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Mala Hierba

by Pío Baroja · Spanish · Gutenberg #43017 · 414,995 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Mala Hierba
    
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Title: Mala Hierba

Author: Pío Baroja


        
Release date: June 23, 2013 [eBook #43017]
                Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/43017

Credits: Produced by Carlos Colon and the Online Distributed
        Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
        produced from scanned images of public domain material
        from the Google Print project.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MALA HIERBA ***

  Nota del Transcriptor:

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
  Páginas en blanco han sido eliminadas.
  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.




OBRAS PUBLICADAS


PÍO BAROJA

"Paradox, Rey", 3 ptas.--"La feria de los discretos", 3,50.--"La busca",
3,50.--"Nuevo tablado de Arlequín", 3,00.--"Juventud, egolatría",
3,50.--"El árbol de la ciencia", 3,50.--"La veleta de Gastizar",
4,00.--"Los caudillos de 1830", 4,00.--"Idilios y fantasías",
3,00.--"Mala hierba", 3,50.


JULIO VALLÉS

"El Niño" (vida de Jaime Vingtras), 4 ptas.


ENRIQUE BARBUSSE

"El fuego en las trincheras", 4 ptas.


CARLOS RIVET

"El último Romanof" (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.


JUAN GUALBERTO NESSI

"Aventuras del submarino alemán U...", 2 ptas.


JULIÁN SOREL

"Los hombres del 98, Unamuno", 2 ptas.

       *       *       *       *       *

LORENZO GALLEGO CARRANZA

"Lecciones de Topografía". Obra adaptada al nuevo programa de esta
asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto definitivo
para la misma por R. O. de 25 de junio de 1917, 9 ptas. Contiene 32
láminas en colores.




OBRAS DE PÍO BAROJA

"Vidas sombrías" (agotada).--"Idilios vascos" (agotada).--"El tablado de
Arlequín", 1 pta.--"Nuevo tablado de Arlequín", 3,00.--"Juventud,
egolatría", 3,50.--"Idilios y fantasías", 3,00.


LAS TRILOGÍAS

TIERRA VASCA

"La casa de Aizgorri", 1 pta.--"El Mayorazgo de Labraz",
3,00.--"Zalacain el Aventurero", 1,00.

LA VIDA FANTÁSTICA

"Camino de perfección", 1 pta.--"Inventos, aventuras y mixtificaciones
de Silvestre Paradox", 1,00.--"Paradox, Rey", 3,00.

LA RAZA

"La dama errante", 3 ptas.--"La ciudad de la niebla", 3,00.--"El árbol
de la ciencia", 3,50.

LA LUCHA POR LA VIDA

"La Busca", 3,50 ptas.--"Mala hierba", 3,50.--"Aurora roja", 3,50.

EL PASADO

"La feria de los discretos", 3,50.--"Los últimos románticos",
3,00.--"Las tragedias grotescas", 3,00.

LAS CIUDADES

"César o nada", 4 ptas.--"El mundo es ansi", 3,50.

EL MAR

"Las inquietudes de Shanti Andía", 3,50 ptas.

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

"El aprendiz de conspirador", 3,50.--"El escuadrón del Brigante",
3,50.--"Los caminos del mundo", 3,50.--"Con la pluma y con el sable",
3,50.--"Los recursos de la astucia", 3,50.--"La ruta del aventurero",
3,50.--"La veleta de Gastizar", 4,00.--"Los caudillos de 1830", 4,00.




     LA LUCHA POR LA VIDA

     MALA HIERBA




  _Copyright by Rafael Caro Raggio 1918._
  _Es propiedad._
  _Prohibida la reproducción._

  Imprenta y litografía de Rafael Caro Raggio.




     PÍO BAROJA


     LA LUCHA POR LA VIDA




     MALA HIERBA

     NOVELA


     RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR

     VENTURA RODRÍGUEZ, 18

     1918




PRIMERA PARTE




CAPÍTULO PRIMERO

EL TALLER.--LA VIDA DE ROBERTO HASTING.--ALEX MONZON.


ROBERTO se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y
sentado a una mesa llena de papeles, escribía.

El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran
ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de
barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño
natural, descomunales y estrambóticas, estaban ambas solamente
esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos
gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,
pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos
parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente a la ventana,
ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas
y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;
en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en
un rincón un lebrillo con barro.

De cuando en cuando Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado sobre
la mesa entre los papeles: se levantaba y daba unos paseos por el
cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente, se
veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una
baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores
ambulantes.

A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al
cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.

       *       *       *       *       *

Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en
busca de Roberto Hasting.

Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de
vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a
seguirla hasta el fin.

Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos
pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raída.
Además añadió a la donación una gorra de forma y de color absurdos, un
sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del
trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes,
como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la
madre de todos los vicios.

Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos
buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la
chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los
pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos,
en plata o en billetes.

La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede
más valor a los dones materiales que a los espirituales, sin comprender
en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia,
y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta
ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene además la ventaja de
que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento
ni deterioro. Prefiriese una cosa u otra, hay que confesar que Manuel
tuvo que contentarse con lo que le dieron.

Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,
sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la
memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el
único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.

Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar a
su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña
Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en la
calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el
Superhombre las supiera.

--¿Sigue viviendo en su casa de usted?

--No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé donde vive; pero le
encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que
tiene un letrero en el balcón.

Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en
seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta
cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y
el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso
a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo
mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que
llegaba de la calle.

--¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba a
abajo--¿Quién eres tu?

--Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se
acuerda usted?

--¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?

--Quisiera que me dijese usted si sabe donde vive don Roberto, que creo
que ahora es periodista.

--¿Y quién es don Roberto?

--El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.

--¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo que sé!

--¿Ni donde trabaja tampoco?

--Creo que da lecciones en la academia de Fischer.

--No sé en qué sitio está esa academia.

--Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un
modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y
entraba.

Manuel fué a la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en
la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto
fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.

Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de
Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que
estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila
a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en
grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales
blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la
tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con
la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, y
el gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un
espectáculo abigarrado y pintoresco.

Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,
preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las
porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y
enterarse allí.

Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el
extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en
donde charlaban unas cuantas viejas.

--¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?

--Será ahí en esa puerta.

La entreabrió Manuel, se asomó y vió a Roberto escribiendo.

--Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay?

--Pues venía a verle a usted.

--¿A mí?

--Sí, señor.

--¿Qué te pasa?

--Que me he quedado parado.

--¿Cómo parado?

--Sin trabajo.

--¿Y tu tío?

--¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!

--¿Y cómo ha sido eso?

Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo
rápidamente, se calló.

--Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que
concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.

--Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos
jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó
sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:

--¿Qué te parece eso?

--Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?

--El autor los llama Los Explotados. Quiere dar a entender que son los
hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.

Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones
y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de
comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus
asuntos.

Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó, y
paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable
del cuarto.

--¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó.

--En una academia.

--¿Y quién te ha indicado la academia?

--El Superhombre.

--¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?

--Desde hace unos días.

--¿Y qué piensas hacer?

--Pues estar a lo que salga.

--¿Y si no sale nada?

--Creo que algo saldrá.

Roberto sonrió burlonamente.

--¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero,
en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio
donde dormir, quédate aquí.

--Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?

--Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.

--Me alegraré.

--Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta
cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el
cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su
apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado;
no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín a
Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este
asunto he ido hace un mes a Labraz.

--¿Ha estado usted fuera de Madrid?

--Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro,
figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido
ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía a Labraz; he
visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con
que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me
dije. Miré, volví a mirar, no había señal de hoja arrancada; la
numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y,
¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada a otra. Después fuí al
Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que
estudiaron a fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez
de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don
Fermín se encuentra en la hoja pegada.

--¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?

--No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El
libro queda allá. Yo he mandado a Londres mi escrito; cuando venga el
exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán a Labraz y, ante
ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.

Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su
imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de
viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones
apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y
se puso a escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

--¿Qué, te vas?--le dijo Roberto.

--Sí; ¿qué voy a hacer aquí?

--Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.

--¿Y usted?

--Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes a dormir, adviérteselo
a mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha
levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.

--Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre
rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la
pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

--¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel.

--Sí, ¿que hay?

--Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que
no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.

--Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque
no hay otra cama.

--No importa. Estoy acostumbrado.

--¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?

--Yo no.

--Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate
en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras
pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.

El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba
modelando y comenzó a levantar otra figura.

Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así a Alex, quien le
dijo que descansara.

A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos
del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron
a amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron
poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz en grito.

Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,
de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.

Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cual, detestable; H, un
genio; B, un imbécil.

No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;
parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.

Al anochecer se prepararon para salir.

--¿Tú te vas?--preguntó el escultor a Manuel.

--Saldré un momento a cenar.

--Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré a eso de las doce y llamaré.

--Está bien.

Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las
calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba,
más frío que en la calle. Se acercó a tientas al sofá, se tendió y
esperó a que viniera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió
Manuel.

Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo
paseando por el estudio hablando solo.

--Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no
concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba a mí!
Pero, ¿por qué le haré caso yo a ese idiota?

Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió
paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la
envidia de sus compañeros.

Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de
Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que
Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:

--¿Has visto tú algo más colosal que esto?

--Es una cosa muy rara--contestó Manuel.

--¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé
si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizá Rodín, Hum...
¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?

--No sé.

--En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin
adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!

--Ya lo creo.

El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la
mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.

Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los
pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían
buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,
otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía.
Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex;
pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no
tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.
Todas eran símbolos.

Después de mostrar sus obras Alex, se sentó en una silla.

--No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que
por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en
Europa retrocede cien años.

Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir.

Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido
elegantemente y escribiendo en su mesa.

--¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro.

--Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que
están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la
montaña, no hay más remedio.

Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la
montaña, y desperezándose se levantó del sofá.

--Anda--le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada.

Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.

--¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel.

--No, nada.

--¿No piensa usted volver hasta la noche?

--No.

--¿Tantas cosas tiene usted que hacer?

--Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez
páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí
tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al
centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la
traducción. Salgo a las doce, voy a mi restaurant, como, tomo café,
escribo mis cartas a Inglaterra y a las tres estoy en la academia de
Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis a ocho
paseo, a las nueve ceno, a las diez estoy en el periódico y a las doce
en la cama.

--¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel.

--De 80 a 90 duros.

--¿Y vive usted aquí?

--Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos
los meses 30 duros a mi familia para que mi madre y mis dos hermanas
vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 o 20 duros, y con lo
demás voy pasando.

Manuel contempló con admiración profunda a Roberto.

--Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo
que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.

Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él
de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.

Esperó a que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de
las dificultades de la vida.

--Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos
alguna combinación para comer.

--Bueno, si señor, como usted quiera.

Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos y calculó
que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un
modelo. Los dos se decidieron a alimentarse de conservas y de pan.

No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en
el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo
que al ir a detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza,
las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el
modelar exactamente un brazo o una pierna era una labor indigna y
decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el
trabajo, corroboraban su idea.

Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces
pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,
parecían pantallas para ocultar sus defectos.

Hacía un retrato o un busto, y se le decía: No se le parece, y él
contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.

Manuel se fué aficionando a las reuniones del estudio por la tarde, y
escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.

Dos o tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos
conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en
café, reuniéndose en cualquier parte para tener el gusto de hablar mal
de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban
admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo
discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que a Manuel, que no
tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía
si hablaban en serio o en broma; les oía cambiar de opinión a cada
momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan
contradictorias.

A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste o del otro
exasperaba a todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada
palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más
sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención
mortificante y agresiva.

En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,
solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos e
indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo
viejo, grave, enjuto; se llamaba don Servando Arzubiaga; el otro, de la
misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque
literato, no tenía vanidad literaria, o si la tenía era tan honda, tan
subterránea, que no se le notaba.

Acudía al taller a distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los
diversos pareceres de unos y otros, sonriendo a las exageraciones,
terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.

Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no
hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente
literaria o artística pudiesen reñir de aquella manera.

Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos
tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre
copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que
comenzó a frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo
las había perdido por completo.

Una de sus manías era hablar de tú a todo el mundo. A la tercera o
cuarta vez de ver a una persona ya la tuteaba.

Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban a los
bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa.
Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la
reunión, aunque sin voz ni voto.

Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.

Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían
la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse
con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban
verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida
con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un
ambiente de murmuraciones y de intrigas.

Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer
caso de sus proyectos ni de sus discusiones.

Manuel creyó comprender que a Roberto le molestaba verle tan metido en
la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó
hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino
que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar
trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.

--¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó
Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma
por la boca.

--¡Pero si no tengo en dónde!

--Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber
desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no
deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si
te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás
en sinvergüenza.

--¿Pero ellos?...

--Ellos yo no sé si han hecho o no indignidades; como comprenderás, eso
a mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender
nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos
altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta
gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su
carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales
del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven
como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios,
pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas
intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.
Quizá haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, en
esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo que
se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el trabajo
diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, aunque
sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le alimenta en
su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer
de golpe y porrazo una obra hermosa y no hacen más que hablar y hablar.

Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.

--Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen
unos a otros, conocen a los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una
fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte a la prensa;
necesitarías siete u ocho años de preparación, de buscar amistades,
recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?

--No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.

--¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes
hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.
Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;
repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre.
Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero
decirte que tengas voluntad.

Manuel contempló a Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto
idioma.




CAPÍTULO II

LA SEÑORITA ESTHER VOLOWITCH.--UNA BODA.--MANUEL, APRENDIZ DE FOTÓGRAFO.


A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer
nada útil, sirviendo de modelo a Alex y de criado a todos los demás que
se reunían en el estudio.

Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba
en contra de él.

--Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer
lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me
dice:--Ten voluntad.--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me
dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me
buscase un sitio donde trabajar?

Manuel comenzó a sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse a
solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier
cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar a
la práctica.

Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,
cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,
al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le
vió el pelo.

--¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos.

Nadie lo sabía.

Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto a Bernardo
Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía
inglesa.

--¡Rediez con los tontos!--exclamó uno.

--Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos,
son los que tienen más éxito con las mujeres.

--¿De dónde habrá sacado esa inglesa?

--¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito,
aprendiz de sainetero.

--¡Uf! Se va uno a intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al
mismo tiempo.

Se pasó a hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación
apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento
estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando
terminó la ovación, le preguntaron:

--¿Quién es esa inglesa?

--¿Qué inglesa?

--¡Esa chica rubia con quien te paseas!

--Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha a la que
he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.

--¿Y cómo se llama?

--Esther.

--Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero.

--¿Por qué?--preguntó Bernardo

--Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.

--¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos.

--¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito.

Santín contó cómo había conocido a la polaca. Todos sentían alguna
envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su
triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener
cincuenta años, podía haber tenido dos o tres chiquillos con algún
carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió a
presentarse en el café.

Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del
estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que
constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y
apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se
hizo el dormido.

--¿A qué vendrá éste?--se preguntó.

Bernardo saludó a Roberto y se puso a andar a un lado y a otro del
estudio.

--Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting.

--Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una
noticia muy seria.

--¿Qué hay?

--Que me caso.

--¡Que te casas tú!

--Sí.

--¿Con quién?

--¡Con quién ha de ser! Con una mujer.

--Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?

--¿Por qué?

--¿Con qué vas a mantener a tu mujer?

--¡Hombre ... algo gano pintando!

--¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.

--Eso te parece a ti... Además mi novia da lecciones.

--Y piensas vivir a su costa... Vamos, lo comprendo.

--No, no, señor. No pienso vivir a su costa. Voy a poner una fotografía.

--¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!

--Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que
hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un genio.

--No; pero se necesita saber, y tú no sabes.

--Ya verás, ya verás como sé, hombre.

--Además, se necesita dinero.

--El dinero lo tengo.

--¿Quién te lo ha dado?

--Una persona.

--¡Qué suerte tienes chico!

--Ahí verás.

--¿A que le has sacado ese dinero a tu novia?

--No.

--¡Bah! No me engañes.

--Te digo que no.

--Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba a dar el dinero si no? Una persona
cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si
habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad.
Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.

--Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.

--Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido a contarme
unas cuantas bolas.

Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.

Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.

--¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose.

--Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.

--Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi
novia. Ella me lo ofreció.

--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y a mí se me ocurrió el
instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, con un taller muy
hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la
galería... Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, porque hay
que poner cortinas... Pero no sé cómo.

--Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una
galería.

--Yo sé manejar la máquina.

--Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y
lo demás ... que lo haga otro.

--No; también sé lo demás.

--¿Sabrías reforzar una placa?

--Sí, ya lo creo que lo sabría.

--¿Cómo?

--¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.

--¡Qué fotógrafo! Estás engañando a tu novia de una manera miserable.

--Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero
ahora es que escribas a estas dos casas de Alemania que traigo aquí
apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de
fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu
talento, me puedes dar una idea.

--Me adulas de una manera indecente.

--No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?

--Bueno, iré algún día.

--Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y
trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.

--Hombre, me parece bien.

--Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?

--¿Por qué?

--Porque yo me lo podía llevar a mi casa, y allí podría aprender el
oficio.

--Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.

--¿Querrá Alex?

--Con tal de que quiera el chico.

--¿Le hablarás?

--Sí, ahora mismo.

--¿Cuento con que escribirás esas cartas?

--Sí.

--Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al
chico!

--Descuida.

--Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi
porvenir y el de mi padre.

--Iré por allá.

Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto,
al terminar de escribir, llamó:--Manuel.

--¿Qué?

--Estabas despierto, ¿eh?

--Sí señor.

--¿Has oído la conversación?

--Sí, señor.

--Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.

--Iré, si le parece a usted bien.

--Lo que tú quieras.

--Entonces voy ahora mismo.

Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó
en busca de Bernardo Santín, a la calle de Luchana. Era la casa piso
tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó
Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le
explicó a lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué a la
cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó a que llegara Bernardo.
La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos
cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo,
almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una
escalera al portero y se dedicase a sujetar y a componer los cristales
de la galería.

Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.

Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los
cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.

Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó
las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.

A la semana o cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con
lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo a Bernardo
cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era
conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las
positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que
le decía, y transmitió el encargo a Manuel. Bernardo, además de ser poco
inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo
cuando venía su novia a ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar
atareado.

Era la novia muy simpática; a Manuel le pareció hasta bonita, a pesar de
tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía
una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos
claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de
besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba
rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.

Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que a Manuel le chocó.

--Es que no le conoce--pensó.

Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le
explicaba a la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba a poner el
laboratorio. Lo que oía a Roberto se lo espetaba a su novia con un
descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se
prometía un porvenir risueño.

Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no
sería una obra de caridad advertirle a la rubia que su novio era un
zascandil que no servía para nada, pero ¡quién le metía a él en esto!

Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas
de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era
dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el
padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero
machacando en el almirez o picando en el tajo.

Manuel iba a la cama tan cansado que se dormía enseguida; pero una noche
en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto a Bernardo que
decía:--Voy a mataros.

--¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados.

--Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido.

Y volvió a comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que
de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy a mataros. En las noches
siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era éste sin
duda su único trabajo.

Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era
completamente indiferente; le había sacado el dinero a su novia y vivía
con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la
máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio
se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió
de esto y no hizo nada.

Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades,
abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los
frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.

Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y
Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de
actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el
retrato y lo volvieron a pegar en otros cartones con la firma _Bernardo
Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas.

En noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no
quiso asistir; pero el mismo Bernardo fué a buscarle a casa y no tuvo
más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron
a comer a un café de la Glorieta de Bildao.

Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos
militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija;
un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.

Roberto comenzó a hablar con la novia y le pareció muy simpática y
agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases
en este idioma.

--Es una lástima que se case con este mastuerzo--pensó Roberto.

En la comida uno de los viejos comenzó a soltar una porción de
indecencias que hicieron ruborizar a la novia. Bernardo, que bebió
demasiado, dió bromas a la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y
la falta de gracia que le caracterizaba.

La vuelta de la boda a la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo
se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con
Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.

Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir
a marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le
confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.

--Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?

--No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.

--Pues ¡vaya una gracia que le haría a tu mujer!

--Sí, le eres muy simpático.

Roberto contempló con atención a su amigo y no le miró la frente porque
no le gustaban las bromas.

--Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.

--¿Pues qué hay?

--Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana o
dos. ¡Por favor te lo pido!

--No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.

--Ven aunque no sea más que a la hora de comer. Comerás con nosotros.

--Bueno.

--Y ahora sube un instante, por favor.

--No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué.

En los días posteriores Roberto fué a casa del recién casado y charló un
rato con el matrimonio durante la comida.

Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron a dos criadas que
aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por
casualidad salieron bien, y siguió acudiendo a casa de su amigo.

Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,
dedicándose a pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó a la
hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado
que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir
adelante y hacerle el amor a su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal
de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.

Cuando lo comprendió Roberto, se indignó.

--Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy a trabajar por ti,
mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.

--Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo
malhumorado--, yo soy un artista.

--Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.

--Bueno, mejor.

--Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos
cuartos que tenía. Da asco.

--Si ya sé yo que tu defenderás a mi mujer.

--No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la
pobre para casarse contigo.

--¿Eso quiere decir que ya no quieres venir a trabajar?

--Claro que no.

--Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De
manera que ya sabes; yo a nadie le pido que venga a mi casa.

--Está bien. Adiós.

Dejó Roberto de aparecer por la casa; a los pocos días se presentó el
socio y Bernardo despidió a Manuel.




CAPÍTULO III

LA EUROPEA Y LA BENEFACTORA.--UNA COLOCACIÓN EXTRAÑA.


VOLVIÓ Manuel al estudio de Alex. Éste incomodado con el muchacho por
haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de
nuevo.

Preguntaron los bohemios que se reunían en el taller por la vida de
Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca
de la suerte que el Destino reservaba a la cabeza del fotógrafo.

--¿De manera que Roberto le revelaba los clichés--dijo uno.

--Sí.

--Le retocaba las placas y la mujer, añadió otro.

--¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!

--No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la
huerta. Es la verdadera felicidad.

--¿Y tú qué vas a hacer?--preguntó Alex irónicamente a Manuel.

--No sé; buscaré una colocación.

--Hombre, ¿ustedes conocen a un señor don Bonifacio Mingote, que vive en
el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre
enjuto e indiferente.

--No.

--Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se
ha colocado él. Yo le conozco del periódico: antes era representante de
unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de
que necesitaba un chico.

--Véanle ustedes--replicó Alex.

--¿Tu no aspiras a ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando
a Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.

--No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel.

Don Servando se echó a reir.

--Si quieres, le veremos a ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?

--Vamos, si usted quiere.

Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron
pasar a un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada
zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los
nudillos, y al oir ¡adelante! que dijeron de dentro, pasaron los dos al
interior del cuarto.

Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de
mujer, que iba y venía, hablando y accionando con un junquillo en la
mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en
un tono teatral, exclamó:--¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por
aquí!--Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió:
¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo
empedernido, a horas tan tempranas?

Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo
que le llevaba por allá.

En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de
chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso a
frotarse las manos con aire de satisfacción.

El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y
pequeños, pegados a la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin
hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio
un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos
calcetines sucios.

--Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios a don
Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero
tengo un buen asunto entre manos.

--Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando a Manuel--; mañana
ven por aquí.

--¿Tu sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho.

--Sí, señor.

--¿Con ortografía?

--Algunas palabras quizá no sepa....

--A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos
esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte a trabajar aquí--y puso una
silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este
trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy a prestar
buscándote una colocación pistonuda.

--Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo.

--¡Señor don Servando! ¡Siempre a sus órdenes!--contestó el agente de
negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba
y haciendo una solemne reverencia.

Manuel se sentó a la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y
esperó.

--Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote
dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era
defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular
ponía lo siguiente:

       LA EUROPEA
       AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES
       DE
       BONIFACIO DE MINGOTE

En ella se ofrecían a las diversas clases sociales toda clase de
artículos, de representaciones y de colocaciones.

Se compraban a bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,
mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se
analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se
proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras
especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían
anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios
y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro
exigua.

Manuel se puso a copiar con su mejor letra los nombres en las circulares
y en los sobres.

El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su
beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos o tres pasos por el cuarto
y preguntó a su escribiente:

--¿Dónde íbamos?

--Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís
Estrellado Fernández es la salvación.

--Ah, sí; lo recuerdo.

De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:

--¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? es la salvación, es la vida, es
la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la
vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como
amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras
el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

--Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo
Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la
impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema
nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz
natural.

--El raquitismo, la escrófula, la corea...

--Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes
del sistema nervioso...

--Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un
desorden del sistema nervioso.

--Bueno, pues táchelo usted ¿Ibamos en el sistema nervioso?

--Sí, señor.

--... Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y
Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández
corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la
secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades
que envejecen y aniquilan al hombre.

Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio,
Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró con voz
natural.

--Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aun si el anís fuera
bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?

--Sí, ayer enviaron dos.

--¿Y dónde están?

--Me las he llevado a casa.

--¿Eh?

--Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con
todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.

--¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas
botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos
lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando el techo con uno de
los ojos extraviados.

--¿No le queda a usted ninguna?--dijo el amanuense.

--Sí, pero se me van a acabar en seguida.

Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su discurso
para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.

Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
fué sin saludar ni decir una palabra.

Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y paternalmente añadió:

--Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.

Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la
una y media volvió a casa de don Bonifacio y, entre bostezo y bostezo,
siguió poniendo nombres en las circulares.

A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto o porque en
la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.

--No eres como mi amanuense--le dijo halagado por las manifestaciones de
alegría del muchacho--, que que no ríe mis chistes y luego me los roba
y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe.
Y no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió a Manuel un anuncio impreso.

Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
así:

       LA BENEFACTORA
       AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA
       DE
       DON PELAYO HUESCA

_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de
La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La
Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La
Benefactora no hay cuota de entrada.

Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
dietas, entierros, lactancia, etc.

Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.

(Obras son amores y no buenas razones.)

Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._

--¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece?
Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo
es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo
le encontraré a usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en
mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha.
¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la
propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de
todas las propiedades?

Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la circular.
Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios
y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía
a los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su
educación; a los que querían realizar un buen matrimonio; a los que
dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la Agencia ofrecía
investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia
de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza
delirante.

A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a
él.

--¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son
unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.

Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella
noche.

--Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete
de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No
quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
preguntas. ¿Entiendes?

--Sí, señor.

--Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.

Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió a
la hora de comer con el recado hecho.

Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto;
se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete,
dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró a fondo, y gritó:

--¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!

--¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel.

--¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la
suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.

--¿De qué?---preguntó el muchacho.

--De hijo.

--¿De hijo? No comprendo.

Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un
profesor de esgrima con el florete, y añadió:

--¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!

--¿Quién, yo?

--Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas
aristocráticas. Hasta título puedes llegar a tener.

--Pero ¿es verdad?

--Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa.
Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita
el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de
la baronesa.

Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no
creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
únicamente por el gusto de embromarle.

Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los
dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la
de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un
portal, en donde entraron.

De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.

Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
chocolate circundaban el patio.

Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.

--¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer.

--Soy yo--contestó Mingote.

--Voy, voy.

Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres
perros de lanas, que ladraron con furia.

--¡Quieto, León? ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy
lánguido--. Pasen, pasen.

Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos
alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos,
que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.

--Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata.

Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.

La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada
en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.

--¿Otra vez por aquí, Mingote?

--Si, señora, otra vez.

--Siéntense ustedes.

El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho
se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos
sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado
violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un
espejo biselado grande con la luna rajada.

--Le traigo a usted, baronesa--dijo Mingote--; el chico del que hemos
hablado.

--¿Es éste?

--Sí.

--Yo creo que le conozco a este chico.

--Sí; yo también la conozco a usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una
casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
doña Casiana; mi madre era la criada.

--Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa a
Manuel.

--Murió ya.

--Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la
selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma
situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original,
extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.

--Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin
hacer caso de las reflexiones del agente.

--Diez y ocho.

--Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la
edad que usted me decía.

--Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El
hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...

--Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para
hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es?

--Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que
ha rodado por ahí; no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria
enseña mucho, baronesa.

--Dígamelo usted a mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida
que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios
me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
facilidad a todo.

--Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó
Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!

La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.

--No hablemos de eso.

--Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan
estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?

--Bueno.

--Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.

--Nada, nada, que se quede.

--Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré
los papeles. Señora... a sus pies.

--¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.

Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los
hombros del muchacho.

--Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide, si alguna vez llegas
a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.

--No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel.

--¿Te acordarás siempre de tu protector?

--Siempre.

--Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la Providencia. Me
siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad
algunos cuartos?

--No.

--Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete
con su bastón, salió de casa.

Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.

--¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste
que se hallaba confundido y sin saber que hacer:

--Mira, éste es el chico.

--_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué
_ocurrensia_ le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?

Manuel, ante un exabrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más
lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.

--Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo a carcajadas.

--Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata.

--Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
se limpie.

Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.

--¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?

--Sí, algo me ha dicho.

--¿Y estás conforme?

--Yo sí, señora.

--Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?

Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa
durante algún tiempo.

--Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?... y vete a lavarte.




CAPÍTULO IV

LA BARONESA DE AYNANT, SUS PERROS Y SU MULATA DE COMPAÑÍA.--SE PREPARA
UNA FARSA.


POCO trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.

Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros
días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos
de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán
de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
y González y Tárrago y Mateos, a la vida del siglo XVII, con sus
caballeros bravucones y damas enamoradas.

Niña Chucha, habladora sempiterna, contó a Manuel, en varios folletines,
la vida de su amita, como llamaba a la baronesa.

La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
padre, un rico señor cubano, la envió a los diez y ocho años,
acompañada de una tía, a que conociera Europa. En el vapor, un joven
flamenco, rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la
corte; la muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los
trópicos, y al mes de llegar a España, la cubana se llamaba la baronesa
de Aynant, y marchaba con su marido a vivir a Amberes.

Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
de las comidas aderezadas con manteca de vaca; a la cubana, en cambio,
le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el
clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los
guisotes hechos con aceite.

Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
espesándose, llegaron a nublar completamente el amor del barón y de su
esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que
su marido dedicaba a los boniatos, al aceite y al acento de la gente del
Sur. El barón a su vez se molestaba oyendo hablar a su mujer con
desprecio de las mujeres grasientas que se dedican a atracarse de
manteca. La supremacía del aceite o de la manteca, enredándose y
mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones que los
cónyuges llegaron a un estado de exaltación y de odio tal, que se
separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose a sus aficiones
artísticas y a sus tostadas de manteca y la baronesa vino a Madrid,
donde pudo entregarse a la alimentación frugívora y aceitosa con
delicia.

En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para
volverse a casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente
enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en
Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron
una niña.

En esta segunda época de su amor los dos cónyuges echaron un velo sobre
la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
mutuas concesiones, y la baronesa iba a terminar en una buena dama
flamenca cuando quedó viuda.

Volvió a Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al
mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
la acepto y prefirió la protección de aquel señor a ser su mujer. Pronto
le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.

En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la
baronesa tenía un fondo moral y apartaba a su hija por completo del
mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y
todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el
colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría a
Amberes y viviría con ella, resignándose a ser una señora respetable.

Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero
terminaba siempre obedeciéndola.

Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, o paseando
por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.

Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar a don
Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la
dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
manifestó a su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo;
después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo
vivía.

A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una petición
de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado,
advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La
baronesa le acusó de ruin y miserable y don Sergio contestó haciéndose
el sueco y cerrando su caja.

¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa
la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación
era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar un chico,
proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.

La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red
puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada
productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio,
y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde
aquel momento, Mingote se dió a buscar un chico que reuniera las
condiciones necesarias para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando
encontró a Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.

A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con
un arte exquisito.

--¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa.

Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía a don Sergio, éste,
probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por
otra persona.

--¿Qué le parece a usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote.

--¿Un confesor?

--Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
secreto de confesión le había usted dicho...

--No, no--interrumpió la baronesa.--¿Y dónde está ese cura?

--Iría Peñalar disfrazado.

--No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.

--Un maestro de escuela quizá sería mejor.

--¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?

--No, el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio y le dice que
tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no
le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres,
niño? Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de
Aynant. Entonces él, el pedagogo viene a ver a usted y usted le contesta
que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del
chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el
nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de
ir a ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece a usted?

--La trama no está mal urdida, ¿pero quién va a hacer de maestro de
escuela? ¿Usted?

--No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un
colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En
el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted
algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina,
por ejemplo.

Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que
se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y
un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le
escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de
familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y
burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.

A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un
hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló
con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el
tanto por ciento que le correspondería a él.

Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
viendo que Mingote no cedía, aceptó.

--Ahora mismo que venga el chico conmigo.

Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
atrás, y tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente
evangélico:

--Vamos, hijo mío.

Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.

Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.

--¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar a un viejo de boina.

--No ha bajado aún al despacho.

--Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.

--Bueno; ¿quién le digo que le espera?

--No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel con una voz y
una sonrisa de pura cepa evangélica.

Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y
la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus
actos.

No tardó en aparecer el viejo de la boina.

--Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales
rayados--. Ahora viene el señor--añadió.

Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con
rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario
de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de
cajoncitos y a un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.

El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella
jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió
amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad,
pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz
y sonrió.

No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus
antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba
un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía
hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al
muchacho, que se levantaron; quizá creyó que había descubierto el objeto
de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles a que se
sentaran, preguntó a Peñalar:

--¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de
un asunto de familia? ¿Usted?

Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar
no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que a él más le
gustaban. Comenzó a hablar sin desconcertarse con las miradas
inquisitoriales del comerciante.

Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
impertérrito.

El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!,
dedicado a la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho;
había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés,
del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él,
emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que
sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.

¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho a la
vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:

--Usted no debe trabajar.

--Pero tengo hambre.

--Pida usted dinero.

Y por eso algunas veces pedía.

Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no
intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó
que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema
constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia
le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó en tono
confidencial:

--Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y
eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la
inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aun--, antes
era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
recuerdo aquellos versos del mantuano:

     «Te, dulcis conjux, te solo in litore secum te veniente die, te
     decedente canebat.»

--¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el
talento que usted tiene.

La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:

--El campo me revienta.

Peñalar quedó parado, con la boca abierta.

--Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz
iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo
propio.

--No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar
y se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.

--No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
limosnas.

--Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la
mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en
un profundo error. No vengo a pedir una limosna, no son esos mis
hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se caló los lentes con
resolución--a cumplir un deber sagrado.

--Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La
charlatanería me revienta.

--Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz
desfallecida--. ¿No nos oye nadie?

Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el
pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose a Manuel, que seguía
sumido en el mayor estupor, le dijo:

--Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.

Manuel abrió la puerta del despacho y salió al almacén. Esta maniobra
produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.

--Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy
dedicado a la enseñanza de la juventud.

--¿Que es usted maestro? Lo he oído.

--Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me
ocurrió establecerme por mi cuenta.

--Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y a mí todo eso qué me
importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.

--Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de
su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo
que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su
casa.

--¿Y a mí qué?

--Espere usted, don Sergio. Fuí a ver a esa señora protectora suya, que
es una baronesa, y la dije:

--El muchacho a quien usted protege es digno de las mayores atenciones y
de que se haga algo por su educación.

--Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por
él--me contestó la baronesa.

--Dígame usted quién es su padre y le iré a ver.

--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se llama
don Sergio Redondo.

Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida a
don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar a un pobre réprobo.
Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los
labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.

Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.

--La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, a
pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya superevangélico y
supermoral--pensé: Mi deber es ir a ver a ese caballero. Por eso he
venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
con la mía.

Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa
de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó
ceremoniosamente y se acercó a la puerta.

--¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante
don Sergio.

--El mismo.

--¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante.

--Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
con la contestación.

Y Peñalar salió del despacho.

--Vamos, hijo mío--le dijo a Manuel.

Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa,
llevando de la mano a su querido discípulo, a aquel niño portentoso tan
poco apreciado por sus padres.




CAPÍTULO V

VIDA Y MILAGROS DEL SEÑOR DE MINGOTE.--COMIENZA LA DULCE EXPLOTACIÓN DE
DON SERGIO.


SEGÚN los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la
fecha.

Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de
buscar dinero, avisó a un prestamista de la calle del Pez. En lugar del
prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló
el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la
casa de la baronesa. ¿Quién era Don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?

Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia
natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y
mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes
pertenecía Mingote.

Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote
pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica,
las trazas de agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una manera
presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y
diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los
dedos.

Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no
siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...

Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes del
engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
defectos propios.

Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando
se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con
gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas
artes de aquel pícaro.

Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.

La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el
cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.

--Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; a
sinvergüenza no me gana nadie.

Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un
Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza
de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.

--En cuestiones de honor no admito distingos--decía el hombre cuando se
sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad.
Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.

Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas,
algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo
cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa
de préstamos, otras una casa de citas o algún otro honrado comercio por
el estilo.

Había hecho aquel exprestamista una porción de ignominias con los
compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario
libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis
formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las
ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.

Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia,
su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido,
todo indicaba al genio de las revoluciones.

En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de
negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la
almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.

--Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra
al marqués del Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el
cataforético Pipot; el pectoral de sampagnita salvaje Alex; la pasta
manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina
pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de
Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
hecho el vacío a mi alrededor.

Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en
la cabeza a sus enemigos.

Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser
admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero.
Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en papeles de
periódico, de sus minas de aquí y de allá.

--Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del
Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi
puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
toneladas.

Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se
echaba a reir.

La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.

--Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender?--le
preguntaba.

--¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En
seguida que le demos el golpe a don Sergio, nos dedicamos a los
negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas
pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en
seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»;
capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea
azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.

¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel
hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma,
encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar
de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.

Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.·. y en otra
porción de mojigangas por el estilo.

En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía
extraordinaria del exprestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el
soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente,
empalado, con la soga al cuello, o en las gradas del patíbulo, temblando
de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
convulsiones, alguna cosa chusca.

Reñía con todo aquel a quien no necesitaba, por cosas fútiles;
vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores,
levantaba el bastón a los golfos, trataba desdeñosamente a todo el
mundo, hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus
maridos o de sus padres, y a pesar de esto no recibía más que raras
veces las bofetadas o los palos que otro cualquiera en su lugar
recibiera.

Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; a veces
sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se
desconcertaba nunca.

El exprestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía
grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica
era rapidísima y expedita; a la primera semana ya pedía dinero.

Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños Mingotes.
Con ellas el exprestamista había organizado un servicio de mendicidad
maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran
Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
mujeres, el exprestamista decía que constituían su servidumbre.

Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
colaborador de la baronesa de Aynant.

El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en
campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona
del principal.

--¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor
situación la vea a usted _il vecchio_ será más espléndido.

--Yo le creía a usted más listo, Mingote--replicó fríamente la
baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría
una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted a mí dirigir
mis asuntos.

Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.

La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
planchar una de sus batas, y vistió a Manuel y hasta le dió polvos de
arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote
escribió a don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una
tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.

La baronesa y Manuel esperaron a que llegara _il vecchio_. A media tarde
se oyó el ruido de un coche que paraba a la puerta.

--Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí,
es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.

Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen
ver.

--Mira es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa a
Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando.

Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló
en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales,
con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy
cómodo, y se puso a mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se
desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en
los cuales podía quedar enredada al menor descuido.

Cuando la criada de la casa de huéspedes fué a anunciar la visita de don
Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_
pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle,
luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía
sentarse.

_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba
pálido y tenía un color calcáreo.

--Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel.

La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía lo
que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó
los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.

Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente,
sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le
faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para
representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos
días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título
era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba a
arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_!

Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué
animando y comenzó a accionar con violencia.--Ese abandono del muchacho
es incalificable--decía.

--¡Incalificable!

--Sí, señora.

--Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?

--Tengo derechos. Sí, señora.

La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
vaguedades y excusas; luego se indignó y levantándose del sofá con un
gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_
de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo por
ser un avaro y un miserable.

Replicó a esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para
las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.

--Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--a insultar a una
mujer porque está sola, no lo consentiré.

Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
el ofrecerse...

--No necesito de usted para nada--contestó la baronesa arrogantemente--.
No le he llamado a usted.

El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que a
ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los
gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.

La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño
creía que sus padres habían muerto.

--No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_.

Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:

--¿Está en casa Sergio?

--Sí, señora.

--Dígale usted que venga.

Entró Manuel confuso.

--Este señor quiere verte--dijo la dama.

--Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il
vecchio_.

Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos
golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para
salir.

--Es muy huraño--dijo la baronesa.

--Yo era igual a su edad--repuso don Sergio.

La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió
observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta
de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la
conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el
velador.

La baronesa le acompañó hasta la puerta.

--¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de
marcharse.

--¡Contentísima!

--¿No siente usted que haya venido a verla?

--¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted
el único amigo de mi pobre padre!

--Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando
entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.

Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la
dama.

--Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel,
Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio
Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos
mudamos de casa.

Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a la
calle a buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la
cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer
piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba
veinticinco duros al mes.

--A niña Chucha le va a parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la
baronesa.

Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y habló con él
y pagó la casa por adelantado.

El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo,
llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el
sitio que designaba niña Chucha.

Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados
en casa de una amiga cubana, unos días después fué a verla para
pedírselos. No apareció en todo el día ni aun a cenar, y volvió a la
noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa,
venía con los ojos más brillantes que de ordinario.

--La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su
casa, luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta
aquí mismo.

No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa,
y se asombró bastante al oirle contestar a los reproches de niña Chucha,
balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese
jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un
traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de
comentarios.

Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en
la calle cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.

--Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita?

--En su cuarto--contestó Manuel.

Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:

--¿Se puede?

--Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas.

Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por
el suelo y abrió el balcón.

--Pero, Paquita ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la
estupefacción--. Eso no es sano.

--¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa
desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
cabeza que me he tenido que acostar otra vez.

--¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.

--Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha
no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar como un
mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día
seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que
soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.

--Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.

La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
arrumacos a _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió
cincuenta pesetas.

--Pero...

--Si ya sé que me va usted a reñir. No crea usted que he gastado todo el
dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas
pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...

--Vaya, ahí va--. Y don Sergio, con una sonrisa que quería ser amable,
sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de
noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó
otro.

La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después
acurrucándose entre las sábanas, con voz soñolienta, murmuró:

--¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!

--Pues cuídate, hija, cuídate y no trabajes tanto.

Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró
con niña Chucha que volvía de la calle.

--No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone
enferma.

La mulata contempló sonriendo al viejo.

--Bueno, _señó_--dijo.

--Y el muchacho, ¿qué hace?

--_Etá_ estudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con
los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.

Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
Mateos.




CAPÍTULO VI

KATE, LA NIÑA BLANCA.--LOS AMORES DE ROBERTO.--EL PUNDONOR MILITAR.--LAS
CUCAS.--DISQUISICIONES ANTROPOLÓGICAS.


AL mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y
como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su
hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.

Niña Chucha se encargó de informar a Manuel y de darle detalles de la
hija de la baronesa.

--Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una
muñeca.

Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su
tipo a su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.

Al llegar a casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño a
la colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran
satisfacción.

La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la
llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.

Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa
abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio
que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.

No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio
del momento. La baronesa, a veces, se impacientaba al oirla, y decía
entre cariñosa y enfadada:

--¡Ay, qué Nena más sosita tengo!

Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el
comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la mulata
sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba como una
muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía
motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable,
aunque con poca vivacidad.

Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre e hija salían de casa con
mucha frecuencia a compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que
volvía cargado con paquetes.

Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro
de Apolo a ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que
Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir les
siguió; la muchacha se hizo la desentendida.

Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió a Roberto que paseaba por
la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.

Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
acercó a él.

--¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente.

--Sí.

--Tienes que darle una carta.

--Bueno.

--A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al
recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la
darás, ¿verdad?

--Sí, hombre, descuide usted.

Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve,
bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.

Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas
mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas,
cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban
llenos de recordatorios y de estampitas.

Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha
como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas, éste se
sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las
alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.

--Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es
de mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde-Park, cuando estuve en
Londres con mi tío.

Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en
el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su
niñez aun los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el
mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de
acuarelas.

Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no
se atrevió.

De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:

--¿Sabe usted?

--¿Qué?

--Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer
estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.

--¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
brillaron con más vivacidad que de ordinario.

--Sí.

--Pues dámela.

--Tome usted.

Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto.
A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para Roberto, y
Roberto en seguida con otra para Kate.

Un día Kate fué con Manuel a su colegio, en donde había un nacimiento,
y a la ida y a la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos
muchísimo. Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del
amor es una cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la
pena de oirse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.

Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
escuchó atenta.

Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor
y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para
cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante
aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de
inferioridad que en nada le molestaba.

La Nena le contó a Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas,
Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
Manuel le contó a Kate detalles de la vida pobre madrileña, que a la
colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
sus casas e iban a dormir a los rincones de las iglesias, de los que
robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...

Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad.
La Nena le solía escuchar muy intrigada.

--¡Oh, qué miedo!--solía decir; y sólo el pensar que aquella gente
miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
estremecer.

Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y
soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que
se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.

Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba
a la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y
el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de
día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el
horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...

Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.

La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por
Manuel a casa de su amiga cubana. Salieron la baronesa y Manuel después
de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa; les
abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un
corredor, en una sala muy iluminada adornada con lujo barato y chillón.
En medio había un aparato eléctrico con siete u ocho bombillas, un sofá
grande con flores, dos sillones dorados al lado de una chimenea y sobre
el mármol de ésta un reloj en forma de bola, un barómetro como un
martillo, un termómetro como un puñal y otra porción de cosas con formas
absurdas. Por todos lados se veían fotografías.

No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a
la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veía que quería
halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y
amenazador, se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios
extraños, que era capaz de cometer crímenes.

Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto
sobre un velador.

La mujer del coronel, a quien la baronesa había conocido de sargenta en
Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de
bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.

--Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa.

--Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta que
ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_.
Es un nombre modernista, ¿verdad?

--Ya lo creo.

--Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra
con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un
grupo, y ella contesta; «¡Ay, no me toque usted el _chasis_!» Es bonito,
¿verdad?

--Precioso--dijo la baronesa mirando a Manuel y riéndose.

Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto,
movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
triste.

--¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa.

--Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto que baile la niña un poco
para que usted la vea.

Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.

--Advierte a ésos--le dijo la coronela--de que estás aquí.

Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el
coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en
el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio,
con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un
melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija
mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía
escapada de un cuadro de Rubens.

--Primero, ¿qué va a ser? ¿el monólogo o el baile?--preguntó la
coronela.

--El monólogo, el monólogo--dijeron todos.

--Vamos a ver. Silencio.

El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
mejillas, sonrió amablemente.

La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor a las
curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas
terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el _chassis!_

Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así...
un poco, vamos, demasiado libres y miró a todos pidiendo su opinión. Se
discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.

--No, coronel--concluyó diciéndole el exprestamista exaltado--, es que
usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira
esto como militar.

La baronesa contempló asombrada a Mingote y no pudo contener la risa.

El coronel explicó confidencialmente a Mingote por qué las ideas
militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo
por el uniforme.

Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó a
bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama
científicamente bisagra. La coronela preguntaba:--¿Cómo tiene Lulú que
hacer esta parte del tango, o sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
pide o velándolo un poco?

A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
emocionante, la bisagra.

El coronel, a pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo era
cosa _de material_.

Mingote entonces, para enseñar a la niña cómo debía hacer aquel
movimiento, se levantó y se puso a mover las caderas de un modo
grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces
la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar
a la mujer la gracia de aquel movimiento. La baronesa sonrió
discretamente.

En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba
Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la
coronela se levantó al momento y se dispuso a salir.

--Anda, dale la ruleta--dijo el coronel a su esposa---y que enciendan
las luces en la sala. ¿Qué?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que
hagamos una vaquita, baronesa?

--Ya veremos; coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.

--Bueno.

Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.

--Ya pueden ustedes pasar--dijo.

Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas
allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.

Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
pagadores.

--Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata.

Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
_croupier_ dijo:

--¡No va más!

Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que
se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz
monótona.

Fué entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas
alrededor de la mesa.

Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto,
fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.

--Pero hijo, ¿tú aquí?--dijo la baronesa.

--¿Y tú?--replicó él.

Era aquel hombre primo en segundo o tercer grado de la baronesa y se
llamaba Horacio.

--¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve?--preguntó la
baronesa.

--Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.

--Bah.

--Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?

--No me parece mal.

Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba
según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco
se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban
algunas señoras con sus hijas.

Manuel vió a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
sortijas con piedras grandes.

Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba
blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.

--¿Usted se retiró ya?--decía el joven.

--Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando
hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí
esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría a
usted mala suerte--le contesto yo.

--¿Quién es la Valiente!

--Ahora la verá usted, cuando empiece el bacarrat.

Se encendió la luz en la otra mesa.

Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano,
y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez
o doce personas.

--¡Quién talla?--preguntó el viejo.

--Cincuenta duros--murmuró uno.

--Sesenta.

--Cien.

--Ciento cincuenta duros.

--Doscientos--gritó una voz de mujer.

--Ahí está la Valiente--dijo el marqués.

Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta a cuarenta
años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy
morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en
las apuestas y salia a los pasillos a fumar. Se notaba en ella una gran
energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver.
No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
rubia gruesa, a la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y
para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.

--Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién
es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto,
de bigote pintado.

--Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí
gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le
dieron un destino en Filipinas.

--¿En recompensa?

--Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En
Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
libre, lo emplearon en Cuba.

--Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven.

--Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó a
negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
millón de pesetas.

--¡Demonio!

--Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal
Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
dos salían a pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le
murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces
él mismo va a la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo
secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.

Manuel escuchaba con atención.

--Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente.

El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se
volvió y saludó amablemente al viejo.

--Adiós, Maestro--le dijo éste.

--¿Le llama usted Maestro?--preguntó el joven.

--Así le llama todo el mundo.

Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
marqués y del joven.

--Que moninas son--dijo el marqués.

Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No
reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como
decía la coronela, era una reunión muy modernista.

En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se
discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...

--A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida.

La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.

--Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó a su primo.

--Sí, te acompañaré.

Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió a ellos.

--¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa, con la risa ingenua
peculiar suya, al encontrarse en la calle.

--Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles
no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya
ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar
un poco de aire--ya ve usted, a mí me han mermado el retiro: de ochenta
duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y
todo lo demás.»

--¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!

--¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y
necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última
clase.

--¿Por qué?

--Porque sí; no hay más que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
tiene el coronel?

--No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la
baronesa.

--Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en
razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior a
Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale a un
mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo
explico todo por leyes antropológicas.

Pasaron por delante del café de Varela.

--¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo.

--Vamos.

Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
el primo de la baronesa hablando.

Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un
destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy
reglamentado, leyendo a Spencer en inglés y cambiando de género de vida
por temporadas.

Hombre original, llevaba ya cuatro o cinco años encenagado en los
pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
convencido de que intelectualmente era un anglosajón, a quien no le
debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
Mediodía.

--Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me
lo explico todo, los detalles más nimios, por leyes biológicas o
sociales. Esta mañana al levantarme oía a mi patrona que hablaba con el
panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le
preguntaba ella.--No sé--replicaba él--; dicen que la cosecha es
buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí a la oficina a la hora en punto,
con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en
el cerebro hay lóbulos.

--Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída,
mojando un bizcocho en el chocolate.

--Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra,
¿comprendes?

--Sí.

--Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?

--Sí, hombre, sí.

--Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en
esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan
trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en
discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el
crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el
consumo de alimentos y encarece el pan.

La baronesa no pudo menos de reírse al oir la explicación de su primo.

--No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad.

--Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.

--¿De dónde has sacado este chico?

--Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?

--A ver, quítate la gorra.

Manuel se quitó la gorra.

--Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial
abierto, la frente grande, poca mandíbula...

--Y eso ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel.

--En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?

--¿Yo? Ni un botón.

