Semblanzas literarias
by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #42376 · 552,381 chars · public domain (US)
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Title: Semblanzas literarias
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: March 20, 2013 [eBook #42376]
Most recently updated: November 27, 2024
Language: Spanish
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SEMBLANZAS LITERARIAS
Obras de Palacio Valdés.
Pesetas.
El Señorito Octavio (nueva edición), un tomo. 4
Marta y María (nueva edición), un tomo. 4
Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publ. en el _Diario de San
Petersburgo_.
Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti. Un tomo. Praga.
Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
El Idilio de un enfermo (nueva edición), un tomo 4
Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en _Les
Heures du Salon et de l'Atelier_.
Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart. Un tomo.
Praga.
Traducida al inglés por W. T. Faulkner.
Aguas fuertes (nueva edición), un tomo. 4
Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por
_La Independencia Belga, El Diario de Ginebra, El Correo
de Hannover, Hlas Národa, Lumir_ y otros periódicos y revistas.
Edición española con introducción y notas en inglés para el
estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T.
Faulkner. Un tomo. New-York.
José (nueva edición), un tomo. 4
Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la
Revue de la Mode. París.
Traducida al inglés por M. C. Smith. Un tomo. New-York.
Traducida al alemán y publicada en _Interhaltungs-Beilage_.
Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en Het
_Nieuws van den Dag_. Amsterdam.
Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
Traducida al portugués por Cunha e Costa. Publicada en _Revista
da Semana_. Río de Janeiro.
Traducida al tcheque por A. Pikhart. Un tomo. Praga.
Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio
del castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor
Mr. Davidson. Un tomo. New-York. London.
Riverita (nueva edición), un tomo 4
Traducida al francés por Mr. Julien Lugol: publ. en la _Revue
Internationale_.
Maximina (nueva edición), un tomo. 4
Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
El Cuarto Poder (nueva edición), un tomo. 4
Traducida al holandés por Mr. Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.
Traducida al inglés por Miss Rachel Challice. Un tomo. New-York.
Nueva edición inglesa. _Grant and Richards_. Londres.
La Hermana San Sulpicio (nueva edición), un
tomo. 4
Traducida al francés por Mme. Huc con prefacio de Emile
Faguet, de la Academie Française. Un tomo. París.
Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
Traducida al holandés y publicada en _El Correo de Rotterdam_.
Traducida al sueco por Mr. A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
La Espuma (nueva edición), un tomo. 4
Traducida al inglés por Clara Bell. Un tomo. London.
La Fe, un tomo. 4
Traducida al inglés por Miss I. Hapgood. Un tomo. New-York.
Traducida al alemán por Mr. Albert Cronau. Un tomo. Leipzig.
El Maestrante, un tomo. 4
Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar
de Mr. Bordes. Un tomo. París.
Traducida al inglés por Miss Challice. Un tomo. London.
El Origen del Pensamiento, un tomo. 4
Traducida al francés por Mr. Dax Delime: publicada en la _Revue
Britannique_.
Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_,
con ilustraciones de Cabrinety.
Los Majos de Cádiz, un tomo. 4
Traducida al holandés por Mary Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.
La Alegría del Capitán Ribot, un tomo. 4
Traducida al francés por C. du Val Asselin: publicada en _Le
Gaulois_.
Traducida al inglés por Minna C. Smith. Un tomo. New-York.
Traducida al holandés por el Dr. A. Fokker. Un tomo. Amsterdam.
Edición española con notas en inglés y vocabulario para el estudio
del castellano, por los profesores Morrison y Churchman.
Un tomo. New-York. London.
La Aldea perdida, un tomo. 4
Tristán ó el pesimismo, un tomo. 4
Semblanzas literarias (nueva edición), un tomo. 4
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO XI
SEMBLANZAS LITERARIAS
MADRID
Librería general de Victoriano Suárez.
PRECIADOS, NÚMERO 48
1908
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dupº, bajo.
[Illustration]
TREINTA AÑOS DESPUÉS
[Illustration: L]LEGO á la reimpresión de estas semblanzas, escritas y
publicadas treinta años ha, con la curiosidad burlona y también con el
enternecimiento con que descubrimos en el desván de nuestra casa el
caballo de cartón que hemos montado en la niñez. ¡Oh cielos, cuánto me
he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo
feliz! ¡Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunión prevalidos
de nuestra insignificancia! Después crecemos, adquirimos seriedad,
reputación, pero huye la alegría, y gracias que no sea en compañía del
talento.
Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del
Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin más
decoración que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean
otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de
una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan á cada
instante enormes personajes, estadistas, oradores, académicos cuyo
rostro se frunce al pasar á nuestro lado. ¿Por qué se frunce? Aquellos
personajes nos detestan porque disputamos «de lo que no entendemos» y
acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y
cariñosos para nosotros, y el más bueno y cariñoso de todos y el más
sabio al mismo tiempo es aquel varón magnánimo que se llamó D. José
Moreno Nieto. Allí estaba siempre sentado en el rincón de la Biblioteca
como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente á todo el que
quisiera molestarle. Con él consultábamos nuestras dudas científicas,
nuestros planes de estudio ó ensayos literarios. No era avaro, no, de su
talento y de su ciencia. ¡Pobre D. José! ¡Qué suma de indulgencia se
necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos á paseo!
Pero había otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacían
ostensible su desprecio y nos dirigían miradas furibundas cuando
osábamos entrar en las salas de conversación. Tanto que desesperados un
día resolvimos declararnos independientes y conquistar también nuestro
terruño.
Había en aquel vetusto caserón de la calle de la Montera una estancia
grande y lóbrega con balcones á un patio que servía de trastera. Allí
decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde, á la hora en
que no había llegado todavía ninguno de aquellos odiosos viejos
(llamábamos viejos ¡ay! á los hombres de treinta á cuarenta años),
penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos
jóvenes, se dirigen impetuosamente á la trastera, la limpian en un abrir
y cerrar de ojos de las sillas decrépitas y mesas patizambas que allí
dormían bajo el polvo, ahuyentan también éste con escobas; luego se
lanzan impávidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y
en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo
lujo aquella _cacharrería_ que no tardó en hacerse famosa en España. Los
criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los
cabellos exclamando: «¡Dios mío, qué dirá el secretario!» Uno de
aquellos chicos, el de voz más bronca (porque ya había llegado á la
muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecándola cuanto pudo y
empinándose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro
incandescente estas palabras: «Dígale usted al secretario (pausa),
dígale usted al secretario... ¡que no le conozco! Después de tan
arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Leónidas al emisario de
Jerjes, volvió la espalda con infinito desprecio y el conserje quedó
anonadado.
Nuestra audacia impuso respeto á los _viejos_ ó tal vez les hizo reir.
Lo cierto es que al día siguiente nos enviaron á guisa de burla, como
regalo, el retrato al óleo de D. Julián Sanz del Río, filósofo tan
profundo como feo, importador en España de la filosofía de Krause. Á
estas horas pocos recuerdan en el mundo á Sanz del Río ni á Krause, pero
en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo
son los anarquistas, y sus preceptos «vive una vida íntegra», «realiza
tu esencia», etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de
dinamita. Nosotros acogimos con júbilo al laberíntico filósofo y le
colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos
extendidas no leer jamás su _Filosofía analítica_.
Todo aquello se hundió en el abismo del olvido y sólo los cuatro ó cinco
canosos y panzudos _cacharreros_ que paseamos por las aceras de Madrid
nos acordamos con emoción de aquellos días risueños y nos enternecemos
hablando del retrato al óleo de D. Julián.
Precisamente en aquellos días risueños fueron escritas estas semblanzas
sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo.
