Juvenilla; Prosa ligera
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Title: Juvenilla; Prosa ligera
Author: Miguel Cané
Release date: December 7, 2012 [eBook #41575]
Most recently updated: October 23, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK JUVENILLA; PROSA LIGERA ***
JUVENILIA
PROSA LIGERA
MIGUEL CANÉ
Nació en Montevideo, en 1851, durante la emigración. Estudió en el
Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho en la
Universidad el año 1872. Perteneció al grupo de espíritus selectos que
formó la "generación del ochenta", en momentos en que la cultura
argentina se renovaba substancialmente en el orden científico y
literario.
Su actividad fué solicitada alternativamente por la política, la
diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser más
representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
Filosofía y Letras, a cuya existencia quedó para siempre vinculado su
nombre.
Inició su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
fué diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
telégrafos; después de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
Austria, Alemania, España y Francia. En 1892 fué Intendente de Buenos
Aires y poco después Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.
Publicó los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traducción de "Enrique IV"
(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
tan interesante como los anteriores.
Con excelente gusto crítico y ductilidad de estilo, cualidades que educó
en todo tiempo, logró ser el más leído de nuestros "croniqueurs",
igualando los buenos modelos de este género esencialmente francés. Más
se preocupó de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
prefiriendo la línea esbelta a la pesada robustez, como que fué en sus
aficiones un griego de París.
Falleció en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.
"LA CULTURA ARGENTINA"
MIGUEL CANÉ
JUVENILIA
PROSA LIGERA
Textos completos, con un prólogo de
HORACIO RAMOS MEJÍA
BUENOS AIRES
«La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646
1916
=ADVERTENCIA DE LA PRESENTE REEDICION=
Por indicación del Dr. Miguel Cané (hijo) se ha preferido para la
reimpresión de "Juvenilia" el texto de la edición de 1901, que ha sido
objeto de retoques y adiciones del autor; para la de "Prosa Ligera" se
sigue el texto de 1903.--L.C.A.
PRÓLOGO
I
Nos separan algunos lustros de la época en que Miguel Cané actuaba; poco
tiempo, sin duda, en la evolución moral de un país, aunque el nuestro,
por causas complejas, realiza la propia a saltos. En fantástica carrera
los hechos se suceden, cambiando nuestra fisonomía colectiva a cada
instante. Aquel lapso de tiempo equivale en la vida europea al correr de
muchos años, quizá varias décadas. Entre nosotros la duración de una
existencia humana representa una época. Así, al hablar de Cané, casi
tenemos que referirnos a un momento completamente diverso del actual.
Ocurrió su nacimiento en 1851, en vísperas de la organización nacional.
Contemporáneo de Sarmiento, Vicente F. López y Alberdi, perteneció a la
generación de Pellegrini, Lucio V. López, del Valle y Avellaneda. Todos
se han ido y con ellos sus modalidades, sus virtudes, sus vicios y sus
costumbres. Hubo entonces más personalidades descollantes, ya porque el
término medio fuera más bajo o porque existe actualmente un nivel
superior de cultura general efectuado a expensas de la individualidad
sobresaliente. De todas maneras, pudo en aquel tiempo existir, y
existió, una _élite_ en cierto modo reducida, directora absoluta en
todos los órdenes de la actividad: política, artística y social,
inconcebible en estos tiempos de actividades antagónicas y en que la
mayor población, o mejor, la necesidad de dividir el trabajo social, ha
originado esferas de acción diversas, sin más punto de contacto que el
del choque.
Aquel grupo director, a que perteneció Cané por méritos propios,
constituyó en política el gobierno y la oposición simultáneamente, por
no decir que fué siempre y únicamente lo primero, no existiendo la
segunda; pues si bien actuó en estos dos aspectos de la vida pública, lo
hizo sin que existieran más divergencias entre sus componentes que las
nacidas de la simpatía personal o de los rumbos circunstanciales tomados
por cualquiera de ellos. Chocaron hombres, no ideas. Los negocios
públicos se manejaron así, en acuerdo íntimo, aunque en el detalle, o en
la forma, se pudiera diferir. De tal modo, más que una causa de
discordia, la política fué para ellos un nuevo lazo de unión, que hizo
más fuerte y eficaz su influencia, hasta por el hecho mismo de dar la
cómoda apariencia de un rodaje político completo, sin sus notorios
inconvenientes. En arte fué el grupo avanzado que gustaba de la música,
del teatro y de las letras modernas, mientras la generalidad se
emocionaba todavía con la lírica ingenua y las trovas románticas; y
llegado el caso, en noble complot, provocaba por medio de vigorosos
artículos o en propagandas de club y casas de familia, una corriente
simpática para salvar del desamparo a Rossi, el estupendo intérprete de
Shakespeare, que se debatía en el Politeama entre la olímpica frialdad
de las butacas vacías.
En el aspecto social de la vida, tuvieron el doble prestigio de su
nacimiento y de su talento. La estrecha comunidad de afectos y de
ideales, favoreciendo la tertulia amable de la fiesta de familia y del
club, ocasión para el trato continuo y obligadamente chispeante, hizo de
ellos esos "causeurs" inimitables, persuasivos sin aparentarlo y
entretenidos hasta sin quererlo; supieron usar de ese don con eficacia,
y de ellos salió el conjunto de oradores que ha tenido la República.
Esa fué la influencia de la "élite" en los tres órdenes de la actividad
de ese tiempo. En retribución, el medio los hizo así: Hombres de mundo,
decidores, caballerescos y delicados hasta en el insulto al adversario;
escritores de afición, entretenidos y sueltos, casi ninguno dedicado
totalmente a la literatura, como a nada; políticos de alma--cargando el
prejuicio de que sólo el puesto público exalta la personalidad y aleja
la perspectiva del fracaso--francos, cariñosos y nobles; conjunto de
cualidades y defectos que puede resumirse en una sola palabra: el
_porteño_, prototipo de nuestra psicología social. A su acervo habría
que agregar, redondeando el retrato, ese convencimiento íntimo, tan
suyo, de superioridad respecto del provinciano, cuya silueta, de
contornos inesperados por la traición alevosa del sastre del terruño, en
impensada conjura con una capilosidad que tenía reminiscencias de
bosque,--al que no le faltaban ni los trinos zorzaleños,--ocultaba
todo ese caudal de voluntad, honda instrucción y solidez de
pensamiento,--intransparentable por la reserva de su temperamento,--para
ofrecerse sin defensa exterior de ninguna clase al comentario risueño e
incisivo. Me viene el recuerdo de una de sus páginas tan felices de
Juvenilia, en la que su autor nos refiere uno de los muchos incidentes a
que daba lugar este antagonismo de los dos caracteres:
"Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos (dos
provincianos)--cuenta Cané--uno que decía, con una palangana en la
mano: ¡Agora no más la vo a derramar! y el otro que contestaba en voz de
tiple: ¡No la derramís! Lo convertimos en estribillo que les ponía fuera
de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote". La viveza y el indiscutible brillo del porteño, hízole
aprovechar de esa ventaja de su temperamento--que era la única--y le
asignó injustamente un valor que no tenía...
Si se quisiera una muestra de lo que decíamos al comenzar, ninguna sería
mejor, posiblemente, que ésta: los pocos años transcurridos han bastado
para borrar aquellas creencias, aunque una falsa exterioridad pretenda
ocultarlo, en algunos casos.
El porteño tenía el complemento de su personalidad en la calle Florida.
Los coches en interminable hilera desfilaban, a la caída de la tarde, de
regreso de Palermo, con todo lo elegante que en nuestra sociedad
contaba, entre la doble fila de muchachos. El saludo amplio y largo, en
el que el sombrero parecía añorar el penacho caballeresco, señalaba el
encuentro de la gente conocida, que era toda.
Luego los famosos bailes del Club del Progreso...
¿No parece que estuviéramos hablando de otro país? Tan diferente fué esa
época de la actual, que de ella sólo queda el recuerdo, formado, para
nosotros, de las conversaciones de aquellos que fueron actores, cuando
en días de invierno propicios al calor del fuego, o en noches de
serenidad estival, bajo el amplio techo de estrellas y de una melancolía
que era un repique lejano, gustaban relatar a media voz sus tiempos de
juventud, con esa elocuencia tan evocadora, aun para los que nada
habíamos visto y que sólo hemos sentido en ellos...
Miguel Cané fué todo eso. Tuvo, asimismo, otras condiciones de que
carecieran la mayoría de sus contemporáneos, o que en ellos estuvieron
mitigadas por sus temperamentos.
Señaló en el diapasón general una tendencia que resulta grata para las
almas afines: el afán de la cultura intelectual superior, artística. La
fundación de la Facultad de Filosofía y Letras fué una de sus
aspiraciones, y fué creada, en mucha parte, por los trabajos que él
hiciera en su favor. Aunque ella, más que una solución,--la Facultad de
Derecho o de Medicina, pueden haber abogados y médicos; la de Filosofía
y Letras no hace un filósofo ni un literato,--es índice que señala un
derrotero, y a Cané debemos nuestro agradecimiento por eso. Hay otro
hecho que lo señala también a una consideración especial en este mismo
sentido. En un momento de la vida intelectual argentina, en que su
prestigio de hombre de letras le permitió ejercer un cierto tutelaje
paternal sobre los nuevos, supo ser un protector decidido e inteligente.
Y saber alentar es como ser bueno: no se aprende, se nace.
II
De toda su generación y aun de las anteriores, Cané ha sido, como
escritor, el tipo representativo, como lo fuera Echeverría bajo otro
concepto, y lo es Lugones de nuestro momento actual.
Su tipo representativo, desde este punto de vista: de lo que pudieron
dar la mayoría de nuestros hombres con vocación literaria. De lo que
dieron es Echeverría, posiblemente el más talentoso de todos, imitador,
en poesía y cuyas ideas, sino mal asimiladas, representaban con algún
atraso el movimiento ideológico del mundo. Este ejemplo expresa
claramente el juicio que nos merece la obra intelectual argentina
pre-actual.
En otro tiempo, cuando el entusiasmo ciego y _a priori_ por nuestros
escritores nos hizo leerlos con asiduidad y cariño, nos aburrimos.
Sucedió tal cosa, sin embargo, porque un falso criterio presidió nuestra
lectura.
La labor constructiva del país encomendada a aquellos hombres, obligólos
a una acción múltiple, que tuvo la eficacia del conjunto, pero que
llevaba forzosamente implícita una ineficiencia cierta en cada una de
las actividades parciales. Cané afirmaba que el mal de nuestra
estructura era la vaguedad del ideal. Más preciso hubiera sido decir: la
pluralidad de ideales. "En el principio era la Acción". Acción resultó
para ellos la literatura, el arte, como la política y la guerra. Como
tal debemos considerar todos los frutos de su pensamiento. Tener
otro criterio para juzgarlos, sería equivocar la verdadera
intención--subconsciente--que animó a nuestros hombres. No contradice
todo esto lo que dijéramos al principio, de que Cané fué el tipo
representativo de su generación y de las anteriores, en el sentido de
que señaló una pauta respecto a lo que pudieron dar los que, como él,
tuvieron vocación por las letras. Con un criterio que no es el caso de
analizar minuciosamente, en bien o en mal, la mayoría de nuestros
escritores pre-actuales, buscaron hacer "obras definitivas". Las
circunstancias que hemos indicado hicieron que ellas resultasen
trasuntos de teorías y pensamientos ajenos, no siempre bien asimilados y
concretados en un amontonamiento de páginas ilegibles y tremendamente
aburridas.
Los libros de Cané, en cambio,--salvo Juvenilia, que es un
recuerdo,--están formados casi en su totalidad de artículos sueltos, que
aparecieran en diarios y revistas sin ningún plan de compilación
ulterior. Verdaderamente amenas, superficiales, escritas con fluidez y
señalando siempre una tendencia superior de cultura y un ideal de arte,
ellas son como el espejo normal donde se refleja lo que hubieran podido
ser aquéllas, a haber tenido sus plumas, como la de Cané, la célebre
divisa de las espadas florentinas: "_Non ti fidar di me, se il cor ti
manca_".
