Flor de mayo
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #41746 · 433,574 chars · public domain (US)
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Title: Flor de mayo
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: December 31, 2012 [eBook #41746]
Most recently updated: November 27, 2024
Language: Spanish
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[Illustration: Bookcover]
FLOR DE MAYO
OBRAS DEL AUTOR
CUENTOS VALENCIANOS.
LA CONDENADA (cuentos).
EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).
ARROZ Y TARTANA (novela).
FLOR DE MAYO (novela).
LA BARRACA (novela).
ENTRE NARANJOS (novela).
SÓNNICA LA CORTESANA (novela).
CAÑAS Y BARRO (novela).
LA CATEDRAL (novela).
EL INTRUSO (novela).
LA BODEGA (novela).
LA HORDA (novela).
LA MAJA DESNUDA (novela).
ORIENTE (viajes).
SANGRE Y ARENA (novela).
LOS MUERTOS MANDAN (novela).
LUNA BENAMOR (novelas).
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).
LOS ARGONAUTAS (novela).
=EN PREPARACIÓN=
LA CIUDAD DE LA ESPERANZA (novela).
LA TIERRA DE TODOS (novela).
LOS MURMULLOS DE LA SELVA (novela).
ES PROPIEDAD--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.--Copyright 1914, by Blasco Ibáñez.
V. BLASCO IBÁÑEZ
FLOR DE MAYO
(NOVELA)
[Illustration]
PROMETEO
SOCIEDAD EDITORIAL
Germanías, F S.--VALENCIA
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.
FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.
BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.
CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.
DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.
TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.
A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.
FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.
ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
SCHILFUND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.
DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.
WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.
CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.
HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.
VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.
PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
NALOGUIZA OBNAGNENAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.
LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.
A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.
O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.
L'INTRUS (Traducción de Renée Lafont), París.
A ADEGA (Traducción de E. Sousa Costa), Lisboa-Río Janeiro.
SUR LES ORANGERS (Traducción de G. Menetrier), París.
LES MORTS COMMANDENT (Traducción de Berta Delaunay), París.
SONNICA (Traducción de Frances Douglas), Nueva York.
THE BLOOD OF THE ARENA (Traducción de Frances Douglas), Chicago.
THE SHADOW OF THE CATHEDRAL (Traducción de W. A. Guillespie),
Londres-Nueva York.
BLOOD AND SAND (Traducción de W. A. Guillespie), Londres.
OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 volúmenes con
un retrato del autor (Traducción de Taitiana Herzenstein y otros),
Moscou.
FLOR DE MAYO
I
Al amanecer cesó la lluvia. Los faroles de gas reflejaban sus inquietas
luces en los charcos del adoquinado, rojos como regueros de sangre, y la
accidentada línea de tejados comenzaba á dibujarse sobre el fondo
ceniciento del espacio.
Eran las cinco. Los vigilantes nocturnos descolgaban sus linternas de
las esquinas, y golpeando con fuerza los entumecidos pies se alejaban
después de saludar con perezoso _¡bòn día!_ á las parejas de agentes
encapuchados que aguardaban el relevo de las siete.
Á lo lejos, agrandados por la sonoridad del amanecer, desgarraban el
silencio los silbidos de los primeros trenes que salían de Valencia. En
los campanarios, los esquilones llamaban á la misa del alba, unos con
una voz cascada de vieja, otros con inocente balbuceo de niño, y
repetido de azotea en azotea vibraba el canto del gallo con su
estridente entonación de diana guerrera.
En las calles desiertas y mojadas, despertaban extrañas sonoridades los
pasos de los primeros transeuntes. Por las puertas cerradas escapábase,
al través de las rendijas, la respiración de todo un pueblo en las
últimas delicias de un sueño tranquilo.
Aclarábase el espacio lentamente, como si arriba fuesen rasgándose una
por una las innumerables gasas tendidas ante la luz. Penetraba en las
encrucijadas, hasta en los últimos rincones, una claridad gris y fría,
que sacaba de la sombra los pálidos contornos de la ciudad; y como un
esfumado paisaje de linterna mágica con el foco de luz fija lentamente
en sus perfiles, aparecían las fachadas mojadas por el aguacero, los
tejados brillantes como espejos, los aleros destilando las últimas gotas
y los árboles de los paseos, desnudos y escuetos como escobas,
sacudiendo el invernal ramaje, con el tronco musgoso destilando humedad.
La fábrica del gas lanzaba sus postreros estertores, cansada del trabajo
de toda la noche. Los gasómetros caían con desmayo entre sus férreos
tirantes como estómagos fatigados por la nocturna indigestión, y la
colosal chimenea de ladrillo lanzaba en lo alto sus últimas bocanadas
negras y densas, que se esparcían por el espacio con caprichoso
serpenteo, cual un borrón resbalando sobre una hoja de papel gris.
Junto al puente del Mar, los empleados de consumos paseaban para
librarse de la humedad, escondiendo la nariz en la bufanda; tras los
vidrios del fielato, los escribientes recién llegados mostraban sus
soñolientas cabezas.
Esperaban la entrada de los vendedores, chusma levantisca, educada en el
regateo y agriada por la miseria, que por un céntimo soltaba la
compuerta al caudal inagotable de injurias, y antes de llegar á sus
puestos del mercado sostenía un sinnúmero de riñas con los
representantes de los impuestos.
Ya habían pasado en la penumbra del amanecer los carros de las verduras
y las vacas de leche con su melancólico cencerreo. Sólo faltaban las
pescaderas, el rebaño revuelto, sucio y pingajoso que ensordecía con sus
gritos é impregnaba el ambiente con el olor de pescado podrido y el aura
salitrosa del mar, conservada entre los pliegues de sus zagalejos.
Llegaron cuando ya era de día, y la luz cruda y azulada de una mañana de
invierno recortaba vigorosamente todos los objetos sobre el fondo gris
del espacio.
Oíase, cada vez más próximo, un indolente cascabeleo, y una tras otra
fueron entrando en el puente del Mar cuatro tartanas, arrastradas por
horribles jamelgos, que parecían sostenerse por los tirones de riendas
de los tartaneros, encogidos en sus asientos y con el tapabocas
arrollado hasta los ojos.
Eran negros ataúdes, que saltaban sobre los baches como barcos viejos y
despanzurrados á merced de las olas. El toldo con cuero agrietado y
tremendos rasguños, por donde asomaba el armazón de cañas; pegotes de
pasta roja cubriendo las goteras; el herraje roto y chirriante, atado
con hilos; las ruedas, guardando en sus capas de suciedad el barro del
invierno anterior, y todo el carruaje, de arriba abajo, hecho una criba,
como si acabase de sufrir las descargas de una emboscada.
En la parte anterior lucían, como adorno coquetón, unas cortinillas de
rojo desteñido, y por la abertura trasera mostrábanse revueltas con los
cestos las señoras de la Pescadería, arrebujadas en sus mantones de
cuadros, con el pañuelo apretado á las sienes, apelotonadas unas con
otras, y dejando escapar un vaho nauseabundo de marisma corrompida que
alteraba el estómago.
Así iban adelantando las tartanas en perezosa fila, cabeceando,
inclinadas á un lado, como si hubiesen perdido el equilibrio, hasta que
de pronto, en el primer bache, se acostaban sobre la otra rueda con la
violencia de un enfermo fatigado que muda de posición.
Detuviéronse ante el fielato y fueron descendiendo por sus estribos
zapatos en chancla, medias rotas, mostrando el sucio talón, y faldas
recogidas que dejaban al descubierto los zagalejos amarillos con negros
arabescos.
Alineábanse ante la báscula los cestones de caña, cubiertos con húmedos
trapos, que dejaban entrever el plomo brillante de la sardina, el suave
bermellón de los salmonetes y los largos y sutiles tentáculos de las
langostas, estremecidas por el estertor de la agonía. Al lado de las
cestas, las piezas mayores: los meros de ancha cola, encorvados por la
postrera contracción, con fauces circulares desmesuradamente abiertas,
mostrando la obscura garganta y la lengua redonda y blancuzca como una
bola de billar, y las rayas, anchas y aplastadas, caídas en el suelo
como un trapo de fregar húmedo y viscoso.
La báscula estaba ocupada por unos panaderos de las afueras, guapos
mozos, con las cejas enharinadas, cuadrado mandil y brazos arremangados,
descargando sobre el peso sacos de pan caliente y oloroso que parecía
esparcir una fragancia de vida en el ambiente nauseabundo del pescado. Y
aguardando su turno, las pescaderas charlaban con los empleados y los
papanatas que contemplaban embobados los grandes peces. Otras iban
llegando á pie, con cestas en la cabeza y los brazos, engrosando el
grupo; la línea de banastas extendíase hasta cerca del puente. Los
empleados enfadábanse ante la insolente algarabía de aquellas malas
pécoras que les aturdían todas las mañanas.
Hablábanse á gritos, mezclando entre cada palabra ese inagotable
repertorio de interjecciones que únicamente se adquiere en un muelle de
Levante. Al verse juntas recrudecíanse los sentimientos del día
anterior, la cuestión sostenida al amanecer en la playa; contestábanse
los insultos con soeces ademanes; acompañábanse las palabras con
cadenciosas palmadas en los muslos ó enarbolando las manos con expresión
amenazante; y á lo mejor, estos furores trocábanse en risas, semejantes
al cloquear de todo un gallinero, si á alguna se le ocurría una frase
capaz de hacer mella en sus paladares fuertes.
Enardecíalas la tardanza de los panaderos en dejar libre la báscula;
llovían insultos sobre aquellos mocetones, que no se mordían la lengua;
y en el derroche de indecencias que se cruzaban con acompañamiento de
amigables risas, enviábanse á tocar lo otro y lo de más allá, barajando
con inocente tranquilidad las blasfemias más monstruosas con los
distintivos del sexo.
En este hervidero de risotadas é insultos, la que llamaba la atención
era Dolores la _del Retor_, una buena moza mejor vestida que las otras,
que se apoyaba con cierta negligencia en una pilastra del fielato, con
los brazos atrás, arqueando la robusta pechuga y sonriendo como un ídolo
satisfecho cuando los hombres se fijaban en sus zapatos de amarillo
cuero y el soberbio arranque de las pantorrillas, cubiertas con medias
rojas.
Era una morena cariancha, con el rubio y alborotado pelo como una
aureola en torno de la pequeña frente; ojos verdes que tenían la obscura
transparencia del mar, y en los cuales, en ciertos momentos, reflejábase
la luz, haciendo brillar un círculo de puntos dorados.
Reía como una loca, entreabriendo sus mandíbulas poderosas de muchacha
de sólida osamenta; y los labios carnosos, de un rojo tostado, mostraban
al separarse una dentadura igual, fuerte y tan brillante, que parecía
iluminar la cara con pálida claridad de marfil.
Guardábanla consideraciones como á moza de buenos puños é insolencia
agresiva. Influía además en tal respeto el ser mujer de Pascualo _el
Retor_, un buenazo que la obedecía en todo y no chistaba dentro de casa;
pero que fuera, en el mar, sabía ganarse la vida mejor que otros, y
tenía, según opinión general, un _gato_ enorme de duros oculto en los
pucheros de la cocina; todo ganado, peseta por peseta, en pescas
afortunadas.
Por esto se daba ella sus airecillos de reina entre la turba
desvergonzada, y miserable de la Pescadería, y apretaba los labios con
satisfacción cuando admiraban sus pendientes de perlas, los pañuelos de
Argel ó los refajos de Gibraltar regalados por _el Retor_.
Únicamente tratábase de igual á igual con cierta tía suya, la _agüela
Picores_, una veterana de la Pescadería, enorme, hinchada y bigotuda
como una ballena, que hacía cuarenta años tenía aterrados á los
alguaciles del Mercado con la mirada de sus ojillos insolentes y las
palabrotas de su boca hundida, centro al que convergían como rayos todas
las arrugas de su cara.
--_¡Recristo!_ _¿cuánt acabeu?_--gritó Dolores con los brazos en
jarras, dirigiéndose á los panaderos.
Y éstos, que ya retiraban de la báscula su último saco, contestaban con
soeces bromas á las mujeres que, con las manos cruzadas bajo el
delantal, aumentaban el volumen de sus vientres, presentando un aspecto
grotesco.
Comenzó el peso del pescado; surgieron las riñas de todos los días sobre
á cuál le tocaba ir delante. Amenazábanse sin llegar nunca á las manos;
la _tía Picores_ intervenía con su vozarrón cascado, que disparaba los
insultos como cañonazos; pero Dolores no atendía y dejaba pasar su
turno, mirando fijamente al puente, por encima de cuyas barandas veíase
avanzar el busto de una rezagada con los brazos en jarras, encorvada
bajo el peso de las cestas.
La buena moza reía con expresión diabólica, y cuando aquella mujer
estuvo cerca del fielato, rompió en una carcajada insolente, tocando en
un brazo á la _agüela Picores_.
¡Mírela, tía! ¡Siempre llegaba tarde! ¡Claro! ¡con aquella pachorra!...
Cualquier día iba á caérsele lo que llevaba bajo del delantal.
La mujer palideció, y con ademán de cansancio dejó en el suelo las
pesadas cestas. Miraba á Dolores con expresión de odio, como si á su
vista renaciesen terribles resentimientos, y las dos se midieron de
arriba abajo con ojos iracundos.
Dolores se pasaba una mano por bajo la nariz, aspirando con fuerza, como
si tomara rapé. Podía sentarse. Debía estar cansada y chorreando por la
caminata.
Estos insultos á media voz irritaron á la rezagada... ¿Sentarse?
¿Habráse visto desvergonzada? Ella no podía gastar tartana, pero iba á
pie con remuchísima honra; no era como otras que engañaban al marido,
dándose buena vida.
¿Por quién decía eso?... ¿Por ella?... Y la insolente pescadera, con los
hermosos ojos verdes moteados de oro por la ira, avanzó algunos pasos.
Pero allí estaba la tía para intervenir, agarrándola con sus arrugadas
manazas.
Acababan de pesar sus cestas. Ella no quería líos ni escándalos. ¡Á la
tartana! Que se matasen otro rato. Ahora era tarde, y en la Pescadería
aguardaban los pescadores. ¡Mirad que les estaba bien, siendo cuñadas!
Y empujando á Dolores con el blanducho vientre, la condujo á su tartana,
donde ya estaban las cestas y las otras pescaderas.
La buena moza se dejaba conducir como una niña, pero le temblaban los
labios, y al mover el destartalado carromato, lanzó la última amenaza:
--_Tú, Rosario, ya se vorem_.
¿Verse? Cuando ella quisiera. No tardarían mucho. Y Rosario, mujercita
flaca y nerviosa, temblaba también de ira; sus pobres brazos levantaron
como si fuesen una paja los pesados cestos que tanto la habían abrumado,
arrojándolos con fuerza sobre la báscula.
Comenzaba el día en la ciudad. Pasaban los tranvías repletos de
madrugadores; trotaban por parejas los caballos del relevo, dirigidos
por muchachos que los montaban en pelo, y por ambos lados del camino
desfilaban á la conquista del pan los rebaños de obreros, todavía
adormecidos, camino de las fábricas, con el saquito del almuerzo á la
espalda y la colilla en la boca.
Rasgábase en densos jirones el vapor gris que entoldaba el espacio, y el
sol hacía su aparición triunfal como deslumbrante custodia, casi á ras
del suelo, convirtiendo en oro líquido los charcos de lluvia y
reflejándose en las fachadas de las casas con rojizo fulgor de incendio.
En las calles comenzaba el movimiento. Iban por las aceras con paso
ligero las criadas con sus blancas cestas; los barrenderos amontonaban
el barro de la noche anterior; andaban por el arroyo con lento cencerreo
las vacas de leche; abríanse las puertas de las tiendas, empavesándose
con multicolores muestras, y en su interior sonaba el áspero roce de las
escobas arrojando á la calle nubes de polvo, que adquiría una
transparencia de oro al filtrarse entre los rayos del sol.
Cuando las tartanas llegaron á la Pescadería, acudieron solícitas las
viejas mandaderas á descargar las cestas, ayudando á bajar con servil
respeto á las que su miseria hacía considerar como señoras.
