La araña negra, t. 9/9
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #45837 · 342,985 chars · public domain (US)
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Title: La araña negra, t. 9/9
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: May 30, 2014 [eBook #45837]
Most recently updated: November 28, 2024
Language: Spanish
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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en
el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LA ARAÑA
NEGRA
NOVELA
TOMO NOVENO
[Illustration: colofón]
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030
MADRID
Imp. Zoila Ascasíbar. Martín
de los Heros, 65.--MADRID.
NOVENA PARTE
EN PARIS
(CONTINUACIÓN)
IX
El entierro de Alvarez.
Estaba Zarzoso leyendo la sección de noticias de un periódico de la
noche y se disponía ya a acostarse, en vista de que los relojes de la
plaza del Pantheón acababan de dar la una de la madrugada.
Las caídas cortinas del lecho ocultaban a Judith, que roncaba con
bastante estrépito, y la luz del quinqué crepitaba de un modo alarmante,
dando a entender que estaba próxima a apagarse por falta de petróleo que
alimentase su llama.
Sonaron atropellados pasos en el pasadizo que conducía a la habitación,
y Zarzoso, sin poder explicarse el motivo, sintió cierto sobresalto,
pues sus nervios se hallaban muy excitados a causa de una reyerta que
había tenido con la hermosa rubia, antes de acostarse ésta.
Llamaron a la puerta con dos suaves golpes, y el joven se apresuró a
abrir, presintiendo que algo grave ocurría. En la penumbra del pasillo
percibió a Agramunt, que parecía haberse vestido apresuradamente
momentos antes, pues todavía se estaba abrochando el chaleco, y llevaba
la corbata sin anudar. Tras él aparecía un viejo, de aspecto ordinario,
que mostraba ser por su aire un portero de casa pobre.
Agramunt hablaba con voz queda y acento misterioso.
--¿Estás solo, Juanito?--preguntó--. ¿Duerme Judith?
Zarzoso contestó con un gesto afirmativo, y entonces su amigo se
apresuró a decir:
--Toma el sombrero y vámonos inmediatamente. Ocurre una cosa grave, una
desgracia.
--¿Qué es?--se apresuró a preguntar Zarzoso.
--Vámonos en seguida, ya te lo contaré por el camino.
Y mientras que Zarzoso, de puntillas, para no despertar a su querida,
buscaba el sombrero y el gabán, Agramunt le decía en voz baja:
--Acaba de venir a buscarme este buen hombre, el portero de la calle del
Sena. Don Esteban está gravísimo; una dolencia mortal. Creo que ya debe
haber expirado hace rato.
Y el joven escritor decía esto convencido de que su viejo amigo hacía ya
mucho tiempo que había muerto, pues conocía el carácter de Perico, su
antiguo criado, y comprendía que muy terrible debía ser el suceso para
que se decidiera a avisar a los amigos.
Zarzoso acabó de arreglarse y, de puntillas, salió de la habitación, sin
que se apercibiera de su marcha Judith, que seguía roncando.
Los tres hombres, al estar en la calle, apresuraron la marcha, como si
alguien les persiguiera, y jadeantes y sudorosos llegaron a la casa de
la calle del Sena, en la que reinaba gran agitación.
En la escalera tropezaron con el comisario de Policía del distrito y sus
empleados, a los que había ido a llamar la mujer del conserje, en vista
de lo repentino de aquel fallecimiento.
Perico estaba desolado, y con ese gesto de estupidez que proporciona una
desgracia tan abrumadora como inesperada, iba de un lado para otro, con
la inconsciencia del loco, por todas las habitaciones de la casa, dando
de vez en cuando lastimeros mugidos para desahogar su pecho de hércules,
agitado por torrentes de llanto que pugnaban por salir y no podían.
Casi en el centro del salón, frente a la chimenea donde humeaban algunos
tizones, y de aquel retrato de la mujer adorada, yacía el cadáver de
Alvarez, como enorme masa que sólo alumbraba, en parte, la luz del
quinqué puesto sobre la mesa de trabajo.
Estaba tendido de espaldas, con los brazos casi en cruz, y en su rostro,
qué rápidamente iba adquiriendo un tono violáceo, brillaban sus ojos,
desmesuradamente abiertos, como si aún persistiera en el cadáver la
sorpresa que le causó sentir una muerte que llegaba rápida e
instantáneamente, como el rayo.
Perico, que se había colocado junto a los dos amigos, hablaba
lentamente, cortando sus palabras con suspiros penosos, y rehuía la
vista del cuerpo de su señor, como si temiera caer en un nuevo acceso de
desesperación a la vista de aquel cadáver que en vida fué lo que él más
quiso.
¿Quién iba a esperar aquello? El señor, antes de comer, había ido al
café de Cluny a pasar un rato, y volvió cerca de las ocho, cuando él ya
estaba arreglando la mesa.
Parecía más decaído y triste que de costumbre; comió silenciosamente,
dando de vez en cuando suspiros que alarmaban a Perico, y después de
levantado el mantel, comenzó a hablar del pasado a su sirviente y de la
posibilidad de que él muriera en plazo breve y cuando menos lo esperase.
Recordó con dolorosa amargura a la hija que tenía en Madrid; habló de su
ingratitud, a pesar de lo cual la amaba cada vez más, y, como
consecuencia de todo lo que habló, le dijo así a su antiguo asistente:
--Mira, muchacho: mi hija me odia; buena prueba de ello es que ha roto
sus relaciones con ese buen chico de Zarzoso sólo por saber que era
amigo mío; pero, al fin y el cabo, es mi hija y no puedo dejarla
desamparada, pues sé que, a pesar de que tiene familia, se halla rodeada
de enemigos que conspiran contra ella. Si yo pudiera volver a España,
velaría por mi María, aunque ella me pagase con la más repugnante
ingratitud; pero si yo muero y tú quedas libre para volver a la patria,
has de jurarme que vivirás cerca de ella, que velarás por su
tranquilidad y que la defenderás en cuantos peligros pueda correr. ¿Lo
juras así?
Perico prometió todo cuanto su amo quiso exigirle. El estaba dispuesto a
obedecer a don Esteban más allá aún de la tumba, y muerto su señor
quedaba libre y podía abandonar París para cumplir esta última voluntad;
pero lo que él no sospechaba es que el fin de la existencia de su amo
estuviera tan próximo como éste lo presentía.
Don Esteban tuvo frío y se sentó junto a la chimenea, permaneciendo allí
hasta cerca de media noche.
Su criado, que estaba en el comedor, le oyó varias veces suspirar,
murmurando palabras que él no comprendía.
--"¡Yo soy el responsable de ese rompimiento!", decía con acento
quejumbroso. "¡Yo soy el autor de la degradación de ese joven!"
Era ya cerca de media noche, cuando sonó en el salón un suspiro sordo,
pero tan angustioso, que a Perico, según su propia expresión, le puso
los cabellos de punta.
Entró apresuradamente en la gran sala y aún pudo ver a su señor que
acababa de levantarse del sillón y que, tambaleándose, con las manos
puestas en el pecho, como si pretendiera abrírselo en un fiero arranque
de angustia, anduvo dos o tres pasos para caer después desplomado.
Cuando Perico, a pesar de su dolorosa sorpresa, se convenció de que su
señor había muerto, pidió socorro a los porteros; y mientras el marido
iba en busca de los dos amigos del difunto que vivían más próximos, la
mujer se dirigió a la Comisaría del barrio para que se instruyeran las
diligencias propias del caso. El médico oficial, que debía de volver al
día siguiente a practicar la autopsia, manifestó que don Esteban había
muerto a consecuencia de la ruptura de un aneurisma que se le había
formado hacía ya mucho tiempo.
Los dos amigos, en vista del aturdimiento de Perico, se encargaron de
todas las gestiones que era necesario hacer en tales circunstancias.
Agramunt redactó unas cuantas líneas para los periódicos de la mañana,
anunciando la muerte de aquel emigrado que había perecido en la
obscuridad a pesar de haber desempeñado altos cargos; y mientras el
portero iba a llevarlas a las Redacciones, él, impulsado por su
actividad de buen muchacho servicial, salió para ir a una Agencia de
pompas fúnebres, a arreglar lo concerniente al entierro, que se había de
verificar al día siguiente, a las tres de la tarde.
Zarzoso se quedó solo en el salón, frente al abandonado cadáver de
Alvarez, mientras Perico, fuera, en el comedor, disputaba con la vieja
portera, que, en vista de su angustia, quería hacerle tragar algunas
tisanas para calmarle.
El médico miraba con terror el cadáver de su viejo amigo.
Aquellas frases incoherentes que Alvarez había pronunciado antes de
morir, y que resultaban ininteligibles para su criado, las comprendía él
fácilmente, y sentía por ello intenso remordimiento.
Aquel hombre desgraciado había fallecido víctima de la preocupación
dolorosa que en él produjo la creencia de que, involuntariamente, había
sido la causa del rompimiento de relaciones entre Zarzoso y María.
Lo que más entristecía al joven y le avergonzaba era la injusta opinión
de virtud en que le tenía Alvarez; y al mismo tiempo le aterraba la
sospecha de que éste, antes de morir, podía haberse convencido,
casualmente, de la degradación en que estaba el mismo a quien él creía
un joven de buenas costumbres.
Cuando volvió Agramunt, después de cumplidas sus comisiones, los dos
jóvenes, ayudados por Perico, levantaron de la alfombra el cadáver de
don Esteban, y a fuerza de puños lo llevaron hasta la cama, donde cayó
sordamente, con el peso abrumador de la muerte, y haciendo rechinar los
hierros del lecho.
La mañana siguiente la pasó Agramunt corriendo París, para avisar a
todos los compañeros de emigración y a cuantos españoles conocía y
ultimar los preparativos del entierro, que había de ser lo que la gente
llama bastante correcto, pues el editor para el que trabajaban los
emigrados se había brindado a pagar todos los gastos.
Zarzoso tuvo que sostener una ruda pelea con Judith, que por uno de los
caprichos de su extraño carácter se empeñaba en ir a ver al muerto,
proposición absurda para el joven, que pensaba que aquello equivaldría a
un insulto póstumo.
Zarzoso y Agramunt juntaron sus ahorros para comprar una corona, y el
primero, vestido correctamente de luto, llegaba a la calle del Sena poco
antes de las tres.
Un coche fúnebre, de buen aspecto, estaba parado junto a la casa
mortuoria, y su presencia había hecho salir a las puertas, impulsados
por la curiosidad, a todos los industriales, porteros y comadres de las
casas inmediatas.
En el portal estaban agrupados unos cuantos españoles, demostrando con
sus diversos trajes y sus gestos más o menos tranquilos, las veleidades
de la fortuna, que mientras acaricia a unos trata a otros a bofetadas.
Llegaban de los extremos de París los náufragos de las borrascas
revolucionarias que la persecución había barrido más allá de los
Pirineos, todos con el gesto avinagrado, la mirada altiva, el traje
raído, y un mundo de absurdas esperanzas en la imaginación.
Aquel suceso servía para agrupar a la desbandada colonia de emigrados,
que, esparcidos por los cuatro extremos de París y entregados a diversas
ocupaciones, pasaban meses enteros sin verse, y aprovechaban la ocasión
para estrecharse la mano y hablarse amigablemente como compañeros de
desgracia; esto, sin perjuicio de separarse de allí a dos horas para no
volverse a encontrar hasta de allí a medio año.
Parecían muy impresionados por la muerte de Alvarez; sentían una
espontánea emoción; poro, a pesar de esto, reunidos en grupos en aquel
portal, departían sobre su tema favorito, y fundándose en el triste fin
del difunto, que había muerto pobre, abandonado y lejos de la patria,
cosa que les podía ocurrir muy bien a ellos, hablaban egoístamente de la
necesidad de hacer la revolución cuanto antes, para que terminase su
violenta situación de emigrados.
Bajaron el cadáver encerrado en un sencillo y elegante féretro, sobre el
cual se amontonaban más de una docena de coronas, dos o tres de
artísticas flores, y las demás de perlas de vidrio, formando
inscripciones de pacotilla, de esas que tienen preparadas en todos los
almacenes de París.
El cortejo se puso en marcha, y el cielo, que estaba todo el día
encapotado y amenazante, comenzó a despedir entonces una lluvia sutil y
fría.
Iba delante el coche fúnebre, con su féretro y sus coronas, llevando al
lado al triste Perico, que marchaba encorvado como un viejo, con los
ojos enrojecidos, recibiendo las salpicaduras de barro de las ruedas y
atento, con estúpida fijeza, a que no cayera ninguno de aquellos adornos
del ataúd. Detrás marchaba el cortejo fúnebre: los dos amigos, sombrero
en mano, presidían el duelo, llevando en medio al editor, un viejo de
cabeza cuadrada y mirada sórdida, que había llegado a París en zuecos,
vendiendo coplas, y que ahora tenía más de cincuenta millones; y seguían
todos los invitados, aquel rebaño de la emigración, siempre guiado por
el resplandor de las ilusiones, que marchaba en grupos, dividido por el
recelo y la envidia, y resguardándose de la lluvia con paraguas abierto,
aquel que lo tenía. Cerraban la marcha el coche del editor y dos ómnibus
del servicio fúnebre.
Aquel entierro produjo bastante impresión en la calle del Sena.
Alvarez era muy apreciado por los vecinos, aunque no tuviera con ellos
trato alguno, y además, su entierro puramente civil causaba bastante
impresión en las porteras, gente beata, abonada a diario a los sermones
en San Sulpicio o a las fiestas con orquesta en San Germán de los
Prados.
Cuando el entierro salió de la calle del Sena, ya no recibió más
homenaje que esa compasión oficial de la educación francesa, que
consiste en quitarse el sombrero ante el primer muerto que pasa.
La lluvia arreciaba, el coche fúnebre iba acelerando su marcha, y el
cortejo caminaba con paso apresurado, a pesar de lo cual eran muchos los
que se rezagaban y no pocos los que escurrían el bulto, huyendo
disimuladamente por la primera callejuela que encontraban.
Tardó cerca de media hora en salir el cortejo del recinto de París, y al
llegar a las barreras, cuando la lluvia arreciaba más, se detuvo, para
continuar el viaje con más comodidad hasta el cementerio de Bagnieres.
El editor, hablando de sus numerosas ocupaciones, se despidió, cediendo
su carruaje a los dos jóvenes, y en cuanto a los invitados, quedaban tan
pocos, que cupieron desahogadamente en los dos ómnibus.
El cortejo emprendió la marcha por un camino, que la lluvia convertía en
barrizal, casi intransitable, y el coche fúnebre, dando tumbos a cada
bache, caminaba rozando las tapias de ambos lados, que cercaban grandes
solares.
Perico no quiso acceder a los ruegos de los dos jóvenes, y como si
tuviera por una infidelidad abandonar el cadáver un solo instante,
marchaba agarrado al carro fúnebre, exponiéndose muchas veces a ser
aplastado por las ruedas.
Zarzoso y Agramunt iban en la berlina del editor, tristes y silenciosos,
y como sumidos en tétricos pensamientos.
La pobreza de aquel entierro, la falta de verdaderos afectos que en él
se notaba y el desorden y la deserción que la lluvia había producido en
él, les impresionaba de un modo desconsolador; y al mismo tiempo aquel
cielo plomizo, sucio y diluviador influía en ellos dando un carácter
tétrico a sus ideas.
Zarzoso, mirando la caja que contenía el cadáver de aquel amigo que
tanto le amaba y que iba saltando violentamente dentro del carruaje cada
vez que éste se inclinaba en un bache, sentíase atenazado por un vivo
dolor, y los remordimientos de la noche antes volvían a asaltarle.
En cuanto a Agramunt, evitaba el fijarse en aquel féretro, como si
quisiera rehuir las tétricas ideas que le inspiraba, y dejando vagar sus
ojos por aquella campiña triste y desolada, en la que sólo se veían
yermos solares, negruzcos hornos de cal y alguno que otro hotel cerrado
y de aspecto fúnebre, preguntábase si valía la pena de ser patriota,
revolucionario, mártir de una idea, de aspirar a la gloria y al aplauso
popular, de sacrificarse por las libertades de los demás, para venir al
fin de la jornada a morir desconocido y casi solo en una ciudad
indiferente, y ser conducido a la tumba seguido de dos docenas de
amigos, de los cuales apenas si más de tres lloraban verdaderamente su
muerte.
El joven revolucionario sentíase dominado por un cruel escepticismo. La
realidad había venido a rasgar la venda de sus ilusiones, e inexorable,
con sonrisa cruel, le mostraba el porvenir.
A la media hora de marcha comenzaron a surgir casas de aspecto mísero a
ambos lados del camino. Eran tabernas y almacenes de objetos fúnebres,
industrias nacidas en torno del cementerio, como los hongos en el tronco
del árbol viejo y carcomido, y que vivían del dolor más o menos fingido
de los numerosos cortejos que diariamente pasaban por allí.
Entraron en el cementerio casi al mismo tiempo que por distinto camino
llegaba otro convoy fúnebre con gran aparato de coches enlutados, en el
primero de los cuales iba un cura con sus monaguillos para rezar las
últimas preces.
Echaron pie a tierra los invitados de ambos cortejos, y aquella gente
desconocida, enguantada, correcta y elegante, lanzó miradas de desprecio
al raído grupo de emigrados, demostrando que las preocupaciones sociales
llegan hasta la tumba.
El cura y sus acólitos miraron con hostilidad aquel entierro puramente
civil, que, además, tenía la agravante de ser pobre.
El editor había comprado para el cadáver de don Esteban una sepultura en
el suelo por cinco años, y el féretro, en hombros de los sepultureros,
comenzó a avanzar por las espaciosas y frías avenidas hacia el extremo
donde descansaban los cadáveres ambiguos de los que, por su posición
social, si tenían dinero para librarse de ir a la fosa común, no poseían
el suficiente para dormir eternamente en las sepulturas a perpetuidad,
reservadas a la gente rica.
El cementerio de Bagnieres es un cementerio moderno, democrático, con
las avenidas tiradas a cordel, una vegetación raquítica y enana, y todo
el aspecto de un horrible tablero de ajedrez. No hay panteones, mármoles
artísticos ni umbrías solitarias y románticas como las de las tumbas
descritas en las novelas. Es un cementerio moderno de la gran ciudad, e
imita por completo las costumbres de ese gran París, cuyos hijos se
traga.
En él se duerme el sueño de la muerte tan aprisa como se vive en la
metrópoli: las tumbas, en su mayoría, sólo son compradas por cierto
número de años no muy grande; el tiempo necesario para que la carne se
disuelva, los huesos queden pelados y blancos, y la tierra se beba los
jugos de la vida; e inmediatamente las tumbas son removidas, los
despojos van a un rincón, el terreno es alisado y arreglado y... ¡venga
más gente!
El féretro de Alvarez tenía que atravesar todo el cementerio, y mientras
el pequeño cortejo seguía por aquellas avenidas de acacias raquíticas y
enfermizos rosales, que apenas levantaban un palmo del suelo, Agramunt
iba fijándose en los campos plantados de cruces y cubiertos de coronas
que en su mayoría eran de perlas de vidrio, género de pacotilla, que por
su baratura es de moda en París para los desahogos fúnebres de dolor más
o menos auténtico.
Por todas partes se veían coronas, y a la luz gris e indecisa de aquel
crepúsculo lluvioso, parecía el fúnebre campo cubierto por cristalizado
rocío.
Detúvose el cortejo ante una gran fosa abierta en un espacio libre de
cruces y de coronas.
Aquellas dos docenas de hombres se detuvieron y agruparon en torno del
féretro que estaba ya en tierra, mirándose con cierta complacencia y
como satisfechos de que la ceremonia fuera a terminar.
Les resultaba ya pesado aquel entierro, que duraba más de una hora, y
les obligaba a ir pisando barro, recibiendo en sus espaldas una lluvia
sutil y traidora que les empapaba las ropas.
Agramunt, al borde de la abierta fosa, experimentaba una tristeza
inmensa.
¿Iba a salir del mundo de los vivos tan fría e indiferentemente aquel
amigo a quien consideraba como un héroe?
El joven sintió en su interior aquella emoción nerviosa que le hacía
perorar en los _meetings_ de España y ser aplaudido; experimentó la
necesidad de hablar, de decir algo, sin fijarse en lo reducido del
auditorio, pues a estar solo lo mismo hubiese hablado dirigiéndose a los
árboles, a las cruces y a los sepultureros.
Ya que en la muerte de aquel héroe desgraciado, de aquel caído campeón
de una causa que era la del porvenir, no había descargas de honor, ni
músicas, ni cantos, al menos que sobre su féretro sonasen algunas
palabras españolas pronunciadas por una voz amiga y que hiciesen
justicia al mérito del difunto, despidiéndole al borde de la tumba, con
la seguridad de que el porvenir le haría justicia y de que sus esfuerzos
no serían infructuosos, a pesar de que ahora parecían caídos en el
vacío.
El joven, ensimismado, dominado por los pensamientos que fluían a su
cerebro, con la impasibilidad de un sonámbulo, subió sobre un montón de
tierra, en la que asomaban algunos huesos su blanca desnudez, y con la
cabeza descubierta, sin fijarse en la lluvia que le empapaba, pronunció
un corto discurso, con una elocuencia espontánea y conmovedora que salía
del alma. Al principio le oyeron con extrañeza aquellos hombres que se
agrupaban en torno del féretro; pero, poco a poco, les impresionó la
temblorosa voz del joven, y a los ojos de algunos hasta asomaron las
lágrimas.
Agramunt hablaba a un público que era el único que podía realmente
comprenderle; cada una de sus palabras causaba hondo eco en aquellos
corazones, y al describir la ingratitud de la patria, la cruel
indiferencia del pueblo español, que dejaba morir en oscura y mísera
emigración a los que habían expuesto su vida y sacrificado su reposo por
defender la dignidad nacional, la libertad y la moralidad política,
todos ellos se agitaron con nervioso movimiento, y con sus gestos
parecían decir:
--Es verdad; moriremos aquí porque el pueblo es un ingrato y olvida a
los que le han defendido.
Y después, cuando Agramunt trazó con arrebatadora palabra el cuadro del
porvenir, cuando habló de la revolución que se acercaba _a pasos de
gigante_, del próximo triunfo y del esplendor de la futura República,
todos los rostros se animaron; las ilusiones, aquellas malditas
ilusiones que los habían arrastrado a la desgracia y la miseria en el
extranjero suelo, volvieron a renacer más fuertes y vigorosas que nunca,
y todos miraban ya el triunfo como un suceso del día siguiente, como
cosa segura, que forzosamente había de ocurrir en plazo breve, aunque
los hombres no quisieran y por una ley fatal de la Historia.
Aquel grupo de infortunados llenos de fe y de esperanza, estaban
entusiasmados al pronunciar Agramunt las últimas palabras, y cuando éste
terminó despidiéndose del campeón caído que estaba en el féretro, con un
¡viva la República!, todos contestaron al unísono, con voz que era grave
y sombría, en atención al lugar donde se hallaban.
El ataúd fué descendido a la fosa y uno tras otro fueron todos los
acompañantes arrojando sobre él una paletada de tierra y estrechando la
mano de Perico, que lloraba al despedirse definitivamente de su amo, y
que estaba conmovido por el discurso de Agramunt.
El regreso a París fué más triste aún que la marcha al cementerio.
Los individuos del cortejo, una vez desvanecida la impresión que les
había causado el discurso, entablaron en el interior de los dos ómnibus
violentas discusiones sobre el porvenir o se enzarzaron en la
apreciación de hechos pasados, hasta el punto de levantar la voz, no
importándoles dejar al descubierto sus malas pasiones, y mostrando sus
envidias o sus rencores, sin acordarse de que habían ido a enterrar a un
amigo y que demostraban haberlo ya olvidado. En cuanto entraron en la
gran ciudad, se separaron casi sin saludarse y cada uno se fué por su
lado, para no verse más hasta que la muerte de cualquiera de ellos
volviera a reunirlos.
Zarzoso y Agramunt hicieron subir en su berlina al desconsolado Perico,
y fueron todo el camino sin despegar los labios.
Una vez enterrado el pobre don Esteban, cuya muerte había aproximado a
los dos huéspedes del hotel de la plaza del Pantheón, la antigua
frialdad había vuelto a separarlos. Existía entre los dos el vicioso
cuerpo de Judith, que impedía el renacimiento de aquella franca amistad
que tan felices les había hecho.
Al llegar el carruaje al bulevard Saint-Germain era ya de noche.