Publicadas primero en la _Revista Europea_ y después en volumen, se
agotaron rápidamente, porque en España siempre hubo público para los
azotados. Desde aquella remota fecha á la presente se me han hecho
algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado
obstinadamente á ello y aun al publicar la serie de mis obras completas
prescindí de incluirlas, hasta ahora. ¿Por qué tan severa resolución?
Porque estoy persuadido de que á los veintidós ó veintitrés años se
puede ser un excelente poeta ó tal vez un mediano novelista, pero sólo
un detestable crítico. Además, estas semblanzas están llenas de
alusiones personales de dudoso gusto, están escritas en general con la
arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros años de la
vida. Por tales razones las había condenado á eterna proscripción.
Pero he aquí que en una noche de insomnio me asaltó la terrible duda que
á todos los escritores acomete más ó menos tarde. ¡Si yo fuese inmortal!
pensé de improviso. ¡Si mis obras fuesen leídas de las generaciones
venideras! Entonces no sólo se reimprimiría cuanto yo he escrito, sino
que se buscarían, se recogerían y se publicarían las cartas que he
dirigido á mis amigos y ¡quién sabe! hasta los billetitos amorosos; hay
eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado
mi cuerpo de un frío sudor entre las sábanas fué todo uno. No existe
hombre en el mundo que haya escrito más simplezas á sus amigos, pero
estas simplezas no son comparables con las que he escrito á las amigas.
Mis huesos se ruborizarían dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan
desazonado me dejó tal pensamiento, que á la mañana siguiente encontré
paseando con sus nietos por el Retiro á una venerable señora á quien en
otro tiempo dirigí por escrito una declaración de amor, y me costó
trabajo no acercarme á ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por
el mío, que me devolviese la epístola si es que la conservaba. Por
supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que
andando el tiempo han de ser publicadas, y si algún conocido me escribe
una pidiéndome prestadas cien pesetas adopto el estilo más puro y más
clásico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es
posible enviárselas.
Desde esta fecha me di á imaginar que era menester reimprimir las
presentes semblanzas. Para animarme á ello me he dicho á mí mismo
repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que
se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido
algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este
motivo generoso, levanta la cabeza su compañero eterno, el motivo
egoísta y sórdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas
ganancias, ¿no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo
antes que en el de un editor profano que las desentierre?
He aquí pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo á ofrecer
al cabo de tantos años. Si eres viejo sentirás cierta melancolía
hallándote de nuevo frente á los hombres que amabas ó aborrecías en tu
juventud y á quien siempre escuchabas con interés. Si eres joven
sonreirás desdeñosamente al ver la importancia que entonces concedíamos
á ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques,
sin embargo; lo que ahora sucede, sucederá más tarde y sucederá siempre.
¿Cuántos de los personajes que hoy provocan tu admiración ó tu cólera se
salvarán del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres
por mí zaheridos no tenían más talento que los que ahora figuran en las
letras y en la política, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el
corazón, que eran menos pedantes. En cuanto á los por mí ensalzados,
díme, ¿quiénes son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y
Campoamor?
Este libro viene á ser un camposanto. De los muchos varones que aquí se
estudian y de los otros á quien se alude, sólo tres ó cuatro pertenecen
todavía al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergüenza que semeja
remordimiento me acomete al entregar de nuevo á la publicidad estas
sátiras de oradores y escritores que ya han descendido á la región de
las sombras. Pero todos ellos comprenderán ahora que en mi corazón
juvenil no había ni un grano de odio. Yo no era entonces más que un niño
travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante
de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los héroes,
estoy seguro de que todos me tenderán la mano. Quizá me pidan con afán
noticias del Ateneo y de los héroes actuales de la literatura. Quizá
suspiren como Aquiles murmurando que vale más una noche pasada
discutiendo _lo predominantemente subjetivo_, aunque haya críticos que
se burlen de sus discursos, que cien años trascurridos más allá de la
laguna Estigia.
[Illustration]
[Illustration]
LOS ORADORES DEL ATENEO
PROEMIO
[Illustration: E]L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha
manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no
estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años
anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las
voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular,
salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de
estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en
el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida
por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo
arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por
modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en
público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con
todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo,
se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el
que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los
divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora
empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de
la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro,
de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos
desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de
remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila
nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que
esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos
gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro
adversario.
Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas
de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de
que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto,
vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político.
Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve
plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la
causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón,
busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer
noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible
atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su
actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente
teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á
explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor
intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia
para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de
la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías,
aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas.
Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo
y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema
discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como
puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus
oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan
bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se
recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el
aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo
científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin,
por las hermosas galas de una retórica desenfrenada.
En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los
representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre
el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas
ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la
raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no
hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser
juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido
estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante
ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista
también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las
brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento
recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y
hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con
recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus
respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las
personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de
aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el
ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.
Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien
convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del
carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos
defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo
expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde
sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos
que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con
predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que
agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo.
En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad
corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán
siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.
Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada
para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y
abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos
magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y
nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El
instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su
majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á
la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico.
Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes
algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado
durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer
retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco
tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me
ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del
Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto
de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré,
hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos
artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su
inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del
pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda
aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas
censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que
puedan herir ninguna susceptibilidad.
[Illustration]
[Illustration]
D. MIGUEL SÁNCHEZ
[Illustration: C]IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la
palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una
equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo».
No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de
significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como
generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta
pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases,
como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y
otras tales que trascienden de una legua á púlpito.
Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente
las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva
fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é
indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega
por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines
macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo
demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela
de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica
nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había
poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de
guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han
suministrado.
Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla,
como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas
oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas
del _meteeng_, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo
candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente
polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su
preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la
arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de
aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen
en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del
sarcasmo ó del ultraje.
El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva
apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo;
pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace
bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo
de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo
que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de
batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras
presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una
emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las
doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego
sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un
pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más
aporrea á su adversario.
Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene
bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con
éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de
intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor
de Dios y del prójimo.
Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con
que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro
pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos
del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y
escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á
los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á
aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de
mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera
desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos
tiene sus ojos en la tierra!
La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la
revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no,
la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con
el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y
se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de
propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un
demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento
no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á
gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes
bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado
de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del
pasado con instintos y lenguaje democráticos.
Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva
y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar
en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos
regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza:
estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror;
queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada
más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los
enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se
espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro
se aguarda en pos de un drama un sainete.
De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo,
con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al
Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y
alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un
estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus
del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos
del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con
tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad
con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.
No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas
chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en
tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo
un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza
á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores
católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los
ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo
tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la
crítica contemporánea.
El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador
católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra.
Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien
quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos
mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose
intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos
desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.
Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita
cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los
apóstoles con bigote y rizada cabellera.
Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo
indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los
hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este
sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni
esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas.
Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara
vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le
abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se
le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si
se le demuestra, _distingue_; y cuando los distingos no bastan, replica:
«...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la
historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara
oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón,
cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve,
terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á
tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades,
se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa,
en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se
comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre
Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro
orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos
de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice
afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un
día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola!
En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador
ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no
consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde
luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de
un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto
es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo
practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel
mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre
Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo
que esto pase de cuchufleta.
Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre
Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del
auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en
nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar
un rato divertido.
Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la
oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya
nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes
de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que
se halle de acerbo en nuestra censura.
[Illustration]
[Illustration]
D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST
[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el
recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la
elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.
No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del
aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la
flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y
brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que
entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo;
es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda
cristalina que expira sin estrépito en la playa.
¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de
jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el
estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su
figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á
su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las
miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le
ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que
la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente
bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora,
buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón
como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada
y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un
incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.
Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y
elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces
también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en
absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con
que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las
puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué
deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo
guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su
candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la
lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos
tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno
aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un
tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste
responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su
pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa
contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.
La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que
despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones.
Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella
la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores
del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con
profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables
y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar
las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la
musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho
inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores
como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro
de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del
privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á
los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de
ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de
la paz.
¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan
los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se
mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los
mares: el corazón del hombre!
El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido
la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que
las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban
representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo
desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud
el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al
través de los cristales que el curso de las circunstancias le
interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria
amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra
consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el
cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en
el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la
escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores
que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué
abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías.
Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios
de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo,
que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como
se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de
incrédulos.
Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la
esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero
tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella,
por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las
luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás
países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para
los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.
El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas
aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era
el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia.
Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el
optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del
sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento
de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de
Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga
á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr.
Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y
armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y
filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la
antigua escuela económica imponía á sus afiliados.
Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su
dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen
bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese
orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.
Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su
intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del
poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la
Hacienda!
¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de
las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma
entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué
oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por
qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.
Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere
sorprender algunas veces.
El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo,
nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y
atildado.
Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz
elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de
bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la
oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y
regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del
tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico
juego de la ironía y la sátira.
Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando
graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun
queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia,
con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que
frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de
simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No
comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?
Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más
revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse
incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará
el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso
camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso
consejo.
[Illustration]
[Illustration]
D. CARLOS MARÍA PERIER
[Illustration: S]UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias
auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que
triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos,
venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en
la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis.
Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo
á la semblanza.
La voz llega ya á nuestros oídos.
Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del
mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el
de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita
buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes
sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido,
la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces
puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á
orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con
dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y
todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo.
Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y
forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.
Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos
en una de esas butacas de color de cielo--¡á tal punto es cierto que el
hábito no hace al monje![1].--El Sr. Perier se levanta y da comienzo la
sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará
vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no
piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis
dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente
en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha
traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista
pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña,
la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de
la flauta.
El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y
sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable,
aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica
con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía.
Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema
por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la
propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de
acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma
clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados,
pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos.
Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara
saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las
bajas que causa.
Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que
defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate.
Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el
lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de
nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta
forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é
imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de
orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja
ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que
adoptan otros modos de polémica.
Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver
con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después
bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan
manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios,
como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la
miel de las abejas.
Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en
que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y
las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo.
Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil
olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar
suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo
de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y
graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales
no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica.
Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis
sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de
creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su
oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más
críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de
los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla,
levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una
encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo
hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es
la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En
adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión
figura padecer de reumatismos.
Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de
poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo
que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos
triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano
anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza,
languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un
soplo de la brisa hinche nuestras velas.
Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier
dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de
Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña
partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan
suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella!
Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son
inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las
fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la
cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseerán la tierra!
Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable
haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero
serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y
concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo
que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento
nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr.
Perier jamás ha estallado tempestad alguna!
La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y
animación.
[Illustration]
[Illustration]
D. JUAN VALERA
[Illustration: N]O es tarea tan fácil como á primera vista parece
trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr.
Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su
semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de
espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse
quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen
desempeño de la obra.
Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la
culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de
imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido
la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me
siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre
escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.
Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las
pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven
ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún
el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el
Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara
para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez
se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se
confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y
otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran
pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo
contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso
hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El
prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas
métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su
verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera
como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un
consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia,
ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador
delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que
sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella
atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene
rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo.
Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el
sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan
regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz
que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las
exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con
buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa
plática.
Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado,
no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu
me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado.
Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se
escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.
Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha
dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un
juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el
Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!
El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir
ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la
inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan.
Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la
mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los
aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en
último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento,
que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La
multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes
espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor
popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre
su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás
entenderá esos refinamientos ó _tiquis miquis_ (como él los llamaría)
psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas
las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su _Pepita Jiménez_.
Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella
los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.
Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera,
pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más
que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado
realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la
vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y
espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo
lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene
conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se
macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de
otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de
Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado
horror por ellos, recordando el último capítulo de _Pepita Jiménez_. Y
no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues
á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver,
como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos
pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más
fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos
pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre
Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de
estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando
hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero
¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado
hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más
indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde
el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes!
El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato
íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos
aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente
la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta
sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»
Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las
damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con
ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y
mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal
gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del
siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan,
que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á
quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría
_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y
son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se
me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora
la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al
Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de
Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!
He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera
porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que
excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una
dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el
domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda
el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del
pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer
constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos,
antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo
que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean
más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.
Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores
demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á
las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y
plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo
adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.
Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante
inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que
ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más
verdadera y respetable: la del talento.
En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y
fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos
hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del
Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de
nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por
qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la
Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla
«Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»
Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo
campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer
callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja
del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos
sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.
Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas
para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es
que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina.
Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su
oratoria.
Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos
con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de
proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una
conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le
interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho
quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus
diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de
mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á
salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era
otra, no lo duden ustedes, era la misma.
Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo
siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo
divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira,
pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió
establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro
orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué,
¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los
demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser
éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador
sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo
injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida
sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa
de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y
arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras!
¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues
ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no
sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es
bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el
fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza
de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo
sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el
inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para
no salir más de ella.
Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando
sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo
de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si
el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la
palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.
[Illustration]
[Illustration]
D. JOSÉ MORENO NIETO
[Illustration: L]ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su
seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.
Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha
querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que
después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el
vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos,
vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando
de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños.
¡Silencio! No le despertemos.
Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de
la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio
de los buitres.
Todo consiste en que no es hábil, según dicen.
Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas
suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto,
puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del
sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno
Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos
contraído.
El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y
escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una
asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra,
que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é
indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus
adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus
opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto
haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza,
sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al
cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio.
El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla
con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos
soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á
despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos
inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin
definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores
que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su
oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto
cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y
pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los
triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado
y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia
con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer
derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con
particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras
habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre,
después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que
levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido
empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las
descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse
con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que
por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la
izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada
de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas
que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar
conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio
tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada».
La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas
y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete,
célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó
malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta
de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el
último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.
El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín,
acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos
potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre
inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y
negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave
rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo
que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera.
¡Virgen de las tormentas, qué acometida!
Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando
furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah!
ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo
enturbia los aires.
Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al
diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable
como Aquiles?
Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.
Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría
en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar
traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con
bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.
Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su
frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de
misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así
el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos
vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin
cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más
hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior.
El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del
porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas
del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles
que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á
nuestros ojos con vigorosa elocuencia.
Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las
recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con
más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos
de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que
sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos
gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se
tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho
como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima
ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante,
con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán
por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que
trabajan por abrirnos las puertas del infinito.
Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un
ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse
harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de
peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios
días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que
no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad
que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando
de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos
que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar
las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los
parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos
indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia
podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas
corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de
creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza!
Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene
enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se
irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie
infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace
simpática más que repugnante.
El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera,
inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su
penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi
siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo
conveniente, rebajando un poco su belleza.
Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de
imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y
del mejor gusto.
Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto.
Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de
los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada
pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en
el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la
incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver
reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los
entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado!
[Illustration]
D. MANUEL DE LA. REVILLA
[Illustration: H]E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya
adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar.
Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores
defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.
Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas
metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo
diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su
vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo
cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un
poco, en cierto número de _La Política_, que no recuerdo en qué mes ni
en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir
ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral,
como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza.
Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella
simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado
ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal
entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede
darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los
méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación
contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta
lisonja.
Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más
insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente
escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente.
El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen
al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una
helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en
las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni
el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es
un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas
las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un
creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló
ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono,
como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus
adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y
el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse,
ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más
por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo
científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada
nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos
los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así
como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del
Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su
viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con
increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo
noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el
Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é
incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.
No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una
secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge
para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual
pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no
reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó
sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas
es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada
escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de
estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que
deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que
todos por igual son falsos y mentidos.
Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes
caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para
entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un
filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir
en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más
privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos
insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida,
porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir
con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece
como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van,
pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive
en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas,
y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque
«_sus_ arreos son las armas,
_su_ descanso el pelear»,
esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba
vueltas á su espada.
En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y
lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por
lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo
las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así
que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si
entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla
ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto,
pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose
de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece
plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces
se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los
detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el
pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como
crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano
se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una
naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta
contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr.
Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.
Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los
reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla,
deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó
Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno
Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio;
pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente
la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más
ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus
pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las
transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el
orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le
dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le
presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los
colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la
misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.
Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus
triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe,
hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero
haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre
sus brazos.
Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara,
respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había
oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.
Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil
y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones
que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable
improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el
pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja
con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo,
presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del
aprieto».
No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é
insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á
su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un
poco al pedagogo.
[Illustration]
[Illustration]
D. GABRIEL RODRÍGUEZ
[Illustration: S]ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto
entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se
iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto
una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo
á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto
dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en
atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin
quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de
encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado
cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente
escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al
patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos.
Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión
perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al
retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se
me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro
pavimento.
El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar
muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien,
parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de
mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos,
porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió
hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que
imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín
tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero
cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos
pensamientos.
¡Ay! pensé; _¡anch'io son pictore!_ ¡También yo he dibujado con mano
torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no
vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor,
como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella
un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría!
Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien
convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á
aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez
con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público
no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran
molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son
cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier!
¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo.
Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y
no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen
cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el
punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro
gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de
sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una
persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi
atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre
un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de
Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases
dialogadas que me impresionaron vivamente:
«Ahí está Rodríguez.--¿Rodríguez?--Sí; Rodríguez, el que no ha querido
ser ministro.--Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las
sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede
ser.--Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á
decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes
entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser
mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se
me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y
entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo
uno.--Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...--Métase
usted entre esa balumba de expedientes.--Y luego el descrédito... y la
agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel
más ridículo y desairado que el de un ministro.
Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr.
Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no
dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á
ofrecerle cordialmente su casa.
Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje
aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es,
uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia
democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos
blasones, en campo azul--es mi color predilecto, como ya tuve el honor
de advertir,--virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero
sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre
dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha
merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la
fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más
bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida
privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada,
siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia
por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida
científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que
humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr.
Rodríguez.
La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un
carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este
mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales,
mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie
puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante
los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios
morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas
científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente
como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me
parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos
las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á
todos descarriados, lo juzgo insensato.
He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora
sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado
tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los
altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte
menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó
batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa,
que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo,
contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y
concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!,
sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los
Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en
mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana
nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante
esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á
aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún
capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á
colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro
tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.
Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan
individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante
tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico
dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el
hacerlo.
Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su
palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con
esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del
Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su
espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho;
pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.
Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr.
Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que
el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva
pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy
nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos,
exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su
amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su
conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último
Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor
de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que
lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el
himno de Riego.
No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres
del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el
momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al
son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por
darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que
vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos
mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los
tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es
cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los
gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre
patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de
alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi!
La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni
esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los
períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le
felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados
á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un
período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen,
andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á
luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y
enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y
gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca
desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido
que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la
aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que
señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso
tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda
la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el
partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una
cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de
la cebolla.
[Illustration]
D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS
[Illustration: C]UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi
pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen
que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso
en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe
de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con
preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo
Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le
fué la mano con alguno de mis compatriotas.
¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en
esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se
pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte
que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más
difícil que inflar un perro.
Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que
mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un
motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos
laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga
fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades
del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro
blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los
constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus
ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.
Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento
del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y
tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer
pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el
espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y
un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el
Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un
nefando concubinato.
La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, además, al señor Canalejas del feo
pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha
dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad.
Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre
esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro
presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un
enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo
sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el
señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento
humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo
hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que
tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo
mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición
literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una
salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del
Derecho--incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole--por
pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas
si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar
por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables,
entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país
necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las
necesidades físicas.
He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre
que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo.
Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto
no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es
esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya
usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes
extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la
resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de
este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas
abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática,
á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy
la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.
Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de
la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita
criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No
diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero
me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí
que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne
orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi
aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar
la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.
El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal
modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios,
por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen
con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares
postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo
que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo
escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un
orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.
Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede
considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como
el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el
idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas
bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde
calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que
diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de
los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los
escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es
igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son
una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el
humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia,
fija y da esplendor_.
La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de
su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su
_toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna
vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la
oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos
espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para
la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos
para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas
paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos
interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando
habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con
su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el
movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los
ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no
hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.
En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que
escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los
campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr.
Revilla lo ve de color de cielo.
Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se
entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón
en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á
cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha
de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos
de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por
ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de
aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse
sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los
krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo
más estéticos en su obrar y decir!
Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro
orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la
ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta
sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de
perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía
que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el
Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la
belleza.
[Illustration]
[Illustration]
D. FRANCISCO JAVIER GALVETE
[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado
un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores.
Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse
bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han
venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.
Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los
contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma
nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres,
acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y
arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos
de la casa.
Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo
definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de
quien os voy á hablar.
Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre
en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han
olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de
él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre
de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez
aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias!
¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la
duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos
opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el
atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo
tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal
olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal
homenaje.
Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente
prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada
corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una
inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos
prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades
del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del
árbol de la vida.
De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje
humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno,
impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta
en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y
turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión
extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas
empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría
tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de
llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin
auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan
los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se
repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida
Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto
inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para
hacerle morir traidoramente.
Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos
bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él
mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria,
tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía
en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve
existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa
terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros
placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas
vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al
salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de
presa á la tisis.
Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á
toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus
oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea
realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por
concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta,
pero seguramente.
La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua
agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos
y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda
y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz
el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las
ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce
que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de
fantasmas.
¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios
que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque
si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores
por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de
la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento,
¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso
cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es
fuerte y á la par sensato y honesto.
El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El
vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi
todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se
deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento,
y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del
espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre
no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las
generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que
pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la
tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo
y de la tierra á su dominación.
Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres
religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego
y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por
punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia
contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no
se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia,
pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma.
¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan
triste, tan inquieto!
Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de
Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es
perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la
razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso
sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.
Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de
religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la
moda se le levanta una cruz en este mundo.
Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver
aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus
ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra
menos liberal.
De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia
durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una
oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los
reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin
compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el
oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo
siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la
memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como
en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un
entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin
embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable
cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me
complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca
de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que
en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los
derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del
tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y
acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta
tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad
severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea
sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad;
era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin
efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada
palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años
hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su
misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.
Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha
sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte
el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los
demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que
en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores
tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado
_pasionarias_.
La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que
amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los
antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que
esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La
muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres
razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres
coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos,
pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por
el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen
de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y
desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas
ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí
una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras,
produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con
trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con
todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el
egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su
carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos
los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe
que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera
él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo
que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin
esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién
sabe también si con horror!