--Pues entonces lo que te puedo decir es esto: que como no tienes
dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
aunque la tengas, que creo que sí, probablemente morirás en algún
hospital.

--¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico.

Manuel se echó a reir; la profecía le parecía muy divertida.

--En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un
hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más
brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí,
afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica
de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba o en
Puerto Rico.

--¿De manera que gracias a ese lord eres un hombre civilizado?

--Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo
yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta o sajón? No me hago
ilusiones; soy de una raza inferior, ¡que le voy a hacer! Yo no he
nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga.
¡Figúrate!

--Y eso, ¿qué tiene que ver?

--La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
hermosos también, tipos como el de tu hija, con sus ojos tan azules, la
tez tan blanca y el cabello tan rubio.

--Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías
antes?

--¿Un poco berebere?

--Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?

--En el carácter quizá, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus
ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir o del valle de
Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.

La baronesa miró a su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
después los dos primos y Manuel salieron del café.




CAPÍTULO VII

EL BEREBERE SE SIENTE PROFUNDAMENTE ANGLOSAJÓN. MINGOTE
MEFISTOFÉLICO.--COGOLLUDO.--DESPEDIDA.


DESDE aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el
sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de
antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían
aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la
baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al
berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones
que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con
muchísima gracia.

El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó
quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá por
afinidades de raza y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando
venía don Sergio.

La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de
nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos o tres
veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día fué
decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de
Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella
le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote,
que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que
interviniese la justicia el primero que iría a la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la
disputa llegó el primo Horacio.

--¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo.

--Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa.

Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la
puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de
Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere,
levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote.
El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la
parte más redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;
no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de
Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente
advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.
Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta
pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta
con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

--Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar
muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó:

--¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer
caso de ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son
cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se
mudó a una casa más barata con el propósito de economizar; y niña
Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupa un tercer piso en la
calle del Ave María.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; a pesar de
que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la
mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al
_flirt_.

La baronesa, de vez en cuando, para atender a los gastos de la casa,
vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que
reinaba allí, el dinero no duraba un momento.

Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don
Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle por
la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una
carta a la baronesa.

Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le
parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no
encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La
baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que sin duda no buscaba más
que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se
sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse
en casa de la baronesa.

Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la
vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió
sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.

Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,
volvió a la carga y se presentó en la casa.

--Pero, ¿qué le pasa a usted, Paquita?--dijo al ver a la baronesa
desmejorada.

--Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy
con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada.
En fin, Dios sobre todo.

Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que
la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

--Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que
tener régimen; así no puede ser.

--Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo,
a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita de doce
duros.

--¿Y los muebles?

--Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

--No, yo...--El calcáreo iba a hacer una observación de buen
comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de
su primo de usted no están bien--añadió.

--¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy
a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es
raro, porque ya a mis años...

--No diga usted esas cosas, Paquita.

--Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted
como no va a volver.

--¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

--Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

--Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada a don Sergio; después tomó una actitud
compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía
dejar a niña Chucha, a quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente;
pero la baronesa afirmó que la quería como a una hija, tanto o más que a
sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.

--Tengo un plan--le dijo a don Sergio--. Dígame usted si le parece bien.
En _El Imparcial_ de ayer ví anunciada una finca o casa en Cogolludo,
con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa
muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y a mí me basta con
una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece a usted,
don Sergio?

--Pero, ¿para qué te vas a marchar de aquí?

--Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese
hombre me persigue--. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la
buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía
tenazmente, y todas las cartas que ella había escrito a él supuso que
era él quien se las había escrito a ella.

--Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo
de ese ridículo trovador.

--Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas a aburrir.

--¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en
regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada que con
seguridad ya habrán alquilado la casa.

--No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no
podrá ir al colegio.

--Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

--Bueno; alquilaremos esa casa.

--Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la
cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuando vendrá Carlos VII! No
estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los
pillos.

--Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y
alíviate pronto.

--Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...
Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya
sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía a fondo.

Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre niña
Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía
mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

--Pero hija, ¿qué vas a hacer?

La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un
pequeño _rastaquouére_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había
ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo
que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que
ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era
tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en
blando.

Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias
para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se
encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.

--¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.

--¡Yo! ¡Qué disparate! me alegro mucho de verle.

--Yo también.

--Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.

--Bueno.

Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.

--¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?

--Hombre, según lo que sea.

--Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio
Figueroa, sino Manuel Alcázar.

--¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien
como yo--contestó cándidamente Manuel.

--Es una combina que me traigo.

--Y yo, ¿qué voy ganando en eso?

--Te puedes ganar treinta duros.

--¿Sí? ¡Vengan!

--No, cuando el negocio esté terminado.

Viendo Mingote a Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para
quitar a la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se
los entregaba, añadiría a los treinta veinte duros más.

--Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted
aquí un momento, voy y se los traigo a usted en seguida.

--Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--.
Se figura que le voy a dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.

--¿Habré sido yo el primo?--exclamó Mingote--. Sin duda. ¿Me habrá
engañado ese condenado niño?

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.

       *       *       *       *       *

Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el
pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un
poblachón en medio de una llanura.

La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una
puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de
atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día
siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La
baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

--¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y
¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el
Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía
más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel
trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso
a trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.

Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción garbanzos,
habichuelas y patatas, sin enterarse de si era o no el tiempo de la
siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo
que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la
cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una
especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
agua.

A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando
ya la casa estuvo limpia fué a Madrid, sacó del colegio a Kate y la
llevó a Cogolludo.

Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de
tierra y plantó una porción de cosas en ellas.

--¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará
todo esto lleno de plantas.

--Yo quiero tener las mías--contestó la niña.

Pasó un mes, y a pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada
de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la
criada crecían, a pesar de la sequedad, admirablemente.

Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía
dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de
horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las
avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los
intersticios de las tejas, se guarecían.

Entabló con las avispas una lucha a muerte y no las pudo vencer; parecía
que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la
mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto a caerse
del tejado lleno de picaduras.

Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había
arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con
la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los
tiestos, en la ventana, en los que empezaban a brotar las plantas; su
armario, y los cromos en las paredes azules, su alcoba tenía un aspecto
de gracia encantador.

Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.

Había encontrado en el campo un gato herido, a quien perseguían unos
chicos, a pedradas; lo recogió, a riesgo de ser arañada, lo cuidó y
curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con
ella.

Manuel obedecía a la Nena, ciegamente, sentía además una gran
satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de
perfecciones, y a pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero
interno, enamorarse de ella. Quizá la encontraba demasiado buena,
demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de todos
los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran de lo
imperfecto.

El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en
Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que
recibía la baronesa no aparecieron.

Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de
que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor
propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada.

Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo
trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se presentó
el guarda de la casa diciendo a la baronesa que la desalojara, que en
Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando
y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la orden suya
era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el
alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas;
calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y
los empeños quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se
decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.

Una tarde en que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso
a Kate, muy azorada, la situación.

--¿Vamos a Madrid?--terminó diciendo.

--Vamos.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo.

Hacia frío. Comenzaba a lloviznar.

La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el
camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a
nadie. Kate iba un tanto asustada.

--Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la revuelta de un
sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco
como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a
lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja
y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad
rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con
una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren
huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la
obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las
sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación.
Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid.

La baronesa estaba azorada, fueron a una casa de huéspedes, les
preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo
encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje
no les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa
salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se
había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa
tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron a parar los tres a un hotel
de tercera clase.

Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia
de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde a su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella
y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate
para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que
esperara unos días a que recibiera una carta, pero la mujer de la fonda,
a quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se
figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de
engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la
pagaban, avisaría a la justicia.

Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo
que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

--Voy a ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente.

--¿Tú sola? Iré yo.

--No, que me acompañe Manuel.

Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su
tarjeta Kate a un portero e inmediatamente la hicieron pasar. Manuel,
sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo
salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.

Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.

El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente a la puerta y
permaneció con el sombrero en la mano.

Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:

--Vamos.

Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.

--Ya está todo arreglado--dijo la muchacha a Manuel--. El embajador ha
telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.

Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas
veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a
ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un
poder y una fuerza extraordinarios.

La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura
besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.

Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un
cheque para que se pusieran en camino.

A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió que
no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena
y para ella.

Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en coche
hasta la estación.

La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como
siempre, al parecer serena y tranquila.

En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.

Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un
baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron
asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la
estación pálido, de un lado a otro.

La baronesa prometió al muchacho que volverían.

Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

--Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va a empezar a andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.

--Abrázala--dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus
brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

--Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima.

Echó andar a el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;
pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.
Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos,
y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

--Vamos de aquí.

--¿Es usted?--le dijo Manuel.

--Sí.

--Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente.




SEGUNDA PARTE




CAPÍTULO I

SANDOVAL.--LOS SAPOS DE SÁNCHEZ GÓMEZ. JACOB Y JESÚS.


SALIERON juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.

--¿Y otra vez a empezar?--le dijo Roberto.--¿Por qué no te decides de
una vez a trabajar?

--¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En
alguna imprenta...

--¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?

--Sí; ¿qué voy a hacer?

--Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora
mismo. Vamos.

Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los
Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una
casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió a la
puerta y les dijo que aquél por quien preguntó Roberto estaba durmiendo
y no quería que se le despertase.

--Soy amigo suyo--replicó Roberto--, yo le despertaré.

Entraron los dos por un corredor a un cuarto obscuro, en donde olía a
iodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.

--¡Sandoval!

--¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte.

--Soy yo; Roberto.

Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del
balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba
negra.

--¿Qué hora es?--dijo desperezándose.

--Las diez.

--¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado;
tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha
pintada, con aire de mal humor.

--Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en
la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.

--¿A qué venías?--preguntó.

--Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la
redacción, te traigo éste.

--Pues, hombre, tengo ya otro.

--Entonces nada.

--Pero en la imprenta creo que necesitan.

--A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.

--Se lo diré yo; no me puede negar eso.

--¿Te se olvidará?

--No, no se olvidará.

--¡Bah! Escríbele; es mejor.

--Ya le escribiré.

--No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un
desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de
matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y
dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros
desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer;
el suelo estaba lleno da puntas de cigarro, de trozos de periódico y de
pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa
aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y
de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se
levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles,
hasta que lo encontró. Se fué a lavar en la palangana del aguamanil,
llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos
de mujer.

--¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista a la muchacha
humildemente.

--Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano,
después volvió, se lavó y fué vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún
cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un
cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena
de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestido Sandoval, se transformó a los ojos de Manuel; tomó un
aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y
Roberto y Manuel salieron de la casa.

--Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto.

--¿Por qué?

--Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan
trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una
callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que
salía de la línea de las demás.

--Esta es la imprenta--dijo Roberto.

Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello
fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un
sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un
tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de
dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se
amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de
ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el
techo. En medio de este segundo compartimento un hombre barbudo, flaco y
negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía
blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que
movía la prensa.

Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho
que recibía la luz por dos ventanas a un patio.

Adosadas a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras,
y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.

En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres
cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los
anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.

Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
cogió la carta y gruñó malhumorado:

--No sé para que me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...

--Este es el chico a quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió
Roberto fríamente.

--Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez o doce barbaridades y
un rosario de blasfemias.

--¿Hoy está usted de mal humor?

--Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los
santísimos... ¿Sabe usted?

--Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con
este animal!

--Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que
el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué?; que no tiene que
comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.

--¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no
quiero perder el tiempo.

--¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a
bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico;
usted aquí estorba.

--Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto a Manuel--, ya te dirán lo que
tienes que hacer.

Manuel quedó perplejo, vió a su protector que se marchaba, miró a todos
lados, y viendo que no le hacían caso se fué acercando a la escalera y
bajó dos peldaños.

--¡Eh! ¿Adónde vas?--le gritó el cojo--. ¿Es que quieres o no quieres
aprender el oficio? ¿Qué es esto?

Manuel quedó nuevamente confuso.

--Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que
trabajaban--, enséñale la caja a este choto.

El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima,
que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a
Manuel y volvió a su trabajo.

El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
burlón, con una canturia extraña:

--¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?

--Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco.

--Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No
quieres perder tiempo, Yaco?

El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se
echó a reir y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después
trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y
dijo:

--Ves echando cada letra en su cajetín.

Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.

El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un
lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de
cajetín a cajetín.

Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo
compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen
contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no
contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.

Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo
en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo
de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era
comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de
encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.

A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de
distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.

El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo
encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas
pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.

Jesús a media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las
galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.

El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él
al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas
columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
repetía la misma operación.

Luego de trabajar toda la tarde iban a salir a las siete, cuando Manuel
se acercó a Jesús y le dijo:

--¿No me dará el amo de comer?

--¡Quia!

--Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.

--¿Ah, no? Anda, vente conmigo.

Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle
de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le
dijo a Manuel:

--Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
haces una charranada.

--Descuide usted.

--Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.

Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.

Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús
contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la
imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que
era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de
vista.

Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.

Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:

--¿Tienes sitio donde dormir?

--No.

--Ahí, en la imprenta, debe haber.

Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a
Manuel dormir en algún rincón.

--Moler--exclamó el cojo--, esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya
una golfería! Porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo
viene. Claro. A la _gandinga_.

Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se
subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.

Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.

Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.

--Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole
al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.

Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
platina, venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja
con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la
máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y
unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en
una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.

El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la
tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de
jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano,
pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de
petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.

A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y
se tuteaba con los dos.

Jesús le aconsejaba a Manuel el que se aplicase en las cajas y
aprendiera pronto a componer.

--Al menos se tiene la pitanza segura.

--Pero es muy difícil--decía Manuel.

--Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
agua.

Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza;
algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el
verlas después impresas.

Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de
hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.

Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oirle decir
maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
eses.

Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él,
en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y
de castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.

--¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste a
Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué
es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas:
¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_.

Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a
Jesús y le decía:

--¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los
vivos!

--Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca
aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un
_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale a mi _babá_,
que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco!

Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a Jacob, y
oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de
Camila.

--No respetas la familia, perro, terminaba diciendo.

--¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es
olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no
sirven mas que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre
debe aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.

--Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y
fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando
así.

Jesús se reía y, después de oirle hablar a Jacob, añadía:

--Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un
tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de
Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.

--No digas necedades--replicaba Jacob.

Después de la discusión, Jesús le decía:

--Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero a pesar de
esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una
copa.

Jacob movía la cabeza y aceptaba.




CAPÍTULO II

LOS NOMBRES DE LOS SAPOS.--EL DIRECTOR DE «LOS DEBATES» Y SUS
REDACTORES.


SÁNCHEZ Gómez el impresor, a quien también se le conocía por el mote del
Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor
endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen
corazón.

Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio, el
más complicado e interesante.

Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un
motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos
nadie podría encontrar insignificantes.

_Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, El Radical, La Mañana,
El Mundo, El Tiempo y La Prensa;_ todos estos diarios importantes nacían
en el sótano de la imprenta. A cualquier hombre vulgar le parecía esto
imposible; para Sánchez Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra
imposible no existía en el diccionario.

Cada periódico importante de éstos tenía una columna suya; y lo demás,
información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
común a todos.

Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía e
independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
al otro como dos gotas de agua. El cojo realizaba en sus publicaciones
la unidad y la variedad.

_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
columna a faltar al Gobierno y a los curas; pero sus noticias eran las
mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que
empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
nuestra Patria; el Ejercito, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...

De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen
negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era
_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible
ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para
las exigencias de los acreedores.

El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en
terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta
y seis podía comparársele.

El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres
columnas propias.

Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un
señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre
muerto de hambre.

Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de _Los Debates_,
pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se
estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de
Sánchez Gómez.

Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en
broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Súper, porque
siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche,
sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.

Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_
o en _El Tiempo_, en _El Mundo_ o en _El Radical_, era Ernesto
Langairiños.

¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en
una tarde de verano, ¡Langairiños! Un sueño.

El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen
pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.

Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral,
alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su
indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
dandysmo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban
rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; a pesar
de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del
mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.

Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos
aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó a gran
altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la
misma clase.

En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del
mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y
dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista
tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: Sí, sí, ya sé
quien dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o
dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.

La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un
hombre que no fuera él valiese más que otro.

Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de
una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de
periodista.

Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:

_El aprendiz._--Hay que tener principios.

_El maestro._--En la mesa.

_El aprendiz._--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.

_El maestro._--Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos
de la casa de huéspedes.

El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.

A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su
enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.

Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña
Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número
de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis...,
veintisiete, hasta llegar a ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la
gimnasia se llamaba Langairiños.

Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González
Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba
brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los políticos
braguetones y a los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_.

El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino y
almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor
a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la
vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.

González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de
expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de _Los Debates_, a
que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.

Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.

Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias a su
mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener
cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó
el matrimonio no quedaron ni los clavos.

La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos,
pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que
buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese
satisfecho.

¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando
llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada, después de
alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble aspecto
cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.

El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que
siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.

Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando
al director señor Sampayo a cada momento, le exponían su crítica
situación, Sampayo entregó a Fresneda una carta para un general
americano, pidiéndole dinero. Puso a su redactor la condición de que
todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.

Al salir a la calle los dos redactores, González Parla le exigió a su
compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.

--Yo iré a verle a ese braguetón de general--dijo González Parla--y le
sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra
mitad para mí.

El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.

El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del
director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
contemplándole de arriba abajo:

--¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda?

--Sí, señor.

--¿_Etá uté_ seguro?

--Claro; soy yo.

--Pero _uté etá_ tísico, ¿no?

--¿Yo? No, señor.

--Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos
y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de
tisis, ¿sabe?

González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido
el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico,
que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi
lo mismo que si lo estuviera ya.

--Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una
argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_,
¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en
fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no
sea pendejo.

--Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo
el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.

El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor
flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se
prometió no darles ni un céntimo durante meses.

Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre tuvo la única frase
enérgica de toda su vida.

--Yo le daré a usted una recomendación para el ministro--le dijo el
director, contestando así a una petición de dinero.

--Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no
exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan
recomendaciones.




CAPÍTULO III

EL PARADOR DE SANTA CASILDA.--LA HISTORIA DE JACOB.--LA FEA Y LA
SINFOROSA.--LA CHICA SIN MADRE.--MALA NOCHEBUENA.


PARA la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después, el tercer
cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner a Manuel en la
plaza vacante.

--Pero si no sabe nada--replicó el dueño.

--¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.

--No, le subiré el jornal.

--¿Cuánto le va usted a dar?

--Le daré ocho reales.

--Es poco. El otro ganaba doce.

--Bueno, le daré nueve; pero que no venga a dormir aquí.

El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la imprenta
y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en
donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy
grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir
por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador,
por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de
paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando
el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos
y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador
eran, poco más o menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
idénticas, y puertas numeradas.

Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro
terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos
ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el
paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta
perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles
con su ermita en la punta.

En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y su
mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a la chica
de una manera bestial.

Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque
suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.

Una de las mañanas que encontró a la carpintera, le dijo:

--¿Por qué pegan ustedes así a la chica?

--¿Te importa algo?

--Claro que me importa.

--¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.

--Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--, quitarla de
en medio a palos por bruja.

Refunfuñó la mujer y Manuel se fué a la imprenta.

Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.

--¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?

--Le he dicho que no debía pegar a su hija.

--Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?

El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello
de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.

Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa
pronto.

En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos
gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;
una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con
unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con
la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy
zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres
como cabras.

La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima a la de Manuel, y
esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharán más sus
relaciones de amistad.

Jesús era un excelente muchacho, pero se emborrachaba con una frecuencia
lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos
verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra
una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, a quien todos le decían,
implacablemente, la Fea.

A los dos meses o cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono
irónico peculiar, le dijo a Manuel cuando marchaban los dos a la
imprenta.

--¿No sabes? Mi hermana está preñada.

--¿Sí?

--Vaya.

--¿Cuál de las dos?

--La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.

El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.

A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús
salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía
ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.

--Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel.

--La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en
contra de la humanidad--contestó Jesús.

--Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu
familia--le replicó Manuel.

Por esta cuestión volvieron a discutir varias veces y llegaron a decirse
cosas muy agrias y mortificantes.

A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía
indignación al ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su
hermana y la enviasen a hacer recados y la obligasen a barrer cuando la
pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.
Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas
cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó a charlar con Jacob y
a hacerle preguntas acerca de su país.

A Jacob, a pesar de que según decía no le había ido muy bien en su
tierra, le gustaba hablar de ella.

Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.

--La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y
naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de
los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un
comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.

Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco
y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de
su país.

Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y
dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña,
que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que
miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando
aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los
mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y
caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cabilas
próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los
hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los
médicos que sacan los gusanos de los oídos.

Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,
jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de
los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de
una capa negra.

Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a
caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos,
gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo
limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso
peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras
se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones
soñolientas y tristes.

Un sábado, Jacob le convidó a Manuel a comer en su casa.

Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
próxima al paseo de Areneros.

La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos
mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.

Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa
con una túnica obscura y una gorra, a su mujer Mesoda y a una niña de
ojos negros llamada Aisa.

Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronuncio unas cuantas palabras
gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración
en judío, y comenzaron a comer.

La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le
pareció que mascaba flores.

En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su
narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones
épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba
perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se
ruborizaba por cualquier cosa.

Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de
tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de
aquellos instrumentos primitivos.

Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando
en cuando.

       *       *       *       *       *

Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador
se encontró en el pasillo que conducía a su cuarto con un grupo de
comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.

La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de
Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
asistiendo enfermos.

--¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las
mujeres contra el cajista.

--¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha
resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala
que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la
zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.

--Eso no puede ser verdad--replicó Manuel.

--¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.

--Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las
mujeres.

--Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao
tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao
gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao
tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago
de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó
borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra,
viéndola en la cama a la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la
necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me
entienden ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no
sabía lo que se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla
curda, la lleva a la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún
tío...

--Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo a oir la
relación.

--Pues ná...--añadió la comadre.

--Si llega a haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al
ver la cara de la socia se asusta--añadió el albañil siguiendo su
camino.

Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del cuarto
de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida,
con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta
con telas de sacos, parecía un cadáver, el médico la fajaba en aquel
momento; la señora Salomona vestía el recién nacido; un charco de sangre
manchaba los ladrillos.

Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su
hermana, impasible, con los ojos brillantes.

El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;
cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de
tablas, y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como
un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que
no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su
lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.

Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.

Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.

El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al
extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer
todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.

Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que
le pusieron como un trapo.

El no negó nada. Al revés.

--Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera.

Todas las comadres cementaron indignadas las palabras del cajista. Este
se encogía de hombros estúpidamente.

--¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera
mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una.

Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a
la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que
interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la parturienta.

La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús,
ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, en
los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una
palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.

Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño a
la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin
inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió
a la semana.

La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había
lanzado a la _vida_.

       *       *       *       *       *

El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores
vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un
señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía
secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al
andar e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de
San Vicente de Paúl, visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas
que vivían en rincones y tabucos de la casa.

Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, que
no hacían más que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así
que anduvieron por su casa como por una extraña.

--¡Hipócritas!--decía el albañil a voz en grito.

--Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van a oir.

--¿Y qué?--replicaba el vecino--. ¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A
qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso
vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber?
¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de
los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y
viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.

Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En
el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer
hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.

En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.

Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.

El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que
le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó
un sin fin de miserias y dolores.

La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.

Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar a
aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos
favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su
casa a quienes había ayudado a establecerse en mejores épocas. La
carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro
mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir o
arreglar se los llevaba a la hija de la hidrópica para que los
compusiera.

Esto, la antigua criada se lo pagaba a la hija de sus amos con un montón
de huesos, y a veces, cuando quedaba satisfecha de su trabajo le daba
las sobras de su comida.

--¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que
escuchaba la narración de la vecina.

--También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una
frase de zarzuela--tiene su corazoncito.

Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora
relación, dieron tres bonos a la hija de la hidrópica y salieron del
cuarto.

--Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que
morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?

El albañil murmuró:--Me parece.

El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la
hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.

Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,
una vieja les llamó y habiéndoles de usía les pidió que la acompañaran y
les llevó alumbrándoles con una bujía a un caramanchón o agujero negro
abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en
un mantón raído, había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena
y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un
chico de dos o tres años.

--Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran a esta chica en un
asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida,
murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y
roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en
otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que
la llevaran a un asilo.

La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados a los tres señores, y
agarró de la mano al chico.

--Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su
hermano un cariño verdaderamente curioso e interesante, y yo no sé si no
sería cruel separarlos.

--Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja.

--Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los
tres.

--¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús a la chica.

--¿Yo? Salvadora.

--¿Quieres venir a vivir conmigo con tu chico?

--Sí--contestó sin vacilar la niña.

--Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va a poner más contenta--dijo
Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van a
separar de su crío y es una barbaridad.

La chica cogió al niño en brazos y acompañó a Jesús. La Fea debió
recibir a los dos abandonados con gran entusiasmo. Manuel no presenció
la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:

--¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él.

--Sí, hombre... El Aristón.

--El mismo.

--¿Vives aquí?

--Ahí en el Corral.

El Corral era uno de los patios del parador, y daba a ese infecto Rastro
que va desde la Ronda a la fábrica del gas. El Aristón seguía con su
necromanía; no le habló a Manuel más que de muertos, entierros y cosas
fúnebres.

Le dijo que iba a los camposantos los domingos; pues él consideraba como
un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar a los
muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si
el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que a pesar de
esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

--¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel.

--Si quieres venir, verás un muerto.

--¿Y qué vas a hacer junto a ese muerto?

--Voy a velarle y a rezar por él--dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había
un hombre muerto, tendido en un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando
una voz chillona de vieja borracha, cantaba a voz en grito:

         «Ande, ande, ande
       la marimorena;
       ande, ande, ande,
       que es la Nochebuena.»

En el cuarto del muerto, en aquel instante, no había nadie.




CAPÍTULO IV

LA NAVIDAD DE ROBERTO.--GENTE DEL NORTE.


A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo Santín,
envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por
la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un
zumbido suave.

Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta
Esther y pasó adentro.

--¿Y Bernardo?--preguntó Roberto.

--No ha venido en todo el día--contestó la ex-institutriz.

--¿No?

--No.

Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la
antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de
petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.

--¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto.

--Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me
aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de repente
se detuvo ante Esther.

--¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

--Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.

--Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si
el consejo le parecerá a usted brutal...

--Diga usted.

--Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

--Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en
manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía,
incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.

--¿Y qué voy a hacer?

--¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés.
¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?

--No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por
Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido
nunca.

--Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

--Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no
conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día
siguiente estaba arrepentida.

--Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna
aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego,
cuando la fuí conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta
mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay
explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado a
una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me lo
he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre,
aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?

--No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión,
tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre.
Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un
pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y
buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano, y una de inglés, con lo
que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma
mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación
angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de
huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas a
todas horas; correteando por las calles para encontrar una plaza de
institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que
sentí la tentación de suicidarme, de echarme a la mala vida, de tomar
una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un
día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el
hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el
español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la señora y ésta
me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una hermana. Puede
usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;
si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la
hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada a
pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que
copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi
protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le encontraba petulante y
poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba,
se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo
un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que
no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi
protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de
esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo.
Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces
mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria a la
que había hecho con Oswald; me alabó a Bernardo a todas horas, me dijo
que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad
exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba. Efectivamente,
recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que
me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas,
excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio desdichado, y
viéndome casada se fué de Madrid. A las dos o tres semanas de
matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había
escrito se las había dictado Fanny.

--¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto.

--Sí; ¿la conoce usted?

--Creo que sí.

--Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald
me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me
ha llevado a una situación aun peor que aquélla en que me encontró.
Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me
vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito a él
citándole para mañana.

--Ha hecho usted mal, Esther.

--¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?

--¿Qué adelantará usted con eso?

--Vengarme; ¿le parece a usted poco?

--Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.

--No, yo no. No le quiero; pero no dejaré a Fanny sin castigar su
perfidia.

--¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?

--¿Y quién le ha dicho a usted que llegaría al adulterio? Además, en mí
sería un derecho, no una falta.

--Haría usted además desgraciado a Oswald.

--¿No me han hecho desgraciada a mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

--¿Cree usted que mañana vendrá Oswald a esta casa?--le preguntó
Roberto.

--Sí, creo que sí.

--Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

--¡Sí!

--Es mi prima.

--¿Su prima de usted?

--Sí. Le advierto a usted que es muy violenta.

--Lo sé.

--Que es capaz de atacarle a usted en cualquier parte.

--Lo sé también.

--¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted,
un hombre a quien se le cita y se le dice: «--Si no le correspondí a
usted fué porque me engañaron respecto a usted, y me dijeron que era
usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse a oir
tranquilamente esta confidencia.

--¿Y qué va a hacer?

--Buscará una compensación. Nadie se resigna a ser un instrumento de
venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.

--¿No perturbaron la mía?

--Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.

--No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.

--¿Cuál?

--El que le pudiera ocasionar a usted algún perjuicio. Usted ha sido
bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose.

--No, a mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero a usted sí. Fanny es
colérica.

--¿Quiere usted venir mañana?

--Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?

--¿No es usted amigo mío?

--Sí.

--Entonces venga usted.

Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su
costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos,
muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
encontrar solo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir
un libro, el _Antilatino_, considerando los pueblos latinos como
degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le
indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no
había hecho nada. Francia tenía a su alrededor la muralla de la China.
Como ha dicho Bjorson, desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el
mejor músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor
novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor a Bocklin; sin embargo, en
Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por
el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los
músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia
francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de
Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza
despreciable.

Roberto no contestó a esto y observó atentamente a Oswald. ¡Le parecía
tan absurdo, tan pedantesco aquel nombre largo, a quien citaba una mujer
y hablaba de sociología!

Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de
sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente,
salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.

--¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther a Oswald.

--Sí, creo que sí.

--Me alegro.

--¿Por qué?

---Porque vendrá también ella.

--¿Tiene algo que ver en este asunto?

--Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?

--Sí, ya hace tiempo.

Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa.
De pronto se oyó un campanillazo formidable.

--Aquí está ella--dijo Esther, y abrió la puerta.

Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.

--¿No me esperabas?--preguntó a Esther.

--Sí, sabía que vendría usted.

--¿Qué le quieres a Oswald?

--Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted
que Oswald había engañado una mujer para abandonarla después.

--¡Yo!--dijo con asombro el pintor.

--Si, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
despreciable y sin talento.

Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.

--Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther
dirigiéndose a Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de
insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como un
malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...

--¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona.

--Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran
por mi bien, por el cariño que me tenía; después ví que había cometido
conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer,
valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.

--Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald.

--Yo, no.

--Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.

--No, yo no he escrito esa carta, la escribiría Fanny, que quería a todo
trance apartarle a usted de mí.

--¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó
junto a la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la
silla y comenzó a pasear de un ladro a otro del cuarto.

--Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la
supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.

--¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático.

--Ella. Ha sido ella.

--Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a
Esther.

--¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó
Oswald.

--Sí.

--Ahora ¿podrá usted oirme?

--Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante.

--No es cierto--exclamó Esther.

--Sí lo es, viene tod

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