Fueron entrando una tras otra, arrebujadas en su mantón, por las puertas
angostas, obscuras como rastrillos de cárcel: bocas fétidas que
exhalaban el húmedo tufo de la Pescadería.
Ya estaba el mercadillo en movimiento; bajo los toldos de cinc, que
todavía goteaban la lluvia de la noche anterior, vaciaban las vendedoras
sus cestas en las mesas de mármol, alineando los peces sobre un lecho de
verdes espadañas. Las enormes rodajas de los grandes pescados mostraban
su carne sanguinolenta; salía de los toneles el _género_ del día
anterior, conservado entre hielo, con los ojos turbios y las escamas
flácidas, y la sardina amontonábase en democrática confusión junto al
orgulloso salmonete y á la langosta de obscura túnica, que agitaba sus
tentáculos como si diese bendiciones.
Otras vendedoras ocupaban el lado opuesto del mercadillo: mujeres
vestidas de igual modo que las del Cabañal, pero de aspecto más mísero,
de rostro más repulsivo.
Eran las pescaderas de la Albufera; las mujeres de un pueblo extraño y
degradado que vive en la laguna sobre las barcas chatas y negras como
ataúdes, entre espesos cañares, en chozas hundidas en los pantanos, y
que en las fangosas aguas encuentra la subsistencia. Eran las hembras de
la miseria, con el rostro curtido y terroso, los ojos animados por el
extraño fulgor de eternas tercianas y oliendo sus ropas, no al salobre
ambiente del mar, sino al tufo del légamo de las acequias, al barro
infecto de la laguna que al moverse despide la muerte.
Vaciaban sobre las mesas enormes sacos que palpitaban como seres
vivientes, arrojando por sus bocas la rebullente masa de las anguilas
contrayendo sus viscosos y negros anillos, enroscándose por la blancuzca
tripa é irguiendo su puntiaguda cabeza de culebra. Junto á ellas caían
inanimados y blanduchos los pescados de agua dulce: las tencas de
insufrible hedor, con extraños reflejos metálicos, semejantes á los de
esas frutas tropicales de obscuro brillo que encierran el veneno en sus
entrañas.
Entre estas míseras mujeres existían también categorías, y algunas más
infelices sentábanse en el suelo húmedo y resbaladizo, entre las filas
de mesas, ofreciendo largos juncos, en los que estaban ensartadas las
ranas, patiabiertas y con los brazos levantados como bailarinas
desnudas.
La Pescadería entraba en movimiento. Comenzaba la afluencia de los
compradores, y entre las vendedoras cruzábanse señas misteriosas, gritos
de un _caló_ especial que avisaban la llegada de los alguaciles y hacían
desaparecer con rapidez de prestidigitación, bajo los delantales y
zagalejos, las libras cortas de peso.
Con viejas y mohosas navajas iban abriendo el plateado vientre de los
pescados; caían las hediondas entrañas bajo los mostradores, y los
perros vagabundos, después de husmearlas, lanzaban un gruñido de asco,
huyendo hacia los inmediatos pórticos, donde estaban los puestos de los
carniceros.
Las pescaderas, que una hora antes se amontonaban amistosamente en la
misma tartana ó ante la báscula del fielato, mirábanse desde sus mesas
con hostilidad, cruzando provocativas ojeadas cada vez que se
arrebataban un parroquiano.
Una atmósfera de lucha, de ruda competencia, se extendía por el lóbrego
mercadillo, que rezumaba humedad y hedor por todas sus baldosas.
Gritaban las pescaderas con voces desgarradas; golpeaban sus sucias
balanzas por atraer compradores, invitándoles con palabras cariñosas,
con ofrecimientos maternales. Y momentos después, las bocas melosas
convertíanse con el regateo en orificios de retrete, que arrojaban la
inmundicia del lenguaje sobre el rebelde parroquiano, con acompañamiento
de insolentes carcajadas de todas las vendedoras, unidas con instintiva
solidaridad para insultar al comprador.
La _tía Picores_ mostrábase majestuosa en la alta poltrona, con su
blanducha obesidad de ballena vieja, contrayendo el arrugado y velloso
hocico y mudando de postura para sentir mejor la tibia caricia del
braserillo, que hasta muy entrado el verano tenía entre los pies, lujo
necesario para su cuerpo de anfibio, impregnado de humedad hasta los
huesos. Sus manos amoratadas no estaban un momento quietas. Una picazón
eterna parecía martirizar su arrugada epidermis, y los gruesos dedos
hurgaban en los sobacos, se deslizaban bajo el pañuelo, hundiéndose en
la maraña gris, y tan pronto hacía temblar con sus tremendos rascuñones
el enorme vientre que caía sobre las rodillas cual amplio delantal,
como con un impudor asombroso remangábase la complicada faldamenta de
refajos para pellizcarse en las hinchadas pantorrillas.
Tenía de antiguo sus parroquianos, y no se esforzaba gran cosa en atraer
nuevos compradores, pero gozaba diabólicamente cuando torciendo el ceño
podía escupir alguna terrible palabrota á las señoras regañonas que
acompañaban á sus criadas al mercado.
Su vozarrón cascado era siempre el que decía la última palabra en las
disputas de la Pescadería, y todas reían sus chistes horripilantes, las
sentencias de filosofía desvergonzada que pronunciaba con aplomo de
oráculo.
Frente á ella vendía su sobrina Dolores, arremangados los hermosos
brazos, jugueteando con los brillantes y dorados platos de su balanza,
mostrando su deslumbrante dentadura con sonrisa coquetona á todos los
parroquianos, buenos burgueses que hacían la compra por sí mismos y
acudían con el limpio capazo ribeteado de rojo, atraídos por la gracia
de la buena moza.
Separada de la _tía Picores_ por dos mesas, estaba Rosario, ocupada en
arreglar su pescado de modo que el más fresco quedase á la vista. Las
dos cuñadas se miraban frente á frente. Torcían el gesto afectando
desprecio; volvíanse las espaldas, pero sus miradas se buscaban para
cruzarse con expresión iracunda.
Faltaba el pretexto para entablar el diario combate, y pronto lo hubo,
cuando la soberbia moza, con sus sonrisas y repiqueteos de balanza, se
atrajo á un parroquiano que estaba en regateos con Rosario.
¿Podía sufrirse aquello? ¡Miren la mala piel! Á una mujer honrada le
quitaba sus más antiguos parroquianos. ¡Ladrona, más que ladrona!
Y Rosario, la mujercilla enjuta, nerviosa y enfermiza, encrespábase como
un gallo flaco, con las huesudas mejillas lívidas de rabia y los ojos
brillantes de fiebre.
¿Y la otra?... Había que verla haciéndose la reina, sorbiendo viento por
su nariz corta y graciosa... ¿Quién era la ladrona? ¿Ella?... No había
para irritarse tanto, hija mía. Allí todas se conocían; la gente sabía
quién era cada una.
La Pescadería se animaba. Las vendedoras comunicábanse su entusiasmo con
maliciosos guiños, y olvidando la venta avanzaban el busto sobre sus
pescados para ver mejor. Los compradores formaban grupos y sonreían
complacidos por el espectáculo; un alguacil que acababa de entrar en el
mercadillo, escurríase prudentemente como hombre experto, y la _tía
Picores_ miraba á lo alto, como escandalizada por aquella rivalidad que
no tenía término.
--Sí; una ladrona--continuaba Rosario--. Bien público era. Tenía la
manía de quitarle todo lo suyo. Se lo podía probar. En la Pescadería le
robaba los parroquianos, y allá en el Cabañal le robaba otra cosa...
otra cosa; ya lo entendía ella... ¡Como si la gran mala piel no tuviese
bastante con su _Retor_, un _lanudo_ más ciego que un topo, incapaz de
saber dónde tenía la frente!
Pero este vómito de insultos no conseguía desvanecer la calma desdeñosa
de Dolores. Veía cómo apretaban todos los labios para contener la risa
que les causaban las alusiones á ella y á su marido, y por lo mismo se
mostraba serena, no queriendo divertir á la Pescadería.
--_¡Calla, loca!_--decía con acento despreciativo--. _¡Calla,
envechosa!_
Pero Rosario replicaba.
¿Envidiosa ella? ¿Y de quién? ¿De una _tirada_ que tenía la peor fama en
el Cabañal? Muchas gracias; ella era una mujer honrada, incapaz de
quitarle á ninguna su hombre.
Y á continuación la desdeñosa respuesta de Dolores. «¿Qué has de quitar
tú?... ¿Con esa cara de sardina?... Eres demasiado fea para eso, hija
mía.»
Y así seguía el tiroteo de insultos; Rosario, cada vez más lívida,
enarbolando al hablar sus manos crispadas; y la otra, puesta en jarras,
soberbia y sonriente, como si por su fresca boca saliesen lindezas.
Una fiebre belicosa invadía el mercadillo. Habíanse formado grupos en
las puertas, y todas las vendedoras echaban fuera de las mesas sus
bustos de furias desgreñadas, chasqueando las lenguas como si azuzasen
perros, celebrando con carcajadas las cínicas respuestas de Dolores y
golpeando las balanzas con las pesas para acompañar con un metálico
_retintín_ la rociada de insultos.
La buena moza apeló á su supremo argumento de desprecio.
--_¡Mira!_... _¡parla en éste!_
Y volviéndose de espaldas con vigorosa rabotada, dióse un golpe en las
soberbias posaderas, temblando bajo el percal la enorme masa de robusta
carne con la firme elasticidad de los cuerpos duros.
Aquello tuvo un éxito loco. Las pescaderas caían en sus asientos,
sofocadas por la risa; los tripicalleros y atuneros de los puestos
cercanos, formados en grupo, sacaban las manos de los mandiles para
aplaudir, y los buenos burgueses, olvidando su capazo de compras,
admiraban aquellas curvas atrevidas de tan sonora robustez.
Pero su triunfo duró poco. Al volver el sonriente rostro recibió en los
ojos y las narices dos puñados de sardinas que le arrojó Rosario, ciega
de furor... ¿Á ella tal insulto? Que saliera aquel pendón; quería verle
la cara.
Y Dolores se echó fuera de su puesto, remangándose aun más los brazos,
con los ojos moteados por el extraño fulgor de sus puntos de oro.
Allá iba la otra: con la cabeza baja, mascullando las más atroces
palabrotas; temblando de pies á cabeza por la rabia y atropellando á
cuantos intentaron detenerla.
Se agarraron en medio del pasadizo húmedo y pegajoso, entre las dos
filas de mesas.
La mujercita nerviosa y débil chocó con ímpetu contra la buena moza sin
lograr abatirla. Eran el nervio chocando contra el músculo; la ira
azotando á la fuerza, sin causarla la menor emoción.
Dolores esperó á pie firme, acogiendo á su rival con una lluvia de
bofetadas que enrojecieron lívidamente las enjutas mejillas de Rosario;
pero de pronto lanzó un alarido, llevándose ambas manos á una oreja.
Por entre los dedos brotaban hilillos de sangre... ¡Ah, la grandísima
perra! La había desgarrado la oreja tirando de uno de aquellos
pendientes de gruesas perlas que admiraba la Pescadería entera.
¿Era este un modo digno de reñir? ¿No resultaba propio de quien tiene el
alma atravesada? ¡En la galera estaban muchas con menos motivo!
Y la hermosa pescadera lloriqueaba, agarrándose la oreja con graciosa
expresión de niña dolorida.
El choque sólo había durado unos segundos.
Dos manotadas de la _tía Picores_ bastaron para separar á las feroces
combatientes; y mientras la vieja increpaba á Rosario, pálida y asustada
por lo que había hecho, un grupo de pescaderas consolaba á Dolores y la
contenían, pues la gallarda moza, al sentir los agudos pinchazos del
desgarrado lóbulo, intentaba arrojarse de nuevo sobre su enemiga.
Por encima del gentío asomaban los kepis de los municipales, pugnando
por abrirse paso... La vieja dio órdenes. Todas á sus puestos, y
_mutis_. No era cosa de dar gusto á aquellos vagos para que las
fastidiasen con citaciones y juicios. Allí no había pasado nada.
Dolores vió su cabeza cubierta con un pañuelo de seda que le tapaba la
ensangrentada oreja; las pescadoras ocuparon sus mesas con cómica
gravedad, pregonando el pescado á todo pulmón, y los municipales fueron
de puesto en puesto entre la algarabía infernal sin merecer otra
respuesta que airadas palabras.
¿Qué buscaban allí? En otra parte estaba su ocupación. Allí nada había
ocurrido. Siempre acudían donde no les llamaban.
Y tuvieron que salir de la Pescadería con las orejas gachas, perseguidos
por el vozarrón cascado de la _tía Picores_, indignada ante la
oficiosidad de tales mequetrefes y por el irónico retintín de las
balanzas, que parecían darles una cencerrada.
Se restableció la calma. Las pescaderas sólo pensaron en atraer
compradores. Rosario quedó erguida en su asiento, con los brazos
cruzados, la mirada torcida é inmóvil, sin preocuparse de vender, como
una esfinge irritada, marcándose cada vez más en sus mejillas las
huellas violáceas de las bofetadas recibidas, mientras Dolores,
volviéndole la espalda, hacia esfuerzos para contener las lágrimas que
le arrancaba el dolor.
La _tía Picores_ mostrábase preocupada; hablaba en voz alta, como si
sostuviera un diálogo con los yertos pescados que tenía delante... ¿Pero
iban á estar así las grandísimas arrastradas toda su vida? ¿Siempre
mátame ó te mataré?... Y todo por cuestión de hombres... ¡Animales! Como
si no los hubiera de sobra en este mundo. Ella debía evitarlo; vaya si
lo evitaría. Y si se resistían, las emprendería á bofetadas, pues le
sobraban agallas para ello.
A las once se zampó el almuerzo que le trajo la mandadera: un rollo de
pan moreno con dos chuletas chorreantes, que despachó en unos cuantos
bocados, y después, limpiándose con el mugriento delantal la profunda
estrella de arrugas, relucientes de grasa, fué á plantarse ante la mesa
de su sobrina, sermoneándola agriamente.
_Aquello_ se había de arreglar. No le gustaba que la familia fuese en
lenguas, dando que reír á toda la Pescadería. ¡Se había de arreglar!
¿Entiendes? Ella tenía empeño, y cuando ella se empeñaba en algo, se
hacía por encima de la cabeza de Dios, aunque tuviera que ir á bofetadas
con medio mundo. ¡Bonita era cuando se enfadaba! Lo de antes no valía
nada comparado con lo que ocurriría si ella se echaba el alma atrás.
--No, no--gimoteaba Dolores, cerrando los puños y moviendo la cabeza con
enérgica negativa.
¿Cómo que no?... Pues aunque su sobrina no quisiera, había de acabar una
enemistad tan escandalosa. Eran cuñadas, y lo que había ocurrido no
resultaba irremediable... ¿Que le había desgarrado la oreja? Anda, hija
mía, que buenas bofetadas la había largado ella antes. Váyase lo uno por
lo otro, y haya paz. Lo dicho; mucho _mutis_ y á obedecer á la tía.
Y de allí pasó á la mesa de Rosario, á la que habló aun más fuerte. Era
una fiera de mala baba, sí señor; una perra rabiosa. Y que no le
replicara ni la mirase con tanta cólera, porque le tiraría una libra á
la cabeza. Ya era sabido cómo las gastaba ella, y además, para haber
sido amiga de su madre, la tenía muy poco respeto. _Aquello_ había de
acabar. Lo decía ella, y basta. Allí estaba la pobre Dolores llorando de
dolor. ¿Era aquella manera de reñir? ¿Le parecía decente estirar así las
orejas? Eso era propio de un mal bicho. Para reñir se procedía con más
nobleza; pegar fuerte y donde no salta sangre. Allí estaba ella, que
había ido á la greña con todas las de su época. La que más podía le
remangaba los zagalejos á la otra, y allí... en lo blando, zurra que te
zurra, para que tuviera que sentarse de lado durante una semana; y
después, tan amigas, á jurar la paz en la chocolatería. Así procedían
las personas decentes, y así sería ahora, porque ella lo decía... ¿Que
no? ¿Que Dolores le quitaba el marido?... ¡Cordones con el marido! No
parecía sino que su sobrina era la que iba á buscarle.