* * * * *
Hemos dudado mucho antes de fijar la creencia de que Cané no hubiera
podido ser más de lo que fué: un amateur de talento y gusto refinado.
¡Quién sabe si en su primera juventud no hubo pasta para un gran
escritor! Hicimos esta observación después de leer un artículo de
"Ensayos", su primer libro, que no conocíamos, a pesar de haber gustado
ya algunos de los posteriores: En viaje, Juvenilia, Prosa Ligera, de los
cuales había nacido aquel concepto.
¡Quién sabe! Se siente en ese artículo, en ese cuento, como que su mano,
transmutada en garra, se aleja de esa superficie de las cosas que él
tanto amara, e hiciera valer también con su prosa leve y fluida--para
cuya calificación exacta tendríamos que valernos de la expresión con que
Sainte Beuve define el estilo de Madame de Sevigné: "deja trotar su
pluma con la brida al cuello"--para penetrar en lo hondo y sacudir con
vibración de clarinada las fibras de la esperanza, de la angustia y del
dolor, como las tristes cañas, habladoras y gemebundas, cuando por entre
ellas sopla el huracán. Hay una sugerencia muy grande en "El Canto de la
Sirena". Surge de él un espíritu que no es el que luego fuera habitual
en Cané.
Pero, ¿no fué más hombre después? ¿No debió sufrir más? Y el dolor es la
sombra y la fuente del genio... ¿Fracasado? Alguna vez hemos pensado,
si no seremos todos, una vez entrados en la madurez, una esperanza más o
menos frustrada de la juventud.
¿Cuántas veces ha hablado, después, Cané, de esos mismos sentimientos?
Muchas veces y ninguna.
Entre esos renunciamientos continuos que dice Renan constituyen la vida,
quizá exista ese, inconsciente, que tomaría la forma de una desgastación
imperceptible de nuestra alma.
Y lo terrible es que es muy leve, con levedad que aleja la desconfianza
y con ella la defensa de sí misma[1]. Entonces he comprendido aquel
párrafo de la carta de Beethoven a Bettina Brentano: "Los artistas son
de fuego, ellos no lloran". No deben llorar ni vivir la vida de los
otros... Defenderse, defenderse siempre y de todo...
[1] Es por eso que siento un horror piadoso por los chicos precoces
a quienes tengo simpatía o cariño. Se me figura--y aquí hago mío un
pensamiento de José María Ramos Mejía--que los retardados poseen
como una capa preservadora que mantiene en una especie de fanal,
sus almas delicadas.
* * * * *
La obra literaria de Miguel Cané comprende siete volúmenes: "Ensayos",
"En viaje", "Charlas literarias", "Juvenilia", la hermosísima traducción
del "Enrique IV" de Shakespeare, "Notas e Impresiones" y por último
"Prosa Ligera"[2].
[2] A esto hay que agregar algunos artículos sueltos aparecidos en
diversas revistas. Véase "La Biblioteca" y la "Revista de Buenos
Aires", entre otras. "A la distancia", que algunos diccionarios y
publicaciones consideran como otro volumen, es un folleto en el que
se han reunido dos artículos que se encuentran en "Charlas
literarias": Carlos Encina--recuerdos íntimos--y "Tedium Vitae".
"Ensayos" es la obra de la juventud. Fué publicada en 1877, cuando su
autor tenía 26 años. Hay artículos, sin embargo, que llevan la fecha de
1872. Nada mejor que el prólogo para dar una idea del contenido del
volumen: "Decía al principio que no me hacía ilusiones sobre el mérito
de estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efímera de un
diario. Desde luego, no hay plan ninguno, ni ilación entre ellos. Una
lectura, una impresión, un recuerdo o una esperanza, he ahí de dónde han
salido, incompletos, desaliñados, sin soñar jamás el honor de ser
encuadernados". Tiene el interés, sin embargo, de mostrar a Cané en el
comienzo de su vida literaria. Estos primeros libros de los hombres de
letras tienen un sabor especial para el que quiere conocer sus almas.
Está allí más abierta que en ninguna parte; tienen siempre la ingenuidad
juvenil de cuando se cree en todo y la vida es verdaderamente "un arduo
deseo". El primer libro es quizá la única ocasión de conocer de cerca y
en lo posible un alma y un corazón. Ya hemos hablado de un artículo: "El
Canto de la Sirena". No hay para qué volver sobre él.
"En Viaje" es el relato de su visita a Colombia y Venezuela, con ocasión
de su investidura diplomática. Observador perspicaz y amable, no es
extraño que este libro sea una de sus mejores producciones. Tuvo, al
tiempo de su aparición, el mérito de hacer conocer países totalmente
ignorados por nuestros hombres.
"Charlas Literarias" es una colección de artículos de crítica sobre
autores argentinos y extranjeros, donde se destacan sus dos
predilecciones literarias: Shakespeare y Dickens. Aparece también allí
un estudio sobre Falstaff, que puede considerarse como la base del que
más tarde hiciera, precediendo su traducción del "Enrique IV". Tanto el
uno como el otro son de los más bellos y acertados que escribiera Cané.
"Notas e Impresiones" y "Prosa Ligera", su última publicación,
pertenecen a la misma categoría de "Charlas Literarias", aunque con una
tendencia argentinista más acentuada. A "Notas e Impresiones" lo
componen correspondencias que Cané envió desde París al diario "La
Prensa" y que fueron firmadas con el seudónimo de Travel. En "Prosa
Ligera" aparecen dos o tres estudios que tuvieron en un principio
aspiraciones a obras orgánicas. Tal los titulados: "El arte español",
base de un libro sobre Velázquez, y "En el fondo del río", "De cepa
criolla" y "A las cuchillas", trío destinado a formar parte de "un
estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento" y que comenzó a
escribir en 1884.
Por último "Juvenilia", su más grande acierto.
Forman el pequeño libro sus recuerdos de estudiante, época feliz que, de
todo el caudal acumulado de ciencia, de arte y de experiencia que la
vida da para aplacar sus asperezas, constituye lo único suave y
consolador, como mano de madre sobre una frente agitada.
¿Eran diferentes a nosotros los contemporáneos de Cané? Quizá no, con la
salvedad de que eran más muchachos. No recuerdo haber robado nunca unos
melones a ningún vasco. Y lo siento, sinceramente.
Cané calificó a esas páginas como de las más felices que había escrito,
y tampoco se equivocó esta vez.
Hay hombres que tienen un subjetivismo especial, precursor de una cierta
inmortalidad, que aumenta lógicamente en proporción a su talento. De
esos temperamentos han salido las confesiones o memorias íntimas, que
siempre han sido interesantes y que han asegurado la fama de su autor,
porque la vida del hombre, en esa parte que escapa a los demás porque es
un monólogo, según Amiel, tiene la atracción de lo desconocido, al mismo
tiempo que de lo inmutable, a través de los tiempos.
"Juvenilia" posee algo de esas cualidades. Sin ser una memoria ni una
confesión,--es un recuerdo, como dijimos,--tiene algo de ambas cosas.
Es contraproducente hablar de los recuerdos. Ellos, como el cariño, como
el amor, no se analizan, sino que se sienten. El que esto escribe, ha
gustado con delicia las páginas suavemente melancólicas de "Juvenilia",
escritas en una sencillez de estilo que no es una de sus menores
cualidades. Muchos debemos a ese alto espíritu una hora íntima,
proporcionada por ese libro delicioso. De pocos escritores, y más si
ellos son argentinos, podríase decir tal cosa. Y este es el mejor elogio
a su vida y a su obra. A "Juvenilia" estará siempre unido el nombre de
Cané, como el perfume de una flor evoca la imagen de la planta, que por
darle vida es estimada.
HORACIO RAMOS MEJÍA.
1916.
JUVENILIA
_Si modificara una sola línea de estas páginas, las más afortunadas de
las que he escrito, creería destruir el encanto que envuelve el mejor
momento de la existencia, introduciendo, en la armonía de sus acordes
juveniles, la nota grave de las impresiones que acompañan el descenso de
la colina._
_Las reproduzco hoy, porque no se encuentran ya y muchos de los que
entraban a la vida cuando se publicaron, desean conocerlas._
_De nuevo, pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que vuelen
hoy en atmósfera tan simpática y afectuosa como aquella que cruzaron por
primera vez, evocando a su paso imágenes sonrientes y serenas, son los
votos de quien los escribió con placer y acaba de releerlos con cierta
suave tristeza._
_M. C._
Enero 1901.
"Toutes ces premières impressions...
ne peuvent nous toucher que médiocrement;
il y a du vrai, de la sincerité;
mais ces peintures de l'enfance, recommencées
sans cesse, n'ont de prix
que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un
auteur original, d'un poète célèbre."
SAINTE-BEUVE.
Tal era el epígrafe que había puesto en la primera hoja del cuaderno en
que escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería tener
presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para
no ceder a esa tentación ignorada de los que no manejan una pluma y que
impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a
las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con
verdad; nunca pensé al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en
otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas
que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condición
normal de mi existencia. Horas melancólicas, sujetas a la presión
ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz interior del
recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los
cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma,
haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la
luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte
literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de
dominar las simpatías íntimas y afrontar la pintura de la vida con el
escalpelo en la mano que no hace vacilar el rápido latir del corazón.
Cuantas veces be intentado apartarme de mi inclinación, escribir, en una
palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho.
Cada uno debe seguir la vía que su índole le impone, porque es la única
en que puede desenvolver la fuerza relativa de su espíritu. La
perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador
elegante y fluido; pero cada estrofa no será un pedazo de alma de poeta,
y el que así horada el ritmo rebelde para engastar una idea, tendrá que
descender de las alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano
cernirse en el espacio o desgarrarse las entrañas en el pico de una
roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay la
distancia... de Byron a Tennyson.
Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba
alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces al chocar con
las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con
sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad y nada hay más
difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase
pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma
admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarles la
acción.
No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi ideal, pero estoy
contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he
buscado el buen camino.
J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris.
Ahora, ¿por qué publico estos recuerdos, destinados a pasar sólo bajo
los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han
leído me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos
años de sueño... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema
que los hombres de letras comprenderán: los publico porque los he
escrito.
Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas íntimas han
desaparecido porque, para ser comprendidas, era necesaria la luz intensa
del cariño que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero
mientras corregía, pensaba en todos mis compañeros de infancia,
separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos
nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer
biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos, fundándome en
las probabilidades del carácter y sin saber si aun existen. ¡Cuántos
desaparecidos! ¡Cuánta matemática, cuánta química y filosofía inútil! No
hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la
administración nacional, ví a un humilde escribiente cuyo cabello
empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes
en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez
que concluía una línea, dejaba la regla a un lado, sujetándola para que
no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma e inclinando la cabeza
como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el
efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el
paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la
manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado
ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de
mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico
éxito.--Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día
asombrado por la precisión y claridad con que expuso, tiza en mano, el
binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los
compañeros más débiles en matemáticas, que al fin perdió su nombre para
no responder sino al apodo de "Binomio". Le contemplé un momento, hasta
que levantando a su vez la cabeza, naturalmente después de una paralela
_réussie_, me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no
sabía la acogida que recibiría de mi parte. ¡Yo había sido nombrado
ministro! no sé dónde, ¡y él!... Me enterneció y lancé un: ¡Binomio!!
abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de
Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar.
--¿Y qué tal, Binomio, cómo va la vida?
--Bien; estuve cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la
policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires,
busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos.
--¿Y las matemáticas? ¿Cómo no te hiciste ingeniero o algo así? Tú
tenías disposiciones...
--Sí, pero no sabía historia.
--Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era
o no hijo de Carlos IX para hacer un plano.
--Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también
bastante fuerte en matemáticas; dime, ¿cuántas veces, desde que saliste
del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la
palabra _coseno_?
--Creo que muy pocas, Binomio.
--Y en cambio (¡oh! ¡yo te he seguido!) en artículos de diario, en
discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia.
Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, ¿no es así?
--Sí, Binomio.
--¡Con qué placer te oigo! ¡Ya nadie me dice Binomio! Y ¿sabes quién
tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson,
que tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés.
--No seas injusto, Binomio; era para hacernos practicar.
--Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una
palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se
trataba de un rey cuyo nombre sirvió más tarde de apodo a un correntino
que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil.
--Ya me acuerdo: _Tulius Hostilius_.
--Eso es: quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón,
porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me
enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia.
¡Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un
Duruy. No hay como la historia, y sino mira a todos los compañeros que
han hecho carrera.
--Y ¿qué puedo hacer por tí, Binomio?
Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidió que tratara de
hacer pasar en la Cámara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y
tres pesos y aspiraba a cincuenta[3]. ¡Pobre Binomio!
[3] Estas líneas fueron escritas en 1882: se trata pues, de pesos
fuertes.
¡Cuántos como él, perdidos en el vasto espacio de nuestro país!
Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un
batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habló de un curioso
recluta que la ola de la vida había arrojado, como un resto de
naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo y el
comandante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la mayoría; pero
¡era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo
llamar; al entrar, su marcha era insegura. Había bebido. Apenas la luz
dió en su rostro, sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara
para evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis condiscípulos
más queridos, con el que me había ligado en el colegio. Una inteligencia
clara y rápida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre
glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para haber
surgido en el mundo. Había salido del colegio antes de terminar el curso
y durante diez años no supe nada de él.--¡Cómo habría sido de áspera y
sacudida esa existencia, para haber caído tan bajo a los treinta años!
Poco después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levantarle, le
conseguí un puesto cualquiera que pronto abandonó para perderse de nuevo
en la sombra; todo era inútil: el vicio había llegado a la médula.
¿Recordaré otra inteligencia brillante, apta para la percepción de todas
las delicadezas del arte, fina como el espíritu de un griego, auxiliada
por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso?
¿Recordaré ese hombre que sólo encontró flores en los primeros pasos de
su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una
reputación indestructible ya? Era bueno y era leal; amaba la armonía en
todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su
alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le
había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener
el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras
amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones
violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos
artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono
más absoluto. De tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de
nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente,
desenvolverse a nuestro lado. ¡Con qué júbilo le recibíamos! Era el hijo
pródigo cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo
debía tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rápidas
reapariciones después de largos meses de atrofia, resplandecía con igual
brillo. ¿De atrofia he dicho? No, y esa fué su pérdida.
La bohemia le absorbió, le hizo suyo, le penetró hasta el corazón.
Pasaba sus noches, como el "hijo del siglo", entre la densa atmósfera de
una taberna, buscando la alegría que las fuentes puras le habían negado,
en la excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático, ante
el que abría su alma, derramaba los tesoros, de su espíritu y se
embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja colosal, la teoría
demoledora, el aliento revolucionario, que es la válvula intelectual de
todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra.
El bohemio de Murger, con más delicadeza, con más altura moral.--El pelo
largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara fatigada por el
perpetuo insomnio, los ojos con una desesperación infinita en el fondo
de la pupila, tal le ví por última vez y tal quedó grabado en mi
memoria. ¿Vive aún? ¿Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en
todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. ¡Nunca se impone
a mi espíritu con más violencia el problema de la vida que cuando pienso
en ese hombre!...[4].
[4] Poco tiempo después de escritas estas líneas, Matías Behety
encontró el reposo eterno.
Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente releí con
placer, haciendo oídos sordos a las imperfecciones de estilo con que
está escrito. El principal personaje del "Canto de la Sirena" es una
simple reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la figura
de Broth, un condiscípulo que sólo pasó un año en los claustros,
extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni oído nombrar
jamás. De una imaginación dislocada, por decir así, nerviosa,
estremeciéndose en una gestación incesante de sueños y utopías, vivía
lejos de nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser un
portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos y,
por lo tanto, sabía poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena
esos prodigios que jamás abren un libro y dejan atontados a los
circunstantes en el examen.
Hay dentro de los muros del colegio, como en la penumbra del _boudoir_,
coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se ocultan para
estudiar, que durante las horas de instrucción colectiva leen
asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con
furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet recibía numerosos visitantes
en su taller, cogía febrilmente los pinceles, en una hora remataba una
tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose a
esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la soledad y les
ponía el sobrescrito en público. Algo así pasa con los prodigios
escolares. Lo que distinguía a Broth, es decir, al condiscípulo que me
dió la idea primera del soñador, era su manera curiosísima de ver las
cosas más triviales. Fantaseaba como un maniático inventor combina.
Hablaba con facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía era,
no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me
sostenía que yo estaba destinado a tener estilo y me lo decía con un
aire tan complacido y solemne como si me augurara la fortuna o una
corona, a la manera de los cuentos árabes. Para entonces me proponía una
colaboración; él me daría el esqueleto y yo le pondría la carne. Pues
bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepción
de la vida de un médico en plena edad media, creyente en la magia de
todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de
un palo de escoba más ligero para llegar primero, fabricante de
_homúnculus_ (no había por cierto leído a Goethe aún) discípulo de
Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su
imaginación, me persuado que había nacido para seguir con brillo la
tradición de Hoffmann o Poé. Más de una vez he procurado rehacer en mi
memoria los cuentos estrambóticos que me hacía; me queda algo confuso, y
si no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les daría mi
nota personal, lo que no era mi objeto.
Otra existencia caída en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a
ese, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habría surgido o
habría hecho hablar de él. ¡Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias
y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral
más obscura que la tumba!
No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro
actual de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo
del colegio, debilitado por los años, se reanime un momento y encuentren
en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices
de la infancia.
Nuestros hijos vienen atrás y sus cabecitas sonrientes asoman en el
dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente aplomo,
chispeando de inteligencia y de acción latente. A los diez años saben lo
que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince;--no olvidemos que
son los nietos de nuestros padres y que el cariño del abuelo es de los
más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial,
haciendo felices a los nietos, encaminándoles en la vida.
Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio Nacional que nos
dió el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones
religiosas, y si no tenemos un Jacques que poner a su frente, elevemos
al puesto de honor un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución
del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano.
I
Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de
mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el
llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y
yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales.
El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con
una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa,
ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia del
general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo,
el establecimiento que quedaba bajo la dirección del doctor Agüero, se
resentía aún de las trabas de la enseñanza escolástica y sólo fué más
tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el
desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebido el Congreso
y el Poder Ejecutivo.
Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días
pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No
conocía a nadie y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de
reclusión, el sordo antagonismo contra el _nuevo_, la observación
constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi
triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave
genio de la raza, sólo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero
que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a
brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios. Me
habría encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte, si hubiera
conocido entonces el "Tom Jones" de Fielding.--Silencioso y triste, me
ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el
cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño
de la mañana.--Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun
después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la
monotonía de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí:
el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno,
infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana
empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi
siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un
claustro largo y glacial. Allí rezábamos un "Padre Nuestro", para pasar
en seguida al claustro de los lavatorios.--¡Cuántas conspiraciones,
cuántas tramas, qué gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra
la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la
cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que en el
gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la
raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la
campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un
golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana,
antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano,
áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del
portero, eterno _préposé_ a las composturas de la cuerda. Se vengaba
entrando a todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en
los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor
de contarme.--Atrasar el reloj era inútil por dos razones tristemente
conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra
influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero que, bien
remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de
invierno, la desesperación nos volvía feroces y el ilustre cerbero
amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la
dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado
sobre su boca y cuya construcción, bajo el nombre de "pera de angustia",
nos había enseñado Alejandro Dumas en sus "Veinte años después", al
narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo
era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme,
descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero,
respondió a mis esperanzas. En una escapada ví una carreta de bueyes que
entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa
ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro, dormía un niño. Fué
para mí un rayo de luz, la manzana de Newton, la lámpara de Galileo, la
marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollion,
la hoja enroscada de Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma
noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas
tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarré debajo de mi cama, de las
cuatro puntas y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi
colcha, esperé la mañana. Así que sonó la campana, me sumergí en la
profundidad y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente
la visita del celador, que, viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me
preguntaréis quizá qué beneficio positivo reportaba, puesto que, de
todas maneras, tenía que despertarme. Respondo, con lástima, que el que
tal pregunta hiciera ignoraría estos dos supremos placeres de todos los
tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la
contravención.
Mi invención cundió rápidamente y al quinto día, al primer toque, las
camas quedaron todas vacías. El celador entró: vió el cuadro, quedó
inmóvil, llevó un dedo a la sien y después de cinco minutos de grave
meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió con
ferocidad.
¡Era la mía!
II
El segundo obstáculo insuperable fué la comida, invariable, igual,
constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un
alumno trepaba a una especie de púlpito y así que atacábamos la sopa,
comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografía de
la Galería Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el
silencio y, por tanto, el fastidio.
No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del _menú_; lo tengo
fijo, grabado en el estómago y el olfato. Dentro de un líquido incoloro,
vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas
de la Edad Media hacían a media noche al pie de una horca con su racimo,
para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos
y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en
treinta días, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande
que servía, médico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los
tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido
en mi vida.--Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero
siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas
veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de
anticipación.
En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero
respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en
el texto geométrico, huesosos, cubiertos de levísima capa triturable y
reposando, por su peso específico, en el fondo del consabido líquido,
que para el caso se revestía de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre
hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie,
mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el
trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos.--Hacía
el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas,
cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo
el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban
habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de
Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de respeto, debido a su edad;
sin embargo, jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de
tira!
Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz
con leche, ya una fuente de orejones.--La leche, en su estado normal, es
un elemento líquido; ¿por qué se llamaba aquello: "arroz con leche?" Era
sólido, compacto y las moléculas, estrechándose con violencia, le daban
una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta la fuente, la
composición, fiel al receptáculo, no se habría movido, dejando caer sólo
la versátil capa de canela.--En general, el color del orejón tira a un
dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es
un manjar silencioso. Aquél no sólo afectaba un tinte negro y opaco,
sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado.
Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión!
III
He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para
mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi
madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara
de allí y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse
doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras.
La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a
la clase de estudio, se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda
para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del
_menú_ mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había y me fuí
con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a
leerlo. Era una traducción española de "Los tres Mosqueteros" de Dumas.
Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras,
amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo
desconocido para mí; decir la emoción palpitante con que seguí al
hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del
juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi
ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con
un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día
siguiente no fuí a los recreos, no salí de mi cuarto y, cuando al caer
la tarde concluí el libro, sólo me alentaba la esperanza de la
continuación. Escribí a mi madre, vinieron los "Veinte años después",
"El Vizconde de Bragelonne" que me costó lágrimas a raudales, un "Luis
XIV y su siglo", también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del
tiempo, cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a
D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto,--y multitud
de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos
por alfileres y de algunos de cuyo título me acuerdo todavía, aunque
después no los haya vuelto a ver. "El Espía del Gran Mundo", novela
francesa, en la cual hay una especie de Caliban, pero bueno y fiel, que
chupa en una herida el veneno de una víbora; "La gran Artista y la gran
Señora", que después he sabido fué por un año la _coqueluche_ de las
damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el héroe roba
de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta y le abre la mejilla
de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El
Clavo", un individuo a quien le perforan el cráneo, durante el sueño,
con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después
aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico
medita en un cementerio, como Hamlet con el cráneo del _poor Yorick_;
los "Monges de las Alpujarras" y "Men Rodrigo de Sanabria", dos de los
mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernández y
González, con una brutalidad de acción, propia de la época; el "Hijo del
Diablo", cuya primera parte me enloqueció, haciéndome soñar un mes
entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el
trueno, viejos alquimistas calvos, y sombríos, etcétera; "Dos
cadáveres", un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo
el efímero protectorado de Ricardo Cromwell y cuyos dos personajes
principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus
féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc.
