Algo de todo
by Juan Valera · Spanish · Gutenberg #30213 · 345,024 chars · public domain (US)
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Title: Algo de todo
Author: Juan Valera
Release date: October 8, 2009 [eBook #30213]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ALGO DE TODO ***
JUAN VALERA
ALGO
DE TODO
SEVILLA: 1883
FRANCISCO ALVAREZ Y C.a, EDITORES
Tetuan 24.
Es propiedad de sus Editores.
[Illustration]
Establecimiento tipográfico de FRANCISCO ALVAREZ Y C.a,
impresores de Cámara de S. M. y de SS. AA. RR. los
Sermos. Sres. Infantes Duques de Montpensier,
Tetuan 24.
* * * * *
ÍNDICE
La Primavera.
La Cordobesa.
Un poco de crematística.
Las escritoras en España y elogio de Santa Teresa.
Sobre el Fausto de Goethe.
Sobre Shakspeare.
* * * * *
LA PRIMAVERA
Nada hay en el hombre tan grato a Dios como el arrepentimiento; pero en
ciertas cosas, tal vez en las más, nada hay tampoco humana y
terrenamente tan inútil. Lo que al hombre le importa es no hacer nada de
que después haya de arrepentirse. Y yo, lo confieso, hice algo en este
género al prometer que escribiría un artículo sobre la Primavera.
Y no porque yo me crea incapaz de percibir, sentir y estimar en todos
sus quilates el valor y la belleza de la estación florida. Nada menos
que eso. Yo presumo de muy sensible a los encantos naturales. Me apuesto
con el más pintado a sentir honda y poéticamente la gala de las fértiles
praderas, la lozanía de los verjeles, el apartamiento silencioso de los
sotos umbríos, el aire embalsamado por el aroma de las violetas, la
sierra pedregosa cubierta de tomillo y romero, el blando murmullo de los
arroyos, los amorosos gorjeos del ruiseñor, el lánguido arrullo de la
tórtola y los trinos alegres con que las aves saludan a la blanca aurora
cuando abre con dedos de rosa las puertas del Oriente.
Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido. De
este segundo don es del que carezco.
El asunto es de sobrado empeño para mí. ¿He de salir del paso repitiendo
en mala prosa lo que ya dijeron en todas las lenguas vivas y muertas,
con número y melodía, los poetas buenos y medianos, desde Hesiodo hasta
Gracian y desde Virgilio a D. Gregorio de Salas? Yo no quiero hacer un
centón tan deplorable. Yo quiero coger vivas las aves, las flores,
cuanto tiene ser en la estación vernal, y trasladarlo a este papel, y de
este papel a la imprenta: operación más difícil de lo que se imagina.
La Primavera es como fiesta espléndida que dan los espíritus
elementales, como sagrada orgía, en que el aire, la tierra, la luz, el
agua y cuantas inteligencias o misteriosos genios en el seno de los
elementos viven ocultos, lucen su hermosura, se revisten de sus más
ricos adornos, y se enamoran, y se acarician, y cantan y bailan. ¡Vaya
usted a describir esto sin conocer los nombres de dichos genios,
ignorando sus lances de amor y fortuna, y no acertando a distinguirlos
bien unos de otros!
Lo que más se parece a la primavera, en mezquino y pobre trasunto, por
artificio humano realizado, es un bonito baile. Pues declaro que yo no
sé describirle. Los nombres de las señoras más lindas y elegantes se me
borran de la memoria no bien tomo la pluma, y sólo sé decir que me
gustan, lo cual es muy _sujetivo_, sin atinar a describir los trajes que
llevan, los diamantes que fulguran en sus cabezas airosas, las perlas
que ciñen lascivas sus desnudas gargantas, y todo aquello, en suma, que
las determina y diferencia. Así es que, no pudiendo yo empezar por este
analítico y circunstanciado estudio, no llego jamás a la síntesis, esto
es, a dar una idea cabal, exacta y adecuada del baile.
Si esto me sucede con un espectáculo que no dura más de algunas horas y
que se limita al breve recinto de uno o dos salones, ¿qué se puede
esperar de mí como describidor del baile divino, al aire libre, que dura
meses, que se extiende por todo un hemisferio del mundo, y donde cantan
y bailan los inmortales al son de la concertada armonía de las esferas?
Está visto, yo tengo que hacerlo muy mal.
Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con que
miro el asunto, es en mi daño y me le hace más difícil. Si yo le mirase
con frialdad, ya me las compondría, tomando de aquí y de allí, no del
natural, sino de libros, que me servirían de guía y modelo; ya lo
compaginaría y arreglaría todo lo menos mal posible. Por desgracia mi
entusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi escasísima
ciencia.
Lo primero que no sé es qué plan seguir; dentro de qué términos
encerrarme. Porque a la verdad, si el más rastrero de los seres humanos
da suelta a su imaginación y la echa a volar por esos campos verdes y
por ese cielo sereno, durante los meses de Abril y Mayo, sólo Dios sabe
dónde su imaginación irá a parar, y qué rico botín traerá cuando vuelva
a casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores, de
mariposas y calandrias, de perfumes y armonías, de luz y sombras, de
amores y de cánticos, todo tan en desorden y tan enmarañado, que no
habrá manera de cifrarlo en un libro en folio y mucho menos en 20 o 30
cuartillas.
Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numen
método y plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el método, y lo
que es yo por mí no le trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarme
por nuevos caminos, y sin resignarme a seguir los muy trillados y
seguidos por todos.
Para saber el día en que empieza y el día en que acaba la Primavera
remito al lector al almanaque. Para saber la causa inmediata y natural
de su vuelta periódica, le remito a cualquier compendio de Astronomía.
¿Qué me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?
¿Sacaré a relucir las manoseadas y trivialísimas moralidades de que
dicha estación responde a la juventud en nuestra vida, y de que conviene
no gastar las flores a fin de que haya luego sazonados frutos en el
otoño? ¿O daré lección de política o de filosofía de la historia, con
ocasión de la Primavera, afirmando que las naciones tienen también la
suya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;
pero que, no bien llegan a su otoño, o dígase a su edad madura, deben
dejarse de tales devaneos y trabajar mucho, que esto es dar el fruto que
importa, a fin de pagar las deudas y proporcionarse las comodidades y
el bienestar que el invierno y la vejez reclaman?
Imposible. Esto sería lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sería un
sermón inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sin
orden. ¡Ojalá tuviese yo a mano al Pegaso o al Hipogrifo, para imitar a
Perseo o a Astolfo, montar en él, y correr a rienda suelta a donde y por
donde el monstruo quisiera llevarme!
En otras tierras más al norte que la nuestra, la Primavera, fuerza es
confesarlo, si no es, parece más hermosa: el cambio de escena tiene
mayor rapidez y doble hechizo; la mudanza hiere más la fantasía; se nos
presenta como súbita y milagrosa resurrección de los seres. A orillas
del Rhin o del Elba, la Primavera nos da concepto superior de la
potencia creadora, de lo que debió de ser el nacer, el aparecer de la
vida sobre nuestro globo. En nuestros climas más cálidos apenas hay
mutación, o es tan lenta que no se percibe. En las huertas de Murcia y
Valencia, en la hoya de Málaga, en las márgenes del Guadalquivir y hasta
en la misma vega de Granada, la Primavera se deslía, se esfuma con el
invierno: es una Primavera difusa o harto desvanecida.
Donde viene de repente, donde la rigidez del invierno la hace más
deseable, es donde se muestra con más pompa y estruendo, donde da más
alta razón de sí, donde resplandece más benigna en el trono de su
gloria, donde más se la admira y donde merece ser más admirada. El hielo
que cubre los ríos se quebranta, se rompe, y baja en gruesos témpanos
hacia la mar con descompuesta furia. Casas, palacios, chozas, árboles y
cielo, vuelven a mirarse con ansia y con amor en el líquido espejo de
las aguas, velado antes y empañado por el frío. La cándida diadema que
ciñe las cimas de los montes se derrite, aumentando las corrientes
cristalinas. Los árboles, desnudos del verde follaje, brotan de
improviso frescos pimpollos y renuevos lozanos, vistiéndose de tiernas y
relucientes hojas. Los pájaros acuden a bandadas, guiados por infalible
instinto. Turban las grullas el silencio de la noche con sus agudos
gritos, cuando vienen avanzando en falange simétrica y bien ordenada.
Las golondrinas y mil aves cantoras, al volver de su larga emigración,
saludan con blando pío, o con chirrido alegre, o con trinos variados,
sus antiguas conocidas viviendas. La cigüeña zancuda inmigra de Oriente
o de Africa, y busca el nido en el viejo torreón o en el alto mirador
de la alquería. Tal vez allí la rubia y joven campesina alemana le puso
al cuello, antes de que se fuese, una cinta con algún romántico letrero.
Cuando vuelve, se pasma la muchacha de ver que le contesta algún muftí
del Cairo o algún santón de la Meca con otro letrero escrito en arábigo.
Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubría los prados,
y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquel
peso, surgen por ensalmo. La anémona nemorosa es una de las más
tempranas que abren por allí su cáliz para anunciar la Primavera. Pero
otras mil flores, más olorosas y no menos bellas, aparecen después,
llamando y excitando al céfiro a que respire los aromas que exhalan.
El céfiro viene, semejante al atrevido príncipe del cuento de hadas, y
atraviesa por la esquiva floresta, y penetra en el silencioso palacio, y
llega hasta el lecho de la encantada y dormida princesa, y le da un beso
de amor. Entonces se desbarata el maléfico hechizo, el silencio y el
reposo de muerte se truecan de súbito en movimiento, música, agitación y
vida. Como si fuesen a celebrarse divinas bodas, todo se entapiza y
hermosea. Se abren los tesoros, se despliegan las galas, se ponen las
mesas y aparadores del regio banquete, y luce sobre el ancho tálamo la
cubierta de púrpura, esmeralda y oro. Los convidados peregrinos ya hemos
dicho que acuden de lejos cruzando los aires. Otros, que no peregrinan,
despiertan de prolongado sueño, se revisten de sus vestimentas más
ricas, y acuden también. Todos, como buenos vasallos, procuran imitar a
los príncipes. Y como los príncipes están enamorados y van a casarse,
todos se enamoran y se casan. Se diría que apenas hay ser vivo que no se
embriague con el zumo de mágicas hierbas o con el perfume de extrañas
flores, las cuales mueven al amor, al deleite y al regocijo, induciendo
a la vida para que se acreciente y se difunda y abra nuevos caminos de
ser. Ciertas ficciones poéticas parece que tienen entonces realidad, y
se cree en el _dudain_, que buscaba Raquel harta de ser estéril; en el
loto, que hacía olvidarse de todo a los compañeros de Ulises; y en el
_nepentes_, que alegraba el alma, y que dio a Telémaco Elena.
Claro está que al decir yo todo esto de los climas del Norte no niego
igual o mayor belleza a la primavera del Sur: lo que insinúo es que
quizás la rapidez del cambio hace que por allá se sienta mejor.
Pero aquí se renueva también la vida, y llega la estación de los amores,
y los gérmenes dormidos se agitan, y nacen las larvas, y, después de sus
completas metamorfosis, les brotan alas de gasa de colores diversos, y
elictras metálicas y resonantes, y trompas ligeras con que recogen la
miel de las flores. Aquí también las plantas desnudas, los álamos, los
chopos, las acacias y otros mil árboles de sombra vuelven a vestirse de
hojas verdes, y florecen el almendro y la higuera y los demás frutales,
y nos dan el fruto con la poesía de la esperanza.
Todo esto es cierto; pero lo es también que los hombres del Norte
sienten ahora con más profundidad, describen y retratan mejor la
primavera que los del Mediodía.
