La araña negra, t. 1/9
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #45829 · 372,323 chars · public domain (US)
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Title: La araña negra, t. 1/9
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: May 30, 2014 [eBook #45829]
Most recently updated: November 28, 2024
Language: Spanish
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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en
el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LA ARAÑA
NEGRA
NOVELA
TOMO PRIMERO
[Illustration: colofón]
EDITORIAL COSMÓPOLIS
APARTADO 3.030
MADRID
Imprenta Zoila Ascasíbar.--Martín de los Heros, 65. MADRID
PROLOGO
I
--No es ésta la mejor hora para hacer visitas. En este colegio se
guardan muy bien las reglas, señor; no sé si la madre directora podrá
recibirle..., pero, a pesar de esto, preguntaré.
Y el hermano Andrés, al decir estas palabras, se llevaba indolentemente
una mano a su puntiagudo y mugriento gorro de seda, como queriendo medir
con justo patrón un saludo que no fuese descortés, pero tampoco amable;
uno de esos saludos que se guardan para las personas misteriosas que no
se sabe de dónde vienen ni lo que quieren. Y sonreía con la expresión de
un cancerbero, abriendo aquella bocaza frailuna, oscura, mal oliente, de
profundidad interminable y adornada en su entrada con tres dientes
gastados, retorcidos y amarillentos como las fichas de un dominó de
café.
Aquel portero de religioso colegio, en su juventud lego de las disueltas
Ordenes religiosas, defensor después del Altar y el Trono a las órdenes
de Cabrera, criado de los jesuítas en Francia y en España, y empleado,
por fin, de la pensión del Corazón de Jesús, miraba al recién llegado
con la recelosa y hostil curiosidad propia de quien ha pasado casi toda
su vida entre gente inquieta y aficionada a la sospecha, que cree la
desconfianza un sentimiento natural y el espionaje un deber ineludible.
Se veía en el hermano Andrés, con un poco de observación y a pesar de
los estragos que la edad había hecho en su cuerpo flacucho, al antiguo
lego tosco, brutal, de puños tan férreos como su estómago y dispuesto
lo mismo a barrerle la celda al padre prior como a empuñar el trabuco
carlista; pero su posterior roce con los jesuítas habíale creado una
nueva personalidad que se adaptaba sobre su antiguo natural como el
traje sobre el cuerpo, y en virtud de aquella cepilladura loyolesca
sabía sonreír con mansedumbre evangélica, mirar a todas partes con los
ojos fijos en el suelo y dar a su voz una entonación meliflua y humilde
que hacía exclamar a más de una de las ricas devotas que visitaban el
colegio:
--Este hermano Andrés es un santo varón.
Y al santo varón no le caía muy en gracia aquel caballero que, apeándose
a la puerta del colegio de un carruaje de alquiler, con cierto
misterioso recato, había entrado de sopetón en su portería. Había en él
algo que alarmaba su olfato amaestrado en la sacristía y en las partidas
carlistas, algo que el hermano Andrés había ya rotulado en su
imaginación con el terrible título de "tufillo liberal".
--Este hombre no es de los nuestros--se decía el seráfico portero
mirándole al sesgo con desconfianza, y, efectivamente, todo en él se
diferenciaba del aspecto de los asiduos visitantes del colegio. Estos
eran buenas gentes que nunca hablaban alto, que decían al entrar: "¡Ave
María!", que preguntaban con cierta veneración por la reverenda madre
superiora y de paso dirigían una sonrisa al conserje hermano en Cristo;
que inclinaban la cabeza ante las innumerables estampas de santos de
todas clases y tamaños que, colgadas de las paredes de la portería,
convertían ésta en una verdadera corte celestial al cromo barato, y el
recién llegado no decía una palabra sin mirar a los ojos de aquel a
quien se dirigía; tenía un acento enérgico y vibrante que no se
esforzaba en disimular; mostraba en sus ademanes una noble franqueza,
había preguntado con desfachatez revolucionaria por la "señora
directora", y al fijarse en los bienaventurados de vivos colorines que
adornaban el cuarto, ¡horror de los horrores!, al hermano Andrés le
había parecido que a los labios del incógnito apuntaba una fugaz y
amarga sonrisa.
Además, aquel rostro moreno de facciones pronunciadas, aquellos bigotes
gruesos de un color rubio oscuro con reflejos metálicos y aquella frente
surcada por una arruga vertical, signo en ciertos caracteres enérgicos
lo mismo de cólera que de contrariedad, por un no sé qué misterioso,
afirmaban cada vez más al religioso portero en la creencia de que aquel
hombre, que por su aire marcial parecía un antiguo militar, no tenía
nada de común con el Sagrado Corazón, con las monjas ni con sus
visitantes.
--¿Si será alguno de esos revolucionarios arrepentidos que ahora han
subido al Poder?--y esta consideración que mentalmente se hacía el
portero, era la que le impulsaba a mostrarse fríamente amable y no
contestar con aquella insolente sequedad que guardaba siempre para los
impíos poco temibles.
--Voy a ver si dan permiso para que usted pase, y entretanto puede usted
descansar aquí.
Esto lo dijo el portero tras el largo silencio transcurrido después de
las palabras con que recibió al recién llegado.
Nada contestó éste, y el hermano, que había tomado de las monjas la
curiosidad femenil, no se resolvió a moverse sin practicar algún sondeo
en aquel incógnito que él calificaba de misterioso.
--¿Y qué nombre tendré que anunciar a la madre superiora?
--Es inútil; no me conoce.
--¿Creo que no vendrá usted por asuntos de ninguna señorita de las que
están aquí a pensión?
--Vengo a ver a la señorita María Alvarez y Baselga, que hace tres años
está en este colegio.
--Perdone usted, señor; aquí no hay ninguna señorita Alvarez.
--¡Cómo!...--exclamó con sorpresa el desconocido, mirando fijamente al
portero.
--Usted se referirá, sin duda--continuó éste tomando un aire de
compungido servilismo--a la señorita María Quirós de Baselga, condesa de
Baselga.
Al oír estas palabras, el rostro de aquel hombre se transfiguró
rápidamente; su habitual expresión noble y franca trocóse en
reconcentrada y feroz, y con voz temblona por la cólera, gritó:
--Eso de Quirós es mentira; la señorita Alvarez, esa niña...
Pero calló como si comprendiera lo ridículo que resultaba discutir sobre
apellidos con un portero curioso, y mirando a éste con aire de
superioridad, le dijo:
--Estoy perdiendo un tiempo precioso para mí. Anuncie usted
inmediatamente a la señora directora que hay un caballero que desea
hablarla.
El hermano Andrés obedeció, saliendo de la portería, no sin antes
saludar a aquel hombre que tal aire de imposición sabía mostrar, y
abriendo la mampara de pintados cristales se internó en el patio del
colegio.
El incógnito sentóse en el conventual sillón de cuero del conserje y
esperó, dejando vagar su mirada sobre los mamarrachos artísticos que
recibían el homenaje del fanatismo.
Reinaba la calma propia de un edificio que, a pesar de encontrarse en la
parte más céntrica de una ciudad, aunque no muy grande, bastante
populosa, tenía la defensa que le proporcionaba el estar enclavado al
extremo de una calleja sin salida, que en su entrada de embudo recogía
los ruidos propios de la vida y de la agitación, para irlos disminuyendo
y conducirlos amortiguados hasta las puertas del Colegio, donde se
extinguían como temerosos de salvar los umbrales de aquella casa
dedicada a las oraciones y a una educación tan religiosa como
extravagante.
Cuando el distraído incógnito, saliendo momentáneamente de su
ensimismamiento, fijaba su mirada en la pequeña ventana de cristales
algo empañados y orlada de estampitas que en la fachada se abría al lado
de la gran puerta del colegio, veía a continuación de la mercenaria
berlina, la callejuela en toda su extensión, solitaria, monótona y fría
como la plegaria de una religiosa, y allá, a su término, el cruzar
rápido de carruajes, el encuentro de transeúntes y todos los detalles
propios de una vía concurrida, o más bien de la arteria principal de una
ciudad de provincia.
De vez en cuando, sobre el confuso rumor que se producía en la gran
calle y que llegaba al colegio como el rugido de un mar lejano,
dominaban gritos estridentes que se repetían con metódica precisión.
Era el vocear de los vendedores de papeles públicos. Desde la portería
no podían precisarse las palabras del oral anuncio; pero el desconocido
lo había oído momentos antes y sabía lo que significaba.
Era la hoja extraordinaria que anunciaba cómo en la madrugada del día
anterior el general Pavía había penetrado en el palacio de la
Representación Nacional para disolver a viva fuerza las Cortes
Constituyentes de la República.
El golpe de Estado, tan esperado por los elementos conservadores, se
había realizado; la República no había caído aún de nombre, pero estaba
muerta de hecho y el país buscaba ya con mirada indiferente cuál era el
nuevo amo que iba a proporcionarle el soldado de fortuna, burlesco
héroe del 3 de enero.
Cada vez que sobre el popular rumor alzábase el estridente chillido de
uno de los voceadores, el desconocido pestañeaba como queriendo alejar
una idea dolorosa que venía a turbarle en sus meditaciones harto graves.
No tardó el portero en volver. Sus pasos tardos y acompasados sonaron al
otro lado de la mampara de cristales; ésta se abrió, y el hermano
Andrés, asomando medio cuerpo, dijo con su eterna sonrisa:
--Cuando el caballero guste, puede seguirme.
Levantóse el interpelado, precedido de aquél, atravesó el patio, y
dejando a un lado la gran escalera, obra maestra de pasados siglos,
propia de aquel viejo caserón, con su gruesa baranda de labrada piedra,
sus berroqueños follajes, sus leones rampantes roídos por el tiempo
sosteniendo escudos borrosos, y sus peldaños gastados y angulosos como
encías viejas, subieron una escalerilla de construcción moderna y poco
extensa que conducía al entresuelo, donde estaban la habitación y el
despacho de la madre superiora y el salón para recibir a los visitantes.
El que ahora entraba en el colegio fué conducido al despacho, pieza que
a más del indispensable crucifijo gigantesco, cromos devotos y
estanterías con libros empolvados encuadernados en pergamino, ostentaba
varios grandes cuadros; el uno fiel retrato del pontífice, puesto en
seráfica actitud, y los otros representando imágenes de santos, bulas
concediendo indulgencias y labores caligráficas de las educandas.
Cuando quedó solo el visitante, sentóse en una butaca y esperó mirando
fijamente el blanco retrato del Papa. Un ligero roce consiguió muy
pronto sacarle de tal contemplación, y volviendo la cabeza un poco le
pareció columbrar por los resquicios que quedaban entre un pesado
cortinaje y el hueco de la puerta, blancas tocas, ojos de mujeres y
bocas que cuchicheaban suavemente.
La fugaz visión desapareció; el desconocido engolfóse otra vez en sus
contemplaciones y por tres o cuatro veces volvió a mirar a la puerta,
viendo siempre alguien en acecho, sólo que en una ocasión no fueron
tocas monjiles lo que distinguió, sino una negra sotana y unos ojos de
ave de rapiña que desaparecieron con la rapidez de las fantasmagorías
del sueño.
El incógnito sonrió pensando en la revolución que había causado en el
convento su llegada y que tal vez habría hecho más misteriosa con sus
palabras el mastuerzo del postero.
De pronto la cortina se levantó y entró en el despacho la superiora, una
buena moza que, a pesar de hallarse ya lejos de los cuarenta, ostentaba
con cierta satisfacción femenil su carne fofa, pero blanca, tersa y
sonrosada a juzgar por los abultados carrillos, y llevaba con majestad,
no exenta de coquetería, su blanca toca y sus gafas de oro.
Hablaba con gran corrección; pero a las cuatro palabras demostraba su
origen francés, pues ciertas letras no podían pasar por su lengua sin
ser graciosamente desfiguradas por aquella esposa del Señor.
--Dios guarde a usted, caballero--dijo al entrar--. Siéntese usted y
diga en qué pueden servirle en esta santa casa destinada a educar a las
jóvenes en el temor de Dios.
Y la buena madre, después de decir con gran calma estas palabras,
sentóse majestuosamente en su poltrona, interponiendo entre ella y el
visitante la mesa de trabajo cargada de papeles, de rosarios y de un
sinnúmero de baratijas religiosas, y clavó en aquél sus gafas
deslumbrantes.
El caballero acercó un poco la silla a la mesa, como para hablar más
bajo, y con voz no muy segura comenzó:
--Señora... (aquí la religiosa hizo un mohín de disgusto, como
rechazando tan mundano tratamiento).
--Señora--volvió a decir aquel hombre, como para demostrar que no
retiraba la palabra--. Tengo gran prisa por terminar el asunto que aquí
me arrastra, y en usted consistirá el verse pronto libre de mi
presencia, que de seguro la distrae de más graves ocupaciones.
--Diga usted lo que desea--contestó impasible la superiora.
--Acontecimientos imprevistos me obligan a salir de España. No sé cuándo
volveré; tal vez nunca, tal vez muy pronto. Una reciente tempestad ha
caído sobre mí y otros muchos, y voy lejos, muy lejos, aunque
proponiéndome volver así que cese lo que hoy me empuja. En tal
situación, señora, antes de partir a un destierro en el que tal vez
pierda la vida, vengo aquí a cumplir el más santo de los deberes, el
deber de padre, que es el que con más fuerza conmueve mi corazón. En
fin, señora, vengo a ver a mi hija; déjeme usted que la dé un beso y me
voy al momento.
Y aquel hombrón todo músculos y energía, que en ciertos momentos miraba
con una fiereza que no por ser noble imponía menos, al decir estas
palabras hablaba con voz cada vez más temblona, y al final tiró con
cierta violencia de sus grandes bigotes y se rascó en la frente como si
con esto quisiera ocultar que sus ojos se ponían lacrimosos a causa de
la emoción.
La superiora continuaba en tanto impasible, con el aire de una persona
que oye cosas que no entiende.
El desconocido tomó tal expresión por una muestra de extrañeza y dijo
sonriendo con melancolía:
--No extrañe usted, señora, que casi me ponga a llorar. Aquí donde usted
me ve, me he conmovido muy pocas veces, y eso que en más de una he visto
la muerte de cerca. Pero ya puede usted considerar lo que es un padre
que en muchos años no ve a su hija, y... además, no sé si el beso que
ahora la dé será el último.
Y el caballero, que luchaba por serenarse, pareció sentir nuevo
enternecimiento.
Entretanto la monja despegó los labios y dijo con la solemnidad de una
antigua sibila:
--Debo manifestar a usted que no entiendo lo que dice ni a qué hija se
refiere.
El interpelado se incorporó en su asiento con nervioso arranque,
manifestando en su mirada la mayor extrañeza; pero después pareció
reflexionar, y sonriendo, dijo:
--Es verdad; usted dispense, señora. En mi cariñoso aturdimiento he
olvidado manifestar a usted a quién quiero ver y cuál de sus educandas
es mi hija. Mi hija es...
--Ante todo, caballero--dijo la superiora interrumpiéndole--. Es la
primera vez que veo a usted y, por tanto, excusado es preguntarle si ha
sido usted el que ha traído a este colegio a la señorita en cuestión.
--No la he traído yo.
--Ni la habrá conducido aquí alguien por encargo expreso de usted.
--No, señora.
--Pues ninguna de las educandas de la casa se encuentra en tal caso.
Todas están aquí por la voluntad y disposición de sus padres o de las
personas encargadas de su vigilancia.
--Señora, acabemos, y a ver si logramos entendernos. Yo vengo en busca
de María Alvarez y Baselga, que es mi hija.
La monja hizo como quien repasa su memoria con gran detenimiento, y
después dijo con sequedad:
--No hay aquí ninguna educanda de tal nombre.
--Señora--contestó el caballero con voz que iba inflamándose y tomando
una entonación enérgica--, no perdamos el tiempo y vayamos rectamente al
asunto. Aquí está la joven de quien hablo y necesito verla; si es que
para entendernos debemos ir discutiendo apellidos, le preguntaré, ya que
así usted lo quiere, en vez de por la señorita Alvarez, por la señorita
Quirós.
Y al nombrar este apellido, recalcó las letras con cierta amargura
despreciativa.
--Eso es diferente--dijo la superiora--. Aquí está como educanda hace
tres años, la señorita María Quirós y Baselga, condesa de Baselga, pero
yo ignoro con qué derecho quiere usted verla.
--Soy su padre.
--Su padre murió hace mucho tiempo.
--¡Mentira!--exclamó el hombre con iracunda voz.--Aquél no era más que
un miserable, un autómata que, para sus fines particulares, movieron
los...
Pero al llegar aquí se detuvo como si el lugar en que estaba y el sexo y
clase de la persona a quien se dirigía le hicieran variar de tono.
--Perdone usted, señora--continuó--, este rapto de cólera, hijo de mi
carácter arrebatado. Hace dos días que estoy fuera de mí y, en algunos
instantes, me tengo por próximo a la locura. Créame usted señora
directora, créame, pues le aseguro por mi conciencia de hombre honrado,
de hombre que jamás ha mentido, que esa niña de quien usted habla, es mi
hija. Usted tal vez me conozca, tal vez haya oído hablar de mí. Si la
persona que trajo aquí a María, ¡a mi hija querida!, ha hecho ciertas
revelaciones de familia, de seguro que mi nombre no le será a usted
desconocido.
Se detuvo un momento para estudiar el efecto que sus palabras causaban
en la superiora, y al verla impasible, dijo con cierta satisfacción
propia del que ostenta un nombre que no tiene por qué ocultar:
--Yo, señora, soy Esteban Alvarez, ex comandante del ejército y uno de
los pocos que huyen de su patria por no ver la deshonra consumada en la
madrugada de ayer.
Y el que así se revelaba, bajó un instante la cabeza como para devorar
la amargura que le causaban sus últimas palabras; momento que aprovechó
la monja para fijarse rápidamente en el cortinaje que se había agitado
ligeramente y dirigir una mirada a alguna persona oculta, a la que
parecía decir:--¡Qué tal! ¿Me engañaba yo?
Cuando don Esteban volvió a fijar su vista en los espejuelos de la
superiora, ésta, con cierta desdeñosidad, no exenta de evangélica
lástima, dijo calmosamente:
--Efectivamente, conocía su nombre, señor Alvarez. ¿Y quién lo ignora en
España? Por desgracia, hasta el fondo de las santas moradas en que se
rinde culto a Dios, llega el infernal rumor del hervidero revolucionario
y se conoce de oídas a los hombres impíos que, olvidando los más
preciosos sentimientos, declaran la guerra al cielo y a sus servidores,
dirigen a las hordas armadas para destruir lo tradicional y venerando de
nuestra patria, y después, en ese centro de escándalos que llaman las
Cortes, tienen el satánico atrevimiento de negar la existencia del que
es autor del mundo y algún día ha de juzgarnos. ¡Señor Alvarez, le
conozco bastante! Ojalá que su nombre no fuera tan popular, que con ello
ganaría su alma y tendría más segura su salvación.
--No se trata de eso, señora--dijo don Esteban, que había oído con
impaciencia--. Deje usted a un lado todas esas apreciaciones nacidas de
sus ideas políticas y religiosas y que yo respeto. No le he preguntado
si usted conocía mi nombre por la fama que mis actos peores o mejores le
han dado, sino por haberlo oído en sus conversaciones con la persona que
aquí trajo a María.
--La condesita de Baselga fué traída a este colegio por su tía, la
señora baronesa de Carrillo.
--Justo. ¿Y nada le ha dicho a usted de mí esa señora?
--No creo que la baronesa, persona devota y temerosa de Dios como pocas,
y perteneciente a una de las familias más ilustres, haya tenido nunca
relación con los hombres de la República.
Estas palabras, dichas con acento melifluo, causaron a don Esteban el
efecto de un latigazo, e incorporándose en el asiento, contestó:
--Valiente jesuitaza es la tal señora, y en cuanto a que yo haya podido
tener relación con ella, cosas hay que tal vez usted no ignore (aunque
finja lo contrario) y que nos ligan muy de cerca. En fin, señora,
terminemos. Hágame usted el inmenso favor de que pueda ver a mi hija un
sólo instante.
--Aquí no tiene usted ninguna hija, y extraño mucho que un hombre como
usted, a menos de haberse vuelto loco, venga en circunstancias tan
críticas para su seguridad, cuando tal vez le buscan para castigarle por
sus excesos, a perturbar la tranquilidad de esta santa casa.
--Tiene usted razón, señora--dijo don Esteban con tristeza--. Me
encuentro en circunstancias muy críticas y esto es lo que más debe
moverla a acceder a mis deseos. En la madrugada de ayer, cuando vi mis
ilusiones deshechas y que todos huían olvidando su deber creí volverme
loco, y mi único pensamiento fué defender lo que tanto nos había costado
alcanzar: esa República que ustedes maldicen y en cuya caída pueden
reclamar parte; pero cuando me convencí de que la resistencia era
imposible, de que estaba próximo a perder mi libertad y que lo más
racional era la fuga, mi ferviente deseo consistió en ver a mi hija, al
único ser que me liga a este mundo, y por eso, exponiéndome a la
venganza de rencorosos enemigos que me odian por mis pasadas hazañas y
me temen a causa de lo mucho que aún puedo hacer para que reviva la
República, exponiéndome, digo, a tantos peligros, he abandonado Madrid,
no para huir rectamente a Francia, como aconseja la conveniencia, sino
para venir antes a esta ciudad a contemplar, sin duda por última vez, al
ser inocente cuyo recuerdo llena mi existencia y derrama dulce calma en
mi ánimo cuando me encuentro amargado por las luchas de la vida. Mi
mayor felicidad sería lograr que mi hija, ¡mi María! me acompañase en el
destierro que me aguarda, que fuese mi sostén en la vejez prematura que
las circunstancias me preparan; pero sé muy bien, señora, que esto no lo
lograré, pues ni usted me dará mi hija, ni yo a los ojos de la sociedad
tengo derecho para reclamarla; pero ya que esto es imposible, señora, no
ya como a directora de este establecimiento, como mujer de tierno
corazón, como ser que aún recordará las tiernas caricias del hombre que
le dió la existencia, la pido que antes de que yo parta me deje besar a
la pobre niña, víctima en su nacimiento de un miserable engaño y sobre
la cual un oculto poder que no quiero nombrar, porque con ello heriría
la susceptibilidad de usted, parece que arroja una maldición. Señora,
¿quiere usted concederme lo que le pido?
Calló don Esteban y esperó ansiosamente la contestación de la religiosa;
pero ésta no parecía apresurarse en hablar, por lo que aquel pobre padre
añadió para reforzar sus anteriores palabras:
--Señora, en nombre de ese ser ideal, todo amor y bondad que
continuamente tienen ustedes en los labios, en nombre de Dios, no
niegue usted tan mezquino favor a un hombre que lo pide cuando más
abrumado está por la desgracia.
La superiora, como mostrándose ofendida de que don Esteban introdujera a
Dios en la conversación, se incorporó en su asiento, y con voz
acompasada, después de envolver a su interlocutor en una mirada de
olímpico desdén, dijo por fin:
--Este colegio, caballero, tiene reglas estrictas aprobadas por la
superioridad, de las que no puede salir y a las que yo no faltaré nunca.
--¿Acaso esas reglas pueden privar que un padre dé un beso a su hija?
