencia, i le replicaba que él no tenia mas crímen que el haberle
servido con fidelidad desde su niñez. Al fin se acercó a mí el negro, i
conversamos acerca de nuestra prision: me dijo que en la tarde del dia
anterior al en que me prendieron, su amo habia recibido una carta de un
amigo, i luego que la leyó, le habia llamado a su presencia para hacerle
algunas preguntas sobre mí, despues de las cuales le maltrató cruelmente
hasta dejarle medio muerto i cubierta de heridas la cabeza, por cuyo
motivo pasó esa noche i el siguiente dia, que era mártes, postrado en su
cama. El miércoles, siendo ya mui tarde, se advirtió que Lucía faltaba
de la casa, se la buscó prolijamente; i siendo inútiles todas las
pesquisas, su amo enfurecido le habia hecho remitir a la cárcel, en
donde se encontraba todavía sin saber a punto fijo de qué delito se le
acusaba.
Compasion, i mucha, me inspiró la sencillez del pobre negro, i al
hacerle saber la imputacion que se le hacia, le ví llorar, pero sin que
su semblante sufriese la menor alteracion: no sé si lloraba de despecho
o de pena, lo cierto es que el esclavo tambien era sensible.
Mi amor, la desesperacion que tuve al verme preso, la melancolía en que
caí despues, todo se me habia convertido en una aversion, un odio
reconcentrado contra todos los hombres; ya no sentia mas que un deseo
frenético de vengarme, aun a costa de lo que podia serme mas caro en
este mundo i en el otro; sentia a veces un placer inesplicable cuando
oia referir escenas de horror, salteos i asesinatos a los que me
acompañaban en la prision, i me entretenia en hacerlos hablar sobre sus
crímenes, porque este era el único consuelo que tenia.
Despues de vivir un mes en aquella situacion ignominiosa, un dia nos
hicieron marchar a varios de los presos para Santiago, permitiéndonos,
algunas horas ántes de nuestra partida, hablar con nuestros amigos o
parientes. Yo no tuve otra persona que me viese en aquellas
circunstancias que la vieja María, la cual me refirió que Laurencio
habia andado mui inquieto el dia de mi prision, i que desde entónces no
habia vuelto a verle mas, porque se habia huido, llevándose mis caballos
i varios otros objetos que me pertenecian. Esta revelacion i la
circunstancia de no haberse acercado Laurencio una sola vez a la cárcel
desde que entré en ella, me hicieron venir en cuenta de que este infame
me habia traicionado huyendo con mi Lucía. Pero no hallaba cómo
conciliar una alevosía semejante con el amor i la amistad que me ligaban
con ellos: aborrecia, sin embargo, a los hombres, i mi odio me lo
pintaba todo como posible. Partí para Santiago sin saber mi destino,
pero jurando a cada momento no descansar hasta verter la última gota de
sangre de Lucía i de Laurencio i recrearme en su agonía: este era el
único deseo, la única esperanza que me daba fuerzas para soportar las
fatigas del viaje i los sinsabores de mi triste condicion.
IV.
Despues de un viaje penosísimo, entramos a esta ciudad una noche a fines
de junio: era una noche de invierno, hermosa i serena; la luna alumbraba
en todo su esplendor, las calles estaban solas i en silencio. Al pasar
por el puente, ví por primera vez este rio cubierto en toda su estension
de una neblina delgada que me lo hizo aparecer como el mas caudaloso que
en mi vida habia visto. Desde aquel paraje divisaba gran parte de los
edificios de este pueblo i veia que sobre ellos se alzaban como
fantasmas blancas las torres de los templos: al instante me asaltó el
recuerdo de Lima i por consiguiente el de mi vida pasada. Maldije de
nuevo a los hombres i me resigné a sufrir hasta alcanzar la venganza que
tanto ansiaba. Tales fueron los pensamientos que me ocuparon miéntras
llegamos a un cuartel en donde nos dieron posada en la cuadra de los
reclutas.
Al siguiente dia nos filiaron i nos vistieron como soldados, i esto me
causó a mí mas gusto que a todos mis compañeros de infortunio. Con
aquella ceremonia principiaba para mí una nueva vida, un porvenir mas
halagüeño que el que habia tenido presente miéntras fuí tratado como
criminal. Durante los pocos dias que permanecimos en Santiago, practiqué
las mas esquisitas dilijencias para descubrir el paradero de Lucía o de
Laurencio, pero no pude obtener la menor noticia. Pensé entónces en
abandonar furtivamente las filas, con el fin de buscarlos con toda
libertad, i solo desistí de este propósito cuando consideré que mas me
importaba lidiar contra los enemigos de mi patria i saciar en ellos mi
sed de sangre, que perseguir a una mujer que me habia traicionado tan
cruelmente. No podia, sin embargo, apartar su imájen de mi corazon; la
adoraba con mas vehemencia a cada instante, porque ya me habia
acostumbrado a sus caricias, porque ya habia sentido tiernamente
correspondido un amor de toda mi vida...
En una de aquellas mañanas hermosas que suele haber en invierno, salió
para el Sur la division militar a que yo pertenecia. La calle de nuestro
tránsito estaba llena de jentes; por todos lados nos victoreaban, nos
dirijian tiernos adioses i de algunos balcones nos arrojaban flores,
como para presajiarnos nuestros triunfos; las músicas de la division
mezclaban sus sonidos al bullicio popular i entusiasmaban el corazon. Yo
marchaba con la mochila a la espalda i el fusil al hombro, pensando ver
a cada paso a mi adorada Lucía entre las mujeres que lloraban o reian
viendo marchar a la guerra a sus camaradas; pero todo era solo una
ilusion. Yo no tenia quien me llorara ni quien me dirijiese siquiera una
mirada: era talvez de todos mis compañeros el único hombre desvalido, el
único desgraciado, que en aquellos momentos no podia entregarse al
entusiasmo que ardia en el pecho de todos.
Al pasar por cada uno de los pueblos del tránsito, se repetia la misma
escena, i aprovechándome de los pocos momentos que en ellos
permanecíamos, me ocupaba siempre en buscar a Lucía, pero sin obtener
jamas el menor dato.
Llegamos por fin a Talca, i entramos por las calles en medio de un
pueblo numeroso que nos recibia con aclamaciones de entusiasmo, i allí
nos incorporamos al ejército del jeneral Carrera. En pocos dias mas
estábamos ya acampados en las cercanías de Chillan i sitiando esta
ciudad.
Quiero pasar rápidamente sobre mi vida militar, porque ella pasó tambien
sobre mí con la rapidez de un relámpago: de batalla en batalla,
marchábamos entónces en una perpetua ajitacion i rodeados de todo jénero
de privaciones. Mil veces he oido que el soldado es un vil instrumento
que no piensa ni tiene voluntad, pero en aquellos tiempos no era así:
todos conocíamos i amábamos la causa por que peleábamos, todos
aborrecíamos de muerte a la España i a su reyes, porque se nos habia
hecho entender que nos hacian la guerra por esclavizarnos. De otro modo
no habriamos arrastrado la muerte, sin mas interes ni esperanza que
tener patria i libertad; habriamos pedido pan i dinero, en vez de
sufrir el hambre i el frio i de mirar con avidez i con envidia al que
tenia algo para llenar sus necesidades. ¡Ah! pasaron para mí aquellos
dias de miseria gloriosa, i hoi no me quedan mas que las amarguras de un
mendigo. Todos me desprecian i no habrá un hombre siquiera que sospeche
que yo derramé mi sangre por la independencia: yo tambien los desprecio
a todos, porque lo único que me ha dejado la esperiencia en el corazon
es un odio verdadero al mundo. Las interminables desgracias a que me he
visto condenado durante treinta años me han dado suficiente fuerza para
arrastrarlo todo: estoi resignado con mi suerte i ni los peligros ni la
injusticia de los hombres me harán bajar la frente. Pero volvamos a mi
vida.
Cuando se habia vuelto a romper la guerra entre nosotros i las tropas
del rei, despues de los tratados con Gainza, i se habia celebrado la paz
entre los jenerales O'Higgins i Carrera, llegó la division a que yo
pertenecia, al pueblo de Rancagua, en donde procuró hacerse fuerte para
resistir al enemigo, que marchaba confiadamente con nuevo jeneral i
tropas de refresco a tomar posesion de la capital. Aquí vuelven a
ligarse mis relaciones con la mujer que por tanto tiempo habia sido
objeto único de mi amor i de mi venganza.
Amaneció el dia primero de octubre i nosotros estábamos alegres i con la
confianza en el corazon, esperando que las tropas de rei se acercaran a
las fortificaciones que se habian formado dentro de las calles de
aquella ciudad. Apénas formábamos poco mas de mil hombres i no dudábamos
de que venceríamos a los cinco mil que nos mandaba el tirano, porque
éramos valientes i peleábamos por la independencia. Todos permanecíamos
en nuestros puestos, los jefes recorrian las trincheras exhortándonos i
recordándonos la causa que defendíamos; pero lo que mas nos
entusiasmaba era el estruendo del ataque que a pocos pasos de allí se
habia empeñado entre nuestras guerrillas i el enemigo que se acercaba.
La mecha del cañon ardia sobre las trincheras, los soldados en silencio
i sobre las armas nos mirábamos como para inspirarnos confianza i valor;
las calles estaban solas, i de cuando en cuando se veia atravesar de una
casa a otra, algun hombre o mujer que llevaban el pavor pintado en su
semblante.
Al fin de algun tiempo de estar en esta situacion violenta, se rompió el
fuego en medio de mil aclamaciones que se ahogaban con el estampido del
cañon. En la tarde de aquel dia de gloria i de sangre era ya jeneral la
batalla: se peleaba en las trincheras, en las calles, sobre los techos
de las casas i hasta desde los árboles de los huertos, en cuyos ramajes
estaban los guerreros apiñados, se hacia un fuego, vivo i se combatia
con arrojo: por todos puntos ardian las casas de la poblacion, i sus
llamas producian un calor abrasador; una nube densa del humo del
incendio i del combate pesaba sobre nosotros i nos desesperaba de
sofocacion; no teníamos en todo el paraje que ocupábamos una gota de
agua para apagar la sed. Al estruendo de las armas se unian los repiques
de los campanarios que anunciaban victoria, los ayes de los moribundos i
el clamoreo de los soldados i oficiales que se animaban a la pelea.
De repente el cielo nos manda una ráfaga de viento que despeja la
atmósfera, nos hace ver la luz del sol i nos deja respirar en libertad.
Un grito ronco de ¡_viva el jeneral_! se hace oir en la primera cuadra
que corre desde la plaza por la calle de San Francisco hasta las
trincheras en que yo me hallaba; el grito se redobla con entusiasmo i el
jeneral O'Higgins se acerca a nosotros montado en un caballo brioso, i
con su espada en mano: su semblante estaba tranquilo, pero severo, sus,
ojos arrojaban fuego. «Héroes de Rancagua, nos dijo, reconoced por jefe
de estas trincheras al capitan Millan, porque es uno de los pocos
oficiales valientes que os quedan: los demas han muerto por la patria:
imitad su ejemplo...... un momento mas de constancia i de valor nos dará
la victoria sobre los esclavos de Fernando».... Nosotros le oimos i
dando vivas a la patria i al jeneral, volvimos a la pelea con mas
ánimos: el jeneral permaneció con nosotros algunos momentos mas
exhortándonos i dirijiéndonos; luego marchó a la plaza entre mil
aclamaciones. Los soldados caian a su lado i él despreciaba las balas
que cruzaban en todas direcciones.
Al dia siguiente peleábamos todavía con furor, pero los españoles habian
ganado mucho terreno, i a veces llegaban hasta las mismas trincheras a
buscar una muerte segura a trueque de tomárselas. En una de las salidas
que hicimos por la calle de San Francisco a desalojar algunas partidas
enemigas que se habian apoderado de las casas vecinas para atacarnos con
mas seguridad, tuvimos un encuentro horrible, que fué uno de los mas
heróicos de aquel dia.
Eramos poco mas o ménos veinticinco hombres los que salimos de la
trinchera a batir una partida de enemigos que, derribando murallas, se
habia apoderado de una casa próxima: a la primera descarga nuestra, se
replegaron al patio i nos cargaron a la bayoneta; yo descargué mi fusil
sobre el oficial que los mandaba, i al verle caer a mis piés, conocí que
era Laurencio, el traidor. Me fuí sobre él gritándole: «dónde está
Lucía, dímelo ántes de morir,» pero su respuesta fué una mirada
aterradora i un suspiro ronco i profundo que exhaló con la vida......
Todos los demas perecieron tambien a nuestras manos i volvimos a
nuestro puesto para defender la trinchera. La venganza que Dios me
habia preparado para aquel momento terrible acababa de desahogar mi
corazon: sentí entónces la necesidad de vivir, i cada vez que me
acercaba al parapeto para descargar sobre el enemigo, deseaba que no me
tocara alguna de sus balas hasta despues de ver a Lucía, a esa mujer que
hasta en medio de las zozobras de una batalla ocupaba mi corazon i me
atraia con un poder májico.
En la tarde de aquel dia funesto, el jeneral O'Higgins abandonó la plaza
i los españoles entraron en ella haciendo la mas espantosa carnicería;
yo me refujié en un templo que estaba próximo a mi puesto, pero a los
pocos momentos me sacaron de allí con otros varios prisioneros i nos
condujeron a la presencia del jeneral Osorio, i despues a una quinta
inmediata donde estaban los equipajes del ejército español. En el patio
de esta casa habia varias mujeres que se ocupaban en vendar una herida
que tenia en el brazo derecho un oficial realista. Cuando oí que
llamaban a este hombre el coronel Lizones, me fijé en él, porque ese era
el mismo apellido de aquel a quien dió muerte mi amigo Alonso en Lima, i
¡cuál seria mi sorpresa al ver que su fisonomía era idéntica a la de la
víctima de nuestros estravíos!
Luego perdí de vista al coronel, porque nos encerraron en una bodega,
donde nos dejaron entregados a las angustias que necesariamente habia de
producir en nuestros corazones nuestra triste condicion: yo me recliné
sobre el suelo húmedo de aquel calabozo, porque ya no tenia fuerzas para
resistir la fatiga del cansancio i la desesperacion que se habia
apoderado de mí.
Durante el dia siguiente degollaron en el mismo umbral de la puerta de
nuestra prision a varios prisioneros de los que estaban conmigo: yo
esperaba i aun deseaba la misma suerte. Llegó la segunda noche i el
sueño que en todo ese tiempo me habia abandonado, vino entónces a
restablecer mis fuerzas. Hacia mucho tiempo que dormia tranquilamente,
cuando oí pronunciar mi nombre a una persona que me habia tomado la
mano. Desperté, pero creí que era una ilusion: la luna entraba por la
puerta que estaba abierta i a su luz ví que todo parecia en calma i que
el centinela dormia profundamente. El que me habia despertado me
estrechaba la mano i en silencio me conducia fuera de la prision, pero
yo me le resistia lijeramente porque sospechaba que aquello fuera un
lazo que se me tendia. Salimos al patio i todavía me condujo a la
arboleda sin decirme una palabra, i yo advertia que su mano temblaba i
que su respiracion era ajitada.
Al llegar a una de las tapias, me dijo en voz baja: huyamos por aquí, no
temas, el centinela que tú has visto durmiendo nos ha favorecido, porque
le he comprado; él mismo me designó el lugar en que estabas.
--¿Pero quién eres tú, que tanto muestras interesarte por mí?
--¡Alvaro! ¡no me conoces! Ah; ¡te he ofendido tanto! pero no.... ¡no te
ofendí jamas! ¡siempre te he amado!...
Estas palabras, pronunciadas con ardor, me hicieron reconocer a Lucía;
olvidé mi resentimiento i la estreché silenciosamente entre mis brazos;
pero me duraba aun la emocion de las caricias i permanecíamos trémulos
cuando me asaltó el recuerdo de mi agravio.
--¿Por qué me traicionaste, mujer ingrata, esclamé, por qué me has
engañado? ¡No huiré contigo jamas, nunca! ¡Deseaba hallarte, solo para
vengarme de tí!
--No seas cruel, Alvaro, soi inocente. Huyamos, cuando estés libre
sabrás mis desgracias i me harás justicia.
--No, ¿quién me asegura que esta no sea tambien una traicion? Te
aborrezco.... Habla, vindícate, si quieres que te siga.
--Ya que te obstinas, óyeme i perdóname. En aquella noche fatal en que
fugué con Laurencio de casa de mi tutor, creí que marchaba contigo hasta
que la luz del dia vino a revelarme mi error; quise volver sobre mis
pasos, pero Laurencio me aseguró que tú vendrias luego a reunirte con
nosotros, i que si volvia a mi casa encontraria una muerte segura. De
engaño en engaño, me condujo hasta Chillan, en donde se encontraba el
ejército español en aquel tiempo, i se presentó al jeneral a dar cuenta
de una comision que habia tenido durante su ausencia. Despues he sabido
que este hombre era el espía que tenian los realistas para comunicarse
con sus partidarios residentes en otros pueblos. Perdida ya la esperanza
de volverte a hallar, porque Laurencio me notició que habias muerto,
quise separarme de él, pero adonde podria yo ir a encontrar el amparo
que necesitaba; sola i desconocida en el mundo, no me quedaba otro
refujio que permanecer al lado del único hombre que tenia deber de
protejerme, ¡porque él me habia sacado de mi hogar i me habia hecho
rendirme a sus deseos....! Si bien no le amaba yo, a lo ménos él era mi
cómplice i manifestaba amarme. Despues del sitio de Chillan, le mandaron
de guarnicion a la plaza de Colcura, yo le seguí, porque en aquel
destierro iba a estar léjos de la guerra, léjos de un ejército, que era
testigo de mi deshonra i de mis lágrimas. Allí permanecimos hasta hace
un mes que recibió Laurencio la órden de juntarse a su batallon, i bien
a mi pesar he vuelto a seguir sus pasos. ¡Pero el cielo principia ya a
compadecerse de mí! Laurencio murió ayer en la batalla i hoi te alcancé
a ver a tí, mi pobre Alvaro, entre los prisioneros. Desde ese momento,
no vacilé ni he descansado hasta prepararlo todo para nuestra fuga;
ahora seremos felices, ya no te separarás mas de mí, tú eres mi único
apoyo, porque te amo como siempre.........
--Lucía, es verdad que has sido inocente hasta el momento de rendirte a
ese hombre perverso que murió ayer a mis manos, porque Dios me le
entregó para vengarme; ¡pero ahora eres impura! Faltaste a los
juramentos que me hiciste. Yo no puedo partir contigo.
--¡Alvaro, no me abandones!
--Tú me has buscado porque murió Laurencio, no porque me amas.
--¡Dios mio, por qué soi tan desgraciada! ¡Alvaro, perdóname, yo te
amo!....
La esplosion de un fusil i el silbido de una bala que pasó por mi oido
interrumpió sus palabras. Nos quedamos pasmados, la alarma principió en
la quinta, e inmediatamente fuimos conducidos a la presencia del coronel
Lizones, que era el jefe de mas graduacion que habitaba aquella casa.
El coronel se habia levantado de su cama envuelto en una capa de grana,
i al oir que le decian que yo pretendia fugarme ausiliado por Lucía,
esclamó furioso i señalándome a mí:--«¡Sarjento, haga usted que le tiren
a ese insurjente cuatro balazos en el momento!....» Lucía se arrojó a
sus piés pidiéndole mi perdon i él la escuchaba i la replicaba con una
sonrisa de furor:--«ese hombre merece en tu corazon mas que yo, Lucía, i
no puede quedar vivo.» Esta le aseguraba lo contrario i le protestaba
amarle, porque al pretender salvarme habia sido guiada solamente por la
gratitud: «ese pobre soldado, le decia, es inocente, yo le conocí en mi
pueblo cuando era niña i le debí servicios, por eso queria ahora
restituirle su libertad.»
Ya estaba yo arrodillado esperando que los soldados prepararan las
armas que me habian de dar la muerte, cuando oí estas terribles
palabras: Lucía, si consientes en ser mañana mismo mi esposa, se salvará
el insurjente.--Sí, coronel, a ese precio consiento en ser su esposa de
usted. Ya no resistiré mas.--Soldados, gritó Lizones, llevad a ese
hombre a su prision.--Nó, repliqué, deseo morir, porque no debo
consentir en el sacrificio de esa mujer que me pertenece... Pero ya el
coronel no me oia i los soldados me llevaron al calabozo por la fuerza.
Yo gritaba frenético i procuraba desprenderme de sus manos, pero ellos
me maltrataban i al fin me encerraron violentamente sin tenerme
piedad......
V.
Desde aquella escena terrible, estuve privado de mi juicio hasta muchos
meses despues. Yo, que habia tenido valor para despreciar la muerte
tantas veces en presencia del enemigo, no lo tuve para soportar la
desgracia de verme despojar de mi Lucía en el momento mismo de haberla
recobrado a fuerza de fatigas i padecimientos. Mi locura me valió la
libertad: yo vagaba por las calles cubierto de andrajos, riéndome a
veces i otras llorando, pero siempre sin hablar una palabra. ¡Cuando
tenia algun intervalo lúcido, consideraba todo el peso de mi desventura
i me lastimaba el verme despreciado i aun vejado por todos!