¿Será, como hemos dicho, porque la primavera viene por allí con más
ímpetu, o porque los hombres están por allí más cerca de la naturaleza y
más en comunión con ella; porque llevan menos siglos de civilización;
porque están menos gastados; porque no es entre ellos tan marcado el
divorcio y tan crudo el antagonismo entre el mundo de los espíritus y el
mundo de los cuerpos?
Profunda cuestión es ésta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se me
pone por delante a pesar mío.
Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentían los hombres del
Mediodía y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los del
Norte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado y
Adonis resucitado lo atestiguan. Los misterios de Samotracia y de
Eléusis eran en el fondo inspirados por la primavera. Cuando renacía la
vegetación, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvas
se cubrían de pompa y de verdura, cuando subía la savia por los troncos,
era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lágrimas y desechaba el
traje de luto, porque la hija, hundida en las entrañas lóbregas de la
tierra, surgía fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortales
fulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la había tenido
aprisionada en sus brazos, aparecía de nuevo a bañarse en las ondas de
luz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detenía más
tiempo sobre nuestro horizonte, e iba difundiendo por más horas y con
mayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada de
sus rayos ardientes.
Si esto se sentía con tal profundidad, y ya no es sin duda porque nos
hemos hecho muy espirituales. Desdeñamos la naturaleza por amor del
espíritu. ¿Qué vale la selva florida, qué vale el árbol más lozano y
eminente, al lado del árbol místico, de quien dice el himno sagrado:
_Crux fidelis, inter omnes_
_Arbor una nobilis:_
_Silva talem nulla profert_
_Fronde, flore, germine?_
No es en el florecimiento de la primavera, no es en el árbol más
fecundo, no es en el huerto más feraz donde recordamos el perdido
Paraíso, donde más nos maravillamos, bendiciéndolas, de la potencia del
Altísimo y de su bondad infinita, es en aquel árbol que sirve como de
solio al mismo Dios:
_Arbor decora et fulgida,_
_Ornata, Regis purpura,_
_Electa digno stipite_
_Tam sacra membra tangere._
Pero yo no me inclino a creer que sea el misticismo o el espiritualismo
cristiano quien nos haga tan poco sensibles a la naturaleza y nos lleve
tanto en pos del espíritu.
El amor de Cristo lo comprende todo, sin excluir la naturaleza material.
Con él y por él subió al cielo la carne purificada y gloriosa. Él miró
con afecto a todas las criaturas. Él no desdeñó los ramos floridos de
oliva y las gallardas y vencedoras palmas con que le recibieron el día
de su triunfo. Sus fieles, mas sencillos y candorosos, aman los objetos
materiales por amor suyo, y rodean de rosas y de hierbas de olor, en los
días primeros de Mayo, ese árbol sagrado, que fue su patíbulo; y cuando,
ya más adelantada la primavera, en el momento más rico del
desenvolvimiento vernal, celebra su Iglesia el sacrosanto misterio en
cuya virtud quiso Él comunicarse a nosotros, infundiéndose en el licor
que alegra los corazones y en el pan que nos alimenta, el pueblo
cristiano alfombra con gayomba olorosa y verde y fresca juncia la vía
por donde pasa, y las mujeres vierten una lluvia de flores sobre el
artístico y áureo templete, arca de la nueva alianza, donde va Él en
custodia.
Menester es confesarlo: es infundada, es injusta la acusación de los
impíos. No vino la doctrina de Cristo a condenar o a endiablar la
naturaleza. Los tres enemigos capitales de esa doctrina no tienen menor
influjo, jurisdicción y mando en el reino del espíritu que en el de la
materia. También siguiéndolos pueden las gentes ser espirituales. No hay
sólo concupiscencia en la carne: la hay en el espíritu. Y si hay
espiritualismo divino, no deja de haberle diabólico, y más común y
frecuente por desgracia.
Ahora bien: yo entiendo que este espiritualismo diabólico, y no el
divino, es el que nos aparta de la naturaleza y de su amor inocente.
Aunque se me acuse de pánfilo, de sobrado benigno, de querer disculparlo
todo, voy a declarar aquí una cosa en confianza.
A mi ver, hasta el propio diablo no nos seduce y extravía así de repente
y sin más ni más. Se guardaría muy bien de hacerlo: no le traería cuenta
ninguna. El diablo se funda al principio en algo razonable; nos lleva
por buenos términos y caminos, hasta que llegamos a cierto punto, donde
ya, con mucha suavidad, empieza aquel maldito de Dios a engolosinarnos
llevándonos por los atajos, y así nos extravía y nos pierde.
En el caso del espiritualismo, a que nos referimos, es evidente que no
son malos los principios y fundamentos. La naturaleza hizo mucho por el
hombre; pero el espíritu ha venido a completar la obra natural,
tornándola más propia, más bella, más útil y más ajustada a nuestras
necesidades y aspiraciones. Al hombre, más débil y más inerme que el
cordero, el espíritu, convertido en herrero y en pirotécnico, le ha dado
armas y fuerzas mil veces mayores que las del león; al hombre, más
desnudo que el perro chino, el espíritu, convertido en tejedor, en
sastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido más primorosos trajes
que al pavón, al colibrí y al papagayo; al hombre, poco más listo que el
topo o el mochuelo en punto a ver, el espíritu, convertido en fabricante
de catalejos, le ha dotado de vista más penetrante que la del águila; al
hombre, que jamás hubiera hecho natural e instintivamente algo que
valiese media colmena, el espíritu, convertido en arquitecto, le ha
enseñado a construir alcázares soberbios, torres esbeltas, pirámides
ingentes, columnas airosas, cómodas viviendas, catedrales, teatros, y en
suma, ciudades maravillosas; al hombre, que en el estado de naturaleza
selvática es propenso a comerse a sus semejantes, y que se regalaba, y
aun suele regalarse en algunas regiones, con ásperas bellotas, con
cigarrones machacados o con pescado crudo y putrefacto, el espíritu,
convertido en cocinero, le prepara artísticamente manjares agradables,
hasta a la vista, y hace que uno de los actos que más le recuerdan lo
que tiene de común con el animal sea un acto solemne, de corbata blanca
y condecoraciones, donde tal vez se celebran los triunfos más
trascendentales de la religión, de la ciencia, de la filosofía y de la
política; al hombre, en fin, que después del pecado, se entiende, y en
el estado de naturaleza y ya sin gracia, debió de ser casi tan feo como
el mono, y más sucio que el cerdo, y más pestífero que el zorrillo, el
espíritu, convertido en ortopédico, en pescador de esponjas, en
fabricante de baños, en civilización para decirlo en una palabra, le ha
hecho limpio, oloroso, aseado y bastante bonito para servir de modelo a
la Minerva y al Júpiter de Fidias, al Apolo del Vaticano y a las Venus
de Milo y de Médicis.
Sería cuento de nunca acabar el ir refiriendo aquí cuanto ha hecho el
espíritu para completar, hermosear y ensalzar la obra de la naturaleza.
Así es que, a ojo de buen cubero, bien se puede asegurar, sin recelo de
ser exagerado, que hasta en las cosas que más naturales parecen, la
naturaleza, si bien se examina, ha hecho de seis partes una, y el
espíritu del hombre ha hecho las otras cinco. ¿Podría, por ejemplo,
alimentar nuestro globo, en estado de mera naturaleza, doscientos
millones de hombres? Yo me temo que no. Es así que hay, a lo que dicen,
pues yo no los he contado, 1.200 millones: luego mil millones son hijos
del arte, pura creación del espíritu, producto de nuestro fecundo
ingenio.
Pongamos, pues, que una sexta parte de cuanto hay, y quizás sea mucho
poner, lo ha dado, lo ha regalado la naturaleza. Las otras cinco sextas
partes han costado mucho trabajo al espíritu. Y este trabajo del
espíritu, este complemento a la naturaleza, es lo que tiene valor y
precio, y se mide y se representa y se mueve bajo la figura redonda de
la moneda metálica, o bien toma la traza de unos papeluchos mugrientos
que se llaman billetes; los cuales, así como los discos o tejuelos de
metal, vienen a ser encarnación del espíritu, lo más sutil y animado y
circulante de su valor, la esencia imperecedera de su trabajo secular
acumulado.
Hasta aquí las cosas van bien; pero ya aquí el diablo, como vulgarmente
se dice, empieza a meter la pata. El espiritualismo nos induce y excita
a querer, a adorar casi esta encarnación, o mejor expresado, esta
empapelación y metalización del espíritu. Por este espiritualismo, y no
por el cristianismo, desdeñamos lo natural: no sentimos toda la
hermosura de la primavera. Si no tienes, ni en tu arca, ni en tu
bolsillo, algunos de esos tejoletes o algunos de esos papeluchos
espirituales, todas las flores te parecerán abrojos, y la primavera,
invierno; los claveles te apestarán como la flor de la sardina; el
almoraduj, el serpol, el toronjil y la albahaca, te inficionarán como la
ruda; las hojas aterciopeladas de la begonia te punzarán las manos como
si fuesen cardos borriqueros; al tocar la mimosa púdica creerás tocar
aliagas y ortigas; serán para ti como tártago la hierbabuena y la
manzanilla; la caña dulce te amargará el paladar como retama; a la roja
flor del granado preferirás el jaramago amarillo; confundirás el canto
del ruiseñor con el de la rana; se te antojarán cuervos las tórtolas y
búhos las palomas; y las pintadas y aéreas mariposas, y los esbeltos
caballitos del diablo, y los fulgentes cocuyos y luciérnagas y la
aromática mosca macuba te causarán más asco que los gorgojos, cucarachas
y escarabajos peloteros.
Una vez dominado el hombre por el susodicho espiritualismo, aborrece le
vida rústica y el idilio y la égloga. Aminta y Silvia, Dafnis y Cloe, y
Baucis y Filemon le parecen entes insufribles.
Lo que se opone, pues, a lo natural es lo artificial. Lo que tira a
destruir el encanto poético del mundo es el espíritu de la industria, no
el de la ciencia, ni el de la religión, ni el de la filosofía.
Mil veces lo tengo dicho y nunca dejo de pensarlo: los más ladinos y
sutiles sabios experimentales no descubrirán jamás el secreto de la
vida; siempre escapará a sus análisis químicos la fuerza misteriosa que
une, traba y combina los átomos y crea los individuos; el amor, la
conciencia, el pensamiento, la causa de moverse, de crecer
orgánicamente, de sentir y de representarse en uno a los demás seres, no
quedará jamás en el fondo de las retortas ni saldrá por la piquera de
los alambiques. ¿Qué red delicadísima inventará el sabio para pescar
ondinas, cazar silfos o sacar a los infatigables gnomos de las entrañas
de la tierra? La única razón que tendrá para negar su existencia será
que no logra cogerlos: que se sustraen a la inspección de sus groseros
sentidos. Por lo demás, las ninfas, las diosas, todos los seres
sobrenaturales, que poblaron el aire, la tierra y el agua en las
primeras edades del mundo, pueden vivir y es probable que vivan ahora
como entonces.
La ciencia no despuebla la naturaleza, ni penetra en sus más íntimos
arcanos. El misterio sigue y seguirá siempre. Isis no levantará jamás el
velo que la cubre.
El misticismo, que busca por camino más breve, a su Dios, en el abismo
de nuestra propia alma, no aspirará a tenerle allí incomunicado. Su Dios
estará en el abismo del alma, y en aquel centro se unirá el místico con
Dios por estrechísimo lazo; pero Dios estará también por todo el
universo, y todo Él estará en cada cosa y todas las cosas estarán en Él.
El misticismo psicológico no excluirá, sino implicará la teosofía
naturalista.
El axioma capital de esta ciencia sublime será que la inteligencia
infinita no es el término último, sino el principio de las cosas, sin
dejar por eso de ser su fin y el centro hacia donde gravitan, y el punto
en donde sus discordias hallan paz, y su agitación reposo, y solución
sus contradicciones, y unidad perfecta sus calidades y condiciones
diferentes.
