A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
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Title: A vuela pluma: colección de artículos literarios y políticos
Author: Juan Valera
Release date: April 16, 2011 [eBook #35882]
Language: Spanish
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A VUELA PLUMA
OBRAS DEL MISMO AUTOR
Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.
Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.
El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.
Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.
Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 12.º, 5.
Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.
La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras azules;
un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 12.º, 3.
Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.
Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.
Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.
Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia;
tres volúmenes en 12.º, 9.
Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.
Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.
Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.
Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.
Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.
Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.
Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8.º, 1.
Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente;
un folleto en 8.º, 1.
Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico;
un vol. en 8.º con el retrato del biografiado, 1.
Juanita la larga; un vol. en 8.º, 3,50.
Genio y figura...; un vol. en 8.º, 3.
JUAN VALERA
A VUELA PLUMA
COLECCIÓN DE
ARTÍCULOS LITERARIOS Y POLÍTICOS
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
_Carrera, de San Jerónimo, 2_
1897
Es propiedad del autor.--Derechos reservados.
PRÓLOGO
Impreso ya este libro y reunidos en él no pocos artículos, se me ofrecen
dificultades que conviene allanar antes de que el libro salga á luz
pública. Ponerle título es la menor de todas y ya la considero allanada.
_A vuela pluma_ es título tan significativo como propio. Ora excitado yo
á dar mi parecer sobre flamantes producciones literarias, ora movido é
inspirado por los tristes acontecimientos políticos de nuestros días, he
escrito y esparcido, por revistas y periódicos diarios, lo que aquí va
reunido. No porque soy escéptico, sino porque soy modesto, aunque me
contradiga atribuyéndome tan buena cualidad, nada pretendí enseñar al
escribirlos en cada uno de los siguientes artículos, ni nada pretendo
ahora enseñar al reunirlos en un volumen. Y no porque yo crea que no
haya verdades que enseñar, sino porque carezco de fe bastante en mi
propio saber y en mi autoridad y competencia para empuñar la férula y
revestirme de la toga y demás insignias del magisterio. No es, pues,
para enseñanza de mis lectores, para lo que publico este libro.
Si he de confesar la verdad tampoco han acudido mis amigos, admiradores
y parciales, aconsejándome y casi impulsándome con la violencia de sus
ruegos para que le publique, según ocurre con frecuencia á otros autores
más que yo dichosos. Este libro, inútil para la enseñanza, para la cual
candorosamente le desautorizo, se publica sin que nadie me lo pida ni se
empeñe en ello, por mi espontánea y libérrima voluntad y por mi
iniciativa. ¿Qué fin me llevo al publicarle? Alguna explicación acerca
de esto me considero obligado á dar á los lectores.
Todo autor, por frío y desamorado que sea, consagra á cuanto escribe,
aunque lo estime en poco, un amor semejante al que tienen los padres á
sus hijos, á quienes aman aunque sean feos y no bonitos, enfermizos y no
robustos, tontos y no discretos. Y dado en mí, como se da, este amor,
harto se comprende mi deseo de que no queden mis hijos espirituales
anegados en un inmenso piélago de papeles donde se perderían sin duda y
nadie volvería á acordarse de ellos. La unión da fuerza, y yo los reuno
para ver si de esta suerte se sostienen y sobrenadan y llegan sin
hundirse y sin ser arrebatados por la corriente del río del olvido al
pequeño y seguro puerto del poco numeroso público, cuyas simpatías he
logrado captarme.
Si este público nada aprende leyéndome, bien puede ser que se entretenga
apaciblemente con mi lectura y que divierta el espíritu de penosos y
graves cuidados. Bien puede ser también que el favorable aspecto bajo el
cual veo yo dichos y hechos, y que mi confianza en los destinos de la
patria y en el mejor término y desenlace para los conflictos y apuros en
que se encuentra hoy, agraden y consuelen á quien me lea, con lo cual me
daré yo por bien pagado y justificaré razonablemente el haber reunido
estas obrillas que los críticos severos y los que no me quieran bien
calificarán por lo menos de insignificantes.
Tienen con todo una muy importante significación, que no mengua sino
crece, aunque se suponga trivial y vulgarísimo cuanto se dice en ellas.
Yo soy, sin duda, quien lo dice; pero, por lo mismo que lo dicho es
vulgar, quien lo piensa y lo siente es una no pequeña parte del público,
de la cual vengo así á convertirme en órgano, representante y heraldo.
Al presente, está muy en moda, en literatura, el reunir documentos
humanos. Valga, pues, este libro, si no vale para nada más, como reunión
de tales documentos. Yo expreso lo que en él se expresa; pero conmigo lo
piensan y lo sienten muchos miles de semejantes y de compatriotas míos.
Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente
ó en documental y merece ser publicado y hasta leído. Creo, por último,
que, si al escribirle he desechado toda preocupación interesada y le he
escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leerá con gusto,
si no con provecho, y esto me basta.
[Illustration]
DISONANCIAS Y ARMONÍAS
DE LA MORAL Y DE LA ESTÉTICA
I
_Al Sr. D. Salvador Riada._
Mi querido amigo: Mucho siento tener que decir á usted que Monte-Cristo,
que oye turbio y que, además, suele distraerse, hubo de engañarse, y tal
vez engañó á usted, sin la menor malicia, cuando le aseguró que me había
parecido muy bien el _Himno á la carne_. Ni bien ni mal podía parecerme
una obra que yo aún no conocía. Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que
también me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del
talento poético de usted, que tan claro me parece, y él lo aplicó al
_Himno_ de que me hablaba, y que yo no podía alabar por serme entonces
desconocido.
Ahora, que ya le conozco, creo de mi deber dar á usted con toda
sinceridad y franqueza la opinión que me pide.
Muchísimo hay que decir, y he de decirlo, aunque incurra en la nota de
pesado.
No obstante la pesadez y el desaliño con que irá escrita mi carta, yo
consiento en que usted haga de ella lo que guste: ó guardarla para sí, ó
rasgarla, ó dejar que el público la lea.
Desde luego el título de _Himno_ me desagrada. Un himno es un himno, y
catorce sonetos son catorce sonetos. Además, el ir dirigidos _á la
carne_ presupone cierta trascendencia teológica ó filosófica que los
sonetos apenas tienen.
Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne. Y fuerza es
confesar que todos los hombres, salvo raras y dichosas excepciones,
estamos empecatadillos y entonamos himnos en loor de uno de estos tres
enemigos, cuando no de los tres á un tiempo; pero debe notarse que, ó
bien no caemos, por extraviados ó ilusos, en que hacemos semejante
elogio, ó bien aparentamos no caer, envolviendo nuestro consciente
propósito en delicada hipocresía. El elogiar con premeditación á tales
enemigos implica un descaro que repugna á las creencias religiosas de la
gran mayoría de los españoles, los cuales son, ó se supone que son
católicos.
Ya se entiende que, partidario yo del arte por el arte, he de prescindir
y prescindo de toda religión positiva y de toda moral que en ella se
funde, para juzgar una composición poética. De lo que es difícil
prescindir es de la moral universal que coincide con la belleza
artística, y de algunas conveniencias sociales, que son ineludible
requisito para que esa belleza artística se produzca sin que lo estorbe
la disonancia entre la obra del poeta y las costumbres, los usos, y
hasta, si se quiere, las preocupaciones y los disimulos de la sociedad
en que el poeta vive.
Aún voy más allá en el _quidlibet audendi_. Supongo que el poeta se
rebela contra esos usos, costumbres y creencias, porque los considera
malos ó tontos. No por eso he de escandalizarme. Antes bien, aplaudiré
al poeta como poeta, si impugna con primor y con brío lo que yo crea más
santo, aunque yo, pongo por caso, como católico, considere que él, como
impío, acabará, en castigo de sus bien rimadas blasfemias, por arder
eternamente en lo más profundo del infierno.
Así me sucede con el _Himno á Satanás_, de Carducci. Sin dejar de creer
en todo lo que enseña la Doctrina cristiana, los hombres, en mi sentir,
pueden haber inventado ó descubierto la pólvora, la imprenta, la
brújula, el pararrayos, el telégrafo, el teléfono, la fotografía, la
mecánica celeste y la terrestre, las estrellas más remotas, los
microbios y el protoplasma: pero, si algún poeta entiende de buena fe
que Dios se oponía á que inventásemos y descubriésemos todas esas cosas,
que quizá hagan la vida menos aburrida y amarga, y que con auxilio del
diablo las hemos inventado y descubierto, mejorando y sublimando nuestra
condición, yo le aplaudo si compone un himno á diablo tan benéfico, á
quien llama él Satanás porque se le antoja, y á quien seguiré llamando
energía y luz interior que pone Dios en el alma, hecha á su imagen y
semejanza.
En análogo sentido comprendo yo que se componga un _Himno á la carne_,
el cual me guste tanto ó más que el _Himno al demonio_ de Carducci. Si
entendemos por carne la sustancia organizada y viviente de que se vale
el Artífice supremo para revestir de forma sensible su idea, haciendo
patente la hermosura, ya por operación de naturaleza, ya por
intervención de la voluntad y del entendimiento humanos, que pulen,
acicalan y asean lo que naturaleza preparó y dispuso cual primitivo
bosquejo, declaro que el _Himno á la carne_ me parece muy bien,
prescindiendo del título, porque ni las nubes nacaradas, ni la cándida
luna, ni el sol, ni las flores, ni los verdes bosques, ni los lozanos
verjeles, ni nada de cuanto he visto y veo por esos mundos, es más
hermoso que una mujer aseada y hermosa. Y es ello tan indiscutible que,
para expresar materialmente los más altos objetos, potencias y virtudes,
les damos forma de mujer. Y así la fama, la patria, la religión, la
ciencia, la filosofía, la justicia, la fe, la caridad y la esperanza, se
representan como otras tantas guapísimas señoras.
Pero su himno de usted (sigamos llamándole himno), no se mete en tales
honduras. Mejor sería apellidarle himno á la Pepa, á la Juana ó á la
Francisca, de cuya carne gusta usted. La generalización filosófica ó
teológica sólo está en el epígrafe.
Y lo peor que yo noto (admirando más la inspiración y la habilidad
poéticas, que no faltan á usted aun errando el camino) es que usted
analiza y resta en vez de sintetizar y añadir, al ir ponderando sus
deleites amorosos. Pues qué, ¿no es más que la carne lo que enamora á
usted en su innominada querida? Nunca ni el más materialista de los
poetas gentiles, sustrajo tanto del amor los elementos no materiales,
que le idealizan y hermosean, y le redujo al mero concepto de la
lascivia, como si fuera amor de perros ó de gatos. Y como usted no hace
la sustracción y el despojo por vehemencia afrodisiaca, sino por
preocupación de escuela ultra-naturalista, los versos, ni siquiera
resultan fervorosos de libertinaje, sino fríos, afectados y
artificiosos, con refinamientos de sensualidad enfermiza, que apela á
espejos y á otras diabólicas travesuras. Parece lascivia de viejo, y,
por consiguiente, falsa, pues usted es mozo.
Prescribe Horacio que no se hagan ciertas cosas delante del pueblo:
_Nec filias coram populo Medea trucidet:_
y lo que Horacio prescribe para lo trágico debe aplicarse á lo erótico
también. No conviene introducir al pueblo en la alcoba ni imitar al rey
de Lidia con Giges. Contra esto peca usted, no pasando de ligero, sino
deteniéndose en pormenores con exceso de morosa delectación. No cae
usted en que ciertos actos tienen mucho de grotescos, si no van
acompañados de misterioso recato. Y esto, no porque seamos cristianos,
sino en la risueña religión gentílica, en que, según usted asegura,
Citerea prevalece. Así es de advertir que los poetas más libertinos de
la docta gentilidad nos dejaban á la puerta de la cámara nupcial, si
trataban el asunto por lo serio. Sólo cuando querían hacer reir lo
describían todo. El cisne venusino dice desvergonzadamente los estímulos
de que se valía la vieja berrionda, mientras que de Glícera sólo nos
dice que le aguarda en estancia perfumada; y él va á verla, invocando á
Venus para que le acompañe y traiga consigo al Amor.
«Trae al muchacho ardiente,
y á las Gracias, la ropa desceñida,
y á Mercurio elocuente,
y de ninfas seguida
la Juventud sin tí no apetecida»;
pero, en cuanto Horacio entra á ver á Glícera, con todo este cortejo,
nos da con la puerta en los hocicos, y acaba la oda, sin que nos cante
ni nos deje ver lo que pasa dentro. Ya nos lo presumimos.
Lo antiestético del goce de amor, patentizado por el arte y descrito con
circunstancias menudas, se ve hasta en los poemas más primitivos. Sube
Juno á la cumbre del Gárgaro, adornada con el cinto de Venus, que la
hace irresistible:
«... allí el deseo,
allí la dulce persuasión estaba,
que á los más cuerdos la prudencia roba.»
Júpiter pierde la suya, requiebra á Juno y quiere al punto gozarla; pero
antes, él y ella se envuelven en nubes doradas y densísimas, que ningún
Dios ni el Sol omnividente traspasa, y que Homero cuida bien de no
traspasar, respetando el pudor y el decoro de la dichosa é inmortal
pareja.
El tálamo de los dioses, el de los héroes, y aun el de cualquier hombre
que se respeta, han de estar rodeados de impenetrable misterio. La
prueba más evidente por donde Penélope reconoce á Ulises, es porque éste
le describe su tálamo, que sólo él había visto entre los varones todos.
El espíritu de usted es recto por naturaleza y está sano: pero yo
advierto en el _Himno_ insanos extravíos y disparatadas disonancias. No
extrañe usted que lo atribuya á la vaga lección de malos libros
franceses, de los que están de moda, de cuyo pesimismo, naturalismo
falso y caprichosa impiedad, se hace usted eco. Usted, de por sí, sería
como Dios manda.
Supone usted que la religión de Cristo condena la carne, y luego dice
usted para sí: pues voy á glorificar la carne, rebelándome contra la
religión de Cristo. Parte usted de un error, fundado en el doble sentido
de la palabra _carne_. Sin presumir de teólogo, sino como hombre de
mundo, lego y profano, aunque no olvidado del Padre Ripalda, que aprendí
en la escuela, digo que no tiene usted razón. La carne, considerada como
enemigo del alma, es la concupiscencia, es el vicio, es la lujuria, que
toda religión, no sólo la de Cristo, condena. Pero la carne, el cuerpo
humano, considerado como obra de Dios, ¿dónde está condenado? El Verbo
se hizo carne, y con cuerpo humano subió al cielo. Todos, según nuestra
fe, hemos de resucitar con carne, y los cuerpos de los bienaventurados
han de ser muy hermosos y gloriosos. Lo primero que manda Dios al hombre
y á la mujer es que crezcan, se multipliquen y llenen la tierra. ¿Cómo,
pues, ha de suponerse que Dios condena el amor sexual cuando ordena que
nos multipliquemos? El ascetismo, la vida penitente, la virginidad como
la más perfecta condición, no son tampoco exclusivos ideales cristianos.
En todas las demás religiones se da algo semejante. En la gentílica, por
ejemplo, hubo coribantes y vestales.
Lo que exigen la religión cristiana, y toda religión moral, y hasta sin
religión y sin moral, la estética y el decoro, es el recato. En la
naturaleza de las cosas está que sea cómica, y no seriamente bella, la
exhibición ó la representación del abrazo amoroso, más ó menos apretado.
Si el cínico Crates se une en público con Hiparca, á pesar de la
licenciosa libertad de Atenas, los pilluelos de la calle le silban y
escarnecen. Sólo en Otahiti, cuando llega allí el capitán Cook, se toma
por lo serio el hacer en público tales actos como ceremonia religiosa.
Fuera de estos casos rarísimos, lo general es que el sigilo y el secreto
presidan á los amores. Júpiter, aunque era tan desaforado y tan
propenso á ponerse el mundo por montera, satisfaciendo su regalado
gusto, elige para unirse á la ninfa Maya, haciéndola madre del dios de
la elocuencia, inventor de la lira, alma de la danza, una noche
obscurísima y un antro nemoroso y esquivo; y aun todavía, para ocultar
mejor su unión á los dioses y á los hombres, les infunde antes dulce
sueño. Jano bifronte, no menos precavido y púdico, cuando se propone dar
ser á los briosos primitivos pueblos de Italia, se une á la gigantesca
ninfa Camesena, en la desierta cumbre del Apenino, y circunda el agreste
y amplio tálamo de tenebrosas tempestades.
En resolución, ya que sería cuento de nunca acabar el ir citando sucesos
semejantes de hombres y dioses, yo vuelvo á prescindir de religión y de
moral: no echo sermón, aunque ya estamos en Cuaresma; pero tratándose de
arte, ¿cómo prescindir de lo artístico? No es artístico el describir
prolijamente los placeres de la alcoba.
Admirable es la belleza del cuerpo humano. En otros mundos, sujeta la
materia á otras condiciones y con otra conformación los sentidos, ¿quién
sabe cómo podrá ser la aparición sensible de la belleza? Esto es lo
relativo. Pero la esencial y sustancial belleza que se nos revela en el
Apolo de Belvedere y en la Venus de Milo, es la belleza absoluta. Todo
entendimiento, capaz de comprenderla, aunque venga del más extraño y
lejano mundo de cuantos pueblan el éter, lo reconocerá y lo proclamará
como nosotros.
