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Papeles del doctor Angélico

by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #39613 · 588,481 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Papeles del doctor Angélico
    
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Title: Papeles del doctor Angélico

Author: Armando Palacio Valdés


        
Release date: May 4, 2012 [eBook #39613]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/39613

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
        Proofreading Team at http://www.pgdp.net


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO ***




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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (nota del transcriptor)




D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO XVI

PAPELES

DEL

Doctor Angélico

MADRID

Librería general de Victoriano Suárez.

Calle de Preciados, número 48.

1921


OBRAS DE PALACIO VALDÉS

4 PESETAS TOMO


EL SEÑORITO OCTAVIO, un tomo.

MARTA Y MARÍA, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tcheque.

EL IDILIO DE UN ENFERMO, un tomo. Traducido al francés y al tcheque.

AGUAS FUERTES (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tcheque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.

JOSÉ, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tcheque, al danés y al portugués. Edición española con
notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.

RIVERITA, un tomo. Traducida al francés.

MAXIMINA (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.

EL CUARTO PODER, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.

LA HERMANA SAN SULPICIO, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés, al ruso, al sueco y al italiano. Edición española con notas y
vocabulario en inglés.

LA ESPUMA, un tomo. Traducida al inglés.

LA FE, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.

EL MAESTRANTE, un tomo. Traducida al francés y al inglés.

EL ORIGEN DEL PENSAMIENTO, un tomo. Traducida al francés y al inglés.

LOS MAJOS DE CÁDIZ, un tomo. Traducida al francés, al holandés y al
noruego.

LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT, un tomo. Traducida al francés, al inglés,
al sueco, al holandés y al italiano. Edición española con notas y
vocabulario en inglés.

LA ALDEA PERDIDA, Un tomo.

TRISTÁN O EL PESIMISMO, un tomo. Traducida al inglés.

SEMBLANZAS LITERARIAS _(Los oradores del Ateneo, Los novelistas
españoles, Nuevo viaje al Parnaso)_, un tomo.

PAPELES DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo. Traducidos al alemán.

AÑOS DE JUVENTUD DEL DOCTOR ANGÉLICO, un tomo.

LA NOVELA DE UN NOVELISTA, Un tomo.

LA HIJA DE NATALIA, un tomo.

SANTA ROGELIA, un tomo.




Papeles del doctor Angélico

OBRAS DE PALACIO VALDÉS


CUATRO PESETAS TOMO

=El señorito Octavio.=--Un tomo.

=Marta y María.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
ruso y al tchèque.

=El idilio de un enfermo.=--Un tomo. Traducida al francés y al tchèque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).--Un tomo. Traducidas al francés, al
inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tchèque. Edición española
con notas y vocabulario en inglés.

=José.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
al sueco, al tchèque y al portugués. Edición española con notas en
inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos de
América.

=Riverita.=--Un tomo. Traducida al francés.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).--Un tomo. Traducida al inglés.

=El Cuarto Poder.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés y al
holandés.

=La Hermana San Sulpicio.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
holandés y al sueco.

=La espuma.=--Un tomo. Traducida al inglés.

=La Fe.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.

=El Maestrante.=--Un tomo. Traducida al francés y al inglés.

=El origen del pensamiento.=--Un tomo. Traducida al francés y al inglés.

=Los majos de Cádiz.=--Un tomo. Traducida al holandés.

=La alegría del capitán Ribot.=--Un tomo. Traducida al francés, al inglés
y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en inglés.

=La aldea perdida.=--Un tomo.

=Tristán, o el pesimismo.=--Un tomo. Traducida al inglés.

=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
españoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_).--Un tomo.

=Papeles del doctor Angélico.=--Un tomo. Traducidos al alemán.

=Años de juventud del doctor Angélico.=--Un tomo.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO XVI

PAPELES

DEL

Doctor Angélico

MADRID

Librería general de Victoriano Suárez.

Calle de Preciados, número 48.

1921

Gráficas Reunidas, S. A. Madrid.

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PRÓLOGO DEL EDITOR


I

Por qué le llamábamos doctor Angélico? Porque era ya doctor en Ciencias
cuando nosotros cursábamos aún el año preparatorio de Jurisprudencia, y
porque se llamaba Angel, Angel Jiménez. Una bromita de chicos que él no
tomaba a mala parte porque era la bondad personificada.

La primera impresión que Jiménez producía era de desvío, casi de miedo.
Unas barbas aborrascadas, unos cabellos crespos, un color cetrino, unos
ojos negros ligeramente hundidos, de mirar insistente y duro; no
exageraría diciendo agresivo. Pocos hombres serían capaces de resistir
aquella mirada. Pero en los años que nosotros contábamos todavía no se
tiene miedo a los hombres, y nuestra fuerza de afinidad no ha sufrido
menoscabo. Además, Jiménez era doctor, nos llevaba cinco o seis años de
edad, y en aquel período de la vida tales diferencias constituyen una
superioridad a la cual rendíamos tributo, perdonando sus palabras
sarcásticas y sus modales bruscos.

El primero que se convenció de que aquel hombre no era un ser
atrabiliario fuí yo. Paseábamos una mañana emparejados por los
corredores de la Universidad esperando la hora de clase, pues Jiménez,
que aspiraba a hacerse doctor también en Filosofía y Letras, cursaba
aquel año las mismas asignaturas que nosotros. Le narré, por incidencia,
cierto rasgo de abnegación llevado a cabo por un individuo de mi
familia, y al pasar por delante de una ventana, como la luz le diese de
lleno en el rostro, observé que sus ojos estaban rasados de lágrimas,
aunque sin perder su habitual dureza.

Aquella señal de sensibilidad me lo hizo simpático, y me ligué a él con
franca amistad. Detrás de mí fueron todos. A los pocos días el doctor
Angélico fué estimado como merecía y alcanzó cariñosa popularidad, no
sólo entre nosotros, sino entre todos los alumnos de la Facultad de
Derecho. Seguro estoy de que no vive alguno de mi época que no le
recuerde.

Nuestra amistad, sin embargo, no pasaba del compañerismo de los
corredores. Cuando nos encontrábamos en la calle, solíamos saludarnos y
charlar un rato, y alguna que otra vez me invitó a entrar en un café y
beber una botella de cerveza. Pero ni yo sabía nada de su vida, ni él de
la mía. Él callaba; yo también.

Al terminar la carrera entré en el Ateneo como socio, y allí volví a
encontrarle y nuestra amistad se hizo más estrecha. Entonces pude
obtener casualmente algunos datos biográficos, gracias a un paisano
suyo, socio también de aquel Centro.

Jiménez era hijo de un comerciante y banquero que residía en un pueblo
importante del norte de España. Cuando terminó la segunda enseñanza, su
padre, lisonjeado por las notas y premios que había obtenido, y más aún
por los elogios que se hacían de su inteligencia, consintió en enviarle
a Madrid para seguir la carrera de Ciencias. Mas, una vez concluída,
quiso que se restituyese al pueblo y le ayudase en sus negocios. Se iba
haciendo viejo, estaba fatigado, y, sobre todo, no valía la pena de que
su hijo obtuviese, al cabo de largos estudios, una cátedra dotada con
tres o cuatro mil pesetas anuales. Jiménez logró, aunque con trabajo,
que le permitiese seguir la carrera de Filosofía. Llegó a graduarse al
fin, y entonces su padre le hizo saber perentoriamente que, o venía a
trabajar al escritorio, o no contase con él para nada.

Ahora bien, Jiménez odiaba de muerte el escritorio de su padre, no tanto
por el olor de las pieles curtidas que allí había, como por la vista de
las cifras. Una vez puesto en tal disyuntiva, como era tozudo y
orgulloso, rompió por todo y se quedó en Madrid. Se quedó a la clemencia
de Dios y de la patrona.

«¡Pasó aquel chico una _crujía!_» Así exclamaba su paisano cuando me
refería estos datos. En efecto, yo recordaba haberle visto en dos o tres
ocasiones mal trajeado y sucio; pero lo achacaba a desidia. Acometióle
también por aquella época una fiebre tifoidea que le retuvo en cama
cerca de dos meses. Hubiera ido al hospital, seguramente, sin la caridad
excepcional de su patrona, que le prodigó los tiernos cuidados de una
madre.

Por fin, terminaron relativamente sus desdichas cuando entró de redactor
en un diario de la mañana, con doscientas pesetas mensuales de sueldo.


II

Éste era su medio de vida cuando volví a encontrarle en el Ateneo. En su
biblioteca pasaba las tardes devorando libros y sin tomar parte casi
nunca en nuestras discusiones ruidosas de los pasillos.

--Mucho lees, Jiménez--le decíamos alguna vez poniéndole la mano sobre
el hombro.

--Es que no tengo dinero--replicaba tranquilamente sin levantar la
cabeza.

Bien adivinábamos que aquello no era cierto. Su pasión por el estudio
era nativa, no accidental. En su periódico y en algunas revistas
científicas comenzó a publicar artículos que llamaron sobre él la
atención del mundo literario.

Una tarde, el mismo paisano que me comunicara los datos antecedentes,
llegó a mí afectando misterio, y me dijo al oído:

--Sabrá usted que el padre de Jiménez le ha girado quinientas pesetas.
Parece que el buen señor, halagado con el nombre que su hijo se va
haciendo en las letras, ha vuelto sobre su acuerdo.

--Me alegro--repliqué.

--Pues no se alegre usted, porque se las ha devuelto.

Quedé estupefacto. El paisano se desató en recriminaciones contra él,
llamándole necio y orgulloso repetidas veces. Yo le escuché distraído, y
quedé largo rato pensativo.

Posteriormente supe que, por mediación de uno de sus tíos, se había
reconciliado con su padre y había aceptado al fin la pensión. Dejó el
periódico donde trabajaba, y dejó de colaborar en los demás. No volví a
leer su nombre en letras de molde. Entonces pudo advertirse claramente
que no era la falta de recursos lo que le impulsaba al estudio, porque
su afición arreció con tal motivo.

Seguimos siendo buenos amigos, aunque su carácter, profundamente
reservado, no permitía ciertas expansiones que la amistad arrastra
consigo, particularmente entre jóvenes. Paseábamos juntos muchas veces,
nos juntábamos otras en el Ateneo o en el café; pero nada que fuese
personal e íntimo salía de sus labios.

En aquella época comencé yo a escribir novelas y a darlas a la estampa.
El único amigo que no me habló de ellas fué Jiménez. Este silencio
afectado hirió mi amor propio y me causó una sorda irritación que estuvo
a punto de enfriar nuestras relaciones y aun de darlas al traste.
Propenso estuve a achacarlo a miserables celos de oficio. Por fortuna,
obró pronto en mí la reflexión como bálsamo bienhechor. Me persuadí de
que Jiménez estaba por encima de tales ruines pasiones; que era un
hombre de carácter noble, de puras y rectas ideas, aunque un tanto
excéntrico. Había que perdonarle esas y otras extravagancias.

La muerte de su padre le arrancó de aquí. No le vi durante largos años.
Supe que se había casado, y volví a hallarle establecido en Madrid. Poco
después quedó viudo y se marchó de nuevo. Por fin, ya viejo y bastante
quebrantado de salud, vino otra vez aquí, y entonces nuestras relaciones
se anudaron aún más cordialmente. Jiménez huía de todo el mundo, menos
de mí. Esta preferencia me ligó a él de corazón.

Alquiló una casita aislada con jardín en uno de los barrios extremos de
Madrid. Allí habitaba, servido por un ama de gobierno y algunos criados,
y en aquel nido frío y solitario le visitaba una que otra vez, y
charlábamos de nuestros buenos tiempos de Universidad y de Ateneo, y
bebíamos una botella de cualquier cosa. No pasó, sin embargo, mucho
tiempo sin que su salud, ya vacilante, empeorase hasta el punto de
inspirar alarma. Decayó rápidamente. Ignoro si era el hígado, o el
pulmón, o el corazón, pero el doctor Angélico tenía alguna víscera
dañada. Con este motivo, yo solía menudear mis visitas y acompañarle
largos ratos.

Pocos días después de una memorable conversación que sirve de epílogo a
este libro, se presentó en mi casa su criado.

--Señorito, el doctor está muy malito. Por la noche se nos quiso morir
y, en cuanto amaneció, dió orden para que viniese a buscarle.

Comprendí que había llegado el instante supremo.

--Y ¿qué opina el médico?--pregunté hondamente afectado.

--No sé decirle; pero, a juzgar por la cara triste que tiene doña Pepita
(el ama de gobierno), no debe de hallarle bueno.

Tomé un coche y nos trasladamos al hotelito. Hallé a Jiménez con el
semblante terriblemente descompuesto. La muerte estaba ya impresa en él.
Doña Pepita cerró con mano temblorosa la puerta y nos dejó solos.

--¿Qué es eso, doctor?--dije acercándome a su lecho y afectando alegría
para ocultar mi emoción--. ¿Empiezas a ser mimoso como una solterona?

Al mismo tiempo fijé la vista involuntariamente en la reproducción al
óleo de una de las vírgenes de Murillo que pendía sobre su cama. Sujeto
al marco había un magnífico ramillete de flores, recientemente
colocadas allí, a juzgar por su frescura.

Jiménez advirtió la mirada, y dijo sonriendo:

--¡Ya lo ves! El doctor Angélico termina como el doctor Fausto; a los
pies de la Virgen María.

--Pero ¿has tomado la resolución de terminar?

--Ha llegado el _cese_, querido... Acércate un poco... Es posible que te
inspire pavor la muerte... Cuando llegue el momento, ya verás cómo no es
tan fiera como la pintan.

Al pronunciar estas palabras sonreía dulcemente. Yo sentí el corazón
oprimido. Hizo una pausa, y con trabajo siguió diciendo:

--Te he nombrado mi testamentario... Perdóname: no tengo hoy otro amigo
más íntimo... Lo que se ha de hacer con mi fortuna ya lo verás en el
testamento... Toma esos papeles que hay sobre la mesa, y llévatelos a tu
casa...

Sobre la mesa, en efecto, vi dos grandes legajos amarrados con una
cuerda.

--Entre ellos--prosiguió--, los hay puramente literarios. Sírvete de
ellos como quieras, o quémalos... Pero si publicas algo, que no sea con
mi nombre... Al mundo no le importará mucho que haya existido un tal
Jiménez que ha dicho bastantes tonterías y una que otra cosa regular...

En vano traté de infundirle esperanza de curación. Estaba absolutamente
convencido de que moría, y este convencimiento le dejaba tranquilo, como
si fuese a cambiar de domicilio. Comprendí que se fatigaba hablando, y
me resolví a dejarlo. Embargado por la emoción, me marchaba sin los
papeles. El me llamó para recordármelos.

--Volveré a la tarde--le dije.

--No; no vuelvas hasta la noche--me respondió.

Al salir al jardín con los legajos y montar en el coche no pude ya
reprimir las lágrimas.

¿Sabía que iba a morir antes de llegar la noche? Ahora creo que sí.

El criado vino a avisarme al obscurecer de que su amo se marchaba por
momentos. Cuando llegué, el doctor Angélico había dejado de existir. En
torno de su cadáver, aún caliente, se hallaban el médico, un sacerdote y
doña Pepita.

El médico, pálido y triste, exclamaba:

--¡Era un nombre!

El sacerdote murmuraba gravemente:

--¡Era un cristiano!


III

Los papeles de Jiménez necesitaban, como los jeroglíficos egipcios,
prodigios de atención y perseverancia para ser descifrados. Además de su
letra perversa y abreviaturas, se hallaban escritos con lápiz unos,
otros con tinta, en todos los tamaños y formas imaginables: tan pronto
pliegos en folio semejando memoriales a la Alcaldía, como esquelitas
diminutas de las que se envían a la tienda de comestibles. La mayor
parte redactados en español; pero los había también en francés y en
inglés.

No me decidí, por lo pronto, a ser el Champollión de aquella bárbara
escritura. Los dejé dormir largo tiempo en un armario. Pero habiendo
resuelto no escribir ya para el público, y careciendo de otras
ocupaciones que me distraigan, emprendí, pasados algunos años, la tarea;
y después de algunos esfuerzos he logrado, en parte, llevarla a cabo.
Digo en parte, porque los papeles que ahora se publican no son todos los
que me entregó.

Indudablemente, algunos de ellos parecían destinados a la publicidad por
la forma en que están escritos. La gran mayoría, no obstante, son
apuntes o notas rápidas sugeridas por algún incidente de la vida o por
sus lecturas, y desde luego se puede asegurar que sólo los escribía para
descargarse de sus impresiones, necesidad absoluta que experimentan
todos los solitarios.

Mi obra no ha sido de interpretación solamente, sino también de arreglo.
He juntado las notas cuando me ha parecido bien, o las he fraccionado;
también las he completado en ocasiones y las he puesto títulos. Además,
he suavizado algunos conceptos, sobradamente decisivos, porque entiendo
que, de haberlos él publicado, hubiera hecho lo mismo. No se habla en
público como se habla solo.

Estos papeles, tomados en conjunto, resultan una biografía, aunque más
interna que externa. Por ellos se verá con bastante claridad qué clase
de hombre era el doctor Angélico; se comprenderá su espíritu, su
ingenio, sus aficiones, sus odios, sus amores, sus opiniones y sus
manías. Al terminar mi tarea me hice cargo de que no había descifrado
unos manuscritos, sino un carácter. Le había tratado con intimidad
bastante tiempo, y, sin embargo, no había logrado penetrarle por
completo.

Acaso se me moteje por no haber respetado su última voluntad, dándolos
con su nombre a la publicidad. He pensado que, de haberlos impreso bajo
el velo del anónimo o con nombre supuesto, no habría de faltar quien me
los achacase. No quiero ufanarme con plumas ajenas, ni ser tampoco
responsable de las opiniones que acerca de muchas cosas divinas y
humanas se hallarán estampadas en las siguientes páginas. Por otra
parte, no puedo menos de sentir alegría y consuelo difundiendo y, si
fuera posible, perpetuando el nombre de un amigo querido. El lector
decidirá si valía la pena de sacarlo del olvido.

_A. P. V._

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LA SORPRESA


MÁS de una vez me acaeció despertar, tras un corto sueño durante el día,
tan sorprendido de mi existencia como si realmente naciese en aquel
instante.

«¿Qué es esto, qué es esto? ¿Qué soy yo? ¿Por qué estoy en el mundo?
¿Qué es el mundo?», me preguntaba estremecido. Tan grande era mi
estupefacción, que me costaba trabajo el no romper en gritos de terror y
admiración. El velo de lo infinito temblaba delante de mí como si fuera
a descorrerse. Un relámpago iluminaba el misterio. Mi alma en aquel
instante no creía más que en sí misma; pensaba vivir en el seno del
Todo; no se daba cuenta de que ya estaba desprendida, y rodaba como una
hoja que el huracán arrastra. «Estas formas que veo--me decía--son
extrañas a mi ser; yo no pertenezco a ellas, ni ellas a mí. ¿Será verdad
que mi alma sueña los cuerpos?» La muerte me parecía tan inconcebible
como la nada. El relámpago descubría un horizonte indeciso, inmenso,
azulado. En los confines lucía una aurora. «Mi sitio está allí: allí
quiero ir. ¿Pero mis ojos podrán recibir los rayos de ese sol cuando se
levante?»

Aquel despertar antojábaseme un sueño, y apetecía dormir para despertar
realmente. Sí; quería despertar para comprender, para vivir; quería
romper los muros de mi propio ser y asomarme a lo eterno. ¡Cómo reía el
espíritu en aquel momento del _protoplasma_, la _generatio spontanea_,
la _teoría celular_, la _evolución_, y de todas las demás explicaciones
que se han dado de lo inexplicable!

Vivimos sobre una pequeña hoja como el gusano, la recorremos lentamente,
descubrimos sus pequeñas vetas, que nos parecen caminos maravillosos;
pensamos conocer los secretos del Universo porque conocemos sus partes
blandas y duras. Llega el relámpago, y los ojos, aterrados, descubren la
miseria de nuestra ciencia. ¡Oh pequeña hoja del saber humano, cuán
pequeña eres!

Pasó el momento de la sorpresa; me levanto del sillón donde he
dormitado; voy a la cervecería; veo al mozo echarme unas gotas de coñac
en el café; oigo a mi lado discutir a unos autores sobre el estreno de
la noche anterior, si ha sido un éxito teatral, o puramente literario. Y
me parece que el mundo no tiene nada de particular.

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La muerte de un vertebrado


ENTRE los concurrentes asiduos a la Cervecería Escocesa, donde
acostumbraba a tomar el café hace años, se contaba el coronel Barrios.
Era un hombre corpulento, de facciones correctas y enérgicas, gran
bigote entrecano y grandes ojos negros. Hablaba poco y acertado, y no
solía mezclarse en nuestras discusiones literarias, que escuchaba
sonriendo; pero cuando se tocaban puntos de ciencia o de filosofía,
echaba su cuarto a espadas, demostrando que conocía las ciencias
naturales y que meditaba sobre sus problemas. Mis apartes con él eran
frecuentes, porque me placía mucho su grave amabilidad, la corrección de
sus modales, la calma y la fuerza que transpiraba toda su persona.

Una tarde se discutió en la cervecería la cuestión de la inteligencia de
los animales. Los unos, sostenían su diferencia cualitativa con la del
hombre; los otros, su diferencia cuantitativa solamente. Había sido
fuerte la disputa, y altas las voces. Cuando, al cabo, se deshizo la
tertulia, quedamos solos delante de la mesa Barrios y yo. Aquél había
tomado parte en la discusión, pero no en los gritos, pues aun en los
momentos de mayor exaltación no le abandonaba la mesura. No obstante, a
pesar de su calma y corrección, sostuvo, como de costumbre, ideas
extremas. Porque Barrios era francamente materialista, a la moda
antigua, sin paliativos ni distingos, como Vogt, como Büchner, como
Haeckel. Quedamos los dos solos, repito, y permanecimos largo rato
silenciosos. El coronel parecía hondamente preocupado por las ideas
vertidas durante la discusión. Al cabo, sacando un cigarro puro y
encendiéndolo, comenzó a hablarme en voz baja:

--Jamás se me ha pasado por la imaginación, después que fuí hombre, que
nuestro planeta, como todos los demás astros, sea otra cosa que una
momentánea y efímera condensación de la materia imponderable que
llamamos éter. Es imposible tomar en serio la idea de un Dios consciente
y providente. La causa suprema del Universo no es una, sino dos: la
fuerza de atracción y la de repulsión. Con estas dos fuerzas, que obran
lo mismo en los astros que en los átomos elementales, se explica
perfectamente todo, desde el nacimiento de un cristal hasta el de un
pensamiento luminoso. Una actividad creadora, sobrenatural, una fuerza
que exista fuera de la materia, es pura imaginación poética. Además,
repito que la considero inútil, porque la creación y la extinción de los
mundos y de la vida que en ellos se desenvuelve, se explica de un modo
perfectamente satisfactorio por las causas mecánicas naturales, por las
fuerzas inherentes a la materia...

Barrios quedó algunos instantes pensativo, y, al cabo, prosiguió en voz
aún más baja:

--Y, sin embargo, en medio de esta perfecta claridad que ilumina a todos
los fenómenos vitales, y a despecho de la lógica inflexible que ha
introducido la doctrina del transformismo en la historia de la creación,
de vez en cuando asoma la oreja una duda, un punto negro, como si
dijéramos, la garra del fantasma teológico que, antes de escapar
envuelto en su velo mítico, nos quiere hacer un pequeño arañazo en la
piel... Yo he sentido este arañazo, y aún lo siento, y es lo raro que
cada vez me penetra más en la carne. Fué allá en Cuba, durante la
guerra. Era yo capitán y mandaba una columna volante, y puedo decir a
usted que era una vida de perros, no de hombres, la que llevábamos.
Meses y meses corriendo la manigua con un calor sobrenatural, padeciendo
el hambre, la sed, los tiros de los insurrectos y, lo que era aún peor,
las picaduras de los mosquitos. En dos años no he dormido una docena de
veces bajo techado. Pues bien, en cierta ocasión, como en tantas otras,
sin que viésemos al enemigo, sentimos de improviso una descarga. Dos
soldados cayeron heridos. Nos lanzamos furiosamente en persecución de
los agresores, y logramos darles alcance: hubo un ligero tiroteo, pero,
al fin, como de costumbre, se me escaparon de las manos, dispersándose.
Cuando llegué, jadeante, a un claro de la manigua, el sargento me dijo:

»--Mi capitán, aquí hay un hombre herido; ¿qué hacemos?

»Dirigí la vista hacia el sitio que me señalaba, y vi un hombre como de
treinta años tendido en el suelo, que se incorporaba trabajosamente
apoyándose en una mano. Entonces la guerra se hacía con extraordinaria
crueldad, y ni ellos nos perdonaban a nosotros, ni nosotros a ellos.
Así, que respondí sin vacilar:

»--Remátalo.

