La araña negra, t. 3/9
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #45831 · 355,638 chars · public domain (US)
The Project Gutenberg eBook of La araña negra, t. 3/9
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.
Title: La araña negra, t. 3/9
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: May 30, 2014 [eBook #45831]
Most recently updated: November 28, 2024
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/45831
Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARAÑA NEGRA, T. 3/9 ***
Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)
En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en
el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LA ARAÑA
NEGRA
NOVELA
TOMO TERCERO
[Illustration: colofón]
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030
MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín
de los Heros, 65.--MADRID.
CUARTA PARTE
EL CAPITAN ALVAREZ
I
Un aspirante a héroe
El 20 de septiembre de 1852 fué admitido en la Academia Militar de
Toledo un muchachote de diez y seis años, de rostro franco y ademán
altivo que, como detalle típico, tenía entre las dos cejas esa arruga
vertical que delata un carácter tenaz e inquebrantable hasta llegar a la
testarudez.
Los alumnos de la Academia miraron al recién llegado con hostil
curiosidad propia del caso, y los más antiguos comenzaron a pensar en
las rudas pruebas por que había que hacer pasar al novato.
Pronto les ahorró este trabajo el cadete Esteban Alvarez, que así se
llamaba el muchacho, pues al enterarse de lo que proyectaban sus nuevos
compañeros, púsose fosco, y, tirando del sable, dió una buena paliza a
dos de los matoncillos que capitaneaban aquella hostil manifestación
contra él.
Este arranque no sólo le libró de los malos tratamientos que a guisa de
iniciación le esperaban, sino que le dió un gran prestigio entre aquella
turba juvenil que adoraba la fuerza y la energía con loco entusiasmo.
El neófito no fué ya considerado como "apóstol" (nombre que recibían los
novatos), sino que de un salto se colocó entre los más "guapos" del
Colegio.
El cadete Esteban Alvarez podía ser considerado como un buen muchacho.
Su padre era un antiguo coronel que había comenzado su carrera en el
Perú, batiéndose a las órdenes del general Valdés contra los
americanos, que deseaban librarse del yugo de España.
Había tenido por compañero en las guerras de América, cuando no era más
que teniente, a un joven comandante llamado Baldomero Espartero, sin
llegar nunca a descubrir en su amigo ningun rasgo que le anunciase el
brillante porvenir que le estaba reservado.
Cuando volvió a España, en 1825, el gobierno absolutista de Fernando
VII, después de someterlo a denigrantes purificaciones, le envió de
cuartel a Valencia, vigilado de cerca por la policía de los realistas.
El militar no se quejó. Iguales muestras de agradecimiento recibían de
la patria todos los héroes que volvían a ella después de haber estado
luchando durante años enteros en lejanas tierras por conservarla sus
posesiones. Aquellos militares, combatiendo a los americanos, se habían
contaminado de sus ideas republicanas, y al gobierno absoluto le
convenía tener bajo una estrecha vigilancia a tan peligrosos huéspedes.
La guerra carlista y el renacimiento del partido liberal vino a sacar de
su existencia aislada al capitán D. José Alvarez, quien peleó en el
Norte con gran denuedo a las órdenes de su antiguo camarada Espartero,
convertido ya en célebre general, encontrándose, al ajustarse el
convenio de Vergara, con las charreteras de coronel.
El antiguo héroe de América podía haber hecho una brillante carrera
aprovechándose de la amistad de Espartero, que ocupaba la Regencia y
estaba en el apogeo de su gloria; pero era hombre poco aficionado a
adular a los poderosos, y el duque de la Victoria estaba demasiado
preocupado por sus asuntos políticos para acordarse del coronel Alvarez
y dignarse darle lo que éste no se atrevía a pedirle.
Algunas veces el caudillo de Luchana, soldado hasta la medula de los
huesos, cuando estaba en la intimidad con sus allegados y recordaba las
hazañas de su vida pasada, así como sus mejores compañeros, nombraba al
coronel Alvarez y decía con acento de convicción:
--Es un hombre que vale, y como amigo no hay que pedirle más. En los
Andes se batía como un león, y en el Norte ha hecho verdaderas
heroicidades. No digo que tenga una gran inteligencia militar; pero es
un soldado de buena madera, y pocos saben, como él, meter un regimiento
en el punto de mayor compromiso. Ahora creo que vive en Valencia, desde
que terminó la guerra. Se casó en Pamplona en una tregua de la campaña,
y casi estoy por asegurar que ha tenido un hijo. ¡Lástima grande que
viva arrinconado en una provincia! Le escribiré mañana así que tenga un
rato libre, y haré por él lo que se merece.
Esta promesa la hizo Espartero varias veces; pero agobiado por las
apremiantes ocupaciones de su alto cargo, antes fué derribado de la
Regencia por la coalición de moderados y progresistas que pudo escribir
a su antiguo camarada y sacarlo de la oscuridad en que vivía.
El coronel Alvarez se había establecido en Valencia con su esposa, una
navarra varonil que a pesar de pertenecer a una de las principales
familias de Pamplona, no había tenido miedo de seguirle en muchas de las
expediciones militares, marchando a la cola del regimiento, unas veces
montada en una mula y otras en el carro de los equipajes.
Cuando al año de matrimonio tuvo un hijo, la enérgica señora se conformó
con cierto pesar a no seguir al regimiento en sus atrevidas marchas;
pero el coronel no pudo impedir que se estableciera en un pueblo situado
en el centro del teatro de la guerra y que estaba contiguo, amenazado
por los carlistas. La fiel esposa despreciaba todos los peligros con tal
de vivir en un punto que frecuentemente visitaba, aunque de paso, la
columna donde figuraba su marido.
En aquel pueblecito de la sierra, cubierto por la nieve durante ocho
meses del año y oyendo con gran frecuencia el estruendo de los combates
que entre "cristianos" y carlistas se entablaban casi a la vista, fué
creciendo el pequeño Esteban.
El olor de la pólvora, los arreos militares y las costumbres reguladas
por una severa ordenanza, fué lo primero que conoció el pequeñuelo al
darse cuenta de su existencia.
De su infancia pasada, en aquella reducida población, lo que más grabado
quedó en su infantil memoria, hasta el punto de recordarlo muchos años
después, fué las apariciones de su padre, que entraba en la población
imponente y magnífico montado en su caballo y seguido de su regimiento
que, cubierto de polvo y sudoroso, marchaba al compás de los redobles de
tambor, y las aventuras de cierta noche oscura y tormentosa en que un
batallón carlista entró por sorpresa en la población, y él, descalzo y
semidesnudo en los brazos de su madre, fué conducido al fuerte mientras
que oía con curioso terror los gritos y las descargas que estallaban
allá abajo en las tortuosas calles.
El pequeño Esteban, nacido entre el fragor de la guerra, educado en
ella e hijo de un valiente oficial y de una mujer enérgica,
necesariamente había de tener gran afición a la vida militar.
En Valencia, viviendo en plena tranquilidad, el muchacho pensaba con
cierta envidia en la vida de agitaciones y sobresaltos que había tenido
en Navarra y como nacido entre los horrores de la guerra, creía que ésta
era el estado normal de la sociedad y que la paz resultaba una
monstruosidad digna de ser deshecha inmediatamente para que el mundo
recobrase su equilibrio.
Nada hicieron sus padres para desviar las bélicas aficiones del
muchacho, y antes bien, las fomentaron.
El coronel no creía que la profesión militar era gran cosa; antes bien,
se sentía predispuesto en todas ocasiones a echar pestes contra ella;
pero, ¡qué diablo!, su hijo había de ser algo en el mundo, y al escoger
una profesión, más le enorgullecía que pensase en ser militar que en ser
cura. En cuanto a la madre, experimentaba ese irreflexivo entusiasmo que
sienten la mayoría de las mujeres por los colorines militares, y ya que
el padre por su torpeza no había hecho gran carrera, soñaba en que algún
día su hijo ceñiría la faja de general.
El muchacho prometía ser un héroe, pues en punto a atrevido y a genio
irascible, llevaba gran ventaja a todos los de su edad. Cada mes le
arrojaban de la escuela por revolver a alumnos y pasantes, y rara era la
semana que el coronel no tenía que intervenir en alguna travesura grave
de aquel angelito, que tenía en el puño a todos los muchachos del
barrio, y que contaba ya por docenas las víctimas de sus pedradas y sus
palos.
A los diez años era un grandullón que se confundía con los muchachos de
quince, y apenas violentando la severa consigna dictada por su padre
salía a la calle, los perros y los gatos de la vecindad huían
despavoridos como un tropel de herejes al ver un sanguinario inquisidor.
En punto a estudiar, no se distinguía tanto. Tenía muy buen ingenio y
aprendía las cosas con pasmosa facilidad cuando él quería; pero era
preciso confesar que quería muy pocas veces, pues a los diez años leía
de un modo lastimoso y trazaba unos palotes inverosímiles.
El coronel no se disgustaba y miraba a su hijo con la complacencia del
artista que contempla en su obra el indeleble sello de su carácter.
También había sido así y no perdió por ello gran cosa, pues para ser
soldado, lo necesario es tener muy buenos puños y mucho coraje.
--No hay que asustarse, Balbina--terminaba diciendo el coronel, siempre
que trataba la cuestión--, el que el chico sea un bruto, no impedirá el
día de mañana que llegue muy alto, si es que tiene corazón y le ayuda un
poco la suerte. Por si no lo crees, ahí tienes a Espartero, que cuando
vino al Perú lo acababan de suspender en los exámenes de ingreso para la
escuela de Estado Mayor. Baldomero no sabe gran cosa, y, sin embargo,
regente del reino ha sido y capitán general, y duque lo tienes hoy.
Estos razonamientos eran más que suficientes para convencer a doña
Balbina, y de aquí que el muchacho siguiese tan cerril y atrevido,
olvidando las lecciones para ir a capitanear las pedradas en el río o a
apalear gatos por toda la ciudad.
Lo que los padres no querían tomarse la molestia de hacer, lo lograban
las aficiones militares que sentía el muchacho.
A los doce años Esteban comenzó a escaparse con menos frecuencia de su
casa y cobró gran afición a encerrarse en un cuartucho donde su padre
había amontonado unas cuantas docenas de volúmenes que la humedad por un
lado y los ratones por otro habían comenzado a destruir.
Aquellos libros los tenía el coronel por casualidad, pues no era hombre
capaz de dedicar un céntimo a la lectura que, al fin (según sus propias
palabras), sólo le había de enseñar cosas que no le importaban. Habíalos
heredado de un comandante compañero suyo, a quien los soldados llamaban
"el coplero", y que era muy respetado a causa de su afición al estudio y
del gran bagaje de libros que constituía todo su ajuar. Una bala
carlista dió fin a su vida e impidió que fuese terminado un drama
romántico, del que sus compañeros del regimiento esperaban un triunfo
que los honrase a todos.
Aquellos libros constituían la más grata diversión del travieso Esteban,
que pasaba horas hojeándolos sin fijarse gran cosa en el texto y en
busca siempre de las defectuosas láminas en acero, que a él le parecían
brillantes reproducciones del natural.
¡Qué profunda impresión causaban en el joven aquellas láminas que ponían
ante sus ojos los más célebres combates del mundo! Entusiasmábase
Esteban con aquellos grupos de hombres siempre en actividad fiera y con
las armas en alto, dispuestos a exterminarse los cuales representaban la
guerra en las diversas épocas de la historia. Primero, griegos y persas,
romanos y cartagineses, Scipión y Aníbal; después la Edad Media, con
todo su arsenal de fantásticas armaduras y descomunales mandobles, el
Cid con sus proezas legendarias y los reyes haciéndose la guerra por
mero capricho; a continuación los regimientos sustituyendo las armas
blancas por las de fuego y resolviendo los combates a cañonazos y por
cargas de caballería, los tercios españoles, los generales de Felipe II,
las compañías de Gustavo Adolfo y las locas aventuras de Carlos XII, y,
últimamente, las guerras de la República Francesa, la Marsellesa coreada
por el rugir de mil bocas de fuego y el griterío de las cargas a la
bayoneta, bélica y gigantesca estrofa, que tenía por estribillo la
aparición del dios de la naturaleza y la ambición, que se llamaba
Bonaparte.
Todo este mundo de luchas, de victorias y de derrotas, pasaba en forma
de defectuosos, pero animados cuadros, ante los ojos del muchacho, que
rugía de entusiasmo al contemplar cualquiera de aquellos caudillos con
la espada desnuda y centelleante, arrojándose sobre las compactas masas
de enemigos.
La continua contemplación de tales episodios despertó en el ánimo del
muchacho el deseo de conocer más detalladamente los hechos y los
personajes que representaban aquellas láminas, y aunque la lectura le
producía mareos y una atención demasiado sostenida le amenazaba con
congestiones hijas de su sanguínea complexión, se determinó a abandonar
las láminas por el texto, y aunque saltando páginas y leyendo a medias
los párrafos, comenzó a entablar conocimiento con los héroes que
figuraban en los dibujos, y, especialmente, con aquel Alejandro y aquel
Napoleón, cuyos nombres surgían a cada instante ante sus ojos.
¡Qué lectura tan hermosa! ¡Cómo seducía el belicoso ánimo del muchacho!
¡Qué gran cosa era la guerra! Esteban, interesándose cada vez más por
aquella lectura, iba conociendo lo que la guerra había sido en todos los
tiempos y envidiaba el hermoso papel que habían desempeñado en todas
épocas los grandes capitanes.
Ahora más que nunca se sentía inclinado a la profesión militar, y
cuando, interrumpiendo la lectura, quedaba pensativo, en vez de correr a
la calle como en otros tiempos lo hacía al menor descuido de sus padres,
entregábase ahora a risueñas ilusiones y se imaginaba llegar a ser en el
porvenir un Alejandro conquistando reinos ignorados como la Persia y la
India, un Washington salvando a su patria o un Bonaparte convirtiendo
todas las naciones de Europa en provincias de su Imperio.
Pero conforme Esteban se aficionaba a la lectura devorando los libros
del difunto comandante, convencíase con dolor de que para ser un gran
caudillo no era suficiente, según decía su padre, ser muy valiente y
tener buenos puños, sino que era necesario adquirir gran caudal de
ciencia y ser tan sabio como heroico.
Aquello de que Alejandro, más que de las campañas persas, se cuidaba de
proteger a su maestro, un tal Aristóteles, proporcionándole los medios
para que catalogase y describiese todos los animales de la tierra, y de
que el general Bonaparte cuando iba con rumbo a Egipto a bordo de "El
Oriente" atendía con más interés a las discusiones de Monge Berthollet y
otros sabios sobre ciencias exactas y metafísicas, que a las
indicaciones de su Estado Mayor acerca de la próxima guerra, producía
gran confusión en el muchacho, que hasta entonces no había creído que la
ciencia tuviese la menor relación con las armas.
Además, aquellos libros le hablaban de una porción de conocimientos
científicos indispensables para ser un buen caudillo, y esto acabó de
moverle a desechar sus antiguos instintos y dedicarse al estudio con una
tenacidad verdaderamente heroica.
Al principio, su carácter independiente, inquieto y revoltoso, se
sublevó contra aquel régimen de recogimiento que contrastaba con la
anterior vida; pero Esteban era inquebrantable en sus resoluciones y
consiguió vencer a la pereza y la ignorancia.
El coronel Alvarez estaba asombrado del cambio radical experimentado por
su hijo, y hasta llegaba a temer, en vista de su afición al estudio, que
se olvidase de sus inclinaciones militares v se decidiese por una
carrera científica.
Todo había cambiado en la vida de Esteban: hasta el carácter. En
adelante, las largas horas pasadas ante los libros, le robaron sus
aficiones al bullicio y al escándalo, y se hizo reflexivo y grave, hasta
el punto de ruborizarse cuando recordaba sus hazañas de poco tiempo
antes.
El padre, tan ignorante y rudo como siempre, admirábase ante los
conocimientos científicos que rápidamente adquiría su hijo y lo creía un
pozo de ciencia, complaciéndose en hablar de él con admiración ante unos
cuantos veteranos que eran sus amigos íntimos.
El bueno del coronel no dudaba que su hijo llegaría a muy alto y hasta
pensaba en que su amigo Espartero, de allí a algunos años, tendría un
rival capaz de oscurecerle con el brillo de su gloria.
A los dieciséis años, el coronel Alvarez envió a su hijo al colegio
militar de Toledo, que, según él, era una empolladora de héroes que se
quedaban a la mitad del camino. Su hijo sería de los que llegarían a la
cumbre, sólo con que le ayudara un poco la fortuna.
Cuando Esteban marchó a Toledo a formalizar sus estudios, era un
verdadero aspirante a héroe. La sed de gloria turbaba su existencia y
soñaba de continuo con ser un día un genio de la guerra, del que
dependiese la suerte de su patria.
Sus ideas habían sido transformadas por el estudio. Aquellas campañas de
la República francesa, donde los soldados descalzos, harapientos y
roídos por el hambre, vencían a la coalición de todos los tiranos le
producían más admiración que las teatrales victorias de Napoleón con sus
ejércitos disciplinados y disponiendo de grandes medios para hacer la
guerra.
El ser soldado de una causa tan grande como la libertad, le entusiasmaba
más que el ser soldado por oficio o por placer, y por ello prefería
Washington a Alejandro y Hoche a Bonaparte.
La primera vez que oyó la Marsellesa, aquel himno tantas veces
mencionado en las guerras de la República, se conmovió profundamente,
hasta el punto de derramar lágrimas. Las sombras de Marceau y de Hoche,
de Latour d'Auvergue, de Kléber y de Desaix desfilaron ante su
imaginación envueltas en el brillante ropaje de las heroicas y rítmicas
estrofas, y casi se sintió tentado de saludar con la misma veneración
con que se descubre el recluta ante el general que le ha conducido a la
victoria.
No pasaron desapercibidos para su padre estos detalles, y los lamentó
con todo su corazón.
--Cuando en mi juventud--decía a su esposa--hacía yo la guerra en el
Perú, también tuve algo de republicano, y por eso me vi tratado tan mal
al volver a España. No son las ideas republicanas la mejor recomendación
para hacer carrera en el ejército, pero más le quiero así que no
carlista. Al fin, no desmiente la sangre.
Con tal bagaje de ideas y ensueños, fué Esteban a hacer su aprendizaje
militar, y ya vimos cómo al entrar en el colegio demostró que sus
aficiones al estudio no habían amenguado la energía de su carácter ni
enmohecido sus puños.
II
Alvarez y su asistente
En 1856 recibió el alférez Alvarez su bautismo de sangre. Recién salido
del colegio acababa de incorporarse a un regimiento de guarnición en
Madrid, cuando a O'Donnell se le ocurrió dar fin al famoso bienio
progresista nacido del alzamiento de Vicálvaro, llevando a cabo el golpe
de Estado que equivalía a una repugnante traición contra su compañero
Espartero.
La Milicia Nacional, mandada por Sixto Cámara y otros revolucionarios,
resistió valerosamente aquella violación de las leyes que O'Donnell
llevara a cabo, pero una vez más venció la fuerza al derecho, y la
legalidad cayó al suelo herida por la espada de un ambicioso.
El alférez Alvarez se batió como un valiente en la plazuela de Santo
Domingo. Al comenzar el combate, el joven tenía sus dudas y hacía
depender su conducta de la actitud que tomase Espartero. Si el antiguo
amigo de su padre se decidía en favor de la causa popular y echaba su
espada en la balanza de la revolución, él iría a ponerse al lado de los
bravos milicianos aun conociendo que comprometía su porvenir; pero el
duque de la Victoria permaneció quieto, negándose a auxiliar a los que
combatían en nombre de la Constitución violada, y el alférez, acallando
los impulsos de su corazón que le empujaban hacia los insurrectos,
permaneció fiel a la ordenanza y se batió tan bien como el primero, en
defensa de una causa que odiaba.
Una bala le produjo un ligero rasguño, y esto bastó para que el Gobierno
de O'Donnell, interesado en crearse simpatías en el ejército y que
derramaba los ascensos con prodigalidad, le diese el grado de teniente.
Desde 1856, Alvarez arrastró esa vida sedentaria y monótona, propia de
los soldados en tiempo de paz. Trasladado de una a otra guarnición, fué
corriendo media España, y los ocios de esa vida insustancial y lánguida
que se arrastra en las pequeñas guarniciones, los empleó dedicándose al
estudio y poniendo a contribución cuantas bibliotecas encontraba.
De este modo fué Alvarez adquiriendo una vasta ilustración, y pronto
pudo pasar como muy versado no sólo en materias militares, sino
literarias y científicas.
En el regimiento le consideraban como un oráculo, y todos los oficiales
reconocían la justicia con que sus compañeros de la Academia de Toledo,
que muchas veces sustituían los apellidos por chuscos motes, le habían
puesto el apodo de Séneca.
Alvarez era un buen oficial que cumplía todos sus deberes con exactitud
solemne, y esto, unido a su ilustración, le hacía ser apreciado por sus
superiores y sus iguales, y le valía que en el cuarto de banderas
reinase un profundo silencio siempre que él abría la boca para
dictaminar sobre alguna cuestión.
El coronel, antiguo soldado que apenas sabía leer, pero que tenía sus
pretensiones de elocuencia, le hacía corregir sus arengas conmemorativas
antes de insertarlas en la orden del día; en las conferencias de
oficiales deslumbraba con sus disertaciones, y no había alférez que
dejase de presentarle, solicitando una concienzuda corrección, los
versos escritos en honor de alguna romántica novia.
El teniente Alvarez era, en una palabra, el hombre importante del
regimiento, el genio cuya gloria se encargaban de pregonar todos, desde
el coronel al último corneta; pero tan inmensa popularidad no satisfacía
al agraciado ni lograba impedir que a menudo se entregase a sus ensueños
ambiciosos.
Los galones de teniente le desesperaban, la paz le producía náuseas y
casi se sentía próximo a llorar de rabia cada vez que pensaba que a
fines del pasado siglo había en Francia generales de su misma edad que
se hacían inmortales.
Al enviar el Gobierno la expedición a Cochinchina, solicitó el teniente
formar parte de ella con el deseo de adquirir gloria en tan lejanas
tierras, pero su proposición fué desatendida, lo que le produjo hondo
despecho.
La fortuna, aquella deidad tan ensalzada por su padre, le volvía la
espalda, y él, tan ansioso de gloria y tan dispuesto a realizar las
mayores heroicidades, veíase obligado a vegetar en una guarnición,
olvidado, casi embrutecido, y teniendo por único consuelo la mezquina
popularidad que gozaba en su regimiento.
Cuando más agitado estaba por sus decepciones, recibió la noticia del
fallecimiento de su padre, a consecuencia de lesiones internas
producidas por una bala que los cirujanos del Perú no supieron
extraerle.
Esta noticia aumentó aún más la tristeza del joven militar, que cuando
soñaba en un porvenir glorioso, colocaba siempre en primer término a su
padre, conmovido por la alegría, y lloraba como un niño al ver a su
descendiente elevado a los primeros puestos del Estado.
¡Oh, maldita imaginación! ¡Ilusiones engañosas! El nunca llegaría a ser
nada, y gracias si al retirarse podía alcanzar, como su padre, el empleo
de coronel. Además, aun cuando sus sueños se realizasen, Esteban no se
consideraría feliz, pues le faltaría la inmensa satisfacción producida
por la alegría de su padre.
Doña Balbina, que vivía en Valencia únicamente por el cariño que a dicha
ciudad tenía su esposo, al morir éste trasladóse a Burgos, donde su hijo
estaba de guarnición, complaciéndose en hacer la misma existencia nómada
que en su juventud, aunque sin el aliciente para ella de las aventuras y
terribles incidentes de la guerra.
Transcurrieron tres años de este modo viviendo Esteban con su madre y
ejerciendo ésta tal superioridad sobre las esposas de todos los
militares como su hijo en el regimiento.
La viuda del coronel Alvarez hablaba con los oficiales viejos de las
operaciones de la guerra civil con tanta autoridad como si dentro de
ella estuviese el general Zarco del Valle, y con las "militaras"
disertaba sobre las condiciones que debe reunir un buen asistente y la
influencia que las mujeres pueden ejercer sobre los valientes llamados a
dar su sangre por la patria.
Cuando el Gobierno español declaró la guerra al Imperio de Marruecos, el
regimiento al que pertenecía Esteban, y que se hallaba en aquel entonces
de guarnición en Zaragoza, recibió la orden de salir inmediatamente para
Valencia, donde debía embarcarse con rumbo a Africa, formando parte de
la división de reserva que mandaba el valiente general Prim.
Gran trabajo costó al teniente disuadir a su madre del empeño que
mostraba en seguir al regimiento. La valerosa navarra sentíase halagada
por la idea de asistir a una campaña en país tan extraño y contra
enemigos a los que ella odiaba como buena católica; pero su hijo le
expuso razones que le hicieron desistir y la obligaron a conformarse
con la tristeza que le causaba no poder presenciar aquella guerra en la
que iban a perder sus vidas muchos miles de moros dignos de la peor de
las suertes por poner a Mahoma a más nivel que Jesucristo y no prestar
acatamiento al Papa.
