Marta y María: novela de costumbres
by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #32364 · 548,071 chars · public domain (US)
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Title: Marta y María: novela de costumbres
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: May 13, 2010 [eBook #32364]
Most recently updated: February 17, 2012
Language: Spanish
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MARTA Y MARÍA
NOVELA DE COSTUMBRES
ORIGINAL DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
ÍNDICE
PRÓLOGO Pág. 5
ACLARACIÓN 7
I.--Desde la calle 9
II.--El sarao de los señores de Elorza 17
III.--La novena del Sagrado Corazón de Jesús 39
IV.--De cómo el marqués de Peñalta fue convertido en duque de Turingia 59
V.--Camino de perfección 78
VI.--En busca del Menino 94
VII.--El alma y el esposo 111
VIII.--Como ustedes gusten 123
IX.--Excursión al Moral y a la Isla 136
X.--Sigue la excursión 150
XI.--¡Caso extraño! 167
XII.--Antecedentes 177
XIII.--En que se narran los trabajos de una virgen cristiana 194
XIV.--Pálida mors 213
XV.--Gocémonos, amado 230
XVI.--El sueño del marqués de Peñalta 245
PRÓLOGO
No está fundado el libro, que hoy tengo el honor de ofrecer al público,
sobre hechos usuales y corrientes, ni se narran en él sucesos que
estemos avezados a presenciar todos los días. Tal vez por ello se le
acuse de falso o inverosímil y se le juzgue como un producto de la
fantasía lejano de toda realidad. Me someto y resigno de antemano a
estas censuras, reservándome el derecho de protestar interiormente, ya
que no de público, contra la injusticia de tal acusación. Porque--lo he
de decir, aunque perezca mi gloria de inventor--todos los hechos
fundamentales de esta novela se han efectuado. El autor no hizo más que
relacionarlos y darles unidad.
Tengo la presunción de creer, por lo tanto, que aunque _Marta y María_
no sea una novela bella, es una novela realista. Sé que el
realismo--actualmente llamado naturalismo--tiene muchos adeptos
inconscientes, quienes suponen que sólo existe la verdad en los hechos
vulgares de la existencia y que sólo estos son los que deben ser
traducidos al arte. Por fortuna no es así. Fuera de los mercados, los
desvanes y las alcantarillas existe también la verdad. El mismo apóstol
del naturalismo, Emilio Zola, lo reconoce pintando escenas de acabada y
sublime poesía, que riñen ciertamente con sus exageradas teorías
estéticas.
_ACLARACIÓN_
_No he querido en la presente obra herir al misticismo verdadero ni
ridiculizar la vida contemplativa. Cervantes, el gran maestro de nuestra
literatura, tampoco quiso atacar al honor y al heroísmo en su inmortal_
Quijote. _Aunque yo piense que la esencia del Cristianismo es caridad y
por lo tanto vida activa, entiendo asimismo que sin una fe viva, esto
es, sin la unión mística y amorosa de nuestro espíritu con el Creador,
la misma caridad no puede beatificarnos. Pero existen y han existido
siempre seres que transportan la santidad del corazón a la fantasía, de
la vida a la quimera, como el ingenioso hidalgo transportaba el
heroísmo, y contra estos espíritus exaltados, imaginativos, en el fondo
vanidosos y egoístas, van las presentes páginas. Así como las aventuras
novelescas de los libros de caballerías enloquecían a los espíritus
débiles, ciertas exageraciones en que incurren los biógrafos de los
santos son extremadamente peligrosas para los temperamentos no bien
equilibrados. Sólo los corazones sencillos son gratos a Dios y a los
hombres. O niños o como niños, ha dicho el Salvador. En tal pensamiento
he pretendido inspirarme para escribir este libro. No obstante, como
algunas personas piadosas han creído ver en él menosprecio de la vida
contemplativa y burla de las gracias sobrenaturales que Dios ha operado
en algunas santas que la Iglesia venera, y como realmente al arrojar
piedras sobre el falso misticismo pude haber salpicado al verdadero,
cúmpleme declarar que si esto ha sucedido, lo deploro. No doy a ninguna
de las palabras contenidas en mi libro otra significación que la que
pueda acordarse con la fe cristiana y con las enseñanzas de la Iglesia
Católica, a las cuales me glorio de vivir sometido._
_A. P. V._
I
DESDE LA CALLE
Dentro del soportal la gente se estrujaba sin compasión: cada cual hacía
prodigios de habilidad para burlar la ley física de la impenetrabilidad
de los cuerpos, reduciendo el suyo a un volumen imaginario. La noche era
densa y oscura como pocas. Los pies de los curiosos se buscaban en las
tinieblas, y al encontrarse prodigábanse caricias harto expresivas. Los
codos de los unos, por secreto y fatal impulso, iban derechos a los ojos
de los otros. El sujeto pasivo de tales caricias llevaba inmediatamente
la mano al lugar del contacto, y solía exclamar ásperamente: «¡Bárbaro!
¡Ya podía usted...!» Pero un enérgico _chiis chiis_ de la muchedumbre le
obligaba a matar en flor su discurso. Y volvía a imperar el silencio. El
silencio era a la sazón la necesidad más apremiante que sentían los
vecinos de Nieva allí congregados. El menor ruido era considerado como
acto sedicioso y castigado inmediatamente con un _chicheo_ amenazador.
Estaban prohibidas las toses y los estornudos, y con penas más
aflictivas aún la risa y las conversaciones. Se sudaba muchísimo, aunque
la noche no era de las más templadas de otoño.
En los soportales de las casas de enfrente acaecía poco más o menos lo
mismo; pero en la calle había poca gente, porque estaba cayendo
pausadamente una agua menudísima que los vecinos de Nieva se habían
acostumbrado a no despreciar, pues a la postre, y a pesar de sus modos
blandos y sutiles, moja como cualquiera otra. Sólo unas cuantas personas
con paraguas y algunas otras que, no teniéndolo, se amparaban de su
filosofía permanecían a pie firme en medio del arroyo.
Los balcones de la casa de Elorza se hallaban entreabiertos, y por la
abertura salía una viva y regocijada claridad que tornaba aún más triste
la noche oscura y húmeda del exterior. También salían por intervalos
torrentes de notas armoniosas desprendidas de un piano.
La casa de Elorza era la primera de una calle estrecha y larga y
guarnecida por ambos lados de soportal, como casi todas las de la villa
de Nieva. Su fachada más importante miraba, pues, a esta calle; pero
tenía otra con balcones a la plaza del pueblo, que era amplia y hermosa
como la de una ciudad. Aunque la oscuridad no nos permite descubrir
exactamente el aspecto de la casa, se puede asegurar que es un edificio
de piedra labrada y de un solo piso, con espacioso soportal, cuya
arquería elegante y soberbia declara desde luego la jerarquía de sus
dueños. Este soportal, que bien merece los honores de pórtico, contrasta
notablemente con el de las casas que le siguen, bajo y estrecho, y
sostenido por pilares redondos y toscos sin ornamento alguno. También se
observa la misma diferencia en el piso, que en el soportal de que
hablamos es de losa bien aderezada, mientras los demás ofrecen solamente
un incómodo pavimento empedrado de guijarros. Sin osar, por tanto,
llamarla un palacio, no es aventurado afirmar que aquella mansión había
sido construida por una persona principal para su exclusivo uso y
regalo. La circunstancia de tener sólo un piso, bien claramente lo
decía. Exige la verdad que manifestemos asimismo que el arquitecto había
dado pruebas de buen gusto al trazar el plano del edificio, pues sus
proporciones no podían ser más elegantes y correctas. Pero lo que más
saltaba a la vista en él, sin duda alguna, era cierto bienestar amable y
aristocrático, exento de presunción que, aunque lograse inspirar
envidia, no despertaba ciertamente en el corazón de la plebe los odios y
rencores que excita siempre la opulencia soberbia.
El ceñudo firmamento dejaba caer sin cesar toda la ceniza húmeda y fría
de que estaban preñadas sus nubes. Las sombras envolvían y borraban los
contornos de la casa, amontonándose en lo interior de los arcos y en los
huecos de sus molduras de piedra; pero no intentaban siquiera acercarse
a la abertura luminosa y feliz de los balcones, que las rechazaba con
espanto. Miraban furtivamente el dorado paraíso de lo interior, y roídas
por la envidia descargaban su indignación acuosa sobre la cabeza de los
filósofos que escuchaban al descubierto.
El apiñado grupo de curiosos que se guarecía en los soportales de
enfrente no apartaba los ojos de aquellos balcones, mientras los que se
agrupaban debajo de los arcos de la casa, careciendo de tal recurso,
ateníanse exclusivamente a sus orejas, cuya capacidad receptiva
procuraban perfeccionar colocando la palma de la mano por detrás de su
pabellón y doblándolo un poquito hacia adelante. La oscuridad era grande
en ambos soportales, porque los faroles del municipio despedían sus
pálidos rayos a respetable distancia. Sólo servían para esclarecer en
apartados parajes de la plaza un círculo bastante reducido, produciendo
reflejos tristes sobre las piedras mojadas del suelo. Entre las sombras
brillaba de vez en cuando el fuego de un cigarro, que con su lumbre roja
iluminaba un instante los bigotes del fumador. Allá a lo lejos, en la
esquina, aún permanecía abierta una tienda de quincalla; mas podía verse
la sombra del dueño cruzar con frecuencia por delante de la puerta
arreglando ya sus cosas para cerrarla. En el piso principal de la misma
casa, los balcones se hallaban abiertos de par en par. Por ellos salían
voces, risas desentonadas y chasquidos de bolas de billar, que
afortunadamente llegaban muy debilitados al soportal. Era el café de la
Estrella, concurrido hasta las altas horas de la noche por una docena de
indefectibles parroquianos. Reinaba, pues, silencio, aunque no podía
evitarse el zumbido particular que origina la aglomeración de gente en
un sitio, producido por el roce de los pies, el movimiento de los
cuerpos, y sobre todo por las frases reprimidas que en tono de falsete
dejaban caer los unos en los oídos de los otros.
El piano, en el momento de dar comienzo la presente historia, preludiaba
con sonidos vibrantes el _allegro_ apasionado de la _Traviata_ «_gran
Dio, morir si giovine_». Terminado el preludio, empezó un acompañamiento
suave y discreto. La ansiedad era grande. Al fin, sobre el
acompañamiento se alzó una voz clara y dulcísima que sonó en toda la
plaza como eco del cielo. Los dos grupos de curiosos se estremecieron
cual si hubiesen tocado con el dedo en el botón de una máquina
eléctrica, y un murmullo sordo de complacencia corrió por encima de
ellos.
--Es María--dijeron tres o cuatro, esperando que no les oyese más que el
cuello de la camisa.
--¡Ya era tiempo!--apuntó uno en voz algo más alta.
--Ésta sí que canta en la mano, ¡olé!, y no el otro bestia de la fábrica
de conservas--exclamó un tercero todavía más indiscreto.
--¡Tengan ustedes la bondad de callarse, señores, para que podamos
oír!--gritó una voz irritada.
--¡Que se calle ése!
--¡Fuera!
--¡Silencio!
--¡Chis, chiis, chiis!
--¡Siempre he dicho que no hay gente peor educada que la de este
pueblo!--volvió a exclamar la voz colérica.
--¡Cállese usted!
--¡No sea usted estúpido, hombre!
--¡Chis, chiis, chiis!
Al fin callaron todos y pudo oírse la fogosa melodía de Verdi,
interpretada con singular delicadeza. La voz femenina que salía por los
entreabiertos balcones rasgaba la atmósfera acuosa del exterior vibrando
con fuerza por el ámbito de la plaza y yendo a perderse en las
encrucijadas de la villa. La soledad y tristeza de la noche aumentaban
el poder y la extensión de aquella voz amable, ¡amable sobre todo
elogio! Para un inteligente de los que se sientan embozados en la
escalerilla del paraíso del Teatro Real, es posible que no fuese la
cantante un prodigio de maestría en el _atacar, filar y trinar_ las
notas; mas para los que no se ven atormentados por escrúpulos
filarmónicos, puede afirmarse que cantaba muy bien y que poseía
especialmente una voz hechicera, de timbre apasionado que llegaba hasta
lo profundo del alma.
Los curiosos de ambos soportales, lo mismo que los filósofos del arroyo,
daban pruebas inequívocas de hallarse conmovidos. La afición a la música
en los pueblos ofrece siempre un carácter más violento e impetuoso que
en las capitales. Quizá se deba a que en éstas anda prodigada en demasía
por iglesias, teatros y salones, mientras en aquéllos sólo alguna que
otra vez pueden gustarla. Nadie chistaba ni se movía un punto de su
sitio. Con la boca entreabierta y la mirada perdida seguían extáticos el
curso de aquella melodía desesperada en que Violeta se lamentaba de
morir después de haber penado tanto. Los más sensibles empezaban a
soltar lágrimas, recordando alguna aventura galante de su vida juvenil.
El cielo seguía dejando caer, inflexible, su depósito inagotable de
polvo líquido. Dos de los filósofos del arroyo se palparon la ropa,
sacudieron el sombrero y, lanzando una sorda imprecación a los
elementos, vinieron a refugiarse al soportal, produciendo al llegar leve
disturbio entre sus convecinos.
Algo alejados de ambos grupos y arrimados a una columna, se percibían no
muy distintamente tres bultos menudos, con los cuales necesitamos poner
al lector en relación por breves instantes. Uno de ellos sacó una
cerilla para encender el cigarro, y aparecieron tres rostros de catorce
o quince años, frescos, risueños y maliciosos que volvieron a borrarse
al morir el fósforo.
--Oye, Manolo--dijo uno apagando todo lo posible la voz--, ¿quién te ha
dado esa boquilla?
--Pues se la he _limpiado_ a mi hermano.
--¿Es de ámbar?
--De ámbar y espuma de mar: le ha costado tres duros en Madrid.
--¡Pobre de ti si llega a saber que has sido tú...!
--Calla, tonto. ¿Para qué está el criado en casa, sino para pagar estas
culpas?...
Un sujeto que estaba más cerca que los demás, les mandó callar
ásperamente. Los chiquillos obedecieron. Mas de pronto dijo Manolo con
voz apenas perceptible:
--Escuchad, muchachos. ¿Queréis que yo deshaga esto en un instante?
--¡Sí, Manolo; sí, Manolo!--repusieron precipitadamente los otros, que,
por lo visto, tenían gran confianza en las facultades destructoras de su
compañero.
--Pues vais a ver; estaos quietos ahí.
Y apartándose poco trecho de ellos se agazapó al lado de una puerta y
soltó tres chillidos descomunales, idénticos a los que lanzan los perros
cuando se les castiga. Un ladrido inmenso, furioso, universal, resonó
inmediatamente por los espacios. Los perros todos de la población,
unidos y compactos como un solo mastín, protestaban enérgicamente
contra la pena infligida a un semejante suyo. El canto de María se
perdió completamente dentro de aquel formidable ladrido. La multitud que
escuchaba experimentó dolorosa sacudida, se agitó tumultuosamente unos
instantes, lanzó exclamaciones incoherentes contra los malditos
animales, trató de imponerles silencio a gritos, y, por último, visto lo
inútil de sus esfuerzos, se resignó a esperar que cesasen. Los ladridos,
en efecto, se fueron extinguiendo paulatinamente, haciéndose cada vez
más raros y lejanos. Sólo el perro del comercio de quincalla, que
acababa de cerrarse, continuó algún tiempo ladrando con furia. Al fin
también éste cesó, aunque muy a disgusto. El canto de la moribunda
Violeta volvió a escucharse, puro y límpido como antes. Los oyentes
tornaron a reanudar las suaves emociones que les había producido, si
bien un poco inquietos y nerviosos, como si temiesen a cada instante
verse privados de aquel placer.
Manolo se acercó a sus compañeros ahogando la risa y fue recibido
también con risas y aplausos ahogados.
--Anda, Manolito, chilla otra vez.
--Esperad, esperad un poco; hace falta que estén descuidados.
Pasado un rato, Manolo se alejó de nuevo cautelosamente, y, rodeando el
grupo, fue a situarse en el extremo opuesto. Desde allí lanzó otros tres
lamentos como los anteriores, y el mismo ladrido atronador pobló el
espacio respondiendo a ellos. La muchedumbre se alborotó nuevamente,
pero con mucho mayor estrépito. Todos hablaban a un tiempo y lanzaban
furiosas exclamaciones.
--¡Esto es horrible!
--¡Vaya un concierto que nos están dando esos condenados de perros!
--¡El perro que chilla es el que tiene la culpa!
--¡Maldito!...
--¡Condenado!...
--¡Silencio, silencio, que ya se oye algo!
--¡Qué se ha de oír!... ¡Maldita sea mi suerte!
--¡Silencio, silencio!
--¡Chis, chiis, chiiiiis!
Los perros fueron callando uno en pos de otro cuando lo tuvieron por
oportuno, y poco a poco se fue restableciendo la calma. El cántico de
Violeta tornó a aparecer lleno de dulzura melancólica y de pasión. La
voz de María sollozaba de tal suerte al interpretarlo, que el corazón se
oprimía y las lágrimas brotaban en los ojos. Un solo perro, el del
comercio de quincalla, siguió ladrando con persistencia sumamente
incómoda, pues la voz de la cantante no acababa de llegar a los oídos
del público con la debida pureza. Un hombre con garrote en mano se
destacó del grupo, y expuesto a la intemperie, atravesó la plaza para
hacerle callar; mas el perro olió en seguida la caña y puso pies en
polvorosa. El hombre se metió otra vez en el soportal. Al fin reinaba
completo silencio en la plaza y los aficionados disfrutaban a su sabor
del concierto de los señores de Elorza.
¿Qué había sido de Manolo? Sus compañeros le aguardaban hacía rato para
tributarle los elogios a que se había hecho acreedor; pero no acababa de
aparecer.
El más pequeño preguntó, al fin, tímidamente, al otro:
--Di, ¿qué le harían si le cogiesen chillando?
--Pues nada: le administrarían un poco de jarabe de bastón.
El que había hecho la pregunta se estremeció levemente y guardó
silencio.
--Pero ¡ca!--continuó el otro--, no le han cogido, no. ¡Bueno es él para
dejarse atrapar!
En este momento Manolo lanzó dos gritos más rabiosos aún desde el
soportal de enfrente, y con la misma rabia contestaron ladrando los
perros de la vecindad. No es posible describir lo que entonces acaeció
en la muchedumbre de oyentes de uno y otro soportal. El tumulto que se
produjo fue en realidad imponente. Una porción de manos se agitaron en
la oscuridad esgrimiendo terribles bastones y paraguas. Y de ambos
grupos salió un coro de imprecaciones nada lisonjeras para la raza
canina. La confusión y el desorden se apoderaron de todas las cabezas.
Los pechos no respiraban más que venganza y exterminio.
--¡Matad a ese perro indecente!--gritó una voz dominando el tumulto.
--¡Sí, sí, rompedle el espinazo!--repuso otro buscando ya el género de
muerte más adecuado.
--¡Ese perro, ese perro!
--Pero ¿dónde está ese maldito?
--Buscadlo y rompedle el espinazo.
--Y si no se encuentra el perro, rompédselo al amo.
--¡Mala centella los mate a los dos!
El alboroto había subido de tal suerte y la gritería era tan
escandalosa, que algunos balcones de la vecindad dejaron escapar un
chirrido y se abrieron discretamente. Las cabezas investigadoras que por
ellos asomaron, no logrando enterarse de lo que ocurría y temiendo
resfriarse, se retiraron al instante. En la casa de Elorza se asomaron
tres o cuatro personas, que también se metieron velozmente, y ¡oh
dolor!, al retirarse cerraron tras sí los balcones.
--¡Ea, ya oímos lo que teníamos que oír!
--¿Han cerrado los balcones?
--Sí, señor, los han cerrado y han hecho perfectamente.
De aquella muchedumbre salió un suspiro apagado de fatiga y de rabia.
Hubo silencio durante un momento, como tributo rendido a sus esperanzas
muertas. Nadie se movía de su sitio. Al fin uno dijo en alta voz:
--Señores, buenas noches y divertirse. Me voy a la cama.
Este saludo les sacó de su estupor. Los grupos empezaron a disolverse
lentamente, no sin lanzar coléricas exclamaciones. Algunas personas se
alejaron caminando dentro de los soportales. Otras atravesaron la plaza
con los paraguas abiertos. Los menos, permanecieron en el mismo sitio
haciendo interminables comentarios sobre lo que acababa de ocurrir. Al
fin quedó una media docena de curiosos, que, fatigados de murmurar en
aquel paraje, se fueron a hacer lo mismo al café de la Estrella.
Mientras salvaban la distancia que mediaba entre el soportal y el café,
una voz irritada, la misma que había protestado contra la mala educación
de aquel pueblo, decía con más cólera aún:
--¡Siempre he dicho que no hay perros peor enseñados que los de esta
villa!
II
EL SARAO DE LOS SEÑORES DE ELORZA
--¡Qué lástima, Isidorito, que usted no hubiese estudiado para médico!
¡No sé por qué se me figura que habría de tener usted mucho ojo para las
enfermedades!
El joven se ruborizó de placer.
--Doña Gertrudis, me honra usted demasiado; no tengo otro mérito que el
de fijarme bien en lo que traigo entre manos, lo cual me parece de
absoluta necesidad en cualquier carrera a que uno se consagre.
--Tiene usted muchísima razón. Lo primero es fijarse en lo que se tiene
delante y no andar pensando en musarañas. Y si no, aplique usted el
cuento a don Máximo. No se le puede negar mucha sabiduría y buen deseo,
pero tiene la desgracia de no fijarse en nada de lo que le dicen, y por
eso no da casi nunca en el clavo. ¿Quiere usted decirme, Isidorito, cómo
es posible que acierte a curar un hombre que cuando el enfermo le está
contando lo que padece se pone a tajar un lápiz o a tocar el tambor con
los dedos? ¡Usted no sabe lo que yo he sufrido por su causa! ¡Que Dios
no le tome en cuenta el mal que me ha hecho! Mi marido le quiere
mucho... y yo también, no vaya usted a creer... En medio de todo es un
buen sujeto, y hace veinticuatro años que entra en casa; pero hay que
decir la verdad aunque cueste trabajo: el pobre señor tiene la desgracia
de no fijarse..., de no fijarse poco ni mucho.
--Exacto, exacto. Don Máximo carece, a mi juicio, de las dotes de
observación indispensables para el arte que ejercita. Quizá se sorprenda
usted de que califique de arte a la medicina en vez de ciencia: es una
opinión particular mía que estoy dispuesto a sostener contra cualquiera,
lo mismo en privado que en público. La medicina, a mi juicio, no es otra
cosa todavía que una profesión empírica, puramente empírica. Repito que
es una opinión particular y que, como tal, la expongo; pero abrigo la
confianza de que será muy pronto una verdad universalmente aceptada.
--La verdad es, Isidorito, que a mí no acaba de entenderme. Anteayer
pasé todo el día con un ruido en la cabeza, como si estuviese tocando
dentro de ella una banda de tambores. Al mismo tiempo esta rodilla
izquierda se me había inflamado de tal modo que no pude ir siquiera
desde mi cuarto al comedor. Le mandé recado a don Máximo, y hasta el
oscurecer no vino. Le digo a usted que pasé un día cruel, y que si no
hubiera sido por unos parches de sebo, que a medianoche me puso mi hija
Marta en las sienes, me hubiese muerto sin remedio, porque don Máximo no
tuvo por conveniente mandar encender luz siquiera para verme.
--Lo que usted indica corrobora más y más mi aserto. Vea usted cómo los
remedios caseros, administrados sin otro discernimiento que el que
comunica la rutina, por los resultados obtenidos en una larga serie de
casos, obran a veces sobre el organismo de modo más favorable que una
medicación científica. No acaece otro tanto en nuestra profesión,
señora, donde todos los casos que puedan ocurrir están de antemano
previstos por las leyes o por la jurisprudencia elevada a la categoría
de ley. No hay un solo litigio que no tenga ya su resolución adecuada en
los códigos civiles, ni puede cometerse absolutamente ningún delito o
falta que no esté comprendido en algún artículo del Código penal. Y para
que jamás pueda quedar nada al libre arbitrio de los tribunales (excepto
la interpretación _usual_), tenemos como derecho supletorio el canónico,
que es un abundante venero de reglas de conducta, aunque basadas todas
ellas principalmente en la equidad.
