El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)
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Title: El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)
Author: José Rizal
Release date: January 9, 2010 [eBook #30903]
Most recently updated: December 30, 2022
Language: Spanish
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J. Rizal
EL FILIBUSTERISMO
(Continuacion del Noli me tángere)
Novela Filipina.
Facilmente se puede suponer que un
filibustero ha hechizado en secreto
á la liga de los fraileros y
retrógrados para que, siguiendo
inconscientes sus inspiraciones,
favorezcan y fomenten aquella
política que solo ambiciona un fin:
estender las ideas del filibusterismo
por todo el país y convencer al
último filipino de que no existe otra
salvacion fuera de la separacion de
la Madre-Patria.
Ferdinand Blumentritt.
GENT,
Boekdrukkerij F. MEYER-VAN LOO, Vlaanderenstraat, 66.
1891.
A LA MEMORIA
de los Presbíteros, don Mariano GOMEZ (85 años),
don José BURGOS (30 años)
y don Jacinto ZAMORA (35 años).
EJECUTADOS EN EL PATÍBULO DE BAGUMBAYAN,
el 28 de Febrero de 1872.
La Religion, al negarse á degradaros, ha puesto en duda el crímen que
se os ha imputado; el Gobierno, al rodear vuestra causa de misterio
y sombras, hace creer en algun error, cometido en momentos fatales,
y Filipinas entera, al venerar vuestra memoria y llamaros mártires,
no reconoce de ninguna manera vuestra culpabilidad.
En tanto, pues, no se demuestre claramente vuestra participacion
en la algarada caviteña, hayais sido ó no patriotas, hayais ó no
abrigado sentimientos por la justicia, sentimientos por la libertad,
tengo derecho á dedicaros mi trabajo como á víctimas del mal que
trato de combatir. Y mientras esperamos que España os rehabilite un
día y no se haga solidaria de vuestra muerte, sirvan estas páginas
como tardía corona de hojas secas sobre vuestras ignoradas tumbas,
y todo aquel que sin pruebas evidentes ataque vuestra memoria, ¡que
en vuestra sangre se manche las manos!
J. RIZAL.
I
SOBRE-CUBIERTA
Sic itur ad astra.
En una mañana de Diciembre, el vapor Tabo subía trabajosamente el
tortuoso curso del Pasig conduciendo numerosos pasageros hácia la
provincia de la Laguna. Era el vapor de forma pesada, casi redonda
como el tabù de donde deriva su nombre, bastante sucio apesar de
sus pretensiones de blanco, magestuoso y grave á fuerza de andar con
calma. Con todo, le tenían cierto cariño en la comarca, quizás por
su nombre tagalo ó por llevar el caracter peculiar de las cosas del
pais, algo así como un triunfo sobre el progreso, un vapor que no era
vapor del todo, un organismo inmutable, imperfecto pero indiscutible,
que, cuando más quería echárselas de progresista, se contentaba
soberbiamente con darse una capa de pintura.
Y ¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Con un poquito
de buena voluntad hasta se le podía tomar por la nave del Estado,
construida bajo la inspeccion de Reverendas é Ilustrísimas personas!
Bañada por el sol de la mañana que hacía vibrar las ondas del río y
cantar el aire en las flexibles cañas que se levantan en ambas orillas,
allá va su blanca silueta agitando negro penacho de humo ¡la nave
del Estado, dicen, humea mucho tambien!... El silbato chilla á cada
momento, ronco é imponente como un tirano que quiere gobernar á gritos,
de tal modo que dentro nadie se entiende. Amenaza á cuanto encuentra;
ora parece que va á triturar los salambaw, escuálidos aparatos de pesca
que en sus movimientos semejan esqueletos de gigantes saludando á una
antidiluviana tortuga; ora corre derecho ya contra los cañaverales,
ya contra los anfibios comederos ó kárihan, que, entre gumamelas y
otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con los piés en el agua
no se resuelven aun á zambullirse; á veces, siguiendo cierto camino
señalado en el río por troncos de caña, anda el vapor muy satisfecho,
mas, de repente un choque sacude á los viajeros y les hace perder el
equilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie sospechaba...
Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aun, véase
la disposicion de los pasajeros. Bajo-cubierta asoman rostros morenos
y cabezas negras, tipos de indios, chinos y mestizos, apiñados entre
mercancías y baúles, mientras que allá arriba, sobre-cubierta y bajo
un toldo que les protege del sol, estan sentados en cómodos sillones
algunos pasajeros vestidos á la europea, frailes y empleados, fumándose
sendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse al parecer de
los esfuerzos del capitan y marineros para salvar las dificultades
del río.
El capitan era un señor de aspecto bondadoso, bastante entrado
en años, antiguo marino que en su juventud y en naves más veleras
se había engolfado en más vastos mares y ahora en su vejez tenía
que desplegar mayor atencion, cuidado y vigilancia para orillar
pequeños peligros... Y eran las mismas dificultades de todos los
días, los mismos bajos de cieno, la misma mole del vapor atascada en
las mismas curvas, como una gorda señora entre apiñada muchedumbre,
y por eso á cada momento tenía el buen señor que parar, retroceder,
ir á media máquina enviando, ora á babor ora á estribor, á los cinco
marineros armados de largos tikines para acentuar la vuelta que el
timon ha indicado. ¡Era como un veterano que, despues de guiar hombres
en azarosas campañas, fuese en su vejez ayo de muchacho caprichoso,
desobediente y tumbon!
Y doña Victorina, la única señora que se sienta en el grupo europeo,
podrá decir si el Tabo era tumbon desobediente y caprichoso, doña
Victorina que como siempre está nerviosa, lanza invectivas contra los
cascos, bankas, balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las
lavanderas y bañistas que la molestan con su alegría y algazara! Sí, el
Tabo iría muy bien si no hubiese indios en el río, ¡indios en el país,
sí! si no hubiese ningun indio en el mundo, sin fijarse en que los
timoneles eran indios, indios los marineros, indios los maquinistas,
indios las noventa y nueve partes de los pasajeros é india ella misma
tambien, si le raspan el blanquete y la desnudan de su presumida
bata. Aquella mañana, doña Victorina estaba más inaguantable que
nunca porque los pasageros del grupo hacían poco caso de ella, y no
le faltaba razon porque consideren ustedes: encontrarse allí tres
frailes convencidos de que todo el mundo andaría al reves el día en
que ellos anduviesen al derecho; un infatigable D. Custodio que duerme
tranquilo, satisfecho de sus proyectos; un fecundo escritor como Ben
Zayb (anagrama de Ibañez) que cree que en Manila se piensa porque él,
Ben Zayb, piensa; un canónigo como el P. Irene que da lustre al clero
con su faz rubicunda bien afeitada donde se levanta una hermosa nariz
judía, y su sotana de seda de garboso corte y menudos botones; y un
riquísimo joyero tal como Simoun que pasa por ser el consultor y el
inspirador de todos las actos de S. E. el Capitan General, consideren
ustedes que encontrarse estas columnas sine quibus non del país,
allí agrupaditas en agradable charla y no simpatizar con una filipina
renegada, que se tiñe los cabellos de rubio, ¡vamos! que hay para
hacer perder la paciencia á una Joba, nombre que doña Victorina se
aplica siempre que las há con alguno.
Y el mal humor de la señora se aumentaba cada vez que gritando el
Capitan ¡baborp! ¡estriborp! sacaban rápidamente los marineros sus
largos tikines, los hincaban ya en una ya en otra orilla, impidiendo,
con el esfuerzo de sus piernas y sus hombros, á que el vapor diese
en aquella parte con su casco. Vista así la nave del Estado, diríase
que de tortuga se convertía en cangrejo cada vez que un peligro
se acercaba.
--Pero, capitan, ¿por qué sus estúpidos timoneles se van por ese
lado? preguntaba muy indignada la señora.
--Porque allí es muy bajo, señora, contestaba el capitan con mucha
pausa y guiñando lentamente el ojo.
El capitan había contraido esta pequeña costumbre como para decir á
sus palabras que salgan: ¡despacio, muy despacio!
--¡Media máquina, vaya, media máquina! protesta desdeñosamente doña
Victorina; ¿por qué no entera?
--Porque navegaríamos sobre esos arrozales, señora, contesta
imperturbable el capitan sacando los labios para señalar las sementeras
y haciendo dos guiños acompasados.
Esta doña Victorina era muy conocida en el pais por sus estravagancias
y caprichos. Frecuentaba mucho la sociedad y se la toleraba siempre que
se presentaba con su sobrina, la Paulita Gomez, bellísima y riquísima
muchacha, huérfana de padre y madre, y de quien doña Victorina era
una especie de tutora. En edad bastante avanzada se había casado con
un infeliz llamado don Tiburcio de Espadaña, y en los momentos en que
la vemos, lleva ya quince años de matrimonio, de cabellos postizos y
traje semi-europeo. Porque toda su aspiracion fué europeizarse, y desde
el infausto día de su casamiento, gracias á tentativas criminales;
ha conseguido poco á poco trasformarse de tal suerte que á la hora
presente Quatrefages y Virchow juntos no sabrían clasificarla entre
las razas conocidas. Al cabo de tantos años de matrimonio, su esposo
que la había sufrido con resignacion de fakir sometiéndose á todas
sus imposiciones, tuvo un aciago día el fatal cuarto de hora, y le
administró una soberbia paliza con su muleta de cojo. La sorpresa de
la señora Joba ante semejante inconsecuencia de caracter hizo que
por de pronto no se apercibiese de los efectos inmediatos y sólo,
cuando se repuso del susto y su marido se hubo escapado, se apercibió
del dolor guardando cama por algunos días con gran alegría de la
Paulita que era muy amiga de reir y burlarse de su tía. En cuanto al
marido, espantado de su impiedad que le sonaba á horrendo parricidio,
perseguido por las furias matrimoniales (los dos perritos y el loro de
la casa) diose á huir con toda la velocidad que su cojera le permitía,
subió en el primer coche que encontró, pasó á la primera banka que vió
en un río, y, Ulises filipino, vaga de pueblo en pueblo, de provincia
en provincia, de isla en isla seguido y perseguido por su Calipso
con quevedos, que aburre á cuantos tienen la desgracia de viajar con
ella. Ha tenido noticia de que él se encontraba en la provincia de
la Laguna, escondido en un pueblo, y allá va ella á seducirle con
sus cabellos teñidos.
Los combarcanos habían tomado el partido de defenderse, sosteniendo
entre sí animada conversacion, discutiendo sobre cualquier asunto. En
aquel momento por las vueltas y revueltas del río, hablábase de su
rectificacion y naturalmente de los trabajos de las Obras del Puerto.
Ben Zayb, el escritor que tenía cara de fraile, disputaba con un
joven religioso que á su vez tenía cara de artillero. Ambos gritaban,
gesticulaban, levantaban los brazos, abría las manos, pateaban,
hablaban de niveles, de corrales de pesca, del río de S. Mateo,
de cascos, de indios, etc., etc. con gran contento de los otros
que les escuchaban y manifiesto disgusto de un franciscano de edad,
extraordinariamente flaco y macilento, y de un guapo dominico que
dejaba... dejaba vagar por sus labios una sonrisa burlona.
El franciscano flaco que comprendía la sonrisa del dominico quiso
cortar la disputa interviniendo. Debían respetarle sin duda porque
con una señal de la mano cortó la palabra á ambos en el momento en
que el fraile-artillero hablaba de experiencia y el escritor-fraile
de hombres de ciencia.
--Los hombres de ciencia, Ben Zayb, ¿sabe usted lo que que son? dijo
el franciscano con voz cavernosa sin moverse casi en su asiento y
gesticulando apenas con las descarnadas manos. Allí tiene usted en la
provincia el puente del Capricho, construido por un hermano nuestro,
y que no se terminó porque los hombres de ciencia, fundándose en sus
teorías, lo tacharon de poco sólido y seguro, y ¡mire usted! ¡está
el puente que resiste á todas las inundaciones y terremotos!
--¡Eso, puñales, eso precisamente, eso iba yo á decir,! exclamó el
fraile-artillero pegando puñetazos en los brazos de su silla de caña;
¡eso, el puente del Capricho y los hombres de ciencia; eso iba yo á
decir, P. Salví, puñales!
Ben Zayb se quedó callado, medio sonriendo, bien sea por respeto
ó porque realmente no supiese qué replicar, y sin embargo, ¡él era
la única cabeza pensante en Filipinas!--El P. Irene aprobaba con la
cabeza frotando su larga nariz.
El P. Salví, aquel religioso flaco y descarnado, como satisfecho de
tanta sumision continuó en medio del silencio.
--Pero esto no quiere decir que usted no tenga tanta razon como el
P. Camorra (que así se llamaba el fraile-artillero); el mal está en
la laguna...
--¡Es que no hay ninguna laguna decente en este país! intercaló doña
Victorina, verdaderamente indignada y disponiéndose á dar otro asalto
para entrar en la plaza.
Los sitiados se miraron con terror y, con la prontitud de un general,
el joyero Simoun acudió:
--El remedio es muy sencillo, dijo con un acento raro, mezcla de
inglés y americano del Sur; y yo verdaderamente no sé cómo no se le
ha ocurrido á nadie.
Todos se volvieron prestándole la mayor atencion, incluso el
dominico. El joyero era un hombre seco, alto, nervudo, muy moreno
que vestía á la inglesa y usaba un casco de tinsin. Llamaban en él
la atencion los cabellos largos, enteramente blancos que contrastaban
con la barba negra, rala, denotando un orígen mestizo. Para evitar la
luz del sol usaba constantemente enormes anteojos azules de rejilla,
que ocultaban por completo sus ojos y parte de sus mejillas, dándole
un aspecto de ciego ó enfermo de la vista. Se mantenía de pié con las
piernas separadas como para guardar el equilibrio, las manos metidas
en los bolsillos de su chaqueta.
--El remedio es muy sencillo, repitió, ¡y no costaría un cuarto!
La atencion se redobló. Se decía en los círculos de Manila que aquel
hombre dirigía al General y todos veían ya el remedio en vías de
ejecucion. El mismo don Custodio se volvió.
--Trazar un canal recto desde la entrada del río á su salida, pasando
por Manila, esto es, hacer un nuevo río canalizado y cerrar el antiguo
Pasig. ¡Se economiza terreno, se acortan las comunicaciones, se impide
la formacion de bancos!
El proyecto dejó atontados á casi todos, acostumbrados á tratamientos
paliativos.
--¡Es un plan yankee! observó Ben Zayb que quería agradar á Simoun.--El
joyero había estado mucho tiempo en la América del Norte.
Todos encontraban grandioso el proyecto y así lo manifestaban en sus
movimientos de cabeza. Solo don Custodio, el liberal don Custodio,
por su posicion independiente y sus altos cargos, creyó deber atacar
un proyecto que no venía de él--¡aquello era una usurpacion!--y tosió,
se pasó las manos por los bigotes y con su voz importante y como si
se encontrase en plena sesion del Ayuntamiento, dijo:
--Dispénseme el señor Simoun, mi respetable amigo, si le digo que no
soy de su opinion; costaría muchísimo dinero y quizás tuviésemos que
destruir poblaciones.
--¡Pues se destruyen! contestó fríamente Simoun.
--¿Y el dinero para pagar á los trabajadores...?
--No se pagan. Con los presos y los presidiarios...
--¡Ca! ¡no hay bastante, señor Simoun!
--Pues si no hay bastante, que todos los pueblos, que los viejos, los
jóvenes, los niños trabajen, en vez de los quince días obligatorios,
tres, cuatro, cinco meses para el Estado, ¡con la obligacion ademas
de llevar cada uno su comida y sus instrumentos!
Don Custodio, espantado, volvió la cara para ver si cerca había algun
indio que les pudiese oir. Afortunadamente los que allí se encontraban
eran campesinos, y los dos timoneles parecían muy ocupados con las
curvas del río.
--Pero, señor Simoun...
--Desengáñese usted, don Custodio, continuó Simoun secamente; sólo de
esa manera se ejecutan grandes obras con pocos medios. Así se llevaron
á cabo las Pirámides, el lago Moeris y el Coliseo en Roma. Provincias
enteras venían del desierto cargando con sus cebollas para alimentarse;
viejos, jóvenes y niños trabajaban acarreando piedras, labrándolas y
cargándolas sobre sus hombros, bajo la direccion del látigo oficial;
y despues, volvían á sus pueblos los que sobrevivían, ó perecían en
las arenas del desierto. Luego venían otras provincias, y luego otras,
sucediéndose en la tarea durante años; el trabajo se concluía y ahora
nosotros los admiramos, viajamos, vamos al Egipto y á Roma, enzalzamos
á los Faraones, á la familia Antonina... Desengáñese V.; los muertos
muertos se quedan y sólo al fuerte le da la razon la posteridad.
--Pero, señor Simoun, semejantes medidas pueden provocar disturbios,
observó don Custodio, inquieto por el giro que tomaba el asunto.
--¡Disturbios, ja ja! ¿Se rebeló acaso el pueblo egipcio alguna vez,
se rebelaron los prisioneros judíos contra el piadoso Tito? ¡Hombre,
le creía á V. más enterado en historia!
¡Está visto que aquel Simoun ó era muy presumido ó no tenía
formas! Decir al mismo don Custodio en su cara que no sabía historia,
¡es para sacarle á cualquiera de sus casillas! Y así fué, don Custodio
se olvidó y replicó:
--¡Es que no está usted entre egipcios ni judíos!
--Y este país se ha sublevado más de una vez, añadió el dominico
con cierta timidez; en los tiempos en que se les obligaba á acarrear
grandes árboles para la construccion de navíos, si no fuera por los
religiosos...
--Aquellos tiempos están lejos, contestó Simoun riéndose más secamente
aun de lo que acostumbraba; estas islas no volverán á sublevarse
por más trabajos é impuestos que tengan... ¿No me ponderaba usted
P. Salví,--añadió dirigiéndose al franciscano delgado,--la casa y el
hospital de Los Baños donde ahora se encuentra su Excelencia?
El P. Salví hizo un movimiento con la cabeza y miró extrañando la
pregunta.
--¿Pues no me había dicho usted que ambos edificios se levantaron
obligando á los pueblos á trabajar en ellos bajo el látigo de un
lego? ¡Probablemente el Puente del Capricho se construyó de la misma
manera! Y digan ustedes, ¿se sublevaron estos pueblos?
--Es que... se sublevaron antes, observó el dominico; y ¡ab actu ad
posse valet illatio!.
--¡Nada, nada, nada! continuó Simoun disponiéndose á bajar á la
cámara por la escotilla; lo dicho, dicho. Y usted P. Sibyla, no
diga ni latines ni tonterías. ¿Para que estarán ustedes los frailes,
si el pueblo se puede sublevar?
Y sin hacer caso de las protestas ni de las réplicas, Simoun bajó por
la pequeña escalera que conduce al interior repitiendo con desprecio:
¡Vaya, vaya!
El P. Sibyla estaba pálido; era la primera vez que á él, Vice Rector de
la Universidad, se le atribuían tonterías; don Custodio estaba verde:
en ninguna junta en que se había encontrado había visto adversario
semejante. Aquello era demasiado.
--¡Un mulato americano! exclamó refunfuñando.
--¡Indio inglés! observó en voz baja Ben Zayb.
--Americano, se lo digo á usted ¿si lo sabré yo? contestó de mal humor
don Custodio; S. E. me lo ha contado; es un joyero que él conoció
en la Habana y que segun sospecho le ha proporcionado el destino
prestándole dinero. Por eso, para pagarle le ha hecho venir á que
haga de las suyas, aumente su fortuna vendiendo brillantes... falsos,
¡quien sabe! Y es tan ingrato que despues de sacar los cuartos á los
indios todavía quiere que... ¡Pf!
Y terminó la frase con un gesto muy significativo de la mano.
Ninguno se atrevía á hacer coro á aquellas diatribas; don Custodio
podía indisponerse con S. E. si quería, pero ni Ben Zayb, ni el
P. Irene, ni el P. Salví, ni el ofendido P. Sibyla tenían confianza
en la discrecion de los demás.
--Es que ese señor, como es americano, se cree sinduda que estamos
tratando con los Pieles Rojas... ¡Hablar de esos asuntos en un
vapor! ¡Obligar, forzar á la gente!... Y es ése el que aconsejó
la espedicion á Carolinas, la campaña de Mindanaw que nos va á
arruinar infamemente... Y es él quien se ha ofrecido á intervenir
en la construccion del crucero, y digo yo ¿qué entiende un joyero,
por rico é ilustrado que fuese, de construcciones navales?
Todo esto se lo decía en voz gutural don Custodio á su vecino Ben
Zayb gesticulando, encogiéndose de hombros, consultando de tiempo en
tiempo con la mirada á los demás que hacían movimientos ambiguos de
cabeza. El canónigo Irene se permitía una sonrisa bastante equívoca
que medio ocultaba con la mano al acariciar su nariz.
--Le digo á usted, Ben Zayb, continuaba don Custodio sacudiéndole
al escritor del brazo; todo el mal aquí está en que no se consulta
á las personas que tienen larga residencia. Un proyecto con grandes
palabras y sobre todo con un gran presupuesto, con un presupuesto en
cantidades redondas, alucina y se acepta en seguida... ¡por esto!
Don Custodio frotaba la yema del dedo pulgar contra las del índice
y del medio.
--Algo de eso hay, algo de eso, creyó deber contestar Ben Zayb que,
en su calidad de periodista, tenía que estar enterado de todo.
--Mire usted, antes que las obras del Puerto, he presentado yo un
proyecto, original, sencillo, útil, económico y factible para limpiar
la barra de la Laguna ¡y no se ha aceptado porque no daba de esto!
Y repitió el mismo gesto de los dedos, se encojió de hombros, miró
á todos como diciéndoles: ¿Ustedes han visto semejante desgracia?
--Y ¿se puede saber en qué consistía?--Y...--¡Hola! exclamaron unos
y otros acercándose y aprestándose á escuchar. Los proyectos de don
Custodio eran famosos como los específicos de los curanderos.
Don Custodio estuvo á punto de no decirles en que consistía, resentido
por no haber encontrado partidarios cuando sus diatribas contra
Simoun. «Cuando no hay peligro quereis que hable, ¿eh? ¿y cuando
lo hay os callais?» iba á decir, pero era perder una buena ocasion,
y el proyecto, ya que no se podía realizar, al menos que se conozca
y se admire.
Despues de dos ó tres bocanadas de humo, de toser y de escupir por
una comisura, preguntó á Ben Zayb dándole una palmada sobre el muslo:
--¿Usted ha visto patos?
--Me parece... los hemos cazado en el lago, respondió Ben Zayb
estrañado.
--No, no hablo de patos silvestres, hablo de los domésticos, de los
que se crían en Pateros y en Pasig. Y ¿sabe usted de qué se alimentan?
Ben Zayb, la única cabeza pensante, no lo sabía: él no se dedicaba
á aquella industria.
--¡De caracolitos, hombre, de caracolitos! contestó el P. Camorra;
no se necesita ser indio para saberlo, ¡basta tener ojos!
--¡Justamente, de caracolitos! repetía don Custodio gesticulando con
el dedo índice; y ¿usted sabe de dónde se sacan?
La cabeza pensante tampoco lo sabía.
--Pues si tuviera usted mis años de pais, sabría que los pescan en
la barra misma donde abundan mezclados con la arena.
--¿Y su proyecto?
--Pues á eso voy. Obligaba yo á todos los pueblos del contorno,
cercanos á la barra, á criar patos y verá V. como ellos, por sí solos,
la profundizan pescando caracoles... Ni más ni menos, ni menos ni más.
Y don Custodio abría ambos brazos y contemplaba gozoso el estupor de
sus oyentes: á ninguno se le había occurido tan peregrina idea.
--¿Me permite usted que escriba un artículo acerca de eso? preguntó
Ben Zayb; en este país se piensa tan poco...
--Pero, don Custodio, dijo doña Victorina haciendo dengues y monadas;
si todos se dedican á criar patos van á abundar los huevos balot. ¡Uy,
qué asco! ¡Que se ciegue antes la barra!
II
BAJO-CUBIERTA
Allá abajo pasaban otras escenas.
Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas,
cajones, cestos y tampipis, á dos pasos de la máquina, al calor de
las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía
la inmensa mayoría de los pasageros.
Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla,
otros juegan á las cartas ó conversan en medio del estruendo de las
palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos
de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincon, hacinados como
cadáveres, dormían ó trataban de dormir algunos chinos traficantes,
mareados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en
el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos
jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por
su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían á circular de
popa á proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la
perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los
movimientos de la máquina tratando de recordar nociones olvidadas de
Física, como rondaban al rededor de la joven colegiala, de la buyera
de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oido palabras
que las hacían sonreir ó cubrirse la cara con el pintado abanico.
Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasageras,
discutían en la proa con un señor de edad, pero aun arrogante y bien
derecho. Ambos debían ser muy conocidos y considerados á juzgar por
ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más
edad, el que va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina
Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El
otro, el más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani,
uno de los poetas ó cuando menos versistas que salieron aquel año del
Ateneo, caracter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante
taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico Capitan Basilio
que venía de hacer compras en Manila.
--Capitan Tiago va muy regular, sí señor, decía el estudiante moviendo
la cabeza; no se somete á ningun tratamiento... Aconsejado por alguno
me envía á S. Diego so pretesto de visitar la casa, pero es para que
le deje fumar el opio con entera libertad.
El estudiante cuando decía alguno, daba á entender el P. Irene,
gran amigo y gran consejero de Capitan Tiago en sus últimos días.
--El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repuso el
Capitan con un desprecio é indignacion de senador romano; los antiguos
lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la aficion
á los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fué
medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los
chinos que no saben una palabra de latin! ¡Ah si Capitan Tiago se
hubiese dedicado á Ciceron!...
Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien
afeitado. Isagani le contemplaba con atencion: aquel señor padecía
la nostalgia de la antigüedad.
--Pero, volviendo á esa Academia de Castellano, continuó Capitan
Basilio; les aseguro á ustedes que no la han de realizar...
--Sí señor, de un día á otro esperamos el permiso, contesta Isagani;
el P. Irene, que usted habrá visto arriba, y á quien regalamos una
pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va á verse con el General.
--¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!
--¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el General.
Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos
chocar uno contra el otro.
--¡Entendido! observó riendo Capitan Basilio. Pero aunque ustedes
consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?
--Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.
--Pero ¿y los profesores?
--Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.
--Y ¿la casa?
--Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.
Capitan Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes tenían
todo dispuesto.
--Por lo demás, dijo encogiéndose de hombros, no es mala del todo, no
es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latin, que al menos
se posea el castellano. Ahí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo
vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latin porque nuestros
libros estaban en latin; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no
tienen libros en latin, en cambio sus libros estan en castellano
y no se enseña este idioma: ¡ætas parentum pejor avis tulit nos
nequiores! como decía Horacio.
Y dicho esto se alejó magestuosamente como un emperador romano. Los
dos jóvenes se sonrieron.
--Esos hombres del pasado, observó Isagani, para todo encuentran
dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas
solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y
redondo como una bola de billar.
--Con tu tío está á su gusto, observó Basilio; hablan de sus antiguos
tiempos... Oye, á propósito ¿qué dice tu tío de Paulita?
Isagani se ruborizó.
--Me echó un sermon sobre la eleccion de esposa... Le contesté que
en Manila no había otra como ella, hermosa, bien educada, huérfana...
--Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula,
añadió Basilio riendo.
Isagani se rió á su vez.
--A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque á su marido?
--¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve
la novia?
--¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde
precisamente... ¡en casa de mi tío!
Ambos se echaron á reir.
--Y hé aquí, continuó Isagani, el por qué mi tío que es un hombre
muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de
que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña
Victorina, cuando supo que yo era pasagero de proa, me miró con
cierto desprecio...
En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dos jóvenes,
--¡Adios, don Basilio!, dijo saludando en tono protector, ¿se va de
vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?
Basilio presentó á Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que
sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía á orillas del mar en la
contra costa.
Simoun examinaba á Isagani con tanta atencion, que molestado éste se
volvió y le miró cara á cara con un cierto aire provocador.
--Y ¿qué tal es la provincia? preguntó Simoun volviéndose á Basilio.
--¿Cómo, no la conoce usted?
--¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los piés en
ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.
--No compramos alhajas porque no las nececitamos, contestó secamente
Isagani, picado en su orgullo de provinciano.
Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.
--No se ofenda usted joven, repuso, yo no tenía ninguna mala intencion
pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban
en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un
curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo
que cuando unos y otros los ceden á los clérigos, es que allí no se
conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes á
tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!
Los jóvenes dieron las gracias y se escusaron diciendo que no tomaban
cerveza.
--Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; la
cerveza, es una cosa buena, y he oido decir esta mañana al P. Camorra
que la falta de energía que se nota en este país se debe á la mucha
agua que beben sus habitantes.
Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!
--Pues dígale usted al P. Camorra, se apresuró á decir Basilio tocando
con el codo disimuladamiente á Isagani, dígale usted que si él bebiese
agua en vez de vino ó de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese
mucho que hablar...
--Y dígale, añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su
amigo, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino
y á la cerveza y mata al fuego; que calentada es vapor, que irritada
es océano ¡y que una vez destruyó á la humanidad é hizo temblar al
mundo en sus cimientos!
Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no se podía leer oculta
por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que
estaba sorprendido.
--¡Bonita réplica! dijo; pero témome que se guasee y me pregunte cuándo
se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El P. Camorra es
algo incrédulo y muy zumbon!
--Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora
se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por
la fatalidad se reunan en el abismo que los hombres van cavando,
contestó Isagani.
--No, señor Simoun, añadió Basilio tomando un tono de broma. Repítale
usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:
Agua somos, decís, vosotros fuego;
Como lo querais, ¡sea!
¡Vivamos en sosiego
Y el incendio jamás luchar nos vea!
Sino que unidos por la ciencia sabia
De las calderas en el seno ardiente,
Sin cóleras, sin rabia,
¡Formemos el vapor, quinto elemento,
Progreso, vida, luz y movimiento!
--¡Utopía, utopía! contestó secamente Simoun; la máquina está por
encontrarse... en el entretanto tomo mi cerveza.
Y sin despedirse dejó á los dos amigos.
--Pero ¿qué tienes tú hoy que estás batallador? preguntó Basilio.
--Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedo casi.
--Te estaba tocando con el codo; ¿no sabes que á ese le llaman el
cardenal Moreno?
--¿Cardenal Moreno?
--O Eminencia Negra, como quieras.
--¡No te entiendo!
--Richelieu tenía un consultor capuchino á quien llamaban Eminencia
Gris; pues éste lo es del General...
--¿De veras?
--Como que lo he oido de alguno... que siempre habla de él mal detrás,
y le adula cuando le tiene delante.
--¿Visita tambien á Capitan Tiago?
--Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le
considera como rival... en la herencia... Y creo que va á verse con
el General para la cuestion de la enseñanza del castellano.
En aquel momento un criado vino para decir á Isagani que su tío
le llamaba.
En uno de los bancos de popa y confundido con los demás pasageros
se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que se desplegaba
sucesivamente á su vista. Sus vecinos le hacían sitio, les hombres,
cuando pasaban cerca, se descubrían y los jugadores no osaban poner
su mesa cerca de donde él estaba. Aquel sacerdote hablaba poco, no
fumaba ni adoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con
los demás hombres y devolvía el saludo con finura y gracia como si
se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastante edad,
los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aun robusta y,
aunque sentado, tenía el tronco erguido y la cabeza recta, pero sin
orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgo de clérigos indios,
pocos por demás, que por aquella época servían como coadjutores ó
administraban algunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y
gravedad como quien tiene conciencia de la dignidad de su persona y
de lo sagrado de su cargo. Un ligero examen de su exterior, si no
ya sus cabellos blancos, manifestaba al instante que pertenecía á
otra época, á otra generacion, cuando los mejores jóvenes no temían
exponer su dignidad haciéndose sacerdotes, cuando los clérigos
miraban de igual á igual á los frailes cualesquiera, y cuando la
clase, aun no denigrada y envilecida, pedía hombres libres y no
esclavos, inteligencias superiores y no voluntades sometidas. En su
rostro triste y serio se leía la tranquilidad del alma fortalecida
por el estudio y la meditacion y acaso puesta á prueba por íntimos
sufrimientos morales. Aquel clérigo era el P. Florentino, el tío de
Isagani y su historia se reduce á muy poco.
Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila, de
gallardo continente y felices disposiciones para brillar en el mundo,
jamás había sentido vocacion sacerdotal; pero, su madre, por ciertas
promesas ó votos, le obligó á entrar en el seminario despues de no
pocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandes amistades
con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, é inexorable como
toda mujer devota que cree interpretar la voluntad de Dios. En vano
se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, en vano se escusó
con sus amores y provocó escándalos; sacerdote tenía que ser y á los
veinticinco años sacerdote fué: el arzobispo le confirió las órdenes,
la primera misa se celebró con mucha pompa, hubo tres días de festin
y la madre murió contenta y satisfecha dejándole toda su fortuna.
Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la que jamás
se curó: semanas antes de su primera misa, la mujer que más había
amado se casó con un cualquiera, de desesperacion; aquel golpe fué
el más rudo que sintiera jamás; perdió su energía moral, la vida le
fué pesada é insoportable. Si no la virtud y el respeto á su estado,
aquel amor desgraciado le salvó de los abismos en que caen los curas
regulares y seglares en Filipinas. Dedicóse á sus feligreses por deber,
y por aficion, á las ciencias naturales.
Cuando acontecieron los sucesos del setenta y dos, temió el
P. Florentino que su curato por los grandes beneficios que rendía
llamase la atencion sobre él, y pacífico antes que todo solicitó su
retiro, viviendo desde entonces como particular en los terrenos de su
familia, situados á orillas del Pacífico. Allí adoptó á un sobrino,
á Isagani, segun los maliciosos hijo suyo con su antigua novia cuando
enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila segun los más serios
y enterados.
El Capitan del vapor había visto al clérigo é instádole á que entrára
en la cámara y subiese sobre-cubierta. Para decidirle había añadido:
--Si usted no va, los frailes creerán que no quiere reunirse con ellos.
El P. Florentino no tuvo más remedio que aceptar y mandó llamar á su
sobrino para enterarle de lo que sucedía y recomendarle no se acercase
á la cámara mientras estuviese allí.
--Si te ve el Capitan, te va á invitar y abusaríamos de su bondad.
--¡Cosas de mi tío! pensaba Isagani; todo es para que no tenga motivos
de hablar con doña Victorina.
III
LEYENDAS
Ich weiss nicht was soll es bedeuten
Dass ich so traurig bin!
Cuando el P. Florentino saludó á la pequeña sociedad ya no reinaba
el mal humor de las pasadas discusiones. Quizás influyeran en los
ánimos las alegres casas del pueblo de Pasig, las copitas de Jerez
que habían tomado para prepararse ó acaso la perspectiva de un buen
almuerzo; sea una cosa ú otra el caso es que reían y bromeaban incluso
el franciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: sus risas parecían
muecas de moribundo.
--¡Malos tiempos, malos tiempos! decía riendo el P. Sibyla.
--¡Vamos, no diga usted eso, Vice-Rector! contestaba el canónigo
Irene empujando la silla en que aquel se sentaba; en Hong Kong hacen
ustedes negocio redondo y construyen cada finca que... ¡vaya!
--¡Tate, tate! contestaba; ustedes no ven nuestros gastos, y los
inquilinos de nuestras haciendas empiezan á discutir...
--¡Ea, basta de quejas, puñales, porque si no me pondré á llorar! gritó
alegremente el P. Camorra. Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni
haciendas, ni bancos. ¡Y sepan que mis indios empiezan á regatear los
derechos y me andan con tarifas! Miren que citarme á mí tarifas ahora,
y nada menos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales! como si
de entonces acá no hubiesen subido los precios de los artículos. ¡Ja,
ja, ja! ¿Por qué un bautizo ha de ser menos que una gallina? Pero yo
me hago el sueco, cobro lo que puedo y no me quejo nunca. Nosotros
no somos codiciosos, ¿verdá usted, P. Salví?
En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza de Simoun.
--Pero ¿dónde se ha metido usted? le gritó don Custodio que se había
olvidado ya por completo del disgusto; ¡se perdió usted lo más bonito
del viaje!
--¡Psh! contestó Simoun acabando de subir; he visto ya tantos ríos
y tantos paisajes que solo me interesan los que recuerdan leyendas...
--Pues leyendas, algunas tiene el Pasig, contestó el Capitan que no
le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba y ganaba
su vida; tiene usted la de Malapad-na-bató, roca sagrada antes de la
llegada de los españoles como habitacion de los espíritus; despues,
destruida la supersticion y profanada la roca, convirtiose en nido de
tulisanes desde cuya cima apresaban facilmente á las pobres bankas
que tenían á la vez que luchar contra la corriente y contra los
hombres. Más tarde, en nuestros tiempos, apesar del hombre que ha
puesto en ella la mano, menciona tal ó cual historia de banka volcada
y si yo al doblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaría
contra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva de doña
Jerónima que el P. Florentino se lo podrá á usted contar...
--¡Todo el mundo la sabe! observó el P. Sibyla desdeñoso.
Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el P. Irene, ni el P. Camorra la
sabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdadera
curiosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guason con que algunos
se lo pedían, como un aya cuenta un cuento á los niños dijo:
--Pues érase un estudiante que había dado palabra de casamiento á una
joven de su país, y de la que al parecer no se volvió á acordar. Ella,
fiel, le estuvo esperando años y años; pasó su juventud, se hizo
jamona y un día tuvo noticia de que su antiguo novio era arzobispo de
Manila. Difrazóse de hombre, se vino por el Cabo y se presentó á su
Ilustrísima reclamándole la promesa. Lo que pedía era imposible y el
arzobispo mandó entonces construir la cueva que ustedes habrán visto
tapiada y adornada á su entrada por encajes de enredaderas. Allí
vivió y murió y allí fué enterrada y cuenta la tradicion que doña
Jerónima era tan gruesa que para entrar tenía que perfilarse. Su fama
de encantada le vino de su costumbre de arrojar al río la vajilla
de plata de que se servía en los opíparos banquetes á que acudían
muchos señores. Una red estaba tendida debajo del agua y recibía
las piezas que así se lavaban. No hace aun veinte años el río pasaba
casi besando la entrada misma de la cueva, pero poco á poco se va
retirando de ella como se va olvidando su memoria entre los indios.
--¡Bonita leyenda! dijo Ben Zayb, voy á escribir un artículo. ¡Es
sentimental!
Doña Victorina pensaba habitar otra cueva é iba á decirlo cuando
Simoun le quitó la palabra:
--Pero ¿qué opina usted de ello, P. Salví? preguntó al franciscano
que estaba absorto en alguna meditacion; ¿no le parece á usted que
su Ilustrísima, en vez de darle una cueva, debía haberla puesto en
un beaterio, en santa Clara por ejemplo?
Movimiento de asombro en P. Sibyla quien vió al P. Salví estremecerse
y mirar de reojo hácia Simoun.
--Porque no es nada galante, continuó Simoun con la mayor naturalidad,
dar una peña por morada á la que burlamos en sus esperanzas; no
es nada religioso esponerla así á las tentaciones, en una cueva,
á orillas de un río; huele algo á ninfas y á driadas. Habría sido
más galante, más piadoso, más romántico más en conformidad con los
usos de este país encerrarla en santa Clara como una nueva Heloisa,
para visitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué dice usted?
--Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos, contestó
el franciscano de mala gana.
--Pero usted que es el gobernador eclesiástico, el que está en lugar
de nuestro arzobispo, ¿qué haría usted si tal caso le aconteciese?
El P. Salví se encogió de hombros, y añadió con calma:
--No vale la pena pensar en lo que no puede suceder... Pero puesto
que se habla de leyendas, no se olviden ustedes de la más bella
por ser la más verdadera, la del milagro de S. Nicolas, las ruinas
de cuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy á contar al señor
Simoun que no debe saberla. Parece que antes, el río como el lago,
estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces que atacaban
á las bankas y las hacían zozobrar de un coletazo. Cuentan nuestras
crónicas que un día, un chino infiel que hasta entonces no había
querido convertirse, pasaba por delante de la iglesia, cuando de
repente el demonio se le presentó en forma de caiman, le volcó la
banka para devorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios,
el chino invocó en el momento á S. Nicolás y al instante el caiman
se convirtió en piedra. Los antiguos refieren que en su tiempo se
podía reconocer muy bien al monstruo en los trozos de roca que de él
quedaron; por mí puedo asegurar que todavía distinguí claramente la
cabeza y á juzgar por ella el monstruo debió haber sido enorme.
--¡Maravillosa, maravillosa leyenda! exclamó Ben Zayb, y se presta
para un artículo. La descripcion del monstruo, el terror del chino,
las aguas del río, los cañaverales... Y se presta para un estudio de
religiones comparadas. Porque mire usted, un chino infiel invocar
en medio del mayor peligro precisamente á un santo que solo debía
conocer de oidas y en quien no creía... Aquí no reza el refran de más
vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo si me encontrase
en la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al santo
más desconocido del calendario que á Confucio ó á Budha. Si esto es
superioridad manifiesta del catoliscismo ó inconsistencia ilógica é
inconsecuente de los cerebros de raza amarilla, el estudio profundo
de la antropología lo podrá solamente dilucidar.
Y Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el
índice trazaba círculos en el aire admirándose de su imaginacion
que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y
consecuencias. Y como viera á Simoun preocupado y creyese que meditaba
sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.
--En dos cosas muy importantes, respondió Simoun, dos preguntas que
puede usted añadir á su artículo. Primera ¿qué habrá sido del diablo al
verse de repente encerrado dentro de una piedra? ¿se escapó? ¿se quedó
allí? ¿quedóse aplastado? y segunda, ¿si los animales petrificados
que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido víctimas
de algun santo antidiluviano?
El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente
contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilacion,
que el P. Camorra contestó muy serio:
--¡Quién sabe, quién sabe!
--Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago,
repuso el P. Sibyla, el Capitan debe conocer muchas...
En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que
se estendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se
sintieron impresionados. Delante se estendía el hermoso lago rodeado de
verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de
esmeraldas y zafiros para mirarse en su luna el cielo. A la derecha
se estendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas,
y allá á lo lejos, medio borrado, el gancho del Sugay: delante y en
el fondo se levanta el Makiling magestuoso, imponente, coronado de
ligeras nubes: y á la izquierda la isla de Talim, el Susong-dalaga,
con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.
Una brisa fresca rizaba dulcemente la estensa superficie.
--A propósito, Capitan, dijo Ben Zayb volviéndose; ¿sabe usted en
qué parte del lago fué muerto un tal Guevara, Navarra, ó Ibarra?
Todos miraron al Capitan menos Simoun que volvió la cabeza á otra
parte como para buscar algo en la orilla.
--¡Ay sí! dijo doña Victorina, ¿dónde, Capitan? ¿habrá dejado huellas
en el agua?
El buen señor guiñó varias veces, prueba de que estaba muy contrariado,
pero, viendo la súplica en los ojos de todos, se adelantó algunos
pasos á proa y escudriñó la orilla.
--Miren ustedes allá, dijo en voz apenas perceptible despues de
asegurarse de que no había personas estrañas; segun el cabo que
organizó la persecucion, Ibarra, al verse cercado, se arrojó de
la banka allí cerca del Kinabutásan y, nadando y nadando entre dos
aguas, atravesó toda esa distancia de más de dos millas, saludado
por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar. Más allá
fué donde perdieron su traza y un poco más lejos, cerca de la orilla,
descubrieron algo como color de sangre... Y ¡precisamente! hoy hace
trece años, día por día, que esto ha sucedido.
--¿De manera que su cadáver?... preguntó Ben Zayb.
--Se vino á reunir con el de su padre, contestó el P. Sibyla; ¿no
era tambien otro filibustero, P. Salví?
--Esos sí que son entierros baratos, P. Camorra, ¿éh? dijo Ben Zayb.
--Siempre he dicho yo que son filibusteros los que no pagan entierros
pomposos, contestó el aludido riendo con la mayor alegría.
--Pero ¿qué le pasa á usted, señor Simoun? preguntó Ben Zayb viendo al
joyero, inmóvil y meditabundo. ¿Está usted mareado, ¡usted, viajero! y
en una gota de agua como esta?
--Es que le diré á usted, contestó el Capitan que había concluido
por profesar cariño á todos aquellos sitios; no llame usted á esto
gota de agua: es más grande que cualquier lago de Suiza y que todos
los de España juntos; marinos viejos he visto yo que se marearon aquí.
IV
CABESANG TALES
Los que han leido la primera parte de esta historia, se acordarán
tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos
canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va á cazar ni á
cortar árboles; como ha mejorado de fortuna solo se dedica á hacer
escobas.
Su hijo Tales (abreviacion de Telesforo) primero había trabajado
como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde,
dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso
trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los
confines del pueblo y que creían no pertenecían á nadie. Durante los
trabajos de roturacion y saneamiento, toda la familia, uno tras otro,
enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor,
la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural
del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron á la
venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus
trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban á recoger los frutos de
la primera cosecha, una corporacion religiosa que tenía terrenos en
el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando
que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de
plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los
religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de
los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad,
una bicoca veinte ó treinta pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y
sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un
kawalì como él decía, (para él los frailes eran vasijas de hierro,
y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder á semejante pretension,
pensando en que no sabía el castellano y no tenía con que para pagar
abogados. Por lo demás Tandang Selo le decía:
--¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas
en diez lo que exigen los Padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen
ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido
en el juego, ó se hubiesen caido en el agua tragándolos el caiman.
La cosecha fué buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse
una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tianì, vecino
de San Diego.
Pasó otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo,
los frailes le subieron el cánon á cincuenta pesos que Tales pagó
para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
--¡Paciencia! Haz cuenta como si el caiman hubiese crecido, decía
consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado,
en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo
pensaron en dar alguna educacion á los dos hermanos, sobre todo á la
niña, á Juliana ó Julî como la llamaban, que prometía ser agraciada y
bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces
en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado á no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familia prosperar
poco á poco, fué nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más
trabajaba; Tanò, el hijo mayor solo contaba catorce años. Se llamó
pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un
sombrero de fieltro y prepararse á hacer gastos. Para no reñir con el
cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padron,
pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas
y en los viajes á la cabecera.
--¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caiman hubiesen
acudido, decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.
--¡El año que viene te vestirás de cola é irás á Manila para estudiar
como las señoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á su hija siempre
que la oía hablar de los progresos de Basilio.
Pero el año que viene no venía y en su lugar había otro aumento
de cánon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El
puchero de barro cedía su arroz al caldero.
Cuando el cánon ascendió á doscientos pesos, Cabesang Tales no se
contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El
fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar,
otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que la
codiciaban se ofrecían.
Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero el fraile
hablaba en serio y señalaba á uno de sus criados para tomar posesion
del terreno. El pobre hombre palideció, sus oidos le zumbaron, una
nube roja se interpuso delante de sus ojos ¡y en ella vió á su mujer
y á su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres
intermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido en campo,
veía arroyos de sudor regando los surcos, se veía allí, á sí mismo,
pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose los piés contra
las piedras y raices, mientras aquel lego se paseaba en su coche
y aquel que lo iba á heredar, seguía como un esclavo detrás de su
señor. ¡Ah no! ¡mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en
las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién
era aquel estrangero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había
traido al venir de su país un puñado solo de aquel polvo? ¿se había
doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raices
que los surcaban?
Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacer prevalecer
su autoridad á toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang
Tales se rebeló, se negó á pagar un solo cuarto y teniendo siempre
delante la nube roja, dijo que solo cedería sus campos al que primero
los regase con la sangre de sus venas.
El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió á mencionar
su caiman pero intentó calmarle hablándole de vasijas de barro y
recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.
--¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos
nacido! contestó.
Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder un palmo siquiera de
sus tierras, si antes no probaban los frailes la legitimidad de sus
pretensiones con la exhibicion de un documento cualquiera. Y como
los frailes no lo tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó
creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y
respetaban las leyes.
--Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis
fatigas, decía á los que le desalentaban; yo le pido ahora que me
haga justicia y tiene que hacérmela.
Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo
su porvenir y el de sus hijos, fué gastando sus economias en pagar
abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales
y escribientes que explotaban su ignorancia y su situacion. Iba y
venía á la cabecera, pasaba días sin comer y y noches sin dormir,
y su conversacion era toda escritos, presentaciones, apelaciones,
etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de
Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su
derecho y en la bondad de su causa, combatiendo contra una poderosísima
corporacion ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces
dejaban caer la balanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como
la hormiga que muerde sabiendo que va á ser aplastada, como la mosca
que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro
desafiando á los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo
de imponente: tenía lo sublime de la desesperacion. Los días que le
dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado
de una escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba
defenderse para no caer en sus manos y perder el pleito. Y como si
tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas,
tiraba sobre las mariposas con tanto tino que el lego administrador ya
no se atrevió á ir á Sapgang sin acompañamiento de guardias civiles,
y el paniaguado que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang
Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas,
renunció lleno de miedo á arrebatarle su propiedad.
Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevían á darle la
razon, temiendo la cesantía, escarmetados en la cabeza de uno que fué
inmediatamente depuesto. Y no eran malos por cierto aquellos jueces,
eran hombres concienzudos, morales, buenos ciudadanos, excelentes
padres de familia, buenos hijos... y sabían considerar la situacion
del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía. Muchos de ellos
conocían los fundamentos científicos é históricos de la propiedad,
sabían que los frailes por sus estatutos no podían tener propiedades,
pero tambien sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares con
un destino ganado á duras penas, correr á desempeñarlo con la mejor
intencion y perderlo porque á un indio se le antoje que la justicia
se ha de hacer en la tierra como en el cielo, ¡vamos, que tambien es
ocurrencia! Ellos tenían sus familias y con más necesidades seguramente
que la familia de aquel indio: el uno tenía una madre que pensionar
y ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar á una madre? el otro tenía
hermanas todas casaderas, el de más allá numerosos hijos pequeñitos
que esperan el pan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro
el día en que su destino le faltase; y el que menos, el que menos
tenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibe la pension
mensual puede verse en apuros... Y todos aquellos jueces, hombres de
conciencia los más y de la más sana moralidad creían hacer todo lo
que podían aconsejando la transaccion, que Cabesang Tales pagase el
cánon exigido. Pero Tales como todas las conciencias sencillas, una
vez que veía lo justo, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos,
papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y solo se fundaban
en las complacencias pasadas.
Pero Cabesang Tales replicaba:
--Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me
moleste ¿quién me obligará á mí despues que le siga dando si abusa
de mi bondad?
Y de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de
intimidarle. En vano el Gobernador M---- hizo un viaje expresamente
para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:
--Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante
y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija
han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel
que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. ¡Que los riegue
primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!
Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los
frailes y todos se le reían diciendo que con la razon no se ganan los
pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente
los linderos. En este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo
Tanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto;
él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.
--Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano
el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad
de hijos.
El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que
dormía debajo de una carreta. Seis meses despues se dijo que le habían
visto embarcado para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con
el uniforme de la Guardia civil.
--¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando
las manos; ¡Tanò tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!
El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó
enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos
días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo
el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día,
sin embargo, volvió á salir con su escopeta.
Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró
haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos;
el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto,
bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las
armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar
su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.
--¿Qué vas á hacer con ese bolo si los tulisanes tienen armas de
fuego? le decía el viejo Selo.
--Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azucar que
allí crece es un hueso de mi esposa.
Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces
cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombro proseguía sus
tétricos paseos.
Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julî temblaban por su
vida. Esta se levantaba de su telar, se iba á la ventana, oraba, hacía
promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces
cómo terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La
vida en aquella casa se hacía imposible.
Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenos estaban muy lejos
de poblado, Cabesang Tales apesar de su hacha cayó en manos de los
tulisanes, que tenían revolvers y fusiles. Los tulisanes le dijeron
que, pues que tenía dinero para dar á los jueces y á los abogados,
debe tenerlo tambien para los abandonados y perseguidos. Por lo cual
le exigieron quinientos pesos de rescate por medio de un campesino
asegurando que si algo le pasaba al mensajero, el prisionero lo
pagaría con su vida. Daban dos días de tregua.
La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terror y más aun
cuando se supo que la Guardia civil iba á salir en persecucion de
los bandidos. Si llegaba á haber un encuentro, el primer sacrificado
sería el prisionero, eso lo sabían todos. El viejo se quedó sin
movimiento y la hija, pálida y aterrada, intentó varias veces hablar
y no pudo. Pero un pensamiento más terrible, una idea más cruel les
sacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijo que
probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardan mucho en
entregarle el rescate, pasarían los dos días y Cabesang Tales sería
degollado.
Esto volvió locos á aquellos dos séres, ambos débiles, ambos
impotentes. Tandang Selo se levantaba, se sentaba, bajaba las
escaleras, subía, no sabía á dónde ir, á dónde acudir. Julî acudía á
sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y los doscientos pesos
no se aumentaban, no querían multiplicarse; de pronto se vestía,
reunía todas sus alhajas, pedía consejos al abuelo, iría á ver al
gobernadorcillo, al juez, al escribiente, al teniente de la Guardia
civil. El viejo á todo decía sí, y cuando ella decía no, no decía
tambien. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes y amigas,
unas más pobres que otras, á cual más sencillas y aspaventeras. La
más lista de todas era Hermana Balî, una gran panguinguera que había
estado en Manila para hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.
Julî vendería todas sus alhajas menos un relicario de brillantes
y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquel relicario tenía
su historia: lo había dado una monja, la hija de Capitan Tiago, á
un lazarino; Basilio, habiéndole asistido á éste en su enfermedad,
lo recibió como un regalo. Ella no podía venderlo sin avisárselo antes.
Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario de Julî
á la vecina más rica, y se añadieron cincuenta pesos; faltaban aun
doscientos cincuenta. Se empeñaría el relicario, pero Julî sacudió
la cabeza. Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobó
la idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vez leña como
en los antiguos tiempos, pero Hma. Balî observó que aquello no podía
ser por no estar el dueño presente.
--La mujer del juez me vendió una vez su tapis por un peso,
y el marido dijo que aquella venta no servía porque no tenía su
consentimiento. ¡Abá! me sacó el tapis y ella no me ha devuelto el
peso hasta ahora, pero yo no la pago en el panguingui, cuando gana,
¡abá! Así le he podido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy
á jugar. Yo no puedo sufrir que no me paguen una deuda, ¡abá!
Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balî por qué entonces no le
pagaba un piquillo, pero la lista panguinguera lo olió, y añadió
inmediatamente:
--¿Sabes, Julî, lo que se puede hacer? pedir prestado doscientos
cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando el pleito se gane.
Esta fué la mejor opinion y decidieron ponerla en práctica aquel
mismo día. Hma. Balî se prestó á acompañarla y ambas recorrieron
las casas de los ricos de Tianì, pero nadie aceptaba la condicion;
el pleito decían estaba perdido y favorecer á un enemigo de frailes
era esponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devota se compadeció
de su suerte prestó la cantidad á condicion de que Julî se quedase
con ella á servir hasta tanto que no se pagase la deuda. Por lo demás
Julî no tenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla á misa,
y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó con lágrimas
en los ojos, recibió el dinero prometiendo entrar al día siguiente,
día de la Pascua, á su servicio.
Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsose á llorar como un
chiquillo. ¿Cómo? aquella nieta suya que él no dejaba ir al sol para
que su cutis no se quemase, Julî la de los dedos finos y talones de
color de rosa, ¿cómo? aquella joven, la más hermosa del barrio y quizás
del pueblo, delante de cuyas ventanas muchos vanamente han pasado
la noche tocando y cantando, ¿cómo? su única nieta, su única hija,
la única alegría de sus cansados ojos, aquella que él soñaba vestida
de cola, hablando el español y dándose aire con un abanico pintado
como las hijas de los ricos, ¿aquella entrar á servir de criada para
que la riñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, para que
duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?
Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir de hambre.
--Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y no pongo los piés en
el pueblo.
Julî le calmaba diciendo que era menester que su padre volviese,
que ganarían el pleito y pronto la podrían rescatar de la servidumbre.
La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocado y el
viejo se obstinó en no acostarse pasando toda la noche sentado en un
rincon, silencioso, sin decir una palabra, sin moverse siquiera. Julî
por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempo no pudo pegar los
ojos. Algo más tranquila ya sobre la suerte su padre, ella pensaba en
sí misma y lloraba y lloraba ahogando sus sollozos para que el viejo no
los oyese. Al día siguiente sería una criada, y era precisamente cuando
Basilio tenía llegar de Manila á traerla regalitos... En adelante tenía
que renunciar á aquel amor; Basilio que pronto será médico no debe
casarse con una pobre... Y ella le veía en su imaginacion dirigirse á
la iglesia en compañía de la más hermosa y rica muchacha del pueblo,
bien vestidos, felices y sonriendo ambos, y mientras que ella, Julî,
seguía detrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidera. Y
aquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, una presion en
el corazon y pedía á la Virgen la dejase antes morir.
--Pero, al menos, decía su conciencia, él sabrá que he preferido
empeñarme á empeñar el relicario que él me ha regalado.
Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanas
ilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un milagro: encontrarse ella
doscientos cincuenta pesos debajo de la imágen de la Virgen; había
leido tantos milagros parecidos. El sol podía no salir y no venir
el mañana y ganarse entretanto el pleito. Podía volver su padre,
Basilio presentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta,
los tulisanes le enviarían el talego, el cura, el P. Camorra que
siempre la embromaba, podía venir con los tulisanes... sus ideas
fueron cada vez más confusas y más desordenadas hasta que por fin
rendida por la fatiga y el dolor se durmió soñando en su infancia en
el fondo del bosque: ella se bañaba en el torrente en compañía de
sus dos hermanos, había pececillos de todos colores que se dejaban
coger como bobos y ella se impacientaba porque no encontraba gusto
en coger unos pececillos tan tontos: Basilio estaba debajo del agua,
pero Basilio sin saber ella el porqué, tenía la cara de su hermano
Tanò. Su nueva ama les observaba desde la arilla.
V
LA NOCHEBUENA DE UN COCHERO
Basilio llegó á San Diego en el momento en que la procesion de
la Nochebuena recorría las calles. Se había retrasado en su camino
perdiendo muchas horas porque el cochero que había olvidado su cédula,
fué detenido por la Guardia Civil, sacudido con algunos culatazos y
llevado despues al cuartel delante del comandante.
Ahora la carromata se detenía otra vez para dejar pasar la procesion,
y el cochero apaleado se descubría reverentemente y rezaba un
padrenuestro ante la primera imágen en andas que venía y que parecía
ser un gran santo. Representaba un anciano de larguísima barba,
sentado al borde de una fosa, debajo de un arbol lleno de toda clase
de pájaros disecados. Un kalán con una olla, un almirez y un kalíkut
para triturar el buyo eran sus únicos muebles como para indicar que
el viejo vivía al borde mismo del sepulcro y allí cocinaba. Aquel era
Matusalem en la iconografía religiosa de Filipinas: su colega y quizás
contemporáneo se llama en Europa Noël y era más risueño y más alegre.
--En tiempo de los santos, pensaba el cochero, de seguro que no había
Guardias civiles, porque con los culatazos no se puede vivir mucho.
Despues del gran anciano, venían los tres Reyes Magos en caballitos
que se encabritaban, particularmente el del rey negro Melchor que
parecía iba á atropellar á los de sus compañeros.
--No, no debía haber guardias civiles, concluía el cochero envidiando
en su interior tan felices tiempos; porque si no ese negro que se
permite tales juegos al lado de esos dos españoles (Gaspar y Baltasar)
ya habría ido á la carcel.
Y como observase que el negro llevaba corona y era rey como los otros
dos españoles, pensó naturalmente en el rey de los indios y suspiró.
--¿Sabeis, señor, preguntó respetuosamente á Basilio, si el pié
derecho está suelto ya?
Basilio se hizo repetir la pregunta:
--¿Pié derecho de quién?
--¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, con mucho misterio.
--¿Qué rey?
--Nuestro rey, el rey de los indios...
Basilio se sonrió y se encogió de hombros.
El cochero volvió á suspirar. Los indios de los campos conservan una
leyenda de que su rey, aprisionado y encadenado en la cueva de San
Mateo, vendrá un día á libertarles de la opresion. Cada cien años rompe
una de sus cadenas, y y ya tiene las manos y el pié izquierdo libres;
solo le queda el derecho. Este rey causa los terremotos y temblores
cuando forcejea ó se agita, es tan fuerte que, para darle la mano,
se le alarga un hueso, que á su contacto se pulveriza. Sin poderse
explicar el por qué, los indios le llaman el rey Bernardo, acaso por
confundirle con Bernardo del Carpio.
--Cuando se suelte del pié derecho, murmuró el cochero ahogando un
suspiro, le daré mis caballos, me pondré á su servicio y me dejaré
matar... El nos librará de los civiles.
Y con mirada melancólica seguía á los tres reyes que se alejaban.
Los muchachos venían despues en dos filas, tristes, serios como
obligados por la fuerza. Alumbraban unos con huepes, otros con
cirios y otros con faroles de papel en astas de caña, rezando á
voz en grito el rosario como si riñesen con alguien. Despues venía
S. José en modestas andas, con su fisonomía resignada y triste y su
baston con flores de azucenas, en medio de dos guardias civiles como
si le llevasen preso: ahora comprendía el cochero la espresion de la
fisonomía del santo. Y sea porque la vista de los guardias le turbase
ó no tuviera en gran respeto al santo que iba en semejante compañía,
no rezó ni siquiera un requiem æternam. Detras de S. José venían las
niñas alumbrando, cubiertas la cabeza con el pañuelo anudado debajo
del menton, rezando igualmente el rosario aunque con menos ira que los
muchachos. En medio se veían algunos arrastrando conejitos de papel de
Japon, iluminados con una candelita roja, levantada la colita hecha
de papel recortado. Los chicos acudían á la procesion con aquellos
juguetes para alegrar el nacimiento del Mesías. Y los animalitos,
gordos y redondos como un huevo, parecían tan contentos que á lo
mejor daban un brinco, perdían el equilibrio, se caían y se quemaban;
el dueño acudía á apagar tanto ardor, soplaba, soplaba, estinguía
las llamas á fuerza de golpes y viéndolo destrozado se ponía á lo
mejor á llorar. El cochero observaba con cierta tristeza que la raza
de los animalitos de papel desaparecía cada año como si tambien les
atacase la peste como á los animales vivos. El, Sinong el apaleado,
se acordaba de sus dos magníficos caballos que para preservarlos del
contagio había hecho bendecir segun los consejos del cura gastándose
diez pesos:--ni el gobierno ni los curas habían encontrado mejor
remedio contra la epizootia--y con todo se le murieron. Sin embargo
se consolaba porque, desde las rociadas de agua bendita, los latines
del Padre y las ceremonias, los caballos echaron unos humos, se dieron
tal importancia que no se dejaban enganchar y él, como buen cristiano,
no se atrevía á castigarlos por haberle dicho un Hermano tercero que
estaban benditados.
Cerraba la procesion la Virgen, vestida de Divina Pastora con un
sombrero de frondeuse de anchas alas y largas plumas, para indicar
el viaje á Jerusalem. Y á fin de que se explicase el nacimiento,
el cura había mandado que abultasen algo más el talle y le pusiesen
trapos y algodon debajo de las faldas, de modo que nadie pudiera poner
en duda el estado en que se encontraba. Era una bellísima imágen,
triste igualmente de espresion como todas las imágenes que hacen
los filipinos, con un aire algo avergonzado, de como la había puesto
el P. Cura tal vez. Delante venían algunos cantores, detrás algunos
músicos y los correspondientes guardias civiles. El cura, como era
de esperar despues de lo que había hecho, no venía: aquel año estaba
muy disgustado por haber tenido que servirse de toda su diplomacia y
gramática parda á fin de convencer á los vecinos á que pagasen treinta
pesos cada misa de aguinaldo en vez de los veinte que solía costar.
--Os estais volviendo filibusteros, había dicho.
Muy preocupado debía de estar el cochero con las cosas que había
visto en la procesion porque cuando ésta acabó de pasar y Basilio
le mandó prosiguiera su camino, no se apercibió de que el farol de
la carromata se había apagado. Basilio por su parte tampoco lo notó,
ocupado en mirar hácia las casas, iluminadas por dentro y por fuera
con farolillos de papel de formas caprichosas y colores varios, por
estrellas rodeadas de un aro con largas colas, que agitadas por el aire
producían dulce murmullo, y peces de cola y cabeza movibles con su vaso
de aceite por dentro, suspendidos de los aleros de las ventanas con un
aire tan deliciosamente de fiesta alegre y familiar. Basilio observaba
tambien que las iluminaciones decaían, que las estrellas se eclipsaban
y aquel año tenían menos perendengues y colgajos que el anterior,
y éste menos que el otro aun... Apenas había música en las calles,
los alegres ruidos de la cocina no se dejaban oir en todas las casas
y el joven lo atribuyó á que hacía tiempo todo iba mal, el azúcar
no se vendía bien, la cosecha del arroz se había perdido, se había
muerto más de la mitad de los animales y las contribuciones subían y
aumentaban sin saberse cómo ni por qué, mientras que menudeaban los
atropellos de la Guardia Civil que mataba las alegrías en los pueblos.
En esto precisamente estaba pensando cuando un ¡alto! energico resonó
en el aire. Pasaban delante del cuartel y uno de los guardias había
visto el farol apagado de la carromata y aquello no podía seguir
así. Empezó á llover una granizada de insultos sobre el pobre cochero
que en vano se escusaba con la duracion de las procesiones, y como
iba á ser detenido por contravencion á bandos y puesto despues en
los periódicos, el pacífico y prudente Basilio bajó de la carromata
y continuó su camino cargando con su maleta.
Aquel era San Diego, su pueblo, donde no tenía un solo pariente...
La única casa que le pareció alegre era la de Capitan Basilio. Pollos
y gallinas piaban cantos de muerte con acompañamiento de golpes secos y
menuditos como de quien pica carne sobre un tajo, y del chirrido de la
manteca que hierve en la sarten. En casa había festin y llegaba hasta
la calle tal cual ráfaga de aire impregnada de vapores suculentos,
tufillo de guisados y confituras.
En el entresuelo, Basilio vió á Sinang, tan bajita como cuando la
conocieron nuestros lectores aunque algo más gruesa y más redonda desde
que se ha casado. Y con gran sorpresa suya divisó allá en el fondo,
charlando con Cpn. Basilio, el cura y el alférez de la Guardia civil,
nada menos que al joyero Simoun siempre con sus anteojos azules y su
aire desembarazado.
--Entendido, señor Simoun, decía Cpn. Basilio; iremos á Tianì á ver
sus alhajas.
--Yo tambien iría, decía el alférez, porque necesito una cadena de
reloj, pero tengo tantas ocupaciones... Si Capitan Basilio quisiera
encargarse...
Capitan Basilio se encargaba con mucho gusto y como quería tener
propicio al militar para que no le moleste en las personas de sus
trabajadores, no quería aceptar la cantidad que el alférez se esforzaba
en sacar de su bolsillo.
--¡Es mi regalo de Pascuas!
--¡No lo permito, Capitan, no lo permito!
--¡Bueno, bueno! ¡Ya arreglaremos cuentas despues! decía Capitan
Basilio con un gesto elegante.
Tambien el cura quería un par de pendientes de señora y encargaba al
Capitan se los comprase.
--Los quiero de mabuti. ¡Ya arreglaremos cuentas!
--No tenga usted cuidado, Padre Cura, decía el buen hombre que tambien
quería estar en paz con la iglesia.
Un informe malo del cura podía causarle mucho perjuicio y hacerle
gastar el doble: aquellos pendientes eran regalos forzados. Simoun
entretanto ponderaba sus alhajas.
--¡Este hombre es atroz! pensó el estudiante; en todas partes hace
negocios... Y si hemos de creer á alguno, compra de ciertos señores
en la mitad de su precio las alhajas que él mismo ha vendido para
que sean regalados... ¡Todos hacen negocio en este país menos nosotros!
Y se dirigió á su casa ó sea á la de Cpn. Tiago, habitada por un hombre
de confianza. Este que le tenía mucho respeto desde el día en que le
vió hacer operaciones quirúrgicas con la misma tranquilidad como si
se tratase de gallinas, le esperaba para darle noticias. Dos de los
trabajadores estaban presos, uno iba á ser deportado... se habían
muerto varios karabaws.
--¡Lo de siempre, cosas viejas! replicaba mal humorado Basilio;
¡siempre me recibís con las mismas quejas!
El joven, sin ser tirano, como á menudo era reñido por Cpn. Tiago,
le gustaba á su vez reñir á los que estaban bajo su direccion. El
viejo buscó una noticia nueva.
--¡Se nos ha muerto un aparcero, el viejo que cuida del bosque y el
cura no le ha querido enterrar como pobre, alegando que el amo es rico!
--¿Y de qué ha muerto?
--¡De vejez!
--¡Vaya, morirse de vejez! ¡Si al menos hubiese sido de alguna
enfermedad!
Basilio en su afan de hacer autopsias quería enfermedades.
--¿No teneis nada nuevo que contarme? Me quitais las ganas de comer
contándome las mismas cosas. ¿Sabeís algo de Sagpang?
El viejo contó entonces el secuestro de Cabesang Tales. Basilio
se quedó pensativo y no dijo nada. Se le había ido por completo
el apetito.
VI
BASILIO
Cuando las campanas empezaban á repicar para la misa de la media noche
y los que preferían un buen sueño á todas las fiestas y ceremonias
se despertaban refunfuñando contra el ruido y la animacion, Basilio
bajó cautelosamente de la casa, dió dos ó tres vueltas por algunas
calles y, convencido de que nadie le seguía ni le observaba, tomó por
senderos poco frecuentados el camino que conducía al antiguo bosque de
los Ibarras, adquirido por Cpn. Tiago cuando, confiscados los bienes
de estos, se vendieron.
Como aquel año la Navidad correspondía á luna menguante, reinaba
allí oscuridad completa. El repique había cesado y solo los tañidos
resonaban en medio del silencio de la noche, al través del murmullo de
las ramas agitadas por la brisa y el acompasado clamor de las ondas
del vecino lago, como poderosa respiracion de la naturaleza sumida
en grandioso sueño.
Impresionado por el lugar y el momento caminaba cabizbajo el joven como
si tratase de ver en la oscuridad. De cuando en cuando levantaba la
cabeza para buscar las estrellas al través de los claros que dejaban
entre sí las copas de los árboles, y proseguía su camino apartando
los arbustos y rasgando las lianas que le entorpecían la marcha. A
veces desandaba lo andado, su pié se enredaba en una mata, tropezaba
contra una raiz saliente, un tronco caido. Al cabo de una media hora
llegó á un pequeño arroyo en cuya opuesta orilla se levantaba una
especie de colina, masa negra é informe que adquiría en la oscuridad
proporciones de montaña. Basilio pasó el arroyo saltando sobre piedras
que se destacaban negras sobre el fondo brillante del agua, subió la
colina y se encaminó á un pequeño recinto encerrado por viejos y medio
desmoronados muros. Dirigióse al arbol de balití que se levantaba
en el centro, enorme, misterioso, venerable, formado de raices que
subían y bajaban como otros tantos troncos entrelazados confusamente.
Detúvose ante un monton de piedras, se descubrió y pareció orar. Allí
estaba sepultada su madre, y su primera visita cada vez que iba al
pueblo era para aquella tumba ignorada, desconocida. Teniendo que
visitar á la familia de Cabesang Tales al día siguiente, aprovechaba
la noche para cumplir con aquel deber.
Sentóse sobre una piedra y pareció reflexionar. Se le presentaba su
pasado como una larga cinta negra, rosada en su comienzo, sombría
despues, con manchas de sangre, despues negra, negra, gris y clara,
más clara cada vez. La estremidad no la podía ver, oculta por una
nube que dejaba trasparentar luces y auroras...