Agramunt iba a la calle del Sena con Perico, para hablar los dos solos
sobre el porvenir de éste y hacer un inventario de lo que dejaba don
Esteban.
Zarzoso, comprendiendo que estorbaba con su presencia a aquellos dos
hombres, y ofendido por la frialdad que le mostraba Agramunt, se
apresuró a echar pie a tierra, y abriendo su paraguas, pues la lluvia
arreciaba conforme iba avanzando la noche, se metió por la calle de la
Escuela de Medicina con dirección a su hotel, donde ya Judith le estaba
aguardando impaciente.
X
Se aclara el misterio.
Al entrar Zarzoso en su hotel y pasar frente a la portería, lanzó una
mirada distraída al casillero donde se depositaba la correspondencia
para los huéspedes, e inmediatamente experimentó una ruda impresión de
sorpresa.
En la casilla marcada con el número de su cuarto, sobre la obscura
madera destacábase el blanco sobre de una carta que inmediatamente hirió
los ojos del joven médico.
El portero, que lo había visto a través de los cristales, salió
apresuradamente y entregó la carta a Zarzoso, que permanecía sorprendido
al pie de la escalera.
--Carta de España--dijo sonriendo intencionadamente el conserje, pues
sabía la gran impaciencia que por más de dos meses había devorado al
joven esperando una carta que nunca llegaba.
El asombro de Zarzoso fué en aumento cuando al mirar el sobre reconoció
la letra fina y elegante de María.
Aquella carta, por tanto tiempo esperada y que llegaba cuando menos
podía aguardarla el joven causábale cierto terror, y por esto la
revolvía entre sus manos sin atreverse a abrirla.
¿Por qué había callado María mientras él fué un amante consecuente y
puro? ¿Por qué le escribía ahora que se hallaba sumido en la mayor de
las degradaciones?
Zarzoso no sabía contestar a ninguna de las preguntas que mentalmente se
hacía, pero continuaba impresionado por aquella carta que no se atrevía
a abrir, presintiendo tal vez que en su interior se encerrara algo que
forzosamente había de serle fatal.
En aquella situación degradante a que le había arrastrado un amor
impuro, la carta de María equivalía a un remordimiento que surgía ante
su vista.
Subió la escalera lentamente mirando con fijeza estúpida la cerrada
carta que tenía en sus manos, y al llegar al rellano del piso en que
vivía y detenerse bajo un mechero de gas, no pudo contener un instintivo
impulso y rasgó el sobre para enterarse inmediatamente del contenido.
A pocos pasos de allí, en su cuarto, le aguardaba Judith, la mujer
aborrecida, a la que, sin embargo, estaba encadenado por la pasión
carnal, y hubiese resultado un sacrilegio el ir a abrir la carta en
presencia de aquel ser impúdico que aprovechaba todas las ocasiones para
fisgarse de las mujeres honradas.
Sacó del abierto sobre un pliego de papel de cartas, dentro del cual se
notaba la presencia de otro papel.
Zarzoso leyó apresuradamente las pocas líneas que contenía, y tuvo que
volver a releerlas varias veces para darse cuenta exacta de su
contenido, pues la sorpresa parecía haberle arrojado en un estado de
imbecilidad.
La carta decía así:
"Le devuelvo este recuerdo de un amor que ha muerto, segura de que
si usted conserva su antigua dignidad, la vista de ese papel le
producirá eterno remordimiento. No me creía merecedora de que usted
olvidase sus antiguos juramentos uniéndose a esa mujer perdida con
quien vive.
"En el primer momento me hizo mucho daño el saber su degradación;
pero hoy, afortunadamente, estoy ya curada de tales impresiones.
Todo ha concluído entre nosotros. Cuando usted lea esta carta, tal
vez seré ya la esposa de otro."
Aquí terminaba lo escrito en el pliego. No había firma al pie ni signo
de clase alguna; pero Zarzoso no dudaba, pues conocía bien aquella letra
fina, y que en algunas palabras aparecía temblorosa y exageradamente
rasgueada, como obra de una mano agitada por la indignación o por el
dolor.
Zarzoso, temblando y como asustado al ver que su situación era conocida
por María, y que todo el edificio de su antigua dicha caía
estrepitosamente al suelo, se apresuró a sacar del interior del pliego
aquel papel oculto que sentía al tacto y que era una finísima hoja
arrugada y amarillenta, en la que también había algo escrito.
Zarzoso, conmovido, con la vista turbia por la emoción, fué leyendo con
lentitud:
"_A mi Juan: En prueba del eterno amor que..._"
El joven no quiso leer más. Con terror reconoció que aquel papel era el
mismo que le había dado María, envolviendo un bucle de su cabellera, y
cuya desaparición había notado dos semanas antes al examinar la cajita
que guardaba sus recuerdos de amor.
Por si podía ocurrirle aún alguna duda, encontró todavía pegados al
papel, dos o tres cabellos sutiles como la seda, que habían quedado allí
adheridos al retirar los restantes.
Aquella sorpresa dejó absorto y como aplastado al joven médico.
Unicamente tenía presencia de ánimo para hacerse mentalmente una
pregunta: ¡Gran Dios! ¿Cómo podía haber llegado aquel objeto a manos de
María? ¿Quién se había encargado de robarle tal recuerdo de amor?
No había acabado de leer aquella inscripción trazada por la mano de
María, pues sabía de memoria su contenido; pero le llamó la atención
algunas palabras que vió de repente, escritas más abajo con una letra
irregular, caprichosa y de contorno dentellado, que también le era
conocida.
Aquellas pocas palabras eran un alarde de cínico impudor, un comentario
sucio y canallesco sobre la procedencia de los cabellos que envolvía el
papel, y más abajo, con un descoco repugnante, figuraba la firma de
Judith suscribiendo tan villano insulto.
Zarzoso miró aquello fijamente, como si no se atreviera a dar crédito a
una revelación tan repentina que ponía en claro la misteriosa
desaparición de su recuerdo de amor; pero, de repente, como si
despertara de un sueño, exhaló un sordo rugido, y ciego e impetuoso como
una bomba, se arrojó en el pasadizo, abriendo con una furiosa patada la
entornada puerta de su cuarto.
Judith, que estaba leyendo a la luz del quinqué el último número del
_Diario Alegre_, levantó sorprendida la cabeza ante aquella entrada
tempestuosa de su amante, el cual, poniéndole el papel delator ante los
ojos, rugió, mezclando en su furia palabras españolas con las francesas:
--¡Ah, grandísima zorra!, ¡miserable ladrona! ¿Conoces esto?--y le metía
el papel por los ojos, mientras levantaba la diestra amenazante.
Judith estaba asustada ante la cólera de aquel a quien ella tenía por un
tímido gozquecillo; pero en un arranque de su fiero carácter, intentó la
resistencia, y saltando de su silla, agarró el látigo de cuero que
estaba sobre la repisa de la chimenea y púsose bravamente a la
defensiva, insultando con su insolente mirada al indignado joven. Esta
actitud de Judith acabó de exaltar al enfurecido Zarzoso. Así la quería
ver para desahogar su rabia. Era villano pegar a una mujer débil e
indefensa; pero con un marimacho así, que tenía músculos de acero y que
se había mezclado en todas las peleas estudiantiles, bien podía medirse
un hombre como con uno de su sexo.
Al avanzar sobre ella, recibió un latigazo en el cuello que acabó de
cegarle, y, embistiendo a la amazona, le arrancó la fusta de la mano, la
tiró a un rincón y de la primera bofetada la hizo caer de rodillas.
Fué aquella una escena violenta, repugnante y breve. Nadie oía el ruido
de aquella lucha, pues como era la hora de comer, los cuartos inmediatos
estaban vacíos.
Zarzoso pegaba sin consideración a aquella mujer que tenía bajo sus
rodillas, y sus puños, ciegos e inflexibles, martilleaban el hermoso
rostro y las blancas desnudeces que habían quedado al descubierto,
amoratándolas a cada golpe. En su furor acompañaba los puñetazos con
injurias e insultos, y su boca parecía la abierta y negra garganta de un
retrete rebosando la inmundicia del lenguaje.
Judith, que había recibido los primeros golpes con protestas y
chillidos, callaba ahora y ofrecía con tranquila pasividad su bello
cuerpo a los furores de aquel energúmeno, y, mirando amorosamente a
Zarzoso, agitábase con voluptuosidad a cada uno de sus golpes.
Aquella loca, en su depravación, gustaba de que sus amantes la
vapuleasen, y ésta era la causa principal de que estuviera tan enamorada
del modelo italiano a quien obedecía.
Cansóse antes Zarzoso de pegar que ella de recibir los golpes, y cuando
el joven se incorporó sudoroso y jadeante, ella, sin levantarse del
suelo, sonriendo insolentemente como de costumbre, y echándose atrás su
cabellera de leona, exclamó:
--Y bien: ¿ya estás satisfecho? Podías pegarme un rato más. A mí me ha
gustado siempre que los hombres me zurrasen, pues esto es una prueba de
amor. Antes no te quería; te miraba como un ser insignificante y
ridículo; pero ahora empiezo a tenerte cariño en vista de que son
fuertes tus puños.
Zarzoso pareció no oír estas cínicas declaraciones, y señalando el
delator papel que estaba sobre la mesa, le dijo con entonación de juez
que interroga:
--¿Por qué has hecho eso? ¡Habla pronto o te mato!
Judith contestó con una alegre carcajada.
--Mira, voy a serte franca, ya que ha llegado la hora de decírtelo todo.
Yo soy una buena muchacha, tengo un gran corazón, y me gusta hacer
favores cuando se trata del reposo y de la felicidad de las familias.
Zarzoso creyó que Judith se burlaba otra vez de él y estuvo a punto de
emprenderla a golpes, pero ella explicó sus palabras haciendo una
revelación importantísima.
Antes de que conociera a Zarzoso, cuando ella acababa de llegar a París,
reciente su rompimiento con aquel dibujante que la llevó hasta Londres,
la rogaron que prestase el gran favor de enamorar a Zarzoso diciéndola
que éste estaba encaprichado con una chiquilla de Madrid, una
cualquiera, sin fortuna y sin nombre, que no convenía a la familia del
joven, por lo que era preciso impedir su casamiento haciéndole contraer
una nueva pasión.
Judith intentó resistirse, encontrando que el papel que iba a desempeñar
no era muy agradable; pero la persona que la encomendaba el servicio
tenía gran poder sobre ella, disponía de muy contundentes medios para
convencerla, y al fin aceptó, marchando la noche siguiente al encuentro
de Zarzoso para hacerse su querida, empleando todos los medios de
seducción.
--Lo que pasó después--añadió Judith--lo sabes tú perfectamente.
--¿Pero quién fué el hombre que te indujo a tomar parte en tan
repugnante intriga?
La joven intentó resistirse a contestar; pero cuando Zarzoso nombró al
modelo italiano, ella, turbada por las amenazas de muerte, contestó con
un signo afirmativo.
--Ya le ajustaré yo las cuentas a ese bandido napolitano. Pero ¿qué
interés puede tener ese hombre, que no me conoce, en labrar mi
perdición?
--Eso es lo que yo me he preguntado muchas veces, sin poder darme una
contestación definitiva. El no te conoce, es verdad, y por esto mismo no
he podido nunca comprender por qué trabajaba contra tí.
La modelo quedó silenciosa por algunos instantes, y después añadió con
tono sentencioso:
--Mira, querido; tú por algún oculto motivo debes serles odioso a los
curas de tu país.
--¿Por qué dices eso?
--Porque Luigi es protegido desde la niñez por los padres jesuítas, a
quienes servía ya cuando estaba en Nápoles. Ellos fueron los que le
salvaron cuando le iban buscando por dos o tres puñaladas que dió allá,
y los que le trajeron a París poniéndole en camino para que fuese un
buen modelo. Es el perro de los jesuítas; hace cuanto le dicen, y si le
mandan morder, muerde. En este asunto deben tener mucha participación
los protectores de Luigi: esto es lo que yo he creído siempre.
Zarzoso hizo un gesto que indicaba su inmensa sorpresa y quedó
pensativo, mientras que Judith seguía hablando, deseosa de sincerarse
ante aquel muchacho, al que había cobrado cariño desde que apreció la
fuerza de sus puños.
Al faltar Zarzoso a la primera cita que le dió Judith recomendáronla a
ésta que fuese a encontrarle, y cuando hacía ya con él vida marital, le
ordenaron que buscara, entre los efectos de su nuevo amante, una cajita
en que guardaba todos los recuerdos de su antiguo amor. Judith debía de
robar uno de éstos, que, según le decía Luigi, era para enviarlo a
Madrid con el propósito de que la novia de Zarzoso se convenciera de que
éste ya no la amaba y romper de este modo completamente unas relaciones
que estorbaban a la familia.
La rubia, al revolver aquella caja de recuerdos, escogió el papel con el
rizo que contenía, y por indicación del mismo modelo italiano, puso allí
la primera grosería que se le ocurrió para desesperar a la desconocida
muchacha de Madrid.
--Ahí tienes cuanto ha ocurrido, vida mía--decía la rubia fijando una
mirada amorosa en el indignado Zarzoso--. He sido ligera, lo sé; he
obrado como siempre, con aturdimiento; pero al fin y al cabo lo hacía
por tu bien, creyendo librarte de un matrimonio que no te convenía, y
espero que me perdonarás. Además, te quiero mucho, te amo desde que me
he convencido de que eres todo un hombre.
Y ya levantada del suelo, avanzaba con los brazos abiertos hacia Zarzoso
para darle un estrecho abrazo.
El joven la rechazó con un violento empujón que la hizo chocar las
espaldas contra la pared, y señalando la puerta, dijo con acento
imperioso:
--¡Márchate en seguida, perra inmunda! Me has hecho mucho daño, y si no
te vas pronto, tal vez me acometa el furor y sea capaz de convertirme en
asesino.
Y diciendo esto, contemplaba con torva mirada un cajón de su mesa de
escribir, en el que tenía una gran navaja jerezana, comprada en París,
más por españolismo que porque necesitase de ella.
Aquella mirada dejó fría a Judith y le produjo mayor terror que los
golpes de antes. Como la mayoría de las mujeres de su clase, tenía un
miedo casi supersticioso a las armas blancas y siempre lanzaba
exclamaciones de terror cuando a Zarzoso, al revolver sus papeles, se le
ocurría abrir la navaja.
La posibilidad de que el joven sacase del cajón la terrible arma la
impresionó de tal modo, que, pálida, silenciosa y con actitud sumisa
púsose su sombrero y su abrigo, y llamó a _Nemo_, perro discreto y bien
educado que había presenciado filosóficamente desde un rincón la
anterior paliza, como acostumbrado a que a su ama le hiciesen tal clase
de caricias.
Cuando Judith, siempre bajo la amenazante minada de Zarzoso, hubo
acabado de arreglarse y salió del cuarto, se detuvo en el pasillo,
pensando que una mujer como ella no podía retirarse así, sumisa y
atemorizada como una cualquiera. Llamó en su auxilio a su bravía
altivez, hizo asomar a sus labios la sonrisa cínica que la caracterizaba
y con voz irónica, que parecía el silbido de una víbora, dijo,
inclinando el cuerpo como dispuesta a huir:
--Mira, niño; si no me despacharas yo te hubiera dado pelo igual al que
tenías de esa muchacha. ¡Pobre chica, ir a darse un tijeretazo tan lejos
de la cabeza! Lo que yo he escrito en ese papel, es la pura verdad.
Aun quiso Judith desahogar su despecho con mayores indecencias, pero el
latigazo que aquella perdida descargaba sobre la honra de María
enfureció nuevamente a Zarzoso, el cual se abalanzó al pasillo con
propósito de estrangular a la infame; pero cuando llegó allí, ya la
rubia, seguida de su perro, bajaba apresuradamente la escalera del
hotel.
En el portal tropezó violentamente con un hombre que entraba
sacudiéndose la lluvia.
Era Agramunt, que acababa de dejar en la calle del Sena al desconsolado
criado de don Esteban y que volvía al hotel a despojarse de su traje
negro de ceremonia antes de ir al restaurante.
Fijóse en Judith, que pasó lanzándole iracundas miradas. En su rostro
desordenado y marcado por las huellas de los golpes, adivinó que había
pasado algo grave entre los dos amantes, y vió cómo la rubia, andando
con paso inseguro y sin hacer caso de la lluvia, se hundía en la húmeda
oscuridad de la plaza, cuyos reverberos alumbraban inciertamente a causa
de las ráfagas del huracán.
Agramunt, alarmado por aquel encuentro, subió rápidamente al segundo
piso.
Al entrar en el cuarto de Zarzoso, vió algunas sillas volcadas, una
cortina rota y una porción de desperfectos que indicaban una reciente
lucha. Zarzoso estaba doblado al borde de la cama con la cabeza entre
las manos.
--¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí?--gritó asustado el buen muchacho.
Zarzoso levantó su cabeza, en la que se retrataba el más terrible
asombro, y se abalanzó a su amigo, exclamando con voz conmovida, por
penoso estertor:
--¡Ay, Pepe! ¡Pepe mío! Soy muy desgraciado.
Y como el niño enfermo que cree huir del dolor arrojándose en brazos de
su madre, Juanito Zarzoso dejó caer su cabeza sobre el hombro de
Agramunt, y después de agitarse su pecho con un supremo estertor, rompió
a llorar copiosamente.
DECIMA PARTE
EL CASAMIENTO DE MARIA
PARTE PRIMERA
I
Sospechas.
Hacía más de un mes que María Quirós se mostraba triste y preocupada por
alguna oculta idea que en vano intentaba descubrir su tía, doña
Fernanda.
La baronesa, por más esfuerzos de imaginación que hacía, no lograba
adivinar la causa de aquella continua preocupación. Ella, siguiendo los
consejos del padre Tomás, se desvivía por hacer agradable la vida de su
sobrina, y a pesar de que comenzaba a cansarla aquel renacimiento de su
existencia elegante, no perdonaba fiesta alguna y asistía con María a
todos los bailes de la alta sociedad y a los estrenos en los principales
teatros.
Su sobrina se dejaba arrastrar a todas las fiestas, demostrando que eran
impotentes tales diversiones para devolverle la perdida alegría, y doña
Fernanda, con no poca sorpresa, vió varias veces en sus ojos la señal de
haber llorado cuando se encerraba en su cuarto.
Esta conducta era incomprensible para doña Fernanda, tanto más, cuanto
que habituada de antiguo al espionaje y registro, por más pesquisas que
hizo en el cuarto de María cuando ésta se hallaba ausente, no pudo
encontrar nada que pusiera en claro aquel misterio.
María era más hábil que su madre para ocultar sus cartas de amor.
La negativa con que la joven contestaba a todas las preguntas de su tía,
excitaba la curiosidad de ésta y la hacía acariciar las más absurdas
ideas.
Hubo un momento en que llegó a creer que María estaba tan triste porque
se hallaba enamorada de Ordóñez, aquel joven simpático que ahora las
visitaba tan asiduamente; pero esta suposición se desvaneció en vista de
que su sobrina acogía con el mayor despego todas las galanterías que la
dirigía el elegante.
La baronesa, viendo que la persona de confianza de María era la viuda de
López, intentó sondear a ésta; pero doña Esperanza, con una sencillez
ingenua y seráfica, le manifestó que nada sabía; entonces doña Fernanda
acudió al padre Tomás, varón tan santo como amable, que ahora era uno de
los más asiduos concurrentes a su tertulia.
El poderoso jesuíta manifestó que tampoco sabía nada, pero en gracia
siempre a aquel interés noble y generoso que le había inspirado en todas
ocasiones la familia Baselga, y que la baronesa no sabía cómo
agradecerle, prometió sondear hábilmente el ánimo de María y enterarse
de aquel oculto pesar que venía afligiéndola.
Se equivocaba la baronesa al buscar en torno de ella la causa del
anormal estado en que se hallaba su sobrina. Dicha causa no estaba en
Madrid, sino lejos, mucho más lejos; en aquel París que guardaba al
hombre amado y que permanecía silencioso sin enviar nunca la carta
esperada.
Todo lo que Zarzoso allá, en la plaza del Pantheón, sufría por entonces
a causa del silencio de su amada, lo sufría María al ver que ninguna de
sus apasionadas cartas merecía contestación.
Aquel infame aislamiento en las comunicaciones entre los dos amantes,
ideado por el diabólico padre Tomás, se había realizado hacía ya más de
un mes.
El mismo día en que se decidió el jesuíta a poner en práctica su plan,
en vista de la aprobación que había dado a éste la superioridad de Roma,
fué a buscarle en su despacho la intrigante viuda de López, llevando una
carta que acababa de recibir de Zarzoso para entregarla a María.
Doña Esperanza no se había atrevido a abrirla; pero como la llamaba la
atención lo voluminoso de su contenido, se apresuró a presentarla al
padre Tomás para que éste ordenase lo que debía hacerse con ella y salir
de tal modo de su indecisión.
El jesuíta, sin mostrar el menor escrúpulo, rompió el sobre y comenzó la
leer los ocho pliegos de que se componía la carta; pero antes de llegar
al segundo, en su cara de mármol se retrató una sorpresa inmensa, y no
pudo menos de exclamar:
--¡Diablo! Buena la hubiéramos hecho si usted llega a entregar esta
carta a María. Con ser tan grande París se han encontrado allí y trabado
relaciones de amistad los dos hombres que más fatalmente pueden influir
en el porvenir de María. Ese Zarzoso se ha hecho amigo de Esteban
Alvarez, aquel bandido republicano y ateo que tantos pesares dió a la
señora baronesa y que en su juventud tuvo amoríos con Enriqueta Baselga.
Ese mediquillo, lisa y llanamente le cuenta a su novia cuanto sabe sobre
su nacimiento, y además le asegura que su padre es el tal Alvarez.
¡Buena complicación nos hubiese traído el que María leyese esta carta,
teniendo tanta fe como tiene en las palabras de su novio! ¡Al fuego
estos papeles!; y desde hoy, doña Esperanza, sépalo usted: el servicio
de correos queda interceptado entre los dos novios.
La viuda de López obedeció ciegamente y fué rasgando cuantas cartas
recibía de París y las que María la entregaba para ponerlas en el
correo.
La situación de la joven, en vista de este silencio, era aún más
insostenible y penosa que la de Zarzoso. Este al menos podía lamentarse
sin temor a ser espiado; podía desahogar su pena, lo mismo en su cuarto
que paseando por las calles de la gran ciudad; pero María había de
fingir continuamente una serenidad que no tenía y ahogar en lo más hondo
de su pecho la zozobra que la dominaba y que la hacía concebir las más
violentas sospechas.
Siempre que tenía ocasión en su casa para hablar a doña Esperanza sin
testigos, la llevaba a un rincón, preguntándola con ansiedad:
--¿No ha llegado nada?
--Nada--contestaba imperturbable la viuda.
--Le he escrito quejándome de ese silencio incomprensible. ¿Ha tirado
usted misma la carta al correo?
--Sí, hija mía. Yo misma, pues no me gusta encargar estas comisiones a
personas extrañas.
--Pues entonces, indudablemente, dentro de pocos días tendré la
contestación. Es muy extraño lo que sucede. Antes me escribía
puntualmente, sin que sus contestaciones se retrasasen un solo día.
--¡Ay, hija mía!--contestaba doña Esperanza con sonrisa escéptica como
persona muy conocedora de las debilidades del mundo--. Acuérdate del
refrán: "cántaro nuevo, hace el agua fresca." Todos los hombres son
iguales; al principio aman hasta ser empalagosos, y después olvidan con
una facilidad que asombra. ¡Dios sabe en lo que pensará ahora ese señor
Zarzoso!
Y la viuda iba excitando hábilmente las sospechas en la joven, que
parecía aturdida por aquel silencio inexplicable.
María, deseosa de justificar en su pensamiento al hombre que tanto
amaba, imaginábase que Zarzoso se hallaba enfermo de alguna gravedad;
pero inmediatamente apresurábase la maléfica viuda a desvanecer esta
idea, que equivalía a una esperanza, asegurando que Juanito gozaba de
buena salud y escribía regularmente a su tío, el doctor Zarzoso, lo que
en el fondo era verdad.
¡Infeliz María! Cada una de las insinuaciones de aquella intrigante
jamona, producíale una nueva decepción o un aumento en su tristeza, y
sin embargo, si hubiese podido registrar los bolsillos a aquella
confidenta que tenía toda su confianza, tal vez hubiese encontrado en
ellos alguna de las cartas de Zarzoso, esperadas con tanto anhelo, y que
la viuda le ocultaba.