Los hombres son los que buscan; y si ella quería tener seguro el suyo,
que no fuese boba y se pusiera bien las enaguas en su casa. Cuando se
quiere guardar un hombre hay que tener muchas agallas, ¡recordones! y
sobre todo arreglarlo de tal modo que antes que salga de casa no le
queden ganas de buscar nada en la del vecino. ¡Ay qué chicas las de
ahora! ¡Y qué poco saben! En la piel de Rosario debía estar ella, y ya
vería si su hombre cumplía la obligación... Nada; lo dicho. La cosa se
arreglaría. Ella y la otra tenían que obedecerla y respetarla, ó de lo
contrario...
Y mezclando amenazas con rudas expresiones de cariño, la _tía Picores_
volvió á su puesto á continuar la venta.
Aquél día terminó pronto. La gente deseaba pescado, y á mediodía
comenzaron á vaciarse las mesas. La pesca sobrante fue metida en toneles
entre capas de nieve y trapos mojados, y comenzaron los tartaneros á
recoger cuévanos y banastas, apilándolos en las traseras de sus
desvencijados carromatos.
La _tía Picores_ se arreglaba el mantón de cuadros en medio de la
Pescadería, rodeada de algunas amigachas de su época, fieles compañeras
que le ayudaban á pagar á escote al tartanero.
Había que arreglar lo de las chicas. Y cuando estuvieron ya en la
tartana todas las cestas, fué á las mesas de las dos rivales, sacándolas
á pellizcos y á empujones.
Dolores y Rosario, vencidas por la tenacidad terrible de la vieja,
estaban una junto á otra con la cabeza baja, como avergonzadas y
pesarosas por el contacto, pero sin atreverse á chistar.
--_Espéramos_ _en la chocolatería_--ordenó la vieja al tartanero.
Y el respetable grupo de mantones á cuadros y faldas de insufrible tufo
salió de la Pescadería, conmoviendo las losas con su rudo chancleteo.
Iban una tras otra á la desfilada por la plaza del Mercado, donde se
estaban realizando las últimas ventas. La _tía Picores_ al frente,
abriendo paso á empujones; detrás sus viejas amigas, de hocico arrugado
y ojos amarillentos; Rosario, que como había venido á pie iba cargada
con sus cestas vacías, y Dolores, que á pesar de su dolorida oreja
sonreía por costumbre al oir los chicoleos que provocaba su rostro
moreno asomando bajo el pañuelo de pita.
Tomaron posesión de la chocolatería, como antiguas parroquianas, dejando
sobre las mesitas de mármol las cestas de Rosario, que apestaban,
mezclando su olor de podredumbre con el perfume de chocolate barato que
salía de la cocina inmediata.
La _tía Picores_ bufaba de satisfacción al verse en la fresca sala que
constituía su mayor lujo, contemplando todos los detalles, que le eran
tan conocidos: el zócalo de pintarrajeada esterilla; las paredes de
blancos azulejos; la mampara de cristales helados con cortinillas rojas;
en la puerta las heladoras, inmóviles, con la panza enfundada en corcho
y puntiaguda caperuza de metal; más adentro el mostrador, con sus dos
urnas de cristal para los bizcochos y los azucarillos, y tras él la
dueña dormitando, moviendo perezosamente la caña con su cabellera de
rizados papeles para espantar el enjambre de moscas.
¿Qué iban á tomar? ¡Lo de siempre!... eso no se pregunta. Jícara de á
onza por barba y vaso de refresco.
Con este eran cuatro chocolates los que había engullido la _tía Picores_
en la mañana; pero su estómago y el de sus amigas estaban á prueba del
Caracas falsificado, que sorbían con sibarítico placer. ¿Había cosa
mejor en el mundo? Aquello alargaba la vida. Y las arrugadas narices de
las viejas contraíanse con expresión ansiosa, aspirando el humillo
azulado que exhalaban las blancas jícaras.
Salían los pedazos de ensaimada chorreando obscura pasta para sumirse en
las bocas desdentadas, mientras que las dos jóvenes apenas si comían,
permaneciendo con la cabeza baja para no cruzar sus miradas.
Pero como ya la jícara de la _tía Picores_ estaba casi vacía, intervino
su vozarrón en el penoso silencio.
¡Pero qué tontas eran! ¿Aun les duraba el disgusto? Había que reconocer
que las pescaderas de ahora eran muy diferentes á las de antes. ¡Qué
morros se ponían! ¡Qué rencores se guardaban! ¡Ni que fuesen señoritas!
Antes la gente tenía mejor corazón. Y si no, vamos á ver: ¿no se había
tirado ella del moño con todas las de su edad que estaban presentes?
(Aquí un movimiento afirmativo de las seis amigas de la vieja loba.) De
seguro que si se arremangasen los zagalejos, aun encontrarían tal vez
más abajo de la espalda la señal de algún taconazo traidor; y sin
embargo, tan amigas, tan dispuestas á hacerse un favor, á remediarse en
una desgracia. Y así debe ser la gente, ¡recordones! Todas tenemos un
pronto, pero después que nos pasa se olvida, como hacen las gentes de
buen corazón. Las rabietas se dejan á la puerta de la chocolatería, y
aquí dentro buenas amigas. Lo que decía su madre y se ha dicho siempre
en la Pescadería. Los pesares no han de pasar de la garganta.
_Pesar, d' así no has de pasar._ _Chocolate, bollet y gòt de quinset._
Y aunque el vaso no fuera de _quinset_, por no ser aún época de helados,
todas las viejas, aprobando la filosofía de su compañera, se sorbieron
los vasos de tisana dulce, expresando algunas su satisfacción con
ruidosos eructos.
Pero la _tía Picores_ iba indignándose ante la silenciosa reserva de las
dos rivales. ¡Qué! ¿Iban á estarse así toda la vida? ¿Es que sus
palabras no valían nada? Á ver: Rosario, que era la más culpable.
Y la mujercita, siempre con la cabeza baja, tirando de los flecos de su
mantón, masculló algo confusamente sobre su marido, y al fin dijo con
lentitud:
Yo... _si esta me promet_... _ferli mala cara_...
Dolores saltó inmediatamente, irguiendo su soberbia cabeza.
¡Hacer mala cara! ¿Era ella acaso algún coco, algún _butòni_ para
asustar á las personas? Además, Tonet, el dichoso marido de la otra, era
hermano de su hombre, y á un cuñado no se le puede cerrar la puerta ni
recibirlo con cara de vinagre. Pero al fin... ella era buena; ella no
tenía ganas de ruidos; ella quería vivir en santa paz y no le gustaba
tampoco que la llevaran en lenguas. Todo eran líos, mentiras de la gente
que no sabe cómo _enguerrar_ á los buenos matrimonios. ¡Que ella había
sido novia de Tonet antes de casarse con su hermano!... ¿y qué? ¿Era la
primera vez que ocurría esto? ¿Y qué otro motivo había para que la
_armasen_ tales calumnias?... Lo volvía á repetir: quería paz y
tranquilidad. Hacer mala cara, eso no; pero prometía que si alguna
confianza se tomaba con Tonet, como á cuñado que era, no volvería á
repetirla para que las malas lenguas no tuviesen donde agarrarse.
La _tía Picores_ estaba radiante. Así le gustaban á ella las personas.
Buen corazón ante todo. ¡Qué! ¿estaba contenta Rosario? ¿No era
bastante? Ahora un abrazo y todo se acabó.
Y de mala gana, casi empujadas por las viejas, las dos cuñadas se
abrazaron sin levantarse de las sillas.
La tía, satisfecha de su triunfo, hablaba por los codos. Era una locura
que las mujeres riñesen por un hombre. Lo que ella decía. ¿No había de
sobra hombres en el mundo? Eso es lo que querían los muy granujas; que
riñesen por ellos, para crecerse y hacer su santa voluntad.
La mujer debía tener _agallas_, sí señor; muchas _agallas_. Ser como
ella, que cuando su difunto le hacía una, sabía traerlo al orden, y
hasta si era preciso, obligarle á que le pidiese perdón.
Además, buenos eran ellos para tenerles celos. ¿Para qué mayor infierno?
¿Sabía una siempre dónde pasaba las horas el marido al salir de casa?
No; por lo mismo era una tontería enrabietarse por sus pilladas y no
darse buena vida. Cuanto más fiera es una, más la quieren. Lo que hacía
ella con el difunto cuando sospechaba algo. ¡Fuera de la cama; y donde
has pasado el verano pasa el invierno! Siempre la cara de perro; nada de
mimos ni _cucamonas_; así la respetan á una.
Dolores, seria y estirada, contraía los labios como si contuviera la
risa que le escarabajeaba en el paladar.
Rosario protestaba. No; ella no estaba conforme con la _tía Picores_.
Vivía honradamente con su marido y tenía derecho á que Tonet la imitara.
No le gustaban líos ni enredos.
La vieja la interrumpió. Todo aquello eran músicas, _hipocresías_ que la
daban asco. Había que tomar á los hombres tal como eran. ¿Verdad,
chicas?...
Y todas las amigachas afirmaban moviendo sus cabezas de indio viejo.
La _tía Picores_ continuó. Todos los hombres eran unos bestias, que
cuanto más mal los trata una, mejor la siguen como perros. Además, la
que quisiera tener seguro á su hombre, que lo atase á una pata de la
cama con las cintas de las enaguas... Y no decía más.
El tartanero había asomado su cabeza varias veces. Esperaba impaciente y
manifestaba su prisa con un gran acompañamiento de interjecciones contra
aquellas viejas que tomaban su tartana como una carroza propia.
--_¡Aguárdat, cara de palleta!_--gritó la ronca vieja--. _¿Qué no te
paguem?_...
Y al ver que sus amigachas rebuscaban en sus bolsas, extendió su brazo
majestuosamente. Allí no pagaba nadie, ¡recordones! La fiesta era cosa
suya. Había que celebrar la reconciliación de las chicas.
Poniéndose en pie, se arremangó falda y zagalejo, buscando sobre las
enaguas una gran bolsa ceñida á la cintura, de la que fue sacando unas
tijeras de destripar pescado cubiertas de escamas, una navaja mohosa, y
por fin un puñado de calderilla, que arrojó sobre la mesa.
Algunos minutos pasó contando y recontando las piezas pegajosas,
saturadas de olor de marisco, y por fin dejó el montoncito sobre el
mármol, saliendo de la chocolatería cuando ya todas las amigachas se
habían encaramado en la vieja tartana.
Rosario, con sus cestas vacías, estaba en la acera, frente á Dolores,
mirándose las dos y sin saber qué decirse.
La _tía Picores_ la invitó á subir en la tartana. Se apretarían un poco
y la llevarían hasta casa.... ¿Que no? Bueno, pues ya sabía lo dicho:
mucha paz y tranquilidad.
--_Adiós_, _Rosario_--dijo Dolores sonriendo graciosamente--. _Ya saps
que som amigues_.
Y saludándola con amistoso ademán, subió seguida de su tía, inclinándose
quejumbrosamente la tartana bajo el peso de las dos soberbias moles.
Se alejó el carromato con suspiros de desvencijamiento y chirridos de
hierro viejo, y la mujercita, con sus cestas al brazo, quedó inmóvil en
la acera, como si despertase asombrada, no creyendo en la realidad de
una reconciliación con su rival.
II
Habían pasado muchos años, y sin embargo, unos por referencia y otros
como testigos presenciales, todos se acordaban en el Cabañal de lo
ocurrido un martes de Cuaresma.
El día fué de los más hermosos. El mar estaba tranquilo, terso como un
espejo, sin la más ligera ondulación, reflejando el inquieto triángulo
de oro que formaba el sol sobre las muertas aguas.
Vendíase el pescado como una bendición de Dios. La demanda era mucha en
el mercado de Valencia, y las barcas arrastraban sus redes frente al
cabo de San Antonio sin la menor inquietud, fiadas en la calma y
deseando sus patrones llenar las cestas cuanto antes para regresar al
Cabañal, en cuya playa esperaban impacientes las pescaderas.
Á mediodía cambió el tiempo. Sopló el viento de Levante, tan terrible en
el golfo de Valencia; el mar se rizó levemente; avanzó el huracán,
arrugando la tersa superficie, que tomaba un color lívido, y un montón
de nubes corriéronse desde el horizonte, cubriendo al sol.
En la playa fué grande la alarma. Aquel viento anunciaba para las
pobres gentes, duchas en las desgracias del mar, una tempestad de las
que dejan rastro en los hogares de los pescadores.
Alborotábanse las pobres mujeres, y con las faldas azotadas por el
viento corrían por la playa sin saber dónde ir, dando espantosos
alaridos y encomendándose á todos los santos de su devoción, mientras
que los hombres, pálidos, ceñudos, chupando sus cigarrillos y poniéndose
al abrigo de las barcas varadas en la arena, examinaban el horizonte,
cada vez más obscuro, con la mirada concentrada y poderosa de las gentes
del mar, y se fijaban con inquietud en la entrada del puerto, en la
avanzada escollera de Levante, rojos pedruscos sobre los cuales
comenzaban á romperse las primeras moles de agua, cubriéndolos de
hirvientes espumarajos.
La suerte de tantos padres á quienes la tempestad habría sorprendido
ganándose el pan, hacía temblar á la gente de la playa; y á cada mugido
del viento, todos, bamboleándose sobre la arena, pensaban en los
robustos mástiles, en las triangulares velas que tal vez en el mismo
momento se hacían trizas.
Á media tarde en el horizonte, cada vez más obscuro, comenzó a marcarse
una línea de velas, como inquietos copos de espuma, que tan pronto se
remontaban como desaparecían.
Llegaban como rebaño asustado y en dispersión, dando tumbos sobre las
lívidas olas, perseguidas siempre por el mugido feroz, que parecía
divertirse arrancándolas en cada papirotazo una vela, un trozo de
mástil ó el timón, hasta que levantando una montaña de agua verdosa,
cogía de través á la desmantelada barca y se la sorbía.
La última y más terrible lucha fué á la entrada del puerto. En las
barcas que consiguieron entrar, los tripulantes, mojados de pies á
cabeza, recibían los abrazos de sus familias con ojos de idiota, como
resucitados que se asombran al verse de pronto en plena vida. Aquella
noche dejó memoria en el Cabañal.
Grupos de mujeres desmelenadas, frenéticas de dolor, roncas de gritar
sus aclamaciones al cielo, corrían por el muelle de Levante, expuestas á
ser devoradas por las olas que escalaban los peñascos, mojadas por el
polvo de amarga agua que escupía la furiosa marea, y miraban ansiosas el
horizonte, como si en la sombra pudieran distinguir la lenta y horrible
agonía de las últimas barcas.
Faltaban muchas á llegar. ¿Dónde estarían? ¡Ay Dios!... ¡qué felices
eran las mujeres que estaban en el puerto abrazando á sus maridos é
hijos, mientras los otros, más infortunados, corrían dentro de un ataúd
al través de la noche, saltando de ola en ola, rodando á lo más hondo de
hirvientes simas, sintiendo bajo los pies el crujir de las quebrantadas
tablas y sobre la cabeza la lívida montaña de agua próxima á
desplomarse!
Llovió durante toda la noche, y muchas mujeres esperaron el amanecer en
el muelle, combatido por el oleaje, envueltas en el calado mantón, en
cuclillas sobre el barro negruzco del carbón de piedra, rezando á gritos
para ser oídas mejor por los sordos de arriba, é interrumpiendo algunas
veces su oración para tirarse de los revueltos pelos, lanzando á lo
alto, en un arranque de odio y resentimiento, las terribles blasfemias
de la Pescadería.
¡Hermoso amanecer! El sol asomó su hipócrita cara tras la tranquila
línea del mar, matizada á trechos por las espumas de la noche anterior;
extendió sobre las aguas su ancha faja de reflejos dorados é inquietos,
embelleciéndolo todo; allí no había pasado nada; y lo primero que
doraron sus rayos en la playa de Nazaret, fué el casco destrozado de un
bergantín noruego encallado la noche anterior, hundido en la arena,
mostrando á flor de agua sus costados despanzurrados, hechos astillas, y
los palos rotos tremolando todavía jirones de velas.
