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Descripción colonial, libro primero (1/2)

by Reginaldo de Lizárraga · Spanish · Gutenberg #39579 · 494,059 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Descripción colonial, libro primero (1/2)
    
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Title: Descripción colonial, libro primero (1/2)

Author: Reginaldo de Lizárraga

Editor: Ricardo Rojas


        
Release date: April 30, 2012 [eBook #39579]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/39579

Credits: Produced by Adrian Mastronardi, Carlos Colon and the Online
        Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
        file was produced from images generously made available
        by The Internet Archive/American Libraries.)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DESCRIPCIÓN COLONIAL, LIBRO PRIMERO (1/2) ***




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Notas del Transcriptor:

1) Texto en letras itálicas se denota con _líneas_ y texto enegrecido se
denota con =signos de igual=.

2) Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

3) Páginas en blanco han sido eliminadas




BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

DIRECTOR: RICARDO ROJAS

13

Descripción Colonial

POR

Fr. Reginaldo de Lizárraga

(LIBRO PRIMERO)

[Illustración]

BUENOS AIRES

LIBRERÍA LA FACULTAD, DE JUAN ROLDÁN

436-FLORIDA-436

1916




ORÍGENES DE ESTA BIBLIOTECA


I.--El año 1909, Ricardo Rojas proyectó por primera vez esta BIBLIOTECA,
como parte integrante de su más extenso plan de educación democrática,
que llamó _La Restauración Nacionalista_, en el informe sobre nuestra
enseñanza, presentado entonces al ministro de Instrucción Pública,
doctor Rómulo Naon. (Véase en la citada obra el capítulo VII, páginas
430-434, y en el Apéndice, el acápite número 2, páginas 482-483.)

II.--En 1910, Ricardo Rojas, delegado al Congreso de Bibliotecas,
reunido para el Centenario en Buenos Aires, renovó su iniciativa del año
anterior, concretándola más aun, y dicha asamblea de educadores la
aceptó por unanimidad, despues de oir, en sesión presidida por el
profesor Pablo Pizzurno, los fundamentos y propósitos del autor. (Véase
el proyecto y el voto pertinente del Congreso en _La Nación_ y _La
Prensa_ del mes de junio de 1910.)

III.--En 1911, este proyecto de fundar una Biblioteca popular de autores
argentinos, fué adoptado por el presidente del Consejo de Educación
doctor José M. Ramos Mejía, quien, con la lealtad que le era ingénita,
llamó espontáneamente al autor de la idea para ofrecerle la dirección y
le pidió que redactara un informe ó prospecto sobre la proyectada
Biblioteca. Ricardo Rojas accedió, indicando los mismos autores que
publicaremos nosotros, con idéntico formato, precio y periodicidad; pero
la renuncia del presidente Ramos Mejía, frustró tan generosa tentativa.
(Véase en el _Monitor de la Educación Común_, tomo XXXIX, número 466,
páginas 105-112, los antecedentes de este asunto y el proyecto de
Rojas.)

IV.--En 1912, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, confió
á Ricardo Rojas la nueva cátedra de «Historia de la Literatura
Argentina» y en la conferencia inaugural de su curso, leída el 7 de
junio de 1914 en el anfiteatro de dicha facultad, encareció la urgencia
de organizar, como base de sus estudios, la bibliografía nacional,
restaurando textos corrompidos ó divulgando los olvidados, á fin de
popularizar sus enseñanzas. (Véase dicha conferencia, parágrafo X, en el
tomo XXI de la Revista de la Universidad de Buenos Aires.)

V.--En 1913, la iniciativa teórica de Ricardo Rojas, tan lentamente
madurada, se convirtió en resolución de fundar la BIBLIOTECA ARGENTINA
por iniciativa particular, y no disponiendo él de medios para hacerlo,
nos convenció de que debíamos acompañarlo como editores en esta empresa
de cultura popular, según tuvimos ocasion de publicarlo entonces, en
nuestro primer prospecto dirigido á los futuros suscriptores. (Véase
nuestra circular, que se titula BIBLIOTECA ARGENTINA, fechada y
repartida en julio de 1914.)

VI.--Tal es el origen, públicamente documentado, de la BIBLIOTECA
ARGENTINA que Ricardo Rojas dirigirá, por el derecho que le da su
iniciativa y su versación en estas cuestiones. Realizaremos esta empresa
casi en la misma forma y con los mismos libros del proyecto que presentó
al doctor Ramos Mejía. La sanción que esta idea recibiera en el
Ministerio de Instrucción Pública (1909), en el Congreso de Bibliotecas
Populares (1910), en el Consejo de Educación (1911), han influído en
nuestro ánimo, pero declaramos que nuestra confianza estriba, sobre
todo, en el sólido prestigio de su iniciador. Nuestro éxito dependerá,
no de la idea, sino del plan y el método. Lo que no hizo el Estado, lo
hará la iniciativa particular. Desde 1914 hemos esperado para lanzarnos
á la publicidad, tener un número discreto de suscriptores. Ya lo
tenemos; pero aun con ellos, esta es una aventura patriótica, y probamos
no perseguir ganancias, con sólo invocar el delicado trabajo que demanda
cada tomo al Director, y el precio popular de nuestras ediciones.

EL EDITOR.




BIBLIOTECA ARGENTINA

Volumen 13




BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

DIRECTOR: RICARDO ROJAS

13

Descripción Colonial

POR

Fr. Reginaldo de Lizárraga

(LIBRO PRIMERO)

[Illustración]

BUENOS AIRES

LIBRERÍA LA FACULTAD, DE JUAN ROLDÁN

436--FLORIDA--436

1916




  ÍNDICE


                                                             Págs.

  NOTICIA PRELIMINAR, por RICARDO ROJAS.                      11


  LIBRO PRIMERO

  DESCRIPCIÓN BREVE DE TODA LA TIERRA DEL PERÚ, TUCUMÁN,
  RÍO DE LA PLATA Y CHILE, PARA EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR
  CONDE DE LEMUS Y ANDRADA, PRESIDENTE DEL CONSEJO
  REAL DE INDIAS, POR FR. REGINALDO DE LIZÁRRAGA.

  I.--De la descripción del Perú. De qué
  gente procedan los indios.                                  39

  II.--De la descripción del Pirú.                            42

  III.--Prosíguese la descripción del Perú.                   43

  IV.--De la punta de Santa Helena.                           44

  V.--Del pueblo de Guayaquil.                                46

  VI.--Del valle de Chicama.                                  54

  VII.--De Tumbes.                                            56

  VIII.--Del rio de Motape.                                   57

  IX.--Del puerto de Paita.                                   58

  X.--De la ciudad de Piura.                                  58

  XI.--[Del valle de Xayanca].                                60

  XII.--De los Llanos.                                        60

  XIII.--Del camino de la costa.                              64

  XIV.--De los demás valles.                                  65

  XV.--De Nuestra Señora de Guadalupe.                        66

  XVI.--Del valle de Chicama.                                 66

  XVII.--De la ciudad de Trujillo.                            68

  XVIII.--De la[s] guaca[s] de Trujillo.                      73

  XIX.--Del valle de Sancta.                                  76

  XX.--De los demás valles á Los Reyes.                       77

  XXI.--Del valle y ciudad de Los Reyes.                      79

  XXII.--De la ciudad de Los Reyes.                           82

  XXIII.--De nuestro Convento.                                86

  XXIV.--De las Capillas.                                     88

  XXV.--De las capillas del lado de la Epístola.              91

  XXVI.--De la capilla de las Reliquias.                      93

  XXVII.--De los Provinciales [que] han augmentado
  el convento.                                                95

  XXVIII.--De los Provinciales de nuestra Orden.              97

  XXIX.--De los demás Provinciales de nuestra
  Orden.                                                      98

  XXX.--De los restantes Provinciales de nuestra
  Orden.                                                     102

  XXXI.--De los religiosos que sustenta.                     105

  XXXII.--De los Obispos.                                    105

  XXXIII.--Del convento de San Francisco.                    110

  XXXIV.--Del convento de San Augustin.                      112

  XXXV.--Del convento de la Merced.                          114

  XXXVI.--Del convento del Nombre de Jesús.                  114

  XXXVII.--Del convento de los Descalzos.                    115

  XXXVIII.--Del monasterio de la Encarnación.                116

  XXXIX.--Del monasterio de la Concepción.                   118

  XL.--Del monasterio de la Trinidad.                        119

  XLI.--Del monasterio de las Descalzas.                     120

  XLII.--De la iglesia de Nuestra Señora de
  Guadalupe.                                                 121

  XLIII.--De las cofradías desta ciudad.                     123

  XLIV.--De la capilla de la Cárcel.                         125

  XLV.--De la Universidad.                                   127

  XLVI.--De los Colegios.                                    128

  XLVII.--De la capilla de Nuestra Señora de
  Copacavana.                                                128

  XLVIII.--De los hospitales.                                129

  XLIX.--De la iglesia Mayor.                                132

  L.--De los edificios.                                      133

  LI.--De los vestidos de las mujeres.                       134

  LII.--Del acompañamiento del Santísimo
  Sacramento.                                                135

  LIII.--De la cristiandad deste pueblo.                     138

  LIV.--Las cosas contrarias á esta ciudad.                  140

  LV.--De las calidades de los nacidos en ella.              142

  LVI.--Del puerto y pueblo del Callao.                      143

  LVII.--De los valles que se siguen.                        146

  LVIII.--Del valle de Cañete.                               148

  LIX.--Del valle de Chincha.                                151

  LX.--Del valle de Pisco.                                   155

  LXI.--Del valle de Ica.                                    156

  LXII.--Del valle de Guayuri.                               157

  LXIII.--Del valle de la Nasca.                             158

  LXIV.--De otros valles siguientes.                         159

  LXV.--Del valle [de] Camaná.                               160

  LXVI.--De la ciudad de Arequipa.                           162

  LXVII.--Del puerto Arica.                                  164

  LXVIII.--De los demás valles hasta Copiapó.                167

  LXIX.--De la ciudad de Quito.                              172

  LXX.--De la provincia de los Quijos.                       176

  LXXI.--De Riobamba y Tumibamba.                            178

  LXXII.--De la ciudad llamada Loja.                         182

  LXXIII.--De la provincia de Cajamarca.                     183

  LXXIV.--De la ciudad de Chachapoyas.                       184

  LXXV.--De la ciudad [de] Guánuco.                          185

  LXXVI.--De la villa de Oropesa, llamada por
  otro nombre Guancavilca.                                   187

  LXXVII.--Del asiento de Minas Choclococ[h]a,
  por otro nombre Castrovirreina.                            190

  LXXVIII.--De la ciudad [de] Guamanga.                      191

  LXXIX.--Del rio y caminos de Guamanga al
  Cuzco.                                                     194

  LXXX.--De la ciudad llamada El Cuzco.                      197

  LXXXI.--De los Andes del Cuzco y Coca.                     203

  LXXXII.--Prosíguese el camino del Cuzco á Vilcanota.       208

  LXXXIII.--Prosigue el camino al Collao.                    211

  LXXXIV.--De la laguna de Chucuito.                         212

  LXXXV.--De los pueblos que hay en esta provincia
  de Chucuito.                                               216

  LXXXVI.--Del pueblo [de] Copacavana.                       218

  LXXXVII.--Del pueblo [de] Cepita y [De]s[a]guadero.        224

  XXXVIII.--Del pueblo de Tiaguanaco.                        226

  LXXXIX.--Del camino de Omasuyo.                            227

  XC.--De la ciudad de La Paz.                               229

  XCI.--Del pueblo Calamarca y demás provincias
  del Collao.                                                230

  XCII.--Del tambo de Caracollo y camino por
  los valles hasta La Plata.                                231

  XCIII.--De los valles y pueblos desde Cliza á
  Misque.                                                    235

  XCIV.--De la provincia de Santa Cruz de la
  Sierra.                                                    239

  XCV.--Prosigue el camino de Mizque á la ciudad
  de La Plata.                                               245

  XCVI.--De la ciudad de La Plata.                           246

  XCVII.--De otro camino para la ciudad de La
  Plata.                                                     253

  XCVIII.--De los pueblos de españoles en valles
  cerca de los Chiriguanas.                                  257

  XCIX.--De los Chiriguanas y sus calidades.                 258

  C.--Del cerro de Potosí.                                   263

  CI.--Del cerro de Potosí.                                  269

  CII.--Las vueltas que ha dado Potosí.                      271

  CIII.--De la abundancia de que goza Potosí.                273

  CIV.--De las perroquias de Potosí.                         275

  CV.--De las cofradías.                                     277

  CVI.--De la destemplanza de Potosí.                        279

  CVII.--De la provincia de las Chichas y Lipes.             280

  CVIII.--Del valle Tarija.                                  281

  CIX.--De otros pueblos en frontera y la tierra
  adentro de los Chiriguanas.                                286

  CX.--Del cerro llamado Porco.                              287

  CXI.--Del camino de Porco á Arica.                         288

  CXII.--De la calidad y costumbres de los indios
  destos reinos.                                             290

  CXIII.--Cómo los gobernaba el Inga.                        296

  CXIV.--Cómo se han de gobernar en algunas
  cosas.                                                     302

  CXV.--El azogue consume muchos indios.                     306

  CXVI.--Cómo se crian los hijos de los españoles
  que nacen en este reino.                                   307




DESCRIPCIÓN COLONIAL

NOTICIA PRELIMINAR

POR

RICARDO ROJAS




NOTICIA PRELIMINAR

SUMARIO: Quién era Fray Reginaldo de Lizárraga
(1545-1615).--_Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la
Plata y Chile_ (1605).--Parte de esta obra que se refiere á la naciente
sociedad argentina (capítulos LXII-LXXII).--Biografía de
Lizárraga.--Fecha probable de su viaje por nuestro país: 1589.--Valor
histórico de su obra.--Sus condiciones de observador.--Algunos ejemplos
de juicios, etopeyas y paisajes.--Valor relativo de su prosa entre las
crónicas del siglo XVI.


I

Al finalizar el siglo XVI llegó á Santiago del Estero, capital entonces
del Tucumán, el padre fray Reginaldo de Lizárraga, visitador de los
conventos dominicos en la dilatada provincia del Perú. Su verdadero
nombre era Baltasar de Obando, como su padre, que habia entrado al Nuevo
Mundo con los primeros conquistadores del imperio incaico. Nacido en
1545--unos dicen en Lima, otros en España,[1]--profesó á los quince años
en la orden de Santo Domingo. Fué su maestro Fray Tomás de Argomedo,
«varon doctísimo, de grande ejemplo en vida, é insigne predicador»,
quien, al consagrarle en 1560, le cambió el nombre paterno por el otro
con que le conocemos en sus obras, pues aquél solia decir: «á nueva
vida, nombre nuevo». Desde entonces le distinguieron por «Fray Reginaldo
de Lizárraga». Por tal llegó á Santiago, y así firmó los libros que más
tarde escribiera, entre ellos esta _Descripción_ de su viaje, que ahora
publica la BIBLIOTECA ARGENTINA[2].

En 1586 dividióse la provincia dominica del Perú, creándose la de San
Lorenzo Mártir, que comprendía, más ó menos, Chile, la Argentina y el
Paraguay actuales. Fray Reginaldo fué nombrado provincial de la nueva
jurisdicción, y en tiempo de Sixto Fabro, general de la órden,
mandáronle á visitar los conventos del vasto territorio que se extendía
de Buenos Aires y la Asunción á Concepción y Coquimbo, y de Salta y
Esteco á Córdoba y Mendoza. Por tal motivo llegó á Santiago hacia 1589,
cuando gobernaba don Juan Ramírez de Velasco, de quien guardó muy
halagüeño recuerdo, y del cual escribió pocos años más tarde: «caballero
bien intencionado; el cual pobló de españoles las faldas de la
cordillera vertientes á Tucumán». «Caballero dócil y que fácilmente
recibe la razon y se convence»--como dice esta _Descripción_.--Más
adelante agrega, recordando á Abreu, á Lerma, sus trágicos antecesores,
«creo no le sucederá lo que á los sobredichos»[3].

Harto menguada era la situación de los dominicos en su convento de
Santiago, cuando Lizárraga los visitó. «Pasando yo por esta
provincia--escribe él mismo--(y esto me compelió ir por ella á Chile),
hallé seis ó siete religiosos nuestros divididos en doctrinas; uno en
una desventurada casa en Santiago; más era cocina que convento; es
vergüenza tratar de ello; y teníanle puesto por nombre Santo Domingo el
Real; viendo, pues, que no se podía guardar ni aún sombra de religion en
él, lo saqué de aquella provincia; es cosa de lástima haya ningunos
religiosos en ella, porque un solo fraile en un convento y en un pueblo,
¿qué ha de hacer? Una ánima sola--decíanos--ni canta ni llora.»--Era
mejor el convento franciscano, con cinco ó seis religiosos; pero
igualmente precario el de la Merced. En torno de ellos, la ciudad
menguaba en fortín ó aldea, visible apenas entre selvas vírgenes y
tribus nómades. Las gentes vivian del maíz; beneficiaban la miel
silvestre que vendían en odres al Perú; vestían trajes burdos de lana,
que allí mismo labraban y teñían. Un extranjero proyectaba por esos
días--según nos cuenta el fraile escritor--montar un molino á la manera
de los que él habia visto en «Alemaña», pero murió á la sazon sin lograr
su empresa, y siguióse la molienda del trigo y maíz en morteros de
piedra, según usanza de los indios. Habia, sin embargo, dos ó tres
«atahonas» particulares. Las casas eran pobres, de adobe, y se
desmoronaban fácilmente, por ser la tierra salitrosa. Y si ésta era la
situación de la capital en la provincia, puede medirse cómo eran las
otras aldeas y cómo todo el interior argentino al finalizar el siglo
XVI. Tal como Fray Reginaldo de Lizárraga lo viera entonces, así
volvemos á verlo nosotros en las páginas de este libro, donde nos dejó
la «descripción» de sus viajes.

Antes de visitar nuestras ciudades, Fray Reginaldo habia residido en el
convento de Lima; despues, vuelto al Perú, en diversas localidades:
Arequipa, Cuzco, Guamanga, La Plata y otras, ya como doctrinero, ya como
prior de su órden. Despues de 1591, estaba en Jauja cuando el virrey
García Hurtado recomendóle ante Felipe II para el obispado de la
Imperial ciudad chilena. Nombráronle en 1599. Por diversos
inconvenientes no pasó á Chile hasta 1602, llegando á hacerse cargo de
su sede en 1603, más bien con desabrimiento que entusiasmo. Los indios
de Valdivia acosaban la region; ese obispado era pobre; y en una carta
de 1604, el propio Lizárraga se lamentaba: «La iglesia, paupérrima; las
misas se dicen con candelas de sebo, si no son los domingos y fiestas;
el santísimo se alumbra con aceite de lobo, de mal olor. Si se halla de
ballena no es tan malo». Intentó renunciar á semejante probenda...
Dicen, no obstante, que era virtuoso, que lo amaba el pueblo. El
gobernador Alonso de Ribera recomiéndalo al Rey así: «Usa el oficio con
mucha edificación de letras, vida y ejemplo». Parece lógico, pues, que
en 1607 lo trasladaran de obispo al Paraguay. Hacia 1602 murió en la
Asunción, á los sesenta años de edad. Aseguran las crónicas
eclesiásticas que murió santamente[4].

Los viajes de Lizárraga por el Perú le permitieron conocer las ciudades
nombradas y los valles de Chincha, Pisco, Ica, Nasca, Cumaná, Chicoama,
Tarija, y otros de que trata en su libro. De nuestro país, describe las
comarcas y pueblos de Salta, Esteco[5], Santiago, Córdoba, Mendoza; toda
la tierra que va desde la Puna hasta la cordillera de Cuyo. Durante esas
jornadas conoció las riberas del Chucuito, los tambos del Collao, la
quebrada de Humahuaca, los desiertos de Córdoba, las cordilleras de
Mendoza. Hombre docto como era, trató á gobernantes y prelados, á
caciques y conquistadores, á maestros y bandidos; inquirió noticias
históricas sobre el pasado de estos reinos; observó las costumbres y
caracteres de la época en que tocárale vivir; y legó á su posteridad la
memoria de sus viajes en esta «Descripción», primer libro donde se
muestra, en visión sedentaria, la tierra y la sociedad de la conquista
argentina.

El verdadero título del libro es como sigue: _Descripción breve de toda
la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile_[6]. Sabido es que
en aquel primer momento de la conquista, todas estas regiones--ó
«reinos» como se decía--formaban una sola entidad política y moral, cuyo
centro era Lima. Posteriormente vinieron las segmentaciones
administrativas y espirituales, núcleos tradicionales y geográficos de
actuales naciones americanas en esta parte del continente. Pero en el
siglo de Lizárraga vemos como los hombres y las cosas coloniales se
movían á través de las susodichas regiones dentro de una sola unidad.
Así por ejemplo en el capítulo LXVIII dice de don Juan de Garay, despues
de escribir sobre la Asunción: «La segunda ciudad, el río abajo, según
dicen 150 leguas, se fundó en nuestros días por el capitan Juan de
Garay, de nación vizcaíno, hombre nobilísimo y muy temido de los indios,
llamada Sancta Fe; _conocílo y tratélo en la ciudad de la Plata_»[7].
Probablemente conoció en La Plata, ó en Lima, ó en Oropesa, donde
tambien residió, á Barco Centenera, autor del poema _Argentina_, y á
algunos otros personajes del Río de la Plata. En el convento dominico de
la ciudad de los Reyes, Fray Reginaldo habia sido compañero de noviciado
con Fray Francisco Victoria, más tarde obispo del Tucumán, y de él nos
dice en el capítulo VI: «...fuimos novicios juntos; varon docto y agudo;
fuese á España, donde murió en corte, y hizo heredero á la magestad del
Rey Felipe Segundo, de mucha hacienda que llevó, y loablemente lo hizo
así. Sucedióle el reverendísimo señor Don Fray Fernando Trejo, que agora
reside en su silla, y resida por muchos años»[8]. Así este libro de
Lizárraga, que participa de la índole de los libros de viajes y
memorias, abunda en sugestiones y noticias para nosotros interesantes,
aun en los capítulos que no se hallan especialmente destinados á
describir las tierras y las cosas que pertenecen hoy, políticamente, á
los dominios de la República Argentina.


II

La obra que nos ocupa, divídese en dos partes. La primera es pertinente,
más bien, á las cosas del Perú, Bolivia y Ecuador actuales. La siguiente
se titula: «LIBRO SEGUNDO.--_De los prelados eclesiásticos del reino del
Perú, desde el reverendísimo don Jerónimo de Loaiza, de buena memoria, y
de los virreyes que lo han gobernado, y cosas sucedidas desde don
Antonio de Mendoza, hasta el conde de Monterrey, y de los gobernadores
de Tucumán y Chile._» Mas á pesar de la limitación que el título parece
marcar, la segunda parte no reviste carácter de relacion histórica
escueta y retrospectiva, sino que, en los capítulos pertinentes á
nuestras provincias del norte y del oeste, acentúa, por lo contrario,
ese colorido, á veces conmovedor, de memoria personal ó relato de
viajes.