Doña Balbina fuése a vivir con sus parientes de Pamplona, y Esteban,
libre de toda carga, partió con su regimiento contento con la fortuna
que le deparaba una verdadera guerra donde poder lucir su valor y
conquistar algo de aquello que su ambiciosa imaginación soñaba.
Apenas si en el viaje, ni durante la campaña, echó de menos a su madre
en punto a cariñosos cuidados. Llevaba como asistente a un mocetón
aragonés, despierto de entendimiento y servicial y fiel como un perro,
que miraba al "señorito" con tanto respeto como a su padre y con igual
cariño que si fuese un hermano.
En todo el regimiento se hacían comentarios sobre la indestructible
armonía que reinaba entre el oficial y el asistente y la facilidad con
que éste cumplía sus menores indicaciones.
Entre el teniente Alvarez y su asistente Perico, apenas si mediaban al
día media docena de palabras, y, sin embargo, todo se hacía a gusto del
primero, sin que tuviera el menor motivo de queja.
En la más leve mirada adivinaba el soldado los deseos de su superior y
se apresuraba a realizarlos sin romper el mutismo a que tan aficionado
se mostraba su amo.
Perico, aunque aragonés, era tan hiperbólico como un andaluz cuando en
las reuniones con los demás asistentes del regimiento surgía en la
conversación el nombre de su amo.
Para él no admitía duda que todo el mundo estaba convencido de lo mucho
que valía su señorito y que desde O'Donnell al último soldado se tenía
como artículo de fe que el teniente Alvarez era el oficial más valiente
y más sabio del ejército español.
Cuando le oía hablar con otros oficiales quedábase en ademán estático y
con la boca abierta asombrado ante aquellos nombres extraños que su amo
mezclaba en la conversación, y algunas veces hubo de reñirle Esteban en
Zaragoza porque se arrimaba irrespetuosamente a la puerta del cuarto de
banderas tan sólo por escuchar cómo el teniente discutía con los
compañeros, aprobando enérgicamente con movimientos de cabeza todo
aquello que su amo decía y que él estaba muy lejos de entender.
Tanta influencia ejercía el oficial sobre su asistente, que éste tenía
ya adoptada una formal resolución sobre su porvenir. Nunca se separaría
de aquel hombre al que estaba ligado por el respeto y el cariño.
Se encontraba casi solo en el mundo, carecía de padres a cuyo sustento
atender y no tenía más pariente que su tía Tomasa, una hermana de su
padre, que muy joven fué a París a servir a unos señores y que ahora
estaba en Madrid en casa de un conde como ama de gobierno y doméstica de
cierta autoridad. Esta tía era un verdadero tesoro para Perico, que como
único sobrino era el verdadero dueño de su afecto y recurría a ella con
éxito en todos sus apuros.
La tía le enviaba todos los meses algunos duros para sus vicios, y como
Perico no los tenía, de aquí que emplease tales cantidades en beneficio
de su señorito, el cual no podía explicarse al sentarse a la mesa cómo
con tres pesetas que diariamente entregaba a su asistente, comía casi
con tanto regalo como el coronel del regimiento.
Aquel Perico era de oro, según la expresión de todos los oficiales, y lo
más notable en él resultaba la fidelidad, pues desechó las proposiciones
de varios compañeros de su amo que querían llevárselo a sus casas con el
deseo de tener un sirviente tan atento y puntual.
En la campaña de Marruecos el asistente demostró hasta dónde llegaba su
cariño al señorito, pues en vez de permanecer a retaguardia como los
demás soldados de su clase, no dejaba el fusil de la mano, y sin
desatender por esto sus obligaciones marchaba al lado del teniente
Alvarez más atento a defenderle que a hostilizar al enemigo.
Por dos veces salvó la vida a su señor; pero éste le correspondió
dignamente partiendo de un sablazo la cabeza de un marroquí que a
quemarropa apuntaba a Perico con su espingarda.
Ganoso Esteban de conquistar aquella gloria tantas veces soñada, le
pareció poco notable figurar en un regimiento que entraba en fuego lo
mismo que los otros, y se presentó a Prim solicitando por sí y su
asistente el ingreso en una de aquellas compañías de guías o
exploradores, fuerza escogida que ocupaba siempre los puntos de mayor
peligro y que continuamente se tiroteaba con los moros, siendo objeto
de sorpresas y sosteniendo combates cuerpo a cuerpo.
En cien ocasiones viéronse amo y criado frente a frente con la muerte, y
otras tantas se salvaron como si fuesen invulnerables. Las balas
menudeaban; por tres veces la muerte se encargó de que fuese renovado el
personal de la compañía, y a pesar de esto, ni el oficial ni su
asistente, que eran los primeros en el ataque, sufrieron el más leve
rasguño.
La heroicidad del teniente Alvarez no tardó en ser conocida y comentada
por todo el ejército, y tanta fué su popularidad, que O'Donnell, a pesar
de que no miraba con buenos ojos a tal oficial, por saber su procedencia
progresista y la gran afición que mostraba a las doctrinas democráticas,
entonces nacientes, se decidió, por evitar murmuraciones, a premiar sus
esfuerzos y lo ascendió a capitán, concediéndole, además, la cruz de San
Fernando, en juicio contradictorio. También Perico alcanzó la cruz por
haber luchado a brazo partido con dos morazos que querían hacerlo
prisionero, demostrando que a la sombra de la Torre Nueva se desarrollan
tan buenos puños como en las laderas del Atlas.
Alvarez y su asistente fueron objeto de grandes demostraciones de
simpatía, y si el teniente no pudo sacar de la campaña aquellas
grandezas por él soñadas, al menos logró alcanzar una sólida reputación
de soldado valeroso.
Al terminar la campaña, el capitán Alvarez y su asistente, incorporados
a otro regimiento, regresaron a España, siendo destinados de guarnición
a Madrid.
Las fatigas y los peligros experimentados en común y esa fraternidad que
crea la guerra, habían estrechado los lazos de cariño que unían al
oficial con su asistente.
III
La vi por vez primera...
En el invierno de 1862, el sol, faltando a su perversa costumbre, se
portaba como un completo caballero con los habitantes de la coronada
villa.
Los madrileños estaban en pleno mes de enero, y sin embargo,
transcurrían semanas enteras sin que el aliento del coloso Guadarrama
fuese frío y punzante, y el sol, desde las ocho de la mañana, esparcía
en las calles un ambiente tibio que, a despecho de la estación, hacía
recordar la primavera.
La nieve era en aquel año cosa desconocida, y las lluvias invernales
habían quedado reducidas a unos cuantos chaparrones que prestaban al
Ayuntamiento el gran servicio de limpiar las calles, siempre sucias.
Aquella benignidad de la Naturaleza tenía asombrados a los habitantes de
la corte, y uno de los que se mostraban más agradecidos era el capitán
Alvarez, que, como criado en la costa del Mediterráneo y en una de las
ciudades más risueñas y de temperatura dulce, odiaba los días nebulosos
y experimentaba una alegría casi infantil cuando la Naturaleza ostentaba
todos sus esplendores a la luz del sol.
En una de aquellas mañanas que parecían de primavera, el capitán, viendo
el rayo de sol que se filtraba en su habitación por la ventana que el
fiel Perico acababa de abrir, se levantó de muy buen humor, dispuesto a
aprovecharse de la benignidad de la Naturaleza.
Eran las siete, y hasta las diez no estaba obligado a presentarse en el
cuartel. Le quedaban, pues, tres horas libres, que él pensó dedicar a un
largo paseo, pues como oficial que gozaba fama de andariego aprovechaba
todas las ocasiones para que, según él decía, no se le enmoheciesen las
piernas.
Cuando hubo devorado su apetito a toda prueba el modesto desayuno
preparado por la patrona, y Perico acabó de pasar su escrupuloso cepillo
sobre el pancho y el rojo pantalón, Alvarez encendió un puro y salió a
la calle con todo el empaque de un hombre que se considera feliz, aunque
momentáneamente, y que está agradecido a la Naturaleza.
Bien hacía Perico en estar orgulloso del buen talante de su señor,
porque no podía menos de reconocerse que el capitán Alvarez era un buen
mozo, que llevaba como pocos el uniforme del ejército español.
Pisaba con la fuerza de un hombre robusto, aunque algo enjuto;
contoneábase con una marcialidad nada afectada y se atusaba la perilla
graciosamente cada vez que se quedaba mirando a las muchas mujeres a
quienes llamaba la atención.
¡Oh, poder de la marcial gallardía! El vizconde del Pinar, por otro
nombre el alférez Lindoro, mozuelo que usaba corsé bajo el uniforme y se
apretaba la cintura como una damisela, mostraba gran admiración ante el
capitán y confesaba que, teniendo su varonil presencia y la cruz de San
Fernando en el pecho, era él muy capaz de conquistar a todas las mujeres
de Madrid.
--¡Y pensar--añadía el "dandy"--que tan mágico poder se pierde
inútilmente!
Inútilmente no se perdía, pues al capitán Alvarez no le faltaban ciertos
trapicheos, y esto quien mejor lo sabía era Perico; pero lo cierto era
que ninguna de aquellas pasiones nacidas al volver una esquina duraba
más de una semana, y el apuesto militar no había tenido un verdadero
amor.
El capitán, expeliendo con fuerza el humo de su cigarro y con aspecto de
un hombre feliz, bajó la calle de Alcalá, dirigiéndose al Retiro, su
paseo favorito, pues las frondosas y vastas arboledas era lo único que
le consolaba de aquella desesperante aridez de los alrededores de
Madrid.
Cuando entró en el gigantesco jardín, por la principal avenida, se hizo
la ilusión de que entraba en un vergel, pues apenas si algunos paseantes
recordaban con su presencia que era aquello un terreno público.
Dos niñas jugaban al extremo de la avenida vigiladas por una vieja
criada, y por el centro de aquélla caminaban lentamente dos señoras
elegantemente vestidas.
Alvarez fijó la vista en ellas y mientras caminaba las iba examinando
sin interés alguno y con el aire distraído del hombre que mira por hacer
algo.
Las veía por la espalda, y sin embargo, por la figura y el modo de andar
adivinaba en una de ellas, vestida con capota elegante y abrigo de
terciopelo, a la niña a quien la pubertad despierta el germen de la
hermosura, redondeando las formas, animando la carne con el fuego de la
juventud y dando a sus pasos la gracia ingenua de la mujer seductora. La
otra, de andar más lento y pesado y de cuerpo un tanto obeso, cubierto
por vestido de negra seda y mantilla de blonda, demostraba ser una
señora de mediana edad, acostumbrada a ese respeto que se goza en una
alta posición social.
El capitán, a fuerza de contemplar durante algunos minutos a las dos
mujeres que marchaban delante de él, comenzó a interesarse y hasta
sintió cierto deseo de acelerar su paso para ver la cara a la joven;
pero cuando ya se disponía a realizar su deseo, las desconocidas
torcieron a la derecha metiéndose por una estrecha calle de árboles.
Cuando Alvarez llegó a la embocadura de ésta vió a las dos mujeres que
se alejaban, y durante algunos instantes estuvo dudando si debía
seguirlas. Pero no tardó el capitán en sentirse atraído por el deseo de
dar un paseo a solas, como era su gusto, y desistió de ver la cara a la
joven. ¿Para qué? Al fin, era una de tantas, y bastante había hecho el
oso en sus tiempos de cadete para ir ahora en seguimiento de unas
faldas.
Alvarez siguió la avenida y llegó al estanque, apoyándose en la
barandilla y entreteniéndose como un muchacho en silbarles a los cisnes,
que, como navíos de nieve, surcaban el terso cristal de agua
majestuosamente.
El capitán sentíase embriagado por aquella naturaleza que ostentaba
todas sus galas compatibles con el invierno. En el fondo del estanque
reflejábase el azul del cielo, al que el exceso de luz daba un tinte
blanquecino; los árboles brillaban heridos por el sol; los rasguños de
sus cortezas parecían frescas heridas manando sangre, y los rayos de
oro, filtrándose por entre el ramaje, colgaban de los ropajes de sombras
que envolvían las estatuas deslumbradores harapos de luz.
Las hojas secas caídas en el suelo era lo único que estaba allí
atestiguando el invierno, pero movidas por el fresco vientecillo rodaban
velozmente, y persiguiéndose buscaban un rincón obscuro donde
esconderse, como comprendiendo que eran notas disonantes en aquella
deslumbradora sinfonía de la Naturaleza.
Los gorriones, eternos parásitos de aquel inmenso palacio de verdura,
piaban alegremente conmovidos por la hermosura que aquel día tenía su
habitación, y como si estuvieran convencidos de que en un día tan
esplendoroso los hombres no podían ser malos, abandonaban los huecos de
los altos troncos con noble confianza y se recorrían a saltos los
enarenados paseos, contentos con poder resarcirse de las largas noches
de lluvia o de nieve pasadas en aquellos árboles con la cabeza bajo las
alas y sin otro abrigo que las temblonas plumas.
Alvarez estaba en éxtasis y parecía embriagado por el perfume incitante
de la Naturaleza, que mostrándose tan hermosa en pleno invierno, parecía
una dama de edad madura sacando a luz senos de belleza escondidos para
deshacer la mala impresión de su ajado rostro.
El capitán experimentaba idénticas sensaciones que cuando se sentía
impulsado a escribir aquellos versos que tanta fama le valían en el
regimiento.
La hermosura de la Naturaleza le producía dulces desvanecimientos, y en
aquellos instantes no se acordaba ya de su uniforme ni de la gloria
militar tan ambicionada. Era una cosa bien triste que en un mundo tan
hermoso se exterminasen los hombres y vinieran a turbar la dulce
tranquilidad de los campos con los estampidos del cañón.
Alvarez, a pesar de sus bélicas aficiones tan arraigadas, reconocía que
la paz era para los mortales el más supremo bien, y que constituía un
sacrilegio contra la Naturaleza, madre común de todos los seres, el
ensuciar con sangre humana, por culpa de viles pasiones, los terciopelos
y los rasos, los barnices y el oro que, surgiendo de las entrañas de la
tierra, derramábanse sobre ella formando una espléndida vegetación.
Dominado por la abstracción que en él producían tales reflexiones, se
sentó en un banco de piedra, y allí, contemplando con el mismo
arrobamiento que un árabe soñador las tornasoladas vedijas de azulado
humo que su cigarro arrojaba en el espacio, permaneció mucho tiempo
rodeado por el silencio augusto de la arboleda, sólo interrumpido por el
rumor de la cercana ciudad que se despertaba, o el ric-ric de alguna
hoja seca dando volteretas al impuso de la invernal brisa.
Más de media hora permaneció Alvarez en esta actitud, gozando la dulce
monotonía de la Naturaleza. Un gorrión que saltó junto a él, sin duda
atraído por los colores del uniforme y el brillo del sable, le sacó una
vez de su atracción; después fué una niña que pasó corriendo, no sin
sonreírle graciosamente con esa admiración que los pequeños sienten por
los militares, y al fin, el chasquido de la arena al ser pisada, hizo
despertar su dormida atención.
Levantó la cabeza y vió a pocos pasos a las dos señoras que marchaban
delante de él a la entrada del Retiro.
Una, la más vieja, después de examinarle de pies a cabeza, con una
mirada altiva y dura, volvió sus ojos a otra parte con marcada
indiferencia, mientras la joven le contemplaba con inocente curiosidad
que sólo duró cortos instantes.
Alvarez pudo entonces examinar bien a su sabor a las dos señoras.
La joven no parecía tener más de diez y siete años, a pesar de su
gallarda estatura y de sus gallardos contornos, que delataban a la mujer
ya formada. Bajo su capota blanca con lazos rojos, brillaban unos ojos
negros y de intenso brillo, que se destacaban, sobre un rostro sonrosado
y de delicada transparencia, propio de un temperamento sanguíneo y de
una salud a prueba de todos esos delicados achaques propios de la
juventud aristocrática. Vestía con gran elegancia, andaba con distinción
natural y todo en ella delataba a la mujer que por su nacimiento vive
alejada de las miserias de la vida y ha sido educada para agradar y
distinguirse entre las de su sexo.
La señora que la acompañaba no inspiraba igual sentimiento de tierna
simpatía, a pesar de que su aspecto era correcto hasta la exageración.
Viéndola, no podía menos de recordarse a las viejas señoras feudales de
los dramas románticos, enorgullecidas con su nombre y haciendo esfuerzos
en todas ocasiones para ostentarlo con la más suprema dignidad.
Su vestido negro, su mantilla y el bolsón de terciopelo pendiente de las
enguantadas manos, daban a su figura cierto ambiente de devoción
elegante, y en su rostro mofletudo, rubicundo, con tonos violáceos y
adornado con una nariz larga y pesada como las que son rasgo distintivo
de los Borbones, leíase el orgullo de raza, el convencimiento de que la
ley de castas es un hecho, y el desprecio a todos los seres de clase
inferior, destinados a sufrir la deshonrosa vergüenza de no poseer
pergaminos ni poder ostentar a continuación de su apellido un título
retumbante.
Pasaron las dos señoras erguidas y con aire indiferente ante el capitán,
que las miraba con una insistencia algo incorrecta.
Alvarez, mirándolas otra vez por la espalda, se decía que la joven era
de lo más hermoso que había visto, y sin poder explicarse el por qué,
volvió nuevamente a sentir el deseo de seguir a aquella mujer
encantadora.
¡Qué diablo! El era un muchacho todavía, y aunque fuese capitán, no
estaba prohibido hacer lo mismo que en sus tiempos de cadete. Además,
todo buen español tiene el deber de ir detrás de los primeros pies
bonitos que encuentre al paso, y había que reconocer que los de aquella
joven eran dignos de ser cantados por lord Byron.
Se sentía atraído por aquel rostro que, deslumbrador, había pasado ante
él envuelto en la blanca nube de la capota, y se propuso saber quién era
aquella beldad y contemplarla de frente otra vez.
El sonido que produjo el sable al chocar contra el banco de piedra, hizo
que la joven ladease un poco la hermosa cabeza, viendo con el rabillo
del ojo y con esa disimulada atención que nadie enseña a las niñas y que
todas poseen, cómo el militar se ponía en pie, y estirando su poncho
para evitar arrugas antiartísticas, seguía sus pasos, aunque procurando
conservar una corta distancia.
La vieja señora debió notar también aquella persecución iniciada por el
militar, pues en vez de seguir a lo largo del estanque, torció
repentinamente, entrando con la joven en un estrecho paseo.
El militar, siguiéndolas, entró también en el paseo, arreglando su paso
al lento de las dos mujeres.
A Alvarez no dejaba de hacerle alguna gracia aquella persecución de una
joven bonita, impropia de su carácter y sus costumbres. Aquella
insignificante aventura era suficiente para que en el cuarto de banderas
bromearan con él semanas enteras si es que, por su desgracia, le
sorprendía algún compañero entregado a tal persecución. Realmente, era
indigno del "capitán Séneca", a quien algunos tenían por un Napoleón del
porvenir, pasar la mañana siguiendo los pasos de una muchacha bonita.
Pronto el militar dejó de pensar en tales cosas, y olvidándose de cuanto
pudieran decirle sus amigos, si es que alguno le veía, fijó toda su
atención en la joven, convenciéndose de que ésta de vez en cuando le
miraba con creciente curiosidad.
Con ese arte, especial privilegio de la juventud, de mirar atrás sin
aparentarlo y sin volver la cabeza más que de un modo imperceptible, la
joven examinaba a su perseguidor con rápidas ojeadas, y no debía
disgustarle su aspecto por cuanto volvía nuevamente a su ocular y
disimulada observación.
La señora que la acompañaba no debía experimentar igual impresión, por
cuanto varias veces volvió la cabeza, con ademán altivo, enviando al
capitán el feroz relampagueo de su irritada mirada.
Pero no era Alvarez hombre capaz de intimidarse ante aquellas
manifestaciones de enfado, pues mayores las había sufrido en sus tiempos
de cadete, de parte de algunas mamás toledanas, cuando iba en
seguimiento de cuantas señoritas encontraba en las calles de la imperial
ciudad.
La madura señora no estaba de humor para aguantar aquel espionaje, que
iba tomando el carácter de iniciación amorosa. Alvarez la vió hablar con
la joven con gesto avinagrado, como riñéndola por la curiosidad que
demostraba y que daba al perseguidor mayores ánimos, y tras la rápida
filípica, las dos apresuraron el paso saliendo inmediatamente del
Retiro.
En las calles de Madrid, Alvarez se hizo más audaz. Aprovechando la gran
concurrencia de transeúntes llegó a acercarse tanto a las dos señoras,
que casi les pisó la cola del vestido, y así pudo aspirar el fino
perfume que exhalaba el cuerpo de aquella niña con todas las seducciones
de la mujer.
Estaban en la calle de Atocha y las dos mujeres apresuraban el paso. La
joven, ya no miraba al capitán, cuya presencia sentía a sus espaldas;
pero la señora mayor volvía continuamente la cabeza y le miraba cada vez
con mayor expresión de odio, como si quisiera anonadarle con la majestad
de sus furiosos ojos.
Llegaron las dos al portal de una casa de reciente construcción que,
aunque no desmesuradamente grande, merecía el nombre de palacio por la
elegancia artística de su fachada; y entraron en él, siendo saludadas
con gran respeto por el portero, hombre obeso, embutido en un gran
casacón, con botones dorados.
Aquella era, indudablemente, su casa.
El capitán, deseoso de alcanzar la última mirada de la joven y ver una
vez más su rostro, se colocó con bastante descaro sobre el umbral y vió
cómo las dos señoras comenzaban a ascender por la gran escalera de
mármol con balaustradas doradas que arrancaba del fondo del patio.
No se había equivocado Alvarez al suponer que aún le miraría la joven,
pues ésta, al llegar al gran rellano casi convertido en jardín, donde la
escalera se bifurcaba en dos ramas, se detuvo algunos instantes y fijó
sin turbación en el capitán sus ojazos tranquilos, en los que se
adivinaba usa naciente simpatía.
La otra señora, que subía más pausadamente, también se detuvo en el
rellano, y al volver la cabeza y ver al militar plantado audazmente en
el centro de la puerta, su rostro se coloreó con los tintes violáceos de
la más sofocante indignación.
Mientras su joven acompañante desaparecía en una rama de la escalera,
ella quedó algunos instantes inmóvil, como enclavada en el mármol por el
furor, y al fin, con voz de tono grave y temblorosa por la rabia, dejó
rodar una palabra en la que resumía toda su cólera:
--¡Mamarracho!
--Muchas gracias, señora--contestó Alvarez sonriente y con entonación
exageradamente galante, al mismo tiempo que hacía un saludo militar.
Y sin preocuparse por las foscas miradas del gordo portero, permaneció
sobre el umbral hasta que hubo desaparecido en lo alto de la escalera
aquel vestido de seda, rígido, majestuoso y soberbio como la toga de la
justicia.
IV
Quién es ella.
El alférez Lindoro, conocido en el mundo con el nombre de vizconde del
Pinar, estaba a mediodía con un humor de todos los diablos.
Metido en el cuarto de banderas sufría un arresto de veinticuatro horas
que le había impuesto el coronel por ciertas insignificantes faltas en
el servicio, y desahogaba su mal humor echando pestes contra todo el
mundo y maldiciendo la hora en que a su familia se le ocurrió dedicarlo
al ejercicio de las armas y en que el Gobierno tuvo la idea de dar el
mando de un regimiento a un ordinariote que no hacía caso de
recomendaciones, que no respetaba al representante de una de las casas
nobles más antiguas de España, y que quería que todas las cosas del
Cuerpo marchasen con la regularidad de un reloj aunque para ello tuviera
que arrestarse a sí mismo.
La desesperación del alférez obedecía, principalmente, a la soledad en
que estaba y que tendría que sufrir hasta las seis de la tarde, hora en
que terminaba el arresto.
El capitán de guardia era el único que le acompañaba, y éste era un
pobre hombre taciturno, incapaz de ensartar seis palabras seguidas y que
no tenía otro tema de conversación que las costumbres de Filipinas,
donde había estado muchos años.
Tendido en un sofá, con trágica desesperación, y entreteniéndose en
contar las pulsaciones del tiempo que marcaba la péndola del reloj, el
alférez pasaba las horas aguardando, como quien espera la más suprema
felicidad, la llegada de algún oficial joven que, por la fuerza de la
costumbre, fuera a pasar un rato en el cuarto de banderas.
Justamente, en todo el regimiento Alvarez era el único que escuchaba las
sandeces del alférez sin burlarse de ellas de un modo cruel; bien es
verdad que el capitán se divertía oyendo los razonamientos de aquel ser
superficial e insignificante, pero el vizconde era lo suficientemente
obtuso para no enterarse de que su compañero le consideraba como un
objeto de risa.
Alvarez aceptó el cigarro que le tendía el vizconde, y se sentó a su
lado.
--Chico--dijo éste--. No puedes figurarte cuánto te agradezco tu visita.
¿Vienes a acompañarme, verdad? Estoy aburridísimo y te aseguro que si me
arrestan otra vez, pido mi baja en el ejército. ¿Deseas algo? ¿Has
almorzado ya? ¿Quieres tomar café u otra cosilla? Nos lo traerán del
café cercano; tengo cuenta abierta.