Llegó un momento en que la joven no quiso escribir más, en vista de que
sus cartas eran acogidas siempre con el mismo desesperante silencio, y
comenzó a apuntar en ella aquel exagerado amor propio, que era la nota
más saliente de su carácter, y que doña Esperanza procuraba excitar.
--Haces bien, hija mía--decía la intrigante viuda--, en no escribir más
a ese ingrato, indigno de ti. Eso sería rebajarte, y tú, por tu
nacimiento, por tu hermosura y por tu riqueza, estás para que los
hombres se arrastren a tus pies, solicitando una palabra de
benevolencia, y no para humillarte a un mediquillo olvidadizo, a un
chisgarabís sin importancia, que tal vez a estas horas se divierte
bailando el _cancán_ con esas perdidas de París, que se llaman
_cocottes_. No creas que esto es una exageración; yo soy ya vieja, he
visto mucho, y sé de lo que son capaces estos jóvenes de ahora, que como
no tienen religión, viven al día, y con tal de divertirse pisotean los
más sagrados e íntimos sentimientos.
La joven, cuando de este modo excitaban su amor propio, sabía resistirse
al infortunio y olvidar por algunas horas el injustificado silencio de
su novio; pero no tardaba en sobrevenir la reacción, el antiguo
apasionamiento volvía a aparecer, y María experimentaba aún con mayor
fuerza el pesar producido por aquel silencio de Zarzoso, cuyo verdadero
significado estaba muy lejos de adivinar.
Nunca se le ocurrió el tener la menor duda sobre la fidelidad de doña
Esperanza, pues ésta sabía interesarse por su dolor y fingir una
indignación sin límites al hablar de lo que ella llamaba la ingratitud
de Zarzoso.
En una de estas crisis de apasionamiento amoroso, en que reaparecía
intensamente el dolor causado por el olvido en que la tenía su novio,
fué cuando María abordó resueltamente a doña Esperanza, exponiéndola un
deseo que hasta entonces no se había atrevido a manifestarla.
--Estoy convencida--dijo--de que ese hombre me ha olvidado. Yo creo que
hasta en esto que hoy siento por él hay más odio que amor; pero
quisiera, ya que soy villanamente abandonada, convencerme de mi
desgracia en toda su extensión, y saber por qué causa ha faltado Juanito
a sus juramentos de amor. Diga usted, doña Esperanza: ¿usted que tiene
tantas amistades, no encontraría un medio para que nos enteráramos con
exactitud de lo que Juanito hace en París?
La viuda hacía ya mucho tiempo que esperaba esta petición y sobre ella
había hablado extensamente con el padre Tomás; pero, a pesar de esto,
fingió, como lo tenía por costumbre, y en el primer instante manifestó
no encontrar lo que María deseaba.
Después pareció como que vislumbrara el auxilio apetecido.
--Creo que he encontrado lo que tú deseas. Enterarse de la vida que
Zarzoso hace en París, de sus locuras y depravaciones, si es que
realmente ha caído en ellas, nadie puede hacerlo mejor que el padre
Tomás, ese santo varón que viene aquí casi todas las tardes y que tiene
en París fieles amigos que pondrán en su conocimiento todo cuanto
ocurra. Antes de diez días, si tú quieres, sabremos toda la verdad.
María intentó resistirse. Le causaba cierto temor el hablar de sus
amores a aquel sacerdote que, a pesar de su característica amabilidad,
le resultaba austero e imponente; pero doña Esperanza logró convencerla.
--No seas tonta, niña. Es fácil hablar de asuntos como éste a un padre
jesuíta. Ellos, a pesar de su santidad, se mezclan en los negocios
mundanos para bien nuestro; además, el reverendo padre, que es antiguo
amigo de tu familia, te quiere mucho y no vacilará en prestarte este
servicio. El es tu director espiritual, lo mismo que de tu tía; yo, en
tu nombre, solicitaré una conferencia, y para hacer menos penosa tu
petición, me adelantaré a decirle algo de lo que ocurre. Vamos, no seas
niña y acepta.
María acabó por decir que sí a todo cuanto la proponía doña Esperanza,
y al día siguiente por la tarde, estando la baronesa y su sobrina en el
gabinete próximo al salón, entró el padre Tomás.
Las miradas significativas que se cruzaron entre el jesuíta y la
aristocrática beata, daban a entender la inteligencia que existía entre
los dos.
Por la mañana, se habían visto la baronesa y el padre Tomás y éste había
rogado a la entusiasta penitente que en su visita de la tarde procurase
dejarle solo con su sobrina, pues creía llegado el momento de averiguar
la oculta pena que agobiaba a la joven.
Por esto, apenas se cambiaron algunas palabras entre los tres, la
baronesa, pretextando una ocupación, salió del gabinete, dejando solos
al jesuíta y a la joven.
El padre Tomás miró a la puerta con cierta alarma, pues sabía que la
baronesa era muy capaz de quedarse tras un cortinaje escuchando, y por
esto se acercó más a María, a la que comenzó a hablar con voz muy baja.
--Hija mía, sé algo de lo que te sucede y comprendo que en esta
situación angustiosa necesitas el auxilio de personas sensatas y de
sereno juicio que te aconsejen. Habla con entera franqueza, no te
intimide lo sagrado e imponente de mi ministerio. En este momento no es
el sacerdote quien te escucha, sino el antiguo amigo de tu familia, el
que te profesa un cariño tan puro como si fueses su hija. Nosotros, los
padres jesuítas, tenemos una gran ventaja sobre los demás sacerdotes. No
nos limitamos a auxiliar a la humana criatura en sus necesidades
religiosas; comprendemos que muchas veces necesita apoyo en su vida
social y por esto sacrificamos nuestro reposo hasta el punto de
intervenir en asuntos que no son de nuestro ministerio; habla, hija mía,
habla con entera franqueza. Nuestros penitentes son nuestros hijos, y
¿qué no hará un padre cuando se trata de la felicidad y del sosiego de
los que son pedazos de su alma?
Estas dulces palabras tranquilizaron a María y la hicieron tener
absoluta confianza en el poderoso jesuíta, que ya no le resultaba
austero e imponente, sino cariñoso y benigno.
La joven, tranquilizada ya, relató concisamente al jesuíta la historia
de aquellas relaciones que él conocía perfectamente desde mucho tiempo
antes, y a continuación formuló la súplica de que se interesara en
averiguar cuál era la conducta de Zarzoso en París y el por qué de aquel
silencio inexplicable que había venido a romper tan inesperadamente sus
amores.
El padre Tomás, aquel santo varón que quería a sus penitentes como si
fuesen hijos y se desvivía por su felicidad, aceptó inmediatamente el
encargo.
Sí; él lograría saber punto por punto lo que Zarzoso hacía en París, y
con entera imparcialidad se lo revelaría a María, pues en tal clase de
asuntos no le gustaba engañar ni mantener ilusiones que no eran ciertas.
Aquel mismo día escribiría a sus amigos de Francia, rogándoles, en
nombre de los intereses de su Orden, que procurasen averiguar todo lo
concerniente a la existencia actual de Zarzoso, y se comprometía a dar
respuesta a la joven en el plazo de diez días.
El jesuíta iba ya a terminar la conferencia y a llamar a la baronesa,
cuando añadió, como sabrosa postdata:
--Te advierto, hija mía, que no debes hacerte ilusiones sobre la
contestación que recibiremos. No sé por qué me anuncia el corazón que
será poco grata. Ignoro qué clase de vida hará ese señor Zarzoso; pero
París es un foco de corrupción, donde no entra un joven que deje de
perder sus más nobles cualidades. Ya ves tú, ¿qué otra cosa puede
esperarse de una ciudad republicana que inicia todas las revoluciones, y
de la cual el impío Gambetta ha expulsado a los hijos de San Ignacio,
viéndose obligados los padres de la Compañía a vivir ocultos?
María, a pesar de esta seguridad que el padre Tomás manifestaba por
adelantado sobre la corrupción de Juanito, sentía cierta esperanza y
aguardaba impaciente que transcurriese aquel plazo de diez días fijado
por el jesuíta para saber toda la verdad.
En estos días, a la incertidumbre de María vino a unirse otra
incomodidad.
El elegante Ordóñez, que era el tertuliano más asiduo de la baronesa,
aprovechaba todas las ocasiones para repetir a la joven sus
declaraciones de amor, y raro era el día en que no le hablaba de lo
feliz que se consideraría si llegaba a alcanzar su mano.
Para colmo de desdichas, la baronesa habló una tarde a su sobrina del
porvenir de la mujer: dijo que ella debía ir pensando en casarse, ya que
siempre había manifestado cierta tendencia en favor del matrimonio, y
terminó indicándola que no vería con disgusto que el pretendiente
preferido fuese el hijo del duque de Vegaverde.
II
Amor propio herido.
Era la hora en que la tertulia vespertina de la baronesa de Carrillo
estaba en su período más brillante y animado.
No faltaba ninguna de las antiguas realistas que desde hacía muchos años
acudían puntualmente a hacerle la corte a _Fernandita_, en quien
reconocían cierta superioridad, y allí estaban todos, graves y
correctos, en aquel rejuvenecido salón, en el cual brillaba siempre por
su reconocido talento el marqués académico, mentor del Telémaco Ordóñez,
que estaba siempre entre el y la baronesa.
Doña Esperanza, a pesar de su carácter intrigante y movedizo, estaba en
un rincón afectando insignificancia y procurando, con su silencio, que
nadie se fijase en su persona, mientras ella contemplaba a todos con
curiosidad, y especialmente a María, que también formaba parte de la
tertulia.
La joven mostraba gran impaciencia.
En aquella tarde expiraba el plazo que había fijado el padre Tomás, y
ella aguardaba aquellas noticias de París tan ansiadas.
Hacía ya algunos días que el poderoso jesuíta no visitaba la casa, y
esta misma ausencia la hacía esperar que el padre Tomás no faltaría a la
reunión de la tarde, tal como lo había, prometido diez días antes.
Hablaban los tertulianos justamente de aquella ausencia del poderoso
jesuíta, cuando un criado le anunció, entrando poco después el padre
Tomás, quien dió su mano a besar a unos, estrechó las de otros y
esparció sus amables sonrisas por toda la tertulia.
Una rápida mirada que el reverendo padre dirigió a la joven dió a
entender a ésta que traía las ansiadas noticias.
María sufría una horrible incertidumbre al ver que el padre Tomás no se
apresuraba a hablarla y se enfrascaba en insustanciales conversaciones
con aquellos vejestorios de la tertulia.
Ordóñez, que se acercó a la joven para dispararla su cotidiana
declaración, fué recibido con una frialdad rayana en grosería.
Llegó la hora en que, según antigua costumbre de la casa, entraron los
criados con el tradicional chocolate, que reemplazaba al _lunch_ de la
alta sociedad montada a la moderna.
Las ricas salvillas de plata circularon de mano en mano, y entonces fué
cuando el padre Tomás, después de haber hablado algunas palabras al oído
de la baronesa, se dirigió con cautela al inmediato gabinete, indicando
a María con un ademán que podía seguirle.
Los tertulianos, animados por el soconusco, hablaban con más calor,
formando amigables grupos, y a excepción de Ordóñez y doña Esperanza, no
parecieron fijarse en aquella desaparición de María y el jesuíta.
Cuando los dos estuvieron en el gabinete, María interrogó con una ávida
mirada al padre Tomás.
--Calma, mucha calma, hija mía--dijo el jesuíta sentándose--. Las
noticias que traigo son muy graves, y es preciso que te armes de valor
para oírlas. Las jóvenes dais vuestro corazón al primero que se os
presenta y os resulta agradable; no buscáis el sano consejo de la
experiencia, y después os veis obligadas a llorar una terrible decepción
y a desconfiar de la misericordia de Dios, cometiendo con ello gravísimo
pecado.
María estaba para oír noticias y no consejos, así es que interrumpió al
jesuíta:
--¿Pero qué es lo que hay?... Hable usted pronto, padre, pues me resulta
imposible contener la impaciencia. ¡Oh!, ¡respóndame, por Dios! ¿Me ha
olvidado Juan?
El jesuíta contestó inclinando afirmativamente su cabeza y María quedó
silenciosa durante algunos minutos, como abrumada por la fatal
revelación.
--¡Oh, padre mío! Dígame usted pronto cómo ha sido eso. Necesito saber
por qué causa me ha olvidado un hombre que juraba amarme tanto.
--Recuerda, hija mía, lo que te dije de París la última vez que nos
vimos. Es la ciudad del diablo. La sentina de corrupción donde no puede
entrar un alma sin corromperse. Yo no culpo a ese joven, pues lo que le
ocurre, forzosamente había de sucederle. Educado por su tío, hombre ateo
y de reconocida impiedad, tiene la desgracia de carecer de toda clase de
sentimientos religiosos, y a esto se debe que haya caído con tanta
facilidad en el pecado, al verse rodeado por las seducciones de esa
Babilonia moderna.
--Pero, en fin, padre Tomás--dijo impaciente la joven--. ¿Qué es lo que
le ocurre a Juanito? Necesito que me lo diga usted sin más preámbulos,
pues siento una atormentadora impaciencia. No tenga miedo de hablar; soy
fuerte y sabré resistir la pena por grande que ésta sea. ¿Es que acaso
ama hoy a otra mujer?
--Tú lo has dicho--contestó con entonación bíblica el jesuíta--. Ese
ingrato te ha olvidado hasta el punto de enamorarse de la primera mujer
que ha encontrado al paso en las calles de París.
--¿Y quién es ella?--preguntó María con dolorosa curiosidad.
--Hija mía--contestó el jesuíta con pudorosa expresión y fijando su
mirada en el suelo--. Eres una señorita cristiana, bien educada y
virtuosa, y por lo tanto siento hablarte de ciertas miserias humanas que
tal vez ignores; pero es preciso que descendamos a ciertas podredumbres
de la sociedad para que comprendas mejor cuál es tu situación y la del
que fué tu novio. Juanito ama a una mujer depravada, a una perdida de
esas que venden su amor y pasan con la mayor desvergüenza de los brazos
de un hombre a los de otro. Ya ves cuan terrible es su ingratitud al
abandonarte así, repentinamente, por un pingajo de vicio.
--¿Y es hermosa?
--¡Oh!, en cuanto a eso, mis informes son muy favorables. Esa mujer
tiene una diabólica belleza, como todas las de su raza, pues has de
saber que es judía y se llama Judith, teniendo el apodo de _la Rubia_
por su blonda y espléndida cabellera. Esto hace más abominable la infame
falta de Zarzoso. ¡Ya ves tú!, abandonar a una señorita virtuosa y
católica por una perdida que, además de sus vicios, tiene la mancha de
pertenecer a una raza infame que crucificó a Nuestro Señor Jesucristo.
A María no parecía preocuparle mucho que la amante de Zarzoso fuese
hebrea y estuviese, por tanto, contaminada con la mancha del deicidio;
lo que sí excitaba su rabia era que fuese tan hermosa, la mujer que le
había robado su amor.
Quería ella tener pleno conocimiento de su infortunio; enterarse
detenidamente de aquellos amores impuros que la atormentaban, y por esto
rogó al padre Tomás que, sin más preámbulos ni preparaciones, la
relatara cuanto supiese de la vida de Zarzoso en París.
El jesuíta, haciendo uso de su extremada habilidad, habló de modo que
cada una de sus palabras fué una puñalada para María. El joven médico
no escribía porque estaba enamorado como un loco de Judith, viviendo con
ella maritalmente y supeditado por completo a su voluntad, como si fuese
un esclavo, o más bien un ser automático.
--Según eso, reverendo padre--dijo María con ansiedad--, ese hombre ya
no se acordará de mí.
--¡Ay!, hija mía, ojalá fuese así.
--¡Me asusta usted, padre mío! ¿Qué quiere usted decir con eso?
El jesuíta, silencioso e inmóvil, se gozó durante algunos instantes en
contemplar la dolorosa zozobra de la joven, y al fin dijo con lentitud:
--Ese hombre, para tu desgracia, se acuerda mucho de ti y se complace
villanamente en burlarse de tu amor y en ostentar impúdicamente, a la
vista de todos, los recuerdos más íntimos de tu pasión.
María parecía aterrada por tales noticias, y mientras tanto el jesuíta,
con mefistofélica calma, seguía relatando la historia infame que
anticipadamente se había forjado.
Le era muy penoso, según él decía, hacer tales revelaciones a una joven
pura y honrada, que tal vez no pudiese resistir tan fatal información;
pero era preciso decir la verdad, pues de lo contrario, María, al no
tener pleno conocimiento de su infortunio, podría algún día caer en la
tentación de perdonar al que tanto la había ofendido. Zarzoso, según
afirmaba el jesuíta, al enamorarse de aquella perdida, había tenido el
especial gusto de burlarse de su antiguo amor, e impúdicamente enseñaba
a su banda de amigos y amigas, gentecilla perdida del Barrio Latino,
todos cuantos recuerdos conservaba de María.
--¿No tenía él--continuó el jesuíta--, un cofrecillo de laca en el que
guardaba todas tus cartas y algunos objetos que eran como prendas de
amor? Pues bien, hija mía, me cuesta mucho el decírselo, pues sé que
esto te producirá inmenso dolor; pero todo este tesoro de cariño, ese
montón de sagrados objetos, que debía inspirar a Zarzoso una adoración
casi santa, por proceder de quien proceden, sirve de objeto de befa a
toda la gentecilla depravada que vive en el Barrio Latino. Judith, esa
perdida que tiene esclavizado a tu antiguo novio, mete sin compasión sus
impuras manos en la cajita y revuelve tus cartas, tu retrato, tus
pañuelos y una trenza de cabello, mostrando todo esto a sus impuras
amigas para que saluden tu nombre con groseras carcajadas en presencia
de ese mismo Zarzoso, que muchas veces se une al coro de indecentes
chistes y obscenos comentarios que tu recuerdo provoca. Ya ves que
conozco bien el contenido de esa cajita de laca, lo que demuestra que
mis informes no pueden ser más ciertos.
María escuchaba pálida, aterrada, con los ojos desmesuradamente
abiertos, como si no pudiera creer en aquella infamia, que por lo
inmensa, nunca había llegado a imaginar.
No era la decepción amorosa lo que la hacía sufrir en aquel momento; no
sentía el dolor de la enamorada y tierna doncella que se contempla
olvidada con desprecio; en ella se había despertado la susceptibilidad
terrible y arrolladora, aquel amor propio que caracterizaba a la familia
de Baselga, y que prefería la muerte antes que quedar en ridículo.
La joven estaba abrumada por tan terribles revelaciones, y en su
imaginación veíase ella misma desnudada por el mismo Zarzoso, expuesta a
las miradas injuriosas e insultantes de una juventud ebria y corrompida,
la cual, entre carcajadas y groseros chistes, iba arrancándole a jirones
su propia piel. Este tormento era igual, en concepto de la joven, al que
le hacía sufrir Zarzoso entregando a la publicidad sus recuerdos de
amor, y haciendo que circulasen de mano en mano, entre mujeres impuras,
aquellas prendas queridas que ella había entregado en un momento de
pasión.
Era tan enorme esta ingratitud de Zarzoso, resultaba tan inverosímil el
ser tratada así por un hombre al que no había dado el menor motivo de
queja, que María levantó con arrogancia su frente, y clavando su fija
mirada en el jesuíta, exclamó:
--¡Pero, Dios mío! No es posible tanta infamia. Aunque Zarzoso me haya
olvidado por otra, no es natural que se complazca en insultarme de un
modo tan infame. Esto sería propio de una cruel venganza y yo no he dado
a mi novio el menor motivo de queja. ¡No, no es posible lo que usted
dice! Necesito pruebas para creerlo, ¿lo oye usted, padre Tomás?
Necesito pruebas.
Y al decir esto miraba al jesuíta con recelo, como si comenzara a
adivinar que todo aquello era un miserable tejido de falsedades.
El reverendo padre sonrió con frialdad y dijo con la misma expresión que
si compadeciera a María por su ceguedad amorosa:
--¿Te convencerías de lo que te digo si te enseñara alguna de esas
prendas de amor que entregaste a Zarzoso, y que éste tenía la obligación
de guardar?
--¿Y cómo puede usted haber adquirido esa prueba?
--Ya te dije que entre los amigos de Zarzoso circulan tus recuerdos de
amor como objetos de risa. Hoy se han cansado ya de burlarse de ti, y
por esto no le ha sido difícil adquirir uno de ellos al amigo a quien yo
encargué, cediendo a tus ruegos, que se enterase de la existencia de
Zarzoso en París. Tengo en mi poder un objeto que te pertenece, y
sépaslo, desgraciada, mi amigo lo adquirió de manos de la misma Judith a
cambio de unos cuantos francos.
María, pálida, y como si la emoción no le permitiese hablar, se limitó a
hacer un gesto imperioso, indicando que quería ver cuanto antes aquella
prueba fatal.
--Antes de verla--continuó el jesuíta--, conviene que recuerdes bien,
para que así sea más completa la identificación. ¿Antes de marchar
Zarzoso a París no le entregaste tú, una mañana, en el Retiro y en
presencia de doña Esperanza, un bucle de tu cabellera envuelto en un
papel en el que habías escrito algo?
María contestó moviendo afirmativamente la cabeza.
--Pues bien, desgraciada; mira esto y verás si lo reconoces.
Y el jesuíta, introduciendo una mano en el bolsillo de su sotana, sacó
el objeto que Judith había robado a su amante.
María, apenas tuvo en su mano aquel papel, reconoció su letra, y
abriéndolo vió que era el mismo rizo que ella había cortado de su
cabellera. No cabía ya la duda, y abrumada por una infamia tan evidente,
no tuvo fuerzas ni para lanzar la dolorosa exclamación de sorpresa que
subió hasta su garganta.
--¡Oh, qué infamia! ¿Qué he hecho yo para merecer tanta maldad?--y
murmurando estas palabras con quejumbroso acento, dejóse caer en el
sillón inmediato, pugnando por ahogar el llanto que hacía agitar su
pecho con movimientos de estertor.
El jesuíta permanecía impasible, como hombre incapaz de conmoverse por
la desesperación que producían sus mentiras y tuvo especial cuidado en
aumentar el dolor de su víctima, diciendo con amable expresión:
--Aun no lo has visto todo, hija mía. Fíjate bien en ese papel, que en
él hallarás la prueba de la repugnante burla de que has sido objeto.
María volvió a fijar nuevamente sus ojos en el papel de la envoltura, y
entonces vió la frase cínica, inmunda y repugnante que Judith había
estampado con su firma al pie de la tierna dedicatoria que ella había
escrito allí al entregar su recuerdo a Juanito.
Aquellas palabras de infame indecencia la anonadaron momentáneamente, y
retorciéndose en su asiento con suprema expresión de dolor, gritó sin
cuidarse de que la podían oír en el inmediato salón.
--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado, no se puede sufrir.
E inmediatamente experimentó una reacción propia de su carácter varonil
y su desaliento doloroso trocóse en furor e indignación.
Consideraba como un rasgo de imbecilidad el llorar y desesperarse por la
expresión infame de una mujerzuela corrompida. No, ella no lloraría; no
daría gusto a aquel canalla que estaba en París, manifestando dolor por
haber sido abandonada; lo que ella sentía era odio, inmensos deseos de
destrucción; lo que ella deseaba era vengarse de tales infames,
demostrarles que en nada la habían impresionado sus canallescas burlas.
Y manifestando estos pensamientos con entrecortadas palabras, iba de un
extremo a otro del gabinete, gesticulando como una loca y moviendo sus
crispadas manos en el vacío, como si buscara en él invisibles seres para
estrangularlos.
Aquella cara de mármol que se erguía impasible sobre el cuello de la
sotana, sonreía sin duda interiormente, y mientras tanto, con acento
paternal, aprobaba cuanto decía la joven.
--No es muy buena la venganza, hija mía; la Iglesia la prohibe; pero hay
ciertos momentos en la vida, en que conviene no recibir las ofensas con
evangélica mansedumbre. Tú puedes vengarte, hija mía; debes demostrar a
esos infames que de ti se han burlado, que no te impresionan gran cosa
sus insultos y sus injurias. Debes negar con un acto de enérgica
resolución ese amor del que se ha valido Zarzoso para ponerte en
ridículo.
Y hablando así, el jesuíta señalaba con un gesto expresivo el inmediato
salón.
María le comprendió inmediatamente. Sí, allí estaba la venganza, allí la
satisfacción del amor propio herido.