--Ya le he dicho a usted antes que no es padre de ninguna educanda ni
menos de la señorita Quirós por quien pregunta, y como tampoco le tengo
a usted por pariente ni por amigo de la familia, de aquí que me vea
obligada a negarle lo que pide, pues nuestras reglas prohiben que las
educandas sean visitadas por personas extrañas.
--¡Yo persona extraña!--exclamó don Esteban con indignación--. ¡Yo
considerado como un desconocido, cuando vengo en busca de mi hija!
Señora..., acabemos ya, pues la paciencia me falta y me siento capaz,
cegado por la indignación, hasta de faltar a las conveniencias que un
caballero debe siempre a una señora, aunque ésta se muestre cruel, tan
sólo por obedecer los mandatos de la negra institución que la dirige y
de la que es miserable ruedecilla sin conciencia ni voluntad en sus
actos. Por última vez, señora; déjeme usted ver a mi hija.
Estas postreras palabras las dijo don Esteban en actitud humilde,
suplicante, con los ojos casi llorosos y extendiendo sus brazos como si
rogase.
Conmovía aquella hermosa figura varonil en actitud tan tierna; pero en
el rostro de la superiora no se notó la más leve emoción y contestó con
su seco acento:
--También yo digo que acabemos, caballero. Se acerca la hora de comer
para las educandas, tengo que presidir la mesa y mi presencia es
necesaria arriba para otros asuntos. Creo que no podrá usted quejarse de
la calma con que he estado oyendo sus palabras, mezcla confusa de
halagos e insultos. Le perdono a usted y le ruego se marche, pues me
urge quedar libre.
--¿Marcharme yo? ¿Y sin ver a mi hija? Señora, eso jamás lo haré.
Y don Esteban se afirmó en su asiento, como si pretendiera clavarse en
él y quedó en actitud provocativa, retando con la vista a la superiora a
que lo arrojase del colegio.
Pronto abandonó tal actitud, para caer en una dulce abstracción.
Llegaron a su oído, lejanas, amortiguadas y sueltas, algunas notas de
armonium que sirvieron como de preludio a un coro de voces infantiles
que estalló, a juzgar por lo lejano que sonaba, en el otro extremo del
edificio.
La monástica calma que reinaba en el colegio permitía apreciar en sus
detalles aquella agradable confusión de voces frescas, y aunque algo
desentonadas y rebeldes a las reglas del canto, ingenuas y agradables,
que evocaban en la imaginación grupos de atractivas cabecitas rubias o
morenas y ramilletes de inocentes bocas entreabiertas por el indefinido
anhelo propio de las soñadoras.
Don Esteban escuchaba con tal atención y arrobamiento, que su rostro
había adquirido gran semejanza con el de los místicos que representa la
pintura sagrada en los momentos de amoroso éxtasis.
En cada una de aquellas voces creía encontrar la de su hija, y tan
pronto saltaba su imaginación de una a otra sin saber por qué, como
acababa confundiéndose y dudando de su cariño de padre, que no le
revelaba por el eco producido en el corazón cuál de los sonidos procedía
de su adorada niña.
De pronto aquel hombre experimentó un rudo estremecimiento, una
conmoción nerviosa que le sacó del rápido éxtasis, arrojándole
nuevamente a la realidad.
Pensó en que su hija, aquel ser que llenaba de continuo su pensamiento,
estaba allí, bajo el mismo techo que él, y que un ser sin sensibilidad,
la monja que tenía enfrente, era el único obstáculo que se oponía a que
él fuera a estrechar su tesoro entre sus brazos.
Esta última consideración conmovió su temperamento sanguíneo, terrible
en las explosiones de ira. La sangre, agolpándose tempestuosa en la
cabeza, coloreó fuertemente su rostro, sus ojos brillaron con
reconcentrado fuego, y con voz algo enronquecida, dijo a la directora:
--Señora... No soy hombre que vuelvo atrás en mis propósitos. Me he
propuesto ver a mi hija y la veré por encima de todos los obstáculos que
usted y las demás monjas opongan.
Y don Esteban, levantándose, dirigióse con marcial continente hacia la
puerta, mientras la monja, haciendo la señal de la cruz sobre su frente,
como si fuese a morir, y con un espanto teatral, digno de mejor
escenario, fué a cortarle el paso, interponiéndose entre él y la salida.
Ya llegaba el militar junto a la monja, ya extendía su brazo rígido y
potente como un ariete para separar a la importuna de su camino, cuando
la pesada cortina se levantó y entró en el despacho otra monja, o más
bien dicho, un hábito y unas tocas mirando al suelo, bajo las cuales
presentíase, aunque no con mucha certeza, que existía una cabeza y algo
semejante a una inteligencia.
--Reverenda madre--dijo una voz gangosa que surgió por bajo las tocas,
tan lejana y apagada como si saliera de una caverna--, don Tomás acaba
de llegar y desea verla.
--Que pase el buen padre.
La superiora dijo estas palabras después de examinar con una rápida
ojeada a su enfurecido interlocutor y conocer que éste había
experimentado una pasajera calma en su ira con el anuncio de la visita.
--El talento de nuestro director--pensó la superiora--me sacará pronto
de este compromiso.
II
Entró en el despacho don Tomás, arrastrando con tanta humildad sus
hábitos clericales, que su tierna mirada parecía pedir perdón a la
alfombra, porque la rozaba con los bajos de la sotana.
Su edad, unos cincuenta años; su estatura, más que regular; su defecto
físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba, y
su rostro, el de un hombre que en su juventud tuvo el pelo rojo y ahora,
por causa de las canas, lo ostenta de un color indefinido y sucio; sus
mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de
la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en
ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago
una expresión altiva, sarcástica y soberbia, que parece indicar que
sobre aquellos labios está en su casa, pues representa el verdadero
carácter del individuo.
En cuanto a los ojos, eran fieles imitadores de la boca, pues miraban
con la dulzura de la paloma..., cuando no tenían la misma expresión
cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.
Saludó varias veces don Tomás con cierta cortedad, llevándose el
mugriento sombrero de teja a la picuda nariz, hizo dos o tres
genuflexiones, invocó la gracia de Dios para aquella santa casa y todos
los presentes, y fué a sentarse en una silla inmediata a la que antes
había ocupado don Esteban.
Este permanecía en pie en medio del despacho, mirando fijamente al don
Tomás, que ponía su vista en todas partes menos en el rostro del
militar.
Le conocía perfectamente don Esteban. Era el mismo cura que al entrar en
el despacho había entrevisto tras el portier, atisbando en compañía de
las monjas. Sin duda había seguido escuchando toda la conversación y
entraba ahora como un recién llegado para auxiliar a la superiora.
--Maniobra jesuítica--se decía don Esteban--, buena para algunos
imbéciles, pero que no sirve para mí. Este hombre debe ser de la célebre
Compañía. Ahora veremos por dónde sale.
--Vaya, vaya--dijo en esto don Tomás, con su voz meliflua y humilde, al
mismo tiempo que golpeaba acompasadamente una mano con otra,
bondadosamente--. He venido a interrumpir a ustedes y lo siento mucho.
Ha sido una verdadera inoportunidad el llegar a estas horas. Lo único
que me consuela es que el asunto no será de gran interés, ya que la
buena madre me ha permitido la entrada.
--Mire usted, caballero--contestó don Esteban, plantándose frente al
cura con el aplomo de un soldado--. Ni cuanto esta señora y yo hemos
hablado, ni el asunto que aquí me ha traído, le importan a usted nada;
así es que hará muy bien en no mezclarse en ello. Por lo demás, le
advierto que a mí no me gustan comedias en la vida, que las farsas las
conozco inmediatamente, que usted ha oído escondido tras esa cortina
todo cuanto hemos hablado, y que yo veré a mi hija a pesar de la
oposición de esa señora y de la hipocresía de usted. Y den gracias que
no me propongo llevármela, pues si en ello me empeñara, tenga por seguro
que lo lograría, aunque hubiera de pasar por encima de usted, de esa
monja y de todas las gentes que encierra esta santa casa.
--Conozco muy bien a don Esteban Alvarez--contestó el cura con su eterna
sonrisa--para no dudar que sabe cumplir cuanto se propone, y más si es
contra los respetos que se deben a las personas sagradas.
--Veo que no le es desconocido mi nombre y que no me equivocaba al creer
que usted nos oía desde la puerta.
--Señor don Esteban--contestó el cura cambiando repentinamente su
aspecto encogido y humilde por el aire de un hombre de mundo algo
escéptico--. Con usted no valen engaños, cosa de que me alegro mucho,
pues tampoco a mí me place la mentira. No he espiado tras esa cortina
intencionalmente, como usted cree; pero sí debo manifestarle que he oído
sus últimas palabras y a lo que usted viene aquí.
--Sabe usted amoldarse a todos los caracteres--dijo don Esteban con
rudeza--. Es usted un perfecto jesuíta.
--¡Jesuíta! ¡jesuíta!--exclamó el cura con un asombro angelical--. En
España no hay jesuítas; los arrojaron ustedes el año 68.
--Eso no importa; saben disfrazarse muy bien tales parásitos, y si usted
no lo es, merece serlo. Pero, en fin, esto nada me importa. ¡Adelante!
¿Decía usted?...
--Que por deberes de mi ministerio, hace tiempo que lo conozco a usted
de nombre. He sido por algún tiempo el confesor de la baronesa de
Carrillo... No haga usted por esto mala cara. Mi dirección espiritual
data de corta fecha; yo no conocía a la señora baronesa en la época que
usted tuvo con ella y su sobrina, la condesa, asuntos de que no hay por
qué hablar ahora. Continuando en lo que decía, debo manifestarle que
conozco sus pretensiones sobre la señorita Quirós, que se educa en este
colegio por encargo de su tía la baronesa, su empeño en pasar por padre
suyo y el cariño que dice profesarle, y, por tanto, comprendo esta
situación y me felicito de haber llegado en ocasión para servir de
intermediario entre usted, víctima ciego de su arrebatado carácter, y
esta santa mujer que, esclava de sus deberes, no quiere faltar a las
leyes del establecimiento que dirige.
La "santa mujer", al oír que don Tomás, en vez de apoyarla
enérgicamente, comenzaba por ceder, le dirigió una mirada, mezcla de
sorpresa y reproche, a la que él contestó con otra rápida e intensa, que
demostraba autoridad y parecía decir:--Confía en mí; de este modo
lograremos más que con una ruda oposición.
--Según eso, ¿usted está dispuesto a influir para que yo vea a mi hija?
--Sí, señor; y al ruego de usted uno el mío para que la reverenda madre
permita que venga aquí la señorita de Quirós. ¿Accede usted a ello,
madre directora?
Esta, cada vez más asombrada y bajo la fascinación de aquel hombre que
parecía ejercer sobre ella una gran influencia, contestó haciendo con la
cabeza un signo afirmativo.
--Ahora mismo--continuó el cura--verá usted a esa señorita. Va usted a
cumplir su deseo, pero antes, en interés a su bienestar y tranquilidad
de corazón, le ruego que desista de su empeño y se retire.
--¿Qué quiere usted indicarme con tan extraño consejo?
--Que esa señorita le odia a usted, pues se estremece de espanto al solo
nombre de don Esteban Alvarez.
--¡Imposible! ¡Temblar una hija ante el nombre de su padre! Eso es un
absurdo; alguna infame maniobra de los jesuítas, de ustedes, miserables,
que pretenden robarme cuanto amo en el mundo. ¡A ver..., pronto...,
venga aquí mi hija! Ahora más que nunca necesito verla.
Don Esteban dijo estas palabras con tal entonación, que la superiora,
temiendo volviera a repetirse la escena de momentos antes, hizo sonar el
timbre de su mesa, ordenando a la hermana que se presentó en la puerta
que fuera en busca de la señorita Quirós.
Pasaron algunos minutos sin que ninguno de los tres pronunciara una
palabra. Don Esteban, cruzando el despacho en paseo precipitado, la faz
contraída y la vista fija en el suelo; la superiora, inmóvil, y don
Tomás, pasándose de vez en cuando su repugnante pañuelo de hierbas por
la cara y aprovechando tal telón para dirigir a aquélla rápidas miradas
de inteligencia.
Sonaron ligeros y menudos pasos al otro lado del portier; levantóse
éste, y entró en el despacho, con desenvoltura encantadora, una niña de
ocho años, morena, de grandes ojos, de nariz un tanto gruesa, y llevando
con cierta gracia ingenua el ingrato y desgarbado uniforme del colegio.
Saludó con un respetuoso mohín a la monja y al capellán y se quedó
mirando fijamente a don Esteban como si quisiera adivinar quién era
aquel desconocido.
Este no se pudo contener. Sonrió con el dulce entusiasmo de un iluminado
que en sus desvaríos ve la gloria, y abalanzándose a la niña con los
brazos abiertos, dejó escapar las palabras de cariño que a borbotones
acudían a sus labios.
--¡Hija mía! Cada vez eres más semejante a tu pobre madre...
La niña, al sentir el abrazo rudo y cariñoso a la vez, el cosquilleo de
los bigotes y el besuqueo de aquella boca ávida, miró a su directora y
al confesor del colegio, como preguntándoles quién era aquel hombre.
--Señorita--dijo don Tomás, poniendo por primera vez serio su rostro y
dando a sus palabras cierta intención--; al señor lo conoce usted
perfectamente. Es don Esteban Alvarez.
Fué algo más que emoción lo que aquella niña experimentó al oír tal
nombre. Su cuerpecito tembló nerviosamente como si estuviera en
presencia de un gran peligro, su rostro tornóse pálido, y desasiéndose
rápidamente de aquellos brazos que la oprimían, dió un salto de algunos
pasos mirando a todas partes, como si no supiera por dónde huir.
--¡Cómo! ¿Qué es esto?--exclamó con extrañeza don Esteban--. ¿Huyes de
mí? ¿Huyes de tu padre?
--¡Mi padre!--dijo la niña con pasmo que la obligaba a balbucear--. ¡Qué
horror! Usted no es mi padre. Usted es don Esteban Alvarez, el verdugo
de mi mamá, el ángel malo de mi familia.
Don Esteban mostró en los primeros momentos un asombro cercano a la
imbecilidad. Miró a su alrededor como si dudara de lo que había oído y
dió algunos pasos hacia la niña; pero ésta, exhalando un grito de miedo,
fué a refugiarse tras la superiora.
Este grito pareció volver a la realidad al angustiado padre. Miró con
todo el furor propio de tan dramática situación al cura y a la
religiosa, y rugió:
--¡Infames! Habéis hecho más aún de lo que yo creía. Auxiliados por una
familia fanatizada, no sólo me habéis separado de mi hija, sino que la
enseñáis a que se horrorice y tiemble ante el nombre de su padre. ¿Qué
espantosas mentiras habéis dicho a esa infeliz niña? ¿Qué tremendas
calumnias habéis dejado caer sobre mi pasado? ¡Canalla vil!, hace un
momento os despreciaba, pero ahora me causáis asco y temor; siento ansia
de vengarme aplastándoos, y, ¡por Cristo!, que no saldré de aquí sin que
sepáis quién soy, y cómo respondo a las maquinaciones del jesuitismo
contra mi persona.
Y don Esteban, agitándose como un loco y hablando atropelladamente,
agarró una silla, y levantándola como una pluma, se abalanzó sobre el
cura y la monja.
Esta había perdido ya su presencia de ánimo y temblaba, pero el clérigo
no se inmutó y fué retrocediendo hacia la pared, únicamente para ganar
tiempo y poder decir antes de que descargara sobre su cabeza el primer
golpe:
--Piense usted que los suyos han caído del poder, que el Gobierno le
persigue, y que si da usted un escándalo la servidumbre del colegio
llamará a la policía y resultarán inútiles todas sus precauciones para
huir.
A las primeras palabras ya se detuvo don Esteban como si adivinara todo
el resto. Aquel cura había sabido desarmar tanta indignación, recordando
hábilmente un peligro.
Como rendido por la realidad, bajó lentamente su silla, recogió su
sombrero, pasóse una mano por los ojos como si despertara de un sueño
cruel, y se dirigió lentamente a la puerta.
Cuando llegó a ésta, volvióse pausadamente, y abarcando en una mirada a
la niña y a los dos seres sombríos, dijo:
--Confieso que sois muy fuertes y que se necesita gran energía para
luchar con vosotros. ¡Adiós, sabandijas infames! ¡Adiós, jesuíta!
Derrama sin piedad tu saliva venenosa sobre mi historia; sigue tejiendo
la negra tela de araña alrededor de esa familia cuya fortuna desea tu
Orden, y escarnéceme e insúltame cuanto quieras, que día llegará en que
pueda devolverte golpe por golpe. Hoy el porvenir es tuyo, pues viene la
reacción a hacer de la desdichada patria blanda cama para que te
revuelques a tu sabor. Mucha guerra os hice al triunfar la revolución,
pero veo que aquélla no ha causado gran mella en vosotros, y os juro que
no seré tan blando el día en que nuevamente estén los sucesos de nuestra
parte. ¡Adiós, miserables! Seres sin piedad ni corazón, insensibles a
todo sentimiento. Si tú eres la esposa de Dios y ése es su
representante, yo os digo que Dios es un mito, pues si existiera,
tendría méritos suficientes para ingresar en un presidio.
--En cuanto a ti, hija mía--continuó don Esteban con acento
enternecido--, algún día te acordarás con pena de este infeliz que ahora
te causa espanto. Tal vez dentro de algunos años, cuando te veas víctima
de estas gentes que hoy te rodean, llames en tu auxilio a tu padre y
éste no podrá acudir por haber muerto ya, o encontrarse lejos de la
patria e imposibilitado de volver a ella.
Y el infortunado, al decir esto último, rompió a llorar, y como si no
quisiera dar tal prueba de flaqueza ante sus enemigos, salió corriendo
de la habitación, después de lanzar a su hija una postrera mirada de
cariño.
Al pasar frente a la portería dió un rudo empujón al hermano Andrés, que
quiso acercársele con su ademán obsequioso, y montando en el carruaje de
alquiler que aguardaba a la puerta del colegio, gritó al cochero:
--¡A la fonda!
* * * * *
Al apearse don Esteban y atravesar el patio del hotel oyó que le
llamaban, y volviéndose, tropezó con Benito, su antiguo asistente,
después ayuda de cámara, y en el momento, compañero de aventuras
políticas.
--Arriba, en el cuarto, aguardan, don Esteban. Son varios
correligionarios de esta ciudad que desean saber por usted la actitud
que deben tomar.
--¿Cómo han sabido que estamos aquí?
--No lo sé. ¡Qué diablos!, cree uno que no lo conocen, y donde menos lo
espera... En fin, que esto nos demuestra la necesidad de marcharnos a
Francia cuanto antes. Esta tarde, a las cuatro, sale vapor para
Marsella.
--Arréglalo todo para embarcarnos a tal hora, y alejémonos pronto de
aquí. Ahora vamos a ver qué quieren esos amigos, aunque yo no tengo hoy
la cabeza para estas cosas.
Cuando don Esteban entró en su habitación levantáronse de sus asientos
para saludarle respetuosamente tres hombres de rostro honrado y enérgico
que por sus trajes demostraban pertenecer a esa clase de pequeños
industriales que son el principal nervio del país y el primer elemento
de toda revolución.
Venían a cambiar impresiones, a recibir órdenes, a ofrecer su vida y la
de algunos centenares de amigos en defensa de la forma de gobierno que
acababa de caer. Habían sabido por un compañero que reconoció a don
Esteban al bajar del tren que el célebre agitador se hallaba en la
ciudad y deseaban ponerse a sus órdenes si es que el antiguo
revolucionario quería desenvainar la espada vengadora contra los
pretorianos del 3 de enero.
Aquellos honrados patriotas demostraban en su palabra defectuosa, pero
firme, una completa confianza. Aún no era tarde; la reacción había
triunfado en Madrid, pero todavía podía desvanecer tal victoria una
protesta armada en las provincias, y para ello nada mejor que iniciarla
en una capital de importancia.
Don Esteban oía con agrado aquellas valientes proposiciones, y por única
contestación decía con triste acento:
--No puede ser; es ya muy tarde. Juzgamos por nuestro entusiasmo al país
y éste se halla frío e indiferente.
Cuando los revolucionarios agotaron todos sus argumentos para convencer
a don Esteban, éste les dijo:
--Es inútil que ustedes insistan. Saben hace ya mucho tiempo que estoy
dispuesto a todas horas a dar mi vida por las doctrinas que profeso;
pero en esta circunstancia no me arriesgaré a nada porque conozco
perfectamente la situación. Nuestra República ha caído en medio de la
mayor indiferencia del país; triste es confesarlo, pero entre nosotros
debemos guiarnos ante todo por la verdad. Nació cuando menos lo
esperábamos, y más por las desavenencias de nuestros enemigos los
progresistas que por nuestro propio esfuerzo; se implantó sin ser
precedida de esas tremendas, pero saludables convulsiones
revolucionarias, y ha sido semejante a esas criaturas exiguas y débiles
que al venir al mundo no producen a sus madres los dolores de un
laborioso parto, pero que en cambio carecen de vida y llevan en su
sangre la más espantosa anemia. Creedme, ciudadanos, no nos empeñemos en
dar vida a un feto abortado. La República vino cuando la nación estaba
ya cansada por las repetidas e infructuosas agitaciones de los partidos,
y lo que hoy desea el país es paz, y por esto se irá, indudablemente,
con aquel que se la dé. ¿Quién sabe si, guiado por tal deseo, aceptará
dentro de poco la restauración monárquica? Afortunadamente, el espíritu
republicano y federal existe cada vez más arraigado en el pueblo
español, y algún día fructificará dando resultados más firmes y
duraderos. En resumen, amigos míos, guarden ustedes su energía sin
límites para el porvenir, y no expongan en el presente, sin esperanza
alguna, unas vidas que son preciosas y de las que necesita nuestro
partido.
Los tres revolucionarios, si no convencidos, mostráronse anonadados por
la certeza de tales observaciones, y se despidieron de don Esteban
tristes por no poder realizar sus nobles deseos.
Algunas horas después don Esteban Alvarez y su fiel acompañante salían
de la fonda en un carruaje cerrado, dirigiéndose al puerto donde se
preparaba a levar anclas el vapor que semanalmente salía para Marsella.
III
--¡Qué escándalo, padre mío!
Estas fueron las primeras palabras que, elevando los ojos al cielo y
poniendo las manos juntas en dulce actitud, pronunció la directora del
colegio apenas don Esteban salió de su despacho, y la niña fué internada
nuevamente en el colegio.
--Efectivamente, reverenda madre--contestó el cura--; ese hombre es un
pecador empedernido que para atacar a los representantes de Dios no
vacila en insultar al rey de cielos y tierra.
--Decir que Dios... Vamos, que el cielo me libre de repetir, ni aun de
recordar tanta blasfemia.
--¡Y atacar tan calumniosamente a nuestra Compañía!
--A la Compañía de Jesús, reverendo padre; a esa inmortal institución
del más grande de los santos; del glorioso Loyola, que supo crear con su
Orden la más firme columna del catolicismo y del Santo Padre.
--Es abominable. Ese infeliz tiene a Satanás en el cuerpo...
--Y a Voltaire en la lengua.
El reverendo padre acogió con una amable sonrisa este rasgo de erudición
de la religiosa, y tras esto quedaron ambos silenciosos como pensando en
un asunto importante, pero que ninguno de los dos quería ser el primero
en exponer.
