Oriente
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #40182 · 468,418 chars · public domain (US)
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Title: Oriente
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: July 9, 2012 [eBook #40182]
Most recently updated: November 27, 2024
Language: Spanish
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Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
presentes en el texto.
ORIENTE
OBRAS DEL MISMO AUTOR
=En el país del arte= (viajes).
=Cuentos valencianos.=
=La condenada= (cuentos).
=Arroz y tartana= (novela).
=Flor de Mayo= (novela).
=La barraca= (novela).
=Entre naranjos= (novela).
=Sónnica la cortesana= (novela).
=Cañas y barro= (novela).
=La Catedral= (novela).
=El Intruso= (novela).
=La Bodega= (novela).
=La Horda= (novela).
=La maja desnuda= (novela).
=Sangre y arena= (novela).
=Los muertos mandan= (novela).
=Luna Benamor= (novela).
=ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS=
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.
FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.
BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.
CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.
DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.
TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.
A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.
FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.
ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
SCHILF UND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.
DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.
WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.
CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.
HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.
VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.
PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
NALOGUIZA OBNAGENNAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.
LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.
A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
Lisboa.
O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.
Vicente Blasco Ibáñez
ORIENTE
28.000
F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES
Calle de las Germanías, F S
Sucursal: Mesonero Romanos, 42
VALENCIA MADRID
_Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la
Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la
Internacional de Buenos Aires de 1910._
_Derechos de traducción reservados en todos los países, incluso Suecia y
Noruega._
Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA
* * * * *
_Este libro--algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en_ EL LIBERAL
_de Madrid_, LA NACIÓN _de Buenos Aires y_ EL IMPARCIAL _de México--va
dedicado al ilustre periodista_
=Miguel Moya=
_claro talento, voluntad enérgica, poderoso reformador de la prensa
española._
* * * * *
CAMINO DE ORIENTE
I
La peregrinación cosmopolita
Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un ejemplar de la
_Gaceta Imperial_ de Pekín, y al revolver sus finas hojas de papel de
arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, sólo
encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman
vulgarmente _tío del bacalao_, ó sea el marinero que lleva á sus
espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott,
y una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État».
Pocas empresas en el mundo habrán hecho la propaganda que la Compañía
Arrendataria de las aguas de Vichy.
Circulan por las calles de la pequeña y elegante ciudad francesa los
pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estación del
ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir
de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. ¿Adonde
van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero.
Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas,
en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á
ella no se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de
nieve, vecina al Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá
arrojará su burbujeante contenido, bajo el sol del África, en un
campamento de europeos, de estómago quebrantado por las escaseces de la
colonización.
Y así como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar á
remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda la tierra por
un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más
diversas de aspecto y de lengua.
París, con ser la más cosmopolita de las ciudades, por la atracción que
ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que
el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de
la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de
las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos de
Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y
confunden todos los pueblos y todas las lenguas.
La gente europea, igual y monótona al primer golpe de vista, muestra su
infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos
cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo
su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las
pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con
sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los españoles y
americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los italianos,
que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los franceses,
todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben
envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panamá
ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los
retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan
en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas,
dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta
avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita
clara y elevado fez; los chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo
botón sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones,
con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y
simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero coronando su bigotuda
cara con un gorro de astrakán; dos ó tres _rajahs_ indios, de albas
vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una
religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos,
cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y
Túnez, _jeiques_ de tribu, que ostentan sobre el nítido albornoz la
mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia tradicional la
satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la
República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los
franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los
oficiales del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres
de los pantanos tonkineses, del sol que devora á los hombres en las
casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en
las factorías del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de África, de
teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco
ligero de lienzo y corcho.
El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran
cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan
diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del centro de
Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad.
Sévigné.
Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora á las
estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil años,
con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas ciudades
de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez la
salud del cuerpo y la certeza del porvenir.
No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un trípode sobre la fuente
de la _Grand Grille_ ó de los _Celestinos_, profetice nuestra vida
futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de
acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de París para
rasgar los sombríos misterios de lo futuro, á razón de veinte francos
por consulta.
No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en medio del Parque,
como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus velos ante
los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia
limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son
legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español,
otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías;
las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta
cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaña de
invierno en París ó Marsella, Argel ó Madrid.
Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno
santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he
contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los
programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y
hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al
olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos
soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa
consulta.
Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las
mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes _villas_
rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de
clientes.
Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la
ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que
hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles
previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la
sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia
combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas
con otras.
--Un vaso de la _Grand Grille_ á tal hora; luego uno de _Celestinos_ á
tal otra. Más adelante variaremos y serán _Chomet_ y _Hôpital_. Sobre
todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.
¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los
hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros,
hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al
viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por
retenerle á su lado.
En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus
vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el
hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora
calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven
sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo!
La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más
ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la
dolencia.
II
Aguas y música
El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del
follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de
sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de
hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de
lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el
vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas
llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á
pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio
con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro
arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de
Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica _Canción de la
Estrella_ que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro
del atardecer.
Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que ocupan los hoteles
inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la mañana, arrullados
por el primer concierto del día. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus bélicos
apóstrofes, ó la _Thais_, de Massenet, se entrega á su mística
meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de cortesana, mientras el
viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso del día en la
fuente de la _Grand Grille_. Luego, á las once, empieza otro concierto
en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á éste
sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,
sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos
instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción
y Vichy no pudiese vivir sin una melodía interminable vibrando en su
ambiente. Y á las siete, después de la comida, empiezan á la vez, para
durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos
importantes, á más de una representación de ópera en el Gran Teatro y
los innumerables concertistas que _actúan_ en los cafés y _music-halls_.
Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan á Vichy,
durante la temporada termal, para entretener el ocio del público
cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas.
Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico de
esta población, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des
Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wágner, hasta la _Jota
Aragonesa_ y la _Marcha Real_, la música de todos los tiempos y de todos
los países halaga los oídos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves
de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las
graves notas de una composición de Bach, como se desarrollan picarescos
y juguetones los cantos del _género chico_ español, y se contonea
chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves señores
condecorados: _Ollé, ollé!_ y moverse los pies de las señoras, que
exclaman: _Comme c'est joli!_
Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?... Los enfermos no se ven
en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además, la mayor parte
de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»: males
de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su
aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un
señor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme,
elefantíaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de
franela y la pantufla son lo único que revela su enfermedad al
contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas señoras
sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero
van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal estiramiento
elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas, que hacen pensar
si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de _soirée_ al arrullo del
último vals de moda.
En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con muletas, ó muchachas
que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la flojedad de sus
huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el
frac de los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras, parecen
borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un deseo
vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar,
baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala
de juego.
Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas
y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las seis de la tarde
visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin traer un
_smoking_ en la maleta equivale á un sacrilegio.
Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan á Vichy son
favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan
y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando durante el
curso de tres ó cuatro conciertos diarios.
Las buenas relaciones entre Francia y España, su acción común en
Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música. Los mismos
compositores de segundo orden, que hace algunos años escribían danzas
rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora
la _Marche des gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no
menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo
de castañuelas, tintineo de triángulo y golpes de pandero.
La música del género chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dúos
de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los
maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos muchas
veces.
Yo respeto y admiro el llamado _género chico_. De sus libretos, dramas
comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana
después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de las
manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España
actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para
qué? España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos
no hay que forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada
dirección, sino aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre
que tenga una individualidad marcada.
El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte de su vida batallando
y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he viajado por
varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus
óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y en cambio, he
escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la
Paloma_, y la he oído canturrear á gentes de los Estados Unidos.
En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo
una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés
no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros
españoles.
En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas
cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo
las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la
«Marcha de los marineritos» de _La Gran Vía_.
Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y
aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la
atención más allá de las fronteras.
La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy,
desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más
ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando
aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un
moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España.
Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la
música fácil, alegre y bizarra del llamado _género chico_, se enteran en
Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos
dedicamos á algo más que á matar toros.
Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto
es menos cierto. La música de _La Gran Vía_ la tocan más en el mundo y
es más conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que
Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan
conciertos en el extranjero, aunque fingen por _snobismo_ una admiración
de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su
interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo
Graal.
III
Las mesas verdes
El Casino de Vichy es una construcción enorme y blanca, con adornos
serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro espléndido, en el que
todas las noches se cantan óperas ó actúan las «estrellas» de la Comedia
Francesa y del Odeón, que hacen su _tournée_ anual: sala de conciertos,
grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos
colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los
muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda
clase de diversiones.
De día se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las
marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de sus
jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con
innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las
líneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas
curvas de su cúpula central.
En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe
como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto techo, que
tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la
tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto
recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los
pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la
cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante
avanza respetuosamente después de esta advertencia, pisando muchas veces
las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdón á todas las
espaldas que empuja á su paso.
Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto á
ellas están sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con
caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de
billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó
llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción.
Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que
_apunta_ de tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias
del juego; señoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de
empañado brillo; _cocottes_ de perfil hebraico; correctos señores
condecorados con un _tic_ de maniáticos en sus hoscas facciones. Todos
se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego
malsano. Los ojos, que siguen el vaivén de los azules billetes, entre
la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se
ven en los juicios orales ó en la primera plana de los periódicos cuando
relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede
ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta
nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros;
ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones
de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace
recordar á las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que
aparecen una mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas
vacía.
En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de
enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, según declaran con maliciosa
sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversión sobrada en
el gran rebaño femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, más
complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran
tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exóticos, los venidos
de muy lejos, son los que con más asiduidad se sientan junto á la bayeta
verde.
Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega más
fuerte á un fantasma blanco é inmóvil. Es un jeique de Argel. Pálido,
con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla
nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos
brillan, inmóviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del
banquero. Esa frialdad musulmana, desdeñosa y altiva, que permite á los
árabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra
civilización, mantiene al venerable moro inmóvil y sin pestañear.
Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que
se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde
la Legión de Honor se marca como una gota de sangre sobre el nítido
albornoz, y vuelven á crujir, estrujando azules papelillos que arrojan
ante ellas.
¡Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol junto á un riachuelo
africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el
horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y
corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto
por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cántaro
derecho, ó hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada,
preparando el pan para el día siguiente y haciendo sonar á cada
movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeñuelos, panzudos,
de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el
cogote, corren persiguiendo á los saltamontes. El jefe está ausente; el
amo se fué, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El médico
del inmediato puesto militar le recomendó unas aguas milagrosas de la
lejana Francia, país de maravillas, y allá vive el gran jefe, mientras
el campamento parece más solo, más triste. ¡Están lejos los días en que
los hombres de la tribu hacían galopar sus caballos y disparaban sus
fusiles en alborazada _fantasía_, para recibir al personaje de kepis
rojo, que en nombre del gobernador general de Argel colocó sobre el
pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas,
motivo de envidia y respeto para las demás tribus del contorno!...
Comienza á morir el sol en el rápido crepúsculo africano; álzase en el
horizonte la nube de polvo de los rebaños; óyese el trote de los
caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar pie á
tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan
todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la
oración de la tarde: «¿Nada de Francia?...» ¡Nada! Y cuando cierra la
noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos
los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en
el jefe, interpretando su silencio como una señal de grandezas, que les
llenarán luego de orgullo al ser relatadas junto á las hogueras del
invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el
lejano país de las maravillas los honores que corresponden al venerado
jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y á la misma hora, las
manos finas y pálidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de
minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia,
la fortuna y el bienestar de los que sueñan en el lejano campamento
africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las
bestias, el ladrido de los perros y el monótono canto de los grillos. Un
puñado de papeles azules representa una parte de los corderos que se
aprietan durante su sueño, como si presintiesen en el obscuro horizonte
la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices
de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja
en el montón del banquero significa la esperanza perdida de aplacar á
Nathán ó á Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno,
se presenta en la tienda del jefe á hablar de negocios.
Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes
_toilettes_, veo dormitando en un diván á una mujer obesa y morena. Es
una judía, relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una
marea ascendente de grasa. El vientre, libre de corsé, se marca como una
cúpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro,
moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas
cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un
rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las
miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve á adormecerse, ansiando
que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala
de juego, y la buena Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa,
aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueños, como ángeles de
luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan á unirse al
capital que amasan los dos con una avidez de raza.
En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la
fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece una
incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta
adoración hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar,
con la locura de la ganancia rápida. En España, los principales
consumidores de billetes de la Lotería Nacional son avaros que apenas
comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ más asiduos son
prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala acción por una
peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusión de una
próxima ganancia.
Los artistas, los escritores, hombres poco prácticos, faltos de
habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la
prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten tentados por el
juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas
veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y
las horas de los más; hasta los hay que en sus pasiones y gustos
desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y
convencidos yo no conozco ninguno.
Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los demás y siente la
fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En
fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que
sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
sacarse provecho alguno.
Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la
mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las
casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con
preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como
_punto fuerte_, y cuando perdía, que era las más de las veces,
ocultábase por unos instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y
extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del
grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete
verde una parte de sus pegajosos habitantes.
--El dinero se ha hecho para jugar--decía sentenciosamente--. Y lo que
quede, si queda algo... para comer.
IV
La ciudad del refugio
Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa
natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul; casas enormes,
de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;
más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrón
una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; más
allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la
distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un
amontonamiento de nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del
sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas
aristas. El río en que nadan los cisnes es el Ródano, que acaba de
nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y
el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, más allá
de las montañas, el famoso Mont-Blanch.
En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones y simpatías que trae
el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha amado á la
tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos
fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas
y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma
religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos
contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos
para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que
cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.
Aquí se refugiaron los réprobos perseguidos por la Inquisición española
ó por los reyes de Francia; aquí encontraron un asilo, en la República
cristiana, gobernada por el ascético Consistorio, todos los que por
desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde
colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos
nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores de Calvino.
Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del edicto
de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos
defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á
los revolucionarios españoles, á los apóstoles de _La Internacional_ y á
los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
perros rabiosos.
Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de
Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,
ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece
que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una república de
hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la elevación de
su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en la que
no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros
pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes
cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más
desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de
los desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire
libre.
En varios siglos de libertad y horizontes sin límites para el
pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor
célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino
de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró con
el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico
y tranquilo burgués de la ciudad del Leman.
Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las
ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde
el batallador español Servet que, huyendo del brasero inquisitorial
encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada en
honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los
modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.
El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire
sale en los alrededores al encuentro del viajero.
Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes
de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras
una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte en el
impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro
paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la
ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde
el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes
álamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.
En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor á
la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende
la originalidad artística de Rousseau y su poderosa influencia
literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos. Rousseau
introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en sus
brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.
Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas
y poemas. Rousseau infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y
gracias á su poder de evocación, los pájaros, las flores, las montañas,
el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la
literatura.
Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico
el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto--como dice
Sainte-Beuve--saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus
descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus
hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la
escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas,
haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos
naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte.
Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El
gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y
tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una
buena mesa y una familia sana.
Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza
del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave».
Su _Nueva Eloísa_ tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul
del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes
saboyanos.
Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,
otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio.
Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un
egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores
dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería
en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de
la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á
su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando
conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa.
Era Voltaire.
Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra,
estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la
majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo
tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de
Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.
Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las
inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los
campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales,
estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los
Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un
gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos
amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de
todos los grandes señores que pasaban por Suiza.
El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de
los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en
tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que
recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su
amistad al poeta.
En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea,
construída por el impío autor del _Diccionario filosófico_ en sus
últimos años.
«_Dea erexit Voltaire_», dice una dedicatoria grabada en la fachada.
Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano
de Ferney.
--Esta iglesia que he construído--decía Voltaire--es la única de todo el
universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas
para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;
España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un
solo templo dedicado á Dios.
En el salón principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un
pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco después de su
muerte.
«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en todas partes», dice una
inscripción.
Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu que está en todas
partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fué como esas
estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer ardoroso.
Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolución. El
plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su espíritu
difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático
patriarca de Ferney.
V
El lago azul
Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las
aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad
semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como
rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las
barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas
de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema
negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia
cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la
ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos
de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una
caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los
aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último
término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se
estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente
sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere
un carácter áspero y bravío.
Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares
interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por
el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las
desventuras amorosas de su «Corina», que fué una _superhembra_ de su
época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros
tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina
sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras
alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano
de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la
desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo
Krüger.
Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa
bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país suizo,
forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que
ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el
color de las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago
revelan en sus escolleras de peñascos la irritación de que es
susceptible este poético lago cuando llega el invierno y las ráfagas
que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar
encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é
incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber
presenciado las más remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual á
la de los tiempos de la independencia helvética, se rozan y mezclan con
el yate de vapor de los millonarios y las canoas automóviles que
revuelven las aguas con un hervor de tempestad.
La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un lado, y enfrente
Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueños
bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por
palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los
cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los
buques.
Las diferencias entre ambos países, con ser de poca monta, resultan de
gran interés.
En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de
hombres que las siguen y las envuelven en las más respetuosas
atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic,
ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué consiste,
santo _tabou_ que hace caer de rodillas á los salvajes de la imbecilidad
elegante.
En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire
decidido, que van de un lado á otro con la más tranquila audacia. Son
señoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo á
verse confundidas con una clase que no existe, ó caso de existir,
excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente
protestante.
Á un lado del lago campea el anuncio francés, gracioso y ligero; damas
escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las
excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera suiza, el cartel
de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una vaca, una
osa dando el biberón á un osezno, ó un _chalet_ á cuya puerta bebe
glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche y el
oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos
principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y
sólido cuando se propone _hacer_ imaginación.
El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y abrupto una joya
histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los
extranjeros.
El castillo de Chillón vale tanto para los suizos como el recuerdo de
Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que, siendo muchos
los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar de la
del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado,
hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y
destacando sobre el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus
torres.
Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia inventándolo. El plácido
montañés suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio
de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas en pena, en
medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
existencia con algo terrorífico y espeluznante.
Así como España se esfuerza en demostrar que la Inquisición y las
expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como se ha
dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas,
y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el
buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón,
especie de Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo
mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con
generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisión de
Bonivard, un patriota ginebrino, mártir igual ó inferior á los miles de
miles de mártires que suman todas las patrias de este planeta, ha
servido de punto de partida á los suizos para cargar al pobre y
sonriente Chillón con toda clase de crímenes.
Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de viajeros ingleses, y
la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da
vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala
un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
cantando el domingo en la capilla de lo que llaman «religión nacional».
Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban los duques de Saboya
á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían los condenados
á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles que unos
cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á los
hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí
arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores
míos.» En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo
qué inventar, señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes
enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué
tíos tan brutos eran los duques de Saboya!...»
Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados
subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales
la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el
mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el
azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos
ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán
negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,
dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la
creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación
emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio
franco.»
Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El
prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.
Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores sublimidades, y después que el
poeta inglés grabó su nombre en una columna del _subterráneo_ de
Chillón, otro artista ha pasado por él, «mezcla de bayadera y de
pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca
que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan.
Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar al desventurado y
heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su romántico
encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana
salmodie con su voz de beata calvinista:
--En esta columna estuvo atado seis años Bonivard, héroe de la libertad
de Ginebra.
Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de la cabeza de Cristo
del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera
cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto
ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras.
VI
Los osos de Berna
Cuando llegan los extranjeros á la capital de la Confederación
Helvética, su primer deseo es siempre el mismo.
--Lléveme usted á ver los osos--dicen al cochero ó al guía del hotel.
Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante á
una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran á los
hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en el escudo
nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo
decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos.
Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando
de lejos á los pesados animales, excitándolos con gritos cariñosos,
enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del
foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden vituallas
para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes
populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas
transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y
el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.
Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnúmero de veces, pues
ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una parte de su
fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como
el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les
bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de
sus bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso
aguacero de regalos.
Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos,
enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo alto, contestando
con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de admiradores.
Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el pan
untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el
donativo resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor
esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y
dejan lo que cae para sus compañeros de foso, para los parásitos que les
acompañan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de
pájaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando
migajas en los intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los
enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.
Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil
lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un
animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba; Francia tiene
al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan
águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne
hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y
la consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del
esqueleto; Suiza es el oso.
El fundador de Berna, que según la tradición se dejó guiar por uno de
estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más exacta
representación del carácter de sus conciudadanos.
Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas de la República
Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la más
pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo
se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno
federal convoca á las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran
gendarmes; la policía es escasa en las calles; la suprema graduación en
el ejército es la de coronel, y el que más sabe entre todos ellos toma
el mando supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del
presidente de la República, que sólo ejerce el cargo un año, y este
presidente, que cobra poco más que uno de nuestros subsecretarios, sale
en las mañanas de verano del magnífico palacio del Gobierno en Berna y
va á tomar un vaso de cerveza en el café Federal, alegre tabernilla que
está enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un
señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco
abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de apretados
caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un
presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los
gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere,
con la tranquilidad de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los
otros, y de que su carácter pacífico, simple y disciplinado, le
aconsejará obedecer, sin el más leve intento de protesta.
¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La mejor de las
repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo es
ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.
Yo creo firmemente que esta paz del país helvético, esta tranquilidad,
este orden, es una condición de raza. Así como en la vida individual los
seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo se
inquietan de lo que toca directa é inmediatamente á sus apetitos y
necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia más
tranquila y ordenada son los que carecen de imaginación.
El suizo sólo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un
tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal
favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida pública se
concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni
siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra
aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de
novedad.
Si de la noche á la mañana los suizos se convirtiesen en franceses, una
parte de la población fijaría su entusiasmo en el coronel Tal ó Cual,
viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecería con el
redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético estaba
llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento,
borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y
convirtiendo á Berna en un París, depositario de toda la vida suiza.
Que los suizos se convirtiesen en españoles, y antes de un mes los
católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más frailes de
todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso para
su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones
que son protestantes, y las plácidas montañas verdes se llenarían de
partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero
intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen en
el error.
Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin
perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles á los extranjeros, los
insultarían con su desprecio de pueblo escogido, llamándolos _barbari_.
Pero los habitantes de Suiza son suizos, «están bien donde se
encuentran», reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan
nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.
Viendo de cerca á Suiza, hay que decir: «¡Benditos los pueblos que
carecen de imaginación! ¡De ellos serán la tranquilidad y las virtudes
vulgares!» La falta de individualidad permite mantener á los hombres en
el goce de sus completas libertades, sin miedo á que abusen de ellas
saliéndose del nivel común. La carencia de imaginación evita el peligro
de que los más inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de
la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecánica de este pueblo,
que por su carácter monótono ha hecho de la relojería un arte nacional.
Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco,
se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendían como soldados á
los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los
regimientos suizos, favoritos de las cortes, que se encargaban de
acuchillar á los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos
á los déspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos
Estados á otros, y esto hacía que en los combates se batiesen sin
entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas
enemigas figuraban hermanos suyos igualmente á sueldo.
