Páginas escogidas
by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #39444 · 495,829 chars · public domain (US)
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Title: Páginas escogidas
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: April 13, 2012 [eBook #39444]
Language: Spanish
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BIBLIOTECA CALLEJA
SEGUNDA SERIE
A. PALACIO VALDÉS
PÁGINAS ESCOGIDAS
ARMANDO PALACIO VALDÉS
PÁGINAS
ESCOGIDAS
[Illustration]
MCMXVII
CASA EDITORIAL CALLEJA
FUNDADA EN 1876
MADRID
PROPIEDAD
Derechos reservados.
Copyright 1917
by CASA EDITORIAL CALLEJA
Imprenta de "Alrededor del Mundo", Martín de los Heros, 65.
CONFIDENCIA PRELIMINAR
Sin gusto he cedido al propósito de publicar un volumen de páginas
escogidas entre mis obras. Opiné siempre que este es un honor que debe
reservarse a los muertos. Pero los vivos en los tiempos presentes
acaparan los derechos de los muertos y se regalan con monumentos y
epitafios.
Un editor piadoso ha imaginado que de los diversos libros por mí
publicados pudieran entresacarse algunos trozos de valor excepcional. Le
dejo por entero la responsabilidad del intento.
Contra mi gusto también, ¿por qué no he de decirlo? he sido y soy
literato. En los años de mi adolescencia y en los primeros de la
juventud he creído firmemente que yo había nacido para cultivar las
ciencias filosóficas y políticas y para ser un faro esplendoroso dentro
de ellas. Llegar a ser un sabio respetado y solemne fué mi única
ambición entre los quince y los veinte años. Después por un juego de la
fortuna me vi convertido en novelista, y comprendí que la fortuna tenía
razón. Me acaeció lo que a Federico II de Prusia. Creyó haber nacido
para músico y literato y resultó un guerrero.
Lo que puede hacer con más facilidad es lo que el hombre debe hacer.
Para mí ha sido tan fácil escribir novelas como a un tenedor de libros
efectuar sus operaciones aritméticas. Cuando un amigo comerciante me
dice que le sería imposible escribir una novela me sorprende, y cuando
le comunico, en secreto, que me siento incapaz de efectuar una división
de muchas cifras sin equivocarme varias veces le dejo estupefacto.
¡Cuán fácil es dejarnos arrastrar por aquello que nos es fácil! Así yo
puesto a escribir novelas me hallé cautivo de ellas y tan contento como
el pez en el agua. El sabio no volvió a sacar la cabeza fuera hasta
muchos años después al publicar los _Papeles del doctor Angélico_.
Pero dentro de la facilidad apetecí toda la facilidad que fuese posible.
En el arte como en la vida, he sido siempre insaciable de independencia.
Ya que en aras de la literatura sacrificaba mi ambición, quise y me
propuse escribir completamente a mi gusto.
Observé desde luego que en la república de las letras, a pesar de ser
república, existían no pocas servidumbres.
La primera que me llamó la atención fué la de la _actitud_. Los
escritores, en general, adoptan al empezar una postura y no la cambian
jamás. O se calzan el coturno o se encasquetan el gorro de cascabeles.
Un amigo tuve, bien conocido y estimado en el mundo literario, que nos
hacía desternillar de risa con su gracejo inagotable. Pues bien, este
ilustre literato así que se ponía a escribir se alzaba de manos como un
caballo fogoso y no dejaba escapar más que rugidos épicos.
¿No es una verdadera esclavitud? Cada cual debe escribir según el humor
en que se halla. Esto no es perder la unidad del carácter sino mostrar
su invariable complejidad. ¡Libertad! Este ha sido siempre mi santo y
seña al penetrar en el alcázar de las bellas letras.
Los más altos ejemplos de esta amable libertad no me han venido, sin
embargo, de la poesía sino de la música. Haydn y Beethoven han sido los
hombres más libres que han existido dentro de su arte. Ayer mismo
escuchaba la famosa _sonata séptima_ del último. El tiempo tercero
principia por un alegro risueño, feliz. El poeta-músico disfruta
apaciblemente de la dulzura del vivir, de los gozosos recuerdos de su
juventud. De pronto, como si repentinamente le asaltase la memoria
aciaga de un gran dolor de su vida, de un desengaño cruel, de la pérdida
de un ser amado, aquella alegría se nubla, comienzan a escucharse notas
graves, patéticas, que poco a poco se transforman en un lamento
desgarrador.
¡Esta, esta es--me decía yo con emoción--la santa libertad que he
apetecido siempre!
Otra de las servidumbres que nos amenaza a los escritores es la de la
imitación. Por lo mismo que es la menos peligrosa es la menos frecuente,
a lo menos en estos últimos tiempos en que a los literatos les ha
acometido la rabia de la originalidad.
La admiración de los grandes maestros y el empeño en seguir sus huellas
no es sólo un sentimiento plausible sino también la prueba más evidente
de la vocación de un artista. Cuando admiramos de corazón nos elevamos
por un instante a la altura del ser que admiramos. Ni en la literatura
ni en ninguna de las artes bellas hay otro medio más eficaz para
adquirir superioridad. "La imitación--ha dicho quien lo entiende--se
encontraría hasta en los arcángeles si conociésemos su historia."
Pero la admiración no debe degenerar en idolatría. Se soporta con gusto
la influencia bienhechora de un genio, pero no se puede sufrir su
dictadura. Todos tenemos brazos y piernas y es necesario que nos dejen
andar y obrar sin ligaduras. El maestro debe ser un faro que nos guíe,
no un harpón que nos desangre. En España los admiradores de Cervantes
han llegado a hacerle empalagoso.
Por eso más que la imitación exclusiva de un genio hallo mucho más
beneficiosa la influencia de un grupo de maestros. Nuestros padres
imitaban a los clásicos griegos y latinos, y marchaban seguros. En la
antigüedad greco-latina hallaron una disciplina feliz que les salvaba de
toda aberración. Muchos que eran pequeños se hicieron grandes. Así como
la lectura de Plutarco ha despertado el heroismo en muchos corazones,
así la de Homero y Virgilio, Sófocles y Horacio hizo fluir de algunas
plumas páginas deliciosas. Recordemos nada más que la admirable poesía
de nuestro Fray Luis de León sobre la vida del campo en que imita una
oda de Horacio.
Hay épocas de bueno y de mal gusto. Hay locuras y groserías que infestan
a un período entero. Malhadado el escritor que nace en uno de estos
momentos tenebrosos. Por milagro logrará salvarse del desastre. En
cambio, será para él dichosa la suerte si se halla rodeado por hombres
de razón y de gusto. Recibir las enseñanzas de los contemporáneos cuando
son puras; no hay otro lote más feliz para un poeta o novelista. Los que
respiran a nuestro lado son los más eficaces maestros. Quien haya visto
la luz en el siglo de oro de nuestra literatura y vivido en el comercio
de Calderón, de Tirso, de Cervantes y Quevedo, tenía la mitad del camino
andado para llegar a las cumbres de la gloria. El que ha tenido la mala
fortuna de escribir en la segunda mitad del siglo XIX, entre
_naturalistas_, _decadentistas_, _luciferanos_, etc., harto ha hecho si
ha podido alcanzar la falda de la montaña. El mal gusto es mucho más
contagioso que el bueno. Permanecer sensato entre insensatos exige una
fuerza que a muy pocos es dado poseer. No presumo de haberla tenido,
pero he luchado por mantenerme firme.
Otra esclavitud más triste y vergonzosa nos está aparejada a los que
escribimos para el público; la esclavitud de la moda. La moda se nos
impone: el que pretenda sustraerse a ella queda sumergido. Al comienzo
de mi carrera literaria la avalancha de los naturalistas franceses lo
había arrollado todo. Quien no penetrase en los burdeles y nos hiciese
saber lo que allí ocurre o no tuviese arrestos para describir en cien
apretadas páginas los productos alimenticios que se exhiben en un
mercado (el rojo inflamado de las zanahorias contrastando con la nota
argentada de las sardinas, etc.), era tenido por un literato anticuado
y chirle. Cuando publiqué mi segunda novela _Marta y María_, un joven
naturalista, amigo mío, me dijo: "Está bien, querido, pero todo eso es
_agua tibia_". Pasó la ola, sin embargo, y esta florecita regada con
agua tibia que brotó hace treinta y cuatro años, aún no se ha marchitado
por completo.
Acatar servilmente el gusto del público, poner el oído a los rumores de
la calle y adular los caprichos del amo es algo que degrada al escritor.
No era esa mi cuenta. Preferí pasar inadvertido a marchar encadenado al
carro triunfal de los naturalistas franceses.
No obstante, lo confieso con dolor, todavía ejercieron sobre algunas de
mis novelas perniciosa influencia. Al repasarlas en este momento por la
tarea que se me impone, observo redundancias, prosaismos, puerilidades,
hijas de un afán desmedido de realismo. Era el agua que se bebía en
aquella época. No había llegado a penetrarme por completo de que las
novelas se componen de retratos no de fotografías. Las últimas que
escribí se han librado mejor del contagio.
Quisiera borrar las manchas que afean las otras. Si se me permitiese
rehacerlas quedarían seguramente menos mal. No me creo autorizado para
ello. En la vida como en el arte debemos cargar con los pecados de la
juventud. Todos los seres creados guardan como las pirámides de Egipto
los jeroglíficos de su historia. En el hombre, en el animal, en la
planta y hasta en los pedruscos y los metales cada cual guarda las
huellas de sus aventuras. Ruego al lector que cuando tropiece en mis
obras con alguna harto plebeya la desprecie; pero no al autor que ya
está arrepentido.
Hablemos ahora del lenguaje que es otro de los escollos en que tropieza
el escritor español. Y por de pronto no lo confundamos con el estilo
como a menudo lo veo confundido. El lenguaje para el escritor es un
instrumento como para un violinista el violín. Nunca he visto a un
violinista postrarse delante de su violín y adorarlo; pero he visto y
veo a muchos literatos hincados de rodillas delante del lenguaje.
¿Por qué tal rendimiento? Hagámosle elegante, limpio, flexible,
despojémosle de toda vileza, pero no le convirtamos en un ídolo de
piedra. ¿Por qué escribir hoy como en tiempo de Fray Luis de Granada?
¿Se habla así en el hogar, en la calle, en el Parlamento?
Si se me diese a elegir entre el tan ultrajado lenguaje periodístico y
el artificiosamente arcaico, pedantesco y desabrido de ciertos
escritores que el vulgo de los críticos admira, me quedaría con el
primero.
El lenguaje periodístico, con ser malo, me parece preferible a ese otro
rebuscado de ciertos escritores pseudoclásicos. Porque, en fin, el
periodista mal o bien dice lo que quiere decir, pero el otro, arrastrado
por la combinación de las palabras, no lo dice casi nunca. Hay quien
piensa, después de haber copiado un giro de Quevedo o Cervantes, que ha
llevado a término una acción heroica y que se le debe la cruz de San
Hermenegildo. Y si exhuma del Diccionario una palabrita allí sepultada,
se sorprende de que no le arrojen flores desde los balcones.
Recuerdo que cuando llegué a Madrid siendo casi un adolescente, fuí a
visitar, por encargo de mi familia, a un conocido escritor erudito y
bibliófilo, en cuyo salón hallé a otros tres o cuatro sujetos de sus
mismas aficiones. Estaban leyendo, con mucha algazara, la carta de un
amigo, y apenas hicieron caso de mí, como puede suponerse.--"¡Qué
donoso!"--exclamaba uno.--"¡Qué regocijado!"--respondía otro.--"¡Qué
bien que da en el hito nuestro amigo!"--apuntaba el tercero.--"¡Es cosa
para mucho holgarse!"--añadía el cuarto.
Yo creía hallarme en un baile de máscaras.
Estos disfraces aún continúan. Los avisados ríen, pero el vulgo queda
deslumbrado. No se es Quevedo por ponerse las antiparras de Quevedo.
Cuando tomo en las manos un libro de estos flamantes clásicos, me parece
estar viendo desfilar una cabalgata histórica. ¿En qué fabla me
fablades, infanzones? Ellos podrán decir: "No tenemos ingenio, ni
amenidad, ni ciencia, ni gracia, ni observación, ni sentimiento; pero
tenemos lenguaje."
He pensado siempre que éste ha de ser lo más claro, lo más sencillo y
transparente posible. ¿Buscaba Santa Teresa los giros de los siglos
pretéritos para introducirlos en sus _Moradas_? No; escribía en estilo
llano como oía hablar en torno suyo. Y, no obstante, resulta su prosa de
una nobleza extremada, más penetrante y sugestiva que la de ningún otro
escritor español.
Peor aún que el lenguaje pseudoclásico es el llamado _colorista_ que en
Francia inauguró Teófilo Gautier, y que Zola y los hermanos Goncourt
llevaron a una monstruosa exageración. Buscar palabras nuevas importadas
de la pintura, es fácil tarea. Los grandes escritores no han tenido
necesidad de apelar a tanta palabrería pictórica para grabar
profundamente los tipos y las escenas que han creado. ¿Quién no se
representa vivamente la aventura de los molinos de viento en el
_Quijote_? ¿Quién no ha visto a Carlota en el _Werther_, de Goethe,
cortando el pan y distribuyéndolo a sus hermanitos?
Entre nosotros ha echado raíces este nuevo _preciosismo ridículo_ y se
ha desarrollado con la velocidad del microbio del tifus. En una revista
literaria he leído la siguiente descripción de un salón de baile:
"En los senos duermen las flores con esa voluptuosidad del pétalo
marchito, y en los labios rojos ruedan las sonrisas amables y brotan las
frases cortesanas. El piano, envidioso, muestra en risa irónica sus
dientes blancos; y tableteando sobre los cristales una lluvia fría,
menudita y soñolienta.
"Sobre el grupo va la luz tonificando los rosas, el rosa de crepúsculo
de los trajes, el rosa de las mejillas, el de grano de granada de las
uñas y el rosa suave, diluído, enervante de las flores."
Después de leer esto ¿no se siente la nostalgia del _Boletín de
Pósitos_? En verdad que si tal es el estilo colorista hay motivo para
aborrecer el arco iris.
Pero dejemos estas inepcias y vengamos a otra servidumbre más peligrosa
en que con frecuencia caemos los que emborronamos papel. Hablo del
dinero.
"Poderoso caballero es don Dinero", dijo nuestro poeta. El dinero es un
magnífico señor que paga bien a quien mal le sirve. Paga bien, pero nos
disminuye. El escritor que se pone a su servicio pierde la iniciativa y
el reposo, tan necesarios a los que cultivan la belleza. Sus cadenas son
de oro, pero cadenas al fin.
¿Debe vivir el escritor de su pluma? Parece lógico. Si presta un servicio
a sus semejantes, éstos se hallan obligados a remunerarle.--"Quien sirve
al altar, viva del altar"--ha dicho San Pablo. El poeta que sacrifica en
el altar de las Musas, debe vivir de él.
Debe vivir, es cierto; ¿pero debe vivir en un palacio rodeado de
domésticos y caballos? No hay necesidad. Una posición independiente y
modesta es suficiente para que pueda ofrecernos los frutos de su
ingenio. Si la riqueza le ha venido por otros caminos, no le perjudicará
cuando sepa emplearla adecuadamente. Viajes, libros, juegos, muebles
suntuosos, cuadros, saraos, todo esto es un alimento para la fantasía y
se halla en la dirección de su vida. Equipado de esta manera espléndida
acaso su vuelo sea más alto. Mas para alcanzar estas doradas
herramientas, aun en los países en que es factible, necesita forzar la
mano, y esto no se consigue sin detrimento de la calidad del artículo.
En otros tiempos la literatura no daba dinero, y se escribía, y no se
escribía del todo mal. Hoy da dinero y se escribe, y no se escribe del
todo bien. Quiero decir que cebados por la ganancia, escribimos más de
lo que debiéramos. Nuestras obras no suelen salir bien cosidas, sino
hilvanadas. Cuando el hombre no piensa en el resultado de su trabajo, es
cuando sale mejor. Nuestros abuelos escribían libros más duraderos,
porque pensaban más en ellos que en el editor.
Sin embargo, bueno es rechazar la absurda especie que corre válida entre
los ignorantes y frívolos de que el hambre aguza el ingenio. El hambre
no aguza más que los malos instintos. Jamás me convencerá nadie de que
las musas reciben con agrado en su jardín del Parnaso a los poetas
famélicos. El escritor necesita cierto grado de bienestar, y además
aquello que nuestros antepasados llamaban _ocios_; esto es, el descuido
de los intereses materiales. Pero este reposo no lo consiguen los
actuales escritores de profesión pensando en las pesetas que les vale
cada cuartilla. Mejor lo lograban aquellos abuelos, aceptando un modesto
empleo en las oficinas del Estado o en el archivo de cualquier
prócer.--"Cuando al sonar la hora--me decía un amigo literato empleado
en una casa de banca--cierro los libros de cuentas, mi imaginación
queda absolutamente libre y puedo ocuparla en lo que se me antoje."
Claro está que un empleado en una casa de banca no podrá escribir
ochenta novelas en su vida, pero escribirá tres o cuatro que valgan por
las ochenta, y el mundo quedará satisfecho aunque renieguen los
fabricantes de papel. Escribir poco es, en los días que corren, una gran
virtud. Confieso humildemente que yo no la he poseído; pero los hay más
viciosos, todo el mundo lo sabe.
A los que no caen en la esclavitud del dinero les suele poner el yugo
sobre la cerviz el ansia de gloria. El aplauso es tan necesario al
escritor como el aire mismo que respira. Todos los seres humanos viven
sedientos de él. Hasta los caballos necesitan palmaditas en el cuello
para correr. Los que lo rehuyen es que quieren ser aplaudidos dos veces,
como dice La Rochefoucauld, o marineros que bogan de espalda al sitio
donde quieren ir, según San Francisco de Sales.
Como no soy un impostor, declaro que amo y he amado siempre el aplauso.
Pero existen dos clases de aplauso: el sincero, el espontáneo que brota
del corazón de los hombres y sale fervoroso a sus labios, y aquél que se
les arranca a fuerza de reverencias.
