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Los monfíes de las Alpujarras: novela original

by Manuel Fernández y González · Spanish · Gutenberg #44584 · 2,160,411 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Los monfíes de las Alpujarras: novela original
    
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Title: Los monfíes de las Alpujarras: novela original

Author: Manuel Fernández y González


        
Release date: January 4, 2014 [eBook #44584]
                Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/44584

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MONFÍES DE LAS ALPUJARRAS: NOVELA ORIGINAL ***

  En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
                    texto. (nota del transcriptor)






                BIBLIOTECA ILUSTRADA DE GASPAR Y ROIG.




                              LOS MONFIES

                          DE LAS ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                                  DE

                   DON MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.

                            [imagen]

                                MADRID.

                 GASPAR Y ROIG, EDITORES, PRINCIPE, 4.
                                 1859.




                            [imagen]

                              LOS MONFIES

                                DE LAS

                              ALPUJARRAS,

                           NOVELA ORIGINAL,

                  DE D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZÁLEZ.




PRIMERA PARTE.

LOS AMORES DE YAYE.




CAPITULO PRIMERO.

El edicto del señor emperador.


El dia 30 de mayo del año de 1546, una inmensa multitud de gentes de
todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela
comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Católicos, la
Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde
aquel punto conducen al Zacatin, á la plaza de Bib-al-Rambla, y á la
parte alta de la ciudad.

Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos,
á los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los
coletos de ámbar y los castoreños con plumas de los soldados de los
tercios viejos del rey.

Notábase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una
insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con
ellos; segun todos los indicios y á juzgar por ciertas particularidades
de que vamos á ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento
importante.

Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes:

El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica
colgadura de terciopelo carmesí con franja y rapacejos de oro, y en su
centro se veía bordado en realce el blason de las armas reales de España
y Austria, sostenido por un águila de dos cabezas coronada y tendidas
las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se
veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes
Católicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de
la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de
Granada, que los Reyes Católicos habian dejado como una inapreciable
prenda á la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y
arrasarse de lágrimas los ojos de los moriscos, á consecuencia de los
tristísimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su
memoria.

Ultimamente, una compañía de alabarderos, con su capitan Rodrigo de
Monforte á la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la
Casa de la Ciudad, y á través de los soldados se veian en el extenso
patio, cuyas galerías estaban entonces sostenidas por arcos y columnas
árabes, los abigarrados colores de las dalmáticas de los reyes de armas
de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros
ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del señor corregidor y de
los señores veinticuatros ó regidores perpetuos, teniendo los caballos
de sus señores del diestro, y por último, los timbaleros y trompeteros
de la Ciudad á caballo.

Allá en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta,
vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una
especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en
contacto; el último escalon descendente de la gradacion social puesto en
contacto con el verdugo.

Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad.

Se trataba, pues, de un pregon.

Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy
importante, y fué aquí la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo
lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la
ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante
los reinados de los Reyes Católicos, de la reina doña Juana, su hija, y
del emperador don Carlos, su nieto.

A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de córte,
ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y
escuderos.

A las once del dia oyóse por la calleja que conducia á la parte alta de
la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los músicos de la
Real Chancillería, y sus reyes de armas á caballo; luego el señor
presidente, en una mula, con sus hábitos de arcipreste; despues, en
otras tantas mulas, los señores oidores, los señores alcaldes de Casa y
Córte, y por último, una nube de negros ministros de justicia, ginetes
en rocines.

Aquella cabalgata atravesó por medio del apiñado gentío, llegó á la
puerta de la Casa de la Ciudad, apeáronse los señores de la
Chancillería, y entraron por medio de la compañía de alabarderos, que se
abrió, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular,
cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida
por aquel cuerpo extraño que se le habia incrustado, y apretada mas y
mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y
empezaba á rebosar por las tres callejas que á ella conducian; á las
once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del
Zacatin se habia escuchado de repente, bélico son de clarines y
atambores que batian marcha; una compañía de arcabuceros habia entrado
haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez
mayor del reino y córte de Granada, llevando el estandarte real; luego
el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de
Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y demás
servidumbre del marqués, vestidos de gala; por último, entre una nube de
caballeros, capitanes y alféreces, el mismo capitan general sobre un
caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre
su arnés de córte, el baston de mando en la diestra, llevando en la
cabeza en vez del yelmo, como en señal de paz y confianza, un bonete de
grana; seguíanle, empero, como muestra de que iba preparado á todo,
cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada
de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su
viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruñido, se mostraba
honrosamente abollado y remendado, señal clara de que habia defendido á
su dueño en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes
servidores del marqués, y por último una compañía de piqueros.

Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la
plazuela al pueblo, pero que, la Chancillería le habia robado un buen
espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo
faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle
enteramente de ella.

El Santo Oficio no tardó en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su
pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombríos y hoscos,
montados en mulas, sus familiares, y, por último sus soldados de la fe.

El pueblo se vió obligado á extenderse fuera totalmente de la plazuela,
rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la
Chancillería, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y
pendones, estaban sitiados, como acuñados por un pueblo inmenso.

Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y á pesar de que
comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones,
para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de
Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y
aun de miedo.

Dieron gravemente las doce en el cercano relój de la Capilla Real: aun
duraba la vibracion de la última campanada, cuando se escuchó alto
alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco
despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el
Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente
fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del
ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los
alguaciles; luego la Chancillería, despues el capitan general, por
último, la Inquisicion y trás ella las tres compañías de alabarderos,
arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se
mezcló en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y siguió
lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas
atronaban el espacio.

Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado:
las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como
en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad,
que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no
estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la
calle precediendo y siguiendo á las cuatro corporaciones que tan
solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta
plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo número se aumentaba
incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la
calle de Elvira y por los que descendían por las avenidas del Zenete, de
la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos años después se
construyó el palacio de la Chancillería, estaba levantado un extenso
tablado; cuando llegaron á él, subieron por la gradería los tres
alféreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el
capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillería;
subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo
de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos
de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el
largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un
silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente,
que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra
cosa que fantasmas, se oyó la extensa y sonora voz que habia valido al
tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que
le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

«¡Oid! ¡oid! ¡oid!»

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continuó:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon...

Suprimimos en gracia á la paciencia de nuestros lectores, los largos
dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto,
que tras dichos dictados, pregonó Gonzalvillo: pero vamos á decir cuáles
eran los capítulos del edicto, á la enunciacion de cada uno de los
cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia
que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si
hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que á
pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse
creido oportuno exasperar á los moriscos, era en sustancia lo
siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia
expuesto su consejo, decia á sus buenos vasallos, los moriscos del reino
de Granada que: «Habiéndose reunido los años pasados doctos y justos
varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones
visto y examinado los capítulos y condiciones de las paces que se
concedieron á los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de
nuevo con ellos el arzobispo de Toledo[1], cuando se convirtieron, y las
cédulas y provisores de los Reyes Católicos, juntamente con las
relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que
mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de
su secta y no serian buenos cristianos, y en quitárselos no se les hacia
agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se
les mandaba dejar su lengua para siempre jamás, y no hablar sino en
castellano; que no fuesen válidas las escrituras ni tratos que se
hiciesen en lengua arábiga, que dejasen de usar su antiguo trage y
usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baños; que
tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de
viernes y sábado; que no usasen las leilas y zambras á la morisca; que
no se tiñesen las mujeres las uñas de las manos y de los piés; que no
usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros
descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos
no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo á
los preceptos de la Iglesia Católica; que el dia de la boda tuviesen la
casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo niños expósitos;
que no usasen de sobrenombre, y últimamente, que no tuviesen consigo
berberiscos libres ni cautivos.»

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de
Granada, ya en años anteriores harto bastardeadas: los moriscos se
encontraban reducidos á la condicion de un pueblo que se hubiese rendido
á discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Católicos, ya
lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levantó entre aquellos pobres
vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en
la Ajarquía y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido
vencidas, y durísimamente castigadas á sangre: estaban enteramente
dominados, desarmados, y sin embargo, la cólera rugía en cada uno de sus
corazones, y el ánsia de morir matando á sus aborrecidos opresores, les
dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge á un
pueblo cuando siente sobre sí el golpe audaz del látigo del despotismo,
fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una señal
de disgusto se dejó notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la
misma solemne forma, se dirigió al Albaicin y empezó á trepar por sus
pendientes y estrechas calles, hasta llegar á la Plaza Larga, donde
habia otro tablado.

Allí, tambien, en medio de un gentío inmenso, se pregonó el edicto, y
concluido que fue el pregon, la cabalgata se encaminó á la parte baja de
la ciudad.

Ni un solo castellano quedó en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se
habia dispersado, retirándose cada uno de los moriscos, triste,
cabizbajo y pensativo á su casa. Pero no aconteció lo mismo en la Plaza
Larga: en vez de dispersarse el gentío, se estrechaba mas: empezaba á
escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia
proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola señal
sediciosa.

De repente, un jóven como de veinte y cuatro años, de continente
gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enérgico y hermoso, y,
aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin
duda, á juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que
habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los
capítulos del edicto, se volvió bruscamente hácia dentro, y abandonando
á un anciano que le acompañaba, y que, por el contrario que el jóven,
habia escuchado el pregon con semblante impasible, empujó rudamente la
puerta de la celosía de la tienda, la atravesó fuera de sí, y salvando á
saltos unas escaleras, atravesó una habitacion, abrió una ventana que
daba á la plaza, y avanzando por ella el cuerpo gritó:

--¡A las armas contra los cristianos! ¡á barrear las calles que bajan á
la ciudad! ¡á morir ó á exterminar á nuestros enemigos!

La voz del jóven excitado por la cólera, era tonante, extensa, poderosa,
como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumbó claro y distinto por cima de los murmullos de
la multitud, en los ángulos mas distantes de la plaza.

Aumentóse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movió,
ni una sola voz contestó á la voz del jóven tribuno.

--¡Cobardes! gritó el jóven, irritado por el poco efecto que habian
hecho sus palabras en los moriscos, ¡os sentencia á la pobreza, á la
esclavitud y á la deshonra, y lo sufrís como sufre el perro el látigo de
su señor!

--¡Cobardes no! gritó otra voz no menos tonante que la del jóven, desde
el centro de la multitud: ¡cobardes no! ¡desarmados!

Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion,
de rabia, todo junto á la vez.

--¡Que no tenemos armas! exclamó con una feroz energía el jóven de la
ventana, clavando su mirada de águila en el que le habia contestado y
reconociéndole. ¿Y eres tú, Farax-aben-Farax el valiente, el
descendiente de cien reyes, el que exclamas como una débil mujer: ¡no
tenemos armas!--¿acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no
ves las piedras que tienes delante de los piés? ¿y cuando aun estas
mismas piedras nos faltáran, no es preferible morir antes que ver á
nuestros pequeñuelos separados de sus madres, á nuestras doncellas
afrentadas por el cristiano, á nuestros viejos cubiertos de vergüenza de
haber llegado á tan ruines tiempos?

--¡A las armas! ¡á barrear las calles! exclamó la multitud, excitada por
el entusiasta y enérgico apóstrofe del jóven: ¡á morir ó matar!

Y los moriscos empezaron á revolverse y sin saberse de dónde habian
salido, empezaron á verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.

Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las
manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas
para hacer salva, como en señal de levantamiento.