Ahora se dedican á fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir
platos ó bocks, lo mismo en California que en Australia ó el Cabo, pero
siempre con el pensamiento fijo en las verdes montañas y los azules
lagos, imágenes que les siguen en su peregrinación, sin que logren
borrarlas nuevos espectáculos.
Yo creo que ningún suizo sueña cuando duerme. Su obligación al cerrar
los ojos es dormir: un ensueño sería un desorden inútil de la «loca de
la casa», que no tiene aquí amigos ni adeptos.
En Ginebra he comido todos los días en un modesto restaurant, donde
entré casualmente al llegar á la ciudad. Una irresistible simpatía me
atrajo á este establecimiento.
El reloj, una soberbia pieza con la hora de París, la hora de la Europa
Central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado.
¡Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona de
la rueda catalina!... ¡Un suizo á quien no importa saber qué hora es,
ni se preocupa del buen orden de su vida!
Me he ido de Ginebra sin conocer al dueño del restaurant, pero estoy
convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.
VII
El lago y el Concilio
Escribo junto á una ventana, por cuyo amplio rectángulo se ve, en primer
término, el follaje de los árboles y la saliente redondez de un pequeño
torreón; más allá una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde
hasta juntarse con el cielo, y en esta línea indecisa del horizonte, una
bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la mañana, y en la
que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes
rastreras como altivos montes.
La ventana es del _Insel Hôtel_, antiguo y famoso convento de dominicos,
situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido por los
artistas alemanes en uno de los más hermosos hoteles del mundo; la
torrecilla es la prisión en la que vivió Juan Huss antes de ser
conducido á la hoguera; la inmensa extensión azul, el tranquilo lago de
Constanza, límite entre Suiza y Alemania, y los obscuros perfiles
esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol.
Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antipática
Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad
belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados, arrastrando el
sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el _Rheinfall_, la
prodigiosa caída del Rhin, dividiéndose en dos soberbias cascadas al
chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el
ímpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y después, saliéndome del
camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido á la tranquila
ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.
Suiza acaba en la misma estación de Constanza. Para seguir el viaje á
Munich hay que volver al territorio helvético, embarcarse en Romanzhon y
atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro
aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas
cuantas horas.
Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plácida, fué libre
durante muchos siglos. Los españoles la atacaron en el siglo XVI. Los
austriacos la hicieron suya, matando la república protestante que se
había organizado dentro de sus muros, y perteneció á los emperadores de
Viena hasta 1806, en que entró á formar parte del gran ducado de Baden.
Hoy es un resto de aquella Alemania anterior á los triunfos militares,
pacífica, alegre y poética, con sus costumbres patriarcales y su
tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles
venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas,
resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los
muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de
trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarísimo. Á las
puertas de las cervecerías, bajo la frondosa parra, apuran lentamente
los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.
Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de
intensas alegrías, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de
Constanza hacen recordar la plácida existencia de _El amigo Fritz_, y es
indudable que cuando sueñan bajo la parra, con el estómago lleno de
cerveza, canta en sus cerebros la satisfacción de vivir, con una
lentitud majestuosa, semejante á la del _Himno á la alegría_, de
Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar
amigo que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatías y
familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte
con pena, prometiéndose volver, y piensa en la felicidad de pasar en
ella el resto de sus días, apartado del mundo, si las exigencias de la
vida no le obligasen al movimiento, tirando de él hacia otro país.
Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad á un gran
crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con
gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas,
y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han
presenciado uno de los conflictos que trajo más revuelta á la humanidad
y fué motivo de guerra y otros males.
El _Múnster_, la gran Catedral gótica de Constanza, el _Kaufhaus_,
caserón de los Museos históricos de la ciudad, las casas venerables de
sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se
han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y
la gran vergüenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva
su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compañero Jerónimo de Praga.
Cuatro años duró el tal Concilio. Nunca atravesó el cristianismo una
crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tenía á un tiempo la Iglesia:
uno, vagabundo por Cataluña, Aragón y Valencia, el testarudo español
Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anómala
situación, los sumos pontífices iban á multiplicarse hasta el punto de
que el Espíritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podría bastarse
para atender á la tarea de tan numerosas inspiraciones.
De 1414 á 1418 duró la gran reunión de autoridades eclesiásticas y
laicas, convocada en Constanza para poner remedio á tales males. El
emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos,
y gran _métomentodo_ de la época (algo semejante al kaiser actual),
presidía el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros
bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de
hierro, de la Europa Central. Frente á su trono, guardado por los cuatro
grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadón, otro con el
cetro, el de más allá con la espada y el último con el globo de oro,
símbolo de universal grandeza, alineábanse los cardenales, vestidos de
rojo, con su perfil de pájaro sombreado por el ancho sombrero escarlata
de pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones
cristianas y los frailes multicolores, que leían horas y horas
interminables rollos de pergamino ó peroraban en latín, con una facundia
pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada
personaje llevaba detrás un séquito interminable. El emperador traía con
él un verdadero ejército y todo cardenal arrastraba tras su cola roja un
pequeño pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos y
acémilas. Los príncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, habían
acudido á la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequeña
Constanza no sabía cómo contener y guardar todas las grandezas
terrenales, llegadas á su seno para examinar y fallar el gran pleito
surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.
Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por
las mañanas las riberas del lago al bañarse en sus aguas; las barcas,
cargadas de víveres y forraje, iban en interminable rosario de una
orilla á otra; en las calles, repletas de gentío, sonaban todos los
idiomas de Europa, y cada semana se veían llegar nuevas gentes de países
lejanos: frailes de España, venidos á pie de convento en convento, para
sostener las pretensiones de su pontífice; sacerdotes procedentes del
fondo de la Bohemia ó de las lejanas riberas del Báltico, que parecían
traer con ellos un olor de herejía y eran los precursores de la Reforma,
á la que sólo le faltaba un siglo para nacer.
Transcurría el tiempo, y el concilio no adelantaba en sus decisiones.
Todo acuerdo exigía una información en lejanos países ó provocaba
protestas, y mientras tanto, el pequeño mundo aglomerado en Constanza se
aburría, sumiéndose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los
mercenarios del emperador correteaban á las muchachas en los
bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban á
torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave á los pajecillos
italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen
eclesiásticas, y para general distracción y derrota del diablo tentador,
se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algún
que otro miserable judío.
He visitado el _Kaufhaus_, enorme edificio, vecino al puertecillo
actual, en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un caserón
de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por
groseros relieves góticos. El último piso, de madera carcomida, está
rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en
todos los países donde abunda la nieve.
Un día, el Concilio, reunido en el salón que ocupa todo el piso
superior, vió comparecer á un sacerdote de gran barba rubia y ojos
azules, vestido de raída sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus
cabellos ensortijados. Era Juan Huss.
Traía revuelta á Hungría con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba
tras sus pasos, y el sacerdote deteníase en los caminos, predicando al
pie de los árboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de
rebelión, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le había invitado
á venir al Concilio, para explicar sus creencias, dándole un
salvoconducto y empeñando su palabra imperial para convencerle de que su
vida no corría peligro. La espada del Imperio velaba sobre él. Su
existencia era sagrada.
Al verle aparecer y escuchar su voz, corrió un estremecimiento por la
santa asamblea, semejante al que agita á la jauría cuando huele la caza.
Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción;
las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y
rudos, y de los frailes españoles, sus discípulos y herederos,
agitáronse con aullidos de muerte.
El sacerdote bohemio se explicó tan claramente, que, á los pocos días,
estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos,
en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera de mi
ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de
villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después
compareció Lutero ante la Dieta de Worms.
