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La lucha por la vida: Aurora roja

by Pío Baroja · Spanish · Gutenberg #40544 · 428,090 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of La lucha por la vida: Aurora roja
    
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Title: La lucha por la vida: Aurora roja

Author: Pío Baroja


        
Release date: August 20, 2012 [eBook #40544]
                Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/40544

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA: AURORA ROJA ***




Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
presentes en el texto.




LA LUCHA POR LA VIDA

Aurora Roja.


OBRAS DEL MISMO AUTOR

=Vidas sombrías=; un volumen.

=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem.

=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem.

=Camino de perfección (pasión mística)=, novela; ídem.

=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem.

=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.

LA LUCHA POR LA VIDA

=La Busca= (novela); un vol.

=Mala hierba= (novela); un vol.

=Aurora roja= (novela); un vol.




LA LUCHA POR LA VIDA

Aurora Roja.

NOVELA

POR

PIO BAROJA

{imagen decorativa}

MADRID

LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ.

1904.

ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS




Aurora Roja[*]

[*] Los episodios que preceden á AURORA ROJA, se titulan LA BUSCA y MALA
HIERBA.




PROLOGO

Cómo Juan dejó de ser seminarista.


Habían salido los dos muchachos á pasear por los alrededores del pueblo,
y á la vuelta, sentados en un pretil del camino, cambiaban á largos
intervalos alguna frase indiferente.

Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el
otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas y de mirar adusto y
un tanto sombrío.

Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían
aire de seminaristas; el alto, grababa con un cortaplumas en la corteza
de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos
en las rodillas, en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y
distraído, el paisaje.

El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una
colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más
negras aún. En el cielo gris como una lámina mate de acero subían
despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El
aire estaba silencioso; el río, escondido tras de un boscaje resonaba
vagamente en la soledad.

Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De
pronto resonó el silbido estridente de un tren; luego se vió aparecer
una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en una
neblina suave.

--Vámonos ya--dijo el más alto de los mozos.

--Vamos--repuso el otro.

Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y
comenzaron á andar en dirección del pueblo.

Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera,
como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas
muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta
perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire
hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por
el camino.

--Pasado mañana ya estamos otra vez allí--dijo el mocetón alegremente.

--Quién sabe--replicó el otro.

--¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también.

--Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy.

--¿Que no vas?

--No.

--¿Y por qué?

--Porque estoy decidido á no ser cura.

Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á
su amigo con extrañeza.

--Pero tú estás loco, Juan.

--No, no estoy loco, Martín.

--¿No piensas volver al seminario?

--No.

--¿Y qué vas á hacer?

--Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.

--¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo.

--Es que yo no creo en nada.

El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.

--Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?

--Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador--dijo el más bajo
de los dos con vehemencia--, y yo no quiero engañar á la gente, como él.

--Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me
iría al campo y viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis
propios bueyes, como dice Horacio: _Paterna rura bobus, exercet suis_;
pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que
acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también.

--No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al
seminario.

--¿Y cómo vas á vivir?

--No sé; el mundo es grande.

--Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No
tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás
doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo.

--Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario.

--¿Pero por qué?

--Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.

Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro.

La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el
paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:

--¡Bah!... Cambiarás de parecer.

--Nunca.

--Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha
hecho decidirte.

--No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay
en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego
me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la
religión es mala.

--Tú no sabes lo que dices, Juan.

--Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque
es mentira.

--Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor
discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el
padre Modesto!

--El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.

--¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo?

--Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé
á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe.
Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los
chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me
hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba
con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso.
El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y
encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado.
Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo
que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el
seminario es una porquería completa.

--Sí, ya lo sé.

--Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó;
al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa
tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí
libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.

--¿Libros prohibidos?

--Sí.

--Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura
brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la
entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se
presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se
callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí,
señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa
amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve
pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que
se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.

--Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?

--Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no
conocemos.

--¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?

--El primero que leí fué _Los Misterios de París_; después, _El judío
errante y Los Miserables_.

--¿Son de Voltaire?

--No.

Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.

--¿Dirán barbaridades?

--No.

--¡Cuenta! ¡Cuenta!

En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que
recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó á narrar lo
que pasaba en _Los Misterios de París_, y no olvidó nada; parecía haber
vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de escuela, el
príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba á todos con sus rasgos
característicos.

Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la
Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y
enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.

Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas á cruzar el
puente. El río turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por
debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana,
se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo haces de caña y
montones de ramas secas.

Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La
luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos
principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos,
iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del
barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas
tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...

Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo,
monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los
estudiantes y los bandidos de Patron Minette.

Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible
danza macabra.

--Después de esto--terminó diciendo Juan--he leído los libros de Marco
Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida.

--Nosotros no vivimos--murmuró con cierta melancolía Martín--. Es
verdad; no vivimos.

Luego, sintiéndose seminarista, añadió:

--Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como
Santo Tomás?

--Sí--afirmó categóricamente Juan.

--¿Y un poeta como Horacio?

--También.

--Y entonces, ¿por qué no los conocemos?

--Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió
Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se
conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos
mil años ya no habrá seminarios.

Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda,
muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos
de las cosas.

Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo
empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz
eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos,
entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los
chaflanes de las casas.

--Eres muy valiente, Juan--murmuró Martín.

--¡Bah!

--Sí, muy valiente.

Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.

--Son las ocho--dijo Juan--; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh?

--Sí; ¿quieres algo para allá?

--Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto.

--¿Pero es tu última resolución?

--La última.

--¿Por qué no esperar?

--No. Me he decidido ya á no retroceder nunca.

--Entonces, ¿hasta cuándo?

--No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós!

--Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos.

Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del
pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente.
Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella
rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo.

Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la
estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna
brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra
húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo
de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa.

Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era
de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada
por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna.

--¿Eres tú?--le dijo á Juan.

--Sí.

--¿Qué has hecho que has venido tan tarde?

--He estado despidiéndome de la gente.

--Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir?

--Ahora mismo.

--Está bien.

Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de
viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la
salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano
silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á
un coche de tercera.

--Adiós, tío.

--Adiós y recuerdos.

Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no
llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo
de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del
vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la
luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas
temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente
del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando,
encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los
apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de
viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un
esfuerzo, tiró el bulto al agua, y el manteo, el tricornio, la beca,
los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del
río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera.

--Siempre adelante--murmuró--. No hay que retroceder.

       *       *       *       *       *

Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se
cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y
de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al
hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo.

Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol
comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las
hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua
en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los
_Comentarios_, de César.

Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En
la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué
diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los
árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos,
achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de
cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada
uno de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser
azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un
paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una
solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde,
perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol
jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en
otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje.
¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el
contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita.

Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó
tres veces leía en alta voz los _Comentarios_, de César, y esta lectura
era para él una tonificación de la voluntad...

Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron
dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de
chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no
encontraron nada; uno de los muchachos, dijo:

--Aquí hay sangre.

--Entonces alguien ha cobrado la pieza--exclamó uno de los
guardas.--Será éste--y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del
brazo--. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí?

--Yo, no--contestó Juan.

--Sí; tú la has cogido. Tráela--y el guarda le agarró á Juan de una
oreja.

--Yo no he cogido nada. Suelte usted.

--Registradle.

El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada.

--Entonces la has escondido--dijo el primer guarda, sujetándole á Juan
del cuello--. Dí dónde está.

--Que digo que yo nada he cogido--exclamó Juan, sofocado y lleno de ira.

--Ya lo confesarás--murmuró el guarda quitándose el cinturón y
amenazándole con él.

Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan,
riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se
detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con
pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco.

--¿Qué se hace?--gritó furioso--. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se
sigue el ojeo?

El guarda explicó lo que pasaba.

--Darle una buena azotaina--dijo el señor.

Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir
que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre
en la mano.

--Entonces no era éste el ladrón. Vámonos.

--¡Por Cristo, que si alguna vez puedo--gritó Juan al guarda--, me he
de vengar cruelmente!

Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir
al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la
escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador.

--No pases--le gritó éste.

--El camino es de todos--contestó Juan y siguió andando.

--Que no pases, te digo.

Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En
esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se
llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre.

--¡Canalla! ¡Bandido!--gritó.

--Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer--contestó el cazador.

Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más.

Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en
el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera
le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un
pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le
preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo:

--Vamos á ver qué es eso.

Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le
reconoció la herida.

--Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto.

Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana
siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta.

El hombre que dormía en el pajar le dijo:

--Pero ¿á dónde vas?

--Adelante; no me paro por esto.

--¡Eres valiente! Vamos andando.

Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una
caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un
vagabundo.

Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan:

--Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida.

--¿Por su causa?--preguntó Juan.

--Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos.

Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego
y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando.

Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar,
mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más
que un sentimiento fuerte, el odio por el labrador, unido á un instinto
anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el
vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos...

Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero,
leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles.

--¿Qué hace usted aquí?--le preguntó uno de ellos.

--Voy de camino.

--¿Tiene usted cédula?

--No, señor.

--Entonces venga usted con nosotros.

--Vamos allá.

Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á
andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño
terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes,
mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó:

--Tú te habrás escapado de casa, ¿eh?

--Yo, no, señor.

--¿A dónde vas?

--A Barcelona.

--¿Así, andando?

--No tengo dinero.

--Mira, dinos la verdad, y te dejamos marchar.

--Pues la verdad es que soy estudiante de cura y he ahorcado los
hábitos.

--Has hecho bien--gritó el de los bigotes.

--¿Y por qué no quieres ser cura?--preguntó el otro--. Es un bonito
empleo.

--No tengo vocación.

--Además, le gustarán las chicas--añadió el bigotudo--. Y tus padres,
¿qué han dicho á eso?

--No tengo padre ni madre.

--¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho.

Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre
imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una
gran expresión de bondad.

--¿Y qué vas á hacer en Barcelona?

--Quiero ser dibujante.

--¿Sabes algo ya del oficio?

--Sí; algo sé.

Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba
espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una
montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del
nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los
dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la
serenidad y la filosofía del hombre del campo.

Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó
un hombre á caballo, ya viejo, y con boína.

--Hola, señores. ¡Buenas tardes!--dijo.

--Hola, señor médico.

--¿Quién es este muchacho?

--Uno que hemos encontrado en el camino leyendo.

--¿Lo llevan ustedes preso?

--No.

El médico hizo algunas preguntas á Juan y éste le explicó á donde iba y
lo que pensaba hacer; y hablando todos juntos, llegaron al pueblo.

--Vamos á ver tus habilidades--dijo el médico--. Entraremos aquí, en
casa del alcalde.

La casa del alcalde era una de esas tiendas de pueblo en donde se vende
de todo, y además era posada y taberna.