Esteban tuvo que hacer grandes esfuerzos para impedir que el alférez,
deseoso de retenerle, le pidiera todas las bebidas del próximo café, y
cuando el vizconde se hubo tranquilizado después de pedir a un ordenanza
que trajese una botella de ron y copas, Alvarez abordó el verdadero
motivo que le había llevado allí.
--Oye, Lindoro--dijo el capitán Alvarez--. ¿No conoces tú a toda la
aristocracia de Madrid?
--Sí, querido--contestó el alférez con fatua complacencia, pues su mejor
gusto era ostentar las ventajas sociales que le daba su nacimiento--.
Conozco todo el mundo elegante de la corte y no hay casa de algún
ilustre que yo no visite. Ya ves que con mi nombre y mi fortuna bien
puede uno gozar alguna consideración en la alta sociedad.
--Tengo que solicitar tu ayuda para una noticia que me interesa
adquirir.
--Habla, que yo te contestaré, si es que puedo.
--¿Tratas alguna familia que viva en la calle de Atocha?
--Dos hay que yo conozco. ¿Sabes el número de la casa?
--No he podido fijarme en él, pero te daré las señas. Es un edificio de
reciente construcción que está a la derecha, subiendo por la parte de...
--Basta; no sigas. Ya sé qué casa es. En ella vive el conde de Baselga,
un señor millonario, algo retirado del gran mundo y que sólo asiste de
tarde en tarde a las fiestas de palacio. Tiene una hija muy hermosa.
--Eso--dijo Alvarez con satisfacción.
--¿La conoces, acaso?
--La he visto una vez nada más.
--Y te gusta, ¿eh?... Chico, tienes buen gusto, pues la muchacha no
puede ser más linda. Aquí, para entre nosotros, debo manifestarte que yo
he tenido mis proyectos sobre ella. Me gustaba su hermosura y más aún
los millones de su padre.
--¿Y qué has alcanzado?--preguntó Alvarez con ansiedad mal disimulada.
--Nada, chico. La muchacha es algo tonta y se rió de mí en un baile de
Palacio, donde entre los rigodones le espeté mi declaración. Ya ves que
esto supone cierto grado de imbecilidad: burlarse de un muchacho como
yo, que, aunque no soy muy rico, tengo un título respetable como pocos y
una figura no despreciable. Lo único que se me puede censurar es mi
cortedad de vista, pero los lentes dan siempre cierto "chic" que hacen a
un hombre interesante. ¿No es verdad, Esteban?
El capitán contestó con una débil sonrisa.
--Quisiera--continuó el alférez--que tú probases a rendir esa beldad que
tiene el corazón no de mármol, como dicen los poetas, sino de alfarería.
Tal vez seas más afortunado, y cree que harías un negocio redondo si
lograbas casarte con ella, pues el viejo don Fernando, su padre, debe
tener enterradas a montones las peluconas. Vaya, animate y a ver si
consigues dejar pronto esta endiablada profesión militar para
convertirte en millonario.
Alvarez permaneció silencioso algunos instantes, y al fin preguntó a su
amigo:
--¿Quién es la señora que acompaña a la condesita? ¿Es su madre?
--El conde es viudo. Ha sido casado dos veces y su segunda esposa murió
hace ya bastantes años, dejando dos hijos: un niño enfermizo, al que veo
pocas veces, y esa muchacha que tanto te gusta. La señora de que hablas
debe ser una hija que tuvo el conde de su primer matrimonio, y de la que
se cuentan ciertas historias. ¿Cuáles son sus señas?
El capitán describió a su modo la figura rígidamente majestuosa y el
rostro avinagrado de la señora que tan furibundas miradas le había
lanzado aquella mañana, y el vizconde se apresuró a contestar:
--Sí; eso es. Describes muy bien el gesto de pocos amigos que
eternamente lleva en su rostro doña Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una solterona que aborrece al mundo, odia a la juventud y se dedica a
la devoción, entregada en cuerpo y alma a los jesuítas, lo que le
consuela de no haber encontrado en su juventud un hombre que quisiera
hacerla su esposa. Cree que la tal señora es un basilisco, y que es muy
peligroso hacerle el amor a su hermanastra, sólo porque ha de rozarse
uno con ella. Es un manojo de espinas custodiando a una rosa. ¿Eh?, ¿qué
tal te parece la frasecilla?
--Muy bien--dijo Alvarez, sonriendo con toda la bondad que merecía aquel
imbécil--, ¿y quién es la rosa?
--¿Quién ha de ser? Enriqueta.
--¡Ah! ¿Se llama Enriqueta la hija del conde de Baselga?
--Sí, hijo mío. Enriqueta Baselga de Avellaneda, y será condesa si se
muere su hermano, como es de esperar en vista de sus continuas
dolencias, o si se hace cura, lo cual es aún más probable en vista de
las aficiones que le ha inculcado la santurrona de su tía.
El alférez Lindoro se entusiasmaba hablando de aquella familia, que era
muy rara, sí, señor, una de las más raras de la corte. Según él, el
padre era un hurón, siempre metido en su casa, refractario a toda
diversión y sin otro placer que una excursión en verano a sus posesiones
de Castilla, donde hacía la vida de un modesto agricultor. En cuanto a
la baronesa de Carrillo, era la primera beata de la corte, el brazo de
que se valían los jesuítas para mover la aristocracia devota en favor de
lo que a ellos les convenía, y los dos muchachos, hijos del segundo
matrimonio, el enfermizo Ricardito y la hermosa Enriqueta, no pasaban de
ser dos monigotes sin voluntad, que maldito el papel que harían en el
mundo.
El vizconde se expresaba de este modo, y Alvarez escuchaba con gran
atención todas sus palabras deseoso de conocer a fondo la familia de la
que formaba parte aquel hermoso ser que tanto le interesaba.
--El conde, créelo--continuaba el alférez--, es un hombre de historia, y
nadie, al verle tan austero y de genio eternamente atrabiliario, creería
que en su juventud fué uno de los más terribles calaveras de la corte de
Fernando VII. Ha sido de la Guardia Real, después mandó en el Norte un
regimiento de lanceros carlistas, estuvo emigrado en París y allí se
casó por segunda vez con la hija de un afrancesado: una muchacha
enfermiza que tenía los millones a puñados. Su primera esposa fué la
baronesa de Carrillo, una locuela americana que conocía demasiado
íntimamente al Fernando VII, y si alguien lo duda, ahí está, para
atestiguarlo, la actual baronesa de Carrillo, que no es capaz de negar a
su padre. ¿Te has fijado en aquella nariz? ¿No es verdad que da ganas de
cantar aquello de "ese narizotas, cara de pastel" con que los rojos del
tiempo de Riego daban serenata al padre de Isabel II?
Alvarez sonrió ante la malicia del alférez, y repasando en su memoria el
rostro de la baronesa, se convenció de que, efectivamente, algo había en
él que recordaba la cara del rey chulo.
--¡Si supieras cuánto se ha hablado en la alta sociedad acerca del conde
de Baselga! Se le atribuyen cosas estupendas, y hasta hay quien dice que
mató a su primera mujer. No sé lo que pueda haber en esto de cierto,
pero seguramente no merecía grandes cariños aquella buena pieza que,
engañando a su marido, se acostaba con don Fernando para echar al mundo
un nuevo ejemplar de su persona. Si el conde mató a su esposa, hizo muy
bien; y prueba de ello es que, a pesar de lo que se murmura en la alta
sociedad, lo reciben con grandes muestras de consideración, y los padres
jesuítas se hacen lenguas de su piedad y de sus sentimientos
caballerescos.
Alvarez sentía cada vez mayor curiosidad por saber la historia de la
familia de Enriqueta.
--¿Y con su segunda esposa--preguntó--, fué tan desgraciado el conde?
--Todo lo contrario. Doña María Avellaneda era una mujer casi
insignificante. Su modestia y su humildad formaban contraste con sus
riquezas y su alta posición, pero era tan dulce y tan bondadosa, que
Baselga se enamoró de ella como un loco. Recién casado vino a España
acogiéndose a uno de los indultos que el Gobierno dió a los carlistas y
estableció en su casa en la calle de Atocha, negándose a habitar la casa
que en la calle del Arenal tenía su hija mayor, heredada de su madre, la
baronesa de Carrillo. Como la fortuna de que disponían el conde y su
esposa era grande, gastaron como unos príncipes, y durante sus primeros
años de matrimonio asombraron con su lujo a todo Madrid. Las elegantes
costumbres francesas que hoy seguimos en la alta sociedad, ellos fueron
los primeros en generalizarlas, y la condesa, a pesar de su modestia y
de que se preocupaba más de una visita a los pobres que de un baile,
fué, durante mucho tiempo, la reina de la moda. Primero tuvieron una
hija, esa muchacha que te ha vuelto los cascos la primera vez que la has
visto.
--Pero--interrumpió el capitán--, ¡si yo no he dicho que esté realmente
enamorado de esa joven!
--Bueno; pues lo estarás. Es una chica de la que se enamoran todos.
Conste, pues, que estás prendado de ella... Como te iba diciendo,
primero tuvieron a Enriqueta, y a los cuatro años de matrimonio a ese
Ricardito que, a pesar de no abultar más que una mano de almirez, y de
no servir para otra cosa que rezar de la mañana a la noche, costó la
vida a la madre.
--El conde sentiría mucho su segunda viudez.
--Su dolor fué inmenso. Amaba de veras a su esposa, y, más que como
marido, la lloró como un muchacho romántico a quien se le muere la
novia. Estuvo más de un año sin salir a la calle, y hasta se susurró en
Palacio que pensaba hacerse cura y entrar en la Compañía de Jesús.
Afortunadamente, el amor a sus hijos pudo más que su pesar, y acabó por
volver a hacer una vida normal, aunque mostrando gran repugnancia a
asistir a aquellas fiestas en que tanto brillaban antes su esposa y él.
--¿Y su hija, vive también en tal retraimiento?
--Vive con menos rigidez y sale bastante de casa, gracias a su
hermanastra, la baronesa, que, aunque beata, es bastante andariega, y
se pasa el día en juntas de cofradías y patronatos píos o haciendo
visitas a los más elocuentes predicadores de la Compañía. Si quieres
verla a menudo, hazte beato y visita las sacristías. Además, también
asiste a los bailes de Palacio o a los que se celebran en casa de algún
individuo de la antigua nobleza. En cuanto a las reuniones en los
palacios de los banqueros o de esa aristocracia dorada cuyos
ascendientes se pierden en las telarañas de un mostrador, no esperes
encontrar allí a la familia de Baselga. El conde es inflexible y no
quiere transigir con nada de lo creado por la revolución. Ya que asiste
a pocas diversiones quiere que éstas no supongan una abdicación de sus
arraigados principios.
Y el alférez seguía relatando con abundancia de detalles la vida de la
familia de Baselga, sus costumbres y las relaciones que más fielmente
sostenía.
--El conde tiene muy pocos amigos. En vida de su mujer daba fiestas a
una sociedad muy escogida, en esa casa de la calle de Atocha que tú
conoces; pero desde que aquélla murió, los salones han quedado cerrados
y, muy de tarde en tarde, recibe alguna visita por puro cumplimiento.
Quien más influencia tiene en aquella casa es un célebre jesuíta, el
padre Claudio, que también es gran amigo de la familia. Yo pensé valerme
de él para que me facilitara el ser novio de Enriqueta, y estaba muy
confiado, pues el tal jesuíta es un casamentero de primera fuerza; pero
en vez de ayudarme, lo que hizo, apenas le expuse mi pretensión, fué
encajarme un sermón muy dulce, pero que me dolió en el alma, diciéndome
que yo era hombre capaz de derrochar en unos cuantos meses la fortuna
más grande del mundo, y que por esto no se hallaba él dispuesto a
recomendarme a ninguna joven que apreciase. Si piensas intentar la
conquista de Enriqueta, empresa que es difícil, procederías muy
cuerdamente haciéndote amigo del padre Claudio, que manda en el conde,
en la baronesa y en todas cuantas personas encierra aquella casa.
El capitán acogió con sonrisas estas indicaciones del vizconde.
--¿Te ríes?, ¡eh! Pues no harás nada si dejas de seguir mis consejos.
Soy hombre experimentado, aunque nadie lo quiere creer en el regimiento,
y sé lo que debe hacerse en estos casos. Además, si quieres ver a
Enriqueta, tal vez encuentres ocasión algunas tardes si vas a menudo al
paseo de la Castellana. Algunas veces el conde de Baselga se acuerda de
lo que fué, siente la nostalgia de sus buenos tiempos, cuando galopaba
al frente de un escuadrón de la Guardia, y monta a caballo para
acompañar a su hija, que es la muchacha que en Madrid mejor sabe manejar
una yegua. En esto no desmiente su procedencia y demuestra que por sus
venas corre la sangre de un hábil y valiente jefe de caballería. Yo en
tu lugar alquilaría un caballo, aunque esto te lleve una parte
importante de la paga, e iría todas las tardes a la Castellana. No sería
difícil que de este modo consiguieses llamar la atención de Enriqueta,
que admiraría más a un buen mozo, como tú lo eres, viéndolo sobre un
brioso caballo.
La conversación entre los dos militares comenzó a languidecer. El
alférez, que tanta ansia sentía poco tiempo antes de desahogar el cúmulo
de palabras almacenadas en su menguado cerebro, coronaba todos sus
párrafos con una copita de ron, y al poco rato fué sumiéndose en una
calma beatífica, de la que no le sacaba su compañero, el cual solamente
contestaba con monosílabos y sonrisas.
El vizconde acabó por extender sus piernas con estremecimientos
voluptuosos, sobre el viejo sofá del cuarto de banderas, buscando la
mejor posición para echar un sueñecito y que transcurrieran, aún más
velozmente las horas que le quedaban de arresto.
Alvarez sabía ya todo lo que deseaba, y, comprendiendo que su fatuo
compañero no le diría más, se dispuso a salir.
--¿Te vas, chico?--dijo el alférez con voz indolente.
--Sí. Te hago el favor de dejarte solo. Que duermas bien y no sueñes con
el coronel.
--Gracias. Y en cuanto a enamorarse de esa muchacha, piénsalo bien. Es
una barbaridad de la que llegarás a arrepentirte; pero, en fin, si te
empeñas en quererla y la cosa no tiene remedio, acuérdate de mi consejo.
Hazte amigo del padre Claudio, que con su apoyo, hasta un barrendero
podrá aspirar a la mano de una infanta de España.
V
Se eclipsa el astro.
Era una continua obsesión la que ejercía el recuerdo de Enriqueta en el
capitán Alvarez.
Aquellos ojos negros brillando bajo el encaje de una capota blanca, eran
una imagen fantástica, una eterna aparición que turbaban la santa
tranquilidad en que hasta entonces había vivido el capitán.
No podía ver en la calle un sombrero femenil como el de Enriqueta, o un
traje semejante, o una mujer que, mirada por la espalda, presentase un
aspecto parecido, sin que al momento corriese en su seguimiento para
sufrir después una dolorosa decepción que le ponía triste y malhumorado
durante algunas horas.
Un día, a la puerta de la iglesia de San José, encontró a la baronesa de
Carrillo, con su traje negro y su majestuoso aspecto de beata elegante.
Iba sola, pero a pesar de esto, Alvarez, por un irreflexivo instinto, la
siguió como si fuese su hermanastra, y únicamente cuando la baronesa,
después de un paseo de algunas horas por las calles de Madrid, entró en
su casa, no sin antes lanzar a su perseguidor unas cuantas miradas de
ultrajante orgullo, fué cuando comprendió el capitán que había hecho una
barbaridad.
Conforme avanzaba el tiempo y transcurrían los días sin ver a aquella
joven que tanto le había impresionado en el Retiro, Alvarez sentíase más
tenazmente dominado por aquella pasión, y dedicaba a ella toda su
existencia.
El que era citado en el regimiento como modelo de oficiales puntuales
comenzaba a descuidar los actos del servicio y se mostraba distraído
hasta el punto de que algunos compañeros lo sorprendieron en el cuarto
de banderas rasgueando al dorso de los partes de los subalternos letras
enrevesadas y fantásticas que, unidas, formaban un nombre: Enriqueta.
Las noches que llovía, el capitán volvía a casa calado hasta los huesos,
ni más ni menos que un paciente mozo de cuerda que espera en la esquina
quien le dé trabajo, lo que obligaba a su fiel asistente Perico a hacer
mil conjeturas, todas a cual más disparatada.
Para el asistente no pasaba desapercibido que su amo sufría un trastorno
que turbaba su vida, hasta entonces tan regular y monótona, y con el
picaresco olfato adquirido en el roce con las gentes de su clase,
adivinaba que en todo aquéllo "había faldas de por medio".
Una circunstancia le afirmaba cada vez más en esta creencia, y era que
algunas mañanas, al limpiar el cuarto de su señor, encontraba sobre la
mesa pliegos de papel cubiertos de renglones desiguales que el
asistente, con la torpeza propia del que en su niñez sólo llegó a
adivinar en la escuela lo que podía ser la lectura, iba descifrando. De
este modo supo Perico que su amo pasaba las noches haciendo versos y que
éstos siempre iban dirigidos a una tal Enriqueta, nombre que el
asistente no adivinaba a quién pudiera pertenecer por más que repasaba
en su memoria todas las señoritas cursis, hijas de pupileras y
modistillas con quienes el capitán había distraído el tedio de la vida
de guarnición.
Efectivamente, Alvarez combatía la tristeza que de él se apoderaba
apenas se encerraba en su habitación, escribiendo versos a la hija de
Baselga, a quien sólo una vez había visto, y cuando no desahogaba de
este modo su fiebre amorosa, iba a situarse en la calle de Atocha, y
transcurrían para él las horas paseando la acera de enfrente de la casa
del conde, siempre acechando una ocasión para contemplar el rostro de
Enriqueta.
El carácter tenaz e impresionable de Alvarez se revelaba en aquella
ocasión en toda su plenitud.
Ni las lluvias, ni el frío, ni la insolente curiosidad de los vecinos,
conseguían apartarle de aquella continua observación, de aquel
implacable acecho llevado a cabo sin ningún plan ni propósito fijo.
Todo lo que las curiosidades de los transeúntes y las furibundas miradas
del grueso portero de la casa de Baselga lograron de la tenacidad del
joven capitán, fué que éste se despojase de su uniforme para ser menos
notado, y que, vestido de paisano, siguiese paseando la calle con todo
el aspecto de un poeta bohemio a quien le sienta mal la ropa.
No compensaba el éxito la tenacidad que en aquel asedio mostraba el
capitán.
Algunas veces logró contemplar en uno de los balcones del piso
principal, por muy breves instantes, a la hermosa Enriqueta vestida en
traje de casa; pero estas apariciones fueron poco frecuentes, y, en
cambio, todas las tardes veía pasar, tras los cristales de alguna
ventana, los coléricos ojos de la baronesa y su boca contraída por un
gesto de rabia.
Otro ser llamaba también la atención del enamorado capitán, y era un
muchachuelo como de trece años, alto, flacucho, de constitución anémica,
de rostro pálido mate, pero con ojos vivos y hermosos que recordaban los
de Enriqueta.
Era el hermanito; aquel ser débil y fanatizado que, según las
revelaciones del alférez Lindoro, estaba destinado a servir a la
Iglesia.
Alvarez, plantándose audazmente frente al balcón, le miraba con aquella
simpatía que le inspiraban todos los seres que rodeaban a la mujer
amada; pero el muchacho fijaba en él los ojos con aire de extrañeza, y
al fin se retiraba con el mismo aire de una niña que se ve contemplada
con curiosa insolencia.
Una tarde, a la misma hora en que Alvarez, puesto de uniforme y cubierto
de polvo del campo de maniobras, en que había hecho ejercicio su
regimiento, volvía con el propósito de pasar una sola vez por la calle
de Atocha, animado por la vaga esperanza de ser más afortunado que otras
veces y contemplar a Enriqueta, vió salir del portal de la casa de
Baselga dos briosos caballos montados por una airosa amazona y un señor
de marcial figura y pelo cano.
Eran Enriqueta y su padre que se dirigían a la Castellana.
El conde de Baselga estaba algo maltratado por la edad, pero no había
perdido su antiguo aspecto. Su rostro, a fuerza de estar curtido, tenía
un tinte cobrizo; sus patillas eran canas, y su abdomen demasiado
prominente para un gallardo jinete; pero a pesar de esto, todavía
resultaba una hermosa figura moviéndose al compás del paso de su
cabalgadura.
Junto a él, con el rostro grave y sin que entre ambos se cruzara la más
leve palabra, iba la hermosa Enriqueta, a cuya figura daban aún más
realce la negra amazona que marcaba todas las líneas de su busto
escultural, y el gracioso sombrerillo del que colgaba el blanco velo que
envolvía, como una nube, su rostro.
Baselga marchaba al lado de su hija en actitud rígida e indiferente,
pero de vez en cuando la examinaba con rápida mirada, y en su rostro
marcábase una expresión momentánea de satisfacción.
En aquel hombre notábanse dos orgullos satisfechos: el de padre y el de
viejo soldado, y al par que admiraba la gracia de la hija, mostrábase
contento por la pericia de aquella discípula que hacía honor a sus
lecciones manejando el caballo de un modo magistral.
Cuando los dos jinetes pasaron cerca del capitán, el conde le miró con
esa instintiva y rápida atención que merecen los oficiales jóvenes a
todo militar viejo, y Enriqueta, al conocerle, volvió rápidamente la
cabeza, como si quisiera evitar la indiscreción de una mirada.
De poder realizar sus deseos, el capitán hubiera seguido a los dos
jinetes, que se alejaban; pero le era imposible encontrar inmediatamente
otra cabalgadura, y en aquel momento se propuso cumplir los consejos del
alférez Lindero, y juró que desde el día siguiente se presentaría a
caballo todas las tardes en la Castellana, a pesar de que montaba muy
mal.
Cuando aquella noche su asistente Perico recibió la orden de tener
preparado para el día siguiente, a las tres de la tarde, un buen
caballo, el pobre muchacho abrió los ojos desmesuradamente en señal de
extrañeza, y se afirmó en su creencia de que al señorito le sucedía algo
gordo. Sabía él que el capitán no era un modelo de jinetes, y no podía
explicarse su repentino deseo de exhibirse en las calles de Madrid
montado en un rocín de alquiler.
Pero Perico tenía la costumbre de obedecer las órdenes sin replicar,
evitando a su amo preguntas superfluas, y en la tarde del día siguiente
tuvo en la puerta de la calle el caballo que el capitán deseaba.
Alvarez, aunque no fuera gran jinete, presentaba sobre el caballo una
figura aceptable, y al pasar por la calle de Atocha consiguió que el
portero de casa de Baselga le mirara con extrañeza, como si no
comprendiera el motivo por el cual un oficial de infantería se convertía
en plaza montada.
La tarde entera pasó el capitán en la Castellana llevando su caballo
unas veces al trote y otras al galope para distraer el tedio que de él
comenzaba a apoderarse, y no vió entre la turba de paseantes un rostro
amigo ni distinguió en los pelotones de elegantes jinetes a Enriqueta y
su padre.
Sin duda al conde de Baselga le había dado aquel día por no salir, o la
baronesa se había empeñado en llevarse a Enriqueta a alguna junta de
cofradía. Total: que la fatalidad se burlaba del capitán, el cual, por
ver de cerca a la linda joven, se resignaba a galopar una tarde entera
(diversión que le agradaba poco), por entre una turba de elegancias
imbéciles que le miraban con extrañeza y parecían preguntarse con los
ojos: ¿Quién es éste?
No por esto se desalentó Alvarez; tenaz como siempre en sus propósitos,
siguió alquilando un caballo todas las tardes, y con la, fatalista
pasividad de un moro aguardó paseando por la Castellana la aparición de
aquella mujer que parecía haber pasado tan sólo ante sus ojos para
engendrar un indefinido deseo que fuese su tormento.
Una semana después, en una tarde que nada tenía de hermosa, pues el
cielo estaba cubierto de plomizos celajes y soplaba un viento frío con
conatos de huracán, vió Alvarez a lo lejos venir hacia él, a todo el
galope de sus briosos caballos, a Enriqueta y su padre.
El capitán experimentó gran emoción, y tan turbado quedó, que por un
movimiento instintivo detuvo su caballo.
Plantando su cabalgadura en el centro del paseo, vió el capitán llegar a
los dos hábiles jinetes, que pasaron por su lado con la violencia de una
tromba.
Estaba Alvarez en tan extraña actitud que forzosamente había de llamar
la atención, y tanto el conde como su hija se fijaron en él,
reconociéndolo inmediatamente.
Para Baselga aquel joven capitán no era un desconocido ni resultaba ser
casual aquel encuentro en el paseo, y buena prueba de ello fué que, al
pasar cerca de Esteban y reconocerlo frunció el cano entrecejo,
lanzándole una mirada fría y orgullosa. Sin duda su hija la baronesa le
había dado cuenta de que un capitán, cuyas señas le detallaría, asediaba
a Enriqueta ejerciendo una continua persecución amorosa que se
estrellaba ante el retraimiento en que vivía la joven.