Si imaginamos vivos, y no de mármol, sino de carne, á la Venus y al
Apolo, hombres y mujeres los contemplarán con pasmo y se podrán enamorar
de ellos; pero sería grosero no ver en tanta animada hermosura sino un
instrumento de material deleite. Habría en ello algo de profanación
sacrílega, no ya en virtud de la religión del espíritu, sino del respeto
hasta religioso que la materia misma, tan bien organizada, debe
infundir.
Ya usted notará que, en realidad, yo no voy contra usted en lo que digo.
Voy contra la escuela mal llamada naturalista, que le pervierte y
extravía. Si usted no valiese ya mucho y si no prometiese más de lo que
ya vale, no me mostraría yo severo.
Demos por seguro que no hay bien, ventura, ni goce mayor que el de los
amores; pero ¿todo bien, todo goce es para referido ó representado
estéticamente por lo sublime? Esta es la cuestión. Este es el error del
naturalismo; error que se ve más claro aún en las desventuras que en las
venturas. Sobre la muerte de un amigo, sobre la ruina de la patria,
sobre los suplicios y trabajos de un apóstol, está bien escribir
elegías. Pero desventuras son, y no menores, que se le pudran las
narices al Dr. Pangloss, que á otro le dé tiña y se le caiga el pelo,
que á otro le sobrevenga una debilidad en las encías y escupa los
dientes y que á otro le ocurra cada tres días una indigestión molesta y
apestosa, y sin embargo, ¿son estos percances á propósito para componer
versos elegíacos? Nosotros, en la vida real, nos compadeceremos en
extremo del paciente, aunque sólo sea prójimo, y no amigo ó deudo; pero
si hablamos en verso heroico de lo que acontece, haremos reir en vez de
llorar.
Es indudable que hay desventuras y venturas, triunfos y derrotas,
dolores y placeres grandísimos que en la vida real se lamentan ó se
celebran; pero sobre los cuales hay que pasar con rapidez en la
representación artística, si no queremos hacer reir con ellos.
Así, Ariosto, por ejemplo, no sería por su afición á lo moral y á lo
decente, sino por estas reglas de estética, más ó menos reflexiva ó
irreflexivamente percibidas, por lo que no cuenta con circunstancias
íntimas lo que pasa entre Angélica y Medoro; pero cuando quiere dar en
lo grotesco y provocar á risa, lo cuenta todo sin aprensión. Así, en el
caso del viejo nigromántico ó mágico que adormece con sus malas artes á
la hermosísima dama y la tiene á su talante. El chiste está en que el
nigromántico, con toda su magia, si bien adormece á la dama, no atina á
despertar en él ó á resucitar algo que hacía años dormía ó estaba
muerto, y se lleva un chasco feroz, quedando en salvo la honestidad y
entereza de la dama, con apacible risa y júbilo de los lectores. Si el
Ariosto hubiera tratado el suceso trágicamente, lo hubiera errado.
Yo no recuerdo haber leído escena tan viva como la del nigromántico,
referida con épica dignidad y que produzca efecto, sino una en _El
Bernardo_ de Valbuena; pero esto se explica, porque va todo acompañado
de un poderoso elemento fantástico que lo dignifica, lo hace simbólico y
hasta le da un valor moral. Hablo del tremendo lance de Ferragut con la
hechicera Arleta. El héroe penetra en el maravilloso palacio tan
estupendamente rico. La gallarda, joven y elegante princesa le recibe á
solas y se entrega. Una sola lámpara de extraña luz ilumina la estancia,
y sobre todos los objetos derrama encantados resplandores. Pero cuando
la luz de la lámpara oscila, la portentosa beldad de la princesa se
confunde; los perfiles, las sombras, los colores, todo se altera y se
combina por tal arte, que Ferragut se asusta y cree tener un vestiglo
entre sus brazos. Vuelve la luz á arder sin oscilación y la princesa
recobra sus admirables atractivos. La luz, al fin, se apaga, y Ferragut
se encuentra en inmunda caverna y entre los brazos de horrible y
asquerosa vieja, cuya fealdad abominable ve á la luz de la luna, y cuyos
secos brazos y cuyas manos, á modo de garras, le retienen sin dejarle
escapar.
Dirá usted acaso que en sus sonetos hay algo parecido á la moral de la
fábula de la hechicera Arleta; que de ello dan prueba las cuatro últimas
palabras del último soneto _¡Que tétrica es la vida!_ Pero yo, en honor
de la verdad, no descubro dicho sentimiento en usted, y si le descubro,
es expresado débilmente y como ahogado en los pormenores que preceden á
las dichas cuatro palabras.
No hay en el himno nada semejante á lo que hay en casi todos los poetas
libertinos ó epicúreos de todos los tiempos; aquel sentimiento terrible
que asalta el ánimo de ellos en medio de sus deleites; que hace exclamar
á Lucrecio:
_...Medio de fonte leporum_
_Surgit amari aliquid quod in ipsis floribus angat;_
que mueve á Catulo, entre los brazos de Lesbia, cubriéndola de besos, en
noches consagradas al amor, á pensar en aquella perpetua noche que
tenemos que dormir todos,
_Nox est perpetua una dormienda;_
y que lleva á Musset á hallar en el fondo del vaso de los placeres el
hastío que le mata, á Lamartine á suspirar por el amor ideal que no
tiene nombre ni objeto en la tierra, y á Espronceda á pedir un bien, una
gloria que él imagina, y que en el mundo no existe, y á desesperarse
porque palpa la realidad, odia la vida, y sólo cree en la paz del
sepulcro.
No hay en el himno esta contraposición entre el placer ruin é incompleto
de la tierra y la infinita aspiración del alma; pero hay algo más
tétrico; algo que se deplora en todos los _naturalistas_, ya escriban en
prosa, ya en verso: lo mismo en Zola que en Rollinat.
La pintura minuciosa, vehemente y sobrado material de la pasión,
convierte su fisiología en patología; hace pensar, no en robustez y
energía, sino en desequilibrio de facultades, en el hospital ó en el
manicomio.
No ya el amor de un hombre y de una mujer, ambos de carne y hueso, sino
el amor de un santo ó de una santa hacia Dios, resulta enfermedad; caso
de neurosis, hiperestesia, ninfomanía ó satiriasis más ó menos
alambicada.
La cuestión queda discutida de sobra. No me hubiera detenido tanto si,
por una parte, no estimase mucho el ingenio de usted y no sintiese sus
extravíos, y si, por otra parte, no viese yo en estos extravíos el
resultado de malas teorías estéticas, y de una escuela de moda que es
menester combatir.
Sólo añadiré ahora algunas explicaciones sobre la acusación implícita en
la dedicatoria autógrafa que pone usted al ejemplar del _Himno á la
carne_ que me ha destinado. No sin intención viene este ejemplar para el
traductor de _Dafnis y Cloe_. ¿Quiere usted dar á entender que quien ha
traducido aquella novela debe aplaudir el _Himno á la carne_?
La consecuencia está mal sacada. Aun suponiendo que _Dafnis y Cloe_
tenga cuantas faltas yo censuro, no se ha de inferir que por haber yo
cometido esas faltas no las pueda y deba reconocer como tales. Malo es
ser pecador, pero es pésimo jactarse del pecado y procurar que se tome
como primor y acierto.
La diferencia, sin embargo, es grandísima. _Dafnis y Cloe_ viven hace
catorce ó quince siglos; son paganos, están en cierto campo ideal,
pastoril y primitivo. No choca el que se desnuden, como cuando se
desnudan un caballero y una dama de ahora, quitándose la levita,
pantalones, corsé, etc. En fin; es otra cosa.
El naturalismo de la novela es, además, enteramente contrario al de los
sonetos de usted. Hay en el naturalismo de _Dafnis y Cloe_ una condición
sobrenatural ó fantástica que cambia su condición. El dios Amor, el dios
Pan y las Ninfas, por no interrumpida serie de milagros, conservan
inocentes á los dos partorcillos, hacen que se amen, los dotan de
hermosura más que humana, que no marchitan las inclemencias del cielo:
ni los vientos, ni el sol, ni el calor, ni el frío.
La descripción poetizada de las alternadas estaciones del año, de la
rustiqueza selvática y de una imaginaria vida pastoril de color de rosa,
y que no se da en el mundo real, prestan á todo el cuadro, y aun á las
más vivas escenas, cierto velo ó esfumino aéreo que no las hace tan
_shocking_. Y, por último, aunque se funde el amor de Dafnis y Cloe en
la material hermosura de ambos, en su contemplación, y hasta en el deseo
de lograr su posesión por completo, todavía, á par de este deseo, hay
una amistad, un afecto entrañable, una terneza pura en ambos
pastorcillos, que evitan el que sea su amor mera lascivia, y que le
purifican y realzan.
Recuerde usted que Dafnis aprende al cabo cuál es el verdadero fin de
amor, y, á pesar de su pasión, se domina por temor de lastimar á Cloe, y
no la hace suya hasta después de la boda.
En suma, y para no cansar, yo no me defiendo de haber traducido el libro
de Longo, aunque en Francia le tradujo un obispo. Quiero suponer, ó
quiero afirmar y confesar que hice mal. Valgámonos de un símil. Sea como
si yo expusiera al público esculturas lascivas; pero de esto á exponerme
yo mismo como actor, me parece que dista mucho.
Por último, se ha de notar que la novela de _Dafnis y Cloe_ no quiere
ser seriamente sublime, sino que, por cierta malicia candorosa y cierta
amañada inocencia, propende á difundir regocijo en quien lee, lo cual
podrá ser censurable por el lado de la moral, pero no es antiestético,
que es de lo que aquí tratamos.
Si usted, en otro tono más ligero, risueño y jocoso, hubiera escrito
catorce sonetos, catorce veces más verdes aún, como yo soy viejo
pecador, y nada tengo de misionero, respecto á la moral y á la decencia
me hubiera callado; pero en punto á estética, hubiera echado á usted mi
absolución, y, si los sonetos alegraban las pajarillas, hubiera
concedido á usted indulgencia plenaria y hasta hubiera aplaudido.
II
Mi querido amigo: La cariñosa carta de usted me mueve á escribirle de
nuevo, y no poco.
Si usted no hubiese escrito ya en verso y en prosa muchas cosas buenas,
y si usted no diese esperanzas fundadísimas de escribir otras mil
infinitamente mejores que los catorce sonetos, tendría usted razón en
decir que yo le mataba. Pero si usted escribe bien, y si ha de escribir
mejor, y si ha de ser, pues no creo que me engañe la simpatía, uno de
nuestros más fecundos y amenos ingenios, ¿qué importa que yo hable mal
de los catorce sonetos compuestos por usted en algunas horas de
extravío?
Yo, aunque sea repetirlo por tercera ó cuarta vez, no voy contra los
catorce sonetos, sino contra la mala teoría estética que, nublando el
claro entendimiento de usted, se los ha inspirado.
Yo reparo, tal vez por demás, en el pro y en el contra de cuanto digo, y
nada afirmo con aquella decisión que se impone. De aquí que me acusen de
escéptico. Fácil me sería pasar por dogmático, si prescindiese yo de lo
que me dicta la conciencia; pero, como no prescindo, soy ó paso por
escéptico, á fuerza de ser concienzudo.
Digo esto, porque al censurar los catorce sonetos de usted, me han
asaltado en tropel no pocas dudas y dificultades que deseo exponer aquí,
aunque no logre resolverlas y todas se queden en pie.
Necesito, además, escribir esta segunda carta para disculparme de no
rasgar la primera; porque, después de la longánima docilidad con que se
somete usted á mi censura, tal vez acerba, y me la paga en alabanzas,
parece ruindad en mí el que mi censura se haga pública, y el que, siendo
yo, por lo común, indulgente y hasta lisonjero con los extraños é
indiferentes, me extreme por la severidad con usted, á quien cuento
entre mis mejores amigos.
Válgame para explicación de mi conducta que la indulgencia debe recaer
sobre el _non plus ultra_ de lo que produce cada uno. No hay que podar
el quejigo, porque, á pesar de la poda, siempre dará bellotas ásperas y
no dulces almendras. De mal árbol no se espere fruto sazonado y sabroso.
Y así, siguiendo esta comparación de los frutos, y convirtiendo
imaginariamente cada soneto de usted, pongo por caso, en un melocotón,
yo entiendo que usted debe darlos mejores, y que aun los catorce, de que
tratamos aquí, serían exquisitos, si el moscardón ó avechucho del
_naturalismo_, que vaga por el aire, no hubiera clavado en ellos el
aguijón y depositado allí venenosos huevecillos que se convierten en
gusanos y podredumbre. Lo que hago, pues, es osear el avechucho para que
no inficione otros nuevos frutos.
Dada ya á usted la satisfacción que le debo, voy á decir algo acerca de
las dudas y dificultades.
Y es la primera duda la de si seré yo tan crudo censor de los sonetos
porque la vejez me infunde aborrecimiento al Amor: pero la duda se
disipa pronto, y creo que mi profundo respeto y mi ardiente devoción al
Amor son los que me inspiran.
Los catorce sonetos rebajan las obras de esta deidad á mera función
fisiológica, y el brío de las descripciones no las eleva, sino que les
presta ciertos visos de patología, que, á más de hacerlas bajas, las
hace insanas.
Es cierto que lo contrario debe de ser peligroso y seductor; pero
consuela y no deprime. Trae Byron, en el _Don Juan_, una jocosa diatriba
contra Platón, echándole la culpa de las pecaminosas relaciones de su
héroe con doña Julia. Yo mismo, aunque disto mucho de ir tan lejos como
Byron en la malicia anti-platónica, me pasmo y veo con más incredulidad
que fe los anchos límites que pone, verbi gracia, el conde Baltasar
Castiglione al platonismo puro.
El beso en la boca, según él, es todo espiritual: es ayuntamiento de
almas, en prueba de lo cual se alegan muy sutiles razones que no me
convencen. Ni vale para ello la grave autoridad del mismo Platón, de
quien nos cuenta el Conde que, divinamente enamorado y besando á su
amiga, sintió una vez que el alma se le vino á los dientes para salirse
del cuerpo.
Á tales accidentes confieso que debemos dar explicación menos
metafísica; mas no por eso debemos quitar del amor todo lo metafísico,
trascendente y divino. El amor nuestro se iguala entonces al de los
animales. Los refinamientos, las elegancias, los materiales primores de
que le rodeamos, le quitan naturalidad y no le añaden belleza. Y la
exageración y violencia del sentir, en vez de magnificarle y
corroborarle, le ponen enfermo y le dan un aspecto diabólico, delirante
y lúgubre. Se diría que las pasiones y operaciones de nuestro ser se
resisten á ser atribuídas y sujetas á leyes físicas sólo, y así, al
apartar del efecto toda causa ó influjo divino, se le atribuímos
infernal ó endemoniado.
No llega usted á este punto del satanismo, y más vale así. Se queda
usted en menos de la mitad del camino, y por usted lo celebro.
En cuanto á los catorce sonetos, serían estéticamente mejores si fuesen
satánicos.
Yo comprendo á Baudelaire, y en cierto modo le admiro, aunque me
disgusta. En su inspiración depravada, sombría y terrible, hay algo de
verdad, aunque exagerada por la farsa tenaz que él mismo se impuso para
ser más original, para asustar al linaje humano y para contristar y
meter en un puño el corazón de cada burgués honrado y sencillote, en
cuyas manos cayesen sus _Flores del mal_. Pero usted no pretende hacer
el bu, ni pasar por originalísimo, siendo raro y extravagante. De ello
me alegro, aunque los catorce sonetos, por falta de una intención, si
perversa, decidida, se queden en el limbo, y no suban al cielo, ni bajen
al infierno.
Dice Fóscolo que el Petrarca cubrió con un velo candidísimo al Amor, que
andaba desnudo por Grecia y en Roma, y así le volvió al regazo de Venus
Urania. Desde entonces, acaso desde antes, no se puede hablar seriamente
del Amor, trayéndole á la tierra, prohibiéndole recordar su cielo, y
arrancándole la vestidura. Cuando esto se hace, resulta el sacrilegio,
que no se motiva ni funda bien, á no seguir el poeta las huellas de
Baudelaire, y entregarse al diablo.
Y ahora ocurre otra duda. ¿Cómo es que hay versos eróticos, harto libres
y desenvueltos, que el moralista, aunque no sea muy rígido, sin
apelación condena, que toda señora ó señorita bien criada no puede oir
sin enojarse y ruborizarse, y que, sin embargo, nos gustan mucho á los
profanos? Sírvanme de ejemplo no pocas canciones de Béranger. Yo presumo
que esto consiste en el tono. El refrán lo dice: _C'est le ton qui fait
la chanson_. La alegría, la ligereza, el aire improvisado é irreflexivo
lo disculpa todo. Se diría que estos poetas, alegres y desenfadados,
dejan tranquilo en su cielo al Amor primordial y unigénito, y, si toman
de él varias prendas, es para adornar á los Amorcillos terrestres, hijos
de las ninfas, con los cuales no disuenan las libertades y la carencia
de misterios.