Hacía trece años día por día, hora por hora casi que se había muerto
allí su madre en medio de la mayor miseria, en una espléndida noche en
que la luna brillaba y los cristianos en todo el mundo se entregaban al
regocijo. Herido y cojeando había llegado allí siguiéndola; ella, loca
y llena de terror, huía de su hijo como una sombra. Allí murió; vino un
desconocido que le mandó formase una pira, él obedeció maquinalmente y
cuando volvió, se encontró con otro desconocido junto al cadaver del
primero. ¡Qué mañana y qué noche fueron aquellas! El desconocido le
ayudó á levantar la pira donde quemaron el cadaver del hombre, cavó la
fosa en que enterraron á su madre y despues de darle algunas monedas
le mandó abandonase el lugar. Era la primera vez que veía á aquel
hombre: alto, los ojos rojos, los labios pálidos, la nariz afilada...
Huérfano por completo, sin padres ni hermanos, abandonó el pueblo cuyas
autoridades tanto miedo le infundían y se fué á Manila para servir en
casa de algun rico y estudiar á la vez como hacen muchos. Su viaje fué
una odisea de insomnios y sobresaltos en los que el hambre entraba
por poca cosa. Alimentábase de frutas en los bosques donde se solía
internar cuando de lejos descubría el uniforme de la Guardia Civil,
uniforme que le recordaba el orígen de todas sus desdichas. Una vez
en Manila, andrajoso y enfermo, fué de puerta en puerta ofreciendo
sus servicios. ¡Un muchachito provinciano que no sabía una palabra
de español y por encima enfermizo! ¡Desalentado, hambriento y triste
recorría las calles llamando la atencion su miserable traje! ¡Cuántas
veces no estuvo tentado de arrojarse á los piés de los caballos que
pasaban como relámpagos, arrastrando coches relucientes de plata y
barniz, para acabar de una vez con sus miserias! Por fortuna vió á
Cpn. Tiago pasar acompañado de la tía Isabel; él los conocía desde
San Diego y en su alegría creyó haber visto en ellos casi á unos
compoblanos. Siguió al coche, lo perdió de vista, preguntó por su casa
y como era precisamente el día en que María Clara acababa de entrar en
el convento y Cpn. Tiago estaba muy abatido, fué admitido en calidad
de criado, sin sueldo por supuesto, permitiéndole en cambio estudiar,
cuando quisiera, en S. Juan de Letran.
Sucio, mal vestido y por todo calzado un par de zuecos, al cabo
de algunos meses de estar en Manila, ingresó en el primer año de
latin. Sus compañeros, al ver su traje, procuraban alejarse, y su
catedrático, un guapo dominico, nunca le dirigió una pregunta y,
cada vez que le veía, fruncía las cejas. Las únicas palabras que en
los ocho meses de clase se cruzaron entre ambos, eran el nombre propio
leido en la lista y el adsum diario con que el alumno contestaba. ¡Con
qué amargura salía cada vez de la clase y, adivinando el móvil de la
conducta que con el se seguía, qué lágrimas no se asomaban á sus ojos
y cuántas quejas estallaban y morían dentro de su corazon! ¡Cómo había
llorado y sollozado sobre la tumba de su madre contándole sus ocultos
dolores, humillaciones y agravios, cuando al acercarse la Navidad,
Cpn. Tiago le había llevado consigo á San Diego! Y sin embargo
se aprendía de memoria la leccion sin dejar una coma, ¡aunque sin
comprender mucho de ella! Mas al fin llegó á resignarse viendo que
entre los trescientos ó cuatrocientos de su clase solo unos cuarenta
merecían le honra de ser preguntados porque llamaron la atencion del
catedrático ya sea por el tipo, por alguna truhanería, por simpatía
ú otra causa cualquiera. Muchos por lo demás se felicitaban porque
así se evitaban el trabajo de discurrir y comprender.
--Se va á los colegios, no para saber ni estudiar, sino para ganar el
curso y si se puede saber el libro de memoria ¿qué más se les podía
exigir? se ganaba el año.
Basilio pasó los exámenes respondiendo á la única pregunta que le
dirigieron, como una máquina, sin pararse ni respirar, y gano con gran
risa de los examinadores la nota de aprobado. Sus nueve compañeros--se
examinaban de diez en diez para ser más pronto despachados,--no
tuvieron la misma suerte y fueron condenados á repetir el año de
embrutecimiento.
Al segundo, habiendo ganado una enorme suma el gallo que cuidaba,
recibió buena propina de Cpn. Tiago y la invirtió inmediatamente
en la compra de unos zapatos y de un sombrero de fieltro. Con esto
y con las ropas que le daba su amo y que él arreglaba á su talla,
su aspecto fué haciéndose más decente, más no pasó de allí. En una
clase tan numerosa se necesita de mucho para llamar la atencion del
profesor, y el alumno que desde el primer año no se haga notar por
una cualidad saliente ó no se capte las simpatías de los profesores,
dificilmente se hará conocer en el resto de sus días de estudiante. Sin
embargo continuó, pues la constancia era su principal caracter.
Su suerte pareció cambiarse un poco cuando pasó al tercer año. Tocóle
por profesor un dominico muy campechano, amigo de bromas y de hacer
reir á los alumnos, bastante comodon porque casi siempre hacía explicar
la leccion á sus favoritos: verdad es tambien que se contentaba con
cualquier cosa. Basilio por esta época ya gastaba botinas y camisas
casi siempre limpias y bien planchadas. Como su profesor le observase
que se reía poco de los chistes y viese en sus ojos, tristes y grandes,
algo como una eterna pregunta, teníale por imbécil y un día quiso
ponerle en evidencia preguntándole la leccion. Basilio la recitó de
cabo á rabo, sin tropezar en una f; motejóle el profesor de papagayo,
contó un cuento que hizo reir de buena gana á toda la clase, y para
aumentar más la hilaridad y justificar legitimidad del apodo, hizóle
algunas preguntas guiñando á sus favoritos como diciéndoles:
--«Vais á ver como nos vamos á divertir.»
Basilio entonces ya sabía el castellano, y supo contestar con el
intento manifiesto de no hacer reir á nadie. Aquello disgustó á
todos, el disparate que se esperaba no vino, nadie pudo reir y el
buen fraile jamás le perdonó el haber defraudado las esperanzas de
toda la clase y desmentido sus profecías. Pero ¿quién se iba á esperar
que algo discreto pudiese salir de una cabeza tan mal peinada en que
terminaba un indio tan mal calzado, clasificado hace poco entre las
aves trepadoras? Y así como en otros centros de enseñanza donde hay
verdaderos deseos de que los muchachos aprendan, tales descubrimientos
suelen alegrar á los profesores, así tambien en un colegio dirigido
por hombres convencidos en su mayor parte de que el saber es un mal,
al menos para los alumnos, el caso de Basilio tuvo mal efecto y nunca
más se le preguntó en todo el resto del año. ¿Para qué si no hacía
reir á nadie?
Bastante desanimado y con ganas de dejar los estudios pasó al cuarto
año de latin. ¿Para qué aprender, por qué no dormir como los otros
y confiarlo todo al azar?
Uno de los dos profesores era muy popular, querido de todos;
pasaba por sabio, gran poeta y tener ideas muy avanzadas. Un día
que acompañaba á los colegiales á paseo, tuvo un pique con algunos
cadetes, del que resultó primero una escaramuza y despues un reto. El
profesor que se acordaría tal vez de su brillante juventud, levantó
una cruzada y prometió buenas notas á todos los que en el paseo del
domingo siguiente tomasen parte en la batalla. Animada fué la semana:
hubo encuentros parciales en que se cruzaron el baston y el sable y
en uno de ellos se distinguió Basilio.
Llevado en triunfo por los estudiantes y presentado al profesor,
fué desde entonces conocido, llegando á ser su favorito. Parte por
esto y parte por su aplicacion, aquel año se llevó sobresalientes
con medallas inclusive. En vista de esto, Cpn. Tiago que, desde que
su hija se hizo monja, manifestaba cierta aversion á los frailes,
en un momento de buen humor indújole á que se trasladase al Ateneo
Municipal cuya fama estaba entonces en todo su auge.
Un mundo nuevo se abrió á sus ojos, un sistema de enseñanza que él no
se sospechaba en aquel colegio. Aparte de nimiedades y ciertas cosas
pueriles, le llenaba de admiracion el método allí seguido y de gratitud
el afan de los profesores. Sus ojos se llenaban á veces de lágrimas
pensando en los cuatro años anteriores en que por falta de medios
no había podido estudiar en aquel centro. Tuvo que hacer esfuerzos
inauditos para ponerse al nivel de los que habían principiado bien y
pudo decirse que en aquel solo año aprendió los cinco de la segunda
enseñanza. Hizo el bachillerato con gran contento de sus profesores
que en los exámenes se mostraron orgullosos de él ante los jueces
dominicos, allí enviados para inspeccionarles. Uno de estos, como
para apagar un poco tanto entusiasmo, preguntó al examinando dónde
había cursado los primeros años de latin.
--En San Juan de Letran, Padre, contestó Basilio.
--¡Ya! en latin no está mal, observó entonces medio sonriendo el
dominico.
Por aficion y por caracter escogió la Medicina; Cpn. Tiago prefería
el Derecho para tener un abogado de balde, pero no basta saber
y conocer á fondo las leyes para tener clientela en Filipinas;
es menester ganar los pleitos y para esto se necesitan amistades,
influencia en ciertas esferas, mucha gramática parda. Cpn. Tiago se
plegó al fin acordándose de que los estudiantes de Medicina andaban
con los cadáveres á vueltas; hacía tiempo que buscaba un veneno en
que templar la navaja de sus gallos y el mejor que sabía era la sangre
de un chino, muerto de enfermedad sifilítica.
Con igual aprovechamiento, mayor si cabe, cursó el joven los años de
la facultad y ya desde el tercero empezó á curar con mucha suerte,
cosa que no solo le preparaba un brillante porvenir sino que tambien
le producía bastante para vestirse hasta con cierta elegancia y hacer
algunas economías.
Este año era el último de su carrera y dentro de dos meses será
médico, se retirará á su pueblo, se casará con Juliana para vivir
felices. El éxito de su licenciatura no solo era seguro, sino que lo
esperaba brillante como la corona de su vida escolar. Estaba designado
para el discurso de accion de gracias en el acto de la investidura,
y ya se veía en medio del Paraninfo delante de todo el claustro,
objeto de las miradas y atencion del público. Todas aquellas cabezas,
eminencias de la ciencia manilense, medio hundidas en sus mucetas de
colores, todas las mujeres que allí acudían por curiosidad y que años
antes le miraban, si no con desden, con indiferencia, todos aquellos
señores cuyos coches, cuando muchacho le iban á atropellar en medio del
barro como si se tratase de un perro, entonces le escucharían atentos,
y él les iba á decir algo que no era trivial, algo que no ha resonado
nunca en aquel recinto, se iba á olvidar de sí para acordarse de los
pobres estudiantes del porvenir, y haría la entrada en la sociedad
con aquel discurso...
VII
SIMOUN
En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su
madre. Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó ver una claridad
proyectada en medio de los árboles y oir una crepitacion de ramas,
ruido de pisadas, roce de hojas... La luz se extinguió pero el ruido
se hizo cada vez más distinto, y pronto vió una sombra aparecer en
medio del recinto, marchando directamente hácia donde él estaba.
Basilio de por sí no era supersticioso y menos despues de haber
descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantos moribundos;
pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebre parage, la hora,
la oscuridad, el silbido melancólico del viento y ciertos cuentos
oidos en su niñez influyeron algo en su ánimo y sintió que su corazon
latía con violencia.
La sombra se detuvo al otro lado del balitì y el joven la podía ver
al través de una hendidura que dejaban entre sí dos raices que habían
adquirido con el tiempo las proporciones de dos troncos. Produjo debajo
de su traje una lámpara de poderoso lente refractor, que depositó
sobre el suelo alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba
oculto en la oscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos,
despues se encorvó para adaptar la hoja de una azada al estremo de
un grueso baston: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suya
algo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.
El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámpara le
iluminaba el rostro: no tenía los anteojos azules que tanto le
desfiguraban. Basilio se entremeció. Aquel era el mismo desconocido que
trece años antes había cavado allí la fosa de su madre, sólo que ahora
había envejecido, sus cabellos se habían vuelto blancos y usaba bigote
y barba, pero la mirada era la misma, la misma expresion amarga, la
misma nube en la frente, los mismos brazos musculosos, algo más secos
ahora, la misma energía iracunda. Las impresiones pasadas renacieron en
él: creyó sentir el calor de la hoguera, el hambre, el desaliento de
entonces, el olor de la tierra removida... Su descubrimiento le tenía
aterrado. De modo que el joyero Simoun que pasaba por indio inglés,
portugués, americano, mulato, el Cardenal Moreno, la Eminencia Negra,
el espíritu malo del Capitan General como le llamaban muchos, no
era otro que el misterioso desconocido cuya aparicion y desaparicion
coincidían con la muerte del heredero de aquellos terrenos. Pero de
los dos desconocidos que se le presentaron, del muerto y del vivo
¿quién era el Ibarra?
Esta pregunta que él se había dirigido varias veces siempre que se
hablaba de la muerte de Ibarra, acudía de nuevo á su mente ante aquel
hombre enigma que allí veía.
El muerto tenía dos heridas que debieron ser de armas de fuego segun
lo que él estudió despues y serían las resultas de la persecucion
en el lago. El muerto sería entonces el Ibarra que vendría para
morir sobre la tumba de su antepasado, y su deseo de ser quemado
se explica muy bien por su estancia en Europa donde se estila la
cremacion. ¿Entonces quién era el otro, el vivo, este joyero Simoun,
entonces de apariencia miserable y que ahora volvía cubierto de oro
y amigo de las autoridades? Allí había un misterio y el estudiante,
con su sangre fría característica, se prometió aclararlo, y aguardó
una ocasion.
Simoun cavaba y cavaba en tanto, pero Basilio veía que el antiguo
vigor se había amenguado: Simoun jadeaba, respiraba con dificultad
y tenía que descansar á cada momento.
Basilio temiendo fuese descubierto tomó una resolucion súbita, se
levantó de su asiento y con la voz más natural,
--¿Le puedo ayudar, señor...? preguntó saliendo de su escondite.
Simoun se enderezó y dió un salto como un tigre atacado infraganti,
se llevó la mano al bolsillo de su americana y miró al estudiante
pálido y sombrío.
--Hace trece años me ha prestado usted un gran servicio, señor,
prosiguió Basilio sin inmutarse, en este mismo sitio, enterrando el
cadaver de mi madre y me consideraría feliz si yo le pudiese servir.
Simoun, sin apartar los ojos del joven, sacó de su bolsillo un
revólver. Oyóse un chasquido como el de un arma que se amartilla.
--¿Por quién me toma usted? dijo retrocediendo dos pasos.
--Por una persona para mí sagrada, contestó Basilio algo emocionado
creyendo llegada su última hora: por una persona que todos, menos yo,
creen muerta y cuyas desgracias he lamentado siempre.
Imponente silencio siguió á estas palabras, silencio que para el
joven le sonaba á eternidad. Simoun no obstante, despues de larga
vacilacion, se le acercó y poniéndole una mano sobre el hombro le
dijo en voz conmovida:
--Basilio, usted posee un secreto que me puede perder y ahora acaba
de sorprenderme en otro que me pone enteramente en sus manos y cuya
divulgacion puede trastornar todos mis planes. Para mi seguridad y
en bien del objeto que me propongo yo debía sellar para siempre sus
labios porque ¿qué es la vida de un hombre ante el fin que persigo? La
ocasion me es propicia, nadie sabe que he venido, estoy armado, usted
indefenso; su muerte se atribuiría á los tulisanes, sino á otra causa
más sobrenatural... y sin embargo yo le dejaré vivir y confío en
que no me ha de pesar. Usted ha trabajado, ha luchado con enérgica
constancia... y como yo, tiene usted cuentas que arreglar con la
sociedad; su hermanito fué asesinado, á su madre la han vuelto loca,
y la sociedad no ha perseguido ni al asesino ni al verdugo. Usted y
yo pertenecemos á los sedientos de justicia, y, en vez de destruirnos,
debemos ayudarnos.
Simoun se detuvo ahogando un suspiro y despues continuó lentamente
con la mirada vaga.
--Sí, yo soy aquel que ha venido hace trece años enfermo y miserable
para rendir el último tributo á un alma grande, noble que ha querido
morir por mí. Víctima de un sistema viciado he vagado por el mundo,
trabajando noche y día para amasar una fortuna y llevar á cabo
mi plan. Ahora he vuelto para destruir ese sistema, precipitar su
corrupcion, empujarle al abismo á que corre insensato, aun cuando
tuviese que emplear oleadas de lágrimas y sangre... Se ha condenado,
lo está ¡y no quiero morir sin verle antes hecho trizas en el fondo
del precipicio!
Y Simoun estendía ambos brazos hácia la tierra como si con aquel
movimiento quisiese mantener allí los restos destrozados. Su voz
había adquirido un timbre siniestro, lúgubre que hacía estremecerse
al estudiante.
--Llamado por los vicios de los que las gobiernan, he vuelto á estas
islas y, bajo la capa del comerciante, he recorrido los pueblos. Con
mi oro me he abierto camino y donde quiera he visto á la codicia
bajo las formas más execrables, ya hipócrita, ya impúdica, ya cruel,
cebarse en un organismo muerto como un buitre en un cadáver, y me
he preguntado ¿por qué no fermentaba en sus entrañas la ponzoña, la
ptomaina, el veneno de las tumbas, para matar á la asquerosa ave? El
cadáver se dejaba destrozar, el buitre se hartaba de carne, y como no
me era posible darle la vida para que se volviese contra su verdugo,
y como la corrupcion venía lentamente, he atizado la codicia, la he
favorecido, las injusticias y los abusos se multiplicaron; he fomentado
el crímen, los actos de crueldad, para que el pueblo se acostumbrase á
la idea de la muerte; he mantenido la zozobra para que huyendo de ella
se buscase una solucion cualquiera; he puesto trabas al comercio para
que empobrecido el país y reducido á la miseria ya nada pudiese temer;
he instigado ambiciones para empobrecer el tesoro, y no bastándome
esto para despertar un levantamiento popular, he herido al pueblo
en su fibra más sensible, he hecho que el buitre mismo insultase al
mismo cadáver que le daba la vida y lo corrompiese... Mas, cuando
iba á conseguir que de la suprema podredumbre, de la suprema basura,
mezcla de tantos productos asquerosos fermente el veneno, cuando la
codicia exacerbada, en su atontamiento se daba prisa por apoderarse
de cuanto le venía á la mano como una vieja sorprendida por el
incendio, hé aquí que vosotros surgís con gritos de españolismo,
con cantos de confianza en el Gobierno, en lo que no ha de venir; hé
aquí que una carne palpitante de calor y vida, pura, joven, lozana,
vibrante en sangre, en entusiasmo, brota de repente para ofrecerse
de nuevo como fresco alimento... ¡Ah, la juventud siempre inexperta
y soñadora, siempre corriendo trás las mariposas y las flores! ¡Os
ligais para con vuestros esfuerzos unir vuestra patria á la España
con guirnaldas de rosas cuando en realidad forjais cadenas más
duras que el diamante! ¡Pedís igualdad de derechos, españolizacion
de vuestras costumbres y no veís que lo que pedís es la muerte, la
destruccion de vuestra nacionalidad, la aniquilacion de vuestra patria,
la consagracion de la tiranía! ¿Qué sereis en lo futuro? Pueblo sin
caracter, nacion sin libertad; todo en vosotros será prestado hasta
los mismos defectos. ¡Pedís españolizacion y no palideceis de vergüenza
cuando os la niegan! Y aunque os la concedieran ¿qué quereis? ¿qué vais
á ganar? ¡Cuando más feliz, país de pronunciamientos, país de guerras
civiles, república de rapaces y descontentos como algunas repúblicas
de la América de Sur! ¿A qué venís ahora con vuestra enseñanza del
castellano, pretension que sería ridícula si no fuese de consecuencias
deplorables? ¡Quereis añadir un idioma más á los cuarenta y tantos
que se hablan en las islas para entenderos cada vez menos!...
--Al contrario, repuso Basilio; si el conocimiento del castellano
nos puede unir al gobierno, ¡en cambio puede unir tambien á todas
las islas entre sí!
--¡Error craso! interrumpió Simoun; os dejais engañar por grandes
palabras y nunca vais al fondo de las cosas á examinar los efectos en
sus últimas manifestaciones. El español nunca será lenguaje general en
el pais, el pueblo nunca lo hablará porque para las concepciones de su
cerebro y los sentimientos de su corazon no tiene frases ese idioma:
cada pueblo tiene el suyo, como tiene su manera de sentir. ¿Qué
vais á conseguir con el castellano, los pocos que lo habeis de
hablar? ¡Matar vuestra originalidad, subordinar vuestros pensamientos
á otros cerebros y en vez de haceros libres haceros verdaderamente
esclavos! Nueve por diez de los que os presumís de ilustrados,
sois renegados de vuestra patria. El que de entre vosotros habla
ese idioma, descuida de tal manera el suyo que ni lo escribe ni lo
entiende y ¡cuántos he visto yo que afectan no saber de ello una sola
palabra! Por fortuna teneis un gobierno imbécil. Mientras la Rusia para
esclavizar á la Polonia le impone el ruso, mientras la Alemania prohibe
el francés en las provincias conquistadas, vuestro gobierno pugna
por conservaros el vuestro y vosotros en cambio, pueblo maravilloso
bajo un gobierno increible, ¡vosotros os esforzais en despojaros de
vuestra nacionalidad! Uno y otro os olvidais de que mientras un pueblo
conserve su idioma, conserva la prenda de su libertad, como el hombre
su independencia mientras conserva su manera de pensar. El idioma es
el pensamiento de los pueblos. Felizmente vuestra independencia está
asegurada: ¡las pasiones humanas velan por ella!...
Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La luna se levantaba
y enviaba su debil claridad de luna menguante al través de las
ramas. Con los cabellos blancos y las facciones duras, iluminadas de
abajo arriba por la luz de la lámpara, parecía el joyero el espíritu
fatídico del bosque meditando algo siniestro. Basilio, silencioso ante
tan duros reproches, escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó:
--Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado noches enteras de
angustia porque comprendía que entre esa juventud había inteligencias
y corazones escepcionales sacrificándose por una causa que creían
buena, cuando en realidad trabajaban contra su país... Cuantas veces
he querido dirigirme á vosotros, desenmascararme y desengañaros, pero
en vista de la fama que disfruto, mis palabras se habrían interpretado
mal y acaso habrían tenido efecto contraproducente... Cuantas veces
he querido acercarme á vuestro Makaraig, á vuestro Isagani; á veces
pensé en su muerte, quise destruirlos...
Detúvose Simoun.
