Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III
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Title: Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III
Author: Adolf Friedrich von Schack
Translator: Eduardo de Mier
Release date: May 29, 2011 [eBook #36253]
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/36253
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Libraries.)
COLECCIÓN
DE
ESCRITORES CASTELLANOS
CRÍTICOS
HISTORIA
DE
LA LITERATURA
Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA
III
TIRADAS ESPECIALES
100 ejemplares en papel de hilo, del 1 al 100.
25 " en papel China, del I al XXV.
25 " en papel Japón, del XXVI al L.
[Illustration: COLECCION DE ESCRITORES CASTELLANOS]
HISTORIA
DE
LA LITERATURA
Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA
POR
ADOLFO FEDERICO
CONDE DE SCHACK
traducida directamente del alemán al castellano
POR
EDUARDO DE MIER
TOMO III
MADRID
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO
_Impresor de Cámara de S. M._
Don Evaristo, 8
1887
CAPÍTULO XII.
Clasificación de las comedias de Lope, y crítica particular de
algunas.--_El conde Fernán González._--_El casamiento en la
muerte._--_Las doncellas de Simancas._--_Los Benavides._--_El
Príncipe despeñado._
En lo relativo á su método de desarrollar los dramas, se observan
notables diferencias, según corresponden á períodos anteriores ó
posteriores. Se comprende, sin esfuerzo, que es imposible trazar entre
unos y otros una línea cronológica divisoria; pero consta del prólogo de
su _Peregrino_ cuáles han sido escritos antes de 1604, y notamos en
ellos tantos rasgos generales comunes, que nos facilitan el señalar
entre los restantes á aquéllos que, por su carácter y concordancias, han
de considerarse como sus trabajos más antiguos. Los signos que
distinguen á estas comedias, pertenecientes á la primera mitad de la
carrera dramática de Lope, son los siguientes: profusión de imágenes,
sentimientos y pasiones; acumulación de unos sucesos sobre otros;
muchedumbre de personajes, hechos é incidentes; en una palabra,
abundante riqueza en la acción, aunque sin distribución juiciosa y
debida economía. Muévese todo con celeridad arrebatadora; suprímense por
completo los largos discursos; el diálogo es rápido y de acritud casi
epigramática. La exposición del asunto no se hace por relación de algún
personaje, sino que forma parte de la acción en las primeras escenas. En
cuanto al lenguaje, se observa que las combinaciones métricas más usadas
son las redondillas y quintillas, empleando también con frecuencia
yámbicos de seis pies, sin rima; el romance, al contrario, se ve pocas
veces, y ordinariamente sólo en las narraciones. _Los tres diamantes_ y
_La fuerza lastimosa_, pueden considerarse como tipos del período más
antiguo de las composiciones de Lope. En las del último se sujeta la
acción á un orden mejor dispuesto: sin perjudicar al curso y á la
movilidad del enredo, se nota una pintura y gradación más delicada en
los detalles; reina más claridad en los afectos y determinaciones de los
personajes y en la transición de unas pasiones á otras; hay también más
simetría en la relación de las partes con el todo y en la agrupación de
los personajes. Renúnciase al propósito de presentarlo todo á la vista
de los espectadores, hasta las circunstancias más insignificantes; si en
las obras anteriores se intercalan escenas inoportunas que interrumpen
la acción principal, y que podrían suprimirse sin violencia, en las
posteriores se sustituyen con las relaciones que hacen los personajes.
Los endecasílabos, no rimados, desaparecen casi enteramente, y en cambio
predomina el romance, que se usa también en el diálogo. _La discreta
enamorada_ y _La dama melindrosa_ personifican esta clase. No es
necesario advertir que Lope conserva hasta el fin de su carrera
dramática la exuberancia y vivo fuego de su imaginación, y su habilidad
para inventar y trazar los planes de sus obras. _La moza de cántaro_, en
la cual dice haber escrito 1.500 comedias, y _Las bizarrías de Belisa_,
á cuya conclusión manifiesta haberse consagrado de nuevo á las musas, á
quienes había abandonado, son dos composiciones de los últimos años de
su vida, por cierto de las más bellas.
Si, con relación á sus argumentos, nos hacemos cargo de la multitud
innumerable de sus dramas, se nos presenta en primer término una larga
serie de cuadros, fundados en la historia ó en la tradición nacional.
Ardientemente inspiraban á Lope los sucesos de su patria, y jamás
desaprovecha las ocasiones que se le presentan de perpetuar el renombre
y el honor de su nación, y de pintar con los más brillantes colores las
hazañas de los héroes españoles. El número y variedad de estas obras
suyas es tan prodigioso, que de las existentes se puede formar una
galería casi completa de todos los cuadros más importantes de la
historia de España. Observamos, pues (para indicar tan sólo algunos
principales), en _La amistad pagada_, la lucha de los antiguos cántabros
contra el poder romano; en _El Rey Wamba_, los anárquicos desórdenes de
la monarquía gótica amenazando desplomarse; en _El último Godo de
España_, la traición del conde D. Julián, la muerte de Rodrigo y la
victoria de las armas mahometanas; en _El primer Rey de Castilla_, los
primeros triunfos de la nueva y vigorosa monarquía cristiana; en _Las
almenas de Toro_, las disensiones entre D. Sancho y sus dos hermanas
Doña Urraca y Doña Elvira, su asesinato por Vellido Dolfos, y al Cid
como al héroe castellano más famoso; en _El sol parado_, las gloriosas
expediciones guerreras de San Fernando; en _Lo cierto por lo dudoso_,
los primeros gérmenes de discordia entre Don Pedro _el Cruel_ y Enrique
de Trastamara, que habían de terminar tan trágicamente; en _Los Ramírez
de Arellano_, el horrible fratricidio cometido en los campos de Montiel;
en _El milagro por los celos_, los tiempos de D. Juan II en uno de sus
más notables sucesos, que fué la caída de D. Álvaro de Luna; en _El
piadoso aragonés_, la historia del desdichado Carlos de Viana, aunque no
exento de culpa; los dos levantamientos contra su padre, su prisión, y
al fin, su trágica muerte, á consecuencia de la cual subió Fernando _el
Católico_ al trono de Aragón; en _El cerco de Santa Fe_, la gloriosa
lucha que acabó con el último baluarte mahometano en la Península; por
último, en _La victoria del Marqués de Santa Cruz_, una guerra en que
tomó parte, en su juventud, el mismo poeta.
No es posible dividir rigurosamente estas obras en históricas y
tradicionales, confundiéndose la tradición y la historia en las leyendas
más antiguas, y mezclándose á menudo con los sucesos más recientes
algunas tradiciones de que no habla la historia, ó las invenciones del
poeta. Pero si ha de denominarse drama histórico al que aparece lleno
del espíritu de la historia, representando los sucesos más importantes
de ciertas épocas, bajo su verdadero punto de vista, es menester
calificar con este dictado á innumerables dramas de Lope, y aun asegurar
que acaso en ninguna otra literatura los haya en su género tan
excelentes. Observamos que el poeta sabe penetrar en el espíritu de los
tiempos pasados; que infunde nueva vida á generaciones humanas, que han
desaparecido de la tierra; que se da traza de crear una imagen fiel de
la vida en su centro más característico, y que en el florecimiento y
caída de otros hombres nos deja adivinar la misteriosa trama, las
creaciones y los estragos del sér que anima al orbe. La claridad con que
nos ofrece los hechos y sucesos de otras épocas, la exactitud con que
imprime tono y colorido á los tiempos más diversos, excita, sin duda,
nuestra admiración, y hasta algunas obras de esta clase arrojan más luz
sobre los períodos á que se refieren, que las crónicas ó áridas
compilaciones de los historiógrafos. Como si les inspirase vida real y
verdadera, hace pasar delante de nuestros ojos la existencia completa de
ciertas épocas, sus pasiones, deseos y relaciones distintas, y las
clases variadas que constituyen á la nobleza y al pueblo. Su propósito
de representar cada período con su colorido especial, se manifiesta á
veces hasta en el lenguaje, como sucede en la comedia titulada _Las
famosas asturianas_, escrita en el estilo que distingue á los más
antiguos monumentos de la literatura castellana. Muchos otros detalles
de poca importancia, que sólo se aprecian estudiándolos con cuidado,
prueban sus profundas y eruditas investigaciones históricas. Ha de
atribuirse, sin embargo, á un don adivinatorio singular, á su intuición
poética, que nos lo ofrezca todo tan claro y perceptible, como si
creyésemos haberlo presenciado realmente.
Del particular agrado de Lope hubieron de ser las pinturas de los
tiempos del primer renacimiento del imperio hispano-cristiano.
Complácese en retratarnos aquellos antiguos castellanos rústicamente
sencillos, que ejercían en sus súbditos patriarcal autoridad, ya
labrasen sus campos, ya desenvainasen la espada contra los infieles.
Todos estos cuadros, que, por ejemplo, se observan en _Los Prados de
León_, en _Los Tellos de Meneses_, en _Los Benavides_ y en otras muchas
comedias suyas, son tan lozanos y enérgicos, que á no estar
completamente estragado por las descoloridas imágenes, que en nuestros
tiempos se han vendido por poesía, no se puede menos de tributarles
nuestra sincera admiración; y por mucho que se repitan, siempre parece
nueva la impresión que nos hacen. La verdadera gracia, el encanto mágico
de la pura poesía pastoral, se confunde en ellos con la más grave
solemnidad de la heróica. Ninguno como Lope ha representado todo el
robusto germen de la nación española; sus sentimientos sencillos,
humildes y religiosos, su suficiencia, sus afectos, nacidos en el seno
de la libertad, y su decisión en defender á cada instante, al precio de
su sangre y de su fortuna, sus piadosas creencias. La materia y la
forma se unen en ellos de la manera más íntima: nótase una facilidad tal
en su colorido, tanta naturalidad é imparcialidad, como suele observarse
sólo en las obras poéticas populares. Sus caballeros no hablan mucho,
pero sus palabras son graves; á los dichos suceden al punto los hechos,
y se llevan á cima las hazañas más extraordinarias como si fuesen
pequeñeces de poca monta. Figúrasenos que los antiguos caballeros,
cubiertos de hierro y armados con su yelmo y su escudo, se levantan de
sus tumbas, ó que tornan á la vida desde los sepulcros marmóreos de la
catedral de Burgos. Todo es gigantesco en estos cuadros: la indomable
voluntad y la fuerza férrea de sus personajes, como la noble hidalguía y
el recato de las señoras, las más eminentes virtudes, como las pasiones
violentas y los crímenes. ¡Y qué diferencias características en todas
estas creaciones! Al lado de la grandeza de alma y de la experiencia del
anciano, la temeraria obstinacion del joven. ¡Qué rasgos individuales
distinguen hasta á los personajes subalternos, clérigos y monjes,
labradores y pastores, generales y guerreros! Característico también de
la época en que se supone ocurrir la acción, es la fiereza y la bravura
pendenciera, casi brutal, de que se hallan dotados los héroes
especiales, como, por ejemplo, Bernardo del Carpio y Mudarra, que los
asemeja de una manera chocante con el Hotspur y el bastardo
Faulconbridge, de Shakespeare. La exposición desordenada y abrupta de la
fábula se harmoniza á maravilla con el conjunto. ¡Y cuán delicada y cuán
inseparable del carácter español es la mezcla de orgullo hinchado y de
amorosa resignación, de arrebatos producidos por la justicia de que los
personajes se creen asistidos, de veneración por los deberes que la
lealtad les impone, y á los cuales todo se subordina; de nobleza y de
barbarie, de invariable constancia en las amistades y de los odios más
tenaces! ¡Cuán característica su devoción, que, á modo de himno que se
eleva en medio de la tempestad, resuena entre el estruendo de las luchas
de tan enérgicas poesías! Por último, si examinamos la acción en su
totalidad, ¡cuán rápido es su curso, cuánta vida y animación en sus
partes! ¡Cuán completa es la ilusión que nos arrastra en medio de la
existencia más agitada, entre estos grupos que pasan con rapidez ante
nuestros ojos, entre estas escenas guerreras cuyo belicoso tumulto
creemos escuchar! Y después, cuando nos imaginamos que vivimos con los
moros y que asistimos á las escenas de su vida, como en _El hijo de
Reduán_, en _El bastardo Mudarra_, etc., ¡cuánto fuego y pompa
oriental, qué gradación de colores tan voluptuosa, qué efectos en los
contrastes de ostentoso orgullo y de sensualismo, por una parte, y
cuánta sencillez y cuánta fuerza, por otra!
Para comprender rectamente estos dramas, menester es que no olvidemos su
inmediato origen de los gérmenes que forman la poesía popular. La última
comedia mencionada, por ejemplo, cuyo argumento es la historia de los
infantes de Lara y su sangrienta muerte; después _El conde Fernán
González_, en la cual aparece el famoso héroe nacional castellano,
celebrado ya en la epopeya del siglo XIV, y los dos, cuyo protagonista
es Bernardo del Carpio, á saber _El casamiento en la muerte_ y _Las
mocedades de Bernardo del Carpio_, se ajustan estrechamente á antiguos
romances, que se conservan, cuyas palabras se copian á veces en ellos.
En otros no es fácil indicar su origen, aunque indudablemente provengan
de leyendas nacionales olvidadas, como _Las doncellas de Simancas_,
comedia de las más brillantes y magníficas de Lope, que celebra á las
jóvenes de Simancas, á cuya grandeza de alma se debió que su patria se
libertase del vergonzoso tributo de las cien doncellas, que los
cristianos habían de pagar anualmente á los infieles[1]; _El primer
Fajardo_, _El Príncipe despeñado_, etc. No se crea por esto que se
disminuya en algo el mérito de Lope por ajustarse á la tradición:
reálzalo, al contrario, la discreción con que utiliza sus materiales, y
hasta se le puede llamar, con justicia, el más perfecto de los poetas
populares, y defender que sus obras son el remate de la poesía nacional
y su más brillante corona.
En breves palabras expondremos el argumento de algunas de estas
comedias.
_El conde Fernán González_ describe la naciente grandeza y la
independencia de los condes de Castilla, sujetos antes al dominio de
León. En la escena primera vemos al conde Fernán González, que se ha
extraviado cazando, y que pide hospitalidad á un piadoso ermitaño.
Anúnciale éste su próxima victoria y la futura fama de Castilla. El
séquito del Conde, inquieto por su suerte, lo encuentra al cabo, y le
participa la noticia de haber atacado los moros á los cristianos. Al
oirla, se apresuran todos á tomar parte en la lid, mandados por tan
famoso héroe, y acompañados de las bendiciones del anacoreta. Las
escenas que siguen inmediatamente á éstas, pintan los estragos hechos
por el enemigo, los ayes de los habitantes de las aldeas, y luego la
brillante victoria de Fernán González, que, á la conclusión del primer
acto, es solemnizada con alegres fiestas por los aldeanos. En el acto
segundo aparece el Conde en León, á donde ha sido invitado para asistir
á las Cortes. La Reina quiere vengarse de él por haber dado muerte á su
hermano el Rey de Navarra; indúcelo á encaminarse á Navarra para
desposarse con una Princesa del país; pero apenas llega el Conde á
Pamplona, accediendo á su invitación, cuando es encerrado en la cárcel.
Sin caudillo entonces los castellanos, son oprimidos por sus enemigos
por todas partes; pero hacen una imagen del Conde de tamaño natural, que
marcha á la cabeza del ejército, y á la cual juran solemnemente seguir
hasta la muerte. Basta la imagen del famoso capitán para infundir miedo
en los moros y dar la victoria á los castellanos. No hay después
necesidad de libertarlo con violencia, porque, con ayuda de la Infanta
de Navarra, se ha evadido de su prisión, juntándose, sin contratiempo, á
sus leales súbditos, y desposándose en seguida con su libertadora. En el
acto tercero aparece el Conde de nuevo en León para cumplir sus deberes.
Disputa con la Reina, y en castigo, es duramente aprisionado; su fiel
esposa viene otra vez en su auxilio, visítalo en la cárcel, trueca con
él sus vestidos, y le facilita la huída, quedándose en su lugar. Fernán
González, no creyéndose en la obligación de guardar más tiempo fidelidad
á sus Reyes, viéndose tan indignamente tratado, toma sin rebozo las
armas contra León; vence á los leoneses, y, después de abrazar á su
esposa, dicta á sus Reyes las condiciones de paz. El soberano de León,
muchos años antes, le había comprado un bello corcel árabe, obligándose
á pagar el doble del precio por cada día que retardase la entrega. El
Conde pide, pues, el pago de esta suma atrasada, ó el reconocimiento de
la completa independencia de Castilla; pero la suma es tan considerable,
que el reino entero de León no es bastante para satisfacerla, y el
Monarca se ve en la necesidad de declarar que los Condes de Castilla,
sus antiguos súbditos, quedan libres de todo vasallaje, y serán, en
adelante, únicos señores de sus dominios.
_El casamiento en la muerte._ Jimena, hermana del rey Alfonso _el
Casto_, ha dado á luz del conde de Saldaña, con quien tenía relaciones
ilícitas, un hijo llamado Bernardo del Carpio. El Rey, furioso con los
amores de su hermana, la obliga á refugiarse en un monasterio; encierra
al Conde en una obscura prisión, y educa al hijo en una absoluta
ignorancia de cuáles fueron sus padres. Bernardo se distingue entre
todos los mancebos en los ejercicios caballerescos, y en breve es el
caballero de más fama por su valor y por su osadía. Alfonso, puesto en
aprieto por los moros, pide ayuda al emperador Carlomagno, prometiéndole
en premio concederle por su auxilio una parte de su reino. Semejante
acuerdo mueve gran alboroto entre los nobles asturianos, y Bernardo, á
la cabeza de los revoltosos, obliga al Rey á revocar su promesa. En las
primeras escenas de la comedia los grandes expresan un sentimiento
nacional exasperado, y Bernardo lee el texto á su tío. Los espectadores
son transportados después á la corte de Carlomagno, en donde justamente
se celebra un suntuoso torneo con motivo del ventajoso tratado del
Emperador con D. Alonso, antes de emprender la expedición á España. Aquí
encontramos á Rolando, á Reinaldos y á los demás paladines, y asistimos
á los amores, tan renombrados en los romances, de Belerma y Durandarte.
Estas escenas son tan notables en su género como las primeras de la
comedia, y llenas de romántico deleite. De improviso, colérico y sin dar
signos de respeto, se presenta Bernardo en medio del salón, en donde se
halla Carlomagno rodeado de su brillante corte de damas y caballeros.
Llega sin más ceremonia delante del Emperador, y le anuncia sin rodeos
que debe renunciar á la esperanza de poseer un solo palmo de tierra en
el suelo español. Su insolencia excita en los paladines general
sorpresa; pero Rolando dice que le place mucho la osadía de Bernardo, y
que se alegrará de medir sus fuerzas con las de tan digno competidor en
la guerra que Carlos declara entonces á Alfonso. El acto segundo nos
ofrece el campo de batalla de Roncesvalles. Alfonso se ha unido con los
moros para impedir al común enemigo el paso de los Pirineos. Bernardo es
el caudillo de todo el ejército, y sabe, mientras tanto, el secreto de
su nacimiento, obteniendo del Rey la promesa de dejar en libertad á su
padre si consigue la victoria. Comienza luego la batalla, en cuya
bellísima descripción se aprovechan, cuando conviene, los romances
populares. Se ve á Durandarte moribundo, que encarga á un compañero de
armas que lleve su corazón á Belerma. La derrota es completa, y Rolando
sucumbe (según la tradición española) á manos de Bernardo. El tercer
acto comienza con un episodio, utilizando la leyenda titulada _La peña
de Francia_. Los moros emprenden por los Pirineos una expedición
asoladora, devastando é incendiando cuanto encuentran. Entre otros
fugitivos aparece Deidón, caballero francés, á quien persigue una
partida enemiga. Trae consigo una imagen de la Santa Virgen que desea
salvar del poder de los infieles; cuando llegan sus perseguidores se
abre una peña, que guarda la sagrada imagen. Múdase en seguida la escena
á la corte de Alfonso _el Casto_, en donde se celebra tan gloriosa
victoria con una brillante fiesta. Bernardo pide la recompensa prometida
á sus hazañas, reclamando no sólo la libertad de su padre, sino también
su casamiento con Jimena, para borrar su mancha de bastardo; pero el
ingrato Rey le contesta con palabras evasivas. Bernardo, aunque fuera de
sí de dolor, no falta, sin embargo, á su lealtad en la comedia de Lope
(mientras que en los romances se declara en abierta rebelión), sino que
cavila en los medios de prestar á su tío nuevos servicios, para
decidirlo al cumplimiento de su palabra. Cuando más adelante libra á
Alfonso de grave peligro de muerte, se lisonjea de haber conseguido la
realización de su más ardiente deseo: logra una sortija que ha de
servirle de señal para rescatar al conde de Saldaña; apresúrase á
encaminarse con ella á la cárcel; estrecha entre sus brazos á su padre,
á quien deseaba conocer tanto tiempo hacía, y lo besa con ardor; pero
permanece en la más absoluta inmovilidad, sin responder á sus
apasionadas caricias, y sus miembros parecen yertos é inflexibles.
Bernardo cae sollozando sobre su cadáver, y llama á su madre, Jimena,
al reanimarse, para que trueque con el muerto su anillo nupcial. Esta
escena es la última de la comedia.
_Las doncellas de Simancas._ Mauregato, usurpador del trono de los Reyes
de Asturias, ha celebrado un pacto con los moros, con arreglo al cual ha
de entregar anualmente al Califa de Córdoba cien doncellas cristianas de
las más hermosas. Este tributo llena de oprobio al país, y muchos
vasallos se rebelan abiertamente contra el Rey, distinguiéndose, entre
ellos, Nuño Valdés y el joven caballero Iñigo López. Nuño tiene dos
hermanas famosas por su belleza, y la mayor, llamada Leonor, es la
prometida de Iñigo. Leonor se ha quejado en algunas ocasiones de la
vergüenza, que recae sobre los españoles en sufrir que se entreguen á
los infieles mujeres cristianas. De aquí que su amante, acompañado sólo
de diez bravos caballeros, trate de libertar á las últimas doncellas que
se han pagado á los moros; pero sucumbe al mayor número y cae prisionero
de Abdallah, hijo del Califa. Amenázale éste con la muerte en castigo de
su osadía; pero le sorprende de tal manera el heroismo, que con este
motivo manifiesta el español, que acaba por concederle la vida y la
libertad. Iñigo, lleno de agradecimiento hacia el noble moro, regresa
de su cautiverio; pero en el camino se le aparece de repente un
caballero con traje cristiano, en el cual reconoce á Abdallah con no
escasa extrañeza suya. Cuéntale éste que ha visto casualmente el retrato
de una cristiana de maravillosa belleza, inspirándole tal amor su sola
imagen, que no piensa reposar hasta que encuentre el original y lo
posea. Dice á Iñigo que, en agradecimiento de la libertad que le ha
concedido, espera de él que le ayude á buscar á su amada, y á traerla á
sus brazos. Iñigo le pide el retrato, y reconoce aterrado á su Leonor.
La lucha entre el amor y el deber de la gratitud es grande en su pecho;
pero no se resuelve á ceder su amada al infiel, y para impedirlo
indefectiblemente, se apresura á casarse con ella; declara en seguida á
Abdallah que ya no le debe favor alguno, y que vuelve á su poder
prisionero. Descontento Abdallah con tal contratiempo, persiste, sin
embargo, en su propósito de poseer á la bella Leonor, y acude con tal
propósito al rey Mauregato. Este, que es enemigo de Nuño, se apresta á
acceder á sus deseos; la casa de Nuño, en Simancas, es cercada por
hombres armados, y sus hijas, con otras cinco señoras de la ciudad, se
reservan para entregarlas á los moros. Desesperado Iñigo, pide al cielo
y á la tierra que liberten á su esposa; excita al pueblo á tomar una
resolución heróica y á sacudir tan ignominioso yugo, aunque sin
conseguirlo, á causa del miedo que inspira el tirano. Las doncellas son,
pues, arrancadas de su país; Leonor, sin embargo, la más atrevida, las
exhorta con ardor á preferir la muerte á su deshonra, y trama después un
plan temerario para libertarse, que se pone en ejecución al punto. Las
prisioneras, aprovechando el momento en que sus guardianes no las
observan, se apoderan de sus armas y se refugian en una torre situada en
el camino, en la cual se fortifican. Cuando las exhortan á que se
rindan, aparecen en lo alto de la torre, y Leonor dice, en nombre de
todas, lo siguiente:
Cuando firmó esta afrenta Mauregato,
* * * * *
Fué condición, en fin, fué ley, fué trato,
* * * * *
Que de hermosura y sanidad constasen
Las vírgenes que al Moro se entregasen.
* * * * *
Sin salud, sin ornato, sin belleza,
Triunfos ya del dolor más lastimoso
Despojos son del llanto y la tristeza.
y entonces enseñan todas sus brazos izquierdos mutilados, puesto que se
han cortado las manos. Abdallah, á pesar de esto, se empeña en lograr
su propósito; pero el pueblo, á las órdenes de Nuño, admirando tanto
heroismo, se revuelve espada en mano contra Mauregato, del cual obtienen
una ley, en cuya virtud la ciudad de Simancas quedará libre en lo
sucesivo de contribuir al tributo de las cien doncellas.