La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de una gran fiesta. Los
padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se veían
desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban á hacer
algo sonado.
Una mañana, el prisionero del convento de la Isla fué sacado del
torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensión azul
del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en alto;
blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto
lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago
al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los
barbudos _lansquenetes_, oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo
amarran, lo visten con una mitra y una túnica pintadas de diablos y
serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal
de Brülh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor
del mártir. Otra procesión igual surge en el camino conduciendo á
Jerónimo de Praga, el fiel compañero y discípulo.
La gloria de la cristiandad, lo más selecto é ilustre de la época, ocupa
la llanura de Brülh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero
allí están, junto al montón de leña seca, rematada por dos postes, los
cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles
guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas,
montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no
perder nada del interesante espectáculo.
¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha sido traído
voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el buen
populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce,
pero cuya maldad le parece indudable.
Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los
leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren á los
condenados como un último insulto.
De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonríen también
las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y los jinetes de
luciente coraza.
Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza,
encorvada bajo un pequeño haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme
haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasión de
hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira
satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.
Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce profeta,
lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza á
chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera.
--_¡Oh sancta simplicitas!_--gime.
Las últimas palabras del mártir fueron para la santa y eterna
imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian lo que
les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen,
creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su
suerte, trabajando y sufriendo por ellos.
VIII
La Atenas germánica
Munich es una de las capitales de Europa de fundación más moderna, y sin
embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable.
En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas,
Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún caserío y un
fuerte convento. _Forum ad Monachos_ la llamaban entonces, y de aquí su
nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura en su escudo de
armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en todas
partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en
los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras
de las _braserías_.
Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de
que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus
habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la
Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia
intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas
han sido los príncipes--simpáticos desequilibrados que se entregaron al
culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía--, y el buen
pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus
deseos.
La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones
de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á
los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos
los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras
de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos
como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas,
acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos
fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach
se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de
Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los
tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado),
contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.
Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros
monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera
trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba
dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas
sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se
presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas
alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta
á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico
silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á
ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección
de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo
presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su
amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo
á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo
dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la
_mano izquierda_, lo sintió el nieto por el autor de _El anillo del
Nibelungo_. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor
físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo
histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos,
haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.
Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á
filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses
eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una
religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y
confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la
soberbia belleza.
Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y
todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este
pueblo.
Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que
son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las
iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado
de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de
un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á
la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua
y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la
Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad
iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los
varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al
son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla
discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben
fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La
columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los
palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como
bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de
figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á
trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.
Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un
siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir
años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el
choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes
debió constituir su gloria y su suplicio.
El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en
pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble
armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una
sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas
capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las
generaciones.
El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera
impresión de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que
esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que
la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos
sonidos.
--Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo
me parece haberlo visto en otras partes.
Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en
esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones
sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é
indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?
Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria
imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de
familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos
parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.
Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el
palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales
es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles
enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República
en Venecia, y así todo.
Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento,
animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos
«traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como
venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de
mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina
junto al Arno.
Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música.
Las famosas _braserías_ de estilo germánico, con sus frontones agudos,
rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes
y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que
llenan las plazas de Munich.
De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos
momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á
ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar
el paso de los que van á escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo
que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día
de toros.
Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las
glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que
sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.
¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son
notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en
ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin
atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra
azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel
en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron
en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.
El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando
el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos
años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón.
Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa,
parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El
rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias.
Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.
Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.
IX
El Festival Wágner
Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una
caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía
alojado el rey Luis II de Baviera.
--Voy al teatro--decía el gran maestro--y de paso entraré en palacio á
dar un golpe á la caja del amigo Luis.
Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca
bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de
una locura. Este _rey virgen_, que creaba en su palacio de la Residencia
una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen
damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón
tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de
Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su
majestad.
Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo,
el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de
excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo
tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.
Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los
intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes.
Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También
la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial
cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular
recuerdo.
Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la
mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su
amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación,
apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un
sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y
hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y
antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos
por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas
del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en
la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela.
Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces
trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una
aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa _Gruta
Azul_ del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin,
paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño,
ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi.
El gran músico le había precedido algunos años en su salida del
escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya había
dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los
ensueños del maestro.
Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su genio inventivo y
revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la música, sino
en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth fué su
obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de
Wágner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los
años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y
triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su
maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner,
que aun funciona en el primitivo teatro.
Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se
encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que
es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce
las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus
obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro
«el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de
otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan,
y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á
obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,
sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél
termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el
programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el
conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á
los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que
reclutas que temen faltar á la lista.
Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la
tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es
de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores
del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los
asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco
pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á
la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de
butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular,
que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos
ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin
otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos
griegos.
¿Á qué hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda,
Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los
gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie
de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan,
pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
público y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los
cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco
peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en
este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y
creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.
Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público,
el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los
espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera
algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total,
que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la
orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en
el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar
una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan
interesante casi como las obras de Wágner.
La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de
los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público
tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas
alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los
oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,
arrastrando el sable; los _herr_ germánicos llevan frac y se cubren la
cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes
elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de
falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos
en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes
católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de
oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus
catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado
entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la
afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura;
muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas
cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un
eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto á
las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta
originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en
vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera
gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos
en ilustraciones extranjeras.
Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser
_alguien_. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes
que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta
reunión universal, que sólo dura algunos días.
Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en
el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la
tierra.
Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías,
con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más
allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una
rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el
cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.
--¡Alteza! ¡Alteza!...
Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento.
Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y
de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia,
encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité
preguntar por serme sus caras bien conocidas.
Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en
silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.
--¡Sublime! ¡Inmenso!
Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan
entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando
intentan convencerse á sí mismos.
Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente
misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo
sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su
viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose
que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada
nuevo han visto.
X
El "Mozarteum"
Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada
la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno
de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.
Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida
por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de
Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa
de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas
del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese
por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su
edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.
Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un
castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.
Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de
las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus
paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto
Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la
antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación
y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el
castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del
paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una
celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.
El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos
los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado
miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.
Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de
Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus
galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado
maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le
pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su
padre, llamado Leopoldo Mozart.
Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las
tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio
del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como
el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la
cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse
mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras
de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con
sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco
rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con
un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el
_kapells-meister_ de algún otro principillo alemán.
Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el
contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su
varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la
vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por
las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la
hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído
atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con
admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la
habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.
Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un
amigo de sus padres con las manos vacías.
--¡Hoy no traes tu violín de manteca!--exclamó con acento de decepción.
La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del
mundo.
No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano;
los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del
alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo,
todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba
el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó
llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de
capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas
_coronas_.
Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una
resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de
empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la
madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula
y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca
peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su
padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones
penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de
potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y
otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la
entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con
la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles
le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de
Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su
precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le
obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que
atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á
los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le
saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_
Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical,
vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de
luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos
italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le
aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy
olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por
unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su
palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo
con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre
la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por
la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra
pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el
español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de
óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor
del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas
y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.
Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le
dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y
Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda,
y le encuentran bailando con la mujer.
--Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos
así--dice el maestro sonriendo.
Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que
hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.
En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad.
Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le
piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas
ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
igualmente la muerte siguiendo sus pasos.
Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la
vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro,
le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.
Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á
Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que
acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á
escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en
sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando
sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba
extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y
con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.
Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas
partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los
ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas
antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido.
--¡No, no puedo más!
Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al
fin, podía dar expansión á su dolor.
Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba
sobre Viena un verdadero diluvio.
Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena,
algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería,
agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca
en muchas logias.
