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El señorito Octavio

by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #36940 · 401,168 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of El señorito Octavio
    
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Title: El señorito Octavio

Author: Armando Palacio Valdés


        
Release date: August 1, 2011 [eBook #36940]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/36940

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SEÑORITO OCTAVIO ***




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OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO III

EL SEÑORITO OCTAVIO

MADRID

Librería de Victoriano Suárez,

PRECIADOS, NÚMERO 48

1896




ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dup.º




I

Despierta el héroe.


Ni las ventanas cerradas con todo esmero, ni las sendas cortinas que
sobre ellas se extendían, eran dique suficiente para la luz, que
vergonzantemente se colaba por los intersticios de las unas y la
urdimbre de las otras. Pero esta luz apenas tenía fuerza para mostrar
tímidamente los contornos de los objetos más próximos á las cortinas.
Los que se hallaban un poco lejanos gozaban todavía de una completa y
dulce oscuridad. Las tinieblas, desde el medio de la estancia, atajaban
el paso á la luz, riéndose de sus inútiles esfuerzos.

Hé aquí los objetos que se veían ó se vislumbraban en la estancia.
Apoyado en la pared de la derecha y cercano al hueco de la ventana, un
armario antiguo, que debió ser barnizado recientemente, á juzgar por la
prisa con que devolvía en vivos reflejos los tenues rayos de luz que
sobre él caían. Enfrente, y cerca de la otra ventana, un tocador de
madera sin barnizar, al gusto modernísimo, de esos que se compran en los
bazares de Madrid por poco dinero. No muy lejos del tocador, una silla
forrada de _reps_, sobre la cual descansaban hacinadas varias prendas de
vestir, masculinas. Hasta el instante de dar comienzo esta verídica
historia, nada más se veía. Esperemos.

Suenan por la parte de afuera algunos ruidos matinales que dejan
presumir el sitio en que nos hallamos. Nada de carruajes que al pasar
rodando estremecen con leve vibración nuestros cristales y nuestro
lecho; nada de voces ásperas y opacas que pregonan no se sabe qué; nada
de mazurcas, cien veces concluídas y cien veces comenzadas por los dedos
aprendices de alguna vecina. Escúchanse gorjeos suaves de pájaros,
ladridos de perros, golpes de herramienta y una que otra imprecación
lanzada sobre las inocentes bestias que arrastran un carro. En las
habitaciones interiores se alza el cántico, más fresco que melodioso, de
una criada. Tal vez nos hallemos en el campo. Sin embargo, que no se
anticipe juicio alguno acerca de este punto.

La luz, cada vez más atrevida, consigue acorralar á las tinieblas en los
rincones de la estancia. Algo más se ve. Una mesa de escribir tallada
con pésimo gusto, y sobre la cual hay muchos papeles y un enjambre de
baratijas que los sujetan. Detrás de la mesa un sillón forrado de la
misma tela que la silla que antes hemos visto, y detrás del sillón, y
colgada de la pared, la cabeza disecada de un ciervo, sobre cuya profusa
cornamenta descansa una linda escopeta de dos cañones, y debajo de la
cabeza, y también colgados, un par de floretes, otro de caretas y un
guante de esgrima. El pavimento de la sala está cubierto con una
alfombra ordinaria y sus paredes exornadas de varios cromos que
representan... No percibimos bien lo que representan: ya lo sabremos
cuando haya un poco más de luz.

Se oye una respiración suave y acompasada. La luz deja en descubierto el
marco de una puerta con vidriera discretamente entornada. Es la puerta
de una alcoba, y dentro de ella ya es posible observar los contornos
severos de una cama de ébano, obra al parecer del siglo XVII. Contrasta
lastimosamente con la majestad de esta cama la mesilla de noche de
humilde aspecto y exiguas proporciones. Sobre la mesilla hay una
palmatoria con su bujía apagada, un reloj despertador, dos ó tres libros
de cubierta amarilla, un par de guantes y un pañuelo de seda. El
caballero que duerme en la cama del siglo XVII, duerme con la cara hacia
la pared y no podemos decir otra cosa sino que es rubio y disfruta de
abundante y riza cabellera. Pero aguardemos unos instantes, porque el
despertador debe sonar á las siete y no faltan más que cuatro minutos.
Suena al fin con el ruido agrio y estridente que caracteriza á tales
artefactos. El blondo caballero se estremece levemente, alza un poco la
cabeza de la almohada, aspira el aire con fuerza por entrambas narices,
tira hacia sí por la ropa que le cubre y se oculta otra vez en la
almohada, dejando escapar de su garganta un débil y prolongado ronquido.

Al cabo de media hora, poco más ó menos, se escuchan ligeros pasos por
la estancia; ábrese lentamente la puerta y una voz que aspira
inútilmente á ser discreta y suave dice:

--Señorito... señorito Octavio.

--¡Eh!... ¡cómo!... ¿quién va?

--Soy yo, señorito... ya son las nueve.

--¿Cómo las nueve? ¿Y por qué no me has llamado á las siete y media?...
¡Por vida de!... ¿No te he dicho que me llamases á las siete y media?

--Es verdad, pero usted me ha encargado le dijese que eran las nueve.

--¡Ah! ¿De modo que no son las nueve?

--No, señorito; son las siete y media.

--Está bien; vete y vuelve por aquí dentro de un cuarto de hora por si
acaso he vuelto á dormirme.

El señorito es un adolescente de tez blanca, sonrosada, de facciones
puras y correctas como las de un Apolo, los ojos de un azul muy claro,
la frente despejada, quizá demasiado despejada, y la boca pequeña, quizá
demasiado pequeña. Á no ser por el bozo incipiente que mancha su labio
superior, sería su rostro el de una dama y no mal parecida.

Efectivamente, el señorito se durmió otra vez, sin pensar en ello, así
que la criada cerró tras sí la puerta. Su sueño no era tan sosegado como
antes. De vez en cuando le corría un estremecimiento por el cuerpo; la
roja colcha de damasco que le tapaba se agitaba blandamente como si
entrase por las ventanas un soplo de aire: otras veces daba súbito una
vuelta y abría los ojos desmesuradamente y tornaba á cerrarlos con
cierta precipitación nerviosa; más tarde extendía los brazos y se
escuchaban crujir los huesos y lanzaba un fuerte suspiro que le dejaba
aniquilado.

No hay duda, el señorito Octavio batallaba rudamente con el sueño.

--Señorito... señorito... ¿no se levanta usted?

--Sí, sí... allá voy... en seguida.

Y dicho y hecho; abrió los ojos, llevó á ellos los puños y los frotó con
singular encarnizamiento, corrió todo el cuerpo hacia arriba hasta tocar
con la cabeza en la madera de la cama, cruzó los brazos sobre el pecho,
y otra vez quedó dormido.

Hay que confesarlo francamente: nuestro héroe es más hermoso dormido que
despierto. Tiene su rostro dormido tanta pureza, corrección y serenidad,
que hace venir á la memoria el retrato que la historia nos ha dejado de
Alcibíades. Pero los ojos no prestan ningún atractivo á este rostro: son
demasiado claros. Después de todo, no es fácil hallar ojos que
convengan á esta clase de rostros. Tomad los más hermosos de la tierra,
ponédselos á la Venus de Milo, y habréis destruído su encanto.

Trascurre media hora y la criada penetra nuevamente en la alcoba.

--En seguida... en seguida. Corre las cortinas y abre las ventanas.
Antes de cinco minutos estoy vestido.

En efecto, el joven, con la mayor premura, levantó la ropa de la cama de
un solo golpe, echó el brazo fuera y trató de alcanzar el pantalón que
yacía sobre una silla; pero aunque le faltaba poquísimo espacio, no pudo
conseguirlo. Ó el brazo era muy corto, ó la silla estaba demasiado
lejos. De todas suertes, el joven no había podido prever este
contratiempo. Así que dejó caer el brazo desesperadamente sobre la cama
con señales de abatimiento. Á los pocos instantes sintió un ligero
temblor de frío, y dulce y lentamente atrajo la ropa y se cubrió la
mitad del cuerpo. Después fijó los ojos en un punto del espacio, los
puso más tarde en blanco, cerrólos por último y nos parece que volvió á
dormirse.

La luz inundaba vivamente la estancia, que, fuera de cierto
abigarramiento ya indicado, estaba decorada con elegancia y era, á no
dudarlo, la habitación de un joven de espíritu cultivado y con gustos
artísticos. Los cromos de las paredes representaban en su mayoría
mujeres hermosas y escenas de amor. Romeo despidiéndose de Julieta y
bajando por la escala cuando el canto de la alondra se lo ordena
cruelmente: Francesca y Paolo leyendo juntos el libro de Galeoto: Fausto
y Margarita paseando cogidos del brazo por el jardín: una joven
circasiana reclinada sobre cojines de terciopelo, etc., etc.

La puerta torna á abrirse y chilla un poco. Octavio da un salto y queda
sin saber cómo de pie sobre la cama.

--No se puede entrar, no se puede entrar. Me estoy vistiendo. ¿Qué hora
es?

--Las ocho y media.

--Pues aún tengo tiempo. Márchate, Ramona.

Todo el mundo comprende que no es decoroso ni cómodo permanecer mucho
tiempo en pie sobre una cama en paños menores. Nuestro caballero lo fué
comprendiendo paulatinamente, y paulatinamente fué cambiando de postura,
doblando ahora una rodilla, poco después la otra, sentándose más tarde,
y concluyendo por extenderse como antes se hallaba; todo esto como si
cediera á inspiraciones superiores ó á dura necesidad y no á liviano
capricho suyo. La misma necesidad le obligó después á cubrirse las
carnes que tiritaban. Cerráronsele los ojos de golpe; volvió á abrirlos
y volvió á cerrarlos. Al cabo de algunos instantes torna á abrirlos é
inmediatamente se le cierran. Esta vez ya no los abre.

Los ruidos matinales que antes se escuchaban se habían ido trasformando
poco á poco. Oíase ahora el andar acompasado de los transeuntes y los
saludos que al pasar se dirigían. Sonaba también de vez en cuando algún
balcón que se abría con estrépito ó la voz de una mujer que mandaba á su
hijo á la escuela, ó los chillidos penetrantes de los niños que jugaban
en la calle. Envolviendo todos estos ruidos de un modo vago y
misterioso, percibíase el lejano rumor de un río que no corría muy
apacible. Indudablemente no estamos en el campo, pero tampoco en la
ciudad. Todo hace presumir que nos hallamos en una villa de escaso
vecindario, que participa, como todas las de su clase, de la naturaleza
urbana y la rural.

El sol no se contenta ya con bañar alegremente el recinto de la sala, y
penetra en la alcoba, y envuelve la cama y el mancebo en su luz
gloriosa. Con su infinito poder decorativo, trasforma lo que antes era
oscuro lecho, ocupado por un mancebo, en altar fantástico y
resplandeciente donde reposa la juventud. Las columnas lustrosas,
talladas con mil suertes de primores, la roja colcha de damasco, las
sábanas de singular blancura, las guarniciones de las almohadas, el
reloj y la palmatoria que yacen sobre la mesa de noche, los cabellos
dorados del joven y las paredes enjalbegadas, todo brilla, todo arde,
todo lanza vivos destellos. Los diversos colores se igualan y hasta se
confunden bajo el poder adorable de aquella luz risueña. Es una especie
de apoteosis instantánea que atrae y halaga la vista.

El joven duerme con más sosiego que nunca, mientras su cabeza arde y se
inflama con los rayos del sol. Éstos penetran como un torrente por todos
los huecos de la blonda cabellera, y la iluminan interiormente y la
convierten en una masa incandescente que arroja por intervalos llamas
extrañas y fugaces. Su rostro va adquiriendo cierta expresión de
beatitud que coincide perfectamente con el nuevo estado de apoteosis
teatral en que le ha colocado la luz del sol. Es fácil sospechar que sus
tibios rayos han traído consigo los gratos sueños y los bellos fantasmas
de la poesía.

La colcha de damasco sube y baja con un compás monótono que incita á
dormir. La atmósfera, cada vez más encendida y sofocante, empieza á
verse surcada por algunos insectos alados que zumban con tonos agudos y
mareantes. El reloj hace coro, cual otro insecto, con levísimo _tic
tac_, al zumbido de sus compañeros. Una que otra vez se oye el chasquido
de las maderas de la cama ó de los armarios.

En este momento se abre con violencia la puerta de la sala y penetra en
ella una obesa persona del sexo femenino.

--Hijo de mi alma, ¿no te has levantado? No ha venido Ramona á llamarte,
¿verdad? ¡Jesús, qué mujer! ¿Dónde tendrá el sentido? ¡Dios me dé
paciencia para sufrirla!... Pues ahora ya no es tiempo. Acaban de pasar
á escape por la plaza.

--La culpa es mía, mamá. Ramona me ha llamado á la hora.

--Pero ¿cómo te has dormido de ese modo, criatura? Si te hubieras
acostado con cuidado, no sucedería eso. Yo me despierto cuando se me
antoja. No necesito más que fijarme un poco antes de dormirme en la hora
en que quiero despertar, y es cosa sabida... minutos más ó menos, me
tienes enteramente despabilada.

--Lo difícil, mamá, no es despertar, es levantarse--dijo el joven con
profunda filosofía.

--Ya lo comprendo; pero hay que hacer algo por sí, hombre. Claro está
que si uno se abandona al sueño, nunca se levantará cuando necesita ni
tendrá tiempo para nada. Tú duermes mucho, hijo: eso no puede sentarte
bien. Pienso que tu padre tiene razón cuando dice que tus ojeras
provienen de eso.

--¿Quién los ha visto cruzar por la plaza?

--La señora Rafaela, que vino á traerme unas medias que ya más de dos
meses le tenía encargadas--¡ay qué pesada es esa mujer!--me dijo que
había visto á Pedro el del Palacio salir á caballo, como á cosa de las
ocho, por la carretera arriba. Á las nueve, poco más ó menos, llegó un
carruaje con dos caballos, que paró enfrente de la casa de D. Marcelino.
Al parecer, D. Marcelino estaba á la puerta de la tienda, y cuando llegó
el carruaje él mismo paró los caballos. Dentro venía el señor conde, la
señora condesa y en el pescante dos criados de uniforme. D. Marcelino se
empeñó en que se apeasen para descansar un poco y tomar algún refresco,
pero el señor conde se negó completamente, y D.ª Feliciana entonces
salió con una bandeja de dulces y unas copas de Jerez á la calle. El
señor conde no quiso probar nada: la señora condesa tomó una rosquilla
de Santa Clara, y pidió después un vaso de agua. Estando en esto llegó
otro carruaje, donde venían los niños con una señora rubia muy guapa,
que traía sombrero también al igual de la señora condesa. Los niños,
como es natural, comieron algunos dulces, pero la señora rubia, ni por
uno ni por otro fué posible que probase siquiera una almendra.

--Y D. Primitivo y el juez ¿no estuvieron á saludarles?

--Aguarda, hombre, voy allá. En esto se presenta D. Primitivo, y
entonces el señor conde se bajó del carruaje y le dió un abrazo muy
apretado y empezó á hablar con él que no cerraba boca. Después llega D.
Juan Crisóstomo, y un poco más tarde el juez. Me dijo la señora Rafaela
que el señor conde estuvo mucho menos cariñoso con el juez que con D.
Primitivo. Todos se empeñaban en que se apeasen y descansasen un rato,
pero no lo consiguieron, porque el señor conde les dijo que, faltando
tan poco para descansar de una vez, no había necesidad. Y en eso creo
que tenía razón. Á estas horas ya están de seguro en la Segada. Lo que
siento es que tú no hayas ido á darles la bienvenida, porque lo que es
tu padre... ya podía llegar el rey de España, que él seguiría tan quieto
en su despacho, sin asomar siquiera las narices por el balcón para
verle pasar... Pues á poco rato dicen que pasó Pedro á caballo, que
traía al niño mayor delante de sí. El niño iba muy contento, y arreaba
la caballería con un latiguillo. Dicen todos que los chicos son
guapísimos.

--Y la condesa, ¿cómo está?... Ya no me acuerdo de ella.

--La señora condesa dicen que está aún más hermosa, pero de peor color.
¡Qué había de suceder! ¡Si todos los que vienen de la corte parece que
llegan del otro mundo! La vida debe ser muy agitada en aquel Madrid:
¡tanto baile, tanto teatro, tanto café! Y luego tanta gente reunida en
una casa... ya se lo decía á la señora Rafaela, no puede ser sano. En
cambio, el señor conde igual que hace once años. La verdad es que su
cara no podía perder. Toda la vida fué descolorido como la fruta de
invierno. ¡Qué diferente de su padre, que en paz descanse! ¡Aquél sí que
era un mozo como una plata!

--Pues lo que es tipo de conde, me parece que ha de tener más éste. Por
lo poco que recuerdo, su figura debe ser más delicada y más elegante. El
otro era demasiado gordo y tenía las facciones abultadas y traía el pelo
muy corto. Era un tipo de _bourgeois_.

--Sería lo que se te antoje, pero era un hombre muy campechano y muy á
la buena de Dios. ¡Así fuese éste como él! ¡Pobre señor conde, en qué
pocos días se escapó al otro mundo!... Me voy, que aún no le he mandado
el almuerzo á tu padre, y estará furioso. Ahora hazme el favor de salir
de esa bendita cama y no vuelvas á dormirte. Hasta luego, hijo mío.

La señora D.ª Rosario (que así se llamaba la mamá del héroe) dió algunos
pasos por la sala en dirección á la puerta. Su hijo la llamó antes de
llegar á ella.

--Mamá.

--¿Qué se te ofrece, hijo?

--Mira, mamá--dijo bajando la voz y un sí es no es cortado,--al hablar
de los condes ó cuando á ellos te dirijas, no digas señor conde ó señora
condesa, sino conde ó condesa simplemente. El señor antes del título lo
dicen sólo los criados y dependientes de la casa ó las personas
inferiores que no se rozan con ellos en un pie de igualdad.




II

Los señores condes, ó los condes á secas, como pedía el señorito Octavio
que se dijese.


En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Hecha la señal de la cruz, los condes se sentaron, desdoblaron las
servilletas y acercaron las sillas á la mesa.

Los niños continuaron en pie con las manos sobre el pecho murmurando una
oración. El aya, en pie también, con las manos cruzadas, los observaba
atentamente, sin dejar por eso de mover sus labios finos y rojos.
Concluída la oración, los niños miraron al aya: ésta hizo una
imperceptible señal con los ojos y todos se sentaron. Un criado con
librea fué anudando las servilletas á la garganta de los chicos bajo la
atención vigilante de la institutriz. Nadie despegaba los labios. El
criado empezó lentamente á dar la vuelta á la mesa sirviendo el primer
plato del almuerzo.

Ya que nadie habla en la mesa, dediquémonos un instante á observar la
traza y figura de los que á ella se sientan, empezando por el conde,
como jefe que es de la familia.

Es un hombre flaco, de color moreno que tira á aceitunado, de labios
delgados, ojos negros opacos que miran con notable insistencia, lampiño
hasta cierto punto, pues que no adorna su rostro más que exiguo y negro
bigote y no ofrecen sus mejillas señales del paso de la navaja; la nariz
fina y la frente levantada y estrecha. Viste con esmerada corrección y á
par con gravedad. Si á cualquiera, y sólo por la apariencia, se le
preguntase la edad que puede tener, se vería muy embarazado para
contestar; á tal punto parece indefinida y vaga. Su rostro, aunque sin
frescura, es juvenil, y el cabello, lacio y sedoso, todavía no ofrece
entre sus negras hebras ni una sola blanca. Mas con todo eso, hay en la
extraña inmovilidad de sus ojos y en la fijeza de los rasgos de su
fisonomía algo marmóreo y cadavérico que, irradiando sobre toda su
persona, la comunica el sello de la vejez. Al mismo tiempo su modo de
vestir es harto severo para un joven. Sus manos son tan finas y
delicadas que si, como vulgarmente se cree, éste es signo de
aristocracia, el conde debía pertenecer á una de las más antiguas y
esclarecidas familias de España. Y en parte así era la verdad, porque
el señor conde de Trevia pertenecía á una antiquísima familia, pero no
española, sino italiana. Allá en tiempos lejanos, uno de sus antepasados
había contraído matrimonio con cierta rica heredera del Norte de España
y había venido á establecerse á Madrid. Sus descendientes continuaron
residiendo en esta capital, enteramente naturalizados y disfrutando las
pingües rentas que venían de Nápoles y las aún más cuantiosas que
llegaban de la provincia española del Norte, en que ahora nos hallamos.
El abuelo del conde actual quiso todavía ser más español y enajenó su
patrimonio de Nápoles, rompiendo de esta suerte toda relación con
Italia. Decían en Madrid por aquel entonces que una española vistosa y
de mucho rumbo había tenido la culpa de este rompimiento. Los señores de
Trevia, que ya eran españoles por naturaleza, lo fueron desde entonces
también por la hacienda. Á partir de esta época padecieron de nostalgia.

El conde que en este momento preside la mesa había sido educado en
Francia desde sus más tiernos años por la voluntad de su madre, persona
extremadamente caprichosa y extravagante, que nunca pudo acomodarse con
el carácter franco y generoso y un poco rudo y agreste de su marido. De
esta educación francesa quedábale, amén de muchas costumbres que
chocaban abiertamente con las nuestras, una pronunciación extranjera que
se esforzaba en disimular y una exquisita y un tanto afectada urbanidad
en sus modales, que se grababa profundamente en la memoria de cuantos le
trataban. Había en la eterna y leve sonrisa que plegaba sus labios y en
lo insinuante y correcto de sus maneras algo de femenino, que no se
compadecía poco ni mucho con lo firme é insistente de la mirada. Tal vez
no sea femenino el adjetivo más propio para el caso, pero en este
momento no hallamos el adecuado. Aunque no es posible cerciorarse ahora,
dado caso que está sentado, podemos afirmar que es alto. Se encuentra de
cara á la luz y sus negros cabellos, peinados negligentemente hacia
atrás, brillan como el azabache, y sus largas pestañas, cada vez que
levanta la cabeza, bajan y suben con ligero temblor queriendo evitar los
rayos importunos de la luz. El conde no es hermoso, pero tenía mucha
razón Octavio al presumir que era un hombre distinguido. La perfecta
seguridad de sus movimientos y el descuido elegante con que toma los
manjares y alarga la copa al criado para que le eche vino, acreditan en
él al hombre nacido y educado en la opulencia. En este momento toma
entre sus dedos afilados un hueso de ave que lleva á la boca y empieza á
roer con limpieza de gato. Y aquí está la palabra que antes hacía falta.
El conde de Trevia en sus actitudes y maneras tiene más de gato que de
mujer.

La condesa está sentada á su lado y es mujer que seguramente no llega á
los treinta años, pequeñita, de mejillas frescas y sonrosadas, ojos
pardos rasgados, cabellos de un castaño claro, con una boca deliciosa
provista de pequeños y blancos dientes. Una mujer sana y hermosa. Aunque
su figura es menuda, está admirablemente formada, pero se observan en
ella tendencias á engordar que pudieran más adelante dañar su gentileza.
Hoy por hoy, con su cuello mórbido y gracioso, el seno firme y decidido,
que aspira á levantarse hacia la barba, su cintura delicada, los brazos
redondos y macizos, las manos breves de uñas sonrosadas y sus pies
inverosímiles, la condesa de Trevia es una mujer hecha á torno. Guardaba
parecido con la fruta de la tierra, con las manzanas lustrosas y
coloradas que en apretados piños cuelgan por encima de las paredes de
las huertas en el país en que nos hallamos.

Ella también era una fruta del país, sazonada y dulce como pocas. El
conde de Trevia, en una de las expediciones de caza que hizo á su vuelta
de Francia, la vió colgada al balcón tosco y deteriorado de una casa
solariega, y no le costó más trabajo que alargar la mano para cogerla.
¡Y qué tiene esto de particular sabiendo la vida que aquella niña gentil
llevaba en su casa solariega! Hija de un propietario insignificante, de
los que tanto abundan en las provincias del Norte, severo hasta la
crueldad con las cuatro hijas que el cielo le había dado, la pobre
Laura, que así se llamaba la condesa, vivió los primeros años de su
existencia en un fatal estado intermedio entre el señorío y la pobreza.
El escudo de piedra que ornaba la fachada de su casa daba á la familia
de Estrada lugar preeminente en la comarca, pero no redituaba ninguna
clase de interés. Las rentas de la casa eran tan exiguas, que D. Álvaro
Estrada y su familia vivían casi atenidos á los productos de lo que en
este país se llama la posesión, esto es, á los frutos de las tierras que
ordinariamente circundan las casas antiguas. Para explotar sus tierras
D. Álvaro no tenía más servidumbre que dos criados y una moza, que
alternaba entre la dirección de las simplicísimas tareas culinarias de
la cocina y las un tanto más complicadas ocupaciones de bajar por agua
al río, echar de comer á las bestias durante la ausencia de los criados,
lavar la ropa de la familia, amasar el pan y sacarlo del horno, ir al
mercado de la villa los lunes por aceite, especias, estambre para las
señoritas, etc., etc., y durante las interminables noches de invierno
hilar, en compañía de la familia y algunas vecinas, en el vasto y oscuro
salón de la casa, algunas varas de lienzo burdo para sábanas.

¡Qué noches aquellas de invierno! La buena madre de Laura, después de
cenar á primera hora, sentábase en un extremo del anchuroso sofá de
lana, y se ponía á hacer calceta debajo de un colosal velón que ardía
solamente por uno de sus mecheros. Ella y sus hermanas se colocaban en
torno de la mesa y trabajaban, hilando, cosiendo ó haciendo también
calceta. Las vecinas labradoras iban entrando una á una en silencio,
con sus basquiñas negras de estameña, los pañuelos anudados sobre la
cabeza y los brazos mal cubiertos por una camisa de lienzo. Después de
dar las buenas noches en voz baja, buscaban con la vista un rincón
oscuro, y allí se sentaban sobre el pavimento lustroso de madera de
castaño, y fijando la rueca en la cintura, empezaban á hacer rodar los
husos, mojando repetidas veces con la lengua el lino, del cual tiraban
por breves intervalos.