_Los Benavides._ Grandes altercados hay entre los nobles de León acerca
de la tutela del joven rey Alfonso: Payo de Bivar, uno de los más
poderosos, aunque lleno de orgullo, quiere arrebatarle sus bienes, é
insulta grosera é indignamente al anciano Mendo de Benavides, su
adversario. Mendo quiere vengar en seguida su afrenta, pero conoce que
sus débiles fuerzas se lo impiden, y cede á la resistencia de los demás,
hasta que cae postrado en tierra y abandona quejoso la corte bajo el
peso de sus años. Los grandes se conciertan después hasta confiar la
tutela del Rey al conde Melén González. El poeta nos lleva en seguida á
la casa solariega de los Benavides, y nos representa los inocentes
solaces de Sancho y de Sol, dos jóvenes campesinos, que, si bien todavía
casi niños, se profesan inclinación amorosa. Esta escena es encantadora
y de las mejores de nuestro poeta. Pronto aparece Mendo, que cuenta á su
hija Clara su afrenta, en un discurso apasionado, reprochándole que aún
no se haya desposado, y no tenga hijos que lo venguen. Clara le revela
un secreto hasta entonces oculto: años anteriores había llamado la
atención del rey Bermudo, y recibido de él promesa de casamiento, que no
llegó á realizarse. Sancho y Sol son los frutos de estas relaciones,
quienes ignoran cuáles sean sus padres, habiendo sido criados hasta
entonces como si fueran dos vulgares aldeanos. Esta noticia reanima al
viejo Mendo; perdona la falta de su hija, y se congratula de tener un
nieto, que pueda encargarse de vengar la ofensa de su abuelo. Hace con
Sancho distintas pruebas para experimentar su valor; demuéstranlo todas,
y el anciano se regocija, no dudando ya de la osadía de su nieto;
descúbrele su nacimiento y la obligación en que se halla por su
parentesco con un anciano sin honra; Sancho deplora la necesidad en que
se ve de renunciar al amor de Sol, á quien mira ya como á su hermana,
pero se alegra de saber que corre en sus venas noble sangre, y arde en
deseos de castigar al insolente Payo de Bivar. Mientras tanto surgen
nuevas disensiones en la corte por el orgullo de Payo; pero el joven Rey
comienza á ejercer su autoridad, y aleja al rebelde de su lado; éste se
ausenta murmurando y pensando en la venganza. Poco después se aparece
Sancho, el cual, sin atender á la resistencia de los satélites del
Monarca, penetra hasta la antesala regia y pregunta bruscamente quién es
Payo de Bivar. La viveza y rústica obstinación, con que se presenta,
agradan á los caballeros, y uno de ellos dice ser el ofensor de Mendo;
pero la broma termina en tragedia, porque Sancho acomete en seguida al
supuesto Payo, y lo tiende muerto á sus pies.--No nos es posible
extendernos más en la exposición del argumento de esta comedia, y nos
limitamos á extractar lo más esencial. Sancho vive en el error de haber
realizado la venganza que se le encargara, y ejecuta otras hazañas: la
casualidad hace que salve la vida á Elvira, hermana de Payo, y que con
ella se encamine al castillo de su hermano. En él sabe que vive quien
creía muerto, y surge en su pecho una lucha terrible entre los deberes
que lo ligan á Mendo y su amor á Elvira; éste lo detiene algún tiempo
antes de resolverse á inquietar á Payo. Entre tanto el rencoroso Grande,
para vengarse del Rey, pide auxilio á los moros para atacar á León. Un
enjambre de infieles sorprende entonces al Monarca, que viajaba,
mientras descansa de las fatigas del camino, viéndose abandonado de
todos sus servidores; ya se lo llevan los enemigos, cuando se presenta
Sancho, lo salva, y lo conduce en sus brazos con peligro de su vida. En
este intermedio se manda á Payo de real orden que concurra á un combate
singular y solemne con Mendo, ó con quien lo represente. Mendo, lleno de
ansiedad, y desconfiando de sus propias fuerzas para la lid, pone todas
sus esperanzas en su nieto; pero como no se presenta en el momento
decisivo, se decide á pelear y hace sucumbir á su enemigo. Poco después
llega la noticia de la prisión del Rey; promuévese grande alboroto entre
los grandes, hasta que Sancho aparece con el Monarca; todos celebran su
hazaña, y no sólo es recompensado por Alfonso con ricas posesiones, sino
que lo reconoce como á hermano. El casamiento de Sancho con Elvira
termina al fin las antiguas querellas entre las dos casas de Bivar y de
Benavides.
_El Príncipe despeñado._ Dos partidos disputan en la corte de Navarra
después de la muerte del rey García: uno, el de D. Sancho, hermano del
muerto, que pretende sucederle, y otro, el que defiende los derechos de
su hijo, aún no nacido. A su cabeza se hallan los hermanos Guevara,
sosteniendo D. Martín las pretensiones de D. Sancho, y D. Ramón los
derechos del Príncipe, cuyo nacimiento se espera. Este último se ve
obligado á ceder; acusa el egoísmo de su hermano y de todos sus
parientes; profetízales que la Providencia castigará su injusticia, y
abandona la corte, retirándose á un paraje solitario. D. Sancho es
proclamado Rey, y premia á D. Martín concediéndole honores y dignidades
de toda especie. Doña Elvira, la Reina, que se halla en cinta del
Príncipe póstumo, protesta de aquella resolución ante su cuñado y los
vasallos de la Corona, reservándose usar de los derechos que asisten á
su hijo, sin que se le atienda en lo más mínimo; poco después se le
avisa con sigilo que se ha formado el propósito de asesinarla, por cuyo
motivo se decide á huir. En una de las escenas siguientes aparece en
áspera montaña, por donde va sollozando, cuando siente que se aproxima
el momento del parto, obligándola á buscar un lugar de refugio.
Transpórtanos luego el poeta al próximo castillo de Doña Blanca, esposa
de D. Martín; llega á él un campesino y dice que en las cercanías se ha
visto á una señora desdichada, á quien atormentaban los dolores del
parto; mandan buscarla, y pronto regresa un criado con el Príncipe
recién nacido, y cuenta que la madre del niño, al oir el nombre de la
esposa de D. Martín, se ha ocultado en lo más espeso del monte. Blanca
adopta al Infante, de cuya noble prosapia nada sabe, y lo trata como si
fuera su propio hijo. Poco antes de celebrarse el Bautismo, se presenta
D. Sancho, que cazaba en las inmediaciones, á hacer una visita al
castillo, y se presta á ser el padrino del niño. Pero el Rey, al
contemplar á Doña Blanca, siente arder en su pecho violenta pasión, y
para satisfacerla, toma la indigna resolución de nombrar á D. Martín
general del ejército para seducir en su ausencia á Doña Blanca. D.
Martín, no sospechando nada, accede á los deseos del Rey, el cual,
sobornando á los criados, se introduce la noche siguiente en el
dormitorio de Doña Blanca. La esposa de D. Martín, sorprendida de la
osadía del seductor, le reprocha colérica la infamia de su conducta y su
ingratitud para con su esposo; pero D. Sancho está decidido á poseerla á
todo trance, aunque sea empleando la violencia. El poeta hace entonces
caer el telón. En el acto siguiente vuelve D. Martín de la guerra.
Apresúrase á llegar á su castillo, y encuentra sus muros vestidos de
negro crespón; Blanca se le presenta también con traje de luto: cuéntale
su deshonra; desenvaina el puñal que llevaba en su cinto para
atravesarse el corazón, y cae en tierra desmayada antes de realizar su
propósito; D. Martín jura tomar de su afrenta tremenda venganza,
poniéndola en obra sin demora, cuando oye que el Rey caza otra vez en
las cercanías. Cambia entonces la escena, representando una agreste
montaña. D. Ramón, que como la Reina, vive há largo tiempo en la
soledad, atraviesa fugitivo el teatro, cubierto con pieles de fiera, y
tras él D. Martín vibrando su venablo de caza. Después que se reconocen
ambos hermanos, acuerdan que D. Ramón atraiga al Rey á una escarpada
peña, y que D. Martín lo precipite desde ella en el abismo. El plan se
realiza en toda su extensión: D. Sancho es lanzado desde la enhiesta
peña, y D. Martín hace creer á los caballeros, que corren de todas
partes, que el Rey se ha precipitado víctima de su imprevisión. La
escena es de nuevo en el castillo: traen á él el cadáver mutilado del
Rey, y en su presencia se descubre la inocencia de Doña Blanca. Aparece
al fin la Reina, á la cual se ha mandado buscar, y se rinde homenaje á
su hijo como al sucesor legítimo del trono.
CAPÍTULO XIII.
_La inocente sangre._--_La judía de Toledo._--_Los novios de
Hornachuelos._--_Peribáñez y el comendador de Ocaña._--_Los
comendadores de Córdoba y Fuente-Ovejuna._--_El Hidalgo
abencerraje._--_La envidia de la nobleza y el cerco de Santa
Fe._--_Las cuentas del Gran capitán._--_El Nuevo Mundo
descubierto_, y algunas otras.
Otra es la índole de las comedias, cuya acción se supone ocurrir en los
últimos períodos de la Edad Media en España. Con la misma verdad con que
en las anteriores se describen sus costumbres sencillas, con igual
grandiosidad y energía se retratan en éstas los personajes más sombríos
de una época de degeneración y de desorden. La tiranía de los Reyes; la
repugnante hipocresía de los cortesanos; la criminal ambición de la
nobleza y su obstinado empeño de debilitar el poder real; el despotismo
de los infanzones, ricos-hombres é hidalgos con sus súbditos; las
discordias civiles, que desgarran el seno del país, todo esto se pinta
en ellas magistral y claramente. Formámonos así una idea tan exacta como
triste de la anarquía de los siglos medios, que destrozó á todos los
pueblos de Europa, y á España más que á los restantes de ella, de las
usurpaciones, barbarie y ferocidad de los potentados; de la época, en
fin, deplorable, en que las leyes eran demasiado débiles para proteger
al inocente, y en que hasta la justicia se vió forzada á revestirse de
formas despóticas, y de aquí también el agradable contraste que en este
fondo sombrío nos ofrecen los rasgos aislados de rectitud y grandeza de
alma, y las escenas rústicamente sencillas é infantiles, que traza el
poeta cediendo á la fecundidad singular de su ingenio. Tales son las
siguientes:
_La campana de Aragón_, cuyo argumento pinta enérgicamente la lucha
entre la nobleza aragonesa y el poder real, que al fin deja caer su roto
cetro sobre sus inquietos vasallos.
_La inocente sangre._ Al empezar el reinado de Fernando IV tuvo que
luchar este Rey con un partido contrario, que intentaba ceñir la corona
en las sienes de su tío Alfonso. El primer acto describe esta contienda.
Debióse á los esfuerzos de la heróica reina Doña María, su madre, el
reconciliar á los enemigos y obligar á D. Alfonso á renunciar á sus
pretensiones. En la parcialidad favorable al Rey se habían distinguido
particularmente los dos hermanos Carvajales. Estos, por su conducta algo
orgullosa, se habían enemistado con otros caballeros, y en especial con
uno llamado D. Ramiro. La animosidad de D. Ramiro contra D. Juan de
Carvajal creció mucho de punto por ser éste su rival en los amores de
una bella dama, denominada Doña Ana. Con motivo de las fiestas
celebradas en Burgos para solemnizar el restablecimiento de la
tranquilidad pública, es asesinado en medio del bullicio un favorito del
Rey, llamado Benavides. D. Fernando, que sintió amargamente la muerte de
su amigo, hace todo linaje de ofrecimientos para descubrir al asesino, y
D. Ramiro aprovecha la ocasión de satisfacer su sed de venganza,
acusando con testigos falsos á los hermanos Carvajales como á autores
del delito. El Rey da fácil crédito á esta acusación, á la cual
favorecen otras circunstancias falaces, y condena á muerte á los dos
nobles hermanos, inocentes de toda culpa. Inútiles son los ruegos que,
por salvarlos, hacen al soberano los grandes más influyentes del reino,
y vanos también los de Doña Ana, que se arroja á sus pies sollozando.
Los Carvajales son llevados á una empinada peña y precipitados desde
ella en un abismo; pero antes de dar tan mortal salto emplazan
solemnemente al regio juez y á sus acusadores ante el tribunal de Dios
en un plazo determinado. Doña Ana se arroja silenciosa y traspasada de
dolor sobre el cadáver despedazado de su caro D. Juan, y se aleja, al
fin, desesperada para buscar la muerte en las desiertas montañas. En la
última escena se nos presenta el Rey, presa en un instante de rigidez
convulsiva, como si lo hubiese herido la justicia divina, embargado por
un terror sombrío, mientras se oye una voz que entona el siguiente
canto:
Los que en la tierra juzgáis,
Mirad que los inocentes
Están á cargo de Dios,
Que siempre por ellos vuelve.
No os ciegue pasión ni amor;
Juzgad jurídicamente;
Que quien castiga sin culpa,
A Dios la piedad ofende.
Un mensajero anuncia la muerte del falso acusador Ramiro, y poco después
espira también el Rey, para responder al emplazamiento de los
Carvajales, que lo citaron ante el tribunal de Dios.
_La judía de Toledo._ Al principiar la comedia se describen las luchas
de partido entre los Castros y los Laras, que desgarraron á España al
comenzar el reinado de D. Alfonso VIII. Mientras ocurren estas
revueltas, hace el Rey su entrada en Toledo con su esposa Doña Leonor,
hija de Enrique de Inglaterra. Manifiéstale grande amor, y acuerda con
ella hacer una visita á los famosos jardines de Galiana. Después aparece
la bella judía Raquel, que ha presenciado la entrada del Rey, y que cree
haber observado que la miraba con predilección. Va después á bañarse á
un lugar alejado á orillas del Tajo. La casualidad lleva al Rey á este
mismo paraje, y ve oculto á la judía, y siente, al contemplar sus
gracias, la más violenta pasión. Encarga á su favorito Garcerán que le
diga de su parte que desea hablarle; éste hace ver al Rey la
inconveniencia de su amor; pero obligado á obedecerlo, lleva á Raquel al
real palacio. La Reina, mientras tanto, está intranquila por la ausencia
de su esposo, y se sienta á escribirle. El Rey viene entonces, oye las
reconvenciones que pensaba hacerle por escrito, é intenta calmarla con
mil protestas de su amor. Pero la inclinación de Alfonso á la bella
judía es tan poderosa, que no sólo lo fuerza á quebrantar sus mejores
resoluciones, sino á descuidar los asuntos del reino. Encamínase, pues,
de nuevo á visitar á Raquel, para la cual ha mandado preparar
lujosamente un palacio con jardines. Al llegar al dintel de la puerta,
oye triste canto, y una aparición que dice ser enviada de Dios; le
aconseja que no entre, pero su pasión lo arrastra á desobedecerla. La
Reina convoca á los grandes más influyentes á su palacio, y cuando
vienen, se presenta vestida de duelo, trayendo en sus brazos al joven
infante D. Enrique, les descubre su afrenta y los peligros que amenazan
al trono y á la fe; y por último, los excita á dar muerte á Raquel. Esta
nueva produce gran conmoción en los grandes, que juran cumplir los
deseos de la Reina. La escena inmediata nos ofrece á Alfonso y á Raquel,
que se divierten pescando en el Tajo. Conciertan que los pescados que
saque el Rey sean para Raquel, y los de ella para el Rey. Alfonso pesca
la cabeza de un niño muerto, y Raquel una rama de oliva, por cuyo
hallazgo retornan al palacio llenos de sombríos presentimientos. Apenas
llega Raquel á su habitación, cuando sabe los proyectos formados contra
su vida; pero el aviso es ya tardío, porque llegan los conjurados y
matan á ella y á su hermana. Alfonso tiene noticia de su muerte, y
expresa en un apasionado monólogo su dolor, su amor violento y su sed de
venganza. Entonces aparece un ángel, que, al son de la música, reprueba
sus proyectos vindicativos, y le amenaza con la cólera del cielo si
persiste en realizarlos. Alfonso cae de rodillas, presa del
arrepentimiento, y se dirige á una iglesia, en donde encuentra una
imagen maravillosa de la Virgen. En esta iglesia ocurren las últimas
escenas de la comedia. El Rey y la Reina yacen de rodillas á pocos pasos
uno de otra, sin conocerse, puesto que sólo alumbra al templo la escasa
luz de algunas lámparas; sus oraciones, sin embargo, expresan análogos
sentimientos. Al fin se reconocen; el Rey confiesa su extravío, pide
perdón á su esposa, y toda la corte celebra con suntuosas fiestas la
reconciliación del regio matrimonio.
_Los novios de Hornachuelos_ describen las humillaciones, que el rey D.
Enrique III hace sufrir á un orgulloso rico-hombre de Extremadura,
llamado Meléndez. La escena más notable es aquélla, en que el Rey
penetra disfrazado en la habitación de su insolente vasallo para
castigar su orgullo. Cierra las puertas, y se presenta cubierto á
Meléndez, el cual, aun sin conocerlo, cae en tierra como agobiado por el
solo poder de la majestad real. El Rey:
El enfermo rey Enrique,
Tercero en los castellanos,
Hijo del primer Don Juan,
A quien mató su caballo,
Comenzó, Lope Meléndez,
A reinar de catorce años,
Porque entonces los tutores
Del reino le habilitaron.
Por Rey natural Castilla
Le veneraba, no tanto,
Que la edad á los descuidos
No les concediese mano:
Con la enfermedad también
Más le desacreditaron
En la omisión al respeto
Inobedientes vasallos.
El Rey, bien entretenido,
Pero mal aconsejado,
En la caza divertía
Atenciones á los cargos.
Dormido el gobierno entonces,
La justicia á los agravios
De los humildes servía,
Más que de asombro, de aplauso.
Fuéronle, amigos fieles
Los días, avisos dando;
Que en veinte años nunca han sido
Prodigios los desengaños.
Volvió á Burgos una noche
De los montes, más cansado
Que gustoso; cenar quiso;
Y ninguna cosa hallando
Al despensero llamó,
Y preguntóle enojado
Qué era la ocasión. Él dijo:
"Señor, no ha entrado en palacio
Hoy un solo real; y en la corte
Estáis de crédito falto,
Y no hay nadie que les fíe
A vos ni á vuestros criados."
Quitóse entonces el Rey
Un balandrán, que de paño
Traía, y al despensero
Se le dió para empeñarlo.
Una espalda de carnero
Le trujo... ¡En qué humilde estado
Se vió el Rey! Comióla al fin,
Porque en semejantes casos,
Hacer valor del defecto
Siempre es de pechos bizarros.
Díjole, estando á la mesa,
El despensero: "Entre tanto
Que vos, señor, cenáis esto,
Con más costoso aparato
Los grandes de vuestro reino
Están alegres, cenando
De otra suerte, en casa del Duque
De Benavente, tiranos
Siendo de las rentas vuestras
Y del reino, que os dejaron
Sólo para vos, Enrique,
Vuestros ascendientes claros."
Tomó el Rey capa y espada
Para salir de este engaño,
Y en el banquete se halló
Valeroso y recatado,
Y escuchó tras de un cancel,
Con arrogantes desgarros,
Todo lo que cada cual
Refería, que usurpado
Al patrimonio del Rey
Gozaba, con el descanso
Que pocos años de Enrique
Aseguraban á tantos.
Publicó Enrique á otro día
Que estaba enfermo, y tan malo
En la cama de repente
De su accidente ordinario,
Que hacer testamento le era
Forzoso, para dejarlos
El gobierno de Castilla
En los hombros. No faltaron
En el palacio de Burgos
Apenas uno de cuantos
En cas del Duque la gula
Tuvo juntos, esperando
Que orden para entrar les diesen;
Cuando de un arnés armado,
Luciente espejo del sol,
Con un estoque en la mano,
Entró por la cuadra Enrique
Dando asombros como rayos.
Temblando y suspensos todos,
Con las rodillas besaron
La tierra, y sentóse el Rey
En su silla de respaldo,
Y al condestable Rui López
Vuelto con semblante airado,
Le preguntó: "¿Cuántos reyes
Hay en Castilla?" El, mirando
Con temeroso respeto
Dos basiliscos humanos
En el Rey por ojos, dijo:
"Señor, yo soy entre tantos
El más viejo, y en Castilla
Con vos, señor soberano,
Desde Enrique, vuestro abuelo,
Con vuestro padre gallardo,
Tres Reyes he conocido.
--Pues yo tengo menos años,
Replicó Enrique, y conozco
Aquí más de veinte y cuatro."
Entonces cuatro verdugos
Con cuatro espadas entraron,
Y el Rey dijo: "Hacedme Rey
En Castilla, derribando
Estas rebeldes cabezas
De estos monstruos castellanos,
Que atrevidos ponen montes
Sobre montes, escalando
El cielo de mi grandeza,
El sol, de quien soy retrato,
Y sobre todos fulminen
Rayos de acero esos brazos."
Lágrimas y rendimientos
Airado á Enrique aplacaron,
Que á los Reyes, como á Dios,
También les obliga el llanto.
Con esto restituyeron
Cuanto en Castilla, en agravio
Del Rey, los grandes tenían;
Y dos meses encerrados
En el castillo los tuvo,
Y desde entonces vasallo
No le ha perdido el respeto,
Sino sois vos, que tirano
De Extremadura, pensáis,
Lope Meléndez, que estando
En cama Enrique, no tiene
Valor para castigaros;
Respondiendo á cartas suyas
Con tan grande desacato,
Que le obligáis que en persona
El castigo venga á daros
Que merecéis, porque sirva
De temor á los contrarios,
De ejemplo á todos los Reyes,
De escarmiento á los vasallos.
Lope Meléndez, yo soy
_(Levántase de la silla y empuña el Rey la espada, y Lope se quita
el sombrero.)_
Enrique; solos estamos:
Sacad la espada, que quiero
Saber de mí á vos, estando
En vuestra casa, y los dos
En este cuarto encerrados,
Quién en Castilla merece
Por el valor heredado
Ser Rey, ó vasallo lobo
En Extremadura. Mostraos
Soberbio agora conmigo
Y valeroso, pues tanto
Desgarráis en mis ausencias.
Venid, que tengo muy sano
El corazón, aunque enfermo
El cuerpo, y que está brotando
Sangre española, de aquellos
Descendientes de Pelayo.
LOPE (_de rodillas_).
Señor, no más: vuestra vista,
Sin conoceros, da espanto.
Loco he estado, ciego anduve.
¡Perdón, señor! Si obligaros
Con llanto y con rendimiento
Puedo, como á Dios, cruzados
Tenéis mis brazos, mi acero
A vuestros pies, y mis labios.
_(Eche la espada á las pies del Rey y ponga la boca en el suelo, y
Enrique le ponga el pie en la cabeza.)_
REY.
Lope Meléndez, ansí
Se humillan cuellos bizarros
De vasallos tan soberbios.
Esta escena admirable ha sido imitada por Moreto en su famoso _Valiente
justiciero_[2].
_Peribáñez y el comendador de Ocaña_, _Los comendadores de Córdoba_ y
_Fuente-Ovejuna_, son tres dramas de asuntos análogos, en cuanto los
tres tienen por objeto representar la tiranía y los abusos de los
comendadores de las Ordenes militares. Es difícil decidirse por
cualquiera de ellos en detrimento de los otros, puesto que los tres, sin
género alguno de duda, son de los más notables que existen, y han de
enumerarse entre las más preciadas joyas de la corona del gran poeta.
_Peribáñez y el comendador de Ocaña_ comienza con la descripción de las
nupcias, que celebra el labrador Peribáñez con la bella Casilda. Estas
fiestas, juegos y cantos son de repente interrumpidos por lamentos, que
se oyen detrás de la escena, y pronto la invade una multitud de gente
del comendador de Ocaña, que, habiendo querido hacer gala de su destreza
en una corrida de toros en las inmediaciones, se ha caído con su
caballo, y está casi moribundo. Peribáñez acoge en su casa al herido, y
le prodiga los más afectuosos cuidados. La dicha doméstica de los recién
casados, la rústica inocencia de su vida, son retratadas con los colores
más bellos de la poesía. El comendador, que se restablece poco á poco,
comienza á sentir cierta grata inclinación hacia su bella huéspeda,
siendo tratado por ella con la más sincera amistad. Al despedirse hácele
ricos regalos, que son recibidos con gratitud. Las escenas siguientes
nos transportan á Toledo, en donde se celebra una fiesta en loor de un
santo. Encuéntrase en ella Peribáñez con su esposa y otros muchos
labradores. El comendador aprovecha esta ocasión de acercarse á ella,
pero es rechazado con desprecio, sospechando ya sus propósitos; su
desdén acrece el amor del comendador, induciéndolo á disfrazar uno de
sus criados para entrar como segador al servicio de Peribáñez, y
facilitar á su amo la entrada en su casa. El esposo de Casilda permanece
algún tiempo en Toledo ocupado en sus negocios, y mientras tanto atiende
ella á todos los quehaceres propios de su estado: se la ve al obscurecer
cantando al frente de los segadores á su regreso, rezar después las
oraciones y retirarse á su dormitorio. El servidor disfrazado del
comendador bebe con los demás compañeros, hasta que caen en tierra
embriagados. Penetra en la casa el comendador, pero encuentra bien
cerrado el dormitorio de Casilda; y cuando bajo sus ventanas se esfuerza
después en ablandarla con las frases más tiernas, aparece ella en la
reja de improviso, grita á los próximos durmientes que ya es tarde, y
despide al comendador, á quien finge no conocer, hablándole unas veces
como de burlas y otras como de veras. Al día siguiente vuelve Peribáñez:
ha visto en Toledo en el taller de un pintor un retrato de su Casilda,
hecho, según averigua, por orden del comendador, aunque ignorándolo la
retratada. Despiértanse entonces sus recelos en el más alto grado: su
sombrío silencio y su mal humor asustan á su esposa y á todos sus
amigos; en todas las palabras que oye, y en los sucesos más comunes,
cree observar pruebas que corroboren sus sospechas. El comendador,
mientras tanto, no renuncia á la esperanza de lograr sus deseos á fuerza
de constancia: ha recibido una orden del Rey mandándole formar un
destacamento de sus súbditos, que ha de reunirse con un ejército
numeroso, organizado contra los moros, y resuelve nombrar su capitán al
esposo de Casilda. Ya entonces no duda Peribáñez del peligro que amenaza
á su honra, ni en ejecutar el proyecto, que ha concebido por esta causa.
