Gutenberg · eo1.org

← catalogue

La aldea perdida

by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #36573 · 546,301 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of La aldea perdida
    
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: La aldea perdida

Author: Armando Palacio Valdés


        
Release date: July 1, 2011 [eBook #36573]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/36573

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
        Proofreading Team at http://www.pgdp.net


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALDEA PERDIDA ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net








LA ALDEA PERDIDA




ARMANDO PALACIO VALDÉS

LA

ALDEA PERDIDA

NOVELA-POEMA DE COSTUMBRES CAMPESINAS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1903

ES PROPIEDAD DEL AUTOR




INVOCACIÓN


Et in Arcadia ego.

¡Sí, yo también nací y viví en Arcadia! También supe lo que era caminar
en la santa inocencia del corazón entre arboledas umbrías, bañarme en
los arroyos cristalinos, hollar con mis pies una alfombra siempre verde.
Por la mañana el rocío dejaba brillantes gotas sobre mis cabellos; al
mediodía el sol tostaba mi rostro; por la tarde, cuando el crepúsculo
descendía de lo alto del cielo, tornaba al hogar por el sendero de la
montaña y el disco azulado de la luna alumbraba mis pasos. Sonaban las
esquilas del ganado; mugían los terneros; detrás del rebaño marchábamos
rapaces y rapazas cantando á coro un antiguo romance. Todo en la tierra
era reposo; en el aire todo amor. Al llegar á la aldea, mi padre me
recibía con un beso. El fuego chisporroteaba alegremente; la cena
humeaba; una vieja servidora narraba después la historia de alguna
doncella encantada, y yo quedaba dulcemente dormido sobre el regazo de
mi madre.

La Arcadia ya no existe. Huyó la dicha y la inocencia de aquel valle.
¡Tan lejano! ¡Tan escondido rinconcito mío! Y sin embargo, te vieron
algunos hombres sedientos de riqueza. Armados de piqueta cayeron sobre
ti y desgarraron tu seno virginal y profanaron tu belleza inmaculada.
¡Oh, si hubieras podido huir de ellos como el almizclero del cazador
dejando en sus manos tu tesoro!

Muchos días, muchos años hace que camino lejos de ti, pero tu recuerdo
vive y vivirá siempre conmigo. ¡Y aún no te he cantado, hermosa tierra
donde vi por primera vez la luz del día! Mi musa circuló ya caprichosa y
errante por todo el ámbito de nuestra patria. Navegó entre rugientes
tempestades por el océano; paseó entre naranjos por las playas de
Levante; subió las escaleras de los palacios y se sentó en la mesa de
los poderosos; bajó á las cabañas de los pobres y compartió su pan
amasado con lágrimas; se estremeció de amor por las noches bajo la reja
andaluza; elevó plegarias al Altísimo en el silencio de los claustros;
cantó enronquecida y frenética en las zambras.

¡Y aún no ha cantado á los héroes de mi infancia! ¡Aún no te ha cantado,
magnánimo Nolo! ¡Ni á ti, intrépido Celso! ¡Ni á ti, ingenioso Quino!
¡Aún no ha caído á tus pies, bella Demetria, la flor más espléndida que
brotó de los campos de mi tierra! Hora es de hacerlo antes que la parca
siegue mi garganta.

Viajero, si algún día escalas las montañas de Asturias y tropiezas con
la tumba del poeta, deja sobre ella una rama de madreselva. Así Dios te
bendiga y guíe tus pasos con felicidad por el principado.

Y vosotras, sagradas musas, vosotras á quien rendí toda la vida culto
fervoroso y desinteresado, asistidme una vez más. Coronad mis sienes que
ya blanquean con el laurel y el mirto de vuestros elegidos, y que este
mi último canto sea el más suave de todos. Haced, musas celestes, que
suene grato en el oído de los hombres y que, permitiéndoles olvidar un
momento sus cuidados, les ayude á soportar la pesadumbre de la vida.




I

La cólera de Nolo.


De un modo ó de otro, menester es que los de Riomontán y de Fresnedo
peleen esta noche con nosotros. Ya sabéis que parte de la mocedad de
Villoria y de Tolivia aún no ha venido de la siega. De Entralgo y de
Canzana también hay algunos por allá. Podéis estar seguros que de
nuestros contrarios no faltará uno solo. Los de Lorío y Rivota andan muy
engreídos desde la paliza del Obellayo. Los del Condado están avisados
por ellos y no faltarán tampoco. Si ahora nos quedamos sin la gente de
los altos, temo que nuestras costillas vayan hoy molidas á la cama. El
jueves, en la Pola, tropecé en la taberna del Colorado con Toribión de
Lorío y Firmo de Rivota, y después de ofrecerme un vaso de sidra, me
dijeron con sorna: «Adiós, Quino: que no faltes el sábado de Entralgo».

Así hablaba Quino de Entralgo, mozo de miembros recios y bien
proporcionados, morena la tez, azules los ojos, castaños los cabellos,
el conjunto de su fisonomía agraciada y con expresión de astucia. Vestía
calzón corto y media de lana con ligas de color, chaleco con botones
plateados, colgada del hombro la chaqueta de paño verde, sobre la cabeza
la montera picona de pana negra y en la mano un largo palo de avellano.

Si no por el valor indomable, resplandecía en las peleas por su consejo,
cuerdo siempre y atinado, por la astucia y el artificio de sus trazas.
Resplandecía también en los lagares y esfoyazas por la oportunidad y
donaire de su lengua; en las danzas por su extremada voz y el variado
repertorio de sus romances, en los bailes por la destreza de sus
piernas, por su aire gentil y desenvuelto. Pero mejor que en parte
alguna resplandecía en cualquier rincón solitario al lado de una bella.
Ninguno supo jamás apoderarse más pronto de su corazón, ninguno más
rendido y zalamero ni más osado á la vez, pero tampoco ¡ay! ninguno más
inconstante. Más de una y más de dos podían dar en el valle de Laviana
testimonio lamentable de su galanura y su perfidia.

--Paréceme, Quino--respondió Bartolo,--que se te ha ido la lengua y has
hablado más de lo que está en razón. Bien está que vayamos á Fresnedo y
á la Braña á dar satisfacción á los amigos; pero de eso á decir que los
de Lorío nos han de moler las costillas hay lo menos legua y media de
distancia. Mientras á Bartolo, el hijo de la tía Jeroma, no se le rompa
en la mano este palito tan cuco de fresno, ningún cerdo de Lorío le
molerá nada.

--¡Vamo, hombre, no seas guasón!--exclamó Celso, que por haber estado en
el servicio militar tres años había llegado al pueblo hablando en
andaluz.--Á ti te molerán lo que tengas que moler, como á too María
Santísima. ¡Si pensarás que te han de dar más arriba del cogote!

--Yo no sé dónde me darán, pero sí certifico ¡puño! que antes de darme
he de dejar dormidos á muchos de ellos.

--Sí, á fuerza de sidra.

--Á fuerza de palos, ¡puño! ¿Cuándo me has visto brincar atrás ó
esconder el cuerpo al empezar la bulla?

--Al empezar no, pero al concluir te han visto muchos entre los pellejos
de vino ó detrás de las sayas de las mujeres.

--¡Mientes, puño! ¡Mientes con toda la boca! El día del Obellayo si no
es por mí, que di la cara á Firmo, os llevan los de Rivota de cabeza al
río.

--La cara no la diste á Firmo, sino á la mata de zarzas y ortigas donde
te sepultaste cuando él te buscaba... Eso me contaron el jueves en la
Pola.

--Si ha sido Firmo quien te lo ha contado, yo le diré esta noche á ese
cerdo quién es Bartolo de Entralgo. Este palo tan majo que corté en el
monte ayer nadie lo estrena más que él.

Celso soltó una carcajada y tomando en la mano el palo de Bartolo lo
examinó con curiosidad unos instantes.

--¡Lindo palo, en verdad! Bien pintado; bien trabajado. Si Firmo le echa
la vista encima, milagro será que no lo pruebe sobre tus espaldas.

Con esto se encrespó de nuevo Bartolo y comenzó á vociferar tantas
imprecaciones y bravatas, que su primo Quino se impacientó al cabo.

--¡Calla, burro, calla! Arrea un poco más y no grites que me duele la
cabeza.

Bartolo vestía al igual que Quino, el calzón corto, el chaleco y la
montera, pero todo más viejo y desaseado. Era un mocetón robusto, de
facciones abultadas y ojos saltones. Su modo de andar tan torcido y
desvencijado que parecía que le acababan de dar cuatro palos sobre los
riñones. Era Celso más bajo y más delgado que los otros, pero suelto y
brioso y con un aire vivo y petulante que acusaba su estancia en tierras
más calientes que la de Asturias. Vestía igualmente el chaleco con
botones de plata, la chaqueta de paño verde y la montera de pico; pero
en vez del calzón corto y la media, gastaba aún el pantalón largo y
encarnado que había traído del ejército, aunque remontado ya de pana
negra por trasero y muslos. Los dos primeros, primos hermanos, habitaban
en Entralgo. El segundo en Canzana, lugar de la misma parroquia.

Caminaban los tres la vuelta de Villoria un sábado del mes de Julio,
víspera de la romería del Carmen. En vez de seguir el camino real que
por el fondo de la estrecha cañada conduce á aquel lugar, habían tomado
por el monte arriba entre castañares y robledales, no tanto para
guardarse de los rayos del sol como de las miradas de los indiscretos.
Porque es de saber que los tres mozos llevaban á Villoria una embajada
extraordinaria, una misión delicadísima que exigía tanto sigilo como
diplomacia. Sus convecinos los habían diputado para dar satisfacción á
los mozos de Riomontán, de Fresnedo y de la Braña. Éstos, como todos los
de la parroquia de Villoria, eran sus aliados, pero estaban con ellos
desabridos desde hacía algún tiempo. El motivo del desabrimiento no
podía ser más justo. En una romería que se celebraba en lo alto de los
montes que separan los concejos de Laviana y Aller los vecinos de
aquellos altos vinieron á las manos con los de Aller por cuestiones de
pastoreo. Algunos mozos de Entralgo, que allí estaban, no quisieron
tomar parte en la reyerta: se retiraron dejando solos y apaleados á los
de Fresnedo. Desde entonces éstos no quisieron tomar parte con los de
abajo en sus riñas con los de Lorío. Su ausencia había ocasionado ya más
de una derrota á los de Entralgo. Porque si no sumaban mucho los de
Fresnedo y Riomontán, eran sin duda los más recios y esforzados.

Salieron por fin á las cumbres desnudas después de caminar buen rato
entre el follaje de la arboleda. Detuviéronse un instante á tomar
aliento y volvieron la vista atrás. Desde aquella altura se descubría
gran parte del valle de Laviana, que baña el Nalón con sus ondas
cristalinas. Por todas partes lo circundan cerros de mediana altura como
aquel en que se hallaban, vestidos de castañares y bosques de robles,
tupidos unos, otros dejando ver entre sus frondas la mancha verde, como
una esmeralda, de algún prado. Por detrás de estos cerros se alzan hasta
las nubes las negras moles de la Peña-Mea á la derecha con su fantástica
crestería de granito, de la Peña-Mayor á la izquierda, más blancas y más
suaves aunque no menos enormes. Por el medio del grandioso anfiteatro
corre el río. Á entrambas orillas se extiende una vega más florida que
dilatada, donde alternan los plantíos de maíz con las praderas; unos y
otros cercados por setos de avellanos que salen de la tierra semejando
vistosos ramilletes. El Nalón se desliza sereno unas veces, otras
precipitado formando espumosa cascada; pero en todas partes tan puro y
cristalino que se cuentan las guijas de su fondo. Á ratos se acerca á la
falda de los montes y en apacible remanso medio oculto entre alisos y
mimbreras les cuenta sus secretos; á ratos se adelanta al medio de la
vega y marcha soberbio y silencioso reflejando los plantíos de maíz.

--Mirad, mirad cómo ahuma el techo de mi casa--exclamó Bartolo señalando
al fondo.

--Sin duda la tía Jeroma te prepara la borona. Así te has criado tú tan
rollizo--repuso Celso bromeando.

Entralgo estaba en efecto á sus pies. Era un grupo de cuarenta ó
cincuenta casas situado entre el río Nalón y el pequeño afluente que
venía de Villoria, á la entrada misma de la cañada que conduce á este
pueblo. Por todas partes rodeado de espesa arboleda en medio de la cual
parece sepultado como un nido. Sobre el pequeño cerro que lo domina, en
una meseta, está Canzana, lugar de más caserío, rodeado de árboles,
mieses, prados y bosques deliciosos. Sólo veían de él las manchas rojas
de sus tejados; tanto le guarnecen los emparrados de sus balcones y los
frutales de sus huertas. Estos dos lugares, con otros cuatro ó cinco
pequeños caseríos distribuídos por los cerros colindantes, constituían
la parroquia.

El concejo de Laviana está dividido en siete. La primera, según se viene
de la mar por los valles de Langreo y San Martín del Rey Aurelio, es
Tiraña, la segunda la Pola, capital y sede del Ayuntamiento; enfrente de
ésta Carrio, más allá Entralgo y detrás de él, en los montes limítrofes
de Aller, Villoria, la más numerosa de todas. Por último, en el fondo
del valle, á cada orilla del río, están Lorío y Condado. Allí se cierra
y sólo por una estrecha abertura se comunica con Sobrescobio y Caso.

La juventud de las cuatro últimas rivalizaba desde tiempo inmemorial en
gentileza y en ánimo. De un lado Entralgo y Villoria: del otro, Lorío y
Condado. Las tres primeras estaban descontadas: Tiraña por hallarse
demasiado lejos; la Pola porque sus habitantes, más cultos, más
refinados, se creían superiores y despreciaban á los rudos montañeses de
Lorío y Villoria; Carrio por ser la más pobre y exigua del concejo.

Después de reposar un instante los tres embajadores prosiguieron su
camino por las cumbres que señorean el riachuelo de Villoria. Bartolo
iba delante con marcha tortuosa y derrengada.

--¡Míralo, míralo!--exclamaba Celso con exótico acento.--¡Qué morrillo
sabroso luce el maldito! ¡qué buenas piernas! ¡qué nalgas!... Bien se
conoce que la tía Jeroma no tiene otro pichón que cebar... ¡Vaya un
pimpollo!... Me han dicho que todas las mañanas le unta de manteca
fresca para que esté suave y reluzca... Á ver, Bartolo...

Y se acercaba á él y le pasaba con delicadeza la mano sobre la cerviz.
Bartolo gruñía.

Estaba Celso en vena de humor jocoso y bromeaba imitando, en cuanto le
era posible, el acento, la desenvoltura y el donaire que había admirado
en sus compañeros de cuartel allá en Sevilla. Era su dulce manía. Desde
que llegara del servicio, hacía ya cerca de un año, había mostrado tanto
apego á los recuerdos de su vida militar, como horror y desprecio á las
faenas agrícolas, en que por desgracia había vuelto á caer. Hasta
afectaba haberlas olvidado y desconocer el nombre de algunos
instrumentos de labranza. Por esto sufría encarnizada persecución de su
abuela. ¡Terrible mujer la tía Basilisa! Un día, porque se le olvidó el
nombre de la hoz, le rompió el mango sobre las costillas. Y hasta la
misma guitarra portuguesa con un gran lazo verde que había traído de
Córdoba corrió grave peligro de ir al fuego entre las astillas si á
tiempo no la esconde en casa del tío Goro, su vecino. No hay para qué
decir que Celso odiaba de muerte los puches de harina de maíz, el pote
de nabos, las castañas, y en general todos los alimentos de la tierra,
que consideraba harto groseros para su paladar meridional. En cambio
chasqueaba la lengua con entusiasmo al referir á sus amigos los
misterios sabrosísimos del gazpacho blanco, las _poleás_ con azúcar, las
aceitunas _aliñás_, las naranjitas y la mojama.

--¡Mal rayo!--prosiguió escupiendo por el colmillo como un gitano de
pura sangre.--¿Sabes, niño, lo que yo haría en tu caso el día que la tía
Jeroma cerrase el ojo?... Pues metería en un cinto esa gran calceta de
peluconas que tiene guardada, compraría un jaco extremeño y no pararía
hasta dar vista á la Giralda. Y allí ¡venga de cañitas de manzanilla, y
venga de pescado frito, y de aceitunitas y alcaparrones!... ¡y venga de
aquí! _(batiendo las palmas)_ ¡y venga de allí! _(moviendo las piernas)_
y sobre todo venga de serranitas _salás_ como las pesetas. Yo te
certifico, grandísimo zángano, que antes de un mes no te pesarían tanto
las nalgas como ahora... ¡Ay, niño, si hubieses conocido á la
Carbonerilla!... ¡Gachó, qué mujer!... Venía con su madre á recoger la
ropa de la compañía porque eran lavanderas. El sargento la echaba
piropos y el furriel de mi escuadra no la dejaba ni á sol ni á sombra.
Pero ella prefería al gallego... El gallego era yo, ¿sabéis? Allí nos
llaman gallegos á los de acá. Un domingo por la tarde salimos juntitos
orilla del Guadalquivir por aquellos campos y merendamos en un
ventorrillo, y yo me puse como una uva. ¡Vaya una tardecita _aprovechá!_
Cuando volvíamos nos tropezamos en el camino con el furriel. Ya podréis
presumir cómo se le pondría el hígado. El hombre nos saludó muy cortés y
se acercó á nosotros; pero al poco rato, como necesitaba escupir la
bilis, sobre si yo había dejado por la mañana las tablas del camastro
arrimadas á la pared ó en el suelo, me largó una bofetada... Allí
vierais á la Carbonerilla hecha una leona fajarse con él á pescozones.
¡Pin pan! de aquí, ¡Pin pan! de allá... En fin, que el hombre se vió
negro para librarse de sus uñas...

Á Celso se le hacía la boca agua contando estas aventuras románticas y
las enjaretaba una tras otra sin dar paz á la lengua. Sin embargo, Quino
marchaba preocupado, distraído. Nunca había concedido mucho valor á la
charla de su amigo. Era hombre práctico, sabía adaptarse al medio y
donde el otro no veía más que tristeza y pena sabía él libar la dulce
miel de la voluptuosidad. Pero ahora, bajo el temor de una paliza,
encontraba las mentiras de su compañero mucho más insustanciales.

--¿Sabéis lo que os digo?--profirió al cabo levantando la cabeza.--Que
si Nolo de la Braña no quiere esta noche manejar el palo, podemos
encomendar nuestras espaldas al Santo Cristo del Garrote.

--La verdad es, chiquillo--repuso Celso poniéndose serio también,--que á
Nolo le zumba el alma con el palo en la mano.

--¿Que si le zumba!--exclamó Quino aceptando, sin comprenderlo, el
lenguaje pintoresco de su amigo.--Habías de verlo desenvolverse como yo
le he visto el año pasado en la romería del Otero. Tenía seis hombres
encima de sí y no de los peores de Rivota. Pues no les volvió la cara,
ni creo que la hubiera vuelto aunque fuesen doce. ¡Qué modo de
revolverse! ¡qué modo de brincar! ¡qué modo de dar palos! ¿Veis un oso
cuando los perros le acometen después de herido, y al primero que se le
acerca le da un zarpazo y lo tumba y los otros ladran sin atreverse á
entrar hasta que uno más atrevido se lanza y vuelve á caer? Pues así
estaba Nolo en medio de aquellos mozos... Pero el palo restalla y se le
quiebra en las manos... Ya está perdido... ¡Ahora si que le van á moler
las costillas!... ¡Ca!... Más de prisa que te lo cuento da un salto
adelante, arranca el palo á un mozo, vuelve á saltar atrás y empieza á
sacudirlo como si fuese un junco del río. ¡Muchachos, en verdad os digo
que era gloria el verlo!... Yo estoy en fe de que en toda la parroquia
de Villoria no hay ahora ninguno capaz de ponerse delante de Toribión de
Lorío más que él... y ¿por qué no hemos de ser francos? tampoco en la de
Entralgo.

Bartolo dejó escapar un bufido dubitativo.

--¿Qué gruñes tú, burro, qué gruñes?--exclamó Quino con rabia.--¿Acaso
piensas tú ponerte delante de Toribión?

--No sería la vez primera.

Quino y Celso cambiaron una mirada y sacudieron la cabeza entre
irritados y alegres.

--No sería la vez primera--repitió Bartolo sin advertirlo.--Una noche
que fuí á cortejar á Muñera tropecé con él cerca de Puente de Arco. Al
revolver el camino vi á los pocos pasos un bulto muy grande, como si
fuese un buey puesto en dos pies...--¡Alto!--me gritó tapando el
camino.--¿Quién eres y adónde vas?--Soy el hijo de mi padre--respondí--y
voy adonde me da la gana.--Pues por aquí no pasa nadie que no se quite
la montera y dé las buenas noches.--Pues ahora va á pasar uno sin
quitarse la montera.--¿Quién va á ser?--Mi persona... Y revolviendo el
garrote le doy con toda mi fuerza en el brazo y le hago soltar de la
mano el suyo. En seguida le arrimé tres ó cuatro vardascazos en el
cogote.--Toma, para que te acuerdes del hijo de la tía Jeroma.--¿Pero
eres tú, Bartolo?... Perdona, hombre, no te conocía. Y viene y me da la
mano diciéndome:--Yo contigo nunca tuve sentimiento alguno. Siempre te
estimé aunque seas de Entralgo, porque los mozos plantados y valientes
como tú se estiman... vamos... y parecen bien donde quiera que
vayan.--Eso está bien hablado, Toribio--le contesté,--y si hubieras,
hablado siempre así yo no hubiera alzado el garrote.

Quino y Celso, que le habían estado mirando con estupor durante el
relato, soltaron al cabo una estrepitosa carcajada. Bartolo volvió la
cabeza.

--¿De qué os reís?

--¿De qué ha de ser? ¡De ti!--respondió su primo.

--¿Sabes lo que te digo, Bartolo?--manifestó Celso con mucha calma.--Que
si Toribión te sopla así _(y le sopló en el cogote)_ te apaga como la
luz de un candil.

Habían llegado ya á las alturas que dominan el lugar de Villoria. La
cañada se ensanchaba un poco allí y en las amenas praderas que el
riachuelo dejaba á entrambas orillas estaba asentado el pueblo, el más
grande y poblado después de la capital. No quisieron bajar á él, porque
de la fidelidad de sus campeones estaban seguros. Prosiguieron su camino
por las cumbres hacia Fresnedo, que se hallaba mucho más alto. El sol
descendía ya un poco del cenit cuando llegaron á él.

Estaba colgado más que plantado el caserío en las estribaciones de la
gran Peña-Mea. Era también extendido, aunque no tanto como Villoria.
Antes de penetrar en él nuestros embajadores conferenciaron brevemente,
decidiendo ir derechos á casa de Jacinto, no tanto por ser uno de los
mozos más recios y valientes que allí habitaban, como por el parentesco
que le ligaba con Nolo de la Braña. Pero antes de trasponer las primeras
casas tropezaron con el mismo Jacinto que venía guiando un carro de
yerba. Era un hombre por la estatura, un niño por la frescura y la
inocencia esparcidas por su rostro; los ojos azules, el cabello rubio,
el cutis terso y brillante como el de una zagala. Y con esta apariencia
afeminada uno de los guerreros más bravos de la comarca.

Detuvo el carro que chirriaba de un modo ensordecedor, y delante de los
bueyes, apoyado con entrambas manos en la vara larga que traía para
aguijarlos, escuchó sonriente y benévolo la proposición de los de
Entralgo.

--Por mí ya sabéis que no se queda nada. Subid á la Braña, y si mi primo
Nolo está conforme, yo también lo estoy.

Se dieron la mano, el carro volvió á rechinar y los embajadores
comenzaron á subir la empinada senda que conducía á la Braña. Se
encontraban ya en plena montaña. Delante la gran Peña-Mea que parecía
echárseles encima; detrás verdes praderas en declive, torrentes
espumosos, gargantas estrechas, sombra, frescura, gratos olores, un
silencio augusto y solemne que sólo interrumpían de vez en cuando las
esquilas del ganado ó el lejano chirrido de alguna carreta. La brisa,
cargada de aromas, templaba el rigor de los rayos solares. Repartidos
por los montes, en las mesetas y hondonadas, algunos caseríos rodeados
de castaños y nogales.