Las pausas eran tan frecuentes y dilatadas en esta reunión, que una sola
llenaba á veces horas enteras y hasta noches. Sin embargo, algunas veces
se hablaba del vecino que había perdido una vaca en el monte, y se le
compadecía sinceramente, y se le encomendaba á San Antonio bendito para
que se la volviese, ó bien de la riqueza improvisada del tío Bernabé,
que con sólo treinta años de trabajo constante y ahorro había comprado
recientemente el prado de la Laguna en ¡treinta mil reales!, ó bien de
la nube de piedra que el año anterior había arrancado toda la flor de
los árboles y arrojado un sin fin de plantas de maíz por el suelo. La
cosecha era el tema general y predilecto de estas tertulias, y aunque
alguna vez se apartasen de él para entrar en otros, la cosa más
insignificante volvía á traerlo á la memoria y á cuento. Rugía un poco
el viento por fuera; pues ya apuntaba una vecina que los años de viento
eran siempre de miseria. Miraba D. Álvaro al cielo por la ventana y
decía que estaba diáfano y estrellado; pues en seguida se suponía que
estaba helando, y se lamentaba grandemente la reunión, porque las
heladas iban á secar toda la siembra. Pasaba un muchacho cantando por
delante de casa; pues no faltaba uno que exclamase: «¡Sí, canta, canta,
que lo que es este año vamos á tener tiempo para llorar!»

En los largos intervalos de silencio se escuchaba el rumor solemne y
misterioso del río, que corría en el fondo del valle, á unos cien pasos
de la casa, y la lluvia que acompasadamente caía casi siempre sobre las
hojas de los árboles produciendo fugaces temblores de frío en los
tertulios. Dentro de la sala crujía el lino al ser desgarrado por los
dedos de las hilanderas y sonaban las agujas de la calceta al chocar
ligeramente unas con otras. La luz del velón iba muriendo poco á poco
por falta de aceite: los tertulios quedaban envueltos en una media
sombra hasta que doña Rosa alzaba la cabeza con impaciencia, y decía:
«¡Jesús, que no veo! Pepa, ¿en qué estás pensando? ¡Echa aceite á ese
velón!» Al revivir de pronto la luz todo el mundo respiraba con fuerza,
y alguna mujer que dormía despertaba lanzando un suspiro.

Al llegar cierta hora, infaliblemente, subía D. Álvaro de la cocina,
donde se había quedado charlando con los criados, también sobre la
cosecha. Los pasos rudos de los tres hombres por la escalera agitaban la
tertulia del salón. Doña Rosa dejaba la calceta y decía: «Laura, vé por
el rosario, que ya sube tu padre». Y ella entonces abría la puerta de un
gabinete oscuro, y temblando de miedo, que se hubiera guardado bien de
confesar, descolgaba á tientas y precipitadamente un rosario que colgaba
sobre la cama de su madre. Tomábalo D. Álvaro de las manos de su hija y
comenzaba las Ave-Marías, paseando lentamente de una esquina á otra del
salón. La familia y los vecinos se arrodillaban devotamente frente á una
estampa ordinaria y ridícula de la Virgen, que, provista de marco negro,
colgaba sobre el sofá, y respondían con sordo y prolongado murmullo á
las oraciones que D. Álvaro decía en alta voz. Las cuatro hijas rezaban
siempre en un mismo sitio, bajo la mirada persistente de su madre. Á la
más leve distracción, al más insignificante descuido, la madre gritaba
con aspereza: «¡Matilde!... ¡Laura! ¿queréis estaros quietas?» D. Álvaro
entonces interrumpía un instante su paseo, callaba, y dirigía á las
culpables una mirada precursora de algún castigo. Después proseguía el
paseo y alzaba nuevamente su voz, que recorría varios tonos agudos y
graves. Empezaba ordinariamente la oración con un sonido grave y
cavernoso, que á poco se debilitaba y moría, se alzaba otra vez hacia el
medio de la cláusula, y terminaba por tres ó cuatro palabras medio
cantadas en tono chillón y plañidero. El coro respondía siempre con el
mismo monotono rumor percibiéndose sobre él las notas gangosas de la
voz de D.ª Rosa. Cuando llegaba la letanía, aquel rumor monotono
cambiaba, se trasformaba en otro diverso, más breve, en el cual la ese
final del _ora pro nobis_ se prolongaba con un silbido dulce que
provocaba en Laura cierta soñolencia lánguida que la hacía feliz por
unos instantes. Venían después las oraciones de pura devoción, y
mientras duraban, las vecinas se sentaban en el suelo y las cuatro
hermanas en sus sillas. Rezábase entonces por cuanto es posible rezar en
este mundo y en el otro, por las ánimas del purgatorio, por el Santo
Ángel de la Guarda, por el santo de su nombre, por los caminantes y
navegantes para que Dios los conduzca á puerto de salvación, á San Roque
bendito, abogado de la peste, por la paz y concordia entre los príncipes
cristianos, etc., etc., terminando siempre con un Padre-nuestro á todos
los santos y santas, ángeles, serafines, tronos y dominaciones de la
corte celestial, para que nos ayuden en la hora de la muerte. Concluídos
los Padre-nuestros, D. Álvaro se hincaba de rodillas en el suelo, y las
mujeres se levantaban para hincarse también, con un rozamiento de
enaguas que infundía siempre en el corazón de Laura la especial
satisfacción que proporciona una tarea concluída. El rosario iba á
terminarse. Hincado D. Álvaro, decía con voz más solemne que antes:
«Cincuenta mil millones de millares de veces sea bendito y alabado el
Santísimo Sacramento del altar», y empezaban los actos de fe, después de
los cuales venía el alabar á Dios. Al llegar aquí las palabras del
dueño de la casa eran cada vez más cortadas y rápidas y el coro apenas
podía seguirle, anhelante y fatigado. Con esto se daba por terminado el
rosario. Eran las diez. Las vecinas se levantaban en silencio y
despedíanse con palabras melosas y serviles. Un criado encendía el
candil de la cocina y bajaba á abrirles la puerta. ¡Cómo se acordaba
Laura de todos estos pormenores! Cuando venían á su memoria aquellas
noches de invierno, sentía correr por su corazón un estremecimiento que
ella misma no podría decir si era de horror ó de alegría.

Por el día, las constantes lluvias del país y la severidad de su padre
reteníanlas en casa limpiando las habitaciones y barriéndolas ó
recosiendo la ropa blanca. En los momentos en que cesaba la lluvia,
solía salir en almadreñas hacia el río ó la fuente con Pepa. Allí se
juntaban algunas mozas de la vecindad con sus jarros de barro oscuro y
sus herradas relucientes, y mientras la fuente llenaba con pausa las
herradas, retozaban las mozas y se decían chistes toscos y cándidos.
Éstos eran los únicos momentos de expansión que Laura tenía los días de
trabajo. Su categoría superior no la impedía tomar parte en aquellos
juegos. Todas las muchachas que allí se juntaban eran sus compañeras
desde la infancia y la trataban familiarmente de tú. Lo único en que se
mostraba la diferencia que entre ellas existía era en que, al llegar
Laura, la que ocupaba el mejor sitio poníase en pie y se lo dejaba con
sonrisa afectuosa. Al mismo tiempo, podía notarse que alguna vez le
daban rudos y sonoros besos en las mejillas, cosa que jamás hacían entre
sí.

Cuando llegaba la época de la recolección, don Álvaro llamaba unos
cuantos jornaleros para auxiliar á los criados. Por la noche, hablando
de los trabajos del día siguiente, solía decir á sus hijas en tono
humilde, que asustaba por lo inusitado, afectando al mismo tiempo
sonrisa campechana: «Si queréis ir á divertiros un poco mañana al prado
de los Molinos, ya sabéis que principian á segarlo.» Las niñas
comprendían perfectamente, y al día siguiente de madrugada tomaban unos
palos ligeros y lustrosos por el uso, y se pasaban el día esparciendo la
hierba segada para que el sol la secase más pronto. Cuando tornaban á
casa al caer de la tarde, con los cabellos en desorden y las mejillas
atezadas, involuntariamente fijaban la vista en el escudo de la fachada.
Los leones de piedra parecían mirarlas tristemente con sus órbitas
inmóviles. Un pensamiento de indefinible y vaga melancolía rozaba
suavemente las cándidas frentes de las señoritas de Estrada. Esto duraba
un instante. Por lo demás, las hijas de D. Álvaro veían siempre con
gusto venir el otoño, y gozaban placeres sin cuento ayudando á los
jornaleros en sus tareas. El aire puro y los aromas del campo las
infundían nueva vida; crecía en ellas el apetito y el sueño, y pasaban
las mañanas y las tardes en perpetua carcajada, escuchando y tomando
parte en las toscas chanzonetas de los criados. D. Álvaro, en esta
época, disfrutaba siempre de mejor humor, y solía, mientras presenciaba,
sentado sobre la hierba, los trabajos de la gente, contarles alguna
anécdota chistosa de su juventud ó dar un poco de cantaleta con pesadez
cómica á alguno de sus criados.

El conde de Trevia vió á Laura, como hemos dicho, á su vuelta de
Francia. La casa solariega de los Estrada distaba nada más que legua y
media del palacio de los condes y se hallaba asentada sobre una
eminencia de la margen derecha del río Lora. Entre la casa y el palacio,
aunque mucho más cerca de éste, encontrábase la pequeña villa de
Vegalora. Laura tuvo amores con el conde y se casó con él en medio de un
estupor que no la dejaba ver lo que pasaba en el fondo de su corazón.
Apenas se acordaba ya de las sórdidas alegrías de sus padres, de la
sorpresa de sus hermanas, de la violenta oposición del viejo conde, de
los plácemes serviles de las vecinas, de las miradas agudas y coléricas
de las muchachas de la villa, de los preparativos fastuosos de la boda,
del caballo blanco en que salió de su casa para la iglesia. Todo pasaba
por su mente como un sueño del cual se escapan los contornos y la luz.
Sobre este sueño flotaba sólo con admirable precisión una verdad, es á
saber: que si hubiera tenido el valor de no amar al conde, D. Álvaro la
hubiese ahogado entre sus manos. Después de casados se fueron á Madrid,
y allí estuvieron once años. Todo lo que pasó en estos años estaba
clavado en la memoria de Laura.

La mesa continúa en el mismo silencio. Cada cual lleva los manjares á la
boca y los traga cual si desempeñase una tarea grave y solemne. El
choque de los platos y copas y los pasos del criado son los únicos
ruidos que á menudo se perciben en el espacioso comedor. Puede notarse
que, á más de no cruzar la palabra, las tres personas mayores que se
sientan á la mesa no se dirigen siquiera una mirada; y este cuidado con
tal escrupulosidad lo realizan, que á cualquiera se le ocurre que hay en
él buena parte de afectación. Sólo los tres niños giran lentamente sus
grandes ojos garzos, posándolos alternativamente y por breves instantes,
en su padre, en su madre y en la institutriz. Algunas veces se miran
entre sí y sonríen inocentemente, como deseando comunicarse sus
pensamientos sencillos, pero lo aplazan para más adelante, como soldados
en formación. Sin embargo, no hay duda que por debajo de la mesa se
encuentra establecida una corriente comunicante en la que sus menudos
pies juegan papel de martillos telegráficos. Á menudo, cuando estos
martillos caen con demasiada pesadez, la fisonomía del yunque se contrae
y deja escapar un ligero grito, que hace volver la cabeza y fruncir las
cejas de la bella institutriz. El yunque entonces despliega su fisonomía
contraída y se apresura á llevar el tenedor á la boca como si nada
hubiese acaecido que mereciera llamar la atención de los presentes. La
condesa frecuentemente dirige á ellos sus ojos y los envuelve en una
mirada dulce y protectora ó les hace alguna rápida seña para que se
limpien ó cuiden del plato, que está á punto de caer. Los niños cambian
con su madre sonrisas y miradas, pero atienden con más empeño á su
padre. La fisonomía indiferente y glacial de éste atrae sus ojos con
singular insistencia, como si despertase en ellos una gran curiosidad.
No pasa un instante sin que ó uno ú otro tengan sus miradas clavadas en
él.

--Me _apieta_ la servilleta--concluye por exclamar en tono lastimero la
niña que se sienta al lado de la institutriz.

Es una hermosa criatura de cinco años á lo sumo, con rostro trigueño y
cabellos negros ensortijados, que caen en profusión sobre el cuello y la
frente.

La institutriz, sin despegar los labios, lleva sus manos al cuello de la
niña y afloja la servilleta. Pero no debió ser grande el desahogo,
porque la criatura tornó á llevar sus diminutas manos á la garganta,
gritando con más ansiedad:

--Me _apieta_, mamá, me _apieta_.

--No es _sierto_--exclama la institutriz;--la servilleta está bien
puesta. No sea usted mimosa, señorita, ó la _enserraremos_ mientras se
come.

La voz de la institutriz, irritada en aquel momento, no dejaba de tener
inflexiones dulces, aunque extrañas. Su acento era marcadamente
extranjero.

--Me _apieta_, mamá, me _apieta_,--repitió á grito pelado la niña, con
creciente angustia.

--Cállese usted, mimosa,--exclama el aya, cogiéndola por el brazo y
sacudiéndola fuertemente.

El conde levanta la cabeza con impaciencia y cambia una rápida mirada
con la institutriz.

--¡Me _apieta_, _me apieta_!...

La institutriz arranca la servilleta, baja á la niña de la silla, la
arrastra hacia una habitación contigua, abre la puerta y la empuja hacia
lo interior, cerrando después. Y tranquilamente vuelve hacia la mesa y
se sienta.

La condesa, durante aquella escena, había seguido con los ojos
desmesuradamente abiertos los movimientos del aya. Después de sentada
ésta, siguió inmóvil, teniendo cogida con una mano la punta de la
servilleta en ademán de llevarla á la boca para limpiarse. Los gritos de
la niña, aunque amortiguados por la distancia y el obstáculo de la
puerta, comenzaron á sonar agudos y lastimeros. La condesa siguió unos
instantes en la misma actitud con los ojos fijos y el oído atento á
aquellos gritos. Después se puso á comer tragando atropelladamente los
manjares. El conde no levantó siquiera la cabeza. Con la misma seguridad
y elegancia siguió comiendo silenciosamente, sin manchar siquiera sus
labios finos y pálidos. La institutriz parecía absorta y abismada en
sus pensamientos, porque no apartaba la vista del frasco de mostaza que
delante de sí tenía y dejaba pasar largos intervalos sin mover el
tenedor que apretaba entre sus dedos. Los lamentos de la niña eran
prolongados y se repetían sin cesar y sin debilitarse. Los dientes de la
condesa continuaban triturando con fuerza grandes pedazos de pan: sus
manos se paseaban un poco temblorosas por la mesa tomando y soltando
precipitadamente los objetos que se hallaban á su alrededor. Á menudo
levantaba la cabeza y parecía concentrar todos sus sentidos en el oído
derecho, que inclinaba ligeramente hacía la puerta del gabinete.

Los gritos de la niña se iban haciendo menos agudos por virtud de la
fatiga, trasformándose en quejidos roncos y profundos. La puerta del
aposento se agitaba á veces á impulso de los pequeños golpes que daba
con sus manecitas. Poco á poco los quejidos fueron cambiándose en
sollozos convulsivos, que expresaban mayor desesperación todavía.
Algunos sonidos articulados empezaron á percibirse confusamente en aquel
torrente de sollozos.

--_Teno_ miedo, mamá... _teno_ miedo.

La condesa llevó una copa de vino á los labios y dejó caer algunas gotas
sobre la ropa. Sin echarlo de ver, siguió tragando pedazos de pan,
abriendo y cerrando los ojos al mismo tiempo con nerviosa rapidez.

--¡Ay, mamita, por Dios! ¡_Teno_ miedo... _teno_ miedo!...

Se oye estrepitoso ruido en la estancia.

La condesa se había levantado súbitamente y con extraña violencia,
dejando caer la silla donde se sentaba. Apresuradamente había corrido á
la puerta del gabinete y la había abierto. Tomó la niña entre sus brazos
y estalló una nube de vivos y sonoros besos. Después vino con ella hacia
la mesa, levantó la silla y se sentó. Un círculo pálido se dibujaba en
torno de sus hermosos ojos, que se paseaban con expresión altiva de su
marido á la institutriz y de la institutriz á su marido. Tenía las
mejillas inflamadas, y por sus narices abiertas entraba y salía el aire
rápidamente y con ruido. Con las manos temblorosas acariciaba la
ensortijada cabeza de la niña y la apretaba contra su pecho anhelante.

Los ojos del aya, mientras duró esta brevísima escena, no se alzaron de
la mesa, y sus labios estuvieron contraídos con sonrisa dura y nerviosa.

El conde clavó la vista en su mujer y se alzó de la silla pausadamente.

En este momento penetró el criado en el comedor diciendo:

--Un señorito joven y rubio, que viene de Vegalora, pregunta por los
señores.

--Que pase adelante.




III

Los amigos del conde.


--Á los pies de usted, condesa. ¿Cómo está usted, conde?

Los condes respondieron con algún embarazo al saludo de nuestro héroe,
que no era otro el joven rubio que venía de Vegalora preguntando por los
señores. No procedía solamente este embarazo de la escena violenta que
acabamos de presenciar, sino también de que los condes no tenían el
gusto de conocer al señorito Octavio. Así que mirábanle de hito en hito
mientras arrastraba con sus manos enguantadas una silla y la colocaba
entre los esposos. Y después de sentado aún siguieron mirándole,
esperando sin duda algo que debía decir.

--Octavio Rodríguez--dijo al fin éste mirando á uno y á otro.

--¡Ah!--dijo el conde, sin dejar de contemplarle y esperando sin duda
mejores explicaciones.

--He tenido el gusto--siguió el señorito--de conocer á su papá, que Dios
haya, y de visitar cuando niño esta casa bastantes veces. Su papá era
muy amigo del mío. Á usted no he podido conocerle, porque en la corta
temporada que pasó aquí me hallaba yo fuera de Vegalora estudiando la
segunda enseñanza.

--¡Ah!--volvió á exclamar el conde en tono complaciente.

--Había pensado saludar á ustedes á su paso por la villa, pero tuve la
mala fortuna de llegar á la plaza precisamente en el momento de arrancar
el carruaje que estaba detenido frente á la tienda de D. Marcelino. Lo
he sentido de veras... (Breve pausa durante la cual el joven baja la
vista hacia sus pantalones y los sacude un poco con el junquillo que
lleva en la mano.)--¿Al fin se han decidido ustedes á hacer un pequeño
_tour de promenade_ por estas lejanas tierras?

Al pronunciar estas palabras sonrió con beatitud, y los condes siguieron
su ejemplo.

--No por ser lejanas dejan de ser bonitas. Lo mismo Laura que yo hemos
venido extasiados todo el camino contemplando las hermosas riberas del
Lora.

--¡Oh! Han llegado ustedes en la mejor estación. Es la época en que se
evapora la cortina de nieblas que las ha tapado todo el invierno. Este
país con luz sería muy bonito; pero desgraciadamente no la tenemos sino
dos ó tres meses al año.

El señorito Octavio no dejaba la sonrisa beata. El conde le observaba
atentamente de la cabeza á los pies.

--¿Y piensan ustedes pasar mucho tiempo en esta posesión?

--Quizá todo el verano: después de once años de abandono, ya comprenderá
usted que no me faltarán asuntos que arreglar.

--¡Ah! Indudablemente. La verdad es que han sido ustedes crueles con
nosotros, privándonos de su presencia tanto tiempo.

--Mil gracias... deje usted el sombrero. Me parece que de aquí en
adelante renunciaremos á Biarritz y vendremos á gozar por los veranos de
esta magnífica naturaleza.

El señorito dejó el sombrero sobre otra silla, inclinando repetidas
veces la cabeza para indicar que las palabras del conde le interesaban
profundamente. Y digamos ahora cómo era el señorito fuera de la cama. No
es tan niño nuestro héroe como nos pareció cuando por la mañana le vimos
acostado en su lecho del siglo XVII. Aunque su rostro, cándido y
delicado, es de adolescente, la figura no lo es, y declara en él un
joven de veintidós ó veintitrés años, de mediana estatura y bien
proporcionado. Viste con pulcritud, y si bien un poco retrasado en la
moda respecto á Madrid, está adelantado y mucho respecto á la que
ordinariamente rige en las provincias, sobre todo en los pueblos
secundarios. Su traje se compone de un _chaquet_ de tela azul, chaleco
blanco, pantalón también azul y botas de charol muy empolvadas.

--Pero aquí, conde, resígnese usted á llevar la vida de la naturaleza.
Las personas con quienes se puede alternar son tan escasas, que
realmente se hallan reducidas á una docena á lo sumo; y aun en ellas, no
encontrará usted, ni por pienso, la cultura y las maneras de la buena
sociedad. Si no trae muchos libros, se me figura que se va usted á
aburrir soberanamente. ¡Ah! Los libros son los que hacen posible la vida
en estos rincones del mundo.

Aunque las palabras iban dirigidas al conde, Octavio miraba al decirlas
á la condesa con la misma sonrisa en los labios y un poco ruborizado,
sin duda, de haber hablado tanto tiempo.

El conde le observaba cada vez con más curiosidad.

--Usted es muy joven, y no me sorprende que se aburra en Vegalora. Me
parece, sin embargo, que exagera un poquito.

--No exagero, conde, no exagero. Es un pueblo fatal. Yo lo sé bastante
bien, por desgracia. Si no fuera por no disgustar á papá, me iría á
vivir á Madrid, al menos durante el invierno...

--¿Su papá de usted es de este país?

--Sí, señor, y aquí ha ejercido la profesión de abogado toda la vida...
D. Baltasar Rodríguez... tal vez le conozca usted...

--¡Ah! ¿es usted hijo de D. Baltasar Rodríguez?

El conde pronunció estas palabras con tal pausa y frialdad, que no es
fácil comprender cómo no se helaron antes de salir fuera de los labios.

--Servidor de usted--dijo Octavio, con señales visibles de hallarse
cortado.

--He oído hablar bastante de su papá--prosiguió el conde, con mayor
pausa aún y sin apartar su mirada fría y escudriñadora del rostro del
mancebo.--Es, según tengo entendido, una persona principal en la villa y
ha ejercido varias veces el cargo de alcalde, ¿no es verdad?

--Ha sido alcalde, sí, señor.

--Sí, sí, he oído hablar bastante de su papá y le he visto también
algunas veces durante mi corta residencia aquí.

Cesó la conversación de pronto. El conde se puso á mirar con
indiferencia los árboles y las montañas que se percibían al través de
los cristales. Octavio se obstinaba en sacudir con el junquillo los
pantalones, haciendo saltar nubecillas de polvo, apenas perceptibles. La
condesa se entretenía en jugar con los rizos de su niña, y la
institutriz hacía bolitas de pan con los dedos, mirando fijamente al
frasco de mostaza. Todos parecían estatuas, menos Octavio, que á menudo
mudaba de postura haciendo rechinar la silla.

--Realmente, parece que han traído ustedes el buen tiempo consigo--dijo
al fin.--Hoy es el primer día bueno desde hace lo menos quince.

--¿De veras?--dijo el conde, sin dejar de atender á los cristales.

--Sí, señor, sí; hemos tenido una temporada fatal... Y luego como aquí
se ponen los caminos tan malos... Cuando viene uno de estos temporales,
es necesario encerrarse en casa, hasta que Dios quiere.

Nuevo silencio. El joven, cada vez más cortado, extiende lentamente el
brazo y, tomando por la mano á la niña, que la condesa tiene reclinada
sobre el regazo, la atrae con suavidad hacia sí, la mete entre sus
rodillas y, besándola, la dice muy quedo:

--¿Cómo te llamas?

--Emilia.

--Es un nombre muy bonito. ¿Quieres mucho á tus hermanos?

--Sí.

--¿Y á tus papás?

--Sí.

La niña, al pronunciar esta segunda afirmación, levantó los ojos del
suelo y echó una rápida mirada á su padre. Éste dignóse al fin volverse
hacia los presentes y se encaró con el señorito Octavio.

--Diga usted, señor Rodríguez, ¿su papá no fué el presidente de la junta
revolucionaria?

--Sí, señor, lo fué en los primeros momentos, pero á los pocos días hizo
dimisión. Aceptó el cargo solamente por compromiso, y para evitar los
desmanes que, si no fuese por él, hubiera habido seguramente.

--Hizo perfectamente; ha sido un proceder muy noble.

Y después de breve pausa durante la cual empezó á dibujarse en sus
labios una sonrisa, siguió:

--¡Oh! Ya sé que el papá de usted es una persona muy ilustrada y un
campeón decidido de la libertad.

La sonrisa del conde era tan penetrante que se tiñeron de carmín las
mejillas del señorito Octavio.

--Precisamente un campeón, no, señor... Es hombre que piensa de cierto
modo... Como tiene un carácter muy abierto, se expresa siempre con
calor... Esto le perjudica...

--De ningún modo. Á mí me gustan los hombres resueltos en sus
convicciones, y su papá es un verdadero progresista, según me han dicho,
muy honrado, muy sincero, etc., etc. Los progresistas, por punto
general, son buenas personas. Usted me dispensará, amigo mío, si le dejo
en este momento--añadió levantándose;--tengo muchísimas cosas que
arreglar. Ya sabe usted lo que es un viaje con niños.

Al decir tales palabras, el conde extendía la mano, sin mirarle, al
señorito, que también se había levantado. Después le volvió la espalda y
dió unos pasos hacia el gabinete.

--El señor cura de la Segada desea ver á los señores--anunció la voz del
criado.

Volvióse rápidamente el conde y dió un paso hacia la mesa. El aya llamó
apresuradamente á los niños y cuchicheó con ellos un instante. El
señorito Octavio permanecía de pie.