No es posible esquivar la orden del comendador. Sale, pues, al frente
del destacamento, y promete solemnemente, delante del comendador, al
ceñirle la espada, que la empleará en defensa de su honor. Esta escena,
en que el esposo ofendido recibe sus armas de manos de su mismo ofensor,
para arrancarle con ellas la vida, es de primer orden: él, amenazado en
su honra, anuncia claramente su propósito, pero el ciego comendador nada
sospecha. Peribáñez emprende su marcha con los soldados, pero apenas
llega al primer paraje, en donde ha de pernoctar, cuando se apresura á
regresar á su aldea, y por una puerta excusada se desliza en su casa y
se oculta. Oye al poco tiempo ruido de pasos: son del comendador, que,
como antes, ha encontrado medio de llegar hasta la habitación de
Casilda. El esposo oculto se detiene un momento para averiguar la
culpabilidad ó la inocencia de su esposa; convencido, al fin, de la
última, sale de su escondrijo y mata al indigno enemigo de su honra. La
última escena es en la corte de Enrique III. Noticioso el Rey de la
muerte del comendador de Ocaña, manda castigar severamente al matador:
preséntase entonces Peribáñez; expone los motivos que tuvo para dar
muerte á su ofensor, y sostiene que se ha visto obligado á hacerlo en
defensa de su honor, sometiéndose al fallo de su justicia, si es
culpable. El Rey, enterado de la verdad del suceso, aprueba su acción, y
nombra á Peribáñez capitán de los soldados, que se han alistado de orden
del comendador. Así termina esta comedia, notable en todos conceptos,
origen indudable, en muchos de sus rasgos, de la célebre de Rojas
titulada _Del Rey abajo ninguno_, aunque los fundamentos de la fábula
sean en ésta diversos.
_Fuente-Ovejuna_ es un drama basado en un acontecimiento verdadero
(véase el cap. 38 de _La Crónica de la Orden de Calatrava_ de Francisco
de Rades y Andrade), que fué imitado más tarde con fortuna por Cristóbal
de Monroy, ocurrido en la guerra civil, que desgarró á Castilla después
de la muerte de Enrique IV, y que concluye ofreciéndonos á la vista, con
sus consoladoras esperanzas, el recuerdo de Fernando é Isabel, enérgico
á un tiempo y grato[3].
Desde esta época comienza una nueva serie de dramas, llenos de vigorosa
poesía, para celebrar el naciente brillo de la monarquía universal
española. En _El mejor mozo de España_ leemos la romántica descripción
del viaje de Fernando á Valladolid (ajustado á lo referido en la crónica
de Alfonso de Palencia, y por Zurita, en el cap. 26 del lib. XVIII).
Sólo existe la primera parte, que sin formar un todo perfecto, nos
ofrece, sin embargo, una serie de cuadros bellísimos de la historia de
España. Somos transportados á los últimos años del reinado de Enrique
IV, tan funestos para la monarquía española. Las primeras escenas nos
muestran á la joven Isabel en su pacífico retiro, ocupada en hilar y en
otros quehaceres de su sexo. España se le presenta en sueños, yaciendo
en tierra, vestida de duelo, quejándose de sus desdichas, y anunciándole
que ella es la elegida para poner término á los infinitos males que la
afligen. Poco después llega la noticia de la muerte de su hermano
Alfonso, que le abre el camino para llegar al trono legalmente, en caso
de fallecer D. Enrique, puesto que las Cortes han declarado ilegítima á
la infanta Doña Juana. El Rey convoca las Cortes para jurar por Reina á
Isabel, y pide á ésta, movido de sus singulares caprichos, que no
contraiga matrimonio mientras él viva. La Princesa accede al principio á
los deseos del Rey, pero los grandes le demuestran con empeño, que, para
atender á la dicha de su pueblo, debe elegir esposo. Envíanse entonces
embajadas á varios Príncipes, para tomar entre ellos esposo; pero
ninguno corresponde á los deseos de los grandes, ni posee las prendas
que Isabel exige. Estas escenas de las condiciones del futuro cónyuge de
la Infanta, están llenas de rasgos característicos del mayor ingenio. El
Rey sabe, mientras tanto, que no se le obedece, é Isabel se ve forzada á
sustraerse á los arrebatos de su ira. Diversos presentimientos y
presagios, que ella interpreta como avisos del cielo, llaman su atención
hacia Fernando de Aragón. La escena se muda á la corte de Zaragoza, en
donde el infante Fernando presiente también su dicha futura por diversas
señales. El Príncipe, que apenas ha salido de la infancia, se solaza
justamente en un baile cuando llega la embajada de Castilla. Hállase
también dispuesto á buscar esposa; pero como el rey Enrique, para
impedirle la entrada en Castilla, ha acordonado con tropas la frontera,
se ve en la necesidad de emprender su expedición en secreto y
disfrazado: vístese, pues, de mozo de mulas, y los caballeros de su
servidumbre fingen ser sus amos. El viaje, con sus peligros y varios
sucesos, se representa en el teatro en sus diversas jornadas,
mostrándose en ellas el Príncipe, por su viveza y edad casi infantil, de
la manera más favorable. Isabel se disfraza de labradora para salirle al
encuentro. Ya en camino, se ve expuesta en distintas ocasiones á ser
conocida de los centinelas y de su mismo hermano; pero los engaña á
todos, y llega felizmente al término de su viaje. Celébranse las bodas
de los dos Príncipes disfrazados, y al acabarse la primera parte de la
comedia aparece España triunfante, no con vestidos de duelo, hollando
bajo sus plantas á sus enemigos, y profetiza las glorias del reinado de
Fernando y de Isabel.
En _El Hidalgo abencerraje_ se nos presenta Granada en todo su
esplendor, aunque caminando ya hacia su ocaso; en _La envidia de la
nobleza_, la muerte de los nobles abencerrajes por los traidores
zegríes; finalmente, en _El cerco de Santa Fe_, la famosa lucha trabada
ante el último baluarte de la morisma, en que tomaron parte activa los
dos Monarcas españoles y los más nobles caballeros del reino, y como su
personificación ó centro, las hazañas casi fabulosas[4] de Hernán Pérez
del Pulgar, cuyo valor temerario corría parejas con su ardiente celo
religioso.
La comedia comienza en el campamento cristiano de Granada. La reina
Isabel pasa revista al ejército, y premia á los más valientes
caballeros; el entusiasmo y ardor bélico de los adalides españoles se
pinta con los colores más vivos. La escena cambia entonces,
representando lo interior de la ciudad sitiada. El moro Tarfe promete á
su amada Alisa depositar á sus pies las cabezas de los tres campeones
cristianos más famosos, á saber, de Gonzalo de Córdoba, del conde de
Cabra y de D. Martín de Bohorques. Ella no atribuye gran precio á este
don, y sólo desea alejar á su amante, porque ama á Celimo, que no le
corresponde por la amistad que lo une á Tarfe. Este acomete, en efecto,
su arriesgada hazaña, pero es herido delante de las puertas, y observa
con dolor que los caballeros cristianos han clavado en una de ellas con
sus puñales un cartel de desafío. A su vuelta á la ciudad es agobiado
por las reconvenciones de su amada á causa de su cobardía. Prométele
entonces, para borrar su afrenta, clavar en la misma tienda de Isabel
una cinta recibida de ella. Alisa en persona ha de asistir á esta
hazaña, y, disfrazada de aguadora, ha de salir de la ciudad bajo la
protección de Celimo. El moro lleva á cabo su temeraria empresa; pero
Alisa cae prisionera del conde de Cabra, el cual cumple de este modo una
promesa hecha á la Reina. Cuando se descubre la cinta clavada en la
tienda de Isabel, se promueve grande alboroto en el campamento
cristiano. Hernán Pérez del Pulgar hace voto de no descansar hasta que,
en castigo de tamaño desacato, clave el Ave María en la mezquita de
Granada, voto que cumple, en efecto, al pie de la letra. Penetra de
noche hasta el centro de la ciudad enemiga, y después de realizar su
propósito, regresa ileso á Santa Fe. Al día siguiente observan los moros
admirados el _palladium_ de los cristianos en la puerta de la mezquita,
y Tarfe jura vengar esta afrenta infiriendo otra mayor á sus enemigos.
Al comenzar el último acto cuenta Garcilaso al Rey, llegado al
campamento hace poco, las temerarias hazañas ejecutadas los días
anteriores; aparecen también varios caballeros, que depositan á los pies
de sus soberanos los trofeos de sus victorias. Anuncia á la sazón un
servidor, que Tarfe se encamina hacia el campamento trayendo el Ave
María en la cola de su caballo. Este sacrilegio excita universal
indignación; el Rey quiere salir en persona para castigar al insolente
criminal; pero el joven Garcilaso consigue la gracia de pelear con él en
vez del Rey, y reviste, al efecto, sus armas invocando antes á la
Virgen. En una escena intermedia se presentan la España y la Fama para
ensalzar los nombres de Garcilaso y de Fernando. El combate entre
Garcilaso y Tarfe, en que éste sucumbe, termina la comedia. Verdad es,
que, rigurosamente hablando, no hay unidad en la acción, puesto que sólo
nos ofrece una serie de hechos y sucesos, enlazados á uno de los
acontecimientos más gloriosos de la historia de España; la unión de las
escenas entre sí es muy escasa, como consta particularmente del extracto
hecho de ellas; pero quien lee la comedia, recuerda el verdadero estilo
homérico en estos cuadros animados de la lucha entablada bajo los muros
de Granada.
El héroe celebérrimo de esta guerra, el Gran Capitán, es también el
protagonista de otro drama titulado _Las cuentas del Gran Capitán_, cuya
copia es, sin duda, la de igual título de Cañizares. Entre sus escenas
se distingue una incomparable, en que Gonzalo da sus descargos al
requerírsele por el Rey que rinda cuentas de las sumas que se le han
entregado. Se ve sentado en una mesa al tesorero del Rey con recado de
escribir, presentándose Gonzalo y su compañero el bravo García de
Paredes.
CONTADOR.
Y éstos los libros: aquí
Se siente vuestra Excelencia.
GARCÍA.
Y aquí he de tener paciencia:
¿Papelejos? Pesia á mí.
* * * * *
* * * * *
El duque de Sesa ¡cielos!
¿Con tanta sangre y desvelos?
¿Y qué la fama escribió
Por tan extraños caminos
Su historia en libros de cuentas,
Y no con plumas atentas
En sus anales divinos?
* * * * *
CONTADOR.
De seis mil escudos de oro
Que en Valladolid le dieron;
Otros diez mil en Madrid,
Y veinte mil en Toledo
A Nápoles se enviaron.
* * * * *
GRAN CAPITÁN.
Señor Contador, dejemos
Partidas de diez y veinte;
¿No hay suma?
* * * * *
CONTADOR.
Suman los cargos doscientos
Y sesenta mil escudos.
GRAN CAPITÁN.
¿No más? Es poco. No creo
Que tal reino en todo el mundo
Se haya ganado con menos.
GARCÍA.
Yo se lo voto á los diablos:
Y que sustento y dinero
se quitaba á cuchilladas.
* * * * *
GRAN CAPITÁN.
También traigo yo papel:
Vayan, vayan escribiendo.
* * * * *
Memoria de lo que tengo
Gastado en esta conquista,
Que me cuesta sangre y sueño,
Y algunas canas también.
* * * * *
Primeramente se dieron
A espías ciento y sesenta
Mil ducados.
CONTADOR.
¡Santos cielos!
GRAN CAPITÁN.
¿Qué? ¿Os espantáis? Bien parece
Que sois en la guerra nuevo.
Más: cuarenta mil ducados
De misas.
CONTADOR.
Pues ¿á qué efecto?
GRAN CAPITÁN.
A efecto de que sin Dios
No puede haber buen suceso.
CONTADOR.
Al paso desto
Yo aseguro que le alcance.
GRAN CAPITÁN.
Como se va el Rey huyendo
De tantas obligaciones,
Quiero alcanzarle...
Más: ochenta mil ducados
De pólvora.
CONTADOR.
Ya podemos
Dejar la cuenta.
GARCÍA.
Bien hacen:
Temerosos son del fuego.
GRAN CAPITÁN.
Escuchen por vida mía,
Más: veinte mil y quinientos
Y sesenta y tres ducados,
Y cuatro reales y medio,
Que pagué á postas de cartas.
CONTADOR.
¡Jesús!
GRAN CAPITÁN.
Y en correos
Que llevaban cada día
A España infinitos pliegos.
GARCÍA.
Vive Dios, que se le olvidan
Más de doce mil que fueron
A Granada, y á otras partes;
Y aun era tan recio el tiempo,
Que se morían más postas
Que tienen las cuentas ceros.
GRAN CAPITÁN.
Más: de dar á sacristanes,
Que las campanas tañeron
Por las victorias, que Dios
Fué servido concedernos,
Seis mil ducados, y treinta
Y seis reales.
GARCÍA.
Sí; que fueron
Infinitas las victorias,
Y andaban siempre tañendo.
GRAN CAPITÁN.
Más: de limosnas á pobres
Soldados, curas enfermos,
Y llevarlos á caballo,
Treinta mil y cuatro cientos
Y cuarenta y seis escudos.
CONTADOR.
No sólo satisfaciendo
Va Vuestra Excelencia al Rey;
Mas que no podrá, sospecho,
Pagarle con cuanto tiene.
Suplícole que dejemos
Las cuentas, que quiero hablarle.
_El Nuevo Mundo descubierto_ pertenece á las comedias de Lope más
satirizadas por los galicistas, y hasta los más benévolos la han
calificado de loca extravagancia; pero cuando se fija la atención en lo
que constituye su centro de unidad, que es el ensalzamiento de la fe
católica, es preciso convenir en que no falta en ella, para ser
perfecta, el enlace necesario de sus partes.--Los hechos ocurridos en
tiempo del emperador Carlos V, se representan en _Carlos V en Francia_ y
en _La mayor desgracia del emperador Carlos_: en esta última la
malograda expedición á Argel. _Arauco domado_ describe la conquista de
este pueblo valeroso del S. de Chile, tan célebre por la epopeya de
Ercilla; esta comedia es única en su género, y se distingue por su
aparato escénico, que desenvuelve á nuestros ojos toda la gala de la
naturaleza de los trópicos, y nos transporta á las magníficas soledades
de América, y porque nos ofrece igual heroismo en los dos pueblos que
pelean, el de los esforzados hijos de las selvas, que batallan rudamente
y con ánimo casi sobrenatural por su independencia, formando los
contrastes más chocantes y pintorescos, y el de los españoles, cuyo
entusiasmo y deseos de extender el renombre de su patria y sus creencias
religiosas, nos infunden encanto irresistible; en una palabra, es
difícil imaginar ninguna otra comedia que sobresalga como ésta por sus
atrevidas creaciones, por el vuelo y el brillo de la fantasía[5].--Sucesos
posteriores, ocurridos en vida de Lope, son tratados en _La santa Liga_,
obra animada de espíritu verdaderamente heróico, aunque algo difusa en
lo épico, al exponer la guerra contra los turcos, que terminó en la
batalla de Lepanto; de la misma clase es _La mayor victoria de
Alemania_, que ensalza á un nieto del Gran Capitán; _Los españoles en
Flandes_, etc.
Entre las comedias cuyos argumentos pertenecen á la historia de España,
obsérvanse otras diferencias que no deben pasar desapercibidas,
comprendiendo algunas un hecho ó una anécdota aislada, como, por
ejemplo, _El asalto de Mastrique_, _El marqués de las Navas_, cuya
acción se concentra en estos sucesos y personajes que forman su base, y
otras, por el contrario, una serie completa de sucesos enlazados entre
sí, ya por la unidad que les imprime su protagonista, ya de otra manera
menos estrecha. De esta especie las hay biográficas, como _El valiente
Céspedes_, cuyas dos partes (sólo se conserva la primera), describen la
vida del famoso espadachín Céspedes y sus hazañas en la Península,
Alemania y Nápoles, ó compuestas de actos aislados é independientes,
que, sin embargo, constituyen un todo análogo al de las tragedias de una
trilogía. Sirva de ejemplo de la última clase _El postrer godo de
España_, cuya primera jornada describe la pasión del rey Rodrigo por la
bella Florinda; la segunda, la muerte de este desdichado Monarca en la
batalla del Guadalete, y la tercera, la restauración del reino cristiano
por Pelayo.
En la clasificación de las comedias de Lope hay también que señalar un
lugar determinado á aquéllas que, fundadas en la historia nacional y
representando personajes históricos, tratan más bien de intereses
privados que de sucesos públicos notables. Utilízanse con frecuencia en
ellas asuntos y tradiciones especiales; no pocas veces es la fábula
fingida, enlazándose arbitrariamente con ésta ó aquella circunstancia
histórica, siempre, á la verdad, con exquisito tacto, de suerte que el
suceso inventado convenga al lugar y á la época en que se supone
ocurrir, y encuentre en uno y otra su natural asiento. Nunca Lope,
mientras no sale de los dominios de su patria, se atribuye la licencia
de desfigurar la historia, y de aquí que sus rasgos históricos sean en
estas comedias verdaderos en cuanto á las costumbres y demás condiciones
de igual clase, que tan célebre lo han hecho en las anteriores,
arrebatándonos también en éstas sus magistrales caracteres históricos.
La mayor parte de estos dramas aventajan, bajo cierto punto de vista, á
los puramente históricos, porque es más estrecha la unidad de acción,
más concentrado ó intenso su interés dramático, no oponiéndose, como en
aquéllos, á este resultado el deseo de aprovechar, cuanto se puede,
todos los rasgos especiales diseminados en las crónicas. Observamos en
esta categoría (á la cual, hablando en rigor, pertenecen también algunos
de los mencionados antes) muchas de las obras más notables de Lope, que
hasta hoy se han conservado en el teatro español.
CAPÍTULO XIV.
_La Estrella de Sevilla._--_Porfiar hasta morir._--_El mejor
alcalde, el Rey._--_La carbonera._--_La niña de plata._--_La corona
merecida._--_El vaquero de Moraña._--_El duque de Viseo._--_El
castigo sin venganza._
_La Estrella de Sevilla_[6] es una tragedia de sorprendente belleza y de
composición vigorosa que, por su clara pintura de los caracteres, por
sus situaciones patéticas y conmovedoras, va aumentando el interés
dramático hasta la catástrofe; ha sido arreglada después por Trigueros,
que la ha alterado en su esencia, representándose de nuevo, y habiendo
llegado al teatro alemán con esta forma. La acción, en la original, hoy
muy rara, es la siguiente: El rey D. Sancho, que reside en Sevilla hace
poco tiempo, habla con su favorito Arias de las beldades que, desde su
llegada á Sevilla, ha visto en ella, y especialmente de la más
encantadora de todas, de Estrella, hermana de Bustos Tavera. Arias atrae
á Bustos, que se humilla en presencia del Rey, y es nombrado por él
alcalde de Sevilla, cargo que acepta, aunque protestando traspasarlo á
otro más digno. El Rey alaba los nobles sentimientos de Bustos, y le
pregunta por su familia, indicándole que case á su hermana. Después
vemos á Estrella que entabla un triste diálogo con su amante Sancho
Ortiz. Bustos entra, ruega á su hermana que se retire, y cuenta á Sancho
el proyecto del Rey de casar á Estrella, prometiéndole hablar en su
favor. A poco se presenta Arias, que viene de parte de D. Sancho;
Estrella se aleja silenciosa y con orgullo; pero soborna á una esclava,
que le promete introducir de noche al Rey en el dormitorio de Estrella.
Llega la noche, y el Rey penetra en la casa de Estrella por mediación de
la desleal esclava. Tavera viene también, se admira de la oscuridad que
reina en su casa, oye hablar al Rey con su esclava, y desenvaina su
espada. El Rey se descubre para salvarse; Tavera expresa su indignación
contra tan villana conducta, y deja huir al Rey, dando muerte á la
esclava. El Rey, de vuelta en su palacio, cuenta á Arias lo ocurrido, y
maquina vengarse. Arias, atendiendo á lo desfavorable de las
circunstancias y á la consideración de que disfruta Tavera, proyecta
quitar á éste la vida ocultamente, valiéndose de la bravura y reconocida
lealtad de Sancho Ortiz. El Rey aprueba el consejo, manda llamar á
Sancho, y le ordena que, sin pérdida de tiempo, desafíe y mate al
caballero cuyo nombre está escrito en una hoja de papel sellado, que le
entrega. Sancho queda solo y abre el papel misterioso. Violenta y
desesperadora es la lucha que se traba en su pecho, porque el caballero,
cuya muerte pide el Rey, es á un tiempo su amigo y el hermano de su
amada. Pero la obediencia á las órdenes de su soberano es el primero de
los deberes de sus súbditos, y Sancho, casi privado de la razón, se
decide á cumplirlas. La escena del desafío y del combate es notabilísima
por su verdad, animación, y por el efecto que hace en el lector. La
escena siguiente nos ofrece á Estrella, que aguarda inquieta á su
Sancho; pide un espejo para engalanarse antes de recibir á su amante;
pero el espejo se rompe, y la sortija de Sancho, que lleva en su dedo,
salta en mil pedazos, lo cual es de funesto agüero para ella. Tráenle
entonces el cadáver de su hermano, y al mismo tiempo, la noticia de
quién ha sido el matador. Expresa su dolor en breves, aunque
desgarradoras exclamaciones, y desea morir para dejar de padecer. El Rey
sabe lo ocurrido, y da sus instrucciones para salvar á Sancho Ortiz.
Preséntase Estrella, acusa al matador de su hermano, y pide que se le
entregue para expiar su delito; el Rey entonces, después de proferir
algunas frases de sorpresa, le da la llave de la prisión del
delincuente. Entremos también en ella. Sancho rechaza los medios de
salvarse, que le ofrece Arias en nombre del Rey. Preséntase una mujer
velada para libertar al preso: es Estrella; escena patética de la
entrevista de los dos amantes, que se encuentran tan trocados; pero ni
Sancho se arrepiente de la acción, que se le ordenó como súbdito del
Rey, ni Estrella se atreve á censurarla: admira la magnanimidad de su
amante, que renuncia á salvarse, pudiendo hacerlo, para morir en el
cadalso, y se retira decidida á esperar la muerte. El Rey se arrepiente
profundamente, mientras tanto, de su conducta, y ordena que Sancho sea
llevado á escondidas á su palacio; al mismo tiempo trabaja para que los
alcaldes pronuncien una sentencia benigna; pero son justos, y condenan á
muerte al prisionero. Estrella asegura que jamás se casará con el
matador de su hermano. El Rey, ejerciendo su derecho de gracia, indulta
á Sancho. Éste resuelve ir á la guerra contra los moros, en donde espera
acabar su triste vida, terminando el drama con la eterna despedida de
los dos amantes.
_Porfiar hasta morir_ es un arreglo felicísimo de la historia del
desdichado trovador Macías (ved á Argote de Molina, _Nobleza de
Andalucía_, Sevilla, 1588, tomo II, cap. 148, pág. 271), rebosando de
estro poético en la pintura del joven poeta, llena de rasgos tan
delicados como naturales en todos sus accesorios, de arrebatadora viveza
en su exposición, é infinitamente superior por estas cualidades á otras
posteriores (_El español más amante y desgraciado Macías_, de tres
ingenios, y _El Macías moderno_, de Larra). Macías, joven caballero
castellano, se encamina á Córdoba para hacer allí fortuna en la corte de
Enrique de Villena, gran Maestre de Santiago. La casualidad hace que, no
lejos de la ciudad, salve la vida á un caballero atacado por
salteadores. Este caballero es el mismo gran Maestre, que después lo
acoge con singular benevolencia á causa del servicio que le prestara. En
la casa de D. Enrique vive también una dama joven llamada Clara, que,
desde el primer instante, inspira á Macías la pasión más viva. El
enamorado se informa del objeto de su pasión de un caballero de la
corte, y oye de sus labios la respuesta siguiente: Doña Clara es mi
prometida, la prometida de D. Tello. Macías se desespera, y va á la
guerra en busca de la muerte; distínguese tanto en ella por su valor,
que se le condecora con la cruz de Santiago; parece huir de él la
apetecida muerte, y su pasión, que trata inútilmente de domeñar, le
obliga á encaminarse de nuevo á Córdoba. Clara no parece mirar con malos
ojos á su fogoso amante, pero la voluntad del gran Maestre y sus
esponsales anteriores con D. Tello la obligan al fin á casarse con éste.