Esta también se fijó en Alvarez, pero su presencia sólo le arrancó
aquella mirada, mezcla de extrañeza e indiferencia, que era en ella
peculiar.
El capitán, repuesto inmediatamente de su impresión, lanzó su caballo en
seguimiento de los dos jinetes, y así recorrió dos veces el paseo,
llamando la atención de algunos transeúntes.
Alvarez, ocupado en contemplar las espaldas de su amada y su hermoso
talle lo más cerca posible, no pensaba en las conveniencias ni el
disimulo que debe observarse en materia de amores y desconocía el efecto
que causaban aquellas imprudencias.
A Enriqueta no debía disgustarle del todo aquella adoración tan audaz y
despreocupada, por cuanto varias veces volvió la cabeza y miró fijamente
al capitán con aire entre ofendido y risueño; pero al conde, a quien no
pasaban desapercibidas tales demostraciones, no le resultaban tan gratas
las continuas audacias del militar, demostrándolo con rápidas ojeadas
que lanzaba al insolente.
Aún dieron otra vuelta por el paseo los dos elegantes jinetes, seguidos
siempre por el amoroso apéndice. El conde esperaba que el militar se
cansase de la persecución; pero en vista de su tenaz importunidad,
comenzó a sentirse dominado por aquella cólera que tan terrible le
hacía.
Baselga apretaba nerviosamente su latiguillo y sentía tentaciones de
revolver su caballo para ir a cruzarle la cara al insolente adorador.
Con menos motivo había dado en su mocedad mayores escándalos; pero ahora
se encontraba en una posición que exigía en él mayor prudencia, y
reprimiendo su furor que ponía pálido su rostro e inyectados sus ojos,
se decidió a abandonar al paseo.
No quería que aquellos burgueses plebeyos que paseaban a pie por los
andenes fijasen su atención en él y su hija en vista de la importunidad
del capitán.
El conde dijo rápidamente algunas palabras a su hija, e inmediatamente
abandonaron la Castellana a todo galope, pasando como exhalaciones por
entre los brillantes y blasonados carruajes, de cuyo interior les
dirigían amistosos saludos.
Alvarez, incorregible, y como si no comprendiese el enojo de Baselga,
fué en seguimiento de éste y su hija, y no cesó en su estúpida
persecución hasta que ambos jinetes desaparecieron en el portal de su
casa de la calle de Atocha.
Cuando el capitán, algunas horas después, se encontró solo en su
habitación, se dió exacta cuenta de lo ridículo que había estado aquella
tarde y del enojo que había provocado en Enriqueta y su padre.
La más terrible desesperación se apoderó de él. Era un bruto, lo
reconocía francamente, y ni a un aguador se le podía ocurrir hacer la
corte de un modo tan extravagante, llamando la atención de los curiosos
e irritando a la mujer amada. Enriqueta odiaría ahora a un hombre que
parecía empeñado en ponerla en ridículo, y su padre, mejor que
entregarle la mano de su hija, lo que haría el día en que se le
presentase con tal pretensión (si es que llegaba), sería darle de
bofetadas.
La ofuscación sufrida durante el paseo se había desvanecido totalmente,
y la realidad martirizaba ahora el ánimo de Alvarez.
Aquella noche fué cruel, pues el peor tormento que podía experimentar el
capitán era que una idea desagradable se fijase tenazmente en su
memoria.
Comió poco, riñó a su asistente, cosa que muy raras veces le ocurría, y
durmió mal, viéndose atormentado en los instantes que lograba ser presa
del sueño por terribles pesadillas, en que aparecían grotescamente
mezclados el rocín de alquiler, las furiosas miradas de Baselga, los
indiferentes ojos de Enriqueta y la facha ridícula de un maldito capitán
que se parecía a él como dos gotas de agua y que hacía reír con
ridiculeces grotescas a toda la humanidad.
Aquella noche fué para Alvarez de las más terribles. Cuando se levantó
de la cama, poco después de amanecer el día, pensó con envidia en las
horribles noches pasadas en los campos marroquíes, en peligrosas
escuchas, mandando un grupo de hombres rodeado de enemigos, a gran
distancia del núcleo del ejército. Allí se corría el peligro de recibir
a cada momento un balazo o sentir una gumía en la garganta; pero al
menos se dormía bien siempre que lo permitían los moros, y no se soñaba
en miradas de indignación ni en capitanes puestos en ridículo.
Al entrar Alvarez pálido y ojeroso en el cuartel, le esperaba otro
tormento. Allí se encontraba el alférez Lindero, que, como de costumbre,
estaba al tanto de todo lo ocurrido el día anterior y conocía con todos
sus detalles la ridícula persecución llevada a cabo por el capitán
"Séneca". Un "dandy" de su mismo fuste le había contado por la noche en
el Casino las ridiculeces de un militar que parecía hacerle el amor a
Enriqueta Baselga, y el vizconde adivinó que aquel ente extraño no podía
ser otro que su amigo Alvarez.
¡Qué de estúpidas reconvenciones tuvo que sufrir éste, dichas con un
acento paternal que movía a risa! ¡Cómo exageraba el vizconde, llevado
de sus preocupaciones, la imprudencia del capitán!
Este estuvo tentado de enviar a mala parte al lindo alférez; pero a
pesar de esto, acabó por hacer caso e impresionarse con sus palabras,
sintiendo aumentar el disgusto que le producía su conducta del día
anterior.
Tan avergonzado se mostró por esto, que se prometió internamente
olvidarse de Enriqueta, y en muchos días no pasó por la calle de Atocha.
Para que aquella seductora imagen que había turbado su tranquila
existencia se borrase por completo de su memoria, Alvarez apeló a todos
los medios, y durante algunos días hizo, en unión de los oficiales más
alegres de su regimiento, una vida de calavera.
Su asistente estuvo varias noches esperándole hasta el amanecer, y una
mañana, al ver entrar a su señorito con el traje bastante desordenado,
la faz algo congestionada y los ojos más brillantes que de costumbre,
sospechó que el alcohol le había poseído durante algunas horas.
El capitán hizo una vida de café y de diversiones menos honestas durante
algunas semanas, y al principio se complacía notando que las fugaces y
continuas impresiones que aquella existencia agitada le proporcionaba,
conseguían borrar de su memoria los angustiosos recuerdos; pero el mismo
tenaz empeño que ponía en olvidarse de Enriqueta, era causa, sin duda,
de que la imagen de ésta se reprodujese en su imaginación apenas se
entregaba a la tranquilidad.
Alvarez se cansó al fin de luchar. Reconocía que era un chiquillo mimado
y voluntarioso, como en la época que dormía sobre las faldas de su
madre; la contrariedad y los obstáculos excitaban más sus deseos, pero
él no tenía otro remedio que ser tal como le había formado su
naturaleza; y, víctima de sus naturales impulsos, se reconocía impotente
para sofocar aquella pasión que de él se había apoderado.
Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta y no lucharía más, pues era
inútil cuanto intentase por sustraerse a tal pasión.
Alvarez se resolvió a volver a sus antiguas costumbres, y tres semanas
después del día en que tan ridículamente se portó en la Castellana se
dirigió a la calle de Atocha, experimentando al entrar en ella la misma
zozobra del enamorado que va a hacer su primera declaración.
Los balcones del palaciego de Baselga estaban herméticamente cerrados,
pero el gran portal seguía abierto, ostentándose sobre el umbral el
grueso cancerbero con su capote de botones resplandecientes, tan
grandes como platitos de azúcar.
Aquel can racional, que tan furibundas miradas lanzaba siempre a
Alvarez, al verle esta vez sonrió con toda la expresión que podía dar de
sí su boca de escarlata, desgarrándose de oreja a oreja.
El capitán pasó muy lentamente frente a la casa, fijando su mirada en
todos los balcones y ventanas, con la vaga esperanza de ver asomarse a
la mujer amada. Pero en los dos pisos estaba todo cerrado, y únicamente
en la planta baja el portero se encargaba de demostrar que la casa no
estaba deshabitada.
Alvarez se alejó pensativo, y de allí a poco volvió a pasar frente a la
casa.
El portero sonrió nuevamente con aire de socarronería, y el capitán, a
quien aquella clausura de balcones y ventanas había puesto de muy mal
humor, se plantó cerca del portal, y atusándose la perilla
nerviosamente, miró con insolencia al doméstico.
Este se puso grave. Era hombre de tranquilas costumbres y conocía que
aquel militar no necesitaba de muchas excitaciones para entrar en el
portal y agradecer su insolencia con unos cuantos trompis.
Aquel majestuoso vientre cubierto de paño azul experimentó la necesidad
de congraciarse con el capitán, y haciendo uso de la más amable de sus
sonrisas, dijo con acento humilde:
--Es inútil que el señor se incomode viniendo por aquí. Hace ocho días
que el señor conde marchó con su familia a sus posesiones de Salamanca,
y creo que no volverán hasta el próximo invierno.
Y saludando ceremoniosamente, se metió en su portería con gran prisa.
Quedó Alvarez tan turbado, que ni aún se le ocurrió hacer una pregunta
al portero.
Ahora sí que tendría que conformarse a no ver a Enriqueta.
El brillante astro había sufrido un eclipse.
VI
El señorito dice misa.
No tuvo tiempo Alvarez para pensar en la desaparición de Enriqueta, pues
una desgracia vino a sacarle de su preocupación amorosa.
Sus parientes de Pamplona le escribieron a los pocos días notificándole
que su madre estaba enferma de gravedad, y cuando ya se disponía a pedir
una licencia a su coronel para trasladarse a la capital navarra, recibió
un telegrama que, con el cruel laconismo propio de tales casos, le
noticiaba el fallecimiento de la enferma.
El dolor que experimentó el capitán borró de su memoria todo recuerdo
amoroso, y pasó mucho tiempo entregado a una cruel melancolía, pensando
únicamente en aquellos padres tan rudos como bondadosos, que le creían
un genio del porvenir, y que habían muerto viéndole todavía confundido
entre el vulgo de los mortales.
La repentina desgracia fué muy útil para Alvarez.
El recuerdo de la madre borró el de la mujer amada, y aquel hombre, cuyo
carácter sentía la necesidad de aferrar tenazmente a su memoria un
recuerdo fijo y acariciarlo a todas horas, sólo se preocupó de la
difunta, mostrándose en público como poseído de eterna tristeza.
Perico, que creía un deber alegrarse cuando su amo estaba contento y
reproducir de igual modo su tristeza, mostrábase en esta ocasión
melancólico y desalentado cuando se reunía con otro asistente; pero hay
que confesar que aun llamándose en su interiormente perverso y mal
corazón, se alegraba del suceso, no porque tuviese ningún resentimiento
con la madre del señorito, sino porque su muerte había venido a librarle
del peligro que le ofrecía una mujer desconocida, a quien el capitán
parecía amar con delirio.
El único punto negro en el porvenir de Perico era la suposición de que
algún día el capitán Alvarez llegase a casarse. El fiel asistente, en su
cariño al señor, llegaba hasta a los sentimientos femeniles, y como si
fuese una mujer temerosa de una infidelidad, experimentaba algo de celos
y de rabia al pensar que algún día podía su amo casarse, rompiéndose
con esto aquella unión respetuosa, pero fraternal, que entre los dos
existía.
Aquel muchacho experimentaba un gozo sin límites al ver que el capitán
permanecía triste e impresionado por la muerte de su madre y no se
acordaba de montar a caballo ni de borronear versos, siempre dedicados a
aquella desconocida Enriqueta.
Así transcurrieron algunos meses, y al hallarse en pleno verano, Alvarez
comenzó a abandonar su triste vida, que le tenía reducido muchas horas
en su habitación o le lanzaba a solitarios paseos.
Su asistente comenzó a notar que salía de casa con más frecuencia, que
en determinadas noches se retiraba tarde, y que a pesar de su afición al
"oficio", que le hacía considerar el uniforme como su vestidura eterna,
salía a menudo en traje de paisano.
Esto lo consideraba Perico como muy extraño, sin poder explicarse la
causa y aun aumentaban más sus sospechas las nuevas amistades que su amo
parecía haber contraído.
Señores de aspecto elegante venían a aquella humilde casa de huéspedes
para visitar al capitán, y algunas veces permanecían encerrados con él
algunas horas hablando muy quedo.
Alvarez pasaba bastantes noches en claro, revisando papeles y
escribiendo, y cuando Perico, aguijoneado por la curiosidad que en él
hacía nacer la posibilidad de nuevos amoríos, examinó una mañana los
documentos que tanto absorbían la atención de su amo, se encontró que
eran el escalafón general de los jefes y oficiales del ejército, que el
capitán revisaba con gran minuciosidad, colocando al lado de ciertos
nombres señales convencionales que eran crucecitas rojas o azules.
Aquello no era cosa de amores, y esta reflexión bastó para que el
asistente volviera a su antigua e impasible indiferencia, cuidándose en
adelante de mezclarse en los asuntos de su amo.
A pesar de estos propósitos el muchacho no pudo evitar que le llamase
profundamente la atención el aire misterioso que tenían algunas veces
los nuevos amigos de su amo, así como las precauciones que tomaba éste
al hacer sus salidas en ciertas noches, vistiéndose de un modo que,
aunque no carecía de naturalidad, desfiguraba algo su persona.
El capitán parecía muy preocupado, pero no con la tristeza de algún
tiempo antes, sino poseído de agitación febril y como desesperado de no
poder atender a múltiples y apremiantes ocupaciones.
Algunos días no comía en casa, y después Perico, por conducto de otros
asistentes, sabía que su señorito iba de francachela honesta con otros
oficiales de distintos cuerpos de la guarnición, hablando a los postres
con gran secreto, de cosas que sólo ellos conocían.
El asistente no sentía ninguna alarma, pues a él, fuera de los amoríos
serios, no le atemorizaba ninguno de los compromisos en que pudiera
verse su señor.
Sin embargo, una tarde llegó a interesarse seriamente en los asuntos de
su amo por la forma misteriosa en que éstos fueron revelados. El capitán
había salido una hora antes y el asistente rondaba la cocina, donde
fregaba la maritornes gallega, cuyas exuberantes formas se complacía en
pellizcar, al menor descuido, el tuno de Perico.
Sonó la campanilla de la puerta de la escalera y el asistente fué a
abrir, queriendo evitar este trabajo a su adorada gallega.
Un hombre del pueblo, un obrero de blanca blusa y rostro curtido de
rasgos duros, entró en el recibimiento preguntando con aire imperioso:
--¿Está el capitán?
--Salió hace una hora. ¿Qué quiere usted?
--Yo... nada--dijo el obrero después de vacilar un buen rato.
--Puede usted decirme lo que quiera sin miedo, porque yo soy su
asistente desde hace algunos años.
--Entonces--contestó el hombre después de reflexionar largo rato--, dile
a tu señorito que esta noche dice misa.
Perico se quedó estupefacto hasta el punto de dudar de lo que tan
claramente había oído. Hubo un momento en que creyó que aquel hombre era
un chusco de mal género, y hasta pensó en la conveniencia de darle un
soberbio coscorrón; pero el aire grave y un tanto majestuoso del obrero,
al decir tales palabras, le convenció de que se hallaba muy lejos de
burlarse.
Pero el asistente, por salir de su asombro, buscó instintivamente
cualquier palabra, y sin darse cuenta de ello preguntó:
--¿Y a qué hora ha de decir misa?
Entonces fué al obrero a quien le tocó mostrar asombro:
--¡A qué hora ha de ser! A la de siempre. Tú dale el recado tal como yo
lo digo, que al buen entendedor...
Y se fué.
Cuando el capitán volvió a la hora de la comida, su asistente le relató
todo lo ocurrido con el aire más natural del mundo, como si se tratara
de cosas que él tuviera olvidadas de puro sabidas.
Su amo le oyó impasible y sin pestañear, no causándole la menor
impresión el que fuese invitado a decir misa el héroe que tanto se había
lucido en Castillejos y en el campamento de Tetuán.
--Es una seña convenida, no hay duda--se dijo Perico, a través de cuya
corteza ruda comenzaba a filtrarse la sospecha de lo que aquel misterio
significaba.
Cuando su amo salió de casa a las nueve de la noche, el asistente pensó
en seguirlo para averiguar la verdad que encerraban tantos secretos. Fué
ésta una idea que rápidamente surgió en su pensamiento y el muchacho la
puso inmediatamente en práctica sin pararse a reflexionarla.
Al verse en la calle se avergonzó de su arranque y la conciencia pareció
insultarle por aquella ligereza que afeaba su fidelidad y solicitud de
algunos años.
¡Espiar a su amo! ¡Quién podía aprobar tan repugnante absurdo! Además, a
él no le importaban los negocios particulares del capitán, y faltaba
villanamente a su deber queriendo inmiscuirse en ellos... Pero cuando
tales reflexiones se hacía, su amo, que se alejaba con apresurado paso,
iba ya a doblar la esquina de la calle, y él, por instintivo impulso le
siguió, aunque lamentándose interiormente de ser capaz de semejante
atentado.
La curiosidad, naciendo repentinamente en él, le dominaba hasta el punto
de convertirlo en un autómata.
Siguiendo a su amo a bastante distancia, llegó Perico a la plaza de
Santo Domingo, y entrando el capitán en una de las calles inmediatas
desapareció en el sucio y mal alumbrado portal de una casa de modesta
apariencia.
Allí era, sin duda, donde se presenciaba un espectáculo tan raro como
era que un capitán del ejército español dijese misa.
El asistente quedó en acecho. Lo que había visto no desvanecía el
misterio y deseaba atrapar algún detalle convincente que diese más luz
al asunto.
No fué larga su espera. Separados por cortos intervalos de tiempo,
fueron entrando en el mezquino portal una docena de personas en las
cuales reconoció Perico a algunos de los señores que con aire tan
misterioso visitaban a su amo, y a un comandante de otro regimiento,
que era gran amigo del capitán Alvarez.
Transcurrieron algunos minutos sin que entrara ninguna otra persona, y
se retiraba ya el asistente de la esquina desde donde espiaba, cuando
dobló aquélla, tropezando rudamente con él un caballero de mediana
estatura, moreno y nervioso, que llevaba demasiado encasquetado sobre el
rostro su sombrero de copa y ceñía su levita con aire algo militar.
El caballero, al tropezar con Perico, le miró rápidamente con brillantes
ojos en que se notaba cierta expresión de desconfianza, pareció dudar un
breve momento y después siguió adelante, afectando indiferencia y
golpeando el suelo con el bastón, hasta que desapareció en el mismo
portal que los otros.
El asistente se quedó asombrado, pegado a la pared y sin ánimo ni aun
para respirar. ¡Gran Dios! ¿Se habría equivocado? ¿Sería aquel hombre
una visión? ¿No existiría entre él y el otro un extraño parecido? Pero
no; la duda era inútil. Aquellos ojos de arrogante fiereza eran los
mismos que brillaban bajo los pliegues de la bandera española en la
jornada de los Castillejos; aquel rostro cetrino, enjuto y de rasgos
duros y enérgicos, era el del general Prim.
Además, para desvanecer cuantas dudas pudieran ocurrírsele al asistente,
acudieron a su memoria la revisión del escalafón, las misteriosas
visitas y, sobre todo, las ideas políticas de su amo, que él sabía
perfectamente.
Por fin conocía la verdad. El capitán conspiraba, y aquellas reuniones
eran conciliábulos preparativos de una revolución.
Ya sabía él quién pagaría aquellas misas. El Gobierno.
VII
El que se entrega a la Compañía es su esclavo para siempre.
Cuando el conde de Baselga, poco tiempo después de la muerte de don
Ricardo Avellaneda, se vió esposo de la hija de éste, abandonó París, y
aprovechando una de las muchas amnistías concedidas por los Gobiernos
del moderantismo a los emigrados carlistas, fué a establecerse en
Madrid.
Su esposa, la dulce María, que en su juventud tanto había soñado con
España, la patria de sus padres, ansiaba vivir en aquel país, escenario
obligado de todas las relaciones poéticas y románticas que tanto la
habían entusiasmado en su adolescencia.
En cuanto al conde de Baselga, no sentía menos interés por ir a vivir en
la capital española. Experimentaba ese amor dominante y casi loco que
sienten los emigrados por la patria a la cual no pueden volver, y a esta
pasión se unía el deseo egoísta y soberbio de aparecer tras un largo
eclipse en aquella ciudad, teatro de sus primeras aventuras, no pobre,
envejecido y desilusionado, como la mayor parte de los que con él habían
hecho la campaña carlista, sino opulento, feliz y satisfecho con la
fortuna, hada malévola que en uno de sus caprichos le había hecho dueño
de una respetable cantidad de millones, y de una mujer que, a pesar de
su hermosura y de que podía ser su hija, le amaba con un amor tranquilo
y desprovisto de violentas emociones, pero tenaz e inquebrantable.
Los condes de Baselga fueron por mucho tiempo la pareja mimada de la
alta sociedad, los árbitros de la moda, los que imponían la ley en
materias de buen gusto y marchaban a la cabeza de ese tropel de gentes
distinguidas cuya única ocupación consiste en sostener el legendario
esplendor de generaciones que pasaron y encontrar el medio más elegante
de arrojar su dinero por la ventana.
Lo que hacía recaer con más insistencia la atención del mundo elegante
sobre los condes de Baselga era el mutuo cariño que se profesaban, aquel
amor tranquilo y sin límites que, por preocupaciones sociales, querían
ocultar en público encubriéndolo bajo esa indiferencia galante que en la
sociedad dorada es signo de buen tono, pero que, a pesar de esto,
asomaba siempre a la superficie.
Al poco tiempo de haber hecho ambos su aparición en el mundo elegante de
Madrid con todo el esplendor que da una colosal fortuna y una felicidad
que no permite preocuparse de economías, María vióse envuelta en una
agradable atmósfera de adoración galante. Los Baselga de aquella época,
oficialillos de Cuerpos distinguidos o elegantes, preocupados con el
último figurín de París o Londres, sintiéronse subyugados por aquella
nueva belleza tan distinta por su dulzura, su bondad y su elegante
sencillez, de las hermosuras de la corte, encerrando bajo sus magníficos
trajes y su capa de colorete todas las asquerosidades de un burdel y las
desvergüenzas irritantes de una verdulera.
Aquella belleza que surgía pura y sencilla de una existencia hasta
entonces retirada y casi claustral, que entraba en el ambiente
corrompido de la alta sociedad conservando su tenue aureola de una
castidad soñadora y enamorada, excitó el apetito de todos aquellos
tenorios, terribles derribadores de puertas abiertas, que realizaban las
difíciles conquistas de las linajudas damas que, mucho antes de que
ellos aventurasen la menor declaración, ya tenían el firme propósito de
entregarse tras una fingida resistencia.
La condesa María recibió a docenas las declaraciones de ardorosa pasión
dichas en una forma que ella había conocido algunos años antes leyendo
novelas francesas; no pudo bailar en ninguna de las grandiosas fiestas
de la aristocracia madrileña sin que al momento le deslizasen en el oído
vulgares frases de amor dichas con tono melodramático, y se vió obligada
a no aventurar una simple sonrisa de cortesía, so pena de que fuese
considerada por sus fatuos adoradores como una promesa de futura
benevolencia.
María se mostró fuerte, y ni por un solo instante logró turbarle aquella
seductora atmósfera en que se veía envuelta.
Aunque criada en un mundo aparte y desconociendo las costumbres de la
sociedad en que ahora vivía, su buen sentido la hacía adivinar el fondo
de brutalidad existente en aquella idolatría galante, y además, para
permanecer invulnerable a tales seducciones, capaces de perturbar una
cabeza ligera, contaba con el amor inmenso que profesaba a su esposo.
María, al lado de esta pasión sólo sentía otra, y era el afán de brillar
en la sociedad, de gozar los homenajes sin consecuencias, que en los
salones se tributaban a una mujer hermosa, rica, y que además reúne la
rara cualidad de ser honrada y no excitar a su paso chistes de mal
género, ni sonrisas irónicas, mal ocultadas tras los abanicos de plumas
de oro.
Afable, sonriente, y siempre demostrando una dulzura que la hacía
altamente simpática, la condesa de Baselga cruzaba el torbellino de
aquella sociedad, cuya murmuración la respetaba instintivamente,
olvidando su origen burgués; el bullir del vicio aristocrático, que
salpicaba a todos, no lograba manchar a aquella joven ingenua e
inexperta; pero esto era porque en público se mostraba como una estatua,
fría, inabordable e insensible, guardando toda su ternura para la
intimidad del hogar, donde se entregaba con el grato abandono de un ser
feliz y satisfecho, al hombre que había sido su primero y único amor.
Baselga no era menos feliz que su esposa. No se había engañado cuando,
en las noches de insomnio pasadas en su modesta habitación parisién de
la calle de los Santos Padres, se preguntaba si estaba realmente
enamorado de la hija del señor Avellaneda. El conde, a pesar del goce de
su amor y de la satisfacción de sus sentidos, puramente humanos, se
sentía dominado por una pasión cada vez más creciente, y que era tan
ideal y vaga, como la que experimenta un poeta por la mujer a quien
dedica sus primeros versos. Aquello era amor; y cuando recordaba la
brutal pasión sentida en otros tiempos ante los incitantes encantos de
su primera esposa, consideraba su anterior matrimonio como la conjunción
bestial de un libertino con una prostituta unidos por el vínculo de un
placer espasmódico, delirante, irritante e insaciable, propio de dos
fieras en celo.