En el marco de la puerta apareció de pronto la figura de un sacerdote
anciano. Era de estatura más que mediana y vestía un balandrán bastante
deteriorado y grasiento, y mostraba en lo erguido de su cuello y en su
actitud firme que poseía una complexión recia. Como tenía el sombrero en
la mano, dejaba al descubierto una cabeza que aún estaba regularmente
provista de cabellos blancos y rizos sin aliño ni compostura alguna. La
tez excesivamente morena y los ojos negros y un poco hundidos ofrecían
tal fuego y viveza, que contrastaban notablemente con las arrugas del
rostro y la blanca color de los cabellos. Colocado á la puerta, sin
avanzar un paso y sonriendo campechanamente, comenzó á hacer reverencias
mundanas, diciendo al mismo tiempo:

--¡Conque al fin no se nos han perdido por allá! ¡Conque al fin estos
despegados señores se acuerdan de que hay un rincón en el mundo que se
llama la Segada! ¡Conque al fin todavía los lugareños valemos algo para
los cortesanos!

Los niños avanzaron hacia él, y tomándole una mano se la fueron besando
sucesivamente. Después el aya, que venía detrás, quiso hacer lo mismo,
pero el clérigo la retiró velozmente y con sorpresa. El conde le abrazó
respetuosa pero afectuosísimamente.

--¡Vaya si valen los lugareños, y vaya si se les quiere también por
allá!

--Señor conde, usted tiene algún diablo metido en el cuerpo; está usted
tan mozo y tan fresco como la última ves que le vi. La señora condesa no
tiene tan buen color, pero ha de ser por culpa, si no me engaño, de
estos diablejos que veo por aquí tan gordos y sonrosados. Vaya, vaya con
el señor conde, ¿qué le habremos hecho nosotros para que así nos
aborrezca?... ¿Qué le habremos hecho nosotros para que así nos
aborrezca?

El cura de la Segada tenía por costumbre repetir dos, tres y hasta
cuatro veces la misma frase, mirando fijamente al interlocutor, y
abriendo desmesuradamente la boca para reir y también para dejar ver
unos enormes y desvencijados dientes.

--Conque diga usted, criatura, ¿qué le hemos hecho nosotros para que así
nos aborrezca?

--Señor cura, no ha sido todo culpa mía. Crea usted que no dejaba de
acordarme muchas veces de este hermoso país y de los buenos amigos que
aquí tengo.

--¡Ah, tunante! ¡Y qué bien se conoce que viene usted de la corte!
Señora condesa, no le deje usted mentir tan descaradamente. Señor conde,
es usted un grandísimo tunante... sabe usted mucho para un pobre cura
como yo... sabe usted mucho... sabe usted mucho.

Decía todo esto riendo y sin cerrar un momento la cueva de su boca. El
conde le señaló un asiento y todos se sentaron. El cura se hizo cargo
entonces de la presencia de nuestro héroe, y exclamó dirigiéndole una
mirada y una sonrisa ambiguas:

--¡Calle! ¿También el señorito Octavio está por aquí? El señorito
Octavio es muy fino. ¿Y cómo siguen sus señores padres, señorito?

--Muy bien, señor cura, ¿y usted cómo sigue?

--¿Cómo quiere usted que siga un cura en estos tiempos, señorito?
Tirando... tirando por este cuerpo pecador... ¡Válate Dios por el
señorito Octavio!... ¡Válate Dios!...

La risa persistente y las miradas del clérigo no despertaban en el joven
una alegría muy íntima, aunque otra cosa quisiera aparentar.

--Vaya, vaya, vaya... lo que es ahora, señor conde, no se nos escapa
usted tan pronto. Los madrileños se quedarán chupando el dedo por una
temporada... ¿no es verdad, señora condesa?... ¿Dónde mejor que entre
los suyos, señores?...

Y daba palmaditas afectuosas en la rodilla del conde, que le obligó á
ponerse el sombrero.

--¿Y qué tal, qué ocurre por la parroquia, señor cura?

--Pero, hombre de Dios, ¿qué quiere usted que pase en este miserable
rincón? Déjese de miserias y cuéntenos algo de aquel Madrid, de aquel
Madriiid... ¡Ay, qué Madrid de mis pecados! De allí á la gloria, señor
conde. ¡Cuánto señorío!... ¡cuánto coche!... En los días que estuve allá
con el chico no paré en casa un momento. Andaba por las calles con la
boca abierta y no me cansaba de mirar para aquellos palacios tan
magníficos y para aquellos señorotes que pasaban en coche con mucho
ceño... Esto no es para nosotros, querido, le decía al chico... Vámonos,
vámonos cada uno á nuestro rincón... Yo soy un pobre cura... tú un pobre
estudiante... ¿Qué tenemos nosotros que partir con estas grandezas?...

--Vamos, señor cura, que no es precisamente entre el ruido donde más se
divierte uno, y bien se quejaba usted de aquella bulla continua.

--Pero ¿quién se compara conmigo, señor conde? Yo soy un pobre cura que
está más allá que acá. Yo no toco pito en ninguna parte más que en mi
sacristía. Si hay todavía algunas personas como usted, señor conde, que
me aprecian de veras, allá se las hayan... yo me lavo las manos. Me
acuerdo de aquella tarde en que me dejó usted solo en su carruaje y
ordenó al cochero que me llevase á un sitio que llaman la Castellana...
¡Santo Cristo del Amparo!... Señores, aquél era un cruzar de coches á un
lado y á otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un
hormiguero en la tierra... Aquellos señorotes y señorotas que iban muy
arrellanados me miraban y se reían... Dirían, sin duda: ¿qué diablos
vendrá á hacer aquí este pobre cura de aldea?... ¿Y á mí qué? Tenían
mucha razón... Desengáñese usted, señor conde, los curas vamos de capa
caída... caiiida... caiiida...

--Pues á pesar de todo, señor cura, le aseguro que me va fastidiando
cada día mas la farsa y la frivolidad de la capital. No puedo soportar á
tanto necio, á tanto advenedizo, á tanto sapo hinchado como ahora ha
subido á la superficie al son del himno de Riego...

--Porque usted, señor conde, es muy raro, muy raro, muy raro... Siempre
lo ha sido... siempre lo ha sido... ¿Á que no le pasa otro tanto al
señorito Octavio? ¿no es verdad, señorito?... ¡Cuánto más vale aquel
Madrid tan hermoso, tan suntuoso, que esta miserable aldea!

--Yo no estuve en Madrid, señor cura...

El joven pronunció estas palabras visiblemente turbado. La sonrisa del
cura le inquietaba, le hacía subir los colores al rostro. ¡Era tan fina
y maliciosa!

--Es verdad, señorito... es verdad... es verdad... No me acordaba...
Pero no tiene usted más remedio que ir á Madrid, señorito... no hay más
remedio... Aquí se aburre usted... necesita usted más campo. Los jóvenes
de provecho no pueden estarse en las aldeas toda la vida.

--Oiga, señor cura--dijo el conde,--¿qué noticias hay del chico?

--Tiene salud, gracias á Dios. El pobre, cuando me escribe, nunca deja
de acordarse de usted, y me dice que siempre le tiene presente en sus
oraciones, lo mismo que á su amada esposa y familia. No puede usted
figurarse, señor conde, lo agradecido que le está. Si no fuese por la
beca que ha tenido la bondad de sacarle, ¿cuándo hubiera podido yo darle
carrera? Dentro de dos meses ¡loado sea Dios! cantará misa el pobre.
Ayer le escribí precisamente y le decía: Desdichada ocurrencia es la
tuya al ordenarte. Los tiempos están malos, malos, malos para la
clerigalla. Mucho mejor te vendría meterte por alguno de los _clubs_ que
no dejará de haber por ahí y hacer carrera...

La risa del conde le interrumpió.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo, señor cura!

--Pues qué, ¿no digo la verdad? Y á propósito, señor conde: es fácil que
necesite molestarle nuevamente. No sabe usted el trabajo que me cuesta
decidirme á ello, por más que esté bien convencido de la proverbial
bondad de usted y de la estimación que sin merecerlo me profesa... Pero
de estas cosas ya hablaremos más tarde... ¡Qué gana va usted á tener
ahora de escuchar recomendaciones!

--Adelante, señor cura.

--Nada, nada, no quiero molestar á usted ahora que acaba de llegar. Otro
día será.

--Ya sabe usted que no me molesta nunca. Siga usted; ¿qué es ello?

--Ahora no, ahora no... tiempo tenemos... ¡no faltaba otra cosa!...
Quiero, señor conde, que al menos hoy no pueda usted decir cuando me
vaya: «Este cura de la Segada es un posma».

Celebró el conde la frase con mucha risa, y el clérigo contestó á sus
metálicas carcajadas con otras sonoras y campestres, que produjeron
algunos instantes de algazara en el comedor. La condesa sonreía
dulcemente, mientras el señorito Octavio seguía ejecutando esfuerzos
prodigiosos y titánicos para que los chistes del presbítero le
desternillasen de alborozo.

Presentóse nuevamente el criado, y dijo que tres señores que acababan de
llegar de Vegalora deseaban saludar á los condes.

--Hágales usted entrar.

Y á poco rato taparon el hueco de la puerta tres figuras provinciales,
que es bien que describamos brevemente.

El primero es D. Marcelino, el mismo que cuatro horas antes había salido
de su tienda y, con riesgo inminente de la vida, había detenido los
caballos del carruaje en que iban los condes, tan sólo por el placer de
ofrecerles una copa de Jerez y una rosquilla de Santa Clara. Es hombre
ya entrado en días, grueso y bajo, muy moreno, con narices enormes y
unos cabellos tiesos y erizados como los de un jabalí. No gasta pelos en
la cara, pero se afeita de tarde en tarde, lo cual da mayor realce á su
rostro, espléndidamente feo. Es castellano de nacimiento y toda la villa
le había visto llegar de su país con una mano atrás y otra adelante,
como acostumbraban á decir los particulares de Vegalora á la hora de la
murmuración. No era verdad, sin embargo, porque D. Marcelino, cuando
llegó de tierra de Campos hacia treinta años, traía las manos ocupadas
con una porción de saquillos de lienzo crudo repletos de espliego, flor
de malva, manzanilla, sanguinaria, flor de tila, anís y otras varias
hierbas y simientes medicinales, que pregonaba con hermosa voz de
barítono que á los vecinos de Vegalora les penetraba hasta lo más
escondido de los sesos. Después, y sucesivamente, fué pasando por los
estados de rematante de la carne, de los artículos de beber y arder, de
tratante en paños y bayetas, recaudador de contribuciones, síndico del
ayuntamiento, administrador de correos, alcalde y no recordamos si algún
otro cargo más. Hemos dicho que había ido pasando, y no es verdad; D.
Marcelino los había ido adquiriendo todos merced á una serie de trabajos
más espantables que los de Hércules y librando en cada uno una batalla
de suprema delicadeza y habilidad. Á la hora presente ejercía todos los
que no eran incompatibles por la ley y algunos también de los que lo
eran. En el desempeño de estas funciones había llegado á rico, gozando
al mismo tiempo del respeto y la consideración de sus convecinos. Cuando
iba á paseo por las carreteras con D. Primitivo ó con el juez, todos los
labradores y jornaleros se quitaban la boina ó la montera y decían:
«Buenas tardes, D. Marcelino y la compañía». D. Marcelino no veía más
que esto; pero los que venían detrás solían ver á los aldeanos quedarse
parados un instante con la montera en la mano, mirándole á las espaldas
de un modo bastante menos respetuoso que á la cara. Solían oir también á
alguno crujir los dientes y murmurar sordamente: «¡Mal rayo te parta,
ladrón!»

En pos de D. Marcelino venía D. Primitivo, varón formidable, de elevada
estatura y amplias espaldas, rostro mofletudo y encendido, lleno de
herpes, barba escasa y recortada y los ojos siempre encarnizados como
los de un chacal. Era procurador del juzgado. Sentía pasión profunda,
inmensa hacia la horticultura, á la cual dedicaba casi todos sus ocios;
pero era una pasión honrada y platónica, porque D. Primitivo no tenía
huerta. Entreteníala, pues, ya que no la satisficiese, poniéndose
escrupulosamente al tanto de todas las particularidades de las huertas
de sus amigos, dándoles siempre oportunos consejos acerca del cuidado de
la hortaliza y de la conservación de los frutales y regalándoles
semillas exóticas que no se sabía dónde y cómo las adquiriera. Los
propietarios le respetaban y decían de él ahuecando la voz y con asombro
que «conocía sesenta y cuatro castas de peras». Á pesar de esta afición
agrícola, D. Primitivo era un animal carnívoro, esto es, se alimentaba
casi exclusivamente de carne, lo cual, al decir del médico de Vegalora,
introducía en su organismo un exceso de fibrina que ocasionaba las
herpes de que estaba plagado y le exponía á una congestión cerebral, y
que no se anduviera en fiestas, porque tenía la espada de Damocles
suspendida sobre su cabeza.

Con ambos señores venía el licenciado D. Juan Crisóstomo Álvarez Velasco
de la Cueva (que así firmaba siempre sus demandas y réplicas), persona
pulquérrima á quien distinguían de lejos los vecinos de la villa por la
blancura inmaculada de sus pecheras. Gastaba bigote y perilla, lo cual
le daba más aspecto de coronel de caballería que de hombre de toga.
Hablaba poco, casi nada, pero era tan exquisita y ceremoniosa su
cortesía, que los que platicaban con él siempre quedaban un poco
cortados y descontentos de sí mismos. Asentía á todo cuanto se le
dijese, cerrando los ojos, bajando la cabeza y diciendo en tono
melífluo: «¡Perfectamente!» Tenía el Sr. Velasco de la Cueva infinitos
modos de pronunciar este _perfectamente_, alargando, contrayendo,
reforzando ó suavizando las sílabas, de tal suerte que se ajustaba al
tono y significado de las palabras del interlocutor. Á pesar de eso, el
promotor fiscal, que era hombre chusco, hacía su parodia en la tienda de
D. Marcelino, y contaba que un día, explicándole á D. Juan de qué modo
se había caído de un caballo, al llegar al punto de decir «el caballo se
levantó de atrás y me arrojó por la cabeza, estrellándome contra una
pared cercana», D. Juan Crisóstomo le había interrumpido exclamando:
«¡Perfectamente!» Sería invención del promotor, pero era muy verosímil.

Al penetrar los tres varones en el comedor, el conde y Octavio se
levantaron: el cura permaneció sentado lo mismo que las mujeres.

--¡Oh, señores, qué pronto se han tomado ustedes la molestia de venir!

--Señor conde--dijo D. Marcelino,--estábamos impacientes por saber cómo
habían llegado ustedes á la Segada. Aunque calienta un poco el sol, ya
estamos acostumbrados á sufrirlo... ¿no es verdad, D. Primitivo?...
Además, cuando las cosas se hacen con gusto... ¿eh? ¿eh?

Y reía bienaventuradamente D. Marcelino, y reía el conde, y reía D.
Primitivo, y reía el cura, y hasta se reía el señorito Octavio.

--De todos modos, lo agradezco en el alma, señores. ¿Y qué tal, qué tal
por estas tierras?

--Perfectamente.

No hay para qué manifestar quién pronunció este adverbio.

--En la última carta que le escribí, señor conde--dijo D. Marcelino,--le
comunicaba todas las noticias de este pueblo, y ya ve que eran bien poco
interesantes.

--Este pueblo es muy pacífico--apuntó don Primitivo.

--Aquí no llegan esos motines que hay ahora por Madrid un día sí y otro
no. (Otra vez don Marcelino.)

--Alguna ventaja habíamos de tener... alguna ventaja... alguna ventaja.
Dios lo ha compensado todo, señores. Vivimos apartados de los deleites
de la corte... es verdad... es verdad... pero vivimos por ahora
tranquilos. No es poca fortuna, créame usted, no es poca fortuna...

--La gente del país debe ser muy sencilla, ¿no es cierto? En estas
provincias del Norte es donde se conservan todavía restos de aquella
honradez y piedad que caracterizaban á nuestros mayores.

--Es gente honrada á carta cabal--dijo don Primitivo.--Afortunadamente,
todavía no nos los han maleado.

--Unos infelices, señor conde... unos infelices... Lo único que les hace
falta es un poco de filosofía alemana para ser hombres completos.

Todos rieron con estrépito.

--Alguna que otra vez--apuntó D. Marcelino,--cuando tienen una copa de
más dentro del cuerpo, suelen cometer cualquier desmán, pero ya se sabe
que entonces obra el vino por ellos.

--Y tienen bastante afición á lo ajeno--indicó el señorito
Octavio.--Casi todos los años nos dejan sin fruta en la huerta.

--Es verdad, señorito, es verdad... Tiene usted mucha razón... Hay mucha
afición á lo ajeno en esta comarca... Pero, créame usted, señorito, el
gobierno también tiene alguna... y no es precisamente á la fruta...

El conde dirigió una sonrisa al clérigo.

--Desde la muerte del guardamontes, hace ya tres meses--dijo D.
Primitivo,--no se ha oído hablar en este concejo de ninguna tropelía.

--¿Fué el que hallaron estrangulado en un maizal?--interrogó el conde.

--No, señor; ese fué Antuña, el pagador de la carretera. Esa muerte ha
sido mucho antes... á principios del otoño.

--De todos modos, ha sido un asesinato horrible.

--Pero, señor conde--profirió D. Marcelino,--Antuña murió porque quiso.
¿Á quién se le ocurre salir de noche de la villa con veinticuatro mil
reales en el bolsillo? ¿No conoce usted que es una imprudencia
mayúscula?

--¡Perfectamente!

--Hechos aislados, señor conde, hechos aislados... por ahora, hechos
aislados. El trueno gordo no tardará en venir. Pero no hay que tener
cuidado, porque los excesos de la libertad se corrigen con la
libertad... sí, señor, se corrigen con la libertad... Eso decía un
periódico que le viene al señor juez de Madrid todos los días... todos
los días.

El conde se inclinó hacia el cura y le dijo algunas palabras al oído.

--¡Bravo, señor conde, bravo!--exclamó el clérigo, echándose hacia atrás
en la silla y mirándole fijamente con aire triunfal.--Todos haremos lo
que podamos para que se logre. Usted es la persona más á propósito.

Después se pusieron ambos á cuchichear animadamente.

D. Primitivo corrió la silla hacia ellos y preguntó en voz baja:

--¿Hay alguna noticia de allá?

--No se trata ahora de allá, sino de acá--respondió el cura.

Vuelta á cuchichear los tres. D. Primitivo parecía sumamente interesado
en la conversación y movía los gigantescos brazos cual si sirviesen de
volante á sus ojos carniceros, que rodaban por las órbitas con pavorosa
velocidad. Al mismo tiempo hacía supremos y angustiosos esfuerzos para
trasportar su desentonada voz al falsete discreto que usaban el conde y
el sacerdote.

El licenciado Velasco de la Cueva, después de posar en el grupo de sus
amigos varias miradas á cual más imponente, osó también aproximar la
silla, y presto le enteraron del asunto que trataban.

La condesa se levantó y dijo al señorito Octavio, que era el único que
concedió atención á su movimiento:

--Con permiso: soy con ustedes al instante.

Y se fué por la puerta del gabinete.

El aya se puso también á hablar con los niños en voz baja,
dirigiéndoles, á juzgar por su continente severo y el no menos grave de
los oyentes, serias y profundas advertencias.

Nuestro señorito tomó pie de ello para sacar el pañuelo y sonarse con
ruido. Después, con mucha calma, lo paseó repetidas veces por debajo de
la nariz; por último, no sin vacilar un poco, se decidió á meterlo en el
bolsillo. Inmediatamente, y sin ningún preparativo, abrochó un botón del
guante que se había soltado. Después tosió tres veces consecutivas y se
puso á examinar con profundísima atención y frunciendo ferozmente las
cejas el puño del junquillo. No bien hubo terminado esta tarea, pasó á
azotarse con él los pantalones, de la misma traza que lo hiciera al
comienzo de su visita. Todavía se alzaron á los golpes algunas
nubecillas de polvo, aunque más leves y trasparentes.

El cuchicheo del conde y sus amigos proseguía vivo, lleno de expansión.
El del aya y los niños, grave y discreto como antes. El criado entraba y
salía llevando las fuentes, los platos y los demás objetos que yacían en
desorden sobre la mesa, pero todo con mucho silencio y espacio y sin
dejar de dirigir, cada vez que entraba, una mirada insistente y curiosa
á nuestro héroe, el cual procuraba artificiosamente evitar el cambio. El
comedor era una vasta cámara, más vasta que cómoda y elegante, y sus
muebles toscos y ennegrecidos, y sus grandes cortinas de colores
marchitos, y los cristales turbios y emplomados de sus balcones,
mostraban claramente que el viejo conde se curaba poco del aliño de la
casa, y que el nuevo no la habitaba mucho tiempo. El falsete de los
interlocutores producía en este vasto comedor un efecto extraño y
severo, como el murmullo de los fieles en una iglesia. Á nuestro joven
le parecía demasiado severo. De vez en cuando, la voz de D. Primitivo,
no pudiendo resistir tanto tiempo la presión cruel que sobre ella estaba
pesando, lanzaba un _gallo_, y se oía la palabra _votos_ ó
_candidatos_. El aya levantaba sus ojos profundos y los fijaba un
instante en el grupo de los caballeros.

Al fin, nuestro señorito decidióse á tomar una de las copas que aún
quedaban sobre la mesa. Empezó á observarla escrupulosamente, dándole
vueltas y más vueltas en la mano, haciéndola sonar con un golpe de uña y
llevándola después al oído para escuchar sus vibraciones hasta que
morían. Por mucho que le embargasen al joven estas observaciones de
física experimental, no dejaba por eso de mover los ojos con ansia hacia
todas partes, y especialmente hacia la puerta del gabinete, como si por
allí le hubiese de venir su salvación. Respirábase en el comedor un
ambiente cargado de discreción, que á nuestro mancebo le producía la
misma inquietud y malestar y los mismos desmayos enervantes que si
estuviese cargado de electricidad. Y ya se entregaba lánguidamente á
pensamientos tristes de muerte, cuando empezaron á dibujarse en su
desmayado espíritu los contornos de una idea fortificante y
regeneradora: la idea de marcharse. Mas para llevar á cabo este acto era
preciso despedirse, y el despedirse había sido siempre para nuestro
señorito uno de esos problemas pavorosos que pocas veces obtienen
resolución. Antes de levantarse, cuando estaba en visita, tenía que
sostener una batalla consigo mismo, que á veces se prolongaba más de la
cuenta. Sentía el mismo temor y embarazo que los oradores noveles cuando
levantan su voz en público. Pero si siempre había sido un problema
difícil, en aquel instante, considerado el éxito poco lisonjero de su
visita y el carácter y la situación de las personas que allí se
hallaban, ofrecióselo al alma como una utopia. Ni podía ser de otra
suerte. ¿Qué de comentarios no harían aquellos señores después que él
saliese por la puerta? ¿Cuántos chistes no se le ocurrirían al cura
acerca de su persona? Se le ponían los pelos de punta de pensar en ello.
La idea, pues, de marcharse era de todo punto inadmisible. Más valía
seguir haciendo experimentos acústicos con la copa de cristal.

Mientras proseguía embebecido en esta fructuosa tarea, el cura de la
Segada apartóse un momento de la conversación y le clavó los ojos con
expresión reflexiva. Después, volviéndose al conde con la misma voz de
falsete, le dijo:

--La única persona que cuenta en este país con bastantes fuerzas para
ganar unas elecciones es D. Baltasar Rodríguez. El enemigo temible es
ése, y no los que indicó D. Primitivo. Créame usted, señor conde...
créame usted...

--Es lo que yo tenía entendido antes de venir--repuso el conde.--Al
parecer es hombre acaudalado y goza de simpatías en la población...

--No cabe duda, no cabe duda.

El cura volvió á mirar á Octavio, sonriendo esta vez maliciosamente, y
prosiguió:

--Don Baltasar es una buena persona... todo un caballero... muy
cumplido en sus tratos... ¡y un padrazo, señor conde, un padrazo!...

El conde alzó la cabeza y dirigió una larga mirada á Octavio. Los demás
interlocutores también volvieron hacia él la vista.

--Señores,--dijo el conde levantándose,--es lástima que estemos
encerrados en casa en un día tan hermoso. Vamos á dar una vuelta por la
pomarada. Tengo ya deseos de pisar hierba y verme debajo de los árboles.

Los circunstantes se levantaron. La condesa apareció en aquel momento
por la puerta del gabinete. Octavio quiso aprovechar la ocasión, que le
pareció de perlas, para despedirse y dió algunos pasos hacia ella con la
mano extendida.

--Condesa, á los pies de usted... He tenido mucho gusto en ver á ustedes
tan buenos y...

--¿Qué es eso, señor Rodríguez--exclamó el conde viniendo hacia él,--nos
quiere usted dejar tan pronto? ¿Por qué no viene á dar un paseo con
nosotros?... ¿Tanta prisa tiene usted?

Estas preguntas fueron hechas en tono franco y cariñoso, y Octavio, un
poco aturdido, balbució:

--Prisa, precisamente... no... pero...

--Pues si no tiene usted prisa, es usted de la partida. Señores, en
marcha.

El licenciado Velasco de la Cueva, que desde muchos años atrás venía
ejerciendo el monopolio de las buenas maneras en Vegalora y siete leguas
á la redonda, ofreció el brazo á la condesa con una reverencia digna
del siglo XV. D. Primitivo quiso imitarle, y se lo ofreció al aya en la
forma elegante y desenvuelta que un oso lo hubiera hecho; pero la blonda
extranjera lo rehusó, dándole las gracias con una inclinación
ceremoniosa. Seguíalos el cura llevando de la mano á un niño, y cerraba
la marcha el conde, que llevaba cogido familiarmente á Octavio por la
espalda.




IV

La pomarada.


Cuando el licenciado Velasco de la Cueva puso su planta ceremoniosa en
los umbrales del palacio condal, los rayos de un sol fogoso de estío le
obligaron á hacer guiños, con lo cual perdió no poca autoridad su rostro
imponente. La condesa soltó el brazo y le dió las gracias.