Guardó apresuradamente aquel papel que había derrumbado con rapidez el
aéreo palacio de sus ilusiones y, seguida del jesuíta, entró rápidamente
en el salón.
Los tertulianos, después de tomar su chocolate, seguían agrupados en
corrillos, conversando con animación, mientras la baronesa iba de unos a
otros, procurando ocultar la inquietud de su curiosidad, excitada por
aquella conferencia entre su sobrina y el jesuíta.
Apenas entró María en el salón, el elegante Ordóñez, como si presintiera
lo que iba a ocurrir, fué inmediatamente al encuentro de ella, que aún
mostraba en su rostro la anterior agitación.
--Señor Ordóñez--dijo María volviendo su vista a otra parte, como si
temiera que en sus ojos pudiera leerse lo que pensaba--. He tenido el
honor de que usted solicitara mi mano repetidas veces, atención que le
agradezco mucho. Entonces, no podía responder; pero hoy, por
circunstancias que no son del caso relatar, me considero libre y me
complazco en decirle que acepto. Hable usted con mi tía, a quien
considero como si fuese mi madre. Le advierto que por hoy no siento
hacia usted más que un sencillo afecto amistoso; pero tal vez con el
tiempo llegue a amarle si su conducta es como yo espero.
Ordóñez estaba asombrado más que por la resolución de María, por el modo
como se expresaba. Nunca había creído él a aquella muñeca capaz de
hablar con tanta serenidad y con un acento tan enérgico y decidido.
El joven se inclinó saludando profundamente, y mientras María se
retiraba del salón, el elegante se dirigió a la baronesa para pedirla la
mano de su sobrina, manifestando la conformidad de ésta, y añadiendo que
en caso de aceptar su demanda, iría al día siguiente su hermano mayor el
duque de Vegaverde, como jefe de la familia, a formular la petición
oficialmente.
Mientras la baronesa consultaba con una rápida mirada al padre Tomás,
los tertulianos se apercibieron de la significación de aquella escena;
así es que cesaron todas las conversaciones y aguardaron silenciosamente
la respuesta de doña Fernanda.
--Ya que la niña está conforme--dijo la baronesa--, por mí no hay
inconveniente. Creo que usted, al abandonar su vida de soltero, será un
marido virtuoso y cristiano que hará feliz a mi María.
Los tertulianos se manifestaron muy sorprendidos y contentos, por aquel
inesperado suceso que venía a turbar la monotonía de la reunión.
Menudearon los plácemes, quiso llamarse a la niña para felicitarla; pero
algunos, más considerados, se opusieron, teniendo en cuenta el rubor,
propio del caso.
El marqués académico, que era, de todos los presentes, el que se creía
con mayor competencia en asuntos de amor, charlaba por los codos, y
parándose ante cada grupo, exclamaba con la satisfacción del que dice
una gran cosa:
--¡Carape! Esto ha sido sorprendente; sí, señor, muy sorprendente. Lo
mismo que en las comedias, donde al finalizar el acto se casan los que
menos se imagina el espectador.
Mientras tanto, el héroe de la fiesta, o sea Ordóñez, había cogido al
padre Tomás de un brazo, y llevándoselo junto a un balcón, le
contemplaba admirado.
--¡Oh, reverendo padre!--le decía con acento respetuoso--; ahora estoy
más convencido que nunca de que es usted un gran hombre que alcanza
cuanto se propone. Me dijo usted que la propia María, a pesar de todos
sus desdenes, vendría a buscarme, y así a sucedido. ¿De qué misterioso
poder dispone usted, padre Tomás? Me parece que después de esto, ya
puede usted hacerle la competencia al diablo, seguro de ganarle.
El jesuíta parecía muy halagado por estas últimas palabras, que le
hacían sonreír con complacencia.
Mientras en la tertulia era todo agitación y gozo, María, encerrada en
su cuarto, daba por fin rienda suelta al tropel de lágrimas que antes
había contenido.
¡Adiós, muertas ilusiones! ¡Adiós, risueñas esperanzas de amor! Todo
había acabado para ella, y ahora marchaba rectamente a un porvenir
monótono y triste, unida a un hombre a quien no amaba y que casi le
resultaba odioso.
Sentía ya arrepentimiento por su desesperada resolución de momentos
antes; pero al convencerse de que todavía amaba a Juanito, volvía a
surgir en ella la indignación y el deseo de venganza que pedía a voces
el amor propio herido.
¿Por qué la había abandonado de un modo tan infame? No le amaría más,
aunque para ello tuviese que batallar con aquel corazón débil, que se
empeñaba en seguir considerando cariñosamente al que tanto la había
ofendido.
Su amor propio y su altivez de raza, eran incompatibles con la injusta
bondad y no la permitían desempeñar el papel de víctima resignada.
No se arrepentía de lo hecho; y si no hubiese encontrado a Ordóñez para
casarse, hubiera ofrecido su mano al primero que pasara por la calle.
Aquel papel que tenía entre sus manos, aquella inscripción insultante de
una meretriz impúdica, era suficiente para mantenerla en su furor y
hacer que, impulsada por el odio, se limpiase las lágrimas como
avergonzada de tal debilidad y se revolviera en su cuarto cual una leona
herida, derribando al paso cuantos muebles encontraba.
III
_Una respuesta del doctor Zarzoso_
Apenas la mano de María fué pedida oficialmente por el duque de
Vegaverde, aquel senador sesudo que consideraba con el mayor desprecio a
su hermano el calavera, la baronesa y el novio, aconsejados por su
irreemplazable oráculo el padre Tomás, comenzaron a arreglar todos los
preparativos de la boda.
Doña Fernanda, no se sabe si por propia inspiración o por ajeno consejo,
se mostraba muy radical en todos estos preparativos.
--Yo no soy partidaria de los noviazgos largos--decía continuamente a
sus amigos--. Me gusta que lo que tenga que ser, sea pronto.
Y por esto la boda de María marchaba con gran rapidez a su desenlace.
El suceso era muy comentado en la alta sociedad, pues llamaba la
atención, tanto la respetable fortuna de María como los antecedentes del
novio, que no podían ser más públicos.
Ordóñez, tal vez porque envidiaban muchos su buena suerte, era objeto de
numerosos e irónicos comentarios.
--Ese ya ha encontrado lo que quería--decían sus amigos en el Casino--.
Una mujer millonaria y además beata y algo tonta, según aseguran los que
la conocen. Es de esperar que antes de dos años, Ordóñez se haya comido
la fortuna.
El padre Tomás había fijado la boda para dos semanas después del día en
que María aceptó la declaración de Ordóñez, y como hombre poderoso en
todos los asuntos concernientes a la Iglesia, se había encargado del
arreglo de los documentos y demás formalidades necesarias para que el
matrimonio canónico se efectuara en el plazo marcado.
María asistía como una sonámbula a todos aquellos preparativos de boda,
que parecían destinados a otra mujer, según la impasibilidad con que los
acogía.
Recibía, al lado de su tía, las visitas íntimas, acogiendo sus
felicitaciones con estúpidas sonrisas; y experimentaba alegrías de niña
mimada al ver los regalos con que la obsequiaban los numerosos amigos de
la casa y las principales familias de la nobleza, unidas a los Baselgas
con lazos de parentesco más o menos lejano.
Muchas veces, en aquella calma insensible en que parecía sumida, surgían
relampagueos de odio que la hacían recordar su exacta situación. Era
entonces cuando menos arrepentida se mostraba del matrimonio que iba a
contraer, y experimentaba una alegría amarga y punzante, pensando que
todo aquello le serviría para vengarse del hombre que tan injustamente
la había despreciado.
Abrigaba la esperanza de que Zarzoso no era capaz de olvidarla
repentinamente tan por completo y creía que el día en que tuviese
noticia de su casamiento, el joven médico sentiría renacer su antigua
pasión y experimentaría un remordimiento sin límites.
En esto cifraba María su venganza, y por ello cada vez que recibía un
regalo de bodas o su futuro esposo le dirigía una galantería amorosa,
pensaba con fruición en que si Zarzoso estuviera allí todo aquello sería
para él un motivo de terrible desesperación.
Se aproximaba el día señalado para la boda, y la baronesa mostrábase muy
complacida en arreglar las cosas con solemnidad. Quería que todo se
hiciese en grande, como correspondía a la clase social de los novios, y
además por su afición tradicional, odiaba las costumbres de la moderna
aristocracia que efectúa los casamientos con sencillez casi ocultándose,
como si se avergonzara de un acto tan solemne.
Ella quería que el matrimonio de su sobrina fuese bien público, a la luz
del día, con aparato casi regio; y en esto la apoyaba Ordóñez a quien no
le venía mal que moviese mucho ruido su boda con una millonaria, en
aquella sociedad que, aunque le halagaba, le tenía por un estafador y un
aventurero de mala ley.
El padre Tomás dispensaría a los novios el alto honor de darles su
bendición. Al acto, que se verificaría en la capilla de la casa,
acudiría lo más selecto de todo Madrid, y la misa sería amenizada por
una gran orquesta y los principales cantantes del teatro Real. En fin,
que la baronesa, ya que no había conseguido que su sobrina fuese monja,
quería al menos que su casamiento metiese ruido en el gran mundo, y no
reparaba en gastar miles de duros, aunque esto le atrajera el dictado de
cursi.
Terminada la ceremonia, los novios saldrían de Madrid para efectuar el
largo viaje que es de rúbrica y cuyo itinerario se discutió bastante;
pues María no transigía con entrar en París, aunque sólo fuera de paso.
A pesar del ansia de venganza que sentía y su vehemente deseo de
mortificar a Zarzoso, estremecíase solamente al imaginar que podía
encontrarse en los bulevares con el joven médico, yendo ella del brazo
con Ordóñez.
La proximidad de su matrimonio no evitaba que pensase en su antiguo
amor, y la víspera misma de la ceremonia fué cuando envió a París el
papel que envolvía sus cabellos, con una carta sin firma, en la que daba
cuenta de su casamiento, experimentando, al pensar lo que sufriría
Zarzoso al recibirla, la amarga complacencia del desesperado que muere
matando.
Cuando entregó la carta a doña Esperanza, que esta vez fué fiel y la
puso en el correo, experimentó cierto vacío, como si con aquella prueba
fatal que tanto excitaba su odio, desapareciera el vehemente deseo de
venganza.
Mostrábase arrepentida de su violenta resolución que la empujaba a un
matrimonio poco grato, y para hacer más doloroso su estado, la víspera
misma de la boda, doña Fernanda sufrió un accidente, que puso en
conmoción toda la casa.
No se supo si fué a consecuencia de la agitación producida por los
preparativos de la boda o por el berrinche que la causaron las
murmuraciones de ciertas amigas suyas que la criticaban por lo ostentoso
de la boda, tachándola de cursi y de persona de mal gusto; pero lo
cierto resultó que en aquella mañana doña Fernanda tuvo un ataque de
nervios, asustando a toda la servidumbre pues desde la muerte de su
hermano el padre Ricardo, no la habían visto en un estado tan alarmante.
Fueron a buscar en seguida al viejo doctor Zarzoso, y como si su
presencia ejerciera cierto influjo sobre el excitado ánimo de la
baronesa, ésta se calmó apenas el doctor estuvo algunos minutos a su
lado.
María experimentaba gran complacencia al ver en su casa, y en la víspera
de la boda, al tío del hombre odiado, v se mostraba amable en extremo,
enseñándole sus regalos de boda, y abrumándole a fuerza de atenciones,
con el loco intento de mortificarle como si el pobre señor hubiese
alguna vez tenido noticias de que Juanito era el dueño de aquella
beldad.
El doctor, como un oso domesticado a medias, refunfuñando y visiblemente
molestado, se dejaba llevar por la joven, no pudiendo comprender el
motivo de tanta amabilidad. Siempre le había llamado la atención la
inexplicable benevolencia de aquella joven sonriente, a la que él, por
otra parte, consideraba con alguna simpatía, pues en su concepto era la
única sangre algo pura que había en la familia.
Miraba con poca atención todos los valiosos objetos que le enseñaba la
joven y que para él eran chucherías sin importancia, dijes propios del
afeminamiento que existía en la sociedad; pero, en cambio, no quitaba
sus ojos del novio, de aquel Ordóñez, al que miraba con la misma
atención que el naturalista contempla a un bicho raro.
¡Vaya un tipo el de aquel elegante, enjuto, extenuado, y que con gestos
de soberano desdén ocultaba el aire de cansancio de la vida que se
notaba en su rostro! El doctor admiraba a este representante de la
degeneración aristocrática que era un tipo acabado de esa degradación
hereditaria de las altas familias, que tiene su principio en la
glotonería y en la lujuria y su fin en el raquitismo y la imbecilidad.
No pasaban inadvertidas para el doctor las señales exteriores que en
aquel mozo había dejado su anterior vida de crápula, y se fijaba con una
insistencia que no pasaba inadvertida para Ordóñez en las manchas de su
rostro, que delataban un emponzoñamiento de la sangre por la lepra del
vicio.
La mirada del viejo Zarzoso iba desde Ordóñez a aquella joven robusta,
fresca y alegre, a la que quería por no pertenecer físicamente a la raza
aristocrática y degenerada que tales censuras le merecía; y al pensar
que iban a unirse en íntimo contacto dos organismos tan distintos,
sintió tentaciones de protestar en nombre de la salud y de la
Naturaleza, amenazando, en caso contrario, con un contagio terrible que
desharía rápidamente la lozanía y el vigor de una joven tan sana, fuerte
y hermosa.
Pero el doctor se abstuvo de hablar en presencia de toda aquella gente
aristocrática, que podía considerarse aludida por sus apreciaciones, y
se despidió de todos, dando las gracias a María por su amabilidad y a la
baronesa por su invitación a que asistiera a la fiesta del día
siguiente.
Doña Fernanda, en vista de la negativa del doctor y de que ella no se
sentía aún muy segura de sus nervios, le arrancó la promesa de que al
menos al día siguiente iría a visitarla después que hubiese terminado la
ceremonia.
Cuando el viejo Zarzoso salió a la calle iba refunfuñando:
--Ese casamiento es un asesinato que se lleva a cabo en presencia de la
sociedad entera y sin que ninguna ley lo castigue. Ni al mismo diablo se
le ocurre casar una muchacha sana y robusta con un hombre que en las
venas debe tener pus en vez de sangre. ¡Bueno está el tal mocito! De
seguro que tiene la tuberculosis y no tardará en contagiar al organismo
puro de su mujer. ¡Buenos hijos producirá el tal matrimonio! Las leyes
de hoy son una farsa, pues sólo tratan de cosas que únicamente debían
ser de la competencia de los médicos alienistas, y en cambio no se
preocupan del porvenir de la humanidad. ¡Ni una sola disposición para
fomentar el vigor y la salud de las generaciones venideras! Si estos
Gobiernos tuvieran sentido común, ordenarían el examen médico antes de
todo matrimonio; así se evitarían muchas desgracias y podríamos
librarnos de que antes de un par de siglos la humanidad sea un vasto
hospital y un gigantesco manicomio.
Al día siguiente verificóse el acto del que tanto se hablaba en la alta
sociedad.
María y Ordóñez se casaron con todas las solemnidades deseadas por doña
Fernanda, y después de despedirse de aquel público brillante y
privilegiado que había asistido a la ceremonia, salieron para el
extranjero.
La baronesa se despidió de ellos en el mismo andén de la estación, y
cuando volvió a su casa, recibió al poco rato la visita del doctor
Zarzoso.
--¡Ay, querido doctor!--le dijo la baronesa--. ¡Qué sola me encuentro
desde que ha partido la niña! Parece como que la casa está deshabitada.
Y sin embargo, estoy contenta, sí, señor, muy contenta. La ceremonia del
matrimonio ha sido una fiesta solemnísima, como en muchos años no se
había visto en Madrid. Además, María será muy feliz, tendrá un esposo
modelo.
Debió traslucirse en el rostro del doctor el mal efecto que le causaban
estas palabras, por cuanto la baronesa se apresuró a añadir:
--¿No piensa usted lo mismo que yo? ¿Cree usted que este matrimonio
resultará desgraciado? Vamos a ver, hable usted con entera franqueza.
¿Qué opina usted del casamiento de mi sobrina?
El doctor saludó y dijo con su rudeza que no admitía réplica:
--Señora, opino que ese casamiento ha sido un crimen.
PARTE SEGUNDA
PAQUITO ORDOÑEZ
I
La clínica de los niños.
Todas las mañanas, a las once, el portero de aquella gran casa de la
Carrera de San Jerónimo experimentaba una sorda desesperación que se
conocía en su rostro, al ver subir por la escalera de deslumbrante
mármol, adornada en el centro por una ancha faja de fieltro rojo sujeta
con doradas varillas, a toda una procesión de gente pobre, sucia y
desharrapada, en su mayoría mujeres de los barrios bajos, llevando al
brazo o cogidos de a mano una turba de chiquillos voceadores y
mugrientos, que al mismo tiempo que ensuciaban los brillantes peldaños,
promovían al subir, temerosos y azorados, una verdadera tempestad de
protestas, lloros y aullidos.
Era la hora en que se abría la Clínica gratuíta para enfermedades de los
niños en el segundo piso, donde vivían, instalados con gran lujo, el
viejo doctor Zarzoso, catedrático jubilado de la Escuela de San Carlos y
que ya no quería visitar, y su sobrino don Juan Zarzoso, médico de gran
fama, a pesar de su juventud, tanto por numerosas curas casi milagrosas
que había realizado, como por haber permanecido cinco años en París
estudiando la especialidad de enfermedades infantiles, circunstancia que
no era la que menos impresión causaba en la generalidad del vulgo, que
mira con cierto respeto supersticioso la ciencia que procede del
extranjero.
El joven doctor era muy apreciado entre las clases elevadas de Madrid;
pero este afecto no tenía comparación con la popularidad que gozaba
entre la gente humilde, a causa de aquella consulta gratuíta que abría
todas las mañanas en su propia casa, y en la cual no sólo recetaba, sino
que muchas veces, cuando se hallaba en presencia de la verdadera
miseria, proporcionaba a los enfermos medios de subsistencia y de
higiene.
Aquella sucia oleada de pobreza que todos los días invadía la hermosa
escalera produciendo sordo rumor, malhumoraba al rígido portero y a los
inquilinos de las otras habitaciones. Hasta el mismo doctor Zarzoso, el
viejo, encontraba que iba haciéndose abusiva aquella clientela, que
aumentaba rápidamente; pero en el fondo agradábanle mucho la delicadeza
y paciencia de su sobrino al socorrer a la humanidad doliente.
Complacíase en reconocer que Juanito no era rudo y atrabiliario como él,
que según decían en el hospital, siempre había hecho el bien a
puñetazos.
El joven Zarzoso tenía una popularidad tan grande, que de haberse
presentado alguna vez en los barrios bajos solicitando algo de sus
clientes, es indudable que todas las madres le hubiesen llevado en
triunfo, dejándose matar por él.
Su nombre corría de boca en boca por los barrios obreros, y no caía
enfermo un pequeñuelo, sin que faltase al momento la amiga oficiosa que
se encargase de decir a la desconsolada madre que aquello no sería nada,
pues bastaba que al día siguiente fuese con el pedazo de sus entrañas a
casa del médico joven, como le llamaban por antonomasia; un señor _mu_
amable, _mu_ fino y _mu cabayero_, que no sólo se abstenía de sacarles
pesetas a los pobres, sino que si les faltaba algo para poner el
puchero, se rascaba el bolsillo en obsequio del pobre enfermito.
La fama de aquel bienhechor corría de un extremo a otro de Madrid, y las
horas de consulta gratuíta eran muchas veces insuficientes para la
inmensa concurrencia de madres y padres, con sus correspondientes
pequeñuelos, que no encontrando sitio en las antesalas ni aun para
permanecer en pie, acampaban en la escalera y tomaban asiento en los
peldaños de mármol, con gran desesperación del portero, que veía
aumentarse con esto sus tareas de limpieza.
A la gratitud vehemente y conmovedora de aquella clientela miserable,
uníase cierta satisfacción de amor propio halagado, al saber que el
mismo médico que curaba gratis a la gente pobre, era muy apreciado entre
las clases acaudaladas, a las cuales hacía pagar las visitas con
bastante esplendidez.
Esto contribuía a aumentar su popularidad entre los miserables.
--Es un grande hombre--decían algunos de los filósofos con gorra de seda
y blusa blanca de los barrios bajos--. Ese _cabayero_ sabría arreglar
perfectamente la cuestión social. Les saca a los ricos cuanto puede para
dárnoslo a los _probes_.
Hasta las once de la mañana el portero tenía orden de no permitir la
entrada a las mujeres y niños, que iban deteniéndose en la acera y
entablando conversaciones sobre las enfermedades que les obligaban a ir
en busca del bondadoso médico; pero apenas sonaba dicha hora, el rebaño
de la miseria asaltaba la escalera, anunciando su presencia con un
confuso pataleo, y pugnando todas las madres por llegar las primeras y
coger buen número, entraban en los lujosos salones de espera, donde los
criados iban estableciendo el turno entre aquella pobre gente, que por
su escasa educación provocaba a cada instante ruidosos altercados.
Zarzoso, con algunos ayudantes jóvenes como él, y que le admiraban cual
a maestro, ocupaba un gabinete por el que iban desfilando todos los
niños, con el acompañamiento de sus familias, las cuales contestaban a
coro a todas las preguntas del doctor, y muchas veces se enzarzaban en
grotesca discusión antes de dar una respuesta.
Necesitábase toda la paciencia del joven doctor y su sonriente calma
para sufrir diariamente aquella consulta de algunas horas que fatigaba a
sus ayudantes.
Las madres, al hablar al doctor, lloriqueaban como si vieran ya a sus
hijuelos camino del cementerio; los niños, temerosos y asustados al
fijarse en los aparatos y objetos científicos que estaban en el
gabinete, aullaban apenas el doctor les ponía la mano encima, como si
temiesen que cada uno de sus dedos fuera a convertirse en un cuchillete
que practicara en su cuerpo las más dolorosas operaciones; y fuera del
local de la consulta en aquellos dos vastos salones de espera, sonaba un
murmullo de gigantesca colmena, producido por la impaciencia de la gente
que deseaba entrar.
Algunas veces el viejo doctor Zarzoso salía de sus habitaciones y se
encaminaba al gabinete de consultas, pasando por entre aquella multitud
a cuyos saludos contestaba refunfuñando y repartiendo algunos tirones de
orejas entre los chicuelos, que jugueteaban con la misma confianza que
si estuvieran en la Ronda o se escondían tras los muebles.
A pesar de que le satisfacía el inmenso y conmovedor servicio que
prestaba su sobrino, el viejo doctor refunfuñaba por costumbre.
--Esto es intolerable--le decía a Juan--. Has convertido nuestra casa en
una prolongación de la calle. ¡Vaya una confianza la de esa gente que
hace aquí lo mismo que si estuviera en su casa! Yo no critico el que
cures a toda esa gente; lo que si encuentro mal es que tengas tus
habitaciones particulares tan mal arregladas, y, en cambio, te hayas
gastado tantos miles de pesetas en amueblar esos salones que solo sirven
para que esperen en ellos las gentes más piojosas de Madrid. Ya que
tienes ese capricho, al menos procura rociar con ácido fénico todos los
muebles. Los criados dicen que, después que se va esa gente, necesitan
temer abiertos los balcones más de dos horas para que se aireen las
habitaciones, y aun así, todavía queda olor. ¡Vaya una gente curiosa!
Hay ahí una caterva de chicuelos tiñosos que se restregan la cabeza
contra el respaldo de los sillones, y el otro día agarré a un pillete en
el acto de limpiarse los mocos con una cortina de terciopelo. ¡Flojo fué
el cachete que se llevó!
Y así seguía el viejo enumerando todos los abusos de aquella gente, sin
que en el fondo los sintiera gran cosa, pues únicamente le servían para
refunfuñar y desahogar su rudo carácter, que todo lo encontraba mal.
El joven Zarzoso limitábase a sonreír en contestación a todas las quejas
que con agrio acento formulaba su tío.
--Hay que dejar a los pobres--decía a sus ayudantes--que gocen de
algunas comodidades, aunque sólo sea por unas cuantas horas. Es criminal
y egoísta el reservarse para uno solo las ventajas que le produce su
posición social.
Y con cierta coquetería de bienhechor satisfecho de sus actos, atendía
al embellecimiento de aquellos salones, por los que desfilaba todo el
Madrid miserable, sin fijarse en que este capricho le costaba mucho
dinero.