Entonces apareció en la misma ventana en dónde el jóven con la voz y los
ademanes seguia excitando al pueblo, apareció, decimos, un viejo
venerable, de larga barba blanca, vestido á la castellana; el mismo que
hemos dicho acompañaba al jóven durante el pregon en la puerta de la
botica.

Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y
con sus trémulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia
despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.

La toca del bonete ondeaba, y á todas luces se comprendia que el anciano
deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus
señas se vieron, comprendióse su deseo y mucho respeto, mucho amor debia
inspirar aquel venerable viejo á los moriscos, porque los gritos cesaron
y los que estaban á punto de salir de la plaza se detuvieron.

--¿Me conoceis aun, hijos mios? exclamó el anciano con voz trémula y
conmovida: ¿me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?

--¡Si! ¡si! ¡si!

--Tú eres el justo, el bueno, el santo faquí! de la gran mezquita,
exclamó el llamado Farax-aben-Farax: tú eres nuestro amado Abd-el-Gewar;
habla anciano: tus hijos te escuchan.

--¿Que vais á hacer? exclamó el faquí: ¿no veis la ciudad llena de
soldados? ¿no habeis visto la espantable artillería que para causaros
terror ha llevado delante de vosotros á la Alhambra el capitan general?
¿no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la
Chancillería, la milicia y la Inquisicion? ¿para qué se han dejado ver
tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros á
entender que estan resueltas á cumplir aunque para ello necesiten
exterminaros, el cruel edicto del emperador?

El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para
dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la
plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que
al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado
al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano,
de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.

--¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis
canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó
entrar en la casa de un _elche_[2] y sacar á su hija doncella para
llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de
aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de
Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se
levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal
de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á
convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las
calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos,
sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos
vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á
pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron
castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el
padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros
descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los
que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al
interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados,
gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los
castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas?
¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros
pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

--Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó
Farax-aben-Farax.

--Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplirá, porque
aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey:
mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando
todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros,
iré á hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpió al faquí.

--Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada
hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá[3] los xeques[4]
del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la
ventana.

--¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole.
¿Para cuando guardamos el hierro?




CAPITULO II.

De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á
veces, puede parecer la caridad amor.


Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha
llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo
voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus
habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella,
porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la
vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya
construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion
y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados,
en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y
transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre
fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que
murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho
de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las
creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras,
ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos
Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo
las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables
restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os
trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada
retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os
explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el
interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la
humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de
guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el
velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la
materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo
romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

       *       *       *       *       *

En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha
inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente
pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á
la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de
mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y
característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba,
estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos
del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el
edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué
misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo
que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa
valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz
en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un
grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir,
una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la
enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban
atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se
adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las
mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas:
que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá
el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo
esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

       *       *       *       *       *

Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de
madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las
yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario
con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones
que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las
mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier
manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

       *       *       *       *       *

¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje
inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de
madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van
unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un
hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina
aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola
se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio
de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento
de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una
familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su
corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y
tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano
permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia
de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por
los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con
un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya
mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su
puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó
el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la
tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

       *       *       *       *       *

El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que
se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el
edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria
necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza,
toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de
madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente
otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis
palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad:
el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre
porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es
la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y
que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de
desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones
humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase
del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

       *       *       *       *       *

Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos
jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre
árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su
familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de
Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada,
de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don
Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre
Al-Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero
cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos
de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del
vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los
cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el
fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente
cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado,
con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y
poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como
otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente
este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de
Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia
educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que
era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el
nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le
habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería
á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo
inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los
cristianos, y Abd-el-Gewar guardó tambien acerca de este punto un
profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un
hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en
materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas
cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la
intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su
alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á
representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos
dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su
forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas
creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al
Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á
la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer
por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran
los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de
la pobre Isabel.

       *       *       *       *       *

Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que
á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y
al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma
roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos
desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas
nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno,
semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la
naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una
naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera,
musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje
castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia
llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido
humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien
otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y
el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en
todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología
cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la
alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio
expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de
vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido
indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle
de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de
ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de
estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato
con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de
sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto á él,
infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que
cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los
sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir
durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la
dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por
Abd-el-Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un
odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de
los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos:
Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la
presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia
del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos,
iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun
dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el
pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito
de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar
el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella
alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con
él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y
durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados
sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos
acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia
anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia
hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-español, cuando
llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el
mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin,
hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

--Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso
no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de
poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy
desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin,
ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca
de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia:
Abd-el-Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los
xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las
palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del
Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don
Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de
madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa
mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando
confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima
el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella
cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de
amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y
lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia
sentir hácia ella un impulso de caridad.

       *       *       *       *       *

Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que
aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir
con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan,
su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al
extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los
caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba
separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de
la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada
de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de
madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña
sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al
jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza
somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para
dirigirla la palabra.

--Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron
sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda
el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se
exhala por los labios convertida en una sonrisa.

--Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce,
se contrajo en una expresion de dolor.

--¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

--Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os
veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

--¿Que lo esperais todo de mí?

--Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó,
haciendo un esfuerzo:

--Esta noche os espero.

--¡Que me esperais!

--Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que
yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una
sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó,
desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de
la galería.

--El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave:
los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son
unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos
impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no
hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se
encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de
madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre,
y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia
extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus
pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia
una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en
toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos
los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por
obedecer la cabeza.

       *       *       *       *       *

Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones,
por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones,
veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe:
blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios
sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan
experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo
cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de
una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los
pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como
obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías,
teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando
la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas
intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

--Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus
amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd-el-Gewar,
no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las
tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía
la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en
la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos
romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia,
Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

--Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

--Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha
dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de
seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de
una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado
la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño _Lignum
Crucis_.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

--¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

--Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del
cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el
relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

--Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés
respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se
puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con
la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

--¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como
siempre... gracias á Dios.

--Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

--Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

--He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero,
dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á
sus ojos.

--¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, _tuvo
lástima de ella_ y repuso:

--¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por
vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de
Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien
le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia
fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor
gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso
cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y
contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la
magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una
semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma
fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua
hermosura: esta habia crecido.

Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:

--Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel
otra cosa que no ser cristiana.

       *       *       *       *       *

El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para
las flores.

       *       *       *       *       *

Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella
porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de
caridad.

El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.

Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el
corazon.

A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias
cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á
aquella mujer.

       *       *       *       *       *

Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando
iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de
Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia
convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y
deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.

       *       *       *       *       *

En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye
volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto
algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa
empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el
momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en
cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que
iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida,
habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de
Isabel.

Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le
hemos presentado al principio de este capitulo.

       *       *       *       *       *

Pasaban lentamente las horas.

El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la
noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la
Vela.

Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.

Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del
instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian
destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.

Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia
poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo
por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las
coplas siguientes:

    La esperanza es la vida
        de quien bien ama,
    y su muerte, la muerte
        de su esperanza.
        ¡Ay! ¡Dios no quiera
    que mi amante esperanza
        se desvanezca!

Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un
vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á
Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse
entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su
fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la
hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

--No iré á la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia:
instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era
mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.

--Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que
yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la
desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada
en sus esperanzas, en su amor... ¡oh! ¡si muriese!... pues bien, que se
convierta al Dios Altísimo y Unico... si no... que olvide ó muera... yo
no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por
una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo
ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage
morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar
con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que
era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el
nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada:
el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia
lo que necesitaba saber.

Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se
engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque
la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No
sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan
enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la
ambicion.

Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel
trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su
semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado
rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por
un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.

Los jóvenes hablaron muy poco.

--¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese
disfraz?

--Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos
quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como
buen musulman.

--¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el
corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza
sombría á Yaye exclamó:

--¡Vos no me amais!

--Os amo, Isabel... pero antes que á vos amo á mi patria.

--Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?

--Moro soy.

--¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?

--Jamás.

--Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado
Isabel.

--Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.

--Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré
el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente
menos terrible de mi cuerpo.

--Entonces, adios.

--Esperad un momento: quiero que sepais hasta dónde llega el tormento á
que me habeis sentenciado engañándome: yo os amo, os amo desde el
momento en que os ví: os amaré siempre: yo contaba con vos; no sabía
quién érais, si pobre ó si rico, si noble ó villano: eso me importaba
poco. Estaba resuelta á unirme con vos y á ser vuestra esposa... porque,
permaneciendo en mi casa me veré obligada á entrar en un convento ó á
casarme con un hombre á quien no puedo amar y con el que me obligan á
casar mis hermanos. Vos me posponeis á una religion falsa, á una patria
que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada á
ser monja ó casada, seré casada, porque no me atrevo á ofrecer á Dios un
corazon que está lleno del amor de un hombre: seré casada y haré feliz á
mi marido, porque el dolor se quedará todo para mí. Pero acordaos, y que
este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo
esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis
robado mi única esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la
rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo sé, lo
conozco, estoy segura de ello: me sacrificais á vuestra soberbia... no
sé á qué... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho
igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

--Una palabra: convertios á la ley de vuestros abuelas, si es verdad que
me amais.

--Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad
ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran
cristianos, y soy vuestra esposa.

--¡Adios! exclamó fatídicamente el jóven.

--Esperad, esperad un momento: conservais una prenda mía...

--La llevo sobre mi corazon.

--¡Sobre vuestro corazon la imágen de la Virgen! ¡una reliquia de la
cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

--Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo
que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os
amaré siempre: esta prenda que un dia me entregásteis no se separará
jamás de mí.

--¡Que ella os proteja! exclamó llorando Isabel.

--El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro
de los cristianos... ¡renegaron! exclamó enérgica y gravemente Yaye, en
vista de un movimiento de la jóven: vos no quereis volver al camino de
luz que ellos dejaron. Cúmplase lo que está escrito. Pero cuando el sol
aparezca todos los dias, cuando bañe con sus primeros rayos ese mirador
que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: ¡acordaos de
mí!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y
el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propósitos,
huyó de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vió desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la
calle de césped alentó alguna esperanza; cuando oyó rechinar la llave en
la cerradura del postigo, sintió que se desgarraba su corazon; cuando al
fin escuchó la caida de la llave que el jóven la devolvia arrojándola
por cima de la tapia, perdió su última esperanza y creyó morir.

Luego cayó de rodillas, lloró por su amor perdido y rogó á Dios por el
hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levantó, buscó la llave, la alzó del suelo, y se volvió
triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve á su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas
que la amarga copa del sacrificio.




CAPITULO III.

De cómo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las
cuales no se hace cargo la historia.


Hay en la historia de nuestra patria una página correspondiente al siglo
XVI.

Esta página está llena con un hecho admirable.

[imagen: Yaye.]

Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe
II. Fuese aquella abdicacion producto del hastío del emperador hácia las
grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que
conociendo á tiempo que sus años y sus fuerzas eran insuficientes para
sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los
robustos hombros de su hijo, la página que contiene aquella abdicacion
es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el
punto de vista de un hombre que ha llegado á ser bastante grande para
poder sobreponerse á las grandezas humanas, ya del de una sabia
prevision política.