El desventurado Macías es atacado de una especie de delirio; las
endechas de su amor sin esperanza son celebradas en todo el país, y
hasta el día de hoy dura la frase de _enamorado como Macías_. El esposo
de Clara siente nacer en su alma rabiosos celos, y el gran Maestre
exhorta al trovador á renunciar á su loca pasión; pero él persiste en
ella tenazmente, y hasta se aventura á penetrar en el aposento de su
amada, en donde es sorprendido por Don Tello y preso de orden del gran
Maestre. El celoso marido no sosiega, sin embargo, ni aun estando en la
prisión su rival, puesto que sus amorosas canciones son repetidas por
todos, y fuera de sí atraviesa el pecho del cantor arrojándole un dardo
á través de las rejas de su prisión.
_El mejor alcalde el Rey_ (cuyo argumento se funda en un hecho contado
por Sandoval, _Historia de los Reyes de Castilla y de León_ en 1189, y
en el lib. XI, cap. 11, de Mariana) puede calificarse de drama modelo,
de cualquier manera que se le considere, por la profundidad y exactitud
de los caracteres, por los enérgicos contrastes que nos ofrecen el Rey
severamente justiciero, el orgulloso rico-hombre y el pobre y noble
hidalgo, y por la pintura, llena de vida, de la época y costumbres de
los siglos medios, que nos ofrece; hasta el estrecho encadenamiento de
las escenas entre sí, y el efecto de todas sus partes en la impresión
total del conjunto, nada dejan que desear á la crítica más exigente.
En _La Carbonera_, según todas las apariencias, hay una juiciosa mezcla
de la ficción con la historia. Leonor, hermana de D. Pedro _el Cruel_,
es criada por unos carboneros en los montes de Andalucía para librarla
de su receloso y feroz hermano. Pónese después bajo la protección de su
hermano de padre, Enrique de Trastamara, pero así se expone más á las
asechanzas del Rey, temiendo éste que Enrique, si casa á Leonor con un
Príncipe extranjero, dará más fuerza á su partido. Por este motivo
encarga D. Pedro á su favorito Don Juan, que averigüe el paradero de la
Infanta, y la traiga á sus manos. El favorito se apresura á ejecutar
sus órdenes: llega á descubrir el domicilio de Leonor; pero lo encadenan
de tal suerte los encantos y amabilidad de la desdichada dama, que, en
vez de prenderla, la ayuda á huir, anunciando después al Rey que no ha
logrado apresarla. Leonor se oculta de nuevo entre los carboneros, de
los cuales sólo el viejo Laurencio, en cuya casa habita, conoce el
secreto de su nacimiento. La noble conducta de D. Juan conmueve su
corazón, y nacen entonces entre ambos tiernas relaciones, visitándola él
en secreto con frecuencia. Sucede casualmente que el Rey, extraviado en
una cacería, y sin haber visto á su hermana, viene á parar á la choza de
los carboneros, y concibe por la bella Leonor una pasión violenta.
Comisiona entonces á D. Juan para seducirla; la crítica posición, en que
se encuentran entonces los dos amantes, da origen á las situaciones más
conmovedoras é interesantes. Leonor, para salvarse en tal apuro, imagina
fingir que se casa con el rústico Bras, que la pretende largo tiempo
hace. D. Pedro se enfurece sobremanera al saberlo, é intenta impedir
este enlace y apoderarse de Leonor. Esta sabe por Don Juan el inminente
peligro que la amenaza; pero evita el huir, puesto que la cólera del
Rey, si no la encuentra, ha de descargar en su amante; descúbrese al
tirano, que aparece poco después, creyendo segura su muerte; Pedro, sin
embargo, que sabe que es su hermana tan generosa beldad, renuncia á su
odio, y la lleva á los brazos de D. Juan, que obtiene así el justo
premio de su leal amor.
La figura de D. Pedro, delineada con vigoroso pincel, que desde entonces
llamó particularmente la atención de los dramáticos españoles, se nos
presenta de nuevo en _Lo cierto por lo dudoso_, drama, que por su
desarrollo interesante y por la artificiosa unión de sus escenas para
converger en un desenlace sorprendente, y natural, sin embargo, y bien
imaginado, se ha sostenido con justicia en el teatro obteniendo
constantemente los aplausos del público. También sucede lo mismo con _La
niña de Plata_, comedia casi tan bella como la anterior por el interés
que despierta. Dorotea, joven dama tan célebre por sus encantos como por
su talento, ve desde un balcón una procesión solemne, á la cual asiste
en Sevilla el rey D. Pedro con sus hermanos, y atrae especialmente las
miradas de Enrique de Trastamara. Obsérvalo D. Juan, amante de Dorotea,
y siente nacer en su alma rabiosos celos. En la escena siguiente nos
transporta el poeta á los jardines del Alcázar, en donde se divierte la
bella dama, y en donde el infante D. Enrique, que encuentra ocasión de
acercársele, queda tan prendado de ella á causa de su ingenio y
amabilidad, que desea poseerla á todo trance. Con tal propósito toma á
su servicio á D. Félix, hermano de Dorotea, que en su concepto puede
ayudarle á la consecución de su propósito. Asistimos luego á la
iluminación y á las fiestas, que se celebran en Sevilla por la noche,
para solemnizar la llegada del rey. D. Juan, que se halla mientras tanto
en casa de Dorotea, la reconviene vivamente por sus infidelidades;
contéstale ella con frialdad, porque sabe que su futuro suegro se opone
á su casamiento á causa de los escasos bienes de fortuna que ella posee,
é intenta casarlo con otra. Óyese entonces en la calle alegre música: es
una serenata, que le da el príncipe D. Enrique. D. Juan se ve obligado á
ocultarse, y D. Enrique entra en la casa en compañía de sus hermanos. El
ingenio y la gracia de la joven dama encanta á sus visitadores, quienes
le hacen ricos presentes. En el acto segundo vemos á D. Juan,
desesperado por la infidelidad de su amada; hasta la prueba de afecto,
que le ofrece, entregándole todos los regalos recibidos, se estrella en
su incredulidad, y resuelve, por tanto, hacer la corte á otra beldad,
llamada Marcela. Pero acontece que ésta y Dorotea truecan sus domicilios
respectivos, de suerte que las pretensiones amorosas de Don Juan, que
ronda el balcón de la primera, van dirigidas á Dorotea. Nacen de aquí
singulares equivocaciones, cuyo resultado viene á ser que D. Juan se
convence de la fidelidad de su amada. Mientras tanto acomete al Infante
negra melancolía, desesperado del mal éxito de sus ulteriores tentativas
amorosas con Dorotea. Un moro, que se halla en la corte, como embajador
del Rey de Granada, que se dice médico y astrólogo, profetízale las
horribles desdichas que la crueldad de D. Pedro ha de causar á su
familia, la muerte de Doña Leonor de Guzmán y del gran Maestre de
Santiago, así como la de D. Pedro á manos del mismo D. Enrique. Esta
escena, aunque episódica, es de extraordinario efecto, y conmueve aún
más profundamente á D. Enrique, decidiéndose, en un arrebato de pasión,
á poseer á la fuerza á Dorotea. El moro le abre sus puertas y penetra en
su dormitorio; pero la dama lo recibe con la orgullosa majestad de la
inocencia ofendida, y lo reconviene tan vivamente por su indigna
conducta, que él renuncia á su pasión, y para borrar su falta hace á
Dorotea un cuantioso regalo, que, aumentando considerablemente su
fortuna, la habilita para dar su mano á D. Juan con anuencia de su
padre.
En la serie de dramas, que mezclan la historia con caracteres y
situaciones fingidas, ó cuyo centro es tal que no penetra en la
historia general, cuéntanse _La hermosura aborrecida_, _Las aventuras de
D. Juan de Alarcos_, _D. Beltrán de Aragón_, _El primer Fajardo_, _D.
Juan de Castro_, _Quien más no puede_, _La corona merecida_, _El vaquero
de Moraña_, etc.
_La corona merecida_ expone la heróica resistencia de una mujer, de
notable grandeza de alma, á las tentativas de seducción del rey Alfonso
de Castilla. Éste viaja disfrazado para salir al encuentro de la
princesa Leonor de Inglaterra, á fin de observarla en libertad antes de
sus nupcias. Conoce en este viaje á la bella Doña Sol, noble castellana,
y concibe por ella pasión poderosa. El hermano de Sol, que lo sabe, se
apresura á casar á su hermana, para sustraerla así más fácilmente á las
persecuciones del Rey; pero éste nombra al esposo de su amada para un
cargo importante en la corte, para estar más próximo al objeto de su
amor. Doña Sol opone la frialdad y el desdén á las pretensiones de D.
Alfonso, y cuando éste prende á su esposo pretextando un delito supuesto
de traición, finge acceder á sus deseos, y hasta lo cita para recibirlo;
mutílase después y llena su cuerpo de heridas, de suerte que, al verla
el Rey, huye despavorido. El heroismo de esta mujer magnánima se divulga
pronto, y es alabado por todos; la Reina manda llamarla y ciñe sus
sienes con la corona que merece su virtud y grandeza de alma; Alfonso se
arrepiente de su culpable amor, renuncia á él, y premia á ambos
cónyuges, haciéndoles donación de cuantiosos bienes, y de un escudo de
armas para ellos y sus descendientes, que les recuerden hecho tan
heróico.
_El vaquero de Moraña_ es un drama de los más interesantes, y lleno de
encantadoras descripciones pastoriles. Un Conde, que reside en la corte
de León, mantiene relaciones amorosas con una hermana del rey Bermudo,
por cuyo motivo excita contra sí el odio del Rey; huye, pues, con su
amada, y ambos, disfrazados de labradores, se refugian en la casa de un
campesino, en el valle de Moraña. Crúzanse aquí diversos amoríos entre
los individuos de la familia del dueño de la casa y los campesinos; la
bella Infanta, que se hace pasar por segadora, produce aún mayores
complicaciones, excitando con sus encantos en todos los pechos el amor ó
los celos. Llega la noticia de que el rey de León prepara una guerra
contra los moros para apoderarse de los dos fugitivos, creyendo que se
han refugiado ocultamente en la corte del rey de Córdoba. Todos los
vasallos de la Corona se ven obligados á acudir á su llamamiento, y
entre ellos el dueño de Moraña; éste nombra al Conde capitán de sus
soldados, de suerte que lo fuerza á marchar en su propia persecución.
Acabada la campaña, que, como es de presumir, no produce el efecto que
se deseaba, llega el Rey á su vuelta al valle de Moraña, y conoce á la
disfrazada Princesa, que, á la verdad, le recuerda su hermana; pero que
representa tan bien su papel, que lo engaña, y tan agradablemente, que
al fin no teme descubrirse, y obtiene su aprobación para casarse con el
Conde.
Las comedias que tratan de los sucesos de Portugal (_El Príncipe
perfecto_, cuyo argumento es la vida de Juan II; _El duque de Viseo_;
_La discreta venganza_; _El más galán portugués, duque de Braganza_), se
asemejan en todo á las históricas, fundadas en la historia nacional.
En _El duque de Viseo_ se refieren, formando trágico conjunto, los
destinos de Juan de Braganza y del duque de Viseo. El rey Juan II de
Portugal, aconsejado de su pérfido favorito, D. Egas, concibe sospechas
de los cuatro hermanos de la casa de Braganza, y los reduce á prisión.
El duque de Viseo, primo del Rey, y por mediación de su amada Doña
Elvira, cuyos favores solicita también el Monarca lusitano, se esfuerza
en interceder por los prisioneros; pero el Rey recela también del duque
de Viseo, cuya popularidad conoce, temiendo que pretenda subir al trono,
y movido asimismo por las insidiosas insinuaciones de D. Egas. El Rey
manda llamar al Duque, lo destierra á sus dominios, y le descubre,
descorriendo una cortina, el cadáver decapitado de Juan de Braganza,
cuya suerte debe servirle de escarmiento. El Duque se retira á sus
posesiones, pero vuelve á veces á Lisboa disfrazado para visitar á Doña
Elvira. Encuentra casualmente á un pretendido astrólogo, que le
profetiza que algún día llevará ceñida en sus sienes la Corona. Más
adelante, en efecto, al dar una fiesta á sus colonos, lo proclaman Rey
de burlas, y le ponen una corona de flores. Sábese esto en la corte, y
sus enemigos lo explotan para perderlo. Cuando va disfrazado á Lisboa y
habla á la reja con Doña Elvira, entrégale ésta una carta; al
contestarla, en vez de la respuesta, le da equivocado la profecía del
astrólogo. El Rey entra en la habitación de Doña Elvira y le arrebata de
las manos el papel, porque desea casarla con D. Egas, y ella se opone.
El Duque, mientras tanto, permanece solo en la obscuridad. Oye triste
canto de una casa, que le recuerda el deplorable fin del duque de
Braganza, y mira en un rincón de la calle un crucifijo, alumbrado por
una lámpara, á la que se acerca para leer la carta recibida. Una luz
repentina circunda entonces al crucifijo, y cree ver á Juan de Braganza
con el vestido blanco de la Orden y con la cruz, que le exhorta por tres
veces á guardarse del Rey. Éste, cada vez más irritado contra el Duque
por las pérfidas insinuaciones de D. Egas, le ordena que se presente, y
le mata en seguida con su propia mano. Después concede sus bienes y
honores á su hermano Manuel, á quien le avisa le sirva de enseñanza la
suerte de su hermano. Descórrese una cortina y se ve el cadáver del
Duque con cetro y corona á sus pies; á un lado yace Doña Elvira muerta
de dolor. Cuéntase, por último, que D. Egas ha sido asesinado por un
criado del Duque, y el Rey expresa el presentimiento de que el duque de
Viseo ha sucumbido víctima de la traición.
Cuando Lope refiere dramáticamente sucesos de otros pueblos, ó los
combina con sus particulares invenciones, no hace grandes esfuerzos para
darles el colorido local ó el carácter particular de otros tiempos. En
sus costumbres y afectos se vislumbra siempre á España y al siglo XVII.
Esta propensión á imprimir espíritu nacional en elementos extraños, no
merece nuestra censura; pero parece que estos asuntos inspiran más
débilmente al poeta, tan español en todo; por lo menos casi todas las
comedias de esta clase son inferiores á las demás. Entre las que
pertenecen á la antigüedad clásica, sólo merece exceptuarse la de
Nerón, ó según el título español, _La Roma abrasada_, que se distingue
por la pompa lírica de algunas descripciones. En _Las grandezas de
Alejandro_ encontramos otro drama ostentoso, abundante en combates y
magníficas fiestas, cuyas figuras, por lo huecas é hinchadas, dan á
conocer que esta vez ha abandonado al autor su buena estrella. _El
honrado hermano_, que refiere el combate de los Horacios y Curiacios,
contiene, al contrario, muchos rasgos notables y grandiosos, aunque no
merezca nuestra alabanza el arreglo y disposición del conjunto. Más
afortunado ha sido Lope, por lo común, al tratar asuntos del Antiguo
Testamento, á los cuales parece inclinarse con predilección, puesto que
el número de sus obras de esta clase no deja de ser considerable. Sin
mostrarse muy escrupuloso en la observancia de los accesorios externos,
mezcla y harmoniza de tal manera los colores, que resulta un todo
agradable. Muy apropiado á esta especie de argumentos es el tono de
noble sencillez, que se observa en tales dramas. Distínguese
especialmente el que se titula _Los trabajos de Jacob_ (ó José y sus
hermanos, aludiendo con mayor exactitud á la acción), tanto por su
composición sin defectos, como por sus bellos detalles, y por la
profundidad conmovedora y la intensidad de sentimientos que la
caracterizan, de tal suerte, que no parece sino que el poeta ha apurado
en él la superabundancia perenne de su simpático carácter. Comparado
este drama con otros dos, que se titulan _El robo de Dina_ y _Su salida
de Egipto_, ocupa el lugar intermedio, formando los tres una especie de
trilogía. Son de la misma especie, y como la continuación de ellos,
_David perseguido_, _La historia de Tobías_ y _La hermosa Esther_.
Cuando se recorren las demás comedias fundadas en hechos de la historia
antigua ó moderna, se observa frecuentemente, con admiración, que el
inagotable maestro ha tratado con dos siglos de anticipación asuntos,
cuyos primeros autores se creen vulgarmente poetas de los tiempos
modernos. _El castigo sin venganza_ es la historia de los amores
criminales de la duquesa de Ferrara y de su hijastro, que Lord Byron ha
hecho después tan célebre, sin otra diferencia que en la obra de Lope se
da el nombre de Casandra á la que se llama en la de Lord Byron
Parisina[7]. Luis, duque de Ferrara, muestra desde su juventud aversión
al matrimonio, consagrándose á cortejar frívolamente ya á ésta, ya á
aquella dama. De una tiene há tiempo un hijo, nombrado Federico, á quien
ama tiernamente, y á quien espera dejarle sus estados, proyectando
casarlo con su sobrina. Pero como su ministro le representa la
posibilidad de que, á su muerte, se suscite una guerra civil inevitable
entre el pariente legítimo colateral y el hijo natural, se decide, por
último, á casarse, y elige por esposa á Casandra, hija del duque de
Mantua. Federico siente entonces sobremanera verse excluído de la futura
posesión del ducado de su padre; pero éste, que al celebrar su
matrimonio, lo hace más bien por razones políticas que por amor, le
encarga que vaya á recibir á su esposa. Luis, mientras tanto, siguiendo
su costumbre, se entrega á otros amoríos. El drama comienza entonces:
vemos al Duque disfrazado que pasea de noche las calles y galantea á
las beldades de su corte en sus ventanas; una dama, á quien da una
serenata, le reconviene diciéndole que tales galanteos son censurables
atendiendo á sus proyectos de matrimonio. La escena siguiente nos ofrece
á Federico de viaje para recibir á la prometida de su padre en los
límites de ambos estados; encuentra un carruaje, próximo á despeñarse en
un abismo, por haberse espantado los caballos; salva á la dama, que va
dentro, y sabe de ella y de los demás caballeros de su séquito que es su
futura madrastra. En vez del odio, que hasta entonces había sentido
hacia ella, se apodera de su alma, al mirarla, la pasión más violenta;
también Casandra parece mostrar inclinación á Federico, manifestándose
muy retraída. Al acabarse el primer acto, recibe el Duque á la recién
llegada. Al empezar el segundo se ha consumado ya el matrimonio; pero
Luis de Ferrara no muda por esto de vida, sino que, como antes, se
entretiene con otras damas. La bella y joven Casandra, despreciada de su
esposo, consagra á su hijastro toda su ternura, afligiéndole su profunda
tristeza, cuya causa ignora. Descubre al fin, comentando las palabras de
Federico, que el amor es el motivo de su pena, y su inocente inclinación
anterior, aumentándose con la conducta torpe del Duque, degenera poco á
poco en pasión poderosa; vacila, duda, teme y lucha, pero al fin se
abandona á ella. Luis es nombrado mientras tanto general de las tropas
pontificias, y en este concepto se ve obligado á salir al campo. El
valiente y virtuoso Federico, á lo menos hasta entonces, desea
acompañarlo; pero su padre determina encargarle en su ausencia del
gobierno de su ducado, por la confianza que le inspira, y le manda
permanecer en Ferrara. Al comenzar el acto tercero vuelve el Duque
victorioso de la guerra, firmemente decidido á renunciar á su anterior
vida disipada y á consagrarse sólo á su esposa é hijo. El adulterio se
ha perpetrado ya. El Duque concibe algunas sospechas. Federico, para
engañar á su padre, pídele la mano de su sobrina Aurora, despreciada por
él en los primeros arrebatos de su pasión; pero Casandra, ciega de amor,
y celosa á causa del proyectado casamiento, abruma á reconvenciones á su
amante, y el Duque, que los oye, se confirma en sus sospechas. So
pretexto de acordar los preparativos para las bodas de Federico con
Aurora, interroga el Duque á los dos culpables. Esta escena es de
extraordinario efecto. Resulta de ella que el padre y el esposo no puede
ya dudar de su deshonra; pero la pasión de los adúlteros es tan
violenta, que caminan ciegos á su perdición. El Duque ordena á su hijo
que dé muerte á quien encuentre atado en su gabinete, cubierto el
rostro con un velo, y con una mordaza en los labios; Federico ejecuta
sus órdenes, y averigua después que la muerta es su madrastra; luego
perece él á mano de los centinelas por mandato del Duque. Esta horrible
tragedia es sublime por la pintura de afectos, y de singular interés por
el enlace recíproco y verdaderamente dramático de sus distintas escenas.
Otro drama, que se titula _La imperial de Otón_, llama nuestra
curiosidad por el asunto de que trata, que es la historia del rey
Ottokar de Bohemia, representada en los teatros alemanes, no, á la
verdad, con la intención dramática que en la obra de Lope, aunque en
ésta se desfigura no poco la historia. Al principio se describe la
elección del Emperador en Francofordín (Francfort). Los embajadores de
España, de Inglaterra y de Bohemia trabajan en inclinar á los electores
en favor de sus respectivos soberanos; los diversos partidos pelean
también en las calles, pero la elección recae en Rodolfo de Ausburgo, y
por la noche se celebra la coronación del nuevo Emperador con fiestas y
funciones alegóricas. Inglaterra y España declaran legal la elección,
pero el embajador bohemio se retira lleno de ira al ver la inutilidad de
sus anteriores esfuerzos. En la escena inmediata se nos presenta el rey
Ottokar, que conoce ya la inutilidad de sus esperanzas, y que es
excitado por su ambiciosa consorte Ethelfrida á levantarse contra el
nuevo Emperador, y á reclamar para sí la Corona. Ottokar sale, en
efecto, al campo, y en el acto segundo se observan al obscurecer los dos
ejércitos enemigos antes de trabarse la batalla decisiva. El emperador
Rodolfo recibe en su tienda á un adivino, que ha solicitado el permiso
de entrar, y que le anuncia su próxima victoria, y la elevación
posterior de la casa de Ausburgo. Ottokar es, al contrario, visitado por
una aparición, que lo reconviene por su criminal empresa y que le
profetiza su ruina: el espectro hace en él tal impresión, que resuelve
renunciar á su propósito; sin embargo, impone como cláusula de su
sumisión que ningún testigo asista al rendir su homenaje al Emperador y
pedirle perdón. Rodolfo promete cumplirla. Vese en el fondo la tienda
del Emperador, cerrada por todas partes, y delante de ella grupos de
guerreros imperiales y bohemios, que, juntos ya, se confunden unos con
otros; de repente cae la cortina de la tienda, y aparece Rodolfo con
todas las insignias de su cargo, teniendo en sus manos el cetro y la
esfera imperial, y á sus pies, y de rodillas, al humillado Ottokar; éste
se levanta entonces colérico, y acusa al Emperador de haber quebrantado
su palabra; pero Rodolfo le contesta que su homenaje y perdón, con
arreglo á su promesa, sería sólo sin testigos, pero que después era
justo, en castigo de su delito, humillar al vasallo rebelde por haber
osado levantarse contra su legítimo soberano. Ottokar regresa á Praga
lleno de sombrío resentimiento, siendo recibido por su esposa Ethelfrida
con muestras de desprecio por su pusilanimidad. La Reina sale armada á
su encuentro á la puerta del palacio, y embrazando una lanza, y le
prohibe la entrada, de cuyo honor le reputa indigno. Sus reproches y
exhortaciones dan por resultado que se rebelen de nuevo los bohemios y
tomen las armas, y ella en persona lo acompaña á la guerra. Antes de la
batalla decisiva se aparece otra vez la visión á Ottokar, pero ahora no
la atiende, precipitándose en lo más espeso de la pelea, y sucumbiendo
de los primeros. Su cadáver es llevado á la presencia de Rodolfo; viene
también Ethelfrida; ensalza el heroismo de su esposo, cuya muerte
prefiere á una vida deshonrosa, y se aleja de allí para morir; el
Emperador, sin embargo, ordena que se tributen los bélicos honores á su
enemigo difunto.
En _El ejemplar mayor de la desdicha_ hallamos la trágica historia de
Belisario, según su versión fabulosa, y en los términos en que la han
utilizado las novelas, tragedias y óperas, fundadas en las _Chiliadas_
de Juan Tzetze. _El gran duque de Moscovia_ describe la vida y aventuras
del falso Demetrio, aunque sin tener en cuenta la verdadera historia,
sin duda por no ser bien conocida en España. Los demás dramas de la
misma especie, dignos de mención especial, son muy inferiores á los
citados en sus argumentos y en el plan á que se ajustan. _El Rey sin
reino_ pinta, con los más vivos colores, los desórdenes y revueltas que
precedieron á la ascensión al trono de Hungría de Matías Corvinus; los
sucesos y catástrofes se repiten con harta frecuencia para no debilitar
la unidad de acción. _Contra valor no hay desdicha_, que representa la
juventud de Ciro, se distingue por su carácter pastoril, y contiene, en
sus escenas campestres, numerosas descripciones de la especie en que
sobresale particularmente Lope. Por el contrario, _La reina Juana de
Nápoles_, es una producción desdichada, porque, exponiendo pasiones
vulgares en sus arrebatos más vehementes, sólo engendra inconsecuencias,
y, á pesar de su sangrienta catástrofe, anula por entero el efecto
trágico que se propone. Desearíamos que Lope no fuese el autor de esta
tragedia, cuya autenticidad, por desgracia, es irrecusable.
Algunos otros dramas del mismo género, que nos interesarían
especialmente, como _La doncella de Orleans_, _El valiente Jacobín_
(Jacobo Clemente, según se conjetura), no existen ya, al parecer.