»Al oir mi respuesta aquel hombre no pronunció una palabra; pero me
dirigió una mirada..., ¡qué mirada, amigo Jiménez! Yo sentí algo, aquí
dentro del pecho, muy extraño. El sargento instantáneamente apoyó el
cañón del fusil sobre su frente, y le deshizo la cabeza. Fué tan rápida
su acción, que, aunque yo quisiera, no habría podido volver sobre mi
resolución. ¿Volvería si me hubiese dado tiempo para ello? No lo sé. De
un lado, la excitación que produce la lucha, por otro, el deber de no
flaquear delante de los inferiores, me habrían obligado quizás a
mantenerla. Lo único que puedo decirle es que, después de muerto aquel
hombre, me sentí profundamente triste. Olvidé por completo el incidente
mientras duró la guerra; pero al volver a España empecé a recordarlo, y
siempre con vivo malestar. Transcurren los años, y cuanto más viejo me
hago, con más persistencia lo recuerdo. Temo, en verdad, que llegue el
día en que no pueda apartar de mí los ojos de aquel hombre.

Guardó silencio el coronel unos instantes, sacudió la ceniza del
cigarro, y añadió después con leve entonación colérica:

--Todo esto es pueril, no hay que dudarlo, y me lo repito cien veces al
día. Los hombres no podemos ahuyentar jamás por completo los fantasmas
con que nos han hecho miedo en nuestra infancia... Porque, en último
resultado, ¿qué tenía yo que ver con aquel hombre? Él y yo no éramos
otra cosa que una agregación de átomos, y luego de células, que, por
leyes mecánicas y fatales, se unen para formar un organismo. Las fuerzas
que a ello han contribuído son eternas, y en el tiempo infinito han
formado otros seres más rudimentarios y los formarán más perfectos. ¿Qué
importa que aquel hombre muera, ni que muera yo, ni que muramos todos?
La hormiga que aplastamos con el pie en el camino es una maravilla de
perfección también. El mismo trabajo le ha costado a la Naturaleza
formar una hormiga que un vertebrado superior; esto es, ninguno. Y, sin
embargo, aplasta usted una hormiga, y ninguna emoción experimenta, corta
usted la cabeza de un vertebrado superior, de un ave o de un mamífero, y
ya comienza usted a sentir cierto sacudimiento nervioso vecino del
remordimiento. Pero mata usted voluntariamente al vertebrado llamado
hombre y la tristeza, más tarde o más temprano, se apodera de usted y no
le deja ya en toda la vida. Se invoca la ley de la solidaridad, es
cierto. Damos un puntapié a un perro, chilla, y los demás se ponen a
ladrar. Pero esta emoción tiene por causa el miedo, no el afecto o la
compasión. Lo mismo aúllan si ven alzado el palo sobre ellos. Se dirá
que en el remordimiento interviene también el miedo a los castigos de la
vida futura. ¿Y el que está perfecta, absolutamente persuadido, como yo,
de que no existe vida futura? ¿Verdad que es extraño, amigo Jiménez?

--En efecto, es un poco extraño.

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LAS LEYES INMUTABLES


El hombre del mundo que yo pensaba menos expuesto a volverse loco era mi
amigo Montenegro.

Era un ser tímido, reflexivo, metódico, lector asiduo de _La Época_,
apuntador incansable de todos sus gastos, hasta de las cajas de cerillas
que compraba.

Y, sin embargo, cayó repentinamente en una espantosa demencia.

Una tarde le encontré en el Retiro, y me pidió un millón de pesetas para
la canalización del río Manzanares. Se trataba de un negocio que
importaría, aproximadamente, cincuenta millones; él se había suscrito ya
por veinticinco: le faltaba la mitad; pero contaba con los banqueros más
importantes de Madrid, y conmigo, por supuesto.

Para llevar a feliz término este proyecto grandioso, le parecía muy
conveniente, se puede decir indispensable, hacerse diputado. «Ya ves, en
España la política lo absorbe todo... Si uno no es diputado», etc., etc.

Montenegro lo fué. Es decir, no lo fué; pero como si lo fuese. Una tarde
se presentó en el Congreso poco antes de abrirse la sesión; hizo avisar
al presidente de que un señor diputado electo deseaba jurar. El
presidente ordenó todo lo necesario para tan solemne acto, el crucifijo,
los Evangelios, etc.

Se dió la voz: «Un señor diputado va a prestar juramento.»

Los que estaban en los escaños se pusieron en pie, y Montenegro, vestido
de etiqueta y escoltado por los maceros, se presentó en el salón y
avanzó majestuosamente hacia la Presidencia.

¿Por qué ríe todo el mundo a carcajadas? Es que Montenegro llevaba un
zapato negro de charol y otro de color. El presidente le pregunta su
nombre, se entera de que no es diputado, sospecha que se trata de un
loco, y lo hace retirar.

Más adelante se presentó en el Palacio Real, dió el nombre de un ex
ministro del tiempo de la República poco conocido personalmente en
Madrid, y logró llegar de esta suerte hasta la cámara regia. Averiguada
en el momento la superchería, le agarrotaron como un paquete postal y lo
enviaron a la cárcel. Costó un trabajo increíble a su familia persuadir
a las autoridades de que no se trataba de un espeluznante complot
anarquista. Convencidas, al fin, lo entregaron, a condición de que se le
recluyese en un manicomio.

Así se efectuó. Mi buen Montenegro pasó algunos meses en un
establecimiento de alienados de Carabanchel. Pero como no había motivo
para tenerle encerrado, porque era el hombre más sensato del mundo, el
director lo restituyó a su familia, manifestando que se hallaba
completamente curado.

Después le encontré en la calle muchas veces, y solíamos charlar un
rato. Algunas veces me convidó a almorzar, y luego nos dábamos un paseo
en coche por el Retiro.

Precisamente durante uno de estos paseos saltó nuestra conversación a la
metafísica. Montenegro había leído bastante, y era hombre que le gustaba
investigar la causa de las cosas y sorprender los secretos de la
Naturaleza. Sostuvo aquella tarde una opinión que a mí me pareció al
pronto paradójica, a saber: que la pretendida diferencia entre las leyes
morales y las leyes físicas no era más que una ilusión del entendimiento
humano.

--No existe ley alguna, amigo Jiménez, que no dependa de una voluntad,
y, por tanto, que no sea moral. Primitivamente, éste fué el concepto de
la ley: una orden, una limitación dictada en nombre de una autoridad.
Más tarde, pasando de la esfera moral a la física, este concepto se
desnaturalizó. Un hecho se reproduce invariablemente y de un modo
inevitable mediante ciertas circunstancias, y lo llamamos ley, esto es,
una orden o prohibición. Nuestros primeros padres así lo comprendieron,
y por eso veían detrás de cada fenómeno de la Naturaleza el agente
secreto o el dios que lo producía. No había leyes inmutables para
ellos, porque todas pendían de una voluntad libre que podía cambiar.
Pero nosotros al observar que el fenómeno se reproduce incesantemente, y
que el agente no se hace visible jamás, deducimos que no existe,
abstraemos los fenómenos de la voluntad y les damos existencia propia...
¡La ley, la ley! ¿Qué es la ley? Para mí, sin la voluntad, es una
palabra vacía.

--Querido Montenegro--le respondí--, me parece que equivocas los
términos. Existen dos clases de fuerzas. Unas tienen conciencia de sí
mismas y obran con intención: son los agentes libres de que tú hablas.
Pero hay otras que no tienen conciencia de sí mismas: son los agentes
ciegos del mundo material. De aquí la necesidad de reconocer dos clases
de leyes, las leyes del orden moral y las leyes del orden físico.

--¡Ahí está el error! Esa separación es puramente arbitraria. Tú ves que
dos bolas de billar se aproximan y chocan. De aquí deduces que hay un
hombre que ha herido una de ellas con un taco. Pero ves que dos astros
en el cielo se aproximan también y chocan, y en vez de deducir que
existe un ser que los ha lanzado el uno contra el otro, te satisfaces
con decir: «Ese choque se ha efectuado en virtud de una ley inmutable.»
Yo digo: esa ley no es más que una abstracción. Si tú no ves los agentes
inteligentes y libres que producen los fenómenos, yo tampoco veo los
agentes ciegos de que me hablas. ¡Agentes ciegos! ¿Qué significa esto?
Si las leyes del mundo moral no pueden aplicarse al mundo físico, ni las
de éste al primero, fuerza es remontarse más alto y concebir un mundo
que los abrace y los comprenda a los dos. Y en este mundo tiene que
existir la inteligencia y la voluntad, porque no puede existir algo en
la parte que no se dé en el todo. Por todos lados veo que eso de la
inmutabilidad es una quimera.

Así continuamos discutiendo hasta que los coches comenzaron a desfilar
hacia la villa. Montenegro me invitó a tomar el té en su casa. Cuando
hubimos terminado, me dijo, no sin cierto aparato de misterio y
solemnidad:

--Voy a darte una prueba de confianza, Jiménez. Voy a demostrarte
prácticamente la verdad de lo que antes te he dicho acerca de las leyes
del Universo.

Altamente sorprendido, me dejé conducir desde el comedor hasta su
gabinete de trabajo. Desde allí, por una puertecita de escape, me hizo
entrar en otro gabinete, en cuyo centro había un gran aparato semejante
a una esfera armilar. El sol era un globo de cristal esmerilado,
iluminado en su centro por una bombilla de luz eléctrica. En torno suyo
giraban, por medio de una máquina de relojería, hasta una docena de
esferas más pequeñas y opacas, las cuales, como los planetas, no sólo
tenían movimiento de traslación, sino también de rotación. Habitando en
estas esferas opacas, me hizo ver gusanos en unas, escarabajos en otras,
y en otras, por fin, grillos.

--¡He aquí el Universo!--dijo sonriendo.

Yo empecé á mirarle con recelo.

--Por medio de este aparato que aquí ves--continuó--y al cual yo,
haciendo de Providencia, me encargo de dar cuerda cada ocho días, estas
esferas giran acompasadas y en orden eternal--como decís los
literatos--las unas en torno de las otras. Los insectos que las pueblan
están acostumbrados, porque han nacido aquí, a que el sol luzca doce
horas seguidas. Yo me encargo de apagarle cuando acabo de cenar, y
entonces enciendo estas estrellitas, que son unas cuantas bombillas de
diferente color. Yo los alimento, los limpio, les refresco la vivienda
cuando hace falta, o se la caliento... En fin, soy un Dios mucho más
benévolo que el nuestro.

Empecé a mirarle con más recelo aún.

--Pero esta vida tranquila y feliz no puede durar eternamente, porque te
repito que eso de las leyes eternas es una guasa. Soy un Dios benévolo
en la apariencia, malo en el fondo, que les tiene preparada una sorpresa
dolorosa, como a nosotros el nuestro, si hemos de dar crédito a San Juan
Evangelista. El día menos pensado...

Quedó unos instantes suspenso, y sus ojos comenzaron a girar de extraña
manera.

--¡Ese día ha llegado!--prorrumpió al fin con acento solemne--. Yo, que
soy su Dios, así lo quiero. Empecemos por los signos precursores.

Y acto continuo, por medio de adecuada manipulación, hizo que las
esferas comenzasen a girar en sentido contrario.

--¡Qué asombro el de estos pequeños seres--exclamó--al observar que el
sol camina hacia su levante! Pero aún lo será mayor ahora.

Y por medio de otra manipulación hizo que las esferas se moviesen como
péndulos, en vez de girar circularmente.

--¡Adiós ley de la gravedad!--profirió soltando una gran carcajada.

Yo me hallaba cada vez más desconfiado, y con unas ganas horribles de
marcharme.

--¡Pero esto no es nada!... Ahora van a ver estos pequeños mortales
cosas mucho más asombrosas.

Apagó repentinamente el foco del globo y, después de una pausa, encendió
otro de un color rojo subido. A su lado encendió otros focos del mismo
color.

--¡El cielo toma un color de sangre! ¡Se acerca el fin del mundo!

Inmediatamente hizo chocar uno de estos globos contra otro, y lo redujo
a polvo.

--¡Comienza el cataclismo!... En este momento se hacen rogativas entre
los escarabajos para desviar de su cabeza la cólera del Eterno... Pero
el Eterno no quiere; ¿lo oís bien? ¡El Eterno no quiere!--exclamó a
grandes gritos--. El Eterno quiere pulverizaros, en castigo de vuestros
pecados...

Hizo estallar otro globo, y después otro y otro, y así sucesivamente.

--¡El cielo ya no es más que un montón de ruinas, un caos! El Creador
reduce a la nada lo que de la nada ha sacado... Ahora os toca a
vosotros, miserables pigmeos, que habéis osado muchas veces dudar de la
omnipotencia divina y blasfemar de mi providencia. ¡Ahora os toca a
vosotros!

Yo estaba aterrado, y dirigí una mirada de angustia a la puerta, que,
afortunadamente, no estaba lejos.

--¡El ángel del Señor se va a encargar de destruiros!

Agarró una trompeta que tenía sobre la mesa, la llevó a los labios, y
produjo un sonido horrísono. Luego tomó un martillo y se puso a dar
golpes furiosos sobre las esferas opacas, haciéndolas pedazos en pocos
momentos. Y a grandes gritos comenzó a proferir:

--¡El juicio final! ¡Llegó vuestro día!... ¡Morid, réprobos, morid!...
¡El Apocalipsis!... Pero ¿dónde está la bestia? ¿Dónde está la bestia
del Apocalipsis?... ¡Ah, ya la veo!--exclamó dirigiéndome una mirada de
extravío--. Allí está... Allí está la bestia con sus siete cabezas y con
sus diez cuernos, semejante a un leopardo, blasfemando contra mí, contra
el Creador de todas las cosas. No blasfemes, malvado; no blasfemes
contra tu Dios... Yo soy el Primero y el Último, el que era, el que es,
el que será. Mi mano omnipotente te va a pulverizar...

Y diciendo y haciendo, se lanzó hacia mí con el martillo levantado. Pero
yo, que estaba prevenido, me puse de un salto cerca de la puerta y salí
gritando:

--¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Sujetad al loco!

A mis voces salieron los criados y un hermano de Montenegro, le
arrojaron a los pies una silla, y le hicieron tropezar y dar de bruces
en el suelo. Entonces lograron sujetarlo, y yo escaparme, jurando no
volver a tener conexión en la vida con los que alguna vez han sido
locos.

       *       *       *       *       *

Sin embargo, la compasión me arrastró un día a visitarle en el manicomio
de Carabanchel. No me permitieron hablarle, pero le pude ver paseando
por el jardín con otros enfermos. El doctor, que era un eminente
alienista, me dijo que Montenegro seguía empeñado en que no existen
tales leyes inmutables, y, en apoyo de su tesis, proyectaba construir un
universo con dos solas dimensiones.

El doctor me refería estas cosas sonriendo. Yo, que estaba preocupado y
aún lo estoy con este problema metafísico, le dije con acento reflexivo,
como si hablara conmigo mismo:

--¡Oh, las leyes inmutables!... Nos reímos de Montenegro; pero, en
último resultado, ¿quién sabe?... Hay mucho que hablar acerca de la
eternidad de las leyes.

El doctor se puso serio y fijó en mí una mirada profunda y escrutadora.
Yo me puse un poco colorado y me apresuré a despedirme.

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SOCIEDAD PRIMITIVA


La verdad es que para indemnizarme de los juegos de los hombres grandes,
no encuentro nada más agradable que los juegos de los pequeños. Los de
los primeros son pesados, nocivos, melancólicos, particularmente la
política; los de los segundos, alegres, expresivos, llenos de profundas
enseñanzas.

Por eso, cuando paseo en el parque del Retiro, acostumbro a sentarme en
cualquier banco de madera (nunca de piedra, por razones que me reservo),
y paso momentos bien gratos contemplando el bullicio de los niños.

En este pequeño mundo, como en el otro, existen toda clase de pasiones,
desde la envidia rastrera hasta el sublime heroísmo; el amor, los celos,
la arrogancia, el valor y el miedo. Pero todas ellas son adorables,
encantadoras, porque todas son naturales. La Naturaleza no produce cosas
feas. Es nuestra infame reflexión quien las introduce en la vida.

Luego, aquellas escenas que presencio me transportan a las primeras
edades del mundo y a los comienzos de la sociedad humana. ¡Qué santa
libertad para anudar y deshacer relaciones! La amistad cordial, el odio
franco, la envidia declarada, la vanidad ostensible, el miedo confesado.
Es una sociedad primitiva; es el ser humano independiente y libre,
dominador de la existencia y recreándose en ella.

Una niña cruzó por delante de mí con paso lento, casi solemne,
dirigiendo miradas de atención complaciente a todas partes. Era una
preciosa criatura de seis a siete años, rubia como una mazorca. Su
mamá, sin duda, era aficionada a las flores. Ella las miraba y remiraba,
parándose delante de una y de otra, acariciándolas alguna vez con su
manecita, tan blanca, tan primorosa, que no desmerecía de ellas. ¿Su
mamá era inteligente en jardinería? Pues ella también lo era, y lo
demostraba cortando con unas tijeritas las hojas que les sobraban.

¡Y que no estaba ella poco ufana de sus tijeritas, que pendían de una
cinta azul de seda sujeta a su cintura! ¡Con qué placer las contemplaba
balancearse al compás de su marcha! ¡Qué alegría se pintaba en sus ojos
azules al recortar delicadamente con ellas las hojitas que sobraban a
las flores!

Pero, ¿les sobraban realmente a las flores aquellas hojitas? Es lo que
se permitió dudar un guarda de grandes bigotes negros, que le gritó con
voz formidable:

--¡Eh, niña, cuidado con tocar a las flores, porque te llevaré a la
Dirección y te encerraré en el calabozo!

La niña quedó pálida, yerta. ¡Virgen de Atocha! ¡La Dirección, el
calabozo! ¡Y no ver más a su mamá, ni a Melita, ni a _Chichí!_...
Afortunadamente, llegó corriendo la Pepa, su vieja ama seca, que la
zarandeó por un brazo.

--¡Angelina! ¿Qué es lo que has hecho? ¡Tonta, retonta, atrevida! ¿No
sabes que las flores no se tocan?...

Indudablemente, ni aquel guarda tan feo ni la Pepa sabían una palabra de
jardinería, porque su mamá cortaba a menudo las hojas de las flores de
la terraza.

Se alejó el guarda descontento, se alejó la Pepa descontenta, y ella se
quedó descontenta también. Pero no tardó en contentarse. Olvidó
instantáneamente su crimen, y deplorando, como es justo, la falta de
instrucción agrícola de ciertas personas, prosiguió inspeccionando las
últimas plantaciones del Municipio, dejando a sus tijeritas inactivas.

Un poco más lejos había un grupo de chicos, ninguno de los cuales
pasaría de los diez años, que se ocupaban ardorosamente en inflar un
globo de pequeñas dimensiones. Lo habían suspendido a la rama de un
árbol, y quemaban papeles que introducían en él hasta que se consumían,
y volvían a introducir otros, y así sucesivamente. ¡Qué frívola
ocupación!, ¡qué niñería! Angelina, desde lo alto de sus facultades
estéticas, les dirigía una que otra mirada de lástima.

Entre aquellos soplaglobos, el que más se fatigaba y el que parecía
dirigir la operación, era un niño de robusta complexión, con grandes
ojos negros y fieros, cabellos negros también que le caían en rizos
sobre su frente sudorosa, y vestido con traje marinero. Por sus ademanes
imperiosos, por sus miradas terribles, por su gravedad, era un déspota
oriental en miniatura. Los demás le obedecían sin replicar.

Angelina, siempre inspeccionando sus flores, acertó a pasar cerca de
ellos. Uno la miró con el rabillo del ojo, sonrió y dijo algunas
palabras al oído del que tenía más cerca, que también sonrió y habló al
oído del de más allá. Todos suspenden sus trabajos y contemplan
sonrientes a la pequeña hada del jardín. Es decir, todos, no: el
caudillo de la tribu le clavó una mirada altiva, e inmediatamente la
apartó para continuar su tarea.

Angelina sintió sobre su frente el peso de aquellas miradas burlonas, y
se ruborizó.

Pero ¿qué es lo que se dicen?, ¿qué es lo que proyectan aquellos
revoltosos? Angelina no lo sabe, pero observa que se hablan sin dejar de
mirarla, y adivina que se urde una trama contra su persona. Echa una
mirada inquieta en torno suyo, y advierte con espanto que la Pepa se
halla muy lejos y distraída en conversación con otras domésticas. Todo
podía esperarse de aquellos seres primitivos, en los cuales apuntaba
solamente el alba de la conciencia ética.

Y, en efecto, sin darle tiempo a huir, se encuentra rodeada súbitamente
por ellos; la estrechan, lanzan gritos salvajes, ríen brutalmente, como
los héroes de la Odisea, y, por fin, llevan su osadía hasta poner sus
labios en el rostro de la preciosa niña.

La indignación pudo en ella más que el miedo, como ha sucedido siempre
con todas las doncellas cristianas.

--¡Que os pincho!, ¡que os pincho!--comenzó a gritar blandiendo sus
tijeritas.

Pero no llegó a hacerlo, porque se hallaba mucho más alta en la escala
de la evolución, y la horrorizaba verter una gota de sangre de su
prójimo.

Los bárbaros se aprovechan lindamente de aquel delicado sentido moral, y
uno tras otro besan riendo sus cándidas mejillas.

Mas he aquí que la justicia del cielo, revistiendo la forma corporal y
perecedera de la Pepa, cae inopinadamente sobre ellos. Bofetada de aquí,
pescozón de allá, estirón de orejas a uno, de pelos a otro, en mucho
menos tiempo de lo que tarda en decirse, pone en dispersión a aquella
canalla. Y en virtud del impulso adquirido (nos complacemos en
suponerlo), arremete también contra Angelina, y planta dos bofetadas en
aquellas rosadas mejillas, un instante antes tan besuqueadas.

Lloran los salvajes, llora su víctima y, ¡caso admirable!, llora también
la justicia celeste. ¿De ira? ¿De remordimiento?

Un minuto después, allí no había pasado nada. Los salvajes, satisfechos
a medias de su correría, vuelven a la tarea de inflar el globo, y
Angelina es arrastrada al tribunal de las domésticas para ser juzgada.
No se encontró ni sombra de culpabilidad en su conducta. Por tanto, fué
absuelta libremente, con todos los pronunciamientos favorables.

Limpiados sus ojos, restregadas sus mejillas hasta el rojo subido para
borrar las huellas de aquellos besos groseros, Angelina vuelve, como un
pajarito alegre y petulante, a inspeccionar las flores. Poco a poco se
va aproximando nuevamente al aduar de los bohemios, y pasa repetidas
veces por delante de ellos. «¡Oh coquetería femenina, que ya estalla en
un corazoncito de siete años!», exclamarán ustedes filosóficamente. Eso
pensé yo, naturalmente; pero pronto me convencí de que infería una
ofensa a la simpática niña.

Lo que la empujaba otra vez hacia el terreno de la tribu no era la
coquetería, sino un vivo sentimiento de justicia.

A pesar del aturdimiento y angustia en que la había puesto la agresión
de los bárbaros, pudo observar que el jefe de ellos, aquel hermoso niño
de ojos y cabellos negros, no había tomado parte en la algarada. Se
había mantenido en su sitio, contemplando con mirada burlona y desdeñosa
la fechoría de sus compañeros.

Angelina, al pasar por delante del grupo, le dirigía miradas
penetrantes de curiosidad y gratitud. La vi vacilar, dar un paso hacia
él, volver atrás; por fin, se acerca con ademán resuelto y le dice:

--A ti, porque has sido bueno, a ti te doy un beso.

Y, efectivamente, puso sus labios de coral en la atezada mejilla del
caudillo. Éste se deja besar inmóvil como una estatua, le dirige una
larga y orgullosa mirada, y, haciendo un mohín de desdén, vuelve con el
mismo afán a su tarea.

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UN TESTIGO DE CARGO


Hay personas que no pasean jamás sino por calles céntricas. Hay otras
que gustan de las excéntricas y solitarias, en los barrios extremos de
Madrid, lindantes con la campiña. Las hay, por fin, que no pasean ni por
unas ni por otras, y sólo encuentran alegría midiendo el pasillo de su
casa a trancos, y acercándose de vez en cuando a la estufa para
calentarse las manos.

Pues bien; declaro que yo pertenezco a la segunda categoría, aunque
también me agrada recorrer una y otra vez mi pasillo con las manos en
los bolsillos, particularmente cuando llueve, y dar unas cuantas vueltas
por las calles de Alcalá y de Sevilla a las horas de más tránsito.
Cuando esto último acaece, procuro que mi rostro vaya fruncido y
aborrascado para adaptarse al medio ambiente; pero es contra mi gusto,
bien lo sabe Dios, porque mi fisonomía, por naturaleza, es plácida y
sentimental.

Así, que experimento más placer en pasearme por las afueras, donde
encuentro rostros alegres que me miran sin hostilidad. Sólo allí me
desarrugo y soy exteriormente lo que Dios quiso hacerme. Y he pensado
algunas veces que si trasladásemos las caras de las afueras al centro, y
las del centro las enviásemos a paseo, Madrid ofrecería a los ojos de
los extranjeros un aspecto más hospitalario, más risueño y, sobre todo,
más humano que el que ahora tiene.