Uno de los recuerdos más vigorosos que he conservado, es la impresión
causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que
cayó en mis manos en una detestable edición española, en tres tomos con
_x_ en vez de _j_ y _j_ en vez de _i_. No pegué los ojos en una semana,
y era tal la sobreexcitación de mi espíritu, que me figuraba que esos
insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había
cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por
el alma de un ciudadano, para mí desconocido,--y metídome bajo el
chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar
mis trasnochadas de lectura.
Por medio de canjes y _razzias_ en mis salidas de los domingos, más o
menos autorizadas por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas
pasó, Fernández y González (un saludo al "Cocinero de Su Majestad", que
cruza mi memoria!), Pérez Escrich, que había ya ofendido el sentido
común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no
recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía la "Hermosa Gabriela" de
Maquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad;
pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado y estaba a punto de
conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fué disputársela, aun en
el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis
fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin
el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo,
que como un anticipo sobre mi suerte constante en el _alea_ de la vida,
favoreció a Ocampo. Durante una semana le espié, le aseché sin reposo y
cuando le veía hablar, jugar o comer, en vez de leer a prisa, me
indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del
honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de
Pontis y me decía esta frase que me estremecía de impaciencia: "Chicot
figura!"...
Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi
salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco
servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era
insoportable y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi
atención. ¿A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el
estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la perseverancia necesaria
para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de
Macaulay, Prescott o Motley?...
IV
El Colegio, que más tarde debía ser uno de los primeros establecimientos
de América, era por entonces un caos como organización interna. Cuando
me incrusté bien y ví claro, comprendí que tras las sombras ostensibles
de la vida claustral había _des acommodements_, no sólo con el cielo,
sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año y
siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches, para hacer
una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos
donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y, sobre todo, en los
bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por
arte de quién, tenían siempre conocimiento.
Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria, podía reducirse
a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón.--La
portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de
corrupción para el portero o vías de hecho deplorables. La despensa y
cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno que a veces quedaba
abierta hasta tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la
colonia, daba a la calle de Bolívar, donde hoy se encuentra la entrada
principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo,
terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre
ellas y el pavimento.--Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a la
tierra, en mangas de camisa para no estropear el único jacquet de lujo y
sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban
ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar
de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido.--Pero
aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis
compañeros de entonces deben tener presente.
Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de _bohemio_,
lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota,
dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena
confusa y tupida como la baja vegetación tropical, reñido con los libros
que no abría jamás y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por
las dimensiones colosales del sombrero que tenía la función obligatoria
y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde le he encontrado
varias veces en el mundo ya en buena situación, ya bajo el peso de
serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Le
encontré en Arica, entre el ejército bloqueado de Montero, como
corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la "Unión" el día
sombrío de Angamos en que murió Grau.--Luego volví a verle en Lima;
Piérola, cuya fortuna política había seguido y que estaba entonces en el
poder, le ofreció empleos bastante lucrativos; sólo quiso aceptar un
pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia.--Esa conducta
honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña del
Paraguay.
He hablado de Benito Neto.--Era un misterio profundo cómo Benito había
conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún
sacudimiento, de alguna convulsión caótica, nada menos que una llave del
portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba y todas las
empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo.
Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato
especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que
iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el
fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y
el sustentáculo de su vida.--Como con el rastreador Calíbar todos los
prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito
cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego
preguntaba tranquilamente: "¿Dónde vamos?" Porque él no prestaba la
llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. El era siempre de la
partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito,
¡estamos los tres invitados a un baile!--Me presentarán.--¡Vamos a una
comida a casa de Fulano!--Comeré.--¡Una tía mía está muy enferma!--La
velaré.--Tengo una cita y....--Ha de haber alguna chinita sirviente."--A
todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno
jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante
cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al
arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven
homeópata como la ostra a la peña.
V
A más de las escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas
calaveradas soberbias de los _grandes_ que nos llenaban de admiración.
El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un
optimismo singular respecto a los estudiantes, ángeles calumniados
siempre, según su opinión.
Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos,
con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de
improviso a los paseantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la
mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos
poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido
baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar, Dudgeon, el
tranquilo Marcelo Paz que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un
débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas
de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no
llevaba la mejor parte.--Uno de ellos, un francés que tenía una
peluquería frente al Colegio y que nos profesaba suma antipatía por
nuestro escaso consumo de sus artículos, fué preparado por mí y
ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar
la queja al doctor Agüero. Un chico le previno y presentándose llorando
ante el anciano, le dijo que aquel hombre le había pegado y que
Eyzaguirre le había defendido. ¡Decir el furor del buen Rector! Quería
mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto;
pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más
(y lo decía sinceramente) nos hizo abandonar el atrio.
VI
Había la vieja costumbre, desde que el doctor Agüero se puso achacoso,
de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso
sillón Voltaire (no sospechaba el anciano la denominación!) dormitaba
por momentos, bajo la fatiga. Teníamos que hacerle la lectura durante un
par de horas para que se adormeciera con la monotonía de la voz y tal
vez con el fastidio del asunto. ¡Cuán presente tengo aquel cuarto,
débilmente iluminado por una lámpara suavizada por una pantalla opaca,
aquel silencio sólo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por
el paso furtivo de algún fugitivo que volvía al redil! Leíamos siempre
la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya página ciento
uno había eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que
todos los estudiantes del colegio sabíamos haber sido colocado allí
expresamente por el buen Rector, que cada mañana se aseguraba
ingenuamente de su presencia en la página indicada y quedaba encantado
de la moralidad de sus hijitos, como nos llamaba.
Más de una noche me he recordado en el sofá al alcance de su mano, donde
me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz
impregnada de cariño: "duerme, niño, todavía no es hora". La hora eran
las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos
fuego en un brasero, siempre con leña de pino y le cebábamos mate hasta
las siete. Luego nos decía: "ve a tal armario, abre tal cajón y toma un
plato que hay allí. Es para tí". Era la recompensa, el premio de la
velada y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana,
que nos hacía comer pausada y separadamente, el damasco el último.
Jamás se nos pasó por la mente la idea de protestar contra aquella
servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que
la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y
enfermo.--Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano,
durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una
indigestión de uvas, trepado como un mono en las ricas parras del patio.
El doctor Agüero fué un hombre de alma buena, pura y cariñosa;
sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio y hoy reposa en
paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires.
VII
El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó
su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra
argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografía de una
manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que
por otra parte, bastan a mi objeto.
Amedée Jacques[5] pertenecía a la generación que al llegar a la
juventud, encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica
y literaria.
[5] Nació en 1813, murió en 1865.
La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que,
dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo
estudiaba a Bacon, a Spinoza, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a
Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald-Stewart.--De
ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya
vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía
maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy
había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino
humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de
desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las
paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construídos de
Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra
naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de
Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición,
Guizot enseñaba la historia, que Thiers escribía, la pléyade hacía
versos, dramas y novelas, Delacroix, Scheffer y Jerôme, pintura;
Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera,
discursos; Rossini, Meyerbeer, Halèvy, música, y Arago, Ampère,
Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y
alas. Amedée Jacques había crecido bajo esa atmósfera intelectual y la
curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y
cinco años era profesor de filosofía en la Escuela normal y había
escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se
haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha
viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método
perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los
estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aun
hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los
capítulos sobre el método y la asociación de ideas.--Al mismo tiempo, el
joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de
Fénelon, Clarke, etc., únicas que hoy tienen curso en el mundo
científico.
Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la
acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a
los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como
Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para
ver la caída de la Bastilla y volviéndola a hundir en la profundidad de
sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación
de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son
los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un
huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado. Jacques era un
hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu
individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu
colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último
momento, al frente de su revista "La libertad de pensar", como al pie de
la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin
igual.
El 2 de Diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo
arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la
visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.
VIII
Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin
ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un
diploma de abogado o de médico para poder subsistir.--Abrió una clase
libre de Física experimental, dándole el atractivo del fenómeno
producido en el acto; aquello llamó un momento la atención.--Pero se
necesitaba un gabinete de física completo y los instrumentos son
caros.--Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por
trazados gráficos; fué inútil. La gente que allí iba quería ver la bala
caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus
manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y
deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la
causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y
oídos a la conferencia.
Un momento, Jacques fué retratista, uniéndose a Masoni, un pariente
político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la
daguerreotipía, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fué en esa
época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la
fotografía, que Niepce acababa de inventar, siguiendo las indicaciones
de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente y al cabo de un mes
de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más
práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus
propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado
en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la
daguerreotipía, que le cedía el paso, como el telégrafo de señales a la
electricidad, daban medios de vivir.
Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior,
casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes,
llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de
Tucumán el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos
los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos
hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los
que hemos gozado de la luz de su espíritu.
IX
Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la
dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que
dictaba una cátedra de física en la Universidad.--Su influencia se hizo
sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de
bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto,
su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios
fuertes, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más
viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente
podíamos aprender con menor esfuerzo.--Era exigente, porque él mismo no
se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más
adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás.
Mis recuerdos vivos y claros en todo lo que al maestro querido se
refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia,
su andar lento y un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos
amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de
gladiador.--La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos
acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en
una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de
arrugas profundas y descansando, como sobre dos arcadas poderosas, en
las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar
un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta,
pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico
que denota inconmovible fuerza de voluntad.--En la boca, de labios
correctos, había algo de sensualismo;--no usaba más que una ligera
patilla que se unía bajo la barba, acentuada y fuerte, como las que se
ven en algunas viejas medallas romanas.
M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa,
que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a
la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi
temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino
de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano y entre
todos los profesores fué el único al que admitíamos usara hacia nosotros
gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar
un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landívar, si mal no recuerdo, y
éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que
Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un
tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el
antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de
rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato, solíamos protestar,
arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etc.
Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los
maltratados, para levantarnos un poco el ánimo: "¡Si no fuera
Jacques!"... ¡Pero era Jacques!
X
Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra D. José M. Torres,
Vice-Rector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo
mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.--Al
salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la
tiranía de Torres (las escapadas habían concluído!) y otros motivos de
queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el
tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo
cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos
de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con
pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos,
haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de
trompadas. El celador que, como Jérges, había presenciado el combate de
lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando él a su vez
a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un
motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución.
El señor Torres, no por falta de energía por cierto, sino por espíritu
de jerarquía, fué inmediatamente a buscar a M. Jacques, Rector entonces
del Colegio y que vivía en una casa amarilla en la esquina de Venezuela
y Balcarce. Pero nosotros creíamos que había ido a traer la policía y
empezamos los preparativos de defensa.--Recuerdo haber pronunciado un
discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos,
por un español monárquico, con citas de la Independencia, San Martín,
Belgrano, y creo que hasta la invasión inglesa.--Otros oradores me
sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la
resistencia se resolvió. En esto oímos una detonación en el claustro,
seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados
habían esparcido en los corredores esas pequeñas bombas Orsini que
estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como
Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no creyó que convenía primero
calmar el mar, sino que puso el _quos ego_.... en acción. Al aparecer en
la puerta del gimnasio, un estremecimiento corrió en las filas de los
que acabábamos de jurar ser libres o morir.--No de otra manera dejaron
los persas penetrar el espanto en sus corazones, cuando vieron a Pallas
Athenea flotar sobre el ejército griego, armada de la espada dórica, en
el llano de Marathon.--Vino rápido hacia mí y....! Luego me tomó del
brazo y me condujo consigo. No intenté resistir y echando a mis
compañeros una mirada que significaba claramente: "¡Ya lo veis! ¡Los
dioses nos son contrarios!" seguí con la cabeza baja a mi vencedor.
