Hombres y glorias de América
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Title: Hombres y glorias de América
Author: Enrique Piñeyro
Release date: February 15, 2014 [eBook #44918]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK HOMBRES Y GLORIAS DE AMÉRICA ***
Nota del Transcriptor:
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HOMBRES
Y
GLORIAS DE AMÉRICA
HOMBRES
Y
GLORIAS DE AMÉRICA
POR
ENRIQUE PIÑEYRO
[Ilustración]
PARÍS
GARNIER HERMANOS, LIBREROS EDITORES
6, rue des Saints-Pères, 6
1903
PARÍS.--TIP. GARNIER HERMANOS, 5 RUE DES SAINTS PÈRES.
EL CONFLICTO
ENTRE
LA ESCLAVITUD Y LA LIBERTAD
EN LOS ESTADOS UNIDOS
de 1850 á 1861[1]
(Bosquejo histórico)
[1] Este trabajo, que sólo aspira á ser, como en el título se
indica, rápida ojeada sobre graves y complicados acaecimientos
históricos, los considera, además, desde un punto de vista limitado
y especial. El senado de los Estados Unidos es aquí como el hilo
conductor de la narración de algunas de las grandes cosas sucedidas
en la república angloamericana durante los años de luchas verbales
y contiendas electorales que precedieron á la guerra civil. Aun
ciertos episodios ajenos á evoluciones de partido dentro del
senado, como la aparición y efectos de la novela abolicionista de
Harriet Beecher Stowe, las veleidades anexionistas respecto de
Cuba, la temeraria empresa de John Brown, las elecciones
presidenciales, otros más, se tratan buscando especialmente su
reflejo en las discusiones de ese cuerpo, cuya influencia en la
marcha política de los Estados Unidos ha sido siempre muy marcada y
decisiva.
CAPÍTULO I
Tentativas de conciliación antes de 1850.
La historia política y constitucional de los Estados Unidos de la
América del Norte se desenvuelve durante largo período en dos
direcciones principales; puede decirse que se concentra en dos problemas
capitales, cuyo planteamiento y progresivo desarrollo va rápidamente
despertando el más palpitante interés, hasta llegar á una solución
violenta y definitiva en medio de los horrores de una guerra civil,
sangrienta y destructora, como se recuerdan muy pocas otras en los
anales de la humanidad.
Esas dos cuestiones esenciales son: la extensión del área organizada de
la república con objeto de abrir el ancho campo indispensable al
portentoso engrandecimiento de su riqueza y población, y la lucha entre
los partidos políticos por consentir ó prohibir en los territorios
nuevamente anexados, ó en los nuevos estados que sobre ellos pudieran
constituirse, la esclavitud de la raza negra, tal como existía desde
antes de la independencia de los trece primeros estados, y tal como
implícitamente lo reconocía la Constitución soberana é intangible del
país.
A medida que han ido desapareciendo los actores que tomaron parte en las
luchas reñidas nacidas de esas cuestiones y se han podido escudriñar los
móviles verdaderos de sus actos y palabras; á medida que el trascurso
del tiempo ha suprimido los obstáculos que cerraban el horizonte é
impedían descubrir desde alto punto de vista toda la perspectiva, ha
aparecido también, cada vez más indudable, más patente cada vez, la
preponderante influencia que la cuestión de la esclavitud de los negros
ha ejercido en la historia de los Estados Unidos desde la época en que
los intereses agrícolas de las regiones del Sur, arraigados en el
trabajo esclavo, se hallaron por la fuerza de las cosas en directa
oposición al desarrollo industrial y mercantil de los Estados del Norte,
fomentado por el trabajo libre. El lazo federal debió resistir á
sacudidas, día por día más violentas, y si le ha sido lícito durar hasta
el presente, si conserva la república los rasgos esenciales de su
prístina apariencia, si continúa ante ella abierto magnífico y dilatado
porvenir de engrandecimiento, fué primero necesario, en medio de
terribles borrascas, atar más fuertemente y robustecer las ligaduras,
muy á punto en varias ocasiones de romperse para siempre.
En 1820 votó el Congreso federal una ley, conocida en el lenguaje
político con el nombre de acuerdo, ó _Compromiso_, del Missouri, en
virtud de la cual quedaba matemáticamente fijado en la línea de los
treinta y seis y medio grados de latitud Norte el límite que separaría
perpetuamente las dos fracciones del país donde se consentía y donde se
rechazaba el régimen de la esclavitud. Encima de esa línea ningún nuevo
Estado podía entrar á formar parte de la federación, si su ley orgánica
sancionaba la condición servil de una parte de los habitantes; y aunque
explícitamente no se proclamase lo contrario al Sur de la misma, el
_bill_, en concepto de todos, así lo daba por establecido: de ahí su
nombre de _Compromiso_ ó transacción.
Esa restricción geográfica impuesta á la esclavitud era un reproche
grave y directo, aunque tácito, contra la naturaleza de la institución;
los Estados del Sur pudieron soportarlo sin sentirse humillados ni
agraviados, porque sobraba entonces tierra en todas direcciones por
donde extenderse debajo del paralelo fijado, y porque sus jefes
políticos estaban todavía muy lejos de poseer la energía y unidad de
miras que después consagraron sin reposo á la defensa de sus intereses y
á la satisfacción de sus deseos.
El primer choque ruidoso y en campo abierto, pero puramente dogmático
todavía, entre ambas secciones contrapuestas, la primera tempestad de
truenos y rayos que pasó por el cielo de la república, amenazando atacar
la unión y disolverla desparramando sus elementos, ocurrió unos doce
años más adelante, y nació inopinadamente de una cuestión de aranceles
de aduanas, porque el Sur, como región agrícola y productora de primeras
materias, de algodón y de azúcar bruto, de tabaco, de cáñamo y arroz,
exigía en nombre de la equidad que los derechos de importación, al ser
fijados por las Cámaras en Washington para toda la República, se
ajustasen nada más que á las necesidades generales del presupuesto;
mientras el Norte, como región principalmente de industria y comercio,
solicitaba que por medio de altos derechos se protegiese la creciente
prosperidad de sus manufacturas. Un hijo ilustre de la Carolina del Sur,
que había ya sido Vicepresidente de la República, John C. Calhoun, alta
figura en quien se concentra en la forma más digna de respeto y más
completa cuanto hubo de bueno y cuanto hubo también de agresivamente
egoísta en la política de esos estados agrícolas y esclavistas,
excogitó una extraña teoría, que á su juicio se deducía naturalmente del
pacto constitucional, y que otorgaba á cada estado de la Unión la
facultad de negar el pase y la obediencia á las leyes promulgadas por la
autoridad federal, en el caso de que infiriesen perjuicio ó causasen
menoscabo á sus intereses esenciales. Cuando dentro de los muros del
Capitolio brotó defendida por un senador del Sur esa siniestra teoría,
precursora infalible de guerras y de duelos, fué inmediatamente refutada
y demolida por Daniel Webster, senador de Massachusetts, en una oración
magnífica, la más hermosa de su larga y brillantísima carrera, que por
la importancia de su tema y el inflamado vigor de su argumentación ha
sido por diversos críticos puesta en parangón con los más sublimes
modelos del arte oratorio en Grecia y Roma[2].
[2] Discurso generalmente llamado «Réplica contra Hayne»,
pronunciado el 26 de Enero de 1830. Véase la biografía de Daniel
Webster por HENRY CABOT LODGE, pag. 187, 1 vol. Boston, 1884.
Nadie ignoraba que Calhoun era el padre de la anárquica teoría expuesta
por el senador Hayne, y mientras Webster mostraba irrefragablemente que
en los flancos de esa doctrina política se escondía la guerra civil con
todos sus horrores, muchos fijaron los ojos en Calhoun que, como
Vicepresidente de la república, dirigía las sesiones del Senado, aunque
sin tomar parte en los debates, conforme dispone la Constitución. Pero
al ardor de sus convicciones no podía bastar que otro se encargase de
exponerlas y defenderlas. Poco después dimitió la Vicepresidencia,
aceptó el cargo de senador del Estado en que nació, la Carolina del Sur,
cuyos intereses políticos y morales eran su religión, para sostener por
medio de la palabra, con el acento de pasión severa y solemne que daba
alguna vida á su austera elocuencia, el derecho, ya antes defendido con
la pluma, de anular por medio de las legislaturas de los Estados los
acuerdos del Congreso federal. La Carolina llegó hasta á fijar de
antemano una fecha para iniciar su rebelión constitucional; pero el
primer magistrado de la república, el general Jackson, el más violento y
agresivo de los hombres, que alimentaba por la patria federal, por la
Unión, amor tan sincero y ardiente como el de Calhoun por su patria
local, por su Estado, pidió en el acto al Congreso facultades
extraordinarias para extirpar con mano de hierro el nido de traiciones
que se agitaba en la Carolina.
Era demasiado temprano para que osara el Sur provocar la guerra civil
con la menor probabilidad de mantenerla siquiera un breve espacio. El
temple militar de Jackson infundió terror en el corazón aun de los menos
tímidos, y fué preciso retroceder para evitar un desastre definitivo.
Acudió al socorro el senador de Kentucky, Henry Clay, el gran
pacificador, como ya lo llamaban, por la prominente intervención que
había tenido en el Compromiso del Missouri, y logró esta vez también, no
sin trabajo, zurcir una nueva transacción, disminuyendo gradualmente en
plazos fijos los derechos de aduanas, con lo cual se disipó el ominoso
nublado, y por un poco de tiempo los ánimos parecieron aquietarse.
En los años inmediatos, terminada la turbulenta administración de
Jackson, que fué Presidente durante dos períodos y gozó hasta el fin de
inmensa popularidad, bastó á llenar la actividad política de Calhoun y
sus amigos la preponderante influencia que á menudo lograron ejercer en
Washington. Gracias á ella se consumó la anexión de Tejas y se llevó á
cabo la guerra inicua contra Méjico, así como se proyectaron y
prepararon otras empresas, todas con el fin único de agrandar el área en
que podría extenderse la esclavitud de los negros. Pero esos hombres,
acaudillados por el grave y tenaz senador de la Carolina, eran demasiado
sagaces para no ver el formidable peligro que por diversos lados
amenazaba á la institución "peculiar", piedra angular del grupo de
estados cuyo porvenir tan ansiosamente defendían. Vanas resultaban con
frecuencia ventajas ganadas á costa de esfuerzos inauditos. La senda por
donde marchaban de triunfo en triunfo conducía fatalmente á una barrera
insalvable, contra la que habían de estrellarse sus más caras
esperanzas.
Después que la marcha misma de los sucesos colocó en abierto antagonismo
los Estados del Norte y del Sur, pudo por mucho tiempo la lucha, á pesar
del rápido crecimiento en riqueza y población de los primeros y del
lento progreso de los segundos, mantenerse sin excesiva desigualdad,
merced á los privilegios que la Constitución había asegurado á unos en
perjuicio de los otros. Los negros esclavos entraban hasta cierto límite
en el cálculo de la población para determinar el número de miembros de
la "Casa de Representantes" y del Colegio electoral; el Senado además,
que por sus mayores prerrogativas y la mayor duración del mandato era
depositario verdadero de los elementos de una política firmemente
continuada, se componía siempre de dos senadores por Estado, cualquiera
que fuese su tamaño y la cifra de sus habitantes. Por consiguiente la
lucha política en la capital federal por la suprema dirección de los
intereses generales, podía sostenerse con armas y probabilidades iguales
mientras se guardase el equilibrio entre ambos grupos y tuviese cada
parte número idéntico de senadores. Ese equilibrio, esa obra maestra de
esfuerzo y habilidad, era la trinchera poderosa, inexpugnable, en que se
defendía la esclavitud como institución, porque el miedo de tocar el
arca sacrosanta de la Constitución y el riesgo colosal de trastornar,
inundar de sangre y destruir la nación, daban al Sur aliados en el Norte
para conservar intactas sus posiciones, incólumes sus privilegios.
Pero la historia enseña que raras veces un soberano, un grupo de
hombres, un partido político, robustamente establecido al cabo de grande
esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la
posesión tranquila del terreno conquistado en los primeros períodos, en
los días en que por la novedad misma de la situación el triunfo ha sido
fácil y la fortuna largo tiempo risueña. La inquietud del porvenir, la
soberbia del presente desencadenan la ambición, la transforman en
demencia y la precipitan en la ruina, como precipitó á Alejandro Magno,
á la oligarquía senatorial de Roma, al imperio efímero del primer
Bonaparte. Asimismo corría de jornada en jornada victoriosa á la
catástrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado
constituía en quince estados de la Unión una verdadera aristocracia, y
oprimía en dura servidumbre á más de tres millones de negros, que valían
para la influencia política de sus amos como si fuesen dos millones de
ciudadanos libres.
No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una
institución local, doméstica en cada estado, y que carecía el poder
federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la
práctica nadie se aventuraba á contrariar; no contento con explotar y
abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y
sostenimiento de esa institución local, aspiró también á extenderla por
los territorios adquiridos después de la guerra con Méjico; pretensión
tan impolítica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes
mejicanas tenían allí previamente abolida la esclavitud. Esto provocó
nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitación; gritos y
amenazas de desbaratar la Unión resonaron con más furia que antes, y
fué preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador
perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de años y padecimientos, y
coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso,
que arrancado por la arrogancia del Sur á la pusilánime incertidumbre
del Norte, aplazó diez años solamente lo que Clay y otros muchos con él
creyeron para siempre conjurado.
Cuando llegaron á la votación definitiva los artículos del Compromiso,
en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun había dejado de
existir. En Marzo de 1850 tenía el gran campeón del Sur sesenta y ocho
años, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar
que de mucho atrás lo consumía; pero ansioso de tomar parte en el
debate, como si adivinara lo brevísimo del plazo, de sólo cuatro
semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues debía morir el 31 del mismo
mes,--y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de
pie,--confió al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado
el discurso que había cuidadosamente escrito. Inmóvil en su asiento
mientras Mason leía, parecía agravar y atestar con su rostro demacrado
de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fúnebres predicciones
que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unión,
cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en
peligro sus derechos. También asistió tres días después á la memorable
sesión de 7 de Marzo en que pronunció Daniel Webster un gran discurso
sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes
adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de
simpatía.
[3] Sus condiciones fueron: admisión inmediata de California como
Estado y sin esclavitud; organización de Nuevo Méjico como
territorio, sin resolver ni en pro ni en contra la admisión de los
esclavos; fijación de los límites de Tejas mediante un subsidio de
diez millones en favor de ese estado; supresión del tráfico de
esclavos, no de la esclavitud, en el distrito federal; y por último
promulgación de una ley particularmente estricta para la
persecución y entrega á sus dueños de los "esclavos fugitivos" en
los Estados libres.
Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado
por él al imprimirlo: "La Constitución y la Unión", es famosísimo,
inferior entre los suyos sólo á la réplica contra Hayne, aunque la
iguala en dos ó tres momentos. Su efecto fué decisivo en favor del plan
propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su
elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayoría entre los
representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventuró y sacrificó el
orador la mejor parte de su reputación, el glorioso esplendor de su
pasado, cuanto hasta aquel día lo había hecho ilustre y adorado de sus
conciudadanos. Son y serán siempre muchos los que piensen que, al
renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento había
simbolizado en la política de su patria, pagaba á precio excesivamente
caro la defensa de un acuerdo, que en realidad á nadie satisfacía. Su
reputación sufrió los más rudos ataques, muchos de sus antiguos
admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente quedó envuelto
en sombras negras y densas, que no se disiparon más, que eclipsaron su
gloria durante los dos años de vida que le quedaban, y eternamente
cubrirán ese período final de su existencia.
Cinco años antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster á un
amigo esta declaración:--"He consagrado mi vida al derecho y á la
política; el derecho es incierto y la política totalmente
vana",--amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simón
Bolívar, también ya cerca del fin de sus días:--"La América es el caos,
el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un
mismo sentimiento, gritos de dolor al término de vastas esperanzas
defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la
realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo
parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en
quienes el equilibrio de las grandes facultades morales é intelectuales
nunca por desgracia llegó á ser estable ni perfecto.
La confesión de Webster, tan llena de desaliento, precedió al último y
más punzante desengaño de su vida pública. Había constantemente
acariciado la ilusión de llegar á la presidencia de la república, y de
sobra justificaban sus méritos y servicios esa que, en hombre como él,
de tan grandes dotes personales, era modesta pretensión. Nunca había
logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido;
pero después del discurso del 7 de Marzo que, á su juicio y á juicio de
muchos, desenlazaba una situación inextricable, era natural que
obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo había sido para los que osaban
llamarlo apóstata la sola explicación de su conducta. Desde el primer
minuto apareció en la Convención como el más débil de los candidatos y
sus amigos en pequeñísima minoría. Singular ingratitud, que si no le
abrevió la vida, deprimió su trabajado organismo y preparó el terreno
para la enfermedad mortal.
Henry Clay murió en Junio de ese mismo año de 1852. Durante las últimas
discusiones del Compromiso, raras veces, y á muy largos intervalos, le
permitieron sus males concurrir á las sesiones del Senado: ya entonces
tampoco Webster asistía, porque había aceptado el puesto principal en el
gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos
veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria
á un tiempo mismo, por así decirlo, dejando el campo libre á otros más
jóvenes, menos fatigados combatientes.
En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones
enteramente iguales; tratábase en efecto de realizar la conciliación de
opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era
imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que
el caso requería. La admisión de California era una concesión al Norte,
la ley sobre la persecución de esclavos huídos una satisfacción al Sur,
y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos
el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer á
ninguna. La supresión del tráfico, es decir, compra y venta, de esclavos
en la ciudad de Washington agradaba á los abolicionistas, y el cebo de
diez millones de pesos regalados á Tejas, que de todo fué lo que primero
se votó y aprobó, aseguraba la adhesión de los tenedores de títulos de
la deuda de ese Estado, los que, según fama pública, eran numerosos
entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].
[4] A. JOHNSTON, _Suppl. to Enc. Brit._ vol. II, pag.
561.--GREELEY, _American Conflict_, vol. I, pag. 207.--VON HOLST,
_Constitutional hist. of the U. S._ vol. III. pag. 558.
El punto esencial del acuerdo fué la entrada de California como estado
de la Unión; con ella quedaba la república compuesta de diez y seis
Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el
equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos
secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y
ocho en contra; de esta minoría se desprendió un grupo de diez, más
intransigentes que sus compañeros, pues no contentos con emitir el voto,
presentaron una protesta, que el Senado rehusó incluir en el acta,
afirmando solemnemente su resuelta oposición á una ley, «cuyas
consecuencias podían ser perdurables y fatales para las generaciones
presentes y futuras».
Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson
Davis, antiguo oficial, que iba á ser el ministro de la guerra de Pierce
durante toda su presidencia, y que acreciendo año tras año su prestigio
é influencia como el más hábil y tenaz de los jefes esclavistas,
llegaría en 1861 á ocupar y desempeñar con tan enérgico cuanto
infortunado patriotismo la dirección de la Confederación rebelde, y
sobreviviría largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceño, á
la ruina completa de su causa. Junto con él firmaron la protesta Butler
y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indómito
en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernáculo las
doctrinas que florecerían y fructificarían entre los horrores de la
guerra civil; firmaron también los dos miembros de Virginia, Hunter, que
llevó la palabra como principal responsable del documento, y su colega
Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio haría mucho ruido al
comienzo de la rebelión, porque apresado en alta mar á bordo de un buque
inglés por un imprudente oficial de marina, estuvo á punto de producir
indirectamente lo único por ventura capaz de haber salvado la causa
confederada, la guerra entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos. De
los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta
ahora mencionar á Soulé, de Luisiana, del que volveré á hablar, francés
naturalizado, que brilló como orador aun enfrente de Webster y de Clay,
á quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomático, que hizo cuanto pudo
por quitar á España la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra
europea, si era necesario.
La voz de los diez irreconciliables se perdió sofocada en el tumulto de
las votaciones; era no obstante bien claro indicio de lo inútil y
estéril que al cabo resultaría la obra pacífica á que se consagraban los
demás. Pero su agrio é importuno acento disonó en medio de la alegría
natural de sentirse todos libres de la peligrosa y larga agitación que
había precedido.
CAPÍTULO II
El sucesor de Webster en el Senado.--Ley sobre los esclavos
huídos.--Cuestión de Kansas.--Discurso de Sumner y sus consecuencias.
Un nuevo Congreso se reunió en Diciembre de 1851. La situación
respectiva de los partidos continuó igual, dominando siempre en ambos
cuerpos legisladores las ideas que inspiraron el Compromiso del año
anterior. Pero en el Senado pudo notarse un síntoma ligero, cambio
pequeño en la apariencia, de carácter muy importante en realidad. Hasta
entonces sólo había penetrado allí un senador abolicionista, Hale, de
New Hampshire, que tal vez no merecía el calificativo en el sentido
sectario de la palabra, pero sin duda acérrimo adversario de la
esclavitud. Su elección había sido anunciada por el gran poeta cuáquero
Whittier con estas palabras: "que esa primera oleada de la futura
inundación del Norte, al romper contra los muros del Capitolio, lleve
allí por primera vez un senador antiesclavista". Enteramente solo desde
1847, poderosamente auxiliado dos años después por Chase, senador
independiente que no reconocía trabas de partido en cuestiones de
libertad humana, formaban ambos núcleo diminuto, al que se incorporaba
ahora un hombre nuevo, Charles Sumner, de Massachusetts. Por dos
razones era notable la entrada de este senador: porque acudía á ocupar
precisamente el puesto donde por tantos años se había sentado Webster,
quien vivía aun en ese instante y era principal ministro del Presidente
de la República; y porque su reputación en Massachusetts comenzó por la
enérgica reprobación con que había atacado las doctrinas á que se
convirtió Webster al fin de su carrera, el Compromiso y la ley contra
los esclavos. Formidable, inesperado combatiente, que bajaba al campo
vestido de armas de otro temple y otra fuerza que las usadas hasta esa
fecha, proclamando en la lucha contra la extensión y predominio de la
esclavitud principios severos de moral, ideas de justicia absoluta,
prescripciones de conciencia que no consentían ningún género de
acomodamiento.
No sería, empero, exacto deducir de la elección de Sumner la prueba de
que, en el importante estado que venía á representar, desaprobase una
mayoría la conducta de Webster y rechazase el Compromiso de 1850. Todo
lo contrario; Massachusetts, lo mismo que el resto de la República,
aceptaba sin disgusto el arreglo, complaciéndole la idea de poner
realmente término á las pertinaces desavenencias entre las dos secciones
del país, de aguardar, evitada la necesidad de remedios violentos, que
el curso del tiempo elaborase insensiblemente un cambio de
circunstancias, y favoreciese al cabo la lenta extinción del
antieconómico y ruinoso sistema de trabajo, que difícilmente se mantenía
en los Estados del Sur. Sumner había ganado el puesto en virtud de una
coalición accidental de grupos; debió, sin duda, la preferencia á sus
conocidas opiniones sobre la esclavitud, y entraba en el Senado libre de
toda traba que sujetara su marcha, sin más límite impuesto á sus
palabras que el que su conciencia y respeto á la Constitución juntamente
le dictasen; pero la masa del país, allí y en todas partes, sin prestar
oídos demasiado atentos á la agitación, al llamamiento á nueva cruzada,
que partía del púlpito de ciertas sectas religiosas avanzadas y del seno
de las sociedades abolicionistas, esperaba después de todo un largo
período de paz y tranquilidad.