Lucía habia partido al Perú con su esposo i yo habia perdido para
siempre la esperanza de volver a verla siquiera. Pero la fuerza de mi
infortunio calmaba poco a poco mis furores i me restituia lentamente a
la razon.
Al cabo de dos años, logré enrolarme de marinero en un buque español
que partia para el Callao; i despues de una navegacion penosa, llegué a
Lima, en donde debia volver a ver a la mujer que tanto habia influido en
mis desventuras.
Todavía vivia aquel amigo mio a quien debí el salvarme de la pena que
sufrió Alonso ocho años ántes: a él me acojí de nuevo i volví a deberle
mil favores. La historia de mis desgracias le interesó en gran manera, i
si yo hubiese seguido los saludables consejos con que pretendió volverme
a mi estado primitivo i consolarme, no me hallaria ahora soportando la
vejez entre las miserias de la indijencia.
El coronel Lizones, el cual supe entónces que no era el mismo rival de
Alonso, sino su jemelo, se hallaba en aquella ciudad con Lucía i gozaba
de todas las consideraciones a que se habia hecho acreedor por sus
victorias en Chile i por su capacidad. Me arredraba la idea de amargar
los dias de este hombre, despues de haber contribuido al asesinato de su
hermano; i a pesar de mis crueles padecimientos, sin fijarme en que me
habia visto reducido a servir a los hombres como esclavo i a sufrir
todas las fatigas de un marinero, tan solo por volver a estrechar en mis
brazos a una mujer, traté de refrenar mi pasion por ella i me resolví a
permanecer con otro nombre por algun tiempo mas en Lima, con solo el
objeto de verla una sola vez para consolarme. ¡Qué mas podia hacer yo,
que durante toda mi vida habia sido desgraciado! ¡yo, que siempre habia
sido contrariado por una fatalidad ciega en mis deseos mas santos i
puros, en mis esperanzas mas fundadas!....
Pero mi destino quiso hacerme tocar otra vez la felicidad para
arrebatármela luego. Varias veces habia ya recibido el consuelo que
deseaba, habia divisado a Lucía en sus balcones, i no me habia
contentado con esto, como lo esperaba; sentia tambien necesidad de que
ella me viese una vez sola i supiese que yo padecia todavía por amarla.
Un mártes santo por la mañana, pasaba por la calle en que habitaba
Lucía, una procesion suntuosa. La jente llenaba toda la carrera i la
procesion marchaba con trabajo, abriéndose paso por entre la muchedumbre
que se agolpaba silenciosa, a ver las imájenes que se llevaban en las
andas. Yo me habia colocado al frente del balcon en que se hallaba
Lucía, i en un momento en que se despejó el paraje que ocupaba, la ví
fijar sus hermosos ojos en mí: se enrojeció su semblante i permaneció
largo tiempo mirándome, como si dudara de lo que veia.
Cuando la procesion pasó, permanecimos todavía en la misma actitud; i
entónces ella, como reanimándose, me hizo una seña para que pasara a su
habitacion. Marché trémulo a obedecerla, sin pensar en nada i como
arrastrado por una fuerza superior e invisible. Llegué a su presencia,
quise abrazarla, i al verla muda i séria me contuve; ella me tendió la
mano, la estreché a mis lábios i permanecimos algunos momentos en
silencio i llorando..... Nuestras lágrimas esplicaron en aquel momento
el estado de nuestros corazones.
Al fin nos hablamos, pero no ya con la efusion de ternura que en otros
tiempos; el matrimonio habia elevado entre ámbos un muro de hierro. Ella
me manifestó que la unia a su esposo un sentimiento no ménos puro que el
amor: la gratitud, i que estaba resuelta a respetarle, a serle fiel,
como él le era amante. Pero no me atreví a reconvenirla, a recordarle su
amor, sus juramentos; le hablé de mis desgracias, de mi fidelidad; i
ella, sin conmoverse, sin suspirar siquiera, respondió:--«Alvaro, por
amarte, abandoné mis bienes i violé el asilo doméstico; por amarte,
sufrí todos los horrores de la guerra, sufrí la pérdida de mi honor i
fuí desgraciada; por amarte, en fin, arrastré la muerte, i por salvar tu
vida dí mi mano a un hombre que aborrecia; pero era un hombre honrado i
virtuoso; déjame serle fiel, déjame cumplir mis deberes. Te he llamado,
no para avivar esa pasion funesta que nos ha perdido, sino para
servirte, para protejerte en este pueblo estraño en donde talvez no
tienes quien te ampare.»
Delirante i ciego de enojo entónces, la ultrajé sin piedad, lloré i aun
me arrojé a sus plantas pidiéndole una vez sola su mano para estamparle
un beso i separarme de allí para siempre; pero ella me rechazó con
indignacion; la ingrata se habia olvidado del pobre soldado, porque su
amor habia sido solo una de aquellas ilusiones caprichosas de la
juventud de una mujer. Ahora se hallaba rica i elevada a un alto rango i
¡quién era yo para considerarme con derecho a su amor, para pedirle otra
cosa que compasion! Pero su compasion me irritó i concebí en el momento
la idea de terminar allí mismo una existencia aborrecida: tiré un puñal
que llevaba sobre mi corazon, i ella dió voces, creyendo que yo atentaba
contra su vida; ¡acudieron en su ausilio, i uno de sus esclavos me hirió
i me hizo rodar exánime a los piés de aquella maldita mujer!.... ¡Esta
mano mutilada es el recuerdo que me queda de aquel momento de ignominia
i de desesperacion!....
Cuando el coronel volvió a su casa, habia sido yo conducido a la cárcel,
pero sin sentidos; a pocas horas volví a la vida, ¡mas no a la
razon!.... ¡Dejadme, señor, correr un velo sobre lo demas, porque no
podria contaros mi vida de entónces, sin volver a la locura! ¡Ah! pero
mi locura era el delirio del amor exaltado por la rabia que dejan en el
corazon los contrastes. Todos me despreciaban, todos me oprimian: doce
años me mantuvieron en San Andres, encerrado en una jaula de hierro,
porque no me consideraban sino como un loco; mi locura no inspiraba
caridad a nadie, todo el mundo reia de verme delirando por la traicion
de una mujer.
I en verdad que tenian razon, porque es mui débil el hombre que delira
por lo que sucede a cada paso en esta sociedad de miserias ¿No es
verdad, señor, que es mui loco el hombre que delira por el desprecio de
una mujer? El tiempo al fin curó mi mal i cuando recobré mi juicio i mi
libertad, hallé mis cabellos encanecidos, me ví solo en el mundo, ¡sin
patria, sin amigos, sin familia! ¡Es cierto, tenian razon los hombres
para reir de un loco que lo perdió todo por una mujer! ¡Yo tambien me
hubiera reido! ¿No es verdad que vos no me teneis lástima, señor?....
Hace tres años que llegué aquí, despues de haber hecho por tierra el
mismo camino que en otro tiempo para llegar a mi pueblo, i aun cuando
siempre me acompañan la miseria i la desgracia, al fin estoi en mi
patria: esto me consuela. La viuda de un antiguo camarada me ha acojido:
con ella lloro a veces i parto el pan que me dan de limosna: ¡ya veis,
señor, que mendigo porque no puedo trabajar, porque soi viejo i mis
locuras me hicieron perder el mejor tiempo i tambien una mano! ¡Qué haré
ahora sino mendigar i llorar!....»
* * * * *
Los sollozos ahogaron la voz del pobre viejo: ¡yo tambien le acompañé en
su llanto! Cuando le ví ya desahogado de la opresion de su corazon, le
pregunté por Lucía; i él, con una carcajada satánica i unos ojos de
relámpago, me respondió: «se fué a España, señor, con su marido: allá
será feliz, ¡miéntras yo soi un mendigo!....» I tomando su palo, marchó
a paso acelerado. La luna estaba en la mitad del cielo i toda la
naturaleza dormia en calma.....
Algunas veces despues le volví a ver, pero ya hace tiempo que no sé del
pobre anciano: habrá muerto quizá, i Lucía habrá llegado sin duda a ser,
por su marido, una de las damas de la nobleza de España.
EL ALFEREZ
ALONSO DIAZ DE GUZMAN.
I.
--Concluyamos, doña Ines; en este momento estoi resuelto a no continuar
nuestras relaciones: vos podeis ser mas feliz con don Juan de Silva. Os
dejaré para siempre, pediré al gobernador que vuelva a agregarme a los
tercios del Maestre de Campo Alvaro Nuñez de Pineda i me alejaré de
Concepcion: no volveré a veros.
--No os comprendo, Alonso; ayer no mas me jurabais eterno amor i me
pedíais esta entrevista para arreglar nuestras bodas. ¿Quereis burlaros
de mí?
--Desconfio de vuestro padre: es imposible que consienta en nuestra
union. ¿Un caballero del hábito de Santiago querrá unir su hija a un
soldado que no tiene mas que su espada?
--¿Vos lo dudais? ¿Acaso con vuestra espada no os habeis conquistado un
nombre? ¿Con ella no triunfásteis en los llanos de Puren, i arrancásteis
del poder de los infieles nuestra bandera? ¿Quién no se honra hoi dia
con vuestra amistad?
--No me atrevo a proponer este asunto a vuestro padre, Ines.
--Se lo propondrá el capitan don Miguel de Erauso; es vuestro protector,
es mi amigo i no vacilará en prestarnos este servicio.
--Don Miguel os ama, Ines, i no podrá hacernos el sacrificio de su amor.
--Si tal fuese cierto, confiémonos entónces de mi hermano don Basilio de
Rojas, con quien tan estrecha amistad os liga.
--¡Ah! ¡desgraciado de mí! vuestro hermano, Ines, ¡vuestro hermano es un
traidor!... ¡Decidme adónde se halla, decídmelo, por Dios!...
--¡Por qué os enfureceis, Alonso mio! Calmaos, mi hermano es fiel amigo
vuestro, no os ha hecho ofensa.
--¡Mi amigo! nó: decidme, Ines, ¿don Basilio ama a Anjelina, es verdad?
--Sí, a lo ménos, lo parece.
--I Anjelina le adora, ¿no es verdad?
--Tambien es cierto, mal que os pese, Alonso: vos amais a Anjelina, vos
sois el aleve. ¿Por qué me habeis engañado? Los celos os hacen
delirar... ¡Dios mio!...
Ines habia caido de rodillas, sin sentido, al pronunciar sus últimas
palabras; don Alonso la sostenia i temblaba de furor. Una idea le
asalta; medita, i luego deja a Ines reclinada sobre las flores del
jardin en que se hallaban i huye precipitadamente, salvando las tapias
que lo separaban de la calle.
La luna brillaba en todo su esplendor i daba un matiz plateado a las
graciosas nubecillas blancas que flotaban en el horizonte. El bullicioso
estrépito de las olas del mar i el ruido de las auras de la noche
formaban una armonía misteriosa, que a veces interrumpian los
prolongados y melancólicos aullidos de los lobos marinos que retozaban
en las peñas de la playa.
La ciudad de Penco estaba quieta i silenciosa. Solo un hombre se
divisaba atravesar sus calles con paso presuroso. Era el alferez Alonso
Diaz que acababa de abandonar a su querida en un momento supremo, porque
estaba dominado de un vértigo espantoso. Él habia concurrido a la cita,
por cumplir su palabra de español, pero su corazon de jóven estaba
sojuzgado por otra pasion furiosa, i no le era dado halagar siquiera la
ternura de Ines, que le amaba con delirio. Largo rato habia batallado
por desengañarla; pero ella no podia comprender su lenguaje, porque ya
estaba acostumbrada a su amor i fascinada con la seguridad de poseerlo.
Repentinamente se detiene Alonso en las ventanas de una casa contigua a
un cuartel: habia en ella gran concurrencia. Las voces de alegría se
mezclaban a los dulces preludios de la guitarra, i el tañido de las
castañuelas anunciaba que un baile iba a principiar.
Alonso escucha, acecha un momento, i lleno de despecho penetra a lo
interior.
--¡Bien venido seas, alferez Diaz! esclaman todos, i unos le abrazan i
otros le convidan a beber.
--Decidme, Alonso, gritó una voz, ¿no os gusta mas la zambra que la
guerra?
--Si no fuera el auditor quien habla así, contestárale de otro modo,
replicó Alonso con enfado.
--No os olvideis, Alonso, que tan bien esgrimo la espada como la peñola;
i que lo de auditor no me quita lo valiente: pero hoi se trata de
divertimos; no sea que nuestro historiador don Basilio de Rojas, que
está presente en el fandango, como lo está siempre en la batalla, tenga
que engañar a la posteridad diciendo que nosotros solo sabíamos pelear i
no galantear. Venga un vaso para Alonso i otro para mí i bebamos por la
preciosa Anjelina. Su salero me peta mas que un proceso.
Anjelina, que estaba entónces al lado de don Basilio en la mesa del
juego, se levantó graciosamente i tomando otro vaso, acompañó al auditor
i al alferez que bebian por ella. El auditor la toma de la mano i pide
que se toque un fandango.
Los concurrentes rodean a los danzantes i con movimientos i gritos los
animan i celebran.
Alonso se separa i toma el asiento que habia dejado Anjelina. Sus ojos
de águila enrojecidos, su aire tétrico i reconcentrado, sus lábios
trémulos, su rostro pálido i descarnado, todo anunciaba el furor de que
estaba poseido su corazon. Don Basilio le dirijió una mirada cariñosa i
echándole sobre los hombros su brazo, continuó apostando a los dados.
Alonso pareció mas sereno por un momento: pero volvió a enrojecerse de
furia, cuando oyó que Anjelina llamaba la atencion de sus amigos
diciéndoles:
--¡Qué os parece, caballeros, don Basilio abrazando a ese alferez, que
mas tiene cara de mujer que de guerrero!
--Si son celos, Anjelina, replicó el historiador, retirando su brazo,
ven acá i verás que sé abrazar de otro modo a las donosas.
Anjelina le contestó con un desden i se confundió entre la multitud de
damas i militares que formaban la tertulia.
Alonso permaneció en silencio i pensativo.
Desde aquel incidente, no hubo tranquilidad para el jóven Rojas: sus
miradas estaban fijas en Anjelina i jugaba sin atencion ni gusto. Poco
mas permaneció en la mesa, i se levantó a buscar el lado de Anjelina,
dejando su lugar al alferez, quien siguió jugando de la misma manera,
sin fijarse en lo que hacia, por espiar los movimientos de los dos
amantes.
Era ya tarde de la noche, el cansancio iba apagando el bullicio i
venciendo al contento; pero don Basilio no dejaba de rogar i de ofrecer
sus rendimientos a Anjelina, que se le mostraba cada vez mas desdeñosa.
Al fin álguien repara que una mujer tapada se asomaba solícita a las
ventanas: todos se fijan, inquieren, conjeturan; cual la cree una
vision, éste mira en ella al demonio disfrazado de viuda, aquel juzga
que es el gobernador en persona que los observa, i muchos quieren que
sea una querida de alguno de los circunstantes. Esta opinion prevalece i
principian las burlas i las bromas.
Alonso se levanta i con tono solemne i maligno esclama:
--Yo os juro, camaradas, que esa mujer es la querida de don Basilio de
Rojas; una pobre mujer a quien engaña ese pérfido i cuyos hijos abandona
por Anjelina.
Todos quedan estupefactos, i don Basilio duda de lo que oye; pero,
incorporándose, rompe el silencio:
--Alonso, no seas majadero: no jures una mentira.
--¡Juro en verdad, señores, es su querida!..
--¡¡Mientes como un cornudo, infame!!--I al decir estas palabras, las
espadas de ámbos se cruzan. Las damas gritan, se alarman i huyen en
tropel; algunos animan, otros quieren la paz, todos se mezclan, se
confunden, suenan las armas i el estrépito de la riña crece por
momentos.
Don Basilio cae con el pecho atravesado: todos cargan sobre Alonso; i el
auditor don Francisco de Párraga le coje fuertemente por el cuello de la
ropilla, diciéndole--_¡dáte al rei asesino!_ El capitan don Miguel de
Erauso, que se habia levantado de la carpeta, se acerca a Alonso i le
dice en vascuence que procure salvar la vida. El auditor estrecha i
clama favor a la justicia; Alonso le tira un golpe de daga, que le
atraviesa los carrillos, sin verse por eso libre de sus fuertes puños;
tírale otra estocada i el auditor cae sin vida.
Alonso usa entónces de su espada i se abre paso entre todos los que le
acosan, hasta la puerta, en donde le dejan solo; huye i toma seguridad
en el convento de San Francisco, que estaba inmediato, dejando la
consternacion i la muerte en aquel salon en que un momento ántes
reinaban el amor i la alegría.
II.
A la sazon estaba abierto el templo, i la campana llamaba a los fieles a
la misa del alba. Alonso se introduce precipitado, encuentra al
provincial rezando en el presbiterio, se echa a sus piés, la declara su
situacion i le pide asilo. El anciano se levanta con gravedad
majestuosa, e imponiéndole su manto, le dice:
--Que Dios te perdone, hijo mio, así como el patriarca te defiende de la
justicia de los hombres.
I conduciéndole a su celda, se vuelve a su oracion.
Una hora despues, el convento estaba cercado por gran número de las
tropas de la guarnicion; i los clarines anunciaban por las calles un
bando en que don Alonso García Ramon, gobernador i capitan jeneral del
reino i presidente de la Real Audiencia, prometia premio a quien
entregase muerto o vivo al alferez Alonso Diaz Ramirez de Guzman; i
prohibia, bajo severas penas, que se le diese embarcacion en ningun
puerto, ni albergue en ninguna guarnicion, plaza ni presidio, por ser
reo de muerte.
A esa hora se hallaba en su palacio el gobernador con su secretario el
capitan don Miguel de Erauso, quien escribia i dictaba apresuradamente,
interrumpiendo a cada momento su trabajo hondos suspiros que le ahogaban
el pecho.
El gobernador se paseaba por la sala i daba repetidas órdenes con voz
firme i amargo ceño.
Un oficial avisa desde la puerta que ya esperaban en la antesala todos
los testigos i presos que se habian recojido. El trabajo se suspende, i
don García se dirije a su secretario:
--¿A quién interrogarás primero, don Miguel?
--A quien vuesa merced me indique, señor. Para mí, que he sido testigo
del hecho, no hai necesidad de interrogaciones: el alferez fué provocado
i necesitó defenderse como hombre i como caballero.
--Tu amistad te engaña, don Miguel; el alferez ofendió primero al de
Rojas, i éste no hizo mas que querer castigar un insulto.
--El de Rojas, señor, cortejaba a la dama de Alonso, miéntras que la
suya le espiaba desde afuera. Si se ofendió de que el alferez denunciase
el hecho, valiérale mas proceder como quien era, i no enredar la
pendencia, que no es de caballeros el reñir entre las damas.
--Anjelina me ha jurado esta mañana que no solo no es la dama de Alonso
Diaz, sino que ni siquiera ha cruzado jamas con él una palabra; i
Anjelina no miente.
--Anjelina es una mujer liviana, señor.
--Repórtate, don Miguel, que tu cariño al alferez te torna deslenguado.
--Mucho hablais de mi amistad por Alonso, señor, i pienso que me honra
el ser amigo con el mas valiente guerrero de nuestros tercios. ¿Quién
tiene hazañas como las suyas? ¡quién mas leal, quién mas bravo en la
refriega! Mozo imberbe es todavía i cuenta mas glorias que años. Aquí
llegó soldado desvalido, como lo sabe vuesa merced, i si yo le tomé en
mi compañía i bajo mi amparo, fué porque ademas de sus prendas, hallé
que era de mi pueblo i conocia a mi familia. Si esto es una tacha,
señor, pondré para borrarla mis largos servicios al rei nuestro amo...
Los ojos del capitan brillaron como de orgullo, i el gobernador,
estrechándole la mano, puso fin al diálogo i dió principio a las
indagaciones.
Miéntras esto sucedia, los claustros del convento presentaban otra
escena: a lo léjos i hundido en un escaño se divisaba al provincial, su
capucha calada i sus brazos cruzados sobre el pecho. Alonso estaba a sus
piés de rodillas, sin armas i con la cabeza descubierta, confesando sus
culpas con fervor.
Don Francisco de Rojas, caballero del hábito de Santiago, miraba al
penitente con un aire de melancolía i rabia que daban a su cara una
espresion misteriosa; pero sin moverse del poste en que se habia apoyado
para esperar la terminacion del acto sagrado.
Alonso recibió la absolucion con su frente reclinada sobre el suelo,
besó la manga del sacerdote i se levantó, dirijiéndose al templo con sus
ojos humildemente cerrados.
El caballero le sale al encuentro i dándole súbitamente con la punta de
su capa un golpe en la cara, esclamó:
--¡Ya sabeis, canalla, para qué os busco!