--Hé aquí la razon por qué le dejo á usted vivir, Basilio, y me expongo
á que por una imprudencia cualquiera me delate un día... Usted sabe
quien soy, sabe lo mucho que he debido sufrir, cree en mí; usted no es
el vulgo que ve en el joyero Simoun al traficante que impulsa á las
autoridades á que cometan abusos para que los agraviados le compren
alhajas... Yo soy el Juez que quiero castigar á un sistema valiéndome
de sus propios crímenes, hacerle la guerra halagándole... Necesito que
usted me ayude, que use de su influencia en la juventud para combatir
esos insensatos deseos de españolismo, de asimilacion, de igualdad
de derechos... ¡Por ese camino se llega á lo más á ser mala copia,
y el pueblo debe mirar más alto! Locura es tratar de influir en la
manera de pensar de los gobernantes; tienen su plan trazado, tienen
la venda puesta, y, sobre perder el tiempo inutilmente, engañais al
pueblo con vanas esperanzas y contribuís á doblar su cuello ante el
tirano. Lo que debeis hacer es aprovecharos de sus preocupaciones
para aplicarlas á vuestra utilidad. ¿No quieren asimilaros al
pueblo español? Pues, ¡enhorabuena! distinguíos entonces delineando
vuestro propio caracter, tratad de fundar los cimientos de la patria
filipina... ¿No quieren daros esperanzas? ¡Enhorabuena! no espereis
en él, esperad en vosotros y trabajad. ¿Os niegan la representacion
en sus Cortes? ¡Tanto mejor! Aun cuando consigais enviar diputados
elegidos á vuestro gusto, ¿qué vais á hacer en ellas sino ahogaros
entre tantas voces y sancionar con vuestra presencia los abusos y
faltas que despues se cometan? Mientras menos derechos reconozcan
en vosotros, más tendreis despues para sacudir el yugo y devolverles
mal por mal. Si no quieren enseñaros su idioma, cultivad el vuestro
estendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y en vez
de tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nacion, en vez de
pensamientos subordinados, pensamientos independientes, á fin de
que ni por los derechos, ni por las costumbres, ni por el lenguaje
el español se considere aquí como en su casa, ni sea considerado por
el pueblo como nacional, sino siempre como invasor, como estrangero,
y tarde ó temprano tendreis vuestra libertad. ¡Hé aquí por qué quiero
que usted viva!
Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitado de encima
y respondió despues de una breve pausa:
--Señor, el honor que usted me hace confiándome sus planes es demasiado
grande para que yo no le sea franco y le diga que lo que me exige está
por encima de mis fuerzas. Yo no hago política, y si he firmado la
peticion para la enseñanza del castellano ha sido porque en ello veía
un bien para los estudios y nada más. Mi destino es otro, mi aspiracion
se reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.
El joyero se sonrió.
--¿Qué son las dolencias físicas comparadas con las dolencias
morales? preguntó; ¿qué es la muerte de un hombre ante la muerte de
una sociedad? Un día usted será tal vez un gran médico si le dejan
curar en paz; ¡pero más grande será todavía aquel que infunda nueva
vida en este pueblo anémico! Usted ¿qué hace por el país que le dió
el ser, que le da la vida y le procura los conocimientos? ¿No sabe
usted que es inútil la vida que no se consagra á una idea grande? Es
un pedruzco perdido en el campo sin formar parte de ningun edificio.
--No, no señor, contestó Basilio modestamente; yo no me cruzo
de brazos, yo trabajo como todos trabajan para levantar de las
ruinas del pasado un pueblo cuyos individuos sean solidarios y cada
uno de los cuales sienta en sí mismo la conciencia y la vida de la
totalidad. Pero, por entusiasta que nuestra generacion sea comprendemos
que en la gran fábrica social debe existir la subdivision del trabajo;
he escogido mi tarea y me dedico á la ciencia.
--La ciencia no es el fin del hombre, observó Simoun.
--A ella tienden las naciones más cultas.
--Sí, pero como un medio para buscar su felicidad.
--¡La ciencia es más eterna, es más humana, más universal! replicó
el joven en un trasporte de entusiasmo. Dentro de algunos siglos
cuando la humanidad esté ilustrada y redimida, cuando ya no haya
razas, cuando todos los pueblos sean libres, cuando no haya tiranos
ni esclavos, colonias ni metrópolis, cuando rija una justicia y el
hombre sea ciudadano del mundo, solo quedará el culto de la ciencia,
la palabra patriotismo sonará á fanatismo, y al que alardee entonces
de virtudes patrióticas le encerrarán sin duda como á un enfermo
peligroso, á un perturbador de la armonía social.
Simoun se sonrió tristemente.
--Sí, sí, dijo sacudiendo la cabeza, mas, para que llegue ese estado es
menester que no haya pueblos tiranos ni pueblos esclavos, es menester
que el nombre sea á donde vaya libre, sepa respetar en el derecho de
cualquiera el de su propia individualidad, y para esto hay que verter
primero mucha sangre, se impone la lucha como necesaria... Para vencer
al antiguo fanatismo que oprimía las conciencias fué menester que
muchos pereciesen en las hogueras para que, horrorizada la conciencia
social, declarase libre á la conciencia individual. ¡Es menester
tambien que todos respondan á la pregunta que cada día les dirige la
patria cuando les tiende las manos encadenadas! El patriotismo solo
puede ser crímen en los pueblos opresores porque entonces será la
rapiña bautizada con un hermoso nombre, pero por perfecta que pueda
ser la humanidad el patriotismo será siempre virtud en los pueblos
oprimidos porque significará en todo tiempo amor á la justicia, á la
libertad, á la dignidad misma. ¡Nada pues de sueños quiméricos, nada
de idilios mujeriles! La grandeza del hombre no está en anticiparse
á su siglo, cosa imposible por demás, sino en adivinar sus deseos,
responder á sus necesidades y guiarle á marchar adelante. Los genios
que el vulgo cree se han adelantado al suyo, solo aparecen así porque
el que los juzga los ve desde muy lejos, ¡ó toma por siglo la cola
en que marchan los rezagados!
Simoun se calló. Viendo que no conseguía despertar el entusiasmo
en aquella alma fría, acudió á otro argumento, y preguntó cambiando
de tono:
--¿Y por la memoria de su madre y de su hermano, qué hace usted? ¿Basta
venir aquí cada año y llorar como una mujer sobre una tumba?
Y se rió burlonamente.
El tiro dió en el blanco; Basilio se inmutó y avanzó un paso.
--¿Qué quiere usted que haga? preguntó con ira. Sin medios, sin
posicion social ¿he de obtener justicia contra sus verdugos? Sería otra
víctima y me estrellaría como un pedazo de vidrio lanzado contra una
roca. ¡Ah, hace usted mal en recordármelo porque es tocar inutilmente
una llaga!
--¿Y si yo le ofrezco á usted mi apoyo?
Basilio sacudió la cabeza y se quedó pensativo.
--¡Todas las reivindicaciones de la justicia, todas las venganzas
de la tierra no harán revivir un solo cabello de mi madre, refrescar
una sonrisa en los labios de mi hermano! Que duerman en paz... ¿Qué
he de sacar aun cuando me vengase?
--Evitar que otros sufran lo que usted ha sufrido, que en lo futuro
haya hijos asesinados y madres forzadas á la locura. La resignacion
no siempre es virtud, es crímen cuando alienta tiranías: no hay
déspotas donde no hay esclavos. ¡Ay! el hombre es de suyo tan
malo que siempre abusa cuando encuentra complacientes. Como usted
pensaba yo tambien y sabe cual fué mi suerte. Los que han causado
su desgracia le vigilan día y noche; sospechan que usted acecha un
momento oportuno; interpretan su afan de saber, su amor al estudio,
su tranquilidad misma por ardientes deseos de venganza... ¡El día en
que puedan deshacerse de usted lo harán como lo hicieron conmigo y
no le dejarán crecer porque le temen y le odian!
--¿Odiarme á mí? ¿odiarme todavía despues del mal que me han
hecho? preguntó el joven sorprendido.
Simoun soltó una carcajada.
--Es natural en el hombre odiar á aquellos á quienes ha agraviado,
decía Tácito confirmando el quos læserunt et oderunt de Séneca. Cuando
usted quiera medir los agravios ó los bienes que un pueblo hace á
otro, no tiene más que ver si le odia ó le ama. Y así se explica el
por qué algunos que aquí se han enriquecido desde los altos puestos
que desempeñaron, vueltos á la Península se deshacen en injurias y en
insultos contra los que fueron sus víctimas. ¡Proprium humani ingenii
est odisse quem læseris!
--Pero si el mundo es grande, si uno les deja gozar tranquilamente
del poder... si no pido más que trabajar, que me dejen vivir...
--¡Y criar hijos pacíficos para irlos despues á someter al yugo!,
continuó Simoun remedando cruelmente la voz de Basilio. ¡Valiente
porvenir les prepara usted, y le han de agradecer una vida de
humillaciones y sufrimientos! ¡Enhorabuena, joven! Cuando un cuerpo
está inerte, inútil es galvanizarlo. Veinte años de esclavitud
contínua, de humillacion sistemática, de postracion constante llegan
á crear en el alma una joroba que no lo ha de enderezar el trabajo de
un día. Los sentimientos buenos ó malos se heredan y se trasmiten de
padres á hijos. ¡Vivan pues sus ideas idílicas, vivan los sueños del
esclavo que solo pide un poco de estopa con que envolver la cadena
para que suene menos y no le ulcere la piel! Usted aspira á un pequeño
hogar con alguna comodidad; una mujer y un puñado de arroz: ¡hé ahí el
hombre ideal en Filipinas! Bien; si se lo dan, considérese afortunado.
Basilio, acostumbrado á obedecer y á sufrir los caprichos y el mal
humor de Cpn. Tiago y subyugado por Simoun que se le aparecía terrible
y siniestro destacándose de un fondo teñido en lágrimas y sangre,
trataba de explicarse diciendo que no se consideraba con aptitudes
para mezclarse en la política, que no tenía opinion alguna porque no
había estudiado la cuestion pero que siempre estaba dispuesto á prestar
sus servicios el día en que se los exigiesen, que por el momento solo
veía una necesidad, la ilustracion del pueblo, etc., etc. Simoun le
cortó la palabra con un gesto y como pronto iba á amanecer, dijo:
--Joven, no le recomiendo á usted que guarde mi secreto porque sé
que la discrecion es una de sus buenas cualidades, y aunque usted
me quisiere vender, el joyero Simoun, el amigo de las autoridades
y de las corporaciones religiosas merecerá siempre más crédito que
el estudiante Basilio sospechoso ya de filibusterismo por lo mismo
que siendo indígena se señala y se distingue, y porque en la carrera
que sigue se encontrará con poderosos rivales. Con todo aunque usted
no ha respondido á mis esperanzas, el día en que cambie de opinion,
búsqueme en mi casa de la Escolta y le serviré de buena voluntad.
Basilio dió brevemente las gracias y se alejó.
--¿Me habré equivocado de clave? murmuró Simoun al encontrarse solo;
¿es que duda de mí ó medita tan en secreto el plan de su venganza que
teme confiarlo á la misma soledad de la noche? ¿O será que los años de
servidumbre han apagado en su corazon todo sentimiento humano y solo
quedan las tendencias animales de vivir y reproducirse? En este caso
el molde estaría deforme y hay que volverlo á fundir... La hecatombe
se impone pues; ¡perezcan los ineptos y sobrevivan los más fuertes!
Y añadió lúgubremente como si se dirigiese á alguien:
--¡Tened paciencia, vosotros que me habeis legado un nombre y un
hogar, tened paciencia! Uno y otro los he perdido, patria, porvenir,
bienestar, vuestras mismas tumbas... ¡pero tened paciencia! Y tú,
espíritu noble, alma grandiosa, corazon magnánimo que has vivido
para un solo pensamiento y has sacrificado tu vida sin contar con la
gratitud ni la admiracion de nadie, ¡ten paciencia, ten paciencia! Los
medios de que me valgo no serán tal vez los tuyos, pero son los más
breves... El día se acerca y cuando brille iré yo mismo á anunciároslo
á vosotros. ¡Tened paciencia!
VIII
¡BUENAS PASCUAS!
Cuando Julî abrió los doloridos ojos, vió que la casa estaba todavía
oscura. Los gallos cantaban. Lo primero que se le ocurrió fué que
quizás la Virgen haya hecho el milagro, y el sol no iba á salir á
pesar de los gallos que lo invocaban.
Levantóse, se persignó, rezó con mucha devocion sus oraciones de la
mañana y procurando hacer el menor ruido posible, salió al batalan.
No había milagro; el sol iba á salir, la mañana prometía ser magnífica,
la brisa era deliciosamente fría, las estrellas en el oriente
palidecían y los gallos cantaban á más y mejor. Aquello era mucho
pedir; ¡más facil le era á la Virgen enviar los doscientos cincuenta
pesos! ¿Qué le cuesta á ella, la Madre de Dios, dárselos? Pero
debajo de la imágen solo encontró la carta de su padre pidiendo los
quinientos pesos de rescate... No había más remedio que partir. Viendo
que su abuelo no se movía, le creyó dormido, é hizo el salabat del
desayuno. ¡Cosa rara! ella estaba tranquila, hasta tenía ganas de
reir. ¿Qué tenía pues para acongojarse tanto aquella noche? No iba
lejos, podía venir cada dos días á visitar la casa; el abuelo podía
verla y en cuanto á Basilio, él sabía hace tiempo el mal giro que
tomaban los asuntos de su padre porque solía decirla á menudo:
--Cuando yo sea médico y nos casemos, tu padre no necesitará de
sus campos.
--¡Qué tonta he sido en llorar tanto! se decía mientras arreglaba
su tampipi.
Y como sus dedos tropezasen con el relicario, lo llevó á sus labios,
lo besó, pero se los frotó inmediatamente temiendo el contagio;
aquel relicario de brillantes y esmeraldas había venido de un
lazarino... ¡Ah! entonces sí, si ella contraía semejante enfermedad,
no se casaría.
Como empezaba á clarear y viera á su abuelo sentado en un rincon,
siguiendo con los ojos todos sus movimientos cogió su tampipi de ropas,
se acercó sonriendo á besarle la mano. El viejo la bendijo sin decir
una palabra. Ella quiso bromear.
--Cuando el padre vuelva le direis que al fin me he ido al colegio:
mi ama habla español. Es el colegio más barato que se puede encontrar.
Y viendo que los ojos del viejo se llenaban de lágrimas, puso sobre su
cabeza el tampipi y bajó apresuradamente las escaleras. Sus chinelas
resonaban alegremente sobre las gradas de madera.
Pero cuando volvió el rostro para mirar una vez más hácia su casa,
la casa donde se habían evaporado sus últimos ensueños de niña y se
dibujaron sus primeras ilusiones de joven; cuando la vió triste,
solitaria, abandonada, con las ventanas á medio cerrar, vacías
y oscuras como los ojos de un muerto; cuando oyó el debil ruido
de los cañaverales y los vió balancearse al impulso del fresco
viento de la mañana como diciéndole «adios», entonces su vivacidad
se disipó, detúvose, sus ojos se llenaron de lágrimas y dejándose
caer sentada sobre un tronco que había caido junto al camino, lloró
desconsoladamente.
Hacía horas que Julî se había ido y el sol estaba ya bastante
alto. Tandang Selo desde la ventana miraba á la gente que en traje
de fiesta se dirigía al pueblo para oir la misa mayor. Casi todos
llevaban de la mano, ó cargaban en brazos un niño, una niña, ataviados
como para una fiesta.
El día de la Pascua en Filipinas es, segun las personas mayores, de
fiesta para los niños; los niños acaso no sean de la misma opinion
y se puede presumir que le tienen un miedo instintivo. Con efecto:
se les despierta temprano, se les lava, se les viste y pone encima
todo lo nuevo, caro y precioso que tienen, botines de seda, enormes
sombreros, trajes de lana, de seda ó de terciopelo sin dejar cuatro
ó cinco escapularios pequeños que llevan el evangelio de S. Juan, y
así cargados los llevan á la misa mayor que dura casi una hora, se les
obliga á sufrir el calor y el vaho de tanta gente apiñada y sudorosa,
y si no les hacen rezar el rosario tienen que estar quietos, aburrirse
ó dormir. A cada movimiento ó travesura que pueda ensuciar el traje,
un pellizco, una reprimenda; así es que ni rien ni estan alegres y
se lee en los redondos ojos la nostalgia por la vieja camisola de
todos los días y la protesta contra tanto bordado. Despues se les
lleva de casa en casa á visitar á los parientes para el besamanos;
allí tienen que bailar, cantar y decir todas las gracias que sepan,
tengan ó no humor, esten ó no incómodos en sus atavíos, con los
pellizcos y las reprensiones de siempre cuando hacen alguna de las
suyas. Los parientes les dan cuartos que recogen los padres y de los
que regularmente no vuelven á tener noticia. Lo único positivo que
suelen sacar de la fiesta son las señales de los pellizcos ya dichos,
las incomodidades y á lo mejor una indigestion por un atracon de
dulces ó bizcochos en casa de los buenos parientes. Pero tal es la
costumbre y los niños filipinos entran en el mundo por estas pruebas
que despues de todo resultan ser las menos tristes, las menos duras
en la vida de aquellos individuos...
Las personas de edad que viven independientes participan algo en esta
fiesta. Visitan á sus padres y tíos, doblan una rodilla y desean
las buenas pascuas: su aguinaldo consiste en un dulce, una fruta,
un vaso de agua ó un regalito cualquiera insignificante.
Tandang Selo veía pasar á todos sus amigos y pensaba tristemente en
que aquel año no tenía aguinaldo para nadie y que su nieta se había
ido sin el suyo, sin desearle las felices pascuas. ¿Era delicadeza
en Julî ó puramente un olvido?
Cuando Tandang Selo quiso saludar á los parientes que venían á
visitarle trayéndole sus niños, con no poca sorpresa suya encontró
que no podía articular una palabra: en vano se esforzó, ningun sonido
pudo modular. Llevábase las manos á la garganta, sacudía la cabeza,
¡imposible! trató de reir y sus labios se agitaron convulsivamente:
un ruido opaco como el soplo de un fuelle era lo más que pudo
producir. Miráronse las mujeres espantadas.
--¡Está mudo, está mudo! gritaron llenas de consternacion, armando
inmediatamente un regular alboroto.
IX
PILATOS
La noticia de aquella desgracia se supo en el pueblo; unos lo
lamentaron y otros se encogieron de hombros. Ninguno tenía la culpa
y nadie lo cargaba sobre su conciencia.
El teniente de la Guardia Civil ni se inmutó siquiera; tenía orden de
recoger todas las armas y había cumplido con su deber; perseguía á los
tulisanes siempre que podía, y cuando secuestraron á Cabesang Tales,
él organizo inmediatamente una batida y trajo al pueblo maniatados
codo con codo á cinco ó seis campesinos que le parecieron sospechosos,
y si no apareció Cabesang Tales era porque no estaba en los bolsillos
ni debajo de la piel de los presos que fueron activamente sacudidos.
El lego hacendero se encogió de hombros. Él nada tenía que ver:
¡cuestion de tulisanes! y él solo cumplía con su obligacion. Cierto
que si no se hubiese quejado, acaso no hubieran recogido las armas y
el pobre Cabesang no habría sido secuestrado, pero él, Fr. Clemente,
tenía que mirar por su seguridad y aquel Tales tenía una manera
de mirar que parecía escoger un buen blanco en alguna parte de su
cuerpo. La defensa es natural. Si hay tulisanes, la culpa no es de
él; su deber no es perseguirlos, eso le toca á la Guardia Civil. Si
Cabesang Tales en vez de vagar por sus terrenos se hubiese quedado en
casa, no habría caido prisionero. En fin, aquello era un castigo del
cielo contra los que se resisten á las exigencias de su corporacion.
Hermana Penchang, la vieja devota en cuya casa servía Julî, lo supo,
soltó dos ó tres ¡susmariosep! se santiguó y añadió:
--Muchas veces nos envía Dios esas cosas porque somos pecadores ó
porque tenemos parientes pecadores á quienes debiéramos haber enseñado
la piedad y no lo hemos hecho.
Estos parientes pecadores querían decir Juliana; para la devota,
Julî era una gran pecadora.
--¡Figuraos una joven ya casadera que no sabe todavía rezar! ¡Jesus,
que escándalo! Pues no dice la indigna el Dios te salve María
sin pararse en es contigo, y el santa María sin hacer pausa
en pecadores, ¿como toda buena cristiana que teme á Dios debe
hacer? ¡Susmariosep! ¡No sabe el oremus gratiam y dice mentíbus por
méntibus! Cualquiera al oirla creería que está hablando de suman de
ibus. ¡Susmariosep!
Y se hacía una cruz escandalizada y daba gracias á Dios que había
permitido fuese secuestrado el padre para que la hija salga del pecado
y aprenda las virtudes que segun los curas deben adornar á toda mujer
cristiana. Y por esto la retenía en su servicio, no la dejaba volver
al barrio para cuidar de su abuelo. Julî tenía que aprender á rezar,
leer los libritos que distribuyen los frailes y trabajar hasta que
pague los doscientos cincuenta pesos.
Cuando supo que Basilio se había ido á Manila para sacar sus economías
y rescatar á Julî de la casa en donde servía, creyó la buena mujer que
la joven se perdía para siempre y que el diablo se le iba á presentar
bajo la forma del estudiante. ¡Fastidioso y todo, cuánta razon tenía
aquel librito que le había dado el cura! Los jóvenes que van á Manila
para aprender, se pierden y pierden á los demás. Y creyendo salvar
á Julî la hacía leer y releer el librito de Tandang Basio Macunat
recomendándola fuese siempre á verse con el cura en el convento,
como hacía la heroina que tanto ensalzaba el fraile, su autor.
Entretanto los frailes estaban de enhorabuena: habían ganado
definitivamente el pleito y aprovecharon el cautiverio de Cabesang
Tales para entregar sus terrenos al que los había solicitado, sin el
más pequeño pundonor, sin la menor pizca de vergüenza. Cuando volvió
el antiguo dueño y se enteró de lo que había pasado, cuando vió en
poder de otro sus terrenos, aquellos terrenos que le habían costado
las vidas de su mujer é hija; cuando halló á su padre mudo, á su hija
sirviendo como criada con más una orden del tribunal, trasmitida por
el teniente del barrio, para desalojar la casa y abandonarla dentro
de tres días, Cabesang Tales no dijo una sola palabra, sentóse al
lado de su padre y apenas habló en todo el día.
X
RIQUEZA Y MISERIA
Al día siguiente, con gran sorpresa del barrio, pedía hospitalidad en
casa de Cabesang Tales el joyero Simoun, seguido de dos criados que
cargaban sendas maletas con fundas de lona. En medio de su miseria,
aquel no se olvidaba de las buenas costumbres filipinas y estaba muy
confuso al pensar que no tenía nada para agasajar al estrangero. Pero
Simoun traía todo consigo, criados y provisiones, y solo deseaba
pasar el día y la noche en aquella casa por ser la más cómoda del
barrio y por encontrarse entre San Diego y Tianì, pueblos de donde
esperaba muchos compradores.
Simoun se enteraba del estado de los caminos y preguntaba á Cabesang
Tales si con su revólver tendría bastante para defenderse de los
tulisanes.
--¡Tienen fusiles que alcanzan mucho! observó Cabesang Tales algo
distraido.
--Este revólver no alcanza menos, contestó Simoun disparando un tiro
contra una palmera de bonga que se encontraba á unos doscientos pasos.
Cabesang Tales vió caer algunas nueces, pero no dijo nada y continuó
pensativo.
Poco á poco fueron llegando varias familias atraidas por la fama de
las alhajas del joyero: se saludaban deseándose las buenas pascuas,
hablaban de misas, santos, malas cosechas, pero con todo iban á gastar
sus economías en piedras y baratijas que vienen de Europa. Se sabía
que el joyero era amigo del Cpn. General y no estaba de más estar en
buenas relaciones con él por lo que pueda suceder.
Cpn. Basilio vino con su señora, su hija Sinang y su yerno, dispuestos
á gastar lo menos tres mil pesos.
Hermana Penchang estaba allí para comprar un anillo de brillantes que
tenía prometido á la Virgen de Antipolo: á Julî la había dejado en
casa aprendiendo de memoria un librito que le había vendido el cura
por dos cuartos, con cuarenta días de indulgencia concedidos por el
arzobispo para todo el que lo leyere ú oyere leer.
--¡Jesus! decía la buena devota á Capitana Tikâ; ¡esa pobre muchacha
creció aquí como un hongo sembrado por el tikbálang!... La he hecho
leer el librito en voz alta lo menos cincuenta veces y nada se le
queda en la memoria: tiene la cabeza como un cesto, lleno mientras
está en el agua. ¡Todos, de oirla, hasta los perros y los gatos,
habremos ganado cuando menos veinte años de indulgencias!
Simoun dispuso sobre la mesa las dos maletas que traía: la una era
algo más grande que la otra.
--Ustedes no querrán alhajas de doublé ni piedras de imitacion... La
señora, dijo dirigiéndose á Sinang, querrá brillantes...