Su cargamento era madera del Norte; y mansamente empujados por los
suaves estremecimientos del mar, iban hacia la playa las enormes vigas,
los aserrados tablones que, pescados por el revuelto enjambre de puntos
negros que pululaba en la playa, desaparecían como tragados por la
arena.
Bien trabajaban aquellas hormigas. Para ellas era la tempestad. Y por
los caminos de la huerta de Ruzafa deslizábanse arrastradas las hermosas
maderas del Norte, que habían de convertirse en techumbres de nuevas
barracas.
Los piratas de la playa arreaban alegremente sus caballerías como
legítimos poseedores del botín, sin pensar que tal vez estaba salpicado
con la sangre de los infelices extranjeros que dejaban á sus espaldas
tendidos sobre la arena.
En la playa, los carabineros y la muchedumbre inactiva formaban corros
más curiosos que aterrados en torno de unos cuantos cadáveres tendidos
entre el agua y la arena, hermosos mocetones rubios y fornidos,
mostrando por entre los jirones de sus ropas la carne dura, de blancura
femenil, mientras sus ojos azules, turbios é inmóviles, miraban al cielo
con misteriosa expresión.
El naufragio del bergantín noruego fué lo más notable de la tempestad.
Los periódicos hablaron de la catástrofe. Acudió la gente de Valencia
como en romería para ver de lejos el buque náufrago hundido hasta la
borda en la movediza arena, y todos olvidaron las barcas pescadoras,
acogiendo con gestos de extrañeza las lamentaciones de aquellas mujeres
que no veían volver á los suyos.
La desgracia no era tan grande como en un principio se creyó. Al
serenarse el mar fueron volviendo al puerto muchas barcas, á las que se
tenía por perdidas.
Habíanse refugiado huyendo de la tempestad en Denia, en Gandía ó en
Cullera, y cada una de ellas, al llegar al puerto, provocaba alaridos de
alegría, exclamaciones de gozo, votos de gracias á todos los santos
encargados de cuidar los hombres que se ganan en el mar la
subsistencia.
Una sóla no volvió: la barca del tío Pascualo, un vividor de los más
tenaces que se conocían en el Cabañal, siempre rabiando por conquistar
la peseta, pescador en invierno y contrabandista en verano, gran
marinero y constante visitador de las playas de Argel y Orán, á las que
llamaba con familiaridad la _còsta d'afòra_, como si se tratase de la
acera de enfrente.
Su mujer, Tona, pasó más de una semana esperándole en el puerto, siempre
con un arrapiezo al pecho y otro más talludo y gordinflón agarrado a sus
faldas. Esperaba á su Pascual, y á cada nuevo informe que la daban,
prorrumpía en lamentaciones y se mesaba los pelos, llamando á gritos á
María Santísima.
Los pescadores no se expresaban con claridad, pero al hablarla ponían el
gesto fosco. Habían visto la barca corriendo el temporal frente al cabo
de San Antonio; le faltaban las velas; no pudo ganar tierra, y hasta
alguno creía haberla visto al pie de una ola enorme, hinchada, verdosa,
que la cogió de lado, no pudiendo asegurar si reapareció ó fué engullida
por el agua.
Y la infeliz mujer, siempre esperando en el puerto con sus dos hijos,
tan pronto desesperada como animándose con extraña esperanza, hasta que
por fin, á los doce días, una escampavía que costeaba persiguiendo el
contrabando, condujo á la playa la barca del tío Pascualo con la quilla
al aire, negra, lustrosa con la viscosidad del mar, flotando
lúgu-bremente como gigantesco ataúd y rodeada de un enjambre de
extraños peces, pequeños monstruos que parecían atraídos por un cebo que
husmeaban á través de las quebrantadas tablas.
Sacaron la barca á la orilla. El mástil estaba roto á ras de la
cubierta, la cala llena de agua; y cuando los pescadores pudieron bajar
á ella para acabar de vaciarla á fuerza de cubos, sus pies hundidos
entre las cuerdas y cestones que aun estaban allí revueltos, tropezaron
con algo blando y viscoso que les hizo gritar con instintivo horror. Era
un muerto. Y hundiendo sus brazos en el agua que quedaba en el fondo de
la bodega, sacaron un cuerpo hinchado, verdoso, con el vientre enorme
próximo á estallar, la cabeza destrozada como repugnante masa, y en todo
el cuerpo mordeduras de voraces pececillos que, no soltando su presa,
erizábanse sobre el cadáver, comunicándole espeluznantes
estremecimientos.
Era el tío Pascualo; pero tan horrible, que la viuda prorrumpió en
lamentos, sin atreverse á tocar la masa repugnante. Algún golpe de mar
le había arrojado al fondo de la cala antes que la barca se perdiese, y
allí se quedó con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón
de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de
economías amasadas ochavo sobre ochavo.
Las comadres del Cabañal prorrumpían en lamentos al ver cómo dejaba el
mar á los hombres que tenían el valor de explotarlo, y con sus alaridos
de plañidera acompañaron al cementerio la caja que contenía el cadáver
roído y aplastado.
Durante una semana se habló mucho del tío Pascualo; después la gente
sólo se acordó de él al ver á su viuda, siempre suspirando, con un
arrapiezo de la mano y otro al pecho.
Algo más que la pérdida del marido lloraba la pobre Tona. Veía acercarse
la miseria; pero no una miseria tolerable, sino la que espanta á la
misma pobreza acostumbrada á privaciones; la carencia de hogar, la
necesidad de tender la mano en las calles para conseguir el ochavo ó el
mohoso mendrugo.
Cuando aun estaba reciente su desgracia encontró protección; y las
limosnas, las suscripciones entre el vecindario, pudieron sostenerla
durante tres ó cuatro meses; pero la gente es olvidadiza. Tona ya no fué
la viuda del náufrago, sino una pobre más que importunaba á todos con
lamentaciones pedigüeñas, y al fin vió cerrarse muchas puertas y
volverse con desvío caras amigas que siempre habían tenido para ella
cariñosas sonrisas.
Pero no era mujer para amilanarse ante el desvío general. ¡Ea! ya había
llorado bastante. Llegaba el momento de ganarse la vida como una buena
madre que tiene magníficos puños y dos bocas que la piden pan.
No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su
marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces
inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con
los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de
mosquitos.
Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria.
La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.
Un primo hermano del difunto Pascual, el tío Mariano, solterón que iba
para rico y parecía tener algún cariño á los dos sobrinos, fue, a pesar
de su avaricia, el que ayudó á la viuda en los primeros gastos.
Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta
con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos
tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué sustituida
por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el
lóbrego tabuco; á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse
dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para
los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el
cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media
docena de taburetes de esparto.
La fúnebre barca convirtióse en cafetín de la playa, cerca de la casa
donde están los toros para el arrastre de las embarcaciones, en el punto
en que se descarga el pescado y es mayor la afluencia de gente.
Las comadres del Cabañal estaban asombradas. Tona era el mismo demonio.
¡Miren qué bien sabía ganarse la vida! Toneles y botellas se vaciaban
que era una bendición de Dios; los pescadores sorbían allí sus copas sin
necesidad de atravesar toda la playa para ir á las tabernas del Cabañal,
y bajo el tinglado, en las cojas mesillas, echaban sus partidas de
_truque y flor_, esperando la hora de hacerse à la mar y amenizando el
juego con sendos tragos de caña que Tona recibía directamente de la
misma Cuba, según su formal juramento.
La barca en seco navegaba viento en popa. Cuando saltando de ola en ola
arrastraba las redes, jamás había producido tanto al tío Pascual como
ahora, que vieja y con el costillaje quebrantado, la explotaba la viuda.
Pruebas eran de esto las sucesivas transformaciones que iba
experimentando la original instalación. Los agujeros de los dos
camarotes cubríanse con vistosas cortinas de sarga; y cuando éstas se
levantaban, veíanse colchones nuevos y almohadas de blanca funda; sobre
el mostrador brillaba como un bloque de oro la reluciente cafetera; la
barca, pintada de blanco, había perdido el fúnebre aspecto de tumba que
recordaba la catástrofe, y junto á sus costados iban extendiéndose
cercas de cañas, conforme aumentaba la prosperidad del establecimiento.
Corrían con gracioso contoneo sobre la ardiente arena más de veinte
gallinas, capitaneadas por un gallo matón y vocinglero que se las tenía
tiesas con todos los perros vagabundos que correteaban la playa; al
través de los cañizos oíase el gruñido de un cerdo atacado del asma de
la obesidad, y frente al mostrador, bajo el sombrajo, flameaban á todas
horas dos fogones, donde las _paellas_ de arroz burbujeaban su caldo
substancioso o el pescado chirriaba, dorándose entre el azulado vapor
del aceite frito. Había allí prosperidad y abundancia. No era para
hacerse ricos, pero se vivía bien. La Tona sonreía con satisfacción
pensando que nada debía y viendo el techo empavesado de morcillas secas,
sobreasadas lustrosas, tiras de negra mojama y algún jamón espolvoreado
con pimiento rojo: los tonelitos llenos de líquido, las botellas,
escalonadas, luciendo licores de color variado, y las sartenes de
diversos tamaños colgadas de la pared, prontas á chillar sobre el fogón
con su cavidad repleta de cosas substanciosas.
¡Y pensar que había pasado hambre en los primeros meses de su viudez!
Por eso, harta y satisfecha, repetía ahora tantas veces la misma
afirmación. Por más que digan, Dios no desampara á las buenas personas.
La abundancia y la falta de cuidados la rejuvenecieron. Engordaba dentro
de su barca con cierto lustre de carnicera ahita; siempre á cubierto del
sol y la humedad, no tenía el color seco y tostado de las que esperaban
en la orilla de la playa, y se presentaba tras el mostrador luciendo
sobre la voluminosa pechuga una colección interminable de pañuelos de
_tomate y huevo_, complicados arabescos rojos y amarillos tejidos en la
sólida seda.
Permitíase lujos de decorado. En el fondo de su tienda, sobre las
maderas blanqueadas, alternaban con los toneles una colección de cromos
baratos con rabiosos colorines que apagaban los de sus vistosos
pañuelos; y los pescadores, mientras bebían bajo el sombrajo, miraban
por encima del mostrador la _Cacería del león_, _La muerte del justo y
la del pecador_, _La escala de la vida_, media docena de santos, entre
los cuales no faltaban San Antonio y el comerciante flaco y el gordo
representando al que fía y al que vende al contado, con la consabida
leyenda: «_Hoy no se fía aquí, mañana sí_.»
Había para estar satisfecho viendo cómo se criaba la familia sin grandes
privaciones. La tienda siempre adelante, y poco á poco se llenaba de
duros ahorrados una media vieja que ella guardaba en su camarote, entre
el piso de tablas y el grueso colchón.
Algunas veces no podía contenerse, y deseosa de apreciar en conjunto su
fortuna, salía hasta la orilla de la playa. Desde allí contemplaba con
ojos enternecidos el cercado de las gallinas, la cocina al aire libre,
la anchurosa pocilga donde roncaba el sonrosado cerdo, y la barca, que
asomaba entre la aglomeración de cercas y cañares sus dos puntas de
deslumbrante blancura, como embarcación fantástica que, arrastrada por
un huracán, hubiese ido á caer en el corral de una granja.
No por esto se hallaba libre de incomodidades. Dormía poco, levantábase
al amanecer, y muchas veces, á media noche, aporreaban la puerta de la
barca y había que levantarse para servir á los pescadores recién
llegados á la playa, que descargaban su pescado y tenían que hacerse á
la mar antes del alba.
Estas francachelas nocturnas eran las más productivas y las que mayor
cuidado inspiraban á la tabernera. Conocía bien á aquella gente, que
después de pasar una semana sobre las olas, quería en las pocas horas de
holganza gozar de un golpe todos los placeres de la tierra.
Abalanzábanse al vino como mosquitos; los viejos quedábanse dormitando
sobre la mesa con la pipa apagada entre los secos labios; pero los
jóvenes mozetones fornidos, excitados por la vida trabajosa y casta del
mar, miraban á la _siñá_ Tona de modo tal, que ella torcía el gesto con
enfado y se preparaba á rechazar los brutales cariños de aquellos
tritones de camiseta rayada.
Nunca había valido gran cosa; pero su naciente obesidad, los ojazos
negros, que parecían aclarar su rostro moreno y lustroso, y más que todo
la ligereza de ropas con que en verano servía á los nocturnos
parroquianos, hacíanla hermosa para los muchachos rudos que, al poner la
proa hacia Valencia, pensaban con regocijo en que iban á ver á la _siñá_
Tona.
Pero ella era una hembra brava que sabía tratarlos. Jamás se rendía; las
proposiciones audaces las contestaba con gestos de desprecio; los
pellizcos con bofetones, y los abrazos por sorpresa con soberbias
patadas, que más de una vez hicieron rodar por la arena á un mocetón
tieso y fuerte como el mástil de su barca.
Ella no quería líos como muchas otras, ni permitía que le faltasen en
tanto así. Además, era madre, los dos chicos dormían á poca distancia,
separados de ella por un tabique de tablas, al través del cual oía sus
poderosos ronquidos, y sólo estaba para pensar en mantener á la familia.
El porvenir de sus chicos comenzaba á preocuparla. Se habían criado en
la playa como dos gaviotas, anidando en las horas del sol bajo la panza
de las barcas en seco ó correteando por la orilla en busca de conchas y
caracoles, hundiendo sus piernecitas de color de chocolate en las
gruesas capas de algas.
El mayor, Pascualet, era un retrato vivo de su padre. Grueso, panzudo,
carilleno; tenía cierto aire de seminarista bien alimentado, y los
pescadores le llamaron _el Retor_, apodo que había de conservar toda su
vida.
Tenía ocho años más que su hermano Antonio, un muchacho enjuto, nervioso
y dominante, cuyos ojos eran iguales á los de Tona.
Pascualet fue una verdadera madre para su hermano. Mientras la _siñá_
Tona atendía á la taberna en los primeros tiempos, que fueron los más
penosos, el bondadoso muchacho cargaba con el hermanito como niñera
cuidadosa, y jugaba con los pilletes de la playa, sin abandonar nunca
al arrapiezo rabioso y pataleante que le martirizaba la espalda y le
pelaba el cogote con sus pellizcos.
Por la noche, en el camarote estrecho de la barca-taberna, para Tonet
era el mejor sitio, y su cachazudo hermano se apelotonaba en un rincón
para dejar espacio á aquel diablejo que, á pesar de su debilidad, le
trataba como un déspota.
Los dos muchachos, arrullados por el sordo oleaje, que en los días de
marea llegaba hasta la misma taberna, y oyendo como el viento del
invierno silbaba al querer introducirse por entre los tablones,
dormíanse estrechamente abrazados bajo la misma colcha. Algunas noches
despertábanse con el ruido de los pescadores, que celebraban su fiesta
de tierra; oían las palabrotas que su madre profería en momentos de
indignación, el sonoro choque de alguna bofetada, y más de una vez el
tabique de su camarote conmovíase con el sordo golpe de un cuerpo falto
de equilibrio; pero volvían á dormirse, poseídos por una ignorancia
inocente, libre de sospechas y alarmas.
La _siñá_ Tona tenía injustas debilidades tratándose de sus hijos. Al
principio de su viudez, cuando por las coches les veía dormir en el
angosto camarote, con las cabecitas juntas, rozando tal vez la misma
madera en que se había aplastado el cráneo de su padre, sentía profunda
emoción y lloraba como si fuera á perderlos dentro del fúnebre armazón
de tablas, como ya había perdido á su Pascual. Pero cuando llegó la
abundancia y el tiempo fué borrando el recuerdo de la catástrofe, la
_siñá_ Tona comenzó á mostrar predilección por su Tonet, criatura de
gracia felina, que trataba á todos con sequedad é imperio, pero que
tenía para su madre cariños de gatito travieso.
La viuda entusiasmábase por su Tonet, vagabundo de la playa, que á los
siete años pasaba casi todo el día fuera de la barcaza, correteando con
la granujería y volviendo al anochecer con las ropas rotas y agua y
arena en los bolsillos. Mientras tanto, el mayor, relevado ya de cuidar
á su hermano, pasaba el día en la taberna limpiando vasos, sirviendo á
los parroquianos, dando de comer á las gallinas y al cerdo y vigilando
con grave atención las sartenes que chirriaban en los fogones de la
cocina.
