La de Bringas
by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #31464 · 433,810 chars · public domain (US)
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Title: La de Bringas
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: March 1, 2010 [eBook #31464]
Most recently updated: January 6, 2021
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/31464
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La de Bringas
Benito Pérez Galdós
I
Era aquello... ¿cómo lo diré yo?... un gallardo artificio sepulcral de
atrevidísima arquitectura, grandioso de traza, en ornamentos rico, por
una parte severo y rectilíneo a la manera viñolesca, por otra movido,
ondulante y quebradizo a la usanza gótica, con ciertos atisbos
platerescos donde menos se pensaba; y por fin cresterías semejantes a
las del estilo tirolés que prevalece en los kioskos. Tenía piramidal
escalinata, zócalos greco-romanos, y luego machones y paramentos
ojivales, con pináculos, gárgolas y doseletes. Por arriba y por abajo, a
izquierda y derecha, cantidad de antorchas, urnas, murciélagos, ánforas,
búhos, coronas de siemprevivas, aladas clepsidras, guadañas, palmas,
anguilas enroscadas y otros emblemas del morir y del vivir eterno. Estos
objetos se encaramaban unos sobre otros, cual si se disputasen,
pulgada a pulgada, el sitio que habían de ocupar. En el centro del
mausoleo, un angelón de buen tallo y mejores carnes se inclinaba sobra
una lápida, en actitud atribulada y luctuosa, tapándose los ojos con la
mano como avergonzado de llorar; de cuya vergüenza se podía colegir que
era varón. Tenía este caballerito ala y media de rizadas y finísimas
plumas, que le caían por la trasera con desmayada gentileza, y calzaba
sus pies de mujer con botitos, coturnos o alpargatas; que de todo había
un poco en aquella elegantísima interpretación de la zapatería
angelical. Por la cabeza le corría una como guirnalda con cintas, que se
enredaban después en su brazo derecho. Si a primera vista se podía
sospechar que el tal gimoteaba por la molestia de llevar tanta cosa
sobre sí, alas, flores, cintajos, y plumas, amén de un relojito de
arena, bien pronto se caía en la cuenta de que el motivo de su duelo era
la triste memoria de las virginales criaturas encerradas dentro del
sarcófago. Publicaban desconsoladamente sus nombres diversas letras
compungidas, de cuyos trazos inferiores salían unos lagrimones que
figuraban resbalar por el mármol al modo de babas escurridizas. Por tal
modo de expresión las afligidas letras contribuían al melancólico efecto
del monumento.
Pero lo más bonito era quizás el sauce, ese arbolito sentimental
que de antiguo nombran _llorón_, y que desde la llegada de la Retórica
al mundo viene teniendo una participación más o menos criminal en toda
elegía que se comete. Su ondulado tronco elevábase junto al cenotafio, y
de las altas esparcidas ramas caía la lluvia, de hojitas tenues,
desmayadas, agonizantes. Daban ganas de hacerle oler algún fuerte
alcaloide para que se despabilase y volviera en sí de su poético
síncope. El tal sauce era irremplazable en una época en que aún no se
hacía leña de los árboles del romanticismo. El suelo estaba sembrado de
graciosas plantas y flores, que se erguían sobre tallos de diversos
tamaños. Había margaritas, pensamientos, pasionarias, girasoles, lirios
y tulipanes enormes, todos respetuosamente inclinados en señal de
tristeza... El fondo o perspectiva consistía en el progresivo
alejamiento de otros sauces de menos talla, que se iban a llorar a moco
y baba camino del horizonte. Más allá veíanse suaves contornos de
montañas, que ondulaban cayéndose como si estuvieran bebidas; luego
había un poco de mar, otro poco de río, el confuso perfil de una ciudad
con góticas torres y almenas; y arriba, en el espacio destinado al
cielo, una oblea que debía de ser la Luna a juzgar por los blancos
reflejos de ella que esmaltaban las aguas y los montes.
El color de esta bella obra de arte era castaño, negro y rubio. La
gradación del oscuro al claro servía para producir ilusiones de
perspectiva aérea. Estaba encerrada en un óvalo que podría tener media
vara en su diámetro mayor, y el aspecto de ella no era de mancha sino de
dibujo, hallándose expresado todo por medio de trazos o puntos. ¿Era
talla dulce, agua fuerte, plancha de acero, boj o pacienzuda obra
ejecutada a punta de lápiz duro o con pluma a la tinta china?... Reparad
en lo nimio, escrupuloso y firme de tan difícil trabajo. Las hojas del
sauce se podrían contar una por una. El artista había querido expresar
el conjunto, no por el conjunto mismo sino por la suma de pormenores,
copiando indoctamente a la Naturaleza; y para obtener el follaje, tuvo
la santa calma de calzarse las hojitas todas una después de otra.
Habíalas tan diminutas, que no se podían ver sino con microscopio. Todo
el claro-oscuro del sepulcro consistía en menudos órdenes de bien
agrupadas líneas, formando peine y enrejados más o menos ligeros según
la diferente intensidad de los valores. En el modelado del angelote
había tintas tan delicadas, que sólo se formaban de una nebulosa de
puntos pequeñísimos. Parecía que había caído arenilla sobre el fondo
blanco. Los tales puntos, imitando el estilo de la talla dulce, se
espesaban en los oscuros, se rarificaban y desvanecían en los claros,
dando de sí, con esta alterna y bien distribuida masa, la ilusión del
relieve... Era, en fin, el tal cenotafio un trabajo de pelo o en
pelo, género de arte que tuvo cierta boga, y su autor D. Francisco
Bringas demostraba en él habilidad benedictina, una limpieza de manos y
una seguridad de vista que rayaban en lo maravilloso, si no un poquito
más allá.
II
Era un delicado obsequio con el cual quería nuestro buen Thiers pagar
diferentes deudas de gratitud a su insigne amigo D. Manuel María José
del Pez. Este próvido sujeto administrativo había dado a la familia
Bringas en Marzo de aquel año (1868) nuevas pruebas de su generosidad.
Sin aguardar a que Paquito se hiciera licenciado en dos o tres Derechos,
habíale adjudicado un empleíllo en Hacienda con cinco mil realetes, lo
que no es mal principio de carrera burocrática a los diez y seis años
mal cumplidos. Toda la sal de este nombramiento, que por lo temprano
parecía el agua del bautismo, estaba en que mi niño, atareado con sus
clases de la Universidad y con aquellas lecturas de Filosofía de
la Historia y de Derecho de Gentes a que se entregaba con furor, no
ponía los pies en la oficina más que para cobrar los cuatrocientos diez
y seis reales y pico que le regalábamos cada mes por su linda cara.
Aunque en el engreído meollo de Rosalía Bringas se había incrustrado la
idea de que la credencial aquella no era favor sino el cumplimiento de
un deber del Estado para con los españolitos precoces, estaba
agradecidísima a la diligencia con que Pez hizo entender y cumplir a la
patria sus obligaciones. El reconocimiento de D. Francisco, mucho más
fervoroso, no acertaba a encontrar para manifestarse medios
proporcionados a su intensidad. Un regalo, si había de ser
correspondiente a la magnitud del favor, no cabía dentro de los
estrechos posibles de la familia. Había que pensar en algo original,
admirable y valioso que al bendito señor no le costara dinero, algo que
brotase de su fecunda cabeza y tomara cuerpo y vida en sus plasmantes
manos de artista. Dios, que a todo atiende, arregló la cosa conforme a
los nobles deseos de mi amigo. Un año antes se había llevado de este
mundo, para adornar con ella su gloria, a la mayor de las hijas de Pez,
interesante señorita de quince años. La desconsolada madre conservaba
los hermosos cabellos de Juanita y andaba buscando un habilidoso que
hiciera con ellos una obra conmemorativa y ornamental de esas que
ya sólo se ven, marchitas y sucias, en el escaparate de anticuados
peluqueros o en algunos nichos de Camposanto. Lo que la señora de Pez
quería era... algo como poner en verso una cosa poética que está en
prosa. No tenía ella, sin duda por bastante elocuentes las espesas
guedejas, olorosas aún, entre cuya maraña creyérase escondida parte del
alma de la pobre niña. Quería la madre que aquello fuera bonito y que
hablara lenguaje semejante al que hablan los versos comunes, la
escayola, las flores de trapo, la purpurina y los _Nocturnos_ fáciles
para piano. Enterado Bringas de este antojo de Carolina, lanzó con todo
el vigor de su espíritu el grito de un _eureka_. Él iba a ser el
versificador.
«Yo, señora, yo...»--tartamudeó, conteniendo a duras penas el fervor
artístico que llenaba su alma.
--Es verdad... Usted sabrá hacer eso como otras muchas cosas. Es usted
tan hábil...
--¿De qué color es el cabello?
--Ahora mismo lo verá usted--dijo la mamá abriendo, no sin emoción, una
cajita que había sido de dulces, y era ya depósito azul y rosa de
fúnebres memorias--. Vea usted qué trenza... es de un castaño
hermosísimo.
--¡Oh!, sí, ¡soberbio!--profirió Bringas temblando de gozo--. Pero nos
hacía falta un poco de rubio.
--¿Rubio?... Yo tengo de todos colores. Vea usted estos rizos
de mi Arturín que se me murió a los tres años.
--Delicioso tono. Es oro puro... ¿Y este rubio claro?
--¡Ah!, la cabellera de Joaquín. Se la cortamos a los diez años. ¡Qué
lástima! Parecía una pintura. Fue un dolor meter la tijera en aquella
cabeza incomparable... pero el médico no quiso transigir. Joaquín estaba
convaleciente de un tabardillo, y su cara ahilada apenas se veía dentro
de aquel sol de pelos.
--Bien, bien; tenemos castaño y dos tonos de rubio. Para entonar no
vendría mal un poco de negro...
--Utilizaremos el pelo de Rosa. Hija, tráeme uno de tus añadidos.
D. Francisco tomó, no ya entusiasmado, sino extático, la guedeja que se
le ofreció.
«Ahora...--dijo algo balbuciente--. Porque verá usted, Carolina... tengo
una idea... la estoy viendo. Es un cenotafio en campo funeral, con
sauces, muchas flores... Es de noche».
--¿De noche?
--Quiero decir, que para dar melancolía al paisaje del fondo, conviene
ponerlo todo en cierta penumbra... Habrá agua, allá, allá, muy lejos,
una superficie tranquiiiila, un bruñido espeeeejo... ¿me comprende
usted?...
--¿Qué es ello?, ¿agua, cristal...?
--Un lago, señora, una, especie de bahía. Fíjese usted: los
sauces extienden las ramas así... como si gotearan. Por entre el follaje
se alcanza a ver el disco de la luna, cuya luz pálida platea las cumbres
de los cerros lejanos, y produce un temblorcito... ¿está usted?, un
temblorcito sobre la superficie...
--¡Oh!, sí... del agua. Comprendido, comprendido. ¡Lo que a usted se le
ocurre...!
--Pues bien, señora, para este bonito efecto me harían falta algunas
canas.
--¡Jesús!, ¡canas!... Me río tontamente del apuro de usted por una cosa
que tenemos tan de sobra... Vea usted mi cosecha, Sr. D. Francisco. No
quisiera yo poder proporcionar a usted en tanta abundancia esos rayos de
luna que le hacen falta... Con este añadido _(Sacando uno largo y
copioso.)_ no llorará usted por canas...
Tomó Bringas el blanco mechón, y juntándolo a los demás, oprimiolo todo
contra su pecho con espasmo de artista. Tenía, ¡oh dicha!, oro de dos
tonos, nítida y reluciente plata, ébano y aquel castaño sienoso y
romántico que había de ser la nota dominante.
«Lo que sí espero de la rectitud de usted--dijo Carolina, disimulando la
desconfianza con la cortesía--, es que por ningún caso introduzca en la
obra cabello que no sea nuestro. Todo se ha de hacer con pelo de la
familia».
--Señora, ¡por los clavos de Cristo!... ¿Me cree usted capaz de
adulterar...?
--No... no, si no digo... Es que los artistas, cuando se dejan llevar de
la inspiración _(Riendo.)_ pierden toda idea de moralidad, y con tal de
lograr un efecto...
--¡Carolina!...
Salió de la casa el buen amigo, febril y tembliqueante. Tenía la
enfermedad epiléptica de la gestación artística. La obra, recién
encarnada en su mente, anunciaba ya con íntimos rebullicios que era un
ser vivo, y se desarrollaba potentísima oprimiendo las paredes del
cerebro y excitando los pares nerviosos, que llevaban inexplicables
sensaciones de ahogo a la respiración, a la epidermis hormiguilla, a las
extremidades desasosiego, y al ser todo impaciencia, temores, no sé qué
más... Al mismo tiempo su fantasía se regalaba de antemano con la imagen
de la obra, figurándosela ya parida y palpitante, completa, acabada, con
la forma del molde en que estuviera. Otras veces veíala nacer por
partes, asomando ahora un miembro, luego otro, hasta que toda entera
aparecía en el reino de la luz. Veía mi enfermo idealista el cenotafio
de entremezclados órdenes de arquitectura, el ángel llorón, el sauce
compungido con sus ramas colgantes, como babas que se le caen al cielo,
las flores que por todas partes esmaltaban el piso, los términos lejanos
con toda aquella tristeza lacustre y lunática... Interrumpiendo esta
hermosa visión de la obra non-nata, llameaban en el cerebro del
artista, al modo de fuegos fatuos (natural complemento de una cosa tan
funeraria), ciertas ideas atañederas al presupuesto de la obra. Bringas
las acariciaba, prestándoles aquella atención de hombre práctico que no
excluía en él las desazones espasmódicas de la creación genial. Contando
mentalmente, decía:
III
«Goma laca: _dos reales y medio_. A todo tirar gastaré _cinco reales_...
Unas tenacillas de florista, pues las que tengo son un poco gruesas:
_tres reales_. Un cristal bien limpio:_real y medio_. Cuatro docenas de
pistilos muy menudos, a no ser que pueda hacerlos de pelo, que lo he de
intentar: _dos y medio_. Total: _quince reales_. Luego viene lo más
costoso, que es el cristal convexo y el marco; pero pienso utilizar el
del perrito bordado de mi prima Josefa, dándole una mano de purpurina.
En fin, con purpurina, cristal convexo, colgadero e imprevistos...
vendrá a importar todo unos veintiocho a treinta reales».
Al día siguiente, que era domingo, puso manos a la obra. No
gustándole ninguno de los dibujos de monumento fúnebre que en su
colección tenía, resolvió hacer uno; mas como no la daba el naipe por la
invención, compuso, con partes tomadas de obras diferentes, el bien
trabado conjunto que antes describí. Procedía el sauce de _La tumba de
Napoleón en Santa Elena_; el ángel que hacía pucheros había venido del
túmulo que pusieron en el Escorial para los funerales de una de las
mujeres de Fernando VII, y la lontananza fue tomada de un grabadito de
no sé qué librote Lamartinesco que era todo un puro jarabe. Finalmente,
las flores las cosechó Bringas en el jardín de un libro ilustrado sobre
el _Lenguaje_ de las tales, que provenía de la biblioteca de doña
Cándida.
Este trabajo previo del dibujo ocupó al artista como media semana, y
quedó tan satisfecho de él, que hubo de otorgarse a sí mismo, en el
silencio de la falsa modestia, ardientes plácemes. «Está todo tan
propio--decía la Pipaón con entusiasmo inteligente--, que parece se está
viendo el agua mansa y los rayos de la luna haciendo en ella como unas
cosquillas de luz...».
Pegó Bringas su dibujo sobre un tablero, y puso encima el cristal,
adaptándolo y fijándolo de tal modo que no se pudiese mover. Hecho esto,
lo demás era puro trabajo de habilidad, paciencia y pulcritud. Consistía
en ir expresando con pelos pegados en la superficie superior del
cristal todas las líneas del dibujo que debajo estaba, tarea
verdaderamente peliaguda, por la dificultad de manejar cosa tan sutil y
escurridiza como es el humano cabello. En las grandes líneas menos mal;
pero cuando había que representar sombras, por medio de rayados más o
menos finos, el artista empleaba series de pelos cortados del tamaño
necesario, los cuales iba pegando cuidadosamente con goma laca, en
caliente, hasta imitar el rayado del buril en la plancha de acero o en
el boj. En las tintas muy finas, Bringas había extremado y sutilizado su
arte hasta llegar a lo microscópico. Era un innovador. Ningún capilífice
había discurrido hasta entonces hacer puntos de pelo, picando este con
tijeras hasta obtener cuerpecillos que parecían moléculas, y pegar luego
estos puntos uno cerca de otro, jamás unidos, de modo que imitasen el
punteado de la talla dulce. Usaba para esto finísimos pinceles, y aun
plumas de pajaritos afiladas con saliva; y después de bien picado el
cabello sobre un cristal, iba cogiendo cada punto para ponerlo en su
sitio, previamente untado de laca. La combinación de tonos aumentaba la
enredosa prolijidad de esta obra, pues para que resultase armónica,
convenía poner aquí castaño, allá negro, por esta otra parte rubio, oro
en los cabellos del ángel, plata en todo lo que estuviera debajo del
fuero de la claridad lunar. Pero de todo triunfaba aquel bendito. ¿Y
cómo no, si sus manos parecía que no tocaban las cosas; si su
vista era como la de un lince, y sus dedos debían de ser dedos del
céfiro que acaricia las flores sin ajarlas?... ¡Qué diablo de hombre!
Habría sido capaz de hacer un rosario de granos de arena, si se pone a
ello, o de reproducir la catedral de Toledo en una cáscara de avellana.
Todo el mes de Marzo se lo llevó en el cenotafio y en el sauce, cuyas
hojas fueron brotando una por una, y a mediados de Abril tenía el ángel
brazos y cabeza. Cuantos veían esta maravilla quedábanse prendados de la
originalidad y hermosura de ella y ponían a D. Francisco entre los más
eximios artistas, asegurando que si viese tal obra algún extranjerazo,
algún inglesote rico de esos que suelen venir a España en busca de cosas
buenas, darían por ella una porrada de dinero y se la llevarían a los
países que saben apreciar las obras del ingenio. Tenía Bringas su taller
en el enorme hueco de una ventana que daba al Campo del Moro...
Porque la familia vivía en Palacio en una de las habitaciones del piso
segundo que sirven de albergue a los empleados de la Casa Real.
Embelesado con la obra de pelo, se me olvidó decir que allá por Febrero
del 68 D. Francisco fue nombrado oficial primero de la Intendencia del
Real Patrimonio con treinta mil reales de sueldo, casal médico, botica,
agua, leña y demás ventajas inherentes a la vecindad regia. Tal
canonjía realizaba las aspiraciones de toda su vida, y no cambiara
Thiers aquel su puesto tan alto, seguro y respetuoso por la silla del
Primado de las Españas. Amargaban su contento las voces que corrían en
aquel condenado año 68 sobre si habría o no trastornos horrorosos, y el
temor de que la llamada revolución estallara al fin con estruendo.
Aunque la idea del acabamiento de la monarquía sonaba siempre en el
cerebro del buen hombre como una idea absurda, algo así como el
desequilibrio de los orbes planetarios, siempre que en un café o
tertulia oía vaticinios de jarana, anuncios de _la gorda_, o comentarios
lúgubres de lo mal que iban el Gobierno y la Reina, le entraba un cierto
calofrío, y el corazón se le contraía hasta ponérsele, a su parecer, del
tamaño de una bellota.
Ciento veinte y cuatro escalones tenía que subir D. Francisco por la
escalera de Damas para llegar desde el patio al piso segundo de Palacio,
piso que constituye con el tercero una verdadera ciudad, asentada sobre
los espléndidos techos de la regia morada. Esta ciudad, donde alternan
pacíficamente aristocracia, clase media y pueblo, es una real república
que los monarcas se han puesto por corona, y engarzadas en su inmenso
circuito, guarda muestras diversas de toda clase de personas. La primera
vez que D. Manuel Pez y yo fuimos a visitar a Bringas en su
nuevo domicilio, nos perdimos en aquel dédalo donde ni él ni yo habíamos
entrado nunca. Al pisar su primer recinto, entrando por la escalera de
Damas, un cancerbero con sombrero de tres picos, después de tomarnos la
filiación, indiconos el camino que habíamos de seguir para dar con la
casa de nuestro amigo. «Tuercen ustedes a la izquierda, después a la
derecha... Hay una escalerita. Después se baja otra vez... Número 67».
IV
¡Que si quieres!... Echamos a andar por aquel pasillo de baldosines
rojos, al cual yo llamaría calle o callejón por su magnitud, por estar
alumbrado en algunas partes con mecheros de gas y por los ángulos y
vueltas que hace. De trecho en trecho encontrábamos espacios, que no
dudo en llamar plazoletas, inundados de luz solar, la cual entraba por
grandes huecos abiertos al patio. La claridad del día, reflejada por las
paredes blancas, penetraba a lo largo de los pasadizos, callejones,
túneles o como quiera llamárseles, se perdía y se desmayaba en
ellos, hasta morir completamente a la vista de las rojizos abanicos del
gas, que se agitaban temblando dentro de un ahumado círculo y bajo un
doselete de latón.
En todas partes hallábamos puertas de cuarterones, unas recién pintadas,
descoloridas y apolilladas otras, numeradas todas; mas en ninguna
descubrimos el guarismo que buscábamos. En esta veíamos pendiente un
lujoso cordón de seda, despojo de la tapicería palaciega; en aquella un
deshilachado cordel. Con tal signo algunas viviendas acusaban arreglo y
limpieza, otras desorden o escasez, y los trozos de estera de alfombra
que asomaban por bajo de las puertas también nos decían algo de la
especial aposentación de cada interior. Hallábamos domicilios
deshabitados, con puertas telarañosas, rejas enmohecidas, y por algunos
huecos tapados con rotas alambreras soplaba el aire trayéndonos el vaho
frío de estancias solitarias. Por ciertos lugares anduvimos que parecían
barrios abandonados, y las bóvedas de desigual altura devolvían con eco
triste el sonar de nuestros pasos. Subimos una escalera, bajamos otra, y
creo que tornamos a subir, pues resueltos a buscar por nosotros mismos
el dichoso número, no preguntábamos a ningún transeúnte, prefiriendo el
grato afán de la exploración por lugares tan misteriosos. La idea de
perdernos no nos contrariaba mucho, porque saboreábamos de antemano
mano el gusto de salir al fin a puerto sin auxilio de práctico y por
virtud de nuestro propio instinto topográfico. El laberinto nos atraía,
y adelante, adelante siempre, seguíamos tan pronto alumbrados por el sol
como por el gas, describiendo ángulos y más ángulos. De trecho en trecho
algún ventanón abierto sobre la terraza nos corregía los defectos de
nuestra derrota, y mirando a la cúpula de la capilla, nos orientábamos y
fijábamos nuestra verdadera posición.
«Aquí--dijo Pez algo impaciente--, no se puede venir sin un plano y
aguja de marear. Esto debe de ser el ala del Mediodía. Mire usted los
techos del Salón de Columnas y de la escalera... ¡Qué moles!».
En efecto, grandes formas piramidales forradas de plomo nos indicaban
las grandes techumbres en cuya superficie inferior hacen volatines los
angelones de Bayeu.
A lo mejor, andando siempre, nos encontrábamos en un espacio cerrado que
recibía la luz de claraboyas abiertas en el techo, y teníamos que
regresar en busca de salida. Viendo por fuera la correcta mole del
alcázar, no se comprenden las irregularidades de aquel pueblo fabricado
en sus pisos altos. Es que durante un siglo no se ha hecho allí más que
modificar a troche y moche la distribución primitiva, tapiando por aquí,
abriendo por allá, condenando escaleras, ensanchando unas habitaciones a
costa de otras, convirtiendo la calle en vivienda y la vivienda
en calle, agujerando paredes y cerrando huecos. Hay escaleras que
empiezan y no acaban; vestíbulos o plazoletas en que se ven blanqueadas
techumbres que fueron de habitaciones inferiores. Hay palomares donde
antes hubo salones, y salas que un tiempo fueron caja de una gallarda
escalera. Las de caracol se encuentran en varios puntos, sin que se sepa
a dónde van a parar, y puertas tabicadas, huecos con alambrera, tras los
cuales no se ve más que soledad, polvo y tinieblas.
A un sitio llegamos donde Pez dijo: «esto es un barrio popular». Vimos
media docenas de chicos que jugaban a los soldados con gorros de papel,
espadas y fusiles de caña. Más allá, en un espacio ancho y alumbrado por
enorme ventana con reja, las cuerdas de ropa puesta a secar nos
obligaban a bajar la cabeza para seguir andando. En las paredes no
faltaban muñecos pintados ni inscripciones indecorosas. No pocas puertas
de las viviendas estaban abiertas, y por ellas veíamos cocinas con sus
pucheros humeantes y los vasares orlados de cenefas de papel. Algunas
mujeres lavaban ropa en grandes artesones, otras se estaban peinando
fuera de las puertas, como si dijéramos, en medio de la calle.
«Van ustedes perdidos»--nos dijo una que tenía en brazos un muchachón
forrado en bayetas amarillas.
--Buscamos la casa de D. Francisco Bringas.
--¿Bringas?... ya, ya sé--dijo una anciana que estaba sentada junto a la
gran reja--. Aquí cerca. No tienen ustedes más que bajar por la primera
escalera de caracol y luego dar media vuelta... Bringas, sí, es el
sacristán de la Capilla.
--¿Qué está usted diciendo, señora? Buscamos al oficial primero de la
Intendencia.
--Entonces será abajo, en la terraza. ¿Saben ustedes ir a la fuente?
--No.
--¿Saben la escalera de Cáceres?
--Tampoco.
--¿Saben el oratorio?
--No sabemos nada.
--¿Y el coro del oratorio? ¿Y los palomares?
Resultado: que no conocíamos ninguna parte de aquel laberíntico pueblo
formado de recovecos, burladeros y sorpresas, capricho de la
arquitectura y mofa de la simetría. Pero nuestra impericia no se daba
por vencida, y rechazamos las ofertas de un muchacho que quiso ser
nuestro guía.