Eran las cuatro de la tarde de un día del mes de Junio. Los condes y sus
amigos tenían delante de sí uno de los panoramas más espléndidos y
grandiosos de la provincia en que nos hallamos, que es la más bella de
España. El palacio, como las gentes del país lo llamaban, ó el vetusto
caserón, como mejor se diría, estaba situado á la margen izquierda del
Lora y en el fondo del valle donde radica el concejo y partido judicial
de Vegalora. En torno suyo veíanse quince ó veinte chozas,
pertenecientes en su mayoría y habitadas por colonos de la casa de
Trevia. Esta casa grande y parda y las casuchas más pardas aún que
yacían á su alrededor, semejaban de lejos á una gallina pastando con sus
hijuelos en el campo. Alzábase el pueblo de la Segada en el fondo del
valle y ocupaba el ángulo formado por un riachuelo que venía de las
montañas cercanas á desembocar en el Lora. Distaría del primero unas
cien varas, y de éste unas trescientas. La fachada principal de la casa
no miraba al valle, sino á las altísimas montañas que lo cerraban. Entre
la casa y la falda de éstas no mediaban de tierra llana más de
doscientos pasos, y era el sitio que ocupaban la huerta y la pomarada.
Desde los balcones de la fachada trasera veíase todo el valle, que no
era muy extenso, y también se divisaba como á media legua de distancia
un grupo grande de casas que era la villa de Vegalora. Entre la Segada y
la villa corría bullicioso y límpido el río, el cual tomaba y dejaba á
su talante la parte del valle que mejor le convenía para su cauce. Como
lo cambiaba á menudo, las tierras plantadas de maíz y los prados que
bordaban sus orillas nunca tenían seguro el día de mañana: tan presto
regalaban la vista y el oído con sus maíces sonorosos y su verde césped,
como molestaban y cansaban los pies con sus redondos ó puntiagudos
guijarros. Los vecinos de Vegalora y la Segada, en el espacio de
cuarenta ó cincuenta años, habían visto correr el río por casi toda la
superficie del valle. Á pesar de esto, al poco tiempo de haber dejado el
agua un sitio cualquiera, ya brotaba allí una vegetación briosa, y el
valle continuaba siempre pintoresco y regocijado como pocos. Por todas
partes lo circundaban colinas de regular elevación vestidas de
castañares y prados relucientes, excepto por el fondo, ó sea por el lado
de la Segada. Aquí las colinas ocupaban sólo el primer término. Por
encima de ellas se alzaban enormes y enriscadas montañas, cubiertas de
nieve desde Octubre hasta Junio. Formaban parte de la cordillera fragosa
que separa las provincias del Norte de las del centro. Vegalora era, por
tanto, el último concejo de la provincia en la región en que nos
hallamos. Detrás de aquellas moles inmensas y oscuras se extendían los
campos yermos y dilatados de Castilla.

Nuestros señores, al salir de casa por la puerta principal, alzaron la
vista para contemplar estas montañas soberanas, iluminadas por un sol
que ya empezaba á descender hacia las colinas laterales. La nieve había
desaparecido casi totalmente del paisaje. Sólo en las crestas más
elevadas percibíanse algunas manchas blancas como de ropas tendidas á
secar. Entre aquellas crestas descollaba una de pasmosa elevación y
arrogancia, que la gente del país llamaba Peña Mayor. Era un enorme
peñasco á quien todos los demás que en torno suyo se agrupaban servían
de pedestal. Terminaba en punta, como la aguja de una inmensa y
fantástica catedral; pero los que hasta allá habían trepado alguna vez
afirmaban que sobre esta punta había un campo bastante espacioso. Tal y
tan desmesurada era su elevación. Durante los meses de verano, los
habitantes del valle podían admirar á su placer los majestuosos
contornos de la peña, que se alzaba en el cielo diáfano y cortaba el
éter cual si fuese la reina del espacio. Servíales, además, en estos
meses de reloj, pues el sol hería su frente de lleno, al llegar
precisamente el mediodía. Cuando el otoño era ya un poco entrado, se
ocultaba entre la niebla, y no volvía á parecer sino uno que otro día
muy raro del invierno, en que el viento, soplando fuerte por la noche,
había barrido el tupido manto de los cielos. Pero hasta llegar á la Peña
Mayor había una serie de escaños graníticos, superpuestos los unos á los
otros, de mil extrañas formas é imitando, á veces, enormes edificios y
animales monstruosos. Á la izquierda de la Mayor había una peña
corcovada que semejaba á un dromedario: á la derecha otra que era la
perfecta imagen de la torre de un gran castillo, con sus desmesuradas
almenas por entre las cuales se veía el azul del cielo. Esta cortina de
montañas cerraba herméticamente el valle por aquel lado. Al llegar á
este sitio parecía que se acababa el mundo, y que detrás de la oscura
cortina no había más que el espacio sin fin.

Los condes y sus amigos detuviéronse á la puerta de la casa, y con la
mano puesta sobre los ojos á guisa de pantalla, se estuvieron buen rato
paseando la vista por el gran telón descrito. Después atravesaron la
calle y entraron en la huerta por una gran puerta enrejada de hierro.
Era la huerta cuadrilonga y bastante espaciosa, y estaba cerrada por
altos y toscos muros deteriorados. En el fondo había otra puerta igual á
la primera que daba paso á la pomarada.

La comitiva conversaba y reía dando vueltas por las calles no muy bien
aderezadas de la huerta, parándose á cada instante y entremezclándose
continuamente sin guardar etiqueta. D. Primitivo parecía el dueño de la
casa, y desde que la puerta enrejada se cerrara tras él se creyó en el
caso de no cerrar boca á fin de explicar á los circunstantes las
particularidades y pormenores de todas y cada una de las plantas que
iban encontrando, sin perdonar el más insignificante detalle que pudiera
esclarecer á sus oyentes en asunto tan delicado. Las únicas personas que
ni reían ni tomaban parte en la conversación eran el aya y la condesa.
La primera no perdía de vista á los niños, regulando con señas
imperiosas sus pasos y movimientos. La segunda no apartaba los ojos de
las pardas montañas que tenía delante y deshojaba distraídamente una
rosa que uno de los niños había arrancado de su tallo para ofrecérsela.
Aquellas montañas se veían también, aunque más lejanas, desde la casa
solariega de D. Álvaro. ¡Buena gana de reir tenía Laura en aquel
instante! Su pensamiento volaba, volaba sin detenerse por los días de su
existencia, desde aquellos remotos en que contemplaba absorta, de bruces
sobre el balcón, las nubes que cubrían la cabeza de la Peña Mayor, hasta
las escenas más recientes. Los remotos se le aparecían envueltos en una
gasa blanca que borraba los contornos y aún más los alejaba: los
cercanos veíalos tan bien como si estuviesen tallados en relieve y
parecían saltar hacia ella palpitantes y teñidos de sangre. ¿Por qué no
había permanecido toda la vida en su casa, serena, tranquila,
contemplando aquellas montañas que nada malo la enseñaban? Al pensar que
mientras su espíritu en los últimos once años bajaba y subía en perpetua
agitación, desde el cielo hasta el infierno, ellas habían estado allí
altivas, felices, contemplando noche y día el firmamento augusto, una
envidia sorda se apoderaba de su corazón y comenzaba á nacer en él un
deseo vivo, irresistible, de reposo. Pero ¿qué reposo deseaba? ¡Ay!
deseaba volar á la cima de la Peña Mayor, llevada por un ángel, y allí,
bañándose en el éter azul, sin escuchar una voz maldita que tenía
siempre en los oídos, pasar la vida acariciada por Dios y acariciando á
sus hijos.

Al dar la vuelta á un recodo de la huerta sintió de improviso en su
cuello un aliento cálido y una voz le dijo al oído muy quedo:

--Recuerda que has agraviado á miss Florencia.

Y vió que una sombra se alejaba de ella para unirse otra vez al grupo de
los paseantes. Se estremeció fuertemente, detuvo el paso, y la rosa
mutilada cayó de sus manos. Octavio se le acercó en aquel momento.

--Condesa, la veo á usted muy pensativa. ¿Echa usted de menos ya á
Madrid?

--Sí, señor, lo echo de menos.

--Lo comprendo bien, pero me parece que todavía no tiene usted motivo
para quejarse, pues acaba de llegar. ¡Oh! cuando lleve usted aquí algún
tiempo ya verá lo que da de sí este delicioso país. La materia, condesa,
impera aquí como reina y señora. Usted viene del mundo del espíritu y le
han de doler los primeros pasos sobre esta tierra muerta y silenciosa.
No me sorprende.

--¡Ah, si no me dolieran más que los primeros pasos!

--Es cierto; lo peor en la vida del campo es la monotonía, y ésta crece
y se hace irresistible con el tiempo. Por lo demás, no se debe negar que
este país es hermoso y que encierra mucha poesía. Yo que he nacido en él
y en él he vivido siempre, aún me siento impresionado cuando al abrir
las ventanas de mi cuarto por la mañana fijo la vista en las altísimas
montañas que tenemos enfrente. ¡Qué bien se destacan sobre el fondo
azul! ¡Qué pureza de líneas! ¡Qué contornos! Pero miro en seguida hacia
abajo y viene el desencanto, condesa. Los paisanos no corresponden al
país. Aquí nadie se preocupa sino del dinero. Se respira una atmósfera
sórdida, en la cual se asfixian todos los sentimientos elevados. Hay
algunas personas de alma delicada y generosa, pero aun éstas no pueden
menos de resentirse de la sociedad en que han vivido: son capaces de un
rasgo heroico, de una pasión fuerte, pero no pueden alcanzar ciertas
_nuances_ del espíritu, ciertas delicadezas que sólo se encuentran en
las clases elevadas y en una sociedad culta y refinada.

--¿No piensa usted dar una vuelta por Madrid?

--De buena gana la daría y aun me quedaría allá, pero mis papás no
tienen más hijo que yo... y ya ve usted.

--Quédese usted, quédese usted... No piense en Madrid por ahora...
Tiempo le queda para saber lo que es aquello.

--No vaya usted á creer, condesa, que es curiosidad lo que siento, no;
es el deseo que tengo de llenar ciertos vacíos que hay en mi espíritu lo
que me obliga á pensar en Madrid. Yo no gozo con lo que aquí suele gozar
la gente; antes bien sus placeres son ocasión de padecer para mí, porque
nada hay que atormente tanto como encontrarse aislado entre la
muchedumbre y á mil leguas de sus pensamientos y aspiraciones. Así, que
paso la vida encerrado en mi casa, sin ganas de agregarme á ella...
leyendo... pensando... soñando. Alguna vez he asistido con la
imaginación á las _soirées_ donde usted ha brillado tanto, condesa.

--¿De veras?

--Sí, señora; acostumbro á leer las revistas de salones de _La Epoca_, y
en ellas he visto con frecuencia el nombre de usted rodeado de adjetivos
que ahora me parecen pálidos.

--Mil gracias.

--Me precio de sincero, condesa. En el último baile de los duques de
Hernán Pérez llevaba usted un vestido de _surah_ azul celeste, con
escote sesgado y espalda de forma _princesa_. El vuelo de la falda
formaba por detrás una cascada de _pouffs_ sostenidos por cordones, y
llevaba usted asimismo lazos de _surah_ en los hombros y en el talle.

--¡Ah! Veo que no se le ha escapado á usted nada.

Un rugido de D. Primitivo les obligó á interrumpir el diálogo. Extático,
con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplaba sin pestañear un
cuadro de lechugas, mientras los compañeros le miraban sin comprender el
motivo de tal sorpresa. Al fin, después de largo silencio, exclamó con
voz ronca:

--¡Si no lo viese por mis ojos, nunca lo creyera! Yo mismo le di la
semilla á Pedro; yo mismo le indiqué cuándo debía sacarlas del vivero;
yo mismo estuve una tarde entera ayudándole á plantarlas... ¿Cómo han
espigado estas lechugas?... ¿Por qué han espigado estas lechugas?

Y D. Primitivo movía la cabeza hacia adelante, hacia atrás, á la derecha
y á la izquierda.

--Tal vez la lluvia de estos días habrá influído perniciosamente sobre
ellas--manifestó tímidamente el licenciado Velasco de la Cueva.

--¡Qué lluvia ni qué calabazas!... No diga usted tonterías, D. Juan. La
lluvia, cuando las lechugas se plantan en la época y en la forma en que
deben plantarse, no influye, no tiene por qué influir sobre ellas.

--Perfectamente.

--Aquí no puede menos de haber algún misterio. Pedro habrá hecho alguna
majadería en el cuadro. Ellas por sí estoy seguro de que no hubieran
espigado. ¿Á qué asunto habían de espigar? Así que le tropiece me
enteraré de lo que ha hecho, y ya verá usted cómo resulta lo que yo
dije.

La irritación de D. Primitivo cedió ante la esperanza de ver muy pronto
cumplida su profecía.

Continuaron recorriendo lentamente la huerta, parándose ahora delante de
unas alcachofas, después ante un cuadro de remolachas ó de una
esparraguera. D. Primitivo, maniobrando constantemente en el centro del
grupo, parecía un filósofo de la escuela peripatética.

La condesa y Octavio se habían quedado un poco atrás y siguieron
hablando del baile de los duques de Hernán Pérez, ó sea del «mundo del
espíritu», como decía nuestro señorito. La horticultura no les seducía.
Mas al hallarse en frente de una frondosa y espléndida magnolia, ambos
detuvieron el paso para contemplarla. Era un árbol hermoso y grande como
pocos, y entre sus hojas oscuras y metálicas advertíase crecido número
de bolas blancas que soltaban aroma fresco, acre y penetrante. Las
primeras ramas no pasaban de la altura del rostro. La condesa asió con
la mano de una de ellas provista de flor y la trajo hacia sí. El árbol,
al ser movido, dejó caer algunas gotas de agua sobre las mejillas de la
señora, que hizo una mueca graciosa.

--El árbol la bendice á usted--dijo Octavio mirando extasiado cómo
corría el agua por las mejillas de la dama.

--Hubiera pasado sin su bendición perfectamente--contestó ella riendo.

Y al mismo tiempo hundió su lindo rostro en el cáliz de la flor para
aspirar la fragancia. La condesa de Trevia estaba en aquel instante
bellísima; porque sus ojos grandes, rasgados, se cerraban blandamente
con la expresión de un placer celestial; porque sus mejillas de rosa,
acariciadas por las blancas y carnosas hojas de la magnolia, brillaban y
temblaban de gozo; porque sus cabellos castaños, sedosos, le caían con
cierto desorden sobre la frente; porque inclinaba la cabeza dejando ver
el principio de una espalda de alabastro; porque estaba empinada
graciosamente sobre la punta de sus pies inverosímiles. Levantó la
cabeza y exhaló un largo suspiro.

--¡Oh, qué delicioso aroma!

Octavio se apresuró á hundir también el rostro en la flor que la dama
aún tenía cogida.

--¡Delicioso! ¡delicioso!

--¡Es tan penetrante... tan embriagador!... Siempre fuí apasionada de
este aroma.

--Yo lo seré de aquí en adelante.

La condesa soltó la rama é inclinó la cabeza sonriendo afablemente. Y
emprendieron otra vez la marcha en silencio. Octavio lo rompió al cabo
de un instante diciendo:

--¿De qué perfumista acostumbra usted á surtirse, condesa?

--No tengo ninguno conocido; entro indistintamente en la primer
perfumería que encuentro.

--Pero al menos tendrá usted una marca predilecta.

--Tampoco; nunca me fijo en los rótulos de los frascos.

--Pues yo, después de haber probado las principales marcas, me he
decidido por la de María Farina. Es la que he hallado mejor. Sus
perfumes son menos intensos que los de otras casas, pero son mucho más
delicados. Debemos exceptuar, sin embargo, la rosa blanca que, como
usted sabrá seguramente, es privilegio especial del célebre Hakinsson.
La rosa blanca y el azahar son los únicos perfumes que tomo ahora de
esta casa.

Siguió la conversación de los perfumes por algún tiempo todavía, muy
animada por parte de Octavio, que parecía hallarse en terreno firme y
abierto; lánguida y cortada por parte de la condesa que, como había
dicho, no era inteligente en este ramo. D. Primitivo y sus secuaces
habían entrado ya en la pomarada, y nuestra pareja siguió el ejemplo. Al
llegar á la puerta tropezaron con miss Florencia y los niños. La condesa
dirigió á aquélla una sonrisa. El aya permaneció grave y se inclinó
profundamente dejándoles paso.

Era la pomarada un campo vasto, donde los árboles estaban tan espesos y
habían adquirido tal desarrollo, que el sol no conseguía, sino después
de mucho trabajo, introducir en él algunos delgados rayos. Los manzanos
son árboles de poca imaginación. En vez de gastar sus fuerzas
estérilmente en subir hasta mecerse en las nubes, procuran buenamente
redondearse, ocupando el mayor pedazo posible de este miserable planeta.
Mas al desenvolver su personalidad libremente en el tiempo y el espacio,
nunca dejan de molestar al vecino, de lo cual resulta siempre una bóveda
más sólida y espesa que fantástica. Algunos de ellos tanto descendían en
sus aspiraciones, que tocaban con las ramas á la tierra formando
glorietas naturales, frescas, sombrías, mullidas. Á pesar de los
esfuerzos inauditos que el sol había hecho durante todo el día para
templar sus ardores en la frescura del césped, éste se hallaba todavía
húmedo. Los lindos zapatos de la condesa, que se hundían en él como dos
ratones, aparecían mojados cada vez que levantaba el pie. Dentro de
aquella bóveda enana zumbaba una muchedumbre de insectos, que empezaban
á sentirse inquietos por la marcha cada vez más precipitada del sol. Á
veces se percibía un ruido leve y sordo entre las ramas, y veíase un
pájaro salir de un árbol y posarse en otro cercano. Los árboles no
derramaban aroma, porque los frutos estaban aún demasiado verdes: en
cambio, el suelo exhalaba olor fuerte de tierra húmeda. En uno de los
ángulos de la pomarada se veía una gran mancha de sombra. Era que el sol
estaba besando ya la cima de las colinas y empezaba á abandonar el
valle.

Á todo esto, D. Primitivo había sacado de las profundidades de su gabán
una enorme podadera, y prodigaba minuciosos cuidados á los manzanos,
hacia los cuales se sentía atraído por simpatía irresistible. Aquí le
cortaba un renuevo á uno, más allá le quitaba un caracol á otro, en otra
parte levantaba un rodrigón que se había caído, etc., etc. El procurador
pasaba cerca de ellos como el soplo de la Providencia.

Octavio seguía al lado de la condesa y conversaba con ella sobre cosas
indiferentes, alusivas unas veces á los objetos que tenían á la vista,
otras (las más) á las particularidades de la vida cortesana, que el
joven parecía conocer tan bien como la dama. El rostro y los ademanes
del señorito no correspondían en un todo á la materia de la
conversación. Decía todas sus frases en tono tan insinuante y se
mostraba tan turbado, que cualquiera podría creer, observándole de
lejos, que estaba haciendo una declaración de amor. Siempre le pasaba lo
mismo cuando hablaba con las mujeres. Su fisonomía sonriente, ruborosa y
expresiva con exceso, le había hecho pasar por novio de casi todas las
damiselas á quienes se había acercado en su vida. Claro está que tales
presunciones no tenían fundamento positivo; pero quizá si penetrásemos
en los misterios de la psicología, hallaríamos disculpa para la ligereza
de los vecinos de Vegalora. Porque hay en ciertos temperamentos un fondo
tan grande de materia amorosa (si se permite esta singular locución),
que no necesita más que un leve motivo para mostrarse en la superficie.
El amor reposa en estos temperamentos como una masa de polvo colorante
en el fondo de un vaso de agua; así que se agita, toda el agua queda
teñida. El hecho aparente era que nuestro amigo ni se enamoraba ni se
declaraba á las mujeres que tenía cerca, pero en realidad, hacía uno y
otro. Su plática, pues, con la condesa tenía mucho de dúo amoroso.
Cuando decía, verbigracia: «Se está usted humedeciendo los pies,
condesa», la traducción exacta de la frase, que se dibujaba en sus ojos,
era: «De qué buena gana, señora, se los secaría con mi aliento». Se
había quitado el sombrero, y jugaba con él entre las manos afectando una
posesión de sí mismo que estaba lejos de sentir. Llevaba en la boca un
clavel blanco salpicado de manchas rojas, y lo mordía con displicencia
digna de un socio del Veloz Club. De vez en cuando volvía el conde la
cabeza y le dirigía una sonrisa afectuosa, á la cual nunca dejaba de
contestar el mancebo con un saludo familiar.

--Es muy bonito ese clavel que lleva usted--dijo la condesa, mientras lo
admiraba sinceramente con los ojos muy abiertos.

Octavio lo quitó precipitadamente de la boca.

--Si no fuese porque ya está mordido, tendría placer muy grande en
dárselo... Pero, en fin, le quitaremos un poco del tallo... (al mismo
tiempo cortaba la parte que había estado en la boca). ¿Lo acepta usted
así, condesa?

--Con mucho gusto. Mil gracias.

Estaban ya próximos á la empalizada que circuía la finca, y para no
volver por el mismo sitio empezaron á caminar al lado de ella. Apenas
habían dado algunos pasos, cuando sintieron por la parte de fuera un
aliento jadeante, y vieron en lo alto de la estacada la cabeza de un
perro, el cual cayó inmediatamente á sus pies y se puso á ladrarles, sin
atender á las razones de don Primitivo, que le decía:

--Ven acá, Canelo... ¿No me conoces, Canelo?... ¿Dónde está tu amo,
Canelo?...

El perro recordó que ya había visto aquella cara en otra parte, pero no
quiso dar su brazo á torcer ni confesar que se había equivocado, y
siguió ladrando, aunque sin gana y por compromiso.

--¿Qué es eso, Canelo?... ¿Te olvidas de los amigos?...

--_Guau, guau, guau._

--¿Dónde dejaste á tu amo, Canelo?

--_Guau... guau._

--¿Venís de caza, Canelo?

--_Guau..._

Por detrás de la empalizada empezó á asomar una escopeta de dos cañones,
y se vió un sombrero de grandes alas que ocultaba á medias el rostro de
un joven moreno, el cual, con mucha presteza y agilidad, pasó ambas
piernas por encima de las puntas de las estacas, y dando un salto quedó
en pie delante del conde.

--¡Hola, Pedro! ¿De dónde vienes?

--Señor conde, fuí á matar un zorro que me dijeron andaba por la mata
del tío Bonifacio. En cosa de ocho días le zampó tres gallinas.

--¿Y lo traes?

--Sí, señor; aquí está vivo todavía. No le tocaron más que algunos
perdigones en esta pata... ¡No se acerque usted, señora condesa, que
estos animales son muy traidores!

--Hola, caballerito--dijo el conde dirigiéndose al zorro, que colgaba de
la espalda de Pedro.--¿Conque entretiene usted sus ocios engulléndose
las gallinas del vecindario? ¿Y se figuraba usted que sus proezas no
habían de tener fin jamás?

--Este Pedro--dijo el cura--es un buen muchacho... es un buen muchacho.
Nos va despejando la comarca de alimañas. Señor conde, tiene usted una
alhaja en este muchacho... sobre todo es mozo formal y de palabra.

--Señor cura, si no fuí á ayudarle á usted á arreglar la huerta, fué
porque estos días anduve muy ocupadado preparando las cuentas...

--Bien, hombre, bien; yo no te he preguntado nada. No hago más que
referir tus méritos y cualidades al señor conde.

--Es que entiendo bien las indirectas.

--Pedro, deja aquí el zorro y vé á casa por un poco de paja ó hierba
seca.

--¿Qué es eso, le quiere usted hacer cama á ese bicho?--preguntó D.
Primitivo.

--Sí; le quiero hacer un lecho cómodo para que se cure.

No tardó Pedro en llegar con una muy bastante cantidad de hierba entre
los brazos, y así que la dejó en el suelo, ordenóle su señor que colgase
el zorro por las patas traseras de la rama más baja de uno de los
árboles. La condesa, mientras se practicaba esta operación, alejóse
velozmente del grupo y se perdió pronto de vista entre los árboles.
Mandó en seguida el conde colocar la hierba debajo del zorro, y sacó del
bolsillo una preciosa fosforera de oro.

--¡Hola, señor conde, intenta usted hacer un auto de fe? Ya concluyeron
esos tiempos ominosos... ya concluyeron esos tiempos ominosos. El zorro
le va á llamar á usted oscurantista, y con razón, sí señor... y con
razón.

El conde se bajó sonriendo y aplicó un fósforo encendido á la hierba.

El zorro, colgado boca abajo, permanecía inmóvil, y nadie le tuviera por
vivo á no ser por sus ojos abiertos que giraban lanzando miradas
recelosas á los espectadores. La sonrisa de éstos le contrariaba
visiblemente. Empezaban á sonar los chasquidos de la hierba y el fuego
iba cundiendo poco á poco por lo más interno del montón, que lanzó una
bocanada de humo espeso. El zorro quedó envuelto por un instante y se le
escuchó estornudar.

--Ya le sube el humo á las narices, señor conde--dijo D. Primitivo.

El viento disipó el humo espeso, y el montón comenzó á arrojar una
columnita de otro azulado y trasparente. Quedó el zorro al descubierto,
y observáronse en él señales de una inquietud que iba en aumento. Todos
le contemplaban curiosamente y sin quitarle ojo, excepto Pedro, el cual,
ajeno totalmente al espectáculo, se ocupaba en sacar el cartucho quemado
de la escopeta y en arreglar sus llaves. Una llama brotó súbito de la
hierba y rozó el hocico del animal, que sacudió la rama con violencia.

--Ya le come, ya le come, por do más pecado había--dijo riendo el cura.

Tornó á brotar la llama con más fuerza y esta vez se detuvo algún tiempo
en el hocico del zorro, que lanzó un chillido áspero, ridículo.