Cuando su madre, soñolienta tras el mostrador en las horas de sol, se
fijaba en Pascualet, experimentaba siempre una violenta sorpresa. Creía
ver a su marido tal como ella le conoció en la infancia cuando era
grumete de barca pescadora. Era su mismo rostro, carrilludo y sonriente,
su cuerpo cuadrado y fornido, sus piernas robustas y cortas y aquel aire
de sencillez honrada, de laboriosidad cachazuda que lo acreditaba ante
todos como _hombre de bien_.
En lo moral era lo mismo. Muy bondadosote y tímido, pero una verdadera
fiera cuando se trataba de ganar una peseta, y con un cariño loco por
la mar, madre fecunda de los hombres valientes que saben pedirla el
sustento.
Á los trece años ya no podía conformarse á seguir en la taberna. Dábalo
á entender con palabras sueltas, con frases truncadas y algo
incoherentes, que era lo único que podía salir de su dura mollera. Él no
había nacido para servir en la taberna. Era faena demasiado cómoda; eso
para su hermano, que no mostraba gran afición al trabajo. Él era fuerte,
le gustaba el mar y quería ser pescador como su padre.
La _siñá_ Tona se asustaba al oírle, y en su memoria resucitaba la
horrible catástrofe del día de Cuaresma. Pero el chico era testarudo.
Aquellas desgracias no pasaban todos los días, y ya que tenía vocación,
debía seguir el oficio de su padre y de su abuelo, como muchas veces se
lo había dicho el _tío Borrasca_, un viejo patrón de barcas, gran amigo
del _tío Pascualo_.
Por fin la madre cedió cuando iba a comenzar la temporada de la pesca
del _bòu_, y Pascualet se enganchó con el _tío Borrasca_ como grumete ó
_gato de barca_, teniendo como salario la comida y la propiedad de todos
los _cabets_, ó sea el pescado menudo que saliese en las redes,
camarones, caballitos de mar, etc.
El aprendizaje comenzó bien. Hasta entonces le habían vestido con la
ropa vieja de su padre, pero la _siñá_ Tona quiso que entrase con cierta
dignidad en su nuevo oficio, y una tarde, cerrando la taberna, fueron
al Grao á un bazar del puerto, donde vendían ropas hechas para los
marineros. Pascualet recordó durante muchos años la tal tienda, que le
parecía el santuario del lujo. Los ojos se le fueron tras los
chaquetones azules, los impermeables de amarillo hule, las enormes botas
de aguas, prendas todas que sólo usaban los patrones, y salió orgulloso
con su hatillo de grumete, compuesto de dos camisas mallorquinas,
tiesas, ásperas y burdas, como si fuesen de papel de lija; una faja de
lana negra, un traje completo de bayeta, de un amarillo rabioso; una
barretina roja para calársela hasta el cuello en el mal tiempo y gorra
de seda negra para bajar a tierra. Por fin, le vestían a su medida; ya
no tendría que luchar con las chaquetas de su padre, que en los días de
viento se hinchaban como velas, haciéndole correr por la playa más
aprisa que quería. De zapatos no había que hablar. Él no recordaba haber
metido jamás en tal tormento sus ágiles pies.
No se equivocaba el muchacho al decir que había nacido para el mar. En
la barca del _tío Borrasca_ se encontraba mucho mejor que en la otra
encallada en la arena, junto á la cual gruñía el cerdo y cacareaban las
gallinas. Trabajaba mucho, y además de su pitanza percibía algunos
puntapiés del viejo patrón, cariñoso en tierra, pero que una vez sobre
su barca no respetaba ni á su mismo padre. Trepaba al mástil á poner el
farol ó arreglar una cuerda con la ligereza de un gato; ayudaba á tirar
de las redes cuando llegaba el momento de _chorrar_; baldeaba la
cubierta, alineaba en la cala los grandes cestos del pescado y soplaba
el fogón, cuidando de que el caldero estuviera siempre en su punto para
que no se quejara la gente de á bordo. Pero como compensación á estos
trabajos, ¡cuántas satisfacciones! Al terminar el patrón y los suyos la
comida que él y otro _gato_ de la barca presenciaban inmóviles y
respetuosos, dejábanles las sobras a los chicos, y los dos sentábanse a
proa con el negro caldero entre las piernas y un pan bajo del brazo.
Ellos sacaban la mejor parte, y cuando las cucharas tropezaban ya con el
fondo, entonces entraba la rebañadura mendrugo en mano, hasta que el
metal quedaba limpio y brillante, como si acabasen de fregarlo.
Después venía el huroneo en busca del vino que la tripulación había
dejado olvidado en el fondo del porrón de lata; y los _gatos_, si no
había trabajo, tendíanse como unos príncipes en la proa, con la camisa
fuera de los pantalones y la panza al aire, arrullados por el cabeceo de
la barca y las cosquillas de la brisa.
Tabaco no faltaba, y el _tío Borrasca_ dábase á todos los demonios
viendo con qué rapidez desaparecía de los bolsillos de su chaquetón unas
veces la alguilla de Argel y otras la picadura de la Habana, según la
calidad del último alijo hecho en el Cabañal.
Aquella vida era inmejorable para Pascualet, y cada vez que bajaba á
tierra, su madre le veía más robusto, más recocido por el sol y tan
bondadosote como siempre, á pesar de su continuo roce con los _gatos_ de
barca, pilletes precoces capaces de las mayores malicias y que al hablar
echaban á las narices ajenas el humo de una pipa casi tan grande como
ellos.
Las rápidas apariciones en la taberna eran lo único que hacía á la
_siñá_ Tona acordarse de su hijo mayor.
La tabernera mostrábase preocupada. Pasaba los días enteros en su
barcaza, sola, como si no tuviese hijos. _El Retor_ estaba en el mar
ganándose su parte de _cabets_, para después, en los días de fiesta,
llegar muy ufano á entregar á su madre tres ó cuatro pesetas, que eran
el jornal de la semana, y el otro, el pequeño, aquel Tonet de piel de
diablo, había salido un bohemio incorregible, que sólo volvía a casa
acosado por el hambre.
Juntábase con la pillería de la playa, un tropel de chicuelos que no
sabían más de sus padres que los perros vagabundos que les acompañaban
en sus correteos por la arena; nadaba como un pez, y en verano
zambullíase en el puerto, mostrando con impudor tranquilo su cuerpo
enjuto y rojizo para coger con la boca piezas de dos cuartos que le
arrojaban los paseantes. Presentábase por la noche en la taberna con el
pantalón roto y la cara arañada; su madre le había sorprendido varias
veces amorrado con delicia al tonelillo del aguardiente, y una tarde
tuvo que ponerse el mantón é ir á la capitanía del puerto para pedir con
lágrimas y lamentos que le soltasen, prometiendo que ella le quitaría el
feo vicio de arañar en el interior de las cajas de azúcar depositadas en
el muelle.
Era una alhaja el tal Tonet. ¡Dios mío! ¿Á quién se parecía? Era una
vergüenza que de padres tan honrados saliese un muchacho así; un pillete
que, teniendo en su casa comida abundante, pasaba el tiempo huroneando
por cerca de los vapores que venían de Escocia, aguardando un descuido
de los descargadores para echar á correr con un bacalao bajo del brazo.
Un hijo así iba á ser su castigo. Doce años á la espalda y sin afición
al trabajo ni el menor respeto á su madre, á pesar de los rabos de
escoba que le había roto en las costillas.
Y la _siñá_ Tona hacía confidente de sus desdichas á Martínez, un
carabinero joven que estaba de servicio en aquella parte de la playa, y
pasaba las horas del calor sentado bajo el sombrajo de la taberna, con
el fusil entre las rodillas, mirando vagamente el límite del mar, con el
oído atento á las eternas lamentaciones de la tabernera.
El tal Martínez era andaluz, de Huelva; un muchacho guapo y esbelto, que
llevaba con mucha marcialidad el uniforme viejo de servicio y se atusaba
al hablar el rubio bigote con expresión _distinguida_.
La _siñá_ Tona le admiraba. Las personas que son _finas_ no lo pueden
ocultar; á la legua se las conoce.
Y además, ¡qué gracia en el lenguaje! ¡qué términos tan escogidos
gastaba! Bien se conocía que era hombre leído. Como que había estudiado
muchos años en el Seminario de su provincia; y si ahora se veía así era
porque, no queriendo ser cura y deseando ver mundo, había reñido con su
familia, sentando plaza, para venir al fin á meterse en carabineros.
La tabernera oíale embobada contar su historia con aquel pesado ceceo de
andaluz sin gracia; y cuando tenía que hablarle, empleaba en justa
reciprocidad un castellano grotesco é ininteligible, que hubiese hecho
reír en el mismo Cabañal.
--Mire osté, siñor Martines: mi chico me tiene loca con todas esas
burrás que hase. Lo que yo li digo: ¿Te hase falta algo, condenat? ¿Pues
entonses por qué te ajuntas con esa pillería pollosa? Osté, siñor
Martines, que tiene tanta labia, hágali miedo. Dígali que se lo llevará
á Valensia para meterlo en la cársel si no es buen chico.
Y el _siñor Martines_ prometía hacerle miedo al travieso pillete, y
hasta le sermoneaba con la cara muy fosca, logrando que Tonet, al menos
por un rato, permaneciese encogido y como aterrado por el uniforme de
aquel hombre y el terrible fusil, que no se separaba nunca de sus manos.
Estos pequeños servicios introducían á Martínez en la vida de familia,
haciéndole intimar cada vez más con la _siñá_ Tona. Allí le guisaban la
comida; allí pasaba casi todo el día, y más de una vez la tabernera se
prestó gustosa á zurcirle la ropa blanca y á pegarle botones en prendas
interiores.
¡Pobre _siñor Martines_! ¿Qué sería de un joven tan fino sin una persona
como ella? Iría roto y abandonado como un perdido, y esto, francamente,
no podía consentirlo una persona de buen corazón.
En las tardes del verano, cuando el sol caía de lleno sobre la desierta
playa sacando reflejos de incendio de la tostada arena, bajo del
sombrajo de cañas ocurría siempre la misma escena. Martínez, sentado en
un taburete de esparto, cerca del mostrador, leía á su autor favorito,
Pérez Escrich, en tomos abultados y mugrientos, con las puntas roídas,
que habían corrido toda la costa, pasando de unos carabineros á otros.
La _siñá_ Tona no se equivocaba. De aquellos librotes, que la inspiraban
el supersticioso respeto del que no sabe leer, era de donde sacaba
Martínez las palabritas sonoras y rebuscadas, aquella filosofía moral
que la conmovía.
Y desde el otro lado del mostrador, cosiendo á tientas, sin saber lo que
hacía, contemplaba fijamente á Martínez, dedicando media hora á su fino
y rubio bigote y no menos tiempo á apreciar cómo tenía la nariz ó con
qué exquisito gusto se abría la raya, aplanando en ambos lados el dorado
cabello.
Algunas veces, al volver la página, levantaba Martínez la cabeza, y
sorprendiendo los negros ojazos de Tona fijos en él, ruborizábase y
seguía leyendo.
La tabernera reprendíase después por tales contemplaciones. ¿Pero qué
era aquello?... En la vida se le había ocurrido, viviendo su Pascual,
mirarle detenidamente para apreciar cómo tenía la cara. Y ahora se
estaba ella como una boba horas y más horas comprometiéndose con una
contemplación de la que no podía librarse. ¿Qué diría la gente al
saberlo?... Indudablemente le tenia ley a aquel hombre.... ¡Claro!...
¡Era tan fino y tan guapo!... ¡Hablaba tan bien!...
Pero era un disparate todo aquello. Ella ya iba para los cuarenta; no se
acordaba con exactitud, pero debía estar en los treinta y siete o cosa
así; y él no pasaba de los veinticuatro... Pero ¡qué demonio! aunque le
llevase algunos años, ella no estaba mal; encontrábase bien conservada,
y si no, que lo dijera la gentuza de las barcas que tanto la
importunaba. Además, aquel pensamiento no sería ningún disparate, ya que
la gente se adelantaba suponiéndolo; y lo mismo los carabineros amigos
de Martínez que las pescaderas que iban á la playa, daban á entender sus
maliciosas suposiciones con indirectas demasiado directas.
Al fin ocurrió lo que todos esperaban. La _siñá_ Tona, para aturdirse,
argüía a sus escrúpulos que sus hijos necesitaban un padre, y nadie
mejor que Martínez; y la valerosa amazona, que aporreaba á los rudos
pescadores á la menor audacia, se entregó voluntariamente, teniendo que
vencer la cortedad de aquel muchachote tímido. De ella partió la
iniciativa, y Martínez se dejó arrastrar con su sumisión de hombre
superior que, pensando en cosas más altas, permite que en los asuntos
terrenales le manejen como un autómata.
El suceso se hizo público. La misma _siñá_ Tona no se enojaba de ello;
antes bien, deseaba que fuera bien sabido que la casa tenía amo. Cuando
la llamaba al Cabañal alguna ocupación, dejaba la taberna al cuidado de
Martínez, que, como en tiempos pasados, seguía sentado bajo el sombrajo
mirando al mar con el fusil entre las rodillas.
Hasta los dos chicos parecían enterados de la novedad, _El Retor_, al
bajar á tierra, miraba á hurtadillas á su madre con cierto asombro y
mostrábase tímido y vergonzoso en presencia del mocetón rubio y
uniformado, al que encontraba siempre en la taberna; pero el otro
muchacho, Tonet, delataba en su sonrisa maliciosa que todo aquel suceso
había sido objeto de maliciosos comentarios en las reuniones de los
pillos de la playa, y en vez de asustarse como antes con los sermones
del carabinero, contestábale con muecas y se alejaba dando saltos y
haciendo cabriolas sobre la arena, como en señal de desprecio.
Aquella temporada fué para Tona una luna de miel en plena madurez de su
vida. Parecíale ahora su matrimonio con Pascual una monótona
servidumbre. Amaba con vehemencia al carabinero, con la explosión de
cariño propia de una mujer que va hacia el ocaso; y cegada por esta
pasión, hacia alarde de ella, sin importarle lo que murmurase la gente.
¿Y qué?... Que dijesen lo que quisieran. Otras hacían peor que ella, y
la que hablase sería por envidia, al ver que se llevaba un buen mozo.
Martínez, siempre con su aire de soñador, dejábase mimar y acariciar
como un hombre que todo lo merece; gozaba de gran prestigio entre sus
compañeros y superiores, pues podía disponer del cajón de la taberna y
hasta de aquella media repleta de duros que tantas veces se le clavaba
en el costado al tenderse en el colchón del camarote.
Por evitarse tal vez esta molestia, se dió prisa á vaciarla, sin que la
_siñá_ Tona protestase. ¿No había de ser su marido? Pues suyo era aquel
dinero. Mientras la taberna marchase bien, ella no debía quejarse.
Pero cuatro ó cinco meses después llegó un día en que la Tona se puso
seria.
Martínez, _siñor Martines_, baje usted de esa nebulosa altura en que
vive su pensamiento. Dígnese escuchar á la Tona. ¿No la oye usted? Que
es preciso arreglar la situación. Que las cosas no pueden quedar así.
Que hay que justificar lo que venga, y una mujer honrada, madre de dos
hijos, no puede serlo de tres sin un hombre que saque la cara diciendo:
«Esta es mi obra.»
Y Martínez contestó ¡bueno! á todo, aunque torciendo el gesto
dolorosamente, como si acabase de sufrir un tremendo batacazo, cayendo
de las alturas ideales en que se refugiaba como hombre no comprendido,
para soñar en la probabilidad de ser general, jefe de Estado y otras
muchas cosas, como los personajes de sus novelas favoritas.
Pediría los papeles para el casamiento, pero tendrían que esperar,
porque Huelva está lejos.
Y Tona esperó, siempre con el pensamiento puesto en Huelva, tierra
remota, que por su cuenta debía estar en los alrededores de Cuba ó
Filipinas.
Pero el tiempo pasaba y la cosa iba haciéndose urgente.