--Ese hombre--dijo por fin la superiora, no pudiendo resistir más tiempo
el silencio--es un ser peligroso que algún día puede introducirse en la
noble familia de Baselga, como ya lo hizo en otros tiempos, y matar la
santa influencia que sobre ella ejerce la Compañía.
--Eso no puede ser, reverenda madre; don Esteban Alvarez no volverá
nunca a España.
--Padre mío las amnistías políticas son frecuentes en este país, y
aunque ahora se vea perseguido ese hereje, pronto podrá volver a España.
--Eso sucedería si nuestro hombre sólo fuera culpable de delitos
políticos; pero ya arreglaremos las cosas de modo que aparezca
complicado en delitos comunes para los que no haya indultos y que
forzosamente conduzcan a un presidio. Esto le mantendrá alejado de
España mientras viva.
--No es eso fácil, padre.
--¡Santa mujer! Para la Compañía no hay nada difícil. Don Esteban
Alvarez, meses antes de la caída de don Amadeo, mandó partidas
republicanas en los montes de Cataluña, y ya sabemos que en España esa
guerra irregular de guerrillas siempre es causa de atropellos, de los
que bien pueden sacarse responsabilidades criminales para hacerlas caer
sobre quien convenga. Nosotros tenemos en todas las esferas buenos
amigos que nos sirven bien, y además, los sucesos políticos no pueden
marchar mejor. Esto se va, reverenda madre, y pronto quedará desvanecido
el andrajo de revolución que aun nos cubre. Dentro de poco, o triunfan
los carlistas, cada vez más poderosos en el Norte, o surge victoriosa la
restauración borbónica en la persona de don Alfonso. Nosotros jugamos en
ambas partes, ayudamos a las dos causas, y resulte quienquiera
victoriosa, los amos seremos siempre nosotros; ved pues, si podremos
lograr que ese hombre peligroso no vuelva a España.
--Admiro vuestro talento, padre.
--No, hija: entusiasmaos ante la grandeza de la Institución de que
formamos parte. Deseando extender la gloria de Dios, trabajamos sin
descanso con el santo propósito de que el mundo entero adore su poderío
tomándonos a nosotros por intermediarios. Grande es la empresa, inmensos
medios se necesitan para ella y por esto no hay misión más noble ni
meritoria a los ojos de la divinidad que la que ahora os toca desempeñar
dando a Dios el alma tierna de una joven y al tesoro de la Compañía una
respetable fortuna que nos pertenece y que hace tiempo vamos
persiguiendo.
--Padre mío: humilde sierva soy del Señor, pero haré cuanto pueda por
dirigir las aficiones de esa niña a la más santa de las vidas y que su
fortuna venga a aumentar el tesoro de la gran empresa... para la mayor
gloria de Dios.
--El os lo premiará, hija mía. Mucho tenemos que batallar para alcanzar
la conquista del mundo y que en él se inaugure el verdadero reino de
Dios: pero lo lograremos, reverenda madre, lo lograremos, porque nuestro
ejército es invencible; los años pasan sobre él sin hacerle mella; los
huecos que la muerte causa en sus filas se llenan inmediatamente y
camina sin descanso, lentamente, a la sordina, siempre con el mismo
derrotero y a la conquista de idéntico fin. La impiedad nos impone
obstáculos y los saltamos; escudados en nuestros fines no reparamos en
los medios; nuestras armas invulnerables son el oro, cebo eterno de los
mortales, y la persuasión dulce y embriagadora, cuyo secreto poseemos;
todo cuanto el diablo inventó para halagar las pasiones de los hombres
lo empleamos para la mayor gloria de Dios, y seguimos adelante
tranquilos y confiados, más que en nuestro propio valer, en los
estatutos de la Orden, que la hacen inmortal. ¿Qué importa que nosotros,
soldados de Cristo y del Papa pasemos rápidamente por la esfera de la
vida sin darnos cuenta exacta de las conquistas que realizamos, si sobre
nuestras tumbas queda siempre ese ejército invencible, esa sublime
Compañía, eterno fénix que renace sobre las cenizas y que no descansará
hasta el día del triunfo?
--¡Oh! Seguid, padre mío, seguid--dijo la superiora, a través de cuyas
gafas se escapaba el brillo del entusiasmo--. Decidme esas palabras, que
me llenan de vida.
--Tened fe en el porvenir de nuestra Orden y cumplid con entusiasmo la
misión que ella os confíe. El mundo será nuestro. Las primeras fortunas
de la tierra irán entrando poco a poco en nuestro tesoro. La confesión,
el continuo consejo en el seno de las familias y la dirección espiritual
realizarán tales milagros. Poco a poco nos apoderamos en todos los
países de las principales fuentes de producción; llegará un día en que
el comercio y la industria de la tierra serán nuestros, y entonces
sonará la trompeta apocalíptica y comenzará el reinado de Dios. El Papa
será el rey del mundo, la Compañía de Jesús estará como ahora encargada
de dirigir al Santo Padre, y esos reyes, manada de imbéciles a quienes
los revolucionarios atacan con razón, serán al frente de sus Estados
simples gobernadores obedientes a la autoridad pontifical y al mandato
de la Compañía. Cada nación, por grande que sea, equivaldrá a una
provincia del inmenso Estado de la Iglesia ideal gigantesco que un día
soñó el gran Gregorio VII y que realizaremos nosotros los hijos de San
Ignacio. Acabará esa escandalosa doctrina que se llama democrática; la
libertad morirá porque los pueblos han de ser cual los arbolillos de
jardín que son más hermosos al crecer guiados por la férrea mano del
hortelano; eso que llaman progreso desaparecerá de entre los humanos; el
hombre no creerá satánicamente, cual hoy, que lleva en su cabeza una
cosa que titula razón y con la que quiere explicarse todo lo existente;
el sentimiento universal será la adoración a Dios y a sus representantes
los compañeros de Jesús, y el mundo ofrecerá el hermoso espectáculo de
una vasta congregación de devotos dirigidos espiritual y materialmente
por nosotros. ¿Os agrada el cuadro? ¿Sentís renacer vuestra fe al pensar
que trabajáis por tan santa causa?
La religiosa hizo con la cabeza enérgicas señales de aprobación y don
Tomás añadió, cambiando su anterior tono de apóstol por el insinuante y
dulce que le era peculiar:
--Pues para la sublime obra, la Compañía necesita dinero, mucho dinero.
Cumplid, pues, vuestro encargo. Que la condesita de Baselga tome el
hábito de religiosa y que sus millones ingresen en el tesoro que hace
tres siglos venimos reuniendo... "ad majorem Dei gloriam".
PRIMERA PARTE
EL CONDE DE BASELGA
I
Un defensor del absolutismo.
En la madrugada del 1.º de julio de 1822, cuatro batallones de la
Guardia Real salieron a la callada de Madrid y se trasladaron al Pardo,
donde, con aire omnipotente, dispusieron que su amado rey el señor don
Fernando VII recobrase todos sus derechos de monarca absoluto y que
cayera el régimen constitucional nacido año y medio antes con la
sublevación de Riego en Cabezas de San Juan.
Fué aquello una chiquillada valiente, que costó la vida a muchos
infelices y en la que se dieron a conocer don Luis Fernández de Córdoba
y otros futuros generales que entonces eran simples tenientes, o más
bien dicho, pollos militares recién salidos del cascarón.
En aquella jornada, preparada en honor del absolutismo monárquico, sonó
por primera vez el nombre de don Fernando Baselga, conde de Baselga, que
era un rapaz recién salido de la escuela militar, vivo de genio,
despierto de mollera en lo tocante a travesuras, gran amigo de los
placeres y con el alma un poco atravesada, según decían sus compañeros;
pero a quien se le dispensaban sus faltas, que no eran pocas, en gracia
al alegre carácter y a la distinción caballeresca que sabía dar hasta a
sus actos más ruines.
El subteniente Baselga, de la Guardia Real, era una esperanza para
aquella corte de Fernando, que se sentía molestada bajo la influencia
liberal de la situación y deseaba el restablecimiento del absolutismo,
lo que significaba la vuelta de aquellos tiempos de Godoy y Carlos IV,
donde cada mañana se comentaban los escándalos palaciegos ocurridos en
la noche anterior, sucesos capaces de ruborizar a un Cuerpo de guardia,
y se rendía homenaje al querido de la reina, la que, por su parte,
cambiaba de amante cada semana.
Aquellos fueron los buenos tiempos, y no los que habían sobrevenido
después de 1820, en aquella inaudita época constitucional, donde los
mismos revolucionarios que trastornaron a la nación en las Cortes de
Cádiz, aquellos plebeyos insolentes y deslenguados, enemigos de Dios y
de la propiedad, como eran Argüelles, Martínez de la Rosa, García
Herreros, y otros no menos nombrados, pisaban las alfombras del regio
palacio con el carácter de ministros e iban a deslucir con sus casacas
mal cortadas aquel brillante golpe de vista que presentaban los salones
del rey, repletos de dorados uniformes, faldas de vistosos colorines y
sotanas rojas o moradas.
Cuando el joven subteniente se hacía estas consideraciones, sentíase
acometido de un furor sin límites. Aquello no era corte; el palacio real
no pasaba de ser un campamento del pueblo, la ola democrática lo invadía
todo y era preciso que los buenos servidores del rey se agrupasen a su
lado para barrer a todos los "negros" y devolver al palacio su antiguo
esplendor.
El condesito de Baselga experimentaba la misma desesperación del artista
convencido de que posee condiciones para hacerse inmortal y que, sin
embargo, no encuentra medios para darse a conocer del mundo.
El joven subteniente tenía la firme persuasión de que él podía ser el
más brillante adorno de una corte, y se desesperaba al pensar que, por
culpa de los liberales, allí no había bailes, saraos, ni ninguna de las
grandes diversiones de los antiguos tiempos, pues el rey se pasaba la
mayor parte del año en sus posesiones campestres huyendo de los motines,
asonadas y manifestaciones con acompañamiento de pedradas y palos, que
siempre venían a terminar frente a las ventanas de Palacio.
¡Si él hubiera nacido en otros tiempos!...
Ya se lo había dicho el revoltoso y viejo conde de Montijo, el mismo que
el año ocho acaudillaba, vestido de chalán y con el nombre de "el tío
Pedro", el motín de los lacayos y trajineros contra el favorito Godoy.
--Muchacho, tú hubieras hecho una gran carrera a vivir en la corte de
Carlos IV.
El no era ambicioso, no quería medrar; únicamente deseaba divertirse, y
divertirse mucho, y para ello necesitaba un escenario digno de sus
facultades, una corte donde menudearan las fiestas, las damas fueran
traviesas, se tuviera alguno que otro duelo, y desde el rey abajo todos
fueran galanteadores.
Para eso había entrado él en la Guardia Real, y como tenía la completa
seguridad, por informes fidedignos, de que Fernando pensaba de igual
modo y se veía obligado a reprimirse por culpa de los vencedores
liberales, de aquí que profesara a éstos un odio más vivo e inexplicable
que el que pudieran inspirarle sus tradiciones de rancia nobleza.
Por esto, olvidando momentáneamente el vino, la baraja y unas relaciones
nada platónicas, que más por amor propio que por pasión había contraído
con una duquesa casi cincuentona, dama de honor de la reina, hízose
hombre serio, metióse a conspirador, y entendiéndose con su compañero de
armas, el inquieto Córdova, que era quien se avistaba continuamente con
el rey y estaba en el secreto de "la gorda" que se preparaba contra los
liberales, encontróse a los veintiún años convertido en terrible
sedicioso, aunque no dejando por esto de ser tan superficial como de
costumbre.
Aquel condesito de Baselga era un hermoso ejemplar de la especie de
fatuos dañinos, y honraba tanto en lo físico como en lo moral a su
privilegiada clase demostrando que en la nobleza no todas las familias
degeneran a pesar de los incesantes cruzamientos entre individuos de
idéntica sangre.
Su familia, tan cargada de blasones y pergaminos como escasa en
peluconas, habíase mantenido hasta entonces pegada al terruño en lo más
aislado de Castilla la Vieja odiando a la corte y considerando
únicamente como iguales a los individuos de aquella nobleza rústica, que
no doblaba el espinazo ante los favoritos de los reyes, nobleza que
guardaba encerradas en sus casas solariegas las tradiciones de los
feudales tiempos y que se comía sus cosechas al calor de la blasonada
chimenea, teniendo por única ocupación la caza y por exclusivo
esparcimiento la diaria misa mayor, las vísperas y alguno que otro
rosario.
La guerra de la Independencia por un lado y las Cortes de Cádiz por
otro, removieron toda la nación; los franceses a cañonazos, y los
diputados con leyes y decretos, sacaron de su marasmo a clases que
permanecían tan quietas como la momia de un Faraón en lo más hondo de
la Pirámide; y aquellos restos semifeudales de la nobleza castellana
fueron arrojados de sus vetustos caserones por el azar de las
circunstancias y entraron en plena vida para contaminarse, como todas
las otras clases, con el ambiente social.
Entonces, como tronco que arranca y arrastra el torrente de una
inundación, el joven conde de Baselga fué desgajado del riñón de
Castilla donde había crecido y llegó a Madrid contando como único
capital el puñado de duros que cada seis meses le enviaba el cura de su
pueblo como administrador de sus reducidos bienes señoriales, y
especialmente aquellas prendas físicas que, según testimonio de los
expertos en achaques de corte, le harían ir lejos, muy lejos.
Sus progenitores habían muerto al terminar la guerra; su padre, a
consecuencia de fatigas experimentadas en la lucha contra los franceses,
pues había querido organizar una guerrilla y de la campaña sólo había
sacado escasa gloria, muchas penalidades y bastantes golpes; y su madre,
a causa de los numerosos sustos que la habían producido las continuas
fugas y ocultaciones para no caer en manos de los invasores.
El condesito no tenía a los diez y seis años otro arrimo y amparo que el
duque de Alagón, gran señor de la corte, con el que le unía un lejano
parentesco; pero en esto le favoreció la suerte, pues llegó a Madrid en
1815, o sea cuando estaba en su período álgido la reacción, cuando el
pueblo era feliz gritando: "¡Vivan las cadenas y la Inquisición!", y
España entera adoraba una trinidad tan respetable como la católica,
compuesta por Fernando "el Deseado", el exaguador Chamorro, bruto con
suerte, que tenía el privilegio de provocar la carcajada real relatando
chuscadas del Matadero, y el citado duque de Alagón, personaje
respetable y necesario para la felicidad del Estado, cuyas funciones
consistían en llevar la cuenta de los conventos de monjas que esperaban
la visita de Su Majestad y acompañar al monarca en sus excursiones
nocturnas a casa de Pepa "la Naranjera", o alguna otra notabilidad
manolesca que tenía el privilegio de distraer el fastidio de aquel a
quien los predicadores de la época ponían en parangón con Dios.
Bajo la poderosa protección de tan digno personaje hizo el joven conde
sus estudios.
Cerca de cuatro años invirtió en abrir un resquicio en su mollera a un
escrúpulo de matemáticas y un poquillo de táctica y estrategia, pero
como en aquel entonces tener un padrino como el duque de Alagón
equivalía casi a ser pariente del Espíritu Santo, pronto ingresó en la
Guardia Real con el grado de subteniente y fué presentado al rey y a las
principales damas de la corte.
No fué pequeño el efecto que causó en Palacio, atendida la
insignificancia de su posición. El monarca, que a la sazón andaba muy
preocupado con la Constitución que acababa de jurar y las crecientes
pretensiones de los liberales, desarrugó, sin embargo, el entrecejo y le
dispensó una sonrisa y algunas chuscadas de su repertorio, con las
cuales demostraba conocer las aventuras del joven subteniente, y en
cuanto a las damas de la corte, señoronas de carne hinchada, mascarilla
de colorete y peinado de tres pisos, le dedicaron las más insinuantes
sonrisas y recogieron sus pomposos vestidos para que se sentara a su
lado aquel nuevo manjar sano y apetitoso que llevaba en su interior la
energía vital de cien generaciones libres de la anemia de las capitales
y fortalecidas por la vida del campo.
En verdad que Baselga merecía tan afectuoso recibimiento.
Era el más hermoso animal que en muchos años había entrado en la corte
para satisfacción del capricho femenil de las grandes damas.
Su esqueleto podía figurar, por su tamaño y fortaleza, en un museo, y
sobre sus huesos de gigante llevaba un apretado tejido de músculos y
nervios capaz de desarrollar la fuerza del atleta y refractario a la
enfermedad y a la fatiga. Su rostro tenía una expresión ceñuda que al
sonreír se convertía en maligna; llevaba con mucha gracia el recortado
bigote y las patillas a la rusa, en moda entre los militares de
entonces, y a tantos encantos físicos se unían los de una educación
distinguida, pues manejaba el sable como un cosaco, bebía sin caer, como
un arriero, miraba con desprecio a todo hombre que no llevaba uniforme y
jugaba con privilegio de ganar siempre, ya que todas sus fullerías sabía
sostenerlas después, como un matachín, con la punta de su espada.
Los cuartos que le enviaba el cura, su corta paga, algún que otro
socorro que le dispensaba su protector el de Alagón, y las trampas en el
juego, le permitían vivir con más boato que muchos de sus compañeros de
armas, y hasta se susurraba entre éstos que la duquesa madura cuidaba de
su brillante aspecto, renovándole el uniforme cada tres meses, con el
fin de que se presentara como el oficial más elegante y apuesto de la
Guardia.
Sus calaveradas y rasgos de carácter eran uno de los temas obligados en
las tertulias elegantes, y hasta absolutistas tan ceñudos y malhumorados
como el duque del Infantado y el padre Cirilo Alameda, reían a
carcajadas al saber que Baselga se disfrazaba de majo e iba a las Cortes
para tener el gusto de arrojar a los diputados cortezas de naranja, o se
emboscaba al anochecer con algunos compañeros en la plaza de Palacio,
embozado hasta los ojos y con el sable desnudo, para emprenderla a
cintarazos con los mozuelos y mujeres que se colocaban bajo las ventanas
del regio alcázar llamando a Fernando "feo narizotas, cara de pastel".
Todas estas hazañas las consumaba el joven subteniente como en muestra
de agradecimiento al rey y al duque de Alagón, y para desahogar la rabia
que sentía contra aquellos liberales que, con sus costumbres puritanas,
impedían que fuera la corte lo que en los buenos tiempos y que en ella
pudiera lucirse un descendiente de los héroes de la reconquista que se
llamaba don Fernando de Baselga.
La fama de los despropósitos que continuamente cometía el calavera
subteniente fué haciéndose tan grande, que llegó a oídos de Fernando, y
éste, que entonces se ocupaba en urdir la conspiración número mil y
tantas contra la Constitución que voluntariamente había jurado, en uno
de los conciliábulos que a altas horas de la noche celebraba en su
alcoba con Alagón, Infantado y el joven Córdova, habló a éste de la
necesidad de interesar en el plan a Baselga.
--Señor--contestó Córdova con el desprecio que los hombres de genio
guardan para los fatuos--; ese hombre será útil para cuando demos el
golpe; pero, entretanto, puede comprometernos.
--No importa; háblale de mi parte. Es un bruto que sabrá animar a la
gente y te evitará descender a ciertos trabajos.
El joven subteniente, a quien el soberano había agraciado con tan
hermosa calificación, recibió con el mayor placer las indicaciones de su
compañero de armas, y estuvo a punto de desmayarse de satisfacción al
saber que Su Majestad había pensado en él para tan delicada empresa.
Desde aquel momento se olvidó de todo para dedicarse exclusivamente a la
vida de conspirador.
¡Qué actividad la suya! ¡Con qué elocuencia sabía hablar a sus
compañeros para decidirles a que desenvainaran su espada contra el
Gobierno! A los amigotes de riñas y francachelas pintábales con
arrebatada oratoria la necesidad que había de cortar a los liberales
esto, aquello y lo de más allá; a los que sentían sus mismas aficiones
entusiasmábalos describiendo lo que sería la corte así que la Guardia
echara abajo la maldecida Constitución, y a los que se mostraban tímidos
e irresolutos intentaba atemorizarles diciéndoles con aire de matoncillo
que así que triunfase la buena causa se procuraría hacer en las horcas
una buena cuelga de aquellos que en los momentos de peligro no querían
defender los sagrados derechos del rey.
Pronto tuvo Baselga terminados sus trabajos de preparación, y no debió
hablar mal de ellos Córdova al rey, pues éste dirigía bondadosas
sonrisas al subteniente siempre que lo veía en Palacio.
Por fin, llegó el momento de dar el golpe.
Con motivo de ciertas manifestaciones de desagrado que el pueblo hizo al
rey, el 30 de junio, cuando se retiraba a Palacio, después de asistir a
la clausura reglamentaria de las Cortes, hubo sablazos y culatazos entre
la Guardia y la milicia nacional, con el consabido acompañamiento de
corridas y cierre de puertas.
Baselga comenzaba a estar en su elemento y varias veces propuso a sus
compañeros el dar allí mismo el grito de "¡Viva el rey absoluto!", y
volviendo a las Cortes, fusilar a todos los diputados.
Quería acelerar el movimiento con un acto disparatado, y ya que no pudo
lograrlo en aquel momento, por la tarde lo consiguió, pues a las puertas
del mismo Palacio Real, y por consejo suyo, unos cuantos soldados
hicieron fuego por la espalda sobre don Mamerto Landaburu, capitán de la
compañía de Baselga y a quien éste odiaba por sus ideas liberales.
Después de un crimen de tal importancia realizado al grito de "¡Viva la
monarquía absoluta!" ya no cabían vacilaciones.
La milicia nacional, la guarnición de Madrid afecta al Gobierno, y el
pueblo, caerían inmediatamente sobre los agresores y la conspiración
quedaría desbaratada, lo que obligó a tomar a los conspiradores una
resolución definitiva.
Cuatro batallones de la Guardia Real salieron aquella misma noche de
Madrid, mandados por oficiales jóvenes y de poca graduación, pues el que
más, era capitán.
El conde de Baselga iba al frente de medio batallón, contento de la
aventura y con todo el empaque de un ilustre caudillo.
II
El 7 de julio.
Al anochecer del día 7 de julio, entre las gentes de alta estofa
reunidas en los salones del Palacio Real, reinaba una alegría no exenta
de zozobra.
Se esperaban graves acontecimientos para dentro de breves horas.
El rey, bajo frívolos pretextos, mantenía a su lado a los ministros
liberales; los cortesanos comenzaban a tratar a éstos más como vencidos
y prisioneros que como gobernantes, y fuera de las doradas cámaras, en
las antesalas escalinatas y patios, vociferaban los soldados de la
Guardia que no habían seguido a sus compañeros en la insurrección, y
permanecían allí para guardar la persona del soberano.
Aquellos pretorianos, actores indispensables de la tragedia que se
preparaba, eran tratados como canónigos por la servidumbre de Palacio,
que se extremaba en llenar sus estómagos para que así adquirieran nuevas
fuerzas y supieran batirse firmemente con los liberales.
Los platos humeantes, recién salidos de los fogones, los fiambres
costosos, las frutas raras, los helados exquisitos y los vinos, que
hacía ya muchos años dormían en las bodegas de Palacio bajo espesa capa
de telarañas y polvo, salían a borbotones por la puerta de las cocinas
en brazos de diligentes pinches, y eran distribuídos entre aquellos
mocetones uniformados, tan gallardos como brutales, que con el fusil
bajo el brazo recogían el regalo del rey y lo partían alegremente con
sus amigas, alegres mujercillas que habían llegado de los barrios más
extremos de Madrid al olor de la fiesta.