--Danos una hoja de papel blanco--dijo el médico á la muchacha del
mostrador.

--No hay--contestó ella muy desazonada.

--¿Habrá un plato?--preguntó Juan.

--Sí, eso sí.

Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una
varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos
guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se
pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la
luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las
velas desplegadas.

La obra produjo verdadera admiración entre todos.

--No vale nada--dijo Juan--; todavía no sé.

--¿Cómo que no vale nada?--replicó el médico--. Está muy bien. Yo me
llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como
éste y además un dibujo grande.

Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero
había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas
nubes, y las mismas lanchitas.

Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el
cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó
unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico.
Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la
edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía
de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una
semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con
cierta solemnidad:

--Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted.

--Bueno--contestó ella riéndose.

Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos
guardias.

--¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?--le preguntó el de los
bigotes.

--No sé.

--Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino.

--Entonces iré por el monte.

Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de
paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias.
Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por
un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte
entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una
altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó
con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una
figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego
se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el
sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de
césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las
sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un
viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba
descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron
los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.

--Es un inocente--dijo el de los bigotes--ahí abajo vive solo con su
perro--y mostró una casa de ganado, con una huerta limitada por una
tapia baja hecha de grandes piedras.

Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y
entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un
torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir
por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada
instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:

--No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos--y después
añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de
cortar:--¡Arriba, chiquito!

Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un
abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin
límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de
color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol
se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por
el cielo azul.

--Tendrás que volver con nosotros, chiquito--dijo el guardia de los
bigotes--; se barrunta la borrasca.

--Yo sigo adelante--dijo Juan.

--¿Tanta prisa tienes?

--Sí, no quiero volver atrás.

--Entonces no esperes, vete de prisa á ganar aquella quebrada.
Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.

--Bueno. ¡Adiós!

--¡Adiós, chiquito!

Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última
estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.

--No hay que retroceder nunca--murmuró entre dientes.

Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo,
lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la
hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los
árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron
envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de
pájaros gritando.

Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua
sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí
para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las
malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar
por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su
luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las
nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer
aplastarlos contra el suelo.

Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de
roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.

Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno
de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que
iba á hacerse pedazos.

--No hay que retroceder--se decía Juan á sí mismo.

La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las
puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los
rayos como flechas.

Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero
hasta encontrar la salida.

Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía
con violencia; apenas podía respirar.

Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía
brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y
espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las
nubes aparecían jirones de cielo azul.

--Adelante siempre--murmuró Juan. Y siguió su camino.

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PRIMERA PARTE




CAPÍTULO I

     Un barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y
     peluquería.--Tipos raros, buenas personas.


La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de
Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban
la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una
curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga
tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de
hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la
parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.

A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio
derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña,
por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las
arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar
la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la
calle de Magallanes, para lo cual se unía á las verjas, paredones,
casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros.
Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San
Luis y San Ginés y la Patriarcal.

Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un
cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San
Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.

Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos
tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de
fúnebre, como la de Magallanes.

En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda
mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de
Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente
fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía
parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de
barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre
todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus
casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto
del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la
boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan
céntimos á los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar
canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la
comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del
Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de
calle de la Muerte.

Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así
como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el
sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser
extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era
raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de
golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.

La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una
parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba
como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una
gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la
vecindad.

Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran
viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas
numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente
había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.

Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de
entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana
con una reja.

Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la
tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y
remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de
geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y
prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un
chambergo.

La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:

      LA ANTISÉPTICA

    PELUQUERÍA ARTÍSTICA

En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas:
en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual
manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al
fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de
cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el
observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de
representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados
sanguijuelas.

¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones
médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!

Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con
rejas, escrito con letras negras se leía:

               REBOLLEDO

          MECÁNICO-ELECTRICISTA

    SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,

        TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS

         LA ENTRADA POR EL PORTAL

Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo
mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más
portal que aquél en la casa.

Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban
atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de
llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón
saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el
balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:

       BORDADORA

    SE DAN LECCIONES

El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á
un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja,
en donde resonaban fuertemente los pasos.

Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con
grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de
escombros.

Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no
transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.

Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra,
contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la
cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por
aquellos campos baldíos.

Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos
llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en
donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente
se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía
melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...

       *       *       *       *       *

Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista,
Perico y Manuel charlaban.

--¿No salís hoy?--preguntó Perico.

--¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.

--Sí, es verdad.

Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el
ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y
envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia
cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la
calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de
los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.

--¿Y la Salvadora?--preguntó Perico.

--Bien.

--¿Ya está mejor?

--Sí. No fué nada... un vahído.

--Trabaja mucho.

--Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.

--Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.

--¡Pchs!... no sé.

--¡Bah!... que no sabes...

--No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se
cuánto... para emprender algo; nada.

--¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?

--¡Hombre!... tomaría una imprenta.

--¿Y qué le parece eso á la Salvadora?

--Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con
voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se
vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero
todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.

Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le
contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como
perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco
después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se
aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico
Rebolledo quedó á obscuras.

Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo
espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones
oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba
los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se
derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna
recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía
arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión
del espacio.

El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del
electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de
barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra
en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la
madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta,
un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la
ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada,
y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último
estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba
con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes
un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de
cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario
desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de
porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era
difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al
segundo.

Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en
el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un
motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de
cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el
agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la
cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del
aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por
último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos
delante de la ventana y le quitaban la luz.

       *       *       *       *       *

--Sí, hombre--dijo Perico después de un largo rato de silencio--, debías
establecerte cuanto antes y casarte.

--¡Casarme! ¿Con quién?

--¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y
ella... podéis vivir al pelo.

--Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico--dijo Manuel--¿Tú la
entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy
de la casa, como al gato; pero en lo demás...

--¿Y tú?

--Hombre, yo no sé si la quiero ó no.

--¿Aún te acuerdas de la otra?

--Al menos aquella me quería.

--Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.

-¡Qué sé yo!

--No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?

--Estaría hecho un golfo.

--Me parece.

--Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.

--¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?

--No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer
cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi
como si fuera mi madre.

Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y
un amigo suyo entraron en el taller.

Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba
Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran
gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos,
del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de
cuerno.

El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y
brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y
canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como
piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de
puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre
se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas
al cementerio de la Patriarcal.

--¿No está tu hermana?--preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.

--No; ya ve usted.

--Pero bajará.

--Creo que sí.

--La voy á llamar.

El jorobado salió al portal y gritó varias veces:

--¡_Señá_ Ignacia! ¡_Señá_ Ignacia!

--Ya vamos--contestaron de arriba.

--¿Tú querrás jugar?--preguntó el barbero á Manuel.

--Hombre... la verdad; no me distrae.

--¿Y tú?--añadió, dirigiéndose á su hijo.

--No, padre, no.

--Bueno; como quieras.

--A éstos no les gustan las diversiones manuales--dijo muy serio el
señor Canuto.

--¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado--murmuró
el barbero.

Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta,
muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.

--¿Y Enrique?--la dijo Manuel.

--En el patio de al lado, jugando.

--¿Quieres echar una partida?--preguntó Rebolledo á la muchacha.

--Bueno.

--Entonces somos dos contra dos.

--Ya la han pescado á usted--dijo Perico á la Salvadora--; la
compadezco.

--Tú cállate--exclamó el barbero--; estos muchachos son unos sosos.
Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la _señá_ Ignacia y
del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos
marrajos. Corte usté, _señá_ Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y
la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero
ganaba.

Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en
la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las
cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba
haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos;
pensaba pedir una patente para explotar su invento.

Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la
Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció
en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando
hacia adentro.

--¿Quién es ese fisgón?--preguntó Rebolledo.

Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado,
con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven
retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.

--Parece que anda buscando algo--dijo Manuel.

--¿Quién es?--preguntó la Salvadora.

--Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose--contestó Perico.

La Salvadora se levantó para verle.

--Será algún pintor--dijo.

--Mal tiempo ha escogido para pintar--repuso el señor Canuto.

El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el
portal.

--Vamos á ver lo que quiere--murmuró Manuel, y abriendo la puerta del
cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido
de un perro negro de lanas finas y largas.

--¿Vive aquí Manuel Alcázar?--preguntó el joven de las melenas, con
ligero acento extranjero.

--¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!

--¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.

--¿Qué Juan?

--Juan... tu hermano.

--¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?

--Vengo de París, chico; pero déjame que te vea--y Juan llevó á Manuel
hasta la calle. Sí, ahora te reconozco--le dijo y le abrazó, echándole
los brazos al cuello--pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!

--Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos
visto.

--¿Y las hermanas?

--Una vive conmigo. Anda, sube á casa.

Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó
hasta el piso principal.

Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller
presenciaron la entrevista con el mayor asombro.




CAPÍTULO II

     La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su
     fraseología.


Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida.
El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones.
Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la
Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía
medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus
lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.

La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana;
pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y
á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él.
Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.

Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su
hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de
Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde
trabajaba Manuel.

Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la
depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y
hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.

Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la
Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de
confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba
todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa.
Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de
bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los
cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con
sus bastidores á aprender á bordar.

Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche
en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes
ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había
dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que
persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la
Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese
podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.

Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la
barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de
tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le
ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.

Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y
sonreía variaba por encanto.

Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que
despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á
veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan
punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un
cuchillo.

Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la
ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido,
producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de
aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres
enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la
casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas,
palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y
un gatito rojo, que se llamaba Roch.

Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la
calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos,
hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la
mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos
maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón
y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer
la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la
mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba
del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos
marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin
cambiar una palabra.

A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y
constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su
lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.

       *       *       *       *       *

A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los
Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien
arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en
auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería
Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes
La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un
hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había
aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á
discutir con él para no demostrar su ignorancia.

El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo
discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en
presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban
de orgullo y de júbilo.

Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo
chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los
pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.

--¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!--murmuraba
melancólicamente.

Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus
anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en
todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de
matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba
para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian
habilidad y paciencia.

--Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no
sabéis hacer nada.

Perico le dejaba hacer.

El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz
eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido
tremendo.

Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al
chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas
de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela;
Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la
Ignacia ó dejaba volar su imaginación.

En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban
un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.

Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia
á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto
en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa
corta entre los dientes.

--¡Fresco, fresco!--decía, frotándose las manos--. Buenas noches á
todos.

--Hola, señor Canuto--contestaban los demás.

--Siéntese usted--le indicaba el jorobado.

Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.

Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían
maliciosamente.

--¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?

--Nada, murmuraciones, nada--replicaba él--. Cuchichí, cuchichá...
cuchichear.

Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la
carcajada.