Parece natural que todos amemos el primero y desdeñemos el segundo. Sin
embargo, no es así. Hay escritores que corren desalados en pos del
elogio, y para alcanzarlo montan en toda clase de vehículos, sucios o
limpios. Un académico, ya fallecido, decía a cierto amigo suyo, en uno
de esos momentos de expansión que suelen tener hasta los criminales:
"¡Tú no sabes, querido, la serie de bajezas que he necesitado hacer para
entrar en la Academia!" Hay otros que llevan el bolsillo provisto de
artículos acaramelados firmados por sus amiguitos, y se los ofrecen a
los directores de periódicos cuando les tropiezan en la calle, como si
fuesen en efecto caramelos de la _Pajarita_.
No he amado nunca esa clase humillante de aplauso. Me gusta limpio,
sincero, confortante. ¿Para qué sirve que os palmotee todo el mundo en
la calle, si al llegar a casa y meteros en la cama os silba vuestra
conciencia?
El elogio venido de lejanas tierras, donde no saben si soy gordo o
flaco, torcido o derecho, me ha seducido siempre. Me seduce, porque es
absolutamente espontáneo y me parece una promesa de inmortalidad. Aún
más me siento halagado por las cartas que me envían personas
desconocidas expresándome la impresión que mis libros les han causado.
Esto es halagüeño, sí, lo confieso. Pero cuando me encierro en mi
cuarto y después me encierro en mí mismo, no puedo menos de decirme:
"¡Pura vanidad! Mis libros no son más que burbujas del agua que se
mantienen un instante sobre la corriente y desaparecen; leves sonidos
que el aire produce al penetrar casualmente en una flauta. Si se me
despojase de lo que pertenece a los grandes maestros que me han
precedido, quedaría desnudo. Hay, sin embargo, algo de lo cual nadie en
este mundo me puede despojar, y es la dulce satisfacción de saber que
algunas de mis páginas han hecho asomar la risa a los labios, y otras,
lágrimas de ternura a los ojos; es la certidumbre consoladora de que
nadie ha salido de la lectura de mis novelas menos puro y menos noble de
lo que era".
A. PALACIO VALDÉS
Mayo de 1917.
MARTA Y MARÍA
Esta novela, segunda de las que escribí, fué publicada en el año 1883
por la _Biblioteca Arte y Letras_, de Barcelona, con dibujos de
Pellicer. Su forma y su baratura, en aquella época excepcionales,
lograron que se difundiese extremadamente. Algunas personas timoratas
quisieron ver en ella un ataque insidioso contra el misticismo, y
algunos sacerdotes, haciéndose eco del mismo error, tronaron contra ella
desde el púlpito.
Apenas necesito defenderme de tal acusación. Presentar dos caracteres
que se ofrecieron a mi vista cuando contaba veinte años y que ejercieron
considerable influencia en mi vida y en mi corazón, fué mi único
designio. Si del contraste aparece uno de ellos mortificado y el otro
glorioso, no es cuenta mía sino del Supremo Hacedor que los ha formado.
El verdadero misticismo nada tiene que ver en este asunto. Las místicas
sinceras y espontáneas como Santa Teresa, Santa Catalina de Génova,
Margarita de Alacoque, jamás pueden hacerse antipáticas. Pero lo son
alguna vez sus frías imitadoras. Los sentimientos más altos y nobles
tienen su aparato externo para expresarse. Imitar este aparato puede
halagar la imaginación sin que el corazón haya hablado todavía. Siempre
resulta ridículo el desequilibrio entre lo que se pretende y lo que se
puede. Y tal es el caso de mi novela.
La prueba más evidente de lo que acabo de afirmar es que mientras
algunos católicos y sacerdotes la reprobaban, otros la aplaudían.
Hallándome, algún tiempo después de publicarse, en el pueblo de
Marmolejo tomando las aguas salutíferas que allí manan, me anunciaron en
la fonda donde me hospedaba la visita de un señor sacerdote. Bajé a la
sala y tuve el gusto de trabar conocimiento con un canónigo de una de
las más importantes iglesias metropolitanas españolas, persona de muchas
letras y reconocido talento. Me dijo estas o parecidas palabras:
"He venido a visitar a usted sabiendo que aquí se hallaba, porque quiero
expresarle el placer que he sentido leyendo su última novela. (Omito el
juicio que le merecía como obra literaria.) Creo que es de gran utilidad
en el estado actual de las conciencias. En las jóvenes que frecuentan
hoy las iglesias suele haber más capricho y fantasía que corazón. Cuando
alguna de ellas en el tribunal de la penitencia me comunica sus deseos
de entrar en un convento, si yo entiendo que hay en ella más
romanticismo que amor de Dios y de la virtud, le doy a leer su novela
de usted que me sirve de receta para curarla de su ataque nervioso de
misticismo."
¿Necesitaré decir que con estas palabras quedó mi conciencia
perfectamente tranquila?
Sin embargo, como estos negocios del alma son en extremo delicados y sin
haberlo querido pude haber hecho daño a ciertas conciencias tímidas,
repito aquí lo que he dicho en la advertencia preliminar puesta en las
últimas ediciones de _Marta y María_: "No doy a ninguna de las palabras
contenidas en mi libro otra significación que la que pueda acordarse con
la fe cristiana y con las enseñanzas de la Iglesia Católica, a las
cuales me glorío de vivir sometido."
UNA EXCURSIÓN A LA ISLA
El marqués de Peñalta es el prometido de la señorita María de
Elorza. Se hallaba ya cercana la fecha de la boda cuando María,
sufriendo un ataque agudo de misticismo, vacila si debe o no
casarse e impone una prórroga a su novio. Este se resigna de mal
grado. Sigue frecuentando la casa, pero María entregada a sus
prácticas piadosas no siempre le acompaña. El marqués de Peñalta se
ve obligado a pasar largos ratos en compañía de Martita, hermana de
María, que es una niña de catorce años. A causa de la intimidad que
entre ellos se establece prende en el inocente corazón de Martita
un amor apasionado por su futuro cuñado. Cuando se da cuenta de él
se horroriza y hace esfuerzos por sofocarlo. En estos días se
celebra una excursión de placer a un islote propiedad de D. Mariano
de Elorza, padre de las dos hermanas. María no toma parte en ella.
Martita, excitada por el _champagne_, se arroja a decir y a
ejecutar lo que el lector verá en este capítulo.
En tanto el Océano, indiferente a las risas y a las angustias de
aquellos insectillos que rozaban su bruñida epidermis, reverberaba el
incendio del sol en toda su inmensidad, gozando este placer augusto con
el mismo sosiego que en los primeros días del mundo. La luz ya podía
espaciarse libremente sobre su llanura húmeda corriendo leguas y leguas
en un segundo, lanzando sus llamaradas a los últimos confines del
horizonte o recogiéndolas de pronto en haz resplandeciente; ya podía
jugar sobre las crestas espumosas de sus olas o besar tímidamente el
espejo diáfano de las aguas o salpicarlo con menudo polvo de plata o
dejarse caer desmayada con lánguido y voluptuoso estremecimiento que se
perdía entre los pliegues de las olas. Nada conseguía alterar la paz
solemne de su corazón ni hacerle emitir una nota más grave o más aguda
en la grandiosa aria de bajo profundo que canta desde el principio del
universo.
Los contornos de la Isla se dibujaban ya con precisión, negros y adustos
como si acabasen de salir de un gran incendio. Según se iban acercando a
ella, el blanco cinturón, que desde lejos parecía ceñirla, rompíase en
mil pedazos separados por considerable distancia. Ruido formidable de
muchedumbres que combaten, cadenas que se arrastran y peñas que se
desgajan, venía de allá indicando a nuestros viajeros que se acercaba el
término de su jornada. Al cabo de una hora de marcha atracaron por fin,
no sin algún trabajo, a su peñascosa costa. Después necesitaron subir
por un estrecho y peligroso sendero labrado en la roca para encontrase
al fin en tierra firme y llana. La Isla no merecía este nombre. Era un
islote de dos o tres kilómetros de extensión, propiedad de D. Mariano de
Elorza, que sólo la utilizaba para cazar de vez en cuando y traer de
allá todos los años algunos centenares de huevos de gaviota. Estaba
cubierta a trechos de pinos, pero en su mayor parte vestida de tojo
donde las liebres y conejos tenían su guarida. Por casi todos los lados
ofrecía espantosos precipicios sobre el mar, que la batía
incesantemente entrando y saliendo con furia en las concavidades de las
rocas que la circundaban. D. Mariano había edificado en el centro una
casita para guarecerse, a la cual había ido añadiendo poco a poco
algunas comodidades. Constaba solamente de un espacioso salón, un
comedor, algunas alcobas y la cocina; pero la tenía bastante bien
amueblada y circuida de un jardincito donde crecían de mala gana algunos
árboles de adorno.
Mientras se disponía la comida y llegaba la falúa de la Sanidad, que
había ido a depositar a Isidorito como triste deportado en un árido
paraje de la costa, señoras y caballeros se diseminaron, dedicándose a
la caza o a la pesca, según las aficiones y aptitudes de cada cual.
Empezaron a sonar tiros aquí y allá, demostrando que los conejos, que se
habían propagado en progresión geométrica, sufrían la ley de represión
descubierta por Malthus. Los viajeros que no tenían instintos
sanguinarios se acomodaban buenamente sobre el musgo al borde de los
precipicios, contemplando de hito en hito el horizonte, por donde solía
cruzar la vela de algún barco. Otros estudiaban la flora arrancando
hierbecillas y discutiendo ampliamente acerca del cultivo que convendría
a aquellas tierras y de los productos que pudieran dar. Cuando todo
estuvo arreglado, D. Mariano se lo notificó por medio de sus criados, y
unos en pos de otros los tertulios se fueron replegando hacia la casa y
entraron en el salón, donde se había improvisado una espléndida mesa
atestada de manjares y flores. Buen trabajo y bastante ruido costó
sentar a tanta gente, pero al fin se consiguió gracias a la actividad
del dueño de la casa, poderosamente auxiliado de un joven que traía el
pelo por la frente, a quien ya tuvimos el honor de conocer la noche del
sarao celebrado con motivo del santo de doña Gertrudis.
La comida fué digna del anfitrión. Ningún refinamiento gastronómico se
echaba de menos. Todo estaba sabiamente previsto por una imaginación
familiarizada con los asuntos culinarios, y alguien pudo decir en la
mesa, con verdad, que no era tan desdichada la vida en una isla
desierta, como se decía en el Robinson Crusoe y en otros libros. Cada
comensal tenía frente a sí cinco o seis copas, que dos criados se
encargaban de ir llenando sucesivamente de diversos vinos, según los
manjares que se servían. A nadie sorprenderá, pues, que al terminarse la
comida hubiese brindis entusiastas, precedidos de discursos
elocuentísimos y acompañados de gritos, bravos y felicitaciones de todo
género al orador. D. Máximo los rompió con unas cuantas frases bastante
mal dichas, pero muy conmovedoras, referentes a la brevedad de la vida,
a la miseria de los placeres, a la recompensa que nuestros dolores
alcanzarán en un mundo mejor y a otros asuntos de ultratumba. El orador
concluyó por verter lágrimas copiosas, embargado por tan fúnebres
consideraciones. No faltó, sin embargo, quien afirmase por lo bajo que
la _papalina_ de D. Máximo era la menos divertida que jamás había visto.
Pronunció después el ingeniero Suárez, con frase correcta y atildada, un
discurso enderezado a preconizar la importancia que la mujer tenía en
la actual civilización y las saludables modificaciones que merced a su
influjo se habían obtenido en las costumbres de los pueblos modernos:
hizo un elogio tan brillante como acabado de sus aptitudes artísticas,
declarándolas muy superiores a las del hombre; habló también de sus
perfecciones físicas, entreteniéndose con mucha complacencia a
enumerarlas, y terminó brindando incondicionalmente por la obra más
bella y primorosa de la creación, por la eterna y dulce compañera del
hombre. Las señoritas de Ciudad batieron palmas. Inmediatamente se
levantó D. Serapio, y con lengua bastante gorda propuso en términos
concretos que el brillante concurso que le escuchaba se estableciese
definitivamente en la isla, a fin de poblarla, invitando a cada uno de
los presentes a buscar lo más pronto posible pareja. La circunstancia de
hacer un guiño tan malicioso como grosero a una de las criadas que
servían la mesa, al terminar su invitación, despertó contra él una
tempestad de silbidos e interrupciones. No pudiendo explicar
satisfactoriamente su conducta, D. Serapio se fué muy incomodado a dar
una vuelta por la cocina. Al poco rato sonó allá una bofetada.
Siguieron los brindis, cada vez más acalorados y tempestuosos, de tal
modo que nadie se entendía. Uno de los más celebrados fué el de Martita,
quien por consejo de Ricardo, que estaba a su lado, había bebido tres
copas de champagne y no sabía lo que le pasaba. La pobre niña, tan
reservada y silenciosa por temperamento, empezó a charlar por los
codos, dirigiendo pullas muy saladas a todos los presentes, que las
acogían con regocijo y aplauso. Cuando una señora le dijo que estaba
borracha, se puso muy seria y afirmó que sólo estaba un poco alegre, lo
cual nada tenía de particular teniendo en cuenta sus pocos años. Esta
salida hizo reir a los convidados. Los vapores del champagne habían
coloreado sus mejillas fuertemente y le producían alguna sofocación.
Mientras hablaba no cesaba de darse aire con el pañuelo. Sus ojos tan
fijos y serenos ordinariamente, habían adquirido singular movilidad y
cierto brillo malicioso que consiguió llamar la atención de Suárez el
ingeniero. El mismo timbre de la voz se le había modificado de un modo
notable, haciéndose más grave y firme. Parecía que se operaba en ella
una anticipación artificial y momentánea de la plenitud del sexo.
Cuando se cansaron de disparatar, D. Mariano hizo que sacaran las mesas
del salón, para que bailasen los jóvenes. Un piano, jubilado por su
respetable ancianidad en aquel retiro, fué el que marcó con voz cascada
el compás de una mazurka. Como era de esperar, el baile perdió al
instante toda gravedad y ceremonia y se convirtió en torbellino de
saltos, gritos y risas. Marta, que bailaba con Ricardo, le dijo de
pronto:
--No puedo soportar este calor: ¿quieres que salgamos un poco a tomar el
fresco?
--Vamos; yo también estoy muy sofocado.
Cuando estuvieron en el jardín, le dijo:
--Si quisieras hacer conmigo una expedición, te llevaría a un sitio que
no conoce aquí nadie más que papá y yo; una playa oculta entre las
rocas. Hasta que se está en ella no se la ve... Es un sitio precioso...
--¡Vaya si quiero! Demasiado sabes la afición que tengo a los paisajes y
sobre todo a los de mar... ¿Por dónde se va?
--Sígueme... ya verás.
Marta emprendió la marcha hacia un bosque de pinos situado no muy lejos
de la casa y Ricardo la siguió. Vestía la niña un traje azul marino, con
adornos de encaje blanco y en la cabeza llevaba sombrero de paja
adornado con una guirnalda de campanillas rojas.
--Después que lleguemos a ese bosque vas a experimentar una sorpresa.
--¿De veras?
--Ya verás, ya verás.
En efecto, así que estuvieron en el bosque y caminaron algún tiempo por
él, tropezaron con una cueva tapada a medias por los árboles y la
maleza. Marta, sin decir palabra, se introdujo en ella, y en dos
segundos desapareció. Ricardo quedó un instante parado y altamente
sorprendido; pero una fresca carcajada que sonó dentro le sacó de su
estupor.
--¿Qué es eso; no te atreves a entrar, cobarde?
--¿Pero, chica, no ves que puedes hacerte daño?
--¡Entre usted, bravo guerrero!
--Bien... ya que te empeñas...
Cuando se hubo unido a Marta observó que la cueva se abría bastante y
estaba tapizada de arena.
--¡Oh, no pensé que era tan grande y cómoda!
--Bueno; pues ahora sígueme.
--¿Adónde?
--¡Qué preguntón eres!... Ya lo sabrás, hombre, ya lo sabrás.
Entró por la cueva adelante, que cada vez se iba haciendo más oscura,
seguida de Ricardo, el cual no apartaba la vista de ella temiendo a cada
instante verla caer o chocar con algún obstáculo. Al cabo de poco tiempo
borróse la silueta de la niña en el fondo oscuro de la caverna, y
Ricardo se halló en verdaderas tinieblas.
--No tengas cuidado: sigue, que no te pasará nada... Iré hablando para
que camines en dirección de la voz... Si quieres que te dé la mano te la
daré... ¿No?... bueno, pues no te quedes atrás... Dentro de muy poco
tiempo empezarás a bajar... pero es una pendiente suave... ¿Lo ves?...
No te quejarás del suelo... aunque uno se cayese no se haría mucho
daño... No tardaremos en ver luz... Ten cuidado... inclínate a la
derecha que el camino hace ahora una revuelta... ¡Ea, ya tenemos
claridad!
Un punto luminoso se veía efectivamente a los pies de nuestros jóvenes a
unas cien varas de distancia. La silueta de Marta volvió a romper las
tinieblas y a resaltar sobre la escasa claridad que entraba por el
agujero. Oyóse en la cueva un sordo y prolongado rumor que hacía
sospechar la proximidad del Océano. A los pocos minutos salían a la
luz.
Ricardo quedó extasiado ante el espectáculo que se ofreció a su vista.
Estaban frente al mar, en medio de una playa rodeada de altísimos
peñascos cortados a pico. Parecía imposible salir de ella sin arrojarse
a las olas que venían majestuosas y sonoras a desplomarse sobre su
dorada arena festoneándola con sábanas de espuma. Nuestros jóvenes
avanzaron hasta el medio contemplando, sin decirse una palabra,
embargados por la emoción, aquel misterioso retiro del Océano que
semejaba un locutorio escondido y amable donde venía a contar sus
profundos secretos a la tierra. El cielo, de un azul muy claro, hacía
brillar el arenoso pavimento que se inclinaba hacia el mar con declive
suave. Se pasaban los meses y los años sin que la planta de un hombre
imprimiese su huella en él. Los altos muros negros y carcomidos, que
cerraban en semicírculo la playa, esparcían sobre ella silencio triste.
Sólo el grito de algún pájaro marino, al cruzar de un peñasco a otro,
turbaba la eterna y misteriosa plática del mar.