Los tres viajeros se detenían á menudo á tomar aliento y se sentían
gozosos. El olor penetrante del heno les embriagaba, les hacía sonreir.
El mismo Celso, enamorado de la tierra del sol y las aceitunas, no podía
sustraerse al hechizo de aquellas montañas frescas y virginales. Y la
perspectiva de lograr su propósito contribuía más que nada á ponerles
alegres.

Al cabo llegaron á la Braña. Sólo se componía de tres casas asentadas
sobre una pequeña meseta al pie mismo de la Peña-Mea. Cuando el tío
Pacho, padre de Nolo, se había ido á vivir allí con su mujer, hacía
treinta años, no había más que una mísera cabaña de madera. Gracias al
esfuerzo tenaz, incansable, rabioso de los dos cónyuges, aquello había
prosperado lindamente. El tío Pacho se quebraba los riñones cercando y
rompiendo terreno comunal para ponerlo en cultivo, plantando avellanos,
construyendo almadreñas; la tía Agustina, su mujer, cuidando el ganado,
hilando, fabricando quesos y mantecas que llevaba los jueves á vender á
la Pola. Y sin permitirse ni uno ni otro el más insignificante regalo,
ni una copa de aguardiente, ni una onza de chocolate. Aquella vida de
esfuerzos y privaciones tuvo al fin su recompensa. Los vecinos del
llano, que disfrutaban fértiles vegas y praderas riquísimas de regadío,
se dieron un día cuenta con asombro de que el tío Pacho de la Braña era
el paisano más rico de Villoria. Poseía más de treinta cabezas de ganado
mayor, casa, huerta, algunos campos extensos, muchos castañares y sobre
todo un número tan considerable de emparrados de avellana que le hacía
recoger algunos años cuarenta cargas de esta fruta. ¡Y en aquella época
valía la carga veinte duros! Así que, al casarse su hijo mayor, el tío
Pacho construyó una casa de piedra al lado de la suya para que se
acomodase. Hizo otro tanto al casar á su hija. Y cuando á su tercer
hijo, Nolo, le tocó en suerte el ir de soldado, el viejo aldeano montó á
caballo y alegre como si fuese á una romería depositó en las oficinas de
Oviedo trescientos duros en doblones de oro para redimirle del servicio.
La abundancia y la alegría reinaban en aquellas tres casas. Se trabajaba
tan firme como en los primeros tiempos; pero al soltar la azada ó la
guadaña, los hombres encontraban sobre el lar la comida sazonada y
humeante, el jamón añejo, el queso fresco, la sidra espumosa. Después de
la cena se reunían todos en casa del padre, y mientras los cuatro
hombres, sentados en tajuelas frente al fuego, departían gravemente
sobre la faena del día siguiente, la madre y la hija, hilando un poco
más allá, no perdían de vista á los niños que correteaban por la vasta
cocina. Al cabo se rezaba el rosario. Cada cual se iba después para su
casa y tranquilos y felices dejaban caer sus miembros fatigados sobre
dos blandos colchones, tan blandos y esponjados como pudieran tenerlos
el juez de la Pola ó el capitán de Entralgo.

Los enviados rodearon la huerta y desembocaron en una espaciosa
corralada abierta delante de las tres casas. En medio de ella, en mangas
de camisa y con la cabeza descubierta, estaba Nolo partiendo leña. Al
sentir el ruido de los pasos enderezó el cuerpo, se apoyó con una mano
sobre el hacha y los miró sorprendido. Era un mozo de veintidós años, de
elevada estatura y gallarda presencia, la tez blanca, las facciones
correctas, los cabellos negros y ensortijados, los ojos grandes y negros
también y de un mirar franco no exento de fiereza. Por debajo de la
abierta camisa se veía un pecho levantado de atleta. Los brazos,
redondos y vigorosos, acusando tanta flexibilidad como fuerza. Su
actitud noble y tranquila, su belleza imponente traían al recuerdo la
imagen del dios Apolo cuando desterrado del Olimpo sirvió de pastor en
casa de Admeto, rey de Tesalia.

--Bien venidos seáis, amigos. ¿Qué os trae por estos sitios tan
altos?--dijo, y arrimando el hacha al copudo castaño debajo del cual
trabajaba vino hacia ellos y les apretó la mano.

--¿El gusto de verte no vale la pena de subir tan alto?--respondió
Celso.

--No en verdad, sobre todo con tanto calor--replicó Nolo.--Pero de todos
modos, bien venidos seáis, os digo, porque aunque un poco enfadado con
los de Entralgo, á vosotros os estimo como á mis vecinos.

--Gracias, Nolo; sobre eso mismo te venimos á hablar--manifestó Celso.

--Bien está; ¿pero no será mejor que antes bebamos unos vasos de sidra y
os refresquéis un poco?

Los enviados cedieron con gratitud. Nolo entró en la cocina de su casa y
salió con algunas tajuelas. Sobre ellas se acomodaron los viajeros á la
sombra del árbol. No tardó en llegar la tía Agustina con un jarro de
sidra.

--Madre, tráiganos usted también pan y queso y algunos chorizos, porque
éstos son amigos á quienes yo estimo por encima de todos los del llano.

La tía Agustina los saludó cariñosamente. Cediendo á las instancias de
su hijo, se presentó inmediatamente con un enorme pan de escanda tan
oscuro como sabroso, y poco después un queso fresco y chorizos,
fabricado todo de sus manos.

Cuando hubieron comido y bebido según su apetito, Quino, el más prudente
y el más ingenioso de los hijos de Laviana, tomó la palabra y dijo:

--Dios te guarde, Nolo, y á tus padres y á tus hermanos. San Antonio
guarde también al ganado que tenéis en la cuadra. Amigos somos desde que
ni tú ni yo levantábamos una vara del suelo y nos metíamos en los
zarzales buscando nidos y cortábamos cañas de saúco para hacer
tira-tacos mientras nuestros padres aserraban algún haya para hacer
madreñas. Que tú lo eres nuestro tampoco hay que dudarlo. Sólo á los
amigos se les recibe y se les convida del modo que acabas de hacerlo.
Por eso nos duele mucho que desde hace una temporada no nos ayudes en
las romerías y dejes que los de Lorío nos lleven por delante, y no sólo
á nosotros, sino á tus mismos vecinos de Villoria y Tolivia, que en la
función del Obellayo ya sabes que corrieron tanto ó más que nosotros. No
hay un solo mozo en la parroquia de Entralgo que no esté en fe de que si
vosotros hubierais entrado en la gresca no se hubieran reído de
nosotros. Porque, te lo digo en conciencia, te lo digo en verdad, los de
Fresnedo y Riomontán sois la nata de Villoria, y tú, Nolo, vales más que
ninguno de ellos.

¿Qué respondiste tú, valeroso Nolo, á tan hábil y halagüeño discurso?

Rechazaste con un gesto de modestia aquellas merecidas alabanzas y con
amable sonrisa, pintándose en tus ojos una suave ironía, dijiste:

--Mucho me admira, amigos, que los mozos del llano, tan plantados y tan
galanes, los que cantan en las esfoyazas y echan _¡ijujús!_ en las
romerías y ponen el ramo á las mozas y se crían tan rollizos con las
truchas del Nalón y la carne de los terneros, se acuerden siquiera de
estos pobretes de los altos. Si ellos, criados con tajadas y vino de
Toro, no pueden contener el empuje de los de Lorío, ¿cómo han de poder
estos míseros aldeanos criados con castañas y borona y el suero de la
leche?

--Lo mismo los del llano que vosotros los del monte todos conocemos el
gusto de la borona y las castañas--replicó Quino.--No está bien, Nolo,
que te burles de nosotros, pues allá todos te estimamos. Los de
Fresnedo, los de Riomontán, los de las Meloneras y las Bovias, lo mismo
que los de Villoria y Tolivia, todos habéis sido siempre unos con
nosotros. Juntos han peleado nuestros abuelos, juntos nuestros padres y
juntos hemos estado también nosotros siempre cuando llegaba el caso de
andar á garrotazos. ¿Por qué ahora andamos apartados? Por un pique que
no merece la pena de mentarse, por una miseriuca...

Quedó serio repentinamente Nolo. Sus ojos adquirieron una expresión
altiva y desdeñosa, y mirando por encima de las cabezas de los enviados
hacia lo alto profirió con voz firme:

--No has faltado á la verdad, Quino, cuando has dicho que siempre hemos
estado juntos en las bullas. Los del alto nunca echamos el cuerpo fuera
mientras se repartía leña y á nosotros nos ha tocado tanta ó más que á
vosotros. En la romería de Lorío el año pasado molieron sobre mí unos
mozos como si estuvieran trillando trigo. En más de una semana no pude
hacer labor alguna porque estaba derrengado. Á mi primo Jacinto le
dejaron en Rivota más blando que un higo. Ni para dar ni para recibir
garrotazos hemos tenido duelo de nuestros huesos... Pero sí has faltado
á la verdad al decir que estamos apartados por una miseria. ¿Cómo? ¿Es
una miseria el dejar á uno solo cuando más necesita de la ayuda de los
amigos? Al comenzar la jarana con los de Aller había sobre la campera
más de veinte mozos de Entralgo y Canzana. Un minuto después ya no había
ninguno. ¿Dónde se metieron? Si os llamáis amigos nuestros, ¿por qué no
lo demostráis cuando llega el caso? ¿Pensáis que los palos de los de
Aller no duelen como los de Lorio? ¿Ó es que solamente somos amigos
cuando nos encontramos allá á la orilla del río, y acá sobre los picos
ya no nos conocemos?

A medida que hablaba, Nolo se había ido exaltando. Las mejillas se le
habían encendido, los ojos brillaban: la ira hacía estremecer sus
labios.

No las razones sutiles y el arte y el ingenio de Quino, no las bromitas
saladas de Celso ni las súplicas ardientes del temerario Bartolo
consiguieron aplacar la cólera del héroe de la Braña. Estaba resuelto á
no tomar parte ahora ni nunca en las contiendas de los de abajo.

--Pero si tú no quieres ayudarnos, tampoco querrán los de
Fresnedo--apuntó Quino.

--Yo hablo por mí. Los demás que hagan lo que les parezca--repuso Nolo
alzando los hombros con desdén.

Guardaron silencio los enviados. Al cabo, profundamente tristes, se
vieron obligados á despedirse. Antes de partir, Nolo les ofreció otro
vaso de sidra que bebieron pensativos y callados.

--De todos modos--manifestó aquél sonriendo de nuevo--¡hasta luego!

--¡Se supone! Ya tienes en la lumbrada quien te aguarde, grandísimo
zorro--exclamó el chispeante Celso metiéndole el palo por el vientre á
guisa de caricia.




II

La lumbrada.


Cuando los diputados llegaron á Entralgo, el sol había traspuesto ya las
colinas por el lado de Canzana. Reinaba extraña y gozosa animación en el
lugar. Linón de Mardana, uno de los criados del capitán, acababa de
traer la última carga de tojo y árgoma. El montón, situado en uno de los
ángulos de la plazoleta, era en verdad enorme, imponente. En torno de él
saltaba y voceaba un enjambre de chiquillos.

La casa del capitán, que aquellos cándidos aldeanos solían llamar
palacio, era un gran edificio irregular de un solo piso con toda clase
de aberturas en la fachada, ventanas, puertas, balcones, corredores,
unos grandes, otros chicos; de todo había. Parecía hecho á retazos y por
generaciones sucesivas. Los corredores, con rejas de madera, estaban
adornados con sendas cortinas de pámpanos entre los cuales maduraban
unas uvas dulces y exquisitas que D. Félix estimaba más que á las niñas
de sus ojos. La plaza que se abría delante de este edificio era el sitio
más amplio y desahogado del pueblo. Y por eso y por el respeto cariñoso
que su dueño inspiraba el destinado desde tiempos antiguos para los
recreos del vecindario.

Sentados bajo los corredores ó recostados contra la tapia de la pomarada
había ya muchos grupos de hombres y mujeres. Á uno de estos grupos,
compuesto de jóvenes de veinte á veinticinco años, se acercaron los tres
embajadores para comunicarles la negativa inflexible de Nolo de la
Braña. Sus corazones se llenaron en seguida de tristeza y consternación,
presagiando horribles desastres.

Por el medio cruzaban á cada instante buhoneros, tenderos, vendedores de
vino y sidra que, alojados ya en las casas de algunos vecinos, llevaban
sus mulas á beber al río. Y entre las mozas trashumantes y los jóvenes
indígenas se cambiaban frases más ó menos galantes y bromitas más ó
menos ingeniosas. Sobresalía entre todos por la malicia, tanto como por
el donaire, un hombre que se hallaba sentado á la puerta misma de la
casa. De treinta y cinco á cuarenta años de edad, flaco, rasurado al
estilo campesino, dejando no obstante unas cortas patillas por bajo de
las sienes para sentar que no lo era, de ojos pequeños y aviesos que
bailaban constantemente de un lado á otro en busca de alguna víctima, de
pelo ralo y labios finos contraídos por sonrisa burlona. Su traje no era
de aldeano ni de caballero: chaqueta de pana, pantalón largo, botas
altas y sombrero de fieltro: colgando por encima del chaleco una gran
cadena de plata para el reloj. Llamábase Pedro Regalado. Procedía de
Villoria: había ido al servicio: llegó á sargento: cuando vino hizo la
corte al ama de llaves del capitán: se casó con ella: D. Félix le hizo
su mayordomo. Gracias á esta posición gozaba de preeminencia entre el
paisanaje, al cual pertenecía por el nacimiento y al cual no trataba con
excesiva consideración. Galanteador sempiterno, rendido adorador del
bello sexo, su digna esposa la buena D.ª Robustiana sufría con él la
pena negra, necesitando vivir noche y día alerta para desbaratar sus
planes artificionos de seducción. El tiempo que le dejaban libre sus
ocupaciones, que era la mayor parte del día, pasábalo sentado á la
puerta de la casa en la misma forma que ahora, recreándose en dar vaya á
cuantas personas cruzaban por delante ó en piropearlas si el transeunte
acertaba á ser alguna zagala fresca y sonrosada. Por eso se le temía y
se le huía como á mosca de cuadra. Algunos, viéndole de lejos, solían
volver los pasos atrás y dar un rodeo para ir al río ó á la fuente.

--¡Eh! ¡eh! mozos--gritó desde su silla al grupo de jóvenes que se
hallaba enfrente al lado de la tapia de la pomarada.--¿Á que os huele la
cabeza hoy á roble ó á espino?

Los chicos, entre los cuales se hallaban Quino, Celso y Bartolo, le
dirigieron una mirada de soslayo y no se dignaron contestar.

--¿Sabéis lo que yo haría en vuestro caso ahora mismo?--prosiguió en
alta voz.--Pues me iría á casa, comería los puches, orinaría y me
metería en la cama......Porque es triste que le anden á uno con las
costillas en día tan señalado. Si mañana fuese día de trabajo, vaya con
Dios. ¡Que segara el diablo por uno! Pero teniendo que mascar la torta
por la mañana y las rosquillas por la tarde y ponerse el chaleco
floreado y la montera de los días de fiesta, no parece bien llevar las
espaldas rameadas de vardascazos. Tú, Quino, ¿cómo te vas á presentar
delante de Telva con un chichón en la frente? Y tú Bartolo, ¿con qué
garbo vas á bailar en la romería si te dejan más derrengado de lo que
estás?

Iba á responder éste, acometido de súbita indignación, pero Quino,
ilustre siempre por su prudencia, le sujetó por la manga de la camisa
diciendo en voz baja:

--¡Déjalo! ¡déjalo! Es peor.

Se hicieron, pues, los suecos. Regalado prosiguió su monólogo que hacía
volver la cabeza y sonreir á los que estaban cerca. Afortunadamente
para los mancebos acertó á cruzar por allí con un caldero en la mano
Maripepa. Era ésta una mujer de cuarenta años lo menos, fea, coja,
desdentada, á pesar de lo cual no había en Entralgo zagalilla más pagada
de su beldad. Regalado se fingía enamorado profundamente de sus gracias,
la seguía, la requebraba y á veces le daba también serenata á la puerta
de su casa con la flauta, pues era diestro tañedor de este instrumento.
Maripepa había llegado á creer en su pasión, y aunque no la alentaba,
porque el mayordomo de D. Félix era casado, la agradecía mostrándose con
él afectuosa y compasiva. Los vecinos encontraban la broma sabrosa. En
vez de desengañar á la pobre mujer, la enredaban más en ella. Fácil es
que aunque tratasen de impedirlo no lo consiguiesen; porque la
presunción y simpleza de la coja eran realmente increíbles.

--¡Aquí está lo que yo esperaba!--exclamó Regalado en alta voz.--Nada
más que para esto he pasado tres horas sentado, dejando mis labores
abandonadas. Pero todo lo doy por bien empleado porque al cabo logré ver
á la gracia de Dios.

--Vaya, vaya, déjeme usted en paz que tengo prisa. Pero no se movía.
Plantada en medio de la plazoleta, con el cuerpo entornado por la cojera
tanto como por el peso de la vasija, estirado el cuello rugoso y la
oscura boca abierta para sonreir, parecía aquella mujer un endriago.

Regalado se levantó de la silla y vino hacia ella y comenzó á hablarle
en voz baja para mostrar reserva. Maripepa, agradecida, á esta
deferencia, le respondía en voz baja también. Parecían dos enamorados
abstraídos del resto del mundo. Todos los rostros estaban vueltos hacia
ellos. En cada grupo se comentaba con reprimida algazara aquel coloquio
de amor.

Pero he aquí que de uno de ellos sale una voz gritando:

--¡Maripepa, que ahí viene Pacha!

Oirlo aquélla y emprender rauda carrera, todo lo rauda que le consentía
su pierna defectuosa y el peso que llevaba, fué todo uno.

En efecto, una mujer de bastante más edad, aunque no tan fea, venía
corriendo hacia ellos. Era su hermana mayor, la cual creía también en la
pasión de Regalado, pero que lejos de alentarla se mostraba exasperada,
furiosa. Pasó como un torbellino en persecución de la incauta doncella
gritándole con acento amenazador:

--¡Aguarda, aguarda; yo te arreglaré, grandísima pícara!

Los vecinos se retorcían de risa. Nadie sabía cuál de las dos mujeres
era más simple. Solteras ambas, vivían juntas, manteniéndose de una
escasa labranza y del trabajo de Maripepa que era habilísima tejedora.
Todo lo que hilaban las mujeres en Entralgo y Canzana lo convertía ella
en tela. Pacha, que le llevaba diez ó doce años, cosía por las casas y
ejercía el mando de la suya. Pero lo que le daba más que hacer, lo que
la tenía inquieta siempre y recelosa era la guarda de Maripepa, una niña
que no acababa de sentar la cabeza. Siempre vigilante, siempre detrás de
ella á fin de que no cayese en las redes que por todas partes le tendían
sus apasionados. Porque no sólo era Regalado quien osaba turbar su
cándido corazón. Otros había que, guiados del mismo frenesí, le ponían
claveles en la ventana, plantaban ramos delante de su casa y le cantaban
al oído lisonjas y requiebros Dios sabe con qué torpes fines.

El jocoso mayordomo iba á caer de nuevo sobre el grupo de jóvenes
guerreros cuando por el camino del río, desembocando ya en la plazuela,
vió llegar á Eladia con una herrada sobre la cabeza. Era una joven de
tez morena y no desprovista de gracia.

--Adiós, Eladia, hija mía. Saluda á los amigos, mujer. No sé por qué te
pones tan seria cuando está Quino delante.

--Adiós. Yo no me pongo seria--manifestó la joven poniéndose no sólo
seria sino encrespada.

--Si estás enojada porque haya salido hoy del pueblo, puedes
tranquilizarte. No ha tomado el camino de Canzana: yo mismo le he visto
seguir el de Villoria.

La joven se puso roja como una amapola y con semblante airado respondió
encarándose con el mayordomo:

--Á mí no me importa el camino que toman los demás. Eso queda para usted
que pasa la vida fisgando cuanto entra y cuanto sale y averiguando lo
que hay y lo que no hay.

Quino había festejado por mucho tiempo á aquella joven, su vecina, y aún
seguía festejándola con intermitencias; pero su corazón inconstante
volando hacia cuantas bellas acertaba á encontrar le causaba mil
tormentos. Ultimamente se había prendado de una niña de Canzana, llamada
Telva, y por ella la tenía casi olvidada. El dardo de Regalado la había
herido, pues, en lo más vivo.

--No te enfades, mujer. Porque te quiero bien y me pesa que tomes
disgustos sin motivo es por lo que te he prevenido. No faltaría alguno
que te fuese con el cuento desfigurando lo que ha pasado...

--Vuelvo á decirle--replicó la joven con más ira todavía,--que todo lo
que usted me cuenta me tiene sin cuidado. Más que pasar la vida sentado
en una silla metiéndose con todo el que pasa, le estaría mejor ocuparse
en sus labores... Pero como está usted ocioso, bien comido y bien
bebido, salta y brinca como el ganado cuando tiene lleno el pesebre.
¡Ah, Cristo, si usted majara terrones como en otro tiempo, qué poco se
cuidaría de los que van á su trabajo!...

D.ª Robustiana, que había oído las últimas palabras de la chica, se
presentó á la puerta de la casa.

--¡Pero, hombre, que siempre te has de entretener en mortificar á
cuantos cruzan por aquí!... No le hagas caso, Eladia, hija mía; cuanto
más enfadada te vea, más gusto le has de dar.

--¡Ya, ya!... Todo es que está muy holgado. Cuando el diablo no tiene
qué hacer, con el rabo espanta las moscas.

Regalado se mostraba gozoso al ver tan irritada á la muchacha. Los demás
reían. Á D.ª Robustiana le costaba trabajo igualmente reprimir una
sonrisa. Le hacían mucha gracia las bromas de su marido, aunque por
naturaleza fuese mujer de carácter apacible y bondadoso. Tenía alguna
más edad que él y era gorda y vestía al mismo tenor, un traje intermedio
ni de señora ni de aldeana.

Alejóse Eladia murmurando. Quino había desaparecido. Poco á poco también
fueron abandonando la plazoleta cuantos en ella había, pues la noche iba
cerrando y la cena les esperaba. Al cabo Regalado se levantó y tomando
la silla se introdujo con ella en casa y cerró la puerta.

Por espacio de una hora todo quedó en silencio. De pronto se oyó del
lado de allá del río en el camino de la Pola el estampido de un cohete.
Un estremecimiento de júbilo cruzó por las casas del lugar. Los niños
saltaron de sus asientos sin querer terminar la cena: los grandes
salieron también á la puerta con el bocado en los dientes. No tardó en
percibirse el dulce, lejano son de la gaita.

--¡Ya están pasando la barca!--gritaban los chiquillos.

Para comunicarse con la Pola el pueblo de Entralgo no tenía puente. Se
necesitaba subir dos kilómetros río arriba para hallar uno de piedra de
antiquísima construcción. Y como era molesto el rodeo, los vecinos de la
parroquia y también los de Villoria utilizaban una barca.

El estampido de los cohetes se fué aproximando y los sonidos de la gaita
haciéndose más claros. Cuando el grupo de gente de la Pola, en cuyo
centro venían el gaitero y el tamborilero, desembocaron en la plazuela,
se hallaba ya ésta poblada de hombres, de mujeres y niños, aunque
todavía predominasen éstos. Linón de Mardana se dirigió con su tridente
á la gran pirámide de árgoma, tomó de ella una razonable cantidad, la
colocó en el centro y dió fuego. Una inmensa hoguera se produjo
instantáneamente. Sus chispas volaron por el aire como estrellas
filantes. Un grito de entusiasmo se escapó de todos los pechos. Á este
grito se unió el redoble del tambor y las agudas notas de la gaita. Los
rostros iluminados por aquella viva luz resplandecían de placer. Todos
hablaban, todos reían formando gozosa algarabía. Al poco rato comenzaron
á desembocar por el camino de Canzana numerosos grupos de este pueblo
que se unían á los de abajo: las mozas buscaban á las mozas: los viejos
á los viejos. Algunos jóvenes comenzaron á saltar bravamente por encima
de la hoguera valiéndose de sus largos palos. Unos lo hacían bien y eran
aplaudidos: otros se chamuscaban un poco y excitaban risa y algazara.