De esta suerte, y no con tono heróico y pomposo, la Estética no repugna,
aunque la Moral frunza las cejas, que el poeta, velando un poco, no
parándose en pormenores, y dejando entender mucho por medio de rodeos y
dobles sentidos, nos cuente ó nos cante algunas travesuras. Harto sé que
la eutropelia del P. Boneta no permite tanto; pero yo confieso que lo
permite la mía. Entiéndase, con todo, que para que estéticamente
gustemos de versos así los mismos profanos, es menester que un dejo del
verdadero amor, de ternura y de otros bellos sentimientos, difunda en el
cuadro que el poeta nos trace algunos resplandores de la luz del cielo.
Catulo amaba á Lesbia con el alma, _plus quam se atque suos amavit
omnes_, y lo recuerda y lo confiesa hasta cuando ya Lesbia le es infiel;
y lo mismo acontece á Béranger con Liseta, hasta cuando le dice, al
verla con tantas galas, que ya no es Liseta y que no debe llevar aquel
nombre. Á pesar de la regocijada liviandad de ambos poetas, no es la
carne sólo lo que los enamora.
Infiero yo de cuanto va dicho la necesidad, moral y estética, de que en
toda poesía de amores intervengan cielo y tierra y concurran lo
espiritual y corpóreo; esto último velado por el pudor, sobre todo
cuando se quiere que sean grave el tono y elevado el estilo.
Se cita mucho la definición que del orador da Quintiliano. Dice que ha
de ser _vir bonus dicendi peritus_; pero se ignora ó no se recuerda que
los griegos exigieron antes para el poeta, como requisito
indispensable, la misma calidad de ser varón excelente. Acaso
Quintiliano no hizo más que ampliar la exigencia de los griegos y
comprender en ella á los oradores. Como quiera que sea, es lo cierto que
la poesía, aun para los que seguimos la doctrina del arte por el arte,
no es, en el más lato sentido, independiente de la moral. No se pone á
su servicio ni la toma como fin, porque su fin está en ella: pero la
poesía, siguiendo desembarazada y libre por su camino, si es de buena
ley y de alto vuelo, al llegar á su término, tiene que parar en la moral
más perfecta y pura que se concibe en la época en que el poeta vive, á
no ser que éste, lleno de aliento profético, suba más alto y columbre y
revele más bellos ideales. Esto significa la excelencia moral que los
griegos requerían en el poeta, aunque careciese de aquella voluntad
perpetua y constante que constituye la virtud práctica en todos los
actos de la vida, ó aunque no fuese ni héroe ni santo.
Infiero yo de lo expuesto que el amor entre hombre y mujer, cuando no es
sólo material, no va contra la moral, sino que ésta le sanciona. La
poesía ha hecho de él su principal asunto, así en cantos líricos como en
narraciones, desde las edades más remotas hasta nuestros días.
Es más: la poesía erótica es tan bella, entendida y realizada así, que,
lejos de condenarla, la religión, por severa y espiritual que sea, ha
solido valerse de sus frases vehementes y de sus acentos apasionados,
para expresar los éxtasis y arrobos místicos, y los más sublimes
misterios, aspiraciones y raptos del alma hacia lo infinito y lo eterno.
Testimonio de esto da, en la antigua India, aquella égloga bellísima en
que Yayadeva pinta los amores de la gentil pastora Radha y del Dios
Crishna, que toma la figura del pastor Govinda para enamorarla: y no
menos brillante testimonio da entre nosotros _El Cantar de los
cantares_, donde los terrenales amores de Salomón y de la Sulamita
vienen á sublimarse y á convertirse en los de Cristo con la Iglesia, y
en los del alma con su Hacedor.
Tenemos, pues, la poesía erótica, siempre que se guarde en ella el
debido decoro y no se la prive del elemento espiritual, no sólo
tolerada, no sólo permitida, sino hasta canonizada. No ya con
significación mística como San Juan de la Cruz, sino dirigiéndose á
mujeres, que fueron ó que se supone que fueron de carne, varones
piadosos, como Fr. Luis de León y Fr. Diego González, han compuesto
versos amorosos.
Lo mejor es seguir tan buenos ejemplos. Sólo se oponen á que los sigamos
la última moda de París, el afán de singularizarnos y el temor de ser
como cualquiera otro, tomando la senda trillada y empleándonos en
asuntos que se imaginan agotados ya, y sobre los cuales nada puede
decirse si no repetimos lo que otros dijeron.
Crea usted que este temor es vano. No busque usted la originalidad, y
ella vendrá á buscarle. Sea usted natural y espontáneo, y pondrá usted
en cuanto escriba el sello de su persona, y será sana y limpiamente
original, sin darse á todos los diablos y sin caer en las demencias
fúnebres que en Francia se usan.
Inagotable fábrica y rico emporio de ideas es París. Necesario y bueno
es tomar de allí lo que conviene; pero haya tino y juiciosa elección en
lo que se tome.
Cierta poesía no es ya erótica, sino crapulosa y nauseabunda. Entre las
causas que concurren á dar ser á esta poesía, además de las ya
mencionadas, entra una vanidad pueril de que el poeta no se da cuenta á
veces. Figurémonos al poeta en París. Su prurito será acaso que, en el
fondo de la provincia de donde ha venido, le tengan por un picaruelo,
sibarita alambicado, que logra venturas superfinas, ni soñadas en su
lugar. Además, todo francés hace sin querer _la reclame_. En París se
confeccionan los mejores guisos y se hacen los más graciosos vestidos y
sombreros para mujeres; es menester, por consiguiente, que también se
crea y se divulgue que en París se entiende mejor el amor y se le
condimenta con aliños más picantes y especierías más ricas y exóticas.
Con este señuelo, tal vez, no pocos individuos acaudalados de naciones,
que en Francia se tienen entre el vulgo por semi-bárbaras, vendrán á
París, ya que no á estudiar en la Sorbona, á aprender pornografía en los
colegios de la nueva Babilonia.
No acuso yo á ningún autor francés de que lleve tal intención; pero la
lectura de sus libros produce el mismo efecto que si la llevara. Nos
fingimos por acá, y por muchas otras tierras, un París encantado, donde,
si va uno con dinero, se pasea en los jardines de Armida, desembarca en
la isla de los amores de Camoens, y penetra en el propio paraíso de
Mahoma.
Si el mal se detuviese en esto, yo me callaría; pero el mal no se
detiene. Los poetas crapulosos, como Baudelaire y Rollinat, se hartan y
se hastían de sus goces; sienten aspiraciones infinitas, hundidos ya en
el fango, y después de haber renegado de Dios; y aquí te quiero
escopeta. Cada uno de ellos parece un energúmeno. Sus versos son
pesadillas de un ascetismo bastardo y sin esperanza. Obsesos por el
demonio del remordimiento y por otros demonios más feos y tiznados,
rompen en maldiciones y blasfemias inauditas. Ya nos aseguran que no hay
crimen que no sean capaces de perpetrar, ya se encomiendan devotamente á
Lucifer, ya aseguran que quieren imitar á Cristo, si bien suponiendo que
lo que Cristo prescribe y recomienda con el ejemplo es que nos matemos.
La muerte es la única redención posible. Además, ellos entienden que
deben matarse en castigo de sus culpas.
_¡Va, que la mort soit ton refuge!_
_à l'exemple du Rédempteur,_
_ose à la fois être le juge,_
_la victime et l'éxécuteur._
La situación es tremenda, y empezando por versos de amor materialista
puro, como los catorce sonetos, se viene á caer en ella, más tarde ó
más temprano, á no desviarse pronto del mal camino.
Las visiones de Baudelaire y de Rollinat espeluznan y descomponen el
estómago; dan horror y asco: es menester ser valientes y robustos para
resistirlas sin vomitar ó sin caer desmayado. Los suplicios más feroces
que ve Dante en su _Infierno_, las abominaciones y espantos de los más
ascéticos libros cristianos, como _Gritos del infierno_, _Estragos de la
lujuria_, y otros así, son niñerias y amenidades, si se comparan con lo
que Baudelaire refiere cuando él mismo se ve ahorcado, podrido y
hediondo, entre una nube de murciélagos y de grajos que le sacan los
ojos á mordiscos y picotazos y se le comen por do más pecado habia, y
con lo que cuenta Rollinat de aquel gato celoso, que yo sospecho que era
un demonio familiar, el cual araña y destroza á su amiga en sitios tan
sensibles y ocultos.
Si tamañas desventuras se tomasen por lo serio, sería cosa de deshacerse
en un mar de lágrimas, de morirse de pena y de terror entre convulsiones
horribles, y de aborrecer toda vida, y más que ninguna la
sardanapalesca, á que se entregaron estos vates ilustres, y cuyos
funestos resultados estamos tocando.
Por dicha, yo me consuelo y tranquilizo con sospechar que, tanto en el
_sardanapaleo_ como en el lloriqueo, tanto en las culpas como en los
castigos, hay abundancia de filfa y camelo. Ni se divierte uno tanto
como dice, ni suele exclamar de corazón _¡qué tétrica es la vida!_
después de haberse divertido. En ambos extremos hay ponderación
jactanciosa: _pose y blague_. Lo peor es el pesimismo. Si se adopta para
hacer efecto y darse charol, no tiene perdón de Dios. ¿Por qué en odas,
en elegías, en coplas, en dramas, en novelas y aun en gruesos librotes
de filosofía, hemos de angustiar á los mortales y quedarnos tan frescos?
Todos, aunque seamos optimistas, tenemos ratos, y días y semanas de mal
humor, de tristeza y de abatimiento. Así estaba yo, poco ha, cuando
escribía á un amigo diplomático extranjero, á quien quiero mucho, una
melancólica carta. Él me contestó, consolándome con discretísimos
razonamientos, algunos de los cuales vienen tan á pelo aquí, que voy á
citarlos en el propio idioma en que están escritos, abusando quizá de la
confianza y rompiendo el sigilo de la correspondencia.
«¿A quoi vous sert votre optimisme? (me dice). Notre maître le Docteur
Pangloss restait ferme dans la doctrine après des accidents bien
autrement facheux et malgré le cadeau dont l'avait gratifié Paquette et
dont vous connaissez la généalogie. ¿L'optimisme ne servirait-il à rien?
On serait tenté de le croire en voyant que les pessimistes sont en
general de fort bons vivants, qui s'arrangent une existence très
agréable et qui sont très peu pressés de sortir de cette création
manquée. Leur chagrin est tout en rimes ou en livres de philosophie, qui
n'ont pas d'influence sur leur conduite journalière. Schopenhauer
n'avait pas l'air de s'ennuyer, si j'en crois ceux qui l'ont connu.
Boudha lui même est mort d'indigestion, ce qui peut faire douter de son
ascétisme et de son mépris des choses créées. ¿Si nous faisions comme
eux et si nous prenions le monde comm'il est, réunissant ainsi les
avantages des deux systèmes?»
Estas palabras de mi docto amigo me sugieren una idea luminosa y
salutífera. Seamos optimistas y pesimistas alternativamente. Las cosas,
aunque no crea uno en el determinismo feroz que nos arrastra al vicio y
hasta al crimen, y aunque no vea uno siempre desolación y dolor en torno
suyo, no están por eso todo lo bien que sería de desear. Confesémoslo,
pero no nos aflijamos demasiado ni menos aflijamos á los demás hombres
con nuestros quejidos y aullos. Conviene, pues, para esto, que nuestro
pesimismo, en vez de ser trágico, sea chistoso y cómico; como el
pesimismo de Voltaire, que en el _Cándido_ hace que nos desternillemos
de risa, ó, mejor aún, como el de Cervantes, más gracioso todavía en el
_Quijote_, y lleno de dulzura y de cristiana resignación, sin chispa de
hiél ni de impiedad ni de odio.
Y si, en el día de hoy, sin salir de España, quiere usted hallar un
modelo acabado de este pesimismo para reir, búsquele en los escritos, en
prosa y verso, de Miguel de los Santos Álvarez, y singularmente en
algunas octavas del poema _María_. El pesimismo se expresa en ellas con
tanto chiste y gracejo, que regocija, en vez de desesperar, y hasta se
le antoja á quien lee ó recita aquellas blasfemias, no ya que él debe
perdonarlas _propter elegantiam sermonis_, sino que hasta la Soberana
Potestad, á quien se dirigen, en vez de castigarlas, las celebra y las
ríe, como ríe y celebra la madre cariñosa y benigna al niño pequeñuelo y
mimado, si la insulta por que no le da, para que no le hagan daño, las
chucherías y golosinas que le pide.
En resolución, y para terminar, en las poesías amorosas mezcle usted
algo del cielo con la tierra, á fin de no hallar _tétrica la vida_
cuando está en lo más florido de sus años, y en lo demás procure usted
no caer en el pesimismo, y si cae en él, témplele y endúlcele con la
risa resignada y con la burla sin acíbar de Cervantes y del antiguo
amigo de Espronceda. De esta suerte, ya que no los censores graves; los
que no lo son ni tienen autoridad para serlo, en lo amoroso perdonarán á
usted las verduras, y en lo pesimista las injurias contra la
Providencia, cuyos designios y planes, que ignoramos y debemos acatar,
tal vez brillan justificados después de tales ataques.
Y con esto termino, augurando á usted rica cosecha de laureles si sigue
mi consejo, y reiterándole que soy su afectísimo amigo.
[Illustration]
COLECCIÓN
DE
MANUSCRITOS Y OTRAS ANTIGÜEDADES DE EGIPTO
PERTENECIENTES AL ARCHIDUQUE RANIERO
No pocos escritores han dado ya noticia de esta rica y curiosa
colección, pero nunca hasta ahora se había expuesto toda ella al
público.
A fin de que cualquiera logre enterarse algo de los objetos que la
componen, de su mérito y de su rareza, acaba de publicarse, en esta
ciudad de Viena, un precioso catálogo ilustrado.
Como los objetos son muchos miles, no es posible que todos estén
estudiados y descritos en el catálogo. Este, no obstante, es un tomo en
cuarto mayor, de 292 páginas, letra muy metida, con veinte láminas y
noventa imágenes y facsímiles intercalados en el texto, y contiene la
descripción de más de mil cuatrocientos objetos.
Lejos de ser todos de la misma época, es tan varia su antigüedad, que el
origen de algunos se remonta catorce siglos antes de Cristo, mientras
que los más modernos son del siglo XIV de la Era cristiana. Todo ello es
visible y claro documento de la civilización, no interrumpida por
espacio de 2700 años, en el país que riega y fecunda el Nilo.
Como dicha civilización ha adoptado, en el transcurso de los siglos,
diversas creencias religiosas, distintos usos, leyes y costumbres y
diferentes idiomas en que manifestarse, los objetos, aunque hallados
casi todos en el mismo lugar, varían en extremo. Sólo por la lengua ó
escritura de los manuscritos pueden éstos clasificarse en hieráticos,
demóticos, cópticos, griegos, latinos, arábigos y péhlvicos, ó sea en la
lengua oficial de los persas en tiempo de los Sasanidas.
Los últimos vienen á demostrar con evidencia que á principios del siglo
VII de nuestra Era, el Egipto fué conquistado por Cosroes II, y que la
dominación persa en aquel país se extendió hasta la Nubia.
Por la materia en que los documentos de la colección están escritos,
también hay notable diversidad. Lo que más abunda es el papiro, desde
los tiempos de Ransés II, el Sesostris de las historias clásicas. Siguen
los escritos en papiro, después de la conquista de Alejandro Magno, en
el periodo helénico de los Ptolomeos, durante la dominación romana y en
la época bizantina.
Cuando los árabes se apoderaron del Egipto, la civilización no se
eclipsó ni retrocedió, y el cultivo de la planta de que se saca el
papiro y la fabricación del papiro tomaron mayor incremento,
proporcionando al Egipto prosperidad y riqueza. Las más importantes
fábricas estaban en Wasima y en Bura, cerca de Damieta, desde donde se
enviaba esta mercancía á los más distantes y opuestos mercados: á Roma,
á Constantinopla, á Bagdad, y á Córdoba.
En la colección del archiduque Raniero hay papiros escritos en lengua
arábiga, desde la conquista muslímica, en el siglo VII, hasta bien
entrado el siglo X; los hay del tiempo de los primeros sucesores del
Profeta, y de las dinastías de los Omiadas, Abasidas y Tulunidas.
En el siglo X, ó tal vez antes, se había ya extendido por el Asia
occidental y había penetrado hasta el Egipto mismo un poderoso rival del
papiro que había pronto de vencerle y dar con él por tierra. Era este
rival el papel de trapo. A lo que parece, el papel se conocía y usaba en
China desde la edad más remota. Los árabes le importaron en Occidente.