Aquella abdicacion asombró al mundo; aun asombra hoy á los que no
comprenden cuánto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre
tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido
emperador acabó siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la
severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra
los sombríos muros del monasterio de San Yuste.

Carlos V para acercarse á las puertas de la eternidad, deponia la
púrpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza.

Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una
penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el
crímen.

Carlos V habia sido rey déspota: Carlos V habia sido rey conquistador.

Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no
hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del
mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto.

Y decimos esto, porque algunos años antes de la abdicacion del
emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de
la manera mas insignificante, la historia.

Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos
árabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del
Albaicin de Granada.

Vamos, pues, á trasmitir esta abdicacion á la historia siquiera sea en
las páginas de una novela.

A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye
de Isabel de Válor, montó el jóven á caballo, y acompañado del anciano
Abd-el-Gewar, á caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos,
tomó la vuelta de las Alpujarras.

[imagen: Doña Isabel de Córdoba y de Válor.]

Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su
dolor y lo respetó: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel,
se pronunció durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al
objeto que le llevaba á las Alpujarras. Al amanecer llegaron á Lanjaron.

Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en
él del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada.

Allí los mismos síntomas de insurreccion que en el Albaicin.

Allí tambien la voz y los consejos del anciano Abd-el-Gewar pudieron
restablecer el sosiego.

Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino.

Poco después de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar.

Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al
sueño; ni una luz á través de las ventanas, ni un enamorado en la calle,
pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada;
solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, á
cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que
rondaban con el corregidor.

La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la
Taha ó distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su
misma exageracion. Comunmente á aquellas horas no estaba la poblacion
tan desierta.

Yaye, Abd-el-Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las
tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo,
entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del
barrio alto.

No habian encontrado á su paso ni una sola persona, y sin duda se les
esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los
caballos, junto al postigo, se abrió este en silencio, y con el mismo
silencio volvió á cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los
cinco ginetes.

Pasó algun tiempo y al fin se escuchó el primer canto del gallo.

Era la media noche.

Abrióse entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y
Abd-el-Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos.

El postigo se cerró.

Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion á
las montañas cercanas.

La una, encorvada como bajo el peso de los años, se apoyaba en el brazo
de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una
vigorosa juventud.

Su paso era apresurado. El jóven sostenia al viejo. Deslizábanse bajo el
rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando
de una manera fantástica las montañas cercanas, que recortaban
vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras á lo
lejos apenas se percibian otras montañas casi perdidas entre las brumas
de la noche.

Al fondo se extendia una línea brillante.

Era el mar, cuyo gemido se escuchaba ténue é incesante, debilitado por
la distancia.

De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los álamos que crecian
junto á las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la
armoniosa y magnífica voz de un ruiseñor enamorado, y allá en las
altísimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los
aguiluchos hambrientos, mientras acá y allá, en todas direcciones se
levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos.

Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre
en aquellas soledades, se advertía cerca ó lejos, al poco espacio de
haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la
montaña.

El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar
sobre las ásperas crestas y alguna piedra desprendida á su paso del
borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo á las profundidades de
los valles.

Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jóven llegaron á la
entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en él se
oyó un chasquido, y un venablo pasó silbando sordamente á mucha
distancia de ellos.

Indudablemente era une seña, no una amenaza, puesto que el viejo se
detuvo y agitó por tres veces su alquicel.

A aquella señal viéronse moverse sombras informes en la entrada de la
selva, y adelantar hácia el repecho donde se habian detenido el viejo y
el jóven.

El número de aquellas sombras podia llegar á veinte y cuatro. Dos de
ellas llevaban una litera.

Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron
bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi
salvajes: su trage era característico y bravío: llevaban en la cabeza un
pequeño turbante blanco; ceñido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas
anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya
falda apenas les llegaba á las rodillas, estaba ceñido en la cintura por
una faja encarnada y anchísima, en la cual estaban sujetos un alfanje
corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho
talabarte llevaban á la espalda una aljaba llena de venablos ó saetas;
cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por
último, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de
cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas,
completaban su severa y enérgica vestimenta.

Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada á todo
linaje de crueldad y de desafuero.

En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran
monfíes.

Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfíes eran.

El anciano habló algunas palabras en árabe con el que parecia jefe de
aquella gente, y despues abrió la litera, y entró en ella con el jóven.

La litera se cerró de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el
camino por donde se les conducia.

Inmediatamente cuatro de los monfíes cargaron con la litera, y rodeados
de los restantes adelantaron hácia el oscuro pinar, y se internaron en
él.

El lugar donde el jóven y el anciano habian entrado en la litera, quedó
solitario.

Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho
frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos.

Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba á alguna distancia
de él una saeta salida del pinar.

El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel,
y adelantaba sin recelo, aventurándose en la oscura selva, como en un
terreno conocido.

Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, llegó
al mismo punto que los otros, y como junto á los otros, zumbó junto á él
otra saeta.

En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvió, y
empezó á trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia
descendido.

Escuchóse entonces el simultáneo chasquido de algunas ballestas, y el
ronco silbar de muchos venablos: el que huia cayó.

Poco despues algunos monfíes estaban á su alrededor, y le reconocian.

--Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en árabe á sus
compañeros; un perro, espía de los cristianos.

Y arrastrándole por un pié hasta el borde del desfiladero, le arrojó á
la profundidad.

Oyóse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las
rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua.

Despues nada. Los monfíes habian desaparecido. Solo quedaba en el
sendero del repecho junto á la cortadura, un ancho rastro de sangre, y
algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnífica cámara,
teniendo á los piés, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa
esclava, habia un anciano.

Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su
pecho; sus anchas y régias vestiduras se extendian sobre el divan.

Entre la toca árabe del anciano, se veian las puntas de oro de una
corona de rey.

La esclava sentada á sus piés, abstraida y pálida, mostraba en sus
negros y radiantes ojos una mirada diáfana, y como fija en la
inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y
fugitiva armonía de las cuerdas de oro de su guzla de marfil.

Un ruiseñor, encerrado en una jaula riquísima, pendiente de la cúpula,
lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armónico trino.

Una lámpara de seda pendiente de la cúpula, arrojaba los reflejos de la
ténue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de
diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan,
en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de
brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos
sobre que se asentaba la cúpula.

Era un cuadro de reposo que inspiraba sueño.

Una imágen de voluptuosidad, que inspiraba amores.

Un detalle encantador de la vida íntima de los musulmanes.

El anciano era hermoso, á pesar de su edad.

La esclava, era un arcángel humano.

La cámara, era un robo hecho al paraíso.

Durante algun tiempo, el anciano continuó dormitando, la esclava
pensando, trinando el ruiseñor.

Mas allá todo era silencio.

De repente se escuchó un golpe vibrante y metálico.

El ruiseñor calló; el anciano levantó la cabeza; la esclava se puso de
pié, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas.

Retumbó un segundo golpe; el anciano se puso de pié, y mandó con un
ademan á la esclava que saliese.

Esta desapareció por uno de los arcos laterales, como una ilusion de
amores.

Cuando se hubo perdido el ténue eco de los pasos de la esclava, el
anciano fué á la puerta de la cámara y la abrió.

En ella apareció otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y
centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la
puerta: inclinóse como se inclina un vasallo ante su señor, y dijo:

--Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd-el-Gewar, el faqui, acaba de
llegar.

Coloráronse con una llamarada febril las pálidas mejillas del anciano,
arrasáronse sus ojos, y dijo:

--¿Y ha venido solo Abd-el-Gewar?

--No, poderoso emir, le acompaña un jóven.

--¿Dónde estan?

--En la antecámara inmediata.

--Haz entrar á Abd-el-Gewar.

--¿Solo?

--Solo. Entre tanto da compañía al jóven.

Inclinóse el anciano, salió, y el emir se dirigió con paso lento, y
profundamente pensativo al divan, y se sentó en él.

Poco despues se abrió la puerta del fondo, y apareció Abd-el-Gewar, que
se detuvo un punto, miró al fondo, vió al emir, brilló en sus ojos una
expresion de alegría y adelantando con una ligereza superior á sus años,
se arrojó á los piés del emir.

--Que el Señor Altísimo y Unico, te bendiga, señor, exclamó asiéndole
las manos.

--Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza
mi buen amigo, y siéntate.

Y levantándole, le sentó á su lado en el divan.

Los dos ancianos se contemplaron frente á frente, y en silencio durante
algun tiempo: parecia como que en aquella mútua mirada recordaban todo
su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos
de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaños de la edad
madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada
retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrás, desde ese otro
mundo que está ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se
llama eternidad.

--¿Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.

--Vuestro hijo, señor, contestó Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero,
un corazon de oro, un brazo de hierro.

--Hace tres años que no le veo; la última vez que estuve en el Albaicin
era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.

--Ahora, señor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. ¿Creereis que
ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya
tendreis noticias, me fue necesario apelar á todo el respeto que me
tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese
espada en mano á los cristianos?

--¡Ah, buen hijo de sus abuelos! exclamó el anciano; y luego haciendo
una rápida transicion añadió: ¿y cómo han acogido los moriscos de
Granada la promulgacion de ese infame edicto?

--De una manera amenazadora, señor; pero no es tiempo aun...

--No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando
al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado
por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los
frailes y de la Inquisicion, desatenderá los buenos oficios que nos
procuramos á fuerza de oro, del príncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas
allegados consejeros, y romperá con nosotros de una manera cruel, y si
es necesario, nos exterminará, entregándonos atados á la Inquisicion.
Entonces será necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breñas
donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion
extrema podrá ser necesaria hoy, mañana, cuando menos lo esperemos. Por
lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfíes, saben que
tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el
mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido
para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado á uno de mis
sabios. Yo estoy ya viejo y débil: las desgracias han agotado mis
fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... ¡oh!... ¡los encendidos
recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... ¡oh! ¡qué desgraciado he
sido, Abd-el-Gewar!

El anciano emir inclinó la cabeza sobre el pecho.

--Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y
cavernoso.

--¡Olvidar!¡olvidar! tú mismo no has olvidado, exclamó el emir; y eso
que tú no eras su esposo, eso que tu no la amabas... ¡olvidar! ¡olvidar
á Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...

El anciano se interrumpió, se cubrió el rostro con las manos y lanzó un
grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una
situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios
coloca á los hombres para probar hasta qué punto puede un corazon humano
apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continuó
cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor
convulsivo. Luego se irguió de repente: brillaba en sus ojos un fuego
salvaje, y exclamó con la voz vibrante y trémula:

--La he vengado con la sangre de los cristianos: las breñas de la
Alpujarra me han visto persiguiéndolos como bestias feroces: mi yatagan
se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros
de la montaña. El nombre de los monfíes de las Alpujarras ha retumbado
preñado de horror hasta los mas remotos confines de España, y en vano ha
sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus
soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas víctimas
inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun
no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando
sangre á mi venganza, y me veo obligado á entregar esa venganza á mi
hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar.

--¡Morir! ¡morir vos, señor, cuando apenas contais sesenta años!

--La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana
han pasado veinte y cuatro años... y mira: mi piel está arrugada, mis
cabellos blancos, mis manos trémulas: apenas puedo ya sostener la
espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que
mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, mañana, si Dios lo
quiere, rey de Granada.