Llegados a la sala del Vice-Rector, recibí nuevas pruebas de la pujanza
de su brazo y un cuarto de hora después me encontraba ignominiosamente
expulsado, con todos mis penates, es decir, con un pequeño baúl, del
lado exterior de la puerta del Colegio.--Eran las ocho y media de la
noche: medité. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso
en el bolsillo,--¿qué hacer? Me parecía aquella una aventura enorme y
encontraba que David Copperfield era un pigmeo a mi lado; me creía
perdido para siempre en el concepto social. Vagué una hora, sin el
baúl, se entiende, que había dejado en depósito en la sacristía de San
Ignacio y por fin fuí a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un
hombre pasó, me conoció, me interrogó y tomándome cariñosamente de la
mano, me llevó a su casa, donde dormí en el cuarto de sus hijos, que
eran mis amigos.--Era D. Marcos Paz, Presidente entonces de la República
y uno de los hombres más puros y bondadosos que han nacido en suelo
argentino.
Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsión violenta y
vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre,
sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vió a Jacques,
que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por
nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte) y después de muchas
instancias, consiguió la promesa de admitirme externo, si en mis
exámenes salía _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y
habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví
a ingresar en los claustros del internado.
XI
Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus
explicaciones; el desdichado tenía siempre un despertar violento. Los
cuchicheos, la novela debajo del banco, leída a hurtadillas, le ponían
fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media
hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar
negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su
voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de
papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba
fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y así sucesivamente, hasta
que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno,
que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la
menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa.
Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de
palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi
vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y
actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos.
Así las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran
reemplazadas por el signo del infinito, [símbolo de infinito], las
letras griegas alpha, pi, etc.--Un día, habiéndose interrumpido para
reñir a alguno, me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para
reanudar el hilo de la exposición.--Aquel galimatías de signos le puso
furioso y me tiró con mi propio manuscrito.
XII
Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi
condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que
todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un
colegio, reconocerá a primera vista.--Es el cabrión, el travieso, el mal
estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y
delitos.--De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante
una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna
satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su
nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación,
llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de
aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.--Corrales
inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables
para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,
las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del
cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos
dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del
patrono;--Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura
visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de
los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no
por la longitud de éstos.
Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él
abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era
feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante,
obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás
abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces,
cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con
claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era
inútil; no tenía la noción del ángulo recto.--En clase pasaba el tiempo
en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del
Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de
retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas,
cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban
al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por
un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos,
navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el
curso.--No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara
a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya
con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus
artes más estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie
adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_
conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito
y sus mismos dichos especiales.--Así, cierto día que Jacques nos
explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos,
Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los
últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en
construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba
eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se
detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu
compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?"--"¡Dos
rectos!"--contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan
repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de
la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar
uno de los combates más reñidos del año.
Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre
los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de
malicia, esperó el ataque con las manos en postura.--Jacques _debutó_
por un revés, que fué hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de
un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando
los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre
Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano,
de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la
lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y cada buena
parada decía con acento jadeante: "¡Diande!"--"¡Cuándo, mi vida!" y
otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar
la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del
intrépido agredido.--Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se
puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los
estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.--Pero Corrales
era un simple montonero, un Paez, un Güemes, un Artigas; no había leído
a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes
de Napoleón, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques
tenía la ciencia y el genio de la estrategia.
De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus
empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla
había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vió la
ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales
en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario,
de un golpe enérgico, dió en tierra con el banco y con Corrales.--Antes
de que éste pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la camisa,
no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada en
Corrales de no usarlo nunca.--No brilló en manos del vencedor la daga de
misericordia, pero sí sonó, uno solo, soberbio bofetón.
Así concluyó aquel memorable combate, que habíamos presenciado
silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las
batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al
hombre!...
XIII
Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana;
averiguaba si había faltado algún profesor y en caso afirmativo, iba a
la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba
la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida,
sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de
química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética,
álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia,
literatura, hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa,
que no le he visto dictar por accidente, era el de inglés, dado por mi
buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison
y a todos los buenos prosistas del "Spectator".
Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable
conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire
atmosférico.--Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos
del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se
dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el
sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de
Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese
día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos
se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces.
¡Qué pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de
aquellas plantas con corazón de madre, absorbiendo el leal carbono de la
atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida!
¡Cómo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una
planta o abate un árbol para coger un fruto! Aún suena en mis oídos su
palabra, y al recordarla, aún se apodera de mi alma aquella emoción
nueva e inexplicable entonces para mí!
Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan
brillantemente Pedro Goyena, dió como texto el manual en colaboración
con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que
aquélla era la filosofía eléctica; más tarde añadió a algunos
compañeros: "el día que yo escriba mi filosofía, comenzaré por quemar
ese manual".
No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas
personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones
científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon,
pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido
divulgadores como Littré, pero que, antes de haberla formulado Augusto
Comte, ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente
superiores, en todos los tiempos.
Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter, jamás faltamos a sus
clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es
llamarnos sus discípulos. A más, su historia, conocida por todos
nosotros y pintorescamente exagerada, nos hacía ver en él, no sólo un
mártir de la libertad, como lo fué en efecto, sino un hombre que había
luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía.
XIV
Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un
cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De
pronto un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de
Eduardo Fidanza, uno de los discípulos, más distinguidos del Colegio.
Corrí a la portería y encontré a Fidanza pálido, desencajado, repitiendo
como en un sueño: "¡M. Jacques ha muerto!" La impresión fué
indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a
otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una
desventura terrible.
El portero había recibido orden de no dejarnos salir; le echamos
violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a
casa de M. Jacques.
Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada
de una majestad indecible.--La muerte le había sorprendido al llegar a
su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó
vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Pendía su mano derecha
fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontáneo, nos fuimos
arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós supremo a aquel
a quien nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las
verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido
su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos.
Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto
monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño
eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde
reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar
por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los
grandes cariños.
XV
El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del
Colegio.--Estaba reservada esa difícil tarea a D. José M. Torres, que,
con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que
es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza
de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos
de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el
principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera
contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo
día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz
de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En
cuanto a mí, creo haber contribuído no poco a hacerle la vida amarga y
le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no
habría concluído mis estudios, y sabe Dios si el sér inútil que bajo mi
nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.
Pero antes de su ingreso, el Colegio fué regido algún tiempo por un
sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito
a designarle sólo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por
qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y
desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar Vicerrector
del Colegio Nacional.
Antes de su entrada las pasiones políticas que habían agitado la
República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los
estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas
diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.
Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el
internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último
tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y
remedándoles a cada instante.--Habíamos pillado un trozo de diálogo
entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "¡Agora
no más la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No
la derramís!"--Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de
sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
Quijote.
Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad
de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obteníamos
mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía
simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y
facilidad de elocución.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven
correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda,
de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve,
aplicándoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada
constituía nuestra superioridad.--Dábamos una conferencia de historia,
filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en
general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban
a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro
bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una
inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan,
hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros
padres fueron amigos y le había aplicado el mismo apodo de "buey" que el
suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor
de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres
contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que
comprendía ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido
por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fué una
de las primeras víctimas del cólera de 1867.
He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo,
arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su
inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una
laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase;
hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como
estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados.--Jacques
le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por
manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le
reprendió.--Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de
mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche
anterior había estudiado hasta tal punto--y le señalaba medio tomo de un
enorme tratado de física o matemáticas.--Valentín, animado de una
emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y
con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado,
tragándose un centenar de páginas que Patricio no había ni aun
recorrido.
La muerte de Sorondo fué una pérdida real para el país; habríamos tenido
en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un
carácter firme y recto.
XVI
Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que
precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían
su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en
el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas, y en los rincones
pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de
la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y
sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad.
Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo
antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de
Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y
Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una
vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no
leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos
de la médula de león del electicismo (!)--A más, ¿por dónde la
Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras,
como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos
llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta
una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de
sentarse,--la transformación de una galera profesional en acordeón
silencioso, etc. Pero acogíamos esa materia parva con la benévola
sonrisa de los magos de Faraón ante los primeros milagros de
Moisés.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una
manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su
cátedra de física en la Universidad.
En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu,
y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año
en la Universidad, intenté iniciar, sin éxito, la política de
conciliación. Y, sin embargo, no eran de los más gratos mis
recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer año
de latín, debí rendir un impalpable examen de gramática castellana,
en el que fuí ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de
Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor
Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traducción Larsen, para
analizar gramaticalmente; era una invocación que empezaba por:
"¡Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bastó; porque con voz de
trueno, Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!"
Esto era en Diciembre; en Marzo arremetí de nuevo, pasé regular, con
recomendación de mayor estudio para el año venidero e ingresé en la
famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables
apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre
él y Larsen.
Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI
libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano sabía
un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y
que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su
erudición: _Amor insano Pasiphae!_
De ahí no salía, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo
de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano
y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el
examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su
afición al Nebrija.
XVII
Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino,
donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,
Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta
su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre.--Los combates
homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas
escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único
discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se
disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual
entusiasmo los versos de la "Ilíada".--En la Universidad se sostenía
calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre
Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en
clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo
imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "¡No soy
yo!"--Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho,
Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego,
como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con
lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación
helénica era deplorable; que, a lo sumo, sólo podía compararse al
dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernández se
indignaba y encarándose con Patricio, le dirigía una alocución en griego
que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía.--La escena concluía
siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo
con Fernández, que a todo trance quería saber el griego...
XVIII
La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo
entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto!
El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razón, decidió
gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él
tuvo consecuencias deplorables.
Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban
reservados, mientras los provincianos (nosotros éramos del _Estado_ de
Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las
conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se
sucedían sin interrupción, hasta que la conducta misma de Don F. M.
justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba
bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun
existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agüero, se
hacían lecturas morales una vez por semana.--No fué por cierto el
sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero
como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su
color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se
embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que
autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que
hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos
entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra
parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratándose de un
Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo
puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una
disciplina militar.
A la conspiración vaga sucedió una organización de carbonarios. Yo no
tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los
_abajeños_; es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del colegio,
mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeños_.--Nuestros
prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda.
Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de
ilustrarme ligeramente.
Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le
incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del País_, que era
su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le
desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba,
en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo
objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez
levantó el brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita y
comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer
ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una
ocasión la cólera le cegó; me dió a mano abierta un cogotazo que me
tendió a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo
un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus
robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la
cabeza, preguntándome, con la voz trémula por la emoción, si me había
hecho daño.
Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer
cogotazo había roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que
nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano
estrecho con mayor placer.
XIX
Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en
los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que
tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que
éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción.
En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos
de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso
de una detonación que conmovió las paredes del Colegio.
Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven
llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, dí y recibí
algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi
desnudos, a los claustros superiores.--Aun había mucho humo; las puertas
del cuarto del Vicerrector habían sido sacadas de quicio por la
explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el
objeto no fué otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este había
hecho una barricada en la puerta.
En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, ví a Eyzaguirre en
soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y
una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.
De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados.
Aquél iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, viéndose rodeado
de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus
vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los
conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había
sido un poco tardía.
Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían
enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer
sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres
compañeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santillán, cura
párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y
persuasiva, desarmaron los ánimos.--Cada uno se retiró a su cuarto y él
llevó consigo a Don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del
Colegio.
El sumario al día siguiente fué terrible; M. Jacques, pálido de cólera,
tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: ¿quién
había prendido fuego a las bombas?--La respuesta fué unánime y sincera:
"no lo sé". Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el
nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito
que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya
mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los _grandes_ de
entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que
callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mínimo la
relación de esta aventura al que la dió acabado fin, sino por un
curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la
discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así.