El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo,
que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.

Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo
que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni
periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había
llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de
conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo
que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas
oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus
consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones
para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y
abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo
había transformado para su uso particular.

Cuando murmuraba por lo bajo:

--¡Teorías, alegorías, chapucerías!--era que lo que le contaban le
parecía era una cosa desdichada y absurda.

En cambio cuando aseguraba:

--Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.

Ahora, cuando llegaba á decir:

--Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va _coayugando_, era que
para él no se podía hacer mejor una cosa.

Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para
hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el
dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se
contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una
terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el
coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.

El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:

--Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.

En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el
fresco.

Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de
Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las
once ú once y media estaban en casa.

Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría
tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también
sin grandes dolores.

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CAPÍTULO III

     Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos de hambre y de bohemia.


Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al
comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le
perturbaba por completo. ¿A qué vendría?

--Tienes una bonita casa--dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con
la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.

--Sí.

--¿Y la hermana?

--Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!--llamó desde la puerta.

Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que
satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su
egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.

--¿Y este perro, de dónde ha venido?--preguntó alborotada la mujer.

--Es mío--dijo Juan.

Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.

--Es una amiga que vive con nosotros como una hermana--murmuró Manuel.

Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la
Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación
lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el
comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso
á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró
aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á
echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.

--¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?--preguntó maquinalmente
Manuel.

Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía,
preocupado por la turbación de la Salvadora.

Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo
chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el
Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.

Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y
de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era
escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas;
quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha
modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran
artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y
majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con
hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una
cosa mezquina para unos pocos.

En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un
lenguaje desconocido para ellos.

--¿Tienes ya casa?--le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de
hablar.

--Sí.

--¿No quieres cenar con nosotros?

--No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?

--Las seis.

--Ah, entonces me tengo que marchar.

--Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?

--Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se
llama Alex.

--Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?

--No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto,
y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras
á verle.

--¿En dónde vive?

--En el Hotel de París.

--Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?

--Sí, mañana vendré.

Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos
comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con
la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo
encontraba simpático; Manuel no decía nada.

--La verdad es que viene hecho un tipo raro--pensó--; en fin, ya veremos
qué le trae por aquí.

Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano,
que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.

--¡Hola! ¿Te quedas á cenar?

--Sí.

--A ver si ponéis alguna cosa más--dijo Manuel á la Ignacia--. Este
estará acostumbrado á comer bien.

--¡Quia!

Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á
las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le
hubiese conocido toda su vida.

Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.

--¡Qué agradable es este cuarto!--dijo Juan--. Se ve que vivís bien.

--Sí--contestó Manuel con cierta indiferencía--, no estamos mal.

--Este--replicó la Ignacia--nunca te dirá que está bien. Todo lo de
fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan
desengañado!

--Qué desengañado ni qué nada--replicó Manuel--, yo no he dicho eso.

--Lo dices á cada paso--añadió la Salvadora.

--Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No
vivas nunca con ninguna mujer.

--Con ninguna mujer decente, quiere decir--interrumpió la Salvadora con
amable ironía--; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón,
según dice éste.

--Y es verdad--repuso Manuel.

--Ya se desengañará--exclamó la Ignacia.

--No le haga usted caso--murmuró la Salvadora--; habla por hablar.

Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.

--Tengo que hacer un busto de usted--dijo de pronto el escultor á la
Salvadora.

--¿De mí?

--Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo
de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la
Exposición.

--¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?

--Nada--dijo Manuel burlonamente.

--Ya, ya lo sé.

--Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la
expresión.

--Sí que será difícil, sí--dijo Manuel.

--¿Por qué?--preguntó la Salvadora algo ruborizada.

--Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo,
que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día
estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi
hasta guapa.

--¡Qué tonto eres, hijo!

--¿Será muy nerviosa?--preguntó Juan.

--No--replicó la Ignacia--; es que trabaja como una burra, y así se va á
poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con
cualquier cosa...

--¡Vaya una autoridad!--dijo riéndose la Salvadora--. ¡Un veterinario! A
ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.

--No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted
al día una hora libre para servirme de modelo?

--Sí--dijo Manuel--; ¡ya lo creo!

--¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.

--No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.

--¿Y de qué va usted á hacer el retrato?

--Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.

--Nada, mañana se empieza--dijo Manuel--. Está dicho.

Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el
comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á
Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero,
contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.

Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de
electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos,
tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.

--Sí, en esos pueblos se debe poder vivir--dijo el señor Canuto.

--Cuesta trabajo llegar--contestó Juan--; pero el que tiene talento,
sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay
mucha escuela libre...

--Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí--dijo Rebolledo--. Yo creo que
si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen
mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.

--Yo, no--dijo el viejo.

--Usted, sí.

--Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina
en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí
encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el
desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol
ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.

Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y
no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.

--¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?--le
preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.

--Si tuviera veinte--y el viejo guiñó un ojo con malicia--ya te gustaría
mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo.
Cuchichí, cuchichá... cuchichear.

Se echaron todos á reir.

--¿Y cómo llegó usted á París?--preguntó Perico--. En seguida que se
escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?

--No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.

--Cuenta, cuenta eso--dijo Manuel.

--Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en
Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua,
constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer
actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven,
Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco
García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada,
económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña
Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras
guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco
vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las
muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las
cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo
entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de
Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho _La cruz del matrimonio_, y
al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él
jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al
lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de
atrás de un prospecto.

Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro;
después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien
eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo
creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo
retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos
hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no
vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.

Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por
inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda
un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los
pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.

Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en
algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar;
en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un
pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de
grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del
brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó
mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han
salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos
cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar;
les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito
pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la
obra, nos repartiremos las ganancias.»

Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada.
Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de
los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero,
al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano,
porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El
italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos
enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á
Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero».
El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra
restauración por anticipado.

No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la
tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el
alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo
iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al
salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los
cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos
rompen algo; vámonos ahora mismo.»

Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á
Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano
comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió
un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta
pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez
duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos
dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró
dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al
hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.

Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi
compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se
marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar
dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me
estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición,
y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que
tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y
me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla
alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego
encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y
al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo
_Los rebeldes_, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora
ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido
mi vida.

--Pues es usted un hombre--dijo el señor Canuto, levantándose--, y
verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.

--Templado es el chico--dijo Rebolledo.

Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.

--¿Vienes á dar una vuelta?--dijo Juan á su hermano.

--No, Manuel no sale de noche--repuso la Ignacia.

--Como se tiene que levantar temprano...--añadió la Salvadora.

--¿Ves?--exclamó Manuel--. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo
por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un
aire. Por el jornalito.

--¿A qué hora vendré á empezar el busto?--preguntó Juan.

--¿A las cinco?

--Bueno; á las cinco estaré aquí.

Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta
se despidieron.

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CAPÍTULO IV

     El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas
     noticias.--La Violeta.--No todo es triste en la vida.


El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el
acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas
veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa
como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y
relampagueantes.

Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.

--Ahora está bien--decía el señor Canuto.

--No; ayer estaba mejor--replicaba Rebolledo.

Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la
Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan
también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella
y se acurrucaba á sus pies.

--Este perro está entusiasmado con usted--le dijo Juan.

--Sí. Es muy bonito.

--Quédese usted con él.

--No, no.

--¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que
dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.

--Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?

--Kis.

--¿Kis?

--En inglés quiere decir beso.

--¿Es inglés el perro?

--Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien
conocí en el Louvre.

--Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.

--No; está mejor con usted.

       *       *       *       *       *

Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de
la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su
nueva morada, se desconocen.

Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo
rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más
largas que las de delante.

Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch,
que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á
bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde
parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo _rum-rum_.

Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é
incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su
lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido,
cerraba los ojos y se dormía.

En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en
la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas
respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le
inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas,
con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los
pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.

Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el
sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto
melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.

Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa,
ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos
redondos, parpadeando.

Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la
calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía
preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al
momento con ellos.

       *       *       *       *       *

Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.

--Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?--preguntó
Juan mientras modelaba el barro con los dedos.

--Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.

--Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.

--Pues no--replicó la Salvadora ruborizada.

--Pero acabarán ustedes casándose.

--No sé.

--Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y
muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo
le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores
con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un
alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le
estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más
todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le
sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que
desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que
tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.

--Sí. Manuel tiene esas cosas.

--En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que
tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas
débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le
ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto
del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas
cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.

--¿Y qué fué de aquel chico?

--Murió el pobrecillo.

Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los
palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.

Llegó Manuel de la imprenta.

--Hemos estado hablando de cosas antiguas--le dijo Juan.

--¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?

Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la
estatua.

--Chico--murmuró--, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.

--¿Crees tú?--preguntó Juan preocupado.

--Sí.

--En fin, mañana lo veremos.

Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado
la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir
mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una
absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la
Salvadora.

--Es verdad--dijo Juan al día siguiente--; está hecho. ¡Tiene algo esta
cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de
hablar--añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la
estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.

Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su
familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó
tampoco muchas ganas.

--A mí no me gusta el teatro--dijo--. Lo paso mejor en casa.

--Pero hombre, de vez en cuando...

--Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le
tengo miedo.

--¡Miedo!, ¿por qué?

--Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y
hago lo que hacen los demás.

--Pues hay que tener energía.

--Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.

Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en
el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.

--¡Demonio!... la Flora.

--¡Andala!..., si es Manuel--dijo ella--. ¿Qué es de tu vida?

--Estoy trabajando.

--¿Pero vives en Madrid?

--Sí.

--Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.

--No vengo por estos barrios.

--¿Y á la Justa, no la ves?

--No. ¿Qué hace?

--Está en la misma casa.

--¿En qué casa?

--¡Ah!, ¿pero no sabes?

--No.

--¿No sabes que está en una casa de esas?

--No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?

--Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.

--¿Sí, eh?

--Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y
engordar.

--Pues tú estás igual que antes.

--Más vieja.

--¿Y qué haces?

--_Na_, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando
mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer
como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque
apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque
una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si
un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en
una casa de esas hay que apencar con todo.

--¿Y la Aragonesa?

--¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un
señor rico.

--¿Y Marcos, el cojo?

--En la cárcel; ¿no te enteraste?

--No. ¿Qué pasó?

--Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una
cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y
otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y
no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está _guillao_, se
presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á
los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á
cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á
bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la
cárcel.

--¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?

--Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.

--¿Y la Coronela?

--Esa tiene una academia de baile.

La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se
estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba
avanzando, cuando la Flora preguntó:

--¿Te acuerdas de la Violeta?

--¿De qué Violeta?

--Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la
Visitación.

--¿Una que hablaba francés?

--Esa.

--¿Qué le ha pasado?

--Que le dió _un paralís_ y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la
calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.