--¡Rey de Granada! suponiendo, señor, que llegásemos á rescatar del
cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ¿ignorais que hay un
hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?

--¡Don Diego de Córdoba y de Válor! No importa: don Diego sabe muy bien
que los moriscos de Granada son gente baldía y floja acostumbrada al
yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los
monfíes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliará. Don Diego de
Córdoba, tiene una hermana.

--Sí señor, contestó Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir.

--Cuando yo estuve en Granada hace cuatro años, doña Isabel era una
doncella de catorce años, hermosa, pura, noble, cándida, con un corazon
de ángel y una dignidad de reina.

--Pero D.ª Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclamó con
repugnancia el fanático Abd-el-Gewar.

--Cristiana era su tia doña Ana de Córdoba y de Válor, y sin embargo,
Abdel, me casé con ella.

--Dios os castigó de una manera terrible, señor, valiéndose para
apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.

--No hagamos á Dios inspirador ni partícipe de los delitos de los
hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo será feliz unido con Isabel
de Córdoba.

--¡A pesar de ser cristiana!

--¿No es él cristiano en la apariencia? ¿acaso nuestros abuelos no
casaron con cristianas? ¿Acaso no ha habido reyes cristianos casados con
moras?

--Allá en los primeros años de la conquista de los árabes sobre España,
el emir Abd-al-Azis se unió con la reina Egila, la viuda del rey don
Rodrigo: recordad la trágica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le
hizo traidor á su ley y á su patria, y el califa Walid se vió obligado á
condenarle á pesar de sus hazañas. Abd-al-Azis fue asesinado por un
enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue
enviada á Damasco. En los últimos tiempos de la dominacion de nuestros
abuelos en España, el rey Abou'l-Hhacem, el viejo, concibió un amor
impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el
comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de
Granada, en daño de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou'l-Hhacem,
que fue repudiada por este. Dios castigó no solo al rey sino tambien á
su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la
sultana Zoraya, hácia los hijos que habia tenido en su matrimonio con
Abou'l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron
cansados y sin fuerzas á los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada,
quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con
su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo
atraer á su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los
Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en
los Zegríes, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey
Abou'l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovechó de estas turbulencias
para aspirar á la corona, y se apoyó en las gentes de Almería y en las
tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos
en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou'l-Hhacem fue rey del
Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de
Granada, en el alcázar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de
Almería, de Guadix y de Baza, en el alcázar de Almería. Fernando é
Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de
Granada, y sus campeadores llevaban su tala á sangre y fuego hasta los
muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem murió envenenado, Al-Ssagar
envenenado, y el débil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir á los
cristianos, se vió obligado á entregarles su reino. Y todo esto fue obra
del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.

--Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco,
para que no creyeses que me negaba á escucharla, temeroso de vacilar con
su recuerdo en mi propósito. Del mismo modo que los amores de Muley
Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que causó la ruina
de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera:
Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoció á Isabel de
Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que
del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera
ambicionado para sus hijos la corona. ¿Por qué esa ceguedad que nos hace
atribuir á las causas mas comunes desgracias que son hijas de la
fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del
destino? ¿Qué mal habrá en que mi hijo se case con una doncella en cuyas
venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea
cristiana? Y luego, ¿no dices tú mismo que don Diego de Válor se cree
con derecho á la corona de Granada? para evitar una guerra civil,
¿encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del
casamiento de mi hijo con Isabel de Válor?

--¡Ah, señor! pienso que vuestro hijo será el primero que mostrará
repugnancia á su casamiento: mira con desprecio á los Válor: los llama
los renegados.

--¿Conoce mi hijo á Isabel? exclamó el emir; debe conocerla: cuando yo
concebí hace cuatro años el proyecto de casarle con ella, compré la casa
medianera á la que habitaba doña Isabel en el Albaicin, con el objeto de
que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.

--Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero
sobreponiéndose á su amor la ha desdeñado.

--¡Fatalidad! dijo el emir: ¡amarla y desdeñarla!

--Vuestro hijo, señor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su
patria.

--Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el
horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy
impaciente por verle: ¿me recuerda alguna vez, Abdel?

--Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le
anuncié que habia llegado el momento de que conociese á su padre me
contestó: ¡oh! ¡si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf
Al-Hhamar!

--¡Oh! ¡me recuerda! exclamó Yuzuf con el placer de un padre á quien
llena de alegría y de orgullo el amor de su hijo.

--Sí, os recuerda pero jamás ha sospechado, á pesar de vuestras
extraordinarias muestras de amor hácia él, que seais otra cosa que un
valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo
mio.

--En lo que por cierto no se engaña. Y dime ¿ha sospechado que su padre
era el emir de los monfíes?

--Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero
presume que es hijo de un emir de Africa.

--No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su
valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los
hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?

Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.

Aquel golpe se repitió tres veces.

--Vé y abre, dijo el emir á Abd-el-Gewar.

El anciano se levantó y abrió.

Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo,
de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres
veces.

--¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.

--Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las
Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya
en el cerro de la Sangre.

--Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de
la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De
paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á
Sidy Yaye.

Aliathar se inclinó y salió.

--Tú Abd-el-Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú
los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.

--¿Pero habeis meditado bien, señor?

--Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está
cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.

--¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd-el-Gewar, é
inclinándose ante el anciano emir salió.

En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.

--Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible
emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.

Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una
mirada atónita en Yuzuf-Al-Hhamar.

--Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.

Kaleb salió.

El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.

Yuzuf adelantó hácia Yaye.

Este se inclinó.

--Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...

--Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí,
dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con
orgullo.

--Perdonad aun, pero jamás creí...

--¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las
Alpujarras?

--Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de
ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién
mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los
llevase al combate contra nuestros enemigos?

--Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.

--¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus
rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas
veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de
una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos,
era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los
cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha
fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?

--Yo era.

--¡Mil veces para mí dichoso el dia, en que puedo saludaros, señor, como
al valiente caudillo, como á la invencible espada, perennemente desnuda
y enrojecida en defensa del Islam!

Y Yaye se prosternó.

--Alzad, príncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no á mis piés es donde
debeis estar: ¿acaso el emir de los monfíes, os inspira menos amor que
el walí Yuzuf para que huyais de sus brazos?

Yaye se arrojó en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf
latía con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un
pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado,
cubrió de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran
emocion: su mirada destelló un relámpago de orgullo y dijo con la voz
trémula, pero grave y digna.

--Me habeis llamado príncipe, señor.

--¿Acaso no eres hijo de un rey? ¿acaso ayer no te anunció tu maestro,
que muy pronto conocerias á tu padre?

--Es verdad, y acaso...

--Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos
los años que habia querido que viviéseis como uno de esos infinitos
hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada
y su corona.

--Cómo, señor, vos.... añadió Yaye mas pálido aun.

--Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el
emir.

Hubo un momento de profundo silencio.

--Disponed de mí, señor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

--Sé siempre, hijo mío, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en
que estuvo hablando á Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que
iba á ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento
debes sacrificarlo todo á la patria: la felicidad, la vida, y sí es
preciso el honor: todo por la patria, nada por tí: sé justo y fuerte, y
Dios te ayudará.

--Puesto, señor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os
juro que sabré morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una
injusticia ó con una traicion á la patria, el ilustre nombre que me
legais.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Despues de esto el emir condujo á su hijo á través de cámaras
verdaderamente régias, á un magnífico salon circular.

En aquel salon, sentados en semicírculo en un divan, á entrambos lados
de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de
guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian
valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca
representaba una edad avanzada, hasta el mas jóven, cuya barba gris
representaba á uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado
la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.

En el centro de la cámara, sobre almohadones de brocado, habia unas
vestiduras reales, una corona de oro y una espada.

De pié, á ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia
como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con
túnicas talares y de pié; ademas, entre gran número de walíes y
arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alféreces: el uno tenia un
estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo
azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en árabe
estas palabras: _Le galid ille Allah_ (solo Dios es vencedor). Este era
el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alféreces tenian
cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color
distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra
morada.

Detrás del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y
estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno
tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro
una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riquísimo rodeado
de una toca blanca.

Allí estaba, por decirlo así, la córte completa del emir de los monfíes.

Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y á Yaye, wazires,
soldados y esclavos: un alférez pronunció en voz alta, y anteponiéndole
algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que
este llegó á la puerta.

Los que estaban sentados se pusieron de pié y se inclinaron
profundamente, como todos los demás; en el espacio que transcurrió desde
que Muley Yuzuf apareció en la puerta hasta que llegó, llevando siempre
á su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos
encorbados y brazos cruzados.

Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zalá
ó reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje á su señor,
el poderoso emir.

Muley Yuzuf se sentó: Yaye permaneció de pié á su lado.

--Que Dios, el Altísimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes
vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios
xeques de mi consejo, sentaos.

Los xeques se sentaron y los demás se enderezaron.

--Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volviéndose á un anciano que
estaba á la derecha de él, detrás del divan: entrega la gacela que te
hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y tú,
añadió dirigiéndose al wisir, lee á nuestros xeques, á nuestros sabios,
á nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa
gacela.

El visir desenvolvió el largo pergamino que le habia entregado el
secretario, y empezó con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de
un profundo silencio.

Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por
hijo suyo á Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia
tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su
incapacidad, á causa de los años, de seguir gobernando á los monfíes y
conduciéndolos al combate, como hasta entonces, por último, expresaba
solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este
le sucediese inmediatamente en el mando.

Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los
circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si
hubieran sido ensayados para ello:

--¡Cúmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande,
el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar!

Entonces el emir se levantó, tomó de la mano á Yaye, le llevó hasta los
almohadones que estaban en el centro de la cámara, y volviéndose á Yaye,
dijo solemnemente:

--Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va á deciros vuestro padre, y
luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, añadió: buenos
muslímes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo
que va á deciros vuestro señor.

Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, dominó en
la cámara donde estaban reunidos mas de cien hombres.

--El Altísimo quiere que nada sea eterno é inmutable mas que él: la
robusta encina envejece, sus ramas estériles dejan de producir hojas y
frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le
arrebata á cada empuje una de sus ramas secas; pero junto á la vieja
encina hay siempre otra encina robusta y jóven, retoño de ella, y sus
fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura á la tierra
que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altísimo ha querido
que al invierno suceda la primavera, á un año otro año, á un cadáver un
hombre robusto y jóven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el
invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al
huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad:
hoy mi corazon es jóven, pero mi brazo está cansado y débil: como la
encina se despoja al fin para no volver á engalanarse con ella de su
diadema de verdura, yo me despojo de la corona que heredé de mi padre, y
la pongo sobre la cabeza de mi hijo.

El anciano tomó de sobre los cogines la corona, y despues de habérsela
ceñido un momento, se despojó de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.

Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada,
semejante á uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, salió de
las bocas de aquellos hombres.

--Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continuó el anciano: la corona que os he
ceñido es la representacion de vuestro nombre de rey: al ceñírosla he
rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los
cuidados del gobierno: desde hoy no vivís para vos sino para los demás:
vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis
tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que
en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del
desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan
recorrer vencedoras y respetadas los extensos ámbitos en un imperio
poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que
vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la
grandeza de vuestros reinos.

--Lo juro, señor, contestó Yaye.