Mas el Compromiso llevaba dentro de sí, por su propia esencia, gérmenes
peligrosos que no tardarían en crecer y propagarse.
La aristocracia del Sur, envalentonada por el triunfo, por la inercia
posterior de sus adversarios, por los aliados que de diversos lados se
le ofrecían en el Norte, y más que todo por su propia intemperancia,
había de precipitar los sucesos, abusar de la victoria, ahondar ella
misma el abismo en que todo se despeñaría. En el Norte mientras tanto la
aplicación de la nueva ley sobre los esclavos huídos, que era la parte
del acuerdo que más íntimamente halagaba á los dueños,--porque
satisfacía á un tiempo mismo su vanidad, sus intereses y el firme
convencimiento de la justicia de su causa,--producía conflictos,
desórdenes, motines sangrientos más de una vez, y era viva y constante
recordación de los rasgos más duros, más crueles y odiosos del sistema.
La ley era verdaderamente terrible, y del inicuo axioma jurídico que
hacía cosas, no personas, los esclavos, jamás se han deducido con tesón
tan implacable sus últimas y más aflictivas consecuencias. Suprimía
todas las garantías del venerando derecho inglés, el jurado y el _habeas
corpus_; prohibía que se admitiese como prueba la declaración del
perseguido; todos los ciudadanos estaban obligados bajo diversas penas á
auxiliar los agentes de justicia en busca de esclavos prófugos; y para
fallar no se requería más prueba que la declaración, oral ó simplemente
certificada en copia, de dos testigos acerca de las señas generales del
individuo que se buscaba; el procedimiento debía ser sumario, ejecutivo,
sin recursos dilatorios de ninguna especie; y por este sentido otras
disposiciones de idéntico jaez. ¡Calcúlese el terror que produciría
edicto semejante entre los treinta mil negros[5] que vivían refugiados
desde muchos años atrás en las ciudades del Norte, arraigados, con
familia, y expuestos de súbito á verse perseguidos, rastreados como
bestias salvajes por jaurías de feroces sabuesos, y devueltos entre
cadenas á sus antiguos y enconados amos! ¡Imagínese también la cólera,
la indignación que tal espectáculo despertaría entre los ciudadanos
blancos, entre hombres y mujeres de la Nueva Inglaterra, habituados á
tratar con mansedumbre hasta á los animales, y forzados á reconocer, á
ser testigos de que bajo la constitución republicana de la nación
considerada como la más libre del mundo se ordenaban, autorizaban y
ejecutaban escenas de tanta barbaridad!
[5] La cifra es de Clingman, representante de la Carolina del
Norte, citada por VON HOLST, _Const. Hist._ vol. 111, pag. 552,
nota.
Crecieron y se multiplicaron al calor de esos sentimientos las
sociedades abolicionistas, y la corriente de simpatía en favor de los
negros esclavos aumentaba á ojos vistas en fuerza y en volumen, formando
y educando así la opinión pública contra la institución; y bien se vió
al sonar la hora crítica del combate, cuando se levantó robusta,
compacta y resuelta á todos los sacrificios. Hubiera sido habilidad
política por parte del Sur no exigir demasiado en esa cuestión, no
abusar de los derechos que el Compromiso le reconocía, mas era inútil
esperarlo de su excitable y excitado temperamento. El día en que
pronunció Sumner su primer discurso importante en el Senado, atacó
vehementemente la ley, haciendo resaltar sus aspectos más repugnantes;
sus palabras, llenas del más sincero fervor, fueron juzgadas de
trascendencia tal por Chase y Hale, que declararon ambos á una que
señalaban el comienzo de una era nueva en la historia americana. Pero
los representantes del Sur se hallaban tan lejos de comprender la
gravedad de ese género de ataque, que apenas hubo terminado el orador
se levantó un senador del estado de Alabama y dijo que esperaba que
ninguno de sus amigos respondería al discurso "que el senador de
Massachusetts había creído conveniente infligir sobre el Senado", y
agregó, en tono que llegó por desgracia á ser bastante frecuente durante
algún tiempo en aquel cuerpo respetable: "el frenesí de un demente puede
á veces ser peligroso, pero los ladridos de un gozque nunca han hecho
daño á nadie".[6] Y cuenta que la oración de Sumner, á pesar de su
acento de apóstol exaltado, no se aparta en realidad del terreno
político, y se reduce á pedir el empleo de todos los medios legales para
mantener la esclavitud estrictamente dentro de los límites de la sección
del país donde existía é imperaba, sin consentir ni extenderla, ni
otorgarle, fuera de su recinto, ninguna nueva garantía, ningún otro
privilegio.
[6] Sesión del 26 de Agosto de 1851. Congressional Globe, Apéndice.
Pero, como ya hemos dicho, continuaban en el Norte muy grandes y
generales el ansia de paz y tranquilidad, el franco deseo de evitar
desavenencias enojosas; el peligro mayor para el porvenir de la
esclavitud y poder político de sus defensores no residía por tanto, ni
en la hostilidad de una docena de senadores, ni en la propaganda
religiosa, ni en los esfuerzos de las sociedades abolicionistas, por
laudables y hábiles y enérgicos que fuesen. Eso muy bien lo sabían y
sentían los jefes y aliados del partido esclavista, y ya lo revelan las
posiciones de ataque, no de defensa, que en el acto ocuparon.
Apenas instalado Presidente de la república, el 4 de Marzo de 1853, un
hombre relativamente oscuro, sin antecedentes políticos, Franklin
Pierce, en quien confiaban hasta el punto de esperar su ayuda en las
empresas que secretamente maquinaban, juzgaron oportuna la ocasión para
restaurar y afirmar el incierto equilibrio entre las dos secciones,
creando nuevos estados, donde la esclavitud pudiera ser establecida. La
magna y riesgosa campaña, que en sustancia equivalía á echar abajo todo
lo tan difícilmente ajustado en 1850, requería como general en jefe un
personaje político del Norte, cuyo nombre é influencia cimentasen la
alianza y adormeciesen la suspicacia de los tibios y los tímidos. Aceptó
este papel Stephen Douglas, senador de Illinois, "el pequeño gigante",
como le llamaban por su corta estatura y su proverbial habilidad en
luchas é intrigas de partido, á quien espoleaban la inquieta actividad
de un espíritu devorado por la ambición y la esperanza de ascender á la
cumbre y asir la presidencia de la República. Consistía su plan en
organizar dos nuevos territorios, Kansas y Nebraska, en las vastas y
fértiles llanuras que se extendían al oeste del Missouri, entre ese río
caudaloso y la gran cordillera de las montañas Rocosas, terreno
admirablemente situado en el centro mismo del continente, crucero
forzoso de las rutas por donde habían de pasar exploradores, emigrantes
y colonos, en busca de las minas de oro de California y de las riberas
del Pacífico, linde occidental de la república.
Insuperable obstáculo se presentaba, sin embargo, para que al llegar á
constituirse esos territorios como Estados de la federación tuviesen la
facultad de autorizar en su suelo el trabajo esclavo; hallábanse más
arriba de la línea famosa de los 36°30' de latitud Norte, y un pacto
solemnemente acordado y publicado por la generación anterior, sacrosanto
y venerable casi como el mismo paladión constitucional, el
constantemente invocado Compromiso del Missouri, había trazado para
siempre ese límite, más allá del cual era vedado ir á la esclavitud.
Calhoun, Calhoun mismo, á quien nunca arredraron las consecuencias de
sus doctrinas, hubiera temblado quizás antes de atravesar ese Rubicón
por mil motivos peligroso. Douglas no tuvo miedo, ni siquiera titubeó al
tirar la suerte, y á su voz respondieron el Senado y la Cámara
proclamando que la antigua y salvadora restricción geográfica sería de
entonces en adelante nula y de ningún valor. Eso era, para usar un símil
de Sumner calificando con su acostumbrado vigor la acción del Senado,
sembrar los dientes del dragón por toda la extensión del país; y si no
brotaban inmediatamente, como en la fábula antigua, hombres armados, ya
fructificarían después entre el odio y la guerra civil[7].
[7] Discurso del 25 de Mayo de 1854.
El nuevo _bill_ trastornaba completamente la política en los Estados
Unidos; todos los sacrificios consumados, humillaciones del Norte,
retiradas del Sur, acuerdos, transacciones, todo se borró, y apareció en
completa desnudez la realidad de los intereses desencadenados. La
división entre ambas secciones se ahondó tanto que no era ya posible
ninguna transacción, que no podrían ya extenderse más la mano de un
borde al otro del abismo que los separaba.
Por fortuna, poseía el sentimiento unionista en el Norte tan viva
conciencia de su fuerza y su derecho, que ni entonces ni nunca provocó
el rompimiento final, amenaza constante del partido adverso; y en ese
año de 1854 soportó que fuese derogado el acuerdo del Missouri, y
continuó la lucha en el terreno legal, bajo las condiciones mismas en
que se la ofrecían. Kansas y Nebraska eran un desierto: había primero
que poblarlo y colonizarlo, después sus habitantes decidirían, cuando se
hallasen en capacidad de solicitar ingreso entre los estados de la
Unión, la especie particular de constitución que habría de regir,
autorizando ó prohibiendo la esclavitud. Si la contienda legal hubiera
podido sostenerse con toda lealtad, el éxito en favor de la libertad no
hubiese sido dudoso. Los emigrantes nunca iban al Sur á entrar en
competencia con el trabajo servil, y como los Estados de Nueva
Inglaterra aprestaron recursos abundantes para facilitar el
establecimiento de colonos en los llanos de Kansas, no tardó en haber
allí blancos suficientes para organizar municipios, reunirse y votar una
constitución contraria á la esclavitud. Pero á tanto no podía resignarse
el partido omnipotente en Washington; convencido de que para reforzar su
vacilante situación le era indispensable aumentar de todos modos el
número de defensores resueltos de la esclavitud, hizo concertar bajo sus
auspicios entre el vecino estado de Missouri y el territorio de Kansas
un movimiento de ida y venida, de entrada y salida, para acumular
votantes cada vez que fuese necesario y anular uno tras otro todo
acuerdo opuesto á sus deseos. Nació de ahí una situación nublada y
revuelta, un estado perenne de confusión, de disputas y hasta de guerra,
de verdadera guerra civil, con muertos, heridos, asaltos y batallas.
Primer ensayo en teatro reducido de escenas trágicas, que más adelante
habían de representarse en proporciones infinitamente mayores; desorden
local, en un rincón lejano del país, que deshonraba la república á los
ojos del mundo, pues nadie lograba descubrir la verdad ni fijar de qué
lado estaban la razón y la justicia en medio de la enorme masa de
detalles contradictorios que insertaban los periódicos, que autorizaban
las mismas comisiones oficiales. Era en efecto demasiado evidente que el
partido cuyas ideas dominaban en el Capitolio y en la Casa Blanca seguía
tenazmente en Kansas la realización de un programa bien definido, y
apenas disfrazaba su ardiente empeño de cubrir y defender los atentados
que diariamente se cometían.
La mayoría del Senado, tan fiel como numerosa y compacta, mantenía firme
la alianza entre Douglas y los adalides del Sur. Butler, de la Carolina,
y Mason, de Virginia, sucesores ambos de Calhoun al frente de los
sostenedores de la esclavitud, experimentaban la satisfacción de ver
acatadas y obedecidas las doctrinas que predicó durante su vida el gran
político, cuya memoria invocaban reverentemente, á quien siempre
recordaban como "jefe, señor y maestro". Pero el alma, el espíritu
activo del Senado en todas esas discusiones á propósito de Kansas, tan
graves y tan reñidas, fué Douglas, que inició la cuestión, la dirigió,
la hizo crecer hasta convertirla en la más vasta y trascendental de
cuantas agitaban el país; á él todo principalmente se debía y en esa
época parecía á la verdad el activo, robusto, pequeño de estatura
senador, uno de esos enanos malignos de la leyenda, como ha dicho Von
Holst, que por la fuerza de sus músculos y la sutileza de sus
combinaciones logran sobreponerse á guerreros formidables[8].
[8] _Const. Hist._ (Chicago, 1877-89) vol. IV. pag. 416.
Sin tropas, sin máquinas de guerra, sin campo siquiera de donde lanzar
las embestidas, no era posible á la minoría reducida del Senado ir
contra esa posición inexpugnable con la menor probabilidad de
arrollarla. Pero Sumner, en quien no sólo como intrépido y vigilante
tribuno, sino como jurisconsulto tan experto cuanto tenaz, fundaban
grandes esperanzas los adversarios de la esclavitud, no se resignaba á
la inacción, y resolvió ver, con un nuevo discurso, larga y
cuidadosamente preparado, si levantando el grito con redoblado vigor,
hacía penetrar el eco vibrante de su invectiva en los oídos de todos los
libres ciudadanos del Norte de la república, y denunciar así en términos
de la más ruda franqueza, sin escrúpulos de forma ni respetos de nimia
cortesía, lo que pasaba en Kansas, y lo que para esconderlo y
patrocinarlo se urdía en el Senado. Si con argumentos ó con preces nada
podía conseguirse, algo quizás se obtendría presentando al país un
cuadro magistral de la situación, haciendo destacar sobre el fondo
oscuro de la sala de sesiones é iluminando con rojizo resplandor las
figuras de los jefes audaces, que tramaban la ruina de la república, que
por lo menos querían abiertamente aumentar la influencia y poder de los
dueños de esclavos en los consejos nacionales con menoscabo de la
libertad.
El discurso fué pronunciado el 19 y 20 de Mayo de 1856, y ocupó más de
seis horas entre las dos sesiones. Es una arenga muy trabajada, repleta
de erudición literaria, y á pesar del tono excesivamente declamatorio
surge en ella sincera y ardorosa la pasión del orador, inspirándole
pasajes de brillante elocuencia.[9] Como obra de arte es muy desigual,
de gusto poco severo, con tal exuberancia de citas de autores antiguos y
modernos, de alusiones históricas y mitológicas, que á ocasiones aparece
privado de movimiento y de vigor. No es creíble que, pronunciado ante el
Senado, obtuviese la mitad siquiera del efecto que produjo sobre los que
después lo leyeron, porque, como todos los escritos de Sumner, deja ver
la larga preparación, y carece de ese colorido sobrio y enérgico, que
por lo general conserva la prosa de los graneles oradores, aun en los
trozos más meditados, mejor aprendidos de memoria. La impresión del
auditorio debió ser extraña, confusa, contradictoria, á despecho de la
afectación de simetría y precisión de método con que va dividiendo y
tratando la materia, sin cuidado de incurrir en repeticiones y
monotonía. Este inconveniente quizás fué poco sensible, después de todo,
para los lectores poco exigentes á que estaba dedicado, y es positivo
que como esfuerzo de convicción y propaganda gana el discurso en
claridad y unidad de efecto tanto como puede perder bajo diferente
concepto.
[9] Llena más de quince grandes páginas á tres columnas del
_Congressional Globe_ 34th. Cong. 1st. Sess. 529 á 544. Apénd.
En varios lugares presenta el croquis de las líneas principales del plan
trazado; de las tres partes en que distribuye la materia y que enumera,
subdivide dos en cuatro capítulos, cuyos títulos reiteradamente anuncia,
comunicando á su trabajo algo de rigidez mecánica, de innecesariamente
riguroso y afectado. Agotada la narración, estudiado lo que llama «el
crimen contra Kansas» en sus orígenes y su carácter, descrita con
infatigable energía la situación del territorio en ese instante
histórico, procede á analizar «con mezcla de vergüenza é indignación»
las defensas del crimen invocadas por los culpables, «cuatro en
número--dice--y de cuádruple naturaleza... La tiranía, la imbecilidad,
el absurdo y la infamia se unen para bailar, como las brujas hermanas,
en torno de este crimen». Los remedios propuestos son también cuatro, y
se le presentan, aludiendo probablemente á una escena del _Mercader de
Venecia_, igual que antes á las brujas del Macbeth, como otras tantas
cajas cerradas, «y al Senado toca determinar con su voto cuál debe ser
abierta y descubrir su contenido».
El orador recomienda el cuarto remedio, que en suma se reduce á admitir
en el acto á Kansas entre los estados de la Unión con prohibición
absoluta de consentir la esclavitud; mas demasiado conocía él lo
impracticable de esa solución, que contrariaba les inmutables deseos de
la mayoría y tenía, del modo como se presentaba entonces, vicios de
forma, irregularidades esenciales, suficientes para hacerla fracasar
ante jueces aun menos prevenidos, aun totalmente desinteresados.
Pero cambian de aspecto y naturaleza estas circunstancias, si se
recuerda que desde su silla curul el orador pretendía dirigirse al país
y era parte de su plan revestir sus violentas afirmaciones de un gran
aparato de saber político, de erudición literaria é histórica. La parte
personal y de invectiva adquiría así mayor relieve, y no era un
inconveniente que quitase fuerza y valor á la argumentación. El
entusiasmo y la exaltación podían y debían á su juicio tomar parte en
una cuestión en que el sentimiento y la moral universal la tenían tan
grande y decisiva. Mirado de este modo, el discurso es extraordinario, y
en lo que dice sobre los senadores adversos, sobre Butler y Douglas y
Mason, abundan expresiones felices y pasajes muy animados. Hay, como en
lo demás, lujo exagerado, ostentación de riquezas, mal gusto; en un solo
y mismo párrafo, por ejemplo, compara á Douglas con tres personajes
diferentes, con Danton, con un general inglés de la guerra de la
independencia y con el que quemó el templo de Diana en Efeso, lo cual es
llevar lejos la incoherencia.
La gran novela de Cervantes, acaso tan popular y tan leída en países de
lengua inglesa como en los de lengua castellana, le inspira la mejor,
más cáustica y brillante de sus comparaciones. Si se tiene presente que
el senador Butler era un personaje alto, delgado, orgulloso, aunque de
maneras reposadas y corteses, y que Douglas, por el contrario, era
pequeño de estatura, de cara redonda, facciones toscas y anchas
espaldas, se comprenderá bien el efecto de risa que empezaría causando
al decir que esos dos senadores, aunque con muy diferente objeto al de
Don Quijote y Sancho Panza, habían salido al campo, á la manera de esta
pareja inmortal, en busca de una misma aventura. Pero como el objeto
del ataque no era hacer reír, truécase inmediatamente el chiste en
denuesto feroz, y añade: «El senador de la Carolina del Sur ha leído
muchos libros de caballería, y se cree él mismo andante caballero con
sentimientos de honor y valentía. Ha escogido naturalmente una dama á
quien consagrar sus pensamientos, la cual aunque fea para los demás, es
siempre encantadora para él; aunque indigna á los ojos del mundo, es
casta á los suyos; me refiero á esa ramera, que se llama la Esclavitud.
En favor de ella brotan profusamente las palabras de sus labios. Que
acuse alguno su conducta, ó proponga limitarla en el ejercicio de su
lascivia, y no habrá extravagancia de maneras ni violencia de
expresiones que parezca demasiado grande á ese senador» ... Luego dice:
«Si el senador de la Carolina es el Don Quijote, el senador de Illinois
es el escudero de la Esclavitud, su verdadero Sancho Panza, pronto á
desempeñar la parte humillante de la tarea». Estas frases repercutieron
como imperdonable afrenta por todo el Sur de la república; pero las que
más dolieron, las que cayeron como bombas explosivas en medio de
aquellos exasperados combatientes y provocaron la terrible represalia,
fueron otras, como éstas: «Los habitantes de Kansas excitan muy
particularmente la sensibilidad del senador. Representa, como nos lo
advierte, "un Estado", y se aparta con supremo disgusto de esa nueva
comunidad, que no se digna reconocer ni aun como "cuerpo político"».
«¿Por qué ese exclusivismo? ¿Ha leído la historia del Estado á quien
representa?... La Carolina es antigua, Kansas es joven. La una cuenta su
vida por siglos, la otra por años. Pero un buen ejemplo puede nacer en
un día, y me atrevo á decir que enfrente de los dos siglos del viejo
Estado pueden ponerse los dos años de prueba y de virtudes de la
comunidad más joven. En el uno se oye el largo lamento de la esclavitud,
en la otra el himno de la libertad... Si la historia entera de la
Carolina se borrase desde el momento de su creación hasta el día de la
elección última del senador, no diré cuán poco habría perdido la
civilización, pero seguramente menos de lo que ya ha ganado con el
ejemplo de Kansas en su animosa lucha contra la opresión». Y aludiendo á
unos versos del _Hamlet_, al apóstrofe indignado de Laertes contra el
clérigo oficiante en el entierro de Ofelia, que la mayor parte de sus
oyentes sabía sin duda de memoria, concluye el párrafo así: «Kansas
admitida á título de Estado libre sería en la República como un "ángel
del Señor", mientras Carolina, asida á su manto de tinieblas, yacería
bramando en los abismos».
La sala y tribunas del Senado estuvieron completamente llenas durante
las dos sesiones que ocupó el discurso, y á pesar de la probable
hostilidad de casi toda la concurrencia y del no fingido desdén de
algunos senadores, fué escuchado con profunda atención, sin haber sido
el orador llamado una sola vez al orden, ni por el presidente de la
asamblea ni por sus colegas.
Apenas hubo terminado, se levantaron á replicar Douglas y Mason;
considerábanse personalmente agraviados y devolvieron insultos mucho
mayores; pero no hay nada que recordar de sus airadas contestaciones,
improvisaciones dictadas por la cólera, y como era natural, no lograron
mantenerse, tan estrictamente como lo había hecho el agresor, dentro de
las fronteras del lenguaje parlamentario. Butler no asistía al Senado en
esos días, hallábase muy lejos, en su "pequeña hacienda" de la Carolina,
como dijo después.
Instantáneamente se vió que el efecto del discurso, en contra lo mismo
que en pro, sería tan grande como podía su autor desearlo. En la
atmósfera opresiva de aquella época, nube tan cargada de electricidad
contraria no había de pasar sin desencadenar la tempestad, y como
Washington, capital federal, era por sus costumbres, sus esclavos y sus
condiciones topográficas una ciudad del Sur, numerosos amigos
advirtieron á Sumner que debía por prudencia precaverse atentamente.
Pero moderado y pacífico en sus relaciones privadas tenía en cuestiones
públicas el valor de sus opiniones, y convencido de la rectitud
desinteresada de su conducta, despreció el aviso.