La época de este gran acontecimiento ha venido á fijarse, poco ha, con
maravillosa exactitud. Se marca el día, el mes y el año en que fué. Fué
el 7 de Julio del año 751 de la Era cristiana. Los anales arábigos y los
chinos están contextes en esto. Kao-Hsien-fa, general de Corea, fué
vencido por los árabes, que llevaban por auxiliares á los turcomanos,
cerca de una ciudad llamada Kangli, en la orilla del río Tharâz. Los
vencedores traspasaron las fronteras mismas del Celeste Imperio
persiguiendo á los chinos, y les hicieron muchos prisioneros. Entre
ellos había, por feliz casualidad, algunos que tenían por oficio hacer
papel. Fueron éstos llevados á Samarkanda, donde pronto empezaron á
ejercer su industria. Los productos de ella se difundieron, desde
Samarkanda, por el Occidente de Asia, por Africa y por Europa. Si tardó
casi dos siglos en vulgarizarse el papel y en vencer al papiro, fué
porque los primeros fabricantes sólo de algodón sabían hacerle, y les
faltaba, ó bien abundaba poco, la primera materia. Al cabo vino á
inventarse el hacer el papel de trapos viejos, y pronto entonces se
trasplantó esta industria á otros puntos. La segunda fábrica, de que
hace mención la historia, se estableció en Bagdad el año de 795,
reinando el califa Harun-al-Raschid. No tardó mucho, probablemente, en
haber también fábricas de papel en Damasco, y desde allí el papel empezó
á conocerse en Europa, tomando el nombre de _Charta Damascena_.
En Egipto, los árabes emplearon ya el papel desde el siglo IX, y en la
colección del archiduque Raniero se ven escritos en esta materia,
empezando desde dicha época y continuando durante las dinastías de los
Ichschidas, Fatimidas, Aijubidas y Mamelukos.
Y lo más singular, y acaso una de las cosas que dan más precio á esta
colección, es que, no sólo hay manuscritos en papel, sino que
evidentemente hay también papeles, grabados ó impresos, que datan del
siglo X. Los árabes no se limitaron á traer el papel desde la China, si
no que, por lo visto, trajeron también el arte de la imprenta antes de
que Gutenberg le inventase. Ya se entiende que esto excita la curiosidad
y el asombro, pero en manera alguna disminuye la gloria de Gutenberg,
como no quita á Colón la gloria de haber descubierto la América el
descubrimiento muy anterior y harto infecundo de los islandeses.
Como quiera que sea, en la colección del Archiduque hay no pocos papeles
impresos, completamente como los imprimían los chinos, y que son de
mediados del siglo X.
El papel manuscrito es en la colección, según es natural, más antiguo
que el impreso.
El primero, por orden cronológico, entre los estudiados ya, es una
carta, en cuya dirección escrita en el respaldo se lee la fecha
correspondiente al año 873 de nuestra Era. Hay después un fragmento de
contrato del año 909. La colección, además de papiros y papeles,
contiene escritos en madera, en barro, en telas, en tablas de cera, en
metal y en varias clases de pergaminos de vaca, de carnero, de becerro y
de antílope, que eran los más estimados.
El conocimiento del arte de escribir y de todos los recados y sustancias
con y en que se escribe se puede adquirir visitando esta colección, que
viene á ser una serie de monumentos de su historia. Y no es el menos
notable un cesto, de paja y cáñamo entrelazados, donde hay tres paletas
de madera muy dura, en que se frotaba la pastilla ó barra de tinta
sólida, humedeciéndola, para que, desleída, sirviese. En cada paleta
hay huecos en que se envainaban las cañas ó plumas, de las que se
conservan tres. Cesto, _cálamos_ y paletas, que aún tienen tinta
endurecida, son de mil doscientos años antes de Cristo, si hemos de dar
fe á los inteligentes y al testimonio de un papiro con escritura
hierática, que estaba unido á dichos objetos.
Como se ve, todos ellos forman un tesoro de imponderable valor para el
anticuario, y están ahora expuestos al público en cinco salones del
Museo austriaco de artes é industria.
Lo más importante lo descubrió y trajo á Viena el señor Teodoro Graf, de
quien, en 1884, lo adquirió el Archiduque.
El tesoro procede de diversos puntos, por ejemplo, de Al-Uschmunein, la
antigua Hermópolis; pero el fondo principal se ha encontrado cerca de
Medina-al-Fayun, no lejos del lago Moeris, entre las ruinas de la ciudad
de Schet, llamada por los griegos Crocodilópolis ó Ciudad del Cocodrilo,
porque allí era adorado el dios Sobk, cuya cabeza era como la de dicho
animal. Schet se llamó más tarde Arsinoe, en honor de la segunda reina
de este nombre, hija de Ptolomeo I.
El libro, de que vamos extractando todas estas noticias, se titula _Guía
de la Exposición_; está impreso en la imprenta Imperial y Real de la
Corte y del Estado, y ha sido compuesto por tres principales autores. En
lo egipcio ha trabajado el Sr. J. Krall; en lo greco-latino el Sr. K.
Wessely, y en lo arábigo el Sr. J. Karabacek, de quien es también la
Introducción de la obra.
Como yo no acierto á escribir nunca con el conveniente disimulo ó
hipocresía, que alguien llama pudor literario, y, sin poderlo remediar,
impongo al público en mis secretos como si el público estuviese formado
de amigos íntimos, no he de ocultar aquí los sentimientos y
pensamientos, acaso abominables y vitandos, que acuden á mi alma ó en
ella se despiertan, al visitar la referida Exposición ó al hojear el
libro que la describe. ¿Hubiera perdido algo el linaje humano con que
todos estos papiros y papeles se hubiesen perdido sin llegar hasta
nosotros ó con que nunca el Sr. Graf los hubiese descubierto? Sin duda
que suministran datos importantes y fehacientes, que aclaran no pocos
puntos históricos, y esto es una gran cosa; pero proporciona tanta
fatiga el estudiarlos, descifrarlos y traducirlos, que no sé si el
resultado obtenido compensará nunca la fatiga. Si yo no fuese tan
aficionado á saber, si mi afán de enterarme de todo no fuese tan vivo,
me importaría poco que se descubriese, cada día, un cúmulo de
manuscritos como el que posee y exhibe el Archiduque: pero yo quiero
saberlo todo, y como el tiempo me falta, y la vista me va faltando
también, y sé poquísimos idiomas, se apoderan de mi espíritu la
inquietud, el mal humor, algo como miedo de acometer un trabajo nuevo y
algo como envidia de aquellos para quien apenas es trabajo sino deleite
el investigar tales escritos y poner en claro lo que dicen. Entonces me
explico y casi aplaudo la supuesta ó verdadera conducta del califa Omar,
del Licenciado Barrientes, del Cardenal Cisneros, del arzobispo
Zumárraga, y de otros de quienes se cuenta que han quemado manuscritos.
La gente los denigra y los saca á la vergüenza como insensatos
fanáticos, pero yo tal vez los miro como heróicos dechados de caridad
desagradecida. Por fortuna, pronto desecho esta extraviada manera de
pensar y de sentir; y pues hay manuscritos, aspiro á saber lo que dicen
y hasta á informar un poco de su contenido á los que sean más ignorantes
ó menos estudiosos que yo, y algunos habrá.
Hasta ahora sólo he hablado de lo material: del papiro, del papel, del
pergamino, de la tinta y de las paletas en que se desleía la tinta, allá
en tiempo de los Faraones anteriores á Moisés. Veamos ahora algo de lo
que los manuscritos contienen.
Lo primero que se piensa es que son una mina de donde cualquiera autor
de novelas históricas pudiera tomar el legitimo _color local_, ó mejor
dicho _temporal_, para los sucesos que relatase. Acaso no quede acto de
la vida de un municipio y de las relaciones y tratos entre sus
habitantes del que no se encuentre algún testimonio en la colección del
Archiduque. Se diría que hay en esta colección cuanto se custodiaba en
las escribanías de Arsinoe y en el archivo de su Ayuntamiento: contratos
de matrimonio, partes de defunción, recibos de contribuciones, pagarés,
escrituras de compra, venta y arrendamiento, etcétera, etc. Todo es
peregrino por la lengua en que se expresa, y porque nos parece que pasa
á nuestra vista y que hemos ido retrocediendo veinte ó treinta siglos
contra la corriente de los sucesos que vuelven á mostrarse como
presentes; pero, en lo esencial, aunque un poquito más negros y más
feos, apenas hay casos que no sean idénticos á los de ahora: tributos
enormes, gente que se resiste á pagar ó no puede, poco dinero, usura,
miseria en el pueblo bajo, y en los empleos públicos filtraciones é
irregularidades.
Ejemplo notable de esto ofrece el manuscrito núm. 272, del siglo III de
Cristo, donde hay actas del Ayuntamiento de Hermópolis Magna. La ciudad
era espléndida; tenía por patrono á Mercurio Trimegisto, inventor de las
letras y de las ciencias; y los templos de dicho Dios, de Apolo, de la
Fortuna, de Serapis y de las Ninfas, eran de gran belleza. Sus colosales
ruinas pasman aún al viajero.
Aquel municipio era autónomo, y los encargados por elección de
gobernarle se titulaban el Ilustrísimo Concejo. Los negocios de que
habia que tratar se los repartían los concejales, y como los negocios
eran muchos y varios, es también muy variado el contenido de las actas.
Así, refieren éstas que dos regidores, Dioscórides y Sarapamón, se
apoderaron de las llaves del pósito, y sustrajeron de allí y vendieron
muchísimo trigo y cebada, toda la provisión de lentejas, y más de cien
_artabos_ de vino de arroz. No contentos con esto, hicieron otras
muchas defraudaciones. De aquí largos y acaloradísimos debates en las
Casas Consistoriales, para ver cómo había de reponerse la pérdida, pues,
á lo que se infiere, ni Sarapamón, ni Dioscórides tenían _talentos_, ni
_minas_, ni dracmas, ni óbolos, ni _calcos_, ni _sólidos_ (que eran las
monedas que entonces corrían), porque todo lo habían liquidado.
Dejemos nosotros en paz á los señores Sarapamón y Dioscórides, ya que no
es posible que devuelvan de lo sustraído ni una lenteja, y procedamos
cronológicamente en este rápido recuento.
Las conjeturas y los ensueños, no sólo deben de estar permitidos, sino
que suelen ser muy divertidos. Imagine cada cual lo que se le antoje:
ponga en la hundida Atlántida, en las regiones hiperbóreas, más allá de
las Montañas Rifeas, y hasta en la Lemuria, si le parece bien, un foco
primitivo de civilización; lo cierto, lo demostrado es que la
civilización más antigua es la de Egipto. Hace cerca de seis mil años
que el Egipto está civilizado. Monumentos hay, en aquella tierra
portentosa, á los que se atribuyen más de cinco mil años de edad, cuya
perfección y magnificencia no han sido después superadas. Cualquiera de
ellos da muestra de que ya se conocía la escritura. La más antigua, la
monumental y lapidaria, es la hieroglifica, que siguió empleándose hasta
el reinado del emperador Decio.
De la escritura hieroglífica había nacido la hierática, que se usó para
escribir en los papiros y que no era más que la simplificación de los
setecientos signos de que la escritura hieroglífica se componía.
En el mismo cesto, donde estaba el recado de escribir de que hemos
hablado, se halló el más bello y bien conservado escrito hierático de la
colección archiducal. Se supone, pues, que es de la misma época, ó sea
de 1200 años antes de Cristo.
Contiene, en forma de carta dirigida por un señor Pibesa á un señor
Amenofis, una descripción poética de la ciudad de Pi-Ransés, de la que
no queda rastro y sobre cuya posición discuten los egiptólogos, aunque
convienen todos en que era la residencia favorita de Ransés II; tal vez
algo á modo de un Aranjuez ó un Escorial de entonces. Según la
descripción, había allí hermosos palacios; toda comodidad, deleite y
regalo; bien cultivadas huertas, donde se cosechaban granadas, manzanas
é higos; sembrados fértiles, estanques llenos de peces, mucha miel y
vino más dulce y más aromático todavía.
Otro escrito hierático de la colección, adornado con viñetas y muy
extenso, es el _Litro de los muertos_ de Taruma, sacerdotisa de Ptah.
Una de las viñetas representa el juicio de los muertos, y otra la momia
de la mencionada sacerdotisa, extendida en el lecho mortuorio, que tiene
forma de esfinge, sobre todo lo cual se alza volando el alma, bajo la
apariencia de un pájaro. Este _Libro de los muertos_ es, como otros que
del mismo género se conservan, una serie de oraciones ó salmos, con que
se proveía á los difuntos para que luchasen contra los tenebrosos
poderes del Amente ó Infierno, los venciesen, y pudiesen volver á las
regiones de la luz.
Los escritos demóticos son pocos en la colección, al menos los
descifrados hasta ahora. Aunque se llaman _demóticos_, ó sea populares,
son, á lo que parece, harto difíciles de leer, á causa de las
abreviaturas y enlaces y de lo cursivo de las letras. En tiempo de los
Ptolomeos fué el mayor florecimiento de este género de literatura, cuyo
más brillante fruto es la _Historia de Xamris y Neferchoptah_. En la
colección del Archiduque hay, en escritura demótica, conjuros para
evocar á Osiris, á Chu, dios del Oriente, y á Amón, dios del Mediodía.
La magia y la teurgia eran ciencias muy cultivadas en Egipto, y con cuyo
auxilio se atraía á la luna desde el cielo, se aprendía el lenguaje de
los pájaros, se transformaban las varas en serpientes y se hacían otra
multitud de milagros. Las fórmulas, por cuya virtud se hacían, estaban
custodiadas en los colegios sacerdotales y en los Palacios de los
Faraones. Los profanos ó no iniciados no podían valerse de estas
fórmulas, ni poseerlas escritas, sin exponerse á muy severos castigos.
Hasta el mismo Faraón, si tenía el antojo de hacer algún milagro
valiéndose de las tales fórmulas, se exponía á que el cielo le castigase
enviando á su reino las más espantosas plagas. Así, pues, los conjuros
demóticos que en la colección se ven, deben de ser una divulgación
sacrilega, plebeya é incompleta, de la alta y noble ciencia de los
sacerdotes y príncipes.
Posee también la colección extraordinaria cantidad de escritos cópticos
(pasan de 4.000), en papiros, pergaminos y otras materias. A pesar de la
influencia cristiana, tan poderosa en esta literatura, que consta
principalmente de traducciones de textos griegos de la Biblia y de los
Santos Padres, la afición á la magia persiste aún, y hay no pocos
conjuros y fórmulas que servían de amuletos. Entre ellos se ven
combinaciones de palabras, que forman lo que, para diversión y
adivinanza, ha estado últimamente en moda con el nombre de _cuadrado de
letras_. Así, por ejemplo:
s a t o r
a r e p o
t e n e t
o p e r a
r o t a s
y este otro, hecho con palabras y letras griegas:
[Greek: a l ph a
l e ô n
ph ô n ê
a l ê r]
En la lengua cóptica se contaban muchos dialectos y habían entrado
palabras extrañas, ya del griego, ya del latín, ya del árabe. Se
empleaba el alfabeto griego, con la adición de algunos signos para
expresar sonidos que con las letras griegas no podían expresarse.
Paciencia será menester para descifrar los cuatro mil manuscritos
cópticos de que hemos hablado, y de los cuales sólo una vigésima parte
explica el Catálogo. Hay cartas particulares y de negocios, cuentas,
recibos, vidas de santos, la epístola del rey Abgar de Edesa á
Jesucristo, y la contestación de éste, homilías, plegarias y evocaciones
de varios linajes de seres sobrenaturales; del demonio Tamsari, del gran
querubín Asaror, de los espíritus de los patriarcas Adán, Noé y
Matusalén, y del ángel Chrufos.
Posible es que de tamaño caos, después de estudiar mucho y devanarse los
sesos, saquen los sabios alguna luz para la historia de las
supersticiones, ritos, doctrinas, cultura y modos de vivir, en los
tiempos más obscuros, sobre todo para la Europa latina, ó sea desde el
siglo V al X.
En la sala segunda están expuestos los manuscritos griegos, que son los
más lujosos, elegantes y de mejor gusto artístico. Los hay con dibujos y
letras de varios colores, y de plata y de oro. Todos son enrollados y no
en la forma moderna del libro. También estos manuscritos son los más
interesantes para la historia, porque, ya son ejemplo único ó casi único
de algo, ó ya dilucidan puntos obscuros, que á la mayoría de la gente no
les importan nada, pero que llenan de entusiasmo á los historiadores y
arqueólogos y hacen que prorrumpan en el _eureka_ de Arquímedes.
Brillante ejemplo del primer caso presta el pedazo de papiro señalado
con el número 531, donde se lee un coro del _Orestes_ de Eurípides, con
la música con que se cantaba, y también con la música instrumental del
acompañamiento. Este papiro es casi contemporáneo del nacimiento de
Jesucristo: debe de tener mil novecientos años de antigüedad.
Yo no sé en qué consiste, ni me parece que el Sr. Wessely lo explica,
pero lo cierto es, que, fuera de este coro con música y quizá de algún
otro papiro, conteniendo amuletos, conjuros ó fragmentos literarios y
sin fecha cierta, no hay entre todos los papiros griegos descritos uno
solo anterior á la Era cristiana. Los más antiguos son de fines del
primer siglo de dicha Era, esto es, cuando ya la dominación helénica y
su cultura y sus letras prevalecían en Egipto hacía cuatrocientos años.