--Eso, sí señor, brillantes y brillantes antiguos, piedras antiguas,
¿sabe usted? contestó; paga papá y á él le gustan las cosas antiguas,
las piedras antiguas.
Sinang se guaseaba tanto del mucho latin que sabía su padre como del
poco y malo que conocía su marido.
--Precisamente tengo alhajas muy antiguas, contestó Simoun, quitando
la funda de lona de la maleta más pequeña.
Era un cofre de acero pulimentado con muchos adornos de bronce y
cerraduras sólidas y complicadas.
Tengo collares de Cleopatra, legítimos y verdaderos, hallados en las
pirámides, anillos de senadores y caballeros romanos encontrados en
las ruinas de Cartago...
--¡Probablemente les que Anibal envió despues de la batalla de
Cannes! añadió Cpn. Basilio muy seriamente y estremeciéndose de júbilo.
El buen señor, aunque había leido mucho sobre los antiguos, por falta
de museos en Filipinas jamás había visto nada de aquellos tiempos.
--Traigo además, costosísimos pendientes de damas romanas encontrados
en la quinta de Annio Mucio Papilino en Pompeya...
Cpn. Basilio sacudía la cabeza dando á entender que estaba al corriente
y que tenía prisa por ver tantas preciosas reliquias. Las mujeres
decían que tambien querían tener de Roma, como rosarios benditos
por el Papa, reliquias que perdonan los pecados sin necesidad de
confesion, etc.
Abierta la maleta y levantado el algodon en rama que la protegía,
descubrióse un compartimento lleno de sortijas, relicarios,
guardapelos, cruces, alfileres, etc. Los brillantes, combinados con
piedras de diferentes colores, lanzaban chispas y se agitaban entre
flores de oro de matices varios, con vetas de esmalte, con caprichosos
dibujos y raros arabescos.
Simoun levantó la bandeja y descubrió otra llena de fantásticas alhajas
que hubieran podido hartar la imaginacion de siete jóvenes en siete
vísperas de bailes dados en su honor. Formas á cual más caprichosas,
combinaciones de piedras y y perlas imitando insectos de azulado lomo y
élitros transparentes; el zafiro, la esmeralda, el rubí, la turquesa,
el brillante, se asociaban para crear libélulas, mariposas, avispas,
abejas, escarabajos, serpientes, lagartos, peces, flores, racimos,
etc.: había peinetas en forma de diademas, gargantillas, collares
de perlas y brillantes tan hermosos que varias dalagas no pudieron
contener un ¡nakú! de admiracion y Sinang castañeteó con la lengua,
por lo que su madre, Cpna. Tikâ, la pellizcó temiendo que por ello
encareciese más sus alhajas el joyero. Cpna. Tikâ seguía pellizcando
á su hija aun despues que se hubo casado.
--Ahí tiene usted brillantes antiguos, repuso el joyero; ese anillo
perteneció á la princesa de Lamballe, y esos pendientes á una dama
de María Antonieta.
Eran unos hermosos solitarios de brillantes, grandes como granos de
maiz, de brillo algo azulado, llenos de una severa elegancia como si
conservasen aun el estremecimiento de los días del Terror.
--¡Esos dos pendientes! dijo Sinang mirando hácia su padre y
protegiendo instintivamente con la mano el brazo que tenía cerca de
la madre.
--Otras más antiguas todavía, las romanas, contestaba Cpn. Basilio
guiñando.
La devota Hermana Penchang pensó que con aquel regalo la Virgen
de Antipolo se ablandaría y le concedería su deseo más vehemente:
hácia tiempo que le pedía un milagro ruidoso en que vaya mezclado
su nombre para inmortalizarse en la tierra yendo al cielo despues,
como la Cpna. Inés de los curas, y preguntó por el precio. Pero Simoun
pedía tres mil pesos. La buena mujer se santiguó. ¡Susmariosep!
Simoun descubrió el tercer compartimento.
Este estaba lleno de relojes, petacas, fosforeras y relicarios
guarnecidos de brillantes y de finísimos esmaltes con miniaturas
elegantísimas.
El cuarto contenía las piedras sueltas y al descubrirlo un murmullo
de admiracion resonó en la sala, Sinang volvió á castañetear con la
lengua, su madre la volvió á pellizcar no sin soltar ella misma un
¡Sus María! de admiracion.
Nadie había visto hasta entonces tanta riqueza. En aquel cajon
forrado de terciopelo azul oscuro, dividido en secciones, veíanse
realizados los sueños de las Mil y una noches, los sueños de las
fantasías orientales. Brillantes, grandes hasta como garbanzos
centelleaban arrojando chispas de movilidad fascinadora como si
fuesen á liquidarse ó á arder consumidos en las reverberaciones
del espectro; esmeraldas del Perú, de diferentes formas y tallado,
rubíes de la India, rojos como gotas de sangre, zafiros de Ceylan,
azules y blancos, turquesas de Persia, perlas de nacarado oriente,
de las cuales algunas, rosadas, plomizas y negras. Los que han visto
durante la noche un gran cohete deshacerse sobre el fondo azul oscuro
del cielo en millares de lucecitas de todos colores, tan brillantes
que hacen palidecer á las eternas estrellas, pueden imaginarse el
aspecto que presentaba el compartimento.
Simoun, como para aumentar la admiracion de los presentes, removía
las piedras con sus morenos y afilados dedos gozándose en su canto
cristalino, en su resbalar luminoso como de gotas de agua que colora el
arcoiris. Los reflejos de tantas facetas, la idea de sus elevadísimos
precios fascinaban las miradas. Cabesang Tales que se había acercado
curioso, cerró los ojos y se alejó inmediatamente como para ahuyentar
un mal pensamiento. Tanta riqueza insultaba su desgracia; aquel
nombre venía allí á hacer gala de su inmensa fortuna precisamente
en la víspera del día en que él, por falta de dinero, por falta de
padrinos tenía que abandonar la casa que había levantado con sus manos.
--Aquí tienen ustedes dos brillantes negros, de los más grandes que
existen, repuso el joyero: son muy difíciles de tallar por ser los
más duros... Esta piedra algo rosada es tambien brillante, lo mismo
que esta verde que muchos toman por esmeralda. El chino Quiroga me
ha ofrecido por él seis mil pesos para regalárselo á una poderosísima
señora... Y no son los verdes los más caros sino estos azules.
Y separó tres piedras no muy grandes, pero gruesas y muy bien talladas,
con una ligera coloracion azul.
--Con ser más pequeños que el verde, continuó, cuestan el doble. Miren
ustedes este que es el más pequeño de todos--no pesa más de dos
quilates,--me ha costado veinte mil pesos y ya no lo doy en menos de
treinta. He tenido que hacer un viaje expresamente para comprarlo. Este
otro, encontrado en las minas de Golconda, pesa tres quilates y medio
y vale más de setenta mil. El Virrey de la India por una carta que
recibí antes de ayer me ofrece doce mil libras esterlinas.
Ante tanta riqueza, reunida en poder de aquel hombre que se espresaba
con tanta naturalidad, los circunstantes sentían cierto respeto
mezclado de terror. Sinang varias veces castañeteó y su madre no la
pellizcó, quizás porque estuviese abismada ó porque juzgase que un
joyero como Simoun no iba á tratar de ganar cinco pesos más ó menos
por una exclamacion más ó menos indiscreta. Todos miraban las piedras,
ninguno manifestaba el menor deseo de tocarlas, tenían miedo. La
curiosidad estaba embotada por la sorpresa. Cabesang Tales miraba
hácia el campo, y pensaba que con un solo brillante, quizás con el
más pequeño, podía recobrar á su hija, conservar la casa y quizás
labrarse otro campo... ¡Dios! que una de aquellas piedras valiese más
que el hogar de un hombre, la seguridad de una joven, ¡la paz de un
anciano en sus viejos días!
Y como si adivinase su pensamiento, Simoun decía dirigiéndose á las
familias que le rodeaban.
--Y vean, vean ustedes; con una de estas piedrecitas azules que
parecen tan inocentes é inofensivas, puras como arenillas desprendidas
de la bóveda del cielo, con una como ésta, regalada oportunamente,
un hombre ha podido desterrar á su enemigo, á un padre de familias,
como perturbador del pueblo... y con otra piedrecita igual á ésta,
roja como la sangre del corazon, como el sentimiento de la venganza
y brillante como las lágrimas de los huérfanos, se le ha dado la
libertad, el hombre ha sido vuelto al hogar, el padre á sus hijos,
el esposo á la esposa y se ha salvado quizás á toda una familia de
un desgraciado porvenir.
Y dando golpecitos á la caja,
--Aquí tengo yo, como en las cajas de los médicos, añadía en voz alta
en mal tagalo, la vida y la muerte, el veneno y la medicina, y con este
puñado puedo sumir en lágrimas ¡á todos los habitantes de Filipinas!
Todos le miraban con terror y comprendían que tenía razon. En la voz
de Simoun se notaba cierto timbre estraño y siniestros rayos parecían
pasar al través de sus anteojos azules.
Como para hacer cesar la impresion que aquellas piedras hacían sobre
tan sencillas gentes, Simoun levantó la bandeja y descubrió el fondo
donde encerraba los sancta sanctorum. Estuches de piel de Rusia,
separados entre sí por capas de algodon, llenaban el fondo forrado
de terciopelo gris. Todos esperaban maravillas. El marido de Sinang
confiaba ver carbunclos, piedras arrojando fuego y brillando en
medio de las tinieblas. Cpn. Basilio estaba ante las puertas de la
immortalidad; iba á ver algo positivo, algo real, la forma de lo que
tanto había soñado.
--Este es el collar de Cleopatra, dijo Simoun sacando con mucho
cuidado una caja plana en forma de media luna; es una joya que no se
puede tasar, un objeto de museo, solo para los gobiernos ricos.
Era una especie de collar formado por diferentes dijes de oro
representando idolillos entre escarabajos verdes y azules, y en
medio una cabeza de buitre, hecha de una piedra de un jaspe raro,
entre dos alas estendidas, símbolo y adorno de las reinas egipcias.
Sinang al verlo arrugó la nariz é hizo una mueca de infantil desprecio,
y Cpn. Basilio con todo su amor á la antigüedad no pudo contener un
¡abá! de desencanto.
--Es una magnífica joya muy bien conservada y cuenta casi dos mil años.
--¡Psh! se apresuró á decir Sinang para que su padre no cayese en
la tentacion.
--¡Tonta! díjole éste que había podido vencer su primer desencanto;
¿qué sabes tú si se debe á ese collar la faz actual de toda la
sociedad? Con ése habrá cautivado Cleopatra á Cesar, á Marco
Antonio... ése ha oido las ardientes declaraciones de amor de los
dos más grandes guerreros de su tiempo, ¡ése oyó frases en el más
puro y elegante latin y ya quisieras tu habértelo puesto!
--¿Yo? ¡no doy tres pesos!
--Veinte se pueden dar, ¡gonga! dijo Cpna. Tikâ en tono de conocedor;
el oro es bueno y fundido servirá para otras alhajas.
--Este es un anillo que debió pertenecer á Sila, continuó Simoun.
Era un anillo ancho, de oro macizo, con un sello.
--Con él había firmado las sentencias de muerte durante su dictadura,
dijo Cpn. Basilio pálido de emocion.
Y trató de examinarlo y decifrar el sello, pero por más que hizo y
le dió vueltas, como no entendía de paleografía, nada pudo leer.
--¡Qué dedo tenía Sila! observó al fin; caben dos de los nuestros;
como digo, decaemos.
--Tengo aun otras muchas alhajas...
--Si son todas por el estilo, ¡gracias! contestó Sinang; prefiero
las modernas.
Cada uno escogió una alhaja, quien un anillo, quien un reloj, quien un
guardapelo. Capitana Tikâ compró un relicario que contenía un pedazo de
la piedra sobre la cual se apoyó N. S. en su tercera caida; Sinang, un
par de pendientes y Cpn. Basilio, la cadena de reloj para el alférez,
los pendientes de señora para el cura con más otras cosas de regalo;
las otras familias del pueblo de Tianì por no quedarse menos que las
S. Diego vaciaron igualmente sus bolsillos.
Simoun compraba tambien alhajas viejas, hacía cambios, y las económicas
madres habían traido las que no les servían.
--Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun á Cabesang
Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas las ventas y cambios
que se hacían.
Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sido vendidas
y las que quedaban no valían nada.
--¿Y el relicario de María Clara? preguntó Sinang.
--¡Es verdad! exclamó el hombre, y un momento sus ojos brillaron.
--Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinang al joyero;
mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.
Simoun no contestó: seguía ansioso con la vista á Cabesang Tales.
Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contemplólo Simoun
detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidas veces: era el mismo
relicario que María Clara llevaba en la fiesta de San Diego y que en
un movimiento de compasion había dado á un lazarino.
--Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere usted por ella?
Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la oreja y miró
á las mujeres.
--Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun; quiere usted
ciento... ¿quinientos pesos? ¿Quiere usted cambiarlo con otro? ¡Escoja
usted lo que quiera!
Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado á Simoun como si
dudase de lo que oía.
--¿Quinientos pesos? murmuró.
--Quinientos, repetió el joyero con voz alterada.
Cabesang Tales cogió el relicario y le dió varias vueltas: sus sienes
le latían violentamente, sus manos temblaban. ¿Si pidiese él más? aquel
relicario les podría salvar; era excelente ocasion aquella, y no se
volvería á presentar otra.
Todas las mujeres le guiñaban para que lo vendiese menos la Penchang
que temiendo rescatasen á Julî observó devotamiente:
--Yo lo guardaría como reliquia... Los que vieron á María Clara en
el convento la hallaron tan flaca, tan flaca que dicen, apenas podía
hablar y se cree que morirá como una santa... El P. Salví habla muy
bien de ella como que es su confesor. Por eso será que Julî no ha
querido desprenderse de él prefiriendo empeñarse.
La observacion surtió efecto.
El recuerdo de su hija detuvo á Cabesang Tales.
--Si me permitís, dijo, iré al pueblo á consultarlo con mi hija:
antes de la noche estaré de vuelta.
Quedáronse en ello y Cabesang Tales bajó inmediatamente.
Mas cuando se encontró fuera del barrio, divisó á lo lejos, en un
sendero que se internaba en el bosque, al fraile hacendero, y á un
hombre que él reconoció por el que le había tomado sus terrenos. Un
marido que ve á su mujer entrando con un hombre en una secreta alcoba,
no habría sentido más ira, ni más celos que Cabesang Tales viendo á
aquellos dos dirigirse á sus campos, á los campos por él trabajados
y que creía poder legar á sus hijos. Se le figuró que aquellos dos
se reían, se burlaban de su impotencia; le vino á la memoria lo que
él había dicho «no los cederé sino al que los regase con su sangre
y enterrase en ellos á su mujer y á su hija»...
Paróse, se pasó una mano por la frente y cerró los ojos; cuando
los abrió, vió que el hombre se retorcía riendo y el lego se cogía
el vientre como para evitar que estalle de alegría y luego vió que
señalaban hácia su casa y volvían á reir.
Un ruido vibró en sus orejas, sintió al rededor de las sienes el
chasquido de un latigazo, la nube roja reapareció ante sus ojos,
volvió á ver los cadáveres de su mujer é hija, y al lado el hombre
y el fraile riendo y cogiéndose la cintura.
Olvidóse de todo, dió media vuelta y siguió el sendero por donde
marchaban aquellos: era el sendero que conducía á sus terrenos.
Simoun aguardó en vano que volviese aquella noche Cabesang Tales.
Al día siguiente cuando se levantó, observó que la funda de cuero
de su revólver estaba vacía: abrióla y dentro encontró una papel
que contenía el relicario de oro con las esmeraldas y brillantes y
algunas líneas escritas en tagalo que decían:
«Perdonareis, señor, que estando en mi casa os prive de lo que
es vuestro, mas, la necesidad me obliga, y en cambio de vuestro
revólver os dejo el relicario que tanto deseabais. Necesito armas
y parto á reunirme con los tulisanes.
Os recomiendo no sigais vuestro camino, porque si caeis en nuestro
poder, como ya no sois mi huesped, os exigiremos un considerable
rescate.»
Telesforo Juan de Dios.
--¡Al fin tengo á mi hombre! murmuró respirando Simoun; es algo
escrupuloso... pero tanto mejor: ¡sabrá cumplir con sus compromisos!
Y ordenó á su criado que por el lago se fuese á Los Baños se llevase
la maleta grande y le esperase allí, porque él por tierra iba á seguir
su viaje llevándose la que contenía sus famosas piedras.
La llegada de cuatro Guardias Civiles acabó de ponerle de buen
humor. Venían á prender á Cabesang Tales y no encontrándole se llevaban
á Tandang Selo.
Tres asesinatos se habían cometido durante la noche. El fraile
hacendero y el nuevo inquilino de los terrenos de Cabesang Tales se
habían encontrado muertos, rota la cabeza y llena de tierra la boca,
en los linderos de los terrenos de aquel; en el pueblo, la mujer del
inquilino muerto amaneció tambien asesinada, la boca llena igualmente
de tierra y el cuello cortado, con un papel al lado donde se leía el
nombre «Tales» escrito en sangre como trazado por un dedo...
¡Tranquilizaos, pacíficos vecinos de Kalamba! ¡Ninguno de vosotros
se llama Tales, ninguno de vosotros ha cometido el crímen! ¡Vosotros
os llamais Luis Habaña, Matías Belarmino, Nicasio Eigasani, Cayetano
de Jesus, Mateo Elejorde, Leandro Lopez, Antonino Lopez, Silvestre
Ubaldo, Manuel Hidalgo, Paciano Mercado, os llamais todo el pueblo
de Kalamba!... ¡Habeis limpiado vuestros campos, habeis empleado
en ellos el trabajo de toda vuestra vida, economías, insomnios,
privaciones, y os han despojado de ellos, lanzado de vuestros hogares
y han prohibido á los demás os diesen hospitalidad! No se contentaron
con violar la justicia, hollaron las sagradas tradiciones de vuestro
pais... Vosotros habeis servido á España y al rey, y cuando en nombre
de ellos pedisteis justicia, y se os desterró sin proceso, se os
arrancó de los brazos de vuestras esposas, de los besos de vuestros
hijos... Cualquiera de vosotros ha sufrido más que Cabesang Tales y
sin embargo ninguno, ninguno se ha hecho justicia... No hubo piedad
ni humanidad para vosotros y se os ha perseguido hasta más allá de la
tumba como á Mariano Herbosa... ¡Llorad ó reid en las islas solitarias
donde vagais ociosos, inciertos del porvenir! ¡La España, la generosa
España vela sobre vosotros y tarde ó temprano obtendreis justicia!
XI
LOS BAÑOS
Su Excelencia el Capitan General y Gobernador de las Islas Filipinas
había estado cazando en Bosoboso. Pero como tenía que ir acompañado de
una banda de música--porque tan elevado personaje no iba á ser menos
que los imágenes de palo que llevan en procesion,--y como la aficion
al divino arte de Sta. Cecilia aun no se ha popularizado entre los
ciervos y jabalíes de Bosoboso, S. E. con la banda de música y su
cortejo de frailes, militares y empleados no pudo pillar ni un solo
raton, ni una sola ave.
Las primeras autoridades de la provincia previeron futuras cesantías ó
cambios de destino; los pobres gobernadorcillos y cabezas de barangay
se inquietaron y no pudieron dormir, temiendo no vaya á antojársele al
divino cazador sustituir con sus personas la falta de sumision de los
cuadrúpedos del bosque, como ya lo había hecho años antes un alcalde
viajando en hombros de polistas porque no había caballos tan mansos
para responder de su persona. No faltó un mal intencionado susurro de
que S. E. estaba decidido á hacer algo, porque en aquello veía los
primeros síntomas de una rebelion que convenía sofocar en su cuna,
que una caza sin resultados desprestigia el nombre español, etc.,
y ya se echaba el ojo á un infeliz para vestirle de venado, cuando
S. E. en un acto de clemencia que Ben Zayb no sabía con qué frases
encomiar, disipó todas las inquietudes, declarando que le daba pena
sacrificar á su placer los animales del bosque.
A decir verdad, S. E. estaba contento y satisfecho inter se, pues
¿qué habría sucedido si hubiese fallado una pieza, un ciervo de
esos que no estan al tanto de las conveniencias políticas? ¿á dónde
iba á parar el prestigio soberano? ¿Cómo? ¿Todo un Capitan General
de Filipinas errando una pieza, como un cazador novel? ¿Qué dirían
los indios entre los cuales hay regulares cazadores? Peligraría la
integridad de la patria...
Así es como S. E., con una risa de conejo y echándoselas de cazador
descontento, ordenó la inmediata vuelta á Los Baños, no sin hablar
durante el viaje de sus hazañas cinegéticas en tal ó cual soto de
la Península como quien no quiere la cosa, adoptando un tono algo
despreciativo, muy conveniente al caso, para las cacerías de Filipinas,
¡psé! Los baños en el Dampalit (Daang pa liit), las estufas á orillas
del lago, y los tresillos en el palacio con tal ó cual escursion á la
vecina cascada ó á la laguna de los caimanes ofrecían más atractivos
y menos riesgos para la integridad de la patria.
Allá por los últimos días de Diciembre encontrábase S. E. en la sala
jugando al tresillo, en tanto esperaba la hora del almuerzo. Venía
de tomar el baño con el consabido vaso de agua y carne tierna
de coco y estaba en la mejor disposicion posible para conceder
gracias y favores. Aumentaba su buen humor la circunstancia de
dar muchos codillos, pues el P. Irene y el P. Sibyla que con él
jugaban, desplegaban cada uno toda su inteligencia para hacerse
perder disimuladamente, con gran irritacion del P. Camorra que por
haber llegado, tan solo aquella mañana no estaba al tanto de lo que
se intrigaba. El fraile-artillero como jugaba de buena fé y ponía
atencion, se ponía colorado y se mordía los labios cada vez que el
P. Sibyla se distraía ó calculaba mal, pero no se atrevía á decir
palabra por el respeto que el dominico le inspiraba; en cambio se
desquitaba contra el P. Irene á quien tenía por bajo y zalamero y
despreciaba en medio de su rudeza. El P. Sibyla ni le miraba siquiera;
le dejaba bufar; el P. Irene, más humilde, procuraba escusarse
acariciando la punta de su larga nariz. S. E. se divertía y se
aprovechaba, á fuer de buen táctico como se lo insinuaba el canónigo,
de las equivocaciones de sus contrarios. Ignoraba el P. Camorra que
sobre la mesita se jugaba el desenvolvimiento intelectual de los
filipinos, la enseñanza del castellano, y á haberlo sabido, acaso
con alegría hubiera tomado parte en el juego.
Al traves del balcon abierto en todo su largo, entraba la brisa, fresca
y pura, y se descubría el lago cuyas aguas murmuraban dulcemente al
pié del edificio como rindiendo homenaje. A la derecha, á lo lejos,
se veía la isla de Talim, de de un puro azul; en medio del lago y en
frente casi, una islita verde, la isla de Kalamba, desierta, en forma
de medialuna, á la izquierda, la hermosa costa bordada de cañaverales,
un montecillo que domina el lago, despues vastas sementeras despues
techos rojos por entre el verde oscuro de los árboles, el pueblo
de Kalamba, despues la costa se pierde á lo lejos, y en el fondo,
el cielo cierra el horizonte descendiendo sobre las aguas dando al
lago apariencias de mar y justificando la denominacion que los indios
le dan de dagat na tabang.
Hácia un estremo de la sala, sentado y delante de una mesita donde
se veían algunos papeles estaba el secretario. Su Excelencia era muy
trabajador y no le gustaba perder tiempo así es que despachaba con
él mientras servía de alcalde en el tresillo y en los momentos en
que se daban las cartas.
En el entretanto el pobre secretario bostezaba y se
desesperaba. Aquella mañana trabajaba como todos los días en cambios de
destino, suspension de empleos, deportaciones, concesion de gracias,
etc. y no se tocaba todavía la gran cuestion que tanta curiosidad
despertaba, la peticion de los estudiantes solicitando permiso para
la creacion de una Academia de castellano.