Llegamos, pues (para defender aquellas comedias cuyo argumento no es de
invención suya, sino fundadas en materiales anteriores), á los dramas
mitológicos de Lope. Su número no es considerable, comparado con los de
otras clases del mismo. En su mayor parte pertenecen, según se cree, á
sus últimos años (menciónanse algunos en su prólogo del _Peregrino_), y
se escribieron en concurrencia con otros poetas cuando la afición al
lujo escénico y á la ostentación, peculiar de las óperas, comenzó á
enseñorearse del teatro español. Lope no era propicio á esta nueva
dirección del gusto, según asegura rotundamente varias veces, con
especialidad en los prólogos á los tomos XV y XVI de sus comedias, y,
sin embargo, ha sido aún más indulgente de lo necesario con las comedias
de este género. Obsérvase, no obstante, que lo hace más bien por seguir
la moda y por obedecer á motivos externos, que por inspiración propia,
puesto que, por lo común, se nota como cierta frialdad y cansancio que
no puede ocultarse, á pesar del lujo de la exposición y de sus
brillantes descripciones. No por esto ha de condenársele; al contrario,
tanto en el complicado enredo de estas fábulas pomposas, cuanto en la
riqueza y variedad de las situaciones y resortes dramáticos, y en las
innumerables bellezas aisladas que las adornan, se encuentra una prueba
sólida de la flexibilidad de los talentos poéticos de Lope. Tales son
_La fábula de Perseo_, _Las mujeres sin hombres_, _El laberinto de
Creta_, _Adonis y Venus_ y _El vellocino de oro_. Por lo demás, en todas
ellas el asunto mitológico se transforma en romántico, de la misma
suerte que sucedió más tarde en las conocidas de Calderón de igual
índole.
CAPÍTULO XV.
Comedias caballerescas.--_Castelvines y Monteses._--_El nuevo
Pitágoras._--_La octava maravilla_, é indicación de los argumentos
de otras.
A los dramas fundados en las fábulas antiguas sigue
otra serie, cuyos argumentos provienen de leyendas ó romances del gran
ciclo tradicional de la Edad Media. Algunas se asemejan singularmente á
las mitológicas en su propensión á representarnos encantamientos y
maravillas sensibles: tal es _Los palacios de Galiana_, ó la narración
dramática correspondiente al ciclo de tradiciones relativas á Carlomagno
(cons. á Turpín, cap. 20, y los _Reali di Francia_, lib. VI, capítulos
18-51). Esta composición encierra en sí todas las bellezas de los
mejores libros fantásticos de caballería. _La mocedad de Roldán_ (según
indica el prólogo escrito en la juventud de Lope), es la bella
historia, popular entre nosotros por la balada de Uhland titulada _der
klein Roland_. La fuente de donde la tomó el poeta español, es _La
historia del nacimiento y primeras empresas del conde Orlando_, por
Pedro López Enríquez de Calatayud: Valladolid, 1585. _La pobreza de
Reynaldos_ trata de los sufrimientos y hechos de Reynaldos de Montalbán,
hijo de Haimón, durante su destierro, con arreglo al _Libro del noble y
esforzado caballero Reynaldos de Montalbán_, por L. Domínguez: Sevilla,
1525. En _El marqués de Mantua_, la leyenda de Baldovinos y Carloto, muy
conocida en España por los romances populares, y fundada en las
tradiciones pertenecientes al ciclo de Carlomagno y sus paladines,
aunque modificada ya por el sello nacional; en _El nacimiento de Ursón y
Valentín_, un arreglo dramático del libro de las aventuras de los
sobrinos de Pipino, muy parecida en su argumento á la leyenda más
popular del emperador Octaviano (_Histoire de deux nobles et vaillants
chevaliers Valentin et Orson_: Lyon, 1495; la italiana en Venecia en
1558: no sabemos si existe alguna versión española). La patética
historia de la bella Magalona, repetida en todas las lenguas europeas
(en español _La historia de la linda Magalona, hija del rey de Nápoles y
del muy esforzado caballero Pierres de Provenza_: Toledo, 1526;
Sevilla, 1533), es el asunto de _Los tres diamantes_, drama excelente
por su argumento, aunque en la traza del plan se observen algunos
lunares, comunes á las primeras obras de Lope; pero anima al conjunto
tanto vigor, reina en todo él tal encanto romántico, que nos arrebata y
nos hace olvidar sus defectos.
Otros, fundados en los mismos ciclos tradicionales, como _El jardín de
Falerina_ (de Boyardo, lib. II, cap. 3.º, págs. 66 y siguientes), _Los
celos de Rodamonte_ y _La Circe Angélica_ (del Ariosto), _Angélica en el
Catay_ (continuación de Ariosto, por Lope), _Roncesvalles_, _La venganza
de Gayferos_, etc., no los hemos leído, y, según todas las
probabilidades, no existen ya en nuestros tiempos.
Llegamos ahora á los dramas basados en novelas italianas ó españolas.
_El mayordomo de la duquesa de Amalfi_ (del _Bandello_, parte 1.ª Nov.
26), es importante, porque podemos compararlo con la antigua tragedia
inglesa de Webster, cuyo argumento se funda en el mismo suceso (_The
Duchess of Malfy_, en las _Works of John Webster_, ed. Alexander Dyce,
London, 1830, vol. I); pero la ventaja es aquí del autor inglés sin
género alguno de duda, porque su obra, excéntrica á la verdad, pero
original hasta lo sumo, y de notabilísima pintura de afectos, es de lo
más notable que escribieron los coetáneos de Shakespeare, mientras que
el drama español, trazado con ligereza, sólo nos ofrece un tejido de
ordinarias y vulgares intrigas.
_Los Castelvines y Monteses_, de Lope, está fundado en la misma versión
italiana (_Novelle di Bandello_, tomo II, Nov. 9), que el _Romeo y
Julieta_, de Shakespeare. Parécenos interesante exponer la serie de sus
escenas, para compararlo con la célebre tragedia inglesa.
_Jornada primera._ Roselo (el Romeo de Shakespeare) y Anselmo, dos
caballeros del partido de los Monteses, discurren sobre una fiesta, que
se ha celebrado en el palacio de los Castelvines. Se oye á lo lejos la
música de esta fiesta; Roselo desea vivamente asistir á ella; su amigo
intenta disuadirlo de esta locura, porque los Castelvines son
implacables enemigos de los Monteses; pero al fin acuerdan enmascararse
y entrar así con los invitados. La escena segunda representa el alegre
bullicio de la fiesta. Antonio, caudillo de los Castelvines, conversa
con otros de su partido, y manifiesta su ardiente deseo de casar á su
hija Julia con el joven Octavio, aunque sienta que el corazón de ella no
parezca muy inclinado en su favor. Mientras tanto aparecen enmascarados
Roselo y Anselmo. Roselo, al ver á Julia, experimenta tal emoción, que
casi pierde el sentido, y en este desorden se quita la máscara. Antonio
lo conoce al punto, sale de sí de rabia é intenta matarlo, aunque no lo
ejecuta merced á los ruegos de los demás caballeros, que invocan en
favor de su enemigo los derechos de la hospitalidad. Roselo se acerca á
Julia mientras tanto; ella exclama:
Si el Amor se disfrazara
Para dar envidia á Febo,
Pienso que de este mancebo
El talle y rostro buscara;
Y yo pienso que Amor es,
Que, para quitar la paz,
Viene con este disfraz.
Roselo, por otra parte, prorrumpe en las palabras siguientes:
¡Ay, cielos! ¿Que fuí Montés?
¡No fuera yo Castelvín!
¿Tanto le costaba al cielo?
El enamorado aprovecha estos momentos, en que se imagina que no lo
observan, para declarar su amor á Julia; ésta desliza en su mano un
anillo, y para la noche siguiente lo cita en el jardín. Retíranse los
convidados, y Julia se queda sola con su doncella Celia; confiésale la
repentina pasión que se ha despertado en su pecho, pero se arrepiente de
su precipitada promesa, y expresa su resolución de esforzarse en
dominar su amor; pero éste es tan poderoso, que al fin la vence. Las dos
escenas que siguen, son superfluas para el curso de la acción. Asistimos
luego á la entrevista nocturna de los dos amantes, llena de fuego y de
apasionada ternura; Julia, al fin, después de hacer alguna resistencia,
accede á las súplicas vehementes de Roselo de casarse con él en secreto.
_Jornada segunda._ El enlace clandestino de Roselo y de Julia se supone
ya consumado, pero la dicha de ambos es poco duradera. Al comenzar el
acto vemos una plaza, que hay delante de una iglesia, en la cual se
celebra una misa mayor; durante los Oficios se suscita una ardiente
contienda entre los Castelvines y los Monteses: los caballeros de ambos
partidos salen en tropel de la iglesia para atacarse; Roselo se presenta
en medio de todos, é intenta aplacarlos, manifestándoles que, para
extinguir el odio que se profesan las dos familias enemigas, conviene
que Octavio se case con una dama de los Monteses y él con Julia. Octavio
se enfurece al oirlo; se lanza contra Roselo, y éste, viéndose forzado á
defenderse, lo derriba á sus pies sin vida. Aparece entonces en el
teatro de la lucha el príncipe de Verona, atraído por el choque de las
espadas; ordena á los combatientes que desistan de su contienda, y
destierra á Roselo de la ciudad por largo tiempo. Este, antes de partir,
visita á su joven esposa, de la cual oye la más tierna despedida.
Después de retirarse, sorprende su padre á Julia llorando; pregúntale la
causa de sus lágrimas, y ella finge verterlas por la muerte de Octavio.
Antonio resuelve entonces enlazarla al conde París en vez del difunto
Octavio, y con tal propósito le envía un mensajero. Este encuentra al
Conde en compañía de Roselo, que, atacado por los Castelvines delante de
la ciudad, debe su salvación al conde París, que lo acompaña hacia
Ferrara. El Conde participa á su compañero el contenido de la carta que
recibe; Roselo se conmueve naturalmente al oirlo; cree que Julia le es
infiel, y en un lastimero monólogo se abandona al dolor y á la
desesperación; pero luego prosigue su camino hacia Ferrara, y decide
vengarse de su desleal esposa casándose con otra.
_Jornada tercera._ El padre de Julia, empleando los ruegos y las
amenazas, la conmina á prestar su consentimiento á su enlace con el
Conde; resístese cuanto puede, pero previendo que habrá de ceder á la
fuerza, envía á Celia en busca del sacerdote Aurelio, confesor suyo,
para pedirle en este trance su ayuda y su consejo. Al comenzar este acto
se supone haber sucedido todo lo expuesto. Preséntase Antonio, y
anuncia á su hija que la obligará á obedecer sus órdenes. Julia queda
dudosa; acude entonces Celia, y trae un frasco, que le ha entregado
Aurelio, conocedor de todos los secretos de la naturaleza; Julia, para
salvarse, ha de beber todo el líquido que contiene. Apúralo la
desdichada; siente en seguida los efectos del veneno, y cae en tierra
pronunciando el nombre de Roselo. Las escenas inmediatas son en Ferrara;
forman episodios, y nos muestran á Roselo, que, por vengarse de Julia,
hace la corte á otra dama, pero demostrando claramente que su corazón
siempre se inclina á su primer amor. Por Anselmo sabe la nueva de que
Julia se ha envenenado; se convence así de la fidelidad de su amada, y
prorrumpe en desesperadoras lamentaciones; Anselmo lo consuela, sin
embargo, diciéndole que el supuesto veneno, según asegura Aurelio, ha
sido sólo una bebida soporífera, y que Roselo encontrará viva á su
esposa en la bóveda en que se entierran los muertos. Esta noticia
infunde en el enamorado nuevo vigor, y, aunque no libre del todo de
recelo, se apresura á encaminarse á Verona. En la escena siguiente vemos
á Antonio y al conde París lamentándose de la muerte de Julia. Antonio,
ya sin herederos, resuelve casarse con su sobrina Dorotea, para que su
fortuna no pase á otra familia después de su muerte. Múdase entonces el
lugar de la escena, que nos representa el panteón de la familia de los
Castelvines. Julia ha despertado; su sorpresa, su horror y su amor le
inspiran en esta mansión sombría un monólogo de admirable verdad y
sentimiento. Preséntase Roselo y su servidor; el último tropieza y cae,
apagándose la luz que lleva; su angustia y su manera ridícula de
expresarla, forman el más chocante contraste con lo terrible de la
escena, y con la obscuridad del lugar en donde yace. Roselo estrecha en
sus brazos á su devuelta esposa, y ambos huyen al castillo del padre de
Julia. Esta, Roselo, Anselmo y el criado se disfrazan de labradores,
para aprovechar la primera ocasión de alejarse que se les presente.
Antonio llega al castillo en compañía de otros Castelvines, para
solemnizar sus bodas con Dorotea. Su venida obliga á los disfrazados á
ocultarse. Julia se refugia en la parte superior del aposento, que su
padre habita, lo cual da origen á una escena admirable; Julia habla á
través de las hendiduras del suelo, y Antonio cree oir la voz de su
espectro.
JULIA.
¡Padre!
ANTONIO.
La voz conozco. ¡Muerto quedo!
JULIA.
¡Padre!
ANTONIO.
Esta es Julia ó me la forma el miedo.
JULIA.
Oye, ingrato padre mío,
Si acaso sentido tienes,
Estas últimas palabras,
Aunque después de mi muerte.
ANTONIO.
¡Hija! ¿Eres tú?
* * * * *
* * * * *
JULIA.
Padre, pues del otro mundo
Vengo á hablarte, escucha, atiende.
* * * * *
* * * * *
Yo me maté por tu causa.
ANTONIO.
¿Por mi causa?
JULIA.
Claramente.
Tú me casabas por fuerza.
ANTONIO.
Mi intento fué bueno.
JULIA.
Advierte
Que el Conde me merecía;
Mas no quiso Amor que fuese
Mi esposo, porque ya estaba
Casada.
ANTONIO.
Culparte debes
A ti misma en no decirme
Lo que tan tarde me ofreces.
Dijérasme: «Padre mío,
Yo soy mujer flaca y débil;
Caséme contra tu gusto,
Yerros de amor oro tienen.»
Perdonárate yo entonces;
Que no es posible eligieses
Hombre tan vil, siendo cuerda,
Y en virtud é ingenio un fénix.
JULIA.
Cualquier hombre te dijera,
Por vil y bajo que fuese;
Y no pude el que me dió
Para marido mi suerte.
Casome Aurelio con él;
Que hasta tanto que tuviese
La bendición de la Iglesia
No fué posible moverme.
Dos meses fué mi marido.
ANTONIO.
¿Que no se supo en dos meses?
JULIA.
No, padre, porque el peligro...
No hay cosa que más enferme.
Pues como me vi casada,
Y que casarme pretendes,
Dime la muerte, y estoy
A donde imaginar puedes.
* * * * *
* * * * *
Sólo te pido que me honres,
Y que en paz y amistad quedes
Con el que fué mi marido,
Y que su muerte no intentes;
Que si lo haces, te juro
Que los días que vivieres,
Con el fuego que me abrasa,
Cada noche te atormente.
ANTONIO.
Pero di, ¿quién es el hombre?
JULIA.
El que á Octavio dió la muerte,
El hijo del que sustenta
Tus enemigos Monteses.
Roselo, padre, se llama.
Los demás Castelvines descubren mientras tanto á Roselo, y lo traen
prisionero para saciar en él su sed de venganza. Antonio, sin embargo,
pensando todavía en la voz que ha resonado en sus oídos, abraza á
Roselo, y le cuenta su visión. Aplácanse todos al escucharlo. Aparece
entonces Julia, y cuenta que Roselo la ha librado de las garras de la
muerte, por cuya razón es aprobado por todos el enlace de los dos
amantes, que sella la reconciliación de los Monteses y Castelvines. La
conclusión es, sin duda, la parte más débil de este drama. ¡Cuán grande
es el abismo, que separa á la catástrofe tan patética y tan
profundamente conmovedora de Shakespeare de esta terminación cómica! Al
contrario, las demás partes de la obra de Lope nos ofrecen escenas, que,
por su fuego amoroso, ternura é intensidad de afectos, rivalizan con las
de la tragedia inglesa; y, de todas maneras, la comedia de Lope es
incomparablemente superior al arreglo dramático de la misma novela,
hecho después por Francisco de Rojas.
Infinitamente más bella que las dos últimas comedias es _La quinta de
Florencia_, cuyo argumento se funda también en una novela de Bandelo
(consultad además _Les histoires tragiques_ de Belleforest, tomo I,
hist. 12, y á Goulart, _Histoires admirables_, tomo I, pág. 212), y la
ventaja resultará, indudablemente, en favor de Lope, y en contra de
Beaumont y de Fletcher, quienes, en su _Maid of the mill_, han tratado
dramáticamente de este mismo asunto. Si el drama inglés se divide con
poco criterio en dos acciones, la de Antonio, Ismenia y Aminta, y la de
Otrant y Florinel, el español le excede por su artística composición,
puesto que todas sus escenas están estrechamente enlazadas entre sí, y
la atención del espectador no se distrae un solo instante; hasta la
pintura de caracteres y de afectos, y las situaciones dramáticas,
merecen también nuestra plena aprobación. _El halcón de Federigo_ se
funda en la novela del halcón del Decamerón (Giorn. 5, Nov. 9), y _El
remedio en la desdicha_ en la celebrada leyenda de Abindarráez y Jarifa
de la _Diana_ de Montemayor. _El guante de Doña Blanca_ refiere el mismo
suceso que el _Handschuh_, de Schiller, sin otra diferencia que el lugar
de la escena es la corte de Portugal. En _La prueba de los ingenios_
admiramos la misma fábula oriental, que ha sido adoptada en las novelas
del Occidente, cuyo origen parece ser el _Heft peiger_, de Nisami, tan
famoso por el Turandot de Gozzi. _El mármol de Felisardo_ muestra en su
acción notable semejanza con el cuento de invierno de Shakespeare; y
como este drama, según parece, proviene de la _Pleasant History of
Dorastes and Fawina_, de Roberto Green, es de presumir que todas estas
obras tengan por base una antigua novela, desconocida para nosotros y
aprovechada también por Lope.
Debemos mencionar inmediatamente una serie de producciones literarias,
cuya índole puede caracterizarse con el nombre de _novelas dramáticas_.
Aludimos á aquéllas, cuyas escenas se ajustan entre sí levemente y sin
sujetarse á verdadero plan dramático, y que además, por sus sucesos
novelescos é imprevistos, tienden á impresionarnos insólita y
sobrenaturalmente. Cuéntanse, entre ellas, algunas de las citadas; pero
hay otras muchas que no deben clasificarse con las anteriores, ya porque
son de exclusiva invención del poeta, ya porque nos son desconocidas, á
pesar de nuestra diligencia, las tradiciones ó novelas en que se apoyan.
Cualquiera que sólo hubiese leído estos dramas de Lope, no dudaría en
formar de su talento para la composición dramática la idea más
favorable, puesto que plan y caracteres se sacrifican con demasiada
frecuencia al afán de ofrecer nuevas y sorprendentes situaciones, y á la
propensión á lo sobrenatural y monstruoso. La alternativa de aventuras
maravillosas, que no pocas veces sólo dependen de tenue hilo, pero que
llevan la atención del espectador de una á otra situación interesante,
parece haber sido el blanco principal que se proponía alcanzar el poeta.
Cuando para lograrlo no encuentra mudanzas extraordinarias de fortuna,
sucesos singulares que tocan en los límites de lo increíble, por ser
raros entre los históricos conocidos y por su incompatibilidad con el
tiempo y con el lugar real y verdadero en que hubieron de ocurrir, crea
países imaginarios, funda reinos y eleva al trono dinastías que jamás
existieron. La India y la Persia, la Hungría y Polonia, la Transilvania
y Macedonia, se convierten en teatro de insidiosos asesinatos,
encantamentos y revoluciones soñadas. La geogragía y la historia de
estas obras parece la misma que la de los libros de caballería, y si por
casualidad se aprovecha algún acontecimiento histórico, ó que lo
parezca, va acompañado de los pormenores más novelescos é inconciliables
con la verdad histórica. Lope, según la expresión de Sancho Panza, tiene
siempre á mano el reino de Dinamarca ó de Sobradisa, que le vienen tan
de molde como anillo al dedo, y destroza con portentosa presteza á los
emperadores de Trebisonda ó á los tiranos de la Albania. Obliga á sus
personajes á correr de Levante á Poniente, del Septentrión al Mediodía,
ya dando batallas, ya danzando en amoríos; el lugar de la escena es ya
Alejandría, ya Babilonia, ya Irlanda ó Siebenburga. La acción es
frecuentemente un conjunto de sucesos contradictorios de la más extraña
especie.
La más rara confusión de elementos heterogéneos; la unión más absurda y
caprichosa de catástrofes trágicas y de cómica licencia, de paganismo y
cristianismo; el concurso más singular de personajes; el enlace más
monstruoso de lo completamente sandio y sin sentido con lo más ingenioso
y divertido, se encuentra en _El nuevo Pitágoras_. Si un poeta
fantástico de nuestros días se propusiese, en un arrebato de excéntrica
originalidad, escribir una obra llena de disparates, podría difícilmente
asemejarse á la de Lope, y, sin embargo, este aborto de la imaginación
más desarreglada, nos ofrece muchos rasgos admirables en el oleaje de
sus absurdas visiones. La rareza[8] de esta comedia nos autoriza para
darla á conocer más exactamente.
_Jornada primera._ Cárcel de esclavos en Marruecos. Razonte, joven
castellano de familia distinguida, es cautivado por piratas moros en las
costas de España, cuando se disponía á encaminarse á Madrid para casarse
con la bella Angélica. Yace durmiendo en su prisión subterránea, y es
visitado por el Dios Amor, que lo exhorta á huir de su cárcel, porque,
de no hacerlo, perderá á su prometida. El plan que le sugiere para la
realización de este designio, es el siguiente: la sultana Zelora ha
tramado con el joven Mahamud una conspiración para atentar á la vida del
Sultán la noche inmediata; se encontrará un puñal en poder de Zelora y
una carta á Mahamud, que probarán su traición. El Amor aconseja, pues, á
Razonte que los delate, para que, agradecido el Sultán, le conceda la
libertad, decidiéndose Razonte á seguir su consejo. La escena que sigue
nos ofrece á Zelora y Mahamud hablando de sus amores: tan grande es la
violencia de su pasión, que discurren sin precaución alguna acerca de su
criminal proyecto; es fácil, por tanto, á Razonte conocer hasta los
detalles más insignificantes de la conjuración, y se apresura á
descubrirla al Sultán; éste hace ahogar á Mahamud y á los demás
conjurados, pero perdona á Zelora, á quien siempre ama, y le asegura que
la amará también en lo sucesivo; pero ella lo trata con desprecio,
rechaza su perdón, y se mata en su presencia. El Sultán dispensa grandes
beneficios á Razonte por haberle salvado la vida, embarcándose después
hacia España. Múdase entonces la escena á las costas de Andalucía.
Razonte y su criado Carlino, que es el gracioso, alcanzan nadando la
Sierra, por haberse ido á pique, en una tempestad, el buque que los
traía; los pescadores de la costa los acogen hospitalariamente, y son
llevados á la casa de un rico molinero, llamado Butrago, en la cual
permanecen muchos días. Razonte sufre mil importunidades de Aldonza,
sobrina de su huésped, pero guarda fidelidad á su Angélica. Carlino
busca á un judío para empeñar unos diamantes que su señor ha salvado del
naufragio, y de paso intenta convertir al descreído. Los dos náufragos
prosiguen su viaje á Madrid; Aldonza se queda desconsolada,
aconsejándole Butrago que nunca ofrezca su corazón á gentes principales.
En la escena siguiente vemos un jardín en Madrid, y en él una fuente con
su saltador, adornada con la estatua del Amor. Razonte, fatigado del
viaje, duerme á los pies de la estatua, excitándole en sueños el Dios á
que se encamine á un lugar solitario á orillas del Manzanares, y oiga
los consejos de un piadoso ermitaño que lo habita. Despierta entonces el
viajero, y emprende su peregrinación; á poco encuentra á Mysón, criada
de Angélica, y le pregunta por su amada, informándose también de cuanto
ha ocurrido en su ausencia en casa de Doña Beatriz, madre de Angélica.
«Tranquilizaos--le dice Mysón,--Angélica es fiel á vuestro amor; pero
sabed una nueva extraña: Doña Beatriz se ha casado con el Doctor
Cornágoras.»
«¿Es posible?--le replica Razonte.--Los celos, de seguro, no molestarán
á este matrimonio. Pero dime ¿de qué encanto se ha valido el Doctor para
celebrar esta boda?»
«Su cabeza--añade Mysón--se ha extraviado con la absurda creencia de la
transmigración de las almas. Afirma que fué antes Priamo, César,
Tamerlán, Alejandro y no sé cuántos más; con estas ideas ha trastornado
el seso á Doña Beatriz, habiéndole dicho que en su cuerpo habita el alma
de Elena, dándole ella crédito sólo por ser él quien lo dice. Se ha
casado, pues, con él, aunque no se oponga á vuestros deseos,
proponiéndose que su hija dé su mano á Héctor de Sandrago, por ser para
ella el Héctor troyano.»
Razonte se aflige sobremanera al oir esta noticia, y resuelve buscar al
ermitaño para pedirle consejo.