«Estamos en el ala de la Plaza de Oriente, es a saber, en el hemisferio
opuesto al que habita nuestro amigo--dijo Pez con cierto énfasis
geográfico de personaje de Julio Verne--. Propongámonos trasladarnos al
ala de Poniente, para lo cual nos ofrecen seguro medio de orientación la
cúpula de la Capilla y los techos de la escalera. Una vez
posesionados del cuerpo de Occidente, hemos de ser tontos si no damos
con la casa de Bringas. Yo no vuelvo más aquí sin un buen plano,
brújula... y provisiones de boca».
Antes de partir para aquella segunda etapa de nuestro viaje, miramos por
el ventanón el hermoso panorama de la Plaza de Oriente y la parte de
Madrid que desde allí se descubre, con más de cincuenta cúpulas,
espadañas y campanarios. El caballo de Felipe IV nos parecía un juguete,
el Teatro Real una barraca, y el plano superior del cornisamento de
Palacio un ancho puente sobre el precipicio, por donde podría correr con
holgura quien no padeciera vértigos. Más abajo de donde estábamos tenían
sus nidos las palomas, a quienes velamos precipitarse en el hondo abismo
de la Plaza, en parejas o en grupos, y subir luego en velocísima curva a
posarse en los capiteles y en las molduras. Sus arrullos parecen tan
inherentes al edificio como las piedras que lo componen. En los
infinitos huecos de aquella fabricada montaña habita la salvaje
república de palomas, ocupándola con regio y no disputado señorío. Son
los parásitos que viven entre las arrugas de la epidermis del coloso. Es
fama que no les importan nada las revoluciones; ni en aquel libre aire,
ni en aquella secular roca hay nada que turbe el augusto dominio de
estas reinas indiscutidas e indiscutibles.
Andando. Pez había adquirido en los libritos de Verne nociones
geográficas; se las echaba de práctico y a cada paso me decía: «Ahora
vamos por el Mediodía... Forzosamente hemos de encontrar el paso de
poniente a nuestra derecha... Podemos bajar sin miedo al piso segundo
por esta escalera de caracol... Bien... ¿en dónde estamos? Ya no se ve
la cúpula, ni un triste pararrayos. Estamos en los sombríos reinos del
gas... Pues volvamos arriba por esta otra escalera que se nos viene a la
mano... ¿Qué es esto? ¿Nos hallamos otra vez en el ala de Oriente? Sí,
porque mirando al patio por esta ventana, la cúpula está a nuestra
derecha... Crea usted que ese bosque de chimeneas me causa mareo.
Paréceme que navego y que toda esta mole da tumbos como un barco. A este
lado parece que está la fuente, porque van y vienen mujeres con
cántaros... Ea, yo me rindo, yo pido práctico, yo no doy un paso más...
Hemos andado más de media legua y no puedo con mi cuerpo... Un guía, un
guía, y que me saquen pronto de aquí».
La Providencia deparonos nuestra salvación en la considerable persona de
la viuda de García Grande, que se nos pareció de improviso saliendo de
una de las más feas y más roñosas puertas que a nuestro lado veíamos.
V
Cuánto nos alegramos de aquel encuentro, no hay para qué decirlo. Ella,
por el contrario, pareciome sorprendida desagradablemente, coma persona
que no quiere ser vista en lugares impropios de su jerarquía. Sus
primeras palabras, dichas a tropezones y entremezcladas con las fórmulas
del saludo, confirmaron aquel mi modo de pensar.
«No les ruego que pasen, porque esta no es mi casa... Me he instalado
aquí provisionalmente, mientras se arregla la habitación de abajo donde
estaba la generala. Es esto un horror, una cosa atroz... Su Majestad se
empeñó en que había de aposentarme en Palacio y no he podido negarme a
ello... «Candidita, no puedo vivir lejos de ti... Candidita, vente
conmigo... Candidita, dispón de todo lo que esté desocupado arriba...»
Nada, nada, pues a Palacio. Meto mis muebles en siete carros de mudanza,
y me encuentro con que el cuarto de la generala está lleno de
albañiles... ¡Es un horror!... se cae un tabique... el estuco
perdido... los baldosines teclean bajo los pies... En fin, que tengo que
meter mis queridos trastos en este aposento, bastante grande, sí, pero
incapaz para mí... Verían ustedes las dos tablas de Rafael tiradas por
el suelo, revueltas con la vajilla; el gran lienzo de Tristán contra la
pared; las porcelanas metidas en paja todavía; las mesas patas arriba;
las lámparas y los biombos y otras muchas cosas en desorden, esperando
sitio, todo hecho una atrocidad, un horror... Créanlo, estoy nerviosa.
Acostumbrada a ver mis cosas arregladas me abruma la estrechez, la falta
de espacio... Y esta vecindad de mozas de retrete, de porteros de banda,
pinches y casilleres me enfada lo que ustedes no pueden figurarse. Su
Majestad me perdone; pero bien me podía haber dejado en mi casa de la
calle de la Cruzada, grandona, friota, eso sí; pero de una comodidad...
No me faltaba sitio para nada y todos los tapices estaban colgados. Aquí
no sé, no sé... Creo que en la habitación que voy a ocupar ha de
faltarme también sitio para todo... ¡Qué hemos de hacer!... allá van
leyes do quieren reyes».
Dijo esto en tono de jovial conformidad, cual persona que sacrificaba
sus gustos y su bienestar al amistoso capricho de una Reina. Guiábanos
por el corredor, y cuando salimos a la terraza para acortar camino,
señaló con aire imponente a una fila de puertas diciendo:
«Esta parte es la que voy a ocupar. La de Porta se mudó al lado de allá
para dejarme sitio... Derribo tabiques para unir dos habitaciones y
ponerme en comunicación con la escalera de Cáceres, por la cual puedo
bajar fácilmente a la galería principal y entrar en la Cámara... Mando
poner tres chimeneas más y una serie de mamparas...».
D. Manuel, como hombre muy político, apoyaba estas razones; pero
demasiado sabía con quién hablaba y el caso que debía hacer de aquellas
cacareadas grandezas. Por mi parte, como la viuda de García Grande me
era aún punto menos que desconocida, pues mi familiar trato con ella se
verificó más tarde, en los tiempos de Máximo Manso, mi amigo, todo
cuanto aquella señora dijo me lo tragué, y lo menos que me ocurría era
que estaba hablando con el más próximo pariente de S. M. Aquel derribar
de tabiques y aquel disponer obras y mudanzas, hicieron en mi candidez
el efecto de un lenguaje regio hablado desde la penúltima grada de un
trono. El respeto me impedía desplegar los labios.
Llegamos por fin a las habitaciones de Bringas. Comprendimos que
habíamos pasado por ella sin conocerla, por estar borrado el número. Era
una hermosa y amplia vivienda, de pocos pero tan grandes aposentos, que
la capacidad suplía al número de ellos. Los muebles de nuestro
amigo holgaban en la vasta sala de abovedado techo; pero el retrato de
D. Juan de Pipaón, suspendido frente a la puerta de entrada, decía con
sus sagaces ojos a todo visitante: «Aquí sí que estamos bien». Por las
ventanas que caían al Campo del Moro entraban torrentes de luz y
alegría. No tenía despacho la casa; pero Bringas se había arreglado uno
muy bonito en el hueco de la ventana del gabinete principal, separándolo
de la pieza con un cortinón de fieltro. Allí cabían muy bien su mesa de
trabajo, dos o tres sillas, y en la pared los estantillos de las
herramientas con otros mil cachivaches de sus variadas industrias. En la
ventana del gabinete de la izquierda se había instalado Paquito con todo
el fárrago de su biblioteca, papelotes y el copioso archivo de sus
apuntes de clase, que iba en camino de abultar tanto como el de
Simancas. Estos dos gabinetes eran anchos y de bóveda, y en la pared del
fondo tenían, como la sala, sendas alcobas de capacidad catedralesca,
sin estuco, blanqueadas, cubiertos los pisos de estera de cordoncillo.
Las tres alcobas recibían luz de la puerta y de claraboyas con reja de
alambre que se abrían al gran corredor-calle de la ciudad palatina. Por
algunos de estos tragaluces entraba en pleno día resplandor de gas. En
la alcoba del gabinete de la derecha se instaló el lecho matrimonial; la
de la sala, que era mayor y más clara, servía a Rosalía de
guardarropa, y de cuarto de labor; la del gabinete de la izquierda se
convirtió en comedor por su proximidad a la cocina. En dos piezas
interiores dormían los hijos.
Ignoro si partió de la fértil fantasía de Bringas o de la pedantesca
asimilación de Paquito la idea de poner a los aposentos de la humilde
morada nombres de famosas estancias del piso principal. Al mes de
habitar allí, todos los Bringas chicos y grandes llamaban a la sala
_Salón de Embajadores_, por ser destinada a visitas de cumplido y
ceremonia. Al gabinete de la derecha, donde estaba el despacho de Thiers
y la alcoba conyugal, se le llamaba _Gasparini_, sin duda por ser lo más
bonito de la casa. El otro gabinete fue bautizado con el nombre de _la
Saleta_. El comedor-alcoba fue _Salón de columnas_; la
alcoba-guardarropa recibió por mote _el Camón_, de una estancia de
Palacio que sirve de sala de guardias, y a la pieza interior donde se
planchaba, se la llamó _la Furriela_.
Para ir a su oficina, D. Francisco no tenía que salir a la calle. O bien
bajaba la escalera de Cáceres, atravesando luego el patio, o bien, si el
tiempo estaba lluvioso, recorría la ciudad alta hasta la escalera de
Damas, dirigiéndose por las arcadas al Real Patrimonio. Como salía poco
a la calle, hasta el paraguas había dejado de serle necesario en aquella
feliz vivienda, complemento de todos sus gustos y deseos.
En la vecindad había familias a quienes Rosalía, con todo su orgullete,
no tenía más remedio que conceptuar superiores. Otras estaban muy por
bajo de su grandeza pipaónica; pero con todas se trataba y a todas
devolvió la ceremoniosa visita inaugural de su residencia en la
población superpalatina. Doña Cándida...
VI
Pero antes de seguir, quiero quitar de esta relación el estorbo de mi
personalidad, lo que lograré explicando en breves palabras el objeto de
mi visita al Sr. de Bringas. Había yo rematado un lote de leñas y otro
de hierbas en Riofrío; y como ocurrieran informalidades graves en la
adjudicación, tuve ciertos dimes y diretes con un administradorcillo de
la Casa Real, de donde me vino el peligro de un pleito. Ya empezaba a
sentir las pesadas caricias del procurador, cuando resolví matar la
cuestión en su origen. D. Manuel Pez, el arreglador de todas las cosas,
el recomendador sempiterno, el hombre de los volantitos y de las
notitas, brindose a sacarme del paso. Yo le debía algunos
favores; pero los que él me debía a mí eran de mayor importancia y
cuantía. Quiso, pues, nivelar mi agradecimiento con el suyo, llevándome
en persona a ver al oficial primero del Patrimonio para que fuera así la
recomendación más expresiva y eficaz. Todo salió según el deseo de
entrambos. Tan servicial y diligente se mostró el buen D. Francisco, que
a los dos días de haberle visto, mi asunto estaba zanjado. Dos capones
de Bayona y una docena de botellas de vino de mi propia cosecha le
regalé el 4 de Octubre, día de su santo, y aún no me pareció esta fineza
proporcionada al servicio que me había hecho.
Prosigo ahora con Doña Cándida. ¡Oh, qué mujer!, ¡qué jarabe de pico el
suyo! Era frecuente oírle esta frase: «Me voy, me voy, que ha de venir a
verme _mi administrador_, y no quiero hacerle esperar. Es hombre
ocupadísimo». O bien esta: «Anda algo atrasada ahora la cobranza de los
alquileres de mis casas». Máximo Manso, cuando se pone a contar cosas de
ella, empieza y no concluye. En 1868 esta señora conservaba aún mucha
parte de su ser antiguo y de las grandezas de su reinado social durante
los cinco años de O'Donnell. Por aquel tiempo se comía precipitadamente
los restos del caudal que allegó su marido, y no había día en que no
saliese de la casa una joya, un cuadrito, un mueble con la misión de
traer dineros para atender a las necesidades domésticas. De los
conflictos con su casero, a quien debía medio año de alquileres, me
ocuparía si tuviese espacio para ello. La Reina la salvó de estos
apurillos, pagándole los atrasos de casa y ofreciéndole una habitación
en los altos de Palacio, que la infeliz no vaciló en aceptar... «Me he
metido en ese cuchitril por complacer a Su Majestad y estar cerca de
ella, mientras me arreglan las piezas de la terraza... ¡Ay, qué posma de
arquitecto!... Le voy a calentar las orejas...». Así se expresaba
constantemente, y transcurrieron muchos meses sin que la ilustre viuda
abandonara su choza provisional. Cuando la encontramos Pez y yo, y
tuvimos el honor de que nos guiara a la morada de Bringas, ya llevaban
más de un año de abandono y podredumbre las famosas tablas de Rafael, el
cuadro de Tristán y las otras mil preciosidades que por milagro de Dios
no estaban en los museos.
Era Cándida una de las más constantes visitas de los Bringas. Rosalía
sentía hacia ella respetuoso afecto y la oía siempre con sumisión,
conceptuándola como gran autoridad en materias sociales y en toda suerte
de elegancias. A los ojos de la señora de Thiers, el brillantísimo
pasado de Cándida había dejado, al borrarse del tiempo, resplandores de
prestigio y nobleza en torno al busto romano y al tieso empaque de la
ilustre viuda. Esta aureola fascinaba a Rosalía, quien,
extremando su respeto a las majestades caídas, aparentaba, tomar en
serio aquello de mi _administrador, mis casas_... Se expresaba Cándida
en todas las ocasiones con un desparpajo y una seguridad y un _boca
abajo todo el mundo_ que no daban lugar a réplica. Vivía en el ala de
Oriente, el barrio más humilde de lo que hemos convenido en llamar
ciudad; pero ningún otro vecino de esta hacía más visitas ni estaba más
tiempo fuera de su domicilio. Todo el santo día lo pasaba de casa en
casa, llamando a distintas puertas, visitando, charlando, recorriendo
todas las partes del coloso desde las cocinas a los palomares; y por las
noches, sin haber salido a la calle, llegaba a su choza provisional tan
rendida como si hubiera corrido medio Madrid. No tenía más familia que
una sobrinita llamada Irene, de unos nueve o diez años, huérfana de un
hermano de García Grande que había sido caballerizo de S. M. Esta era la
inseparable amiguita de la niña de Bringas, y por las tardes se las
veía, muñeca en mano y merienda en boca, jugando en la terraza o en las
partes más claras de aquellas luengas calles cubiertas.
La persona de más viso de cuantas allí vivían, y que en concepto de
Rosalía ocupaba el lugar inmediatamente inferior al de la familia real,
era la vivida del general Minio, camarera mayor de Su Majestad, persona
distinguidísima y sin tacha por cualquier lado que se la
mirase. En la ciudad llamábanla todos por el cariñoso y popular nombre
de doña Tula; pero Rosalía jamás le apeaba el título, y todo era:
«_condesa_ esto, _condesa_ lo otro y lo de más allá». Esta bondadosa y
noble señora era hermana de la condesa de Tellería y de Alejandro
Sánchez Botín, que ha sido diputado tantas veces y ha figurado ya en
media docena de partidos. Los Sánchez Botín son de buena familia, creo
que de un alcurniado solar del Bierzo, y tienen parentesco, aunque
remoto, con la familia de Aransis. En un mismo día se casaron las dos
hermanas, Milagros con el marqués de Tellería, y Gertrudis, que era la
mayor, con el coronel Minio, que rápidamente ascendió a general, ganando
batallas cortesanas en las antecámaras palatinas. No había día de
cumpleaños de Reyes o Príncipes en que él no pescara una cruz o grado.
Cuando ya no le podían dar nada superior, en orden de milicia, a los dos
entorchados, me le agraciaron con el título de conde de Santa Bárbara
(de una finca que tenía en Navarra), nombre que por tener cierto
olorcillo de pólvora, cuadraba bien a su oficio, aunque se decía de él
que nunca había olido más que la que gastamos en salvas. La fama de
valiente que gozaba debió fundarse en que era muy bruto. En el desorden
de nuestras ideas fácilmente convertimos en héroes a los que apenas
saben escribir su nombre. Lo cierto es que _D. Pedro Minio_,
marqués de Santa Bárbara, era persona imponente en una parada, o pasando
revista de inspección en los cuarteles, o dando militares gritos en las
varias Direcciones que desempeñó. Salvo algunas escaramuzas sin
importancia en que tomó parte durante la primera guerra, civil, la
historia militar de nuestro país no le dijo nunca «esta boca es mía».
Pero pasará a la posteridad por los célebres dichos de la _espada de
Demóstenes_, la _tela de Pentecostés_ y el _alma de Garibaldi_, por
aquello de ir a la Habana haciendo escala en Filipinas, con otras
cosillas que, coleccionadas por sus subalternos, forman un delicioso
centón de disparates. La Reina los sabía de corrido y los contaba con
mucha sal. Pero no revolvamos las cenizas de esta nulidad, de quien la
condesa decía, en el más escondido pliegue de la confianza, que era una
bestia condecorada, y ocupémonos de su viuda.
VII
Era en todo tan distinta de la marquesa de Tellería que no parecían
hijas de la misma madre. Tampoco tenía semejanza, ni en la condición ni
en la figura, con su célebre hermano Alejandro Sánchez Botín,
hombre de grandes arbitrios. Las raras prendas de que estaba adornada
parece que tenían su complemento en otra forma de la distinción humana,
la desgracia, privilegio de los seres que se avecinan a lo perfecto. Los
dos hijos que heredaron el nombre, la rudeza y los solecismos del
general eran dos buenas alhajas. Lo que pasó aquella madre mártir para
hacerles seguir la carrera de Caballería no es para contado. Fueron
cinco o seis años de cruel lucha con la barbarie y desaplicación de los
muchachos, de un pugilato fatigoso con los profesores; y gracias al
nombre que llevaban y a las cartitas que escribía en cada curso la
Reina, salieron adelante. Ya eran oficiales y estaban colocados, cuando
una nueva serie de disgustos amargaba la existencia de doña Tula. No
pasaba mes sin que uno de sus pimpollos hiciera alguna barbaridad.
Cuestiones, desafíos, borracheras, sumarias, timbas, trampas, eran la
historia de todos los días, y la mamá tenía que poner remedio a ello con
las recomendaciones y con los desembolsos. Llegó a sentirse tan
fatigada, que cuando el mayor, que también se llamaba _Pedro Minio_, le
manifestó el deseo de irse a Cuba, no tuvo fuerzas para contrariarle. El
otro se quería casar con una mujer de malos antecedentes. Nueva batalla
de la madre, que empleó, para evitarlo, cuantos recursos le permitían su
conocimiento del mundo y su alta posición. Esta señora dijo una
frase que se quedó grabada en la mente de cuantos la oímos, grito
absurdo y dolorido del egoísmo contra la maternidad, y que si no fuera
una paradoja, sería blasfemia contra la Naturaleza y la especie humana.
Hablaban de hijos y de las madres que deseaban tenerlos, así como de las
que los tenían en excesivo número. «¡Ah, los hijos!--dijo doña Tula con
tristísimo acento--. Son una enfermedad de nueve meses y una
convalecencia de toda la vida».
Si los hijos de aquella señora eran idiotas, raquíticos y feos como
demonios, en cambio su hermana Milagros había dado al mundo cuatro
ángeles marcados desde su edad tierna con el sello de la hermosura, la
gracia y la discreción. Aquel Leopoldito tan travieso y mono; aquel
Gustavito tan precoz, tan sabidillo y sentado; aquel Luisito tan
místico, que parecía un aprendiz de santo, y principalmente aquella
María, de ojos verdes y perfil helénico, Venus extraída de las ruinas de
Grecia, soberana escultura viva, ¿a qué madre no envanecerían? Doña Tula
adoraba a sus sobrinos. Eran para ella hijos que no le habían causado
ningún dolor; hijos de otra para las molestias y suyos para las gracias.
A María, que por entonces cumpliera quince años, la adoraba con pasión
de abuela, o sea dos veces madre, y la tenía un tanto consentida y
mimosa. Iba la hermosa niña los domingos y jueves a pasar con
doña Tula todo el día; también solía ir los martes y los viernes, y a
veces los lunes y sábados. Los días de fiesta reuníanse allí varias
amiguitas de la generala, entre ellas las niñas de D. Buenaventura de
Lantigua, y una prima de estas, hija del célebre jurisconsulto D. Juan
de Lantigua, la cual, si no estoy equivocado, se llamaba Gloria.
¡María Santísima!, ¡lo que parecía aquella terraza! Había ninfas de
traje alto que muy pronto iba a descender hasta el suelo, y otras de
vestido bajo que dos semanas antes había sido alto. Las que acababan de
recibir la investidura de mujeres se paseaban en grupos, cogidas del
brazo, haciendo ensayos de formalidad y de conversación sosegada y
discreta. Las más pequeñas corrían, enseñando hasta media pierna, y no
es aventurado decir que Isabelita Bringas y la sobrina de doña Cándida
eran las que más alborotaban. Cuando por aquellas galerías conseguía
deslizarse con furtivo atrevimiento algún novio agridulce, algún
pollanco pretendiente, de bastoncito, corbata de color, hongo claro, y
tal vez pitillo en boquilla de ámbar... ¡ay Dios mío!, ¿quién podría
contar las risas, los escondites, las sosadas, el juego inocente, la
tontería deliciosa de aquellas frescas almas que acababan de abrir sus
corolas al sol de la vida? Las breves cláusulas que ligeras se cruzaban
eran, por un lado, lo más insulso del perfeccionado lenguaje social,
y por otro el ingenuo balbucir de las sociedades primitivas. En
todos estos casos se repite incesantemente el principio del mundo, esto
es, los pruritos de la Creación, el _querer ser_.
La juguetona bandada de mujeres a medio formar invadía el domicilio de
Bringas. Rosalía, gozosa de tratarse con doña Tula, con los Tellerías,
con los Lantiguas, recibíalas con los brazos abiertos, y las obsequiaba
con dulces, que se hacía traer previamente de la repostería de Palacio.
«Jueguen, enreden, griten y alboroten, que a mí no me incomodan»--les
decía Bringas festivamente desde el hueco de la ventana, donde estaba
sumergido en el piélago inmenso de sus pelos. Y ellas no se hacían de
rogar; abrían el piano; una de ellas aporreaba una polka o _wals_, y
las otras, abrazándose en parejas, bailaban, volteaban alegres, riendo,
chillando y besándose.
«Bailen, corran; la casa es de ustedes, niñas queridas»--decía Thiers
sin apartar la vista de los átomos que pegaba sobre el vidrio; y ellas
lo tomaban tan al pie de la letra que corrían danzando de Gasparini a la
Saleta y a saltos se metían en el Camón y en Columnas. Pues digo...
cuando les daba por revolverle a Isabelita sus muñecas, era lo de
empezar y no concluir. Precisamente las más talludas eran las que con
más furor se entretenían en este graciosísimo simulacro de la vida
doméstica, vistiendo y desnudando mujercitas de porcelana y
estopa, arropando bebés con ojos de vidrio y moviendo los trastos de una
cocina de hojalata o de un gabinete de cartón. Lo que embargaba el ánimo
de todas, llegando hasta producir rivalidades, era una muñeca enorme que
D. Agustín Caballero le había mandado a Isabelita desde Burdeos, la cual
era una buena pieza; movía los ojos, decía _papá_ y _mamá_ y tenía
articulaciones para ser colocada en todas las posturas. De aquello a una
criatura no había más que un paso, padecer. Vistiéronla aquella tarde de
chula, y cuando un cierto rumorcillo petulante indicaba la proximidad de
los polluelos en el pasillo; cuando se oían sus risotadas a estilo de
calaveras y sonaban muy cerca sus voces, que el mes anterior habían
adquirido la ronquera de la virilidad, las niñas asomaban la muñeca a la
alta reja del Camón, y aquí eran las boberías de ellos y la inocente
diversión de ellas.
Por más que D. Francisco protestase del gusto que tenía en ver su casa
llena de serafines, alguna vez le molestaban. Cuando se les ocurría
admirar la obra peluda y se enracimaban en torno a la mesa, el gran
artista, sin poder respirar dentro de aquella corona de preciosas
cabezas, les decía riendo: «Niñas, por amor de Dios, echaos un poco
atrás. Para ver no necesitan ahogarme... ni verterme la laca. Cuidado,
Gloria, que te me llevas esos pelos pegados en la manga. Son el
tronco del sauce. Cuidado, María, que con tu aliento se echan al aire
estas canas... Atrás, atrás; hacerme el favor...».
VIII
Y ellas: «¡qué boniiito, qué precioooso...! ¡Alabaaado Dios... qué dedos
de ángel! D. Francisco, se va usted a quedar ciego...».
Lo que cuento ocurría en la Primavera del 68, y el Jueves Santo de aquel
año fue uno de los días en que más alborotaron. Don Francisco,
santificador de las fiestas, asistió de gran etiqueta, con su cruz y
todo, a la solemnidad religiosa en la capilla. Rosalía también se
personó en la regia morada, juzgando que era indispensable su presencia
para que las ceremonias tuviesen todo el brillo y pompa convenientes.
Cándida no bajó, aparentemente «porque estaba cansada de ceremoniales»,
en realidad porque no tenía vestido. Las chicas de Lantigua y la Sudre
invadieron desde muy temprano la habitación de doña Tula, que por razón
de su cargo bajó muy emperejilada, dejando el gracioso rebaño a cargo
de una señora que la acompañaba. ¡Cuánto de divirtieron aquel
día, y cuánto hicieron rabiar a los pollos Leoncito, Federiquito
Cimarra, el de Horro y otros no menos guapos y bien aprovechados! Les
invitaron a subir con engaño a un palomar alto diciéndoles que desde
allí se veía el interior de la capilla, y luego me les encerraron hasta
media tarde.