La _Descripción_ cuenta por todo 204 párrafos--116 de la primera parte y
88 de la segunda,--breves capítulos encabezados por sendos epígrafes.
Los que expresamente se refieren á nuestro país son los postreros del
libro, del LXII al LXXII, en la segunda parte. Despues de la extensa
noticia histórica sobre los virreyes y obispos, el visitador reanuda el
itinerario interrumpido en la primera parte al llegar á Tarija y
regiones inmediatas, para continuar la descripción con este epígrafe:
«Del camino de Talina á Tucumán» (LXII), el cual penetra de la provincia
de Chichas en nuestro país actual, y sale de él con este epígrafe: «Del
camino de Mendoza á Santiago de Chile» (LXXII), con lo cual penetra en
el reino trasandino, donde Fray Reginaldo de Lizárraga llegó á ocupar la
sede episcopal de la imperialense. A pesar de ello, no dedica á Chile
más que quince capítulos. Describe á Santiago, Osorno, Valdivia, Castro;
da la cronología de sus obispos hasta él; de sus gobernadores hasta
Alonso de Ribera; y concluye con un capítulo sobre «cualidades de los
indios de Chile».

Alusiones contenidas en esta obra, permítenme inducir dónde escribió su
libro el obispo de la Imperial. Don José Toribio Medina, historiador de
la literatura colonial de Chile, afirma sin vacilación que la escribió
en aquel país.

Yo creo, sin embargo, que la obra fué en su conjunto formada con notas
de diversas épocas de la vida de Lizárraga, reunidas con el ánimo de
imprimirlas en España. Dicha obra, según su edición reciente, fué
dedicada al señor conde de Lemos y Andrada, Presidente del Consejo de
Indias. Procuraré dilucidar ahora la prueba y el lugar en que los varios
fragmentos de la obra pudieron ser escritos, aunque lo haré con todas
las reservas del caso, dada la precaria información que se posee sobre
Lizárraga y sus obras. Con iguales reservas aparece esta edición, y si
me he decidido á darla, es por lo interesante de las noticias argentinas
que contiene y por la frecuencia con que esta obra ha empezado á ser
citada por nuestros historiadores.

Fray Reginaldo de Lizárraga realizó dos viajes á Chile: uno entre 1586 y
1591, como visitador de la órden; otro en 1602, para ocupar el obispado
de la Imperial. En 1591, término de su primer viaje, regresó de Chile á
Lima para desempeñar el cargo de maestro de novicios. Creo que fué
despues de 1591, en el Perú, donde escribió la primera parte de su obra
y algo de la segunda. Despues de 1603, en el suelo de Chile, habria
escrito los quince capítulos que se refieren á aquel país, y que
complementan la memoria ó _descripción_ de sus viajes. Me fundo para
ello en el capítulo LXXVI de la primera parte, donde dice:--«Yo confieso
verdad que en dos años que vivo en este pueblo de Chongos»[9],
etc.--Luego estos capítulos eran escritos en el Perú. Esto se ratifica
en otros pasajes como el LXXVIII, donde al hablar de la ciudad de
Guamanga, dice:--«Edificó aquí un vecino desta ciudad, llamado Sancho de
Ure», etc.--La segunda parte de la obra, da la impresión de que cambia
de asunto, al acometer la cronología de los gobernantes y virreyes, pero
sin cambiar de lugar. Esa impresión persiste en todos los capítulos,
incluso en los que tratan del Tucumán, cuyos lugares aparecen como
aludidos ó recordados desde el Perú. No ocurre lo mismo en los capítulos
finales, referentes á Chile, donde nos encontramos con expresiones como
la siguiente:--«En este estado dejó la tierra Alonso de Ribera á Alonso
García Ramón, que vino á este reino», etc. (LXXXVII). Asimismo al tratar
de los prelados y religiosos de las órdenes:--«La primera religion que
pasó á este reino (Chile) creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes»,
etcétera (LXXXII).--Y no sólo el cambio de lugar se advierte en la
yuxtaposición de dichos fragmentos, sino el cambio de la época en que
uno y otro fueron escritos: aquéllos en el Perú, entre 1591 y 1602,
antes de ser obispo de la Imperial; éstos, en Chile, entre 1603 y 1607,
año en que fué trasladado de la Imperial á la Asunción, donde Lizárraga
falleció[10]. Así al hablar del último obispo de la Imperial, don
Agustín de Cisneros, «á quién sucedí yo--agrega--en este tiempo tan
trabajoso», «...empero, falta lo principal, que es la virtud, y el
pusible, por ser obispado paupérrimo, que apenas se puede sustentar, y
no tengo casa donde vivir, que si en San Francisco no me diesen dos
celdas donde vivir, en todo el pueblo no habria cómodo para ello, con
todo esto, tengo más de lo que merezco, por que si lo merecido se me
hubiese de dar, eran muchos azotes» (LXXXI).--Tales alusiones, de tiempo
presente, prueban que los escribió siendo obispo, y en la Imperial; pero
tal cosa ocurre sólo en los contados capítulos adicionales de tema
chileno, probándose por todos los anteriores (más de 150 párrafos) que
no solamente los escribió en el valle de Chongos, sino que lo hizo antes
de ser obispo. De suerte que cuando Fray Reginaldo describe las ciudades
de Santiago del Estero y Mendoza, ó pinta los paisajes de la llanura
cuyona, se refiere á aquellos lugares tal como los viera en su primer
viaje de 1589, cuando pasó para Chile como visitador de los conventos de
su órden, y no como pudo verlos en 1602, si es que pasó por tierra
argentina, cuando fué á tomar posesion de su obispado trasandino. El
viaje que describe es tan penoso por lo largo de las jornadas en el
desierto y lo precario del hospedaje en los tambos indios, que sólo pudo
realizar aquel viaje terrestre por necesidad de visitar los conventos.
Parece probable que el viaje episcopal, libre de ese deber, lo realizara
por la costa del Pacífico. Creo haber esclarecido, con las propias
palabras de Fray Reginaldo, la cuestión bibliográfica que el señor
Medina plantea, sin resolver definitivamente.


III

Cuando Lizárraga vino á nuestro país, dicen cronistas como Menéndez, que
practicó su viaje á pie desde Lima hasta el Tucumán, más ó menos. Habia
salido del Perú con sus alforjas y su bastón de caminante por precario
avío. Acompañábale un fraile de su convento; pero cansado del camino,
éste, menos santo que aquél, tornóse á Lima donde mentó las privaciones
y asperezas que iba sufriendo el visitador en su larga jornada. Estas
condiciones del viaje han sido puestas en duda por Medina[11]; pero
sabemos que otros prelados como San Francisco Solano, Alonso de Barzana
ó Luis de Bolaños, los realizaban habitualmente. Cierto que los
biógrafos ó cronistas de las órdenes emulaban en su afán hagiográfico ó
en su ilusión milagrera, pero no debemos extrañarnos de que los
evangelistas realizaran por necesidad ó voto de virtud, lo que tambien á
veces realizaban los conquistadores militares. Lo cierto es que el
relato de Lizárraga, sobre todo en la parte del camino que media entre
Santiago del Estero y Córdoba, abunda en observaciones que parecen
propias de un caminante á pie, pues habia llegado á familiarizarse con
el secreto de las tierras que recorría. El paisaje no se le presenta
sólo como un espectáculo visual, accesible á los ojos extraños del
observador, sino como un recuerdo de cosas vividas en la intimidad de
nuestros desiertos. A tal pertenece el siguiente pasaje en que muestra á
los avestruces de la llanura argentina, visto al ir hacia Córdoba:

«En toda esta tierra y llanuras hay cantidad de avestruces; son pardos y
grandes, á cuya causa no vuelan; pero á vuelapié, con una ala, corren
ligerísimamente; con todo eso los cazan con galgos, porque con un
espolón que tienen en el encuentro del ala, cuando van huyendo se hieren
en el pecho y desangran. Cuando el galgo viene cerca, levantan el ala
que llevan caída, y dejan caer la levantada; viran como carabela á la
bolina á otro bordo, dejando al galgo burlado» (LXV).

Otro pequeño cuadro rústico de la llanura santiagueña, se lo inspira la
vida de los pájaros y su casa ingeniosa, que tres siglos más tarde dictó
una bella página á Sarmiento[12].

«Es providencia de Dios--dice Lizárraga--ver los nidos de los pájaros en
los árboles: cuélganlos de una rama más ó menos gruesa, como es el
pájaro mayor ó menor, y en contorno del nido engieren muchas espinas; no
parecen sino erizos, y un agujero á una parte por donde el pájaro entra,
ó á dormir ó á sus huevos, y esto con el instinto natural que les dió
naturaleza para librarse á sí y á sus hijuelos de las culebras» (LXV).

Cierto pasaje de este mismo capítulo LXV, da á entender que una parte de
la jornada la hubiera hecho á caballo, pues hablando de sus pantanos y
tremedales, dice: «_se sumen el caballo y caballero en el cieno_». Otro
pasaje del capítulo LXVI, da á entender que de Santiago á Córdoba y de
Córdoba á Buenos Aires, se hacía ya la travesia en carretas:--«_El
camino, carretero; y así caminé yo desde Estero_ (sic) _á esta cebadad,
que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el
camino á Buenos Aires, tambien en carretas, que son otras 200, pocas
menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa, que no se halla un
arbolillo_». Por el mismo transporte, en convoy de doce carretas
cuyanas, pasó de Córdoba á Mendoza, que ya era estación carretera del
tráfico andino. Los ferrocarriles actuales han seguido las rutas de
1590.

Pasajes de tal género, pudiera yo citar numerosos. Otros hay en que
caracteriza á nuestros indios ó á los gobernantes españoles que vinieron
á reducirlos. De los juries[13] dice, por ejemplo: «Son haraganes y
ladrones» (LXXI); y de los guarpes[14]:--«Son mal proporcionados,
desvaídos» (LXXI). De don Francisco de Aguirre dice:--«Varon para guerra
de indios, bravo», y del licenciado Lerma:--«En Tucumán, unos le alaban,
otros le vituperan» (LXVII).--Muéstrase, como se ve, capaz de
caracterizar los hombres con un rasgo lacónico. Asimismo, logra á las
veces caracterizar un paisaje, haciéndolo visible por una comparación,
como cuando retrata las salinas de la Puna, ya explotadas entonces por
los indios Cochinocas y Casavindos:--«De lejos, con la reverberación del
sol--dice--no parece sino río, y á los que no lo han visto nunca,
espanta, pensando que han de pasar río tan ancho; llegados, admira ver
tanta sal» (LXII).--Y cuando retrata la estructura de aquellas nacientes
sociedades argentinas, elige rasgos que han subsistido. Por ejemplo, de
Mendoza, fundada «á las vertientes de estas sierras nevadas» dice su
libro:--«_La cibdad es fresquísima, donde se dan todas las frutas
nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó
de allá se lo vienen á comprar_»[15]; _es abundante de todo género de
mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es
leña para la maderación de las casas_» (LXXI).--Así van sucediéndose en
el libro, anécdotas de cautivos, paisajes de la cordillera, asaltos de
indios á las carretas, noticias sobre conventos y vecinos, hasta hacer
de su libro un cuadro sugerente y muy completo de lo que fué el embrión
de nuestro país en el siglo XVI, al terminar la primera conquista
militar de los españoles. Así tambien el viaje de Concolorcorvo,
realizado por aquellos mismos caminos que dos siglos antes recorriera
Lizárraga, iba á ser el cuadro más completo de esa misma embrionaria
sociedad argentina al concluir la colonización española, en las vísperas
de la emancipación americana...

IV

No fué esta _Descripción_ el único libro que escribió Reginaldo de
Lizárraga. Menéndez, el cronista de los dominicos, le atribuye además de
esa obra (que ese cronista conoció y aprovechó), estas otras sobre
cuestiones religiosas: _Los cinco libros del Pentateuco_; _Lugares de
uno y otro Testamento que parecen encontrados_; _Lugares comunes de la
Sagrada Escritura_; _Sermones del tiempo y Santos_; _Cartas y Comento á
los Emblemas del Alciato_. Hoy se dan por perdidos estos libros; pero yo
no suelo abandonar jamás la esperanza de que vayan reapareciendo todos
estos antiguos códices coloniales, á medida que las investigaciones
paleográficas avanzan y se perfeccionan, mucho más si se tiene en cuenta
que Lizárraga dejó preparados dichos papeles para su publicación, y que
á los papeles de un religioso como él les han alcanzado menos las
vicisitudes temporales de viajes y guerras, pues siempre tuvieron quien
los guardara, ya en la órden en que fué provincial ó visitador, ya en
las diócesis donde fué obispo. Pero aun perdido el texto, esos títulos
bastan para revelarnos que Fray Reginaldo fué un hombre sabio en
ciencias sagradas, que apasionaban en su tiempo; y acaso en letras
clásicas, instrumento inherente á la cultura teológica[16]. Pero nada
de todo ello se advierte en la _Descripción_ que se ha salvado, sin duda
porque á esta otra la caracteriza, por su género, un tono familiar,
fluyente á la deriva de sus recuerdos espontáneos, tal que á la
disertación abstracta y erudita, roban su sitio anécdotas expresivas,
paisajes característicos, intencionadas etopeyas, mientras pasan por el
espejo del recuerdo, tanto cosas, hombres y sitios como conoció en sus
duras andanzas por las Indias.

El «estilo» de Lizárraga es casi siempre desaliñado, pero su observación
es siempre aguda; su memoria, feliz; su sentimiento, plástico para su
época. El temperamento belicoso de los conquistadores militares y el
ascético temperamento de los conquistadores evangélicos, no dejaba mucho
lugar á la contemplación sensual de las cosas mundanas, fuente de forma
y de color en el arte. De ahí que estos libros de Indias no abunden en
pasajes de verdadero valor literario. Cuando quieren describir,
enumeran; cuando quieren narrar, enumeran tambien; y sus temas son
siempre de utilidad para la acción perentoria ó para el arrobamiento
extraterreno. En la _Descripción_ de Lizárraga, yo he encontrado, sin
embargo, pasajes que traducen su relativa delectación, como aquellas dos
líneas, en las cuales, describiendo la ciudad de Arequipa, sus
edificios, sus aguas, sus temblores, dice:--«Continuamente, la puesta
del sol es muy apacible, por la diversidad de arreboles en los celajes,
á la parte del Poniente» (LXVI). En el capítulo LV, diserta sobre las
cualidades de «los criollos» («así les llamamos»), y entonces dice de
las limeñas:--«_De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás
de todo el reino, Tucumán y Chile, no tengo que decir sino que hacen
mucha ventaja á los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo
escribiera si no fuera notísimo_». Ese juicio continúa siendo verdad;
pero sorprende encontrarlo bajo la pluma de un cronista primitivo. Ni el
sentimiento de la naturaleza ni el de la belleza femenina, asoman con
frecuencia en la prosa colonial del primer siglo. En tal sentido,
Lizárraga es una excepción en el Plata. Su libro es uno de los
documentos más humanos de la primitiva literatura colonial, por su
acento sincero, y por la profusión de noticias personales que enriquecen
sus páginas. Entre tantas piezas cartularias, dogmáticas, protocolares,
esta _Descripción_ es un oasis de cosas vistas y sentidas, un espejo de
vida verdadera. A los áridos testimonios de las «informaciones» y
«probanzas», él les da forma: á los episodios oficiales de las
«relaciones» y las «actas», él les da color de anécdota novelesca. Tal,
por ejemplo, aquel pasaje en el cual habla del Cuzco y del convento de
Santo Domingo en esta ciudad: «Nuestra casa es lo que antiguamente se
llamaba, gobernando los Ingas, la Casa ó Templo del Sol»;--así dice
Lizárraga.--Pinta despues cómo eran las murallas; cómo una fuente de
piedra donde evaporaba el sol la chicha que bebia; cómo «una lámina de
oro, en la cual estaba el sol esculpido» y que servía para tapar la
chicha en la fuente litúrgica. Y á eso agrega su anécdota personal:
«Cuando los españoles entraron en esta ciudad, le cupo en suerte (la
lámina) á uno de los conquistadores que yo conocí, llamado Mansio
Sierra, de nación vizcaíno y creo provinciano; gran jugador: jugó la
lámina y perdióla: verificóse en él que jugó el Sol»... (LXXX).

Otra anécdota de carácter más novelesco que histórico, refiere, por
ejemplo al hablar de los Andes del Cuzco; anécdota de color ciertamente
salvaje:

«Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras y de culebras que
llaman bobas: éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, si no
es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió
lo que diré: tres soldados volvíanse á sus casas de las chácaras de la
Coca, á pie: no es tierra para caballos. El uno quedóse un poco atrás á
cierta necesidad corporal; acabada, siguió su camino solo, pues los
compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una
culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la
pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos de ella, de la
misma calidad; la postrera, viendo á nuestro soldado, cíñele todo el
cuerpo, y la boca encaminaba á la garganta; el pobre, que se vió ceñido
y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de
la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar á
su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado,
apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le
hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre,
viéndose de aquella suerte, gemia; no podía gritar, sino bramar. Los
compañeros, pareciéndoles que tardaba, pararon un poco, oyeron los
bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero; halláronle de la
suerte que lo hemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y
metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra
hecha dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto;
lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo
amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí
esto á hombres que le conocieron» (LXXXI).

Combates singulares de hombres con víboras gigantescas debian ser
frecuentes en la conquista. Las crónicas nos refieren de algunos. En
este mundo virgen, semejante confrontación de una terrible fauna nueva y
de la cenceña imaginación de los soldados, exaltada por la reciente
caballería, tales animales se les antojaban dragones algunas veces.
Ulrich Schmidel en su «Viaje» y Barco Centenera en su «poema», nos han
dejado el recuerdo de combates análogos con las temibles serpientes y
yacarés del Paraná[17]. Pero esta descripción de Lizárraga es más
realista, más animada y plástica que todas las otras. Esta podria
pintarse. Por eso, aunque incorrecta, la trascribo, como muestra de su
estilo y de sus facultades de descriptor y narrador, primitivas por
cierto, pero apreciables en su tiempo, cuando los cronistas coetáneos
carecían de ellas. Lizárraga mira con simpatía la naturaleza y los
hombres, los campos y las ciudades, los gestos y las palabras, los
españoles y los indios, los brillantes acontecimientos gubernamentales y
las humildes anécdotas dramáticas, los virreyes y los obispos, los
árboles y los animales. De ahí el interés humano de toda su obra, de ahí
la prueba de su sensibilidad literaria, siquiera incipiente. Y no sólo
se la cultivó á sí propio, sino que hubiera querido difundir la cultura
entre los demás. Cuando estuvo en Guamanga, quiso fundar allí
Universidad. Encontraba en ésta mejor clima que en la Ciudad de los
Reyes, y no la alcanzaba el peligro de los temblores. «No sé yo--nos
dice--si en lo descubierto se hallará mejor temple ni más sano para
fundar una universidad, porque ni el calor ni el frío impiden todo el
año que no se pueda estudiar á todas horas. Yo tuve casi concertado con
un hijo de un vecino, hombre principal, fundase con su hacienda en
nuestra casa, un colegio con que ennobleciese su ciudad. Sacóme la
obediencia para este asiento (Chongos) y quedóse. Fuera obra heróica y
de gran provecho para todo el reino; la ciudad se aumentara, y de todo
el reino vendrian á oir Teología, porque los nacidos en la Sierra corren
mucho riesgo de su salud en Los Reyes» (LXXVIII). Tal superioridad
espiritual trasciende, desde luego, en esta _Descripción_, que no sólo
nos dan el hilo de su vida, sino la visión de los pueblos que recorrió,
haciendo de ella una valiosa fuente de pequeñas noticias locales, que
empieza á ser explotada ya por nuestros historiadores. Datos no siempre
guardados por documentos oficiales, los conocemos por ella; tales como
la clase de vecinos que habitaban los pueblos, la índole de los
indígenas comarcanos, la manera como estaban construídas las casas de
los encomenderos y magistrados, los alimentos de que se proveían, la
forma en que se realizaba el comercio, la dificultad de los viajes, los
precios de las cosas, las pasiones de los hombres, el ambiente precario
de los conventos, la epopeya instintiva de los indios, todo cuanto
constituye, en fin, la vida argentina del siglo XVI, la primitiva
conciencia del drama histórico en el vasto escenario virgen donde
comenzaba entonces á fundarse nuestra civilización. He ahí por qué me ha
parecido tambien que este libro tenia derecho á figurar en una
BIBLIOTECA ARGENTINA, como otros de su índole, que más adelante
publicaré.

RICARDO ROJAS

[1] Lizárraga dice que nació en Medellín (I p. 121)

[2] Dada la índole de esta obra, omitimos en este volumen la nota
biográfica sobre el autor, que hemos dado en los anteriores. Lo que de
Lizárraga se sabe, y que lo debemos casi exclusivamente á Fr. Juan
Meléndez en sus _Tesoros verdaderos de las Indias_, va incluido en esta
«Noticia preliminar». Falta asimismo el retrato del autor, por no haber
encontrado iconografía de Lizárraga, no conociéndose ni siquiera
tradición sobre algun retrato suyo.

[3] Es bien sabido que éstos finalizaron trágicamente sus gobiernos.

[4] Sobre estos y otros detalles de la muy fragmentaria biografía de
Lizárraga, puede verse la _Literatura colonial de Chile_, por D. J.
Toribio Medina, y los cronistas eclesiásticos en que él se apoya:
Menéndez, Errázuriz, etc. Especialmente el P. Menéndez, parece haber
servido de fuente principal á Medina.

[5] Esta ciudad de Esteco, es la del mismo nombre que poco más tarde fué
destruída por un cataclismo, y sobre la cual los cronistas eclesiásticos
de la colonia han tejido una leyenda muy impregnada de reminiscencias
bíblicas.

[6] De acuerdo con la tendencia popular que abrevia los títulos
bibliográficos por su palabra más significativa, hemos puesto
simplemente _Descripción_ en la carátula de este volumen, por ser muy
extenso su título auténtico y porque no hacemos con ello sino
anticiparnos al pueblo, que lo abreviaría en este caso, como lo ha hecho
con _Bases_, _Facundo_, _Hamlet_, _Quijote_, etc. Nos hemos atrevido á
llamarle _Descripción Colonial_, para definir su carácter, y nos hemos
creído con derecho á hacerlo, porque toda variante de ese género va
advertida en el texto ó en las «Noticias preliminares» de nuestra
BIBLIOTECA, y porque no sabemos cuál fué el título auténtico de esta
obra, no editada en vida del autor, ni impresa sobre sus originales.
Alude á esta obra don Toribio Medina en su ya citada _Historia_, pero no
sabemos si se atiene sólo á las citas fragmentarias del cronista
Meléndez, ó á cierto manuscrito atribuído á Lizárraga con el nombre de
_Descripción y población de las Indias_ ó _Descripción y población de
los reynos del Perú_. De ese manuscrito, existente en la Biblioteca
Nacional de Madrid, copió los pasajes interesantes para Chile, el señor
Barros Arana. El todo era un infolio de 308 páginas. Una nota dice:
«Concuerda este escrito con el libro original de donde se sacó el año
1735, que está archivado en la librería de San Lázaro en la ciudad de
Zaragoza». Serrano y Sans, en su edición de 1909, se habria valido de la
copia de Madrid, ó del original de Zaragoza. Los fragmentos que copia ó
alude Medina (tomados á Meléndez ó á Barros Arana) coinciden algunos con
la edición de Sans; otros concuerdan en el fondo y no en la forma. Tal
cosa pudiera provenir de las variantes explicables en estos antiguos
códices manuscritos, á menos de aceptar que Lizárraga escribiera dos
obras de asunto análogo. Pero mi impresión es que la obra inédita
aludida por Medina, es la misma que yo comento sobre el texto de este
volumen. La presente edición (hecha literalmente sobre la española de
1909) es la primera que se publica en volumen especialmente destinado á
esta obra y la primera que aparece en América.

[7] Garay fué á La Plata, enviado por los españoles del Paraguay, para
arreglar con la hija de Ortiz de Zárate la sucesion del gobierno,
vacante por la muerte de su padre en 1578.