_Jornada segunda._ Escena superflua, en que Carlino se chancea con el
criado de Cornágoras; el loco doctor viene también, riñe á su servidor,
que es un perfecto imbécil, y sólo sirve para excitar la risa con su
endiablada jerigonza. «¡Sí--exclama,--ya sé quién eres, traidor! Eres el
infame Anaximandro que negaba la existencia de los Dioses, y todo lo
explicaba por la casualidad; te he visto muchas veces, y sostuve
contigo, en Mileto, una larga disputa sobre este punto.»
Múdase el lugar de la acción; vese la residencia del ermitaño Helvidio,
á quien Razonte cuenta sus penas. Helvidio hace jurar al desdichado
amante que, en caso de conseguir algún día la mano de Angélica,
edificará en el paraje en donde se levanta la ermita una hermosa iglesia
con un hospital para los pobres caminantes. Arrodíllanse ambos á orar;
aparécese un ángel que exhorta á Razonte á buscar á una vieja
encantadora morisca, para ser testigo de su maravillosa conversión, y
para averiguar, con su ayuda, el medio de lograr la realización de sus
deseos. Ábrese el fondo del teatro, y se presenta la cueva, en donde
Rustana ejerce su infernal arte: describe en el suelo círculos mágicos,
y recita fórmulas de encantamentos para que sucumban los héroes marinos
españoles, tan peligrosos para los corsarios africanos, volviéndose de
vez en cuando á un mono grande, que le revela los misterios de lo
porvenir. Preséntase el ángel y manda al mono que indique á Razonte los
medios de hacer á Angélica suya; obedécelo el mono, presa de horribles
convulsiones, y dice: «Sólo vencerás, si te vuelves loco como
Cornágoras,» cayendo muerto después de pronunciar estas palabras. El
celestial mensajero se vuelve luego hacia la hechicera, y la exhorta á
renunciar á sus artes diabólicas; ella siente de pronto que todo su sér
se altera, y promete expiar sus anteriores pecados haciendo rigurosa
penitencia. Razonte sale en busca de Angélica; abrázala tiernamente tras
tan larga ausencia; declárale las palabras del oráculo, y acuerdan ambos
que Razonte finja creer en la metempsícosis y pasar por un héroe de la
antigüedad. Entran en la habitación de los padres de Angélica.
BEATRIZ.--¿Qué veo? ¿Razonte? ¿No os he dicho millares de veces, que
renunciéis para siempre á mi hija? Sólo Héctor será su marido.
RAZONTE.--Más humana ¡oh cruel Elena! fuiste antes conmigo; antes no
preferías á Héctor.
BEATRIZ.--¡Cielos! ¿qué oigo?
CARLINO.--¡No dudes ya; éste es Paris, en cuerpo y alma!
BEATRIZ.--Paris, amante mío, ¿eres tú verdaderamente? ¡Sí! ¡Ya te
reconozco! ¿Por qué me has tenido engañada tanto tiempo?
RAZONTE.--Para espiarte tranquilo. He visto tu infidelidad al casarte
con este gran filósofo; pero ya que te he perdido, he determinado
consolarme en mi desdicha y ser tu yerno, porque la bella Angélica es tu
vivo retrato, y te amaré á ti amando á ella.
BEATRIZ.--Que Angélica sea tuya ¡cuenta con mi promesa! Pero dime: ¿en
dónde has estado después de todas nuestras desdichas?
RAZONTE.--Por ti he derramado lágrimas bajo formas infinitas; he sido
tigre, zorro, oso, ave de rapiña, alguacil, y por último, me alojé en el
cuerpo de Razonte.
BEATRIZ.--Y yo, después de haber sido Elena, anduve largo tiempo errante
y sin domicilio fijo; fuí luego ratona y me casé con un ratón, pero la
muerte acabó con nuestras alegrías: un gato nos atrapó al salir de
nuestro agujero, cuando gustábamos de todas las dulzuras del matrimonio,
y el infame nos devoró.
CARLINO.--Yo fuí ese gato: lo recuerdo con deleite, porque vuestro sabor
era exquisito. Cuando érais ratona no estábais tan flaca como ahora.
Sólo habéis conservado el color pardo de vuestro cutis.
CORNÁGORAS.--Y yo fuí antes Pitágoras, Sócrates, Alejandro, Catón,
Escipión... (_A Carlino._) Pero, ¡santo Dios! ¿veo yo bien? Sí; ¡ya te
conozco! ¡Tú eres Aquiles!!
BEATRIZ.--¿Es posible? ¡Aquiles! ¡Cuántos hombres grandes contemplo en
este día!
CARLINO.--¿Cómo? ¡El diablo me lleve! ¿Yo Aquiles? Pero ¿quién era
Aquiles? ¿No fué un Emperador romano?
_Jornada tercera._ Beatriz desea que se celebre el enlace de Angélica y
Razonte, pero para lograrlo ha de rescindir antes el contrato de
casamiento, que se halla en poder de Don Héctor, negándose á hacerlo.
Razonte se desespera y vaga, lamentándose, por lugares solitarios.
Ocurre luego una escena de devoción católica, que forma el más extraño
contraste con las divertidas que le preceden y subsiguen. El ángel se
presenta al desolado amante y le dice que recuerde sus votos, escritos
en el cielo, á cuyo cumplimiento le exhorta, ya que Helvidio ha muerto.
Añade que Rustana, la encantadora, ha fenecido, como el ermitaño, en la
expiación y el arrepentimiento; que sus almas yacen en la mansión de
los bienaventurados, y que, por mandato de Dios, le presenta sus
cadáveres para que su vista le infunda el amor á la virtud y el
desprecio de los goces mundanos. Se ve á Helvidio y Rustana muertos,
descansando en un lecho cubierto de flores: un coro de ángeles se cierne
sobre sus cabezas y canta un himno, mientras Razonte se arrodilla, y al
final de cada estrofa repite el _Gloria in excelsis_. Confirma con
nuevos juramentos su anterior voto, y el ángel le anuncia que, al lado
de su Angélica, vivirá feliz muchos años como fundador del hospital
futuro. Después de estos rasgos de ascetismo recomienzan las escenas
burlescas en la casa del Doctor. El divertido personaje Carlino, llamado
Aquiles por todos, se imagina que es el héroe griego, y al desempeñar
este papel no sale seguramente mal librado, porque lleva vestidos
lujosos, propios de su alto rango, y se regala de lo lindo. Pero esta
dicha es poco duradera, porque Don Héctor lo cita á singular combate;
depone entonces su espada y sus regias insignias, y le dice que el
Demonio se lo lleve si ha sido alguna vez un héroe; que creyó vivir
sosegado y tranquilo llamándose Aquiles; pero que sabiendo ya que ha de
pelear, renuncia á su dignidad y prefiere la vida. Este cambio de
carácter en Aquiles admira á todos, pero no por esto se decide á pelear
con su émulo, habiéndolo ya vencido en Troya.
BEATRIZ.--¡A él, valeroso Aquiles!
CARLINO.--¡Calla, lengua ponzoñosa!
RAZONTE.--¡Desenvaina tu espada!
CARLINO.--¡Sudo de miedo por todos mis poros! (_Desenvaina la espada y
se acerca á Héctor haciéndole cortesías._)
HÉCTOR.--¡Dios mío! ¡Mi ánimo desfallece!
CARLINO.--Tiene voz de trueno. ¿Quisiérais, bondadoso señor Razonte,
tirarle al suelo ó sujetarle las manos?
RAZONTE.--¡Cobarde!
BEATRIZ.--¿Es posible, Aquiles?
CARLINO.--No veo otro recurso que darle el golpe de gracia; si no, me
mata. ¡Toma! (_Tira dos botas á Héctor._)
HÉCTOR.--¡Yo muero!
CARLINO.--¿Me ha alcanzado? ¡Cielos, qué temblor el mío!
HÉCTOR.--Me doy por vencido. ¡Perdón!
CARLINO.--Según parece, también tiene miedo.
MYSÓN. (_La criada abrazando á Héctor._)--Si no nos entregas ahora mismo
todos tus papeles y tu persona, sentirás todo el peso de la cólera de
Aquiles.
CARLINO.--¡Sujétalo bien, Mysón!... ¡Ah, bellaco; ahora verás quién
soy! ¡Muerte y asesinato!
HÉCTOR.--¡Misericordia, héroe invencible! ¡Si me lo mandas, abrazaré tus
rodillas!
CARLINO.--¡No me toques; no pienso en eso ni lo deseo!
HÉCTOR.--Ahí tenéis cuanto pedís.
RAZONTE.--Angélica. ¡Oh dichoso instante!
CARLINO. (_Dando sablazos de plano á Héctor._)--Yo te perdono;
enmiéndate en lo sucesivo, pero recibe esta amonestación cariñosa.
Don Héctor desaparece; los amantes, poseedores ya del documento en que
Héctor fundaba sus pretensiones, se abrazan mutuamente, y Carlino
declara su voluntad de casarse con Mysón. Todos se admiran de que un
vástago de sangre real elija por esposa á una criada; pero Mysón asegura
que es Deidamia, y que hace ya cuatro mil años que busca en vano á su
querido Aquiles, hasta que lo encuentra en este instante; de suerte que
las dos parejas reales se apresuran á contraer matrimonio. A la
conclusión se entona un canto por el coro en alabanza de la doctrina de
la metempsícosis.
En _La octava maravilla_ se nos presenta un Rey de Bengala, dedicado al
estudio de Hipócrates y Galeno, que excitado por las pomposas
descripciones, que le hace un arquitecto español de la geografía de
España y de la genealogía de sus familias más distinguidas, se resuelve
á visitar á la Península, y después de naufragar en las islas Canarias
llega á Sevilla, en donde finge ser un criado y se enamora de una beldad
sevillana, convirtiéndose al cristianismo y regresando después á su
reino para propagar en él su religión. La escena es, ya en Bengala, ya
en las islas Canarias, ya en España. En _El prodigio de Etiopía_ se
apodera un moro, por astucia, de la hija del Rey de Egipto, haciéndose
pasar por su amante; huye con ella, se convierte en salteador, comete
los mayores crímenes y muere al fin ermitaño y mártir. _La doncella
Teodora_ refiere las singulares aventuras que suceden en Orán,
Constantinopla y Persia á una joven española de admirable ingenio y
belleza; figuran también en este drama un profesor de Valencia, un
catedrático de Toledo, el Rey de Orán; Selin, gran señor de Turquía, y
el Sultán de Babilonia. En _El hombre por su palabra_ sube al trono de
Macedonia el hijo de un jardinero, después de ejecutar grandes hazañas y
con el favor de una Princesa. En _La ventura no buscalla_ se refugia
otra Princesa fugitiva en la casa de un noble de los montes Cárpatos;
entra á su servicio, se casa con él, y le trae al fin en dote la corona
de Hungría. En _El animal de Hungría_, un Rey de este país condena á
muerte á su inocente esposa y se casa con la cuñada; pero la que se
creía muerta vive, se cubre con pieles de fiera y pasa por tal, rondando
las selvas próximas al castillo y robando los hijos que el Rey engendra
en su hermana. Parecidos son _El hijo de los leones_, _Los pleitos de
Inglaterra_, etc.
CAPÍTULO XVI.
_La fuerza lastimosa._--_Don Lope de Cardona._--_La hermosa
Alfreda._--_Laura perseguida._--Otras comedias.--_El caballero de
Olmedo._--Lo cómico de Lope de Vega.--_Amar sin saber á quién._
Afortunadamente no es grande el número de estas obras informes, que sólo
deben considerarse como abortos de una imaginación desarreglada, y que
nos ofrece al poeta en sus más singulares extravíos. Otras muchas, que
entretejen también sucesos, sin enlace estrecho y á modo de novela, y
que, por su índole romántica, pertenecen á la misma categoría, muestran
más arte en la traza y ejecución de su plan dramático. _La fuerza
lastimosa_, drama, cuya idea fundamental proviene del conocido romance
del conde Alarcos, y que debió ser de las más famosas de Lope por las
frecuentes alusiones que á él hacen los escritores españoles, no
merece, en verdad, grandes alabanzas en cuanto á su composición, porque
se abusa de las ficciones, y la verosimilitud no siempre se observa;
pero, á pesar de estos defectos, ¿quién no admirará el fuego y el vigor
de la fantasía, y el interés grande que excita en el lector esta extraña
obra dramática? Dionisia, hija del rey de Irlanda, pone sus ojos en el
bello conde Enrique, y encontrándolo en un paraje retirado de los
salones, en una partida de caza, lo cita para la noche siguiente. El
duque Octavio asiste á la entrevista anterior á la cita sin ser notado
de los amantes, advirtiéndose que ama también á la Princesa, aunque sin
esperanza de ser correspondido, por cuyo motivo toma la insidiosa
resolución de fingirse el Conde. Preséntase, pues, al Rey con este
propósito, y sin decir la causa; pero haciendo al Monarca fervorosas y
vehementes súplicas, y prometiendo descubrirle el secreto al día
siguiente, le pide que aprisione al Conde. Concédesele su pretensión, y
el Duque, sin ser conocido, asiste á la entrevista fijada para otro. A
la mañana siguiente pretexta Octavio que la prisión del Conde era
necesaria para libertarlo del peligro que corría de ser asesinado. Sale
de su prisión el Conde, y es nombrado Almirante para demostrar su
inocencia; pero el Duque, atormentado por los remordimientos, y
temeroso de que se descubra la verdad, se refugia en sus dominios.
Firmemente convencida Dionisia de haber estrechado en sus brazos á su
amante la noche de la entrevista, se maravilla sobremanera de que aquél
se haga el desentendido, y cree que se propone negarlo; su pasión se
acrecienta más y más, reconviene amargamente al Conde por su conducta, y
lo obliga, no comprendiendo lo que sucede, á abandonar la corte para
siempre y ausentarse á un país lejano. En el acto segundo acomete á la
Infanta una melancolía profunda, que casi raya en locura, y cuya causa
nadie puede adivinar; nada responde á lo que se le pregunta, y, por
último, escribe lo siguiente, importunada por los repetidos ruegos del
Rey:
Yo me casé
Con Enrique de secreto,
Y en secreto me gozó;
Fuese á España, y me dejó,
Padre, sin honra en efeto.
Enrique llega á España mientras tanto, y se casa con Isabel, hija del
conde de Barcelona. Han transcurrido muchos años desde que abandonó la
Irlanda; el deseo de ver de nuevo á su patria no lo deja sosegar, y al
fin se encamina á ella con su esposa é hijos. Apenas sabe el Rey su
llegada, lo invita á verlo, y le dice:
REY.
Enrique, este papel es una carta
Que del Rey albanés recibo agora:
Contiene, en suma, una desdicha grande,
Y como amigo, pídeme consejo.
Yo, que no fío de mi ingenio cosas
Tan arduas, y del tuyo estoy contento,
Quiero que me aconsejes lo que pueda
Escribirle en desdicha semejante.
* * * * *
Tiene el Rey albanés, Enrique amigo,
Sólo una hija, como yo á Dionisia;
Pídensela mil Príncipes y Reyes,
Y ella pone los ojos en un hombre,
Noble por cierto, mas vasallo suyo.
Éste la goza, y con temor del padre,
Huye á otro reino, donde al fin se casa,
Y casado después á Albania vuelve.
ENRIQUE.
Extraño es el suceso, y que pedía
Más ingenio y mas tiempo; mas si es fuerza
Obedecerte, digo que aunque mate
El Rey á ese hombre, no remedia nada,
Pues se queda la Infanta sin remedio,
Y casarle con ella está más puesto
En razón y justicia.
REY.
¿De qué modo,
Siendo casado el hombre?
ENRIQUE.
Dando muerte
Él propio á su mujer, en justa pena
De su delito.
Después de argumentar ambos sobre la justicia y la necesidad de la
sentencia de Enrique, el Rey da á éste la carta de la Infanta, copiada
más arriba, y le dice:
Tú me diste el consejo; parte luego,
Y á la Condesa quitarás la vida,
Para que aquesta noche seas esposo
De la Infanta mi hija.
El Conde protesta vanamente no haber tenido jamás con la Infanta
relaciones de tal especie; el Rey no hace caso de ellas, y repite sus
órdenes. Enrique cae en tierra como herido por el rayo: por una parte,
el deber más sagrado de un vasallo es la obediencia á su señor; por
otra, el asesinato de una esposa amada es un hecho superior á las
fuerzas humanas. La horrible lucha, que surge en su corazón, se
manifiesta exteriormente por un silencio sombrío, hasta que Isabel
descubre el secreto, y lo invita á matarla, puesto que ella morirá
contenta con tal que su esposo cumpla sus más imprescindibles deberes
para con el Rey. El desventurado Enrique se decide al cabo á ejecutar
acción tan repugnante. Isabel se despide tiernamente de sus hijos y de
su esposo, á quien asegura, repetidas veces, que recibe gustosa la
muerte de su mano; el Conde, no sintiéndose con fuerzas bastantes para
matarla, encarga á un criado que lleve á la mar en una barca á Isabel, y
que la abandone á merced de las olas. El acto tercero nos ofrece al
mísero Conde atormentado por los remordimientos y presa del delirio. El
horrendo crimen, cometido por orden del Rey, no produce el resultado
apetecido, porque la Infanta se niega á dar su mano al asesino, manchada
con la sangre de su esposa. El conde de Barcelona se acerca con una
armada para vengar la muerte de su hija; un hijo de la muerta es el
Almirante, y el Rey tiembla ya en su capital. Isabel, sin embargo, no ha
perecido en la mar, puesto que, asida á un tronco de árbol, es
arrastrada á la costa, recibiendo la más benévola hospitalidad en los
dominios del duque Octavio. Confía al Duque el secreto de sus desdichas,
y él, que se considera como el principal causante de ellas,
correspóndele participándole que, en aquella noche misteriosa, usurpó
traidoramente el lugar del Conde para poseer á la Infanta. Isabel se
disfraza entonces de hombre, y se encamina á juntarse con la armada de
su padre, en donde no es conocida, aunque se le recibe benignamente por
su semejanza con la que se cree muerta. El rey de Irlanda, viéndose en
grave apuro, entrega á sus enemigos al conde Enrique como autor de todo
lo ocurrido, pero Isabel descubre la verdad dándose á conocer; su padre,
su hijo y su esposo se creen en el colmo de la dicha al recobrar á la
que suponían perdida para siempre, y Dionisia borra la mancha, que
deslustraba á su honor, casándose con Octavio.
Semejante á ésta por el interés que inspira y por la imperfección de las
diversas partes del conjunto, es _Don Lope de Cardona_. El príncipe Don
Pedro de Aragón ha dado muerte en un torneo al hijo del rey de Sicilia;
y en su consecuencia se ha declarado la guerra entre los dos países.
Lope de Cardona, capitán de las tropas aragonesas, vuelve vencedor y
aguarda ser recibido, al desembarcar en Valencia, con las más vivas
demostraciones de alegría; en vez de esto, encuentra cerradas las
puertas: un carro cubierto con negros paños se le acerca, apeándose de
él una dama, vestida también de negro. Esta dama es Casandra, su esposa,
que le cuenta que el príncipe Don Pedro la ha requerido de amores, y que
el padre de Lope, llamado Don Bernardo, ha salido á la defensa de su
honor, sacando su espada contra el Príncipe en el calor de la
contienda. El anciano Bernardo, á causa de su precipitación en obrar,
ha sido acusado de crimen de alta traición y encerrado en la cárcel, y
el Príncipe, lleno de ira, se ha dado trazas de predisponer contra toda
la familia de Cardona al bondadoso y justo Rey. Casandra aconseja la
huída á su esposo, pero él, confiado en su inocencia, se presenta al
Rey, refiere los grandes servicios que ha prestado al trono, y hace
valer las razones que disculpan el hecho de su padre, pidiendo que sea
puesto en libertad y que él entre en su lugar en la cárcel. El Rey se
opone á ello, cediendo á la influencia del Príncipe, y destierra
mientras viva al capitán que le ha ganado una de las más brillantes
victorias. Lope, pues, se embarca para Nápoles en compañía de su esposa,
á la cual intenta retener en vano el príncipe Don Pedro; naufraga en las
costas de Sicilia y arriba á la playa, cayendo en manos de Roger, á
quien ha vencido en la guerra. Regocíjase éste al apoderarse de tan
famoso guerrero, y se esfuerza en atraerle á su servicio, ya haciéndole
las más lisonjeras promesas, ya amenazándolo; pero nada es bastante para
quebrantar la fidelidad de Lope á su soberano, por grande que sea la
injusticia con que lo trata. Roger aprisiona entonces á Casandra, y la
conmina con la muerte si su esposo no accede á sus deseos; Lope sucumbe
á esta prueba dolorosa, se pone al frente de la armada, y llega con
numerosos buques á Valencia. Para economizar la sangre de sus
conciudadanos y antiguos compañeros, exhorta á los aragoneses á decidir
la contienda por medio de un combate singular. Es aceptada su
proposición, y Pedro, para saciar su odio contra los Cardonas, nombra á
Bernardo, todavía preso, para pelear contra su hijo. Los combatientes se
presentan con la visera calada y sin conocerse; cáese el yelmo de uno, y
ambos se reconocen en el momento en que se disponían á pelear hasta la
muerte; obstínanse los dos en morir uno por otro; por último, Lope
persuade á su padre á que huya, y que pretexte que su enemigo es el
príncipe Don Pedro, contra el cual no ha querido levantar su leal mano.
La princesa de Sicilia, enamorada de Don Pedro, se ha esforzado mientras
tanto en atraerlo á una entrevista, para la cual debe serle útil
Casandra, invitándolo á venir á su casa. Él responde afirmativamente á
la invitación, pero es sorprendido por Roger en la tienda de Casandra, y
hecho prisionero. Lope se enfurece sobremanera á causa de la aparente
infidelidad de su esposa, y ésta huye para evitar su cólera, haciendo
correr el rumor de que el rey Roger la ha condenado á muerte, por creer
que mantenía inteligencias con el enemigo. Alegres los sicilianos de
tener prisionero al Príncipe, levantan el sitio y se hacen á la vela;
pero los aragoneses los persiguen y sitian á su vez á Mesina, pidiendo
que se les entregue el príncipe Don Pedro. Cuando se disponen á dar el
asalto á la ciudad, se presenta Don Pedro en las almenas de la muralla,
y los sitiados amenazan matarle, si los sitiadores prosiguen sus
ataques; la princesa de Sicilia se empeña, por su parte, en impedirlo;
para salvar la vida á su amante y establecer la paz entre los
combatientes, se entrega también á los aragoneses, para que su cabeza
caiga al mismo tiempo que la del Príncipe. Su heróica resolución pone
término á tan prolongada lucha; aviénense los dos Reyes, y el casamiento
de sus hijos sella por entonces la paz. Lope de Cardona, que, al saber
la muerte de su esposa, se retira de la armada desesperado, deseando
morir también, ha sido antes llevado á la presencia del soberano de
Aragón, el cual, conociendo su injusticia, le devuelve todos sus cargos
y honores; finalmente, Casandra es descubierta en el ejército disfrazada
de guerrero, y averiguada su inocencia, concluyendo la comedia con la
reconciliación de todos sus personajes.
_La hermosa Alfreda_ es otro drama, que participa de las bellezas y
defectos de los mencionados. El rey Federico, enamorado de la princesa
Alfreda de Cleves por haber visto un retrato suyo, encarga al conde
Godofredo que se encamine á Cleves, y que pida á la Princesa para esposa
suya, en caso de encontrarla tan bella como aparece en su retrato. El
Conde queda tan encantado de las gracias de Alfreda, que,
desentendiéndose de la comisión de su soberano, la pide para sí.
Alfreda, aunque poco aficionada al Conde, accede, sin embargo, á los
deseos de su padre, y Godofredo dice al Rey, á su regreso, que el
original es muy inferior á la imagen, por cuyo motivo induce á su esposa
con fingidos pretextos á que se disfrace con trajes ordinarios y habite
en una obscura aldea. El Rey la conoce aquí, habiéndose extraviado en
una partida de caza, y se enamora de ella violentamente siendo
correspondido. Cuando averigua el engaño del Conde, declara nulo su
casamiento, y se lleva á Alfreda á su palacio para contraer con ella
matrimonio. Godofredo, tanto á causa de su aflicción por el rapto de
Alfreda, cuanto por los remordimientos de su conciencia, hijos de su mal
paso, cae en un estado próximo á la locura, y se presenta sollozando
ante el Rey en compañía de los dos hijos que ha tenido de su esposa.
Alfreda, aunque engañada también por él, intercede conmovida en su
favor y hasta quiere abrazarlo; pero, al intentarlo, observa que la
misma fuerza é intensidad de sus sentimientos le ha arrancado la vida.