En la tarde del 22 de Mayo, dos días después del discurso, habiendo el
Senado suspendido su sesión más temprano que de costumbre, se había
quedado Sumner en la sala sentado en su puesto y despachando su
correspondencia, cuando se le acercó un individuo para él desconocido,
murmuró unas palabras sobre injurias inferidas al estado de la Carolina
y á su senador, y sin aguardar respuesta le asestó en la cabeza
descubierta golpe tal con un grueso bastón de gutapercha, que casi lo
privó de sentido. Pugnando por levantarse, arrancó Sumner en sus
esfuerzos la mesa clavada contra el suelo que le impedía moverse y
defenderse, mientras menudeaban los golpes sobre el cráneo y sobre la
cara, fuertemente aplicados por un hombre joven y diestro. Al fin cayó
contra el pavimento, exhausto, desmayado y cubierto de sangre[10].
[10] Como hay menudas discrepancias de detalle en las relaciones
del suceso, he seguido principalmente la versión del colega de
Sumner como senador de Massachusetts, Henry Wilson, ante el Senado,
al día siguiente de la ocurrencia. _Cong. Globe_, pag. 1279.
Fué protagonista de esa escena sangrienta un pariente del senador
Butler, miembro de la Cámara de Representantes, llamado Preston Brooks.
En la altanera relación del suceso, que cerca de dos meses después hizo
él mismo ante el Congreso cuando se discutía su expulsión, confesó haber
premeditado minuciosamente su acometida, como castigo de insultos
inferidos "á su Estado y á su sangre". Dijo, además, que su primera idea
había sido armarse de un látigo solamente, pero como Sumner era hombre
de elevada estatura y por consiguiente de mayor fuerza muscular, temió
que si había lucha cuerpo á cuerpo llegase á arrancarle el látigo de la
mano, y entonces, añadió significativamente, "como yo nunca dejo de
llevar á término lo que emprendo, me habría visto forzado á hacer _algo_
que hubiera tenido que deplorar durante todo el resto de mi vida". De
ahí la forma y carácter de su atentado[11].
[11] Sesión de la Cámara del 14 de Julio de 1856. El discurso de
Brooks se encuentra también en _Representative Orations_ ed. by _A.
Johnston_, N. Y. 1884, pues aunque sin valor literario se inserta
como representando uno de los lados de la famosa cuestión.
El tribunal común le impuso una simple multa, y en la Cámara no llegó á
reunirse la mayoría de dos tercios necesaria para la expulsión; presentó
él entonces espontáneamente su dimisión con objeto de ofrecer á sus
comitentes de la Carolina del Sur ocasión de aprobarlo ó censurarlo. Fué
reelegido por la casi unanimidad de los votantes. Un grito de
satisfacción resonó de un extremo al otro de los estados esclavistas, y
al cabo de tanto tiempo repugna todavía hoy leer en los periódicos de la
época la expresión de esos aplausos tan imprudentes[12], á que
respondían de la otra parte los más furiosos anatemas.
[12] Gran número de ellos copia VON HOLST op. ut ant. vol. V. pag.
328.
Cuando volvió Butler á Washington y habló prolijamente, en dos sesiones
también del Senado, respondiendo por sí y por su Estado á los cargos de
Sumner, dió á entender que podía muy bien éste hallarse ya otra vez en
su puesto de senador, pero que le convenía fingir resultados más graves
de los que en realidad le acarreaban los golpes de Brooks. No era así, y
en eso como en lo demás cegaba la pasión á los encarnizados adversarios.
Sumner, que hasta entonces había gozado de perfecta salud y en cinco
años no había faltado á una sola sesión, seguía abrumado por los efectos
del ataque, y no se le vió en la sala de sesiones hasta nueve meses
después, en Febrero de 1857. Después de ese día no volvió tampoco á
concurrir, hasta el 4 de Marzo en que fué á prestar juramento y tomar
posesión del nuevo puesto de senador para que acababa Massachusetts de
elegirlo por un segundo término de seis años; pero vivamente molestado
por los síntomas de una cruel afección del sistema nervioso,
consecuencia de los tremendos golpes recibidos en la cabeza, que le
impedía toda ocupación seria y continuada, se halló en el caso forzoso
de abandonar la patria y embarcarse á los tres días para Europa, donde
debía someterse á largo y riguroso tratamiento médico. Es cosa en
extremo curiosa observar que cuando fué Sumner el cuatro de Marzo de
1857 á jurar el cumplimiento fiel del nuevo mandato, había ya muerto
Preston Brooks, en Washington mismo, pocas semanas antes del mismo año,
á la temprana edad de menos de treinta y ocho, y Butler enfermo se
acercaba también al término y moriría en sus posesiones de la Carolina
pocas semanas después, en el mes de Mayo siguiente. Hubiérase dicho que
la diosa de la venganza arrebataba implacable al joven y al anciano, al
mismo tiempo que yacía herida en pleno vigor de su madurez la víctima
tan ferozmente maltratada.
Volvió de Europa á fines de 1859, estuvo presente en Washington al
abrirse el Congreso el 6 de diciembre, dispuesto, aunque no enteramente
curado, á reanudar su enérgico apostolado en favor de la limitación de
la esclavitud. Muchos y profundos cambios se habían ya verificado en ese
momento, pero el problema de la admisión de Kansas como estado soberano
de la Unión se hallaba todavía, después de infinitas peripecias,
pendiente de solución ante el Senado, cuando se levantó á pronunciar su
primer discurso importante en Junio de 1860, abogando lo mismo que antes
en favor de la admisión. Pudo, pues, como el ilustre catedrático de
Salamanca, perseguido y encarcelado cinco años por la Inquisición,
comenzar con la frase célebre: "_decíamos ayer_". Pero si la posición
era parecida, las prendas personales eran distintas; Sumner carecía de
la sencilla resignación de Fray Luis, y su novísimo discurso, que al
imprimirlo intituló: "La barbarie de la esclavitud", aunque exento de
ataques personales, conserva toda la inflexible rigidez de su
temperamento de reformador.
La agresión indefendible, imperdonable, de Preston Brooks no redundó en
beneficio del infausto programa político que la precipitó, bien al
contrario; pero respecto de Sumner, fuera del hondo y lastimoso daño en
su salud, si se mira en relación al papel político que tan valiente y
animosamente representó, cumple declarar que vino al cabo á prestarle el
más insigne servicio. Lo elevó á un alto pedestal, rodeó su frente de
inesperada aureola, le trajo el recurso precioso de la popularidad, todo
lo cual con sus dotes personales únicamente, con su manera habitual de
pensar, de hablar y de escribir nunca hubiera conseguido, á despecho de
la honradez de su carácter, del cabal desinterés de sus intenciones.
Faltábale ductilidad, faltábale modestia en la lucha intelectual,
faltábale sobre todo indulgencia para juzgar á los que opinaban ó
sentían de algún modo diverso: precisamente las cualidades que á primera
vista se estimarían indispensables para conquistar la alta posición que
sin disputa ocupó luego entre sus colegas; su prestigio ante el pueblo
americano bastó á allanar todos los obstáculos. El fatal rompimiento de
1861 vino después á colocarlo en su elemento, por decirlo así, al sonar
la hora de las resoluciones supremas, de las medidas violentas y
radicales. Fué entonces uno de los auxiliares más eficaces del
presidente Lincoln, y no cesaba un instante de espolearlo, de impelerlo
en el sentido de sus ideas, para obtener de él la proclama de la
abolición de la esclavitud como medida de guerra, proclama que Lincoln
prudentemente reservaba hasta que el fino y perspicaz instinto, que lo
mantenía en íntimo contacto con la opinión pública, le anunciara llegada
la hora precisa de lanzarla. Como cabeza de la Comisión de Relaciones
extranjeras en el Senado, movido por la inquebrantable resolución de
apartar cuanto pudiera traer estorbo á la resolución del espinoso
problema de la esclavitud, prestó incalculables servicios, cubriendo con
su prestigio parlamentario al ministro Seward, y conjurando todo peligro
de ruptura diplomática con el gabinete inglés ó con el Emperador de los
franceses. Al fin vió coronados sus esfuerzos, la guerra terminada, la
esclavitud para siempre abolida. Fué el período triunfante de su
carrera, y duraron su influencia y su poder hasta el término de la
presidencia de Andrew Johnson. Después vinieron en tropel amarguras,
tristezas infinitas; los defectos del hombre se sobrepusieron á las
cualidades del tribuno y del apóstol; alejado de su partido, de los más
de sus amigos, en pugna con el general Grant y sus ministros, fué
bajando uno á uno reacio y desabrido los peldaños de la escalera, que lo
había conducido á la cumbre: nadie lo oía, nadie seguía sus consejos, y
su tono dogmático, la pomposa elocuencia de sus desconsoladas profecías
se perdían en el desierto. Así fué poco á poco extinguiéndose la luz
brillante, la voz sonora del hombre que en un tiempo representaba, según
la bella y enérgica palabra de Emerson, "la conciencia del Senado".
CAPÍTULO III
"La cabaña del tío Tomás"
Queda dicho antes que, elegido Sumner para un segundo término de seis
años como senador de Massachusetts, debió contentarse con jurar
precipitadamente el cargo y por algún tiempo retirarse completamente de
la vida pública. El sillón permaneció vacío, á guisa de constante
acusación, manteniendo vivo el recuerdo de la tragedia del 22 de Mayo de
1856. Pero no había peligro de que tan pronto se olvidase; el discurso
había repercutido como toque sonoro de clarín, excitando y alarmando
gran parte del país, y el atentado que provocó, la profanación de lugar
exclusivamente reservado á graves y pacíficas discusiones, aumentó su
resonancia y empeoró la situación general de la república en ese año
fatídico, en el cual puede decirse que se oyeron los primeros gritos, se
asestaron los primeros golpes de la guerra civil.
Era año de elegir nuevo Presidente, y durante el cuadrienio, próximo
entonces á fenecer, que había ocupado el puesto Franklin Pierce, había
durado intacta la estrecha alianza cimentada entre el poder ejecutivo y
la mayoría del Senado, mayoría formada por la coalición de los
representantes del Sur y un grupo de senadores del Norte, capitaneados
por Douglas; contra ella había dirigido Sumner sus vigorosas acometidas.
La elección de Pierce en 1852 había sido triunfal, arrolladura; el
partido llamado demócrata confirmó y aumentó con ella su indisputable
supremacía, y el vencido quedó tan malparado que, pronto dejó de
existir, esto es, perdió su nombre, la cohesión en que fundaba su
eficacia desapareció, y sus miembros se dispersaron para formar otras
agrupaciones bajo otro título y programa que favoreciesen con más
probabilidad de éxito la misma acción política. El compromiso de 1850,
la aceptación general como definitiva y completa solución de todas las
dificultades nacidas de la esclavitud, fué causa única del triunfo del
uno y la derrota del otro partido.
Al mismo tiempo la rigurosa aplicación de la bárbara ley sobre la
persecución y entrega en los estados libres de los esclavos fugitivos
actuaba por su parte á modo de disolvente enérgico, y amenazaba turbar
muy pronto la resignada quietud que aparentemente había sucedido al
anterior período revuelto. En multitud de casos las dificultades
opuestas por el pueblo á la ejecución de la ley, en otros la mala
voluntad y hasta la cólera con que todo el mundo la veía cumplir,
crearon en el Norte algo que allí no se había observado antes: antipatía
vivísima al régimen mismo de la esclavitud en el Sur y piedad profunda
por las víctimas, sentimientos que yacían inertes y dormidos en sus
corazones mientras pasaban las escenas terribles lejos de sus ojos, y
que ahora por fin se despertaban.
La primera prueba decisiva de la resurrección de esos sentimientos fué
el éxito asombroso, tan grande como rápido, obtenido por el libro, que
la desastrada suerte de los pobres esclavos inspiró á una escritora
entonces desconocida, Harriet Beecher Stowe, del que se vendieron en
poco tiempo cientos de miles de ejemplares y que hizo derramar lágrimas
de conmiseración á millones de lectores.
_Uncle Tom's Cabin_--así se titulaba la obra--respondió á una necesidad
moral, expresó en forma patética lo que ansioso de brotar bullía en el
alma de la nación: de ahí su instantánea, inmensa popularidad. Nadie
tomó como simples creaciones de la fantasía sus dramáticos y dolorosos
episodios; todos en el Norte de la República reconocieron la
reproducción exacta y sincera de una situación social abominable, porque
la pintura se ajustaba con terrible precisión á la idea que les sugería
la feroz ejecución de la ley contra los siervos escapados á sus dueños.
Tenía Mrs. Stowe en los días de la publicación de su novela (1851-1852)
cuarenta años de edad, había cultivado poco las letras y con resultados
insignificantes, vivía en ardua lucha con la pobreza, rodeada de
numerosa familia, sin más recurso que el mezquino sueldo que como
profesor de colegio ganaba su marido. La ley de los esclavos le inspiró
el proyecto de escribir la novela; fué en realidad una improvisación
escrita semanalmente, á pedazos, á medida que los iba requiriendo el
periódico donde primero se insertó. Estaba tan lejos de sospechar la
oportunidad y exquisito tino con que iba á hacer vibrar al unísono de su
inspiración las místicas cuerdas que aunaban con sus latidos los de
tantos otros corazones, que rehusó la proposición de costear á medias
con un editor de Boston la impresión del libro, porque era su esposo
demasiado pobre para correr riesgo, si acaso el negocio se liquidaba en
pérdida: resultado muy de temer en vista del escaso interés que la
novela despertó durante los diez meses que estuvo apareciendo en el
periódico abolicionista de Washington. Ese era el libro de que en solo
un año se iban á imprimir ejemplares hasta la cifra de un millón en la
Gran Bretaña únicamente, cifra, dijo _La Revista de Edimburgo_,
probablemente diez veces mayor que la de ningún otro, salvo la Biblia ó
el _Prayer Book_.[13] Esa era la autora de la que, el año mismo de la
aparición de la novela, con su énfasis habitual habló Sumner en el
Senado en estos términos: «Inspirada por el genio del Cristianismo ha
entrado en la liza una mujer cual otra Juana de Arco, agitando con
fuerza maravillosa las cuerdas del corazón del pueblo».[14] Y hoy el más
reciente, tal vez el más juicioso é imparcial entre los que relatan los
sucesos de ese período,[15] considera _La Cabaña del tío Tomás_ tan
importante en la historia de los Estados Unidos como _La nueva Eloisa_
en la historia del siglo XVIII en Francia. Los hombres que en sus
primeros años leían los escritos de Rousseau fueron los revolucionarios
de 1789, como los jóvenes americanos cuyas ideas se formaron leyendo en
la novela ó contemplando en el teatro los horrores de la esclavitud,
tales como Mrs. Stowe los trazaba, fueron los que más adelante
constituyeron la fuerza del partido que consumó por fin la extirpación
del cáncer formidable.
[13] _Life of Harriet Beecher Stowe_ Compiled by her son _Ch. E._
STOWE. 4 vol. Boston, 1889.
[14] Discurso sobre la ley de los fugitivos. Agosto 26 de 1852.
[15] _Hist. of the U. S. from the Compromise of 1850_ by J. F.
RHODES, vol. I pag. 278 y sig.
Ese efecto colosal, obtenido sin charlatanismo, sin auxilio artificial
de especie alguna, fué debido en mucha parte á la poderosa corriente de
simpatía que arrastraba por primera vez la masa del pueblo á prestar
conmovida atención y escuchar con palpitante interés el eco de las
escenas de martirio que pasaban en la región de los esclavos. La autora
contribuyó de su lado á la generosa tarea con las intenciones más puras,
el más elevado entusiasmo, el más comunicativo ardor, y el libro,
concebido y acogido en tan excepcionales condiciones, mereció sin duda
todos los honores, llenó gloriosamente su objeto, á pesar de la trama
poco fina de su estilo, de la desigualdad de la inspiración poética,
del tono excesivamente místico y vago de algunos de sus descosidos
episodios.
Los críticos en el Sur de los Estados Unidos, que sintieron bien el
vigor y precisión del ataque, quisieron desautorizarlo, acusando la
novela de falta de colorido local y declarándola construída sobre hechos
inexactos. La primera objeción no carecía de algún fundamento, pues la
autora no había personalmente recorrido la comarca especial donde el
trabajo esclavo se explotaba en la forma más ruda, y para colocar en
ella sus personajes había tenido que pedir acá y allá los detalles
esenciales y acumularlos después en breve espacio, en pocas escenas,
como era su derecho de artista; pero demostró completamente por medio de
una gran masa de datos y documentos, reunidos más adelante bajo el
nombre de _Clave_ de la novela, su absoluta buena fe y la suficiente
verosimilitud del cuadro general que con tanto relieve había pintado.
La ocasión fué propicia y el talento se impuso á la admiración
universal, pero no volvió á encontrar otra igual, ninguna de sus obras
posteriores obtuvo ni con mucho éxito parecido, á pesar de que produjo
otras de valor literario más subido, que pasaron casi inadvertidas,
aunque el nombre de la autora era ya famoso en Europa y en América; pero
no pudieron conseguir lo que respecto de la primera dependió
principalmente de un estado particular de la opinión. Es probable que
muy pocos lean hoy _La Cabaña del tío Tomás_ y sólo á veces se recuerde
como ejemplo de moral ó libro de educación de la juventud, bueno todavía
para servir de premio en los exámenes. Tiene también su puesto en las
antologías, para las que naturalmente se prefieren las escenas que se
apartan más de la realidad, como la muerte del pobre negro Tom, especie
de visión extática, que asaltó á la autora de improviso, un domingo
durante la comunión, antes de que tuviese resuelta la marcha de su
argumento, la armazón entera de su edificio.
Además, á medida que se va alejando el período en que la esclavitud
imperaba á modo de institución política sacrosanta, se amengua
igualmente el efecto trágico y se desvanece mucho la impresión de verdad
terrible que en su época produjo. Pero el servicio prestado á la causa
de la justicia y la libertad fué muy grande, de vasta trascendencia; si
el monumento literario es perecedero, la memoria de la artista no se
borrará jamás y nadie con mejor razón que ella pudo exclamar: _Non omnis
moriar_.
CAPÍTULO IV.
Formación del partido republicano.--Convenciones nacionales.--Frémont,
Douglas, Buchanan.--Elecciones de 1856.
Cuando se aproxima un cambio profundo en la opinión general de un país,
los primeros signos son como ruidos locales de volcanes diseminados por
toda la extensión del territorio, cuya íntima conexión pocos reconocen,
ni adivinan su carácter de precursores de la gran explosión que se
prepara. Así sucedió en los Estados Unidos durante los seis años que van
desde que empezó á aplicarse en 1850 la ley de persecución de los
esclavos, hasta 1856 que brotó súbitamente el partido "republicano",
numeroso, enérgico, lleno de esperanzas, al que reservaba el porvenir la
gran tarea de arrancar la esclavitud del suelo de la república.
Los acaecimientos del mes de Mayo de 1856, esto es, el asalto contra
Sumner y el incendio y saqueo de una población de Kansas por los colonos
esclavistas alentados desde Washington por el Presidente y su ministro
de la guerra Jefferson Davis, sucesos ambos que independientemente
ocurrieron á pocas horas de intervalo, encontraron al nuevo partido en
vías de su definitiva organización, y vinieron muy á tiempo á infundirle
el grado de vigor y cohesión que en esos momentos requería. Puede
decirse que el partido recibió el bautismo en Pittsburg el 22 de
Febrero, aniversario del nacimiento de Jorge Washington, día en que se
congregaron allí los adversarios principales de la política imperante en
los consejos de la nación, y acordaron proclamar la necesidad de admitir
á Kansas como Estado libre y declarar la guerra por todos los medios
legítimos contra la extensión del régimen de la esclavitud más allá de
los límites donde existía, proscribiendo en lo adelante todo género de
transacción ó compromiso. Al efecto convocaban para una Convención en
Filadelfia con objeto de nombrar candidato para la presidencia de la
república y abrir en seguida animosamente la campaña.
Es sabido que conforme á la Constitución y leyes del Congreso, el pueblo
de los Estados Unidos no vota directamente en las elecciones de
Presidente de la República, sino escoge cada cuatro años, en un día
fijado del mes de Noviembre, compromisarios especiales encargados de
formar un colegio electoral y designar el agraciado. En la realidad
estos compromisarios obedecen á un mandato imperativo de que jamás se
apartan, y nombran siempre á los designados de antemano por el partido
político á que ellos pertenecen. El trámite capital, por tanto, es la
elección de los candidatos en la junta ó Convención general del partido,
candidatos que seguramente serán los escogidos por el colegio electoral
y ocuparán el poder, si el partido logra triunfar en el escrutinio
general. Llámanse Convenciones nacionales, reúnense por pocos días cada
cuatro años, en una ciudad diferente por lo general, y se componen de
delegados en número proporcional al de senadores y diputados que cuente
cada Estado, delegados escogidos por las agrupaciones permanentes que
los partidos tienen siempre organizadas en todos los distritos ó
pequeñas circunscripciones políticas, que como mallas de inmensa red
cubren el vasto territorio nacional.
Mecanismo tan complicado puede funcionar armónicamente si son perfectas
á un tiempo la organización y disciplina de sus elementos, condiciones
que sólo el tiempo y la práctica pueden llevar al grado de eficacia
indispensable. Infinitas y de la más difícil solución tenían que ser,
por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer período de su
existencia, y todas ellas venían á añadirse á la otra mucho mayor y
formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido
demócrata, fuertemente organizado, dueño del poder, engreído todavía por
el completo triunfo obtenido cuatro años antes y bien persuadido de
renovarlo una vez más, confiando en la abundancia de sus recursos, sus
tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados á vencer é igualmente
diestros en el ataque y en la defensa.
Los obstáculos, empero, fueron allanándose por sí mismos, un impulso de
genuina y entusiasta simpatía suplió á la falta de tiempo y ejercicio
para la rápida y metódica movilización de las fuerzas que de todos lados
corrían á incorporarse, y el día fijado reunióse en Filadelfia la
Convención Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de
tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas
del mismo género, fué más bien una reunión tan informe como numerosa, un
_mass meeting_, como se le ha llamado.[16] Concurrieron más delegados de
lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos
empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al país y le
inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera
revolución, como envueltos en atmósfera encendida por los más variados y
vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convención, aunque en
otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados más inmediatos y
prácticos, el célebre Concilio que á la voz del papa Urbano inauguró en
Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad
Media.
[16] Bryce, The American Commonwealth vol. II pag. 69. (1889).