El Canelo comenzó á ladrar furiosamente y fué necesario que su amo le
diese un par de puntapiés para hacerle callar. Los espectadores
acogieron con algazara el chillido del animal. El conde no hizo más que
sonreir. Por tercera vez salió la llama del montón, próximo ya á
convertirse en hoguera, y envolvió con una horrenda caricia la cabeza
del zorro, el cual, tratando de huirla, principió á enroscarse, lanzando
al mismo tiempo continuos chillidos. El perro, sin hacer caso de los
puntapiés de Pedro, no cesaba de ladrar y aullar, corriendo de un lado á
otro, unas veces acercándose á la hoguera con las orejas tiesas y los
pelos erizados, marchando otras á ocultarse entre las piernas de alguno
de los presentes. La algazara había ido cesando poco á poco en el
concurso. Los rostros quedaron completamente serios. El conde seguía
sonriendo como antes. Quemaba ya la hierba por todas partes y
chisporroteaba arrojando pavesas inflamadas que se apagaban
instantáneamente y caían convertidas en ceniza. El día estaba
concluyendo. La mancha negra de la esquina se había extendido cual si
fuese aceite por toda la pomarada. Así que la luz de la hoguera trazaba
círculos luminosos en ella y corría á veces impetuosamente por debajo de
la bóveda iluminando una gran extensión y prontamente se replegaba
abandonando el campo á la sombra. Veíanse reflejos vivos y fugaces en
las hojas de los árboles y sentíase en el rostro el calor abrasante de
las llamas. El desgraciado zorro seguía enroscándose y retorciéndose
para salvar su cabeza, pero el fuego le tostaba el lomo cruelmente. Un
hedor irresistible de pelo quemado se esparció por la atmósfera. El
dolor arrancaba al pobre animal gritos cada vez más extraños y
penetrantes que resonaban de un modo siniestro en el silencio de la
pomarada. Á estos gritos desgarradores respondían lúgubremente los
aullidos del perro que daba vueltas en torno de la hoguera, espantado y
trémulo.

Un espectador se desplomó y cayó con ruido sordo sobre el césped. Todos
acudieron á aquel sitio. Era el señorito Octavio que se había desmayado.
Inmediatamente que lo levantaron recobró el conocimiento.

--No es nada, no es nada... muchas gracias... Me pasa esto con
frecuencia.

D. Primitivo sacó de las reconditeces de su faltriquera un vaso de metal
y corrió á un charco que estaba próximo. Cuando llegó con el vaso lleno,
el joven estaba ya de pie y hablaba serenamente con el conde. Mas D.
Primitivo no quiso perder el viaje y acercándose cautelosamente á él,
sin darle aviso alguno le encajó toda el agua en mitad del rostro.
Octavio quedó un instante sin respiración.

--Muuuchas gracias, D. Primitivo... No... había necesidad...

Aunque trató de secarse inmediatamente con el pañuelo, no pudo evitar
que una regular cantidad de agua le entrase entre el cuello de la
camisa y la carne, lo cual le produjo escalofríos y estornudos para buen
rato.

El fuego había quemado en tanto la cuerda que sujetaba el zorro al árbol
y el animal había desaparecido ya en la hoguera. Las llamas fueron
decreciendo poco á poco y presto no hubo allí más que un montón de
cenizas.

--Me parece que es hora de ir aproximándonos á nuestro asilo--dijo el
licenciado Velasco de la Cueva.

--Tiene usted razón, D. Juan--repuso don Marcelino;--la noche se viene
encima, y de aquí á Vegalora todavía hay un paseíto.

Se pusieron todos en marcha hacia la casa. Á los pocos pasos hallaron á
la condesa, que salió de entre los árboles con un niño de la mano y el
clavel de Octavio en la boca. Esta vez sintió nuestro joven un fuerte
escalofrío de placer que le indemnizó con creces de los tormentos que le
había hecho sufrir el agua de D. Primitivo. Acercóse rápidamente á la
dama y se puso á darle cuenta de su desmayo.

--No puede usted figurarse, condesa, lo impresionable que soy. Es
desgracia nacer con un temperamento como el mío. El médico me dice que
soy un manojo de nervios y que debo evitar todas las emociones vivas, lo
mismo las tristes que las placenteras... Pero si he de huir las
últimas--añadió después de breve silencio y fijando sus ojos tímidos en
la condesa--es preciso que no vuelva á parecer por aquí.

--¿Y por qué?

--Porque... la impresión que usted me causa es demasiado placentera.

--¿Sabe usted que sin salir de Vegalora es usted ya un cortesano
perfecto?

Octavio sintióse aún más lisonjeado por estas palabras que por el buen
sitio que la condesa había otorgado á su clavel, y mientras caminaban en
dirección á la huerta se enredó en un laberinto de explicaciones
metafísicas sobre las diferencias y afinidades que existen entre la
galantería, el amor, la amistad, la simpatía, etc., etc. Mientras tanto
D. Primitivo se enteraba con profunda sorpresa de que Pedro no había
tocado siquiera en el cuadro de las lechugas. El procurador se guardó de
comunicar la noticia á sus compañeros, y cuando llegaron á la huerta y
se encontró frente á las malhadadas lechugas, que habían tenido la
audacia de espigar _motu proprio_, bajó la cabeza y pasó de largo sin
conocerlas.

--Adiós, señor cura, mañana pasaré á verle en su rectoral. Adiós, D.
Primitivo. Adiós, señor Rodríguez, que no deje usted de visitarnos con
frecuencia. Adiós, D. Juan. Adiós, D. Marcelino.

Octavio se había quitado un guante apresuradamente, y al dar la mano á
la señora de la casa le dijo en voz baja:

--¡Qué felices son algunos claveles, condesa!

Todos partieron. El cura les dejó á la salida del villorrio y emprendió
el camino pendiente y tortuoso de la rectoral. Los cuatro vecinos de
Vegalora siguieron la calle de avellanos que conducía al río, salvaron
el puente, y una vez en la carretera fué asunto de pocos minutos el
poner el pie en la villa. Octavio apenas despegó los labios en todo el
camino. Una nube de pensamientos flamígeros daba vueltas en torno de su
cabellera y le impedía ver las que se cernían en las alturas, besadas
suavemente por los moribundos rayos del sol. ¡Qué cara pondrían los tres
graves señores que marchaban á su lado si dijese en alta voz lo que iba
pensando!

En una de las calles dejaron á D. Primitivo, que se metió en su casa.
Más adelante al licenciado Velasco de la Cueva. Por último llegaron á
casa de D. Marcelino. La tienda estaba ya iluminada.

--¿No ve usted qué amigos son de la claridad en mi casa?--exclamó el
tendero en tono que no expresaba ninguna satisfacción.--¿Quiere usted
pasar, D. Octavio? No tardará la gente en llegar.

--Con mucho gusto. Pase usted, D. Marcelino.

--Pase usted, D. Octavio.

--Pase usted, D. Marcelino.




V

La tienda de D. Marcelino.


Aunque mucho más clara de lo que su amo hubiera deseado á tales horas,
la tienda no era, á decir la verdad, un farol veneciano. Toda su
iluminación se reducía á una lámpara de petróleo colgada en el centro de
la estancia sobre el mostrador. Y como quiera que la tienda era grande y
la lámpara tenía pantalla, su luz blanca y crecida, en forma de
mariposa, no conseguía traspasar los polvorientos cristales de los
armarios. Si no supiéramos, pues, hace tiempo, que D. Marcelino
comerciaba en paños y bayetas, no era fácil que ahora nos informáramos
del contenido de tales armarios. El mostrador iba de una á otra pared á
lo ancho y era oscuro, y estaba resplandeciente por el uso lo mismo que
si lo acabasen de barnizar. Había clavadas en él algunas monedas
falsas, y en uno de sus extremos se veía una pecera sucia por la cual
nadaban algunos pececillos colorados. Detrás del mostrador, y en un
rincón de la tienda, una mesilla rodeada por un enrejado de madera
pintada de verde. Era el escritorio; el paraje más temible y peligroso
de la comarca. Decía Paco Ruiz á sus amigotes del café que prefería ir á
medianoche al cementerio á llegarse á las doce del día al escritorio de
D. Marcelino.

El contenido oficial (digámoslo así) del establecimiento, y por el que
D. Marcelino pagaba su contribución, si es que la pagaba, que no estamos
seguros, eran los paños y las bayetas. Mas podemos afirmar, bajo palabra
de honor, que un día hemos visto entrar á un niño pidiendo media libra
de fideos y se la dieron; otro día entraron varios jóvenes por cohetes y
salieron con ellos; y, finalmente, en cierta ocasión entró una mujer
pidiendo sanguijuelas y observamos que satisfacían su demanda. Y si D.
Marcelino no era exclusivo en la naturaleza y circunstancias de sus
mercancías, fuerza es confesar que aún lo era menos en el carácter y
opiniones de los tertulios que cotidianamente invadían su tienda. Allí
acudían, como todo el mundo sabe, personajes tan arcaicos y retrógrados
como D. Primitivo, don Juan Crisóstomo, el cura de Vegalora y el de la
Segada; conservadores partidarios del justo medio como D. Lino Pereda,
D. Ignacio Valcárcel y otros; liberales templados como D. Baltasar
Rodríguez, el juez y el promotor fiscal, y, por último, republicanos
federales socialistas con todas sus consecuencias como Paco Ruiz y su
sabio amigo el joven _krausista_ Homobono Pereda, hijo de D. Lino.
Fáciles son de presumir los zipizapes de que sería teatro en muchas
ocasiones el establecimiento de D. Marcelino. Por fortuna éste tenía la
saludable costumbre de dar la razón á todos y cada uno de los
contendientes. De esta suerte nadie se encontraba solo en la defensa de
ninguna causa y la irritación nunca podía alcanzar un grado peligroso.

Cuando nuestros amigos penetraron en la tienda, las únicas personas que
en ella había eran D.ª Feliciana y su hija Carmen cosiendo debajo de la
lámpara, y Paco Ruiz sentado sobre el mostrador con las piernas colgando
hacia fuera, que se balanceaban suavemente como dos péndulos.

--¡Hola! ¿Vienen ustedes de visitar á la ilustre familia de los
Trevia?--dijo Paco Ruiz, que era un mozo guapo y arrogante, de ojos
negros expresivos, barba recortada y que á la sazón mordía, cerrando los
ojos voluptuosamente, un magnífico cigarro habano.

--Sí, venimos de la Segada.

--¿Repartían por allá monedas de cinco duros?

--Lo que se repartía cuando fuimos era un sol magnífico capaz de
derretir las piedras.

--¿De manera que usted cree que yo no debo ir á la Segada?

Paco Ruiz dijo estas palabras con gravedad cómica. D.ª Feliciana y
Carmen rieron.

--¡Siempre ha de ser usted el mismo!--repuso D. Marcelino un poco
amoscado levantando la tabla del mostrador para entrar.

Efectivamente, Paco Ruiz siempre era el mismo, esto es, siempre era un
joven más chistoso que afable y más desvergonzado que chistoso.
Pertenecía á una antigua aunque arruinada familia de Vegalora. Para
subvenir á sus muchas necesidades no tenía otras rentas que el tresillo,
el golfo y el monte, en cuyos juegos, al decir de la villa, era un
asombro de habilidad. Cinco ó seis horas de casino todos los días le
bastaban para gastar más con su persona que otros muchos con toda su
familia. Vestía con lujo, pero caprichosamente y sin someterse á la
moda: traía sortijas de valor en los dedos y fumaba los mejores cigarros
de la provincia. ¿Por qué era republicano? Nunca hemos acertado á
comprenderlo. Verdad que se reía de las preocupaciones nobiliarias y
decía muy buenos chistes á propósito de los conservadores; pero con todo
eso, puede dudarse que hubiese en el fondo hombre más orgulloso y
linajudo que Paco Ruiz. Es posible que este muchacho encontrase muy
original el ser demócrata perteneciendo á una familia aristocrática, y
que sólo buscando la belleza de tal contraste hubiera venido á dar con
sus huesos en el partido liberal más avanzado.

Octavio pasó también con D. Marcelino al interior de la tienda y se
sentó al lado de Carmen, y le dijo en voz baja algo al oído. La niña le
respondió igualmente en voz baja, con mucha amabilidad.

Carmen era una niña hermosa, infinitamente más hermosa que su padre.
Acababa de cumplir los diez y ocho años, y era blanca como la leche y
rubia como el oro. Su madre también lo era. Tenía los ojos azules,
oscuros y profundos como el mar, y como en éste, también fingía la mente
detrás de su misterio palacios encantados de cristal y jardines
deslumbradores. ¡Parecía increíble que tal pimpollo fuese hijo del
puerco espín de D. Marcelino! Cuando más niña, la llamaban en la villa
_el angelito_. Ella se incomodaba mucho y solía venir á casa llorando
cuando al salir de la escuela los chicos la seguían apodándola de este
modo. En efecto, era difícil imaginarse nada más lindo y más aéreo que
Carmen á los doce años. Con la edad, y al hacerse mujer, los contornos
celestes y angélicos se habían borrado un tanto, pero nada había perdido
por eso su belleza. Sobre las líneas puras y gloriosas del querubín, la
naturaleza había trazado otras más curvas y terrenales que le iban á
maravilla.

Además, tenía un modo de mirar dulce, rápido y lleno de timidez que
seducía á la gente joven de la villa. Cuando lanzaba una de esas miradas
fugaces y vivas como un relámpago de estío, parecía que el alma se
asomaba un instante á los ojos, poníase al tanto de todo y se entraba
otra vez, y velozmente, en su retiro. Hablaba poco y sonreía á menudo.
Los tertulios viejos de D. Marcelino no tenían boca bastante para
elogiar su modestia y afabilidad. Los jóvenes no hallaban términos
suficientes para exaltar su belleza.

--Conque diga usted, D. Marcelino, y no se ofenda, ¿el conde viene tan
loco como se fué?

--Vaya, vaya, veo que está usted de mejor humor que yo.

--Me han contado cosas graciosas de su vida en Madrid. Últimamente le ha
dado, según me han dicho, por bañarse todos los días en una porción de
aguas, hasta que la última quede siempre tan cristalina como antes de
meterse en ella. El mejor día le van á salir escamas al pobre señor,
aunque ya me parece que vive escamado... y hace bien, porque su mujer
vale lo que pesa.

--Vamos, Paco, no sea usted malo--exclamó D.ª Feliciana con una mueca
que revelaba la influencia fascinadora que sobre su alma ejercía la
murmuración.

--Si usted fuera á dar crédito á todo lo que se dice, Paco--añadió D.
Marcelino,--pasaría la vida escuchando necedades.

--Pero, hombre de Dios, ¿quiere usted decirme á mí lo que es ese
caballero? ¿Pues no le he visto soltar un tiro á una yegua que le había
costado diez mil reales, porque se le encabritó cerca del puente nuevo?
¿Y no recordamos todos cuando andaba por esas calles vestido de dril
blanco en el mes de Enero?

--Á mí me contó Dolores, la doncella que dejaron aquí--apuntó D.ª
Feliciana,--que recién casado con Laura la obligaba á sentarse en una
mecedora y él se sentaba frente á ella en otra, y pasaba horas enteras
meciéndose, sin quitarla ojo.

--¡Estaría divertido, como hay Dios!... Pero eso también lo hacía D.
Marcelino con usted.

--¡Ya lo creo! Nosotros los plebeyos no podemos darnos el gusto de tener
extravagancias como ustedes los aristócratas.

--¡Adiós! Ya se enfadó D.ª Feliciana.

--¡Buena tonta sería en enfadarme por una simpleza como ésa! Me parece
que ya debía estar acostumbrada á sus ocurrencias.

--_Nosce te ipsum_, D.ª Feliciana. Usted está enfadada y no lo conoce.
Meta usted la mano en el pecho y se hará cargo...

--¡Cállese usted, hombre!--exclamó la señora riendo.--Á usted hay que
meterlo en salmuera para que no se pierda.

--Está visto, D.ª Feliciana no puede enfadarse conmigo.

Y así era la verdad. El espíritu de aquella señora guardaba en sus
adentros notables afinidades con el del jugador. Ambos se comprendían
admirablemente. Para D.ª Feliciana, encerrada noche y día detrás del
mostrador y ocupando todas las horas de su existencia en ir levantando
poco á poco y ochavo á ochavo la fortuna de su marido, Paco Ruiz, con
sus dichos picarescos, á los cuales daba realce la constante gravedad de
su fisonomía, representaba el teatro, el baile, las joyas, los vestidos;
todo lo que constituye el recreo y á menudo la felicidad de una mujer.
Para el jugador, D.ª Feliciana era un ser despreciable, como todos los
de la creación, pero que le comprendía, alcanzando el valor de sus
frases. En muchas ocasiones, pues, y cuando se enredaba en los pliegues
de un _humorismo_ harto sutil, Paco se veía en la necesidad de hablar
sólo para doña Feliciana. El resto de la tertulia adivinaba de un modo
vago la malignidad de que estaban cargadas las palabras, pero no iba
hasta el fondo de su significado.

Llegó, en esto, á la tienda un señor como de sesenta años de edad, alto,
delgado, vestido todo de negro y con sombrero de copa. Y á propósito de
los sombreros de copa, hay que decir que en Vegalora sólo había siete
personas que lo gastasen á diario, entre las cuales se contaban el
licenciado Velasco de la Cueva, el juez, D. Ignacio Valcárcel y el
caballero de las patillas blancas, que ahora da las buenas noches á los
presentes con una reverencia protectora que indica claramente la enorme
respetabilidad de que gozaba.

--Buenas noches, D. Lino--dijo Paco.--¿Dónde ha dejado usted á Homobono?

D. Lino tosió dos ó tres veces, se sentó con mucha calma y se dignó
responder al cabo de algunos instantes:

--Homobono, entregado al estudio con harto más ahinco de lo que aconseja
la higiene y la prudencia, no vendrá hasta dentro de un rato.

--Tiene usted un hijo de mucho provecho, don Lino. Bien que, siendo
republicano, no hay para qué añadir que es un joven excelente.

D. Lino tosió otras tres veces y dejó trascurrir bastante espacio entre
la tos y el discurso.

--¿Qué se os alcanza á vosotros todavía sobre los altos asuntos de la
política? Como sois unos muchachos (Paco tenía treinta años), camináis
desenfrenados persiguiendo un ideal de todo punto imposible. (D. Lino
vuelve á toser y prosigue su oración firme y pausadamente, como hombre
que posee una renta de cinco mil duros en bienes raíces.)--¿Nunca
observasteis cómo el hombre que corre mucho para llegar á un punto á
menudo cae y se inutiliza y no consigue jamás su propósito? ¿Y cómo el
que á su lado camina lenta pero seguramente suele dar cima á su empresa
y logra ver colmados sus deseos?...

--Pero, D. Lino, ese argumento no tiene fuerza, porque...

--Espera, hombre, espera; déjame terminar; los jóvenes sois muy
precipitados. (Nueva y prolongada pausa.) Pues de la misma suerte que
entre estos dos caminantes el segundo es el juicioso y el primero el
insensato, y el uno consigue su intento, mientras el otro derrocha
estérilmente sus fuerzas y las consume, así en el gobierno de las
naciones...

Enredóse una discusión política que se prolongó bastante tiempo.
Repitiéronse hasta la saciedad todos los lugares comunes que á la sazón
llenaban las columnas de los periódicos.

Si á D. Lino le faltase este cachito de discusión que por su edad y
prestigio venía siempre á reducirse á un monólogo conservador, no
tendría ganas de cenar al irse á casa. Paco Ruiz le respetaba mucho más
de lo que podía esperarse de su carácter díscolo y desvergonzado, lo
cual no sabemos si procedía de la amistad que le unía á su hijo Homobono
ó de otra mayor razón.

Durante la discusión de Paco y D. Lino, fueron entrando en la tienda y
sentándose en los bancos forrados de gutapercha algunas figuras
silenciosas, que resultaron ser las del juez, don Ignacio Valcárcel, el
promotor, el médico y otros dos caballeros.

Callaron buen rato y atendieron á las razones que ambos contendientes se
arrojaban al rostro; pero observando su escasa ó ninguna novedad, se
pusieron á hablar entre sí. D. Ignacio fué el primero que se volvió
hacia sus compañeros entablando conversación.

No le gustaba escuchar, según decía, sino cuando le enseñaban algo. Por
eso él, siempre que hablaba vertía raudales de ciencia enseñando á sus
oyentes á qué hora se había levantado, si el chocolate le había
producido algún ardor en el estómago, cuál era su paseo favorito, si
las últimas botas que le hicieron habían resultado buenas, en qué
postura dormía más á su gusto, etc., etc. Estos conocimientos no salían
de la esfera de su personalidad. Si D. Ignacio fuera un poeta inspirado
ó un gran filósofo ó un estadista notable, tendrían, á no dudarlo,
bastante importancia, sobre todo cuando se tratase de escribir su
biografía; pero, desgraciadamente, no sentía ninguna afición á las
musas, odiaba á los filósofos, y en cuanto á la política, quedaba
reducida su actividad á leer _El Tiempo_, por lo cual no diremos más de
su carácter ni de la influencia que ha ejercido sobre su siglo.

Un grupo de mujeres, abrigadas con mantones grises y envuelta la cabeza
en sereneros de estambre de varios colores entró en la tienda,
animándola repentinamente con una ráfaga de saludos y movimientos
desordenados. D.ª Feliciana y Carmen se levantaron y salieron á
recibirlas. Hubo por breve rato besos sonoros en las mejillas, risas
descompasadas y preguntas sin fin. Todas aquellas señoras querían hablar
á un tiempo, todas tenían en su cabeza un mundo de pensamientos
referentes á si habían salido ó no de casa el día anterior, á si habían
traído el calzado fuerte por causa de la humedad, á si habían cenado
primero que otras noches ó si estaban acatarradas ó no habían tenido
humor para peinarse, etc., etc., que necesitaban echar fuera cuanto más
antes y sin darse punto de descanso. Ya un tanto sosegadas, D.ª
Feliciana propuso que se pasara á la trastienda, y allá se fueron las
hembras acompañadas de Paco Ruiz, el promotor y Octavio. Los caballeros
quedáronse en sus puestos. Y es fama que en toda la noche el infeliz D.
Ignacio no pudo aprender nada, gracias á la prodigiosa facundia de D.
Lino.

Una vez en la trastienda, que era una sala cuadrada bastante sucia,
vestida de estantería de madera llena de piezas de paño y sembrada,
sobre todo hacia los rincones, de multitud de objetos polvorientos y
enmohecidos, las señoras se despojaron de sus abrigos. En el centro
había una gran mesa cubierta con tapete azul, y colgando sobre ella una
lámpara idéntica á la de la tienda. Sentáronse todos con gran algazara
moviendo las sillas mucho más de lo necesario. Octavio se sentó al lado
de Carmen, sin que nadie se acordase de disputarle el sitio, antes por
el contrario, se observó por varias de las señoras que D.ª Feliciana,
distraídamente sin duda, soltó velozmente la silla que tenía cogida al
lado de la de su hija cuando nuestro joven se acercó á ella.

--Venga esa bolsa, Carmelita--dijo Paco, que andaba dando vueltas
alrededor de la mesa, metiendo la cabeza entre las señoras, hablando y
riendo con todas;--¿dónde la ha puesto usted?

--Ahí, en el segundo estante, á la izquierda... cójala usted.

--Señoras, yo llevo la voz cantante esta noche. Les participo que he
tomado antes de venir dos huevos crudos. Ninguna de ustedes está en
situación de hacerme la competencia. Daré el do de pecho y haré algunas
_fermatas_ de última novedad.

Sacó de la enorme bolsa de percal un enjambre de cartones de lotería y
los dejó sobre la mesa. Las señoras se apresuraron á tomarlos y ponerlos
delante de sí, uniéndolos simétricamente. Después sacó un plato de metal
que quedó fijo en el centro.

--Vamos, señoras, dinero al plato--dijo doña Feliciana.

Los tertulios fueron sacando de sus faltriqueras un crecido número de
monedas de cobre y otro mucho más escaso de plata.

--Yo no tomo hoy más que un cartón--dijo una señora que tenía cara de
lagartija.--El domingo perdí seis reales... Ahí va un perro chico.

--Doña Demetria--apuntó Paco,--es usted muy desgraciada en el juego.
Debe usted ser dichosa en amores.

--Sí lo he sido, porque nunca tuve un novio tan insignificante como
usted.

--Por más que usted piense otra cosa, doña Demetria, sigo creyendo que
usted y yo haríamos una pareja muy linda... Ya sabe usted que en cuanto
esos labios de coral pronuncien el ansiado sí, encargo el _trousseau_ á
Madrid... ¿Le gustan las camisas abiertas, D.ª Demetria?

--Vaya, vaya, callen los novios y empiece ya á cantar--manifestó D.ª
Feliciana.

--Vamos allá.

Paco empezó á remover con mucha prisa y donaire la bolsa. Las bolas de
madera de boj que había dentro produjeron un ruido desagradable.

Octavio acercó la boca al oído de Carmen y le dijo suavemente en voz muy
baja:

--¿Te has acordado de mí hoy?

La niña sonrió y siguió mirando para los cartones que tenía delante.

¡Hola, hola! ¿Pero el señorito Octavio es novio de la niña de D.
Marcelino? ¡Quién lo hubiera pensado hace pocas horas al verle tan
rendido y melifluo al lado de la condesa de Trevia! Y no es un novio
cualquiera, según todas las señales, sino un novio consentido y aceptado
por los padres; un novio oficial. ¡Qué bien se conoce que D. Baltasar
Rodríguez ganó mucho dinero á la abogacía y aún más con algunos negocios
de minas en que estaba metido! D. Marcelino poseía un buen capital, pero
tenía varios hijos, mientras D. Baltasar acumulaba riquezas para uno
solo. He aquí el secreto de que nuestro señorito se hallase sentado tan
á sus anchas al lado de la hermosa Carmen.

--Esta noche he soñado--continuó Octavio en voz apenas perceptible--que
te habías muerto. Estabas tendida sobre un lecho de hojas de laurel y
sándalo y tenías ceñida la frente por una corona de azahar. Tu madre me
llevó de la mano adonde yacías y me dijo: «Mira qué hermosa está; ¡si
parece que está dormida!» Yo me incliné sobre ti y te contemplé algún
tiempo y se me saltaron las lágrimas. Mis lágrimas cayeron sobre tu
rostro y levantaste la cabeza con un movimiento rápido, «¡Está viva,
está viva!» gritó tu madre...