En este alto sentido, toda ascensión de las cosas hacia mayor bien y más
perfecta vida toda evolución progresiva de cierto linaje de seres,
dentro de un espacio marcado y de un período de tiempo mayor o menor, es
una primavera. Las cosas, miradas en su totalidad, se mueven, sin duda,
en círculo y vuelven al punto de donde partieron. En el todo no cabe
progreso. Con él, si fuese total, podríamos suponer algo añadido a la
gloria de Dios. Aunque allá en lo profundo de su ser, esté y viva la
idea con todos sus futuros desarrollos y perfecciones, mientras ésta
vaya de lo menos a lo más con proceso sin término, parecerá como que
crece la gloria divina, como que Dios es más creador ahora que antes,
como que sus obras van dando cada vez más claro y cumplido testimonio de
su saber y de su omnipotencia.
Es, por consiguiente, innegable que no hay progreso total. La
inmutabilidad de la perfección infinita de Dios implica la inmutabilidad
total de la perfección del universo, que es obra suya. Cabe, sin
embargo, mudanza en los pormenores, y de ahí el progreso parcial o
temporal de esto o de aquello.
Ya que me he engolfado en meditación metafísica, añadiré, con el debido
respeto (no a Dios, para quien sería absurdo y ridículo salir con esta
salvedad, sino al parecer de otros meditadores), que la riqueza divina
no crece ni mengua; no es cantidad: es lo infinito. Dios está siempre
creando, y siempre lo tiene todo creado. Si crease un átomo más, sería
más creador; si le aniquilase, sería menos; si mejorase en algo toda la
obra, se corregiría, en cierto modo, a sí mismo.
Así, pues, vuelvo a sostener que el progreso de nuestro planeta es
parcial y transitorio, está compensado por la decadencia o fin de otros
mundos, y está limitado en el tiempo, aunque se dilate centenares de
miles de años, y en el espacio, aunque abarque todo el sistema solar a
que pertenecemos, y hasta un grupo completo de soles, de que nuestro sol
sea mínima parte.
Considerando ahora esta evolución de la vida, dentro de tan ancho
espacio, bien podemos declararla año máximo, del cual vivimos, por
dicha, en la Primavera.
La primavera de este año máximo empezó, según sabios muy acreditados,
hace veinte millones de años menores y usuales. Entonces apareció el
primer ser organizado. Desde entonces trazan los sabios con la mayor
escrupulosidad nuestro árbol genealógico. Empieza el árbol en un ser que
llaman _monera_, término medio entre lo inorgánico y lo orgánico;
germen, embrión, elemento primordial de la vida; dotado de una fuerza,
de un prurito, de una propensión indistinta a ser vegetal o a ser
animal. Va extendiéndose luego el árbol, y van las formas
desenvolviéndose y diferenciándose, hasta que, al fin de la edad
_paleolítica_, ya nuestros antepasados han conseguido elevarse a la
categoría de lagartos o medios peces. Durante la edad _mesolítica_ o
secundaria, progresamos más. Al ir a llegar a su término, en el período
_cretáceo_, somos _marsupiales_, esto es, tenemos, como los canguros y
los jerbos, una bolsa, donde nuestros hijitos se esconden. En el período
_eoceno_ de la edad terciaria, logramos obtener la dignidad de monos;
somos _catarrinios_, o dígase monos con las ventanillas de las narices
hacia abajo y con cola. En el período _mioceno_, ya la cola se nos cae,
y nos asemejamos al gorrilla, al orangután y al chimpancé. En el período
_plioceno_ somos casi hombres, aunque _pitecoides_ y _alalos_, o sea sin
palabra y sin entendimiento, como cualquiera mico. Por último, en la
edad cuaternaria, en el período llamado diluviano, se nos desata la
lengua, empezamos a charlar y somos verdaderos hombres. Desde este
momento, los sabios menos exagerados y más tímidos y económicos en sus
cronologías, ponen hasta el día de hoy unos 25.000 años. La raza
_alala_, los _antropiscos_, los casi hombres, como si dijéramos,
salieron del centro de Africa o de un continente austral llamado
Lemuria, que ya se hundió en el mar como la Atlántida, y que estaba
entre el Africa y el Asia. Estos _antropiscos_ eran negros como la
tizne, y vivían en manadas o rebaños para defenderse de las fieras. Así
fueron extendiéndose por el mundo. Durante la dispersión y emigración,
inventaron los idiomas, y de aquí que no puedan reducirse todos a un
tipo primitivo. A la raza morena, que viene después, y a la que
pertenecen los egipcios, se le da una antigüedad de 15.000 años,
naciendo por mejora de la raza negra. Sale luego a relucir la raza
amarilla, cuyos representantes más ilustres son los chinos y japoneses.
Su origen se pone 10.000 años hace. Y se muestra, al cabo, la raza
blanca, arios, semitas, caucasianos, etc., a la cual se concede una
antigüedad de 8.000 años lo menos. A esta raza tenemos la honra de
pertenecer, pero nadie nos asegura que no aparezca aún otra superior que
nos deje postergados y tamañitos, lo cual será muy desagradable. Sea
como sea, a pesar de los veinte millones de años que hace que apareció
la _monera_, no se ha de negar que estamos aún en el período primaveral
de este año máximo de que hemos hablado. ¿Qué progresos, qué maravillas,
qué nuevas creaciones no deben esperarse aún? Apenas si la humanidad ha
nacido. Yo he leído en un libro muy docto esta sentencia, que no
olvidaré nunca. «La humanidad, en su vida colectiva, no ha nacido aún.»
Todo este largo pasado que llevamos ya, el vivir en la primavera del año
máximo y el columbrar un extenso porvenir, esplendoroso y fecundo, no
debe, sin embargo, alegrarnos en demasía, ni menos ensoberbecernos.
Comparados nuestros veinte millones de años ya cumplidos, más otros
veinte millones que por lo menos durará aún la primavera de este
planeta, con otras primaveras y años máximos de otros planetas y de
otros más grandes sistemas solares, tal vez parezca más breve dicha
primavera que la ordinaria y menuda del año vulgar, que sólo dura tres
meses.
Cavilando yo días pasados sobre este asunto, y hallándome en el campo,
en soledad amena, en hondo valle circundado de rocas escarpadas, donde
había silencio, frescura y mil plantas, hierbas y flores, tuve despierto
un sueño, que parecía visión espiritual o intuición pura de algo real,
aunque para mí materialmente imperceptible.
Dentro de la superficie de un kilómetro cuadrado entendí que había
ciertas emanaciones sutiles de cierto fluido mil veces más tenue que el
aire; fluido que penetraba el aire todo, infundiéndose en los vacíos e
intersticios que dejan sus moléculas. Este fluido, que el hombre no
verá, ni pesará, ni sentirá jamás con sus sentidos, no se eleva más allá
de un kilómetro. Tenemos, pues, un kilómetro cúbico lleno de este fluido
tenue, desleído en el aire como perfumes o efluvios. Figureme, pues, mi
kilómetro cúbico como un mundo aparte, y vi que estaba poblado de un
linaje de silfos tan diminutos, que, si por descuido se tragase
cualquiera de ellos la más ruin molécula de aire, dicha molécula se le
atragantaría y quizás le ahogaría como a cualquiera de nosotros un hueso
de melocotón. Mi linaje de silfos respira, pues, el fluido tenue de que
he hablado. Con las moléculas del aire hacen los silfos mil primores, y
hasta juegan cuando son muchachos, disparándolas por medio de enormes
cerbatanas.
Fuera del kilómetro cúbico está para mis silfos lo infinito, desconocido
e insondable. Viven en una hora; pero su inteligencia es tan rápida y
tan sutil, que en esta hora tienen tiempo de sobra para instruirse,
enamorarse, propagarse, seguir una carrera, elevarse a las más altas
posiciones, legar un nombre ilustre a su legítima prole, y hasta
cansarse de la vida y apelar al suicidio. Un minuto para cualquiera de
ellos es mucho más que un año para cualquiera de nosotros. Sus poetas
componen versos desesperados y desengañados a los quince minutos de
nacer, y sus sabios inventan los más profundos y alambicados sistemas de
filosofía a los treinta minutos.
La voz de mis silfos es tan delgada, que sólo el fluido susodicho puede
trasmitirla en ondas sonoras. Sus palabras van tan prontas, que en un
segundo refiere un silfo una historia que el más conciso de nosotros
tardaría tres o cuatro horas en contar. Todo lo que entre nosotros es
extenso, es intenso entre los silfos. En las veinticuatro horas de
cualquier día se extiende la historia de los silfos, y es tan fecunda en
revoluciones, cambios, guerras y progresos, como la nuestra en los mil
ochocientos setenta y pico de años que median desde la Era cristiana
hasta el momento en que escribo.
Mis silfos tienen figura humana. Yo entiendo que toda alma, todo
pensamiento que informa un cuerpo, grande o chico, le da esta figura,
por ser la más hermosa.
La hermosura de mis silfos es tal, que si lográsemos fabricar un
microscopio bastante poderoso para llegar a verlos, envidiaríamos a los
varones y nos enamoraríamos desesperadamente de las hembras.
Están muy adelantados en civilización. Han tenido muchos profetas y
fundadores de religiones; pero ya va pasando entre ellos la edad de la
fe, y rayando la aurora de la edad de la razón.
Sus conocimientos históricos, sin mezcla de fábula, aquello que la
crítica más severa da por cierto, no pasa de noventa días, lo cual,
equivale a más de tres mil sucesivas generaciones. Y como un minuto para
ellos viene a equivaler a un año para nosotros, puede afirmarse que
ellos hacen subir la antigüedad de su civilización a más de 129.600
años. Más allá, yendo contra la corriente de los tiempos, los silfos no
ven claro; pero, si entre ellos hay un Darwin o un Haeckel, sin duda
colocará la aparición de la primera _monera_ del mundo silfídico a una
distancia proporcionalmente mucho mayor.
El concepto que forman del Universo es muy distinto del que formamos
nosotros. Y no porque su razón no concuerde con la nuestra, sino porque
son otros los datos de sus sentidos. No llegan con la vista al sol, ni a
la luna, ni a las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa que
lanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los baña
la luna, proceden para ellos de un manantial oculto. Así es que forman
mil hipótesis para explicarlo. Claro está que hay largos períodos
históricos de una luz, y largos períodos históricos de otra.
En su mundo hay seres animados, de proporciones tan gigantescas, que
nosotros ni siquiera las concebimos. Una avispa para ellos es más que lo
que sería para nosotros el Nevado de Sorata, si arrancándose él mismo de
cuajo, animándose y echando alas, se pusiese a volar y se nos mostrase
por el aire. Por fortuna, la excesiva pequeñez de los silfos y su
agilidad portentosa los salvan de tales monstruos.
Claro está que lo infinito es siempre lo infinito, así en la mente de un
silfo como en la mente de un hombre. En este punto, si nos contraemos a
la especulación racional, nuestros conceptos son iguales; pero en
contar, en extenderse a mayor número, en notar mayor cantidad, los
silfos nos ganan; penetran con sus sentidos, y ven y perciben abismos de
extensión, de tiempo, de volumen y de duraciones en lo infinitamente
pequeño, por donde lo mediano, lo mezquino para nosotros, su universo de
un kilómetro cúbico, es más ingente para ellos que toda la inmensidad de
los cielos para nosotros. Y no dejan por eso de poner más allá de su
universo lo infinito inexplorado.
Andan todos ellos muy soberbios con su cultura y con sus progresos, que
juzgan sin límites. Así como cuentan ya un pasado larguísimo, esperan un
porvenir más largo aún. Y es lo cierto que no se equivocan. Ellos
nacieron con esta última primavera y acabarán al fin del próximo otoño.