Al establecerse Baselga en Madrid, vióse obligado a avistarse con un
antiguo amigo al que no profesaba ya simpatía alguna. Era éste el padre
Claudio.
Encargado el jesuíta de la administración de los bienes de Fernanda, la
hija de la baronesa de Carrillo, durante la permanencia de Baselga en
las filas carlistas y su emigración, el conde vióse precisado a tener
una entrevista con él para una entrega de cuentas puramente nominales.
Baselga, al llegar de París, se había instalado en un edificio nuevo de
la calle de Atocha, que compró a buen precio, y quería vender el caserón
de la calle del Arenal, que procuró no visitar, temiendo que la vista de
sus habitaciones, y especialmente el gabinete de su primera esposa,
evocara en su memoria horripilantes recuerdos.
Fernanda acababa de salir del convento donde se había educado, y vivía
al lado de su madrastra, que por su edad y su carácter consideraba como
a una hermana a la hija de su esposo.
Cuando Baselga recibió en su despacho la visita del padre Claudio,
experimentó cierta sorpresa. Por aquel hombre no pasaban los años. Bien
era verdad que su rostro no tenía la frescura natural de otros tiempos,
y que su figura gallarda comenzaba a verse desfigurada por una naciente
obesidad; pero a pesar de esto, el bello sacerdote era el mismo de
siempre. Afeites de tocador femenil devolvían a su rostro la seductora
ternura de otros tiempos; su boca, de artístico contorno, sonreía tan
graciosamente como en otros tiempos; sus ojos seguían manejando con
igual acierto aquella mirada dulce y afectuosa de hombre superior, que
se encuentra siempre muy por encima de las miserias mundanales, y su
ceñidor de seda apretaba con energía el abdomen rebelde, que
grotescamente aspiraba a atentar contra la gallardía de su cuerpo.
Era aquélla una revocación hecha con arte en la fachada que comenzaba a
tener grietas, y, gracias a aquel exquisito y artístico cuidado de su
persona, el padre Claudio permanecía inalterable y consecuente en su
papel de sacerdote elegante que inflamaba muchos corazones femeniles, y
que por su frialdad, mil veces puesta a prueba y siempre triunfante,
daba pábulo a las asquerosas murmuraciones de las damas despechadas, y
de las cuales no salían bien librados aquel bello Alcibíades con sotana
y los novicios de la Compañía.
La entrevista comenzó con cierta frialdad. El examen de las cuentas sólo
duró algunos minutos, y cuando el conde, después de dar las gracias con
ceremoniosa cortesía, comenzó a indicar lo grato que le sería quedarse
solo, el jesuíta, con todo el aspecto de una persona herida en sus más
caras afecciones que por dignidad quiere callar, pero que al fin,
instintivamente da rienda suelta a sus sentimientos, comenzó a
lamentarse de la conducta observada por el conde.
Aquello era incalificable para el buen padre Claudio. El conde estaba en
Madrid establecido hacía ya algunos meses, y no sólo se había cuidado de
no comunicarle directamente su llegada, sino que ahora, que le llamaba a
su casa, le recibía con la frialdad altanera que se observa con un
humilde administrador y hasta le daba a entender sus deseos de que se
retirase inmediatamente.
--Vamos a ver--decía el jesuíta con conmovido acento--. ¿Qué he hecho yo
para que se me trate de ese modo? ¿He faltado en alguna ocasión al
cariño y a la amistad que mil veces le he jurado? ¿Es que he sido
traidor a su afecto, o es que para merecer su amistad no he hecho
suficiente con los servicios que le he prestado en circunstancias
difíciles? Hable usted, por Dios, señor conde, pues yo soy hombre que no
puede sufrir con resignación antipatías infundadas, y no quiero que me
odie un amigo al que consideraba como un verdadero hermano. Crea usted
que su frialdad me mata, y que antes quiero sufrir los más crueles
tormentos que ver que me trata con despego y sin motivo alguno un hombre
al que profeso un cariño fraternal.
Y el padre Claudio, al hablar así, estaba realmente conmovedor. Contraía
su linda boca con un gesto de amargura, adoptaba el humilde aspecto de
un ser resignado, pero que protesta antes de sucumbir al dolor, y para
dar más fuerza a sus afirmaciones, se golpeaba suavemente el pecho y
miraba al cielo con ademán trágico.
Baselga no se conmovió con estas demostraciones. ¡A él con tales maulas!
Estaba muy equivocado el jesuíta si creía que era aún el muchacho
crédulo y sencillo de otros tiempos, que se dejaba manejar como un
imbécil. El había aprendido mucho; si, señor, los sucesos de su vida y,
especialmente, los que precedieron a su segundo casamiento y que, por lo
extraordinarios, eran dignos de figurar en una novela, le habían abierto
los ojos y enseñado quién era la Compañía de Jesús: una vasta asociación
de canallas que bien podían ponerlos donde hubiese, con la seguridad de
que sabrían con habilidad llenarse los bolsillos como si no hiciesen
nada; una banda de ladrones que se introducían bajo las más traidoras
formas en el seno de las familias, y durante muchos años estaban
preparando un golpe de mano contra la fortuna y la felicidad ajena, con
una paciencia y una astucia que les envidiaría el más terrible bandido.
El conde, al hablar de este modo, se enardecía, golpeaba la mesa con
furiosos puñetazos y miraba al jesuíta de tal modo que parecía querer
devorarlo con los ojos. La justa indignación producida por la diabólica
intriga de París, estallaba ahora con fuerza, después de haber estado
reprimida durante algunos meses.
El jesuíta, no encontrando entre aquel torbellino de acaloradas palabras
y agrias acusaciones un momento propicio para introducir en la indigna
arenga algunas excusas, limitábase a mirar al techo con el ademán del
que pone a alguien por testigo de su calumniada inocencia.
Pero el conde se mostraba implacable. Lo había dicho y lo repetía; no
quería conservar ninguna relación con la Compañía de Jesús, sociedad que
contaba con seres tan infames como el señor García y el padre Fabián
Renard, y como nadie era dueño absoluto de su voluntad, él podía escoger
en adelante sus amigos y deseaba no volver a cruzar la palabra con el
padre Claudio ni con ningún otro individuo de la Orden.
Todo tiene su término, hasta la más tempestuosa indignación de un hombre
enérgico y de carácter un tanto rudo; así es que llegó un instante en
que el conde calló, y entonces el hermoso jesuíta inició la ardua tarea
de sincerarse.
El no comprendía cómo un hombre tan religioso y de sanas ideas, como lo
era el conde de Baselga, decía aquellos improperios contra los
representantes de Dios, que son los hijos de San Ignacio de Loyola.
¿Acaso la corrupción liberal de Francia le había contaminado hasta el
punto de convertirlo en uno de aquellos miserables pecadores que negaban
autoridad al Papa y abominaban de la santa Compañía de Jesús? ¿Es que se
había hecho masón?
Y el dulce padre Claudio, al hablar de libertad y masonería, hacía
gestos de sagrado horror y pronunciaba tales palabras con la timidez
ruborosa de una dama remilgada que muy contra su voluntad tiene que
hablar de cosas repugnantes.
El conde se impacientó. El no era nada de aquello, ni le importaba
tampoco al padre Claudio el saberlo, y si se mostraba tan indignado
contra la Compañía, era porque ésta, valiéndose de intrigas miserables,
había querido encerrar a su esposa en un convento de París y se había
opuesto a sus amores, todo con el propósito de robar a María la fortuna
que había heredado de su madre.
Al llegar a este punto se trocaron los papeles, y el padre Claudio
estuvo sublime mostrándose poseído de una santa indignación, que casi le
hacía semejante a aquellos mártires del primitivo cristianismo, que se
enfurecían ante las blasfemias de los gentiles.
--¡Cómo!...--exclamó con gran calor--. ¿Sabe usted lo que dice? ¡La
santa Compañía de Jesús mezclándose en asuntos pecuniarios y perturbando
las familias con el afán de robar como usted dice! Eso es un absurdo,
señor conde. Usted está perturbado por causas que yo ignoro, y hace
recaer sobre una santa institución crímenes que nunca ha cometido ni
cometerá. ¿Dónde ha leído usted que la Compañía se mezcle en asuntos
como los que usted indica? ¿No sabe usted que nuestra Orden es pobre, y
que nosotros apenas si con los donativos de nuestros buenos amigos
podemos atender a sus múltiples necesidades y a las vastas y
civilizadoras empresas que ha acometido, todo para la mayor gloria de
Dios y el triunfo de la religión?
Y el padre Claudio, como si la indignación le sofocase, exhalaba con
furia interminables "¡ah!" y "¡oh!" y se llevaba las manos, con ademán
trágico, a los ricitos que orlaban su frente.
El bien reconocía que el conde tenía suficientes motivos para quejarse,
pues no era un secreto para él lo que había ocurrido en París a la
muerte del señor Avellaneda. Conocía todas las miserables intrigas del
señor García y del vicario general de la Compañía en Francia, y las
deploraba con toda su alma, mostrándose muy indignado por tan criminal
conducta. ¿Pero era justo que se hiciese responsable a la Compañía de
los crímenes de dos de sus individuos? ¿Hay en el mundo alguna
institución, por santa que sea, que esté exenta del peligro de cobijar a
miserables que urdan crímenes a su sombra?
El jesuíta hablaba con cierta fogosidad; su calma habitual había
desaparecido, y estaba hasta elocuente al anatematizar a los que
deshonraban a la Compañía con sus planes ambiciosos inspirados en un
egoísmo infame.
--No, señor conde. La Compañía no es responsable de las faltas de esos
dos desgraciados, y es una injusticia el querer arrojar sobre ella la
menor sombra de culpabilidad. La prueba de la inocencia de nuestra Orden
está en la actividad que ha demostrado para castigar a los culpables.
Y al llegar a este punto, el padre Claudio rayó a grande altura oratoria
reseñando el castigo sufrido por ambos miserables. Del señor García no
había que hablar. Semejante a Judas, atormentado en su conciencia por el
crimen frustrado, habíase arrojado al Sena, muriendo envuelto en el
nauseabundo fango del gran río.
Con el padre Fabián Renard el castigo había sido ejemplar. El general de
la Orden lo había despojado de la Dirección de la Compañía en Francia, y
ahora su susceptibilidad y su exagerado amor propio, sufrían un tormento
tan terrible como era verse recluído en una de las casas más miserables
de la Orden, desempeñando los oficios más denigrantes y penosos y
sirviendo de criado a los más humildes novicios. De este modo castigaba
la Compañía a los que la deshonraban intentando apoderarse de lo ajeno a
nombre de una asociación religiosa cuyos individuos habían hecho voto de
pobreza. ¿Había, pues, un motivo serio para injuriarla declarándola la
guerra?
El padre Claudio mentía como un miserable al decir esto, pero sus
notables facultades de actor daban un colorido de veracidad a aquellas
cínicas imposturas. El hermoso jesuíta conocía perfectamente la
verdadera causa del suicidio del señor García, y mejor aún el motivo por
qué había sido tan cruelmente castigado su compañero el padre Renard. No
era la codicia de éste la causa de su castigo, sino la torpeza que había
demostrado al querer apoderarse de los quince millones de francos de
María Avellaneda. El general de la Compañía no podía perdonarle el
escándalo que había producido poniendo en evidencia los pérfidos
trabajos del jesuitismo y dando motivos para que la prensa republicana
de Francia atacase a la Orden y el Gobierno la dirigiese terribles
amenazas.
Pero el padre Claudio sabía mentir, y ni por un momento perdió su
serenidad de hombre veraz que relata un suceso que conoce perfectamente.
A pesar de esto el conde no se mostraba convencido. Tenía motivos
sobrados para no creer que la Compañía era ajena a aquellas miserables
intrigas, y estaba convencido de que el padre Claudio también había
tenido su parte en la conspiración contra la fortuna de su esposa.
Porque si no, ¿de qué modo estaba en poder del padre Renard aquel
documento comprometedor que el conde había firmado declarándose asesino
de su primera esposa? ¿Cómo podía saber tan perfectamente el jefe del
jesuitismo en Francia un suceso del que sólo tenían conocimiento él y el
padre Claudio?
Esto lo dijo Baselga a su antiguo amigo el jesuíta, convencido de que
con tales palabras iba a anonadarlo; pero el padre Claudio, en vez de
confundirse con aquella acusación dirigida a su amistad, mostró una
ingenua extrañeza, exclamando:
--¡Cómo es eso! ¿El padre Renard conocía ese documento de que habláis, y
que yo me hubiese guardado mucho de recordar a usted? Parece imposible;
y le aseguro que ni yo ni el general de la Orden sabíamos que nuestro
indigno hermano se hubiese valido de tal medio. ¿Me cree usted capaz de
haber ayudado al padre Renard en sus infames tramas, prestándole un
documento que hace ya muchos años no obra en mi poder?
Y el astuto jesuíta, mostrando siempre gran extrañeza, comenzó a hacer
conjeturas acerca del medio de que se había valido su correligionario de
Francia para adquirir tal documento. Lo primero fué asegurar a Baselga
la imposibilidad de que la comprometedora declaración suscripta por él
hubiese estado en manos del padre Fabián.
Dicho papel sólo había estado algunos días en poder del padre Claudio,
el cual, cumpliendo lo preceptuado en los estatutos secretos de la
Orden, lo había enviado al gran archivo de Roma, de donde únicamente el
general podía sacarlo. Era, pues, un absurdo creer que el padre Renard,
al amenazar a Baselga, poseía tal papel, e indudablemente, si conocía su
existencia y contenido, sería por la infidelidad de algún secretario del
general, cuyas revelaciones le habrían servido para sus ambiciosos
planes.
El padre Claudio sabía que forjaba una novela pues aguzando su memoria
podía aún recordar la fecha en que había remitido a su cofrade de París
el tal documento junto con los informes secretos de la vida de Baselga,
pero esto no le impedía mentir con gran serenidad y con un aspecto de
beatífica honradez.
Los argumentos que empleaba para sincerarse no podían ser más
convincentes. ¿Qué interés tenía él para intervenir en los asuntos de la
familia Avellaneda? ¿Podía él conocer desde Madrid la existencia de una
familia española en lo más apartado del barrio parisién de San Sulpicio?
¿No era un crimen que aquel infame Renard, no contento con deshonrar a
la Compañía, lo comprometiese a él abusando de su nombre para hacerle
odioso a un buen amigo?
El hermoso jesuíta estaba sublime, poseído de aquella santa indignación.
Sí; él lo juraba por Dios, que le veía desde el cielo, y que le
castigaría si mentía; nunca había sostenido con el padre Fabián otras
relaciones que las puramente indispensables, atendidos sus respectivos
cargos, y la primera vez que había tenido noticia de la existencia de la
familia Avellaneda y su fortuna, fué al saber el segundo casamiento de
Baselga y el castigo que el general de la Compañía había hecho sufrir al
vicario general de Francia.
El sacerdote mentía, blasfemaba y era perjuro al hacer tales
afirmaciones, pero esto resultaban muy ligeros sacrificios para un
jesuíta empeñado en reconquistar la confianza de un hombre que podía
servirle de mucho para ciertos planes todavía acariciados con fruición
en la mente del padre Claudio.
A pesar de las calurosas explicaciones de éste, Baselga no se mostraba
convencido.
Esas intrigas de París le habían hecho adivinar en toda su extensión lo
que era la Orden, y desconfiaba de todo jesuíta, y especialmente del
padre Claudio, cuya astucia y doblez le eran conocidas.
Pero la conversación había entrado en terreno muy resbaladizo. El
jesuíta, que poco antes mostraba escrúpulos en hablar de aquel maldito
documento, trataba ahora de él con marcada predilección y sonreía con
aquella sonrisa que era signo de mal agüero para todos los que le
conocían bien.
Sus ojos estaban animados de extraño fuego, y en ciertos instantes
parecían los de un ave de rapiña contemplando a la víctima que tiene
bajo sus garras.
Aquello era un amenaza en toda regla, que el conde no tardó en
comprender.
El comprometedor documento, a juzgar por las palabras del jesuíta,
estaba en los archivos de Roma; pero fuese esto verdad o no, lo cierto
es que a cualquier hora podía tenerlo el padre Claudio en su poder y
hacerlo valer contra él.
Baselga comprendió los deseos del padre Claudio que, después de amenazar
mudamente, manifestaba con humildad el inmenso pesar que le producían
las sospechas del conde y su deseo de seguir siendo su mejor amigo.
Había que conjurar el peligro, y Baselga se decidió a aparentar que
creía en la inocencia del padre Claudio y de la Orden. Todas las razones
del jesuíta las aceptó como verdaderas, y la amistad se restableció
entre los dos hombres.
El final de la conferencia fué muy afectuoso, y Baselga hasta se mostró
arrepentido de haber puesto en duda la virtud de la Compañía, haciendo
caso al padre Claudio, que anatematizaba a los infames como el padre
Renard, que con sus delitos daban pretexto a la canalla de escritores
liberales para atacar a la Orden.
El hermoso jesuíta fué desde aquel día el verdadero dueño de la casa, y
reinó dulcemente sobre la voluntad de Baselga, que se dejaba dominar por
la fuerza únicamente, pues había va perdido su antigua fe.
Ahora comprendía el conde la verdad de muchas acusaciones que se
dirigían contra la Compañía. El que una vez caía en las garras del negro
monstruo, era su esclavo para siempre.
VIII
Doña Fernanda.
Quien menos supeditada estaba en la casa del conde de Baselga a la
voluntad del padre Claudio era María Avellaneda.
No sentía ésta ninguna preocupación directa contra el hermoso jesuíta,
pero sus gracias hacían poca mella en su ánimo, y además, recordaba
siempre que le veía a su antiguo preceptor el señor García, de triste
memoria.
No por esto trataba al jesuíta con despego. Bastábale conocer el gran
ascendiente que éste tenía sobre su esposo para que le mostrase gran
consideración; pero el padre Claudio comprendió pronto que sus
relaciones con aquella mujer enfermiza y algo soñadora no pasarían de
una respetuosa pero fría simpatía.
La intimidad verdadera teníala el padre Claudio con Fernanda, la hija
del conde de Baselga y Pepita Carrillo.
Esta había crecido en el fondo de un convento, alejada de su padre y sin
otro cariño que el afecto mercenario que las monjas dispensaban a todas
sus educandas ricas o de noble familia.
El padre Claudio era el único hombre que ella había tratado en el
convento, y en él depositó todos sus afectos.
Cuando, poseída del fuego de la pubertad, salió del convento para ir a
habitar la casa de su padre, Fernanda adoraba al jesuíta, pues
encontraba en él una doble personalidad que le encantaba. Como muchacha
gazmoña y devota, conmovíase ante el sacerdote elocuente, benévolo y de
pegajosa dulzura, y como hija de una pasión brutal y heredera de una
complexión siempre hambrienta de carne viril, estremecíase de la cabeza
a los pies en presencia de aquel hombre hermoso y elegante que unía
todas las graciosas seducciones femeninas a un cuerpo membrudo y de
artísticas líneas, semejante a la estatua de un atleta griego.
Cuando Fernanda, acompañada de su madrastra, entró de lleno en la vida
elegante, tan agitada, y seductora, se olvidó fácilmente de todas sus
preocupaciones, hijas de la educación adquirida en el convento.
El esplendor de aquella sociedad dorada, borró de su memoria todos los
consejos de sus maestras; aquellas interminables arengas sobre la maldad
del mundo y sus peligros.
Fernanda comenzó como todas las jóvenes. En abierta competencia con sus
amigas íntimas en punto a elegancia y distinción, sintió pronto los
celos que produce una rivalidad declarada y aspiró a ser una deidad de
la moda que reinase despóticamente en los salones.
Por desgracia para Fernanda, su fealdad era notoria, y su carácter
altanero, caprichoso, maligno e irascible, no era el más a propósito
para atraerse adoradores.
Llevaba en su rostro el feo sello de raza, aquella maldita nariz
borbónica, enorme, picuda y como colgante que desfiguraba todas sus
facciones, y aunque su cuerpo era gallardo y de hermosas líneas, estaba
afeado por cierta rigidez majestuosa, impropia de una joven y que no
conseguía corregir una fingida ligereza.
Al poco tiempo de ser una de las figuras obligadas de toda fiesta
palaciega o "soirée" de familia noble, Fernanda experimentaba la
apremiante necesidad de tener un hombre enamorado más o menos
ingenuamente y exhibirlo en los salones con igual complacencia que si se
tratase de una joya o de un vestido de última moda.
Casi todas sus amigas tenían un novio, un adorador reconocido por toda
la alta sociedad, y ella no había de ser una excepción, viéndose privada
de esto que al mismo tiempo era para Fernanda un adorno de buen gusto y
una imprescindible necesidad.
La baronesa de Carrillo era digna hija de sus padres. La insaciable
lujuria del rey difunto y la caprichosa coquetería de Pepita Carrillo se
hermanaban en Fernanda, que sentía hambre de hombre con una furia
terrible.
Deseosa de conocer de cerca el cuerpo viril, cuyo punzante perfume la
enloquecía hasta causarle vértigos, Fernanda apelaba a todos los medios
para lograr un hombre, máquina placentera con la que soñaba todas las
noches en sus carnales y viciosos delirios. Más de dos años pasó
buscando el ser que ansiaba, anhelando sentir en su organismo el deseado
rocío de la vida, y todas sus esperanzas resultaron frustradas.
La libertad elegante y despreocupada que reina en la alta sociedad,
prestábale ocasiones favorables para ensimismarse en el ánimo de los
hombres de un modo descocado, pero no logró nunca realizar sus deseos.
Era fea; pertenecía a una elevada familia, lo que hacía peligrosa toda
clase de relaciones que no tuviesen por epílogo un desenlace legal, y,
además, apenas si tenía fortuna, pues la de su madre, la baronesa de
Carrillo, apenas si pasaba de unos cuarenta mil duros, suma
insignificante en la alta sociedad, y más si se consideraba como un
premio de cargar con una mujer fea y poco simpática; y en cuanto a las
riquezas del conde de Baselga, todos sabían que pertenecía a su segunda
esposa.
Fernanda era además víctima de una conspiración femenil. Sus amigas, sus
antiguas compañeras de colegio, ofendidas por la altanería de aquella
muchacha, que conocía su origen bastardo por ciertas murmuraciones
sorprendidas y se mostraba muy orgullosa por ello, habían hecho públicos
los infinitos defectos de su carácter, y de aquí que los hombres se
guardasen de entablar relaciones demasiado íntimas con aquel mascarón de
proa que tenía un genio de todos los demonios. Además, Fernanda tenía en
sí causas que la hacían espantar, sin saberlo, a cuantos iniciaban el
menor avance. Su carácter lo transparentaba su rostro, y hasta cuando
sonreía, queriendo fingir la expresión más graciosa, benévola y atenta,
su sonrisa se convertía en una mueca altanera y fría, propia de un
poderoso que se digna atender a sus inferiores.
En vano era, pues, que Fernanda recurriese hasta a los más extremos
medios para cazar al hombre deseado. Conociendo que su rostro era feo,
aunque no tanto como en la realidad, apeló a una exhibición incitante, y
para mostrar su busto terso y de contornos esculturales, exageró su
escote un poco más aún de lo que permitían las libres costumbres
aristocráticas, y en la conversación fué despreocupada como una vieja
cortesana, exagerando los apretones de manos expresivos y buscando
ocasiones en el baile para rozarse de aquel modo escandaloso que
inflamaba su sangre y exacerbaba su hambre de virilidad.
Pero todo era en vano y parecía que conforme avanzaba en su conducta
insinuante y despreocupada, los hombres se alejaban de ella temiendo una
conquista que tan fácil se presentaba.
Fernanda desesperábase, y cuando asistía a las fiestas de Palacio miraba
con envidia y con odio a aquella joven soberana, de la que sabía era
hermana y que como ella obedecía a los impulsos de instintos
hereditarios e insaciables. Ella era feliz, ella podía apagar el eterno
fuego que caldeaba su sangre, y Fernanda miraba con envidia la brillante
servidumbre palaciega, los generales jóvenes, de figura caballeresca y
marcial galantería, los oficiales lindos, rizados y perfumados, haciendo
bailar la espada pendiente de una cintura oprimida por el corsé, y los
mocetones de la Escuadra real, musculosos, incitantes, con su perfume
brutal e hinchado su poderoso pecho bajo la maciza coraza de plata. Era
aquello un completo serrallo con un sin fin de odaliscas machos,
deslumbrantes con sus vistosos uniformes, sus galones, sus plumas y sus
brillantes condecoraciones.