[8] El texto de Serrano y Sans dice _Francisco de Trejo_, pero es,
evidentemente, un error de copia. Alusiones á cosas de actualidad
entonces, como este obispo Trejo y Sanabria ó el gobierno de López de
Velasco, me han servido tambien para inferir la fecha en que este libro
pudo ser redactado.

[9] Chongos, lugar del Perú, cerca de la villa de Oropesa, ó
Guancavélica, y cerca de Jauja.

[10] De esta última época de su vida, no habla la _Descripción_. Por eso
y por lo avanzado de su edad (murió de 70 años) creo que no escribió su
libro en el Paraguay. En el capítulo LXII de la segunda parte del valle
de Jujuy, «donde habia siete años que aquel mismo gobernador Juan
Ramírez de Valasco pobló un pueblo de españoles para la paz de
Ornaguaca». Jujuy se fundó en 1593 (véase mi _Archivo Capitular de
Jujuy_, t. I). Tomando la última fecha, más los siete años á que se
refiere Lizárraga, quiere decir que esta segunda parte fué escrita hacia
1600 más ó menos. Es sabido que hasta 1603 Fray Reginaldo no volvió á
Chile, como obispo de la Imperial. Este dato corrobora mi conjetura
sobre los lugares y las fechas en que pudo ser escrita la _Descripción_,
y destruye de plano la afirmación de que hubiera podido escribirla en
Chile.

[11] _Op. cit._ (t. II, nota de la pág. 48).

[12] SARMIENTO. _Mis pajaritos_ (t. XLVI, p. 261).

[13] Nombre de los indios casi nómades que habitaban en las riberas del
Dulce.

[14] Nombre de los indios que habitaban las provincias de Cuyo. Otros
escriben _huarpes_.

[15] Interesante noticia, que da á la industria vinícola de Cuyo una
antiguedad de 325 años. Esa industria siguió cultivándose durante los
siglos XVII y XVIII, y sus productos se vendían en el norte, llevados á
lomo de mula. (Véase los _Libros de la Renta de Propios_ en el Archivo
de Jujuy. Documentos inéditos.) Algo semejante ha ocurrido con las
industrias tucumanas, por donde se ve que ellas no son del todo un
invento moderno de las oligarquías proteccionistas...

[16] En la _Bibliografía Americana_ del famoso Pinelo (tomo II, página
912), leyendo la sección llamada _Autores de cuyos escritos ay duda_,
encuentro esta noticia: «De Fray Reginaldo de Lizárraga, Dominico,
Obispo de la Imperial de Chile, tengo noticia que escribió un curioso
Libro: _De las cosas del Perú_, i que lo embió á este Reino; por no
hallar mas particular mencion, ni estar en su autor mismo, lo pongo en
este título». Probablemente se refiere al propio libro que ahora
publicamos, pues «cosas del Perú» se llamaban entonces tambien á las
nuestras. La notica y copia de Barros Arana, que cita Medina
(_Literatura Colonial_), varía tambien el título y no la atribuye á
Lizárraga, sino á _Baltasar de Obando_, pero ya hemos visto que ese fué
el primitivo nombre de nuestro autor.

[17] Véase en la _Argentina_ de Barco Centenera el Canto III (páginas 20
y 20 v. de la edición príncipe), y Schmidel, _Viaje al Plata_ (capítulo
XVII).


DESCRIPCIÓN BREVE

DE TODA LA TIERRA DEL

PERÚ, TUCUMÁN, RÍO DE LA PLATA Y CHILE

PARA EL EXCMO. SR. CONDE DE LEMOS Y ANDRADA

Presidente del Consejo Real de Indias

POR

FR. REGINALDO DE LIZÁRRAGA




CAPITULO PRIMERO

DE LA DESCRIPCIÓN DEL PERÚ. DE QUÉ GENTE PROCEDAN LOS INDIOS


Lo más dificultoso de toda esta materia es averiguar de qué gentes
procedan los indios que habitan estos larguísimos y anchísimos reinos,
porque como no tengan escripturas, ni ellos ni nosotros sabemos quien
fueron sus predescesores ni pobladores destas tierras, mucha parte
dellas despobladas ó por la destemplanza del calor, ó por el demasiado
frio, ó por los médanos de arena y llanos estériles por falta de las
aguas. Porque afirmar lo que dice Platon en el libro que intituló
_Timeo_, que desembocando por el estrecho de Gibraltar en el mar
Occeano, no muy lejos de la tierra firme se descubria una isla mayor que
la Europa y toda la Asia, que contenia en sí diez reinos, la cual, con
una inundacion del mar toda se anegó y destruyó de tal manera que no
quedó rastro della, sino el mar ancho que hay por ventura desde Cabo
Verde al Brasil; lo cual no es creible, por no se hallar en ningun autor
mencion dello, ni es posible. Lo que parece se puede rastrear de los
primos genitores destos indios descubiertos desde las primeras islas:
Deseada, Marigalante, Dominica y las demás, Sancto Domingo, Cuba,
Habana, Puerto Rico y la Tierra Firme, reino de México y del Perú, es
llegarnos á lo que dice Floriano de Ocampo en la _Historia general_ que
comenzó de España, que es lo siguiente: Que cuando los cartaginenses
eran señores de alguna parte del Andalucia, desembocando con temporal
por el estrecho de Gibraltar ciertos navios de los Cartaginenses se
derrotaron hacia el Occidente, corriendo la derrota que agora se navega
por aquel mar ancho, y no pararon hasta descubrir unas islas que por
ventura son las arriba referidas, y viéndolas tan fértiles, pobladas de
arboledas, rios y sabanas, que son llanos abundantes de yerba, como
vegas de pastos, los más allí se quedaron, y volvieron los otros á
Cartago, los cuales, proponiendo en el Senado lo que habian descubierto,
y fertilidad de la tierra, convernia poblar aquellas islas despobladas.
Empero por aquellos senadores cartaginenses fué acordado por entonces se
dejase de tratar de aquello, mandando con mucho rigor nadie volviese á
aquellas islas, porque tenian por más importante el señorio y riqueza de
nuestra España que poblar nuevas tierras.

Destos pudo ser que navegando y buscando tierra firme diesen con ella, y
dellos se poblasen estos reinos; y esto no parece dificultoso de
imaginar, porque los cartaginenses que se quedaron en aquellas islas,
con algunos navios se habian de quedar, con los cuales pudo ser que
navegando para España ó buscando tierra firme se derrotaron y dieron en
ella, que por lo menos en aquella derecera dista de las islas cien
leguas, y más y menos como corre la costa, así de las islas como de la
tierra firme; porque el dia de hoy, como me refirió un español qu'
estuvo preso y captivo en la Deseada, que los indios della, en sus
canoas, que son unas vigas más gruesas que un buey, de madera liviana,
cavadas, largas y angostas, atraviesan á la tierra firme á la
gobernacion de Venezuela, cien leguas por mar, y más; cuando hay viento,
á vela, y cuando les falta, á remo, guiándose de noche por las estrellas
que tienen marcadas en aquel tiempo, qu' es verano; donde el pobre
remaba como captivo hasta que huyéndose al tiempo que las flotas
nuestras vienen á Tierra Firme suelen aportar á la Deseada á tomar agua
y leña, fué su ventura buena que á cabo de pocos dias despues de huido y
llegado al puerto, surgió la flota en él y le tomaron los nuestros. De
dia estaba escondido arriba en las copas de los árboles, que son muy
grandes y altos y muy coposos y de ramas espesas, y de noche descendia,
con no poco temor, á buscar algunas raíces dél conoscidas ó algun poco
de marisco para comer, porque si sus amos le hallaran, como luego
salieron, en echándole menos en busca dél, sin duda le flecharan y luego
se le comieran. Son todos estos indios caribes, que quiere decir
comedores de carne humana; bien dispuestos de cuerpo, morenotes, y así
los varones como las mujeres andan desnudos, como si vivieran en el
estado de la ignocencia[18]; son grandes flecheros y muy ligeros, y el
cuero del cuerpo, por el mucho calor, muy duro. Estas islas son
abundantes de muchas víboras ponzoñosas y culebras muy grandes que
llaman bobas, y muy gruesas; tienen muchas aves de monte y críanse en
ellas muchos venados. Lo que con mucha verdad podemos afirmar, que no se
sabe hasta hoy, ni en los siglos venideros naturalmente se sabrá, de qué
hijos ó nietos ó descendientes[19] de Noé los indios de todas estas
islas, ni Tierra Firme, ni México, ni del Perú, hayan procedido.

[18] En el ms., _ignosençia_.

[19] En el ms., _dessendientes_.




CAPITULO II

DE LA DESCRIPCIÓN DEL PIRÚ


Descendiendo en particular á nuestro intento, trataré lo que he visto,
como hombre que allegué á este Perú más ha de cincuenta años el dia que
esto escribo, muchacho de quince años, con mis padres, que vinieron á
Quito, desde donde, aunque en diferentes tiempos y edades, he visto
muchas veces lo más y mejor deste Pirú, de allí hasta Potosí, que son
más de 600 leguas, y desde Potosí al reino de Chile, por tierra, que hay
más de quinientas, atravesando todo el reino de Tucumán, y á Chile me ha
mandado la obediencia ir dos veces; esta que acabo de decir fué la
segunda, y la primera por mar desde el puerto de la ciudad de Los Reyes;
he dicho esto porque no hablaré de oidas, sino muy poco, y entonces diré
haberlo[20] oido mas á personas fidedignas; lo demás he visto con mis
propios ojos, y como dicen, palpado con las manos; por lo cual lo visto
es verdad, y lo oido, no menos; algunas cosas diré que parece van contra
toda razon natural, á las cuales el incrédulo dirá que de largas vías,
etc., mas el tal dará muestras de un corto entendimiento, porque no
creer los hombres sino lo que en sus patrias veen, es de los tales.

[20] Tachado: _de unas_.




CAPITULO III

PROSÍGUESE LA DESCRIPCIÓN DEL PERÚ


Este reino, tomándolo por lo que habitamos los españoles, es largo y
angosto; comienza, digamos, desde el puerto, ó por mejor dezir playa,
llamado Manta, y por otro nombre Puerto Viejo.

Llámase Puerto Viejo por un pueblo de españoles, así llamado, que dista
del puerto la tierra adentro ocho ó diez leguas; no le he visto, pero sé
es abundante de trigo y maíz y otras comidas de la tierra, de vacas y
ovejas, y es abundante de muchos caballos y no malos; el temple es
caliente, aunque templado el calor; cria la tierra muchas sabandijas
ponzoñosas, y con estar en la línea equinocial no es muy caluroso. Los
aires de la mar le refrescan; llueve en él, aunque no mucho.

Los indios deste puerto son grandes marineros y nadadores; tienen balsas
de madera liviana, grandes, que sufren vela y remo; los remos son
caneletes; visten algodon, manta y camiseta; desde este puerto, enviando
los navios que vienen la vuelta de tierra, salen con sus balsas, llevan
refresco que venden, gallinas, pescado, maíz, tortillas biscochadas,
plátanos, camotes y otras cosas. Tienen las narices encorvadas y algun
tanto grandes; diré lo que vi, porque pase por donaire: cuando veniamos
navegando cerca del puerto llegó una balsa con refresco; diósele un
cabo; traía lo que tengo referido; un criado de mis padres, rescatando
algunas cosas destas, y no queriendo el indio que era el principal
piloto de la balsa (hablan un poco nuestra lengua) quebrar de la plata
que pedia por el refresco, díjole: _¡oh qué pesado eres; no pareces sino
judío!_ En oyendo esto el indio, saltó del navio en su balsa; larga el
cabo y vira la vuelta de tierra; ni por muchas voces que se le dieron
para que volviese, no lo quiso hacer; tan grande fué la afrenta que se
le hizo y tanto lo sintió.




CAPITULO IV

DE LA PUNTA DE SANTA HELENA


Siguiendo la costa adelante, que toda ella desde punta de Manglares
hasta el estrecho de Magallanes, que sin dubda hay más de mil leguas,
corre Norte Sur (no creo son veinte leguas), está la punta llamada de
Santa Helena; tiene pocos ó ningunos indios el dia de hoy; cuando la vi
y saltamos en ella eran muy pocos los que allí vivian. En esta punta,
aunque es playa, suelen surgir los navios que vienen de Panamá, toman
agua y algun refresco. Hubo aquí antiguamente gigantes, que los
naturales decian no saber dónde vinieron; sus casas tenian tres leguas
más abajo del surgidero, hechas á dos aguas con vigas muy grandes; yo vi
allí algunas traidas en balsas para hacer un tambo que allí labraba el
encomendero de aquellos indios, llamado Alonso de Vera y del Peso,
vecino de Guayaquil.

Vi tambien una muela grande de un gigante, que pesaba diez onzas, y más.
Refieren los indios, por tradición de sus antepasados, que como fuesen
advenedizos, no saben de dónde, y no tuviesen mujeres, las naturales no
los aguardaban, dieron en el vicio de la sodomia, la cual castigó Dios
enviando sobre ellos fuego del cielo, y así se acabaron todos; no tiene
este vicio nefando otra medicina.

Hay tambien en este puerto, no lejos del tambo, una fuente como de brea
líquida, que mana, y no en pequeña cantidad; del agua se aprovechan
algunos navios en lugar de brea, como se aprovechó el nuestro, porque
viniéndonos anegando entramos en la bahia de Caraques, doblado el cabo
de Pasao, ocho leguas más abajo de Manta, de donde se invió el batel con
ciertos marineros á esta punta por esta brea (creo se llama copey), y
traida se descargó todo el navio; diósele lado y con el copey cocido
para que se espesase más brearon el navio, y saliendo de allí navegamos
sin tanto peligro.

Dice_n_ es bonísimo remedio para curar heridas frescas como no haya
rotura de niervo.




CAPITULO V

DEL PUEBLO DE GUAYAQUIL


De aquí por mar en balsas se va al segundo pueblo de españoles; no sé
las leguas que hay, doblando esta punta hasta Santiago de Guayaquil, y
tambien se camina por tierra llana, y en tiempo de aguas, cenagosa. Este
pueblo Santiago de Guayaquil es muy caluroso por estar apartado de la
mar; tiene mal asiento, por ser edificado en terreno alto, con figura
como de silla estradiota, por lo cual no es de cuadras, ni tiene plaza,
sino muy pequeña, no cuadrada. Por la una parte y por la otra deste
cerro tiene la ribera de un rio grande y caudaloso, navegable, empero no
se puede entrar en él si no es con creciente de la mar, ni salir si no
es en menguante; tanta es la velocidad y violencia de el agua,
cresciendo ó menguando. Críanse en las casas muchas sabandijas, cuales
son culebras, y alguna víboras, sapos muy grandes, ratones en cantidad;
están cenando, ó en la cama, y vense las culebras correr por el techo
tras el raton, que son como las ratas de España; al tiempo de las aguas,
infinitos mosquitos, unos zancudos cantores, de noche infectisimos, no
dejan dormir; otros pequeños, que de día solamente pican, llamados
rodadores, porque en teniendo llena la barriga, como no puedan volar,
déjanse caer rodando en el suelo, y otros, y los peores y más pequeños,
llamados jejenes, ó comijenes, importunísimos; métense en los ojos y
donde pican dejan escociendo la carne por buen rato, con no pequeña
comezon.

Es pueblo de contratación, por ser el puerto para la ciudad de Quito, y
por se hacer en él muchos y muy buenos navios, y por las sierras de agua
que tiene en las montañas el rio arriba, de donde se lleva á la ciudad
de Los Reyes mucha y muy buena madera. Tiene dos ó tres excelencias
notables: la primera, la carne de puerco es aquí saludable, las aves
bonísimas, y sobre todo el agua del rio, particularmente la que se trae
de Guayaquil el Viejo, que es donde se pobló este pueblo; van por ella
en balsas grandes, en una marea, y vuelven en otra; dicen esta agua
corre por cima de la zarzaparrilla, yerba ó bejuco notísimo en todo el
mundo por sus buenos efectos para el mal francés, ó bubas por otro
nombre, las cuales se verán aquí mejor que en parte de todo el orbe, y
sana muy en breve los pacientes, dejándoles la sangre purificada como si
no hobieran sido tocados desta enfermedad, con sólo tomarla por el órden
que allí se les manda guardar; empero si no se guardan por lo menos seis
meses, tornan á recaer; yo vi un hombre gafo en un valle distrito de
Quito, llamado Riopampa, que no podía comer con sus manos, y lo pusieron
en una hamaca para lo llevar á que se cúrase en este pueblo, y dentro de
seis meses le vi en Los Reyes tan gordo y tan sano como si no hobiera
tenido enfermedad alguna, y otros he visto volver sanísimos; suficiente
excelencia para contrapeso de las plagas referidas. No se da trigo en
este pueblo, mas dase maíz muy blanco, y el pan que dél se hace es
mejor y más sabroso que el de nuestro trigo; danse muchas naranjas y
limas, y frutas de la tierra en cantidad, buenas y sabrosas, y la mejor
de todas ellas son las llamadas badeas por nosotros; son tan grandes
como melones, la cáscara verde, la carne, digamos, blanca, no de mal
sabor; por dentro tiene unos granillos poco menores que garbanzos, con
un caldillo que lo uno y lo otro comido sabe á uvas moscateles las más
finas; es regalada comida.

Por este rio arriba se sube en balsas para ir á la ciudad de Quito, que
dista deste pueblo sesenta leguas, en la sierra y tierra fria, las
veinticinco por el rio arriba, las demás por tierra.

Al verano se sube en cuatro ó cinco dias; al ivierno en ocho cuando en
menos tiempo, porque se rodea mucho: déjase la madre del rio y
declinando sobre la mano derecha á las sabanas, que son unos llanos muy
grandes llenos de carrizo, pero anegados del agua que sale de la madre
del rio, llévanse las balsas con botadores, porque el agua está
enbalsada y no corre; es cierto que si la tierra no fuera tan cálida y
llena de mosquitos, causara mucha recreacion navegar por estas sabanas.

En ellas hay algunos pedazos de tierras altas que son como islas, donde
los indios tienen sus poblaciones con abundancia de comidas y
mantenimientos de los que son naturales á sus tierras: mucha caza de
venados y puercos de monte, que tienen el ombligo en el espinazo; pavas,
que son unas aves negras grandes, crestas coloradas y no malas al gusto;
hay tambien en estas islas tigres no poco dañosos á los indios, y es
cosa de admiracion: en estas sabanas hay muchas casas, ó barbacoas por
mejor decir, puestas en cuatro cañas de las grandes, en cuadro, tan
gruesas como un muslo y muy altas, hincadas en el suelo; tienen su
escalera angosta, por donde suben á la barbacoa ó cañizo donde tienen su
cama y un toldillo para guarecerse de los mosquitos; aquí duermen por
miedo de los tigres; muchos destos indios están toda la noche en peso
sin dormir, tocando una flautilla, aunque la música, para nosotros á lo
menos, no es muy suave; estas barbacoas no sustentan más que una
persona.

Todo este rio, á lo menos en la madre que yo vi, es abundante de
caimanes ó lagartos, que son los cocodrilos del rio Nilo, muy grandes,
de veinte y cinco pies en largo, y dende abajo, conforme á la edad que
tienen; encima del agua no parecen sino vigas, y son tantos, que muchas
veces vi á los indios que remaban y guiaban las balsas darles de palos
con los botadores para que los dejasen pasar.

Y pues habemos venido á tractar destos lagartos ó caimanes, será justo
decir sus propiedades, las cuales he yo visto. Tienen la misma figura
que un lagarto, pero tan largos como acabo de decir; son velocísimos en
el agua, duermen en tierra, y en ella son perezosísimos, y esto es
necesario, por ser de cuerpos tan grandes y de barriga anchos; los pies
y manos cortos; el sueño es pesadísimo, porque lo que subcedió con uno
destos en Panamá, é yo lo vi muerto en la playa, paso así: que una
mañana de San Juan se salieron tres mujeres enamoradas, las cuales vi en
aquella ciudad, con sus hombres á lavarse al rio, que es pequeño, y
cerca del pueblo; el tiempo os caluroso y de aguas, por ser el ivierno,
aunque por San Juan suelen cesar por algunos dias, y así se llama el
veranillo de San Juan; llegaron al rio y en una poza se entraron á
bañar, en la cual se habia un caiman quedado, que con avenida se subió
de la mar por el rio arriba, y como cesó la avenida no pudo volverse á
la mar, donde hay muchos; en este aroyo no se crian.

El caiman estaba durmiendo en tierra; bañáronse estas mujeres, y
saliendo una á enjugarse, pareciéndole peña el caiman dormido, sentóse
encima dél una, y saliendo la otra llamóla convidándola con la peña tan
blanda; salió la tercera y convidándola sentóse más hácia la cola, donde
los caimanes tienen unas conchas agudas, y como se espinase con ellas,
dijo: ¡Oh! qué espinosa peña, y tentando con la mano, no era aún de dia,
levantó la cola del caiman, y conosciéndolo dió voces: ¡caiman, caiman!
las demás levántanse no poco alborotadas; llamaron á sus hombres, que se
habian apartado un poco rio abajo; á las voces acudieron y con sus
espadas mataron al caiman antes que entrase en el agua.

El mismo dia por la mañana le trajeron negros arrastrando á la ciudad, y
lo pusieron en la playa, donde todo el pueblo lo fué á ver; conoscí é
traté á uno de los que iban con estas mujeres que se halló presente,
llamado Bracamonte, de quien y de otros oí lo referido; tenia de largo
18 pies.

Vi tambien en esta misma ciudad otro caiman muerto en el portete della,
á donde los navios pequeños y fragatas con la marea entran y con ella
salen, que unos negros de un vecino de aquella ciudad, llamado Cazalla,
viniendo de una isla de su amo á este portete con la creciente de la
marea, acaso le hallaron, que se habia quedado en la menguante
precedente en la lama (aquí en esta playa de Panamá crece y mengua la
mar tres leguas, y todo este espacio es lama); echáronle un lazo y
muerto le trujeron por la popa de la fragata; este caiman era muy
grande: tenia de largo 22 pies: yo le vi medir, vile desollar, y del
buche le sacaron muchas piedras, que me parece habria tres copas de
sombrero de los comunes, unas mayores y otras menores, y las mayores tan
grandes como huevo de gallina; es cierto comen piedras y con el calor
del buche las digieren; estaban lisas, y por algunas partes gastadas; vi
tambien que debajo de los brazos, séame lícito decir, del sobaco, le
sacaron unas bolsillas llenas de un olor que no parecia sino almiscle;
esto curan al sol y huele como el mismo almiscle; entonces llegó del
Perú un hombre rico llamado Bozmediano, y la piel deste animal le
dieron; decia lo habia de llevar á España y ponerlo en Santiago de
Galicia.

No tienen lengua, sino una paletilla pequeña con que cubren y abren el
tragadero, por lo cual debajo del agua no pueden comer; tienen los
dientes por una parte acutísimos, por la otra encajan unos en otros;
hecha presa no la sueltan hasta que la han despedazado.

Es cosa graciosa verlos cazar gaviotas, pájaros bobos y cuervos marinos
y otras aves; cuando éstas se abaten de arriba abajo á pescar, velas
venir el caiman, y por debajo del agua va á donde la pobre ave da
consigo en el agua, y veniendo con tanta velocidad no puede declinar la
caída, como el caballo en medio de la carrera; entonces el caiman antes
que llegue al agua abre la boca, y pensando el ave dar en el agua, da en
la boca del caiman, y pensando cazar la sardina ó otro pece es cazada, y
el caiman, la cabeza fuera del agua levantada, trágase la gaviota ó
cuervo marino. El buche desta bestia es calidísimo; aprovéchanse dél,
bebido en polvos, contra el dolor de la ijada; son amicísimos de perros
y caballos, y por esto la balsa donde van la siguen muchas leguas.