Las antecámaras estaban convertidas en comedor, y cada rincón o hueco de
escalera en un burdel.
La licencia soldadesca se posesionaba a sus anchas del regio alcázar, y
el rey y sus cortesanos lo veían pero callaban.
Convenía acariciar y sufrir antes de la pelea a aquellos perros de presa
que iban a ser arrojados contra la Constitución.
A intervalos aparecía en los tejados de Palacio una gran linterna roja
que se movía con señales de telegrafía misteriosa, y a la que contestaba
allá a lo lejos, con idénticos movimientos, otra del mismo color desde
las alturas del Pardo que ocupaban los batallones insurrectos.
Aquello, según las gentes enteradas de los secretos de Palacio, era la
señal convenida entre el rey y sus pretorianos para que éstos cayeran
sobre los liberales que defendían Madrid y que se mostraban descuidados
y muy ajenos de esperar ataque alguno.
La contestación que marcaba el farol del Pardo, produjo en los regios
salones la más grata impresión.
Los cortesanos se felicitaban mutuamente, y los frailes y clérigos
estrechaban las manos de los grandes de España y generales de salón,
dándose plácemes por el próximo triunfo que devolvería a las clases
tradicionales sus antiguos privilegios, desterrando de la nación los
demonios de la libertad y del progreso.
--¡Van a venir!--decía con gozo un obeso canónigo a un acartonado
gentilhombre.
--Pronto tendremos absoluto a nuestro señor don Fernando.
--¡Absoluto!--exclamaba con alegría casi frenética y frotándose las
manos el esférico prebendado--. ¡Absoluto! Eso es; y que podamos arrojar
pronto lejos de nosotros la polilla liberal.
Fernando, en tanto, rodeado de sus inseparables duques de Alagón y del
Infantado y de otros cortesanos íntimos, celebraba con su chusca risa de
canalla la mala jugada que les preparaba a los liberales.
Los cuatro batallones de la Guardia no anduvieron perezosos en cumplir
lo prometido por medio de aquel extraño telégrafo óptico.
Seis días de inacción, de crueles indecisiones y de ver que en toda
España nadie se levantaba a secundar el movimiento, conforme el rey
había prometido, destruyeron un tanto la disciplina militar e
introdujeron el desorden en las filas.
Córdova hacía esfuerzos para que no se malograra aquella empresa, de la
que él era el alma.
Los liberales, por una extraña apatía, habían dejado a los guardias que
permaneciesen tanto tiempo sublevados en los alrededores de Madrid; pero
era de esperar que de un momento a otro cayeran sobre ellos,
aplastándoles con el peso de su superioridad, y por esto los directores
del movimiento decidieron tomar la ofensiva presentándose
inesperadamente en la capital y poniendo de su parte la gran ventaja de
la sorpresa.
El condesito de Baselga ayudó mucho a Córdova en la tarea de decidir a
los compañeros a caer sobre Madrid.
Aquel matoncillo de corte deseaba con ansia tomar parte en una función
de guerra y hacer contra la libertad algo más serio que darse de
sablazos con los milicianos en la plaza de Palacio o de bofetadas con
los patriotas que aplaudían en la tribuna de las Cortes.
El deseo de los más levantiscos se impuso a la cautela de los más
prudentes, y los cuatro batallones emprendieron la marcha a las diez de
la noche.
Baselga mandaba una compañía, y muchas veces volvió la cabeza durante la
marcha para contemplar el ciento de altas gorras de pelo que en
correctas líneas se movían detrás de él entre el bosque de cañones de
fusil que brillaban al fulgor misterioso de un cielo sin luna, pero
poblado de estrellas.
Allá abajo debía estar Madrid, el antro donde se guarecía el monstruo
liberal que aquellos caballeros andantes del absolutismo iban a
exterminar; y los guardias miraban ansiosamente hacia adelante, como
queriendo entrever los contornos de la población en la semiobscuridad de
la noche.
Cuando los cuatro batallones llegaron a las tapias de Madrid,
apoderáronse fácilmente de un portillo y entraron en la capital.
Cambió entonces el aspecto de aquellas fuerzas. Algunos de los reclutas
de la Guardia, entusiasmados por el buen resultado de la sorpresa,
gritaron: "¡Viva el rey neto!"; pero las escasas voces fueron ahogadas
por los veteranos, soldadotes duchos en la guerra, que llevaban sobre su
pecho, en forma de cruces, el recuerdo de las más célebres campañas de
la Independencia y a quienes la gente llamaba los barbones de
Ballesteros, por la gran afición que demostraban a dejarse crecer los
pelos de la cara.
Había que caer por sorpresa sobre los liberales; era preciso no
avisarles con gritos ni disparos, y por esto los batallones, a la
desfilada y rozando las casas, fueron deslizándose a lo largo de las
calles.
Aquellos paladines de la legitimidad monárquica avanzaban con la vil
cautela del asesino que va a caer sobre el enemigo descuidado.
Pronto cesó tal situación. Al volver la cabeza del primer batallón una
esquina, encontróse frente a una patrulla liberal que recorría,
vigilante, la ciudad. Sonó un tiro, después una descarga, y los vivas a
la Constitución y al absolutismo se confundieron con el tremendo rugido
de la fusilería.
Había ya empezado el combate y Madrid despertó de su sueño.
La milicia corrió a las armas; elevóse en las calles un rumor semejante
al bostezo de la fiera que despierta sorprendida por el primer tiro de
los cazadores, y en los puntos más céntricos de la capital fueron
reuniéndose los batallones de la milicia nacional y los patriotas
armados que deseaban luchar por la libertad.
La plaza Mayor era el punto cuya posesión más interesaba a los
insurrectos realistas y allí se dirigió la Guardia Real en varias
columnas y siguiendo distintas rutas.
Baselga, sin separarse de Córdova, al que profesaba tanto respeto como
admiración, púsose al frente de los quinientos hombres que iban a atacar
la plaza por el callejón llamado del Infierno, y denodadamente comenzó a
avanzar.
Aquel truhán palaciego era valiente y tenía la audacia del bandido
cuando se ve en peligro.
El tiroteo que se inició en la calle de la Luna había puesto en guardia
a los defensores de la plaza Mayor, y al extremo de aquella angosta y
oscura callejuela, bajo el amplio arco que daba acceso a la plaza,
destacábanse, al rápido resplandor de los fogonazos, los enormes chacós
de los milicianos terminados en orondos pompones, y las figuras
bizarras, aunque poco militares, de aquellos tenderos, abogados y
oficinistas que en días tranquilos jugaban a soldados con infantil
complacencia y que en aquella noche, por uno de esos raros fenómenos que
surgen en la historia cuando menos se les espera, se disponían a morir
como héroes.
La espesa granizada de balas de fusil rugía en la estrecha garganta de
la callejuela, salpicando las paredes, acribillando puertas y ventanas y
derribando los acometedores, de los cuales muchos avanzaban apegados a
los muros y amparándose de sus huecos y salientes, mientras que otros,
situados en el centro de la angosta vía, hacían fuego a pecho
descubierto o desafiaban a la muerte, siguiendo adelante sin otra
defensa ante su pecho que la punta de la bayoneta.
Baselga atacó con el ardor de un granadero. En el primer empuje se vió
próximo a la sombría arcada, cuyas negras fauces se iluminaban con el
instantáneo relámpago de la fusilería; casi llegó a tocar con la punta
de su espada aquellos grupos de azules capotes, charreteras encarnadas y
gigantescos morriones que cubrían, como animada barricada, la entrada
de la plaza; pero inmediatamente tuvo que retroceder, pues se encontró
solo. Ninguno de aquellos guardias de tan reconocida bravura había
conseguido avanzar tanto.
Los audaces estaban tendidos en el suelo y los demás se replegaban al
fondo de la callejuela, hostigados por las incesantes descargas de
fusilería.
El condesito volvió adonde estaban los suyos y allí encontró a Córdova,
que, con el rostro contraído por el furor y los ojos saltando de sus
órbitas, arengaba a los soldados y se disponía a cargar a la bayoneta,
forzando de este modo la entrada de la plaza.
Formóse la columna. Agitando sus espadas pusiéronse al frente los
oficiales y aquella masa de hombres y de hierro que por debajo era
monstruo de innumerables y feroces piernas, y por arriba confusa
aglomeración de bayonetas y colosales gorras de pelo, partió con
arrolladora furia sobre el montón de milicianos que servía de
inexpugnable muralla a la arcada y que esperaba el ataque con el frío y
terco valor del hombre pacífico a quien el entusiasmo convierte en
soldado.
La granizada de plomo no detuvo al monstruo de hierro en su precipitada
carrera; el suelo de la calle tembló bajo tan uniformes y aceleradas
pisadas, y sobrevino el choque, brutal, ensordecedor y furioso como el
tremendo topetazo de dos bestias prehistóricas.
Las bayonetas de una y otra parte se cruzaron buscando con rabia los
enemigos pechos; los fusiles, todavía humeantes, voltearon sobre las
cabezas, esgrimidos como mazas de combate, y a las respiraciones
jadeantes acompañaron rugidos de rabia, gemidos de dolor y vivas a la
libertad y al absolutismo.
El brutal encuentro duró sólo algunos instantes. Pugnaron ambas masas
por repelerse mutuamente; las filas de la milicia parecieron abrirse un
tanto con los movimientos de la lucha, y un gran número de guardias,
aprovechando el claro, introdujéronse en la plaza con la audacia del que
comienza a sentirse vencedor.
Un nuevo obstáculo vino a cerrarles el paso. Allí estaban, hasta
entonces inactivos, los jinetes de Almansa, aquel terrible regimiento de
Caballería cuyos soldados y oficiales eran el núcleo de todas las
sociedades secretas y el principal elemento de las algaradas
revolucionarias y que ostentaban el lema de "Libertad o Muerte".
Cayó el tropel de caballos con arrolladora furia sobre la manga de
guardias que iba introduciéndose en la plaza, y éstos viéronse
arrollados y obligados a retroceder.
Aquellos terribles liberales sabían pegar recio con sus sables, y
cuantos intentaron oponerse a la carga cayeron acuchillados por los
centauros de la revolución.
Deslizábanse los viejos soldados por entre los grupos de caballos,
pugnando por llegar al centro de la plaza; pero por todas partes
encontraban cerrado el paso y tenían que retroceder esquivando con el
fusil un diluvio de tajos y estocadas.
Baselga había sido de los primeros en penetrar en la plaza y quiso
resistir antes que ser empujado por la Caballería nuevamente al
callejón.
A los sablazos de los jinetes contestó con toda su habilidad de
consumado espadachín; pero en una de las ocasiones que levantó su
espada, un sable, resbalando a lo largo de ésta, cayó sobre su hombro
derecho arrancándole media charretera y rompiéndole la clavícula.
Cayó inútil el brazo a lo largo del cuerpo; su mano abandonó la espada y
se consideró próximo a perecer entre aquel torbellino de hombres,
caballos y sables que vertiginosamente le envolvía.
Afortunadamente para él, la fuga de los guardias lo arrastró, y con toda
la vaguedad de un sueño vino a recordar, cuando volvió a encontrarse en
el fondo de la callejuela, lo que había ocurrido en la plaza y cómo
salió de ella entre empujones, golpes y bayonetazos esquivados, por
aquella arcada tan valientemente defendida por los milicianos.
Baselga, al verse con los suyos, que habían vuelto a rehacerse, recobró
su habitual energía, y para demostrar con cierta pueril complacencia que
no hacía gran caso de la herida, creyó muy propio proferir algunas
interjecciones contra aquella "gentecilla" de la milicia que tan dura
era de pelar y con tanta tenacidad defendía su alabada Constitución.
Para ser unos tenderillos--como decía Baselga despreciativamente--, se
batían muy bravamente aquellos milicianos que juzgaban la Constitución
del 12 como el arca santa en cuyo interior se encerraba el tesoro de
todas las verdades y la suprema felicidad.
Ni por un instante decaía el entusiasmo de los defensores de la plaza
Mayor y nadie se hubiera imaginado horas antes que aquellos batallones
de la milicia, a los que daban cierto aspecto ridículo los honrados
burguesillos de rostro bonachón y abdomen prominente, haciendo
esfuerzos por tomar dentro de su uniforme un aire marcial, pudieran
llegar a tal grado de heroísmo.
Mezclados entre los milicianos que vivaqueaban desde el anochecer en la
plaza, figuraban los principales personajes de la revolución, los que
gozaban de más grande popularidad.
Riego, vestido de paisano y presentándose como un simple diputado,
animaba a los milicianos con marcial elocuencia e interrumpía su
peroración para coger el fusil de un herido y dispararlo contra los
asaltantes.
El general Morillo, el héroe de las guerras de América, con aquel gesto
avinagrado que le era característico, dirigía la defensa sin bajar de su
caballo, presentando fácil blanco a los tiros de los asaltantes.
El jefe de la milicia era el brigadier Palanca, aquel médico toledano
que en la guerra de la Independencia abandonó la curación de enfermos
para matar franceses y que a fuerza de seguir la original táctica de las
guerrillas llegó a convertirse en un completo y popular caudillo y poco
después en ardiente liberal.
Estos tres personajes mezclados con un sinnúmero de generales,
diputados, periodistas y oradores de club, que eran la representación
más genuina de aquella época revolucionaria, constituían el núcleo de la
defensa, siendo el alma de aquel gigante de hierro y fuego que alargaba
sus brazos relampagueantes y estremecedores por todas las avenidas de la
plaza.
La defensa, en vez de decrecer con el tiempo, iba en aumento conforme
transcurrían las horas, pues los liberales recibían nuevos refuerzos de
los extremos de la capital.
Las columnas de la Guardia Real, lejos de manifestar debilidad al ver
aumentado el peligro, redoblaban su empuje semejante al toro que se
enfurece pugnando por derribar con la testa un resistente obstáculo.
Pronto tuvieron los sediciosos que luchar con un nuevo y terrible
enemigo.
Los guardias, desde el fondo de las tres calles por donde dirigían sus
ataques, vieron rodar bajo las arcadas bultos informes e inanimados que
arrastraban los defensores de la plaza produciendo sordo ruido.
Al poco rato ya no fué la fusilería únicamente la que barrió las calles.
Un fogonazo más intenso que los anteriores enrojeció las sombras,
sonaron detonaciones ensordecedoras y la metralla rasgó rugiendo el
espacio para ir a incrustarse en aquellas masas de carne que se
amontonaban, preparándose a un nuevo ataque.
Los cañones daban una terrible superioridad a los liberales y los
guardias reconocían que era preciso apoderarse de ellos o resignarse a
morir despedazados por aquella lluvia de hierro.
Preparáronse a hacer el último esfuerzo y a morir si necesario era antes
que retroceder y ser barridos por aquel vendaval de plomo. Había que
hacer callar a las bocas de bronce aunque tuvieran que obstruirlas con
sus propios cuerpos.
Sin otro guía que la desesperación, rugiendo de rabia, en completo
desorden y viendo abiertos a cada instante nuevos claros en sus filas,
partieron veloces las columnas, como si quisieran aplastar aquellas
barricadas de hombres y cañones.
Estos redoblaron sus rugidos y pronto tuvieron junto a sus fauces de
bronce el tropel de desesperados que buscando la muerte, aclamaban al
rey, que a aquellas horas estaba en su palacio, si no muy tranquilo,
bastante descansado.
Aquella lucha furiosa hasta llegar a la demencia tomó un carácter tan
grandioso como el de los combates homéricos.
Los continuos fogonazos rasgaban en lívidas fajas la densa oscuridad y a
su instantáneo resplandor destacábanse los movedizos contornos de aquel
gigantesco montón de hombres tenaces en su idea de permanecer firmes o
de avanzar.
Con la fantástica y atropellada rapidez de las visiones del delirio,
vislumbrábanse en los instantáneos focos de luz que producía la pólvora,
las casacas azules de los guardias con sus rojas franjas sobre el pecho
a modo de alamares, las amplias levitas de los milicianos, las rojas
charreteras en desorden, los rostros contraídos por el furor o
ennegrecidos por la pólvora con la horripilante expresión de una imagen
dantesca, las gorras granaderas y los morriones pugnando y
entremezclándose y más encima un bosque centelleante de espadas y
bayonetas, machetes y escobillones de artillería que se agitaban
buscando la presa sobre quien caer.
Los cañones hacían fuego a quemarropa. Cada vez que rugían trazábase en
la apretada masa de hombres un surco rojizo; retrocedía aquélla con
instintivo movimiento y en el claro que existía por un momento, tendidos
en el suelo o pugnando por sostenerse, como espectros de una pesadilla,
veíanse seres mutilados y horribles que se retorcían con las
contorsiones de infernal dolor.
Aquello ya no era el combate de soldados civilizados, era la apoteosis
de la guerra, desprovista de toda conveniencia y mostrándose en su
salvaje desnudez. La pasión política y la desesperación convertía a los
combatientes en fieras. Un poeta al describir la nocturna batalla la
hubiera comparado en tal momento a un canto con estrofas de hierro y
fuego entonado en loor de la brutalidad de los hombres.
No podía durar mucho tiempo aquella hecatombe espantosa.
La Guardia, más por irreflexivo espíritu de conservación que por miedo,
retrocedió, recibiendo por la espalda el fuego de sus enemigos; pero
como avergonzada de su fuga, apenas se reconcentró al extremo de las
calles, volvió otra vez al ataque con furia todavía creciente.
Aquellos jóvenes oficiales, calaverillas de la guerra, que habían
efectuado la insurrección de la Guardia con la misma ligereza que una
aventura amorosa, comprendía ya la terrible situación en que
voluntariamente se habían colocado; veían claramente el compromiso
terrible contraído con sus soldados, a quienes llevaban a la muerte y
con su rey, que aguardaba el triunfo, y se arrojaban decididos sobre el
enemigo pensando más en la muerte que en la victoria.
Hay que hacer justicia a aquellos jóvenes fanáticos del realismo
absoluto que acometieron la loca aventura del 7 de julio y ensalzar el
valor heroico que desplegaron por tan despreciable causa.
El condesito de Baselga estaba fuera de sí.
Sentíase avergonzado y loco de rabia al pensar lo que dirían al día
siguiente las duquesas de la corte sabiendo que "los tenderos" de la
milicia habían derrotado a los valientes y dorados mozalbetes de la
Guardia; y esta idea horripilante le arrastraba al suicidio.
Ya no pensaba en penetrar en la plaza; tan sólo quería morir abrazado a
uno de aquellos cañones que tanto daño causaban y que vinieran después
las hermosuras cortesanas y hasta el mismo rey a contemplar el cadáver
de tan glorioso mártir del absolutismo.
Guiado por tal idea, mostrábase bravo entre los bravos, marchando el
primero en la columna, a pesar de que sólo con gran dificultad podía
mover su brazo derecho.
La metralla pasaba rozándole y hacía caer a los que más cerca estaban;
pero ni una sola vez se desviaba para tocar a aquel insensato que la
llamaba a gritos. Los rugidos de los cañones parecían a Baselga
sarcásticas carcajadas de la muerte que se burlaba de un amante tan
porfiado.
Varias veces llegó a tocar con su brazo casi inútil el bronce de
aquellos cañones, y otras tantas retrocedió arrastrado por el reflujo de
los asaltantes, que sólo por algunos instantes podían permanecer
batiéndose cuerpo a cuerpo y recibiendo las descargas a quemarropa.
En más de una ocasión la bayoneta de un miliciano pudo atravesar su
pecho con un solo ligero empuje; pero los defensores de la portalada le
respetaron, admirando su valor y tal vez compadecidos de su juventud.
Iba ya acercándose el amanecer, las sombras eran cada vez menos densas,
y la Guardia, extenuada por tan gigantescos esfuerzos y cada vez más
combatida por sus enemigos, convencióse de que era inútil su empeño.
Apenas esta convicción se extendió por las filas, aquellos bravos
batallones, en los que figuraban los más aguerridos veteranos del
ejército español, declaráronse en fuga.
Comenzaba el cielo a empaparse con la claridad de los rápidos
crepúsculos del verano; esa luz azulada y vaga propia del amanecer,
coloreaba los objetos, y los guardias, como horrorizados del desolador
aspecto del campo de batalla, y aun del que ellos mismos presentaban,
desordenáronse y apelaron a la fuga con dirección al palacio real en
busca de asilo, como los facinerosos de las épocas de fanatismo que,
huyendo de la justicia, se acogían al sagrado de las iglesias.
Los oficiales intentaron detenerlos; pero se vieron desobedecidos,
arrollados, arrastrados por aquella vertiginosa corriente de hombres, y
pronto los batallones, pocas horas antes de tan brillante aspecto,
corrieron azorados, revueltos y en espantoso desorden, perseguidos de
cerca por los defensores de la plaza Mayor.
Al entrar en la calle del Arenal aguardábales una tremenda sorpresa.
Las fuerzas liberales que ocupaban la Puerta del Sol acababan de recibir
tres cañones del Parque y enviaron un certero golpe de metralla a aquel
tropel de fugitivos.
Baselga marchaba de los últimos, avergonzado de la huída, y corría tan
sólo para detener a sus soldados, que eran sordos a las voces de mando.
Cuando sonaron los metrallazos desde la Puerta del Sol, vió caer a dos
soldados que iban delante, y al mismo tiempo sintió en una pierna un
golpe semejante al de un tremendo garrotazo.
Miró... y estaba lleno de sangre. Algo entre angustia y asfixia subió de
su estómago a la cabeza, parecióle que el suelo tiraba de él, y
tambaleándose como un borracho fué a detenerse con dolorosa
voluptuosidad en el umbral de una gran puerta.
A través de la nube sangrienta que empañaba sus ojos, vió Baselga pasar
por el centro de la calle, con la rapidez de una tromba, a los
batallones de la Milicia y del ejército liberal, que, con la bayoneta
calada, iban en persecución del enemigo.
Después, todo quedó a su alrededor desierto y silencioso.
Un rápido y creciente entumecimiento invadía el cuerpo de Baselga, y sus
facultades se amortiguaban gradualmente.
Cuando estaba ya próxima a extinguirse en él la noción del ser, le
pareció que alguien tiraba de sus hombros y lo arrastraba.
--¿Será esto la muerte que llega?--pensó el destrozado realista.
E inmediatamente su cerebro quedó inmóvil, sumergiéndose en la sombra.
III
La casa misteriosa.
Desde principios de siglo, llamaba la atención de los vecinos de la
calle del Arenal y aun de los que no siéndolo pasaban a menudo por dicha
calle, un gran caserón situado frente al antiguo convento de San Felipe
Neri, que tenía ese aspecto enigmático y terrible de los edificios sobre
los que pesa una leyenda terminada con su correspondiente maldición.
Ancha puerta eternamente cerrada y casi revestida con las pellas de
barro que sobre ella iban arrojando sucesivas generaciones de muchachos;
largos y panzudos balcones aprisionando entre el labrado de hierro de
sus balaustradas espesas capas de polvo y telarañas que se extendían
hasta cubrir las rotas vidrieras; paredes pintadas al fresco con
escenas mitológicas y atrevidos aleros con canalones terminados en boca
de dragón que en los días de lluvia arrojaban un verdadero diluvio sobre
los transeúntes; éstos eran los detalles más llamativos y principales de
aquella fachada que bajo la máscara de su decrepitud inspiraba horror a
todos los vecinos.