El primer movimiento de Alonso fué poner mano a la cinta, i hallándose
sin armas, se arroja sobre don Francisco, como un tigre furioso, a
devorarle. El provincial, que seguia sus pasos, le pone mansamente la
mano sobre la cabeza, preguntándole con voz suave:
--¿Qué hicísteis, mancebo, vuestro propósito?....
El alferez suelta su presa, enmudece, baja los ojos i tiembla de rabia i
de dolor.....
Don Francisco, libre de su adversario, hace una profunda reverencia al
prelado, i con voz trémula i balbuciente,--perdon, padre mio, le dice,
este perro es al asesino de mi hijo, el seductor de mi hija, i no puedo
lavar mi afrenta sino con mi espada.
--¿Olvidais, señor, que este paraje en que estais, es la casa del Dios
que perdona, que da la paz i nos enseña la humildad?
--Nó, mi padre; pero sé que este hombre me debe su sangre i que puedo
matarle en donde le halle: ya que su paternidad le ampara, señálemos
campo i hora, que yo con mi palabra aseguro su libertad, i juro no
ofender la santidad del claustro.
--Yo no me batiré con vos, replicó secamente Alonso.
--¡Porque sois un asesino cobarde! esclamó el caballero.
Alonso se enfurece de nuevo, pero el padre intima a don Francisco que se
retire, i conduciendo al penitente al templo, se arrodilla con él i le
enseña a pedir misericordia.....
Alonso tenia fijos en la imájen de la Vírjen sus ojos arrasados en
lágrimas; las palabras del sacerdote herian su corazon i le llenaban de
angustia: un crímen acababa de disipar para siempre la mas bella de sus
ilusiones.....
III.
Era el 1º de octubre de 1612: la ciudad de Concepcion ostentaba uno de
sus mejores dias. Penco o Concepcion, que era entónces la cabecera de la
colonia, estaba situada en la rada que hoi lleva aquel nombre; i sus
casas se estendian desde la playa del mar, en la que estaba situada una
fortaleza, en el mismo sitio donde hoi se ven las murallas en la que se
construyó mas tarde. Al costado sur de la plaza, que aun subsiste,
estaba la catedral, i la manzana del frente, al norte, estaba ocupada
por el cabildo, palacio del gobernador i el cuartel. Detras del palacio,
arroyo de por medio, se hallaba el gran convento de San Francisco, que
ocupaba una manzana entera. La poblacion era enteramente española.
Los habitantes, vestidos de gala, llenaban las calles que en aquella
mañana se veian adornadas vistosamente con tapices de diversos colores.
Un sol apacible de primavera i el aura embalsamada de los contornos,
aumentaban el contento, como si la naturaleza misma hubiese querido
concurrir a dar la bienvenida al nuevo gobernador don Alonso de Rivera,
que entraba en aquellos momentos rodeado de un brillante cortejo de
oficiales, entre cuyos penachos i cimeras se hacia notar el modesto
sombrero del jesuita Luis Valdivia, el cual traia en las manos, con gran
reverencia, los pliegos en que Felipe III proponia la paz al congreso
araucano.
Los entusiastas vivas del pueblo se mezclaban al estruendo de la
artillería i a los repiques de las campanas, i el Gobernador se hallaba
recibiendo en la sala capitular los homenajes del Cabildo, cuando una
mujer, cubierta de negro, se abre paso entre la muchedumbre i llega
hasta los piés del nuevo gobernador pidiendo gracia.
--Para quién la pedís, hermosa señora, le dice don Alonso, alzándola del
suelo cortesmente; i súbito se interpone el caballero de Rojas, quien,
reprimiendo la cólera que le domina, aparta a la bella Ines, diciendo:
--¡La pide, señor, para el matador de su hermano, para el asesino de mi
hijo!....
El dolor ahoga la voz del anciano, i el silencio sucede por algunos
momentos.
El gobernador promete que se hará justicia segun la lei del rei i la de
Dios, sin olvidar la intercesion de una dama honesta, que harta razon
mostraba tener, cuando pedia perdon para el asesino de su hermano en una
ocasion tan solemne.
El anciano Rojas se retiró llevándose a su hija i los regocijos públicos
siguieron, contribuyendo no poco a entretener las conversaciones el
lance que acababa de suceder en la sala del ayuntamiento.
Luego que terminó la ceremonia, el capitan don Miguel de Erauso, que
habia sido ratificado en su puesto de secretario de guerra, instruia a
don Alonso de Rivera en todos los pormenores del suceso ocurrido en casa
de Anjelina i movia su ánimo en favor del valeroso alferez, que aun
permanecia asilado en San Francisco, aunque no en la rigorosa
incomunicacion en que permaneció los seis meses que el gobernador don
García habia mantenido las guardias que estableció en el convento.
Fué tanto el empeño que el secretario puso por conseguir la libertad de
Alonso Diaz, que el capitan jeneral le prometió que pasado algun tiempo
le remitiria agregado a los tercios del Tucuman, de donde él venia
dejando amigos a quienes podia recomendar al alferez con gran provecho
suyo, porque conocia mui de cerca al mancebo i le habia visto combatir a
su lado muchas veces con heroismo.
--¡No debemos perder, decia el gobernador, a un soldado que tanto puede
servir a la causa del rei i de la relijion!
El alferez en aquellos momentos estaba ignorante de lo que acerca de él
pasaba, i sólo, en su celda, se ocupaba en limpiar sus armas i en
aderezar sus vestidos, como si se preparara para una funcion. A veces se
le oia suspirar, i murmurando algunas palabras, suspendia su ocupacion i
se ponia profundamente triste. Luego se arrodillaba, estrechaba
fuertemente sus manos sobre el pecho i se veian sus hermosos ojos
brillar con lágrimas de dolor. Otras veces empuñaba su espada, la miraba
con aire marcial i se reia, como ajitado por el recuerdo de algun
triunfo.
En uno de estos delirios se encontraba, a tiempo que el sol poniéndose
apénas daba un lijero tinte amarillo a los avellanos que hermoseaban el
claustro, cuando el alferez don Juan de Silva se le presentó.
--Dios os guarde, Alonso, amigo.
--El os guarde, don Juan. ¿Habeis avanzado algo?
--Está todo perdido.
--¿Qué habeis hecho? ¡Decidme!
--Desesperado de no poder vencer la pertinacia de doña Ines, i
conociendo que es imposible hacerla desatender los consejos de ese
demonio de Anjelina, que no se aparta de su lado, desde que matásteis al
hermano, me determiné a pedir su mano a don Francisco.
--Sin prepararle de antemano, sin esperar a que yo hablase con doña
Ines.... Habeis hecho mal, don Juan, habeis destruido mi plan. Doña Ines
habria sido vuestra, si no hubieseis precipitado las cosas.
--¡Qué demonio! Si se me presentó ocasion, ¡cómo no habia de
aprovecharla! Esta mañana visité a don Francisco; despues de cierto
acontecimiento ocurrido en el Cabildo, de que luego os hablaré, halléle
determinado a encerrar a doña Ines en un monasterio i aun tomó allí
mismo algunas providencias para verificarlo. Habléle sumisamente i
díjele que yo admitia a doña Ines por esposa, si él nos otorgaba su
venia; pero me dió una negativa tan furiosa i terminante que no poco
pesar me costó reprimirme para rogarle lo mismo i apaciguarle. El me
insulta, me veja i por fin me dice que la hija de un Rojas no puede
unirse a un canalla, a un perro que desciende de judíos. Mi respuesta se
la dí pronto estampándole mi manopla en un carrillo, i el duelo quedó
emplazado para esta noche a las once. Eso es todo.
--¡Qué habeis hecho, don Juan!......
--Lo dicho: i vos tendreis que acompañarme al sitio, porque no tengo
otro amigo que vos.
--Yo no puedo ser testigo de un duelo en que va a batirse ese anciano a
quien tanto debo.
--Si no os parece, no sea; yo me iré solo, que a otro no he de fiar mi
lado.
--Reflexionad, don Juan, Ines me ama a mí, al matador de su hermano; su
anciano padre es desgraciado por mí.... ¿Deberé yo ausiliar a su
contrario?....
--Ya os dije que así sea: no estoi ahora para responder a los argumentos
del miedo. Vos me precipitásteis en esto, i yo os perdono aunque me
abandoneis, así como perdonaba a doña Ines el que os amase.
--Eso ménos, don Juan, mi pecho no conoció jamas el miedo, i de mí no se
dirá que abandoné a un amigo en el peligro. ¡Fuerte es la prueba que voi
a daros, pero os la daré. ¡Vive Dios!....
Escandecióse el rostro del jóven i don Juan le estrechó la mano,
separándose de él i asegurándole que en su casa le aguardaba.
Una hora despues se veian en un estrecho cuarto, sin tapiz ni muebles,
dos hombres sentados alrededor de una mesa de nogal i apurando una bota
de un añejo, cuya fragancia trasminaba el aposento. Las oscilaciones del
candil que los alumbraba imprimian un aire siniestro a sus fisonomías i
retrataban sus formas en jigantescas dimensiones sobre la pared. El uno
era corpulento i abundaba de salud; su frente abultada se dilataba hasta
la mitad de la cabeza, por falta de cabello; pero a trueque de esto,
tenia una barba espesa que sombreaba su roja i espaciosa cara, i el
bigote le cubria enteramente la boca. El otro era un jóven de regular
estatura, de aire macilento, pelo negro i abundante, pero sin barba;
ojos hermosos i de un mirar fogoso i atrevido, nariz corva i pulida
boca; está con su codo apoyado en la mesa i la mano en la mejilla,
enteramente contraido a la narracion que de sus hechos le hace el
primero, cuyo nombre, como sabemos, es don Juan de Silva.
La noche era horriblemente tempestuosa. El mar ajitado mezclaba el
prolongado estruendo de sus olas al estampido del trueno que se repetia
a cada momento con mas fragor: un viento caliente, anuncio infalible de
la tempestad, zumbaba sordamente en los techos i los sacudia a manera de
un terremoto. La oscuridad era tan densa que el mundo parecia perdido en
un caos insondable i espantoso.
Son las diez: los dos alféreces se levantan, apuran el último trago que
les quedaba en la bota, i salen con sus espadas i dagas. No se divisaban
en las calles ni edificios ni alma viviente: la poblacion estaba en
silencio, porque el repentino cambio del tiempo habia puesto fin a los
regocijos de aquel dia.
Llegaron ámbos a un sitio próximo a la ribera del arroyo i allí se
pararon: Alonso propuso a su compañero que se pusiera cada uno su
pañuelo atado al brazo, para no desconocerse en lo que pudiera
ofrecerse, a causa de la oscuridad, i así lo hicieron.
Largo trecho hacia que esperaban, cuando una voz, conocida por la de don
Francisco de Rojas, dijo--¡don Juan de Silva!
Don Juan respondió--¡Aquí estoi!
Metieron ámbos mano a las espadas i se embistieron rabiosos, miéntras
los dos testigos permanecian quietos en sus puestos. Fueron bregando sin
que ninguno cediera al otro, i la luz siniestra del relámpago brillaba
en sus espadas i mostraba a cada combatiente la situacion de su
adversario.
Un trueno revienta con fragor terrible casi sobre las cabezas de los que
reñian, i al mismo tiempo un hondo quejido muestra a Diaz que su amigo
estaba herido: púsose luego a su lado, i al punto el otro, al lado del
caballero de Rojas: entónces el combate se hizo jeneral, sin que una de
las dos parejas estorbase a la otra.
A poco andar, cayeron los dos primeros; i Alonso con su enemigo
continuaron tirándose tajos con furor i con destreza. El uno dobla sus
rodillas i suelta la espada diciendo:--¡Ah! traidor, ¡que me habeis
muerto!
Alonso, que era el vencedor, pregunta ¿quién sois vos?... i el moribundo
responde:
--¡Don Miguel de Erauso!...
Los tres caidos pedian a voces confesion, i Alonso, atónito i casi sin
sentido, corre a San Francisco, les envia dos relijiosos i se encierra
en su celda. Los dos primeros espiraron en el acto i el secretario de
guerra fué conducido a casa del gobernador.
Allí se le ofrecieron los ausilios del arte, e inmediatamente se dió
principio a la sumaria para indagar quién era el que sobrevivia i
someterle a la justicia. El capitan don Miguel lo declaró todo, ménos el
nombre de su vencedor. El gobernador increpábale su reserva, pero nada
pudo alcanzar.
Así hubiera permanecido libre Alonso, si en un momento de delirio, don
Miguel, que porfiaba con el doctor Robledo por que le diese a beber
vino, no hubiera esclamado:
--¡Mas cruel sois, doctor, que el alferez Diaz, que me ha herido!
Luego murió, i el gobernador pasó la noche en vela, preparándose para
hacer al otro dia la justicia que todos sus oficiales i los principales
vecinos le pedian contra el desgraciado Alonso.
IV.
El cadalso está preparado en el centro de la plaza de Concepcion; las
tropas lo rodean i un numeroso concurso vaga en silencio por los
alrededores. El dia se avanza i el reo todavía no parece.
El gobernador se paseaba pensativo en el salon de su despacho, esperando
el resultado de la tercera i última intimacion que habia hecho a frai
Francisco de Otárola, provincial de la órden seráfica, para que
entregase al reo Alonso Diaz, asilado en su convento. Al fin aparece el
oficial mensajero, trayendo por respuesta una redonda negativa del
provincial.
El gobernador se hace seguir de su guardia de piqueros i marcha al
convento, resuelto a allanarlo para sacar por sus propias manos al reo.
Llega; se manda abrir las puertas, le resisten; las hace derribar,
penetra con espada en mano i encuentra a la comunidad que le cierra el
paso con sus brazos cruzados sobre el pecho i la capucha calada;
pretende abrirse paso i los frailes, con tono humilde, le intiman que no
volverá a salir Su Merced ni sus tropas, si se atreven a violar su
asilo.
En tanto, el provincial contiene al alferez Alonso, que, con espada en
mano, quiere él solo impedir la entrada del gobernador; le insta, le
ruega que s e salve i que evite una profanacion de la santidad del
claustro; i miéntras que su comunidad resiste humildemente en la
puerta, el santo prelado consigue, casi por fuerza, que Alonso escale
las tapias del jardin i salte a la calle.
Despues de un largo altercado, el Capitan Jeneral, aconsejado por el
jesuita Valdivia, se resuelve a respetar la inmunidad eclesiástica, tan
consagrada por las leyes de entónces, i se retira confiado en la promesa
que le hacen los franciscanos de que el reo será enjuiciado por sus
trámites i segun los fueros de la Iglesia.
Alonso perturbado en la calle, penetra en una casa cuyos departamentos
le son desconocidos: vaga, largo rato cautelándose, sin encontrar a
nadie, i despues entra en una sala cuyas puertas i ventanas estaban
entornadas. Una mujer cae exánime gritando ¡el asesino! i otra cubierta
de luto se reclina sobre ella a prestarla ausilios....
Alonso permanece en pié, helado, con una especie de pavor que jamas ha
sentido, sin poder proferir una palabra: acaba de ver caer a Anjelina i
miraba a la hermosa doña Ines, que tambien le ha reconocido.
A ese tiempo resonaban en la calle los clarines de los tercios que se
retiraban de la plaza, i los gritos i algazara del pueblo que los
acompañaba a sus cuarteles.
Vuelta en sí Anjelina, i despues de un profundo i significativo
silencio, durante el cual permanecieron los tres mirándose de hito en
hito, como espantados, Alonso se arroja a los piés de las dos damas, que
estaban fuertemente abrazadas; i sollozando, con voz ahogada i
balbuciente:
--¡Perdon, perdon, las dice, no para un criminal, sino para... para la
mujer mas desgraciada que jamas la tierra sustentó!!...
--¡Mujer! repiten ambas horrorizadas i retrocediendo como si huyeran de
un espectro.
--Mujer, sí, ¡la mas infeliz!...
En esta situacion permanecieron sin proferir mas palabras, hasta que
doña Ines, rompiendo en amargo llanto, levantó al alferez del suelo en
que yacia, preguntándole:
--¿Quién sois? decídmelo sin engaño.... ¡no añadais el escarnio a mis
tormentos!...
--¡Soi doña Catalina de Erauso, nacida de nobles padres en San
Sebastian! Pasé mi niñez en un convento, de donde me fugué a tiempo de
profesar. Vagué por la España, en traje de hombre, hasta que la suerte
me atrajo a estas rejiones, en donde fuí arrastrada por la fortuna a
tomar la carrera de las armas. Vosotras conoceis mis hazañas i ahora
sois las únicas depositarías de mi secreto... Maté a vuestro hermano,
doña Ines, porque le amaba con delirio i me sentia arrebatada por los
celos: yo no podia hacerme amar de él, pero tampoco podia sufrir que
entregase su corazon a otra. Por eso os engañé: vos me amasteis, me lo
disteis a conocer, i yo no podia desecharos, porque habria perdido al
ídolo de mi corazon. Un arrebato de los celos, un momento de vértigo me
hizo cometer aquel crímen que lloraré toda mi vida... ¡Perdonadme, doña
Ines!... Vos sois la única que puede absolverme acá, para que Dios me
perdone en el cielo: si vos me condenais, él tambien me condenará...
--¡I mi padre, mi anciano padre! interrumpió doña Ines.
--¡Yo no he muerto a vuestro padre: el honor, un compromiso me arrastró
a ser testigo de su duelo, que ojalá jamas lo hubiera sido! Allí
encontré a un hombre, un hombre con quien debia batirme tambien, sin
saber quién era; le dí la muerte batallando lealmente, ¡pero ese hombre,
doña Ines, era mi hermano, mi protector!... el amigo que me habia
favorecido sin conocerme... ¿Quereis mayor espiacion? ¿No es este un
castigo de Dios? ¡Mil vidas daria por volverle la que le quité!... ¡¡el
cadalso es poca afrenta, no es castigo para mí!!... yo merezco mas... yo
no debí huir... ¡¡Aquí, aquí, estoi!!...
I diciendo esto quiso correr hácia la puerta i cayó sin sentido...
V.
Son las diez de la noche: la ciudad está en silencio i sus calles
desiertas.
Tres mujeres se ven atravesar con paso ajitado i sin hacer ruido alguno.
Pasan el arroyo que separa a San Francisco de la vereda del sur.
Al llegar a cierto paraje, donde se encuentran algunos avellanos
silvestres que se empinan jigantescos, robustos e inmobiles, una de
ellas se arroja de rodillas a los piés de una de las otras.
--Aquí es, doña Ines, la dice, ¡¡donde debeis darme vuestro perdon!!...
Doña Ines la levanta i sollozando le responde: ¡Dios te perdone!...
En aquel sitio habian caido la noche anterior don Francisco de Rojas,
don Juan de Silva i don Miguel de Erauso.
Las tres se arrodillan de nuevo: pasan algunos momentos durante los
cuales el aura lleva algunos suspiros ardientes i varias palabras
misteriosas, i las tres continúan su camino. Trasmontan la colina en que
estaba la Hermita i desaparecen.
En las altas horas de la noche, se ven tres jinetes acercándose al
Biobio, que en aquellos momentos está abundante i majestuoso por el
flujo de la mar. Cruzan la ancha ribera i llegan a la orilla, en que las
aguas jugueteaban silenciosas. Eran las mismas mujeres que ántes habian
salido de la ciudad.
Allí está un hombre con un caballo enjaezado i algunas armas en la mano.
Una de las mujeres arroja su traje, se ciñe la espada i dando un abrazo
mudo i tierno a cada una de sus compañeras, monta el corcel i se
precipita a las ondas.
Las dos que quedan en la orilla miran con solicitud a la que se
retira...
Ya no se ve mas que un punto negro allá a lo léjos, en la superficie de
las aguas, que reflejan las estrellas de los cielos.
El punto desaparece: no se oye mas que el murmurio de las corrientes que
juguetean en las arenas. Las dos se postran i rezan...
Despues de una prolongada angustia, se oye en la ribera opuesta un tiro
de arcabuz.
Esa señal significa que se ha salvado la _Monja Alferez_.
ROSA.
(Episodio histórico.)
I.
El once de febrero de 1817 la poblacion de Santiago estaba dominada de
un estupor espantoso. La angustia i la esperanza, que por tantos dias
habian ajitado los corazones, convertíanse entónces en una especie de
mortal abatimiento que se retrataba en todos los semblantes. El ejército
independiente acababa de descolgarse de los nevados Andes i amenazaba de
muerte al ominoso poder español: de su triunfo pendia la libertad, la
ventura de muchos, i la ruina de los que, por tanto tiempo, se habian
señoreado en el pais; pero ni unos ni otros se atrevian a descubrir sus
temores, porque solo el indicarlos podria haberles sido funesto.