Ricardo y Marta continuaron avanzando hacia el agua lentamente,
dominados por el respeto y la admiración. Según caminaban, la arena se
iba haciendo más blanda; las huellas de sus pies se llenaban
inmediatamente de agua. Al acercarse, observaron que las olas crecían y
que sus volutas retorcidas en el momento de desplomarse los taparían si
se pusiesen debajo. Venían graves, firmes, imponentes hacia ellos, como
si tuviesen seguridad de arrollarlos y sepultarlos para siempre entre
sus pliegues, pero a las cinco o seis varas de distancia se dejaban caer
en tierra desmayadas expresando su pesar con un rugido inmenso y
prolongado. Los torrentes de espuma que salían de su ruina venían
extendiéndose y resbalando por la arena a besarles los pies.
Al cabo de algún tiempo de contemplarlas fijamente, Marta sintióse
turbada. Creyó advertir en ellas cada vez más ansia de tragarla y que
expresaban su deseo con gritos rabiosos y desesperados. Retrocedió un
poco y tomó la mano de Ricardo sin comunicarle el miedo pueril que la
embargaba. La sábana de espuma que las olas extendían, en vez de besarla
pensaba que la mordía los pies. Al replegarse de nuevo con aspiración
gigantesca la arrastraba contra su voluntad para llevarla quién sabe
adónde.
--¿No te parece que nos vamos acercando demasiado a las olas, Ricardo?
--¿Crees acaso que van a llegar adonde estamos nosotros?
--No sé... pero se me figura que nos vamos deslizando insensiblemente...
y que concluirán por taparnos.
--Pierde cuidado, preciosa--dijo echándole un brazo sobre el hombro y
atrayéndola suavemente hacia sí;--ni las olas suben, ni nosotros
bajamos... ¿Tienes miedo a morir?
--¡Oh, no; ahora no!--exclamó la niña en voz apenas perceptible,
estrechándose más contra su amigo.
Ricardo no oyó esta exclamación. Seguía con la vista atentamente la
marcha de un vapor que cruzaba por el horizonte sacudiendo su negra
columna de humo.
Al cabo de un rato quiso anudar la conversación.
--¿De veras tienes miedo a la muerte? ¡Oh! haces bien... Hoy el mundo
guarda para ti su sonrisa más amable... Ni una sola nube oscurece el
cielo de tu vida... ¡Dios quiera que no llegues a desearla nunca!
--Y tú, ¿tienes miedo, dí?
--Unas veces sí y otras veces no.
--¿En este momento lo tienes?
--¡Ah, qué curiosilla eres!--exclamó volviendo hacia ella su cara
sonriente.--No; en este momento, no.
--¿Por qué?
--Porque si el mar nos tragase, moriríamos los dos juntos, y yendo en
tan amable compañía, ¡qué me importa dejar este mundo!
La niña le miró un rato fijamente. Los labios del joven estaban plegados
por una sonrisa galante y protectora. Separóse de él bruscamente, y
volviéndole la espalda se puso a caminar por la playa rozando los
dominios de las olas.
El vapor iba a ocultarse ya detrás de uno de los cabos como un guerrero
fantástico que caminase dentro del agua asomando solamente el penacho de
su casco. Cuando hubo desaparecido, Ricardo fué a unirse a su futura
hermana, que no pareció advertir su presencia, enteramente abismada en
la contemplación del Océano. No obstante, al cabo de un rato volvióse
de improviso y le dijo:
--¿Te atreves a ir conmigo a la peña que se ve allá abajo, a la derecha?
--No tengo ningún inconveniente; pero te prevengo que está subiendo la
marea y que esa peña quedará rodeada de agua antes de una hora.
--No importa; tenemos tiempo para ir a ella.
Dando brincos y haciendo equilibrios sobre los peñascos de la costa
llenos de charcos y tapizados de algas, donde corrían grave riesgo de
resbalar, llegaron a la peña, que avanzaba buen trecho dentro del mar.
--Sentémonos--dijo Marta.--¡Cuánto mar se ve desde aquí! ¿no es cierto?
Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se
extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro; a lo
lejos era azul. Allá en el centro la gran mancha de plata seguía
resplandeciendo con vivos destellos reflejando el encendido disco del
sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música
grave pero insinuante que empezó a sonar como caricia paternal en los
oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en
los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus
olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y
las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y
lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.
Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza
del Océano con un sentimiento humilde de su pequeñez y con vago deseo de
participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y otra
vez, sin fatigarse nunca, por la línea indecisa del horizonte, que les
revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta de
ello, por un movimiento instintivo, se habían acercado de nuevo uno a
otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que rugía a
sus pies. Ricardo había pasado un brazo en torno de la cintura de la
niña y la tenía sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.
Al cabo de mucho tiempo, Marta volvió su rostro encendido hacia él y le
dijo con voz conmovida:
--Díme, ¿me dejas apoyar la cabeza en tu pecho?... ¡Tengo unas ganas de
llorar!
Ricardo la miró con sorpresa, y atrayéndola dulcemente hacia sí la
acostó sobre su regazo. La niña le dió las gracias con una sonrisa.
--¿Te encuentras bien ahora?
--¡Oh, sí; muy bien, muy bien!
--¿Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?
--No, no quiero dormir... Déjame... no me hables... ¡si supieras qué
bien me encuentro!
Ricardo sonrió satisfecho y le acarició la cara como a un niño.
El agua batía la peña donde se hallaban, salpicándoles de espuma y
entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca,
que parecía hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban
por ellas despertaban en su seno extraños y confusos rumores, que unas
veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos
profundos de un órgano.
Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al
cielo, hacía rodar sus grandes y límpidos ojos continuamente por la
bóveda azul, con el oído atento a los graves rumores que debajo de ella
sonaban. El viento fresco del mar no había conseguido aún apagar el
ardor de sus mejillas.
--¡Atiende!--dijo de pronto.--¿No oyes?...
--¿Qué?
--¿No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?
Ricardo atendió un instante.
--No oigo nada.
--No; ya ha cesado... aguarda un poco... ¿No lo oyes ahora?... Sí, sí,
no cabe duda... En las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...
--No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraños...
¿Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?
--¡No, no!--exclamó con sobresalto.--Estate quieto... Si te movieses
ahora me harías mucho daño...
La gran mancha de plata se extendía cada vez más por el ámbito del
Océano, pero empezaba a palidecer. El sol caminaba velozmente hacia el
horizonte con serenidad majestuosa, sin una nube que lo escoltara,
anegado en un vapor de oro y grana que se filtraba hasta perderse
enteramente en el azul claro del firmamento. La peña donde se hallaban
extendía también su sombra sobre el agua, cuyo verde oscuro se iba
trocando poco a poco en negro. Los rugidos de las olas se amortiguaban y
la brisa soplaba dulcemente como el hálito perezoso del que se prepara a
dormir. Un silencio augusto y conmovedor empezaba a elevarse del seno de
las aguas. En las cavernas de la roca Marta dejó de percibir el grito
acongojado que la asustara, y los truenos y ronquidos se habían ido
cambiando lentamente en un _glu glu_ suave y lánguido.
--¿No te duermes?--volvió a preguntar Ricardo.
--Ya te he dicho que no quiero dormirme... ¡Me encuentro tan bien
despierta!... El que duerme no padece, pero tampoco goza... Sólo es
bueno dormir cuando se sueñan cosas lindas, y yo no las sueño casi
nunca... Ahora me parece que estoy durmiendo y soñando... ¡Te veo de un
modo tan raro!... Estoy viendo el cielo debajo y el mar encima. Tu
cabeza está bañada por un vapor azul... Cuando la mueves parece que
oscila la bóveda que nos cubre; cuando hablas, tu voz parece que sale de
lo profundo del mar... ¡No cierres los ojos, por Dios, que me haces
sufrir!... Se me figura que estás muerto, y que me has dejado aquí sola.
¿No ves los míos qué abiertos están? Nunca tuve menos deseos de dormir
que ahora. Oye; acerca un poco la cara. ¿Sentirías mucho que el mar
fuese poco a poco subiendo y llegase a cubrirnos?
Ricardo se estremeció levemente. Echó una mirada en torno y observó que
el agua empezaba a cerrar el istmo que unía la peña a la costa. Los ojos
de Martita, cuando volvió el rostro hacia ella, brillaba con fuego
malicioso y singular.
--Vámonos, que ya estamos casi cercados de agua.
--Espera un poquito... tengo que decirte una cosa... Te la voy a decir
muy bajo para que no se entere nadie... nadie más que tú... Ricardo, me
alegraría que el mar subiese ahora de pronto y nos sepultase para
siempre... Así estaríamos eternamente en el fondo del agua, tú sentado y
yo apoyada en tu regazo con los ojos abiertos... Entonces sí, me
dormiría a ratos y tú velarías mi sueño, ¿no es verdad? Las olas
pasarían sobre nuestra cabeza y nos vendrían a contar lo que sucedía en
el mundo... Esos peces blancos y azules que los marineros pescan con los
anzuelos vendrían silenciosamente a visitarnos y nos permitirían pasar
la mano por sus escamas de plata... Las algas se enredarían a nuestros
pies formando cojines blandos, y cuando el sol saliera le veríamos al
través del cristal del agua más grande y más hermoso, filtrando sus
rayos de mil colores por ella y deslumbrándonos con su esplendor... Dí,
¿no te gusta?
--Calla, Martita; estás delirando... Vámonos, que el agua sube.
--Espera un momento... Hace una hora que estamos aquí y el viento no ha
conseguido enfriarme las mejillas... tengo cada vez más calor en ellas.
No importa... me encuentro bien... ¿Quieres hacerme un favor?... Sóplame
en la cara a ver si me pasa esta sofocación... ¡Así, así!... ¡Qué amable
eres!... Por algo dice todo el mundo que eres muy simpático... Tienes el
genio un poco vivo... Oye; necesito pedirte perdón.
--¿De qué?
--De un susto que te he dado el otro día. ¿Te acuerdas cuando hicimos
juntos un ramo de flores en el jardín?... Después quisiste hacerme una
caricia y fuí tan necia que lo llevé a mal y me eché a llorar... ¡Qué
sorpresa y qué disgusto habrás tenido!... Confieso que soy una tonta y
que no merezco que nadie me quiera... Sin embargo, bien puedes creerme
que no estaba enfadada contigo... Lloré de sentimiento... sin saber por
qué... ¡Qué motivo tenía yo para llorar! Tú no querías hacerme ningún
daño... no querías más que besarme las manos, ¿verdad?
--Nada más, hermosa.
--Pues yo tengo mucho gusto en que las beses, Ricardo... Tómalas...
La niña extendió hacia arriba sus lindas manos que se agitaron en el
aire alegres y cándidas como dos palomitas recién salidas del nido.
Ricardo las besó con efusión repetidas veces.
--No basta eso--prosiguió la niña riendo.--Antes me besabas en la cara
siempre que me encontrabas o te despedías... ¿Por qué has dejado de
hacerlo? ¿Me tienes miedo?... Yo no soy una mujer... soy una niña
todavía... Hasta que me ponga de largo tienes derecho a besarme...
Después ya será otra cosa... Anda, dame un beso en la frente...
--Ahora dame uno en cada mejilla... Aún sigue el calor ¿no es cierto?...
Ahora quiero que beses las trenzas de mi pelo... Aguarda... déjame
sacarlas que estoy acostada sobre ellas... A ti no te gusta el cabello
negro... ya lo sé... pero eres muy amable y lo besarás por darme
gusto...
Ricardo iba besando tiernamente los sitios que le señalaba. Al fin se
detuvo y se puso a jugar con las trenzas negras, azotando con ellas
suavemente el rostro de la niña. En los ojos de ésta seguía luciendo el
mismo fuego malicioso. Sintióse levemente turbado y trató de fijar los
suyos en el mar, pero ella le dijo sonriendo:
--Si no te enfadases te pediría otro aquí--y señaló a sus labios rojos y
húmedos.
El rostro del joven marqués se tiñó de carmín. Quedó un instante
inmóvil, y bajando al fin la cabeza unió sus labios a los de la niña con
prolongado beso.
Un fuerte soplo de viento había despertado el Océano cuando se preparaba
a dormir: agitóse un instante en su inmenso lecho de arena, cual si
cambiase de postura, y dejó escapar un sordo murmullo de disgusto. Las
olas tornaron a rodar a lo lejos hinchadas y azules: las de la playa
clamaron de nuevo con extrañas voces. Apagáronse las luces que ardían en
sus crestas y se desvaneció la esplendorosa ebullición de los tesoros
submarinos. La mancha de plata iba adquiriendo los tristes reflejos del
acero bruñido.
Cuando Ricardo separó sus labios de los de la niña, lo primero que hizo
fué pasear una mirada inquieta por los contornos de la peña. Estaban ya
cercados por el agua. Levantóse bruscamente y sin decir nada cogió a
Marta entre sus brazos con la misma facilidad que si fuese una
cervatilla, y dando un prodigioso salto cayó de bruces sobre la peña
vecina, lastimándose un poco en una mano. Marta quedó ilesa y contempló
la herida del joven: después, sacando su fino pañuelo de batista, lo ató
silenciosamente sobre ella y echó a andar con paso rápido. Ricardo la
siguió. Los dos marchaban callados. La distancia que los separaba se fué
haciendo cada vez mayor, porque Marta ya no andaba, corría. El joven
marqués sentía vago malestar y una turbación extraña que le impedían
apretar el paso. Estaba enojado consigo mismo. Cuando entraron en el
agujero del túnel que conducía al bosquecillo de pinos, perdió
enteramente de vista a su amiga y hasta dejó de escuchar el ruido de sus
botitas por el suelo. Al hallarse en medio de la cueva sumido en las
tinieblas, creyó oir muy confusamente el eco de un sollozo y sintió aún
más oprimido su corazón. Después de salir a la luz, empezó a encontrarse
mejor.
Cuando llegaron a la casa supieron que se habían expedido ya varios
criados a buscarlos, pues hacía rato que todo estaba dispuesto para el
regreso. La tarde avanzaba y no era muy del gusto de las señoras que las
sorprendiese la noche en el mar. Recibiéronlos, pues, con muestras de
satisfacción, y todo el mundo se apresuró a acomodarse nuevamente en las
falúas, que con el oleaje no estaban quietas un instante, como los
caballos enjaezados, esperando al jinete al pie de la cuadra.
Izáronse las velas y dando largas bordadas para aprovechar el viento,
hicieron rumbo hacia El Moral. Marta, al entrar en la lancha, había
perdido los vivos colores de las mejillas.
El sol se acercaba cada vez con más prisa al horizonte. Las señoras
veían con recelo crecer la sombra en el cielo como en el mar, dirigiendo
miradas inquietas a los marineros. Las frecuentes viradas que las
lanchas hacían les retrasaban extraordinariamente. Al cabo fué necesario
arriar las velas y caminar al remo en línea recta. Nada tenía esto de
particular, y es lo más usual cuando no se tiene el viento por la popa;
pero he aquí que a Rosarito, la amiga de la señorita de Mory, se le mete
en la cabeza de pronto que aquel cambio de motor náutico significa
peligro inminente de naufragio, el cual se le representa a la
imaginación con todos los horrores de que suele venir rodeado en las
novelas por entregas: la densidad espesa de la noche, las olas
elevándose como montañas a los cielos, los gritos de los náufragos
mezclándose a los rugidos de la mar, etc., etc. Y sin poder evitarlo
empieza a agarrarse con mano nerviosa a su amiga y a dejar salir de su
boca exclamaciones de angustia y terror.
--¡Ay, Dios mío, vamos a perecer, vamos a parecer!
--No pasa nada; tranquilízate, Rosario.
--¡Sí, sí, vamos a perecer... nos vamos a ahogar!... ¡Dios mío, qué
muerte tan horrible!... ¡Por qué habré venido yo a la Isla!... ¡Qué dirá
mi papá cuando sepa que no tiene hija!... ¡Papá, papá del alma!...
¡Pero, niña, si no ocurre absolutamente nada!
--¡No me digas eso, por Dios! ¿no estoy viendo que han bajado las velas?
¡Ay, qué muerte, qué muerte tan espantosa!... ¡Morir sin confesión!...
¡Morir separada de mi papá!... ¡Y luego quedar sepultada aquí en este
fondo tan negro... y ser comida por los peces... y por los cangrejos!...
¡Es horrible!...
Los esfuerzos de la señorita de Mory para calmar a su amiga eran
inútiles. No contribuían poco a asustarla las voces de los marineros,
que para alentarse y vencer la resistencia de las olas a cada golpe de
remo gritaban a un tiempo: ¡Aaaguanta!... ¡aaaguanta!... Cada vez que
sonaba esta palabra en el aire con ritmo brutal, Rosario exhalaba un
grito de angustia; tanto que la vivaracha señorita de Mory, temiendo que
se pusiera mala, dijo a los marineros:
--Señores, hagan ustedes el favor de no decir aguanta, porque esta
señorita se asusta mucho.
Pero Rosario, toda azorada y hecha un mar de lágrimas, exclamó
inmediatamente:
--¡No, no; que digan _aguanta_, que digan _aguanta_!... Si no, vamos a
perecer más pronto...
Poco a poco, no obstante, y viendo que la tremenda catástrofe no
llegaba, se fueron calmando sus nervios, y no tardó en reirse, como
niña aturdida que era, de sus ridículos temores.
En la falúa de Elorza se hablaba poco: D. Mariano y D. Máximo llevaban
demasiado Medoc en el cuerpo para hallarse en estado de sostener una
conversación animada. La señorita de Delgado, secundada por sus
hermanas, admiraba con vivos transportes de entusiasmo, abriendo y
cerrando mucho los ojos, la puesta del sol. El marqués de Peñalta había
cerrado los suyos y parecía dormido con la mano en la mejilla. Algunas
parejas cuchicheaban.
¿Qué pensaba Marta en aquel instante, con la mirada clavada en el mar,
grave, inmóvil y pálida como una estatua? ¿Qué negros fantasmas surgían
ante ella de lo profundo de las aguas para trazar en su cándida frente
las profundas arrugas de que estaba surcada? ¿Qué funestos secretos le
soplaba la brisa en el oído?
¡Oh! ¡Más fácil es descifrar el misterio de los rumores del Océano y los
secretos de la brisa, que los vagos pensamientos que oculta la frente de
una niña!