La baronesita llegaba a convencerse de que no había Providencia ni Dios,
ni nada justo en el mundo, al ver la hartura de su hermana ilegítima y
la necesidad delirante en que ella vivía, e igual al pordiosero que,
haraposo, hambriento y aterido, al ver pasar en una noche de invierno en
el fondo de su caliente carruaje al satisfecho potentado, maldice la
suerte injusta, Fernanda juraba contra el destino que en materias de
amor daba a unas tanto y a otras tan poco.
Llegó un instante en que la joven baronesa hubo de decidirse a cambiar
de vida y pensar lo que debía hacer.
Tenía ya veintiséis años; esa frescura de la juventud que alivia tanto
el mal aspecto de las feas, comenzaba a marchitarse y llegaban a sus
oídos las murmuraciones poco decentes que había excitado su conducta
incitante y que amenazaban crearle una fama tan escandalosa como
ridícula.
Había que retirarse a tiempo para conservar respetabilidad; era preciso
dar un adiós a aquella sociedad tan seductora, pero en la cual sólo
había encontrado decepciones y desaires.
Fernanda, repasando su memoria, hizo un examen de cuanto le había
ocurrido en seis años de vida elegante. Había rodado por todos los
salones de Madrid, exhibiéndose como carne en venta; había aguzado su
ingenio para encontrar nuevos medios de excitar la pasión hombruna por
medio de la vista, se había ofrecido como víctima voluntaria a cuantos
encontraba al paso, sin reparar al fin en edades ni en prendas físicas,
y a cambio de tantos afanes y tantas condescendencias sólo había
conseguido algunos apretones de mano exageradamente expresivos de algún
guasón que se gozaba de hacerla concebir absurdas esperanzas, conociendo
su flaco; o palabras sobradamente libres, chistes indecentes arrojados a
su oído en el torbellino del baile y capaces de ruborizar a la más
degradada meretriz, pero que a ella le producían despecho, porque el
hombre que los profería se quedaba siempre a la mitad del camino, no
queriendo consumar la conquista iniciada.
Había, pues, que retirarse con la amarga convicción de que entre aquella
juventud de irreprochable frac y vistoso uniforme, tropel de cabezas de
chorlito que danzaban como peonzas y al hablar recordaban los
protagonistas de las fábulas de Esopo, no encontraría el hombre que
tanto deseaba.
No se alejaría de aquella sociedad cuyas seducciones le encantaban, pero
en adelante desempeñaría un papel más airoso que el de solterona fogosa
y despreciada.
Se acordó del padre Claudio, aquel bello ideal con sotana, cuya voz la
conmovía como música deliciosa, y que exhalaba perfumes que la producían
escalofríos de placer. En él encontraría al hombre deseado, el encanto
viril con el aditamento de gracias femeniles que despertaría en su
memoria aquellos desvaríos de su época de colegiala con seres simpáticos
del mismo sexo.
Fernanda, decidida a dar término a su vida de mujer elegante, sólo
buscaba una ocasión oportuna para retirarse. Tenía demasiado orgullo
para huir de su antiguo campo de batalla con aire de derrotada, y su
altanería conmovíase profundamente al pensar que su salida del gran
mundo fuese saludada con una carcajada irónica por sus antiguas
compañeras, que, más hermosas o afortunadas, estaban ya casadas con
hombres envidiables, o satisfacían su orgullo haciendo alarde de las
pasiones que habían sabido inspirar.
Lo que ella deseaba era eclipsarse momentáneamente, caer en el pozo del
olvido, para surgir inmediatamente con una forma distinta; algo
semejante a la salida de los actores que desaparecen tras un bastidor y
a los pocos minutos vuelven a salir por otro con diverso traje y
aspecto.
La ocasión que buscaba la baronesa no tardó en llegar. Su madrastra,
aquella joven sencilla y dulce a la que ella trataba con despego e
instintiva indiferencia, murió al dar a luz su segundo hijo.
Fernanda no sintió gran cosa su muerte. Le inspiraba repugnancia aquella
mujer tan sencilla y, naturalmente, casta; pero esto no impidió que en
público mostrase el mayor desconsuelo y que aprovechase la ocasión para
tocar retirada. Las brillantes reuniones que se verificaban en su casa
quedaron suspendidas y Fernanda abandonó la vida elegante, en la cual
sólo había encontrado derrotas, y efectuó la transformación imaginada
haciéndose beata.
Todo en su casa le arrastró a la devoción. El conde, impresionado por la
muerte de su esposa, cayó primeramente en un estupor que le hacía
semejante a un imbécil, y después se hizo religioso hasta la monomanía,
llegando a pensar en abandonar su familia y hacerse sacerdote.
El padre Claudio, con sus exhortaciones y sus ejemplos, parecía
empujarle a perseverar en tales aficiones y le recomendaba la continua
lectura de "La Imitación de Cristo", la desconsoladora obra de Kempis,
que le hacía odiar la vida y mirar el anulamiento eterno como la más
suprema felicidad.
El antiguo calavera pasaba días enteros encerrado en su habitación, y
cuando no permanecía inmóvil con el aspecto de un hombre que no piensa
en nada, se entregaba a interminables rezos por el alma de su esposa. La
imagen de la muerte no se apartaba un instante de su pensamiento, y él,
que hasta entonces sólo había pensado en vivir, se estremecía
imaginándose todas las miserables podredumbres de la tumba.
Fernanda, animada por el ejemplo de su padre, se entregó por completo a
la devoción.
Los años pasados en aquella existencia frívola y elegante, que la
arrastraba por los salones siempre en busca de un hombre, la habían
hecho olvidar un tanto al padre Claudio, aquel sacerdote elegante y
perfumado que, despojado de la sotana, realizaba el ideal que Fernanda
se había forjado, agitada por la pasión. Al volver nuevamente a sus
aficiones religiosas, su antigua amistad con el hermoso jesuíta se
reanimó, y Fernanda volvió a ser la entusiasta admiradora del agradable
sacerdote, lamentándose de haberle tratado antes con frialdad.
Desde entonces la joven baronesa de Carrillo hizo la vida que le indicó
su director espiritual, convirtiéndose al poco tiempo en la beata
elegante más recomendada en toda la sociedad.
Esta fama de virtud austera y de entusiasmo religioso no era para
agradar a una mujer todavía joven; pero a pesar de esto, Fernanda se
mostraba muy satisfecha de ella. Ya que no se habían cumplido sus deseos
de ser una mujer de moda, amada por todos y capaz de imponer sus
caprichos elegantes a la sociedad que la rodeaba, siempre era para ella
una gran satisfacción dar la norma a las damas aristocráticas en
materias de devoción, y ser por derecho propio la directora indiscutible
en todas las obras pías que emprendían las damas nobiliarias, dechados
de virtud que, como su reina y señora, se arrepentían de sus pecados y
hacían penitencia tomando queridos feos y canallescos.
El padre Claudio, con ojo certero, había adivinado las condiciones que
poseía Fernanda y lo útil que podría ser a la Compañía.
Fea, irritada contra la sociedad que creía había sido injusta con ella,
ambiciosa por temperamento e intrigante por educación, Fernanda prometía
ser un hábil instrumento en manos de la Orden jesuíta, y de ahí que el
padre Claudio la prestara todo su apoyo, a más de que en su interior
acariciaba la continuación de cierto plan, para el cual era muy preciso
el auxilio que pudiera prestar la joven beata.
Fernanda se abrió paso en la alta sociedad, recibió homenajes, envejeció
voluntariamente afectando un aspecto austero, y, siendo joven, se unió
al grupo de las señoras respetables. Fué considerada como un modelo de
virtud y abnegación, y los mismos hombres que poco antes huían de ella
cuando bailaba buscando un amante, iban ahora a cumplimentarle con
respeto, pues esto daba cierto aire de distinción, y hasta en algunas
ocasiones servía de mucho. A Fernanda la temían más aún que la
respetaban, porque no era un secreto para nadie el poderoso brazo
jesuítico que la movía en todos sus trabajos.
Numerosas asociaciones creadas con el objeto aparente de hacer bien a
las clases proletarias, pero en realidad, para que todas las mujeres de
elevada estirpe estuvieran en masa compacta bajo la oculta dirección de
la Compañía, fueron creadas en poco tiempo por aquella ambiciosa joven,
poseída ahora de tanto afán de gloria como un joven poeta, y a la hija
mayor del conde de Baselga se la vió mucho tiempo vestida de negro, con
el limosnero al puño y fajos de papeles bajo el brazo, agitarse
apresurada por cumplir las numerosas misiones que ella misma se había
impuesto: presidir juntas de cofradía, fundar asociaciones nuevas,
organizar fiestas benéficas y ser, en una palabra, la actividad
directora de aquella gran máquina devota, cuyas ruedas se encargaban de
engrasar la Compañía apenas notaba el menor entorpecimiento.
No por esto en el organismo de Fernanda desaparecía aquella irresistible
inclinación al hermoso padre Claudio. Conocía la baronesa la esquivez
que mostraba el jesuíta, apenas una dama aristocrática atentaba contra
su voto de castidad; pero el amor que profesaba a su ídolo no le
permitía creer las murmuraciones que circulaban sobre sus ocultos y
asquerosos vicios.
Para Fernanda era el padre Claudio un ser eminentemente religioso, que
se encontraba a todas horas muy por encima del común de los mortales, y
que sólo podía amar a un alma que como la suya se fundiese en la
inextinguible pasión de Dios.
De aquí que Fernanda, para conquistar a aquel Apolo ensotanado, y
buscando un resultado puramente carnal, se fingiera mística hasta la
exageración, aburriendo a su lindo director espiritual unas veces con
monjiles escrúpulos y otras con arrebatos teatrales, que pretendían
demostrar un entusiasmo sin límites por la causa de la religión.
Pero todas las artimañas de la fea devota para alcanzar el hombre
ansiado salieron completamente fallidas, pues el padre Claudio
mostrábase insensible, notándose en él cierto enojo y repugnancia,
apenas la baronesa hacía la más leve insinuación algo subida de color.
Aquel jesuíta era una apreciable persona, un hombre galante mientras se
trataba de bromear cultamente y sin consecuencias; pero tenía una virtud
a toda prueba apenas los temperamentos, inflamados por él, intentaban el
menor avance.
La frialdad del padre Claudio hizo renacer en la memoria de la baronesa
todas las abominables murmuraciones de que aquél era objeto, las
monstruosidades viciosas y las condescendencias de los novicios con su
superior, y aunque el jesuíta tenía sobre su ánimo un poderío que
difícilmente podía perderse, Fernanda se dió pronto cuenta de que ya no
le inspiraba tanta veneración como antes.
No por esto dejó de dedicarse con entusiasmo a sus tareas de propaganda
religiosa y a la organización de sociedades que marchaban como pequeñas
ruedas de la gran maquinaria jesuítica; era esto su pasión favorita
después de su insaciable afición al hombre, pero a pesar de todos sus
deseos de gloria y de su constante ambición por ser citada como modelo
de damas católicas y fanáticas por la causa del jesuitismo, pronto
comenzó a notar el padre Claudio que su penitente se mostraba más
descuidada en sus tareas y desatendía los servicios que él le encargaba.
Algo preocupaba, indudablemente, el ánimo de la baronesa, y pronto supo
el padre Claudio en qué consistía tal preocupación.
Su penitente estaba próxima a lograr sus deseos. Un hombre desgraciado,
un pobre diablo, que ponía su gárrula pluma al servicio de la devoción,
y a quien la baronesa había conocido en una junta de cofradía, la hacía
el amor atraído, sin duda, por los miles de duros que poseía Fernanda, y
que eran para el hambriento escritor una inmensa fortuna.
El padre Claudio se puso serio. ¿Convenía a sus planes que la baronesa
cayera por el amor bajo la dirección de un hombre extraño a la Compañía?
Seguramente era esto un peligro y había que evitarlo inmediatamente, so
pena de que sufriesen quebranto en el porvenir ciertos planes que el
jesuíta acariciaba hacía ya algún tiempo, y de cuya realización dependía
el hacer una carrera magnífica dentro de la Orden.
El buen padre reflexionó. En su concepto, era un peligro continuo no dar
a la baronesa lo que exigía su ardiente temperamento, que la arrastraba
a la prostitución. Si no caía en brazos del escritor bohemio, que ahora
la solicitaba requiriéndola de amores junto a la pila de agua bendita o
en un rincón de la sacristía, se entregaría después al primero que la
solicitase, fuese joven o viejo, con tal que contase con una prepotente
virilidad.
A la Compañía no le convenía que aquella mujer necesaria, que era su
genuina representación en el seno de la familia Baselga, se dejase
dominar por el amor hasta el punto de ser dirigida por un hombre
extraño, y había, por tanto, que evitar el peligro, ahora que todavía
era tiempo.
El padre Claudio habló un día a su penitente de las inmensas ocupaciones
que le producía la dirección de la Orden, y le propuso entregar a otro
jesuíta la dirección de su conciencia.
A Fernanda, después del fracaso que habían sufrido sus pretensiones
amorosas sobre el padre Claudio, le era la persona de éste poco menos
que indiferente, aunque seguía fingiendo la sumisión cariñosa de otros
tiempos; así es que aceptó sin repugnancia la propuesta.
El hermano jesuíta le habló entonces del padre Felipe González, joven
sacerdote que no se distinguía en el púlpito, ni tenía buena mano para
escribir una carta sencilla, ni, por motivos de salud, ocasión para
dedicarse al estudio, pero que, en cambio, entendía como nadie en
asuntos mujeriles y era célebre como director de conciencias femeninas.
La presentación de aquel nuevo portento de la Compañía de Jesús, quedó
acordada entre la baronesa y su director espiritual.
IX
El caballo padre.
Pocos días después, Fernanda recibió la visita del padre Claudio y de su
compañero, cuya presentación le había anunciado.
Estaba la baronesa ocupada en reñir a las sirvientas por una travesura
de Ricardito, su pequeño hermanastro, que por entonces cumplía tres
años, y si detenía algunos momentos el chorro de palabras irritadas y
vibrantes que salía de su boca, era para fijar sus airados ojos en el
muchacho, que, temeroso, se había escondido en un rincón, y en su
hermana Enriqueta, que era entonces una preciosa niña de siete años y
estaba en aquel momento arrodillada y con los brazos en cruz, en castigo
de cierta fechoría infantil.
La fea baronesa disponía en aquella casa como señora absoluta desde la
muerte de su madrastra.
Baselga, todavía no repuesto de tan terrible golpe, e influído por la
mística lectura, pasaba el día entero encerrado en su habitación o
paseando por los solitarios alrededores de Madrid; los hijos de su
segundo matrimonio, que eran todo su cariño, estaban momentáneamente
olvidados, y la que se aprovechaba de todo aquello era Fernanda, a quien
su padre dejaba hacer, por lo mismo que rehuía hablar con ella,
odiándola, por conocer perfectamente su infame origen.
La hija de Pepita Carrillo estaba en sus glorias con aquella desdeñosa
indiferencia. Mandar para poder reñir desahogando su mal humor, era su
pasión favorita, y por esto se consideraba feliz teniendo bajo la
tiranía de su irritable carácter a unos cuantos criados y a sus pequeños
hermanastros, que eran las víctimas de su genio atrabiliario y los que
sufrían las consecuencias de sus decepciones amorosas.
No por esto odiaba la baronesa a los dos niños. Enriqueta le era casi
indiferente, a pesar de que cierto disgusto le causaba su graciosa
hermosura y el gran parecido que tenía con su madre; pero a Ricardito lo
quería entrañablemente, tal vez porque había sido la causa de la muerte
de aquélla. Además, pertenecía al sexo masculino, y esto era una gran
recomendación para alcanzar la simpatía de la baronesa.
Al entrar los dos jesuítas en el salón, las criadas, que aguantaban
impávidas el chaparrón de injurias de su señora, bajaron la cabeza con
aire de arrepentidas, y salieron sin esperar la orden de aquélla. Los
dos niños, contentos de que una visita viniera a librarlos de los
tormentos impuestos por su hermanastra, aprovecharon la ocasión y
salieron disparados, sin hacer caso de las llamadas del padre Claudio,
que quería acariciarlos.
La baronesa, con un movimiento instintivo y propio de su coquetería
trasnochada, se arregló un poco el peinado, y, después, con aire regio,
sentóse en un sillón cerca del sofá que ocupaban los dos sacerdotes.
Fernanda tenía esa mirada rápida y sintética propia de las personas
duchas en el curioseo, y de una sola ojeada se enteró de cómo era de
pies a cabeza el director espiritual que le proporcionaba el padre
Claudio.
No parecía mala persona aquel padre Felipe. Era más joven que su
superior, pues apenas si demostraba tener unos treinta y cinco años. A
primera vista parecía feo con su corpachón fuerte y membrudo, rematado
por una cabeza enorme, morena, con el rostro algo picado de viruelas y
coronado por cabello negro, áspero y algo hirsuto. Dos detalles
únicamente dulcificaban un tanto aquel rostro de gigante, que con sus
rasgos grandiosos y sus huellas variolosas, recordaba la cabeza de
Mirabeau. La boca, de labios frescos y sonrosados, que respiraba cierta
voluptuosidad, enseñaba al entreabrirse una dentadura fuerte, igual y
deslumbrante, digna de ser envidiada por una dama, y sus ojos, que
tenían cierto reflejo dorado, miraban de un modo acariciador, causando
el mismo efecto que el roce de un terciopelo. Fuera de esto, el jesuíta
era un Hércules, y aquel cuello congestionado, jadeante y de perfil
taurino, que escapaba por la abertura de su sotana, iba pregonando el
inagotable caudal de brutalidades insaciables y de goces sin freno de
que era capaz un cuerpo como aquél, en que existía un tremendo
desequilibrio, ahogando completamente la materia la escasa parte
espiritual que pudiera haber en él.
A Fernanda le gustaba su futuro confesor conforme avanzaba en su examen.
Se estremecía imaginándose lo que era interiormente el bravo padre
Felipe; con la mirada ardiente le despojaba de la sotana y le veía en su
imaginación desnudo como un luchador griego, mostrando la armoniosa
trabazón de sus poderosos músculos hinchados por la fuerza vital y
amenazando estallar la piel, y cuando, mareada por tales imágenes,
fijaba sus ojos en los del jesuíta, sentía correr una dulce caricia por
todo su cuerpo; algo semejante al estremecimiento del gato cuando siente
una fina mano a lo largo de su espina dorsal.
Era feo su confesor; pero entre todos los lindos bailarines de la alta
sociedad no había encontrado un hombre que tan rápida y decisivamente la
impresionase.
La conversación fué vulgar. Limitóse a una sencilla presentación, a un
cambio de ligeras confianzas, para que fueran después más fáciles las
relaciones entre el nuevo director y la penitente, y a la media hora ya
se levantaban los dos jesuítas, dando por terminada la visita.
La inflamable doña Fernanda ya se mostraba arrepentida de haber sentido
en otros tiempos una pasión tan fogosa por el padre Claudio.
Comparábalo ahora con el otro jesuíta y encontraba al hermoso superior,
sobradamente amadamado, a pesar de su hermosura. La ruda musculosidad
del otro, su continente resuelto, que recordaba a Hércules en su hazaña
de las cincuenta doncellas, y, sobre todo, aquel punzante olor a hombre
que se escapaba de su sotana, la causaban gran impresión; era para ella
como un aperitivo excitante y la hacía mirar con desprecio la figura
interesante del padre Claudio, rizada y perfumada.
Quedó el padre Felipe dueño de su penitente, que de buena gana lo
hubiese retenido para comenzar "ipso facto" un examen general de culpas,
y siguió a su superior, que se dirigía a la casa donde tenía establecido
su despacho y archivo, que era la misma que en 1825, salvo ligeras
modificaciones.
Cuando los dos jesuítas entraron en el gran despacho, rodeado de
estanterías atestadas de carpetas y legajos, estaba el repulsivo
secretario del padre Claudio ocupado en clasificar papeles como en
pasados tiempos. El tono macilento que la edad había dado al rostro del
padre Antonio y las muchas canas que se destacaban en su roja y áspera
cabeza, era lo único que daba a entender el tiempo que había
transcurrido. Por lo demás, el despacho presentaba el mismo aspecto que
en tiempos de la segunda reacción.
El padre Antonio levantó ligeramente la cabeza, pero al ver que su
superior no le miraba, volvió a enfrascarse en su tarea y a hacer todo
lo posible para que los dos jesuítas no recordasen su presencia.
El padre Claudio se sentó en su viejo sillón de cuero, y sin dignarse
ofrecer asiento a su gigantesco subordinado, que le miraba con el
respetuoso cariño del perro, le preguntó:
--¿Sabe usted para qué le he traído aquí en vez de ir a la casa
residencia?
--No, reverendo padre.
--Tengo que encargarle una misión de importancia y usted no está muy
acostumbrado a que la Orden le dispense tal honor.
El padre Felipe hizo un gesto con el que quería significar que él se
tenía a sí propio por muy poca cosa, y su superior continuó:
--¿Qué le parece a usted la baronesa de Carrillo?
--¡Oh! Una señora muy apreciable.
--¿Y cómo la encuentra usted como mujer?
El padre Felipe vaciló en contestar no comprendiendo bien la pregunta,
y, al fin, respondió con cierta precipitación:
--Me parece muy amable; pero la encuentro algo fea.
--Perfectamente. Tiene usted buen ojo y por algo le han puesto la fama
de que goza. ¿Y por qué cree usted que la Orden le ha designado para
director espiritual de la baronesa?
El padre Felipe levantó los hombros para indicar su ignorancia y el
superior continuó, siempre con gravedad:
--En nuestra Orden cada uno sirve para una cosa. Así como tenemos
grandes oradores y hombres de ciencia para deslumbrar a los imbéciles,
poseemos hombres hábiles que dirigen las familias despóticamente y
llevan su dinero a las arcas de nuestra Orden, y..., créame usted, éstos
valen aún más que aquéllos. ¿Cuál es su habilidad, padre Felipe?
El aludido quedó perplejo, y, al fin, dijo, sonriendo estúpidamente y
con sencilla modestia:
--Reverendo padre; yo no tengo ninguna; soy un inútil, lo confieso.
--En nuestra Orden, querido hermano, no hay nada inútil. Vamos; le
ayudaré a refrescar la memoria. ¿Por qué tuve yo que intervenir en un
escándalo que surgió con la presencia de vuestra paternidad en cierto
convento de monjas de Valladolid? ¿Por qué estuvo vuestra paternidad más
de un mes en cama a consecuencia de cierta paliza que le administró en
Sevilla un marido celoso?
El gigantazo se ruborizó como un niño, balbuceando:
--Perdone vuestra reverencia... La carne es flaca y a mí me domina el
demonio de la voluptuosidad.
--Sea por muchos años; pues de este modo sirve usted a la Orden y todos
los medios son buenos cuando se trabaja para la mayor gloria de Dios.
Quedamos, pues, en que tiene usted una habilidad, la de enloquecer a las
señoras que la Compañía pone bajo su dirección.
El padre Felipe, a pesar del temor casi supersticioso que sentía ante su
superior, creyó propio del caso el reírse, y prorrumpió en una franca
carcajada, guiñando los ojos con malicia.
--¡Oh! Lo que es para eso me pinto solo...--dijo con acento de alegre
convicción.
Pero se calló inmediatamente viendo que el padre Claudio permanecía
grave e inmóvil y que su secretario, inclinado sobre los papeles, seguía
presentando el aspecto de un ser petrificado.
--La Compañía--dijo el superior, después de un largo silencio--desea que
usted no dé el menor disgusto a doña Fernanda, la baronesa de Carrillo.
Es una buena señora, muy devota de nuestra Orden, y tenemos el deber de
corresponder a su cariño. Cumpla usted, pues, con su obligación.
--¡Mi obligación! ¿Acaso vuestra reverencia quiere?...
--Quiero que se porte usted del mismo modo que en otras ocasiones, con
la seguridad de que, tanto nosotros como su nueva penitente, sabremos
agradecer sus esfuerzos.
--Conforme, reverendo padre--dijo el atlético jesuíta, rascándose el
cogote como si con esto quisiera dar a entender lo escabroso de aquel
asunto.
--La baronesa es fea; pero usted, padre Felipe, no es hombre capaz de
pararse ante tan pequeño obstáculo. Conozco sus aficiones.
--¡Oh! Lo que es por eso, no he de detenerme. Soy animal de buenas
tragaderas y más si se trata de servir a la Orden.
Esta ingenuidad, que su mismo autor acompañó con brutales carcajadas,
sí que consiguió hacer sonreir al padre Claudio, y hasta el secretario
levantó un poco la cabeza con el entrecejo contraído como para contener
la risa. Aquel garañón ensotanado resultaba gracioso.