Desde el de 83 hasta el de 735 ó dígase mucho después de la conquista de
Egipto por los árabes, que tuvo lugar en 642, hay papiros griegos en la
colección del Archiduque. La cultura helénica persistió después de dicha
conquista. En todo, duró en Egipto más de mil años.
Las noticias de la vida pública y privada que contienen estos papiros,
son en extremo curiosas y pueden producir al que las recoja una
abundante cosecha de datos para la historia y para las ciencias
auxiliares de ella, como la cronología, la lingüística, la arqueología y
la economía social. Así, v. gr.: un papiro de la colección es el único
documento escrito del reinado de noventa días de los emperadores Pupieno
y Balbino. En otro papiro se declaran los títulos de la reina de
Palmira, Zenobia, y de su hijo, que reinó á par de ella, y que se
llamaba y titulaba Aurelio Septimio Vabalato Atenodoro, _vir
clarissimus, Rex, Imperator, dux Romanorum_. Otros papiros dan muestra
de la decadencia literaria, de la corrupción que se fué introduciendo en
el idioma, del mayor número de extravagancias, supersticiones y
tristezas que conturbaron los espíritus, de la poderosa reorganización
del imperio por Diocleciano y Constantino, del triunfo de la religión
cristiana, y de la vergüenza de la universal bancarrota del Estado y del
rebajamiento en la ley de la moneda.
Todo esto lo ve sin duda pasar ante sus ojos, como si estuviera viviendo
entonces, el que sabe leer los papiros y los lee. A veces conoce, no ya
la vida de una sola persona, sino la historia de toda la familia y de
sus bienes de fortuna durante algunas generaciones. En un contrato de
compra y venta en el año de 268, vemos á la rica y joven viuda Priscila
comprando una bonita esclava en la flor de su edad, y pagando por ella
cinco mil dracmas. Como ya la muchacha había pertenecido á un oficial de
caballería, llamado Aurelio Coluto, no es muy de creer que su inocencia
inmaculada entrase por mucho en tan subido precio. La señora Priscila
debía de ser caprichosa y vivir con lujo y aparato. Su hermosa casa
estaba en la _Calle del Castillo del Occidente_, en la ciudad de
Hermópolis. Pero no hay bien ni mal que dure cien años. La señora
Priscila tenía un hijo llamado Aurelio Nicon Aniceto, que fué del
Ayuntamiento, y que no sabemos cómo administraría la fortuna comunal,
pero sí que administró tan mal la propia, que tuvo que empeñarse y hasta
que hipotecar la casa de la _Calle del Castillo del Occidente_. Tomó
prestados sobre esta hipoteca: primero, cuatro mil doscientos dracmas;
al año siguiente, mil quinientos más; otro año después, mil doscientos,
y todavía otros mil quinientos dracmas, un año más tarde. El resultado
natural fué que tuvo que vender la casa, poco tiempo después, á la
señora Aurelia Serapias, hija de Trimoros, de quien yo sospecho que era
un usurero terrible. La señora Aurelia Serapias había de parecerse mucho
á su padre, y sólo dió por la casa tres mil dracmas sobre lo que ya
había prestado. Es casi seguro que la casa estaría apreciada, en número
redondo, en dos talentos, ó sea doce mil dracmas; de suerte que, al dar
los tres mil y cobrarse lo prestado, la señora Aurelia Serapias todavía
tuvo un beneficio de seiscientos dracmas lo menos.
Raros son los papiros que no contienen noticias lastimosas; pero, al
fin, algunas hay alegres también. Pondré por caso la certificación,
expedida por un juez de los juegos olímpicos, de que Horión ha alcanzado
la victoria y ha sido coronado á son de trompetas. La certificación es
del tiempo del emperador Galieno y se dirige al Ayuntamiento de
Hermópolis para que honre, como debe, al referido Horión, natural de
dicha ciudad. A los vencedores en los juegos se les concedían no pocos
privilegios y distinciones, exención de ciertos tributos y hasta
pensiones, á veces.
La serie de documentos es larga, y sería prolijo, para un artículo,
detenerse más en dar cuenta de ellos. Los que más abundan son los
contratos entre particulares y los escritos relativos al cobro de las
contribuciones, las cuales eran en dinero, en toda clase de cereales,
viandas y frutos, y hasta en equipo para los militares. La corrupción de
los que recaudaban, las vejaciones que imponían, el susto que les
entraba cuando había visita de inspección, y la creciente pobreza y
opresión del pueblo, todo se refleja en los papiros como en un espejo.
La sociedad hubo de hacerse tan insufrible para la mayoría de los
hombres, que se comprende la manía que se apoderó de muchos de huir de
las ciudades y de retirarse á los yermos á hacer vida de anacoretas.
El pueblo egipcio debía de estar cada día más humillado por sus
sucesivos dominadores, de todos los cuales iban quedando descendientes
con privilegios como hombres de raza superior, formando colonias
militares y constituyendo, á modo de un ejército de reserva, para
sostener el gobierno central, primero de los Ptolomeos, y después de los
Césares. En los papiros se ven á cada instante las huellas de estas
clases privilegiadas. Ellas acaso ayudarían á las legiones romanas para
defender el Egipto, aunque en vano, primero contra los persas, y contra
los árabes después.
La dominación persa no hubo de durar más de dos ó tres años. Sin
embargo, la colección del Archiduque Raniero encierra centenares de
documentos que atestiguan esta dominación, la cual terminó sin duda en
tiempo del emperador Heraclio.
De los manuscritos péhlvis no da la guía de la Exposición traducción ni
cuenta, disculpándose los autores con la dificultad que ofrece la
inteligencia de este idioma, del cual, según se hablaba en tiempo de los
Sasanidas, afirman que sólo quedan algunas monedas é inscripciones en
piedra que puedan haber servido para prepararse á interpretar los recién
descubiertos manuscritos, que hoy posee el Archiduque, y son, á lo que
parece, los únicos en su género.
Entiéndase que yo hablo como profano y que no acierto á decidir si el
péhlvi en que están escritos los papiros de la colección archiducal es
otra lengua distinta de aquella en que está escrita parte del
Zendavesta, ó si hay algún libro sagrado escrito en un péhlvi menos
antiguo, ya del tiempo de los Aquemenides, ya del tiempo de los
Arsacidas, ya del de los Sasanidas mismos. En este último caso, dicho
libro podría servir, como escrito en idéntico idioma, para traducir los
manuscritos persas del Archiduque.
La parte de los manuscritos latinos es muy pequeña en el Catálogo. El
latín era en todo el Imperio romano el idioma de las leyes y de la
milicia; pero, en Egipto, para la administración, el comercio y los
contratos, se empleaba el griego. Así es que hay pocos manuscritos
latinos y casi todos de asuntos militares.
Es de lamentar que entre tanto manuscrito del largo, del milenario
período greco-latino, apenas se haya descubierto nada que tenga valor
estético, salvo el pedazo del coro de _Orestes_, con su música. Lo más
notable, después de dicho coro, es un fragmento del prólogo de un drama
de Epicarmo, titulado _Ulises explorador_, donde el astuto héroe se
disfraza de mendigo y penetra en Troya para averiguar lo que allí pasa.
Hay asimismo dos hojas de pergamino de un discurso de Esquines
impugnando á Demóstenes. El discurso fué pronunciado 330 años antes de
Cristo; y el pergamino de que hablamos es del siglo V de nuestra Era.
Hay, por último, dos antífonas del siglo IV, y pedazos de las Escrituras
Sagradas y de varios Evangelios no canónicos.
La conquista de Egipto por los árabes, en 642, fué para el pueblo
conquistado una felicidad, aunque efímera. Los árabes fueron recibidos
por los coptos como simpáticos vengadores y libertadores. No eran como
los bárbaros que habían acabado con la dominación romana en Europa, sino
un pueblo de cierta cultura sencilla, primitiva y patriarcal, cultura
que contaba siglos de duración y que en no pocos de sus rasgos tenía
bondad y aun delicado refinamiento. Como los árabes venían además, en
corto número, ni querían, ni podían, ni necesitaban oprimir demasiado,
luego que pasaba el primer choque de la invasión y de la guerra. Amrú,
en otro tiempo mercader de cueros y de especias, y luego general del
califa Omar, invadió el Egipto y se apoderó de aquella región fértil y
dilatada, con un pequeño ejército de tres mil á cuatro mil hombres bien
disciplinados. Por una corta capitación anual podía cada habitante vivir
tranquilo en su casa, con su familia, su religión y sus leyes. Amrú,
lejos de quemar la Biblioteca de Alejandría, protegió las artes, la
industria y el comercio, é hizo que el Egipto volviese á florecer.
Los papiros que describe el Catálogo dan repetidos testimonios de esta
benéfica suavidad de la conquista musulmana. Los aficionados á ensalzar
el islamismo hallarán aquí nuevas pruebas de que, si bien los árabes no
fueron un pueblo inventor, fueron conservadores de las ciencias,
aficionados á ellas, y vehículo é intermedio de las invenciones, ideas y
civilización de otros pueblos.
Durante algunos siglos, tal vez se pudo imaginar que la luz del saber
iba á extinguirse entre los pueblos cristianos y á resplandecer entre
los muslimes, y que éstos llevaban la delantera en el camino del
progreso: pero, en el seno tenebroso de la barbarie europea, en medio de
las ruinas del Imperio de Occidente, de donde surgieron nuevos Estados,
compuestos de una inerme y abyecta grey, oprimida por una casta
superior, ignorante y belicosa, había gérmenes tan fecundos, que de
ellos brotó esta civilización más alta, que dura aún, que ha llegado á
maravilloso desenvolvimiento, y que es de esperar que ya nunca muera, á
pesar de las extrañas enfermedades que suelen atacarla cuando más se
ufana y se engríe con sus triunfos y su gloria. Las naciones muslímicas,
entre tanto, han descendido muy por bajo del nivel que en su origen
tenían y se han sumido en la barbarie. Como no nos incumbe aquí explicar
las causas de todo esto, nos limitamos á decir que en los manuscritos
del Archiduque hay abundancia de datos que pueden valer para explicarlo,
y que, por consiguiente, dichos manuscritos no importan sólo á la
historia de Egipto, sino á la historia de la civilización del linaje
humano.
Acaso se pruebe por ellos que no duró mucho la mejor condición del
pueblo bajo el dominio musulmán. La población decrece en los sucesivos
censos, aunque puede atribuirse á que no pocos coptós se hacen sectarios
del Islam; la opresión y los malos tratos van aumentando contra los que
no reniegan; y los tributos cunden y se agrandan poco á poco, hasta el
punto de echar de menos los peores días del imperio bizantino.
De todos modos, la cuestión es complicada y no debe decidirse de plano.
La rica colección de documentos, que posee el Archiduque, es un arsenal
que suministra armas para defender cualquiera tesis. Lo que desde luego
puede afirmarse es que, en aquellos siglos, ninguna horda, tribu ó
nación hacía ni hubiera hecho conquista tan benigna como las de los
árabes. Los dieciocho preciosos documentos, de que el Catálogo da
cuenta, contemporáneos de la conquista, y sólo posteriores los más en
doce ó catorce años á la muerte de Mahoma, manifiestan la bondad y la
moderación de los conquistadores. En cambio, otros documentos de época
posterior se pueden aducir, como prueba de la dureza de la dominación
muslímica, al menos contra los cristianos. A veces los sellaban en la
mano con un hierro candente, y á los que no llevaban este sello los
solían castigar con azotes, y hasta con la muerte. Bien es verdad que
los coptos se rebelaron en varias ocasiones, y ya la rebelión sofocada,
fueron reducidos muchos á la condición de esclavos, pudiendo acaso
decirse en defensa de los muslimes que en los pueblos de la Cristiandad
hubo hasta muy tarde la cruel costumbre de sellar á los esclavos de la
misma suerte, no en la mano, sino en la cara.
Al lado de esta y otras huellas de ferocidad, hay también documentos, de
los que da cuenta el catálogo, en que conviene celebrar ciertas
elegancias, primores y hasta ternuras que parecen propias de las más
cultas edades. Citaré, por ejemplo, el fragmento de una carta de amor,
escrita en el siglo IX, donde el amador ausente se considera tan herido
en el corazón y en el alma, que va á morir de mal de ausencia. Es además
muy interesante la postdata de esta carta sentimental, ya que por ella
se ve que fue confiada á una paloma mensajera. En el siglo IX estaba,
pues, establecido este modo de correo, y es probable que, no sólo el
gobierno, sino los particulares, hubieran podido valerse de él. De
trecho en trecho había estaciones ó palomares, á cada uno de los cuales
llegaba con cada carta una paloma que á él pertenecía: los empleados
allí confiaban la misma carta á otra paloma, que la llevaba hasta la
próxima estación, y así sucesivamente llegaba la carta á su destino. De
esta manera, sin duda, el califa recibía nuevas de cuanto iba ocurriendo
en sus extensos dominios. Tal vez estas nuevas se ponían en conocimiento
del público. Como prueba de que los particulares se valían del mismo
medio de comunicación, puede aducirse, en los tiempos más antiguos, un
papiro ó pergamino finísimo destinado al efecto, y más tarde, unas
hojitas de papel, que se llamaba _de pájaro_, y que venía á tener seis
centímetros de ancho y nueve de largo.
En suma, la colección de manuscritos del Archiduque, en su parte
arábiga, da á conocer ya mucho la vida, usos y costumbres de los
muslimes en los siglos medios; aclara bastantes puntos oscuros, corrige
no pocos errores históricos, y ofrece aún vasto y apenas explorado
campo, primero al estudio de los arabistas, y después á las
consideraciones, comentarios y consecuencias que pueden y deben sacar
los historiadores y los filósofos.
Yo me he limitado á dar de todo la más superficial noticia. Para
terminar, recomiendo ahora á mis lectores, si alguno tengo que sea
curioso y entendido en estos asuntos, que, ya que no pueda ver la
Exposición, compre el catálogo y le lea. Con esto sabrá algo, pero no lo
sabrá todo. El catálogo es una fuente ó, si se quiere, un río de
conocimiento; pero los objetos no catalogados ni descritos aún son la
mar. Me aseguran que pasan de cien mil. Todos los días anuncian los
periódicos de aquí interpretaciones ó explicaciones de nuevos
manuscritos. Anteayer mismo trajeron que se habían descifrado un himno
demótico al Dios Soknopaios, compuesto por su propio sacerdote y escrito
en un rollo de papiro de más de un metro de largo, y dos ó tres
capítulos de la obra de Xenofonte, titulada _Helénica_, donde trata de
los últimos casos de la guerra del Peloponeso.
Sólo Dios sabe lo que se descubrirá todavía; y como será cuento de nunca
acabar, no debe ser censurado que en cierto modo acabe yo este articulo
sin que, en realidad, acabe ni haya motivo para que acabe.
[Illustration]
DE LOS AUTORES PORTUGUESES
QUE ESCRIBIERON EN CASTELLANO[1]
Durante no breve tiempo, la atención del público inteligente, y, sobre
todo, de las pocas personas que leen en España, se fijó con tal ahinco y
con tan candorosa admiración en el movimiento intelectual de Francia, y
quizá de algún otro país de los que en el día se consideran al frente de
la civilización de Europa, que descuidamos mucho el conocimiento de
nuestros autores, y aun llegamos á mirarlos con desdén, más ó menos
encubierto.
[1] _Catálogo razonado, biográfico y bibliográfico, de los
autores portugueses que escribieron tn castellano_, por D. Domingo
García Pérez, Doctor en Medicina y Cirujía, antiguo Diputado de la
nación portuguesa por la ciudad de Setubal.--Madrid, 1890.
De aquí sin duda el escaso cultivo que hemos dado á nuestra historia
literaria, de la cual no tenemos aún tratado de conveniente extensión y
escrito por un español en nuestro propio idioma; Amador de los Ríos dejó
en el punto más interesante su grande obra, y lo menos malo completo que
tenemos hasta hoy, prescindiendo de la frialdad y pobre sentir de las
bellezas, es el libro del anglo-americano Jorge Tiknor.
Recientemente, acaso desde ñnes del primer tercio de este siglo, el amor
propio nacional nos ha estimulado, y la afición á las letras patrias se
ha despertado en España, al menos en el pequeño circulo de los que
gustan de libros y no se emplean enteramente en las interminables
discusiones políticas.
Nuestros antiguos libros, ó circulaban en ediciones detestables, que
arredraban á los tibios y no consentían que los leyesen, ó se habían
hecho raros, cayendo los ejemplares que aún quedaban en poder de
bibliófilos, que hacían de ellos misterioso tesoro, estimando á menudo
con perversa crítica, cada libro, más por su rareza que por su valor
literario.
En esta situación, empezó á publicarse en 1847 ó 1848 la _Biblioteca de
autores españoles_, de Rivadeneyra, la cual hizo un gran servicio,
divulgando el saber de nuestra literatura y procurando que este saber
pudiese ser algo más que somero, sin convertirse en ciencia oculta, de
la que sólo entienden los iniciados.