--Cierto, cierto, Isidorito. Los médicos no entienden absolutamente una
palabra. Si yo pudiese meter en frascos otra vez las medicinas que he
tomado, podía muy bien abrir botica. Ya ve usted que estoy como el
primer día... ¡Lo mismo que el primer día!..., sin adelantar un paso
siquiera... Dios me concede mucha resignación, que si no... Mire usted,
ayer estuve regularmente, pero lo que es hoy, por ser día de mi santo,
me encuentro fatal, fatal... Un desasosiego en todo el cuerpo..., un
hormigueo en las piernas..., un ruido en los oídos... Usted, que tiene
tanto talento, ¿no sabría lo que es este ruido en los oídos?
--Señora, yo creo..., ejem..., que esa enfermedad obedece a un estado
puramente nervioso... Las alteraciones nerviosas son tan variadas y
extrañas..., ejem..., que no es posible someterlas a principios fijos,
sino más bien conviene no sentar ninguna regla y estudiarlas en detalle,
o sea cada una de por sí.
Trabajo le costó, pero al fin salió del paso. Isidorito era un muchacho
macilento y encogido, con hondos y precoces surcos en las mejillas, de
pelo ralo y ojos saltones. Se le tenía por uno de los jóvenes más
formales o acaso el más formal de la villa y servía siempre de espejo a
los padres de familia para afear la conducta de sus hijos
calaveras:--«¿No ves a Isidorito qué bien se produce en sociedad, y con
qué aplomo habla sobre todas las cuestiones?»--«¡Ah, si tú fueses como
Isidorito, qué vejez tan dulce me harías pasar!»--«¡Vergüenza te había
de dar que Isidorito se hubiese hecho doctor hace ya cuatro años, y tú
no hayas logrado graduarte de licenciado todavía, zopenco!»
Doña Gertrudis, esposa del señor don Mariano de Elorza, dueño de la casa
en que nos hallamos, está sentada, o por mejor decir, recostada en un
sillón al lado de Isidorito. Aunque no pasaba de cuarenta y cinco años
de edad, representaba casi tantos como su marido, que frisaba ya en los
sesenta. En su rostro descaecido y marchito, sin embargo, no se habían
borrado aún enteramente los rasgos de una belleza excepcional, que había
dado mucho que decir allá por los años de 1846 al 48, y que le valiera
multitud de romances, sonetos y acrósticos de los más eminentes poetas
de la villa, insertos en un periódico semanal que entonces se publicaba
en Nieva con el título de _El Judío Errante_. Doña Gertrudis guardaba
con gran esmero una colección lujosamente encuadernada de _Judíos
Errantes_ y solía asegurar a los amigos que si el joven que firmaba sus
acrósticos con una V y tres estrellas no hubiese fallecido de una tisis
galopante, sería a la fecha el poeta a la moda, y que si otro muchacho,
llamado Ulpiano Menéndez, que se ocultaba bajo el seudónimo de _El Moro
de Venecia,_ no se hubiera marchado a América a hacer fortuna en el
comercio, sería por lo menos tanto como Zorrilla o Espronceda. Don
Mariano, su esposo, participaba de la misma convicción, aunque en otra
época, tanto el poeta lírico como el comerciante le habían causado
grandes desasosiegos y turbado no pocas veces la paz de sus relaciones
amorosas. Pero era hombre justificado y amigo de dar a cada uno lo suyo.
Doña Gertrudis estaba rebujada en una magnífica manta de felpa, y tenía
la cabeza cubierta con una cofia, por debajo de la cual enseñaba algunos
cabellos entre rubios y blancos. Su rostro era de singular blancura
mate, fino y correcto. Los ojos azules y sumamente tristes. Más que de
la enfermedad advertíanse en aquel rostro las huellas de la clausura.
--Me mata, me mata este ruido en los oídos. No puedo comer, no puedo
dormir, no puedo sosegar en ninguna parte.
--Juzgo que debiera usted permanecer en la cama.
--Es peor, Isidorito, es peor. En la cama no puedo prender los ojos.
Empiezo a dar vueltas como un molinillo y llega a producirme fiebre.
Estoy mucho más enferma de lo que se cree. Ya se verá cómo esto tiene
mal fin. Hoy me encuentro tan nerviosa, tan nerviosa... Tómeme usted el
pulso, Isidorito, y dígame usted si tengo fiebre.
Al sacar la mano enflaquecida y dársela al joven, don Mariano y don
Máximo, que charlaban animadamente en el hueco de un balcón, dirigieron
la vista hacia allí y sonrieron. Doña Gertrudis se ruborizó un poco y
volvió a ocultar su mano velozmente dentro de la manta.
--Ya tiene un nuevo médico de cámara su señora--apuntó don Máximo con
acento irónico.
--¡Bah, bah, bah!... ¿Con qué perro o gato de la villa habrá dejado mi
mujer de celebrar consulta? Estos días anda furiosa con usted y dice que
se va a morir sin que usted haga caso de ella. Yo la encuentro mejor que
nunca... Pero vamos a ver, don Máximo, ¿usted cree de buena fe que
podemos aceptar el trazado de Miramar?
--¿Y por qué no?
--¿No comprende usted que nos hundimos para siempre?
--Don Mariano, me parece que está usted obcecado. Lo que le importa a
Nieva es tener ferrocarril pronto, pronto, pronto.
--Lo que le importa a Nieva es tener ferrocarril bueno, bueno, bueno. El
trazado de Miramar sería nuestra ruina, porque nos acerca a Sarrió, que,
como usted sabe muy bien, tiene más importancia comercial y marítima que
nosotros. En pocos años nos tragaría como una pepita de cereza. Además
debe usted tener en cuenta que habiendo quince kilómetros desde el
empalme hasta Nieva y doce solamente a Sarrió, ninguna mercancía dejará
de preferir este punto para exportarse. Si a esto agrega usted que tarde
o temprano...
Un golpe violento de tos cortó la palabra a don Mariano. Era un hombre
grueso, alto, con barba y cabellos blancos; aquélla muy crecida. Sus
ojos negros brillaban como los de un joven, y en sus mejillas sonrosadas
el tiempo no había conseguido labrar profundos surcos. Sin duda había
sido uno de los jóvenes más gallardos de su época. Tal como ahora le
hallamos, todavía llamaba la atención por su fisonomía simpática y
venerable, y por su figura atlética. Con la violencia de la tos, su
temperamento sanguíneo experimentó una fuerte sacudida: el rostro se
coloreó excesivamente. Cuando hubo cesado, tornó a coger el hilo del
discurso.
--Si a esto agrega usted que tarde o temprano tendremos un buen puerto,
ya sea en El Moral o en el mismo Nieva, porque la guerra no ha de durar
eternamente ni el Gobierno ha de dejarnos reducidos siempre a la
condición de parias, ya verá usted qué vuelo toma en un instante el
comercio de la villa y qué pronto le hacemos sombra a Sarrió.
--Bien, bien: convengo en que el trazado de Sotolongo ofrece algunas
ventajas; pero usted bien sabe que por ahora ni en mucho tiempo no hay
que soñar con él, mientras que el de Miramar lo tenemos en la mano. El
Gobierno está profundamente interesado en ello, porque no hay otro medio
de proteger nuestra fábrica de armas. Ya comprende usted que si los
carlistas llegasen a romper la línea de Somosierra, entrarían aquí como
Pedro por su casa, tomarían las armas que les pareciera, inutilizarían
la fábrica y podrían marcharse por el valle de Cañedo sin peligro
alguno. Por ahora no hay cuidado que rompan la línea, ya lo sé, pero
¿quién puede asegurar lo que sucederá con el tiempo? Además, ¿no puede
llegar un día en que el mismo elemento carlista que aquí tenemos levante
la cabeza? Pues si hubiese ferrocarril, cualquiera que él fuese, nada
más fácil que poner aquí en dos horas cuatro o cinco mil hombres...
--En primer lugar, don Máximo, un ferrocarril militar, como usted mismo
confiesa que es el de Miramar, no es el que tenemos derecho a exigir de
la Nación. Necesitamos un ferrocarril verdadero y adecuado para el
fomento de nuestros intereses y que no sirva únicamente para proteger
una fábrica. Hágase usted cargo de que es obra para siempre y que, si
desde su origen adolece de un vicio grave, este vicio pesará eternamente
sobre nuestra villa. En segundo lugar, los carlistas no pasarán jamás de
Somosierra. En cuanto a que aquí levanten la cabeza, demasiado comprende
usted que no es posible, porque cuentan con muy pocos elementos..., y
eso que bien lo trabajan.
--¡Ya lo creo que lo trabajan! Hay que estar prevenidos... y no
dormirse... Y en último resultado, más vale pájaro en mano... Pero
dígame usted, don Mariano, hablando de otra cosa, ¿han terminado ya de
arreglar las cocheras?
Don Mariano, antes de responder, se palpó con aire distraído todos los
bolsillos de la ropa, y no hallando lo que buscaba, dirigió la vista
hacia un rincón de la sala.
--Martita, ven acá.
Una niña que estaba sentada en el extremo de un diván, sin hablar con
nadie, llegó corriendo. Podría tener trece o catorce años, pero estaban
ya bien señaladas en ella las formas de la mujer: vestía de corto, sin
embargo. Era blanca, con ojos y cabellos negros, mas su semblante no
ofrecía la expresión provocativa que suele tener esta clase de rostros.
Las facciones no podían ser más correctas ni el conjunto más armonioso.
Faltaba a aquella belleza, no obstante, un soplo de vida que la animase.
Era lo que se llama vulgarmente un rostro parado.
--Oye, hija mía; ve a mi cuarto, abre el segundo cajón de la izquierda
de la mesa de escribir y tráeme la petaca.
La niña se alejó presurosa y no tardó en volver con ella.
--Vamos a fumar al comedor--dijo don Mariano tomando a don Máximo del
brazo.
Y ambos salieron del salón por una de las puertas laterales.
Marta volvió a sentarse otra vez en el mismo sitio. Las señoras que se
hallaban cerca estaban empeñadas en una conversación animadísima en la
cual ella no tomaba parte. Quedose, pues, sentada, paseando su mirada
indiferente de una a otra parte de la sala, deteniéndola ahora en un
grupo, ahora en otro de circunstantes y fijándola más particularmente en
el pianista que _ejecutaba_ a la sazón la sinfonía de _Semíramis_.
Pocas veces había presentado el salón de los señores de Elorza aspecto
tan brillante. Todos sus divanes de damasco floreado estaban ocupados
por señoras ricamente ataviadas, con los brazos y el pecho al aire. La
araña de cristal que colgaba en el centro despedía hermosos cambiantes
de luz que iban a caer sobre su tersa piel produciendo visos nacarados.
Los espejos reflejaban de uno y otro lado aquellos pechos hasta el
infinito. El severo papel verde botella del salón realzaba su blancura.
Marta tenía frente a sí a las señoras de Delgado; tres hermanas, una
viuda y dos solteras. Todas pasaban de los cuarenta. Las solteras no
fiaban de su juventud, pero tenían absoluta confianza en el poder de sus
espaldas lustrosas y en sus brazos redondos y crasos. Cerca de ellas
estaba la señorita de Morí, carirredonda, vivaracha, de ojos negros
maliciosos, huérfana y rica. Un poco más allá la señora de Ciudad,
dormitando sosegadamente hasta que llegaba la hora de recoger a las seis
hijas que tenía diseminadas por los distintos parajes de la sala. Allá,
en un rincón, su hermana María charlaba íntimamente con un joven. Los
ojos de la niña rodaban de un sitio a otro lentamente. La música le
interesaba poco. Parecía estar segura de no ser observada por nadie, y
su rostro tenía la expresión glacial e indiferente del que se encuentra
solo en su cuarto.
Los caballeros, con levita negra correctamente abrochada, se arrimaban
lánguidamente a las puertas del gabinete y del comedor, lanzando desde
allí miradas persistentes a los brazos y los pechos que ocupaban los
divanes. Otros se mantenían en pie detrás del piano, esperando que un
compás de silencio les diese tiempo para expresar por medio de
exclamaciones reprimidas la admiración que rebosaba de su alma. Sólo muy
pocos, bien quistos de la suerte, habían logrado que alguna señora
refrenase con la mano, en obsequio suyo, el vuelo exuberante de sus
faldas de seda y les hiciese un lugarcito a su lado. Orgullosos de tal
prerrogativa, manoteaban sin cesar y derrochaban su ingenio para
entretener a la magnánima señora y a las tres o cuatro amigas que
tomaban parte en la conversación. El torrente de fusas y semifusas que
salía del piano colocado en un ángulo del salón llenaba su recinto y
apagaba enteramente el cuchicheo de las conversaciones. A veces, sin
embargo, cuando los dedos del pianista herían suavemente las teclas en
algún pasaje, se oía el ruido áspero de los abanicos al abrirse y
cerrarse y sobre el murmullo tenue y confuso de los imprudentes que
charlaban se percibía súbito una palabra o una frase entera que hacía
volver con disgusto la cabeza de los que formaban detrás del piano. El
calor era grande, a pesar de hallarse entreabiertos los balcones. La
atmósfera, sofocante y cargada de un desagradable olor, mezcla del
perfume de pomadas y esencias con los efluvios de los cuerpos que ya
transpiraban. En esta mixtura de olores predominaba el aroma acre de los
polvos de arroz.
Doña Gertrudis, según costumbre cotidiana, se había dormido
profundamente en la butaca. Tenía fuero de enferma y nadie se lo tomaba
a mal. Isidorito levantose silenciosamente y fue a arrimarse a la puerta
del gabinete. Desde aquella posición inexpugnable comenzó a lanzar
miradas abrasadoras, largas y profundas sobre la señorita de Morí, que
recibió los fuegos de la batería con una calma heroica. Isidorito había
amado a la señorita de Morí desde que tuvo conocimiento de lo que eran
dotes y bienes parafernales, asombrando después por su fidelidad a toda
la villa. Aquella pasión había hecho presa de tal suerte en su alma, que
jamás se le vio cruzar la palabra ni dirigir una mirada incendiaria a
otra mujer que no fuese la citada señorita.
Pero Isidorito, contra lo que pudiera creerse dados sus vastos
conocimientos jurídicos y su formalidad no menos vasta, experimentaba
una leve contrariedad en sus amores. La señorita de Morí tenía por
costumbre prodigar sonrisas amables a todo el mundo, derrochar miradas
largas y apasionadas con todos los jóvenes de la población; con todos...
menos con Isidorito. Esta conducta inexplicable no dejaba de causarle
algunas inquietudes, obligándole a meditar frecuentemente sobre la
sabiduría de los legisladores romanos que jamás quisieron otorgar
capacidad jurídica a la mujer. Había sido nombrado recientemente fiscal
municipal del distrito, lo cual, al constituirle en autoridad, le daba
gran prestigio entre sus convecinos. Pues bien, la señorita de Morí,
lejos de dejarse fascinar por la nueva posición de su apasionado,
pareció encontrar ridículo tal nombramiento, a juzgar por el empeño con
que desde entonces trató de evitar toda comunicación visual con él. Pero
nuestro joven no se dejó abatir por estas nubecillas tan frecuentes
entre enamorados y continuó bloqueando, unas veces por medio de pláticas
eruditas y otras con actitudes lánguidas y románticas, la carita redonda
y los tres mil duros de renta de la inquieta damisela.
Al lado de Marta cierto joven ingeniero que acababa de llegar de Madrid
convertía en un edén con su charla insinuante y graciosa la tertulia que
se había formado para escucharle. Era una tertulia o _petit comité_,
como lo llamaba el ingeniero, compuesta exclusivamente de damas, donde
el núcleo estaba constituido por tres señoritas de Ciudad.
--Eso no es más que una galantería de usted, Suárez--dijo una señora.
--¡Ya se ve!--repitieron varias.
--Es la pura verdad, y cualquiera que haya vivido allí algún tiempo lo
podrá decir. En Madrid no hay términos medios: o las mujeres son
totalmente hermosas o totalmente feas. No hay el conjunto de rostros
agradables y simpáticos que aquí veo. Porque no les extrañará a ustedes
que les diga que el número de feas es allí mucho mayor que el de
hermosas.
--¡Bah! ¡bah! En Madrid es donde se encuentran las mujeres más bonitas
y, sobre todo, más elegantes.
--Eso ya es otra cosa: elegantes, sí; pero bonitas, no paso por ello.
--Pues aunque usted no pase.
--Señoras, hay una razón para que ustedes sean más bonitas que las
madrileñas: es una razón que pueden apreciar mejor los que, como yo, se
han dedicado a las bellas artes. Aquí hay el color y la forma, que allí
no existen. Esta noche, afortunadamente, tengo ocasión de observarlo y
de establecer comparaciones que resultan muy favorables para ustedes.
Ahora que nos permiten contemplar lo que ordinariamente cubren con tal
cuidado, puedo asegurar que ustedes tienen forma de mujer, la forma que
tanto admiramos en las estatuas griegas y en las pinturas flamencas,
mórbida, blanca, transparente, mientras que al entrar en un salón de
Madrid no se tropieza más que con esqueletos en traje de baile...
Las señoras rieron, tapándose la cara con los abanicos.
--¡Qué lengua, qué lengua tiene usted, Suárez!
--No me sirve más que para decir lo que es cierto. Las niñas de Madrid
me hacen el efecto de sombras chinescas. En ustedes encuentro seres
visibles, palpables... y hasta confortables.
Marta observó que la bujía de un candelabro se estaba concluyendo y que
iba a hacer estallar la arandela de cristal. Se levantó y fue a apagarla
con un soplo. Después, al sentarse nuevamente, lo hizo en sitio
distinto.
El pianista terminó sin novedad su sinfonía. Las conversaciones cesaron
de golpe. Algunos batieron las palmas y otros dijeron: «¡Muy bien, muy
bien!» Ninguno le había escuchado. El pianista se creyó indemnizado de
sus fatigas, y asomando la cara ruborosa por encima del piano, dio las
gracias a la sociedad con sonrisa triunfal. Un joven que traía el pelo
sobre la frente al estilo de los elegantes de Madrid aprovechó este
momento de felicidad para obligarle a tocar un vals-polca.
Desde los primeros acordes se pudo notar extraordinaria agitación en la
juventud de las puertas, que se enervaba a ojos vistas por la falta de
ejercicio. Algunos empezaron a meterse los guantes apresuradamente;
otros se aliñaron los cabellos con la mano y apretaron el nudo de la
corbata. Uno preguntó con voz alterada:
--Es mazurca, ¿verdad?
--No; es vals-polca.
--¿Cómo vals-polca?
--¿No lo estás oyendo?
--¡Ah, sí, es verdad! ¡Pues, señor, ese bruto del piano se empeña en que
yo no baile con Rosario esta noche!
Todos parecían inquietos y nerviosos como si fuesen a entrar en fuego.
Los más atrevidos salieron con paso rápido al medio de la sala y se
acercaron a las jóvenes, disimulando su emoción con una sonrisa
petulante. Cuando la señorita invitada se levantaba para apoyarse en su
brazo, empezaban a sentirse dueños de sí mismos. Otros menos osados
daban tres o cuatro chupadas intensas al cigarro, despidiendo el humo
hacia el pasillo, y, después de arrojar la punta, se dirigían
pausadamente hacia alguna joven de las menos agraciadas, que les pagaba
su atención con una sonrisa henchida de promesas amables. Los más
cobardes forcejeaban con los guantes buen rato y concluían por rogar a
algún señor grave que les abrochase los botones. Terminada la operación
y al disponerse a bailar, se encontraban con que no había ninguna
muchacha sentada. Entonces se resignaban a bailar con alguna mamá.
Una en pos de otra, todas las parejas rompieron el baile. Marta
permaneció sentada. Dos o tres pollastres habían venido muy almibarados
y dándose aires de protección a invitarla, pero les contestó que no
sabía bailar. El motivo verdadero de la negativa era que a su padre no
le gustaba que empezase tan niña a figurar en sociedad. Quedose, pues,
mirando atentamente cómo daban vueltas los demás. Sus grandes ojos
negros se iban posando con plácida expresión sobre cada una de las
parejas que por delante de ella cruzaban. Algunas le interesaban más que
otras, y las seguía con la vista. Las actitudes, los movimientos y la
traza de ellas eran tan distintos que ofrecían estudio curioso. Un joven
largo y delgado doblaba cuanto podía el espinazo para abrazar a una
señorita diminuta que se empinaba sobre la punta de los pies. Una dama
ajamonada y obesa se apoyaba lánguidamente sobre el hombro de un
muchacho, embadurnándole la levita con el _blanco cera de Circasia_.
Algunos, como Isidorito, no llevaban compás de ninguna clase, y pisaban
con frecuencia a sus parejas, que concluían por declararse fatigadas y
pedir tregua. Otros lo marcaban con fuertes taconazos, estropeando la
alfombra. A éstos les miraba Marta con cierta mala voluntad de ama de
casa. Al cabo de un rato los rostros empezaron a reflejar el cansancio,
poniéndose rojos o pálidos, según el temperamento de cada uno. Con la
boca entreabierta, las mejillas inflamadas y la frente cubierta de
sudor, no ofrecían otra expresión que la de la estupidez más cumplida.
En un principio habían sonreído y hasta habían dejado escapar de sus
labios alguna palabra galante; pero muy pronto cesaron las galanterías y
se apagó la sonrisa. Todos concluyeron por brincar graves y silenciosos,
como si una mano invisible descargase latigazos sobre ellos para que lo
hiciesen. Marta cerraba de vez en cuando los ojos, y de esta suerte
evitaba el mareo que empezaba a acometerle.
Al fin dejó de sonar el piano repentinamente. Las parejas, en virtud del
impulso adquirido, dieron otros tres o cuatro saltos sin música, lo cual
hizo sonreír a Marta. Antes de sentarse, las muchachas pasearon unos
momentos por el salón de bracero con sus galanes, anudando alguna rota e
interesante plática. El pianista recibía las gracias efusivas del
pollastre del pelo por la frente. Al cabo, las damas fueron sentándose
en sus respectivos sitios, y los galanes se replegaron de nuevo hacia
las puertas, limpiándose el sudor con el pañuelo. Los que habían bailado
con las bellezas de la sala tenían la cara resplandeciente de felicidad
y acogían, sonriendo, las bromitas de sus amigos, mientras los que
habían apechugado con las feas, un tanto mohínos, ponían por las nubes
la destreza en el baile de sus parejas.
El joven del pelo por la frente inició la idea de que cantase don
Serapio, y recorrió los diversos grupos del salón haciendo propaganda
instantánea y satisfactoria de tan feliz pensamiento.
--Sí, sí, que cante don Serapio.
--Que cante don Serapio, que cante don Serapio.
--¡Señores, por Dios! Estoy sumamente acatarrado.
--Mil gracias, señoras, mil gracias. Quisiera poseer en este momento la
voz de un ángel, porque los ángeles sólo deben escuchar a los ángeles.
El piropo produjo excelente efecto en la parte femenina del salón. La
parte masculina lo recibió con sonrisas burlonas.
--Siempre hemos tenido gusto en escucharle; ya lo sabe usted.
--Porque siempre va unida a la belleza la bondad. Los rostros son espejo
de las almas, suelen decir, y si esto es cierto, ¿cómo no han de ser
ustedes benévolas conmigo?
El segundo piropo fue recibido también con risas de complacencia por las
señoras. Los hombres continuaron sonriendo malignamente.
--A cantar, a cantar, don Serapio.
--¡Pero si no tengo nada ensayado!... No sé cómo arreglarme para
corresponder a tanta bondad... Además, estoy ronco.
Don Serapio se hizo de rogar todavía algún tiempo. Por último se fue
acercando al piano rodeado de señoras, a quienes dirigía sonrisas y
palabras llenas de almíbar, y terminó por sacar disimuladamente un rollo
de papeles de música que traía en el bolsillo interior de la levita. El
pianista se hizo cargo al instante de la maniobra, y le ayudó,
quitándoselo rápidamente de la mano.
--Don Serapio, va usted a cantar..., va usted a cantar... la romanza
_Lontano a te_--dijo, desplegándola sobre el atril.
--¡Oh, por Dios! Es demasiado sentimental, y estas señoras no están
ahora por el romanticismo...
--Al contrario, don Serapio--exclamó una de las señoritas de Delgado--,
las mujeres, en esta época de interés y de cálculo, somos las que
debemos rendir culto al sentimiento y al corazón.
--¡Siempre tan linda como discreta!--manifestó el cantante inclinándose
hasta el suelo.