No sucede lo mismo con los perros. Encuentro, generalmente, los del
centro apacibles y corteses; los de los barrios extremos, agresivos,
quimeristas y mucho más descuidados en el aseo de su individuo. Sin
duda, la cultura, que ejerce una influencia tan triste en la raza
humana, suaviza y mejora la canina.

Ignoro si el perro con quien tropecé cierto día en una de las calles más
extraviadas del barrio de Chamberí era quimerista y agresivo como sus
convecinos; pero sí puedo dar fe de su escandalosa suciedad.

Flaco, lanudo como esos bohemios que no se recortan jamás la barba y la
dejan crecer por donde salga, cubierto de polvo y con un pegote de barro
en cada pelo, se acercó a mí este repugnante animal moviendo el rabo y
mirándome con ojos humildes.

Yo dí un salto atrás, porque la experiencia me ha enseñado que se puede
mover el rabo humildemente y ser en el fondo malísimo sujeto. Pronto me
convencí de que no había nada que temer. Aquel pobre perro había venido
tan a menos, se hallaba tan desamparado y abatido, que los últimos
rescoldos de su carácter agrio, si alguna vez lo había tenido, se habían
apagado por completo.

Hice sonar con los dedos una leve castañeta, correspondiendo al meneo
vertiginoso de su rabo, y me dispuse a proseguir mi camino. Pero él
agradeció aquella fría castañeta como nadie me agradeció en la vida el
saludo más cordial y cariñoso. Comenzó a brincar delante de mí, y a
retorcerse, y a lanzar suaves e insinuantes aullidos, expresando tanto
gozo como gratitud.

No se agradecen así los saludos en este bajo mundo--me dijo nuevamente
la experiencia--si no se teme o se espera algo. Este perro no tiene amo,
o ha sido arrojado por él de su casa. ¡Pobre animal! Me interesó su
desgracia, y de nuevo hice sonar la castañeta con alguna mayor efusión,
y él con esto renovó las señales de gratitud hasta querer descoyuntarse.

Inmediatamente tomó la resolución de seguirme hasta el fin del mundo.

Yo le veía detrás varias veces, dándome escolta; otras, delante,
sirviéndome de heraldo. Por momentos se detenía; levantaba hacia mí su
hocico peludo, y me miraba con afectuosa sumisión, cual si me quisiera
decir que estaba dispuesto a obedecerme como amo y señor. La desgracia
de aquel animal me conmovió. Era tan feo, que no había motivo para
admirarse de que su dueño le hubiese abandonado.

Y, sin embargo, yo he visto algunas señoras ricas que acariciaban y
mimaban con apasionados transportes de amor a otros perros más feos que
éste, y he visto también a algunos jóvenes elegantes acariciar y mimar a
estas mismas señoras, más feas aún que sus perros.

Me representaba a aquel pobre animal, arrojado ignominiosamente de su
casa, volviendo a ella a demandar gracia, aullando tristemente a la
puerta; le veía marchar errante y hambriento por aquellas calles
solitarias, introducirse en alguna tienda en busca de una piltrafa,
salir de ella molido a palos, seguir a los transeuntes hasta que éstos
le despedían a puntapiés o pedradas.

La compasión se filtraba en mi pecho, y cuando el animal se paraba a
mirarme, le hacía una seña de afectuosa consideración. Entonces se
acercaba a mí rebosando de agradecimiento, y yo, sin temor a mancharme
las manos, como los santos caritativos de la leyenda, le acariciaba la
cabeza.

Pero a medida que transcurría el tiempo, se apoderaba de mí un vago
malestar. ¿Qué iba a hacer de aquel desdichado? A un perro no se le
puede dar una limosna, ni recomendarle a un concejal amigo para que le
coloque de peón en los trabajos de la villa. Necesitaba llevármelo a
casa. Esto era grave. ¿Qué diría el portero, qué dirían los vecinos, qué
diría, sobre todo, mi familia al ver entrar aquel bicho feo y asqueroso?
¡Vaya unas protestas, vaya una zambra, vaya una risa que se armaría en
mi casa! Se me puso la carne de gallina.

Comprendí inmediatamente todo lo falso de mi situación.

Entonces hice con aquel perro lo que conmigo hacen los amigos cuando mi
presencia les molesta; me hice el distraído. Cuando me miraba con sus
ojos afectuosos, volvía la cara hacia otro sitio; si se acercaba a mí,
fruncía el entrecejo como si no le viese, y seguía mi camino. En fin,
adopté un continente tan glacial como significativo. Pero él no vió la
significación, o no quiso verla. Sin darse por enterado, persistía en
sus muestras de adhesión incondicional, teniéndose siempre por mi
protegido.

Una de las veces que mi mirada se cruzó con la suya, vi en sus ojos una
expresión de sorpresa y de súplica tal, que el corazón se me apretó. Sin
embargo, lo que pedía no era posible.

Mi inquietud iba en aumento, y ya pensaba en la barbarie de arrojarlo de
mi lado violentamente, cuando observo que viene hacia nosotros un
tranvía. Entonces, cautelosamente me agarro a él y monto. Desde la
plataforma veo a mi perro que camina tranquilo y confiado, vuelve de
pronto la cabeza, queda sorprendido, olfatea el aire con desesperación,
y, por fin, baja de nuevo su cabeza hacia la tierra resignado, como los
seres que han conocido todo el dolor de este mundo y saben lo que se
puede esperar de la existencia.

Jamás pude olvidarlo. Y al acordarme de él, no puedo menos de pensar que
cuando algún día me vea ante el supremo tribunal de Dios, y se juzguen
todos los actos de mi vida, y se cuenten mis faltas y desaciertos, he de
verle aparecer, con su hocico peludo y su aspecto dolorido, a dar fe de
mi cruel egoísmo.

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Opacidad y transparencia


Hay pocos hombres con los cuales me agrade tanto el encontrarme como con
el doctor Mediavilla. Es afable, despreocupado, culto, observador,
ingenioso y siempre ameno. No es frecuente que nos tropecemos, pues
gravitamos en órbitas distintas; pero cuando esto sucede, pasamos largo
rato departiendo en medio de la acera, o bien me invita a entrar en el
café más próximo, y bebemos una botella de cerveza.

Sólo tiene para mí una desventaja su conversación. Nunca discurre acerca
de lo que más sabe y pudiera instruirme, de las ciencias físicas y
naturales, en las cuales está reputado como sabio eminente. O por la
necesidad de reposarse de estos estudios y cambiar momentáneamente la
dirección de sus ideas, o impulsado por una cortesía mal entendida,
suele hablarme de literatura y de política. Lo hace muy bien, mejor que
muchos literatos y políticos de profesión; pero no hay duda que sería
para mí más provechosa si la plática versara acerca de las ciencias que
cultiva.

Otro reparo pudiera acaso oponer a su amenísima charla. El doctor
Mediavilla es un pesimista convencido, y presiento que si le tuviera
siempre a mi lado concluiría por fatigarme. A largos intervalos, y
sazonado por un ingenio sutil y penetrante, su pesimismo interesa y
convence.

No hace muchos días, la casualidad me hizo dar con él no muy lejos de la
puerta de su casa, hacia la cual se encaminaba. Caían algunas gotas de
lluvia, y no habiendo por allí ningún café próximo, y no queriendo
privarse del gusto de charlar un rato, me invitó a subir a su domicilio.
Resistí un poco: las presentaciones a la familia me molestan.
Comprendiólo él, y me aseguró que no entraríamos en sus habitaciones,
sino que subiríamos directamente al laboratorio que tenía instalado en
el cuarto tercero de la misma casa.

Era ésta suntuosa: portero de flamante librea, amplia y tapizada
escalera, etc. Bien se echaba de ver que el doctor poseía una extensa y
opulenta clientela. Pero una buena parte de las ganancias que sus
visitas le reportaban servía para el sostenimiento de su famoso
laboratorio.

--Mi mujer odia de muerte el laboratorio--decía mientras ascendíamos
lentamente la escalera--. Yo odio de muerte las visitas y consultas.
Para las mujeres, todo lo que no se traduzca inmediatamente en especies
sonantes, es, sencillamente, aborrecible. Temblando estoy que el día
menos pensado suba y haga pedazos mis frascos e instrumentos. Aunque
ustedes los poetas no se harten de llamarlas ángeles y cantar su
idealismo, yo no conozco nada más prosaico y mezquino que el alma de una
mujer.

--Las mujeres no son poetas ni comprenden casi nunca la poesía, es
cierto; pero consiste en que son ellas mismas poesía. El conocimiento no
puede conocerse a sí mismo.

--¡Hombre, tiene gracia la explicación!--exclamó riendo--. Sin embargo,
mi mujer ha dejado ya de ser poesía por dentro y por fuera.

Llegamos al tercero, apretó el timbre, y salió a abrirnos un joven flaco
metido en un blusón que le llegaba a los pies.

--¡Señor doctor! ¡Buenos días, señor doctor!--balbució deshaciéndose en
genuflexiones.

Mediavilla apenas se dignó responderle. Pasamos por delante de él,
entramos en un amplio salón cuyas paredes estaban guarnecidas por
armarios con puertas de cristal, al través de las cuales se veían
redomas, frascos, alambiques y no pocos instrumentos de física;
atravesamos luego otro semejante, y penetramos, al cabo, en un gabinete
lindamente amueblado, donde el doctor se despojó de su levita y
sombrero de copa, vistiéndose en su lugar una bata chinesca y un gorro
turco.

--Es increíble lo que contribuyen estos dos sencillos aditamentos--dijo
sonriendo maliciosamente--para infundir veneración a mi fámulo.

--¿Qué fámulo?

--Ese que usted acaba de ver. También yo tengo mi Wagner como el doctor
Fausto, tan sediento de ciencia, tan pedante y tan crédulo. Cuando me
pongo esta bata y este gorro, me juzga capaz de levantar todos los velos
de la Naturaleza y de evocar los espíritus activos y misteriosos que
trabajan dentro de ella.

Le dirigí una mirada, y no pude menos de excusar el respetuoso temor del
fámulo; porque Mediavilla, de aquella forma ataviado, con sus gafas de
oro y su barba tallada en punta, semejaba, en efecto, un nigromántico.

--Ea, charlemos un rato--dijo arrellanándose frente a mí en una
butaca--. ¿Qué me cuenta usted del drama de Romillo?... Un tiro,
¿verdad? Estos jóvenes satánicos concluirán por quitar también a Satanás
la opinión de listo.

--Doctor--respondí yo un poco vacilante--, perdone usted..., pero en
este momento..., dentro de un laboratorio y al lado de un hombre de
ciencia tan notable, no puedo menos de sentir alguna curiosidad
científica. ¡Si usted fuese tan amable que me mostrase alguna
preparación... o me hiciese presenciar cualquier experimento!...

Mediavilla se puso serio repentinamente, me miró con sorpresa y
atención, y exclamó, al cabo, sacudiendo la cabeza:

--¡Hombre, un literato!... Vamos, usted es como mi fámulo, sabe muchas
cosas, pero desearía saberlo todo.

Luego, alzándose de la butaca y abriendo la puerta, gritó:

--¡Morlesín!

--Señor doctor.

--¿Qué estaba usted haciendo cuando entramos?

--Estaba filtrando las ondas lumínicas.

--¿Y para qué hacía usted eso?

Morlesín tardó algunos instantes en responder.

--Me preocupa mucho la constitución de la materia--dijo al cabo--.
Quisiera saber lo que hay dentro de los átomos.

--Lo sabrá usted.

--¿Cree usted, señor doctor...?

--Sí, sí; lo sabrá usted.

Y gravemente pasó por delante de él, invitándome a seguirle.

--Es un experimento antiguo, pero siempre curioso--me dijo--. Física
recreativa... Morlesín, haga usted delante del señor el experimento.

El fámulo se apresuró a obedecer. Cerró los balcones, y con una pequeña
lámpara de arco voltaico produjo el espectro, haciendo atravesar el rayo
luminoso por un prisma de cristal. Entonces pude ver cómo el espectro se
extendía más allá de los límites del rojo, haciendo subir el termómetro,
y más allá del violeta, haciendo surgir la luz en un papel impregnado de
sulfato de quinina. Los rayos invisibles tenían, pues, una eficacia
superior a los visibles. Después, por medio de soluciones adecuadas, me
mostraron la causa determinante de los colores. Unos cuerpos absorben
ciertas ondas luminosas, y dejan pasar libremente las otras. Estas
últimas son las que prestan su color a los cuerpos. Por fin, pude
observar que este poder de elección que los cuerpos tienen para las
ondas luminosas, no solamente se extiende al espectro visible, sino
también al invisible. El agua, por ejemplo, era perfectamente
transparente para la luz, y opaca para los rayos caloríferos. Otros
líquidos, viceversa, eran opacos para los rayos visibles, y dejaban
pasar los invisibles ultrarrojos o ultravioletas.

Morlesín, rojo y hasta ultrarrojo de placer, me dió una explicación
acabada de estos fenómenos. El éter lumínico, substancia imponderable e
infinitamente elástica que llena los espacios interestelares, penetra en
todos los cuerpos, rodea los átomos, que nadan en él como nuestra tierra
nada en la atmósfera. Las vibraciones de este éter son la causa de la
luz y del calor. Estas vibraciones u ondulaciones del éter difieren en
el período de duración. Las más cortas son las ultravioletas, que se
llaman también rayos químicos, porque su rapidez las hace más aptas
para la descomposición de los cuerpos; las más largas, las ultrarrojas,
generadoras del calor. Pues la causa de la opacidad o transparencia de
los cuerpos para unas u otras ondas consiste en que el movimiento de
estas ondas coincida o no con el movimiento de los átomos. Si el período
de vibración de una onda coincide con el período de vibración de los
átomos que componen un cuerpo, los dos movimientos se acumulan, y el
cuerpo absorbe aquella onda, o, lo que es igual, resulta opaco para
ella. En cambio, dejará pasar libremente las otras.

Mediavilla, que había escuchado con sonrisa burlona la disertación de su
fámulo, exclamó:

--Ya ve usted que el amigo Morlesín habla de las cosas que pasan ahí
dentro como si fuese un gnomo testigo de todas las operaciones
misteriosas de la madre Naturaleza.

Morlesín dió las gracias ruborizado. El doctor me echó el brazo por la
espalda y me llevó de nuevo a su gabinete.

--Acaba usted de presenciar un experimento de física--me dijo--. ¿Quiere
usted ver este mismo experimento transportado al mundo psíquico?...

--No entiendo...

--Sí; esta misma filtración de las ondas lumínicas al través de los
cuerpos, voy a hacérsela a usted ver al través de las almas.

Le miré con estupefacción, sin comprender. Mediavilla, sin explicarse
más, se acercó a un aparato telefónico que tenía cerca de la mesa y
llamó a su casa.

--¿Está la señorita Luisa?--preguntó al criado--. ¿Sí?... Pues dile que,
si no le sirve de molestia, tenga la bondad de subir un momento.

--Es mi hija mayor--dijo colgando el auditivo--. Tiene veintidós años.
Será la redoma al través de la cual vamos a filtrar la luz de esta
lámpara.

Y llevó la mano a un estante de su biblioteca y sacó de él un libro. Yo
le miraba cada vez con mayor sorpresa.

No tardó en aparecer una joven más baja que alta, más gruesa que
delgada, de rostro fresco y sonrosado. El doctor me presentó a ella como
gran literato, y le endilgó la patraña de que estaba escribiendo un
libro sobre el arte de la lectura, y tomaba notas y hacía observaciones
en cuantos sujetos me era posible, hombres, mujeres, jóvenes, niños y
viejos.

--¡Si tú fueses tan amable que leyeses en alta voz un capítulo de esta
novela!

--¡Oh! ¡Yo leo muy mal!--exclamó la joven poniéndose encarnada como una
cereza.

--No es exacto. Pero aquí no se trata de la mayor o menor perfección en
la lectura, sino de ciertas observaciones que el señor está efectuando
acerca del acento, del timbre de la voz, del ritmo, etc., etc.

Luisa tomó ya sin replicar el libro de manos de su padre, y se puso a
leer en el sitio que éste le designó.

Era una novela histórica de los tiempos primeros del cristianismo en
Roma. En el capítulo señalado por el doctor se describía con brillantes
colores y lujo de detalles la mansión de un patricio. Leyó la joven la
descripción de los suntuosos peristilos de mármol, las estatuas, los
bronces, las pinturas, las alfombras de Persia, las sederías de la
China, las telas bordadas de la India, con indiferencia y entonación
monótona. Pero al llegar a una escena en que la hija del patricio,
altiva e irascible, disputa con una esclava cristiana, la cubre de
burlas y denuestos porque cree en la inmortalidad del alma, y, por fin,
la hiere cruelmente con un puñalito, la voz de la lectora se mudó
ostensiblemente, la respiración se le cortó varias veces, y sus ojos se
rasaron de lágrimas. Luego, la orgullosa patricia, arrepentida al ver
correr la sangre en abundancia, manda curar a la esclava y le regala en
compensación un rico anillo de esmeraldas. Mas al domingo siguiente el
precioso anillo apareció en una iglesia entre las limosnas recogidas
para los pobres. Este último rasgo hizo brillar los ojos de la lectora
con alegría y admiración.

--Está bien, hija mía. Muchas gracias. Puedes bajar cuando gustes; y si
tu hermana Consuelo está desocupada, dile que suba un instante.

Despidióse la primogénita de Mediavilla besando a su padre y alargándome
la mano con timidez y cordialidad al mismo tiempo.

--Ya ve usted que mi hija mayor deja pasar libremente las ondas
luminosas de corto período, los brillantes colores del iris, y sólo
absorbe las vibraciones invisibles ultrarrojas, las que engendran calor
en los corazones.

--Lo he observado con placer. ¡Dichoso el hombre que tropieza en el
mundo con uno de estos seres, cuya alma sólo vibra con el amor y el
perdón!

--Sí; pero ¡desgraciados estos seres si tropiezan con un hombre
deslumbrado, cuyos ojos no son capaces de percibir las ondas preciosas e
invisibles que remueven su alma!--repuso el doctor mientras una arruga
surcaba su frente.

Comprendí que aquella joven era la hija preferida de su corazón, y que
su felicidad le inspiraba un cuidado ansioso y vigilante.

Consuelo, su hija segunda, se presentó. No pude menos de sentirme
subyugado inmediatamente. Un rostro blanco, ovalado, cabellos negros,
ojos rasgados de largas pestañas, alta, flexible y aérea como una hada.
Me saludó con la soltura un poco impertinente de las jóvenes persuadidas
de su hermosura y que la ven celebrada. Su padre le repitió la misma
demanda que había hecho a Luisa, poniéndole el libro delante. La hermosa
joven me dirigió entonces una penetrante mirada de curiosidad, donde se
mezclaba la inquietud y la burla. Luego se puso a leer, y su voz era
también de timbre delicioso. Cuando la Naturaleza decide formar un ser
bello, parece que muestra empeño en no olvidar ningún toque.

No tardé en advertir que la descripción de las riquezas acumuladas en la
casa del patricio romano lograba interesarla; que tanta obra de arte,
tanta joya y tanta elegancia le causaban profunda admiración. En cambio,
cuando llegó a la escena de la disputa entre la esclava cristiana y la
señora pagana, su tono se hizo más indiferente y monótono. Ni aun logró
alterarlo el bárbaro castigo que ésta la infligió. Sus ojos brillaron,
no obstante, cuando la patricia regaló a su esclava el magnífico anillo
de esmeraldas. Pero al leer que este anillo se había encontrado al
domingo siguiente en el cepillo de los pobres, quedó un instante
suspensa sin comprender. Luego hizo una imperceptible mueca de desdén, y
se puso seria.

--Como usted habrá advertido--me dijo su padre cuando partió--, acabamos
de operar con una substancia muy diversa. Esta absorbe todos los rayos
lumínicos y brillantes del espectro visible; pero deja pasar libremente
las ondas más amplias del calor.

Bajé la cabeza sin responder. No me pareció delicado apoyar lo que
decía, pues se trataba, al cabo, de una hija suya.

--Entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo
moral--prosiguió--descubrimos alguna vez una estrecha relación, una
simetría que hace pensar involuntariamente en la _armonía
preestablecida_ de Leibnitz y en las _causas ocasionales_ de
Malebranche...

El doctor comenzó a disertar gravemente, sabiamente, como tenía por
costumbre. Yo le escuchaba con atención y placer, pues su palabra clara,
sus variados conocimientos y su ingenio prestaban verdadero encanto a su
discurso. Mas hete aquí que cuando nos hallábamos enteramente abstraídos
en nuestra plática metafísica, hizo irrupción en la estancia un chico de
diez y ocho a veinte años, vivaracho, ruidoso, que guardaba
extraordinario parecido con el doctor.

--Adolfito... Mi único hijo varón--dijo aquél presentándomelo.

Traía unos cuantos libros debajo del brazo, y me enteré de que estaba
terminando la carrera de Filosofía y Letras, con todas las notas de
sobresaliente y muchos premios. Luego que se hubieron cambiado algunas
frases, quedó el doctor suspenso un instante, y me dijo en voz baja:

--Todavía podemos hacer otro experimento.

Y acto continuo invitó a su hijo en la misma forma, esto es,
anunciándole mi libro imaginario sobre el arte de la lectura, a que
leyese el capítulo de la novela que ya habían leído sus hermanas.

Adolfito tomó el libro y comenzó a leer admirablemente, como quien desea
lucirse. Pero de pronto levanta la cabeza y exclama:

--¡Hombre, esta descripción me parece muy amanerada! El autor acumula en
una casa todos los cachivaches que se hallan descritos en los manuales
de antigüedades romanas.

--Bien... Sigue, sigue--repuso su padre sonriendo.

Al llegar a la disputa filosófica entre la patricia y su esclava, de
nuevo se interrumpe para afirmar:

--Todo esto es de una inocencia paradisíaca. ¡Una esclava que habla como
un profesor de metafísica!

--Sigue, sigue, hijo mío--le dijo su padre, haciéndome al mismo tiempo
un guiño malicioso.

Llegó al final del capítulo, y al leer lo del anillo regalado a la
esclava, y entregado después por ésta a los pobres, cerró el libro con
ademán desdeñoso.

--¡Bah! ¡Bah!... Este golpecito de efecto es de lo más pueril y ridículo
que he leído en mi vida.

El doctor Mediavilla dejó escapar entonces una sonora carcajada, y
exclamó dirigiéndose a mí:

--Amigo mío, por esta redoma pasan libremente todas las ondas del
espectro, menos las ultravioletas, que son los rayos químicos... ¡Los
rayos de descomposición!

Adolfito, amoscado por la risa de su padre, se levantó de la silla, y,
haciendo un frío saludo, salió de la estancia.

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IDEAS CADÁVERES


«Todo hombre tiene derecho a ser feliz como mejor le parezca», decía
Federico _el Grande_. O lo que es igual: todo hombre está facultado por
los dioses para entregarse a la manía que le plazca, siempre que no haga
daño a los demás. Corrales tenía la suya, no perjudicaba a nadie, y, sin
embargo, nosotros le tratábamos como si nos infiriese con ella alguna
ofensa. Todas las noches alusiones picantes, bromitas de mejor o peor
género, sonrisas desdeñosas, etc., etc.

Corrales era un hombre de _sport_. Había escrito y publicado en las
revistas del ramo artículos muy luminosos sobre los caballos sementales
ingleses y sobre la caza del zorro; era el encargado en un periódico de
dar cuenta a sus lectores de las carreras de automóviles y velocípedos;
el año anterior había dado a luz un tratado de _Gimnástica racional_,
con profusión de grabados en el texto, y tenía escrito, y en prensa ya,
un libro sobre _El juego de la espada_.

Pero Corrales era un ser raquítico y patizambo que en su vida se había
subido a un _trapecio_ o a unas _paralelas_, que no había montado ningún
caballo ni velocípedo, ni disparado una carabina, ni asido ninguna
espada francesa o española. Y he aquí lo que despertaba nuestra
indignación y nos tenía sobresaltados y furiosos.

El pobre diablo recibía nuestros sarcasmos con humilde sonrisa,
procuraba suavemente desviar la nube hacia otro lado, y cuando no
podía, nos dejaba entender a medias palabras que todo el mundo
necesitaba vivir, y que él se ganaba la vida escribiendo artículos y
libros sobre los juegos atléticos. Pero nosotros no escuchábamos sus
gemidos, y, cada día más implacables, le tiroteábamos con refinada
crueldad: «Corrales, el conde de Rebullida tiene un potro que no puede
hacer carrera de él. Yo le hablé de un amigo que en cuanto le echase los
calzones encima le dejaría como una seda, y mañana nos espera en la
cuadra.» «Corrales, me ha sorprendido no ver tu nombre en el programa
del asalto del Círculo Militar.» «Corrales, ¿no es cierto que tú
levantas setenta kilos a pulso con un brazo? Ayer me lo negaba un chico
del gimnasio de la calle de la Reina.»

Llegó un día, no obstante, en que, acorralado como una fiera antes de
morir, nos enseñó las uñas.

He aquí cómo sucedió:

Hacía ya una hora larga que le disparábamos las saetas más envenenadas
de nuestro carcaj, cuando le vimos ponerse pálido y dibujarse en su boca
una sonrisa amarga.