Como eran amigas del sacristán, vecino de Cándida, pudieron colocarse en
la escalera de la capilla hasta vislumbrar, por entre puertas
entornadas, la mitra del patriarca y dos velas apagadas del tenebrario,
un altar cubierto de tela morada, algunas calvas de capellanes y algunos
pechos de gentiles hombres cargados de cruces y bandas; pero nada más.
Poco más tarde lograron ver algo de la hermosa ceremonia de dar la
comida a los pobres después del lavatorio. Hay en el ala meridional de
la terraza unas grandes claraboyas de cristales, protegidos por redes de
alambre. Corresponden a la escalera principal, al Salón de Guardias y al
de Columnas. Asomándose por ellas, se ve tan de cerca el curvo techo,
que resultan monstruosas y groseramente pintadas las figuras que lo
decoran. Angelones y ninfas extienden por la escocia sus piernas
enormes, cabalgando sobre nubes que semejan pacas de algodón gris. De
otras figuras creeríase que con el esfuerzo de su colosal musculatura
levantan en vilo la armazón del techo. En cambio, las flores de
la alfombra, que se ve en lo profundo, tomaríanse por miniaturas.
Multitud de personas de todas clases, habitantes en la ciudad, acudieron
tempranito a coger puesto en las claraboyas del Salón de Columnas para
ver la comida de los pobres. Se enracimaban las mujeres junto a los
grandes círculos de cristales, y como no faltaban agujeros, las que
podían colocarse en la delantera, aunque fuera repartiendo codazos,
gozaban de aquel pomposo acto de humildad regia que cada cual
interpretará como quiera. No faltaba quien cortara el vidrio con el
diamante de una sortija para practicar huequecillos allí donde no los
había. ¡Qué desorden, qué rumor de gentío impaciente y dicharachero! Las
personas extrañas, que habían ido en calidad de invitadas, eran tan
impertinentes que querían para si todos los miraderos. Mas Cándida, con
aquella autoridad de que sabía revestirse en toda ocasión grave, mandó
despejar una de las claraboyas para que tomaran libre posesión de ella
las niñas de Tellería, Lantigua y Bringas. ¡Demontre de señora! Amenazó
con poner en la calle a toda la gente forastera si no se la obedecía.
Curioso espectáculo era el del Salón de Columnas visto desde el techo.
La mesa de los doce pobres no se veía muy bien; pero la de las doce
ancianas estaba enfrente y ni un detalle se perdía. ¡Qué avergonzadas
las infelices con sus vestidos de merino, sus mantones nuevos y
sus pañuelos por la cabeza! ¡Verse entre tanta pompa, servidas por la
misma Reina, ellas que el día antes pedían un triste ochavo en la puerta
de una iglesia!... No alzaban sus ojos de la mesa más que para mirar
atónitas a las personas que les servían. Algunas derramaban lágrimas de
azoramiento más que de gratitud, porque su situación entre los poderosos
de la tierra y ante la caridad de etiqueta que las favorecía, más era
para humillar que para engreír. Si todos los esfuerzos de la imaginación
no bastarían a representarnos a Cristo de frac, tampoco hay razonamiento
que nos pueda convencer de que esta comedia palaciega tiene nada que ver
con el Evangelio.
Los platos eran tomados en la puerta, de manos de los criados, por las
estiradas personas que hacían de camareros en tan piadosa ocasión.
Formando cadena, las damas y gentiles hombres los iban pasando hasta las
propias manos de los Reyes, quienes los presentaban a los pobres con
cierto aire de benevolencia y cortesía, única nota simpática en la farsa
de aquel cuadro teatral. Pero los infelices no comían, que si de comer
se tratara muy apurados se habían de ver. Seguramente sus torpes manos
no recordaban cómo se lleva la comida a la boca. Puestas las raciones
sobre la mesa, un criado las cogía y las iba poniendo en sendos cestos
que tenía cada pobre detrás de su asiento. Poco después, cuando
las personas reales y la grandeza abandonaron el Salón, salieron
aquellos con su canasto, y en los aposentos de la repostería les
esperaban los fondistas de Madrid o bien otros singulares negociantes
para comprarles todo por unos cuantos duros.
Mientras duró la comida, las graciosas espectadoras no cesaban en su
charla picotera. María Egipciaca, habría deseado estar abajo, con gran
vestido de cola, pasando bandejas. Una de las de Lantigua se aventuraba
a sostener que aquello era una comedia mal representada, y otra sólo se
fijaba en el lujo de los trajes y uniformes.
--Mira, mira mi mamá. ¿La ves con su vestido melocotón? Está junto al
señor de Pez, conversando con él.
--Sí... ahora miran al techo... Bien sabe que estamos aquí. Y a D.
Francisco también le veo, allí... junto al mayordomo de semana. A su
lado mi mamá...
--¡Qué hermosa está la marquesa con su falda de color malva y su
manto!... ¡Ah!, doña Tula, doña Tula... si mirara para arriba, si nos
viera... Aquí estamos...
--Cada ceremonia de estas le cuesta a mi tía muchas jaquecas y muchos
disgustos, porque no sabéis las recomendaciones que recibe... Para
veinticuatro pobres, hay unas trescientas recomendaciones. Todos los
días cartas y recaditos de la marquesa o la condesa. ¡Hija...!,
parece que les van a dar un destino gordo.
--Dímelo a mi, niña--manifestó con soberano hastío Cándida--, que ayer y
hoy no me han dejado vivir. Tomasa, la moza de cámara, vecina mía, fue
la encargada de lavar a las tales doce ancianas pobres y cambiarles sus
pingajos por los olorosos vestidos que se han puesto hoy. ¡Pobres
mujeres! Es la segunda agua que les cae en su vida, y sería la primera
si no se hubieran bautizado. ¡Ay, hijas!... ¡qué escena la de esta
mañana! Créanlo, han gastado una tinaja de agua de colonia... Yo quise
ayudar un poco, porque así me parecía cumplir algo de lo que nos ordena
Nuestro Señor Jesucristo. Si no es por mí, el fregado no se acaba en
toda la mañana... Hablando con verdad, si yo fuera pobre y me trajeran a
esta ceremonia no lo había de agradecer nada, porque francamente, el
susto que pasan y la molestia de verse tan lavados, no se compensan con
lo que les dan.
Las graciosas pollas, en cuya tierna edad tanto valor tenían lo
espiritual e imaginativo, no comprendían estas razones prácticas de la
experimentada doña Cándida, y todo lo encontraban propio, bonito y
adecuado a la doble majestad de la Religión y del Trono...
Isabelita Bringas era una niña raquítica, débil, espiritada, y se
observaban en ella predisposiciones epilépticas. Su sueño era muy a
menudo turbado por angustiosas pesadillas, seguidas de vómito y
convulsiones, y a veces, faltando este síntoma, el precoz mal se
manifestaba de un modo más alarmante. Se ponía como lela y tardaba mucho
en comprender las cosas, perdiendo completamente la vivacidad infantil.
No se la podía regañar, y en el colegio la maestra tenía orden de no
imponerle ningún castigo ni exigir de ella aplicación y trabajo. Si
durante el día presenciaba algo que excitase su sensibilidad o se
contaban delante de ella casos lastimosos, por la noche lo reproducía
todo en su agitado sueño. Esto se agravaba cuando por exceso en las
comidas o por malas condiciones de esta, el trabajo digestivo del
estómago de la pobre niña era superior a sus escasas fuerzas. Aquel
jueves doña Tula dio de comer espléndidamente a sus amiguitas. La niña
de Bringas se atracó de un plato de leche, que le gustaba mucho; pero
bien caro lo pagó la pobre, pues no hacía un cuarto de hora que se había
acostado, cuando fue acometida de fiebre y delirio, y empezó a ver y
sentir entre horribles disparates todos los incidentes, personas y cosas
de aquel día tan bullicioso en que se había divertido tanto. Repetía los
juegos por la terraza; veía a las chicas todas, enormemente
desfiguradas, y a Cándida como una gran pastora negra que guardaba el
rebaño; asistía nuevamente a la ceremonia de la comida de los pobres,
asomada por un hueco de la claraboya, y las figuras del techo
se animaban, sacando fuera sus manazas para asustar a los curiosos...
Después oyó tocar la marcha real. ¿Era que la Reina subía a la terraza?
No; aparecían por la puerta de la escalera de Damas su mamá, asida al
brazo de Pez, y su papá dando el suyo a la marquesa de Tellería. ¡Qué
guapas venían arrastrando aquellas colas que sin duda tenían más de una
legua!... Y ellos, ¡qué bien empaquetados y qué tiesos!... Venían a
descansar y tomar un refrigerio en casa de doña Tula, para acompañar más
tarde _a la Señora_ y a toda la Corte en la visita de Sagrarios... Por
todas las puertas de la parte alta de Palacio aparecían libreas varias,
mucho trapo azul y rojo, mucho galón de oro y plata, infinitos
tricornios... Delirando más, veía la ciudad resplandeciente y esmaltada
de mil colorines. Seguramente era una ciudad de muñecas; ¡pero qué
muñecas!... Por diversos lados salían blancas pelucas, y ninguna puerta
se abría en los huecos del piso segundo, sin dar paso a una bonita
figura de cera, estopa o porcelana; y todas corrían por los pasadizos
gritando: «ya es la hora...». En las escaleras se cruzaban galones que
subían con galones que bajaban... Todos los muñecos tenían prisa. A este
se le olvidaba una cosa, a aquel otra, una hebilla, una pluma, un
cordón. Unos llamaban a sus mujeres para que les alcanzasen algo, y
todos repetían: «¡la hora...!». Después se arremolinaban abajo, en la
escalera principal. En el patio, los alabarderos se revolvían
con los cocheros y lacayos, y era como una gran cazuela en que hirvieran
miembros humanos de muchos colores, retorciéndose a la acción del
calor... Su mamá y su papá volvieron a aparecer... ¡Vaya, que iban
hermosotes! Pero mucho más bonito estaría su papá cuando se hiciese
caballero del Santo Sepulcro. El Rey tenía empeño en ello, y le había
prometido regalarle el uniforme con todos los accesorios de espada,
espuelas y demás. ¡Qué guapín estaría su papá con su casaca blanca, toda
blanca!... Al llegar aquí, la pobre niña sentía empapado enteramente su
ser en una idea de blancura; al propio tiempo una obstrucción horrible
la embarazaba, cual si las cosas que reproducía su cerebro, muñecos y
Palacio, estuvieran contenidas dentro de su estómago chiquito. Con
angustiosas convulsiones lo arrojaba todo fuera y se contenía el
delirar, y ¡sentía un alivio...! Su mamá había saltado del lecho para
acudir a socorrerla. Isabelita oía claramente, ya despierta, la cariñosa
voz que le decía: «Ya pasó, alma mía; eso no es nada».
IX
La belleza de Milagros no había llegado aún al ocaso en que se nos
aparece en la triste historia de su yerno por los años de 75 a 78; pero
se alejaba ya bastante del meridiano de la vida. El procedimiento de
restauración que empleaba con rara habilidad no se denunciaba aún a sí
mismo, como esos revocos deslucidos por las malas condiciones del
edificio a que se aplican. La defendían del tiempo su ingenio, su
elegancia, su refinado gusto en artes de vestimenta y la simpatía que
sabía inspirar a cuantos no la trataban de cerca.
Todas estas cualidades subyugaban por igual el espíritu de Rosalía
Bringas; pero la que descollaba entre ellas como la más tiránica era el
exquisito gusto en materia de trapos y modas. Este don de su amiga era
para la Bringas como un sol resplandeciente al cual no se podía mirar
cara a cara sin deslumbrarse. Porque en tal estimación tenía la
autoridad de la marquesa en estos tratados, que no se atrevía a tener
opinión que no fuera un reflejo de las augustas verdades
proclamadas por ella. Todas las dudas sobre un color o forma de vestido
quedaban cortadas con una palabra de Milagros. Lo que esta decía era ya
cuerpo jurídico para toda cuestión que ocurriera después, y como no sólo
legislaba sino que autorizaba su doctrina con el buen ejemplo,
vistiéndose de una manera intachable, la de Bringas, que en esta época
de nuestra historia se había apasionado grandemente por los vestidos,
elevó a Milagros en su alma un verdadero altar. La viuda de García
Grande cautivaba a Rosalía con su prestigio de figura histórica.
Respetábala esta como a los dioses de una religión muerta; mas a
Milagros la tenía en el predicamento de los dogmas vivos y de los dioses
en ejercicio. Nadie en el mundo, ni aun Bringas, tenía sobre la Pipaón
ascendiente tan grande como Milagros. Aquella mujer, autoritaria y algo
descortés con los iguales e inferiores, se volvía tímida en presencia de
su ídolo, que era también su maestro.
Los regalitos de Agustín Caballero y la cesión de todas las galas que
había comprado para su boda, despertaron en Rosalía aquella pasión del
vestir. Su antigua modestia, que más tenía de necesidad que de virtud,
fue sometida a una prueba de la que no salió victoriosa. En otro tiempo,
la prudencia de Thiers pudo poner un freno a los apetitos de lujo,
haciéndonos creer a todos que no existían, cuando lo único
positivo en esto era la imposibilidad de satisfacerlos. Es el incidente
primordial de la historia humana, y el caso eterno, el caso de los casos
en orden de fragilidad. Mientras no se probó la fruta, prohibida por
aquel Dios doméstico, todo marchaba muy bien. Pero la manzana fue
mordida, sin que el Demonio tomara aquí forma de serpiente ni de otro
animal ruin, y adiós mi modestia. Después de haber estrenado tantos y
tan hermosos trajes, ¿cómo resignarse a volver a los trapitos antiguos y
a no variar nunca de moda? Esto no podía ser. Aquel bendito Agustín
había sido, generosamente y sin pensarlo, el corruptor de su prima;
había sido la serpiente de buena fe que le metió en la cabeza las más
peligrosas vanidades que pueden ahuecar el cerebro de una mujer. Los
regalitos fueron la fruta cuya dulzura le quitó la inocencia, y por
culpa de ellos un ángel con espada de raso me la echó de aquel paraíso
en que su Bringas la tenía tan sujeta. Nada, nada... cuesta trabajo
creer que aquello de Doña Eva sea tan remoto. Digan lo que quieran,
debió pasar ayer, según está de fresquito y palpitante el tal suceso.
Parece que lo han traído los periódicos de anoche.
Como Bringas reprobaba que su mujer variase de vestidos y gastase en
galas y adornos, ella afectaba despreciar las novedades; pero a
cencerros tapados estaba siempre haciendo reformas, combinando
trapos e interpretando más o menos libremente lo que traían los
figurines. Cuando Milagros iba a pasar un rato con ella, si Bringas
estaba en la oficina, charlaban a sus anchas, desahogando cada cual a su
modo la pasión que a entrambas dominaba.
X
Pero si el santo varón estaba en su hueco de ventana, zambullido en el
microcosmos de la obra de pelo, las dos damas se encerraban en el Camón,
y allí se despachaban a su gusto sin testigos. Tiraba Rosalía de los
cajones de la cómoda suavemente para no hacer ruido; sacaba faldas,
cuerpos pendientes de reforma, pedazos de tela cortada o por cortar,
tiras de terciopelo y seda; y poniéndolo todo sobre un sofá, sobre
sillas, baúles o en el suelo si era necesario; empezaba un febril
consejo sobre lo que se debía hacer para lograr el efecto mejor y más
llamativo dentro de la distinción. Estos consejos no tenían término, y
si se tomara acta de ellos, ofrecerían un curioso registro enciclopédico
de esta pasión mujeril que hace en el mundo más estragos que
las revoluciones. Las dos hablaban en voz baja para que no se enterase
Bringas, y era su cuchicheo rápido, ahogado, vehemente, a veces
indicando indecisión y sobresalto, a veces el entusiasmo de una idea
feliz. Los términos franceses que matizaban este coloquio se despegaban
del tejido de nuestra lengua; pero aunque sea clavándolos con alfileres,
los he de sujetar para que el exótico idioma de los trapos no pierda su
genialidad castiza.
ROSALÍA.--=(Mirando un figurín.)= Si he de decir la verdad, yo no entiendo
esto. No sé cómo se han de unir atrás los faldones de la _casaca de
guardia francesa_.
MILAGROS.--=(Con cierto aturdimiento, al cual se sobrepone poco a poco su
gran juicio.)= Dejemos a un lado los figurines. Seguirlos servilmente
lleva a lo afectado y _estrepitoso_. Empecemos por la elección de tela.
¿Elige usted la muselina blanca con viso de _foulard_? Pues entonces no
puede adoptarse la casaca.
ROSALÍA.--=(Con decisión.)= No; escojo resueltamente el _gros glasé_,
color _cenizas de rosa_. Sobrino me ha dicho que le devuelva el que me
sobre. El _gros glasé_ me lo pone a veinticuatro reales.
MILAGROS.--=(Meditando.)= Bueno: pues si nos fijamos en el _gros glasé_,
yo haría la falda adornada con cuatro volantes de unas cuatro pulgas;
¿a ver?, no; de cinco o seis, poniéndolo al borde un _bies_
estrecho de _glasé_ _verde naciente_... ¿Eh?
ROSALÍA.--=(Contemplando en éxtasis lo que aún no es más que una
abstracción.)=Muy bien... ¿Y el cuerpo?
MILAGROS.--=(Tomando un cuerpo a medio hacer y modelando con sus hábiles
manos en la tela las solapas y los faldones.)= La _casaca guardia
francesa_ va abierta en corazón, con solapas, y se cierra al costado
sobre el tallo con tres o cuatro botones verdes... aquí. Los faldones...
¿me comprende usted?, se abren por delante... así... mostrando el forro,
que es verde como la solapa; y esas vueltas se unen atrás con
ahuecador... =(La dama, echando atrás sus manos, ahueca su propio vestido
en aquella parte prominentísima, donde se han de reunir las vueltas de
los faldones de la casaca.)= ¿Se entera usted?... Resulta monísimo. Ya he
dicho que el forro de esta casaca es de _gros_ verde y lleva al borde de
las vueltas un _ruche_ de cinta igual a la de los volantes... ¿qué tal?
¡Ah!, no olvide usted que para este traje hace falta camiseta de batista
bien plegadita, con encaje _valenciennes_ plegado en el cuello... los
puños holgaditos, holgaditos; que caigan sobre las muñecas.
ROSALÍA.--¡Oh!... camisetas tengo de dos o tres clases...
MILAGROS.--He visto la que le ha venido de París a Pilar San
Salomó con el traje para comida y teatro... =(Con emoción estética,
poniendo los ojos en blanco.)=¡Qué traje! ¡Cosa más divina...!
ROSALÍA.--=(Con ansioso interés.)= ¿Cómo es?
MILAGROS.--Falda de raso rosa, tocando al suelo, adornada con un volante
cubierto de encaje. ¡Qué cosa más _chic_! Sobre el mismo van ocho cintas
de terciopelo negro.
ROSALÍA.--¿Y bullones?
MILAGROS.--Cuatro órdenes. Luego, sobre la falda, se ajusta a la cintura
=(Uniendo a la palabra la mímica descriptiva de las manos en su propio
talle.)= ¿comprende usted?... se ajusta a la cintura un manto de corte...
Viene así, y cae por acá, formando atrás un _cogido_, un gran _pouff_.
=(Con entusiasmo.)= ¡Qué original! Por debajo del cogido se prolongan en
gran cola los mismos bullones que en la falda; ¡pero qué bien ideado!
¡Es de lo sublime!... Vea usted... así... por aquí... en semejante
forma... correspondiendo con ellos solamente por un _retroussé_... Es
decir, que el manto tiene una solapa cuyos picos vienen aquí... bajo el
_pouff_... ¿entiende usted, querida?
ROSALÍA.--=(Embebecida.)= Sí... entiendo... lo veo... Será precioso...
MILAGROS.--=(Expresando soberbiamente con un gesto la acertada colocación
de lo que describe.)= Lazo grande de raso sobre los bullones... Es de un
efecto maravilloso.
ROSALÍA.--=(Asimilándose todo lo que oye.)= ¿Y el cuerpo?
MILAGROS.--Muy bajo, con tirantes sujetos a los hombros por medio de
lazos... Pero cuidado: estos lazos no tienen caídas... ¡La camiseta es
de una novedad...!, de seda bullonada con cintas estrechitas de
terciopelo pasadas entre puntos. Las mangas largas...
ROSALÍA.--=(Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.)= Se
me ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin el
color _cenizas de rosa_... =(Deteniéndose meditabunda.)= ¡Qué torpe soy
para decidirme! El figurín... =(Recogiendo todo con susto y rapidez.)= Me
parece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...
MILAGROS.--=(Ayudándola a guardar todo atropelladamente.)= Sí; siento su
tosecilla. Ay, amiga, su marido de usted parece la Aduana, por lo que
persigue los trapos... Escondamos el contrabando.
Ratos felices eran para Rosalía estos que pasaba con la marquesa
discutiendo la forma y manera de arreglar sus vestidos. Pero el gozo
mayor de ella era acompañar a su amiga a las tiendas, aunque pasaba
desconsuelos por no poder comprar las muchísimas cosas buenas que veía.
El tiempo se les iba sin sentirlo. Milagros se hacía mostrar todo lo de
la tienda, revolvía, comparando; pasaba del brusco antojo al frío
desdén; regateaba, y concluía por adquirir diferentes cosas,
cuyo importe cargábanle en su cuenta. Rosalía, si algo compraba, después
de pensarlo mucho y dar mil vueltas al dinero, pagaba siempre a
tocateja. Sus compras no eran generalmente más que de retales, pedacitos
o alguna tela anticuada, para hacer combinaciones con lo bueno que ella
tenía en su casa, y refundir lo viejo dándole viso y representación de
novedad.
Pero un día vio en casa de _Sobrino Hermanos_ una manteleta... ¡qué
pieza, qué manzana de Eva! La pasión del coleccionista en presencia de
un ejemplar raro, el entusiasmo del cazador a la vista de una brava y
corpulenta res no nos dan idea de esta formidable querencia del trapo en
ciertas mujeres. A Rosalía se le iban los ojos tras la soberbia prenda,
cuando el amable dependiente del comercio enseñaba un surtido de ellas,
amontonándolas sobre el mostrador como si fueran sacos vacíos. Preguntó
con timidez el precio y no se atrevió a regatearla. La enormidad del
coste la aterraba casi tanto como la seducía lo espléndido de la pieza,
en la cual el terciopelo, el paño y la brillante cordonería se
combinaban peregrinamente. En su casa no pudo apartar de la imaginación,
todo aquel día y toda la noche, la dichosa manteleta, y de tal modo
arrebataba su sangre el ardor del deseo, que temió un ataquillo de
erisipela si no lo saciaba. Volvió con Milagros a tiendas al día
siguiente, con ánimo de no entrar en la de Sobrino, donde la
gran tentación estaba; pero el Demonio arregló las cosas para que
fueran, y he aquí que aparecen otra vez sobre el mostrador las cajas
blancas, aquellas arcas de satinado cartón donde se archivan los sueños
de las damas. El dependiente las sacaba una por una, formando negra
pila. La preferida apareció con su forma elegante y su lujosa
pasamanería, en la cual las centellicas negras del abalorio, temblando
entre felpas, confirmaban todo lo que los poetas han dicho del manto de
la noche. Rosalía hubo de sentir frío en el pecho, ardor en las sienes,
y en sus hombros los nervios le sugirieron tan al vivo la sensación del
contacto y peso de la manteleta, que creyó llevarla ya puesta.
--¡Cómprela usted... por Dios!--dijo Milagros a su amiga de un modo tan
insinuante que los dependientes y el mismo Sobrino no pudieron menos de
apoyar un concepto tan juicioso. ¿Por qué ha de privarse de una prenda
que le cae tan bien?
Y cuando los tenderos se alejaron un poco en dirección a otro grupo de
parroquianas, la marquesa siguió catequizando a su amiga con este
susurro:
--No se prive usted de comprarla si le gusta... y en verdad, es muy
barata... Basta que venga usted conmigo para que no tenga necesidad de
pagarla ahora. Yo tengo aquí mucho crédito. No le pasarán a
usted la cuenta hasta dentro de algunos meses, a la entrada del verano,
y quizás a fin de año.
La idea del largo plazo hizo titubear a Rosalía, inclinando todo su
espíritu del lado de la compra... La verdad, mil setecientos reales no
eran suma exorbitante para ella, y fácil le sería reunirlos, si la
prendera le vendía algunas cosas que ya no quería ponerse; si además
economizaba, escatimando con paciencia y tesón el gasto diario de la
casa. Lo peor era que Bringas no había de autorizar un gasto tan
considerable en cosa que no era de necesidad absoluta.
Otras veces había hecho ella misma sus _polkas_ y manteletas, pidiendo
prestada una para modelo. Comprando los avíos en la subida de Santa
Cruz, empalmando pedazos, disimulando remiendos, obtenía un resultado
satisfactorio con mucho trabajo y poco dinero. ¿Pero cómo podían
compararse las _pobreterías_ hechas por ella con aquel brillante modelo
venido de París?... Bringas no autorizaría aquel lujo que sin duda le
había de parecer _asiático_, y para que la cosa pasara, era necesario
engañarle... No, no; no se determinaba. El hecho era grave, y aquel
despilfarro rompería de un modo harto brusco las tradiciones de la
familia. Mas ¡era tan hermosa la manteleta...! Los parisienses la habían
hecho para ella... Se determinaba, ¿sí o no?