Entonces el anciano tomó la espada real, se la ciñó y dijo:

--Mi padre, al ceñirse esta corona que yo he ceñido tambien, y que ahora
ciñe vuestra cabeza, se ciñó esta valiente espada: durante treinta años,
esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado
sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte años,
desde que murió mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido añadir
glorias á esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajustó el
riquísimo talabarte de la espada á la cintura de Yaye), os la doy contra
los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen
caballero, que jamás desnudareis esta espada contra el bueno, ni el
desvalido, que en vuestras manos será un rayo exterminador de infieles,
pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su
gloria, que jamás la desnudareis sin razon, ni la envainareis con
mancha.

--Os juro, señor, contestó con altivez Yaye, morir antes que manchar con
una traicion, una injusticia ó una cobardía, la noble espada de mis
abuelos.

--¡Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de
mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado
investido durante treinta años; yo espero que mis buenos y leales
vasallos no tendrán que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra
espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que
resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

--¿Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la
frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

--¡Sí! ¡sí! ¡sí! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

--Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo
hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hácia el centro: yo
gran faqui de los creyentes de España, os ciño la túnica real de
vuestros mayores á nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnífico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le
puso por la cabeza á Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo
alquicel blanco; despues tomó un manto rojo y le puso sobre los hombros
del jóven, cerrando sobre su pecho dos magníficos erretes de perlas y
diamantes.

--El reino os ha investido con el símbolo de la justicia y de la
magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo
de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os
ayudará, os obedecerá y os respetará como á su rey y señor natural; pero
pedirá á Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuéseis cobarde
ó tirano.

--Asi sea si yo tal fuere, contestó Yaye.

--Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el
estandarte real de Granada, se colocó á la derecha de Yaye; los otros
cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando á las cuatro
partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes
moros, y el escudero que tenia la adarga, adelantó y la puso sobre las
astas de las cuatro banderas.

--Desnudad vuestra espada, señor, dijo el justicia mayor del reino, y
ponéos sobre la adarga, en señal de que sois rey, y de que de tal manera
estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnudó la espada y se puso sobre la adarga.

--¡He aquí nuestro señor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios,
Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritó el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alférez mayor del reino, tremolando
el estandarte real gritó:

--¡Qué Dios ensalce, y dé prosperidades al magnífico Muley
Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Los circunstantes aclamaron á grito herido á Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraños bandidos, que vivian entre
las breñas, á quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alcázares
en las entrañas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su
vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el último
caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente régio, fue sacado del
subterráneo; fuera, en un pintoresco valle á la entrada de la gruta, por
donde se penetraba al alcázar, habia un magnífico caballo blanco, cuyas
riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban á sus
dueños: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban
antorchas encendidas; una taifa como de mil monfíes, armados de
ballestas y espadas, formaban á un lado del pequeño valle.

La noche era clarísima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio
del cielo, y á lo lejos se escuchaba el ténue quejido del mar, en su
eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se formó, la mitad de los monfíes
armados rompieron la marcha, y la otra mitad siguió á la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaña en medio
de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos
caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos
tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrás de
aquella córte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi,
habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados
para vagar sobre las breñas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de
la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su córte y su guardia,
llegaron á la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina
no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfíes de las
Alpujarras, que en número de diez mil, habian sido avisados por sus
xeques para asistir á la proclamacion pública y al reconocimiento del
nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor leyó el acta de la
abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar.

Despues el alférez mayor ondeó el estandarte real, y proclamó á Yaye.

Los monfíes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la
noche fué á llevar á los lugares cercanos el estruendo de los añafiles,
las dulzainas, los atabales y las atakebiras, tañidas en honor del nuevo
emir de los monfíes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Despues la comitiva real se volvió al alcázar subterráneo, y los diez
mil monfíes divididos en taifas, se encaminaron á cubrir sus apostaderos
en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por
algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.




CAPITULO IV.

Lo que eran los monfíes.--Yuzuf cuenta su historia á Yaye.


Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su
hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba
mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era
extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á
uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto
tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á
despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces
al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado
por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo
preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se
sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia
pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su
valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña
alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado
en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera
extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado
ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos
ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un
príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el
alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia
todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de
que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud
de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su
venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel
viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos
negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y
terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las
desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf
fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por
los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su
padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre,
ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun
con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros
lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

       *       *       *       *       *

En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don
Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de
restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y
sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los
señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas;
habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo
un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su
corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista
el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos;
eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco
imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas
Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por
una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un
solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la
refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado
con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de
los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya
legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un
misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la
Beltraneja, la _excelente señora_, como la llaman las crónicas
portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del
Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo
existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como
si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval
Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que
habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas
poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la
victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica
monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto
roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en
silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la
vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se
ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz,
bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo,
ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia
concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el
derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su
religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que
Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos
vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los
españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa
confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los
vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El
fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante
que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes
Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas
feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy
pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de
Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian
expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó
de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas;
los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un
profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los
judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de
reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres
enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la
Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada;
los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas,
para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no
habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas
persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con
abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se
pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de
cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian
entre los moros con el nombre de _elches_, y estos se negaron
enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar
de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el
conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de
Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los
sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos,
aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision
que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas
de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y
brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos
que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se
declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar
aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran
número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de
dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero
al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba
otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja.
Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los
Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan
Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas
tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no
estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion
católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo
y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo
de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos
ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á
someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número
considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del
Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse
vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros,
porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las
poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban
ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos
siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el
punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido
hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que
estaban organizados en _tahas_ ó distritos, que cada una de estas tahas
estaba gobernada por un _xeque_ (anciano) que todos estos xeques
obedecian á un _emir_ (príncipe) y que este emir tenia junto á sí
_walíes, wazires y alimes_ (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse
el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que
erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á
la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios
subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que
estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la
montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á
sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al
pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para
imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres
misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian
durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la
montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas
de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en
los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun
imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las
cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de
los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que
llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia
siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada
habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza
expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era
escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las
quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen
solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues
en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia
siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion
periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en
los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año
aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro
cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto,
pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los
monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

       *       *       *       *       *

Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del
alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el
harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la
cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye
vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se
ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la
presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un
espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío,
que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las
cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba
su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales
apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas
las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles
flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas
de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y
volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas,
no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el
acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

--Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre
el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

--Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas
para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del
mundo.

--Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

--Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás
esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de
mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava
una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una
mujer, y aquella mujer era mi esposa.

--¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi
madre!

--¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde
te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas,
Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

--Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que
debíais hablarme de mi madre.

--¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

--Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros
hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan
hastío.

--Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte;
te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego
impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin
conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni
ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de
ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

--¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

--Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y
estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto
por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que
estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió
aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero
resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula,
hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido
mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los
que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho
divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado
y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado,
que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

--Siéntate, le dijo.

--¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

--Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

--Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera:

--Mi edad ha pasado de los sesenta años, el dia en que Granada,
destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley
Abd-Allah, su último rey, se entregó á los cristianos, tenia diez y
seis. Mi padre era uno de los héroes de nuestro pueblo, mi padre era el
infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de
Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado
las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil,
Muley-Abd-Allah se encaminó con su familia y con los que quisieron
seguirle á las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados
cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse á volver
el rostro para mirar á la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no
habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de
su cariño, llegamos al alto del Padul.

Era el último lugar desde donde podíamos ver á Granada: el rey revolvió
transido de dolor su caballo, y se arrojó de él. Luego se prosternó
mirando á Granada y lloró: todos nos habíamos prosternado; todos
llorábamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pié, altiva, serena,
pero profundamente pálida: aquella mujer era la madre de Muley
Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra.

Aun me parece que la veo de pié en medio de nosotros, como un genio
fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

--Llora, dijo al rey, llora como una débil mujer, la pérdida del reino
que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alzó, lanzó una
mirada suprema á Granada, exhaló un grito de dolor, se cubrió el rostro
con las manos, y luego, montó de un salto á caballo, le revolvió hácia
las Alpujarras, y apretándole los acicates partió á la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y
doblamos la falda de la montaña, con el estruendo y la rapidez del
viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes,
agoviado bajo el peso de un doble é intenso dolor: salia desterrado de
la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia
desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de él: acaso habia
ido á buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo á
hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro
cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la
rendicion á los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la
vergüenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver á ver á
mi padre.

Junto á mí; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali
Huseín, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su
bandera de infante á la victoria.

Algo mas allá del Padul, Ali Huseín, detuvo su caballo y me dijo:

--Poderoso señor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus
gentes.

--¡Mi padre! exclamé: ¡pues qué! ¿sabes tú de mi padre?

--Tu noble padre nos espera en la montaña, me contestó.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le seguí con el corazon
alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros
esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos presentó de repente, se nos dió á conocer, y se puso á
nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaña, y que á
medida que adelantábamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue
necesario echar pié á tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por ásperos desfiladeros, viendo á
nuestros piés valles profundísimos por cuyo fondo se precipitaban rios
convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras
cabezas montañas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las
tristes y altísimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las
estrechas vegas, en las vertientes de la montaña, bravíos bosques de
deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor,
vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo
se escuchaba el graznar de las águilas, el ahullar de los lobos
hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las
quebraduras de la montaña.

Llegó la noche y con ella llegamos á una cumbre ancha, árida, cubierta
de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban
en anfiteatro hasta el altísimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia
desde allí ninguna habitacion humana.

Detúvose allí mi padre y descabalgó: todos descabalgamos, y durante los
primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos
descansaron.

Despues mi padre llamó en torno de sí á los guerreros de nuestra
familia.

--«Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos
patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras
propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por
medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y
estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que está escrita:
la mano del vencedor procurará pasar primero por cima de ella, y cuando
aleguemos los capítulos concertados con los reyes de Aragon y de
Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgará la capitulacion, y los
soldados de los reyes de España, nos impondrán la sumision por la
fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes,
costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante á la de los
judíos: la esclavitud y la vergüenza.

       *       *       *       *       *

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los
pueblos, allí nos vigilará el recelo del vencedor, que tendrá siempre el
atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegría ó su
tristeza: si nos reunimos en mucho número recelaran; si evitamos
reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras
puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran
apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en
vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una
reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar
siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos
no podríamos serlo: pero por fortuna la montaña es áspera, tiene
guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales
seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de
nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras:
nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras
zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en
la montaña muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones
paguen tributo al rey de la montaña.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos
monfíes.»

Concluyó mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia
aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su
residencia las grutas de las montañas, y por ejercicio la continua
guerra con el cristiano, tuviese á su frente un caudillo que les
gobernase.

Mi padre fue elegido unánimemente emir de los monfíes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y
desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los
demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban
voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.

       *       *       *       *       *

       *       *       *       *       *

Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche,
alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer
llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre
gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir
de los monfíes.

--Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye,
si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es
tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros
incalculables.

--Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista,
habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de
estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de
este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte.
Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia
penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las
entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas
era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado
cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian
convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á
la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado
vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes
moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda
apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas
de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las
poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los
cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña,
aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que
nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos
renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los
monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo
recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no
tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron
acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados
al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los
mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su
riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la
montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han
continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros
monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las
gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el
tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa
á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo
yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en
las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una
ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el
número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos;
que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un
ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables,
que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la
patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres
activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos
hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del
emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el
remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie
conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las
banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de
los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria
herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don
Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un
pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes
codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la
codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos
frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su
planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera
tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera
y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la
hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que
alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y
quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de
enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no
puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos
por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos
los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre
herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en
Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los
doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra
una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los
piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en
que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de
las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...

--¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.

--¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso
no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus
guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está
Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago?
¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos
cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos?
¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los
árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

--España es fuerte, poderosa y grande, exclamó el tenaz Yaye.

--Carlos V ve que el coloso empieza á desmoronarse bajo su imperio: este
imperio pasará quebrantado, herido de muerte, á los hombros del príncipe
don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasará mermado á las de su
hijo, y débil á las de su nieto, y miserable y envilecido á las de su
viznieto. ¡Qué! ¿puede durar mucho un imperio que se funda en la
opresion de pueblos enteros?

[imagen: ¡Llora, llora, como una débil mujer, la pérdida del reino
que no has sabido defender como hombre!]

Acaso ni yo, ni tú, ni nuestros nietos, veamos convertido á ese coloso
sangriento en un fantasma que se verá precisado á volver la vista atrás
para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar á la
carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como
serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y
su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos
despedazar cien cristianos, y si está escrito que en nuestros tiempos
ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados á la lucha, en acecho
de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para
poder piafar con nuestros corceles en las ricas campiñas andaluzas, y
levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios
Altísimo y Único.

--¡Oh, padre, padre! ¡El Altísimo ha visto los pecados de nuestro
pueblo, y por ellos le ha destruido!

--Del mismo modo ve los pecados de los españoles, y les destruirá por
ellos.

--Padre, ¿habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

--El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfíes, llamó á uno de
sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entregó á él, como yo
te he entregado á Abd-el-Gewar. «Ve hijo mio, me dijo: vive entre los
conquistadores, conócelos, porque algun dia me sucederás en el gobierno,
y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer á los enemigos de su
pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres,
ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser
engañado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario,
sé cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo sé dócil con el
que desde ahora va á ser tu padre: cuando conozcas bien á nuestros
enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi
corona te espera.»

Y partí, y aprendí el habla castellana, y viví en la córte del
emperador, y serví bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes,
en América: por todas partes ví enemigos de España; por todas partes oí
maldecir el nombre español; en todas partes vi vireyes y oidores, y
clérigos, y capitanes y soldados de España, que se enriquecian por medio
del crímen. Comprendí que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir
bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un
conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado á ser
tirano.

--Lo mismo he comprendido yo, señor.

--Mi amor á la patria crecía á medida que pesaba los excesos que en
todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo
ejercian los españoles: mi sola pasion era el odio hácia los cristianos,
mi solo deseo beber su sangre.

--¿Y no sentísteis jamás otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclamó
con embarazo Yaye.

[imagen: ¿Quién es esa dama?]

--Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba
viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una
inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida
al amor.

--Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.

--Tu madre no era mora, hijo mio.

--¡Que no era mora!

--Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas
árabes de Córdoba.

--¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se
llamaba?

--Ana de Córdoba y de Válor.

--¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!...
¡Cristiana!...

--Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y
sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener
con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del
combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los
padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley
irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon
humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no
has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

--¡Amor! exclamó profundamente Yaye.

--¡Amor! exclamó con profunda intencion Yuzuf... pero no: á tu edad se
juega con el amor; mas á la edad en que yo conocí á tu madre, en el
estío de la vida, cuando ya se empieza á descender por la escala de los
años, cuando tenemos el corazon vacío por la experiencia, árido por la
desgracia, ansioso de amor... ¡oh! entonces no se ama al ángel, se ama á
la mujer, se ama á la compañera; se busca un corazon noble y grande que
sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartiéndolo:
un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados
del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del
combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que
ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los
crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del
porvenir. Y luego... tú no has podido encontrar en las tierras donde has
vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las
Alpujarras, una mujer como tu madre... ¡Ven!

Yuzuf se levantó, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas
pálido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban
una tristeza profunda.

--¡Mira! dijo á Yaye.

Y descorrió la cortina.

--¡Isabel! exclamó el jóven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jóven y hermosa habia aparecido
ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel
de Córdoba y de Válor, y era tan semejante á ella, como si hubiera sido
ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era á todas luces obra del pintor de los Reyes Católicos,
Antonio del Rincon.

(Entre paréntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado
en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces á los
serenísimos Reyes Católicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y
reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo
dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que
Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de
Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba:
no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

¡Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le
extremeció.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un
amor incestuoso á su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y
sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese
organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un
cadáver.

--Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

--¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!

Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente
reserva.

--Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de
Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado
castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya
te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á
muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una
infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto
de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvió al divan y se sentó en él.
Yaye se sentó á su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

--Y yo no la busqué, continuó Yuzuf; la encontré un dia en esa tabla....
al verla me estremecí, temblé: nunca habia temblado: nunca habia
conocido el amor y al sentirle no le comprendí. Sin saber por qué no
podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para mí voz, aliento,
vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba á los
cuarenta años. Hacía ya diez que por muerte de mi padre habia heredado
su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me dió mi
padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los
monfíes, ó en Granada ó en la córte, como morisco convertido: cuando
vivia entre los cristianos llamábanme el hidalgo Diego Vargas y nadie
sospechó jamás que yo fuese el rey de aquellos terribles monfíes, cuyo
nombre solo aterraba á los castellanos.

Sabíanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don
Juan de Córdoba y de Válor, que aunque cristiano en la apariencia era
moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los
moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Válor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin
embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada:
derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con
el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una
sumision vergonzosas; don Juan me habló muchas veces de confundir en uno
nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

--Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba á
aquel propósito.

--Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa
doncella de diez y ocho años.

--Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

--Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replicó; basta con
que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

--Por último, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no
cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por
costumbre: yo no puedo unirme á una infiel.

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que
cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo
tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por
algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa;
pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la
hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de
venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de
Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una
estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un
pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero
en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en
esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la
luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un
poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella
estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa
del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo
momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana.
Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo
sitio.

--¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á
Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas
indiferentes.

--Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me
extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don
Juan no pareciais sino grandes amigos.

--En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

--Es doña Ana muy recatada.

--Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme
ese retrato?

--No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

--Cambiarle, ¿y por qué?

--Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

--No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no
hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya
modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los
cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas
demostrais treinta años.

--Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

--Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí
que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato:
os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo
rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que
aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de
Córdoba para proponeros un trueque.

--Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos
condiciones.

--Sepamos.

--En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo
este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se
lo entregareis como si fuese el mismo.

--Eso por supuesto, contestó Rincon.

--Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del
suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

--¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar
sino bajo esas condiciones?

--Decidido de todo punto.

--Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté
concluido.

--Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

--Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho
dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme
mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de
doña Ana.

--¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

--No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde:
ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas
á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros
á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero;
pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é
hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña
Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi
gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en
nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella:
no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando
enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

--¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una
cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me
estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban
pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos
exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la
expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y
la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor,
examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

--Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

--¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud
amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto
seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias
estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del
pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato
enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de
haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole
en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte
y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese
tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos
momentos de silencio continuó:

--Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato:
lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola:
nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre
cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en
esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor
de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia
dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso?
Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví
que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel
tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al
aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la
exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven,
en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia
alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña
Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera:
esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que
mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura
tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada
del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion
de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en
que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que
conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á
una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que
doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado
galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del
Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana,
piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no
hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora:
cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon:
al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin
dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y
seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas
del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer
momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un
movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria,
aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato
y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los
ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió
rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del
templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la
tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y
rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana:
esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia
siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á
frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me
dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias
preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo
que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á
sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los
miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una
mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que,
aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que
mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no
reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió
de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

--Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me
conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

--Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero
al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

--¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de
que me conocieses? la pregunté.

--Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy
vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros,
os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana
era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no
podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de
Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder,
ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y
para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

--¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros
amores, señor.

--Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la
Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro
una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una
actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

--¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

--Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo
tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

--Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por
buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los
cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco,
es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser
odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les
sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son
hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada!
La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros,
á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen
acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos
frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en
una mano y la tea en la otra.

--¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado
apenas.

--¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso
dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida,
era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del
fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le
rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un
dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba
ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron
uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable
fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue
arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á
Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas
de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y
la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho
sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio
que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo,
la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo...
extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile
impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz
sombría.

--¿Y que hicísteis del fraile?

--Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las
Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del
infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde
entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos
y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario
verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no
puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado
entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio,
Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no
quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has
rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

--¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

--Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá
que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin
venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me
robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí
unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no
amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano,
no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla
para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan
grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no
amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su
voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu
madre?

--Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

--¿Que existe? ¿que la has visto?

--Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos...
porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura,
pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida,
con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego
su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa
mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla,
que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre
se llama...

--Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf,
que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente
descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su
madre.

--¡Cómo! la conoceis, señor.

--Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima
hermana.

--¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

--Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su
nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido:
amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te
he puesto al paso de esa mujer.

--¡Vos, señor!

--Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor,
con quien vive doña Isabel.

--¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

--¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

--Ella, señor, muere por mí.

--Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

--Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su
trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son
renegados.

--¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu
amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

--Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre,
he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un
destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser
infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser
esposo de la cristiana hija de los renegados.

--¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre
tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu
casamiento con ella?

--Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

--¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo
acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña,
abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu
esposo porque eres cristiana?

--¡Señor!

--Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su
dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el
alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que
ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una
mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un
ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que
ella lo sea contigo.

--Acaso sea imposible, señor.

--¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

--Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos
pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi
esposo.

--¿Y te negaste?

--Aborrezco el nombre cristiano.

--Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus
crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia
como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan
fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la
ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion,
las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus
sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las
dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este
milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas,
y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y
vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron
una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus
correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando
durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes
sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de
Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que
nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni
interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si
trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las
cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos
nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y
de Válor?

--Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con
desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

--¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede
perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

--He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por
sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

--¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

--Anoche.

--¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas
sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á
otra cámara apartada.

--¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la
antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta
lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto
brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

--¿Quien eres? le dijo, este.

--Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á
vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

--Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

--Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que
no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de
nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la
castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf,
que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se
leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

--Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela,
llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y
cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «_si aun es
tiempo_» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su
hijo.

--¡Ah padre mio! y si por desgracia...

--Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd-el-Gewar que te
acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los
monfíes; á caballo.

       *       *       *       *       *

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompañados
de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que
no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos
caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana
al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va?
enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un
soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho
antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia
muchos hombres.

--¿Quiénes sois,? dijo un alférez que habia acudido al ¿quién va? del
centinela.

--Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro
camino.

--Pues mal camino llevais hidalgos, replicó el alférez: con el edicto
del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras,
andan revueltos esos malditos monfíes, y esta misma noche han medio
muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia
atrevido á seguirles los pasos disfrazado.

--¿Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion
uno de los monfíes disfrazados de castellanos que escoltaban á Yaye.

Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

--Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas,
y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las
muestras, para contarlo.

--¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos
se meten!

--Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á
Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada
para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien
resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de
soldados.

--Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no
puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

--El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos
siguieron trepando por el desfiladero.

--Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo
mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo
lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas
balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

--¡A la rambla del rio! exclamó Abd-el-Gewar revolviendo su caballo;
vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no
se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cádiar
que tocaban á rebato.




CAPITULO V.

Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada
nuestros caminantes.


Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la
incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si
reventaria ó no. Abd-el-Gewar le seguia como si los años no hubieran
amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte
monfíes.

Tanto y tanto picaron que á las seis de la mañana llegaron á Lanjaron.

Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares,
rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar á Granada con la
misma rapidez que se habia llegado á Lanjaron, y para renovarlos era
preciso detenerse.

Parecerá extraño que en una pequeña villa se pretendiese renovar veinte
y tres caballos; pero dejará de existir la extrañeza cuando se sepa, que
los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas
quebraduras cercanas á Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfíes
ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en
todas partes.

Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfíes iba á ver si
los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson á la
entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.

Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegándose á la necesidad, se
encaminó á la villa y se entró por el ancho portal de un meson, dando
una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia
con la permanencia de tantos huéspedes, aunque no fuese mas que por
algunas horas en su casa.

Acomodáronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento á teja vana, en el fondo
de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfíes en la cocina, y
los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfíes, salia
en demanda de los caballos de refresco.

Entre tanto el posadero sirvió una liebre á los amos y un guiso de
abadejo á los monfíes.

Todos, á pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba
en las necesidades de su disfraz.

Solo Yaye no comió ni bebió, y lleno de impaciencia habia salido á los
corredores á esperar la vuelta del monfí que habia ido á buscar los
caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su
guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.

El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno
los corredores: Yaye se puso á pasear á lo largo de ellos.

Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia
el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes,
arrastraba por el pavimento terrizo.

Por este ruido su presencia fue notado por el huésped, ó, mejor dicho,
por la huéspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.

Decimos huéspeda, porque á los pocos pasos que dió Yaye, se abrieron las
maderas de una reja situada junto á la puerta de aquel aposento, y
apareció en ella una cabeza de mujer.

Pero una cabeza característica. Un tipo evidentemente extranjero, pero
enérgicamente hermoso.

Esta mujer, ó mejor dicho, esta jóven, porque á lo mas podria tener
veinte años, era densamente morena, pero con un moreno límpido,
encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran
tamaño, y llenos de vida y de energía, pero de una energía casi salvaje:
bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantísimos,
rizados, negros, hasta llegar á ese intenso tono del negro que produce
reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguileña, la boca de labios
gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y
mórvido, anchos los hombros y alto el seno.

Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar
solemne, á Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos
metidas en los bolsillos de sus gregüescos, y profundamente pensativo,
seguia paseándose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba,
no era hácia la parte de adentro, sino hácia la de afuera, al portal del
meson.

La desconocida no dejaba de mirarle con un interés marcado, en que sin
embargo no habia esa expresion de la mujer que mira á un hombre que la
agrada: á pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada,
y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, á todas luces,
interesar á Yaye, puesto que se aliñó un tanto los rizados cabellos, se
colocó en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un
hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoyó lánguidamente la cabeza en
su mano derecha, cuyo desnudo y magnífico brazo se apoyaba en el
alfeizar de la reja.

Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vió.

Notóse una lucha interna en el semblante de la jóven, y por tres veces
sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, señal clara de que
luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jóven, y la vergüenza de
provocar su atencion.

Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada
insegura, dijo á media voz:

--¡Caballero! ¡noble caballero!

La voz de la jóven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su
dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento
andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.

Ese no sé qué misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas
mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda á un tiempo,
hizo extremecer con un movimiento nervioso á Yaye, que se volvió.

--¿Me habeis llamado, señora? dijo Yaye, mirando á la jóven con la
fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer
poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.

La extranjera comprendió que habia logrado admirar á Yaye, y se sonrió
de una manera tentadora.

Yaye, á pesar del recuerdo de Isabel, sintió una dulce sensacion al
notar la sonrisa de la desconocida.

--Sí, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para
hablaros, quiero que no extrañeis mis palabras, que, si Dios quiere, os
explicaré en otra ocasion. ¿Vais á Granada?

--A Granada voy.

--¿Cómo os llamais?

--Juan de Andrade.

--¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?

--¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.

--Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan
Alvaro de Sedeño.

--¿Y para qué?...

--Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor
peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que
nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.

--Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.

--Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un
hombre de corazon y de virtud...

--¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?

--Sí.

--¿Capitan de los tercios del rey?

--Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.

--¿Sois mejicana?

--Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

--¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.

--Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro.
Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de
perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.

Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba
enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su
limosnera.

--Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que
somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si
no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me
vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...!
¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é
hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego...
luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no
parecernos á los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un
hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del
verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana,
tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian
impresionado.

Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no
podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lástima.

Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el
zaguan.

--¡Harum! dijo, llamando.

--¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en
mano.

--Sígueme.

Harum siguió á Yaye que le llevó al corral, y cuando no podian ser
vistos de nadie, le dijo:

--¿Ves aquel aposento que tiene junto á la puerta una reja?

--Sí señor.

--Allí moran dos mujeres: no conozco mas que á una de ellas: es morena,
jóven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda
un capitan castellano. Quédate en el meson, y sin que nadie pueda
reparar en ello, observa á esa gente, síguela: ve dónde para, no pierdas
ni un solo momento de vista á esas damas: si es necesario protegerlas,
protégelas.

--¿Hasta matar?...

--Hasta matar ó morir.

--Muy bien, señor.

--Cuando lleguen á Granada, observa en qué casa habitan.

--Lo observaré.

--Y me avisas.

--Os avisaré.

--Toma para lo que le se pueda ocurrir.

Y le dió algunas monedas de oro que Harum se guardó de la manera mas
indiferente del mundo.

--Vete.

Harum se volvió al corro de los monfíes.

En aquel momento un hombre apareció en la puerta del meson.

Este hombre tenia un aspecto extraño: era alto, como de cuarenta años,
de color cetrino, de semblante que debió ser bello algun dia, pero de
líneas duramente rígidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y
el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la
mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su
boca, haciéndola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno
y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por último, le faltaban
el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado
por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y
bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo á un herrete de su
coleto de ámbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin
embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre,
vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al
parecer no podía montar á caballo, llevaba calzada en la pierna
izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata:
apoyábase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una
descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro,
temible, y sobre todo duramente provocador é insolente.

Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia
detenido á la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un
mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y
á caballo junto al carro un soldado viejo y armado á la gineta.

Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre
parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.

Yaye observó todo esto con una sola mirada, y se dijo:

--Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeño.

Sin saber por qué, la sola presencia de este hombre provocó su odio, su
cólera, y un ardiente deseo en su corazón de cerrar con él á estocadas.

Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto á ello la breve
conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese
hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente
antipático.

Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese
con una conducta atenta, la mala impresion que debían necesariamente
causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extraño
estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente á
los monfíes, habia pasado con altanería, casi con desprecio y sin
saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas
ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrándose por
las escaleras; poco despues le vió aparecer Yaye en los corredores, á
tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento.

Entonces notó Yaye una cosa extraña. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso
pálido; el desconocido se detuvo tambien, irguió la cabeza, miró de una
manera altiva al anciano, y despues se quitó la toquilla, le saludó, y
pasó: Abd-el-Gewar se inclinó ligeramente, y se encamino á las
escaleras, y el desconocido llegó á la puerta del aposento donde estaba
la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sacó una llave,
abrió la puerta, entró, y cerró.

Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y pálido aun, estaba en la puerta
del corral junto á Yaye.

--¿Conoceis á ese caballero? le dijo el jóven: os habeis conmovido al
verle, y él os ha reconocido, y os ha saludado.

--Si, si por cierto: es él.

--¿Y quién es él?

--Es el señor Alvaro de Sedeño, antiguo y valiente soldado de los
tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.

--¡Ah! ¡es monfí!

--Lo ignoro; es un secreto que tu padre jamás me ha revelado.

--¿Pero donde habeis vos conocido á ese hombre?

--Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con él
familiarmente en la montaña.

--Y sabiendo que ese hombre sirve á mi padre, ¿por qué palidecísteis á
su vista?

--Es que ese hombre, no sé por qué, desde que le vi, me causó
repugnancia, aversion, temor...

--Lo mismo me ha sucedido á mí, cuando hace un momento le he visto por
primera vez.

--Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero
aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es
necesario partir.

En efecto, un monfí jóven y gallardo entraba en aquel momento en el
meson y se dirigió al lugar donde estaban el jóven y el anciano.

--Los caballos esperan, dijo descubriéndose, en la rambla del río cerca
de Tablate.

--¿Enjaezados como conviene? dijo Yaye.

--No ha sido posible, pero se les pondrán los arneses de los que
dejemos.

--¡Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto á
recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.

--Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos
posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.

Mientras esto se hacia, Yaye, que á pesar del recuerdo de Isabel no
dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se
encontraba la princesa mejicana, vió que aquel aposento se abria y que
salian de él primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos
mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado:
atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto á Yaye y
Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: saludó fria y ceremoniosamente á
los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye creyó notar que la mas
esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y
que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba á través
de su manto con ansiedad.

Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoyó una
pequeña escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas
entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subió el capitan, y
antes de desaparecer saludó de nuevo, pero de una manera que tenia mucho
de insolente, á Yaye y Abd-el-Gewar.

Despues de esto el carro echó á andar á buen paso.

Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando
Harum-el-Geniz se dirigió gentilmente á la salida del meson.

--¡Eh! ¿á donde vais, Pedroz? le preguntó con imperio Abd-el-Gewar.

--El señor me ha ordenado... dijo Harum deteniéndose y señalando á Yaye.

--Va á un asunto mio, dijo el jóven, dejadle ir.

Y el monfí, en vista de un ademan del jóven, siguió su camino.

Sigámosle.

El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al
puente de Tablate desde Lanjaron. El monfí, en vez de seguir
ostensiblemente tras el carro, rodeó por las tapias del pueblo, se
perdió entre los olivares y echándose la espada al hombro, y despues de
haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empezó á andar con una
rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de
haber flanqueado la montaña por espacio de una hora, se encontró
marchando sobre las crestas de los montes á cuya falda se extiende el
camino de las Alpujarras á Granada.

El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian á lo
lejos: muy pronto una nube de polvo apareció por un recodo del camino, y
un grupo de ginetes adelantó á la carrera, alcanzó el carro, pasó
adelante y se perdió en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los
veinte monfíes.

Harum, que se habia quedado á pié para cumplir el encargo de Yaye, y que
ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha
no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo á
Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le
hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.

Al poco espacio salieron de las breñas cercanas y con poco intervalo de
una á otra aparicion, tres monfíes con su trage característico de
montaña y con fuertes ballestas.

--Que el señor Altísimo y único sea con vosotros, dijo Harum.

--Allah te guarde walí[7], dijo uno de ellos, ¿qué nos quieres?

--Lo que voy á deciros os lo dice por mi boca el magnífico emir de las
Alpujarras.

Los tres monfíes hicieron una zalá ó saludo á la usanza mora.

--Estamos dispuestos á obedecer, dijo el que hasta entonces habia
hablado.

--¿Veis allá á lo lejos en el camino un carro?

--Le vemos.

--Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.