--Pero vamos a cuentas: ¿soy yo el primero que no vive con arreglo a sus
ideas o teorías? Tú, Jiménez, eres un cristiano convencido, un creyente
severo de todos los dogmas de la Iglesia. ¿Cuántas veces te confiesas y
comulgas? ¿Cuánto tiempo pasas en oración cada día? ¿Qué penitencias son
las que haces? ¿Has presentado la mejilla izquierda alguna vez cuando te
abofetearon la derecha? ¿Practicas la caridad, la humildad y la
pobreza?... Tú, Olivares, eres un político, un representante del país.
Hablas mucho de decadencia y de corrupción administrativa en el
Congreso, truenas contra los abusos del caciquismo, y sostienes con gran
calor que mientras los funcionarios públicos no sean inamovibles y no
haya pureza en las elecciones España no podrá regenerarse. Y, sin
embargo, yo veo que recibes todos los días una balumba de cartas de tu
distrito, y corres por los Ministerios con la lengua fuera recomendando
a los hijos de tus electores para que les den algún destino, sin pararte
a investigar si pueden desempeñarlo o hay que dejar cesante a un
desgraciado que cumple con su obligación, influyendo para que adjudiquen
ciertas marismas a uno que no tiene derecho a ellas, obligando al
Tesoro a que pague a tus amigos créditos que no paga a otros acreedores
más antiguos, solicitando el indulto para cualquier bribón que está
merecidamente en presidio, etc., etc.... Tú, Jacinto, presumes de
filósofo; pero en vez de retirarte del mundo para meditar sobre los
grandes problemas metafísicos, paseas tus cabellos perfumados y tu
_monocle_ por todas las reuniones aristocráticas, cenas en el _Ideal
Room_ con las damas elegantes, asistes a las tertulias de los hombres
políticos, aspiras a que te den un distrito, y mientras tanto aceptas la
cruz de Isabel la Católica, te irritas y vociferas cuando hacen ministro
a cualquier zascandil o cuando la prensa elogia a cualquier majadero. Yo
había oído decir que los filósofos son los hombres que miran las
pequeñeces de este mundo desde lo alto y con desdén superior... Y tú,
Rivera, eres un poeta. ¿Qué vida poética haces? ¿Dónde están tus
aventuras románticas? ¿Dónde están esos viajes por el Oriente sobre un
camello? ¿Dónde están esas góndolas venecianas, y esas noches de luna, y
esas dagas damasquinas? Te levantas tarde, generalmente; la patrona te
sirve la consabida tortilla de finas hierbas y el conocido _beefsteak_
con patatas; vienes al café, fumas dos tagarninas, dices algunas
chirigotas; vas a la redacción y dices otras cuantas; después a comer
los garbanzos soñadores; después, al café otra vez; luego, a escuchar
una piececita en Lara o en Apolo, y a la cama. ¡Vaya una existencia
bañada de luz y de color!

Quedamos estupefactos. Aquella inesperada y briosa acometida nos dejó
callados y suspensos por algunos instantes. Olivares fué el primero que
rompió el silencio.

--Venga esa mano, Corrales--dijo alargándole la suya--. Sea enhorabuena.
Cuatro veces te has tirado a fondo, y las cuatro has tocado en el pecho.
De hoy en adelante nadie podrá decir que no conoces la esgrima. Yo
acepto la lección y te la agradezco; pero me vas a permitir que te diga
una cosa, y es que lo mismo tú que nosotros somos unos infelices, porque
las ideas que no se viven, sólo sirven, en último resultado, para
escribir algún artículo.

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EL AMO


Tengo un amo, tengo un tirano que, a su capricho, me inspira
pensamientos tristes o alegres, me hace confiado o receloso, sopla sobre
mí huracanes de cólera o suaves brisas de benevolencia, me dicta unas
veces palabras humildes, otras, bien soberbias. ¡Oh, qué bien agarrado
me tiene con sus manos poderosas! Pero no me someto, y ésa es mi dicha.
Le odio, y le persigo sin tregua noche y día. Él lo sabe, y me vigila.
¡Si algún día se descuidase!... ¡Con qué placer cortaría esta funesta
comunicación que mi alma, que mi yo esencial mantiene con la oficina
donde el déspota dicta sus órdenes! Quisiera ser libre, quisiera escapar
a esos serviles emisarios suyos que se llaman nervios. Mientras ese
momento llega, me esfuerzo en dominarlos. Los azoto con agua fría todas
las mañanas, les envío oleadas de sangre roja por ver si los asfixio, y
me desespero observando su increíble resistencia. Cuantos proyectos
hermosos me trazo en la vida, tantos me desbaratan los indignos. He
querido ser manso y humilde de corazón, y hasta pienso que empecé la
carrera con buenos auspicios. Me pisaban los callos de los pies, y, en
vez de soltar una fea interjección, sonreía dulcemente a mis verdugos;
cuando alguno ensalzaba mis escritos, me confundía de rubor; sufría sin
pestañear la lectura de un drama, si algún poeta era servido en
propinármela; leía sin reirme las reseñas de las sesiones del Senado;
ejecutaba, en fin, tales actos de abnegación y sacrificio, que me creía
en el pináculo de la santidad. Mis ojos debían de brillar con el suave
fulgor de los bienaventurados. Me sorprendía que tardara tanto en bajar
un ángel a ponerme un nimbo sobre la cabeza y una vara de nardo en la
mano. Pero, ¡oh dolor!, bastó que un oficial de peluquería me dijese
con sonrisa impertinente que esta barba apostólica que gasto era cosa ya
pasada de moda y cursi, para que le respondiese con denuestos gritando
como un energúmeno, y estuviese a punto de arrancarle las tijeras de la
mano y arrojarme sobre él como un lobo hambriento. Mi santidad se disipó
en un instante como el humo. El tirano tuvo la culpa; el tirano, que
aquel día, según mis noticias, tenía el estómago sucio. ¿Será necesario
que el hombre, antes de decidirse a ser virtuoso, se mire la lengua al
espejo?

Aun para los goces más honestos y más puros he necesitado contar siempre
con mi amo. ¿Cuál más honesto y más sencillo goce que el de levantarse
un día de madrugada, ir de paseo a los Cuatro Caminos y comer allí una
tortilla presenciando la salida del sol? Pues bien: jamás me lo ha
consentido el infame. Parecía natural que, siendo del temperamento de
Satanás, su poder terminase a la entrada del templo. Tampoco es así.
Muchas veces me he acercado al altar de Dios lleno de fe, con el corazón
contrito, y a los pocos momentos, con el fútil pretexto de que le dolían
las rodillas, o sentía debilidad, o le crispaban las muecas del
monaguillo, me arrancó de allí a viva fuerza. Entonces me acordé de
Jesús. También Nuestro Señor quiso someterse por nosotros al capricho
del tirano; también sintió la cruel impresión de sus garras en el huerto
de Getsemaní y en el Calvario. Este recuerdo endulza mi pena y
humillación. Sin embargo, confieso que siento un placer maligno en darle
de vez en cuando un susto. Cuando paso por el viaducto de la calle de
Segovia, suelo decirle, guiñando un ojo: «Eres muy arrogante y te
consideras bien seguro de tu poder; pero si yo quisiera en este momento,
¿eh?... Ya sabes...» Y el tirano, que es cobarde como todos los tiranos,
se estremece y tiembla.

Hasta he pensado que si la misericordia de Dios, olvidando mis muchos
pecados, me llamase a Sí después de la muerte y me diese a escoger un
puesto en el cielo, yo le diría, confundido de temor y respeto: «Hágase
siempre tu voluntad, Señor; pero, si es posible, no me des la naturaleza
angélica, porque los ángeles tienen alas, y temo que un día me duela una
de ellas y no pueda libremente volar hacia Ti, soberano Rey de los
cielos.»

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La unidad de conciencia


Mi padre acostumbraba a decir que las conciencias de los hombres eran
tan diferentes como sus fisonomías. Yo tenía pocos años entonces, y no
era capaz de discutir tal opinión. Ahora tengo muchos, y tampoco sé bien
a qué atenerme.

Porque esta sencilla proposición arrastra consigo nada menos que el gran
problema del bien y del mal. ¡Un grano de anís!

Si no existe la unidad de la conciencia en el género humano, dicho se
está que la justicia, el honor, la caridad, son cosas convencionales que
se hallan a merced de la opinión, que cambian con el transcurso de los
años como cambian las mangas de las señoras, unas veces estrechas,
otras, anchas. En otro tiempo era de moda el asesinato. Ahora ya no lo
es. Quizás mañana vuelvan otra vez las mangas anchas.

Estoy seguro de que mi padre no se daba cuenta de las graves
consecuencias metafísicas que sus palabras engendraban. De todos modos,
no era hombre que emitiese sus opiniones en abstracto como un profesor
de filosofía, sino que, invariablemente, las apoyaba en algún ejemplo
bien concreto. Para sostener la proposición enunciada, tenía siempre a
mano varios casos interesantes. Pero el que usaba más a menudo era el
caso de don Robustiano.

Don Robustiano era un notario que vivía en la casa contigua a la
nuestra; un hombre alto, anguloso, blanco ya como un carnero. A mi
hermano y a mí nos inspiraba un terror loco. Jamás le habíamos visto
sonreir. Tenía tres hijos de la misma edad, poco más o menos, que la
nuestra, a los cuales trataba con despiadada severidad. Se decía que los
azotaba con unas correas hasta hacerles saltar la sangre. En efecto,
raro era el día en que no oíamos lamentos al través de la pared. Y una
vez en que, por casualidad, me llevó uno de sus hijos hasta el cuarto de
su padre, vi colgadas de un clavo las fatales disciplinas, que me
hicieron dar un vuelco al corazón.

¡Qué diferencia entre aquel pálido demonio y mi buen padre, tan
cariñoso, tan tierno, tan indulgente!

Mas el terror que inspiraba a todos los chicos de la población no era
comparable al que infundía a los labriegos de los contornos. Así que se
mentaba el nombre de don Robustiano, no había paisano que no quedase
repentinamente serio, por alegre que se hallase.

Había motivo para ello.

Cuando había cerrado los ojos un labrador medianamente acomodado, si la
partición no se hacía a puertas cerradas, y bien cerradas, esto es, si
algún malaventurado heredero tenía la torpeza de no conformarse y daba
lugar a que don Robustiano se presentase en la casa, ya podían todos
ellos decir adiós a los mejores prados y tierras del difunto. Don
Robustiano era el águila que caía sobre aquel rico vellón y lo
arrebataba por los aires. Mejor, era el lobo hambriento que penetraba en
la casa y no salía hasta saciarse.

De este modo y de otros había logrado hacerse considerablemente rico.
Era dueño de bienes territoriales en casi todas las parroquias del
contorno. Sus colonos, modelos de exactitud en el pago. ¿Quién sería
osado a no pagarle la renta el mismo día que venciera?

Cuando algún tunante poseía una finca indebidamente, y su dueño legítimo
se disponía a reclamársela, ya sabía que no tenía más que traspasarla
por la mitad de su valor a don Robustiano, y el pleito quedaba segado en
flor. No había en todo el partido judicial un valiente que se atreviese
a pleitear con don Robustiano.

Aquel hombre exprimía a sus semejantes, como si fuesen manzanas, hasta
la última gota. En cierta ocasión tuvo una idea feliz. Se le ocurrió
vender todas sus propiedades a los mismos arrendatarios. No había que
apurarse; se las pagarían en dos plazos: la mitad, de presente, la otra,
a los cuatro años, con el rédito consiguiente. Los infelices cayeron en
el lazo: buscaron dinero para pagar el primer plazo; pero al llegar el
segundo, muchos de ellos, o se descuidaron, o no hallaron quien se lo
diese, y don Robustiano se quedó otra vez con sus propiedades y con el
dinero percibido. De este paso heroico salió con las costillas molidas
cierta noche al retirarse a casa.

Otra vez oímos altas voces en la calle; nos asomamos al balcón y vimos a
un hombre que salía de casa del escribano con las manos en la cabeza,
gritando: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» La gente se agolpó en
torno suyo, le hacía preguntas; pero él, convulso, horrorizado, no sabía
más que repetir: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» Después supimos
que era un hermano de don Robustiano, a quien éste había seducido para
que pusiese a su nombre una finca heredada de sus padres con objeto de
librarle de un embargo. Así que la vió a su nombre, se quedó con ella.

Sin embargo, ésta fué la única ocasión en que las hazañas de don
Robustiano hicieron ruido en la calle. Generalmente, desollaba vivas a
sus víctimas, o las asaba en parrilla, apagando cuidadosamente sus
gritos. Era un hombre decoroso en todos los actos de su vida, decoroso
en su marcha, en sus saludos, en su pechera almidonada y en sus botas de
campana.

Para este hombre decoroso llegó, no obstante, el fin, como llega para
todos los que tienen o no tienen decoro.

Un día fuimos sorprendidos con la noticia de que le iban a traer el
Viático. No sabíamos que se hallaba enfermo. Verdad que nuestras
relaciones de amistad no eran muy estrechas. A pesar de eso, mi padre se
dispuso a recibir a Nuestro Señor a la puerta de la calle con un cirio
en la mano, me hizo tomar otro, y le acompañamos hasta el cuarto mismo
del moribundo.

Jamás olvidaré aquella espantosa visión. Don Robustiano, ordinariamente
feo, pálido y anguloso, estaba ahora, a punto de dejar la vida, tan
horrible, que recuerdo su figura como una pesadilla que no puede
borrarse de la imaginación.

En torno suyo se hallaban su mujer y sus hijos y unos cuantos vecinos.
Se incorporó con entereza para recibir la comunión, y dijo las oraciones
con voz firme, sin asomo alguno de miedo. Cuando el sacerdote hubo
partido, dijo, paseando su mirada siniestra por todos nosotros y
fijándola después en sus hijos:

--Vais ahora a ver cómo muere un cristiano. Traedme ese crucifijo...

Se hizo como pedía, se abrazó al crucifijo de metal, y comenzó a repetir
oraciones, unas en latín, otras en castellano. Al cabo de media hora
dejó de pronunciar palabras, comenzó el estertor, y poco después expiró.

Yo estaba asombrado de no ver en torno suyo las consabidas sabandijas y
alimañas de los cuadros que representan la muerte del pecador.

--¡Muere como un santo!, ¡muere como un santo!--oí murmurar a un vecino.

Y he aquí por qué mi padre sostenía que cada cual tiene una conciencia
para su uso particular.

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PRAGMATISMO


El sol se puso rojo. La negra, horrible nube se acercó, y las tinieblas
invadieron el cielo, momentos antes sereno y transparente.

Entonces los camellos se arrodillaron, y los hombres se volvieron de
espalda y se prosternaron también. Los caballos se acercaron temblando a
los hombres, como buscando protección.

El furioso khamsin comenzó a soplar. No hay nada que resista al
impetuoso torbellino. Las tiendas, sujetas al suelo con clavos de
hierro, vuelan hechas jirones, y la arena azota las espaldas de los
hombres; sus granos se clavan en los lomos de los cuadrúpedos,
haciéndoles rugir de dolor.

Aguardaron con paciencia por espacio de dos horas, y la espantosa tromba
se disipó. Entonces el sol volvió a lucir radiante; el aire adquirió una
transparencia extraordinaria.

Los pacientes camellos se alzaron con alegría, los caballos relincharon
de gozo, y los hombres lanzaron al aire sonoros hurras. Estaban
salvados.

Habían salido de Río de Oro hacía algunos días, y, audaces exploradores,
se lanzaron por el desierto líbico para alcanzar el país de los árabes
tuariks. Les faltaba el agua; pero esperaban llegar aquel mismo día al
gran oasis de Valatah. Así lo pensaba y lo prometía su guía Beni-Delim,
un hombre desnudo de medio cuerpo arriba, de tez rojiza, nariz aguileña,
cabellos crespos y mirada inteligente.

--¡Beni-Delim! ¡Beni-Delim! ¿Dónde está Beni-Delim?

Beni-Delim había desaparecido.

Entonces la consternación se pintó en todos los semblantes. El traidor
había aprovechado los momentos de obscuridad y de pánico para huir,
dejándolos en el desierto sin guía. Estaban perdidos.

El jefe de la expedición, un italiano hercúleo de facciones enérgicas y
agraciadas, les gritó:

--¡No hay que acobardarse, amigos! Cuando ese miserable ha huído, el
oasis no debe de estar lejos. ¡En marcha!

Caminaron todo aquel día, sufriendo horriblemente; pero la noche se
llegó, y no había señales del oasis. Se tendieron sobre la arena
silenciosos, esperando que el sueño les libraría por algunas horas de
aquel tormento.

Cuando amaneció el jefe dió la orden de marcha. Algunos le dijeron:

--Pietro, déjanos aquí. No podemos más. Más vale morir de una vez que
prolongar algunas horas nuestra agonía.

El italiano lanzó un juramento espantoso y les obligó a levantarse
pinchándoles con su cuchillo.

Y volvieron a caminar jadeantes y silenciosos bajo un sol abrasador.
Poco tiempo después un hombre cayó al suelo. El jefe le vió caer; pero
siguió caminando como si no le hubiera visto; los demás hicieron como
él. Una hora después cayó otro; luego, otros dos. La caravana seguía
marchando, mejor dicho, seguía arrastrándose sobre la candente arena. El
sol comenzaba a declinar. De pronto suena entre ellos un grito de
alegría:

--¡Mirad! ¡El oasis!, ¡el oasis!

En efecto, el oasis se hallaba enfrente de ellos. No muy lejos se
divisaban las crestas azuladas de sus montañas. Los exploradores se
abrazan llorando de alegría.

--¡Animo, compañeros!--grita Pietro--.¡Un esfuerzo más, y estamos
salvados!

Pero en aquel instante un hombre enjuto, de barba rala y canosa y ojos
penetrantes revestidos de gafas, avanza algunos pasos sobre la arena,
saca de su mochila unos gemelos de mar, y escruta el horizonte por todos
lados. Era el sabio de la expedición.

--¡Esperad! ¡No os alegréis tan pronto, desgraciados! Eso que percibís
no es el oasis, sino la imagen de las montañas que dejamos muy atrás. La
capa de aire en contacto con la arena se hace, por el calor que ésta
irradia, menos refractiva que las que están sobre ella. Los rayos de los
objetos distantes, que caen oblicuamente sobre esta capa, no la
atraviesan sino que resbalan antes de penetrarla, y se reflejan
totalmente a lo alto. Ese fenómeno de espejismo ha sido fatal a muchos
en el desierto.

Estas palabras alzaron un coro de lamentos e imprecaciones en la
caravana. Pietro le enseña los puños, gritando:

--¡Maldito seas, sabio!, ¡maldito seas!--Y dirigiéndose a sus amigos,
les dice:--Ya lo oís: no nos queda ninguna esperanza. Sepamos morir como
hombres, y ya que tenemos en nuestras manos la carga de pólvora que
puede librarnos de algunas horas de agonía, utilicémosla en nuestro
provecho.

--¡Todavía no!--gritó una voz alegre.

Era un estudiante aficionado a la filosofía, que se había unido a ellos
por el gusto de viajar y hacer observaciones psicológicas.

--Efectivamente--continuó--, allí no hay oasis: la ciencia lo demuestra.
Mas ¿por qué abatirse? Caminad como si lo hubiera, y esa esperanza os
sostendrá largo rato todavía. Durante algún tiempo viviréis consolados,
no lo pasaréis del todo mal, y, ¡quién sabe!, tal vez, al cabo, tengamos
la buena suerte de tropezar con una fuente.

Los exploradores quedaron un instante suspensos. El jefe dejó escapar
una carcajada, y los demás le imitaron. Por algunos momentos reinó la
alegría en aquella gente infeliz.

--¡Gracias, filósofo!--exclamó Pietro--. Gracias por el buen rato que
nos has hecho pasar antes de morir.

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LAS BURBUJAS


    Un hombre puede obrar como un insensato
    en los desfiladeros de un desierto,
    pero todos los granos de arena parecen
    verle.
                  EMERSON.

El guapo Curro Vázquez, de tierra de Jaén, tuvo ocasión de comprobar
estas palabras del filósofo americano hace ya bastantes años.

Curro Vázquez, aunque no tenía corazón, estaba enamorado. Es ésta una
paradoja que se repite con frecuencia gracias a la confusión lamentable
en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo físico y lo moral.

Pepita Montes, su novia, estaba completamente engañada respecto a él. Le
veía joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deducía que
era un ángel sin alas. Le amó a despecho de sus padres, que apetecían
para ella un labrador acomodado, y no un mísero dependiente de un
chalán. Porque Curro era un pobrecito muchacho que hacía tiempo había
tomado a su servicio Francisco Calderón, el famoso tratante de caballos
de Andújar. Lo recogió, se puede decir, del arroyo cuando sólo tenía
catorce o quince años, le hizo su criado, y últimamente había llegado a
ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le
hacía frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y
fuese bienquisto de las bellas.

Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las
abandonaba después de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, quedó
preso de patas como una mosca en un panal de miel. ¿Cómo hacer para
casarse con ella, dada la oposición violenta del bruto de su padre? Este
era el objeto de sus meditaciones más profundas desde hacía tres o
cuatro meses.

Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio más que la necesidad
imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado más o menos
retribuído, negociar por su cuenta, etc.

Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto, y
no tiene corazón, está expuesto a hacer lo que hizo Curro Vázquez.

Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Calderón y su criado
regresaban de la feria de Córdoba y atravesaban la sierra sobre sus
jacos, envueltos en capotes de agua. Calderón estaba de alegrísimo humor
porque había vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando
desataba el zaque que llevaba pendiente del arzón de la silla, bien
repleto de amontillado, bebía largamente, y daba de beber a Curro. Como
la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la peña,
determinaron detenerse allí unos momentos y esperar a que escampase.
Descendieron de sus monturas, guareciéndolas también del mejor modo
posible. Curro desató su carabina de dos cañones y la puso cerca.

--¿Para qué has bajado la carabina?--le preguntó su amo sorprendido.

--Ya sabe usted que _el Casares_ y su partida merodean por aquí.

--_¡El Casares, el Casares!... El Casares_ merodea muy lejos de aquí, y
en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.

Calderón rió a carcajadas del miedo de su criado.

Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tiró la
colilla, se puso en pie, tomó la carabina, se la echó a la cara, y,
apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:

--Señor Francisco, prepárese usted a morir.

Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.

--Rece usted el credo, señor Francisco.

--¿Qué estás diciendo?--exclamó tratando de alzarse. Un tiro en el pecho
le hizo caer de espaldas.

--¡Me has matado, miserable!

--Todavía no; pero voy a hacerlo--profirió Curro avanzando hacia él.

--¡Asesino, a ti te matarán también!

--Si hubiese testigos, no lo dudo.

--Las burbujas del agua serán testigos de este... Otro tiro le cerró la
boca para siempre.

Curro le registró los bolsillos, se apoderó de todo el dinero que
llevaba, cargó de nuevo su carabina, montó a caballo y se alejó al
galope.

Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se apeó de nuevo y enterró
cuidadosamente el dinero, dejando señal para encontrarlo. Después
atravesó su sombrero de un tiro, se descerrajó otro en la parte blanda
del muslo, y se presentó en el primer pueblo con señales de terror. La
partida del _Casares_ los había sorprendido cuando descansaban y se
disponían a emprender otra vez el camino. Él estaba ya montado, y
gracias a eso había podido escapar. Su amo estaba aún a pie: no sabía si
le habían matado: había oído muchos tiros: a él mismo le habían herido
en su huída, etc.

Todo aquello dió que sospechar al juez, y, después de curado en el
hospital, se le encarceló. Pero como no se le halló ningún dinero, y no
había testigos, al cabo se le puso en libertad.

Pidió prestada una cantidad a un chalán de Sevilla, según dijo, y se
puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenzó a prosperar.
Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto
acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.

Y como, en realidad, ya no había motivo que justificase la oposición, el
padre de Pepita Montes consintió al fin en la boda. Se celebró con
pompa, y la esplendidez del novio concluyó de captarle la benevolencia
pública.

El comercio marchó viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un
chalán de importancia, porque era inteligente y activo; pero saciada su
pasión bestial, fué con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un
perfecto infame. Sin motivo alguno, comenzó a maltratarla cruelmente de
palabra y de obra.

La pobre niña soportó aquel cambio más sorprendida que indignada. Como
estaba perdidamente enamorada de él, los cortos momentos de buen humor y
de expansión conyugal la indemnizaban de sus amarguras.

Pero estos momentos fueron cada día más cortos, y la vida de Pepita se
hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pasó lo que sigue:

Curro había hecho una magnífica venta de un jaco. Había engañado como a
un chino a un inglés. Estaba de alegrísimo temple, aunque el día fuese
de los más tristes que pueden verse en la Andalucía, encapotado y
lluvioso como si estuviésemos en Santiago de Galicia. Había hecho traer
dos botellas de manzanilla, y habían almorzado, y habían retozado y
charlado por los codos. Curro encendió un tabaco y vino a apoyarse en el
alféizar de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse
junto a él. Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado,
miraban caer la lluvia pausadamente. Del techo de la casa corrían
fuertes goteras, que formaban ampollitas en el pavimento de la calle.