La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo
sentimental, sino sólido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fué
cumplidamente desempeñada: redactar el programa ó manifiesto, lo que en
el lenguaje especial de la política norteamericana se conoce con el
nombre de "plataforma", sobre la cual, á manera de base ó pedestal,
solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el
documento, sin causar escándalo, una decidida hostilidad á toda
extensión de la esclavitud, porque esa y no otra era la razón de ser del
nuevo partido, é hiciéronlo declarando sin ambajes: 1º que ni el
Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno ó
asociación de individuos podía impartir existencia legal á la esclavitud
en los Territorios: y 2º que el Congreso tenía en virtud de la
Constitución el derecho y el deber de prohibir allí la poligamia y la
esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era también
indispensable que el programa no asustase á los tímidos ni ahuyentase á
los moderados, sugiriendo medidas violentas ó procedimientos
revolucionarios; así lo previeron, contentándose con pedir la admisión
de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del
Missouri y á la ley sobre los huídos, sin duda porque juzgaron
suficientes á realizar sus votos esenciales las dos mencionadas
resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios
de la inmortal Declaración de Independencia, y anunciaban la decisión
inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y
no obstante toda amenaza de disolver la Unión. Precisamente habían sido
hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que
los Estados del Sur infundían terror y mantenían su predominio; ahora
por primera vez bajaban á la arena intrépidos combatientes, dispuestos á
provocar y afrontar la lucha sin miedo á ninguna consecuencia.
Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidió su desquite el
entusiasmo, y avasallando á la razón fué unánimemente elegido por la
Convención como candidato á la presidencia, en medio de vivas y
aplausos, no un hombre político de establecida reputación, no un tribuno
de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, héroe de
extraordinarias aventuras. Llamábase John C. Frémont, contaba cuarenta y
tres años nada más y gozaba de gran popularidad; su nombre había corrido
de boca en boca antes de 1850, en la época en que todos volvían los ojos
hacia la dilatada extensión de tierra al occidente, más allá del
Mississipi y sus afluentes, región casi completamente desconocida, donde
era ya fácil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la república.
A la cabeza de pequeñas partidas de exploradores se había lanzado
Frémont en varias ocasiones á visitar esa región de indios salvajes,
había atravesado desiertos, escalado ásperas cordilleras, descubierto á
costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde
era únicamente posible llegar hasta los aledaños del continente; y las
narraciones de sus aventuras habían sido leídas apasionadamente y
admiradas en todo el país. Al declararse la guerra contra Méjico, se
hallaba al término de una de sus excursiones: con su gente se puso al
frente de una insurrección contra el gobierno mejicano, y pronto muchos
le dieron el título de conquistador de California. La anexión de esos
territorios halló en él después ardiente favorecedor, y fué uno de los
primeros senadores enviados á Washington, cuando en 1850 se verificó la
entrada de California como Estado sin esclavos en la federación. Desde
esa fecha se le tenía por acérrimo y declarado enemigo de la esclavitud.
Otros actos de su vida parecían de propósito combinados para excitar la
atención. Era hijo de un francés profesor de idiomas en los estados del
Sur, había nacido en el de Georgia, y se había educado solo, por no
doblegarse á la disciplina del colegio á que su madre viuda lo mandó. En
Washington después se casó secretamente con una distinguida joven, de la
mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H.
Benton, representante durante treinta años en el Senado del estado de
Missouri y autor de dos gruesos volúmenes, siempre útiles de consultar,
titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de
treinta años". Aunque más adelante se reconciliaron suegro y yerno,
fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856
no votó Benton por su hijo político para Presidente. A causa de un
incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fué el explorador
acusado de insubordinación y desobediencia, y condenado por un consejo
de guerra; aunque el presidente Polk levantó la pena impuesta y ofreció
devolverle su grado en el ejército, desdeñó orgullosamente Frémont el
indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo
ello contribuyó fuertemente á su popularidad[17].
[17] Life of Th. H. Benton by Th. Roosevelt, page 354. La obra de
Benton es la misma citada antes bajo su primer título: Thirty years
view.
Juzgado á la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la
consideración se impone como caso de interés histórico), es evidente que
la Convención expuso á grave peligro su propia causa y la suerte del
país, al designar á Frémont como candidato. Si hubiera ganado la
elección la guerra civil habría comenzado en 1857, y se hubiese hallado
dirigiendo la cosa pública en tan crítica y formidable situación un
hombre que era, como se vió luego demasiadamente claro, extravagante,
obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos ó
plegarse á las circunstancias, y que ni siquiera tenía el talento
militar que se le suponía.
El partido republicano reunió más de un millón trescientos mil votos de
los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene
en cuenta que la organización se hizo en plena lucha, enfrente mismo del
enemigo. Llenó de gozo y de las más halagüeñas esperanzas á cuantos
deseaban borrar en el próximo porvenir la negra mancha de la esclavitud,
pues ese número de votos representaba la mayoría en once de los treinta
y un Estados de la Unión. No faltaron quienes pensasen que con un
candidato menos romántico, de más peso en política que Frémont, el
desenlace de la campaña hubiera podido ser muy diferente[18].
[18] Véase: Von Holst ut ant. volume V. pag. 373.
El partido demócrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur,
menos uno, y la fracción de hombres del Norte que Douglas conducía,
triunfó nuevamente, pero por la última vez; bien lo indicaba inequívoca
y ominosamente el no haber alcanzado mayoría absoluta y haber ganado la
elección, á causa de la división de fuerzas producida por un tercer
partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogió cerca de
novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas
ese partido debía desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gastó
en esa acometida toda su energía, como la abeja que pierde su aguijón
dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano ó nativista,
vulgarmente _knownothing_, porque envolvía en profundo secreto su
organización y afectaban sus adherentes responder que "nada sabían"
cuando se les preguntaba; duró en suma corto tiempo y murió por carencia
de vitalidad, de razón de ser; el problema de la esclavitud era la
preocupación universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio
no facilitaba en sentido alguno su solución.
En la Convención del partido demócrata, que se celebró en Cincinnati
pocos días antes que la del republicano en Filadelfia, sufrió Douglas la
amarga pena de no ser á pesar de sus esfuerzos el candidato preferido.
Su carácter de representante del gran estado de Illinois, el talento y
la infatigable actividad con que se alzó y mantuvo á la cabeza de la
mayoría del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan
conforme al cual pudo ser derogada la limitación de la línea del
Compromiso y abierto á la expansión de la esclavitud el suelo de Kansas
y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus
afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por él; fueron
necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes
de que cediesen la vía, que hubieran podido obstruir indefinidamente, á
James Buchanan, anciano de sesenta y cinco años, en quien la perspicacia
de algunos jefes esclavistas había adivinado dócil y complaciente
servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se
consolaban con la idea de que contaba éste de edad cuarenta y tres años
solamente,--lo mismo por cierto que Frémont,--y podía aguardar con
paciencia la próxima revancha: él sentía en el fondo de su espíritu que
la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rápidas á
encapotar su horizonte.
Fué Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque había
sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto á sacrificar más
todavía por obtener aplausos y votos del partido dominante, probó en una
hora crítica, cuando sus antiguos amigos se resolvían á la guerra civil,
que siempre nutría vivísimo amor y respeto por la patria, por su
engrandecimiento y prosperidad, y que jamás consentiría ser cómplice de
su desmenbración. El miedo que los sagaces aristócratas del Sur, los
mismos que aceptaban sus servicios y seguían su bandera en el Senado,
tenían de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendían
á su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecían temer que
una vez en el alto puesto no pudiesen más contar seguramente con él y
desease aplicar sus propias ideas é imponer su voluntad. Reunía muy
raras y notables cualidades: enérgico, atrevido, se erguía y brillaba en
medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los
fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la
prontitud de sus recursos bastarían á transformar la situación en los
trances más difíciles. Así á menudo aconteció. Cuando hizo pasar por
ambas ramas del Congreso el _bill_ sobre Kansas y la abolición del
Compromiso, fué tan hostil la impresión por varias partes que, como dijo
él mismo con imagen bien aventurada, había viajado de Washington á
Chicago á la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A
pesar de todo continuó en auge constante su prestigio popular, día llegó
en que ninguna otra persona en el partido le excedía en habilidad
parlamentaria, en número de adherentes y en popularidad.
Para haber subido más alto y dejado en la historia americana nombre
ilustre, tanto por lo menos como los de Madison ó Calhoun, halló por
desgracia obstáculos invencibles nacidos de las condiciones en que
fatalmente se encontró desde el principio de su carrera y le impidieron
adquirir ese grado de educación, de refinamiento moral é intelectual
que, salvo en naturalezas privilegiadas, sólo se adquiere durante la
juventud. Como _selfmade man_ fué un tipo característico, aun en esa
tierra donde surgen con más frecuencia que en otras hombres formados y
elevados por su propio esfuerzo; huérfano de padre y madre desde muy
temprano, apenas asistió á escuelas en su niñez y á los diez y seis años
ejercía un oficio mecánico, carpintero en el estado de Vermont, donde
había nacido. Resuelto á abrirse camino á través de las dificultades,
emigró al Oeste de la república, á los nuevos Estados que rápidamente
crecían y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde había entrado
solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por único capital,
progresó su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en
riqueza y población, y fué á los pocos años ocupando uno tras otro los
cargos más importantes del servicio público, llegando á ser Senador en
1847, posición encumbrada que hasta su muerte conservó y admirablemente
llenó.
Acaso debió Buchanan el triunfo en la Convención de Cincinnati á los
méritos mismos de su competidor, pues por lo demás era personaje muy
inferior en todo. Pero así como tenía Douglas numerosos amigos, contaba
enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares más ó menos tibios,
que había ofendido y llevádose de encuentro en las reñidas batallas
políticas en que había figurado y triunfado; el resentimiento de éstos y
los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al
suelo su candidatura. Buchanan no tenía malquerientes personales, había
pasado varios años fuera del país en el servicio diplomático, era
obsequioso, cortés, de fácil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su
Estado natal, pero débil de carácter y de inteligencia no más que
mediana.
El público siguió las diversas fases de esa campaña electoral
excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante interés, con más
ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observó que la
calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se
compensaba por medio de la inesperada simpatía que el nuevo programa
antiesclavista despertaba. El partido demócrata disponía de las sumas
que las cotizaciones exigidas á los empleados públicos producían;
Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los más ricos
capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los
republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos á los Estados libres, lo
cual por sí era una ventaja, sin gastos inútiles, sin estímulos
extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de
individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por
primera vez las consecuencias del plan político de la extensión de la
esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignación de quien busca la
paz de su conciencia, que la esclavitud quedaría enclavada dentro de los
límites reconocidos por la Constitución, y que de ahí no debería pasar
jamás.
El número de votos antiesclavistas dejó atónitos á muchos, perplejos á
los mismos vencedores; Buchanan, en la presidencia, iba á representar
una minoría, debido á los cuatrocientos mil sufragios de ciudadanos del
Norte, interceptados por el tercer candidato. Esos votos hubieran
bastado para elegir á Frémont, suceso increíble seis meses antes, que
los hábiles estratégicos, directores desde tantos años atrás de la
política nacional, habían considerado resultado tan monstruoso como
improbable, y sólo mencionaban para declarar que á tal evento
responderían sin vacilar con "inmediata, absoluta, eterna
separación".[19]
[19] Frases de una carta de Mason á Jeff. Davis, ministro de la
guerra, citadas en _Reminiscences of Hamilton_ (New-York, 1899).
Cuando se acallaron las voces, y se disipó el humo del combate, un
observador mal preparado hubiera podido pensar examinando el campo que
no se había realizado alteración alguna profunda, que la situación
seguía la misma, pues si el asalto había sido más rudo, la victoria era
indudable, y las cosas continuarían por tanto bajo Buchanan como habían
marchado ya bajo el gobierno de Pierce. Los vencedores no obstante se
encontraban lejos de sentirse tan satisfechos como en anteriores
ocasiones; jugaban en esas lides intereses demasiado graves y queridos,
y en sus inquietas meditaciones, fija la escrutadora mirada en lo
futuro, pudieron ver, como el héroe romano antes de la última batalla,
un fantasma siniestro emplazándolos para la próxima elección
presidencial.
CAPÍTULO V.
El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo
A los dos días de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de
Marzo de 1857, publicó el Justicia mayor, ó Regente del Tribunal supremo
de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayoría de los jueces
en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en
vindicación de su libertad.
Es celebérrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en
nación compuesta de más de treinta Estados, independientes entre sí
respecto de toda cuestión de derecho común, civil ó criminal, y cuyos
códigos particulares en unos protegían el régimen de la esclavitud y en
otros ni siquiera lo reconocían, habían por fuerza de ocurrir á menudo
conflictos sobre la condición de individuos pasando á cada instante de
un Estado libre á otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente,
hacía el tribunal encargado por la Constitución de zanjar esas
dificultades, oyendo en grado de apelación un caso particular, ya
tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que
declaraba esclavos á los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer
y dos hijas. La importancia histórica de esa sentencia estriba en sus
considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecían,
con el objeto confesado de calmar las reñidas controversias sobre la
legalidad de la admisión de esclavos en los Territorios, y, al efecto,
aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental
por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensañados
contrincantes vino el malhadado documento á precipitarse como enérgica
levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando
las diferencias políticas hasta un grado no visto todavía.
Dred Scott, esclavo de un médico militar domiciliado en el estado de
Missouri, había residido algún tiempo sirviendo á su dueño en regiones
de la república donde no existía la esclavitud, y á su vuelta,
enardecido por violento castigo corporal á que se le sometió, dedujo
demanda de emancipación apoyándose en la jurisprudencia inglesa, vigente
como derecho común en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo
que pone el pie donde no sea legal la condición servil. Años hacía que
la demanda seguía su curso con varia fortuna en diferentes tribunales,
hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones,
local y nacional, de los Estados y de la Federación, que funcionan al
lado una de otra y completamente separadas el todo en país, llegó en
grado final ante la Corte suprema en Washington. Movió el caso vivísimo
interés; abogados de gran reputación acudieron espontáneamente, sin
retribución directa y atraídos sólo por la importancia de la materia, á
informar en estrados las dos veces que abrió el tribunal la vista de la
causa, ambas en 1856, la primera antes de la elección de Buchanan, la
segunda después. De esta manera una precedió y la otra siguió á la
encarnizada campaña que tanto ruido y tanto polvo hizo ese año en todo
el ámbito del país.
Si el alto tribunal se hubiese limitado á desairar las pretensiones del
esclavo y simplemente confirmar por los mismos ó parecidos fundamentos,
como un instante lo pensó, la sentencia apelada, sin perder el caso su
grave y dramático carácter hubiera excitado la opinión pública por breve
espacio y caído pronto en el olvido, máxime cuando se supo dos meses
después que toda la familia Scott había recobrado la libertad, en virtud
de manumisión voluntariamente otorgada por un nuevo dueño á cuyo poder
había pasado. Mejor hubiera sido así mil veces; se habría evitado la
peligrosa prueba de echar por pasto á la furia de los partidos el nombre
y la respetabilidad del más elevado tribunal de la república. El
tribunal también habría renunciado á la tarea imprudente de discutir y
resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestión
de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la
tentación que hizo á los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser
tildada como error de juicio y extralimitación de facultades, la
rectitud del propósito la explica y excusa cumplidamente.
¿A qué, en efecto, se reducía la diferencia de motes y colores entre los
dos grandes partidos acampados frente á frente desde la última lucha
electoral y en perdurable son de guerra?--A interpretar diversamente
cada uno el espíritu de la Constitución, á negar ó afirmar que en el
Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto
espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia
muy honda y trascendental, que no podía, como otras contiendas de
partido, resolverse en cambio de nombres ó trueque de personas, porque
envolvía inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.
El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitución misma con el
encargo de interpretar y fijar la significación de sus artículos, voz de
la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del
pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garantía
suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los
bandos, facciones é injusticias coaligadas,--pudo muy bien creerse
investido de la misión de terciar en esa guerra deplorable de opiniones,
y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasión oportuna de
pronunciar también sentencia sobre ese otro pleito capital, no vaciló en
prestar el patriótico servicio de resolver la intrincada cuestión que
turbaba los ánimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque á tanto
alcanzase su jurisdicción, punto de suyo discutible, el resultado
defraudó las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situación
política, envalentonó á los intransigentes del partido sudista, exasperó
á los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones,
llegó la polémica á un grado de ardor inesperado.
[20] Bryce, obra cit. vol. I. pag. 24.
Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra
las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que gozó después de
gran reputación en el foro y en la política, dijo en su arenga, entre
otras frases que leídas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones
muy esparcidas, que la extensión de la esclavitud era lo único que podía
preservar incólume la libertad de la república. Taney, presidente de la
Corte, afirma en la minuta por él redactada como resumen de las
opiniones y acuerdos de la mayoría, que "el pueblo americano", en cuyo
nombre se escribieron la Declaración de Independencia de 1776 y la
Constitución de 1787, no incluía en su expresión colectiva á los negros
africanos ni á sus descendientes nacidos en América, y que á éstos sólo
se aludía en el segundo de esos instrumentos como á una especie
particular de propiedad, de ningún modo como individuos revestidos del
carácter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego
sin temor esas afirmaciones á sus naturales consecuencias, deducía que
el Congreso no podía impedir que los ciudadanos acudiesen con sus
bienes, es decir, con sus esclavos, á establecerse en las tierras no
colonizadas todavía y pertenecientes por igual á todos los miembros de
la Unión, y eran por tanto ilegales los célebres pactos ó compromisos,
desde el de Missouri hasta otros más recientes, que habían puesto trabas
á esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial
al millón y medio de personas que había votado el programa de la
Convención de Filadelfia y proclamaba la perfecta é inatacable ortodoxia
de las doctrinas contrarias.
Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se
eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del íntegro magistrado
que estuvo veintiocho años á la cabeza del Tribunal supremo; otra se le
ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la más floreciente del mismo
Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa región, muchos otros en
el resto del país, enaltecieron á porfía las virtudes del hombre
público, la pureza, la honradez, el valor cívico, el tesón
inquebrantable desplegado hasta en los últimos límites de la ancianidad,
móvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto más célebre de su
vida, la sentencia que redactó y leyó en el caso de Dred Scott, es una
fecha lúgubre de la historia americana, un día de los que se señalan con
piedra negra, punto de partida de la más infausta peripecia para
aquellos mismos que en aquel instante parecían triunfar definitivamente
en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra
fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareció en el
acto con el carácter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivió lo
bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace;
cuando preparaba el general Grant la última campaña, murió, á fines de
1864, á los ochenta y siete años de edad, en los días mismos en que el
estado de Maryland abolía voluntariamente la esclavitud, decretaba la
ruina de la institución social que los abogados que hablaron y los
jueces que fallaron contra Dred Scott habían creído destinada á durar
perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos
humanos no alcanzan á divisar todavía".[22]
[21] _Taney_ por _F. M. Bird_. Apéndice al tomo XXIII de la _Enc.
Britannica_, 9ª edición.
[22] Palabras del discurso de R. Johnson, citadas por _Pike, First
blows of the civil war_.
Ha dejado, pues, Taney, á pesar de sus raras prendas personales, una
reputación nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la
gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocupó también
por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fué el gran
intérprete de la Constitución, el jurisconsulto sin rival á quien,
después de Washington, debe más que á ninguno agradecer la república
norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido
sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria
oposición la venia del Senado cuando el Presidente lo nombró Primer
Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en
el recinto de la justicia con tan elevadas funciones á quien se había
engolfado demasiado en la política de combate durante el gobierno
despótico y agitado del general Jackson, de cuyos más autoritarios
desmanes había sido secreto consejero y público defensor. Bien
justificado quedó ese temor con el tono, la forma é intención de los
considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que
se mire será siempre una obra política, con un fin político, redactada
con la parcialidad y exclusivismo de los papeles políticos.
La sentencia resolvía una causa particular en apelación ante el tribunal
y expresaba la opinión de la mayoría, de seis de los ocho jueces que lo
componían, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas
incrustadas en sus párrafos, de la aprobación innecesariamente impartida
al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la
perpetuidad de la esclavitud, y más que todo de la imprudente dureza con
que, para demostrar que los fundadores de la nación no pudieron haber
invitado la raza negra á gozar de la grande obra que edificaban, traza
hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin
hondo desagrado:
"A juicio del tribunal, las historias de la época y el lenguaje
empleado en la Declaración de Independencia demuestran que ni la
clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus
descendientes libres ó no libres, eran entonces reconocidos como
parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los términos
generales empleados en ese memorable documento. Difícil es darse
hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada
prevalecían en la opinión pública del mundo civilizado en la época
de la Declaración y cuando se escribió y adoptó la Constitución. La
historia de todas las naciones europeas lo revela del modo más
inequívoco. Más de un siglo hacía que eran los negros considerados
como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de
asociarse á los blancos en sus relaciones políticas y sociales,
inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco
estuviese obligado á respetar, así como de poder ser justa y
legítimamente reducidos á servidumbre en su propio beneficio. Eran
vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancías cuando
hay alguna ganancia que reportar".
Y armado con su lógica despiadada, continuaba el juez diciendo:
"que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las
palabras de la Declaración de Independencia que afirman la igualdad
de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la
suscribieron aparecería en completa y flagrante contradicción con
los principios mismos que establecían, y en vez de la simpatía del
género humano que buscaban, habrían recibido y merecido vituperio
universal".
Es triste é ineluctable condición de anomalías sociales de la especie de
la esclavitud el arrastrar á tales extremos aun á individuos dotados de
nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato
íntimo, según el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no
sólo nunca compró esclavos, sino que otorgó la libertad á cuantos por
herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego á los que por razón
de edad no podían cabalmente gozar del beneficio de la manumisión; pero
nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las
ideas del partido demócrata, no pudo resistir al deseo de echar en la
agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presidía, halló la
mayoría de sus colegas dispuesta á acompañarlo en la aventurada empresa,
y cometió el error imperdonable. Error de que él mismo fué la víctima
primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma
permanecerán eternamente adheridas á su nombre, y se necesita tener bien
presente toda la buena fe, todo el desinterés personal del hombre para
comprenderlas y atenuarlas.
El fin anhelado no se alcanzó ni siquiera aproximadamente, ni aun en el
primer momento; el mal en vez de aliviarse persistió agravándose, y
contribuyó, por contrario efecto, á cerrar el paso á todo acuerdo
posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestión de la
esclavitud.
Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedían desde
algunos años atrás el reconocimiento de sus derechos y de su carácter de
amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de
arruinar la fábrica política, no habrían de ceder ó disminuir sus
altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la
legalidad, la corrección constitucional de su programa. El miedo del
porvenir, que tan justamente les infundió el número inesperado de votos
reunido por la candidatura adversa, comenzó instantáneamente á minorar,
gracias al poderoso apoyo de la aprobación judicial; exageraron sus
pretensiones al mismo tiempo que crecían su orgullo y espíritu
dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto á la
ley, la sumisión á la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y
siempre vivos en la república, unidos al antiguo deseo de evitar á toda
costa el desquiciamiento de la Unión, decidirían á la masa del pueblo á
permitir la realización de sus designios.