Martínez, _siñor Martines_, que sólo faltan dos meses; que á la Tona le
es imposible ocultar por más tiempo lo que viene, y la gente se va
enterando. ¡Qué dirán los chicos al verse con un nuevo hermano!... Pero
Martínez protestaba. No era suya la culpa. Bien veía ella las muchas
cartas que escribía para activar el envío de los papeles.
Por fin, un día el carabinero declaró que iba á emprender el viaje á su
tierra y traerse los malditos documentos, para lo cual tenía ya el
permiso de sus jefes.
Muy bien: aquella resolución le gustaba á la _siñá_ Tona. Y para ayuda
del viaje le entregó toda la plata que tenía en el cajón del mostrador,
lo peinó por última vez, lloró un poco y ¡hasta la vista! ¡Buen viaje!
La pobre Tona ya no vió más al _siñor Martines_. Entre los carabineros
que pasaban la playa no faltó una buena alma que tuvo el gusto de
decirla la verdad.
No había tal viaje á Huelva. Las cartas que escribía Martínez iban á
Madrid, pidiendo que lo trasladasen á un punto lejano, pues los aires de
Valencia no le probaban. Y efectivamente, lo habían trasladado á la
comandancia de la Coruña.
La _siñá_ Tona creyó volverse loca. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Miren el
mosquita muerta!... Fíese usted de esas personas de mucha labia.
¡Pagarle así á ella... á ella, que le hubiese dado hasta el último
céntimo, y que le peinaba bajo el tinglado en las horas de siesta tan
amorosamente como si fuese su madre!
Pero toda la desesperación de la pobre mujer no impidió que saliese á
luz lo que tan urgente hacía el matrimonio; y á los pocos meses la
_siñá_ Tona despachaba copas tras el mostrador, enseñando su pecho
voluminoso de vaca rolliza, y agarrada al obscuro pezón una niña blanca,
enteca, de ojos azules y cabeza rubia y voluminosa, que parecía una bola
de oro.
III
Pasaron los años sin que sufriese la menor alteración en su monótona
vida la familia que se albergaba en la barca convertida en taberna.
_El Retor_ era todo un marinero, fornido, cachazudo, bravo en el
peligro. De _gato_ había ascendido á ser el tripulante de más confianza
en la barca del _tío Borrasca_, y cada mes solía entregar á su madre
cuatro ó cinco duros de ahorros para que los guardase.
Tonet no hacía carrera. Entre él y su madre habíase entablado una lucha:
Tona buscándole oficios, y él abandonándolos á los pocos días. Fué una
semana aprendiz de zapatero; navegó poco más de dos meses con el _tío
Borrasca_ en calidad de _gato_, pero el patrón se cansó de pegarle, sin
conseguir que le obedeciese; después intentó hacerse tonelero, que era
el más seguro de los oficios, pero el maestro le echó á la calle, y por
fin á los diez y siete años se metió en una _còlla_ del puerto,
cuadrilla de descargadores de buques, en la que trabajaba hasta dos
veces por semana, y esto de mala voluntad.
Pero su vagancia y sus malas costumbres encontraban excusa á los ojos de
la _siñá_ Tona, cuando ésta le contemplaba en los días de fiesta (que
eran los más para aquel bigardo) con la gorra de seda de hinchado plato
sobre el rostro moreno, en el que comenzaba á apuntar el bigote; la
chaqueta de lienzo azul ajustada al esbelto tronco y la faja de seda
obscura ceñida sobre la camiseta de franela á cuadros negros y verdes.
Daba gloria ser madre de un mozo así. Iba á ser otro pillo como aquel
Martínez de infausta memoria; pero más _salao_, más audaz y travieso, y
de ello daban fe las chicas del Cabañal, que se lo disputaban por novio.
Tona regocijábase al saber el aprecio en que tenían á su hijo, y estaba
enterada de todas sus aventuras. ¡Lástima que le _tirase_ tanto el
maldito aguardiente! Era todo un hombre; no como el cachazudo de su
hermano, que no se alteraba aunque le pasase un carro por encima.
Una tarde de domingo, en la taberna de _Las buenas costumbres_, título
terriblemente irónico, se tiró los vasos á la cabeza con los de una
_còlla_ de cargadores que trabajaban más barato, y cuando entraron los
carabineros á poner paz, pilláronle faca en mano persiguiendo por entre
las mesas á los contrarios.
Más de una semana lo tuvieron encerrado en el calabozo de la casa
capitular; las lágrimas de la _siñá_ Tona y las influencias del tío
Mariano, que era muñidor en las elecciones, consiguieron sacarle á
flote; pero tanto le corrigió el arresto, que en la misma noche de su
libertad sacó otra vez la dichosa faca contra dos marineros ingleses
que, después de beber con él, intentaron boxearle.
Era el gallito del Cabañal. Faena poca; pero una verdadera fiera para
resistir las noches de borrasca, de taberna en taberna, no presentándose
en la de su madre en semanas enteras.
Tenía su poquito de amores serios con cierta intimidad, que para muchos
olía á matrimonio anticipado. Su madre no estaba conforme con tales
relaciones. No quería una princesa para su Tonet, pero la hija de
_Paella_ el tartanero le parecía poca cosa. La tal Dolores era descarada
como una mona; muy guapa, sí señor, pero capaz de comerse á la pobre
suegra que tuviese que aguantarla.
Era natural que fuese así. Se había criado sin madre, al lado del _tío
Paella_, un borrachón que daba traspiés al amanecer cuando enganchaba la
tartana y á quien el vino tenía consumido, engordándole únicamente la
nariz, siempre en creciente por las rojas hinchazones.
Era un mal hombre que gozaba la peor fama. Toda su parroquia la tenía en
Valencia en el barrio de Pescadores. Cuando llegaba barco inglés se
ofrecía como un sinvergüenza á los marineros para llevarles á sitios de
confianza, y en las noches de verano cargaba su tartana de chicuelas con
blancos _matinées_, mejillas embadurnadas y flores en la cabeza,
conduciéndolas con sus amigos á los merenderos de la playa, donde se
corrían juergas hasta el amanecer, mientras que él, alejado, sin
abandonar el látigo ni el porrón de vino, se emborrachaba, mirando
paternalmente á las que llamaba su ganado.
Y lo peor era que no se recataba ante su hija. Hablábala con los mismos
términos que si fuera una de sus parroquianas; su vino locuaz sentía la
necesidad de contarlo todo, y la pequeña Dolores, encogida, lejos de los
agresivos pies de su padre, con los ojos desmesuradamente abiertos y en
ellos una expresión de curiosidad malsana, oía el brutal soliloquio del
_tío Paella_, que se relataba á sí mismo todas las porquerías é infamias
presenciadas durante el día.
Y así fué criándose Dolores. ¡Vaya, que lo que aquella chica
ignorase!... Por eso Tona no la podía admitir como nuera. Si no se había
perdido ahora que comenzaba á ser una mujer guapa, era porque algunas
vecinas le aconsejaban bien; pero aun así, la muchacha también daba sus
escándalos con Tonet, que entraba en casa de su novia como si fuese el
amo. Comía con ella, aprovechándose de que el tartanero no volvía hasta
muy entrada la noche, y Dolores le repasaba la ropa y hasta hurgaba en
los bolsillos del _tío Paella_ para dar dinero al novio, lo que hacía
lanzar al borracho un vómito interminable de injurias contra la falsa
amistad, creyendo que en los momentos de alcohólica turbación le
robaban las pesetas sus compinches de taberna.
Era un secuestro en regla el que hacía aquella chica, y Tonet,
lentamente, una pieza hoy y otra mañana, fué trasladando toda su ropa
desde la taberna de la playa á la casa del tartanero.
La _siñá_ Tona se quedaba sola. _El Retor_ estaba siempre en el mar
persiguiendo la peseta, como él decía, unas veces pescando y otras
enganchándose como marinero en algún laúd de los que iban por sal á
Torrevieja; Tonet, corriendo tabernas ó metido en casa del _tío Paella_,
y ella aviejándose tras el mostrador de su tiendecilla, sin otra
compañía que aquella chicuela rubia, á la que quería de un modo raro,
con intermitencias, pues era el viviente recuerdo del pillo de Martínez.
¡Ojalá se lo haya llevado el demonio!...
Decididamente Dios sólo protegía á temporadas á las personas buenas. Los
tiempos presentes no eran ya los de la primera época de su viudez.
Otras barcas viejas varadas en la playa habían sido convertidas en
tabernas; los pescadores tenían donde escoger, y además ella envejecía y
la gente de mar no mostraba tantos deseos de beber, requebrándola.
Resultado: que aunque la tabernilla conservaba sus antiguos
parroquianos, sólo se sacaba de ella lo preciso para vivir, y Tona más
de una vez contempló de lejos su blanca barcaza, considerando
melancólicamente el fogón apagado, la cerca casi derribada, tras la cual
no gruñía el blanco cerdo esperando la matanza anual, y la media docena
de gallinas que picoteaban tristemente en la desierta arena.
Pasó el tiempo para ella con lenta monotonía, sumida en una estúpida
somnolencia, de la que la sacaban únicamente las diabluras de Tonet ó la
contemplación de un retrato del _siñor Martines_, puesto de uniforme,
que ella conservaba colgado en su camarote con cierto refinamiento
cruel, como para recordarse la debilidad pasada.
La pequeña Roseta, la chicuela caída en la barca por obra y gracia del
pillo carabinero, apenas si merecía la atención de su madre. Criábase
como una bestiezuela bravía. Por la noche Tona había de ir en su busca
para encerrarla en la barca, después de darla una terrible zurra, y
durante el día presentábase cuando la aguijoneaba el hambre.
¡Todo sea por Dios! La tal chiquilla era una nueva cruz que había de
arrastrar la pobre Tona.
Huraña y amiga de la soledad, tendíase en la arena mojada, cogiendo
conchas y caracoles ó amontonando algas. Á veces pasaba horas enteras
con los ojos azules fijos en el infinito, en una inmóvil vaguedad de
hipnótica, mientras la brisa salobre arremolinaba sus pelillos rubios,
enroscados y tiesos como culebras, ó hacía ondear el viejo refajo, que
dejaba al descubierto las piernecitas entecas, de una blancura
deslumbrante, en cuyas extremidades el ardor del sol había suplido la
falta de medias tostando la piel con un color rojo.
Allí se estaba horas y más horas con el vientre hundido en la arena
mojada, que cedía bajo su peso, acariciado el rostro por la delgadísima
capa de agua que avanzaba y retrocedía sobre el reluciente suelo con las
ondulaciones caprichosas del moaré.
Era una bohemia incorregible. Lo que decía Tona: _De tal palo_, _tal
astilla_. También el granuja de su padre se pasaba las horas muertas
embobado ante el horizonte, como si soñara despierto y sin servir para
otra cosa.
Si ella tuviera que vivir de lo que trabajase su hija, estaba arreglada.
¡Criatura más desmañada y perezosa!... En la taberna rompía vasos y
platos al intentar limpiarlos; quemábase el pescado en la sartén si ella
cuidaba del fogón, y al fin su madre tenía que dejarla corretear por la
playa ó que fuese á la _costura_ del Cabañal. Á temporadas dominábala un
deseo loco de aprender, y se escapaba, exponiéndose á una paliza, para
ir en busca de la maestra; pero poco después huía de la escuela, cuando
su madre mostrábase conforme en que asistiera á ella.
En verano únicamente ayudaba a la pobre Tona. El lucro uníase á su afán
de correteo sin objeto, y cargada con un cántaro tan grande como ella,
iba vaso en mano por la playa de los baños ó pasaba audazmente por entre
los lujosos carruajes que rodaban por el muelle, mirando á todas partes
con sus ojazos soñadores, agitando la maraña de rubios pelos y gritando
con su voz débil: _¡Al aigua fresqueta!_ sacada de la fuente del Gas.
Unas veces con esto y otras con el cesto de caña lleno de galletas, que
pregonaba con tono melancólico: _¡Salaes y dolses!_ Roseta conseguía
entregar á su madre por las noches unos dos reales, lo que aclaraba un
poco el gesto fosco de Tona, á la que los malos negocios iban haciendo
egoísta.
Y así creció Roseta; siempre en huraño aislamiento, acogiendo con
serenidad amenazante las palizas de su madre; odiando á Tonet, que nunca
se había fijado en ella; sonriendo algunas veces al _Retor_, que cuando
bajaba á tierra solía tirarle amistosamente de los retorcidos pelos, y
despreciando á la pillería de la playa, de la cual alejábase con un
airecillo de reina orgullosa.
Tona acabó por no ocuparse de la chiquilla, á pesar de ser la única
compañera en aquella vivienda, que en las tardes del invierno parecía
estar en pleno desierto. Tonet y la hija del tartanero eran su continua
preocupación.
Aquella perdida habíase propuesto robarle toda su familia. Ya no se
contentaba con Tonet, y éste llevaba á casa de Dolores á su hermano _el
Retor_, el cual, al saltar á tierra, pasaba como rápida exhalación por
la tabernilla de la playa, yendo á descansar en casa del tartanero,
donde resultaba para los novios un testigo poco molesto.
Pero en realidad lo que incomodaba á Tona más que la influencia que
Dolores ejercía sobre sus hijos, era que veía desvanecerse un plan que
acariciaba hacía mucho tiempo.
Tenía pensado el matrimonio de Tonet con la hija de una antigua amiga.
Como guapa, no podía compararse con la endemoniada hija del tartanero;
pero la _siñá_ Tona se hacía lenguas de su bondad (la condición de los
seres insignificantes) y se callaba lo más importante, ó sea que
Rosario, la muchacha en quien había puesto los ojos, era huérfana; sus
padres habían tenido en el Cabañal una tiendecita, de la que se surtía
la tabernera, y ahora, después de su muerte, le quedaba á la hija casi
una fortuna; lo menos tres ó cuatro mil duros.
¡Y cómo quería á Tonet la pobrecita! Al encontrarle en las calles del
Cabañal, le saludaba siempre con una de sus sonrisas de cordera mansa, y
pasaba las tardes en la playa gozándose en hablar con la _siñá_ Tona,
tan sólo porque era la madre del gallito bravo que traía revuelta toda
la población.
Pero del muchacho no podía esperarse cosa buena. Ni la misma Dolores,
con tener sobre él tan absoluto poderío, lograba domarlo cuando le
soplaba la racha de las locuras, y á lo mejor desaparecía semanas
enteras, sabiéndose después, por referencias, que había estado en
Valencia durmiendo de día en alguna casa del barrio de Pescadores,
emborrachándose de noche, aporreando á sus embrutecidas compañeras de
hospedaje y gastándose en orgías de pirata hambriento lo que ganaba en
alguna timba de calderilla.
En una de esas escapatorias fué cuando come tió el gran disparate, que
costó á su madre un mes de llantos é innumerables alaridos. Tonet, con
otros amigotes, sentó plaza en la marina de guerra. Estaban hastiados de
la vida del Cabañal; les resultaba desabrido el vino de las tabernas.
Y llegó el día en que el endiablado muchacho, vestido de azul, con la
blanca gorrilla ladeada y el saco de ropa al hombro, se despidió de
Dolores y de su madre para ir á Cartagena, donde estaba el buque á que
iba destinado.
¡Anda con Dios! Mucho le quería la _siñá_ Tona, pero al fin podía
descansar. Por quien más lo sentía era por la pobre Rosario, que,
siempre calladita y humilde, iba á coser en la playa en compañía de
Roseta y preguntaba con emocionada timidez á la _siñá_ Tona si había
recibido carta del marinero.
Así pasó el tiempo, siguiendo ellas desde la barcaza de la playa todos
los viajes y estaciones que hacía la _Villa de Madrid_, fragata en la
que iba Tonet como marinero de primera.
¡Qué emoción cuando caía sobre el mostrador de húmedos tablones el
estrecho sobre, pegado unas veces con roja oblea y otras con miga de
pan, con su complicada dirección en letras gruesas: «_Para la siñora
Tona la del cafetín_, _junto á la casa dels bòus_!»