Desde entonces, así los que compusieron los prólogos, introducciones y
notas á los varios autores que publicó Rivadeneyra, como otros eruditos
que tal vez han venido después, y entre los que descuellan Menéndez y
Pelayo, Adolfo de Castro, Laverde y Canalejas, han ido juzgando y
estimando en lo que se debe nuestra amena literatura, poesía lírica y
épica, novelas y teatro, y hasta nuestros historiadores, filósofos y
demás hombres de ciencia.
Aún queda bastante que hacer en este punto de la crítica, y es harto
difícil ponerse en el medio razonable para no desdeñar demasiado ni
encomiar tampoco sin medida lo que no lo merece. El segundo escollo es
el más peligroso de los dos. Quien en él se coloca, en vez de ganarse
las voluntades y de fomentar la afición á los antiguos libros españoles,
infunde al vulgo, á la gente de mundo semi-ilustrada, miedo y hasta
repugnancia, no falta de fundamento, porque si alguien lee un libro que
el crítico le ponderó como un primor, lleno de ingenio y de gracia, oro
de Tíbar de poesía, etc., y se aburre leyéndole y le halla tonto é
inaguantable, creerá que con todos los demás libros que le pondere el
crítico le sucederá lo mismo, y no leerá ninguno, y tendrá vehementes
sospechas de que no es muy divertida la antigua literatura española.
Harto sabemos todos que la moda, las ideas del tiempo en que se vive, el
chiste de fecha reciente, es lo que el vulgo literario penetra bien y
aquello en que se complace. De lo pasado suele penetrar poco, y no se
divierte ni se interesa por ello; pero, en otros países, no son los
hombres tan rebeldes á toda férula como en España; no tienen tanto el
valor de sus opiniones, y reconocen las autoridades y las acatan y se
someten. Aquí no. Un inglés irá á oir un drama de Shakespeare, y
bostezará y se fastidiará de muerte, pero no se atreverá á decir que el
drama es malo; antes bien, le declarará maravilloso y estupendo:
mientras que todo español, y más aún toda española, si va al teatro y se
fastidia ó se duerme con Tirso ó con Lope, dirá desenfadadamente que
Lope y Tirso nada valen. La otra noche, por ejemplo, representaron aquí,
en uno de nuestros mejores teatros, una comedia de Molière, traducida
por Moratín, y el público, que era de lo más selecto de esta coronada
villa, echó á rodar sin el menor escrúpulo la gloria del gran dramaturgo
francés y de nuestro egregio poeta clásico, y salió casi unánime
sentenciando que era estúpida la tal comedia.
El critico y el historiador de nuestra literatura deben tener presente
todo esto para no excitar con sus alabanzas á la lectura de libros que
no merezcan ser leídos, pero tampoco deben escatimar el encomio á todo
libro ó trabajo que sea digno de él, aunque la generalidad del público
no sepa apreciarle.
La lectura de libros antiguos, aun de puro pasatiempo, requiere cierto
aparato de erudición y bastante fantasía, discreta é ilustrada, para
trasladarse en espíritu á la edad en que cada autor escribió, y
comprenderle y sentir con él como su contemporáneo, juzgándole después
sin pasión y volviendo, al hacer el oficio de juez, á vivir en la edad
en que ahora vivimos.
Sólo así se podrá componer al cabo una historia completa de nuestra
literatura ó de nuestra cultura en general, donde se tase su valor, ya
absoluto, ya con relación á la cultura de Alemania, Italia, Francia é
Inglaterra, que son los cuatro pueblos que con los de esta Península han
estado alternativa ó simultáneamente á la cabeza de la civilización del
mundo, desde que empezó la historia moderna hasta hoy.
En España podemos jactarnos de la cantidad de lo que se ha escrito.
Somos ricos en obras. No hay una sola lengua literaria, sino tres: la
castellana, la portuguesa y la catalana. Y en cada una de estas tres
lenguas, sobre todo en las dos primeras, ha habido un enjambre de
fecundísimos autores. Pero como muchos catalanes y muchísimos
portugueses han escrito en castellano, la literatura castellana, aunque
sólo fuese por esto, sería la más rica de las tres.
Aún nos queda mucho por hacer á fin de lograr una cosa con la que yo
sueño: una literatura selecta española: una bibliotequita, por ejemplo,
de cuarenta ó cincuenta volúmenes, chiquitos, elegantes y primorosos,
donde se reuniese lo mejor de nuestra inmensa riqueza intelectual;
bibliotequita que leyesen las damas sin fatiga y hasta con gusto, y que
ellas pudiesen tener en sus habitaciones, al lado ó en lugar de los
autores franceses que leen ahora cuando algo leen.
Esta selección atinada no se ha hecho bien aún. Hay motivos, que sería
prolijo exponer aquí y que la dificultan. De ello proviene que las
letras en España son menos populares y divulgadas que en otros países; y
que pasado el momento de la moda, si llega durante su vida á estar de
moda un autor, todo cuanto se ha escrito se hunde en el más profundo
olvido para el público, y sólo permanece para los eruditos, casi como si
fuera una reconditez. De ello proviene también algo de muy lamentable ó
de muy risible, según el humor con que se considere: un divorcio casi
completo entre lo literario y lo ameno ó interesante, sobre todo en el
teatro, que es por donde el vulgo, que apenas lee, penetra en el
santuario de las letras. A menudo se oye decir á la salida de los
teatros--la comedia no tiene sentido común, pero me ha interesado ó me
ha divertido:--ó bien,--mucho me ha fastidiado el drama, pero confieso
que tiene mérito literario y _¡qué buen verso!_--Lo cual da malísima
idea de autores y de público, porque razonablemente no se concibe que lo
absurdo divierta ó interese, ni menos aún que tenga _buen verso_ ni
mérito literario lo fastidioso.
De todo lo dicho se infiere que debemos propender á que salgan en España
las letras amenas del apartamiento en que viven, con respecto á la
generalidad del público, y lo que es más de sentir, con respecto á lo
que ahora llaman _high life_, en cuyos centros rara vez se ve un libro
en castellano.
Alguna culpa tienen de esto los bibliófilos. No pocos de los libros que
publican en ediciones elegantes, que jamás ó rara vez tuvieron en
España los autores que todo el mundo debiera leer sin aburrirse, son
libros que valen por su rareza, y no valen nada en cuanto dejan de ser
raros; libros que suele no ver sino por el forro el curioso ó vanidoso
que los compra, pudiendo afirmarse que de los trescientos ó
cuatrocientos ejemplares de que consta la tirada, las dos terceras
partes quedan con las hojas unidas sin que llegue á separarlas la
plegadera.
Mi espíritu muy inclinado á las contradicciones, si bien más aparentes
que reales, me ha llevado á decir cuanto va dicho, sobrado extensamente
si se mira al objeto que hoy me mueve á escribir, y me lleva en seguida
á añadir algo que parece diametralmente opuesto. Y lo parece aunque no
lo es, porque, á fin de llegar á la clasificación y selección deseada, á
que tengamos bien determinadas nuestras obras maestras, y á que salgan,
digámoslo así, de entre el ingente cúmulo de cuanto se ha escrito, para
que el vulgo las admire, importa que ese ingente cúmulo se forme todo y
venga á ser conocido, al menos por los que especialmente se dedican al
estudio.
En este sentido, sin salvedad ninguna y con toda el alma, es menester
declarar que son altamente beneméritos de la patria y de la cultura
castiza, Gallardo, Estébanez Calderón, Gayangos, Durán, Barrera y
Leirado, Sancho Rayón, Zarco del Valle, Valmar, Cañete, los dos
Fernández-Guerra y algunos otros.
El autor del libro de que voy aquí á dar cuenta, ha venido á colocarse
á no poca altura, en compañía de tan ilustres críticos y eruditos.
Aunque D. Domingo García Pérez es portugués de nación, pasó su primera
mocedad en Granada, y estudió en el colegio del Sacro-Monte, donde fué
compañero de los Fernández-Guerra, y donde, sin duda, tuvo por maestros
á D. Juan de Cueto y á D. Baltasar Lirola, quienes hubieron de
inspirarle su buen gusto en literatura y su amor á la de Castilla y al
idioma de Castilla. Dan prueba de ello el estilo fácil y castellano
castizo con que su libro está escrito; la gran copia de noticias
curiosas é interesantes que el libro contiene sobre la vida y las obras,
de quinientos ó seiscientos autores, y la multitud de composiciones, muy
raras ó inéditas, que en sus páginas encierra.
Sin duda el Sr. García Pérez debe bastante, como él mismo confiesa, á
trabajos anteriores de los críticos eruditos castellanos que mencionamos
ya, y también á los trabajos de algunos egregios portugueses, como
Barbosa, Inocencio de Silva y Costa Silva; pero es de admirar lo mucho
enteramente nuevo con que ha sabido enriquecer su obra.
Ésta sigue el orden alfabético por los apellidos de los autores, que nos
atreveremos aquí á distinguir y á clasificar.
Unos son celebérrimos en Portugal; son los principes de las letras de
aquel pueblo. Lo que han escrito en portugués casi siempre vale ó
importa más que lo que han escrito en castellano. En este número pueden
ponerse Camoens, Gil Vicente, Bernardín Riveiro, Mousinho de Quevedo, el
P. Vieira y dos condes y una condesa de Ericeira. Otros son tan ilustres
y tan dignos de serlo en Portugal como en Castilla; así, por ejemplo, Sa
de Miranda. Otros, aunque portugueses, alcanzan más gloria y nombradía
por sus escritos en castellano, y se cuentan entre nuestros clásicos,
como Jorge de Montemayor, Gregorio Silvestre y D. Francisco de Melo. Y
otros que, si menos gloriosos, son en España muy conocidos por su
laboriosidad fecunda, como Faría y Souza.
Es muy grande el número de dramaturgos portugueses que, sobre todo, bajo
el dominio de los tres Felipes, escribieron en castellano sus comedias.
El más ilustre fué Matos Fragoso. Síguenle dos Pachecos, Cayetano Souza
Brandao y otros varios, entre ellos algunas poetisas. De todos trae
García Pérez noticias biográficas y bibliográficas en abundancia.
Más interesante, y casi siempre más nuevo, suele ser lo que nos enseña
el Sr. García Pérez sobre otros portugueses que también escribieron en
castellano, y son célebres por su ciencia, por sus hazañas, por sus
peregrinaciones ó por el brillante papel que representaron en la
historia de la Península, y aun de todo el mundo, interviniendo en
nuestros descubrimientos, colonizaciones, misiones y conquistas. Así el
infante D. Pedro; García de Santisteban, compañero del Infante y
narrador de sus viajes por las _siete partidas del mundo_; el gran
Fernán Méndez Pinto, cuya veracidad se va limpiando de sospecha conforme
se conocen mejor el Asia Central y el extremo Oriente; Pedro Texeira,
que nos describió la Persia; el eminente geómetra y cosmógrafo Pedro
Núñez; el astrónomo Silva Freire y bastantes misioneros y médicos,
escritores y á menudo peregrinos, que nos han informado de la fauna, de
la flora y de las lenguas, usos, religión y costumbres de tierras y
naciones remotas.
No pequeña parte del libro del Sr. García Pérez la ocupa otro linaje de
escritores, que por su casta y creencias se pueden agrupar, y cuyos
escritos y vidas eran hasta ahora muy poco ó nada conocidos, á no ser
por sujetos de mucha erudición ó muy consagrados á un estudio especial.
Hablo de la multitad de judíos portugueses, que huyendo de la
Inquisición fueron casi todos á refugiarse á Amsterdam y en otras
ciudades de Holanda y Francia, donde escribieron en castellano poesías,
novela, filosofía, religión, política y otras ciencias. En esta cuenta,
si bien alguno pueda tenerse por español, como Miguel de Barrios, que
nació en Montilla, aunque de origen portugués, pone nuestro autor á
Manasés ben Israel, á los Abarbanel y Abohab, á Baruch Nehemias, á David
Neto, á Isaac Orovio de Castro, á Samuel Silva, á Moisés Pinto Delgado,
á Abraham Pizarro, á Abraham Ferreira, á Antonio Henríquez Gómez, y á no
pocos más, mostrando notable diligencia en los informes que da de las
varias andanzas y de los escritos de cada uno de ellos.
Algunos artículos del _Catálogo_ del Sr. García Pérez tienen
extraordinaria extensión y retratan hábilmente la condición moral y la
vida del personaje á que se refieren. Entre estos artículos merece
mencionarse aquí el del famoso conde de Villamediana, poetizado por su
trágica muerte y por los bellos romances históricos del duque de Rivas.
La circunstancia de haber nacido el Conde en Lisboa, por haber ido allí
sus padres cuando Felipe II se coronó rey de Portugal, hace que el Sr.
García Pérez le incluya en su catálogo. De su vida y de sus escritos
inéditos publicó, pocos años ha, un libro interesante el Sr. Cotarelo y
Mori. El asesinato del Conde hace ganar á éste alguna simpatía; pero
justo es declarar que, si la venganza fué criminal é infame, casi puede
calificarse de merecida. Villamediana abusó de su ingenio, que le tuvo
sin duda, aunque estragado por el mal gusto, la pedantería y la carencia
de sentido moral, y abusó de su riqueza, de su posición, de sus bríos y
de otras buenas prendas personales, para ser procaz y satírico,
pendenciero, vicioso y con las mujeres violento y desenfrenado. Su lance
con la marquesa del Valle, que fue su amiga, y á quien, por celos,
arrancó las joyas que le había dado, desgarrándole el vestido,
abofeteándola y magullándola hasta el punto de que aquella dama estuvo á
la muerte, es acción tan brutal que no tiene perdón, fuesen las que
fuesen las traiciones é infidelidades de la víctima. Y no contento
Villamediana con el material ultraje, volvió á ofender á la dama
hiriéndola en el alma y pisoteando su honra en un romance que hizo
circular, y donde la acusa de que el caudal de él no bastó á saciar la
codicia de ella, y donde, aludiendo al glorioso Hernán Cortés, de quien
procedía el título de la Marquesa, dice á ésta jugando del vocablo:
_De la herencia de Cortés,_
_Que en herencia te cabia,_
_Heredas ser cortesana,_
_Repudias la cortesia._
De otro singular personaje nos informa también muy detenidamente el Sr.
García Pérez, prometiéndonos casi la publicación de un curioso
manuscrito que de él posee. Es una relación circunstanciada de lo que
vió, observó é hizo el autor, durante algunos meses del año de 1605, que
estuvo pretendiendo en Valladolid, donde residía entonces la corte. Por
lo que se puede presumir de las muestras que he visto de esta obra, hay
en ella mucho chiste y gracejo, si bien combinado con el deplorable mal
gusto, el enmarañado y pedantesco culteranismo, la impertinente
erudición y el abuso de los retruécanos. Aunque el autor, que se llamaba
Tomé Pinheiro da Veiga, natural de Coimbra, logró el empleo que
pretendía, no parece que salió muy prendado de Valladolid, ni bastante
agradecido, para no decir mil horrores de todo. Su relación, no
obstante, debe ser animado retrato de la alta sociedad española de
entonces. A ser el retrato fiel, dicha alta sociedad quedaría muy
malparada. Triste es tener que confesar que la corrupción había de ser
grande; pero algo ha de atribuirse también á la mordaz maledicencia de
que se hacía gala, y á cierto odio contra Castilla, que siempre ha
solido brotar con lastimosa lozanía en las almas de algunos habitantes
de las diversas regiones de esta Península. Los españoles, ó para que la
voz sea más comprensiva, sin anfibología, los _iberos_, solemos ser muy
biliosos y con frecuencia murmuramos de los propios más que de los
extraños. El Sr. García Pérez inserta en su libro unas quintillas
tremendas de Pinheiro da Veiga, por donde ya se puede comprender el tono
y carácter maleantes y desvergonzados de la prosa. Si damos crédito á
las quintillas, no había en Valladolid, en 1605, señora que no fuese una
perdida, ni galán que no fuese un tunante.
En el _Catálogo_ hay para todos los gustos. Si Pinheiro da Veiga es todo
sal y pimienta, ó, si se quiere, hiel y vinagre, otro autor y poeta,
llamado Simón García del Brito, es todo almíbar en punto de caramelo.
También estuvo éste en la corte de las Españas, pero sin duda fué menos
afortunado. No logró empleo ni tuvo buena ventura, y hubo de volverse á
su lugar lusitano. Retirado allí, escribió muy lindos versos
sentimentales, llenos de _saudades_ de una dama, con quien tuvo en
Madrid relaciones amorosas. Estos versos son naturales, sencillos, y se
recomiendan por cierta delicada ternura y profundidad verdadera de
afecto, poco comunes en los poetas peninsulares de aquella edad.
En suma: el libro del Sr. García Pérez es digno por todos estilos del
buen informe que la. Real Academia Española dió sobre él y en cuya
virtud el Gobierno le ha hecho imprimir á sus expensas. Es un
complemento necesario para la historia de nuestras letras y de nuestro
idioma castellano.