XI
Se determinó, sí, y para explicar la posesión de tan soberbia gala, tuvo
que apelar al recursillo, un tanto gastado ya, de la munificencia de Su
Majestad. Aquí de las casualidades. Hallábase Rosalía en la Cámara Real
en el momento que destapaban unas cajas recién llegadas de París. La
Reina se probó un _canesú_ que le venía estrecho, un cuerpo que le
estaba ancho. La real modista, allí presente, hacía observaciones sobre
la manera de arreglar aquellas prendas. Luego, de una caja preciosa
forrada de cretona por dentro y por fuera... una tela que parecía
rasete... sacaron tres manteletas. Una de ellas le caía maravillosamente
a Su Majestad; las otras dos no. «Ponte esa, Rosaliíta... ¿Qué tal? Ni
pintada». En efecto, ni con medida estuviera mejor. «¡Qué bien, qué
bien!... A ver, vuélvete... ¿Sabes que me da no sé qué de quitártela?
No, no te la quites...». «Pero Señora, por amor de Dios...». «No,
déjala. Es tuya por derecho de conquista. ¡Es que tienes un cuerpo...!
Úsala en mi nombre, y no se hable más de ello». De esta manera
tan gallarda obsequiaba a sus amigas la graciosa soberana... Faltó poco
para que a mi buen Thiers se le saltaran las lágrimas oyendo el bien
contado relato.
Si no estoy equivocado, la deglución de esta gran bola por el ancho
tragadero de D. Francisco acaeció en Abril. Tranquila descansaba Rosalía
en la idea de lo remoto del pago, creyendo poder reunir la suma en un
par de meses, cuando allá por los primeros días de Mayo... ¡zas!, la
cuenta. Por entonces fue el casamiento de la Infanta Isabel, y estaba la
Pipaón muy entretenida, sin acordarse de su compromiso ni de la cuenta
de Sobrino. Quedose yerta al recibirla, y miraba con alelados ojos el
papel sin acertar a salir del paso con una respuesta u observación
cualquiera, porque pensar que saldría con dinero era pensar lo
imposible... Nunca se había visto en trance igual, porque Bringas tenía
por sistema no comprar nada sin el _dinero por delante_. Al fin,
tartamudeando, dijo al condenado hombre de la cuenta que ella pasaría a
pagarla «mañana... no, al otro día; en fin, un día de estos».
Por fortuna, Bringas no estaba en casa. Dos o tres días vivió Rosalía en
grande incertidumbre. Cada vez que sonaba la campanilla, parecíale que
llegaba otra vez el dichoso hombre aquel con el antipático papelito...
¡Si Bringas se enteraba...! Pensando esto, su zozobra era verdadero
terror, y empezó a discurrir el modo de salir del paso. Pocos
días antes había tenido casi la mitad del dinero; pero confiada en que
no la pasarían la cuenta, habíalo gastado en cosillas para los niños. No
le gustaba componerse ella sola, sino que tenía vanidad en emperejilar
bien a sus hijos para que alternaran dignamente con los niños de otras
familias de la ciudad. En estos pitos y flautas, a saber, unos
cuellitos, un arreglo de sombrero, medias azules, guantes encarnados,
una gorra de marino que decía en letras de otro _Numancia_, y dos
cinturones de cuero se lo habían ido la semana anterior más de
seiscientos reales, los cuales no hubieran podido reunirse en su
bolsillo sin sustituir, durante larga temporada, el principio de falda
de ternera por un plato de sesos altos, que se ponían un día sí y otro
no, alternando con tortilla de escabeche.
El arqueo de su caja no arrojó más de ciento doce reales, y en la tienda
había una trampita de que Bringas no tenía noticia. ¿Qué hacer, Señor?
Era preciso buscar dinero a todo trance. ¿Pero dónde, cómo? Hizo
discretas insinuaciones a Milagros, pero la marquesa estaba afectada
aquel día de una sordera intelectual tan persistente que no comprendió
nada. Las distracciones e incongruencias de la de Tellería podían
traducirse así: «querida amiga, llame usted a otra puerta». ¿A qué
puerta?, ¿a la de Cándida? Intentolo Rosalía, hallando en la ilustre
viuda los mejores deseos; pero daba la maldita casualidad de
que su administrador no le había traído aún la recaudación de las
casas... Luego se había metido en unos gastos de reparaciones... En fin,
que no había salvación por aquella parte. Al cabo la Providencia deparó
a Rosalía el suspirado auxilio por mediación de aquel Gonzalo Torres,
amigo constante de la familia, el cual les visitaba tan a menudo en
Palacio como en la casa de la Costanilla.
Solía manejar Torres dineros ajenos, y a veces tenía en su poder
cantidades no pequeñas, de las cuales sacaba algún beneficio durante la
breve posesión de ellas. Aprovechando la ausencia de su marido,
declarole Rosalía con tanto énfasis como sinceridad su apuro, y el bueno
de Gonzalo la tranquilizó al momento. ¡Qué pronto volvieron las rosas,
para hablar a lo poético, al demudado rostro de la dama!... Felizmente,
Torres tenía en su poder una cantidad que era de Mompous y Bruil; pero
sin cuidado ninguno podía dilatar la entrega un mes. Si la de Bringas se
comprometía a devolverla los mil y setecientos reales en el plazo de
treinta días, ningún inconveniente había en facilitárselos. Al
contrario, él tenía muchísimo gusto... ¡Un mes!, ¡qué dicha! Ni tanto
tiempo necesitaba ella para reunir la cantidad, bien exprimiendo con
implacables ahorros el presupuesto ordinario, bien vendiendo algunas
prendas que ya habían pasado de moda... ¡Ah!, cuidadito...
secreto absoluto con Bringas...
Segura ya de poder cumplir con _Sobrino Hermanos_, se descargaba su
conciencia de un peso horrible. Ya no le cortaría la respiración el
miedo de que apareciese el funesto cobrador de la tienda cuando Bringas
estaba en la casa. Recobró el apetito que había perdido, y sus nervios
se tranquilizaron. Es que, la verdad, hallábase por aquellos días bajo
la acción de un trastorno espasmódico que simulaba una desazón grave, y
le costó trabajo impedir que su marido llamara al médico de _Familia_.
Se estaba poniendo el mantón para ir a pagar (pues Torres le trajo el
dinero aquella misma tarde), cuando entró Milagros. ¡Qué guapa venía y
qué elegante!... «Mire usted... he tomado esta cinta azul para el
_canesú_. Es de un tono muy nuevo y con un tornasol verde que... ¿ve
usted como cambia?... Descansaré un momento y luego saldremos juntas.
Traigo mi coche... ¡Ah! ¡Si viera usted que sombreros tan preciosos han
recibido las _Toscanas_! Hay uno que es para modelo, divino,
originalísimo, sobrenatural. Figúrese usted... un _Florián_ de paja de
Italia, adornado de flores del campo y terciopelo negro... Aquí, a un
ladito, tiene una _aigrette_ con pie negro colocada así, así... Por
detrás velo negro que cae sobre la espalda... Pero piden por él un ojo
de la cara».
ROSALÍA.--=(sintiendo un bulle-bulle en su cabeza y representándose, con
admirable poder de alucinación, el conjunto y las partes todas del bien
descrito sombrero.)= Aunque no lo hemos de comprar, pasaremos por allí
para verlo.
Salieron juntas y entraron en el coche, que esperaba en la puerta del
Príncipe. Milagros charlaba sin fatiga. Ocupose de las cosas que había
visto, de las telas para verano que habían llegado a la tienda de
_Sobrino Hermanos_ y de las obras que proyectaba, en orden de
vestimenta, contando con los no muy abundantes recursos a que la tenía
reducida su marido. Repentinamente acordose de que debía pagar la
compostura y reforma de un alfiler en casa del diamantista... ¡Qué
diablura!, se le había olvidado el portamonedas, y en aquella casa ni le
daban crédito ni quería solicitarlo, por cierta cuestión desabrida que
tuvo en otro tiempo con el dueño de ella... No había que apurarse por
tan poca cosa. Rosalía llevaba dinero. «¡Ah!, bueno... es lo mismo. Se
lo daré a usted mañana o pasado... En fin, cuando nos veamos».
Por un instante quedose perpleja y desconcertada la señora del buen
Thiers, no sabiendo si arrepentirse del ofrecimiento que había hecho, o
si congratularse del servicio que gallardamente prestaba a su amiga.
Pero el alma humana es manantial inagotable de remedios para sus propios
males, y la turbación de Rosalía curose con un raciocinio que
en su mollera brotó muy oportunamente, el cual hubo de desenvolverse
así: «Pago la mitad de la cuenta a _Sobrino_, asegurándole que la otra
mitad será sin falta el mes que viene. Doy a Milagros los treinta duros
que necesita ¡la pobre!, y aún me queda algo para el pedazo de
_foulard_, para las dos o tres plumas del sombrero de Isabelita y los
botones de nácar. La verdad, no me puedo pasar sin ellos». Todo se
cumplió al pie de la letra, conforme al programa de aquel raciocinio
nacido en el zarandeo de un coche, corriendo de tienda en tienda, bajo
la acción intoxicante de una embriaguez de trapos.
XII
D. Francisco, absorto en el interés de su obra, no se apartaba ni un
punto de ella, aprovechando todo el tiempo que le dejaba libre su
descansado empleo. Con mal acuerdo había suprimido el pasear por las
tardes, costumbre en él antigua; y su amigo D. Manuel María José Pez,
viéndose privado de quien le hacía pareja en aquella hora de
higiénico solaz, se iba tan campante a Palacio para no perder la
costumbre de la compañía Bringuística.
El trayecto desde el Ministerio a Palacio, la nada corta escalera de
Damas eran campo suficiente de un saludable ejercicio; y si además salía
con D. Francisco o su mujer a dar cuatro vueltas por la magnífica
terraza que rodea el patio grande, ya tenía asegurado un mediano apetito
para la hora de comer. Las amonestaciones más cariñosas eran siempre
ineficaces para apartar a Bringas de su faena mientras duraba la luz
solar. Ni que le rogaran, ni que le reprendieran, ni que le augurasen
mareos, cefalalgia o ceguera, se conseguía que parase en la febril
aunque ordenada marcha de su trabajo. Pez charlaba con él algunos ratos
de los sucesos políticos; pero comúnmente iba con Rosalía a dar una
vuelta por la terraza. Aquel paseo era sosegado y gratísimo, porque la
cavidad del edificio defiende a la terraza de los embates del aire, sin
perjuicio de la ventilación. El más puro y rico aire de la sierra es
para Palacio y para su ciudad doméstica, situada lejos del espeso
aliento de la Villa y en altura tal que ni las palomas y gorriones gozan
de atmósfera más sana y más prontamente renovada. El paseo por sitio tan
monumental halagaba la fantasía de la dama, trayéndole reminiscencias de
aquellos fondos arquitectónicos que Rubens, Veronés, Vanlóo
otros pintores ponen en sus cuadros, con lo que magnifican las figuras y
les dan un aire muy aristocrático. Pez y Rosalía se suponían destacados
elegantemente sobre aquel fondo de balaustradas, molduras, archivoltas y
jarrones, suposición que, sin pensarlo, les compelía a armonizar su
apostura y aun su paso con la majestad de la escena.
Era este Pez el hombre más correcto que se podía ver, modelo excelente
del empleado que llaman _alto_ porque le toca ración grande en el
repartimiento de limosnas que hace el Estado; hombre que en su persona y
estilo llevaba como simbolizadas la soberanía del gobierno y las
venerables muletillas de la administración. Era de trato muy amable y
cultísimo, de conversación insustancial y amena, capaz de hacer sobre
cualquier asunto, por extraño que fuese a su entender oficinesco, una
observación paradójica. Había pasado toda su vida al retortero de los
hombres políticos, y tenía conocimientos prolijos de la historia
contemporánea, que en sus labios componíase de un sin fin de anécdotas
personales. Poseía la erudición de los chascarrillos políticos, y
manejaba el caudal de frases parlamentarias con pasmosa facilidad. Bajo
este follaje se escondía un árido descreimiento, el ateísmo de los
principios y la fe de los hechos consumados, achaque muy común en los
que se han criado a los pechos de la política española,
gobernada por el acaso. Hombre curtido por dentro y por fuera, incapaz
de entusiasmo por nada, revelaba Pez en su cara un reposo semejante,
aunque parezca extraño, al de los santos que gozan la bienaventuranza
eterna. Sí, el rostro de Pez decía: «He llegado a la plenitud de los
tiempos cómodos. Estoy en mi centro». Era la cara del que se ha
propuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que es
lo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para él la
administración era una tapadera de fórmulas baldías, creada para
encubrir el sistema práctico del favor personal, cuya clave está en el
cohecho y las recomendaciones. Nadie sabía servir a los amigos con tanta
eficacia como Pez, de donde le vino la opinión de _buena persona_. Nadie
como él sabía agradar a todos, y aun entre los revolucionarios tenía
muchos devotos.
Su carácter salía sin estorbo a su cara simpática, sin arrugas,
admirablemente conservada, como ciertas caras inglesas curtidas por el
aire libre y el ejercicio. Eran cincuenta años que parecían poco más de
cuarenta; medio siglo decorado con patillas y bigote de oro oscuro con
ligera mezcla de plata, limpios, relucientes, declarando en su brillo
que se les consagraba un buen ratito en el tocador. Sus ojos eran
españoles netos, de una serenidad y dulzura tales, que recordaban los
que Murillo supo pintar interpretando a San José. Si Pez no se afeitara
el mentón y en vez de levita llevara túnica y vara, sería la
imagen viva del santo Patriarca, tal como nos le han trasmitido los
pintores. Aquellos ojos decían a todo el que los miraba: «Soy la
expresión de esa España dormida, beatífica, que se goza en ser juguete
de los sucesos y en nada se mete con tal que la dejen comer tranquila;
que no anda, que nada espera y vive de la ilusión del presente mirando
al cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo el que
la quiero mandar, venga de donde viniere, y profesa el socialismo manso;
que no entiende de ideas, ni de acción, ni de nada que no sea soñar y
digerir».
Vestía este caballero casi casi como un figurín. Daba gozo ver su
extraordinaria pulcritud. Su ropa tenía la virtud de no ajarse ni
empolvarse nunca y le caía sobre el cuerpo como pintada. Mañana y tarde,
Pez vestía de la misma manera, con levita cerrada de paño, pantalón que
parecía estrenado el mismo día y chistera reluciente, sin que este
esmero pareciese afectado ni revelara esfuerzo o molestia en él. Así
como en los grandes estilistas la excesiva lima parece naturalidad
fácil, en él la corrección era como un desgaire bien aprendido. Llevaba
a todas partes el empaque de la oficina, y creeríase que levita,
pantalón y sombrero eran parte integrante de la oficina misma, de la
Dirección, de la Administración, como en otro orden lo eran los
volantes con membrete, el retrato de la Reina, los sillones forrados de
terciopelo y los legajos atados con cintas rojas.
Cuando hablaba, se le oía con gusto, y él gustaba también de oírse,
porque recorría con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprender
el efecto que en ellos producía. Su lenguaje habíase adaptado al estilo
político creado entre nosotros por la prensa y la tribuna. Nutrido aquel
ingenio en las propias fuentes de la amplificación, no acertaba a
expresar ningún concepto en términos justos y precisos, sino que los
daba siempre por triplicado.
Va de ejemplo.
THIERS.--=(sin apartar la vista de su obra.)=¿Qué hay de destierro de
generales?
PEZ.--Al punto a que han llegado las cosas, amigo D. Francisco, es
imposible, es muy difícil, es arriesgadísimo aventurar juicio alguno. La
revolución de que tanto nos hemos reído, de que tanto nos hemos burlado,
de que tanto nos hemos mofado, va avanzando, va minando, va labrando su
camino, y lo único que debemos desear, lo único que debemos pedir, es
que no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera lucha, verdadera
guerra a muerte entre esa misma revolución y las instituciones, entre
las nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y la
persona de Su Majestad.
XIII
Pez y Rosalía, como he dicho, salían a dar vueltas por la terraza. La
ninfa de Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San José, de levita
y sin vara de azucenas, se sublimaban sobre aquel fondo arquitectónico
de piedra blanca que parece tosco marfil. Ella arrastraba la cola de su
elegante bata por las limpias baldosas unidas con asfalto, y él, con la
mano izquierda en el bolsillo del pantalón, recogido el borde de la
levita, accionaba levemente con la derecha, empuñando un junco por la
mitad. A veces los ruidos del patio atraían la atención de ambos y se
asomaban a la balaustrada. Era el coche de las infantitas, que iban de
paseo, o el del ministro de Estado que entraba. Deteníanse a ratos
delante de los cristales de la habitación de doña Tula, porque desde
dentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos. Ya
se paraban a hablar con doña Antonia, la guardarropa, que corría las
persianas y regaba sus tiestos; ya se les unía alguna distinguida
persona de la vecindad, la señora del secretario del Rey, la hermana
del mayordomo segundo, el inspector general con su hija, y paseaban
juntos conversando frívolamente. Cuando estaban enteramente solos, el
digno funcionario solía confiar a Rosalía sus disgustos domésticos, que
últimamente habían llegado a turbar la venturosa serenidad de su
carácter.
¡Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La señora de Pez, por
nombre Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se ha
dicho en otra historia que descendía del frondoso árbol pipaónico), se
había entregado a la devoción. La que en otro tiempo fue la misma
dulzura, habíase vuelto arisca e intratable. Todo la enfadaba y estaba
siempre riñendo. Con tantos alardes de perfección moral y aquella
monomanía de prácticas religiosas, no se podían sufrir sus rasgos de
genio endemoniado, su fiscalización inquisitorial ni menos sus ásperas
censuras de las acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su marido
cambiasen una sola palabra. Era la casa como un club por el disputar
constante y las reyertas fundadas en cualquier bobería. «Si la batalla
fuera exclusivamente entre ella y yo,--decía Pez--, lo llevaría con
paciencia--pero de poco tiempo acá intervienen con calor nuestros
hijos». Las pobres niñas no se mostraban deseosas de seguir a su mamá
por aquel camino de salvación... Naturalmente, eran jóvenes y
gustaban de ir al teatro y frecuentar la sociedad. ¡Qué escándalos, qué
sofocos, qué lloriqueos por esta incompatibilidad del solaz mundano y de
los deberes religiosos! No pasaba día sin que hubiese alguna tremolina y
también síncopes, por los cuales era preciso llamar al médico y traer
estas y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordar
voluntades; pero no conseguía nada. En último caso, siempre se inclinaba
del lado de las pobres chicas, porque le mortificaba verlas rezando más
de la cuenta y haciendo estúpidas penitencias. Si ellas eran muy
cristianas y católicas, ¿a qué conducía el volverlas santas y mártires a
quemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el freno
religioso para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre había
defendido la Religión y le parecía muy bien que los gobiernos la
protegieran, persiguiendo a los difamadores de ella. Llegaba hasta
admitir, como indispensable en el régimen político de su tiempo, la
mojigatería del Estado, pero la mojigatería privada le reventaba.
Lo más grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. El
pequeño no podía librarse aún de la tutela materna, y estaba todo el día
en la iglesia con su librito en la mano. Pero Joaquín, que ya tenía
veintidós años, abogado, filósofo, economista, literato, revistero,
historiógrafo, poeta, teogonista, ateneísta, ¿cómo se podía
someter a confesar y comulgar todos los domingos? Federico también era
muy precoz y hacía articulejos sobre el _Majabarata_. El trueno gordo
estallaba cuando uno u otro decían algo que a su mamá le parecía
sacrilegio. ¡Cristo la que se armaba! Un día, comiendo, tiró Carolina
del mantel, rompió los platos, derramó el contenido de ellos y la sal y
el vino, y se encerró en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. A
las pobrecitas Rosa y Josefa que hasta el Otoño anterior habían vestido
de corto, las obligaba a confesar todos los meses. ¡Inocentes!, ¿qué
pecados podían tener, si ni siquiera tenían novio?
Lo peor era que la displicente señora echaba a Pez la culpa de la
irreligiosidad de la prole. Sí, él era un ateo enmascarado, un herejote,
un racionalista, pues se contentaba con oír misa sólo los domingos, casi
desde la puerta, charlando de política con D. Francisco Cucúrbitas.
Creía que con hacer una genuflexión cuando alzaban, arrodillarse sobre
el pañuelo y garabatearse en el pecho y la frente la señal de la cruz,
bastaba. Para eso valía más ser protestante. En todo el tiempo que
llevaba de casada no le había visto acercarse ni una sola vez al
tribunal de la penitencia. Sus devociones habían sido puramente
decorativas, como llevar hacha en una procesión o sentarse en los bancos
de preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin, con
estas tonterías de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sino
sofocado y aburridísimo. Bien sabía él quién había metido a Carolina en
este fregado del misticismo, y no era obra que su prima Serafinita de
Lantigua, que gozaba opinión de santa. Hablando en plata, la tal prima
era una calamidad. En la iglesia veíanse diariamente a las seis de la
mañana Carolina y Serafinita, y allí se despachaban a su gusto. En casa,
la señora de Pez, cambiando a veces el estilo conminatorio por el
comparativo, ponía por modelo a sus hijos la virtud de Luisito Sudre, el
de Tellería, que era un santo en leche, y ya se daba zurriagazos en sus
rosadas carnes. Al pobre Pez le decía constantemente que se mirase en el
espejo de D. Juan de Lantigua, el gran católico, el gran letrado y
escritor, tan piadoso en la teoría como en la práctica, pues no hacía
nada contrario al dogma; ni su cristiandad era de fórmula, sino sincera
y real; hombre valiente y recto, que no se avergonzaba de cumplir con la
Iglesia y de estarse tres horas de rodillas al lado de las beatas. No
era como Pez, como toda la caterva moderada, que hace de la religión una
escalera para subir a los altos puestos; no era como esos hombres que se
enriquecen con los bienes del Clero y luego predican el Catolicismo en
el Congreso para engañar a los bobos; como esos hombres que llevan a
Cristo en los labios y a Luzbel en el corazón, y que creen que dando
algunos cuartitos para el Papa ya han cumplido. ¡Farsa,
comedia, abominación!
En fin, D. Manuel había tomado en aborrecimiento su domicilio, y estaba
en él lo menos posible. La tranquilidad no existía para él más que en la
oficina, donde no hacía más que fumar y recibir a los amigos, y en casa
de alguno de estos, como Bringas, por ejemplo. ¡Oh!, ¡cuánto envidiaba
la paz del hogar de D. Francisco y aquella dulce armonía entre los
caracteres de uno y otro cónyuge! Él había sido feliz en sus tiempos;
pero ya no. _Et in Arcadia ego._ Era un paria, un desterrado, y pedía
por favor que le tuvieran cariño y aun que le mimaran, para consolarse
de la tormentosa vida que llevaba en su casa.
Contaba Pez estas cosas a Rosalía con gran vehemencia, y ella le oía con
interés vivísimo y con lástima. Charlando, charlando, apenas sentían el
correr de las horas, y cuando del hondo patio salía la sombra lenta,
mezclada de un fresquecillo húmedo; cuando la luz solar se dilataba en
las alturas y empezaban a clavetear el cielo las pálidas estrellas, D.
Francisco, dejando los laboriosos pelos, aparecía frotándose los ojos, y
tomaba parte en la conversación.
XIV
Desde que el primo Agustín emigró a Burdeos, los de Bringas no iban al
teatro sino de tarde en tarde, ocupando localidades de amigos enfermos o
de aquellos que se aburrían de la repetición excesiva de una pieza
dramática. No recuerdo si eran los lunes o los martes cuando Milagros
hacía la gracia de _quedarse en casa_. D. Francisco iba a estas
reuniones con su mujer; pero últimamente se sentía tan fatigado que
Rosalía tuvo que ir sola con Paquito. En Mayo, la proximidad de los
exámenes obligaba al discreto joven a no desamparar sus estudios, y
entonces acompañaba a su mamá hasta el portal de la casa de Tellería,
volviéndose a la suya y a la fatiga de sus libros. Pez era el encargado
de llevar a la señora de Bringas al domicilio conyugal a las doce o la
una de la noche, y por el camino, que desde el primer trozo de la calle
de Atocha a Palacio no es muy largo, rara vez dejaba D. Manuel de
entonar la jeremiada de sus disturbios domésticos. Cada noche relataba
episodios más lastimosos, y conseguía mover borrascas de
compasión en el pecho de Rosalía.
Cuando esta llegaba a su vivienda, ya don Francisco, fatigadas vista y
cabeza por haber leído dos o tres periódicos después del trabajo del
cenotafio, se había metido en la cama y dormitaba tosiendo unos ratos y
roncando otros. Después de dar una vuelta por el cuarto de los niños
para ver si estaban desabrigados o si Isabelita tenía pesadilla, Rosalía
charlaba un poco con su marido, mientras iba soltando una por una sus
galas, sus faldas y aquella máquina del corsé donde su carne,
prisionera, reclamaba con muy visibles modos la libertad. Aunque tenía
mucho gusto en ir a las tertulias de Milagros, la rutina de adular a su
marido inspirábale conceptos algo contrarios a la verdad; pero bien se
lo pueden perdonar en gracia de los juicios maravillosamente exactos que
hacía sobre cosas y personas observadas por ella en los salones de
Tellería.
«Hijito, si tú no vuelves, yo no voy más allá. Me fastidia la tertulia
de Milagros lo que no puedes figurarte... Aquello no es para mí. ¡Se ven
unas cosas...! ¡Por cierto que me reí más...! La pobre Milagros, como
tiene tanta confianza conmigo, todo me lo cuenta y sé sus apuros como si
los pasara yo misma. Es una sofocación, y yo no sé cómo esa mujer tiene
alma para recibir gente sin poseer medios para nada. Esta noche
no ha dado más que cuatro melindres, cuatro porquerías... ¡qué
vergüenza! Figúrate lo que saldrán diciendo los gorrones que no van a
esas casas más que para que les den de cenar... En mi vida he visto
mujer de más pecho. Habían dado las siete y aún no sabía como arreglar
el _buffet_. Mandó a la confitería... es para morirse de risa... y no
quisieron fiarle veinte libras de pastas. No sé de dónde sacó aquel
jamón en dulce que era todo recortes y sobras, ni aquella cabeza de
jabalí que olía a desperdicios... En fin, un asco... Tenía buenos vinos,
eso sí... Vete a saber de dónde los ha sacado, y quién es el incauto que
se los dio... Estaba la pobre apuradísima; pero ¡cómo lo disimulaba...!