XX
Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e
interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner
las cosas en su estado normal, afirmándose definitivamente la disciplina
con el ingreso de Don José M. Torres.
El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato
para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus
condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel
olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una
semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría
frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros
cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho para
acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado
en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy
alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos
comestibles con que combatir el clásico régimen de pan y agua.
¡Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena
de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir
el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso
por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la
pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una
cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de
labios de vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero
cargada aquí con un dístico cojo y expresivo; la enorme hoja de la
puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como
un pantalón de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e
incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaración de
Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre
frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente
madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la
libertad entraba en los pulmones!...
He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he
visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la
calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una
simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No
he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el
sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la
razón, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una
sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia
completa del sistema nervioso.
XXI
Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en
dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista
del número de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar
en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los
claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza,
acompañado de terribles dolores de estómago. _¡Vas-y-voir!_
El hecho es que la enfermería era una morada deliciosa; se charlaba de
cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consommé_, tenía
un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo
que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un
ala de gallina, y sobre todo... no íbamos a clase!
La enfermería era, como es natural, económicamente regida por el
enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la
memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su
fisonomía, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero
sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de
esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero. "Para esa
plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un
bailarín".
Era italiano y su aspecto hacía imposible un cálculo aproximativo de su
edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a
veinte unidades más. Fué siempre para nosotros una grave cuestión decir
si era gordo o flaco.
Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, durante
el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo
elementos, para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la
configuración física del general Buendía.--Sáenz Peña se inclinaba a
creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que
aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veíamos todos los
días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión
propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito
de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a
causa de su corpulencia.--Sáenz Peña me miraba triunfante!--Pero al día
siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía,
hacía presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le había
permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Sáenz Peña
como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento
contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear.
¿Pesar a Buendía? ¿Medirle? No lo hubiera consentido. ¿Consultar a su
sastre? No le tenía en Arica.--Aquello se convertía en una pesadilla
constante; ambos veíamos en sueños al general.--Roque, que era
sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una
puerta por la que no podía penetrar Buendía.--Yo veía floretes pasearse
por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus
empuñaduras tenían la cara de Buendía.--No encontrábamos compromiso
plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era
_regular_, habría sido una cobardía moral, una débil manera de
cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación
de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en
extremo.--¿Cómo podría escudriñar moralmente un individuo, si no era
capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz
hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio
vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía y, ahogando
un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien
encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna,
en el insoluble problema.--Medio sofocado, grité desde la puerta:
"¡Roque!... ¡Encontré!--¿Qué?--Buendía...--¡Acaba!--¡Es flaco y
barrigón!"
No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas líneas lean ha
observado un hombre de esas condiciones, habrá sin duda sentido las
mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado
la clave del secreto, que le abandono generosamente.
XXII
Nuestro enfermero tenía esa peculiarísima condición. Empezaba su
individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la
confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del
Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida,
en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago
fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme
caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un
cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si
hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sér
de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección
de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos
nos traía a la memoria un ombú frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era
enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles
piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se
conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos
andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo,
consumía un cuero de baqueta entero. Un día nos confió, en un momento de
abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía,
fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes.
Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo
o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos
tiempos, porque en la época en que fué portero, cuando le tocaba
despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la
campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello,
con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la
memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial:
Levántasi, muchachi,
que la cuatro sun
e lo federali
sun vení o Cordun.
Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres,
que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la
calle.--Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la mañana o al
participar, en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para
nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántasi, muchachi", etc.
Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que
era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días,
su único consuelo era, así que la borrasca se ausentaba bajo la forma
del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo.
Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ más
completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se
petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo
feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de
confidencia.--Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un
enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un día
había caído en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un
fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla.--El Dr. Quinche
recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la
rodilla.--Una hora después de su partida, oímos un grito en la cama del
pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada
de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la
rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fué su última
hazaña; el Dr. Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el
enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la
enfermería, y como el hilo se _curta_ por lo más delgado, según tuvo la
bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de
destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran
siempre a suministrar drogas; fué sirviente de comedor.
Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor
nos hizo olvidar aquélla. El Vicerrector, alarmado de la manera cómo se
propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta
médica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema
curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para
evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente
aliviados y el germen de nuestro mal fué tan radicalmente extirpado, que
no volvimos a visitar la enfermería en mucho tiempo.
XXIII
Fué un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría
a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos
hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían
preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año
de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un
buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas
todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a
borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes
de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluída
una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo
héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó
después, bajo un pseudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en
tales ligerezas.
Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba
dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar
sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentemente cartas, las mías
siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque
versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debíamos hacer
una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal", Lamarque, el
único, presentó la suya en verso. Para mí fué una obra maestra y aún
tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así:
Despierta, Aníbal, del letargo horrendo
que aquí te tiene encadenado y vuela
a vengar de Duilio.....
Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales,
los primores maravillosos del "Orphée aux Enfers", que se daba entonces
por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la
"Opinión Publique" tomaba siete octavas partes de la narración,
destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la
opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas
grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo
soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese
Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dió por tema de disertación
escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio,
rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de
guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me
olvidé que el objeto primordial, retórico, obligado, era vilipendiar a
Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y
concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo
abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como
habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio
durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos
víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales
perdidos y las obras de arte destruídas, no veía sino las llamas
colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por
el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en
convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano,
desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras
mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos
senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la
guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé por los límites
verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius,
alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido
cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me
hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los
compañeros, que, viendo aquel "boccato", querían gozarlo íntegro.
Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura
tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya
"impresión" nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos
literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el
palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y
otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que
en los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz, agitaron y
agriaron los ánimos y más de un ojo debió el obscuro ribete con que
apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la "prensa".
Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió;
pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena
mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un
dedo de la mano derecha fuera de su posición normal.
Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero
las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡qué himnos
cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera
costado!...
XXIV
Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos
legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fué conocido con el
nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más tarde, al perder el
último término de su denominación, debía adquirir tanta fama por los
acontecimientos de Junio de 1880.
Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires.
Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la
capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero
grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las
caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las
campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo
señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita,
sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente
poblado. Así, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por
cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar
carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la
sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos
con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad
de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habíamos
oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la
noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en
absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el
municipio de Belgrano era representado por una compañía de ladrones,
neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros,
sin embargo, algunas ventajas.
[6] Dickens, "Bleak-House".
Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope
tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la
traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos,
por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar
agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban
absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendían animosos nuestra
persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se
supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos
este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo,
"avant-góut" de nuestros estudios económicos del futuro. La dirección
del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba
delante, tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades
fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la
preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de
la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda,
a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El
ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de
foguista; él debía suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos
necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía
siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística
experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el
talón incansable, producía el trote; si el compañero de delante podía
distraerse hasta el punto de menear talón a su vez, se obtenía un
simulacro de galopito expirante, y por fin el "máximum", esto es, un
galope normal, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la
hábil combinación del rebenque, cuatro talones y una pequeña picana,
dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su
inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de
su individuo.
[7] Cuya antigüedad es bien respetable, pues hemos visto, con
Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra
ejercitándose en él.
Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera
insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica
cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros
adversarios, eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos.
Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos
tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en
juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones,
aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del
Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos
tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable
miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía, no conseguía poner en
pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones
expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y
alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra,
abandonábamos la bestia que partía con increíble velocidad hacia la
Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por
medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la
caballería enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida
osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades
del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros de los
desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los
seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las
hostilidades tomaban un carácter feroz.
XXV
Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantábamos al
alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones
balsámicas, los árboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos
rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del
Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible
fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como
era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir
en busca de "camuatís" y, sobre todo, organizar con una estrategia
científica, las expediciones contra los "vascos".
Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la
dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba
las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de
bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se
extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado
por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las
Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida! Allí, en
pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, cuyo solo
aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena,
vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso,
cuya reputación ha persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el
sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma
ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y
de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían
rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea
reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían
siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los vascos nos
perseguía a todo momento y jamás vibró en oído humano, en sentido menos
figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega.
Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del
mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles,
vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado,
eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando
una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos,
aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema;
amaban sus sandías, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados
propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el
cercado ajeno, cuando un día...
Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e
inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del
dormitorio donde más tarde debía alojarse el 1°. de caballería de línea,
nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz
de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar
el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente
de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada
investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras
uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos
inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar
en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la
pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos días aún. La mía
era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias.
Cargué con ella y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que
saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible,
como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis
oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,
representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada.
De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi
dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos
del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión
de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas
aceradas que penetran...
¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué indiferencia suprema
por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando
como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me
parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir
rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué larga es media
cuadra!
Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella
fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos me autorizaban; pensé en
Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballería que regaban el
camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... ¡No! Era
una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y
me ha quitado la sandía!" ¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con
él o sobre él!
Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi
compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo
declarar que, a pesar de la persecución personal del mío, los tres
vascos me eran igualmente antipáticos. Marché de cara al sol! como el
Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las
fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así,
cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse
el corazón en Dios, redoblé la ligereza y salté... Una desagradable
impresión de espinas me reveló que había salvado el obstáculo: pero ¡oh
dolor! en el trayecto se me había caído la sandía, que yacía entre las
aguas cenagosas del foso!
Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo deseaba en la
seguridad que iría a hacer compañía a la sandía. Pero aquel hombre
terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su
tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación
sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas
circunstancias fué digna; sólo recuerdo que en el momento en que tomaba
un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses
positivos de mi vasco, ví a mis dos compañeros correr en dirección a
"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse
a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!...
Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero partía la tierra
sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos
saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales
hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y,
mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la
velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a
retaguardia, armado de una horquilla.
XXVI
Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de
uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos
felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos
proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres
de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado
su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no
le sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de
museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de
armonía ingénita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor
curva en la espalda, presentando una línea recta geométrica desde el
cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado
como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar,
aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la
cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo
recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su
frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y el cutis
libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se
aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de
evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea
sostenía que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de
los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre
sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer
el ligerísimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el
prospecto. ¿Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz
que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma
arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"[8]; más
abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía
la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilación a
sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión.
[8] Dickens
Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le
había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando llegó
a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable
había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los
placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en
la que nos parecía oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos
de buey.
¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una
beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me
pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba
de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de
tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la
réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea
llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era
una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras
de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho
años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,
sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el
rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de
uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel
rancho, alentado por locas esperanzas.
Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños
éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día
que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de
acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos
concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder
por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y
ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me
pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría
desde la primera hora.
Como se comprende, era necesario escaparse.
Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante,
avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y
traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de
prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la
cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un
muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a
través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando
conquistas a millares.
XXVII
Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet
rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero
con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás
de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos
para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de
valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda
edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al
cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después
supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que
se había regalado en una noche de escapada.
Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un
vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el
porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos,
prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo
posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el
sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado
desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos
lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de
la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre
del viejo que repetía varias veces:
--¡Que se vea luz, caballeros!
La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando
profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de
ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente
a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música
interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos
aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del
rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una
manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.
--¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y
que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta
al vicerrector.
Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero
había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio
se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los
últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y
era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su
caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas
por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la
partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero
que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera
una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos
arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como
Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y
sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin
embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz.
Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y
allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano
inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo,
prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.
Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las
niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a
carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos
descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no
tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y
Larrea poseía una _mona_ gigantesca!
XXVIII
La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos
dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio
no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible
con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había
encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista
era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por
cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en
las circunstancias, al sistema del talón.
Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me
sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta
de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a
Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle
de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró
terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección
de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a
sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y
Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el
camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de
aquel animal.