--¡Sabes que sueñas unas cosas divertidas! Habrías cenado fuerte.

--Entonces yo me incliné aún más, mucho más, metí las manos suavemente
por debajo de tu cabeza y la aproximé mucho, muchísimo á la mía. Después
hice una cosa que quisiera estar haciendo á todas horas...

--¡Qué tonto eres!--dijo la niña ruborizándose.

--El once; el cuarenta y tres; el setenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.

Mientras agitaba las bolas, todas las miradas se posaron en los dos
amantes, que instantáneamente dejaron de conversar. Paco volvió á sacar
y á gritar los números.

--¿Me quieres mucho?

--¿No te lo he dicho bastantes veces? Ya debías estar cansado de
saberlo.

--Díme, cuando te despiertas por la noche, ¿en qué piensas?

--Yo nunca despierto por la noche, querido. En cuanto apago la luz quedo
como un leño, y si alguna vez, por casualidad, despierto, al día
siguiente no me acuerdo de lo que estuve pensando. Ya sabes que no soy
tan poética como tú... Apunta ese diez y siete que acaba de salir...
Creo que para querer bien no es necesario tener esas ideas románticas.

--Pues yo creo que sí.

--Pues yo creo que no.

--Vaya, no riñamos y mírame un poco. Tú no sabes las cosas que yo veo al
través de tus pupilas azules. Lo más hermoso que existe en la creación
es azul: el cielo, el mar y tus ojos. ¿No has observado qué afición
tengo al color azul desde que te quiero? Mira mi traje; mira mi
corbata...

--El veintiocho; el tres; el cinco; el ochenta pelado, y revuelvo--gritó
Paco.

--Ya tengo terno--dijo D.ª Feliciana.--Oiga, Paco; no ha contado usted á
estas señoras la escena de la llegada de los condes. ¡Si vieran ustedes
qué bien imita á Laura! Es morirse de risa. Vamos, Paco, describa usted
la escena.

--Sí, sí, que la describa--dijeron todos.

--Ahora estamos jugando; más tarde--repuso Paco.

--No, no, ahora--clamaron todos.

El jugador se hizo todavía un poco de rogar; pero al fin, cediendo á las
instancias reiteradas del concurso, dejó la bolsa sobre la mesa y dijo á
D.ª Feliciana:

--Pues bien, ofrézcame usted las rosquillas. D.ª Feliciana se levantó
con la sonrisa en los labios, tomó el plato de los cuartos y se fué
hacia él en ademán humilde y presentándoselo. Entonces el jugador, con
modales grotescos y atiplando la voz, comenzó á remedar á la condesa de
Trevia (que en aquella tertulia se llamaba siempre Laura á secas),
contrahaciendo sus nobles y sencillas palabras y poniendo en caricatura
sus graciosos ademanes. Los tertulios todos, exceptuando á Octavio,
reían con estrépito. Paco Ruiz tomaba con la punta de los dedos, y como
temiendo mancharse, una moneda del plato y figuraba morderla con mucha
delicadeza, diciendo:

--Están muy buenas, D.ª Feliciana; ¿las ha hecho usted? No podía usted
ofrecerme regalo mejor, señora.

Y las frases incisivas y groseras volaban de boca en boca, mientras el
jugador, como un notable comediante, seguía parodiando la escena breve
en la cual aquella D.ª Feliciana que ahora reía con tanto gozo, había
salido á la calle toda sofocada con una bandeja de confites, prodigando
á la condesa las más extremadas y serviles lisonjas. Una señora
exclamaba: «¡Ya lo creo que estarían buenas! ¡Que se acuerde de las que
comía en casa de su padre!» Otra decía: «¡Vaya por Dios, señor; yo con
estas cosas me mareo!» Más allá murmuraba una vieja: «¡Qué mundo éste y
cuántas vueltas da!» Y todas ellas hacían coro con sus risas maliciosas
y sus dichos punzantes á la mímica del jugador, el cual, así que
concluyó de representar la escena, volvió á coger la bolsa y dijo como
hablando consigo mismo en tono entre compasivo y desdeñoso: «Á esta
pobre Laura le sienta el condado como á un Cristo un par de pistolas».
Las señoras le miraron con respeto y rieron discretamente este chiste
que cerraba la serie de los pronunciados con tal motivo. Octavio dijo á
Carmen en voz baja pero irritada:

--¡Parece mentira que te rías de estas payasadas!

La niña le miró con ojos muy abiertos y asombrados, como si no acertara
á comprender la posibilidad de que fuese malo y feo lo que solazaba á
tanta gente respetable. Desde que tuviera uso de razón no había
escuchado en su tienda otras conversaciones.

--El treinta y dos; el siete; el setenta y uno; la niña bonita...

--Es decir, Carmen--sopló Octavio al oído de su novia, la cual le pagó
con una mirada risueña que sin duda significaba: «¡Acabaras de decir
algo de provecho!»

--Los anteojos de Mahoma; el uno; arriba y abajo...

--¡Alto! ¡alto! ¡alto!--exclamó atropellándose una señora que tenía una
verruga en la nariz y gastaba sortijas de pelo en las sienes.

--Ya principia D.ª Faustina--exclamó D.ª Feliciana con mal
humor.--¡Bendito sea Dios, señora, qué suerte tiene usted!

Mientras se confrontaban los números del cartón con los de las bolas que
se hallaban esparcidas encima de la mesa, tarea que duró buen rato,
porque Paco se complacía en atormentar á la afortunada señora, los
amantes no cruzaron la palabra. Cuando el jugador volvió á agitar la
bolsa comenzó otra vez su arrullo suave.

--Te voy á pedir una cosa.

--¿Qué es?

--¿Me la concederás?

--Díme antes lo que es.

--No, no; quiero que me digas primero si has de concedérmela.

--Mientras no sepa de qué se trata, no te lo puedo decir. Ya comprendes
que si es una cosa que no deba concederte...

--Pues bien, te lo diré; dame un zapatito tuyo.

--¡Ave María Purísima! ¿Y para qué quieres tú eso?

--Para tenerlo guardado siempre como una reliquia en un cofrecito de
cristal y ponerlo al lado de mi cama; para sacarlo cuando me vaya á
acostar y acordarme de ti y darle un millón de besos...

--¡Calla, calla!--exclamó la niña sonriendo ruborizada.

--El diez y seis; el treinta y nueve; el setenta pelado, y revuelvo.

--¡Jesús, qué setenta--interrumpió D.ª Demetria;--ni una sola vez deja
de salir!

--¿Me lo concederás, hermosa?

--No.

--¿Por qué?

--Porque es una suciedad... Apunta ese cuarenta y nueve.

--Todo es límpido y bello tratándose de ti.

--¿Te figuras que soy cuerpo santo? Espera, espera un poco--dijo mirando
para los cartones de Octavio;--has dejado pasar el trece sin dar el
alto.

--¿Qué es eso? ¿qué es eso?--preguntó doña Feliciana introduciéndose en
la conversación.

--Que Octavio ha dejado pasar el trece que le faltaba sin dar el alto.

--Pues ahora ya no tiene derecho--exclamó precipitadamente y lanzando
miradas ansiosas al plato D.ª Faustina.

--¿Y por qué no la ha de tener, si estaba distraído?--repuso D.ª
Feliciana.

--Pues por lo mismo; el juego es juego y se ha de atender á él con
formalidad.

--No se apure usted tanto, señora, que no es puñalada de pícaro. Si
tuviera los cinco sentidos puestos en el cartón, como usted, no le
sucedería eso.

--No se necesita tener puestos los cinco sentidos para apuntar los
números que salen, y es triste gracia que, porque una persona se
distraiga, los demás suframos las consecuencias.

--Más triste es la gracia de ganar una lotería y que otro se la lleve.

--Mire usted--dijo Paco al oído de la señora que tenía á su lado--con
qué energía defiende D.ª Feliciana los perros chicos de su yerno.

D.ª Feliciana comprendió por el movimiento de los labios del jugador y
por la sonrisa de su compañera que había servido de tema á una burla, y
no dijo otra palabra. El juego continuó y volvió á escucharse el cántico
de los números en medio de religioso silencio. Al cabo de unos instantes
D.ª Faustina dió el alto.

Considere el lector lo que entonces pasó por el corazón de D.ª
Feliciana. Si no fuese porque Paco la miraba fijamente y sonriendo, es
seguro que aquella noche D.ª Faustina hubiera oído las verdades del
barquero. Otras cinco veces entraron de golpe las bolas de boj en la
bolsa, y otras tantas salieron una á una y con pausa. Con la vista fija
en los cartones y un grano de maíz entre los dedos, los tertulianos
permanecían silenciosos y atentos, excepto nuestro señorito que á menudo
se inclinaba hacia la oreja nacarada de Carmen para decirle algunas
palabras. Aunque parezca mentira, aquel senado gozaba placeres infinitos
mientras alguno de sus miembros no gritaba «¡alto! ¡alto!» El único que
se aburría soberanamente era Paco, quien procuraba ostentar su
aburrimiento y presentarlo á la tertulia como un nuevo derecho á su
gratitud y admiración. Su grito bronco y desafinado llegaba
perfectamente hasta la tienda y hacía sonreir á los padres graves en los
momentos de silencio. La charla de éstos sólo llegaba á la trastienda
cuando degeneraba en disputa. Á las diez se levantó una señora diciendo
que era muy tarde. Las demás lograron convencerla de que debía esperar
la última lotería. Cuando concluyó, todos empujaron los cartones hacia
adelante. Paco comenzó á tirar granos de maíz á las señoras, que se
alborotaron como gallinas en el corral, y muertas de risa dispararon
iguales proyectiles contra el agresor, quien, haciendo muecas y
contorsiones cómicas, fué á refugiarse en un rincón de la estancia.
Mientras tanto Octavio separaba un lápiz de oro que pendía como dije de
la cadena de su reloj, y volviendo un cartón del revés escribió estas
palabras: «Adiós, dueño mío; voy á pensar en ti». Después presentó el
cartón á su novia. La niña se rió, y pidiéndole el lápiz comenzó á
borrar lenta y cuidadosamente lo escrito.

--Vaya, vaya, que es muy tarde--dijo con impaciencia la señora que
primero se había levantado.

Empezaron á ponerse los abrigos. Paco tomó el serenero de una señora, se
envolvió la cabeza con él y salió de esta traza á la tienda, donde fué
recibido con risas protectoras y benévolas. Las señoras á su vez
chillaban y soltaban carcajadas agudas que provocaban á reir. Hubo, lo
mismo que á la entrada, apretones de manos, besos sonoros y mucho ruido.
Todas las damas hablaban á un tiempo. Octavio aprovechó la confusión
para mandar un beso á su novia con la punta de los dedos. Por fin el
bullicioso grupo salió á la tienda, y de allí, después de haber tomado
en su compañía la parte masculina de la tertulia, á la calle. En la
puerta encontraron á Homobono Pereda, que era un muchacho de veintidós
años con las piernas torcidas y cara de niño llorón. En Vegalora le
llamaban el _Feto_. Acababa de concluir la carrera de Filosofía y Letras
en Madrid y tenía ya escrito y publicado un volumen sobre los _Orígenes
de la vida_; otro, que comprendía sólo la parte general, sobre el _Libre
albedrío_, y un folleto de sesenta páginas titulado _¿Adónde vamos?_ en
el cual se esclarecían de todo en todo las más famosas teorías y
sistemas que han nacido para defender la inmortalidad del alma. D. Lino
deploraba en público «las ideas extraviadas y los sueños» de su hijo,
pero en realidad no dejaba de considerarlo como un milagro y como á tal
lo sacaba á pasear casi todas las tardes por la villa, ofreciéndolo á la
admiración de sus convecinos con la misma unción que el sacerdote al
presentar el Santísimo Sacramento á la vista del pueblo.

--¡Á buena hora llega usted!--dijeron á un tiempo dos señoras, así que
vieron á Homobono.--De seguro estaría usted estudiando... Los libros le
sacan á usted loco.

--No lo crean ustedes--repuso el Feto ruborizándose.--No hice más que
entretenerme un rato... Pensaba venir á jugar, pero se me pasó la hora
sin saber cómo... Aunque ya era tarde, como estaba fatigado, salí á
tomar un poco el fresco... Tengo la cabeza como un horno...

--Eso no puede ser bueno, Homobono--dijo una señora.

--Se está usted matando--añadió otra.

--Todos los extremos son malos--apuntó una tercera.

--¡Sí, sí, estudia, querido,--exclamó Paco Ruiz,--que ya verás cómo te
paga este país!

D. Lino sonreía bienaventuradamente diciendo al promotor «que bueno era
estudiar; que brutos demasiados había en Vegalora». El grupo siguió
marchando por las calles oscuras y mal empedradas, riendo cuando alguno
tropezaba y charlando animadamente. Poco á poco se fué reduciendo el
pelotón por ir deteniéndose cada cual á la puerta de su casa. Octavio no
se fué á la suya hasta después de acompañarlos á todos. Ya sabemos el
trabajo que le costaba despedirse de un concurso. Cuando llegó á ella,
su madre le esperaba y la cena también. D. Baltasar se había ido á la
cama. Durante la cena, madre é hijo hablaron como dos amigos en tono
discreto y confidencial. No diremos lo que hablaron, porque se va
haciendo muy largo este capítulo. Sólo apuntaremos que Octavio llevó
casi todo el tiempo la palabra y que su madre le escuchaba atentamente y
con satisfacción. Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente
al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de
costumbre.

Finalmente, entróse nuestro mancebo en el cuarto donde por la mañana le
encontramos, y mientras se desnudaba perezosamente y arreglaba con
voluptuosidad las cortinas del lecho, no dejó de pensar un instante...
¿En quién, en quién pensaba el hijo único de D. Baltasar Rodríguez? Las
palabras fugaces que se le escapaban una que otra vez de los labios eran
incoherentes. Sólo cuando alzó la ropa del lecho y metió una pierna
dentro se le oyó claramente decir: «¡Que elegancia, qué distinción!» Y
más tarde, cuando apagó de un soplo la luz de la bujía y se zambulló en
las sábanas, también se le oyó murmurar: «Muy linda: tiene un tipo
ideal, pero ¡es tan cursi la pobre!»




VI

Un día más.


La doncella que á la mañana siguiente entró en el dormitorio de la
condesa de Trevia hizo el menor ruido posible al entreabrir los
balcones. Dirigió una mirada triste y compasiva al lecho de su señora y
salió sobre la punta de los pies como había entrado. La condesa se
incorporó y estuvo buen rato paseando la vista por los objetos que en
torno suyo yacían con insistente y extraña curiosidad, como si la
hubiesen trasportado durante el sueño á un paraje que jamás hubiera
visto. Tenía las mejillas encendidas: sus ojos brillaban de un modo
sombrío debajo de la primorosa cofia que mantenía prisioneros los
cabellos. Bien se echaba de ver que no había despertado en aquel
momento. El sueño dulce de la juventud no arrebata de tal suerte las
mejillas; no infunde en los ojos semejante brillo ni deja, sobre todo,
tal expresión aciaga sobre el rostro.

Por delante de aquellos ojos inmóviles y resplandecientes como el acero
bruñido había desfilado durante la noche una procesión de fantasmas. La
mirada de Laura guardaba aún restos del terror y el extravío que las
visiones infunden en el alma.

¿Qué había pasado aquella noche? Sería lo que otras veces. Porque la
joven condesa, en los años que llevaba de matrimonio, había visto
desfilar muy á menudo sobre su lecho la misma procesión de fantasmas
pálidos. Un criado indiscreto dijo al cabo de algún tiempo á un vecino
de Vegalora que aquella noche había visto por la rendija de una puerta á
la condesa de rodillas ante miss Florencia. El conde, con el rostro más
pálido que nunca, los brazos cruzados y un poco tembloroso, estaba en
pie mirándola fijamente. Antes había percibido en el gabinete de sus
amos ruido de pasos precipitados, voces y gemidos.

La condesa concluyó por fijar su mirada extraviada en el brazo que tenía
fuera de la cama: hizo un gesto de dolor, sacó el otro que tenía entre
sábanas, y suave y lentamente empezó á recoger hacia arriba la manga del
primero. La tenue camisa de batista fué poco á poco arrollándose en
torno de aquel brazo como un turbante. Los hechizos de aquel brazo,
prodigio de elegancia y blancura, iban quedando al descubierto sin
recibir el homenaje de admiración que un escultor le hubiera seguramente
otorgado. Cesó de dar vueltas. En una de ellas apareció sobre el fondo
blanco y lustroso una gran mancha morada con bordes amarillentos. Laura,
al ver aquella mancha, no pudo reprimir un leve gesto de espanto.
Después siguió con la vista clavada en ella larguísimo rato con la misma
expresión de extravío ó indiferencia. Poco á poco se fueron contrayendo
sus labios y dejaron paso á una sonrisa dura y cruel como nunca se había
visto en su cándida boca. Y detrás de esta sonrisa quiso percibirse,
allá en el fondo de la garganta, una risa apagada, nerviosa,
amenazadora, como jamás tampoco había salido de su pecho. Todas las
almas, hasta las más puras, se sienten acariciadas en algún instante de
la vida por el crimen. La condesa sentía ahora sobre la frente su beso
ardoroso, maldito. Separó los ojos de la mancha morada y los movió
siniestramente en todas direcciones. Parecía buscar la víctima. Dejó
vagar sus manos crispadas sobre la cama, apretando con fuerza la ropa.
Quizá buscaba el arma.

Pero ni la víctima ni el arma se mostraron. En vez de ellas, tropezaron
sus ojos al pasar por la ventana con los almenados riscos de la Peña
Mayor, que flotaba á lo lejos en el éter azul. Pocas veces apareció tan
pura y limpia de vapores como en aquel momento. La mañana era
espléndida. El sol había madrugado mucho, señal cierta de que á la
tarde se nublaría. Los contornos de la Peña Mayor y de sus compañeras
parecían dibujados sobre el gran lienzo del firmamento por un pincel
monstruoso. Laura miró otra vez á la mancha del brazo y otra vez levantó
la vista hacia las altas montañas del horizonte. El odio y la ira que
habían enturbiado sus claras pupilas se fueron disolviendo y tornaron á
aparecer en ellas las purezas y hermosuras del fondo. No tardaron en
nublarse de lágrimas y aun en dar paso á un torrente de ellas que le
abrasaron las mejillas, refrescándole el alma.

Vistióse con pausa, sin pedir auxilio á la doncella, y arrastrando un
poco los pies, que iban calzados con unos pantuflos de raso amarillo, se
acercó á la ventana. Las mañanas son frescas en este país hasta en el
mes de Junio, y los cristales se habían empañado. Se puso á escribir
distraídamente sobre ellos con su dedo rosado. Primero escribió su
nombre varias veces. Después trazó el de su niña «Emilia»; después el de
su hijo mayor «Pepito». Las letras despedían hermosos reflejos azules.
El dedo de la condesa, al trazarlas, producía débil chirrido. Quedóse un
instante pensativa. De pronto escribió rápidamente con caracteres casi
ininteligibles sobre el cristal el nombre de «Carlos». Era el de su
marido. Y al instante, rápidamente también y con cierta ansiedad feroz,
puso la palma de la mano sobre él y lo hizo desaparecer. Quedó limpio el
cristal. La Peña Mayor, bañada ya por la luz del sol, dejóse ver
risueña y serena como nunca.

Hizo llamar á sus hijos, y pasó más de una hora jugando con ellos como
una niña. El que la hubiese visto retozar locamente y correr de un lado
á otro, ora ocultándose de Pepito, ora persiguiendo á Enriqueta, ora
llevando entre sus brazos á Emilia para sustraerla á las caricias de sus
hermanos, no imaginaría seguramente que pocos momentos antes derramaba
copioso y amargo llanto. Una de las propiedades que caracterizaban á la
joven condesa era el pasar fácilmente del pesar á la alegría. Su
naturaleza sana y equilibrada rechazaba el dolor, como los organismos
rechazan siempre los cuerpos extraños. Aquella sangre, henchida de
juventud, que discurría por sus venas azuladas, tiñendo de carmín las
mejillas y latiendo poderosa en las sienes, tenía fuerza bastante para
ahogar los negros fantasmas de la imaginación. Era el suyo un
temperamento feliz que sólo muy tristes y odiosas circunstancias podían
volver desgraciado.

Después que los niños fueron á estudiar sus lecciones se puso á escribir
una carta. Antes de terminarla recibió la visita de su hermana Matilde,
que habitaba como señora la casa de Estrada. Sus padres habían fallecido
y también una de sus hermanas. Otra, llamada Ángela, se había casado con
un ingeniero belga y se había ido á establecer á Andalucía. Matilde era
la única que vivía en el país, casada con un muchacho más alto y fornido
que rico, gran bebedor y jugador de bolos, que poseía los instintos
groseros y viciosos de un labriego y los humos nobiliarios de un
mayorazgo. Tenían ya siete hijos, y aunque Laura y Ángela les cedieran
su parte de herencia, criábanlos más pobremente aún que D. Álvaro había
criado á los suyos. Raro era el año que no vendían alguna finca ó
tomaban á préstamo dinero para cubrir el déficit de sus ingresos.

Charlaron mucho, muchísimo. Laura no se cansaba de acariciar á su
hermana y de contemplarla con ojos ansiosos y húmedos. Recorrieron toda
la casa. Matilde quiso ver las ropas y objetos de Laura, y ésta, por
complacerla, se tomó la molestia de mostrárselos, sin notar las miradas
penetrantes y codiciosas que aquélla posaba sobre ellos, ni la sonrisa
de despecho que vagaba por sus labios. Las telas deslumbrantes que
derramaban un perfume delicado, los encajes costosísimos y los mil
primores de todas suertes que iban saliendo de los baúles, despertaban
en Matilde la sensualidad y concupiscencia de su naturaleza aldeana.
¡Cómo se hubiera reído de quien le dijese que su hermana, la opulenta
condesa de Trevia, era más desgraciada que ella!

Almorzaron en el palacio, y gracias á esta circunstancia hubo
conversación en la mesa. Poco después de tomar el café, Matilde rogó que
sacasen los caballos de la cuadra, pues había dejado á los pequeños con
la criada y estaba inquieta. Y montando con más arrojo que donaire y
acompañada de su robusto marido, partióse al trote corto, y es fama que
durante el camino no dirigió la palabra á su consorte.

Volvió Laura á la soledad de su cuarto. El día seguía despejado y
caluroso. Era la hora de la siesta. Los ruidos del campo se habían
apagado por completo. En la casa no se escuchaba más que la conversación
de los criados que departían ó altercaban en la cocina y el choque de la
vajilla al ser limpiada. Después de permanecer un rato apoyada en la
ventana, resolvióse á salir, no sin haberse procurado una sombrilla y
tomar su álbum de dibujos y algunos lápices. Cuando salvó la huerta con
ligero paso, el calor había alcanzado su grado máximo. El sol relucía
iracundo en las alturas con grandes ansias de reducir á cenizas todos
los verdores del valle. El viento perezoso no les daba ayuda con leve y
fresco soplo siquiera. Los árboles, las hierbas, las plantas y las
flores sufrían á pie firme aquel chubasco de rayos con dignidad y
resignación. Puesto que no hay otro remedio, parecían decir, dejémonos
tostar por ese bárbaro, esperando mejores tiempos. Algunas hojas más
pequeñas que las otras no podían resistir aquel infierno y se doblaban y
retorcían como pacientes en el tormento.

La condesa avanzaba por la huerta. La sombra desmesurada de su quitasol
corría como densa nube por encima de los cuadros de hortaliza. Algún
pájaro que venía jadeante á refugiarse entre los árboles proyectaba
también su monstruosa silueta al pasar. Abrió la puerta de la pomarada,
y entrando en ella la recorrió á lo ancho hasta dar con su mano en el
pestillo de otra puerta de madera. Detrás de ésta había un vasto campo
poblado de castaños que estaba en declive y era también pertenencia de
la casa. Empezó á subir por él lentamente, apoyándose en el quitasol que
ya había cerrado. Parábase de vez en cuando á tomar aliento con pretexto
de contemplar el valle que se iba desplegando á sus espaldas con
infinitos tonos verdes que la luz del sol matizaba. Cuando se sintió
incapaz de seguir, buscó con la vista el castaño más grande y frondoso y
fuése á sentar debajo de él. Dejó pasear su mirada serena por el hermoso
panorama que tenía delante. El Lora, como una cinta de plata bruñida,
desarrollábase á sus anchas por la parte llana. Las montañas mostraban á
lo lejos sus faldas de terciopelo verde.

Por último abrió el álbum, y tomando el lápiz se puso á dibujar el
tronco añoso y retorcido de un árbol cercano. Embebecida en su trabajo
no escuchaba el crujir de la hierba que no muy lejos de allí estaban
segando. Al cabo de poco tiempo una voz fresca de barítono entonó con
pausa las primeras notas graves de uno de los cantos del país. Laura
dejó reposar el lápiz: le parecía conocer aquella voz y aquel canto.
Sintió vibrar en su corazón los ecos perdidos de aquella balada triste y
monótona como todas las que resuenan en los valles del Norte. En otro
tiempo lejano, muy lejano, esas mismas notas, suaves como el arrullo de
la tórtola y prolongadas como el rumor del río, habían pasado muchas
veces por la garganta de una niña cándida y alegre á quien todos besaban
y llamaban de tú, trasformada después en ilustre dama.