Paseándose de un estremo á otro y conversando animadamente aunque en
voz baja se veía á don Custodio, á un alto empleado, y á un fraile que
llevaba la cabeza baja con aire de pensativo ó disgustado; llamábase
el P. Fernandez. De una habitacion contigua salían ruidos de bolas
chocando unas con otras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de
Simoun seca é incisiva: el joyero jugaba al billar con Ben Zayb.
De repente el P. Camorra se levantó.
--¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las dos cartas que
le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! ¡la puesta estaba
segura cuando no el codillo, y lo perdemos por endose! ¡Puñales,
que juegue Cristo!
Y furioso, explicaba á todos los que estaban en la sala el caso
dirigiéndose especialmente á los tres paseantes como tomándoles por
jueces. Jugaba el General, él hacía la contra, el P. Irene ya tenía su
baza; arrastra él con el espadas y ¡puñales! el camote del P. Irene no
rinde, no rinde la mala. ¡Que juegue Cristo! El hijo de su madre no se
había ido allí á romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.
--Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano de bóbilis
bóbilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear!...
Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Irene que trataba
de esplicarse frotándose la trompa para ocultar su fina sonrisa,
se fué al cuarto de billar.
--P. Fernandez, ¿quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.
--¡Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo una mueca.
--Entonces que venga Simoun, dijo el General; ¡eh, Simoun, eh,
mister! ¿Quiere usted echar una partida?
--¿Qué se dispone acerca de las armas de salon? preguntó el secretario
aprovechando la pausa.
Simoun asomó la cabeza.
--¿Quiere usted ocupar el puesto del P. Camorra, señor Simbad? preguntó
el P. Irene; usted pondrá brillantes en lugar de fichas.
--No tengo ningun inconveniente, contestó Simoun acercándose y
sacudiendo la tiza que manchaba sus manos; y ustedes, ¿qué ponen?
--¿Qué vamos á poner? contestó el P. Sibyla. El General pondrá lo
que guste, pero nosotros, religiosos, sacerdotes...
--¡Bah! interrumpió Simoun con ironía; usted y el P. Irene pagarán
con actos de caridad, oraciones, virtudes, ¿eh?
--Sabe usted que las virtudes que uno pueda tener, arguyó gravemente
el P. Sibyla, no son como los brillantes que pueden pasar de mano
en mano, venderse y revenderse... residen en el ser, son accidentes
inherentes en el sujeto...
--Me contento entonces con que ustedes me paguen de boquilla, replicó
alegremente Simoun; usted, P. Sibyla, en vez de darme cinco tantos
me dirá, por ejemplo: renuncio por cinco días á la pobreza, á la
humildad, á la obediencia... usted; P. Irene: renuncio á la castidad,
á la largueza, etc. ¡Ya ven que es poca cosa y yo doy mis brillantes!
--¡Qué hombre más singular es este Simoun, qué ocurrencias tiene! dijo
el P. Irene riendo.
--Y éste continuo Simoun tocando familiarmente en el hombro á Su
Excelencia, éste me pagará cinco tantos, un vale por cinco días de
carcel; un solo, cinco meses; un codillo, orden de deportacion en
blanco; una bola... digamos una ejecucion espedita por la Guardia
Civil mientras se le conduce á mi hombre de un pueblo á otro, etc.
El envite era raro. Los tres paseantes se acercaron.
--Pero, señor Simoun, preguntó el alto empleado, ¿qué saca usted
con ganar virtudes de boquilla, y vidas y destierros y ejecuciones
espeditas?
--¡Pues mucho! Estoy cansado de oir hablar de virtudes y quisiera
tenerlas todas, todas las que hay en el mundo encerradas en un saco
para arrojarlas al mar, aun cuando tuviera que servirme de todos mis
brillantes como de lastre...
--¡Vaya un capricho! exclamó el P. Irene riendo; ¿y de los destierros
y ejecuciones espeditas?
--Pues, para limpiar el pais y destruir toda semilla mala...
--¡Vamos! todavía está usted furioso con los tulisanes y cuidado que
bien podían haberle exigido un rescate mayor ó quedarse con todas
sus alhajas. ¡Hombre, no sea usted ingrato!
Simoun contaba que había sido atajado por una banda de tulisanes
quienes, despues de agasajarle por un día le dejaron seguir el viaje
sin exigirle más rescate que sus dos magníficos revólvers Smith
y las dos cajas de cartuchos que consigo llevaba. Añadía que los
tulisanes le habían encargado muchas memorias para su Excelencia,
el Capitan General.
Y por esto y como contase Simoun que los tulisanes estaban muy bien
provistos de escopetas, fusiles y revólvers, y que contra semejantes
individuos un hombre solo por bien armado que estuviese no se podía
defender, S. E. para evitar en lo futuro que los tulisanes adquieran
armas, iba á dictar un nuevo decreto concerniente á las pistolas
de salon.
--¡Al contrario, al contrario! protestaba Simoun; si para mí los
tulisanes son los hombres más honrados del país; son los únicos que
ganan su arroz debidamente... Creen ustedes que si hubiera caido en
manos... ¡vamos! de usted por ejemplo, ¿me habría dejado escapar sin
quitarme la mitad de mis alhajas, cuando menos?
Don Custodio iba á protestar: aquel Simoun era verdaderamente un
grosero mulato americano que abusaba de su amistad con el Capitan
General para insultar al P. Irene. Verdad es tambien que el P. Irene
tampoco le habría soltado por tan poca cosa.
--Si el mal no está, prosiguió Simoun, en que haya tulisanes en los
montes y en el despoblado; el mal está en los tulisanes de los pueblos
y de las ciudades...
--Como usted, añadió riendo el canónigo.
--Sí, como yo, como nosotros, seamos francos, aquí no nos oye ningun
indio, continuó el joyero; el mal está en que todos no seamos tulisanes
declarados; cuando tal suceda y vayamos á habitar en los bosques,
ese día se ha salvado el país, ese día nace una nueva sociedad que
se arreglará ella sola... y S. E. podrá entonces jugar tranquilamente
al tresillo sin necesidad de que le distraiga el secretario...
El secretario bostezaba en aquel momento estendiendo ambos brazos por
encima de la cabeza y estirando en lo posible las piernas cruzadas
por debajo de la mesita.
Al verle todos se rieron. Su Excelencia quiso cortar el giro de la
conversacion y soltando las cartas que había estado peinando dijo
entre serio y risueño:
--¡Vaya, vaya! basta de bromas y juegos; trabajemos, trabajemos de
firme que aun tenemos media hora antes del almuerzo. ¿Hay muchos
asuntos que despachar?
Todos prestaron atencion. Aquel día se iba á dar la batalla sobre la
cuestion de la enseñanza del castellano por la que estaban allí desde
hace días el P. Sibyla y el P. Irene. Se sabía que el primero, como
Vice Rector, estaba opuesto al proyecto y que el segundo lo apoyaba
y sus gestiones lo estaban á su vez por la señora condesa.
--¿Qué hay, qué hay? preguntaba S. E. impaciente.
--La juehion je lah jamah je jalon, repitió el secretario ahogando
un bostezo.
--¡Quedan prohibidas!
--Perdone, mi General, dijo el alto empleado gravemente: V. E. me
permitirá que le haga observar que el uso de las armas de salon está
permitido en todos los paises del mundo...
El General se encogió de hombros.
--Nosotros no imitamos á ninguna nacion del mundo, observó secamente.
Entre S. E. y el alto empleado había siempre divergencia de opinion
y basta que el último haga una observacion cualquiera para que el
primero se mantenga en sus trece.
El alto empleado tanteó otro camino.
--Las armas de salon solo pueden dañar á los ratones y gallinas,
dijo; van á decir que...
--¿Que somos gallinas? continuó el General encogiéndose de hombros;
y á mí, ¿qué? Pruebas he dado yo de no serlo.
--Pero hay una cosa, observó el secretario; hace cuatro meses,
cuando se prohibió el uso de las armas, se les ha asegurado á los
importadores estrangeros que las de salon serían permitidas.
Su Excelencia frunció las cejas.
--Pero la cosa tiene arreglo, dijo Simoun.
--¿Cómo?
--Sencillamente. Las armas de salon tienen casi todas seis milimetros
de calibre, al menos las que existen en el mercado. ¡Se autoriza la
venta solo para todos los que no tengan esos seis milimetros!
Todos celebraron la ocurrencia de Simoun, menos el alto empleado
que murmuró al oido del P. Fernandez que aquello no era serio ni se
llama gobernar.
--El maestro de Tianì, continuó el secretario hojeando unos papeles,
solicita se le dé mejor local para...
--¿Qué más local si tiene un camarin para él solo? interrumpió el
P. Camorra que había acudido olvidándose ya del tresillo.
--Dice que está destechado, repuso el secretario, y que habiendo
comprado de su bolsillo mapas y cuadros, no puede esponerlos á la
intemperie...
--Pero yo nada tengo que ver con eso, murmuró S. E.; que se dirija
al Director de Administracion, al Gobernador de la provincia ó al
Nuncio...
--Lo que le diré á usted, dijo el P. Camorra, es que ese maestrillo
es un filibusterillo descontento: ¡figúrense ustedes que el hereje
propala que lo mismo se pudren los que se entierran con pompa que
los que sin ella! ¡Algun día le voy á dar de cachetes!
Y el P. Camorra cerraba sus puños.
--Y á decir verdad, observó el P. Sibyla como dirigiéndose nada más
que al P. Irene; el que quiere enseñar, enseña en todas partes, al
aire libre: Sócrates enseñaba en las plazas públicas, Platon en los
jardines de Academo, y Cristo en las montañas y lagos.
--Tengo varias quejas contra ese maestrillo, dijo S. E. cambiando
una mirada con Simoun; creo que lo mejor será suspenderle.
--¡Suspendido! repitió el secretario.
Diole pena al alto empleado la suerte de aquel infeliz que pedía
ausilio y se encontró con la cesantía y quiso hacer algo por él.
--Lo cierto es, insinuó con cierta timidez, que la enseñanza no está
del todo bien atendida...
--He decretado ya numerosas sumas para la compra de materiales, dijo
con altivez su Excelencia como si quisiese significar: ¡He hecho más
de lo que debía!
--Pero como faltan locales á propósito, los materiales que que se
compren se echarán á perder...
--No todo se puede hacer de una vez, interrumpió secamente S. E.;
los maestros de aquí hacen mal en pedir edificios cuando los de la
Península se mueren de hambre. ¡Mucha presuncion es querer estar
mejor que en la misma Madre Patria!
--Filibusterismo...
--¡Ante todo la Patria! ¡ante todo somos españoles! añadió Ben Zayb
con los ojos brillantes de patriotismo y poniéndose algo colorado
cuando vió que se quedó solo.
--En adelante, terminó el General, todos los que se quejen serán
suspendidos.
--Si mi proyecto fuese aceptado, se aventuró á decir don Custodio
como hablando consigo mismo.
--¿Relativo á los edificios de las escuelas?
--Es sencillo, práctico y económico como todos mis proyectos, nacidos
de una larga esperiencia y del conocimiento del pais. Los pueblos
tendrían escuelas sin que le costasen un cuarto al gobierno.
--Enterado, repuso con sorna el secretario; obligando á los pueblos
á que los construyan á su costa.
Todos se echaron á reir.
--No señor, no señor, gritó don Custodio picado y poniéndose
colorado: los edificios están levantados y solo esperan que se los
utilice. Higiénicos, inmejorables, espaciosos...
Los frailes se miraron con cierta inquietud. ¿Propondría don Custodio
que se convirtiesen en escuelas las iglesias y los conventos ó casas
parroquiales?
--¡Veámoslo! dijo el General frunciendo el ceño.
--Pues, mi General, es muy sencillo, repuso don Custodio estirándose y
sacando la voz hueca de ceremonia; las escuelas solo estan abiertas
en los días de trabajo, y las galleras en los de fiesta... Pues
conviértanse en escuelas las galleras, al menos durante la semana.
--¡Hombre, hombre, hombre!
--¡Ya pareció aquello!
--Pero ¡qué cosas tiene usted, don Custodio!
--¡Vaya un proyecto que tiene gracia!
--¡Este les pone á todos la pata!
--Pero, señores, gritaba don Custodio al oir tantas exclamaciones;
seamos prácticos, ¿qué local hay más á propósito que las galleras? Son
grandes, estan bien construidas, y maldito para lo que sirven durante
la semana. Hasta desde un punto de vista moral, mi proyecto es muy
aceptable: serviría como una especie de purificacion y expiacion
semanal del templo del juego, digámoslo así.
--Pero es que á veces hay juego de gallos durante la semana, observó
el P. Camorra, y no es justo que pagando los contratistas de las
galleras al gobierno...
--¡Vaya! ¡por esos días se cierra la escuela!
--¡Hombre, hombre! dijo el Cpn. General escandalizado; ¡tal horror
no sucederá mientras yo gobierne! ¡Que se cierren las escuelas porque
se juega! ¡Hombre, hombre, hombre! ¡primero presento la dimision!
Y S. E. estaba verdaderamente escandalizado.
--Pero, mi General, vale más que se cierren por algunos días que no
por meses.
--¡Eso sería inmoral! añadió el P. Irene más indignado todavía que
su Excelencia.
--Más inmoral es que los vicios tengan buenos edificios y las
letras ninguno... Seamos prácticos, señores, y no nos dejemos
llevar de sentimentalismos. En política no hay cosa peor como el
sentimentalismo. Mientras por respetos humanos prohibimos el cultivo
del opio en nuestras colonias, toleramos que en ellas se fume,
resulta que no combatimos el vicio pero nos empobrecemos...
--Pero observe usted que eso le produce al gobierno sin trabajo
ninguno, más de cuatrocientos cincuenta mil pesos, repuso el P. Irene
que se hacía más y más gubernamental...
--¡Basta, basta, señores! dijo S. E. cortando la discusion: yo tengo
mis proyectos sobre el particular y dedico mi particular atencion al
ramo de instruccion pública. ¿Hay algo más?
El secretario miró con cierta inquietud al P. Sibyla y al P. Irene. Lo
gordo iba á salir. Ambos se prepararon.
--La solicitud de los estudiantes pidiendo autorizacion para abrir
una Academia de Castellano, contestó el secretario.
Un movimiento general se notó entre los que estaban en la sala y
despues de mirarse unos á otros fijaron sus ojos en el General para
leer lo que dispondría. Hacía seis meses que la solicitud estaba allí
aguardando un dictamen, y se había convertido en una especie de casus
belli en ciertas esferas. Su Excelencia tenía los ojos bajos como
para impedir que se leyesen sus pensamientos.
El silencio se hacía embarazoso y comprendiólo el General.
--¿Qué opina usted? preguntó al alto empleado.
--¡Qué he de opinar, mi General! contestó el preguntado encogiéndose de
hombros y sonriendo amargamente; qué he de opinar sino que la peticion
es justa, ¡justísima y que me parece estraño se hayan empleado seis
meses en pensar en ella!
--Es que se atraviesan de por medio consideraciones, repuso el
P. Sibyla friamente y medio cerrando los ojos.
Volvió á encogerse de hombros el alto empleado como quien no comprende
qué consideraciones podían ser aquellas.
--Aparte de lo intempestivo del propósito, prosiguió el dominico,
aparte de lo que tiene de atentatorio á nuestras prerrogativas...
El P. Sibyla no se atrevió á continuar y miró á Simoun.
--La solicitud tiene un caracter algo sospechoso, concluyó éste
cambiando una mirada con el dominico.
Este pestañeó dos veces. El P. Irene que los vió comprendió que su
causa estaba ya casi perdida: Simoun iba contra ella.
--Es una rebelion pacífica, una revolucion en papel sellado, añadió
el P. Sibyla.
--¿Revolucion, rebelion? preguntó el alto empleado mirando á unos y
á otros como si nada comprendiese.
--La encabezan unos jóvenes tachados de demasiado reformistas y
avanzados por no decir otra cosa, añadió el secretario mirando
al dominico. Hay entre ellos un tal Isagani, cabeza poco
sentada... sobrino de un cura clérigo...
--Es un discípulo mío, repuso el P. Fernandez, y estoy muy contento
de él...
--Puñales, ¡tambien es contentarse! exclamó el P. Camorra; en el
vapor por poco nos pegamos de cachetes: porque es bastante insolente,
¡le dí un empujon y me contestó con otro!
--Hay ademas un tal Macaragui ó Macarai...
--Macarai, repuso el P. Irene terciando á su vez; un chico muy amable
y simpático.
Y murmuró al oido del General:
--De ése le he hablado á usted, es muy rico... la señora condesa se
lo recomienda eficazmiente.
--¡Ah!
--Un estudiante de Medicina, un tal Basilio...
--De ese Basilio no digo nada, repuso el P. Irene levantando las manos
y abriéndolas como para decir dóminus vobiscum; ese para mí es agua
mansa. Nunca he llegado á saber lo que quiere ni lo que piensa. ¡Qué
lástima que el P. Salví no esté delante para darnos algunos de sus
antecedentes! Creo haber oido decir que cuando niño tuvo peras que
partir con la Guardia Civil... su padre fué muerto en no recuerdo
qué motin...
Simoun se sonrió lentamente, sin ruido, enseñando sus dientes blancos
y bien alineados...
--¡Ajá! ¡ajá! decía S. E. moviendo la cabeza: ¿con que esas
tenemos? ¡Apunte usted ese nombre!
--Pero, mi General, dijo el alto empleado viendo que la cosa tomaba
mal giro; hasta ahora nada de positivo se sabe contra esos jóvenes;
su peticion es muy justa, y no tenemos ningun derecho para negársela
fundándonos solo en meras conjeturas. Mi opinion es que el gobierno,
dando una prueba de su confianza en el pueblo y en la estabilidad de
su base, acuerde lo que se le pide; y libre á él despues de retirar
el permiso cuando vea que se abusa de su bondad. Motivos ni escusas
no han de faltar, podemos vigilarles... Para qué disgustar á unos
jóvenes que despues pueden resentirse, ¿cuando lo que piden está
mandado por reales decretos?
El P. Irene, don Custodio y el P. Fernandez asentían con la cabeza.
--¿Pero los indios no deben saber castellano, sabe usted? gritó
el P. Camorra; no deben saber porque luego se meten á discutir con
nosotros, y los indios no deben discutir sino obedecer y pagar... no
deben meterse á interpretar lo que dicen las leyes ni los libros,
¡son tan sutiles y picapleitos! Tan pronto como saben el castellano
se hacen enemigos de Dios y de España... lea usted si no el tandang
Basio Macunat; ¡ese sí que es un libro! ¡Tiene verdades como esto!
Y enseñaba sus redondos puños.
El P. Sibyla se pasó la mano por la corona en señal de impaciencia.
--¡Una palabra! dijo adoptando el tono más conciliador en medio de su
irritacion; aquí no se trata solamente de la enseñanza del castellano,
aquí hay una lucha sorda entre los estudiantes y la Universidad de
Sto Tomás; si los estudiantes se salen con la suya, nuestro prestigio
queda por los suelos, dirán que nos han vencido y exultarán y ¡adios
fuerza moral, adios todo! Roto el primer dique ¿quién contiene á
esa juventud? ¡Con nuestra caida no haremos más que anunciar la de
ustedes! Despues de nosotros el gobierno.
--¡Puñales, eso no! gritó el P. Camorra; veremos antes ¡quien tiene
más puños!
Entonces habló el P. Fernandez que durante la discusion solo se había
contentado con sonreir. Todos se pusieron atentos porque sabían que
era una buena cabeza.
--No me quiera usted mal, P. Sibyla, si difiero de su manera de
ver el asunto, pero es raro destino el mío de estar casi siempre
en contradiccion con mis hermanos. Digo pues que no debemos ser
tan pesimistas. La enseñanza del castellano se puede conceder,
sin peligro ninguno y para que no aparezca como una derrota de la
Universidad, debíamos los dominicos hacer un esfuerzo y ser los
primeros en celebrarla: allí está la política. ¿Para qué vamos á
estar en contínua tirantez con el pueblo, si despues de todo somos
los pocos y ellos los más, si nosotros necesitamos de ellos y no
ellos de nosotros?--Espere usted, P. Camorra, ¡espere usted!--Pase
que por ahora el pueblo sea debil y no tenga tantos conocimientos, yo
tambien lo creo así, pero no será mañana, ni pasado. Mañana ó pasado
serán los más fuertes, sabrán lo que les convendrá y no lo podemos
impedir, como no se puede impedir que los niños, llegados á cierta
edad, se enteren de muchas cosas... Digo pues, por qué no aprovechamos
este estado de ignorancia para cambiar por completo de política, para
fundarla sobre una base sólida, imperecedera, ¿la justicia por ejemplo
en vez de la base ignorancia? Porque no hay como ser justos, esto se
lo he dicho siempre á mis hermanos y no me quieren creer. El indio,
como todo pueblo joven, es idólatra de la justicia; pide el castigo
cuando ha faltado, así como le exaspera cuando no lo ha merecido. ¿Es
justo lo que desean? pues á concederlo, démosles todas las escuelas
que quieran, ya se cansarán: la juventud es holgazana y lo que la pone
en actividad es nuestra oposicion. Nuestro lazo prestigio, P. Sibyla,
está ya muy gastado, preparemos otro, el lazo gratitud por ejemplo. No
seamos tontos, hagamos lo que los cucos jesuitas...
--¡Oh, oh, P. Fernandez!
No, no; todo lo podía tolerar el P. Sibyla menos proponerle á los
jesuitas por modelo. Tembloroso y pálido se deshizo en amargas
recriminaciones.
--Primero franciscano... ¡cualquier cosa antes que jesuita! dijo
fuera de sí.
--¡Oh, oh!
--¡Eh, eh! ¡¡Padre P--!!
Vino una discusion en que todos, olvidándose del Capitan General,
intervinieron; hablaban á la vez, gritaban, no se entendían, se
contradecían; Ben Zayb las tenía con el P. Camorra y se enseñaban los
puños, el uno hablaba de gansos y el otro de chupa-tintas, el P. Sibyla
hablaba del Capítulo y el P. Fernandez, de la Summa de Sto. Tomás,
etc. hasta que entró el cura de Los Baños á anunciar que el almuerzo
estaba servido.
Su Excelencia se levantó y así se cortó la discusion.
--¡Ea, señores! dijo; ¡hoy hemos trabajado como negros y eso que
estamos de vacaciones! Alguien dijo que los asuntos graves deben
tratarse en los postres. Yo soy en absoluto de esa opinion.
--Podemos indigestarnos, observó el secretario aludiendo al calor de
la discusion.
--Entonces lo dejaremos para mañana.
Todos se levantaron.
--Mi General, murmuró el alto empleado; la hija de ese Cabesang
Tales ha vuelto solicitando la libertad de su abuelo enfermo, preso
en lugar del padre...
Su Excelencia le miró disgustado y se pasó la mano por la ancha frente.
--¡Carambas! ¡que no le han de dejar á uno almorzar en paz!
--Es el tercer día que viene; es una pobre muchacha...
--¡Ah, demonios! exclamó el P. Camorra; yo me decía: algo tengo que
decir al General, para eso he venido... ¡para apoyar la peticion de
esa muchacha!
El General se rascó detrás de la oreja.
--¡Vaya! dijo; que el secretario ponga un volante al teniente de la
Guardia Civil, ¡para que le suelten! ¡No dirán que no somos clementes
ni misericordiosos!
Y miró á Ben Zayb. El periodista pestañeó.
XII
PLACIDO PENITENTE
De mala gana y con los ojos casi llorosos iba Plácido Penitente por
la Escolta para dirigirse á la Universidad de Santo Tomás.
Hacía una semana apenas que había llegado de su pueblo y ya había
escrito dos veces á su madre reiterando sus deseos de dejar los
estudios para retirarse y trabajar. Su madre le había contestado que
tuviese paciencia, que cuando menos debía graduarse de bachiller en
artes, pues era triste abandonar los libros despues de cuatro años
de gastos y sacrificios por parte de uno y otro.