El mar quería entregarse otra vez al sueño. Las crestas de sus olas ya
no blanqueaban a lo lejos con su corona de espumas. El horizonte
replegaba su línea indecisa que se borraba en la sombra de la tarde. Las
serenas y abultadas ondas bajaban y subían, semejando la respiración
perezosa y dormida de un seno gigantesco. Una por una, con amable
sosiego y confianza, las iban dejando atrás las falúas, avecinándose al
puerto. La costa festoneaba con línea negra y ondulante la gran llanura
resplandeciente. Allá a lo lejos, en lo interior, columbrábanse las
cimas de las montañas, bañadas de un transparente vapor violáceo.
El pensamiento de Marta rompió la tupida nube que lo encerraba en un
piélago de confusiones y vaguedades, y en su alma asomaron de golpe un
sinnúmero de recuerdos dulces e inefables como otros tantos puntos
luminosos de que estaba sembrado el cielo sereno de su vida. Entretúvose
largo rato a contarlos recreándose en cada uno de ellos. ¡Qué vivos y
qué hermosos ardían en su memoria! ¡Qué luz tan suave derramaban sobre
los monótonos y laboriosos días de su existencia! Estaban rodeados de
silencio y misterio; nadie los había gustado, nadie los conocía siquiera
más que ella; la misma mano que había dejado caer en su corazón el
bálsamo de la felicidad ignoraba en absoluto su bienhechora influencia.
Este pensamiento la llenaba de íntimo gozo que hacía asomar a sus labios
descoloridos una sonrisa. Uno tras otro, no obstante, y sin saber por
qué, aquellos puntos luminosos se fueron apagando, se fueron borrando y
perdiendo en los abismos profundos y negros de una idea. Su imaginación
empezó a dar vueltas como un pájaro aturdido dentro de esta idea triste
y desesperada donde no penetraba el más delgado rayo de luz. ¿Para qué
estaba ella en el mundo? La felicidad que había venido a buscar estaba
ya recogida y no le quedaba otro recurso que contemplarla sin rencor y
sin envidia, porque la envidia en este caso constituía enorme pecado.
¿Y estaba segura de no caer en él a cada instante o, lo que es peor,
estaba segura de no llevar la mano a aquella felicidad? La escondida
playa de la isla le vino de pronto a la memoria con su arena de oro y
sus olas espumosas derramándose sobre ella. Un gran remordimiento, un
remordimiento vivo y cruel empezó a entrar en su inocente corazón como
la hoja fina de un puñal, produciéndole tal dolor que dejó escapar un
grito ahogado que nadie escuchó más que ella misma. La confusión y el
vértigo se apoderaron de su cabeza que ardía como un volcán. Se llevó la
mano a la frente y estaba fría como si fuese de mármol. Esto la
sorprendió de un modo extraordinario, ¡Tanto calor dentro y tanto frío
fuera!
El Océano se mostraba en aquel instante lleno de paz y dulzura. El sol
iba a sumergir muy pronto su abrasado disco en el cristal de las aguas,
iluminando algunos parajes de la llanura con dorada y fantástica
claridad y dejando otros en la sombra. Los rumores eran más graves y
profundos, de una melancolía infinita. Aquella masa inconmensurable de
agua perdía lentamente su color azul, tomando otro verde muy opaco
sembrado aquí y allá de fugaces reflejos. El sosiego melancólico con que
el mar se despedía de la luz causó en Marta impresión profunda. Con la
cabeza inclinada sobre el agua y los ojos extáticos contemplaba los más
leves matices que la luz iba despertando en ella y atendía a todos los
rumores que sonaban en lo profundo.
El sol se sumergió enteramente. El Océano dejó escapar un sollozo
inmenso, colosal. En este sollozo había tal enternecimiento que Marta
creyó sentir vibrar el ambiente con movimiento de simpatía y admiración.
Nunca había visto al mar tan grande y tan sublime, tan fuerte y
bondadoso a un tiempo mismo. Aquel silencio augusto, aquel reposo
momentáneo del gran atleta la conmovían hasta lo íntimo, infundían en su
espíritu alborotado un ansia ardiente de paz. ¿Quién le había dicho que
el mar era terrible? ¿Qué corazón pequeño le había hablado de sus
crueles traiciones? ¡Ah, no! El mar era noble y generoso como lo son los
fuertes siempre, y sus cóleras, aunque temibles, eran pasajeras. En su
fondo tranquilo vivían felices las perlas y los corales, las blancas
sirenas, los peces azules.
La falúa, al oprimir su húmeda espalda, formaba entre proa y popa un
lecho ancho y cómodo con bordes de espuma, un lecho que convidaba a
dormir eternamente con el rostro vuelto al cielo, mirando resbalar por
el seno transparente del agua el fulgor de las estrellas...
--¡Jesús!... ¿Qué ha sido eso?
--¿Quién se ha caído al agua?
--¡Hija mía de mi alma! ¡Marta!... ¡Marta!... ¡Dejadme... dejadme salvar
a mi hija!
--Ya está salvada, D. Mariano; no hay necesidad de que usted se arroje
al agua.
--¡Cía! ¡cía firme!--dijo la bronca voz del patrón.--Echa esa beta al
agua, Manuel... No asustarse, señores, que no es nada... ¡Ciar más!...
Basta... Agárrense ustedes a la beta... Ya no hay cuidado.
La confusión fué muy grande en el primer instante. Ricardo y uno de los
marineros se habían echado al agua y nadaban vigorosamente para salvar
la corta distancia que la falúa había recorrido antes de que se diera el
grito de alarma. Ricardo, que iba delante, se sumergió, y a los pocos
segundos tornó a aparecer con la niña entre los brazos. La falúa ya
estaba cerca de ellos, y pudo coger la beta que le echaban, y en seguida
el carel de la lancha, viéndose suspendido por una porción de brazos que
los metieron dentro. D. Mariano, en los pocos momentos que esto duró,
forcejeaba con D. Máximo y otras personas, pugnando por arrojarse al
agua. Cuando vió a su hija en la embarcación faltó poco para que la
ahogase contra su pecho.
Martita se había desmayado. Varias señoras se apresuraron a desatarle el
corsé y a sacudirla fuertemente para que soltase el agua que había
tragado. Después la extendieron en uno de los asientos de popa, y
Ricardo, tomando un frasco de éter que D. Máximo había traído, se lo
aplicó a la nariz. No tardó en abrir los ojos, y al ver el demudado
semblante del joven inclinado sobre ella sonrió dulcemente, y le dijo de
modo que nadie lo oyó más que él:
--Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!
Así que llegaron a El Moral se enjugaron en casa de unos amigos, que
allí estaban tomando baños, y se echaron encima la primer ropa que les
dieron. Después emprendieron de nuevo la marcha y tocaron en el muelle
con una hora de noche, cuando ya las respectivas familias empezaban a
inquietarse por su tardanza.
JOSÉ
El pueblecito costero que sirve de escenario a esta novela fué para mí
un paraíso en los años juveniles. Allí gocé como en ninguna otra parte
de los encantos de la mar que era mi pasión en aquella época. Nunca me
sentí más feliz que entonces. Aquellos bravos y sencillos pescadores me
acogieron con tanta cordialidad que despertaron en mí el deseo de
compartir su vida y sus trabajos.
Durante un verano no fuí más que un pescador. Me levantaba del lecho
antes de la aurora como ellos, me vestía con la clásica blusa y la boina
y me lanzaba a la mar en uno de sus barquichuelos cuyos nombres y
propiedades conocía como si fuesen seres vivientes.
Horas de dicha aquéllas que viví surcando la mar con los aparejos
tendidos para anzolar el bonito y la caballa o soltando la red para
aprisionar la sardina. Cuando el viento encalmaba nos recostábamos sobre
los bancos y yo escuchaba con deleite su inocente plática. Allí conocí a
José, a Gaspar, a Bernardo: todos fueron mis amigos y nunca los he
tenido después en la vida más afectuosos. Al apretarme la mano cuando me
separé de ellos vi sus ojos entristecidos. Uno me dijo: "¡Qué lástima,
D. Armando, hubiera usted sido un buen marinero!"
Tenía razón. Yo hubiera sido un buen marinero y también un buen aldeano.
Todo menos un buen diplomático.
Al publicarse esta novela no sé quién la hizo llegar a sus manos.
Viéndose retratados se sintieron contentos y orgullosos. Llevaban mi
libro a la mar y allí tendidos sobre los paneles en las horas de calma
uno leía en voz alta y los otros escuchaban.
Y después venían los interminables comentarios. Todo lo querían
descifrar:--"Este es Fulano, esta doña Zutana.--Yo fuí quien puse la
piedra en el anzuelo para engañarte.--A ti fué a quien tiró el golpe de
mar cuando fuíste a desarbolar del medio..."
Muchos años han transcurrido desde entonces. En medio de las miserias y
resquemores de la vida cortesana mi pensamiento ha volado más de cien
veces hacia aquellos nobles y valerosos amigos y he comprendido por qué
nuestro buen Jesús ha buscado sus discípulos más amados entre humildes
pescadores.
LA DESESPERACIÓN DE UN HIDALGO
Don Fernando, segundón de la casa de Meira, nunca fué rico.
Ultimamente había llegado a la indigencia. Sus ínfulas
aristocráticas no por eso disminuían. Cuanto más pobre más
orgulloso se hallaba de su prosapia. Era una manía, casi una
locura. En el pueblecillo de Rodillero se le miraba por los
pescadores con una mezcla de respeto, de compasión y de burla. Uno
de estos pescadores, José, tenía relaciones amorosas con Elisa hija
de la señá Isabel, fabricante de escabeche. José era pobre. La señá
Isabel se oponía furiosamente a estos amores. Don Fernando, con
orgullo quijotesco, los protegía. Acosado por el hambre, el
desgraciado hidalgo se había visto precisado a vender lo último que
le quedaba, su viejo y desmantelado palaciote. Con generosidad
caballeresca ofreció una parte de la exigua cantidad que por él le
habían dado a José para que comprando una lancha pudiera casarse.
Pocos días después, don Fernando de Meira se personó en casa de José,
muy temprano, cuando éste aún no había salido a la mar.
--José, necesito hablar contigo a solas. Ven a dar una vuelta conmigo.
El marinero pensó que llegaba en demanda de socorro, aunque hasta
entonces jamás se lo había pedido directamente. Cuando el hambre más le
apuraba, solía llegarse a él, diciendo:
--José, a Sinforosa se le ha concluído el pan, y no quisiera tomárselo
a la otra panadera... Si me hicieses el favor de prestarme una hogaza...
Mas para que a esto llegase, era necesario que el caballero estuviese
muy apurado. De otra suerte, ni directa ni indirectamente se humillaba a
pedir nada. No obstante, José lo pensó así, porque no era fácil pensar
otra cosa. Y tomando el puñado de cuartos que tenía y metiéndolos en el
bolsillo, se echó a la calle en compañía del anciano.
Guióle don Fernando fuera del pueblo. Cuando estuvieron a alguna
distancia, cerca ya de la gran playa de arena, rompió el silencio
diciendo:
--Vamos a ver, José, tú debes de andar algo apuradico de dinero,
¿verdad?
José pensó que se confirmaba lo que había imaginado; pero le sorprendió
un poco el tono de protección con que el hidalgo le hacía aquella
pregunta.
--Ps..., así, así, don Fernando. No estoy muy sobrado...; pero, en fin,
mientras uno es joven y puede trabajar, no suele faltar un pedazo de
pan.
--Un pedazo de pan es poco... No sólo de pan vive el hombre--manifestó
el señor de Meira sentenciosamente. Y después de caminar algunos
instantes en silencio, se detuvo repentinamente, y encarándose con el
marinero le preguntó:
--Tú te casarías de buena gana con Elisa, ¿verdad?
José quedó sorprendido y confuso.
--¿Yo?... Con Elisa no tengo nada ya... Todo el mundo lo sabe...
--Pues sabe una gran mentira, porque estás en amores con Elisa; me
consta--afirmó el caballero resueltamente.
José le miró asustado, y empezaba a balbucir ya otra negación cuando don
Fernando le atajó diciendo:
--No te molestes en negarlo, y dime con franqueza si te casarías
gustoso.
--¡Ya lo creo!--murmuró entonces el marinero bajando la cabeza.
--Pues te casarás--dijo el señor de Meira ahuecando la voz todo lo
posible y extendiendo las manos hacia adelante.
José levantó la cabeza vivamente y le miró, pensando que se había vuelto
loco. Después, bajándola de nuevo, dijo:
--Eso es imposible, don Fernando... No pensemos en ello.
--Para la casa de Meira no hay nada imposible--respondió el caballero
con mucha mayor solemnidad.
José sacudió la cabeza, atreviéndose a dudar del poderío de aquella
ilustre casa.
--Nada hay imposible--volvió a decir don Fernando lanzándole una mirada
altiva, propia de un guerrero de la reconquista.
José sonrió con disimulo.
--Atiende un poco--siguió el caballero.--En el siglo pasado, un abuelo
mío, don Alvaro de Meira, era corregidor de Oviedo. Había allí una casa
perteneciente al clero que estorbaba mucho en la vía pública, y el
corregidor se propuso echarla abajo. Tropezó en seguida con la oposición
del obispo y cabildo catedral, los cuales le manifestaron que de ningún
modo lo intentase, so pena de excomunión. Pero el corregidor, sin hacer
caso de amenazas, cierto día manda a ella una cuadrilla de albañiles y
comienzan a derribarla. Dan parte del hecho al obispo, alborótase su
ilustrísima, convoca al cabildo y deciden ir revestidos a excomulgar a
todo el que se atreva a tocar en ella. Mi bisabuelo lo supo, y ¿qué hace
entonces? Va y manda a allá al verdugo a leer un pregón en que se impone
la pena de cien azotes a todo albañil que se baje del tejado... ¡Ni uno
solo se bajó, muchacho!... Y la casa vino al suelo.
Don Fernando, con un movimiento enérgico de la mano, derribó de golpe el
edificio clerical. José pareció enteramente insensible a esta proeza de
los Meiras. Seguía cabizbajo y triste, considerando tal vez que era
lástima que tal poder de infligir azotes no quedase anejo a todos los
señores de Meira, en cuyo caso no sería imposible que pidiese unos
cuantos para la seña Isabel.
--Cuando a un Meira se le mete algo entre ceja y ceja--siguió el
hidalgo,--¡hay que temblar!... Toma--añadió sacando del bolsillo un
paquetito y ofreciéndoselo.--Ahí tienes, diez mil reales. Cómprate una
lancha, y deja lo demás de mi cuenta.
El marinero quedó pasmado, y no se atrevió a alargar la mano pensando
que aquello era una locura del señor de Meira, a quien ya muchos no
suponían en su cabal juicio.
--Toma, te digo. Cómprate una lancha... y a trabajar.
José tomó el paquete, lo desenvolvió y quedó aún más absorto al ver que
eran monedas de oro. Don Fernando, sonriendo orgullosamente, continuó:
--Vamos a otra cosa ahora. Dime: ¿cuántos años tiene Elisa?
--Veinte.
--¿Los ha cumplido ya?
--No señor; me parece que los cumple el mes que viene.
--Perfectamente. El mes que viene te diré lo que has de hacer. Mientras
tanto, procura que nadie se entere de tus amores... Mucho sigilo y mucha
prudencia.
Don Fernando hablaba con tal autoridad y arqueaba las cejas tan
extremadamente, que a pesar de su figurilla menuda y torcida, consiguió
infundir respeto al marinero. Casi llegó a creer en el misterioso poder
de la casa de Meira.
--A otra cosa... ¿Tú puedes disponer de la lancha esta noche?
--¿Qué lancha?, ¿la de mi patrón?
--Sí.
--¿Para ir adónde?
--Para dar un paseo.
--Si no es más que para eso...
--Pues a las doce de la noche pásate por mi casa dispuesto a salir a la
mar. Necesito de tu ayuda para una cosa que ya sabrás.... Ahora
vuélvete a casa y comienza a gestionar la compra de la lancha. Vé a
Sarrió por ella, o constrúyela aquí; como mejor te parezca.
Confuso y en grado sumo perplejo se apartó nuestro pescador del señor de
Meira. Todo se volvía cavilar mientras caminaba la vuelta de su casa de
qué modo habría llegado aquel dinero a manos del arruinado hidalgo. Se
propuso no hacer uso de él en tanto que no lo averiguase.
Los enigmas, particularmente los enigmas de dinero, duran en las aldeas
cortísimo tiempo. No se pasaron dos horas sin que supiese que don
Fernando había vendido su casa el día anterior a don Anacleto, el cual
la quería para hacer de ella una fábrica de escabeche, no para otra
cosa, pues en realidad estaba inhabitable. El señor de Meira la tenía
hipotecada ya hacía algún tiempo a un comerciante de Peñascosa en nueve
mil reales. Don Anacleto pagó esta cantidad y le dió además otros
catorce mil. En vista de esto, José se determinó a devolver los cuartos
al generoso caballero tan pronto como le viese. Le pareció indecoroso
aceptar, aunque fuese en calidad de préstamo, un dinero de que tan
necesitado estaba su dueño.
Todavía le seguía preocupando, no obstante, aquella misteriosa cita de
la noche, y aguardaba con impaciencia la hora para ver lo que era. Un
poco antes de dar las doce por el reloj de las Consistoriales enderezó
los pasos hacia el palacio de Meira. Llamó con un golpe a la carcomida
puerta, y no tardó mucho el propio don Fernando en abrirle.
--Puntual eres, José. ¿Tienes la lancha a flote?
--Debe de estar, sí señor.
--Pues bien; ven aquí y ayúdame a llevar a ella esto.
Don Fernando le señaló a la luz de un candil un bulto que descansaba en
el zaguán de la casa, envuelto en un pedazo de lona y amarrado con
cordeles.
--Es muy pesado, te lo advierto.
Efectivamente, al tratar de moverlo se vió que era casi imposible
llevarlo al hombro. José pensó que era una caja de hierro.
--En hombros no podemos llevarlo, don Fernando. ¿No será mejor que lo
arrastremos poco a poco hasta la ribera?
--Como a ti te parezca.