La noche era triste: un calor sofocante oprimia la atmósfera, el cielo
estaba cubierto de negros i espesos nubarrones que a trechos dejaban
entrever tal cual estrella empañada con los vapores que vagaban por el
aire. Un profundo silencio que ponia espanto en el corazon i que de vez
en cuando era interrumpido por lejanos i tétricos ladridos, anunciaba
que era jeneral la consternacion. La noche, en fin, era una de aquellas
en que el alma se oprime sin saber por qué, le falta un porvenir, una
esperanza; todas las ilusiones ceden: no hai amigos, no hai amores,
porque el escepticismo viene a secarlo todo con su duda cruel; no hai
recuerdos, no hai imájenes, porque el alma entera está absorta en el
presente, en esa realidad pesada, desconsolante con que sañuda la
naturaleza nos impone silencio i nos entristece. Temblamos sin saber lo
que hacemos, el zumbido de un insecto, el vuelo de una ave nocturna nos
hiela de pavor i parecen presajiarnos un no sé qué de siniestro, de
horrible...
Eran las diez: las calles estaban desiertas i oscuras; solo al pié de
los balcones de un deforme edificio se descubria, envuelto en un ancho
manto, un hombre que, a veces apoyado en la muralla i otras moviéndose
lentamente, semejaba estar en acecho.
De repente hiere el aire el melodioso preludio de una guitarra, pulsada
como con miedo, i luego una voz varonil, dulce i apagada deja entender
estos acentos:
¿Qué es de tu fé, qué se ha hecho
El amor que me juraste,
Rosa bella?
Acaso alienta tu pecho
Otro amor i ya olvidaste
Mi querella?
¿No recuerdas, linda Rosa,
Que al separamos jurabas,
Sollozando,
Amarme siempre, i donosa
Con un abrazo sellabas
Tu adios blando?
Como entónces te amo ahora,
Porque en mi pasada ausencia;
A mi lado,
Te soñaba encantadora
Compartiendo la inclemencia
De mi hado.
Torna, pues, a tus amores
No deseches mi quebranto;
Que muriera,
¡Si ultrajáras mis dolores,
Si desdeñáras mi llanto!
¡Hechicera!...
Pone fin a las endechas un lijero ruido en los balcones i un suave
murmullo que, al parecer, decia:
--¡Cárlos, Cárlos! ¿Eres tú?
--Sí, Rosa mia, yo que vuelvo a verte, ¡a unirme a tí para siempre!
--¡Para siempre! ¿No es una ilusion?
--Nó: hoi que vuelvo trayendo la libertad para mi patria i un corazon
para tí, alma mia, tu padre se apiadará de nosotros: yo le serviré de
apoyo para ante el gobierno independiente, i él me considerará como un
marido digno de su hija...
--¡Ah! no te engañes, Cárlos; ¡que tu engaño es cruel! Mi padre es
pertinaz, te aborrece porque defiendes la independencia, tus triunfos le
desesperan de rabia...
--Yo le venceré, si tú me amas; prométeme fidelidad, i podré
reducirle...
--Espera un instante, ¡que en ese sitio estás en peligro!
El diálogo cesó. Despues de un tardío silencio, se ve entrar al
caballero del manto por una puerta escusada del edificio, la cual tras
él volvió a cerrarse.
Pero la calle no queda sin movimiento; a poco rato se vislumbra un
embozado que sale con tiento de la casa, desaparece veloz, i luego
vuelve con fuerza armada, i ocupa las avenidas del edificio: voces
confusas de alarma, de súplica, ruido de armas, varios pistoletazos en
lo interior, turban por algunos momentos el silencio de la ciudad.
Una brisa fresca del sur habia despejado la atmósfera, las estrellas
brillaban en todo su esplendor i la luna aparecia coronando las
empinadas cumbres de los Andes; su luz, amortiguada i rojiza,
contrastaba con la oscura sombra de las montañas i les daba apariencias
jigantescas i siniestras.
El chirrido de los cerrojos de la cárcel i de sus ferradas puertas
resonó en la plaza: un preso es introducido a sus calabozos...
II.
A la una del dia doce, estaba sentado a la mesa con toda su familia el
marques de Aviles. Uno de los empleados del gobierno real acaba de
llegar.
--¿Qué nos dice de nuevo el señor asesor? pregunta el marques.
--Nada de bueno: los insurjentes trepaban esta mañana a las siete la
cuesta de Chacabuco: nuestro ejército los espera de este lado, i en este
momento se está decidiendo la suerte del reino, señor marques. Entre
tanto, ¿V. S. no ha leido la _Gaceta del Rei_?
--No, léala usted i veamos.
--Trae la misma noticia que acabo de dar a V. S. i este párrafo
importante.
--El Asesor lee:
«Anoche ha sido aprehendido, en una casa respetable de esta ciudad, el
coronel insurjente Cárlos del Rio. Se sabe de positivo que este
facineroso ha sido el vencedor de nuestras avanzadas en la cordillera;
i que juzgando el insolente San Martin que podia sacar gran ventaja de
la audacia i sagacidad de este oficial, le ha mandado a Santiago con el
objeto de ponerse de concierto con los traidores que se ocultan en esta
ciudad. Pero la Providencia divina, que proteje la causa del Rei,
nuestro señor, puso en manos del gobierno el hilo de esta trama
infernal, i uno de los mejores servidores de S. M. entregó anoche al
insurjente, el cual se habia atrevido a violar el asilo de aquel señor
con un objeto bien sacrílego. S. M. premiará a su debido tiempo, tan
importante servicio, i el traidor espiará hoi mismo su crímen en un
patíbulo, a donde le seguirán sus cómplices...»
Aquí llegaba la lectura del Asesor, cuando Rosa, que estaba al lado de
su padre el marques, cae desmayada, lanzando un grito de dolor. Todos se
alarman, la marquesa da voces, el Asesor se turba, unos corren, otros
llegan; solo el marques permanecia impasible, i diciendo al Asesor:
--No se fije usted en esta loca, yo he sido quien ha prestado al Rei ese
servicio, yo hice aprehender aquí, en mi casa, a ese insurjente que me
traia inquieta a Rosa de mucho tiempo atras; ¡qué quiere usted! ¡casi se
criaron juntos! La frecuencia del trato, ¿eh?... El muchacho se inquietó
con los insurjentes, yo le arrojé de mi presencia i ¡hoi ha vuelto a
hacer de las suyas!
Despues de algunos momentos, merced a los ausilios de la marquesa, Rosa
vuelve en sí: sus hermosos ojos humedecidos, su color enrojecido, sus
lábios trémulos, su cabellera desarreglada, sus vestidos alterados, todo
retrata el dolor acerbo que desgarra su corazon: es un ánjel que llora,
que pide compasion i que solo obtiene por respuesta una sonrisa fria,
satánica....
--¡Padre mio, dice arrodillada a los piés del marques, yo juro no
unirme jamas a Cárlos, pero que él viva!... Un sollozo ahoga su voz.
--Que él muera, replica el anciano friamente, porque es traidor a su
Rei.
--¿No os he dado gusto, padre mio? ¿No me he sacrificado hasta ahora por
respetaros? Me sacrificaré mas todavía, si es posible, pero ¡que él
viva!
--¡Vivirá i será tu esposo, si reniega de esa causa maldita de Dios que
ha abrazado, si vuelve a las filas de su Rei!... El anciano se conmovió
al decir estas palabras.
Rosa se levanta con una gravedad majestuosa, i como dudando de lo que
oye, fija en su padre una mirada profunda de dolor i de despecho, i
concluye esclamando con acento firme:
--¡Nó, señor! quiero mas bien morir de dolor, i que Cárlos muera tambien
con honra por su patria, por su causa: yo no le amaria deshonrado...
Desapareció. Un movimiento de espanto, como el que produce el rayo,
ajitó a todos los circunstantes...
* * * * *
Las tinieblas de la noche iban venciendo ya el crepúsculo, que hacia
verlo todo incierto i vago.
Habia gran movimiento en el pueblo, el susto i el contento aparecian
alternativamente en los semblantes, nadie sabe lo que hai, todos
preguntan, se inquietan, corren, huyen; el tropel de los caballos i la
algazara de los soldados de la guarnicion lo ponen todo en alarma. La
jente se apiña en el palacio, el Presidente va a salir, no se sabe a
dónde: allí están el Marques, la Marquesa, el Asesor i otros muchos de
los principales.
Rosa aprovecha la turbacion jeneral, sale de su casa disfrazada con un
gran pañolon: oye vivas a la patria, sabe luego que los independientes
han triunfado en Chacabuco, i corre a la cárcel a salvar a su querido:
llega, ve todas las puertas abiertas, no halla guardias, todo está en
silencio, los calabozos desiertos; corre despavorida, llama a Cárlos,
solo le responde el eco en las ennegrecidas bóvedas. Penetra al fin en
un patio: allí está Cárlos, el pecho cruelmente desgarrado, la cabeza
inclinada i atado por los brazos a un poste del corredor... ¡Una hora
ántes le habian asesinado los cobardes satélites del Rei!
Rosa toma entre sus manos aquella cabeza que conservaba todavía la bella
espresion del alma noble, intelijente, del bizarro coronel; quiere
animarla con su aliento ... se hiela de horror ... vacila i cae de
rodillas... Una mano de fierro la levanta, era la del Marques que con
voz trémula i los ojos llorosos le dice:
¡Respeta la voluntad de Dios!
III.
Era el 12 de febrero de 1818: el ruido de las campanas, las salvas de
artillería, las músicas del ejército, los vivas del pueblo que llena las
calles i plazas, todo anuncia que ¡se está jurando la Independencia de
Chile!
¡La patria es libre, gloria a los heroes que en cien batallas tremolaron
victoriosos el tricolor! ¡Prez i honra eterna a los que derramaron su
sangre por la libertad i ventura de Chile!...
En el templo de las Capuchinas pasaba en ese instante otra escena bien
diversa: las puertas estaban abiertas, los altares iluminados, algunos
sacerdotes celebrando; una que otra mujer piadosa oraba. Las monjas
entonaban el oficio de difuntos, su lúgubre campana heria el aire con
sones plañideros. En el centro del coro se divisaba, al traves de los
enrejados, un ataud...
Ese ataud contenia el cadáver de la hija del Marques de Aviles; estaba
bella i pura como siempre, i su frente orlada con una guirnalda de
rosas.
DON GUILLERMO.
(1860.)
Quid Romæ faciam, mentiri nescio.
JUV.
I.
El Aguila.
Mui mal pintada era la que llenaba una gran enseña que estaba enclavada
encima de una puerta de la calle de Cochrane, en Valparaiso; pero en su
pechuga, i como guarecido por sus enormes alas, mostraba un escudo en
forma de corazon azul, tachonado de estrellas blancas, que bien decian
que el dueño de la fonda de adentro era uno de esos orgullosos
ciudadanos de la feliz rejion de América que riegan el San Lorenzo i el
Mississippi.
En una tarde de invierno húmeda i nebulosa, trasminaba aquel caramanchel
de un espresivo olor a café, que provocaba i atraia a cuantos marineros
navegaban el lodo de aquellos andurriales. Yo, que habia lanzado en ese
océano las enormes lanchas que llevaba por zuecos, caí tambien en la
tentacion i me zampucé en la ahoyada fonda, no sin que el umbral me
descubriera la cabeza e hiciese rodar mi sombrero por el barro, pues
aquella puerta estaba calculada para hombres bajos i de gorra de lana,
i no para los que, aunque pigmeos, cubrimos nuestras cabezas con un cubo
de felpa.
Esto supuesto, imajinaos cuál no seria mi admiracion al ver en el
recinto de la sala junto a una mesa a un enorme yankee plegado en tres
dobleces sobre la silla que le servia de sustentáculo, i pendiente de
una nariz colosal que podria haber servido de centro i arco a dos ojos
del puente grande del Mapocho.
Lo primero que se me ocurrió, despues de mi sorpresa; fué preguntarme
por dónde habria entrado allí aquel jigante. Pasé en revista puertas i
ventanas, tragaluces i escotillas, todos los agujeros de la fonda; i se
aumentó mas mi confusion cuando ví que por la mayor de aquellas
avenidas, apénas cabia la nariz de mi hombre. Decididamente, le habian
puesto allí para edificar la casa. Solo cuando se me vino esta
reflexion, digna de Descartes, me tranquilicé, cual el porfiado
matemático que no se tranquiliza, sino despues de haber resuelto un
problema, haciendo un millon de garabatos.
Entónces pensé en acercarme a aquella maravilla para verla, oirla i
palparla; i así como que no quiere la cosa, me senté a su mesa con gran
confianza. Una mirada tranquila i llena del portentoso yankee me inundó
todo entero. Quedé calado, es decir, conocido hasta el fondo: i le
inspiré la misma simpatía que él habia despertado en mi corazon.
«Mozo, traiga usted café», esclamé casi asustado; i mi vecino, poniendo
su enorme cachimba entre sus enormes lábios, volvió a mirarme con
agrado, como si se alegrara de retirar su vista de los grotescos
marineros que llenaban el recinto i espesaban la atmósfera con sus
emanaciones tabacosas.
El no era marinero, visiblemente: su porte era grave, semblante pálido i
sereno, sonrisa natural en su boca, pelo a la Caracala, i su cuerpo
antidiluviano envuelto en un hermoso sobretodo camaleon a la Benjamin
Constant. Tenia delante su café casi agotado, i mas que destilada una
botella que debió ser de jinebra, cuando se la pasaron llena.
El vapor embalsamado del café que me servian flotó entre nuestras caras,
pero sin ocultarme su nariz; nos mirábamos al traves, i ámbos
aspirándolo esclamamos: ¡Qué café! El con voz baja, sin duda por temor
de hacer estallar los vidrios a soltarla entera, i yo en mi tiple usual.
Estaba establecida la corriente eléctrica de la amistad con aquella sola
esclamacion en que se habian encontrado nuestros bellos espíritus: nos
comprendiamos; pero yo si que comenzaba a dudar de la solucion de mi
problema i no acababa de comprender cómo habia entrado allí aquel hombre
acompañado de su nariz i de su paltó.
--¡Qué buen café! me dijo, con un acento casi paternal.
--Excelente, le repliqué, i como estaba yo preocupado con mi problema,
agreguéle esta pregunta--¿Ha entrado usted a tomarlo?
--Sí, señor, desde que salí, acostumbro entrar aquí todas las tardes a
tomar este buen café. ¡Hacia tantos años, tan largos años que no lo
tomaba! esclamó con acento dolorido.
--¿Usted sale? le pregunté yo sorprendido, ¿entra a tomar este buen
café?
--Sin duda, me replicó; desde el primer dia de mi salida, pasé en la
tarde por aquí, por recorrer las calles, i el aroma de este café
despertó mi antigua aficion a tan rica bebida, i me entré sin titubear.
Pedí café, i bebí cuanto me sirvieron. ¡Hacia tantos años que no gustaba
este néctar celestial!...
--¿Por dónde entró usted?
--Por la misma puerta que usted, i sin perder el sombrero, como usted.
--¡Cosa estraña! Es tan baja esa puerta, i esta casa es tan estrecha
que...
--Sí, pero no hai estrechuras para quien ha vivido tantos años como yo
bajo tierra, dijo dando un suspiro de lo mas hondo de su pecho.
--Ya... No le será difícil a usted entrar por cualquier parte, ¿no es
esto? ¿Pero ha entrado usted por allí? dije, señalándole la puerta.
El hombre volvió entónces a inundarme con una mirada, requirió su
cachimba, cabalgó su pierna derecha sobre la izquierda, i como
descontento de mi estupidez miró a otra parte.
--¿Es usted chileno? me preguntó mirándome de reojo.
--Neto, le respondí con orgullo.
--Se conoce, me dijo, lanzando una bocanada de humo, i escanciándose el
concho de su cafetera en la taza. Volvió a suspirar, i despues de una
pausa, que me tenia aterrado, tornó a mirarme con amor, i agregó:
¿Conoce usted los _restaurants_ de la ciudad? ¿Sabe usted dónde se sirva
tan buen café, con mas decencia i con ménos concurrencia de marineros?
--No, señor, pero es probable que en casa de Guinodie se halle tan bueno
como aquí.
--¿Será algun _restaurant_ frances el que usted me nombra?
--Sí, caballero; el mejor, segun creo, de la ciudad.
--No me gusta; será farsa de café lo que allí sirven: prefiero tomarlo
bajo el pabellon de las estrellas, aunque sea entre marineros; al fin
estos son hombres que andan sin máscara, i que no están en escena, sino
cuando se columpian en las gavias tomando o soltando rizos.
--No ha entrado usted nunca al café de Guinodie?
--No, sin duda, desde que salí no he entrado mas que aquí, i al hotel de
Europa donde alojo.
--Sí, eso se comprende, el hotel de Europa es el que está en la plaza
Municipal, uno de puerta mui grande i de patio, ¿no es así, caballero?
--Justo, ese es el hotel de Europa. Pero al parecer usted está
preocupado, jóven, con las puertas anchas i las pequeñas. ¿Le ha causado
mucha impresion el coscorron que se dió en el umbral de ésta al entrar?
Serénese usted, nadie se fijó en eso, i aquí entre ingleses no tiene
usted que temer. Nosotros no nos curamos de los golpes que cada hijo de
vecino se da donde puede. Cada uno es dueño de golpearse cuando Dios le
deja de su mano.
Este lenguaje me sorprendió. ¿Quién será este hombre? decia yo entre mí.
Yo le he tomado por yankee al ver su estravagante figura, i sin embargo,
él habla de Dios, cosas poco conciliables, a no ser que sea un yankee
rico, que son los únicos que creen en Dios, porque necesitan ser ricos
para pensar en tener una relijion. Ahora se hace el ingles, i eso es mas
difícil de creer, porque un ingles no habla jamas el español, como este
lo habla, a no ser que haya nacido en Jibraltar o en otra parte de la
Península. ¿Quién será este hombre? Estas reflexiones me calentaban la
cabeza, i para salir de una vez de mis aprietos, hube de abordar de
frente la dificultad.
--¿Es usted norte americano? le pregunté.
--Por afeccion i casi por principios, porque he pasado en Estados Unidos
lo mejor de mi vida, ántes de venir a Valparaiso.
--¿Está usted aquí mucho tiempo ha?
--No tengo cuenta del tiempo que hace. He sabido despues de mi salida
que está corriendo el año 41, i solo ahora principio a contar fechas.
--¿Pero ha estado usted siempre en Valparaiso?
--Supongo que sí, porque fué aquí donde llegué de Inglaterra, mi patria:
aunque el Valparaiso de hoi no es ni siquiera una sombra del Valparaiso
que ví a mi llegada.
--¿Piensa usted permanecer aquí?
--No precisamente aquí, porque debo principiar desde mañana una eterna
peregrinacion entre Valparaiso i Santiago.
Volví a callarme, confuso con semejantes respuestas, ¡Quién es este
hombre, Dios mio! esclamaba en el fondo de mi alma, ¿Cómo podré
descubrirlo? ¿De dónde ha salido? ¿Qué ocupacion tiene? Abismado estaba
yo en mis reflexiones, cuando él se levantó pagó su puesto i salió
despidiéndose de mí con una insinuante cortesía.
No quedé ménos asombrado, cuando advertí que no tenia la talla
estraordinaria que yo le habia visto, sino un cuerpo airoso, elegante i
de una altura no tan enorme. Su andar era grave, de paso largo i casi
rápido. Llegó a la puerta i la salvó con mas facilidad que yo dejándome
abrumado bajo el peso de mi curiosidad.
II.
La segunda tarde.
La curiosidad suele ser una pasion en algunos, aunque siempre lo es en
todas: la caja de Pandora fué abierta por pura curiosidad; la primera
manzana que se gustó en el mundo fué comida tambien por pura curiosidad.
Es verdad que fueron mujeres las que tales atentados cometieron; pero
tambien es cierto que los hombres no les van en zaga; con la diferencia
de que la historia no nos señala grandes crímenes cometidos por
curiosidad, cuyo autor no sea una mujer. Testigo, el pecado de comer
manzanas, que ha cundido desde la madre Eva, que dió el ejemplo, hasta
nuestros dias, de un modo espantoso i con un contajio inevitable, que no
perdona edad ni sexo.
No es tan peor que la curiosidad no produzca tales estragos cuando anima
a los hombres: al fin no les pica a estos sino por esplorar i descubrir
rejiones desconocidas, donde no pocas veces se pierden, como Sir John
Franklin en las nieves polares, i tantos otros que en alas de la
filosofía o en los lomos del Pegaso han ido a parar a las mas ardientes
alturas de una cabeza caliente.
Como quiera que sea, la curiosidad es el instinto mas útil que tiene la
especie humana: sin él no habriamos habitado este mundo del bien i del
mal, i habriamos tenido que pudrirnos en la eterna primavera del paraiso
terrenal; sin él careceriamos de tantos descubrimientos como han hecho
los curiosos en los dominios del espíritu i en las rejiones del globo.
Ese instinto me disculpe, pues al dia siguiente de mi escena con aquel
hombre tan curioso, yo no pensaba, ni veia, ni oia, ni hacia cosa alguna
que no fuese para satisfacer la ardiente curiosidad con que tal ente me
habia contajiado. En la tarde de ese dia llovia, como es uso en
Valparaiso, de atravieso, i de arriba abajo, i aun de abajo para arriba,
en fuerza de un huracan antojadizo que soplaba sin sujetarse a lei ni a
regla ninguna: entónces no sirven zuecos ni paraguas, sino una buena
resolucion para lanzarse en aquellas calles, que rivalizan con el mar
por sus corrientes. Tuve esa resolucion, i a las cuatro estaba ya
instalado en la misma mesa del Aguila, donde habia conocido al objeto
de mi pasion.