Curro dejó escapar resoplando una risita burlona.

--¿De qué te ríes?--le preguntó su mujer.

--De nada--respondió con el mismo semblante risueño.

--Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.

Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.

--Escucha, Pepa--siguió él, riendo--. ¿Te parece que las burbujitas del
agua pueden ser testigos en algún asunto?

--¡Qué ocurrencia!

--Pues el señor Francisco Calderón lo creía.

--¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?

--Sí; antes de rematarlo de un tiro me dijo que las burbujitas del agua
serían los testigos que me acusaran.

--Pero ¿has sido tú?...

--Debiste de haberlo presumido, hija. ¿Piensas que las monedas que están
en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por sí mismas,
como en las funciones de escamoteo?

Y, acometido de súbito e irresistible deseo de confesión, narró a su
esposa el crimen con todos sus detalles.

La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbación. Por un
lado el miedo, por otro la pasión frenética que aquel hombre todavía le
inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia. Curro describía
la escena de su horrible crimen con la misma tranquilidad que si
refiriese los incidentes de una cacería.

Transcurrieron los días, y Pepita hacía enormes esfuerzos por olvidar
aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era
imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la
miraba receloso y sombrío. Un abismo parecía abierto entre los dos.

La cortísima afición que por ella conservaba se había huído con el
temor. Llegó a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde
entonces de maltratarla.

Una noche, estando en la cama, sacó la navaja que tenía debajo de la
almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:

--Si se te escapa una palabra de _aquello_, puedes estar segura de que
te siego el cuello como a una gallina.

Pepita no pensaba en semejante cosa.

Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto día, por un pormenor
insignificante de la comida, Curro se arrojó sobre su esposa, la apaleó
bárbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo
de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado
escapar de sus manos, lanzándose a la calle y refugiándose en casa de su
cuñado.

Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:

--¡Pero ese bandido quería matarte!

--¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!

--¡Ah! ¿Le ha matado él?

--Sí, sí; le ha matado...

Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después
quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía
de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde
allí a ver al juez.

Se le encarceló de nuevo.

El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en
certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le
obligó a cantar de plano.

Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando
se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:

--¡Las burbujas! ¡Las burbujas!

Los que le rodeaban creían que el terror le hacía desvariar.

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EL MINUTO FATAL


Hay horas para mí negras, amargas como la del huerto de Gethsemaní. Al
contemplar la lucha incesante y cruel de todos los seres vivos, al
tropezar dondequiera con la hostilidad y el egoísmo, me siento
desfallecer como el Hijo del Hombre. Entonces, en este minuto aciago de
desaliento y de duda, cuando miro caer pieza por pieza y derrumbarse ese
mundo que la fe en Dios y el amor entre los hombres había levantado en
mi conciencia, no me bastan los filósofos, no me bastan los poetas. Las
palabras, por hermosas y concertadas que sean, no penetran en mi
corazón. Quiero oír el acento de Dios, quiero ver su mano poderosa. Y me
refugio en los conciertos de Weber o en las sinfonías de Beethoven, o
bien corro al Museo y me coloco delante de los cuadros de Rafael y de
Tiziano. Si esto no puedo, saco del armario un precioso grabado que allí
guardo y representa un naufragio. Un buque de alto bordo, repleto de
pasajeros, se va a pique por momentos. Los tripulantes, locos de terror,
se encaraman por la borda sobre el aparejo y tratan de apoderarse todos
al mismo tiempo de un bote salvavidas. Los más fuertes consiguen tocarlo
ya con sus manos. Pero en aquel momento vacilan y vuelven la cabeza
hacia un grupo de mujeres y niños que elevan hacia ellos sus débiles
brazos suplicantes. Debajo de este admirable grabado hay estampadas en
inglés las siguientes palabras:

«¡NIÑOS Y MUJERES, DELANTE!»

Es el grito generoso que se alza en aquel momento por encima de las olas
y los vientos embravecidos. Es la voz que se escucha sobre esta pérfida
y brutal Naturaleza, que nos tritura sin piedad, prometiéndonos la
inmortalidad. Es nuestra carta de nobleza, rubricada por la mano de
Dios.... Contra ella no hay Epicuros y Lucrecios que valgan. Este grito
penetra en el fondo de mis entrañas como una revelación. Mi inteligencia
se ilumina. Las piezas de aquel mundo derrumbado vuelven a juntarse. Mis
ojos se llenan de lágrimas. Me siento repentinamente tranquilo, y,
enjugando mi sudor de agonía, prosigo sereno el camino que el Cielo me
ha trazado en este mundo.

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INTELIGENCIA Y AMOR


Si mi amigo Aldama no me hubiese animado con empeño, y al cabo no se
hubiese brindado a acompañarme, nunca me atrevería a visitar al poeta
Rojas, estoy seguro de ello. Envidio la osadía de esos mancebos que,
apenas llegados a Madrid, llaman a la puerta de un grande hombre, le
interrumpen cuando está tomando su chocolate, le dan la mano con toda
franqueza y le asan con preguntas impertinentes. No era yo de ésos, no,
aunque ardía en deseos de conocer a algunos.

En Madrid existían entonces, como ahora, muchos grandes hombres, pero yo
no sentía curiosidad de conocerlos a todos, sino a tres o cuatro
solamente. Y entre éstos, el poeta Rojas era el que más me fascinaba.
Sus leyendas incomparables, sus versos fragantes y armoniosos me habían
enloquecido. Sabía muchos de ellos de memoria, y me placía recitarlos a
la cocinera cuando mi madre, aburrida, se marchaba a la cama... Es más,
en las horas de estudio, cuando mi padre me veía absorto delante del
libro de texto, yo estaba muy lejos con el pensamiento del libro de
texto, porque componía versos imitando los de Rojas, y los apuntaba con
lápiz en un papel que tenía para el caso oculto entre sus hojas.

Por eso cuando mi amigo Aldama tiró de la campanilla con la misma
negligencia que si tirase de la de su casa, yo pensé desfallecer de
emoción.

Salió a abrirnos una criada vieja que saludó a mi amigo como a antiguo
conocido y nos pasó sin ceremonia al despacho del gran hombre. Era una
pieza pequeña, triste, amueblada con refinada vulgaridad.

Paseé atónito la mirada por ella, y creí encontrarme en el escritorio de
algún honrado almacenista de la calle de Toledo.

Pero salió Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento tétrico se
desvaneció. No que apareciese vestido con gregüescos acuchillados,
valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vestía el poeta un
chaquetón de color indefinible, gorra de paño y zapatillas suizas. Pero
estos prosaicos atavíos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella
cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte,
habían asignado al poeta Rojas.

Nos acogió con exagerada alegría, abrazó a mi amigo Aldama
estrechamente, y le dedicó una porción de piropos a propósito de sus
últimos artículos en _El Imparcial_, de sus versos, de su elegante gabán
y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas había nacido para
esparcir piropos por doquier, y cuando no podía echárselos a una náyade
o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.

Yo me sentía cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas
reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetón y de
la gorra había hecho. Poco a poco, sin embargo, los fuí olvidando, entré
en confianza y perdí el miedo, de tal manera, que a la media hora de
estar allí, sólo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano
sobre el hombro.

Pero él se encargó de recordármelos y anonadarme y volverme a la tímida
admiración de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenzó a recitarnos
la leyenda de _El encapuchado_ con una maestría en la dicción, con tal
voz insinuante y armoniosa, que no podré olvidarlo mientras viva.

Aún no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupción en la
estancia una señora con los cabellos grises, más bien gruesa que
delgada, más bien baja que alta, que debió ser hermosa en su tiempo. Nos
hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidiéndonos perdón al
mismo tiempo, se encaró con el poeta, diciéndole:

--La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de
que me ha hablado ya está colocada.

--Y ¿qué le vamos a hacer, hija?

--Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos
convenía. Yo lo siento por ti.

--Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella--repuso alegremente
Rojas.

Y de nuevo cogió el hilo de su leyenda, y la terminó felizmente.

Su esposa, que le había escuchado más distraída que interesada, se
despidió de nosotros cortésmente.

Entonces yo me atreví a suplicarle que nos recitara su famosa
composición titulada _La barca a pique_. Lo mismo que él, me la sabía yo
de memoria, pero quería tener el gusto y el honor de oirla de labios del
mismo poeta que la había forjado. Cedió a ello amablemente. El que no
haya oído recitar a Rojas _La barca a pique_, no sabe lo que es poesía
ni música. Antes de terminarla, de nuevo entró en la estancia su esposa,
esta vez sofocada, roja de emoción, casi saltándosele las lágrimas.

--Perdonen ustedes, señores, que les interrumpa... ¿Sabes lo que acaba
de hacer la Mariana, Luis?... Pues ha roto una taza del juego de Sèvres
que estaba sobre el aparador. Le había prohibido que tocase a esa
porcelana, porque conozco sus manos; pero como es más testaruda que una
mula, bastó que se lo prohibiese para que se empeñara en limpiarla.

--Vaya, no te sofoques, hija mía... ¿Qué se va a hacer?... No vale esa
taza el disgusto que tú te tomas--respondió dulcemente Rojas.

Aldama y yo cambiamos una mirada de sorpresa y de burla. Rojas
sorprendió esta mirada y, cuando su mujer hubo salido, nos dijo
sonriendo:

--¡Qué mujer tan vulgar!, ¿verdad? Parece mentira que el poeta Rojas
esté casado con ella.

--¡Don Luis!...--exclamó Aldama.

--No me lo nieguen ustedes: eso se estaban diciendo a sí mismos en este
momento, y se lo comunicarían uno a otro en cuanto bajaran la
escalera... No me sorprende. Pero es el caso que donde ustedes observan
vulgaridad, yo veo encantadora inocencia; donde ustedes encuentran
rudeza, yo encuentro graciosa espontaneidad; donde ustedes ven prosa, yo
veo poesía... ¿Saben ustedes por qué? Pues por una razón muy sencilla,
por la única que existe en el mundo para explicar todas las cosas
buenas: porque la amo. Y como la amo, la comprendo. Adoro su increíble
candidez, su ternura, sus cóleras infantiles, sus caprichos, hasta su
indiferencia por el arte. Tal como era a los veinte años, lo es ahora
que tiene sesenta. Como la amo, he penetrado su esencia angelical, y
vivo unido a ella en perpetua y beata adoración. Para comprender
cualquier cosa en este mundo, amigos míos, es necesario amarla. Sin
amor, no hay comprensión, no hay inteligencia. Vosotros tenéis madres,
que para vuestros amigos acaso aparecerán como seres vulgares; pero
vosotros sabéis bien que no lo son. Y cuando vais de paseo con vuestro
padre, que no ha escrito libros, ni dramas, ni poesías, ni siente la
pasión del estudio como vosotros, camináis a su lado con más alegría que
si fueseis con un sabio o con un poeta eminente, acogéis sus palabras
con respeto, aprobáis sus observaciones, reís con sus chistes...
¿Quiénes son los equivocados, los que juzgan a nuestros padres y a
nuestras esposas como seres insignificantes, limitados, indignos de
parar la atención en ellos, o nosotros, que los veneramos y admiramos?
Indudablemente, ellos. La esencia divina, la bondad y la belleza
inmortales se hallan esparcidas por todos los seres humanos, y aquel se
acerca más a Dios y participa de su inteligencia soberana, quien se une
a sus criaturas con más amor... Nadie puede ahondar en una ciencia sin
amarla; nadie puede descollar en las bellas artes sin ser su apasionado.
Para ser devoto, es necesario amar la religión. Cuando yo leía el
_Camino de perfección_ de Santa Teresa, recuerdo que me pareció pueril
aquel encargo que hace de no hablar ni oir hablar con desprecio de
ninguna cosa que se refiera a la religión. Más tarde comprendí que
estaba en lo cierto. No es posible ver el lado obscuro de una cosa y
ligarse a ella de corazón. Cuando una mujer empieza a encontrar defectos
a su marido, es que ya no le ama. Y, en realidad, ¿tenemos defectos los
seres humanos?, me he preguntado muchas veces. ¿Es posible que las
criaturas salgan malas de las manos de su Creador? El defecto, como la
misma palabra indica, no es algo substancial, sino negativo; es un _no
ser_. Nuestro verdadero ser, lo que hay de substancial en nosotros, es
siempre bueno. Por eso, repito, el que ama a otro, es quien sabe lo que
este otro es, quien penetra su esencia. O lo que es igual, el amor no
quita el juicio como el vulgo supone, sino que lo da... Pero, sin darme
cuenta de ello--añadió riendo y cambiando de tono--, les estoy espetando
un sermoncito. ¡Menos mal que no es de pasión, sino de resurrección!...
Vamos otra vez a _La barca a pique_.

Y don Luis de Rojas terminó de recitar su hermosa poesía. Pero yo le
escuché distraído.

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BIENAVENTURANZA


En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal los lunes. Allí
se congregaban las campesinas de los contornos con sus cestas repletas
de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas ofreciendo sus
mercancías, gritaban más alto aún las obreras y domésticas de la villa
ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban las gallinas, gruñían
los cerdos, mugían los terneros, relinchaban los potros. Todos estos
ruidos envueltos llegaban hasta mí como un sordo rumor que me producía
somnolencia.

Los lunes por la tarde no teníamos escuela a causa del mercado. El
Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para
proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.

En casa no querían que saliese a la calle, por miedo a los coches, a los
borrachos, a las brujas, etc. Tampoco querían retenerme dentro de ella,
porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptábase un justo medio; me
enviaban al _almacén_.

Era éste una vasta pieza vacía y polvorienta, con ventana abierta al
soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en
que habitábamos. Prohibición absoluta de saltar por esta ventana al
soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y
me entretenía lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De
vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el
alféizar, y miraba cruzar a los transeuntes.

El único que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un
niño rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de
latín con los libros bajo el brazo. Sólo tenía un año más que yo, y
había asistido conmigo a la escuela hasta hacía poco tiempo; pero,
debiendo partir en breve al Colegio de Artillería, sus padres le habían
sacado de ella para que aprendiese latín, convencidos tal vez de que sin
entender a Virgilio no dispararía jamás bien un cañón.

La cátedra de latín funcionaba los lunes por la tarde. Nabor recordaba
con pesar su tiempo de escuela a causa de esta circunstancia. Por eso,
al cruzar cabizbajo por delante de mi ventana, me miraba enternecido y
me decía con acento patético: «¡Adiós, Angelito!»--«¡Adiós, Nabor!»,
respondía yo lleno de compasión.

Pero alguna vez se detenía, cambiábamos algunas palabras, y yo le
sugería diabólicamente la tentación de abandonar la cátedra y quedarse
allí conmigo. El mofletudo Nabor vacilaba presa de horrible
incertidumbre, acometido de negros presentimientos. Tenía miedo de que
le viesen el tío Agapito, o el tío Esteban, o el tío Hermene, o el tío
Borja, etc. Porque poseía una ristra interminable de tíos paternos y
maternos, todos los cuales indefectiblemente habían de pasar por allí,
en su opinión. Por último, me decía:

--Si cierras la ventana, me quedo contigo.

Sin oponer ningún inconveniente, yo cerraba la ventana, y quedábamos en
completas tinieblas. Nos sentábamos en el suelo, y entre los dos
poníamos una lata vacía de petróleo, sobre la cual tocábamos con sendos
palitroques marchas guerreras. Yo las cantaba al mismo tiempo; pero él
se guardaba bien de hacerlo. ¿Quién sabe si el tío Agapito, el tío
Esteban, el tío Hermene, el tío Borja, etc., estarían allá fuera con el
oído pegado a la cerradura?

Cuando nos fatigábamos de tocar el tambor, nos entregábamos a las más
dulces confidencias. Nabor me contaba su triunfo sobre Pepón, el hijo
del carnicero, a quien había logrado hinchar las narices, metiéndole
adecuadamente para ello la cabeza debajo del brazo izquierdo, y
ejecutando tan delicada operación con la mano derecha. Yo le describía
las tres batallas descomunales que había sostenido contra Manolín, el
hijo del chocolatero, de las cuales había ganado las dos primeras y
perdido la última, porque, traidoramente, me había echado la zancadilla.
O bien, explorando con nuestra imaginación lo por venir, nos veíamos ya
tenientes del Ejército, luego capitanes, luego coroneles y generales.
Nabor sería artillero, pero yo estaba resuelto a pertenecer al arma de
Caballería.

--Escucha, Nabor--le decía, metiéndole la boca por el oído--; cuando tú
seas capitán y mandes una batería, yo mandaré también un escuadrón. Si
te encuentras en algún apuro, si los moros se echan sobre ti (para
nosotros no existían más enemigos que los moros) y quieren arrancarte
los cañones, gritarás: «¡Aquí, Angelito! ¡Nabor te necesita!» Entonces
cargaré como un rayo sobre ellos con mis jinetes, y, ¡zis, zas!, por
aquí, ¡zis, zas!, por allá, cortaremos cabezas con nuestros sables hasta
que tú puedas revolverte y poner en salvo los cañones.

Nabor, conmovido por esta prueba de amistad y de valor, me abrazaba con
efusión y me anunciaba proféticamente que por aquella hazaña me darían,
sin duda alguna, la cruz laureada de San Fernando. Yo, a mi vez, estaba
persuadido de que a él no podían dejarle sin la cruz roja del Mérito
Militar.

Una vez condecorados, nos poníamos a engullir el pan y las ciruelas
pasas que me habían dado para merendar. Después volvíamos a empuñar los
palitroques, y otra vez a las marchas bélicas: ¡españoles valientes, a
vencer o a morir!

¡Qué dulces momentos! ¡Qué íntima y pura felicidad! ¡Qué obscuridad tan
luminosa! Si echo una mirada al curso de mi vida, no encuentro en toda
ella un minuto de dicha más perfecta que la que experimentaba en aquel
polvoriento almacén con las ventanas cerradas. Por eso tal vez no he
podido representarme jamás el cielo sino en tinieblas. No hay quien me
saque de la cabeza que el día en que me muera, si Dios me tiene en su
gracia, nadaré solo por los espacios tenebrosos hasta que un ángel se
acerque a mí, roce mi frente con sus alas, me eche los brazos al cuello,
me bese y me invite dulcemente a tocar el tambor.

[imagen decorativa]




INTERMEDIO DEL EDITOR


En los últimos tiempos de su vida, cuando ya se advertían en su rostro
las huellas de la enfermedad que le llevó al sepulcro, solíamos pasear
algunas tardes por las cercanías de su hotel, situado en la parte
oriental de Madrid, cerca del barrio de la Prosperidad. No es un paisaje
riente ni variado el que por allí se descubre; pero la vista se extiende
sin obstáculo por la llanura, el pecho se dilata, hay un derroche de luz
y de aire que infunde alegría. Allá a lo lejos se divisan las crestas
azuladas del Guadarrama.

En una de estas tardes caminábamos silenciosos, el uno en pos del otro,
por el sendero que bordeaba un campo de trigo. Habíamos hablado
bastante, y este silencio forzado a que nos obligaba la angostura del
camino, nos servía de descanso. De pronto, al pasar cerca de un grupo de
casas, o, por mejor decir, chozas, donde se albergaban los que recogen
por las mañanas la basura de la capital, escuchamos desgarradores
lamentos. En el mismo instante, una criatura de seis o siete años salió
de la casa corriendo, y vino a abrazarse a mis rodillas gritando:

--¡Perdón, perdón!

Casi en el mismo instante que ella salió un hombre en su seguimiento con
un manojo de cuerdas en la mano. Rugía como un tigre hambriento, y
soltaba por la boca palabras más nauseabundas que la basura que apilaba
cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la niña, presa de
indescriptible terror, y volviendo hacia él sus ojos extraviados,
gritaba:

--¡Perdón, padre, perdón! ¡Es que me he caído, padre! ¡Es que me he
caído!

El bárbaro, sin aplacarse, trató de apoderarse de la criatura, que
seguía cogida a mis rodillas. Entonces Jiménez se interpuso, poniéndole
las manos sobre el pecho.

--¿Quién es usted--vociferó aquel salvaje--para impedir que castigue a
mi hija?

Un muchacho de catorce o quince años, que pasaba a la sazón con unas
vasijas de leche en la mano y se había detenido a mirar, le hizo signos
negativos a Jiménez por detrás del enfurecido trapero.

--Pero ¿es hija de usted?--le preguntó Jiménez clavándole una mirada
severa.

--Sí, señor, es mi hija.

El chico le hizo nuevos y más enérgicos signos negativos a espaldas del
otro.

--Fíjese usted bien en lo que dice... ¿Es hija de usted?--repitió
Jiménez mirándole con mayor severidad.

--Bueno, como si lo fuera... Es mi hijastra--repuso visiblemente
turbado.

El chico continuó haciendo signos negativos.

--Tampoco eso es cierto. ¿Está usted casado con su madre?

--Pero ¿a usted qué mil rayos le importa? Déjeme usted pasar, o le
atropello.

Mientras tanto, yo había observado que la niña tenía una herida en la
mejilla, de la cual manaba abundante la sangre, y sus tiernas manecitas
cubiertas de terribles cardenales.

--No le dejes paso, Jiménez. Ese hombre es un criminal, y tendrá que dar
cuenta a la policía.

Al escuchar esta última palabra, el feroz trapero se aplacó un poco y
quiso venir a las buenas, haciéndonos saber que había enviado a aquella
chica a la taberna por una botella de vino, y se la había roto.

--¡Es que me he caído, padre!, ¡es que me he caído!--gritó la niña con
angustia.

--¿Te has caído, eh, buena pieza? Yo te enseñaré a tenerte sobre los
pies.

--Bueno, por lo pronto, a esta niña hay que llevarla a la Casa de
Socorro, y usted vendrá con nosotros--manifestó Jiménez.

El trapero volvió a encresparse al oir esto, y no sólo se negó a ir con
nosotros, sino que trató de arrebatarnos la niña violentamente; pero
como éramos dos y vió nuestra actitud resuelta, y temiendo acaso
empeorar su situación porque dos mujeres que pasaban a la sazón se
detuvieron a presenciar la escena y tomaron parte por nosotros, la dejó
al fin marchar. Mas no sin proferir terribles blasfemias y amenazas, que
a nosotros no nos impresionaron, pero sí muchísimo a la criatura.

La colocamos entre los dos, llevándola de la mano, y caminamos hacia las
primeras casas del barrio de Salamanca, que no estaban lejos. La íbamos
haciendo preguntas mientras tanto, a las cuales apenas sabía contestar;
pero se encargaba de hacerlo por ella el chico, que a par de nosotros
marchaba.

El trapero era un licenciado de presidio. Estaba amancebado con su
madre. Esta era aún más cruel que él con su hija. Los vecinos que
habitaban en aquel grupo de casas, y también los que se hallaban más
lejos, estaban enterados de los malos tratos que la niña sufría, pero no
daban parte a la autoridad por temor a la venganza del trapero. La niña
no tenía seis o siete años, como nosotros pensábamos, sino diez: su
desmedro provenía de falta de alimentación. «¡Ha pasado más hambre esa
chica que un perro de ciego!», nos decía el muchacho. Las mujeres que
con nosotros marchaban corroboraban este aserto.

Por fin llegamos a la Casa de Socorro, y Jiménez y yo subimos con la
niña. El chico y las mujeres ya nos habían dejado. El médico le curó
inmediatamente la herida de la frente. En cuanto a las manos, cubiertas
de cardenales recientes hechos con las cuerdas, fué necesario
envolvérselas con árnica.

--¿Tienes alguna otra herida?

La niña se quejó de un agudo dolor en un brazo. El médico levantó la
manga, y quedamos horrorizados viendo una llaga bastante extensa.

--¿Con qué te han hecho esto?

--Me lo ha hecho mi madre con una plancha.

--Es necesario reconocer a esta niña--manifestó el médico--. Hay que
ponerla desnuda.

Nosotros nos salimos a la habitación contigua. Al poco rato nos llamó el
facultativo, en cuyo semblante advertimos la cólera y la indignación.

--El cuerpo de esta niña está literalmente cubierto de cicatrices, unas
recientes, otras tan antiguas, que se remontan a algunos años.
Inmediatamente voy a dar parte al Juzgado, y ustedes tendrán la
amabilidad de dejar aquí su nombre y las señas de su domicilio.

La niña no quería hablar, porque se hallaba bajo la impresión del
terror, y temía volver a manos de sus verdugos. Cuando la hubimos
persuadido, con no poco trabajo, que eso ya no podía ser, que la
autoridad iba a encargarse de ella y quedaría depositada en un asilo,
nos refirió balbuciendo una historia de espanto, algo que parecía una
horrible pesadilla; por lo menos, yo creía algunas veces que estaba
soñando. Los martirios a que había sido sometida aquella niña evocaban
la imagen del infierno, y aquellos sus dos diablos atormentadores eran
de lo más refinado que en él pudiera hallarse. Mientras duró el relato,
las lágrimas corrían por las mejillas de Jiménez, y mis ojos no estaban
mucho más secos.

Al fin nos despedimos, prometiendo volver al día siguiente para
enterarnos de las disposiciones del juez.