Comenzó a preludiar el piano. Don Serapio, antes de emitir nota alguna,
arqueó repetidas veces las cejas y estiró cuanto pudo el cuello en señal
de asentimiento. Pasaba de los cincuenta, aunque las pomadas, tinturas y
cosméticos le diesen aspecto de joven a cierta distancia. De cerca, sus
bigotes engomados a la perfección no bastaban a compensar las patas de
gallo y arrugas de todo linaje que le cruzaban el rostro. Era fabricante
de conservas alimenticias y solterón empedernido, no porque dejase de
honrar al bello sexo y tenerle en gran estima, sino porque pensaba que
el matrimonio era la muerte del amor y sus ilusiones. No había hombre
más azucarado y mantecoso en conversación con las damas, ni jamás tuvo
galán un surtido más numeroso de requiebros para soltarles. En casi
todos ellos jugaba mucho papel _el fuego de la pasión, la pérdida del
albedrío, el aliento perfumado, los latidos del corazón_ y otras cuantas
lindezas análogas, todas trasnochadas. Esto en cuanto a las señoras. En
cuanto a las doncellas de labor y cocineras, no paraban aquí los
galanteos de don Serapio. Se le consideraba como uno de los más
terribles y dañinos seductores de este género; y era cosa bien sabida en
Nieva que más de una vez y más de dos habían ido a la fábrica con algún
tierno infante entre los brazos a armarle un escándalo mayúsculo, que él
se había apresurado a conjurar con los rellenos de su gaveta.
Ordinariamente hacía una vida arreglada, levantándose muy de mañana,
yendo a la fábrica a despachar las cuentas y a inspeccionar el
condimento de los pescados y mariscos y viniendo a eso de las cinco de
la tarde a jabonarse y vestirse para emprender su paseo o sus visitas
que no eran pocas, y que terminaban siempre a las once de la noche. La
única lectura que le agradaba, las novelas de crímenes.
La voz de don Serapio era poquita, pero desagradable, como decía un
joven humorista de los que se arrimaban a las puertas. Nunca pudo
averiguarse si era tenor, barítono o bajo. En cambio, cantaba con un
sentimiento capaz de derretir a las piedras, del cual podía juzgarse por
los movimientos infinitos de sus cejas y por la expresión de desconsuelo
que tomaba su fisonomía así que se hallaba frente al piano. Nadie vio un
rostro tan arqueado, estirado y compungido. La romanza _Lontano a te_,
más que ninguna otra, tenía el privilegio de despertar su sensibilidad y
dar a sus ojos expresión extremadamente amarga.
Mientras el fabricante de conservas expresaba en italiano el dolor de
hallarse lejos de su amada, la hija mayor de los señores de la casa
seguía conversando en el paraje más retirado de la sala con un joven de
fisonomía abierta y simpática, moreno, de ojos negros y bigote
naciente.
--Enrique no entendió bien mi encargo--decía el joven--. Yo le pedía que
me remitiese un aderezo de valor y lo que me manda es medio aderezo
vulgarísimo hasta más no poder; tanto, que pienso devolvérselo mañana
mismo sin mostrártelo siquiera.
--No te moleste más; es igual uno u otro.
--¡Cómo ha de ser igual! ¿De cuándo acá, señorita, se ha vuelto usted
tan indiferente en asuntos de tocador? Estoy seguro de que si te trajese
el dichoso aderezo reirías en grande.
--No lo creas.
--¿Te figuras acaso que no me acuerdo de la burla que has hecho del
sombrero que tu tía Carmen te regaló hace pocos días?
--Hice mal en burlarme; pero tú haces también mal en echármelo en cara.
La verdad es que, en resumidas cuentas, lo mismo da un sombrero o un
aderezo que otro.
--Corriente; dale expresiones. Te conozco bien y no me dejo engañar. El
aderezo se devolverá y en su lugar vendrá otro a mi gusto y al tuyo...
Dejemos el aderezo... Algo tenía que decirte y ya no me acuerdo... ¡Ah,
sí! Es necesario que escribamos a tu tío Rodrigo, pues según la carta
que de él recibí hoy, no sabe todavía el día en que nos casamos. Creo
que debemos escribirle los dos en una misma carta, ¿no te parece?
--Como tú quieras.
--Bien, pues mañana, antes de comer, pasaré por aquí y lo haremos.
Ambos callaron algunos instantes y atendieron al canto de don Serapio,
que se lamentaba cada vez con acento más patético de la soledad y
tristeza en que su dueño le tenía. Una de las señoritas de Delgado se
llevó el pañuelo a los ojos, declarando en voz baja a los que estaban
cerca que desde hacía poco tiempo se le saltaban las lágrimas por
cualquier cosa.
--¡Qué majadero es este don Serapio! Con tanto mover la frente se le va
a correr hacia atrás el peluquín.
--No seas malo, Ricardo; ten un poco de caridad y déjale al pobre que
goce sin ofender a Dios ni al prójimo.
--No, lo que es por mí ya puede cantar hasta que reviente... Pero
observo, niña, que te has vuelto muy moralista de algún tiempo a esta
parte. ¿Tratas de hacerle competencia al cura de la parroquia?
--Lo que trato es de que no seas murmurador. Si me quieres tanto como
dices, no debían ofenderte mis consejos.
--No me ofenden; todo lo contrario, los escucho siempre con gusto y los
sigo... cuando puedo. Ya conoces mi genio y sabes que no puedo menos de
hablar en broma. En fin, tiempo te queda para sermonearme a tu gusto,
¿verdad? No sólo tiempo sino espacio también. Puedes ir echándome
sermones desde Nieva hasta Madrid, después de Madrid hasta París, y
desde París a Milán, y desde Milán a Venecia, y después hasta Roma y
Nápoles, y otra vez de vuelta por Ginebra, Bruselas, París y Madrid
hasta casa. ¡Con qué gusto iré escuchando a un predicador tan monísimo
por todos esos países extranjeros! ¿Qué te parece el itinerario de
nuestro viaje?
--Bien.
--¡Bien, bien! Eso no es decir nada. ¡No parece sino que el asunto no te
interesa tanto como a mí! Yo no lo declaro definitivo mientras tú no
hagas en él las modificaciones que creas convenientes o lo varíes por
entero si te place. El mismo interés tengo en ir a París y Roma que a
Berlín o a Londres. ¡Figúrate lo que me importará, yendo contigo, viajar
por un lado o por otro!
--Lo que tú determines estará bien.
--Dejémonos de cuentos: ¿te gusta el viaje que te propongo, sí o no?
--Ya te he dicho que sí.
--Pero, hija, ¿qué tienes? En toda la noche no he podido hacerte sonreír
una vez siquiera, ni pronunciar más que las palabras estrictamente
necesarias. ¿A qué viene esa gravedad? ¿Estás enfadada conmigo?
--¿Por qué había de estarlo?
--Eso pregunto yo, ¿por qué? Lo cierto es que lo estás, pues de otro
modo no tiene explicación el tono displicente con que me respondes hace
rato.
--Es una suspicacia tuya. Te respondo como siempre.
Ricardo contempló en silencio a su novia, que separó la vista fijándola
en don Serapio.
--Podrá ser; pero no lo veo claro. Si realmente estuvieses enfadada,
harías mal en no decirme el motivo, para reparar mi falta, si por
ventura la hubiese cometido. La conciencia no me acusa de nada...
--Te digo que no estoy enfadada: ¡no seas pesado!
María pronunció estas palabras con evidente sequedad y sin apartar la
vista del cantante. Ricardo la contempló otra vez largamente.
--Bueno, bueno..., más vale así... Yo creía, sin embargo...
Ambos guardaron silencio buen espacio. Ricardo lo rompió diciendo:
--Cuando acabe don Serapio te van a hacer cantar a ti; estoy seguro...
Todos ganarán en ello menos yo...
--¿Pues?
--Por dos razones: la primera porque todo lo que gozo oyéndote cuando
estamos en familia, me disgusta cuando cantas en público; la segunda
porque vas a separarte de mí.
--No sé por qué te disgusta que cante en público. A mí es a quien
disgusta... y mucho. Lo de la separación es una tontería, porque estamos
juntos mucho más tiempo de lo que debiéramos.
--Es largo de explicar y difícil el porqué no me gusta que cantes en
público. Lo de la separación, aunque lo juzgues tontería, es la pura
verdad. Por más que estemos juntos algunas horas del día, aun me parece
poco. Quisiera que lo estuviésemos todas. En un hombre que se va a casar
dentro de mes y medio no creo que tenga mucho de particular este
deseo...
Y bajando la voz, con acento apasionado, añadió:
--Ni me sacio ni me saciaré jamás de estar a tu lado, vida mía. En los
años que llevo adorándote, ni un solo momento he sentido la sombra del
hastío. Cuando estoy cerca de ti pienso que ni en el cielo estaría tan
bien; cuando estoy lejos pienso que estaría mejor junto a ti. Esto es
una garantía de que nunca nos cansaremos el uno al lado del otro, ¿no es
verdad? Por mi parte te hago juramento de que si llegamos a viejos me
gustará más estar a tu lado que tomando el sol... ¡Qué vida tan dichosa
nos espera y cuánto tiempo hace que sueño con ella!... ¿Te acuerdas
cuando un día, en la huerta de casa, teniendo tú ocho años y yo diez,
mi pobre mamá nos hizo cogernos de la mano diciéndonos gravemente:
«¿Queréis ser marido y mujer?... Pues daos un beso y cuidado con
enfadarse más.» Desde entonces nunca pensé que podía casarme con otra
mujer más que contigo.
María no respondió a este fervoroso discurso. Siguió mirando con fijeza
extraña y como absorta en lejanos pensamientos al fabricante de
conservas.
--¿Sabes una cosa?
--¿Qué?
--Que han venido también los estuches con tus vestidos, pero aun no los
he abierto. Los dos tienen sobre la tapa tu cifra con corona de
marquesa. Aunque te rías, no dejaré de decirte que me dio un salto el
corazón al ver la corona. Me pareció que ya estábamos unidos, que no
había que esperar estos mortales cuarenta y cinco días. No sé lo que
daría por que hoy fuese el último de diciembre. Dime, feísima ¿no tienes
deseos de llamarte la marquesa de Peñalta, de ser mía, mía para siempre?
María se levantó del diván y con gesto desdeñoso, sin mirar a su novio,
repuso:
--Así, así.
Y fue a sentarse cerca de una de las infinitas señoritas de Ciudad.
Ricardo permaneció algunos instantes clavado a la butaca sin mover
siquiera un dedo. Después se levantó bruscamente y salió de la sala.
Don Serapio, al fin, terminó de llorar ausencias de su dama, asegurando
en una última fermata que, si tal estado de cosas se prolongaba, moriría
sin remisión. El pianista secundó este grito de dolor con una escala en
octavas estrepitosas. Sonó un largo palmoteo y se dirigieron al cantante
por parte de las damas sonrisas afectuosas de aprobación. La juventud de
las puertas, siempre bromista, se empeñó en hacerle repetir la romanza;
pero don Serapio tuvo bastante buen olfato para advertir que los
aplausos juveniles no eran de buena ley, y se negó a complacerla.
Entonces el pollo del pelo por la frente dirigió a la asamblea la
siguiente alocución:
--Señores, yo creo que ya es hora de que escuchemos a la gran artista...
Todos esperamos con impaciencia que María nos proporcione... uno de
esos momentos felices..., que otras veces nos ha proporcionado...,
¿verdad?
--Eso es: que cante María.
--Sí, cantará, porque es muy amable.
El orador fue a dar el brazo a la señorita de la casa y la trajo hasta
el piano.
Cuando María quedó sola y en pie frente a la tertulia, produjo como
siempre un estremecimiento de admiración: «¡Qué hermosa, qué
hermosa!--¡Esta chica cada día es más bonita!--¡Qué gusto exquisito
tiene para vestirse!--¡Parece una reina!» Estas y otras muchas frases
laudatorias fueron las que se dijeron al oído los tertulios de los
señores de Elorza.
Sin ser muy alta, tenía una estatura y porte majestuosos. Era delgada,
flexible y elegante como las bellas damas del Renacimiento que los
pintores italianos escogían para modelos. La línea de su cuello mórbido
y lustroso recordaba las estatuas griegas. Este cuello servía de sostén
a una cabeza rubia de rostro blanco, levemente sonrosado en las
mejillas, fino, correcto, transparente, con labios rojos y ojos azules.
Semejaba notablemente al de doña Gertrudis, pero tenía una expresión
persuasiva e insinuante que jamás había mostrado el de aquella
esclarecida señora, por más que otra cosa asegurase el poeta lírico de
los acrósticos. En torno de sus ojos claros y brillantes se observaba un
leve círculo morado que prestaba a su rostro cierta tintura poética.
--Ya verá usted, Suárez, qué modo de cantar tiene esta chica--dijo una
señora.
--Lo celebraré, porque este señor don Serapio me había descompuesto los
oídos para una temporada.
--¡Oh, María es una profesora!
--Lo que reconozco por ahora es que tiene una figura preciosa.
--¡Pues cuando usted la oiga!...
--Esa chica lo hace todo bien. ¡Si viera usted cómo dibuja!
--¿No tienen más hija que ésta los señores de Elorza?
--Y aquella otra niña que está sentada allí enfrente, que se llama
Marta. Ha de ser muy linda también.
--En efecto, es bonita..., pero no tiene expresión alguna. Es una
belleza vulgar, mientras que su hermana...
--Silencio, que ya empieza.
Guardose por la reunión un silencio que siempre había sido el ideal de
don Serapio, irrealizable como todos los ideales. María cantó varios
trozos de ópera que le fueron pidiendo, sin hacerse de rogar. Cuando
terminó, los aplausos fueron tan vivos y prolongados que la hicieron
ruborizarse.
Suárez manifestó a su tertulia de señoras que tenía una voz parecida a
la de la Nantier Didier y que con poco tiempo de Conservatorio podría
competir con las primeras contraltos.
Como cesaran las felicitaciones y las miradas de todos dejaron de estar
fijas sobre ella, una sombra de tristeza se esparció por el hermoso
semblante de María. Acercose a doña Gertrudis y le dijo al oído:
--Mamá, me duele muchísimo la cabeza.
--¡Ay, hija de mi alma, te compadezco! A mí se me está partiendo también
de dolor.
--Quisiera irme a acostar.
--Pues ve, hija mía, ve; yo diré que te has sentido un poco indispuesta.
--Adiós, mamaíta. Que pases buena noche.
María besó a su madre en la frente, y poco a poco, procurando no ser
notada, salió del salón por la puerta del comedor. Se detuvo en él a
beber un vaso de agua azucarada y quedó un instante inmóvil con la
mirada puesta en el vacío. La sombra de tristeza había obscurecido mucho
más su semblante.
Salió del comedor y atravesó un largo pasillo bastante obscuro. Al final
había una puerta de donde arrancaba una escalerilla interior. Apenas
hubo subido cuatro o cinco peldaños, se sintió cogida fuertemente por el
brazo y dejó escapar un grito de susto. Al volverse percibió con
dificultad el rostro pálido y angustiado de su novio.
--¡Ricardo! ¿Qué haces aquí?
--Vi que salías del comedor y te he seguido.
--¿Para qué?
--Para oír otra vez de tus labios la palabra infame que me has dicho en
el salón. ¿Crees, por ventura, que no vale la pena de repetirse? ¿Crees
que puedo renunciar a todo un pasado de amor, a todo un porvenir de
dicha, a todos los sueños gratos de mi vida sin llamarte infame, cien
veces infame, mil veces infame, ahora aquí entre los dos, después en
plena tertulia, después ante el mundo entero?... ¡Ven, ven,
miserable!... ¡Ven, a que te lo llame delante de todo el mundo!...
Y Ricardo, pálido y trémulo como el jugador que pone junto a una carta
las últimas monedas que le quedan, trataba de arrastrar a su novia hacia
la sala, sujetándola fuertemente por la muñeca.
María inclinó la cabeza y no dijo una palabra. Se dejó arrastrar sin
oponer resistencia, bajando los cuatro o cinco peldaños de la escalera.
Mas al llegar al pasillo, Ricardo sintió en la mejilla un beso cálido
que le hizo soltar su presa y retroceder con espanto. Inmediatamente los
brazos de María se anudaron a su cuello y sintió en los labios la
presión de otros labios.
--¡Ricardo mío, por Dios, no me martirices más!
Estas palabras, dichas al oído con acento apasionado, fueron acompañadas
de una nube de caricias. El joven la estrechó fuertemente contra su
pecho sin contestar, porque la emoción le tenía embargado. Cuando estuvo
un poco más sereno, le preguntó con voz débil:
--¿Me quieres?
--Con toda mi alma.
--¿No fue más que un instante de mal humor?
--Nada más.
--¡Oh, qué rato tan amargo me has hecho pasar! Por todo el oro del mundo
no lo pasaría otra vez.
--¿No quedas bien pagado, di?
--Sí, hermosa.
--Suelta. Me voy a acostar. ¡Tengo un dolor de cabeza tan fuerte!...
--Espera un poco... Déjame darte un beso en la frente... Ahora otro en
los ojos... Ahora otro en los labios... Ahora en las manos...
--Adiós.
--Adiós.
--Suelta, Ricardo, suelta...
El joven la tenía sujeta aún por las manos, riendo de felicidad. María
forcejeaba por desasirse, riendo también.
--Vamos, déjame marchar; no seas tonto.
--Porque no soy tonto no te dejo marchar.
--Mira que me duele la cabeza.
--Bien, pues te dejo.
--Hasta mañana. ¡Cuidado con bailar ahora!
--No tengas cuidado. Me voy a marchar en seguida. Hasta mañana.
María se escapó corriendo, Ricardo trató de alcanzarla otra vez saltando
por la obscura escalera; pero no pudo. La joven le dio las buenas noches
con una alegre carcajada desde arriba.
Al penetrar de nuevo en el salón, Ricardo sonreía como un
bienaventurado. El brillo de la araña le trastornó un poco y se apresuró
a sentarse.
El gabinete de María, al llegar a él su dueña, estaba sumido en las
tinieblas. Buscó a tientas las cerillas y encendió una lámpara de bomba
esmerilada. Estaba decorado con lujo y con un gusto que rara vez suele
verse en los pueblos secundarios. Los muebles vestidos de raso azul; las
cortinas y el papel de las paredes, del mismo color. En el hueco de dos
ventanas había un armario de caoba con espejo de cuerpo entero. El
tocador, abrumado bajo el peso de los frascos, arrimado a la pared
opuesta. La alfombra era blanca con flores azules. El esmero exquisito
con que todos los objetos se hallaban colocados en sus puestos, la
elegancia y coquetería de los muebles y el perfume delicado que al
entrar se percibía, bien claramente anunciaban el sexo y la calidad de
la persona que lo habitaba.
Cuando María dio luz a la lámpara se encontraron sus ojos con los de una
imagen del Redentor que ocupaba el centro de la mesa donde la luz ardía.
Era de madera primorosamente tallada y pintada y con cierta expresión
triste y apacible en el rostro que había sido la que moviera la joven a
comprarla. Al tropezar con la mirada dulce pero glacial de la imagen, se
apagó la sonrisa feliz que aun vagaba por sus labios, quedando inmóvil y
hondamente pensativa. Poco a poco y a influjo sin duda de las ideas que
la embargaron, su rostro perdió la expresión habitual y fue adquiriendo
otra dolorida y humilde como la de una Magdalena. En aquel momento los
acordes del piano subieron vibrando por la obscura escalera, señalando
los primeros compases de un insinuante rigodón. Dejose caer de rodillas
y dobló la cabeza. Al poco tiempo sollozaba. Sus labios se apretaron
convulsos contra los desnudos pies del Salvador murmurando palabras
ininteligibles.
Después de un largo rato alzó la cara bañada en lágrimas y exclamó con
acento de dolor:
--¡Jesús mío, cuánta traición, cuánta traición!... ¡Qué mal os pago el
amor que me tenéis!... ¡Castígame, Señor, para que pueda tener sosiego!
Levantose del suelo, tomó la lámpara en una mano y penetró en su alcoba.
Era pequeñita y tibia como un nido y estaba adornada con profusión de
estampas de Jesús y de la Virgen. El lecho, cubierto con pabellón de
gasa, blanco y risueño como el altar de un bautizo. Dejó la luz sobre la
mesa de noche y con semblante más tranquilo se desnudó en breves
instantes.
Después tomó una manta de viaje del ropero, se envolvió con ella, apagó
la lámpara, hizo repetidas veces la señal de la cruz sobre la frente,
sobre la boca y sobre el pecho, y se acostó en el suelo. El blanco lecho
cubierto de seda y batista, tierno y perfumado y henchido de sensuales
caricias, la estuvo reclamando en vano toda la noche. Así permaneció
extendida sobre el pavimento hasta que la luz del día rayaba.
III
LA NOVENA DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Rayaba apenas el día cuando nuestra joven se levantó bruscamente del
suelo. Quedose inmóvil un instante con el oído atento; pero no percibió
el sonido de las campanas de San Felipe, que creyó escuchar en sueños.
Se había equivocado; todavía no eran las seis. Encendió la lámpara, y
saliendo al gabinete se puso a orar humildemente postrada frente a la
imagen de Jesús. Como no tenía puesta más que una fina camisa de
batista, el frío la traspasó en seguida y empezó a tiritar; pero no
quiso dejarse vencer y siguió orando hasta que sus dientes chocaron
fuertemente unos contra otros. Sólo entonces se decidió a dejar la
postura que había tomado y vestirse. Después abrió las cuatro ventanas
del gabinete y apagó la luz.
Una escasísima claridad triste y fría invadió la habitación de la
señorita de Elorza, prestando a los muebles un aspecto lúgubre que
estaban lejos de tener ordinariamente. El frío de la mañana los
penetraba también como a su dueño; yacían silenciosos y melancólicos,
esperando, sin duda, que los rayos del sol mostraran su belleza y
esplendor. Sólo en tal sitio que otro, al caer la luz sobre el barniz,
producía un blanco reflejo que semejaba al ojo vidrioso y opaco de un
moribundo. El gabinete se hallaba en una especie de torreón cuadrado que
la casa tenía por la parte de atrás en uno de sus ángulos. Levantaba por
encima de ella algunas varas y recibía luz por los cuatro lienzos de sus
paredes. La torre no contenía más que dos habitaciones: la de María,
compuesta de gabinete y alcoba, y la de su doncella Genoveva, que
constaba de un solo cuarto. Eran las habitaciones más frías, pero
también las más alegres de la casa. Las pocas veces que el sol se
dignaba salir en Nieva, iba derecho a alojarse en ellas; las invadía sin
miramientos como un huésped soberano, y se pasaba el día en su interior
reflejándose en los espejos, matizando el raso de las sillas,
estropeando el charol de los armarios y regalándose, en fin, de mil
diversas formas. Todo esto, por supuesto, si Genoveva no había tenido la
precaución de echar las cortinas a tiempo. Eran también las más
silenciosas. Los ruidos de la casa no llegaban hasta ellas, y los de
fuera, por la situación que ocupaban, era imposible que las turbaran.
Solamente el viento, que casi nunca dejaba de soplar fuerte en la torre,
producía ruidos extraños, sobre todo por la noche, suspirando unas
veces, riñendo otras y lamentándose constantemente de que le tuviesen
herméticamente cerradas las ventanas. Durante el día, ni se lamentaba ni
reñía, contentándose con zumbar perpetuamente, pero con mucha
discreción, como los caracoles de mar cuando se acercan al oído.
María se acercó rebujada en su chal y tiritando aún a una de las
ventanas que daban a la huerta, cuyas tapias lindaban con el muelle.
Desde aquella ventana se oteaba la ría entera de Nieva hasta El Moral,
que era el sitio por donde comunicaba con el mar. No mediría más de una
legua de largo; el ancho variaba extremadamente, según se la viese en
baja o pleamar, en mareas vivas o muertas. Cuando las grandes mareas
alcanzaría hasta media legua, lamiendo las faldas de las colinas
cubiertas de pinos que a uno y otro lado cerraban la cuenca. En la hora
de bajamar el agua se retiraba por completo, dejando apenas un hilo
estrecho y retorcido que corría por el centro. Entre las colinas
limítrofes y este canal quedaba por ambas orillas una extensa superficie
gris de limo suelto, salpicado de charcos de agua donde los pilluelos
del muelle gustaban de hundirse y revolcarse hasta que se embadurnaban
asquerosamente para ir luego a lavarse arrojándose de cabeza en el
canal. Por encima de las tapias de la huerta asomaban los palos de
algunos barcos, que no llegarían a una docena, anclados en el muelle,
los más de ellos pataches y quechemarines de escasísimo porte.