--¡Lleva oro! exclamó con la alegría de un bandido que presiente una
presa otro de los monfíes.

--No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos,
un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.

--¡Ah!

--Tú eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigiéndose al que habia
hablado primero. Parte á cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro
puesto de la montaña no falten diez de los nuestros, que no pierdan un
solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en
él corren algun peligro, defendedlas.

--Muy bien.

--Que cuando yo llegue á la puerta del Rastro de Granada, que será esta
tarde, sepa si ha llegado ó no el carro, y si ha llegado, en qué casa
han parado el soldado y las dos damas.

--Muy bien.

--Ea, pues, tú, Zeiri, piés á la montaña. Vosotros seguidme.

Unos y otros se perdieron muy pronto entre las ásperas cortaduras.

       *       *       *       *       *

A las siete de la mañana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte
monfíes del meson de Lanjaron; á las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar á
caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.





CAPITULO VI.

En que se presentan nuevos é interesantes personajes.


Muy poco despues Yaye y Abd-el-Gewar, llamaban á la puerta de su casa y
un esclavo les abria.

Yaye desmontó, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras
el esclavo conducia el de Abd-el-Gewar, atravesó el zaguan, la calle
principal del jardin y metió el caballo en la caballeriza. Despues salió
al jardin y lanzó una ansiosa mirada á la galería de las habitaciones de
Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio
dominaba en aquella casa.

Aquel silencio, que nada tenia de extraño atendido á que era el medio
dia de uno caloroso de junio, impresionó al jóven; y es que cuando
estamos predispuestos á recibir impresiones tristes, estas impresiones
emanan para nosotros de todo lo que nos rodea.

--Kaib, dijo Yaye volviéndose al esclavo berberisco que les habia
abierto, ¿no tienes ninguna noticia que darme?

El esclavo, que amaba al jóven, le miró tristemente.

--Ninguna, señor, dijo despues de un momento de silencio.

--¿Durante mi ausencia no has visto á doña Isabel de Válor?

--No señor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la
tarde, por la noche, las celosías del mirador han estado cerradas. Ni
aun la he oido cantar; ya sabeis que la señora cantaba todas las
noches... pues nada, señor, nada.

--¿Con que no la has visto? ¿no ha cantado? Estará enferma acaso.

--Puede ser que lo esté, pero si lo está no guarda el lecho.

--¿Cómo sabes eso sino la has visto?

--Os diré, señor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto;
pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir
de su casa.

--¡Ah! ¡y estaba triste!

--Muy triste y muy pálida, pero muy hermosa: y luego ¡iba tan bien
prendida!

--¡Bien prendida...!

--Llevaba una falda y un justillo de brocado blanco, un velo de plata y
seda, y una corona de flores blancas.

Nubláronse los ojos de Yaye, zumbó un ruido sordo en sus oidos,
agolpósele toda su sangre al corazon, se puso mortalmente pálido y un
vértigo momentáneo, pero violento, pasó por su cabeza y cubrió su frente
de sudor frio.

Necesitó apoyarse en la pared para no caer.

Su poderosa voluntad dominó al vértigo, y volviéndose al esclavo exclamó
roncamente:

--Deja los caballos, y ven conmigo.

El berberisco obedeció dócil como un perro; Yaye atravesó como una
exhalacion el jardin, el zaguan y la puerta, que abrió con un
apresuramiento febril: luego, seguido de Kaib, se aventuró á largo paso
por las estrechas, tortuosas y pendientes callejas del Albaicin.

--¿Quién acompañaba á doña Isabel? preguntó Yaye al berberisco.

--Su hermano don Fernando, un hidalgo mal carado y como de cuarenta
años, pero muy galanamente vestido, Diego el Geniz, y Pedro de Barredo,
tambien vestidos de gala, dos pajes con libreas nuevas, su dueña y dos
doncellas.

--¡Ah! exclamó Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: ¿y
no iba con ella su hermano mayor don Diego?

--No señor.

--Llevarian literas.

--Si señor, dos: en la una entraron doña Isabel y su dueña, en la otra
las dos doncellas.

--¿Y te vió doña Isabel?

--Si señor, y al verme se puso pálida, muy pálida... y me miró de una
manera que sin duda queria decir: cuenta á tu señor que me has visto
vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y pálida como una
muerta.

El berberisco pronunció con una profunda intencion estas palabras.

Yaye se extremeció y apretó mas el paso hasta casi correr.

No se habló una palabra mas entre amo y esclavo.

Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble
apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroqueña encima
de su gran puerta de roble escultada.

Yaye se lanzó á aquella puerta y asió su enorme llamador.

Pero antes de que pudiese llamar se abrió la puerta y apareció un
caballero ricamente vestido de negro.

Este caballero se sorprendió al ver á Yaye, retrocedió un paso y le miró
con extrañeza y aun con cuidado.

En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado á
la vista, se veia una dama que se preparaba á entrar en una litera
cuando se abrió la puerta y apareció Yaye.

Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso
densamente pálida, ahogó un grito y fijó una intensa mirada en Yaye.

La extrañeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama á la
vista de Yaye, nos obligan á que antes de pasar adelante demos á conocer
á estos dos nuevos personajes, y á algun otro mas de los que figuran en
nuestra historia.

Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.

Ella se llamaba doña Elvira de Céspedes: él don Diego de Córdoba y de
Válor.

El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de
consecuencias.

Doña Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas
demostraba diez y ocho años; pero nosotros sabemos por los apuntes que
nos hemos visto obligados á entresacar de antiguos papeles para escribir
esta verídica historia, que doña Elvira en 1546 habia cumplido veinte y
tres años y que se habia casado á los diez y siete con don Diego de
Córdoba y de Válor. Sabemos tambien que doña Elvira era hija del
licenciado Juan de Céspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias
de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado á estudiar como
sopista en la universidad de Alcalá, desde la cual, concluidos sus
estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco
Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jóven de
talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado á ocupar un
oficio de alcalde de la Sala de Casa y Córte en la Real Audiencia de
Granada.

Allí y por causa de un embrollado proceso conoció el licenciado Juan de
Céspedes á una viuda hermosa, ó que se lo pareció, pero pobre, y el
resultado de este conocimiento fue, que algunos meses despues el señor
Juan de Céspedes, ya hombre maduro, casó con doña Irene de Avendaño que
hacia mucho tiempo que habia dejado de ser una rapaza.

En 1523 doña Elvira de Céspedes y Avendaño, fue el fruto de bendicion
que dió Dios á los esposos; fruto tardio de la dueña cuarentona doña
Irene, que sucumbió á un parto demasiado laborioso, dejando por único
consuelo al afligido alcalde de Casa y Córte una hermosísima niña.

La educacion de una hija no era lo mas á propósito para un hombre á
quien habian hecho duro y abstracto la pobreza y los estudios,
cualidades que se habian exacervado con el continuo ejercicio de
sentenciar á horca y galeras, á todo vicho viviente que se le habia
venido á las manos entre las fojas de un proceso. El licenciado Céspedes
que hasta entonces nada habia encontrado grande y difícil mas que la
recta aplicacion de la ley, sintió que le habia caido encima una montaña
con la muerte de su esposa, que le sentenciaba por entero á la crianza
de su hija.

Pero consideró que en cinco años á lo menos no urgia pensar en la
educacion decisiva de doña Elvira, y contó muy prudentemente con que en
aquellos cinco años se le ocurriria bien un medio de salir del
atolladero.

Pero hé aquí que apenas la niña habia salido de la lactancia, se
encontró el licenciado, con que, sin haberlo pretendido, el emperador y
rey don Carlos V, le nombraba oidor de la Real Audiencia de Méjico, que
acaba de crearse.

La obligacion de justificar el carácter de nuestro personaje, con la
apreciacion de su educacion y de su vida íntima, nos pone en el caso de
hacer otra digresion relativa al por qué se habia dado al licenciado
Céspedes, sin que lo pretendiese, un oficio codiciadísimo, en el riñon
de aquel tesoro de la corona de Castilla que se llamaba Nueva-España,
oficio á que él no habia osado aspirar en sus mas insensatos sueños de
ambicion.

Todo tiene su causa en este mundo: todo consistia en que el licenciado
Céspedes despues de haberlo pensado y repensado durante dos años, habian
encontrado que el mejor medio de procurar á su hija una educacion
conveniente era darla una segunda madre.

Una vez ejecutoriada esta providencia en el censorio del alcalde de Casa
y Córte, halló que para cumplirla necesitaba de todo punto casarse, para
casarse tener novia, para tenerla buscarla.

Y la halló, como quien dice, debajo de la mano, en una su vecina, hija
de un capitan inválido de los tercios de Italia, pobre pero honrada,
sobre honrada jóven, y como complemento de conveniencias, exceptuando la
pobreza, fresca y robusta.

No era hombre el licenciado Céspedes que á los cuarenta y cinco años se
anduviese con _telégrafos_ (que hoy se dice) ni con billetes, ni con
otras gerzonias, diametralmente opuestas á su carácter natural, y sobre
todo á su carácter judicial: asi es que, despues de haberlo maduramente
decidido, se puso un dia su loba mas rica, su mejor golilla y su
reluciente espadin de córte, y se presentó casa de su vecino el valiente
capitan de los tercios de Italia Illan de Aponte, al que redondamente
pidió su hija por esposa.

El capitan no encontró razon para echar á la calle aquella fortuna tan
inesperada, que tan de rondon y tan formal se metia por las puertas de
su casa.

Entonces no se contaba para nada con la voluntad de las mujeres, ya se
tratase de casarlas, ya de emparedarlas en un convento. El capitan
Aponte dió palabra formal de soldado honrado al alcalde de Casa y Córte,
de que su hija seria su esposa.

Dióse traslado á la parte, esto es: á doña Clara, que así se llamaba la
pretendida.

Esta se sobrecogió, se puso pálida y tartamudeó algunas palabras que su
padre atribuyó al pudor natural de una doncella de veinte años.

El padre se engañó.

Lo que causaba el sobrecogimiento de su hija era que estaba enamorada de
un mancebo noble, hermoso y rico, y comprometida con graves compromisos,
de que pudiera haber dado testimonio cierto postigo situado en cierta
calleja.

Ello es el caso que el amante supo que se le habia metido entre su amor
y su amada, como una cuña de hierro, á la que servia de mazo la
autoridad paterna, todo un alcalde de Casa y Córte.

A grandes males grandes remedios: el noble y rico mancebo, se puso su
mas rico trage de brocado, su cadena de mas valía y sus mejores preseas,
y acompañado de lacayo y escudero, se presentó en la casa del capitan de
Italia y dejó oir en ella el aristocrático y altisonante nombre del
marqués de la Guardia.

Apresuróse á recibirle el capitan. El noble marqués le dijo sin rodeos
que queria ser esposo de doña Clara.

¡Ira de Dios y quien podria contar la impresion que causaron estas
palabras en el honrado veterano! Levantóse delante de él como una
horrenda fantasma la palabra que habia dado al alcalde de Casa y Córte,
porque, al fin, teniendo para su hija un marqués jóven y poderoso, era
indudablemente una desgracia tenerse que contentar con un golilla, ya
casi viejo, casi pobre y mas de un casi feo.

El capitan tardó quince minutos en contestar; al fin haciendo un
esfuerzo y tragando saliva, dijo que tenia empeñada su palabra, y que no
faltaria á su palabra por nada de

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