Arrastráronlo, en efecto, fuera de la casa. Apagó don Fernando el
candil, cerró la puerta, y dándole vueltas, no con poco trabajo, lo
llevaron lentamente hasta colocarlo cerca de la lancha. El señor de
Meira iba taciturno y melancólico, sin despegar los labios. José le
seguía el humor; pero sentía al propio tiempo bastante curiosidad por
averiguar lo que aquella pesadísima caja contenía.
Fué necesario colocar dos mástiles desde el suelo a la lancha, y gracias
a ellos hicieron rodar la caja hasta meterla a bordo. Entraron después,
y con el mayor silencio posible se fueron apartando de las otras
embarcaciones.
La noche era de luna, clara y hermosa. El mar, tranquilo y dormido como
un lago. El ambiente, tibio como en estío. José empuñó dos remos, contra
la voluntad del hidalgo, que pretendía tomar uno, y apoyándolos
suavemente en el agua, se alejó de la tierra.
El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como
había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le
observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero,
después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.
--Basta, José.
El marinero soltó los remos.
--Ayúdame a echar este bulto al agua.
José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más de descubrir aquel
extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:
--¿Supongo que no será dinero lo que usted eche al agua, don Fernando?
Este, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto,
suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:
--No; no es dinero... Es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba
de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el
favor de acompañarme.
--No se lo decía por eso, don Fernando. A mí no me importa nada lo que
hay ahí dentro.
--Desátalo.
--De ningún modo, don Fernando. Yo no quiero que usted piense...
--¡Desátalo, te digo!--repitió el señor de Meira en un tono que no daba
lugar a réplica.
Obedeció José, y después de separar la múltiple envoltura de lona que le
cubría, descubrió, al cabo, el objeto no era otra cosa que un trozo de
piedra toscamente labrado.
--¿Qué es esto?--preguntó con asombro.
Don Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, respondió:
--El escudo de la casa de Meira.
Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y
miraba de hito en hito al caballero, esperando alguna explicación; pero
éste no se apresuraba a dársela. Con los brazos cruzados sobre el pecho
y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra
que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja
y temblorosa:
--He vendido mi casa a don Anacleto..., porque un día u otro yo moriré,
y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la
vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo.., Hace unos cuantos
días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared... Al
fin lo he conseguido...
Como don Fernando se callase después de pronunciar estas palabras, José
se creyó en el caso de preguntarle:
--¿Y por qué lo echa usted al agua?
El anciano caballero le miró con ojos de indignación.
--¡Zambombo! ¿Quieres que el escudo de la gran casa de Meira esté sobre
una fábrica de escabeche?
Y aplacándose de pronto, añadió:
--Mira esas armas... Repáralas bien... Desde el siglo XV están colocadas
sobre la puerta de la casa de Meira... (no esta misma piedra, porque
según se ha ido enlazando con otras casas fué necesario mudarla y poner
en el escudo nuevos cuarteles, pero otra parecida). En el siglo pasado
quedó definitivamente fijada con la alianza de los Meiras y los
Mirandas... Son cinco cuarteles. El del centro es el de los Meiras: está
colocado en lo que se llama en heráldica _punto de honor_... Sus armas
son: azur y banda de plata, con dragones de oro; bordura de plata y ocho
arminios de sable... Tú dirás--añadió don Fernando con sonrisa
protectora--: ¿dónde están esos colores?... Es muy natural que lo
preguntes, no teniendo nociones de heráldica... Los colores en la piedra
se representan por medio de signos convencionales. El oro, míralo aquí
en este cuartel, se representa por medio de puntitos trazados con buril;
la plata, por un fondo liso y unido; el azur, por rayitas horizontales;
los gules, por rayas perpendiculares, etc., etc...; es muy largo de
explicar... Los Meiras se unieron primeramente a los Viedmas. Aquí está
su escudo en este primer cuartel de gules y una puente de plata de tres
arcos, por los cuales corre un caudaloso río; y una torre de oro
levantada en medio de la puente; bordadura de plata y ocho cruces llanas
de azur... Después se unieron a los Carrascos. Y aquí tienes a la
izquierda su cuartel, partido en dos partes iguales: la primera de plata
y un león rampante de sable; la segunda de oro y un árbol terrazado y
copado, con un pájaro puesto encima de la copa y un perro ladrante al
pie del tronco... Ni el pájaro ni el perro se notan bien, porque los ha
destruido la intemperie...; pero aquí están... Más tarde se unieron a
los Angulos: su cuartel es de plata y cinco cuervos de sable puestos en
sautor... Tampoco se notan bien los cuervos... Por último, se unieron a
los Mirandas, cuyo cuartel es de oro y un castillo de gules en abismo,
sumado de un guerrero armado con alabarda, naciente de las almenas,
acompañado de seis roeles de sinople y plata, puestos dos de cada lado y
uno en la punta... Todo el escudo, como ves, está coronado por un casco
de acero bruñido de cinco rejas.
Nada entendió el marinero del discurso del señor de Meira. Mirábale de
hito en hito con asombro. El mar balanceaba suavemente la barca.
--De la casa de Meira--siguió don Fernando con voz enfática--han salido
en todas las épocas hijos muy esclarecidos, hombres muy calificados...
Demasiado sabrás tú que en el siglo XV don Pedro de Meira fué comendador
de Villaplana, en la orden de Santiago, y que don Francisco fué jurado
en Sevilla y procurador en las Cortes de Toro. También sabrás que otro
hijo de la misma familia fué presidente del Consejo de Italia: se
llamaba don Rodrigo. Otro, llamado don Diego, fué oidor de la real
Audiencia de la ciudad de Méjico y después presidente de la de
Guadalajara. En el siglo pasado, don Alvaro de Meira fué regidor de
Oviedo y fundó en Sarrió una colegiata y un colegio de primeras letras y
latinidad; bien lo sabrás.
José no sabía absolutamente nada de todo aquella; pero asentía con la
cabeza para complacer al desgraciado caballero. Este quedó
repentinamente silencioso, y así estuvo buen rato, hasta que comenzó a
decir, bajando mucho la voz y con acento triste:
--Mi hermano mayor, Pepe, fué un perdido..., bien lo sabrás...
En efecto, era lo único que José sabía de la familia de Meira.
--Le arruinó una bailarina... Los pocos bienes que a mí me habían tocado
me los llevó amenazándome con casarse con ella si no se los cedía... Yo,
para salvar el honor de la casa, los cedí... ¿No te parece que hice
bien?
José asintió otra vez.
--Desde entonces, José, ¡cuánto he sufrido!..., ¡cuánto he sufrido!
El hidalgo se pasó la mano por la frente con abatimiento.
--La gran casa de Meira muere conmigo... Pero no morirá deshonrada,
José; ¡te lo juro!
Después de hacer este juramento, quedó de nuevo silencioso en actitud
melancólica. El mar seguía meciendo la lancha. La luna rielaba su pálida
luz en el agua.
Al cabo de un largo espacio, don Fernando salió de su meditación, y
volviendo sus ojos rasados de lágrimas hacia José, que le contemplaba
con tristeza, le dijo lanzando un suspiro:
--Vamos allí... Suspende por ese lado la piedra: yo tendré por éste...
Entre uno y otro lograron apoyarla sobre el carel. Después don Fernando
la dió un fuerte empujón. El escudo de la casa de Meira rompió el haz
del agua con estrépito y se hundió en sus senos obscuros. Las gotas
amargas que salpicó bañaron el rostro del anciano, confundiéndose con
las lágrimas no menos amargas que en aquel instante vertía.
Quedóse algunos instantes inmóvil, con el cuerpo doblado sobre el carel,
mirando al sitio por donde la piedra había desaparecido. Levantándose
después, dijo sordamente:
--Boga para tierra, José.
Y fué a sentarse de nuevo a la popa.
El marinero comenzó a mover los remos sin decir palabra. Aunque no
comprendía el dolor del hidalgo y andaba cerca de pensar, como los demás
vecinos, que no estaba sano de la cabeza, al verle llorar sentía
profunda lástima; no osaba turbar su triste enajenamiento. Mas el
propósito de devolverle el dinero no se apartaba de su cabeza. Veía
claramente que tal favor, en las circunstancias en que se hallaba don
Fernando, era una verdadera locura. Le bullía el deseo de acometer el
asunto, pero no sabía de qué manera comenzar. Tres o cuatro veces tuvo
la palabra en la punta de la lengua, y otras tantas la retiró por no
parecerle adecuada. Finalmente, viéndose ya cerca de tierra, no halló
traza mejor para salir del aprieto que sacar los diez mil reales del
bolsillo y presentárselos al caballero, diciendo algo avergonzado:
--Don Fernando..., usted, por lo que veo, no está muy sobrado de
dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo
tomar esos cuartos haciéndole falta...
Don Fernando, con ademán descompuesto y soltando chispas de indignación
por los ojos, le interrumpió gritando:
--¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi
ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua.
José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez. Y así
lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó
intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y
devolvérselo en la primera ocasión favorable.
Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.
AGUAS FUERTES
LLOVIENDO
Cuando salí de casa recibí la desagradable sorpresa de ver que estaba
lloviendo. Había dejado al sol pavoneándose en el azul del cielo,
envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... ¡Quién
había de sospechar!...
En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extrañas; la
duda se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Subiría por el paraguas? En
aquella sazón mi paraguas ocupaba una de las más altas posiciones de
Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero.
Arranquémosle la careta: era un piso quinto.
Las escaleras me fatigan casi tan o como los dramas históricos. A veces
prefiero escuchar una producción de Catalina o Sánchez de Castro, con
reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una
de estas ocasiones. La verdad es que llovía sin gran aparato, pero de un
modo respetable. Los transeúntes pasaban ligeros por delante de mí, bien
guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no lo llevaba, vino a
buscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de
horrible incertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los
cálculos que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones.
De un lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de
la escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estarían
ya reunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí! Además, el
café, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada en
estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello),
inmediatamente después de las comidas. Al fin adopté una resolución
violentísima. Me remangué los pantalones y salí a la calle.
¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas las
leyendas de la Edad Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos
líricos de su misma familia han dejado caer desde la tribuna del Ateneo,
¿flaquearía ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis días. Si
la faz no ha empalidecido, si el corazón no ha temblado ante ningún
poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las alteraciones
atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.
En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calle
del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fuí todo
el tiempo pegado a las casas, con lo cual evité que me cayese una
tercera parte de agua de la que por clasificación me correspondía. Antes
de llegar a la Puerta del Sol eché una mirada al cielo, mirada
escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada
dió por resultado además el que tropezase con un guardia municipal, que
me preguntó con severidad dónde tenía los ojos. Yo, lleno de respeto y
sumisión hacia el poder ejecutivo, le contesté, procurando ablandar su
corazón con una sonrisa--: Donde usted guste--. La verdad es que estuve
demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera,
¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!... Me
contenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre su
capote de hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquel
instante.
Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,
para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,
gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy
poca gente. Algunos carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios de
paño pardo; algunas mujeres remangando, con la coquetería que permitían
las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies
fantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo
me preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como era,
después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las
narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba
salvar apelando a mis recuerdos gimnásticos.
Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes en
silencio y asegurando sus pasos con cautela, fué penetrando en mi
corazón el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle
del Arenal y la del Carmen, casi se enseñoreó de él por completo.
Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las
articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron
ante mi vista. Y con la visión intensa y terrible del alucinado, me vi
metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.
Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un _simón_ vacío.
Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales.
¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley,
indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido
en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa.
Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión,
aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a
exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!
Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar
por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las
ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la
existencia. Las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro
espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva,
y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra
peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el
corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos
partido muchos para recorrer los campos de la política. A los pocos
pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han
solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se
ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta
es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su
experiencia, y es que cuando llueve, todo el mundo se cobija.
Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal,
aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las
paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo
resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa
insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a
contemplarlas; varones con los ojos extáticos, en muda y eterna
admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban
disfrazados. Había uno vestido de fraile haciendo oración entre las
malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que
era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por
desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su
vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había
otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada
como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta
jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizás
para el caso de que se inutilizase el primero.
Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa,
aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los
edificios de la Puerta del Sol, desahogándose un poco de su peso;
cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendría un claro
que permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que pasaban vacíos
eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales,
quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.
Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul. Por
aquel agujerito pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol
empapado todavía en agua, que fué a chocar en los cristales de los
balcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divisó otro,
algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa
raya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezó
a funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas de
riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en el
cielo y en el Municipio de los que puede soñar la filosofía.
El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caía
como un espléndido penacho sobre la calle. El empleado municipal lo
sacudía sin curarse de su belleza, haciéndole servir a los fines de la
policía urbana; mas el chorro salía altivo y alegre de la manga y se
esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en
lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que producía al azotar el
pavimento era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el
primero para no dar armas a los frenópatas del Ateneo) fuimos los únicos
que supimos apreciar su hermosura. El perro, más exaltado o con menos
miedo al ridículo, se lanzó a la calle expresando su entusiasmo por
medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parándose bajo el chorro y
dejándose bañar, ahora brincando sobre él, ahora dando un millón de
volteretas y haciendo cómicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar
el frenesí de su entusiasmo en ladridos más o menos correctos e
inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que había
más sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas
del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasía.
La lluvia no cesaba. Con todo, se fué debilitando de tal modo, que ni
para la salud ni para el sombrero había gran peligro en salir y llegar a
Fornos. Así quise realizarlo, y desde luego me fuí pegadito a los
edificios, observando cómo rápidamente el cielo se despejaba y la lluvia
se enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales. Al llegar
al del Ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi
camino, y una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aún
llovía. Era una mano fina, correcta, aristocrática, con graciosas y
leves rayas azules; además, aún no estaba ajada, a juzgar por su color
sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus
movimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillo
brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien,
¿qué hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos
dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es
cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera
una mirada a su dueño. Detrás de mí oí gran algazara y muchas carcajadas
femeninas, por lo cual comprendí que se me perdonaba de buen grado la
audacia. Llegué al café sano y salvo y de un humor excelente. Pero
estuve un poco inquieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin duda, los
nervios!
POLIFEMO
El coronel Toledano, por mal nombre Polifemo, era un hombre feroz, que
gastaba levita larga, pantalón de cuadros y sombrero de copa de alas
anchurosas, reviradas. Estatura gigantesca, paso rígido, imponente,
enormes bigotes blancos, voz de trueno y corazón de bronce. Pero aún más
que esto, infundía pavor y grima la mirada torva, sedienta de sangre, de
su ojo único. El coronel era tuerto. En la guerra de Africa había dado
muerte a muchísimos moros, y se había gozado en arrancarles las entrañas
aún palpitantes. Esto creíamos al menos ciegamente todos los chicos que
al salir de la escuela íbamos a jugar al parque de San Francisco, en la
muy noble y heroica ciudad de Oviedo.
Por allí paseaba también metódicamente, los días claros, de doce a dos
de la tarde, el implacable guerrero. Desde muy lejos columbrábamos entre
los árboles su arrogante figura, que infundía espanto en nuestros
infantiles corazones; y cuando no, escuchábamos su voz fragorosa,
resonando entre el follaje como un torrente que se despeña.
El coronel era sordo también, y no podía hablar sino a gritos.
--Voy a comunicarle a usted un secreto--decía a cualquiera que le
acompañase en el paseo--. Mi sobrina Jacinta no quiere casarse con el
chico de Navarrete.
Y de este secreto se enteraban cuantos se hallasen a doscientos pasos en
redondo.
Paseaba generalmente solo; pero cuando algún amigo se acercaba,
hallábale propicio. Quizá aceptase de buen grado la compañía por tener
ocasión de abrir el odre donde guardaba aprisionada su voz potente. Lo
cierto es que cuando tenía interlocutor, el parque de San Francisco se
estremecía. No era ya un paseo público; entraba en los dominios
exclusivos del coronel. El gorjeo de los pájaros, el susurro del viento
y el dulce murmurar de las fuentes, todo callaba. No se oía más que el
grito imperativo, autoritario, severo del guerrero de Africa. De tal
modo, que el clérigo que le acompañaba (a tal hora, sólo algunos
clérigos acostumbraban a pasear por el parque), parecía estar allí
únicamente para abrir, ahora uno, después otro, todos los registros que
la voz del coronel poseía. ¡Cuántas veces, oyendo aquellos gritos
terribles, fragorosos, viendo su ademán airado y su ojo encendido,
pensamos que iba a arrojarse sobre el desgraciado sacerdote que había
tenido la imprevisión de acercarse a él!
Este hombre pavoroso tenía un sobrino de ocho o diez años, como
nosotros. ¡Desdichado! No podíamos verle en el paseo sin sentir hacia
él compasión infinita. Andando el tiempo he visto a un domador de fieras
introducir un cordero en la jaula del león. Tal impresión me produjo,
como la de Gasparito Toledano paseando con su tío. No entendíamos cómo
aquel infeliz muchacho podía conservar el apetito y desempeñar
regularmente sus funciones vitales, cómo no enfermaba del corazón o
moría consumido por una fiebre lenta. Si transcurrían algunos días sin
que apareciese por el parque, la misma duda agitaba nuestros corazones.
"¿Se lo habrá merendado ya?". Y cuando al cabo le hallábamos sano y
salvo en cualquier sitio, experimentábamos a la par sorpresa y consuelo.
Pero estábamos seguros de que un día u otro concluiría por ser víctima
de algún capricho sanguinario de Polifemo.
Lo raro del caso era que Gasparito no ofrecía en su rostro vivaracho
aquellos signos de terror y abatimiento que debían de ser los únicos en
él impresos. Al contrario, brillaba constantemente en sus ojos una
alegría cordial que nos dejaba estupefactos. Cuando iba con su tío
marchaba con la mayor soltura, sonriente, feliz, brincando unas veces,
otras compasadamente, llegando su audacia o su inocencia hasta a
hacernos muecas a espaldas de él. Nos causaba el mismo efecto angustioso
que si le viésemos bailar sobre la flecha de la torre de la catedral.
"¡Gaspaar!" El aire vibraba y transmitía aquel bramido a los confines
del paseo. A nadie de los que allí estábamos nos quedaba el color
entero. Sólo Gasparito atendía como si le llamara una sirena. "¿Qué
quiere usted, tío?" y venía hacia él ejecutando algún paso complicado de
baile.