Cuando están cebados y encarnizados en carne humana son muy dañosos, y
hacen el daño desta manera: para hacer la presa en el indio ó negro que
lava en el rio, ó coge agua, vienen muy ocultamente por debajo della, y
viéndola suya, vuelven con una velocidad extraña la cola, y dan con ella
un zapatazo en el indio ó negro; cae el indio en el agua, al cual al
instante le echan mano con la boca, de donde pueden; llévanlo al rio ó
mar adelante hasta que lo ahogan, y sacándolo á tierra se lo comen.

Destos caimanes hay mucha cantidad en otros rios, así desta costa como
de Tierra Firme y México, como el temple sea caluroso; en ésta del Pirú
no pasan del gran rio de Motape adelante.

Por este rio de Guayaquil arriba (como habemos dicho) se sube en balsas
grandes hasta el desembarcadero, veinticinco leguas; hasta el dia de hoy
hay requas de mulas y caballos que llevan las mercaderias á aquella
ciudad y á otros pueblos que de Panamá vienen á Guayaquil. Viven en esta
ciudad y su distrito dos naciones de indios, unos llamados
Guamcavillcas, gente bien dispuesta y blanca, limpios en sus vestidos y
de buen parecer; los otros se llaman Chonos, morenos, no tan políticos
como los Guamcavillcas; los unos y los otros es gente guerrera; sus
armas, arco y flecha. Tienen los Chonos mala fama en el vicio nefando;
el cabello traen un poco alto y el cogote trasquilado, con lo cual los
demás indios los afrentan en burlas y en veras; llámanlos perros chonos
cocotados, como luego diremos.

Desde aquí á pocas leguas andadas se llega á un convento de San Augustín
fundado en el valle llamado Reque, que tiene por nombre Nuestra Señora
de Guadalupe, porque Francisco de Lezcano (á quien el marqués de Cañete,
de buena memoria, por ciertos indicios desterró á España), volviendo acá
trujo una imágen de Nuestra Señora, del tamaño de la de Guadalupe de
España; púsola en la iglesia del pueblo de aquel valle que los padres de
San Agustin tenian á su cargo, dándola el nombre de Nuestra Señora de
Guadalupe.

Luego que se puso hizo muchos milagros sanando diversas enfermedades, y
particularmente á los quebrados. Oí decir al padre fray Gaspar de
Carvajal (el cual me dió la profesion) que siendo muy enfermo, como
tambien le vi para espirar de esta enfermedad, fué á tener unas novenas,
y las tuvo en aquel convento, y al cabo de los nueve dias se halló sano
y salvo de su quebradura, como si en su vida no la hobiera tenido, y
nunca más padeció aquella enfermedad, viviendo despues muchos años; ya
han cesado estos milagros y aun la devocion de la imágen, por la
indevocion de los circunvecinos. El convento es religioso y de mucha
recreacion; susténtanse en él de 16 á 20 religiosos, con mucha clausura
y ejercicio de letras.




CAPITULO VI

DEL VALLE DE CHICAMA


Pocas leguas adelante, no creo son dos jornadas, corre el valle de
Chicama, abundante; los hijos de los españoles que nascen en este
pueblo, por la mayor parte son gentiles hombres, y las mujeres les hacen
gran ventaja, y aun á todas las del Perú; créese que el agua es gran
parte en este particular, porque donde la hay buena, las mujeres son muy
bien dispuestas que donde no es tal; esto lo dice la experiencia.

Saliendo, pues, de la ciudad de Guayaquil para la mar en una marea ó
poco más, menguante, se llega á la isla Lampuna, cuyo nombre corrompido
llaman la Puna, cuyos indios fueron belicosos mucho; comian carne
humana; era bastantemente poblada. Produce oro y mucha comida; toda su
costa es abundantísima de pescado. Produce tambien cantidad de
sabandijas ponzoñosas, culebras, víboras y otros animales; por la costa
della, particular la que mira la tierra, se veen muchos caimanes; dista
de la tierra firme poco más de ocho leguas.

Estos indios se comieron al primer obispo que hobo en estos reynos,
llamado Fr. Vicente de Valverde, religioso de nuestra sagrada Orden, con
otros españoles; fué obispo de más tierra que ha habido en el mundo,
porque desde Panamá hasta Chile se prolongaba por mar y por tierra su
obispado. Era fama en aquella isla haber un tesoro riquísimo que los
indios tenian escondido; despachóle el Marqués Pizarro desde la ciudad
de Los Reyes con poca gente para que lo descubriese y sacase; los indios
eran recien conquistados; los cuales, recibiendo á nuestro obispo y á
los que con él iban, de paz, y sabiendo á lo que venian, los
descuidaron, y descuidados dan en ellos, mátanlos y cómenselos; por esto
son afrentados de los indios comarcanos, llamándoles perros Lampuna,
come obispo. Estos indios son grandes marineros, tienen balsas grandes
de madera liviana, con las cuales navegan y se meten en la mar á pescar
muchas leguas; vienen á Guayaquil con ellas cargadas de pescado, lizas,
tollos, camarones, etc., y suben al desembarcadero que dejamos dicho del
rio de Guayaquil; cuando en este rio se encuentran estos indios con los
Chonos, se afrentan los unos á los otros; los Chonos dícenles; ¡ah!
perro Lampuna, come obispo! Los Lampunas: ¡ah! perro Chono, cocotarro!
notándolos del vicio nefando; ésto vi y oí. Hay en esta isla plateros de
oro que labran una chaquira de oro, así la llamamos acá, tan delicada,
que los más famosos artífices nuestros, ni los de otras nasciones la
saben, ni se atreven á labrar; destas usaban las mujeres principales
collares para sus gargantas; llevóse á España, donde era en mucho
tenida.




CAPITULO VII

DE TUMBES


Prolongando la costa y corriendo Norte, Sur, pocas leguas adelante, no
son veinte, llegamos al puerto llamado Tumbes, que más justamente se ha
de llamar playa y costa brava; tiene esta playa un rio grande y
caudaloso de buena agua, pero los navios que antiguamente allí aportaban
no entraban en él por la mucha mar de tumbo y olas unas tras otras que
cuotidianamente quiebran en su boca, viniendo más de media legua de la
mar, por lo cual es dificultoso entrar en él aun balsas, y si son aguas
vivas es imposible, so pena de perderse.

El rio tiene otro nombre, que es rio de Tumbez; solia ser mucho más
poblado que agora, y los más de los indios tenian su pueblo casi cuatro
leguas el rio arriba, donde agora están poblados. Los pescadores vivian
en la costa; eran belicosos y fornidos. Llueve raras veces en este
paraje, é ya desde esta costa, si no es por maravilla, no hay lluvias, y
(como adelante diremos) hasta Coquimbo, el primer pueblo de Chile. Los
que no vivian de pescar tenian por oficio ser plateros de oro, labraban
la chaquira, que acabamos de decir en el capítulo precedente, tan
delicada como los indios de la Puna, y aun más; lábranla desta suerte,
como lo vi estando en aquel puerto: el indio que labra tiéndese de largo
á largo sobre un banquillo tan largo como él, obra de un jeme alto del
suelo; la cabeza tiene fuera del banquillo y los brazos, tendiendo una
manta, y encima ponen sus instrumentos. Fueron no pocos, agora cuasi no
hay algunos; hanse consumido y se van consumiendo; la causa, las
borracheras.




CAPITULO VIII

DEL RIO DE MOTAPE


Pasando la costa adelante y metiéndonos un poco la tierra adentro, por
ser la costa muy brava, llegamos veinte leguas andadas, poco más ó
menos, al gran rio de Motape, donde hay un pueblo deste nombre. Quien
antiguamente gobernaba en esta provincia, que por pocas leguas se
extiende, eran las mujeres, á quien los nuestros llaman capullanas, por
el vestido que traen y traian á manera de capuces, con que se cubren
desde la garganta á los pies, y el dia de hoy, casi en todos los llanos
usan las indias este vestido; unas le ciñen por la cintura, otras le
traen en vanda. Estas capullanas, que eran las señoras, en su
infidelidad se casaban las veces que querian, porque en no
contentándolas el marido, le desechaban y casábanse con otro. El dia de
la boda, el marido escogido se asentaba junto á la señora y se hacia
gran fiesta de borrachera; el desechado se hallaba allí, pero
arrinconado, sentado en el suelo, llorando su desventura, sin que nadie
le diese una sed de agua. Los novios, con gran alegria, haciendo burla
del pobre.




CAPITULO IX

DEL PUERTO DE PAITA


De aquí al puerto de Paita debe haber diez leguas, poco más ó menos. Es
muy bueno y seguro; no le he visto; es escala de todos los navios que
bajan del puerto de la ciudad de Los Reyes á Panamá y á México y de los
que suben de allá para estos reinos; si tuviera agua y alguna tierra
frutífera se hobiera allí poblado un pueblo grande; empero, por esta
falta, y de leña, hay en él pocas cosas; el suelo es arena; traen en
balsas grandes el agua de más de diez leguas, los indios pocos que allí
viven.

Las balsas son mayores que las de Tumbez y la Puna; atrévense con ellas
á bajar hasta la Puna y hasta Guayaquil, y volver doblando el cabo
Blanco, que es uno de los trabajosos de doblar, y ninguno más de los
desta costa del Pirú; aprovéchanse de velas en estas balsas, y de remos
en calmas.




CAPITULO X

DE LA CIUDAD DE PIURA


De aquí nos metemos un poco la tierra adentro, deben ser otras doce
leguas, á la ciudad llamada San Miguel de Piura; ésta fué la primera
que edificaron los españoles en este reino. Era ciudad de razonables
edificios, casas altas y los vecinos ricos; participaban de los indios
de los llanos y de la sierra. Llueve en esta ciudad, aunque poco; es
abundante de mantenimientos, así de los de la tierra como de los
nuestros, y de ganados; es muy cálida, por estar lejos de la mar, y la
tierra produce muchas sabandijas sucias, y entre ellas víboras, culebras
y arañas; de las frutas nuestras, cuales son membrillos, granadas,
manzanas y otras de muy buen sabor y grandes, son las mejores del mundo.
Pero tiene esta ciudad un contrapeso muy notable, que es ser enfermísima
de accidentes de ojos, y son incurables, porque al que no le salta el
ojo queda ciego, con unos dolores incomportables; apenas vi en aquella
ciudad hombre que no fuese tuerto. Esta enfermedad es comun en todos los
valles que desta ciudad hay á la de Trujillo, aunque no son tan
continuos ni ásperos, y á quien más frecuente les da es á los españoles:
á los indios raras veces. En estos valles vi á hombres con semejantes
accidentes, encerrados en aposentos oscurísimos, y con el dolor
renegaban de quien les habia traido á estas partes; los vecinos desta
ciudad, dos ó tres veces, por esta enfermedad la han despoblado y
pasándose á vivir los más dellos á un valle llamado Catacaos (no le he
visto); es muy fértil y libre de toda enfermedad, pero todavia han
quedado algunos en la ciudad por no dejar sus casas y heredades, aunque
de pocos años á esta parte se han mudado seis ú ocho leguas más cerca
del puerto de Paita, á la barranca del rio de Motape.




CAPITULO XI

[DEL VALLE DE XAYANCA]


De aquí se camina la tierra adentro á doce, diez y menos leguas de la
costa de la mar hasta la ciudad de Trujillo, que son ochenta leguas
tiradas, en cuyo camino hay un despoblado de doce leguas y más sin agua
hasta el valle de Xayanca; éste es muy fértil y de muchos indios, y el
señor dél, indio muy aespañolado; vístese como nosotros, sírvese de
españoles, con su vajilla de plata; es rico y de buenas costumbres.

El valle es tan abundante de mosquitos zancudos, cantores, y de los
rodadores, que es como milagro poderlos sufrir los indios, ni los
españoles; yo he caminado veces por los Llanos, y aunque en todos los
valles hay mosquitos, no tantos como en éste.




CAPITULO XII

DE LOS LLANOS


Y para que se entienda qué llamamos Llanos y Sierra, adviértase que
desde este valle Xayanca, y aun más abajo, desde Tumbez, aunque allí
alcanzan (como dijimos) algunos aguaceros hasta Copiapo, que es el
primer valle del distrito del reino de Chille, á lo menos desde el
valle de Santa hasta Copiapo no llueve jamás, ni se acuerdan los
habitadores dellos haber llovido. Todo el camino, diez leguas en algunas
partes, en otras ocho, en otras seis y cuatro leguas en otras, hasta la
costa de la mar, es arena muerta, aunque hay pedazos de arena ó tierra
fija en algunas partes y á trechos. Entre estos arenales proveyó Dios
hobiese valles anchos, unos más que otros, por los cuales corren rios,
mayores ó menores, conforme á como tienen más cercana, ó vienen de más
adentro de la sierra su nascimiento; la tierra de todos estos valles es
de buen migajon, la cual regada con las acequias que los naturales
tienen sacadas para regarlos, es abundantísima de todo género de
comidas, así suya como nuestra; cógese mucho maíz, trigo, cebada,
fríjoles, pepinos, etc.; tienen muchas huertas, con mucho membrillo,
manzana, camuesa, naranjas, limas, olivos que llevan mucha y muy buena
aceituna, la grande mejor que la de Córdoba, porque tiene más que comer;
en muchos dellos se da vino muy bueno, y la caña dulce se cria mucha y
gruesa, por lo cual son cómodas para ingenios de azúcar, en muchos de
los cuales los hay, como en su lugar diremos. Extiéndense estos Llanos
que llamamos (aunque hay grandes médanos de arena) desde el puerto de
Paita hasta el valle que dijimos de Copiapo por más de 700 leguas ó poco
menos, siguiendo la costa, sin que en ellas llueva; pero desde Mayo
comienzan unas garúas, llamadas así de los marineros, que duran hasta
Octubre; son unas nieblas espesas, que mojan un poco la tierra, mas no
son poderosas á hacerla fructificar; son con todo eso necesarias para
las sementeras, porque las defiende de cuando está en berza de los
grandes calores del sol; con estas garúas en los cerros y médanos de
arena se cria mucha yerba y flores olorosas, las cuales son admirable
pasto para el ganado vacuno y yeguas; pero tiene un contrapeso grande,
porque no falte á cada cosa su alguacil. Cuando éstas garúas son muchas
críanse grande cantidad de ratones entre estas yerbas, y venido el
verano, como se sequen y no tengan que comer, descienden ejércitos
dellos á buscar comida á los valles, viñas y heredades, y cómense hasta
las cáscaras de árboles; esta plaga es irremediable.

El aire que corre por estos arenales es Sur, algunas temporadas muy
recio, y es cosa de ver que remolina en estos cerros de arena y
levantando la arena la trasporta á otro lugar, y ha subcedido estar
durmiendo en estos arenales, porque por ellos va el camino, el pasajero,
y viniendo un remolino destos caer sobre el pobre viandante y quedarse
alli enterrado en la arena. Fuera de la abundancia que los valles tienen
de mieses, son abundantes de árboles frutales, como son guayabas,
paltas, plátanos, melones, ciruelas de la tierra y otras fructas, mucho
algarrobal; con la fructa de los árboles engordan los ganados
abundantísimamente, haciendo la carne muy sabrosa; pero hay en algunas
partes unos algarrobos parrados por el suelo, que llevan una
algarrobilla, la cual comida de los caballos ó yeguas, luego dan con la
crin y cerdas de la cola en el suelo, y porque en el valle de Santa hay
más que en otros valles, se llama la algarrobilla de Santa, de donde,
cuando algun hombre por enfermedad se pela, le dicen haber comido la
algarrobilla de Santa. El rey desta tierra, á quien comunmente llamamos
el Inga, para que en estos arenales no se perdiesen los caminantes y se
atinase con el camino, tenia puestas de trecho á trecho unas vigas
grandes hincadas muy adentro en el arena, por las cuales se gobernaban
los pasajeros. Ya esto se ha perdido por el descuido de los corregidores
de los distritos, por lo cual es necesaria guia.

Entrando en el valle, por una parte y por otra iba el camino Real entre
dos paredes á manera de tapias hechas de barro de mampuesto, de un
estado en alto, derecho como una vira, porque los caminantes no entrasen
á hacer daño á las sementeras, ni cogiesen una mazorca de maíz ni una
guayaba, so pena de la vida, que luego se ejecutaba.

Estas paredes están por muchas partes ya derribadas, y los caminos no en
pocas partes van por detrás de las paredes; en tiempo del Inga no se
consintiera. Por los arenales ya dijimos no se puede caminar sin guia, y
lo más del año se ha de caminar de noche, por los grandes calores del
sol; los guias indios son tan diestros en no perder el camino, de dia ni
de noche, que parece cosa no creedera.

Lo que llamamos y es sierra son unos cerros muy altos, muchos de los
cuales, por su altura, aunque están en la misma linea equinoctial, como
es Quito y mucha parte de aquel distrito, y desde allí á Potosí, que son
600 leguas incluidas entre el trópico de Capricornio, porque Potosí está
en veinte grados, es muy frio siempre y no pocas las sierras llenas de
nieve todo el año, y otros lugares por el frio inhabitables; lo cual los
antiguos filósofos tuvieron por inhabitable respecto del mucho calor por
andar el sol entre estos dos trópicos, de Cancro á la parte del Norte y
de Capricornio á la parte del Sur, veinte é dos grados y medio apartado
cada uno de la línea.

En esta sierra hay muchas y muy grandes poblaciones en valles que hay, y
en llanos muy espaciosos, como son los del Collao; corre esta cordillera
comunmente de 17 á 20 leguas de la mar, y lo bueno deste Perú es esta
tierra que dista de la cordillera á la mar, y aun de Chile, como en su
lugar diremos.




CAPITULO XIII

DEL CAMINO DE LA COSTA


Volviendo á nuestro propósito, desde Xayanca á Trujillo, agora 43 años,
poco más ó menos, se caminaba á la tierra adentro ocho leguas y diez de
la costa de la mar, ó se declinaba á la costa; yo vine por la costa,
donde las bocas de los ríos eran pobladas de muchos pueblos de indios,
muy abundantes de comida y pescado; aquí hallábamos gallinas, cabritos y
puercos, de valde, porque los mayordomos de los encomenderos que en
estos pueblos vivian no nos pedian más precio que tomar las aves y
pelallas, y los cabritos desollarlos, y el maíz desgranarlo. Todos estos
indios se han acabado, por lo cual ya no se camina por la costa, que
era camino más fresco y no menos abundante que el otro. Los indios que
quedaban, porque totalmente no faltasen, los han reducido el valle
arriba, donde los demás vivian. Era realmente para dar gracias á Nuestro
Señor ver unos pueblos llenos de indios y de todo mantenimiento, el cual
se daba á todos de gracia. La causa de la destruicion de tanto indio
diré cuando tratare de sus costumbres, y para aquí sea suficiente decir,
las borracheras. Bajando, pues, de Xayanca á la costa y caminando por
ella se venia á salir á siete leguas de Trujillo, á un valle llamado
Licapa.




CAPITULO XIV

DE LOS DEMÁS VALLES


Volviendo, pues, á Xayanca, y continuando el camino la tierra adentro, á
pocas leguas unos de otros, se va de valle en valle, lo cual, si bien se
considera, no parece sino que desde Xayanca á Trujillo es todo un valle
en diversos rios, empero todos de muy buena agua, que los fertiliza en
gran manera. Entre ellos hay uno llamado Zaña, abundantísimo, á donde de
pocos años á esta parte se ha poblado un pueblo de españoles de no poca
contratación, por los ingenios de azúcar y corambre de cordobanes y por
las muchas harinas que dél se sacan para el reino de Tierra Firme; el
puerto no es muy bueno; dista del pueblo algunas leguas; ni en toda
esta costa, desde Paita á Chile, que es lo último poblado de Chile, los
hay buenos; los más son playas. Con el que tienen embarcan sus
mercaderias para la ciudad de Los Reyes y para Tierra Firme. Esta
población de Zaña destruye á la ciudad de Trujillo, porque dejando sus
casas los vecinos de Trujillo se fueron á vivir á Zaña.




CAPITULO XV

DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE[21]

[21] Faltan las páginas 49 y 50 del ms., donde se hallaba este capítulo
y el comienzo del siguiente.




CAPITULO XVI

DEL VALLE DE CHICAMA


[Es el valle de Chicama] abundante, ancho y largo, donde habia muchos
indios dotrinados por religiosos de nuestra Orden, encomendados en el
capitan Diego de Mora, varon muy principal en este reino. Entre otros
religiosos nuestros de mucha virtud y cristiandad que en la doctrina de
aquel valle se han ocupado, fué uno el padre fray Benito de Jarandilla,
el cual, despues que entró en él nunca dél salió para vivir en otra
parte; aquí se consagró á Nuestro Señor, predicando el Evangelio á los
indios con admirable austeridad de vida en todo lo tocante á su
profesion, sin jamás se conocer en él cosa de mal ejemplo, sino gran
celo á la conversión de aquellos naturales, donde vivió más de 55 años,
y ha pocos años, no ha dos cuando escrebí esto, que Nuestro Señor le
llevó, como piadosamente creemos, á pagarle sus trabajos. Los indios
deste valle tienen dos lenguas, que hablan: los pescadores una, y
dificultosísima, y otra no tanto; pocos hablan la general del Inga; este
buen religioso las sabia ambas, y la más dificultosa, mejor. Su caridad
para con los indios era muy grande, porque curarlos en sus enfermedades,
repartir con ellos su racion y quedarse ó contentarse para su
mantenimiento con un poco de maíz tostado ó cocido, era como natural.
Varon de mucha oracion y penitencia, doquiera que estaba se habia de
levantar á media noche á rezar maitines, y á cualquiera hora que le
llamaban para confesar al enfermo, con toda el alegria del mundo se
levantaba, y aunque el rio viniese muy crecido, no le temia más que si
no llevara agua, y es muy grande al verano. Este es comun lenguaje entre
los indios, que decian pasaba el rio en un macho que la Orden le habia
concedido á uso, por cima del agua, á cualquier hora y cuando más agua
traía el rio. Esto no lo escribo por milagro, sino como cosa comunmente
dicha entre los indios.

En este valle tiene nuestra sagrada Religion un convento priorato que
este religioso venerable fundó, donde se sustentan de ocho á diez
religiosos, y favoreciéndolo Nuestro Señor se sustentarán más, porque
las haciendas van en crecimiento. El valle es abundantísimo de pan,
vino, maíz y demás mantenimientos; danse en él admirablemente los
olivos, que cargan de aceituna muy buena. Los demás mantenimientos á la
tierra naturales, bonísimos; es famoso por un ingenio de azúcar que allí
plantó el capitan Diego de Mora; una cosa que por ser peregrina la diré,
que hay en este ingenio, y es que con ser cálido el temple en todo
tiempo y todos los valles de los Llanos abunden en moscas y éste las
tenga dentro y fuera de las casas de los indios y de los españoles, en
la casa que llaman del azúcar y donde se hacen las conservas y están las
tinajas llenas de todo género dellas no se halle ni se vea una ni más.

Helo visto, por eso lo digo, pues la miel y el azúcar, madre es de las
moscas.




CAPITULO XVII

DE LA CIUDAD DE TRUJILLO


Dista la ciudad de Trujillo del valle de Chicama cinco leguas tiradas.