No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo
habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el
buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué
esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura,
cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre
encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido
por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!"
Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro
tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar
_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos
de nuevo la marcha.
No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me
hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de
Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos,
estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro
y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea.
Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de
boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una
arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos
rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos
dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en
pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las
soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo
espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última
botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y
sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.
Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda
noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran
endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos
coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su
risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a
cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la
zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el
palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando
su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera
perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo
eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!
Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos
matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la
pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos
fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una
tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez
horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación
cesárea.
XXIX
Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en
uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me
refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron
a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los
crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo
_enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales,
Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de
tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor
parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba
una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que
sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había
concluído por arraigarse en mi espíritu.
El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de
muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos
instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez
en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo
efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal
herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y
estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba
con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal
era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué
huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama
de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para
presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la
habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito
desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El
heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un
mes el grito del caído vibró en mi oído.
Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y
que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de
la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos
hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible!
Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se
desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al
Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a
favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y
como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.
Al primero que ví fué a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado
en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su
casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran,
etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que
había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba
que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese
pretexto, harto plausible, para quedarme allí.--"Un estudiante a quien
no dejan salir, pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo
habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a
cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí.--Me
escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví
al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de
observación, de donde dí cuenta a Horacio de mi comisión.--En ese
momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban
a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual,
después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad
de ánimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aráuz, a quien debíamos todos
tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna".
Cuando leo en la historia la narración del entusiasmo ardiente de los
estudiantes en la Politécnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque
impetuoso de los estudiantes españoles en la guerra de la Independencia,
abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el
cura Merino, el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y 1814,
brotando de los subterráneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos
de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me
los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de acción
indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre,
empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes hechos; la lucha
enamora, porque implica la libertad.
También nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batallón
Belgrano que fué a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la
vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fuí
soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi
patriotismo: servir a las órdenes de un profesor de la Universidad, que
enseñaba filosofía por Balmes y Gérusez!
XXX
Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente
algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo.--Pero al
concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión
claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se
abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido,
del que no nos dábamos cuenta exacta, pero que nos atraía secretamente.
No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión,
las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de
la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba
a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada
sagrado.--Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las
ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían
siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema
indiferencia.
En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme.
Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que
estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por
lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dió cuenta
inmediatamente; fuí llamado, insistí y recogí por premio de mi lealtad
de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelga
que sucedían a la comunión.
Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos
unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables,
estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de
conciencia que nos habían dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias
atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos
al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto
durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la
pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aquí quiero
hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos
primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa
en el altar mayor, fuí obligado a ir a hincarme con tres o cuatro
compañeros y a esperar mi turno.
Un resto de altivez intelectual, una reacción violenta dentro de mí
mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una
burla indigna de la religión, aceptar aquéllo.--Así, cuando el sacerdote
se inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos y le dije quedo: "paso,
padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se
reincorporó, yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el
pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me
delató.
XXXI
Pero la juventud venía y con ella todas las aspiraciones
indefinibles.--La música me cautivaba profundamente.--Recuerdo las
largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas
que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga
tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y monótonos
cantos de la campaña y las pocas piezas de música culta que conocía. Aun
hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva
irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a
tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plañidera, pero de un
ritmo marcado y cariñoso al oído. Yo me había colocado en el borde de la
ventana, aprovechando la última luz del día, para continuar la lectura
de la "Conquista de Granada" de Florián, que me tenía encantado. Había
llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los
ojos arrasados en lágrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcísima
ciudad de los mármoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me
pareció que la música que llegaba a mis oídos era la voz misma del
infortunado monarca y dí a aquella melodía sollozante el nombre de "el
adiós del rey moro", que Alejandro le conservó. Más tarde, hoy mismo,
cada vez que en un libro encuentro una referencia al mísero fin de la
dominación árabe en España, los acordes de la marcha pesarosa cantan en
mi memoria.--Así se explica esa preferencia llena de misterio que
algunos hombres sienten por ciertos trozos de música, indiferentes para
los demás. Los han oído por primera vez en un momento especial, la
impresión se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el
alma y por una afinidad íntima y secreta, una sola fibra que se
estremezca en un rincón de la memoria, despierta a todas aquellas con
que está ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para él
solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una
serie de melodías, escalonadas en sus recuerdos...
XXXII
Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el
domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a
vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una
combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una
preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles
del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades
se habían estrechado y circunscripto; solíamos pasar las horas muertas,
haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir,
estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por
una mujer como la que soñábamos.--Por primera vez en estas páginas,
nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus
esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo
como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir
en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del
destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!...
¡Qué vida de agitación! ¡Qué pesado era el libro en nuestras manos y qué
envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la
Universidad, tan despreciado antes y que hoy veíamos pasar, con el
corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la
incomparable soltura de sus maneras!
Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros
éramos pobres y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por
darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus
propias manos y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el
clásico jacquet _crecedero_, aquel que, despreciando el efímero
presente, sólo tiene en vista el porvenir.--Pero ¿qué nos importaba?
Eramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el
gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía
correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado,
teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años,
que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos,
con todo, felices y despreocupados.
XXXIII
Pero los diez y ocho años se acercaban. Los días de salida hacíamos
esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas
veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigüidad del
guardarropa.--¡Qué amarguras, qué sufrimientos, aquellos domingos a la
noche, cuando al volver al Colegio pasábamos frente a los teatros y
veíamos en el peristilo una multitud de jóvenes, algunos conocidos
nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes
flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las
bellas damas que venían al espectáculo!
En cuanto a mí, recordaba bien que de los ocho a los doce años no había
faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo.
Era, pues, un _dilettante_ de raza y tradición; Tamberlik me había
acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un
corazón a la Malibran, se había entretenido en hacerme charlar durante
los entreactos en su camarín, a donde solía llevarme mi hermano
Jacinto.--Y hoy, que era hombre, que podía apreciar todas aquellas
bellezas que habían encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria
como una nube, tenía que volverme triste y solo al Colegio, dando la
espalda al mundo de la luz!
Una noche no puede resistir al pasar frente al Colón; ví entrar a un
pariente amigo con su familia; comprendí que tenía un palco donde
meterme medio escondido y tomando mi entrada penetré bravamente, un poco
pálido, por la convicción profunda de que todo el mundo me observaba.
El pariente tenía felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava;
llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome
en el fondo, lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el
Vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en
las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia, mientras
nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me
descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso
desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de
los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente
bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo,
su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado
a cada instante por un tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de
la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las
edades, todo en un encanto misterioso se apoderó de mí por completo.
Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años
bien llenos y agitados; pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo
suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las
primeras emociones puras de mi juventud.--Sonrío a veces al recordar mi
idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de
sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer
versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas
enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían
llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y
esperanzas! La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía
inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me elevaba, me daba
intensidad al espíritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginación,
nobleza al corazón. Cambié de carácter; fuí dulce, afable, perdí la
ironía amarga con compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me
observaba, me corregía, me mejoraba...
De nuevo sonrío a través de los años; pero quisiera volver a esas horas
incomparables, a esa explosión de la savia, trepando al árbol al son de
los cantos primaverales y desenvolviéndose en hojas, en flores, en
perfumes! Quisiera volver a amar como amé entonces y como sólo entonces
se ama, puro el corazón, celeste el pensamiento!...
Todo pasó en el rápido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la
que los años han circundado de esa atmósfera vaporosa que da Murillo a
sus vírgenes, queda fija allá en el pasado, cerniéndose al principio de
la ruta, como una luz ideal!...
XXXIV
Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tenía que
entrar en el Colegio.--Poco antes del último acto salí, corrí a la
puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqué el paletot, golpeé
fuerte y cuando el viejo portero preguntó quién era, imité la voz del
Vicerrector y una vez la puerta abierta, abatí la vela que el cerbero
traía en la mano con un golpe de mi sobretodo, le eché una zancadilla
que dió con él en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corría
yo por esos claustros como una exhalación.
Pero la hora había sonado para mí. Los castigos me irritaban, los
consejos me ponían en un estado de nervios insoportable: no podía
continuar en el Colegio. Pasaba los días enteros ideando medios para
escaparme, a veces con riesgo de la vida, como cuando nos deslizábamos,
con un compañero fiel, por una cuerda flotante que los albañiles dejaban
durante la noche en el edificio que se construía entonces sobre la calle
Moreno.--Los exámenes estaban encima y no abría un libro. Había perdido
la emulación por completo; las glorias de clase me parecían ridículas y
no habría dado un paso por recuperar el puesto de honor al que estaba
habituado y que sentía escapárseme de entre las manos.--Al fin triunfé,
y una mañana radiante se me abrieron para siempre aquellas puertas, en
cuyos umbrales hubiera entonces sacudido mi planta como el numida.
Y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejaba allí dentro! Dejaba mi infancia
entera, con las profundas ignorancias de la vida, con los exquisitos
entusiasmos de esa edad sin igual, en la que las alegrías explosivas, el
movimiento nervioso, los pequeños éxitos reemplazan la felicidad, que
más tarde se sueña en vano!
Abandonaba el Colegio para siempre y, abriendo valerosamente las alas,
me dejaba caer del nido, en medio de las tormentas de la vida.
XXXV
Muchos años más tarde, volví a entrar un día al Colegio; a mi turno, iba
a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los
claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aun se
mantenían fijos en la pared, con sus modestos cuadros negros; al pasar
junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas
aventuras; al cruzar frente a la puerta sombría del encierro, que por
primera vez recibió una mirada cariñosa de mis ojos; al ver el grupo de
estudiantes tímidos, callados, que en un rincón procuraban penetrar mi
alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano
de mis compañeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en
una palabra, aquel ambiente que había sido mi atmósfera de cinco años,
sentí una impresión extraña, grata y dulce, y una vaga melancolía me
llevó por un momento a vivir la vida del pasado.
Me lancé a todos los viejos rincones conocidos y al pasar, bajo las
bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una
evocación simpática. Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan
justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos
recitaba la tirada de "Théramène" sin mirar el libro; aquí fué donde el
profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un
ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que
había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia
sobre el iodo, que destruyó todas sus esperanzas de verme convertido en
un Lavoisier; en este sitio memorable fuí sostenido por M. Jacques,
cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor
Costa, ministro de I. P., me tocó en suerte traducir a primera vista el
"Incendio de Moscou" de M. de Ségur y me trabé en descomunal batalla con
Larsen sobre la significación de la palabra "tôle"; aquí Jacques me dijo
que era un imbécil, pero que tenía razón, cuando sostuve ante él, en una
discusión con un compañero, que este título de un capítulo de La
Bruyére, "Les esprits forts", no debía traducirse por: "Los espíritus
fuertes"; en aquel rincón me batí una tarde con denuedo contra un
muchacho Arriaza, quien, si bien sacó del combate la nariz demolida y
con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño
se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos
llenos de lágrimas, me apretaba contra sí, y al fin, cuando la noche
caía y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez
pesos en la mano, que yo corría a convertir en cigarros en la portería;
aquí fué donde el padre Agüero pilló al alba a Adolfo Saldías, que
volvía de una escapada y a la luz de la luna que entraba por los
cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir
perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la
puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro,
poniendo la ausente barba en remojo; he aquí el cuarto famoso donde fué
introducida por engaño la sirviente que traía la ropa limpia al "mono"
Latorre, sufriendo las excesivas galanterías de los circunstantes,
mientras el referido "mono", amarrado al pie de un lecho, ofrecía el
espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva...
--Los exámenes van a comenzar, doctor. Sólo a usted se espera.
--Voy al momento.
XXXVI
¡Ah! he aquí el cuarto de Eyzaguirre, aquel informe "maremagnum" del que
éramos pilotos expertos.