La joven contempló un instante el cielo, que se mostraba todavía
profundamente obscuro hacia el poniente, borrando y confundiendo el
perfil de los montes lejanos. Después fue a tomar un libro que tenía en
la mesa de noche de su cuarto y vino hacia la ventana a ver si podía
leer. Aun no había suficiente claridad. Posó el libro sobre una silla y
se acercó de nuevo a la ventana, apoyando la frente sobre los cristales.
El cielo iba agrandando sus claraboyas por la parte de El Moral sin
infundir vida ni alegría sobre la tierra. La luz creciente no servía más
que para esclarecer su semblante hosco. Se preparaba un día desapacible,
como los que acostumbran a disfrutar los habitantes de Nieva la mayor
parte del año.
El gabinete se iba iluminando lentamente; los primorosos muebles y
objetos que lo adornaban salían de la obscuridad graciosos, esbeltos y
risueños como las bailarinas de las óperas cuando a un golpe de la
orquesta se despojan del manto que las transformaba en espectros. Pero
la luz no sonreía; cada vez se mostraba más triste y severa. Por delante
de las grandes nubes de un color violeta obscuro que se amontonaban allá
en el horizonte sobre las cuatro o cinco casas de El Moral cruzaban
velozmente otras pequeñas y blancas como jirones arrancados de una gasa;
signo cierto de borrasca.
María sintió de pronto vibrar el cristal en que se apoyaba. Una ráfaga
de aire y de lluvia había azotado con fuerza la ventana. Se apartó un
poco hacia atrás y vio llorar a todos los cristales a la vez. Por algún
tiempo se entretuvo en seguir con la vista el camino más o menos rápido
y tortuoso que las gotas de agua seguían al bajar por la superficie
tersa del vidrio. El redoble intermitente de la lluvia le trajo a la
memoria las muchas tardes que había pasado cerca de aquella misma
ventana escuchándolo con un libro abierto en la mano. El libro era
siempre una novela. Más de cuatro meses anduvo solicitando de sus padres
que la dejasen habitar el gabinete de la torre, con objeto de entregarse
de lleno, y sin temor de que nadie la molestase, a su recreo favorito.
Pero don Mariano temía concederle este permiso porque los cuartos de la
torre eran fríos y la salud de la niña delicada. Al fin, rendido por sus
ruegos y halagos, consintió en ello, después de haber tapizado las
habitaciones esmeradamente y con la condición de que Genoveva durmiese
cerca de ella.
Fue una época feliz para María. Tenía entonces dieciséis años, y el
pensamiento inquieto y atrevido. La música, en la cual había hecho
prodigiosos adelantos, había fomentado en su corazón cierta tendencia a
la melancolía y al llanto. Lloraba por cualquier cosa; a veces sin
motivo alguno y cuando menos se esperaba; pero las lágrimas eran tan
dulces y sentía con ellas placer tan intenso, que en muchas ocasiones
las provocaba con artificio. ¡Cuántas veces, contemplando desde aquella
ventana los celajes del horizonte teñidos de grana y los últimos
resplandores del sol moribundo, sintió su corazón acongojado por una
profunda melancolía que venía a deshacerse en sollozos! ¡Cuántas veces
había atormentado a su padre con lloro intempestivo, cuya causa no
acertaba a decir porque no la sabía ella misma! El conocimiento de la
pintura, en la cual también había descollado, despertó su inclinación
hacia la luz y el paisaje, lo cual contribuyó asimismo a que solicitase
con ardor las habitaciones de la torre. Una vez instalada en ellas con
su piano, pinceles y novelas, se juzgó la mujer más dichosa de la
tierra. Cuando en mitad de un día esplendoroso de sol, bajo un cielo
azul reverberante, abría todas las ventanas del gabinete y dejaba pasar
el viento fresco y acre que levantaba sus cabellos y arrojaba por el
suelo los papeles de la mesa, pensaba con deleite que había ascendido en
un globo y se hallaba en mitad del espacio nadando por el aire a merced
de todas las venturas. Y esta ilusión, que procuraba conservar con
empeño, la hacía feliz algunos momentos. Por la noche solía abrir
también algunas veces las contraventanas y encender, además de la
lámpara, todas las bujías de los candelabros para imaginarse que se
hallaba metida dentro de un gran farol. «Desde la ría, esta torre debe
parecer un faro y mi habitación la lámpara que acaba de encenderse», se
decía con gozo infantil. Y se ponía a inspeccionar por los cristales si
alguna embarcación cruzaba entonces hacia El Moral, hasta que,
amedrentada por la obscuridad de fuera y ofuscada por la claridad de
adentro, concluía por asustarse de tanta iluminación y empezaba a apagar
las luces apresuradamente.
Don Mariano llamaba a aquel gabinete ligero y aéreo _la jaula de María_.
Y en verdad que le cuadraba admirablemente el nombre; porque la niña
revoloteaba sin cesar dentro de él, moviendo los muebles y trasladando
los objetos de un sitio a otro, tan inquieta y nerviosa como un pájaro.
Para que la semejanza fuese más completa, cuando la familia se hallaba
en el comedor oíanse muchas veces los trinos lejanos de alguna cavatina
o romanza que estudiaba. Don Mariano nunca dejaba de exclamar con su
habitual y bondadosa sonrisa: «¡Ya canta el pajarito!» Y todos sonreían
también llenos de complacencia; porque en la casa todo el mundo quería y
admiraba a la niña.
En dos o tres años entró un cargamento de novelas en el gabinete de la
torre, y volvió a salir después de haber entretenido largas horas los
ocios de nuestra joven, que puso a contribución para ellos no sólo la
biblioteca de su padre y su bolsillo, sino también las librerías de
todos los amigos de la casa. Don Serapio fue su primer proveedor. Así
que durante una larga temporada no leyó más que relaciones sangrientas
de crímenes terribles y monstruosos, en las cuales tanto se placía el
fabricante de conservas alimenticias. En aquella temporada no gozó gran
cosa, porque estas novelas, aunque excitaron en alto grado su
curiosidad, teniéndola suspensa y sujeta a la lectura gran parte del día
y de la noche, no dejaban en su espíritu ningún recuerdo dulce ni
poético con que recrearse, y las olvidaba al día siguiente de leídas.
Además, la aterraban demasiado: no pocas veces le habían quitado el
sueño, y hasta en algunas ocasiones pidió a Genoveva que se acostase a
su lado porque se moría de miedo.
Después de haber agotado la librería de don Serapio, pidió a una de las
señoritas de Delgado que le abriese la suya, que tenía fama de hallarse
ricamente abastecida. En efecto, contenía gran número de novelas, todas
de la escuela romántica primitiva, cuidadosamente encuadernadas, pero
muchas de ellas ya grasientas por el uso. En los pasajes más tiernos
solían tener las hojas algunas manchas amarillentas, lo cual ponía de
manifiesto que las distintas lectoras en cuyas manos había estado el
libro habían tributado algunas lágrimas a las desdichas del héroe. Ya
sabemos que una de las señoritas de Delgado lloraba con extrema
facilidad. Las novelas que entonces leyó fueron, entre otras: _Ivanhoe_,
_La dama del lago_, _Maclovia y Federico o Las minas del Tirol_, _Saint
Clair de las islas o Los desterrados a la isla de Barra_, _Oscar y
Amanda_, _El castillo del Águila Negra_, etc. Estas le hicieron gozar
muchísimo más. Entró de lleno, con vida y alma, en la región de las
quimeras deliciosas con que el ilustre Walter Scott y otros novelistas
no tan ilustres solazaban a nuestros padres creando una Edad Media para
su uso, poblada de trovadores y torneos, de hazañas estupendas, de
castillos góticos, de héroes y de amores invencibles. Lo que más seducía
a la señorita de Elorza era la inquebrantable constancia de afectos que
los protagonistas de aquellas novelas manifestaban siempre. Ya fuese
varón o hembra, cuando una pasión amorosa les prendía no había que
empeñarse en llevarles la contraria, porque todo era inútil. Al través
de la oposición de los padres y tutores, y por encima de las asechanzas
que les tendían, los amantes desdeñados, purificados con mil pruebas
diversas, padeciendo mucho y llorando mucho más, al cabo salían siempre
triunfantes. Y bien lo merecían. La señorita de Elorza prometía
secretamente en el santuario de su alma guardar la misma fidelidad al
primer novio que la Providencia le deparase, e imitar su fortaleza en
las adversidades.
Cada una de aquellas novelas dejaba huella duradera en su juvenil
espíritu, y durante algunos días, en tanto que los personajes de otra no
lograban cautivarla, pensaba sin cesar en los hermosos milagros que el
amor de la heroína, puro como el diamante y tan firme, había realizado.
Y tomando la acción donde el novelista la había dejado, que era siempre
en el acto de celebrarse las bodas de los atribulados amantes, la
proseguía en su imaginación fingiéndose con todos sus pormenores la vida
venturosa que los esposos llevarían rodeados de sus hijos y recorriendo
con las manos enlazadas los sitios donde tan frecuentemente habían caído
sus lágrimas. Nuestra joven ansiaba que una de estas pasiones
irresistibles y lacrimosas se apoderase de su corazón, pero no concebía
que ningún joven de los que visitaban su casa vestidos de _chaquet_ o
_americana_ lograse inspirársela. Para ella el amor tomaba siempre la
forma de un guerrero y se le representaba con casco y loriga viniendo
jadeante y cubierto de polvo, después de haber sacado a su competidor
fuera de la silla de un bote de lanza, a doblar la rodilla delante de
ella para recibir la corona de su mano, que después besaba con ternura y
devoción. Otras veces, despojado del casco y con disfraz de villano,
pero dejando adivinar por su gallardo porte la nobleza y bravura de su
sangre, llegaba por la noche al pie de la torre y entonaba,
acompañándose con el laúd, preciosas endechas en que la invitaba a huir
con él por los campos hasta algún castillo ignorado, lejos de la tiranía
de su padre y del esposo aborrecido que le quería dar. La noche estaba
obscura, los centinelas del castillo narcotizados con un filtro, la
escala colgada ya de la ventana y los raudos corceles piafaban no muy
lejos... «¿Qué aguardas, dueño mío, qué aguardas...?» María oía tocar
suavemente a los cristales, y más de una vez se había levantado del
lecho con los pies desnudos a cerciorarse de que no era su guerrero,
sino el viento, quien la llamaba suspirando. Por aquella época no podía
ver durante la noche cruzar un bote hacia el puerto sin estremecerse. El
misterio que guarda siempre una embarcación que se divisa entre las
sombras le hacía pensar vagamente en una celada tendida por algún amante
ignorado y brutal que, temiendo ser desairado, quería arrebatarla por la
fuerza de su casa, y arrastrarla a lejanas riberas donde pudiese
satisfacer con ella sus bárbaros deseos. Necesitaba observar que el bote
atracaba sosegadamente en el muelle y descargaban de él algunos barriles
y cajones para sentir desvanecerse su ilusión.
Pero la novela que más honda impresión le produjo fue sin disputa la
titulada _Matilde o Las cruzadas_. Ésta, mejor que ninguna otra,
consiguió trasladar su espíritu a la época singular y brillante que
representaba, haciéndola asistir a aquella lucha heroica trabada debajo
de los muros de Jerusalén. Fácil es de concebir, no obstante, que no
eran las batallas entre infieles y cristianos lo que más la interesaba
de la relación, sino aquel amor extraño, inverosímil, tanto como tierno
y fogoso, que prendió en el corazón de la heroína hacia uno de los
guerreros moros que usurpaban el sepulcro del Señor. La señorita de
Elorza disculpaba y hasta aplaudía con toda su alma esta pasión, donde
el pecado de amar a uno de los más terribles enemigos de Cristo prestaba
mayor atractivo y un sabor más picante. ¡Cómo no apasionarse de aquel
ínclito Malec-Kadel tan fiero y terrible en los combates, tan tierno y
sumiso con su dama, tan noble y generoso en todas ocasiones! ¡Ah, si
ella hubiera estado en lugar de Matilde, hubiera amado del mismo modo a
despecho de todas las leyes humanas y divinas! Este moro fue el
personaje que más la sedujo en toda su vida, hasta el punto de
inspirarle un cuadro muy bonito en que lo representaba sobre la cubierta
del buque donde iba con Matilde, salvándola de las garras de sus
enemigos, teniéndola protegida con la mano izquierda y cercenando
cabezas con la derecha, como quien siega mieses en verano. Cuando mejor
pudo comprobarse este entusiasmo fue a la llegada de un turco a Nieva
vendiendo objetos de nácar y babuchas. Quedó tan sorprendida al verle
pasar por delante de casa y a tal punto excitada su curiosidad que no
paró hasta trabar relación con él, haciéndole sufrir largo
interrogatorio acerca de la campiña de Jerusalén, donde se efectuaron
las escenas amorosas que tan impresionada la tenían, de las costumbres,
de los trajes y del gobierno de los agarenos. Mas el turco, ya porque no
tuviese humor de andar en parlamentos, o por razón de ser natural de
Reus, en la provincia de Tarragona, y no haber estado en su vida en
Palestina, respondió con sobrada concisión a sus preguntas.
No obstante, hacía ya mucho tiempo que María no tomaba una novela en las
manos. El recuerdo de esa época en que tantas había devorado, produjo
leve turbación en su fisonomía e hizo nacer en su tersa frente una
arruga ancha y profunda.
Las ráfagas de viento cargadas de lluvia batieron durante largo rato los
cristales hasta que enteramente los lavaron. Poco a poco se fueron
haciendo sus golpes menos frecuentes; al cabo cesaron por completo. La
luz había crecido en tanto, extendiendo por todo el nublado firmamento y
mostrando ya los bultos de las colinas lejanas de Occidente, que se
veían por la ventana de la pared opuesta. El temporal se resolvió, como
ordinariamente, en lluvia fina y menuda que empezó a descender con
pausa, tendiendo por la atmósfera un velo sutil y tremante, formado de
hilos de agua, el cual amortiguaba aún más el brillo de la luz naciente
y borraba los contornos de los objetos lejanos. La marea subía. La gran
sábana de agua que se extendía hasta El Moral tomaba un color terroso
por los bordes, obscuro y profundo por el centro.
María cogió de nuevo el libro, acercó una silla a la ventana y,
sentándose en ella, se puso a leer, porque la luz ya se lo permitía. Era
la _Vida de Santa Teresa_ escrita por ella misma, encuadernada con la
pasta sólida de filos dorados que caracteriza a los libros religiosos.
A medida que se enfrascaba en la lectura, el rostro de la joven se fue
serenando más y más, y la profunda arruga de la frente concluyó por
desaparecer. Leía el capítulo segundo, en que la santa manifiesta cómo
mostró afición en los primeros años de su juventud a los libros de
caballerías y a las vanidades del tocador, y da cuenta con palabras
encubiertas de unas relaciones amorosas que por la misma época mantuvo.
Cuando levantó los ojos del libro advertíase en ellos cierto regocijo o
satisfacción íntima.
Sonaron al fin verdaderamente las campanas de San Felipe. Dejó
bruscamente el libro y abrió la puerta del cuarto de su doncella:
--¡Genoveva, Genoveva!
--Ya estoy despierta, señorita.
--Levántate; ya tocan en San Felipe.
En un abrir y cerrar de ojos se levantó, se vistió y apareció en el
gabinete de su ama. Genoveva era una mujer de cuarenta años poco más o
menos; baja, gruesa, morena, mofletuda, con ojos grandes y pardos a flor
de la cara, que no decían nada, absolutamente nada, el cabello muy
lamido y formando ondas por las sienes. Vestía saya lisa del hábito del
Carmen y manto negro de merino anudado a la espalda, al uso de todas las
sirvientas provincianas. Había entrado en la casa cuando María apenas
contaba un año para servirla de niñera, y nunca más la dejó, siendo
ejemplar notable de criada fiel y consecuente.
--¿Desde cuándo está ya vestida mi palomita?
--Hace ya cerca de una hora, Genoveva. Creí escuchar las campanas y me
engañé. Ahora suenan de veras. No perdamos tiempo; toma los paraguas y
vámonos...
--Vamos, vamos cuando usted quiera, señorita; ya estoy lista.
Ambas se pusieron las mantillas, y procurando no hacer ruido bajaron
hasta el portal, abrieron con precaución la puerta, que aun se hallaba
cerrada, y salieron a la calle, que atravesaron con los paraguas
abiertos hasta llegar al soportal de enfrente.
La villa de Nieva, como ya se ha dicho, tiene soportal en casi todas sus
calles, de uno o de otro lado; a veces de los dos. Suele ser mezquino,
bajo, desigual y sostenido por columnas lisas y redondas de piedra, sin
adornos de ningún género; muy mal empedrado asimismo. Sólo en tal o cual
paraje, donde alguna casa se había reedificado, ofrecía mayor amplitud y
un pavimento más cómodo. Si todas las casas se restaurasen (y no hay
duda que sucederá con el tiempo), la villa, merced a este sistema de
construcción, tomaría cierto aspecto monumental que la haría digna de
verse. Tal cual es, si no de apariencia muy bella, a lo menos ofrece
comodidad a los transeúntes, que no se mojan más que cuando quieren
pasar de una acera a otra. Y ciertamente que anduvieron precavidos sus
ilustres fundadores, pues en punto a llover firme y acompasado, no hay
población en España que le pueda alzar el gallo a nuestra villa.
Guarecidas de la lluvia ama y criada, atravesaron la plaza por uno de
sus flancos, internándose después por una calle estrecha, larga y
solitaria. Los honrados habitantes dormían el sueño dulce de la mañana.
Sólo de vez en cuando tropezaban con algún marinero cubierto de burdo
capote impermeable que, con los enseres de pescar en la mano y haciendo
gran ruido con sus enormes botas de agua, se dirigía a paso largo hacia
el muelle.
--¿Va usted bien abrigada, señorita? ¡Mire usted que hace un frío!...
Parece que estamos ya en enero.
--Sí; me he puesto cuerpo de terciopelo, y además este gabán está bien
forrado.
--Eso, eso, mi corazón. Si papá sabe que salimos tan de mañana, me va a
reñir porque se lo consiento. Es usted demasiado virtuosa, señorita.
Pocas o ninguna llevarán a la edad de usted vida tan santa...
--Calla, calla, Genoveva, no digas eso; no soy más que una miserable
pecadora; mucho más miserable de lo que tú te figuras.
--¡Señorita, por Dios!... No soy yo quien lo dice, sino todo el mundo...
Ayer me decía doña Filomena que la edificaba verla a usted oír la misa y
comulgar y que daría cualquier cosa porque sus hijas fuesen lo mismo...
Y razón tiene para desearlo, porque una de ellas, la última, es de la
piel del diablo... ¿Querrá usted creer, señorita, que el otro día arañó
a su hermana en la iglesia, sobre si había de confesar una primero que
otra?... ¡Bonito arrepentimiento! ¡Si da vergüenza, señorita, da
vergüenza el ver cómo andan algunas por la iglesia! ¡Parece que están en
su casa! ¡Ay, no se hacen cargo las pobrecitas de que están en la casa
del Señor de los cielos y tierra que les ha de pedir cuenta de su
pecado!... ¿No le ha enseñado doña Filomena el rosario que le mandó su
hermano de la Habana? ¡Es una maravilla! Todo de marfil y de oro con un
crucifijo grande de oro macizo. Para rezar no hace falta tanto lujo,
¿verdad, señorita?
--Para rezar no hace falta más que un corazón limpio y humilde.
--¡Ay, señorita, qué bien habla usted! Parece mentira que no tenga más
que veinte años. Pero cuando Dios quiere conceder dones a una criatura,
lo mismo da que sea joven o vieja, rica o pobre. Todos los días pido a
la Virgen Santísima que le conserve la salud para que sirva de ejemplo a
los que están en pecado mortal.
--Lo que debes pedir, Genoveva, es que purifique mi alma y me perdone
los muchos que he cometido.
--¡Bendito sea Dios! Si usted necesita que la perdonen siendo tan
piadosa y humilde, ¡qué necesitaremos los demás! No sea tan severa
consigo misma. Fray Ignacio la estima a usted tanto que no se cansa de
elogiarla... y eso que no tiene la manga muy ancha, como usted sabe... A
estas horas ya debe de estar en la sacristía el santo varón aguardando a
la gente. ¡Qué salud tiene!... Parece que Dios lo hace... No come, no
duerme, no descansa un momento... y, sin embargo, cada día está más
fuerte y con más ánimo para servir a Dios... No sé cómo puede pasar
tantas horas en el confesonario sin tomar alimento... Sólo el Señor
puede darle fuerzas. Bendito sea por siempre jamás. Amén.
--Es verdad; Dios obra verdaderos milagros con él, porque hace falta en
el mundo. ¡Oh, Dios mío, qué sería de mi alma si estos santos misioneros
no hubieran llegado a abrirme los ojos!
--Aunque la hayan ayudado mucho en el camino de la salvación, antes de
que ellos viniesen ya era usted muy buena y frecuentaba los
sacramentos...
--¡Qué poco es eso, Genoveva, cuando no se escudriñan los últimos
pliegues de la conciencia!
--Dígame, señorita, ¿ha visto en sueños hoy, como las noches pasadas, el
hermoso pájaro de plumas de fuego con la cruz en el pico?
María se detuvo repentinamente y se llevó la mano al pecho, como si
hubiese recibido un golpe. Después volvió a emprender la marcha y
exclamó sordamente:
--Esta noche no podía verlo.
--¿Por qué, corazón?
No contestó. Siguió caminando algún tiempo y dejó escapar un gemido.
Después parose nuevamente, y echando los brazos al cuello a su doncella,
comenzó a sollozar con amargura.
--¡Soy muy mala, Genoveva, soy muy mala! Mi corazón no acaba de verse
libre de impurezas; el demonio y la carne me tienen aún sujeta. ¡Si
supieses qué pecado he cometido ayer!
--Calle, calle, no se desconsuele. ¡Qué pecado había usted de cometer,
cordera!
--Sí, sí; soy más mala de lo que piensas. Cuanta más luz recibo de Dios,
más me empeño en hundirme en las tinieblas; cuantos más favores me
otorga, más ingrata soy hacia Él.
--Dios es infinitamente misericordioso, señorita.
--Pero infinitamente justo también...
--Encomiéndese a San José bendito. No hay culpa que el Señor no perdone
por su intercesión... Vamos, déjese de lloros, que ahora va a confesarse
y todo queda perdonado.
Después de serenarse un poco la niña, siguieron marchando. Y llegaron a
cierta plazuela no muy espaciosa, donde se alzaba la fachada parda y
severa de una gran iglesia que no llamaba la atención por su esbeltez ni
por otra cualidad buena o mala. Atravesaron un pórtico grande y pardo
como la fachada y entraron en el templo, que era igualmente pardo y
enorme. Estas cualidades concluían por caracterizarlo. Constaba de tres
naves, la del centro ancha y elevada como la de una catedral; las de los
lados, bajas y estrechas; todas ellas enjalbegadas en otro tiempo, muy
lejano, cubiertas ahora de polvo, descascaradas por varios sitios y
salpicadas de manchas extensas y misteriosas. Los altares, profusamente
tallados, ofrecían ya un color gris muy diferente del dorado que en un
principio tuvieran. Al través de los cristales sucios percibíase la
figura rígida de algún santo con nimbo de metal o el rostro sombrío y
angustiado de un Eccehomo.
Era demasiado temprano para que hubiese mucha gente. Sin embargo,
diseminadas aquí y allá, orando prosternadas frente a los altares con la
cabeza cubierta, veíase algunas mujeres; otras se arrimaban a las
ventanillas enrejadas de los confesonarios y extendían la mantilla por
ambos lados de la cara para depositar con un cuchicheo imperceptible sus
pecados en el sagrado tribunal de la penitencia. Algunos sacerdotes
tenían abiertas las puertas del confesonario y se les veía con sotana y
bonete inclinar el cuerpo y oído hacia la ventanilla, reflejando en su
rostro fruncido y en su postura desmadejada el cansancio que sentían.
Otros las tenían cerradas herméticamente y apenas se advertía dentro, al
pasar, la presencia de un ser humano.
La luz bañaba tristemente algunos parajes del recinto, dejando los
ángulos y los huecos de los pilares casi en total obscuridad. Las
enormes lámparas de metal amarillo se balanceaban en el espacio sujetas
al techo por un cordel. Los vidrios emplomados de dos grandes rosetones
abiertos en lo alto de las paredes de la gran nave central dejaban paso
a una triste claridad que se extendía como blanco mantel delante del
altar mayor. Al lado de éste y algo separado, había otro altarcito sobre
el cual se alzaba una imagen del Salvador con el pecho abierto, dejando
ver un corazón ensangrentado, ceñido por corona de espinas y coronado de
llamas. En torno de la imagen había una muchedumbre de cirios encendidos
que chisporroteaban lúgubremente en el inmenso ámbito silencioso de la
iglesia. Era un altar de quita y pon que se había colocado a causa de la
novena del Sagrado Corazón de Jesús, que por aquellos días se celebraba.