Pronto se organizó el baile. Próximos á la lumbrada se colocaron en dos
filas los mozos y las mozas y viva y concertadamente cada cual frente á
su pareja comenzaron á bailar. Entre ellas y ellos había extremados
bailarines. Mas entre todos como el roble entre los maíces descollaba
nuestro famoso Quino. ¡Qué garbo! ¡qué brío! ¡qué variedad increíble de
figuras! Los ojos una vez posados sobre él, no querían apartarse. Pero
¿quién es su pareja? ¿Quién ha de ser? ¡Telva, Telva de Canzana, que
orgullosa de su triunfo no le cae la sonrisa de la boca, mientras su
afligida rival, la pobre Eladia, se mantiene oculta en el rincón más
oscuro de la plazuela!

En torno del baile se había agrupado mucha gente. Para hablarse
necesitaban gritar, porque el ruido del tambor y la gaita y las
castañuelas era ensordecedor. De vez en cuando se producía viva
llamarada en uno de los ángulos de la plazoleta, subía un cohete y
estallaba en el aire. Era Celso, quien, despreciando el bailotéo por
grosero y prosaico, se entretenía en dispararlos rodeado de niños. Tanto
ruido y algazara fué causa de que no se advirtiese en un principio la
llegada de la juventud de Lorío y Condado. Se presentaron en gran
número, silenciosos, fatídicos. En vez de acercarse á la lumbrada y
tomar parte en el regocijo se mantuvieron lejos, en la sombra, formando
una espesa falange cuya cola ó retaguardia se perdía en el camino fuera
ya de la plazuela. Apoyados con ambas manos en sus largos palos de
avellano, inmóviles, las picudas monteras alzando sus puntas negras y
siniestras á los resplandores de la hoguera, ofrecían un aspecto
pavoroso. Si cupiera el pavor en un corazón magnánimo, diríamos que
Quino lo había sentido. Porque al volver los ojos en una de sus
graciosas volteretas y percibir la falange de sus contrarios, dejó caer
los brazos con abatimiento. Sus movimientos fueron desde entonces más
lentos y desmayados. Pero ingenioso siempre y fértil en intrigas,
aprovechó un momento de respiro en el baile para dirigirse al grupo de
sus enemigos y en tono franco y afectuoso les dijo:

--Amigos, ¿no queréis bailar? Sentadas por ahí se ven todavía muchas
guapas mozas que no tienen pareja. Y si os faltaran, nosotros estamos
dispuestos á cederos las nuestras.

Los de Lorío respondieron con un sordo murmullo negativo. Y
permanecieron en la misma actitud retraída, imponente.

No desmayó por esto el prudente Quino. Su cerebro artificioso le sugirió
al instante nuevo recurso. Pretextando un quehacer cedió la pareja á su
primo Bartolo, y haciéndose escanciar dos vasos de sidra por Martinán el
tabernero, que había colocado debajo del corredor de D. Félix algunos
garrafones para el servicio del público, se dirigió con ellos á Toribión
de Lorío y á Firmo de Rivota, que se hallaban en primera fila y
cortésmente les invitó á beber.

--Gracias--respondieron con marcada displicencia.--No tenemos sed ahora.

Entonces Quino comprendió que el asunto se ponía serio. Echó una mirada
en torno. Vió que de Villoria había acudido poca gente: de los altos,
ninguna: de Canzana mismo faltaban los más aguerridos. Y sintió cierto
malestar muy explicable, que nadie por supuesto confundirá con el miedo.

Pocos en aquel jolgorio gozaban tanto, sin embargo, como el capitán D.
Félix, cúya era la casa ante la cual ardía la lumbrada. Bajo y menudo de
cuerpo, facciones agraciadas, cabellos grises y ojos extremadamente
vivos, podría juzgársele por hombre de cincuenta años, aunque pasaba
bien de sesenta. Con risa y ademanes verdaderamente juveniles, andaba de
grupo en grupo animando á las doncellas y ofreciéndoles confites,
embromando á los viejos, comunicando á todos la franca alegría que
rebosaba de su alma. Cuando Linón se descuidaba en atizar la hoguera, él
mismo le arrebataba el tridente de la mano y echaba sobre ella una gran
porción de árgoma. Cuando el gaitero y el tamborilero desmayaban, hacía
qué sus criados les sirviesen vino; y algunas veces también corría al
sitio donde se hallaba Celso y disparaba en su lugar algunos cohetes con
tal precipitación que no andaba lejos de abrasarse y abrasar á los que
estaba cerca. Porque era extraña y sorprendente la impetuosidad que
aquel caballero imprimía á sus movimientos. Vestía levita de paño
oscuro, pantalón ceñido con trabillas, chaleco de terciopelo labrado y
alto cuello de camisa con corbatín de suela: sobre la cabeza un gorro de
terciopelo.

Allá lejos, arrimadas á la puerta de su huerta, acertó á ver dos zagalas
á quienes la luz de la hoguera iluminaba el rostro de lleno. Ningún otro
alumbraba más hermoso en aquel momento. Una de ellas era alta y
corpulenta, los cabellos rubios, la tez blanca, donde lucían unos
grandes ojos negros como dos lámparas milagrosas. Sus facciones de
pureza escultórica, su hermosa frente erguida con arrogancia y la grave
serenidad de su mirada, no exenta de severidad, traían á la memoria la
célebre cabeza de la Juno de Ludovisi. Ceñíale la garganta triple sarta
de corales que manchaban de rojo su pecho de nieve. Vestía dengue de
paño negro con ribetes de terciopelo[1], justillo encarnado y camisa de
lienzo blanco. La otra formaba con ella vivo y gracioso contraste.
Bajita, morena, sonriente, con unos ojos que le bailaban en la cara y
tan sueltos ademanes que su cuerpo no tenía punto de reposo.

Estaban cogidas de la mano y se hablaban con extraordinario afecto,
abstraídas enteramente de la algazara que en torno suyo reinaba. La
primera se llamaba Demetria: era de Canzana, hija de la tía Felicia, que
allí se encontraba sentada con otras mujeres, y del tío Goro, que fumaba
tranquilamente su pipa departiendo con algunos vecinos. La segunda se
llamaba Flora: era de Lorío: no tenía padres: vivía con sus abuelos,
molineros y colonos del capitán, á quien éste otorgaba bastante
protección. Mantenía desde muy niña amistad con D.ª Robustiana, y tanto
por esto como por la que á sus abuelos profesaba D. Félix, solía pasar
algunas temporadas en Entralgo. Demetria á pesar de su estatura no tenía
más que quince años. Flora había cumplido ya diez y ocho. Ni la
diferencia de edad ni la oposición de caracteres habían impedido que
estuviesen unidas por tiernísima amistad. Tal vez el contraste mismo de
su naturaleza la favoreciese. Flora aprovechaba cuantas ocasiones se le
presentaban para subir á Canzana y visitar á Demetria. Ésta hacía
frecuentes excursiones á Lorío. Y cuando otra ocasión no se ofrecía,
veíanse los jueves en el mercado de la Pola.

Cerca de ellas, sentadas en el suelo, había un corro de cuatro
mujerucas, las cuales cuchicheaban desaforadamente, dirigiendo miradas
penetrantes á todos lados. Eran las _sabias_ del lugar. La tía Jeroma,
madre de nuestro diputado Bartolo; la tía Brígida, su prima hermana y
madre del prudente Quino; Elisa, joven de veinticinco años, recién
casada, con temperamento y aficiones de vieja, y que por tenerlas todas
hasta fumaba como ellas cigarrillos envueltos en hojas de maíz; por
último, la vieja Rosenda, una mujer que vivía sola en un hórreo[2] y que
algunos tenían por bruja. Todas las vidas, todos los sucesos hasta los
más ínfimos de la parroquia pasaban uno á uno por el tamiz de aquel
corro y salían desmenuzados y cribados, reducidos casi al estado
atómico. Varias veces habían entornado la vista hacia nuestras zagalas,
y después de hablarse al oído sonreían con malicia. Al fin la vieja
Rosenda les dirigió la palabra.

--¡Flora!

--¿Qué decía usted tía Rosenda? respondió aquélla volviéndose con la
presteza que la caracterizaba.

--Digo que es gusto ver cómo las zagalillas que se parecen se juntan y
se quieren.

--¿Y en qué nos parecemos, tía Rosenda?--preguntó Flora con tonillo
sarcástico.

--¡Anda! Si no os parecéis en la cara, os parecéis en la historia.

La graciosa morenita hizo un gesto desdeñoso y se volvió hacia su amiga
sin dignarse responder.

--¿Qué dice esa bruja?--le preguntó aquélla.

--Que nos parecemos en la historia.

--¿Y por qué dice eso?

--¡Qué sé yo!--replicó con enfado Flora.

El corro de mujerucas, mientras tanto, reía.

D. Félix, que había entrado en su casa y había salido rápidamente con
dos envoltorios de papel en las manos, se acercó á las jóvenes en aquel
momento.

--Vengo á ofreceros estos cartuchitos de caramelos y lo hago con cierto
temor, porque no estoy seguro de que os gusten. ¡Es tan raro que á las
niñas les agraden los dulces!

Flora y Demetria tomaron riendo los cucuruchos que les ofrecía el
capitán y le dieron las gracias.

D. Félix las contempló un instante con admiración y exclamó sacudiendo
la cabeza:

--¡Qué hermosas sois, hijas mías! ¡qué hermosas sois! ¡Quién se volviera
á los veinte años!

Las doncellas se ruborizaron.

--¿Y cómo es que estas rosas del valle, estas cerecitas maduras, no
quieren bailar en una noche como esta?

--Nos agrada más charlar un poco, ya que pocas veces tenemos el gusto de
vernos reunidas--replicó Demetria apretando tiernamente la mano de su
amiga.

--Es dulce y agradable para una zagalita el contar á otra sus
secretillos y aun las menudencias de su vida... «¿Has lavado ayer?...
¿Cuándo te has comprado esos corales?... ¿Estuvo _aquél_ en tu casa el
sábado?...» Pero es mucho más agradable bailar un rato con el galán
preferido.

--Hasta ahora es usted, D. Félix, el primer galán que se ha acercado á
nosotras, y aunque nos ha regalado con caramelos, no he visto que nos
convidase á bailar--replicó Flora con desenvoltura.

--Quítame cuarenta años de encima de los hombros, querida, y hasta que
el gallo cante me tendrás dando vueltas como un trompo alrededor de
ti... Pero no me quites nada... Vas á ver si con los que tengo á
cuestas todavía puedo moverme. ¡Andando, prenda!

Y tomando de la mano á la desenvuelta morenita la llevó hasta la fila de
los bailarines, en los cuales se produjo un movimiento de sorpresa y de
gozo.

--¡Viva D. Félix!... ¡Viva el capitán!--exclamaron muchos.

Y las viejas que estaban acurrucadas se pusieron en pie y los viejos que
departían allá lejos se acercaron.

El capitán se colocó en fila con los demás y se puso á bailar con tal
primor y tan concertadamente que pocos entre los jóvenes pudieran
competir con él. Y en verdad que era espectáculo raro y gozoso á la vez
el contemplar á aquel anciano moverse con tal agilidad y donaire.
Ninguno más suelto y elegante. La precisión y cadencia de sus pasos eran
tan perfectas que en esto, ya que no en el brío, sacaba ventaja á los
demás. Los jóvenes palmoteaban. Á algunos viejos se les saltaban las
lágrimas recordando sus tiempos de juventud. El tío Goro decía
sentenciosamente dando chupetones á su pipa:

--¡Éste es el baile antiguo, muchachos!... Así se bailaba en nuestro
tiempo. Miradlo bien... Reparad los pasos... Eh, ¿qué tal?... ¿Pierde
alguna vez el compás don Félix? La moda que habéis traído de Langreo
será muy linda en verdad, pero á mí no me agrada porque con tanto salto
y tanto taconeo más que bailando parece que estáis trillando la mies.

Así habló el tío Goro de Canzana, y el coro de viejos y viejas que le
escuchaba aplaudió calurosamente su discurso.

Sin embargo, el anciano capitán sudaba ya por todos los poros del
cuerpo. Sus fuerzas mermaban á ojos vistas. Mas antes que confesarlo
hubiera caído exánime á los pies de su pareja. Ésta vino en su ayuda con
gracioso disimulo.

--D. Félix, ya no puedo más. Busque otra pareja porque he trajinado
todo el día y mis pobres piernas se están llamando á engaño.

El capitán agradeció la hipocresía y tomándola cariñosamente de la mano,
la condujo otra vez al lado de Demetria. Entonces fué cuando acertó á
ver entre la muchedumbre la negra silueta de D. Prisco, el cura de la
parroquia. Se fué como un cohete hacia él.

--¡Pero estaba usted aquí y no me avisaba! Vamos allá.

--Vamos allá--respondió sordamente el clérigo, que era un hombre de poca
menos edad que él, bajo, rechoncho, nariz gorda y ojos saltones.

Y sin decirse otra palabra, ambos se introdujeron en la morada del
capitán, subieron á su gabinete, encendieron un gran velón de dos
mecheros, cerraron cuidadosamente la puerta, se sentaron á una mesa
cubierta con tapete verde y, poniendo sobre él una baraja, anudaron la
partida de brisca que hacía ya más de veinte años tenían comenzada. Todo
el mundo conocía aquella partida en el valle de Laviana. Antes dejaría
el ganado de pacer sobre las verdes pradreras de Entralgo, antes las
nubes de rodar sobre la cresta de la Peña-Mea que D. Prisco y D. Félix
dejasen de ponerse el uno frente al otro con las cartas en la mano. No
era, sin embargo, la avaricia lo que les empujaba, aunque ambos pecasen
un poco por este lado. La cantidad que se cruzaba era insignificante: al
cabo de unas cuantas horas las ganancias ó las pérdidas sumaban cuatro ó
cinco pesetas. Pero ambos presumían de consumados jugadores y lo eran en
efecto. Las fuerzas se hallaban tan equilibradas que si el militar
ganaba un día era casi seguro que al siguiente el clérigo llevaría la
ventaja. Tal igualdad en la destreza les desesperaba, les enardecía,
constituía el verdadero incentivo de su incesante pelear.

Mientras ellos batallaban á solas, nuestra vivaracha Flora se veía de
nuevo expuesta á los ataques insidiosos de la vieja Rosenda.

--Mucho te quiere el capitán, Florita--le decía aquélla con sonrisa
ambigua; la misma sonrisa que se pintaba en el rostro de las otras tres
mujeres que con ella estaban sentadas.

--¿Por qué me ha de aborrecer? Nunca le hice daño--respondió la joven
con presteza.

--Tampoco yo le he hecho daño, y no me quiere tanto.

--Será porque no le ha caído usted en gracia. Como dicen que se ocupa
usted en fisgar todo lo que sucede en su casa, quizá por eso no la
quiera tanto.

El dardo fué certero y lanzado con vigor. En efecto, el hórreo de la tía
Rosenda, próximo á la morada de don Félix por la parte de atrás, era
cómoda atalaya desde donde la vieja espiaba noche y día. Una verdadera
pesadilla para el capitán. Más de cien veces había querido comprárselo:
le ofreció un precio exorbitante; le ofreció construirle una casa. La
bruja no consintió jamás en trasladarse. Aquel espionaje constituía el
mayor, quizá el único atractivo de su vida.

Se mordió los labios con ira y respondió:

--Por eso, porque lo fisgo todo sin duda he sabido que te regala
pendientes de perlas y te da palmaditas cariñosas en la cara.

La morenita se revolvió como si la hubiese picado una avispa.

--Mire usted lo que dice, tía bruja, porque si usted vuelve á
insultarme, aunque tenga pacto con el demonio y salga los sábados á
chupar la sangre de los niños, le juro por la mía que le arranco la
lengua.

Las mujeres se apresuraron á intervenir para calmarla. Demetria también
hizo lo posible.

--No lo tomes por donde quema, mujer--manifestó Elisa, la joven sabia
que poseía el arte de persuadir.--Se pueden hacer regalos y caricias sin
ninguna mala intención. Todos sabemos en Entralgo que D. Félix te quiere
como una hija.

La compostura no agradó á la irritada zagala, que iba á responder con
acritud; pero en aquel momento dos mozos gallardos se aparecieron de
improviso, dando cortésmente las buenas noches. Jacinto de Fresnedo
estaba delante de ella y Nolo de la Braña frente á Demetria. Detrás se
percibían esfumadas en la sombra las siluetas de quince ó veinte
monteras que cobijaban las cabezas de otros tantos jóvenes de los altos
de Villoria. Su llegada produjo cierta sensación en los grupos cercanos,
pero muy particularmente en nuestras zagalas, que hicieron un movimiento
de sorpresa.

--¡Jesús, qué diablos de hombres! ¡Me habéis asustado!--exclamó Flora
pasando instantáneamente del enojo á la risa.

Demetria no dijo nada, pero clavó sus grandes ojos límpidos en Nolo con
expresión amorosa. Éste la miró también con tímida adoración. Ambos se
ruborizaron y en un rato no supieron qué decirse.

--Habéis llegado un poco tarde--dijo al cabo la niña suavemente.--Más de
la mitad de aquel montón de árgoma se ha quemado ya en la hoguera: Celso
ha disparado una nube de cohetes y los bailarines andan cerca de
rendirse.

Su voz era dulce, pastosa: su modo de hablar grave y sosegado,
trasmitiendo á los demás la calma que reinaba en su espíritu.

--Desde la Braña hasta aquí hay algunos pasos--respondió Nolo con
parecido sosiego.--Tuve que bajar de la cabaña un carro de yerba y
cenamos tarde... Además, mi madre tampoco hoy quiso dejarme marchar sin
el rosario.

--Ha hecho bien. Faltar á las oraciones por divertirse es doble
pecado... ¿Y tu madre y tu hermana vendrán mañana?

--Las dos me encargaron para ti muchos recuerdos. Mi hermana quería
venir á la misa, pero tiene á su niño un poco enfermo y acaso no podrá.
Me ha dado este escapulario para que le hagas el favor de tocarlo á la
Virgen.

Demetria tomó el rollito de papel donde venía envuelto y lo guardó en su
seno.

Y hablaron del niño enfermo y de la faena de la yerba que había
terminado en aquella semana y del ganado del tío Pacho que Demetria
conocía como el suyo, y del perro que lo guardaba y que la quería y
agasajaba como si fuese de la familia: hablaron de cien menudencias,
pero ni una palabra de amor.

Y sin embargo, ¡cuánto se amaban! Su cariño era antiguo. Databa de
cuando Demetria, niña de nueve ó diez años, iba con su padre á Peña-Mea.
Porque el tío Goro poseía en aquellos campos, no lejos de la Braña, una
cabaña con su establo y alrededor un prado cercado. Allí solía llevar
parte de sus vacas en los meses de calor: pacían el prado y las yerbas
pertenecientes á los pastos comunales del concejo de Laviana:
retirábalas al llegar el mes de Octubre. Generalmente solía dejar á su
cuidado un criadillo, pero una ó dos veces por semana iba él allá á
enterarse de lo que ocurría y llevar provisiones de boca al pastor. En
estas excursiones le acompañaba alguna vez Demetria cuando tenía menos
años. Ningún placer más grande para la niña que salir con su padre antes
que rayase el alba, pasar el día entero jugando sobre aquellas montañas
y regresar á la noche cargada de zampoñas, jaulitas para grillos y
huevos de buitre. Todas estas cosas y otras más le proporcionaba Nolo,
que apacentaba las vacas de su padre cerca de las del tío Goro. El
mancebo de diez y seis años y la niña de diez se trabaron con estrecha y
cariñosa amistad. Ella gozaba siguiéndole cuando se metía por entre los
zarzales en busca de nidos ó cortaba ramas de saúco para hacer flautas ó
varitas finas de salguera para fabricar jaulas. Él gozaba viéndola
seguir con atención el trabajo de sus manos y aplaudiéndolo con gritos
de entusiasmo cuando se hallaba terminado. Sentados el uno al lado del
otro sobre el menudo césped de las alturas á la sombra de alguna peña,
dejaban pasar las horas en silencio, preocupados exclusivamente del
artefacto que Nolo tenía entre manos.

El más alto goce que Demetria experimentaba era cuando el tío Goro se
decidía á pernoctar en la cabaña. ¡Un día más! Aquello de dormir vestida
entre la yerba, porque allí no tenían camas, y de cocer las judías y
sazonarlas y batir los puches ó picar la sopa, causaba á la doncellita
una felicidad inexplicable. El tío Goro, viéndola tan feliz, sonreía y
se olvidaba de que las judías no tenían sal y los puches estaban medio
crudos.

Nolo la preparaba de vez en cuando alguna sorpresa, un mirlo con su
jaula, un jilguerito, una pareja de palomas torcaces. Pero lo que le dió
más alegría, lo que hizo realmente época en su vida, fué el regalo de un
corzo de cría que el zagal había logrado cazar. Al ver á aquel animalito
tan lindo, tan tierno y vivo al mismo tiempo, Demetria perdió la
chabeta, daba saltos y gritos, le alzaba entre sus brazos, le besaba en
el hocico, no podía separarse un punto de él ni tenía ojos para otra
cosa. De tal suerte que Nolo, al verse tan pospuesto, no sabía si
alegrarse ó arrepentirse de habérselo regalado. Fué gran trabajo para el
tío Goro llevarlo hasta Canzana. El animalito no quería ó no podía
andar: la niña no bastaba á conducirlo en brazos. Pero cuando estuvo en
Canzana se alegró de su fatiga al contemplar la dicha que embargó á su
hija durante algunos días. ¡Sí, algunos días nada más! El ingrato corzo,
alimentado con leche recién ordeñada como el hijo de un caballero y
renuevos tiernos de zarzamoras que la niña iba recogiendo todo el día
por los caminos, agasajado y mimado como ningún infante lo fuera, pues
hasta se le dió derecho de dormir en la misma cama que ella, ¡quién lo
diría! se huyó una tarde á los montes y no volvió á parecer más. La pena
de Demetria no puede describirse. Su llanto, su desesperación hubieran
conmovido á aquel monstruo de ingratitud si hubiera podido verlos, le
hubiera hecho tal vez aceptar de nuevo un yugo tan dulce. Pero no vió
nada. En aquellos momentos triscaba solitario por el monte en espera de
la noche tenebrosa y con ella de algún lobo cruel que castigara su
perfidia.

Fué el gran dolor de su vida hasta entonces; el único quizá, pues sus
padres la criaban con melindres y regalos inusitados. Pocos días después
experimentó otro, sin embargo. Nolo, cortando una rama de castaño, se
dió un tajo terrible en la mano y soltó mucha sangre. Demetria al verla
empalideció; concluyó por desmayarse. Y cuando al salir del desmayo
observó que el joven, sin hacer caso de su herida, la había llevado
hasta la fuente y le empapaba las sienes con agua, comenzó á sollozar
perdidamente. Nolo sonreía.

Pero al acercarse el verano en el año anterior, Demetria, que cumplía
catorce, experimentó grandiosa trasformación. La niña de formas
graciosas pero indecisas se convirtió durante aquel invierno en una
joven de elevada estatura, de gallarda y noble presencia. Nolo quedó
sorprendido y confuso al verla. No supo hablarle como antes. Al cabo,
irritado consigo mismo, concluyó por pretextar una ocupación y
retirarse. Demetria no volvió á parecer por la Braña. En vano el zagal
la aguardó una y otra semana con valiosos regalos adquiridos á costa de
no pocos trabajos y riesgos. El tío Goro aparecía siempre solo. El joven
le ayudaba con solicitud en todos los menesteres que el ganado y el
cuidado de su campo exigían, procurando captarse su afecto, pero no
osaba preguntarle por ella. Poco á poco el deseo de verla se fué
convirtiendo en anhelo, luego en afán irresistible. No sabía lo que le
pasaba; ni tenía aliento para trabajar ni para divertirse en las
romerías. Dejaba trascurrir el tiempo tumbado sobre el césped mirando
pacer el ganado ó acariciando distraído la cabeza del mastín.