Salimos silenciosos de las calles, y silenciosos entramos en plena
campiña, caminando la vuelta de la casa de Jiménez. El cielo estaba
límpido, el sol ya declinaba envuelto en un cendal rojizo. Las crestas,
todavía nevadas, del Guadarrama despedían irisados destellos. Algunas
columnitas de humo flotaban tranquilas sobre las viviendas esparcidas
por la vasta llanura. Mi alma estaba henchida de tristeza y de horror a
la vida.

--¿Verdad, Jiménez--dije posando mis ojos en aquellas columnitas--, que
si la materia cósmica no se hubiera condensado en la vía _láctea_ para
formar este puntito obscuro que llamamos Tierra, no se hubiera perdido
gran cosa?

Guardó silencio un instante, dirigió también su mirada vaga hacia el
horizonte, y repuso lentamente:

--Sí; se habrían perdido las lágrimas que tú y yo acabamos de verter.

--Entiendo lo que quieres decir. La efusión de nuestras lágrimas te
parece algo precioso y sagrado, como revelador de un sentimiento que
hace felices a los hombres por momentos. No te lo disputo. Hay algo en
la vida digno y hermoso; los diálogos de Platón, la respuesta de
Leónidas, la novena sinfonía de Beethoven, los besos de nuestra madre...
Pero no son más que rayos de luz que esclarecen un instante las
tinieblas en que estamos sumergidos; parecen los sueños de oro que
atraviesan un instante el cerebro de un condenado a muerte. Después,
todo miseria, todo horror. ¿No vale más permanecer sumergidos en la
dulce inconsciencia de la planta? ¿Compensan tales instantes de
admiración y de dicha la tristeza abrumadora de nuestra existencia? ¿Por
qué estos instantes no son todos los instantes? El que nos hace felices
un momento, pudo habernos hecho felices todos los momentos. ¿Por qué no
lo hizo?

--Es la misma pregunta que a Dios dirigía el viejo Job hace algunos
miles de años: «¿Cuándo existencia te pidió la nada?»... Razón tenía el
patriarca judío; la existencia no tiene valor alguno si no la acompaña
la felicidad. Pero ¿qué es la felicidad? Lo que debe ser. No hay
definición que me parezca mejor que ésta. Existencia y felicidad son dos
ideas tan estrechamente unidas, que allá en el fondo de nuestra
inteligencia las juzgamos una misma, y al encontrarlas separadas en la
práctica, nunca dejamos de experimentar sorpresa.

--Pues ya debíamos ir acostumbrándonos--repuse yo de mal humor.

--Jamás, jamás nos acostumbraremos. El hombre busca la alegría como la
razón de su existencia, y cuando tropieza con obstáculos que se la
arrebatan piensa que estos obstáculos no debieran existir, que su
verdadera existencia queda vulnerada, que se ha introducido un desorden
en el plan de la creación.

--Pero esos obstáculos existen siempre, y existen en abundancia. ¿Cuál
es la razón de su existencia?

--Henos aquí llegados de un salto al núcleo de la cuestión: el origen
del mal. Hay sabios antiguos y modernos que niegan su existencia. Dicen
que, no siendo el mal otra cosa que la negación del bien, no tiene
realidad, puesto que es una idea negativa.

--Con la misma razón podemos afirmar que el bien no tiene realidad,
puesto que consiste en la negación del mal.

--Así es; el moderno apóstol del pesimismo, Arturo Schopenhauer, así lo
sostiene. La afirmación de aquellos sabios es tan sofística como pueril.
No basta negarse a ver una cosa para borrar su existencia. Los antiguos
y modernos optimistas se parecen a esos animales que, al ver al cazador,
cierran los ojos y se creen ya lejos de él. El mal es una realidad. El
juicio de los hombres sobre la vida es triste, y ha arrancado de la lira
de los poetas sones bien desesperados. «Después de la felicidad suprema
de no haber nacido, la suerte mejor del que ha venido al mundo sería
morir en el instante mismo», afirmaba la antigua sabiduría; y la moderna
repite idénticas palabras. Pero hay una corriente filosófica que se
niega a repetirlas, y pretende demostrar que el mal es necesario. Si es
necesario de una necesidad absoluta, si hace parte de la naturaleza
misma de las cosas, debe existir; si debe existir, es bueno... ¡Ah!
«¡Desgraciados los que llaman al mal bien, y al bien, mal!», exclamaba
el profeta Isaías. ¡No; el mal es mal, el mal es una realidad; pero el
mal no es necesario! El mundo no sería menos perfecto sin la existencia
del mal, como afirma Plotino, sino mucho más perfecto; el mal no es una
parte del bien, un elemento del mundo primitiva y eternamente necesario,
como sostiene Hegel. Yo imagino que el mundo sería mucho mejor si a los
hombres no se les arrancase el corazón para ofrecerlo palpitante en el
altar de un ídolo de piedra; si no se les cortase la lengua y se les
introdujese plomo derretido en la boca para que no contraríen nuestras
opiniones; si no se martirizase a los niños porque no pueden defenderse.

--¿Por qué, por qué todo eso, querido Jiménez?--exclamé
impetuosamente--. ¿Por qué esos saqueos incesantes en la Historia, por
qué esos niños degollados, por qué esas vírgenes violadas, por qué esos
sabios torturados, por qué ese látigo vibrando siglos y siglos sobre las
espaldas de seres inocentes?

--¿Por qué?, ¿por qué?--repitió Jiménez con voz ronca--. He aquí el
problema de los problemas, el problema pavoroso junto al cual todos
pierden importancia...

Guardó silencio unos momentos. Nuestros pasos sonaban a compás sobre la
tierra dura del sendero. Las sombras invadían lentamente la campiña. Al
fin comenzó a hablar en voz baja:

--Hubo un hombre entre los modernos, el más grande y el más sabio de
todos ellos, que se llamó Leibnitz. Este atleta del pensamiento hizo
esfuerzos vigorosos, desesperados, por abrir paso a la luz entre las
tinieblas que envuelven este problema... O Dios no ha sabido impedir el
mal, o no ha podido, o no ha querido. Entonces, no es Providencia. O ha
sabido, ha podido y ha querido. Entonces, ¿cómo explicar la existencia
del mal? La respuesta de Leibnitz es que el origen del mal debe buscarse
en la naturaleza ideal de la criatura, en tanto que esta naturaleza se
halla encerrada en las verdades eternas que existen en el entendimiento
de Dios, independiente de su voluntad.

--¡Respuesta bien obscura!

--Sí, bien obscura. Leibnitz ha querido decir que el origen del mal es
metafísico, y que depende de la imperfección de la criatura. Por tanto,
es de absoluta necesidad. Volvemos al mismo dilema. Si es de absoluta
necesidad, no es mal, sino bien... Pero ¿es cierto que el mal no es otra
cosa que imperfección? ¿Es cierto que quien dice ser imperfecto, dice
ser desgraciado? Habría que probarlo. Nuestra Tierra no es desgraciada
por no ser tan grande como Júpiter, sino por otras causas diversas;
Júpiter no es desgraciado por no ser tan grande como el Sol; el Sol no
es desgraciado por no ser tan grande como Sirio. Esto sería confundir la
idea de bien y mal con la de más y menos. Cada ser, en su sitio
jerárquico, tiene un destino que cumplir; es feliz si este destino se
cumple sin obstáculos, y desgraciado si no logra cumplirlo. Si para ser
felices necesitáramos ser perfectos, entonces, sólo llegando a ser Dios
seríamos felices... Yo soy una criatura bien limitada, bien imperfecta,
y, sin embargo, hubo un tiempo en que no envidiaba, no diré al Ser
infinito, pero ni aun a cualquier otra criatura colocada más alta que
yo. En mi pobre hogar caminaba con el corazón satisfecho, libre de todo
deseo: me bastaba mi pequeña cocina, mi pequeño comedor, mi pequeña mesa
cubierta con tosco mantel de algodón. Fuera, los días se sucedían, unos,
serenos, bañados de sol, otros, obscuros, aborrascados; soplaba unas
veces el dulce céfiro primaveral, otras estremecía mis cristales el
furioso vendaval; chocaban contra ellos la nieve, la lluvia, las ramas
embalsamadas de las acacias, las alas negras de las golondrinas. Todo me
era igual, todo contribuía a mi dicha. Yo no soñaba entonces con que
necesitaba ser perfecto para ser feliz, yo no sentía el ansia de lo
infinito, sino la de seguir caminando en aquel pobrecito hogar,
arreglado por la mano más dulce que ha creado Dios...

La voz de Jiménez tembló al proferir estas palabras. Se detuvo un
instante, y, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción, prosiguió:

--El argumento de Leibnitz es un sofisma. Llamar a la imperfección _mal
metafísico_ para deducir de ella los dolores de este mundo, es un abuso
de la razón. El mismo, arrepentido, dice que este mal metafísico no
puede ser llamado exactamente mal, sino un _menor bien_. Ya lo sabes;
los martirios que ha sufrido esa pobre niña no son un mal, sino un menor
bien... Si Leibnitz no me convence, menos me persuaden aquellos
espiritualistas refinados que ven en nuestro cuerpo el origen del mal.
¡Pobre cuerpo! Él, en sí mismo, no es malo ni bueno, sino la condición
necesaria para que la vida se produzca. ¿No concibes un cuerpo que,
lejos de estorbar tu felicidad, contribuya poderosamente a ella? Yo, no
sólo lo concibo, sino que he visto en mí mismo realizado ese fenómeno.
Cuando allá en mi juventud al primer rayo de sol saltaba del lecho y
corría al castañar que circundaba mi casa, embalsamado por el olor del
heno fresco y alegrado por el canto de los mirlos, o bajaba a la ribera
y, empuñando los remos, me lanzaba con mi lancha en medio de la mar,
azul y tranquila como un lago, una felicidad inexplicable inundaba mi
corazón. La frescura del cielo, los rumores del aire, la transparencia
del agua, los peces que dentro de ella se deslizan silenciosos, todo me
atraía, todo me agitaba con una dulce embriaguez. La hermosa Naturaleza
parecía soportarme con amor en su seno; yo me dejaba balancear por ella
contemplando los picos azulados de las montañas, que convidan a soñar.
¡No, no! Entonces no necesitaba despojarme de mi cuerpo para ser
dichoso. Lo único que podemos decir con verdad es que en muchos casos el
cuerpo estorba al espíritu, que la relación entre ambos está viciada por
la enfermedad o la flaqueza; pero, no sólo concebimos que esto puede no
ser así, sino que no debe ser así. El mal no es esencial al cuerpo.
Podemos suponerlo siempre en estado normal, o compuesto de una materia
flúida e incorruptible como el oxígeno.

Jiménez hizo una pausa, detuvo el paso y, cruzando los brazos sobre el
pecho, profirió mirando a lo lejos:

--Eliminemos, pues, el cuerpo. ¿Cuál es la causa del mal?

--Acaso sea el gobierno--dije yo.

--No te figures que es la pobre gente del campo quien solamente piensa
así--repuso Jiménez riendo--: ésa es, poco más o menos, la tesis de
Rousseau. El hombre, fuera de la sociedad, es bueno; la sociedad le
corrompe, las instituciones le hacen desgraciado. De aquí los esfuerzos
de Fourier, de Saint-Simon y otros para hacerle feliz por medio de
instituciones adecuadas que vienen a ser los _falansterios_ en una u
otra forma. Todo eso está bien desacreditado. No cabe duda que las
instituciones pueden favorecer el desarrollo del bien o del mal entre
los hombres, que hay instituciones injustas, como la esclavitud o la
guerra, que desenvuelven los sentimientos de tiranía y de odio. Pero
¿son las instituciones la raíz de estos sentimientos? Para que se
desarrollen, ¿no es necesario que su germen haya existido en el corazón
del hombre? ¿Cuál es la razón de la existencia de ese germen? El
problema permanece en pie.

--¿Y si no hubiera razón alguna?--pregunté yo.

--¿Qué quieres decir?

--¿Si el mal llevara en sí mismo la razón de su existencia? ¿Si el mal
fuese lo positivo, lo esencial en la vida, y lo que llamamos bien, un
accidente, una tregua, una negación momentánea de la irremediable
desgracia? Esta doctrina es tan antigua como el mundo; ha contado y
cuenta aún entre los humanos mayor número de prosélitos que ninguna
otra; es la que, transportada del Asia por Schopenhauer, domina todavía
en la Europa culta. «He aquí la verdad santa sobre el dolor--decía el
Budha en el célebre sermón de Benarés--: el nacimiento es dolor, la
vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con
lo que no se ama es dolor, la separación con lo que se ama es dolor.
¡Ah, desgraciada juventud, que la vejez debe destruir! ¡Ah, desgraciada
salud, que tantas enfermedades amenazan! ¡Ah, desgraciada vida, donde el
hombre permanece tan pocos días!»

--Fácil es el recuento de los dolores de este mundo, y negarse a verlos
es gran demencia. Desde que se abren nuestros ojos a la luz hasta que se
cierran para siempre, la adversidad nos espía, nos persigue... Pero si
el mal es absoluto en la existencia, ¿cómo explicar el bien? ¿Dónde se
encuentra el manantial de nuestras inefables alegrías? Prometeo,
encadenado a la roca, escuchaba un suave rumor de alas, sentía un
perfume indefinible que llegaba hasta él. Era el coro de las ninfas
Oceánidas que, sobre un carro alado, al través de la bruma helada
exhalada por la nieve, llegan para sentarse a sus pies, le calman, y le
consuelan, y le infunden esperanza. Nosotros también, encadenadas a
nuestra roca, sentimos alguna vez ese batir de alas mágicas, percibimos
ese suave perfume embriagador; nosotros también tenemos nuestras
Oceánidas consoladoras, seres dulces, adorables, que no temen pincharse
al arrancar las espinas de nuestra vida, almas celestiales que nos hacen
vivir por momentos en un paraíso. Las ninfas consoladoras de Prometeo
venían del Océano. Pero las nuestras ¿de dónde vienen? Yo no puedo
resignarme a pensar que tu buen padre, modelo de hombres justos, o mi
adorada esposa, hayan sido puras y abstractas negaciones de algo
fundamental y positivo... Y si el mal fuese la verdad, y el bien la
mentira, ¿por qué habíamos de hacer sacrificios a éste, y no a aquél?
Satanás sería la única realidad para el creyente, y a él irían sus
oraciones; Dios, sólo una efímera y vergonzante negación de su majestad
infernal.

--Sin embargo, Jiménez, la doctrina pesimista se impone al espíritu de
un modo avasallador. ¡Ofrece tantas pruebas en el curso de la vida! Por
otra parte, su máximo filósofo en Europa es un escritor de genio que
posee un vigor y una flexibilidad maravillosos. Tomo sus libros en las
manos, e inmediatamente me siento fascinado, me envuelve, me sujeta en
los férreos lazos de sus razonamientos impecables, me alegra con sus
punzantes epigramas, me deslumbra y me arrastra con los arranques
briosos de su estilo. Y, al cabo, soltando el libro, me digo siempre:
¡Todo esto es verdad!, ¡es verdad!

--No te avergüence lo que te ocurre con ese gran filósofo y estilista. A
mí me ha pasado lo mismo con él y con otros varios. Todas las obras
maestras de la filosofía me han convencido. Yo he sido alternativamente
idealista y materialista, epicureísta y estoico, optimista y pesimista,
discípulo de Platón y de Aristóteles, adepto de Spinosa y de Kant, y de
Hegel y Schopenhauer, y de Spencer. Todos los grandes espíritus de la
Humanidad me han dominado, al menos mientras he estado en comercio con
ellos. No sin amarga tristeza me di cuenta, al cabo, de este fenómeno. Y
aunque no soy modelo de humildad, reconocí humildemente que no poseía
dotes de pensador. Me faltaba originalidad; no tenía fuerza para oponer
mi pensamiento al del escritor que estudiaba, era incapaz de convencerme
de una vez y para siempre. Finalmente, diputábame en mi interior por un
ser inconsistente y sugestionable, como suelen serlo las mujeres, por
una naturaleza realmente femenina... No te sorprenderá que este adjetivo
me escociese en el alma de un modo insufrible. Así que, no por amor a la
ciencia precisamente, sino para sacudirlo de mi imaginación, me puse a
estudiar el asunto. La clave para salir de tal incertidumbre me la dió
el mismo Schopenhauer, ese filósofo a quien admiro casi tanto como tú.
El arte de persuadir, según él, reposa en la desnaturalización de las
relaciones que existen entre los conceptos. El artificio a que se
recurre de ordinario es el siguiente: cuando la esfera del concepto que
se medita no se halla comprendida más que _parcialmente_ en otra
distinta, se la da por contenida _totalmente_ en una u otra, según el
interés de aquel que habla. De aquí se desprende que el error en un
sistema o en una demostración cualquiera no se halla en las premisas,
sino en las deducciones. Sea con premeditación, o de un modo
inconsciente, el orador o escritor que aspira a convencernos se
transforma casi siempre en un escamoteador. Y el escamoteo de las ideas,
lo mismo que el de las pesetas, consiste siempre en hacer ver que se
hallan en sitio distinto de donde están realmente. Cuando el
escamoteador es hábil, esto resulta a maravilla. Schopenhauer ofrece un
ejemplo muy sugestivo en aquel cuadro esquemático que tú recordarás,
donde el concepto de _viajar_ resulta, por medio de una serie de
deducciones, malo y bueno al mismo tiempo. Confieso que este cuadro,
donde se observa gráficamente de qué modo las esferas de los conceptos,
penetrando las unas en las otras, aunque sin contenerse totalmente, nos
consienten pasar de una noción a otra, y al cabo deducir conclusiones
por completo diversas, me impresionó profundamente. Desde entonces, en
cuanto tomo un libro entre las manos y me pongo en relación con un
pensador cualquiera, me coloco en la actitud recelosa del paleto cazurro
que asiste a un espectáculo de prestidigitación. ¿Por dónde le
descubriré yo a este señor la trampa? Y no dejo jamás de aplicarle el
famoso cuadrito de Schopenhauer. Con lo cual he llegado a convencerme de
que todos los filósofos tienen razón, y ninguno la tiene... Pero he aquí
que se me antojó dar al maestro cuchillada. Un día le apliqué al propio
Schopenhauer su cuadrito, y resultó que él también había usado de igual
escamoteo para deducir su pesimismo. Con otro cuadro semejante al suyo
he podido comprobar que la vida puede ser considerada como buena y como
mala al mismo tiempo.

--¿De suerte que has llegado al escepticismo? ¿Te encuentras en la
cómoda situación del buen Montaigne?

--Todo lo contrario: yo pienso que en el fondo de todo sistema
metafísico se oculta una gran verdad... pero una gran verdad exagerada.
«Todo hombre en posesión del poder--decía Montesquieu--, tiende a abusar
de este poder.» Pues yo digo: todo hombre en posesión de una verdad,
tiende a abusar de esta verdad. Es una pendiente fatal por la cual nos
deslizamos sin sentirlo. No busques otro origen al error. Debajo de
cada uno de ellos, hasta de los más monstruosos, vive una pobre verdad a
medio asfixiar. Y, ¡cosa singular!, es el poder mismo del genio quien la
tiene sofocada. Los hombres de genio en este mundo son aquellos que ven
con extraña y maravillosa intensidad una parte de la verdad. Gracias a
esta visión original, logran dar un paso en el mundo de las ideas y
plantar un jalón en el camino de la ciencia; pero, ¡ay!, el fulgor de
esta verdad parcial les oculta no pocas veces las demás verdades que
cerca de ella viven. Por eso, aunque te parezca mi aserción extraña, no
tengo por seguros guías para la orientación de nuestras ideas a los
grandes pensadores, sino más bien aquellos otros dotados de fino
espíritu crítico y recto sentido...

--¿A los que tienen una linterna más chica?

--Eso es; a los que recorren el campo de la verdad sin estar ofuscados
por ninguna. El pesimismo es una gran verdad, y pienso que, después de
Sakyamuni, nadie la ha visto con más sorprendente intensidad que Arturo
Schopenhauer... pero es sólo _una_ verdad, no es _toda_ la verdad. El
pesimismo se halla en terreno firme dentro de la crítica. En efecto, en
nuestro mundo pululan muchos males, muchos, muchos; mas al llegar a la
explicación, no sabe decir sino _Atman_, con el asceta Gotama, o
_Voluntad_, con Schopenhauer. Y ¿qué es el Atman?, ¿qué es la Voluntad?

--Schopenhauer responde que la Voluntad, no estando sometida al
principio de razón, no puede ser conocida. Lo mismo sucede con cualquier
fuerza elemental, con la electricidad, con la gravedad, de las cuales no
podemos preguntar la causa.

--Si es la fuerza primitiva del Universo, desde luego no puede ser
conocida en sí misma. Los cristianos dicen lo mismo respecto a Dios.
Pero será conocida por sus atributos, como Él. Veamos estos atributos.
Un esfuerzo sin fin..., un esfuerzo ciego.... Pero ¿es esto realmente lo
que se observa en el mundo? Hay que probarlo. Si la causa del mundo es
un esfuerzo ciego, ¿cómo tenemos vista? Si la esencia del Universo es
ininteligencia, ¿cómo existe dentro de él la inteligencia? En último
resultado, querido amigo, un pesimista, como cualquier otro filósofo,
no es más que un hombre que, tendiendo la vista por el mundo, se pone a
meditar sobre su esencia o sobre su causa. El pesimista dice que no
tiene causa, que sólo hay en él esencia, y que su esencia es el mal.
Esto es ya cuestión de hecho; y lo mismo que su experiencia le dice que
sólo hay mal en el mundo, a otros les dice que sólo hay bien, y a otros,
como a mí, les dice que hay de todo. ¿Vale la pena demostrar tanto
desprecio al materialismo, como hace Schopenhauer, para terminar
afirmando que en el fondo del Universo sólo se oculta una fuerza
estúpida que quiere por querer, y sin saber lo que quiere, y que jamás
consigue lo que quiere? Los empíricos y materialistas tendrían en ese
caso razón contra él. Comer, beber, aprovecharse de la vida; y cuando
ésta no produzca ya placeres, salir de ella por medio de una pistola o
de una cuerda.

--Schopenhauer condena severamente el suicidio.

--Lo sé. Es una de sus flagrantes inconsecuencias. El pesimismo antiguo,
fiel a sí mismo, se guardaba de condenarlo; solamente lo creía casi
siempre innecesario. Pero Schopenhauer se encontró en medio de una
civilización que lo rechaza, y no atreviéndose a chocar abiertamente con
el sentimiento general, para no ser arrollado, ideó el siguiente
artificioso razonamiento: «El suicidio no es la negación del
querer-vivir. El que se da la muerte quisiera vivir; no está descontento
sino de las condiciones en que la vida se le ofrece. Por tanto,
destruyendo su cuerpo, no es al querer-vivir, sino a la vida a lo que
renuncia.» Pero aquí ocurre inmediatamente preguntar: si la vida fuese
buena para todos los humanos, ¿habría alguno que renunciase
voluntariamente a ella? ¿Tendría razón de ser la negación del
querer-vivir? ¿Sería pesimista el mismo Schopenhauer? ¿Habría siquiera
pesimismo en el mundo? Quien renuncia a la vida, sea quien fuere, si le
ofreciesen otra buena y feliz, la tomaría inmediatamente.

--No obstante, en el sermón de Benarés se aconseja la extinción de todo
deseo para terminar con la sed de la vida.

--Ese es un consejo metafísico que nadie ha practicado jamás, porque
sale fuera de los límites de nuestra naturaleza. Los budhistas, que se
tienden delante del carro de los ídolos para ser aplastados, lo mismo
que los que se suicidan lentamente en el desierto privándose del
alimento y del movimiento necesarios, no lo hacen por una necesidad
metafísica de extinguir el principio de la vida en el Universo, sino con
la esperanza de pasar a otra vida mejor.

--¿Y el Nirvana?

--El Nirvana, que en el cerebro del fundador o fundadores del budhismo
significaba el aniquilamiento absoluto, se transformó inmediatamente
para los adeptos en un cielo, en otra vida feliz. En el _Dhammapada_ se
dice: «Aquellos que practican el mal, van al infierno; los que son
justos, van al cielo.» En el _Udanavarga_: «Aquel que practicando su
deber causa alegría a los otros, encontrará alegría en el otro mundo.»
En las inscripciones sobre la roca de _Asoka_ se lee: «Y ¿cuál es el fin
de todos los esfuerzos que yo hago? Es pagar la deuda que tengo
contraída con todas las criaturas, hacerlas felices en esta vida, y
hacerlas ganar el cielo en la otra.» Y así sucesivamente encontrarás
parecidos pensamientos en los monumentos más antiguos del budhismo, lo
mismo en Ceilán que en el Tibet. Y es que Sakyamuni, como Schopenhauer,
cedió a la tentación del sueño metafísico, a la vanidad que acomete a
todo pensador de _recrear_ el Universo. Pero los hombres exigimos en la
solución del enigma del Universo que se halle conforme con nuestra razón
y nuestra naturaleza: si sale de estos límites, la volvemos la espalda,
por ingeniosa y sutil que parezca. Si el hombre, como afirman el Budha y
Schopenhauer, no es otra cosa que voluntad, si la voluntad agota toda
nuestra esencia, el hombre que odia en él la voluntad, odia su propia
esencia. Esto es más que irracional, es monstruoso. Cómo la esencia del
mundo se objetiva o se individualiza para odiarse a sí misma, la razón
humana no sólo no puede imaginarlo, pero ni siquiera puede concebirlo.
Un Dios creador, omnipotente, padre de todos los seres, no se le
comprende, pero se le concibe. Una fuerza única, primitiva y elemental,
que se individualiza, que se hace inteligente para aborrecerse, ni se
comprende ni se concibe.