Ahora, que es verano, están en todo el auge de su grandeza. Lo mismo nos
sucede a nosotros.
¿Quién sabe si habrá seres, en comparación de los cuales seamos nosotros
lo que para nosotros son mis silfos? Y si alguno de estos seres llega a
averiguar que existimos, como yo he llegado a averiguar que existen
silfos tales, ¿no se reirá, o nos compadecerá, al ver que esperamos aún
tan largo porvenir? Los millones de años que llevamos de vida y los que
esperamos vivir aún, serán para él una primavera. Acaso, cuando vuelva
él de veranear o de bañarse en algunos baños de su mundo, encuentre ya
el nuestro desolado y hecho ruinas, y extinguida, nuestra efímera raza.
Pero no tendrá razón. Lo importante es la inteligencia, la cual no se
mide por varas, ni por kilómetros, ni por diámetros terrestres. Su
actividad, cuando es fecunda, puede condensar en un minuto más hechos,
más ideas, más creaciones, más gloria y más infierno, que otra
inteligencia reacia, perezosa y torpe, durante siglos de siglos.
Última moralidad. Todo es relativo, como decía D. Hermógenes. No hay
menos ni más. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artículo
para cumplir mi imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubiera
sido capaz de escribir la historia de toda la raza humana; y, en menos
tiempo, mis silfos son capaces de realizar lo más importante de su
propia historia. No lo daré por muy seguro, porque no he llegado a
enterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yo
he estado afanadísimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,
a fin de salir del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,
creado constituciones, inventado filosofías y máquinas, y erigido
monumentos, en su sentir, imperecederos.
Tal consideración me avergüenza y humilla, en vez de llenarme de
vanidad; y, aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el público
que ha de leerme, todavía le presento con grandísima desconfianza este
escrito, que no he tenido reposo, ni humor, ni tiempo para hacer más
breve.
LA CORDOBESA
El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, uno
de sus artículos; y yo, como es natural, elegí la cordobesa, por ser la
provincia de Córdoba donde he nacido y me he criado.
Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra de
escribirle. Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo un
sinnúmero de dificultades y objeciones, por cuyo medio trataba de
condenar el pensamiento del editor, a fin de justificar mi tardanza en
contribuir a su realización con mi trabajo.
¿Qué diferencia esencial, ni siquiera qué diferencia accidental notable,
puede haber o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o la
sevillana? Allá en lo antiguo quizás la hubiese, porque no eran tan
fáciles las comunicaciones, y era más fácil el vivir aislado y
sedentario; pero en el día, en que, no ya los hombres y mujeres de
contiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos países y
apartadísimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, ¿cómo ha de
persistir esa variedad y distinción de tipos, dando ocasión a que se
describan mujeres que por sus costumbres, creencias, modos de sentir y
de pensar, fisonomía, continente y traje, se diferencien hasta el punto
de que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan, varíen por el
asunto, y no sólo por el estilo del que pinta o describe? Además, me
decía yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,
sin que acierte a borrarlos o a confundirlos la continua convivencia y
el íntimo comercio espiritual, en esta época en que tanto se escribe, se
lee y se viaja, en este siglo del vapor y la electricidad, del
ferro-carril y del telégrafo, todavía no logro persuadirme de que haya
también un sello de _provincialidad_, como hay sello de nación, de tribu
o de casta. Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivas
estas calidades, provienen de divisiones que hizo la naturaleza misma, y
no de las divisiones administrativas o políticas, esto es, artificiales,
como son las divisiones por provincias. Malagueñas o sevillanas habrá,
sin duda, de casta y suelo más homogéneos con los de ciertas cordobesas,
que los de muchas cordobesas entre sí. Una mujer de Cuevas de San
Marcos, por ejemplo, debe parecerse más a otra de Rute, que una de Rute
a otra de Belalcázar, y más se parecerá la de Casariche a la de
Benamejí, que la de Benamejí a la de Almodóvar.
Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Cataluña, y
entre la manchega y la vizcaína habían de mediar radicales diferencias;
pero esto de que cada provincia, fuese la que fuese, había de tener un
tipo especial, se me hacía difícil de creer. Sólo salvaba yo la
monotonía de este libro y cifraba su variedad en el ingenio diverso de
cada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singular
de su estilo, pensamientos y sentimientos.
Nunca pensé que el editor desease que escribiésemos una reseña erudita,
una serie de vidas de todas las mujeres célebres de cada provincia. Esto
sería quizás, no sólo ameno, sino ejemplar y didáctico; pero no se
trataba de esto, ni yo me hubiese comprometido a escribir mi artículo,
si de esto se tratase. No era obra histórica, ni biográfica, la que se
trazaba y proyectaba, sino cuadro de costumbres y pintura al vivo o
retrato fiel de lo que hoy se nota en cada provincia en los usos,
cultura, ideas, y demás prendas, condiciones y actos de las mujeres. Y
siendo la cosa así, repito que no me percataba yo de nada o de casi nada
que impidiese la monotonía de la obra por el objeto, aunque por el
sujeto, o mejor diré por los sujetos, viniese a ser un jardín de flores,
como la capa del estudiante, merced a la diversidad de estilos y a la
idiosincracia de cada escritor que en ella pusiese mano.
Así, sobre poco más o menos, andaba yo cavilando, cuando deberes de
familia me llevaron al riñón de la provincia de Córdoba; a una dichosa
comarca donde el color local provincial está difundido a manos llenas
por la Naturaleza pródiga e inexhausta en sus varias creaciones. Y
estando este color, este sello, este tipo en todo, ¿cómo, me dije yo, no
ha de estarlo en la mujer, la cual es blanda cera para recibir
impresiones, y duro bronce para conservarlas sin que se desvanezcan?
Más de cinco meses pasé en mi lugar, y en este tiempo mudé por completo
de parecer, respecto al libro del Sr. Guijarro. No me quedaba excusa
para no escribir el artículo. Estaba persuadido de que si la cordobesa
que yo pintase no era un tipo _sui generis_, era porque yo no sabía
pintar lo que estaba viendo de un modo claro. Me decidí, pues, desde
entonces a hacer esta pintura, confesando con ingenuidad que, si no sale
original y nueva, la culpa será mía y no del modelo.
Una cosa me turba aún y dificulta mi propósito. Al ver y tratar a la
cordobesa del día, acuden a mi imaginación las ya casi borradas especies
que desde mi niñez y primera juventud, harto lejanas por desgracia,
dormían o estaban sepultadas en mi mente, de la cordobesa del primer
tercio de este siglo. La disparidad entre el recuerdo y la impresión
presente me confunden un poco. El tipo cordobés femenino no ha
desaparecido, pero ha habido cambio, si bien el cambio no ha sido de lo
castizo a lo exótico. El cambio ha sido por interior desenvolvimiento de
la propia esencia de la mujer cordobesa, la cual, como todas las
esencias inmortales, permanece en su fundamento sustancial, si bien
adquiere nuevas formas y nuevos accidentes. La cordobesa de este momento
histórico no es la cordobesa del momento histórico anterior; pero es
siempre la cordobesa, y siempre sigue realizando su esencia, como cada
hija de vecina, _exteriorizando_ la idea típica suya propia, y
presentando diverso aspecto, en cada una de las diversas evoluciones con
que la _exterioriza_.
Veo que me encumbro demasiado, y voy a descender y a hablar con más
llaneza, dejando los raptos filosóficos para mejor ocasión.
Hoy se me presenta la cordobesa a la vista tal como es, mientras que la
memoria me la retrae tal como era treinta o cuarenta años ha. De aquí se
origina cierta confusión, algo como una antinomía; pero, si bien se
estudia la antinomía, se resolverá con poco trabajo en una síntesis
suprema. Esta síntesis, si acertase yo a crearla, sería un artículo
primoroso. Es más: sin esta síntesis no es posible el artículo, porque
yo no voy a pintar a la cordobesa muerta, parada, estacionaria, inerte,
fósil, sino a la cordobesa viva, en movimiento, en desarrollo, en
progreso; desenvolviéndose, no con prestado impulso, sino según las
leyes propias de su gran ser y de su rico y generoso organismo.
Para adquirir el concepto total de la cordobesa es menester estudiarla
en sus diferentes clases y estados: desde la gran señora hasta la mujer
del rudo ganapán, desde la niña hasta la anciana, desde la hija de
familia hasta la madre o la abuela; y verla y visitarla, ya en la
antigua y espléndida capital del Califato; ya en la Sierra, al Norte del
Guadalquivir, abundante en minas y en dehesas selváticas y esquivas; ya
en la campiña ubérrima, donde hay lugares populosos y hasta lindas
ciudades, y donde la riqueza, el bienestar y la cultura son mayores.
Pero si fuésemos analizando y examinando por separado todas estas cosas,
no tendría fin ni término nuestro artículo; y así conviene tocar sólo
puntos capitales, y resumir y cifrar en dos o tres tipos todo lo que hay
en la cordobesa de más característico y propio.
Claro está que en la provincia de Córdoba hay damas ricas, que han
estado o están en Madrid, que tal vez han ido a Baden o a Biarritz algún
verano; que hablan francés, que han paseado en el bosque de Boulogne,
que conocen acaso varias cortes extranjeras, que leen las novelas de
Jorge Sand y los versos de Lamartine en la misma lengua en que se
escribieron, y que se visten con Worth, con Laferrière, con la Honorina
o con la Isolina. En todas estas damas subsiste aún la esencia de la
mujer cordobesa; pero sería menester ahondar y penetrar demasiado para
descubrir esa esencia al través de tantos aditamentos extraños y de
tantas exterioridades postizas. Busquemos, pues, a la genuina cordobesa
donde no tengamos necesidad de profundizar o de eliminar para hallarla:
busquémosla en la lugareña, ya sea rica, ya pobre; ya señora, ya criada.
La lugareña es en extremo hacendosa. Por pobre que sea, tiene la casa
saltando de limpia. Los suelos, de losa de mármol, de ladrillo o de yeso
cuajado, parecen bruñidos a fuerza de aljofifa. Si el ama de la casa
goza de algún bienestar, resplandecen en dos o tres chineros el cristal
y la vajilla; y en hileras simétricas adornan las paredes de la cocina
peroles, cacerolas y otros trastos de azófar o de cobre, donde puede uno
verse la cara como en un espejo.
La cordobesa es todo vigilancia, aseo, cuidado y esmerada economía.
Nunca abandona las llaves de la despensa, de las alacenas, arcas y
armarios. En la anaquelería o vasares de la despensa suele conservar,
con próvida y rica profusión, un tesoro de comestibles, los cuales dan
testimonio, ya de la prosperidad de la casa; ya de lo fértil de las
fincas del dueño, si son productos indígenas y, como suele decirse, de
la propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la señora,
cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con alguna
preparación o condimento. Allí tiene nueces, castañas, almendras,
batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se pasen,
guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucherías. Los pimientos
picantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras al
lado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte más pulcra suele
haber azúcar, café, salvia, tila, manzanilla, y hasta té a veces, que
antes sólo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios y
gigantescos jamones; y, alternando con esta _bucólica_ manifestación del
reino animal, dulces andregüelas invernizas, uvas, granadas y otras
frutas. En hondas orzas vidriadas conserva la señora lomo de cerdo en
adobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riñones y
bazo del mismo cuadrúpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas y
espárragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, que
basta calentarlo en un santiamén para dar una opípara comida a cualquier
huésped que llegue de improviso.
La matanza se hace una vez al año en cada casa medianamente acomodada; y
en aquella faena suele lucir la señora su actividad y tino. Se levanta
antes que raye la aurora, y rodeada de sus siervas dirige, cuando no
hace ella misma, la serie de importantes operaciones. Ya sazona la masa
de las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en la
conveniente proporción, sal, orégano, comino, pimiento y otras especias;
ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y demás embuchados.