El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El
agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los
arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles
interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un
día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores
habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las
afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un
paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un
coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el
cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había
presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un
solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo
del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto
que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.
La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El
_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y
pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el
conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran
la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en
el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del
_Don Juan_.
XI
Viena la elegante
Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes:
aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
pluma ó un grupo de flores silvestres.
Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída
sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas
de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses,
únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la
invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus
trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas.
En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la
estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los
tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y
gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas
de nieve.
La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes
compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café
que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los
violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el
_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y
elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos
públicos.
El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal.
Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier
otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena
el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles,
hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para
recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de
un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con
artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de
música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de
ópera.
En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del
pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas
orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los
abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles,
abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos
_tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos.
Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que
todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía
_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos
aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
famoso Congreso de 1815.
Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas
del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el
vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo
el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en
los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.
Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una
sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la
comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que
atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad,
raramente usan corsé.
Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer
momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente
de España ó de Italia.
Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á
las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de
Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
superiores por la variedad y el número.
Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_.
Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de
aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido
depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio
austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros
obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra
ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el
supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en
las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_
ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_
que vagan por Europa.
Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su
color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es
devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas
del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se
reflejan en el teatro y la novela.
El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan
imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.
En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién
salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
láminas de un periódico de modas.
Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la
inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo,
Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...
La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde
había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas
suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.
--Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El
lugar más corrompido de la tierra!...
Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón
imperial, con todas sus decepciones y protestas.
En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean
en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una
estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre
paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por
encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien
iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.
XII
El subterráneo de los emperadores
El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus
brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo
que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón
Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya
cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.
--El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al
fraile.
--¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que
sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.
--No señor; soy español.
Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
acariciadora.
--¡Ah, español!...
Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte
en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que
inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un
fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad
española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si
España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce
tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que
alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.
--¡Español! ¡español!--repite en su francés balbuciente el hermoso
capuchino.
Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á
seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo
español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.
De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si
hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:
--La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la
señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.
Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus
impresiones.
--Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San
Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy
milagroso: el Cristo de... de...
Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo
recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes
para que eche una mano á su memoria.
--No sé--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. ¡Hay
tantos allá!... ¡Tantos!...
El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota
visión.
--¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!
Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera,
recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final
de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris
de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas;
dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del
imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento
cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar,
lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo
de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este
es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han
reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.
El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa,
hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de
Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á
sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc,
pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra,
que limpia y consume al envolvernos en su caricia.
La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte,
se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de
cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio,
que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día
vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un
cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de
nuevas vidas.
Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus
cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente
trágico.
Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia
todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes.
Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.
La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados
espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España,
después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la
católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable
de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años,
mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.
Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco
con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser
muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser
vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido
objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
distinguiese con especial antipatía.
La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las
terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una
tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un
siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes
historias.
Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez
de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris
del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz
Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba
por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie
la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz;
transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la
fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de
su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta
viajera, vestida de negro.
En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más
grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba,
como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el
mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó
un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.
Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos
últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y
casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos,
entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de
ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo
y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un
Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la
hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras,
abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos
vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final
puede hallarse más triste!
Junto á ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho,
soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas
de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La
sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la
dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de
él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que
conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de
Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del
mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su
retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le
sorprendió la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en
el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto
pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y
la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un
melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué
mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de
Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una
vez habría corrido ante su padre!...
Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre
de _Queratarus_, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace
surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio
americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja
está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los
mares el destino fatídico de su familia.
El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el
mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra,
como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece
atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un
héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro
archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro
reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con
una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La
desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la
más católica y rígida de las monarquías.
La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple
expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que
lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos!
La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores
de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre.
Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me
indica qué templo debo escoger para oir misa.
--Cuando usted vuelva á España--añade con tono insinuante--, si ve usted
á la reina...
--¡Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su
mirada de asombro.
Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto
concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!),
le alargo una peseta austriaca.
XIII
¡Hermoso Danubio azul!...
De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas
por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda
para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de
la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á
Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.
_¡Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es
una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de
tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente
construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien
islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con
altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de
los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al
reflejo del acero pulido.
Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa,
imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de
violín dedicados á su gloria.
Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la
navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente
veloz que acelera su marcha.
¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y
abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio
austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo
sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid
cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de
farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor
descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias
atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y
encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de
campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con
las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y
mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y
maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad
regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada
vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.
El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas,
animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo,
de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni
menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que
existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua
hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco,
donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados
puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que
emplear con ellos el más universal de los _esperantos_, el idioma de la
seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de
ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma
sonrisa de los mozos del comedor.
El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un
aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le
aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja,
deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que
espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado
á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez
en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como
espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de
color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como
vacas.
Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados,
pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso
cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres
vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la
iglesia, como una pollada alrededor de la madre.
El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al
través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos
kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos
de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un
gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama
Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de
casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran
esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y
han servido para bautizar grandes bulevares de París.
Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño
tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos
para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que
le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus
familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí
ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio
sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos
_gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una
altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran
conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo
que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de
agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas
en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente
sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de
quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.
En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de
islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas
fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las
correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros
de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una
invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina
elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el _Hütelberg_,
que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre
proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores
en sus sombreros (_hüte_).
Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el
territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por
rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la
altivez de un pueblo de vieja historia.
Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un
nombre alemán y otro magyar.
Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la
llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se
coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una
aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.
Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente
al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y
melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos,
al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión
inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas.
Son los violinistas de los cafés de París, los famosos _tzíganos_ de
todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas
rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de
andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por
el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan.
En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi
ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la
_cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado
atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si
fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la
actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el
seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.
Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una
hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme,
con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte
aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas
de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso _Tokay_, ó
enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.
Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no
es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre
montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando
de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las
paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que
parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta,
empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal
afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que
sean extraordinarios y no los hagan los demás.
Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la
orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir
blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.
¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción
de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el
Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es
sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista.
No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.
Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una
cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda,
Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las
industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra,
siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.
Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular
extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.
En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña
mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán,
blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta
junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.
La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón
turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla
al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la
tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de
Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos
respetan el antiguo compromiso.
Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las
puertas del imperio de Oriente.
XIV
La ciudad de los magyares
De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad
refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilómetro de
anchura--los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de
Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente
á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de
las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como
lunas.
Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles,
borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones
reflejos de las luces de los muelles.
De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta,
llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó
el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la
Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que
recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de
restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de
frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa,
se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda
boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan
tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas
de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen
recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho
pueblo.
De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje
tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre
al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la
corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.
Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de
luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y
grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del
Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de
enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En
el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el
Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los
principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta,
cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo
del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir
á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre
las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán
tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y
ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.
Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos
el _Királyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey
desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los
húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas
sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María
Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles
modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad
de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran,
viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar
que se alza en el corazón de Viena.
El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de
los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo
llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la
hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y
cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le
regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el
respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara
es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi,
quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.
Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que
dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al
de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio
millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los
cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española,
figurando á la cabeza cinco de Murillo.
Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los
magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros
revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth,
ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,
vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo
sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el
Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan
expansión á sus resentimientos históricos.
El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que
atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación,
por el momento, de su antigua rebeldía.
Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza.
Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una
fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras
que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento
más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su
inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones
políticas, y construyeron como gigantes.
El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula
central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de
coronas.
El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con
San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior
tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.
--Esto se parece á la Alhambra--afirman con irresistible convicción los
húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del
palacio árabe más que alguna tarjeta postal.
Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente
las cámaras del Alcázar de Sevilla.
Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol
construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos
titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á
escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena,
los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de
los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de
cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre
un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina
de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos,
prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la
abandonada emperatriz de Austria para gritar: _¡Moriamo pro regem
nostrum Maria Teresa!_; pero éstos si desean morir por alguien, es por
la independencia de Hungría.
El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los
individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe
magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los
misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la
independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á
la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey
de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las
fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más
que asistir á las sesiones de su Parlamento.
Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para
entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional
acometividad de la raza.
Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan
generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una
amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen
verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un
héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el
techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero
«Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes
mitológicos.
Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su
magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y
pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del
presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que
aguardan á pie firme la contundente rociada.
Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas,
se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta
que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se
repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los
caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la
corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey
Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo
adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y
obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.
EN ORIENTE
XV
Los Balkanes
El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro,
y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y
Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.
En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán
del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el
pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante,
imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el
pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no
entendéis y que no os entiende.
Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus
pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del
Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de
la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua
ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.
Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los
cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que
llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples
curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún
extranjero se le ocurra detenerse en su capital.
Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana vuelven á examinar mi
pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario joven, de largo
gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un
cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de
examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.
--_¡Spaniske!_--exclama con cierto asombro.
¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los
ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla
de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en Belgrado, y
aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una curiosidad
de viajero.
Me abstengo prudentemente de decir que mi detención no tiene otro objeto
que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace cuatro años,
fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los
oficiales sublevados.
Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota
en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al
país del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército,
que le dió inesperadamente la corona cuando más desesperanzado vivía en
un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces;
pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un
hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado
Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un
grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino
Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como
entraron hace cuatro años.
Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad,
dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y
pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles,
obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir
una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las
tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La
capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española;
algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas
poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el
palacio del prelado y el seminario. Aquí, el obispo que da importancia á
la ciudad es un rey.
Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado está
muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una
puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El
gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de
funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas
encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión
insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una
fisonomía y un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan
al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda,
con deseos de saltar y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién,
por un exceso de recelo y de fervor monárquico. Los que piensen
conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas
muy duras.
Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes», especie de posada, á
pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al través de una
espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de popes
griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz,
con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más
allá llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y
vistosísimos uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste,
excelentes jóvenes con un perfil de ave de rapiña semejante al de su
rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación,
como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de
monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos,
acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento
respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los
sacerdotes y los soldados.
Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á estos firmes pilares
de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y hace que
prosperan á costa de los pobres campesinos servios.
Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un
castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas y de voces
orientales.
--Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita.
Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al
vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser
expulsados de la _terra bunita_, y acaban por mirarme con la misma
expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás
uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con
amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza
acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos
dulces _espanyoles_ que al día siguiente le suelten al compatriota
moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de
cigarros ó la tarjeta postal.
En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede
apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio.
Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro
largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería.
Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro
nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen
unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto
unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas
abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la
oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas,
y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa
de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante
á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca,
el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones
guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización
occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos
y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que
cultiva la tierra.
La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo.
Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es
un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano
asesinado, ni será, ciertamente, el último.
Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles
al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y
en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en
Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin
ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes
militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que
creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios,
vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con
la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen
fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los
estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del
Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos
tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento,
adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para
dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos,
que fué el más implacable de los guerreros.
Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que
cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva
cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los
servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el
sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos
grandes lujos.
Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el
inventario de la _aventurera_, de la _Mesalina_ odiada por el pueblo, su
ajuar resultó más insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo
que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su
dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los
cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se
encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el
instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á
ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que
este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado.
Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la
noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera
impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de
provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de
bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes
que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable;
señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean
por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de
música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada
de bustos de servios ilustres...
Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana,
la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los
belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de
guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de
servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido
enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie,
mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las
calaveras.
Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso
ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la
función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de
Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la
religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por
el país de los Balkanes.
XVI
Los turcos
Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el
nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las
Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio
de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea.
Allí donde alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo
balkánico es fértil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas
de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que
arrastra la envoltura de tierra de las montañas. En los extensos prados
pacen salvajes potradas ó rebaños de bueyes con las astas echadas atrás,
en compañía de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y
tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que
los artistas de la antigüedad los escogieran para el adorno decorativo
de palacios y altares.
En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz;
en los campos secos amarillea el maíz; por las pendientes espárcense las
viñas que producen el vino de los Balkanes, único que beben los
cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen,
con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de
campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión
griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus
plegarias á las nubes.
Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes
parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por un príncipe de
origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran
empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores
edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de
donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los
Balkanes, significa algo notable.
En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental, todavía se ven los
uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes
de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país; pero
las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con
la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como
agujas. La huella de la dominación turca no se borra fácilmente.
Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra á
la alemana son sustituídos por otros con fez rojo. Este gorro otomano,
de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas partes, dando
á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeración de
botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros, arrastrando el
corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y otra al
corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los libros
y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba
negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus
levitas negras y sus gorros rojos é inmóviles.
Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas,
y se van lo mismo que han venido, después de copiar los nombres en
caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su pronunciación
gutural.
Estamos en el imperio otomano, en la estación de Adrianópolis, segunda
capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á
Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos
y elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero
rematados invariablemente por el fez rojo.
Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de
80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los
rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y
acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán mucho, los mismos
extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y
enormes fortificaciones!...
Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una frase mil veces
repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse
el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para repartirse
sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia,
para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger
con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general.
Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan, por un prejuicio de
raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en
Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por
tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que
acompañan á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los
descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando á las razas
invasoras que llegaron después procedentes de Asia ó África, nuestro
continente quedaría desierto.
Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los
escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan
el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos, divididos en
innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos por
orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turquía, y sin embargo,
como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más digno entre todos
los pueblos de su vasto imperio».
Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el
vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro, sensual, capaz
de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas ó
esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con
igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los
Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse
un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple
errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é
inexorables como el antiguo duque de Alba.
Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra
jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros
pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han
tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de África y
Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes.
Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la
injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco.
Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales. Jamás se le
ve maltratarlos.
La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera.
Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita
cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas,
aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento.
La hospitalidad es la más visible de sus virtudes. No hay aldea en
Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración de
europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus
casas la «habitación para viajeros», el _mussafir odassi_, donde todo
viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin
que el dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son
sus opiniones.
El turco es el más religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni
la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias. Está convencido de
que posee la verdad; pero no siente el afán de los occidentales por
imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo lo que el
vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y
tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor
esfuerzo por imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de
África no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos,
y sacerdotes y templos son respetados con el escrúpulo que inspira á los
otomanos todo lo que representa la fe en Dios.
Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes
muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los templos
católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las iglesias
griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes
mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer
sus plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las
bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y
el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo
todo, riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles,
y apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus
padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los
otros.
Las matanzas de _cristianos_ que ocurren de vez en cuando en Turquía, no
tienen nada de religioso. Á ningún turco se le ocurre matar porque la
plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios.
En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. Esas matanzas de
cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el interés
político, desfigurando su carácter, son simples conflictos por el pan;
choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que ocurren á veces
en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los asesinatos
de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando
ven que, por la concurrencia terrible de los asiáticos, pierde su
precio la mano de obra.
El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las
mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. El turco, señor
del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que
aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios
son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco
á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la
vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre
nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á
ser mísero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria,
el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre,
quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los puertos turcos, su
enemigo, más musculoso y listo que él, le quita el sitio, trabajando por
menos dinero.
Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger á
los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto mismo resulta
ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se
condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que
se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada,
suprema razón del Profeta.
¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más, porque se aprecian
mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la
amenazan.
Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los enormes territorios
que ha perdido casi recientemente.
En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la
Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la
Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos.