La fonda estaba poco visitada, i el patron mascaba tabaco, apoyando toda
su mole sobre sus propios brazos, que tenia cruzados i juntos sobre el
mostrador, a cuyo respaldo estaba en pié. Miraba tristemente a la
puerta, por donde entraban a veces en lugar de parroquianos, fuertes
ramalazos de lluvia impelidos por el viento. Su mirada era fija i
parada, como de ojos sin vida, su rostro era atezado, redondo i peludo,
cruzado por una ancha boca de la cual arrojaba amenudo torrentes de zumo
de tabaco mascado. Un gorro lacre de marinero coronaba aquel cuadro.
Pasada una hora comencé a desesperar de mi esperanza, i como habia
bebido i pagado bastante café, me creí con derecho de interpelar al
patron; i lo hice mui afablemente, hablando del tiempo, tema obligado en
todos los casos en que no hai de que hablar, o en que uno necesita
introducirse a platicar con otro. Mas el patron no me respondió: lo
único que hizo fué mirarme con ese desprecio con que los ingleses o sus
descendientes los yankees, miran a todos los que les hablan en español.
Picado un poco mi amor propio, volví a levantar la voz, repitiendo en
ingles lo que ántes habia dicho en español: el patron, entónces, soltó
las amarras a sus ríjidas e inmóviles facciones, i tejió conversacion
con la mayor familiaridad, como si estuviera con un antiguo conocido.
--Dígame usted ¿quién es ese hombre con quien tomé café ayer en esta
mesa?
--¡Oh! ese es un hombre que ha venido varias veces a tomar café al
Aguila.
--¿No le conoce usted?
--¡How! sí, mucho: hace dias que viene aquí, i todos mis parroquianos le
han visto tomar café i jinebra.
--¿Cómo es su nombre?
--Mr. Livingston. ¡Oh! paga mui bien i bebe mucho, i paga siempre en
onzas antiguas.
--¿Pudiera usted darme noticias de él?
--¡Oh! Mr. Livingston toma mucho café, parece un frances, pero paga mui
bien.
--¿Mr. Livingston es ingles?
--¡Oh! Habla ingles mui bien.
--¿De dónde ha venido aquí?
--Viene del hotel de Europa, todos los dias a tomar café.
--¿Pero de dónde, de qué pais ha venido a Valparaiso?
--¡How! Mr. Livingston ha llegado mucho tiempo ha; pero solo en estos
últimos dias se ha hecho parroquiano del Aguila, por el buen café que
aquí se sirve.
Cansado ya de interrogar a aquella mole tabacosa, i sin esperanzas de
adelantar en mis investigaciones, determiné irme al mismo hotel de
Europa, resolucion suprema, que me presentaba el camino mas corto para
llegar a mi descubrimiento. Despedíme del patron, i eché a nadar hácia
la plaza de la Municipalidad. El patio del hotel estaba inundado i su
escalera azotada por la lluvia; pero nada me arredró. Penetré por
pasadizos oscuros i silenciosos hasta el hogar de la patrona, conducido
por un muchacho de la casa.
Era aquella una francesa, con gorra por supuesto, i de formas ópticas
mui raras, pues representaba ni mas ni ménos una de esas muñecas
encaramadas en una bala, que se mueven en todas direcciones, segun el
impulso. Sin poderme definir su aspecto i sin darme cuenta de sus
líneas, porque la luz era mui opaca, me le fuí al abordaje
inmediatamente, con la palabra se entiende: ella me recibió el ataque
con una inundacion, con un diluvio de frases de todos calibres, que,
aseguro, me aterró; i si mi curiosidad no hubiera sido tan grande, me
habria dado por derrotado por aquella voz tiple, que salia de una
larinje que no tendria ménos de setenta años de uso continuo.
Al nombrarle a Mr. Livingston, ella, como si hubiese estado enamorada
del ingles, suspiró con ternura, i entre esclamaciones i aspavientos me
aseguró que habia partido esa misma mañana para Santiago, sin mas ropa
que su sobretodo i una frazada; i como se suelta la tarabilla, cuando
principia a rodar la piedra del molino, ella se soltó diciendo:--«I mire
usted, caballero, don Guillermo, que así se llama Mr. Livingston, no se
ha ido como quien es, sino a pié, a pesar de que tiene bastante dinero
para pagar todos los carruajes que quiera. Tomó su ropa al hombro i con
su cara siempre risueña echó a andar, despues de pagar su cuenta en el
hotel. Mr. Livingston es hombre mui estraordinario, habla con los
espíritus, no duerme, se rie solo, se pasea a la media noche, se
encierra de dia, no tiene equipaje, i sin embargo le sobra el dinero en
su faltriquera; habla todas las lenguas, todo lo sabe, no tiene
curiosidad por nada, cuenta muchas historias, pero no habla con todos.
Solo a mí me abria su corazon, solo conmigo conversaba; ya se ve, hace
tantos años que nos conocemos... Cuando yo llegué a Chile con mi Ferran,
siendo yo todavía mui jóven, él era cajero de la casa de Monsieur
Waddington, i fué uno de los primeros huéspedes que tuvimos en el hotel
de Francia, que estableció Ferran. Entónces le conocí, le traté i fuimos
grandes amigos. Un dia de esos se desapareció de repente, i no volví a
verle mas hasta hace pocos dias que se apareció aquí. Yo le hice saber
que me hallaba viuda, porque a Ferran se le ocurrió destaparse la cabeza
de un pistoletazo; le conté mi historia, él me oyó no mas, i hoi se ha
ido sin volver a conversar mas de estas cosas»... La patrona dió un
suspiro i yo me sentia mareado...
III.
El camino de Valparaiso.
No canto el polvo, nó, que envuelve a los viajeros en un dia de verano,
ni aquellos interminables lodos en que se atascan en un dia de julio.
Nó, eso seria cantar al gobierno o a sus injenieros, que se recrean en
remover durante el buen tiempo cuanta tierra hai en el camino, o en
acarrearla por carretadas, para que haga bastante barro en el invierno.
Cada loco con su tema: yo respeto la de nuestros tutores[1], i por eso
debo acatar tambien su ciencia de componer carreteras i de construir
ferrocarriles: a bien que el costo no sale de su bolsa, sino de los
ataditos que el pobre hace en la punta de un mal pañuelo, para tener con
que pagar peajes, barreras i sisas.
[1] En la época en que se escribió este cuento, era propio llamar
así a los gobernantes, porque el partido que los apoyaba tenia
entre sus doctrinas la de considerar al pueblo como menor de
edad.
Mi cantar no es en sí bemol, como se necesitaria para espresar las
angustias del triste caminante que tiene que dejarse despeñar por
aquellas cuestas, haciendo esguinces a las carretas que se agolpan,
gozando de la plena independencia de locomocion que les deja la lei para
andar como quieran en los caminos, rabie quien rabiare.
Mi cantar es ménos sério, ménos triste, pues templo i modulo mi rabel
para recordar a todos cuantos han atravesado el susodicho camino de
Valparaiso una cosa que todos han visto, en la cual todos han fijado su
atencion, sobre la cual todos han discurrido a su modo por un momento, i
la cual todos olvidan hasta que vuelven a verla otra vez.
Esa cosa es un hombre indefinible que marcha i marcha siempre a pié por
las veredas del camino, haya sol o llueva a torrentes, haya lodo o
tierra en que envolverse. El marcha siempre con paso igual i seguro, sin
mirar a su alrededor, sin volver sus ojos a ninguna parte. Lleva la
cabeza inclinada en ademan de ir absorto en un pensamiento terrible. Su
tez es blanca, como la de los habitantes del norte de Europa, i sus
lacias canas caen a confundirse con una barba blanca en que se divisan
todavía los visos dorados de un cabello que fué rubio en otro tiempo. Su
estatura elevada va un poco disimulada por una lijera inclinacion hácia
adelante, i por una frazada que lleva colgada en el hombro. El largo i
añoso poncho que le cubre deja ver a veces los faldones de un paletot,
último recuerdo de una condicion perdida.[2]
[2] Esto es histórico. Un hombre misterioso, como el que se
describe, se veia siempre en marcha en el camino de Santiago a
Valparaiso, por aquellos años; i hacia el camino en la forma que
se relata.
¿Quién es ese hombre? se preguntan todos los pasajeros que le encuentran
o le alcanzan, i si la pregunta se dirijo alguna vez al cochero o
postillon, el pregunton observa que el postillon o el cochero se recata
un poco, se sonrie como con miedo, i agrega un no sé, o cuando mas
esplícito anda, dice que es un ingles que anda siempre por el camino,
que no pára en ninguna parte, i que apénas llega a Santiago, vuelve a
salir para Valparaiso, i en esta ciudad entra tomando la playa, i sale
en seguida sin que nadie sepa a dónde se dirije.
Alguna vez se presenta al caminante la ocasion de dirijir la palabra a
aquel hombre raro; entónces vé un semblante apacible que se sonrie i
unos ojos azules que miran con dulzura, pero no entiende las breves
palabras que modula el peregrino, sin detener su paso rápido i firme. Si
uno es bastante jeneroso para alargarle una moneda, el peregrino
estiende la mano i la recibe, sin variar su actitud; i si el que ha
usado esa jenerosidad, pudiera observar al peregrino mas adelante, le
veria llegar a un rancho del camino, agasajar a los perros, acariciar a
los niños i dar la moneda que acaba de recibir a alguno de los pobres
habitantes de la choza, siguiendo despues su camino con el mismo paso
firme i seguro que traia.
Pero sea dicho en verdad: no hai jente ménos observadora ni mas
indiferente que la que transita aquel camino. Si el transeunte es
chileno, ya se sabe que no se le ha de dar nada de nada, que mira sin
ver lo que va encontrando, i que si ve lo que mira, no surje en su opaco
espíritu ni una observacion, ni un pensamiento. Ni es mas observador si
es estranjero: el ingles va despreciándolo todo i absorto en el negocio
que le hace caminar: el yankee va despedazando el coche con su navaja, i
mirando la comarca, se imajina como la _escuatriaría_ si Chile se
anexara a las estrellas: el frances va como una tarabilla i levantando
el codo a cada instante para besar su botella; el aleman, va criticando
cuanto mira; el español, contando andaluzadas o elojiando su península;
i el italiano va cantando o platicando por boca i narices sobre la
independencia de Italia.
Así es que el peregrino hace jeneralmente su camino como por un
desierto; i tan seguro va de eso, que amenudo se rie solo i habla con
los espíritus, sin curarse de los transeuntes: él es el señor del
camino, está allí como en su casa, i conversa con los duendes que le
asisten como si no estuviera en público.
Mas no se ha escapado de mi curiosidad, pues aunque pertenezco a la mas
honorable de aquellas nacionalidades, i tengo mucho de su característica
indolencia, poseo tambien bastante necedad para preciarme de que no se
me va ninguna, i no era posible que el perpetuo viajero se escapase a mi
curiosidad.
Así sucedió que estando yo de paso en Casa Blanca, i estacionado en la
puerta de la posada de don Duardo, como le dicen los cocheros, admirando
con todas las fuerzas de mi espíritu los insondables barriales de las
calles de aquel pueblo en un dia de invierno, pasó por allí el peregrino
con su cabeza inclinada i meditabunda, con paso tranquilo i seguro, como
si pisara en un pavimento de mármol. Mi primera mirada cayó de lleno
sobre su nariz, que era bastante hermosa para llevarse la preferencia, i
luego la recorrí por la vasta mole de su cuerpo, creyendo reconocer al
mismísimo hombre que tanto me habia interesado en otro tiempo en la
fonda del Aguila. Quise llamarle por su nombre, pero algo misterioso
debió operarse en mi espíritu en ese momento, porque me sentí mudo i
sobre todo me creí atraido tras de los pasos del peregrino como por una
fuerza irresistible.
Dí las órdenes convenientes a mi conductor para que, si no volvia a
encontrarme, entregase mi equipaje en Santiago, i tomé la direccion a
esta ciudad a pié, siguiendo al viajero a cierta distancia. Al salir de
las goteras del pueblo, cosa que conocí, no por la ausencia de tejados,
sino porque disminuia el barrial, apuré el paso, i llegando a una
distancia conveniente de mi perseguido, esclamé:
--Don Guillermo, óigame usted una palabra.
El viajero paró, i volviendo hácia mí con benevolencia, me dijo:--Yo
tambien le he reconocido a usted, a pesar de que no le he visto sino un
sola vez en la fonda del Aguila: ¿qué quiere usted?
--Hacer el camino con usted para conversar largo, mui largo, porque me
muero de deseos de ser su amigo....
--I de saber mi historia ¿no es esto? me interrumpió el peregrino
sonriéndose.
No pude negárselo. Le confesé mi interes, mi curiosidad, i le rogué que
me abriese su corazon como a un amigo. Muchas fueron las condiciones que
me puso, muchas las pruebas que me exijió de lealtad, muchas las
preguntas que me hizo para comprender mi carácter; pero ello es que
marchamos juntos, i tardamos tres dias en llegar a la capital, tres dias
durante los cuales ví i oí las cosas mas asombrosas que jamas he visto i
oido, tres dias durante los cuales se trasformó cien veces Mr.
Livingston, tres dias en fin en que yo fuí tambien a mi turno
metamorfoseado a cada paso por mi compañero, i permanecí invisible para
todo el mundo, hasta para mi cochero, que buscándome, me alcanzó i no me
vió, dejándome abandonado en el camino.
Ahora, que me he humanizado de nuevo i que he recobrado mis facultades,
voi a contar lo que oí i ví, por si hai curiosos, como yo, que deseen
saber el sino de aquel hombre misterioso, o por si hai quien quiera leer
cosas estupendas sin daño de nadie i sin peligro.
IV.
La Cueva del Chibato.
Para saber i contar i contar para saber que no ha mucho tiempo habia al
pié de un cerro de la ciudad de Valparaiso una cueva al parecer mui
somera, pero que en realidad era honda como la eternidad. Esta cueva
estaba situada en el centro de la poblacion i en un paraje que era de
paso obligado para todos los transeuntes, pues nadie podia ir del Puerto
al Almendral i del Almendral al Puerto sin atravesar la estrecha
garganta que formaba el cerro de la cueva con el mar, i sin mojarse a
veces los piés en las olas que llegaban a estrellarse, en tiempos de
crece, contra el morro.
Ahora ha variado todo eso, pues merced a la poderosa voluntad de un
millonario, el morro fué recortado i la cueva tapiada i convertida en un
sólido edificio de bóveda destinado a guardar los tesoros de un banco.
Pero vamos hablando de los felices tiempos en que aquel Creso no habia
cerrado todavía la cueva, para dejar en eterna prision lo que ella
contenia. Entónces no habia la hermosa calle que hoi se ve allí, ni
habia vecinos que habitasen los contornos, ni gas, ni aceite que
alumbrase la oscuridad de las noches: así es que aquel paraje era
peligroso a ciertas horas i no podia un cristiano arriesgarse a
atravesarlo impunemente.[3]
[3] La _Cueva del Chibato_ estaba en el lugar que ocupó el Banco
de Chile cuando se instaló, donde están ahora las joyerías de
Nagele i Hepp, i que forma el vértice del ángulo obtuso que hace
al lado del cerro, en aquella parte, la calle de la Esmeralda.
Aquella cueva prestaba asunto a la conseja que se refiere en este
párrafo, la cual era antiguamente mui popular en Valparaiso i en
todo el pais, i sirve ahora de base para este cuento.
La poblacion entera de Valparaiso sabe que, en la época a que nos
referimos, habia dado a la cueva su nombre i mucha celebridad cierto
chibato monstruoso que por la noche salia de ella para atrapar a cuantos
por allí pasaban. Es fama que nadie podia resistir a las fuerzas
hercúleas de aquel feroz animal, i que todos los que caian en sus
cuernos eran zampuzados en los antros de la cueva, donde los volvian
_imbunches_, si no querian correr ciertos riesgos para llegar a
desencantar a una dama que el chibo tenia encantada en lo mas apartado
de su vivienda.
Los que se arrojaban a correr aquellos peligros tenian que combatir
primero con una sierpe que se les subia por las piernas, i se les
enroscaba en la cintura i en los brazos i en la garganta, i los besaba
en la boca; despues tenian que habérselas con una tropa de carneros que
los topaban, atajándoles el paso, hasta rendirlos; i si triunfaban en
esta prueba, tenian que atravesar por entre cuervos que les sacaban los
ojos, i por entre soldados que los pinchaban. De consiguiente, ninguno
acababa la tarea i todos se declaraban vencidos ántes de llegar a
penetrar en el encanto. Entónces no les quedaba mas arbitrio para
conservar la vida que dejarse _imbunchar_, i resignarse a vivir para
siempre como súbditos del famoso chibato, que dominaba allí con voluntad
soberana i absoluta, como muchos sultanes de este mundo.
Es pues escusado decir que nadie volvia de la cueva a referirnos sus
misteriosas peregrinaciones, i que todas esas historias que contaba el
pueblo se sabian solo por revelacion o intuicion. Pero lo cierto es que
casi no habia familia que no contase la pérdida de algun pariente en la
cueva, ni madre que no llorase a algun hijito robado i vuelto imbunche
por el chibato, pues es de saber que éste no se limitaba a conquistar
sus vasallos entre los transeuntes, sino que se estendia hasta robarse a
todos los niños mal parados que encontraba en la ciudad. I como
Valparaiso es ciudad en donde hormiguean los niños, i como hai tantos
niños que tienen madres tan descuidadas, si las tienen; i como para
remate hai tantísimos niños que se distraen con cualquier friolera, o
que corren tras cualquier monada, aunque los imbunchen, el chibato hacia
una abundante cosecha, de modo que si no le tapan la cueva, talvez
tendria imbunchada a toda la poblacion a estas horas.
Fácil es imajinarse que el animal no se echaria por esas calles en su
forma propia i natural a caza de muchachos; i así es la verdad, pues
cuentan las buenas madres robadas, que son brujas i tambien de vez en
cuando brujos machos, quienes roban chicos en la ciudad. Eso puede
probarnos que el señor de la cueva tenia i tiene a su servicio algunas
viejas, que precisamente han de serlo las brujas, que se ocupan en
sonsacar muchachos; i sin duda tendrá tambien brujos jóvenes que
sonsacan muchachitas para llevárselas a sus dominios. Pero seguramente
esos fieles servidores que salian de la cueva no debieron entrar allí de
otra parte, i sin duda fueron criados i nacidos en aquella rejion, o a
lo ménos formados imbunches en edad temprana, para no tener inquietudes
en el mundo esterior, ni adherirse a partidos estraños, ni a intereses
ajenos de los de su poderoso señor.
V.
A picos pardos.
¿Quién no ha andado alguna vez a picos pardos? Confesémoslo llanamente:
nadie deja de ser quien es ni deja de cumplir su sino en este mundo por
haberse hecho gato alguna vez en su vida. Alejandro Magno no dejó de ser
el mas célebre de los filibusteros de la antigüedad, ni sus capitanes
dejaron de ser famosos guerreros por haberse andado a picos pardos,
aquel con Taltestrida, reina de las amazonas, i éstos con las
trescientas damas que de tan largas distancias acarreó consigo aquella
reina de puro enamorada. Ni Julio César ha dejado de trasmitimos su
gloriosa fama, a pesar de que se echaba tan a menudo a picos pardos, que
llegó a ser el terror de los maridos romanos, i mereció que sus soldados
le anunciasen de vuelta de sus triunfos, clamando:--_Romani, servate
uxores, adducimus Calvum_, dicho que con su acostumbrada sabiduría nos
recuerda el sério señor de Brantome.
Pero basta de erudiciones profanas, que no necesitamos de ellas para
escusar a don Guillermo Livingston por haberse anublado alguna vez en
aventuras nocturnas. Mr. Livingston, a quien ya conocemos de vista, era
ántes de ser embrujado un hombre formal a las derechas. Cajero de una
casa de comercio de Valparaiso, tenia hácia sus veinticuatro años tanto
aplomo como un hombre de ochenta. A las cuatro de la tarde terminaba sus
tareas i se instalaba en el hotel de Francia, donde comia sin hablar con
nadie i sin beber un gota de vino. Concluida esta segunda faena, se
acampaba en el meson a platicar con madama Ferran i a tomar café hasta
las ocho, hora en que se retiraba a su cuarto a leer i a dormir.
Pero un dia de esos hubo una linda almendralina que tuvo bastantes
atractivos para arrancar algunas chispas eléctricas del helado corazon
de nuestro conocido, i ya desde entónces se alteró un tanto su ríjido
método de vida. Madama Ferran fué quedando poco a poco privada de
aquellas sabrosas conversaciones de la tardecita, i la arenosa calle del
Almendral contó un paseante mas, que como todos hacia su vuelta al
Puerto mas que de prisa al anochecer.
Andando el tiempo, se estrecharon tambien las relaciones de Mr.