La mayor parte de esto se suspende del humero en cañas o barras largas
de hierro, lo cual presta a la cocina un delicioso carácter de suculenta
abundancia. Casi siempre se reciben en invierno las visitas en torno del
hogar, donde arde un monte de encina o de olivo y pasta de orujo, bajo
la amplia campana de la chimenea. Entonces, si el que llega mojado de la
lluvia o transido de frío, ya de la calle, ya del campo, alza los ojos
al cielo para darle gracias por hallarse tan bien, se halla mucho mejor
y tiene que reiterar las gracias, al descubrir aquella densa
constelación de chorizos y de morcillas, cuyo aroma trasciende y
desciende a las narices, penetra en el estómago y despierta o resucita
el apetito. ¡Cuántas veces le he saciado yo, estando de tertulia, por la
noche, en torno de uno de estos hogares hospitalarios! Tal vez la misma
señora, tal vez alguna criada gallarda y ágil, descolgaba con regia
generosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrillas sobre el
rescoldo. Comidas luego con blanco pan, con un traguito de vino de la
tierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festiva
conversación, sabían estas morcillas a gloria.
Es injusta la fama cuando asegura que se come mal por allí. En mi
provincia hay un sibaritismo rústico que encanta. Bien sabe mi paisana
estimar, buscar y servir en su mesa las mejores frutas, empezando por la
que se cría en su heredad, mil veces más grata al paladar y más
lisonjera para el amor propio que la tan celebrada del cercado ajeno. Ni
carece tampoco, en la estación oportuna, de cerezas garrafales de
Carcabuey, de peras de Priego, de melones de Montalvan, de melocotones
de Alcaudete, de higos de Montilla, de naranjas de Palma del Río, y aun
de aquellas únicas ciruelas, que se dan sólo en las laderas del castillo
de Cabra; ciruelas, dulces como la miel, que huelen mejor que las rosas.
En cuanto a las uvas, no hay que decir que son mejores ni peores en
ninguna parte, porque son excelentes en todas: y las hay lairenes,
pedrojiménez, negras, albillas, dombuenas de corazón de cabrito,
moscateles, baladíes, y de otros mil linajes o vidueños.
Las aceitunas no ofrecen menor variedad: manzanillas, picudas, reinas,
gordales, y qué sé yo cuántas otras. La mujer cordobesa se vale para
prepararlas de mil ingeniosos métodos y de mil aliños sabrosos; pero, ya
estén las aceitunas partidas o enteras, rellenas u orejonadas, siempre
interviene en ellas el laurel, premio de los poetas.
Pues ¿qué alabanza, qué encarecimiento bastará a celebrar a mi paisana,
cuando despunta por lo habilidosa? ¡Qué guisos hace o dirige, qué
conservas, qué frutas de sartén, y qué rara copia de tortas, pasteles,
cuajados y hojaldres! Ya con todo género de especierías, con nueces,
almendras y ajonjolí, condimenta el morisco alfajor, picante y
aromático; ya la hojuela frágil, liviana y aérea; ya el esponjado
piñonate, y ya los pestiños con generoso vino amasados: sobre todo lo
cual derrama la que tanto abunda en aquellas comarcas, silvestre y
cándida miel, ora perfumada de tomillo y romero en la heroica y alpestre
Fuente Ovejuna, que en lo antiguo se llamaba la Gran Melaria; ora
extraída, merced a las venturosas abejas, del azahar casi perenne, que
se confunde con el fruto maduro por todos los verdes naranjales, en las
fecundas riberas del Genil y del Bétis.
Sería cuento de nunca acabar si yo refiriese aquí circunstanciadamente
cuanto sabe hacer y hace la cordobesa en lo que atañe a pastelería y
repostería. No puedo, con todo, resistir a la tentación de dar una
somera noticia de lo más interesante. Hace la cordobesa gajorros,
cilindros huecos, formados por una cinta de masa que se enrosca en
espiral, para los cuales, a fin de que crujan entre los dientes y se
deshagan luego con suavidad en la boca, es indispensable una maestría
soberana, así en el amasijo como en la fritura. La batata en polvo y las
carnes de manzana, membrillo y gamboa, que toda cordobesa prepara,
debieran ser conocidas y estimadas en las mesas de los príncipes y
magnates. Con el mosto hace la cordobesa gachas, pan y arropes
infinitos, ya de calabaza, ya de cabellos de ángel, y ya de uvas, aunque
entonces toma el nombre de uvate y deja el de arrope.
Quiero pasar en silencio, por no molestar al lector y porque no me tilde
de prolijo y tal vez de goloso, los hojaldres hechos de flor de harina y
manteca de cerdo en pella; los multiformes bizcochos, entre los cuales
sobresale la torta o bollo maimón; los nuégados, los polvorones, las
sopaipas, los almíbares y las perrunas, exquisitas, a pesar de lo poco
simpático del nombre que llevan. Pero ¿cómo no detenerse en el debido
encomio de ciertas empanadas, en mi sentir deliciosas, y tan propias y
privativas de por allá, que la mujer que no haya nacido cordobesa no
poseerá jamás el _quid divinum_ que para amasarlas se requiere, ni
acertará a darles el debido punto de cochura? Estas empanadas son, en
dicho sentido, incomunicables. Aunque en mayor escala, acontece con
ellas lo que con el turrón de Jijona, que al instante se conoce la
falsificación. Bien puede tener la mas docta cocinera la receta
auténtica, exacta, minuciosa, de estas empanadas; apuesto a que no las
hace, si no es de mi provincia. A quien no ha comido de tales empanadas
le parecerá abominable que, constando el relleno de boquerones o
sardinas con un picadillo de tomates y cebollas, se tomen las empanadas
con chocolate; pero así es la verdad, y están buenas, aunque parezca
inverosímil.
No es nuevo este arte de repostería y pastelería, ni su florecimiento
entre las cordobesas. Según un escrito fehaciente, reimpreso y divulgado
poco ha (la verdadera historia de la _Lozana Andaluza_), dicho arte
florecía ya a principios del siglo XVI. Aquella insigne mujer, que era
cordobesa, hacía con admirable perfección casi todo cuanto aquí hemos
mentado, si bien el autor lo refiere de corrida, sin detenerse tanto
como nosotros en el asunto. Probado deja, sin embargo, que ya entonces
era parte este gay saber en la educación de mis paisanas, y que de
madres a hijas ha venido trasmitiéndose hasta ahora por medio de la
tradición. Así es que cualquiera cordobesa, si no es manca y tiene
mediano caletre, podrá jactarse en el día, como ha más de tres siglos se
jactaba la Lozana, si es que la modestia lo permite, de que sobrepuja a
Platina _De voluptatibus_ y a Apicio Romano _De re coquinaria_.
Con todo, acerca de lo último (en lo tocante a cocina propiamente
dicha), no hay, hablando con franqueza, tanto de que jactarse como en la
parte de repostería. Este arte, incluyendo en él, aunque parezca
disparatado, todo lo relativo a la matanza, es, en la provincia de
Córdoba, un arte más liberal, menos entregado a manos mercenarias.
Apenas si hay hidalga, por encopetada y perezosa que sea, que, según ya
hemos dicho, no trabaje en estos negocios _col seno e colla mano_. Ya
sazona el adobo; ya hecha con su blanca diestra el aliño a las
longanizas; ya rellena tal cual chorizo con un embudito de lata; ya
pincha las morcillas para que se les salga el aire, valiéndose de una
aguja de hacer calceta o de una horquilla que desprende de sus hermosos
cabellos.
Suele, en verdad, venir a las casas, en los días de matanza, o en los
que preceden a la Noche-buena, cuando se hacen mil golosinas, o durante
la vendimia, para hacer el arrope y las gachas de mosto, o poco antes de
Semana Santa, para solemnizarla con hojuelas, pestiños, gajorros y
piñonate, alguna mujer perita, de tres o cuatro que hay siempre en cada
lugar, la cual se pone al frente de todo; pero rarísima vez la señora
abdica en esta mujer por completo y se sustrae a toda responsabilidad.
Esta mujer no pasa de ser una ayudanta, una _altera ego_. Quien en
realidad dirige es el ama. Y sólo cede el ama la dirección, o, para
hablar con rigorosa exactitud, no la cede ni dimite, sino que comparte
la responsabilidad y divide el imperio, cuando se da la feliz
circunstancia de que haya alguna mujer que sea un genio inspirado, con
misión y vocación singular para tales asuntos. Así sucedía en mi lugar
con una mujer que llamaban Juana la Larga, la cual murió ya; y es muy
cierto que ha dejado una hija heredera de sus procedimientos arcanos:
pero el genio no se hereda, y la hija de Juana la Larga no llega, ni con
mucho, adonde llegaba su madre: es mucho menos larga en todo, como lo
reconocen y declaran cuantas personas competentes han conocido a la una
y a la otra.
Con la cocina, con el guiso diario, hay muy distinto proceder. Una
señora cuidadosa y casera tendrá cuenta con lo que se guisa, irá a la
despensa, dará órdenes: pero el verdadero guisar queda enteramente al
cuidado de la cocinera. De aquí lo decaído del arte. La cocina cordobesa
fue, sin duda, original y grande. Hoy es una ruina, como los palacios de
Medina-Azahara y los encantadores jardines de la Almunia. Sólo quedan
algunos restos, que dan señales, que son como reliquias de la grandeza
pasada; restos que un hábil cocinero arqueólogo pudiera restaurar, como
ha restaurado Canina los antiguos monumentos de Roma.
Sería menester una pericia técnica, de que carezco, para caracterizar
aquí la cocina cordobesa, excelente aunque arruinada, y para definirla y
distinguirla entre las demás cocinas de los diversos pueblos, lenguas y
tribus del globo.
El lector me perdonará que hable casi como profano en esta materia
trascendente.
Yo creo que, sin desestimar la cocina francesa, que hoy priva y
prevalece en el mundo, hay restos y como raíces en la de Córdoba, que no
deben menospreciarse. ¿Quién sabe si darán aún opimos frutos sin
desnaturalizarse con ingertos, sino conservando el ser castizo que
tienen?
Las habas, a pesar del anatema de Pitágoras, que tal vez las condenó
como afrodisíacas, son el principal alimento de los campesinos de mi
tierra. El guiso en que las preparan, llamado por excelencia _cocina_,
es riquísimo. Dudo yo que el más científico cocinero francés, sin más
que habas, aceite turbio, vinagre archi-turbio, pimientos, sal y agua,
pueda sacar cosa tan rica como dicha cocina de habas preparada por
cualquiera mujer cordobesa. Del salmorejo, del ajo-blanco y del
gazpacho, afirmo lo propio, Será malo; harán mil muecas y melindres las
damas de Madrid si le comen; pero tomen los ingredientes, combínenlos, y
ya veremos si producen algo mejor.
Por lo demás, el salmorejo, dentro de la rustiqueza del pan prieto,
Y los rojos pimientos y ajos duros,
de que principalmente consta, debe pasar por creación refinada en las
artes del deleite, sobre todo si se ha batido bien y largo tiempo por
fuertes puños y en un ancho dornajo. En cuanto al gazpacho, es saludable
en tiempo de calor y después de las faenas de la siega, y tiene algo de
clásico y de poético. No era más que gazpacho lo que, según Virgilio, en
la segunda Égloga, preparaba Testilis para agasajo y refrigerio de los
fatigados segadores:
_Allia, serpyllumque, herbas contundit olentes._
Dejo de hablar de la olla, caldereta, cochifrito, ajo de pollo y otros
guisados, por no tener diverso carácter en Córdoba que en las restantes
provincias andaluzas. Sólo diré algo en defensa de la alboronía, por
haberse burlado de ella un agudo escritor, amigo mío, y por habernos
suministrado la ciencia moderna un medio de justificarla, y aun de
probar, o rastrear al menos, que la antigua cocina cordobesa fue una
cocina aristocrática o casi regia, que ha venido degenerando. El sabio
orientalista Dozy demuestra que la inventora de la alboronía, o quien le
dio su nombre, fue nada menos que la Sultana Boran, hermosa, distinguida
y _comm'il faut_ entre todas las Princesas del Oriente. Tal vez el
creador de la alboronía dedicó su invención a esta Sultana, como hacen
hoy los más famosos cocineros, dedicando sus guisos y señalándolos con
el nombre de algún ilustre personaje. Así hay solomillo a la
Chateaubriand, salmón a la Chambord, y otros condimentos a la Soubisse,
a la Bismarck, a la Thiers, a la Emperatriz, a la Reina y a la Pío IX.