El drama _Laura perseguida_ se distingue por la vigorosa pintura de
afectos. Oranteo, hijo del rey de Hungría, ama á Laura, joven dama de
singular belleza, pero cuya condición no es igual á la suya, y tiene de
ella dos hijos. El Rey se opone á que se case el Príncipe con Laura,
proyectando enlazarlo con otra Princesa. Para lograr su propósito,
intenta enemistar á los dos amantes, y se enamora de Laura, á quien no
conoce por su verdadero nombre. Una criada de Laura, que se parece mucho
á su señora, y un cierto Octavio, secretario del Príncipe, se conciertan
para poner en obra los planes del Rey; la criada se viste con el traje
de Laura, y celebra de esta suerte con Octavio una tierna entrevista,
que presencia el príncipe Oranteo. Este se enfurece y renuncia á su
Laura; sin embargo, no le es posible desterrar por completo de su pecho
el amor que le inspira, y, fingiendo ser Octavio, se desliza bajo de sus
ventanas, para convencerse de su infidelidad, puesto que duda de ésta, á
pesar de las apariencias que la confirman. Laura, que ignora la traición
que se trama, le habla amistosamente, creyendo que es el secretario del
Príncipe, y sus palabras afables, por desgracia, son á los ojos de
Oranteo una prueba decisiva de su inconstancia. Laura, pues, es
arrastrada á la cárcel, y sus hijos, sin saber su origen, se envían á un
lugar escondido entre montañas, para ser criados con una familia de
labradores. Un año largo languidece la desventurada en su prisión, al
cabo del cual recobra su libertad y emprende una peregrinación á
Santiago. A su regreso llega á la aldea, en donde viven sus hijos, y los
abraza derramando copiosas lágrimas. El Príncipe, mientras tanto, aunque
convencido de su infidelidad, la ama, sin embargo, y rehusa
obstinadamente casarse con la Princesa. El desenlace, en que se averigua
la inocencia de Laura, y el Rey, que bajo de otro nombre le ha mostrado
su benevolencia, la reconoce como á esposa de su hijo, es fácil de
presumir.
Poco menos interesante, aunque notable por los caracteres de los
personajes, es _Los enredos de Celauro_, llenos de vida y de ingenio, y
de situaciones dramáticas de gran efecto _La boda entre dos maridos_,
_La ocasión perdida_, _Los torneos de Aragón_, _El testimonio vengado_,
_El gallardo catalán_, _Carlos el perseguido_, _Los peligros de la
ausencia_, _La batalla del honor_ y otros muchos. Ningún otro poeta del
mundo nos ofrece en sus novelas, leyendas ó dramas, tantas invenciones
interesantes é ingeniosas, tantas situaciones conmovedoras y dramáticas,
tantos motivos que exciten y encadenen nuestra atención como Lope; pero
en la manera de utilizar estos materiales, en la relación de las partes
con el todo, pertenecen estas novelas dramáticas á sus obras más
imperfectas.
Entre estas últimas y otras obras suyas, que se asemejan más á la
comedia propiamente dicha, hay varias de un género intermedio que, á
causa de su plan más regular, no deben clasificarse con aquéllas, ni
tampoco confundirse con éstas, diferenciándose por su más serio
argumento. Muchas nos ofrecen cierta analogía con los cuadros
sentimentales de familia, tan de moda en los modernos teatros, aunque
los de Lope se distinguen de ellos por su poesía más elevada.
Mencionaremos, entre ellos, á _Las flores de Don Juan_, cuyo
protagonista, en lo relativo al carácter, nos encanta por su fuego y su
ternura; _La moza de cántaro_, _Querer su propia desdicha_, y sobre
todos, _La esclava de su galán_, bellísimo drama en que descuella una
mujer de singular grandeza de alma y pronta á sacrificarse por su
amante. El joven Don Juan renuncia, por amor á Elena, á la posesión de
una rica prebenda, que debe á su padre, por cuyo motivo es abandonado
por aquél. Agradecida Elena al sacrificio que hace por ella su amante,
toma la extraña resolución de venderse por esclava del padre de Don
Juan[9] para aplacar su cólera y reconciliarlo con su hijo. Esta ficción
excita en alto grado nuestro interés, y la serie de escenas en que la
heroina se nos presenta, ya arrebatada de su pasión amorosa, ya airada y
celosa, lo aumenta aún más á la conclusión, en que se descubre y quiere
renunciar á su amante, á quien cree infiel, moviendo entonces al padre,
admirado de su generosidad, á dar su aprobación á su enlace con su hijo.
_El caballero de Olmedo_ nos ofrece un notable ejemplo, así de la
capacidad extraordinaria de Lope, como de la incomprensible ligereza que
tanto le perjudica. Los dos primeros actos son excelentes y de una _vis
cómica_ inimitable; con los rasgos más ingeniosos se describen las
artificiosas intrigas de una vieja alcahueta y supuesta bruja, de la
especie de la Celestina. Don Alonso, caballero de Olmedo, ama á Doña
Inés y es amado de ella; pero el padre de ésta quiere casarla con un
cierto Don Rodrigo. Inés, para evitar en lo futuro el enlace que la
amenaza, pretexta hallarse decidida á entrar en un convento; la
redomada vieja Fabia penetra en la casa, en traje eclesiástico, para
preparar la novicia á la vida conventual, y un criado de Don Alfonso
finge ser maestro de latín; las escenas en que entona cánticos
religiosos mientras Inés lee las cartas de su amante, demuestran que en
aquella época no se miraban como profanaciones estas burlas. La intriga
camina, pues, natural y favorablemente, cuando el drama se convierte en
trágico de improviso, en oposición con su anterior índole. Don Rodrigo,
el pretendiente despreciado por Inés, intenta vengarse de su rival; en
una corrida de toros sálvale Don Alfonso la vida; pero este sentimiento
de gratitud, que le debe en remuneración de su servicio, acrece aún más
su ira; espíalo, pues, y saliendo de su emboscada, lo tiende muerto á
sus pies. Inés pide al Rey justicia contra el matador, y ejecuta
entonces verdaderamente su proyecto, fingido antes, de entrar en un
convento.
Un gran número de las obras de Lope pueden, por último, ordenarse en la
categoría de _comedias_, pero de comedias de gran valor poético, no de
despreciables descripciones de escenas de la vida común, que no debieran
denominarse literarias, aunque conserven aquel nombre en nuestros
teatros. Por regla general, aun en aquellas fábulas, que más descienden
al círculo de la realidad vulgar, la elevación poética del español las
levanta de su humilde esfera. Lo cómico de estas obras no consiste, como
sucede con frecuencia en las comedias de inferior rango, en trasuntos de
locuras ó vicios aislados, con propósitos y exactitud prosáica, ni en
caricaturas ó en algunas escenas burlescas, sino que resplandece en toda
la composición de mil maneras y la penetra y caracteriza en sus diversas
partes. Manifiéstase en el aspecto tranquilo, con que la vida se nos
ofrece en su conjunto, revelándose aquí ó allí en relámpagos burlescos,
ó esgrimiendo el azote de la sátira contra ésta ó aquella extravagancia,
pero en lo esencial presentándonos siempre la parte noble y bella de la
naturaleza humana, que resalta hasta en sus delirios y extravíos. En una
palabra, la comedia española, como la comprende Lope de Vega, es lo que
siempre ha debido ser para llamar nuestra atención, esto es, una poesía
en su esencia; de la vida y sus fenómenos sólo aprovecha lo importante;
concentra, como un espejo prismático, los rayos más serenos de la
naturaleza humana, para reflejarlos con duplicado brillo, y realza
caracteres comunes y sucesos vulgares en un mundo lleno de poesía,
imprimiendo en la realidad el sello de la belleza. Lo burlesco de estas
comedias no consiste en groseros chistes para disipar el mal humor,
sino en la inteligente sonrisa de un espíritu superior, que parece
retozar en todo el conjunto; cuando se muestra lo cómico de más baja
ley, se reviste siempre con las gracias del ingenio; fuérzanos el
gracioso á simpatizar con su alegría, porque sus burlas más locas y
extravagantes no degeneran nunca en perversos y amargos sarcasmos;
reimos con benevolencia, no movidos por amor propio ni por desprecio.
Quien busque en las comedias cuadros comunes prosáicos y naturales,
imitaciones exactas de la realidad ordinaria, personificaciones de
vicios y faltas con ejemplos morales, contrapuestos á ellas; quien
concurra al teatro para oir acerbas invectivas y rasgos satíricos, ó
para presenciar escenas groseras burlescas, que excitan estúpidas risas,
ha de renunciar á Lope de Vega, indemnizándose con Molière ó Wicherley,
Goldoni ó Kotzebue. Pero quien sienta los encantos de la poesía
romántica, de la más florida imaginación, de la inventiva más
inagotable, de los juegos más variados y agudos del ingenio y del
enredo, del análisis más delicado del corazón humano y de sus
sentimientos, lea las comedias de este español distinguido, y podrá
entonces decidir si hay ó no razón para mirar con desprecio, desde tal
altura, las miserias y pequeñeces que en otras naciones usurpan aquel
nombre.
En estas comedias de Lope de Vega resplandece con un brillo más vivo y
con sus diversos colores la llama del genio, que ilumina más ó menos á
todas sus obras. Ya nos detengamos en la traza y desarrollo del plan, ó
en el esmero con que se atiende á sus diversas partes; ya en el tejido
de la fábula ó en su progresivo desenvolvimiento, encontramos siempre al
consumado maestro, y nos alegra y nos encanta siempre el lujo y la
riqueza de su fantasía, la benevolencia y afabilidad de su carácter, lo
noble y puro de los sentimientos, y su penetrante mirada en lo más
íntimo del alma. Cuando leemos estas poesías, nos imaginamos entrar en
un mundo poético completamente nuevo, en una galería infinita de cuadros
de afectos y de esfuerzos humanos, de amor y de odio, de alternativas y
cambios de fortuna. ¡Qué variedad de sucesos tan rica é interesante, y
cuán poderosamente encadenan nuestra atención! ¡Cuánta gracia y cuánta
dulzura en las escenas galantes y amorosas! ¡Cuánto ingenio resalta en
las burlas! ¡Qué maravillosa diversidad en los juegos del acaso, y en
los infinitos cambios que produce! ¡Cuánta corrección en los contornos
de todos estos cuadros, sin omitir un solo rasgo! ¡Qué luz tan
brillante, qué fuego en el colorido!
El poeta, según todas las probabilidades, se aplicó cuidadosamente á la
composición de estas comedias; el argumento de casi todas ellas ofrece
en su arreglo tanto artificio literario; se descubre en su plan tanta
claridad, tanta madurez y reflexión; es tan grande la delicadeza
psicológica que distingue á los caracteres, la simetría que se observa
en la disposición de sus partes aisladas; tanta la sobriedad que se nota
hasta en los pormenores más insignificantes, que, aun teniendo del poder
del genio la idea más favorable, no se concibe que obras tan perfectas
se hayan escrito improvisando, como acontece á muchas otras de Lope.
Su lenguaje llama particularmente nuestra atención. Quizás ningún otro
poeta cómico del mundo ha sido tan feliz en conciliar la dignidad
poética con la viveza y animación del diálogo. Su dicción, ajustándose
siempre perfectamente á la índole del asunto, pasa en ligeras
transiciones desde el tono ligero y fácil de la conversación más frívola
hasta el estilo poético más elevado, revistiéndose de la forma que
cuadra al trato común y ordinario, ó de la que conviene á los rasgos más
cáusticos del ingenio, ó á la violencia arrebatadora de la pasión.
La diferencia establecida entre las comedias de intriga y de carácter
(cuyo valor, en general, puede ponerse en duda), no es aplicable á las
de Lope de Vega. Sólo á algunas, como _El desconfiado_ y _La dama
melindrosa_, puede dárseles el último nombre, á causa de la prolijidad
con que se describen sus caracteres y de la importancia que en ellas
tienen. En las demás, é indudablemente con arreglo á los preceptos del
arte verdadero, se confunden y mezclan de tal suerte los caracteres y
los sucesos externos, deduciéndose unos de otros necesaria é
íntimamente, que es preciso renunciar á la clasificación indicada. Es,
por tanto, absurdo hablar de las comedias de intriga de Lope, para
significar que tal es el carácter esencial que las distingue. Menester
es que en esta parte evitemos usar expresiones impropias, cuyo origen ha
de buscarse en las comedias de Calderón, porque no son aplicables á las
de Lope, ni con frecuencia al teatro cómico español. Calderón ha
estrechado considerablemente el círculo de los resortes que han de jugar
en la comedia; los incomprensibles cambios de la suerte constituyen en
las suyas el móvil capital del interés, y en ellas encontramos ciertos
tipos que siempre subsisten y se repiten, y que sirven de fundamento á
la acción, á las situaciones y á los caracteres de los personajes.
Recuérdense sus comedias de capa y espada, y en todas ellas se nos
ofrecen los mismos resortes dramáticos: celos de amantes de ambos
sexos; luchas del amor con sospechas de padres ó hermanos severos, ó con
los deberes de amigos ó de súbditos; disfraces de mujeres con el velo;
mudanzas de domicilio y de nombre; entradas secretas y casas de dos
puertas. Aunque Lope de Vega haya usado de todos estos motivos
dramáticos largo tiempo antes que Calderón, convergen todos en el nudo ó
intriga de la fábula, y se vale además de otros muchos muy diversos; sus
personajes no se mueven tampoco en el estrecho círculo que los de
Calderón, en los cuales siempre se encuentran dos apasionados amantes,
un rival, un padre severo, una criada astuta, etcétera, casi en
estereotipia. Preciso es ahora que concedamos también á Lope el arte tan
admirado en su célebre sucesor; esto es, el arte de trazar un argumento
interesante y tener en suspenso la atención de los espectadores, porque
si sabe tan bien como Calderón deducir de ciertas luchas ó choques las
situaciones más dramáticas, y siempre nuevas, y complicándolas de un
modo sorprendente, justo es también, por otra parte, que se le atribuya
la gloria de poseer otra dote más importante, cual es la de inventar más
motivos cómicos y derramar más vida y variedad en la pintura de
caracteres.
La notable diferencia en el tono y asunto de estas comedias y la
diversidad de elementos cómicos que en ellas predominan, no consienten
hacer la división cómoda de sus distintas clases, que sería de desear.
Hay gradaciones tan leves é insensibles, que es difícil señalar con
exactitud los límites que las determinan. Sólo las distinciones
generales siguientes, casi externas, pueden establecerse con trabajo. En
primer lugar, hay comedias que, por su índole y argumento, nos recuerdan
sin esfuerzo á Plauto y á Terencio, ofreciéndonos caracteres,
situaciones y relaciones análogos á los de los cómicos romanos. Se
sobreentiende que, ni por asomos, hay que hablar de la imitación de las
formas antiguas; aún menos se proponía Lope llevar al teatro la pintura
de costumbres de tiempos pasados: su intento era tan sólo el de inspirar
nueva vida en caracteres españoles de su época, que ofrecían cierta
semejanza con los protagonistas de los antiguos cómicos. Verdad es que
nos las habemos con libertinos, aventureras, parásitos, cortesanos y
alcahuetas, que se nos ofrecen en situaciones no siempre decentes; pero
Lope ha sabido dulcificar lo repugnante y duro de las mismas con arte
singular, no perjudicando por esto á la verdad de sus descripciones, y
trazando en sus cuadros bellos rasgos, de suerte, que la impresión
total que en nosotros hacen, no tiene nada de repulsiva. En _El rufián
Castrucho_ encontramos los personajes de un rufián disoluto y de una
astuta alcahueta, así como tipos de la licenciosa soldadesca española,
delineados con vigorosos y muy verdaderos contornos, juntamente con una
intriga tan ingeniosa como divertida. En _El anzuelo de Fenisa_, comedia
resucitada en nuestros tiempos, obsérvanse también cuadros análogos,
aunque más delicados. Existen, sin embargo, en la actualidad, pocas
obras suyas de esta especie.
Otras comedias de Lope se distinguen por la particularidad de que sus
motivos de interés cómico son acontecimientos políticos, como, por
ejemplo, en _El palacio confuso_, cuyo argumento consiste en la
semejanza de dos Príncipes, que truecan alternativamente sus nombres, y
corrigen de esta manera las faltas cometidas en su gobierno.
Si siguiéramos ahora la clasificación adoptada por algunos historiadores
de la literatura de sus demás obras, separaríamos las que presentan
personajes reales, de las que sólo nos ofrecen escenas de la vida
privada. Pero como sucede que, aun cuando el lugar de la acción sea
corte de Reyes, sólo refieren hechos particulares; y como ambas
supuestas especies no se diferencian en ningún punto capital y
característico, semejante división sería tan arbitraria como inútil.
Entre las comedias que tienen de común el representar personajes de las
clases más cultas, resplandeciendo en ellas la más fina urbanidad, y
como respirando la flor de la cultura más grata, hállase una larga serie
de las obras más perfectas de Lope, que no es dable analizar sin sentir
grande admiración hacia la riquísima vena poética, que en todas sus
partes se muestra. Pero la misma vida y variedad de los cuadros, que
observamos en ellas, nos fuerzan á prescindir del análisis minucioso de
cada una. Baste decir que, cuanto expusimos antes en general sobre las
bellezas de sus comedias, es aplicable á éstas particularmente,
indicando de paso, que, en nuestro concepto, son las mejores entre sus
más bellas obras.
_Amar sin saber á quién_ se funda en la más felicísima invención, que es
dado inspirar á la musa cómica, exhalándose en toda ella tan romántico
aroma, que no puede menos de arrebatar á cuantos sean capaces de sentir
los encantos de la poesía. Don Fernando y Don Pedro se desafían en las
inmediaciones de Toledo, cayendo el último. Don Juan de Aguilar,
caballero sevillano, que en su viaje pasa cerca del lugar del desafío,
oye ruido de armas, y abandona á su caballo, para poner paz entre los
combatientes, si le es posible; pero llega tarde, y encuentra á Don
Pedro bañado en su sangre, y ve huir al matador. Sobreviene al mismo
tiempo la justicia, y aprisiona á Don Juan como autor presunto del
delito, puesto que se halla al lado del cadáver. La escena inmediata es
en la habitación de Don Fernando: Leonarda, su hermana, discurre con su
criada acerca de las pretensiones amorosas de un Don Luis de Rivera, que
la molestan. Preséntase Don Fernando, y cuenta á su hermana la desgracia
ocurrida; sabe que Don Juan ha sido preso por él, y resuelve entonces
delatarse, á fin de que no padezca el inocente; Leonarda, sin embargo,
lo convence á que aplace por algunos días la realización de su proyecto,
porque intenta escribir una carta al prisionero, á quien no conoce,
fingiendo ser una dama que lo ha visto al pasar hacia la cárcel,
enamorándose de él. De esta manera, y haciéndole algunos regalos, piensa
dulcificar las amarguras de la prisión, hasta encontrar una coyuntura
favorable para libertarlo, y evitar así que vaya su hermano á la cárcel.
Algunas sospechas se suscitan, mientras tanto, contra Don Fernando, y se
presenta á Don Juan para que declare si reconoce en él al matador de Don
Pedro. No lo duda Don Juan á la primera mirada, pero dice generosamente
que nunca ha visto á tal caballero. La carta y el retrato de Leonarda,
que recibe el prisionero, lo regocijan hasta el punto de parecerle la
cárcel el Paraíso; y si bien ignora el nombre de la dama que le escribe,
se enamora de ella ardientemente; crúzanse innumerables billetes entre
ambos, y la pasión fingida de Leonarda se convierte en verdadera. Merced
á la mediación de Don Luis de Rivera, á quien Don Juan viene
recomendado, en Toledo, consigue éste salir á veces de la cárcel y
hablar, por la reja, con su amada, que, sin embargo, no se da á conocer;
averigua después, con harto pesar suyo, que Don Luis, con quien traba la
amistad más estrecha, pretende también á la misma dama; estos lazos y
los de la gratitud, por los muchos favores que debe á su amigo, parece
como que le obligan á renunciar á su amor. Los esfuerzos reunidos de Don
Luis y de Don Fernando lo libran al cabo de la cárcel, y el último se
empeña en hospedarle en su casa. Don Juan acepta la invitación,
descubriendo entonces por vez primera que la desconocida, á quien ha
entregado su corazón, es la hermana de su huésped. Don Luis, que nada
sabe de esto, lo solicita para que hable en su favor á Leonarda, y Don
Juan se compromete á realizar su deseo, movido de la amistad que le
profesa; luchando, pues, con sus propios sentimientos, habla á su amada
de la pureza y fidelidad amorosa de Don Luis, y le ruega que le dé su
mano. Leonarda, por otra parte, cediendo á razones análogas, ruega á Don
Juan que entregue á su amiga Lisena su corazón y su mano; también ella
sacrifica su inclinación á la amistad, y los dos amantes generosos se
despiden engañados recíprocamente acerca de los verdaderos sentimientos
que los animan. A poco lo descubren todo Don Luis y Lisena; resígnanse,
pues, no queriendo cederles en generosidad, y llevan á Don Juan á los
brazos de Leonarda.
CAPÍTULO XVII.
_No son todos ruiseñores._--_Los ramilletes de Madrid._--_La noche
de San Juan._--_El mayor imposible._--_El acero de Madrid._--_La
hermosa fea._--Otras comedias.--Comedias religiosas.--_El Cardenal
de Belén._--_San Nicolás de Tolentino._--_El animal
profeta._--Otras comedias de la misma clase.
_No son todos ruiseñores_ nos recuerda la idea fundamental de una novela
de Boccaccio, aunque Lope la idealiza por completo. El amante de una
dama entra como jardinero al servicio de los padres de aquélla, y su
amada visita con frecuencia el jardín, pasando en su compañía horas
deliciosas, so pretexto de escuchar el canto de los ruiseñores. Este es
el principal motivo dramático, aunque combinado con otros diversos. Al
cabo se averigua la causa verdadera de sus visitas al jardín;
desaparecen los obstáculos que se oponían al enlace de ambos amantes,
que estrechan felices sus manos, mientras se cantan estos versos:
No son todos ruiseñores
Los que cantan entre las flores.
De igual índole es la fábula de _Los ramilletes de Madrid_. Un joven
caballero, llamado Marcelo, sabe que la bella Rosela encarga á una
jardinera que lleve flores á su casa. Ocúrresele entonces concertarse
con la jardinera, fingirse su hermano, y llevar las flores. El padre de
Rosela lo toma pronto á su servicio para que cuide de un jardín
inmediato á su casa, ofreciéndole de este modo continuas ocasiones de
ver y de hablar con su amada. Entre las demás concausas que excitan
nuestro interés, cuéntase la de que un hermano de Rosela, ofendido antes
por Marcelo, desea vengarse; de que Belisa, su anterior amada, se
esfuerza en traerlo de nuevo á sus redes; por último, la de que un
cierto Fineo, que ama á Rosela, salva la vida al supuesto jardinero,
promoviendo en su pecho una terrible lucha entre su amor y su gratitud.
Con estos hilos urde el poeta una acción de las más entretenidas.
_La noche de San Juan_, comedia de los últimos años del poeta, que, por
mediación del duque de Olivares, se representó en el verano de 1631 ante
Felipe IV y su corte, describe con los más vivos y gratos colores la
velada de la noche de San Juan, y las aventuras é intrigas amorosas que
surgen esta noche en medio de su alboroto y alegría.
En _El mayor imposible_ parecen juntarse toda la gracia, finura y
delicadeza imaginables en una comedia. La reina Antonia de Nápoles
celebra en sus jardines una especie de academia poética, en cuyas
ingeniosas discusiones rivalizan las damas y caballeros de su corte.
Suscítase en ella la cuestión de cuál sea _el mayor imposible_,
sosteniendo la Reina que el mayor es guardar á una mujer. Lisardo, uno
de sus caballeros, es de la misma opinión; pero Roberto la contradice
ardorosamente, alabándose de guardar tan bien á su hermana Diana, que
ningún caballero logrará nunca llegar hasta ella. Interesa entonces á la
Reina convencer á Roberto de la verdad de su aserto con el ejemplo de su
propia hermana; excita á Lisardo, que ya ha puesto en aquélla los ojos,
á apurar su sagacidad para obtener una cita amorosa. Agrada el plan á
Lisardo, y encarga su ejecución á Ramón, su astuto criado. Roberto se
prepara mientras tanto á guardar á Diana con mayor severidad; pero ella,
que tiene noticia de la última aserción sostenida por su hermano, y que
se siente herida en su femenil orgullo, se dispone á probar lo imposible
que es guardar á una mujer. Ramón, disfrazado de buhonero, se desliza
en su casa, y anuda una intriga amorosa llevándole el retrato de
Lisardo. Roberto ve el retrato y se enfurece sobremanera; pero su astuta
hermana le dice que su criada lo ha encontrado en la calle, y Ramón en
seguida, convertido en pregonero, publica la pérdida del retrato,
desvaneciendo las sospechas de Roberto. Para servir más eficazmente á
los enamorados, y con aprobación de la Reina, se presenta Ramón á
Roberto con un soberbio carruaje y un tren de seis caballos, supuesto
regalo del almirante de Castilla, y entra de cochero á su servicio. Una
noche celebra Roberto en su jardín una fiesta de confianza, á la cual,
como es de presumir, sólo son invitados sus más próximos parientes, y,
mientras tanto, el astuto Ramón llama de tal suerte la atención de su
amo, que Lisardo entra sin ser notado; los amantes se hablan en un
bosquecillo, al mismo tiempo que Roberto departe á más y mejor con
Ramón, y los cantores entonan la siguiente estrofa:
Madre, la mi madre,
Guardas me ponéis;
Que si yo no me guardo,
Mal me guardaréis.
Diana oculta á su amante en un nicho inmediato á su aposento, en donde
permanece muchos días, hasta que huye viéndose en peligro de ser
descubierto. Los amantes acuerdan entonces usar de una nueva astucia,
que promete ser el remate y corona de todas. Diana sale de su casa
disfrazada y con velo, sin ser vista de su hermano, mientras la espera
Lisardo. Roberto los encuentra en la calle; no conoce á su hermana, y
Lisardo le ruega que acompañe á su casa á aquella dama tapada, á quien
persigue un celoso. Roberto no vacila en obedecerlo, y entrega de esta
suerte su propia hermana, que creía tan guardada, al mismo que se había
comprometido á arrebatársela. En la última escena asistimos á la
recepción de Alfonso de Castilla, recién llegado á Nápoles, que ha de
casarse con la Reina; suscítase entonces en la antecámara una disputa
entre los caballeros, porque Roberto ha sabido las astucias de Lisardo,
y le pide satisfacción de ellas; pero la Reina interviene y explica lo
ocurrido, por cuya razón se aplaca Roberto, conviniendo en que su
adversario se case con su hermana.