He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la
plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo,
después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible,
ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de
nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los
vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso
Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito,
conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos,
atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras
de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que
mueren, sino que hacen dimisión de la vida.
[Illustration]
[Illustration]
D. EMILIO CASTELAR
I
[Illustration: C]ASTELAR y el P. Sánchez!
No es posible negar que nuestra patria es incomprensible y caprichosa en
extremo. Unas veces se dedica á lo sublime, y sumergiendo su mano en lo
profundo, arranca del rizado mar de su poesía una figura como Castelar.
Otras se entrega con pasión á lo cómico, y despide de su seno entre
muecas y contorsiones oradores como el P. Sánchez. Castelar y el P.
Sánchez son el alfa y la omega de mi humilde trabajo. He salvado como
pude el paso que media, según dicen, entre lo ridículo y lo sublime.
Pero abordar el carácter y la fisonomía oratoria del señor Castelar
ofrece un sinnúmero de dificultades. La primera y más principal, en mi
concepto, es la falta de perspectiva. La figura de Castelar, como
orador, diré, empleando una locución técnica, que está tallada en
colosal, y es de todo punto imposible, sin alejarse un tanto, apreciar
con exactitud su valor artístico. Confieso que no puedo darme cuenta
cabal del sitio que ocupa en el horizonte del Arte, y entrego por lo
tanto esta mi semblanza á la enmienda de los futuros. Otra de las más
grandes dificultades que se me ofrecen es el compromiso formal que he
contraído al comenzar mi tarea de eliminar por entero el aspecto
político del orador para ceñirme exclusivamente á su aspecto académico.
¡Oh! si me fuera dado mirar, siquiera fuese con el rabillo del ojo, al
Parlamento, ¡con cuánto grande hombre pondría á mis lectores en
contacto! Les contaría la vida y milagros de aquel insigne orador que al
terminar su discurso se sentó con la mayor dignidad sobre el vaso de
agua. Y los de aquel otro que tratándose de la langosta pidió la palabra
para una alusión personal. Sin olvidarme tampoco de aquel que al llegar
en su discurso cargado de apóstrofes, epifonemas, perífrasis y
concatenaciones á la frase: «pensáis tal vez, hombres ilusos, que
Napoleón...» la repitió tres veces, y murió con Napoleón en la boca,
realizándose en los escaños del Congreso aquel día un Waterloo de risa.
Pero yo no soy cronista del Parlamento, sino del Ateneo, y es fuerza que
guarde en el fondo de mi pupitre las historias que acabo de mencionar y
otras muchas no menos sabrosas y divertidas. De ello me pesa con toda
el alma, porque estos señores académicos tan graves y comedidos que no
son capaces de romper un plato, ni de sentarse sobre un vaso de agua, me
obligan á guardar demasiada ceremonia. Siento que allá, por los
laberintos de mi imaginación, viene, va y torna un espíritu retozón y
travieso que está ganoso de reir á toda costa, y me empuja fuertemente á
ocuparme de otra ralea de oradores menos sabios, menos artistas, pero
más amenos.
También hoy es necesario que dormite en la más enervante postración. Se
trata de Castelar, del más grande de nuestros oradores, y me veo en la
precisión de ponerme el frac y adoptar un continente grave y respetuoso.
Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece á
España, pertenece al mundo, pertenece á la libertad. La tiranía ha
tenido á su servicio grandes filósofos, juristas y hasta poetas. Jamás
ha tenido un grande orador. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, Oconnell y
Castelar son hijos de la libertad. Es que el filósofo, el jurista y
hasta el poeta envían sus cuartillas corregidas á la imprenta, mientras
el orador lanza su alma toda entera, sin tachas ni raspaduras, por la
boca y por los ojos á la muchedumbre. La muchedumbre, que no es capaz de
percibir toda la perfidia que puede esconderse entre los renglones de un
libro, ve con admirable instinto la que se oculta bajo los ojos de un
hombre, y sabe matar con el desprecio al que la engaña.
Castelar, en la ciencia, en el arte y en la vida, representa un
pensamiento amable, pero inverosímil y extraño para nuestra sociedad.
Este amable pensamiento se llama en la ciencia panteísmo, en el arte
realismo y en la vida armonía.
Castelar es un campeón de la causa de la naturaleza. Es panteísta en el
gran sentido de la palabra, en un sentido fundamental. Esto ha hecho
pensar á muchos que el famoso orador es hegeliano. No puedo creerlo. No
es Hegel el que ha hecho panteísta á Castelar, sino que, siendo el
panteísmo inherente y virtual en su modo de ser, ha permitido que la
filosofía hegeliana influyera poderosamente en su espíritu. Pero
Castelar no es el panteísta especulativo que procede con rigurosa
dialéctica para encerrar el pensamiento en un sistema, no; es el poeta,
es el enamorado de las formas vivas que percibe con la claridad de un
iluminado el lazo invisible que existe entre los dos aspectos, bajo los
cuales el universo siempre idéntico y el mismo se ofrece al espíritu y á
los sentidos. La filosofía de Castelar no permanece inmóvil y como
cristalizada en el abstracto recinto de una fórmula matemática ó
dialéctica, es una filosofía que arranca del fondo mismo de su
naturaleza, es una filosofía puramente individual.
Esto significa que nuestro orador no siente la imperiosa necesidad de
dar á la vida soluciones concretas, que es á la postre de todo lo que
hace brotar los sistemas. La vida le parece demasiado rica, demasiado
varia para someterla al imperio de una fórmula inflexible y abstracta.
Sin embargo, busca con ansia la generalización, la síntesis que son
leyes del espíritu, huyendo de un particularismo estrecho y falto de
perspectiva con el que no podría acomodarse jamás su elevado
pensamiento.
Esta filosofía individual no puede menos de engendrar una religión
excesivamente flexible y humana. La inmortalidad se ofrece á su
inteligencia como una trasformación incesante, como un progreso sin fin,
en el cual el espíritu llega á agotar todas las formas de la vida
infinita. Esta religión tiene su catecismo en el gozoso panorama de la
Naturaleza. En todas las páginas de este catecismo se encuentra grabado
el excelso nombre de Dios. Mas el Dios de Castelar no es el Dios
crucificado, no es el Dios transido de dolor, sino el Dios en quien se
expresa todo lo que vive y siente, que incesantemente se trasforma, que
incesantemente se modifica, que muere en la naturaleza para renacer en
el espíritu, y se ofrece, total y absoluto, en una evolución infinita.
El arte es una de las formas que ese Dios afecta al bajar sobre la
tierra, y nuestro orador le rinde un culto apasionado. Si he dicho que
Castelar era realista, entiéndase que no es el realismo efímero de los
tiempos presentes el que le cautiva, sino el realismo que parte de la
célebre fórmula de la lógica hegeliana, toda idea es realidad, toda
realidad es idea. La idea realizándose bajo forma sensible, ése es el
arte, y artista el que siente palpitar la idea bajo la forma.
No obstante, aunque Castelar representa en la esfera del arte la
apoteosis de la forma, no se le puede acusar de haber alentado con su
ejemplo ese cúmulo de producciones frívolas, donde la miseria del fondo
aspira á velarse por los artificios de la forma. El fondo y la forma en
el arte no se distinguen perfectamente como á primera vista parece, sino
que mantienen tan estrecho enlace que es imposible separarlos en la obra
bella. ¿Quién sería capaz de distinguir el fondo y la forma en un cuadro
de Velázquez ó en una melodía de Haydn? Castelar expresa bellamente lo
que acude bello á su pensamiento. ¿Será por ventura responsable de que
algunos se empeñen en expresar de un modo bello lo que acude feo y
desgraciado á su imaginación? Lo que es preciso buscar en el arte, y lo
que nuestro orador alcanza en grado superlativo, es la espontaneidad
individual disciplinada y corregida por la regla, que debe presidir á
toda concepción artística para comunicarle las proporciones
convenientes.