En las rendijas de la gran puerta crecían bosques en miniatura que
movían mansamente sus verdes cabelleras al pasar un transeúnte por cerca
de aquélla, y las ninfas y dioses olímpicos pintados en el muro estaban
descoloridos por la lluvia y los vientos y ostentaban con ademán triste
unas carnes enfermizas y amarillentas que habían surgido muchos años
antes sobradamente rosadas del pincel de un artista italiano.
Allí se encerraba un misterio; algo sobrenatural, algo gordo que haría,
sin duda, estremecer de horror hasta erizar el cabello; pero aunque
resulte triste el confesarlo, no andaban muy conformes las tradiciones
del barrio acerca del terrible suceso ocurrido en aquella enigmática
escena.
En tal caserón, lo mismo podía haber vivido algún maldito hereje que
vendiendo su alma al demonio fué arrastrado por éste al infierno en la
hora de la muerte, con rayos, truenos y nubes de azufre a estilo de
comedia de magia, que algún marido que terminara las adúlteras
relaciones de su esposa dando de puñaladas a la amorosa pareja, y
marchando después a un convento, no sin antes dejar bien cerrada la casa
para que nadie pisara más el lugar del espantoso crimen.
Todas las leyendas de aquellos tiempos de fanatismo, credulidad y
afición a lo absurdo, podían haber ocurrido en el caserón, incluso la de
haber servido de fábrica a monederos falsos, que era lo que opinaba un
barbero de la vecindad, hombre de cierta despreocupación y de eterno
sentido práctico, que en punto a suposiciones se adelantaba algunos años
a sus contemporáneos.
Sea cual fuera la historia de aquel caserón, por todos desconocida y que
a causa de esto cada cual relataba a su modo, lo cierto es que en el
barrio y en las gradas del fronterizo convento de San Felipe, lugar del
célebre "mentidero", era objeto de muchas conversaciones y de cierta
preocupación respetuosa. Las viejas al pasar junto a él, hacían la señal
de la cruz; los muchachos sólo en un arranque de audacia se atrevían a
ensuciar su frontera arrojándola pellas de barro, y al cerrar la noche,
más de un transeúnte, al acercarse al tétrico edificio, lo contemplaba
con recelo y apresuraba el paso.
Por desgracia para los espíritus inquietos y amigos de novelerías,
pronto cesó aquel misterio, pues una mañana aparecieron abiertos los
antiguos balcones, mientras que por el ya franqueable portón entraban y
salían a cada momento, para arreglar las diligencias propias de una
instalación laboriosa, unos cuantos criados, entre los que se
distinguían dos enormes negros y un vejete de aspecto tan ruin como
repulsivo, que miraba a todos con airecillo de superioridad.
Ocurrió esto a mediados de 1819, cuando la primera reacción
anticonstitucional estaba ya próxima a terminar y los absolutistas se
iban alarmando en vista de las muchas conspiraciones liberales que se
descubrían y las inequívocas muestras de revolución que se notaban en
las provincias.
Estaba entonces la curiosidad de las gentes más excitada que nunca, así
es que a los pocos días ya sabían los vecinos de la calle del Arenal
quién era la persona atrevida que iba a habitar una casa de tan malos
antecedentes.
Era la baronesa de Carrillo, joven señora americana, viuda de un alto
funcionario, muerto en Méjico por los insurrectos, y que venía a España
para salvar su vida y las muchas peluconas que constituían su fortuna,
de los riesgos que pudieran correr entre el torbellino de la revolución.
Esto lo supieron los vecinos de boca de uno de aquellos negrazos a costa
de pagar algunos vasos de vino en la taberna más cercana, y también
lograron tener la certeza de que la tal señora era muy buena católica y
temerosa de Dios, pues en su viaje la había acompañado un sacerdote y
eran muchos los curas que la visitaron en todas las poblaciones de
importancia que atravesó desde Cádiz a Madrid.
Esta última circunstancia tranquilizó a los curiosos vecinos y desterró
de su ánimo toda sospecha de complicidad diabólica.
Una señora que estaba en tal intimidad con las gentes de iglesia, no
podía tener ninguna relación con los malos espíritus que hasta poco
antes habían habitado aquella misteriosa casa.
Los sucesos públicos que a poco sobrevinieron, el ruidoso triunfo de la
revolución y las agitaciones propias de un pueblo que al verse en
posesión de su libertad experimentaba idéntica impresión que un muchacho
con zapatos nuevos borraron muy pronto en los vecinos de la calle del
Arenal la curiosidad que les producía todo lo que se relacionaba con el
célebre caserón y sus habitantes.
Las algaradas continuas, los motines a diario, los frecuentes paseos
nocturnos del retrato de Riego a la luz de antorchas y las agitadas
sesiones de los Clubs patrióticos, eran motivo de pública preocupación y
más que suficiente para que la gente se olvidara de los chismes y
enredos de vecindad que poco antes constituían su delicia y eran el tema
obligado de conversación.
Poco a poco, en el transcurso de año y medio, el misterioso caserón de
la calle del Arenal, a pesar de que su puerta sólo se abría varias veces
cada día y de que la señora que lo habitaba tenía cierto empeño en
dejarse ver poco, se convirtió en una casa vulgar, incapaz de llamar la
atención de nadie.
Si los compadres del barrio no hubiesen estado tan ocupados en los
asuntos políticos, y en vez de asistir por las noches a las tumultuosas
sesiones de "La Fontana de Oro", a oír los revolucionarios discursos de
Alcalá Galiano, o a las Juntas organizadoras de la Milicia Nacional,
hubiesen permanecido, como antaño, tomando el fresco a las puertas de
sus casas, de seguro que hubieran visto algo digno de ser comentado y
discutido.
Casi todas las noches el postigo de la gran puerta se abría lenta y
silenciosamente casi al mismo tiempo que por la parte de Palacio
aparecían en la calle dos hombres altos y recios que, a pesar de estar
ya bien entrada la primavera de 1822, iban embozados en largas capas,
semejantes a las usadas por los majos del Matadero.
Los dos embozados caminaban con afectada naturalidad hasta llegar a la
casa, pues así que estaban junto al entreabierto portón, miraban a todos
lados rápidamente y con alarma, acabando por desaparecer en la negra
abertura que inmediatamente quedaba cerrada.
Aquellos dos hombres y algún que otro cura, de aire humilde y sonrisa
seráfica, eran los únicos visitantes de la señora de la casa.
Aunque en la calle no dominara, por causa de las circunstancias, el
mismo espionaje que antes, no por esto faltaban comadres curiosas que se
hicieran pronto cargo de tales visitas.
Una vez conocidas éstas, la curiosidad se interesó en averiguar más, y
pronto hizo un gran descubrimiento.
En una corta temporada que la familia real residió en los jardines de
Aranjuez las nocturnas visitas quedaron interrumpidas.
La consecuencia que la curiosidad sacó de tal hecho fué inmediata. Los
dos embozados pertenecían a la corte y eran, sin duda, condes o duques
que se rozaban con las personas reales.
Dos años antes, cuando el grito nacional era "¡vivan las cadenas!", y la
aspiración de todo buen español "ser un gran servil", tal descubrimiento
hubiera bastado a aplacar la curiosidad de las vecinas, pues el deseo de
saber lo que no las importaba, podía hacerlas dar con sus huesos en la
Galera; pero no en balde se estaba en pleno período revolucionario y
dominaba el deseo de conocer todos los secretos de los de arriba para
hacerlos públicos y que el pueblo supiera qué clase de gentes eran
aquellos nobles que se tenían por seres privilegiados.
Noches enteras pasaron las buenas vecinas tras las ventanas y rejas,
espiando a los dos embozados, por si lograban distinguir sus rostros.
Pero fué inútil su intento, y no consiguieron distinguir la más pequeña
parte de sus caras, cubiertas por las alas del sombrero, el embozo de la
capa y la sombra de la noche.
La casualidad vino a satisfacer, por fin, los deseos de las curiosas.
Una noche (pocos días antes de la sublevación de la Guardia Real), el
postigo se abrió como siempre y los embozados aparecieron al extremo de
la calle, justamente cuando por la parte de la Puerta del Sol llegaba un
mozalbete, a quien la sobra de alcohol hacía andar en zigzag, y que daba
rienda suelta a su buen humor cantando con largos intervalos y algún
relincho la copla liberal de 1813:
"Un realista en un mesón
llamaba por que le abrieran,
y tanto y tanto llamó
que le abrieron... la cabeza."
Los dos embozados, al ver aquel inoportuno transeúnte, procuraron evitar
su encuentro marchando hacia el centro de la calle; pero el borracho,
con la tenacidad imprudente propia de los que están en tal estado, puso
especial empeño en manejar sus poco obedientes pies, de modo que fuera a
tropezar con aquéllos.
Yendo de un lado a otro de la calle, los unos por evitar el encuentro y
el otro buscándole, vinieron por fin a chocar.
El mozalbete dió con su barriga un fuerte golpe al más alto y elevó su
aguardentosa cara a la altura del embozo, pugnando por deshacer éste, al
mismo tiempo que exclamaba con ronca voz:
--¿Quién eres tú? Si tienes mucho frío, ven a echar unas copas.
El importuno se vió pronto sacudido por los dos embozados, que, sin
preocuparse de que dejaban sus rostros al descubierto, le agarraron con
sus manos, y después de moverlo en todas direcciones, le arrojaron al
suelo.
El borracho cayó sentado, conmoviendo el suelo con sus posaderas, y en
tan cómica actitud permaneció mucho rato, siguiendo con vista asombrada
a los dos embozados, el más alto de los cuales reía estrepitosamente,
procurando ahogar las carcajadas con el embozo.
Cuando ambos hubieron penetrado en el viejo caserón, el borracho, sin
abandonar su actitud, rascóse la frente, como quien duda, y al fin
murmuró, con la satisfacción del que se despoja del peso de un secreto:
--Que me maten, si ésos no son Narizotas y su alcahuete.
Las vecinas, que habían presenciado en sus escondites la anterior
escena, oyeron estas palabras, que fueron para ellas una completa
revelación.
Efectivamente; de los dos personajes, el más bajo tenía todo el aire del
duque de Alagón, favorito de Su Majestad y autor de servicios semejantes
a los que el jefe de los eunucos presta al Gran Sultán, y en cuanto al
más alto, era, sin duda, el ser privilegiado cuyo retrato, por la gracia
de Dios, figuraba en todas las monedas.
En la puerta de dicha casa fué donde cayó herido el conde de Baselga.
IV
El señor Antonio.
A ser poeta el gallardo subteniente de la Guardia Real, el tiempo que
permaneció sin volver a la vida le hubiera proporcionado tema suficiente
para componer un poema describiendo las vagorosas fantasías de la nada.
Hubo un instante en que perdió la noción de ser; pero este estado
negativo desapareció, y del mismo modo que se sale del sueño no para
despertar, sino para entrar en el ensueño, Baselga comenzó a sentir y a
pensar, sin volver por esto a la vida real, pues entró de lleno en las
nerviosas fantasías del delirio.
Sus oídos zumbaban como si fuesen cañones conmovidos por ensordecedores
disparos; le parecía que su cuerpo se hundía en un lecho de espuma de
jabón, cuya profundidad no tenía término, y por encima de sus ojos, que
veían estando cerrados, desfilaba una interminable procesión de seres
vagorosos de color azulado y formas grotescas, a fuerza de ser
extravagantes, que en la confusa memoria del subteniente despertaban el
recuerdo de los célebres cartones dibujados por Goya, inagotable almacén
de raras imaginaciones.
Algunas veces entre aquel extravagante desfile de visiones
contorneábanse rostros conocidos aunque desfigurados por diabólicas
sonrisas y, ¡cosa rara!, siempre eran aquellas fantásticas caras las de
seres que tenían motivos más que suficientes para odiar a Baselga. Dos o
tres muchachos de la Guardia, a quienes el subteniente había señalado
con su sable por quejarse de sus fullerías en el juego, desfilaron
haciendo visajes de alegría por encima de sus cerrados ojos, y tras
ellos, pálido, ensangrentado y llevando en los labios el nombre de su
mujer y de sus hijos, pasó el desgraciado Landaburu, aquel mismo capitán
a quien por sus ideas liberales había hecho asesinar Baselga el día en
que los batallones iniciaron su sublevación en la plaza de Palacio.
Aquellos fantasmas despertaban en el ánimo del atolondrado subteniente
algo semejante a un remordimiento y los contemplaba con miedo como
temiendo su venganza ahora que él se encontraba débil e incapaz de
defensa.
Pronto experimentó algo que le hizo estremecer y dar gritos de miedo y
de dolor. Los terribles fantasmas le rodearon con sus invisibles manos,
comenzaron a arañar en sus heridas excavando hondo, como si buscasen
algo, y cuando se cansaron de ver correr la sangre las oprimieron con
sus pesados brazos, causando al infeliz un dolor que le estremecía de
pies a cabeza.
Un calor insufrible se apoderó de todo su cuerpo: a Baselga le pareció
que el cerebro hervía dentro del cráneo y que éste iba a estallar de un
momento a otro, y tornó a abismarse en la sombra del no ser.
Cuando volvió a recobrar cierta noción de existencia, no fué para
delirar, pues abrió los ojos y se convenció de que estaba en el uso de
sus facultades aunque éstas estuviesen amortiguadas de un modo
alarmante.
Lo primero que vieron sus ojos fueron otros, grandes, saltones y de un
blanco amarillento, que le miraban muy de cerca y que correspondían a un
rostro negro como el carbón, adornado con una boca de labios hinchados y
coronado por una cabellera crespa y enmarañada.
Baselga, como buen realista católico, era supersticioso, y lo primero
que a su debilitado cerebro se le ocurrió pensar fué que había muerto y
que aquella cara negra y horrible que casi rozaba la suya era la del
diablo en persona.
Pronto se tranquilizó, reparando a continuación de tal rostro el cuello
de una casaca galoneada propia de un servidor de casa grande, pues
repasando rápidamente en su memoria las leyendas piadosas y los cuentos
de cuartel en que el diablo aparece bajo las más distintas formas,
recordó que éste en sus ratos de buen humor sólo había descendido a
disfrazarle de fraile, pero nunca se le había ocurrido vestirse de
lacayo.
No tardó en salir de dudas, pues la cara negra habló, y arrastrando las
sílabas con ese acento meloso de los americanos, preguntó al
subteniente:
--¿Cómo se siente el niño?
A Baselga no se le ocurrió hablar y por toda contestación se sonrió de
un modo lúgubre.
--Hace bien el niño en no hablar--continuó el negrazo con acento
cariñoso--. Los hombres malos le han hecho mucho daño y en casa todos
temíamos que iba a morir. Yo y el negro Juan fuimos los que bajamos a
por el niño esta mañana cuando estaba casi muerto en la puerta.
El subteniente, impulsado por el reconocimiento, quiso incorporarse para
dar la mano al negro; pero inmediatamente sintió agudas y estremecedoras
punzadas en el hombro y la pierna, donde tenía las heridas.
Fijó su atención en estas partes de su cuerpo y notó que las tenía
oprimidas con fuertes vendajes que le causaban cierta angustia.
--No se mueva el niño--dijo el negro con su acento indolente--. No se
mueva, y si quiere algo pídalo que yo se lo traeré.
Separóse el negro al decir esto de la cama y entonces notó Baselga que
junto a ésta y sobre una mesita ardía un quinqué con pantalla verde,
objeto que entonces era de reciente novedad y que sólo se permitían
usar las gentes acomodadas.
Aquella luz acabó por traer al herido a la realidad.
--¿Qué hora es?--preguntó con voz desfallecida después de hacer un gran
esfuerzo.
--El reloj de San Felipe ha dado las nueve hace muy poco.
--¿Desde cuándo estoy aquí?
--Desde esta mañana, señor. La niña, desde el balcón, vió caer a su
merced junto a la puerta y nos mandó bajar para que le entráramos en
casa y no lo remataran los hombres malos. Toda esta noche pasada hemos
estado oyendo los tiros; la niña no ha dormido, y el negro Pablo, que
soy yo, quería ir, como en Méjico, a disparar contra los enemigos del
rey.
Estas palabras acabaron de despertar los recuerdos en la memoria de
Baselga, hasta entonces embotada. Aquello de "enemigos del rey" hizo
revivir en el subteniente la pasión de conspirador absolutista y
rápidamente acudieron a su mente los recuerdos de todo lo ocurrido en la
noche anterior y al amanecer de aquel mismo día.
Baselga experimentó ansiosamente el deseo de saber cuál había sido la
suerte de sus compañeros de armas, y preguntó con voz angustiada:
--¿Qué ha ocurrido en Madrid desde que caí herido?
--No sé, ciertamente, cuál ha sido la suerte de la Guardia. Negro Pablo
no ha salido de casa en todo el día, porque la señora no ha querido que
fuera yo en busca de un médico. El señor Antonio ha sido el encargado de
traer al cirujano esta mañana y al volver le he oído hablar con la niña
de graves sucesos que han ocurrido en la plaza de Palacio. Lo único que
sé de cierto es que los hombres malos pasan a grandes grupos por la
calle, cantando y dando vivas a eso que llaman libertad.
--No hay duda--murmuró Baselga, dejando caer la cabeza con desaliento--;
esos tenderillos nos han vencido.
En aquel momento, amortiguados y como si provinieran de larga distancia,
llegaron hasta la alcoba centenares de voces que con bastante
discordancia cantaban el himno de Riego y daban vivas a la Constitución.
Era el pueblo liberal que todavía celebraba con alegres manifestaciones
el triunfo de la mañana.
Baselga, a pesar de su debilidad y postración, se agitó como para huir
de aquellas voces que llegaban hasta él con sonido debilitado por muros
y cortinajes, y cerró los ojos.
--Señor--dijo el negro--. La niña y el señor Antonio me han encargado
les avisara apenas recobrara usted los sentidos.
--¿Quién es la niña?--preguntó Baselga con extrañeza.
--Es mi ama, niña Pepita, la señora baronesa de Carrillo, viuda del
gobernador de Acapulco.
--Y ese señor Antonio, ¿quién es?
--Es el señor; pero digo mal... no es el señor, pero poco le falta. Es
como si dijéramos el amo de todos los que aquí vivimos, menos de la
señorita.
--Será el administrador.
--Administrador, no, señor; pero sí una cosa parecida. Algunas
veces--continuó el negro, sonriéndose con cierta malignidad--da consejos
terminantes a la niña, que ésta sigue aun contra su gusto.
--¿Es joven tu ama?
--Casi como usted, y crea que si aquí se dejara ver tanto como en
Méjico, había de encontrar a cientos los adoradores.
--Es guapa, ¿eh?--dijo Baselga, que a pesar de su triste estado
comenzaba a preocuparse de niña Pepita, llevado de sus eternas aficiones
galantes.
--Pronto la verá usted y podrá juzgar. Muchas señoras miro cuando salgo
por Madrid, pero pocas he encontrado que puedan comparársele.
--Bueno; la veré y daré con justicia mi opinión.
Baselga, después de decir esto con displicencia, cerró los ojos, como
para indicar al negro su cansancio, y ladeó un poco la cabeza, huyendo
del reflejo de la luz.
El negro Pablo quedóse un rato mirándolo con estúpida fijeza, y
únicamente se movió cuando le pareció oír pisadas que lentamente se
acercaban.
Fuése el negro a la puerta de la alcoba, y sacando la cabeza por entre
los cortinajes, reconoció al recién llegado.
--Señor Antonio--dijo con voz queda--, el niño se ha despertado ya. He
hablado con él y ahora mismo acaba de cerrar los ojos.
Apartóse el negro y entró en la alcoba el señor Antonio.
Su figura era extraña, y atendida la época resultaba un espantoso
anacronismo.
Ocurría aquella escena a mediados de 1822. Las modas igualitarias y
democráticas inventadas por la Revolución francesa hacía ya bastantes
años que imperaban en España, y, sin embargo, aquel hombre vestía como
en tiempos de Carlos III, que sin duda fueron los de sus mocedades.
Llevaba el pelo largo, recogido con una cinta sobre la nuca y trenzado
en coleta, y su traje componíase de chupa y calzones de paño negro,
raído, manchado y polvoriento; camisa con girindola, medias de color
indefinible y zapatos con hebillas holgados como pantuflas.
Tenía el rostro apergaminado y surcado por innumerables arrugas que al
menor gesto titilaban y se ponían en movimiento semejante al oleaje de
un mar alborotado, y sus ojos hundidos y pequeños apenas si marcaban la
pupila verde, inmóvil y gatuna tras el empañado cristal de unas enormes
gafas con pesado armazón de plata.
En el porte de aquella persona original percibíanse detalles que a
primera vista conocíase eran característicos, y de éstos los más
notables eran: el gran pañuelo de hierbas, asomando siempre sus
mugrientas puntas por entre los faldones de la casaca; el rosario, de
cuentas gastadas por el uso, escapando su extremo por uno de los
bolsillos de la chupa, mientras que del otro colgaba, sirviendo de
cadena del reloj, una rastra de medallitas terminada en esa cifra casi
cabalística que designan los devotos con el título de "Nombre de María".
El señor Antonio, tal vez por ser pequeño de estatura y falto de carnes,
no andaba encorvado humildemente, como muchos de su clase; pero a falta
de tal rasgo de servil amabilidad, disponía de una sonrisa que, aunque
afeaba más aquel rostro chato propio de una momia, le daba cierto tinte
de seráfica inocencia.
Baselga, que al notar la presencia del recién llegado había abierto los
ojos, contempló con atención a aquel personaje de exterior tan raro,
mientras que éste le miraba dulcemente con sus ojos claruchos de un modo
que parecía pedirle perdón por la molestia que le causaba.
El señor Antonio, después de vacilar, se decidió a ser el primero en
hacer uso de la palabra, y buscando en los registros de su voz el tono
más melifluo y humilde, preguntó:
--¿Cómo se siente usted, caballero?
--Mal, muy mal--contestó Baselga, a quien causaban gran incomodidad los
apretados vendajes.
--No lo extraño. Ha perdido usted esta mañana mucha sangre, y, además,
las heridas son de consideración. A pesar de esto, tengo la satisfacción
de manifestarle que su vida no corre peligro.
--¿Ha visto bien mis heridas el cirujano?
--Perfectamente. Es un hombre tan cristiano como inteligente, amigo de
la casa e interesado en salvar la vida de todo buen defensor del rey y
nuestra sacratísima religión. Cuando le extraía las balas esta mañana
murmuraba oraciones para que Dios librara pronto a usted de aquel
espantoso delirio, en el cual creía ver fantasmas que le arañaban las
heridas.
Baselga recordó entonces su atroces pesadillas, de las cuales aún
quedaba rastro en su memoria. Las manipulaciones del cirujano le habían
parecido, en estado tan anormal, crueles tormentos de seres fantásticos.
--Hay que reconocer--continuó el señor Antonio--que Dios ha querido
poner hoy a prueba la paciencia de los suyos destruyendo la obra de los
buenos.
--¿Es usted de los nuestros?--preguntó Baselga mirando ya con cierta
simpatía a aquel hombre que por su aspecto extraño le había sido
antipático a primera vista.
--¿Y quién no lo es, caballero oficial?--contestó el vejete con enfática
solemnidad--. Todo buen español debe ser enemigo de esos hombres
desaforados, sin conciencia ni respeto a las leyes divinas y humanas,
que no tienen más santos ni santas que Riego y la Constitución, que
quieren la perdición de la Iglesia y de sus sagrados e inviolables
derechos, que han arrojado a los buenos padres jesuítas que nuestro
señor don Fernando VII había vuelto a España para que labrasen nuestra
felicidad y que si Dios no lo remedia acabarán igualmente con el rey,
pues a nombre de esa libertad que siempre tienen en los labios, aspiran
a que desaparezca todo lo antiguo y más digno de veneración. ¡Locos!