Las respetuosas indicaciones de sus criados merecían siempre idéntica
contestación.
--Señor, la alfombra del salón número uno está ya muy ajada. La compró
el señor este mismo año y, sin embargo, está quemada y rota.
--Avisa al tapicero y que ponga otra.
--Si me lo permite el señor, le indicaré que hay unas alfombras de
fieltro más baratas y más fuertes. Así me lo ha dicho el tapicero.
--Haz lo que te digo, y que la alfombra sea de igual clase que la rota.
Y a este tenor eran todas las conversaciones entre Zarzoso y sus
criados. La seda de los sillones habían de cambiarla cada tres meses, a
causa de los desahogos naturales de los niños y del pringue que en ella
dejaban las faldas de las madres; y no todo era suciedad de la miseria,
pues también el irritante abuso y la costumbre del delito pasaban por
allí dejando sus huellas, sin tener en cuenta la misión sagrada y santa
que en aquella casa se cumplía.
Las flores de las doradas jardineras, las estatuillas puestas encima de
las chimeneas y los _bibelots_ que adornaban los rincones, eran hurtados
diestramente, a pesar de la vigilancia de la servidumbre.
Había entre aquella gente desharrapada muchos seres que, por costumbre o
por manía, sentían removerse en su interior el instinto del robo a la
vista de tales preciosidades; y, a pesar de que esto era una
confirmación práctica de las teorías que sustentaba el viejo doctor
Zarzoso, éste juraba como un condenado cada vez que desaparecía un
objeto, y afirmaba que cualquier día iba a ponerle una carta al
gobernador pidiendo que considerara aquellos salones como vía pública y
estableciera en ellos un retén de Policía.
La benévola calma del joven doctor era inalterable, y en vez de
ofenderse por unos robos que tanta ingratitud denotaban, aún se
esforzaba en excusar a los autores, fundándose en su escasa educación,
en el ambiente en que vivían, etc.
--Señor, los libros y los álbumes artísticos que puso usted en los
veladores de los salones han desaparecido en su mayor parte, y los que
quedan están faltos de hojas y les han arrancado las mejores láminas.
--Está bien--contestaba sonriendo--; me gusta la noticia. Eso demuestra
que esa pobre gente siente el afán de ilustrarse, y para aprender a
salir de la ignorancia apela hasta al robo. Mañana pondremos más libros.
Y de este modo aquel joven bienhechor que se esforzaba en servir a sus
semejantes sin hacer ostentación de su virtud y sin fijarse casi en sus
actos, seguía acogiendo pacientemente, todos los días, a aquella turba
de desgraciados, atento únicamente a hacer bien y sin fijarse en los
desmanes que pudieran cometer en su propia casa.
Era rico; los niños nacidos en elegantes alcobas y criados entre los
esplendores del lujo, se encargaban de proporcionarle con sus dolencias
hereditarias, cuanto dinero necesitaba para sus filantrópicos
despilfarros, y bien podía el darse el gusto de derrochar miles de duros
auxiliando a la clase obrera y desheredada, siendo el protector de
aquellos otros niños que, no solo carecían de comodidades, sino que
muchas veces su enfermedad procedía de la falta de nutrición.
Su clientela pobre y el estudio de los últimos adelantos científicos
constituían sus únicos placeres, y, a pesar de la riqueza y el lujo que
le rodeaban, hacia una vida casi austera que alarmaba a su tío, a pesar
de que este, entregado de lleno a la ciencia, no había gustado gran cosa
de los placeres de la vida.
El viejo doctor tenía a veces ideas muy originales, según afirmaba su
sobrino. Cada vez que se enfurecía con los desacatos de aquella
clientela pobre, terminaba sus recriminaciones siempre con la misma
pregunta:
--Oye, Juan: ¿por qué no te casas? la presencia de una mujer aquí
pondría orden y haría que acabasen todos esos abusos que me irritan.
--Y usted, ¿por qué no se ha casado, tío?--decía el joven, eludiendo la
respuesta.
--Porque nunca he tenido tiempo para pensar en eso y porque no había a
mi lado una persona que me lo recordase. Pero tú que me tienes a mí,
debes seguir mi consejo, y si te decides a casarte, yo me encargo de
buscar una mujer, que a más de las condiciones de su sexo, tenga la
salud necesaria y un gran equilibrio orgánico, para que vuestros hijos
no sean micos, como la mayor parte de los productos de la generación
actual. Vamos, sobrino, decídete; me gustaría eso de tener nietos sin
haber sido padre.
Pero el joven no se dejaba convencer por las palabras de su tío, a las
que respondía siempre con una enigmática sonrisa.
El ya estaba casado. Había contraído matrimonio con toda la pobreza de
Madrid, y le sería fiel mientras viviese.
Esta resolución le resultaba muy extraña al tío, quien llegó a creer en
ciertos momentos que su sobrino tenía amores ocultos; alguna querida a
quien visitaba en secreto; pero no tardó en convencerse de la falsedad
de tales suposiciones.
La ciencia y el bien de sus semejantes eran las únicas pasiones del
joven doctor.
Una mañana en que caía uno de esos terribles aguaceros que convierten
las calles en arroyos y dispersan rápidamente a los transeúntes que se
guarecen en los portales temiendo por la integridad de sus paraguas,
Zarzoso abrió su Clínica, como de costumbre, a las once.
Era poca la gente que esperaba, en proporción a la de otros días, pues
sólo en uno de los salones se agrupaban algunas mujeres con sus niños.
La lluvia había acobardado, indudablemente, a muchos de los que asistían
diariamente a la Clínica.
Fueron desfilando por la puerta del gabinete aquellos grupos de
desgraciados, dejando sobre las ricas alfombras sucias manchas con sus
embarrados pies, y cuando ya no quedaban esperando más que dos o tres
familias, entró apresuradamente en el primer salón de espera un hombre
moreno, fornido y con patillas a la inglesa, que vestía una lujosa
librea.
Preguntó apresuradamente por el doctor a uno de los criados, que le
trataba con gran atención, ateniéndose a que aquel servidor, por su
traje y por sus maneras, debía pertenecer a una gran casa.
Quería ver al doctor inmediatamente, y cuando el criado de éste le dijo
que su señor no estaría libre hasta que terminase la consulta, el recién
llegado manifestó gran alarma.
--Es un caso de urgencia--decía en voz alta, sin fijarse en la
curiosidad con que le oían las gentes que aún estaban en el salón de
espera--. El señorito se muere y la señora condesa espera al doctor como
si esperase a Dios. Vaya, amigo--continuó dirigiéndose al criado--;
haga, por Dios, el favor de decirle al señor Zarzoso que me deje entrar
en su gabinete, para rogarle que venga en seguida.
El criado entró en la habitación donde estaba su señor y momentos
después volvió a salir, dejando franca la puerta al recién llegado.
Este, cuando se halló en presencia de Zarzoso y sus ayudantes, le rogó,
con entrecortadas frases, que le siguiera sin pérdida de tiempo.
--Tengo abajo el carruaje, señor doctor. Venga usted cuanto antes, pues
la señora condesa está muy asustada en vista de la enfermedad de su
hijo.
Zarzoso estaba muy acostumbrado a aquella clase de entradas rápidas e
inesperadas, en las cuales se pintaba la zozobra y la alarma, y por esto
preguntó con el tono frío e indiferente del que cumple un acto de su
profesión:
--¿Dónde vive la señora de usted?
--En el paseo de la Castellana. Mi señora es la condesa de Baselga.
Zarzoso, a pesar de su carácter frío e impasible, y del gran dominio que
tenía sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo movimiento que
aquel criado tomó por una negativa.
--¡Qué! ¿No quiere el señor venir?
Zarzoso parecía dudar y, por fin, contestó:
--Iré después, cuando termine la consulta.
--¡Por Dios!, señor doctor. Ese retardo sería fatal; el señorito está
muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de desesperación
si usted tarda en presentarse.
--¿Es el hijo de la condesa el enfermo?
--Sí, señor doctor; su hijo, su hijo único; un niño que siempre está
enfermo. La señora condesa tiene en usted gran confianza y me ha
encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El señor doctor
comprenderá que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser
muy urgente.
A Zarzoso le pareció que el criado decía estas últimas palabras con
cierta intención, y hasta creyó ver en sus ojos una expresión maliciosa
que subrayaba lo anteriormente dicho.
¿Llamarle a él María? ¿Pedirle que fuese a su casa para que salvase a su
hijo; a aquel fruto de una unión que tanto le atormentaba? ¡Qué cosas
tan extrañas ofrece la vida!
Aquella frialdad de carácter, aquel tenaz empeño de olvidar el pasado,
aquella vida ascética que había caído como una losa sobre sus recuerdos,
permitiéndole vivir tranquilo durante cinco años, todo se desvaneció
rápidamente, y los antiguos sentimientos volvieron a reaparecer.
Zarzoso creyó sentir sobre su rostro la caricia del pasado y que un
ambiente de nueva juventud le rodeaba, y hasta se creyó igual,
momentáneamente, a aquellos tiempos en que, todavía estudiante, iba a la
calle de Atocha a esperar una ocasión favorable para ver un instante a
María asomada tras los vidrios de un balcón.
--Vamos allá--fué todo lo que dijo al criado; y pidiendo a uno de su
servidumbre el sombrero y el gabán, salió por entre aquella clientela
que miraba hostilmente al hombretón que había venido a arrebatarles su
médico.
Los ayudantes de Zarzoso quedaron encargados de la clínica, como era
costumbre cuando éste tenía que ausentarse.
Frente a la puerta de la casa, estaba parada una elegante berlina con
soberbio tronco, cuyos cocheros aguantaban, impávidos e inmóviles, el
diluvio que les caía encima.
El médico y el criado atravesaron rápidamente la acera bajo aquel
torbellino de agua, y Zarzoso tomó asiento en el interior de la berlina,
mientras su acompañante gritaba: "¡A casa!", y se colocaba después
frente al doctor.
El carruaje emprendió una desesperada carrera por las calles casi
solitarias, arrastrado por aquel par de fogosas bestias, a quienes
cegaba la lluvia que el viento empujaba hacia sus ojos.
En el interior de la berlina, el criado, con su galoneada gorra en la
mano, pues no quería cubrirse en presencia del doctor, miraba a éste con
sonriente fijeza.
Su voz vino a sacar de pronto al doctor de las reflexiones en que
parecía sumido, mientras miraba distraídamente las gotas de lluvia que
se deslizaban por los vidrios de las portezuelas.
--Creo, señor doctor, que usted no me ha conocido.
Zarzoso le miró por algunos momentos, y después hizo un gesto negativo.
--Sin embargo--continuó el criado--, hace ya mucho tiempo que nos
conocemos, sólo que este traje que ahora visto y los modales propios de
la profesión, desfiguran mucho al hombre. Míreme usted bien. ¿De veras
que no me conoce?
Zarzoso volvió a hacer otro ademán negativo, y entonces el criado dijo
alegremente y con expresión de confianza:
--Pues bien, don Juan; yo soy Pedro Martínez, el antiguo asistente de
don Esteban Alvarez, aquel Perico que usted conoció allá, en París, en
la calle del Sena.
II
¡La familia está completa!
Aquella mañana era de sorpresas para el doctor Zarzoso. Le llamaba la
mujer a quien tanto había amado, y después reconocía a un antiguo amigo
en el criado que había ido a avisarle.
No le cupo duda alguna al joven doctor de que aquel hombre era el
antiguo y fiel compañero de don Esteban Alvarez. Era verdad que la
librea le desfiguraba mucho, pero, a pesar de esto, su rostro, aunque
algo modificado por el tiempo, tenía aún aquellas facciones rudas y
enérgicas que, según el mismo interesado, eran el distintivo de todos
los brutos que habían tenido la honra de nacer en la parroquia de San
Pablo, de Zaragoza.
Zarzoso había perdido de vista al fiel Perico poco después de la muerte
de su señor. Sin despedirse de otra persona que de Agramunt, desapareció
de París, sin decir adónde iba, y ahora se lo encontraba Zarzoso
convertido en criado de una gran casa y siendo, sin duda, el servidor de
confianza de María.
El joven doctor estrechó la mano que le tendía su antiguo y rudo amigo,
el cual, comprendiendo que Zarzoso deseaba conocer la causa de aquel
cambio, habló así:
--Apenas me vi solo en París, me propuse cumplir, sin pérdida de tiempo,
el ruego que mi difunto señor, el buen don Esteban, me había hecho poco
antes de su muerte. Prometí yo pasar el resto de mi vida al lado de su
hija doña María, velando por ella y dispuesto a toda clase de
sacrificios si se encontraba en un peligro, y pocos meses después de la
muerte de mi señor me vine a Madrid con la intención de cumplir lo
prometido. La condesa de Baselga había vuelto ya de su viaje de novios,
y su marido, que es un antiguo calavera, y que aquí entre los dos lo
considero como un pillete, capaz, si lo dejaran, de comerse en cuatro
días la fortuna de su mujer, se estaba ocupando entonces en montar su
casa al estilo más moderno y elegante. El palacio de la calle de Atocha,
con ser hermosísimo y estar dispuesto con las mayores comodidades, no le
parecía bien al señor, por resultar, según él decía, anticuado y
sombrío, y no paró hasta convencer a su esposa y a la tía, de que dicha
finca debía venderse, comprando con el producto de esta venta un
magnifico hotel con jardín en el paseo de la Castellana.
Así se hizo, y al mismo tiempo que mudaron de domicilio, reemplazaron la
servidumbre; y todos aquellos criados de la baronesa, que tenían aire de
mandaderos de monjas, fueron despedidos y reemplazados por nuevos
domésticos.
Entonces entré yo en la casa sin encontrar obstáculo alguno, pues bastó
presentar mis certificados acreditando que había servido mucho tiempo en
París y demostrar que conocía con alguna perfección el francés, para que
inmediatamente me admitiesen, pues la gente aristocrática, con su
habitual extravagancia, prefiere siempre los criados extranjeros a los
del país. Hace ya mucho tiempo que estoy en la casa, y todo va en ella
con bastante regularidad. La señora, a pesar de que ignora la sagrada
misión que me he impuesto de velar por ella, me trata con gran
amabilidad, y soy, de todos los criados, el que mejor merece su
confianza. Parece que lea en mis ojos el interés que me inspira. Yo soy
el hombre a quien ella acude en todos sus momentos de tribulación, y
aunque nunca olvida su rango y me habla siempre con cierta altivez
natural, no por eso ha dejado, en algunas ocasiones, de escapársele
ciertas palabras que demuestran su situación y el poco afecto que existe
entre ella y su esposo.
--¿Cuál es la conducta de Ordóñez?--preguntó Zarzoso con marcado
interés.
--El señor sigue siendo tan calavera como antes de su matrimonio. En los
primeros meses se contuvo y mostraba cierto empeño en agradar a su
esposa; pero desde que tuvieron el hijo y la señora estuvo muy enferma,
volvió a sus antiguas costumbres y creo que desde entonces se ocupa en
derrochar las rentas de la colosal fortuna de su mujer. Como sus
calaveradas en Madrid son inmediatamente del dominio público y hacen
que, tanto la baronesa como su inseparable consejero, el padre Tomás, le
citen a capítulo y le endilguen severas reflexiones, él ha encontrado
ahora el medio de ponerse a salvo de tales censuras, emprendiendo
continuos viajes, con excusa de su afición a las carreras de caballos
ahora está en Londres por un asunto de _sport_, y como también la
baronesa se halla ausente por haber ido a ciertos famosos ejercicios en
un convento que los jesuítas tienen en el Norte, de aquí que la señora,
al verse sola en casa y con el niño enfermo de tanta gravedad, haya
perdido la cabeza hasta el punto de llamarle a usted. Crea, señor
doctor, que para la condesa supone un inmenso sacrificio eso de llamarle
a usted a su casa. Se conoce que le quiere a usted muy mal. Como yo
sabía sus antiguas relaciones, varias veces en la conversación he
procurado sacar a plaza el nombre de usted, con la idea de ver que
efecto le producía saber la fama y la justa popularidad que usted goza
en Madrid por sus beneficios; pero siempre ha puesto mal gesto, y con
acento enojado ha procurado desviar la conversación.
A Zarzoso producíale un efecto fatal el saber que María le odiaba,
guardándole aún rencor por aquella traidora caída que ocultos enemigos
le habían hecho sufrir en París, y mientras él reflexionaba sobre sus
antiguos y desgraciados amores, el sencillo Pedro añadió:
--Y, sin embargo, la condesa hubiese sido muy feliz casándose con usted,
que de seguro no la haría sufrir como el granuja de su marido. Pero
todas las mujeres son ciegas cuando se trata de su porvenir, y más aún
las pertenecientes a la familia Baselga, gente altiva y orgullos, que
por escrúpulos de nacimiento, abandonan siempre a los hombres que las
quieren, para casarse después con verdaderos perdidos.
La veloz berlina, pasando como un rayo la calle de Alcalá, había entrado
en el paseo de la Castellana, y atravesando una magnífica verja con
remates dorados, rodó por la enarenada avenida, hasta detenerse bajo una
gran marquesina de cristales, en la que caía la lluvia con incesante
murmullo.
El doctor y el criado saltaron a tierra y entraron en un elegante hotel
construído con arreglo al arte francés del pasado siglo, sin ninguna
originalidad y con esa monotonía de los edificios de moda, que parecen
producto de una arquitectura de pacotilla.
En el primer piso Zarzoso se encontró frente a frente con María.
Esperaba el doctor que aquel reconocimiento tras cinco años de ausencia,
iba a ser terrible y que engañó por completo.
Después de su regreso de París, Zarzoso, para conservar su tranquilidad
estoica había procurado evitar un encuentro con María, y por esto huyo
de todos aquellos puntos donde asistía el mundo elegante.
Creía el doctor que aquel encuentro con su antigua novia, en
circunstancias tan especiales, le produciría una impresión profunda que
vendría a reavivar el ya muerto amor; pero la entrevista sólo despertó
en él una viva curiosidad, no exenta de lástima.
María estaba desconocida. El dolor y la zozobra que le causaba el estado
de su hijo, producía algún desorden en su rostro; pero, además de esto,
Zarzoso notó en ella algo que forzosamente debía llamar la atención del
golpe de vista de un buen médico.
Había perdido la joven aquel aspecto de salud y frescura que tanto la
hermoseaba antes. Aún era bella, y sus ojos, que parecían haberse
agrandado, brillaban con mayor fuego; pero, en cambio, había adelgazado,
perdiendo la vigorosa robustez que tan atractiva la hacía antes; su
piel, que había adquirido un color densamente pálido, caía desmayada
sobre el hueso, marcando rudamente todas las sinuosidades del cráneo, y
la nariz, muy afilada, destacábase mucho sobre su rostro.
Zarzoso, al encontrarla tan cambiada, no pensó en su antigua pasión. Su
carácter de médico se sobrepuso al amor, y lo único que se le ocurrió
pensar al verla, fué que María estaba muy enferma, y que él tenía el
deber de combatir aquella dolencia, aún desconocida, que indudablemente
se ocultaba en el interior de la joven y que poco a poco iba minando su
organismo.
Fué realmente frío el encuentro de los dos antiguos novios.
María, por su parte, preocupada por el estado de su hijo, sólo tuvo para
él una mirada de curiosidad. Le vió casi igual al último día en que
entre suspiros y lágrimas se había despedido de él en el Retiro; los
años transcurridos habían aumentado su aspecto de hombre grave y
estudioso, y María, al verle así, dudó un momento de que aquel joven de
aspecto sesudo y frío hubiese sido en París un calvera sin conciencia,
que se entregaba a todas las locuras de Crápula.
Hubo un instante en que, contemplando a aquel hombre que había sido
dueño de su corazón, el recuerdo de la antigua dicha surgió en ella con
todos sus risueños atractivos; pero inmediatamente sobrevino en su
memoria la burla que de ella habían hecho en París y el pensamiento de
que su hijo estaba a pocos pasos de allí, delirando con la fiebre, y
esto fué suficiente para que se repusiera, y con marcada frialdad, como
si se tratara de un extraño recién llegado, dijera a Zarzoso:
--Pase usted adelante, doctor. Mi hijo está muy enfermo, y toda mi
esperanza la pongo en usted, que tanta fama tiene.
Zarzoso encontró al hijo de Ordóñez y de su antigua novia agitándose en
su camita, víctima de una fiebre espantosa y balbuceando con la
incoherencia propia del delirio.
A la vista de aquel pobre niño que tanto sufría, Zarzoso olvidó su
anterior preocupación, que le hacía mirar con odio al hijo de Ordóñez, y
no pensó más que en ser médico y cumplir su santa misión.
En cuanto a la pobre madre, todo lo olvidó: su antigua pasión, la
presencia de aquel médico a quien tanto había amado, y los comentarios
maliciosos que la visita podía suscitar en las personas enteradas del
pasado. Comenzó a llorar silenciosamente, y pugnando por ahogar sus
sollozos, como si pudiera oírla aquel pobre niño enloquecido por la
fiebre, y olvidada de todo, con esa suprema desesperación de la madre,
capaz de las mayores locuras cuando ve próximo a perecer el pedazo de
sus entrañas, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, puso su mano en
un hombro de Zarzoso, y con el mismo misterio que cuando le hablaba de
amor, murmuró junto a su oído:
--¡Por Dios, Juan, sálvale! Tú sabes mucho, tú lo puedes todo; se
cuentan de ti cosas milagrosas. Olvídate del pasado y piensa únicamente
en mi hijo; piensa en mí, que moriré de pena si mi hijo llega a perecer.
Y poco después añadió, como si hubiese leído en el pensamiento del
doctor:
--Olvida quién es su padre. Piensa, únicamente en que yo soy su madre y
quiero que viva. ¿Lo oyes bien, Juan? Quiero que viva; soy yo quien te
lo ordeno.
Zarzoso estaba habituado a los lamentos de las madres y a sus accesos de
desesperación, así es que, a pesar del tuteamiento de María y de sus
súplicas ardientes, en aquel momento supremo no perdió la serenidad, y
procedió inmediatamente al examen del enfermito.
No necesitó hacer numerosas preguntas a la madre ni mirar mucho tiempo
al hijo para convencerse de la clase de enfermedad de éste.
La hinchazón desmesurada de aquella cabeza que asomaba entre las
sábanas, la terrible fiebre que consumía al raquítico cuerpecillo y un
sello especial en aquellas facciones infantiles, le reveló
inmediatamente la existencia de una meningitis aguda, que había de
combatir inmediatamente, pues la inflamación de las envolturas del
cerebro amenazaban con un desenlace mortal.
Aquel descubrimiento sirvió a Zarzoso para ir encadenando una serie de
observaciones hasta llegar a una conclusión fatal.
Miró a la madre, que ya al entrar le había parecido muy enferma, aunque
se mantenía firme por un vigor nervioso; y haciendo un esfuerzo de
imaginación, recordó el tipo físico de Ordóñez, a quien había visto
varias veces en la calle: ésto, unido al conocimiento de su vida de
depravado, vino a convencerle de que la terrible tuberculosis se había
apoderado de la familia.
El placer desordenado, los brutales excesos y la lepra del vicio, habían
hecho nacer el terrible germen en el organismo del padre, donde, por un
capricho de la Naturaleza, tenía un carácter benigno, que prometía
largos años de lento desarrollo. Valiéndose del beso de amor, la
tuberculosis habíase trasmitido a la madre, donde se desarrollaba con
mayor rapidez, como en un campo virgen, dispuesto a acoger todos los
cultivos y a desarrollarlos con inmensa fuerza, y de esta unión de seres
emponzoñados por la enfermedad, había nacido aquel pobre niño, organismo
contagiado en el mismo vientre de su madre y que venía al mundo con el
único destino de luchar algunos años contra una dolencia que, al fin,
había de acabar con él.
Zarzoso seguía mentalmente la historia y el desarrollo de este contagio,
transmitiéndose de unos organismos a otros, e inconscientemente, sin
reparar en la presencia de María, murmuró, mirando la hinchada cabeza
del niño:
--No hay duda, ahí se halla el terrible monstruo microscópico que tantas
vidas acaba. ¡Oh! No ha sido muy escrupuloso en sus conquistas. La
familia está completa.
María se alarmó al oír hablar de este modo a Zarzoso, y éste,
apercibiéndose de su imprudencia, quiso remediarla, dando a la madre
algunas esperanzas.
Se le había avisado muy tarde, pero aun así, tal vez se podría salvar al
pequeño enfermo.