Pero se le censura, á mi juicio, con señalada injusticia por el empleo,
según se dice, abusivo de las formas artísticas. Es opinión demasiado
extendida que Castelar sacrifica la precisión y el rigor, que son los
atributos de la exposición científica, en aras de la fantasía, la cual
quebranta y destruye con sus imágenes el encadenamiento lógico y
necesario con que el entendimiento enlaza, los juicios á los juicios, y
las consecuencias á las consecuencias. Veamos lo que hay de fundado en
esta censura. Indudablemente el empleo de las formas artísticas en el
discurso tiene un límite, y no hay estético que no se apresure á
señalárselo. Pero este límite todos convienen que está determinado, de
un lado por la naturaleza del discurso, y de otro por la naturaleza de
lo bello. La belleza de la expresión contribuye poderosamente á llevar
el convencimiento al ánimo del auditorio; mas según que el discurso se
proponga demostrar lógica y razonadamente una idea ó sólo infundir el
amor á esta idea ó hacerla triunfar en el ánimo del auditorio, así se
habrá de restringir ó extender el uso de la forma artística. Á este
propósito, dice Schiller: «Existen dos clases de conocimientos: un
conocimiento _científico_ que está basado sobre nociones precisas, sobre
principios reconocidos; y un conocimiento _popular_ que no se funda más
que en sentimientos más ó menos desenvueltos. Lo que es ventajoso para
el segundo es con frecuencia contrario al primero». Ahora bien: no
debemos echar en olvido que Castelar es el tribuno, no es el disertante,
es el apóstol de la libertad y la libertad es una verdad _popular_. No
hay duda que fué necesario demostrarla científicamente, pero ésta es la
obra de la filosofía moderna, á partir de Kant. Castelar concibió la
titánica empresa de hacerla amable en este país, cuyo sentido político
hubieran pervertido largos siglos de tiranía y fanatismo. Es el fundador
de la democracia en España, es el propagador de una idea esencialmente
popular y nunca se vió que las ideas populares fuesen difundidas por
maestros y pedagogos, sino por poetas y oradores. El profesor busca en
su discurso un resultado futuro, el desarrollo intelectual de su
discípulo mediante la adquisición de ideas perfectamente deducidas y
probadas. El orador popular aspira á un resultado inmediato y para esto
es indispensable que trabaje sobre la imaginación de sus oyentes,
individualizando, haciendo sensibles las ideas. De aquí nace ese estilo
animado, lleno de vida y colorido con que los escritores y oradores
populares como Castelar difunden sus conceptos, el cual representa una
transacción feliz y armónica entre el entendimiento que busca sobre todo
el encadenamiento, la continuidad, y la imaginación que aspira á tocar y
sentir la realidad y el calor de las ideas. Castelar, por el esfuerzo de
su naturaleza armoniosa y comprensiva, junta y agrega lo que la
abstracción había separado, y en vista de las facultades espirituales y
de las facultades sensibles del hombre, se dirige á él todo entero y lo
atrae por ese encanto irresistible que producen cuando se encuentran
reunidos lo verdadero y lo bello.
En la vida Castelar tampoco representa un fragmento, sino toda la
humanidad. La moderación y la actividad que se observa en su conducta es
un signo de fuerza. Sólo los débiles son obstinados é impacientes.
Contempla la vida con mirada serena y recoge en conjunto todos sus
elementos sin predominio ni monstruosidades, porque es un espíritu
equilibrado. Se ajusta fácilmente al medio y á las condiciones de su
existencia, pero las modifica mediante la influencia de su genio.
Castelar entiende que la vida es un arte y no una fiebre, que la
continuidad moderada de la acción vale mucho más que una agitación
estéril y morbosa. Por eso no opone diques inútiles á la corriente de
las ideas, sino que busca el medio de encauzarla para que le conduzca al
resultado que se propone.
Hay muchos hombres que, aun cuando fabricados de barro como todos los
demás, aspiran á tener la consistencia de los peñascos ó creen cumplir
con su conciencia ofreciéndose inermes al torrente devastador de las
preocupaciones, como aquellos indios que se arrojan voluntariamente
entre las ruedas del carro triunfal de sus ídolos para ser aplastados.
Estos hombres merecen respeto por la pureza de los motivos que los
impulsan. Pero es necesario convenir en que no deben ser hombres de
acción en ninguna causa, porque, lejos de contribuir á su triunfo, lo
retardan considerablemente. Tienen un puesto señalado en las esferas de
la pura teoría, porque son impotentes para discurrir por los laberintos
de la realidad. La vida es una continua transacción entre lo ideal y lo
real, y aquel que no sabe transigir no debe acudir á ella.
Castelar tiene un fin que llenar en nuestra patria y lo persigue con un
celo y al propio tiempo con un sosiego que me traen á la memoria
aquellos hermosos y profundos versos de Goethe: «Como la estrella, sin
prisa, pero sin tregua, que cada uno se mueva dentro de su propia
naturaleza». No puede petrificarse en la defensa obstinada de uno sola
verdad porque pertenece á su obra y su obra es grande y comprende
muchas verdades. No puede retraerse de la lucha porque el retraimiento
enerva y enmohece la inteligencia. Todavía en estos tiempos en que la
vida política arrastra una existencia precaria, cuando se ha hecho un
silencio mortal en todos los locutorios de la opinión, cuando no se
escucha el crujir de una pluma sobre el papel, cuando no se mueve una
hoja en los árboles ni una lengua en la tribuna, sólo el gran orador es
capaz de sostener la contienda, porque él solo habla un lenguaje que no
es el de las parcialidades políticas, un lenguaje que no lastima á nadie
y que á todos seduce.
Una vez preguntaron á Sieyes: «¿Qué habéis hecho durante el Terror?»
«¡Qué es lo que he hecho! He vivido.» Y había hecho bastante. Cuando
rodando los tiempos le pregunten á Castelar: «¿Qué habéis hecho durante
el período del _Silencio_?» «¡Qué es lo que he hecho!--podrá
contestar.--He hablado.» Y aquellos hombres casi no podrán creerlo.
II
Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si
se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia
suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha
dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un
duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y
González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que
su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo
cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una
pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier.
No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás
escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que
he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo
comunicar datos interesantes para tu trabajo.»--Vengan esos
datos--repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi
oído este inverosímil y descabellado relato:
«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te
figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus,
pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación
histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su
generación. Vosotros los humanos...»--Aquí el fantasma se despachó á su
sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica,
que no les habría de complacer gran cosa.
«Castelar--prosiguió el espíritu--es un regalo que el viejo Oriente
envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las
estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo
infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy
quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los
misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta,
postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando
el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su
grito de amor y de esperanza.
»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su
abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos,
haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos
perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de
dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada
para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas
de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró
rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué
abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias
comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación
del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á
empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia
venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del
Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de
libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la
libertad y al arte.
«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los
jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora
también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de
las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz
y no me preocupé más de él.
»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta,
fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su
orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión
del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro.
Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del
cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el
templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo
la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las
entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y
glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon
que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el
recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de
Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á
sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos
senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación.
Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al
presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de
aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de
su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los _padres_.
Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio
tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había
acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de
oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y
entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los
ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se
elevaba al _príncipe del Senado_ Antonio á la categoría de _Eterno_, la
cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas
muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta
pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado,
decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á
dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar
para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de
la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidió la
palabra desde su _subsellium_ y reconocí en él á Castelar. Pronunció una
brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la
defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos
días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que
más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso,
pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían
que su voz llegase muchas veces á mi oído.
»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media.