Además de este sobrino, el monstruo era poseedor de un perro que debía
vivir en la misma infelicidad, aunque tampoco lo parecía. Era un hermoso
danés, de color azulado, grande, suelto, vigoroso, que respondía por el
nombre de Muley, en recuerdo sin duda de algún moro infeliz sacrificado
por su amo. El Muley, como Gasparito, vivía en poder de Polifemo lo
mismo que en el regazo de una odalisca. Gracioso, juguetón, campechano,
incapaz de falsía, era, sin ofender a nadie, el perro menos espantadizo
y más tratable de cuantos he conocido en mi vida.
Con estas partes no es milagro que todos los chicos estuviésemos
prendados de él. Siempre que era posible hacerlo, sin peligro de que el
coronel lo advirtiese, nos disputábamos el honor de regalarle con pan,
bizcocho, queso y otras golosinas que nuestras mamás nos daban para
merendar. El nos ofrecía muestras inequívocas de simpatía y
reconocimiento. Mas a fin de que se vea hasta qué punto eran nobles y
desinteresados los sentimientos de este memorable can, y para que sirva
de ejemplo perdurable a perros y hombres, diré que no mostraba más
afecto a quien más le regalaba. Solía jugar con nosotros algunas veces
(en provincias y en aquel tiempo entre los niños no existían clases
sociales) un pobrecito hospiciano, llamado Andrés, que nada podía darle,
porque nada tenía. Pues bien, las preferencias de Muley estaban por él.
Los rabotazos más vivos, las carocas más subidas y vehementes a él se
consagraban, en menoscabo de los demás. ¡Qué ejemplo para cualquier
diputado de la mayoría!
¿Adivinaba el Muley que aquel niño desvalido, siempre silencioso y
triste, necesitaba más de su cariño que nosotros? Lo ignoro; pero así
parecía.
Por su parte, Andresito había llegado a concebir una verdadera pasión
por este animal. Cuando nos hallábamos jugando en lo más alto del parque
al marro o a las chapas, y se presentaba por allí de improviso el Muley,
ya se sabía, llamaba aparte a Andresito, y se entretenía con él largo
rato, como si tuviese que comunicarle algún secreto. La silueta colosal
de Polifemo se columbraba allá entre los árboles.
Pero estas entrevistas rápidas y llenas de zozobra fueron sabiéndole a
poco al hospiciano. Como un verdadero enamorado, ansiaba disfrutar de la
presencia de su ídolo largo rato y a solas.
Por eso, una tarde, con osadía increíble, se llevó a presencia nuestra
el perro hasta el Hospicio, como en Oviedo se denomina la Inclusa, y no
volvió hasta el cabo de una hora. Venía radiante de dicha. El Muley
parecía también satisfechísimo. Por fortuna, el coronel aún no se había
ido del paseo ni advirtió la desertación de su perro.
Repitiéronse una tarde y otras tales escapatorias. La amistad de
Andresito y Muley se iba consolidando. Andresito no hubiera vacilado en
dar su vida por el Muley. Si la ocasión se presentase, seguro estoy de
que éste no sería menos.
Pero aún no estaba contento el hospiciano. En su mente germinó la idea
de llevarse el Muley a dormir con él a la Inclusa. Como ayudante que era
del cocinero, dormía en uno de los corredores al lado del cuarto de éste
en un jergón fementido de hoja de maíz. Una tarde condujo al perro al
Hospicio y no volvió. ¡Qué noche deliciosa para el desgraciado! No había
sentido en su vida otras caricias que las del Muley. Los maestros
primero, el cocinero después, le habían hablado siempre con el látigo en
la mano. Durmieron abrazados como dos novios. Allá al amanecer, el niño
sintió el escozor de un palo que el cocinero le había dado en la espalda
la tarde anterior. Se despojó de la camisa:
--Mira, Muley--dijo en voz baja mostrándole el cardenal.
El perro, más compasivo que el hombre, lamió su carne amoratada.
Luego que abrieron las puertas, lo soltó. El Muley corrió a casa de su
dueño; pero a la tarde ya estaba en el parque dispuesto a seguir a
Andresito. Volvieron a dormir juntos aquella noche y la siguiente, y la
otra también. Pero la dicha es breve en este mundo. Andresito era feliz
al borde de una sima.
Una tarde, hallándose todos en apretado grupo jugando a los botones,
oímos detrás dos formidables estampidos.
--¡Alto! ¡Alto!
Todas las cabezas se volvieron como movidas por un resorte. Frente a
nosotros se alzaba la talla ciclópea del coronel Toledano.
--¿Quién de vosotros es el pilluelo que secuestra mi perro todas las
noches, vamos a ver?
Silencio sepulcral en la asamblea. El terror nos tiene clavados,
rígidos, como si fuéramos de palo.
Otra vez sonó la trompeta del juicio final.
--¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el
miserable?...
El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El Muley,
que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes,
y movía el rabo vertiginosamente en señal de inquietud.
Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:
--No culpe a nadie, señor. Yo he sido.
--¿Cómo?
--Que he sido yo--repitió el chico en voz más alta.
--¡Hola! ¡Has sido tú!--dijo el coronel sonriendo ferozmente--. ¿Y tú no
sabes a quién pertenece este perro?
Andresito permaneció mudo.
--¿No sabes de quién es?--volvió a preguntar a grandes gritos.
--Sí, señor.
--¿Cómo?... Habla más alto.
Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.
--Que sí señor.
--¿De quién es, vamos a ver?
--Del señor Polifemo.
Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto.
Cuando los abrí, pensé que Andresillo estaría ya borrado del libro de
los vivos. No fué así, por fortuna. El coronel le miraba fijamente, con
más curiosidad que cólera.
--¿Y por qué te lo llevas?
--Porque es mi amigo y me quiere--dijo el niño con voz firme.
El coronel volvió a mirarle fijamente.
--Está bien--dijo al cabo--. ¡Pues cuidado con que otra vez te lo
lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.
Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso, se
llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo
volviéndose:
--Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a
secuestrar el perro! ¡Cuidado!
Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza.
Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose
la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.
--¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.
--Porque le quiero mucho... porque es el único que me quiere en el
mundo--gimió Andrés.
--¿Pues de quién eres hijo?--preguntó el coronel sorprendido.
--Soy de la Inclusa.
--¿Cómo?--gritó Polifemo.
--Soy hospiciano.
Entonces vimos al coronel demudarse. Abalanzóse al niño, le separó las
manos de la cara, le enjugó las lágrimas con su pañuelo, le abrazó, le
besó, repitiendo con agitación:
--¡Perdona, hijo mío, perdona! No hagas caso de lo que te he dicho...
Llévate el perro cuando se te antoje... Tenlo contigo el tiempo que
quieras, ¿sabes?... Todo el tiempo que quieras...
Y después que le hubo serenado con estas y otras razones, proferidas con
un registro de voz que nosotros no sospechábamos en él, se fué de nuevo
al paseo, volviéndose repetidas veces para gritarle:
--Puedes llevártelo cuando quieras, ¿sabes, hijo mío?... Cuando
quieras...
Dios me perdone; pero juraría haber visto una lágrima en el ojo
sangriento de Polifemo.
Andresillo se alejaba corriendo, seguido de su amigo, que ladraba de
gozo.
LOS PURITANOS
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No
tenía motivo para negarme a recibirle en mi habitación algunos días. El
dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped a quien debía
muchas atenciones. Si me negaba a compartir con él mi cuarto, se vería
en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual
sentía extremadamente.
--Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene
horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en
que usted le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sin
ejemplar!
--Descuide usted, señorito, no volveré a molestarle con estas embajadas.
Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya a parar a otra casa. Crea
usted que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni
mucho.
Y así fué la verdad. En los quince días que don Ramón estuvo en Madrid
no tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de
los compañeros de cuarto. Si volvía a casa más tarde que yo, entraba y
se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó. Si se retiraba más
temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de
hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser
o moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y
sólo venía a Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era
para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A
pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de
los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que
se había casado bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora con
su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos
animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas
mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.
Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar o canturriar al tiempo de
lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltaba
con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos y
pulverizándolos entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardor
acometía y más a menudo, era uno de _Los Puritanos_: me parece que
pertenecía al aria de barítono en el primer acto. D. Ramón no sabía la
letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la
supiera. Empezaba siempre:
Il sogno beato
de pace e contento
ti, ro, ri, ra, ri, ro,
ti, ro, ri, ra, ri, ro.
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decían:
La dolce memoria
de un tenero amore.
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.
--¡Hola! D. Ramón--le dije un día desde la cama--, parece que le gusta a
usted _Los Puritanos_.
--Muchísimo: es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier
cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura
hay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y ésta es música.
¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que
sólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas las
óperas de Bellini: _El Pirata_, _Sonámbula_, _Norma_; pero sobre todas
ellas _Los Puritanos_... Tengo además razones particulares para que me
guste más que ninguna otra--añadió bajando la voz.
--¡Ole, ole, D. Ramón!--exclamé incorporándome de un salto y poniéndome
los calcetines--: vengan esas razones.
--Son tonterías de la juventud... cuestión de amores--contestó
ruborizándose un poco.
--Pues cuente usted esas tonterías. Me muero por ellas. No lo puedo
remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria
de que usted me habló ayer.
--¡Al fin poeta!
--No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.
--Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se
lo contaré ya que usted tiene curiosidad... Verá usted cómo es una
tontería que no merece la pena... ¡Pero vístase usted, criatura, que se
está helando!
El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisión del
Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de
consumos. Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía
siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.
Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lo
haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la
casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella
época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muy
lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía
siempre _escamada_ a mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre
de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola
un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en
este Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer
algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba
caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de
la noche o sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen
cigarro habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la
cabeza que me hace vacilar. El flamante sombrero de copa fué rondando
por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo
primero que vi a mis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en
camisa.
Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis
adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no
comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se
hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente, pues
jamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de alguna
casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso,
suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece a catorce años.
Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi
furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía
determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación
de esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la belleza
nada vulgar del criminal.
Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a alzar la cabeza y a remitir
otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor
seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicar las amables
disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto la muñeca seguía
en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa,
pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación poco decorosa. Me
apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y
me informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura u otra
herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la
mostré a su dueño haciéndole seña de que iba a subir para entregársela.
Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el
cordón de la campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor
asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende
sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a la muñeca
desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo
que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus miembros, y yo
lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña tan hermosa y
tan simpática, etc., etc. Nada de esto fué posible. La chica murmuró
confusamente "muchas gracias", y se apresuró a cerrar la puerta,
dejándome con el discurso en el cuerpo.
Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el
mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza
hacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos observo que está la niña
asomada, y me paro y le envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta
vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. ¡Cuidado
que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la
necesidad imperiosa de verla otra vez, y dí la vuelta, no sin percibir
cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado,
me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal
criatura. Ya no estaba en el balcón.
Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé a pasear
la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un
cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce--me iba
repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir
paseando--. Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da
vagar por un lado que por otro.
Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcón
apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de
sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reir y se
ocultó de nuevo.
¡Pero, qué necios somos los hombres y qué inocentes cuando se trata de
estos asuntos! ¿Querrá usted creer que entonces no sospeché siquiera que
la niña había estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis
movimientos?
Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí a
casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad o
premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar por el
mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces
sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así
que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase por delante de la
casa. Como usted puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me
animó a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en
contemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar
una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió a
asomarse a los dos minutos y volvió a retirarse, asomóse al minuto otra
vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó
por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de
demostrar que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó por
entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado, por lo que a
mí respecta, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles
mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Este a
la media hora oyó sin duda en la sala el toque de "alto el fuego", y se
retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle que por más que me
sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas a la misma
hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado.
A los tres o cuatro días me decidí a arrancar una hoja de la cartera y a
escribir estas palabras: _Me gusta usted muchísimo._ Envolví una moneda
de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie,
después de hacerle seña de que se retirase, la arrojé al balcón. Al día
siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me
apresuré a recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa,
crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan
bien ustez me gusta a mí no crea que juego con muñecas era de mi
ermanita._
Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación
dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancólica, al
recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel
día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su
condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al
combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas
partes. Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que se
oía llamar y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas si salía
de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle
hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de
ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque a
respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que
la mamá se enterase. La chiquilla, con menos prudencia, volvía a cada
instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo
sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no sabía cómo
se llamaba, y a fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de
la cartera: _¿Cómo se llama usted?_ La chica contestó en la misma letra
inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez
por Dios que juego con muñecas._
Diez o doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía
cada día más linda, y lo era en efecto, porque según he averiguado en el
curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto a
la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía hablar con
ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá
llegaba a saber algo ¡adiós balcón! Empecé a sospechar que me iba
enamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin
sentir profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis
ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados
de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los
remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase a
averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un
día recibí carta suya, participándome que tenía a mi hijo menor un poco
indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese
pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que usted puede
suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello
fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después
de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara, sin piedad, mi
conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví
obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propósito,
lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa, ni pasar
siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar
cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre a los
cinco o seis días.
Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de
almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por
la noche, después de comer, como no había peligro de ver a Teresa, la
cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.
Pasaron cuatro días. Ya no me acordaba de aquella niña, o si me acordaba
era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la
juventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la
elección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar, del viernes o
el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome
a la calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota del
Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había
de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor
de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en
la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada.
Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad
de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi
familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la
contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante
murmurando: "¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se la lleve un
tunante!" Después me puse a reflexionar en lo fácil que me hubiera sido
jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no;
hubiera sido una felonía. Por más que fuese un poco díscolo y soberbio,
al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más
embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya
estaba próximo a doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un
brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:
--¿Va usted muy lejos?
--¡Teresa!
Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola
estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.
--¿Pero dónde va usted a estas horas?
--Me voy con usted--respondió alzando la cabeza y sonriendo como si
dijese la cosa más natural del mundo.
--¿A dónde?
--¡Qué sé yo! Donde usted quiera.
A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.
--¿Ha huído usted de su casa?
--¡Qué había de huir... solamente se la he jugado a Manuel del modo más
gracioso!... Verá usted cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a la tertulia
de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó a
Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije:
Márchate, que ya no haces falta; y me hice como que subía la escalera,
pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta
casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco me oye!
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me
obligó a hacer lo mismo.
--¿Y usted por qué ha hecho eso?--le pregunté con la falta de
delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien
provistos los caballeros.
--Por nada--repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando
a correr.
La seguí y la alcancé pronto.
--¡Qué polvorilla es usted!--le dije echándolo a broma.--¡Vaya un modo
de despedirse!... Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buen rato
en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y en lo
que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:
--¿No me dijo usted por carta que me quería?
--¡Pues ya lo creo que la quiero a usted!
--Entonces, ¿por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle
de día?
--Porque temía que su mamá...
--Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les
quiere es peor... ¿Piensa usted que yo no lo sé?... Me ha tenido usted
al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por
la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio,
sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía: "¿Estará enfadado conmigo?
¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres
menos cuarto?" En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada
en limpio... Entonces dije: "Voy a darle un susto esta noche..."
--Ha sido un susto bien agradable.
--Si no llega usted a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a
los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.
Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel de
pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarme
fijamente.
--¿Está usted contento?
--¡Vaya!
--¿Va usted a gusto conmigo?
--Mejor que con nadie en el mundo.
--¿No le estorbo?
--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.
--¿No tiene usted nada que hacer ahora?
--Absolutamente nada.
--Entonces vamos a pasear. Cuando llegue la hora, usted me lleva a casa
y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le
estorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo usted... me voy en
seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano
para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa
volubilidad.
--Parece mentira que seamos tan amigos, ¿no es verdad? Yo pensé cuando
le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve!
¡Si usted viera!... Vamos a ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se
sonrió usted conmigo?
--¡Toma! porque me gustó usted mucho.
--Eso pensaba yo: debí de haberle sido simpática, porque si no, la
verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando usted
subió a llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la
puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo
y le partí un brazo.
--Pues no debe usted tratarla mal; al contrario, debe usted conservarla
como un recuerdo.
--¿Sabe usted que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca no nos
hubiéramos conocido... ni sería usted mi novio... porque tengo otro...
--¿Cómo otro?
--Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en
que le he de querer a la fuerza... No vaya usted a creer que es feo...
al contrario, es guapo... pero a mí no me gusta... No lo puedo remediar.
Le dije que sí, porque me dió lástima un día que se echó a llorar.
Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente por
las calles. Para evitar el encuentro con cualquiera pariente o conocido
de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mi
brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo,
sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor delante de
un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un
gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. A
impulso de ella se fué disipando poco a poco el tropel de pensamientos
pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, también
desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña tenía
algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa
nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso que
nos impedía ver el riesgo que corríamos.
En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía
más que un año que estaban en Madrid establecidos; su papá ocupaba un
alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter y
costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la
hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos
insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su
mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero
no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:
que la mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que era
muy serio, pero muy bueno. Lo único que la tenía apesadumbrada era que
parecía querer más a los chicos que a ellas. La mamá, en cambio,
mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la
calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las
dos tenían novio, pero no valían cuatro cuartos: chiquillos que todavía
estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo
que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando
para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos
intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza,
preguntándome:
--¿Va usted a gusto conmigo? ¿Le estorbo?
Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro
expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.
Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede usted imaginarse que yo iba
gozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente de los labios de
aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,
parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin
embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría.
Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que
vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo
con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa
la aceptó inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,
tomamos entradas de paraíso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aquél
rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos y
escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró
admirablemente y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla
hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón
seguimos charlando, aunque muy bajito. Se había establecido entre
nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo
acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera dejó de charlar y se puso
a atender tan decididamente, que a mí me hizo sonreir el verla con la
cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero
había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la
ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un
leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto
del tenor que empieza _A te_, _oh cara_, me apretó con fuerza la mano
exclamando por lo bajo--:¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me
hizo explicarle lo que pasaba en la escena. Halló el matrimonio del
tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al
barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando
al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a la reina y
dejar abandonada a su futura, y declaró resueltamente que ésta era una
conducta indigna.
--Pero advierta usted que estaba obligado a hacerlo porque era su reina
quien se lo pedía.
--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo
primero siempre es la novia.