--Bueno.

Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba.
Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un
escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión
artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de
Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo
que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en
la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga.
Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la
cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.

Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.

--Una caridad. Estoy enferma, señorito;--tartamudeó ella con una voz
como un balido.

Manuel le dió diez céntimos.

--¿Pero no tiene usted casa?--la preguntó.

--No; duermo en la calle--contestó ella en tono quejumbroso.--Y esos
brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo
que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.

--Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?

--Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos
roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay
mucha caridad, sí, señor.

Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer
abultada y bigotuda.

--¿Y cómo se ha quedado usted así?--siguió preguntando Manuel.

--De un enfriamiento.

--No le hagas caso--dijo la bigotuda con voz ronca--; ha tenido un
_cristalino_.

--Y se me han caído todos los dientes--añadió la mendiga mostrando las
encías--, y estoy medio ciega.

--Ha sido un _cristalino_ terrible--agregó la bigotuda.

--Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada!
No tengo más que treinta y cinco años.

--Es que era muy viciosa además--dijo la mujer bigotuda á Manuel--.
¿Qué, vienes un rato?

--No.

--Yo... yo también he sido de la vida--dijo entonces la Violeta--; y
ganaba... ganaba mucho.

Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó
tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y
apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y
sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de
Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.

Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.

En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la
Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de
pureza.

--¿Qué habéis visto?--preguntó la Salvadora.

Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había
visto en la calle...

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CAPÍTULO V

     A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las
     mujeres se odian.--Los hombres también.


Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una
trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento;
había ambiente para su obra.

Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á
Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos
estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra
exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.

A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios
encargos.

Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un
día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.

--Vamos á la Bombilla--dijo Juan--. Eso debe ser muy bonito.

--No, suele haber demasiada gente--replicó Manuel--. Iremos á un
merendero del Partidor.

--Donde queráis; yo no conozco ninguno. Salieron de casa, la Ignacia, la
Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes,
entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros,
frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se
destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron
por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á
contemplar los patios á través de la verja.

--¡Qué hermoso es!--dijo Juan.

El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves
cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas,
formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya
desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y
misteriosa.

Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y
el señor Canuto.

--¿Qué, se va de paseo?--dijo el jorobado.

--Sí, á merendar--contestó Juan--. ¿Si quieren venir con nosotros?

--Hombre... vamos allá.

Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y
á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.

Bajaron el repecho de una colina.

Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo,
sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de
plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres,
brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la
hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se
destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso,
las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los
altos y espléndidos girasoles.

Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por
su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como
copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor
refulgente de rayos deslumbradores.

--Pero esto es muy bonito--decía Juan á la Salvadora--; todo el mundo me
ha dicho que Madrid era muy feo.

--Yo no sé, como no he visto nada--replicó ella sonriendo.

Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía
rumor de organillos.

--Vamos á meternos en uno de éstos--dijo Juan.

Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:

       Á LOS PLACERES DE VENUS

    (HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)

--No vaya á venir aquí golfería--dijo Manuel á su hermano.

--Quia, hombre.

Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un
cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas
con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en
medio un organillo con ruedas.

No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un
viejo y varios mozos de café.

--Esto parece una casa de baños--dijo Juan--; parece que por una de esas
ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?

Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.

--Pues nada; queremos merendar.

--Tendrán ustedes que esperar algo.

--Sí; esperaremos.

En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se
acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la
mano, y sonriendo dijo:

--Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado
ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que
aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está
sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento--y
enseñó una lista de los precios--y ande el movimiento.

Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se
sonrió y remató su perorata exclamado:

--¡Mátala! ¡Viva la niña!

Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si
les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza
donde estarían solos.

Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en
compartimientos con un corredor á un lado.

Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el
organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á
bailar.

Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer,
cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.

--Señores--dijo--: Si están ustedes bien en este departamento y sienten
desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el
entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no
miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!

Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su
silla como un conejo, terminó la alocución gritando:

--¡Mátala! ¡Viva la niña!

El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó
cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy
satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no
le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:

--¿A qué viene este burgante con esas teorías?

--¿Qué teorías?--preguntó Juan algo asombrado.

--Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías...
alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.

--En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto--advirtió Manuel á
Juan por lo bajo.

--Ah... vamos.

Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y
pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.

--Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?--dijo Perico á la hermana de
Manuel.

--Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!

--Y usted, ¿no baila?--preguntó Juan á la Salvadora.

--No, casi nunca.

--Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón.
Sácala á bailar.

--Si quiere, vamos.

Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba
un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano,
con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres.
Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que
bailara con él.

Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor
con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era
la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado
del señor Canuto.

Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos
brillantes, y se puso á abanicarse.

--¡Olé ahí las chicas bonitas!--dijo el jorobado--. Así me gusta á mi la
Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese
usted y vaya tomando apuntes.

--Ya me fijo--contestó Juan.

La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento.
Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una
mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.

--Será la que vivió antes con él--pensó la Salvadora, y con indiferencia
la estuvo observando.

En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:

--De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.

--¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.

Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la
galería á donde estaba Manuel.

--Viene hacia aquí esa pelandusca--dijo la Ignacia.

--Más te vale ver lo que quiere--añadió la Salvadora con ironía.

Manuel se levantó y salió al corredor.

--¿Qué?--exclamó de un modo agresivo--. ¿Qué hay?

--_Ná_--contestó ella--. ¿Es que no te dejaban esas salir?

--No; es que á mí no me daba la gana.

--¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?--y señaló á la Salvadora.

--No.

--¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.

--¡Psch! Bueno.

--¿Y ese de los pelos?

--Es mi hermano.

--Es simpático. ¿Es pintor?

--No, es escultor.

--Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.

Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado
un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado
haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio
superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto
en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada
en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de
burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.

--¿Dónde vives?--la pregunto Manuel.

--En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa.
¿Irás?

--No--dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde
estaban los suyos.

--Muy flamenca, guapetona--dijo el jorobado. Manuel se encogió de
hombros con indiferencia.

--¿Qué le has dicho?--preguntó Perico--. Se ha quedado paralizada.

El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los
dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban;
tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de
una manera fulminante.

--¿Por qué me mira así esa mujer?--y la Salvadora hizo esta pregunta á
Manuel sonriendo.

--¿Qué sé yo?--contestó él con tristeza--. ¿Vámonos?

--Estamos bien aquí, hombre--dijo Juan.

--¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?--preguntó Manuel á la
Salvadora.

--¿Nosotras? ¿Por qué?--y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y
relampaguearon sus ojos.

Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante
de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de
las melenas de Juan.

--Vámonos--repitió Manuel.

A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.

--Ahí va uno que se lleva la merienda guardada--dijo uno de los que
bailaban al ver al jorobado.

Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre;
pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.

--Esto es lo que no pasa en ningún lado--dijo Juan--. Sólo aquí hay este
afán de insultar y de molestar á la gente.

--Falta de educación--murmuró el jorobado con indiferencia.

--Y luego no pasa nada--añadió Perico--; porque á uno de estos
chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él,
alborota mucho y nada.

--Pero es muy desagradable--repuso Juan--eso de no poder ir á ningún
lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto--dijo
después burlonamente--hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en
Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes
veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una
gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero
de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es
natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos,
verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de
personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría
pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su
juego». «Sí--contesto el inglés--; ese es el espíritu provinciano,
propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra
nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»

--Lo partió por el eje--dijo el señor Canuto guiñando un ojo
maliciosamente.

--Yo no les hubiera hecho caso--dijo la Salvadora, que no oyó el cuento
de Juan.

--Ni yo--añadió la Ignacia--. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!;
es una perdición.

--Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una
riña--saltó Manuel--; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si
viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las
lamentaciones.

--Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la
culpa--repuso la Salvadora.

Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la
Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de
Areneros.

Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados
haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente
hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes
de sus farolillos redondos.

Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se
veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro
pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso,
rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se
dibujaban en líneas horizontales en el cielo.

--Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?--dijo Juan.

Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados
de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris,
sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de
los faroles se estremecía en el aire polvoriento.

En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo
un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del
Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del
cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea
de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el
aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra,
como un escuadrón de caballos salvajes.

Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los
gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga,
de incomodidad, de vida sórdida y triste...

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CAPÍTULO VI

     Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan. Roberto.--Se
     instala la imprenta.


En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció
por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en
café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al
verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas
maquinaciones.

Su grupo _Los Rebeldes_, mal colocado en el salón adrede, apenas se
veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado
efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho
que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban
comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó
que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le
advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque
en el caso de no aceptarla se la darían á otro.

Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba
mortificado, y la aceptó.

--¿Cuánto te dan por eso?--le preguntó Manuel.

--Mil pesetas.

--Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas
son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo.
Ahora te dan ese dinero. Tómalo.

--¡Psch!

--Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran
avío.

--¿A ti? ¿Para qué?

--Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en
traspaso.

--¿Pero vives mal así?

--No.

--¿Tantas ganas tienes de ser propietario?

--Todo el mundo quiere ser propietario.

--Yo, no.

--Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada,
sólo para ir allá y decir: esto es mío.

--No digas eso--replicó Juan--; para mí ese instinto de propiedad es lo
más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.

--Que empiecen los demás dando lo que tienen--dijo la Ignacia terciando
en la conversación.

--Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás,
sino con nuestra propia conciencia.

--¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?--preguntó
Manuel.

--Sí.

--Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó
explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la
vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...

--No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla
es una vileza.

--Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?

--No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te
digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives
bien...

--Pero puedo vivir mejor.

--Bueno, haz lo que quieras.

       *       *       *       *       *

La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés,
sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.

A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los
planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para
que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y
pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.

Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar.
En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y
tipos nuevos por quince mil pesetas.

Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron
á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á
plazos.

Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico
moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en
plazos.

--No, no--le dijo--, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero
lo necesito al contado.

Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar
con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.

--Qué le vamos á hacer--dijo Manuel--; no se puede... paciencia.

--Pero la máquina, ¿es buena?--preguntó la Salvadora.

--Sí; muy hermosa.

--Pues yo no dejaría eso así--dijo la Salvadora.

--Ni yo tampoco--repuso la Ignacia.

--¿Y qué voy á hacer?

--¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...

--Sí; pero...

--¿No te atreves?--preguntó la Ignacia.

--Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?

--Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.

A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver
á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente
las dos volvieron á la carga.

Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no
estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de
que no se había marchado.

Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún
pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no
le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con
Roberto.

Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un
gran aplomo en los movimientos.

--Hola, ilustre golfo--le dijo al verle--. ¿Cómo estás?

--Bien, ¿y usted?

--Yo, admirablemente... ya me he casado.

--¿Sí?

--Estoy en camino de ser padre.

--¿Y el proceso?