Por fin llegó el otoño. El tío Goro retiró sus vacas. Nolo no pudo
resistir más. Un sábado por la noche salió de casa, bajó rápidamente el
camino de Entralgo, subió á Canzana y después de rodear algunas veces la
casa del tío Goro y cerciorarse de que aún estaban levantados, llamó
quedo á la ventana de la cocina y comenzó á hablar disfrazando la voz,
como hacen allí los mozos cuando salen de noche á galantear.

El tío Goro se había retirado á descansar. No estaban en la cocina más
que Felicia hilando y Demetria concluyendo de limpiar la vajilla y
colocarla en su sitio.

--¡Calla!... ¿Ya tenemos quien nos ronque á la puerta?--exclamó Felicia
levantando la cabeza sorprendida y mirando á su hija con sonrisa
maliciosa.

Ésta se puso encarnada y replicó con enfado:

--¡Qué está usted diciendo, madre! Será algún vecino que se haya
equivocado.

--No, no; es á ti á quien han llamado.

--Demetria, Demetria--dijo la voz de afuera.

--¿Lo oyes?... Abre, hija mía, abre á ese galán, que acaso venga de
lejos y tenga necesidad de descansar un rato--manifestó la madre
rebosando de orgullo.

--Yo no abro, madre. El que está ahí afuera sin duda quiere reirse de mí
porque soy niña.

--Demetria, abre y dame un poco de agua, que tengo sed y estoy
rendido--dijo Nolo con vozarrón de falsete.

--¡Pobrecillo! ¿Por qué no le hemos de abrir?--exclamó Felicia. Y
levantándose de su tajuela y con la rueca sujeta á la cintura á guisa de
lanza, se dirigió á la puerta y la abrió.

--¡Nolo!... Pero ¿eres tú?... ¡Cómo habíamos de pensar!...

Demetria, de pie en medio de la cocina, se puso tan colorada que parecía
imposible ponerse más. Sin embargo, Nolo se puso aún más que ella. La
tía Felicia los miró á entrambos con gozo y fué á sentarse de nuevo en
su tajuela. Los jóvenes se sentaron á la par en el escaño y en voz baja
y con largos intervalos de silencio comenzaron á hablarse, uno y otro
tan tímidos que en la hora que así estuvieron no se miraron una vez á la
cara.

Al sábado siguiente volvió Nolo también, y al otro, y al otro; en fin
todos los sábados. No hubo necesidad de declaración de amor: el amor se
había declarado por sí mismo.

Cierta noche, al despedirse á la puerta, Demetria entregó al mancebo un
pequeño envoltorio de papel y le dijo con voz temblorosa:

--Toma; pero júrame que no has de abrirlo antes que llegues á la Braña.

Nolo juró y cumplió su juramento. Llega á su casa media hora antes, sube
á su cuarto, enciende el candil y abre el envoltorio. Dentro estaba la
cinta del justillo de Demetria, una cinta encarnada con sus herretes
dorados en los cabos. Este es el grande y tierno testimonio que las
nobles doncellas asturianas suelen dar de su amor. Nolo, embargado de
emoción, durmió con él debajo de la almohada y en la primera romería
llevó la preciada cinta colgada de los botones de su chaleco.

Jacinto no era tan afortunado en sus amores. La vivaracha Flora le hacía
sufrir crueles tormentos; mostrábase con él indiferente, desdeñosa;
rechazaba con empeño todos los obsequios que el amartelado mancebo le
prodigaba.

--Á ti no te parecerá, como á Demetria, que hemos llegado
tarde--manifestó Jacinto dirigiéndose á ella con sonrisa triste.

--Tú lo has dicho. Á mí me parece que habéis llegado demasiado pronto.
Toda la tarde me han picado las moscas.

--¿Es que yo soy una mosca, Flora?

--No, tú eres un moscón; no picas pero zumbas, zumbas sin cesar y me
mareas.

--¿Quieres entonces que me esté callado?

--Sí, estate calladito y no me digas las simplezas que me ensartaste el
día pasado en Rivota.

Jacinto bajó la cabeza y permaneció en pie y silencioso. Su rostro terso
de adolescente expresaba profunda tristeza. Ambos, callados y
taciturnos, contemplaron largamente la hoguera que Linón atizaba
pausadamente.

Pero la morenita concluyó por impacientarse de este silencio.

--¿Por qué no bailas, Jacinto?

--Porque á mí sólo me apetece bailar contigo.

--Pues entonces puedes sentarte y esperar, porque va para largo.

--¿No me quieres por pareja?

--Sí, pero más tarde... el día en que principies á afeitarte.

--¡Qué picante eres, Flora!--exclamó el zagal poniéndose colorado.

--¿No ves, querido--manifestó la muchacha soltando una carcajada,--que
con esa carita tan blanca y sonrosada va á parecer que bailo con otra
mujer disfrazada?

El mancebo se sintió herido en lo profundo del alma y guardó silencio.
Al cabo de un rato Flora le clavó una mirada entre compasiva y maliciosa
y dijo sacando de la faltriquera un puñado de avellanas tostadas y
ofreciéndoselas:

--Toma: come esas avellanas, á ver si se te quita el enfado.

Jacinto las rechazó con digno ademán.

--¿No las quieres?... Bien, pues harás que coja un empacho, porque llevo
ya comido un celemín de ellas.

Y se puso á cascarlas con sus blancos y menudos dientes.

--No sé por qué te enfadas--prosiguió al cabo de un instante.--Ya debías
estar acostumbrado á mis cosas... Tú, Jacinto, te empeñas en comer los
higos cuando están verdes y ¡claro! no tiene más remedio que saberte
agrios.

--¡Eres tan despreciativa, Flora!

--¡Mejor que mejor! ¿No has oído cantar á los ciegos esta copla:

       _Morena tiene que ser_
    _la tierra para claveles,_
    _y la mujer para el hombre_
    _morenita y con desdenes?_

Y riendo como una loca se puso á charlar con su amiga Demetria, dejando
al buen Jacinto afligido y hechizado al mismo tiempo.

Las horas se iban deslizando. Algunas familias de Canzana comenzaron á
desfilar. La tía Felicia vino á proponer á Demetria la marcha porque ya
era tarde y además le parecía que no tardaría en haber _bulla_. Al cabo
de un instante también se presentó D.ª Robustiana, el ama de gobierno
del capitán, con la misma canción, que iba á haber _bulla_. Y se llevó
apresuradamente á Flora.

¿Por qué iba á haber bulla? Por lo de siempre, por la iniciativa de los
más ruines y cobardes. Jamás se diera el caso de que Firmo de Rivota, ni
Toribión de Lorío, ni Nolo de la Braña ni Celso de Canzana, ninguno, en
fin, de los héroes gloriosos que brillaban en los combates provocase la
pelea. Esta odiosa misión parecía encomendada á algún chicuelo
insolente, á algún despreciable zagal que después de prender fuego á la
mecha solía desaparecer como si le hubiese tragado la tierra.

Y esto sucedió entonces. Un mancebillo de Rivota saltó al cabo por
encima de la hoguera y después de saltar gritó con voz recia: «¡Viva
Lorío!»

Un estremecimiento de susto corrió por toda la plazoleta. La inquietud y
el malestar se pintaron en todos los semblantes.

Otro chicuelo de Canzana hizo inmediatamente lo mismo y gritó con voz
más recia aún: «¡Viva Entralgo!»

--¡Vámonos! ¡vámonos!--exclamó Felicia cogiendo á su hija por el brazo.

El tío Goro ya estaba allí también.

--Adiós, Nolo, hasta mañana.

--No: yo voy acompañándoles un rato hasta Canzana.

Y seguido de sus compañeros se alejó del campo y fué dándoles escolta
por la empinada cuesta que conducía al lugar. Demetria se alegró
vivamente, se felicitó de que su amante estuviese picado con los de
Entralgo.

En un instante no quedó mujer alguna delante de la casa del capitán.

De nuevo saltó el mancebillo de Rivota gritando: «¡Viva Lorío!» Y otra
vez le siguió el de Canzana contestando impetuosamente: «¡Viva
Entralgo!»

Entonces de las filas espesas y amenazadoras de Lorío salió una voz
varonil que dijo secamente: «¡Muera!»

Fué la señal. Más de cien garrotes se levantaron al mismo tiempo para
caer inmediatamente sobre otras tantas cabezas. Y el ruido que hicieron
al caer semejaba al chasquido de los guijarros del río cuando éste en
una de sus furiosas avenidas los remueve, los sacude contra las peñas de
la orilla.

Peñas eran sin duda los cráneos de aquellos jóvenes valerosos cuando no
se quebraron ni se abollaron siquiera. Ni uno solo vino á tierra. Como
si tales garrotazos fuesen solamente toquecitos de llamada para
despertarlos de su letargo, se irguieron todos bravamente y comenzaron á
vibrar sus palos nudosos. La pelea se generalizó. Los guerreros de Lorío
se lanzaron sobre los de Entralgo con furiosos gritos. Éstos, aunque
menos en número, resistieron el choque á pie firme sin pensar en huir.
Crujía el aire con la violencia de los palos; restallaban éstos y se
quebraban algunas veces en las manos de los héroes; sonaban los golpes
de unos y de otros con fragor en el silencio de la noche: escuchábanse
gritos, lamentos, amenazas: todo formaba infernal algarabía de muerte.
Los resplandores de la hoguera alumbraban aquella lucha en que por ambas
partes se peleaba con furia insaciable.

Sin embargo, el magnánimo Quino, fértil en astucias, temiendo que la
ventaja del número diese rápidamente la victoria á los de Lorío, con
algunos de sus compañeros rodeó la casa del capitán para sorprender á
aquéllos por la retaguardia. Y en efecto llevó á cabo la maniobra con
habilidad y presteza. Cayó de improviso sobre las filas de los enemigos,
causando en ellas crueles estragos, produciendo gran confusión y alarma.
Pero fué momentánea. Repuestos prontamente, se lanzaron sobre él más de
treinta mozos del Condado á cuyo frente se hallaba el impávido Lin de la
Ferrera, que ocupaba la retaguardia de la hueste y le obligaron á
replegarse con sus diez ó doce compañeros hacia el Barrero, sitio más
elevado del lugar.

Por otra parte, Toribión de Lorío, el de las recias espaldas y de la voz
de bronce, que gritaba tanto como veinte hombres juntos, y el bravo
Firmo de Rivota celebraron consulta rápidamente en medio de la pelea.
Convinieron en que, desembarazados de la gente de Villoria, los de
Entralgo, por sí solos, no tardarían en ceder. Dejando, pues, á algunos
de los suyos el cuidado de combatir á éstos, se lanzaron ambos con el
núcleo de su fuerza sobre Ramiro de Tolivia y Froilán de Villoria, que
capitaneaban escasas pero aguerridas huestes. Estos nobles guerreros, á
pesar de su audacia y su fuerza, no pudieron resistir mucho tiempo el
esfuerzo de aquellos hombres indomables. Poco á poco fueron
retrocediendo por el camino que desde la casa del capitán conduce al
riachuelo de Villoria. Allí se abre un campo donde los vecinos juegan á
los bolos y á la barra. En este campo lucharon todavía un rato,
protegidos por las sombras de la noche. Al cabo, mal de su grado, se
vieron necesitados á replegarse, y volviendo la espalda, huyeron por la
estrecha cañada sombreada de avellanos. Los de Lorío y Rivota los
persiguieron largo trecho hasta los confines de la parroquia. Luego se
volvieron apresuradamente para desbaratar á los que luchaban todavía en
el pueblo.

¡Hijos animosos de Entralgo, Toribión de Lorío y Firmo de Rivota han
conquistado el campo de batalla! En vano tú, magnánimo Quino, luchaste
con denuedo en lo alto del Barrero, aprovechando lo fuerte de la
posición y las paredes de las casas que te guardaban las espaldas. Al
cabo, viendo crecer siempre el número de tus enemigos y sintiendo tus
fuerzas agotadas, supiste como hábil guerrero salir del campo de batalla
sin ser notado y refugiarte entre los espesos castañares. Los demás
buscaron asilo en las casas.

En vano tú, fatal Bartolo... Pero no... Bartolo no estaba allí... ¿Dónde
estaba Bartolo? Al comenzar la batalla quiso arrojarse en ella poniendo
su fuerza inmensa al servicio de su patria; pero la tía Jeroma, la más
noble de las mujeres, le sujetó indignamente por la cabellera y á
pescozones le encerró mal de su grado en casa, privando á Entralgo de
uno de sus guerreros más perniciosos y matando en flor mucha hazaña
memorable.

En vano tú, heroico Celso, sostuviste con bravura el combate en medio de
la plaza, asistido solamente de quince ó veinte guerreros de Canzana. Tu
valor desesperado, tu fuerza y tu coraje en aquella noche necesitarían
varios cantos para ser narrados y otra lira más sonora que la mía para
ser entregados á la admiración de los hombres. Tus compañeros,
atemorizados por la ola impetuosa que avanzaba sobre ellos, te dejaron
al cabo solo y pidieron refugio como ruines mujeres en la casa del
capitán. ¡Y tú, guerrero infatigable, luchaste solo, solo en medio de
las espesas filas de tus enemigos! Por fin, caíste. Los hijos feroces de
Lorío descargaron aún sobre ti su furia moliendo tu cuerpo como si
fuese el trigo de las eras.

La victoria quedó por Lorío. Las falanges de Entralgo se disiparon como
las brumas á los rayos del sol. Unos se escondieron entre los maizales
de la vega, otros entre los castañares, los más se guardaron en sus
casas. Los vencedores pasearon las calles del lugar celebrando con
gritos de júbilo su triunfo, llamando en cada puerta y dirigiendo á los
vencidos sangrientos insultos.

--Ya os vemos, valientes, ya os vemos. Estáis hilando... ¡Eso debierais
hacer siempre!... Fregad también las escudillas y amasad la borona...
Cuidado que salga bien cocida... No os olvidéis de echar á remojo las
habichuelas y lavar los pañales del chico...

Tales y más crueles aún eran las palabras que salían de la boca de
aquellos guerreros orgullosos. Yo las oí desde mi lecho infantil, donde
manos maternales me habían confinado contra mi voluntad desde bien
temprano. Las oí y mi corazón quedó traspasado de dolor porque he nacido
en Entralgo, vergel precioso que dos ríos fecundan. Las lágrimas
saltaron de mis ojos y mordía las sábanas con rabia, ansiando llegar á
hombre para vengar la afrenta de los míos.

También las oyó Nolo, el intrépido y glorioso guerrero de la Braña.
Bajaba con sus compañeros de retorno la cuesta de Canzana.

--Escuchad--dijo quedando inmóvil con el oído atento.--¿No oís los
gritos y risotadas de esos peleles? Seguro es ya que han logrado meter á
los de Entralgo en sus casas.

Y permaneciendo un instante pensativo, añadió:

--Aunque estemos picados con los de Entralgo, al fin son nuestros
compañeros y lo han sido siempre. ¿Queréis que vayamos á esperar á esa
canalla y les calentemos un poco las espaldas?

--¡Sí, Nolo!--clamaron todos á una voz.

--¡Adelante!--gritó entonces el mozo de la Braña lanzándose con ímpetu
por la calzada pedregosa.

Como se ve las sombras del crepúsculo descender velozmente por las
montañas ennegreciendo el valle, así bajaron sombríos y rápidos los
guerreros de Villoria. Los clavos de sus zapatos chocando con los
pedernales despedían luces fatídicas. Fiero y erguido marchaba á su
frente el intrépido Nolo. Su montera puntiaguda se alzaba sobre las
demás semejante á una nube que avanza cargada de rayos por el
firmamento.

Cruzaron el puente sobre el riachuelo de Villoria, entraron en el Campo
de la Bolera, pero en vez de atravesar el pueblo saltaron las tapias de
la pomarada de D. Félix y salieron por el extremo opuesto, en el camino
ya de Lorío. Avanzaron á marcha forzada por él, y llegando á la peña de
Sobeyana se detuvieron. Era el sitio más á propósito para la siniestra
emboscada que preparaban. Ocultos entre los avellanos y nogales que
guarnecían el camino esperaron. No se tardó media hora sin que llegasen
á sus oídos los ¡ijujús! de los del Condado, que regresaban los primeros
á sus casas henchidos de alegría y orgullo. Los dejaron pasar. Y
cargando repentina y furiosamente sobre ellos los ponen en dispersión al
instante: se hartaron de machacarles los riñones: les persiguieron largo
trecho. Volviendo luego como un relámpago sobre sus pasos, tropezaron
con el grupo de Rivota que marchaba igualmente cantando, riendo,
lanzando gritos de triunfo. Nolo no se amedrenta por el número, aunque
era mucho mayor que el de los suyos. Lleno de fuerza y audacia se arroja
sobre ellos, dejando escapar de su garganta terribles gritos. Tal como
un león que sale del bosque hambriento y cae sobre un rebaño de ovejas
devastándolo en sus garras poderosas, así el mozo de la Braña se
introdujo en la falange de Rivota, causando en ella la consternación y
el estrago. Los demás le siguen con igual ardor. Rompen las primeras
filas. Los del alto de Villoria, hábiles en manejar el palo nudoso,
repelen á sus enemigos dispersándoles. Entonces, temiendo ser envueltos,
porque la oscuridad de la noche les hacía imaginar que sus enemigos eran
más numerosos, los de Rivota retrocedieron por el camino de Entralgo
para unirse á sus compañeros. Los de Villoria los persiguieron algún
tiempo. Al cabo Nolo, cuya alma estaba llena de valor y de prudencia, se
detiene.

--Basta ya, compañeros. Los de Rivota se van á unir pronto á los de
Lorío y vendrán sobre nosotros. Es menester que se encuentren solamente
con los árboles para saciar su rabia.

Y seguido de sus amigos se lanzó por el monte arriba. Largo rato se
oyeron sus gritos de triunfo. El eco de las montañas los repitió hasta
los confines del valle.




III

Demetria.


Los mirlos que dormían en las higueras y cerezos de la huerta del tío
Goro estallaron en un trino formidable al despuntar la aurora. Demetria
abrió los ojos y una sonrisa divina se esparció por su rostro. Se puso
velozmente de rodillas sobre la cama y juntando las manos dijo su
oración matinal. Ciñó luego con prisa las enaguas, se echó un pañolito
sobre el pecho y abrió el corredor emparrado. La luz tibia y rosada del
amanecer penetró en la estancia. La brisa fresca de la montaña coloreó
las mejillas de la doncella. Desde aquel corredor emparrado se descubría
más de la mitad del valle de Laviana. Allá abajo, en el ángulo que forma
el Nalón con su pequeño confluente, Entralgo rodeado de pomaradas.
Enfrente, del lado de allá del río, un grupo mayor de casas blancas: la
capital. Río arriba los Barreros, Peña-Corvera; río abajo Iguanzo,
Puente de Arco. Y derramados por las faldas de las colinas algunos
pequeños caseríos sepultados entre bosquetes de castaños y avellanos. El
gran río cristalino herido por los rayos de la aurora parecía una
franja de plata. Los maizales que bordan sus orillas salían del sueño de
la noche esperezándose blandamente al soplo de la brisa. El tenue,
blanco vapor, que los cubría se perdía en la claridad del aire. Un rayo
de sol vivo, refulgente, hirió la cabeza de la Peña-Mea tiñéndola de
color naranja. Una nubecilla arrebolada, nadando por el cielo azul, vino
á besarla y después de darle largo y prolongado beso siguió más alegre
su marcha. Los pámpanos de la parra, sacudidos por la brisa, azotaron
suavemente el rostro de Demetria. Un mirlo de corazón osado saltó de la
higuera más próxima á la baranda del corredor, miró descaradamente á la
niña ladeando repetidas veces la cabeza, tuvo manifiestas intenciones de
dar un picotazo en sus mejillas pensando con razón que eran más frescas
y más dulces que la cereza que acababa de comerse. ¡Pero Demetria le
clavó una mirada tan severa! Su pequeño corazón se encogió de susto, y
avergonzado volvió á ocultarse entre el follaje.

La luz crecía por momentos. Á los trinos aflautados de los mirlos
respondía el grito estridente de los gallos. En el establo mugieron las
vacas. Allá lejos, entre la espesura de las pomaradas, ladraron los
perros guardianes. Las sombras corrían perseguidas por las faldas de los
montes á guarecerse en el fondo oscuro de las cañadas. El ambiente
adquiría una trasparencia radiosa. El paisaje se iba tiñendo lentamente
de un verde claro sobre el cual se destacaban las masas oscuras de los
castaños. De la montaña venía un aire vivo; el fresco aliento de los
bosques que pasaba por las sienes de la niña refrescándolas. Del valle
subía olor de heno recién segado, aroma de flores y frutas maduras.

De pronto un rayo de sol cayó sobre la punta más alta del cerezo
plantado delante de la casa de la tía Basilisa; volteó un momento sobre
las hojas y saltó á otra rama más baja dejando tras sí una estela de
esmeralda. Otro salto más y se plantó en la higuera más próxima á la
casa del tío Goro. Dentro de ella se agitó gozosamente como una llama
feliz que aspira á curiosearlo todo. ¡Zas! otro salto, y al alero del
tejado. Después, con precauciones, solapadamente, descendió por el
ramaje de la parra y oculto detrás de los pámpanos contempló algún
tiempo el rostro peregrino de Demetria. ¡Es claro, le apeteció besarlo!
Lo mismo le había pasado al mirlo. Pero más animoso que éste, después de
corta vacilación, se dejó caer de golpe sobre lo que más le agradaba:
sobre los ojos. Cerrólos la hermosa y sonrió de nuevo dejándose
acariciar por él con suave condescendencia. Al cabo hizo un gracioso
mohín de impaciencia y se retiró al interior.

¡Cielo santo, cuánto tenía que hacer! Lo primero, por supuesto, era
ordeñar las vacas, como hacía todos los días. Bajó á la cocina, tomó una
vasija y se fué derecha al establo. Pero allí ¡oh sorpresa! se encontró
con que el tío Goro ya se le había anticipado.

--Padre, ¿por qué se ha levantado usted?

--Hija--respondió Goro gravemente,--hoy es el día de la Virgen y tendrás
demasiado que hacer.

Sí, era el día de la Virgen, el día más esperado del año, el que salía á
relucir en todas las conversaciones de los zagales en Entralgo. Para el
tío Goro, que frisaba en los cincuenta, no tenía el mismo atractivo. Sin
embargo, á pesar de su gravedad y de su ilustración, guardaba aún cierto
misterioso encanto que con todo cuidado procuraba disimular.

El tío Goro de Canzana era un hombre solemne, instruído, que fumaba en
pipa y dejaba crecer la barba por el cuello á guisa de corbatín. Hablaba
poco, como todos los hombres que reflexionan mucho, pero sus palabras
eran oráculos, sobre todo para su digna esposa la señá Felicia. No tenía
más que una pasión en su vida: la lectura. Durante la semana no podía
satisfacerla: las faenas agrícolas en que se ocupaba lo impedían. Pero
así que llegaba el domingo solía darse un hartazgo que le dejaba
consolado y esclarecido hasta el domingo siguiente. Después que salía de
misa se pasaba por casa del capitán. Éste le daba un libro, el primero
que le venía á las manos, _El año cristiano_, _El perfecto licorista_,
_Tratado de fortificaciones marítimas_, en fin, cualquiera, pues al tío
Goro le bastaba su cualidad de libro para respetarlo más que á las niñas
de sus ojos. Y llevándolo entre sus manos pecadoras con la misma unción
que si fuese portador del sagrado cáliz, marchaba hacia el _Campo de la
Bolera_. Allí se tumbaba sobre algún madero y en voz baja comenzaba á
descifrar con regodeo las cláusulas misteriosas del impreso, mientras
sus convecinos se deleitaban en jugar á los bolos ó á la barra ó á los
naipes ó en otros fútiles entretenimientos indignos del sabio. Cuando se
llegaba la hora de comer iba á depositar el venerado mamotreto en casa
de su dueño: pero más de una vez sucedió no acordarse de comer y pasar
la tarde también devorando una á una las sílabas que se le ponían
delante de los ojos. Como D. Félix se cuidaba tan poco de la elección de
libros, cuando no tenía alguno á la mano le entregaba un paquete de
números atrasados del _Boletín Oficial_. No hay para qué repetir que el
tío Goro los iba paladeando con igual felicidad.