Para mayor concisión se suprime el nombre de lo guisado y queda sólo el
del personaje glorioso; por donde cualquiera se come un Pío IX o un
Chateaubriand, sin incurrir en antropofagia.
Sin duda, así como, en vista del aserto irrefragable de Dozy, la
alboronía viene de la Sultana Boran, la torta maimón y los maimones, que
son unas a modo de sopas, deben provenir del Califa, marido de la
susodicha Boran, el cual se llamaba Maimón, ya que no provengan del gran
filósofo judío Maimónides, que era cordobés, y compatriota, por lo
tanto, de los maimones, sopa, torta y bollo.
Fuerza es confesar, a pesar de lo expuesto, que estas cosas se han
maleado. Son como los refranes, que fueron sentencias de los antiguos
sabios y han venido a avillanarse; o como ciertas familias de clara
estirpe, que han caído en baja y oscura pobreza. Lástima es, por cierto,
que así pase; pues los primeros elementos son exquisitos para la cocina
en toda la provincia de Córdoba.
Entre las jaras, tarajes, lentiscos y durillos, en la espesura de la
fragosa sierra, a la sombra de los altos pinos y copudos alcornoques,
discurren valerosos jabalíes y ligeros corzos y venados: por toda la
feraz campiña abundan la liebre, el conejo, la perdiz y hasta el sison
corpulento, y toda clase de palomas, desde la torcaz hasta la zurita. No
bien empieza a negrear y a madurar la aceituna, acuden de Africa los
zorzales, cuajando el aire con animadas nubes. El jilguero, la
oropéndola, la vejeta y el verdearon alegran la primavera con sus trinos
amorosos. El gran Guadalquivir da mantecosos sábalos y sollos enormes; y
dan ancas de ranas y anguilas suaves todos los arroyos y riachuelos.
Sería proceder en infinito si yo contase aquí los productos del reino
vegetal, la Flora de aquella tierra predilecta del cielo, sobre la cual,
según popular convencimiento y arraigada creencia, está verticalmente
colocado, en el cenit, el trono de la Santísima Trinidad. Baste saber
que las mil y tantas huertas de Cabra son un Paraíso. Allí, si aun
estuviese de moda la mitología, pudiéramos decir que puso su trono
Pomona; y extendiéndonos en esto, y sin la menor hipérbole, bien
añadiríamos que Pales tiene su trono en las ermitas, Ceres en los campos
que se dilatan entre Baena y Valenzuela, y Baco el suyo en los Moriles,
cuyo vino supera en todo al de Jerez.
La cordobesa mira con desdén todo esto, o bien porque le es habitual y
no le da precio, o bien por su espiritualismo delicado. Sin embargo,
algunas señoras ricas se esmeran en cuidar frutas y en aclimatar otras
poco comunes hasta ahora en aquellas regiones, como la fresa y la
frambuesa. Asimismo suele tener la cordobesa un corral bien poblado de
gallinas, patos y pavos, que ella misma alimenta y ceba; y ya logra
verse, aunque rara vez, la desentonada y atigrada gallina de Guinea. El
faisán sigue siendo para mis paisanas un animal tan fabuloso como el
fénix, el grifo o el águila bicípite.
Donde verdadera y principalmente se luce la cordobesa es en el manejo
interior de la casa. Los versos en que Schiller encomia a sus paisanas,
pudieran con más razón aplicarse a las mías. No es la alemana la que
describe el gran poeta: es la madre de familia de mi provincia o de mi
lugar:
Ella en el reino aquél prudente manda;
Reprime al hijo y a la niña instruye,
Nunca para su mano laboriosa,
Cuyo ordenado tino
En rico aumento del caudal refluye.
¡Cómo se afana! ¡Cómo desde el amanecer va del granero a la bodega, y de
la bodega a la despensa! ¡Cómo atisba la menor telaraña y hace al punto
que la deshollinen, cuando no la deshollina ella misma! ¡Cómo limpia el
polvo de todos los muebles! ¡Con qué esmero alza en el armario o guarda
en el arca o en la cómoda la limpia ropa de mesa y cama, sahumada con
alhucema! Ella borda con primor, y no olvida jamás los mil pespuntes,
calados, dobladillos y vainicas que en la _miga_ le enseñaban, y que
hizo y reunió en un rico dechado, que conserva como grato recuerdo. No
queda camisa de hilo o de algodón que no marque, ni calceta cuyos puntos
no encubra y junte, ni desgarrón que no zurza, ni rotura que no
remiende. Si es rica, ella y su marido y su prole están siempre aseados
y bien vestidos. Si es pobre, el domingo y los días de grandes fiestas
salen del fondo del arca las bien conservadas galas: mantón o pañolón de
Manila, rica saya y mantilla para ella; y para el marido una camisa
bordada con pájaros y flores, blanca como la nieve, un chaleco de
terciopelo, una faja de seda encarnada o amarilla, un marsellé
remendado, unos zahones con botoncillos de plata dobles y de muletilla,
y unos botines prolijamente bordados de seda en el bien curtido becerro.
Sobre todo esto, para ir a misa o a cualquier otra ceremonia o visita de
cumplido, se pone mi paisano la capa. Sería una falta de decoro, casi un
desacato, presentarse sin ella aunque señale el termómetro treinta
grados de calor. En efecto, la capa, como toda vestidura talar y
rozagante, presta a la persona cierta amplitud, entono y prosopopeya. No
es esto decir que en mi tierra no se abuse de la capa. Me acuerdo de un
médico que nos visitaba en el lugar, siendo yo niño, el cual no la
abandonaba jamás; iba embozado en ella y no se desembozaba ni aun para
tomar el pulso, tomándole por cima del embozo. Claro está que quien no
se quita jamás la capa, menos se quita el sombrero, sino en muy solemnes
ocasiones. Hombre hay que ni para dormir se le quita, trayéndole hacia
la cara para defenderla del sol o de la luz, si duerme la siesta al aire
libre; así como se le lleva hacia el morrillo o cogote, sosteniéndole
con la mano, para saludar a las personas que más respeto y acatamiento
le merecen. Pero volvamos a nuestra cordobesa.
Pobre o rica se esmera, como he dicho, en la casa. En algunas hay ya
habitaciones empapeladas, pero lo común es el enjalbiego, lo cual será
grosero y rústico si se quiere, mas alegra con la blancura y da a todo
un aspecto de limpieza. La misma ama, si es pobre, y si no la criada,
enjalbiega a menudo toda la casa, incluso la fachada. Esta manía de
enjalbegar llegó a tal extremo, que una señora de mi lugar, algunos años
ha, enjalbegaba su piano; el primero que apareció por allí. Ahora hay ya
muchos y buenos, hasta de palo santo, y se cuentan por docenas las
señoras y señoritas que tocan y cantan.
Los patios, en Córdoba y en otras ciudades de la provincia, son como los
de Sevilla, cercados de columnas de mármol, enlosados y con fuentes y
flores. En los lugares más pequeños no suelen ser tan ricos ni tan
regulares y arquitectónicos; pero las flores y las plantas están
cuidadas con más amor, con verdadero mimo. La señora, en la primavera y
en las tardes y noches de verano, suele estar cosiendo o de tertulia en
el patio, cuyos muros se ven cubiertos de un tapiz de verdura. La
hiedra, la pasionaría, el jazmín, el limonero, la madreselva, la rosa
enredadera y otras plantas trepadoras, tejen ese tapiz con sus hojas
entrelazadas y le bordan con sus flores y frutos. Tal vez está cubierta
de un frondoso emparrado una buena parte del patio: y en su centro, de
suerte que se vea bien por la cancela, si por dicha la hay, se levanta
un macizo de flores, formado por muchas macetas, colocadas en gradas o
escaloncillos de madera. Allí claveles, rosas, miramelindos, marimoñas,
albahaca, boj, evónimo, brusco, laureola y mucho dompedro fragante. Ni
faltan arriates todo alrededor, en que las flores también abundan; y
para más primor y amparo de las flores, hay encañados vistosos, donde
forman las cañas mil dibujos y laberintos, rematando en triángulos y en
otras figuras matemáticas. Las puntas superiores de las cañas, con que
se entretejen aquellas rejas o verjas, suelen tener por adorno sendos
cascarones de huevo o lindos y esmaltados calabacines. Las abejas y las
avispas zumban y animan el patio durante el día. El ruiseñor le da
música por la noche.
En el invierno, la cordobesa tiene buen cuidado de que plantas de hoja
perenne hermoseen su habitación. Canarios o jilgueros recuerdan la
primavera con sus trinos; y si el amo de casa es cazador, no faltan
perdices y codornices cantoras en sus jaulas, y las escopetas y trofeos
de caza adornan las paredes. En torno del hogar, casi en tertulia con
los amos, vienen a colocarse los galgos y los podencos.
Todavía en las casas aristocráticas de los lugares suele haber uno como
bufón o gracioso, que recuerda, si bien por lo rústico, al lacayo de
nuestras antiguas comedias. Este gracioso posee mil habilidades; caza
zorzales con silbato y percha, y jilgueros con liga o red, y pesca
anguilas metiéndose en los charcos y arroyos, y cogiéndolas con la mano.
Alguno de estos suele tener su poco de poeta; da los días a la señora en
décimas, y compone coplas en su elogio, y sátiras contra los rivales o
contrarios de sus amos. Acompaña también y entretiene a los niños, y
sabe una multitud de cuentos, que relata con animación y mucha mímica.
La criada de lugar no deja de saber también muchos cuentos, y los cuenta
con gracia. Los sabe de asombros, de encantos y de amores; y todos éstos
son serios. Para lo cómico y jocoso atesora una infinidad de
chascarrillos picantes.
Siendo yo pequeñuelo, no me hartaba nunca de oír cuentos que me contaban
las criadas de casa. El más bonito, el que más me deleitaba era el de
doña Guiomar, cuyo argumento, en lo esencial, es el mismo del drama
indio de Kalidasa, titulado _Sacuntala_. Los árabes, sin duda, trajeron
este cuento y otros mil, en la Edad Media, desde el remoto Oriente.
La criada que descuella por lo lista, amena y entretenida, se capta la
voluntad y se convierte siempre en la acompañanta o favorita del ama, o
de la niña o señorita soltera. Viene a semejarse a la confidenta de las
tragedias clásicas, y aun puede hacer el papel de Enone. De todos modos
va con su ama a visitas, a misa y a paseo, le lleva y le trae recados, y
procura tenerla al corriente de cuanto pasa en el lugar.
A esto de saber vidas ajenas y de murmurar, menester es confesarlo, hay
una deplorable afición en las hidalgas y ricas labradoras de por allí.