Livingston con la almendralina, i su amor llegó naturalmente i por sus
pasos contados al periodo de la cristalizacion, periodo crítico en el
cual está espuesto un amante ingles, mas que ningun otro, a perder la
chaveta. Afortunadamente nuestro amigo no alcanzó a perderla, pues no
alcanzó a salir de sus casillas mas que una sola vez.
I esa fué con ocasion de una cita. La bella almendralina, a pesar de que
se llamaba Julia, habia sido no solo parca, sino pertinaz en no conceder
a su enamorado, no digamos un favor, ni tan siquiera un dedo de sus
blancas manos, para consuelo. Esto habia traido mui intrigado a don
Guillermo, pues habiendo aprendido en sus estudios históricos que el
emperador Severo habia perdonado a su infiel consorte solo porque se
llamaba Julia, hallando mui natural que lo fuese una mujer de este
nombre, el ingles comenzaba a dudar de la esperiencia del emperador,
puesto que hallaba una Julia que parecia Lucrecia. Para salir de sus
dudas i aprensiones, tomó la línea recta de todos los enamorados,
procurándose una entrevista a la media noche. Durante muchos dias atacó
en este sentido su inespugnable fortaleza, i al fin hubo de conseguir lo
que tanto apetecia: Julia habia consentido en esperar a nuestro amigo en
el huerto de su casa a las doce de una noche de verano, que para mayor
fortuna era oscura.
Don Guillermo principió su tocador esa noche a las ocho, habiendo
comprado en el dia por primera vez en su vida algunos perfumes que le
costaron bien caros, tales como jabon de almendra, opiata i agua de la
banda de cincuenta grados. A las once, despues de mil interrupciones
durante las cuales tuvo el enamorado brillantes ilusiones, ardientes
soliloquios i no pocos ardientes suspiros, el tocador estaba concluido,
i Mr. Livingston quedó de punta en blanco, aunque con fraque negro i
guantes de castor verdes, que estaban mui en moda en el año de gracia de
1828.
Entónces Mr. Livingston pensó en su seguridad personal, sabiendo que no
era mui prudente arriesgarse por aquellas calles oscuras a ninguna hora
de la noche, sin llevar armas que aumentasen la fuerza del transeunte
nocturno. Un par de cachorritos de bolsillo, bien cargados a bala,
formaban el arsenal del ingles: no se conocia entónces la invencion de
Colt, i era preciso limitarse a dos tiros, fiando lo demas a la
Providencia.
Ya está nuestro aventurero en la calle a picos pardos. El corazon le
latia con violencia i las piernas le flaqueaban, sin embargo de que no
tenia que andar ménos de veinte cuadras para llegar al paraiso donde
debia tentar a la primera Julia de este mundo que, en su concepto, habia
necesitado de tentaciones.
Habia una profunda tranquilidad, i el triste silencio de la noche solo
era interrumpido por el leve ruido que se prolongaba en toda la playa al
impulso de la mansa resaca de un mar apacible. No se oia ni sentia nada
en las calles, i don Guillermo pisaba despacito, como si hubiera temido
alterar el sueño de la ciudad con el sonido de sus botas.
VI.
En la puerta del horno se quema el pan.
Nuestro ingles habia ya tomado viento. Desvanecidas las primeras
impresiones que le causaran la soledad i el silencio de la calle,
marchaba con rapidez i seguridad; como por un terreno conocido, i con la
confianza, o mejor dicho, con el descuido que es natural en el que va
entregado a su pensar.
En ese momento discurría Mr. Livingston que el emperador Severo podia
haber tenido mucha razon, i se le hacia viva la parada; pues se
imajinaba encontrar una Julia, que aunque no era como la romana, por no
tener un marido emperador, podia ser de la propia naturaleza que aquel
atribuia a todas las que responden a tan dulce nombre.
Cuando mas le halagaba esta ilusion, llegó a aquel paraje donde el mar
estendia sus espumas casi hasta el cerro; i por no humedecerse las
plantas o por conservar el lustre de sus botas, se inclinó a la derecha,
rozándose con el morro de la Cueva del Chibato,[4] i al darle vuelta,
recibió en el pecho un golpe violento que le hizo saltar hácia atras
como cuatro varas. Si Mr. Livingston hubiera sido ménos fuerte i no tan
ájil, seguramente habria quedado tendido exánime, al recibir tan feroz
topetada.
[4] Este morro ha desaparecido con los edificios que forman por
el lado del cerro la calle de _la Esmeralda_, i estaba en la
primera esquina que hace esta calle yendo del puerto a la plaza
del Orden.
Un instante le bastó para recobrarse de la sorpresa e incorporarse con
un cachorro en cada mano, como valiente que era; pero tambien otro
instante le bastó para quedar temblando de piés a cabeza, al verse
frente a frente de un cabron enorme, que tenia el volúmen de un toro i
los cuernos de un ciervo, i que miraba al ingles con dos ojazos como
brasas que alumbraban todo el contorno. I así medio desatentado Mr.
Livingston i maquinalmente le disparó sobre la ancha i coronada frente
uno de sus cachorros: el golpe de la bala sobre el cráneo fué como el
eco de la esplosion, pero instantáneamente tambien rebotó la bala contra
don Guillermo, colándosele derecha en la boca, que la tenia
entreabierta por la sorpresa. El ingles, dando una estupenda
gargajeada, escupió con fuerza la bala, que fué a parar a los piés del
chibo; pero al mismo tiempo vió que las facciones de éste se contraian
con una risa atroz, de la cual no pudo dudar cuando sintió que de aquel
hocico enorme salia un balido como carcajada.
Veinte topedadas como la primera habria aguantado el animoso jóven por
no ser el blanco de tan tremebunda carcajada; pero no por eso sucumbió.
Antes bien, su noble sangre le hirvió en el pecho, i con redoblado
coraje le asestó otra vez en la frente su segundo balazo. El rebote de
la bala tomó esta vez otro jiro, pues Mr. Livingston sintió que se le
dormia la pelotilla en un ojo, i casi ciego con el golpe i la rabia, se
arrojó sobre el cabron, i aferrándose de los cuernos con todas sus
fuerzas, le dió una sacudida como para traerlo al suelo. El animal
estuvo a punto de ceder, pues alcanzó a inclinar la cerviz; pero a su
vez dió tambien un sacudon que hizo describir al ingles una voltereta,
formando en el aire con todo su cuerpo un círculo perfecto, cuyo centro
estaba en las manos, que permanecieron aferradas a los cuernos, porque
los guantes verdes le servian para ello maravillosamente.
Puestas otra vez sus plantas en suelo firme, don Guillermo volvió a la
carga con mas fiereza para derribar a su adversario; pero entónces
fueron mas impotentes sus fuerzas, porque fastidiado el chibo con tanta
obstinación, movió su cabeza con un poco mas de desenfado i tiró al
enamorado jóven por los aires cuan largo era, haciéndole describir un
arco que fué a terminar en la playa, en el instante mismo en que el mar
la bañaba con una oleada hermosa i repleta.
El estirado cuerpo del ingles, estendidos brazos i piernas, hendió
violentamente las aguas, i éstas, al retroceder mansamente a su centro,
juguetearon sobre él, rizándose i formando gorgoritos, sin desquiciarle
de la arena, donde se habia posado.
La linda imájen de Julia atravesó por la mente de Mr. Livingston como un
vapor que se disipa, i un hondo suspiro que se exhaló de su pecho,
parece que se habia llevado su último aliento, pues quedó inmóvil como
un cadáver.
VII.
Nadie sabe para quién trabaja.
Ese es un adajio vulgar que encierra mas filosofía que la facultad
designada con este nombre en la Universidad de Chile. No es esto decir
que no sean mui filósofos sus miembros, pues a buen seguro que hartarian
a desvergüenzas a cualquiera que se les atreviera, no siendo el
gobierno, que cuando la autoridad hace o dice lo que quiere, no hai
filosofías que se tengan, pues ella es mas filósofa que Aristóteles.[5]
[5] Alude a la sumision con que entónces la Universidad de Chile,
dominada por el partido gobernante, obedecía las voluntades del
poder, no solo en los capítulos electorales, sino hasta en las
mas insignificantes resoluciones. Esto sucedia en la época en que
se escribió el cuento i mucho despues.
¿Quién no ha esclamado alguna vez herido con el cruel dolor de un
desengaño?:--¡Nadie sabe para quién trabaja! Pero quién ha escarmentado
jamas al ver pasar el fruto de sus sudores a otro, que viene con sus
manos limpias a gozarlo? Ya se ve, es una lei natural la que nos hace
aprovecharnos sin saber leer ni escribir de lo que otro nos deja sin
comerlo ni beberlo, pero lei mui dispareja. Hai hijos de la dicha
destinados a vivir del trabajo ajeno, pero a su lado estamos otros que
sobre perder siempre lo que es nuestro, no nos hallamos nunca un centavo
ajeno, ni encontramos jamas un zonzo que nos regale, o que pierda para
nosotros lo que está de Dios que pierda para otros.
Este mundo es una gran colmena de abejas que melifican para otros; pero
para muchos es tambien un ancho redil de carneros que llevan el vellon
para sus amos, i no hai pocos para quienes es un espacioso establo de
bueyes que se pintan solos para arrastrar el arado en beneficio ajeno.
Lo que Maron decia que les pasaba a todos esos animales, nos sucede
literalmente a los cristianos. Allá a los que no tienen la fé de Cristo
les pasa algo peor: testigos el Asia, el Africa i la Oceanía enteras,
donde el hombre no puede volar como las abejas, ni balar libremente como
los carneros, ni rumiar en tranquilo descanso como los bueyes. No
dejaria, sin embargo, de sucedemos a nosotros eso mismo, si el poder de
los que mandan fuese místico, o si los que hacen profesion de lo
místico, fuesen mandones: donde quiera que la relijion es gobierno, o
que el gobierno es el sacerdote, allí el hombre no solo está espuesto a
llevar el vellon como los carneros, sino que, lo que es peor, si escapa
de sus iguales, no escapa del amo comun, que a nombre de Dios le
convierte en bestia harto ménos limpia i noble que las abejas, que los
carneros i los bueyes del cantor de Arcadia.[6]
[6] Este pasaje alude al divorcio que en la época del escrito
tenia establecido el gobierno entre su partido, que comenzaba a
llamar _nacional_ i el partido conservador antiguo, en el cual
figuraban los eclesiásticos i los místicos.
Para aprovecharse de aquella dispareja lei de nuestra naturaleza, toda
la dificultad consiste en hacerse zángano, sin parecerlo. Pero el
zángano nace como el poeta i no se hace como el orador: la gran mayoría
nace para abejas, i por eso es que no hai quien escarmiente al saber por
esperiencia en cabeza propia que nadie sabe para quien trabaja. El que
nació para trabajar tiene que criar hijas bonitas para el zángano, tiene
que ahorrar i atesorar para el zángano, tiene que envejecer i gastar las
fuerzas de sus miembros o los alientos de su espíritu para que goce el
zángano. I es tal el imperio de esta lei, que a sabiendas el avaro vive
en la miseria por guardar para los zánganos, el usurero aprieta la soga
a los ahorcados para capitalizar para los zánganos, i el rico tonto se
desvive i madruga i se fatiga de la noche a la mañana i de la mañana a
la noche, tan solo para que gocen los zánganos que, despues de su
muerte, van a dividirse la herencia.
¡Como ha de ser! El refran dice:--«Dios te dé ovejas o hijos para
ellas;»--pero no dice:--«i lobos para comerlas,» porque esto no hai
necesidad de desearlo, pues lo que sobra son lobos en este mundo
pecador.
Así le sucedió al interesante Mr. Livingston, segun lo supo mucho tiempo
despues por un cura que encontró de paso para el otro mundo. Siguiendo
la relacion de este santo varon, sucedió que a las once i media de
aquella noche terrible, salió Julia haciéndose que andaba en puntillas i
se encaminó a una higuera de su huerto, la cual daba frente a un
portillo por donde debia entrar su desgraciado amante, a gozar de la
entrevista que tanto le habia costado conseguir. Pero el cuarto de donde
salió la hermosa Julia no quedaba solo: sentados allí en estrecho
círculo cuchicheaban la mamá de la doncella, el cura de la parroquia i
dos amigos de éste. Habia un complot. Se trataba de sorprender a la
niña, que se haria la sorprendida, en el momento de abandonarse
dulcemente en los brazos de su amante, que realmente iba a ser pillado
en todo el rigor de la palabra, pues se trataba nada ménos que de
cazarle, i casarle infraganti. La mamá habia tenido buen cuidado de
ocultar el nombre herético del novio, por evitar los escrúpulos del
señor cura; pero valiéndose del ascendiente que tenia en su ánimo, le
habia persuadido de que la cosa era mui llana de hacer, i le habia
asegurado la soltería del amante de Julia.
El perro de la casa, que era tan celoso como su ama vieja, dió unos
cuantos ladridos al sentir ruido en la huerta, hasta que olfateó el
perfumado ambiente de su ama niña; pero eso bastó para que se
desgañitaran los perros de la vecindad, que siendo leales vasallos de un
tio de Julia, callaron cuando tambien les dió en las narices el aroma de
la familia.
--Así ladran los perros cuando sale a verme Julia, dijo entónces el hijo
del tio, que a la sazon estaba en pié todavía picando un pliego de
papel, donde iba a poner, entre corazones i flechas picadas, unos versos
para su prima.
Decir i hacer, todo fué uno: el primo salió de su cuarto, apénas lo
intentó; saltó la cerca de su huerto i estando en el vecino, creyó ver
con los ojos del alma a su adorada Julia, levantando con la mano el
mismo traje de muselina con que la habia visto en la tarde, para sacar
con mas libertad un lindo pié calzado con zapatitos de cabritilla
bordados i ligados a la mórbida pierna con atacados de cinta negra que
subian cruzándose para arriba. Era el momento en que Julia llegaba a la
higuera, temblando de emocion i sin oir ni ver nada de lo que pasaba.
Lo que no sabemos decir, porque la historia calla en este punto, es si
el primo era el sustituto de don Guillermo en el corazon de Julia, o si
estaba colocado mas alto. Lo cierto es que uno i otro la adoraban, i
ella los amaba a ámbos, al uno por ser su primer amor i al otro por ser
su amor segundo, bien que la mamá no estaba por los primeros amores,
porque, segun su esperiencia, se contraian sin cálculo i a riesgo de no
tener en un matrimonio mas que pan i cebollas.
Cuando ménos lo pensaba Julia, se halló entrelazada por los brazos de su
primo, que entre sorprendido i enojado la reconvenia porque no le habia
avisado que iba a salir. Julia callaba, porque no sabia que responder;
pero dando a su desagradable sorpresa todo el aire de una emocion
amorosa, le hizo creer que iba a confesarse al dia siguiente, i que por
el calor, habia salido a examinarse debajo de la higuera.
A esto se siguió un ardiente escopeteo de súplicas mutuas, la una porque
la dejaran sola, i el otro porque le dieran una muestra mas de amor,
aunque fuese a riesgo de aumentar el catálogo del exámen de conciencia.
No habia remedio: Julia necesitaba terminar pronto aquella escena, ántes
que llegase Mr. Livingston; i acababa de abrir sus brazos al primo,
cuando cayeron sobre la pareja, como llovidos, la mamá, el cura i los
testigos.
Allí fué Troya: ciega la mamá de entusiasmo al ver el acierto de sus
planes, hizo su papel como lo tenia estudiado, sin conocer a su sobrino;
i dando el último golpe maestro, declaró que aquello no se arreglaba
sino con un casamiento incontinenti, porque el honor de su hija no podia
quedar en peligro i en descubierto ni un momento mas. No se queria otra
cosa el primerizo de Julia; así es que sin vacilar respondió tres veces
«sí quiero» a las tres preguntas sacramentales que el cura le habia
dirijido ántes que escampase el torbellino de la tia. Julia estaba
aturdida, pero como el cura contaba de antemano con su consentimiento,
no atendió a sus respuestas balbucientes, i dió su bendicion,
desahogando la relijiosa espansion de su corazon con un suspiro.
El cura quedaba satisfecho de poner con dos dedos una barrera
insuperable al pecado mortal. Julia se desmayaba en los brazos de su
novio. I la mamá, que acababa de reconocer a su sobrino en un cabeceo
que tenia por maña i costumbre en todas circunstancias, corrió
despavorida pidiendo luces a gritos....
El cura, despues de muerto, no refirió mas de esta historia a Mr.
Livingston; pero éste creia mui probable que, cuando las aguas del mar
se entreabrieron para dar un lecho en las arenas a su cuerpo arrojado al
aire por el Chibato de la cueva, Julia entreabria tambien sus sábanas
para dar un lecho abrigado i muelle al marido que acababa de cazar a la
media noche.
Todo puede suceder, porque nadie sabe para quien trabaja; pero como hai
en este mundo una justicia que tarde o temprano nos mide con la misma
vara que nosotros medimos, es de presumir que no se casara impunemente
aquel primo, que tenia una maña tan sintomática, i que sin saber lo que
pensaba el emperador Severo, casaba con una Julia medio desmayada, a la
media noche i debajo de una higuera que ella habia elejido de árbol de
la ciencia para otro Adan.
VIII.
El De profundis.
Pero, a propósito, ¿qué es de Mr. Livingston, a quien hemos dejado
despatarrado en la playa despues de su descomunal pelea con la fiera de
los cuernos?
¡Lo que son las mujeres, Dios mio! ¡Qué admirable poder tienen para
hacernos olvidar lo que mas nos interesa! Si el estudiante deja sus
libros i muchas veces cuelga sus estudios por seguir un palmito de
rosa; si el marido deja sus lares en completo abandono, arrastrado por
unos ojos que le hacen comprender la sabiduría de la poligamia; i si
hasta los viejos dejan a un lado la salvacion de su alma por perderla en
una mujer que los aguanta, ¿qué mucho es que un narrador deje a su héroe
estirado en el agua, miéntras da cuenta a sus oyentes de una Julia que
se habia atravesado en su cuento?
Previa esta escusa, vamos ahora a ver como se encuentra tirado largo a
largo don Guillermo, ya no en la playa, sino en el suelo de un De
profundis, que no sabemos si es cuarto o cueva, o si es un sepulcro o un
cajon de coche u otra cosa parecida. Es aquello una cavidad rectangular
donde el cielo, las paredes i el suelo son de pura piedra azuleja, sin
grieta, ni abertura, ni puerta, ni ventana. Por dónde ha entrado allí el
cuerpo de nuestro amigo, no lo sabemos. Por dónde entra ahora una
vislumbre rojiza que alumbra la estancia, tampoco. ¿Qué sitio es aquel,
a qué casa, palacio o cárcel pertenece? ménos. Pero ya que nada sabemos,
observemos; pues la observacion es el principio del saber.
Mr. Livingston parecia vivo: su cara estaba hácia arriba i sus facciones
enérjicas i regulares tenian un tinte sañudo que revelaba ira. Su cuerpo
hermoso i esbelto tenia el aplomo de una persona que duerme.
De repente levanta una pierna i la posa sobre la otra; estira un brazo,
luego el otro, como desperezándose, i los cruza sobre el pecho a
diferencia de Durandarte que, alargando uno de los suyos, decia:
«paciencia, i barajar.» Un hondo suspiro anuncia que ya vuelve en sí.
Abre los ojos, discurre la vista por la estancia: se toca, se siente
empapado i lleno de arena; busca su reloj, no lo halla; mete sus dedos
al bolsillo del chaleco, no encuentra su dinero; requiere su meñique en
busca de un anillo de oro que llevaba destinado a la cita, i ve que
habia desaparecido. Todo le anunciaba que habia caido en poder de
bandoleros i que lo del chibato, cuyo recuerdo se le avivó al instante,
no era mas que una farsa de Caco.
La prudencia le aconsejó entónces un reconocimiento del sitio. Se
levantó, lo vió i tocó todo, i se persuadió, de que estaba en una
hermeticidad de viva piedra, que no tenia salida alguna i aun le pareció
ver escrito de color oscuro el terrible
Lasciate ogni speranza, voi che entrate.
Abrumado, confuso, sin poder darse cuenta de su situacion, se quedó en
pié, estático, la vista fija, la boca entreabierta i los brazos cruzados
sobre el pecho. Pero Mr. Livingston estaba constipado, i fué
repentinamente asaltado de un furioso estornudo que le hizo dar señas de
vida. Instantáneamente se cuajó toda la roca de cabezas humanas que
estornudaban a reventar. El ingles se espantó; aparta sus ojos de las
murallas, mira al cielo i lo ve apiñado de cabezas estornudantes; baja
la vista i ve el suelo cobijado de caras que todavía estornudan.