Genoveva fue a la sacristía a preguntar a Fray Ignacio si podía confesar
a su señorita. Ésta quedó hincada de rodillas al lado del confesonario
esperando al sacerdote. Experimentaba cierta impaciencia medrosa; un
poco de temor mezclado de ansiedad y deseo. El templo exhalaba un olor
confuso de humedad y polvo, de cirios apagados y flores ajadas que la
penetraba de respeto. Los momentos que precedían a la confesión eran de
sobresalto amable para María. El aparato y misterio de que estaba
rodeada aquella confidencia íntima, la más íntima que en el mundo
existe, ejercía cierta fascinación sobre su espíritu y la turbaba hasta
el fondo sin producirle disgusto. Sentía correr por su cuerpo leves
temblores de frío alternados con ráfagas cálidas que le subían al
rostro y se lo encendían. En aquel momento no pensaba en sus pecados,
sino en la manera que tendría de relatarlos.
La figura negra, firme y severa de Fray Ignacio se abalanzó hacia el
confesonario y sin dirigir siquiera una mirada a su penitente se
introdujo en él. María, trémula y enternecida, se acercó a la
ventanilla. Cuando se separó, al cabo de una media hora, tenía los ojos
enrojecidos y las mejillas pálidas.
La iglesia, en tanto, se había ido poblando, aunque casi exclusivamente
de mujeres. Algunas entraban hasta el medio con almadreñas, produciendo
verdadero estrépito al caminar sobre el embaldosado pavimento; las más
se despojaban de ellas a la puerta y las traían en la mano. Un clérigo
anciano, con sobrepelliz, subió al púlpito, que estaba cubierto con paño
de tisú de oro. Los fieles, desde los más apartados parajes de la
iglesia, se fueron replegando hacia el centro, formando apretado grupo
en torno del púlpito. María y Genoveva hicieron lo mismo. El sacerdote
hizo la señal de la cruz y comenzó el rosario en alta voz. Terminado el
rosario comenzó la novena, la novena del Sagrado Corazón de Jesús. El
clérigo se puso unas enormes gafas de plata, y con voz gangosa y
lastimera exclamó:
«_¡Oh corazón!_--La muchedumbre repitió con solemne rumor:--¡Oh
corazooón!--_amantísimo_--amantísimooo--_santísimo_--santísimooo--_y
melifluo_--y melifluooo--_de mi divino Jesús_--de mi divino
Jesús.--_Corazón_--corazooón--_lleno de llamas_--lleno de llamas--_de
purísimo amor_--de purísimo amooor.»
María repetía las palabras de la oración con el borde de los labios,
puestos los ojos en el suelo. Genoveva las decía en alta voz, mirando
cara a cara al sacerdote. La muchedumbre suspiró después de decir Amén.
Terminadas las oraciones, el sacerdote propuso que cada cual pidiese a
Dios, por medio de estos sagrados corazones, lo que mejor le conviniera,
y la muchedumbre meditó en silencio breves instantes. María pidió
fervorosamente a Dios que la hiciese más buena. Genoveva estuvo un rato
vacilando sin saber qué pedir, y, por último, pidió paciencia para
sufrir los dolores de reuma. El cura leyó con voz gangosa que se
arrastraba sobre las sílabas como un lamento el siguiente
EJEMPLO
«En la ciudad de Munich vivía no ha muchos años una dama de
extraordinaria hermosura que hacía una vida ejemplar; de modo que todos
le daban el nombre de santa. Acaeció que un día llegó a su casa un
mancebo muy gallardo a hacerle visita de parte de una prima suya, y al
instante logró el demonio que se prendase de él perdidamente. Fue su
pasión tan loca y miserable, que al cabo de algún tiempo de relaciones
consintió en un pecado de impureza ofendiendo a Dios gravemente. Caída
en el pecado, viose abismada en una melancolía profunda, porque si bien
rechazó prontamente al que había sido la causa de su culpa, la infeliz
se creyó condenada al infierno. Comenzó a llevar una vida áspera,
mortificándose con ayunos y penitencias sin conseguir desechar su
horrible pensamiento. Al fin, por consejo de un peregrino que por allí
acertó a pasar, dispuso hacer una novena al Sagrado Corazón de Jesús. Al
quinto día de rezarla devotamente, hallándose por la noche en su lecho,
oyó un gran estrépito y vio escaparse de su habitación un demonio
aullando horriblemente y dejando tras sí un hedor intolerable. A la
mañana siguiente se encontró curada de su melancolía y muy confiada en
la infinita misericordia de Dios.»
Los fieles se apretaron más en torno del púlpito para escuchar el
ejemplo y gustaron con deleite su sabor novelesco. La novena terminó con
una oración en latín. La muchedumbre rezó un Avemaría y un Credo. El
clérigo bajó de la tribuna.
Hubo fuerte y prolongado rumor en la iglesia. El grupo de mujeres se
abrió, se ensanchó, se revolvió charlando todas a un tiempo. Volvieron a
sonar los chasquidos de las almadreñas sobre las losas húmedas y sucias
del pavimento. Un monaguillo fue a despabilar los cirios que ardían en
torno de la imagen de Jesús, y de pie sobre el altar, con su cabeza
rapada y sus ojos maliciosos, hizo muecas profanas a otros chicos que
sus madres tenían orando de rodillas. Algunos clérigos salieron de los
confesonarios y cruzaron hacia la sacristía a paso largo. Uno fue
detenido en medio de la iglesia por varias señoras y estuvo hablando un
buen rato con ellas, aunque con visibles deseos de dejarlas. Por los
vidrios emplomados de los grandes rosetones pasaba ya toda la claridad
del día que evaporaba el misterio del templo, dejándolo triste, pobre y
sucio como en realidad era. Dos o tres pollastres matinales con cuello
bajo y los puños muy sacados entraron lanzando rápidas miradas
investigadoras a todos los sitios. A un sacristán se le ocurrió abrir el
cancel de la puerta de par en par y una multitud inquieta y estrepitosa,
que no había madrugado a rezar la novena, fue penetrando en la vasta
nave a escuchar la palabra del misionero que en aquel momento subía al
púlpito con ademán recogido y fervoroso.
Cuando estuvo en pie dominando el concurso con la sagrada paloma de
madera pintada sobre su cabeza, el ruido se fue apagando poco a poco. La
muchedumbre, extraordinariamente engrosada, se apiñó otra vez debajo de
la tribuna. Había ya muchos hombres que no venían por pura devoción,
sino también con el objeto de juzgar el sermón literariamente. Mas por
la puerta seguían entrando grandes oleadas de gente que turbaban a los
fieles de adentro e impedían establecer el silencio. María y Genoveva
fueron arrastradas diferentes veces de un punto a otro por el vaivén de
la muchedumbre. El orador aguardó en vano que se apagara el rumor. Al
fin, extendiendo el brazo en forma académica hacia la puerta, exclamó
con énfasis, como quien se encuentra ya en pleno discurso:
--¡Cerrad ese cancel!
Las puertas se cerraron lentamente, como si nadie las tocara. Los fieles
se fueron acomodando en su sitio. Durante un rato se oyeron muchas
toses. Al fin cesaron y el templo quedó en un silencio frágil y
artificioso, a menudo roto por algún constipado rebelde o por el
trompeteo de una nariz al sonarse.
El orador era joven, alto y delgado, con grandes ojos negros enclavados
en un rostro pálido y correcto. Vestía también sotana con sobrepelliz y
bonete. Infundía respeto por su gravedad dulce y mansa.
Se quitó el bonete y dijo unas cuantas palabras en latín que nadie pudo
escuchar. Después, poniéndose de nuevo el bonete y abalanzándose sobre
la baranda, exclamó en alta voz:
«Amados hermanos en Jesucristo...»
Poseía una voz clara, de timbre dulce y simpática en extremo, que
prestaba mayor realce a la gravedad de su rostro. Principió mostrando un
asombro irónico de que aun hubiera quien dejase las vanidades del mundo
para escuchar la palabra de Dios y felicitó calurosamente a los fieles
que habían acudido a tomar parte en la novena del Sagrado Corazón de
Jesús.
Dedicó la primera parte de su oración a describir los tormentos del alma
apartada de su Dios por el pecado y trazó un cuadro minucioso y perfecto
de las ofensas e injurias con que diariamente traspasamos el dulce
Corazón de Jesús. Al pintar los sufrimientos que el pecado origina,
abandonó el camino trillado de hablar de las penas materiales del
infierno, y sólo describió los padecimientos espirituales, las congojas
y las angustias que el alma siente cuando se ve privada por su culpa del
amor del Creador; pero los pintó con tan sombríos colores y con tal
fuerza de expresión, que aquel padecer infinito, aquella soledad
profunda, aquel silencio y obscuridad causaron más efecto en la fantasía
del concurso que el fuego y las culebras de costumbre.
María sintió miedo y tristeza. Se acordó de sus pecados y pensó con
horror que podía morir de repente y condenarse. Entonces hizo solemne
promesa interior de enmendarse. Pero ¿cómo? Para cambiar de vida era
preciso romper el lazo que más la ataba a la tierra y al pecado.
Acometiole una turbación profunda, preñada de lágrimas, que no pudo
verter. La voz clara y armoniosa del sacerdote resonaba en la gran nave
relatando sin fatiga, uno a uno, los dolores del condenado. La
muchedumbre escuchaba inmóvil y aterrada. Allá en el fondo, cerca del
altar mayor, la imagen del Salvador, rodeada de cirios, parecía una gran
mancha roja cuyos resplandores hacían pasar algunas sombras fugitivas
por las paredes del templo.
«Pero la clemencia divina es inagotable. No hay pecado, por enorme que
sea, que no pueda borrarse por la misericordia de Dios. El amor del
Salvador a las almas que ha redimido con su sangre no se marchita y
fenece como el de los hombres. Como un amante padre, como un esposo
enamorado, está siempre dispuesto a abrir los brazos al pecador
arrepentido. Si pecaseis, lavad con lágrimas de arrepentimiento los pies
del Redentor, como hizo la santa María Magdalena, y seréis salvos.
Acordaos de aquella triste pecadora que, transida de pena, desmayada de
amor, da consigo a los pies de Jesús y se los lava con sus lágrimas y se
los limpia con sus cabellos y se los unge, sin que se escuche una
palabra de su boca porque se derrite en fuego de amor. ¡Oh lágrimas
derramadas por Dios, y cuánto valéis y cuánto podéis y cuánto acabáis!
Para alcanzar perdón más valen las lágrimas que las palabras, porque las
lágrimas, como dice San Máximo, son ruegos callados, no piden perdón,
sino que lo merecen. Con las lágrimas no se engaña como con las
palabras. Por eso San Pedro, para obtener el perdón de su culpa, no usó
de las palabras, con las cuales había pecado, había mentido, había
blasfemado y renegado, sino que lloró con amargo llanto y fue creído y
perdonado. Son las lágrimas moneda que no se puede falsificar, único
refugio nuestro: lavan las manchas de nuestros pecados, aplacan la ira
de Dios, alcanzan el perdón, alegran el alma, fortifican la fe, aumentan
la esperanza y encienden la caridad. El mismo divino Jesús lo ha dicho:
«Bienaventurados los que lloran, porque sacarán fruto de consuelo.»
María se sintió enternecida. Aquel fervoroso panegírico de las lágrimas
ahuyentó el temor de su pecho. Al considerar la bondad inagotable de
Jesucristo, que después de haber sufrido tanto y haber derramado su
preciosa sangre por nosotros, olvida a cada instante las mayores ofensas
con sólo presentarse a él arrepentido, la conmovió hasta lo último.
Representose a la santa de su nombre, María Magdalena, bañada en llanto
a los pies del Redentor, y pensó que ella hubiera hecho lo mismo. Un
torrente de lágrimas se escapó de sus ojos al imaginar que ya estaba
postrada delante de Jesús. Las mujeres que se hallaban cerca la vieron
llorar y le dirigieron miradas respetuosas de admiración cuchicheando
entre sí.
Terminó el sermón exhortando a los fieles, con arranques de elocuencia
henchidos de imágenes, a que se muestren devotos del Sagrado Corazón de
Jesús. «Un cuarto de hora todos los días de plática amable con este
Sagrado Corazón proporciona al alma el gozo más puro que puede tener en
la tierra. _Gustate, et videte quoniam suavis est Dominus_. Probad a
conversar un rato con el Señor, y sentiréis las delicias celestiales y
los contentos especialísimos que hallan los que le aman. Todo cuanto hay
en el mundo es locura y engaño; festines, comedias, tertulias,
diversiones y lo demás que los hombres tienen por bienes están mezclados
con hiel y sembrados de espinas. No dudéis que el Corazón de Jesús da
más gustos y consuelos a las almas que van a visitarle con devoción y
recogimiento que el mundo con todos sus pasatiempos y placeres insulsos.
¡Qué delicia es estar hablando un instante con el amabilísimo Jesús,
pronto siempre a escuchar nuestros ruegos! ¡Descubrirle uno su pecho
como se hace con un amigo íntimo! ¡Pedirle su gracia, su amor y su
gloria! ¡Oh amados míos, _gustate et videte, gustate et videte_!»
El orador terminó los últimos párrafos de su oración siempre con estas
palabras: _gustate et videte, gustate et videte!_
Al concluir, deseando la gloria eterna a todos, estaba pálido de fatiga.
Algunas gotas de sudor se deslizaban por su frente espaciosa. Había
dicho la última parte de su discurso con creciente agitación y
entusiasmo que supo transmitir a los oyentes. María, después de haber
llorado, quedó sosegada y hasta contenta. Genoveva le dijo al oído,
mientras bajaba el sacerdote del púlpito:
--Señorita, acabo de ver entre la gente a don César.
La niña se inmutó ligeramente. El grupo comenzó a disolverse,
extendiéndose por todo el ámbito del templo. La mayor parte de la gente
acudió a la puerta en tropel, empujándose para salir. Después de algunas
apreturas, María y Genoveva consiguieron verse en el pórtico y
emprendieron el camino hacia casa. Mas la señorita de Elorza volvía con
frecuencia la cabeza. Un caballero anciano, alto, delgado, pálido, con
perilla y grandes bigotes blancos, vestido de negro de pies a cabeza,
las seguía a larga distancia. Al entrar en el soportal de una calle
estrecha y solitaria, el caballero apretó el paso y las mujeres lo
aflojaron, de suerte que muy presto se juntaron. El caballero se dirigió
a María y le dijo gravemente en voz baja:
--Señorita, esta noche llegué de donde usted sabe.
--He pedido a Dios que le trajese a usted bueno, don César.
--Gracias, gracias. ¿Ha terminado usted de bordar el estandarte?
--Sí, señor.
--¿Y los corazones de franela?
--También.
--Está bien, señorita. Tendré presente su diligencia y entusiasmo.
Don César no movió un pliegue de su rostro varonil en esta conversación.
Sus ojos, de una extraña firmeza que rayaba en ferocidad, no se
apartaban de la niña. Guardó silencio un instante, meditando alguna
cosa, y al cabo lo rompió diciendo con tono conciso de mando:
--Mañana a estas horas preséntese usted donde otras veces. Tenemos que
darle algunas comisiones.
--No faltaré.
Don César advirtió que dos jóvenes acababan de doblar la esquina y
venían hacia ellos. Entonces, sin despedirse, se apartó de las mujeres
pasando a la acera de enfrente.
IV
DE CÓMO EL MARQUÉS DE PEÑALTA FUE CONVERTIDO EN DUQUE DE TURINGIA
Pocos días después, Ricardo salió como de costumbre de su casa a las
diez de la mañana y se dirigió a la de su novia. No era el amor
solamente quien le empujaba tan temprano a pisar la calle, sino también
la triste soledad que reinaba hacía tiempo en el inmenso y vetusto
caserón en donde vivía; porque nuestro joven se hallaba solo en el mundo
desde hacía poco más de un año. Su padre, el viejo marqués de Peñalta,
había fallecido cuando él no contaba más de seis años de edad. Apenas
recordaba vagamente su rostro pálido asomando entre las sábanas del
lecho cuando le llevaron a darle un beso algunas horas antes de morir.
Se acordaba también de que aquel mismo día todo el mundo le abrazaba y
le besaba llorando, lo cual le había llamado la atención hasta hacerle
preguntar: «¿Por qué lloráis todos hoy?»
Su madre le había amado con uno de esos cariños concentrados y feroces
que asfixian a fuerza de cuidados. Durante la niñez le tenía preso a sus
faldas, sin consentirle tomar parte en los juegos de los demás niños por
temor de que se lastimase. Ya bastante crecido, todavía iba ella a
acostarle por las noches, rezando con él un sinfín de oraciones
inocentes, y esperando sentada, con los brazos cruzados, a que se
durmiese, para salir de la alcoba sobre la punta de los pies. Al llegar
a la pubertad no tuvo más remedio que pensar en la carrera de su hijo,
porque el difunto marqués dejó prevenido que la siguiese. Ricardo quiso
ser artillero. ¡Cuántas lágrimas costó a su madre esta implacable
decisión del niño! La primera vez que partió a Segovia, la buena señora
creyó morir; se empeñó en no salir de casa hasta que su hijo volviese, y
cumplió su empeño. Cuando venía a pasar las vacaciones, no se saciaba de
estar junto a él, mirándolo, acariciándolo y adivinando en los ojos sus
más leves caprichos, para cumplirlos inmediatamente. Dos o tres días
antes de partir, otra vez empezaban los sollozos y las lágrimas; le
tenía apretado contra su pecho largos ratos y le hacía prometer un
millón de veces que le escribiría todos los días, que se abrigaría bien
durante el viaje y que no saldría por las noches de casa. Lo único que
lograba distraerla algunos momentos era el arreglo del baúl del cadete,
al cual consagraba tantos y tan prolijos cuidados que nada se echaba de
menos en él, desde las prendas más usuales de ropa hasta un pedazo de
tafetán de golpes y un paquete de hilas para el caso de herirse. Ricardo
evitaba siempre la despedida, escapándose.
Gracias a su carácter bondadoso, alegre y simpático, más que a su
aplicación, terminó el joven marqués de Peñalta la carrera. En el
colegio todo el mundo le quería, lo mismo alumnos que profesores. Era
uno de esos muchachos francos y entrañables con los cuales es difícil
reñir, y que todos buscamos para depositar alguna misteriosa confidencia
del corazón en los amargos trances de la vida. Siempre se le encontraba
risueño y comunicativo, esparciendo la alegría y la confianza
dondequiera que estuviese. Rara era la querella entre dos cadetes que él
no consiguiese arreglar amistosamente. A pesar de su temperamento
conciliador, nadie dudaba en el colegio ni fuera de él de su valor, ni
mucho menos de la increíble fortaleza de sus puños. Más de una vez, en
las frecuentes reyertas entre cadetes y paisanos que estallaban
generalmente en los bailes de candil, había tirado al suelo tres o
cuatro mozos de tres o cuatro puñetazos, lo cual llamaba tanto más la
atención del vulgo cuanto que nada tenía de corpulento y atlético en su
figura.
Un día, hallándose destinado ya en el parque de Sevilla, le llamó el
coronel a su pabellón y le preguntó:
--¿Hace muchos días que no ha recibido usted carta de su madre, Peñalta?
Ricardo se puso pálido como un muerto.
--¿Qué pasa, mi coronel, qué pasa?
--No se sofoque usted, criatura. Sé por una casualidad que se encuentra
un poco enferma.
Ricardo lo adivinó todo y cayó en brazos del coronel, derramando un
torrente de lágrimas. Aquella noche tomó asiento en el tren del Norte.
La noche funesta de aquel viaje quedó grabada hondamente en su corazón.
Cuando la máquina lanzó el grito de marcha y los compañeros que le
habían ido a despedir le dijeron adiós con la mano en pie sobre el
andén, se fue a sentar en un rincón del carruaje envuelto en una manta,
aparentando dormir para entregarse mejor a sus dolorosos y sombríos
pensamientos. ¡Oh, qué pensamientos tan dolorosos y sombríos! Se
representó el ángel tutelar de su infancia, a la madre de su corazón
muriendo sola, sin recibir el beso postrero de su hijo, tal vez
llamándole con ansia en los momentos supremos de la agonía. Recordaba
que cuando se despidió de ella ya tenía la salud bastante quebrantada y
que el abrazo que le dio fue mucho más prolongado y estrecho y sus
besos más vivos que otras veces, como si la infeliz tuviese el
presentimiento de que no había de verle más. En sus ojos rasgados y
húmedos se leía un ruego ferviente y silencioso: que dejase la carrera y
no se apartase de ella. Pero él, pagado de las vanidades sociales y
seducido por la voz del egoísmo, no había atendido a este ruego que la
desdichada mujer no se había atrevido a formular con sus labios. Sentía
ira profunda contra sí mismo y se apellidaba interiormente con los
adjetivos más injuriosos y humillantes. De vez en cuando sacaba la
cabeza fuera del carruaje y respiraba el aire fresco de la noche para
evitar que los sollozos le ahogaran.
El misterioso y vago contorno de las ondulaciones del paisaje envuelto
en las sombras cambiaba su desesperación en desconsuelo, que poco a poco
se iba transformando en melancolía solemne, como los obscuros celajes
que se cernían sobre la tierra aun más obscura. Aquella majestad
silenciosa de la naturaleza muerta calmaba su excitación, pero le hacía
pensar con temblores de frío en la profunda soledad que le aguardaba. Se
había roto el lazo de amor que le ataba a la tierra, y por el cual se
creía emparentado con todos los humanos. Ya no tenía en el mundo ningún
ser que pudiera llamar suyo. El viento que la rauda marcha del tren
agitaba, zumbando en sus oídos, parecía decirle: ¡solo!, ¡solo! El
traqueteo áspero de las ruedas y maquinaria despertaba con violencia a
la naturaleza de su letargo, causándole quizá una sensación de dolor
como la que le causaba a él su pensamiento al cruzar por el cerebro. El
ritmo sonoro y metálico de las ruedas parecía decirle también con acento
más implacable: ¡solo!, ¡solo! Paseaba su mirada triste por los senos
profundos del horizonte y éste le devolvía, en trémulos y fatídicos
reflejos, que apenas conseguían rasgar la malla de sombras, tristeza por
tristeza. La luz de la máquina iba esparciendo una claridad roja, que
teñía de sangre el suelo y los árboles de la vía. Donde no había
árboles, los postes telegráficos pasaban con vertiginosa rapidez por
delante de su vista como las horas felices de la niñez. Por encima de su
cabeza flotaba el negro y colosal penacho de humo sujeto al cañón de la
máquina que al disiparse en la atmósfera se partía formando mil
extraños y monstruosos fantasmas. Estos fantasmas, al huir de la vía
arrastrándose por el suelo, le decían también lúgubremente: ¡solo!,
¡solo! Entonces, no pudiendo soportar el soplo glacial del paisaje
desierto que le traspasaba el pecho y le secaba los ojos, cerraba la
ventanilla y tornaba nuevamente a su rincón y a sus lágrimas.
Dentro del carruaje había otras cuatro personas: una señora anciana y un
joven de veinte a veinticinco años, una muchacha de dieciocho a veinte y
una niña de cinco o seis que parecían sus hijos. La señora dormitaba
abriendo una que otra vez los ojos para vigilar a la niña, que corría de
un lado a otro sin cesar. Los dos jóvenes charlaban suavemente en el
otro extremo cogidos de la mano. El espectáculo de esta madre rodeada de
sus hijos, y posando a cada instante en ellos su mirada amorosa,
enterneció todavía más a Ricardo. El susurro apagado de la conversación
de los dos hermanos, cortado a menudo por alguna carcajada reprimida,
despertaba en su corazón una envidia punzante y triste. La joven era
hermosa, con una fisonomía noble y simpática. Ricardo, sin darse cuenta,
la estuvo mirando toda la noche; pero ella no pareció fijar la atención
en él. Cuando el mozo de la estación gritó: «Córdoba, veinte minutos de
parada», todos se levantaron bruscamente y tomaron sus enseres
disponiéndose a salir. Sólo entonces fijó la joven en él una mirada
suave y prolongada, diciéndole al tiempo de salir con sonrisa triste y
compasiva: «Buenas noches, que usted lleve feliz viaje.» No ofrecía duda
que se había hecho cargo de su dolor. Ricardo sintió profunda pena de
que se quedasen allí, como si le ligase a aquella familia algún vínculo
de amor, y tuvo deseos de decir a la mamá: «Señora, acabo de perder a mi
madre; estoy solo en el mundo y no tengo a nadie a quien amar ni que me
ame; ¿quiere usted llevarme a su casa como hijo?» La puerta del carruaje
se cerró de golpe, sonó la campanilla, se oyó el grito ronco de la
máquina y el tren prosiguió la marcha con su traqueteo metálico que
clamaba sin cesar en el silencio de la noche: ¡solo!, ¡solo!, ¡solo!