No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después
que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarle
mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había querido
más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin
de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente
que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había
excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer--. Usted será lo
mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del
espacio); me querrá usted un poco de tiempo, y después... si te ví, no
me acuerdo.
¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez me estaba haciendo pasar
aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, le pregunté:
--¿Cuántos años tiene usted? Hasta ahora no me lo ha dicho.
--Tengo... tengo... mire usted, yo siempre digo que tengo catorce, pero
la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿Y usted?
--¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.
--¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos
que pocos!
En seguida me propuso que nos tratásemos de tú, pero después de aceptado
se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con
el usted. No quise conformarme.
--Pues mire usted, yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza...
Pero, en fin, vamos a ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla
infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis.
Si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando
como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojos
no se apartaban casi nunca de su rostro; ella entornaba a menudo los
suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.
Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión
de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del
principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por
la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo
rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en
virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se
transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y
hasta retiró la suya. Volví a cogerla disimuladamente, pero al poco
tiempo la retiró de nuevo.
El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el
reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,
porque a las once y media, a más tardar, iba el criado a buscarla.
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada. A la puerta
aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no
había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,
seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como
antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil
requiebros y ternezas, explicándole por menudo el amor que me había
inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su
calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de
nuestro conocimiento visual y epistolar, y le dí cuenta de los vestidos
que le había visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la
profunda impresión que me había causado. Nada replicaba a mi discurso;
seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable
contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos
sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamó sin mirarme:
--Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!
Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque
llegaríamos demasiado temprano.
--De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala.
Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña
bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡Si lo supiesen mis
primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no
piense usted... por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy
muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo
buen fondo.
Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la
garganta, hasta que se echó a llorar perdidamente. Me costó mucho
trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco
y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla
siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de
ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó a
charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de
proyectos a cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día
siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy
niña, pero yo debía explicarle inmediatamente que no importaba nada: el
papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el
ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a las muñecas
cuando le avisaron para ir a casarse. ¿Qué había de oponer a este
poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo
nos iríamos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tíos. ¡Qué
susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más
cuando supieran que este caballero era su marido!
Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con
vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún
hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado
un beso a traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de
limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran
las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero
cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los
besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con
tanto ardor como ahora.
Estábamos próximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvía de
las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le
obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían
guiños, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos
momentos felices, que no habían de volver. A lo lejos sólo se veían,
como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.
Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvió a hacerme
jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente a las dos
en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.
--Cuidado que no faltes.
--No faltaré, preciosa.
--¿A las dos en punto?
--A las dos en punto.
--Llama ahora con un golpe a la puerta.
Cogí la aldaba y dí un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos
del portero.
--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escápate de
prisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé
entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos
los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé a paso largo.
Dejó de hablar D. Ramón.
--¿Y después qué sucedió?--le pregunté con vivo interés.
--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al día
siguiente tomé el tren para mi pueblo.
--¿Sin ver a Teresa?
--Sin ver a Teresa.
¡SOLO!
Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván
el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un
platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las
personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque
nos hallamos en una de las provincias más frescas del norte de España y
en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido
de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los
pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la
siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de
un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían
cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La
fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo
producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
enorme y maciza humanidad.
Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su
escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran
establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos
hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a
Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e
inteligencia; fué su primer dependiente; después su asociado; por último
se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo
matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer
sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas
madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la
Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.
Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a
menos poner los pies en Campizos.
Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué
dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el
mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo
permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda,
rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que
cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un
propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra
donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía
desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le
anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta "a sepultarse en
Campizos", decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso
coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año
siguiente lo mismo. Pero al llegar el cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico--. "O a Campizos, o
a ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?" Y los bigotes se le
erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras,
que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra,
rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el
frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:
--¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La
culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
delicada.
Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos
un raudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:
--¡Nunca lo creyera de Ramón!
Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo
honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían
a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo
fuese a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de
tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre
durmiendo la siesta donde acabamos de verle.
Despertóle de ella una voz bien conocida:
--Papá, papá.
Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído
en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que
hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días
que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
instrucciones de su médico.
--Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú
no querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero
no era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
los cuernos, y me pegó en la mano.
El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos
indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció
que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso,
y después de hacer una pausa, cerró su perorata con una interjección de
carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole
con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le
regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y
alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender
que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.
Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que,
según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de
gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública,
¡¡¡se había dormido oyendo la _Favorita_ a Gayarre!!!
--¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los
cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!
Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las
mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.
El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber
recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido
darle pan.
--Hace poco tiempo que hemos comido.
--Hace mucho--respondió el niño con despecho.
--Bueno, ya te lo daré yo.
Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una
manecita.
--¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto, un ligero
rasguño--. ¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después.
Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres
en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata
triste y acobardada, fué a restregarse con sus sayas, como pidiéndole
perdón de haber sido causa de su disgusto.
--Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose--. Ahora
nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres,
Chucho?
Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que
corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le
dijo con encantadora sonrisa:
--No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.
Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de
paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se
trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre
el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran
sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto
especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces
en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a
las vacas les tenía "un potito de miedo". A los carneros ya era otra
cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había
sentido por ellos más que amor y veneración.
--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.
Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarle
en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó
que estaba cansadísimo, y hubo que auparle de nuevo. Acercóle su padre a
un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la
mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por
último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía
"un potito de miedo". Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las
trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el
más mínimo recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de
las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y
despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente
en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa,
fabricado con una valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura
de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor,
enorme animal de casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo.
Trató de cogerle por el rabo como había formalmente prometido, pero el
grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo
las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en
el corazón de Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al
cuello de su padre.
--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó
éste riendo.
--Tú, tú...; cógelo tú, papá.
--Yo tengo miedo.
--No, tú no tienes miedo.
--Y tú, ¿lo tienes?
Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les
tenía "un potito de miedo".
Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios
sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico del
becerro. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por
la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya
arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al
pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba,
agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con
los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre
contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
por su hijo, que iba abontonando hierba sobre él con vigor y crueldad
que nadie esperara en él. Mas, a lo mejor de la operación, su papá daba
una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más
chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
cuerpecito; tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro
encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él,
no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a
gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por
las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos
apasionados.
Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura
que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la
única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su
corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su
mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había
matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel
tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábale con arrebato
y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos,
murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado:
--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu
papá? Dí, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te
quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que
por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por
ti, trabajo y trabajaré hasta morir. ¡Nunca te podré pagar lo feliz que
me haces, criatura!
El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía
finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que
pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara su
padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un
soplo:
--Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo
digas, ¿eh?
Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.
Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el
reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al
río.
--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?
¡Cielo santo, qué felicidad!
Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre
le causaba algunas lágrimas, porque no podía llevarle consigo a causa de
la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros
vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir
por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la
sombrilla.
El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas
callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo
término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban
en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto
de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este
manto; desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
y profundo de los robles y negrillos.
Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con
la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarle a
todo. Gozaba en verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de
los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
tropezó nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una
influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo, que
estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un
terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y
lo volcó. ¡Cristo Padre, qué gritos! Allí acudió Fresnedo corriendo, y
lo levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al
mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así
que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar
antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros,
porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la
cara.
Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el
camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó
en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que
saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó
contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.
Aunque con gran sentimiento, renunció a quella caza difícil y se dedicó
a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles:
_Anita, anita de Dios, abre las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
que le había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de
conocimientos.
Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas,
orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para
bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar
sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
pasar los rayos del sol, que aun lucía vivo y ardiente. Allí gozaba
Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y
felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño
con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer
sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
zagalillo a quien sus padres encomendaban el cuidado del ganado en el
monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura!
Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el
seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen
alegres, deliciosos.
Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped "reposando el
calor", y al fin se decidió aquél a ir despojándose poco a poco de la
ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela, de las que
llegaban a sus oídos en Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo
le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:
--¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?
Chucho se contentaba con reir, como diciendo:
¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo
cada vez que intentan meterme en el agua!
Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando
se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la
cara de su "Chipilín", le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la
sábana. Pero Chucho no estaba conforme y comenzó a gorjear, mientras
tiraba de la sábana con sus manecitas, "que su papá tenía pelo en el
cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía..."
--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se
habla de eso. Los niños no hablan de eso.
--¿Y por qué no hablan los niños de eso?
Fresnedo no contestó.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.
El comerciante quiso distraerle hablándole de otra cosa, pero Chucho no
acudió al engaño.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de
curiosidad.
--Porque no está bien--respondió.
--¿Y por qué no está bien?
--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.
Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.
--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta
que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al
agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las
tres!
Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había
colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto, de cabeza al pozo
con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una
verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió
un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente
salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.
--¡Mira, Chucho! ¡Mira!
Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.
--Mira, mira ahora.
Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.
--Verás ahora: voy a nadar como los perros.
Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.
¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
aprendidas en la niñez!
Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía
uno solo de sus movimientos.
--¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo
embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
inocentes de su hijo le producían.
El niño guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos
natatorios de su padre.
--Vamos, dí, Chipilín, ¿quién te quiere?
--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
contemplarle atentamente.
Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que
mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país
confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba
que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en
este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
dárselo a sí mismo.
--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?
¡Ya lo creo que quería!
¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los
animales acuáticos que a los terrestres!
Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo
maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo
pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
Como le faltase el aliento, subió a respirar.
--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.
--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño, que no dejaba escapar un
modismo sin hacer que se lo explicasen.
--Quiero decir que ya la cogeré.
Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos
momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a
la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al
animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando
paraba un instante; pero al acercar su manecita, la trucha daba un
salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba
nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y
le ponía súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba
a un mismo tiempo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
contemplándole.
--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola,
tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?
--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito
renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.
El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y
con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes
había visto. La muerte feroz y traidora le aguardaba dentro. Metió el
brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo.
La sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar
la postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos.
Abrió la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó
asfixiado el infeliz.
Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos
minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
naturalidad:
--¡Papá, sal!
El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más
energía:
--¡Papá, sal!
Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.
Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:
--¡Sal, papá, sal!
Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes,
hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
instante se figuraba ver salir a su padre.
Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su
manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.
Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el
abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.
La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no
tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita
indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como
aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la
cola y suspenderla.
Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría. Fluyeron de su
garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la
trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su alrededor, y no viendo a
nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a gritar, llorando:
--¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!
El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se
ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.
--Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura
bebiendo lágrimas.
Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del
ganado o algún mugido lejano. El río seguía murmurando suavemente su
eterna queja.
Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se
durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente
nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al
poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de
dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:
--Tata, quero agua.
Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró
alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la
obscuridad que reinaba.
--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces.
La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella.
Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido
en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho
y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
--¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.
¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allí en el fondo del pozo,
hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el
brazo para acudir a su llamamiento.
No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, cayó
otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.
RIVERITA
Esta novela y la que sigue _Maximina_, forman en realidad una sola.
Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas títulos diferentes.
Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos
pasados, las novelas en varios volúmenes.
Algunas personas han creído que estas dos novelas constituían una
autobiografía. Es un error. En la fábula nada hay que se parezca a mi
vida: sólo algunas escenas he extraído de ella. Pero en lo que se
refiere a los caracteres, debo confesar que están más en lo cierto. El
principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni
la muerte ni el tiempo han podido separarlo.
En la hora más aciaga de mi existencia me prometí darlo a conocer al
mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato quedó lejos del original. Al
publicarse en los Estados Unidos la traducción inglesa de Maximina, un
crítico preguntaba:--"¿Dónde habrá podido hallar Valdés el modelo de ese
tipo ideal?" Y mi corazón se desgarraba de dolor al leer estas palabras
porque la realidad había sido muy superior a la pintura. Hay cosas que
es imposible transmitir ni al oído ni al papel, y en esas cosas
inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carácter singular.
Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido
que esta novela ha hecho derramar muchas lágrimas. Una señora me dijo en
cierta ocasión:--"La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo
en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta."
No otra cosa me había propuesto al escribirlo. Todas esas lágrimas las
ofrezco como tributo de admiración al ser que como una visión celestial
no ha causado más disgusto que el de su desaparición.
UNA CORRIDA DE TOROS
Julita soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el
gabinete de Miguel. "¿De qué se reirá aquella loca?" se preguntó éste
sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.
--¡Miguel! ¡Miguel!--gritó su hermana desde el pasillo--. Ven aquí, por
Dios; ¡mira, por tu vida!
Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vió a su primo
Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola
bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro,
pantalón ceñido y bota de charol. El complemento del traje era un vara
en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.
Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para
no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía
un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.
--La cosa no merece tanta risa--concluyó por decir el primo amostazado.
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un
poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.
--¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha
visto tu padre?
--No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo allí el traje...
--Pues si te ve, de fijo le da un sincope. ¿Y a qué asunto te has
vestido hoy de chulo?
--¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
--¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
--¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A
eso venía, a ver si quieres ir conmigo.
--Hombre--dijo indeciso--, no soy muy aficionado a los toros; pero el
Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
--Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya
sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas;
pero estamos cerca.
--¡Ay, llévame, Miguel!--exclamó Julita saltándole al cuello--. Llévame
a los toros.
--¿Tienes deseo?
--¡Muy grande! Los toros me encantan.
--¡Eso, eso!--gritó Enrique entusiasmado--. Tú eres española de pura
raza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita!
Y lo arrojó al suelo.
Julita no se anduvo con melindres. Tomó la galantería al pie de la letra
y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que
si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.
--Está visto que contigo no se puede ser galante--dijo de mal humor
mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.
Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al criado por una
carretela a casa de Lázaro y por un palco a la de un revendedor
conocido. Después que madre e hija se vistieron la clásica mantilla y
Miguel cambió la levita y el sombrero de copa por la americana y el
hongo, subieron los cuatro al carruaje.
Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin
que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su paternal
caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle
siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias
causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su
fuente, despidiendo fúlgidos destellos, elevarse por encima del tejado
del Principal. A la entrada de la calle de Alcalá había una larga fila
de ómnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se
tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo
que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se
encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por
anticipado lo que debe ser y lo que será con el tiempo la fraternidad
universal.
--¡Eh, buen hombre, que se va usted a caer!... Deme usted la
mano.--Caballero, téngame usted por el bastón.--No ponga usted el pie
sobre la rueda.--¿Quiere usted que nos apretemos más? Bueno, hombre,
bueno, nos apretaremos.
Estos gritos se oían en todas partes, viéndose a algunos pobres viejos
por el aire, elevados a la imperial de los ómnibus en brazos de los que
ya estaban en ellas. Las caras resplandecían de alegría, lo mismo que el
cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes,
veíase cuajada de gente, que discurría por ella en expectativa de que
las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un
sinnúmero de coches particulares y de berlinas de punto cubrían más
abajo la ancha carretera, galopando en dirección a la plaza. Y al través
de ellos, dejándolos atrás en seguida, corrían desbocados los ómnibus,
mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse, embriagados por
la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegría a los que iban
dejando en pos de sí. Algunos picadores con sus chaquetas de brocado y
sombreros inmensos galopaban también sobre algún mal caballo, llevando a
las ancas a un amigo, que le abrazaba cariñosamente para no caerse. Los
peones bajaban por las aceras lentamente, en amable plática, formando
apretados y numerosos grupos.
Una carretela abierta, donde iban toreros, se acercó un instante al
costado de la de Miguel y siguió adelante. Era la del Cigarrero, que
contestó al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le
caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con él, saludaron con
más expansión.
--Me brindarás un par, ¿no es verdad, Baldomero?--gritó Enrique.
--A uté no, que e mu feo: a esa señorita tan remonísima que yeva uté a
la vera--contestó el Serranito.
Julita se echó a reir, ruborizada.
En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud,
pugnando por entrar. Los coches que allí se juntaban producían
disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir.
Después de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retiró
con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro
al Cigarrero, y que luego volvería. En realidad, era porque había visto
a la generala Bembo en un palco con la señora del banquero Mendiburu.
Bajó al redondel, y desde allí pudo hacerse notar de ella, y la saludó
ceremoniosamente con el sombrero.
La arena estaba llena de aficionados. Una muchedumbre abigarrada,
compuesta de estudiantes, paletos, chulos, señoritos y soldados,
elegantes unos, otros desharrapados, fraternizando todos y creyendo que
por el mero hecho de hallarse allí, en el terreno del toro, como si
dijéramos, participaban del arrojo y gallardía de los lidiadores. Los
tendidos se iban poblando lentamente, y desde aquí al redondel mediaban
saludos y gritos entre unos y otros, que convertían la plaza en un
mercado. La voz de los vendedores de naranjas salía entre todas las
demás, y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rápidas y
certeras de las manos de aquéllos a las del comprador, por encima de
las cabezas. En los tendidos de sombra, los jóvenes lechuguinos
charlaban en voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de
los palcos. En los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus
asientos, resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre sí
de tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la
plaza. El júbilo, la alegría nerviosa que comunica la esperanza del
placer, brillaba en todos los ojos.
Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del
redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y
Miguel, que habían estado en los patios interiores hablando un momento
con el Cigarrero y su cuadrilla, también fueron a ocupar los respectivos
asientos. El ruido había disminuido bastante. Gracias a esto se
percibían los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces
no había logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes
y dirigían miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga
entonó con energía la marcha real. Todos los rostros se volvieron al
mirador regio donde apareció la reina Isabel. Algunos batieron palmas;
otros dijeron "chis, chis", porque la atmósfera política estaba entonces
encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo
después. Hecha la señal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al
son de la marcha de la zarzuela _Pan y toros_. Salían, como de
costumbre, formando tres filas: al frente de cada cual iba el
respectivo espada. Al verlos estalló un prolongado aplauso. Cruzaron la
plaza graves, firmes, acompasados, escuchando la gritería que su
aparición había levantado, con la mayor indiferencia. Brillaban sus
ricos vestidos y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la
vista.
--¡Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qué
cara tiene... ¡Le zumba el alma a ese tío!... En España no queda ya
quien reciba toros más que él...
Toda la atención de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero, a
pesar de que mataban también el Gordo y Lagartijo, que comenzaba
entonces a ser el niño mimado del público. Mas para el aficionado
madrileño, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jamás se
realizan aunque vivan constantemente en el corazón. _Aguantar_ lo hacen
varios toreros; pero _recibir_, lo que se llama recibir de verdad, no lo
han hecho más que los héroes antiguos del toreo.