La primera vez que la vi era muy abundante y muy rica; los vecinos,
conquistadores, unos hombrazos tan llenos de caridad para con los
pasajeros, que en viendo en la plaza un hombre no conocido ó nuevo en la
tierra (que llamamos chapeton), á mia sobre tuya lo llevaban á su casa,
lo hospedaban, regalaban y ayudaban para el camino, si allí no le daba
gusto hacer asiento; un vecino de aquellos, cuando salia de su casa
ocupaba toda la calle; no habia meson entonces, ni en muchos años
despues, ni carneceria; á todos sobraba lo necesario y aun más, y el que
no lo tenia no le faltaba, porque los encomenderos les enviaban el
carnero, vaca y lo demás cada dia. Liberalísimos para con los pobres;
sus casas muy hartas y sus cajas muy llenas de oro y plata. Ya todo ha
cesado y sus hijos han quedado pobres, porque no siguen la cordura, y
raras veces retienen las sillas de sus padres.

Dista esta ciudad del puerto, si así se ha de llamar siendo costa brava,
dos leguas; surgen los navios más de legua y media de la playa; en el
desembarcadero hay mares de tumbo, unas tras otras, con tanta violencia
cuanta experimentan los que allí se desembarcan. Aquí hay un poblezuelo
que del puerto toma el nombre, llamado Guanchaco. Los indios son grandes
nadadores y pescadores; no temen las olas, por más que sean; entran y
salen en unas balsillas de juncos gruesos, llamados eneas, que no sufren
dos personas, y las que las sufren han de ser muy grandes. En llegando á
tierra, cuando vienen de pescar, toman la balsa á cuestas y la llevan á
su casa, donde, ó en la playa, la deshacen y enjugan, y cuando se
quieren aprovechar della tórnanla á atar.

Conoscí en esta ciudad, entre otros vecinos y encomenderos, al capitan
don Juan de Sandoval, hombre muy amigo de los pobres, gran cristiano,
muy rico, casado con una señora muy principal de no menores partes que
su marido, nascida en el mismo pueblo, llamada doña Florencia de
Valverde, hija del capitan Diego de Mora y de doña Ana de Valverde.
Este caballero tenia antes que muriese capellanias instituidas en todos
los monasterios; su enterramiento escogió en el de San Agustin, cuya
capilla mayor edificó; aunque no quiso, el altar mayor fué suyo; al lado
del Evangelio hizo un altar advocacion de los Angeles, que adornó con
retablos famosos y muy ricos ornamentos labrados en España; dejó mucha
renta y poca carga de misas, con la cual se va edificando el convento, ó
por mejor decir se ha edificado. En el convento de nuestro padre Santo
Domingo se le dice perpétuamente la misa de Nuestra Señora todos los
sábados del año, y cada dia la Salve cantada, despues de Completas, como
es antiguo uso en la Orden desde su fundación; dejó bastante renta.

En el convento de San Francisco tambien tenia su memoria de misas, y
dejó renta para que se pague la limosna dellas.

Mucho tiempo del que vivió tenia en el puerto desta ciudad indios
pagados á su costa, para que en llegando el navio al surgidero, que ya
dije es de la playa más de legua y media, saliesen en sus balsillas,
fuesen al navio y avisasen saliesen ó no saliesen á tierra, porque como
el navio surge tan lejos, no venia quebrazon de las olas en tierra;
avisados no corren riesgo. Antes de que este caballero tuviese pagados
indios para esta bonísima obra perdianse muchos bateles, y los que en
ellos venian, porque viniendo á desembarcar, metianse en tierra, no
viendo el peligro, y cuando querian volver al navio no podian, por lo
cual era necesario zozobrar y perderse. Solia esta ciudad ser de buena
contractacion respecto del mucho azúcar y corambre que los vecinos
tenian, y por el ganado porcuno que della se llevaba á la de Los Reyes;
ya se va perdiendo.

Aunque dije arriba que desde Xayanca á Copiapo no llueve, añidí que á lo
menos desde el Puerto de Santa, lo cual es así, porque de cuando en
cuando suele llover en estos valles y arenales que hay desde Xayanca y
aun más abajo hasta Trujillo y un poco más arriba; y tan recio, y con
sus truenos, y en tanta abundancia, que saliendo los rios de madre
destruyen los valles, pastos y heredades, como subcedió agora 16 años,
poco más, que llovió tanto desde Trujillo para abajo, que se destruyeron
muchas haciendas y hobo mucha hambre; oí certificar en Trujillo, donde
llegué acabada de pasar esta inundacion, que se temió mucho no se
llevase el rio la ciudad; hicieron los reparos posibles, pero como eran
sobre arena, permanecian poco tiempo; llegó á tanto, que ya se habia
apregonado que, oida la campana, cada uno se pusiese en cobro como mejor
pudiese. Proveyó nuestro Señor con su misericordia que el rio divertió
por otra parte. Perdióse mucha cantidad de vestidos; arruináronse muchas
casas, porque como no se cubren con tejas, ni son á dos aguas, sino
terrados y éstos muy leves, llovianse todas y no habia donde guarecer la
ropa y comida. Los ornamentos de las iglesias, con dificultad se
guardaron. Oí decir á personas que se hallaron en Trujillo en aquella
sazon, y á los que en ella habia, que desde el valle de Chicama á
Trujillo, que dijimos poner cinco leguas, corrian tres rios que no se
podian vadear. Las madres dellos de muy antiguo se ven y se conocen
haber por allí corrido rios; los nuestros decian haber quedado desde el
diluvio. Los indios afirmaban haber oido á sus viejos que de muchos en
muchos años acontecian semejantes aguas é inundaciones, y ahora un año
subcedió tal azote, aunque no tan pesado.

Viviendo yo agora 15 años en Trujillo en nuestro convento (celebramos
allí la fiesta de Nuestra Señora de la Visitacion con toda la solemnidad
posible), cuando salíamos con la procesion ya se habia revuelto el
cielo; tronó, relampagueó, llovió, y si las cubiertas de las casas
fueran de tejas, corrieran las canales por un poco de tiempo.

Empero estos aguaceros no llegan al valle de Santa. Pasadas estas aguas,
son tantos los grillos que se crian en los campos y tierras de pan, y en
las casas, que es otro azote y plaga no menor; cómense lo sembrado y lo
no sembrado, y en las casas hacen no poco daño. Demás desto, con la
putrefaccion de la tierra con las aguas, críanse muchos ratones, que es
otra peor plaga. Llueve tambien en esta costa más continuamente que por
estos llanos de Trujillo para abajo, en un asiento llamado, mejor diré
en unas lomas llamadas de Ariquipa; pero esto es porque la mar, haciendo
un grande ensenada, se mete casi á las faldas de la tierra, donde
alcanzan muchos aguaceros, por lo cual los indios que aquí habitan más
son más serranos que yungas. Visten como serranos. Lo uno y lo otro he
visto muchas veces.

Es esta ciudad, como las demás de los Llanos, combatida de terremotos,
aunque no tan recios como desde ella para arriba.




CAPITULO XVIII

DE LA[S] GUACA[S] DE TRUJILLO


Hállanse en estos reinos, y particularmente en los Llanos, unos
enterramientos, comunmente llamados Guacas, que son unos como cerros de
tierra amontonada á manos, debajo de la cual los señores destos Llanos
se enterraban, y con ellos, segun es fama, y aun experiencia, ponian
gran suma de tesoros de oro é plata y la mayor cantidad de plata,
tinajas grandes y otras vasijas y tazas para beber, que llamamos cocos.
La guaca más famosa era una que estaba poco más de media legua de la
ciudad de Trujillo, de la otra banda del rio, de un edificio en partes
terrapleno, en partes de ladrillos grandes, ó por mejor decir de adobes
pequeños.

Este edificio era muy alto, y en circuito ó de box (si como marineros
nos es lícito hablar) debia tener poco menos de media legua.

Quien lo edificase no hay memoria, ni los indios tal oyeron decir á sus
antepasados. Para edificarlo es imposible, sino que se pasaron muchos
años y labraban en él suma de indios. Si no se ve no se puede creer.
Siempre se entendió era enterramiento, y aun enterramientos ó sepultura
de muchos señores, cuales fueron los de aquel valle de Trujillo, que se
entiende fueron mucho antes que los Ingas, y poderosísimos así en
riquezas como en ánimos para subjetar mucha parte deste reino, porque á
cuatro leguas de la ciudad de Guamanga se ha hallado otro edificio,
aunque diferente, pero figuras de indios como las de los deste valle de
Trujillo, de donde se colige hasta allí haber llegado el señorío destos
señores, y aun pasado hasta el Collao. Porque en un pueblo deste Collao,
Tiaguanuco, se ve otro edificio de canteria, y piedras muy grandes, muy
bien labradas, semejantes á este cerca de Guamanga, que los que allí
hacen noche lo iban á ver á maravilla; la primera vez que por allí pasé,
habrá 29 años, con otros dos religiosos, lo vimos y nos admiramos,
porque no _habiendo_ tenido estos indios picos ni escodas, ni escuadras,
para labrar aquellas piedras, verlas labradas como si canteros muy finos
las hobieran labrado, causaba admiracion; habia puertas de tres piedras
y grandes: las dos que servian á los lados, la otra de umbral alto.
Vimos allí una figura de sola una piedra que parecia de gigante, segun
era grande, corona en la cabeza y talabarte como los anchos nuestros,
con su hebilla.

Preguntar qué noticia se tiene desta gente no hay quien la dé, y porque
este edificio es semejante al de junto á Guamanga, se cree haberlo hecho
un mismo señor, y que este era señor de Trujillo, que para memoria suya
donde le parecia lo mandaba edificar. Cosa cierta no hay.

Los señores principales deste valle de Trujillo se llamaban, como propio
nombre, Chimo, y de uno hasta el dia de hoy hay memoria deste nombre,
añidiéndole otro como por sobrenombre, Capac, que, junto se nombraba
Chimocapac, que quiere decir chimo riquísimo. Lo que se colige es que
destos Chimos era la guaca de Trujillo enterramiento. Los vecinos de
Trujillo, viendo aquel famoso edificio y teniendo noticia haber allí
gran tesoro enterrado, sin que hobiese rastro ni memoria quien allí lo
puso, ni á qué herederos les hobiese de venir, juntárose algunos vecinos
de indios y no vecinos, y hecha compañía determinaron de cavar á la
ventura como dicen; dieron en algunos aposentos debajo de tierra, y
finalmente, dieron en mucho tesoro, y no en el principal como se tiene
por cierto. Cúpoles á más de 160.000 pesos, pagados quintos, pero no sé
qué se tenia aquella plata, que ninguno la gozó; fuéseles como en humo.
Verdad sea que gastaban á su albedrio y sin órden alguna; otros cavarian
en otras partes, sacaron alguna plata, no tanta como los desta compañia.
Comenzando á sacar plata desta guaca, todos los valles de los Llanos se
hundian cavando guacas, y registrando sacaron plata de la bolsa pagando
jornaleros cavadores y mucha tierra; nunca, empero, hallaron lo que
deseaban. Hobo en este tiempo en el valle de Lima un famoso hereje, creo
inglés, que junto al pueblo de Surco él solo cavaba una guaca, que
llaman de Surco, y por lo que despues, cuando preso y descubierto ser
hereje se entendió, aguardaba otros de su herejia que habian de venir;
allí se estaba de dia y de noche cavando y sacando la tierra él propio,
mal vestido; venia á la ciudad, que dista de la guaca una legua, pedia
por amor de Dios y llevaba poco que comer, hasta que se descubrió ser
hereje, preso por el Santo Oficio justísimamente. Le quemaron en el
primer aucto que los señores inquisidores hicieron.




CAPITULO XIX

DEL VALLE DE SANCTA


Desde esta ciudad de Trujillo, 18 leguas más adelante, la costa en la
mano, llegamos al valle y puerto llamado Sancta, abundante mucho de todo
género de mantenimientos, donde se comienzan á hacer trapiches de azúcar
y muy bueno; muy cerca del puerto se ha poblado un pueblo de españoles,
el cual si tuviera indios de servicio fuera en mucho crescimiento; tiene
pocos indios naturales; bajan los de la sierra de la provincia que
llamamos Guailas; es en notable daño de los indios; son serranos y
corren gran riesgo sus vidas, como en todas partes é todas las veces que
á los Llanos bajan. Tiene muchas y muy buenas tierras, todas de riego,
con acequias de un rio de bonísima agua, y muy grande, que pocas veces
se deja vadear; pásase en balsas de calabazos, y es lo más seguro. Estas
balsas las hacen los indios mayores ó menores, como es la gente ó hato
que se ha de pasar. Los calabazos son muy grandes y redondos; ponen en
una red á la larga ocho ó diez, otros tantos en otra, y así la ensanchan
conforme son los que han de balsear; hácenla de seis, siete y ocho
hileras de calabazos. Las redes atan unas con otras; atadas, encima
echan leña y rama porque no se mojen las personas y el hato. Luego dos
indios, grandes nadadores como lo son todos los de los Llanos, atan
unas sogas á la balsa, y ciñiéndosela por el hombro toma cada uno su
calabazo grande, y echándose sobre él nadan, y desta suerte llevan y
pasan la balsa de la otra parte del rio, por poco precio que se les da.
Este rio desemboca viniendo de Trujillo, un poco más abajo del puerto,
por cuya boca no se puede entrar ni tomar agua; empero, de la acequia
principal que pasa por cima del pueblo, sale una pequeña que cae en la
playa del puerto.




CAPITULO XX

DE LOS DEMÁS VALLES, Á LOS REYES.


Desde este valle al de Chancay ponen cincuenta leguas, en las cuales á
trechos pasamos por seis valles, todos abundantísimos, si los naturales
no hobieran faltado, que los labraban, para todo género de
mantenimiento, con agua bastante de riego; sus acequias sacadas, pero ya
perdidas.

El primero es Cazmala baja y Cazmala alta, donde han quedado pocos
indios, que apenas pueden sustentar un sacerdote; de aquí vamos á
Guarme, mejor valle y de más indios, con puerto no muy seguro por la mar
de tumbo que _hay_ al desembarcar; tiene mucho pescado, mucha arboleda,
algarrobas que se llevan á los Reyes para las carretas, é yo vi desde
este valle llevarse navios cargados á Los Reyes de carbon, que no era
poco provecho á la ciudad y al señor del navio, llamado el Carbonero.

Ocho leguas siguiendo la costa por do se caminaba es el de Parmunguilla,
valle estrecho, de bonísima agua el rio, y que en su nacimiento se halla
oro; abundante de trigo é maíz; ya no se camina por la costa, porque
haberse consumido los indios fué causa de cerrarse con mucho cañaveral
bravo; rodéanse más de cuatro leguas metiéndonos la tierra adentro, el
cual pasado, parte términos con el de la Barranca, que le es muy
cercano; las pocas tierras que tiene son muy buenas.

Luego entramos en el de la Barranca, fertilísimo de trigo é maíz, y de
tierras muchas y muy gruesas; de aquí se lleva la mayor parte del trigo
que en Los Reyes se gasta; hay en él dos ingenios de azúcar bonísimo; el
rio no es tan grande como raudo y pedregoso, por lo cual en todo tiempo
es dificultoso de pasar; tiene puente tres leguas arriba, á la cual por
no ir, algunos se han ahogado.

Aquí hay unos pocos de indios poblados; pasado el rio, luego se sigue el
de Gaura, que tiene las mismas calidades que éste, con otros pocos de
indios, y de donde se lleva mucho maíz y trigo á Los Reyes por mar;
tiene puerto no muy seguro.

Prosiguiendo por la costa adelante (si no nos queremos meter cuatro ó
cinco leguas la tierra adentro) llegamos, once leguas andadas, al valle
de Chancay, donde hay un pueblo de españoles llamado Arnedo. Este valle
es muy ancho y de bonísimas tierras para todos mantenimientos, vino y
olivares; de aquí se provee la ciudad de Los Reyes del mucho maíz y
otras cosas, y aun melones de los buenos del mundo. Hácese buen vino, y
fuera mejor si el vidueño fuera del que llamamos torrontés.

Tiene puerto, donde los vecinos de Arnedo embarcan sus harinas para
Tierra Firme, y trigo é maíz para Los Reyes.

El rio es no de tan buena agua como los precedentes. De aquí á la ciudad
de Los Reyes ponen once leguas, en cuyo camino se atraviesa la sierra de
la arena áspera, y larga, por ser arena muerta; en tiempo de verano no
se puede caminar sino de noche, con riesgo de negros cimarrones.

Ocho leguas andadas entramos en el valle de Carvaillo, donde hay muy
buenas estancias ó chácaras de maíz é trigo, con un rio de buena agua
con que las tierras se riegan; este valle dista de la ciudad de Los
Reyes tres leguas, desde donde aun podemos decir comienza aún el valle
desta ciudad, que tiene dos ríos, porque en medio de un valle y otro no
hay arenales que los dividan, sino todo este trecho son tierras de pan,
maíz, viñas, aunque pocas, pobladas con sus casas de los señores de las
heredades. Hay en este valle de Carvaillo un poblezuelo de indios el rio
arriba, donde se sustenta un sacerdote con las chácaras anejas.




CAPITULO XXI

DE LA CIUDAD DE LOS REYES


El valle donde se fundó la ciudad de Los Reyes, llamado Rimac en lengua
de los indios, sin hacer agravio á otro, es uno de los buenos, y si
dijere, uno de los mejores del mundo, muy ancho, abundante, de muchas y
muy buenas tierras, todas de riego, pobladas de chácaras, como las
llamamos en estas partes, que son heredades donde se da trigo, maíz,
cebada, viñas, olivares (á las aceitunas llamamos criollas, son las
mejores del mundo), camuesas, manzanas, ciruelas, peras, plátanos y
otros árboles frutales de la tierra, membrillos y granadas, tantos é tan
buenos como los de Zahara; las legumbres, así de nuestra España como las
de acá, en mucha abundancia en todo el año.

El agua del rio no es tan buena como la de los demás valles destos
llanos, respeto de juntarse con el rio principal otro no de tan buena
que la daña. Pero proveyóle Dios de una fuente á tres cuartos de legua
de la ciudad, de una agua tan buena que los médicos no sé si quisieran
fuera tal. Oí decir á uno dellos, y el más antiguo que hoy vive, que la
fuente desta agua le habria quitado más de tres mil pesos de renta cada
año, porque despues que el pueblo bebe della, las enfermedades no son
tantas, particularmente las cámaras de sangre, que se llevaban á muchos.

Esta agua se trujo á la ciudad, y en medio de la plaza hay una fuente
muy grande, bastante para dar la agua necesaria; pero porque es grande y
más sin costa se aprovechase della, en los barrios hay sus fuentes, como
en la placeta de la Inquisicion, en la esquina de las casas del
licenciado Rengifo, en el barrio de San Sebastian y en todos los
monasterios y en casas de hombres principales, y en las cárceles y en el
palacio hay dos, porque como las calles sean en cuadro, y el agua vaya
encañada por medio de las calles, es fácil de la calle ponerla en casa.

Llamaron los fundadores, que fueron el marqués don Francisco Pizarro y
sus pocos compañeros, á este pueblo, la ciudad de Los Reyes, porque en
este dia la fundaron; diéronle, aunque acaso, auspicatísimo nombre,
porque si muchos Reyes la hobieran ennoblecido, en tan breve tiempo como
diremos, no hobiera crecido más, ni aun tanto; mas como el favor del
cielo sea mayor que el de los hombres, Nuestro Señor, por intercesion de
los Santos Reyes, la ha multiplicado; es la silla metropolitana de todo
este reino de Quito á Chile; aquí reside el Virrey con el Audiencia, la
Santa Inquisicion, y aquí se fundó la Universidad.

De todo diremos adelante más en particular lo que á esto toca, cuando
tractaremos de los Virreyes y perlados eclesiásticos.

El rio desta ciudad, en tiempo de aguas en la Sierra, que llueve como en
nuestra España, es muy grande y extendido; no tiene madre, como no la
tienen los demás destos llanos; corre por cima de mucha piedra rolliza;
antes que tuviese puente, muchas personas se ahogaban en él queriéndole
vadear, porque aunque tenia un puente de madera hecho de horcones
hincados en el suelo, estaba tan mal parada, que no se atrevian á pasar
por ella, y no podian pasar sino uno solo, y con sus pies. Lo cual visto
por el marqués de Cañete, don Andrés Hurtado de Mendoza, de buena
memoria, llamado el limosnero, gran amigo de pobres, dió órden cómo se
hiciese puente toda de ladrillo y cal, de siete ó ocho ojos, que
comenzase desde la barranca del rio á donde casi llegaban las casas
Reales, y desde los molinos del capitan Jerónimo de Aliaga, secretario
que fué de la Audiencia, que hacen casi calle con las casas Reales; al
cual diciendo los oficiales maestros de la obra que mejor se fundaría
más abajo, donde estaba la puente de madera que acabamos de decir,
aunque habia de ser más larga, porque haciéndola allí el rio se iba su
camino, sin echarlo á la ciudad, lo cual forzosamente se habia de hacer
haciéndola donde el Virrey mandaba, y que la barranca era señal evidente
ya el rio habia llegado una vez allí y habia de llegar otra, por el
comun refran, al cabo de los años mil vuelve el rio á su carril,
respondió la mandaba hacer en aquel sitio porque los pasajeros que
viniesen de abajo, y pliegos de Su Majestad de España, por tierra,
entrasen á una cuadra de las casas Reales donde el Virrey viviese, y por
la calle derecha á la plaza una cuadra della, y cuanto á echar el rio á
la ciudad, que no habian de ser los Virreyes tan flojos quel rio la
hiciese daño; palabras realmente de gran republicano, como lo era.

Con todo eso, como diremos, ha hecho daño el rio si los Virreyes no
tienen ánimo para remediarlo.




CAPITULO XXII

DE LA CIUDAD DE LOS REYES


No creo ha habido en el mundo ciudad que en tan breve tiempo haya
crecido en número de monasterios, ni iguale á los religiosos que en
ellos sirven á Dios, alabándole de dia y de noche, y ejercitándose en
letras para el bien de las ánimas, como esta de Los Reyes, habiendo
ayudado muy poco ó nada los príncipes y gobernadores destos reinos al
edificio dellos.

El más principal y el primero della es el nuestro, llamado Nuestra
Señora del Rosario; no ha 68 años que se fundó; el primer fundador fué
el padre fray Juan de Olias; su sitio es una cuadra de la plaza y muy
cercado al rio. Oí decir á los viejos lo que aquí refiriré de su
fundación.

Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores á este valle,
despues de haber preso en Cajamarca á Atabalipa y habiéndole muerto,
vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la
órden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad
el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al rio, á la
parte casi del Oriente; á la del Sur por la parte de arriba, una acequia
de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente á Poniente. Por la
parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad
de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para
Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y á
los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora
juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro
convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que á la
sazon eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará
con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así,
aceptando los dos religiosos el partido, que un dia vinieron todos los
indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales
dijeron á los religiosos: Padres, vosotros no habeis de pelear; tomad en
esas botas vino y biscochos, y á los que estuvieren cansados y flacos
dadles de comer y beber, y á los heridos recogedles y lavadles las
heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban,
con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no
le convenia esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que
en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del
puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y á los pocos de los
nuestros que allí habia dejado el Marqués con dos navios y no muchos
soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran
muertos, y sólo él se habia escapado. El capitan de los navios (creo era
el capitan Juan Fernandez, de quien abajo haremos mencion), con los
demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor
reino del mundo, y perplejos no sabian qué se hacer, si por ventura
desamparaban el puerto y se volverian á Panamá ó á Trujillo, ó
aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él
afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más
valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la
ciudad fuesen á ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos
quedasen muertos, algunos se escaparian y encontrarian en el camino, ó
fuera dél, y á éstos recogiesen y volviesen al punto, y entonces
deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes
soldados en sus caballos, armados, llenos de tristeza é no con menos
temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, á lo menos la
legua y media, cada hoja que se meneaba les parecia ejércitos de
enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente
llegan á la ciudad y hallan á los nuestros, alcanzada la vitoria,
curando á los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la
batalla.