Fueron a esperarle algunos parientes y amigos y le acompañaron
silenciosamente hasta su casa, donde le dejaron después de un rato de
conversación insulsa. En los días siguientes recibió muchas visitas con
traje negro, que le ensalzaron las virtudes de su madre y le
recomendaron mucha resignación. Todos le llamaban marqués. Nunca padeció
más que entonces. La única persona con quien tenía gusto de hablar era
con don Mariano Elorza, que había sido muy amigo de su padre, y cuya
casa visitaba con gran confianza siempre que venía a Nieva de
vacaciones. Don Mariano, que era expansivo y amable con todo el mundo,
no podía menos de mostrarse con él doblemente afectuoso por la situación
desgraciada en que se hallaba. Su casa fue para nuestro joven, en la
temporada que siguió a la muerte de la marquesa, un lugar de refugio
donde distraía sus penas y hallaba un poco de calor de familia que le
hacía tanta falta. Por otra parte, es necesario decirlo, Ricardo siempre
había sentido hacia la hija primera de don Mariano cierta admiración y
simpatía, que fácilmente se trueca en amor cuando la edad y la ocasión
convidan y la frecuencia del trato estimula; con mayor motivo aun cuando
ni él ni ella habían estado enamorados nunca. Mucho antes de que se
formalizasen sus relaciones, ya se hablaba en la villa del matrimonio
del joven marqués de Peñalta con la señorita de Elorza. Era un
matrimonio indicado y pedido por la opinión pública. Porque es de
advertir que las familias de Peñalta y Elorza eran las más opulentas de
la villa, y el público encuentra siempre tan lógico que la riqueza vaya
a la riqueza, como los ríos a la mar. Así que Ricardo y María fueron
declarados marido y mujer, poco después de su nacimiento. Las comadres
de la villa no les perdonarían que se hubiesen sustraído a este auto
acordado de las tertulias de Nieva. Ya sabemos de buena tinta que los
muchachos no pensaron en semejante substracción, y que acataban con la
mayor humildad el fallo soberano.
Volviendo, pues, adonde quedábamos, cumple manifestar que Ricardo llegó
muy presto al portal de la casa de Elorza, que era espacioso y obscuro.
De la gran puerta sólida y ennegrecida por el tiempo y el uso pendía una
cadena de bronce con la cual se llamaba. Entrábase inmediatamente en un
patio bastante amplio con fuente en el medio. A este patio venía a
parar una anchurosa escalera de piedra con balaustrada de la misma
materia. Estaba ya gastada y necesitaba reparos en algunos sitios. En el
primer descanso esta escalera se partía en dos brazos, uno de los cuales
conducía a las habitaciones de los señores y otro a la de los criados.
El primero de dichos brazos terminaba en un ancho corredor o galería de
cristales que miraba al patio. Toda la casa ofrecía el mismo desahogo,
al igual de los antiguos palacios, por más que fuese construida en
época relativamente moderna. Llevaba ventaja a los vetustos caserones
solariegos, como el del marqués de Peñalta, en que al fabricarla no se
había atendido tanto a la vanidad de sus dueños cuanto a la apropiada
distribución de las habitaciones para los usos de la vida. No era triste
y obscura como suelen serlo aquéllos. Por el contrario, todo su interior
denotaba alegría, bienestar y elegancia. Era, pues, un edificio grande
sin ser imponente, y cómodo sin caer en la vulgaridad desgraciada de las
construcciones modernísimas. Manteníase en un término de conciliación
entre la aristocracia y la burguesía, aceptando la altivez fastuosa de
aquélla y las inclinaciones prácticas y sensuales de ésta.
La casa reflejaba en cierto modo la posición de sus dueños. Ambos eran
hijos de las familias más principales, no tan sólo de Nieva, sino de la
provincia en que esta villa radica. La señora era hermana del marqués de
Revollar, que tanto había figurado en Madrid hacía pocos años por su
increíble disipación y prodigalidad, y que ahora, totalmente arruinado y
perseguido de cerca por sus acreedores, había corrido a refugiarse en
las huestes del Pretendiente, a quien servía como ministro y consejero.
Don Mariano procedía de una familia menos gloriosa y añeja, pero mucho
más acaudalada. Su abuelo había traído una fortuna inmensa de Méjico en
las postrimerías del pasado siglo, y con ella se había hecho el
terrateniente más poderoso de Nieva y fabricado la casa de que estamos
hablando. Lo mismo él que su hijo y su nieto habían procurado dar lustre
a los millones enlazándose con familias nobles.
Ricardo penetró por las habitaciones de la casa de Elorza con la
indiferencia del que se encuentra dentro de la suya, sin quitarse
siquiera el sombrero. Cuando entró en el gabinete de doña Gertrudis,
esta señora se hallaba tomando una taza de caldo ayudada por dos
criadas. Al ver a nuestro joven dejó la taza sobre el velador que tenía
delante y echándose hacia atrás en la butaca, exclamó con acento
dolorido:
--¡Ay, querido, en qué mal hora llegas!
--Pues ¿qué pasa?
--¡Que me muero, Ricardo, que me muero!
--¿Se siente usted peor?
--Sí, hijo mío, sí, me siento muy mal: no es posible decir lo mal que me
siento. Si no me muero hoy, no me muero nunca. Toda la noche la pasé en
un puro grito... Después..., después ese tigre de don Máximo no ha
venido todavía a pesar de haberle enviado dos recados... ¡Que Dios le
perdone!... ¡Que Dios le perdone!
Doña Gertrudis cerró los ojos como si se dispusiese a morir sin auxilios
temporales ni espirituales.
Ricardo, acostumbrado a estos exabruptos, permaneció buen rato
silencioso. Al cabo dijo en tono indiferente:
--¿No sabe usted?... Enrique ha conseguido cambiar el aderezo, y ayer ha
llegado el otro sin novedad.
--Vaya, gracias a Dios--repuso doña Gertrudis, abriendo los ojos--. Bien
creí que no se lo cambiarían.
--¿Por qué no?
--¡Toma!, porque vendiendo el otro se habían deshecho de una antigualla
de la cual no sé cómo saldrán ahora.
--Sí, pero también perdían un parroquiano que les deja muchas ganancias.
¿Usted no ve que Enrique recibe encargos de toda la provincia?
--Eso también es verdad..., ¿pero no sabes tú que a los comerciantes les
ciega la avaricia?... ¡Uf, qué gente más mala! Te digo que no puedo ver
a los comerciantes, Ricardo; no los puedo ver, ni pintados.
Después de haber expresado este sentimiento desfavorable para el
comercio, que doña Gertrudis en su fuero interno hacía extensivo también
a la industria y en general a todas las artes mecánicas, cerró de nuevo
los ojos con un gesto de dolor, y siguió de esta manera:
--Lo que siento, hijo mío, es que no os he de ver casados y que por mi
causa tendréis que dilatar la boda... Me encuentro muy mal, muy mal...
El corazón me dice que me he de morir antes de que llegue el día del
matrimonio... Y la verdad es que más vale que me muera si he de padecer
tanto...
--Vamos, no diga usted esas cosas; ¡qué se ha de morir! La enfermedad
tendrá que ir cediendo poco a poco, se curará usted y se pondrá sana y
gorda que dará gusto verla.
En vez de animarse con estas palabras, doña Gertrudis se enfureció.
--Esas son tonterías, Ricardo... Mi enfermedad es mortal, y si no ya
severa... Mi marido no quiere creerlo; pero pronto se ha de convencer...
No me quejo de mimo, no... ¡Ay, querido, si supieses lo que yo padezco
sentada en esta butaca!
Lo cierto es que desde el día en que el cura había echado la bendición
nupcial sobre doña Gertrudis, se puede asegurar que esta noble señora no
había hecho otra cosa que atender a los quebrantos y lacerias de su
cuerpo, arrastrando una vida mezquina al través de las enfermedades más
extrañas e inverosímiles que jamás se hubiesen visto. Antes de dar a luz
su primera hija María, había padecido de vómitos de sangre y consunción.
Después del parto, y por algunos años, hasta el nacimiento de su segunda
hija Marta, padeció un mal dolorosísimo del corazón, tan acerbo y cruel
que muchas veces le privaba del sentido. Las manifestaciones de esta
enfermedad, tal como la paciente las relataba, inspiraban terror a
cualquiera. Unas veces creía sentir que le manoseaban el corazón y se lo
estrujaban hasta no poder más; otras veces pensaba que se lo metían
entre hielo, y allí lo tenía tiritando sin que valiesen de nada las
pieles y franelas que le ponían sobre el pecho, hasta que por una brusca
transición entraba en un horno encendido donde se abrasaba de tal suerte
que hacía pedazos con sus manos crispadas cuanta ropa le habían echado
antes encima; otras, en fin, sentía un animal que clavaba en él los
dientes, produciéndole tan agudos dolores que no le dejaban fuerzas para
gritar. El licenciado don Máximo permanecía totalmente confundido
delante de aquel caso patológico, anunciando en cada visita el próximo
fin de la paciente si el antiespasmódico que recetaba no la tornaba al
instante sana y salva. Como doña Gertrudis no acababa de fallecer ni su
extraordinaria enfermedad desaparecía, don Máximo llegó a perder
enteramente la fe en ella. Seguía visitando la casa con mucha
frecuencia, pero siempre a la hora de costumbre, que rara vez alteraba
por más que doña Gertrudis le moliese muchos días a recados,
suplicándole se personase acto continuo en su alcoba. Don Máximo
concluyó por despreciar profundamente las enfermedades de su noble
cliente, y calificarlas públicamente en la botica adonde solía asistir
de _cajigalinas_ de mujeres. El significado exacto del vocablo
_cajigalinas_ jamás se supo ni dentro ni fuera del pueblo, ni se llegó a
averiguar si era invención particular de don Máximo o si procedía de
algún idioma antiquísimo, muerto ya, que el licenciado hubiese
estudiado. La palabra por su raíz parece de origen semítico, pero no es
posible fallar de plano en este asunto: que los sabios lo decidan. Lo
que sí está fuera de duda es que con ella quería decir don Máximo dar a
entender algo insignificante, baladí o de poco monto. Y basta con esto
para que sepamos a qué atenernos sobre la opinión de la ciencia en lo
referente a los males de doña Gertrudis.
Después del nacimiento de Marta, las dolencias de doña Gertrudis no
desaparecieron, sino que cambiaron de rumbo. El corazón quedó un tanto
sosegado, pero en cambio todos los músculos o tendones de la atribulada
señora empezaron a contraerse con fuertes dolores, impidiéndole por
algunos meses servirse en absoluto de sus miembros, dejándola reducida
al cabo, como gran mejoría, a caminar apoyada en su marido o en una de
sus hijas. Don Máximo, en los comienzos de esta nueva fase, mostrose
preocupado y caviloso, estudió con ojo avizor los síntomas y
antecedentes, recetó los antiespasmódicos por azumbres, echó mano, en
una palabra, de todos los recursos que la ciencia (la ciencia de don
Máximo) ofrecía para tales ocasiones; pero sin lograr resultados
satisfactorios. Al cabo, el vocablo _cajigalinas_, de origen semítico,
apareció nuevamente en sus labios, y desde entonces no volvió a entrar
en las habitaciones de la señora sin que una fina sonrisa de
incredulidad vagase por su rostro atezado.
Ricardo permaneció todavía un rato al lado de doña Gertrudis y después
salió a dar vueltas por la casa en busca de las niñas. Halló a Marta en
la cocina muy ocupada en heñir la masa de una empanada.
--¿Y María, _ma petite ménagère_?
--Está en su cuarto arreglándose; no tardará en bajar.
--Si te molesto en tu trabajo, me voy; si no, me quedo.
--No me molestas, si te quitas un poco de la luz..., así...; ya estás
bien.
--Corriente; me quedo para aprender a hacer..., ¿qué es lo que estás
haciendo?
--Una empanada de jamón.
--Pues a hacer una empanada de jamón.
La niña levantó la cabeza sonriendo a su futuro cuñado y emprendió de
nuevo la tarea. Estaba colocada en pie delante de una mesa baja
destinada, a juzgar por su lustre, a la operación que ejecutaba. Tenía
puesto un enorme delantal blanco cómo el de las cocineras y en la cabeza
una cofia también blanca. Sus ojos negros, brillantes, lucían mejor con
este traje, lo mismo que sus cabellos de azabache. Había alzado las
mangas del vestido y mostraba al descubierto unos brazos mórbidos y
mejor torneados de lo que pudiera esperarse de su corta edad. Estos
brazos anunciaban una mujer en plena posesión de todos los atractivos
punzantes, de todas las graciosas curvas de su sexo: eran unos brazos
blancos y tersos de virgen flamenca, firmes y macizos como los de una
doncella de labor; lo mismo podrían servir de modelo a un estatuario que
para arreglar una cama a las mil maravillas. Con ellos hacía rodar de un
lado a otro por encima de la mesa un pedazo grande de pasta amarillenta,
arrastrándolo y doblándolo constantemente sobre sí sin darse punto de
parada. La masa se desprendía suavemente de la tabla por efecto de la
manteca de que estaba impregnada con levísimo rumor parecido al roce de
la seda. Algunas criadas daban vueltas por la cocina atendiendo a sus
quehaceres. Ricardo contempló un instante la operación en silencio; pero
no tardó en exclamar con señales de asombro:
--¡Qué atrocidad! ¡Qué atrocidad!
Las criadas volvieron la cabeza. Marta también alzó la suya.
--Pues, ¿qué pasa?
--Pero, niña, ¿dónde te has comprado esos brazos tan rollizos?
La niña se ruborizó, y entre risueña y molesta llevó la mano a las
mangas del vestido bajándolas un poquito.
--Vamos, ¿ya principias? Mira, para eso no te he permitido que te
quedases.
--Es que ahora ya merece la pena quedarse, aunque mandases lo contrario.
--Bien, haz lo que quieras; pero déjame trabajar en paz.
--Te dejaré que trabajes, pero haciendo constar que nunca había entrado
en mis cálculos que la señorita Marta poseyese unos brazos semejantes...
Sabía que era apretadita de carnes, redondita y maciza, ¿pero cómo había
de sospechar...? Vamos, te digo que a no verlo, no lo creyera.
Las criadas reían. Marta amasaba con afán, haciendo gestos de
resignación como quien está dispuesto a sufrir una broma hasta el fin.
Ricardo prosiguió:
--Y eso que había oído hablar a María de ellos; pero en términos
vagos... No eran bien precisas sus noticias. Lo mejor en estos casos
para hacerse cargo del asunto es verlo por sí propio. ¡Al que se meta
contigo no le arriendo la ganancia!... La verdad es que, bien mirado,
una niña de catorce años no tiene derecho a poseer unos brazos como
esos.
Marta suspendió su obra para reír.
--¡Jesús, qué pesadísimo eres, criatura; no se te puede sufrir!
Después, su semblante adquirió la expresión plácida y grave que lo
caracterizaba, y emprendió nuevamente el trabajo hundiendo en la masa
blanda una y otra vez sus puños tersos y rosados. La pasta iba adoptando
sucesivamente diversas formas bajo la presión continuada de las manos
breves pero firmes de la niña.
Cuando le pareció que se hallaba en su punto, la partió en varios
trozos, y tomando un rollo de madera se puso a modelarlos con gran
cuidado.
Ricardo preguntó con timidez.
--¿Me dejas que te ayude, Martita?
--No sabes.
--Me dirás lo que debo hacer, y bajo tu dirección marchará bien el
negocio.
--¡Ahora me adulas! Bueno, consiento en ello, pero lávate las manos.
Ricardo no tuvo más remedio que ir a lavarse las manos.
--Está bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta
hasta que lo conviertas en una lámina redonda.
El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues
la pasta se agujereó varias veces de puro fina. Las criadas le
contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permanecía grave y
atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmósfera sofocante,
calentada por las chapas de hierro incandescente del fogón e impregnada
de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al
estómago cuando está ahíto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.
Ricardo no podía estarse callado un instante. Mientras hacía resbalar el
rollo sobre la pasta con más precaución que si se tratase de
confeccionar un filtro mágico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir
observaciones de todo género a Marta acerca de la empanada que tenía
entre manos. «¿Cuántos huevos había echado en la harina? ¿Qué cantidad
de manteca? ¿Con quién había aprendido a hacer empanadas? ¿Cuánto tiempo
necesitaba estar en el horno?, etc., etc.» Marta respondía lacónicamente
y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus
labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.
--Oye, Marta, ¿qué diría Manolito López si nos viera en este momento?
--¿Qué había de decir? Lo que se le antojara--contestó la niña
ruborizándose levemente.
--¿No tendría celos al vernos tan cerca uno de otro?
--¿Pues?
--¡Qué sé yo!... Como está tan enamorado, según dicen...
--¡Qué ganas tienes de embromarme!
--Chica, es lo que se corre por ahí; yo no pongo nada de mi cosecha.
--Bien, pues dale expresiones, como tú dices.
--Se las daré en cuanto le vea.
--¡Vamos, no seas tonto!
Marta profirió esta exclamación demostrando en el acento cierto
sobresalto. Se conocía que le molestaba un poco la broma. El fundamento
que Ricardo tenía para dársela era deleznable, como sucede casi siempre
en la adolescencia; pero verdadero hasta cierto punto. Los zagalillos de
catorce o quince años, llamados por el vulgo _pipiolos_, corren en pos
de las zagalas de la misma edad y establecen con ellas, tácitamente la
mayor parte de las veces, ciertas relaciones que remedan los amores de
los jóvenes. Se dice, por ejemplo, entre ellos, que Fulanito es novio de
Fulanita, sin saber por qué, y Fulanito, por ese mero hecho, sin que le
importe gran cosa de Fulanita, va a esperarla con otros amigos a la
salida del colegio, y la sigue hasta su casa, molestando mucho a la
doncella que la conduce; en las giraldillas que se forman en las
romerías la saca a bailar con más frecuencia que a las otras; cuando es
un poco atrevido le suele ofrecer dulces en cucurucho de papel dorado, y
pasa por delante de su casa varias veces el día que se pone traje o
sombrero nuevo; procura, cuando la sigue, hablar alto y con desenfado,
para que ella le oiga y se regale con su buen decir, y se traba a
mojicones por la cosa más insignificante, para lucir en presencia suya
el arrojo y coraje que no tiene en ausencia; gasta los cuartos que posee
en pomadas o aceites de olor, y se presenta en la misa a que ella asiste
con la cabeza lamida y reluciente como un gato cuando sale del agua. La
tarde en que se enfada porque ella no le hace caso, la sigue de cerca en
el paseo, entre varios amigos, soltando palabras groseras y carcajadas
estúpidas, y llegando a veces a tirarle por las trenzas del pelo, hasta
que con esta y otras sandeces consigue hacerla llorar.
La conducta de Fulanita suele ser análoga. No le importa tampoco un
ardite de Fulanito; pero como dicen que es su novio, hace lo posible por
que lo parezca; y así, vuelve la cabeza a menudo para mirarle cuando
sale del colegio; en la giraldilla le saca a bailar más veces que a los
otros; sale al balcón cuando él pasa y se ruboriza cuando la bromean.
Pero estos seudoamores casi nunca prevalecen ni se convierten en
verdaderos. Tácitamente principian, tácitamente viven y tácitamente
concluyen cuando la niña _se pone de largo_. La razón de tal frialdad es
muy obvia. Fulanito no se encuentra todavía en la edad de las pasiones,
sino en la de la gimnasia, los _suspensos_ y los cigarros de salvia.
Fulanita está siempre a mucha mayor altura por lo que respecta a la vida
del corazón, y en su interior desprecia profundamente a Fulanito, que no
sabe divagar un poco sobre la simpatía y el amor, ni es capaz de besar
un abanico que cae de la mano, ni tiene pizca de bigote. Por eso,
generalmente, cuando a Fulanita le agregan una cuarta más de tela al
vestido, no vuelve a mirar ni por casualidad a Fulanito, el cual lo
encuentra naturalísimo y no se desmejora por ello ni se suicida.
Tales eran las relaciones, con muy leves variantes, que sostenía nuestra
Marta con Manolito López. A las causas generales que marchitan y secan
en flor semejantes inclinaciones, debe agregarse en este caso la poca
conformidad de los caracteres. Manolito, si bien de rostro expresivo y
hasta hermoso, era travieso, ruidoso, pendenciero e insolente. Una buena
cualidad se reconocía en él: la de no ser rencoroso. Marta era apacible,
callada, firme, circunspecta y reservada. El defecto que en su casa le
señalaban era el de ser un poco terca. No era posible, pues, una
antítesis más perfecta. Si así no fuese, Marta hubiera llegado a querer
a Manolito, porque su temperamento repugnaba la mudanza lo mismo en los
muebles del cuarto que en los sentimientos de su corazón.
Cuando terminaron de modelar varias capas delgadas de pasta, Marta las
fue colocando unas encima de otras en una tartera de cobre, formando el
lecho de la empanada. Después una de las criadas le trajo el jamón,
convenientemente aderezado y cortado en rajas. El pringue sazonado de
especias exhalaba un olor irritante y apetitoso que hacía la boca agua.
Una vez puestas las rajas sobre el lecho del modo más adecuado, la niña
se puso a extender nuevas capas de pasta sobre el jamón. Ricardo ya no
la ayudaba; al parecer, se había cansado. Mas cuando se trató de
ejecutar los adornos de la tapa, acudió de nuevo a prestarle auxilio,
complaciéndose largamente en ejecutar con la masa mil suerte de
mosaicos, arabescos y primores de toda clase, que no había más que ver.
Marta puso término a tan prolijas labores quitándole la pasta de la
mano, porque no acababa nunca. Hecha la empanada, fue la misma niña a
meterla en el horno, y siguiendo una piadosa costumbre tradicional de
aquella tierra, se santiguó y rezó un padrenuestro, para obtener
resultado feliz.
--¿Sabes una cosa, Martita?
--¿Qué te pasa?
--Que con estos olores de cocina y el trajín de la dichosa empanada, se
me ha despertado un apetito más que regular.
--Pues mira, eso comiendo se quita. Ven conmigo.
Y le condujo al comedor, que estaba cerca, y le hizo sentarse a la mesa.
Después sacó de un armario cubierto, servilleta, pan, vino, un plato de
pavo en galantina y un tarro de dulce, y se lo fue colocando delante,
uno en pos de otro, con el sosiego y compás que caracterizaban todos sus
movimientos.
--Coma usted, señor marqués; coma usted.
Llamar a Ricardo señor marqués era una de las bromas más picantes que
Marta se autorizaba respecto a su futuro hermano. No estaba en la índole
de su genio dirigir cuchufletas y epigramas. Los que salían de su boca
alguna vez eran para disimular una caricia que su carácter reservado le
impedía hacer abiertamente a nadie, ni aun a su misma hermana.
Ricardo se puso a despachar un pedazo de pavo al estómago con toda
solemnidad, empujándolo de vez en cuando con tragos de Valdepeñas,
mientras la niña, en pie, lo contemplaba risueña y satisfecha, gozando
con el voraz apetito de su amigo, y cuidando de escanciarle vino y
arrimarle los platos siempre que hacía falta.
--Eres una gran mujer, Martita--decía Ricardo con la boca llena--. Se te
puede comprar al peso, y eso que no debes pesar poco, a juzgar por las
señales de que no quiero hacer mención porque no me llames pesado... En
cuanto vea a Manolito López le diré que no piense en otra mujer si
quiere ponerse gordo y rollizo (que buena falta le hace)... Si a mí me
cuidas de ese modo, ¡cómo le cuidarás a él!... Basta, basta, Martita, no
me pongas tanto dulce... Tú quieres, por lo visto, que pille una
indigestión aquí en secreto... Está bien ese pavo: merece los honores
que le he hecho... Échame un poquito de vino...
Marta escanciaba y seguía contemplándole con sus grandes ojos serenos,
por donde resbalaba una leve sonrisa de complacencia sensual. Parecía
que era ella la que se estaba atracando.