[Illustration]
LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO Ó UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA
DE JESÚS
No hace muchos días que, con el título que antecede y sin nombre de
autor, salió á luz un libro en extremo interesante por el asunto de que
trata y de agradabilísima lectura por el ingenio, la gracia, la fecunda
vena satírica y el estilo castizo y magistral con que está redactado.
Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectación, el libro no
parece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como un
autor clásico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podido
escribirle.
Aunque no hubiesen llegado á mi noticia por diversos caminos claros
indicios de quién es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yo
adivinado el nombre del autor; pero como él entró en el palenque y
combate con la visera calada, yo no quiero ser ni seré quien le quite la
visera y descubra su rostro y su nombre. Diré, sin embargo, que es, en
mi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que deja
notar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez le
impulsa á ir más allá de lo merecido en la reprobación y en la censura.
Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de
los jesuítas que no los conozco _nec beneficio, nec injuria_, trataré
aquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial,
movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome á
no agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.
Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de
humildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de la
humildad y de la manera en que yo la entiendo.
Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á si
propio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todo
cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando,
encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia
las criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos,
procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un
destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, por
virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia
á cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia
para con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo y
confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto, á mi ver, es la
humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con más
hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y
abyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y los
corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivo
tiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con San
Agustín: _gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios_? Y
no sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado
cuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que el
mismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable y
sublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición y
forma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doble
naturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco de
sus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque se
comprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin que
propuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idéntico
al consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en el
Sermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréis
como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: _Sed perfectos como es
perfecto vuestro Padre que está en el cielo_.
El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á la
perfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á ser
perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser en
el primer sentido arriba expresado.
Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de la
humildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no me
explico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad,
confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte á
hacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tener
confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las
fuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandes
empresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos de
tener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz de
dar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claro
está que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muy
piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad
existirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y
no es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza de
que Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo que
queremos.
Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de
que hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sino
orgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo
la sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, si
circunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencial
disposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podría
parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo
á la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así,
más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo
no soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo
ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y
muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y si
esto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómo
ha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de la
sociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie
ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y
el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupable
que crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor del
mundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremo
excelentes.
Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aún
mientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que la
Compañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia
que en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchos
bienes para el linaje humano.
No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondría
falta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien tal
hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior
condición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posición
ó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó de
industriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilección
precedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajos
motivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraría
que el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras que
hubiera podido seguir.
Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de
los jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un concepto
sublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error ó
exageración del entendimiento.
Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando el
asunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrina
religiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia en
punto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criterio
librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía de
Jesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar por
seguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese su
fundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en la
historía del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo el
digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le
eclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extenderse
como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no á
extinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para ésta
un campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía y
la vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendían
la fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas en
países remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa había
perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo XVI.
En la Compañía hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y de
la acción, de lo práctico y de lo especulativo. Fue un ejército
conquistador, sin más armas que la palabra, que se extendió por el mundo
con extraña rapidez, avasallándole y dominándole. Si contemplamos en
espíritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece á
modo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobre
toda la redondez de la tierra. La Compañía tiene casas y colegios, gran
poder é influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y en
las Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbia
exclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martín Lutero
«quitaba la obediencia á la Iglesia Romana y hacía gente para combatirla
con todas sus fuerzas, levantaba Dios á este santo capitán para que
allegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y con
palabras á la herética doctrina.»
Y no hay sólo en el P. Ignacio el espíritu conservador, sino también el
de reforma y el de progreso. «Todos sus pensamientos y cuidados, dice el
ya citado biógrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana ó de
restaurar en la caída, por sí y por los suyos, la sinceridad y limpieza
de nuestra fe.» Todavía hay otra idea elevadísima, si no desconocida y
seguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguida
con más firmeza y perseverancia que por la Compañía de Jesús: la idea y
el propósito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura,
haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares de
la religión.
Con notable injusticia se acusa á la Compañía de que aniquila las
voluntades y nivela y pone trabas á los entendimientos con los firmes y
duros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusación menos
razonable. Jamás se ha formado una sociedad con el intento de producir
_genios_. El genio es una virtud ó un poder que tiene algo de
sobrehumano, y que aparece individualmente en el espíritu de este ó
aquel hombre cuando Dios ó la naturaleza así lo decretan. Y este genio,
virtud ó poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad que
le destruya. Es además harto arbitrario y vago el determinar ó medir la
altura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser medianía. No
seré yo quien clasifique y coloque entre las medianías ó entre los
genios á muchísimos Padres de la Compañía de Jesús; pero sí me atrevo á
asegurar que, durante los tres siglos XVI, XVII y XVIII, hasta después
de su extinción bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella una
brillantísima serie de varones admirables por la acción, como
predicadores, viajeros, mártires heróicos y exploradores atrevidos de
países incógnitos y bárbaros, y una lucidísima cohorte de hombres
eminentes en ciencias y en letras, descollando entre ellos muchísimos
españoles, por lo cual, estando España hoy tan decaída, no goza acaso el
nombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.
Para infundir en la mente de mis lectores un elevadísimo concepto y para
entonar un himno en alabanza de la Compañía de Jesús, no he de ir yo á
buscar frases y datos en libros escritos por jesuítas, ni en
disertaciones é historias de católicos fervorosos y hasta fanáticos,
sino que tomaré los datos y frases en un autor inglés, criado en el
protestantismo y librepensador más tarde: en el famoso historiador y
_ensayista_ lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que él
dice de los jesuítas y de su fundador; pero, á fin de no ser prolijo, me
limitaré á traducir algunos trozos. «Ignacio de Loyola en la gran
reacción católica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimiento
del protestantismo. Pobre, obscuro, sin protector, sin recomendaciones,
entró en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y en
mármoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios á la Iglesia; donde
su imagen está esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urna
cubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividad
y su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden de
los jesuítas empezó á existir y creció rápidamente hasta el colmo de sus
gigantescos poderes. Con qué vehemencia, con qué política, con qué
exacta disciplina, con qué valor indomable, con qué abnegación, con qué
olvido de los más queridos lazos de amistad y parentesco, con qué
intensa y firme devoción á un fin único, con qué poco escrupulosa
laxitud y versatilidad en la elección de los medios riñeron los jesuítas
la batalla de su Iglesia, está escrito en cada página de los anales de
Europa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jesús se concentró
la quinta esencia del espíritu católico: la historia del Orden de Jesús
es la historia de la gran reacción del catolicismo. Este Orden se
apoderó de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda el
espíritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y de
las academias. Donde predicaba el jesuíta, la iglesia era pequeña para
el auditorio. Su nombre en la primera página aseguraba la circulación de
un libro. A los pies del jesuíta la juventud de la nobleza y de la clase
media era guiada desde la niñez á la edad viril y desde los primeros
rudimentos hasta la filosofía. La literatura y la ciencia, que parecían
haberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron á ser las
aliadas de la ortodoxía. Dominante ya en el Sur de Europa, la grande
Orden se extendió pronto, conquistando y para conquistar. A despecho de
Océanos y desiertos, de hambre y peste, de espías y leyes penales, de
calabozos y torturas y de los más espantosos suplicios, los jesuítas
penetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los países; como maestros,
como médicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando,
cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de los
tímidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbe
antiguo no fué bastante extenso para la extraña actividad de los
jesuítas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes y
recientes descubrimientos marítimos habían abierto al emprendedor genio
de Europa. Los jesuítas aparecían en las profundidades de las minas del
Perú, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islas
de las Especias y en los observatorios de la China; y hacían prosélitos
y conversiones en países adonde ni la avaricia ni la curiosidad habían
tentado aún á sus compatricios para que penetrasen; y predicaban y
disputaban en idiomas de los que ningún otro natural de nuestro
Occidente entendía palabra.»
Cuando la Reforma se levantó contra la Iglesia católica, el clero
secular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado y
hasta lleno de descreimiento: «sólo el Orden de los jesuítas, añade
nuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores en
sinceridad, constancia, valor y austeridad de vida á los apóstoles de la
Reforma». A los jesuítas, pues, á su poder persuasivo y al influjo de su
palabra, se debió en gran parte la restauración y reverdecimiento en el
seno de la Iglesia católica de aquel hondo sentir religioso y de aquella
«extraña energía que eleva á los hombres sobre el amor del deleite y el
miedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca la
muerte en principio de más alta y dichosa vida».
Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfo
inesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debió en gran
parte á los jesuítas y á la profunda política con que Roma supo valerse
de ellos. «Cincuenta años después de la separación de Lutero, el
catolicismo apenas podía sostenerse en las costas del Mediterráneo: cien
años después apenas podía el protestantismo mantenerse en las orillas
del Báltico. Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron por
ambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declaró al fin en
favor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo XVI, la vemos triunfante
y dominante en Francia, en Bélgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria,
en Polonia y en Hungría. El protestantismo en los siglos que han venido
después no ha podido reconquistar lo que perdió entonces.» Y añade
Macaulay: «He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo que
de las muchas causas á las que debió la Iglesia de Roma su salvación y
su triunfo al terminar el siglo XVI, la causa principal fué la profunda
política con que dicha iglesia se aprovechó del _fanatismo_ de personas
tales como San Ignacio y Santa Teresa.»
Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante ó
racionalista, _fanatismo_, podrá ser llamado así por el brio y la
intensidad con que se sintió y se pensó, pero tanto el sentimiento como
el pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombre
descreído del siglo XIX, fueron, en el siglo XVI, permitánsenos las
palabras, más razonables y más progresistas que cuanto Lulero, Calvino y
los otros apóstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fué
el misticismo español de entonces huraño, egoísta y meramente
contemplativo, aspirando á elevarse y á unirse con Dios para aniquilarse
allí confundiéndose en la esencia infinita y desvaneciéndose en un
perpetuo _nirvana_. El amor de Dios y la aspiración á unirse con él,
según mil veces lo explican nuestros místicos, fueron una preparación y
habilitación de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal,
inauditos prodigios de amor al prójimo, y para que diesen cima á casi
sobrehumanas empresas. Las almas, según dichos místicos, cuando ardían
en el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego se
diría que se identificaban con Dios, eran como la espada que parece
fuego en la fragua, de donde sale después con más fino temple y con
superior aptitud para ejercer sus funciones. Lo místico y lo
contemplativo en los jesuítas no fué el fin, sino el medio para
apercibirse á la acción y cobrar fuerzas y virtud mayores con que
alcanzar en ella la victoria. Y no fué la victoria en favor sólo del
catolicismo, sino también para conservar ó restaurar el lazo ó principio
unificante de la civilización europea, que los protestantes habían roto;
para hacer que triunfase dicha civilización, amenazada por nueva
barbarie, y para salvar la libertad y el valor y mérito de nuestras
obras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que los
protestantes denigraban y hacían odiosa á la divinidad y esclavizaban á
la humana naturaleza, sacrificándola en aras de una _predestinación_ y
de una _gracia_, caprichosas y ciegas.
Nadie podrá acusar de jesuítico al célebre y malogrado historiador y
polígrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamos
ahora, ensalza como nadie á los jesuítas, haciendo que la gloria de
ellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como el
mayor triunfo y como la más espléndida gloria de la civilización ibérica
en el siglo XVI. «Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyen
las buenas obras; pero no es el mérito de ellas el que redime: es
únicamente el mérito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina,
añade, es la condenación del hombre y de su actividad, de su voluntad,
de la fuerza íntima que constituye su vida. Condenando al hombre, los
protestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen á
los abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de los
jesuítas Salmerón y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y al
hombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fe
del hombre y en sus buenas obras, cuyos méritos elevan á la gracia. El
genio español, añade Oliveira Martins, fué, pues, por la boca elocuente
de Lainez y de Salmerón, el defensor de la cultura humana, deteniendo á
Europa en la pendiente de una predestinación fatalista.»
Debo observar que yo no cito aquí á Oliveira Martins como quien cita á
un padre de la Iglesia; que en asunto tan difícil como la conciliación
de la gracia y del libre albedrío, no le doy autoridad alguna; y que no
hago á los jesuítas pelagianos, ó semi-pelagianos, para ponderar lo que
valían. Sólo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque ni
el molinismo, ni menos su mitigación por el congruismo de Suárez, fueron
nunca calificados de heréticos, los jesuítas defendieron y sostuvieron
la libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creencia
católica, y en cuestión la más oscura y difícil de la teología, y aun de
todo pensar filosófico, por donde será siempro para teólogos y filósofos
manantial y semillero de disputas hasta la consumación de los siglos. No
quiero seguir ponderando aquí y recapitulando todo lo que en alabanza de
los jesuítas puede decirse y se ha dicho hasta la extinción de la Orden
en el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitud
de enemigos acérrimos que tuvieron, primero entre los protestantes,
después entre los jansenistas, y, por último, entre los librepensadores,
redundan en cierto modo en elogio de los jesuítas, ya que prueban el
extraordinario poder y la importancia que tenían. El mérito de ellos, no
obstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, si
se precian de candorosos é imparciales. Así, por ejemplo, Mosheim dice:
«El candor y la imparcialidad me obligan á confesar que los adversarios
de los jesuítas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de sus
máximas y opiniones, han ido más allá de lo que debían, y han exagerado
las cosas para abrir más extenso campo á su celo y á su elocuencia.
Fácil me sería probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la
_probabilidad_ y de la _restricción mental_, imputadas como un crimen á
los jesuítas; pero esto me apartaría demasiadodemi asunto. Observaré
sólo que en la disputa se han atribuido á los jesuítas principios que
sus enemigos sacan por inducción de la doctrina de ellos, sin que ellos
los confiesen; que no siempre han interpretado sus términos y sus
expresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado las
consecuencias de su sistema de una manera parcial, que no está de
acuerdo con la equidad exacta.»
Esta confesión de Mosheim en favor de los jesuítas los honra mucho,
porque es uno de sus más declarados enemigos, y porque sin nombrarlas
censura de parcialidad y de más ó menos inconsciente falsía las
encomiadas _Provinciales_ de Blas Pascal, obra que, según muchos
afirman, ha hecho más daño á los jesuítas que la indignación de los
soberanos y que todas las calamidades que han caído después sobre su
Orden.
No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena su
pasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré,
para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorosos
jesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos sus
individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y
sin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.
Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una noble
tragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, y
la reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos y
opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde
de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieron
entonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento un
diluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre los
no católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IV
de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing,
Herder y mil otros.
Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios,
hombres elocuentes y _genios_.» D'Alembert: «Los jesuítas se han
empleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia,
antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas hay
disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»
Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado á
Francia hombres del _genio_ más elevado.»
Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente de
todos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar
clarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando así
cuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores y
en alta honra de España, su patria.
Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida á
Italia de los sabios griegos, había penetrado en aquella península
hueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia
científica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italia
se difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar es
que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino
Menéndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se
ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de
Ciencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida al
saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria
el ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la
_Revista critica de historia y literatura_, amplifica y esclarece las
noticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importancia
y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres
Andrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según su
mérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro,
creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre Juan
Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia
teológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; del
Padre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés,
cuyo libro del _Vigor y elegancia de la lengua castellana_ se lee aún
con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal
Mezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalista
chileno Molina; de Landival, cuya _Rusticatio Mexicana_ es uno de los
más curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y
exótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de la
arqueología romana y de la historia de la arquitectura.
Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores,
todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimo
concepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuanto
trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevación
de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y
resume su memoria: «Aquellos hombres--dice--arrojados de su patria,
obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores
antiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el culto
de la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa
amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan
é ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dado
hospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la más
leve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fiereza
caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas
veces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de
sentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breve
período de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las
venganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á los
odios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y se
purificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á los
ojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados para
siempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, es
un fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de las
literaturas europeas otro fenómeno semejante de _colonización
literaria_; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fué
realizada; espontánea, duradera y digna en sus complejas
manifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados de
extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa
para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para la
nueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»
Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy un
admirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero esto
no se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendas
acusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro me
induce á escribir este articulo.
No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partes
nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar el
dicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.
La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre y
dando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo,
civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra en
Europa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo y
hacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el más
hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir el
organismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que el
orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el
terror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos é
instituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda. Lo cierto es
que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: _sint ut
sunt, aut non sint_. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la
fe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se
pusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad,
levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religión
como por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego que
guió en el desierto á los israelitas durante la noche.
Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por el
pesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que se
ha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez de
ponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todos
los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y
fantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todo
progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de
mejoras, sea tildado por ellos de _liberalismo_ y aborrecido de muerte.
Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso é
inasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de la
porción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.
En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tan
disparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernos
tengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios y
pecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.
Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en la
Compañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta cierto
punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres,
formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, la
codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones;
pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundo
el pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa y
refulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores,
de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y no
dejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es tan
inherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestra
decaída naturaleza.
Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con
sobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo,
inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean más
ahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los
jesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo,
á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo
proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las
almas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco de
Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártires
de la fe de Cristo.
Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito para
rebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos y
dejan harto mal parados á los Padres. Referidos con notable primor de
estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novela
picaresca. Así los dos capítulos _Cuestión de cuartos_ y _Los dineros
del sacristán_, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndose
para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de
la adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donaciones
y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados
y faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó más
bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo
_El Politiqueo_ aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerra
civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el _Te Deum_ cuando
ocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muerte
del caballeroso y heróico marqués del Duero.
Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmenso
cúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo.
Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo _El Mujerío_, porque
tiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relaciones
espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y
en la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismo
cómodo y de la religiosidad _high life_ y á la moda.
Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba ser
condenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menos
á la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende.
En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y
crédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez
muchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de ese
influjo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Y
por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas
deleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean su
orgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los ha
logrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa es
poco juiciosa.
En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autor
anónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: _De ciencia y
tantidad_, _la mitad de la mitad_.
Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas de
España á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo del
nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los
otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus
nombres ni difunde su gloria.
En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo y
no tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte al
P. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los
filósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que ha
habido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo que
sean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. Zeferino
González, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus
prosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exagerada
benevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P.
Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor á
España, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor
publicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada por
León XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza,
considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sana
filosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si la
tal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa,
comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos los
ulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa y
colocada por cima de todos.
Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente
que ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre y
estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y la
verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España la
popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores
pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer;
ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; ni
entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular,
como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la
pasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.
La revista _El Mensajero del Corazón de Jesús_, está, según el autor
anónimo, muy por bajo de _La Ciudad de Dios_, de los Padres Agustinos. Y
lo que más desgracia dicha revista ó _Mensajero_, siempre, según nuestro
autor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «donde
hierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y de
palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco
decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia,
luego que recibían el tal _Mensajero_, le escondían con cuidado para que
no le leyesen sus hijas».
Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma el
autor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado al
Cardenal Wiseman por su _Fabiola_ y al inocentísimo Fernán Caballero por
varias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un gran
colegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaron
muchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos _El
Quijote_.
El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía de
Jesús en España.
En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No
sólo, dice, «no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco
sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como
el escolapio Padre Ainza».
En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor
anónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar una
sentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidad
docente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, no
daremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en general
es muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que
tienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hasta
opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijos
á los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puede
negarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de la
enseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos,
aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo de
otros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutos
oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericales
congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en sus
enseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, si
pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de los
jesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayan
animado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndole
en Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde se
aspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturas
de teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales, así
como muchas ciencias profanas y muchas teorías y descubrimientos
novísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y de
que valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer,
como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.
Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresando
aquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunque
me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener la
manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza el
autor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueven
tanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre los
cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del
espíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró en
mejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, lo
que la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus
institutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que la
Iglesia las adopte y establezca.
No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto el
espíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidos
á fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superiores
esferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aun
en las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo
enseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento
de la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, no
está reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sino
que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas
palabras del Redentor lo declaran: _Adhuc multa habeo vobis dicere, sed
non potesti portare modo_. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no
hubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobre
los apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el
Cenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior
revelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestro
dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sin
romperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande y
maravillosa que sea.
Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los
jesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento
que, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardes
condescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hiciese
posible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre
las _Diez grandes Religiones_, y al proclamar la cristiana como la
religión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüe
la libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo que
contradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia por
miedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ninguna
natural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la
literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, sea
sacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él el
medio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación más
cumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el
desarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.
En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez de
miras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que
la letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu de
verdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le
siguen.
[Illustration]
SOBRE DOS TREMENDAS ACUSACIONES
CONTRA ESPAÑA, DEL ANGLO-AMERICANO DRAPER
_Influencia del elemento indígena en la cultura de los moros del
reino de Granada_, por D. Francisco Javier Simonet. _¿Shall Cuba be
free?_ (Artículo de Clarence King, en la revista de Nueva York _The
Forum_.)
El librito cuyo titulo va en el epígrafe contiene en pocas páginas
bastantes datos y mucha doctrina; mas, no sólo por esto, sino por las
ideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, ha
llamado mi atención y me ha movido á llamar también sobre él, si puedo,
la atención del público.
El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mérito,
de grande ilustración y catedrático en Granada de la lengua del Yemen.
Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno de
ellos ha sido premiado por la Real Academia Española, y otro ha sido
premiado por la Real Academia de la Historia.
La obra de que nosotros vamos á hablar es menos fundamental y profunda:
es una obra de divulgación. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hace
siglos, tiene, en nuestro sentir, un interés de actualidad.
En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados y
juiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco los
escritores violentos, ciegos de furor, fanáticos con el fanatismo que
hoy se estila, y tan acérrimos enemigos de España, que no hay crimen,
maldad é infamia que no atribuyan á nuestra nación, infiriendo de ahí
que la postración y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo de
Dios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos,
una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabe
por quién, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad á través de
los siglos.
Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hay
responsabilidad ni libre albedrío. Todo ó casi todo depende del medio
ambiente. Y si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobre
todo temerosos de Dios, que, según Buckle, es la peor de las cualidades,
todo ello consiste en que en España no hay lluvias regulares sino
feroces tormentas y prolongadas sequías, y además tal multitud de
terremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con el
corazón en un puño y producen en nosotros la crueldad y la intolerancia
religiosas.
En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces las
injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al
castellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas y
la candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de la
Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su
_Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa_, asegura que
España, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertida
en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «si
este justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran
ciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.» Por donde se ve
que es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido,
porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebas
de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el
capítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpas
más enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi por
completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.
La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda,
de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.
Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extraña
cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas y
pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hasta
refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se
arrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros.
Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados y
oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fue
fácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en
algunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo,
no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, por
ejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así se
explica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En poco
tiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras de
la China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Los
árabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión,
valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes,
como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó como
queramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin duda
por cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien se
puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio,
mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, así
durante la independencia de la España musulmana del mencionado califato,
como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruina
después de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que
surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles,
eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primeras
grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los
almohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigo
entró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueron
africanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principio
civilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron y
civilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superior
inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.
Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarse
de España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el mérito
de no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar y
de recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolo
para que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo para
llevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólo
tolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber de
los vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso
hasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundo
musulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritus
superficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en el
norte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo la
bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo,
sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos
históricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España,
á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cual
merecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendo
siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar de
los esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.
En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímica
cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entre
alarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuanta
alabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza que
se da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesen
de fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesen
ó que aquí no tuviesen origen.
Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los
estados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho la
ponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algo
la manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer ó
ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecen
tan ponderativos encarecimientos.
Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, que
no haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes en
sus monumentos.
Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que la
cultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países,
depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo y
los árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre el
horizonte de España. En el día, á causa de la precisión de los
equinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizonte
de Cádiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerán
también y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo que
en España quedan.
Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cual
importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que
nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para
conservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se halla
lastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento con
que la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haría
restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de
las cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, una
primorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.
Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, más
originales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestad
y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada,
por las menudencias y prolijidades del ornato?
El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España es
la catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel
bosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿hay
muchas columnas que sean arábicas? ¿No ve, hasta el más profano, que
todas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la época
romana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por los
muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decir
verdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo me
parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquita
integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal
como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita
ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda la
longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y
oro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza los
primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo
hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabeza
los que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico el
templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que
tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para mi
gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores,
como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos
sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara,
contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.
No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otra
parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba.
Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puede
afirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo XVI, hubiera habido en
cualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y un
juicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento,
que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la
construcción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por
una parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hay
no poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar en
medio del más espléndido santuario del islamismo y del arte oriental
otro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al culto
y glorificación del Dios trino y uno?
No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.
Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal
vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y
de la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.
Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de los
monumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo el
horizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palacios
de los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares y
jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otros
reyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado la
tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro.
Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casi
completos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó siete
siglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en
otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan
testimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hace
miles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de la
mejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más que
moro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y popular
tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, ó
la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las
puertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.
Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, y
no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que la
agricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo,
no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo de
los moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que los
cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que este
aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho,
los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ó
para que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien y
hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia
y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los
cristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de la
conquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes y
reglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón y
D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito,
gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero hay
más aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajos
que pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que se
supone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal
fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuya
excitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante,
de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuya
protección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.
En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran
nada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura,
en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura y
pintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á los
preceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos
pintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturas
y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática no
tuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse qué
tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera
compararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á las
leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestra
gran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa,
nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y tronco
cristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestro
suelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar el
reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de
la morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la
pompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y cierta
redundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notan
frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muy
antiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados en
Roma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra
patria.
En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España,
aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, á
través de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de la
imitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados,
algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y
espíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en el
alma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismo
es tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquista
se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra
literatura española y nace del concepto fantástico, transfigurado y
hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres,
usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí la
novela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y de
aquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte
imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas,
desde los mismos romances moriscos que incluye en sus _Guerras Civiles_
el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances de
Góngora y de D. Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque de
Rivas en _El moro expósito_, y hasta los esplendores y ensueños
orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente
iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de _Alhamar_ y en otras
composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo ú
orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que
bien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se le
tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.
¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientos
amorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, y
los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?
No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque
en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en
la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías
arábigas; si varios romances, como el de _la pérdida de Valencia_,
fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en
el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de
Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo
presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que
sostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo é
insignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tiene
que convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesía
arábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en que
esa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas tenía
ya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.
Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no me
incumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero sí
procuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes
afirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquista
muslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimo
no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de
Sevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías de
los conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblo
cristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en San
Eulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los moros
no eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, de
suerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, no
deben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroes
como Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la tercera
que, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó poca
de los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se
aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto,
más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos de
atribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.
Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durante
toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros
(tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podía
ser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este pueblo
el israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en la
civilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en España
por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria.
Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otros
muchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo,
Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.
Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse,
ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entre
los españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Qué
fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos
españoles la destruyeron?
Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojados
de Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida
y lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón y
Castilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron á
trasladarse á Barcelona y á Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo
esta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo XII, el
arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron
traducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras naciones
cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena,
Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de
Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía y
del saber semíticos en la Europa de la Edad Media.
Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nada
sospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes en
los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de
la Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de esta
tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de
Europa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de
Castilla.»
Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada de
varios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayo
y Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libro
este artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber
arábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, no
sólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.
El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemos
expuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud de
datos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito,
tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes ó
españoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, ya
por sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ó
peninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, el
célebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, el
distinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Abú
Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator ó
Salvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado el
ablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de la
Edad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar en
este punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de que
trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al
elemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en su
mayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés y
del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren
poco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio,
concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muy
competente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado _Ensayo
sobre la historia del arte_ se expresa así: «Si el arte árabe se
desarrolló en España con más perfección que en los otros países
_islamizados_, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros y
cristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lo
noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su
civilización, ciencias, arte y poesía.»
Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que,
según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draper
afirma que era superior á la civilización española del siglo XV, es la
americana precolombina.
Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantre
de civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casi
todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo que
en región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribus
conocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía de
la pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Los
sacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado de
guerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían su
aumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habían
descubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida se
podían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles.
Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos del
centro de América (aun dando por supuesto que los más significativos y
mejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y no
son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), á
más de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto
inferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de mil
años antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antigua
civilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradado
antes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotros
que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestra
propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de
azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas
de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.
Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber
sometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á la
población india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla
desaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos los
aventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por su
inteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer para
modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo
peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses ó
alemanes los que á fines del siglo XV hubieran ido á América, ¿se
hubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron más
mansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperador
Carlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy
son repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable y
dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españoles
establecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios y
filibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?
Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en el
siglo XVI, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha época
había dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más sus
entrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y el
renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las
artes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no poco
de su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed
de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podían
menos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América;
pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que lo
que son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladores
crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ó
semi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nunca
pueblo de más _católico_ corazón que el pueblo español? Y digo
_católico_ en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el
significado que tienen hoy las palabras _cosmopolitismo_ y
_humanitarismo_. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor de
los indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes y
después de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que
defendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraron
iguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por la
autoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de su
casta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y la
opresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el pueblo
español, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que se
distinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, es
grande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entre
nosotros, el sucesor de Moctezuma.
Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América,
la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha
publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de
nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los
monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.
En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar
que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles
en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados.
Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la
superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la
pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron
vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos
imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse:
asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como
libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los
indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más
espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés
tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos
auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara,
pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la
esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y
no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus
fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son
señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan
pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las
manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la
jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se
eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que,
nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad,
sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los
cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que
digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para
que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba.
Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida.
Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben
y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que
cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente
hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron
bien en ser conquistados».
Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta
para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España
sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las
declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente.
Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República
Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios
que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo
fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo
merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales,
arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora
pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados
Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he
visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos
figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su
posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la
nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como
en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un
coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal
ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan
como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya
recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y
aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes
é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito
somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no
escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á
veces más allá de lo justo.
Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su
libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía
de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de
que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia
humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España
el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas
acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para
sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados
Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo
lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de
ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y
libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un
cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista _The Forum_ un
articulo titulado _¿Ha de ser Cuba libre?_ Un amigo mío anglo-americano
me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y
hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de
su tierra.
Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las
de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados
Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los
rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que
algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa
que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el
articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y
detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la
impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España
me han inspirado.
Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr.
Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega
á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que
con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á
nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón
de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón
podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio
ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de
indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho
de ellos?
De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses
pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en
todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y
viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es
absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un
millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y
con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por
ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el
descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que
predicar y legislar en favor de los indios.
Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á
ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos
españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el
menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio.
Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á
propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios
que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los
españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.
Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros
se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados
nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece,
al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca.
Dice también el articulista que España se vió _forzada_ á dar libertad á
sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado
y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las
armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más
perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos,
aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan
numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados
Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron _forzados_
á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y
donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le
matase de un tiro.
Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudiese
probar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la raza
anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido _negrera_, y donde aún, en el
presente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras,
como la de Malthus y la del _Struggle for life_.
No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en los
momentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se le
ocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, el
considerarse de una raza superior á las demás razas humanas, y el
despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó de
Italia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintín
y de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos y
reformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo y
trataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilización
europea; ni cuando desde principios del siglo XV, con tenacidad
admirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el concepto
de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares
incógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos,
jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado con
insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.
A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje la
gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque
sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no
por fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria
también, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos toca
por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y
Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún se
ignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana,
obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.
Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiende
que en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos,
sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformación
dichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinación
diabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz
intensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando y
humano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar que
sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivos
insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la
beligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean,
ni cometen atrocidad alguna.
Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los
extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos,
que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y en
apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y
juicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su
ingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lo
hace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual
llega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan
fuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejaban
libertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo que
tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la
poesía!»
Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en España
sin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que
vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de la
Inquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con el
señor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinaria
muy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que no
convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á la
suya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores de
la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente á
más personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocas
naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisición
nunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimas
tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de España
condenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo y
á otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisición
condenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada,
ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nada
tienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay en
Europa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, en
Tréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en
Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola
hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo en
España tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso,
si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una
Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en
esos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas con
profusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda la
América, dominada por España durante los sigos XVI y XVII, no hizo la
Inquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejes
relapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo el
delito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aún
eran colonias.
Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba
no sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otras
manos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento,
no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi
seguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de lo
que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, y
si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es Santo
Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con los
rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á su
triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderá
el señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta
púdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su
pensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera de
su patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en la
Isla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no se
hablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería de
la Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de
la Isla los españoles.
¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españoles
de la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos con
nosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?
Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr.
Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos;
que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probará
sino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, no
deben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros de
los que son, y convertirse, por ejemplo, en _yankees_. ¿En una nación
tan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferencia
puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr.,
de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en el
poder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y los
Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto
nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por
acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los
españoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre en
leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó
solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si
esta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para los
peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender
entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una
Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución
declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española
es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las
libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las
debieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que Fernando
VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien
volvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en
virtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse como
el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que
después ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así los
peninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadas
libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos
moralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, con
el beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.
De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero,
torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanático
por el afán de extinguir en España la civilización moderna y de
retroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fué
completamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y servil
tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes y
casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatando
las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su
trono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesar
que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo
padecieron, de este último absolutismo de los diez años.
Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables
de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las
más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en
España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á
reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey
de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido
en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848,
y por Rusia hasta 1857.
Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á
naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco
injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y
hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas
libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la
primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos
guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y
Robespierre, y los espantos del _Terror_ y de la guillotina; y fue lo
peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda,
pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera,
sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda
descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la
familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los
otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que
más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.
Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero
que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera
Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad
verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos,
poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo
y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución
inspiraron.
Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á
la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen
también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en
nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí
concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son
más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos
justificada que en el día por motivos políticos.
¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan
tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial.
Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la
Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa
sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.
En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura
el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de
Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste
citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en
Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr.
Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se
ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba
hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de
la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes
y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar
la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las
Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen
ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido
resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la
industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.
Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la
industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de
introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es
aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y
hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que
por otra parte cuenta con más ricos, fa
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