La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos al otro lado del
Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el continente,
enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios del
pasado.
Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un desquite de la vieja
Europa, que devuelve el territorio asiático á los invasores que tanto
miedo la hicieron sufrir.
Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no somos latinos, á
pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del mundo
merece con justicia el origen que ostenta.
Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los
Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar
hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son de
raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos,
son ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la
raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas,
han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico.
Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de
Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al cruzar la
mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero
para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:
--Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito
rojo, que le he conocido!
XVII
Constantinopla
Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó
_Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre
prevalecería como título de la enorme ciudad.
No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con
la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata,
formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la
antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.
Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay
que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el
final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la
izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa
la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la
continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.
En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama
izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó
sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se
hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el
lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior,
están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á
Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre
las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos
piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero
turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y
vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar
Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.
Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son
Atenas, Roma y Constantinopla.
Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y
aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan
todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria
indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que
si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble
herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y
produjeron para nosotros hace tres mil años.
Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia
histórica del imperio de Oriente.
Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por
su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan
siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por
monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas
teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos
debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó
menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de
«las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la
decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de
Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras
de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos
bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en
dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder á fuerza
de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo
de batalla.
Á todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios,
la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años
que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.
Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de
Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella
guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los
monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI
surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un
hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los
hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia
la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla
la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas.
Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente
á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de
Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los
vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo
precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en
las aguas de Lepanto.
Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas
de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el
esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y
circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del
pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con
las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó
Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo
signo del cristianismo griego.
Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la
ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar
la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su
asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó
piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios
y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la
expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus
repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo,
los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de
San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando,
expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio
griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos
por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo
florecimiento de Bizancio.
Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su
aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza.
Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto
porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación
exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede
abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno
de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran
Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana.
Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal
aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero
cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones.
Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula
apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades,
siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen
otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta
esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando
la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la
extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera
que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones
urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también
Constantinopla.
La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península
al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la
plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas
cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una
media luna que arde bajo los rayos del sol.
¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de
contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás
ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del
Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de
Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la
Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los
pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le
desean á gritos las mayores desgracias.
La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había
desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su
blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella
centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En
lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la
que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.
La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los
bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y
levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los
de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del
atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como
montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un
sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta
aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de
marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las
cúpulas de las mezquitas.
Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la
sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra,
anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea,
cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que
aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.
De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender
de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las
tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el
cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones
á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus
cabezas alineadas.
Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con
gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con
turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con
las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los
buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste,
semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía.
_¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancolía
religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á
hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros
alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes
cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido:
_¡Allah! ¡Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor
fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de
los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que
repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del
pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea
exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente
despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de
Mahomed II á la conquista de Constantinopla.
XVIII
El Gran Puente
Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de
Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va
de Galata á Stambul.
Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en
los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones
insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.
Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de
Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que
parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si
cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana
Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro,
cual una construcción de _Las mil y una noches_.
Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo
del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma
curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas
en él.
Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos
lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una
parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de
guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de
Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas
de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del
Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble
cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las
chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces
cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las
corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con
violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor
imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio
tendido.
Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de
la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como
venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa
é inquieta granujería de vaporcitos _moscas_ y botes automóviles, que
parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus
tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares
hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van
hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de
gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas
ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo
de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir
de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en
los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol
doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo
Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el
espacio.
Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro
y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en
Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de
que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos
en distinta dirección.
La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el
alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas
puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las
hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan
los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa
exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los
vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable
el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.
Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag,
sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención
que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de
Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que
vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto
hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una
orilla á otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas
de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros
negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con
antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan
los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas
palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas;
arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento
oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar
un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable
una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más
que muy de tarde en tarde.
Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos
á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo
miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero
con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores
suciedades.
Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua
removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la
extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda
Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de
macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á
la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el
_narghilé_ y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al
permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y
ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como
máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los
vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por
entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos
de frutas.
Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas
que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un
español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios
musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y
bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las
puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y
enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en
árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas
botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro
humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de
los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así
como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las
piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.
Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y
si desean tomar un barco siempre llegan tarde.
Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y
mira como un misterio: la hora y la moneda.
En Constantinopla hay dos horas: la hora _á la franca_, que es la de los
relojes de la Europa occidental, y la hora _á la turca_, que es por la
que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio
y del gobierno.
La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos
los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni
aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora
exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando
nuestro reloj _á la franca_ marca el mediodía, el turco dice
tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después
dirá que son las tres ó las cuatro.
No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo
trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la
moneda trae mayores perjuicios.
En Turquía hay _buena moneda y mala moneda_, y según se recibe un pago
en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda
borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay
papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaimé_, que carece de
valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio.
Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y
restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.
En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca
de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los
lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de
moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y
Moisés.
En Constantinopla, el que no lleva á mano _moneda menuda_, aunque guarde
en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El
cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al
cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó
cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle
pasar.
Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en
_medjidiés_ de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio
con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España.
Después se os ofrece cambiar uno de los _medjidiés_, y el cambiador os
entrega _cuartos de medjidié_, que son como las pesetas turcas, y se
queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y
se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte
francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta
costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequeña moneda_, y tiene
que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas más
pequeñas que botones de camisa.
La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por
sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de
oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó
quince francos _extraordinarios_, según las piezas que toca durante el
día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde
conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las
ha tomado pierde dos ó tres francos.
La discusión con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante
por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que
acompañan á su castellano especial.
--Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que
yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una
alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá,
como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.
XIX
Los que pasan por el Gran Puente
Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas
blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al
transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que
exigen el peaje: diez _paras_.
Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo
Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los
consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de
estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca,
porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno
otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables
dependencias.
No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París
lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera
tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de
transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota,
donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más
de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.
Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos
geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo
mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos
otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo,
con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes
europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de
blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su
cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano
y para todo extranjero dependiente del gobierno.
El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el
cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado
que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla,
saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás
del galope.
Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la
muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve
pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales.
Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la
Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello
anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes
casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de
galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un
enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y
macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el
traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta,
y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un
pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á
la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones,
que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y
derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde,
recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca
forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á
cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.
La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento,
para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de
mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro
de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos
callejones.
Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos
saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan
varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues
marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni
apartarse.
En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar
las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un
turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga
todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran
Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se
distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras
el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio
echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha
vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres,
abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público
tiene que huir de sus fatales encontronazos.
Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas
sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios
señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada
_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el
traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos
saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos
blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo _kaiser_. Son
señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un
séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos,
hermanos ó sobrinos del sultán.
Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros
elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_
de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza.
Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro
chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar
una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca
sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo
real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al
mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente
con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de
los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades
misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se
dejan ver en las calles de Constantinopla.
Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo
interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes
parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una
finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas.
Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son
turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen
novelas _psicológicas_ con cubierta amarilla traídas de París y conocen
todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio,
que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia
brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que
digan é inventen poetas y novelistas.
Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición
que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie,
vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada,
negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón
que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de
máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras
diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería.
La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se
oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso
esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles
enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra
siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple
barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.
La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con
la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas,
para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre
que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible
policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no
llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes,
con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los
comerciantes de aquí, proceden de Cataluña.
Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que
caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la
multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor
tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán
bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa,
y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del
europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras
crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate
religioso.
De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran
Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua,
pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el
extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además,
los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de
este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay
idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La
madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó
graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más
extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.
La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles
llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien
poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son
muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el
Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son
turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no
se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha
la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este
pueblo generoso, que tiene la noble manía
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