Saludaron con ademán uniforme a la presidencia, y rompieron filas,
tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se
encargaron de su custodia con más orgullo que si se tratara del Arca de
la Alianza. El presidente sacó el pañuelo; sonó el clarín; abrióse la
puerta del toril: apareció el primer toro. Era un miura castaño,
chorreao, listón, fino y de hermosa lámina, largo y levantado de cuerna.
Mostróse voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los
picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenzó a defenderse. Sin
embargo, el Serranito le clavó un soberbio par cuarteando con finura y
limpieza, que sorprendió agradablemente al público. En Madrid no sabían,
como en Sevilla, que Baldomero era un chico que daría mucho que hablar.
Merluza se pasó una vez y luego colgó un palo cuarteando también. Volvió
el Serranito a coger los palos, y después de intentar en vano
colgárselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y maestría.
Hubo un delirio de palmas en la plaza. Su figura esbelta y la singular
corrección y delicadeza de sus facciones, cautivaron al público. Las
mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos. Se paseó triunfante en
torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los tendidos.
Llegó su turno al Cigarrero. Avanzó gravemente hacia la presidencia, se
quitó la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie
pudo entender. Después se fué derecho al toro, que tenía marcadas
tendencias a huirse. Persiguióle infructuosamente algún tiempo en medio
de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los
esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceñido,
dándole algunos pases buenos. El público aplaudió y se las prometió muy
felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufrió una colada y perdió
enteramente el aplomo. Dió otros tres o cuatro pases sin confianza y
descompuesto; y de prisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal,
lió el trapo bastante lejos y se tiró a paso de banderillas. La estocada
resultó un _bajonazo_ de lo más malo que nunca se hubiera visto. Es
indescriptible la cólera que se apoderó de los espectadores. Si hubiera
sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequeña; pero
haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el
sistema Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia, esto
ponía fuera de sí a los aficionados. ¡Qué gritería, cielo santo! ¡Qué
injurias! ¡Qué lamentos! Parecía que a cada uno le acababan de robar el
honor de su hija.
--¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen por los pies! ¿Eres tú
el que recibías los toros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente,
¿para cuándo quiere usted la Guardia civil?
Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacías y hasta
algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no herían al diestro.
Este avanzaba pálido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca
del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le dió
en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que ya estaba excitado y
nervioso, no pudo reprimir la indignación, y levantándose gritó a los
que estaban detrás:
--¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?
--¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!--contestaron desde arriba.
--¿Se dirige usted a mí?--dijo uno levantándose con arrogancia.
--Me dirijo al que haya sido.
--Pues nos veremos las caras al salir.
--Se la veré a usted para escupírsela--contestó Enrique encolerizado.
--¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!--gritaron desde arriba.
No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la
sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a
Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las
lágrimas.
Sólo cuando apareció el segundo toro en el ruedo, concluyó del todo la
bronca. Por más que trabajó, hasta no poder más en los quites, el pobre
Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, ni siquiera el perdón
del público. Cuantos esfuerzos hacía, cuantos capotes echaba (y la
justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servían de befa y
de irrisión al enfurecido pueblo. El Gordo en su toro estuvo como casi
siempre, pasando de muleta con maestría y pinchando bastante mal.
Lagartijo toreó el suyo sobre corto y con frescura, y se metió por
derecho a volapié, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado.
Muchos aplausos.
Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo al Cigarrero. Era un
veragua colorado listón, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena
estampa, como casi todos los del duque; un bravo y hermoso animal.
Merluza le colgó un buen par al cuarteo. El Serranito cogió después los
palos, y en cuanto el público le vió en medio de la plaza, aplaudió.
--¡Ole tu mare, saleroso!
Quiso ponerlas cuarteando también, pero se pasó una vez porque el toro
no arrancó. Volvió a cuartear y volvió a pasarse por la misma razón. De
nuevo se fué hacia el toro, y otra vez se pasó. Entonces hubo cierto
movimiento de impaciencia en el público. Se oyó un silbido. Esta fué la
perdición del pobre mozo. Herido su amor propio, acometió ciego a la res
y quiso clavarle las banderillas a todo trance. El toro, que no se había
movido, le enganchó por debajo del brazo y lo echó al aire. Sonó un
grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre
el animal, tratando de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el
Cigarrero brincaba con heroísmo delante de los cuernos, metiéndole el
trapo por los ojos; inútilmente Lagartijo y el Gordo le echaban también
los capotes exponiéndose a morir. El toro, como si tuviese algún agravio
del infortunado Baldomero, no atendía a nada, y lo recogió otra vez y
otra vez lo tiró al aire. Entonces el Cigarrero, por última inspiración,
soltó la capa, se agarró fuertemente al rabo de la bestia y comenzó a
colearla. Dió tantas vueltas, que al fin cayó mareado. El Gordo la llevó
con la capa lejos. En esto el Serranito se había puesto en pie, sonrió
forzadamente al público, como el gladiador que quiere morir con gracia,
se llevó la mano al pecho y cayó de nuevo, soltando chorros de sangre
por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo llevaron a la
enfermería. Otros corrieron en seguida a tapar la sangre con arena.
El presidente, que debía de estar conmovido y alterado como todos los
espectadores, dió la señal de muerte, sin considerar que al toro no se
le habían puesto más que un par de banderillas, y que era peligroso
para el espada que fuese tan entero a la muerte. ¡Aquí fué ella! El
público, que gusta de mostrar buen corazón después que han sucedido las
desgracias, se levantó en masa, volviéndose iracundo contra el
presidente, como si él fuese quien hubiera pegado las cornadas al
Serranito.
--¡Bárbaro, bárbaro, asesino!
Agitaban frenéticos los puños y los bastones frente al palco
presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira.
Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba á su
lado. Se proferían los dicterios más soeces. Pero el presidente, aunque
estuviese arrepentido, y debía de estarlo, a juzgar por la confusión que
se reflejaba en su semblante, ya no podía revocar la orden. Su dignidad
se lo impedía. Entonces el público se volvió al Cigarrero, que ya había
cogido los trastos, y le gritó:
--¡No lo mates, no lo mates! ¡Que lo mate ese asesino!
El Cigarrero encogió los hombros y se dispuso a ir en busca de la res.
En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al oído,
y el espada se puso terriblemente pálido. El público comprendió que
había malas noticias del Serranito. Quitóse el matador la montera, se
pasó la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y marchó
hacia el toro. Los gritos se apagaron instantáneamente. Reinó un
silencio lúgubre en la plaza.
--¡Ha matado a su hermano! ¡ha matado a su hermano!--se decían los
espectadores al oído.
Y todos sentían ansiedad inexplicable, una simpatía profunda por el
desgraciado Cigarrero. Este avanzaba con lentitud, el paso vacilante,
hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los
mismos cuernos.
--¡¡Ole!!--rugió la plaza.
Volvió a reinar el silencio.
El toro brincó como si hubiera sentido un acicate, y se revolvió al
instante, furioso. El espada le dió un pase de pecho, superior.
--¡¡Ole!!--rugió de nuevo la plaza.
Y otra vez se hizo el silencio.
Siguieron a éste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto
y con tal maestría, que el público quiso volverse loco. Los pies del
matador apenas se movían ni salían de un círculo estrechísimo. Los
cuernos del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano torero sin
hacerle el más ligero daño. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse
y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El toro y el torero se
miraron. Lió éste el trapo tranquilamente, se echó el estoque a la cara
y citó con el pie para recibir. Acudió la bestia, furiosa, y se clavó
ella misma la espada hasta la empuñadura. Hubo un grito reprimido de
entusiasmo en la plaza. El toro quedó un instante inmóvil frente al
torero, lanzó un débil mugido y se dejó caer desplomado sobre los
brazos.
Nadie puede representarse lo que entonces pasó. Un delirio, un inmenso
ataque de nervios; diez o doce mil energúmenos gritando con toda la
fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros
volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena.
Veinte años hacía que no se había visto en la plaza de Madrid la suerte
de recibir de este modo consumada.
El Cigarrero dirigió una mirada vaga a los tendidos; se pasó otra vez la
mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, echó a correr
como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos
que de todos lados le hacían. Brincó la barrera y desapareció de la
vista del público.
Cuando llegó a la enfermería estaban ya allí Enrique y Miguel con el
médico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se disponía a
poner la unción al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las
señales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvió los ojos
hacia él y sonrió con cariño.
--¿No habrá sío náa, eh?--le preguntó éste con voz alterada y ronca,
queriendo persuadirse de que no era cosa de muerte.
--Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...
El cura avanzó en aquel instante con los sagrados óleos. Todos los
circunstantes doblaron la rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo
interrumpía el murmullo del clérigo y el estertor del moribundo. Cuando
aquél concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa a su hermano y le tendió
la mano diciendo con trabajo:
--Mis chiquitines...
--Pierde cuidiao, Baldomero--repuso el anciano con la voz anudada y
llevándose la mano al corazón--. Tus hijos serán los míos.
En aquel instante se oyó un gran vocerío en la plaza. Era la plebe, que
saludaba la entrada del quinto toro.
El Cigarrero se dejó caer sollozando en los brazos de Miguel.
--¡Qué tristesa, don Miguelito del arma, qué tristesa!
MAXIMINA
EL PRIMER HIJO
Miguel Rivera, hijo del brigadier Rivera, después de fallecido éste
se había ido a vivir con su madrastra por amor de su hermanita
Julia. Joven, bien parecido y con una fortuna que le hacía
independiente se entregó a devaneos y amoríos propios de la
juventud. Tomó parte en los preparativos de la revolución de 1868.
Se hizo periodista y dirigió el diario titulado _La Independencia_,
órgano del general conde de Ríos. Para que este periódico pudiese
continuar publicándose puso su firma irreflexivamente como fiador
en un préstamo de treinta mil duros. Habiendo ido un verano a
Pasajes en seguimiento de una mujer casada conoció allí a Maximina,
una pobrecita huérfana recogida de caridad por su tía, estanquera y
huéspeda de Miguel por aquellos días. Se enamoró de ella y después
de muchas vacilaciones se casó al fin. En este capítulo se describe
el nacimiento de su primer hijo y la forma en que fué turbada su
alegría por la visita del prestamista.
Acaeció que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes
de Febrero, Maximina dijo a su esposo:
--Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos a casa?
--¿Es fatiga solamente?--preguntó él mirándola con interés.--¿No te
sientes mal?
--Un poquito--respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.
--Voy a llamar un coche.
--No, no; puedo caminar perfectamente.
A pesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor
dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:
--¡Estás pálida!
--Me duele algo el estómago y me encuentro débil.
Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:
--Ya sé lo que tienes. Voy a llamar un coche.
La niña bajó la cabeza avergonzada como si le imputasen un delito.
En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron a casa. En cuanto
estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas
de una gran batalla. Comenzó a dictar a las criadas, en voz baja,
órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos
precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre
las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente a la
puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en
el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete.
Miguel presidió en silencio y con gravedad al arreglo del gran lecho
nupcial mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete,
los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.
--¿Qué sábanas ponemos?
--Toma las llaves, saca las que quieras.
--¿Las mejores dónde están?
--En el estante de arriba.
--Pondremos la colcha de damasco.
--¡Se va a estropear!
--No importa; es la mejor ocasión para echarla a perder.
--¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!
--¿Por tu causa?--exclamó entre sorprendido y enfadado.--¡Pues estaría
gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!
La niña le pagó con una sonrisa amorosa.
La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.
--¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?
--Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un
poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche...
¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?
--Las dos se han ido a recados.
--¿Qué, no han venido todavía?
--¡Pero, señorito, si acaban de salir!
--Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.
Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de
genio: estaba como loco: iba y venía por la casa a grandes trancos:
mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba por
todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba a su esposa, la
acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:
--¿Qué tal estás?
Más de cien veces había ido a la puerta y había pegado a ella el oído,
pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados.
Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el
portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos
le lleven! Otra vez a esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa
maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de
ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el
trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar a Juana, que
al fin no tiene novio.
--¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo
mismo a hacerlo... ¡Valor!
--Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo--dijo la niña sonriendo.
Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.
--¡Por fin!...
Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía a ofrecerse "para
todo". Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.
--Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?
--Señora, la cosa no es para menos--respondió él mohino.
--¿Por qué, hijo mío?--dijo ella reprimiendo la risa.--Si la cosa no
viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y
sencillo.
Miguel, a su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural
que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!
Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La
condesa empezó a maniobrar en la casa, como consumada estratégica,
ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó
enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y
se vió necesitado a vagar como alma en pena por los corredores. Una vez
que atajó a Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso,
sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de
aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.
Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto
que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los
hocicos. Pronto volvió a abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió
que el asunto no iba mal.
--Señorito, viene derecho--dijo la comadre.
--¿De modo que no hace falta llamar al médico?
--Para nada, gracias a Dios; yo respondo.
Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero a los diez
minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle o
engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse
cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:
--A mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución
nada más--añadió tímidamente.
--Como usted quiera, señorito--respondió secamente y con gesto desabrido
la comadre.
--¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella
respondía?--manifestó la Condesa.
--Bien, bien; si ella responde...--contestó avergonzado. Y luego
preguntó afectando sangre fría:
--¿Para qué hora estará el asunto despachado?
Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en
tono condescendiente:
--Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.
Tornó a vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido e
inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en
aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin
embargo, no acababa de persuadirse a que debía fiar su felicidad y su
vida entera a una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado a
cónclave a todos los médicos eminentes de la corte. "A la menor
complicación que haya, la ahogo entre mis manos", se dijo con rabia. Y
con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.
Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó a dar
disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un
empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando
con un enorme cuadro que representaba a San Ramón Nonnato, el cual se
colocó en el gabinete con dos cirios encendidos a los lados. También
esta señora se puso a dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí
todo el mundo tenía derecho a dar órdenes menos el amo de la casa, al
cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en
manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. "Porque al fin y
al cabo--como él decía muy bien, paseándose con las manos en los
bolsillos, el semblante fosco y desencajado,--yo soy el marido, y soy
además el... o lo seré, que es lo mismo".
No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno
cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo a su mujer en
pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría
mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él
una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo a cenizas. La
brigadiera, procurando reprimirse y suavizando la voz, le dijo:
--Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya
te avisaremos a su tiempo.
Obedeció a su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una
expresión tan afectuosa y triste, que estuvo a dos dedos de abrir de
nuevo la puerta y decir: "Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y
ustedes se van por donde han venido". Pero reflexionó que el altercado
ocasionaría un disgusto a Maximina, y devoró su enojo.
Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió
por ellos buen rato, prestando oído a los rumores del gabinete. Ansiaba
oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían
las de todas menos la de ella.
--¿Cómo va?--preguntó a la Condesa, que cruzaba para la cocina.
--Bien, bien; no se preocupe usted.
Trascurrida una hora y rendido a tanto paseo, fué al salón y se dejó
caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado con los ojos muy abiertos,
tratando de vencer al sueño que a despecho suyo se le iba apoderando.
Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza
cómodamente, dió un bostezo de a cuarta, y quedó hecho un tronco.
Era ya día claro, cuando tres o cuatro mujeres invadieron
precipitadamente la sala dando gritos.
--¡D. Miguel!...--¡Rivera!--¡Señorito!
--¿Qué pasa?--exclamó despertándose sobresaltado.
--¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.
Y le arrastraron a la alcoba, donde vió a su esposa sentada aún en una
butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También
vió allá en un rincón a Juana con una cosa entre las manos que chillaba
horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse a
su esposa, a quien besó con efusión.
--¿Has sufrido mucho?
--Muy poco.
--No haga usted caso--interrumpió la Condesa:--ha pasado bastante la
pobrecilla.
Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.
Cuando se vió solo rompió a llorar como un niño.
--¡Pobrecilla--murmuró:--Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar
una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi
vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres--añadió
con exaltación,--esas entremetidas que me echaron del cuarto!
Pronto se calmó de su remordimiento para dar lugar a las mil gratas
emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres
¡siempre las mujeres! se opusieron a ello en tanto que el niño no
estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando
todo esto se hubo efectuado, pasó a la alcoba. Su esposa estaba más
linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas
azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse a la
cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle
el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le
presentó un paquete de ropa diciéndole:
--Ahí tienes a tu hijo.
Miguel cogió el paquete y lo elevó a la altura de los ojos. Y vió una
carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente
deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada
melódicos.
--¡Qué feo es!--dijo en voz alta.
Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su
esposa.
--¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?--¿De dónde saca
usted que es feo, señorito?--¡Si precisamente es uno de los niños más
hermosos que he visto, Rivera!--¿Quiere usted que ahora tenga las
facciones perfectas?
--¡Quita; quita!--dijo la brigadiera arrebatándoselo de las
manos.--¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!
--Quisiera yo ver cómo era usted a las dos horas de haber nacido,
señorito--dijo Juana.
Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:
--Hermosísimo.
--¡Hombre, cómo se ha echado usted a perder!--exclamó la de Losilla
riendo.
--No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra
gratuita esa afirmación.
--Nada de eso--dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.
--¡Maximina!
--¿Por qué le has llamado feo?
--Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.
En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con
chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta
desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de
aquellas buenas mujeres; se morían de risa contemplando aquella boca
abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo
preñado de amenazas.
--¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!--Así me gusta, ensánchate,
hombre, ensánchate.--¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se
pone llorando!
La verdad es que estaba horrible.
--¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda! gritó Plácida.
Todas acudieron asustadas.
--¿Cómo? ¿Dónde se queda?--preguntó Miguel dando un salto en la silla.
--En lloro, señorito.
El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La
Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas a pique de matarlo. Al fin dejó
escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con
satisfacción.
--Vaya, hay que darle de mamar a este tunante; si no, se nos va a
enfadar.
--¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?--pensó Miguel.
Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero
se negó a tomarlo, no sabemos bajo que pretexto. Las mujeres encontraron
aquella conducta inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos,
haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con
azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por
aquella atención delicada, no vaciló en acceder a los deseos de las
señoras y comenzó a chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al
fin en el oficio.
--¿Han visto ustedes qué picarón?
--¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!
--¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!
--Es un pillo de playa.
Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de
su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían
formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y
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