El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fué, como
dije, contrario á lo previsto; los que procedían impulsados por ideas de
moral y religión se exaltaron hasta el frenesí al encontrarse con la
justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecían á
un plan político, los moderados, que esperaban tarde ó temprano el
triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada
cambiaron, porque sabían bien que la sentencia por Taney publicada
resolvía sólo el caso concreto á que se refería, y acatándola á ese
único respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son
errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez
arrollado pacíficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las
opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiarían
poco á poco, por juego y obra de la misma Constitución tan falsa y
lastimosamente ahora interpretada y aplicada.
Las cosas por tanto continuaron por breve término en idéntica posición;
la gran batalla de principios y de programas tenía que trabarse y
decidirse todavía en su verdadero terreno, la intervención de los jueces
excitó de antemano las masas combatientes y les proporcionó gritos de
guerra más nuevos y estruendosos.
CAPÍTULO VI.
Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisión de Kansas.
El primer año de la presidencia de Buchanan fué el más fúlgido momento
de fortuna disfrutado por el partido esclavista. Todavía hoy pudiera
supersticiosamente creerse y decirse que el destino quiso engañarlo por
última vez, en la hora misma que lo esencial estaba á punto de perderse,
y, poniéndole delante el espejismo de la victoria, llevarlo seguramente
con ojos deslumbrados á la catástrofe definitiva. Hallábase en posesión
absoluta de cuantos recursos eran de apetecerse para cimentar
indestructiblemente su predominio: poder ejecutivo, poder legislativo,
supremo cuerpo judicial, todo laboraba y conspiraba en su favor.
Nadie acogió con más regocijo que Buchanan la declaración judicial que
sancionaba la extensión de la esclavitud en los Territorios; los
intransigentes del Senado y de la Cámara de Representantes tuvieron la
satisfacción de oir decir en su nombre, en un mensaje especial, de 2 de
Febrero de 1858, que Kansas era ya un Estado con tanta verdad y tanto
derecho como otro cualquiera de la Unión, como Georgia ó las Carolinas,
con esclavos como ellos, y por los mismos títulos digno de formar parte
de la gloriosa federación. Si el Congreso seguidamente atendía las
sugestiones del Presidente, aprobaba la situación á que se había llegado
en Kansas por medios bien merecedores de reprobación, y admitía la nueva
comunidad bajo la constitución que subrepticiamente, sin consulta real
del pueblo, acababan de promulgar,--¡qué hermosa manera de coronar los
esfuerzos de los últimos cuatro años! El equilibrio entre las dos
secciones quedaba en el acto restablecido, y no habría ya peligro de
perderlo nuevamente, pues el horizonte inmediato se vestía también de
gratísimos colores; Tejas, el Estado enorme, de cerca de trescientas mil
millas cuadradas de superficie, podía legalmente ser dividido en cuatro
Estados, y en vez de dos, mandar ocho representantes al Senado,
cualquiera que fuese la cifra de su población; más lejos los vastos
espacios anexados después de la guerra contra Méjico ofrecían su fértil
suelo á colonos venidos de todos lados para organizarse pronto del mismo
modo y en las mismas condiciones que Kansas, y entonces, no diez y seis,
sino veinte, veinticinco Estados, explotados por el trabajo de los
negros esclavos, lucharían ventajosamente en Washington por medio de sus
delegados contra los ávidos industriales y comerciantes del Norte, y
tendrían en las manos los medios de exigir é imponer el respeto y la
conservación de sus instituciones peculiares.
Pero el ardiente deseo los arrastraba demasiado lejos, como poseídos
del frenesí que la fortuna vierte sobre aquellos que quiere perder,
según el célebre apotegma que la Edad media atribuía al poeta cómico
latino. El cúmulo de lisonjeras esperanzas comenzó á desmoronarse cuando
más alto y compacto parecía. Apenas se dibujó claramente ante los
correligionarios del Norte lo que se escondía detrás de esas apariencias
y vieron hasta donde soñaban ir sus aliados del Sur con el Presidente de
la República á la cabeza, se negaron algunos á continuar en tan tortuosa
dirección, invadidos de mortal angustia al hallar inconciliables el amor
de libertad que los animaba y la distinta situación legal que debía
surgir de la ejecución de sus acuerdos. La opresiva duda se propagó con
rapidez, y como tiene que suceder donde la voluntad popular es soberana
y no carece de ocasiones de manifestarse, repercutió entre los miembros
de la Casa de Representantes, desprendió de la mayoría imperante
suficiente número de votos para que fuese rechazado el _bill_ del Senado
sobre la admisión de Kansas de la manera convenida, y la bien maquinada
intriga cayó al suelo desbaratada.
Fué el naufragio definitivo de la cuestión, cuando más orgullosamente
navegaba y desplegaba velas y grímpolas; naufragio sin posible
salvación, aunque se empeñasen en excogitar las más ingeniosas
combinaciones. La misma numerosa mayoría que la había acogido y
prohijado con tanto afecto en el Senado, corría riesgo de disolverse,
porque llevaba en el seno una herida incurable; Douglas, creador y
firme mantenedor de la alianza entre representantes del Norte y del Sur,
la había abandonado en tan críticos momentos y había votado con la
minoría, es decir, contra la entrada de Kansas. Su defección tenía á la
larga que sentirse como golpe mortal.
El fallo de la Corte suprema había sido terrible para el hábil senador
de Illinois; sólo por prodigios de sofística destreza había logrado
armonizarlo en los primeros días con sus doctrinas sobre el derecho
popular de aceptar ó rechazar la esclavitud, y, mientras la insoluble
antinomia no salía de la esfera teórica, bastaron subterfugios para
acallarla. Pero si hubiera consentido ahora la transformación que por
fraude y por violencia se pretendía consumar en Kansas, mermarían y aun
quizás se desvanecerían su influencia y popularidad en el estado libre
de que era senador, ante cuyos habitantes tenía precisamente que acudir
ese año solicitando reelección. Con su perspicacia y prontitud
habituales vió y corrió al peligro. Combatió el _bill_, votó en contra,
dejó sin miedo caer sobre su cabeza las iras del Presidente de la
República, la execración de sus antiguos aliados y sus colegas. Era
luchador bastante fuerte para habérselas con todos, y aunque amargamente
deplorara el golpe de muerte que asestaba, un interés personal,
inmediato, superior, le ordenaba defender el puesto desde donde ejercía
su influencia en el país. No lograr la reelección equivaldría á
perderlo todo de una vez. Por el contrario, reelegido, le sobraría
tiempo para recobrar luego su puesto en la plana mayor de su partido, si
le conviniese, y aplicar los recursos nunca agotados de su maravillosa
estrategia.
CAPÍTULO VII.
Campaña electoral en Illinois. Lincoln y Douglas.
Esa elección de nuevo senador en el Estado de Illinois por cumplirse los
segundos seis años de Douglas en el puesto, fué (luego que abortó en
Washington el plan de la admisión de Kansas) el acaecimiento capital de
1858, y el país siguió sus diversas fases con apasionada curiosidad.
Ordena la Constitución de los Estados Unidos que los senadores federales
no sean elegidos directamente por el pueblo, sino por las asambleas y
senados particulares de cada Estado, pero prácticamente acontece lo
mismo que en las elecciones presidenciales, y el precepto constitucional
respetado en la forma resulta ilusorio en la realidad. Al ser elegidos
los miembros de esos cuerpos particulares, si es año en que toca elegir
senador federal, van ya todos ellos comprometidos á nombrar una persona
públicamente designada de antemano por la Convención del partido, y á
menudo se ve dirigir é intervenir en la campaña ante el sufragio
universal á los mismos individuos que han de pretender después el cargo
senatorial ante el sufragio restringido. Es claro que en esos casos ni
siquiera se guardan las apariencias, el pueblo encuentra ocasión de
conocer y apreciar las opiniones, las facultades oratorias, el aspecto
personal de los candidatos; manifiesta su voluntad en plena posesión de
cuanto necesita para ilustrarla, y cuando escoge miembros de asambleas
locales designa al mismo tiempo el ciudadano que quiere hacer senador de
los Estados Unidos. No lástima, por tanto, ningún interés esencial la
desviación introducida por la práctica en el cumplimiento del precepto
constitucional.
La cuestión asumía por varios conceptos carácter excepcional. Los
motivos de Douglas al desertar ruidosamente de su partido en materia tan
importante como la suerte de Kansas, problema en que se creía él más
genuino y leal intérprete de la verdadera doctrina «democrática», iban á
ser por primera vez oficial y directamente juzgados por el pueblo de
Illinois, Estado que por su población era el cuarto entre los treinta y
uno de la federación[23]; Douglas mismo, además, que tan cerca estuvo de
sobrepujar á Buchanan y obtener la candidatura presidencial, que
alimentaba todavía fundadas esperanzas de conseguirlo en la próxima
ocasión, que era el hombre de estado más conspicuo, de mayor reputación
en el país, se presentaba armado en el palenque y resuelto á entrar en
combate desplegando todos sus recursos, pues era de vida ó muerte
política para él el lance que jugaba.
[23] El cálculo de su puesto entre los Estados es ligeramente
anticipado; el Censo nacional en que aparece Illinois con 1.711.951
habitantes, es el de 1860, poco menos de dos años después de la
fecha á que en el texto se alude.
Pero esa campaña electoral en un pedazo del interior de los Estados
Unidos es famosa, inolvidable para la posteridad, por el gran papel
histórico que estaba reservado, que allí empezó á representar ante los
ojos del pueblo americano, que más adelante representaría ante el mundo,
otro personaje, el adversario precisamente que venía á disputar con
Douglas la palma de senador, Abraham Lincoln, unánimemente designado ya
por el partido republicano de Illinois como único capaz de luchar con
armas de fuerza igual contra enemigo de pujanza tan probada.
Las armas á la verdad no eran iguales sino superiores, y fueron
manejadas con tal destreza y tanto vigor que el nombre de Lincoln,
abogado del foro de Springfield, capital de Illinois, apenas conocido
más allá de los lindes del Estado, corrió inmediatamente repetido de
boca en boca y desde esa época contado en el partido republicano como
uno de sus jefes más hábiles y valientes. Apenas supo que era el
candidato de la Convención reunida en Springfield para la senaduría, se
halló que tenía trazado en su mente todo el programa conforme al cual
había de llevarse á término la campaña y lo expuso en un discurso, que
sus biógrafos más recientes[24] califican como el más cuidadosamente
preparado de su carrera política, que pronunció de memoria sin tener
delante ni notas ni borrador, revelando con ello el valor que daba á ese
primer paso de una marcha decisiva, en que le tocaba el honor de ser
portaestandarte de un gran partido á más grandes cosas destinado. Desde
las frases iniciales descúbrese ya el aspecto original de su elocuencia,
mística al mismo tiempo que sobria, precisa, concluyente, en que entran
por muy poco los adornos del arte, combinando en proporciones bastante
altas las condiciones únicas que permiten desdeñar sin riesgo los
auxilios de la retórica, es decir, perfecta sinceridad de sentimientos,
no creados para el caso, sino nacidos y educados al calor de antiguas
convicciones, y cabal percepción en todos sus aspectos del objeto
supremo á que tienden sus palabras.
[24] JOHN G. NICOLAY y JOHN HAY, _Abraham Lincoln_, copioso y
admirable trabajo publicado originalmente en el _Century Magazine_,
New-York, de Noviembre 1886 á Febrero 1890.
Empieza el discurso como un sermón de iglesia, sin que sea esto querer
colocarlo como ejemplo de oratoria untuosa, recitando el versículo
conocido del Evangelio de San Marcos: «Una casa dividida contra sí misma
no puede permanecer»; y desde el exordio, llevando á los oyentes _in
medias res_, continúa de esta manera: «No creo que pueda nuestra patria
indefinidamente subsistir con una mitad esclava y otra libre. No espero
que la Unión se disuelva ni que la casa se derrumbe, espero, sí, que
cesará de hallarse dividida. Tendrá que ser lo uno ó lo otro. O bien los
adversarios de la esclavitud contendrán el ulterior desenvolvimiento de
ese régimen hasta aquietar el espíritu público, convencido al fin de
dejarlo en el camino de su extinción definitiva; ó bien sus defensores
lo llevarán aun más lejos, hasta reconocerlo por igual en todos los
estados, en los antiguos y en los nuevos, en el Norte y en el Sur.»
En torno de este dilema, con tan enérgica precisión formulado, giró la
discusión por parte de Lincoln y escrupulosamente se mantuvo siempre en
el terreno político, sin dar á sus acometidas contra la esclavitud el
tono agresivo y revolucionario que afectaban los abolicionistas; porque
cumple no olvidar que ese hombre, que cuatro años después debía expedir
bajo su nombre y su exclusiva responsabilidad de supremo jefe militar la
proclama justiciera que desde el día primero de Enero de 1863 otorgaba
la libertad á cuatro millones de negros esclavos, y dejaría en la
historia estela luminosa como uno de los más grandes benefactores de la
humanidad, no era entonces ni fué jamás abolicionista en el sentido
sectario de la palabra, como tampoco sería exacto incluirlo en el grupo
de fanáticos sublimes que consagran su vida, sin soñar en premio ni
beneficio personal, á la realización de remotos elevados ideales.
Abrigaba dentro de su generoso corazón inagotable caudal de
benevolencia, que abundantemente se esparcía por todo su ser, y daba á
las rudas facciones de su desairado rostro esa viva y honda expresión de
melancolía y de piedad, que lo envuelve como una aureola. Los
sufrimientos y la horrible crueldad, que necesariamente acompañan al
yugo de la esclavitud, despertaban en su alma profunda y ansiosa
simpatía por la suerte de la raza infortunada; pero su sagacidad
práctica, su innato amor de la justicia le mostraban y recomendaban
también la otra faz del arduo problema, y claramente veía que en aquel
período de discusión pacífica, en aquella comunidad en que parecían
equilibrarse impulsos diametralmente contrarios, la solución no debía
atropellar opiniones, intereses respetables crecidos al amparo de
derechos por largo tiempo tenidos como indudables. No es de extrañarse,
por consiguiente, que en otro discurso pronunciado pocas semanas
después, volviendo sobre uno de los extremos del dilema, declarase que
la extinción final anhelada por él como adversario de la esclavitud no
tenía en su mente plazo fijo de un día, ni de un año, ni de dos, y
podría muy bien retardarse acaso un siglo entero, "pero no me queda
duda" agregaba "que vendrá y se realizará en los mejores términos para
ambas razas _en la hora señalada por Dios_".
Lincoln, nacido en Febrero de 1809, tocaba entonces, á la edad de
cuarenta y nueve años, el punto culminante y luminoso de la lenta y
difícil ascensión de su contrastada existencia; allí se produjo en él
algo grande y decisivo, como una transfiguración definitiva, y de la
empinada cumbre no descendió más, continuó siempre en las alturas,
rodeado á menudo de relámpagos en el período de la guerra civil,
contemplado, admirado por millones de seres humanos, hasta la trágica
catástrofe que terminó prematuramente su carrera y preparó la merecida
apoteosis final. Era una naturaleza excepcionalmente robusta, como bien
lo indicaban su estatura gigantesca, su fuerza muscular, extraordinarias
ambas aun en aquellas sociedades primitivas del Oeste á medio civilizar
en que pasó su juventud, y en las que no escaseaban coyunturas de
practicar ejercicios corporales. Había emprendido muchos caminos,
trabajando siempre duramente para ganar la subsistencia; en ninguna de
sus ocupaciones: colono, agricultor, patrón de lanchas surcando
afluentes del Mississipi ó el Mississipi mismo hasta la delta de su
desembocadura, oficial de voluntarios en la guerra contra indios
salvajes, luego comerciante al por menor, auxiliar de agrimensor,--supo
descubrir ó aprovechar ocasiones de prosperar con rapidez. Nunca, en
resumen, desplegó la necesaria dosis de energía y actividad, como
embargado por un ideal oscuro de superioridad moral que vagamente
entreveía, y tras el que tendía las alas fatigadas de su espíritu un
poco lento, un tanto perezoso, aunque lleno siempre de generosas
ambiciones.
En todo ese tiempo fuéle apenas dado cultivar su inteligencia más allá
de las primeras letras aprendidas en la niñez, y ya en edad de hombre
trató de estudiar la gramática de su lengua, que por cierto no llegó á
poseer y dominar completamente. Más adelante comenzó estudios
imperfectos de jurisprudencia con intención de ejercer la abogacía,
profesión que al fin exclusivamente abrazó. Su variada experiencia de
los hombres y las cosas, su perspicacia ingénita, su talento vigoroso de
orador natural dilataron inmediatamente el horizonte, permitiéndole,
allí donde el derecho y la política venían á ser una misma ocupación,
emplear y satisfacer al cabo su amor viril de libertad y de justicia,
único sentimiento tal vez capaz de excitarlo hasta el grado de
intensidad en que se realizan acciones grandes y famosas.
Fué elegido cuatro veces miembro de la legislatura local, y una vez, en
1846, de la Cámara de Representantes en Washington; mas la política de
términos medios y efímeras transacciones que en la fecha imperaba agotó
muy pronto todo el interés que lograron los negocios públicos
inspirarle, y por último se encerró estrechamente durante seis años en
la práctica de su profesión. Este período de relativa tranquilidad y
meditación se intercaló entre las dos épocas de su vida pública muy á la
sazón y afortunadamente; en él pudo perfeccionar sus conocimientos
incompletos, cultivar sus facultades, llegando por medio del estudio
asiduo de la dialéctica y las matemáticas, unido al manejo constante de
los negocios forenses, á contraer el hábito de exponer clara y
metódicamente las más complicadas cuestiones, de eslabonar fuertemente
su argumentación, ir derechamente á la verdad, derribando falacias,
atacar con vigor el flanco débil del adversario y usar siempre el
lenguaje más sencillo y comprensible, dotes todas que después tan
señaladamente lo distinguieron, y encubren ó compensan ciertos defectos
inevitables, ciertos otros rasgos extravagantes que traían su origen de
la instrucción limitada, de los hábitos formados en la juventud, de las
compañías vulgares y las ocupaciones desagradables de gran parte de su
existencia, como por ejemplo la tenacidad importuna con que introducía
cuentos, anécdotas y chistes, de muy mal gusto á menudo, en graves ó
solemnes conversaciones.
Mucho había cambiado ya cuando la cuestión de Kansas y la supresión de
la línea del Missouri, trocando en 1854 la faz de las cosas y anunciando
luchas reñidas, le hicieron salir de su retiro y le avivaron la ambición
de servir la patria otra vez y combatir sin tregua la funesta política
iniciada por la plana mayor de Washington, política en que su propio
Estado, bajo el nombre y dirección de Douglas, asumía tan directa y
peligrosa responsabilidad. Contribuyó enérgicamente á la organización y
disciplina del partido republicano prestándole toda su influencia y su
palabra. Marchaba tan rápidamente su reputación, que ya en 1856 se vió
apuntar su futuro prestigio nacional en la Convención de Filadelfia,
donde obtuvo desde el primer escrutinio más de cien votos electorales
para la Vicepresidencia de la república; la mayoría de los delegados
entonces no lo conocía, prefirió otro candidato, muy ajena de
presentir, al escuchar allí por primera vez las sílabas del nombre
oscuro de Abraham Lincoln, que habían de ser dentro de cuatro años el
signo seguro de victoria inscrito en los estandartes del partido.
CAPÍTULO VIII.
Duelo de oradores.
Cuando de Washington llegó Douglas á defender personalmente en Illinois
su candidatura senatorial, fué acogido por sus partidarios entre
vítores, músicas y luminarias; desde las primeras reuniones el
entusiasmo provocado por su presencia anunciaba el mismo triunfo fácil y
completo de luchas anteriores. Para orador de plaza pública contaba
Douglas con dos grandes ventajas: vigor físico extraordinario y
resistencia infatigable; su talento de tribuno popular, compuesto por
partes iguales de audacia y habilidad, sabía seducir la multitud
halagando malas y buenas pasiones, sabía imponer despóticamente su
opinión afectando confianza y envolviéndose en el manto de su autoridad
y prestigio como antiguo y nunca vencido jefe del partido demócrata.
Su posición era, sin embargo, en aquel encuentro extremadamente
delicada. La política de íntimo acuerdo entre miembros del partido en el
Norte y en el Sur, que á él debía el grande impulso y militante aspecto
tomados desde 1854 al abolir el compromiso y fomentar la colonización de
Kansas en favor de los dueños de esclavos, subió á su apogeo en 1857 con
la sentencia del Tribunal Supremo y las recientes combinaciones
fraguadas para arraigar más firmemente la debatida institución; pero en
realidad las cosas habían corrido mucho más allá de lo que Douglas
deseaba, y vinieron á dejar minada por la base la posición que ocupaba,
pues si conforme á la interpretación del Tribunal á nadie era lícito
oponerse al establecimiento de la esclavitud en los Territorios,
resultaba ilusoria, inútil, la facultad por él tan encarecida de
resolver como atribución de la soberanía popular lo que la ley
constitucional tenía ya concedido y reconocido. La contradicción de
ambas teorías era evidente, la una inutilizaba la otra, y entre la
interpretación de un simple senador y el fallo inapelable de la Corte no
podía vacilarse al elegir. Douglas así lo confesaba con el hecho de
apartarse en el Senado de la mayoría de sus colegas, de votar contra el
partido que él mismo había conducido tantas veces á la victoria, de
ofrecer, en fin, el raro espectáculo de un general en jefe disparando
contra sus tropas en el momento decisivo de un asalto, sólo por disentir
respecto á un punto de táctica constitucional. De ahí para el candidato
un doble peligro que era menester conjurar:--si defendía la doctrina del
Tribunal con todas sus consecuencias, se enajenaba partidarios en el
Norte, en su propio Estado, y podía perder la senaduría;--si la
repudiaba ó atenuaba en cuanto no ajustase á su vieja idea de soberanía
popular, ahuyentaba número mayor de partidarios en el Sur y perdía
seguramente la esperanza lisonjera de llegar á la Presidencia de la
República.
Todo esto comunicaba á la campaña muy dramático interés, y aumentó más
cuando se supo que Lincoln tenía resuelto retar su adversario á combate
singular ante el pueblo, esto es, proponerle recorrer juntos los pueblos
y ciudades, hablar, y refutarse recíprocamente sus argumentos ante los
mismos auditorios. El cartel no podía ser rehusado. No eran raras en
aquellas regiones justas oratorias de la misma especie, y en esa vez el
vigor de los contendientes, el alto honor que disputaban, el aprecio de
que gozaban, contribuyeron, además de la importancia de la cuestión
sobre que versaba el litigio, á excitar palpitante curiosidad. Acordaron
reunirse en siete ciudades diferentes, cada sesión duraría tres horas,
el que primero hablase dispondría de una hora, el contrincante de hora y
media para replicar, y se reservarían los restantes treinta minutos para
aquél á quien hubiese tocado abrir el debate.