¡Infelices! ¡Mentecatos! ¿Pues no hay entre ellos quienes hablan de eso
que llaman democracia y hasta quieren poner en práctica aquí las
infernales doctrinas de aquellos bandidos que hicieron el noventa y tres
de Francia? ¡Imbéciles! Como si las naciones pudieran existir sin reyes
que las gobiernen y frailes que las eduquen.
Y el vejete, que hablando al principio en tono natural, había ido
exaltándose poco a poco, paseaba nerviosamente al decir las últimas
palabras y cada uno de los epítetos que dirigía a los liberales, lo
marcaba con iracundas patadas que daba contra el suelo como si bajo de
sus pesados zapatos tuviera a la "Fontana de Oro" y a todos los clubs
revolucionarios que funcionaban en Madrid.
Baselga comenzaba a mirar con admiración a aquel hombre.
El subteniente, a pesar de todo su entusiasmo monárquico, era incapaz de
hilvanar un párrafo realista de elocuencia tan conmovedora como aquél y
confesaba su pequeñez intelectual ante el vejete que poco antes le
parecía despreciable.
El señor Antonio era, sin duda, un sabio tan eminente como el canónigo
Ostolaza u otro de los frailes de la camarilla de Fernando, y el
condesito de Baselga comprendía que podía recibir de sus labios grandes
enseñanzas con que deslumbrar, el día que se encontrara restablecido, a
sus compañeros de batallón.
Estuvo el subteniente mucho rato silencioso por si el viejo quería
seguir hablando sin tener él la imprudencia de interrumpirle el curso de
la peroración, y en vista de que no decía nada más contra la situación
política, se atrevió a preguntarle, con la cortedad de un discípulo al
dirigirse a su maestro:
--Diga usted, ¿qué ha ocurrido esta mañana al llegar los batallones de
la Guardia a la plaza de Palacio?
--Una cosa inaudita. Los campeones de la Fe han sido derrotados y
acuchillados por esos herejes. Dios, como antes he dicho, ha querido
probarnos. Los batallones llegaron a la plaza, y allí se detuvieron. Sus
perseguidores, los liberales, llegaron poco después y también
descansaron las armas impuestos por ese respeto que inspira la mansión
de los reyes. Entraron en tratos Morillo y los demás generales del
Gobierno con el rey nuestro señor para ajustar las condiciones con
arreglo a las cuales habían de rendirse los guardias; pero éstos, no
queriendo pasar por tal deshonra, volvieron a tomar las armas, y bajando
al Campo del Moro, huyeron de enemigos tan superiores en número.
--Y entonces, ¿qué sucedió?--preguntó Baselga con ansiedad.
--La caballería liberal y, sobre todo, el maldito regimiento de Almansa,
cuyos individuos son todos francmasones o comuneros, aprovechándose del
terreno llano, cargó a los cuatro batallones, y antes de que pudieran
éstos formar el cuadro, los acuchilló a su gusto, dejando el campo
sembrado de cadáveres.
--¿Y el rey?--volvió a decir el subteniente con impaciencia--. ¿Qué
hacía el rey?
--El señor don Fernando, asomado a un balcón de su palacio, azuzaba a
los liberales contra los guardias, gritando: "¡A ellos, hijos míos!
¡Que se escapan! ¡No dejéis uno con vida!"
--Eso es una gran canallada--dijo Baselga irreflexivamente dejándose
llevar de su indignación.
El señor Antonio quedóse mirándole fijamente por algún tiempo, y, al
fin, dijo con frialdad y calma:
--Caballero; el rey no se equivoca nunca, ni obra jamás como un canalla.
Es un representante de Dios en la tierra, y sus actos son indiscutibles.
Hay que analizar bien los hechos para atreverse a calificarlos. ¿Quién
le asegura a usted que don Fernando no veía en lontananza amenazada su
existencia por los vencedores liberales y únicamente para congraciarse
con ellos dió aquellos gritos? ¿Valen unas palabras sin importancia la
existencia de un rey? Nuestro monarca tiene el deber de vivir para que
sea feliz nuestro pueblo e hizo bien en asegurar su existencia con unas
palabrejas que esos liberales podrán interpretar como gusten, pero que
no tienen importancia.
El ínclito de Baselga quedó aplastado por aquella lección de realismo, y
miró al vejete aún con más admiración.
--Además, caballero--continuó el señor Antonio--, en todos los asuntos
hay que guiarse por los consejos de la sabiduría. ¿Cree usted que los
padres jesuítas son los hombres más sabios del mundo?
Baselga no tenía motivos para contestar, pues en su corta vida nunca
había tratado a ningún discípulo de Loyola; pero recordando elogios que
muchas veces había oído, y guiándose por sus aficiones reaccionarias,
creyó muy del caso hacer un gesto como extrañándose de que hubiera quien
pusiera en duda tan terminante verdad.
--Celebro que usted lo reconozca--dijo el vejete--. Pues bien; los
jesuítas enseñan que para lograr un fin no hay que reparar en los
medios, y el señor don Fernando no ha hecho más que seguir tan sabia
máxima al obrar esta mañana del modo que ya he dicho.
El herido asintió a tales razonamientos, y como aunque le gustaban mucho
las palabras del vejete, sentía cada vez más imperiosamente la necesidad
de descansar, deseó que acabara pronto aquella conferencia para él
fatigosa, y cerró los ojos.
--Comprendo que usted necesitará mucho descanso, porque su estado,
aunque no peligroso, es bastante grave. Me retiro, pues, y le advierto
que apenas necesite el más leve auxilio, aquí tiene a Pablo, que está
completamente a su servicio y que dormirá a la puerta de su alcoba.
El negro afirmó las palabras del señor Antonio con una estúpida sonrisa.
Baselga, que comenzaba a sentir invadido su cuerpo por una atroz
calentura, preguntó con interés:
--¿Ha dicho el cirujano cuánto tiempo tendré que permanecer de este
modo?
--¿Tiene usted mucha prisa en abandonar esta casa?
--Siento impaciencia por ir a participar de la misma suerte que aquellos
de mis compañeros que no hayan muerto.
--Pues siento decir a usted que tendrá que resignarse a permanecer mucho
tiempo aquí aun cuando se encuentre bueno, a menos que quiera morir en
un cadalso.
--¡Un cadalso!... ¿Tan cruelmente piensan los liberales castigar nuestra
sublevación?
--Es que usted no es sólo reo de insurrección, sino de haber ocasionado
la muerte a su capitán a las mismas puertas del palacio real.
--¿Cómo sabe usted eso?
--Señor conde de Baselga--dijo el vejete irguiéndose con cierta
majestad--; cuando se forma parte de instituciones poderosísimas, aunque
sólo sea como humilde átomo, se sabe mucho y se tiene conocimiento de
todos los hechos de importancia y de quiénes son sus autores. Yo sé
quién es usted, conozco su vida hace algún tiempo y también los grandes
servicios que ha prestado a la buena causa de Dios y el Rey.
El desmesurado amor propio de Baselga sintióse halagado por aquellas
palabras de tan entusiasta realista, y, a pesar de su calentura vió con
dolor que el buen viejo se alejara.
--¡Buenas noches--dijo éste haciendo un ceremonioso saludo--, que usted
descanse! Y en cuanto a ti, Pablo, ya sabes que estás aquí para obedecer
las órdenes de este caballero.
Estaba ya el señor Antonio en la puerta de la alcoba, cuando Baselga,
incorporándose cuanto pudo, le dijo, procurando reproducir el tono
galante que había aprendido en los salones del regio palacio:
--Salude usted en mi nombre a la señora de la casa, y hágala patente mi
profundo agradecimiento por su auxilio.
Volvióse el señor Antonio y dijo con expresión respetuosa:
--La señora baronesa de Carrillo, a pesar de su juventud y hermosura, es
tan católica como juiciosa, y está aún más interesada que nosotros en
defender los sagrados privilegios del rey.
V
Niña Pepita.
Era ya el octavo día que Baselga estaba en aquella cama, que, a pesar de
ser mullida, monumental y de interminable anchura, resultaba para el
joven potro inquisitorial que le producía las mayores desazones.
Nunca había permanecido él tanto tiempo acostado, y su sangre juvenil, a
pesar de estar debilitada, enardecíase con aquella larga inercia,
impulsando al subteniente a adoptar locas resoluciones.
El cirujano que le asistía estaba maravillado. Nunca había visto una
encarnadura tan privilegiada como la de aquel hermoso animal, para quien
las heridas graves eran insignificantes rasguños a juzgar por la
facilidad con que se cicatrizaban y la poca molestia que le producían.
A los ocho días, Baselga estaba ya poco menos que bueno, y su único mal
consistía en la gran debilidad que experimentaba a causa de la mucha
sangre que perdió.
La herida del hombro estaba casi cicatrizada y la de la pierna, aunque
no tan adelantada, la tenía ya próxima a curarse.
Baselga, obligado a permanecer inmóvil, distraía su fastidio dejando
vagar su imaginación por el espacio de las ilusiones, y como la política
sólo ocupaba en las aficiones del subteniente un lugar secundario, claro
está que su pensamiento había de reconcentrarse en el objeto de todos
sus apetitos; la mujer, y que esta mujer había de ser la baronesa de
Carrillo, aquella niña Pepita, de que hablaba el negro tantas veces como
se acercaba a la cama y de cuya hermosura hacía los más hiperbólicos
elogios.
El joven, a excepción de los ratos que hablaba de política y de los
sucesos del día con el señor Antonio, pasaba todo el tiempo conversando
con el negro Pablo, sondeándole y excitándole su afición a charlar para
ir recogiendo, entre la hojarasca de una palabrería bárbara e
insustancial, detalles interesantes sobre la vida y el modo de ser de
aquella beldad desconocida que ocupaba su pensamiento.
Conocía ya el subteniente hasta en sus menores detalles la historia de
la baronesa y la clase de belleza que poseía.
Guiándose por las revelaciones del negro, sabía que niña Pepita era
morena, que sus ojos negros tenían un mirar tan pronto grave como
picaresco, y que su cuerpo poseía toda la majestad de una reina de
teatro.
Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.
Su padre fué el barón de Carrillo, criollo descendiente de uno de los
compañeros de Hernán Cortés y que gozaba en Méjico de una buena fortuna
sin límites, consistente en tierras que se encargaban de hacer
productivas, animados por las caricias del látigo, innumerables
cuadrillas de esclavos.
Solterón huraño e incorruptible, aquel hombre americano parecía nacido
únicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo
religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los
jesuítas disponían a capricho de su persona y bienes, pues el barón de
Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la
intolerancia más decidido y audaz de cuantos seguían el estandarte de
Loyola.
Al expulsar Carlos III de España y sus dominios la negra polilla
jesuítica, el de Carrillo, por inspiración propia o siguiendo los
consejos de los dueños de su conciencia, protestó con las armas en la
mano contra la pragmática del rey e inició una revolución de fanáticos,
en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancherías. Pero el
movimiento no tomó cuerpo y los jesuítas viéronse arrojados de Méjico,
mientras que el barón, vencido por las tropas del Gobierno, fué
encontrado en una fortaleza y contempló confiscada por la justicia toda
su enorme fortuna.
Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consideró como traidor al
rey, por ciertas consideraciones le perdonó la vida, y como premio a su
afección por los jesuítas, fué condenado a eterna prisión, así como a la
pérdida de todos sus bienes.
La calma de la cárcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron
en aquel hombre adusto, fanático y casi autómata, un afecto hasta
entonces desconocido, pues el barón, con la salud profundamente
quebrantada y casi próximo a la muerte, se enamoró como un loco de la
hija del comandante de la fortaleza donde vivía encerrado. La muchacha
correspondió a su pasión y el resultado de tales relaciones fueron un
casamiento y la venida al mundo de niña Pepita, que no conoció a sus
padres, pues éstos murieron cuando tenía poco más de dos años.
La hija única del barón de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada,
pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se
había deshecho en manos de éste; pero a pesar de ello, nada faltó a la
niña, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mártir de la
causa de Dios.
Un poder superior parecía velar por el bienestar de aquella niña, de
cuya educación se encargó un señor Antonio García, comerciante de
Veracruz hombre cristiano y honrado--según decían sus amigos--y que
manejaba en su tráfico enormes capitales, que nadie sabía de dónde
procedían, así como tampoco persona alguna podía averiguar dónde iban a
depositarse las pingües ganancias que le producía su incesante comercio.
El ocuparse tal persona y algunas más de idéntica clase y profesión de
la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrédulos
que el jesuitismo no había desaparecido de Méjico, pues aunque los
padres con sotana habían sido barridos por la pragmática de Carlos III,
aún quedaban allí los jesuítas de hábito corto, valiéndose del inmenso
poder de su tétrica asociación para monopolizar el comercio y toda clase
de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes
murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creció siempre amparada por
oculta protección, hasta que a los dieciséis años se casó, o la casaron,
con el nuevo gobernador de Acapulco, noble español, algo ya entrado en
años, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la
madurez, y a quien el Gobierno envió a Méjico para que, robando con su
alto cargo a indígenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su
fortuna habían hecho el vicio y la disipación.
Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partían los
convoyes marítimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y
aquellos comerciantes misteriosos que habían amparado a ésta en su
infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por
los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros
interminables de peluconas.
Por desgracia para niña Pepita, llegaron los tiempos en que a los
indígenas les pareció muy pesado vivir unidos a una nación que les
explotaba dispensándoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie,
y comenzó la insurrección a levantar cabeza, obligando al gobernador de
Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaña en busca de los
rebeldes.
Algunos años permaneció indeciso el éxito de la lucha; pero, por fin, la
fortuna púsose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la
baronesa había demostrado su religiosidad y buen celo realista,
fusilando a cuantos revolucionarios caían en sus manos, le tocó a su vez
desempeñar el papel de víctima, y al caer prisionero de sus enemigos fué
macheteado de suerte que su cadáver, al ser encontrado, sólo pudo
identificarse por algunos indicios.
Quedó la bella Pepita viuda a los veintiséis años, sin familia y libre,
y como no era prudente permanecer más tiempo en aquel país donde la
revolución ganaba terreno por instantes y se corría peligro de que se
cumpliera el refrán de "lo mal ganado se lo lleva el diablo", la
baronesa púsose en camino para España, llevando en su compañía la
fortuna adquirida en Acapulco y a aquel señor Antonio, su eterno
protector, que abandonó los negocios por la misma razón que su
protegida.
Esta historia fué conociéndola Baselga a trozos, por boca de aquel negro
que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de
llenar con su imaginación algunos claros que resultaban en lo narrado.
El romántico nacimiento de niña Pepita--como llamaba el negro a su ama,
siguiendo la costumbre de los de su raza--, el país de donde procedía y
el afán de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de
cerca a aquella hermosura de un género para él completamente nuevo, pues
toda su crónica amorosa reducíase a las marquesas y duquesas de Palacio,
señoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas
como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por
dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.
Aquella mujer, en cuya casa estaba, había de ser algo muy diverso a las
ya por él tratadas; en su amor encontraría algo nuevo y original, que
hasta entonces ignoraba, y esto le hacía desear con ansia el conocerla.
Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede
llamarse la brutal pasión con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel
atleta, a pesar de su postración física.
Había, además, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de
misterioso en su vida, pues el condesito, que tenía en su memoria el
catálogo de todas las mujeres jóvenes, hermosas y elegantes que
residían en Madrid y que sabía al dedillo sus nombres y aun las familias
a que pertenecían, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado,
en el teatro del Príncipe ni en ningún otro punto de reunión de la
sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra
parte, no debía tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba
una casa con honores de palacio en una de las calles más céntricas de la
capital.
Cavilando Baselga continuamente sobre la incógnita hermosura pasóse los
días de su curación, y tan preocupado llegó a estar, que en sus diarias
conversaciones con el señor Antonio ya no se cuidaba de hablar de
política ni de preguntar por la situación del rey y la suerte de Córdova
y demás compañeros de la Guardia, pues hábilmente quería hacer recaer
siempre la plática sobre la señora de la casa; pero el astuto vejete,
que miraba al subteniente desde una altura inmensa, sabía desbaratar con
una sola palabra todas las artimañas preparadas por aquél para hacerle
hablar.
El señor Antonio tenía buen cuidado en decir al joven todos los días que
la señora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto
restablecimiento y que ya tendría el gusto de saludarlo tan pronto como
se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la
plática no nombraba más a su señora, y, además, adivinando los
pensamientos del joven, procuraba que éste tampoco trajera su recuerdo a
la conversación.
Llegó, por fin, el día en que el cirujano, después de examinar
minuciosamente las heridas, viéndolas perfectamente cerradas y limpio de
calentura al paciente, le permitió que se levantase de aquel lecho que
tanto le atormentaba.
Baselga no tardó en aprovechar el permiso, y calándose una bata del
señor Antonio que le prestó el negro, salió de la cama para dar algunos
pasos vacilantes por la habitación e ir, por fin, rendido por tal
esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un sillón colocado junto
a la única ventana de aquella estancia.
A través de los verdosos cristales veíase un patio de paredes negruzcas,
cuyo extremo superior estaba bañado por el sol refulgente, propio de una
mañana de verano.
El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel sillón,
distinguía, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa
luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares más tristes y
la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho,
produciéndole gran alegría y despertando en su cerebro un mundo de
risueñas ideas.
Baselga se sentía feliz. Experimentaba la misma impresión que el
náufrago que, después de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo
sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en
salvo.
Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de
julio, le parecían terribles ensueños de la noche anterior; su debilidad
de convaleciente era lo único que le recordaba tales sucesos; pero, en
cambio, sentía su pecho repleto de la satisfacción que le causaba la
vida, encontraba el mundo más hermoso que nunca, mostrábase orgulloso de
su juventud y de su fuerza, y su imaginación revolvía mil planes de
futura felicidad.
Parecía que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se había
deslizado en el interior del cráneo de Baselga, para dar a todas sus
ideas un color de rosa.
No pudiendo resistir el joven su satisfacción y deseoso de demostrarse a
sí mismo que la debilidad de la convalecencia no había de causarle tan
gran cansancio, se levantó del sillón, irguiéndose con arrogancia como
si estuviera en una formación de la Guardia frente a Palacio, y con un
paso que quiso hacer marcial, encaminóse a un gran espejo que ocupaba
casi un lienzo de pared y se miró en él de pies a cabeza.
¡Vamos! Había que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez
la tenía descolorida y el pelo estaba enmarañado; pero esto le daba
cierto aire interesante y romántico, muy propio para causar impresión en
una mujer de carácter novelesco.
Baselga, satisfecho de su rostro, bajó su vista para examinar su cuerpo
y..., ¡gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al
verse en tan ridícula catadura.
La bata del señor Antonio ya le había parecido, al ponérsela, tan
desteñida, sucia y mugrienta como todos los trajes del vejete; pero
ahora contemplaba en el espejo lo mal que caía sobre su cuerpo y sentía
impulsos de romperla en menudos pedazos.
Aquella pieza confeccionada para un cuerpo poco robusto, resultaba
estrecha y corta puesta sobre las carnes del gigantesco condesito, y
éste no podía ver sin sentir escalofríos de rabia sus piernas robustas y
vellosas que asomaban por bajo la bata para ocultar sus extremos en unas
pantuflas viejas, tan grandes, que a cada momento se escapaban de sus
pies.
¡Dios de Dios! ¡Cuán ridículo estaba! Ahora lo único que le faltaba es
que a la linda baronesa de Carrillo se le ocurriera entrar a visitarlo
para burlarse gentilmente viéndole en tal facha.
Solamente la idea de que esto pudiera ocurrir, le helaba la sangre al
fatuo subteniente, que sólo temía en el mundo al ridículo ante las
mujeres; pero aún vino a hacer más grande su terror el oír de repente
cierto roce de cortinas y el sonido de una carcajada femenil, a duras
penas contenida.
El condesito quedó como petrificado, y durante algunos momentos no se
atrevió a moverse ni a volver su vista hacia la puerta; pero no tardó en
revivir en él su instinto de conquistador, y rápido cual un relámpago
lanzóse a la entrada de la alcoba, tras cuyo tapiz le observaban
indudablemente.
Cuando llegó a tal punto y levantó la cortina, no encontró a nadie, pero
pudo oír el rumor de unos pasos ligeros que se alejaban y aun le pareció
distinguir en la puerta fronteriza a la que él ocupaba, el extremo de
una flotante falda azul, que desapareció con la rapidez de momentánea
visión.
Baselga no dudó ya. La hermosa baronesa era quien le había observado
tras aquel cortinaje y esto le puso de un humor infernal.
Nunca, ni aun en los días de mayor desesperación, había llegado él a
imaginarse que una mujer hermosa debía contemplar al oficial más guapo
de la Guardia en el mismo traje de un avaro de sainete, envuelto en
viejos trapos manchados de grasa y con las piernas al aire.
Después de tal suceso, ¿cómo iba él a enamorar a una mujer que había
tenido que reírse al verle en tan grotesca catadura?
Baselga, enterrado en su monumental sillón, pasó junto a aquella ventana
un día de perros, y cuando el negro Pablo entró con su pucherete de
enfermo, sintió la necesidad de desahogar su rabia y casi estuvo tentado
de tirarle los platos a la cabeza.
Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia
notó que su pierna derecha, aquella en que había recibido el casco de
metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a
balancearse sin gracia alguna.
Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espantó a aquel
valiente.
El que no había temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor,
se horrorizó de pensar que su hermoso físico acababa de ser afeado por
un defecto visible.
No era muy de notar aquella cojera. Algún descuido de la curación, algún
tendón interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya
no podía andar con aquella gallardía que tanto le distinguía en la
corte.
Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que
era su continua preocupación.
Acabó esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y después de
rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se metió en cama al
anochecer, echando maldiciones a la Constitución de 1812, a Riego y a
todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en
aquel aciago día.
Soñando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas
burlonas, en batas sucias que le oprimían como corazas de hierro y en
batallones de guerreros cojos, pasó el joven toda la noche presa de
nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despertó traspasando los
vidrios de la ventana y posándose en sus ojos, lo primero que éstos
vieron en su silla cercana fué algunas prendas de ropa interior de fino
hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.
Baselga, para convencerse de que no soñaba, saltó inmediatamente de la
cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenció
de que estaba despierto, sintióse dominado por infantil alegría y
comenzó a ponérselas con la satisfacción del muchacho que viste por
primera vez su traje de hombre.
Cuando el condesito acabó de abrocharse su casaca azul, fué a mirarse en
el gran espejo y experimentó una alegría sólo comparable por lo grande
al disgusto del día anterior.
Sin salir de la habitación encontró todo lo necesario para lavarse y
acicalarse y con fruición deleitante usó de aquellos artículos de
perfumería puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por
el joven como procedentes de un tocador femenil.
En Baselga, el estómago era el órgano que más parte tomaba en todas las
impresiones; así es, que cuando el negro entró con un enorme canjilón de
chocolate y una pirámide de bollos de Jesús, devoró el contenido de los
dos platos en un santiamén; y después, con aire satisfecho, encendió un
cigarrillo y se preparó a preguntar al criado algo sobre su señorita.