El padre Claudio permaneció algunos minutos entregado a la reflexión, y,
al fin, dijo a su subordinado con cierto entusiasmo:
--Comprenda usted bien lo que la Compañía desea de su única habilidad y
para qué quiere emplear ésta. Nuestro poder indestructible, que se
extiende por todo el universo, tiene su principal base en el estudio que
hacemos del carácter de cada persona que deseamos explotar y los medios
que ponemos en práctica para halagar sus aficiones. Si se trata de un
entusiasta por la ciencia, ponemos a su lado a un individuo de la Orden
versado en toda clase de conocimientos; si de un escritor, le enviamos
otro que le hable lo mismo de Horacio que de San Agustín y de Voltaire;
si es una mujer histérica y fanatizada, le damos por director espiritual
un monomaníaco que la relate con entusiasmo y convicción visiones
celestes y milagros estupendos; y cuando tropezamos con una baronesa de
Carrillo, arca de comprimido placer que está esperando la ansiada llave
para desbordarse, nos valemos de un padre Felipe, ogro insaciable de
carne femenil, incapaz de distinguir en su ciego apetito, y que lo mismo
se almuerza una diosa que se cena una Maritornes. "El mundo, comedia
es", como dijo un poeta; y aquí lo importante es que la Compañía tenga
siempre preparados buenos actores, capaces de desempeñar con naturalidad
y perfección los más difíciles papeles. Todos sirven igual a la Orden, y
tanto mérito como cualquiera de nuestros hermanos que confiesan reinas y
princesas, tiene usted, padre Felipe, apagando la hidrópica sed de amor
que siente doña Fernanda. Cumpla usted su misión tan perfectamente como
yo espero.
El brutal jesuíta quedó como desvanecido por aquellos elogios que le
disparaba su superior, y después de una larga pausa, preguntó:
--¿De modo que mi misión se reduce, sencillamente, a conquistar a la
baronesa?
--A satisfacerla, pues su conquista, es cuestión de poca importancia.
Conozco bien a doña Fernanda, y sé que ella le adelantará la mitad del
camino.
--La dejaré satisfecha--dijo el jesuitazo, con el mismo orgullo del
campeón que está muy seguro de sus fuerzas.
--No lo dudo. Hace tiempo que estudio a usted, y me convenzo de que es
un bárbaro que únicamente sirve para tan inmundas empresas.
El padre Felipe acogió estas palabras con tanta indignación como el
artista que oyera desacreditar su arte. Profesaba gran respeto a su
superior; pero esto no impidió que en su rostro se trasluciera cierta
expresión de desprecio a aquel hombre que llamaba al amor inmundicia, y
del cual se relataban "sotto voce", en las celdas de los buenos padres,
algunas historietas poco limpias.
El padre Claudio leyó en el pensamiento de su subordinado.
--Adivino lo que usted piensa--dijo con tono de ira--, y le advierto que
yo hago lo que me da la gana, sin que pueda pedirme cuentas nadie, a
excepción del general que está en Roma. Podía castigarle por sus malos
pensamientos, pero me compadezco de esa inocencia brutal que constituye
su carácter. Retírese usted, pero antes oiga un consejo. Persevere en
sus carnales aficiones a la mujer, ya que esto está en su temperamento y
la Compañía así lo necesita; pero recuerde que su afición a las faldas
ha de traerle muchos compromisos y tal vez su ruina. La mujer es la
ruina del hombre, y el que a ella se aficiona pierde la mitad de su
fuerza. Para servir a la Orden tan bien como yo la sirvo, es preciso
prescindir del amor de ese ser hermoso, pero lenguaraz, caprichoso y
débil, que sólo nos acarrea compromisos, y valerse de los hombres aun
para dar satisfacción al apremiante llamamiento de la naturaleza.
El padre Claudio, después de estas palabras, con las cuales pintaba su
verdadero carácter, cosa bastante extraña en él, señaló la puerta a su
subordinado con ademán imperioso, y el padre Felipe salió cabizbajo y
humilde.
Apenas quedaron solos el Vicario general de España y su secretario, éste
levantó la cabeza y miró fijamente y sonriendo a su superior.
El padre Antonio había adelantado mucho en su carrera. Su superior
seguía protegiéndolo, y mostraba tal agradecimiento a éste, que, a pesar
de ser ya padre profeso, de haber hecho todos los votos y de temer algún
renombre en la Orden por sus trabajos, lo que le autorizaba a solicitar
la dirección de la Compañía en una provincia, o el mando de una comisión
en Ultramar, había pedido con las lágrimas en los ojos al bondadoso
padre Claudio que le permitiese seguir a su lado desempeñando las
funciones de secretario, pues no podía alejarse sin profunda pena de
aquel a quien se lo debía todo.
El padre Antonio mentía, como buen jesuíta, al fingir tanto cariño. El
padre Claudio le era indiferente, y aun allá en el fondo de su voluntad
le odiaba de un modo terrible. Lo que él buscaba era no alejarse de
aquel centro directivo, donde iba empapándose de los misterios de la
Orden y donde se preparaba a dar el gran salto. Aquel despacho era para
él un espeso matorral tras el que estaba emboscado para caer
repentinamente sobre su víctima, que era el padre Claudio. El jesuíta
había soñado en ocupar un día la dirección de la Orden en España, y
conspiraba sordamente contra su superior, que no esperaba tal
infidelidad por parte de su perro de confianza.
--¡Valiente bruto!--dijo el padre Antonio a su superior, con más
confianza que en pasados tiempos--. De seguro que la baronesa quedará
contenta del director espiritual que le regalamos.
--Esto y aun más necesita--contestó el hermoso jesuíta, sonriendo
escépticamente.
--¿Y cómo están los asuntos de aquella casa, reverendo padre?
--La baronesa manda como dueña absoluta, y de aquí que yo considere tan
preciso ser dueño completo de su voluntad. Ella es afecta a nuestra
Orden; pero esa inmunda pasión que la domina podría alejarla de
nosotros, y de aquí la presentación del padre Felipe, que la subyugará
uniéndola con nuevos lazos a nuestros intereses. Esa baronesa es una
bestia en el celo. Mira si será fogosa su pasión, que estaba ya muy
próxima a entenderse con un perdido escritor, del que nosotros nos
valemos algunas veces, pero que no está por completo a nuestra devoción.
Afortunadamente he sabido a tiempo el peligro, y lo acabo de evitar con
el padre Felipe, que se hará el dueño absoluto de la baronesa.
--No está mal la combinación; ese ogro hará cuanto quiera de doña
Fernanda, y vuestra reverencia maneja a su placer al conde de Baselga.
Aquella casa es nuestra por completo; ahora sólo falta que podamos
manejar de igual modo a los dos niños, que son los verdaderos dueños de
los quince millones.
--Lo seremos, no lo dudes. Bastará con que sepamos apoderarnos de sus
voluntades.
--Trabajo difícil es ése. ¿No sería mejor anularlos ahora que son de
poca edad? Un niño cae con más facilidad que un adulto, pues hay muchas
enfermedades infantiles que fácilmente pueden contraerse sólo con que
haya algo de intención y un poco de descuido en los encargados de
cuidarlos. En caso de muerte los quince millones pasarían a manos del
conde de Baselga, heredero de sus hijos, y a ése no nos sería difícil
arrancárselos.
--Eres muy inhábil. Mil veces te he dicho que esos procedimientos de
fuerza son nocivos para nuestras empresas; y si no, contempla sus
consecuencias en el fracaso que experimentó en París nuestro hermano el
padre Renard. Acuérdate del refrán italiano "quien va despacio va muy
lejos"; y como adquirir de un golpe quince millones de francos es
empresa muy seria, debemos proceder con gran cautela y no menos astucia.
No nos comprometamos tontamente, ni demos un paso en vago que podría
costamos muy caro. Ya sabes que un rey decía a su ayuda de cámara:
"Vísteme despacio, que voy de prisa"; eso mismo te repito yo en esta
ocasión. No apresuremos los acontecimientos ni cometamos ningún acto de
violencia; de lo contrario, en nada se diferenciaría un vulgar bandido
de un jesuíta. Tiempo de sobra tenemos a nuestra disposición. Esos dos
niños están en nuestro poder, y su educación corre a nuestro cargo. Si
la esposa del conde no fué monja en París, su hija lo será aquí; y en
cuanto al niño, ya se encargará la baronesa de aficionarlo a la
Compañía, y tal vez llegue a ser de los nuestros. Una escritura en que
ambos, al retirarse del mundo, hagan donación de sus bienes a la
Compañía, será el digno epílogo de nuestro trabajo.
--Está bien, reverendo padre--exclamó el secretario, fingiendo un
entusiasmo adulador--. El plan es magnífico, y de seguro dará
resultados. Comencemos nuestros trabajos y demos a entender en Roma que
sabemos realizar lo que el padre Renard dejó embrollado.
--Nuestros trabajos han empezado ya. La base es la baronesa, que se
halla ya por completo a nuestras órdenes. El padre Felipe será dentro de
unos días el dueño absoluto de su voluntad. La enloquecerá de placer,
como a todas sus penitentes.
--¡Oh, reverendo superior! La Compañía debe mantener bien a tan
excelente caballo padre. No podrá quejarse la yeguada de devotas.
X
Los hijos del conde de Baselga.
Enriqueta y Ricardo crecían bajo la autoridad implacable y ruda de doña
Fernanda.
Su padre era para aquellos dos niños una especie de ser misterioso al
que sólo veían en determinadas horas y cuyo semblante, siempre
excesivamente grave y en algunas ocasiones fosco, les hacía temblar.
Cuando aquel hombre silencioso y ceñudo tomaba en brazos a los dos
pequeños o los ponía sobre sus rodillas, ambos sentían impulsos de
escapar, y las caricias eran para ellos verdaderos tormentos.
A doña Fernanda la amaban más, a pesar de la rudeza con que los trataba.
Su padre no les dirigía nunca una palabra dura ni intentaba el menor
castigo; y en cambio, su hermanastra aprovechaba la más leve ocasión
para maltratarlos; pero ésta, al menos, hablaba para insultar;
mostrábase terriblemente expansiva y no imitaba a aquel hombre de cuya
boca sólo salían monosílabos y que, después de contemplar fijamente a
los dos niños, hacía esfuerzos para que no se le escapasen las lágrimas
que acudían a sus ojos.
El conde de Baselga estaba más enamorado que nunca de su esposa, y al
contemplar sus hijos, especialmente Enriqueta, que era un acabado
retrato de su madre, sentía revivir en su memoria el punzante recuerdo
de la perdida felicidad y veía pasar ante sus ojos la imagen de María,
muerta en lo más risueño de su vida.
Cuando los dos niños estaban a solas con la baronesa temblaban; pensando
en las violentas explosiones de su mal humor, pero no experimentaban el
miedo extraño y supersticioso que sentían ante su padre.
Doña Fernanda sentíase satisfecha al poder dar rienda suelta a sus
enfados de solterona, castigando a aquellos niños fruto de un enlace que
le había resultado siempre antipático. Ahora se vengaba de aquella
superioridad, que, sin notarlo, había tenido siempre sobre ella su joven
madrastra a causa de su carácter dulce y bondadoso.
Para la baronesa, los niños debían ser seres automáticos, sin voluntad y
con una vida regulada por el capricho del superior, y de aquí que pasase
gran parte del día entretenida en la tarea de obligar a fuerza de
amenazas y de cachetes a que sus dos hermanastros permaneciesen horas
enteras quietecitos en sus sillas, con la inmovilidad fúnebre de una
momia.
Enriqueta era la principal víctima de sus iras. Como ya dijimos, la niña
le era antipática, y si sentía alguna debilidad en su régimen de
educación, guardábala para Ricardo, que era quien lograba hacerla
sonreír.
Doña Fernanda tenía sus planes. Era la verdadera madre de aquellos
angelitos, como le decían sus devotas amigas de la alta sociedad
elogiando su comportamiento con sus hermanastros, y tenía, por tanto, el
deber de pensar en su porvenir y señalarles lo que habían de ser en este
mundo.
No se sabe si la idea nació espontáneamente en ella o le fué sugerida
por su director espiritual el padre Felipe, santo varón, que era su
hombre de confianza y sin el cual no podía pasar un solo instante; pero
lo cierto es que la baronesa había decidido que la niña entrase en un
convento y que Ricardo fuese de la Compañía de Jesús.
Doña Fernanda tenía para ello razones poderosísimas, que exponía siempre
que hablaba del asunto con sus amigas.
--Sobrados militares hay en España y señoritas que no sirven para otra
cosa que para perder su alma bailando escandalosamente en los salones.
Mis hermanos se dedicarán a la religión y alcanzarán el cielo, que es lo
que debe buscar todo mortal.
Y la baronesa estaba decidida a sostener sus decisiones con todo el peso
de su autoridad.
Cuando los niños fueron creciendo, su educación fué descuidada en punto
a conocimientos útiles; apenas si leían con corrección y sabían escribir
su nombre; pero en cambio, la niña, so pena de recibir algunos azotes,
había de rezar al día media docena de rosarios y cantar con voz nasal
propia de monástico coro los gozos dedicados a unos cuantos santos,
mientras su hermano, vestido con casullas de muselina, fingía decir misa
en capillas de cartón alumbradas con candelillas que preparaba la
baronesa con todo el cuidado propio de un buen sacristán.
Aquellas diversiones, que resultaban forzosas para los dos niños,
acababan por agradarles, a falta de otras más vivas y atractivas, y su
hermanastra regocijábase con la devoción que mostraban los pequeños,
presentándoselos como dos santitos al buen padre Felipe, que parecía
cosido a sus faldas, según lo poco que de ella se separaba.
En toda aquella casa tan grande y habitada por sirvientes de tantas
clases, los niños sólo encontraban una sola persona que mereciese sus
simpatías, por demostrarles verdadero cariño.
Era ésta una antigua criada de su madre, la aragonesa Tomasa, que
conforme había entrado en años se había hecho más ruda e indomable.
En aquellos dos niños veía a su señorita, cuya muerte no cesaba de
llorar; y su cariño francote y ruidoso, a fuerza de ser expansivo, era
todo para los "muñecos", para aquellos dos chiquillos, y especialmente
para Enriqueta cuyos ojos no podía mirar sin conmoverse, pues le
recordaban los de aquella otra niña que veinte años antes paseaba por
las calles de París o las alegres alamedas del Luxemburgo.
Tomasa era en aquella casa la continua preocupación de la baronesa.
Desempeñaba el cargo de ama de llaves, y, por tanto, la jefatura de toda
la servidumbre; y en cada una de las órdenes que daba tropezaba
inevitablemente con la dueña que la odiaba a muerte.
En el pequeño palacio del conde de Baselga ardía una continua guerra
civil.
La vieja criada murmuraba a todas horas contra su nueva ama, haciéndole
coro la servidumbre, que odiaba a la baronesa, y ésta tenía especial
empeño en contrariar a Tomasa, encontrando defectuoso todo cuanto
ordenaba y buscando ocasiones para humillarla.
La altivez, el odio, y aun algo de envidia, luchaban con aquella
tenacidad aragonesa, aumentada por un modo franco de decir las cosas que
hería cruelmente la susceptibilidad de doña Fernanda.
En aquella casa surgían los conflictos a diario entre las dos
autoridades, y ambas mujeres, la señora y la doméstica, cansadas ya de
tremendos choques en que les faltaba muy poco para agarrarse de los
pelos, acabaron por evitarse encerrándose cada una en una altiva
indiferencia con respecto a la otra.
Doña Fernanda intentó librarse de aquella rival de su autoridad, y para
ello habló a su padre un día en que le pareció de mejor humor que de
costumbre.
El conde la escuchó con frialdad, y cuando terminó su capítulo de cargos
contra el ama de llaves, se limitó a decirle que Tomasa era para él como
de la familia, que la conocía muy bien y que no pensaba separarse nunca
de ella.
La baronesa se indignó tanto con esta contestación, que llegó a formular
la amenaza de marcharse de aquella casa si no salía de ella
inmediatamente la terca aragonesa; pero su padre no se inmutó, y con la
misma frialdad de antes la dijo que podía hacer lo que gustase. Para el
conde no era un sacrificio separarse de aquella criatura orgullosa y
dominante cuya presencia le recordaba la deshonra de su primer
matrimonio.
Doña Fernanda lloró, se indignó, contó sus penas al padre Felipe, al
padre Claudio, a cuantos jesuítas conocía y a todas sus devotas amigas;
hizo a su padre responsable de cuanto ocurriese, y acabó... quedándose
en la casa lo mismo que antes.
Le gustaba mucho tener una tropa de sirvientes a quien mandar y dos
niños que llamaba sus hijos, a los cuales martirizaba con sus caprichos,
y por esto se quedó, a más de que algo debieron de aconsejarla también
sus amigos jesuítas.
Las dos mujeres, temiéndose mutuamente, se respetaron más, y ya no
surgieron entre ellas otras desavenencias que las ocasionadas por el
cariño que Tomasa profesaba a los niños y el deseo de la baronesa de
disponer de ellos en absoluto.
Cada vez que doña Fernanda los castigaba, la vieja criada protestaba a
su modo, lanzándola feroces miradas o murmurando amenazas que aquélla
oía perfectamente; y cuando los dos pequeños, escapando de la pesada
férula de su hermanastra, iban en busca de Tomasa, la baronesa había de
sostener un altercado con aquella "mujer soez", como ella la llamaba, y
que se metía a criticar la educación que daba a los niños.
La conversación con Tomasa tenía para éstos un gran encanto, pues la
vieja criada les hablaba de su madre, a la que Enriqueta apenas si
recordaba, y de su abuelo, don Ricardo Avellaneda, que aparecía en sus
tiernas imaginaciones como un buen señor bondadoso y dulce.
Además, aquella mujer no los obligaba a una inmovilidad terrible para
la niñez, siempre ansiosa de movimiento, sino que les incitaba a juegos
agitados y ruidosos, a los que ellos se entregaban con asombro y
torpeza, como el presidiario a quien obligan a andar libre después de
estar encarcelado muchos años.
Los alegres cuentos que les relataba la aragonesa, con burda chusquedad,
gustaban más a los dos hermanos que las vidas de santos que les leía la
baronesa, obligando su atención, a fuerza de cachetes; y tanto les
gustaba estar al lado de Tomasa, que aguardaban con ansia los días en
que doña Fernanda salía a sus juntas de cofradía o colectas piadosas,
para correr inmediatamente al comedor o a la cocina, donde encontraban a
su vieja amiga.
Conforme crecieron, este placer fué desvaneciéndose y se vieron más
ligados que nunca a la autoridad despótica de su hermanastra.
Ricardo tenía ocho años cuando fué llevado al colegio de los padres
jesuítas. El conde de Baselga pareció vacilar antes de dar su permiso
para que se verificase tal traslación; pero los consejos del padre
Claudio, las frías razones de su hija mayor y las exigencias de la moda,
destruyeron todo conato de oposición, si es que existió tal intento en
el ánimo del conde.
Enriqueta, sin la compañía de aquel pequeño ser enfermizo y débil, cuyos
nerviosillos arranques le producían gran alegría a ella, que rebosaba de
salud y vida, encontró la casa de su padre tétrica y sombría, y a no ser
por alguna que otra visita que hacía a Tomasa, aprovechando descuidos de
la baronesa, se hubiese creído tan abandonada y sola como en un
desierto.
Doña Fernanda, no contenida ya por aquella fría simpatía que profesaba a
su hermanastro, descargaba todo su mal humor sobre Enriqueta; pero esto
sólo ocurría cuando la baronesa estaba enojada por una inesperada
ausencia de su director espiritual, y afortunadamente para la niña, el
padre Felipe pasaba por lo regular gran parte del día pegado a las
faldas de su penitente.
La educación de Enriqueta corría a cargo de su hermanastra, que en esta
tarea era ayudada por su director espiritual. Pero hay que decir que la
mística pareja tenía numerosas ocupaciones, pues sólo de tarde en tarde
se ocupaba de la niña, tomando sus lecciones con aire distraído.
El padre Felipe alcanzaba en aquella casa una preponderancia aún más
grande que la del padre Claudio; y tan convencida estaba la servidumbre
de que aquel jesuíta, siendo el dueño de la baronesa, era el verdadero
amo, que muchas veces desatendía al conde de Baselga por mostrarse
atenta y solícita con el bondadoso padre.
El conde, dominado por aquella taciturna misantropía que constituía ya
su carácter, no veía lo que ocurría en su casa, o fingía no verlo. Sin
duda, la sotana de jesuíta era para él el uniforme de un terrible
enemigo al que había que temer y respetar.
La simplicidad del padre Felipe habíala reconocido desde el primer
instante, y aun adivinaba algo de las verdaderas relaciones que existían
entre aquél y su hija, pero callaba cuidadoso de provocar un escándalo,
porque tras la grotesca figura del director espiritual veía la diabólica
personalidad del padre Claudio, siempre amenazante y capaz de anonadarle
a la más leve muestra de enemistad.
Aquel hombre, en otro tiempo tan altivo y enérgico, que se hacía muchas
veces intolerable por su levantisca independencia, era ahora un
autómata, habiendo el temor roído poco a poco su firme voluntad. Sentía
miedo ante el padre Claudio, personificación de aquella Compañía de
Jesús, tan terriblemente poderosa.
Además, en su cerebro estaban muy embrolladas las ideas y no tenía
ninguna creencia determinada que le diera valor para emanciparse de la
tiranía encubierta que sobre él pesaba.
La desgracia le había hecho exageradamente religioso. Aquella rápida e
inesperada muerte de la mujer amada, recordada a todas horas, le hacía
ver la fragilidad de las cosas humanas, y la continua lectura de "La
imitación de Cristo" exageraba su desprecio al mundo, engolfándolo cada
vez más en la religión.
Convertíase el conde, por instantes, en un monomaníaco religioso; era un
asceta en plena sociedad y veía en todas partes la mano de aquel Dios
poderoso, vengativo y repleto de todas las pasiones humanas, del cual
eran legítimos representantes los jesuítas.
A su buen juicio y a su propia experiencia no se les ocultaban los
defectos y las ambiciones de la Compañía; pero la acomodaticia y absurda
enseñanza religiosa de los jesuítas había trastornado su raciocinio, y
pensando en que Dios saca muchas veces el bien del mal, y para la
salvación eterna del hombre emplea los más difíciles y tortuosos
medios, no sabía al fin qué pensar ciertamente y si considerar a los
individuos de la Orden como dechados de bondad, que se sacrificaban
dirigiendo la conciencia de los demás, o como diabólicos malvados,
dignos de execración.
La imagen de aquel Dios iracundo y vengador que columbraba en el fondo
de todos los libros religiosos, escritos con estilo de pegajosa dulzura,
le hacían transigir con su actual situación, pues pensaba que tanto la
muerte de su segunda esposa como la degradante dependencia en que vivía,
siempre amenazado por las terribles revelaciones del padre Claudio, eran
castigos impuestos por Dios para que de este modo expiase el crimen que
había cometido en un instante de arrebato, dando muerte a Pepita
Carrillo.
Pero en aquel cerebro, perturbado por los consejos del bello jesuíta y
las costumbres y lecturas que éste le aconsejaba, no existía nada
sólido, y de aquí que en ciertos instantes el oleaje de las ideas
barriese unas para colocar otras en el mismo sitio.
Su sentido común, aunque amortiguado, lanzaba en algunos momentos
rápidos destellos, y examinando los recuerdos que guardaba su memoria,
adquiría el convencimiento de su degradación y de que la Orden tenía
sobre él ambiciosas miras.
No; aquella Institución que tan villanamente había conspirado en París
contra la fortuna de Avellaneda, no podía ser buena ni santa, a pesar de
las explicaciones que daba el padre Claudio por librar a la Compañía de
responsabilidad.
Había instantes en que la duda desvanecía por completo su fe, creada
artificialmente por los jesuítas, y veía claro lo que éstos eran.
Entonces temblaba, imaginándose que no habían terminado sus desgracias y
que el terrible vampiro todavía había de intentar una nueva agresión por
absorber aquella fortuna respetable que ahora pertenecía a sus hijos.
En uno de estos momentos de dudas fué cuando a doña Fernanda se le
ocurrió proponer a su padre el ingreso de Enriqueta en un colegio
dirigido por monjas, fundándose en razones tales, como que la educación
de la niña estaba muy descuidada, que en casa lo revolvía todo con su
genio rebelde, alentado por Tomasa, y que era lo más elegante y propio
de una familia distinguida meter a los pequeños en un establecimiento de
enseñanza que tenía la organización de un monasterio.
La baronesa, antes de que su padre le contestara, añadió que había
consultado su idea con el padre Claudio y que a éste le había parecido
muy bien.
La solterona sabía que para conseguir algo del conde no había como
nombrar al hermoso y terrible jesuíta, pero en esta ocasión sus
esperanzas resultaron fallidas.
Baselga se mostró más animado que de costumbre, y hasta su tez cetrina
se coloreó un poco. Su voz, siempre lenta y fosca, se hizo rápida y
vibrante, y con el mismo imperio que mandaba en otro tiempo a sus
soldados, se negó a que Enriqueta saliese de la casa.
La baronesa quiso protestar, pero se detuvo ante el modo imponente con
que su padre le dijo:
--Cállese usted; tengo motivos sobrados para negarme a que me despojen
de mi hija y sé de quién nace la idea de que Enriqueta vaya a un
colegio, así como también el porqué de tal consejo. Basta ya con que se
me haya quitado a mi hijo.
El conde recordaba al hipócrita señor García y a María Avellaneda cuando
fué llevada por éste a un convento de París.
Sin duda, la misma mano seguía moviendo a su familia y le quería
arrebatar a Enriqueta después de haberse llevado a Ricardo.