--Mira, chica, haz el favor de comer tú también, porque me da pena
verte. Parece que te han castigado...
La niña no tenía apetito y se negó a tomar el plato que le presentó. Sin
embargo, cortó un pedacito de pan y empezó a roerlo gravemente con sus
dientes blancos y menudos.
--Te profetizo que no tardarás en despachar ese plato de dulce,
Martita... La cuestión es empezar... Ya verás, ya verás... Lo peor es
que ya son las doce, y que a la hora de comer me voy a hallar sin
apetito... Martita, no seas tonta y cómete ese dulce que te está
apeteciendo...
Cuando Ricardo daba ya fin a su tarea de engullir y charlar, entró en el
comedor Genoveva, diciéndoles:
--A la señorita María le duele un poco la cabeza y está descansando
sobre la cama.
--Voy allá--exclamó Marta, ausentándose velozmente.
--De su parte traigo para usted este recado, señorito--añadió la
doncella, presentándole una carta.
Pero al ver que el joven trataba de romper el sobre, le dijo:
--La señorita le encarga que no la lea hasta que se vaya de casa.
--Bueno, bueno--articuló Ricardo un poco alterado.
Y tomando el sombrero y sin despedirse de nadie, se fue a escape a su
casa devorado por la impaciencia, y rompiendo el sobre con mano
temblorosa, leyó la carta que sigue:
«Mi queridísimo Ricardo: Hace ya tiempo que deseo comunicarte un
pensamiento que me preocupa, sin atreverme a ello. Conozco bien tu
genio; eres impetuoso en extremo, y tal vez antes de reflexionar sobre
mis palabras y equivocándote acerca de su sentido, te inflamarías como
una pólvora, lo echarías todo a rodar y me asustarías horriblemente como
en la noche que celebramos el santo de mamá. Por eso, después de vacilar
mucho, me resuelvo a decírtelo por escrito y no de palabra.
»El pensamiento que me agita estos días es el de suplicarte que
aplacemos todavía algún tiempo nuestro matrimonio. No te enfades,
Ricardo mío, y sigue leyendo con calma. Estoy segura de que lo primero
que se te ocurre pensar es que no te quiero. ¡Cómo te equivocarás si lo
piensas! Si pudieses leer en mi alma, verías que tu amor tiene
avasallada mi conciencia, lo cual deploro amargamente. Pero no se trata
ahora de esto.
»¿Estás seguro, Ricardo, de que tú y yo nos hallamos convenientemente
preparados para tomar un estado que arrastra consigo tantos y tan graves
cargos? ¿Has meditado bien lo que significa el sacramento del
matrimonio? ¿No habrá en nuestros corazones más bien una inclinación
irreflexiva mezclada tal vez de impulsos carnales que el propósito firme
de emprender una vida austera y piadosa como conviene a una familia
cristiana, educando a nuestros hijos en el temor de Dios y en la
práctica de las virtudes? Si reflexionas un poco en lo frívolos que
hasta ahora han sido nuestros amores y en los pecados que constantemente
cometemos, no podrás menos de convenir conmigo en que dos muchachos tan
desprovistos de gravedad y sólida virtud no están facultados por Dios
para educar y dirigir una familia. Sentiría un gran remordimiento de
conciencia casándome hoy (y tú debes de sentirlo también) y creería que
Dios no podría bendecir ni hacer dichosa nuestra unión. Para que la
bendiga es necesario que nos hagamos dignos de celebrarla, dejando para
siempre el modo frívolo y mundano que tenemos de querernos por otro más
elevado y espiritual, cesando por completo en ciertas expansiones
terrenales a que nuestro gran amor nos impulsa, y preparándonos durante
algunos meses, por lo menos, con una vida virtuosa y devota, haciendo
algunos sacrificios y obras de caridad, y pidiendo a Dios constantemente
que ilumine nuestro espíritu y nos dé fuerzas para cumplir los deberes
que el nuevo estado nos impone.
»Hay un ejemplo en la historia que nos debe alentar mucho para llevar a
cabo lo que te propongo. La Amada Santa Isabel de Hungría estuvo
desposada desde su tierna edad con el duque Luis de Turingia, pero sin
que las bodas se celebrasen hasta que ambos llegaron a la edad oportuna.
Celebrados los desposorios, Isabel y Luis no volvieron a separarse,
habitando el mismo palacio como si fuesen hermanos, hasta que por la
voluntad de Dios fueron marido y mujer. Los piadosos sentimientos de los
dos novios, junto con la austera educación que les dieron, hizo que su
cariño fuese siempre puro y limpio, fundando la inalterable unión de sus
corazones, no sobre los efímeros sentimientos de un atractivo puramente
humano, sino sobre una fe común y la severa observancia de todas las
virtudes que esta fe enseña. Hasta que el matrimonio los unió con
vínculo indisoluble, siempre se llamaron hermanos, y aun después de
casados continuaron dándose a menudo este dulce nombre.
»Te confieso, Ricardo, que el espectáculo de estos nobles y santos
jóvenes me seduce hasta un grado indecible. El amor santificado de tal
suerte es mil veces más hermoso y proporciona al corazón goces más puros
y elevados. ¿Por qué no habíamos de seguir hasta donde nos fuese posible
las huellas de estos esposos, dechado de abnegación y de ternura tanto
como de pureza y fidelidad? ¿Por qué no habías de imitar tú, amado
Ricardo, la virtud severa del joven duque de Turingia, la nobleza y
dignidad de todos sus actos, la inocencia y la modestia de su alma,
jamás desmentida, y que en nada se oponían al valor y fortaleza de que
siempre dio relevantes pruebas? Por mi parte te prometo imitar en la
medida de mis débiles fuerzas la ternura, la obediencia y fidelidad de
su santa esposa Isabel, viviendo sujeta a la ley de Dios dentro del
cariño que te profeso.
»Esto es lo que te propongo y deseo que hagamos. No te enfades, por
Dios, querido Ricardo. Reflexiona sobre lo que te acabo de decir y verás
como tengo razón. No dudes de que te quiere mucho, mucho, la que es _por
ahora_ tu hermana,
MARÍA.»
V
CAMINO DE PERFECCIÓN
La carta que acabamos de leer señala una etapa importantísima en la vida
de nuestros amantes. Ricardo principió por enfurecerse y escribir una
larga contestación a su novia, dando por terminadas sus relaciones, que
no llegó a enviar a su destino. Después celebró con ella una
conferencia, donde se desató en denuestos. Todo cuanto venía escrito en
su epístola no era más que un tejido de necedades y simplezas, fabricado
adrede para disimular su perfidia. Bien podía despedirle de otro modo
menos grotesco, pues ya que no tuviese derecho a su amor, al menos podía
y debía exigir la franqueza y lealtad que él había usado siempre; desde
mucho tiempo atrás venía notando su frialdad y desvío, pero jamás pudo
creer se sirviese para desatar el lazo que los unía de pretexto tan
ridículo, etc., etc. María recibió con humildad tal granizada de
insolencias, afirmando con palabras tiernas y persuasivas, siempre que
le dejaba un instante para hablar, que le seguía amando con toda su
alma; que podía poner a prueba su amor siempre que quisiera, pues
resuelta estaba a hacer por él cuantos sacrificios exigiese menos el de
su conciencia; que le atravesaban el pecho las sospechas de traición y
de engaño, pero que se las perdonaba, teniendo presente el estado de
exaltación en que se hallaba; que sentía igualmente en el alma que
calificase de grotescos y ridículos los móviles de su resolución, cuando
ella los tenía por tan respetables, y, en fin, que le rogaba se calmase.
Ya que hubo desahogado su bilis el joven marqués, sin resultado,
comenzaron a desmayar sus ánimos y entró por el camino de las buenas
razones, pasando en seguida al de los ruegos, aunque sin lograr mejor
éxito. Empleó todos los recursos del ingenio y el lenguaje tierno y
expresivo que le dictaba su honrado corazón a fin de convencerla de que
ni ella ni él se hallaban, por fortuna, en el caso de ponerse a llorar
sus pecados como dos criminales, pues si no eran más buenos, por lo
menos lo eran tanto como el vulgo de los mortales; y en cuanto a tino y
seso para gobernarse y gobernar a sus hijos en el matrimonio, no se
creía tampoco menos apto que los demás, y que, en último término,
pasarían por donde otros pasaron. Todo fue inútil. La joven opuso
razones a razones y un silencio firme y obstinado a las súplicas
salpicadas de ternezas de su amante.
Éste, en tal estado de tribulación, de que no hace mérito el padre
Rivadeneira en su tratado, fue derecho a contar el caso y a pedir
consejo y ayuda a don Mariano, a quien quería como a un padre. Dicho
señor mostrose altamente sorprendido y confuso al leer la carta de su
hija. Leyola repetidas veces, como si no acabara de dar en la clave, y a
cada nueva lectura la encontraba más turbia e inexplicable. Por último,
se la devolvió, con un gesto de susto, manifestando que su hija debía de
haber perdido el juicio, porque no entendía nada de aquella monserga.
En efecto, don Mariano era un creyente sincero, que cumplía
escrupulosamente con los preceptos morales de la religión, pero que
miraba con un poco de tibieza, ya que no con desdén, los referentes al
culto. Nunca había dudado de las verdades religiosas aprendidas en la
niñez; pero jamás había dado capital importancia a las misas y
oraciones, ni había pasado en las iglesias más que el tiempo
estrictamente necesario. Sabía distinguir, cuando se trataba de estos
asuntos, entre la religión y los curas, profesando hacia éstos cierta
enemistad volteriana, que le venía de casta, al decir de doña Gertrudis,
pues su abuelo, el mejicano, había sostenido relaciones amistosas y
larga correspondencia con un miembro de la Convención francesa. Tenía fe
incontrastable en el progreso moderno, y echaba mano de los inventos
realizados continuamente por la industria humana para combatir los
argumentos deleznables, y pulverizarlos, de sus constantes enemigos los
partidarios de la tradición, entre los cuales no era el menos
empedernido y molesto su mujer. Se recibía, verbigracia, en la casa un
telegrama de cualquier pariente o amigo; don Mariano, con sonrisa
triunfal, después de leerlo, se lo alargaba a su señora, diciendo:
--Toma; este endiablado invento moderno viene a comunicarnos que tu
hermano ha llegado bueno a París.
Gustaba de hacer consideraciones picarescas sobre el espanto que se
apoderaría de nuestros abuelos, si de repente los metiesen en el coche
de un ferrocarril, o les dijesen que podían conferenciar cuando
quisieran con un amigo residente en la Habana. En cuanto tenía noticia
por los periódicos de cualquier invención peregrina, corría a leerle el
suelto a su mujer, y guardaba el periódico para leérselo igualmente a
los muchos tradicionalistas que frecuentaban la casa. Si el invento no
era costoso, hacía que le remitiesen la máquina, aunque no le sirviese
para nada. Así, que tenía la casa poblada de artefactos curiosos, casi
todos empolvados y descompuestos por la falta de uso; máquinas de hacer
hielo, manteca, sidra, pitillos, etc.; telégrafos de salón,
estereoscopios, cacerolas para asar la carne con un pedazo de papel,
salvavidas, bastones con silla y carabina, paraguas con tienda de
campaña, impermeables y otro sinfín de objetos extraños. Cuando la
máquina no daba el resultado apetecido, don Mariano tenía un disgusto,
se creía humillado y temiendo que por esto sufriese menoscabo la prez de
la civilización moderna, no hablaba del aparato delante de su señora, o
viéndose obligado, escurría el bulto, como suele decirse, por la
tangente, atribuyendo siempre el éxito desgraciado a su propia torpeza y
no a la calidad del invento.
Este amor fervoroso que profesaba a los increíbles adelantos de la época
presente, y la lucha que dentro y fuera de casa sostenía a todas horas
contra los amigos de la tradición, le impulsaban en ocasiones a valerse
de armas prohibidas, como eran, por ejemplo, el exagerar el poder de la
industria moderna, forjando nuevas y estupendas empresas que él daba por
comenzadas, cuando a nadie se le habían pasado aún por la cabeza. Un día
asombraba a sus amigos manifestándoles que se pensaba muy seriamente en
establecer un puente flotante entre Europa y América, por el cual se
podría ir en ferrocarril al Nuevo Mundo; otro, los dejaba atónitos
diciéndoles que se estaba construyendo un telescopio que traería la luna
a media legua de distancia, con el que podríamos percibir si en este
satélite había seres movientes; otro, les llenaba de admiración
noticiándoles que en los Estados Unidos habían trasladado entera una
catedral de un pueblo a otro, por medio de la presión hidráulica. En
materia de progresos mecánicos don Mariano tenía más imaginación que
Shakespeare. La política nacional le preocupaba poco en comparación del
incesante y sublime progreso realizado por la humanidad, y odiaba las
exageraciones que en su concepto lo retrasaban. Estaba afiliado al
partido conservador liberal.
Con estos antecedentes fácil es imaginarse el efecto que la carta de su
hija le causaría. Considerola como una extravagancia de las muchas que
la niña había padecido en su vida, y prometió a Ricardo solemnemente
hacerla desistir de aquella tontería. Mas después de haberla llamado a
su cuarto y pasar encerrado con ella cerca de dos horas, empezó a
sospechar que la cosa no era tan fácil como a primera vista parecía. Ni
con echarlo a broma haciendo chacota de su austero propósito, ni con
mostrarse enojado, ni con bajarse a las súplicas logró nada nuestro buen
caballero. María opuso a estos ataques, como había hecho con su novio,
una actitud humilde, pero resuelta, imposible de vencer. A unos y a
otros no les quedó otro recurso que resignarse, y eso hicieron de mal
grado con la secreta esperanza de que la joven cambiaría pronto de
acuerdo una vez satisfecho el capricho. Aplazose, por tanto, la boda
indefinidamente, y el pobre Ricardo empezó a desempeñar su papel de
duque de Turingia, casi tan mal como un actor español. Las entrevistas
con María fueron desde entonces menos frecuentes y familiares. La joven
parecía huirle y evitar las ocasiones de conversar con él íntimamente
como antes. Ricardo las buscaba con empeño y las aprovechaba unas veces
para dirigirle amargas reconvenciones, otras para decirle con labio
balbuciente mil frases apasionadas. Ella se mostraba siempre dulce y
cariñosa, mas procurando encaminar la conversación hacia asuntos serios.
Ricardo siguió acariciándola siempre que tenía ocasión para hacerlo;
pero no volvió a obtener de ella la acostumbrada reciprocidad por más
que hizo increíbles esfuerzos para conseguirlo. Y no sólo no logró este
favor, sino que poco a poco la joven evitó que él se propasase a lo
primero, hablándole siempre delante de gente. Un día que la encontró
sola en el comedor, se dijo con íntimo gozo: «Esta es la mía.» Y,
acercándose a ella cautelosamente por detrás, le dio un sonoro beso en
el cuello. María se levantó bruscamente de la silla y le dijo con cierta
dulzura no exenta de severidad.
--Ricardo, no vuelvas a hacer eso.
--¿Pues?
--Porque no me gusta.
--¿Desde cuándo?
--Desde siempre; no seas tonto.
Estas palabras las dijo ya con enojo, y señaló otra etapa desgraciada de
los amores de Ricardo. Cesaron casi en absoluto aquellos felices
momentos de tiernas expansiones, dulces y amables como los placeres de
los ángeles, cuyo recuerdo esparce por toda la vida, hasta por la del
hombre más prosaico, una vaga y poética melancolía que ayuda a sufrir
los contratiempos de la existencia y a contemplar sin envidia la
felicidad ajena. Lo más que recabó el joven marqués de su amada fue que
le permitiese besarla en la frente de vez en cuando a título de hermano.
Y no es necesario manifestar a los experimentados lectores que con este
ayuno forzoso el amor del joven, lejos de mermarse, creció y se
sobresaltó hasta lo indecible; porque deben suponerlo.
María pudo entregarse de lleno a la vida de perfección, a la cual
aspiraba con vehemencia. Las horas del día le parecían pocas para orar,
lo mismo en la iglesia que en su casa, y para llorar sus pecados.
Frecuentaba los sacramentos cada vez más, y asistía y tomaba parte con
su presencia y dinero en todas las solemnidades religiosas que se
celebraban en la villa. El tiempo que le dejaban libre sus oraciones lo
empleaba en leer libros devotos, los cuales formaron al poco tiempo una
biblioteca casi tan numerosa como la de novelas. Las vidas de las santas
le placían sobre todos los demás. Devoró pronto una multitud, fijándose,
como es lógico, en las de aquellas que más gloria alcanzaron y más
esplendor han dado a la Iglesia: la vida de Santa Teresa, la de Santa
Catalina de Siena, la de Santa Gertrudis, Santa Isabel, Santa Eulalia,
Santa Mónica y la de algunas otras que, sin hallarse canonizadas aun,
fueron célebres por su piedad y por las gracias espirituales que Dios
les otorgó, como la Beata Margarita de Alacoque, Mademoiselle de Melum,
etcétera. Estas lecturas causaron profundísima impresión en el ánimo
ardiente y exaltado de nuestra joven, empujándola más y más por el
camino de la devoción. Los increíbles y maravillosos esfuerzos de
aquellas almas heroicas que, por el amor y la caridad, lograron elevarse
al cielo y gozar por anticipado en la tierra de las gracias reservadas a
los bienaventurados la llenaban de íntima y fervorosa admiración.
Extasiábase ante los incidentes más insignificantes de la existencia de
las santas, en los cuales solía mostrar Dios que las tenía elegidas para
sí y que no permitía que el mundo se las arrebatase, como, por ejemplo,
la escena del milagroso sapo que Santa Teresa vio hallándose conversando
en el jardín con un caballero hacia quien se sentía inclinada; la muerte
inopinada de Buenaventura, hermana de Santa Catalina, que encaminaba a
esta santa por la senda mundanal del adorno del cuerpo y los placeres, y
otros muchos de que están llenos los libros referidos. María admiraba a
las insignes heroínas de la religión, como se admiran los fenómenos y
prodigios de la naturaleza, con emoción y asombro. Mucho tiempo se pasó
sin que osara levantar sus ojos hasta ellas para imitarlas. Limitábase a
pedirles con interminables oraciones que intercediesen para que Dios le
perdonase sus pecados. Compraba las mejores efigies que de ellas
encontraba, y después de ponerles un rico marco, las colgaba de las
paredes de su cuarto. Para hacerlo hubo necesidad de descolgar a
Malec-Kadel y a otros varios guerreros de la Edad Media que las tenían
invadidas. Le seducían en alto grado las escenas de los años infantiles
y los primeros pasos que las bienaventuradas habían dado en el camino de
la perfección. Pero al llegar a aquella parte de la vida que determina
el apogeo de su gloria en la tierra, cuando Dios, vencido de su
constante amor, de su fidelidad y de los pasmosos sacrificios que se
imponen, comienza a otorgarles favores y regalos espirituales por medio
de éxtasis y visiones, quedaba un poco turbada y hasta aterrada. No
comprendía aún el goce místico de la comunicación directa y sensible
entre el alma y su Dios, y se confesaba con gran remordimiento que si
en ella se efectuase una de estas maravillosas visiones sentiría mucho
más miedo que placer.
No tardó, sin embargo, en nacer en su corazón el deseo de imitarlas. De
la admiración a la imitación va siempre poco trecho. Principió por donde
debía, esto es, por imitar su humildad. Hasta entonces había sido
modesta, aunque no tanto que no le gustase verse lisonjeada y aplaudida;
mas a partir de esta época no sólo huyó toda alabanza con cuidado, sino
que rechazó las que le dirigían y hasta procuró ocultar sus habilidades
para quitar a los amigos la ocasión de ensalzarla. Principió a hablar lo
menos posible, tanto con los de fuera como con los de casa, y a ejecutar
al instante cualquier cosa que le suplicaran, lamentándose en su
interior de que no se lo mandasen en términos ásperos. Hizo con maña que
los criados le sirviesen en la mesa después que a todos los demás y que
le pusiesen siempre pan duro en vez de tierno. Para vencer los naturales
impulsos del amor propio se mostró más afable con las personas que le
habían causado algún disgusto que con las otras, y bastaba que una le
hiriese más o menos en el orgullo para que inmediatamente la colmase de
atenciones como si le debiese gratitud. En cambio, con las que sabía que
la querían y la admiraban gustaba de aparecer desabrida para que no la
tuviesen en mejor concepto del que merecía.
Enderezada por esta piadosa vía, que todos los santos han recorrido,
para honra de Dios y del género humano, y socorrida de su viva
imaginación, llevó a cabo una porción de actos extraños y hasta
incomprensibles para aquellos cuya atención está convertida al mundo y
no a las prácticas religiosas, actos que el ilustre biógrafo de Santa
Isabel califica de _secretas y santas fantasías_, que son los peldaños
místicos por donde el alma sube a la perfección y se comunica con Dios.
Un día, por ejemplo, le venía en mientes comer con los criados
humildemente como si fuese uno de ellos. Para realizarlo simulaba a la
hora de comer una jaqueca y se quedaba en su cuarto; y cuando la familia
se hallaba reunida en el comedor bajaba muy despacito a la cocina, y
allí se estaba todo el tiempo que duraba la comida, sirviéndose por sí
misma las sobras de la mesa, con sorpresa y admiración de la
servidumbre.
Otro día, en que, a su parecer, no había contestado con bastante respeto
a su padre, se presentaba repentinamente en el despacho, se hincaba de
rodillas y le pedía perdón. Don Mariano la levantaba del suelo con ojos
espantados.
--¡Pero, hija mía, si no me has ofendido en nada ni has cometido falta
ninguna!... Y aunque la hubieses cometido no es para hacer esos
extremos... ¡Vaya una tontería!... Anda, dame un beso y vete a coser con
tu hermana, y no vuelvas a asustarme con tales boberías.
María no encontraba en el seno de su familia las contrariedades que
hubiera deseado para probarse. Su padre y su hermana, aunque no la
alentasen en las devociones, nada le decían en contra, y cada día le
otorgaban mayores muestras de cariño, pues a ello les invitaba la
creciente dulzura y afabilidad de su carácter. Su madre la adoraba con
pasión loca y aplaudía ciegamente todos sus actos de piedad. No se
cansaba de alabar la virtud y el talento de su primogénita. Los criados,
y muy particularmente Genoveva, hacían coro también a estas alabanzas
difundiendo por la villa la fama de sus virtudes y formando en torno
suyo una aureola de respeto y santidad. Nuestra joven hubiera preferido
para los efectos de su salvación tener un padre bárbaro y tirano que la
mandase con dureza, o una madre despegada o una hermana envidiosa que no
la dejase vivir, pues ninguna santa se había librado de padecer
persecuciones dentro de su familia, al decir de las historias que leía.
Dolíase interiormente del sosiego y felicidad que en su casa disfrutaba,
pensando en que nada sufría por el Dios que nos redimió con su sangre.
Ansiaba que le levantasen una calumnia como las que Palmerina hizo
sufrir a Santa Catalina de Siena, a fin de que la despreciasen y
maltratasen; pero a ninguna persona de su casa ni de fuera se le pasaba
por la imaginación semejante cosa.
Para compensar esta ausencia de persecuciones mortificábase con ayunos y
penitencias, ejecutando siempre lo que más le disgustaba. Le repugnaba
algún manjar de la mesa; pues se imponía la penitencia de comerlo,
dejando, en cambio, otros que le placían extremadamente. Llegó hasta
echar en algunos acíbar, a imitación de lo que hacía San Nicolás de
Tolentino. Los viernes ayunaba rigurosamente a pan y agua, haciendo
prodigios de habilidad para que su padre no cayese en la cuenta, pues de
notarlo tenía por seguro que no se lo consentiría.
Traía siempre un medallón al cuello con el retrato de su novio. Un día
que éste consiguió hablar un momento a solas con ella, le dijo:
--Oye, Ricardo; si no te enfadas, te diría una cosa.
--¿Qué es?--se apresuró a preguntar el joven con el sobresalto de quien
teme siempre alguna desgracia.
--Estoy viendo que te vas a enfadar..., pero te lo diré. He quitado tu
retrato del medallón.
La fisonomía de Ricardo expresó el asombro.
--Y lo peor es que lo he sustituido con otro...
La expresión de asombro se trocó en dolorida, de tal modo, que María, al
contemplar aquel rostro contraído y rebosando de aflicción, no pudo
menos de soltar una carcajada sonora y fresca como las que en otro
tiempo salían a cada instante de su boca y que poco a poco habían ido
cesando, como si se hubiese apagado el foco de luz y alegría de donde se
escapaban.