No creas, tan campante, sonriendo a todo el mundo; y cuando iba para
dentro se trasformaba y parecía un capitán de barco mandando la maniobra
en caso de naufragio. _(Indignándose.)_ ¡Ah!, ese badulaque, ese
zanganote del marqués tiene la culpa. Está empeñado hasta los ojos, y el
día en que los acreedores se echen encima, no tendrá camisa que ponerse.
La pobre Milagros es muy buena, es un alma de Dios; pero hay que
reconocer que es muy gastadora. Si le ponen mil duros en la mano, se los
gasta en un día como si fueran cien reales. Yo le doy consejos, lo
predico, le trazo un plan, un método; pero ¡quia!, es inútil. A veces
parece reformada; pero sale, pasa por una tienda, ve cualquier
trapo, y _adiós mi dinero_... pierde el seso, le entra la fiebre... Yo
le digo, cuando la veo comprar: «Ya se le saltó a usted un tornillo de
la cabeza...» ¡Y si vieras...! Los hijos dan lástima. Esta noche entré
en el cuarto de Leopoldito, y te digo que parece un biombo de una
zapatería de portal; la pared llena de mamarrachos pegados con obleas,
escenas de toros, caricaturas de periódicos... en fin, indecentísimo, y
cada cosa por su lado, todo revuelto; mucho olor de potingue de botica,
porque el chico es una laceria; noveluchas de a peseta en vez de libros
de estudio; látigos y bastones en tal número que habría para poner
tienda de ello; la cama deshecha, porque se había levantado a las seis
de la tarde... Por allí andaba cojeando, con las botas rotas, pidiendo
de comer y atisbando los dulces y fiambres que traían, para abalanzarse
a ellos como un hambriento... Gustavo ya es otra cosa. ¡Qué formalito y
qué bien educado! Allí andaba discutiendo con los hombres y echando
mucha palabra retumbante... Se me figura un muñeco de Scropp con su
fraquito sietemesino, y cuando habla, lo mismo que cuando anda, parece
que le han dado cuerda con una llave... María es la que se está poniendo
hermosísima. La marquesa no la presenta aún para que no la envejezca, y
da dolor ver aquella mujercita tan desarrollada ya... no creas, tiene
más delantera que su mamá... da dolor verla metida allá dentro
jugando con las muñecas, enredando con las criadas o copiando temas del
francés. Bastante tenía que hacer la pobre esta noche con vigilar al
hermanito para que no metiese sus manos sucias en todo y no sobase los
dulces y no lamiera los helados... Yo tomé una yema que apestaba a
aceite de hígado de bacalao, y de fijo anduvieron por allí los dedos de
Leopoldito.
»_(Indignada otra vez.)_ Pero el marqués... ¡vaya un apunte! Quien le
oye y no le conoce, cree que es el hombre más juicioso del mundo. No
habla más que del Senado y de las cosas que ha dicho o va a decir allí.
¡Qué pico de oro! Él arreglaría todos los asuntos de España si le
dejaran... Pero como no le dejan, eso se pierde el país. Según dice, las
comisiones le absorben todo el tiempo... Dictamen acá, dictamen allá...
Me ha dicho Milagros que de algunos meses a esta parte se dedica a las
criadas, y que no puede entrar en la casa ninguna que no sea un espanto
de fea. En fin, que el marqués, bajo aquella capita de caballero, es una
sentina. A mí no me puede ver, porque le suelto cada indirecta... Es que
me da asco, y la pobre Milagros me causa mucha pena. ¡Pobre mujer, pobre
mártir! Figúrate que su _mariducho_, como ella dice, la tiene siempre a
la cuarta pregunta, y la infeliz pasa la pena negra para salir adelante
con el gasto de la casa. Así, no extraño que la pobrecita haya tenido
algunas distracciones... No soy yo quien lo dice; lo dicen
otros, y aunque lo repito en confianza, no significa esto que lo crea,
porque a saber si...».
D. Francisco, dormido ya profundamente, estaba tan distante de todas
aquellas miserias que su mujer contaba como lo está el Cielo de la
Tierra.
XV
No versaban todas las confidencias sobre el mismo tema; que la fértil
imaginación de Rosalía buscaba instintivamente la variedad en aquellas
nocturnas raciones de jarabe de pico con que arrullaba a su buen esposo.
Atenta a sostener siempre el papel que representaba y que desde algún
tiempo exigía de ella mucho esmero, por apartarse cada día más de la
expresión sincera de su carácter, mostrábase disgustada de cosas que en
realidad le producían más agrado que pena, _verbi gratia_:
«¡Ay, hijito!, yo creí que nuestro amigo Pez no acababa esta noche de
contarme sus trapisondas domésticas. De veras, le tengo lástima...
¡pero qué mareo de hombre y qué organillo de lamentaciones!
Carolina no tiene perdón de Dios, y bien podía enmendarse, al menos para
evitarnos las jaquecas que nos da su marido...».
D. Francisco se dormía antes que ella. A veces Rosalía estaba desvelada
e inquieta hasta muy tarde, envidiando el dulcísimo descanso de aquel
bendito, que reposaba sobre su conciencia blanda como un ángel sobre las
nubes de la Gloria. La ingeniosa dama no hallaba blanduras semejantes,
sino algo duro y con picos que la tenía en desasosiego toda la noche.
Porque su pasión del lujo la había llevado insensiblemente a un terreno
erizado de peligros, y tenía que ocultar las adquisiciones que hacía de
continuo por los medios más contrarios a la tradición económica de
Bringas. Tenía los cajones de la cómoda atestados de pedazos de tela,
estos cortados, aquellos por cortar. Enorme baúl mundo guardaba, con
sospechosa discreción, mil especies de arreos diversos, los unos
antiguos, retocados o nuevos los otros, todo a medio hacer, revelando la
súbita interrupción del trabajo por la presencia de testigos importunos.
Era preciso ocultar esto a la vigilancia fiscal de D. Francisco que en
todo se metía, que interpelaba hasta por un carrete de algodón no
presupuesto en su plan de gastos. Rosalía se desvelaba pensando en los
embustes que habían de servirle de descargo en caso de sorpresa. ¿Con
qué patrañas explicaría el crecimiento grande de la riqueza y
variedad de su guardarropa? Porque la muletilla de los regalos de la
Reina estaba ya muy gastada y no podía usarse más tiempo sin peligro.
Un día D. Francisco volvió de la oficina antes de lo que acostumbraba, y
sorprendió a Rosalía en lo más entretenido de su trabajo, funcionando en
el Camón, como si este fuera un taller de modista, y asistida de una
costurera que había llevado a casa. Más que taller parecía el Camón la
sucursal de _Sobrino Hermanos._
«¿Peeero mujer, qué es esto?»--dijo Thiers absorto, como quien ve cosas
sobrenaturales o mágicas y no da crédito a sus ojos.
Había allí como unas veinticuatro varas de _Mozambique_, del de a dos
pesetas vara, a cuadros, bonita y vaporosa tela que la Pipaón, en
sueños, veía todas las noches sobre sus carnes. La enorme tira de trapo
se arrastraba por la habitación, se encaramaba a las sillas, se colgaba
de los brazos del sofá y se extendía en el suelo para ser dividida en
pedazos por la tijera de la oficiala, que, de rodillas, consultaba con
patrones de papel antes de cortar. Tiras y recortes de _glasé_, de las
más extrañas secciones geométricas, cortados al _bies_, veíanse sobre el
baúl esperando la mano hábil que los combinase con el _Mozambique_.
Trozos de brillante raso de colores vivos eran los toques calientes, aún
no salidos de la paleta, que el bueno de Bringas vio
diseminados por toda la pieza, entre mal enroscadas cintas y fragmentos
de encaje. Las dos mujeres no podían andar por allí sin que sus faldas
se enredaran en el _Mozambique_ y en unas veinte varas de _poplín_ azul
marino que se había caído de una silla y se entrelazaba con las tiras de
_foulard_. De aquel bonito desorden salía ese olor especialísimo de
tienda de ropas, que es un resto de los olores del tinte fabril,
mezclado con los del papel y la madera de los embalajes. Sobre el sofá,
media docena de figurines ostentaban en mentirosos colores esas damas
imposibles, delgadas como juncos, tiesas como palos, cuyos pies son del
tamaño de los dedos de la mano; damas que tienen por boca una oblea
encarnada, que parecen vestidas de papel y se miran unas a otras con
fisonomía de imbecilidad.
Al verse cogida _in fraganti_, el primer impulso de Rosalía fue recoger
todo; pero le faltó tiempo, y el pavor mismo sugiriole una pronta
salida, rasgo genial de aquel sutilísimo entendimiento.
«Calla, hombre, por Dios--le dijo, pasándole el brazo por la espalda y
sacándole suavemente del Camón para que no se enterase la modista--. Es
que... yo creí que te lo había contado anoche. Esos vestidos son de
Milagros. Ayer, ¡si vieras!, tuvo la pobre una espantosa reyerta con ese
caribe del marqués. Que si él era el que gastaba, que si gastaba más
ella, que si tú, que si yo... Por poco hay una tragedia. Yo
estaba presente... y te digo que ya estaba pensando en mandar que
trajeran árnica... Milagros, que ahora no puede encargarle nada a
Eponina porque su marido no le pagaba las cuentas, compró las telas y
llevó a su casa una modista para hacerse un par de trajes de verano...
¿Qué cosa más natural? La pobre se arreglaba con veinticuatro varas de
_Mozambique_, a dos pesetas vara, y veintidós de _poplín_, a catorce...
Ya ves qué economía. Pues nada; entra aquel tagarote, que sin duda venía
de perder cientos de duros a una sota, y lo mismo fue ver las telas y la
modista, empieza a echar por aquella boca unas herejías... ¡Santo
Cristo! Yo me quedé... Nada: todo se le volvía pisotear la tela y dar
con el pie a los figurines, diciendo: ¡Brrr...!, qué sé yo. Que la pobre
Milagros le ha arruinado con sus pingajos. ¿Has visto qué borricadas?
Luego se quitó de cuentos, y cogiendo a la pobre modista por un brazo,
la plantó en la calle, sin darle tiempo a que se pusiera la mantilla.
¿Has visto qué pedazo de bárbaro?... Milagros se desmayó. Tuvimos que
aplicarle éter y qué sé yo qué más cosas... En fin, por sacarla de este
compromiso, he tenido que traerme a casa las telas y la modista para
hacer aquí la labor. Ella vendrá luego a dirigirla, porque yo,
francamente, entiendo poco de estas cosas tan historiadas y tan
recargaditas. Emilia, esa chica, es muy hábil y trabaja por poco
dinero... Es una infeliz sin pretensiones, pero le da palmetazo
al célebre Worth, no te creas...».
Con estas ingeniosidades, aquel buen cristiano se aplacó, y como al poco
rato vino la marquesa, se encerraron las tres en el Camón y estuvieron
picoteando todo el día, cortando, midiendo, probando, deshaciendo y
volviendo a probar, lo dicho por Rosalía resultó tan verosímil como la
verdad. Preocupábase, a todas estas, la dama de las insuperables
dificultades que sobrevendrían cuando estrenase aquellos vestidos, pues
en tal caso, y contra la evidencia, no valdrían los bien trabados
enredos que sabía imaginar. Se consolaba con la esperanza de un hecho
que sería solución muy fácil y segura. González Bravo había ofrecido a
D. Francisco un gobierno de provincia. Pez le instaba para que aceptase,
seguro de que se luciría y de que la provincia a quien le cayese un
gobernador tan honrado y respetable, habría de saltar de gozo. Pero a él
le repugnaba lo espinoso del cargo, y no quería abandonar su
tranquilidad y aquel vivir oscuro en que era tan feliz. Si al fin
aceptaba Bringas, se iría solo a su ínsula, y la desconsolada esposa se
quedaría en Madrid con libertad de estrenar cuantos vestidos quisiera.
Pero siendo lo más probable que el gran economista no aceptase, Rosalía
se calentaba los sesos discurriendo la salida de su compromiso, y al fin
halló una fórmula que, mucho antes de la ocasión de emplearla,
revolvía y ensayaba en su mente.
XVI
Ya ves, hijito--decía para sí un mes antes de que el hecho fuera real--,
lo que ha pasado... No te lo quise decir para que no te disgustaras,
porque al fin nuestra amiga es, y en casa se ha hecho este trabajo.
Emilia le exigió el pago adelantado... Pura terquedad. ¡De repente,
cañonazo!... Sobrino le pasó la cuenta. Ni a una cosa ni a otra pudo
atender la pobre Milagros... No tienes idea de las trapisondas... Ya te
contaré. En fin, que he tenido que quedarme con los vestidos por menos
de la tercera parte de su valor y me los he arreglado yo misma para no
gastar... Es regalado, es una verdadera ganga... Emilia se ha empeñado
en ello, y dice que le pague cuando yo quiera... Ya ves...
Bien preparada estaba la comedia para cuando llegase el caso de
representarla. Entre tanto, se trabajaba sin descanso en el Camón, con
asistencia de Milagros, que cada día llevaba una novedad, ideas
felices, la inspiración más reciente de su genio fecundísimo, _verbi
gratia_:
«Yo no puedo ser muy espléndida este verano. Verá usted cómo me arreglo.
En casa de _los Hijos de Rotondo_ me han dado unas veinticinco varas de
_Bareges_, muy arregladito... Me ha dicho la de San Salomó que el
_Bareges_ se llevará mucho este verano. Francamente, los Mozambiques me
apestan ya... Pues sí... arreglaré ese vestido con una sencillez
verdaderamente pastoril. Verá usted... tres volantes y adorno de sedas
delgadas. El volantito estrecho, guarnecido de encaje, y el _entredós_,
bordado, formando hombrera a lo _jockey_... Cinturón color lila cerrado
por delante con una escarapelita... ¿Sabe usted que aquel sombrero me
parece algo estrepitoso?... Tengo otro en proyecto. Verá usted. Con un
casquete que guardo del año pasado y las cintas aquellas de
terciopelo... No me faltan más que un _penacho_ y un _marabout_ de
novedad que le pondré al lado derecho, así...».
A principios de Mayo, Rosalía tuvo que sustraerse, no sin pena, a aquel
delicioso trabajo. El médico había ordenado que Isabelita fuera sacada a
paseo todas las mañanas. El tiempo estaba hermosísimo y convidaba a
gozar de la apacible amenidad del Retiro. Empezó la dama sus paseos
matutinos con Isabelita y el pequeñuelo, y desde el segundo día se les
agregó el señor de Pez, que padecía de rebeldes inapetencias.
Moreno Rubio le había prescrito que madrugara, que se pusiera entre
pecho y espalda un vaso grande de agua de la fuente Egipcia o de la
Salud, y que la paseara después por espacio de dos horas antes de la
hora del almuerzo.
¡Qué contentos iban los cuatro a lo Reservado, cuya entrada se les
franqueaba, por ser Rosalía _de la casa_! ¡Y cuánto gozaban los chicos
viendo la _casita del Pobre_, la del Contrabandista y la Persa, echando
migas, a los patitos de la casa del Pescador, subiendo a la carrera por
las espirales de la _Montaña_ artificial, que es en verdad, el colmo del
artificio! Todos aquellos regios caprichos, así como la Casa de Fieras,
declaran la época de Fernando VII, que si en política fue brutalidad, en
artes fue tontería pura.
Rosalía y D. Manuel, influidos favorablemente por la gala de la
vegetación, la frescura del aire y el picor del sol de Mayo, se
reverdecían, y a ratos casi eran tan chiquillos como los chiquillos, es
decir, que charlaban atolondradamente, y su andar no era siempre todo lo
mesurado que corresponde a personas graves, pues ya lo precipitaban, ya
lo contenían más de la cuenta, mientras los niños jugaban al escondite
entre las espesas matas. El vaso de agua, obrando maravillosamente sobre
la mucosa y todo el aparato digestivo del buen funcionario, producía
efectos maravillosos. Activadas sus funciones vitales, recobraba su
alegría y verbosidad ampulosa: los instintos galantes no se
quedaban atrás en aquella resurrección matutina. Parece mentira que un
vaso de agua produzca tales efectos. ¡Cuántas veces tenemos en la mano,
sin percatarnos de ello, el remedio de inveterados males!... La fácil
palabra de Pez, saltando de un concepto a otro, llegó al capítulo de las
lisonjas, que en aquel caso eran muy fundadas, y allí fue el ponderar la
frescura y gracia de la dama. ¡Qué bien le sentaba todo lo que se ponía,
y qué majestad en su porte! Pocas personas poseían como ella el arte de
vestirse y el secreto de hacer elegante cuanto usara... Estas bocanadas
de incienso ahogaban a Rosalía, quiero decir, que el depósito de la
vanidad (cierta vejiga que los fatuos tienen en el pecho) se le inflaba
extraordinariamente y apenas le permitía respirar. También a ella le
cosquilleaba en el interior el deseo de hacer algunas confidencias; pero
el respeto de su marido le ponía un freno. Por fin, tanto extremó Pez
los panegíricos de ella, que la indiscreción se sobrepuso a la
prudencia. Les vi varias veces cuando regresaban, ella cargada con un
ramo de lilas, el velo un poco echado atrás, cual si sacrificara la
compostura a la libertad de la vida campestre, el rostro algo encendido
por la agitación del paseo y la vehemencia del discurso; él cargado con
otro ramo suplementario, hecho un pollastro, con diez años quitados por
ensalmo de encima de su cuerpo; los niños, revoloteando ora
delante, ora detrás, ensuciándose de tierra y azotándose con varitas,
sacudiendo los árboles tiernos y saltando las acequias salidas de madre.
Rosalía hablaba; ¿pero quién, sino el mismo Pez, podría recoger sus
palabras, impregnadas de un cierto desconsuelo y melancolía dulce?
La pobrecita no podía lucir nada, porque su marido... Ante todo, no se
cansaría de repetir que era un ángel, un ser de perfección... Pero esto
no quitaba que fuera muy tacaño y que la tuviese sujeta a un mal traer,
deslucida y olvidada. Y no era ciertamente porque careciese de medios,
pues Bringas tenía sus ahorros, reunidos cuarto a cuarto. ¿Y para qué?
Para maldita la cosa, por el simple gusto de juntar monedas en un
cajoncillo y contarlas y remirarlas de vez en cuando... Sin duda aquel
hombre... que era muy bueno, eso sí, esposo sin pero y padre
excelente... no sabía colocar a su mujer en el rango que por su posición
correspondía a entrambos. Porque ella tenía que alternar con las
personas de más viso, con títulos y con la misma Reina; y Bringas, no
viendo las cosas más que con ojos de miseria, se empeñaba en reducirla
al vestidito de merino y a cuatro harapos anticuados y feos. ¡Oh!, lo
que ella sufría, lo que penaba para adecentarse era cosa increíble.
¡Sólo Dios y ella lo sabían!... Porque su marido llevaba cuenta y razón
de todo, y hasta el perejil que se gastaba en la cocina se
traducía en guarismos en su libro de apuntes... La pobre esposa, atenta
a la dignidad de su posición social, era un puro Newton, por las
matemáticas que tenía que revolver en su caletre para procurarse algún
sobrante del gasto de la casa y estirar las mezquinas cantidades que
Bringas le daba para vestirse. La cuitada se pelaba los dedos cosiendo y
arreglándose sus vestidos; y la minuciosidad de él en la cuenta y razón
era tan extremada, que se veía y se deseaba para poder filtrar un día
tres reales, otro dos y medio; y a veces nada podía hacer. La
continuidad de estas molestias constituía una vida de martirio, y no es
que quisiese tener lujo, no: mas juzgaba que su decoro y el contacto con
altas personas le imponían deberes ineludibles; creía que ella y los
niños no debían hacer mal papel en las casas a donde iban, ni le gustaba
que las amigas la mirasen de reojo y cuchichearan entre sí, observando
en ella una falda de taracea o una prenda cursi y anticuada... No
obstante, quería entrañablemente a su marido, porque fuera de aquello de
las miserias era un hombre completo, un ser de elección, bueno y
cariñoso, honrado como pocos o como ninguno, hombre que jamás había
tenido trapicheos ni tratado con mujerzuelas, ni puesto un duro a una
carta, y por fin, de genio tan pacífico, que como no le tocaran a sus
presupuestos, se hacía de él lo que se quería... Considerando
esto, la infeliz llevaba con paciencia lo otro, es decir, los apurillos
para vestirse, y se manejaba como podía para no desmerecer de su elevada
clase... De donde resultaba que ambos, el Sr. de Pez y la señora de
Bringas tenían respectivamente sus motivos de disentimiento conyugal, él
por causa de las furibundas santidades de su esposa, ella por las
sordideces de su marido; lo cual prueba que nadie encuentra completa
dicha en este mísero mundo, y que es rarísimo hallar dos caracteres en
completo acomodo y compenetración dentro de la jaula del matrimonio,
pues el diablo o la sociedad o Dios mismo desconciertan y cambian las
parejas para que todos rabien, y todos, cada cual en su jaula, hagan
méritos para la gloria eterna.
XVII
Cuando la conversación recayó en estas filosofías, iban saliendo por la
puerta de la Glorieta. Ya estaban descuajadas las famosas alamedas de
castaños de Indias, quitada la verja y puestos a la venta los terrenos,
operación que se llamó _rasgo_. Esta palabra fue muy funesta
para la Monarquía, árbol a quien no le valió ser más antiguo que los
castaños, porque también me le descuajaron e hicieron leña de él.
Al pasar del Retiro a las calles, los paseantes recobraban su
compostura. Iban delante los niños dándose las manos. Los mayores, a la
vista de la población regular, cesaban en aquellas confidencias que
parecían fruto sabroso de la amenidad campesina. Era como pasar de un
país libre a otro donde todo es correcto y reglamentario. En su casa,
cuando trabajaba en el Camón sola o con Emilia, la Bringas solía rumiar
las expansiones de la mañana, añadiéndoles conceptillos que no se
atrevían a traspasar las fronteras del pensamiento. Sin desatender los
trapos, la soñadora dama se iba por esos mundos, ejercitando el derecho
de revisión y rectificación de las cosas sociales, concedido en el reino
de la mente a todos los que se creen fuera de su lugar o mal apareados.
«Ese Pez sí que es un hombre. Al lado suyo sí que podría lucir cualquier
mujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrático porte. Pero
como todo anda trocado le tocó esa mula rezona de Carolina... ¡Todo al
revés! ¿Qué mujer de mérito no se empequeñece y anula al lado de este
poquita-cosa de Bringas, que no ve más que menudencias, y es incapaz de
hacer una brillante carrera y de calzarse una posición
ilustre?... Ya, ¿qué se puede esperar de un hombre que, cuando le
ofrecen un gobierno, en vez de saltar de gozo se pone a dar suspiros y a
decir: «más que el bastón me gustan mis herramientas?...» ¡Oh, Pez,
aquel sí que es hombre! Ya sé yo qué mujer le correspondería si las
cosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Para
tal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, señora de finísimos
modales, y que supiera honrar a su marido honrándose a sí propia; que
supiera darle lucimiento luciéndose ella misma; una dama que se creciera
cada día haciéndole crecer, porque el secreto de las brillantes carreras
de algunos hombres está en el talento de sus mujeres. Paquito decía ayer
que Napoleón no hubiera sido nada sin Josefina. Si en vez de esa beata
viviera al lado de Pez una dama que reuniera en sus salones lo más
selecto de la política, ya Pez sería ministro... De veras... ¡si yo
tuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacer
ministro a Bringas, un hombre que se pone de mal humor cuando hay que
dar agua con azucarillo a cualquiera que viene a casa; un hombre que
quiere que me vista de hábito y lleve a los niños con alpargatas. ¡Ah!,
roñoso, menguado, nunca serás nada... ¡Oh Pez!, si tuvieras por esposa a
la mujer que te corresponde, ¿cómo habías de consentir que saliera a la
calle hecha un adefesio para ponerte en ridículo?... Aprende tú, bobo,
de quien con cincuenta mil reales de sueldo vive con la
apariencia de doce mil duros de renta y paga veinticuatro mil reales de
casa. Y no es que tenga deudas, es que sabe agenciarse y saca partido de
su posición. Esto no lo sabrá nunca un poca-cosa, un pisa-hormigas que
me está predicando tres horas porque puse o no puse siete garbanzos más
en el cocido; esto no lo entiende quien no ve más allá de su sueldo
mezquino, y está temblando de que le den una cruz por no comprar las
insignias; quien no quiere ser gobernador de una provincia; quien se
opone a que el aguador me suba dos cubas más de agua, porque, según él,
con mojarse el palmito ya basta; quien sostiene que no necesito más que
diez y ocho varas de tela para un vestido, y me recomienda que adorne
los sombreros de los niños con cinta damascada de la que usan los
licenciados del ejército para colgarse el canuto; quien sostiene que el
pelo de cabra es más bonito que el gro, y llama cargazón a las capotas
sólo porque no son baratas; quien no me deja arreglar la bata con cintas
otomanas y se atrevió a proponerme que utilizara las cintas amarillas de
los mazos de cigarros del primo Agustín...».
Algunas tardes, cuando Pez y Rosalía no podían salir a la terraza a
causa del mal tiempo, los tres tertuliaban en Gasparini. Tenían que oír
los elogios que D. Manuel hacía de la estupenda obra de su amigo. De pie
junto a él, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón,
mascándose el bigote, dejaba caer miradas de crítico sobre el
maravilloso cristal tan poblado de pelos como humana cabeza, en algunas
partes cabelludo, en otras claro, en todas como recién afeitado, gomoso,
pegajoso, con brillo semejante al de las perfumadas pringues de tocador.
«Es una maravilla... ¡Qué manos!, ¡qué paciencia! Esta obra debiera ir a
un Museo».