Un perfume raro, exótico, que hablaba á los sentidos de vegetaciones
desconocidas, mares tempestuosos, costas envueltas en celajes de rosa y
cielos de fuego, parecía salir de las groseras envol turas de papel; y
las tres mujeres, leyendo y releyendo las cuatro carillas, soñaban con
países desconocidos, viendo con la imaginación los negros de la Habana,
los chinos de Filipinas y las modernas ciudades del Sur de América.
¡Qué chico aquel! ¡Cuánto tendría que contar cuando volviese! Tal vez
había sido un bien que cometiera la calaverada de marcharse; así
sentaría la cabeza. Y la _siñá_ Tona, poseída de nuevo por aquella
preferencia que la hacía idolatrar á su hijo menor, pensaba con cierto
despecho en que su Tonet, el gallito bravo, estaba sometido á la rígida
disciplina de á bordo, mientras que el otro, _el Retor_, el que ella
tenía por un infeliz, marchaba viento en popa y era casi un prohombre en
el gremio de la pesca.
Iba siempre á partir con el dueño de su barca; tenía sus secretos con el
tío Mariano, aquel personaje al que recurría Tona en todos sus apuros.
En fin, que ganaba dinero, y la _siñá_ Tona se daba á todos los demonios
viendo que no traía un cuarto á casa y apenas si por ceremonia iba á
sentarse un rato bajo el toldo de la tabernilla.
En otra parte le guardaban los ahorros; ¿y dónde había de ser? en casa
de Dolores, de la gran maldecida; que sin duda les había dado á sus
hijos _polvos seguidores_, pues corrían á ella como perros sumisos.
Allí estaba metido _el Retor_, como si en casa del tartanero se le
perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro?
¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía
escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas
de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su
hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía
con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le
guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.
Un día murió el _tío Paella_. Lo trajeron á casa destrozado por las
ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y
murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni
para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana
llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.
Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su _tía Picores_ la pescadera,
protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.
Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la
gran noticia. Dolores y _el Retor_ se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido
produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se
había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que
hacían reír.
Á Tona había que oirla. Aquella _siñora_ de la herradura se había
empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que
se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando
era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único
de la familia que ganaba dinero!
Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la _siñá_ Tona.
Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus
planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó
asistir á la boda y llamar _filla mehua_ al hermoso culebrón, que tan
fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.
Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio
tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que
había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y
los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural
que Dolores se casase, ya que le faltaba _arrimo_. Además--como él
decía--, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su
hermano, que era un buen muchacho.
Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la
licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en
el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que
gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del
servicio.
Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no
había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes.
Y no se preocupó gran cosa de ella ni del _Retor_, atento á gozar el
aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.
Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en
el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de _Paella_, donde ahora
vivía _el Retor_, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de
extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor
asombro de los papanatas que le admiraban.
Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con
sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las
muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el
bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y
bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente
asomando bajo la gorra de seda.
La _siñá_ Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo
como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había
aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda
disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si
bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á
ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido,
sino satisfacer sus egoísmos de vividor.
Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre.
¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un
capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y
esto era lo que él deseaba.
Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente
cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.
Y con gran alegría de la _siñá_ Tona, se casó con Rosario. Todo iba
bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en
él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo
la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de
su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un
prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas
botas impermeables en los días de lluvia.
Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de
soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de
misteriosos deseos.
Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la
mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre
los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco,
como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de
su hijo.
Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las
palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo
hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida
embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase
poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los
charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces
ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por
el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por
el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al
señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera
en maldiciones y alborotos.
Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas
de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su
hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas
entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.
Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse
y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita,
cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus
miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el
dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas
para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella
envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad
exclusiva el mejor mozo del Cabañal.
El infortunio les aproximaba al _Retor_, al otro matrimonio que subía y
subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza
abajo.
Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y
por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y
consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la
atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba _el Retor_, y él era
el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado
para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro
interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.
Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse
de fingir.
Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. _El
Retor_ sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia,
y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura
sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con
la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano,
pasando en ella más tiempo que en el café.
Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres;
entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la
casa del _Retor_, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas
conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.
Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el
chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á
remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros
tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel
vago; y la hermosa hija del _tío Paella_ burlábase de su cuñada la
_tísica_, la _pava_, gozándose en insultar su pobreza, su vida
trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual,
como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.
Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la
antigua casa del _tío Paella_, restaurada y embellecida, á la barraca
miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado
empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las
intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos,
llevando y trayendo recados.
Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba
desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría
un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían
silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la
_siñá_ Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco,
vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su
despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera
era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre
las dos familias.
¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La _siñá_ Tona lo afirmaba, mirando de
soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna.
Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y
Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo
lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:
--_Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia_.
IV
Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que _el Retor_ y
Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo
encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al
mar.
Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor
de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen
en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos
temporales.
El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de
espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado,
y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos
lejanos, haciendo temblar sus contornos.
La playa estaba en reposo. La casa _dels bòus_, donde rumiaban en sus
establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su
cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre
las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla
una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un
campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco
servían de trincheras.
Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus
puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse
las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de
palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una
población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada
hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que
burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena
descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas
de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.
Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para
esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte,
el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.
En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de
cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las
que pescan al _volantí_, pequeños y airosos esquifes, que parecían la
vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del
_bòu_ con idéntica altura é iguales colores.
En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos,
con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las
carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de
plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á
la vejez.
Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las
camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de
este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si
estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante
en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é
hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.
_El Retor_ hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey
manso sobre el mar y la costa.
Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea
verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y
después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de
masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes
tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de
cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre
la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra
adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de
rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.
Ya estaban en el buen tiempo. _El Retor_ era quien lo afirmaba, y
sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el
acierto de su patrón, el _tío Borrasca_. Aun quedaban para la próxima
semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á
Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían
ganarse el pan sin miedo.
Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y
sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre
el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una
muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de
monótona cadencia; sonaba lentamente el _¡oh_... _oh, isa!_ de unos
cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la
soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las
barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los _gatos_, que
estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados
mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos
absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que
envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.
Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su
calma cachazuda acabase de formular todo el plan.
Por fin habló _el Retor_. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar
el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros.
En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa
de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si
tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?
Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja
barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.
Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la
extensión de arena donde en verano se plantan las _barraquetes_ para los
bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles
con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y
grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante
como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una
trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del
Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios,
los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto,
y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos
en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el _Cap de Fransa_, una masa
prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se
alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas
torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas
barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.
No temiendo espionajes, _el Retor_ volvió á sentarse al lado de su
hermano.
Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de
pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un
viaje á la _còsta d'afòra_, á Argel; como quien dice á la pared de
enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como
pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre
quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de
_alguilla_ y _Flor de Mayo_... _¡Rediel!_ ese era el negocio; mil veces
lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?
Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el
alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar
en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le
parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen
hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el
contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre
aburrido de la pesca.
Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase,
enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el
muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado
en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.
Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la
_Garbosa_. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, _el Retor_
entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi
despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada
hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una
guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella;
compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el
mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.
Además--y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande--, con una
barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les
echaba la zarpa.
Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase _el Retor_
de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que
exponía su vida.
Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la
tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía
buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.
Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir
inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba
siendo su tío.
Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de _Carabina_, y
allá fueron los dos hermanos.
Al pasar por cerca de la casa _dels bòus_ miraron la barcaza-taberna,
cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un _¡adiós, mare!_ el
rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo
blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta
sobre el mostrador.
Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas
inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos
confundiendo su monótono _rac-rac_ con la susurrante calma de la playa,
y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas
sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas
despidiendo reflejos metálicos.
Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo
sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un
agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales
emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un
esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un
monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas
de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando
entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable
torno.
Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se
albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del
mar.
Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los
edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho,
según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con
profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos
hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los
transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se
secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.
Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos,
pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores,
como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la
línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla
semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba
el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de
perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.
Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban
plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían
los dueños de las parejas del _bòu_. En lo alto del mástil se secaban
los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un
pabellón consular. _El Retor_ miraba estos palitroques con cierta
envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese
plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?
Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la
gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes,
estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos
con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos
languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches
del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres
pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con
la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca,
marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban
animación y vida.
El de _Carabina_ estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una
aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda
negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del
aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.
Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre
generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío
Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y
otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa
superioridad al _tío Gòri_, un viejo carpintero de ribera que durante
veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde
el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los
días de holganza le oían hasta el anochecer.
--«_Se abre_... _la sisión_. _El siñor Segasta pide la palabra_.»
Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:
--_¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!_
Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por
debajo del blanco y chamuscado bigote:
--«_Siñores: contestando á lo que ayer dijo_...»
Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para
mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:
--_¡Este es un embustero!_
_El Retor_, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de
aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se
dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un _¡hola_,
_chiquets!_ permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus
ilustres amigos.
Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata,
que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y
algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo,
buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de
_Carabina_, aliciente principal del establecimiento.
El señor Mariano (a) _el Callao_ (aunque todos se guardaban de darle en
su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo
cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de
color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en
toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro
cuartos.
Llamábanle _el Callao_ porque cada día hablaba una docena de veces de
aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero
de primera á bordo de la _Numancia_. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez,
á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del
héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo
ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del
glorioso navío: _¡Bum! ¡brurrrum!_
Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la
feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último
carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en
algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad,
prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento
mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que,
después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas
del pueblo.
Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los
alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á
Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.
Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los
pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de
heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más
respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas
veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde
vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes,
que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan
peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su _gato_ el señor
Mariano.
Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido,
¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la
gente, trabajadora y atrevida.
Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante
enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar
del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como
sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para
favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del
estanco.
Gracias á sus _agallas_ y á Dios, que no le había abandonado, tenía con
qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba
recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados
por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos
humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de _los moscas_,
y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á
cambio de ser ciego por una hora.
El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que
venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la
gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero
estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la
idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se
cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera
ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo
á pescar.
¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre
para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel
excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer;
pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; _le
tiraba_ la afición al fardo prohibido.
Y como _el Retor_ expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando,
como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.
Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus
amigos del _entrepôt_ de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo
á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á
venderlo.
--_Grasies_, _tío_--murmuraba _el Retor_ saltándosele las lágrimas--.
_¡Qué bò es vosté!_...
Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se
acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero
de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le
daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido.
La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y _el
Retor_, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con
sendas cabezadas.
Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores,
indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con
la vista fija y sin menear apenas los labios.
¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á
los del _entrepôt_.
Pero _el Retor_ no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él
que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía
que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la
_côlla_ de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando
la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes.
El traje de sayón era de su padre.
El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque
jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave
expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. _El Retor_ y su
hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío.
Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino
para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?
--Bueno; _pues á dinar y hasta la vista_, _chiquets_.
Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera,
volviendo al barrio de las Barracas.
--_¿Qué t'ha dit el tío?_--preguntó Tonet con indiferencia.
Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró.
¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se
hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.
El bondadoso _Retor_ se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y
alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.
Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le
quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.
Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel
escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado
hasta él.
V
Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció
sereno.
La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante,
igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas,
con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á
la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto
estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres
atabales.
Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si,
barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.
La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños
trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la
procesión del Encuentro.
Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados,
_las vestas_, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez
inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga
varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del
fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de
deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de
ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las
cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la
arena, sufría indecibles angustias.
Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados
de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media
con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo
conoce con el nombre vago y acomodaticio de _traje de guerrero_;
tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de
un _apache_; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo
y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente
imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el
despropósito, con las fúnebres _vestas_ y los imponentes judíos, pasaban
los _granaderos de la Virgen_, buenos mozos, con enormes mitras
semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme
negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún
ataúd.
Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el
guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en
todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede
uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la
custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas
todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente;
desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.
Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes;
madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un
_¡Reina y siñora, qué guapos van!_ y la mascarada piadosa servía para
recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora
Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio,
casi á la puerta de la taberna del tío _Chulla_.
Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes
rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido
estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales
marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.
Las _còllas_ se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos,
solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes
para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres
estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los
horripilantes atributos de la Pasión.
_El Retor_ era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche
saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón
durante el resto del año y considerado por toda la familia como el
tesoro de la casa.
¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre _Retor_, cada año más
rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!
Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale
tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón
las cortas piernas y el vientre de su _Retor_, mientras que Pascualet,
sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le
reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el
terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los
muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.
Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de
acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla,
apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores;
apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la
celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la
nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con
voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por
la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.
Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á
otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas;
pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche
con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el
cansancio.
Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera.
Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la
frontera de sus dominios a recibir el ejército.
Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los
pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio,
mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón
por el estandarte.
Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo,
fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un
general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No;
Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas,
ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don
Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían
conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro
de la Marina.
Ya iban todas las _còllas_ camino de la iglesia, con la música al
frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de
un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.
Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos
procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su
guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y
sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el
peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían
la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que
no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor _carácter_, ponían
un gesto feroz de pocos amigos, y las _vestas_, con el capuchón calado y
la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que
los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la
madre.
Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos
desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en
medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos
cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un
cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica _Samaritana_, en
las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus
madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias
rayadas.
Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.
--_¡Siñor!_... _¡Ay Siñor, Deu meu!_--murmuraban con acento angustiado
las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de
la pillería excolmugada.
Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas
sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había
venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado
fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos
que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:
--_¡Morrals!_... _¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?_
¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor!
de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.
La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la
calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas
figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose
por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas,
agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre
los ojos.
Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y
rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en
lugar preferente la procesión.
La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?...
Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la
infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían
las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la
empresa de su acicalamiento.
Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso
que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y
¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la
mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el
aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al
mirar á la gente. ¡Ah, la _arrastrada!_... ¡Y cómo la respetaban y
mimaban todos á pesar de su orgullo!
Las dos cuñadas, con gran desesperación de la _tía Picores_, seguían
mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado
había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de
amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que
hacía presentir nuevas explosiones.
Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se
limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La
muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio
en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía
quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al
momento.
Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran
sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y
comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores
con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus
espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía
inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.
Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso,
deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del
encuentro.
La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por
encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz
erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la
Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de
negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual
brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba
sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.
Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban.
_¡Ay, reina y soberana!_ Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre
á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala)
que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino
del presidio.
Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no
les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.
Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus
destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos;
callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles
frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono
ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del
encuentro.
La gente oía embobada al _tío Grancha_, un viejo _velluter_ que todos
los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella
fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando
los bebedores de la inmediata taberna de _Chulla_ reían demasiado
fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y
los devotos clamaban indignados:
--_¡Calleu_... _recordons!_
Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á
dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y
mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el _tío
Grancha_, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que
contrastaba con su capitán patizambo.
Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien
adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo
quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué
sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la
encontraba sola!
Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia,
la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é
insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de
la hermosa nuca erizada de rizados pelos.
Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien
decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde
le diese la gana?
Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la
pupila de hermoso verde mar.
Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se
comía los hombres con los ojos.
Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una
prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que
estaban medio locas. _Piensa el ladrón que todos_, etc.... Ella
únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.
--_¡Mare!_, _¡mare!_--gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las
faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se
arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban
á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
--_¿Qué es asò?_ _¿Sempre lo mateix?_--bramó un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la _tía Picores_ se interpuso entre las
combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. _Tú
Dolores_... _á casa_. _Y tú, mala llengua, que no t'oixca_.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la
procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil
veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó
con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar
por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del
traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.
_El Retor_ habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la
malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la
saludable expansión.
Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su
hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía
menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un
puerco espín.
Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él
á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le
ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores,
pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con
movimientos de cabeza.
En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba
arreglado.
Y ahora al negocio.
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de
gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos
aporreaban las puertas con garrotes, la _Garbosa_, aquella ruina del
mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina,
blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal;
contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que
oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la _Garbosa_ en aguas del cabo de San
Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos
reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las
aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y
bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con
ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la
inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un
cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la _Garbosa_ había pasado todo el día
en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en
la entrada del verdadero camino de Argel.
_El Retor_, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la
obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un
viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz
del farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de
á bordo, él era el único que había estado en Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña
al Sudeste! y no había más que dejar á la _Garbosa_ que siguiese su
camino si el viento era bueno.