Cuando el canto hubo cesado, se levantó y empezó á caminar hacia el
sitio de donde saliera. No tardó mucho tiempo en ver desde el bosque
donde se hallaba un prado extenso que le seguía. En medio de él una
cuadrilla de segadores inclinados hacia la tierra movían sus brazos á
compás. Cerca de ellos, en pie, estaba un joven vestido de dril azul y
sombrero de paja. Era nuestro conocido Pedro, que vigilaba los trabajos
de la gente y los dirigía. Podría tener unos veinticinco años de edad.
Era de mediana estatura, robusto y bien formado, de rostro moreno y
expresivo, con grandes ojos negros y cabello crespo y enredado. No había
nacido en la Segada, sino muy cerca de la casa de D. Álvaro Estrada.
Tocóle ir de soldado á los veinte años y consiguió llegar á sargento muy
pronto por su buena conducta y rápida comprensión. Cuando volvió á su
país, hacía poco más de un año, había perdido el hábito de trabajar en
las faenas del campo, aunque ganara mucho en el manejo de la pluma y
buenos modales. Por influencia de Matilde y su marido entró como
administrador subalterno de la casa de Trevia, habitando en el palacio
de la Segada y dependiendo del administrador general, que residía en la
capital de la provincia.

La condesa se fué acercando al sitio donde estaba la cuadrilla. Al verla
todos suspendieron el trabajo: apoyados en la guadaña quedáronse
contemplándola mientras Pedro corrió hacia ella con el sombrero en la
mano.

--¿No tiene usted miedo al calor, señora condesa?

--No; viniendo preservada del sol no es tan grande. Ponte el sombrero.
Al parecer, pronto segaréis el prado.

--Pensábamos darlo por concluído esta tarde.

--Mucho es, sin embargo.

Llegaron cerca de los segadores, que la saludaron llevando las manos á
los sombreros, boinas y monteras, que de todo había. La condesa pasó la
vista por aquellos rostros atezados y cubiertos de sudor que sonreían
rústicamente sin quitarla ojo.

--Mal día tenéis, amigos míos--dijo movida á compasión por la fatiga que
revelaban.

--La luna nos incomoda un poco, señora--respondió un viejo
sonriendo,--pero ya estamos acostumbrados.

Los compañeros rieron, y la condesa también, por complacencia.

--Mira, ven á mostrarme el establo: así nos libraremos un poco del
calor.

--Como guste la señora.

El establo se hallaba en la parte superior del prado. Era un edificio
construído con poco esmero, compuesto únicamente de una gran pieza al
nivel de la tierra para el ganado, y otra encima de ella para guardar la
hierba. Pedro corrió el cerrojo de una gran puerta pintada con almagre y
la abrió de par en par. El vaho que despedían los animales les calentó
el rostro. Las diez ó doce vacas que había dentro acostadas sobre hojas
de castaño y rumiando con sosiego volvieron lentamente la cabeza para
mirar á la puerta. Una de ellas, más medrosa que las otras, se puso en
pie. La condesa aspiró aquel ambiente denso y húmedo con más placer que
los perfumes de su tocador.

--¿Cómo se llama esa vaca que se ha levantado?

--Cereza.

--¡Qué hermosa es!

Entró en el establo y dió algunos pasos hacia ella.

--¡Cuidado, señora, que es un animal muy torpe!

Pero la condesa no hizo caso. Llegó hasta la vaca, la cual sacudió la
cabeza y lanzó un resoplido con señales de susto.

--¡Cuidado, señora, cuidado!--volvió á exclamar Pedro.

La condesa, sin vacilar, puso su diminuta mano sobre el testuz del
animal; después lo cogió por un cuerno, y, por último, empezó á
acariciarle el hocico. La vaca al principio sacudía la cabeza, hacía
sonar la cadena que la sujetaba; mas pronto se dió á partido,
contentándose con soplar fuerte y abrir mucho los ojos. Al fin, vencida
de gusto por las caricias, extendió la cerviz y lamió con su áspera
lengua la mano de la señora.

--Ya ves que no hay por qué tenerla miedo--dijo riendo y secando la mano
con el pañuelo.

Pedro la contemplaba con sorpresa.

--Éstas son las crías, ¿verdad?--dijo apuntando para unas cuantas
becerras sujetas á otro pesebre más chico.

--Sí, señora; ahora no hay más que tres, pero muy pronto tendremos otras
dos.

--¿Cuánto tiempo tiene esta pequeñita?

--No tiene más que un mes. Nació el 27 de Mayo.

--¡Qué cosa tan linda! ¡es una monada!

La becerra se puso á dar brincos y á tirar de la cadena cuando se
acercaron á ella. Una de las vacas volvió rápidamente la cabeza y lanzó
un débil mugido.

--¡Mira, mira la madre cómo nos riñe! La pobrecilla cree que vamos á
hacer daño á su hija. No tengas cuidado--exclamó dirigiéndose á ella,
que no la tocaremos.

La vaca, como si quedase satisfecha con aquellas palabras, dejó de mirar
á la cría y siguió ruminado tranquilamente.

--¡Qué animalitos de Dios! Son como nosotros.

--Y á veces mejores que nosotros--respondió Pedro.

--Y á veces mejores que nosotros--repitió la condesa, por cuyos ojos
pasó una nube que apagó un instante su brillo.

Salieron del establo cuando venían hacía él algunas mujeres con cargas
de hierba en la cabeza.

--¿Vais á meter la hierba en el pajar?--les preguntó.

--Sí, señora; la que traemos ya está seca.

--¿Queréis que os ayude?

Todas se echaron á reir. Una de ellas, más atrevida que las otras,
respondió:

--Sí, señora; súbase al pajar y recoja la hierba que nosotras le
daremos.

Pedro alzó una escalera de mano que estaba en el suelo y la arrimó á la
abertura del pajar, subiendo inmediatamente por ella.

--¿Se atreve usted á subir, señorita?--dijo desde arriba.

--Mira si me atrevo--contestó su ama al tiempo que ascendía por la
escala con soltura y decisión.

Pedro la tomó por la mano al tiempo de poner el pie en el pajar. Estaba
éste mediado de hierba. Laura se dejó caer sobre ella pesadamente,
aspirando con voluptuosidad el aroma fresco del heno, del tomillo, saúco
silvestre y otras hierbas aromáticas que se crían en los prados de la
montaña; después se levantó y se puso á dar vueltas de un lado á otro,
hundiéndose hasta la rodilla. Esto le placía sobremanera, á juzgar por
la sonrisa feliz que contraía sus labios. El pajar estaba solamente
cubierto por las tejas. Como éstas no ajustaban herméticamente, por los
claros que dejaban penetraba la luz, que por breves intervalos hería el
rostro de la condesa.

--Yo me colocaré á la ventana y recibiré la hierba que me den las
mujeres. Usted, señorita, ¿quiere ser la encargada de esparcirla?

--Sí, sí; estoy dispuesta á trabajar mucho; empieza cuando quieras.

--Pues á ello; ¡eh! tú, Rosaura, sube esa carga.

Una mujer subió hasta la mitad de la escalera de mano; desde allí
entregó su carga á Pedro, que después de desatarla comenzó á tomar
grandes brazados de hierba y á arrojarlos con fuerza hacia el sitio
donde se hallaba la condesa, que á su vez la tomaba también y la iba
esparciendo convenientemente. Al poco tiempo de ejecutar esta tarea,
algunas gotas de sudor empezaron á correr por su frente.

--¡Si vierais cómo trabaja la señora condesa!--dijo el mayordomo á las
mujeres de abajo.

--Así, así; hoy ganará su jornal--respondió una.

La condesa reía. Tenía ya las mejillas encendidas como la grana. Toda su
sangre de aldeana parecía fluir á ellas velozmente cansada de agitar el
corazón.

--¿No está usted fatigada, señorita?

--No, no; adelante.

--Pronto concluiremos; faltan solamente tres cargas.

Aunque no quería confesarlo, se hallaba horriblemente fatigada. Sus
hermosos brazos, que se trasparentaban dentro de la bata sutil que los
cubría, se iban moviendo cada vez con menos soltura: tenía la boca
entreabierta y respiraba aceleradamente. Al encendido encarnado de las
mejillas había sucedido cierta palidez, sobre todo en los labios y en el
hueco de los ojos. Cuando Pedro dijo «ya hemos concluído», se dejó caer
como una piedra, exclamando:

--¡Qué atrocidad! ¡Cómo me he cansado!

--¿La habrá hecho á usted daño, señorita?--preguntó el mayordomo con
solicitud.

--No, no; esto pasará en seguida.

Poco á poco, en efecto, fué desapareciendo la palidez del rostro, que
volvió á teñirse de vivo carmín. Los labios se fueron plegando para
ocultar las dos filas de primorosos dientes que habían mostrado hasta
entonces. Con el pañuelo se enjugaba el sudor del rostro y cuello. Tenía
la cabeza cubierta de hierbas y hojas menudas que se habían enredado en
el cabello. De vez en cuando levantaba con la mano los rizos que le
caían por la frente.

Después de una pausa bastante prolongada, fijó sus ojos con insistencia
en Pedro, que se había sentado á su lado, y aun estuvo de este modo
algún tiempo sin hablarle. Al cabo le preguntó:

--¿Eras tú el que cantaba hace poco?

--¿Dónde, en el prado?... Sí, señora.

--¡Cuántas veces habré cantado yo ese romance!... En mi casa lo llamaban
el romance de Laura. Tú eras muy niño, pero tu madre se acordará
seguramente de habérmelo oído.

--También yo me acuerdo.

--¿De veras? Debías de ser una criatura. Cuando me casé todavía ibas á
la escuela. Me acuerdo de verte pasar por delante de casa con el
cartapacio de cuero colgado al cuello. ¿No teníais la escuela en el
atrio de la iglesia?... Sí, sí; lo recuerdo perfectamente. El maestro
era un aldeano bastante bárbaro. Mi madre reñía con él algunas veces por
lo mucho que os maltrataba. Tú eras muy guapo de chico, pero también muy
travieso. Un día pasó un muchacho por delante de nuestra puerta con la
cara ensangrentada y nos dijo que tú le habías golpeado. Mi padre se
incomodó mucho...

--¿Era un hijo del tío Pepe, de la casa de abajo?

--Me parece que sí.

--Pues le pegué porque estaba pinchando con un alfiler á una niña de
menos edad que él, hija de Telesforo el tabernero. No se me olvida que
caimos los dos rodando en el barranco que hay junto á la iglesia. Me
acuerdo bien, porque aquel día me puso el cuerpo el maestro lo mismo que
una criba.

--¡Qué bruto!... Pues otra vez un criado de casa te quiso meter miedo
cuando ibas al oscurecer á la iglesia á tocar la oración, disfrazándose
con una sábana á modo de fantasma... ¡Pero bueno eras tú para dejarte
meter miedo!... Así que estuvo cerca tomaste una piedra y se la tiraste
á la cabeza con la mayor frescura. Vino descalabrado para casa, jurando
que se las habías de pagar.

--Pues yo, señorita, me acuerdo de usted en aquel tiempo como si la
tuviera delante de los ojos. ¡Qué divertida y jaranera era usted! Donde
usted estaba no podía haber mal humor, y en todos los horuelos y
_esfoyazas_ se aguardaba á la señorita Laura como al agua de Mayo. Oía
decir en mi casa y en todas partes que no había corazón como el suyo:
así que la quería más que á ninguna de sus hermanas. Después tuve
motivos para quererla mucho más, porque hizo usted por mí una cosa que
no la olvidaré mientras viva, así viva mil años.

--No recuerdo...

--Pues yo lo tengo bien presente. Mi padre, como usted sabe, señorita,
hacía almadreñas, y de eso vivíamos. Marchaba por la mañana al monte y
solía venir á la tarde. Los jueves iba á Vegalora á vender las
almadreñas. Yo acostumbraba á llevarle la comida al monte. En una
ocasión mi madre había estado enferma y en la cama algunos días, y tomó
algunas medicinas que yo le fuí á buscar. Al parecer se gastó en ellas
el único dinero que había en casa, porque me acuerdo bien que un martes
á la hora en que yo solía ir al monte con la comida, me dijo mi madre:
«No tengo que mandar á tu padre; el tabernero no quiso fiarme el pan ni
darme un poco de manteca para componer las patatas. Díle que si tiene
algunos cuartos te los dé. Á mí me proporcionará un poco de caldo la tía
Prudencia y tengo bastante». Marchéme al monte y hallé á mi padre
trabajando con mucho afán. Cuando me vió llegar sin la cesta me
preguntó: «¿No me traes la comida?» «Mi madre me dijo que no tenía que
mandarle; que si usted tenía algunos cuartos me los diera para comprar
pan.» Llevó la mano al bolsillo, pero no sacó nada de allí, y me dijo
con una alegría que yo comprendí que era fingida: «No hay necesidad de
ir por pan; no tengo hoy ganas de comer; conque á trabajar, amigo mío».
Y se puso, en efecto, á manejar el hacha con nuevo afán. Yo, entre
tanto, empecé á corretear por las cercanías, sin sospechar que mi padre
no había tomado alimento desde el día anterior. No obstante, me hice
cargo pronto de que su ardor iba cediendo y las fuerzas le abandonaban
poco á poco. Movía los brazos con dificultad y á menudo se detenía para
tomar aliento. Sin darme cuenta de ello, cesé de enredar y me fuí
acercando á él, mirándole en silencio. Al cabo de un rato dejó caer el
hacha de las manos y fijó en mi una mirada de angustia que aún tengo
clavada en el corazón. «No puedo más, Pedro; tengo hambre», me dijo. Yo
no sé lo que pasó por mí entonces, señorita. Se me hizo un nudo aquí,
en la garganta, como si fuese á ahogarme. Se me figuró que todas las
cosas daban vueltas á mi alrededor, y sentí dentro del pecho un frío
particular, que nunca más volví á sentir. De repente me acuerdo que eché
á correr como un loco por el monte abajo, sin saber adónde marchaba.
Como no seguía la vereda, me iba destrozando los pies con la retama y
las zarzas; pero no lo notaba. No veía nada. Las lágrimas me nublaban
los ojos; pero corría, corría cada vez con más furor, y sin saber cómo
ni de qué manera, me encontré delante de su casa. Estaba usted sola al
balcón cosiendo, y recuerdo que la dije temblando de miedo: «Señorita,
mi padre tiene hambre; déme usted una limosna, por Dios». Me miró usted
con mucha sorpresa, y me dijo: «Aguarda un instante». Al poco tiempo
bajó usted á la calle, se enteró de lo que pasaba, y me dió una peseta,
diciéndome: «Anda, ve á comprar pan, y corre á llevárselo». No había
necesidad de advertírmelo. Partí como una exhalación á la taberna,
compré un pan y un buen pedazo de queso, y subí dando brincos y trepando
como un corzo al sitio donde estaba. Cuando me vió con el pan y el queso
en la mano, lo primero que hizo fué preguntarme: «¿Quién te dió eso?»
«La señorita Laura.» «Que Dios se lo pague y se lo represente de gloria
en el cielo.» Después se puso á comer con un ansia que partía el
corazón. «Come tú también, hijo mío», me dijo al poco tiempo, «Ya me
dieron de comer abajo», le respondí. Era mentira. Yo tampoco había
tomado nada aquel día, pero quise que mi padre comiera lo que le hacía
falta. Cuando bajé, tragando unas cortecillas que había dejado, y la vi
á usted otra vez en el corredor, le juro que me pareció más hermosa que
la Virgen. Quise darla las gracias; pero no fuí capaz de decir una
palabra. Pasé con la montera en la mano, sin dejar de mirarla. Algo
debió usted conocer en mis ojos, porque se sonrió y me saludó con la
mano.

--¡Pobre Pedro!

--Los perros no olvidan la mano que les ha acariciado una vez. El hombre
que olvida los beneficios es peor que un perro.

--Después que yo me fuí has estado en el servicio, ¿verdad?

--Sí, señora; me tocó la suerte. Cuando me marché, la víspera de San
Antonio, creí que todos estos picachos se me venían encima. Iba más
triste que la medianoche. Este pobre Canelo que usted ve aquí era
entonces un cachorrillo, y me siguió más de cuatro leguas, hasta que
tuve que pegarle para que se volviese; pero después de pegarle, todavía
me seguía de lejos. Entonces hice que lo atasen y lo llevasen á
Vegalora. En mi casa no podían mantenerlo: se lo dejé á un amigo
panadero que tengo en la villa. Así que perdí de vista estas montañas,
ya me sentí otro hombre, y canté y retocé como los demás. ¡Qué palos me
tienen costado estos retozos! Había un sargento en mi compañía que
nunca prevenía las cosas más que una vez. Decía que él no era reloj de
repetición. Á la segunda hablaba con el garrote. Pues, á pesar de
santiguarnos de lo lindo, no le queríamos mal, porque era hombre franco
y nunca delataba á nadie. En una acción cayó herido á mi lado: yo lo
cogí y lo llevé sobre las espaldas cerca de una hora, hasta encontrar
una barraca, donde murió á las pocas horas.

--¡No habrás pasado pocos trabajos, Periquillo! Llevarías escapulario
siempre, ¿no es verdad?

--De Nuestra Señora del Carmen.

--¿Caíste herido alguna vez?

--Sí, señora; una vez, en Navarra, me pasó una bala de un lado á otro;
me entró por aquí, salva sea la parte, y me salió por aquí. Poco faltó
para que me echasen la tierra encima. En Cuba, un negro, mas negro que
las tinieblas, grande como un castaño, me descargó un machetazo en un
hombro, que á poco me parte en dos. Sin embargo, me curé más fácilmente
que del balazo. Pero en la guerra lo de menos son las heridas, señora
condesa. Cuando uno cae herido, lo llevan al hospital y allí se está
tres ó cuatro meses como un canónigo, tomando buenos caldos y platicando
con algún compañero, mientras los demás andan con la lengua fuera de
aquí para allá, unas veces comiendo mal y otras veces sin comer, al sol
cuando lo hace y al agua cuando cae... También tienen sus raticos
buenos, no vaya usted á creerse; cuando uno va á atacar una trinchera,
pongo por caso, y suena la corneta en medio del silencio, y se descargan
los primeros tiros, y se huele el humo de la pólvora, y sin verlo,
porque el humo lo tapa, se escucha la voz ronca del oficial que grita:
«Adelante, muchachos»; y se sube, se sube hasta encaramarse sobre la
trinchera, salpicados de sangre, entre los quejidos de los que caen, los
gritos de los que suben y el choque de las bayonetas, aunque parezca
mentira, siente uno unas cosquillas que corren por todo el cuerpo y le
hacen gozar... Hay momentos que no se cambiarían por muchos años de
buena vida, señorita...

Pedro se había ido animando poco á poco. Sus grandes ojos negros giraban
descompasados con fiera expresión. Su crespa cabellera erizábase como la
crin de un corcel de guerra. La condesa le miraba con susto.

--¡Qué atrocidad!--exclamó.--¡Qué gustos tan bárbaros tenéis los
hombres!

--Tiene usted razón, señorita; bien mirado, ¿habrá bestialidad mayor que
la guerra?

--Y sin embargo, yo no sé lo que tiene, que hasta á nosotras las mujeres
nos inflama y entusiasma. ¡Cuántas veces, al ver pasar un batallón
marchando al son de la música con su bandera desplegada y las agudas
bayonetas en alto que brillan al sol y se mueven con siniestro compás,
me ha entrado en apetito el ser hombre para seguir su suerte borrascosa!
Desengáñate, Pedro: á vosotros, cuando los tiempos vienen malos, os
queda el recurso de luchar con el destino, mientras que nosotras...
¡Jesús!... ¿qué me ha picado aquí?

La condesa interrumpió su discurso para sacar vivamente una mano que
tenía metida en la hierba. En la blanca y torneada muñeca apareció una
gota de sangre. Pedro se apoderó instantáneamente de aquella mano, y
poniendo los labios sobre ella, chupó la gota de sangre.

--¿Qué haces?

--Nada, señorita. Si la ha mordido una víbora, no es usted ya la que
muere.

--¡Qué horror! ¡Quiera Dios que no sea víbora! Gracias, Pedro... Has
hecho mal en exponerte... ¡La Virgen del Carmen permita que no sea
víbora!

--No se apure usted. Expuse tantas veces la vida por cosas que á la
larga no me importaban, que nada tiene de particular que la exponga por
mi señora.

--Gracias, gracias, Periquillo... No querrá Dios que sea víbora...
Ofrezco una misa á la Virgen del Carmen si no te sucede nada... Mira,
vámonos de aquí... Estoy agitada... nerviosa... Vámonos, vámonos pronto.

La condesa tornó á bajar la escalera de mano, ayudada por Pedro, y
juntos atravesaron el prado, descendieron por el bosque de castaños y
penetraron en la pomarada, abriendo la puerta de madera. Á los pocos
pasos Laura distinguió á lo lejos entre el follaje á su marido,
acompañado de Octavio.

--Vuélvete, Pedro, que ya no me haces falta--se apresuró á decir.
Después avanzó sola hacia el sitio en que se hallaba el conde. Y como
llegase allá, fué saludada por Octavio que se hizo almíbar al tomarle la
mano y enterarse de su salud. Todos juntos se dirigieron lentamente
hacia el palacio, porque el sol ya declinaba. En una de las revueltas
del camino tuvo tiempo el conde para decir en secreto á su mujer:

--Conviene que te muestres amable con ese muchacho.




VII

Il sol de l'ánima


Trascurrieron bastantes días. Octavio, alentado por la extrema confianza
que los condes le otorgaban, no escaseó sus visitas á la Segada. La
mayor parte de los días iba después de comer y volvía á la caída de la
tarde. Alguna vez se quedaba hasta las diez ó las once de la noche.
Entonces un criado de la casa salía acompañándole con un farol hasta el
puente. Allí le dejaba, y Octavio caminaba solo por la carretera hasta
llegar á la villa. El trayecto era breve, como ya sabemos. Nuestro
joven, emboscado en un laberinto de pensamientos vagos y risueños, lo
convertía en brevísimo. Á tales horas poca gente se hallaba en el
camino. Algún que otro arriero con sus mulas delante y montado en una de
ellas sobre una pirámide de fardos; cualquier vecino que por casualidad
saliese en busca de una vaca extraviada, ó los mozos crudos de Vegalora
que tuviesen arrestos suficientes para ir á cortejar las mozas de la
Segada ó de otros lugares cercanos. El señorito Octavio, aunque no
sintiese miedo precisamente cuando veía blanquear entre las sombras
espesas la camisa de un labrador, no le hacía gracia ninguna. Por un
instante quedaban suspensos en el aire los risueños fantasmas de su
imaginación, esperando que el transeunte pasase. Cuando éste decía:
«Buenas noches, señorito Octavio», dejaba escapar un suspiro de
satisfacción al verse reconocido y murmuraba: «Es una temeridad andar á
estas horas solo por tales sitios: ¡no me vendré otro día sin un arma!».
El acuerdo jamás llegaba á cumplirse, y seguía yendo y viniendo de
Vegalora á la Segada totalmente inerme y á merced de todos los riesgos y
venturas. Quizá tuviese un vago presentimiento de que el arma no le
había de prestar socorro muy eficaz en caso de apuro.

Para comprender bien qué casta de pensamientos alteraban y embebecían al
joven durante sus paseos nocturnos, son necesarios algunos antecedentes
sobre su educación, temperamento y aficiones. El padre del héroe, D.
Baltasar Rodríguez, era hombre que poseía inteligencia clara,
ilustración, si no muy extensa, bastante sólida, y sobre todo una
sensibilidad exquisita que procuraba ocultar cuidadosamente debajo de un
exterior frío y hasta severo. Ésta era la parte flaca, pensaba él, de
su carácter, y la combatía y la refrenaba sin tregua en todos los
momentos de la vida sin lograr resultados satisfactorios. D. Baltasar no
aceptaba su excelente corazón como un beneficio de la Providencia, sino
como carga pesadísima que le había molestado durante su carrera,
estorbándole en el logro de todos sus propósitos. «Si yo hubiese tenido
arranque para dejar á mi mujer y á mi chiquitín y partir para Cuba,
cuando en 1854 me ofrecieron la plaza de secretario del Banco de la
Habana--solía decir á sus amigos íntimos,--á estas horas otra sería mi
fortuna. Si me hubiera aprovechado, como D. Marcelino, de la ruina de la
casa de Argüelles, esa vega que usted ve ahí, señor juez, sería mía. Si
tuviese valor para arrojar de la casería á Modesto Fernández, que hace
ocho años que no me paga renta alguna, podría agregar todas esas tierras
á la posesión y ésta doblaría de valor... Pero ¡si no puede
ser!--concluía siempre en tono desesperado.--¡Si los hombres como yo
debieran estarse quietos en su casa y no meterse en dibujos!» Cuando
alguno por consolarle le decía: «Después de todo, D. Baltasar, es mucho
mejor tener la conciencia tranquila como usted, que no manchada como los
otros», volvíase airadamente exclamando: «¿Y qué es la conciencia? Yo no
creo en la conciencia. Veo que D. Agapito de las Regueras, después de
haberse comido la fortuna de los hijos de su hermano, vive tan
tranquilo y es más feliz que yo. Veo que D. Marcelino goza de su riqueza
con la serenidad de un arcángel y no sueña que hay seres que derraman
lágrimas por su causa... ¡La conciencia, la conciencia! La conciencia es
una cosa que sirve sólo para molestar á los hombres honrados». No dejaba
de ofrecer ribetes de cómico el deseo ardiente que D. Baltasar tenía de
ser un hombre inmoral y perverso.

El temperamento de Octavio guardaba bastantes afinidades con el suyo, lo
cual le traía desesperado. D. Baltasar hubiera dado cualquier cosa por
que su hijo fuese un lagarto que se perdiera de vista, un truchimán
capaz de enredar con sus artimañas á todo el concejo. Pero
desgraciadamente no era así ó, por mejor decir, era todo lo contrario.
«Este chico, decía, me da á mí quince y raya. Cuando yo me muera será
capaz de pedir permiso á los vecinos para comer lo que le pertenece.»
Sintiéndose y sintiéndole tan lejos del carácter que ambicionaba, no
dejaba de exponerle á menudo las ventajas de este carácter ideal. «Mira
al hijo de D. Rodrigo cómo se las ha arreglado para echar á los dos
médicos del municipio y quedarse él solo cobrando el sueldo de ambos.
Mira al secretario del ayuntamiento qué casa tan hermosa está levantando
en la plaza.»