--Y, sin embargo, doctor, el Budha ha proferido sentencias admirables
de caridad universal. «Ama a todas las criaturas vivas, ama hasta el
sacrificio absoluto de tu ser, aunque tú no debieras recoger más que
dolor.» «El insensato que me hace mal, yo se lo devolveré protegiéndole
con mi amor: cuanto más mal vendrá de él, más bien vendrá de mí.» Así
hablaba el Budha a sus discípulos.

--En efecto, es una moral pura la que se expone en la mayor parte de los
monumentos del budhismo; pero esta moral flota en el aire sin fundamento
alguno... Digo mal; su fundamento se halla en lo que los Santos Padres
de la Iglesia cristiana llamaban _razón seminal_, derivada del Verbo.
«Todo lo que de bueno ha sido enseñado por los filósofos, nos pertenece
a nosotros los cristianos», decía San Justino. «Todos los hombres
participan del Verbo divino, cuya simiente se halla implantada en su
alma», decía San Clemente. ¿Es posible explicarse de otro modo la pureza
de la moral búdhica, fundada en el ateísmo, en una metafísica absurda y
monstruosa? Si la fuerza primitiva, si la Voluntad, como la denomina
Schopenhauer, que reside en nosotros, que es nuestra propia esencia, es
digna de ser aborrecida, debe serlo lo mismo en nosotros que en los
demás. Un cristiano puede respetar y amar a su semejante porque ve en
él, aunque alterada y borrosa, la imagen de su Dios, de un Dios santo,
puro y amoroso. Pero un budhista o un discípulo de Schopenhauer, ¿por
qué han de amar a su prójimo si no ven en él otra cosa que una
manifestación de esa Voluntad perversa que anima el Universo para su
desgracia, un caso más de la irracional sed de vida que a todos nos
tiene amarrados a ella? «Ama a tu prójimo, ama a todos los seres
vivos--decía el Budha--, porque _tú eres eso_.» Porque _yo soy eso_ le
aborrezco--debiera contestarse--, puesto que yo debo aborrecerme a mí
mismo.

--En el Kempis se dice lo mismo: «Niégate a ti mismo, aborrécete a ti
mismo.»

--Esas palabras, en boca de un cristiano, no significan que debamos
aborrecer o negar nuestro ser esencial, nuestra alma, sino las impurezas
que la manchan. «Ama a Dios sobre todas las cosas, y a _tu prójimo como
a ti mismo_», dice el catecismo cristiano. Luego el amor de sí mismo se
prescribe también. Pero lo que en nosotros debemos amar no es nuestro
ser efímero, manchado de vicios, sino nuestra alma inmortal, que no se
disolverá en la substancia divina como un grano de sal en el mar, sino
que permanecerá en su ser eternamente, eternamente será nuestra, gozando
de una alegría sin fin... Por lo demás, Schopenhauer se aprovecha
deslealmente de los místicos y ascetas cristianos para la confirmación
de sus doctrinas. Ningún místico cristiano imaginó jamás que, al negarse
a sí mismo, negaba al propio tiempo el principio de su existencia, la
Voluntad soberana que le había sacado de la nada. El santo cristiano que
se inmola por el amor de Dios siente en ello alegría, porque sabe que va
a gozar de este amor eternamente. Pero ¿qué alegría puede penetrar en el
corazón del que se sacrifica sin más objeto que renunciar a _toda vida?_
Por sutiles que sean las razones con que se lo disfrace, esto no es más
que un suicidio. Nadie lo ha hecho; nadie lo hará. Esta clase de
inmolación sólo ha existido en el cerebro de los filósofos. Los
budhistas, como los cristianos, como los mahometanos, como todo el
mundo, creen en la felicidad, creen que el hombre puede y debe ser
feliz. Es un instinto universal y permanente de nuestra naturaleza, y
los instintos universales y permanentes responden siempre a la realidad.

-Queda todavía una solución, amigo Jiménez. ¿Si el Universo hubiera sido
formado por el concurso de dos principios igualmente necesarios y
eternos? ¿Si entre estos dos principios existiera total independencia?
En la Naturaleza encontramos siempre esta profunda división, la
obscuridad y la luz, el frío y el calor, el macho y la hembra, la
electricidad positiva y la negativa, etc. Parece que un dualismo
primitivo e irreductible tiene dividido en dos partes a nuestro
Universo.

--Sí; Ormuz y Arimán. Ese dualismo ha sido dogma religioso entre los
persas en la apariencia. En realidad, por encima de estos dioses
personales estaba Zerwano Akereno, el tiempo infinito, que los había
sacado a entrambos de su seno. En la metafísica griega también se halla,
no en lo que al bien y al mal se refiere, sino para la explicación del
origen mismo y naturaleza del Universo. Al encontrarse en presencia del
dualismo primitivo y radical que se observa en nuestro propio ser,
proclamaron para la formación del Universo dos esencias diferentes, la
materia y el espíritu. Pero estos dos principios, como los dioses Ormuz
y Arimán, se excluyen entre sí, y en la mente de los filósofos, como en
los espacios cerúleos, el uno concluye por vencer al otro. Si la materia
es una fuerza única esparcida por todo el Universo, una fuerza necesaria
e infinita de la cual los cuerpos no son más que expresiones fugitivas,
entonces no habría necesidad de otro principio, no hay necesidad de
espíritu, porque ella misma contendría todos los atributos de la
inteligencia, inseparables de la fuerza infinita. Mas si concebimos la
materia con las mismas cualidades de los cuerpos, entonces es extensa,
divisible, múltiple, y no puede formar un principio único, sino un
agregado de principios de infinita diversidad. Por eso el dualismo, que
no es más que una ilusión de los sentidos, no ha podido sostenerse, y la
historia de la filosofía hace ver que ha caído prontamente, o en un
panteísmo materialista, o en un panteísmo idealista. La idea de la
existencia de dos principios eternos ha desaparecido de la gran
corriente del pensamiento humano. Nuestra razón, por su misma primordial
naturaleza, busca siempre la unidad en la multiplicidad; es su fondo, es
su ley, y en vano pretenderemos oponernos a ella.

Calló Jiménez, y callé yo también. Proseguimos silenciosos nuestra
marcha por algunos instantes. Yo le pregunté al cabo:

--¿De suerte que no hay solución para el problema? ¿Jamás sabremos qué
viento arrastra la nube sombría del dolor sobre nuestras cabezas? ¿Jamás
sabremos el por qué de nuestros sufrimientos?

El doctor Angélico no respondió. Todavía proseguimos algún tiempo
nuestra marcha silenciosos.

--Hay una solución; sí--dijo al fin, volviendo su rostro hacia mí--.
Pero esta solución, la única accesible a nuestro entendimiento, la
rechazan hoy los llamados intelectuales, porque viene envuelta en un
dogma, en las enseñanzas de una doctrina religiosa. El hombre no quiere
reconocer límites a su razón, huye irritado de quien se los señala, y
buscando con anhelo la razón, cae con frecuencia en la sinrazón....
Existe el mal, no es posible negarlo; el mal es esencial a nuestra
condición. Pero ¿es necesario? He aquí el verdadero problema. Si lo es,
hay que declararse ateo, como los primitivos budhistas o los modernos
pesimistas. La idea de un Dios consciente es incompatible con la
presencia eterna del mal. Si Dios existe, el mal no puede ser otra cosa
que un castigo...

--¡Un castigo!--exclamé sorprendido--. ¿Cómo es posible, si acabas de
decir que es esencial a nuestra condición?

Jiménez sonrió, diciendo:

--Efectivamente, la tesis es paradójica y desde el primer momento parece
inadmisible; pero ten la bondad de escuchar un momento... El castigo
supone siempre una voluntad libre, por una parte, y por otra, una
obligación. Pero ¿existe la voluntad libre?, ¿existe la obligación?

--Demos eso por supuesto, aunque sea largo y difícil de probar. El
pecado, que es a lo que tú te refieres, es la calificación de un acto, y
todo acto no puede ofrecer duda a nadie que es individual. Por tanto, el
pecado supone siempre un agente libre, y es cosa incomprensible que
pueda pertenecer, no a nuestra voluntad, sino a nuestra naturaleza.

--Sí, sí; no te esfuerces más en mostrar la paradoja: ya he convenido yo
en ella... Mas ¡si existiese un elemento de pecado en la naturaleza
humana independiente de las voluntades individuales!... Parece
monstruoso, ¿verdad? Examínate a ti mismo, sin embargo; escruta los
senos de tu conciencia, y hallarás que cometes algunas faltas sin darte
cuenta precisa de ellas, que eres arrastrado a cometerlas, no por un
acto firme y deliberado de tu voluntad, sino por un impulso que te
parece irresistible de tu corazón, en realidad, por la fuerza del
hábito. ¿Qué es lo que llamamos en el terreno moral _un pecador
empedernido_? Un hombre que, por la costumbre de practicarlo, no puede
resistir ya a la fuerza del mal. Aquí tenemos, pues, una naturaleza
viciada, esto es, una naturaleza en la cual el mal que se produce no
proviene directamente de la voluntad. Pero si no proviene directamente y
en cada momento, su origen se halla, no obstante, en ella. Es un acto
primitivo de su libertad quien lo ha engendrado; el mal ha penetrado en
su alma porque voluntariamente le ha dejado la puerta abierta, y una vez
entrado, se ha apoderado de él y de su misma voluntad. No hay duda,
pues, que es posible la existencia de una naturaleza corrompida. La
voluntad no es siempre el origen de nuestros actos.

--Pero como tales actos provienen de un acto primitivo engendrado por la
libertad individual, resulta que ha habido siempre un agente libre, y
que a éste se le puede exigir la responsabilidad. No es éste el caso de
la responsabilidad exigida por los actos ejecutados por otro.

--Desde luego que no es el mismo caso. Lo único que quería dejar sentado
es que no somos totalmente responsables de nuestros actos en muchos
casos, sino solamente de un modo parcial y relativo, o, lo que es igual,
que en el curso de nuestra vida solemos ser esclavos de nuestras
tendencias y aficiones. Que tales tendencias hayan sido provocadas por
el uso anterior de nuestra libertad no impide que formen parte ya de
nuestra naturaleza. Pero ¿no existen en nuestra naturaleza otras
tendencias que las engendradas por el uso de nuestra libertad? Recuerda
a tu padre, y dime sinceramente si en tu modo de proceder en la vida, si
en tus aficiones o en tus manías no existe en tu naturaleza una gran
parte de la de él. Tu padre podría decir lo mismo del suyo, tu abuelo
igual, y así sucesivamente. El pecado, pues, sin dejar de ser pecado,
esto es, el acto de un agente libre, es transmisible. El pecado, aunque
proceda de un acto de libertad, se halla incorporado a nuestra
naturaleza. Y que nuestra naturaleza está viciada, no puede ofrecer
duda. En todos los países y en todos los tiempos que nosotros podamos
recordar, el hombre, si sale inocente del vientre de su madre, no tarda
mucho en mostrar su tendencia al mal, en afirmar su miserable _yo_,
desconociendo el derecho de los demás seres. ¿Procederá esta tendencia
perversa de la constitución misma de nuestra naturaleza? Entonces el mal
es necesario, y ya no será mal, sino bien; porque lo que no puede ser de
otro modo que lo que es no debe ser designado por una negación, sino
por una afirmación; entonces el mal no es el desorden, sino el orden, y
la naturaleza misma nos abre el camino para que sigamos francamente por
él, sin cuidarnos de otra cosa. ¿Procederán las malas tendencias de
nuestro corazón de un acto primitivo de libertad? ¿Quién ha realizado,
entonces, este acto, mediante el cual nuestra naturaleza se ha
corrompido? Necesariamente ha de ser un agente libre, y éste ha de ser
un individuo humano. Pero este individuo humano, ¿habrá sido como
nosotros? Desde luego, pero al mismo tiempo necesitaba ser distinto de
nosotros, porque si no hubiese en él más que una naturaleza individual,
la responsabilidad exigida a los demás por sus actos sería una
monstruosa injusticia. Para que tal responsabilidad tenga lugar,
necesario es que ese agente libre sea la raíz misma del género humano;
que no sea un individuo en el sentido corriente que damos a esta
palabra, sino un individuo primitivo que encierre dentro de si el germen
de todos los demás individuos que componen la Humanidad. Sus actos no
eran solamente individuales, sino universales, porque en él estaba
presente la Humanidad entera. Existe, pues, un desorden esencial,
fundamental, en la Humanidad, que es el origen del mal; este desorden es
el efecto de una caída, de una degradación; esta caída es la obra de
nuestros primeros padres.

--Es difícil, doctor, que podamos resignarnos al castigo de un acto
ejecutado por otros. El hombre encuentra repugnancia en sentirse ligado
a otros hombres de tal modo, que su alma forme parte de la suya.

--Y, sin embargo, ¡cuán cierto es, querido amigo! Nosotros formamos una
gran unidad; millones de hilos invisibles y misteriosos nos ligan los
unos a los otros; nadie puede aislarse, nadie puede decir: «Este acto es
mío, absolutamente mío.» Para el Ser Supremo, la Humanidad entera es un
solo ser en aquel que los ha engendrado a todos. Lo que te estoy
diciendo no es un producto de la especulación, un dato de la razón, sino
de la experiencia. Gritamos que la responsabilidad debe ser siempre
individual, pero de hecho aceptamos humildemente la colectiva. No hay
hombre que en el fondo de su corazón no se sienta en cierto grado
responsable, no sólo de los actos de su raza, sino también de los de su
nación, y hasta de los de la sociedad de que forma parte o de los del
cuerpo a que pertenece. No hace muchos días que un pobre fraile, recién
llegado de Filipinas, me narraba sus desdichas en las jornadas
desastrosas de hace algunos meses. Le cogieron prisionero los naturales
insurrectos, le maltrataron bárbaramente, le tuvieron encerrado en un
lugar infecto, le hicieron trabajar cargándole como un mulo, y hasta,
¡cosa inaudita!, como un mulo le engancharon a una carreta. Pues bien,
este fraile me decía, bajando tristemente la cabeza: «Ha sido un castigo
justo del Cielo, porque habíamos cometido muchos excesos.» Lo cual
quiere decir que este pobre religioso, que es un santo, incapaz de
cometer el más pequeño exceso, aceptaba resignado la responsabilidad de
los cometidos por sus hermanos de religión... Una de dos, pues, amigo
mío: o el mundo está fundado sobre una monstruosa injusticia, o existe
la responsabilidad colectiva, porque de hecho pagamos siempre las faltas
de los otros. O hay que aceptar la unidad del género humano, o hay que
decir adiós a la idea de justicia, y entonces, ¿de dónde nos viene esa
idea?

--De todos modos, doctor, la solución que me propones es un dogma, no es
una doctrina filosófica.

--Es un dogma que encierra una doctrina filosófica. No te diré que
satisfaga por completo a todas las exigencias de nuestra razón. Los
dogmas no se identifican con la razón, porque entonces no habría
necesidad de ellos. Pero búscame otra doctrina que menos la contraríe.

--El dogma del pecado original supone la procedencia de una sola pareja,
y el darwinismo, que es la última palabra de la ciencia, considera al
hombre como el coronamiento de una larga evolución del reino animal.

--Yo no sé, ni puede saberlo nadie, si el hombre es el resultado de una
evolución. Es verosímil..., acaso sea verdad. Pero si el hombre, con los
caracteres de tal, se ha desprendido del animal, tuvo que ser en un
momento determinado del tiempo. Pues bien, en ese instante feliz y
supremo en que un ser inteligente y libre parece sobre nuestro planeta,
pudo efectuarse el funesto acto de libertad que le ha degradado,
haciéndole perder su inocencia... Por lo demás, ni el darwinismo ni
ninguna otra de las conquistas de la ciencia podrá dañar jamás a la
verdad cristiana si no es momentáneamente. Todas estas conquistas, que
principian oponiéndose a ella ferozmente, terminan convirtiéndose en
leales servidores. Echa una mirada a la Historia... La nave del
cristianismo acababa de salir de los mares de la herejía. Sus velas,
mojadas por los chubascos, pendían flojas y desmayadas de los mástiles.
La tripulación, rendida por la lucha prolongada contra las sutilezas y
sofismas de la Edad Media, dormía esparcida sobre cubierta... Fuerte
sacudida los despertó a todos. Habían entrado sin sentirlo en el mar de
la ciencia. Una ola negra, alta y temerosa avanzaba sobre ellos,
amenazando sepultarlos. Era _la nueva cosmogonía de Copérnico_
pregonando el movimiento de la tierra. La tripulación lanzó un grito de
espanto, creyéndose perdida. Pero la ola batió con furor los costados de
la barca, echó algún agua dentro, y pasó sin hacerla zozobrar. Apenas
repuestos del susto, llega otra: la _antigüedad de la Tierra_. El
Génesis va a quedar deshecho. Los teólogos de la tripulación se
alborotan y gritan. La ola pasó también y dejó la nave intacta. Detrás
viene otra: la _pluralidad de los mundos habitados_. ¡Oh cielo! ¿Cómo
explicar la existencia de otras tierras habitadas con el acto de la
redención? Los teólogos experimentan nueva consternación. Pero la ola
pasa como las otras. El sol de la fe luce más radiante. La redención es
un acto voluntario de Dios, y lo mismo puede producirse habiendo muchos
mundos habitados, que habiendo uno solo... Ya llega bramando otra; la
teoría darwinista de la _descendencia del hombre_. ¡Qué grande es, y qué
negra, y qué aterradora! ¡Infeliz navecilla, de ésta no escaparás! Y, en
efecto, la barca queda sepultada en el obscuro abismo de la ola como en
las fauces siniestras de un monstruo. El Cristianismo ha muerto...
¿Quién lo ha dicho? ¡Mira, mira hacia arriba! Cabalgando sobre la ola
negra y rugiente, ya asoma de nuevo la velita blanca. Acabo de leer el
libro de un sabio darwinista americano, John Fiske, en que demuestra,
por medio de las teorías de Darwin, que el hombre es el fin de la
creación, y que jamás habrá sobre la tierra un ser más elevado que el
hombre. El libro termina con estas palabras, que parecen de un teólogo
más que de un naturalista: «La revolución operada por Darwin ha colocado
a la Humanidad en el pináculo más alto de cuantos ha ocupado. El sueño
de los poetas, las instrucciones de los sacerdotes y profetas y la
inspiración de los grandes músicos se confirman a la luz del moderno
conocimiento. Del mismo modo que nos congregamos para el trabajo
material de la vida, debemos esperar que pronto lo estaremos en un
sentido más verdadero; cuando llegue a ser este mundo el reino de
Cristo, y reine para siempre como Rey de los reyes y Señor de los
señores.»

--Estás elocuente, y hasta un si es no es poético--dije sonriendo.

Pero Jiménez, sin hacerme caso, continuó:

--Y es que el hombre jamás, jamás podrá desprenderse de esta verdad,
adquirida de un modo sobrenatural y sellada con tanta sangre. La
existencia de un Dios perfecto y de un mundo imperfecto, de una bondad
infinita y omnipotente con las miserias de la vida, es, sin disputa, el
problema de los problemas. Los filósofos deístas más grandes, Platón,
Aristóteles, Plotino, Descartes, Leibnitz, se han esforzado vanamente en
hallar una explicación satisfactoria. Los mismos teólogos, cuando,
sostenidos tan sólo por su inteligencia, lo abordan, se les ve
claramente vacilar, el terreno se hunde bajo sus pies, y, al cabo de
sabias disquisiciones, nos dejan sumidos en las mismas tinieblas. Mas el
grande, el pavoroso problema, que no quiere ser resuelto en la
inteligencia de los grandes filósofos, entrega, no obstante, su secreto
al corazón de los justos. Pregúntale a un hombre de corazón sencillo, a
un espíritu encendido en la llama de la caridad, pregúntale si halla
incompatible la bondad de Dios con las imperfecciones de este mundo, y
te mirará lleno de asombro. Para él semejante problema no existe. Y es
que él no contempla la esencia del mundo desde fuera, como nosotros, no
es un _espectador_ curioso, sino un _actor_ profundamente interesado en
la representación del gran misterio de la existencia. Su alma está
amasada ya, fundida en el alma divina, participa de su sabiduría
infinita, y sabe absolutamente que lo que es, es lo que debe ser, que lo
que él quiere, es lo que quiere Dios. Sabe que su espíritu ha salido ya
del limbo obscuro de la posibilidad para convertirse en acto, y que el
acto es perfección. Es un colaborador del hecho universal; sabe que
viene del amor y que marcha hacia el amor, y sabe que el mundo es lo
mismo que él. En el espíritu del justo lo inteligible y lo real se
confunden, porque su razón está íntimamente unida a la esencia de las
cosas; en él se unen el pensamiento y el ser para constituir la
verdadera ciencia, la ciencia completa, que en los demás está
fraccionada. Nuestra alma está hecha de la misma masa de la verdad. Sólo
cuando dudamos de ella nos hundimos en el error, como se hundía San
Pedro, el pescador, marchando sobre las aguas, cuando sentía vacilar su
fe.

       *       *       *       *       *

Calló Jiménez, y callé yo también. Mil pensamientos se atropellaban en
mi cerebro y lo turbaban. Sentía el vigor de sus razonamientos, pero al
propio tiempo sentía el empuje de otros muy contrarios, y la lucha
entablada dentro de mi alma me hacía caminar más aprisa, dejando atrás a
mi compañero. Cuando alcé la vista del suelo columbré la choza del feroz
trapero que había sido causa ocasional de nuestra conversación, y,
temiendo que nos encontrásemos con él, propuse a Jiménez torcer a la
derecha, a fin de no pasar por delante de su casa.

Pocos pasos habíamos andado en esta dirección, cuando vimos a lo lejos
un golpe de gente que hacia nosotros venía apresuradamente y con visible
agitación. No tardaron en llegar a nuestros oídos algunos lamentos e
imprecaciones. Avanzamos rápidamente hacia el grupo para saber lo que
significaba, y pronto nos acercamos. En el centro de él llevaban entre
dos hombres, sobre unas parihuelas improvisadas, a un chico cubierto de
sangre. Inmediatamente reconocimos al chico que había caminado con
nosotros después de la repugnante escena del trapero y la niña, y nos
había enterado de todas las particularidades de su vida. Ésta debió ser
la causa de su desgracia, por lo que en seguida pudimos colegir, pues
aquel bandido marchaba detrás, amarrado codo con codo, custodiado por
una pareja de la Guardia civil y seguido por un tropel de curiosos. La
madre del chico caminaba al lado exhalando gemidos desgarradores.

Nadie sabía entre ellos el motivo por el cual el trapero había apuñalado
al chico, porque éste no podía hablar. Nosotros lo explicamos
prontamente, con lo cual la indignación popular creció de un modo
imponente, y, a no ser por los guardias, no lo hubiera pasado bien el
asesino. Estallaron, sin embargo, las imprecaciones, y cada cual contaba
en voz alta alguna de sus fechorías. Como nos dijeran allí que aquella
desgraciada madre carecía de recursos para vivir, y que aquel niño la
ayudaba a sustentarse repartiendo leche por las casas, lo mismo Jiménez
que yo nos despojamos de casi todo el dinero que llevábamos y se lo
entregamos. En esta generosidad tenía parte también la inquietud de la
conciencia, pues, aunque inocentes por la intención, nosotros habíamos
sido la causa de aquella agresión cobarde.

Pero ya los guardias ordenaban a los hombres de las parihuelas que
prosiguiesen su camino y empujaban hacia adelante al bandido. Éste no
nos había quitado los ojos de encima en los cortos momentos que allí
estuvieron detenidos, unos ojos cargados de odio y amenazas. Cuando la
comitiva se puso de nuevo en marcha, desplegó los labios para decirnos:

--Cuando salga de la cárcel ya nos veremos las caras.

Ni a Jiménez ni a mí nos hizo efecto la amenaza. Nos hallábamos tan
indignados y conmovidos, que el miedo no cabía en nuestro corazón.
Parados e inmóviles, seguimos con la vista por algún tiempo al grupo que
se alejaba, y, al cabo, nos pusimos de nuevo en marcha.

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La matanza de los zánganos.


I

Vivían mis primas en el fondo del valle: su casa estaba situada en una
meseta de la colina, a trescientos pasos del camino. Por detrás se
elevaba un gran bosque de castaños y robles: por delante descendía una
hermosa huerta bien provista de frutales, y después una vasta pomarada
cuya cerca de piedra servía de linde al camino.