Por lo demás, si hay algo de cierto en el mordaz proverbio que dice: _Al
andaluz hacedle la cruz, y al cordobés de manos y pies_, bien puede
afirmarse que no reza con las mujeres; antes son víctimas las pobrecitas
de lo levantiscos, alborotados y amigos de correrla que son generalmente
los maridos. Ya dice uno que va al campo a ver las viñas o los olivares
y a inspeccionar la poda, la cava u otra labor cualquiera; ya supone
otro que va a cazar _sub Jove frígido, tenerae conjugis immemor_; ya
éste tiene que ir a negocios a la cabeza de partido, o a Córdoba, o a
Madrid por motivos políticos; ya alega aquél que debe ir a Jerez a
llevar muestras de vino, o a alguna feria, a ver si vende o compra
ganado: en suma, jamás carece ninguno de pretexto para estar ausente de
su casa la mitad del año. Si el marido es mozo y alegre, suele pasar
meses enteros lejos del techo conyugal. La tierna esposa, entre tanto,
queda en la soledad y en el abandono, y si a menudo se ve asediada por
los pretendientes, imita a Penélope y aun se le adelanta, pues al cabo
su marido, ni fue a pasar trabajos y a aventurar la vida en la guerra de
Troya, ni de fijo, salvo raras y laudables excepciones, se muestra más
fosco y zahareño que Ulises con las Circes y Calipsos que en mesones,
hosterías, fondas y otras partes se le aparecen.
Muy de maravillar y muy digna de alabanza es esta fidelidad resignada de
la cordobesa. No negaré, con todo, que a veces agota la cordobesa la
resignación y rompe el freno de la paciencia. Entonces estallan los
celos como una tempestad. Me acuerdo de cierta parienta mía que supo que
su marido tenía con todo sigilo a una muchacha en su casa de campo,
adonde iba todas las tardes y aun se quedaba algunas noches, con
pretexto de las labores. Apenas lo supo, mandó que pusiesen las jamugas
a la burra, se hizo acompañar en otra burra por su confidenta, y sin que
su marido lo notase, se fue por aquellos vericuetos hasta llegar a la
casería. Terrible fue la entrevista con la pecadora, a quien echó de
allí a pescozones.
Debo advertir que en este y otros casos se avivan los celos con
poderosas razones económicas. Tal linaje de mancebas suele ser muy
costoso, y remata en la perdición de pingües y desahogados caudales. No
se origina el gasto, ni nace de las galas y dijes, coches y primores que
hay que comprar a la muchacha, ni del boato y pompa con que es menester
sostenerla; aunque todo es relativo y proporcional, y en algo de esto se
gasta también. La _hetera_ de lugar es menos exigente, pedigüeña y
antojadiza que las Coras, las Baruccis, las Paivas y otras famosas
_heteras_ parisinas: pero aquéllas son solas, se diría que nacieron como
los hongos, y la lugareña tiene un diluvio de parientes, que se lanza y
abate sobre la casa y la hacienda del mantenedor enamorado, como bandada
de langostas hambrientas y voraces. Los primos, los sobrinos, los
cuñados, la madre, las tías, todos, en suma, se creen con derecho a
cuanto hay: con derecho al trabajo; y por consiguiente, con derecho a la
asistencia y a la holganza. El aceite sale de tu bodega, no por
panillas, sino por arrobas; las lonjas de tocino vuelan de la despensa;
las morcillas transponen; la manteca se evapora; los jamones se disipan.
La parentela entera se alumbra, se calienta, come, bebe y hasta mora a
costa tuya. Si tienes casas, las habitará alguien de la parentela y no
te las pagará; si eres cosechero de vino o aguardiente, menudearán las
botas, botijas y botijuelas, y entrarán vacías y saldrán rebosando.
No se crea, no obstante, que, siendo tan lucrativo este oficio, se
dedican muchas mujeres a él y abaratan el mercado con la competencia. En
todo el territorio de Córdoba ha vivido siempre gente muy hidalga y
harto difícil en puntos de honra. Colonia en lo antiguo de verdaderos
ciudadanos romanos, y no de libertos, como otras, mereció y obtuvo el
título de _patricia_; cuando la invasión mahometana, no vinieron a
poblarla rudos y plebeyos berberiscos, sino claros varones de pura
sangre arábiga; los linajes más ilustres de Medina y de la Meca; los
descendientes de los _ansáres_, _tabies_ y _muhadjires_. Y por último,
habiendo sido mi provincia, durante dos siglos, fronteriza con el reino
de Granada, ha debido tener y ha tenido para custodia y defensa de sus
lugares fuertes, y para tomar el desquite de cualquier ataque, entrando
en algarada por los dominios del alarbe, talando sus mieses y haciendo
otras mil insolencias y diabluras, una población de hombres recios y
valerosos,
Todos hidalgos de honra
Y enamorados de veras,
como canta el viejo romance. Desde entonces no ha deslucido Córdoba su
bien cimentada reputación: y no por vana jactancia, sino con sobra de
motivo, lleva por mote, en torno de los rampantes leones de su limpio
escudo: «_Corduba, militiae domus, inclyta fonsque sophiae._» Lucano,
Séneca, Averroes, Ambrosio de Morales, Góngora y mil otros dan
testimonio de lo segundo. Acreditan lo primero, en multitud innumerable,
los acérrimos y audaces guerreros que por todos estilos ha criado
Córdoba; ya para pasmo y terror de los enemigos de España, como el Gran
Capitán; ya para perpetua desazón y sobresalto constante de los
españoles mansos, como el Tempranillo, el Guapo Francisco Esteban, el
Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas-Reales, Navarro el de Lucena, y
Caparrota el de Doña-Mencía.
No es, pues, llano el que haya por allí mucho marido sufrido, mucho
padre complaciente, y mucha interesada y fácil mujer. La que lo es se lo
hace pagar caro, no tanto por la rareza, sino por lo que pierde. Sólo a
fuerza de regalos y de espléndida generosidad, y deslumbrando con su
lujo, se hace perdonar en ocasiones sus malos pasos. Aun así, es mirada
con desprecio, y no suelen llamarla con su nombre de pila, sino con un
apodo irónico, como, por ejemplo, la Galga, la Joya, la Guitarrita. Tal
vez la designan con el nombre genérico del país de que es natural, como
para designar su origen forastero; y de éstas he conocido yo a la
Murciana, a la Manchega y a la Tarifeña.
Si alguna mocita soltera o alguna casada joven siente veleidades de
dejarse seducir y sonsacar, hay con frecuencia un padre o un marido que
la sana y endereza con una buena vara de mimbre. Ni debe estar muy
seguro y descuidado el seductor, por mucho respeto que inspire. No basta
a veces la inocencia, si es que infunde recelos algún galán. Cierto
compañero mío de colegio, en el Sacro Monte, fue, años ha, a curar las
almas en un lugar de mi provincia. Era gran teólogo, recto y virtuoso;
pero bien hablado, elegantísimo, peripuesto y agradable; era hombre que
en el siglo XVIII hubiera figurado, en una corte, como el más delicioso
abate. Pues bien, en el pueblo la tomaron con él, y, como vulgarmente se
dice, le _abroncaron_. El _brónquis_ que le dieron llegó hasta tirarle
algunos tiros, pero con pólvora sólo, para asustarle. Él calculó que de
la pólvora, si no surtía efecto, se podría con facilidad pasar a los
perdigones, y se largó con la música y la teología a otra parte menos
difícil.
Semejantes extremos son raros, por fortuna. La cordobesa no es coqueta,
sino muy prudente y sigilosa, y a nadie compromete. Aunque sea de la más
humilde condición, acostumbra a desahuciar al paciente enamorado,
hablando de su honor, como las damas calderonianas. Cuando esto no
basta, ni chilla, ni alborota, ni escandaliza; pero se defiende cual una
Pentesilea; lucha, como el ángel luchó con Jacob, en las tinieblas de la
noche; y robusta, aunque angélica, suele echarle la zancadilla,
derribarle, y hasta darle una soba, todo con muda elocuencia y en
silencio maravilloso. Y no se extrañe esto, porque en la clase de
muchachas pobres, y aun en algunas acaudaladas labradoras, es notable la
robustez. Son más duras que el mármol, no sólo de corazón, no sólo en el
centro, sino por toda la perifería. Cierto día hicimos una gira de campo
con las más garridas y principales mozas del lugar. Una de ellas,
creyendo el asiento más alto, se sentó de golpe sobre un montón de
tejas. Eran de las macizas y mejores de Lucena. Tres vimos rotas. Ella
nos dijo con encantadora modestia que ya, antes de la caída, lo estaban.
No se entienda, por lo dicho, nada que amengüe o desfigure en lo más
mínimo la esbeltez y gentileza de mis paisanas. Una cosa es la densidad
y la firmeza, y otra el desaforado volumen. La moza que desde niña
trabaja, anda mucho y va a la fuente que está en el ejido, volviendo de
allí con el cántaro lleno, apoyado en la cadera, o con la ropa lavada
por ella en el arroyo, es fuerte, pero no gorda. La fuente o el pilar
era el término de mi paseo cotidiano, y allí me sentaba yo en un poyo,
bajo un eminente y frondoso álamo negro. Al ver lavar a las chicas, o
llenar los cántaros y subir con ellos tan gallardas, airosas y ligeras,
por aquella cuesta arriba, me trasladaba yo en espíritu a los tiempos
patriarcales; y ya me creía testigo de alguna escena bíblica como la de
Rebeca y Eliacer; ya, comparándome con el prudente Rey de Ítaca, me
juzgaba en presencia de la princesa Nausicáa y de sus amables
compañeras. Nada de miriñaques ni ahuecadores en aquellas muchachas. El
pobre vestido corto, sobre todo en verano, se ciñe al cuerpo y se pliega
graciosamente, velando y revelando las formas juveniles, como en la
estatua de Diana cazadora.
Por desgracia, las damas del lugar han adoptado, en cuanto cabe, casi
todas las modas francesas, y van perdiendo el estilo propio de vestirse
y peinarse. Todas usaron ingentes miriñaques totales, y ahora usan el
miriñaque parcial y _pseudo-calípigo_ que priva. El día menos pensado
abandonarán la mantilla y se pondrán el sombrerito. Todas se peinan,
tomando por modelo el figurín, y suelen llamar a este peinado de
_cucuné_ o de _remangué_, a fin de darle, hasta en el nombre, cierto
carácter extranjero. Las faldas, en vez de llevarlas cortas, las llevan
largas, y van barriendo con la cola el polvo de los caminos. En
resolución, es una pena este abandono del traje propio y adecuado.
A pesar de tales disfraces, la belleza, o al menos la gracia, el garbo y
el salero, son prendas comunes en mis paisanas. Tienen en el andar mucho
primor, y más aún si bailan. Los rigodones y el vals y la polca se van
aclimatando; pero el fandango no se desterró todavía. Hasta las
señoritas salen a hacer una mudanza, si las sacan y obligan en
cualquiera fiesta campestre, y se mueven y brincan con gallardía y
desenfado, y repiquetean con brío las castañuelas. Mujeres hay del
pueblo que, en esto de bailar y tocar las castañuelas, vencen a la
Teletusa, celebrada por Marcial, en aquel epigrama que principia:
_Edere lascivos ad Bætica crusmata gestus._
Si la mujer casada, como ya queda expuesto, es un modelo de paciencia
conyugal, la soltera es casi siempre un modelo de novias. Puntualmente
baja a la reja todas las noches a hablar con el enamorado, a lo que se
llama _pelar la pava_. En cada calle de cualquier lugar de Andalucía se
ven, de diez a una de la noche, sendos embozados, como cosidos a casi
todas las rejas. Tal vez suspira él y exclama:
--¡Qué mala es usted!
Y ella responde:
--¡Pues no, que usted!...
Y exhala otro suspiro.
Así se pasan horas y horas.
Tiene tal encanto este ejercicio, para el hombre sobre todo, que no
pocos noviazgos se prolongan más que el de Jacob y Raquel, que duró
catorce años, sólo por no perder el encanto de pelar la pava. Las pobres
muchachas lo sufren con paciencia, pero languidecen y se ponen ojerosas.