Su alegria fué muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el
padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde
estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razon por que vinieron,
el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel
padre, no imaginando que se hubiese huido, sino que por ventura los
indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el
Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navio que despachó á Panamá lo
llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le habia de
entrar fraile de San Francisco en su gobernacion, y así se cumplió, no
siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fué defeto sino de un
fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se habia de perder
ni carecer del bien grande que la religion del seráfico padre San
Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan,
creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponian al Marqués y
á los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos
los indios, si les faltaran navios con que enviar á pedir socorro á
Tierra Firme, totalmente se perderia. Nuestro religioso puso tambien sus
faldas en cinta, arrebató su bota, biscocho y queso; no tenian
conservas, ni regalos, y á los cansados dábales de beber y un bocado, á
los heridos curaba como mejor podia, y así andaba en medio de los que
peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual,
aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse
extender tanto cuanto es necesario, y por el rio, que es mal vecino en
todas partes.

Despues muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el
mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del
rio corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se
remedia.




CAPITULO XXIII

DE NUESTRO CONVENTO


Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de
ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del rio no da lugar á
ello, por correr al sesgo), se comenzó á edificar el convento; empero,
quien con más ánimo, fué el valeroso, y no menos religioso, gran
predicador, gran servidor de Su Majestad, fray Tomás de San Martín, á
quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la
Española ó isla de Santo Domingo.

Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el
primero, á quien dió por nombre San Juan Baptista, comenzó el edificio
de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia,
dejando los cimientos de lo restante sacados.

Oí decir al padre fray Antonio de Figueroa, un religioso nuestro muy
esencial, gran siervo de Dios, verdadero hijo de Santo Domingo, que fué
mi maestro de novicios, que le acaecia á este ínclito religioso, siendo
como era provincial, salir de casa por la mañana con un bordon á pie, é
ir una legua, poco más ó menos, á la Caleta, y estar allí todo el dia en
peso hasta la noche, en que se venia al convento, sin comer, y lo que
hallaba en el convento era un poco de capado fiambre, porque entonces no
se habia multiplicado el ganado nuestro mayor ni menor, que hobiese
carnero, ni se comia en la ciudad, y con tanta alegria pasaba este
trabajo como si tuviera todo el regalo del mundo. Parecia adevinaba el
augmento que nuestro Señor habia de hacer en breve tiempo, de religion,
cristiandad y letras, en aquella casa. Despues fué este varon heróico
primero obispo de la ciudad de La Plata, aunque no llegó á sentarse en
su silla, llevándole la majestad del muy alto primero á gozar de su
gloria.

El dia de hoy ya se ha acabado la iglesia con la buena diligencia del
maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, aplicando
justísimamente todo cuanto puede de los religiosos que se ocupan en
doctrinar á los indios, y tan bien acabada, que en Indias ninguna _hay_
mejor: sola una falta se le pone, y sin invidia, que la capilla mayor es
pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado.




CAPITULO XXIV

DE LAS CAPILLAS


Las capillas colaterales por la parte del Evangelio. La primera se llama
del Crucifijo; ésta es del capitan Diego de Agüero, varon famoso entre
los conquistadores deste reino, el segundo despues del marqués Pizarro;
dotóla bastantemente; dícensele dos misas cada semana, rezadas, sin
vísperas, y misa mayor el dia de Santiago, en el cual dia tiene un
jubileo plenísimo, y sin los aniversarios. Dejó demás desto la renta de
unas casas, para reparos de la capilla, que hoy rentan más de quinientos
pesos cada año. Su hijo el capitan Diego de Agüero la ha ennoblecido
mucho; puso en ella un retablo grande á proporcion de la capilla, con un
crucifijo de muy buena y devota figura, y en el retablo muchas reliquias
de santos en sus medallas que le dió el convento.

Luego se sigue la capilla nombrada de San Juan de Letran, donde tiene un
enterramiento junto al altar al lado del Evangelio el capitan Juan
Hernandez, quien dijimos era el capitan de los navios que estaban en el
puerto cuando el padre de San Francisco se huyó de la batalla que tuvo
el marqués Pizarro con los indios en la plaza.

Dotóla su dueño muy aventajadamente con limosna para dos misas rezadas
cada semana: en las octavas de Todos Sanctos, vigilia y misa cantada, y
el dia de San Juan Baptista, vísperas é misa con sermon, con bastante
limosna, y dejó para reparos de la capilla y ornamentos buena renta que
la cobra el convento y la gasta en el uso dicho.

El arcediano de la sancta iglesia desta ciudad viene cada año, por
nombramiento del señor de la capilla, á tomar cuenta en qué se
distribuye la renta para el ornato de la capilla, y se le da un tanto
señalado por el capitan Juan Fernandez por este cuidado y trabajo. Helas
visto tomar á un provincial nuestro, Fr. Salvador de Ribera, susodicho,
con poco acuerdo y aun con no poca nota; quiso quitar esta capilla y la
advocacion della y darla á no sé qué otras personas; súpolo el heredero,
salió á la contradiction, y viendo el provincial el agravio, á lo menos
avisado lo hacia por el señor arzobispo de México, Bonilla, la volvió á
sus herederos. Y no sé cómo tal cosa, no quiero decir injusticia,
pretendió hacer, ni cómo los padres de consejo en ello vinieron. Porque
esto oí decir muchas veces al padre fray Antonio de Figueroa, que fué mi
maestro de novicios, y si no fué el primero, á lo menos el segundo hijo
deste convento, varon verdaderamente hijo de Santo Domingo, que el
capitan Juan Fernandez trujo en sus navios la tierra desta capilla
desde[22] Panamá, porque en ella todos los que se quieren enterrar se les
da sepultura de gracia, y para que los cuerpos se comiesen presto trujo
esta tierra; vi un año de un catarro pestilencial que la capilla, con
ser espacio de dos los que en ella se enterraban, que fueron muchos, al
tercero dia los cuerpos estar consumidos, y queria un provincial quitar
esta capilla á su dueño y darla á otros. Pero Dios volvió por la verdad
y la justicia.

Todos los que aquí se entierran ganan indulgencia plenaria, y las
gracias que los que se entierran en San Juan de Letran en Roma, y para
el dia de San Juan Baptista hay jubileo plenísimo. Muchos años vi que el
día deste gloriosísimo sancto, Virrey, Audiencia y toda la ciudad venian
á nuestra casa á celebrar en este dia la fiesta de San Juan; ya por
descuido de los padres prelados se ha caído, digo el venir los virreyes.
El oficio se celebra este dia en esta capilla.

Luego se sigue la capilla de Santa Caterina de Sena, muy bien aderezada
con retablo y imágen desta gloriosa sancta; los tintoreros desta ciudad
la tomaron para su enterramiento y la tienen muy bien adornada;
celébrase en ella la fiesta de la gloriosa virgen Caterina con mucha
solenidad y con un jubileo plenísimo, que los fundadores trujeron para
los cofrades, todo el pueblo con sus cofrades, y si no me engaño los
tintoreros instituyeron la cofradia de los nazarenos que el Miércoles
sancto de noche sale de nuestra casa con túnicas de buriel y cruces á
los hombros, grandes, y muchos llevan consigo sus hijos niños con sus
cruces. Gástase mucha cera.

[22] Tachado: España.




CAPITULO XXV

DE LAS CAPILLAS DEL LADO DE LA EPÍSTOLA


Por la parte del lado de la Epístola, la primera capilla es de San
Hierónimo; dotóla el capitan Hierónimo do Aliaga con dos misas rezadas
cada semana, vísperas y misa el dia de San Hierónimo y sus aniversarios;
dejó bastante limosna, pero como al tiempo de la rebelion de Francisco
Hernandez fuese á España por procurador destos reinos, y no volviese más
á ellos, muchos años la vimos muy mal parada, que no decíamos misa en
ella, por no tener ornato, hasta que habrá seis años que una nieta suya,
doña Juana de Aliaga, hizo un retablo al ólio, grande á proporcion de la
capilla, con una imágen de la Concepción arriba, que le costó más de
tres mil pesos, añadiendo paños de seda para las paredes y ornamentos
para el altar; empero Nuestro Señor la llevó para sí á pagarle lo que en
su servicio habia hecho, la cual si más vida le fuera concedida hiciera
más.

A esta capilla se sigue la del Rosario, con un retablo hecho en España,
bueno, y una imágen de bulto de Nuestra Señora en el cóncavo del
retablo, de las buenas piezas que hay en todo España, porque en Indias
ninguna llega. A la redonda de la imágen los quince misterios del
Rosario, de bulto, cuanto la proporcion del retablo lo sufre. En el
pedestal la muerte de los niños inocentes, que parece cosa viva, con la
adoracion de los Reyes al niño Jesús en el pisebre; fuera desto tiene en
cuatro encasamentos cuatro santos de la Orden, de bulto, de muy galana
proporcion y figura.

Lo alto de la capilla es dorado con unas piñas de yeso pendientes,
grandes, todas escarchadas de oro. Adórnase la capilla en las fiestas
del Rosario con paños de damasco y terciopelo carmesí unas veces, otras
con paños de damasco verde y terciopelo verde. Tiene tres lámparas de
plata grandes, que por lo menos la una arde perpétuamente.

Todo esto ha hecho la cofradia del Rosario con la industria de los
devotos y mayordomos. Los primeros domingos de cada mes se hace una
procesion por el claustro, que para los que en ella se hallaren
confrades (creo confesados) se les concede indulgencia plenaria. Sácase
una imágen de bulto de Nuestra Señora, muy devota, que llevan diáconos.
Sírvese de mucha cera de cirios que llevan los veinticuatro sin la demás
para los demás confrades religiosos. Concurre mucha gente por la
devocion grande que se tiene particularmente á la imágen puesta en el
altar. El segundo domingo se hace procesion con el niño Jesús por la
confadria de los Juramentos, fundada en nuestra casa, ni puede fundarse
en otra parte, por concesion de los sumos pontífices, ó con licencia del
provincial donde no hobiere convento de la Orden, de la imágen de
Nuestra Señora puesta en el altar. Si no fuéramos descuidados hobiera
muchos milagros escriptos que ha hecho.

Siendo yo prior deste convento pretendí, dándome los señores
inquisidores licencia para ello, sacarlos á luz, haciendo las
diligencias necesarias; empero, el provincial que á la sazon era, no sé
por qué respeto lo impidió.




CAPITULO XXVI

DE LA CAPILLA DE LAS RELIQUIAS


Luego más abajo se sigue la capilla de las Reliquias; llámase así porque
tiene un retablo con sus vidrieras tan grande como un guadamecí, lleno
dellas, traidas de Roma. Trújolo el reverendísimo fray Francisco de
Victoria, primer obispo de Tucumán, hijo de esta casa, varon docto;
fuimos novicios juntos y condiscípulos en las Artes y Filosofía.

Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas
hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sanctos; hay
entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y
un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar ó quitar la
capilla de San Juan de Letran dió esta capilla á los ministros del Santo
Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos
y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa
bien excusada, si se diera á los señores inquisidores y en ella se
enterraran, pasara, pero darla á oficiales no se puede tolerar, y sin
ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay
familiares que tienen oficios bajos, y á éstos enterrarlos, como vi á
uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la
nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos
familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido,
como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.

Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura
del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima
fiesta el dia que en esta ciudad se celebró la canonizacion del santo,
con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio
famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta
riqueza que parecia incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un
alfiler.

Aquí se ha juntado la imágen de San Raimundo, agora nuevamente
canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó á Jacinto, en cuya
fiesta fué mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en
tres dias no se pudo impedir al pueblo que no viniese á verlo, y no se
hartaban; tampoco faltó cosa de momento.

Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola,
una de los indios, con imágen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los
negros, asimismo con imágen de bulto, de la misma Señora, que, conforme
á su posible, no están mal aderezadas.

Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la
menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne á su servicio y de
su santísima madre.




CAPITULO XXVII

DE LOS PROVINCIALES [QUE] HAN AUGMENTADO EL CONVENTO


Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso
y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martín, primer provincial,
el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que
buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen
las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de
otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas
hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más
obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo
cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor
nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no
poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo
de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico,
castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para
los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y
conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que
imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande
entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y
aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos
aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos
dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé
qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España
y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de
provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa,
aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras
partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes
temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.

Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el
convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano
de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000
pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al
padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado
de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más,
ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para
que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia,
porque no tiene heredero forzoso.

No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la
hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los
naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y
la dotó; _no_ á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un
colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San
Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro
Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba
para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y
no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos
corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del
difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un
convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata
tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla
episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando
tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.




CAPITULO XXVIII

DE LOS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN


A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal,
religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á
todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo
espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados.
Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su
tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de
Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el
cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual,
nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida,
nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar
Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.

Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento
comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no
haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito
más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se
comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar
la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta
ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en
los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el
coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que
desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á
se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha
venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre
provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que
ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.




CAPITULO XXIX

DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN


A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel,
venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo
que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como
agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como
agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la
virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para
le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su
natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no
menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber
cómodo para ello.

Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo
de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy
llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y
muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de
madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el
altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una
enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se
requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una
legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás
de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que
ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en
Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así
se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo
de los enfermos.

Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria,
como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el
archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la
Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y
maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que
es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de
Tierra Firme, como despues diremos.

Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre
el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la
barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo
no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y
nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á
la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo
de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á
pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad,
al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para
amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los
jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah,
este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las
noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que
despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra
Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de
romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las
piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion
de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra
porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa
hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más
avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos
pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el
convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y
á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el
marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto
estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.

Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos
que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su
llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos,
y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.

Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y
buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos
nada que tratar dél en el augmento deste convento.

A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto,
religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el
convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don
Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué
electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy
observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los
provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no,
castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en
este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en
el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era
por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser
la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en
este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser
mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los
religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron.
Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el
padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen
predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay
en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y
alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor
parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de
los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de
los naturales.




CAPITULO XXX

DE LOS RESTANTES PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN


Acabado el cuadrienio del mismo padre fray Domingo fué electo en
provincial el padre fray Agustin Montes, Presentado en sancta Teología,
hijo deste convento, donde tomó el hábito de quince años, varon
religioso y amigo de ampliar con edificios su casa, el cual acabó la
casa de novicios, lo tocante á las celdas, de todo puncto.

Hizo el claustro bajo, adornándolo con unos lienzos al ólio de figuras é
imágenes de sanctos, muy perfectas y muy devotas; augmentó la sacristia
con ornamentos y mucho servicio de plata, y un cáliz todo de oro.
Aumentó tambien el retablo del altar mayor: á lo menos dejó con un
entablador concertado el augmento de imágenes de media talla, y pagada
parte de la hechura; hizo un cofre grande de plata, en que en el retablo
se collocase el Sanctísimo Sacramento, porque hasta entonces no estaba
sino en una cajita de madera. Trabajó lo que pudo con mucho y buen
ejemplo. Puso mucha órden en las lectiones y estudio. Ordenó que hobiese
cierto número de religiosos collegiales, y para ser recibidos pasasen
por exámen muy riguroso, lo cual hasta hoy se guarda como conviene,
porque desta suerte los no muy hábiles se animan, y los hábiles trabajan
más, sin que en el coro se pierda punto. A quien sucedió el padre
maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, en el cual tomó el
hábito de 17 ó diez é ocho años, buen predicador; es hijo de padres
nobles de todos cuatro costados; su padre se llamó Niculás de Ribera el
viejo, respecto de otro vecino desta ciudad llamado del mismo nombre,
pero el mozo. Su padre fué uno de los de la Fama de la isla del Gallo,
varon liberal; su casa era hospital de todos los de su patria y
enfermeria deste nuestro convento, porque todo lo necesario para los
enfermos con toda liberalidad y caridad se hacia, y con sus propios
hijos se inviaba de dia y de noche, y desto soy testigo de vista. La
Madre se llamaba doña Elvira de Avalos, de cuya virtud en breve no se
puede tratar. En su tiempo se acabó á gloria de Nuestro Señor
dichosamente todo el cuerpo de la iglesia con tanta perfection que puede
competir con las buenas iglesias de mucha parte de España. Adornó la
capilla mayor de tal manera que se encubre la falta (que dijimos) ser
pequeña. Acabó el aumento del retablo; hiciéronse paños de terciopelo
carmesí bordados para la capilla mayor, con oro, que la cubren de alto á
bajo, tan buenos que en nuestra España se hallan pocos iguales. Acabó el
claustro y la porteria tan buena como las muy buenas de Castilla, sin
otras cosas tocantes á la sacristia. Todo lo cual hasta aquí augmentado
en este nuestro convento han hecho los provinciales con lo que han
aplicado de los salarios de las doctrinas donde viven los religiosos. Al
sobredicho padre sucedió el Presentado fray Diego de Ayala, hijo tambien
deste convento, el cual por vivir poco é irse á España, y pasando en
Italia murió en Roma, hay poco que decir dél. Sucedióle el padre maestro
fray Juan de Lorenzana, el más docto destos reinos, hijo, creo, de
Salamanca, buen religioso, de claro y galan ingenio, el cual, despues de
haber leído muchos años Teología en este convento, fué electo en
Provincial; gobierna á la hora que esto escribo; lo que haya augmentado
no lo sé.




CAPITULO XXXI

DE LOS RELIGIOSOS QUE SUSTENTA


Y porque dije que en muy breve tiempo se ha multiplicado esta casa,
favoreciéndolo la Majestad del muy Alto, el dia de hoy sustenta 130
religiosos y dende arriba, lo cual causa admiracion, porque no hay en
toda la cristiandad conventos, de cuatrocientos años á esta parte
fundados, si no son cual ó cual, que sustenten otros tantos. Celébranse
en esta casa los oficios divinos, de dia y de noche, con tanto concierto
como en el más religioso de la Orden.

Los estudios con todo el rigor pusible, y las demás ceremonias muy al
justo. El coro tiene sillas altas y bajas, de madera de cedro, labrados
los respaldares, altos, de madera de talla, de admirables figuras de
sanctos, que si fueran doradas no habia más que desear; costaron 18.500
pesos de á nueve reales, y el oficial perdió mucha plata.




CAPITULO XXXII

DE LOS OBISPOS


En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento
siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á
todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en
España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no
ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de
San Martín, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando
escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo
de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces,
todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.

El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma
ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer
obispo de Puerto de Caballos[23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso
Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó
Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer
obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento,
y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es
esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray
Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.

En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres
presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra,
fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden,
sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y
tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen,
lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento
tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias,
como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de
todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la
Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.

Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra
sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones
apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las
ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro
ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de
Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en
este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es
costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura
á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y
capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de
México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y
todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso
difunto.

En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo,
del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen
religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision
alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales
deste reino con gran llaneza y sinceridad.

El padre fray Cristóbal de Castro, gran siervo de Dios, celosísimo de la
conversión de los naturales, de clarísimo ejemplo y abstinentísimo,
murió en su oficio loablemente. A este religioso, los curacas del valle
de Chincha, donde por la mayor parte vivió ocupado en este ministerio,
le ofrecian un navio cargado de oro y plata, y jamás se pudo acabar con
él recibiese un grano, y haciéndole fuerza los curacas á que tomase
alguna cosa, jamás lo pudieron acabar con él, ni para sí, ni para la
Orden, ni para hombre viviente. Lo que hizo fué decir á los curacas
hiciesen un cáliz de oro para su iglesia, como lo hicieron, y fué el
primer cáliz que se hizo en el Pirú; á cuya sancta emulacion los curacas
del valle de Lunaguaca hicieron para dos iglesias suyas en cada una un
cáliz de oro, que yo he visto y dicho misa con ellos.

El padre fray Benito de Jarandilla, verdadero hijo de Santo Domingo, el
cual por más de cuarenta años, en el valle de Chicama, cinco leguas de
la ciudad de Trujillo, se ejercitó en la conversión de los naturales sin
salir de aquellos valles, donde vivió con admirable ejemplo, así para
con los naturales como para los españoles, y deprendió muy de raíz la
lengua de los indios pescadores de aquel valle, que es dificultosísima
de aprender. Los naturales le tenian por un hombre sancto, porque le
vian guardar con mucho rigor su profesion, como verdadero hijo de Santo
Domingo, y dicen dél que como le viniesen á llamar á cualquier hora de
dia ó de noche, para confesar algun indio enfermo que viviese de la una
parte ó de otra del rio, que en tiempo de aguas no se deja vadear, que
es en verano, no temia el rio y en un macho en que andaba lo vadeaba, y
los indios decian iba caminando por cima del agua. Acabó sus dias,
llenos de buenas obras, con buena vejez.

El padre fray Baltasar de Heredia fué un religioso esencial, el cual,
aunque no se ocupó tanto en doctrinar á los naturales, viviendo en
conventos de pueblos de españoles se ejercitó en obras de mucha virtud y
de gran caridad; es fama que le hallaron muerto hincado de rodillas en
una chácara de la ciudad de La Plata, aviándose para venir al reino de
Chile por vicario provincial y visitador, por tierra: lo cual este varon
religioso acetó con gran humildad, aunque el trabajo y riesgos de
tierra, caminos, rios é indios de guerra, por donde habia de pasar
algunas veces, eran notables.

El padre fray Antonio de Figueroa, hijo deste convento, fué un varon
religioso y muy esencial, gran trabajador en las cosas de la comunidad,
muy libre de cualquier interés humano; para consigo riguroso y
paupérrimo, pero las cosas del culto divino deseaba, y de la sacristia,
que fuesen riquísimas.

Fué muy muchos años subprior deste convento, con mucho ejemplo de vida y
costumbres.

Fué mi maestro de novicios, á quien debo más que á mis padres. Cuando á
este gran religioso, por su virtud y trabajos y ejemplos, se le habia de
mandar descansase, quitándole la carga del cuidado del convento, le
mandó la obediencia ir á España á negocios de mucha calidad de la Orden:
lo acetó con mucha humildad y se puso en camino, y llegando á
Cartagena, de Tierra Firme, le llevó nuestro Señor para sí con una
muerte como habia vivido; finalmente, murió obedeciendo.

Cuando llegó la nueva cierta de su muerte cayó tanta tristeza sobre
todos los religiosos que en él viviamos, y cuando se le hizo su
sufragio, que no osábamos mirarnos los unos á los otros: tanto era el
amor que le teniamos, porque á casi todos nos habia criado y habia
entonces en el convento poco menos de ochenta religiosos. A todos estos
padres conoscí y traté mucho y no hablo sino de vistas.

Otros más ha habido buenos religiosos; empero éstos, conforme á lo que
dellos conosciamos, son los más aventajados que para estos defectuosos
tiempos son afamados.

[23] Tachado: _y despues del mismo obispado_.




CAPITULO XXXIII

DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO


Hay en esta ciudad otro convento del seráfico padre San Francisco, que
en breves años ha florescido y floresce en religion, santidad, letras y
número de religiosos, con admirable ejemplo, donde yo he conoscido
famosos varones, grandes predicadores, de mucho pecho y celo para las
ánimas y conversión de los naturales.