Don Guillermo cerró los ojos, recapacitó un poco, i juzgó que era
juguete de una ilusion. Mas sereno, volvió a mirar, i advirtió que todas
las caras le hacian guiñadas, visajes i muecas, i que le sacaban unas
lenguas largas, húmedas i amoratadas. ¡Qué horror! Volvió a cerrar los
ojos, i un momento mas de reflexion, le dió nuevo valor. Entónces
meditó, apeló a todos sus recuerdos científicos i trató de indagar
cuáles eran los medios naturales que podrian producir aquel fenómeno. El
no queria consentir en que aquello fuese una cosa sobrenatural, ni
abandonaba la presuncion de hallarse en una guarida de bandidos, que
trataban de aterrorizarle despues de haberle robado. La calidad de la
luz que le alumbraba i la singular arquitectura de aquel De profundis o
caverna le sujirieron la idea de que cuanto veia era un efecto de óptica
producido por algun hábil prestijitador que habria entre los ladrones.
La dificultad estaba esplicada. El ingles abrió entónces los ojos mui
tranquilo, i casi risueño volvió a mirar las caras que siempre le
sacaban la lengua i le visajeaban. Dió unos cuantos pasos, i le pareció
que pisaba en carne viva. Se acercó a la muralla de enfrente, i
dirijiéndose a la cara mas atroz que le pareció, trató de apretarle las
narices, pero la cara le tiró un tarascon, haciendo una horrible
contraccion de enojo; los dientes se chocaron como las muezas de una
tenaza, i Mr. Livingston vió que habia escapado sus dedos merced a su
lijereza. Esta realidad que destruia su esplicacion científica, le
contrarió i le enfureció de tal modo, que dando a fondo un trompis a
toda fuerza contra la cara que le hacia frente, se hizo pedazos el puño
en la roca, como si no existiera aquel tapiz de cabezas humanas que
veian sus ojos.
Mas su furia, no tanto por el dolor, se convirtió en nuevo espanto,
cuanto porque observó que al dar su trompis, todas las cabezas habian
achatado i estirado sus narices hácia la boca i habian echado barbas
largas i cuernos retorcidos, convirtiéndose en cabrones de todos colores
i aspectos. Aquellos cuernos se tocaban, eran una realidad visible como
la que presenta a la simple vista cualquier animal cornudo. No habia
remedio. Falto ya de ciencia i de coraje, nuestro héroe se declaró
vencido, con el dolor de no poder repetir el dicho de Francisco I en
Pavia, dicho que tantos otros repiten aunque no venga al caso, i que
habria sido una blasfemia en esta ocasion, porque no era mui digno de
un ingles el dejarse vencer por chibos, ni mui honroso para un amante
rendido el caer agoviado bajo un diluvio de cuernos.
Don Guillermo se sentó en el suelo, entrelazó sus manos delante de sus
rodillas, inclinó la cabeza como para ocultar su impotencia, i esperó
resignado lo que sucediera.
IX.
Comienza a aclarar.
El corazon humano es mui leal, no hai duda; pero no sabemos por qué el
de Mr. Livingston palpitó al recuerdo de Julia, cuando su dueño habia
quedado poco ménos que en cuclillas, al aspecto de tantos cuernos. A esa
hora tal vez la bella almendralina, imposibilitada ya para tomar el velo
de monja, i durmiendo en el brazo izquierdo de su primo i marido, soñaba
con el ingles, pagando el primer tributo a la infidelidad conyugal.
¡Pero quién es dueño de un ensueño! ¡Ni quién es árbitro de los augurios
del porvenir! El cuadro que se representaba a los ojos del amante
abandonado podia coincidir con el que pasaba por la imajinacion dormida
de la infiel querida; pero si era una amenaza para el marido, bien podia
ser tambien un emblema de lo que sucedia el amante. Talvez aquello no
era otra cosa que una espresion de la doble infidelidad de Julia, que
traicionando a un querido, soñaba con traicionar tambien al otro. En
todo caso, ello no seria mas que una corroboracion de la teoría del
emperador romano sobre las Julias.
Mr. Livingston estaba realmente abatido. Amaba de buena fé, aunque no
habria querido casarse de buenas a primeras. Al fin era comerciante i
sabia que no se debia comprar sin muestras, sino cuando la especie es
mui barata i no cuesta tanto como la libertad de un soltero. En eso
meditaba, i no sabiendo si habia hecho bien o mal, desahogó su
incertidumbre, sacudiendo la cabeza i dando un suspiro. No tan pronto
abrió los ojos, cuando vió que se adelantaba hácia él un hombre de
fraque negro como él, que marchando hendia la roca de la muralla como si
fuera una nube o una sutil neblina.
Era el recien venido un hombre de regular estatura, flaco i nervudo, de
pelo de color incierto por las canas que se le entreveraban, i de
patilla angosta i mas canosa que la cabeza. Sus ojos grandes daban a su
cara un aspecto agradable i risueño.[7] Restregándose las manos como con
gusto, le dijo con familiaridad:
[7] Retrato del abogado Don José Felipe Gándara, notario de
Valparaiso, cuyo carácter jovial se trata de pintar en el
diálogo.
--¿Cómo va, don Guillermo?
--¿Quién es usted? contestó éste sorprendido de hallar allí quien le
conociera.
--Soi un escribano, añadió el otro sonriéndose.
--¿Qué tiene que hacer conmigo i en este sitio un escribano?
--Es que va a venir el juez del crímen a interrogar a usted.
--¡El juez del crímen! ¡A mí, que no soi delincuente! ¡Que soi por el
contrario víctima de un atentado atroz!
--No se asuste usted... Estos tienen la costumbre de entregar al juez
del crímen a todos los que caen en sus manos. Pero ya se reformará eso:
están pensando en someter a consejo de guerra a todos los que son de
otro color. Ya eso será mas llano i ménos molesto para nosotros, porque
un fiscal militar no tiene mas que atender a su formulario, para sacar
culpable al interrogado, i sea o no inocente, pone su conclusión fiscal
pidiendo que se le pase por las armas.
--¿Pero, por Dios, de qué se trata? esclamó Mr. Livingston desesperado
al oir hablar de procesos i acusaciones.
--Tranquilícese usted, le dijo amablemente el escribano; sométase a todo
lo que le manden, hágase el leso no mas, i verá como lo pasa bien.
Cuando me atraparon a mí, quisieron hacerme imbunche para que hiciera mi
noviciado, pero yo me allané a todo, i luego me dieron el mismo puesto
de escribano que tenia allá en el mundo.
Estupefacto Mr. Livingston, preguntó con voz ronca de terror.--¡I qué!
¿Acaso no estamos en el mundo?
--Nó, en el de allá arriba, nó. En el de aquí abajo, sí; respondió el
escribano.
--Luego estoi en una cueva de ladrones, esclamó el ingles; ya lo creia
yo al encontrarme sin mi dinero ni mis alhajas.
--Nó, no son ladrones. Le han quitado a usted eso, porque los jenios
están mui necesitados. ¿No ve usted que tienen que hacer tantos gastos?
Antes están pensando ahora en aumentar los derechos de importacion, en
ponerlos a la exportacion de la plata i demas productos del pais, i aun
en restablecer la bula de la Santa Cruzada para aumentar las entradas,
porque de otro modo es imposible conservar el órden.
Al oir esta respuesta del escribano, don Guillermo quedó mas confuso que
cuando se desengañó de que las cabezas i caras que le burlaban no eran
efecto de la óptica. Se calló aterrado, i el escribano le miró con
compasion.
Despues de una larga pieza de silencio, miró al curial como implorando
una esplicacion, i preguntándole adonde estaban.....
El escribano le comprendió i le dijo:
--Estamos no se adónde, don Guillermo, pero dicen que este pueblo es el
de los jenios de la colonia, que se han refujiado aquí desde la
revolucion de la independencia, i que desde aquí trabajan por inspirar a
los de arriba, por conquistar prosélitos i por hacer la
contra-revolucion para reconquistar su poder. Yo no sé lo que haya en
esto de cierto; yo veo todo lo que se hace aquí, i sé que es una pura
picardia; pero...
--¡I cómo no huye usted! le interrumpió el ingles sublevado en lo mas
noble de su corazon, al oir aquel lenguaje.
--Es imposible. Esto no tiene salida.
--¡Por qué no resiste usted, por qué se somete a servir a la
iniquidad!...
--Qué quiere usted, don Guillermo, si le pagan bien a uno, i uno es
pobre. No hai mas que aguantar.
Nuestro amigo vió que esa era la filosofía de todos en el mundo de donde
venia, i comprendió que en aquel mundo subterráneo se encontraba con
conocidos. El escribano era hablador, como muchos de su oficio; se
revelaba sin embozo, i censuraba sin cautela a sus soberanos, como
muchos empleados públicos vituperan al gobierno de que dependen, sin
perjuicio de votar por él en las elecciones i de obedecerlo ciegamente
en los mismos actos que le vituperan. Su filosofía es la del escribano:
¡que quiere usted, somos pobres i nos pagan! ¡Como si la pobreza
autorizara la maldad!
Pero con todo, Mr. Livingston no podia todavía atar los hilos que
recojia. Lo que le descubria la afable locuacidad del interlocutor,
quedaba oscurecido por la redundancia. Era necesario hacerlo que tuviese
mas precision en sus respuestas.
--Por fin, insistió el ingles, ¿en qué pais estamos?
--En el pais de _Espelunco_,[8] replicó el escribano con alguna
solemnidad, voz que se deriva de la latina _Spelunca_, que significa
_Cueva_. Aquí se usa mucho el latin, pues para ser buen Espelunco, es
necesario siquiera poder leer los salmos del santo rei profeta i asistir
a maitines.
[8] Anagrama de la palabra _pelucones_, con la cual se designaba
a los fundadores del partido conservador que, por sus
antecedentes en la época de la colonia, eran mas retrógrados i
mas aferrados al viejo réjimen.
--¡Cómo! ¿Se usan tambien esas cosas por acá?
--Sí, señor, todo lo que va en derrota por allá arriba tiene aquí su
refujio, principalmente la relijion.
--¡Hum! I dígame usted, ¿qué papel hace aquí ese chibato que me ha
atacado a mí esta noche, i qué son esa multitud de cabrones que habia en
estas murallas cuando usted entró?
--Ese chibato es el diablo, i los que se asomaban por aquí son sus
ayudantes, que jeneralmente sirven de público en este tribunal para
preparar el ánimo de los neófitos.
--¿Cómo se comprende esa asistencia de los demonios con las cosas
relijiosas de que usted me habla?
--¡Oh! Eso es mui fácil de comprender. Como aquí se sirve a Dios,
trabajando para que triunfe el espíritu antiguo tan atacado por la
revolucion, es sin duda lícito poner en juego al diablo i todas las
cosas, porque todo depende en este mundo i el otro de Dios. Fuera de que
el diablo no hace aquí nada que no sea bueno: su oficio es reclutar
jente, como le ha reclutado a usted, i luego abatirles la soberbia para
que se rindan por el terror. Hai muchos dóciles como yo, que al instante
nos allanamos a servir la causa. Hai otros mas renitentes, porque no han
nacido con vocacion para ser Espeluncos: a esos se les somete al
procedimiento de imbuncharlos, lo mismo que a los chicos que se pescan,
a los cuales se les hace imbunches para contar despues con mas seguridad
con sus servicios.
--Tenga usted la bondad de esplicarme ese procedimiento i su objeto.
--_Imbunchar_ se llama coserle al paciente con hilo fuerte i buena aguja
todos los agujeros, salidas i entradas de su cuerpo, teniéndole así
cierto tiempo de noviciado, privado de los cuatro sentidos mas
peligrosos, que son ver, oir, oler i gustar, hasta que, olvidado del uso
de esos sentidos, se le puede imprimir el carácter e inclinaciones de un
buen Espelunco.[9] El tacto esterno se les deja libre, porque hai una
tradicion entre los Jenios de la colonia, segun la cual no podrá
desencantar a la libertad del encanto en que ellos la tienen, sino el
hombre que sea capaz de vencer sin fuego ni hierro i solo con el empleo
de sus fuerzas corporales a cuatro monstruos que la guardan. Por aquí
verá usted que no hai peligro en dejar a los neófitos el uso de sus
manos, brazos i piernas.....
[9] Tal era lo que se referia en la conseja popular de la Cueva
del Chibato, i lo que significaba la palabra _imbunche_. En
lengua araucana hai una palabra de la cual se ha tomado aquella,
i es _ivumche_, que traduce el diccionario de Febres así: «los
que consultan los brujos en sus cuevas, donde los crian desde
chiquitos para sus hechicerías o encantos: a estos llaman los
indios--_ivúmcoñi_.»
La palabra del escribano fué interrumpida por la repentina aparicion en
la estancina de todas las cabezas cornudas que se habian ántes
ocultado.
X.
El interrogatorio.
Aquellas palabras i la variacion de escena hicieron creer a don
Guillermo que soñaba. Cuando el entendimiento por sí solo no puede darse
razon de un fenómeno, se rinde al prestijio del misterio i cree en lo
sobrenatural; pero hai hombres, como nuestro ingles, que por educacion i
por carácter rechazan toda intervencion sobrenatural en las cosas de
esta vida, i cuando no comprenden un hecho porque sus luces no les
alcanzan o porque su corazon no ayuda al juicio, lo llaman ensueño o lo
creen una ilusion del arte. Era esa la situacion de don Guillermo en los
momentos en que el juez del crímen se acercaba a él hendiendo la roca,
como la habia hendido el escribano, cual si fuera una neblina.
Era de aspecto sério el nuevo personaje, de cara pelada i llena, de ojos
capotudos i despreciativos, i de boca que anunciaba soberbia en sus
pliegues. Tenia este hombre un aire glacial i por su sequedad i sus
maneras parecia como hecho a propósito para el oficio.[10]
[10] Se trata de pintar el que entónces era juez de lo criminal
en Valparaiso, i despues uno de los sostenedores mas fervientes
de la política del gobierno absoluto, cuyos efectos se diseñan en
este cuento.
--¿Promete usted decir verdad en todo lo que se le pregunte? fué lo
primero que dijo, clavando una mirada amenazadora en don Guillermo; i
habiendo éste respondido afirmativamente, agregó: está bien, pero tenga
entendido que si no declara la verdad, le hago azotar por mano del
verdugo.
A semejante amenaza, se enrojeció el rostro del ingles i sus ojos
brotaron fuego; pero reprimiendo su furor, se limitó a observar que él
era súbdito de S. M. la reina de la Gran Bretaña.
Esta palabra pronunciada con noble orgullo hizo a los demonios que
presenciaban el acto mirarse i sonreirse complacidos, como si entre
ellos i los hijos de la poderosa Albion hubiera alguna simpatía.
El juez, haciendo un mohin de desprecio, agregó:
--No hai Gran Bretaña que valga, le azoto a usted si no declara o si me
anda con insolencias. Diga usted, ¿quiere seguir aquí su jiro de
comercio, con tal de que sirva relijiosamente a la causa del órden, como
sus paisanos, i combata enérjicamente todas las innovaciones que se
hacen en nombre de la libertad i todas las pretensiones que se dirijen
contra el espíritu antiguo de nuestra madre patria?
--Nó, respondió secamente don Guillermo.
--¿Cree usted en la libertad?
--Sí.
--¿Cree usted en la república?
--Sí.
--¿Seria usted capaz de servir a estas ilusiones perniciosas i de
sacrificar a ellas sus intereses de comerciante?
--Sí, i mil veces sí
--Que se le peguen cincuenta azotes, dijo el juez, dirijiéndose
bruscamente al escribano.
--¿Por qué? preguntó Mr. Livingston.
--Porque miente, dijo el juez: un ingles como usted no puede pensar así.
--Un ingles imbécil, concedo, agregó don Guillermo: el que solo piensa
hacer dinero, puede sacrificar a su negocio la libertad i el bienestar
de sus semejantes; pero el ingles que ama el nombre de su patria, hará
en cualquiera parte del mundo lo que sus antepasados hicieron para
conquistar la libertad de que goza la jeneracion presente, i sacrificará
sus intereses por alcanzar que la humanidad entera conquiste lo que la
Gran Bretaña desea, o por lo ménos lo que ésta tiene ya conquistado.
Tan enérjica respuesta hizo al juez refocilarse en su silla, al
escribano rascarse la frente, i a los cabrones de la muralla repiquetear
con sus cuernos por efecto de un movimiento horizontal de duda o
compasion que hicieron con la cabeza.
I mirando de hito en hito a don Guillermo, el juez le preguntó:
--¿Entónces dice usted la verdad?
--Nunca digo sino la verdad pura, fué la respuesta.
--¡Luego es usted leso! le dijo el juez como sorprendido.
--Segun i conforme: yo llamo zonzos a los que ocultan la verdad o
mienten, no a los que dicen la verdad, porque en la verdad no hai
peligro, ni el decirla trae los males de que va aparejada la mentira,
dijo el ingles con aplomo.
--Usted es un iluso, replicó el juez sonriéndose malignamente; no tiene
mundo, no es hombre práctico ni positivo. ¿No sabe usted que está en un
pais donde nadie puede vivir sino en el órden, i que viene de un pueblo
como el que está arriba, donde basta hacerse el abogado o el secuaz de
lo atrasado i del espíritu de órden antiguo para abrirse paso a la
fortuna, al poder i a todo lo que hai de grande en la realidad de las
cosas prácticas?
--Puede ser así, dijo un poco despechado don Guillermo, pero yo no
especulo con la mentira, ni quiero elevarme en alas de una ambicion
innoble, atropellando los fueros de la verdad i de la justicia.
--Decididamente usted es un leso, esclamó el juez, a no ser que sea uno
de esos locos de atar que traen el caletre trastornado por las ideas
revolucionarias, i que pretenden reformar el mundo, haciéndole olvidar
la relijion i renegar de la obediencia pasiva a sus tutores naturales,
sin cuyos bienes no hai órden ni sociedad posibles. Contra esos locos
obra nuestro poder, i miéntras tengan este sagrado asilo los jenios del
pasado, habrá esperanzas de que no cundan las ideas nuevas i de que se
rehabiliten con todo su esplendor en América el espíritu i las
costumbres de los afortunados tiempos de la colonia. Milagrosamente
tenemos ardientes servidores en el pais, cuyas entrañas habitamos, i no
hai peligro de que los locos de la libertad logren desencantarla del
poder de la _Mentira_, de la _Ignorancia_, del _Fanatismo_ i de la
_Ambicion_, que son los cuatro poderosos monstruos que la guardan,
devorando a cuantos tienen la locura de encararseles i de combatir con
ellos.
--Yo deseo hacerlo, replicó con entereza i vivacidad don Guillermo, i
sin hierro ni fuego venceré a esos monstruos, i les arrebataré su presa.
El togado i el golilla se rieron con desprecio, los demonios estiraron
sus cabezas para mirar al ingles como a una cosa curiosa, i éste quedó
impasible i sereno, como el que revela naturalmente i sin esfuerzo lo
que pasa en su conciencia.
El juez entónces, tomando un aire sério i ceñudo i ahuecando la voz,
dijo:--Yo conozco la especie de locura que usted padece, pero como
cuantos han venido con ella a estas rejiones, han curado milagrosamente
con una simple costura, le condeno a usted a sufrirla, con la calidad de
que cuando se canse de ser _imbunche_ i se sienta domado i dispuesto a
servir a nuestra causa, avise para que se le descosa. Pero si hai en
usted una tenacidad sobre natural que le mantenga firme en su locura, a
pesar del _imbunchaje_ de un año, irá usted a probar si puede
desencantar a su diosa.
Un balido jeneral de las cabezas circunstantes sirvió de aplauso a esta
sentencia definitiva. El juez i el escribano se eclipsaron en la roca, i
una mano poderosa que apareció de lo alto pegada a un brazo colosal,
agarró del cogote a don Guillermo i desapareció con su presa.
XI.
Los imbunches.
¡Feliz mil veces el que nace con alma de cántaro! Para ese, el coser i
hacer albardas todo es dar puntadas; i no ha menester de que a él le
peguen ninguna para ajustarle a un molde. El que tiene el alma vacía se
amolda a todas las ideas, o mejor dicho, recibe en su vacuidad cuanto le
derraman. ¿Qué mas le da que el mundo marche al oriente que al poniente,
que triunfe Dios o Lucifer, que el hombre viva en libertad o muera en la
esclavitud? Para él todo es uno, porque en este número se encierra toda
su filosofía.
En la Cueva del Chibato no se hacia imbunches a esa clase de hombres,
porque los jenios del pasado encuentran en ellos su mejor cosecha. La
gran mayoría de los seres humanos nace para la esclavitud, o por lo
ménos para servir de pasto o de sosten a los tiranos. ¡Qué amarga es
esta verdad! ¡Qué terrible! ¡Qué ofensiva al orgullo del hombre! ¿Pero
se puede acaso dudar de ella en presencia de los millones que viven
sometidos a la voluntad de un déspota, i de los millares de servidores,
santificadores i cantores que halla el despotismo donde quiera que el
infierno lo vomite?
Deciamos, pues, que contra esa gran mayoría no ejercian su poder los
jenios de Espelunco, sino contra los rebeldes que naciendo un poco mas
alumbrados, se enamoran de la libertad i sirven a su triunfo. Pero como
entre éstos hai variantes, como en todas las plantas de una misma
familia, sucede que muchos de los que no nacen para esclavos, son
palomos a nativitate, porque tienen la condicion de seguir al primero
que les hace _pió, pió, pió_ i les arroja algunas migajas. Admirable
poder del hambre sobre la naturaleza, poder que modifica hasta los
instintos de la organizacion. Para éstos no habia en el pais de
Espelunco ni costuras, ni suplicios, sino migajas i buen grano, pues los
palomos tienen alas para trasmigrar de rama en rama en busca de su
alimento.