Pero el negro Pablo le ahorró tal trabajo, pues con aire confidencial
dijo casi al oído del subteniente:
--Hoy va a tener usted una visita. Niña Pepita vendrá a verle.
--¿Cómo lo sabes?
--He oído cómo se lo decía al señor Antonio, preguntándole si estaba ya
aquí el uniforme que hace unos días encomendó. El otro uniforme tuvimos
que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.
--¿Y sabes si tardará mucho la visita?
--No puedo asegurarlo. Niña Pepita tiene mucho que hacer por las
mañanas. Ahora está en misa y después tendrá que hablar con los padres
que vienen a verla casi todos los días.
--¿Qué padres son esos?
--Niña Pepita conoce muchos curas; ellos y dos señores que vienen
algunas noches, son las únicas visitas de la casa.
El subteniente iba a preguntarle más; pero en esto se oyó un lejano
campanillazo y el negro recogió apresuradamente los platos y salió
diciendo:
--La señora vuelve de misa. Ya está ahí.
Baselga quedó paladeando la alegría que le causaba saber que de un
momento a otro iba a presentarse allí aquella mujer que, aunque
desconocida, era la señora de sus pensamientos.
Algunas veces acudió a su memoria el recuerdo de lo ocurrido en la
mañana anterior, y esto le hizo experimentar cierta turbación; pero
inmediatamente renacía su antigua osadía de conquistador y ansiaba la
llegada de la incógnita beldad.
La impaciencia devoraba al condesito. Habían dado ya las nueve en el
reloj de San Felipe y la baronesa no venía; y no fué esto lo peor, sino
que la campana fué marcando las diez y las once, sin que la deseada
beldad diera señales de vida.
El subteniente estaba con el oído atento, y cada ruido de pasos lejanos
que llegaba a su habitación, le parecía ser la baronesa que se acercaba;
pero al sufrir nuevas decepciones, aumentaba su impaciencia.
Levantóse del sillón repetidas veces, entretúvose en golpear con los
nudillos los vidrios de la ventana tarareando cuantas marchas militares
conocía y acabó por plantarse ante el espejo y abismarse en su propia
contemplación, que era lo que más le distraía.
No estaba mal. El nuevo uniforme le caía a las mil maravillas y
únicamente se notaba en él la falta de charreteras. Pero..., ¡al fin!
¡Para ostentar el distintivo de simple subteniente!...
Hacíase estas reflexiones por centésima vez ante el espejo, cuando oyó
aquellos mismos pasos ligeros del día anterior que rápidamente se
aproximaban.
Ahora sí que era ella.
Baselga estiró su casaca, agitó sus piernas para limpiar el blanco
pantalón de arrugas y se apoyó en la dorada consola, tomando una actitud
estudiada y escogida entre todas las posturas que puede tomar un hombre
interesante.
Levantóse la cortina y entró la baronesa de Carrillo haciendo un
gracioso saludo.
Baselga no se sintió cegado por tanta hermosura, como sucede a los
héroes de las novelas, ni cayó de rodillas a los pies de la dama.
Limitóse a examinar rápidamente a la baronesa con ojos de experto
conocedor, la encontró soberbia y contestó al saludo con una respetuosa
reverencia.
Niña Pepita no era hermosa, sino guapa. Era alta y maciza de carnes, sin
carecer por esto de esbeltez. Su tipo de belleza no había que buscarlo
en los perfiles ideales de una Venus griega, sino en aquellas figuras
bizarras, carnosas y excitantes que, llenas de vida y de fuego, salieron
del pincel de Rubens.
Su rostro moreno y con tendencia a la graciosa redondez, tenía el tinte
ligeramente moreno de la perla, y sus dos principales adornos eran unos
ojos grandes, negros, tan pronto soñadores como interrogantes, y una
boca fresca, sonrosada y de labios algo gruesos, siempre entreabierta
para ostentar la dentadura admirable. Una nariz que en su extremo se
levantaba con cierta audacia, y algunos graciosos hoyuelos que aun se
marcaban más al sonreír, completaban aquel rostro que, a poco de ser
observado, ofrecía una mezcla extraña de aficiones a la alegría y a la
devoción.
Baselga, aunque inclinado, miraba con el rabillo del ojo la mujer que
tenía delante, y hacía de toda ella un detenido inventario, desde la
negra cabellera agolpada sobre ambas sienes en escalonados rizos, según
la moda de la época, hasta los pequeños, pero robustos pies que asomaban
sus zapatitos de tafilete bajo la falda, que era de las llamadas de
medio paso.
El vestido de seda color de rosa, estrecho, escurrido, rígido y con el
talle bajo el pecho, conforme a la moda entonces dominante, dejaba
adivinar un tesoro de embriagadoras formas, y Baselga, que sentía
renacer en su interior la bestia carnal, miraba con ojos casi saltones
la deliciosa y atrevida curva de un pecho espléndido, y las
magnificencias que parecían vibrar a cada paso bajo aquella falda
semejante a una tela mojada, según la fidelidad con que se amoldaba a
los contornos.
Aquella buena moza parecía no saber lo que era cortedad ni haber
experimentado rubor más que cuando a ella le conviniera; así es que
miraba con cierta lástima al subteniente, que a pesar de toda su fama de
calavera estaba turbado y balbuciente como un colegial al hacer su
primera declaración.
La baronesa tomó asiento en el sillón ocupado hasta poco antes por
Baselga e indicó a éste que viniera a colocarse en una silla inmediata.
El condesito vaciló. Iba a descubrir su cojera si no andaba con tiento y
por esto movióse con embarazo aun conociendo que haría una figura muy
ridícula.
--Ande usted con franqueza--dijo la baronesa riendo--. Ya sé que ha
tenido usted la desgracia de quedarse cojo, y no es caso de que sufra
por ocultarme un defecto.
El escopetazo era tremendo y Baselga quedó como dudando si había oído
tales palabras.
¿Qué mujer era aquella que con tal frescura se expresaba?
El condesito reconoció que ante aquella beldad que pretendía conquistar,
él quedaba muy pequeño y que para nada le valdrían sus experimentadas
artes de calavera.
VI
Galantería y devoción.
Cuando Baselga hubo tomado asiento frente a la dama y tan cerca de ella
que sin esfuerzo alguno podía pisar uno de aquellos pies que con algo
más importante asomaban bajo la falda demasiado recogida, quedó
silencioso un buen rato, no sabiendo cómo expresarse con una mujer tan
excesivamente despreocupada.
La baronesa, por su parte, seguía contemplando con aire burlón al
gallardo subteniente y esperaba con calma sus palabras.
--¡Cuánto tengo que agradecer a usted bella dama!--dijo por fin el joven
rompiendo aquel abrumador silencio--.
A usted debo la vida, pues sin su auxilio es probable que a estas horas
no existiría ni tendría la dicha de haberla conocido.
--No he hecho más que cumplir con mi deber, galante conde. Yo soy tan
realista y entusiasta por la buena causa como usted, y puede creerme que
siento que la sociedad no permita a las mujeres ciertos desahogos, pues
de lo contrario sería capaz de salir espada en mano a batirme con esa
canalla liberal.
--Estaría usted graciosísima en atavío militar--dijo Baselga sonriéndose
y recobrando su peculiar aplomo.
--No tanto como usted que siempre que entra en Palacio se lleva
prendidos muchos corazones de los botones de su uniforme. Pero... ¿qué
hace usted? Despacio, conde; no me pise el pie, que eso es costumbre de
muy mal gusto, indigna de un seductor de tanto renombre.
Baselga quedó nuevamente desconcertado por aquella franqueza arisca, y
ruborizándose como una niña, permaneció callado algunos minutos,
mientras que Pepita le contemplaba con la superioridad de la mujer que
tiene un frío imperio sobre sus pasiones y que sabe jugar con fuego sin
quemarse.
--Baronesa--dijo por fin el subteniente buscando palabras para salir del
paso--. A juzgar por sus palabras, usted me conoce hace algún tiempo.
--¿Quién no conoce en Madrid al conde de Baselga, la más gallarda figura
de la Guardia Real, el hombre adorado por las damas más encopetadas de
la corte?
--Parece baronesa, que se burla usted de mí al hablar en ese tonillo.
--Todo pudiera ser, señor Matamoros. ¡Eh! ¿Va usted, acaso a desafiarme?
--Hermosa baronesa: usted está autorizada para burlarse cuanto quiera de
mí, para tratarme como un perro, para hacerme pedazos si quiere, porque
yo le debo la vida, y aunque no...
--Usted nada me debe--interrumpió la baronesa--. Lo que por usted he
hecho es un servicio propio entre correligionarios, y... nada más. Pero,
continúe usted. Estábamos en el preludio de la declamación. Continúe
usted y procure no turbarse, como sucede a los cómicos sin experiencia.
--Búrlese usted cuanto quiera, pero óigame. Decía yo que aunque no le
debiera la vida, podría usted disponer de mi persona como de la de un
esclavo, porque yo ya no soy dueño de mis acciones, porque yo...
--¡Yo... la amo!--dijo Pepita, riendo como una loca y levantándose del
sillón para remedar la actitud de Baselga, que era la de un actor
amanerado.
--No está mal, señor conde--continuó mirando burlonamente al joven--.
Para ser un militar poco versado en literatura, según creo, sabe usted
decir cosas muy bonitas; ahora sólo le falta comparar su amor al himno
de un pájaro, al murmullo de una fuente o al susurro de un bosque, y que
me maten si no parece usted el galán de una comedia de don Pedro
Calderón.
Baselga volvió a quedar anonadado por la sempiterna ironía de aquella
mujer, y únicamente supo decir con voz balbuciente:
--¿Se burla usted?
--¿Qué me he de burlar? Lo que estoy es admirada de la facilidad con que
usted se enamora y de la manera original y distinguida con que sabe
expresar su pasión. ¡Ah, gran calavera! Por eso tiene usted tanto
partido entre las mujeres; con tan dulces palabras y algún pisotón que
haga ver las estrellas no hay beldad que se le resista. ¿Es así como
usted conquista a las duquesas de la corte?
Y la baronesa, al decir esto, se paseaba por la estancia lanzando
carcajadas sonoras y deteniéndose algunas veces frente al espejo para
echar sobre su persona una furtiva mirada.
Baselga estaba asombrado. Nunca había llegado a imaginarse una mujer
como aquella y se sentía humillado ante el genio burlesco de la
baronesa, que le dejaba cortado y balbuciente como un cadete.
Las continuas heridas que Pepita abría en su amor propio excitaban aun
más su naciente pasión; pero esto no evitaba que se sintiera avergonzado
por su derrota y que permaneciera en su asiento encogido y tal vez
deseando que se abriera la tierra y lo tragara para no servir más de
diversión a la burlona baronesa.
Cuando ésta se cansó de reír, acercóse algo sofocada al cabizbajo
subteniente, y con acento cariñoso le dijo, tocándole en un hombro:
--¿Se ha enfadado usted acaso? Reconozco que he sido cruel; pero... ¿qué
quiere usted? Este carácter maldito me obliga muchas veces a
indisponerme aun con las personas que más estimo. Vaya, todo acabó;
perdóneme usted, y en prueba de reconciliación y perpetua amistad,
permito que bese usted mi mano.
Y la baronesa avanzó una mano de piel satinada, tibia y con graciosos
hoyuelos, de la que se apoderó rápidamente el condesito, llevándola con
avidez a su boca.
No fueron uno ni dos los besos que la dió Baselga, y poco a poco los
labios se deslizaron al antebrazo, y aun hubieran llegado más arriba a
no soltarse Pepita meced a un fuerte tirón, quedándose en guardia con la
diestra levantada y en actitud graciosamente amenazante.
--Cuidadito, Baselga--dijo la hermosa con tono irritado y dulce--. Mire
usted que puedo enfadarme y entonces soy terrible.
Y Pepita, como para demostrar que era verdad lo que decía, dió al joven
una cariñosa bofetada que le supo a gloria.
--Ahora, siéntese usted--dijo la joven volviendo a ocupar el sillón--y
hablemos como buenos y tranquilos amigos. ¿De dónde le ha venido esa
rápida pasión que parece haberse creado con sola mi presencia?
--Baronesa, yo la amo hace ya muchos días.
--¿Sin haberme visto hasta ahora? Mire usted; eso sólo puede pasar en
las novelas, y si sigue usted por ese camino, volveré a reírme. ¿Sabe
usted, acaso, quién soy yo?
--Sí, una mujer enloquecedora a quien amo y debo la vida.
--La vida se la deberá usted al cirujano; pues yo, como antes he dicho,
no he hecho más que socorrer a un héroe de mi mismo partido. Porque yo,
sépalo usted bien, aunque parezca una mujer superficial, mordaz y
casquivana, soy muy realista, muy católica y muy enemiga de esa canalla
liberal. Para mí, después de Dios y de su representante en la tierra el
Papa, sólo hay una persona sagrada, que es el rey.
--Y para mí también--se apresuró a decir Baselga para estar en
consonancia con su adorada, que hablando de tales cosas se ponía tan
seria como un diplomático.
--Ya sé que es usted un decidido defensor del absolutismo, y de ello ha
dado buenas pruebas. ¡Lástima grande que tan buen muchacho tenga el feo
vicio de hacer el amor a la primera mujer que encuentra!
--Eso no es verdad. Yo la hago el amor a usted, porque la adoro.
--¡Hombre! No diga usted disparates. Usted me ha visto por primera vez
hace poco rato, e inmediatamente, sin tomarse ni tiempo para respirar,
me ha espetado su declaración, que tiene aprendida de memoria y que
suelta a todas cuantas ve.
--No es cierto. Yo no he amado nunca; yo, es el primer día que me siento
dominado por la pasión.
--Cuénteselo usted a su abuela. ¿Conque no ha amado usted nunca? ¿Y
dónde se deja a cierta airosa manola de la Ribera de Curtidores?
--Eso ha sido un entretenimiento sin consecuencias, y del cual apenas si
me acuerdo.
--Pero no olvidará usted a la duquesa de León, dama de la reina y que
tanto cuidado se toma por que sea usted el oficial más rumboso y bien
vestido de la Guardia.
--Está usted tan enterada de mi vida--dijo Baselga sonriéndose--como yo
mismo. ¿Es que hace tiempo me espía usted? Esto casi me haría creer que
mi humilde persona es objeto de interés y que usted...
El condesito se detuvo indeciso, como si no se atreviera a terminar su
pensamiento; pero la baronesa, lanzando nuevamente su sonora carcajada,
exclamó:
--¡Habráse visto mayor mamarracho! Sin duda ha llegado a imaginarse, lo
que menos, que yo le amo hace mucho tiempo en secreto y que procuro
enterarme de su vida. Pues, hijo, está usted en el mayor engaño, y ahora
me he convencido de que es verdad lo que las gentes dicen de usted.
--¿Y qué dicen de mí?--preguntó Baselga con acento de susceptibilidad
herida.
--Pues que el condesito de Baselga es un buen muchacho, aunque muy
ignorante y muy fatuo.
El subteniente se ruborizó hasta las orejas e hizo un gesto con el que
parecía decir: "Eso no lo dirá ningún hombre delante de mí."
En aquel momento sonaron las doce en el reloj de San Felipe y cada una
de las campanadas parecía que iba borrando del rostro de Pepita aquella
expresión burlona y mundanal que la caracterizaba.
Púsose seria, alzó los ojos al cielo, juntó las manos como una Purísima
de Murillo, y con voz débil y gangosa, propia de un locutorio de
convento, murmuró:
--A esta hora y a todas horas, sea bendito y alabado el Santísimo
Sacramento en el altar.
Y a continuación rezó contritamente tres padrenuestros que fueron
contestados por Baselga, aunque no con tanta devoción.
El joven estaba admirado y no sabía cómo calificar a aquella mujer que
tan pronto se colocaba en actitudes provocativas, marcando sus
espléndidas formas, como rezaba padrenuestros, y que entre dos
carcajadas hablaba del monarca con tanta seriedad que daba a entender un
fanatismo realista a toda prueba.
Comenzaba el subteniente a experimentar cierto respeto ante aquella
hermosura que tenía el ambiente misterioso de las diabólicas apariciones
de las leyendas.
Pero no duró mucho tiempo la actitud estática de la baronesa, pues su
rostro volvió a adquirir la habitual expresión, y mirando burlonamente
al joven, dijo:
--Quedamos en que usted decía...
--Baronesa, yo no decía nada; usted es la que de un modo gracioso me
llamaba ignorante y fatuo.
--Y lo es usted, pues sus actos se encargan de demostrarlo. Sólo a un
ente superficial se le ocurre hacer el amor a una mujer a quien no
conoce. Bien andaría el mundo si todas las mujeres que recogen por
compasión o por deber a un herido, hubieran de enamorarse de él. Vamos a
ver, ¿quién soy yo? ¿Sabe usted algo de mi vida?
--Baronesa, yo creo conocer la historia de usted.
--Indudablemente, el negro Pablo le habrá distraído durante su curación
relatándole un cúmulo de majaderías. Es un charlatán a cuya lengua
impondré correctivo. Pero aunque usted crea conocer mi vida, eso no
impide que sea una chiquillada el hacerme el amor a primera vista.
Además, usted no se ha fijado en que hay desigualdad de edades, porque
yo tengo cuatro o cinco años más que usted.
--El amor no reconoce edades.
--Ya lo sé--repuso la baronesa riendo con crueldad--; y por esto ama
usted a la duquesa de León, que ya pasa de los cuarenta.
El recuerdo de la duquesa trajo sin duda a la memoria de Pepita los
uniformes que aquélla regalaba a Baselga, y fijándose en el que ahora
llevaba éste, preguntó:
--¿Qué le parece a usted ese uniforme?
--¡Ah, baronesa! Es una atención más que tengo que agradecer a la
hermosa protectora que ha salvado mi vida.
--Nada de agradecimientos, pues el tal regalo ha sido por egoísmo,
estimable conde. Para recibir la visita de una dama, había de
encontrarse usted presentable, y ayer, permítame que le diga que estaba
espantosamente ridículo con aquella bata sucia y estrecha.
El joven ruborizóse al recordar la grotesca aventura, y Pepita, como
para consolarle, añadió:
--Hoy está usted muy guapo. De seguro que la duquesa se extasiaría
contemplando a su lindo adorador. Pero, ¡calle!; falta una prenda que de
seguro ese imbécil de Pablo habrá olvidado. Voy por ella.
Y la baronesa, antes de que Baselga pudiera oponerse, salió corriendo de
la habitación, exhibiendo una vez más, con el menudo y acelerado paso,
sus excitantes formas.
El condesito estaba tan anonadado por las continuas zurras que a su amor
propio había dado aquella mujer con su inagotable ironía, que al
quedarse solo no pensó en nada, pues parecía que la más absoluta
estupidez se había apoderado de su cerebro.
No tardó en oírse el paso ligero de Pepita, que entró en la habitación
agitando sobre su cabeza dos magníficas charreteras de oro.
Baselga, apenas las miró, dijo con la seriedad propia del militar que
teme cometer una grave falta:
--Baronesa, eso no me sirve. Yo no soy más que subteniente, y esas
charreteras son de capitán.
--Póngaselas usted y calle.
--Pero, baronesa, eso sería faltar a mis deberes, exponiéndome a un
castigo, y yo no quiero hacerme reo usurpando una categoría que no
tengo.
--Es usted muy tenaz, y si tan testarudo se muestra en hacerme el amor,
casi acabará por rendirme. Vamos a ver: si yo le hubiera dejado hablar
al hacerme la declaración, ¿no habría acabado por llamarme reina de
belleza, como siempre dicen los adoradores ramplones en tales casos?
Pues bien; yo, la reina, tengo a bien hacer a usted capitán.
--Baronesa--dijo Baselga poniéndose serio--; las cosas del ejército son
demasiado graves para jugar con ellas.
--Y usted es un fatuo testarudo con el que no se puede hablar. ¿Cree
usted que yo hago las cosas a ciegas? ¿O es que acaso ha llegado usted a
imaginarse que sólo conocen al rey los oficiales de la Guardia Real?
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Quiero decir que nuestro señor, el rey don Fernando VII, en premio a
su heroico comportamiento en la jornada del día 7, le nombra a usted
capitán; gracia que le será reconocida el día en que los buenos
servidores de Su Majestad barran de España eso que se llama
Constitución. Yo, en representación de la augusta persona, confiero a
usted tal empleo.
El condesito fué a protestar de aquello que le parecía farsa de mal
gusto, o una de las muchas bromas a que tan aficionada se mostraba la
baronesa; pero vió en el rostro de ésta tal expresión de seriedad, que
se tranquilizó, y más cuando Pepita dijo para acabar de disipar sus
dudas:
--Póngase usted las charreteras, señor capitán, que yo seré responsable
de cuantos perjuicios puedan sobrevenirle por eso que usted cree
usurpación de empleo.
Y luego añadió con expresión de orgullo y altivez:
--Obedeciéndome a mí, obedece usted al rey.
Baselga, subyugado por aquella mujer original que tan pronto reía y
bromeaba con gran descoco como hablaba de política y tomaba aires de
soberana, obedeció sus órdenes y colocó las charreteras sobre sus
hombros, ayudado por Pepita, que más de una vez rozó sus robustos pechos
con los brazos del joven.
No debió ser éste manco ni corto de genio, por cuanto la hermosa,
tomando aquella actitud de ofendida sonriente que tan bien le cuadraba,
exclamó levantando su manecita:
--Cuidado, don Fernando. Mire usted que si me enfado de veras, va usted
a acordarse por mucho tiempo.
--Baronesa, es usted irresistible, y aunque me amenazara con los mayores
castigos, me sería imposible permanecer quieto.
--Yo encontraré un remedio para su impresionabilidad. Me voy, y hasta
mañana, en que podrá salir de esta habitación y comer con nosotros, no
me verá usted.
--¿Y sería usted capaz de dejarme solo tanto tiempo?
--Hijo mío, aunque usted me crea una mujer superficial y casquivana,
tengo muchas ocupaciones y no puedo disponer a mi antojo del tiempo. La
comida me espera, y después tengo que recibir algunas visitas.
--¿Y se va usted así? ¿Sin dejarme la más leve esperanza?
--¿Qué es lo que usted quiere, hermoso condesito?
--Linda baronesa, oír de su boca que no le soy indiferente; saber que me
ama.
--Mire usted, Baselga; es usted muy niño, y aunque yo no sea una
abuela, allá va un consejo; para conquistar el corazón de una mujer lo
de menos es amar; lo importante es hacer méritos para ser amado.
--¿Y podré yo conseguir el realizar esos méritos que me realcen a sus
ojos?
--Veremos..., tal vez. Lo mismo puede usted conseguirlo mañana, que
nunca.
Y Pepita, después de hacer al condesito uno de sus saludos irónicos,
salió de la estancia riendo como una loca.
VII
Sigue la conquista.
Nunca había estado Baselga en un estado moral tan raro.
Si aquello no era amor, sería que tal pasión no existe en el mundo.
El gentil militar no pensaba ya ni en el rey, ni en la Guardia, ni en
los liberales; su única y constante idea era Pepita, aquel encantador
diablazo con faldas; y tan enamorado estaba, que--¡caso
asombroso!--hasta perdía las ganas de comer, pues su estómago no podía
ya, como en pasados tiempos, engullirse un pollo grandecito, de una
sentada, y absorber tres cuartillos de vino de otros tantos tragos.
El condesito languidecía, se encontraba más abatido que cuando huía
perseguido por los defensores de la plaza Mayor, y hasta llegó, en el
colmo de su desesperación amorosa, a intentar el escribir unos versos
describiendo la inmensidad de su pasión.