Pues á pesar de tan vasta lectura era hombre sencillo, buen labrador,
buen padre y buen esposo. Sin embargo, es necesario confesarlo todo, el
tío Goro tenía una debilidad; la de que su hija Demetria se presentase
en las romerías más lujosa y ataviada que las otras doncellas. Si tal
debilidad nació en él espontáneamente ó había sido infundida por su
digna esposa, no es fácil decirlo. Algo pudiera haber de todo. Lo cierto
es que no iba jamás á Langreo ó á las ferias de Oviedo con ganado que no
trajese en las alforjas algún pañuelo ó pendientes ó sarta de corales
para su hija idolatrada. Y es lo curioso que aunque siempre compraba lo
más lindo y magnífico que el comerciante le presentaba, á la tía
Felicia nunca le parecía el regalo bastante rico. Á tal punto
rivalizaban ambos cónyuges en agasajar á su hija.

Demetria se volvió á la cocina, que ocupaba toda la planta baja de la
casa. Sólo en un ángulo habían fabricado con tabiques de tabla un
cuartito para el pastor. En otro de los ángulos había un gran montón,
que llegaba al techo, de leña. De allí tomó nuestra zagala algunos
maderos, los juntó adecuadamente sobre el lar, puso entre ellos algunas
ramas de árgoma y encendiendo un misto les dió fuego. Brotó la llama con
fuerza: pronto se extinguió cuando el árgoma quedó consumida. Entonces
Demetria, acercando el rostro cuanto podía, se puso á soplar el fuego
con todo el aliento de su pecho. ¡Oh, cuán hechicera estaba la zagala
inflando sus carrillitos amasados con rosas y leche! Si aquel mirlo
tímido de la parra la hubiera visto ahora, sin remedio la hubiera
picoteado pese á su vergüenza.

Ya está encendido el fuego. Toma un enorme pan, lo corta en sopas, las
aliña y las pone á cocer. Sube arriba. La planta alta de la casa
constaba de una salita y cuatro dormitorios, todos ellos con ventana al
campo. Se dirige al de sus hermanos Pepín y Manolín.--¡Sus! ¡Arriba,
holgazanucos, arriba!--Los niños antes de levantarse se hacen besuquear
y acariciar largamente por su hermana. El primero tenía diez años, el
segundo ocho; ambos gordos y sonrosados que daba envidia verlos. Una vez
en pie, conduce al primero de ellos al corredor y en una jofaina
trasvertiendo de agua cristalina le mete la cabeza, le refriega los
hocicos hasta dejarlos bien limpios y todavía más colorados. En seguida
venga de peine para desenredar aquellas greñas rizadas. Pero he aquí que
al hacerlo observa que algunos cabellos están unidos por un cuajarón de
sangre.

--¿Qué es esto, chico? ¿Cómo te has hecho esta herida?

--Fué Tomasín--respondió el niño confuso.

--¿Qué Tomasín?

--El de la tía Colasa.

--¿Y por qué te la ha hecho?

--Nos pegamos.

--¿Y por qué os pegasteis?

Pepín bajó la cabeza sin responder.

--Vamos, niño, dí, ¿por qué os pegasteis?--repitió Demetria sacudiéndole
por el brazo con impaciencia.

Pepín vaciló todavía algunos instantes: al cabo profirió titubeando:

--Porque... porque... porque dijo que tú no eras mi hermana... que tú
eras del hospicio.

Toda la sangre de Demetria fluyó al corazón: quedó pálida como un cirio.
No pudo articular palabra. Después de algunos instantes prosiguió en
silencio y con mano temblorosa su tarea.

No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuando
más niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. No
le había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahora
le producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen y
tener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó por
su mente la idea de que pudiera ser cierto.

--Sí, me dijo que tú eras del hospicio--prosiguió Pepín imaginando que
el silencio de su hermana significaba aprobación.--Yo entonces... yo
entonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lo
dijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quiso
pegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices y
empezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabeza
y echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque se
metió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unas
cuantas así por debajo!...

Demetria le dejó explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseo
principió el de Manolín, que se llevó á cabo con el mismo silencio. Y
después que los hubo vestido se bajó á la cocina de nuevo, tomó la leche
que había quedado de la noche anterior, la vertió en el odre y salió de
casa dirigiéndose á la fuente para mazarla[3].

Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba á ella por
estrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subir
un senderito labrado en el césped por los pasos de los vecinos. Al pie
de una gran peña que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas y
espinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve de
entrada, brota de la piedra un chorro de agua límpida, se desparrama
sobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente de
granito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala por
el césped. Cúbrela á modo de bóveda el ramaje que sale de la peña, al
cual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayos
del sol se filtran por él con trabajo bañándola de una claridad suave y
misteriosa.

Demetria se sentó en uno de los bancos de piedra que allí había, aplicó
la boca á la abertura del odre y lo infló; lo amarró luego velozmente y
lo dejó caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Con
las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre el
pecho aguardó. Una tristeza profunda oprimía su corazón. Debajo de
aquella frente alta y pura de estatua helénica batallaban la duda, el
temor, la esperanza, el despecho. Escrutó con ansia su pasado, recordó
algunas insinuaciones malévolas, bastantes palabras sueltas, muchas
sonrisas que á ella le indignaban más aún que las palabras. ¡Virgen
María! ¿sería cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa y
los que tenía por padres no lo eran, ¿por qué la amaban más aún que á
los dos niños? No, no podía ser. Todo era una calumnia. Las chicas del
pueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestían mejor
que á ellas. Habían inventado esta mentira para humillarla... Mas...
¿cómo se les había ocurrido semejante cuento?... ¿Por qué había recaído
sobre ella y no sobre alguna otra?

Sacó el odre del agua y se puso á zarandearlo. El ruido de la leche
dentro hizo coro al _glu glu_ de la fuente.

¡Dios mío, del hospicio!... Era horrible pensarlo. ¡Y ella que adoraba á
aquellos padres!... ¡Y ella que era tan orgullosa!... ¿Qué diría Nolo
cuando llegase á saberlo? Por supuesto la dejaría, porque un mozo tan
galán y tan rico no podía en ley de Dios casarse con una pobrecita
hospiciana...

Aquí los sollozos ahogaron á la cándida doncella. Dejó caer de nuevo el
odre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al cabo
prosiguió su tarea; pero las lágrimas no dejaban de resbalar por sus
mejillas escaldándolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos la
distrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenían allí su nido.
Apenas se le veía como un punto negro en la espesura del follaje, pero
se oía el débil piar de los polluelos cuando sus padres con agitación
iban y venían para cebarlos. ¡Qué alegría la de aquellos animalitos al
verles llegar con un mosquito en el pico! ¡Qué gozo triunfal expresaba
el trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca de
sus pequeños!

Cuando los hubo contemplado un rato, bajó de nuevo los ojos al cristal
de la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: «Ellos tienen
padres: yo no los tengo. ¡Yo fuí criada por lástima!»

Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerza
las paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez y
lavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendió
la vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.

--¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona?--le preguntó,
dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.

--Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería que
descansase--respondió Demetria besándole la mano.

--¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yo
lo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa
como si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro de
su hija. La miró con fijeza y profirió asustada:

--¡Tú has llorado!

--Llorar, ¿por qué?

Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió con
más fuerza:

--Sí, sí: tú has llorado.

--No, madre, no: se engaña usted--respondió Demetria sonriendo.

--No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?

--¿Mi padre?--replicó la zagala con asombro.--Mi padre no me regaña
nunca.

--Es verdad... Pues tú has llorado... Algo te pasó entonces en la
calle... Cuéntamelo, hija mía... ¿No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión.
Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.

Felicia quedó estupefacta.

--¿Cómo? ¿Qué es esto?... ¿Qué te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, le
sacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con voz
entrecortada por los sollozos, Demetria habló:

--Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy del
hospicio.

Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de la
buena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poder
articular palabra.

--¿Quién te ha dicho eso?--logró proferir al cabo.

--Pepín.

--¡Ah pícaro!... ¡Le voy á arrancar las orejas!--exclamó cambiando
súbito su emoción en furor. Y ya se disponía á ir en busca del criminal,
pero Demetria la retuvo.

--No, madre, no salió de él... Fué Tomás el de la tía Colasa quien se lo
dijo y por eso se pegaron.

--¿El hijo de Colasa?... ¡Esa bruja había de ser! Desde que Goro la
quitó de pacer su vaca en el castañedo del Regueral no nos puede ver más
que al diablo. Ya sabes cómo para vengarse metió sus cerdos entre
nuestro maíz. Goro quería llevarla al juzgado y que pagase el daño, pero
yo conseguí calmarlo y que la perdonase porque me daba lástima... Pues
en vez de agradecerlo la picarona el otro día en la fuente me tiró unas
indirectas tan picantes... ¡Qué indirectas, hija mía!... Que si yo era
una holgazana, una comedora, que hacía trabajar á mi marido como á un
burro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambre
mientras yo me comía á solas magras de jamón y torta... ¡No sé cómo me
contuve y no la arranqué los pocos pelos que tiene en el moño! Y todo
porque uno defiende lo que es suyo. Por mí hubiera pacido su vaca toda
la vida en el castañedo, pero Goro me dijo: «Mujer, eso no puede
permitirse. Si la vaca se comiera sólo los yerbajos y la maleza, anda
con Dios; por un poco más ó un poco menos de rozo no habíamos de reñir;
pero se come también la cría de los árboles... ¡ya ves tú, mujer, la
cría! La cría hasta los criminales la respetan, cuanto que más los
hombres». ¿Yo qué le iba á decir entonces? Entonces le dije: «Goro,
tienes razón...»

Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana su
alegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozaba
cada vez con más desesperación.

--¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?...
¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!

--Es que yo, madre--profirió la niña con trabajo,--yo quisiera saber...
si ese dicho era cierto... porque ya lo he oído otras veces, aunque
nunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, de
tal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.

--¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tan
grande!--articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

--Perdóneme, madre... yo no quería disgustarla... ¡No llore, madre, no
llore!

Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuesta
satisfactoria á su pregunta.

--Anda, hija mía, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que has
llorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasa
y habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo... ¿Quién le
quita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar
en misa?

Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos con
agua fresca llegó á sus oídos el penetrante son de la gaita y el redoble
del tambor. Borróse súbita la melancolía de su rostro. Una dulce sonrisa
volvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salió
apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas
de colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos de
un enjambre de niños. Allí se pararon para tocar la alborada. Los
vecinos salían á las ventanas y á las puertas pintándose en todos los
rostros la alegría.

También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar
testimonio de la descomunal batalla que había librado la noche anterior;
fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el medio
de la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como si
fuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria:

--Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la
comadre que te cantó el _ro ro_ y hasta el primero que te dijo ¡por ahí
te pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales que
tienes en la cara que cuando los veo me hace _pío pío_ el alma como si
tuviese escondido un ruiseñor aquí dentro!

--¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra!--exclamó riendo
la zagala.

Los demás también reían sin comprender. Iba el flamenco á proseguir en
sus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de María Santísima
entre tragos de _manzanilla_ y bocados de gazpacho blanco, cuando una
voz bronca gritó desde el corredor vecino:

--¡Celso! ¡Celso!

Y apareció el rostro espantable de la tía Basilisa.

--¿Y el verde para el ganado, grandísimo holgazán? ¿Todavía no lo has
segado?

--Ahora mismito, abuela.

--Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello en
la cabeza la sartén.

El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su alma
se inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que había
corrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!

Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se había ya retirado,
exclamó con voz sorda:

--¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta de
la contribución!

Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa y
algazara de los espectadores.

Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojo
licor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.

--Que usted la goce muchos años, tía Felicia, y que esa manzanita
encarnada que está al balcón no se la coma ningún pícaro, sino un hombre
de bien como el tío Goro... La Virgen del Carmen las proteja... Adiós...
adiós...

La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la
aldea.

Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su
alma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó su
cabellera soberbia; la cubrió después á medias con un pañuelo de seda
azul, cuyos flecos le caían graciosamente por la frente: colgó de las
orejas los pendientes de aljófar que su padre le había traído
recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales;
apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda
torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media
blanca, el zapato de becerro fino... ¡Ea, ya está lista la zagala!

Ahora á casa de Telva á vestir el ramo. De Canzana debían salir tres.
Eran unos armatostes de palo á modo de jaulas, alrededor de los cuales
se colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servían
para el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas de
colores. Sólo mozos muy robustos y remudándose podían soportarlos hasta
la iglesia.

Á las diez se formó la procesión en la más amplia abertura que la aldea
tenía. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias lo
costearan. Todas iban engalanadas como el día de más fiesta del año. Sus
pañuelos de cien colores agitándose producían mágico efecto en los ojos;
pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas con
puras natas hacían latir de felicidad el corazón. Colocaron á la
novilla delante, la novilla ofrecida á la Virgen por el pueblo de
Canzana. Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron sus
cuernos con papel dorado: ciñeron su cuello con cintas de diversos
colores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por los
cuernos.

Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza á descender por el
áspero tortuoso sendero de la montaña sombreado de castaños. Las zagalas
agitan sus panderos, cantan á coro, y sus voces puras bajan en alas de
la brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita;
la novilla ofrecida á la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar la
esquila que lleva al cuello.

Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo de
la pólvora le embriaga; los cantos le alegran; un vértigo delicioso se
apodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mente
las dulces memorias de la Bética.




IV

La misa.


Yo no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido á
gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de
maquinaria. La vega nos ha dado maíz suficiente para comer borona todo
el año, judías bien sabrosas, patatas y legumbres no sólo para
alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el
vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y
carne si la necesitamos: tenemos castañas abundantes que alimentan más
que la borona y nos la ahorran durante muchos días; y esos avellanos que
crecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotros
apenas comemos, pero que vendida á los ingleses hace caer en nuestros
bolsillos todos los años algunos doblones de oro. ¿Para qué buscar
debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia,
alimento, vestido, aire puro, luz y leña para cocer nuestro pote y
calentarnos en los días rigurosos del invierno?

Así hablaba el capitán D. Félix sentado en el pórtico de la iglesia
antes de celebrarse la misa. Se hallaban allí también sentados D. César
de las Matas de Arbín, su primo, vecino y propietario de Villoria, quien
jamás en su larga vida había dejado un año de oir la misa del Carmen en
Entralgo, el tío Goro de Canzana, Martinán el tabernero, Regalado el
mayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tan
señalados.

--¿Qué antiguallas estás ensartando ahí, querido primo?--exclamó el Sr.
de las Matas con sonrisa irónica.--¡Que somos felices con nuestras
castañas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante de
esos señores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque no
concluirán de reirse de ti. ¿Qué valen nuestros tupidos castañares, ni
tus rebaños lucidos, ni este aire puro de la montaña, ni esta luz
radiosa que el cielo nos envía delante de esas altas chimeneas que tiñen
de negro sin cesar la tierra y el firmamento?...

Los tertulios sonrieron. D. Félix dejó escapar un bufido desdeñoso. El
Sr. de las Matas quedó pensativo unos instantes. La sonrisa que contraía
su boca se extinguió. Al cabo exclamó con voz sorda y tono profético:

--¡Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! ¡Ay de
los que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores,
se entregan á la molicie! ¡Ay de los aqueos! ¡ay de los dorios! El
régimen austero, la vida sobria y sencilla que formó á los hombres de
Maratón y las Termópilas desaparecerá muy presto. Los productos
refinados de la industria, las modas y los deleites corromperán nuestras
costumbres, debilitarán luego nuestros cuerpos y no quedarán al cabo más
que hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciables
parásitos que escucharán temblando el chasquido del látigo romano.

Esto dijo D. César de las Matas, el hombre más docto que había producido
jamás el valle de Laviana. Vestía frac azul con botón dorado, chaleco
floreado, pañuelo de seda negro enrollado al cuello, pantalón ceñido
con trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contaría setenta años
de edad, alto, enjuto, aguileño, rasurado.

Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro á aquel varón
profundo, honra de la comarca que le vió nacer.

--Sin embargo, aquí el señor capitán va á recibir un buen bocado de
indemnización, si como aseguran se abre, para explotar esas minas de
Carrio, una vía de hierro. D. Félix tiene ahí muchas propiedades, y no
dejarán de cortarle alguna--manifestó Martinán el tabernero, hombre de
cuarenta á cincuenta años, espantosamente feo, de ingenio sútil,
disputador eterno.

--Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen en
ellas. El día que escuche silbar por los castañares de Carrio los pitos
de esas endiabladas máquinas que llaman locomotoras, será uno de los más
tristes de mi vida.

--¡Alto allá, D. Félix! Esos señores que abren las minas traen muy bien
repleta la bolsa al decir de la gente. Bueno será que repartan un poco
entre los pobres que aquí estamos. Porque si usted no necesita de ese
dinero, hay por aquí muchos infelices á quienes les vendrá muy bien.

--¿Y piensas tú, botarate--exclamó el capitán con ímpetu,--que esos
señores van á traer unos cuantos sacos de doblones y á toque de campana
los repartirán como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada peseta
que aquí dejen os costará bastantes gotas de sudor... Y entre sudar
debajo de la tierra ó á la luz del sol, es preferible esto último.

--No estoy conforme, D. Félix; no estoy conforme con eso--exclamó
Martinán disponiéndose placenteramente á entablar la discusión.--El
trabajo dentro de una mina, lo he oído decir en Langreo, es menos duro
que fuera. En el invierno está allá dentro mucho más caliente; en el
verano, más fresco. ¿Quién no tiene miedo en los meses crudos del año á
salir á la intemperie? ¿Á quién no le da pena ver en este tiempo á esos
pobres segadores debajo de un sol abrasador?

--Pero están seguros de que no les cae encima la montaña y los entierra
como hormigas, y de que el aire no se encenderá para quemarles la cara y
las manos. No serán solamente gotas de sudor lo que derramaréis dentro
de poco, sino lágrimas, lágrimas bien amargas. ¡Dichosos los que
tranquilamente reposan de su trabajo á la fresca sombra de un árbol y
comen un pedazo de borona con alegría!

--En efecto--apuntó gravemente el Sr. de las Matas,--el trabajo expuesto
y penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan ó no
derecho de ciudadanía. Pienso que es solamente adecuado para los
esclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos,
gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimación. Pero
tú, amado primo--añadió sonriendo--no eres un hombre de estos tiempos.
Debiste nacer en las montañas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vida
se deslizase lejos del tráfago y estruendo de las ciudades, sonando el
dulce caramillo y rindiendo culto á Pan y á las ninfas, coronada la
frente de mirto y roble.

--No quiero otras montañas que esas que me han visto nacer, la Peña-Mea,
la Peña-Mayor, el pico de la Vara--replicó el capitán extendiendo el
brazo y apuntando á todos los puntos del horizonte.--Pensando en ellas
mi corazón se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando en
ellas maldecía de los teatros y los cafés cuando me hallaba de
guarnición en Madrid. Todavía recuerdo una noche en que sentado en la
butaca de un teatro escuchando cantar cierta ópera me preguntaba el
amigo que tenía á mi lado:--«¿Te gusta?»--No--le respondí con
rabia;--preferiría ahora estar sentado debajo del corredor emparrado de
mi casa oyendo ladrar los perros». También recuerdo otra noche en que
al salir del café y retirarme á casa tropecé con tres hombres que iban
cantando una de nuestras baladas más conocidas, la del _galán d'esta
villa_. No os podéis figurar, amigos, la alegría y la tristeza que sentí
al mismo tiempo. Los seguí como un tonto por más de una hora al través
de las calles, y cuando acordé en mí tenía las mejillas bañadas de
lágrimas.

Un murmullo de aprobación corrió por el pórtico de la pequeña iglesia.
Todos se alegran de que el capitán no los haya abandonado por los
deleites de la ciudad, como habían hecho otros propietarios de Laviana.

D. Félix Cantalicio Ramírez del Valle vestía en aquel momento su gran
uniforme de teniente coronel de la Guardia Real. Es hora ya de decir que
el capitán de Entralgo no era capitán. Aquellos sencillos campesinos le
apellidaban así porque después de general no había para ellos otra
categoría más elevada en el ejército. Ramírez del Valle se había batido
como cadete durante la guerra de la Independencia, había caído
prisionero; lo trasladaron á Francia; se fugó; ascendió á oficial;
sirvió después en la Guardia Real, y á la muerte de Fernando VII y
estallar la guerra civil, cuando iba á ser ascendido á coronel, tuvo el
capricho de pedir la licencia absoluta. No había cumplido cuarenta años
ni representaba más de treinta. ¿Por qué había adoptado semejante
determinación? La repugnancia á tomar parte en una lucha fratricida,
decía él: el amor entrañable á la tierra y la inclinación á la vida del
campo, decía todo el mundo. D. Félix no tenía de militar más que la
bravura. Exacto, metódico, económico, aborreciendo las bromas y
francachelas de sus compañeros, siempre había hecho entre ellos papel
poco airoso. Una vez retirado, se casó con una señorita de Oviedo deuda
suya. Murió ésta tres años después, de afección pulmonar, dejándole un
niño y una niña. Consagrado á ellos y ahorrando y adquiriendo cuanta
tierra podía, vivió sin salir de Entralgo más que tal vez á Oviedo ó
León para vigilar la venta de su ganado. Poco más de dos años hacía
experimentó el inmenso dolor de ver morir tísico también como la madre á
su hijo Gregorio, de edad de diez y ocho años. Era un joven de fisonomía
agraciada y claro talento, estudioso, simpático, á quien todo el
paisanaje adoraba. Falleció en Oviedo, donde estudiaba la carrera de
leyes. Su hija María, que contaba á esta fecha la misma edad, no
congeniaba con él. Aborrecía lo que D. Félix amaba, esto es, el campo,
el trato de los paisanos, los placeres y los alimentos rústicos; amaba
lo que él aborrecía; á saber, la vida de ciudad, el boato, la etiqueta.
Por esta razón y por lo endeble y vacilante de su salud pasaba sólo
cortas temporadas en Entralgo. La mayor parte del año vivía en Oviedo en
compañía de unas tías solteronas hermanas de su madre, cuyo carácter se
compadecía á maravilla con el suyo. Pagadas de su linaje, austeras,
inflexibles en la etiqueta, con la cabeza atestada de rancias
preocupaciones, las dos señoritas de Moscoso habían procurado infundir
en la hija de D. Félix sus manías y sus humos aristocráticos y lo habían
logrado á la perfección. El capitán unas veces se burlaba de sus cuñadas
y de su hija, otras se enfurecía contra ellas. De todos modos, para
evitar choques, procuraba estar el menor tiempo posible en su compañía.

--Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano.
Después de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano,
se retiró tranquilamente á su fundo de Salona y se entregó al cultivo de
árboles y plantas. Cuando de nuevo vinieron á rogarle que empuñase el
cetro respondió sonriendo: «No hablemos de eso. ¡Si hubieras visto las
lechugas que produjo mi huerto este año!»... Mas yo no soy de tu
temperamento. Tú eres dado á los goces campestres, te recreas con
pastores, ganados, danzas rústicas, zampoñas y labores agrícolas: yo
gusto más de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, el
trato de las personas cultas y estimables, la carátula, los paseos
formados por el arte, las bibliotecas y los jardines.

Estas palabras profirió el Sr. de las Matas de Arbín, dejando, como
siempre, asombrados y confusos á sus oyentes, que casi nunca medían el
alcance de su discurso, concertado y elegante.

«Mi primo César es un pozo de ciencia», solía decir el capitán. Y en
efecto, lo era; no hay que dudarlo. Para cerciorarse de ello no hay más
que echar una ojeada á su folleto titulado _Nuevas luces acerca de las
causas generadoras de la guerra del Peloponeso_, impreso en los tórculos
de Oviedo hacía ya bastantes años. No eran muchos, desgraciadamente, los
que lo habían leído por completo. La edición casi entera yacía debajo de
tres dedos de polvo en el desván de un canónigo grande amigo y admirador
de D. César. En cambio, pocos eran los mozalbetes de la capital que no
supiesen de memoria algún párrafo del célebre folleto, no para admirar
su entonación severa y su lenguaje profético, sino para tornarlos en
irrisión. ¡Á tal punto de vituperable impudencia y frivolidad había
llegado la juventud asturiana!