--Terminó.

--¿A favor de usted?

--Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.

--Y la señorita Kate, ¿está aquí?

--No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?

--Nada, verle.

--No; tú venías á algo.

--Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una
tontería.

--No, hombre, dilo.

--Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y
otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo
establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también
nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han
empujado para que le pida á usted el dinero.

--¿Y cuánto se necesita para eso?

--Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño,
rebajaría mil ó quizá dos mil.

--De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.

--Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero.....
Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el
socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo,
no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil ó dos
mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.

--Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva
imprenta, de traslado, ¿verdad?

--No, de eso me encargaría yo.

--¿Tienes dinero, eh?

--Unas cuatro mil pesetas.

--De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?

--Sí.

--¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?

--Eso es.

--¿Después de descontados vuestros jornales?

--Le va á quedar á usted muy poco.

--No importa; acepto.

--¿Acepta usted?--dijo Manuel en el colmo del asombro.

--Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa
editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la
máquina.

Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras
y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:

--Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.

Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.

Ya era un burgués, todo un señor burgués.

       *       *       *       *       *

Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.

El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel
tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á
encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval.
Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles
para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles
tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos
casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no
podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la
portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil
pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo
Perico Rebolledo.

Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir
permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba
hecho un zarandillo de un lado á otro.

Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y
las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El
motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin se arregló todo; pero no
había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese
perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que
vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco,
triste, irritado.

Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no
venían.

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CAPÍTULO VII

     El amor y la debilidad.--Las intermitentes y las golondrinas. El
     bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.


A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á
encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo;
apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan
alta que tuvo que guardar cama.

Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña,
despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.

A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando
algún escalofrío le recorría por el cuerpo.

Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la
fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire
helado.

La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.

--Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta.
Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.

Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que
se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de
un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba,
otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro
el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una
angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se
encontró de nuevo bien.

Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con
Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los
abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de
eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.

Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que
llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de
excitación que no le dejaba descansar un momento.

--Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa--dijo el médico--.
¿Trabaja mucho?

--Sí, mucho--contestó la Salvadora.

--Pues que no trabaje tanto.

Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del
enfermo. A veces Manuel la decía:

--Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.

Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba
continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las
ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba,
creía encontrar en ella nuevos encantos.

--¡Qué buena es!--se solía decir á si mismo--. La molesto á cada paso y
no me odia.--Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas
fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una
idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y
á quedar desamparado.

A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese
atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor
Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.

Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su
hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y
Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los
ojos.

Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa
más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba
la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna
cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que
hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y
le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba
de ira.

«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»--pensaba algunas veces.

A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar
las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol,
nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas
atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente.
Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas
horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio;
todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el
chirriar de los grillos.....

       *       *       *       *       *

Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde
trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose
de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien
vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como
guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella
habanera de _Una Vieja_: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras
romanzas sentimentales.

Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en
la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos
desde el balcón.

Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la
Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el
crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que
daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos
y un murmullo de risas y de voces.

Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba
con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos
círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se
opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y
contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la
callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar
las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que
luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero
esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño
se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á
ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos
palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la
Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por
ella...

Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil,
hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado,
polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el
sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa
los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel
el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse
el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada.
Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un
relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana
y quedaron en la semiobscuridad.

--¡Salvadora!--llamó Manuel.

-¿Qué?

Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.

--Déjame que te bese--le dijo Manuel en voz baja.

La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los
labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura
deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.

       *       *       *       *       *

A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como
habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para
otros. Manuel hubiera querido una preferencia.

--La hablaré--pensó.

En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de
vigilarles á los dos.

--Ya no falta más que esto--decía indignado Manuel--; pero, en fin,
cuando salga nos entenderemos.

De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:

--¿Qué tal en la imprenta?

--Bien--contestaba él invariablemente.

Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde
la Ignacia le había puesto una cama.

       *       *       *       *       *

El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta.
Entró. No había nadie.

--¿Qué demonios pasa aquí?--se dijo.

Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que
ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos
de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el
aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de
él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos
arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela
blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una
dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego
uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último,
el otro cajista con una espada de madera en el cinto.

Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la
ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una
bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.

--En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo--gritó--, te
bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas,
príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.

El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.

--¡Silencio!--exclamó Jesús con voz vibrante--. Pueblo de Madrid: ¿juras
defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?

--Sí, sí--gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.

--¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda
I?

--Sí, sí.

--¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?

--Sí, sí.

--¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su
Majestad Curda I?

--Sí, sí.

--¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su
Majestad Curda I?

--Sí, sí.

--Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios
os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España!
¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la
honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas,
de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!

--¡Vivan los Papalinas!--gritaron todos.

--Ahora que comience la libación--dijo Jesús--. ¡Que rompan á tocar las
músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!

Luego con su voz natural le dijo al chico:

--¡Anda, trae unos vasos!

El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:

--Dile á ese que estoy aquí.

Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los
obreros al trabajo.

--Muy bien--dijo Manuel--; muy bien--y engarzó una serie de
blasfemias--. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan
ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo, para que el amo de la
casa le despida á uno...

--Es que el chico ayer pescó la primera curda--dijo Jesús--, ¿sabes? y
la hemos celebrado.

--Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas
fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.

Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.

--Dame la cuenta--le dijo á Manuel muy fosco.

--¿Por qué?

--Me marcho; no quiero trabajar aquí.

--¿Pues qué hay?

--Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes
alegría.

--Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca,
¡ladrón!

--Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.

--¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?

--Bueno, me quedaré hasta que te cures.




SEGUNDA PARTE




CAPÍTULO I

     Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.


Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa
hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.

Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son
siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan
aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de
cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.

Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y
cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos,
chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar
lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros
vagabundos.

En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas
de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los
cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican
grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.

En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y
los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.

En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de
unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna,
un juego de bolos y una churrería.

El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la
churrería á la izquierda. La taberna se llamaba _La Aurora_; pero era
más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á
un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una
muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto
muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las
mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos
pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de
cuerda que iban á comer allí.

El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes
había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y
continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande
pintarrajeada.

La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de
tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él,
salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada
con una caperuza.

Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de
bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco
en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó
biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un
sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.

Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta
por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y
junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al
lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un
coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas
abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La
churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños;
dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.

Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio,
bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado,
picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba
Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los
genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.

Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el
juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa;
Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de
negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre
incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo,
el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se
entendían los dos compadres.

Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico,
miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros,
puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en
grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de
algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía
á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la
línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo
azul radiante.

       *       *       *       *       *

Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido
en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de
bolos del Inglés y entraron.

--Aquí podríamos tomar algo--dijo Juan.

--No habrá quien sirva--contestó el otro.

Llamaron á un chico que recogía las bolas.

--Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.

Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba
con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y
viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde
firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.

Había dedicado un artículo elogioso al grupo de _Los Rebeldes_, y luego
había buscado á Juan para conocerle.

Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre
delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse
irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y
hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á
Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos
largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él,
lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el
Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el
problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El
no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por
su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas
de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la
del deber y la de la virtud.

Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando
observaba á Juan con una mirada escrutadora.

El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin
alardes, iba exponiendo sus doctrinas.

Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus
dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de
cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid
llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al
ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos,
llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con
todas las malas pasiones de los demás burgueses.

Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe
de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era
un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No
veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de
indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y
tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba
también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la
gratitud.

--Aquí se está bien--dijo el Libertario, ¿verdad?

--Sí.

--Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.

--Sí, hombre.

--Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han
visto _Los Rebeldes_, y son entusiastas de usted.

--¿Son anarquistas también?

--Sí.

Salieron al paseo de Areneros por la taberna.

--Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos--dijo el
Libertario.

--Pues no tiene número--replicó Juan--; pero tiene nombre: La Aurora.

--Buen nombre para una reunión de los nuestros.

Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor
comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir,
y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.

Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la
imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.

Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:

--Quisiera hablar contigo despacio.

--¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?--le había contestado
ella.

Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á
trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él
mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba
á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de
ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si
uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en
la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los
acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.

A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se
cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en
cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para
echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle
larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.

El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su
memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará
aquella pobre mujer?

Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con
intermitencias.

Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á
Manuel:

--¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.

--¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?

--Sí.

--Yo no voy. ¿A qué?

--¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las
noches.

--Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de
anarquismo, que no son más que memadas.

--¿Ya has renegado también de la idea?

--Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en
seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo
y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y
hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse
diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.

--Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.

--¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?

--Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque,
¿vienes ó no á La Aurora?

--Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á
todos en la cárcel.

--¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.

Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una
delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.

Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del
mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa
redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos
de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico,
que no cabían en él. Iba viniendo más gente.

El Libertario llamó á Chaparro.

--¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?--le preguntó.

--No.

--En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?

--¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.

--Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?

--No.

--Bueno; pues traiga usted unas velas.

Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en
el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una
mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos
frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un
banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía
aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos
del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al
escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin
saber por qué todos hablaban bajo.

--Yo creo, compañeros--dijo Juan, levantándose y acercándose á la
mesa--, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y
hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi
todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo
debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades,
propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.

--¡Aceptado! ¡Aceptado!

La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como
Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de
parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora
Roja.

Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y
echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de
perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran
partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que
esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era
demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de
acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de
anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un
coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.

--Y eso ¿qué importa?--dijo Juan--; á nadie se le exige que sea
valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque
nacen de su conciencia y no de mandato alguno.

--Es verdad--dijeron los demás.

--Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres
con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos
nosotros.

Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús
explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante;
había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de
café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una
manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el
joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe
disimular las bajas pasiones con grandes frases.

A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y
ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con
unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari,
y últimamente se dedicaba á servir de modelo.

--Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es
eso?--preguntó el Libertario levantándose.

--Según--contestó Maldonado--. Yo no creo que deba haber reglamento;
basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner
un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para
los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta
cambiar el objeto que perseguimos.

--Yo--replicó el Libertario--, soy enemigo de todo compromiso y de toda
asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á
comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por
la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de
comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.

--Hay que ser prácticos--replicó Maldonado.

--Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.

Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de
aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la
mesa.

--Compañeros--dijo sonriendo.

--¿Quién es éste?--preguntó Manuel á Jesús.

--El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.

--Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con
mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga;
el que no, que lo deje.

Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la
utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.

--Entonces, ¿para qué reunirnos?--preguntó uno de los amigos del
estudiante.

--¿Para qué?--contestó Juan--; para hablar, para discutir, para
prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de
ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su
conciencia le dicte.

--Yo, por mi parte, estoy conforme con esto--dijo el Libertario--. Que
cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una
solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos
conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo
que viene aquí estaremos.

Se levantaron todos.