Al bravo defensor del absolutismo le causaba algún rubor el pensar que
en un rapto de locura había estado a punto de escribir versos, lo mismo
que uno de aquellos pobres diablos periodistas u oradores del partido
liberal, a los que él, como buen realista, que apenas si sabía leer y
escribir, profesaba un odio sin límites; ni arrancándole la carne con
tenazas le hubieran hecho confesar delante de personas tamaña debilidad,
y lo único que le consolaba es que, después de emborronar muchos pliegos
de papel, no encontrando un consonante a baronesa, ni sabiendo a
ciencia cierta si los versos habían de medirse a palmos o a dedos,
acabó por hacer trizas su engendro poético, arrojando los menudos
pedazos de papel al vaso de noche.
Y la verdad era que Baselga no tenía motivos para mostrarse desesperado,
pues sus asuntos amorosos, si no marchaban tan bien como deseaba su
voluntad, tampoco iban del todo mal.
Por de pronto, el cirujano le había permitido que saliera de aquella
alcoba, en la que tan malos ratos había pasado, y se paseaba por la
casa, pudiendo distraer su imaginación tirando del rabo o haciendo otras
diabluras a dos hermosos loros parlanchines, que sobre artísticas
perchas estaban en el saloncito donde Pepita pasaba la mayor parte del
día.
Además, comía en compañía de su adorada y del señor Antonio, y tenía la
inmensa satisfacción de comprender cada vez menos el genio raro de
aquella baronesa original que se burlaba de él, se complacía en
martirizarlo, y apenas le veía un poco amoscado, sabía desvanecer el
enfado con alguna palabrita dulce o algún bofetón cariñoso.
Cada una de aquellas comidas era para Baselga motivo de alegrías y de
pesares; pero estas diversas impresiones iban tan seguidas y mezcladas,
que cuando el joven quedaba solo, no sabía si sonreír de felicidad o
entristecerse.
En la mesa, que era grande y semejante a las de conventual refectorio,
tenía la dicha de sentarse a un extremo frente a Pepita y en amable
vecindad con sus lindos pies, mientras que el señor Antonio, siempre
grave y ensimismado, ocupaba el otro extremo como para demostrar que
pertenecía a una clase inferior y que no osaba faltar a la sagrada ley
de castas, digna de respeto entre buenas gentes realistas.
Por lo regular venía a mediodía algún convidado con sotana, que era el
que merecía todos los honores, y que con su presencia quitaba a la
reunión de los dos jóvenes el alegre carácter que solía tener.
En los primeros días de su restablecimiento, notó Baselga que el número
de clérigos convidados era grande, siendo aquéllos cada vez diferentes,
y tampoco le cayó en saco roto la afición que tales señores tenían a
mirarlo como un bicho raro y la maña con que sabían sondearlo, haciendo
que expusiera sus opiniones políticas, sin que él se diera inmediata
cuenta de ello.
Afortunadamente, el desfile de negras sotanas y caras austeras o
astutas cesó muy pronto, y sólo de tarde en tarde aparecía a la hora de
comer alguno de aquellos pájaros, que eran de mal agüero para el amor de
Baselga.
¡Cuán feliz era éste cuando a la hora de comer sólo se reunían en torno
de la mesa Pepita y el sombrío administrador!
La baronesa era un encantador diablillo que mortificaba al joven
haciéndole al mismo tiempo concebir risueñas esperanzas.
Se burlaba lindamente cuando con palabras alambicadas pretendía
expresarla su amor; a cada uno de sus floreos estúpidos, aprendidos en
los salones de Palacio, respondía arrojándole a las narices bolitas de
pan; contestaba a los continuos pisotones por bajo de la mesa con alguna
graciosa coz; le recordaba su cojera, defecto que hacía salir de quicio
al condesito, y cuando ya había puesto bien a prueba su voluntad y
estaba una vez más convencida de su amorosa paciencia, le llamaba "¡hijo
mío!", con aquel tono zalamero que producía en el pecho de Baselga
extrañas vibraciones, le tiraba cariñosamente de las patillas, y hasta
algunas veces le permitía que le besara la mano.
Cuando Pepita no estaba de mal humor permitíale estar en su saloncito
mientras ella hacía alguna labor, rezaba oraciones o tocaba el piano, y
allí se pasaba el joven las horas muertas recorriendo con la vista una y
otra vez todos los detalles de aquel hechicero cuerpo desde los pies a
la cabeza, o quedándose como hipnotizado al escuchar a la baronesa, que
con su voz pastosa y sonora de contralto cantaba danzas mejicanas o
sentimentales romanzas italianas, en que el poeta hablaba siempre de
amor, de besos y de morir.
Aquella habitación, que parecía impregnada por el perfume de Pepita, era
para Baselga como un oasis delicioso en el desierto de su vida. Las
paredes, rameadas por el pincel de pintor churrigueresco; los cuadros de
santos y santas; el retrato obscuro en que el difunto gobernador de
Acapulco ostentaba su rostro avinagrado y los dos loros chillones y
aleteadores, eran testigos cada día de fogosas declaraciones repetidas
por centésima vez, siempre con idénticas palabras, de irónicas
carcajadas que parecían no tener fin, de audaces tentativas del
condesito, que quería prevalerse de la fuerza de sus músculos y de
soberbias bofetadas con acompañamiento de sonrisas que terminaban
siempre el conflicto.
Baselga estaba cada vez más desesperado.
Pensando a todas horas en Pepita y su rara conducta, el menguado cerebro
del condesito acabó por sacar la consecuencia de que la baronesa le
amaba. Y si no..., vamos a ver. Si a Pepita le era antipática su
persona, ¿por qué sufría aquella pasión tenaz, y viéndole ya curado no
le plantaba con muy buenas palabras en la puerta? ¿Por qué quería
tenerle en su casa y no le permitía salir ni aun de noche, diciéndole
que le buscaban con gran empeño por Madrid los revolucionarios, con los
cuales había ido a palos tantas veces antes de la sublevación de la
Guardia? ¿Por qué, en fin, tras las crueles burlas y los golpes, que
aunque dados con acompañamiento de sonrisas no eran por esto menos
pesados, se cuidaba tanto de desenojarlo con palabras cariñosas o con
alguna que otra concesión?
El joven, haciéndose tales reflexiones, se convenció de que la baronesa
le amaba y que debía esperar a que ésta modificase su conducta
extravagante.
Pronto tuvo ocasión Baselga de convencerse de que al menos una vez su
cerebro había pensado con cierta cordura y que nada perdía en esperar.
El verano hacía sentir sus rigores con ese encono que guarda siempre
para la coronada villa, población privilegiada por la naturaleza, pues
el invierno la dedica sus más crueles y mortíferos fríos y el estío sus
más abrasantes e irresistibles calores.
En el interior de aquel caserón se respiraba una atmósfera pesada y
sofocante, y era preciso buscar el viento de la calle, que tenía un poco
más de frescura y pureza.
Aquella noche Pepita observó con su adorador una magnanimidad sin
precedentes, pues en vez de despedirse de él al poco rato de terminada
la cena y rezado el rosario, como ocurría siempre, enviándole a su
cuarto a que charlase con el señor Antonio hasta la hora de acostarse,
le invitó a pasar al saloncito, en el que sólo entraba de día, y puesta
ya en el camino de las concesiones, le permitió asomarse al balcón.
Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle,
dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba
poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del
momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los "clubs"
patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que
Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.
Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con
soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido
entre los tejados de ambos lados.
Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte
blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros
destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de
un niño martirizadas por extraordinario resplandor.
Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el
deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la
llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el
tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y
desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la
sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con
agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia
carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.
Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce
embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer
nuevamente en el feo vicio de hacer versos.
Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el
fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que
si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de
batallón apurando a docenas las botellas.
En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco
perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios
frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.
Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel
cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un
vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba
adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso
tesoro.
Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una
de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las
de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.
La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su
adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada
correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara
de mirar al cielo.
--¡Si supieras cuánto te amo!--murmuró Baselga con voz tenue al mismo
tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.
Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos
ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.
--¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?--preguntó el joven con entusiasmo, creyendo
adivinar la expresión de aquella mirada.
Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste,
siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella
excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa,
rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su
pecho.
Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una
descarga eléctrica.
Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza
como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo
empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud
sombría propia de una mujer ofendida.
--Fernando--dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar
con cierto ceño al condesito--. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y
acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.
--Señora, yo...
--Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta
concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.
--¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?
--Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo,
pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una
sola caricia, porque te aborreceré.
--¿Por qué tan esquiva?
--Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que
sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que
considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo
me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus
brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.
--Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en
cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes
lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.
Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta
llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con
voz que tenía algo de rugido:
--¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se
me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te
figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y
oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me
avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi
voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería
deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo
seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.
--¿Qué debo hacer, pues?
--Esperar.
--Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y
¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?
--¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra
interesarla puede estar seguro de su felicidad.
--¿Y tú me amas así?
--Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que
lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi
curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy
bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente
lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y
algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para
mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente
en manifestártelo: te amo.
--¡Angel mío!--exclamó Baselga, halagado por aquel "te amo" tan
encantador, y avanzando nuevamente.
--¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes
más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para
ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate,
que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política,
intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.
--¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?
--No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya
antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más
desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me
arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar
ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en
adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.
VIII
Una sorpresa.
Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que
fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.
Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos
días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos
del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando
menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.
Sentada al piano e interrumpiendo el canto de aquellas melancólicas
romanzas italianas, fué como Pepita declaró a Baselga, con una mirada
llena de voluptuosidad y hechiceras promesas, que estaba dispuesta a ser
suya.
Aquella fué la primera vez que el audaz joven logró acercarse a Pepita
sin miedo a sus bofetadas, y desde entonces pudo considerarse dueño
absoluto de la mujer cuya imagen tantas noches le había robado el sueño.
Los dos amantes se entregaban a su pasión, sin recelos ni
preocupaciones, y casi puede decirse que hacían una vida marital.
Los criados, y especialmente los dos negros, nada parecían comprender, y
en cuanto al señor Antonio, como miraba siempre al suelo, le era fácil
dejar de ver las muestras de cariño que se daban los arrulladores
pichones.
Baselga estaba en sus glorias. Jamás en sus ensueños de libertino había
soñado una mujer como aquélla, y a veces, en los instantes de mayor
placer, llegaba a dudar si estaba despierto, o era víctima de fantástica
ilusión.
Aquel hércules del absolutismo, en materia de amores había estado
reducido hasta entonces a conquistas sin importancia, y ahora que su
buena estrella le deparaba tanta felicidad experimentaba la misma
impresión que el ebrio de baja estofa que, al verse dueño de abundante
depósito de puro néctar, quisiera tener cien bocas para beber más
aprisa.
El amor de aquel calavera novel y de aquella mujer casquivana conocedora
del mundo, no tenía nada de la dulce placidez de las pasiones sublimes,
pues estaba reducido a un delirio carnal, pero tan fuerte y arrollador
que casi llegaba a la locura.
Baselga mostrábase cada vez más confuso en lo tocante a su querida.
Antes de realizar la conquista (que de tal sólo tenía el nombre), creía
que lograría conocer el verdadero carácter de Pepita; pero conforme iba
ganando su confianza y penetraba en los secretos, materia de cariñosas
confidencias, encontrábase más desorientado, no sabiendo, al fin, en qué
concepto tener a su amada.
A todas horas mostrábase dominante y celosa de que su voluntad imperara
sobre las de todos cuantos la rodeaban.
Si Baselga, en sus raptos de entusiasmo amoroso, había prometido ser su
esclavo, ahora veía realizado su ofrecimiento, pues Pepita procedía con
él, así que se veía desobedecida, casi del mismo modo que con los dos
negros.
Pero fuera de este rasgo dominante, todos los demás de su carácter eran
tan ligeros, variables e indecisos, que acusaban un desarreglo cerebral.
Entregábase al placer con el instinto carnívoro propio de una fiera
insaciable, y cuando más dominada parecía por la locura apasionada,
cambiábase rápidamente la expresión de su rostro, sus ojos arrojaban
lágrimas y con voz quejumbrosa comenzaba a condolerse de sus grandes
pecados y a pedir a la Virgen y a todos los santos que la perdonasen.
Unas veces llamaba a Fernando, gritando como una loca, su ángel bueno,
su Dios, y le besaba en la boca y en los ojos, acabando por morderle la
nariz; y otras le arrojaba de su lado con varonil empuje, le amenazaba
iracunda y le decía que en su cuerpo se encerraba el diablo que quería
tentarla y hacerla suya para arrastrarla al infierno.
Dos o tres veces que Baselga, valiéndose de su intimidad con Pepita,
intercaló en su conversación soeces juramentos de cuartel en que las
cosas de la religión no salían muy bien libradas, la joven tornóse
pálida mostrando una indignación sin límites, y en cambio, cuando por la
falta más pequeña daba de puñetazos a los infelices negros, blasfemaba
como una furia, sin que, al parecer, le importara un ardite lo que
pudieran pensar de ella en el cielo.
El condesito estaba asombrado por aquel carácter original, que cada vez
se hacía más raro; pero como al fin su voluntad no era de las que podían
sostener grandes resistencias, ni su cerebro de los que se entregan a
largas observaciones, optó pronto por la pasividad y se entregó por
completo a aquella mujer que hacía de él cuanto quería.
¡Cuán feliz se consideraba el ínclito don Fernando! Los celos eran lo
único que de vez en cuando, como tétrica sombra, turbaban su dicha; pero
como no tenía ningún fundamento para dudar de la fidelidad de aquella
mujer, tales pensamientos se desvanecían rápidamente y apenas si
conseguían tener fruncido su entrecejo breves minutos.
Pepita salía poco de casa, y todo el día y gran parte de la noche lo
pasaba a su lado, procurando endulzar aquella reclusión forzosa a que lo
obligaba la vigilancia de los liberales.
Por miedo a las murmuraciones de los criados y por no hacer demasiado
ridícula la posición del señor Antonio en la casa, Baselga se retiraba
todas las noches a su cuarto antes de las doce, pero durante las horas
que seguían a la cena y después de bien rezado el rosario, los dos
amantes, agitados por todos los caprichos de una concupiscencia nunca
harta, daban abundante pasto a la bestia carnal que se agitaba furiosa
dentro de sus cuerpos.
Algunas veces, la nocturna entrevista no se verificaba, con gran
disgusto del joven.
Pepita alegaba para ello indisposiciones momentáneas o actos de devoción
que había de hacer en determinados días, y el condesito tenía que darse
por satisfecho con tales explicaciones e ir a pasar la velada con el
señor Antonio, que siempre, con cierta superioridad, se ocupaba de
cuestiones tan atractivas como hablar contra Carlos III o su ministro el
conde de Aranda, y sobre los graves males que producía a su patria el
general descreimiento sostenido por la masonería.
Una noche de aquellas en que Pepita se encerró a las nueve en sus
habitaciones, Bastera encontróse al poco rato cansado por la monótona
charla del vejete, y deseando salir de su habitación y dar un paseo por
la casa, pretextó una apremiante necesidad física para abandonar al
señor Antonio, quien pareció mostrar algunas contrariedades por la
salida del joven.
Las habitaciones principales estaban ya a obscuras, pero el joven,
habituado a pasar por ellas, avanzó con resolución, aunque tropezando de
vez en cuando con algún mueble.
Baselga sintióse acometido de pronto por una curiosidad digna de un
amante. ¿Qué haría Pepita en aquellos instantes? ¿Pensaría en él?
¿Estaría rezando a sus santos favoritos, cuyo catálogo era interminable?
Apenas se hizo tales preguntas, tomó una resolución algo indigna de su
caballerosidad, pero propia de un amante apasionado.
Con el intento de espiar a su amada, dirigióse a tientas hacia el
célebre saloncillo inmediato al cual se encontraba el dormitorio de la
hermosa; pero al llegar al corredor que conducía a aquél, encontró
cerrada la puerta.
Miró por la cerraja y a lo lejos vió, amortiguada por la densa sombra
interpuesta, una gran faja de luz que marcaban los entreabiertos
cortinajes del saloncillo.
El corazón del condesito latió con violencia; no por considerar que allá
dentro, envuelta en aquella luz, estaba la mujer amada, sino porque le
pareció escuchar el amortiguado eco de una voz que no era la suya, pues
tenía un timbre hombruno y aun cierta gangosidad que no le era
desconocida.
Algún tiempo pasó escuchando con una oreja aplicada al ojo de la cerraja
y haciendo los mayores esfuerzos por percibir aquella conversación
muchas veces interrumpida y que llegaba hasta él como el susurro de una
lejana fuente.
¡Oh desesperación! Aquellos sonidos confusos perdían, al llegar a él, su
contorno de palabras y no podía adivinar su significado. La voz hombruna
le ponía fuera de sí. No cabía dudar: Pepita se libraba de él algunas
noches para encerrarse con un hombre.
Esta idea hizo renacer en su pecho todos los celos infundados y sin
objeto, que tantas veces le habían atormentado, y por primera vez
sintió, con la vehemencia propia de su carácter algo salvaje, la pasión
que ha sido autora muchas veces de las más célebres venganzas.
Siguiendo los impulsos de su voluntad, hubiera derribado a patadas
aquella puerta penetrando como un torbellino destructor en el cuarto de
Pepita; pero aunque parezca extraño, hay que decir que aquel gigantazo
tenía cierto respeto y no poco miedo a su amada; de tal modo había
conseguido esclavizarlo la gentil mejicana.
Esto le hizo revestirse de paciencia, y siguió escuchando, a pesar de
que con ello experimentaba en su parte moral horribles tormentos.
Fuese realidad o fantasía de su imaginación acalorada por los celos, lo
cierto es que de pronto llegaron a sus oídos alborozadas carcajadas, y
hasta le pareció que con ellas iba mezclado su nombre. Entonces ya no
quiso escuchar más. La puerta tembló, conmovida por tremenda patada que
hizo cesar el murmullo de aquellas voces.
Baselga, por la fuerza de la costumbre, se llevó la mano al costado
buscando la espada, y al notar que no la tenía pensó en sus robustos
puños, capaces de echar abajo una pared.
--Abre, Pepita--mugió con su vozarrón, enronquecido por la ira--. ¡Abre,
o echo la puerta abajo!
Durante algunos instantes la más profunda calma contestó a tales
palabras; pero por fin oyéronse pasos varoniles en el largo corredor, y
la puerta se abrió, delineándose en la obscuridad la figura de un hombre
de aventajada estatura.
Apenas se presentó éste, Baselga se arrojó sobre él, y agarrándole por
los hombros con sus férreas manos, de dos soberbios empujones y chocando
a cada paso con las paredes del pasadizo, lo arrastró al saloncillo.
Cuando el apretado grupo que formaban aquellos dos hombres, agitándose,
tropezando con los muebles y llevándose tras de sí los cortinajes,
llegó, semejante a veloz proyectil, al centro del saloncillo, Baselga
prorrumpió en un juramento y, manifestando una sorpresa sin límites,
soltó a su contrincante, que de seguro guardaba indelebles señales de
sus manos.
A la luz del rojo fanal que pendía del florón del techo, acababa de
reconocer a su pariente y protector el duque de Alagón.
Pero la anterior sorpresa no valió nada en comparación con la que
experimentó al volver la vista y ver sentado frente a Pepita, que le
miraba sonriendo irónicamente, un personaje de gran nariz, ojos
maliciosos y chuscos, cabeza poco poblada y labios abultados y
colgantes, que reía con cierto aire canallesco al ver la original
entrada de los dos hombres.
--¡Señor!--murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran
reverencia.
Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud
compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los
dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo
gangosa:
--Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te
paga los beneficios a coscorrones.
--Señor--dijo el joven con humildad--, perdóneme Su Majestad este
arrebato.
--Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia
de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como
correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?
Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba
pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado
duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida,
constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y
enamorado.
--Di, incorregible calavera--continuó el soberano--. ¿Te parece bien
venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?
--Señor--contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo
a toda prueba--, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y
señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.
--Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa.
Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado
tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora
por tu heroísmo en el 7 de julio.
--Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.
--Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con
vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso;
los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos
servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos
que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.
--Su majestad--dijo el conde con cierta fiereza--me tiene a sus órdenes
como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.
--Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante
tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus
el honor de una respetable dama.
El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara
compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó
contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato
después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil
del cuerpo de Pepita?
El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces,
Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa
baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír,
exclamó:
--¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de
tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de
género distinto.
--Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a
todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que
no impide que se tenga por un calavera consumado.
--Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en
ti y que te será difícil hacerle tu marido.
--Ya se encargarán de esto los buenos Padres.
--Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo
la dicha de conocerte.
--Vuestra majestad está esta noche muy galante.
--Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un
beso es necesario pedírtelo.
Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo
hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque
de Alagón.
Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes
habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el
capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:
--Pero tío, ¿qué es esto?
--Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que
quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos,
te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha
tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente
y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.
--Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer
me pertenece.
--Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.
--¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?
--Sobrino--dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso--. A ti se te
puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un
talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a
que le dé consejos sobre los actuales conflictos.
Aquella noche el conde no pudo dormir tranquilo. Tanta satisfacción le
causaba ser amado por una mujer a quien el rey pedía consejo y que era
casi un ministro universal con faldas.
IX
La confesión.
Al anochecer del día siguiente, Baselga supo por boca de su amada que en
el salón de visitas le esperaba el padre Claudio, deseoso de hablar con
él de asuntos muy graves.
¿Quién era el padre Claudio?
Entre la inmensa banda de tétricas sotanas que por turno iban pasando
por los salones del vetusto caserón o se sentaban a la mesa de Pepita
Carrillo, el padre Claudio constituía una brillante excepción, y tal vez
por esto era recibido con más grandes honores.
Rodeado de tantos rostros huraños o forzadamente amables, pero siempre
con el sello especial de la idiotez disimulada o de la astucia
encubierta, el de aquel cura destacábase luminoso, atrayente y como
esparciendo efluvios de una dulzura evangélica.
Era el padre Claudio muy joven para tener tan gran imperio sobre los que
le rodeaban, pero sin duda este ascendiente se lo proporcionaba su
hermosura física, su exterior simpático y el encanto dulce y persuasivo
de su conversación.
Su cabeza, de fino cutis y cabello corto, ensortijado y aplastado sobre
la frente, recordaba la de aquellos elegantes romanos del tiempo del
Imperio; su figura era de proporciones artísticas y los pies y manos,
por su pequeñez y delicadeza, casi hacían creer que la flamante y bien
cortada sotana ocultaba el cuerpo de una fina damisela.
Hablaba con voz dulce y reposada y todas sus palabras tenían un carácter
tan vagoroso, que las hacían casi semejantes a los perfumes agradables
que exhalaban las vestiduras del elegante sacerdote.
Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada
en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de
un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel
Miguel y demás elegantes de la corte celestial.
Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y
hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que
su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que
sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones
dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que
asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de
alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.
Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de
poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más
terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de
su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el
cercano cerebro.
El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad
la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una
ambición sin límites.
Aquel "dandy" de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las
selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.
Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo
cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que
reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su
atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su
modo de obrar.
Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto
como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y
silenciosos.
Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la
serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y
espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de
aquél.
Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas
que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.
El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal
estuviera cubierta de rosas.
Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus
compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel
carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una
admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus
conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.
En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor
Antonio mostraba ante él una
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