En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de
Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de
cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito
de las obras de Homero.
»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid.
Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro
con honores de pasillo. «¡Ay--exclamé para mis adentros,--y cómo echarás
de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde
tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»
»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si
viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:
* * * * *
».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes
de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos,
de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que
descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo
siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas
del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol,
la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso
convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo
cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los
aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de
verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y
parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al
cristianismo.»
III
Cuando una idea baja de la _región de las madres_ á tomar carne en un
hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos
los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse
admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos
presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las
pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y
sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador
en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed
cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello,
vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio
tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y
al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción,
estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro
corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre
un orador.
¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega
la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para
sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero
esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada
como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió
contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la
Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras
salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son
las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios
como Perier.
La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el
calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el
profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de
Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.
Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes
poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación
á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que
sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente
que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple
que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.
Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que
en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado
en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y
sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.
Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan
necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del
ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de
imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con
la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.
¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante
una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se
muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón?
¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre
en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas
también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver
los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra
humana.
Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de
Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer
indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela
para servir de plato en sus festines.
¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid?
¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el
P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos
de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?
No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva
que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción.
Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas
sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha
emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política?
Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en
dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de
corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que
alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted
qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la
libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde
del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario
hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera,
símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y
esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos
de un partido ensangrentado y delirante.
El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y
aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el
_simoun_ de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al
_simoun_ el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si
la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á
este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus
pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con
sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el
amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa,
goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no
desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria,
con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.
[Illustration]
LOS NOVELISTAS ESPAÑOLES
[Illustration]
PROEMIO
[Illustration: T]AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo
aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido,
ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á
ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que
existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que
el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y
experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se
escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se
tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero,
lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos
de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento
y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto
saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos,
temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar
hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito
alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro
parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el
más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque
su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan
estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un
estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los
fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir
con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus
cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas.
Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir
semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu
juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este
planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los
agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á
nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos
autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto
irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar
de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir
estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta
ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles
cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño
eterno.
En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están
todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto
de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está
Fulano!»--Contestaré á este gesto y á este cargo.--En primer lugar, es
preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir
semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la
misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó
cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí
mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de
su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no
obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.
Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no
quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo
que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas».
La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo
vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos
rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el
suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos
de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante.
Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es
bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos.
Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más
diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines
de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor
trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación
vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la
tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al
pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los
santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira
cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco,
orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por
millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se
come la mitad del idioma castellano.
Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas
dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los
rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos.
Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las
colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles
crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están
suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las
yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el
cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive
un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un
pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y
duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea,
que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente,
melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que
posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».
Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha
querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera
llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se
ha portado.
La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el
árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras
manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van
desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de
todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos
momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho
uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no
será tan fácil percibirlo.
Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la
inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras
cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No
tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y
la novela española bajo el brazo.
[Illustration]
[Illustration]
FERNÁN-CABALLERO
[Illustration: Y]O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en
los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á
estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo
semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de
Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de
Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la
lectura de _Juan Palomo_. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos
mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y
despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la
mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo
siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul
Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro
parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de
París y Sierra Morena. _Juan Palomo_, _Juan Valjean_, _Juan Lanas_, _La
Dama de las Camelias_, _Los Siete Niños de Écija_, _El Caballero del
Águila_, _Candelas_, _Manolito Caparrota_, y muchos otros de igual jaez,
á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita,
como diría _La Correspondencia_.
Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por
lo mismo en perjuicio de mi humanidad y _humanidades_, porque me tornaba
cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el
más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era
supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el
más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una
imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco
sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos,
y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de
ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me
decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de
novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á
mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los
anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet,
Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía
también de amables personajes esta tertulia.
No cabía duda que _los viernes_ del Sr. Palacio Valdés eran de lo más
ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía
considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los
héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.
Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino
lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á
poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los
momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas,
me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por
hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas,
para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á
todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas
inverosímiles.
Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién
no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi
viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor
persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan
perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el
deber que he contraído de escribir para el público.
Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar
después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde
anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones,
juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no
des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque
después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de
la experiencia.
He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto
que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que
con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus
progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme
servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de
familia y tratar personalmente á la mística _Elia_ y á la sensible
_Lágrimas_. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de
disimulo que no asomara la oreja de _negro_ en la ocasión menos
prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado
de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.
¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría,
tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con
la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es
en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con
ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para
el buen orden y progreso de la literatura.
Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no
dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor
entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.
Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en
primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una
fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en
ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento
batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias
y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal
uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género
literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede
servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para
satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la
novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar
belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra
de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho
constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia
legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado
arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este
punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto.
Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos
de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.
¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que
mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él
combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga,
manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma
que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir,
son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra
filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños
cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo
primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los
licenciosos cromos de hogaño.
Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos
sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores
fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano,
y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual
gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.
Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones
de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos
representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha
introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en
cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de
vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda
necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán
siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de
darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre
comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni
de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores
generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y
después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique
los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque
presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna
reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber
estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la
que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de
sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que
apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez
inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.
¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?
Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en
el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la
estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división
que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden
incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo
escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es
justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de
Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por
el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío
interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza
las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este
siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince
años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda
enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los
padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y
pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los
menesterosos. Es una moral de primera comunión.
Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un
concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la
sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante
trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y
grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las
costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una
virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión
tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido
entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo
del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin
pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo
me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.
No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta
inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de
sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas
novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á
los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar
plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los
arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede
llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi
entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la
moderna literatura romancesca de Francia.
Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por
Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del
tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los
acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace
amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las
novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen
rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda
amarga y deletérea de _Lelia_ no alcanza á disiparla la cándida y
mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso,
siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras
la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto
intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda,
el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno,
pero que toca en los confines de la vulgaridad.
Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una
preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes
de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin
maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia
rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con
vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no
sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más
torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve
con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones
de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un
derroche de moral.
La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no
se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las
más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin
gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más
simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en
brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos
profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad
moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera
arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista.
Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la
emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos
adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el _sit tibi terra
levis_[4], en vez del _requiescat in pace_. De los accidentes más nimios
de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas
partes trata de ir á Roma.
Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay
en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas;
una sensibilidad que algún sacristán llamaría _de rúbrica_. Pero es
intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en
sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos
que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad
todo el negro de su paleta.
Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que
me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que
sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo.
El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se
amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de
ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe
participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se
quebró _Gloria_. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de
nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda
su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos
guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.
La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una
inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la
religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología
simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel
diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la
pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de
firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar
se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se
presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de
las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la
causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas
que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición.
Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del
pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno
vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.
La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La
sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por
sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en
la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo
trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con
frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de
tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han
recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su
realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable
empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece
todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más
corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de
una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los
que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y
disminuye en no poco el interés de la novela.
Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á
repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón
y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la
admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del
sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas
humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el
punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay
lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque _no digan_, sobre
todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré
el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien
diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal
ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de
desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en
manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de
rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las
lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón
más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía.
Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis
condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre
muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los
gladiadores, que muera con gracia.
El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque
padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en
ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los
argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus
bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado
ambiente.
¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la
naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!
[Illustration]
D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN
[Illustration: C]OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos
temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de
dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha
cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á
reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer
ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma
sobre otro de la misma camada.
Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á
ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo
que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los _arremangados brazos_ y
la _soberana pierna_ de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al
pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué
injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un
hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.
Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores
afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su
conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá
Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.
¿Pero qué tiene que ver esto con la política?
¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si
es cantonal ó retrógrado.
Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde
Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la
tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo
nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir
algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.
Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á
dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres
veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que
sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle
unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al
fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme
usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro
no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y
sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre
el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias
novelas de Alarcón, _¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de
Norma_ y algunas otras.
Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se
introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas,
llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro
amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca.
Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones
de ultratumba.
Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo
gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son
frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado
todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas
como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios!
¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo
abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables
(las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con
lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.
Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y
hago merced también del _Diario de un testigo de la guerra de África_,
de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra producción literaria del
autor, para convertir mi atención y mi crítica al _Sombrero de tres
picos_.
Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el _Sombrero de tres picos_ es lo
mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese
de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del
esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del
ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad
exquisita del espíritu engendra producciones como _El escándalo_, yo, á
despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en
campo abierto contra la diligencia.
Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y
entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á
los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente
llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo
su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no
anticipemos los comentarios.
La historia verdadera ó fingida que se narra en el _Sombrero de tres
picos_ era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la
patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro
tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima
esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á
pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien
seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía
acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.
Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como
fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del
que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha
tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).
En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en
filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los
langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que
las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada
ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en
otra más reciente hecha en colaboración en _El Siglo Futuro_. Créame el
Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que
por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ está escrito con una
pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué
nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del
Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro
espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón
haya ningún _escándalo_ y sí muchos _sombreros de tres picos_.
Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores
le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo
una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que
es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la
trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la
escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy
firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil
maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de
recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno
de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita;
¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el
corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas,
cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una
parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su
alguacil _Garduña_, una emboscada á la virtud selvática de la señá
Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de
su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más
feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar
ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por
haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se
presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con
un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de
frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en
busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar
inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la
extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su
molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan
los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío
Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor
tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había
servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su
cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la
grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero
da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la
venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor
es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la
venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido
notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de
éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con
expresión satánica:
¡También la corregidora es guapa!
Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.
En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza,
la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del
pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se
había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino
sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón
resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por
necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen
efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de
hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel
conflicto.
Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido
de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su
casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y
tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin
dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases
felicísimas del narrador.
En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se
escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional,
ingenioso, castizo y picante.
¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!
Veamos _El escándalo_. Antes de empezar su examen, signémonos en la
frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me
confieso..._ El asunto es una confesión, no la _confession d'un enfant
du siècle_, sino la _d'un enfant gatté_. Dura cuatrocientas treinta y
tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me
habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy
fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido
gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no
haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.
Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un
grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un
jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte.
Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven
Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí
mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique,
Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de
su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas
veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también
á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante,
que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo
y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y
enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo
escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á
boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace
caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de
preguntas de mucho efecto.
Pero no entremos en teologías. La trama de _El escándalo_ es una madeja
enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el
mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se
termina.
Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo
suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que
entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es
grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.
Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente
talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son
los personajes de _El escándalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcón
haya podido dar interés á su novela con semejante personal.
Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con
agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con
el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque
así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la
encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para
trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son
las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que
inunda toda la obra.
Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón.
Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención
malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y
torne cuanto antes, á su _antigua manera_ de componer novelas frescas,
animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.
Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí
mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy
alto, _urbi et orbi_, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla
_tanquam tabula rasa_, y que si un día se ha atrevido á escribir una
novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone
por esta vez, que no lo volverá á hacer.
[Illustration]
[Illustration]
D. JUAN VALERA
I
[Illustration: A]TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones
placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de
bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros
indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya
no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni
tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún
callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones
ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras
profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.
Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya
por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el
señor feudal.
Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué
positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero
de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en
mesura.
El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é
inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos
ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser
novelista y psicólogo, y además un poco metafísico.
La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por
Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por
la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].
La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos
modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta
á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes
espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que
hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero.
Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha
convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza.
No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan
sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas
extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.
Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de
arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que
discurso y fruto de la intuición más que del estudio.
El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo
que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente
la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una
enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta
siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al
artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los
misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza
los trillados caminos de la vida real.
La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de _Las ilusiones
del Doctor Faustino_, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo
resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el
espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se
enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se
niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é
inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las
debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa
brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien
presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que
debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes,
Goethe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el _Quijote_, el _Wílhelm
Meister_ y el _Maestro de escuela Wutz_? Sólo un enredo moral. El azar
apenas juega papel en estas producciones reflexivas.
No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la
acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior
que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á
la epopeya.
Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no
pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son
propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan
preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad
abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por
más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de
la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La
digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado
acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco
disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las
goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le
turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún
concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento
generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter
principal ó por otro medio cualquiera.
Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de
perfección, creo verlas otra vez en _Pepita Jiménez_, la obra más
primorosa del señor Valera.
Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van
poderosamente auxiliadas, como las de Goethe, por el estudio. Hay
quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la
cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía.
Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo
de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!
Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á
emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su
equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde
pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad
que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede
pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del
Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar
los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?
Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de
gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo
en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.
Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas
de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede
conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por
sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son
espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son
conservadores. _No tienen de ellos más, si bien se mira_, que la afición
á la holgura y al regalo.
Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero
siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso
que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma
naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que
en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras
del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa
la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no
infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es
libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le
parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible,
pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero
quién va á rogar esto á Pérez Escrich!
Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal,
porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un
novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático.
Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos
hace soñar con los difuntos.
Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos
más en que escoger.
¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á
gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué
dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán
infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar
tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me
figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes
que le injurie.
Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero
son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es
necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr.
Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de
los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento
del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el
bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan
desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero
todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles
digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me
dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y
no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á
ustedes lo que no les importa.
El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes,
Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de
colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.
Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos
el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los
objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen
una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente
poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal
punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo
azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los
excesos del color á la anemia del estilo.
El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de
filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía
y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar.
Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en
la resonante nave de una catedral gótica.
El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía
satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes,
Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el
capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración.
Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el
contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una
libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de
sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.
Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le
falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que
ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y
melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de
sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un
pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán
lágrimas.
No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el
amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y
positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad
perfecta.
No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la
trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal,
todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio
aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las
alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio
los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más
altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.
Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que
como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores
acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan
cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que
Goethe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna
ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su
fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos.
No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres
semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus
alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los
caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común
de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no
piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren
darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que
hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr.
Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué
alumbrará usted tanto y calentará tan poco?
Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el
decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted
escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había
gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el
dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de
que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto.
Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi
novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de
suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?
No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento,
sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.
Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un
orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los
que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien
sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos
tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es
un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en
nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que
no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su
lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos
calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice,
patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir
nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera
seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento,
francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.
II
La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por
lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y
quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero
libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á
convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte
moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le
rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido
imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan
sus manos.
El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de
tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana
aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el
arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no
toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se
revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube
del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo
enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos
arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es
alucinación.
Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los
sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su
molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y
devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué
sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al
cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?
Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.
Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado,
con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista.
Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor
herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía
cuando no está uno prevenido.
A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre
algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo
benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El
romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de
trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales,
conversión de infieles, etc., etc.
Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el
silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un
campesino enamorado.
D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las
órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su
tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el
tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos
que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina
á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones
laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de
confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi
imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace
sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más
clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_,
hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable
despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento
más perfecto del corazón humano.
El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y
le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que
es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de
leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para
convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus
ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más
que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de
teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel,
es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de
Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude,
al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente
discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de
áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la
Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas
como el Salmista, pero utiliza la Biblia t
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