--Bueno, vamos--dijo uno--; que ha dejado de llover.

Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose
fuertes apretones de manos.

--¡Salud, compañero!

--¡Salud!

Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los
revolucionarios...

       *       *       *       *       *

El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de
aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora
fraternizando con los compañeros.

Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se
utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo
el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de
Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya
comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre
sociológica y revolucionaria, traducida del francés.

En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del
Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan
tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca
libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de
Ibsen.

El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y
huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de
Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas
tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de
club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía
una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.

Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del
señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción,
sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada
instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.

El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto
llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas
de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y
de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de
Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía
con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el
levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los
motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último,
desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas
de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á
Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de
Teobaldo Nieva, el autor de la _Química de la cuestión social_.

Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter
arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de
artículos de _El Condenado_ y de _La Solidaridad_, y de las épocas en
que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.

Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de
Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una
usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad
que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.

El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre
todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le
molestaban.

No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos
salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para
el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que
Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.

--Este Prats, ¿quién es?--preguntó Manuel al Madrileño.

Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata
berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía
este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz
aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar
bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.

--¿Vendrás el domingo, compañero?--le dijo á Manuel después de
saludarle.

--Sí.

--Entonces, hasta el domingo.

Y se dieron un apretón de manos.

--Vaya un tipo--dijo Manuel.

--No es tan tremendo como parece este Rama Sama--añadió el Madrileño--.
En fin, veremos si el domingo esto se anima.

Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó
decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de
malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador,
y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A
Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por
una frase ingeniosa ó por un chiste.

El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una
explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.

--Paco Ruiz era un hombre de buen corazón--le dijo á Manuel. Si yo
hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la
bomba en casa de Cánovas.

--¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?--le preguntó Manuel.

--A nadie más que á él, que murió.

--¿Y cómo no se pudo escapar?

--Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora
cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha.
Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños.
Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló;
le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.

El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había
sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado
algunos meses preso.

{imagen decorativa}




CAPÍTULO II

     El derecho.--La ley.--La esclavitud.--Las vacas.--Los negros.--Los
     blancos.--Otras pequeñeces.


El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso
tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.

Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el
período álgido.

--Qué tarde--le dijo el Madrileño--te has perdido; la gran juerga; pero,
en fin, todavía continúa.

Las caras estaban congestionadas.

--¿Quiénes son los que discuten?

--El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.

El jorobado era Rebolledo.

--Lo que proclamamos nosotros--decía el estudiante Maldonado con voz
iracunda--es el derecho al bienestar de todos.

--Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado--replicó Rebolledo
padre.

--Pues yo sí.

--Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener
derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á
edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no
tuviéramos derecho.

--Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo--replicó Maldonado.

--Claro--dijo Prats.

--No, claro no--y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con
vigorosos signos negativos--, porque el derecho de la persona varía con
los tiempos y hasta con los países.

--El derecho es siempre el mismo--afirmó el grupo jacobino.

--¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos,
y ahora no?--preguntó el jorobado.

--Porque las leyes eran malas.

--Todas las leyes son malas--afirmó rotundamente el Libertario.

--Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito--dijo con
ironía el Madrileño--, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.

--Si se suprimiera el Estado y las leyes--afirmó uno de los
circunstantes--los hombres volverían á ser buenas personas.

--Esa es otra cuestión--repuso con desdén Maldonado--, yo le contestaba
al señor--y señaló á Rebolledo--y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.

--Usted decía--dijo el jorobado--que las leyes antiguas, que permitían
tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que
si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener
esclavos.

--No... la ley es una cosa, el derecho es otra.

--¿Pero qué es el derecho entonces?

--El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como
hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.

--Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por
ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar
cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?

--Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida--replicó Prats.

--¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?

--Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes--dijo el catalán enfadado.

--No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.

--Es usted un reaccionario.

--Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han
convencido.

--¿Pero es que usted no cree--gritó Maldonado--que todo el que nace
tiene derecho á vivir?

--No sé--contestó el jorobado--; las vacas también nacen y deben tener
derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en
bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.

Se echaron todos á reir.

--Es que se va de la cuestión--dijo Prats.

--No--replicó el jorobado--, es que á mí las pamplinas me hacen la
santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice _na_.
Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte,
y _pa_ mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí
me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo
que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que
tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo
haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar.
¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana
suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda,
aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo
encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no
puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni
más filosofía que eso.

--Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible--dijo
Maldonado.

--Yo encuentro que tiene razón--exclamó el Libertario.

--Sí, desde su punto de vista sí--añadió Juan.

--De esa manera de pensar--repuso el Libertario--son la mayoría de los
españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el
cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más
fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.

El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso
quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta
modestia añadió al cabo de un rato:

--Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay
cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el
trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.

--Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á
impedir que el hijo herede al padre?--preguntó Maldonado.

--Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos
los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego
el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.

--Con la anarquía no habrá holgazanes--dijo Prats.

--¿Y por qué no?

--Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización
social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.

--¿Por qué?

--Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros
tampoco.

Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.

--¿Y el que guarde dinero?--preguntó el jorobado.

--No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.

--¿Y los ladrones?

--No habrá ladrones.

--¿Y los criminales?... ¿los asesinos?

--No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que
asesine para robar.

--Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.

--Esos son enfermos y hay que curarlos.

--¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?

--Sí.

--¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?

--Sí.

--Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.

--Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra--dijo Prats--. Esas
cosas de detalles se estudiarán.

--Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?

--¿Qué? mejorar la vida.

--¿Ganaremos más?

--¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.

--Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.

--Sí.

--¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?

--¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?--dijo Prats de mal
humor.

--En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los
inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa
el trabajo?

Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al
catalán, que dijo en un arranque de mal humor:

--Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.

--No--arguyó Maldonado--, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he
escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he
hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.

--Bueno--replicó Rebolledo--, pero aun suponiendo que el inventor no sea
superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente
una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á
otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos,
y unos superiores á otros.

--No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.

--Pero eso no puede ser.

--¿Por qué no?

--Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa
bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir
los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es
mayor ó menor.»

--Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted
comprender que el mundo cambie en absoluto--dijo Maldonado con desdén.

--¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de
que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á
variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales,
todos serán iguales... no lo creo.

--No lo crea usted.

--Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su
palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.

Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto
del barbero.

       *       *       *       *       *

--Me ha convencido usted--le dijo Manuel al jorobado.

--Claro--exclamó el Madrileño impaciente--, como que todas esas fórmulas
son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la
Revolución, _pa_ divertirse.

--Eso es--dijo el señor Canuto--; qué tanta teoría, ni tanta alegoría,
ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á
ello y echar con las tripas al aire á los _burgantes_, y tirar todas las
iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos
los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un
general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un
buen _cate_ ó una _puñalá_ trapera... y adivina quién te dió... Eso es.

Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y
humanos y no una partida de asesinos.

--¡Pero será este hombre mendrugo!--exclamó el señor Canuto en el colmo
del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor,
le dijo:--Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me
dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto
algo en la vida--poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior
del ojo derecho--más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está
usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el
sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema
actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón
para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted
quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible
que se atraviese usted el corazón.

--No le entiendo á usted--dijo el catalán.

--¿No?--y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con
lástima--. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola--y
haciéndose el humilde continuó--: pero sí que me figuraba conocer un
poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene
una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras
escrofulosas, ¿qué hace usted?

--¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.

--Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?

--Claro.

--Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al
enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda,
aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera,
paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta
cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de
arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras
sociales.

--Será verdad; á mí no me lo parece.

--¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se
ofenderá usted. Eso es.

--No, señor; yo no me ofendo.

--Pues hágase usted socialista.

--¿Por qué?

--Porque eso que dice usted y hacerse _socialero_, es lo mismo que ir á
cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de
caña. Eso es.

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CAPÍTULO III

     No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.--Las mujeres
     son buenas, aun las que dicen que son malas.--Los borrachos y los
     perros.


Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba
regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que
si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de
cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin
hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él;
luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de
comer; muchas veces no se le veía el pelo.

--Jesús tiene dinero--le dijo una vez la Salvadora á Manuel--, ¿qué
hace? ¿trabaja en algún lado?

--Que yo sepa, no.

--Pues tiene dinero.

--No sé cómo se las arreglará.

Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la
publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del
Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder
sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero
luego le dió lástima y se acercó á él.

--¿Qué haces aquí?--le dijo.

--¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?--tartamudeó Jesús--. Ah,
¿eres tú? Estaba tomando el fresco.

--Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!

--¿Qué anda? ¿Qué?

--¡Cómo estás! No te puedes tener.

--¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués...
eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso...
y un mal compañero.

--Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.

--Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...

Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.

--Eres un sinvergüenza--exclamó Manuel--, un borracho indecente.

--¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia
muy grande; porque tengo una sed...

--Sí, una sed de vino y aguardiente.

--Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un
huérfano...

--Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!

--¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande,
si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...

--Yo creo que lo que tú tienes mayor es la _asaúra_.

--Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú
con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo;
pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.

--Ni me importa.

--Y tú, ¿por qué no te emborrachas?

--Porque no quiero.

--Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una
tristeza muy honda...

--Sí; soy un pobre huerfanito como tú.

--No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa...,
porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya
no sabes hacer nada sin ella.

--Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?

Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de
espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque
lo mataran.

--¡Anda, no seas estúpido!--le dijo Manuel--; te voy hacer andar á
patadas.

--Pégame; pero no me voy.

--Pero, ¿qué quieres hacer?

--Tomar aquí unas copas.

--Bueno, tómalas.

En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer
comenzó á chillar asustada.

--Está borracho; no le haga usted caso--le dijo Manuel interponiéndose
entre los dos.

--¿Y qué?--replicó Jesús--. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar
conmigo, prenda?

--No.

--¿Y por qué no?

--Porque tengo que ir á casa.

--¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?

--Pero, ¿son las dos?--preguntó la muchacha á Manuel.

--No debe faltar mucho.

Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos
en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se
echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas
rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era
sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro
Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta
emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis,
cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella
estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya
que no podía, le tenía todo sin cuidado.

--¿Y qué vas á hacer?--le preguntó Manuel.

--Dejaré la casa y buscaré otra.

--Lo que vamos á hacer--dijo Jesús--es irnos los tres á cenar ahora
mismo.

--Bueno; vamos donde queráis--exclamó la muchacha, y se agarró del brazo
á Manuel y á Jesús.

--¡Bravo!--gritó Jesús--. ¡Olé por las mujeres valientes!

Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.

--Un día es un día--murmuró--. Vamos allá--; además, la muchacha era
agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.

--¿De modo que vas á dejar á tus amos?--preguntó Manuel.

--¡Qué voy á hacer!