Las costuras se reservaban solo para los espíritus fuertes, para
aquellos que conciben la verdad, que la aman i la proclaman, que la
sirven i se hacen crucificar por ella.
En esto estaban perfectamente de acuerdo los usos de la Cueva con los
del mundo que habitamos. Alguien ha dicho con mucho acierto que en todos
tiempos se ha sacrificado o quemado a los pocos hombres que han sabido
alguna cosa i que han sido bastante locos para dejar desbordar sus almas
i para revelar al pueblo sus sentimientos i sus miras; i no hai nada de
estraño en ello, puesto que en todos los tiempos los sacrificadores i
los quemadores no han podido sostener su autoridad sino a la sombra de
la mentira.
El buen corazon revela la verdad a los ignorantes, i la ciencia descubre
a los sabios la razon de las cosas; pero como el poder de los reyes i de
los presidentes no tiene corazon, o si lo tiene, lo tiene malo i
corrompido; i como anda siempre atras de la ciencia, ha sucedido siempre
que los amantes de la verdad i de la razon han sido despreciados i
sacrificados como locos o perturbadores del órden de cosas que se apoya
en la mentira i en el mal. No parece sino que los gobiernos tuviesen
constantemente a su oreja un Mefistófeles que les estuviera gritando a
toda hora:--«Despreciad la razon i la ciencia, esas fuerzas supremas del
hombre; dejad al espíritu de la mentira que os afiance en sus obras de
ilusiones i de encantamentos;»--pues vemos en todas partes i en todos
tiempos, que los que mandan se esfuerzan por sostener el error, cerrando
los ojos a la luz de la ciencia que les descubre la verdad i que les
revela la injusticia de sus leyes i de sus actos. ¡Ai del que tiene
espíritu fuerte para proclamar la verdad! La persecucion i el sacrificio
son su lote, i si tiene bastante fortuna para escapar con vida, el
desencanto i el cansancio completan la obra, agotando su fé,
inhabilitándole para siempre: son raros los que salvan de ese naufrajio.
Ese es el mundo; pero en Espelunco se habia perfeccionado el sistema:
allí se habia sustituido la aguja a los medios ordinarios de persecucion
usados por el despotismo vulgar. La aguja, este antiquísimo
instrumentillo, que en los tiempos modernos ha sido tan perfeccionado,
servia a los jenios del pasado para secuestrar completamente, para
anular a los hombres animosos que no nacieron para la esclavitud, ni
para ceder al hambre como los palomos. ¡Cuánto ganarian los gobiernos si
adoptaran ese plan! Anulando a los amigos de la verdad i de la justicia,
anularian tambien la libertad; secuestrándolos, no en una cárcel, sino
en la sociedad misma, inhabilitándolos por medio del desprecio i del
olvido, convirtiéndolos en verdaderos párias, los desarmarian i se
ahorrarian de sacrificarlos pomposamente en un destierro, en un calabozo
o en un patíbulo. Allá en la Cueva se hacia esto fácilmente imbunchando
a los rebeldes: acá, al aire libre, se puede tambien imbuncharlos, sin
coserlos, pues basta agotarles el espíritu por medio de una perpetua
hostilidad.[11]
[11] Esto era lo que sucedia en Chile a la época en que se
escribia esta pájina, i es lo que sirve de tema a la alegoria del
cuento.
No sino, cosed a un infeliz mortal todas sus avenidas, todas sus
entradas i salidas. Mantenedle así algun tiempo contrariado en todos sus
instintos naturales, en todos los usos i costumbres que su organizacion
le imprime, i vereis cómo su espíritu se agota, su fé se disipa, sus
fuerzas se aniquilan. Esa era la suerte a que estaba sentenciado nuestro
valiente don Guillermo, i los demonios, ayudantes de la justicia
ordinaria de aquel pais embrujado, le habian arrancado del De Profundis
en que fué interrogado para conducirle al barrio de los imbunches.
XII.
Tambien hai brujas hechiceras.
¡Qué órden tan admirable reinaba en el pais de Espelunco! Allí estaba el
modelo del buen gobierno, no a lo Felipe II, que era lo que en otro
tiempo se llamaba buen gobierno, sino del buen gobierno a la moda, que
consiste en esclavizar al pueblo i en apretarlo hasta hacerle saltar la
sangre i las lágrimas a nombre de la libertad en el órden[12] i de los
progresos i felicidad universal. Bien decia Mefistófeles: «La
civilizacion que pule al mundo se ha estendido hasta el diablo: no se
trata hoi de cuernos, de cola, ni de garras.... A ejemplo de los
jóvenes, he adoptado, desde muchos años ha, la moda de las pantorrillas
postizas.»
[12] Este era el lema de la política de entónces.
Tal ha hecho el despotismo civilizado. Es preciso ser mui torpe para
despotizar hoi como el rei Bomba, para presentarse al pueblo con
cuernos, garras i cola, o con otras deformidades o adefesios a la laya,
cuando se puede dominar tan bien a la sombra de una palabrota,
como:--«El imperio es la paz;» «Viva la federacion, mueran los salvajes
unitarios;» «El principio de autoridad;» «La libertad en el órden i el
órden en la libertad;» o si no, gritando como los moros que invadian la
España:--«Viva la relijion, vamos robando.»
Los Jenios comprendian bien i hacian mejor su tarea. El barrio de los
imbunches era un gran seminario, donde se preparaban buenos ciudadanos,
pacíficos, modestos i mansos, como bueyes. A los tontos no hai necesidad
de prepararlos, a los egoístas tampoco, a los ignorantes ménos, a los
palomos basta arrojarles migajas; pero a los que nacen con el espíritu
chispeante, es necesario apagárselo, i para ello era un escelente medio
el imbuncharlos. Allí estaban los imbunches, inermes e inertes, andando
a tientas i a topetones, bajo la direccion de las brujas que los cosian
i que los dirijian en sus pasos dentro de aquel limbo de preparacion.
Mejores directores no podian haber hallado los Jenios, si es que
condicion de las brujas sea el ser engañadoras, embusteras, rabiosas,
envidiosas, cobardes i aleves.
Cuando Mr. Livingston cayó allí arrojado por los demonios, torbellinos
de brujas se revolvian a flor de tierra tirando hebras de hilo de una
madeja sin cuento que se disputaban, se quitaban, arrojaban i enredaban;
otras enhebraban convulsivamente sus agujas, i algunas las esgrimian en
ademan de dar puntadas, haciendo visajes horrendos. Todas chillaban como
micos, ahullaban como perros, mayaban como gatos, i gritaban i silbaban
i pifiaban.
Un enjambre de brujas se echó sobre don Guillermo, cuando le vieron caer
como llovido i en la misma situacion en que debió encontrarse el padre
Adan, cuando se halló de repente en el paraiso, estupefacto, abismado i
sin alientos para tener malicia, ni pudor, ni virtud, ni esperanza, ni
fé, ni caridad. Ese interregno del alma, esa evaporacion del espíritu
producida por el espanto, realzó la belleza natural del ingles,
bañándole de un candor apacible, de una inocencia inefable, como la que
forma aureola al niño hermoso que descansa desnudo en el regazo de su
madre.
Las brujas se lo arrebataron i disputaron con una algazara propia de
moros encarnizados en un combate: cual le tomaba en sus brazos, ésta le
hacia saltar por el aire, aquella le peloteaba, la de mas allá volaba
con él bien aferrado, hasta que una turba la alcanzaba i se lo quitaba
para volar con él en direccion opuesta. Todas preparaban sus agujas,
algunas le tiraban sus puntadas i todas se enredaban i estorbaban por
coserle las primeras.
Pero una bruja hermosa, que tambien las hai; bruja que no merecia el
nombre de tal, sino el de hechicera, porque cautivaba con sus ojos que
habian robado algo a la esmeralda, porque prestijiaba con sus
movimientos graciosos, i con una cabellera castaño claro capaz de
enredar el alma como una mosca en la telaraña, se apodera de repente del
neófito. La caterva la sigue con furor, pero ella con sus hechizos, con
sus untos o sus polvos, no se sabe cómo, se convierte, i metamorfosea al
ingles en un abrir i cerrar de ojos, en pájaro, i ámbos a dos tienden el
vuelo, dejando el torbellino de brujas viejas i de brujas niñas
revolcándose de rabia. Muchas repitieron la misma metamórfosis, pero
aunque hubieran volado como el halcon, ya no era posible alcanzar a la
bella pareja que se remontaba i se perdia de vista.
XIII.
Lucero.
Mr. Livingston hacia de pájaro a las mil maravillas. Volaba i mas volaba
al lado de su pareja, sin abrir siquiera el pico para preguntarle a
donde le llevaba o para darle las gracias por su salvacion. Talvez
dudaba él de poseer el habla o temia desencantar a su salvadora dando un
gorjeo como el cuervo, o algun graznido como el pavon de Juno. No se
habia ensayado en todas las costumbres de su nuevo estado i aceptaba su
papel de pájaro volátil simplemente con toda la buena fé de un ingles
honrado, i por eso no se atrevia siquiera a pensar. Fuera de esto, la
novedad del encanto i el placer de dar un vuelo le traian arrobado; i en
verdad que no era para ménos: verse cortando raudo los aires, dulcemente
mecido por un par de alas que se balancean, es una delicia inefable que
absorbe el pensamiento i apaga la gratitud i todos los sentimientos que
sirven de lazo entre los hombres que andamos. Los pájaros no deben
sentir, ni deben tener vigor para pensar cuando van ejecutando una
operacion tan estupenda como es el volar. Sin duda esa es la razon por
que no se les ve hacer las funciones serias de la animalidad, sino
cuando se asimilan al hombre usando de sus dos piernas.
Así lo juzgó despues don Guillermo, cuando recordó que viendo el mundo
de Espelunco, allá a lo léjos, mecerse en su atmósfera inflamada, no
recibió con esa vista mas impresion que si viera a Júpiter por el tubo
de un telescopio; i de aquí concluyó que para pensar, discurrir i sentir
como hombre, era necesario tener la forma humana, i que fuera de esta
forma el pensamiento i la sensacion cambian de naturaleza.
Otra cosa fué cuando ambos pájaros, poniendo fin a su vuelo, posaron en
tierra sus piés humanos, viéndose convertidos instantáneamente en hombre
i mujer situados a la puerta de un inmenso edificio. Ambos se miraron
con curiosidad, despues con ardor, fascinándose el ingles con la vívida
luz de los ojos de esmeralda de Lucero; i sintiendo un simultaneo latido
en el corazon, se abrazaron i se estrecharon como dos amantes antiguos
que se encuentran despues de una larga ausencia.
Al primer respiro que desahogó su pecho, Mr. Livingston, mirando con
avidez a su pareja i asaltado por un recuerdo, le tomó la mano
cariñosamente, i le dijo:
--Anjel mio, mi salvadora, ¿quién eres?, dime; tú no eres Julia ¿no es
cierto?
--Nó, yo soi Lucero, respondió la hechicera: así me llaman las tias,
desde que me trajeron del mundo i me enseñaron su oficio.
--¿Cuánto tiempo ha que estas aquí?
--Desde el primer año de mi edad, fuí robada de mi casa. No he conocido
a mis padres i cuento ya veinte años de vida, veinte años que han sido
para mí veinte siglos, i que serán una eternidad mas, si un hombre que
me ame no me desencanta.
--¿Qué es necesario para desencantarte? Yo te amo; no, no, te adoro, te
has hecho dueño de mi alma. ¿Qué he de hacer para salvarte, Lucero de mi
vida?
--¡Ah! ¡se necesita mucho! ¡Un gran sacrificio! El que me ame ha de
peregrinar veinte años sin cesar entre dos grandes ciudades de mi
patria, para hallar, al fin de tres mil viajes que ha de hacer en los
veinte años sin que la falte ni sobre tiempo, el talisman del
PATRIOTISMO que se ha perdido en una de esas ciudades. El dia del
hallazgo será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad; i yo
podré volver a ejercer en mi patria mis funciones, pues soi el hada del
noble sentimiento perdido. El hombre que acometa tan alta empresa ha de
tener un corazon formado para el amor, i no para el odio, profundas
convicciones, ardiente fé en el porvenir i perseverancia
incontrastable......
--Si no es necesario mas, yo soi ese hombre, esclamó con entusiasmo Mr.
Livingston: ponme en camino i fia en mí, Lucero, si no se necesita otra
cosa.
--Sí, hai algo mas: el hombre de que hablamos ha de pronunciar de cierto
modo en cada una de las dos ciudades tres palabras sacramentales,
cuantas veces llegue al término de un viaje.....
--Dímelas, interrumpió con viveza don Guillermo.
--Nó, tratemos primero de tu salvacion; despues debo probarte, i cuando
tenga en tí plena confianza, sabrás esas palabras.
--¿I cómo vas a salvarme?
--Voi a pedir a los Jenios tu libertad.
--¿Qué no sabes que estoi sentenciado? Los Jenios me forzarán a cumplir
mi condena, a no ser que me permitan cumplir la promesa que he hecho de
desencantar a la Libertad, venciendo sin hierro ni fuego a los cuatro
monstruos que la aprisionan.
Una sonrisa inefable iluminó el bello semblante de Lucero, i luego, con
la ternura que inspira a una persona esperimentada la candorosa
inesperiencia de un niño, tomó las dos manos de su amante i con dulzura
le dijo:
--Nó, piensa primeramente en hallar el Patriotismo perdido; despues esa
virtud celeste, por sí sola, completará lo obra de vencer sin hierro ni
fuego a aquellos monstruos.
--Entónces es indudable, replicó Mr. Livingston, que los Jenios me
someterán a la sentencia que sobre mí pesa.
--Tampoco; no lo temas, le dijo Lucero: los Jenios practican aquí lo que
inspiran a sus adeptos de allá arriba: aquí la voluntad que forma las
leyes está sobre las leyes, i éstas no se dictan sino para los
indiferentes i para aplicarlas sin piedad a los enemigos; pero para los
que las hacen i sus amigos son una regla elástica que se alarga i se
encoje como conviene, conservando su forma. Un medianero rara vez deja
de alcanzar lo que se desea, cuando pone en juego ciertas influencias;
su empeño se convierte en interpretacion, cuando hai necesidad de salvar
las formas, o simplemente en mandato, cuando la lei no se opone
abiertamente. Así caen las leyes i las sentencias, i así caerá la que te
condena, cuando yo haga valer mis relaciones i el interes que hai en
tenerme siempre grata para que no anhele volver al imperio que me
corresponde como hada del patriotismo.
--Soi tuyo, Lucero de mi alma; me entrego con amor a tu poder i
sabiduría. Sálvame, que yo te pagaré con un inmenso amor; i aunque
emplée toda mi vida en salvarte, moriré contento, si tú mantienes en mi
ancianidad el fuego de mi corazon.
--Nó, tu alma i tu corazon no envejecerán, si te alienta mi amor; i aun
cuando el tiempo blanquée tu cabeza i desgaste el vigor de tu cuerpo, yo
le volveré su juventud i su hermosura con el primer abrazo que te dé
allá en el mundo.
XIV.
El alcázar de los Jenios.
¡Ai, desgraciado del que nace feo! ha esclamado algun poeta dominado del
númen de la verdad, mas que del estro de la poesía; i en realidad que no
es una ilusion poética la desgracia que trae consigo la fealdad. ¿Qué
feo inspiró jamas un amor a primera vista? El feo que logra ser amado,
lo consigue siempre a fuerza de mañas, o de bondad de corazon, o de
injenio: por eso las mujeres que se ven conquistadas por un feo se
escusan amenudo con un--«¡pero si es tan bueno!»--u ocultan su vergüenza
bajo el prestijio de la habilidad o del talento de su feo. ¡Mas qué
será, Dios mio, del que ademas de tener la fealdad en su cara, tiene la
pobreza en el corazon i menguado el entendimiento! A ese solo puede
salvarle el capricho femenil, i si no sabe esplotarlo o si no es capaz
de aprovecharse de las estravagancias de una mujer, no le queda otro
mundo que la celda de un convento, ni otro amor que el de Dios.
Al fin esto es algo: peor es entregarse como Calivan al amor del diablo.
¡I sin embargo, hai tantos Calivanes en este mundo, que sin ser hijos de
la bruja Sycorax, tienen una intelijencia grosera, un natural ruin i una
figura humana con todos los instintos i deformidades de la figura bruta!
¡Para esos, la maldicion del hombre i de la mujer! El que nace Calivan i
no tiene la virtud de la conformidad, i en lugar de hacerse bueno,
cultiva la envidia, i se enardece con el odio i el egoismo, es un
monstruo que no merece tan siquiera los caprichos de una bella, ni las
estravagancias de una fea, porque la mujer que se dejase conquistar por
él, no podria disculparse con un--«¡pero si es tan hábil!»
Afortunadamente no se hallaba don Guillermo clasificado en ninguna de
estas categorías de la fealdad, como fácilmente se habrá colejido al
verle enamorar con solo su presencia a una hechicera tan encantadora por
sus gracias como por sus artes. I aquel amor era como todos los que se
descifran a primera vista: él i ella se habian leido el corazon el uno
al otro, i se habian intimado i casi cristalizado, como si llevaran
largos dias de buen trato i de dares i tomares.
Hallábanse los enamorados a las puertas de un inmenso edificio, que era
el alcázar de los Jenios, cuando se cambiaron sus últimas promesas.
Lucero penetró en el alcázar seguida de su pájaro, el cual no tenia ya
ni la forma de tal, ni la del padre Adan en que habia sido cazado: era
el mismo hermoso don Guillermo que solia ver en su meson Madama Ferran
por las tardes, con la diferencia de que su rostro estaba ahora radiante
con las luces del amor i de la esperanza, i no sombreado por las dudas
que en otro tiempo le inspiraba Julia.
Lucero se perdió en aquella atmósfera crepuscular que ocupaba los antros
del alcázar, dejando a Mr. Livingston en un punto de apoyo desde donde
podia descubrirlo todo. No habia allí salones, ni apartamentos, ni
bóvedas, ni suelo: era un espacio inconmensurable, infinito, sin luz,
porque no eran sus habitantes los Jenios de la luz; ténuemente alumbrado
por un claror parecido al de la incierta luna bajo la enramada de una
encina, como el que alumbraba el infierno cuando el poeta lo visitó.
Sombras diáfanas pero opacas circulaban lentamente, unas verticales,
otras inclinadas, éstas recostadas muellemente en el ambiente, i muchas
como hendiendo el aire para subir o descender: eran los Jenios, i los
habia de todas dimensiones i figuras, pero conservando siempre aquella
forma que los pintores dan al alma, cuando la representan
desprendiéndose del cuerpo que muere. Voces metálicas, sonoras,
vibrantes, como las que arranca una pasion ardiente, surjian de todas
partes, al parecer en confusion.
Pero esa confusion era aparente: cuando don Guillermo fué recobrando el
imperio de su discernimiento i el uso de sus sentidos, libre ya del
estupor que le habia causado la novedad i estrañeza del espectáculo,
observó que en todo reinaba un órden admirable, i que los Jenios,
poseedores del portentoso poder de abrazar aquella inmensidad con una
mirada, con su voz, con su atencion, se comprendian sin estorbo, i se
ocupaban familiarmente de sus tareas sublimes. La intelijencia humana
del ingles no alcanzaba a descifrar otra cosa, sino que desde aquel
centro inconmensurable partia la inspiracion para el mundo profano; pero
no podia esplicarse cómo, ni podia distinguir a los mensajeros que
trasmitian los apotegmas con que resonaban los antros. A juzgar como
puede hacerlo un mortal, se trataba allí de muchos puntos
simultáneamente.
En algunos círculos se ocupaban al parecer en dictar la Constitucion
política de un pueblo, pues se oia vibrar una o muchas voces que
esclamaban:
«Aquella es la mejor de las constituciones políticas, que mas fácilmente
puede ser desobedecida i burlada por los que mandan, mediante una sábia
interpretacion, o merced a alguna cláusula que destruya las garantías
que ella concede.»
«Los abusos de la autoridad son santos, o por lo ménos inocentes: cuando
se trata de evitar el uso de la libertad i los abusos de los que
obedecen.»
«La fuerza del poder no debe buscarse en la opinion ni en el concurso de
los intereses de todos, sino en las armas i en los tesoros; pues la
resistencia a las pasiones ajenas i a los intereses ajenos es la mejor
política de los que mandan.»
En otras partes se oian proclamaciones que parecian consejos:
«No hai leyes buenas, se decia, si son malos los hombres encargados de
aplicarlas: corromped el corazon de los hombres i no tendreis que temer
de las reformas.»
«Enseñad a esperarlo todo de la voluntad de los que mandan, i así
acostumbrareis a los hombres a respetar la autor
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