Y para sí, mascando más fuerte y metiendo más la mano en el bolsillo:
«Vaya una mamarrachada... Es como salida de esa cabeza de corcho. Sólo
tú, grandísimo tonto, haces tales esperpentos, y sólo a mi mujer le
gustan... Sois el uno para el otro».
Retirose aquel día del trabajo D. Francisco más fatigado que nunca. Veía
los objetos dobles y tenía la cabeza tan mareada como si estuviese a
bordo de un buque. Pero él confiaba en que tal desazón sería pasajera, y
se felicitaba del adelanto y bonito efecto de la obra. El ángel estaba
completamente modelado ya con aquellos increíbles puntos de pelo. El
sauce protegía con sus llorosas ramas la tumba, y era lástima que no
hubiese cabellos verdes, pues si tal existiera la ilusión sería
completa. Al fondo nada le faltaba ya; era un modelo de perspectiva
melancólica, hasta tal punto, que sólo quien tuviese corazón de peña
podía verlo sin sentir gana de hacer pucheros. Faltaban aún las flores
del piso y todo el primer término, donde Bringas discurrió a
última hora poner unas columnas rotas y caídas, así como de templo en
ruinas, con lo cual la idea de la desolación era representada del modo
más perfecto.
A principios de Junio vimos parte de este trabajo concluido; pero aún
restaban varias cosillas, girasoles chiquitos, pensamientos grandes,
amén de unas cuantas mariposas sentimentales de negras alas, posadas
aquí y allí, libando el dulce _macassar_ en los cálices de aquella flora
piliforme. Por los mismos días ocurrieron sucesos a los cuales el digno
artista era completamente extraño; mas por este motivo mismo no deben
ser aquí olvidados. Y fue que cuando se aproximaba el día señalado para
devolver a Torres su dinero, estaba Rosalía tan cabizbaja, que se podría
creer, viéndola, que le habían robado algo o inferido alguna descomunal
ofensa. Cálculos y más cálculos hizo, desbaratándose el seso, sin llegar
a la solución del temido problema, y los números negábanse a
complacerla, dándole la cifra que necesitaba... ¡Qué idea! ¿Acudiría al
Sr. de Pez? ¡Oh!, si llamara a esta puerta seguramente sería oída, pero
no se atrevía. Además, D. Manuel se marchaba a la sazón para los baños
de Archena, (pues sin un par de carenas anuales era hombre perdido), y
no volvería hasta el 20. El 12 se presentó Torres con sus ojos de huevos
duros impregnados de una dulzura atónita. Era la imagen de la
amabilidad, en el supuesto de que le están dando garrote. Su sonreír
empalagoso hizo a Rosalía el efecto de un fluido miasmático que se
filtraba en ella y la ponía enferma. ¡Y cuán impertinente su nariz
chica, y cuán cargante la maña de resobarse la barba, como si quisiera
extraer de ella alguna sustancia! Aquel hombre guapín, que siempre fue a
Rosalía indiferente, pareciole entonces un bonito verdugo que se le
presentaba con la cuerda y la hopa.
XVIII
¡Y que no venía poco apremiante el tal!... ¡Vaya un apunte! Para el día
14 sin falta necesitaba _eso_. Pero sin que pudiera retrasarse ni un
día, ni una hora, porque su honor estaba comprometido en casa de
Mompous, y en caso de que Rosalía no pudiera cumplir, se vería precisado
a pedir el dinero a D. Francisco.
«Por Dios... no diga usted tal disparate. ¡Jesús!... Usted se ha vuelto
loco-tartamudeó la de Bringas con temblor y sobresalto».
Volvió a echar sus cuentas por centésima vez. Ni aun vendiendo cosas que
no deseaba vender, podría reunir la suma. La prendera le había traído
algunas cantidades; pero parte de ellas las había gastado mi buena
señora en comprar cuatro fruslerías para componer a sus niños. ¡Si
Milagros le hubiera devuelto aquellos seiscientos reales que le anticipó
para pagar al joyero...! Pues sí, era preciso que se los devolviera. Se
los pediría terminantemente. Si por arte del Demonio, o más bien por
milagro de Su Divina Majestad, tuviera Cándida algún dinero...! Cándida
le debía cinco duros que Rosalía le prestó para dar la vuelta de un
billete de cien escudos. También aquellos extraviados reales debían
volver al redil. Haciendo propósitos de energía, fue a ver a la
marquesa. ¡Casualidad funesta! La marquesa estaba en una función
religiosa, que costeaba con otras señoras. Era una Novena dedicada a no
sé qué santo titular, con Manifiesto, Estación, Rosario, Sermón, Novena,
Gozos del Santo, _Santo Dios_ y Reserva. Acudió allá Rosalía, deseosa de
ver a su amiga aquella misma tarde. La calle estaba llena de coches
elegantes. En la iglesia, hecha un ascua de oro, con cortinas de
terciopelo del barato, cenefas de papel dorado, candilejas mil, enormes
ramilletes de trapo y unos pabellones que parecían de teatro de tercer
orden, había tal concurrencia, que era muy difícil penetrar en
ella. Rosalía logró abrirse camino por entre el elegante gentío; pero no
pudo llegar hasta donde estaba la marquesa, que se había encaramado en
el presbiterio, cerca de los curas. Pasó tiempo, mucho tiempo, durante
el cual Rosalía oyó medio sermón patético, aflautado, un guisote de
lugares comunes con salsa de gestos de teatro; oyó cantorrios más o
menos gangosos, y por último se hizo tan tarde, pero tan tarde, que
desesperando ver el fin de la dilatada función, tuvo que marcharse sin
hablar con Milagros. La pobre señora era una mártir de los insufribles
métodos de su marido, y no podía retrasar su vuelta a la casa, porque si
la comida no estaba puesta en la mesa a la hora precisa, D. Francisco
bufaba y decía cosas muy desagradables, como por ejemplo: «Hijita, me
tienes muerto de debilidad. Otra vez avisa, y comeremos solos».
La noche la pasó muy intranquila, y al día siguiente, 13 de Junio, a eso
de las doce, cuando se disponía a visitar a su amiga, he aquí que se
presenta esta, sobresaltada, manifestando en la expresión de su rostro
que algo extraordinario le ocurría; y lo declaraban así, no sólo el
descuido plástico del mismo, sino la turbación de la voz y otros
síntomas espasmódicos. Rosalía participó de aquel sobresalto cuando le
oyó decir:
«¡Ay!, ¡amiga de mi alma, en qué conflicto me veo! Si usted no me saca
en bien...».
--¿Yo?--dijo la Bringas apartándose, pues comprendió que se trataba de
un problema monetario como el suyo--. Precisamente viene usted a buena
hora... Si usted supiera... Allá iba yo.
--¿A casa?... Le diré a usted lo que sucede para que me tenga lástima,
mucha lástima. Mañana tengo baile y cena, una solemnidad de familia,
absolutamente indispensable. Ya he repartido las invitaciones... ¡verá
usted qué chasco! Hija, deme usted por Dios un vaso de agua, porque no
puedo hablar. Tengo algo aquí que me corta la respiración..._(Después de
tragar algunos buches de agua.)_ Para evitarme quebraderos de cabeza,
encargo la cena a Bonelli. Ayer le mando llamar. Creo arreglarlo
fácilmente; pero el tal, con todo su descaro, me exige que le he de
pagar las tres cenas que se le deben. Yo bien quisiera; figúrese usted
si me gustará deber... ¡Ay!, créalo usted, mi mariducho tiene la culpa
de que vivamos de esta manera... Pero vamos a lo que decía. ¿Qué estaba
yo diciendo? No sabe usted cómo está mi cabeza. ¡Ah! En vista de la
exigencia de Bonelli, mando llamar esta mañana a Trouchín, el de la
calle del Arenal, que nunca me ha servido nada; le propongo servirme la
cena de mañana, la ajusto, nos convenimos; pero el condenado ¿creerá
usted?, con muchas cortesías y mucha labia me dice que si no le pago
anticipadamente no hay cena... Esto ya es un insulto. Jamás me
ha pasado cosa igual... Le diré a usted. Es que los reposteros todos son
unos. Sin duda Bonelli fue a prevenir a Trouchín y a llevarle el cuento
de que yo le debía tres cenas. Es una conspiración contra mí, un
complot... Si bien se mira, no les falta razón, querida; ¿pero yo qué
culpa tengo? ¡Ese hombre incapaz, mi maridillo...! Cuanto se diga de él
es poco. Es propiamente incalumniable... He tenido que pagarle ayer una
cuenta de su sastre, que se había colgado de la campanilla de la puerta
de casa... Con que ya ve usted mi situación; aconséjeme, indíqueme
alguna salida.
Rosalía, con humildes razones, se declaró incapaz de brujulear a su
amiga por aquel laberinto, mayormente cuando ella estaba en un aprieto
semejante, y contaba con recobrar aquel día los... aquellos seiscientos
reales...
«¡Oh!, sí; me acuerdo perfectamente... Anteayer me los eché en el
portamonedas para traérselos a usted... dispénseme... pero antes de
salir de casa, se presentó el cobrador de la Congregación con el recibo
de mi cuota para la función de ayer y... hija de mi alma, no tuve más
remedio que aflojar... Por cierto que ayer la vi a usted en la iglesia,
y sentí que no estuviera a mi lado para hacerle observar algunas cosas.
La función bonitísima; pero ¿no vio usted cuánto mamarracho? La de
Cucúrbitas se fue a la iglesia con aquel estrepitoso vestido color de
tabaco que parece un hábito de la orden de Estancadas. El
uniforme de la casa. La de San Salomó estaba también muy estrepitosa. No
he visto en mi vida mayor _pouff_, y aunque dicen que la tendencia de la
moda es aumentarlo, creo que la iglesia pide moderación en esto. Nada
quiero decir del bullonado tan estupendo que llevaba... ¿pues y la
cola?... En cuanto a mí... ¿usted me miró bien? No se podía pedir más
sencillez... Pero vuelvo a mi pleito, querida mía. ¿No me aconseja usted
algo? Discurra por mí; pues yo me he vuelto como tonta. Si de aquí a
mañana no resuelvo la cuestión, estoy perdida... Crea usted que es para
suicidarse».
Por curiosidad preguntó Rosalía a su amiga lo que necesitaba, y oyéndole
decir que unos nueve o más bien diez mil reales, puso una cara de mal
humor que aumentó la tribulación de la ya tan atribulada Milagros.
«¡Ay!, qué pocos alientos me da usted... Y para colmo de desdicha, ayer
tarde me hizo Eponina un escándalo. Si lo que a mí me pasa no le pasa a
nadie... Me ha puesto unas cuentas... de lo más estrepitoso... Por una
hechura ¡dos mil reales!, por avíos de aquella bata, sólo por avíos,
¡mil quinientos!... Es para matarla...».
«¡Diez mil reales!--murmuró Rosalía mirando al suelo y contando las
sílabas como si fueran monedas--. Con la quinta parte tendría yo
bastante».
--Diga usted; D. Francisco...--indicó Milagros con animación, dando a
entender que el bendito Bringas debía de tener ahorros.
--¡Cállese usted por Dios! Si mi marido supiera...--replicó la otra
aterrorizada--. Estas cosas le sacan de quicio.
--¿Y Cándida?...
--¡Ave María Purísima!
--Podía darse el caso... Olvidé decirle a usted que, empeñando tres o
cuatro cosillas, podré reunir cuatro mil reales. Sólo necesito seis.
--Imposible de toda imposibilidad.
--Ese Torres...--murmuró Milagros con la boca tan seca, que la lengua se
le pegaba al paladar.
--¡Jesús! ¡Torres!... ¡qué disparate!...--exclamó Rosalía viendo alzarse
ante ella, como una aparición fantástica, la imagen de su acreedor--. No
sé si he dicho a usted que mañana antes de las doce... ¡Ay!, fue una
locura la compra de aquella manteleta. Ya ve usted... ¿qué necesidad
tenía yo de estos ahogos?
--Es una bicoca, hija--manifestó la marquesa con aquel tono y aire de
superioridad indulgente que sabía tomar cuando le convenía--. Si salgo
de mi conflicto, esa futesa por que usted se apura tanto, corre de mi
cuenta. _(Acercándose más a su amiga y oprimiéndole el brazo.)_ Don
Francisco debe de tener mucho _parné_ guardado, dinero improductivo,
onza sobre onza, a estilo de paleto. ¡Qué atraso tan grande!
Así está el país como está, porque el capital no circula, porque todo el
metálico está en las arcas, sin beneficio para nadie, ni para el que lo
posee. D. Francisco es de los que piensan que el dinero debe criar
telarañas. En esto su apreciable marido de usted es como los lugareños
ricos. ¿Por qué no le propone usted una cosa? Que me preste lo que
necesito... se entiende, con el interés debido, y mediante una
obligación formal. ¡Yo no quiero...!
--Dudo yo que Bringas...
--_(Con calor.)_ Pues hija, alguna influencia ha de tener usted sobre
él... Pues no faltaba más. ¿Es usted tonta? Con decirle: «hombre, por
amor de Dios, ese dinero no nos produce nada». Y duro, duro, para que
aprenda. ¿O es que no tenemos carácter...? Yo creí que él le consultaba
a usted todo, y se dejaba dominar por quien le gana en inteligencia y
gobierno... A ver, decídase a proponérselo. Lo dicho dicho: en caso de
que nos arreglemos, el piquillo de usted corre de mi cuenta. _(Riendo.)_
Lo consideraremos como corretaje.
--Dudo yo que mi marido... ¡Quia, imposible..!
Pero, aun creyendo imposible lo que se le había ocurrido a su ingeniosa
amiga, Rosalía meditaba sobre ello. La misma dificultad insuperable del
asunto atraía su espíritu, como los grandes problemas embelesan y
fascinan los entendimientos superiores. Durante un rato no se
oyó en Gasparini más ruido que los suspiros de la Pipaón y algunas
tosecillas de la marquesa, que no tenía sus bronquios en el mejor
estado. Como las dos amigas estaban solas en la casa, pues Bringas no
había vuelto de la oficina, ni del colegio los niños, podían hablar con
toda libertad de sus cuitas sin hacer misterio de ellas. Volvió la de
Tellería a explanar su proposición, robusteciéndola con razones de gran
peso (¡oh!, ¡el dinero de manos muertas es la causa del atraso de la
nación!) y con zalamerías muy cucas; mas la Bringas persistía en
considerar la propuesta como una de las cuestiones más arduas y
escabrosas que podían ofrecerse a la voluntad humana. Acometerla sólo
era como encaramarse a las cimas del heroísmo. En el propio estado
seguían las dos cuando se les apareció Cándida, muy risueña y oronda.
Venía de ver a Su Majestad y a doña Tula, y después había estado en las
cocinas, donde el cocinero jefe se empeñó en hacerle aceptar tres
_entrecotes_ y un par de perdices. «Cosas de Galland...». Era un hombre
que no se cansaba de obsequiarla, y por no desairarle, ella había dicho:
«Pues que me lo suban a casa».
«Luego le mandaré a usted una perdiz y dos _entrecotes_--dijo a Rosalía
azotándola con su abanico--. No, no me lo agradezca... Si yo no lo he de
probar. A mí me sobra carne... Ayer he repartido entre los
vecinos un solomillo magnífico que mandé traer de la plaza del Carmen,
esperando tener convidados... ¡Si viera usted aquella pobre gente qué
agradecida...! Mi casa es la Beneficencia. El día que yo me mude de
aquel cuarto han de correr por allí muchas lágrimas».
XIX
Y luego, llevando sus ideas a un terreno muy distinto del de la caridad,
aunque también muy interesante, se dejó decir lo que a la letra se
copia:
«¿Me podrán decir ustedes dónde y cómo y de qué manera podría yo colocar
un poco de dinero, una cantidad que me sobra?... Que sea cosa segura y
con un producto moderado...».
El efecto que estas cláusulas hicieron en las dos amigas no fue tan
grande como debía esperarse. En la cara de Rosalía se pintaba una
incredulidad indiferente, que poco después se resolvió en alarma,
recordando que el préstamo de cinco duros solicitado un mes antes por
Cándida, había tenido un preámbulo parecido al que acababa de
oír. Milagros, sin tener confianza en lo que la García Grande decía,
sospechaba que hubiese algo de verdad en ello, o lo que es lo mismo, se
amparaba a lo absurdo como el desesperado que se agarra al clavo
ardiendo.
«Pero diga usted, Cándida... ¿Ese dinero lo tiene usted?».
--Hija mía, no sea usted material... No lo tengo precisamente en el
bolsillo, pero como si lo tuviera... Un día de estos me lo ha de traer
Muñoz y Sones...
--_(Con desaliento.)_ Un día de estos... ya.
--Y acostumbro pensar las cosas con tiempo... Francamente, no me gusta
tener gruesas sumas en casa, porque aun en esta vecindad palaciega hay
mala gente...
Sin dar importancia a los proyectos rentísticos de Cándida, Milagros
observaba el vestido. Por aquella época, la ilustre viuda empezaba a
declinar ostensiblemente en su porte y en la limpieza y compostura de su
vestimenta, si bien no había llegado, ni con mucho, al lastimoso extremo
de abandono en que la hemos conocido más tarde.
Los niños entraron del colegio, y Rosalía fue a darles la merienda.
«¡Qué mona está Isabelita!»--dijo Cándida a Milagros; y a poco de
decirlo, se dirigió hacia Columnas, dejando sola con su acerba pena
a mi señora la marquesa. Esta oyó el gorjear de los pequeños, la
voz de la mamá riñéndoles por su impaciencia y el chasquido de los besos
que Cándida les daba. Al poco rato apareció Rosalía en Gasparini, y
Milagros la vio ceñuda y risueña a un tiempo mismo, como cuando no
podemos sustraernos a los efectos de uno de esos lances cómicos que
suelen ocurrir en las ocasiones más tristes.
«Vea usted qué gracia--dijo Rosalía al oído de su amiga--. Me ha dicho
en el comedor, con mucho secreto, que le haga el favor de adelantarle
otros cinco duros».
Milagros se sonrió, como un enfermo que hace esfuerzos por distraerse.
Pronto volvió a caer en aquella honda tristeza que la aplanaba como una
fiebre consuntiva. Por su mente pasaba el terrible lance de la noche
próxima, los convidados que llegaban, los salones llenándose, ella
vestida con su gran falda de raso rosa, de enorme _pouff_ y larguísima
cola, afectando alegría, y el problema de la cena sin resolver aún.
Porque en tal noche no podía salir del paso con cuatro frioleras... ¡Qué
bochorno!... Rosalía vio los ojos de su amiga humedecidos por las
lágrimas, y quiso consolarla.
«Ese perdulario sin conciencia, esa inutilidad...»--fue lo único que se
le ocurrió.
D. Francisco entró al poco rato, menos vivaracho y humorístico de lo que
solía. Milagros le saludó de la manera más afectuosa,
quejándose luego de su desgraciada suerte y de lo inexorable que Dios
era con ella, no dándole más que penas sobre penas. Bringas la
confortaba con razones cristianas, aunque le tenía cierta ojeriza, ya
inveterada, por no haber recibido de ella el regalo de Pascua que
creyera merecer cuando le compuso la arqueta de marfil. Pero casi casi
había llegado mi amigo al perdón de la ofensa, aunque sin olvidarla; y
si se ha de decir verdad, no le agradaban mucho las intimidades de su
mujer con aquella señora, aun considerándolas puramente circunscritas a
lo concerniente al ramo de vestidos.
«¿No tendré el gusto de verle a usted mañana en mi casa?»--dijo la
marquesa.
D. Francisco se excusó con galantería, aprestándose a poner las manos en
su magna obra. Empezaba a notar que le eran perjudiciales las salidas de
noche... Su cabeza no estaba buena. Él lo atribuía a los nervios, y
quizás fuese efecto del tiempo, del nublado, pues parecía como si
quisiera desgajarse el cielo en agua, y nunca acababa de romper. Aquella
mañana se había sentido muy mal en la oficina... El jefe opinaba que
todo era cosa del estómago, recomendándole una pildorita de acíbar en
cada comida. Pero él era tan poco amigo de las botiquerías, que no se
determinaba a tomar nada... Por esta desazón se privaba de asistir a la
_soirée_ de Milagros, y se contentaría con leer la relación
que trajeran los periódicos.
«Todavía, todavía--dijo la cuitada con lúgubre tristeza--, no sé, no
sé... Quizás no haya nada... Me pasan cosas horrorosas... No me pregunte
usted. Eso se queda para mí, para mí sola. Permítame usted que no diga
una palabra más. Mi buen maridito es una alhaja... pero no me
corresponde a mí contar sus proezas... Demasiado públicas son por
desgracia... No se ría usted de mí si me ve llorar. Ciertas cosas...».
Bringas no sabía qué decirle. Despidiose ella con un fuerte apretón de
manos, y un afectuoso _Hasta mañana_.
En la sala y en el pasillo las dos amigas se secretearon un ratito.
«He preparado el terreno--dijo Milagros con agonía--. Ahora aventúrese
usted... sin miedo. De seguro...».
--¡Ay!, hija mía, usted delira, usted sueña despierta. Sí sabré yo...
--Entonces... quiere decir que no hay solución para mí--murmuró la
afligida señora abrazando a su amiga, y apretándose contra ella.
Rosalía, conmovidísima, no le dijo nada.
«Al menos--tartamudeó la marquesa--, cuéntele usted lo que me pasa...
Puede ser que Dios le toque al corazón».
--Se lo contaré en cuanto se vaya Cándida. ¡Pero si viera usted qué
pocas esperanzas tengo!... Mejor dicho, no tongo ninguna... ¡Y
yo!, ¿y yo, que me veo en un conflicto igual? ¿Qué inventaré yo de aquí
a mañana?... Y ahora que me ocurre, ¿por qué no acude usted a su
hermana?
--Por Dios, hija, no sé cómo dice usted eso. ¡Mi hermana!... ¡Me ha
salvado ya tantas veces! ¡He abusado tanto! No puede ser. No nos
hablamos ahora. Hace días tuvimos una cuestión. En fin, antes que acudir
a mi hermana, iré a Su Majestad, me echaré a sus pies...
--Sí, sí, seguramente... es lo mejor.
--No, no, no... Creo que de aquí a mañana me moriré de dolor. ¿Está
abierta la capilla? Voy a rezar un rato, a ver si el Señor me ilumina...
Adiós, adiós... Volveré mañana, a ver, a ver si hay alguna esperanza.
El abatido rostro de Rosalía revelaba bien que tal esperanza no era más
que un sueño de aquella mente arbitrista. Deba hacerse constar que la
pena de nuestra muy alta señora de Bringas era motivada por sus propias
dificultades, no por las de su apreciable amiga. Confiaba tanto en las
peregrinas dotes de Milagros, que decía para sí: «No sé cómo será, pero
ella saldrá del paso». Cuando la marquesa le dio el último apretón de
manos, Rosalía le dijo:
«Ya me contará usted mañana cómo lo ha arreglado».
Y cuando fue hacia el nicho de Bringas para contarle el caso,
él le tomó la delantera con estas acerbas palabras:
«¿Qué enredos trae ahora la Tellería? Lo de siempre, apuritos. Ya no hay
incautos que fíen a esa gente el valor de dos reales. La casta de bobos
se va acabando a fuerza de recibir chascos».
La boca de Rosalía tenía un sello. No osaba pronunciar una sola palabra.
Clavados en su mente, como un _Inri_, tenía la imagen de Torres y los
funestos guarismos de la suma que era indispensable pagarle. Confesar a
su marido el aprieto en que se veía era declarar una serie de atentados
clandestinos contra la economía doméstica, que era la segunda religión
de Bringas. Pero si Dios no le deparaba una solución, érale forzoso
apechugar con aquel doloroso remedio de confesarse y con sus
consecuencias, que debían de ser muy malas. No, Cristo Padre; era
preciso inventar algo, buscar, revolver medio mundo, ahondar en las
entrañas oscurísimas del problema para dar con la clave de él. Antes que
vender al economista el secreto de sus compras, que eran tal vez el
principal hechizo de su vida sosa y rutinaria, optaba por hacer el
sacrificio de sus galas, por arrancarse aquellos pedazos de su corazón
que se manifestaban en el mundo real en forma de telas, encajes y
cintas, y arrojarlos a la voracidad de la prendera para que se los
vendiese por poco más de nada. Heroísmo hacía falta, no lágrimas.
Pensando en esto, retirose al Camón para pensar mejor, pues allí tenían
siempre sus ideas más claridad. Cándida, después de enredar un rato con
los niños, fue a dar conversación a Bringas. Rosalía la oía desde su
taller, sin distinguir más palabras que _administrador y papel del
Estado... consolidado... revolución... generales Canarias...
Montpensier... Dios nos asista_... Hablaban de negocios altos y de
política baja. De repente la dama oyó violentísimo estrépito, como de un
mueble que viene a tierra y de loza que se rompe. Al fuerte golpe siguió
un grito de Bringas, mas tan agudo y doloroso, que Rosalía se quedó sin
aliento, fría, parada... ¿Qué era? ¿Se había caído la bóveda y cogido
debajo al mejor de los maridos?
XX
Pasado el breve estupor que tan insólitos ruidos le produjeron, Rosalía
corrió hacia Gasparini, y allí, ¡Santo Dios!, vio un espectáculo
incomprensible. Bringas estaba en medio de la habitación, el rostro
descompuesto, de una palidez aterradora, las manos crispadas,
los ojos muy abiertos, muy abiertos... Un mueblecillo, que al lado de la
mesa tenía con el cacharro de goma laca y la lamparilla de alcohol para
calentarla, había caído empujado por el artista cuando este se levantó
atropelladamente de su sillón. El espíritu derramado ardía sobre la
alfombra con vagorosa llama. Cándida se ocupaba con presteza en
apagarlo, pisándolo, para lo cual tuvo que alzarse las faldas hasta muy
cerca de la rodilla. Daba saltos y acudía con el peso de su pie a donde
la llama era más viva; mas como también corría por el suelo la goma laca
líquida y caliente, que es sustancia muy pegajosa, las suelas del
calzado de la respetable señora se adherían tan fuertemente al piso, que
no podía, sin un mediano esfuerzo, levantarlas.