Preguntó después sobre los remedios que se habían dado al niño, y supo,
con sorpresa, que el médico de la casa era un amigo, un protegido del
padre Tomás, que parecía no dar importancia a la enfermedad, por lo
cual, la madre, desesperada y olvidando todo lo pasado, se había
decidido a llamar al notable especialista de los niños.
Zarzoso experimentó gran sorpresa al ver que también en aquel asunto se
mezclaban los jesuítas, de los cuales tan fatal memoria conservaba,
desde que Judith le hizo aquellas revelaciones la misma noche en que la
despidió.
El joven doctor, pasando a la habitación que servía a Ordóñez de
despacho, extendió una receta, mientras que María, de pie a espaldas de
él, le contemplaba fijamente.
La pobre madre, tranquilizada por las esperanzas que la daba el doctor,
había recobrado la calma y ya no le tuteaba, volviendo a hablarle con la
frialdad del primer momento.
--Tome usted, señora--dijo el doctor ceremoniosamente, entregando la
receta a su antigua novia--. Que vayan en seguida con esto a la botica.
--¿Cuándo volverá usted, doctor?--preguntó con ansiedad María, pues la
presencia de aquel hombre parecía devolverle la calma.
--Antes de tres horas estaré aquí y le aseguro que no me retiraré hasta
que por el momento hayamos vencido la enfermedad.
Zarzoso volvió al hotel tal como lo había prometido y pasó toda la noche
a la cabecera del enfermito, poniendo en juego cuantos recursos le
proporcionaba su ciencia y batallando con la terrible meningitis, que
parecía empeñada en arrojar al niño en brazos de la muerte.
María y el doctor pasaron la noche a ambos lados de la cama sin que se
cruzaran entre ellos más palabras que las que arrancaban las diversas
alternativas por que pasaba el enfermo.
De vez en cuando, en los momentos en que el niño parecía entrar en el
período de favorable reacción, sus miradas se encontraban sin darse
cuenta de ello y Zarzoso veía desaparecer poco a poco, en los ojos de su
antigua novia, la fría hostilidad con que le había recibido aquella
mañana.
Al amanecer, Zarzoso, mirando al niño, lanzó un suspiro de satisfacción.
Estaba ya seguro del éxito; y la madre, adivinando en el rostro del
médico tan grata noticia, volvió a llorar, pero esta vez fué de alegría.
La fiebre descendía rápidamente, el delirio había desaparecido ya, y el
pobre niño, extenuado por tantas horas de atroz calentura y con cierta
expresión de imbecilidad que aún hacía más conmovedora su mirada, fijaba
los ojos en la pobre madre, que, enloquecida por la alegría, se
inclinaba sobre el lecho abrazando a su hijo convulsamente.
Zarzoso se retiró a descansar, asegurando que volvería aquella misma
tarde a las dos, y salió del hotel acompañándole Pedro hasta su casa,
muy satisfecho de que la enfermedad del niño hubiese servido para que se
formara cierta débil amistad entre dos seres que antes se habían amado
tanto.
Aquella misma mañana, a las diez, entraba en el hotel el padre Tomás y
se detenía a hablar con el portero, un guipuzcoano que él había
introducido en la servidumbre de la casa, con el objeto de que le diera
exacta cuenta de todas las visitas y al mismo tiempo le enterara de los
secretos de la familia.
El poderoso jesuíta había sabido, casualmente en la misma mañana, el
estado desesperado del niño Paquito Ordóñez y acudía presuroso a
enterarse por sí mismo de lo que ocurría.
Aquel niño era el ser que tal vez le interesaba más en todo Madrid y su
nacimiento le había producido un verdadero acceso de furor. ¿Quién
diablos iba a figurarse que un hombre corrompido como Ordóñez llegara a
tener hijos? Aquel nacimiento había sido un obstáculo inesperado, un
accidente con el que no había contado el padre Tomás al forjar su plan y
que venía a impedir la realización de todas las esperanzas que el
jesuíta se forjaba acerca de la colosal fortuna de María. Por fortuna
para él el niño era digno de su padre, y el médico de la casa, que
estaba por completo a merced de la Compañía, aseguraba que no viviría
mucho tiempo el triste retoño de un árbol podrido.
Estas seguridades eran lo único que alentaba al poderoso jesuíta, el
cual no perdía la confianza de que muriera de un momento a otro aquel
niño a quien la Medicina clasificaba con el título de "candidato a la
tuberculosis" y cuyo organismo estaba predispuesto a adquirir las más
terribles enfermedades.
Por esto, cuando en aquella mañana le dijeron el grave estado del niño,
acudió presuroso al hotel con la infame esperanza de encontrar un
cadáver.
--¡Qué! ¿Ha muerto ya?--preguntó ansiosamente al portero.
--No, reverendo padre. El señorito está mejor desde esta madrugada y se
da por seguro su restablecimiento. La señora condesa ha pasado toda la
noche en vela en compañía de Pedro, viendo las cosas extraordinarias
que hacía para salvar al niño ese médico tan famoso que vive en la
Carrera de San Jerónimo y que cura gratis a los pobres.
--¿Qué médico es ése? ¿Es que no han llamado al de la casa?
--¡Quiá! La señora condesa dice que para curar a los niños no hay nadie
como el doctor Zarzoso.
El padre Tomás retrocedió un paso y se quedó mirando con asombro al
portero, como si dudase de sus palabras.
--¿Dices que el doctor Zarzoso ha estado aquí?
--Sí, reverendo padre; aquí ha estado hasta esta madrugada y él es quien
ha sacado al señorito de las garras de la muerte. Le he visto yo mismo:
es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y simpático.
El jesuíta quedó reflexionando por algunos minutos, y dijo después:
--¿Ha quedado en volver por aquí?
--Sí, reverendo padre; vendrá esta tarde a las dos.
--Pues bien--dijo el jesuíta con acento imperioso, después de una
pequeña vacilación--; cuando venga, lo haces entrar en el salón del piso
bajo, diciéndole que espere un momento hasta que la señora se prepare
para recibirle; yo estaré allí.
--Está bien, padre Tomás.
--Hasta luego, hijo mío; ahora tengo que despachar algunos asuntos.
Y el jesuíta se alejó del hotel sin que María se apercibiera de su
llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueño y del cansancio, no
quería separarse un solo instante de la cama de su hijo.
III
La bofetada.
El corpulento portero se inclinó al paso del doctor Zarzoso, diciéndole
con expresión respetuosa:
--La señora condesa no está visible en este momento, y me ha encargado
ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos minutos.
Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un elegante salón del
piso bajo, y después de volver a saludarle con la misma ceremonia, se
retiró.
Zarzoso, al verse solo, púsose a examinar aquella pieza, amueblada con
exquisito gusto, ocupación que le era muy grata, pues, a pesar de sus
austeridades de hombre de ciencia, gustábanle mucho los esplendores del
lujo y los objetos elegantes que tenían cierto aspecto artístico.
Pasó algunos minutos en apreciar los originales dibujos de los
cortinajes, la forma de los muebles y el mérito de las acuarelas y
estatuillas que adornaban el salón, y cuando más ocupado estaba en
admirar un gracioso barro de Benlliure, sintió a sus espaldas un ruido
producido por el roce de una persona que pisaba cautelosamente la
alfombra.
Volvió rápidamente la cabeza creyendo encontrarse con María, y vió un
sacerdote con el sombrero en la mano, que, después de saludarle con
exagerada finura, fué a sentarse en un sillón a corta distancia de donde
se hallaba Zarzoso.
Púsose de espaldas a la luz, que entraba por las dos ventanas del salón;
pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro anguloso y picudo
que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapiña.
No conocía personalmente al padre Tomás Ferrari, del que había oído
hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la verdadera
causa, pensó que aquel cura debía ser el famoso padre de la Compañía.
El jesuíta sonreía bondadosamente fijando su mirada sencilla en el
joven, y después de algunas tosecitas, como si quisiera entrar en
conversación sin saber cómo, dijo al médico, que interiormente se sentía
alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:
--La señora condesa debe estar descansando, ya que nos hace esperar.
¡Pobrecita! ¡Cuán angustiosa es su situación! Sólo una madre puede
resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.
Zarzoso se limitó a hacer un signo afirmativo, evadiendo la conversación
que el sacerdote quería entablar.
--Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado tan rápidamente y
que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso que le cura
ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.
El médico a pesar de su convencimiento de que el padre Tomás buscaba
entablar conversación con él, creyó del caso corresponder a estas
últimas palabras inclinándose, al mismo tiempo que decía:
--Muchas gracias, señor.
--¡Ah! ¿Es usted el doctor Zarzoso? No tenía el honor de conocerle,
aunque hace tiempo que le admiraba por los grandes servicios que presta
a los desgraciados.
--Cumplo con mi deber y nada más.
--Tenía verdaderos deseos de conocer a usted y de ser su amigo, aunque
en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el afecto de uno
de mi clase.
--¿Por qué, señor?
--Porque para nadie son un misterio las ideas que usted profesa.
¡Lástima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias a los
dogmas religiosos!
--¡Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus ideas religiosas. Me
basta que los hombres sean honrados y probos.
Estas palabras las dijo Zarzoso con una intención que no pasó
desapercibida para el jesuíta y que le dió a entender que el médico le
había reconocido.
--Usted me dispensará, señor Zarzoso, si me tomo ciertas libertades;
pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de usted,
alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos
grandes méritos que contrae a los ojos del Señor, sacrificándose por la
gente desheredada y miserable. ¡Ah, señor Zarzoso! Usted sería un santo,
usted iría al cielo, si creyese algo más en Dios.
--No hago el bien con la esperanza de una recompensa futura. Para estar
satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de toda esa pobre
gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale más, para
mí, que todas las recompensas que pudiera encontrar más allá de la
tumba, si es que realmente después de la muerte hay algo.
El médico dijo estas palabras con sencillez y convicción, por lo que el
padre Tomás, que no quería entablar una discusión que le alejase de su
objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas del joven, y
dijo, variando repentinamente el tema de la conversación:
--La señora condesa debe estar muy agradecida a usted por el grande
servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fué una resolución
acertada la suya, al mandarle llamar.
Zarzoso callaba, no sabiendo adónde iría a parar el jesuíta.
--Lo que extraño--continuó el padre Tomás--es que la señora condesa haya
prescindido del médico de la casa, del cual no creo que tenga queja
alguna. ¿No le parece a usted así?
Zarzoso hizo un gesto de irritación e impaciencia, y contestó de mal
talante:
--Nada me importa eso que usted dice.
El jesuíta calló durante algunos minutos, y por fin, dijo con
resolución, afectando una franqueza ruda:
--Señor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace poco, su nombre, y
justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre Tomás Ferrari,
de la Compañía de Jesús.
--Le conozco a usted--dijo intencionadamente el médico.
--No es extraño. Aunque Dios no me ha favorecido con grandes cualidades,
trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al Altísimo me han
dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los enemigos
de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto
somos avariciosos, falsarios, maquiavélicos y hasta asesinos; pero esto
no hace decaer nuestro ánimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. También
calumniaron al dulcísimo Jesús, y cuando el hijo de Dios sufrió
pacientemente las injurias, bien podemos aguantarlas nosotros que somos
representantes indignos del Altísimo.
Zarzoso encogió los hombros con visibles muestras de impaciencia y como
dando a entender que nada le importaba aquello, y el jesuíta continuó:
--Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia Baselga ha sido
siempre muy afecta a la Compañía de Jesús, y en cuanto a Ordóñez, el
marido de la condesa, soy para él como un segundo padre. No extrañe,
pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure
el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir
siempre en el seno de toda familia cristiana.
El padre Tomás, al hablar así miraba fijamente a Zarzoso, y éste,
impacientado ya, no pudiendo sufrir más tiempo aquellas manifestaciones,
cuyo sentido no comprendía, pero en las que adivinaba cierta intención
de molestarle, le interrumpió diciendo con expresión hostil:
--¡Bien! ¡Y qué! ¿Qué me importa a mí todo eso que usted me dice
mirándome fijamente como si debiera darme por aludido? ¿Tengo yo algo
que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visité ayer
por primera vez? Yo me limito a ser médico y a prestar mis servicios
cuando me llaman, dejando a usted la misión de arreglar las familias, o,
lo que es más probable, de desarreglarlas.
Zarzoso estaba irritado, y como no creía necesario el fingirse amable
con aquel inesperado visitante, le miraba con franca hostilidad.
--Hace usted mal en irritarse--dijo el jesuíta cada vez con mayor calma,
conforme se enfurecía el joven.--Me he tomado la libertad de decirle las
anteriores palabras, justamente, porque estoy convencido de que de
usted depende la futura tranquilidad de esta casa; solamente que muchas
veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende por ello, no
podemos menos de extrañarnos.
Esto, que equivalía a una acusación, acabó de indignar a Zarzoso, quien,
sin embargo, procuró contenerse, y dijo con frialdad amenazadora:
--Explíquese usted, caballero.
El padre Tomás parecía gozar viendo la creciente indignación del joven,
y después de una breve pausa se expresó así:
--Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde un pobre niño
necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno; pero no
lo será tanto si usted sigue viniendo por aquí, ahora que el enfermito
está fuera de peligro. ¿No le parece a usted que la gente podrá hacer
comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha
frecuencia a esta casa?
--¡Caballero!, o usted no tiene muy firme la razón--dijo Zarzoso con voz
temblona por la ira--, o quiere divertirse conmigo, cosa que no le
permitiré. ¡Es donosa la ocurrencia! ¿Puede acaso llamar la atención de
nadie el que un médico visite la casa de un enfermo? Entonces la
calumnia se cebaría continuamente en nosotros los médicos, pues en un
mismo día entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada
misión.
El padre Tomás, sonriéndose, acercó su sillón al asiento del joven y le
dijo confidencialmente:
--Eso que dice usted, es verdad; pero aquí, en la presente ocasión,
aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden originar
comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.
--¿Qué quiere decir usted con eso?
--Que hay quien sabe que no es ésta la primera vez que la condesa de
Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted comprenderá,
esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. ¿Se altera usted,
doctor? ¿Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy
grato cuanto le digo; pero mi carácter de antiguo amigo de la casa, me
obliga a ser franco hasta la rudeza. Aún estamos a tiempo de evitar el
mal; aún podemos lograr que la gente no murmure. Si usted siente algún
interés por la condesa, si en algo estima su prestigio de mujer honrada,
debe agradecerme lo que yo hago en estos momentos y ayudarme a evitar
murmuraciones escandalosas. Señor Zarzoso, créame usted; debe alejarse
usted de esta casa bien convencido de que con ello presta un gran
servicio a la condesa.
--¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales
palabras?--preguntó con amargura el joven.
--No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aquí.
Esta resolución, que usted juzgará como crea conveniente, es mía
absolutamente y está inspirada en el santo deseo de conservar la paz en
una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, señor
Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado;
pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en
vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el
honor de María.
Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre
honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convencía de que
algo había de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin
embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para
saber hasta dónde llegaban sus designios.
--Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar
esta casa apenas el niño entre francamente en la convalecencia; pero...
¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe usted de mi vida,
para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a
comentarios?
--Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el
misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y por
esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo
trato.
Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuíta,
no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, así es
que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre Tomás.
--¿Pero cómo sabe usted eso?--preguntó el médico con extrañeza.
--¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo de que estamos
investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por
el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre
usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el
carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que
ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros
tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que
es la fiel compañera de la virtud.
Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al ver desconcertado y
confuso al médico por la inesperada revelación.
Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de que el padre Tomás
se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando
adivinar la verdadera intención del jesuíta al decir tales palabras.
--Es muy extraño--dijo Zarzoso con irónico acento--que usted, por su
afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el pasado.
Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en
mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por
enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que
luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que
ahora veo claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha
descubierto voluntariamente, yo voy a ser también muy franco. Ya no
somos aquí el sacerdote y el médico; somos dos seres iguales, dos
hombres que únicamente estamos separados por una diferencia que consiste
en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha
pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con
entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo aún
era dueño del corazón de María?
--No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle
que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus relaciones con
María.
Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que aún
resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba frío y
correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese
mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un
desprecio a su persona.
--¿Y fué usted--preguntó con voz temblona por la ira--quien hizo
terminar aquellos amores?
El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre, como despreciando las
furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó con calma:
--Sí; yo fuí.
Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento, abalanzándose sobre
el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar suyo, y en
vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con
asombro:
--¡Y tiene usted el valor de confesarlo!
--Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa
sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer alarde de sus
buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que
terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación,
pues yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las
relaciones que existían entre usted y María. La condesa es cristiana,
pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro
catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de
los intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera
eternamente con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero
que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales
doctrinas, y sobre el cual, más o menos pronto, caerá la cólera del
Altísimo. Como usted comprenderá, yo que tanto amo a María, no podía
permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdición.
--No está mal, jesuíta--contestó el joven con acento sarcástico--. No
está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que María se
uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la
desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce
todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna
persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.
El jesuíta afectaba escandalizarse por estas enérgicas palabras.
--Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordóñez, pues
sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente desagradable.
Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven
atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y
se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido
discípulo mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso
de insultar al dueño que se halla ausente.
Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones
del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían enfurecido al
joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y
tranquilos cuando llegan a encolerizarse.
--Yo diré cuanto quiera--rugió Zarzoso--, y no será usted quien me lo
impida. ¿Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que Ordóñez me
pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las reyertas,
pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasión, y experimentaría un
placer sin límites si algún día me viera frente a frente de ese antiguo
aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractaré nunca, pues estoy
bien convencido de ello. Ordóñez es un canalla aristocrático que ha
buscado una mujer inocente y sencilla para explotarla, y usted un
miserable calumniador, que no vaciló en atacar mi dicha por los más
infames medios, indudablemente con la intención de apoderarse de la
colosal fortuna de María. Conozco mucho a los jesuítas y sé cuál es la
principal norma de todos sus actos.
El médico se detuvo mirando fijamente al padre Tomás, para apreciar el
efecto que le causaban sus palabras; pero su indignación fué en aumento
al ver que el jesuíta permanecía callado, afectando la santa resignación
del justo que se ve calumniado.
Zarzoso, a pesar de la rabia que le producían aquellas declaraciones del
jesuíta, quiso saber toda la verdad y siguió preguntando.
--¿Usted, indudablemente, me seguiría también con su astuta mirada hasta
París, buscando una ocasión para desconceptuarme a los ojos de María?
¿No es eso, padre Ferrari?
--Señor Zarzoso, ¿a qué seguir hablando, si esto no ha de producirle a
usted más que indignación ahora y reyertas después? Somos dos caracteres
distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar nunca a
comprendernos, y por más que yo me esfuerce, nunca sabrá usted apreciar
en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted
amaba a María, yo la quiero como a una hija, y no podía permitir que
perdiera su alma por toda una eternidad, uniéndose a un impío que la
contaminaría con sus ideas infernales. Inútil es que usted me pregunte
más. Bástele saber que he hecho cuanto he sabido y podido para romper
las relaciones de usted y María, y que la muerte de su amor debe
atribuirla exclusivamente a mí. Después de esto, y en pago de mi
franqueza, sólo le pido que se retire cuanto antes de esta casa, donde
su presencia resulta fatal.
--¡Me iré, sí, me iré!--dijo Zarzoso con furor--. No quiero permanecer
en una casa donde es fácil codearse con canallas como Ordóñez y su
maestro y protector el padre Tomás. ¡Pobre María! ¡De qué gente estás
rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensión la
vil trama de que fuí objeto. Padre jesuíta, conteste usted con claridad.
Tenga usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de
confesar sus fechorías. ¿Fué usted quien hizo que allá en París una
mujer fatal se apoderara de mí, con el único objeto de proporcionarse un
recuerdo de mi amor con María, que sirviera para enemistarme con ella?
--Sí, yo fuí--contestó con cínica audacia el jesuíta--. De seguro que
usted considerará el acto como poco correcto; pero todos los medios son
buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El Señor escoge
muchas veces los caminos más apartados para hacer el bien, y por esto
aquella mujerzuela de París sirvió para librar a María de la perdición
eterna.
Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del jesuíta, habló,
gesticulando como un loco, al escuchar estas últimas palabras:
--¡Ah, miserable hipócrita! ¡Reptil con sotana! ¿Con que tantos males ha
hecho usted con el único objeto de salvar el alma de María? Lo que la
Compañía ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de Baselga,
ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa familia
con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de
instrumento. Por eso la Compañía ha perseguido a todos los que por amor
han intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por
eso fué acosado hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mártir que
se llamaba don Esteban Alvarez, y por eso yo también he sido víctima de
traidoras maquinaciones. ¡Ah, infames! Conozco la significación que en
los labios de un jesuíta tiene esa frase de salvar un alma. Vosotros
sólo salváis almas que tengan millones.
El padre Tomás no se inmutaba ante aquella indignación creciente del
joven, que hacía que las manos de éste se agitasen cerca del rostro del
jesuíta, y aun en su cínica audacia tuvo valor para decir:
--Según lo enterado que usted se muestra de la gran fortuna que posee
María, no parece sino que su indignación reconozca por causa el haber
perdido la ocasión de un matrimonio que le hubiera hecho dueño de tantos
millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.
Este insulto causó tal efecto en el joven, que el jesuíta se arrepintió
inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levantó con rapidez de su
asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba de ira,
cayó sobre el padre Tomás antes que éste llegara a enderezarse, y dió al
jesuíta una terrible bofetada.
Recibió éste el golpe, y en sus ojos brilló una iracunda expresión de
furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que supiera de lo que
era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y apoyando en un
hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, presentó la otra al joven,
diciendo con evangélica resignación:
--Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufrió Dios por hacer el
bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.
--¡Ah, hipócrita! ¡Hipócrita!--rugió Zarzoso con la mano todavía
levantada.
Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando humildad y resignación
aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarmó en seguida, haciéndole
bajar la mano. El no podía seguir desahogando su justo furor, a pesar
de que estaba convencido de que aquella resignación era pura farsa.
Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era tan audaz en sus
actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir allí cometería
la infamia de ensañarse con un hombre que no quería defenderse, se
apresuró a salir de la casa.
No quería ver más a María, y maldecía en aquel momento la hora en que a
ésta se le había ocurrido llamarle, sacándole de la plácida tranquilidad
en que vivía.
Marchó de espaldas hacia la puerta, lanzando iracundas miradas al
jesuíta, que seguía con la cabeza baja, afectando humildad; y cuando
llegó a la puerta, dijo con resolución:
--Se cumplirán los deseos de usted; no volveré más por aquí; pero conste
que el niño que está arriba se halla ya fuera de peligro, y si es que
hay malvados que le hacen sufrir una mortal recaída, aquí estoy yo que
sabré exigir responsabilidad a los culpables. Adiós, jesuíta. Estamos en
paz; mucho daño me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir;
pero, al menos, acabas de proporcionarme la satisfacción de que abofeteé
ese rostro, inmunda máscara tras la cual se oculta la doblez y la
mentira.
Salió el médico de la habitación, y al quedarse solo el jesuíta,
permaneció algunos minutos inmóvil y ensimismado.
Después rascóse la mejilla, enrojecida por la bofetada, y dijo con
calma, sonriendo con expresión diabólica:
--¡Ah, doctorzuelo! ¡Caro te ha de costar este desahogo!
Inmediatamente salió del hotel, sin que la desconsolada condesa, siempre
al lado de la cama de su hijo, llegase a apercibirse de lo que había
ocurrido en el piso bajo, y media hora después el jesuíta estaba en su
despacho escribiendo un papel, que luego entregó a uno de sus
secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.
Era un telegrama:
"Londres.--Fleet Street, 5. Hotel Hig-Liffe.--Francisco Ordóñez.
"Ven inmediatamente, asunto de honor urgentísimo. Te necesito.--_Tomás
Ferrari._"
IV
La mansedumbre del padre Tomás.
Cuatro días después estaba ya en Madrid el elegante Ordóñez.
Había sido muy oportuno para él el telegrama del padre Tomás.
Las grandes corridas de caballos de la ciudad de Londres habían sido muy
funestas para Ordóñez, pues perdió todas las apuestas que hizo, y éstas
eran tan considerables, que no sólo se quedó sin dinero, sino que tuvo
que recurrir a pedir prestados algunos centenares de libras esterlinas a
los amigos que tenía en la alta sociedad londinense.