Conocíanse muy bien de antemano ambos adversarios, habiéndoles sobrado
ocasiones de encontrarse desde la época en que casi á un mismo tiempo
llegaron por rumbos diferentes á establecerse en Illinois en busca de
fortuna. Lincoln, que era cuatro años mayor, llegó primero, de Kentucky
en el Sur, Douglas poco después, de Vermont en el Norte. Domiciliados
allí obtuvieron los dos al fin, si no riquezas, bienestar y
consideración, aunque Douglas, como más activo y emprendedor, se había
abierto mejor y más pronto su camino; ya en aquella fecha había ganado
dos veces y disfrutado durante doce años el envidiable puesto en el
Senado nacional, que para Lincoln todavía era una esperanza incierta,
demasiado ambiciosa quizás. La lucha, á pesar de que por momentos asumió
tono muy violento, se mantuvo, en suma, libre de improperios demasiado
odiosos.
No estaba Lincoln destinado á ser senador de los Estados Unidos. En
cuanto á ese objeto final fué derrotado sin duda en la contienda, pero
ganó innegablemente en la discusión la palma de la victoria y de ella
brotó toda su gloria futura. El tomo en que se imprimieron sus discursos
en esos debates circuló profusamente en el país, y hasta el triunfo de
1860 fué el arma mejor de guerra de que dispuso el partido
republicano[25]. La discusión velozmente se extendió fuera del círculo
estrecho de la elección de una asamblea local y un senador, y se elevó á
espacios superiores y más vastos, como previniendo ó anunciando la gran
lucha que tres años después había de trabarse. Acaso Douglas, aplicado
intensamente á la imprescindible necesidad de conservar la dignidad
senatorial, no veía esa faz de los debates tan clara como Lincoln mismo,
en quien el interés personal era menor y la ambición menos definida
todavía, menos ardiente. Cuéntase que antes de dirigir Lincoln á su
rival cierto famoso interrogatorio en el segundo de los encuentros, en
Freeport, aconsejado por sus amigos de aplazar una de las preguntas,
porque podría perjudicarle y hasta costarle la pérdida de la elección,
replicó: "se trata para mí, señores, de levantar caza de mayor cuantía;
si Douglas contesta, nunca llegará á ser Presidente de los Estados
Unidos, y la campaña de 1860 importa cien veces más que la
presente[26]".
[25] _Lincoln-Douglas Debates_, publicados junto con otros
discursos de Lincoln. Columbus (Ohio) 1860.
[26] _Nicolay and Hay._ Cent. Mag. vol. XXXIV pag. 191.
Esa pregunta famosa, que tan caro costó á Douglas haber absuelto, tendía
á hacerle declarar si legalmente existía entonces algún medio de excluir
la esclavitud, en el caso de que se le antojase á cualquier ciudadano
entrar en un territorio y establecerse acompañado de sus esclavos. El
Tribunal supremo tenía resulto por su fallo _que no_, resolución
festejada, encomiada y pregonada por las masas del partido demócrata
como preciosa garantía del cumplimiento de sus deseos. Si Douglas por el
contrario contestaba _que sí_, y construía para salir del escabroso paso
alguna sofística explicación, salvaría tal vez su candidatura de
senador, pero sacrificaría por lo inmediato lo más grande que estaba
detrás, la primera magistratura del país.
Contestó en efecto que la sentencia válida y vigente de la Corte
resolvía la cuestión solamente en lo abstracto, y que en las asambleas
locales residía la facultad de dictar reglamentos hostiles, para hacer
imposible la aplicación de la doctrina legal. A lo cual Lincoln
instantáneamente replicó: «Yo califico de injusta é improcedente la
decisión del Tribunal y lealmente pido su revocación; el juez Douglas se
revuelve enfurecido contra los que pretendemos una cosa tan natural, y
propone, en cambio, quitarle en la realidad toda su fuerza y su valor
legal, pero aparentemente dejándola en pie. Jamás ha brotado idea más
monstruosa por los labios de persona que á sí mismo se respete».
Douglas era demasiado avisado para no ver el lazo que le tendían, para
no adivinar el abismo en que con su respuesta podía caer; probablemente
en el apuro prefirió atender á lo más urgente y fiar el porvenir á su
destreza y su fortuna. Logró la reelección, pero la frase fatal
pronunciada en Freeport se le adhirió como túnica maldita, neutralizó la
mejor parte de su habilidad y energía, embarazó todo ensayo de
reconciliación con su partido, y la futura presidencia tocó precisamente
al rival vencido, que le arrancó la amañada respuesta.
La suma trascendencia de los principios de moral pública y privada que
se hallaban frente á frente, la importancia de sus consecuencias
políticas y sociales, el movimiento dramático de esa especie de pugna
cuerpo á cuerpo, por decirlo así, entre dos hombres eminentes, imprimen
excepcional alcance á los discursos pronunciados en la campaña, y
permiten, á despecho de graves imperfecciones, leerlos todavía con
algún interés, con bastante provecho. Los de Lincoln son superiores,
porque dejando pronto á un lado la cuestión de personas, se elevan á
terreno más abierto, en que es más puro el aire y más franco el
horizonte, abordan prontamente la situación más alta desde donde,
contemplada la institución de la esclavitud bajo todos sus aspectos
reales, es posible fijar la horrible injusticia en que se funda y las
perniciosas consecuencias con que pervierte y abruma á los mismos que la
defienden y ciegamente la fomentan. Medidos conforme á reglas precisas
del arte, no son por de contado obras maestras, ni mucho menos; la
desgracia de versar siempre sobre el mismo tema, de tener que amoldarse
á auditorios demasiado numerosos de campesinos iliteratos, pronunciados
á menudo al aire libre, deformados por la necesidad de modificar ó
extirpar á cualquier costa errores arraigados, los atesta de lugares
comunes y monótonas repeticiones. Pero la sinceridad con que busca
Lincoln armonizar el respeto á la ley con el fervor moral de sus
convicciones, infunde vida y calor á las palabras; y como abrigaba
siempre en lo íntimo de su ser una vena poética, no muy rica, pero de
buena ley é inagotable, el delicioso aroma acude de cuando en cuando á
la superficie y revela con delicados y sutiles efluvios su presencia.
Entre un total de doscientos cincuenta y dos mil votos recogidos
apareció en favor del partido demócrata una mayoría de poco más de mil
sufragios, y al, reunirse la legislatura de Illinois en el mes de
Enero, fué reelegido Douglas para el Senado por cincuenta y cuatro
votantes; Lincoln reunió cuarenta y seis. La derrota no era un desastre,
y sin jactancia había lugar de confiar en el porvenir, dadas las
circunstancias especiales que militaron por Douglas. El desaliento no
debía por tanto dominar al vencido, pero no es de extrañar que al cabo
de tan largo y penoso esfuerzo sintiera Lincoln la resignada tristeza
que revelan las siguientes líneas de una carta privada: «Mucho me alegro
de haber entrado en la lucha. Hallé el medio, que no hubiera tenido de
otro modo, de hablar y ser oído sobre la grande, la perpetua cuestión
del día, y aunque ahora me sepulte en el olvido y no se acuerde nadie
más de mí, he dejado vestigios cuyo valor en pro de la causa de la
libertad durarán mucho tiempo después que haya yo salido de la
escena.»[27]
[27] Carta al Dr. Henry, Nov. 19 de 1858. (_Cent. Mag._ XXXIV, pag.
306.)
Las trazas eran más profundas de lo que él mismo se figuraba, y aunque
su ambición siguiese entonces reducida á buscar y lograr en otra
oportunidad el cargo de Senador, honor mucho más alto le reservaban sus
compatriotas llenos de gratitud, llenos de confianza en quien tanta
energía y vigor intelectual acababa de desplegar.
CAPÍTULO IX
Proyectos de anexar la isla de Cuba.
No hay en la historia de los Estados Unidos período más triste que el
cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio
de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia
posible, se atienda sólo á los tres primeros años y se prescinda del
ruinoso y vergonzoso epílogo, de los cuatro revueltos y miserables meses
últimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguración de
Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unión
se concertaron y organizaron á ciencia y paciencia del primer magistrado
de la República, dueño del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional
y formar ellos solos una nueva confederación independiente, mientras el
infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia,
confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba
sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del país
lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse á los actos de
rebelión de los conjurados.
Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imaginó
suficientemente capaz de aquietar los ánimos de amigos y enemigos, de
resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las
dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la
amenazada unión de los estados. Movíanlo, sin duda, excelentes
intenciones, pero engañado por su vacilante voluntad, por su cortedad de
vista, su inteligencia limitada, ideó realizar la ardua empresa, ajustar
el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza
todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la
alucinación más extraña y menos disculpable en el jefe supremo de una
poderosa nación, creyó que desavenencias tan graves podían componerse,
favoreciendo sin medida la parte más extremada, la que se jactaba de
desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeño,
la que veinte veces había obtenido completa satisfacción y formulaba,
después de cada jornada victoriosa, mayores y más exageradas
pretensiones.
Es difícil todavía comprender y juzgar imparcialmente su conducta, y
persisten en sus país, á despecho del tiempo transcurrido, dos
corrientes de opinión en sentido muy diferente. Por de contado que no es
ya lícito repetir los fallos precipitados, violentamente hostiles, de
los primeros días de la contienda civil, harto excusados por la
angustiosa situación de horas tan críticas, que atormentaron sin piedad
al pobre hombre, penetrando hasta el retiro en que se mantuvo encerrado
los últimos siete años de su vida, hasta su fallecimiento en 1868 á los
setenta y siete años bien cumplidos. La acusación injusta de perfidia,
de complicidad directa en la traición cometida por algunos miembros de
su gabinete, sólo una vez pareció condensarse y formularse en hechos
determinados, ante cuya enunciación no era dable permanecer callado ni
indiferente, á pesar de la estoica dignidad en que le plugo envolverse;
redactó y publicó entonces una vindicación de sus actos en las
postrimerías de su presidencia. Años después Ticknor Curtis, distinguido
autor de una apreciable «_Historia de la Constitución de los Estados
Unidos_», tomó enérgicamente su defensa en un extenso trabajo, que puede
leerse abreviado y sin faltarle ningún rasgo esencial en la
_Enciclopedia de Biografía americana_ de Wilson y Fiske [28]. En ambos
escritos sostiene Curtis la rectitud perfecta de la conducta oficial de
Buchanan; por lo demás su carácter privado jamás ha sido por nadie
mancillado ni tampoco el constante, apasionado respeto á la ley
fundamental de la república, que fué norma de su existencia, virtud
informante de sus actos.
[28] GEORGE T. CURTIS, _Life of President Buchanan_. 2 v 1.
1883.--_Appleton Cycl. of American Biography_, vol. 1.
Más cerca de la verdad parece H. von Holst, y no creo se aparte mucho de
la equidad histórica, al decir que «la debilidad, la terquedad y la
presunción fueron los elementos que en desastrosa combinación crearon el
carácter de Buchanan y suministraron los hilos para urdir la tela de su
desgraciada política.» [29]
[29] VON HOLST, _ut. ant_, vol. VI, pag. 48.
Debióse el triunfo de su candidatura en la Convención, como ya he
apuntado, á la necesidad de asegurar para el partido los cincuenta y
cuatro votos que representaba el estado de Pennsylvania, donde era muy
estimado; también al decidido empeño de evitar á toda costa que fuese
Douglas el preferido, pero se granjeó la protección indispensable de los
principales caudillos del Sur merced á su larga residencia en el
extranjero, lo que le había permitido pasar por neutral entre las dos
tendencias que opuestamente preponderaban en el partido y lo mantenían
en equilibrio siempre inestable, circunstancia que prestaba á su
candidatura un cierto matiz de transacción, mientras en realidad sería,
y con más fuerza que ninguno de sus antecesores, lo que después
paladinamente se dijo de él: «hombre del Norte con las ideas del Sur».
Había, además, dado prendas durante su plenipotencia en Europa, cuando
fué á Ostende y á Aquisgran para confabularse con Mason y con Soulé, sus
colegas de Francia y España, y lanzar juntos el célebre, escandaloso
documento diplomático, conocido con el nombre de _Manifiesto de
Ostende_, en que se anunció al mundo que la diplomacia de los Estados
Unidos consideraba la anexión de la isla de Cuba como requisito
necesario del desenvolvimiento nacional, que su traspaso por medio de
contrato de compraventa pacíficamente concertado sería tan beneficioso
para España como indispensable á la república angloamericana, pues de
otra manera podría ésta muy bien creerse en el caso de resolver por si
sola la cuestión, atendiendo únicamente al interés de su seguridad y de
su paz interna.
Esa idea de anexar la isla de Cuba, desde mucho tiempo antes acariciada
por casi todos los políticos norteamericanos sin distinción de partido,
por juzgarla tan fácilmente realizable como lo había sido la cesión de
Luisiana y de las Floridas, adquiridas de Francia y de la misma España;
idea que no apartaban de la mente y modificaba siempre su conducta en
asuntos de política extranjera, como claramente lo indicaban las
reservas y condiciones con que aceptaron el proyecto de Congreso
americano concebido por Simón Bolívar y abortado después en Panamá,--fué
convirtiéndose poco á poco en artículo permanente del programa de los
esclavistas, los que tramaban acrecer así la influencia de que gozaban
en el gobierno, y aplicar solapadamente la fortuna general de la nación
al triunfo particular de sus intereses especiales. La evolución de este
plan, cuya próxima aplicación venía á revelar el manifiesto de Ostende,
halló nuevo resorte motor en Pierre Soulé, exsenador de Luisiana,
ministro plenipotenciario en España, ardiente entre los más ardientes
defensores de la esclavitud, que había ido á Madrid á estudiar los
medios más eficaces de impulsar la anexión de la isla, y había provocado
después la entrevista en Bélgica con sus colegas. Buchanan, por su
parte, prohijó gustoso el plan y no vaciló en estampar el primero su
firma al pie del documento, bien persuadido de halagar así los
instintos más vivaces del partido y de trabajar en beneficio de sus
intereses políticos.
La obra de los tres diplomáticos nació por su propia esencia condenada á
no traer consecuencia práctica de especie alguna, trasunto del completo
error en que vivían los estadistas americanos al suponer que el gobierno
de Madrid _quería_ y _podía_ efectivamente desprenderse de Cuba por
medio de un contrato, cuando lo uno no era cierto y lo otro no era
realizable. Soulé, más impetuoso y de vista más perspicaz que los demás,
aconsejaba al gabinete de Washington precipitar un rompimiento con
España, aprovechar el momento aquel en que la guerra de Crimea tenía á
Europa inquieta y ocupada, y ganar por las armas lo que buenamente no se
conseguía; pero el presidente Pierce titubeó, bien á su pesar, ante la
resistencia de su secretario de Estado. Negóse éste rotundamente, por
razones de política interior, á entrar por esa senda, la osada sugestión
fué desatendida y fracasó todo, quedando su recuerdo como una prueba más
del desconcierto y relajación que la absorbente cuestión de la
esclavitud introducía en la diplomacia, lo mismo que en las otras ramas
del gobierno.
Marcy, pues, el secretario Marcy únicamente, fué quien anuló el grande
arranque de Soulé, y aunque no faltaron en el gabinete de Pierce otros
ministros para apoyar los proyectos del plenipotenciario, miedo de
dislocar el Consejo y deseos de no fraccionar el partido contuvieron
por último al Presidente. Contribuyó, además, al desenlace el haberse
calmado en el país la efervescencia causada por las intenciones é ideas
que se suponían al general Marqués de la Pezuela durante el breve
período de nueve meses que gobernó con facultades extraordinarias la
isla de Cuba. Había llegado ese general provisto de instrucciones,
redactadas á instancias de la Gran Bretaña, para reprimir enérgicamente
la trata de África, que clandestinamente se toleraba todavía, y pareció
por un momento inclinado á poner la mano sobre la institución misma de
la esclavitud, desplegando en favor de la raza negra un interés, una
solicitud, que ningún otro había mostrado allí jamás. Esto, á juicio de
muchos de los prohombres del partido esclavista norteamericano,
equivalía á precipitar lo que llamaban la «africanización» de la isla,
amenaza de convertirla pronto en algo semejante á la situación de Haití,
y el ejemplo podía ser muy contagioso y forzar desde luego á los Estados
Unidos á prevenir la repercusión en su suelo y la probable propagación
de tan horrorosa epidemia. La alarma, empero, nació y murió en el mismo
año; el marqués de la Pezuela encontró acérrima hostilidad en la parte
más influyente y poderosa de la población de Cuba, y á poco, de resultas
de un pronunciamiento victorioso, cambió en Madrid la escena, se ordenó
su relevo, y fué confiada la administración de la isla á otro militar de
ideas contrarias, de carácter muy diferente y con opuesto género de
instrucciones.
Buchanan continuó siendo de los que siempre creyeron en lo fácil de la
compra, en que dependía de más ó menos millones de pesos, y con su
obstinación genial y su constante anhelo de complacer á los dueños de
esclavos no renunció á la esperanza sino la mantuvo viva y presente en
su memoria. La protestación de la fe, redactada en nombre del partido
para acompañar la candidatura presidencial, había prometido todos los
esfuerzos necesarios para asegurar «la supremacía en el golfo mejicano»
(_to insure our ascendency in the Gulf of Mexico_), y poco antes de
verificarse las elecciones, había mostrado Buchanan tomar tan á pechos
esa promesa, que decía: «si logro como Presidente resolver la cuestión
de la esclavitud y anexar después á la Unión la isla de Cuba, exhalaré
el espíritu tranquilo y traspasaré el gobierno á Breckenridge,» esto es,
al Vicepresidente que iba á ser nombrado junto con él[30].
[30] Carta del senador Brown á Adams, 18 de Junio de 1856. GREELEY,
_American Conflict_, vol. 1.
Engolfado durante la primera mitad de su presidencia en la procelosa
cuestión de Kansas, faltóle tiempo que dedicar á la isla de Cuba, y
solamente cuando el Congreso modificó hasta reducirlo á casi nada su
plan de organizar el nuevo estado esclavista, pudo consagrarse á sus
nunca borradas aficiones anexionistas y cumplir la palabra empeñada en
la conferencia de Ostende. El momento parecía propicio. Douglas mismo,
su gran rival dentro del partido, el que había con sus ataques despojado
de toda autoridad y valer el plan sobre Kansas, libre ya del susto de
perder su puesto en el Senado, volvía también los ojos codiciosamente
hacia el Golfo mejicano. Recorriendo Estados del Sur en busca de
aplausos para remendar su popularidad menguada por sus últimos
desplantes y discursos en el Senado y en Illinois, y para recuperar
hasta donde fuese posible el afecto de esa importante sección, había ido
pregonando de ciudad en ciudad la necesidad de adquirir la isla de Cuba
y había llegado hasta el extremo de decir que era un caso de
incontrastable actualidad, superior á toda discusión, pues sonaba ya la
hora de extender la mano y asir lo que el destino ordenaba á la nación
como ley de su engrandecimiento[31].
[31] Discursos en Memphis, New Orleans y Baltimore. (Nov. 1858 á
Enero 1859), citados por NICOLAY _and_ HAY _Cent. Mag._ XXXIV. pag.
383.
Quizás ese ardor anexionista era, tanto en Douglas como en Buchanan,
mucho menos real y sincero, mucho más superficial de lo que inducía á
creer el vigor de las frases aludidas, porque uno y otro eran personajes
arraigados en el Norte y jefes políticos cuyas mejores y más numerosas
tropas se encontraban en el Sur, y todo venía en último resultado á
resolverse para ellos en maniobra estratégica, en una manera de lograr
posición ventajosa, con el principal objeto de infundir á sus
seguidores la cohesión y unidad de propósito, de que en ese momento
lamentablemente carecían. No era de creerse, por tanto, aunque lo
dijeran, que los moviese la intención de librar á España de lo que
consideraban carga tan inútil como peligrosa, para ofrecerle, en cambio,
suma considerable de dinero contante, cuyo rédito anual fuera por sí
solo superior al sobrante de las rentas de la isla. Ni mucho menos había
de impulsarles interés por los hijos de Cuba, agobiados por el
despotismo colonial de una metrópoli, que en pleno siglo XIX confiaba
todavía á duros y atrasados gobernantes militares la misión de aplicar
en sus últimas posesiones de América las ideas exclusivas y tiránicas de
los azarosos tiempos de la conquista. Esos aspectos de la cuestión
servían para deslumbrar embelleciéndola, para encubrir el fondo de
intriga electoral ó de combinación de grupos, que era realmente lo único
capaz de excitar y poner en movimiento á políticos de esa laya, cuyas
miradas no iban más allá de las conveniencias del partido.
Cualquiera hubiera podido adivinar lo que á Buchanan ocurriría, al tocar
ahora de nuevo este asunto, con recordar lo que él mismo había
consignado diez años antes, siendo secretario de Estado del presidente
Polk, en un despacho oficial, en que daba al representante americano en
Madrid la orden de ofrecer al gobierno español la suma de cien millones
de pesos, si lo encontraba dispuesto á ceder por dinero la isla de
Cuba[32]. En el mensaje al Congreso de 6 de Diciembre de 1858 saca á
relucir la misma idea, cambiada sólo la forma de su aplicación; y
pronosticando futuras negociaciones decía que antes de todo juzgaba
indispensable tener á su disposición los medios de hacer algún anticipo
al gobierno español, inmediatamente después de firmado el tratado que se
ajustase, sin necesidad de aguardar su ratificación por el Senado. Al
mes siguiente el senador Slidell, amigo íntimo de Buchanan, sucesor de
Soulé en la representación del Estado de Luisiana, (el mismo que
navegando junto con Mason de la Habana á Europa fué apresado en alta mar
y devuelto en libertad ante la enérgica reclamación de la Gran Bretaña),
presentó un _bill_ para autorizar el Presidente á gastar treinta
millones de pesos con el fin de facilitar negociaciones encaminadas á la
adquisición de Cuba.
[32] Buchanan á Saunders, 17 de Junio de 1848. El informe de
Slidell (_Cong. Globe_, 2nd. Sess., 35th. Congress,--_Append._)
cita el párrafo esencial de ese despacho junto con otros
antecedentes.
Es un axioma histórico irrefragable: los Estados Unidos jamás
comprendieron á España, como España jamás comprendió á los Estados
Unidos. Estaban éstos destinados en virtud de la marcha fatalmente
lógica de las cosas á arrancar un día á España por la fuerza sus últimas
posesiones, y España, la inmensa mayoría de los españoles, jamás se
resignó á prever la cuestión, á preparar por medio de un contrato su
retirada en condiciones relativamente ventajosas. No hay más triste y
penoso ejemplo de invencible obcecación por parte de España. Nunca hizo
cosa alguna ni á tiempo ni sinceramente por conciliarse el respeto ó el
afecto de sus hijos, fué al contrario sin escrúpulo ahondando el lago de
sangre derramada por la bárbara represión, y tuvo al mismo tiempo la
candidez de creer ganarse la buena voluntad del gobierno de los Estados
Unidos con pequeñas concesiones de detalles ó vagas promesas de ventajas
comerciales insignificantes. No tenía la magnanimidad de reconocer la
isla como virtualmente perdida y de tratar con sus descendientes para
salvar honrosamente lo que todavía era susceptible de ser salvado, como
tampoco tuvo el sentido práctico de aceptar las garantías materiales y
morales que los Estados Unidos una y otra vez solemnemente le
ofrecieron. En realidad no sintió un solo instante la gravedad infinita
de la situación, porque á su juicio una nación de héroes, robustecida
por gloriosas tradiciones de tantos siglos, poco debía temer á una
república anárquica de mercaderes, nacida ayer como un hongo en terreno
demasiado fértil y engrandecida súbitamente sin cohesión ni armonía de
sus partes componentes. Así, cuando llegó la hora de la crisis
inevitable, lo perdió todo en una sola brevísima campaña, á que se
precipitó con la impasibilidad del que tiene ojos y no ve las señales de
los tiempos, del que tiene oídos y no percibe el ruido precursor de la
tempestad.