--¿Y qué sueldo tiene el secretario?--preguntaba Octavio.

--Diez mil reales.

--¿Y con diez mil reales al año se levantan casas magníficas?

--Ahí verás tú--respondía D. Baltasar guiñando maliciosamente el ojo
izquierdo.

Y el padre y el hijo, las dos almas más cándidas y nobles de la comarca,
proseguían silenciosamente su paseo abismados en la admiración que les
infundían aquellos miserables á quienes no podían imitar.

D.ª Rosario era digna consorte del buen abogado. Por más que existiesen
entre ambos notables puntos de desemejanza, tocaban sólo á la
superficie, dejando incólume el fondo, igualmente generoso y honrado. El
ingenio y la discreción no eran las cualidades sobresalientes de D.ª
Rosario. Por lo mismo eran aquellas en que más hincapié hacía su vanidad
pueril é inofensiva. También se vanagloriaba de poseer un alma elevada y
poética, que había sabido resistir á la influencia prosaica y á las
costumbres vulgares del pueblo en que vivía. Por la noche, antes de
recogerse, solía abrir el balcón de su cuarto para contemplar la bóveda
estrellada. Alimentaba un canario y una pareja de tórtolas, y cultivaba
esmeradamente en tiestos algunas plantas de claveles y geranios. Los
días festivos dedicábalos íntegros á la lectura de novelas
sentimentales. Por estas razones y por algunas otras análogas, se
consideraba la mujer más sensible del distrito.

Octavio poseía varias propensiones ó cualidades de su madre, entre ellas
la afición á las flores y á la lectura. Pero estas aficiones, al ser
trasmitidas, sufrieron alguna modificación, como sucede casi siempre en
tales casos. D.ª Rosario alimentaba su inclinación á las flores regando
los crecidos y frescos claveles y geranios de sus tiestos. Octavio
desdeñaba estas flores por vulgares y mentaba á menudo en su discurso
otras exóticas, totalmente desconocidas para los habitantes de la villa.

Aseguraba con formalidad que el mejor adorno de los jardines y salones
no eran las flores, sino las plantas y los arbustos. Citaba y describía
con frase pintoresca los que estaban á la moda por aquel tiempo en los
saraos de la corte, tales como las _begonias_, _marantos_, _bambús de la
India_, _pándanos de Java_, _latanieros_, etc., etc. Había llegado hasta
pedir la semilla de muchos de ellos á París; pero como no tenía estufas
en el jardín ni disponía de otros medios indispensables para la vida de
tales plantas, no había logrado aclimatar ninguna. Sin embargo, á fuerza
de cuidados y después de reñir mucho con el criado y de incomodarse,
había conseguido formar una glorieta bastante hermosa y tupida de
_lianas_ y _capullos de Levante_. Era el sitio predilecto de nuestro
joven, donde solía refugiarse á leer en las tardes calurosas de estío.
También crecían en el jardín varias plantas de reseda y heliotropo, y
una muchedumbre de perlas de Oriente y rosales de _malmaisson_, que
debían igualmente su existencia á sus desvelos.

Otro tanto había sucedido con la lectura. Octavio había principiado por
leer los tomos desvencijados y grasientos que su madre guardaba en el
armario de la ropa blanca. No tardó en cansarse de ellos hallándolos
demasiadamente inocentes. Enfrascóse después en el trágico laberinto de
los folletines que, si bien le mantuvieron agitado y divertido una larga
temporada, no consiguieron pegársele al alma. Por último, habiendo
llegado á Vegalora cierto ingeniero belga para dirigir el laboreo de
unas minas de D. Baltasar, tomó algunas lecciones de francés y trabó
conocimiento por su mediación con los más acreditados y flamantes
novelistas de la nación vecina, Alfonso Karr, Julio Janin, Teófilo
Gauthier, Octavio Feuillet y otros. El último fué el que inmediatamente
adquirió la privanza de su corazón: le sedujo hasta un punto indecible.
Encargó todas sus obras á París y las hizo encuadernar lujosísimamente
en piel de Rusia (una de las manías de nuestro héroe era el tener todos
sus libros encuadernados con elegancia). Colocadas en lugar preferente
de su biblioteca, fueron para él, á un tiempo mismo, código de la
cortesanía y biblia de los sentimientos nebulosos y delicados.

Desde entonces vivió una vida ficticia, pero llena de encantos,
incomprensible para la mayoría de los humanos, sobre todo para los
humanos de Vegalora. Alejándose cada vez más del comercio de la gente
que le rodeaba, principió á asistir con la imaginación á las escenas
descritas con más arte que vigor por su favorito Feuillet, y á
representárselas con tal verdad, que ni un solo pormenor les faltaba.
Conocía de un cabo á otro el _faubourg Saint-Germain_, teatro
imprescindible de las novelas de su homónimo, y trataba familiarmente á
los personajes que allí figuraban. Estaba á la vez enamorado de _Julia
Trecœur_ la _Petite comtesse_ y _Sibila_, y admiraba profundamente el
carácter extravagante y las maneras cortesanas y el valor de _Monsieur
de Camors_. No se le caían de la mente aquellos diálogos ingeniosos
donde la respuesta, siempre oportuna, parecía meditada con espacio y no
fruto de la improvisación, ni los rasgos delicados donde se mostraba de
golpe y en cualquier menudencia la elevación y nobleza de un alma, ni la
galantería voluptuosa y discreta, ni el estilo insinuante y perfumado
que caracterizan á tales obras.

Y no solamente fué espectador humilde de estas escenas, sino que,
dejando suelta la rienda á su fantasía desocupada, se puso á tejer
novelas análogas de las cuales siempre resultaba él el héroe ó
protagonista. Ahora se veía á los pies de una duquesa diciéndole con voz
temblorosa frases apasionadas y candentes que ella escuchaba arrobada y
suspensa; ahora se encontraba batiéndose á espada con un joven coronel
en mitad de un bosque, con dos amigos vestidos de negro al lado; ahora
asistía á la caza de un jabalí cabalgando á la par de una hermosa y
egregia dama, á quien salvaba la vida por un acto de valor heroico;
ahora, en fin, resolvía suicidarse escribiendo antes una larga carta de
despedida cuajada de frases elocuentes y tildes psicológicas, nada
claras para el que no estuviese iniciado en el lenguaje cortesano, á la
señora de su mejor amigo, de quien había tenido la desgracia de
enamorarse perdidamente.

Aunque éstas no fuesen más que imaginaciones que vivían ocultas y
satisfechas en el magín de nuestro señorito, todavía lograron
trasladarse un tanto á la vida real por la fuerza de la costumbre y la
huella que iban dejando en su espíritu. Así, de un modo vago é
inconsciente, principió á imitar el carácter y las inclinaciones de los
personajes que más admiraba y á adoptar en la forma estrecha y
deficiente que podía los usos de la sociedad elevada donde tenía puestos
los ojos. Entonces se le vió andar por los parajes más retirados de la
población, solo y vestido con extraordinaria elegancia. Á lo mejor se
paraba ante un niño que lloraba en medio de la calle y lo consolaba y le
limpiaba las lágrimas con su pañuelo, y le metía después una moneda de
plata en la mano. Otras veces se le veía paseando á caballo, también
solo, por las cercanías, dejando las riendas sueltas y contemplando el
paisaje con mucho sosiego, ó bien marchando á todo escape como si huyese
de alguno que le perseguía. Encargó á Madrid cajas de guantes y
corbatas, suscribiéndose á dos periódicos franceses que traían revistas
de salones. También hizo venir floretes y caretas con todos los
restantes adminículos del juego de esgrima. Como en Vegalora y acaso en
toda la provincia no había maestro de armas que le enseñase, compró un
tratado, y ateniéndose á sus explicaciones y á las figuras que
representaban sus grabados, se puso á esgrimir el florete contra las
paredes, sin otro resultado que el de romper dos ó tres cristales y
tirar un frasco de tinta sobre la mesa. También quiso ensayarse en la
caza por ser el recreo favorito de la aristocracia; pero siendo la
tierra donde vivía extremadamente montuosa y quebrada, se fatigaba
demasiado y hubo de renunciar á ella.

Como al fin y al cabo Octavio tenía veinte años y una imaginación nada
apagada, y le bullía la sangre en el cuerpo, por más que en todo el
pueblo no hubiese mujer capaz de inspirarle una pasión aérea y nerviosa
como su entendimiento más que su corazón ansiaba, no pudo sustraerse á
la ley que á todos los humanos encadena. Un día, hallándose en el jardín
de su casa recortando los setos de boj y membrillo, para lo cual, y con
objeto de no lastimarse las manos, solía ponerse guantes, vió en el
balcón cercano unas cabecitas rubias que le sonreían. Eran los hijos de
D. Marcelino, á quienes Octavio, como vecino, no dejaba de conocer
muchísimo. Allí no estaban más que los pequeños. Empezó á hacerles señas
y á enviarles besos con la punta de los dedos, que los niños se
apresuraban á devolver por el mismo procedimiento. Cansado de la
mímica, les dijo esforzando la voz:

--¿Queréis una flor?

Los chiquillos gritaron «sí, sí», moviendo la cabeza afirmativamente
hasta descoyuntarse. Octavio arrancó un clavel y se lo arrojó, pero no
habiendo hecho bien la puntería cayó en el patio contiguo, con grande y
ruidoso sentimiento de los nenes. Tomó otro riendo y volvió á tirarlo.
Esta vez obtuvo un resultado satisfactorio. El niño que lo cogió le dió
las gracias con un beso. Los demás se pusieron á gritar:

--Dame otro, dame otro.

--Allá voy; no hay que impacientarse; para todos habrá.

Mas cuando se disponía á tirar el segundo clavel, vió levantarse
rápidamente sobre las maderas de la galería otra cabeza rubia un poco
mayor, aunque no menos hermosa. Una mano blanca salió por un instante
fuera, y una voz de timbre dulce y sonoro pronunció estas palabras:

--Esa es mejor.

Al mismo tiempo cayó á sus pies una grande y magnífica rosa de
Alejandría. La cabeza y la mano habían desaparecido como un relámpago.
El joven, recogiendo la flor con no poca sorpresa, preguntó:

--¿Quién está ahí con vosotros?

Los niños respondieron á coro:

--Es Carmen, es Carmen. ¡Uy! ¡uy! ¡uy!

Los chicos lanzaron gritos de dolor. Al parecer, su hermana, poco
satisfecha de la sinceridad del coro, les estaba repartiendo sendos
pellizcos en las piernas.

--Decidle que se asome para darle las gracias.

--No quiere... no quiere asomarse.

--Pues entonces dadle las gracias en mi nombre.

--Dice que no las merece.

--Dile que siento mucho que no se asome.

--Dice que por qué.

--Porque me gustaría mucho verla.

--Dice que bien vista la tienes.

Efectivamente, Octavio la veía todos los días, ya en la calle, ya en el
balcón; pero con la superioridad desdeñosa que los mancebos muestran
siempre á los niños, aumentada en este caso por sus aficiones
romancescas y costumbres singulares, no había reparado en ella.
Insensiblemente Carmen había ido creciendo y desarrollándose hasta
convertirse en una mujercita muy linda y apuesta, sin que nuestro joven
lo echase de ver. Cuando se efectuó la anterior escena podría tener
catorce ó quince años.

En la noche de aquel día, Octavio, un tanto preocupado con la aventura
de la flor, que le dejara en la boca cierto sabor novelesco muy de su
gusto, fué de tertulia á la tienda de D. Marcelino, donde casi nunca
ponía los pies. Apenas le vió la niña, se dió á correr por las escaleras
arriba como una cierva huída, y no pareció en toda la noche. Otro tanto
sucedió en las tres ó cuatro siguientes. Al fin, aquella corza
ligerísima, un poco más familiarizada con la vista del joven, principió
á vagar por los contornos de la tienda, aunque siempre recelosa y pronta
á escapar. Una noche Octavio le dió la mano al despedirse, como si se
tratase de una persona formal. La niña se lo agradeció con una sonrisa.
En las noches siguientes se aventuró á mirarle de aquel modo dulce,
rápido y lleno de timidez, de que ya hemos hablado. Octavio llamaba á
estas miradas _de vuelta de llave_, porque, en efecto, parecía que abría
un instante las puertas de su alma, y veloz como un relámpago tornaba á
echar el cerrojo. Para abreviar, Octavio y Carmen se entendieron
perfectamente al poco tiempo. De este noviazgo imprevisto se habló
bastantes días en la villa.

Apenas entró nuestro señorito en amores francos con la hija de D.
Marcelino, principió á desbordarse de su fantasía el torrente de
emociones vagas y refinadas, sentimientos alambicados y caprichos
extravagantes que allí habían ido formando depósito. Y tanto por el
cariño que inmediatamente nació en su corazón, como por conceder un
desahogo á las imaginaciones que desde hacía tiempo bullían en su
cabeza, comenzó á ensayar en sus relaciones todo aquel conjunto de
metafísicas amorosas y zalamerías aristocráticas de que estaban plagadas
las novelas que más á menudo leía. Algo de ello ha visto ya el lector en
uno de los anteriores capítulos; pero no fué más que una muestra
insignificante; porque el depósito de monerías de Octavio era
inagotable. Unas veces pedía el pañuelo á su novia y se lo devolvía al
día siguiente, después de haber dormido con la cabeza apoyada en él.
Otras se levantaba á horas avanzadas de la noche, echaba una escala de
seda, que había comprado, á los balcones de D. Marcelino, subía por
ella, y llamaba muy discretamente en el cuarto de Carmen. La niña,
muerta de miedo, preguntaba: «¿Quién anda ahí?» Octavio, metiendo la voz
por las rendijas del balcón, respondía: «Carmen, te quiero, te quiero»;
y se descolgaba rápidamente riéndose del susto de su novia. Otras veces
reñía con ella por cualquier bagatela y pasaba ocho días sin verla, al
cabo de los cuales, aprovechando un momento en que los dejaban solos, se
arrojaba á sus pies pidiéndole perdón y haciendo mil extremos de
arrepentimiento. Tan pronto ideaba obstáculos insuperables para unirse
con su amada, ya fuese la oposición violenta de D. Marcelino--el cual,
dicho sea entre paréntesis, no pensaba en semejante cosa,--ó algún
funesto misterio que se interponía entre ambos, como se complacía en
llamarla su prometida y su esposa y en que saliera á paseo con su madre
D.ª Rosario ó viniese á comer á su propia casa. En cierta ocasión se
empeñó en que le dijese que le quería más que á Dios; en otra se le
antojó que durmiese con guantes para conservar bellas y tersas las
manos.

Todos estos caprichos y otros infinitos más de nuestro héroe acogíalos
la niña con marcado disgusto y resistiéndose. No acertaba á
comprenderlos. En no pocos casos hubo de negarse rotundamente á las que
ella consideraba burlas más que pruebas de amor.

La verdad es que Carmen estaba formada de una pasta muy distinta de la
de su novio. Por su natural era poco á propósito para sondear las
profundidades más ó menos ridículas y extravagantes, pero siempre
espirituales, del carácter de Octavio. Hubiera preferido, sin duda, unos
amores menos alambicados, un novio más á la pata llana, que hiciera lo
que los demás, esto es, que la acompañara en paseos y romerías, le
contase las especies que corrían por la villa, le dijese que la quería
cuando viniese á cuento y en términos lisos y llanos; y si alguna vez le
entraban tentaciones de ser más tierno que de costumbre, le diese
buenamente un beso en las mejillas y no en la punta de los dedos ó en el
pelo, como hacía el suyo.

Cuando los condes de Trevia llegaron al país, los amores de Octavio y
Carmen contaban cerca de dos años de existencia. En este tiempo los
caprichos del uno y la resistencia de la otra habían ido cediendo
paulatinamente. Ambos se habían llegado á _acostumbrar_ y reñían con
menos frecuencia y hubieran concluído por casarse sin la aparición
inopinada en Vegalora de la condesa de Trevia. Pero esta noble señora
tuvo el privilegio de resucitar inmediatamente, y á la primera
entrevista, todas las ilusiones amortiguadas de nuestro héroe,
removiendo de una vez el depósito de aficiones, esperanzas y sueños
seductores que yacían desmayados en el fondo de su alma. Y en verdad que
nadie que tuviera ojos en la cara y alguna inclinación artística en el
corazón lo extrañaría.

Pocas mujeres pudieran hallarse que reflejasen en su fisonomía más
nobleza, bondad y ternura, ni que supiesen unir de modo más dichoso una
modestia sincera á una firmeza y elegancia en sus modales que alguna vez
la hacían aparecer altiva y desdeñosa. Precisamente esta última cualidad
era la que más atraía y encantaba al hijo de D. Baltasar. Avezado al
trato insustancial y vulgar de las jóvenes de Vegalora, que sin motivo
se reían estrepitosamente ó se mostraban serias como un regidor de
ayuntamiento, de esas niñas que observan las corbatas que uno tiene y
las botas que trae y se enfadan si no se las saluda á una legua de
distancia, y se hacen almíbar así que un joven rico se acerca á darles
las buenas tardes, la condesa fué para él una revelación ó, por mejor
decir, la realización viva, hecha carne y al alcance de la mano, de lo
que los libros le habían ya revelado. Cuando se acercaba á saludarla y
tocaba sus dedos finos enguantados y aspiraba el perfume delicado que se
escapaba de su persona, como si fuese cualidad de ella y no afeite del
tocador, y escuchaba su voz siempre entonada discretamente y veía vagar
por sus labios una sonrisa distraída y melancólica, se acordaba de las
heroínas que sucesivamente habían ocupado su fantasía y se decía que la
condesa nada desmerecía á su lado. Cuando volvía de la Segada después de
haber pasado algunas horas cerca de ella y entraba por los sucios
arrabales de Vegalora, nuestro señorito dejaba escapar siempre un
suspiro y se pasaba la mano por la frente. Allí se rompía el encanto. La
nube brillante que le envolvía durante el camino volaba á unirse con las
que el sol besaba antes de morir.

Una tarde se hallaban ambos asomados de bruces al balcón principal de la
casa. El conde leía un periódico. Miss Florencia paseaba por la huerta
con los niños. El día estaba opaco y caluroso. Montones de nubes espesas
vendaban la frente de la Peña Mayor y bajaban hasta reposar sobre las
colinas más próximas, cubriendo todo el valle de un toldo impenetrable,
sin que por ello hubiese temor de lluvia ó tempestad. En estas tardes,
frecuentes en los países del Norte, el silencio es más completo, el aire
sofocante y abrasa las mejillas. Si no fuese por el rumor del río, se
creería uno sordo, pues los pájaros callan posados inmóviles sobre las
ramas, los perros dormitan tendidos en los parajes más frescos, las
bestias de carga reposan en el establo ó pacen silenciosamente en los
prados, los insectos no zumban y los humanos se esconden no se sabe
dónde. Y, sin embargo, nunca se muestra la vida tan poderosa como en
estos días. Parece que por las entrañas de la tierra circula una fuente
abundosa de actividad que fecunda los gérmenes depositados en ella y
prestos á salir. Hay como una concentración de fuerzas en la naturaleza
y un prurito irresistible de crear. Por eso la gente del país llama con
notable exactitud á estos días _criadores_. Nuestro cuerpo sufre la
misma influencia. Advertimos en él, en medio de cierta pesadez
letárgica, mayor fuerza y salud. La sangre hierve, circulando
activamente por las venas y latiendo con inusitado brío en las sienes;
las mejillas se inflaman; los labios se secan y los ojos brillan
suavemente como las luces encendidas en los dormitorios.

La condesa llevó una mano á la frente y separó un poco los rizos que le
caían.

--¡Qué calor tan sofocante! Prefiero los días de sol; ¿y usted?

--Antes también los prefería. Hoy me he pasado á los nublados.

--¿Y por qué?

--Por algo extraño que está acaeciendo en mi espíritu y que no acierto á
explicarme. He cambiado mucho de gustos de poco tiempo á esta parte,
condesa.

--Pues yo voy á explicarle en dos palabras lo que le sucede. Usted está
enamorado, Octavio.

--Puede ser--respondió ruborizándose.

--Sí, sí, estoy enterada de todo. Ayer me la han enseñado. ¡Es preciosa!
Lo que es en este asunto le aconsejo que no cambie de gusto.

--¿Y si cambiase?

--Iría usted perdiendo en el cambio probablemente.

--¿Y si no perdiese?

--Haría usted mal de todos modos.

La condesa vaciló un instante antes de responder así. Octavio, al
observarlo, sonrió levemente. Los dos callaron hundiendo sus ojos en
aquella gasa impenetrable de vapores. La condesa buscaba el sol. Octavio
buscaba una fórmula. La condesa principió á tararear _piano_ la famosa
frase _il sol de l'ánima_ de _Rigoletto_. Octavio la escuchaba con
arrobamiento: sintió húmedos sus ojos y apretada la garganta. Cuando la
dama distraídamente quiso pasar á otra melodía, la interrumpió
exclamando:

--No puede usted figurarse, condesa, qué impresión tan honda me causa la
frase que acaba usted de cantar. De todas las melodías que hasta ahora
he escuchado, ninguna expresa más vivamente el triunfo del amor. Hay
cantos donde se pinta mejor el amor inocente y puro; los hay también que
reproducen con más verdad las amarguras del amor desgraciado ó los
gritos desesperados de una pasión tempestuosa y loca; pero ninguno donde
el amor se muestre tan feliz y embriagador, henchido de alegría y
cargado de perfumes; donde el alma y los sentidos reposen con más
deleite. ¡Oh! Es el amor con que sueña la juventud; que enciende el
corazón sin consumirlo; que inunda nuestro espíritu de luz y de armonía,
y penetra, cual bálsamo dulcísimo, por todos los poros del cuerpo.

--¡Está usted elocuente!--dijo la condesa mirando con sorpresa al joven,
que daba muestras de hallarse conmovido.

--Lo que estoy es ridículo espetándole á usted un discurso sobre el dúo
de una ópera--repuso él sonriendo y calmándose repentinamente.

--Nada de eso; habla usted perfectamente, y sobre todo, el calor con que
se expresa prueba que tiene usted un corazón sensible.

--Lo cual es una desgracia, condesa.

--No lo crea usted. Aunque se sufra mucho, vale más sentir que no
sentir. Siempre es preferible ser hombre á ser piedra.

--No me atrevo á disputarlo, porque mi causa es antipática; pero crea
usted que hay momentos en que daría uno cualquier cosa por ser piedra.

--Nada, nada, Octavio, está usted enamorado; se le conoce á la
legua--dijo la condesa con alegría infantil y familiar capaz de
trastornar á cualquiera.

--Sí que lo estoy--repuso Octavio con firmeza y clavando sus ojos en la
dama;--pero no sabe usted de quién.

La condesa miró en aquel instante para la huerta y vió á miss Florencia
que parada en medio de un camino los contemplaba fijamente. Después,
arrastrada por cierta fuerza misteriosa que acredita la existencia del
magnetismo, volvió la cabeza hacia la sala y halló los ojos turbios y
fríos del conde que también los contemplaba. Y como si imaginase que con
un arma de fuego le estaban apuntando al pecho y con otra á la espalda,
dejó velozmente el balcón, dió algunas vueltas por la sala, fué, por
último, á sentarse delante del piano y empezó á correr los dedos por las
teclas distraídamente.

Octavio, en la misma postura y absorto en sus pensamientos, no parecía
haber notado su marcha brusca ni escuchar las caprichosas notas que
salían del piano. Los dedos de la dama, cansados sin duda de vagar á la
ventura por el teclado, empezaron á señalar delicadamente una melodía.
Era _il sol de l'ánima_. Á Octavio le dió un vuelco el corazón y volvió
rápidamente la cabeza. La condesa, con la sonrisa en los labios y los
ojos medio cerrados, le miraba por entre sus negras y largas pestañas
con expresión picaresca. Después que hubo cesado, Octavio se dirigió á
ella, apretó su mano un poco más que de costumbre y se despidió hasta el
día siguiente. El rostro del mancebo, al enderezar la marcha hacia
Vegalora, parecía decir á los árboles que sombreaban el camino: «Amigos
míos, esto es hecho».




VIII

La romería.


El conde dijo á la condesa:

--Si tienes gusto en ir á esa fiesta, vé, querida mía. Me has de
permitir, sin embargo, que no te acompañe. Esos recreos campestres no
despiertan en mi corazón los tiernos y bucólicos sentimientos que en el
tuyo.

Lo dijo con la sonrisa de siempre. Estaban presentes el cura de la
Segada y el licenciado Velasco de la Cueva. El conde de Trevia guardaba
á su mujer delante de gente el respeto y atención que la más egregia
dama pudiera exigir de su marido. Aun, en este punto, iba más allá de lo
que ordinariamente se practica en el mundo. Ora fuese resultado de su
carácter extravagante, ora procediese de un prurito de resucitar añejas
y olvidadas costumbres de la nobleza, ó simplemente por apartarse del
vulgo, lo cierto es que su excelencia rodeaba á la condesa públicamente
de un aparato de ceremonia y homenaje que recordaba los buenos tiempos
de la caballería ó la refinada cortesanía de los salones de Luis XIV.

La servidumbre y los amigos íntimos sabían, no obstante, á qué atenerse
sobre esta cortesía.

La condesa quiso ir á la romería de su parroquia. La idea de presenciar
nuevamente una fiesta donde tanto había gozado cuando niña, la
lisonjeaba en extremo. Pedro, por su parte, no dejaba de mentar á menudo
esta romería, que era también la suya, y de prometérselas muy felices
para cuando llegase, lo cual aguijaba más y más el deseo de su señora.
Decidió por fin ésta, con la venia de su marido, acudir á ella y dijo á
Pedro:

--Si no fuese porque no quiero impedir que te diviertas á tu sabor, tú
serías mi acompañante en la expedición.

--Y lo seré, señorita, si es que usted no me echa de su lado. La mejor
diversión para mí hoy es ver honrada la romería de mi parroquia por la
señora condesa.

--¿Lo dices de veras?

--Señorita, le hablo con el corazón.

--No te creo.

El mayordomo hizo mil protestas á cual más exagerada para que le

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