Lo único que consolaba a Baselga es que éste sería un hombre y sabría
librarse mejor que su hermana de las seducciones que pudieran ejercer
sobre él por medio de una educación mística.
XI
Auxilio inesperado.
Transcurrió todo el verano sin que la existencia del capitán Alvarez se
viese turbada por ningún incidente notable.
Hacía la vida de un oficial vulgar en tiempo de paz. Pasaba horas
enteras en el café, murmuraba de sus superiores y de todo cuanto saltaba
en la conversación, sin fijarse bien en lo que decía; en el cuarto de
banderas lucía su ingenio de un modo gracioso, hasta el punto de hacer
sonreír a los jefes más adustos, y seguía mereciendo el apodo de
"Séneca" a los ojos del regimiento, que lo consideraba como una de sus
glorias.
Sólo alguna noche rompía sus habituales costumbres, y era para acudir a
aquella casa misteriosa donde le había visto entrar su asistente. Allí
veía algunas veces al general Prim, y otras, con conspiradores tan
conocidos como el coronel Moriones, el periodista Carlos Rubio o el
agitador Muñiz, se ocupaba en los trabajos preparatorios de una
revolución.
Haciendo esta vida le sorprendió el otoño. El tiempo que, según
Voltaire, es el gran consolador, había desvanecido algo en el ánimo del
capitán aquel recuerdo amoroso que tanto le dominaba algunos meses
antes.
La imagen de Enriqueta Baselga, sólo muy de tarde en tarde, vigorosa,
con luz fantástica y los contornos casi borrados, surgía en su
imaginación, y el capitán se preguntaba:
--¿Qué hará ahora esa chica?
Sus trabajos revolucionarios, con los que exponía su carrera y hasta su
vida, le preocupaban demasiado para permitirle, como otras veces,
entregarse a románticas ilusiones, y de aquí que su antiguo amor
estuviese amortiguado, aunque no por esto se hubiese borrado por
completo.
Una mañana el capitán, cansado por algunas horas de ejercicio en el
campo de maniobras, regresó a su casa en busca del almuerzo, y al entrar
en su habitación vió sentada a la puerta de ésta a una mujer que
conversaba amistosamente con la patrona.
Alvarez, ante la mirada de respetuoso cariño que le dirigió aquella
mujer, detúvose un instante, al mismo tiempo que su patrona sonreía por
hacer algo.
El capitán se fijó en ella. Tenía un aspecto vulgar y vestía
modestamente, pero su mantilla y su traje, aunque algo ordinarios, eran
flamantes, y demostraban cierta rumbosidad. Estaba ya la mujer rayando
en la vejez, pero era alta y robusta; su cabello tenía el negro mate del
plumaje del cuervo, y sus ojillos destacábanse vivos y maliciosos sobre
las prominencias grasosas de su cara. En su apostura había algo de
resuelto y varonil que la hacía simpática.
Al ver que Alvarez la miraba, levantóse de la silla, sonriendo de un
modo franco, y dijo sin demostrar cortedad:
--Usted no me conoce, señorito, pero yo hace mucho tiempo que lo quiero.
Vengo a buscar a su asistente Perico, y lo estoy esperando.
--¡Ah!--exclamó Alvarez, por decir algo--. Perico no tardará en venir.
--Usted debe de conocerme, porque algunas veces me habrá nombrado mi
sobrino. Soy la señora Tomasa, la tía de Perico.
Alvarez sonrió con espontánea amabilidad. Efectivamente, conocía de
nombre a aquella buena mujer, a aquella aragonesa todo corazón, que se
desvivía por su sobrino, cuidando de llenarle el bolsillo, y que algunas
veces le había enviado regalos a él mismo, agradecida por lo bien que
trataba a su asistente.
Al capitán le resultaba muy simpática la tía de Perico, y además,
encontraba en su apostura marcial y resuelta ciertas reminiscencias de
su madre, aquella heroica navarra que pasó la luna de miel entre los
peligros de la guerra carlista, sin llegar a saber con certeza lo que
era el miedo.
--Entre usted en mi cuarto. Ahí está usted mal. Dentro esperará a su
sobrino.
Cuando Tomasa tomó asiento en la habitación del capitán rompió a hablar
inmediatamente, pues no era mujer que pudiera permanecer callada. Se
enteró minuciosamente de si "el chico" cumplía sus obligaciones y de si
daba algún pesar a su amo y ensalzó con pintorescas comparaciones el
inmenso cariño que el asistente profesaba a su señorito.
--Yo, francamente, don Esteban, algunas veces tengo celos al ver lo
mucho que ese muchacho le quiere a usted. Crea que le tiene una ley de
dos mil demonios, y que si algún día se casa no ha de querer tanto a su
mujer. Cuando una habla con él está inaguantable, pues siempre sale con
la misma solfa. Que si su amo por aquí, que si su señorito por allá, que
si el capitán Alvarez es el más guapo del regimiento, que si es el que
sabe más... Crea que si Perico fuese mujer haría usted un buen negocio
casándose con él.
Al capitán le hacía mucha gracia la charla francota de aquella
aragonesa, y acogía sus palabras con sonrisas.
--Yo le tengo mucha ley al pobrecito; ya puede usted considerar: él solo
es mi única familia, y además, apenas si ha conocido a su madre. Yo soy,
fuera de usted, la única persona que le quiere, y si al morir dejo un
duro será para él. Además, el chico podrá ser muy bruto, pero es dócil
y sencillote y se deja llevar por donde una quiere sin decir una mala
palabra ni perder nunca su buen humor. Mi gusto sería que saliese del
servicio, que yo ya me encargaría de buscarle un buen acomodo; pero él,
"erre" que "erre", encaprichado con su señorito, y antes reventará de
puro viejo que dejará de ser el asistente del capitán Alvarez... ¡Qué
alegría va a tener el pobrete cuando me vea!
--Ahora recuerdo que estaba usted fuera; se lo he oído a Perico varias
veces. ¿Y no sabe él su llegada?
--¡Qué ha de saber! Quería sorprenderlo, y por eso ha sido para él mi
primera visita: llegamos anoche. Mi señor, con toda su familia, ha
vivido algunos meses en una de sus posesiones.
Calló Tomasa, y durante algunos instantes reinó el silencio.
--Usted no cambia--dijo al fin la aragonesa, que era poco amiga de
permanecer silenciosa--. Está ahora tan guapo como la última vez que le
vi en la calle. A mí no me gusta alabar a nadie, pero crea que es de los
militares más templados que se pasean por Madrid. De seguro que con
usted no andarán con remilgos las mujeres. Debe usted de tener muchas
novias.
Y la tía de Perico acompañaba estas francoterías con ruidosas risotadas
que hacían reír también a Alvarez, algo ruborizado.
--Y luego, esos trajes tan majos, que caen tan bien a los buenos mozos.
Mire usted, yo siempre he tenido ley a los soldados y los he mirado bien
en mis tiempos, porque aunque ahora sea una un vejestorio capaz de meter
miedo al más valiente, no por esto he dejado de tener mis veinte y
llamar la atención como cualquier prójima.
Al capitán le hacía mucha gracia aquel carácter ingenuo y chusco a
fuerza de ser franco, y de aquí que fomentase su charla y le dirigiese
en tono festivo algunos cumplidos de su repertorio soldadesco.
--¡Bah! Me conozco y hace años que soy abuela; pero en mis tiempos he
llamado la atención, y hasta sargentos bien portados se han parado para
decirme: "¡Buenos ojos tienes!" Mire usted si a mí me ha gustado la
gente de uniforme, que hasta en París, cuando estaba con mis antiguos
amos, tuve un novio que era eso que allá dicen gendarme y que llamaba
la atención por lo bien plantado y por sus bigotazos, que eran poco más
o menos como los de usted. ¡Valiente perro era el tal "gabacho"! Con él
me enseñé a mascullar un poco la jerga francesa, pero supe que el gran
pillo era casado y con hijos y lo planté en la puerta. Eso sí; no he
visto gente más lista de manos y de más malas intenciones que todos
ustedes, con perdón sea dicho.
Alvarez seguía muy entretenido por la charla de Tomasa y la dejaba
hablar mientras se despojaba de una parte del uniforme para que después
lo cepillase Perico.
--Mi amo también fué militar en su juventud, y le aseguro que a buen
mozo y bien portado, pocos le ganarían en su época.
--¿En qué casa sirve usted?
--Sirvo al conde de Baselga. Soy el ama de llaves y vi nacer a su
esposa, así como he visto nacer a los hijos.
Poco faltó para que Alvarez, que acababa de sentarse, diese un salto en
su silla. ¡Cómo! ¡La tía de Perico era la criada de confianza en casa de
Enriqueta y él no lo sabía hasta aquel momento! Aquello resultaba
casual, pero no podía ser más cierto. Alvarez oía hablar continuamente a
su asistente de su tía y del señor a quien servía, sin que nunca, en su
indiferencia, le ocurriese preguntar su nombre.
Ahora las palabras que acababa de decir la aragonesa le habían producido
en su interior un nervioso sacudimiento, y como si una mano misteriosa
hubiese abierto la atrancada puerta de los recuerdos, desparramábanse
por su memoria todos los incidentes de su pasión amortiguada; el
encuentro en el Retiro, los paseos por la calle de Atocha, los galopes
ridículos por la Castellana y las furiosas miradas de la tía.
Por un extraño fenómeno la imagen de Enriqueta, que antes se extendía
ante su imaginación vagorosa e incierta, surgía ahora en su memoria
vigorosa y viviente, como si un cuerpo real acabase de pasar frente a
sus ojos envuelto en nimbos de luz.
Por algunos instantes Alvarez estuvo tan turbado a causa del repentino
descubrimiento, que no supo qué decir; pero al fin, con el deseo de
saber algo cierto sobre la mujer amada, determinóse a excitar la charla
de Tomasa.
--He oído algunas veces hablar del conde. Vive retirado del gran mundo y
tiene dos hijos, ¿no es cierto?
--Sí; los señoritos Ricardo y Enriqueta, dos ángeles que me recuerdan a
su madre, que santa gloria haya.
--En Madrid se habla de su gran fortuna. Son ricos y tienen los dos un
brillante porvenir.
--Sí; ¡buen porvenir te dé Dios! Si El desde el cielo no arregla esto y
hace que el demonio se lleve a la baronesa de Carrillo, esa hermanastra
"arrastrá" que tanto martiriza a los dos, es posible que éstos no pasen
de ser desgraciados.
--¿Tal mal los trata la baronesa?
--¡Calle usted! ¡Si aquello es para enrabiarse y echarlo todo a rodar!
Figúrese usted que los dos pobrecitos son como todos los jóvenes,
alegres, bulliciosos y amigos de ver mundo y de divertirse; pues a pesar
de esto, la tal doña Fernanda, con sus consejos y los de los curas que
continuamente la visitan, ha conseguido que los dos se conviertan en dos
beatos y que hablen del mundo como si fuesen unos viejos cansados de él.
Quien más lástima, me produce es el señorito Ricardo. ¡Ver un niño de
doce años con deseos de hacerse fraile, cuando ya debía ir pensando en
echarse una novia! Antes no era así, y le aseguro que en punto a alegre
y amigo del bullicio le ganaba a su hermana; pero desde que lo metieron
en el colegio de los padres jesuítas ha cambiado completamente, y como
si ya fuese un cura se pasa las horas enteras entregado al rezo, y anda
y mira del mismo modo que si llevase ya la sotana. Este verano lo ha
pasado con nosotros en el campo, y hasta su mismo padre, el señor conde,
se mostraba algo disgustado por las aficiones de su hijo. Y hay que
tener en cuenta que mi señor, desde la muerte de la infeliz doña María,
se ha hecho también un beato ceñudo y malhumorado, con el que no se
puede hablar. En fin, aquella casa es un convento, y si no fuese por la
ley que le tengo al conde y a los niños, hace tiempo que no estaría allí
pues yo soy enemiga de las beaterías, tanto más cuanto que sé por
experiencia lo que son los jesuítas.
--¿Y la señorita Enriqueta también es aficionada a la devoción?
--¡Oh! Esa no hay cuidado que por su propia voluntad abandone el mundo.
Le gusta mucho la vida de señorita elegante, y cuando su padre, después
de pensarlo mucho, se decide a ponerse sus condecoraciones y su uniforme
de gentilhombre, y la lleva a un baile de Palacio, la pobrecita tiene
para contar durante una semana. Su hermanastra quiere hacerla monja,
pero a ella, aunque dice que sí por evitarse disgustos, se halla muy
lejos de gustarle la vida de convento. ¡Buena monja te dé Dios! Ella sí
quería ser monja, pero sería, como dicen en mi tierra, "monja de Santa
Clara, de las que duermen con cuatro zapatos bajo la cama".
Y Tomasa celebraba sus propias agudezas con ruidosas risotadas.
El capitán estaba impaciente por hacer hablar a la aragonesa antes de
que llegase su asistente, así es que continuó preguntando:
--A mí me han dicho que es muy hermosa la señorita Enriqueta.
--En eso no le han engañado, y crea usted que en Madrid hay muy pocas
jóvenes que le puedan disputar la fama de hermosa. Es el vivo retrato de
su madre, y aun me atrevería a decir que es más guapa que ésta, pues
tiene en su porte mucho del señor conde, que aunque viejo, es todavía un
real mozo.
--Es extraño que con tales condiciones no haya sido requerida de amores
por ningún hombre.
--La pobrecita vive tan pegada a las faldas de su hermanastra, y de tal
modo la vigila ésta, que no es fácil que pueda tener amoríos con nadie.
Y a ella..., ¿por qué negarlo?, le gustan los hombres como a cualquier
mujer, y no le haría ascos a un novio. En las fiestas a que la lleva su
padre, siempre encuentra algún mocosuelo tísico de la aristocracia que
le hace carantoñas, pero la niña es tan dócil y tiene tal miedo a su
padre y a la baronesa, que responde ariscamente a todos los floreos que
la dirigen, lo que no impide que después venga a contarme todo lo
sucedido con ese aire satisfecho de las jovencitas cuando se ven
atendidas y obsequiadas.
--¿Es posible que ella no haya encontrado entre esos ridículos polluelos
de la aristocracia un hombre que le guste?
--Así es. El que la produjo alguna impresión fué un militarete que este
invierno pasado la hizo el amor. ¡Diablo de hombre! ¡Qué tenaz y qué
pesado era!
El capitán Alvarez quedó frío al oír estas palabras y hasta pensó que
Tomasa lo sabía todo y con aquel aire inocente se estaba burlando de él.
A pesar de esto no tardó en reponerse, y con afectada indiferencia,
exclamó:
--¡Ah! ¿Conque era muy pesado el tal pretendiente? ¿Y le vió usted?
--No llegué a conocerle, a pesar de que tenía ganas de ello; pero el tal
galanteador produjo en la casa un zipizape de mil diablos. La baronesa,
cada vez que veía al militar paseando por la acera de enfrente, poníase
como una furia y reñía a la señorita, llegando algunas veces a querer
golpearla, como si la pobre tuviese la culpa de ser tan hermosa que los
hombres se enamoran de ella inmediatamente. El conde al principio tomó
la cosa con indiferencia y hasta llegó a reírse al ver la rabia que
producía en la baronesa la terquedad de aquel importuno; pero un día en
que salió a caballo con su hija volvió a casa como loco y echándolo todo
a rodar. También a él le enfurecía el militarete, que a lo que parece,
les había seguido a caballo cometiendo mil imprudencias que llamaron la
atención de los paseantes. El conde hablaba de dar unos cuantos
latigazos a aquel cargante, diciendo que se había detenido por temor a
un escándalo, y tan preocupado estaba por el suceso, que al día
siguiente nos dió a toda la servidumbre las órdenes oportunas para hacer
los preparativos de viaje. En una de sus posesiones hemos estado desde
entonces, y vea usted cómo las imprudencias de un pretendiente pesado
han obligado a toda la familia a permanecer mucho tiempo lejos de
Madrid.
--Y la señorita Enriqueta--dijo el capitán después de reflexionar un
rato sobre los resultados que había producido su conducta--, ¿qué piensa
ella de aquel adorado? ¿Nunca ha dado a conocer a usted su opinión?
--Es tan callada la señorita, y tan tímida y retraída la ha hecho la
educación que la da su hermanastra, que es muy difícil adivinar lo que
piensa. Pero yo tengo buen ojo, y si he de decir lo que creo, aquel
militar no le parecía mal. Ella no me ha hablado nunca de él como de los
otros mozuelos que la hacían el amor en los salones; pero muchas veces
la he visto pensativa, y como esto fué desde que el tal militar le rondó
la calle, creo que en él y sólo en él pensaba cuando se mostraba tan
distraída. Sólo un día habló de él, y fué en la capilla de la casa
solariega del conde, donde hemos pasado tanto tiempo. Mirando un cuadro
de San Miguel volvióse a mí y me dijo que tenía cierto parecido con el
guapo militar que tan tenazmente la perseguía.
--¿Parecido a San Miguel?--dijo Alvarez con extrañeza.
--No sé si será así, aunque aquel santo era rubio y barbilampiño y el
amoroso militar, según mis informes, llevaba bigote como usted. Pero
esto me prueba más aún que la señorita siente interés por el tal sujeto,
pues es una verdad aquello de "es propio de enamorados ver su amor en
todas partes".
Esto convenció al capitán, quien, dejándose llevar de un risueño
optimismo, creyó ya que Enriqueta le amaba.
Tan absoluta fué su confianza, que se sintió tentado de revelar toda la
verdad a la tía de su asistente.
Aquella mujer le servía de mucho para sus planes amorosos, pues contando
con su cooperación podía llegar hasta la mujer amada.
Además, el carácter franco y sencillo de Tomasa dábale confianza y
comprendía que por el cariño que profesaba a Enriqueta y el odio que
sentía contra la baronesa, era capaz de ponerse a sus órdenes, aunque
esto le hiciera correr el peligro de ser despedida de una casa que
consideraba ya como su propio hogar.
Alvarez sintió impulsos de espontanearse y dar a entender a Tomasa que
él era el militar en cuestión, pidiéndola su auxilio como intermediaria
en sus amores.
Iba a hablar el capitán, iba a decir: "¡Ese militar era yo!", cuando,
con ademán respetuoso, entró el asistente en la habitación, y apenas lo
vió su tía, se arrojó en sus brazos.
Alvarez calló, dejando para más adelante la conquista de aquella
intermediaria.
XII
Declaración de amor.
No tardó mucho el capitán Alvarez en revelar a Tomasa lo que deseaba.
La fiel aragonesa, pocos días después de su entrevista con el amo de su
sobrino, se enteró de que era el mismo militar que había hecho el amor a
Enriqueta y que había excitado las iras de la baronesa.
Tomasa se alegró. Es verdad que algún disgusto le produjo al principio
el pensar que protegiendo aquella pasión, podía disgustar a su señor, el
conde; pero pudo más en ella el deseo de mortificar a la odiada baronesa
y de favorecer al capitán, por el cual éste recibió la promesa de ser
auxiliado por la vieja criada.
Ésta era más práctica en amores de lo que prometía su rusticidad. Tenía
el convencimiento de que su señorita recordaba algunas veces al hombre
que había sido el primero en hacerla el amor de un modo tan franco, y se
proponía avivar el fuego que pudiera arder aún en su corazón.
Así que la aragonesa, conmovida por las súplicas del capitán, accedió a
servirle de intermediaria, púsose inmediatamente en campaña comenzando a
sondear el ánimo de su señorita.
¡Con qué destreza supo ir despertando los recuerdos que en ella quedaban
de aquel asedio amoroso!
Hablóle de la casualidad que le había hecho conocer al militar que tanto
amor la manifestaba, y aprovechó todas las ocasiones que tenía de
hablarla a solas para hacerla saber lo que de ella decía el capitán, y
lo mucho que crecía su amor.
Enriqueta acogió aquellas revelaciones ruborosa y con temor,
manifestando al principio un leve disgusto. La mortificaba aquella
pasión que tanto había indignado a su padre, y temía que llegase a tener
noticia de sus confidencias con Tomasa la terrible baronesa, que era muy
capaz de golpearla en un rapto de furor. Pero tenían para ella tal
encanto aquellas conversaciones con la vieja ama de llaves en el obscuro
extremo de un corredor o entre dos cortinajes del salón, siempre en
zozobra, con el oído atento para evitar una sorpresa, que, aunque
algunas veces se mostraba arrepentida de su imprudencia al dar oído a
aquellas sugestiones amorosas, volvía poco después en busca de Tomasa
fingiendo escaso interés; pero en realidad anhelante por saber algo
íntimo de aquel hombre que decía amarla tanto.
El capitán, aunque procurando no llamar la atención, como en otras
ocasiones, de la austera familia de Enriqueta, buscaba ocasiones para
ver a ésta, recatándose con la timidez de un colegial que teme
comprometer con su presencia a su amada.
Enriqueta, que pocas veces, burlando la vigilancia de doña Fernanda,
conseguía asomarse al balcón, siempre que pegaba su interesante rostro a
las vidrieras de aquél veía pasar por la acera de enfrente al capitán
Alvarez, afectando el aspecto frío de un transeúnte, pero mirando con el
rabillo del ojo a los levantados visillos, entre los cuales distinguía
las hermosas facciones de la joven.
Habíase establecido entre los dos una comunicación misteriosa, propia de
los héroes de las leyendas. A ciertas horas de la tarde, Enriqueta
experimentaba una extraña conmoción que conmovía la red de sus nervios e
inmediatamente se decía, con el convencimiento de quien habla de una
cosa infalible:
--¡Va a pasar!
Y, efectivamente, apenas se colocaba tras los vidrios del balcón,
Alvarez, con la mano en el puño de su espada, y contoneándose con toda
la gallardía de un arcabucero de los tercios de Flandes, pasaba por
frente de la casa mirando de soslayo y sonriendo de un modo gracioso.
Aquello era amor. Y aunque Enriqueta no quería confesarlo, Tomasa se
mostraba cada vez más convencida de la naciente pasión de su señorita y
la asediaba con más ahinco para que calmase las ansias del capitán.
El amor soñoliento y fantástico que muchos años antes en el barrio más
tranquilo de París había profesado María Avellaneda al conde de Baselga
volvía ahora a renacer en la hija, aunque no tan extremadamente
romántico.
La persona de Esteban Alvarez había impresionado a Enriqueta, que estaba
en la plenitud de una adolescencia apasionada, excitada más aún por una
educación monjil, y que sentía verdadera hambre de amor.
En sus ensueños siempre figuraba el gallardo militar como el personaje
que ocupaba el primer término del fantástico cuadro, y cuando, obligada
por doña Fernanda, pasaba horas enteras leyendo en alta voz las
lamentaciones de amor místico encerradas en devocionarios con tapas de
tafilete y cantos dorados, su imaginación volaba hacia el hombre que tan
profundamente la había impresionado, y cada vez que de su boca salían
las palabras: "¡Oh, dulce Jesús mío!", "¡Oh, amadísimo Señor de mi alma
y de mi cuerpo!", pensaba en Alvarez, pareciéndole el gallardo militar
más digno de estas exclamaciones que aquel hombre macilento, desnudo y
desgreñado que, clavado en un madero, figuraba en todas las láminas de
sus libros.
A las pocas semanas de cuchichear con Tomasa, siempre sobre el mismo
tema, y de contemplar al capitán haciéndola el amor de un modo tan
prudente al par que apasionado, Enriqueta se dió ya por vencida. Seguía
temiendo la explosión colérica de su padre y el incesante tormento de
que era capaz su hermanastra; pero el amor podía más, e
inconscientemente, sin reparar en los peligros, se decidía a aceptar los
consejos de la vieja ama de llaves, que la empujaba a acoger
benévolamente el amor de Alvarez dándole algunas esperanzas, aunque
fuesen débiles.
Además, desde que el capitán volvía a hacerla la corte de aquel modo tan
prudente, su familia de nada se había apercibido, y esto la hacía
confiar en que sus futuros amores quedarían en igual misterio.
Enriqueta estaba ya decidida, y bastó que en una entrevista con Tomasa
se decidiera a decir que creía amar al capitán y que al día siguiente
contestase desde su balcón a las miradas apasionadas de aquél con una
graciosa sonrisa, para que inmediatamente Alvarez saliese de su actitud
puramente expectativa y diese lo que él consideraba el gran paso.
Tomasa, una tarde en que el conde estaba de paseo y la baronesa parecía
muy ocupada en conferenciar, a puerta cerrada, con su director
espiritual, llamó con gran sigilo a su querida señorita, y sonriendo
maliciosamente como para quitar importancia al acto que realizaba, la
entregó una carta sin querer decir quién la enviaba, aunque con
picarescos guiños se esforzaba en dar a entender su procedencia.
Enriqueta quedóse perpleja con la carta en la mano, sin saber qué hacer.
Un resto de su antiguo miedo la hacía detenerse antes de aceptar aquello
que indudablemente era una declaración de amor, e intentó devolver la
carta a la aragonesa; pero tan persuasiva fué la charla de ésta, con tal
colorido supo describir el inmenso dolor que experimentaría el
apasionado capi
Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/45831