Rosalía fue derecha a su marido, el cual, sintiéndola cerca, se agarró a
ella con ansiedad convulsiva, y volviendo a todos lados sus ojos,
parecía buscar algo que se le escapaba. Su rostro expresaba terror tan
vivo, que su mujer no recordaba haber visto en él nada semejante.
«¿Qué?...»--fue lo único que ella, en su consternación, pudo decir.
Bringas se frotó los ojos, los volvió a abrir, y moviendo mucho los
párpados, como los poetas cuando leen sus versos, exclamó con acento que
desgarraba:
«¡No veo!... ¡No veo!».
Rosalía no pudo añadir nada; tal era su espanto. La de García Grande,
que había logrado dominar el fuego, aunque no evitar completamente la
adherencia de sus botas al piso, acudió al lastimoso grupo...
«Eso no será nada»--dijo observando aquel extraño mirar de D. Francisco.
--¿En dónde está la ventana, la ventana?...--gimió el infeliz en la
mayor desesperación.
--Ahí, ahí, ¿no la ves?...--gritó Rosalía, volviéndole hacia la luz.
--No, no la veo, no te veo, no veo nada... Oscuridad completa,
absoluta... Todo negro...
--¡Ay!, ese maldito trabajo... Bien te lo dije, bien te lo decían
todos... Pero eso pasará...
Rosalía estaba más muerta que viva... No le ocurría nada. La pena la
ahogaba. Cándida, procediendo con más calma, empezó a tomar
disposiciones.
«Sentémosle en el sofá... Ahora convendría llamar al médico».
Le acercaron al sofá, y en él se desplomó el enfermo con desesperación,
como si se dejara caer en su ataúd. Palpaba los objetos, palpaba a su
mujer, que ni un punto se separó de él.
«Bien te lo decíamos--repitió, ahogándose en lágrimas y disimulando el
desentono de la voz--. Esa condenada obra de pelo... trabajando todo el
día... Si notabas cansancio de la vista, ¿para qué seguir?».
--Mis hijos, ¿dónde están?--murmuró Bringas.
Junto a la puerta estaban Isabelita y Alfonsín, aterrados, mudos, sin
atreverse a dar un paso: el pequeño con el pan de la merienda en la
mano, masticándolo lentamente; la niña seria, con las manos a la
espalda, mirando el triste grupo de sus padres consternados. Rosalía les
mandó acercarse. Bringas les palpó, dioles mil besos, lamentándose de no
poderles ver, y augurando que ya no les vería nunca. Más lágrimas
derramó el pobrecito en aquel cuarto de hora que en toda su vida
anterior, y la Pipaón, considerando aquella súbita desgracia que Dios le
enviaba, la conceptuó castigo de las faltas que había cometido. Fue
preciso al fin sacar de allí a los pequeñuelos. Prudencia se encargó de
retenerles en la Furriela y de no dejarles pasar. Inspiraba cuidado
Isabelita por el temor de que la fuerte impresión recibida le produjese
un trastorno espasmódico más grave que los anteriores. Entre tanto, la
señora de García Grande, más obsequiosa y servicial con los amigos en
las ocasiones críticas, se desvivía por ser útil.
«Yo misma iré en busca del médico. Verán ustedes cómo nos dice que esto
no es nada. Yo tuve una cosa semejante cuando aprendí el punto de
Flandes. Sentí de repente una perturbación rarísima en la vista; luego
empecé a ver los objetos partidos por la mitad. Todo paró en un
fuerte dolor de cabeza. Jaqueca oftálmica llaman a eso. Recuerdo
haber oído decir a mi médico que en algunos casos se pierde
completamente la vista por unas horas, por un día... Serénese usted, mi
amigo D. Francisco, y tómese un vasito de agua con un poco de vino.
Pronto vuelvo.
Salió diligente, con ganas sinceras de servir, y no hallando al médico
que vivía en la casa, fue a buscar al de guardia. Mientras estuvieron
solos, Bringas y su mujer apenas hablaron. Ella no cesaba de mirarle,
con la esperanza de que, cuando menos se pensase, recobraran aquellos
ojos atónitos el don preciosísimo para que fueron criados; él empezaba a
ejercitar el sentido peculiar de los ciegos, el tacto, y la veía con las
manos, ya estrechando las de ella, ya palpándola cariñosa y
detenidamente. Alguna palabra suelta, suspiros y lamentaciones del pobre
enfermo, eran la única expresión verbal de aquella triste escena, más
elocuente cuanto más callada.
El médico vino al fin. Cándida, no quiso dejarle de la mano hasta entrar
con él en la casa. Era un viejo afable, de la escuela antigua, excelente
diagnosticador, tímido para prescribir, y según se decía, poco
afortunado. Enterándose de los antecedentes del caso, calificó el mal de
_congestión retiniana_.
«De la retina--apoyó Cándida--. Eso pasa. Pronto recobrará la vista;
pero ese trabajo de los pelos, amiguito, delo usted por terminado».
--Si yo lo decía, si yo lo anunciaba--exclamó briosamente la Bringas,
reanimada con las esperanzas que daba el médico--. ¿Y ahora...?
El doctor prescribió reposo absoluto, dieta, y para el día próximo un
derivativo. Ordenó también un vendaje negro, un calmante ligero para en
caso de insomnio, y ofreció venir temprano a la mañana siguiente para
examinar con detención los ojos del enfermo. Era ya tarde, y la última
luz solar se retiraba lúgubremente de la habitación. Cuando el bondadoso
anciano se retiró, Bringas y su mujer estaban más animados.
«Nada, hijos míos, no hay que apurarse--les dijo Cándida, cuya útil
oficiosidad a entrambos servía de gran consuelo--. Ahora acostarse... y
dormir si se puede. Nada de miedo, ni de pensar en lo que no ha de ser.
Serenidad y un poquito de paciencia. Es cuestión de horas o de un par de
días todo lo más. Yo me encargo de traer las medicinas y cuanto haga
falta. Les acompañaré también toda la noche, si fuere preciso...».
Cuando la servicial señora volvió de la botica, ya Rosalía había
acostado a su marido, después de vendarle con un gran pedazo de tafetán
negro. Como todo ciego incipiente, Bringas afectaba no necesitar de
extraña ayuda para desnudarse, y conociendo la tribulación de su mujer,
tenía el heroísmo de reanimarla con expresiones cariñosas, como si él
fuera el sano y ella la enferma.
«Probablemente esto pasará... Pero es cargante. Ni en broma me
gusta esto de no ver. Tranquilízate, que yo lo llevaré con paciencia, y
casi casi principio ya a acostumbrarme... Me alegraré mucho de no tener
que llamar a un oculista, pues estos, aunque curen, siempre cuestan un
ojo de la cara».
Pasó la noche sin suceso alguno notable; Bringas harto inquieto, con
agudísimo dolor cefalálgico y en los ojos, Rosalía en vela, compartiendo
su cuidado y vigilancia entre el marido ciego y la niña epiléptica, que
fue acometida de pesadillas más alarmantes que las de ordinario, pues
las escenas de aquella tarde la excitaron vivísimamente. Por dicha de
todos, Candidita acompañó a su atribulada amiga la noche entera,
consolándola con su sola presencia y prestándole auxilios muy eficaces.
Era muy propia para casos tales y sabía mil cosillas útiles de medicina
doméstica. A lo más difícil encontraba pronta solución; jamás se
acobardaba, ni sus baqueteados huesos conocían el cansancio.
Al alba poco más o menos, Rosalía, vencida del sueño, se adormeció en un
sillón frente al lecho conyugal donde el bueno de Thiers reposaba,
aletargado ya; y lo mismo fue caer la señora en aquella modorra que
empezará ver al Torres y su barba y nariz famosas. También se ofreció a
su vista la suma, que corría pieza tras pieza, desarrollando sus
unidades en dilatado espacio, y vio la apremiante hora de aquel día, que
despuntaba amenazador... Recobrose la infeliz súbitamente
abriendo los ojos. Creyó haber oído un _¡ay!_ de Bringas; pero debió
de ser ilusión suya, pues el santo varón parecía muy tranquilo, y su
mesurado aliento indicaba que al fin se había dormido de veras.
«¡Torres... el dinero!--pensó Rosalía sacudiendo la cabeza para
ahuyentar aquella idea, como si esta fuera un moscón que se le posara en
la frente--. ¡Y en qué circunstancias, Dios mío!...».
XXI
Pero casi al mismo tiempo que tal decía vínole rápidamente al
pensamiento, como esos rayos celestes de que nos habla el misticismo,
una idea salvadora, una solución fácil, eficacísima, derivada ¡oh
rarezas de la vida!, de la misma situación aflictiva en que la familia
se encontraba. ¡Qué cosas hace Dios! Él se sabrá por qué las hace.
Levantose del sillón quedamente y con mucha pausa para no despertar al
enfermo. Ya sabía lo que tenía que hacer. La cosa era clara y
fácil. Lo que no pudo hacerse el día anterior, se haría en aquel tan
funesto. Había pensado ella varias veces en los candelabros de plata,
pero ¿cómo empeñarlos sin que D. Francisco, hombre de tan buen ojo, se
enterase?... ¡Ya podía ser, ya podía ser!... Ella tendría buen cuidado
de reponerlos en su sitio, juntando muy pronto el dinero preciso para el
desempeño, y así su marido no se percataría de nada cuando recobrase la
vista. ¡Pluguiera a Dios y a Santa Lucía que esto fuera pronto! No
siendo quizás bastante el producto de los candelabros para allegar la
cantidad que necesitaba, pues además del dinero de Torres, le hacía
falta el del segundo plazo de _Sobrino Hermanos_, dispuso unir a las
mencionadas piezas de plata los tornillos de brillantes que en las
orejas llevaba, donativo de Agustín Caballero. Bringas no podía notar la
falta, y si por acaso la notaba al pasarle la mano por la cara, ella le
diría cualquier cosa, le diría que...
Que se los había quitado en señal de duelo.
Doña Cándida le venía como de molde para la operación de crédito que
proyectaba. Encontrola en el comedor, tan campante, tan despabilada, tan
despierta como si no hubiera pasado una mala noche. Al punto sacó
Rosalía el chocolate, para que su amiga se hiciese a su gusto el que
había de tomar. Mientras la respetable señora se ocupaba de esto con la
prolijidad que siempre ponía en tan grata operación, su amiga
le participó sus proyectos. Oyéronse durante un ratito cuchicheos
íntimos, y viose la cabeza de Cándida haciendo movimientos afirmativos,
bastantes a dar seguridad a la misma duda.
«Antes de las doce estará todo hecho. Tranquilícese usted... Para estas
cosas me valgo yo de un amigo que es un lince... Sigilo, actividad,
entendimiento, todo lo tiene; y despacha estos encargos en un decir
Jesús».
Hay motivos para creer que ya por aquella época, la segunda etapa de su
decadencia, principiaba Cándida a visitar en persona el Monte de Piedad
y las casas de préstamos, bien para asuntos de su propia conveniencia,
bien para prestar un delicado servicio a cualquier amiga de mucha
confianza. A esto llamaba Máximo Manso la _segunda manera de doña
Cándida_, y debo hacer constar que aún hubo una _tercera manera_ mucho
más lastimosa.
Todo se arregló, pues, aquella mañana tan fácil y prontamente como la de
García Grande había dicho, pues no eran las once y media cuando ya
estaba ella de vuelta con el dinero. Tomolo Rosalía con ansia y se
alegró de poseer lo bastante para cumplir con Torres y con Sobrino,
conservando un resto para atencioncillas de poco más o menos.
«No sé cómo agradecerle a usted...--dijo con vehemencia a su
insigne amiga, estrechándole las manos--. Pronto volverá todo a casa,
pues no me gusta que mis alhajas hagan estas excursiones; y sólo por una
gran necesidad...».
No se sabe como rodó la conversación hacia un cierto apurillo que había,
por la mucha calma de un pícaro administrador... Cuestión de dos o tres
días... ¿Cómo negar este favor a quien se había portado tan bien?
Rosalía creyó que se arrancaba un pedazo de sus entrañas cuando se le
fueron de entre las manos aquellos diez duros con que apagó la sed
metálica de su amiga. Pero no había más remedio. Muy gozosa pasó doña
Cándida a ver a Bringas, el cual dijo que se sentía mejor, aunque muy
débil de la cabeza. El médico le había examinado por la mañana y su
pronóstico fue bastante favorable. Recobraría pronto la vista... y...
Aun creía ver algo cuando se apartaba la venda... Lo que hacía falta era
mucho reposo, paciencia y tomar con método y puntualidad las medicinas
prescritas.
«¿Quién ha entrado?»--preguntó Bringas vivamente.
--Me parece que es el Sr. de Torres--replicó Cándida--, que ha venido a
preguntar por usted.
--Tengo la cabeza tan débil, y al mismo tiempo tan trastornada, que me
pareció oír contar dinero... Aunque no quiera, y aunque el médico me
ordeno que no me ocupe de nada, no puedo menos de prestar atención a
todo lo que pasa en la casa. No lo puedo remediar. Tengo el
oído siempre alerta, y hasta cuando me duermo paréceme que no se me
escapa ningún rumor.
Díjole ella cuerdamente que todo cerebro enfermo pide inacción; que le
convenía entregar sus sentidos a la indiferencia y al descanso; que
mientras estuviese en la cama no se le había de dar conversación, y que
ni aun sus hijos debieran entrar en la alcoba. Con esto se manifestó él
conforme, dando un gran suspiro, y sostuvo que para lo que necesitaba
más paciencia y fuerza de voluntad era para reprimir su afán de
enterarse de todo y de dar órdenes.
Mientras esto se hablaba en la oscura alcoba, Rosalía cuchicheaba con
Torres en la Saleta. Por grandes que fueron las precauciones tomadas
para no hacer ruido de dinero al contar veinte duros en plata, algún
leve tin tin hubo de vibrar en la habitación y extenderse por la casa en
ondas tenues hasta llegar al sutil oído de Bringas. Torres, muy afectado
por la dolencia de su amigo, expresó la esperanza de que no fuera cosa
grave... El tenedor de libros de Mompous había tenido un ataque
semejante, a la vista. «Nada; que estando un día escribiendo, se quedó
ciego... Creyeron al principio que era gota serena; pero con diez días
de venda y algunas medicinas se puso bueno, aunque siempre delicado. En
los baños de Quinto se acabó de curar...». Despidiose el susodicho tan
contento por llevarse su dinero como afligido por el percance
de D. Francisco.
A Isabelita, que estaba triste, afectada y sin ganas de comer, la
mandaron a casa de Cándida para que pasara allí todo el día jugando con
Irene y otras niñas de la vecindad. Alfonsín fue al colegio, y Paquito,
a quien la enfermedad de su papá tenía muy melancólico, no salió de la
casa ni quiso probar bocado en el almuerzo. Cándida fue la única persona
que allí mostró un regular apetito.
«Es preciso alimentarse, aunque sea haciendo un esfuerzo--decía a la de
Bringas--. No se deje usted ir así. Hay que tomar fuerzas para poder
velar y trabajar y atender a todo... Yo tampoco tengo ganas; pero me
domino, hija, y como por obligación, porque es preciso».
Poco después recibió nuestra amiga una esquelita de Milagros en que le
decía que todo se había arreglado al fin satisfactoriamente, y que la
esperaba por la noche. La carta respiraba alegría y satisfacción.
«Esta pobre Milagros no sabe lo que nos pasa...--dijo Rosalía rompiendo
la carta--. La pobre me suplica que no falte esta noche. Hijo, vete un
momento allá y dale cuenta de esta desgracia... Mira, al regreso te
pasas por casa de Pez y enteras también a Carolina... ¡Ah!, ella tiene
la culpa, con sus obras de pelo. ¡Qué esperpento de mujer!...».
La modista fue aquel día; pero la señora la despidió diciéndole que no
estaba la Magdalena para tafetanes; que volviera la próxima semana. Por
la tarde fue también Milagros, que sentía mucho no haber sabido antes el
suceso para ir _volando_ a consolar a su amiga. Su pena sincera no era
parte a ocultar la satisfacción que la embargaba por el feliz arreglo de
su conflicto metálico en aquel día crítico. Cómo y de qué manera se
había hecho el arreglo, ya lo diría más adelante, pues no era ocasión de
importunarla con cosas que no le importaban... «¿Y el médico qué dice?».
La excelente señora esperaba que la ceguera fuese una desazón de pocos
días. Pediría a Dios que curase a aquel hombre tan bueno, a aquel modelo
de los padres de familia... «¡Cuánto siento que no pueda usted venir
esta noche a mi casa!... De seguro estará la reunión muy brillante, y en
cuanto al _buffet_ será de lo más espléndido... Ya, ya le contaré a
usted cómo... Hay para rato».
Despidiéndose junto a la puerta, no pudo reprimir algunos desahogos muy
espontáneos de su pasión dominante. Como quien dice un secreto de
importancia, declaró a su amiga que se pondría aquella noche el vestido
de muselina blanca con viso de _foulard_, color lila, al cual había
hecho poner un _entredós_ y casaca Watteau... A última hora se había
podido arreglar una camiseta como la que le mandaron de París a la de
San Salomó... Pensaba peinarse con el cabello levantado,
ondulado, gran trenza alrededor de la cabeza y largos bucles por
detrás... «En fin, no está usted de humor para oír tanta tontería...
Adiós, adiós... Mañana vendré a saber como sigue nuestro D. Francisco y
a contar, a contar...».
Bringas, que de todo se enteraba, dijo a su esposa:
«Ya oí tus secreteos con la Tellería en la puerta. ¿Y qué tal? ¿Ha caído
algún bobo?... ¡Pobre mujer! De veras te digo que más vale comer en paz
un pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezas
revestidas de agonía... ¡Y esta noche gran jaleo!... Te juro que les
tengo lástima».
XXII
Animábase mucho, porque cuando se alzaba un poquito la venda,
contraviniendo las órdenes del médico, percibía la luz, aunque con
impresión turbada y dolorosa. Como quiera que fuese, tenía el
convencimiento de que el órgano no estaba perdido y de que más tarde o
temprano recobraría el uso de aquella función preciosísima. El
cosquilleo le molestaba mucho y también la visión calenturienta de
millares de puntos luminosos o de tenues rayos metálicos, movibles,
fugaces, imágenes de los malditos y nunca bien execrados pelos que
conservaba la enferma retina. Con todo, llevaba mi hombre su mal
resignadamente, y lo que pedía por Dios era que le sacaran del lecho;
pues era para él grandísimo suplicio estar tendido boca arriba, revuelto
entre las sábanas ardientes. Permitiole el médico levantarse de la cama
a los tres días, mas con orden terminante de no moverse de un sillón y
estarse quieto y mudo, indiferente a todo y sin recibir visitas ni
ocuparse de cosa alguna, siempre vendado rigurosamente. Levantose, y le
instalaron en Gasparini, en cómodo sillón con almohadas. No se permitía
que nadie entrara a darle conversación, ni se le obedecía cuando
suplicaba a Paquito por las noches que le leyese algún diario. Respecto
a su apartamiento de los asuntos domésticos, poco pudo lograr Rosalía,
pues aunque él se preciaba de dejar al cuidado de ella todas las cosas,
no podía contener su anhelo de autoridad, de aquella autoridad tan bien
ejercida durante largos años; y a cada momento se acordaba del buen uso
que había hecho de sus funciones.
--Rosalía...
--¿Qué quieres, hijito?
--¿Qué principio has puesto hoy?
--¿Para qué te ocupas...?
--Me ha olido a estofado de vaca... No me lo niegues... Ahora, más que
nunca, hay que apelar a las tortillas de patatas, a las alcachofas
rellenas, a la longaniza, y si me apuras, a asadura de carnero, sin
olvidar las carrilladas. Si te fías de Cándida y le encargas la compra,
pronto nos dejará por puertas. Ya sabes que esa señora derrochó dos
fortunas en comistrajos... Di una cosa: ayer pusiste para almorzar
merluza frita.
--Es que creí que el médico te mandaría tomarla. Por eso se trajo.
Después resultó que no.
--Oye una cosa... ¿Dónde está ahora Cándida?
--Está en la Furriela. No temas que te oiga.
--¿Por qué no haces, con buen modo, que se vaya a comer a su casa? No me
gustan convidados perpetuos. Un día, dos, pase...
--Pero hombre... ¡Si supieras cuánto me ha ayudado la pobre...! Mañana
veremos. No puedo decirle de buenas a primeras que se vaya...
--¿Qué te ha traído Prudencia de la plaza de la Cebada?
--Las tres arrobas de patatas.
--¿A cómo?
--A seis reales.
--Mira, hijita, no olvides de apuntar todo, para que cuando yo esté
bueno, pueda seguir llevando la cuenta del mes. ¿Has traído aceite?
No traigas vino, pues ya sabes que yo no lo gasto por ahora. El
médico me dice que tome un dedito de Jerez; pero no lo compres. Si doña
Tula te manda las dos botellas que te prometió, lo tomaré; si no, no. Si
Candidita sigue viniendo por las mañanas y es forzoso darle la jicarita
de chocolate... ¿Me podrá oír?
--No, no hay nadie.
--Pues digo que traigas para ella del de a cuatro reales, que sin duda
le sabrá a gloria: yo dudo que en su casa cate ella otra cosa que el de
tres... Estoy pensando en el regalo que tenemos que hacer al médico, y
en eso se nos van a ir todos nuestros ahorros. Y gracias que no me
traiga acá un oculista, que si lo llega a traer, apaga y vámonos. Dios
querrá no sea preciso... Ayer habló de tomar baños. Tiemblo de pensarlo.
Esto de los baños es una monserga que los médicos han inventado ahora
para acabar de exprimir el jugo a los pobres enfermos. En mi tiempo no
había tales baños, y por eso no había más enfermedades. Al contrario,
creo que moría menos gente. Si habla de baños, te lo recomiendo, hija,
ponle mala cara, como se la pongo yo.
Lo más singular era que ni en aquel estado mísero hubo de abandonar mi
buen Thiers la contabilidad de su casa. Mientras estuvo en el lecho, dio
a su mujer las llaves de la gaveta donde tenía el dinero; pero desde que
se levantó quiso empuñar de nuevo las riendas del gobierno y
ejercer aquella soberana función, que es el atributo más claro de la
autoridad doméstica. No acobardado por su ceguera y sobreponiendo su
activo espíritu a la dolencia corporal, levantábase de su asiento,
acercábase a la mesa, palpaba los muebles para no tropezar, y abría la
gaveta para sacar el cajoncito donde estaba el dinero. Había adquirido
ya su tacto, en tan corto período educativo, la finura que poseen en el
suyo los privados de la vista, y conocía las monedas sólo con sopesarlas
y sobarlas un poco. Con la arqueta sobre las rodillas, iba sacando y
contando hasta poner la regateada cantidad en las manos de su mujer.
Esta hacía alguna observación tímida: «Ya ves, hijito, el gasto es mayor
en estos días».
--Pues que no lo sea. Arréglate... ¡Ah! Hoy es sábado: los veinticuatro
reales del carbonero... En cuanto al maestro de baile, si insiste en
subir más cubas, que yo no pago más que lo de costumbre; lo demás es por
su cuenta. No me pongas más caldo de gallina, a no ser que el cocinero
jefe te mande alguna. Suprimido el cuarto de gallina o el medio pollo.
Felizmente me he acostumbrado a no ser hombre de melindres. El caldo del
cocido con su buen hueso y tuétano vale más que nada.
Rosalía, por no contrariarle, a todo decía _amén_. Después de sacar el
dinero del gasto cuotidiano, quedábase Bringas un rato con la arqueta
sobre las rodillas; y levantando un falso fondo que el
mueblecillo tenía, sacaba una vieja y sobada cartera, entre cuyos
dobleces iban apareciendo algunos billetes del Banco. Con exquisito
tacto los repasaba, los desdoblaba, los volvía a doblar cuidadosamente,
diciendo: «Este es el de quinientos, éstos dos de cuatro mil...
etcétera». Conocíalos por el orden en que estaban colocados... Luego
ponía todo en su sitio con respetuosa pausa, guardaba el arca, y echando
la llave, depositaba esta en el bolsillo izquierdo de su chaleco. La
señora le guiaba hasta volverle a poner en el sillón. Esto se hacía
siempre a puerta cerrada; pues antes de escudriñar su tesoro mandaba a
Rosalía que echase el pasador a la puerta para que no entrara nadie.
Una semana trascurrió desde el día de San Antonio, tristísima fecha en
la casa, sin que el enfermo adelantara gran cosa. No estaba mejor, bien
es verdad que tampoco había empeorado, lo cual al fin y al cabo, siempre
es un consuelo. No había duda alguna de que las funciones ópticas se
conservaban intactas, es decir, que D. Francisco veía; mas era tan
penosa la impresión de la luz en sus ojos, que si por un instante se
levantaba la venda, los crueles dolores y el ardor vivísimo que sentía
obligábanle a ponérsela otra vez. Su mujer le cuidaba con un esmero y
atención dignos del mayor elogio. Ella le ponía las compresas de
belladona sobre los párpados cuando los dolores eran grandes,
y le frotaba las sienes con belladona y láudano. Dábale todas las noches
el calomelano con ligera dosis de opio cuando había insomnio; pero en
nada ponía tanto cuidado la solícita esposa como en amonestarle para que
no se levantase nunca la venda; pues era el pobre señor tan vivo de
genio, que desde que se sentía un poquito mejor ya le faltaba tiempo
para _echar una miradita_ al mundo, como decía.