Martinán el tabernero no se daba por vencido. Jamás había llegado el
caso. Su espíritu era fértil como ninguno de la parroquia en argumentos.
La dialéctica poderosa de que hacía gala le colocaba á gran altura sobre
los paisanos, aunque no todos le reconocían de buen grado esta eminente
cualidad. Iba á tomar la palabra y rebatir con intrincada y feliz
argumentación las ideas de D. Félix; pero en aquel instante por el
camino cortado en la colina que domina la iglesia aparecieron Nolo de la
Braña y su primo Jacinto de Fresnedo.

--Ahí está el hijo del tío Pacho de la Braña--dijo un vecino.--Esta
noche los de Lorío metieron en casa á nuestros rapaces, pero no llegaron
á la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la peña
de Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.

Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambos
jóvenes.

--¡Bravo mozo!--exclamó D. Félix mirándole con complacencia.

--No hay otro más real ni más valiente desde el Condado á los
Barreros--manifestó el vecino que había hablado.--Si no estuviese picado
con nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo del
Obellayo ni lo de ayer tampoco...¿Te acuerdas, Goro, cuando tú y yo
solos al pie del puente de Arco detuvimos á nueve mozos de Rivota, dando
tiempo para que los nuestros pasaran el río y los cogieran por la
espalda?

El tío Goro de Canzana sonríe, da una chupada á la pipa y responde:

--Era el día de Nuestra Señora de Setiembre. Tú y yo habíamos pasado á
Muñera acompañando á unas rapazas. Cuando veníamos ya á casa nos
tropezamos en el puente con los de Rivota. Yo te dije: «No corramos,
Manuel; los nuestros están cerca; hace poco les oí gritar». Entonces,
uno á cada lado del puente, nos meneamos como pudimos. Á ti te dieron un
palo en la cabeza y quisiste caer, pero alzándote en seguida empezaste á
repartir garrotazos que daba miedo verte. Á mí me molieron también los
hombros, pero hice soltar el palo á dos de ellos. «¡Vamos, vamos que
aquí nos matan!» dijiste.--Aguarda un poco, te respondí, porque había
visto las monteras de los nuestros. ¡Y gracias á Dios llegaron á tiempo!

El tío Goro de Canzana sonríe siempre, pero sus ojos se humedecen al
recordar los tiempos heroicos de su juventud.

--Eso está bien--manifestó otro vecino--y no es faltar á la ley el que
los rapaces se den alguna vez dos vardascazos; las manos se sueltan y el
pellejo se endurece. Pero ¿qué decir de lo que pasa en Langreo, donde
por un pique cualquiera echan mano á la navaja barbera, cuando no sacan
esas pistolas de seis tiros como la que trajo de Oviedo el señor
capitán?

--El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degüella á
los hombres como á las reses--repuso el tío Goro con la profundidad que
le caracterizaba.

El estallido lejano de un cohete les hizo á todos levantarse de sus
asientos y salir fuera del pórtico.

--¡Ahí están los ramos!--gritaron los chicos.

La pequeña iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colina
y dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delante
se domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta,
donde está asentada Canzana, bajaba ya la procesión de los ramos
llevando á su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudas
de la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco después se escucha el
ruido de los panderos y el cántico de las mozas. Por fin, entre los
árboles que á modo de bóveda sombrean la calzada pedregosa se divisan
los pañuelos de cien colores de las zagalas y los ramos de pan
guarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada. Los
de Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegría la
pintoresca comitiva. Cuando llega salen á recibirla y se cambian entre
unos y otros cordiales saludos.

El glorioso Bartolo aprovecha la confusión para acercarse á Nolo y le
dice:

--Ya sé que esta noche en la peña de Sobeyana habéis zurrado la piel á
esos cerdos de Lorío. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblo
siempre tendrás guardadas las espaldas.

--Muchas gracias, Bartolo--responde el héroe mientras en sus labios se
dibuja una sonrisa altiva.--Nada sé de eso que me dices. Desde aquí nos
hemos ido á la cama. Ya sabes que la peña de Sobeyana no está en el
camino de Villoria.

--Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo que
habéis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de la
vega esperando á ver si quedaban algunos pocos rezagados para
abollarles los cascos. ¡Á mí no me han metido en casa, puño! Hasta que
no pude más estuve arreando leña detrás del palacio del capitán, y
cuando ya me vi cercado por más de treinta salté la cerca de la Pedrosa
y me metí en la vega. El palo se me había roto en dos cachos sobre la
mollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un bárgano de la sebe para
defenderme. Esta mañana todavía estaban en el mismo sitio los dos
pedazos del palo:... aquí los traigo para que nadie me llame embustero.

Y el glorioso hijo de la tía Jeroma sacó por debajo de la chaqueta que
llevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de su
valor indomable. Nolo los contempla con expresión irónica y dice riendo:

--¡Lástima de palo! No volverás á tener otro tan majo, Bartolo. Me
alegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.

--¿Qué te dijeron?--preguntó un poco turbado el valiente.

--Que la tía Jeroma te había llevado por las orejas á casa antes de
comenzar la gresca.

--¿Quién dijo eso, puño? Suéltalo en seguida, porque quiero meterle
estos cachos del garrote por los dientes--exclamó hecho una furia el
hijo de la tía Jeroma.

Nolo se esquivó riendo y se introdujo entre la muchedumbre á ver si
tropezaba con Demetria. Ésta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura y
Telva, y Eladia de Entralgo habían sido designadas por el señor cura
para llevar en procesión la imagen de la Virgen. Tal resolución sirvió
para que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placer
á costa de Maripepa.

--Oyes, chica--exclamó así que acertó á verla.--Á todos nos ha
sorprendido y disgustado que el señor cura no te llamase para llevar á
la virgen. Porque, á la verdad... eso de haber elegido tres mozas de
Canzana y sólo una de Entralgo no está bien.

--¡Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de leche
caliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! ¡Yo como soy una
pobrecita no puedo traerle nada!--exclamó con acento de rabia Maripepa.

--Eso será, porque tú eres tan buena como las demás para llevar la
Virgen; y aunque no eres rica sabes vestirte como la primera.

La coja con tales lisonjas se esponjó lo indecible. Acometida de un
furor orgulloso, soltó por su boca desdentada mil improperios contra el
párroco y contra las zagalas de Canzana que la perseguían cruelmente con
su envidia. Esto causó el regocijo no sólo de Regalado, sino de cuantos
la escuchaban.

Pero ya al son de la gaita y el tambor y con el estampido de los cohetes
salía la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de la
iglesia. Rodeábanla las mozas con sus panderos. Delante marchaba el
capitán, portador del gran farol tradicional. Su uniforme
resplandeciente causaba el asombro de aquellos campesinos,
particularmente de los niños que se amontonaban en torno suyo
devorándole con los ojos. Todos los años gozaban del mismo espectáculo y
cada año les parecía más nuevo y sorprendente. Detrás venían seis ú ocho
sacerdotes, casi todos los que contaba el concejo. Dieron la vuelta al
templo y sobre el altar portátil levantado á sus espaldas colocaron la
imagen. Allí se celebraba la misa al aire libre el día de la fiesta. La
pequeña iglesia no podía contener á la muchedumbre de los fieles.
Derramados por el frondoso bosque de castaños que en declive se extiende
por detrás estaban ahora todos, la mayor parte de Entralgo, pero muchos
también de las demás parroquias del valle.

Comienza la misa. Las capas de tisú de oro de los sacerdotes oficiantes
resplandecen al sol. Suena la gaita acompañando á los cantores desde una
tribuna improvisada. La muchedumbre arrodillada sobre el césped asiste
recogida y silenciosa al santo sacrificio mientras la brisa de la
montaña agita las hojas de los árboles y refresca suavemente sus sienes.

Demetria, de pie como sus tres compañeras al lado de la Virgen, había
encontrado los ojos de Nolo posados sobre ella. En vez de sonreírle como
siempre baja los suyos avergonzada; sus frescas mejillas se tiñen de
rojo. La fatal palabra de su hermano vuelve á penetrar en su alma y á
turbarla. Ella era una pobrecita recogida, una hospiciana; estaba casi
segura. Nolo no podía casarse con ella. Tal idea aferrada á su mente la
traspasaba de angustia, oprimía su pecho hasta impedirle la respiración.
Hubo un instante en que la vista se le turbó y estuvo á punto de caer.
Entonces, elevando sus ojos á la sagrada imagen, murmuró con fervor:
«¡Virgen María, asísteme!»

La Virgen la asistió. Repentinamente quedó tranquila y se dijo con firme
resolución: «Antes de que llegue á descubrirlo dejaré la casa y me iré á
servir un amo en Oviedo ó Gijón».

Cuando la misa termina vuelve la procesión en el mismo orden dando la
vuelta á la iglesia. Las campanas redoblan alegremente; estallan los
cohetes; cantan los clérigos; el anciano capitán se pone en marcha y sus
placas de oro, ganadas en el campo de batalla, despiden vivos destellos.
Entonces un estremecimiento corre por la multitud. Todos, grandes y
niños, volvemos los ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre y
nuestra protectora, que marcha lentamente sobre los hombros de las
cuatro hermosas zagalas.

Dos de estas zagalas son rivales: el apuesto Quino las festeja
alternativamente; pero saben disimular sus celos con arte femenino.
Eladia sonríe de vez en cuando á Telva. Ésta le devuelve su sonrisa.
Ambas se esfuerzan en aparecer serenas y confiadas.

La procesión entra en la iglesia. Poco después la muchedumbre sale y se
esparce por el pequeño campo de delante y el castañar de detrás. Quino
se acerca á Telva y con frase insinuante la requiebra y la felicita.
Arrimados á una columna del pórtico departen en voz baja mientras
Eladia, con la muerte en el alma, les dirige miradas fulgurantes. Pero
Flora, la gentil zagala de Lorio, se acerca á ella y procura distraer su
pena con su charla siempre alegre y graciosa.

--Deja que me esconda detrás de ti. Jacinto me persigue y me sofoca.

--¿Tanto te disgusta que te quiera?--respondió Eladia sonriendo
tristemente.

--No me disgusta, pero hace demasiado calor. En vez de miel yo
necesitaría ahora un poco de agua de limón.

En efecto, el pobre Jacinto había buscado y había hallado á su adorada
Flora, pero ésta le había huído como siempre. También Nolo había querido
acercarse á Demetria. Y con gran sorpresa, pues no estaba acostumbrado á
ello, observó que la niña rehuía su encuentro. Por algunos instantes
permaneció extático, sin saber qué pensar de tal conducta; pero antes de
que recobrase su serenidad y se resolviese á seguirla y pedirle una
explicación se oye gritar por todas partes: «¡La despedida, la
despedida!» Una nube de niños avanza hasta el pórtico de la iglesia.
Detrás de ellos vienen los grandes. Todos se colocan en fila á entrambos
lados de la puerta, dejando una calle regularmente espaciosa. Por ella
marchan las zagalas de Entralgo y Canzana cantando y agitando los
panderos y en esta forma penetran en el templo. Se arrodillan al entrar,
se levantan después y á los cuatro pasos se arrodillan otra vez y otra
vez se levantan. De esta manera llegan hasta los pies de la Virgen y
allí se despiden cantando largo rato. Luego, caminando hacia atrás, sin
volver la espalda, doblando las rodillas cada pocos pasos y alzándose
después, salen de la iglesia sin dejar de cantar y de sonar los
panderos.

Fuera se diseminan. Todas llevan colgado al cuello el santo escapulario
tocado á la Virgen. Los mozos avanzan hacia ellas y se los piden para
besarlos.

Telva y Eladia salían juntas. El bizarro Quino las ve y se encamina
hacia ellas. Va á demandar á Telva su escapulario; pero con arranque
caprichoso ó tal vez para mostrar su omnipotencia, lo pide á Eladia.
Esta enrojece como una amapola y temblando de emoción se lo entrega,
mientras la desairada Telva se muerde los labios pálida de cólera.

Nolo se acerca á Demetria y le hace igual petición. La niña se lo tiende
con sonrisa melancólica. Luego, emparejados, se alejan departiendo entre
los árboles.

¿Qué hacías tú mientras tanto, linda y burlona morenita? El enamorado
Jacinto llega á tu presencia y con voz apagada te pide el escapulario.
Entonces, empujando á Maripepa que iba á tu lado, le dices: «Dale el
tuyo, querida, que el mío ya lleva sobrados besos». Jacinto se ve
obligado á besar el escapulario de la horrible coja, mientras tú ríes
malignamente.




V

La romería del Carmen.


En la pomarada del capitán, debajo de los árboles, se había colocado una
mesa á la cual se sentaban hasta una docena de comensales. Procedían
casi todos de la Pola. Sin embargo, había un ingeniero de Madrid y un
químico belga. Pocos días hacía que habían llegado á Laviana para
dirigir los trabajos de las minas recién abiertas sobre la aldea de
Carrio. Los había acompañado á Entralgo y los había presentado á D.
Félix su sobrino Antero, promovedor incansable de los intereses de
aquella región y apóstol elocuente del progreso. Recibiólos el Sr.
Ramírez del Valle con afable hospitalidad y les invitó á su mesa, pero
no sintió alegría de verlos. Ya sabemos que su corazón no estaba abierto
á la influencia de las maravillas industriales.

Antero era un joven de carácter franco y fisonomía simpática, locuaz,
ilustrado, arrogante. Se había recibido de licenciado en Derecho hacía
pocos años. No diremos que se creyese un genio, pero sí estaba seguro de
que podía competir con los jóvenes más distinguidos de la provincia. En
cuanto á su valle natal, ningún otro osaba hablar de política y
literatura delante de él. Conocía bien la historia de la revolución
francesa, especialmente la de los Girondinos; estaba versado en Economía
política, había leído la _Profesión de fe del siglo XIX_ de Pelletan,
algunos versos de Víctor Hugo y tres volúmenes de la Historia Universal
de César Cantu. Además, cuando se hallaba entre amigos de confianza,
osaba poner algunos reparos al texto de las Sagradas Escrituras, en el
cual encontraba ciertas contradicciones de bulto. Hasta se decía que en
cierta ocasión, de sobremesa con varios sacerdotes, los había puesto en
grave aprieto hablando del Génesis. Por estas razones y otras que omito,
Antero Ramírez era lo que pudiera llamarse un grande hombre regional.

Sin embargo, D. Félix no le reconocía de buen grado sus cualidades
sobresalientes. Entre tío y sobrino existía una disimulada antipatía,
que á veces no se disimulaba. Antero pensaba que su tío era una buena
persona, un militar valiente, pero algo «arrimado á la cola». D. Félix
consideraba á su sobrino, á pesar de los triunfos académicos que
ostentaba, como un joven superficial, uno de tantos abogados charlatanes
como producía la universidad de Oviedo. ¡Qué diferencia entre estos
mocosos que hablaban de todo con impertinente suficiencia y aquellos
varones antiguos como su primo César, tan reposados, tan profundos, tan
macizos!

Estaban allí también el alcalde, hombre de mediana edad, afable y
alegre, que solía decir frases chistosas y reía con ellas hasta toser y
tosía hasta reventar. El recaudador, bilioso, taciturno, lleno de
prudencia, excepto cuando bebía más de veinte vasos de sidra. Al beber
el veintiuno comenzaba á recordar sus triunfos universitarios, los
sobresalientes que le habían dado en Derecho canónico y Disciplina
eclesiástica, el _accésit_ que había ganado en la Licenciatura con
notoria injusticia, pues nadie dudaba que merecía el premio (uno de los
jueces se había negado á firmar el acta considerándolo así). Al pasar de
treinta venían á su memoria las imágenes flotantes de las mujeres que
había seducido y se extasiaba recordando los dulces pormenores de sus
amoríos: una de aquellas mujeres abandonadas se hallaba á la hora
presente en un convento; otra se había tragado una caja de fósforos. Por
último, cuando introducía en su estómago más de cuarenta vasos, se
iniciaba el período del heroísmo. El recaudador resultaba entonces, á
pesar de su pecho hundido y escuálidas piernas, un hombre terrible, un
ser cruel que había pasado su juventud hinchando las narices á sus
condiscípulos y apaleando á los serenos; el terror de la ciudad de
Oviedo, donde había quedado memoria perdurable de sus proezas.
Felizmente para él (porque en tales ocasiones se hacía impertinente y
agresivo y solía encontrarse con alguna bofetada), llegaba pocas veces á
cifra tan elevada. Una gastralgia crónica le obligaba, mal de su grado,
á mantenerse en la sobriedad y moderación.

El escribano D. Casiano no padecía ninguna clase de gastralgia ni aguda
ni crónica. Por eso no se creía en el caso de usar de la moderación del
recaudador. Bebía como un buey y orinaba como otro buey y tenía un
vientre mayor que el de dos bueyes reunidos. Por su complexión ciclópea,
por su faz de escarlata, la fuerza de sus jugos digestivos y la eterna
risa que brotaba de su pecho como un torrente que se despeña, pertenecía
á otra edad remota, no á la presente. Era digno de sentarse en algún
festín pelásgico ó cuando menos de asistir á la famosa hecatombe que
Nestor, rey de Pylos arenosa, celebró en honor de Neptuno, y comerse uno
de aquellos bueyes á medio asar. Sin embargo, este D. Casiano, cuando se
encerraba en el cuartucho polvoriento y fementido que le servía de
despacho y se colocaba delante de su mesa atestada de expedientes, no
resultaba un hombre primitivo, sino bien refinado. Sus narices de
ventanas dilatadas no le servían para olfatear el jabalí ó el oso que
cruzaban por el bosque, sino las pesetas que podía devengar el proceso
que tenía entre las manos. Y vengan providencias, y notificaciones y
resmas de papel sellado cuando los procesados eran personas solventes ó
poseían al menos un pañuelo de tierra ó una yunta de vacas. La tierra,
los establos, las vacas, los enseres de la casa y hasta los pucheros del
lar, todo pasaba al instante por el esófago del escribano troglodita. Lo
mismo acaecía con las herencias. Muriese testado ó intestado, todo
paisano podía estar seguro de que una buena parte de su hacienda, cuando
no toda, pasaría irremisiblemente al vientre de D. Casiano.

Acudió igualmente aquella tarde á Entralgo el farmacéutico Teruel,
hombre profundo, inventor de ciertas pastillas contra las lombrices que
eran el asombro y el orgullo del concejo. De todos los rincones de
Asturias solían venir demandas de estas famosas pastillas. En Madrid
mismo, donde las importó una señora de Oviedo, adquirieron prosélitos.
Habían salvado de la muerte á la esposa de un diputado asturiano, el
cual en recompensa había hecho condecorar al benemérito boticario con la
cruz de Isabel la Católica. Mas después de este esfuerzo químico tan
prodigioso el ingenio de Teruel se había agotado ó había dormido para
siempre. Ó considerando tal vez vanas y engañosas las glorias humanas,
había decidido renunciar á toda labor científica. Lo cierto es que desde
hacía largos años estaba dedicado á pescar truchas con caña en el río y
á beber sidra en los lagares. ¿Quién regentaba la botica en su ausencia
casi continua? Su digna esposa D.ª Teresa. Ésta hacía los emplastos,
molía las drogas y despachaba cuantas recetas llegaban á la oficina.
Teruel había resuelto al mismo tiempo varios problemas sabrosos: no
trabajar, no pagar dependientes y tener á su mujer ocupada.

Irritaba esto la cólera del médico D. Nicolás, quien consideraba
degradante que una hembra interpretase sus prescripciones. Murmuraba
agriamente de la holgazanería del boticario; hablaba de poner en
conocimiento del subdelegado de farmacia aquella ridícula y ofensiva
sustitución. ¿No habría en su indignación una migaja de envidia? Los
vecinos decían que sí. Porque D. Nicolás, lejos de poseer una esposa
bella, laboriosa, inteligente, como Teruel, tenía por compañera un
endriago. Le llevaba diez ó doce años de edad, era fea, achacosa,
impertinente, ridícula. Y á cambio de estas cualidades exigía que se la
adorase, que el bueno de su marido la mimase todo el día, le prodigase
las caricias más subidas y exquisitas. Y se descuidaba de hacerlo, ¡eran
de oir sus protestas y recriminaciones! No pasaba día sin que la casa
del médico no resonase con voces coléricas, gritos y lamentos. D.
Nicolás, para imponer la paz y aplacar la cólera de aquella víbora
pisada, se veía necesitado unas veces á emplear medios coercitivos poco
compatibles con su educación, otras á humillarse á ciertas condiciones
que le repugnaban y fatigaban tristemente. De todos modos, su vida era
amarga y contrastaba con la muelle y regalada que llevaba su compañero
Teruel.

Aunque más agitada, no dejaba de ser dulce y sabrosa la que llevaba el
capellán D. Lesmes. Rasurado con primor, más bien delgado que grueso, de
tez sonrosada, nariz aguileña, ojos pequeños y vivos y no poco pícaros,
de cuarenta años de edad. No tenía más órdenes que la _prima tonsura_
impuesta para que pudiese disfrutar las pingües rentas de una capellanía
de familia. Le estaba vedado por lo tanto contraer justas nupcias. Pero
no pensaba que le estuviesen vedadas igualmente las injustas. En todo el
valle no existía hombre más enamorado ni que poseyese armas amorosas de
más alcance. Sus conquistas se contaban por docenas. Habitaba en el
caserío de Iguanzo, del lado de allá del río, frente por frente de
Entralgo. Desde este punto estratégico situado en el centro del
concejo, D. Lesmes hacía constantes correrías por todo él, dejando á los
hombres, pero no perdonando hembra alguna, ni por fea ni por vieja.
Nadie conoció jamás un caballo de tan buena boca. Si se pudiesen poner
en ristra las víctimas de sus hechizos, impondrían terror por la calidad
tanto como por la cantidad. Hay que hacerle justicia, sin embargo: nunca
había atacado las plazas de sus pares, esto es, de los hidalgos de
Laviana. Solamente á las del paisanaje llevaba la ruina y devastación.
Por eso quizá disfrutaba aún de la luz del sol, tan cara á los mortales.

Todos estos señores y los demás que se sentaban á la mesa del capitán
compartían las ideas del joven Antero. Todos creían que Laviana, por el
número y riqueza de sus minas de carbón, se hallaba destinada á
representar pronto un papel importante, no sólo en la provincia, sino en
la región cantábrica. Deseaban que aquellos tesoros subterráneos
saliesen pronto á luz; estaban ávidos de que en la Pola, capital del
concejo y partido judicial, se introdujesen reformas y mejoras que la
hiciesen competir dignamente con Sama, capital del vecino concejo de
Langreo. En Sama se encendían por las noches faroles de petróleo para
alumbrar á los transeuntes. En la Pola ni soñarlo siquiera. En Sama se
comía carne fresca todos los días. En la Pola, salada todo el año,
excepto cuando á algún vecino se le antojaba sacrificar una res y vender
una parte de ella. En Sama había ya un _café_ con mesas de mármol. En la
Pola sólo algunas tabernas indecorosas. Por último, y esto era lo que
causaba más admiración y envidia entre nosotros, en Sama se había
abierto recientemente nada menos que un paseo con docena y media de
castaños de Indias puestos en dos filas y ocho ó diez bancos de madera
pintados de verde, donde los _particulares_ se repantigaban todos los
días para leer las gacetas de Madrid. Para llegar á tal grado de
civilización era necesario que los lavianeses _aunaran_ sus esfuerzos.
Esto se repetía sin cesar en la Pola.

Los únicos que en aquella tertulia pensaban mal de las minas y no
ansiaban las reformas, á más del capitán, eran su primo César, el señor
de las Matas de Arbín y el párroco D. Prisco. El primero por su espíritu
clásico y temperamento dórico, el segundo porque era un gran filósofo.
D. Prisco sólo hallaba dos cosas dignas de atención: el cielo estrellado
y la _brisca_. En consecuencia, ó rezando ó jugando: ésta era su vida.
Todo lo demás estaba comprendido en dos palabras, las predilectas, quizá
las únicas que salían claras de los labios de aquel hombre memorable.
_¡Miseria humana!_ Éstos eran los dos vocablos que abrazaban la creación
entera y sus múltiples relaciones. Unas veces proferidos con admiración,
otras con lástima, otras con resignación ó con ironía ó con desdén,
según las circunstancias, para todos los casos servían por espinosos que
fueran. Cuando algún feligrés venía á contarle una lástima ó á exponerle
quejas de su mujer ó de sus hijos, un murmullo ronco salía de las
profundidades del pecho del párroco. En aquel murmullo sólo se percibía
distinta la profunda sentencia, compendio y resumen de toda la sabiduría
de D. Prisco.