El padre fray Luis de Oña, que fué provincial, varon consumado y no
menor púlpito; el padre fray Hierónimo Villacarrillo; el religiosísimo
fray Diego de Medellín, deudo nuestro, obispo de Santiago de Chile,
donde murió como un sancto, habiendo vivido en la Orden con gran
religion, cristiandad, ejemplo y observancia más de sesenta años;
halléme en su muerte siendo en aquel reino el primero provincial de mi
Orden, no lo mereciendo, y fué Nuestro Señor servido hacerme esta
merced: que porque el dia de sus obsequias no hobo sermon, respecto de
ser los oficios muy largos, y las ceremonias con que se entierran estos
señores obispos, el dia del novenario, aunque se habia encomendado al
guardian del convento de nuestro padre San Francisco, por cierta ocasion
no lo predicó, y se me mandó predicase, lo cual hice lo mejor que pude
fundando mi sermon sobre esta sentencia: _proetiosa est in conspectu
Domini mors sanctorum eius_. El padre fray Juan del Campo, gran varon en
opinion de sanctidad y letras, todos los cuales fueron provinciales y
algunos vicarios generales ó comisarios, como en esta sagrada religion
se nombran.

Es mucho más moderno quel nuestro, que no creo ha 45 años se fundó, por
lo arriba dicho. Ha crecido, favoreciéndolo la mano del muy alto, en
este breve tiempo, en edificios, porque está acabado; la iglesia,
sombría é no de bóvedas.

El edificio de la casa bueno y alegre, con muchas fuentes, y un estanque
que llaman, dado por el Marqués de Cañete el viejo, de buena memoria, el
cual era como casa de recreacion del marqués Pizarro, de mucho sitio y
de muchos parrales y árboles frutales, así de la tierra como de los
nuestros; sustenta 130 y más religiosos, y estudio.

Han salido della tres obispos: el reverendísimo fray Diego de Medellín,
de quien poco ha tractamos; el reverendísimo fray Juan Izquierdo, obispo
de Puerto de Caballos y agora obispo de Yucatán; el reverendísimo fray
Hernando Trejo, obispo de Tucumán, los dos últimos hijos desta
provincia, y se espera habrá otros muchos más.

El padre fray Hierónimo Villacarrillo, y el padre fray Juan del Campo,
no quisieron iglesias, enviándoles cédulas dellas Su Majestad. Tanta era
la humildad y religion destos venerabilísimos padres.




CAPITULO XXXIV

DEL CONVENTO DE SAN AUGUSTÍN


El convento de nuestro padre San Augustín, ó por mejor decir nuestro
abuelo, es más moderno, empero de buen edificio la iglesia, si un
temblor muy grande no le abriera la capilla mayor. Comenzóse la iglesia
toda de ladrillo y cal y de muy buena traza. Tambien ha crecido en
número de religiosos en breve tiempo, porque no ha 44 años que se fundó
esta Orden en este reino; hobiera crecido en más si las obras de los
edificios dieran lugar á recibir novicios. Sustenta 60 religiosos y más,
con mucha religion, letras y ejemplo.

Ha habido famosos varones, los cuales yo he conocido.

El padre fray Juan de San Pedro, tres ó cuatro veces provincial, varon
de gran opinion y crédito. El padre fray Andrés de Santa María, varon
gran religioso, murió siendo provincial; el padre Cepeda; el padre
Corral, gran predicador que por predicar la verdad padeció un poco el
riesgo en el Cuzco. El padre maestro fray Diego Gutiérrez, muchos años
lector de Teología en su casa, maestro de los que agora son en su Orden
varones doctos. El padre fray Juan de Almaraz, maestro en Sancta
Teología, discípulo deste sobredicho padre, fué catedrático de Escritura
en la Universidad, murió provincial y electo obispo del Rio de la Plata,
hijo deste convento. El reverendísimo fray Luis López, obispo de Quito,
varon docto y predicador, maestro de los que ahora predican y enseñan en
su Orden, hombre prudente mucho, y de gran ánimo, emprendió el edificio
de la iglesia todo de ladrillo y cal como acabamos de decir; otro que su
amor no lo imaginara, siendo provincial y despues prior, varon
derechamente religioso, de gran ejemplo y bondad. El padre maestro fray
Alonso Pacheco, agora provincial y lo ha sido otra vez, hijo desta casa,
donde tomó el hábito agora 37 años, siendo de 16, varon de letras,
púlpito, ejemplar, gran religioso. Otros muchos religiosos tiene, que la
brevedad no da lugar á tractar dellos.

A su Orden se le quede este cuidado. La capilla del Crucifijo de los
plateros es muy devota y tiene cofradia de sangre; celébrase con mucho
concurso de gente y mucha cera.




CAPITULO XXXV

DEL CONVENTO DE LA MERCED


El convento de Nuestra Señora de las Mercedes, despues del nuestro, es
el más antiguo en esta ciudad; la iglesia es bien edificada, aunque no
de bóveda, con sus capillas colaterales. Conoscí en este convento al
padre Orense y al padre fray Juan de Bargas, que fueron provinciales,
ambos varones religiosos y de mucho y buen ejemplo. El padre Angulo y el
padre Ovalle, catedrático de Prima en la Universidad, de Teología, varon
religioso. A las derechas sustenta 60 á 70 religiosos; la sacristia es
adornada de muchos é buenos ornamentos.




CAPITULO XXXVI

DEL CONVENTO DEL NOMBRE DE JESÚS


En nuestros dias (siendo ya sacerdote) se fundó el colegio del Nombre de
Jesús, de los Padres de la Compañía, habrá 30 años. Es para dar muchas
gracias al Señor y á su santísimo nombre, ver en cuán breve tiempo ha
crecido en número de religiosos y haciendas, porque el dia de hoy
sustenta más de ochenta religiosos, sin la casa de los novicios que
tiene fuera de la ciudad.

El primer fundador fué el padre Portillo, gran predicador y bonísimo
religioso, con otros padres que con él vinieron. Hospedámoslos en
nuestra casa, y de allí salieron para irse al sitio donde agora viven,
uno de los mejores del pueblo. Ayudóles nuestro convento y acreditóles
en todo lo posible, y los regaló el tiempo que en nuestra casa
estuvieron; reconocen la buena obra que se les hizo, por lo cual, cuando
llegamos á las suyas nos hacen toda caridad, como en particular la he
recibido, hospedándome y regalándome con mucho amor; despues la augmentó
el padre Acosta, provincial, gran predicador y muy docto, aceptísimo por
su religion y buen ejemplo. Otros religiosos tiene grandes siervos de
Dios, muy consignados á su servicio, para predicar á estos naturales, y
con ánimos de se entrar por la tierra de guerra á predicar la ley
Evangélica, sólo con las armas de la fe.




CAPITULO XXXVII

DEL CONVENTO DE LOS DESCALZOS


De pocos años á esta parte se ha comenzado á fundar de la otra parte de
la puente y rio, no son catorce años pasados, el convento de los
Descalzos, con gran abstinencia, religion y cristiandad. Este convento
Nuestro Señor lo prosperará como cosa suya y donde se sirve mucho á su
Divina Majestad.




CAPITULO XXXVIII

DEL MONASTERIO DE LA ENCARNACIÓN


El monasterio de la Encarnación, de monjas, que ha se fundó poco más de
45 años por doña Leonor Portocarrero y doña Mencia de Sosa, su hija, es
como cosa de milagro ver en cuán poco tiempo cuánto ha crecido en toda
virtud, y ahora recién profesó cuando se fundó, y se mudó de un sitio
corto y breve que tenian junto al convento de San Augustín, que ahora es
la perrochia de San Marcello y convento de monjas de la Trinidad, al
sitio que ahora tienen, y en aquel dia de nuestra casa se hizo el
oficio; yo serví de acólito en la misa mayor.

Ha crecido tanto el número de religiosas profesas, con favor del
Altísimo Dios, que el dia de hoy sustenta más de 140 monjas, sin más de
40 novicias, y sin el servicio que tiene de las puertas dentro, con toda
religion y ejemplo, cuanta Nuestro Señor la prospere en su servicio.
Madre é hija fueron las dos principales fundadoras, las cuales han
gobernado, é agora doña Mencia de Sosa abadesa (porque á su madre la
llevó Nuestro Señor á gozar al cielo de Su Majestad por el servicio que
se le hizo y hace tanta virgen alabando de dia y de noche á su
sanctísimo nombre) con tanta prudencia y discrecion, que parece más que
humana. Con madre y hija entraron otras dueñas y doncellas: Antonia de
Castro y Antonia Velázquez, doña Juana Giron, dos hermanas, doña Isabel
y doña Inés de Alvarado, doña Mariana de Adrada, doña Juana Pacheco;
todas casi viven el dia de hoy. Tiene este convento una excellencia que
no sé si en la cristiandad se halla el dia de hoy: el cuidado en
celebrar los oficios divinos; la solemnidad y concierto, con tanta
música de voces admirables, con todos géneros de instrumentos, que no
parece cosa de acá de la tierra, y sobre todo los sábados á la Salve,
donde concurre la mayor parte del pueblo y de las Ordenes muchos
religiosos á oirla. Yo confieso de mi que si todos los sábados,
hallándome en esta ciudad, me diesen mis prelados licencia para oirla,
no la perderia.

Los señores inquisidores muchos sábados no la pierden, y los Virreyes
hacen lo mismo.

Ha usado Nuestro Señor con este convento, como el de la Concepción, de
su larguísima misericordia y particular cuidado en conservarlos en su
servicio, que con no ser los edificios muy altos los ha guardado y
guarda de suerte que jamás se ha imaginado cosa que no sea virtud y
religion, porque ni duerme ni dormirá el que guarda á Israel.

Guardan la profesion y regla de las monjas de San Pedro de las Dueñas de
Salamanca subjetas al Ordinario.

Pretendieron con todas sus fuerzas ser monjas nuestras; empero nunca
pudieron acabar con el padre fray Gaspar de Carvajal, de quien arriba
brevemente tractamos, siendo provincial, que las recibiese, aunque el
prior del convento, el padre maestro fray Tomás de Argomedo, las
favorecia todo lo posible y por muchos dias no perdieron la esperanza,
y rezaban el órden de rezar nuestro, y guardaban las constituciones de
nuestras monjas, hasta que ya perdida tomaron la que tienen y profesan;
celebran en este convento el Tránsito de Nuestra Señora.




CAPITULO XXXIX

DEL MONASTERIO DE LA CONCEPCION


El monasterio de monjas de la Concepción habrá veinticinco años se
fundó; fué fundadora dél doña Inés de Ribera, con gran pujanza de
hacienda, así en muebles como en raíces. Hale augmentado Nuestro Señor
mucho á su servicio; susténtanse en él hoy más de 120 monjas de velo, y
muchas novicias. Hay en él grandes siervas de Dios, grandes religiosas
de mucha penitencia, buen gobierno, y entre ellas han gobernado no poco
tiempo, con título de suprioras, hasta que Nuestro Señor llevó al cielo
á la fundadora, á pagarle el servicio con su favor hecho y el que se
hace y se ha de hacer: Maria de Jesús, gran religiosa, despues de la
cual han gobernado dos hermanas: doña Leonor de Ribera y doña Beatriz de
Horosco, ya con título de abadesas (porque acabando la una de ser
abadesa elegian á la otra), con gran ejemplo, religion, prudencia,
modestia y blandura y no poca penitencia, con lo cual á las demás
animaban al cumplimiento de lo profesado. Víanlas en los trabajos las
primeras, por lo cual nadie se excusaba. Hacen lo que Cristo nos enseñó:
El mayor entre vosotros sea como menor, y el que manda sea siervo de los
demás. Gracias á Nuestro Señor, ansí no se ha dicho deste monasterio,
como ni del otro. Son sujectas al Ordinario.

En lo que toca á la celebracion de los Oficios Divinos, si no son
iguales en la música al de la Encarnación, vanles pisando los
carcañales, y no les hacemos en esto agravio, porque el otro, como más
antiguo y principio, proveyóle Nuestro Señor de voces y destreza en el
canto y todo género de música cual se requiere para alabar á su
Majestad. No quiero decir más, no me apedreen. Aunque es así, que en
este convento hay Religiosas muy diestras, y de voces admirables, y en
el órgano famosas.




CAPITULO XL

DEL MONASTERIO DE LA TRINIDAD


Fundóse otro monasterio de monjas llamado de la Trinidad, habrá veinte
años, de la Orden de San Bernardo; fundadoras fueron madre é hija doña
Lucrecia de Soto y doña Mencia. Doña Lucrecia fué casada con Juan de
Rivas, vecino de la ciudad de La Paz, por otro nombre llamado el Pueblo
Nuevo; siendo ambos ya viejos y la hija viuda, aunque moza, se
concertaron marido y mujer de que se metiesen monjas madre é hija y
fundasen este monasterio con la hacienda que tenian; era mucha.
Salieron con su intento la madre é hija; escogieron para sitio el que
dejaron los padres de San Augustin, donde gastaron mucha plata en un
dormitorio alto y bajo y en sacar los cimientos de la iglesia de tres
naves, y se mudaron á medio de la ciudad donde no tienen tanto sitio
como tenian. Aquí, que es el sitio muy grande, tiene tres cuadras en
largo; una huerta muy espaciosa y buena eligieron para fundar un
monasterio, pared en medio de la perroquia de San Marcello. Vívese aquí
con gran recogimiento, tienen bastantemente lo necesario, pueden recibir
seis monjas sin dote, y en muriendo algunas destas luego reciben otra;
guardan su profesion al pie de la letra. El locutorio y libratorio se
frecuentaba tan poco, que no parecia haber en aquella casa monjas. En
este breve tiempo se ha multiplicado, porque hay en él más de treinta
monjas de velo, y novicias se van recibiendo. No comen carne en el
refectorio perpétuamente.

Los edificios se van labrando y Nuestro Señor lo multiplicará todo. No
quieren música de canto de órgano, su canto es llano y muy devoto, y
órgano solamente, y proveyóles Nuestro Señor de una monja tan hábil en
la tecla, que es cosa de admiracion.




CAPITULO XLI

DEL MONASTERIO DE LAS DESCALZAS


En esta ciudad de Los Reyes fué doña Inés de Sosa, hija ligítima de
Francisco de Talavera, de los antiguos conquistadores, y de Inés de
Sosa. Habiendo sido casada dos veces, en vida del segundo marido murió,
y no dejando hijos, toda su hacienda dejó para que se instituyese un
monasterio de monjas descalzas debajo de título de la Concepción de
Nuestra Señora. Edificóse junto á la plazuela de Santana y para él
salieron del monasterio de la Concepción las dos hermanas arriba dichas,
doña Leonor de Ribera y doña Beatriz de Orozco, con otras cuatro ó cinco
religiosas, donde guardan la observancia con mucho rigor; creo es
constitucion no pueda haber á lo más largo más que veinte monjas de
velo. Espero en Nuestro Señor se ha de servir aquí grandemente.




CAPITULO XLII

DE LA IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE


Fuera desta ciudad, junto al camino de Pachacama, fundó Alonso Ramos
Cervantes y su mujer doña Elvira de la Reina una iglesia con invocacion
de Nuestra Señora de Guadalupe, á su costa, por órden y licencia del
reverendísimo arzobispo Mogrobejo, á instancia de un religioso de la
Orden de San Jerónimo del monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe de
España, cuya primera piedra del fundamento de la iglesia puse yo ya
consagrado obispo. El fundador es natural de Medellín, é yo nací en
aquel pueblo, para que se entienda que sabe Dios de pueblos pequeños
sacar un marqués del Valle, don Fernando Cortés, y un obispo, aunque
indigno para el cargo, y un fundador de la iglesia de Nuestra Señora.
Todo esto sea á gloria del hijo y de la madre. Es cosa admirable ver en
cuán poco tiempo ha crecido la devocion á aquella iglesia; tiene un
retrato al vivo de la imágen de Nuestra Señora de Guadalupe puesta en el
altar mayor, que retractó el mismo religioso de San Hierónimo arriba
dicho, con muchas piedras preciosas.

Tiene muchos y buenos ornamentos y cuatro lámparas de plata y dos
altares colaterales en el encaje de las paredes. Es mucha la frecuencia
de la devocion de los fieles, porque cada dia se dicen allí más de doce
misas por devocion, con que pobres sacerdotes se sustentan, y algunas
veces sobran las limosnas. Un buen hombre, luego que se puso la imágen,
todos los sábados á cuatro sacerdotes da á cada uno cuatro reales porque
canten la Salve, y un hermano del fundador, sacerdote, llamado Esteban
Ramos, dejó instituída una capellania en esta iglesia, de más de
docientos y cincuenta pesos de renta. Es cosa admirable la devocion que
los fieles tienen á la advocacion desta iglesia, y como se va
multiplicando, porque hasta en la mar, los que se hallan en tormenta
reciben mil favores de Nuestra Señora, y así ningun navio deja de traer
limosna á esta iglesia.

Un religioso del convento de Nuestra Señora de Monsarrate fundó tambien
otra iglesia con la misma advocacion.

El reverendísimo desta ciudad ha hecho otro monasterio, con título de
Santa Clara, en el mejor sitio della, con limosnas que ha pedido á
naturales y á todo género de gentes cuando visita su obispado, y con
parte de su hacienda. Cuando esto escribo debe estar acabado, pero hasta
agora no se sabe que hayan entrado en él ningunas monjas; tiene mucho y
grande sitio y muy bien cercado. Entraron en él este año de 605 cinco
monjas de la Encarnación, priora, supriora, portera, maestra de
novicias, sacristana; las doce monjas novicias para hábitos son legas,
sin dote alguno.

Los clérigos han hecho otra iglesia llamada San Pedro, una cuadra más
arriba del convento de San Francisco, donde se entierran los sacerdotes
pobres y los curarán de sus enfermedades; entiérranlos con mucho
acompañamiento; fué fundadora _la Caridad_.




CAPITULO XLIII

DE LAS COFRADÍAS DESTA CIUDAD


La cofradia de la Caridad es rica; tiene una casa de recogimiento del
mismo nombre, donde se recogen algunas doncellas pobres debajo del
gobierno de una matrona honrada y buena cristiana y se les provee de lo
necesario. El dia de la Asumpcion de Nuestra Señora sacan desta casa
seis doncellas y las traen en procesion á la iglesia mayor, y aqueste
mismo dia se les dan maridos y su dote señalado.

La cofradia del Sanctísimo Sacramento es muy rica y acompáñese en esta
ciudad cuando sale fuera con mucha cera y mucho concurso de gente, tanto
como en cualquier parte del mundo. Las varas del palio llevan
sacerdotes con sus sobrepellices, y el guion asimismo, y dos maceros con
dos mazas grandes de plata, delante del Sanctísimo Sacramento. A los
sacerdotes que llevan las varas y al del guion y á los maceros les da la
cofradia por cada vez á cada uno cuatro reales de limosna. Esta cofradia
está fundada en nuestro convento, con las gracias de la de la Minerva de
Roma.

La cofradia de la Vera Cruz asimismo está fundada en nuestra casa. Tiene
bastantemente lo que ha menester, con su capilla por sí, detrás de la
capilla del capitan Diego de Agüero, bien adornada, donde los dias de la
Cruz se saca en procesion un pedacito del lignum crucis en que Cristo
Nuestro Señor murió, con gran veneracion y concurso de todo el pueblo, y
muchas hachas de cera y de más de á media libra, para todos los
cofrades.

En otros monasterios hay otras, como en San Francisco, la de la
Concepción de Nuestra Señora, muy rica; en San Agustin, la de Santa
Lucia y del Crucifijo, que tienen los plateros, y todas tienen sus
cofrades que llaman veinticuatros, los cuales en los dias señalados que
hacen sus procesiones llevan cirios encendidos, y cuando alguno destos
veinticuatro muere, los demás han de acompañar el cuerpo con sus cirios,
y le han de mandar decir, cada uno, una misa rezada, y acaece ser uno
veinticuatro en tres ó cuatro cofradias, y todos le han de acompañar con
sus cirios.

Los negros tienen sus cofradias aparte, y veinticuatros; es cosa de ver
qué cirio sacan muriendo algun veinticuatro; yo vi un acompañamiento de
una negra que me admiró: es cierto que acompañaban el cuerpo más de
treinta cirios, sin la cera menuda; esta cofradia tienen los negros
fundada en la iglesia mayor; en San Diego tienen los negros otra capilla
y cofradia; demás desto, en San Francisco otra.

En nuestra casa tienen los indios cofradia y capilla y veinticuatros, y
lo mismo en San Francisco, y en la Compañía otra del niño Jesús, todas
con sus veinticuatros, y es cosa de ver los solemnes enterramientos que
se hacen con cera, cirios y posas.




CAPITULO XLIV

DE LA CAPILLA DE LA CÁRCEL


La capilla que llaman de la cárcel, donde los presos, así de la cárcel
de corte como los de la ciudad, oyen cada dia misa, es una de las buenas
cosas que en provecho de los pobres presos se ha fundado en el mundo, y
tuvo su principio desta suerte: Habrá 47 años que los mercaderes se
juntaron y determinaron entre pocos, no creo fueron diez, de pedir
limosna cada semana, ó cada mes (los presos pobres no eran tantos como
agora), dos dellos, y de las limosnas tener cuidado de proveerlos de
comer, y cuando las limosnas no alcanzasen, ellos de sus haciendas
suplirlo; consultáronlo con el Sr. Arzobispo don Jerónimo de Loaysa, de
felice recordacion; aprobó su intento, dióles licencia para que pidiesen
limosna, y señalóles un tanto que su mayordomo les daria sin ninguna
falta; los segundos que pidieron para esta obra sanctisima fueron dos
mercaderes que yo conocí mucho y traté: el uno se llamaba Juan Vázquez y
el otro Juan Baz; andando pidiendo, determinaron de entrar á pedir
limosna al marqués de Cañete, de buena memoria, y para hablarle no fué
necesario aguardar mucho, luego les mandó entrar; bésanle las manos,
suplícanle les mande dar limosna para los pobres de la cárcel, dícenle
lo que entre sí habian determinado; alabóles la obra, y de primera
instancia mandóles dar cien pesos, y que para cada mes, dende en
adelante, tuviesen cuidado de pedir á su mayordomo cincuenta pesos, que
luego se les darian, como así fué. Desta suerte comenzaron á pedir y á
tener cuidado de los pobres. Nuestro Señor ha favorecido tanto esta obra
de caridad, que la capilla tiene capellan señalado con muy buena
prebenda, y el capellan ha de ser graduado, docto, para confesar á los
presos, y predicarles, y para que los que han de justiciar, animarlos y
salir con ellos.

Agora hay señalados mayordomos y oficiales y tiénese por mucha honra ser
de los principales desta cofradia. La advocacion de la capilla es de San
Pedro; celébrase la fiesta el dia de su Cátedra con mucha solemnidad, y
porque en la capilla no cabe el pueblo, cúbrese la plaza buena parte con
velas de navios y el púlpito pónese á la puerta de la capilla, de suerte
que en la capilla y plaza cubierta entra toda la gente que concurre.




CAPITULO XLV

DE LA UNIVERSIDAD


Su Majestad del Rey Felipo 2.º, de inmortal memoria, celoso del bien
deste reino como lo es de todos los que gobierna con tanta justicia y
cristiandad cuanta ningun Rey ha gobernado hasta agora, mandó se fundase
una Universidad donde se leyesen las sciencias, y á los que en ella se
graduasen les concedia las exemptiones que gozan los graduados en
Salamanca. Por órden de Su Majestad la instituyó y fundó el Visorrey don
Francisco de Toledo, donde se lee, por muy doctos maestros y doctores,
Latinidad, Artes, Lógica, Filosofía, Cánones, Leyes, con suficientes
salarios, y Escritura divina. Medicina hasta hoy no se ha leído, ni
Retórica, ni Astrologia; corren á estudiar de Quito á Chile, nacidos en
estas tierras, buenas habilidades. Con esta Universidad ha hecho gran
bien y merced Su Majestad á estos reinos, halos ennoblecido y ha
descargado mucho su conciencia real, gratificando y haciendo hombres á
los hijos, nietos y tataranietos de los conquistadores y pobladores, á
cuyos antecesores no se les habia hecho merced, y si hecho, no tanta
cuanta sus servicios merecian. De los nacidos acá se han graduado, y con
rigurosísimo exámen, algunos doctores y maestros en las facultades
dichas, y se graduarán muchos más, é van graduando, por lo cual, cuando
hay doctoramiento, es de ver en tan breve tiempo muchos doctores y
maestros; ni los graduados en otras Universidades se desdeñan de
incorporarse en ésta.