--Por Dios, hombre, no seas así... Mira que te perjudicas. Eres como los
chiquillos. No sé de qué te valen la razón y los años. Te dice el médico
que por nada del mundo te descubras, y tú empeñado en que sí... De ese
modo no adelantas nada. Ten paciencia, que día llegará en que te quites
ese trapajo negro y puedas mirar directamente al sol. Pero ahora, por
algún tiempo, cieguecito y nada más que cieguecito. Con que mucha
formalidad, que si das en _abrir la ventanita_, como dices, te amarraré
las manos.
--Es que esta maldita venda--dijo Bringas dando un suspiro--, me agobia,
me pesa como si fuera el bastión de una muralla... Es verdad que padezco
mucho cuando me hiere la luz; pero también la impaciencia, y sobre todo
la oscuridad me mortifican horriblemente... Es un consuelo ver de rato
en rato alguna cosilla, aunque sólo sea la cavidad de la habitación, con
los objetos confusos y como borrados; es consuelo verte, y por
cierto que si no me engaña esta pícara retina enferma, tienes puesta una
bata de seda... La que te dio Agustín ¿no la habías deshecho para cortar
un vestido a la niña? _Ainda mais_, la que llevas ahora es de un color
así como grosella...
XXIII
Rosalía oyó esto desde la puerta. Desconcertada al pronto, no tardó en
recobrar su serenidad, y dijo riendo:
--¿Pues no dice que llevo bata de seda?... Sí, para batas de seda
estamos... Ahí tienes lo que te vale asomarte a la ventanita. Todo lo
ves cambiado, todo lo ves equivocado; el tartán se te antoja seda, y
este color pardo sucio te parece grosella...
--Pues yo juraría...
--No jures, hijito, que es pecado... ¡Batas de seda...!, qué más
quisiera yo...
Y salió prontamente. En el Camón mudó la bata que tenía puesta por otra
muy vieja, que era la que generalmente usaba...
--¿Estás aquí?--preguntó Bringas después de aguardar un rato,
durante el cual hubo de dudar si su esposa estaba presente o no.
--Aquí estoy... sí--respondió Rosalía contestando apresurada--. El
panadero... hoy no he tomado más que tres libras...
--Pues yo juraría... ¿Será que todo lo veo trastornado?
--¿Todavía estás con lo de la bata?...--dijo Rosalía acercándose a él y
haciéndole caricias...
El ciego tocó la tela, estrujándola entre sus dedos.
«Lo que es al tacto, lana es, y muy señora lana».
Y después de otra pausa, durante la cual ella no dijo nada, Bringas,
azuzado por su ingénita suspicacia, añadió:
--Como no te la mudaras en el ratito que estuviste fuera... Me pareció
haber sentido ruido y frotamiento de tela...
--¡Jesús!... Oír es. Puede que sí. Está ahí la modista arreglando los
vestidos de Milagros...
Paquito, que acababa de entrar de la calle, se sentó junto a su padre
para contarle algunas anécdotas de las que corrían y leerle sueltos de
periódico. Aquella tarde fue Milagros, que también había ido las
anteriores, demostrando por la salud del Sr. D. Francisco un interés
verdaderamente fraternal. Algunos ratitos le acompañaba; pero pronto se
dirigían ella y su colega al aposento más lejano, que era la Furriela.
Nunca explicó claramente la marquesa a su amiga cómo había sido aquel
feliz arreglo de la famosa apretura del día 14; pero ello debió de ser
un préstamo a cortísimo plazo, por lo que se verá más adelante. Lo
cierto es que la cena fue esplendidísima, y un célebre cronista de
salones, con aquel estilo eunuco que les es peculiar, la ponderó y
ensalzó hasta las nubes, usando frases entre españolas y francesas que
no repito por temor a que, leyéndolas, sientan mis buenos lectores en su
estómago efectos parecidos a los del tártaro emético. Cuando le leyeron
a don Francisco la relación de la lucida fiesta, el buen señor no cesaba
de repetir: «¡Quién sería el bobo, quién sería el bobo...!».
Los primeros días después del sarao, Milagros parecía muy satisfecha.
Paulatinamente su contento amenguaba, y hacia el 20 podríais notar en
ella súbitos ataques de tristeza. No pasó el 22 sin que a ratos revelara
con hondos suspiros una aprensión muy grave. Por San Juan ya los ratos
de tranquilidad eran los menos, y la marquesa anunció a su amiga,
confidencias muy desagradables. Esta se asustaba oyendo tales augurios,
y veía venir una nube más negra y tempestuosa que la pasada. Entre
tanto, los cariños de Milagros eran tan extremados, que Rosalía no sabía
cómo agradecerlos. A menudo hablaban de trajes y modas, aunque la de
Bringas no tenía gusto para nada, mientras su esposo estuviese
enfermo. Por fortuna, el médico anunciaba una curación pronta, y con
este pronóstico feliz tomaba tales alientos la dama, que su espíritu
empezó a reservar un hueco no pequeño para todo lo concerniente al orden
de la indumentaria elegante. Los regalitos de Milagros en aquella
ocasión triste le llegaban al alma. Y cuenta que no eran bicoca estos
obsequios. Una tarde, al despedirse, le dijo: «¿Sabe usted que el
sombrero Florián no me va bien? A usted le caería perfectamente. Se lo
voy a mandar».
Y se lo mandó. Otro día hablaron de vestidos, con más calor. «El de pelo
de cabra, que tengo a medio hacer no me gusta. Se lo enviaré mañana...
Como usted ha de ir forzosamente a baños con su marido, puede usarlo
allá... No, no me lo agradezca usted. Si no me sirve... También le
traeré el _fichú_ con cinta de terciopelo verde y un casquete de fieltro
para que usted se lo arregle fácilmente. Para baños, delicioso. Le
mandaré igualmente flores, plumas, _aigrettes_... Tengo seis cajones
llenos de estas cosas... Hoy me llevó la modista la bata grosella...
¿Sabe usted que no me va muy bien? Ese color sólo sienta bien a las
gruesas, a las caras frescas... ¿La quiere usted? Puede hacerle algunas
variaciones, ensancharla un poquito, y le servirá... La tela es
riquísima».
He aquí cómo entraron en la casa todas estas ricas prendas.
Rosalía, como hemos dicho, no tenía gusto para nada, y las iba
almacenando en el Camón. Alguna vez, cuando su espíritu estaba sosegado,
por las buenas esperanzas que daba el médico, solía encerrarse en la
citada pieza para probarse la bata, el vestido, el sombrero... Sin poder
resistir la tentación, dispuso con Emilia varios arreglos, alargando
unas cosas, reformando completamente otras. A veces, dejándose llevar de
su apasionado afán, salía del Camón y daba dos o tres vueltas por la
casa con todos aquellos arreos sobre su cuerpo. Para esto esperaba a que
la criada y los niños estuviesen fuera y D. Francisco encerrado en
Gasparini con Paquito. Más de una vez se mostró engalanada a la
admiración de Cándida, solicitando del criterio de esta una aprobación o
censura juiciosas. La viuda siempre se sentía tocada del furor del
aplauso, y para que no lo diese con aspavientos ruidosos, Rosalía se
llegaba a ella con el dedo en la boca, incitándola a reprimir toda
manifestación de pasmo y sorpresa, no fuera que algún sutil oído
percibiese lo que en la Saleta ocurría. Luego tornaba melancólica al
recatado Camón, y allí se despojaba de aquellas galas, diciendo con
pena: «No tengo gusto para nada, no está mi espíritu para estas bromas».
El 26 fue cuando la de Tellería, no pudiendo ya contener la ola de
tristeza que se desbordaba en su afligido pecho, la vertió sobre el de
su buena amiga, previo este exordio patético que nos ha
conservado la historia:
«También le mandaré a usted el vestido de muselina con visos violeta...
y todos mis encajes de Valenciennes, punto de Alenzon y _guipure_. ¿Para
qué quiero nada ya? Las pocas joyas que me quedan tal vez sean algún día
para usted... Yo estoy perdida; no tengo más remedio que esconderme,
entrar en un convento, huir, o qué sé yo... Si pudiera entrar en un
convento, sería lo mejor... Y si Dios me quisiera llevar, ¡qué servicio
me haría!... Pero no sé lo que me digo... Se pasmará usted de verme tan
aturdida, tan trastornada, que no parezco la misma... ¡Cuándo usted
sepa...! Es que llueven sobre mí las calamidades, como si el Señor
quisiera probarme. Dicen que así se hacen méritos para la otra vida, y
tiene que ser, tiene que ser, porque si no, amiga mía, ¿qué cosa más
triste que penar aquí y penar allá?... Yo nací con mala estrella...
Hasta ahora, los conflictos en que me ha puesto mi mariducho han sido
tales, que los he ido sorteando con maña... Dios sabe el mérito grande,
¿qué digo mérito?, el heroísmo de estos últimos años. ¡Qué sofocaciones
para sostener la dignidad de la casa, para que a los hijos no les
faltase nada!... ¡Y algunos días, qué afán horroroso para que los
criados pudieran decir: «La sopa está en la mesa!...» ¡Cuánta
humillación, cuánto padecer, y qué lucha, amiguita, qué lucha con
acreedores, con gente ordinaria y con toda clase de
pedigüeños!... Pero cuando se van acumulando las dificultades, cuando se
prolonga mucho el sistema de abrir un hueco para tapar otro y prorrogar
y aplazar, llega un día en que todo se va de través; es como un barco ya
muy viejo y remendado que de repente se abre... ¡plum!... y...».
Al llegar a esto del barco averiado, el lenguaje de la pobre señora, más
que lenguaje, era un sollozo continuo. Rosalía, casi tan apenada como
ella, la incitó a que explicara el motivo de tanta desdicha, para ver
si, conocido de una manera clara y concreta, era fácil buscarle remedio.
Mas la marquesa no supo o no quiso exponer su conflicto en términos
categóricos. Ello era cosa de reunir para fin de mes una cantidad no
pequeña. Si no la tenía, veríase en el mayor y más grave compromiso de
su vida, y quizás, o sin quizás, expuesta al vilipendio de ser llevada a
los tribunales de justicia. Pero ¿qué era...? ¿Tal vez que un amigo se
había comprometido por sacarla del difícil paso y ella había puesto su
malhadada firma...? ¡La muy tonta!, ¿por qué no se cortó la mano
antes...? Es verdad que si se hubiera cortado la manecita, no habría
tenido cena en la mil veces malhadada noche del 14.
Rosalía, que sabía de lógica más que la marquesa, díjole que por qué no
escribía a su administrador de Almendralejo para que le anticipase
la renta del trimestre, aunque fuera con descuento. A lo que
Milagros contestó entre suspiros que ya esta probable solución se había
tanteado y no podía contar con la renta hasta el 15 de Julio... Eso sí,
la renta era segura, y a la persona que le hiciera el anticipo, le
pagaría puntualmente en dicha fecha.
--Pero ¿no puede usted aplazar...?
--Imposible, hija, imposible... Tan imposible como que vuelen los bueyes
o que mi marido tenga sentido común.
--¿Y su hermana de usted, Tula...?
--Más absurdo aún...
Rosalía alzó los hombros. No veía salvación. Pero Milagros, que iba tras
el _quid_ de que su amiga la sacase de aquel profundo atolladero en que
estaba, echole los brazos al cuello y con ahogada voz le deletreó en el
oído estas palabras, más lacrimosas que el cenotafio en que D. Francisco
había trabajado con tan mala fortuna: «Usted... usted, amiga del alma,
puede salvarme...».
Dicho esto, le entró una congoja y una convulsioncilla de estas que las
mujeres llaman ataque de nervios, por llamarlo de alguna manera, seguida
de un espasmo de los que reciben el bonito nombre de síncope.
XXIV
Fue preciso traerle un vasito de agua, desabrocharle el corsé, y no sé
qué más.
--Pero yo... ¿cómo...?--exclamaba Rosalía, mucho después, espantada--,
¿cómo puedo yo...?
--Pidiéndolo a D. Francisco. Le daré interés, el rédito que quiera y un
pagaré en toda regla... Traerá la carta de mi administrador para que la
vea. Dice que cuente con la renta para el 15. No es mi administrador
como el de doña Cándida, un vano fantasma, sino un ser de carne y hueso.
Bien se conoce eso en que sus anticipos son siempre al veinte por
ciento.
Rosalía denegaba enérgicamente con la cabeza y con la voz... «Hija mía,
usted se hace ilusiones. Mi marido no tiene un cuarto. Y si lo tuviera,
no lo daría. Usted no le conoce...».
A esta razón terminante opuso la angustiada señora otras que denotaban
su perspicacia y los infinitos recursos de su ingenio. Que D. Francisco
tenía era un punto inconcuso, superior a todas las dudas. Sentado este
principio, la cuestión quedaba reducida a ver cómo se vaciaba
el misterioso tesoro en las necesitadas manos de Milagros. Si una esposa
fiel tomaba a su cargo esta empresa, que no era un arco de iglesia, bien
podía efectuarse la trasferencia sin contar con Bringas para nada. La
fiel esposa no debía tener escrúpulos de conciencia por esta acción un
tanto incorrecta y temeraria, porque la cantidad sería repuesta antes de
que el buen señor se hallara en estado de advertir la falta.
--Pues qué, ¿cree usted que D. Francisco verá antes del día 15 de Julio?
Esta pregunta, hecha por Milagros en el calor de la improvisación,
lastimó bastante a Rosalía.
--Yo espero que sí, y si así no fuera, como lo deseo tanto, quiero
suponer que no tardará en recobrar la vista.
--Perdóneme usted, amiga querida, si soy poco delicada. A veces digo
unos disparates... Usted no sabe lo que es una situación como esta en
que yo me veo. Vive usted en la gloria y no comprende cómo nos
retorcemos y nos achicharramos y aun blasfemamos los condenados en este
infierno de Madrid... ¡Las cosas que a mí se me ocurren...! En un caso
como este, no se asuste usted y créame lo que le digo... en un caso como
este, me figuro que sería capaz hasta de apropiarme lo ajeno... se
entiende con propósito de devolver. ¡Ay! Cuando entro en mi casa y veo
al portero en su cuartito bajo, comiéndose unas sopas de ajo
con la portera, ¡me da una envidia...! Quisiera mandarle a mi principal
y quedarme yo en la portería, aunque tuviera que barrer el portal todas
las mañanas, limpiar los metales y lavar la escalera de arriba abajo...
Si es lo que digo, me vendría bien encerrarme en un convento y no
acordarme más del mundo. Pero mis hijos, mis pobres hijos... ¿Qué sería
de ellos entonces?... Cuando case a María, ¡quién sabe...!, puede ser,
puede ser que me decida a buscar descanso en la vida religiosa... Por lo
menos, renunciaré al mundo y haré vida recogida en mi propia casa; no
tendré más vestido que un hábito del Carmen, y aquí paz... Por las
mañanas mi misa, por las tardes visitar a alguna amiga, y por la noche a
casa... Acostarme tempranito, que es lo más saludable y... ¡Ay, qué rica
vida!...
Después que volvió a insinuar su pretensión, no obteniendo de Rosalía
sino frías negativas, dijo súbitamente:
«A ver cómo nos arreglamos para ir juntas a baños. Yo siento mucho
retrasarme, pero antes de principios de Agosto creo que no podrá ser.
¿No ha dicho el médico aún qué aguas va a tomar Bringas? Yo iré a donde
usted vaya, pues para mis males lo mismo son unas aguas que obras...
Todo está en zarandearse un poco y salir de este horno».
En esto del viajecito a baños era Rosalía más comunicativa que en el
anterior tema. Bien deseaba veranear pero aún no había dicho el médico
nada terminante. Bringas no quería ir por no hacer gastos; pero si el
médico se lo mandaba, ¿cómo negarse a ello...? A la señora misma no le
sentaría mal un poco de expansión y movimiento, pues estaba delicadita y
algo desmejorada... De este palique de los baños pasaron a los vestidos,
y tras las observaciones vinieron las probaturas... Rosalía se puso el
de _mozambique_, ya casi concluido, y su amiga la felicitó tan
calurosamente por el buen aire que con él tenía, que a poco más revienta
de vanidad la hija de cien Pipaones.
«Si es usted elegantísima... si cuanto usted se pone resulta
maravilloso. La verdad, no es porque sea usted mi amiga... A todo el
mundo lo digo: si usted quisiera, no tendría rival. ¡Qué cuerpo!, ¡qué
caída de hombros! Francamente, usted, siempre que se quiere vestir,
oscurece cuanto se le pone al lado».
--Que a Rosalía se le caía la baba con esta adulación, no hay para qué
decirlo. Era una estupidez que persona de tal mérito tuviera que
esconder su buena ropa, ponérsela a hurtadillas e inventar mil mentiras
para justificar el uso de diversas prendas que parecían ajustadas a su
hermoso cuerpo por los mismos ángeles de la moda. Al quitarse aquellas
galas delante de su amiga, pensaba en el tremendo problema de
explicar al marido la adquisición de ellas, cuando no tuviera más
remedio que lucirlas ante sus ojos o no lucirlas.
Milagros no se despidió sin repetir con amaneramiento compungido sus
ahogos y el remedio que solicitaba. Por fin, Rosalía confortó su
espíritu con un _veremos_, y el rostro de la Tellería iluminose con un
chispazo de alegría.
«Mañana--dijo ya en la puerta--, le mandaré aquella blonda que le
gustaba a usted tanto... No, no me lo agradezca... Yo soy la que tiene
que agradecer, y si usted me saca del pantano... _(Estampándole dos
sonoros y sentimentales besos.)_ gratitud eterna... Adiós».
Por aquellos días volvió de Archena D. Manuel Pez, contento de lo bien
que le habían sentado las aguas, con buen color, mejor apetito y ánimos
para todo. Su primera visita fue para Bringas, de cuya enfermedad había
tenido noticia en los baños, y le animó mucho y se brindó a acompañarle
por mañana, tarde y noche, dedicándole todo el tiempo que sus quehaceres
le dejaban libre. Cumplió esto al pie de la letra, y su presencia en la
casa llegó a ser tan reglamentaria, que cuando no iba parecía que
faltaba algo. A ratos entretenía al enfermo con los sucesos políticos,
contándole mil chuscadas; pero tenía cuidado de no ponderar los peligros
del Trono ni el mal curso que tomaban las cosas, pues mi D.
Francisco, en cuanto oía hablar de _la llamada_ revolución, se ponía
tristísimo y daba unos suspiros que partían el alma. Cuando había otros
acompañantes en Gasparini, o cuando se consideraba perjudicial la
conversación muy prolongada, Pez se iba a la Saleta o a Embajadores,
donde Rosalía, hallándole al paso, cambiaba algunas palabras con él.
Notaba la dama en su amigo un mudo y ceremonioso respeto, y las
galanterías con que la obsequiaba eran siempre caballerescas y de estilo
un tanto rebuscado. Ella le correspondía con sentimientos de admiración,
de una pureza intachable, porque Pez se agigantaba más cada día a sus
ojos, como tipo del personaje oficial, del alto empleado, fastuoso y
cortesano. En la mente de la Pipaón, ningún ideal de hombre podía ser
completo sin estar bañado en la dorada atmósfera de una nómina. Si Pez
no hubiera sido empleado, habría perdido mucho a sus ojos, acostumbrados
a ver el mundo como si todo él fuera una oficina y no se conocieran
otros medios de vivir que los del presupuesto. Luego aquel aire
elegante, aquella levita negra cerrada, sin una mota, planchada,
estirada, cual si hubiera nacido en la misma piel del sujeto; aquellos
cuellos como el ampo de la nieve, altos, tiesos; aquel pantalón que
parecía estrenado el mismo día; ¡aquellas manos de mujer cuidadas con
esmero...!
XXV
¡Y aquel modo de peinarse tan sencillo y tan señor al mismo tiempo,
aquel discreto uso de finos perfumes, aquella olorosa cartera de cuero
de Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo las
cosas de dos o tres maneras para que fueran mejor comprendidas...! Ni
una sola vez, siempre que le decía algo, dejaba de emplear alguna frase
de sentido ingenioso y un poco doble. Rosalía no las hubiera oído quizás
con gusto si no le inspirara indulgencia la consideración de que las
merecía muy bien y de que en cierto modo la sociedad tenía con ella
deudas de homenaje, que hasta entonces no le habían sido pagadas en
ninguna forma. Venía a ser Pez, en buena ley, el desagraviador de ella,
el que en nombre de la sociedad le pagaba olvidados tributos.
Como apretaba bastante el calor, principalmente por la tarde, a causa de
estar la casa al Poniente, la familia buscaba desahogo en la terraza.
Una tarde, con permiso del médico, salió el mismo D.
Francisco, apoyado en el brazo de Pez, y dio un par de vueltas; mas no
le sentó bien, y se dejaron los paseos hasta que el enfermo se hallase
en mejores condiciones. Pero por verso privado de aquel esparcimiento,
no gustaba que los demás se privasen, y con frecuencia instaba a su
mujer para que saliese a tomar el aire. «Hijita, no sé qué me da de
verte encerrada en esta cazuela. Yo no siento el calor; pero tú que no
cesas de andar de aquí para allí, estarás abrasada. Salte a la terraza».
Las más de las veces negábase Rosalía. «No estoy yo para paseos...
déjame». Pero algunas tardes salía. El señor de Pez la acompañaba. Un
día que él salió primero, porque verdaderamente se ahogaba en el
caldeado gabinete, la vio aparecer con su bata grosella, adornada de
encajes, abanicándose. Estaba elegantísima, algo estrepitosa, como diría
Milagros; pero muy bien, muy bien. Contar los piropos que le echó Pez
sería convertir este libro en un largo madrigal. Sin saber cómo, dejose
ir la dama al impulso de una espontaneidad violenta que en su espíritu
bullía, y contó a su amigo el incidente de la bata, sorprendida por el
esposo en un momento en que se alzó la venda... «¡Pobrecito!, no le
gusta ver en mí cosas que le parecen de un lujo excesivo... y quizás
tenga razón...». De aquí pasó la Pipaón a consideraciones generales.
Para Bringas no había más que los cuatro trapos de siempre, bien
_apañaditos_, y las metamorfosis de un mismo vestido hasta lo
infinito... Por cierto que ella no sabía cómo arreglarse. De una parte
la solicitaba la obediencia que debía a su marido, de otra el deseo de
presentarse decentemente, con dignidad... ¡por decoro de él mismo! «Si
se tratara de mí sola, me importaría poco. Pero es por él, por él...
para que no digan por ahí que me visto de tarasca».
Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, y
llegó a indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tan
contraria a las exigencias sociales... «Ese hombre no conoce que su
propia dignidad, que su propio decoro, que su propio interés... ¿Cómo ha
de hacer carrera un hombre semejante, un hombre que así discurre, un
hombre que de este modo procede?...». Rosalía se extendió aún más en el
terreno de las confidencias, no callando las agonías que pasaba para
ocultar a Bringas las pequeñas compras que se veía obligada a hacer...
«A veces, no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo que
inventar historias...». Tan caballero era Pez y tan noble, que después
de compadecer a su amiga con toda el alma, se brindó a prestarle su
desinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de Bringas se
veía ella en cualquier situación difícil... «O hay amistad entre los
dos, o no la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedaría entre usted y
yo... ¡Cómo consentir que usted... con tanto valer, tanto
mérito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!».
Y siguió tal diluvio de elogios, que Rosalía se abanicaba más para
atenuar el vivísimo calor que a su epidermis salía. Su bonita nariz de
facetas se hinchaba, se hinchaba hasta reventar... «Voy a darle el
refresco... son las siete»--dijo de súbito. También ella debía tomarlo,
que bien lo necesitaba.
Con las seguridades que dio el médico al siguiente día, se pusieron
todos muy contentos. Oyéronse de nuevo risas en la casa, y el paciente
mismo, recobrando sus ánimos, despedía chispas de impaciencia y
vivacidad. «La semana que entra--había dicho el doctor--, le quitaremos
a usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana no tendrá usted
sino ligeras alteraciones en la visión, y podrá salir a la calle con
espejuelos oscuros. Absteniéndose durante el verano de todo trabajo en
que se canse la vista, para el otoño volverá usted a su oficina y a las
ocupaciones ordinarias, renunciando para siempre a jugar con pelos...
Los trabajos mecánicos que afectan al sistema muscular le sentarán bien,
como la carpintería, por ejemplo, la tornería, labores campestres...
Pero nada de menudencias». Muy mal gesto puso Bringas cuando el médico
agregó a esto la indicación de tomar las aguas de Cestona. Hubo aquello
de «patraña; en otros tiempos nadie tomaba baños y moría menos
gente» y lo de que «los baños son un pretexto para gastar dinero y lucir
las señoras sus arrumacos...». A lo que el viejo Galeno contestó con una
apología vehemente de la medicación hidropática... «Sea lo que quiera,
hijito--declaró Rosalía, con más elocuencia en las ventanillas de la
nariz que en los labios--; el médico lo manda y basta... ¿Que es
patraña?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo para
que no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... El
clima de las provincias en verano te acabará de reponer. ¡Oh!, lo que es
por mí, aquí me quedaría, pues el viajar, más es molestia que otra cosa;
pero los niños _(Acentuando la afirmación con enfáticos ademanes.)_ no
pueden pasarse un año más sin los baños de mar».
A pesar de que lastimaba su espíritu aquella perspectiva de viaje, con
las molestias consiguientes, el mucho gastar, el pedir billetes
gratuitos y demás chinchorrerías, D. Francisco estaba tan contento que
le rebozaba la alegría en los labios, y no podía estar callado ni un
minuto. «En cuanto me ponga bien, voy a emprender un trabajo de
carpintería. Te voy a hacer un armario para la ropa, tan bueno y tan
famoso, que la gente pedirá papeleta para verlo, como la Historia
Natural, y Caballerizas. El arrendatario de las cortas de Balsaín me da
cuanta madera de pino me haga falta... En los sótanos de esta
casa hay un depósito de caobas que se están pudriendo, y Su Majestad me
permitirá sacar una piececita... El contratista del panteón de Infantes
del Escorial me ha ofrecido todo el mármol que quiera. Te haré un
armario de mármol... digo un panteón para la ropa... no, haré un
magnífico lavabo y un
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