Comieron el capón asado, las truchas salmonadas, las olorosas judías con
morcilla y lacón, la rica empanada de anguilas, todo aderezado y servido
por las manos primorosas de D.ª Robustiana, á quien servía en esta
ocasión de azafata la vivaracha Flora. Bebieron el espeso vino de Toro
traído en odres desde Castilla al través de las montañas que separan á
esta región de las Asturias por el propio Martinán que ahora lo servía
loando sin cesar su pureza y sus virtudes. Bebieron aún con más placer
la sidra de la pomarada de D. Félix. El lagar estaba allí próximo: una
de sus puertas se abría sobre la pomarada; la otra sobre el Campo de la
Bolera, donde en aquel instante se celebraba parte de la romería.

Y cuando llegaron los postres, el joven Antero se levantó con la copa en
la mano y habló de esta manera:

--Amaneció al cabo el día por nosotros tan ansiado, el día de que
nuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesoros
que nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia,
para nosotros los amontonó la naturaleza debajo del suelo: para nosotros
y para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta región que
apenas pueden, á costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de borona
á la boca, dentro de pocos días, gracias á la iniciativa de una poderosa
casa francesa que va á sembrar aquí sus capitales, encontrarán medios de
emplear sus fuerzas, ganarán jornales jamás soñados por ellos. Y con
estos jornales se proporcionarán muy pronto las comodidades y los goces
que embellecen la vida. Porque el hombre no está destinado á vegetar
como un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para no
fenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazón
existe un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos de
vida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas más y más interesantes
de existencia. ¿Qué sería el mundo si todos nos limitásemos á recibir
los usos de nuestros padres y á guardarlos como un tesoro intangible y
precioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso es
necesario que prescindamos de ese respeto exagerado á la costumbre, que
no temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates que
sacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con los
países extranjeros para hacernos partícipes de sus adelantos, que
apetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzos
incesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiréis resonar por
estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor
que nos llama á la civilización.

Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Sólo D.
Félix, D. César y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.

Al sentarse el sobrino del capitán se levantó el ingeniero que había
llegado de Madrid. Era un joven de fisonomía inteligente y agraciada.

--Brindo--dijo--por que en breve plazo quede desterrado del hermoso
valle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama _borona_.
No podéis imaginar con qué profunda tristeza he visto á los pobres
labradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido la
razón de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza de
sus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en su
estómago diariamente un par de libras de borona no es posible que tenga
la imaginación despierta y el corazón brioso. Procuremos todos en la
medida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aquí ó al menos que
se relegue á su verdadero destino, para alimento de las bestias, que
pronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con él, no lo dudéis,
despertará la inteligencia, se aguzará el ingenio, crecerán los ánimos y
por fin entrarán en el concierto de los hombres civilizados los
habitantes de este país.

Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. El
actuario D. Casiano se levantó de su silla y le apretó contra su vientre
de tal modo que el ingeniero decía más adelante que por un momento se
creyó dentro de él como Jonás dentro de la ballena. ¡Y sin embargo, D.
Casiano se comía con rematado placer media borona migada en leche! Pero
se guardó bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado á la borona, no
tres veces como San Pedro á su maestro, sino trescientas. Todos la
negaron, ¡todos! aunque había nutrido la infancia de la mayoría de
ellos. Sólo el señor de las Matas de Arbín se levantó de su silla y con
reposado y noble ademán avanzó su copa hasta chocar con la del ingeniero
y dijo:

--Hubo un tiempo, señor, en que delante de estos rudos campesinos,
alimentados con castañas y bellotas como las bestias, corrían
desbandadas las águilas romanas enviadas por Augusto. Más tarde las
huestes sarracenas que habían paseado en triunfo todo el orbe, vinieron
á estrellarse contra los pechos de un puñado de labriegos ahí, un poco
más arriba, en la sacra montaña de Covadonga. Pasaron muchos siglos,
empezaron á alimentarse con borona, y otras águilas tan brillantes, las
del César Napoleón, cayeron sobre nuestro país. Estos campesinos
segándolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la borona
no habían perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, en
los nobles certámenes de las ciencias y de las artes muchos asturianos
criados con borona alcanzaron, señor, honra imperecedera. Su voz ha
resonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado páginas
brillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida á la
piedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos á
este manjar grosero hecho con la harina del maíz. Dionisio de Siracusa
también los hizo cuando le dieron á probar aquella sopa negra de los
espartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos de
carne. «¡Es detestable!» exclamó.--«Le falta algo», respondió el
cocinero.--«¿Qué le falta?»--«Que te hubieses bañado en el Eurotas y
hubieses hecho todos los ejercicios de la palestra.» Del mismo modo,
señor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado á usted bañarse
en el Nalón y haber pasado el día cavando la tierra con la azada.

Tocó á su vez al capitán el levantarse y abrazar estrechamente á su
primo. El ingeniero contempló aquella figura estrafalaria y escuchó
tales palabras con asombro. Los demás le hicieron disimuladamente señas
de que se trataba de un excéntrico.

--Bien está lo que mi venerable amigo el señor de las Matas de Arbín
acaba de manifestarnos--dijo Antero levantándose de nuevo.--Los
alimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes,
sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchar
y defenderse. Mas yo pregunto: ¿para qué serviría su actividad si no
arrancase á la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos los
recursos que la Providencia puso á su disposición? Si la situación del
hombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jamás,
esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. César serían inútiles y
aun me atrevo á decir que imposibles. Comprendo el amor y el respeto que
mi querido tío D. Félix y el señor de las Matas de Arbín sienten por el
pasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase á privar á este
valle de lo que tiene derecho á alcanzar, mayor bienestar para sus hijos
y un puesto en la civilización. Por eso en este momento me atrevo á
suplicar á mi buen tío que no se oponga á que por sus propiedades de
Carrio cruce la vía férrea necesaria para transportar los minerales. Su
oposición, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilataría algún
tiempo la prosperidad de nuestro país.

--¡Me opongo y me opondré con todas mis fuerzas!--exclamó el capitán
airado.--Yo no creo que esa prosperidad traiga á este valle dicha
ninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma.
Los hombres trabajarán más que antes y no á luz del día y respirando la
gracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros.
Las mujeres lavarán más ropa sucia, cuidarán más enfermos, quedarán
viudas primero. Los niños escucharán más blasfemias, sufrirán más
golpes. Yo me río de esa prosperidad y la maldigo. ¿Qué me importa que
traigáis un puñado más de oro si con él llega el vicio, el crimen y la
enfermedad?

Quiso Antero discutir con su tío; probarle que estas lacerias no son
consecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbaciones
accidentales que al cabo quedan suprimidas por sí mismas cuando los
obreros se hacen más cultos por la enseñanza y el trato. Pero don Félix
se negó á escuchar. Colérico cada vez más y respondiendo á las razones
de su sobrino con frases violentas ó desdeñosas, tanto llegó á exaltarse
que el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudente
intervenir. Encauzaron la conversación hacia otros asuntos y procuraron
alejar al tío del sobrino. Se habían levantado ya todos de la mesa. Se
diseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Félix
con Antero había producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja que
aquél tuviese un carácter tan violento.

Al cabo renació la calma, terminaron los comentarios, y la alegría y la
franqueza volvieron á reinar sobre los convidados. Algunos se acercaron
al lagar, penetraron en él y departieron con los labradores que allí
estaban; otros pasearon debajo de los árboles hasta los confines de la
pomarada. El señor de las Matas fué uno de ellos. Enfrascado en sus
meditaciones clásicas y repitiendo en voz baja la hermosa égloga primera
de Virgilio caminó paso entre paso por la finca. Y como llegase á una
rinconada umbría, se tendió _sub tegmine fagi_ recitando cada vez con
más fervor los versos del cisne de Mantua. Se sentía feliz. La sidra le
ponía siempre en una disposición poética tan lejana del furor báquico
como del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando esto
acaecía, solía ver cruzar por el bosque á Diana cazadora con su cortejo
de ninfas medio desnudas y tendía hacia ellas sus brazos anhelantes. Ya
hacía años que habían cesado estas imaginaciones eróticas. Ahora en
tales ocasiones ya no veía ninfas, sino ánforas llenas hasta el cuello
del chispeante vino de Chipre ó de Rodas. Se hallaba, pues, reposando
dulcemente como Títiro, cuando acertó á oir cerca y detrás de los
árboles rumor de conversación. No hubiera hecho alto en ello si no
percibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alzó, acercóse
más y escuchó. Hablaban allí tendidos sobre el césped Antero, el
ingeniero español y el químico belga.

--Es un tipo verdaderamente notable--decía Antero.--Deben ustedes
estudiarlo. Para él no existe nada digno de aprecio fuera de las
Thermópilas y Maratón. Odia á los medos y á los persas más que á los
chicos que le roban la fruta.

--¡Es curioso!--exclamaba el ingeniero.

--Pero su enemigo mortal es Pericles.

--¿Cómo?

--Sí, se ha empeñado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todas
partes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenas
y de todo lo malo que allí ha pasado, le niega el talento, le niega la
elocuencia y le persigue con la misma saña que si le hubiera estafado.
No tienen ustedes más que sacarle la conversación del _olímpico_, como
él lo llama con sorna, y le verán ustedes deshecho. Por lo general, es
hombre pacífico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles sale
de sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos años
escribió un folleto fulminante contra él. En todo Asturias se conoce
este documento, que es chistosísimo. Oigan ustedes algo:

«Á buena fe, Pericles; á buena fe, don traidor, suspiros y lágrimas asaz
engendrará vuestra desbocada ambición. La ley no es bien guardada, la
ley positiva de los tiempos heroicos de la Hélade. El gran aparejo y
atavío con que ornáis la ciudad de Teseo más le hará tuerto que derecho.
Holgados y descansados queréis á vuestros compatriotas, dolientes y
cobardes los hallaréis á la hora de la batalla...»

--¡Graciosísimo!--exclamó el ingeniero, riendo á carcajadas.

--C'est étonnant!--profirió el químico, que apenas podía comprender una
palabra de aquel lenguaje.

--En otro tiempo se le ocurrió a mi tío y a otros señores hacerle
alcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso por
el ayuntamiento. Cuando presidía las sesiones se creía en el Ágora. Una
vez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Pola
comenzó su discurso diciendo: «Setecientos mil dracmas gastaron los
dorios en dotar de alcantarillas á Esparta...» Desde entonces le
llamamos por aquí el _dorio_.

--¡Oh, que c'est drôle!

--¡Pero ese caballero es un loco!

--¡De atar!--respondió el joven Antero.

El señor de las Matas sintió al escuchar tales palabras que la sangre se
le agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir á
aquel mancebo frívolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porque
había estudiado en el Pórtico y tenía grabadas en su mente las
enseñanzas de Zenón. Con nobleza verdaderamente estoica se alejó, pues,
despreciando tanta injuria.

Mientras esto ocurría en la pomarada del capitán, el castañar en declive
que casi circunda la pequeña iglesia de Entralgo hervía de gente y
regocijo. Al lado de los árboles se habían colocado bastantes tenderetes
para vender vino y sidra: en torno de ellos departían bebiendo los
hombres maduros. En la parte más llana se había organizado un animado
baile al son de la gaita y el tambor. Allí lucía de nuevo su primor y
gentileza Quino, el más prudente y astuto de los hijos de Laviana. Su
pareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con este
arte maligno de tira y afloja tenía á las dos zagalas rendidas,
deshechas de amor. Pero en aquel instante más que de su pareja se
cuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Lorío. Andaban éstos en
pandillas retozando por la romería, riendo, gritando, sin querer tomar
parte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.

En medio del campo, en el espacio más abierto, se había formado una gran
danza, los hombres á un lado, las mujeres á otro, unos y otros cogidos
por el dedo meñique. Cantaban una antigua balada asturiana. Primero las
mujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondían con otros
dos; y así se iba desenvolviendo la historia.

¡Bien presente está en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corro
alzabais amablemente vuestros brazos. En medio del círculo seguía con
los ojos extáticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestros
cantos inocentes, que penetraban en mi corazón infantil, inundándolo de
una felicidad que nunca más ¡ay! ha vuelto á sentir.

No toda la gente estaba en el castañar de la iglesia. En las calles de
la aldea había también alguna, y en el _Campo de la Bolera_ más todavía.
Aquí se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seis
mozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los demás, interesados en
la partida, miraban sentados en los maderos que por allí había
diseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengas
tierras había traído la empresa que comenzaba á beneficiar los ricos
veneros de Laviana. Se les reconocía por sus boinas encarnadas que
contrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle:
se les reconocía aún más por sus rostros macilentos, donde el agua no
había logrado borrar por completo las manchas del carbón. Hablaban entre
sí y dirigían miradas insolentes, provocativas á todos los que allí
había. Parecían sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y sus
juegos. Delante de la puerta del lagar de D. Félix había un numeroso
grupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de sus
amigos los montañeses de Villoria, que se habían bajado del castañar
poco hacía por consejo de Nolo. Temía éste con razón, vista la actitud
de los de Lorío, que hubiese pronto riña, y persistiendo en su orgulloso
retraimiento no quería tomar parte en ella. Se hallaba sentado al lado
de Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan el
campo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, se
habían bajado también de la romería cansadas de bailar, y andaban por
allí diseminadas á la sombra de los árboles. Entre ellas se hallaba
Flora, la linda y desdeñosa morenita huéspeda de D.ª Robustiana.

El infiel esposo de esta señora, nuestro amigo Regalado, salió del
lagar, echó una mirada por el campo y dirigiéndose á los jóvenes que
allí había, en el tono zumbón é impertinente que le caracterizaba les
habló de esta manera:

--Llegó el momento, mozos valerosos, de que probéis vuestra enjundia
delante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Félix me ha entregado
este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que más
lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no
ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el
mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le
parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Instantáneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan con
admiración el grande reloj de plata y su cadena, echando cálculos
fantásticos acerca de su valor. Regalado dió orden á Linón de Mardana
para que trajera de casa la barra de hierro. No tardó mucho el adusto
servidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espacio
libre á los tiradores. De los parajes más lejanos del campo acuden
hombres y mujeres á presenciar la lucha. También D. Félix sale por la
puerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio más elevado y
cómodo para verla.

El primero que empuña el hierro cilíndrico es Pachón de los Barreros. La
barra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae á larga distancia
de sus pies con admiración del concurso. Inmediatamente sale á la
palestra Matías, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer la
montera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa y
maestría y lanza el hierro al alto. Se clavó una cuarta más allá que la
del mozo de los Barreros.

--¡Hurra!--gritó la muchedumbre.

Pachón no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerla
dos pulgadas más allá que Matías. Pero éste la coge con prisa, hace un
esfuerzo supremo y la envía media vara lo menos más lejos que su rival.
Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal más cercano
y la planta en aquel sitio donde se hincó su barra, exclamando:

--Este es el tiro que ha hecho Matías de Langreo. Á ver si hay en
Laviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.

Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachón
empuña con rabia la barra, pero no logra ponerla más allá que la vez
anterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de la
Pola, ensayan también sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con mucho
á la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven hacia
Nolo de la Braña, que allá lejos seguía departiendo con Demetria sin
acercarse al teatro de la lucha.

--Nolo--le grita uno,--Matías de Langreo nos ha vencido á todos.
¿Quieres probar tu fuerza?

--Si os ha vencido á todos, ¿por qué no ha de vencerme á mí?--replica
con orgullosa malicia el héroe de la Braña.

Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba por
el mejor tirador de barra de toda la ría del Nalón caudaloso.

Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueño
de su albedrío más que de mostrarse vencedor en el juego, sale al medio
del corro. Rápidamente se descuelga la chaqueta de paño verde, se
despoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barra
afianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire la
gentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atlética contrasta con
las líneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.

La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso,
roza al caer la rama de nogal plantada por Matías y va á clavarse más
lejos.

«¡Viva! ¡Viva!» grita la muchedumbre frenética.

El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo la
barra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide al
jurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas sus
fuerzas, la barra se queda más atrás de la rama.

Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreo
inmenso.

«¡Viva Laviana!» «¡Viva Villoria!» Éstos son los gritos que resuenan sin
cesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardo
mancebo.

Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando su
acostumbrada ironía le dice con visible emoción, pues al cabo también él
había nacido en Villoria:

--El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha de
entregarte el reloj.

Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un
esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.

--Ven acá, Florita--grita Regalado.--Tú eres la elegida. Toma el reloj y
entrégaselo.

--Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío--responde con
acritud la doncella.

--Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuesta
entregarlo.

--Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no
quiero.

En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegos
y razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡no
quiero!» El mismo capitán fué desairado.

--Perdóneme usted, D. Félix--le respondió con resolución la altiva
zagala.--Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.

--¡Dejarla! ¡dejarla!--exclamó Jacinto con voz alterada.--No la
molestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue
quien no me desprecie.

Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió el
mismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimas
que saltaban á sus ojos.

--¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien la
morenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?--dijo uno de los
mineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.

--¡Y que lo digas, Joyana!--respondió el interpelado dirigiendo sus ojos
á Nolo y Demetria que allá lejos proseguían su plática amorosa.

--¿No sería lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este
zángano de la cara de pan?--volvió á decir Joyana apoyando su
proposición con una blasfemia.

--¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zote
que tiene á su lado!--replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosa
Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.

Joyana y Plutón, así llamados el primero por el pueblo en que nació, el
segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles que
había traído consigo el director. Llevaban ya bastantes años en el
oficio y habían recorrido algunas provincias mineras de España
ejerciéndolo. De casi todas habían sido arrojados por su natural
díscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón había estado ya dos años
en presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos por
sus compañeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso
también por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos.
Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenía el torso robusto,
los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de
mono bastante agilidad y fuerza.

Nolo de la Braña pagó la mirada agresiva y sarcástica de los mineros con
otra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figura
de atleta frente á la de aquellos _gorilas_ los estuvo contemplando
largo rato sin pestañear. Después, como su oído experto le dijera que
allá en la romería había algún tumulto, hizo seña á sus compañeros y
despidiéndose de Demetria se alejó con ellos atravesando el puente y
dirigiéndose á Villoria por la margen izquierda del riachuelo.

Ya era tiempo de que lo hiciera. Allá en la romería, á espaldas de la
iglesia, los de Lorío, después de provocar con pesadas palabras y
acciones groseras la cólera de los de Entralgo, habían logrado al cabo
despertarla. Sin considerar su inferioridad numérica, pues muchos de los
combatientes habían bajado ya á la Bolera, se precipitaron á la lucha.
La desesperación les prestó una fuerza incontrastable. Animándose los
unos á los otros, lograron contener en los primeros momentos el empuje
de los de Lorío. Chasqueaban los palos, arremolinábase la gente, rodaban
las cestas de fruta por el castañar abajo, volcábanse las mesas de los
confiteros ambulantes, quebrábanse vasos y botellas. Todo era confusión
y alarma y gritería y polvo en el campo de la romería. Las mujeres, los
niños y los pocos hombres de edad madura que habían quedado buscaban
refugio en el pórtico de la iglesia. Desde allí seguían con ojos
ansiosos las peripecias del combate. Los niños enardecidos alentábamos
con gritos á los nuestros. Costaba gran trabajo á las mujeres sujetarnos
para que no volásemos al medio de la pelea.

Prosiguió ésta encendida é indecisa bastante tiempo. Por una y otra
parte se peleaba con vivo ardor. Los de Lorío, engreídos por sus
victorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuoso
alarde sobre los de Entralgo. Éstos, con el alma sangrando de coraje y
despecho, se defendían sin retroceder una pulgada, inmóviles en su
sitio, como si estuviesen clavados á la tierra. Allí vi á Angelín de
Canzana repartiendo garrotazos con tanta furia y cólera que nadie se
ponía al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectos
perniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le había hecho un
pastor de Sobrescobio. Buscaba éste por los montes de Raigoso una
ternera que se le había perdido. Angelín, que allí estaba apacentando
sus vacas, le ayudó en la tarea durante largas horas: por este servicio
le hizo presente de aquel magnífico garrote pintado y esculpido
finamente, con su correa para sujetarlo á la mano, adornado en la porra
con lucientes clavos dorados. Allí estaba Simón de María, llamado el
Cojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolvía mejor que
los que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche parecía
una paja entre sus manos indomables. No lejos de él combatía
furiosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuñaba un
cayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago á las huestes
enemigas.

Mas ¿quién fué el bravo que brillaba en la batalla como un astro
refulgente que hace empalidecer á los que fulguran á su lado? Celso, el
animoso y magnánimo nieto de la tía Basilisa. Celso, anhelando tomar
venganza, se lanzaba impetuosamente dando gritos horribles sobre los de
Lorío. No consideraba que sus fuerzas estaban mermadas por los estacazos
de la noche anterior. Ni su cabeza vendada y dolorida ni sus riñones
derrengados podían abatir su coraje. En cada uno de sus asaltos
desesperados hacía rodar por el suelo á algún enemigo, de tal modo que
Lázaro del Condado, dejando su puesto, se lanzó á toda la carrera hacia
aquel más lejano donde peleaba Toribión de Lorío.

--Toribio--le dijo,--¿por qué te entretienes aquí sacudiendo á esta
morralla que no vale una castaña asada, cuando allá abajo el nieto de la
tía Basilisa, más furioso que un jabalí, está volcando los mozos como si
fuesen pucheros de barro?

El grande y fuerte Toribión escucha estas palabras y sin responder
abandona prontamente aquel sitio y se precipita al paraje en que Celso
peleaba con gloria imperecedera. Delante de él huían los mozos de
Entralgo y Villoria como los corzos al aproximarse el cazador. En
aquella carrera furiosa sacudió un garrotazo á Gabriel de Arbín que le
hizo morder el polvo, machacó las costillas á Pepín de Solano y alcanzó
también con un palo en la cabeza al bravo Angelín de Canzana, que se vió
necesitado á retirarse del combate. Antes de llegar cerca de Celso éste
le salió al encuentro. ¡El insensato! No sabía que Toribión le
aventajaba mucho en valor y en fuerzas. El poderoso mozo de Lorío rompe
las filas de los suyos y aproximándose á Celso, antes que éste hubiera
tenido tiempo á levantar su palo, le sacudió con ambas manos un
garrotazo en medio de la cabeza que le hizo venir al suelo sin
conocimiento. Cuando el ingenioso Quino pudo verle así extendido por
tierra, un violento dolor oscureció sus ojos. Y mezclándose
cautelosamente entre los combatientes sin ser percibido por Toribión
arrastró á su amigo fuera de la pelea y echándoselo luego sobre los
hombros lo condujo hasta el pórtico. Allí las manos piadosas de las
mujeres le rociaron la cara con agua fresca hasta volverle al sentido,
oprimieron los tolondrones, tamaños como huevos, que tenía en la cabeza
con monedas de cobre de dos cuartos y restañaron la sangre de sus
arañazos con telarañas que recogieron en la iglesia.

Sin embargo, el valiente y artificioso Quino, después que dejó á su
amigo en seguro, se lanzó otra vez á la refriega. Observando que los
suyos, antes tan animosos, cedían al empuje poderoso de Toribión y
perdían terreno gradualmente, una tristeza profunda le traspasó el
corazón. Entendió claramente que no tardarían en darse á la fuga.
Entonces se acercó á ellos en cuatro saltos y les gritó con voz
penetrante:

--¡Había de daros vergüenza, mastuerzos! Esta mañana tanta ronca en el
lagar y que habíais de hacer y acontecer y comeros crudos cada uno á
siete mozos de Lorío, y ahora vais á volver el culo delante de un hombre
solo. ¿Dónde están vuestros hígados? ¿Es que no servís más que para
mascar la torta al pie del lar y asar las castañas?