Tanto orgullo en medio de tanta debilidad era para Buchanan enigma
indescifrable, y en el mensaje al Congreso decía que era cosa de
devanarse los sesos llegar á comprender que España, por conservar una
colonia poco importante (_comparatively unimportant_), rehusase hacer lo
que sin titubear ejecutó Napoleón primero, quien era "tan celoso como el
que más del honor y los intereses de su nación, y no fué por nadie
vituperado al aceptar un equivalente pecuniario en cambio de la
Luisiana, cedida á los Estados Unidos".
Mientras Slidell redactaba, en nombre de la Comisión de relaciones
extranjera el informe que debía abrir en el Senado la discusión de su
_bill_, llegó á Madrid el texto del Mensaje presidencial, é
inmediatamente exclamó en las Cortes el general O'Donnell que se
exigiría cumplida satisfacción por tamaña injuria inferida al honor
nacional, y la asamblea en masa, mayoría y minoría confundidas en la
misma indignación, aplaudió y se adhirió á la vehemente protesta del
primer ministro. No por eso sin embargo, se arredró la obstinación de
Slidell, mantuvo los términos de su escrito como previendo, y de
antemano contestando, el episodio de las Cortes, pues decía: "España es
un país de golpes de estado y pronunciamientos, el omnipotente ministro
de hoy acaso sea mañana un fugitivo..... Una crisis puede surgir en que
la dinastía misma corra riesgo de ser derribada por no poder disponer
prontamente de alguna fuerte suma de dinero efectivo"[33].
[33] _Cong. Globe_. 2nd. Sess. 35th. Congress, _Appendix_. pag. 90.
El escrito de Slidell es un trabajo notable, ordenado, repleto de útiles
datos estadísticos tomados en buenas fuentes. Reúnelos por pura vanidad
de informante escrupuloso, pues advierte desde el exordio que discutir
la importancia para los Estados Unidos de la adquisición de Cuba es
tarea tan innecesaria como empeñarse en "demostrar un problema elemental
de matemáticas ó uno de esos axiomas de moral filosófica universalmente
aceptados en todo tiempo", y que "en ninguna otra cuestión de política
nacional se ha pronunciado en forma tan unánime la opinión general". Al
enumerar las ventajas que á su juicio reportarían España y los Estados
Unidos, la una cediendo la isla y los otros adquiriéndola, no olvida al
pueblo cubano y evita tratarlo como simple mercadería, pues afirma como
punto averiguado é indudable que "una mayoría inmensa, más que favorece,
ardientemente desea, la anexión", y añade: "Extraño en verdad, sería que
así no fuese, privada como se encuentra Cuba de todo género de
influencia en los asuntos de interés local, sin representación en las
Cortes, gobernada por hordas sucesivas de empleados famélicos, enviados
por la madre patria á ganar fortunas y volver en seguida á disfrutarlas
en los lugares de donde vienen. Menos que hombres serían si viviesen
contentos bajo ese yugo".
No es más sombrío este último cuadro de lo que era en Cuba la realidad,
pero le faltaba algo esencial. Si lo trazaba el senador con objeto de
encarecer la fácil ejecución de su proyecto, no daba el valor que
debiera á otra parte de la población de Cuba, sobre la cual no pesaba el
yugo con la misma fuerza, que hasta lo estimaba cómodo y ligero, con tal
que siguiese oprimiendo duramente á la masa de los nacidos en el país.
Componíase entonces de unos sesenta mil individuos nacidos en España,
todos hombres, casi todos en el vigor de su edad, para quienes la patria
viva y varonilmente amada no era el suelo que los sustentaba, sino la
península remota del otro lado del Océano; que temían sin cesar algo de
hostil en torno y lo husmeaban con ojo avisor y ceño fruncido,
conscientes de la injusticia perenne de que eran cómplices satisfechos;
y que mientras la bandera metropolitana los conservase en posesión
tranquila de sus privilegios y monopolios repugnaban con honda antipatía
cuanto podía venir de la vecina república angloamericana. El gobierno no
estaba tampoco en capacidad de ejecutar cosa alguna sustancial en la
isla sin el concurso de esa parte de la población.
Entre los cubanos también la idea anexionista no era tan universalmente
acogida como Slidell supone; las dos expediciones desembarcadas en la
isla á las órdenes del general Narciso López y otros conatos
revolucionarios prematuros, malogrados, se estrellaron contra la
indiferencia popular, y probaron que no bastaba esa idea á despertar un
gran movimiento de entusiasmo patriótico, como el que á la voz de
independencia se vió tan velozmente cundir en 1868, precisamente cuando
toda excitación del lado de los Estados Unidos había ya cesado, y nadie
en ellos hablaba de la compra de la isla. Pero es positivo que el yugo
bajo el cual doblaban la cerviz era insoportable, y cuantos allí
recibían alguna instrucción, por rudimentaria y escasa que fuese,
hubieran saludado con júbilo y apoyado la anexión con tal de sacudir el
oprobioso y humillante régimen.
No tardó mucho en aparecer que el plan bosquejado por el Presidente en
su Mensaje era una quimera, destituído de toda probabilidad de vida. A
pesar del inteligente auxilio prestado por Slidell con su proposición de
ley y con su informe, á pesar del absoluto dominio que el partido
demócrata ejercía en el Senado, eran aquellos los días finales de la
segunda y última "sesión" del trigésimo quinto Congreso, cuya existencia
legal terminaba el 4 de Marzo de 1859, y la minoría del Senado, grupo ya
muy respetable por su número, el sobresaliente mérito de algunos de sus
miembros y el gran papel que su programa, el programa del porvenir,
representaba en el país, podía fácilmente impedir por medios
estrictamente parlamentarios que llegase el _bill_ á votación
definitiva. Antes de la clausura había que votar los presupuestos, y por
la táctica de ocupar con discursos de oposición el limitado tiempo
reservado á la cuestión, la hora fatal de la suspensión daría al traste
con el Mensaje y con el _bill_.
Así literalmente aconteció. Estaba á la cabeza de la oposición el
senador de Nueva York William H. Seward, hombre de suma habilidad,
crítico sutil, formidable polemista parlamentario, en quien la fama
pública señalaba un futuro Presidente, que no dejó pasar tan favorable
coyuntura sin dirigir las estocadas de su palabra acerada contra los que
gobernaban, atentos solamente á intereses de partido. Buchanan estaba
irremediablemente desprestigiado por el desastroso fin de su empeño de
sancionar la entrada de Kansas con la constitución esclavista; el
secreto de su debilidad política era ya la fábula del país, y parecía
alarde de extraordinaria simplicidad en él solicitar en esos momentos
que el Congreso le diera prueba tan grande de confianza en su tacto é
imparcialidad, entregándole treinta millones de pesos para gastarlos del
modo que le ocurriese, en una fantástica negociación cuyos detalles eran
un misterio, puesto que ni existían ni podían ser previstos todavía;
para que cayesen en el abismo de su ignorante presunción, y de todas
suertes quedasen gastados y perdidos en caso de que el Senado no
aprobara el tratado, si algún tratado llegaba á ajustarse. No había, por
consiguiente, de escatimar Seward ante pretensión tan extravagante las
sarcásticas expresiones de lástima y desdén que el caso sugería.
Por cualquier lado que se mirase tomaba ello en efecto visos tan fuera
de lo común, tan raros, que muchos dudaron siempre de que seriamente
promoviesen Buchanan y su amigo y consejero Slidell la cuestión de
confianza esperando de veras que el Congreso los siguiese por ese
camino. Cuando se vió á Slidell abandonar por último el punto dejando la
lucha suspendida indefinidamente, quedaron todos convencidos de que
había sido una mera apariencia, nada más que deseo de causar un poco de
ruido, de poner al partido, gracias á su apetito conocido de nuevos
territorios con esclavos, en condiciones de recuperar la influencia y
ascendiente que visiblemente disminuían.
La retirada del _bill_ se verificó sin embargo con toda solemnidad, á
guisa de funerales de alta clase, conduciendo Slidell el duelo con suma
gravedad y manifestando deplorar vivamente el triste fin de la malograda
proposición. Como último honor pidió que el Senado una vez más hiciera
constar su simpatía profunda; dos tercios y más de los senadores se
prestaron gustosos á dar esa prueba de amor puramente platónico. En la
inmensa mayoría entró el partido íntegro con sus jefes ilustres; Douglas
y Jefferson Davis, los dos polos de la agrupación, cabezas de sus dos
alas extremas, votaron en un mismo sentido, y todos nuevamente afirmaron
que era necesaria la adquisición de la isla. Agregó entonces Slidell que
renunciaba á su derecho de mantener la proposición en la orden del día,
por no estorbar en aquella hora avanzada de la espirante sesión la
discusión de los presupuestos y entorpecer el servicio público, pero que
se reservaba renovarla en la siguiente legislatura; todo lo cual no era
más que cumplimiento de oración fúnebre, el _bill_ estaba bien muerto y
sin esperanza de resurrección. Con el aparente aplazamiento caía
definitivamente la cortina, terminaba la última escena de la larga
tragicomedia, que hubiera podido intitularse: "Tentativas de anexar á
Cuba", y estuvo representándose á pedazos y á intervalos durante más de
veinticinco años en la escena política[34].
[34] Slidell, sin embargo, cumplió aparentemente su palabra. Apenas
se abrió el nuevo Congreso el 5 de Diciembre, anunció otra vez su
_bill_, lo presentó, y en 30 de Mayo dijo que, convencido de que ya
no podía discutirse, decidía retirarlo. Buchanan también afectó
persistir en sus ideas, y en el Mensaje de Diciembre 19 de 1859
dijo que su opinión sobre la adquisición de Cuba por medio de
«justa compra» continuaba siempre igual. _Cong. Globe._ 36th.
Congress 1st. Sess.
Comedia, sí, pero por parte de los Estados Unidos solamente, tenazmente
aferrados á su antigua idea de compra y aumento de territorio por
"negociaciones honorables", como decía Buchanan en el Mensaje citado;
fieles al empeño de suponer á España hasta ansiosa de ceder á Cuba por
dinero, empeño que alimentaban, unas veces con reflexiones de historia
filosófica, como las de Everett en un conocido despacho diplomático[35],
afirmando que la decadencia española comienza al iniciarse en el siglo
XVI la aplicación de su sistema colonial, y que "á partir de la pérdida
de las más de sus colonias en el XIX había entrado en una corriente
rápida de progreso desconocida desde la abdicación de Carlos V"; otras
veces dirigiendo encubiertas amenazas, cuyo vano carácter tenían
perfectamente penetrado los hombres de Estado en España, bien seguros de
que en aquella fecha, dada la actitud de Francia é Inglaterra, no
llegarían á transformarse en actos de hostilidad.
[35] Everett, Secretario de Estado, al conde Sartiges, ministro de
Francia, Diciembre 1º de 1852, con motivo de la Convención
tripartita propuesta para garantizar á España la posesión de Cuba.
Mas lo que en Washington podía parecer extraña y mal coordinada comedia,
tomaba desgraciadamente en Cuba doloroso aspecto y provocaba trágicos
sucesos, que costaron muchas lágrimas y sangre generosa. Mientras los
políticos norteamericanos hablaban sin medida en el Congreso ó ensayaban
en las Cancillerías sus estériles ajustes, nobles esperanzas de poner
término á su condición de colonos oprimidos excitaban á los cubanos, y
juzgando algunos que les incumbía el deber de probar que eran dignos del
anhelado rescate, que no eran esclavos afeminados, corrieron á las armas
sin detenerles la certeza del desastre en pelea tan desigual, se
lanzaron al campo estimulados por noble impaciencia, y murieron en lid
desesperada, ó ascendieron impávidos las gradas del patíbulo, ó expiaron
lentamente en presidios lejanos su imprudente arrojo.
España, por desgracia para ella y para Cuba, no aplicaba otro remedio á
la situación que consejos de guerra y sentencias de muerte ó de cadena,
ni corregía tampoco su sistema de explotación y predominio puramente
militar. Cada año los hijos del país se sentían más lejos de ella, más
agraviados, más hostiles, hasta que al fin llegase un día en que no
quedase un solo lazo de afecto entre la colonia y la metrópoli, en que
la venganza y el interés se aunasen para aconsejar todas las locuras,
todos los sacrificios.
CAPÍTULO X.
John Brown.
Ocioso habría sido esperar que cuestión como la de Cuba, teórica y de
poco inmediata aplicación en sustancia, hubiera vuelto á tratarse al
término de la presidencia de Buchanan, cuando era evidente que cada
nuevo día, acercando los hombres y las cosas á la crisis prevista de
1860, agravaba la preocupación general, y acrecía los temores del
porvenir que á todos embargaban. En ese tiempo además, perdida ya por el
partido demócrata la mayoría en la Cámara de Representantes, sentía muy
disminuído su poder, aunque conservaba intactas sus posiciones en el
Senado.
Menos de dos meses antes de reunirse el nuevo Congreso ocurrió de
improviso, el 16 de Octubre de 1859, en las cercanías mismas de la
ciudad de Washington, un suceso, que á las pocas horas resultó ser la
más descabellada empresa, pero cuya simple noticia, dada la inflamable
naturaleza de los elementos allegados en la república por la lucha
encarnizada de los partidos, pareció caer como chispa desprendida del
firmamento sobre un vasto y abierto almacén de pólvora, á determinar
inmediatamente y sin remedio la inmensa conflagración que tanto se
temía.
Un grupo de hombres venidos de los estados del Norte se apoderó por
sorpresa en una noche oscura y lluviosa del arsenal que poseía el
gobierno en Harper's Ferry á orillas del Potomac en el estado de
Virginia; tomó las armas y pertrechos de guerra allí guardados, proclamó
la emancipación general de los esclavos invitándolos á reunirse y
organizar con los invasores el núcleo primero de una gran insurrección.
Eran diez y ocho individuos nada más, número que no aumentó, pues los
contados negros que á la fuerza se agregaron, de poco pudieron servir
azorados ante la súbita invasión y embrutecidos por la larga
servidumbre. A las treinta y seis horas se hallaron todos estrechamente
cerrados dentro del Arsenal por vecinos de la ciudad, milicias de los
alrededores, y una compañía de soldados de marina con dos cañones que
acudió desde Washington mandada por el coronel Roberto Lee, el mismo que
menos de dos años después sería renombrado general en jefe del ejército
de la Confederación rebelde. Los asediados reducidos á menos de la mitad
continuaron defendiéndose valerosamente, respondiendo sin cesar al
nutrido fuego de la tropa y los milicianos, aguardando intrépidamente el
asalto del edificio aislado en que por último se atrincheraron. Cuando
terminó todo al amanecer del martes, vióse que del grupo entrado el
domingo por la noche en el Arsenal diez habían perecido, cinco de los
restantes, gravemente heridos, cayeron prisioneros; de estos últimos uno
era John Brown y todos, con dos más capturados poco después, debían al
mes y medio ser ahorcados públicamente.
Tocaba conocer de la causa á los tribunales de Virginia; la instruyeron
y fallaron conforme á leyes, que interpretaron naturalmente en su más
estricto sentido: ni hubiera sido procedente esperar otra cosa de dueños
de esclavos en Virginia tomando parte en el proceso como jurados, cuando
la voz de la vindicta pública reclamaba sin piedad en todos los estados
del Sur castigo ejemplar para lo que sinceramente consideraban como el
más odioso de los atentados.
John Brown fué un aventurero de heroicas proporciones, y como héroe
efectivamente se condujo desde la hora en que forzó las puertas del
arsenal de Harper's Ferry hasta el instante mismo en que el verdugo
ajustó el lazo en torno de su cuello. Quizás el nombre glorioso que ha
dejado parezca á muchos en marcada discrepancia con el acto de
imprudente, desatentado arrojo en que su reputación se funda y con otros
actos también de venganza implacable, terrible, que cometió durante su
residencia en Kansas; pero la justicia popular sin titubear reconoció y
aplaudió la corona de mártir y de santo, que en sus sienes
inmediatamente pusieron los que con él trabajaban por la redención de
los esclavos, hora por hora confirmada después por un pueblo entero en
los años formidables en que al campo de tantas mortíferas batallas
corrían millares y millares de voluntarios y de quintos, entonando como
cántico de guerra, Marsellesa de la salvadora revolución, el himno que
lleva su nombre, y gritando en coro la célebre frase final, el
estribillo inmortal de sus estrofas: "el cuerpo de John Brown yace en
polvo dentro del sepulcro, pero su alma marcha al combate con nosotros".
No es fácil encontrar en la historia muchos ejemplos de temperamento
fanático tan característico y tan completo como el de este rudo
abolicionista americano, ni entre los feroces adalides del Viejo
Testamento, ni entre los sectarios modernos de Oliverio Cromwell; y de
esas dos grandes familias de guerreros religiosos procede John Brown,
pues descendía de uno de los puritanos que desembarcaron de la _Flor de
Mayo_ en las costas de Massachusetts, y porque su verdadera, casi única
educación, en la juventud y en la edad madura, fué la incesante lectura
de la Biblia, de la que sabía grandes pedazos de memoria, y repetía
constantemente cuando hablaba ó escribía versículos de los libros
hebreos. Por espacio de más de cuarenta años, de los sesenta que vivió,
quizás no apartó un día su pensamiento y su voluntad del propósito á que
desde muy temprano juró consagrarse[36], declarando, según sus propias
expresiones, guerra eterna al esclavizamiento de los negros; y cumplió
el juramento, bien organizando al principio colonias de negros libres
en Nueva Inglaterra, ó favoreciendo en todo tiempo la fuga de esclavos
de los estados del Sur al Canadá, ó batiéndose como un león en las
guerrillas sangrientas de Kansas, ó preparándose para la aventura final
en que halló la muerte. Tan inquebrantable era la fortaleza de su
espíritu que, conforme á la relación de un testigo, (uno de los rehenes
que tomó desde las primeras horas de su entrada en el pueblo) cuando se
defendía ya cerca del fin, acorralado en la casa de máquinas del
Arsenal, con uno de sus hijos muerto á su lado, otro gravemente herido y
moribundo, gritaba para infundir ánimo á los pocos que quedaban moviendo
el brazo y el rifle que tenía en la mano, mientras con la otra mano
seguía ansiosamente los signos de vida en el pulso del hijo agonizante.
Al caer prisionero estaba acribillado de heridas de arma blanca, pues
peleó cuerpo á cuerpo hasta desfallecer; y cuando diez días después
debió comparecer ante el tribunal fué llevado tendido en un catre; desde
él respondía á los jueces y habló con serenidad pasmosa, admitiendo
todos los cargos ciertos y rechazando con energía toda sugestión de
excusa por causa supuesta de demencia. Algo repuesto ya de las heridas
marchó el 2 de Diciembre con frente erguida hasta el lugar de la
ejecución; allí, colocado sobre la trampa del tablado y con un gorro
sobre los ojos, lo mantuvieron de pie un cuarto de hora, y en ese largo
espacio de tiempo permaneció erecto, sin el menor signo de
estremecimiento, sin que por un segundo flaqueara su extraordinaria
energía[37].
[36] _Life and Letters of John Brown_ por _F. B._ SANBORN (1885).
[37] Th. HIGGINSON, _John Brown of Osawatomie_, en _Enc. of
American Biogr._ (_Appleton_, 1888.)
Seres de tal temple, en quienes no oscila por terror una sola molécula
del metal de su carácter, aún sometidos á las pruebas más violentas,
nunca se sacrifican en balde, y es incalculable la impresión que dejan
sobre los que presencian esos alardes de heroica constancia ó los oyen
relatar por los asombrados circunstantes, impresión que necesariamente
repercute por rumbos imprevistos y labora eficazmente en beneficio de la
causa inspiradora y confortadora de esfuerzos tan sobrehumanos. En la
situación de la república el suplicio de John Brown, decretado sin duda
de acuerdo con la ley vigente y aplicado á un delito agravado en su
consumación por derramamiento de sangre y destrucción de propiedades,
apareció vestido de colores muy diferentes, no sólo ante las masas
irreflexivas, sino ante hombres tan honrados y serenos como Emerson,
como Thoreau, como varios otros, y mientras esos dos ilustres pensadores
comparaban el suplicio en la horca del prisionero de Harper's Ferry con
la crucifixión de Jesús, lágrimas infinitas de fecunda simpatía caían
como fructificante semilla sobre un suelo preparado á recibirla durante
muchos años de predicación y de enseñanza.
Del otro lado del Océano se siguieron también con palpitante interés las
escenas del proceso, y desde la roca de su destierro voluntario en honor
de la libertad se oyó la gran voz del poeta francés enalteciendo el
heroísmo del prisionero. En el dibujo original y vigoroso en que luego
trazó Víctor Hugo como empresa sublime el suplicio final, inscribió este
emblema de su vida y de su muerte: _Pro Christo sicut Christus_.
John Brown es el único responsable de ese suceso para la posteridad,
tanto en lo que tuvo de bueno y de malo, de heroico y de reprensible: él
solo concibió el plan, y solo dispuso su ejecución. A pesar de sus
relaciones personales con los abolicionistas de Nueva Inglaterra, que
apreciaban en su justo valor su entereza y energía y le facilitaron
auxilios pecuniarios, la obra fué de él exclusivamente, y la puso en
planta como arrastrado por fuerza irresistible, como resultante final de
todos los actos é impulsos de su vida. Nadie sabía cabalmente los
detalles; algunos de los que en parte llegaron á conocerlos al través de
sus místicas é incompletas revelaciones, adivinaron su insensata,
irrealizable naturaleza; pero era imposible contenerlo, tenía fatalmente
que marchar hacia donde lo llevaban su ilusión y su extravío.