El telegrama del jesuíta sirvió a Ordóñez de pretexto para huir, antes
de que terminasen las carreras, sin que sus amigos pudieran achacar este
acto al temor de seguir perdiendo; e inmediatamente salió para Madrid,
pensando de dónde sacaría los seis o siete mil duros que debía entregar
sin pérdida de tiempo a sus aristocráticos acreedores.
Ordóñez, que nunca se había preocupado por las deudas, sentía ahora la
impaciencia de pagar cuanto antes, para no sufrir menoscabo alguno en su
fama de hombre opulento, pues sus amigos de Londres le creían dueño
absoluto de la presente fortuna que pertenecía a su mujer.
Ordóñez tenía puestos sus ojos en el padre Tomás, proponiéndose que
fuese éste quien se encargara de satisfacer la presente deuda, como ya
lo había hecho con otras.
¿No le llamaba con gran urgencia diciendo que necesitaba de él? Pues
bien; ya que con tanto imperio le mandaba, al menos que pagase la exacta
obediencia, encargándose de extraer, del peculio de María, la cantidad
que el esposo necesitaba para pagar sus deudas.
Deseoso Ordóñez de arreglar cuanto antes aquel asuntillo y de mostrarse
obediente y respetuoso con el padre Tomás, fué a buscar a éste en su
despacho el mismo día de su llegada.
El jesuíta le recibió con la misma cordialidad fría y calmosa que si le
hubiese visto el día anterior.
--¡Hola, perdido!--le dijo con benevolencia--. Por fin te has decidido a
venir, abandonando ese maldito _sport_, que ha de ser tu ruina. ¿No has
sabido la peligrosa enfermedad de tu hijo?
--Sí; un día antes de recibir el telegrama de usted, me telegrafió
María, y yo me disponía ya a venir, cuando recibí la orden de vuestra
paternidad, que sirvió para acelerar aún más mi marcha.
Ordóñez mentía, pues la enfermedad de su hijo, aunque le causó cierta
impresión, no le había decidido a regresar rápidamente a Madrid. Al
recibir el telegrama de María le quedaba todavía algún dinero, y
confiaba desquitarse en las carreras que aún habían de verificarse.
--¡Bah!--se dijo el amable vividor, al recibir el aviso de su desolada
esposa--. Porque yo vaya allá, Paquito no se pondrá mejor; además, las
madres exageran siempre mucho. Esto no pasará de ser una enfermedad
propia de la niñez y que todos hemos sufrido; el sarampión, por ejemplo.
La semana que viene me iré.
Y Ordóñez se olvidó por completo de su hijo, lo que no impedía que
ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en demostrar
que le había herido en el alma la noticia de la enfermedad del niño, y
que experimentó una alegría inmensa a su llegada, al saber que Paquito
estaba ya fuera de peligro.
--Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que no sientes--dijo el
jesuíta, que conocía bien a su discípulo--. No niego que querrás a tu
hijo, pero estoy convencido de que entre él y el _Gladiateur_, el
_Vincitor_ o cualquier otro caballejo de esos que corren en las
carreras, te vas con los últimos.
--¡Oh, padre Tomás! ¡Qué bromas tiene usted!
--Vamos a ver. ¿Cómo te ha ido en las carreras?
Ordóñez se animó con esta pregunta. Antes de entrar en aquel despacho
estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuíta para
suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aquí que
era el mismo padre Tomás quien, inesperadamente, le ponía en camino de
hacer la petición.
El aristocrático calavera adoptó un gesto de compunción y murmuró:
--Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy desgraciado, y la fortuna
se ha burlado de mí todo lo que ha querido. No sólo perdí cuanto dinero
llevaba, sino que, además, he contraído algunas deudas con mis amigos
del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no pueden
ser más sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, así
tenga que vender hasta su última camisa.
Ordóñez se detuvo, pues como era costumbre siempre que le iba con tales
demandas al jesuíta, éste ponía la cara fosca, preparándose a anonadarle
con un terrible sermón; pero, con gran sorpresa del calavera, el padre
Tomás no sólo permaneció impasible, sino que hasta le pareció a él que
por sus labios vagaba una tenue sonrisa.
Buen signo era aquel. Ordóñez sintió renacer su ánimo, y su osadía aún
fué en aumento, cuando el jesuíta, sin hacer comentario alguno, le
preguntó sencillamente:
--¿Y cuánto es lo que debes?
--Veinte mil duros--contestó sin vacilar Ordóñez y sin importarle mentir
otra vez.
Veía tan bien dispuesto al padre Tomás y tan animado por una inesperada
benevolencia, que juzgó muy prudente el aprovecharse de la ocasión para
adquirir dinero. El jesuíta, al conocer la cantidad, hizo un gesto de
desagrado, y Ordóñez creyó que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba a
hacer el jesuíta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero
pronto se tranquilizó al oírle hablar.
--Mucho dinero es ése, y de seguro que, a seguir en tu desordenada vida,
pronto serán insuficientes para tus gastos las cuantiosas rentas de tu
mujer.
Pero el padre Tomás pareció arrepentirse del tono con que hablaba a
Ordóñez, y añadió después benévolamente:
--Pero, en fin, hijo mío, ya que has contraído tales deudas, preciso es
pagarlas, y no seré yo quien me oponga a ello. Al hacer aquel trato que
tú recordarás, te prometí mi consentimiento para que gastases cuanto
quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a
pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Mañana mismo
hablaré con el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy
sobrado de fondos, arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes
los veinte mil duros.
Ordóñez estaba encantado por la servicial benevolencia del padre Tomás.
Ni aun influído por el mayor optimismo podía él imaginarse que iba a
serle tan fácil el adquirir la exagerada cantidad en que había fijado
sus deudas.
El elegante manifestó su agradecimiento con las más expresivas palabras
que encontró; pero se detuvo de pronto, y afectando gravedad, dijo a su
protector:
--Perdone usted mi aturdimiento, padre Tomás. Ocupado en mis asuntos, he
olvidado que usted me necesita, y por esto me envió el telegrama a
Londres. ¿En qué puedo yo servirle? Mande, que inmediatamente obedeceré.
El padre Tomás puso también un gesto de gravedad y entró de lleno en el
asunto que a él le resultaba más importante.
--Es verdad que hablando de tus deudas hemos olvidado el asunto
principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida consistía
que tu honor quedase a salvo.
--¡Mi honor!--exclamó Ordóñez, que, como perfecto aventurero de la clase
elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin que por esto
dejase de palidecer apenas se ponía en duda lo que él llamaba su honor.
--Sí, tu honor, hijo mío--continuó el padre Tomás, con la expresión del
que hace revelaciones importantísimas--. Durante tu ausencia han
ocurrido en tu casa algunas cosas que hacían necesaria tu pronta llegada
aquí.
--Hable usted, padre Tomás. Espero con impaciencia esas revelaciones
importantes.
--¿Recuerdas que María, antes de concederte su mano se mostraba
preocupada y desdeñosa, hasta el punto de que tú creías que tenía
ciertos amores en secreto?
Ordóñez contestó con un signo afirmativo.
--Pues bien: lo que tú sospechabas era la verdad. María amaba con
delirio a un joven médico que estaba haciendo sus estudios en París, y
que ahora es un doctor célebre a quien conoce todo Madrid.
--¿Cuál es su nombre?--preguntó con impaciencia Ordóñez.
--El doctor don Juan Zarzoso. Es especialista en enfermedades de niños y
tiene gran fama por sus asombrosas curaciones. ¿Le conoces?
--No le he visto nunca; pero he leído muchas veces su nombre en los
periódicos.
--Pues bien; ese hombre fué novio de María, y sus amores no eran una
niñada para pasar el tiempo, pues te puedo asegurar que María le amó
como una loca y tal vez hoy la imagen de Zarzoso aún ocupa en su corazón
un lugar preferente. Si la que es hoy tu mujer accedió a darte la mano,
fué porque en aquel momento estaba irritadísima por una infidelidad, más
o menos cierta, del hombre amado. Sé que María, por educación y por su
carácter excesivamente pundonoroso, es incapaz de faltar a sus deberes
conyugales; pero tengo la certeza de que en el fondo ama más a su
antiguo novio que a su marido.
Ordóñez se había preocupado pocas veces del amor de su esposa. Seguía,
como antes, entreteniendo bailarinas y disputando la posesión de las
mundanas más famosas a sus compañeros en calaveradas; pero, a pesar de
la indiferencia con que siempre había mirado a su esposa, no pudo evitar
un movimiento de despecho al oír tales revelaciones. Aquello no eran
celos, sino una irritación del amor propio herido.
Con una mirada hostil, dió a entender al jesuíta el efecto que le
causaban sus revelaciones, y éste continuó, bastante satisfecho del
resultado de sus palabras:
--Pues bien, hijo mío; ese hombre, que en realidad es el dueño del
corazón de tu esposa, ha entrado estos días en tu casa y ha permanecido
allí una noche entera.
--¡Eh! ¿Qué es lo que usted dice, padre Tomás?--exclamó furioso y
alarmado Ordóñez por aquellas palabras dichas con tan marcado deseo de
molestarle.
--¡Calma, hijo mío, calma! No hagas todavía suposiciones y espera que
acabe de hablarte. María te es fiel, no ha faltado a sus deberes, pues
Zarzoso entró en tu hotel llamado como médico y no como antiguo amante.
Tu hijo estaba gravemente enfermo de un ataque de meningitis aguda, y
María, no sabemos si aturdida o con otra intención, en vez de llamarme a
mí y al médico de la casa, solicitó el auxilio de Zarzoso, el cual,
justo es confesarlo, salvó al pobre Paquito después de pasar una noche
entera a la cabecera de su cama luchando con la terrible enfermedad.
Ordóñez se había tranquilizado al ver el giro que tomaba la revelación,
y dijo sonriendo:
--Según esto, no veo que la cosa sea tan grave. Es verdad que María ha
obrado ligeramente al llamar a casa a su antiguo novio, pero una madre
no repara en nada cuanto se trata de salvar a su hijo que está en
peligro.
--Es verdad--dijo el jesuíta, contrariado por la benevolencia que
mostraba Ordóñez--que hasta aquí la cosa nada tiene de grave; pero ahora
verás cómo cambia de aspecto. Yo fuí a tu casa apenas supe el estado de
tu hijo; allí me encontré casualmente con el doctor Zarzoso, y supe con
asombro que él era quien curaba al niño y que por esto pasaba gran parte
del día en el hotel. Ya puedes imaginarte lo que pensaría yo en
presencia de aquel hombre, cuyos antiguos amores sabía. Comprendí que de
conocer alguien que no fuera yo la historia de los pasados amores, no
tardarían en surgir desfavorables comentarios en vista de la asiduidad
con que Zarzoso entraba en tu casa, y, por otra parte, me asustó la
natural idea de que rozándose dos seres que se habían adorado tanto, no
tardaría en despertar el adormecido amor, y entonces María sería capaz
de olvidar sus deberes y serte infiel. ¿Pensaba bien o no? ¿Qué te
parece, hijo mío?
Ordóñez contestó afirmativamente, y dió a entender al jesuíta que
esperaba con impaciencia el resto de sus revelaciones.
--Movido por el deseo de impedir ese peligro que veía tan próximo, hablé
a Zarzoso rogándole en nombre del cielo que no volviese más por aquella
casa, con lo cual dejaría tranquila una familia y se portaría como un
caballero. ¿Y cuál crees tú que fué su contestación?
El jesuíta se detuvo como gozándose en la perplejidad y la impaciencia
de su protegido, y añadió después:
--Debo advertirte que el tal Zarzoso es un impío, un ateo, un defensor
de doctrinas infernales, que tal vez hace todos esos actos de caridad
que tanto prestigio le dan, con el único objeto de engañar y seducir a
la gente sencilla. ¡Qué diferencia entre ese joven y los que, como tú,
habéis sido educados por la Santa Compañía en los sanos principios
religiosos! En vez de respetar mis años y estos sagrados hábitos que
llevo, contestó a mis cariñosas palabras, a mis mansas exhortaciones,
con insultos y amenazas, acabando por darme una bofetada.
--¡Le abofeteó a usted!... ¡Y en mi casa!--exclamó Ordóñez con asombro.
--Sí, me golpeó villanamente en esta mejilla, y como si esto no le
bastara para desahogar su rabia, te insultó a ti, que estabas ausente,
diciendo que deseaba matarte, porque, en su concepto, eres un canalla
que le has robado a la mujer amada, añadiendo que te conocía muy bien,
que eres un estafador y qué sé yo cuantas cosas más.
Ordóñez se había levantado de su asiento, pálido, tembloroso y con el
bigotillo erizado por un gesto de ira.
Revivía en él el antiguo espadachín, que valido de su superioridad en
las armas, quería siempre tener razón, y a los que le acusaban por sus
estafas o por sus fullerías en el juego, les contestaba con estocadas.
El jesuíta, aunque permanecía exteriormente impasible, debía sentir en
su interior gran satisfacción, al ver el coraje que tales palabras
producían en su discípulo.
--Yo no siento la bofetada--dijo con expresión de mansedumbre--.
Sacerdote soy del Hijo de Dios, que recibía con la más sublime paciencia
las más terribles injurias, y tengo la obligación santa de perdonar a
los que me maltraten. Pero yo, hijo mío, permanecería impasible y aun
daría gracias a Dios, porque así pone a prueba mi paciencia, si el que
me abofeteó fuese uno de los nuestros, un buen católico que en un rapto
de furor hubiese cometido tal atentado; a ese le perdonaría; pero no
puedo transigir con el hecho de haber sido abofeteado por un impío, por
un ateo, a quien inspira el diablo. Esto es para mí intolerable, pues
tengo la convicción de que ese desgraciado obró así con el afán de
humillar a nuestras divinas creencias, y que al golpearme a mí, no pensó
en insultar al sacerdote, sino a la Iglesia entera.
Se detuvo el jesuíta para apreciar el efecto de sus palabras, y viendo a
Ordóñez cada vez más conmovido por una sorda irritación, continuó:
--¡Abofetear a la Iglesia!... ¿Crees tú, hijo mío, que tal atentado
puede quedar impune? Yo, como campeón de Dios, no puedo transigir con la
idea de que triunfe el Infierno y la Iglesia quede humillada, cosa que
sucederá si ese hombre terrible no sufre un castigo digno de él. ¡Ah!
¡Si yo no vistiese estos hábitos!... ¡Si no fuese tan viejo! Mi
situación es igual a la del anciano padre del Cid, después de recibir la
bofetada del conde Lozano; pero en vano busco a mi alrededor quien ha de
vengarme, pues no encuentro un Rodrigo dispuesto a desenvainar su espada
por mí.
Ordóñez le interrumpió, como ya lo esperaba el jesuíta:
--Yo seré ese vengador que vuestra reverencia necesita. Odio a ese
joven, tanto por el atentado de que le ha hecho a usted víctima, como
por sus antiguas relaciones con María. Además, los insultos que, según
usted afirma, me dirigió, y el haber ocurrido en mi casa la violenta
escena, me autorizan para retar a ese caballero y para matarle después;
pues ya sabe usted que hay pocos tan hábiles como yo en el manejo de las
armas.
El padre Tomás afectaba estar conmovido por aquel rasgo que calificaba
de sublime y decía con expresión de júbilo:
--Acepto tu generoso ofrecimiento, y tengo la seguridad de que Dios te
premiará este servicio que vas a prestar a su causa. Admito tu
ofrecimiento, principalmente, porque estoy convencido de que saldrás
victorioso. Tienes gran fama de tirador.
--¿Y ese médico no es experto en el uso de armas?--preguntó con cierta
inquietud el elegante.
--No creo que sepa manejar otro acero que el del bisturí. Toda su vida
la ha empleado en aprender infamias científicas, para negar a Dios y a
la religión.
--Esta tarde misma le enviaré mis padrinos. Voy a ir, sin pérdida de
tiempo, en busca de dos amigos de confianza. Les pillaré en casa antes
de que salgan.
--Espero, hijo mío, que para nada figurará mi nombre en este asunto.
--Pierda usted cuidado, padre Tomás. Conozco de sobra lo que son estas
cosas. Mi reto está fundado en el disgusto producido por ciertas
violencias que Zarzoso se ha permitido en mi casa y por los insultos que
me dirigió estando yo ausente.
--¡Bravo! Eso es. Que no se mencione para nada la bofetada que me dió.
--Así se hará: tanto más cuanto que él, como persona inteligente, podrá
adivinar de dónde viene el golpe y cuál es la verdadera causa del reto.
Aún hablaron durante algunos minutos el padre Tomás y aquel protegido, a
quien él llamaba pomposamente el campeón de Dios, a causa de la venganza
de que se había encargado.
El reloj del despacho dió las once, y Ordóñez se apresuró a marcharse.
--Buena hora--dijo alegremente--para pillar a mis dos amigos en la cama.
De seguro que ninguno de los dos se ha levantado todavía. Hasta mañana,
padre Tomás. Antes de veinticuatro horas ese mocito habrá llevado su
merecido.
Estaba Ordóñez junto a la puerta cuando le llamó el jesuíta, diciéndole
con acento bondadoso:
--Escucha, atolondrado. El que nos ocupemos de mis asuntos no es motivo
para que olvidemos los tuyos. Hablaré esta tarde al administrador de la
condesa para que te entregue lo que necesitas y puedas pagar tus deudas.
Y mira: he pensado que, en tu situación, esos veinte mil duros no te
sacan de penas, pues como son para pagar deudas, te quedarás
inmediatamente sin un céntimo. Lo he pensado bien, y creo que será mejor
hacer un empréstito para ti de veinticinco mil duros; medio millón de
reales, así la cuenta resulta más redonda.
--¡Oh, reverendo padre! Tantas bondades me confunden y no sé cómo
agradecerlas. Gracias, muchas gracias; se necesita ser un impío dejado
de la mano de Dios para abofetear a un hombre tan bondadoso y tan bueno.
Y Ordóñez, besando la mano de su protector, salió del despacho con aire
de satisfacción y alegría.
El padre Tomás, al quedar sólo, agitó su mano con expresión amenazante,
como si se dirigiera a algún ser invisible que estuviese en la
habitación, y murmuró:
--¡Ah, doctorcillo! Me parece que de ésta ya no darás más bofetadas.
Mientras tanto, Ordóñez bajaba la escalera de aquella antigua casa,
diciéndose interiormente:
--La verdad es que el servicio no puede estar mejor pagado y que la
proposición ha sido hecha del modo más correcto y diplomático, sin que
pueda considerarse herida mi susceptibilidad. Veinticinco mil duros si
matas a ese caballerete que me ha abofeteado; esto es en el fondo la
proposición con toda su crudeza. No se puede negar que el padre Tomás se
porta como hombre espléndido cuando trata de librarse de un enemigo...
Pero, ¡qué demonio!, si ese dinero que me va a dar es mío, puesto que
pertenece a mi esposa... Reconozco en este golpe a los jesuítas. Siempre
se muestran generosos y pródigos cuando disponen del bolsillo ajeno.
V
Asesinato legal.
Cuando el doctor Zarzoso recibió la visita de los padrinos de Ordóñez no
experimentó gran extrañeza.
Al disiparse la ira que le había dominado durante su violenta
conferencia con el padre Tomás, pensó fríamente su situación, adivinando
que un hombre tan terrible y maligno como era aquel jesuíta no tardaría
en tomar venganza. En su concepto, abofetear al jefe del jesuitismo en
España, era exponerse a mil iras vengadoras ocultas en la sombra, y por
esto se extrañaba al ver que transcurrían unos cuantos días sin notar la
persecución del ofendido padre Tomás.
Los padrinos de Ordóñez eran un coronel más conocido por sus jugadas en
el Casino que por sus campañas, y un marqués que tenía reputación de ser
el primer tirador de armas de España, y cuya intervención resultaba
imprescindible en todos los duelos que se concertaban en Madrid.
Llegaron a casa del doctor a las dos de la tarde, cuando éste acababa de
terminar su diaria consulta para los pobres, y después de enseñarle una
carta de Ordóñez en que les facultaba para representarle en el lance,
diéronle otra del mismo individuo, la cual produjo en el doctor terrible
efecto.
Ordóñez exigíale una satisfacción por lo ocurrido en su casa; pero el
estilo de la carta era tan despreciativo y abundaban tanto en ella las
palabras irónicas y mortificantes, que Zarzoso, pálido por la ira,
arrojó el papel con visibles muestras de desprecio.
--Señores--dijo a aquellos dos espadachines elegantes--, soy un hombre
de ciencia, y como ocupado en el estudio no he tenido tiempo para
enterarme de ciertas cosas, ignoro lo que se hace en casos como el
presente. Dispensen ustedes mi ignorancia; pero si yo me niego a dar
esas manifestaciones humillantes que pide ese señor, ¿qué ocurrirá
entonces?
--Tendrá usted que batirse con nuestro apadrinado--contestó el coronel.
Y el marqués añadió con entonación campanuda, como si hablase de una
cosa santa:
--Así lo exige el Código del honor.
--Perfectamente--dijo con ironía Zarzoso--. ¿Y qué más ceremonias exige
ese sagrado Código?
--Debe usted nombrar dos padrinos para que se entiendan con nosotros y
concertar entre los cuatro las condiciones del combate. Esto se
sobreentiende que será si usted se niega a dar explicaciones.
--Me niego; sí, señor. No conozco a ese caballero a quien ustedes
representan, pero no sé por qué me halaga la idea de romperme la cabeza
con él. Voy a presentarles a ustedes mis padrinos.
Y el joven doctor se dirigió a su gabinete de operaciones, donde aún
estaban los ayudantes esperando las órdenes del maestro antes de
retirarse hasta el día siguiente.
Escogió dos de los que le inspiraban más confianza y los presentó a los
padrinos de Ordóñez, quienes los saludaron con una ceremonia grave y
casi fúnebre, invitándoles a reunirse de allí a media hora en el
domicilio del marqués, para concertar el duelo.
Cuando Zarzoso quedó sólo en su salón, reflexionando sobre aquel suceso,
vió entrar a su tío, el viejo doctor, con una expresión ceñuda y
volviéndose a todos lados como si quisiera husmear algo extraño en la
atmósfera.
Paseando por el salón, miraba de vez en cuando a su sobrino y gruñía
sordamente, hasta que, por fin, se plantó ante el joven y le dijo con
expresión de juez que interroga:
--Oye: hace un momento he visto salir de aquí a dos caballeros a quienes
conozco. Les llamo caballeros, porque esto no significa nada; pero en
realidad son dos perdidos, dos tahures espadachines de esos que pululan
en la alta sociedad y que sólo sirven para hacer daño a las personas
honradas. ¿Qué querían esos individuos? De seguro que no venían a
buscarte como médico.
El joven permaneció indeciso por algunos momentos, no sabiendo qué
contestar; pero, al fin, se decidió a decir la verdad, y habló a su tío
del lance que tenía próximo, aunque procurando ocultar su verdadera
causa y diciendo que consistía en ciertas palabras que se le habían
escapado hablando con algunos amigos sobre un hombre muy conocido en la
alta sociedad y cuyo nombre no quería revelar.
--¿Y qué es lo que dijiste de él?
--Dije que era un canalla, un estafador y un tahur que había apelado
siempre a los más reprobables medios para ganar dinero en el juego.
--¿Y es esto verdad? ¿Tienes pruebas de ello?
--¡Bah! ¡Si esto lo sabe todo Madrid! El tal sujeto, cuyo nombre no
quiero revelar, tiene la fama tan bien sentada, que no hay persona
alguna que no le considere como un pillete.
El buen sentido del viejo doctor, su lógica de hombre rudo, pero recto,
sublevábase al oír estas palabras.
--¿Y vas a batirte con un hombre así? Te digo que no comprendo estas
cosas, y que me parece que el mundo no es ya más que una vasta jaula de
locos. Comprendo que un hombre quiera matar a otro cuando éste le
insulta, atribuyéndole cosas que no ha hecho; pero hablar del honor, de
la dignidad y de satisfacciones, por haber sido llamado tal como se
merece uno, me resulta la mayor de las demencias. El pillete siempre
será pillete, aunque lleve en el bolsillo un código del honor y sepa
tirar a todas las armas para asesinar a los que le llaman con el nombre
que merece, y el hombre honrado será un jumento, si por respeto a estas
farsas, que se llaman conveniencias sociales, accede a exponer su vida
riñendo con aquel a quien ha insultado dándole los calificativos que
merece por su infame conducta. La cosa es clara. Si esos espadachines
aristocráticos que viven en sociedad como en país conquistado, no
quieren verse ofendidos a cada punto en lo que ellos llaman su honor,
que lleven mejor vida y sean más virtuosos y dignos, pues así se
evitarán que el hombre honrado les diga la verdad. Tú le has dicho
canalla a ese individuo cuyo nombre no quieres revelarme; ahora, lo que
a él le toca, a los ojos de la sana razón, es demostrar que no merece
tal calificativo y hacer, enseñándote pruebas, que tú lo confieses así.