En esa ventana asamos una noche memorable las aves robadas en el corral
de la despensa, aves sagradas para nosotros y que jamás figuraron en la
mesa del refectorio; allí el salón de los exámenes escritos, donde
algunos jóvenes valerosos entraban llevando el enorme Ganot distribuído
por capítulos en todo el cuerpo y conociendo la topografía del terreno
como César los campos de Munda; la fuente me saluda, la fuente de pico
recto, la fuente que era necesario conquistar a puñetazos, porque el
compañero que esperaba, interrumpía a menudo la absorción haciéndola
intermitente, por medio de la broma llamada del "ternero mamón"; aquí un
condiscípulo querido de todos nosotros, que temíamos no pasara en el
examen escrito, nos dió una minuciosa explicación de cómo había
repartido sus fuerzas para el combate; en la nuca, entre camisa y
camiseta, los capítulos de "La Inteligencia", salvo "La Razón", que, muy
bien doblada, se ocultaba bajo el cuello, unida a la corbata por un
alfiler; entre el elástico del botín derecho, "La Sensibilidad",
formando "pendant" en el izquierdo "La teoría de las facultades del
alma"; en un falso bolsillo del pantalón, "La Voluntad", excepto el
"Libre Albedrío" que ocupaba un sitio indigno de su importancia
filosófica; y allí, sobre el estómago, a mano, como puñal de
misericordia, como recurso extremo, el "Discurso sobre el método", que,
bien manejado, es un proteo multiforme, apto para satisfacer el programa
entero...
--Señor doctor, le están esperando...
--Voy, voy al momento.
¡Cuánta sonrisa en aquellas caras juveniles, si hubieran leído las cosas
que llenaban mi alma y dádose cuenta de las impresiones bajo las cuales
ocupaba mi silla de examinador!
Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho; usaban las mismas
estratagemas que yo había empleado y se lanzaban a cuerpo perdido en las
partes de la bolilla que les eran conocidas, evitando con una habilidad
de pilotos consumados las arcanas secciones no holladas por sus ojos
infantiles. ¡Con qué elasticidad el compañero de atrás hacía de mimbre
su cuerpo, alargaba el pescuezo como una girafa y llamando en su auxilio
la voz más susurrante, "soplaba" con coraje! Yo nada veía, nada quería
ver. Mis preguntas envolvían clara y precisa la respuesta cuando el
discípulo era flojo, y con una sonrisa animadora, impulsaba a
desenvolver su charla graciosa y ligera al que, habiendo estudiado,
quería lucir su ciencia. Ciencia divina, superficial, epicúrea, ciencia
de un adolescente griego, explicando a su manera infantil los mitos
homéricos, ciencia deliciosa que flota como un sueño en la región de la
teoría, borrándose al mes siguiente, porque no tiene la mordiente áspera
de la experiencia propia!
Y así pasaba ante mis ojos la filosofía y la historia, serena, olímpica,
a la manera de Hesiodo, saliendo de aquellos labios puros, como el
reflejo de leyendas de otros tiempos, en mundos distintos del que nos
rodea. ¡Con qué placer, entre mis examinandos, encontraba un cartaginés
endurecido, ardiente admirador de Aníbal, que tal vez había llegado,
como yo en las horas pasadas, pesaroso y triste a las páginas de Zama!
¡Cómo sonaba en mi alma el entusiasmo por las cruzadas, y con qué viveza
venía a mi memoria el largo discurso de Pedro el Ermitaño, que yo había
compuesto en la clase de retórica!... Los muchachos sonreían y corría la
voz eléctrica de que yo era un examinador insuperable. No sabían que les
habría abrazado a todos y que al más imbécil hubiera dado el máximum con
el alma contenta y la conciencia tranquila!
Más tarde dictaba una cátedra de historia en la Universidad. Muchas
veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis
discípulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresión de
cansancio que me contagiaba. Era una época en que vivía agobiado por el
trabajo; a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas
diarias en el Consejo de Educación, y sobre todo, redactaba "El
Nacional", tarea ingrata, matadora si las hay. Así, solía llegar a clase
fatigado y cuando el tema no era interesante, mi palabra salía pálida y
difícil. Pero la campana del Colegio Nacional estaba allí! Desde el aula
la oía fácilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de
estudiante, el ansioso anhelo por salir de la clase, miraba mis alumnos
fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el
eco de la campana me servía de excitante y si alguna vez salieron mis
discípulos contentos, ignoraban que lo debían al vago sonido que me
traía los más dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de
estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del
gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia.
Sí, amar el estudio; a esa impresión primera debemos todos los que en el
Colegio Nacional nos hemos educado, la preparación que nos ha hecho
fácil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender
los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios, no. Es
necesaria la disciplina que sólo se acepta en la infancia, la dedicación
absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca más poderoso que en
los primeros años, la emulación constante y la ingenua curiosidad. Mucho
se olvida más tarde, el tecnicismo, el detalle; pero a la menor
concentración intelectual los caracteres perdidos en el fondo de la
memoria reaparecen con la claridad de las líneas de un palimpsesto ante
un reactivo que borra el último trazado. En una semana, un hombre
regularmente dotado, puede estudiar a fondo una cuestión de derecho;
pero si no tiene una preparación sólida, si no ha ejercitado su espíritu
en los largos años de bachillerato, la expondrá como un notario, jamás
como un jurisconsulto. Falta de ideas generales, mis amigos.
Yo diría al joven que tal vez lea estas líneas paseándose en los mismos
claustros donde transcurrieron cinco años de mi vida, que los éxitos
todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los
primeros años. Que esa química y física, esas proyecciones de planos,
esos millares de fórmulas áridas, ese latín rebelde y esa filosofía
preñada de jaquecas, conducen a todo a los que se lanzan en su seno a
cuerpo perdido.
Bendigo mis años de Colegio, y ya que he trazado estos recuerdos, que la
última palabra sea de gratitud para mis maestros y de cariño para los
compañeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos.
1881.
PROSA LIGERA
_Gallicæ Constructiones_
ESPAÑA
Una visita de Núñez de Arce
Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me
anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía
recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de
Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte
justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar
de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno
argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de
desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para
estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis
esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más
alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del
momento. Así es que conocía--o por lo menos trataba--a muy pocos de los
representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político
que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los
americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el
mundo diplomático al que él también pertenecía,--de Menéndez Pelayo, con
quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer,
muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,--de Grilo, a
quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras
deliciosas correrías por Sevilla,--no había hablado, repito, ni conocía,
tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del
pensamiento español.
"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo
debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre.
El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España,
y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu
público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a
pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."
En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se
abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su
traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer
momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía,
ni de lo que era o podía ser.
--Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor
que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y
tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre
otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar
hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en
breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del
centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables
y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de
las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo.
--Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la
bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar?
--Gaspar Núñez de Arce, señor.
Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné
profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros
literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer:
Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y
generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de
mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por
la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día,
allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había
recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín
García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos
libros españoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaña;
lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que
tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García
Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos
abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido
en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peñas arriba_, esa
maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar
el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan
callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida.
Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, _para
mí solo_, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces,
al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora
me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en
mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que
en mis credenciales mi gobierno pedía al de España--y por consiguiente
a todos los españoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo
tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos
mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y
levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las
estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e
impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el
chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos
generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que
animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante
fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos
anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer,
entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él,
como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la
cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar
vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en
labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del
porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo
siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática.
Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y
abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior
iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a
raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los
juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de
elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu
ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba,
allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el
entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la
ponzoña del odio o de la envidia.
Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y,
desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del
Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los
Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos
los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis
juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la
armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo
que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de
Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de _Naná_:
"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi
idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la
crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento
con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de
verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Pérez Galdós, que en la obra entera
de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en
_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del
autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a
Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot
y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen
entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj,
gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con
mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le
hablé con toda franqueza.
[9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert,
pág. 172.
--Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme
afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad.
Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas,
hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque
nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de
arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque
siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido
España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido
Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades
mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria
militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico,
aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón
esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus
vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las
complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de
guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de
nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar
los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y
las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a
decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos
derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos
cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a
comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a
seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo
lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los
portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado
de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que
el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a
balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en
la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII?
¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo
mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de
esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a
Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo,
propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores
principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de
Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que
seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el
Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a
parar mi reputación diplomática?
Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué:
--Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores
de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que
salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual
ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San
Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no
da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce
aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un
cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre
de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el
cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no
olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero
Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento.
Tomé _Tabaré_ en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando
interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de
las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo:
--¡Pero éste es un maestro!
--¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre _Tabaré_, en
el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa.
Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que
parecía considerar una mera paradoja.
Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad
habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización
relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba
también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria,
desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado
de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que
le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos
que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los
romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente,
Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le
recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la
_Lamentación de Lord Byron_.
Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se
retiró, quedando amigos ya.
Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de
la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con
encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado
el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió
hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con
sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que,
al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al
pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la
palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta
y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio,
que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San
Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa,
miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos
atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal
América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones
que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del
mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una
las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas
feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a
la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó
todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen
esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a
la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones
se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de
Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído,
palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a
Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna.
Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta
español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida
sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que
nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los
tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda
estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su
noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo
que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce.
Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha
arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha
sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el
peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el
espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de
las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español.
1902.
Por montes y por valles
Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las
hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por
la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años,
de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:
111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos,
26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyère_, 1.363 patos
silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras,
45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas
diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término
medio de diez mil piezas anuales.
Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me
extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos
de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un
monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día
en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación
hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación
de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles
siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas,
generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin
vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la
conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al
placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey
tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro.
Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con
una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no
perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una
perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.
Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no
pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz
soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida
de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un
disparo. No tira sino lo seguro.
Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la
vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He
tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando,
como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese
motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi
tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el
tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde
los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos,
bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos
fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y
sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más
gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer
lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila
y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y
de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba
las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies.
Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del
terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de
acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros
cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es
la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones,
que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en
pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a
caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.
Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por
fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente
por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace
quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso
emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América
había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los
Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo
de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu
inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse
infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que
subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas
gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro,
camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al
día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio
de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los
ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con
su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa,
porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba
hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática
promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para
ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de
perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la
Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por
un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus
afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la
que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos
fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un
éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate,
pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que
contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.
La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de
aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de
recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso,
conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y
las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien
me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera
vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas
imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del
_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el
momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse
inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como
su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como
en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha
aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su
seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las
consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la
conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba,
que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor
del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer
de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en
camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este
nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan
los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los
jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una
reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus
escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas,
composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto
errar con más frecuencia que nosotros mismos.
Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte,
fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos
por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos,
entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y
bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una
legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra
dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en
ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda
jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio
de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de
los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada
empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña
hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros,
clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que había un sendero
por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese
punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua
muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al
_secretario_, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha,
las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé
posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los
compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre,
según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el
momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y
esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una
carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me
había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi
revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme
cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la
vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.
Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de
la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por
aquella naturaleza salvaje y tan _empoigné_ por la rudeza de la caza,
que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie
precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo
empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se
fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar
penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de
Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho
era la perla de la _recova_ del marqués de la Conquista. A los veinte
minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero
husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se
detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo
seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante
en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces;
de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a
cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la _jara_, saltaba
sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo,
saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su
única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía
muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente
la _jara_ se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó
suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no
estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta
metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se
deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo sabía que debía esperar a que
pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta,
no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego,
siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese
momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la
banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a
tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió
vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su
trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa
_jara_. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran
tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta
metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus
_faramallas_ y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de
cinco años de campaña.
Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que
tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme,
un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el
oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí,
al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego;
el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y
como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el
tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya
casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de
nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la
cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo
pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se
había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras
a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de ést
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