_El Retor_ se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca,
exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje
que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar
lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la
obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja
rojiza con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y
cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta
media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
_El Retor_ era el único que velaba á bordo de la _Garbosa_. Á pesar del
rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á
sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes
hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo.
Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por
cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura?
¿Resistiría la _Garbosa_ si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le
pillarían cuando volviese cargado hacia España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo
enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja _Garbosa_ como si
los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la
punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo,
parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado,
por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el
resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas
rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias
ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y
azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el
horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de
color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La _Garbosa_ avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto
anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos,
marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las
aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la
cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la _Garbosa_ alcanzaba la vista las hondas
profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca
reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con
nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de
estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines,
sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de
polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que
se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de
vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de
colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres
otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y
cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se
agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos
esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El
_gato_ de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla
del mediodía, y _el Retor_, paseando por la estrecha popa y mirando al
horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La _Garbosa_,
aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la
calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban
por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha
chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación;
_trigueros_ que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando
en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas,
burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como
si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la _Garbosa_ ardían
las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del
mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo
plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma
bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar
las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar
que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera
caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían
perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.
Iban á dormir en la _zorra_ de aquel carro viejo, y uno tras otro
deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que
rezumaban, quejándose al menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el
viento, y la _Garbosa_, como un caballo viejo de buena casta que siente
la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y
poco después todos los tripulantes de la _Garbosa_ vieron salir
pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios,
con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes
pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que
avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando
una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de
leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo
evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con
asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El
más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de
banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo
señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que
rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las
vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres.
¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría
estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el
respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.
Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin
dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el
inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el
arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet
recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la
_Mala Dòna_. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una
atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se
levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría
de espumarajos, y toda la _Garbosa_, crujiente y conmovida, avanzaba
veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra
y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la _Mala Dòna_, esfumados por la
distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas
blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la
atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de
hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La _Garbosa_ inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á
estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del
pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada
crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de
misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra
la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y
delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del
Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en
África.
Percibíase desde la _Garbosa_ el choque del oleaje sobre los
acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los
moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde
el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta,
brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se
multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de
luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á
centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la
costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio,
apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados
contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por
ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo
abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás,
la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de
la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna
fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las
aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se
divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las
linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad
de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre
los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con
resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes
tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces
carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa
de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los
cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros
árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una
ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las
mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al
llegar la noche con el apetito excitado.
_El Retor_, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba
las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela
para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y
agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces
tras una lona que sostenía el _gato_ de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más
obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con
curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja.
Los del _entrepôt_ contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.
_El Retor_ explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No
convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia
que allí habían muchos _moscas_ prontos á telegrafiar á España el nombre
y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor
era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer
hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de
Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando
interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de
la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros,
sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban
codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á
sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba
las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas
escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los
cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el
_gato_ de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja,
brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices
casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el
tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada
hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el
_Boulevard de la República_, con sus grandes cafés, donde iban los
señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los
morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de
seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y
hermosas tiendas; la _plaza del Caballo_ con la mezquita principal, un
gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados
á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo
último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante
pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las
calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como
patitos y diciendo _mersi_ á cada chicoleo; soldados con gorro de
datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia;
gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí
huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la
acera, donde se servía la absenta á vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y
guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían
prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? _¡Redeu!_ Aquello sí que era
notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en
que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera,
comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre
cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de
inmundicia bajando por los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir
tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos
en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué
cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año.
El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á
puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se
zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como
los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón,
tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al
son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común,
que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas
teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas
de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo
frotaros con sus manazas, y otras _¡rediel!_... otras que eran las
señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un
ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo
del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de
platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y
medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota
rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era
así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los
zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la
negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos
y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca
marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los
llevaron al _violón_, de donde los sacó el cónsul después de dos días de
encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras
reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los
pies con expresión de hombre cansado:
--_¡Ay!_... _Entonses tenía yo més humor_.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una
luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si
nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del _entrepôt_. Saltó á la cubierta de la _Garbosa_ un
buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los
puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió
cuenta al _Retor_ de su comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de _mosiú_ Mariano, de Valencia; les
esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba
el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las
autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios
despachar pronto.
--_¡A la faena!_--gritó el Retor á su gente--. _Cárrega á bordo_.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el
montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos
envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de
la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los
fardos, y la _Garbosa_, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose,
lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la
excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca.
¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y _el Retor_
contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que
comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le
ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de
allí á dos noches en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja
cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos
y que no cayesen al mar.
--_Buona sorte, patrón_--chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y
estrechando con fuerza la mano del _Retor_.
Se alejó el vaporcillo; la _Garbosa_ extendió su vela, y comenzó á
correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos
brillante.
Al _Retor_ se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que
Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo!
Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta
la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las
olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si
estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la
barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á
flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la _Mala Dòna_ veíase por la popa como una
vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la
noche, la recordaba _el Retor_ como si fuese un sueño, ahora que se veía
de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no
dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación
fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre
_Garbosa_, que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al _Retor_ era el tiempo. Buen viento y mar
bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora
comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato.
Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en
su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso,
lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido
como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El
cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie
del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así
como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base
cortada por dos fajas de nubes.
La _Garbosa_, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la
ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar
hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón.
Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo...
_¡Futro!_ No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una
escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo.
Algún _mosca_ había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la
_Garbosa_ había salido á algo más que á pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su
hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la _Garbosa_, inclinando un poco su proa,
se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en
esta maniobra, y la _Garbosa_ navegaba con gran rapidez hundiendo
muchas veces bajo las olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella
barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba
considerable, y _el Retor_ pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á
dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las
aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la
altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.
_El Retor_ adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era
muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el
convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la _Garbosa_ hacia
tierra para echar sus fardos.
Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un
refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar
en un zapato como la _Garbosa_. ¡Á las Columbretas, refugio de los
hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del
comercio!
Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y
lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada
_Garbosa_, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta
Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas,
que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de
los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila
siempre que no sopla el Levante.
La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una
alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el
ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde
ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos
de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de
tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable
distancia, están las Columbretas menores; la _Foradada_, surgiendo de
las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes
rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso
prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.
La _Garbosa_ quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros
estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se
refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se
fijaran en ellos.
Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las
habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos,
pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que,
refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes
estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera
escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo
del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta
ondulación.
Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de
peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta
extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la
cerrazón del tiempo.
No se veía ni una vela; pero _el Retor_ estaba intranquilo, temiendo que
sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como
refugio de contrabandistas.
La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto
la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su
audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de
menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?
El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque
el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los
ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.
Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la _Garbosa_ y
salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á
nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros,
agrupadas en la plazoleta frente á la torre.
¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la _Garbosa_ tan pronto se
encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba
de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban
los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos
del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada
choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas
resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y
atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de
cabeza á pies.
Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca...
bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.
Mas _el Retor_ no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía
en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más
furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la
mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no
abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles
vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un
estertor de agonía.
Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía
allá en el Cabañal.
Aquello no era nada, _¡recordons!_ No había que apurarse. Y si la
zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de
ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las
tabernas... ¡Atención con esa que viene!... _¡Brrum!_ Ya pasó. Si
llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De
todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni
se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para
morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son
gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol.
¡Atención, que viene otra!...
Y _el Retor_ hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico
adquirido en su aprendizaje con el _tío Borrasca_. Pero el único que le
oía era el _gato_, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la
emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes,
como si no quisiera perder nada del espectáculo.
Cerraba la noche. La _Garbosa_ navegaba á media vela, dando espantosas
cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar
desapercibido que evitar un choque.
Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las
olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.
_El Retor_ no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto
reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de
audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á
los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de
soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes,
en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!
Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del
Rosario.
Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo.
¿Pero les esperarían?
_El Retor_, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa
serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí
aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el
viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente
á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por
ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de
fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían
desmenuzando, hasta hacerla astillas.
Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la
_Garbosa_ marchó recta, empujada más por las olas que por el viento,
hacia la obscura playa.
Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un
grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido
tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una
manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.
La _Garbosa_ extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba,
sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas;
marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y
encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar,
hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con
un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca
se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la
vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando
hombres y arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de
la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de
los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena
de brazos tendida hasta la playa.
--_¡Tío, tío!_--gritó _el Retor_ lanzándose al agua, que no le pasó del
pecho.
--_Presente_--contestó una voz desde la playa--. _Mutis y á la faena_.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa
doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos
enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y
una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando
fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las
espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde
desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al
calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se
alejaban. _ El Retor_ vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra
con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver
en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban
_untados_ y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había
que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga,
gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo,
y creía aquello de _quien roba á un ladrón_, etc. No; pues de él no se
reirían, _¡redeu!_ al primero que escondiera un fardo, le pegaba un
tiro.
La descarga fué como un sueño. Cuando _el Retor_ comenzó á reponerse de
la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras,
se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir
palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.
Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían
sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la
arena.
Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y
lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al _gato_ lo pescaron
cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento
de encallar.
_El Retor_, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por
fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios
todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un
hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado
lo tenía.
Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada
á la infeliz _Garbosa_, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la
arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada
empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo
de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga
vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino,
cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.
VII
El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío
Mariano entregó al _Retor_ pocos días después.
Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le
consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su
parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había
enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena
jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.
_El Retor_ estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del
_alijo_, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban
escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la
que un hombre honrado podía meterse en _algo_.
Y este _algo_, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el
carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la
pobre gente.
El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el
juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo:
para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios,
sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor
parte.
Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba
agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba
de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una
barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se
daban á la vela frente á la casa _del bòus_.
Ya era hora, _¡rediel!_ No le verían más como marinero ni patrón
alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á
la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la
punta sus redes.
Señores, sépanlo todos: _el Retor_ hace una barca; Dolores la guapa, si
va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las
vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la
acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para
contemplar con cierta envidia al _Retor_ que, mascullando el cigarro, se
estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y
cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes,
otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.
La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no
había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la
mejor del Cabañal.
Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la
barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte
que le correspondía del alijo, y que el bueno del _Retor_ procuraba
hacer lo mayor posible.
En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su
miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se
notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz
mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á
Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor
economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase
los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria.
Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un
puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no
iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las
timbas de _cuartos_ ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de
esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad,
le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su
época de penuria.
Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los
felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con
ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en
que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo
término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas
del juego.
Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y
jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor
protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces,
pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose
en la cocina si _el Retor_ estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con
la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala
conducta.
Si en una de éstas entraba _el Retor_, celebraba mucho el buen sentido
de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería
bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado
fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las
reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para
aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!
Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en
casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que
la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su
hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme
esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus
gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban
incesantemente.
Así fué llegando el verano.
El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el
resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor
empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera
ciudad de _quita y pon_. Las _barraquetas_ de los bañistas, con sus
muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta
fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores,
rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el
vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que
distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión
del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago,
esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y
terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble
de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos:
_Restaurant de París, Fonda del buen gusto_; y entre estos pedantes de
la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de
esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire
libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de
regocijada ortografía: _El Nap, Salvaor y Neleta_, y ofrecían como plato
del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.
Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con
las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles
pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como
banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente
hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se
confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos,
el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio
ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa
blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de
agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos
bofetadas al primer municipal.
Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión
alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella
temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto
del año.
Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del _Retor_
pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como
un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que
se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el
casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una
proa tan fina, que era _talmente_ una navaja de afeitar; pintado de
negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre
blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.
Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero
para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes
del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como
una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.
Esto lo decía _el Retor_ una noche, sentado en el corro que se formaba á
la puerta de su casa.
Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba
al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en
el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje
con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.
Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de
pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la
vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las
puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar.
_¡Redeu!_ ¡Cómo estarían asándose en Valencia!
La _siñá_ Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella
decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la
vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de
pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil
enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las
mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se
había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las
abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia
era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y
aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.
Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una
miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica
de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el
camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y
procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á
estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua
Aduana.
¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre:
su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella
la gallardía del _siñor Martines_.
Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las
mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera
alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol
y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del
cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro
de la muchacha.
Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de
Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano,
cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en
aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no
encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.
¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo
como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y
causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la
proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria
retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los
momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su
barcaza.
En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén,
punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de
chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo
asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona
tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:
_La lluna, la pruna_ _vestida de dòl_...
¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero
¡que si quieres!...
_sa mare la crida_ _son pare no vòl_.
Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor
á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.
_El Retor_ seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15;
hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la
bendición. Pero algo faltaba, _¡futro!_... ¡y no haberlo pensado!
Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?
Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el
suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.
Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino
del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría _Escupehierro_. ¡Eh! ¿qué
tal?
Por _el Retor_ no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase
con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse _Escupehierro_, y la
veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho
portugués.
Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el
Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era
la proposición de la _siñá_ Tona: que se llamase _Ligera_, como la otra
en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la
familia.
Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra.
La suerte de la otra lo demostraba.
El de Dolores era mejor: _La rosa del mar..._ ¡Qué bonito! ¡Qué gusto
tenía para todo su mujer! Pero _el Retor_ recordaba que había otra con
el mismo título. ¡Era lástima!...
Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada
título, soltó el suyo. Debía llamarse _Flor de Mayo_. Aquella misma
noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de
las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de
Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de
colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina,
con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo
de flores que parecían rábanos.
_El Retor_ se entusiasmaba. Sí; _¡recristo!_ aquello estaba puesto en
razón. La barca se llamaría _Flor de Mayo_, como el tabaco que fabrican
en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el
dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos
paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; _Flor de Mayo_,
nada más que _Flor de Mayo_.
Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus
rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le
encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo
nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas
americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la
gestación de la mayor república del mundo.
_El Retor_ estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar,
caballeros!... y á los postres se brindaría por _Flor de Mayo_.
Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con
toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó
el monótono concierto de _la lluna, la pruna_.
Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo
todo el Cabañal que la barca se llamaba _Flor de Mayo_, y cuando en la
víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la
_casa del bòus_, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior,
pintado con hermoso azul, su dulce título.
Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar
en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca
nada menos que el señor Mariano _el Callao_, un ricachón que, aunque del
puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un
dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas
como una bendición de Dios.
_El Retor_ sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para
escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago
el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para
los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al
sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba
en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.
Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la
mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además,
él estaba allí para pagar lo que fuese.
Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por
él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.
Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el
sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don
Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra,
para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate,
con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre
la deshilachada trama el relleno del realce.
Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella
mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres
saludaban sonrientes al _pae capellá_, hombre campechano, tolerante, con
sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su
_ganado_, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por
alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera
las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la
pillasen con las pesas cortas.
Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas,
confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La
gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia,
y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la
_Flor de Mayo_, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante,
charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre
el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo
tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de
gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el
viento de los temporales fuese arrebatándolas.
_El Retor_ y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se
apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos;
la _siñá_ Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de
sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á
Valencia para hablar con el gobernador.
Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista.
Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de
vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en
la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una
oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura
expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta,
su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con
Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y _el Retor_, deslumbrante,
hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de
Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco--prenda
que usaba por primera vez en su vida--una cadena de _doublé_ tamaña como
un cable de su barca.
Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba
por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver,
señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después
sería el jaleo.
Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se
quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada
capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «_Propitiare Domini
supplicationibus nostis et benedic navem istam_», etc.
Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados
del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar _¡amén!_ á
todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza
descubierta, esperando algo extraordinario.
Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con
gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el
silencio general, y _el Retor_, á quien la emoción convertía en un pobre
mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose
de lo que el cura decía en latín á su _Flor de Mayo_.
Lo único que pudo pillar fué lo de _Arcam Noe ambulantem in diluvio_, y
se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada
con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él
mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el
mundo.
La _siñá_ Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para
impedir que saltasen las lágrimas.
Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:
--_Asperges_...
Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas
gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el _amén_
del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta
en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.
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