--¡Dios mío, qué cara has puesto!... Espera; para que sufras más voy a
mostrarte tu sustituto.
Y, quitando el medallón del cuello, se lo presentó. Tenía la efigie de
Jesús coronado de espinas. Ricardo sonrió entre satisfecho y molesto.
--Ahora, bésalo.
El joven obedeció al punto posando los labios sobre la imagen del Señor
y un poco también sobre los dedos rosados que la apretaban. María se
escapó corriendo.
Al par que se ejercitaba en la humildad no descuidaba tampoco otra
virtud, que es, por decirlo así, el fundamento de nuestra religión y el
timbre mayor de gloria que la criatura puede ofrecer a Dios: la virtud
de la caridad. Bastábale a nuestra joven su excelente corazón y el
ejemplo de sus padres para aliviar siempre que podía las miserias del
prójimo; pero añadíase a esto tener presente a la continua los
increíbles esfuerzos de abnegación y caridad llevados a cabo por las
santas que con más fervor veneraba, particularmente la santa duquesa de
Turingia, que mereció el nombre de _Madre de los pobres_. Así que,
mostrábase compasiva hacia todos los miserables, y no perdía ocasión de
remediar sus necesidades con mano próvida. Todo el dinero que su padre
le daba empleábalo en hacer limosnas. Visitaba, en compañía de Genoveva,
las casas de algunos pobres, a los cuales aliviaba, no sólo con dinero,
sino también con palabras de consuelo, atento que no sólo de pan vive el
hombre. Para ejercitarse en la humildad, al tenor de lo que practicaba
muy a menudo la santa reina de Escocia, Margarita, hizo venir en secreto
algunos pordioseros a su cuarto y les lavó los pies con el mayor esmero.
Cada uno de estos actos piadosos le llenaba de una santa e íntima
alegría que jamás había experimentado anteriormente. Tomó la costumbre
de no despedir sin limosna a ningún pobre que se la pidiese, pues,
además de dictárselo así su corazón, tenía la multitud de casos en que
Nuestro Señor o la Virgen se habían aparecido bajo la forma de
pordioseros a muchos santos y santas. El temor y el deseo de que otro
tanto le sucediese a ella, la obligaba a escudriñar el semblante de los
pobres con cierta emoción. Mas como su peculio no bastase para atender a
tan numerosas caridades, diose traza para obtener dinero de su padre
valiéndose de mil ardides inocentes; un día pidiéndole para una
sombrilla, otro para un reloj, otro para un estuche de costura,
etcétera. Tanto fue lo que abusó, no obstante, que don Mariano sospechó
la verdad y señaló un límite a sus larguezas. Su hija le hubiera
arruinado con la mayor inocencia.
Arrastrada por su ardiente caridad, quiso también probarse en cuidar
enfermos, sobre todo aquellos que padecían enfermedades repugnantes.
Supo que cerca de su casa una mujer padecía de llagas en el pecho, y
tomó la resolución de ir todas las mañanas a curárselas, lo cual puso en
práctica al instante. Mas al hacerle la primera cura, queriendo añadir a
ella lo que había leído en la historia de Santa Catalina, esto es,
queriendo besar las llagas de la enferma, fue tanto el asco y el horror
que se le apoderó, que le dio un vahído, se puso muy mala y fue
necesario que Genoveva la llevase en brazos a casa. La pobrecita no
atribuyó, como era justo, su fracaso a la debilidad de estómago, sino a
falta de virtud, y se aplicó con creciente afán a mejorar su vida.
Genoveva era en todos esos ejercicios de piedad, más bien compañera y
confidente íntimo que su doncella. Ayudábala sin comprender en muchos
casos adónde iba a parar, persuadida enteramente a que no iría por mal
camino, pues tenía fe ciega en la discreción de su señorita. Más que
cariño era una especie de idolatría la que le profesaba, donde se
mezclaba la admiración de su belleza, el respeto de su talento y el
orgullo de haber visto nacer y contribuido a criar aquel prodigio. María
no había logrado infundir en ella el entusiasmo místico de que se sentía
poseída, porque Genoveva no era de suyo inflamable, y una ignorancia
supina la ponía a cubierto de toda suerte de entusiasmos; pero había
conseguido con sus actos y pláticas religiosas despertar en ella el
fanatismo que duerme siempre en el fondo de las almas vulgares e
ignorantes.
Una noche, después de recogida la familia y los criados, se hallaban
ambas en el gabinete de la torre. María leía a la luz del quinqué de
bomba esmerilada, mientras Genoveva, sentada en otra silla, frente a
ella, se ocupaba en hacer calceta. Acaecíales muchas veces pasar de esta
manera una o dos horas antes de acostarse, pues la señorita estaba
acostumbrada de antiguo a leer en las altas horas de la noche.
No parecía tan absorta en la lectura como otras veces. Posaba el libro
con frecuencia sobre la mesa y se quedaba largo rato pensativa con la
mano en la mejilla. Tornaba a cogerlo vacilando, para dejarlo otra vez
muy presto. Su cuerpo estaba nervioso, a juzgar por los crujidos que
dejaba escapar la silla. De vez en cuando fijaba en Genoveva una larga
mirada en que se vislumbraba un deseo inquieto y temeroso y cierta lucha
interior con algún pensamiento que la preocupaba. Genoveva, en cambio,
aquella noche estaba más embebida en la calceta que nunca, entreverando,
sin duda, por sus puntos, una muchedumbre de consideraciones más o menos
filosóficas que la obligaban tal vez que otra a dar con la frente en las
manos, lo mismo que cuando se dormita.
Por último, la señorita decidiose a romper el silencio.
--Genoveva, ¿quieres leer este trozo de la vida de Santa Isabel?--dijo
alargándole el libro.
--Con mil amores, señorita.
--Mira, ahí donde dice: _Cuando su marido_...
Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la
interrumpió María, diciéndole:
--No, no; lee en voz alta.
Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:
_«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela
con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las
penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes
más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase
azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión
dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice
un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los
azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno
semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas
de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde
dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera
disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable
que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia
debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba
acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como
valerosa guerrera del amor del Señor..._»
--Basta, no leas más: ¿qué te parece?
--Ya he leído muchas veces esto mismo.
--Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo
parecido?--se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a
proferir una cosa que le ha preocupado mucho.
Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.
--¿No entiendes?
--No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con
el rostro encendido de rubor:
--Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las
doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
--¿Qué oficio?
--Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que
recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
--¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa
como esa en la cabeza?
--Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo
tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de
Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado
hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como
sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no
dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
--No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...
--¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme
de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías
un remordimiento?
--Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate,
aunque sea para su bien?
--Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo
que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la
virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es
verdad que no lo harás?
--¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!
--¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.
--No..., no..., no me pida eso.
--Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si
no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...
María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada
sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose
unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a
los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda
un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco
ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa
volubilidad:
--Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves...
Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido
bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa
terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo
depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del
mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y
corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta
penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo
una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace
falta...
Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas,
unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus
ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas
encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin
saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente
estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con
frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la
señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de
color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y
ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con
luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios
secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que
rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos.
Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario.
Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas,
soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido
movimiento despojose de ella.
--Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.
En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó
cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada
al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un
estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia,
todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:
--¡Que no sepa papá esto!
Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un
instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó
desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un
poco avergonzada.
--No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?--preguntó sonriendo.
La doncella no acertó más que a decir:
--¡Señorita, por Dios!...
--Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.
De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le
arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha,
le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy
quedo al oído en tono jovial:
--Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.
Un violento temblor se apoderó de su cuerpo al decir estas palabras;
pero un temblor delicioso que le penetró hasta los huesos. Luego,
tomando a Genoveva de la mano, la atrajo un poco hacia la mesa donde
estaba la imagen del Salvador.
--Aquí ha de ser..., hincada de rodillas delante de Nuestro Señor.
La voz se le anudaba en la garganta. Estaba pálida. Postrose, en efecto,
humildemente ante la imagen, persignose rápidamente, cruzó las manos
sobre el pecho, y, volviendo el rostro hacia su doncella con sonrisa
dulce, le dijo:
--Ya puedes empezar.
--¡Señorita, por Dios!...--tornó a exclamar Genoveva toda confusa.
Por los ojos de la señorita pasó un relámpago de cólera que se apagó al
instante; pero le dijo en tono un poco irritado:
--¿Estamos en eso?... Obedece y no seas terca. La doncella, dominada y
convencida de que ayudaba a una obra de piedad, obedeció, descargando
las disciplinas harto suavemente sobre las desnudas espaldas de la
señorita.
Y en verdad que parecía sacrilegio tocar en aquel cuerpo, prodigio de
hermosura y elegancia. María no poseía aún, ni era de presumir que
poseyera nunca, atento su temperamento, la plenitud de la forma
femenina. Era un poco delgada para que pudiera servir de modelo a un
escultor. Pero esto mismo constituía atractivo más poderoso para los que
gustan de contemplar en la belleza de la mujer el sello del espíritu, y
anteponen a la hermosura clásica de la forma la delicadeza y la
elegancia. Los brazos eran finos y frágiles, como los de un niño, pero
admirablemente torneados; el cuello, flexible y esbelto, como el de la
gacela, se unía a los hombros por una línea fugitiva y ondulante, cuya
suprema gracia sólo se encuentra en las vírgenes de Rafael.
Los primeros azotes de la doncella fueron tan suaves y comedidos, que no
dejaron rastro alguno en aquella preciosa epidermis. Pero María se
irritó; quiso que fuesen más fuertes.
--No, así no; con más fuerza... Pero espera un instante; déjame quitar
estas joyas, que son ridículas en este momento.
Y velozmente sacó todas las sortijas de los dedos, se arrancó los
pendientes de las orejas y depositó el puñado de oro y pedrería a los
pies de Jesús. También Santa Isabel, cuando oraba en la iglesia,
depositaba la corona ducal al pie del altar.
Volvió a la misma actitud humilde, y Genoveva, viendo que no podía pasar
por otro camino, empezó a macerar sin duelo las carnes de su piadosa
ama. El quinqué despedía luz tibia y difusa, que bañaba el pequeño
gabinete de una claridad discreta. Sólo al reflejarse en las joyas que
yacían a los pies del Redentor lanzaba hermosos y fugaces destellos. El
silencio en aquellas horas era absoluto: ni aun el viento dejaba oír su
voz plañidera en las ventanas. Respirábase en el cuarto una atmósfera de
misterio y recogimiento que enajenaba a María y la penetraba de un
placer embriagador. Su hermoso cuerpo, desnudo, se estremecía cada vez
que cruzaban por él las correas de las disciplinas con un dolor no
exento de voluptuosidad. Apretaba la frente contra los pies del
Redentor, respirando ansiosamente y con cierta opresión, y sentía latir
en sus sienes la sangre con singular violencia, mientras el dorado y
sutil vello de su nuca se levantaba de un modo imperceptible a impulso
de la emoción que la embargaba. De vez en cuando sus labios, pálidos y
trémulos, decían en voz baja:
--¡Sigue, sigue!
Los azotes habían dejado ya algunos surcos de color de rosa en su
cándida epidermis, sin que hubiese pedido tregua. Mas llegó un instante
en que el bárbaro instrumento hizo saltar sobre ella una gota de sangre.
Genoveva no pudo contenerse; tiró las disciplinas muy lejos y se arrojó
llorando a abrazar a su señorita, cubriéndola de caricias y pidiéndole,
por la salvación de su alma, que no la obligase a hacer semejante
atrocidad. María la consoló, asegurándole que le había dolido muy poco
la flagelación. Y ya un tanto apagado su ardor y calmados sus impulsos
ascéticos, despidiose de ella, pasando a recogerse a su alcoba.
VI
EN BUSCA DEL MENINO
--Te conozco, Ricardo, déjame.
Ricardo callaba.
--Vamos, déjame; mira que necesito concluir pronto para llevar el caldo
a mamá.
El joven seguía tapándole los ojos por detrás sin decir una palabra.
--Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte
conocido...
--En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
--Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
--Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con
precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de
él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió
barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta
de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una
redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el
vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el
cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros
largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar
con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la
falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le
compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo
cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y
quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su
hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera;
sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo
y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que
ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre
llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para
el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus
maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta
ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y
aun las _fantasías_, _réveries_ y _nocturnos_ que María tocaba en el
piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba,
avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones
populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos
cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por
regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos
de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No
cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando
ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar
aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia
atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
--¿Martita, estás enfadada aún?
--Sí que lo estoy--repuso entre severa y risueña--y escape usted pronto,
señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la
escoba.
--¿Pero de veras estás enfadada?
--De veras lo estoy.
--Pues bien, te pido perdón humildemente--dijo poniéndose de rodillas--.
Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.
--Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los
pantalones...
--Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería,
mientras no me perdones.
--¡Qué payaso eres, Ricardo!
--Muchas gracias.
--¿Quieres alzarte, criatura?
--No, mientras no me perdones.
--Has de ser formal, Ricardo.
--Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?
--Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente,
exclamó:
--¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me
entiendes...
--¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
--Lo seré con el tiempo; no te apures.
--Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
--¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
--Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
--María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
--No fue más que a misa; pronto vendrá.
--¡Ya, ya!--exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y
silencioso.
Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su
futuro hermano.
--¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...
Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo
ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a
tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada
vaga y perdida en las casas de la vecindad.
No tardó en presentarse otra vez Marta.
--Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.
Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y
llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una
mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.
--¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?
--¡Pues no faltaba más!
La cesta era enorme y costó trabajo llevarla al sitio designado.
Mientras la conducían se les soltó la risa, lo que les obligó más de una
vez a dejarla en el suelo.
El joven, con los esfuerzos, se ponía muy colorado, y esto hacía reír de
tal modo a la niña que le privaba en absoluto de las fuerzas. Reía pocas
veces, mas cuando se le soltaba la llave no había quien la atajase.
Ricardo, con sus instintos de _clown_, procuraba hinchar los carrillos y
ponerse aún más colorado. Se le había disipado por completo el mal
humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecían inclinados
y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una
desternillándose de risa y el otro afectando una desesperación cómica.
--¡Qué militar tan valiente que no puede con una cesta de
ropa!--exclamaba la niña en el colmo de la alegría.
--¡Quisiera yo ver aquí a Prim y a Espartero y hasta al mismo Napoleón!
Esta no es una cesta cualquiera... Hay aquí lencería para un
regimiento...
--¡Quita allá! Si no fuese que me haces reír, yo sola era capaz de
llevarla.
Después de mucha risa y no poca brega, llegó la cesta a su destino.
Marta abrió el armario, del cual se escapó el olor especial, fresco y
penetrante de la ropa blanca. La niña lo aspiró algunos momentos con
delicia mientras hacía hueco, trasladando las piezas de unos estantes a
otros, a la nueva ropa que iba a introducir. Después quiso llamar a
Carmen, una de las doncellas, para que le ayudase a estirar las sábanas,
pero Ricardo le preguntó tímidamente:
--Oye, chica, ¿no serviría yo para eso?
--¡Oh! Si tú quisieras...
--¡Pues no había de querer!... Oro molido que fuese, preciosa... Tú
dispones de mí como reina y señora...
--No será tanto.
--No rebajo nada..., puedes ponerme a prueba.
--Bien, pues, por lo pronto te mando que tomes las dos puntas de esta
sábana y que tires hacia allá con fuerza... ¡No tanto, hombre, que me
arrastras!... ¡Basta, basta! Ahora dobla como yo..., así..., una punta
con otra... Bien, ahora tira otra vez..., más..., más todavía...
¡Basta!... Ahora vuelve a doblar..., tira otra vez... ¡Bastante!...
Acércate ahora a mí... Trae... Esto corre ya de mi cuenta... Vamos a
otra... Toma las dos puntas..., sacude bien y estira... Ten cuidado que
ésta tiene guarnición..., no vayas a romperla... Estas son las sábanas
de mamá y María.
--¡Qué ajena estará María de que yo estiro ahora sus sábanas!--exclamó
Ricardo soltando una carcajada.
--Pues sí que lo son. A mamá y a ella les gustan muy finas y se las
hacen de batista. A papá y a mí nos gustan más gruesas. Yo no puedo
soportar las sábanas finas...; me deslizo dentro de ellas y no encuentro
sitio. A papá tenemos que ponérselas sin ninguna clase de encaje, porque
el tacto del almidón le crispa los nervios y el ruido que produce le
despierta. Es una manía. Figúrate que cuando va de viaje y en alguna
casa le ponen sábanas con guarnición, tiene la paciencia de deshacer la
cama para meter los encajes debajo del colchón..., a los pies... A mí
tampoco me gustan, pero si me las ponen, me conformo... Papá tiene
muchas manías: todas las noches se ha de quedar dormido con el cigarro
en la boca... Yo ando cerca de su cuarto dando vueltas hasta que observo
que se duerme, y entonces entro muy despacito, le quito el cigarro de la
boca y apago la luz... ¡No tires tanto, que ya me duelen los brazos!...
La verdad es que te obligo a hacer unas cosas bien impropias de un
militar, ¿no es verdad?
--No lo creas: en el colegio, y aun después que salimos, en las casas de
huéspedes, nos vemos precisados a hacer cosas peores. ¡Cuántos botones
habré pegado yo en mi vida! ¡Y cuántas veces habré recosido los
pantalones cuando se rozaban por debajo!
--¿De veras?
--¡Vaya!
Marta se maravillaba sinceramente. No comprendía que un hombre tuviera
que descender a estos oficios habiendo tantas mujeres en el mundo, y se
informaba menudamente de las particularidades de la vida de colegio;
cómo los trataban, qué comían, a qué hora se acostaban, quién les hacía
las camas, les lavaba la ropa y se la planchaba; si los colchones eran
duros o blandos, si bebían vino, cuántas veces a la semana les mudaban
las toallas, etc., etc. Ricardo satisfacía a todas estas preguntas
haciendo una relación circunstanciada de sus hábitos de colegial con la
verbosidad del que tiene los recuerdos muy frescos y no le pesa traerlos
a cuento. De las costumbres pasaba a las aventuras, narrando las que
podían ser narradas delante de una niña, y entreteniéndose sobre todo a
pintar con negras tintas las desdichas de la época de _novatada_ y las
crueldades que con ellos ejecutaban los _antiguos_. Les obligaban a
pasar noches enteras haciendo pitillos de arena para que después
saliesen mejor hechos los de tabaco; en el paseo no les permitían
levantarse del asiento de piedra que les habían señalado de antemano;
les ponían en el cepo de campaña sin motivo alguno, aunque fuese después
de comer, sólo por divertirse; los que eran más débiles solían vomitar o
caer desmayados...
Marta le escuchaba con atención profunda, revelando en su semblante
todas las fases de la indignación; tiraba cada vez con más fuerza de las
sábanas y las doblaba atropelladamente sin apartar los ojos de los del
narrador. De vez en cuando soltaba una exclamación: «¡Pero, Dios mío,
eso es una atrocidad! ¡Esos hombres estaban locos! ¿Por qué no dábais
parte al jefe de tales atrocidades?» Ricardo no podía convencerla de que
hubiera sido inútil revelarse ni dar parte al coronel, pues la
_novatada_ era costumbre tradicional en el colegio, que los jefes no
querían arrancar. A todas sus razones contestaba: «Pues yo me hubiera
presentado al coronel, y si no me hacían justicia me escaparía del
colegio.»
--Vamos, no te pongas tan furiosa, Marta, que ya ha pasado. Así se hacen
los hombres sufridos. Voy a narrarte ahora una cosa que me sucedió con
el coronel. Después que salí a teniente...
Y, cambiando de rumbo, se ponía a contar aventuras chistosas y pasos
divertidos que desarrugaban el rostro de la niña y concluían por hacerla
reír a carcajadas. Poco a poco la cesta se iba vaciando y pasando su
contenido al armario, que despedía siempre su olor punzante y un poco
agrio de lencería lavada. Este olor había invadido toda la habitación y
la refrescaba con un perfume de salud y de limpieza más grato que todas
las esencias y pomadas. Era el perfume que acompañaba siempre a Marta,
al decir de su padre, y parecía exclusivamente creado para ella. Cuando
iba sola a abrir los armarios, experimentaba gran deleite en meter la
cabeza dentro de ellos y hundirla entre la ropa, gozando de la frialdad
del lienzo en el rostro y aspirando con voluptuosidad su aroma
saludable. La luz que penetraba a torrentes por el blanco tul de las
cortinas, la charla incesante y las sonoras carcajadas de los jóvenes
llenaban la pieza de alegría y animación. Se le llamaba «el cuarto de la
plancha», porque, en efecto, allí se planchaba la ropa de la casa. Las
paredes que no ocupaban los armarios estaban pintadas lisamente de
blanco.
Carmen entró como un huracán por la puerta gritando:
--¡Señorita Marta, señorita Marta!
--¿Qué sucede?--preguntó ésta con sobresalto.
--¡Que el Menino se ha escapado, señorita!
La niña dejó caer la sábana que tenía en las manos y exclamó con
estupor:
--¿Se ha escapado?
--Sí, señorita; al pasar ahora por la galería, voy a mirar a la jaula y
me encuentro la puerta abierta y que el pájaro no está allí.
--¡Vamos allá, vamos allá!
Y todos corrieron en tropel a la galería. En efecto, el Menino se había
fugado. Por un descuido deplorable, Marta, al darle de comer y colocarlo
al aire libre en la galería para que se alegrara con la perspectiva de
la huerta y el canto de los otros pájaros, había dejado abierta la
puerta de la jaula. Hacía tres años que el Menino estaba en poder de
nuestra niña y en todo este tiempo no había dado señal alguna de nutrir
en su cerebro proyectos de evasión; antes por el contrario, el
grandísimo hipócrita mostraba siempre que podía que se le daba un bledo
por la libertad y que había renunciado a ella de buen grado en obsequio
de su amabilísima ama. Desde mucho tiempo atrás salía de la jaula a
tomar con ella el chocolate, se le ponía sobre el hombro, le picaba
suavemente en las manos a guisa de caricia, brincaba de aquí para allá
sobre los muebles, y cuando tocaban a retirarse se metía otra vez en la
jaula tranquilo como un cordero. Todo hacía presumir que era un canario
dichoso que daba por bien perdida la libertad a cambio de ser cuidado y
atendido por una niña tan linda y estar facultado para dar cuando
quisiera algunos picotazos en sus mejillas sonrosadas. Y dejando a un
lado estos goces más o menos espirituales, por los que más de un
muchacho en la villa haría estupendos sacrificios, y atendiendo
únicamente al aspecto material de la existencia, o sea al bienestar del
cuerpo, menester es dejar escrito que el Menino estaba en su jaula como
un arzobispo y tratado a qué quieres cuerpo, y pide por esa boca;
cañamón por aquí, alpiste por allá, unas veces lechuga, otras, sopas de
chocolate, otras, migajas remojadas en leche; en fin, que pedir más era
ofender a Dios. Y en orden al aseo y limpieza de la habitación, tampoco
podía envidiar a nadie: todas las mañanas la misma Marta se encargaba de
barrer lo que el puerco de él ensuciaba, dejándole la jaula como un
espejo. Pues a pesar de que la opinión general era que se hallaba muy a
su gusto y que no se cambiaría por el director de la Fábrica del Sello,
lo cierto es que el Menino esperaba con impaciencia la ocasión de
escaparse; se había dejado dominar por la melancolía, se le había
agriado el carácter y tenía la bilis excitada por la falta de ejercicio.
Si no hubiera salido a respirar el aire fresco, el día menos pensado se
hubiese levantado la tapa de los sesos contra las rejas de la jaula.
Debajo de ella deliberaron brevemente nuestros jóvenes lo que habían de
hacer. Marta estaba atribulada. Decidiose que Carmen, con la planchadora
y el jardinero, irían a recorrer la huerta, pues se sospechaba que
faltándole práctica, no había de volar muy lejos del primer arranque,
mientras Marta y Ricardo lo buscarían por toda la casa en la
contingencia de que se hubiese quedado dentro brincando por las salas,
como lo había hecho ya otra vez. Marta se constituyó en guía y
registraron desde luego la habitación contigua al corredor; una gran
sala cuadrada con dos alcobas en el fondo, donde ella y María habían
dormido de niñas con sus respectivas doncellas. El papel de la
habitación representaba escenas de caza que impresionaban mucho a Marta
cuando chiquita, sobre todo una que figuraba a un ciervo moribundo
sujeto por media docena de perros feroces. Recorrieron después algunos
gabinetes destinados a los forasteros que viniesen de huéspedes a la
casa; pasaron a los cuartos de las muchachas; bajaron a la co
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