¿De dónde le venía á Penitente el desamor al estudio, cuando era uno
de los más aplicados en el famoso colegio que el P. Valerio dirigía en
Tanawan? Penitente pasaba allí por ser uno de los mejores latinistas y
sutiles argumentadores, que sabían enredar ó desenredar las cuestiones
más sencillas ó abstrusas; los de su pueblo le tenían por el más
listo, y su cura, influido por aquella fama, ya le daba el grado de
filibustero, prueba segura de que no era tonto ni incapaz. Sus amigos
no se explicaban aquellas ganas de retirarse y dejar los estudios;
no tenía novias, no era jugador, apenas conocía el hunkían y se
aventuraba en un revesino, no creía en los consejos de los frailes,
se burlaba del tandang Basio, tenía dinero de sobra, trajes elegantes,
y sin embargo iba de mala gana á clase y miraba con asco los libros.
En el Puente de España, puente que solo de España tiene el nombre
pues hasta sus hierros vinieron del Extrangero, encontróse con
la larga procesion de jóvenes que se dirigían á Intramuros para
sus respectivos colegios. Unos iban vestidos á la europea, andaban
de prisa, cargando libros y cuadernos, preocupados, pensando en su
leccion y en sus composiciones; estos eran los alumnos del Ateneo. Los
letranistas se distinguían por ir casi todos vestidos á la filipina,
más numerosos y menos cargados de libros. Los de la Universidad
visten con más esmero y pulcritud, andan despacio y, en vez de libros,
suelen llevar un baston. La juventud estudiosa de Filipinas no es muy
bulliciosa ni bullanguera; va como preocupada; al verla cualquiera
diría que delante de sus ojos no luce ninguna esperanza, ningun risueño
porvenir. Aunque de espacio en espacio alegran la procesion las notas
simpáticas y ricas en colores de las educandas de la Escuela Municipal
con la cinta sobre el hombro y los libros en la mano, seguidas de sus
criadas, sin embargo apenas resuena una risa, apenas se oye una broma;
nada de canciones, nada de salidas graciosas; á lo más bromas pesadas,
peleas entre los pequeños. Los grandes casi siempre van serios y bien
compuestos como los estudiantes alemanes.
Plácido seguía el paseo de Magallanes para entrar por la brecha--antes
puerta--de Sto. Domingo, cuando de repente recibió una palmada sobre
el hombro que le hizo volverse inmediatamente de mal humor.
--¡Olé, Penitente, olé, Penitente!
Era el condiscipulo Juanito Pelaez, el barbero ó favorito de los
profesores, pillo y malo como él solo, de mirada picaresca y sonrisa
de truhan. Hijo de un mestizo español,--rico comerciante en uno de los
arrabales que cifraba todas sus alegrías y esperanzas en el talento
del joven,--prometía mucho por sus picardías y, gracias á su costumbre
de jugar malas pasadas á todos, escondiéndose despues detrás de sus
compañeros, tenía una particular joroba que se aumentaba cada vez
que hacía una de las suyas y se reía.
--¿Cómo te has divertido, Penitente? preguntaba dándole palmadas
fuertes sobre el hombro.
--Así, así, contestó Plácido, algo cargado, ¿y tú?
--¡Pues, divinamente! Figúrate que el cura de Tianì me invita á
pasar las vacaciones en su pueblo, me voy... ¡chico! ¿le conoces
al P. Camorra? Pues es un cura liberal, muy campechano, franco,
muy franco, de esos por el estilo del P. Paco... Y como había chicas
muy guapas, dábamos cada jarana, él con su guitarra y sus peteneras
y yo con mi violin... Te digo, chico, que nos divertimos en grande;
¡no hay casa que no hayamos subido!
Y murmuró al oido de Plácido algunas palabras echándose á reir
despues. Y como Plácido manifestára cierta estrañeza, añadió:
--¡Te lo puedo jurar! No tienen más remedio, porque con un espediente
gubernativo se deshace del padre, ¡marido ó hermano y santas
pascuas! Sin embargo nos hemos encontrado con una tonta, novia creo yo
de Basilio, ¿sabes? ¡Mira que tonto es ese Basilio! Tener una novia
que no sabe una palabra de español, ¡ni tiene dinero y que ha sido
criada! Arisca como ella sola pero bonita: el P. Camorra la emprendió
una noche de bastonazos con dos bagontaos que la daban serenata y
yo no sé como no los mató. Pero con todo, ¡sigue tan arisca como
siempre! Pero tendrá que pasar por ello como todas, ¡como todas!
Juanito Pelaez se reía con la boca llena como si aquello le supiese
á gloria. Plácido le miró con disgusto.
--Oye y ¿qué explicó ayer el catedrático? preguntó cambiando de
conversacion.
--Ayer no hubo clase.
--¡Ojó! ¿Y antes de ayer?
--¡Hombre, jueves!
--Es verdad ¡qué bruto soy! Sabes, Plácido, ¿que me voy volviendo
bruto? Y ¿el miércoles?
--¿El miércoles? Aguarda... el miércoles lloviznó.
--¡Magnífico! ¿y el martes, chico?
--El martes era la fiesta del Catedrático y fuimos á festejarle con
una orquesta, un ramillete de flores y algunos regalos...
--¡Ah, carambas! exclamó Juanito, que lo he olvidado ¡qué bruto
soy! Oye, ¿y preguntó por mí?
Penitente se encogió de hombros.
--No lo sé, pero le entregaron la lista de los festejantes.
--¡Carambas!... oye, y el lunes ¿qué hubo?
--Como era el primer día de clase, leyó la lista y señaló la leccion:
sobre los espejos. ¡Mira! desde aquí hasta allí, de memoria, al pié
de la letra... ¡se salta todo este trozo y se da esto!
Y le indicaba con el dedo en la Física de Ramos los puntos que se
tenían que aprender, cuando de repente saltó el libro por los aires,
merced á una palmada que le aplicó Juanito de abajo arriba.
--Hombre, déjate de lecciones, ¡vamos á hacer día pichido!
Día pichido llaman los estudiantes de Manila al que encontrándose
entre dos de fiesta, resulta suprimido, como estrujado por voluntad
de los estudiantes.
--¿Sabes tu que verdaderamente eres un bruto? replicó furioso Plácido
recogiendo su libro y sus papeles.
--¡Vamos á hacer día pichido! repetía Juanito.
Plácido no quería: por dos menos no cierran una clase de más de ciento
cincuenta. Se acordaba de las fatigas y economías de su madre que le
sustentaba en Manila privándose ella de todo.
En aquel momento entraban por la brecha de Sto. Domingo.
--Ahora me acuerdo, exclama Juanito al ver la plazoleta delante del
antiguo edificio de la aduana; ¿sabes que estoy encargado para recoger
la contribucion?
--¿Qué contribucion?
--¡La del monumento!
--¿Qué monumento?
--¡Toma! el del P. Baltasar ¿no lo sabías?
--Y ¿quién es ese P. Baltasar?
--¡Sopla! ¡pues un dominico! Por eso acuden los Padres á los
estudiantes. Anda, ¡larga tres ó cuatro pesos para que vean que somos
espléndidos! Que no se diga jamás que para levantar una estátua han
tenido que acudir á sus propios bolsillos. Vamos, Placidete, ¡que no
es dinero perdido!
Y acompañó estas palabras con un guiño significativo.
Plácido recordó el caso de un estudiante que ganaba cursos regalando
canarios, y dió tres pesos.
--Mira, ¿sabes? escribiré claro tu nombre para que el profesor lo lea,
¿ves? Plácido Penitente, tres pesos. ¡Ah! ¡escucha! Dentro de quince
días es la fiesta del profesor de Historia Natural... Sabes que es
muy barbian, que no pone nunca faltas ni pregunta la leccion. Chico,
¡hay que ser agradecidos!
--¡Es verdad!
--Pues ¿no te parece que debemos festejarle? La orquesta no ha de
ser menos que la que le llevasteis al catedrático de Física.
--¡Es verdad!
--¿Qué te parece si ponemos la contribucion á dos pesos? Anda,
Placiding, empieza tu por dar, así te quedas en la cabeza de la lista.
Y como viese que Plácido daba sin vacilar los dos pesos pedidos,
añadió.
--Oye, pon cuatro, que ya despues te devolveré los dos; es para que
sirvan de gallo.
--Pues si me los has de devolver, ¿para qué dártelos? basta con que
pongas cuatro.
--¡Ah! es verdad ¡qué bruto soy! ¿sabes que me voy volviendo
bruto? Pero dámelos de todos modos, para enseñarlos.
Plácido, para no desmentir al cura que le bautizó, dió lo que le
pedían.
Llegaron á la Universidad.
A la entrada y á lo largo de las aceras que á uno y otro lado de la
misma se estendían, estacionaban los estudiantes esperando que bajen
los profesores. Alumnos del año preparatorio de Derecho, del quinto
de Segunda Enseñanza, del preparatorio de Medicina formaban animados
grupos: estos últimos eran fáciles de distinguir por su traje y por
cierto aire que no se observa en los otros: vienen en su mayoría del
Ateneo Municipal y entre ellos vemos al poeta Isagani esplicando á
un compañero la teoría de la refraccion de la luz. En un grupo se
discutía, se disputaba, se citaban frases del profesor, testos del
libro, principios escolásticos; en otro gesticulaban con los libros
agitándolos en el aire, se demostraba con el baston trazando figuras
sobre el suelo; más allá, entretenidos en observar á las devotas que
van á la vecina iglesia, los estudiantes hacen alegres comentarios. Una
vieja, apoyada en una joven, cojea devotamente; la joven camina
con los ojos bajos, tímida y avergonzada de pasar delante de tantos
observadores; la vieja levanta la falda color de café, de las Hermanas
de Sta. Rita, para enseñar unos piés gorditos y unas medias blancas,
riñe á su compañera y lanza miradas furiosas á los curiosos.
--¡Saragates! gruñe, no les mires, ¡baja los ojos!
Todo llama la atencion, todo ocasiona bromas y comentarios.
Ora es una magnífica victoria que se para junto á la puerta para
depositar á una familia devota; van á visitar á la Virgen del Rosario
en su día favorito; los ojos de los curiosos se afilan para espiar la
forma y el tamaño de los piés de las señoritas al saltar del coche;
ora es un estudiante que sale de la puerta con la devocion aun en
el rostro: ha pasado por el templo para rogar á la Virgen le hiciese
comprensible la leccion, para ver si está la novia, cambiar algunas
miradas con ella é irse á clase con el recuerdo de sus amantes ojos.
Mas en los grupos se nota cierto movimiento, cierta espectacion, é
Isagani se interrumpe y palidece. Un coche se ha detenido junto á la
puerta: la pareja de caballos blancos es bien conocida. Es el coche de
la Paulita Gomez y ella ha saltado ya en tierra, ligera como un ave,
sin dar tiempo á que los pícaros le vieran el pié. Con un gracioso
movimiento del cuerpo y un pase de la mano se arregla los pliegues de
la saya, y con una mirada rápida y como descuidada ha visto á Isagani,
ha saludado y ha sonreido. Doña Victorina baja á su vez, mira al través
de sus quevedos, vé á Juanito Pelaez, sonrie y le saluda afablemente.
Isagani, rojo de emocion, contesta con un tímido saludo; Juanito se
dobla profundamente, se quita el sombrero y hace el mismo gesto que
el célebre cómico y caricato Panza cuando recibe un aplauso.
--¡Mecáchis! ¡qué chica! exclama uno disponiéndose á partir; decid
al catedrático que estoy gravemente enfermo.
Y Tadeo, que así se llamaba el enfermo, entró en la iglesia para
seguir á la joven.
Tadeo va todos los días á la Universidad para preguntar si hay
clase y cada vez se extraña más y más de que la haya: tiene cierta
idea de una cuacha latente y eterna y la espera venir de un día á
otro. Y todas las mañanas, despues de proponer en vano que hagan
novillos, se marcha pretestando grandes ocupaciones, compromisos,
enfermedades, precisamente en el momento mismo en que sus compañeros
entran en la clase. Pero, por no se sabe qué arte de birlibirloque,
Tadeo aprueba cursos, es querido de los profesores y tiene delante
un hermoso porvenir.
Entretanto un movimiento se inicia y los grupos empiezan á moverse;
el catedratico de Física y Quimica ha bajado á clase. Los alumnos,
como burlados en sus esperanzas, se dirigieron al interior del edificio
dejando escapar exclamaciones de descontento. Plácido Penitente sigue
á la multitud.
--¡Penitente, Penitente! ¡le llamó uno con cierto misterio firma esto!
--Y ¿qué es eso?
--No importa, ¡fírmalo!
A Plácido le pareció que le tiraban de las orejas; tenía presente en
la memoria la historia de un cabeza de barangay de su pueblo, que por
haber firmado un documento que no conocía, estuvo preso meses y meses
y por poco fué deportado. Un tío suyo, para grabarle la leccion en
la memoria, le había dado un fuerte tiron de orejas. Y siempre que
oía hablar de firmas se reproducía en los cartilagos de sus orejas
la sensacion recibida.
--Chico, dispensa, pero no firmo nada sin enterarme antes.
--¡Que tonto eres! si lo firman dos carabineros celestiales, ¿qué
tienes que temer?
El nombre de carabineros celestiales infundía confianza. Era una
sagrada compañía, creada para ayudar á Dios en la guerra con el
espíritu del mal, y para impedir la introduccion del contrabando
herético en el mercado de la Nueva Sion.
Plácido iba ya á firmar para acabar porque tenía prisa: sus compañeros
rezaban ya el O Thoma, pero le pareció que su tío le cogía de la oreja,
y dijo:
--¡Despues de clase! quiero leerlo antes.
--Es muy largo, ¿entiendes? se trata de dirigir una contrapeticion,
mejor dicho, una protesta. ¿Entiendes? Makaraig y algunos han
solicitado que se abra una academia de castellano, lo cual es una
verdadera tontería...
--¡Bien, bien! chico, luego será, que ya estan empezando, dijo Plácido
tratando de escaparse.
--¡Pero si vuestro profesor no lee la lista!
--Sí, sí, que la lee á veces. ¡Despues, despues! Ademas... yo no
quiero ir en contra de Makaraig.
--Pero si no es ir en contra, es solamente...
Plácido ya no oía, ya estaba lejos y andaba de prisa dirigiéndose
á su clase. Oyó diferentes ¡adsum! ¡adsum! ¡carambas, se leía la
lista!... apretó los pasos y llegó precisamente á la puerta cuando
estaban en la letra Q.
--¡Tinamáan ng...! murmuró mordiéndose los labios.
Vaciló sobre si entrar ó no: la raya ya estaba puesta y no se la iban á
borrar. A la clase no se va para aprender sino para no tener la raya;
la clase se reducía á hacer decir la leccion de memoria, leer el
libro y, cuando más, á una que otra preguntita abstracta, profunda,
capciosa, enigmática; es verdad que no falta el sermoncito--¡el de
siempre!--sobre la humildad, la sumision, el respeto á los religiosos y
él, Plácido, era humilde, sumiso y respetuoso. Iba á marcharse ya pero
se acordó de que los exámenes se acercaban y su profesor no le había
preguntado todavía ni parecía haberse fijado en él: ¡buena ocasion
era aquella para llamar la atencion y ser conocido! Ser conocido es
tener el año ganado, pues, si no cuesta nada suspender á uno que no
se conoce, se necesita tener duro el corazon para no impresionarse
ante la vista de un joven que con su presencia reprocha diariamente
la pérdida de un año de su vida.
Plácido entró pues y no sobre la punta de los piés como solía hacer,
sino metiendo ruido con sus tacones. Y ¡demasiado consiguió su
intento! El catedrático le miró, frunció las cejas y agitó la cabeza
como diciendo:
--¡Insolentillo, ya me las pagarás!
XIII
LA CLASE DE FISICA
La clase era un gran espacio rectangular con grandes ventanas
enrejadas que daban paso abundante al aire y á la luz. A lo largo de
los muros se veían tres anchas gradas de piedra cubiertas de madera,
llenas de alumnos colocados en orden alfabético. Hácia el estremo
opuesto á la entrada, debajo de una estampa de Sto. Tomás de Aquino,
se levantaba la cátedra del profesor, elevada, con dos escaleritas á
ambos costados. Esceptuando un hermoso tablero con marco de narra sin
usar casi, pues en él continuaba aun escrito el ¡viva! que apareció
desde el primer día, no se veía allí ningun mueble útil ó inútil. La
paredes, pintadas de blanco y protegidas en parte por azulejos para
evitar roces, estaban enteramente desnudas: ni un trazado, ni un
grabado, ¡ni un esquema siquiera de un instrumento de Física! Los
alumnos no tenían necesidad de más, nadie echaba de menos la enseñanza
práctica de una ciencia eminentemente experimental; por años y años se
ha enseñado así y Filipinas no se ha trastornado, al contrario continúa
como siempre. Alguna que otra vez bajaba del cielo un instrumentillo
que se enseñaba de lejos á la clase, como el Santísimo á los fieles
prosternados, mírame y no me toques. De época en época, cuando
venía algun profesor complaciente, se señalaba un día del año para
visitar el misterioso Gabinete y admirar desde fuera los enigmáticos
aparatos, colocados dentro de los armarios; nadie se podía quejar;
aquel día se veía mucho laton, mucho cristal, muchos tubos, discos,
ruedas, campanas, etc.; y la feria no pasaba de allí, ni Filipinas
se trastornaba. Por lo demás, los alumnos estan convencidos de que
aquellos instrumentos no se han comprado para ellos; ¡buenos tontos
serían los frailes! El Gabinete se ha hecho para enseñárselo á los
estrangeros y á los grandes empleados que venían de la Península,
para que al verlo muevan la cabeza con satisfaccion mientras que el
que les guía sonríe como diciendo:
--¿Eh? ¿ustedes se han creido que se iban á encontrar con unos monjes
atrasados? Pues estamos á la altura del siglo; ¡tenemos un gabinete!
Y los estrangeros y los grandes empleados, obsequiados galantemente,
escribían despues en sus viajes ó memorias que La Real y Pontificia
Universidad de Sto. Tomás de Manila, á cargo de la ilustrada orden
dominicana, posee un magnífico Gabinete de Física para la instruccion
de la juventud... Cursan anualmente esta asignatura unos doscientos
cincuenta alumnos, y sea por apatía, indolencia, poca capacidad del
indio ú otra causa cualquiera etnológica ó suprasensible... hasta ahora
no ha despuntado un Lavoisier, un Secchi ni un Tyndall, siquiera en
miniatura, ¡¡¡¡de la raza malayo-filipina!!!!
Sin embargo, para ser exactos, diremos que en este Gabinete tienen
sus clases los treinta ó cuarenta alumnos de ampliacion y por cierto
bajo la direccion de un catedrático que cumple bastante con su deber,
pero, procediendo la mayor parte de estos del Ateneo de los jesuitas
donde la ciencia se enseña prácticamente en el gabinete mismo, su
utilidad no resulta grande como lo sería si se aprovechasen de él
los doscientos cincuenta que pagan su matrícula, compran su libro,
estudian y emplean un año para despues no saber nada. Resulta de ello,
que esceptuando algun raro capista ó sirviente que tuvo á su cargo los
museos durante años y años, jamás se supo de ninguno que haya sacado
provecho de las lecciones de memoria con tanto trabajo aprendidas.
Pero volvamos á nuestra clase.
El catedrático era un dominico joven, que había desempeñado con
mucho rigor y excelente nombre algunas cátedras en el Colegio de
S. Juan de Letran. Tenía fama de ser tan gran dialéctico como profundo
filósofo y era uno de los de más porvenir en su partido. Los viejos le
consideraban, y le envidiaban los jóvenes, porque entre ellos tambien
existen partidos. Era aquel el tercer año de su profesorado y aunque
era el primero en que explicaba Física y Química, pasaba ya por ser un
sabio no solo entre los complacientes estudiantes sino tambien entre
los otros nómadas profesores. El P. Millon, no pertenecía al vulgo de
los que cada año cambian de cátedra para tener ciertos conocimientos
científicos, alumnos entre otros alumnos sin más diferencia que la
de cursar una sola asignatura, preguntar en vez de ser preguntados,
entender mejor el castellano y no examinarse al fin del curso. El
P. Millon profundizaba la ciencia, conocía la Física de Aristóteles
y la del P. Amat; leía atentamente el Ramos y de cuando en cuando
echaba un vistazo al Ganot. Con todo, sacudía muchas veces la cabeza
con aire de duda, sonreía y murmuraba: transeat. En cuanto á Química,
se le atribuían poco vulgares conocimientos desde que, fundándose
en un dicho de Sto. Tomás de que el agua era una mezcla, probó
palmariamente que el Angélico Doctor se había con mucho anticipado á
los Berzelius, Gay Lussac, Bunsen y otros materialistas más ó menos
presumidos. No obstante, apesar de haber sido profesor de Geografía,
todavía conservaba ciertas dudas acerca de la redondez de la tierra
y se sonreía con malicia al hablar de los movimientos de rotacion y
revolucion en torno del sol, recitando:
El mentir de las estrellas
Es un cómodo mentir...
Se sonreía con malicia ante ciertas teorías físicas y tenía por
visionario cuando no por loco al jesuita Secchi imputándole el trazar
triangulaciones sobre la hostia como efecto de sus manías astronómicas,
por cuya causa, decía, le prohibieron decir misa; muchos notaron
tambien en él cierta inquina contra la ciencia que explicaba, pero
tales lunares son pequeñeces, preocupaciones de escuela y religion
y se explican facilmente no solo porque las ciencias físicas sean
eminentemente prácticas, de pura observacion y deduccion mientras
su fuerte estaba en las filosóficas, puramente especulativas, de
abstraccion é induccion, sino tambien porque á fuer de buen dominico,
amante de las glorias de su orden, no podía sentir cariño por una
ciencia en que ninguno de sus hermanos había sobresalido--¡era él
el primero en no creer en la Química de Sto. Tomás!--y en que tantas
glorias habían conquistado órdenes enemigas, digamos sus rivales.
Este era el profesor que aquella mañana, leida la lista, mandaba decir
la leccion de memoria, al pié de la letra, á muchos de los alumnos. Los
fonógrafos funcionaban, unos bien otros mal, otros tartamudeaban,
se apuntaban. El que la decía sin falta se ganaba una raya buena,
y una mala el que cometía más de tres equivocaciones.
Un chico gordo, con cara de sueño y cabellos tiesos y duros como
barbas de un cepillo, bostezaba hasta dislocarse la mandíbula y se
desperezaba estendiendo los brazos, lo mismo como si estuviese en su
cama. Vióle el catedrático y quiso asustarle.
--¡Oy! tú, dormilon, ¡abá! ¿cosa? Perezoso tambien, seguro tu no sabe
la leccion, ¿ja?
El P. Millon no solo tuteaba á todos los estudiantes como buen fraile,
sino les hablaba ademas en lengua de tienda, práctica que aprendió
del catedrático de Cánones. Si el Reverendo quería con ello rebajar
á los alumnos ó á los sagrados decretos de los concilios es cuestion
no resuelta todavía apesar de lo mucho que sobre ello se ha discutido.
La interpelacion, en vez de indignar á la clase, hízole gracia y muchos
se rieron: era una cosa de todos los días. Sin embargo el dormilon
no se rió; levantóse de un salto, se restregó los ojos, y como si
una máquina de vapor hiciese girar el fonógrafo, empezó á recitar:
--«Se da el nombre de espejo á toda superficie pulimentada, destinada
á producir por la reflexion de la luz las imágenes de los objetos
situados delante de dicha superficie por las sustancias que forman
estas superficies se dividen en espejos metálicos y espejos de
cristal...
--¡Pára, pára, pára! interrumpió el catedrático; ¡Jesus, qué
matraca!... Estamos en que los espejos se dividen en metálicos y
de cristal, ¿ja? Y si yo te presentase una madera, el kamagon por
ejemplo, bien pulimentada y barnizada, ó un pedazo de marmol negro
bien bruñido, una capa de azabache que reflejase las imágenes de los
objetos colocados delante, ¿como clasificarías tú esos espejos?
El preguntado, ya porque no supiese qué responder ó no entendiese la
pregunta, intentó salir del paso demostrando que sabía la leccion y
continuó como un torrente:
--«Los primeros son formados por el laton ó por una aleaci
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