La conmoción en los estados del Sur indicó cuan certeramente fué el
golpe dirigido al punto vulnerable, y aunque casi á un tiempo mismo
circularon las noticias de la tentativa y de su fracaso, el susto
enardeció la indignación; los que desesperadamente luchaban por
conservar su antigua supremacía en el gobierno general no habían de
sentir pronto calmada la cólera producida por el repentino ataque tan
derechamente encaminado al corazón, á la entraña esencial de su
organismo y su poder. Al reunirse el 5 de Diciembre el Congreso, tres
días después de la ejecución de Brown, parecía flotar sobre el Senado
como una sombra negra el trágico episodio de Harper's Ferry; á los pocos
minutos de abierta la primera sesión pidió el senador de Virginia,
Mason, que una comisión especial investigara minuciosamente lo ocurrido
y propusiese cuanto juzgase necesario para evitar su repetición; la
comisión, que sin tardanza puso manos á la obra, constaba de tres
individuos de la mayoría y dos de la oposición republicana, descollando
entre los primeros Jefferson Davis, jefe parlamentario del ala extrema
esclavista, como lo sería después de la Confederación del Sur.
Entretanto Buchanan, en quien la medianía del espíritu no consentía el
grado de imparcialidad que su alta posición requería, creyó oportuno
vituperar desde luego en su Mensaje anual "á los que predicaban
doctrinas abstractas", y con dudosa benevolencia advertirles que "no
debía sorprenderles que sus exaltados secuaces fuesen un poco más lejos
que ellos mismos y tratasen de llevar á la práctica por medio de la
violencia sus doctrinas". Con estas palabras echaba nuevo combustible
sobre una hoguera, que por sí tenía sobrados elementos para crecer y
extenderse.
Al cabo de más de seis semanas de estudios, investigaciones y examen de
testigos, presentó Mason su informe en nombre de la mayoría; tan extenso
era que él mismo renunció _motu proprio_ su derecho de leer el
manuscrito, reduciéndose á citar los párrafos finales, en realidad los
que hoy nos importan, pues de los antecedentes del suceso sabemos por
revelaciones posteriores cosas que la Comisión no logró averiguar y
mucho se hubiera alegrado de conocer[38]. Insiste Mason en esos párrafos
con no encubierta fruición en la desastrosa suerte que cupo á cuántos
tomaron parte activa en el atentado, para decir que de las veintidós
personas que según Brown componían su partida "siete fueron ejecutadas,
diez murieron dentro del Arsenal, y como de las cinco restantes cuatro
se habían quedado del lado de Maryland custodiando armas, sólo una en
definitiva hay cuyo paradero se ignore y la manera como logró escapar".
[38] Encuéntranse en la obra ya citada por F. B. SANBORN.
Respecto al encargo principal, fiado á la Comisión, de excogitar los
medios de evitar en lo futuro esas agresiones, responden en tono amargo
los informantes que nada pueden proponer, y que si los demás estados "no
consideran de su incumbencia, por razones de política general, ó
simplemente por el deseo de preservar la Unión, prevenir ocurrencias de
ese género, la Comisión no acierta á descubrir ninguna otra garantía de
mantener la paz entre los estados de la federación". Sombría y
formidable reflexión, que no era vana amenaza en la mente de los que la
proferían el 15 de Junio de 1860, cifra demasiado exacta de la
temperatura política, no sólo del Senado, del país entero. Unos y otros,
demócratas y republicanos, esclavistas y antiesclavistas, se aprestaban
para la crisis por tantos anuncios indicada, y no rebajaban, antes al
contrario exageraban sus respectivas pretensiones. Toda veleidad de
acuerdo ó transacción había desaparecido, en el Sur principalmente, que
aspiraba ya á obtener del Congreso códigos para reglamentar la
esclavitud en los territorios, dando así por resuelta la cuestión que
para sus adversarios era litigiosa todavía. Iba el Sur aun más lejos y
voces imprudentes pedían la trata de África, la importación legal de
negros esclavos. En el Norte la resistencia se acentuaba, se esparcían
las ideas agresivas de los abolicionistas, se exaltaba la memoria de
John Brown, se repetía con Seward que el conflicto entre los dos
elementos era _irreprimible_, era incontenible.
En efecto, las dos mitades de la república eran ya como dos máquinas
potentes partidas de extremos opuestos de la misma línea y en acelerado
movimiento. El choque inevitable no era ya cuestión de años sino de
meses.
CAPÍTULO XI.
Campaña de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.
Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores
demócratas, más de medio año los separaba ya del asalto de Harper's
Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compañeros habían perdido
la novedad del interés, y en el rápido sucederse de cosas
extraordinarias en ese período eran ya episodios de una historia lejana,
que á jueces más desapasionados, no á políticos militantes, tocaba
juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias más violentas
todavía, que cambiaban la escena y transformaban la posición de los
personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de
redoblado vigor había celebrado su Convención en Chicago y escogido
candidatos para la campaña presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma
del absorbente partido demócrata había estallado en la Convención de
Charleston, dividiéndolo en dos fracciones irreconciliables con
tendencias y programas absolutamente diferentes.
El malhadado empeño de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos
estados con intereses que los atasen á la suerte de los que ya penaban
bajo esa perniciosa institución, designio que desde sus albores en 1854
había desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos,
confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado después los
ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin
una oposición robusta dotada de espíritu indomable é intentos bien
definidos,--se había vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo
formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado,
ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema
meramente local que resolverían por sí solos los habitantes de cada
territorio, quedó desarticulado y sin eficacia al decidir la mayoría de
los colonos en Kansas que no les servía, que no lo querían. Entonces los
políticos del Sur abandonaron la enseña del senador de Illinois,
renegaron de su sistema, echándolo á un lado como arma sin filo ú objeto
baldío, y quedó el antiguo adalid rodeado únicamente de amigos
personales, mal mirado por los que habían creído en él como signo de
victoria y ya no sentían respeto ó simpatía ni por su persona ni por sus
ideas.
Las doctrinas expresadas en el fallo del Tribunal supremo satisfacían
ampliamente á esos políticos, la adhesión firme del Presidente de la
república los llenaba de confianza, y juzgando que apoyos tan robustos
en la apariencia valían mucho más que una teoría controvertible y
gastada, dedicaron sus fuerzas á aprovecharlos hábilmente y buscar para
la próxima campaña un candidato, que á la blandura y buena voluntad de
Buchanan añadiese más pericia y más constancia, que fuese más entero,
menos sensible al miedo. Una vez Presidente el candidato dotado de esas
cualidades sobraría espacio, no sólo en Kansas ó Nebraska, sino en Cuba,
Méjico, la América central, para propagar la esclavitud y levantar
nuevos estados comprometidos á mantenerla. La demencia y la ambición se
unían y corrían disparadas al abismo.
No era, pues, susceptible de acomodamiento la ruptura entre Douglas y
Buchanan y quedaron uno enfrente del otro, á pesar de aproximarse las
elecciones, como enemigos declarados. Douglas contaba siempre con la
mayor parte de los demócratas, y estaba seguro de ser por lo menos
candidato; pero su posición en el partido era más delicada que la de
Buchanan; éste no aspiraba á la reelección, desde mucho antes había
ofrecido no solicitarla, y sus amigos, al ir en busca de manos menos
débiles é inexpertas á quienes confiar la suerte de la causa en tan
apremiante situación, se hallaban libres del temor de ofenderlo y
contaban tranquilos con el auxilio de la influencia oficial ejercida por
la Presidencia y por el mundo de empleados repartidos en todos los
estados.
Cuando los delegados del partido, parciales de Douglas y seguidores de
Buchanan, se reunieron en Charleston, entonces como ahora política y
mercantilmente la ciudad más importante del batallador estado de la
Carolina del Sur, la discordia vino con ellos. No pudo haberse escogido
más adecuado lugar para iniciar la obra destructora, para comenzar la
guerra sin cuartel de votos y programas dentro del partido, que la
ciudad misma donde principiaría menos de un año después la verdadera
guerra de sangre y fuego, donde resonarían los primeros cañonazos que
hicieron arriar la bandera nacional en el fuerte Sumter y rompieron los
diques á la inundación.
No estuvo Douglas presente en la Convención de Charleston, ni se estila
que asistan los candidatos de antemano designados, pero sus admiradores
y amigos componían más de la mitad del número total de los delegados.
Necesitábanse dos terceras partes para formar mayoría, antes de tratar y
resolver la cuestión de personas era preciso ocuparse en redactar y
aprobar el programa, la "plataforma", y era lo espinoso de la empresa.
Sobre ello se empeñó la batalla, y se elevó la barrera insuperable que
de un partido compacto hizo dos facciones contrapuestas. Una comisión de
treinta y dos miembros, uno por cada estado, fué el campo de Agramante,
y al cabo de ardorosas discusiones, en que sólo pudieron acordar puntos
secundarios (uno de ellos la adquisición de Cuba), volvió el grupo
dividido en dos, trayendo escritos dos programas radicalmente
diferentes, imposibles de confundirse para formar el documento único que
se le pedía. Los quince estados del Sur con dos más del Norte redactaron
y votaron un texto, en que afirmaban doctrinas sobre la superior
inmunidad de la esclavitud como institución política y social, á que ni
al Congreso ni á las asambleas locales era lícito tocar, salvo para
protegerla y para ayudarla á extenderse en los Territorios, sin trabas
de ninguna especie. La minoría, compuesta de los restantes quince
estados, todos del Norte, se redujo á enunciar nuevamente las
resoluciones del programa de 1856 en Cincinnati, agregando que las
divergencias de opinión existentes dentro del partido respecto á las
facultades del Congreso ó las asambleas territoriales sobre la
esclavitud eran problemas de derecho constitucional, cuya solución
únicamente correspondía al Tribunal Supremo; y á su fallo se sometían.
La diferencia entre ambos programas es muy marcada, aunque la minoría se
empeñó en aminorarla y disfrazarla; y resaltó más todavía en los
discursos que de uno y otro lado escuchó la Convención. Fué ésta, no
cabe duda, la vez primera que el choque de las dos fracciones del
partido defensor de la esclavitud desgarró los velos, hizo surgir la
verdad desnuda y repercutir, por fin, dentro de los muros de la
Convención el eco sonoro de las opiniones realmente abrigadas por los
estados sudistas. La adusta verdad penetró en aquel recinto y, al
atravesarlo un instante en lento y ominoso vuelo, fué saludada en las
galerías por los aplausos del pueblo, que muy pronto iba á sacrificar
por ella sus vidas y haciendas; así fué sobre todo cuando Yancey, uno
de los delegados de Alabama, á cuya voz parecían los demás obedecer,
expuso francamente, sin exaltación apasionada, con la serena firmeza del
mandatario fiel que recita las últimas y bien meditadas instrucciones de
su mandante, que todos los males y desmedros hasta esa fecha sufridos
nacían de la menguada defensa de la esclavitud, formulada por miembros
prominentes del partido, al admitir que la institución era vituperable
en su esencia y merecía respeto, sólo en virtud de derechos adquiridos,
sólo en gracia de la protección constitucional. No, su legitimidad
absoluta debía declararse superior á toda discusión, porque ella era un
beneficio tan indisputable para el blanco como para el negro, los
esclavos una propiedad tan perfecta y sacrosanta como otra cualquiera y
atentar contra ella no debía jamás impunemente consentirse.
Sea cual fuere el juicio que en nombre de los derechos humanos, de la
moral social, de la ciencia económica, se pronuncie sobre la esclavitud,
y es claro hoy que sólo puede ser la más abrumante condenación,
inapelablemente confirmada por los resultados mismos, por las
prodigiosas ventajas de la abolición en las regiones donde existía, no
sería sin embargo equitativo desconocer lo que hubo de viril y grandioso
en la conducta de los que en Charleston proclamaron la resolución de
mantener en lid abierta sus opiniones é ir con ellas á sus últimas y
temibles consecuencias, destruyendo el partido, destruyendo la Unión,
si no había otro remedio, pero siempre á costa de su sangre y de cuanto
poseían sobre la tierra.
No fué, por tanto, esa Convención como las anteriores torneo de
guerreros disimulados, en que las intenciones se escondían detrás de
palabras escogidas de propósito con ese objeto. Si los amigos de
Douglas, temerosos de desquiciar la fábrica política, reincidieron en el
antiguo y estéril error de tratar como detalle secundario la cuestión
esencial, y buscar fórmulas artificiosas para decir poco y conservar en
apariencia unidas las más opuestas interpretaciones, los que por boca
del sagaz y elocuente Yancey pregonaron el reto á muerte y descubrieron
sus pechos, fueron hombres animosos cuyas ideas miserablemente torcidas
pueden merecer indignado vituperio, pero cuyo tranquilo valor arranca
respetuosa admiración[39].
[39] Véase la interesante relación escrita por un periodista de
Cincinnati, MURAT HALSTEAD, testigo de la Convención ese año (_The
Convention of 1860_) y también la discusión del Senado entre Jeff.
Davis y Douglas en varias sesiones de Mayo de 1860: _Cong. Globe_
1st. Sess. 36th. Congress. Los discurso de Douglas están en el
_Apéndice_.
Declarada y afirmada la discordia en tan concluyentes términos, no había
más camino que suspender las sesiones é ir á reunirse en otra parte. La
fracción más violenta fué á Richmond á dar sus votos á John G.
Breckenridge, de Kentucky. El resto en Baltimore eligió casi
unánimemente á Douglas. Así fué á caer, por fin, sobre los hombros del
ambicioso senador de Illinois la blanca vestidura oficial de
pretendiente tan deseada y esperada, pero vino en circunstancias bien
duras y bien tristes, cuando el éxito era improbable, cuando faltaba
apenas un año para que inopinada y prematuramente viniese la muerte á
poner término á su carrera, sin haber logrado el premio de sus
servicios, de su indomable energía.
Antes de que el fraccionado partido demócrata hubiese completado ese
laborioso malparto, se había celebrado en la ciudad de Chicago la
Convención de los republicanos; la cabal armonía y el entusiasmo de sus
acuerdos auguraban el triunfo futuro.
Situada á orillas del lago de Michigan, uno de esos vastos receptáculos
que son otros tantos mares interiores de la frontera septentrional de
los Estados Unidos, al borde de una inmensa pradera que por cientos y
cientos de millas extiende su fértil suelo en la dirección del sudoeste,
contaba entonces Chicago unos ciento doce mil habitantes y era la ciudad
más poblada de Illinois, del estado en que había tenido lugar el célebre
duelo oratorio entre Lincoln y Douglas, sus dos más distinguidos
ciudadanos. Para albergar la Convención fabricaron en pocos días un
edificio de barro y madera, capaz de contener los seiscientos delegados
y una cuarta parte siquiera de las treinta y tantas mil personas que
habían venido, escoltándolos, á solemnizar con su presencia ese crítico
momento de la historia de la nación. Diéronle el nombre indio de
Wigwam, que representa vestido á la inglesa el que los nómades
Algonquines usaban en su dialecto para designar las chozas puntiagudas
de ramas y corteza de árbol, donde temporalmente se abrigaban en la
época de sus correrías.
No tropezó con dificultad alguna esta Convención para redactar su
plataforma; seis años de lucha perenne, de incesantes acometidas contra
las doctrinas disolventes de sus adversarios, habían fijado
inalterablemente los principios en que el partido fundaba su acción y la
libre cooperación de sus adherentes. Lo esencial era proscribir, como
peligrosa heregía política, el flamante dogma que suponía á la
Constitución llevando á los Territorios por su propia naturaleza la
sanción de la esclavitud, y afirmar por el contrario que la condición
normal de todo Territorio era la libertad de sus pobladores, y que ni
Congreso ni asamblea particular ni persona alguna pública ó privada
tenía el derecho ó la facultad de comunicar carácter legal á la anómala
institución donde previamente no existiese[40].
[40] Resoluciones 7ª y 8ª de la plataforma republicana. Véase _Life
and Speeches of A. Lincoln and H. Hamlin_. Columbus (Ohio) 1860.
Estas ideas llenaban desde años antes la atmósfera política en los
estados del Norte, y los millones de individuos que las habían respirado
renovando en tanto tiempo su modo de ser y su conciencia respondieron
con ansiosa simpatía al programa, que las condensaba y formulaba para
facilitar la lucha y el triunfo definitivo. Si la Convención lograba
asimismo resolver atinadamente la cuestión de personas, más importante
que nunca esa vez, designando el candidato idóneo para personificar
tales ideas y despertar la fe y confianza indispensables, era infalible
que surgiría en el Norte un movimiento impetuoso hacia las urnas
suficiente á asegurar la victoria en todo el país.
¿Quién sería ese candidato?--Entre los nombres que se oían repetir, uno
había que sobre todos descollaba por la grande y extendida reputación,
los eminentes servicios á la causa de la libertad, la importancia del
estado de que era ciudadano y lo proponía; el de Seward, antiguo
gobernador de New-York y durante doce años el más hábil y elocuente de
los miembros republicanos del Senado. La delegación neoyorquina, la más
numerosa, pues representaba el estado más poblado, fué á la Convención
con instrucciones de nombrarlo, y hasta el último escrutinio emitió por
él los sesenta votos que le correspondían: "Venimos de un gran estado y
traemos un grande hombre de estado", dijo Evarts, jefe de la delegación.
No podía á juicio de muchos confiarse la causa antiesclavista á manos
más hábiles que las del hombre que, sosteniendo desde el año de 1850 la
admisión de California como estado sin esclavos, había afirmado en los
debates del Senado que "una ley más alta" que la Constitución misma
ordenaba respetar en los Territorios los intereses superiores de la
justicia y la libertad; y que desde entonces, vigilante centinela, había
permanecido á pie firme en la avanzada trinchera, cerrando el paso y
esgrimiendo las armas contra los diversos proyectos, que se habían ido
sucediendo por espacio de siete años y bajo el amparo de dos
Presidentes, con objeto de entronizar la esclavitud en tierras, que
según otra frase de Seward en la misma ocasión ya aludida[41], eran
parte del patrimonio común de la humanidad, sobre el cual no tenía la
nación facultades arbitrarias ó ilimitadas. Pero estaba Seward dentro
del partido en situación muy parecida á la de Douglas en el suyo durante
la Convención de 1856; la brillante y larga vida pública lo había puesto
demasiado en evidencia, le había acarreado enemistades, lo había á
menudo forzado á sostener soluciones radicales de opositor
inconciliable, circunstancias todas que quitaban probabilidades de buen
éxito á su candidatura. El partido era, además, muy nuevo todavía, se
componía de miembros venidos de contrarias direcciones, y deseaba
conservar el equilibrio de sus dos alas no tomando en ellas el
candidato, ni Seward que pasaba por excesivamente radical, ni Chase, de
Ohio, futuro gran ministro de hacienda durante la guerra, que entonces,
por haber figurado antes entre los demócratas, era tenido por más tibio
ó moderado de lo que la ocasión exigía.
[41] Sesión del Senado de Marzo 11 de 1860.
El primer escrutinio suele ser en esas asambleas un acto de puro
cumplimiento, y así se le llama y considera. Cada estado mienta
generalmente al más ilustre ó al predilecto entre sus hijos; entona en
su loor breve panegírico y le da sus votos. Como muchos estados hacen lo
mismo, es claro que no puede haber resultado definitivo, y esta vez del
modo que Nueva York votó por Seward, votaron Ohio y Pensilvania por
Chase y por Cameron, Missouri por Bates, Illinois por Lincoln, por el
mismo estilo varios otros. A ocasiones sucede también en contiendas muy
reñidas que ni siquiera se oye en las primeras votaciones el nombre del
que ha de ser finalmente elegido, como por ejemplo en la Convención de
1852. Pierce fué designado en ella al cabo de cuarenta y nueve pruebas
infructuosas, y en muchas no había tenido un solo voto. Esta vez
aparecieron pronto los dos competidores entre quienes se concentraba la
lucha: Seward 173 votos, Lincoln 102; y se preveía que á uno de los dos
estaba reservado el premio, y que no surgiría á última hora lo que en el
lenguaje técnico de esos juegos olímpicos de la política llaman "un
caballo negro", un competidor no mencionado todavía, que todos los
delegados acaban por aceptar cansados de luchar en balde por sus
favoritos.
Abraham Lincoln, que desde la interesante campaña senatorial, en que
Douglas lo venció con tanto trabajo, había alcanzado extensa
notoriedad, disfrutaba de reputación muy inferior á la de Seward; no
había desempeñado como éste cargos de trascendental importancia, pues
sólo fué por un bienio miembro de la Cámara en Washington, honor que no
traía aparejado gran prestigio, y en el que tampoco dijo nada muy
notable; no había sido ni Gobernador de estado ni senador federal,
cargos los más altos de la república después del de Presidente, y aun á
veces á este último preferido. Era en resumidas cuentas, por lo que
extrínsecamente aparecía, un oscuro abogado de pocas letras, que en la
práctica ordinaria de las remotas regiones de su residencia había tenido
más oportunidades de ejercer la fuerza muscular que el saber, y que, al
rezar de la leyenda, había pasado rajando leña en la frontera salvaje la
época de la vida que otros emplean en colegios y universidades. Aquellos
entre los delegados que esto sabían, naturalmente extrañaban que pudiese
alguien preferirlo á estadista de tanto mérito y nombradía como Seward;
pero gran parte del pueblo americano, obedeciendo á instinto más certero
y profundamente nacional, no sólo simpatizaba con el carácter y
antecedentes del abogado de Illinois, sino que adivinaba muy bien detrás
de la ruda y vulgar corteza de ese tronco, robustamente desarrollado en
las tierras vírgenes del occidente, el rico y generoso corazón y la
vivificante savia que por él circulaba.
No había vivido Lincoln ni inerte ni olvidado en los dos años que entre
la campaña senatorial y la fecha de la Convención pasaron; en 1859 fué
al estado de Ohio, que celebraba elección de gobernador, y pronunció
discursos que ayudaron eficazmente al triunfo del partido, y se leyeron
en otras partes con sumo interés. A principios de 1860 fué invitado á
hablar en Nueva York, la gran metrópoli comercial, ante un auditorio
numeroso de prohombres del nuevo partido ganosos de conocerlo, y en su
discurso, muy extenso y muy notable, que afianzó su creciente
reputación, demostró que nadie se daba cuenta más cabalmente que él y
exponía mejor, sin declamaciones ni invectivas, con cierta curiosa
mezcla de gravedad y buen humor, de las opuestas tendencias, del
inextricable nudo que obstruía el desarrollo armónico de la unión de los
estados, así como de la manera más rápida y segura de llegar á
desenlazarlo sin romperlo violentamente. No era, pues, su candidatura
expediente á última hora imaginado para resolver la situación y derrotar
á Seward; la fuerza latente que traía y pronto se desenvolvió podía
sorprender á una parte de la Convención, pero estaba por otros muy
prevista y preparada. Lincoln mismo, avezado como el que más á manejos y
combinaciones electorales, á las mil y una habilidades, tratos ocultos,
agasajos y cambalaches con que detrás de bastidores se organiza esa
especie de comedias políticas, para ensayarla primero en las
Convenciones, y representarla después al aire libre en infinito número
de teatros, no desperdició medio alguno de asegurar el éxito popular,
confeccionando de antemano cuanto requería la tramoya escénica para
desencadenar el torbellino de entusiasmo que llevó al voto un
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