_El acero de Madrid._ Belisa, hija ya crecida del viejo Prudencio, se
enamora en misa del joven Lisardo, aunque su amor recíproco sólo se
exprese con tiernas miradas. Un día, al salir de la iglesia, deja ella
caer un billete, con objeto de participarle un proyecto para verse y
hablarse con más frecuencia. Piensa fingirse enferma y Lisardo médico, y
éste ha de ordenarle beber agua ferruginosa de Madrid, y en sus paseos
por la mañana para visitar la fuente, encontrarán ocasiones favorables
de verse y de hablar. Bertrán, criado de Lisardo, se encarga del papel
del médico, que sabe desempeñar á las mil maravillas; prescríbele la
medicina consabida, y los dos amantes se aprovechan de ella para
estrechar más sus relaciones; una vieja dueña, que debe cuidar de
Belisa, y que al principio cumple su obligación rigurosamente, da
después fácil oído á la conversación de Roselo, amigo de Lisardo, y éste
y su amada, mientras tanto, se abandonan á su pasión sin estorbos. Los
celos de la prometida de Roselo, de la dueña, y diversos sucesos, que se
oponen á la dicha de Lisardo y de Belisa, completan el desarrollo de la
comedia, que es de las más interesantes y divertidas.
_La hermosa fea._ El príncipe polaco Ricardo se halla en la corte de
Lorena para pedir la mano de la duquesa Estela; pero como le consta su
aborrecimiento á todos los hombres, teme ser rechazado como sus
predecesores, y para evitarla, y excitar en su provecho la curiosidad y
el amor propio de Estela, hace circular el rumor de que él se burla de
su odio. Antes de ser presentado á ella pretexta de repente, que,
después de verla, se ausenta de la corte, tomando el nombre supuesto de
Lauro, é introduciéndose en ella. Esto da origen á una intriga de las
más interesantes. Estela, enferma peligrosamente, se empeña en triunfar
del grosero Príncipe á todo trance, y Lauro hace las veces de mediador
con habilidad, hasta que, convencido del feliz éxito de su intriga,
descubre la astucia, y lleva á su casa á la inconquistable belleza.
_La boba para los otros y discreta para sí._ Diana, hija natural y
heredera testamentaria del duque de Urbino, se ve obligada á luchar con
un partido poderoso, que le hace la guerra, disputándole su herencia, y
pretendiendo colocar en el trono á otra Princesa. Para evitar los
peligros que la amenazan por esta parte, y conseguir la victoria de sus
enemigos, se finge loca, y lo hace con tanto ingenio y maestría, que
engaña á todos, infundiéndoles ciega confianza, hasta que arroja la
máscara, se apodera del trono, destierra á sus adversarios y se casa con
su parcial Alejandro de Médicis. La locura fingida de Diana da origen á
situaciones del mayor efecto.
En _La noche toledana_ admiramos particularmente su ingeniosísimo plan,
y su artístico y bien trazado desarrollo. Florencio, joven caballero
granadino, se ve en la necesidad de huir á consecuencia de un desafío.
Síguelo Lisena, su abandonada amante, y mientras lo busca en vano largo
tiempo, se ve en los mayores apuros y en la necesidad de servir en
Toledo en una posada. Después de transcurrir algunos días llega también
á esta posada su fugitivo amante, pero en compañía de una dama, que dice
ser su hermana. Excita, por tanto, las sospechas de Lisena, que
aprovecha cuantas ocasiones se le presentan de interrumpir sus
coloquios. Complícase más la acción con las persecuciones amorosas, que
sufre la bella sirvienta, de otros muchos huéspedes de la posada, y, por
último, viene el antiguo amante de la pretendida hermana de Florencio,
que intenta suplantar á su rival. Lisena se da trazas de hacer creer á
todos que les ayudará poderosamente á realizar sus deseos. Fija una hora
de la noche, para que cada enamorado celebre una entrevista con su
amada. Pero todos son engañados: el infiel Florencio se encuentra con
Lisena, en vez de la otra dama; la supuesta hermana de Florencio se ve
en los brazos de aquél á quien había abandonado, y los demás
pretendientes, cada uno por su estilo, se encuentran también burlados.
_El secretario de sí mismo_ brilla por la ingeniosa disposición de su
plan, y _La villana de Getafe_, no menos por esto que por lo claro y
homogéneo de la urdimbre de los diversos hilos, que forma su complicada
intriga. _Los milagros del desprecio_ es el primer ejemplo del asunto,
tan repetido después en el teatro español, de la victoria que consigue
un amante de una mujer apática, fingiendo mayor frialdad en su corazón.
Esta comedia de Lope aventaja acaso á todas las posteriores, que tratan
del mismo argumento, por su naturalidad y lozanía, sin cederles tampoco
en el esmerado arreglo de la acción. _El perro del hortelano_ se
distingue, así por la verdad con que nos descubre las fibras más
delicadas é íntimas del corazón humano, como por las pinceladas tan
seguras y acertadas que caracterizan á cada escena. _La viuda de
Valencia_ es un verdadero arsenal de burlas de buen tono y de
situaciones cómicas, infundiendo en el espectador, con fuerza
irresistible, el placer más vivo. En _La bella mal maridada_ y en _El
maestro de danzar_, encontramos al maestro consumado en desenvolver una
fábula, y en exponerla con calor y energía. En todas estas comedias, lo
mismo que en las tituladas _Al pasar el arroyo_, _Los amantes sin amor_,
_El ausente en su lugar_, _Si no vieran las mujeres_ y _Por la puente,
Juana_, nos admiran, además de las bellezas indicadas, el arte del autor
en presentarnos bajo del prisma de la poesía todos los fenómenos de la
vida, de dar importancia é interés á las cosas más insignificantes, y
de imprimir en ellas el sello de la originalidad; admiramos también en
todas su constante buen gusto en exponer, su dicción noble y gráfica,
siempre ajustada á la idea que representa, y su estilo, ya fácil y
ligero, ya elevado y tranquilo.
Concluyamos, por último, diciendo que acaso aventajen á las de Lope, por
ciertas cualidades más brillantes, las comedias de otros poetas
posteriores: las de Tirso de Molina, por ejemplo, por su gracia y el
vivo colorido de ciertas situaciones; las de Calderón, por su plan más
artificioso y elevado; las de Moreto, por sus pinturas tan exactas de
afectos y costumbres; pero en la harmonía de todas las bellezas
indicadas, en el estrecho enlace de los detalles más ricos é
interesantes con la traza bien dispuesta del conjunto, en el cual
huelgan en sus límites debidos la característica con la intriga, ninguno
supera á nuestro poeta.
Los dramas pastoriles merecen sección aparte al clasificar las obras de
Lope. Recordaremos que, ya en sus años juveniles, había escrito dos,
titulados, _El verdadero amante_ y _La pastoral de Jacinto_. Entre los
pocos que fueron compuestos en sus últimos años, brilla _La Arcadia_,
por la bella claridad de su estilo y por los atractivos de sus cuadros,
así de la naturaleza como del sentimiento; pero el interés dramático es
escaso, á semejanza de los dramas pastoriles italianos, que les sirven
de modelo.
De muy diversa especie, con relación á los demás indicados, son los
dramas religiosos, escritos por Lope de Vega en número considerable. Las
solemnidades de la Iglesia, y especialmente los días de ciertos santos,
han sido origen y causa externa de casi todos ellos. Era antigua
costumbre en España, como dijimos en la primera parte de esta obra,
exponer en días determinados la historia de la vida de los santos, en
cuyo loor se celebraban las fiestas, habiendo llegado á nuestra noticia
_comedias de santos_ que se representaron en la época anterior á Lope,
que sucedieron á otras de igual índole, pero más antiguas, que se
confunden con los misterios de la Edad Media[10]. Para alcanzar el doble
fin de edificar y de distraer al pueblo, creíanse obligados los
escritores de tales dramas á repetir fielmente, con todos sus rasgos y
señales, las leyendas y tradiciones admitidas, y á recrear la vista con
la representación de los milagros que se les atribuían. No por esto se
advierte la falta de lo cómico al lado de lo devoto. Lope, pues, siguió
en esta parte á sus predecesores en tales obras; intentó ennoblecer las
suyas revistiéndolas de galas poéticas, y derramando en ellas las perlas
de su creadora fantasía; no le era lícito alterar su índole, fija ya y
establecida con arreglo á la naturaleza del asunto y á las exigencias
del público: veíase, pues, obligado, así por acceder á los deseos de los
espectadores y por su propia veneración al conjunto y á los detalles de
cada leyenda, á entretejer en sus dramas fielmente todos los hechos y
las anécdotas de la vida del santo, que había de ser el protagonista de
cada uno. Conviene no olvidar esta indicación, para comprender bien sus
dramas de este linaje. Sólo así nos explicaremos que el mismo poeta, que
manifiesta en otras obras suyas tan profundo conocimiento de la esencia
y condiciones de cualquiera composición dramática, prescinda de ellas en
las religiosas de tal suerte, como si comenzase á aprender los primeros
rudimentos del arte. Conviene también, para aplicar el justo criterio al
examen de estas obras, esforzarse mentalmente en pensar y sentir en
materias de religión como el público que las escuchaba; no olvidando
cuánto y cuán diversamente penetraba la religión en la vida de los
españoles, y cómo la Iglesia favorecía por su parte este medio de
simbolizar y presentar al pueblo todos sus dogmas. Menester es también
infundir nuevo vigor en este mundo de la fe, que casi pertenece ya á la
historia, y recordar que la imaginación de los pueblos de la Edad Media,
trabajando sin descanso, predominó en España casi hasta los tiempos
modernos, y que no sólo exornaba y transformaba de mil maneras los
asuntos bíblicos, sino que había creado con sus leyendas un nuevo
dominio de las formas é imágenes más varias. Es necesario conocer el
vasto círculo de la alegoría y del simbolismo, en que se había sumergido
con particular afición la época contemporánea, y reflexionar al mismo
tiempo en la autoridad religiosa, inherente á tales ideas. Sólo bajo
este punto de vista se comprende la esencia de las comedias religiosas
de Lope; pero á pesar de esto, son algunas tan singulares, se acercan
tanto á lo monstruoso y arbitrario, que la crítica más indulgente admira
en ellas tan sólo la osadía de algunos conceptos aislados, ó el poético
brillo de algunas escenas.
Muchas historias dramáticas de santos no ofrecen en su acción unidad, y
lo extraño de su composición llega á su apogeo, confundiendo los
elementos más heterogéneos; los religiosos, con los profanos; lo
literal, con lo alegórico, y lo serio, con lo burlesco. Sutiles
discusiones teológicas y escolásticas se leen al lado de escenas
profanas de amor; ángeles y demonios; el Niño Jesús y la Virgen María;
santos y figuras simbólicas se ofrecen en las tablas, con reyes,
labradores, estudiantes y bufones. Los anacronismos y la inobservancia
de los usos y costumbres, se cuentan por millares. No parece sino que la
fe disculpa todas las inverosimilitudes é incongruencias de la poesía.
Lo que más nos sorprende es la forma externa tan grosera de que se
revisten las ideas religiosas; la parte más transcendental de lo
supersensible desaparece por completo, y sólo queda su apariencia
externa; visiones y sucesos milagrosos llenan frecuentemente estas
composiciones desde el principio hasta el fin, y se busca en vano la
verdadera devoción y recogimiento del ánimo y la profundidad de los
afectos.
Singularmente monstruosa es, especialmente, la comedia _El cardenal de
Belén_ ó San Jerónimo. Preséntasenos en ella, además del Santo, que da
nombre á la obra, y que en el primer acto es un joven de veinte años, y
muere en el último á la edad avanzada de noventa y nueve años, nada
menos que San Gregorio Nacianceno, San Agustín y San Dámaso, el arcángel
San Rafael, el Demonio, un León y un Asno; y como si no hubiese bastante
con tales desatinos, figuran también, entre los personajes, el Mundo,
Roma y España. En el primer acto azotan los ángeles en el teatro á San
Jerónimo. En el segundo aparece San Dámaso en pomposa procesión, rodeado
de obispos y cardenales; después viene una escena en que clérigos
disfrazados y con armas recorren las calles de Roma en demanda de
aventuras nocturnas; á la conclusión baja San Mercurio del cielo, y mata
de una lanzada á Juliano el Apóstata. En el tercer acto anuncia el
arcángel San Rafael al Demonio la fundación de la orden de San Jerónimo:
esta noticia lo enfurece sobremanera, pero al fin promete no penetrar
nunca en casa alguna en donde haya una imagen del Santo. El lugar de la
acción es en Constantinopla, Jerusalén, Roma, Persia y Belén.
No menos extraña es la titulada _El serafín humano_, en la cual se
refieren historias de varios santos, como Santa Clara, Santo Domingo y
San Francisco de Asís: las visiones extáticas del último se representan
también en el teatro.
Iguales rarezas se observan en _San Nicolás de Tolentino_. Entre otras
varias escenas, cuéntanse las siguientes: una reunión de estudiantes que
se ejercitan en discusiones escolásticas, hallándose con ellos el Diablo
y el futuro Santo; Dios Padre, sentado en su tribunal y conversando con
la Justicia y la Misericordia; el Santo, que asciende en los aires, en
donde encuentra á la Santa Virgen y á San Agustín; dos Cardenales que
muestran á los fieles devotos el paño de la Santa Verónica; San Nicolás
remienda el vestido de la Orden, y los ángeles invisibles tocan
instrumentos músicos; preséntase el Demonio con séquito de leones,
serpientes y otras alimañas, y es arrojado ridículamente de un convento
de frailes; por último, á la conclusión desciende el Santo del cielo
vestido de estrellas, saca del Purgatorio las almas de sus padres, y
regresa al cielo con ellos llevándolos de las manos. Hay, además,
intrigas amorosas, escenas de la vida militar, etc.
La comedia _El animal profeta_[11], ó la vida de San Julián, pertenece á
este mismo género excéntrico y arbitrario; pero á lo menos hay en la
acción más unidad y enlace entre sus diversas partes. Hela aquí en pocas
palabras: Julián, hijo único, muy amado de sus padres, hiere en la cara
á un ciervo, que, al caer, le dice con voz humana:
No tengas por grande hazaña
La que hoy en matarme has hecho,
Porque le guarda en tu pecho
Otra más fiera y extraña:
Que en hombre que le acompaña
Tal crueldad, que ha de matar
Sus padres...
El joven, asombrado al oirlo, y creyendo que sus frases son proféticas,
determina abandonar su casa y viajar por países lejanos, para no ver más
á sus padres, y evitar la ocasión de cometer un delito horrible. En el
acto segundo encontramos á Julián en las inmediaciones de Ferrara casado
con Laurencia, á quien ha libertado de un ataque de salteadores,
obteniendo en premio su mano. Federico, hermano del Duque, amaba antes á
la Princesa, que lo abandonó después por Julián. Este, á los pocos días
de celebrar su enlace con la Princesa, observa que el antiguo amante de
aquélla no cesa en sus pretensiones amorosas, habla con él y lo desafía.
El Príncipe acepta el desafío en apariencia; pero con la intención de
utilizar la hora fijada para el duelo, robando á la esposa de su
enemigo. Llega este proyecto á noticia de Julián, y para defender su
honor, se oculta en el aposento de su esposa en vez de ir al lugar del
combate. Es de noche; entra en la alcoba, y ve durmiendo en su lecho á
un hombre y á una mujer: arrastrado por sus rabiosos celos, saca un
puñal y atraviesa con él á ambos. Cuando se dispone á abandonar la
alcoba, se le presenta Laurencia. Pregúntale entonces:
¿Quién son dos que ocupan
Mi noble lecho?
LAURENCIA.
Pues son, esposo, tus padres,
Que en busca tuya han venido
Pasando montes y valles.
Así se cumple la deplorable profecía. Al mismo tiempo viene el hermano
del Duque para realizar su propósito. Julián, ya fuera de sí, le da
también muerte, y huye con su esposa, encaminándose á Roma para pedir al
Papa la absolución de su crimen. En el acto tercero encontramos á los
dos esposos en la Calabria, en donde han fundado un hospital para los
pobres, y expían sus pecados haciendo obras de caridad. Entre los muchos
que se les presentan implorando compasión, llega también el Demonio
transformado en mendigo, y entra en el hospital: ha imaginado esta
astucia para pervertir al arrepentido Julián, y convencerlo de que jamás
expiará su pecado, puesto que sus padres murieron sin hacer penitencia.
Para confirmarlo en sus escrúpulos le presenta las almas de ambos,
rodeadas de llamas infernales. Julián vacila ya en su fe, cuando se le
aparece Cristo, destruye la obra del Demonio, y le revela que se propone
sacar á sus padres del Purgatorio, y, en efecto, es testigo de la
ascensión de sus almas hacia el cielo. Cree entonces el héroe estar en
gracia de Dios, y resuelve pasar el resto de sus días entregado á
ejercicios devotos.
Lope escribió dramas religiosos, no sólo para los días de los santos,
sino también para otras fiestas, como, por ejemplo, _El nacimiento de
Cristo_ para la noche de Navidad, y _La limpieza no manchada_ para una
solemnidad que celebraba la Universidad de Salamanca en honor de la
Inmaculada Concepción. En la última se presentan la Meditación, la Duda,
el rey David, el profeta Jeremías, el Linaje humano, España, Alemania,
las Indias, Etiopía, la Universidad de Salamanca, estudiantes, pastores,
músicos y danzantes. La Fama convoca á todos los pueblos de la tierra á
celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción; Alemania disputa con el
Pecado, la Reflexión con la Duda; mientras tanto aguzan su ingenio los
estudiantes y el gracioso sobre el objeto de la fiesta; Etiopía y las
Indias vienen con su séquito, y entonan cánticos nacionales en loor de
la Santa Virgen, etc.
_La creación del mundo y primera culpa del hombre_, es el primer
capítulo de la Biblia convertido en comedia religiosa, careciendo, á la
verdad, de enlace dramático propiamente dicho, y de un centro alrededor
del cual gire la exposición poética, pero mostrándonos, bajo un aspecto
más ventajoso, así la poderosa fantasía del autor, que se encumbra hasta
perderse de vista, como también su arte imaginando las escenas más
pintorescas.
Particular mención merece _La fianza satisfecha_. La fantasía del poeta
se desborda también en ella: no escasa parte es tan hueca como
arbitraria; pero tales extravagancias son compensadas con tantos rasgos
de la más acendrada poesía, que nos obligan á rendir homenaje al genio
del poeta hasta en sus extravíos. He aquí un sumario extracto de la
acción. Las primeras escenas representan las calaveradas de Leónido,
joven libertino de Palermo, que, al parecer, inclinado á la perversión y
como si tal fuera su propósito, demuestra querer apurar la copa del
vicio. Adviértase de paso que los dramáticos españoles, cuando intentan
ensalzar el triunfo de la fe y de la gracia divina sobre el pecado,
pintan á éste con los más vivos colores: así lo vemos en el _Condenado
por desconfiado_, de Tirso de Molina; en _La devoción de la cruz_ y en
_El purgatorio de San Patricio_, de Calderón. Cuando se exhorta á
Leónido á acordarse del cielo y corregirse, contesta siempre de esta
manera:
Que lo pague Dios por mí,
Y pídamelo después.
Su corrupción llega hasta el extremo de dar un bofetón á su padre y de
atentar al honor de su hermana, cuyo esposo lo desafía. Espéralo en el
lugar designado para el duelo, en donde es atacado por una nube de
moros. El rey de Túnez hace un desembarco en Sicilia para complacer á su
amada, que desea un esclavo siciliano. Leónido vence á los moros que le
atacan, pero se aviene con ellos, y al fin resuelve acompañarlos á
Túnez, en donde reniega de la religión cristiana para poner el colmo á
sus crímenes. En el acto segundo lo vemos en gran favor en la corte de
Túnez; pero su orgullo le ha granjeado muchos enemigos, y además lo
indispone con el Rey. Otros corsarios moros emprenden mientras otra
expedición á Sicilia, y traen con varios cautivos al padre y á la
hermana de Leónido. El renegado desahoga en ellos su ira; ciega á su
padre y lo amenaza con la muerte. Estalla en esto la lucha entre él,
apoyado por un partido considerable, que lo ha elegido por caudillo, y
el mismo rey de Túnez: éste consigue la victoria, y Leónido se ve
obligado á huir. Para escapar á sus perseguidores, se oculta, lleno de
rabia, en un desierto inhabitado. Aquí encuentra á un joven pastor, que
entona cánticos tan piadosos como conmovedores[12]. Este mancebo es
Cristo, el Buen Pastor, que busca su oveja perdida. Las escenas, en que
se presenta, intentando ablandar el duro corazón del delincuente,
respiran tan tierno sentimiento religioso, son tan profundas y llenas de
evangélica unción, y contrastan tan admirablemente con el horror de las
escenas más próximas para aumentar el efecto poético, que quizás haya
pocas comparables á ellas en el vasto imperio de la poesía. Una voz
imperceptible comienza ya á hacerse oir en el pecho de Leónido para
responder á la vocación divina; habla entonces el pastor, y dice:
En este zurrón pobre
Está lo que me debes; considera
Si es justo que lo cobre,
Pues lo pagué por ti.
Leónido abre el zurrón que el pastor le presenta, y halla en él la
corona de espinas, la lanza y los clavos; cuando torna á mirarlo,
después de contemplar aquellos objetos, ve ante sí á Jesucristo en la
cruz, en vez del pastor, y oye estas palabras:
Ya, Leónido, llegó el tiempo
En que al justo satisfagas
Lo mucho que has mal llevado,
Haciéndome tu fianza.
El pecador cae en tierra sin sentido, y cuando se recobra de su
aturdimiento, no es ya el mismo que antes; arroja lejos de sí caftán y
turbante, cúbrese con un saco de cerda, pide á Dios con súplicas de
arrepentimiento que le conceda su gracia, y sólo ansía lavar sus
pecados. Acércanse entonces sus perseguidores; entrégase á ellos sin
hacer resistencia; declara en voz alta que vuelve á profesar la religión
cristiana, y considera como un beneficio la muerte de los mártires con
que le amenazan. Llevado á Túnez, pide perdón á su padre y hermana con
lágrimas de arrepentimiento, y á la conclusión, se le ve morir risueño
en la cruz, coronado de espinas. Al mismo tiempo recobra su padre la
vista milagrosamente, y con dolorosa alegría es testigo de los últimos
momentos de su hijo.
Uno de los dramas más notables de Lope es también _El niño inocente de
la Guardia_, que, á la verdad, se distingue por el odio fanático á otras
creencias religiosas, que respira cada verso, produciendo una impresión
penosa, y no satisfaciéndonos en su conjunto dramático, pero lleno, por
otra parte, de bellezas poéticas de primer orden y de rasgos del más
brillante entusiasmo, que derraman en toda la obra seducción
maravillosa. Al principio vemos á la reina Isabel, estimulada por una
aparición de Santo Domingo á purificar á España de los enemigos de la fe
católica. Las escenas siguientes describen la persecución que sufren los
judíos, y las leyes establecidas para espulsarlos por completo de la
Península. Somos trasladados á uno de sus conciliábulos, en donde
maquinan planes de venganza contra los cristianos: uno de ellos promete
preparar un encanto que producirá la muerte y el exterminio de sus
enemigos; pero necesita para esto el corazón de un niño cristiano que se
distinga de todos por su piedad, y en su consecuencia, muchos de la
reunión se obligan á buscar y robar un niño con aquella cualidad. En las
escenas que siguen se describe la fiesta de la Ascención, que se
celebra con la mayor pompa. Juanico, niño de angelical belleza y
singular piedad, sale en compañía de sus padres para asistir á la
procesión; cuando ve pasar ante sí la imagen de la Virgen en toda su
gloria, rodeada de ángeles, exclama:
Bien quisiera
Ser desse Sol resplandor
Algún ángel esta tarde.
Sigue orando á la imagen, se pierde en el tumulto, y es robado por los
judíos. La desconsolada madre observa con dolor la pérdida de su hijo, y
lo busca en vano por todas partes; entra en una iglesia llena de
desesperación, y siguiendo una costumbre establecida en España, hace que
un ciego recite la oración del niño perdido; apenas termina ésta, cuando
suena en el fondo de la iglesia una voz que canta:
Quien pierda tenga consuelo
Que el bien que de él se destierra,
Cuando se pierda en la tierra,
Se viene á hallar en el cielo.
El martirio del desventurado niño llena el resto de la comedia. Los
judíos, para saciar su rabia, deciden sacrificarlo, como á Cristo, con
iguales martirios, y el último acto nos representa la serie de dolores
que sufre el mísero niño; lo azotan, lo coronan de espinas y lo
crucifican, sin abandonarlo en sus tormentos la paciencia y la
resignación celestial; al fin asciende al cielo su alma, escoltada por
ángeles, mientras los judíos celebran orgías y entonan cánticos alegres,
formando el conjunto cuadros sorprendentes por la profunda emoción que
excitan en nuestra alma, haciéndonos dudar si hemos de admirarlos por
sus bellezas poéticas subli
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