Con que ya lo sabes; te prohibo que te batas. Me avergonzaría de tener
en mi familia un imbécil, que por lo que podrán decir cuatro
desocupados, fuese a matarse con un hombre que no merece ni su
estimación ni su respeto, a causa de su falta de vergüenza.
Zarzoso oía a su tío sin que sus palabras le produjeran efecto alguno.
Había ya adoptado una resolución y se batiría con Ordóñez, pues odiaba a
este hombre. El viejo doctor debió adivinar en la mirada de su sobrino
algo de lo que éste pensaba, y para disuadirle de su tenaz propósito, se
apresuró a añadir:
--Además es una solemne barbaridad, una locura inconcebible, el batirse
con un hombre acostumbrado al manejo de las armas. Eso equivale a un
suicidio, a dejarse asesinar voluntariamente. ¿Eres tú acaso espadachín?
¿Has perdido mucho tiempo ejercitándote en el uso del sable y de la
pistola? No; tú eres un hombre de ciencia, te has dedicado a saber curar
las heridas y no a abrirlas, y entre ser aprendiz de sabio o aprendiz de
asesino, has preferido lo primero. En cambio, ese caballerete que te
reta debe ser un consumado espadachín, pues así lo da a entender la
calidad de los amigos que te ha enviado. Si es que tiene interés en
librarse de ti, para que no le censures más tiempo diciéndole lo que se
merece, te ensartará como a un pajarillo o te meterá una bala en la
cabeza. Y, ¿crees tú que tiene sentido común el marchar a la muerte
voluntariamente y por un mal entendido amor propio? ¿Qué dirías tú de un
hombre que débil y desarmado se metiera voluntariamente en una calle
donde supiera que le aguardaba emboscado un asesino para matarle? Si ese
enemigo tuyo fuese un hombre de ciencia que, como tú, se hubiese pasado
la vida entregado al estudio, sin conocer el manejo de arma alguna,
entonces se podría transigir con el lance, pues al menos existiría entre
los dos cierta igualdad; pero ir a ponerse enfrente de uno de esos
perdidos aristocráticos que apenas saben leer y que cifran todos sus
conocimientos en bailar bien y tirar a las armas, es una locura que yo
no puedo consentir a un sobrino mío.
Se detuvo el doctor para apreciar el efecto que causaba en el joven todo
cuanto iba diciendo, y como conforme hablaba, entusiasmábase el viejo
con el desarrollo de aquel tema, se apresuró a añadir:
--Tú bien sabes que la mayor de las inconsecuencias en que puede caer un
hombre sabio es arrebatarle la vida a un semejante. Tú que eres médico
contesta. ¿No te parece que bastantes auxiliares tiene la muerte con
esas innumerables y terribles dolencias que la Naturaleza descarga sobre
la Humanidad? ¿No se desangra bastante la especie humana con esas
guerras que provocan los reyes y que muchas veces tienen por fundamento
una ridícula cuestión de cortesía? Yo bien sé que los hombres tenemos
algo de fiera y que muchas veces, alterándose nuestro sistema nervioso,
se oscurece la razón y apelamos a los puños como supremo argumento. Eso
está muy bien, ¡qué demonio!, y no seré yo quien pretenda corregir la
plana a la Naturaleza. ¿Se insultan dos hombres? ¿Se odian por motivos
particulares? Pues bien; comprendo que al encontrarse desahoguen su
furor dándose unos cuantos puñetazos y hasta me parece lógico que en un
arranque de su brutalidad excitada lleguen hasta matarse. Pero lo que no
comprendo, lo que no concibo cómo la ley no lo castiga con las más
terribles penas, es que dos hombres, algunos días después de haberse
insultado, vayan con la mayor sangre fría, casi sin odio, a matarse en
el campo que llaman del honor, rodeando el crimen de un aparato
ceremonioso y ridículo, propio de costumbres bárbaras, que,
afortunadamente, pasaron para no volver. Me tiene sin cuidado que esos
tontos de la aristocracia y una turba de imbéciles que quieren imitarles
cometan estas sangrientas estupideces; pero no puedo consentir que un
sobrino mío, que además es sabio, caiga en un ridículo tan deshonroso.
Calló el viejo doctor y dió algunos pasos por la habitación hasta que
poco después volvió a detenerse ante el joven, e irguiendo su corpachón,
dijo con cierto orgullo:
--Aquí tienes a tu tío que nunca ha llegado a caer en tales ridiculeces,
y, sin embargo, me tengo por más valiente que todos esos señores que
palidecen de ira a la menor palabra que hablan de acudir inmediatamente
al campo de honor. A ellos, que son tan valientes, les hubiera querido
ver yo bregando con los locos y quitándoles muchas veces las armas de
las manos. Pues bien; yo, que no sé lo que es miedo, nunca he admitido
esos ridículos desafíos, en los que se escuda, las más de las veces, la
gente que no tiene razón. Una vez, cierto doctor que tenía reputación de
espadachín, ofendido por algunas expresiones que se me escaparon en el
calor de una discusión científica, me envió sus padrinos, diciendo que
no podía vivir tranquilo mientras que yo no le diese una reparación en
el terreno de las armas. Despedí a los padrinos con cajas destempladas,
diciendo que si mi enemigo no podía vivir sin vengarse de mí, que
viniera a buscarme sólo, pues tenía un buen garrote para darle la
contestación, y esta es la hora en que todavía no le he visto. Otra vez
un cliente me dió su tarjeta en señal de reto y yo le contesté con unos
cuantos mojicones, y por esto ha transcurrido el tiempo sin que nadie se
atreviera a irle con más farsas de estas al doctor Zarzoso. Créeme,
Juanito; eso de los desafíos es un procedimiento inventado por ciertas
gentes que no sirven para nada, con el fin de conservar por el terror su
supremacía en la sociedad. Si todos tuviesen sentido común e hiciesen lo
que yo, despreciando tan ridículas preocupaciones, ten por seguro que
pronto terminaría esa ridícula costumbre apadrinada por la fatuidad
francesa y que hace revivir la Edad Media en pleno siglo XIX. Con que
contesta, muchacho. ¿Estás dispuesto a obrar como cualquiera de esos
cabezas de chorlito que pululan en la sociedad, imponiéndola sus
ridículas costumbres?
Zarzoso, mientras hablaba su tío, habíase formado su plan. Sabía que el
viejo doctor no era capaz de transigir con el duelo y le impediría por
todos los medios el que llegara a batirse.
El joven comprendía también la verdad que encerraban las palabras de su
tío, pero aquella carta de Ordóñez que él veía blanquear en el rincón a
donde la había arrojado, conmovíale y le hacía pensar con fruición en la
delicia que experimentaría al verse frente al marido de la condesa con
un arma en la mano. Estaba decidido a no retroceder, encontrándose como
se encontraban tan adelantados los preparativos del duelo. Adivinaba la
inmensa ventaja que llevaría Ordóñez sobre un hombre que no conocía el
manejo de las armas, pero al mismo tiempo pensaba que era más preferible
morir, que dar lugar a que aquel hombre tan odiado se jactase ante María
de haber inspirado miedo a su antiguo novio.
Esto era lo que más decidía a Zarzoso a dejar que la aventura siguiese
su curso. Estaba decidido: antes morir que dar pretexto para que María
le tuviese por un cobarde.
El joven, deseoso de librarse de su tío, dió a éste toda clase de
seguridades. No se batiría, ya que así lo mandaba él, y prometió al
mismo tiempo tenerle al corriente de cuanto ocurriera en aquel asunto.
El viejo doctor, a quien nunca había engañado su sobrino, se tranquilizó
con tales promesas, y poco después le dejó sólo para ir a dar un paseo
con otros dos profesores jubilados, que eran sus únicos amigos, por lo
mismo que en genio rudo y en opiniones intransigentes casi llegaban a su
misma altura. Los diarios paseos de aquellos tres sabios, con sus
incesantes discusiones, equivalían a una continua tempestad científica.
El joven doctor permaneció en el salón reflexionando sobre la aventura
de que iba a ser protagonista, y ensimismado en sus ideas pasó para él
tan velozmente el tiempo, que habían transcurrido ya dos horas y
comenzaba a anochecer cuando él creía que sólo habían pasado algunos
minutos.
Al volver los dos ayudantes designados por él como padrinos,
encontráronlo tendido en un diván, con la mirada fija en el techo y la
expresión del que sueña despierto.
Los dos jóvenes le enteraron de las condiciones concertadas con los
otros padrinos.
La discusión había versado principalmente sobre la gran desigualdad que
existiría entre los combatientes, a causa de que el doctor era inhábil
en el manejo de toda clase de armas. La pistola había resultado
inadmisible, a causa de que Ordóñez pasaba por uno de los mejores
tiradores de Madrid, y, al fin, como se había de optar por alguna arma,
los cuatro padrinos decidiéronse por el sable, aunque en su manejo
también se distinguía el marido de la condesa.
A Zarzoso le pareció todo muy bien, y cuando uno de sus ayudantes le
propuso ir al salón de armas del "Zuavo", a que éste le diese algunas
lecciones, el joven doctor contestó con un gesto de indiferencia.
¿Para qué? Estaba convencido de que una lección de unas cuantas horas
sólo serviría para fatigarle, sin proporcionarle ninguna superioridad
sobre el enemigo. Además, sus ayudantes le decían que en las luchas a
sable lo más principal era tener coraje, abrumando a golpes al enemigo,
y él pensaba que si le mataba Ordóñez no perdía gran cosa, pues estaba
cansado de la vida y ésta no tenía para él atractivo alguno desde que
María resultaba imposible para él.
Tan indiferente le era la existencia a Zarzoso, que durmió aquella noche
con bastante tranquilidad y únicamente se preocupó de que su tío no se
apercibiera de que el lance iba a verificarse a la mañana siguiente.
Habían convenido los padrinos que el encuentro fuese en una posesión que
el marqués, amigo de Ordóñez, tenía en las inmediaciones de Madrid, y
allá fué donde Zarzoso, a las seis de la mañana, se dirigió en un
carruaje, acompañado de sus dos ayudantes.
En una enarenada plazoleta del jardín, que se extendía a espaldas de la
villa del marqués, fué donde se encontraron aquellos dos hombres que no
se conocían, y, sin embargo, se buscaban con el propósito de matarse.
Zarzoso sólo había visto algunas veces a Ordóñez de lejos en las calles
de Madrid, y el marido de la condesa contempló por primera vez al hombre
a quien aborrecía y cuya muerte le había sido pagada con tanta
generosidad por el jesuíta.
Los cuatro padrinos prepararon la lucha con toda la ceremoniosa liturgia
propia de tales casos, y sobre la arena pusieron los sables con que
aquellos hombres debían herirse.
Ordóñez y sus padrinos, aunque afectando seriedad, mostraban estar
acostumbrados a actos como aquél. Zarzoso permanecía indiferente, y en
cuanto a sus dos ayudantes, parecían asombrados de que con tanta
frialdad se preparase la muerte de un hombre.
Después de los saludos, de señalar el puesto de los combatientes y de
dejar ultimados todos los preparativos, Zarzoso y Ordóñez despojáronse
de la levita y el chaleco, arremangáronse el brazo derecho y cogieron
sus sables.
El joven doctor estaba decidido a no dejarse matar y a causar a su
enemigo todo el daño que pudiera; pero cuando los padrinos dieron la voz
de ¡en guardia!, él notó en los labios de Ordóñez una sonrisa desdeñosa
y en el rostro de sus padrinos un gesto de asombro.
--Esto va a resultar un crimen--murmuraba el coronel, padrino de
Ordóñez--. Ese muchacho no sabe lo que tiene en la mano y se va a dejar
mechar inmediatamente.
Así era, pues Zarzoso, con el sable en la mano, hacía la figura más
ridícula, demostrando desconocer hasta las más rudimentarias reglas de
la esgrima.
El sol de la mañana, filtrándose a través de las vecinas arboledas,
iluminaba, aquella plazoleta, bañando en luz el sombrío grupo de los
padrinos y haciendo centellear las hojas de los sables.
Reinaba un fúnebre silencio, únicamente interrumpido por los rumores de
los árboles, y en aquella augusta y silenciosa majestad de la
Naturaleza, iban a exponer su vida dos hombres: el uno por el _qué
dirán_ de la sociedad, que hace cometer las mayores tonterías, y el otro
obedeciendo a la sugestión de un superior y obrando como un asesino
pagado.
Apenas comenzó el combate, Zarzoso avanzó sobre Ordóñez dirigiéndole
golpes a diestro y siniestro, sin regla ni concierto alguno.
El joven doctor tenía buen brazo, estaba excitado por el coraje que
sentía, y Ordóñez, a pesar de ser un experto tirador, hubo de retroceder
en el primer instante algunos pasos para librarse de aquella lluvia de
cuchilladas.
Esta impetuosidad en el ataque y tan hostil desorden en la agresión,
hubiesen servido de mucho a Zarzoso tratándose de un enemigo tan
inexperto como él; pero Ordóñez no tardó en reponerse, y notando que su
contrario siempre le dirigía los golpes a la cabeza, limitóse a ponerse
a la defensiva, sonriendo con desdén.
El coronel seguía murmurando, a pesar de que su compañero el marqués le
tocaba con el codo para que callase:
--Ese muchacho tiene bríos. ¡Lástima que no sepa absolutamente nada de
esgrima! Ordóñez está divirtiéndose con él y así que quiera lo
despachará a su gusto. El mismo será el encargado de matarse.
Aún duró el combate unos cinco minutos.
Zarzoso, jadeante e irritado, se movía de un lado a otro, saltaba,
buscando atacar a su enemigo por todos lados; pero siempre le salía al
encuentro el sable de Ordóñez, parando con exactitud sus más furibundas
cuchilladas.
Aquella defensa pasiva y desdeñosa irritaba aún más a Zarzoso, quien,
ciego de furor, deseaba que su enemigo tomase la ofensiva y lo rematara
de un golpe, pues así al menos no le serviría de objeto de diversión.
Tuvo un momento de descuido Ordóñez, en que el sable del doctor silbó
cerca de una de sus orejas, y entonces el rostro del elegante perdió su
desdeñoso gesto para tomar un aire de ferocidad.
Los padrinos adivinaron que llegaba ya el momento supremo.
Zarzoso, más confiado y ensoberbecido por aquella cuchillada que tan
cerca había pasado de su enemigo, levantó el sable y audazmente, a
cuerpo descubierto, avanzó un paso; pero en el mismo instante, rápido
como un relámpago, extendió Ordóñez su brazo, con el sable horizontal y
rígido, y al acercarse impetuosamente el doctor, se lo clavó él mismo en
el pecho.
Zarzoso, pálido y con la mirada extraviada, cayó de rodillas, al mismo
tiempo que un grueso chorro de sangre manchaba su blanca camisa y caía
goteando en la arena de la plazoleta.
Los dos ayudantes que se abalanzaron a sostenerle en sus brazos, al ver
el sitio donde estaba la herida y la gran cantidad de sangre que manaba,
cambiaron entre sí una mirada de horrible desconsuelo.
Buena mano tenía el tal Ordóñez. No era necesario que ellos abriesen su
botiquín para hacer la cura. La punta del sable le había atravesado el
corazón y aquellas convulsiones del infeliz médico eran el estertor de
la agonía.
Cuando una hora después los dos ayudantes, auxiliados por el portero,
subían el cadáver todavía caliente de Zarzoso por la lujosa escalera de
su casa, la primera persona que encontraron al llegar al rellano del
segundo piso fué al viejo doctor. Estaba muy desfigurado y su rostro,
rudo y siempre cejijunto, parecía el de un león con fiebre.
Al levantarse aquella mañana y no encontrar a su sobrino, había
adivinado toda la verdad, y furioso contra Juanito por haberle engañado,
ocultándole lo que ocurría, iba de un punto a otro de la casa, rugiendo,
insultando a su ausente sobrino por lo que él llamaba su doblez y
desahogando su cólera dando patadas a los muebles y a cuantos criados
encontraba al paso.
Cuando vió el cadáver de su sobrino no experimentó gran emoción
aparentemente. Hacía ya rato que esperaba aquello.
--¡Ah, imbécil!--exclamó dirigiéndose al inanimado cuerpo--. Al fin, te
has salido con la tuya. Era preciso que cuatro estúpidos que ni te
conocían ni te apreciaban, no pudieran decir que el doctor don Juan
Zarzoso no era hombre de honor, y para esto nada más sencillo que
dejarse matar por un cualquiera, sin importarte gran cosa que después tu
tío reviente de pena. ¡Ah, pillete! ¡Ah, gran infame! Ya estarás
satisfecho: a ti te han muerto y yo no tardaré en seguirte. Puedes estar
contento de tu hazaña. Dejándote asesinar has salido del mundo con
muchísimo honor, como un completo caballero a los ojos de la estupidez
y como un bestia para mí.
Y el pobre viejo hablaba con voz ronca, gesticulando y braceando como un
loco.
Los ayudantes y el portero permanecían inmóviles, sosteniendo el
cadáver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que parecía cerrarles
el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza del
muerto, que cayó pesadamente hacia atrás, el viejo exclamó con ira:
--¡Tened más cuidado, animales! ¿No veis que le estáis haciendo daño?
Esperad, que allá voy yo.
Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del joven, toda su ira
desapareció, e inclinándose sobre ella estampó un beso en aquella boca
lívida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.
--¡Pobrecito! ¡Chiquitín mío!--gritó con una voz que parecía un aullido
doloroso y que causó escalofríos de terror a los hombres que estaban
presentes--. ¿Por qué me has engañado? ¿Por qué fuiste a morir sin
acordarte de mí, que soy tu padre? ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora, sólo en el
mundo, sin este muchacho que era toda mi familia?
Miró con ojos de idiota a aquellos tres hombres, como si no los
reconociera, y les dijo:
--Ustedes no saben quién era mi Juanito. ¡Qué han de saber ustedes hasta
dónde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De estudiante,
asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicación y su
portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me hacía la
ilusión de que lo había parido; después, en París, se mostró como un
portento, y si quisiera les enseñaría a ustedes cartas de Charcot y de
otros sabios, en que hablan de mi niño como de un compañero, y luego
aquí ha hecho curas tan grandes, que yo mismo me consideraba a su lado
como un discípulo ignorante. Además..., ¡tan bueno!, ¡tan sencillo!,
siendo el consuelo de los enfermos pobres y el salvador de todos esos
chicuelos haraposos que vienen aquí por las mañanas... Respondan
ustedes: ¿Había alguien mejor que él? ¡Nadie! no hay en todo Madrid
quién pudiera descalzarle. ¡Vaya un suceso divertido! ¡Y luego aún hay
imbéciles que se empeñan en hacernos creer que existe Dios, la
Providencia Divina y todas esas zarandajas, buenas para engañar a los
tontos!...
El viejo miró arriba, y rechinando los dientes, rugió:
--¡Baja, bandido!..., ¡baja si te atreves, y me explicarás el por qué de
esa inmensa sabiduría, que mientras consiente la muerte de un hombre
benéfico y virtuoso, deja en pie a un canalla, y hiere mortalmente a un
pobre anciano!
El doctor seguía a aquellos hombres que iban empujando el cadáver dentro
de la habitación. No soltaba la cabeza de su sobrino, y cuando al
atravesar uno de los salones de espera la luz del balcón dió de lleno en
aquel rostro de lívida palidez, el viejo, con un rugido, hizo detener a
los conductores:
--Mirad, mirad bien esa cara: es la misma de mi pobre hermano. Esto es
intolerable, esto es inhumano; parece imposible que en una nación que se
llama civilizada, los pobres viejos tengan que pasar por tan terribles
agonías. Críe usted hijos, haga usted de ellos unos sabios,
enorgullézcase con sus triunfos, que la ley del honor ya se encargará de
enviarle un espadachín que a la primera cuchillada derrumbe todas sus
ilusiones al suelo... ¡Oh, Juanito! ¡Hijo mío!
Y el viejo pudo, por fin, dar libre expansión a aquel dolor comprimido
en su pecho, y derramando abundantes lágrimas, cayó de rodillas,
descansando su blanca cabeza sobre la lívida faz del muerto.
VI
El porvenir de la familia Ordóñez.
La trágica muerte del doctor Zarzoso produjo gran impresión en Madrid.
Los periódicos se ocuparon del suceso, aprovechando la ocasión para
declamar contra la bárbara costumbre del duelo, y al entierro del doctor
acudió toda la aristocracia de la ciencia en unión de aquella clientela
pobre que adoraba a Zarzoso como un ser casi sobrenatural, a causa de
sus bondades sin límites.
Durante algunos días la muerte del doctor fué el tema de todas las
conversaciones en Madrid; pero al domingo siguiente, "Frascuelo" tuvo
una cogida, y el público novelero no tardó en olvidarse del trágico
desafío para ocuparse únicamente de la salud del diestro.
Dos semanas después, eran ya muy pocos los que se acordaban de la triste
suerte del doctor Zarzoso; la excitación pública devanecióse, y así no
resultó difícil que Ordóñez fuese condenado únicamente a dos años de
destierro, juntando con este castigo la esperanza de que el Gobierno le
indultaría de la pena así que, transcurridos algunos meses, se hubiese
olvidado por completo el trágico suceso.
Ordóñez acogió con satisfacción aquella sentencia que le daba un
pretexto para satisfacer su afición a vivir en el extranjero, y salió
inmediatamente para Londres, después que el padre Tomás, muy satisfecho
de su comportamiento, le prometió interponer su valiosa influencia para
que el administrador de la condesa atendiese a todas sus necesidades con
frecuentes envíos de dinero.
Quedó, pues, María completamente sola en su hotel, al cuidado de su
enfermo hijo, pues su tía, la baronesa, había olvidado por completo las
costumbres de mujer elegante que observaba antes del matrimonio de su
sobrina y en los primeros tiempos de éste, y había vuelto a sus
aficiones devotas, pasando la mayor parte del año fuera de Madrid,
visitando conventos y tomando parte en ejercicios religiosos y romerías
que organizaban los jesuítas para levantar el espíritu católico, que
según ellos estaba muy decaído. La viuda de López ya no ejercía de
confidente de la baronesa y de María. Doña Fernanda había perdido toda
su confianza en la intrigante viuda, y ésta, por su parte, cansada de
servir a sus aristocráticas amigas, y habiendo ganado con sus
complacencias lo que creía necesario para el resto de su vida, habíase
retirado a Andalucía, dedicándose a negocios con sus ahorros en Sevilla,
donde prestaba al 30 por 100 a las gentes más necesitadas.
Fué para María una época muy triste los dos años que permaneció sola en
su hotel, sin otra distracción que el cuidado de su enfermizo hijo, ni
otras visitas que las del padre Tomás y el médico de la casa.
Algunas veces, doña Fernanda, fatigada por las correrías religiosas que
la hacían viajar por todas las provincias de España, permanecía algunas
semanas en el hotel; pero aquella quietud en una casa que tenía algo de
hospital y cuyo ambiente apestaba con el acre olor de las medicinas, no
agradaba a una mujer que era inquieta y movediza, por el instinto de la
propaganda y la organización, e inmediatamente, la vieja paloma mística
levantaba el vuelo para continuar aquella obra que tan grata les era a
los padres de la Compañía.
Mientras la baronesa permanecía en Madrid. María abandonaba su pasiva
existencia de mujer resignada y triste, y obedeciendo a su tía, la
acompañaba a la iglesia o a las reuniones piadosas, mostrándose entonces
a los ojos de las gentes de su clase, que la creían enferma al no verla
en los demás puntos de reunión donde se codeaban las clases
privilegiadas.
La joven condesa de Baselga, por más que transcurría el tiempo, no
lograba reponerse de la dolorosa sorpresa, del inmenso pesar que la
produjo la noticia del triste fin del doctor Zarzoso.
Adivinaba que ella había intervenido indirectamente en aquella espantosa
tragedia, en la cual su marido había desempeñado el papel más odioso,
quedando su antiguo adorador con el prestigio sublime del hombre de
corazón que se deja matar por haber amado mucho.
Antes de aquel duelo, miraba con indiferencia a Ordóñez, pero ahora le
odiaba, viendo en él al asesino de Zarzoso, y se sentía
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