¡Pobres chicas! La Providencia les había dotado de un rostro nada
halagüeño y de una madre menos halagüeña aun. Era terrible aquella doña
Teresa, fuerte como un gañán y áspera hasta cuando acariciaba, como la
lengua de una vaca. Y, sin embargo, ¿qué hubiera sido de ellas si
aquella madre no fuese tan hombruna y enérgica? Su difunto padre, uno de
los propietarios más ricos de la comarca, les había dejado casi por
completo arruinadas. Primero jugando y derrochando en la capital,
después, en los últimos años de su vida, degradándose hasta pasar las
noches en las tabernas, vendió cuanto tenía, menos la posesión donde
habitaban y que tenía por nombre la _Rebollada_.

Quedó doña Teresa con sus tres hijas Griselda, Erundina y Berenice,
todas tres pasando de los veinte años, y con un chico, Teófilo, que no
contaba aún los quince. No se arredró la vieja. ¡A trabajar, a trabajar!
Se trabajó duro, se trabajó como jumentos; pero se comió, se vistió y se
pagaron algunas deudas. La posesión daba bastante para alimentarlos, y
se hacía algún dinero enviando a la criada con fruta al mercado de los
jueves, con queso y con manteca. Para esto último era necesario que
tomasen la leche descremada, llamada en aquella región _leche fría_. La
madre daba el ejemplo: no se dió el caso durante algunos años de que
bebiese la leche con toda su manteca, ni aun hallándose enferma. Sólo
tenían una criada a su servicio, una moza fuerte y paciente como una
mula, que cuidaba las vacas, traía el agua, la leña, era cocinera,
doncella y mozo de labranza. Las faenas agrícolas de importancia, como
la siega, la recolección de las castañas y, sobre todo, la fabricación
de la sidra, venían a ejecutarlas gratuitamente los vecinos. Doña Teresa
les facilitaba un bálsamo de su confección para las heridas y
quemaduras, agua curativa para los ojos, les enviaba tortas de miel en
la Nochebuena y _monas_ en la Pascua, les recomendaba, cuando les hacía
falta, al alcalde y al escribano. Por estos pequeños favores, y también
por el respeto y cariño que siempre habían inspirado en la comarca los
señores de la Rebollada, todos se creían obligados a acudir cuando doña
Teresa los llamaba.

Vinieron buenos años de sidra, buenos años de avellana, y doña Teresa no
sólo se desembarazó de deudas, sino que empezó a economizar dinero, que
guardaba en los agujeros del desván o enterraba en el establo y en otros
sitios aun más inaccesibles y fantásticos. Pero las niñas no se casaban.
Las niñas se aproximaban a los treinta, y no parecía una mano masculina
que se tendiera para demandar la suya. Con un labrador no podían
casarse, porque aunque ellas lo fuesen también de hecho, no lo eran de
derecho. Para un caballero, aunque fuese de menor cuantía, no ofrecían
atractivos: ni eran ricas, ni eran bellas, ni poseían una educación
esmerada. Además, aquellos nombres ¡eran tan ridículos! Su padre, que
había sido tan aficionado a las novelas románticas como a las
francachelas, logró ponérselo valiéndose de la impotencia de su esposa.
La viril doña Teresa le decía desde la cama con voz quejumbrosa:

--Mira, Perico, te prohibo que pongas a la niña un nombre de novela.
Quiero que se llame Juana, como mi hermana.

Sonreía don Pedro traidoramente, y cuando delante de la pila bautismal
el cura le preguntaba qué nombre se debía poner a la criatura,
respondía:

--Erundina, póngale usted Erundina.

Doña Teresa rugía entre las sábanas cuando se le daba la noticia. El
nombre astronómico de Berenice, particularmente, le produjo tal
sofocación, que en todo el curso de su vida no pudo pronunciarlo sin
rechinar un poco los dientes.

Hacia el fin de ella comenzó a producirle algunos disgustos la conducta
de su hijo menor, Teófilo. Era éste un muchacho espigado y robusto, más
holgazán aun que su padre, pero menos inteligente. Le envió su madre al
Seminario con el piadoso deseo de que fuese sacerdote y amparase a sus
hermanas. De allí fué arrojado por su mala conducta y falta de
aplicación. Pretextó que no estudiaba por carecer de vocación para el
sacerdocio, y, haciendo un esfuerzo heroico, la diligente madre le envió
a la Universidad para que fuese abogado. Idéntico resultado. En el
primer curso logró engañarla falsificando la nota de aprobación; pero en
el segundo se descubrió la trampa. Doña Teresa cogió el palo de la
escoba y le molió las costillas, de tal manera, que en algunos días no
pudo levantarse de la cama. Después, a trabajar el terruño como un
siervo de la gleba.

Las faenas agrícolas no arrancaron, sin embargo, a Teófilo por completo
el sello de su nacimiento señorial. Aunque durante la semana se
distinguiese muy poco por su indumentaria del resto de los labradores,
cuando llegaba el domingo se ponía para ir a misa camisa almidonada con
cuello alto, corbata de seda, un traje de americana color canela y
sombrero hongo. Además, se había dejado para adorno de la cara unas
patillas largas y sedosas que contribuían en gran manera a separarle de
los paisanos, todos humildemente rasurados. Se le llamaba don Teófilo; y
como estaba privado de los placeres dispendiosos, porque su madre no le
daba más que un par de pesetas los domingos, se entregó en cuerpo y alma
al amor. Penetró en las enramadas, sorprendió los caseríos, traspasó los
cerros, ocupó el llano, y en todas partes dejó, como un torbellino de
fuego, señales aciagas de su paso.

Doña Teresa sonreía cuando le venían a noticiar algún resultado
fehaciente de sus empresas galantes. Pero cuando le hicieron saber, por
medio de algunas cartitas, que Teófilo había contraído deudas en las
tabernas del concejo, no se dibujó sonrisa alguna en su rostro severo.
Antes comenzó a rodar sus ojos de un modo siniestro, lanzó algunas
imprecaciones temerosas, y, empuñando el consabido mango de la escoba,
lo puse inmediatamente en contacto con la piel del voluptuoso mancebo.

Pero he aquí que un día el buen Teófilo, escarbando por casualidad en el
establo, tropezó con un bote de hoja de lata, y en él guardadas algunas
monedas de oro. Hay que dejar bien sentado que fué por casualidad, a fin
de que los futuros cronistas de aquella región no caigan en el
lamentable error en que cayó la familia y todo el vecindario, afirmando
que el buen Teófilo no escarbó en aquel sitio casualmente, sino buscando
el precioso bote.

De todos modos, no se creyó en el caso de comunicar con su familia el
descubrimiento. Acaso haya padecido un error en este punto; pero no hay
que reprochárselo demasiado, porque todos estamos sujetos a equivocarnos
en este mundo. Lo que no ofrece duda es que hizo mal en convidar a sus
amigos en las tabernas, dando en pago con cierta ostentación monedas de
oro. Porque no se pasaron muchas horas sin que llegase la especie a los
oídos de doña Teresa. Subió ésta como una flecha al desván, inspeccionó
sus tesoros, y los halló intactos; bajó a la huerta, escarbó debajo del
montón de la leña, y pudo cerciorarse de que allí tampoco había andado
nadie; levantó después uno de los ladrillos del horno, y el mismo
satisfactorio resultado. Pero se le ocurre ir al establo, cava debajo
del pesebre, y...

Justamente en aquel instante penetraba en el establo nuestro Teófilo
silbando dulcemente, descuidado y alegre como un mirlo. Doña Teresa
saltó sobre él como una pantera. Pocos segundos después, una de las
rubias, sedosas patillas del mancebo había desaparecido de su rostro.
Convertida en asqueroso puñado de pelos, tremolaba siniestra en la mano
derecha de su madre. A los gritos de la víctima y a los rugidos de la
fiera acudieron la bucólica Griselda y la astronómica Berenice, que,
secundadas por un vecino que a la sazón cruzaba, lograron, aunque a
duras penas, que Teófilo no sufriese la extirpación de su otra patilla,
pues su madre mostraba vivo interés en realizar esta obra de simetría.
¿Por qué esforzarse tanto en impedirla? ¿No la afeitó inmediatamente el
mismo interesado?

Fue la última operación quirúrgica llevada a cabo por la respetable
viuda. Aquella misma tarde sufrió un ataque de apoplejía, y unos días
después se extinguía en los brazos de sus hijas.


II

Lo mismo en vida de su madre que después de fallecida, solía hacer
alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una
cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en
septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal
vez por la fuerza del hábito, que tiene más fuerza en los espíritus
limitados, o, lo que es aún más probable, porque lo llevasen en la
sangre, mis tres primas eran otras tantas doña Teresa pocos años después
de fallecida ésta. No la imitaban ciertamente en la energía; pero la
igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los últimos días de septiembre monté a caballo por
la tarde y me dirigí a la Rebollada, que distaba de mi casa poco más de
una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con
dulces sonrisas y palabras cariñosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de
ellas me abrazó y me besó en la frente. Debió de ser Griselda, la más
vieja y la más fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas.
Pero no pasó de ahí, esto es, nadie me ofreció otra cosa, ni un vaso de
vino, ni un poco de mermelada. Ya lo sabía, y por eso cuando iba a
visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido,
una onza de chocolate en el bolsillo.

Después de los primeros momentos de expansión vinieron lamentaciones
sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas
exclamaciones de cólera y dolor. El gran Teófilo, una vez libre y sin
aprensión por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y
regalada como la de un canónigo. No es mía la comparación, sino de
Berenice. Yo la hice observar que los canónigos estaban obligados a
guardar las horas canónicas y ciertas abstinencias, canónicas también, a
las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me
hicieron saber que desde la muerte de su madre no había tocado en un
instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Había tomado su
parte de dinero, del dinero escondido por doña Teresa, había comprado un
jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince días por
casa. Lo que no me dijeron fué que gracias a Teófilo pudieron hallar
este dinero, y que sin su habilidad de zahorí para adivinar los agujeros
hubieran perdido más de la mitad. Pero no habían parado ahí las cosas,
sino que, después de derrochado todo este dinero, les había vendido su
parte de la posesión y se la gastó alegremente también, y después de
gastada siguió comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si
nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco habían parado aquí las
cosas, y esto es lo que hacía estremecer las entrañas de las tres
vírgenes, sino que Teófilo había descubierto ya varios agujeros donde
guardaban el fruto de sus economías, y se los había dejado limpios. No
hacía aún quince días que les había sustraído dos mil reales en monedas
de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este último
crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron
ganas de reir, me hubiera echado también a llorar, seguramente.

Por último, Teófilo había profanado de otro modo el santuario del hogar.
Aquella criada mixta de dama de compañía y mozo de labranza que ellas
guardaban hacía años como preciado tesoro en su casa, fué corrompida por
él, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la veía por allí
desempeñando sus tareas tranquilamente, pregunté sorprendido:

--¿Y cómo no la habéis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia había
vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallarían
una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la
gran riqueza de legumbres y frutas que allí había. En verdad que en
pocas partes había visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me
ofreció dos grandes peras..., pero de las que se hallaban caídas en el
suelo. Bajamos a la pomarada, donde había manzana aquel año para llenar
cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa valía diez duros.
A la vista de tan espléndida cosecha se serenó la fisonomía de mis
primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio
de las colmenas. Recogían de ellas todos los años más de doscientas
libras de miel y bastante cera, que vendían a los cereros de la capital.

Nos acercamos con alguna precaución y estuvimos un rato entretenidos
mirando. Mis primas, aunque apicultoras, sabían poco acerca de la vida
de las abejas. Yo, que siempre sentí afición hacia estos maravillosos
insectos, les fuí dando a conocer algunos de sus secretos; cómo se
construían su ciudad, cómo se distribuían el trabajo entre ellas, cómo
se entienden entre sí por medio de un lenguaje que eternamente será para
nosotros un secreto. Gracias a él, no sólo se comunican lo necesario
para realizar sus complicadas operaciones, sino que también se
participan las noticias favorables y adversas, la pérdida de la madre,
la entrada de una reina intrusa o de un enemigo, el descubrimiento de un
tesoro, esto es, de algunas nuevas flores o de algún tarro de miel. Pero
la maravilla de las maravillas es la producción de la cera. La miel se
transforma en material de construcción por un misterioso procedimiento
químico que se realiza en el cuerpo de estos animalitos. Son las abejas
más jóvenes las que proporcionan la cera. Cuando llega el instante de
construir su fábrica, éstas escalan las paredes del tronco nuevo de
árbol donde generalmente edifican, otras las siguen y se sujetan por las
patas, formando largas columnas o guirnaldas, y así permanecen inmóviles
horas y horas, hasta que por un misterio admirable empiezan a sudar esa
materia blanca que se llama cera. Con ella construyen rápidamente su
gran falansterio, cuyas celdas tienen invariablemente una forma
hexagonal. Hay cuatro clases de celdas: las celdas reales, las grandes
celdas, destinadas a la cría de los machos y para almacenar las
provisiones cuando abundan las flores, las celdas pequeñas, que sirven
de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios, y las celdas de
transición, que sirven para enlazar las grandes a las pequeñas.

Mis primas me escuchaban con interés, y no se hartaban de hacerme
preguntas. Cuando llegamos a la tragedia que anualmente se representa en
aquellos pequeños mundos, a la matanza de los zánganos, les expliqué
cómo después de la fecundación de las reinas la presencia de los machos
en la colmena no sólo es inútil, sino muy perjudicial, porque, sin
trabajar, devoran las provisiones, interrumpen los trabajos, ensucian
las celdas, obstruyen el paso y se conducen de un modo grosero e
intolerable. Las abejas los toleran todavía algún tiempo; mas, perdiendo
al cabo la paciencia, un día circula entre ellas la orden, sin saber
quién la da, y se preparan a hacer sangrienta justicia. Una parte del
enjambre no sale aquella mañana al trabajo. Son los verdugos. Mientras
los pobres zánganos duermen tranquilos, se prepara silenciosamente su
ruina. Al despertarse se encuentran rodeados cada uno de tres o cuatro
de sus enfurecidas hermanas, que fríamente los despedazan, les cortan
las alas, les atraviesan el vientre con sus dardos venenosos, les
amputan las antenas y los dejan en un estado tan lamentable, que a
cualquiera movería a piedad. Pero aquellas crueles obreras no la
sienten; los persiguen por todas partes, y cuando, heridos y maltrechos,
un grupo de ellos se refugia en algún rincón, lo bloquean y le hacen
morir de hambre. Muchos de ellos consiguen escapar; se lanzan al campo;
pero cuando a la caída de la tarde, acosados por el frío y el hambre,
tratan de ganar su casa, se encuentran con la puerta cerrada, son
rechazados por las inflexibles centinelas, y perecen aquella noche
implorando en vano abrigo y alimento.

--¿Sabéis una cosa?--les dije cuando terminé mi relato--. Si vosotras
fueseis abejas en vez de ser mujeres, ya habríais matado a vuestro
hermano Teófilo.

Las tres soltaron una carcajada.

--¡Qué ocurrencia! ¡Es de veras gracioso! ¡Siempre serás el mismo,
Angel!

Y reían mis primas con tanta gana como si las hubiera leído el capítulo
más chistoso del _Quijote_. Todavía después que volvieron a casa, y
pasado largo rato, recordaban mis palabras y se renovaban las
carcajadas.


III

Aquel invierno supe que la criada de mis primas había dado a luz un niño
en la misma casa, y que aquéllas habían guardado a la madre y al hijo,
en vez de ponerlos en la calle. El sujeto de la Rebollada que me dió la
noticia añadió que a la hora presente se hallaban tan entusiasmadas con
el chiquillo, que eran para él otras tantas madres. Me alegré por la
inocente criatura y por ellas también. Al fin, tenía un sentido su
existencia. El instinto de la maternidad, tan vivo en todas las mujeres,
hallaría satisfacción y las haría felices.

Pero he aquí que pocos meses después me dieron otra noticia mucho más
desagradable; la del fallecimiento de mi primo. El buen Teófilo había
muerto repentinamente. Una noche había cenado en perfecto estado de
salud y se habla acostado. Poco después se sintió indispuesto, llamó a
la campanilla, acudieron en su auxilio, se le prodigaron algunos
remedios caseros, se expidió un propio a caballo en busca del médico, y
se llamó al cura. Éste llegó a tiempo para darle la absolución; pero
cuando llegó el médico ya hacía una hora que había fallecido el enfermo.

Cuando supe la noticia, acudieron a mi memoria las últimas palabras que
les había dirigido, y de pronto nació en mi mente una sospecha terrible.
Esta sospecha me causó impresión tan profunda y tal repugnancia, que no
pude escribirlas dándoles el pésame.

Al mes siguiente, que era el de junio, fuí a Suiza, y sólo pude pasar
unos días del mes de octubre en mi valle natal, que aproveché para hacer
una visita a la Rebollada. Cierto remordimiento me atenaceaba desde
hacía algún tiempo el espíritu. No podía desechar de él las palabras que
por burla había pronunciado el año anterior. ¡Quién sabe si tal burla
habría sido causa ocasional de un crimen! Traté de salir de dudas,
poniendo para ello en práctica los medios que me parecieron más
conducentes.

Hallé a mis primas enlutadas, pero nada tristes. Me recibieron
jovialmente, y acto continuo se pusieron a narrarme las gracias
increíbles de Periquillo, que así se llamaba el niño de la criada y de
su difunto hermano. Pude convencerme en seguida de que aquella criatura
de pocos meses les tenía sorbido el seso. No se hartaban de ponderar su
robustez, su blancura, su dulce mirada, su voracidad, su picardía, su
ático humorismo.

--Verás, Angel--me decía la astronómica Berenice con ojos brillantes de
alegría--. Por la mañana temprano, cuando su madre va al molino, me deja
a Periquillo. A veces tarda más de una hora, y el chiquillo tiene
hambre. Empieza a llorar, y yo, para acallarle, le paseo y le meto mi
lengua en la boquita, que chupa como si fuese el pecho de su madre. Pero
al cabo se convence de que no puede sacar nada, y llora mucho más
fuerte. Pero hoy, cuando fuí a hacer la misma operación, levantó hacia
mí sus ojitos sonrientes como diciendo: «¡Ya estoy al tanto de la
burla!»

Griselda y Erundina rieron con el mismo placer que ella, y se hicieron
lenguas del prodigioso talento de aquel chiquillo.

Salimos, como siempre que las visitaba, a la huerta, recorrimos la
pomarada, y después me encaminé resueltamente al sitio de las colmenas.
Nos acercamos a ellas, y noté que mis primas se pusieron repentinamente
serias. Guardé largo rato silencio, en actitud de observar la entrada y
salida de las obreras, y de pronto, volviéndome hacia mis primas y
clavando en ellas una mirada penetrante, les pregunté bruscamente:

--¿Habéis matado ya a los zánganos?

Las tres se pusieron pálidas, y en el primer momento no acertaron a
contestar. Al cabo, Griselda, la más vieja, respondió con sonrisa
forzada:

--¡Qué pregunta! ¡Los habrán matado ellas!

--Eso quise decir. Vosotras no sois abejas, sino mujeres. Los
procedimientos desalmados quedan para los seres que no tienen alma.
Porque estos insectos, tan previsores, tan inteligentes en la
apariencia, tan maravillosos en sus costumbres, carecen de alma y,
porque carecen de alma, carecen de moralidad. En esas colmenas que
tenéis delante reina la fatalidad: lo que hoy hacen esos insectos lo han
hecho hace diez mil años y lo harían exactamente igual dentro de otros
diez mil si el hombre, único ser libre en la creación, no interviniera
modificando con destreza sus costumbres y señalando nuevas direcciones a
su actividad. Las abejas no recuerdan el pasado ni se representan el
porvenir; sus movimientos todos están regulados por las fuerzas
inconscientes de la materia. Si observaseis con un microscopio la
formación de un cristal dentro de cualquier líquido que se cuaja,
advertiríais cómo acuden de un lado y de otro las partículas, con qué
inteligencia se combinan, cómo aceptan todo aquello que puede
convenirles para la construcción de su prodigioso artefacto, cómo
rechazan todo lo que les estorba. En el cristal existe algo que nos
parece inteligencia, como en la abeja. Pero el cristal, la abeja, los
animales todos no son más que los heraldos del espíritu, son las
apariencias de aquello que sólo tiene realidad, los peldaños obscuros de
una escalera que conduce a la luz. El mundo se ha hecho para el
espíritu, y el espíritu se ha hecho para el amor... Esas abejas que ahí
veis, tan previsoras, tan inteligentes, no aman, y porque no aman no
viven en la realidad sino en la apariencia. Nunca me han inspirado
admiración. Las estudio con curiosidad, como estudio las combinaciones
de los cuerpos elementales de la química; pero no las admiro. Reservo mi
admiración para los seres libres, que son los únicos que viven
realmente; porque para mí sólo existe una cosa real y digna de respeto
en este mundo: la caridad... Figuraos por un momento que al salir de
vuestra casa, y caminando para la mía a la orilla del río, veo que un
hombre cae en él y que la corriente lo arrebata y está a punto de
ahogarse. Salto del caballo, me arrojo a socorrerlo, y con riesgo
inminente de mi vida, después de luchar desesperadamente con la
corriente, logro salvarlo. Y figuraos que en aquel momento oigo una voz
en lo alto del cielo que me grita: «¡Has hecho mal!» Yo respondería
inmediatamente sin vacilar a esa voz: «¡He hecho bien!» Y aunque viera
después que la tierra temblaba, que los árboles se desgajaban, que las
piedras rodaban de las montañas para aplastarme, y que delante de mí se
abrían bocas de fuego para tragarme, yo seguiría diciendo
obstinadamente: «¡He hecho bien!» Y después de muerto y pulverizado,
todavía mis cenizas seguirían gritando: «¡He hecho bien!, ¡he hecho
bien!...» Por el contrario, figuraos que hay en mi casa o fuera de ella
una persona que me estorba, que me perjudica en mis intereses y atenta a
mi bienestar. Me decido a hacerla desaparecer de este mundo, y una
noche, cobarde y alevosamente, la asesino por medio del puñal o del
veneno. Pues aunque en aquel instante una voz del cielo me gritase:
«¡Has hecho bien!», yo estoy seguro de que esa voz me sonaría como la
voz del demonio, que no volvería a disfrutar una hora de tranquilidad en
esta vida, que la imagen de mi víctima se alzaría constantemente delante
de mí como un espectro aterrador, que el sueño huiría de mis párpados y
la alegría de mi alma, y que, al cabo, para sustraerme a tan atroces
tormentos, quizás acercase a mi sien el cañón de una pistola, a fin de
caer de una vez y para siempre en el Infierno...

A medida que iba hablando observé que mis primas se ponían cada vez más
pálidas. Cuando llegué a estas últimas palabras, Berenice, la menor de
las hermanas, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo privada de
sentido. Acudimos a socorrerla, la transportamos a la cama, le rociamos
las sienes con agua fría, le hicimos oler un frasco de esencia
aromática, y a los pocos minutos logramos que recobrase el conocimiento.
Yo aproveché la ocasión para montar de nuevo a caballo y trasladarme a
mi casa. Jamás volví a parecer por la Rebollada.

[imagen decorativa]




El pecado de la amabilidad


Era yo joven y me hallaba de visita en casa de una señora anciana de
singular discreción. Entró un caballero de porte elegante, de arrogante
figura. La señora nos presentó el uno al otro. Entablóse conversación, y
yo hice cuanto fué posible por mostrarme amable y hacerme simpático a
aquel desconocido. Hubo unos momentos de alegría cordial, de charla
jocosa, de verdadera expansión. Sin embargo, cuando, al cabo, aquel
caballero se levantó para irse, después de saludar con exquisita y
familiar cortesía a la dama, dirigióme a mí una fría y casi impertinente
inclinación de cabeza que me dejó enfadado. La señora comprendió lo que
por mí pasaba, y, mirándome fijamente con ojos risueños y maliciosos, me
preguntó:

--¿Me permite usted que le haga una observación acerca de su carácter?

--Cuantas guste.

--Pues bien, amigo mío; debo manifestarle que es usted demasiado amable
para hombre.

--¿Qué quiere usted decir, señora?--repuse poniéndome un poco colorado.

--No se asuste usted ni se ofenda. No quiero decir que posea usted un
temperamento femenino. Sólo me atrevo a indicarle que exagera usted un
poco la nota de la amabilidad, y que esto ha de ocasionarle más de un
disgusto en la vida.... Porque, bien mirado, nosotras, las mujeres,
necesitamos a toda costa agradar; es nuestro destino; es la condición
ineludible de nuestra existencia. Pero la de ustedes se puede deslizar
admirablemente sin ella. Ustedes tienen interés en hacerse respetables,
temibles...; agradables, ¿para qué?

--Exceptuando con ustedes.

--Exceptuando con nosotras, desde luego.... Y, sin embargo, todavía hay
mujeres a quienes seducen las formas brutales. Pero son las _refinadas_
y están en minoría.

--¿De modo que me aconseja usted ser grosero?

--No tanto; lo único que aconsejo a usted es que en el comercio de los
hombres no olvide nunca eso que llaman ustedes personalidad, y que a
ratos la deje sentir también un poquito.

--Vamos, me recomienda usted el orgullo.

--No se lo recomiendo, porque sería inútil. Se habla much

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