--Bien hecho--gritó Jesús--; deja á los amos...; que les sirva su señora
mamá... ¡Mueran los burgueses!

--Calla--exclamó Manuel--; van á venir los guardias.

--Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los
guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á
esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los
Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la
gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus
líos?... ¿Verdad, corazón?

--Ya lo creo.

La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.

--¿Y tú no dices nada?

--Que tienes una espetera, que ya ya.

--Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!--replicó ella riendo--. ¿Cómo te
llamas?

--Manuel.

--¿Y qué eres?

--Este--saltó Jesús--, este es un cochino burgués... que quiere hacerse
rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de
préstamos... ¡Ja... ja!...

--No le hagas caso--dijo Manuel--, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te
llamas tú?

--Yo, Paca.

--¿Estás sirviendo de veras?

--Sí.

Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle
un beso.

--Bueno; si éste me agarra, me voy--dijo ella.

Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.

--A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú
no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el
bolsillo _pa_ tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no,
que salga..., porque le voy á romper un ala.

Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.

--Si es una broma--dijo éste--. Parece mentira que te pongas así por una
broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un
ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á
cenar.

Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna
de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un
cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.

--¿Qué desean los señores?--preguntó éste.

--Tráete--le dijo Jesús--dos raciones de pescado frito, chuletas asadas
para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras
tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.

--Todo esto lo voy á tener que pagar yo--pensó Manuel.

Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que
había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso,
peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.

--Tú no eres de la vida--la dijo.

--¿Cómo?--preguntó la muchacha.

--No--saltó Manuel--; es una chica que está sirviendo. Oye--y Manuel
atrajo hacia sí á la Paca--, ¿qué te suelen decir los amos?

--¡Tantas cosas!

--¿Y tú qué les contestas?

--¿Yo?... pues, según.

--Bah--murmuró Manuel--, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.

La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la
cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.

--No seas pelma--le dijo.

La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en
ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con
vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro
prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento,
todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.

--¿De manera que tú estás sirviendo?--preguntó la mujer pálida á la
criada.

--Sí.

--¿Qué edad tienes?

--Diez y ocho años.

--Yo tengo una hija que tiene quince.

--¿Usted?

--Sí.

--No parece que tenga usted edad bastante.

--Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila
con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos
suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.

Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.

--Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos
ganchos--siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el
cuchillo--. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido
el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la
ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.

--¡Se quiso usted matar!--exclamó la criada.

--Sí.

--¿Y qué hizo usted?

--Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente,
hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino
un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días,
echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.

--¿Pero tan desesperada estaba usted?--preguntó la criada.

--Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana
tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por
ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las
mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no
estarás peor que así...

Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.

--¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?--preguntó Manuel á la
mujer.

--¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy _anemia_. Además, está una
acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en
seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo
leche. Con tu permiso, rubia--dijo á la criada--y se desabrochó la
blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.--Ahora, que esto
debe estar envenenado--añadió--. Si yo pudiera colocar á mi hija en un
taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se
empieza la vida mal...

La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus
respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:

--¡Socorro! ¡Socorro!

--¿Qué le pasa á ese hombre?--preguntó Manuel, y salió al pasillo de la
taberna.

--¡Socorro! ¡Socorro!--seguía gritando Jesús.

Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.

--¿Qué hay?--le dijo.

--No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde
estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.

Entraron en la cocina de la taberna.

--Dejadme salir--gritaba Jesús--. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado
la puerta.

Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.

--Pero si la puerta está abierta--dijo el muchacho--; y efectivamente,
la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.

Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de
yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.

Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse
de que estaba abierta, y no replicó.

--Vamos á tomar café, y andando--dijo Manuel--, que ya es tarde. A ver
qué se debe--preguntó al mozo.

--A ti no te importa lo que se debe--exclamó Jesús--, porque esto no lo
paga nadie mas que yo.

--¿Pero tienes _jierro_?

--Mira--y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.

--¿Pero de dónde sacas ese dinero?

--Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.

--Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.

--Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.

Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la
taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.

--¿A dónde quieres ir?--preguntó Manuel á ésta.

--Yo, á mi casa.

--¿No quieres venir conmigo?

--No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?

--Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!

La muchacha se detuvo; luego llamó:

--¡Manuel!

--Anda á paseo.

--¡Manuel!--volvió á llamar.

--¿Qué quieres?

--El domingo que viene ¡espérame!

--En dónde.

--En casa de mi hermana.

La muchacha dió las señas de su casa.

--Bueno. ¡Adiós!

La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla;
pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora
estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara,
dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad
triste de la mañana.

--¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?--preguntó la
Salvadora.

--No.

Y contó lo que había pasado con Jesús.

Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la
imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo;
un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le
dirigía largos discursos.

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CAPÍTULO IV

     El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las máquinas.--Buenas ideas,
     bellos proyectos.


Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su
despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró
Roberto.

--¡Hola! ¿Qué tal estás?

--Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?

--Te traigo trabajo.

--¡Hombre!

--He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he
acordado de tu imprenta...

--De nuestra imprenta, querrá usted decir.

--Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin
cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que
trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.

--¿Y qué hay que hacer?

--Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar
grabados?

--Sí; muy bien.

--Pues vete hoy ó mañana á verle.

--Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.

--¿Y qué? ¿Trabajas mucho?

--Sí.

--Pero ganas poco.

--Es que como los obreros están asociados, se imponen.

--¿Y tú, no estabas asociado antes?

--Yo, no.

--¿No eres socialista?

--Pse.

--¿Anarquista quizás?

--Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.

--¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á
clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?

--No; yo no defiendo ninguna.

--Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la
libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando
dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando
haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una
conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo.
La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.

Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer
una pregunta á Manuel.

--Iré luego--dijo éste.

--No, hombre; vete ahora--repuso Roberto.

--Es que quería oirle á usted.

--Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.

Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.

--Usted también es algo anarquista, ¿verdad?--preguntó á Roberto.

--Sí; lo he sido á mi manera.

--¿Cuando vivía usted mal quizás?

--No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi
primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba
de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis
profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de
memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es
un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó
aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que
antes.

--¿Y por fuera?

--¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré
conservador.

--¿De veras?

--¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir
obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por
la vida.

--Pero usted ha resuelto ya su problema.

--En parte, sí.

--¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que
quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...

--Aún queda algo que conseguir.

-¿Qué?

--El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida
hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de
albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas
cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo
lucho por el dominio.

--¿Y siempre habrá que luchar?

--Siempre.

--¿No cree usted que vendrá la fraternidad?

--No.

--¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?

--Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay
término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce,
vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico
es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y
mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden
por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...

--Tiene usted unas ideas muy negras.

--No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó
que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de
los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando
los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar
con los fuertes.

--Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el
Libertario.

--¿Quién es el Libertario?

--Un amigo mío.

--No nos convenceríamos.

--¿Por qué?

--Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una
mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del
individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos
todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y
por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa
lo mismo.

--No, á todos no.

--A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú
que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la
alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace
el Jerez fuerte y el Rhin suave.

--Pero hay anarquistas alemanes.

--Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.

--Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?

--Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca
voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista,
protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los
sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el
resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la
raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra
donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma
tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian
los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar,
al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.

--¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?

--Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los
hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un
análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo
mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho,
el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros
alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los
italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las
teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre
todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es
hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es
anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es
anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los
meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor
sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el
desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene
la sociedad.

--¿El despotismo?

--El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería
un bien.

--¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.

--Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer
á la violencia.

--Es usted más anarquista que yo--dijo riéndose Manuel--. ¿Usted cree de
veras en esa dictadura?

--Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú
un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy
á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto
grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y
metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara
explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...

--Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.

--Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.

--Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.

--¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta,
por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó
del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años,
volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se
pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean
rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles
estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se
quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo
y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya
está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las
grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera
revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la
concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda
transportar y distribuir con un precio económico, las grandes
aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada
definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo
progresivo, hoy en España sería un bien.

--Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.

--Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad,
y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.

--No, no me olvidaré.

--Bueno. ¡Adiós, Manuel!

--¡Adiós, don Roberto!

--Y en eso de la anarquía, tómalo como _sport_; no te metas demasiado.

--¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.

--Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas
perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un
desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los
demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!

Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á
trotar por la calle.

{imagen decorativa}




CAPÍTULO V

     El buen obrero socialista.--Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué
     sirven los muertos?


En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué
poner un regente, y no se arrepintió.

Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido
con el trabajo del taller y el corretear por las noches.

El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años,
era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se
llamaba Pepe Morales.

Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo
hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un
reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á
regularizarse.

Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.

       *       *       *       *       *

En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y
la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y
hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas
que el señor Canuto trajo de su huerta.

Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y
de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como
los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se
arrullaban las palomas...

       *       *       *       *       *

A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á
visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes
amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus
preocupaciones.

Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos;
había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces
Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución
para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le
olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida,
interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.

--Sin embargo--decía--habrá que resolverse.

Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su
corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la
observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.

--En fin--murmuraba Manuel--, esperaremos á que se arregle la cuestión
económica.

En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se
ruborizaba y sonreía turbada...

       *       *       *       *       *

Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.

--Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la
guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy
ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el
ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi
á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á
mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me
dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las
botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado
por el campo.

--¿A dónde irá ese hombre?--preguntó Manuel.

--No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.

--Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.

--Bueno.

Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se
despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la
cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el
crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y
se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle.
Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las
escaleras; la puerta estaba entornada.

Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y
Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa;
caía una lluvia fina y penetrante.

Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de
Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.

Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al
lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en
derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al
poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si
acaso.

Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se
fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de
meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro
y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio
aquel.

La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía
el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían
á la vaga claridad de las estrellas.

No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir;
volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya
abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas.
Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al
campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se
puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.

En aquel punto sonaron las horas.

Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste,
rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante
de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el
viento trajo un rumor lejano de voces.

--Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado--decía una
voz--, y yo iré á la calle de la Palma.

--Bueno--contestó la otra voz.

--Y por la tarde, en el cafetín.

Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado
sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos
sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se
alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la
calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos
vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba
cerrada, pero el balcón había quedado abierto.

--Vamos á ver si tengo pulso--se dijo Manuel, y se encaramó por la reja
del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con
algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...

       *       *       *       *       *

Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha
quedó aterrada.

--Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?

--Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?

--No; creo que no.

--Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.

--Bueno.

Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con
un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.

--¿Ves como es verdad?

--Pues si le cogen le llevan á presidio.

--Hay que quitarle la llave y además asustarle.

--Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.

En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:

--Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.

--¿Quién dice eso?--preguntó Jesús inquieto.

--Eso han dicho en la calle unas mujeres.

--¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada--murmuró Jesús.

--Pueden robar lápidas de mármol--replicó Manuel--, garras de ataúdes,
crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.

--¿Y para qué van á robar eso?--repuso Jesús cándidamente.

--¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.

--Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.

--¿Por qué?

--Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del
conserje.

--Yo también he oído--añadió la Ignacia--que en este campo santo se
robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de
una niña.

--¡Bah!

--Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta
que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el
cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche,
la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.

--¿Quién sería ese señor?--preguntó la Salvadora.

--Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías--exclamó Jesús
incomodado--. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?

--La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo
decía--contestó la Ignacia.

--La señora Jacoba estaría idiota.

--No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los
untos--añadió la hermana de Manuel.

--Usted también es imbécil--gritó furioso Jesús--. ¿Usted cree que los
muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.

--Bueno, no grites tanto--replicó Manuel--; que roban y que se han
llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la
policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será
mentira.

Jesús se calló.

       *       *       *       *       *

Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la
calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una
cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.

--¿Por qué se cierra la puerta ahora?--preguntó á Manuel.

--Para que no entre nadie.

--Bueno; dadme una llave á mí.

--No hay más que una.

--Mandad hacer otra.

--No puede ser.

--¿Por qué?

--Porque no queremos que andes en malos pasos.

--¿Qué malos pasos?

--Ya sabes lo que te quiero decir.

--No sé; no te entiendo.

--¡Bah! Sí me entiendes.

--Como no te expliques más claro.

--¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?

--Hago mis combinaciones.

--¿Quieres que te diga una cosa?

--¿Qué?

--Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.

Jesús palideció profundamente.

--¿Me has espiado, eh?--dijo con voz débil.

--Sí.

--¿Cuándo?

--Hará unos ocho días.

--¿Y qué? ¿Qué has visto?

--He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el
presidio.

--Bueno.

--Te advierto que está avisada la policía.

--Ya lo sé.

--¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una
buena persona.

--¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no
sirve para nadie? ¿Para qué quieren _ellos_ el cobre, las lápidas, ni lo
demás?

--Hombre... para nada.

--¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...

--Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!

--Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se
indigna.

--No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.

--Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos _frescos_ y les
cortan las orejas y el corazón?

--Pero eso es para estudiar.

--Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.

--¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?

--Sí; no tenía supersticiones como vosotros.

--¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?

--Cerca de un año.

--¿Y habéis apañado muchas cosas?

--Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de
hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de
bronce... la Biblia en verso.

--¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?

--En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.

--Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor
Canuto.

--No; si ya lo sabe.

Unos días después le dijo Jesús á Manuel:

--¿Quiéres darme diez duros?

--¿Para qué?

--Para irme al Moro.

--¿Al Moro?

--Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.

--¿Y qué vas á hacer allá?

--Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?

--Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.

--¡Gracias! ¡Que os vaya bien!

--¿Pero cuándo te vas?

--Hoy mismo.

--¿No quieres despedirte de la Salvadora?

--No; ¿para qué?

--Como quieras--le dijo Manuel fríamente.

[Iillustration]




CAPÍTULO VI

     El francés que canta.--El protylo.--Cómo se llegan á tener las
     ideas.--Sinfonía en rojo mayor.


Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora
Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un
ruso.

El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos,
los pómulos salientes y una perilla de chivo.

Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias
ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El
era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque
hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran
incomprensibles.

--¿Y no tienes familia, compañero?--le preguntó alguno.

--Sí--contestó él--, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis
hermanos, ahorcados en un jardín reducido.

Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y
cantó la canción del _Pere Duchesne_, á la cual el terrible anarquista
había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en
Montbrison.

Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando
á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:

    Peuple trop oublieux
        Nom de Dieu.

Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los
burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera
generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra,
y todo esto acentuado por vigorosos _Nom de Dieu_. Terminaba la canción,
diciendo:

    Coupe le curé en deux
    Nom de Dieu
    Et le bon Dieu dans la merde
    Nom de Dieu
    Et le bon Dieu dans la merde.

Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de
café-concierto de Bruant y de Rictus...

       *       *       *       *       *

Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste
comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de
esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el
pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el
cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y
negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta
indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de
castellano, de italiano y de francés.

Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.

La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.

Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación
de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las
substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la
lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta
cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á
organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba
trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva
parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la
creación de la célula, no había más que un paso.

El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto
como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados.
A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era
también algún producto químico, encerrado en un frasco.

Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero,
huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.

--¿Y Maldonado?--preguntó Manuel al llegar y notar su falta.

--Ya no viene--dijo Prats.

--¡Hombre, me alegro!

--Todos dicen lo mismo--exclamó el Madrileño--. Maldonado es el tipo del
republicano español. ¡Son admirables esos tíos!

--¿Por qué?--dijo el Bolo.

--Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser
aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo;
se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan
de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna...
¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas...
y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer
en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A
nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...

--¡Qué mala intención tienes!--dijo el Bolo, que era anarquista con
simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.

--Yo no he estado nunca en el Congreso--replicó el Madrileño.

--Ni yo--añadió Prats.

--Yo sí--repuso el Libertario.

--¿Y qué?--le preguntaron.

--¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una
cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro
grita...

--¿Y el Senado?

--¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.

--¡Qué guasón!--dijo el Bolo.

Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y
preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería,
volvió al juego de bolos.

Hablaba en aquel momento el Libertario:

--¿Cómo se llega á tener las ideas?--decía--. ¿Quién lo sabe?... Hace ya
algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un
mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.

--¿No me conoce usted?--me dijo con un acento andaluz cerrado.

--No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.

--¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del
pueblo?

--¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?

--Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las
minas.

--¿Y en el pueblo?

--Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.

--¿Y qué piensas hacer?

--Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la
travesía de Burdeos á la Habana.

Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de
anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi
paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el
chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz.
Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El
dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos,
pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones
anarquistas.

Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le
entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...

--¿Sería ésta?--preguntó Caruty, y se puso á cantar:

      Dame dynamite
    que l'on danse vite
    chantons et buvons
    et dinamytons
    dynamite, dynamite
    dinamytons.

--Eso es--dijo el Libertario--. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi
paisano.

--¿Qué quieren _eztos_?--me decía.

--Derribarlo todo--le contestaba yo.

--_¿Tó?_

--¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!

--¡Qué _gachos_!--decía él, con una admiración de salvaje...

Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos
meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en
París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas
organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza
iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con
levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego
venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando,
amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de
taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía.
Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo
llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando
_Les Lampions_, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces
seguidas:

--¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!

Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público
comenzaba á correr asustado.

En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales,
y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á
empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre
el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera
retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo
me paré á ver en qué terminaba aquello.

Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se
irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar _La Marsellesa_
como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la
avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo
me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.

Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi
paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El
muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna
distancia, _La Marsellesa_, cantada por miles de personas, resonaba como
una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera
roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña
sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron
silenciosos.

En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los
labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la
lluvia suave de la primavera...

--Ese no era más que un sentimental--dijo de pronto Prats.

--¿Y qué?--preguntó Juan.

--Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.

--En todo lo que se cree, se cree lo mismo--contestó Juan.

       *       *       *       *       *

--Yo--dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un
griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el
grupo--conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en
un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas
platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo,
fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y
salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde
colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y
el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al
puerto y tiraron las bombas al mar.

--¿Y Angiolillo?--preguntó Juan.

--Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy
seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero.
Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar
aquello de un hombre tan suave y tan tímido!

--¡Ese era también un sentimental!--exclamó Prats.

--Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución--repuso
el Libertario.

--Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás--añadió Prats.

--¡Claro! Como que era catalán--dijo con sorna el Madrileño.

--Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses,
ni traidores, como los italianos.

--¿Y los andaluces?--preguntó el Madrileño?

--¿Los andaluces? Son como los demás españoles.

--¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!

--Nosotros somos catalanes.

--¡Qué necedad!--exclamó el Madrileño.

--No--murmuró el Libertario--. Cada uno tiene el derecho de ser de donde
le dé la gana.

--No; si yo no niego ese derecho--replicó el Madrileño--; yo lo que
quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser
paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser
paisanos de los catalanes.

--Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios--siguió diciendo el
catalán, haciendo como que no oía la observación--; lo mismo los
andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen
el instinto de la _revolta_...

--Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente
autoritaria...--comenzó á decir el Madrileño.

--¿Y Pallás?--interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á
decir algo desagradable para el catalán--. ¿Era templado Pallás?

--Sí, era... ya lo creo.

--Se achicó también--dijo el Madrileño--, y aquí está el Libertario que
lo vió.

--Sí, es verdad--dijo, el Libertario--; los últimos días en la cárcel se
descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la
apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos
despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.--Yo
quisiera--dijo Pallás--que después de muerto, llevaran mi cerebro á un
museo para que lo estudiaran.--Será difícil--le contestó el médico
fríamente.--¿Por qué?--Porque los tiros se los darán á usted,
probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás
palideció y no dijo nada.

--Es que sólo con la idea hay para ponerse malo--saltó diciendo Manuel.

--¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!--exclamó Prats.

--Sí, luego ya se animó--dijo el Libertario--. Le estoy viendo al salir
al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo,
el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las
culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.

Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción,
una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor
Canuto hacía más gestos que de costumbre.

--¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?--preguntó
Perico Rebolledo.

--Sí--contestó Prats--; la venganza fué terrible; ya lo había dicho
Paulino Pallás.

--Yo lo vi--saltó diciendo Skopos.

--¿Estabas dentro?

--Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había
encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y
busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas.
Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo
estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y
sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero
algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una
lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada,
con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros.
La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó
tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo,
y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué
era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y
entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era
terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las
butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se
veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre;
otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la
mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta.
Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca
empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.

--Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían,
que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas--dijo
Prats.

--¡Qué barbaridad!--exclamó Manuel.

--A obscuras hubieran muerto todos--añadió riendo Prats.

--No--exclamó Manuel levantándose--; de eso no se puede reir nadie, á no
ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.

--Eran burgueses--dijo el Madrileño.

--Aunque lo fueran.

--Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?--preguntó
Prats--. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?

--Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.

--Este, como ya tiene su imprenta--dijo el Madrileño con sorna--, se
siente burgués.

--Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.

--Una de las bombas no estalló--dijo Skopos--, cayó sobre una mujer
muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.

--¿Y quién hizo esta bestialidad?--preguntó Perico Rebolledo.

--Salvador.

--Ese sí que tendría las entrañas negras...

--Debía ser una fiera--dijo Skopos--. El se escapó del teatro en el
momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las
víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de
Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la
comitiva.

--No comprendo cómo se puede te

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