CAPITULO XLVI

DE LOS COLEGIOS


Tambien por órden de Su Majestad se fundó un colegio, llamado El Real,
donde sustenta cierto número de colegiales á costas de Su Majestad, para
descargo de su real conciencia, bien y merced de sus vasallos; llámase
San Felipe; dáseles lo que se suele dar en otros colegios.

El arzobispo D. Toribio Mogrobejo fundó otro, que es el seminario que
manda el concilio Tridentino; hay pocos colegiales.

Los padres de la Compañía tienen otro colegillo á las espaldas de su
casa, donde enseñan solamente latin, nombrado San Martín á devocion del
Virrey D. Martín Enriquez. Por cada muchacho que allí entra paga 120
pesos cada año.




CAPITULO XLVII

DE LA CAPILLA DE NUESTRA SEÑORA DE COPACAVANA


En la provincia del Collao (como en su lugar diremos) hay un pueblo de
indios llamado Copacavana. Aquí hay una imágen de Nuestra Señora que ha
hecho no pocos milagros agora en nuestros dias. A devocion desta imágen,
en todos los pueblos casi de españoles y en muchos de indios, se han
puesto imágenes de Nuestra Señora con la misma advocacion; en esta
ciudad se hizo una capilla junto á la puerta del Perdon de la iglesia
mayor, con una imágen nombrada así: Nuestra Señora de Copacavana, la
cual debe haber veinte años poco más que se puso, donde con gran
devocion concurre el pueblo, la cual tiene muy adornada, y un capellan
que sirve en esta capilla y sustenta muy abundantemente con las
limosnas.




CAPITULO XLVIII

DE LOS HOSPITALES


Sustenta esta ciudad cuatro hospitales; uno de españoles, llamado San
Andrés por respeto del marqués de Cañete, D. Andrés Hurtado de Mendoza,
de buena memoria, á quien de su hacienda dió muchas limosnas y crecidas,
pasadas de 30.000 pesos, como diremos cuando tractaremos de su gobierno
y virtudes.

Aqui se curan solamente españoles y negros, de todas las enfermedades,
con mucho cuidado y regalo; la enfermeria de las enfermedades cotidianas
es á modo de cruz; el un brazo más cercano á la puerta sirve de cuerpo
de iglesia; los otros tres para enfermos, en las paredes hechos sus
encajes, donde está la cama del enfermo con su cortina delante y de
donde puede ver misa. El altar se colocó en medio destos brazos. Despues
acá no sé que Virrey la haya hecho tantas limosnas, ni con mucho que
llegue á ellas. Fueras destas enfermerias hay otros apartamientos para
curar otras enfermedades contagiosas.

Quien con más cuidado comenzó á tenerlo de los pobres hasta que la edad
no lo permitió, fué el padre Molina, sacerdote, gran celador del bien de
los enfermos, y augmentador de las haciendas del hospital, con notable
ejemplo de vida y cristiandad, con la cual acabó el Señor.

Su hermano el secretario Molina se metió á servir á los pobres, donde
acabó tambien.

El segundo se llama Santa Ana, donde solamente se curan indios; fundólo
á su costa, asi la iglesia como la capilla mayor de bóveda, y lo demás
de buenos edificios, el ilustrísimo y reverendísimo fray Jerónimo de
Loaysa, primer arzobispo desta ciudad y reino, de felice recordacion,
dejándole bastantísima renta, donde murió y está enterrado. El día de su
advocacion se gana una y muchas más veces indulgencia plenísima, mejor
diré jubileo plenísimo; cúranse aquí los indios de todo el reino que
caen enfermos, con todo el regalo y cuidado posible, donde ha habido
grandes siervos de Dios, seglares, que se han venido por esclavos ellos
mismos, y dedicado al servicio de los indios, y entre ellos floreció en
nuestros tiempos el padre Machín, sacerdote vizcaíno, y otro gran siervo
de Dios, que todo el dia se ocupaba en pedir limosna á pie por la
ciudad, y de noche velaba su cuarto á los enfermos, como si no hobiera
trabajado nada entre dia, sin que nadie fuese parte á que descansase.
Acabó loablemente; llamábase fulano Ruiz.

El tercero es nombrado el Spíritu Santo; aquí se curan solamente los
marineros, porque ellos á su costa le han fundado, y han hecho una buena
iglesia; los edificios van labrándose; cada navio le acude con una
soldada, fuera de las limosnas que piden en los viajes y otras que
marineros é pilotos les dejan al tiempo de su muerte.

Hase fundado otro, que es el cuarto, llamado San Diego, de
convalescientes; éste es muy moderno; aquí se da bastante recaudo á los
tales, hasta que enteramente han recuperado la salud y puedan trabajar.

Hay otro, llamado San Lázaro, pasado el rio; es el más pobre; comenzóle
á fundar y á su costa, muy poco á poco, un buen hombre muy conocido en
esta ciudad, é yo le conocí mucho, Anton Sanchez, espadero de oficio y
muy enfermo de grandes dolores. Murió este buen hombre, despues del cual
se entró á servir allí el padre Cristóbal López Bote, sacerdote muy
conocido en este reino, y de mí muy en particular y tractado, á quien
Nuestro Señor hizo admirables mercedes, porque habiendo por cierta
ocasion muchos años tenido una enemistad que le inquietó mucho y
desasosegó, y en lo demás de su sacerdocio hombre muy concertado y muy
buen eclesiástico, le tocó la mano del Señor y se consagró allí á servir
á los pobres, no sólo españoles, sino negros esclavos é pobres indios,
de tales enfermedades que en los demás hospitales no los querian
recibir, é los curaba (yo lo vi, y otros muchos) de aquellas
enfermedades contagiosas y asquerosas, tan sin asco y con tanto amor y
caridad como si fueran sus hijos ó hermanos. Despues le dió Nuestro
Señor una enfermedad muy larga y trabajosa, la cual sufria con tanta
paciencia cuanta el Señor que se la dió sabia era necesaria para
llevarla; su cama, una tabla, murió loablemente en el Señor.




CAPITULO XLIX

DE LA IGLESIA MAYOR


Hasta agora la iglesia Mayor desta ciudad era muy pobre de edificios;
solamente la capilla mayor era de bóveda, del marqués don Francisco
Pizarro, dotada por él con una rica capellania, y al lado del Evangelio,
en la pared, tiene su sepultura. Agora se ha hecho una muy buena, de cal
y ladrillo, de tres naves, donde se celebran los divinos oficios con
mucha puntualidad y canto de órgano; en esta santa iglesia está fundada
la cofradia de las ánimas del Purgatorio, en su capilla, con altar
previlegiado, donde cada misa que en él se dice se saca un ánima de
Purgatorio, y son tantas las que cada dia se dicen, que al cabo del año
pasan de cuatro mil, y al sacerdote que la dice se le da luego su
limosna acostumbrada; de suerte que se sustentan sacerdotes pobres,
porque allí tienen la limosna cierta. Otras capillas de vecinos
particulares hay en ella, como es, al lado del Evangelio, la de Nicolás
de Rivera, el Viejo, de quien dijimos arriba, con la advocacion de Santa
Ana, con buena renta, y al de la Epístola, la de Francisco de Talavera,
de quien tambien hicimos breve mencion, con invocacion del Crucifijo.

Los carpinteros tienen aquí su cofradia con la invocacion de San José, y
celebran su fiesta con mucha solemnidad. Los zapateros tienen tambien su
cofradia, con invocacion de San Crispino y Crispiniano, que los
celebraban como mejor pueden. Los negros tienen tambien su cofradia,
como ya dijimos.




CAPITULO L

DE LOS EDIFICIOS


Los edificios desta ciudad son de adobe, pero buenos, y como no llueve,
los techos de las casas son chatos. Las casas principales tienen sus
azoteas; desde fuera no parece ciudad, sino un bosque, por las muchas
huertas que la cercan, y no ha muchos años que casi todas las casas
tenian sus huertas con naranjos, parras grandes y otros árboles frutales
de la tierra, por las acequias que por las cuadras pasan; pero agora,
como se ha poblado tanto, por maravilla hay casa que tenga dentro de sí
árbol ni parra.

La plaza es muy buena y cuadrada, porque toda la ciudad es de cuadras;
tiene la plaza las dos frentes cercadas de arcos de ladrillo y sus
corredores encima, ó por mejor decir doblados en los portales; arriba
mucho ventanaje y muy bueno, de donde se ven los regocijos que en ella
se hacen. Estos portales y arqueria adornan mucho la plaza y defienden
el sol á los tractantes, el cual á su tiempo es muy caluroso; debajo
destos portales hay muchos oficiales de todo género que en la plaza se
sufre haya.




CAPITULO LI

DE LOS VESTIDOS DE LAS MUJERES


Lo que en esta ciudad admira mucho y aun lo que se habia de refrenar, es
los vestidos é trajes de las mujeres; son en esto tan costosas, que casi
no se sabe cómo lo pueden sufrir sus maridos. La soberbia dellas es
demasiada, y no sabemos en lo que ha de venir á parar; plegue á Dios y
no sea en lo que pararon aquellas de quien dice Nuestro Señor: Porque
las hijas de Sion se ensoberbecieron (esto es, las ciudadanas); cuando
salian de su casa llevaban las gargantas extendidas, los ojos altos á
una y á otra parte, guiñándolos, los pasos muy compuestos; el Señor las
volverá calvas y les raerá los cabellos de sus cabezas, les quitará sus
chapines y jerbillas bordadas, las medias lunas, rodetes, las cadenas y
collares de oro, las ajorcas, los tocados costosos, los punzones de oro
para partir las crenchas, los zarcillos y los olores, los anillos é
piedras preciosas, etc., y por los olores se les dará muy pestilencial
olor, y por las cintas de oro, sogas de esparto, etc.

No creo yo hay en lo descubierto del mundo ciudad en su tanto, ni cuatro
veces mayor, que á tanta soberbia, en este particular, como esta nuestra
ciudad, llegue; acuérdome que los años pasados, más ha de 38, que
llegando un religioso nuestro de España, nacido y criado en Toledo, á
nuestro convento desta ciudad, cerca de la fiesta del Corpus Christi,
tratando della y de la sumptuosidad, majestad y riqueza que aquel dia en
Toledo, en calles y ventanas, se mostraba, le decíamos que no nos
espantase, porque en nuestra ciudad veria como no le hacia mucha ventaja
Toledo. Llegó la fiesta, vió la riqueza que se mostró en los vestidos de
las mujeres, adornos de ventanas, altares y calles; dijo que la riqueza
de Toledo, en este dia mostrada, no hacia muchas ventajas á la de esta
ciudad. Pues es cierto que hay tanta diferencia de entonces agora, en lo
que vamos tratando, como de vestidos de aldea á vestidos de corte, con
justo título se podria moderar por los virreyes esta soberbia, pero no
sé por qué no se modera; y si sé, porque ni los maridos no tienen ánimo
para moderarlo, ni los gobernadores tampoco.




CAPITULO LII

DEL ACOMPAÑAMIENTO DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO


Habia en esta ciudad una costumbre muy loable, mas ya se va cayendo por
la mucha cobdicia, y era que, en tocando la campana del Sanctísimo
Sacramento para se dar á los enfermos, por maravilla quedaba hombre en
su casa que no acudiese á la iglesia Mayor; las tiendas de los
mercaderes se cerraban, y ellos y sus criados, con gran fervor, iban á
acompañar al Señor del cielo y de la tierra, y realmente era cosa de ver
tanta gente como se llegaba, sin que se viese una capa parda ni de
color, sino todos vestidos de negro, y para todos habia cera de media
libra, que es gran excelencia, sin reparar si eran cofrades ó no.

Vi esto, siendo seglar, dia del Santísimo Sacramento en la iglesia
Mayor. Los mayordomos de las cofradias sacaron su cera; llegóse á ellos
uno de los mayordomos del Santísimo Sacramento y díjoles: Volved,
señores, vuestra cera á vuestras casas, porque la cofradia no tiene
necesidad de cera de otra, y no les consintió dar ni una vela. ¿A dónde,
en todo el mundo en la cristiandad, hay ciudad cristiana que haya
sucedido tanta grandeza? en aquel tiempo, los oficiales sacaban sus
pendones; agora saca cada género de oficio imágenes de bulto en sus
andas, en hombros, muy bien labradas y guarnecidas, acompañadas de
muchas hachas y cera de media libra, que es no menos grandeza, porque se
trae la cera de España.

No conocemos ciudad en ningun reino cristiano que tal tenga.

Hasta las cofradias de los indios y de los negros llevan sus imágenes de
bulto, en andas y con sus hachas de cera.

Esta cofradia es muy rica, tiene muy buenas posesiones de casas y
tiendas en la Plaza; hizo una custodia, toda de plata de muy buena
labor, y muchos pilares macizos de plata, poco menos que un estado de
un hombre, y para llevarla en hombros el dia del Santísimo Sacramento
son necesarios doce sacerdotes de remuda; ya se lleva en un carreton.

Esta cofradia dimana de la que está fundada en Roma, en la Minerva, que
es convento nuestro; tiene suma de gracias, indulgencias y jubileos más
que otra alguna, y justísimamente, por concesion apostólica, tenémosla
en nuestro convento; subcedió, pues, así, viviendo yo en él, recien
sacerdote: El domingo siguiente despues del jueves que se celebra la
fiesta en la iglesia Mayor, se celebra en nuestra casa; el sábado antes
tráese la custodia de la iglesia Mayor á nuestra casa, para sacar en
ella en nuestra procesion el domingo el Santísimo Sacramento, la cual se
celebra con mucha pompa y alegria, saliendo del convento y andando una
cuadra en torno, y una frente de la cuadra es la plaza. En la peana
desta custodia, sobre que se arma toda ella, se fija otra custodia de
oro toda, muy bien labrada, con que el ilustrísimo fray Hierónimo de
Loaisa, arzobispo de esta ciudad, sirvió á la Majestad del Señor, que
vale tres mil pesos, encima de la cual, en su veril, se pone el
Santísimo Sacramento. El padre sacristan era un sacerdote muy esencial
que yo conocí é traté mucho; fuimos novicios juntos; en un bufete puso
las andas en la iglesia, en la capilla del capitan Diego de Agüero, de
quien habemos arriba sumariamente tratado. Cubriólas con unos manteles,
de los que hay sobrados para los altares; sucedió, pues, así: que
aquella noche, quienquiera que fué, notó bien donde se ponia la
custodia, y despues ó antes de maitines de media noche, fuese para la
custodia, desclavó la de oro y fué nuestro Señor servido que con ser la
peana sexavada y por cualquiera de las puertas de los sexavos podia
entrar y salir la custodia de oro (no se fija en este lugar ni está en
él, sino cuando ha de salir en ella el Santísimo Sacramento) que no
acertase aquel infame ladron á sacarla; acertó á desclavarla y no acertó
á sacarla. El sacristan era gran siervo de Dios y de nuestra Señora muy
devoto; llamábala nuestra Ama; cuando vió por la mañana la custodia de
oro desclavada y que no la pudo sacar aquel más que pérfido ladron,
arrimada á una de las puertas del sexavo, dió muchas gracias á Nuestro
Señor y á su Madre santísima, y si no fuí el primero, fuí el segundo á
quien lo dijo. Este sacrílego ladron debia ser algun impio luterano.




CAPITULO LIII

DE LA CRISTIANDAD DESTE PUEBLO


Pues porque digamos á gloria de Nuestro Señor lo que resplandece mucho
en este pueblo, aunque es así que en los trajes es demasiadamente
soberbio, con todo eso es muy cristiano; la cofradia de la Caridad casa
tantas doncellas como habemos dicho, y fuera desto, como en todos los
monasterios haya tantos jubileos, indulgencias y perdones, los más de
los cuales para ganarse requieren confesar y comulgar, es cosa de gran
alegria ver en los monasterios tanta frecuencia en confesiones y
comuniones. Son, pues, tantos los jubileos que en esta ciudad á los
monasterios, iglesias y capillas son concedidos, que no sé yo si, fuera
de Roma, hay otra en toda la cristiandad de tantos, ni donde con tanto
fervor se acuda á ganarlos, haciendo y tomando los medios que para
ganarlos los Sumos Pontífices que los concedieron mandan se tomen.

A toda esta ciudad por una parte la cerca el rio, por las otras tres
huertas y viñas llenas de árboles frutales, como dejamos escrito; de los
de la tierra, si no son plátanos, ya casi no hay otros, por ser de tan
buena fruta como los nuestros. El vino, pan y carne que se gasta es cosa
increible; buena población es la que consume en el rastro más de 50.000
carneros, sin los que se gastan en la carneceria, y más de 100 reses
vacunas cada semana; carne de puerco no hay quien se atreva á dar
abasto; dan tantos para cada dia; oficiales, tanto género dellos como en
Sevilla. El puerto, uno de los mejores y más capaz del mundo,
abundantísimo á su tiempo de mucho pescado, donde jamás faltan de
cuarenta navios grandes y pequeños, y dende arriba, de Panamá, México,
Chile y Guayaquil. Empero tiene un gran contrario temeroso y enfadoso, y
es los temblores de tierra que la suelen descomponer, como los años
pasados sucedió uno que derribó muchos edificios; mas en breve se han
tornado á redificar muy mejor que antes, y despues que se tomó en suerte
por abogada la fiesta de la Visitacion de Nuestra Señora, ha sido
Nuestro Señor servido, por intercesion de su santísima Madre, no haya
venido temblor dañoso; celebra la ciudad esta fiesta con procesion, que
sale de la iglesia mayor, anda en contorno de la plaza con la solemnidad
casi que se celebra la del Corpus Christi, y con tanto concurso del
pueblo.

No sale el Santísimo Sacramento, ni las cofradias ni oficiales con sus
andas; en lo demás, la misma solemnidad se guarda.




CAPITULO LIV

LAS COSAS CONTRARIAS Á ESTA CIUDAD


Es combatida esta ciudad de enfermedades que de cuando en cuando Nuestro
Señor por nuestros pecados envia, y en otros tiempos lo era de cámaras
de sangre, por causa del agua del rio, como dijimos; despues de traída
la fuente, esta enfermedad ha cesado. Las enfermedades cuotidianas son,
en alcanzando algun nortecillo, romadizo, catarros, juntamente con dolor
de costado. El viento Norte en todas estas partes, en Tucumán y Chile,
es pestilencial, porque como es de su natural muy frio, en corriendo son
estas enfermedades con nosotros, y en todo lo que habitamos desta tierra
y de los demás dos reinos no corren otros vientos sino Norte ó Sur, el
Sur sano, el Norte enfermo; demás desto, como las mercaderias se traigan
de otros reinos, si en ellos han pasado algunas enfermedades
contagiosas, nos vienen y cáusanos mucho daño y gran disminucion en los
naturales, como ahora lo causa una enfermedad de viruelas juntamente
con sarampion, llevándose mucha gente de todas naciones, españoles,
naturales, negros, mestizos y de los demás que en estas regiones
vivimos, y escribiendo este capítulo, agora actualmente corre otra no de
tanto riesgo acá en la Sierra, como lo fué en los Llanos, de sarampion
solo, el cual en secándose acude un catarro y tose que de los muy viejos
é niños deja pocos, y en la ciudad de Los Reyes hizo mucho daño,
particularmente en negros.

Alcancé en esta ciudad algunos de los conquistadores viejos, á los
cuales oí decir que llegados á este valle les parecia era imposible
morirse, aunque tambien decian habian oido á los indios que no fueran
poderosos á conquistarlos si pocos años antes no hubiera venido una
enfermedad de romadizo y dolor de costado que consumió la mayor parte
dellos. Las frutas nuestras, como son melones, higos, pepinos, etc., y
otras de la tierra, en gente desreglada causa grandes calenturas, á los
cuales si les halla un poco faltos de virtud, fácilmente los despacha;
pero desto es la causa la incontinencia de los necios. Dejó otras
particularidades, por no ser prolijo, y no se diga de mí que como
aficionado las trato. Serla aficionado no lo niego, por tenerla por
patria; en lo demás no digo tanto de bien como en ella, por la bondad de
Dios, ha crecido en tan breves años.




CAPITULO LV

DE LAS CALIDADES DE LOS NACIDOS EN ELLA


Los que nascen en esta ciudad meros españoles son gentiles hombres por
la mayor parte y de buenos entendimientos, y animosos, y lo serían más
si los ejercitasen en cosas de guerra; son muy buenos hombres de á
caballo y galanos, y para otras cosas que adornan, la policia humana, no
les falta habilidad. Por la mayor parte son más prodigos que liberales,
y trasportados hacen muchas ventajas á los naturales. En una cosa tienen
gran falta, esta no es la culpa suya, sino de los que gobiernan; déseme
licencia para tratarlo, porque á ello no me mueve quererme entremeter en
cosas de gobierno, sino advertir del daño que podria suceder. La falta
que tienen es que esta ciudad es puerto de mar. Pues los nacidos en
puerto, que no sepan nadar, que no sepan qué cosa es mar, que no entren
en ella, y que si entran luego se marean como si vivieran muy apartados
della; esta es la falta. Hasta agora no se sintia, porque no se
imaginaba que enemigos de la Iglesia católica y del nombre español nos
habian de venir á robar; pero ya que por nuestros pecados lo
experimentamos, debian los gobernadores á todos los nacidos en esta
ciudad desde muchos años, mandar llevarlos al puerto, enseñarlos á
nadar, meterlos en barcos y hacerlos llevar por lo menos dos veces en la
semana cuatro leguas y más á la mar, porque se hiciesen á ella, y no
que como testigo de vista hablo.

Cuando don García de Mendoza, marqués de Cañete, envió contra el inglés
tres navios grandes y otros patajes, yo iba en la Almiranta, y cuantos
criollos, así los llamamos, iban en ella, y hombres bien nacidos, en
entrando en la mar cayeron como amodorridos, y el dia que vimos al
enemigo, de mareados que estaban no eran hombres, y en tierra riñeran
con el gran diablo de Palermo, los cuales si estuvieran hechos á entrar
en la mar no les subcediera.

Esto no es falta de ánimo, sino falta de ejercicio marítimo; lean los
gobernadores á Platon en los libros de sus Leyes, y en los de la
República, y deprendan de allí en qué han de ejercitar los muchachos
para que puedan y sepan defender su república. Que los nacidos en puerto
á la lengua del agua no sepan ni conozcan la mar, notable descuido es; y
desto no más. De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás
de todo el reino, Tucumán y Chile, no tengo que decir sino que hacen
mucha ventaja á los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo
escribiera si no fuera notísimo.




CAPITULO LVI

DEL PUERTO Y PUEBLO DEL CALLAO


Dos leguas desta ciudad á la parte del Poniente demora (hablemos como
marineros) el puerto desta ciudad, llamado el Callao, poblado de muchos
españoles y otras naciones, con su jurisdicción. Ha crecido mucho y
crecerá más, por ser templo más fresco y más sano que la ciudad de Los
Reyes, á causa de ser fundado á la orilla ó costa de la mar; solamente
le falta agua y tierra para los edificios, porque lo uno y lo otro se
trae más de media legua, porque el suelo todo es cascajo, y si alguna
tierra hay es salitrosa, y de leña no tiene sino mucha falta. Tiene su
iglesia mayor, sustenta cuatro conventos; Santo Domingo, llamado por
otro nombre Nuestra Señora 

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