Así dijo; y dando ejemplo de heroísmo se precipitó como un jabalí lleno
de audacia sobre los enemigos. Pero fértil siempre en astucias, en vez
de atacarlos por donde combatía Toribión, se lanzó por el sitio en que
las filas le parecían más flacas. Y en efecto, las rompió fácilmente.
Los de Entralgo, picados del ejemplo y aún más de las palabras de su
compañero, redoblaron sus esfuerzos. Combatieron con tanto coraje que en
pocos minutos lograron ganar el terreno perdido y aun hicieron
retroceder á los de Lorío. Entonces Toribión, viéndoles flaquear, quiso
reanimar su valor y les gritó con voz fuerte:

--«¡Amigos, compañeros, mozos del Condado y de Lorío, arread firme á esa
canalla! ¿Semos hombres ó no semos hombres? Acordaos de la romería del
Obellayo cuando estos pobretes corrían delante de nosotros como una
manada de carneros. Acordaos de ayer noche cuando á estacazo limpio los
metimos en sus casas y los dejamos acurrucados en la cocina debajo de
las sayas de sus madres y hermanas. Si sois hombres y sabéis tener el
palo, no tardarán mucho tiempo en volver el culo. ¡Arrea, Lázaro!
¡Arrea, Firmo!

Con estas palabras reanimó el valor de sus amigos. Al cabo lograron
rechazar á los de Entralgo hacia el camino de Villoria. Así como un
león confiado en sus garras se precipita sobre un rebaño de bueyes y
desgarra á uno y á otro y á todos los aterra, del mismo modo Toribión,
lleno del sentimiento de su fuerza, se abandona á todo su furor con el
palo en la mano. Los de Lorío y Condado á su vista se arrojan con más
brío sobre los de Entralgo y Villoria y redoblan su valor y sus
esfuerzos. Ni el coraje indomable de Angelín de Canzana, que después de
refrescarse un poco la cabeza con agua había vuelto á la pelea con más
ardor que antes, ni el esfuerzo heroico del Cojo de Mardana ni el cayado
fulminante de Tanasio de Entralgo fueron bastante á detener el retroceso
gradual de los suyos.

Sin embargo, allá enmedio del campo, lejos ya de sus amigos, combatía el
magnánimo Quino. Delante de su palo asolador caían los mozos de Rivota y
Lorío. Pero arrastrado de su ardimiento había ido demasiado lejos.
Cuando menos lo pensaba se encontró solo. Entonces, al echar una mirada
en torno y verse rodeado enteramente de enemigos, flaqueó su corazón y
olvidó su fuerza indomable. Tres veces gritó con voz penetrante
demandando socorro á sus amigos. Cinco mozos de Rivota y tres de Lorío
le tenían envuelto y acosado como jauría de perros á un jabalí feroz.
Quino, rodeando con la chaqueta su brazo izquierdo á modo de escudo,
paraba y contestaba con habilidad los garrotazos que le dirigían, pues
era diestro esgrimidor de palo. Llegó un instante, sin embargo, en que
los golpes menudeaban de tal manera que le fué imposible pararlos.

Entonces hubiera sucumbido ciertamente si Tanasio de Entralgo no oyese
sus gritos. Se batía éste en retirada al lado del Cojo de Mardana, pero
en buen orden y causando grandes estragos en las filas enemigas, cuando
llegó á sus oídos las voces de auxilio de su enemigo.--«Simón--le dijo
al Cojo,--oigo la voz de Quino. Me parece que está en mucho aprieto allá
arriba. Si pronto no le ayudamos estoy en fe que le van á poner esos
cerdos como un higo.» Ambos se lanzan en socorro suyo, animados de un
valor intrépido. Llegan al círculo de enemigos que acorralaban al
industrioso Quino. Tanasio, para romperlo, se vale de su enorme cayado
cortado en el monte Raigoso. Con él tira velozmente de las piernas á
tres ó cuatro mozos de Rivota y los hace caer de bruces. Gracias á la
confusión que origina con tal estratagema logran romper las filas,
arrancan á Quino de las manos de sus adversarios. Unidos los tres se
baten con arrojo y cuando ven la ocasión propicia vuelven la espalda y
se dan á la fuga.

Los de Lorío quedaron otra vez dueños del campo. Una parte de ellos
persigue á los fugitivos por el camino de Villoria; otros siguen á los
que huyen por la calzada de Entralgo. Toribio desdeña esta persecución.
Con el garrote en alto y dando feroces gritos, que resuenan
temerosamente en el valle pasea su furor y su triunfo por todo el campo
de la iglesia.

[imagen decorativa]




VI

Bartolo.


Media hora después no quedaba un ser viviente en este campo. La noche
había cerrado, y todo el mundo se retiró á sus casas. Los confiteros,
las fruteras, los taberneros ambulantes habían levantado y plegado sus
bártulos, los habían acomodado sobre sendos borricos y caminaban la
vuelta de sus casas comentando la aciaga jornada de los de Entralgo. En
la Bolera tampoco había nadie. Sólo dentro del lagar de D. Félix,
esclarecido por un candil, departían amigablemente cinco ó seis paisanos
apurando vasos de sidra. Martinán les escanciaba. Hacía años que había
contratado con el capitán la venta de la sidra, y aunque no tenía la
taberna allí, sino en su propia casa, situada en el centro del pueblo,
los días festivos solía trasladarse al lagar y hacer en él su comercio;
porque la Bolera era el campo acostumbrado para los recreos del
vecindario.

Martinán era un hombre famoso y popular, no sólo en la parroquia, sino
en todo el valle de Laviana. Y aun no diríamos mentira si afirmásemos
que su fama se extendía á los concejos limítrofes de Sobrescobio y
Langreo. Nadie recordaba haberle visto triste jamás. En medio de las
mayores tribulaciones, conservaba el humor jovial, los chascarrillos,
las grotescas salidas de payaso á las cuales daba realce su cara
espantosamente fea, surcada de costurones causados por la viruela.
Tampoco le abandonaba su genio filosófico, inclinado á buscar las causas
de todos los efectos y escudriñar las ocultas relaciones de las cosas.
Su fuerte era la dialéctica. Recoger una idea vertida por cualquiera en
la conversación, examinarla en todos sus aspectos, darle vueltas,
tirarla al alto, jugar con ella á la pelota y luego arrojarla á las
narices del que la había soltado, tal era el mayor, el único placer de
su vida. Porque Martinán comía poco y sólo bebía por complacer á algún
parroquiano que se empeñase en ello. En cuanto á los goces del hogar,
eran nulos para él. No tenía hijos. Estaba casado con una mujercilla fea
y vieja y de genio tan desapacible que nadie podría sufrirla si no
poseyese la inagotable alegría de su consorte. Pero éste no sólo la
sufría, sino que la amaba. Á todos sus regaños y asperezas respondía con
alguna salida jocosa, y cuando esto no bastaba, un abrazo. Guardaba para
ella las caricias más tiernas, los regalos, los epítetos más apasionados
que emplean los amantes. Apellidábala medio en serio medio en broma
«estrella», «botón de rosa», «lucero», «clavel». De tal modo que la
gente de la parroquia dió en llamar á esta desagradable mujeruca
_Clavel_, y no se la conocía por otro nombre. «¿Cómo va _Clavel_?» le
preguntaban los parroquianos á Martinán al entrar en la taberna. «Tan
buena--respondía.--Allá está en la cocina amasando la torta.»

Vivía con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simpática que ya
conocemos. No sufría por cierto con tanta paciencia los rigores y
asperezas de su tía. Respondía á veces de mal talante; había disputas
frecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes. Costábale á Martinán mucho
trabajo poner paz entre ellas. Cuando después de una de estas reyertas
quedaba la pobre Eladia llorosa y con algún rasguño en las mejillas,
solía tomarla su tío de la mano y conducirla á un rincón para emplear
con ella las fuerzas dialécticas con que Dios le había dotado.

--Vamos á ver, niña, respóndeme. ¿Quién ha hecho á tu tía?

Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.

--Vamos, respóndeme, ¿quién ha hecho á tu tía?... ¿La has hecho tú?

--Yo no.

--Entonces ¿quién?

--Será Dios--respondía la joven con mal humor.

--¡Ah, Dios!--exclamaba triunfante Martinán.--Y si tú la hubieras hecho,
¿no la habrías dado un genio más suave, más alegre?

--¡Ya lo creo!

--Luego tú eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, ¿no es cierto?

--¡Vaya, vaya, tío, déjeme en paz!--replicaba la chica exasperada y
saliendo como un huracán por la puerta.

Esto mismo le acaecía á Martinán con todos los que aprisionaba en las
redes de su lógica. En vez de declararse rendidos y confesar que no
tenían sentido común, ó se marchaban, ó se mofaban de él, ó le
insultaban.

El descrédito de Martinán, como el de los grandes filósofos alemanes,
procedía de que no siempre lograba ponerse al alcance de las
inteligencias vulgares. Como Kant y Hegel solía abroquelarse detrás de
un tecnicismo extraño, incomprensible, bárbaro, que á muchos hacía reir
y á otros indignaba. Había, por ejemplo, en sus discursos una _fuente
hipervertical_ de la cual manaban _rayos convergentes_ que nadie sabía
qué mil diablos significaba ni de dónde la había traído, aunque la
emplease como soberano recurso en las disquisiciones más profundas.
Había también unas _ínsulas metódicas_ y unas _gravitaciones
intermitentes_ que dejaban estupefactos é inquietos á sus oyentes. Pero,
en general, se debe confesar que Martinán no se sumía en estas
obscuridades de la lógica sino cuando algún paisano tenía la mala
ocurrencia de hacerle beber quieras que no unas copas de aguardiente.

Formaban la base de su sistema ciertos axiomas que consideraba fuera de
discusión. El primero y principal era éste: «Todo lo justo no puede
ser», al cual servía de corolario este otro: «Lo justo no cabe por
ninguna parte». Después había otros de menos importancia, pero
igualmente inflexibles; por ejemplo: «Con un _sí_ me planto yo en
Pekín». «El _cuándo_ no existía al comenzar el mundo». De aquí que
Martinán no admitiese en la discusión ni _síes_ ni _cuándos_, lo cual
como debe suponerse hacía extremadamente embarazosa y molesta la
posición de sus contrarios. No es maravilla, pues, que éstos llegasen
alguna vez á exasperarse y que el filósofo tropezase en más de una
ocasión con más de una bofetada de cuello vuelto. Pero no turbaba
bofetada más ó menos la admirable serenidad de su espíritu. Seguro de
que realizaba una obra de redención persuadiendo á su adversario de que
era un asno, proseguía su tarea con nuevo ardor hasta ponerlo por
completo en evidencia.

Una cosa sorprendente. Á pesar de su vocación metafísica y de la
atención intensa que necesitaba para desenvolver sus intrincados
razonamientos, jamás se equivocaba en el número de vasos de sidra ó vino
que escanciaba á los parroquianos. Al llegar la hora de retirarse y
hacer la cuenta, Martinán decía sin vacilar: «Manuel tiene diez y siete;
el tío Goro trece; Pepón treinta y cuatro, etc.» ¡Maravilloso cerebro
que aun elevándose á las más altas esferas de la filosofía no abandonaba
la inspiración matemática!

En este momento se debatía la cuestión de las minas y del ferrocarril
proyectado para extraer sus productos. El asunto preocupaba hondamente á
los labradores. Vagamente todos sentían que una transformación inmensa,
completa, se iba á operar pronto en Laviana. El mundo antiguo, un mundo
silencioso y patriarcal que había durado miles de años, iba á terminar,
y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se
posesionaría de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montañas.
Corría por todo el valle un estremecimiento singular, el ansia y la
inquietud que despierta siempre lo desconocido. En los lagares, en las
tierras, en los senderos de las montañas y en torno del lar no se
hablaba de otra cosa. Los paisanos en general, aunque un poco recelosos,
se mostraban satisfechos. Esperaban tomar algún dinero, ya sea de los
jornales de sus hijos, pues se aseguraba que admitían en la mina hasta
los niños de diez años, ya de la venta de las frutas, huevos, manteca,
etc. Pero las mujeres aparecían unánimemente adversas á la reforma. Su
espíritu más conservador les hacía repugnar un cambio brusco. Luego
aquellos hombres de boina colorada y ojos insolentes, agresivos que
tropezaban por las trochas de los castañares les infundían miedo. Luego,
y esto era lo principal, temían por sus hijos. La idea de que al padre
le acomodase enviarlos á la mina y quedasen sepultados ó quemados
dentro, como se decía que pasaba en otras partes, las hacía estremecer.

«¿Todo eso para qué?--decían acercando con mano trémula los pucheros al
fuego.--¿No habéis vivido hasta ahora sin necesidad de hurgar la tierra
como los topos? ¿Os ha faltado un pedazo de borona y un sorbo de leche?
¿Qué más queréis? ¡Servid á Dios y morid en vuestras camas como
cristianos y no como perros en esas cuevas de infierno!»

Los maridos, sentados alrededor del fuego y picando sus cigarros en
espera de la cena, rebatían tales argumentos. «Era necesario beneficiar
lo que Dios había puesto debajo de la tierra. Si en aquel valle había
leña en otras partes no, y necesitaban el carbón para calentarse y
guisar su comida. Además, pasar toda la vida con borona, leche y judías
era bien duro. Puesto que debajo de los pies tenían el dinero necesario
para procurarse algunas comodidades, ¿por qué no recogerlo? En otras
partes los jornaleros comían pan blanco, tomaban café, bebían vino y en
vez de aquellas camisas de hilo gordo que ellos gastaban se ponían á
raíz de la carne unas camisetas de punto suaves, suaves, como la pura
manteca.»

Los niños estaban de parte de sus padres. Éstos les prometían comprarles
un tapabocas y unas botas altas como gastaban los mozalbetes en Langreo,
así que ganasen por sí mismos algunos cuartos. Con tal perspectiva no
les arredraba bajar á la mina. Hasta preferían esto á la escuela,
orgullosos de la precoz independencia que su calidad de obreros les
proporcionaba.

En Canzana y en Carrio, parajes donde se habían hecho las primeras
excavaciones y donde se proyectaba trazar el ferrocarril para mejor
beneficiarlas, el viento de la ambición había levantado los cerebros.
Fuera del tío Goro, que por su cualidad de hombre letrado se creía en el
caso de opinar siempre como el párroco y el capitán de Entralgo, apenas
quedaba un individuo del sexo masculino que no se hallase excitado por
la idea de enriquecerse. Y como de Carrio y Canzana eran los cinco ó
seis paisanos que en el lagar quedaban rezagados, no es maravilla que
todos estuviesen conformes en celebrar los nuevos acontecimientos y en
vaticinar enormes prosperidades para el concejo.

Martinán, que por la mañana pensaba lo mismo y quiso discutir con D.
Félix, ahora había dado la vuelta. Espíritu dialéctico ante todo y
aficionado á las batallas intelectuales por el placer que esto le
producía y los triunfos que alcanzaba, jamás veía aparecer en el
horizonte una idea, una opinión cualquiera, que no desprendiese de su
carcaj una saeta para encajársela. Todos contra él. Él contra todos. Los
labriegos, bien cargados ya de sidra, voceaban, se descomponían,
mientras el tabernero, con la cabeza siempre despejada y bien repleta de
argumentos (quizá también de sofismas) sonreía con desdén.

--Dices, Juan, que las minas serán nuestra felicidad.

--¡Eso! ¡eso digo!--exclamaba el paisano con furor.

--Pues yo te digo que acaso, acaso serán nuestra desgracia.

--¡Martinán, eres un burro!--gritó otro paisano que allá en un rincón
libaba silenciosamente el jugo de la manzana.

--Te digo que acaso sean nuestra desgracia y voy á probártelo--expresó
Martinán con calma sin hacer caso de la interrupción.--Tú bien sabes que
en las minas se matan algunas veces los hombres... ¿no me lo negarás?...

--¿Y eso qué importa?--profirió Juan más enfurecido.--Porque un
pelafustán se muera ¿va á dejar el concejo de aprovechar la riqueza que
tiene bajo tierra?

--¿Pero me lo niegas?

--No te lo niego.

--Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes
que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos
perecen. ¿No me lo negarás?

--No te lo niego: ¡adelante!

--Por la ruina de una familia se pierde un caserío; tampoco me lo
negarás. Ya ves lo que sucedió en las Llanas. En cuanto el tío Roque
cerró el ojo, los rapaces vendieron al capitán los prados y las tierras
y embarcaron en Gijón para la Habana: las rapazas se fueron á servir á
Oviedo: el tío Meregildo, que mientras vivió su hermano fué buen
paisano, comenzó á dormir en las tabernas hasta que hundió lo que
tenía... En fin, ya lo sabes; allí ya no hay más que unos cuantos
establos.

--Bien, bien, ¿qué quieres decir con eso? Arrea un poco.

--¡Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Verás qué pronto todo lo que tú
has dicho se lo lleva el viento.

--¡Martinán, eres un burro!--volvió á gritar el borracho recalcitrante
desde su rincón.

Martinán se volvió tranquilamente hacia él y le dijo:

--Si soy un burro, mándame mañana una fanega de cebada y te daré las
gracias.

Los paisanos rieron á carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan
espiritual salida.

Martinán, henchido de orgullo y regodeándose anticipadamente con la
derrota de aquellos bobalicones, iba á proseguir y cerrar su victorioso
_sorites_, cuando de pronto se abre con estrépito la puerta que daba á
la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la tía Jeroma, con el
rostro espantosamente pálido, sin garrote en las manos y sin montera en
la cabeza. Echó una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que
los presentes pudiesen decirle una palabra, corrió á un tonel vacío y se
metió de cabeza por la pequeña compuerta, desapareciendo como un
relámpago. No habían pasado cinco segundos cuando se dibujó en la puerta
la silueta de Firmo de Rivota.

--Buenas noches, amigos.

--Buenas las tengas, Firmo.

--¿No ha entrado aquí hace un momento Bartolo el de la tía Jeroma?

Martinán, dando prueba brillante de diplomacia y corazón, le respondió:

--Sí; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y
se ha metido en la pomarada.

Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:

--Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y
tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la
habrá saltado y estará en su casa.

El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió
sordamente:

--Bueno... otro día será. Échame un vaso de sidra, Martinán.

El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para
beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos
momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:

--¿Querías decir un recado á Bartolo?

--Sí, una palabrita al oído nada más--respondió el mozo fijando sus ojos
airados en el techo.

Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.

--Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por
su casa y se lo diré--manifestó con sorna Martinán.

--No--replicó Firmo,--es menester que yo le vea.--Y después de vacilar
un poco añadió:--Es que quiero que me enseñe los pedazos de un
garrote...

--Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa?--exclamó Martinán riendo.--De
noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro... Además, ¿para qué
diablos quieres ver un palo roto?

--Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí
enseñando los cachos á todo el mundo.

--¿Á todo el mundo menos á ti?

--¡Claro!... Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver
cómo ha quedado ese vardasco?

Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió
sonriendo otro vaso.

--Acaso te habrán engañado, Firmo--manifestó uno de ellos.--Bartolo es
un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.

--¡Bartolo es un burro!--profirió el mozo volviendo á encresparse.--Y
más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay
ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre
relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está
escondiendo...

--¿Cómo escondiendo?--exclamó Martinán.--Estás equivocado, Firmo. Nunca
supe yo que Bartolo se haya escondido.

Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.

--¡Siempre, siempre!--dijo Firmo con ímpetu.--En la romería del Obellayo
se acurrucó en una mata de zarza y allí se estuvo mientras hubo palos.
Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se
trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el
castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.

--¿Y cómo diste con él?

--Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando
vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Así Dios me salve
si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocí, aunque la noche
no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le
grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!» ¡Ay, amigos! ¡Quién le veía
escapar por el prado del señor cura abajo!... Bien podéis creerme que
perdía el culo.

--Todo no, pero un poco no le vendría mal perderlo--aseguró un paisano.

--Sí; aún le quedaría bastante--replicó Firmo.

--Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos!--dijo otro,
recalcando el chiste de Martinán.

--Pues que se esconda ó no se esconda--profirió Firmo,--en cuanto le vea
le salto todas las muelas. Podéis decírselo á ese zote. Y adiós, que me
esperan.

Pagó los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de
aquella resolución, tomó el garrote que tenía arrimado al tonel y
traspuso majestuosamente la puerta.

Los tertulios esperaron á que Bartolo saliese de su escondite; pero
viendo que no daba cuenta de sí y temiendo que le hubiera ocurrido algo
malo, uno de los labriegos llamó con el garrote sobre el tonel.

--Bartolo, Bartolo.

El rostro del hijo belicoso de la tía Jeroma apareció en la compuerta.

--¿Ya escapó ese cerdo?--preguntó paseando una mirada siniestra por el
lagar. Y como le respondiesen que sí, se apresuró á desempaquetarse. Una
vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los
paisanos, se lo arranca de las manos, lo empuña con las suyas indomables
y se lanza á la puerta rugiendo:

--¡Puño! ¡repuño! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre.
¡Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy á ese puerco y
le he de abrir la cabeza!

Los tertulios, claro está, se apresuran á detenerle. Le sujetan.
Forcejea él desesperadamente, soltando espumarajos de cólera por la
boca. Al cabo logran que se siente y después que beba un vaso de sidra y
se calme, evitando de esta suerte una noche aciaga para Rivota.

[imagen decorativa]




VII

Ninfas y sátiros.


La Aurora dejaba el lecho del bello Titón para esclarecer el frondoso
valle de Laviana cuando Regalado dejó el de su esposa D.ª Robustiana, la
más noble de las mujeres. Inmediatamente anuncia su propósito de marchar
á Langreo, donde tiene que perseguir algunos deudores morosos de su
principal. Va á la cuadra, hace limpiar al Gallardo, su caballo tordo,
preside al acto solemne de enjaezarlo, y después entra de nuevo en casa
y prepara con gran cuidado las alforjas.

En el corazón magnánimo de D.ª Robustiana se cuela de rondón una extraña
inquietud que le quita el aliento para tomar el chocolate habitual.
Pregunta con voz trémula á su marido si necesita alguna vitualla.
Responde él negativamente: se propone pasar allí dos ó tres días y
alojará en la célebre posada de la Garduña. Ella duda. El día anterior
le vió en la romería hablando quedo y aparte con Celedonia, una viuda
hermosa del valle de Bimenes. Y se alarma pensando si su esposo correría
como otras veces á olvidar el lecho nupcial en los brazos de aquella
sirena engañadora. Aprovechando un instante en que el mayordomo sale de
casa para dar otra vuelta por la cuadra, examina las alforjas, que ya
tenía preparadas, mete la mano en ellas y tropieza con algunas libras de
chocolate, dos botellas de vino de Jerez y un tarro de _cabello de
ángel_, lo más exquisito que ella misma había fabricado aquel año. Su
alarma crece. Mete la mano más adentro y tropieza con el estuche de la
flauta. D.ª Robustiana palidece, queda consternada. Un torrente de
lágrimas se desprende al fin de sus ojos. Aquel pormenor musical acaba
de aniquilarla.

En esta triste situación la sorprendió Flora al entrar para darle los
buenos días. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qué le
sucede. D.ª Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la
mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y allí desahoga en
ella su pecho. «¡Un tarro de dulce! ¡tres libras de chocolate! ¡botellas
de Jerez!»

--Señora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.

--¿Y para qué quiere tres libras?

--No sabrá el tiempo que necesite permanecer en Langreo.

--¡Y la flauta! ¿la flauta? ¿Para qué necesita la flauta? ¿Les va á
tocar á los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta?--exclama
la buena señora con desesperación.

D.ª Robustiana no conocía la mitología; no estaba por lo tanto enterada
de que el tracio Orfeo había llevado á cabo empresas mayores con su
lira. Como tampoco lo estaba Flora, no pudo tranquilizar su espíritu con
esta cita histórica. Quedó, pues, silenciosa y perpleja mientras la
atribulada señora se entregaba cada vez más reciamente al llanto. Pero
al cabo nació una idea en su frentecita morena, debajo de sus ricitos
negros. Y sin comunicarla á su protectora sale de la estancia, baja las
escaleras de la casa, se detiene delante de la habitación de D. Félix y
llama suavemente con la mano. Nadie responde. Vuelve á llamar más
fuerte.

--¿Quién es?--pregunta con aspereza una voz.

--Soy yo, D. Félix... Si no le molestase...

--¡Ah! ¿Eres tú, hija mía?...--responde otra voz mucho más suave.

Inmediatamente se escuchan unos pasos; suenan cerrojos y cadenas; se
abre la puerta y aparece el capitán envuelto en

Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/36573