Verdad es que luego, cuando se casan, no sucede, como en otras partes,
que la mujer sigue sirviendo, trabajando y afanando. Aunque sea el novio
un miserable jornalero, procura que su novia, no bien llega a ser su
mujer, salga de todo trabajo, no vuelva a escardar ni a coger aceituna,
y sea en su casa como reina y señora. Si está sirviendo, se despide y
deja de servir; y ya no cose, ni lava, ni plancha, ni friega, ni guisa,
sino para su marido y para sus hijos. El hombre, salvo en raras
ocasiones, es quien trabaja, busca y granjea o garbea lo necesario para
el sostén de toda la familia.
La cordobesa, sea de la clase que sea, es todo corazón y ternura: pero
sin el sentimentalismo falso y de alquimia que ha venido de extranjis.
Nadie (vergüenza es confesarlo) ha pintado a la cordobesa del pueblo,
verdaderamente enamorada y apasionada, como el novelista Mérimée. Su
Carmen es el tipo ideal de la humilde y baja de condición, aunque
sublime por el alma. Como reza el dístico del poeta griego, que sirve de
epígrafe a la novela, Carmen sabe morir y amar; es admirable cuando se
entrega por amor y cuando por amor muere; tiene dos horas divinas: una
en la muerte; otra en el tálamo.
_De atrás le viene al garbanzo el pico_, según el decir vulgar. Desde
muy antiguo es la cordobesa espejo, luz y norte de enamoradas. Sus ojos,
como los de Laura, inspiran platónicos y casi místicos afectos, y hacen
que un moro, como Ibn Zeidun, escriba canciones más finas que las del
Petrarca, merced a la princesa Walada, que era asimismo poetisa.
Los amores de dos mujeres cordobesas han tenido un inmenso influjo
bienhechor en el mundo: han contribuido, casi han sido causa de las más
preciadas glorias para España, y de acontecimientos tan providenciales,
que sin ellos la actual civilización europea no se explicaría. Sin
Zahira, enamorada de Gústios, no hubiera nacido Mudarra, los siete
infantes de Lara no hubieran tenido vengador; la flor de la caballería
castellana hubiera perecido antes de abrir el cáliz; acaso no hubiéramos
poseído al Cid, pues a no inspirarse en la espada de Mudarra y cobrar
aliento con ella, no hubiera muerto al Conde Lozano ni dado principio a
tanta hazaña imperecedera. Si doña Beatriz Enriquez no se enamorara en
Córdoba de Colon, consolándole y alentándole, Colon se hubiera ido de
España; hubiera muerto en un hospital de locos; no hubiera descubierto
los nuevos orbes, cuya existencia había columbrado y vaticinado más de
mil y cuatrocientos años antes un inspirado cordobés, y para cuyo
descubrimiento le dio ánimo y bríos aquella apasionada e inmortal
cordobesa.
Véase, pues, de cuánto son y han sido capaces mis paisanas. Dios las
bendiga a todas.
Imposible parece que, siendo tan buenas, las descuiden y abandonen los
pícaros hombres. Además de las peregrinaciones de que ya hemos hablado,
las dejan para irse al casino, donde se pasan las horas muertas. Razón
le sobraba al gran Donoso al tronar tanto contra el casino, en su
elocuente libro _sobre el Catolicismo_. Es verdad que siempre ha habido
casino, sólo que antes, para los ricos, se llamaba la casilla, y estaba
en la botica, y para los pobres, el casino estaba en la taberna. Pero,
en el día, ni las boticas ni las tabernas han acabado, y todo lugar, por
pequeño que sea, pulula, hierve en casinos. Cada bandería, cada matiz
político tiene el suyo. Hay casino conservador, casino radical, casino
carlista, casino socialista y casino republicano. Las infelices mujeres
se quedan solas. ¡No sé cómo hay mujer que sea liberal! Todas debieran
ser absolutistas, y muchas lo son en el fondo.
La única compensación que trae a la mujer el liberalismo novísimo es que
debilita bastante la autoridad conyugal y paternal, que antes era
terrible y hasta tiránica. A la vara se le llamaba el gobierno de una
casa; pero a la mujer briosa, como lo es la cordobesa, más le duele
cuando la desdeñan que cuando le pegan: más la quebranta un desaire que
una paliza.
De todos modos, la mujer cordobesa, como las demás españolas, conserva
siempre un manantial purísimo de consuelo para sus sinsabores y
disgustos: este manantial es la religión cristiana. No hay cordobesa que
no sea profundamente religiosa.
Entre los hombres ha cundido la impiedad. El soldado licenciado, de
retorno a su casa, ha solido traer algún ejemplar del _Citador_; los
periódicos se leen, y no todos son piadosos; y por último, no falta
estudiante que vuelve de la universidad inficionado de Krause y hasta de
Hegel, y que echa discursos a los rústicos, a ver si los hace panteistas
y egoteistas.
La mujer no entiende, ni quiere entender, tan enrevesados tiquismíquis,
y sigue apegada a sus antiguas creencias. Ellas son el bálsamo para
todas las heridas de su corazón: ellas le llenan de esperanzas
inmarcesibles; ellas abren en su ardiente imaginación horizontes
infinitos, dorados por la luz divina de un sol de amor y de gloria.
Hasta para menos elevadas exigencias y para más vulgares satisfacciones
es la religión un venero inagotable. Casi todo honesto mujeril
pasatiempo se funda en la religión. Si no fuese por ella, ¿habría
romerías tan alegres como la de la Virgen de Araceli y la de la Virgen
de la Sierra de Cabra? ¿Habría Niño Jesús que vestir? ¿Habría procesión
que ver? ¿Habría paso de Abraham, Descendimiento, judíos y romanos,
apóstoles y profetas, _encolchados_, _ensabanados_ y _jumeones_,
hermanos de cruz, y demás figuras que salen por las calles, en la Semana
Santa? Nada de esto habría. No tendría la mujer jubileos ni novenas, ni
oiría sermones, ni adornaría con flores ningún altar, ni engalanaría
ninguna cruz de Mayo, ni se complacería tanto en el mes de María. Las
golondrinas, que ahora son respetadas porque le arrancaron a Cristo con
el pico las espinas de la corona, serían perseguidas y muertas, y no
acudirían todos los años a hacer el nido en el alero del tejado o dentro
de la misma casa, ni saludarían al dueño con sus alegres píos y
chirridos. Todo para la mujer estaría muerto y sin significado, faltando
la religión. La pasionaría perdería su valor simbólico; y hasta el amor
al novio o al marido o al amante, que ella combina siempre con el
presentimiento de deleites inmortales, y que idealiza, hermosea y
ensalza con mil vagos arreboles de misticismo, se convertiría en
cualquiera cosa, bastante menos poética.
Tal es, en general, la mujer de la provincia de Córdoba. Si entrásemos
en pormenores, sería este escrito interminable. En aquella provincia,
como en todas, hay mil grados de cultura y de riqueza, que hacen variar
los tipos. Hay además las diferencias individuales de caracteres y de
prendas del entendimiento.
He omitido un punto muy grave. Voy a tocarle, aunque sea de ligero,
antes de terminar el artículo. Este punto es el filológico: el lenguaje
y el estilo de la cordobesa.
La cordobesa, por lo común (y entiéndase que hablo de la jornalera o de
la criada, y no de la dama elegante e instruida), aspira la _hache_.
Tiene además notable propensión a corroborar las palabras con sílabas
fuertes antepuestas. Cuando no se satisface con llamar tunante a
cualquiera, le llama _retunante_; y no bastándole con Dios, exclama:
_¡Redios!_ En varios pueblos de mi provincia, así como en muchos de los
pueblos de la de Jaén, es frecuentísima cierta interjección inarticulada
que se confunde con un ronquido. La cordobesa, por último, adorna su
discurso con mil figuras e imágenes, le salpimenta de donaires y
chistes, y le anima con el gesto y el manoteo.
El adverbio _a manta_ se emplea a cada instante para ponderar o
encarecer la abundancia de algo. Las voces _mantés_, _manteson_,
_mantesada_ y _mantesonada_, _mantesería_ y _mantesonería_, salpican o
llenan tanto todo coloquio como en Málaga la de _charran_ y sus
derivados. Más singular es aún el uso del gerundio en diminutivo, para
expresar que se hace algo con suavidad y blandura. Así, pues, se dice:
«Don Fulano se está _muriendito_. La niña está _deseandito_ casarse, o
_rabiandito_ por novio.»
En la pronunciación dejan un poco que desear las cordobesas. La _zeda_ y
la _ese_ se confunden y unimisman en sus bocas, así como la _ele_, la
_ere_ y la _pe_. ¿Quién sabe si sería alguna maestra de _miga_ cordobesa
la que dijo a sus discípulas: «Niñas, _sordado_ se escribe con _ele_ y
_precerto_ con _pe_»? Pero si en la pronunciación hay esta anarquía, en
la sintaxis y en la parte léxica, así las cordobesas como los
cordobeses, son abundantes y elegantísimos en ocasiones, y siempre
castizos, fáciles y graciosos. No poca gente de Castilla pudiera ir por
allá a aprender a hablar castellano, ya que no a pronunciarle.
Sin adulación servil aseguro que la cordobesa es, por lo común,
discreta, chistosa y aguda. Su despejo natural suple en ella muy a
menudo la falta de estudios y conocimientos. Sus pláticas son
divertidísimas. Es naturalmente facunda y espontánea en lo que dice y
piensa. Amiga de reír y burlar, embroma a los hombres y les suelta mil
pullas afiladas y punzantes, pero jamás se encarniza.
¿Qué otra cosa he de añadir? Una cordobesa es avara y otra pródiga, pero
todas son generosas y caritativas. Cordobesa hay que lee todavía libros
antiguos, devotos los más, que pertenecieron a su bisabuela, y que están
como vinculados en la casa; v. gr.: _La Perfecta Casada_, del maestro
Leon; _El menosprecio de la corte y alabanza de la aldea_, y el _Monte
Calvario_, de fray Antonio de Guevara, y hasta las _Obras completas_
(cerca de veinte volúmenes en fólio) del venerable Palafox. No lo digo
fantaseando: he conocido lugareña cordobesa que tenía y leía estos y
otros libros por el estilo. Otras leen novelas modernas de las peores.
Otras no leen nada.
Mujeres hay que han estado en Sevilla o en Madrid, que han ido a Málaga
y han visto la mar; y mujeres hay que jamás salieron de su pequeña
villa, y se forman de Madrid idea tan confusa como las que yo me formo
de las ciudades que puede haber en otro planeta. Casi ninguna está
descontenta de su suerte. La buena pasta es muy común. El orgullo,
además, las excita a menospreciar lo que no está a su alcance; y el amor
de la patria, encerrado dentro de los estrechos límites del pueblo en
que nacieron y se criaron, se hace más intenso, enérgico y vidrioso, y
las mueve a amar con delirio aquel pueblo y aquella sociedad,
prefiriéndolos a todo, y a revolverse casi con furor contra cualquiera
que los censura.
Si hubiera yo de seguir contando y pintando circunstanciadamente las
cosas, escribiría un tomo de quinientas o seiscientas páginas. Demos,
pues, punto aquí: y, gracias a que este artículo no peque por largo, y a
que tenga el lector la suficiente indulgencia, vagar y calma, para
leerle todo sin enojo, fatiga ni bostezo.
UN POCO DE CREMATÍSTICA
MEDITACION(a).
I.
Cuando Virgilio, inspirado por los antiguos versos de la Sibila, por la
esperanza general entre todas las gentes de que había de venir un
Salvador, y tal vez por alguna noticia que tuvo de los profetas hebreos,
vaticinó con más o menos vaguedad, en su famosa égloga IV, la redención
del mundo, todavía le pareció que esta redención no había de ser
instantánea, por muy milagrosa que fuese, y así es que dijo: _suberunt
priscae vestigia fraudis_: quedarán no pocos restos de las pasadas
tunanterías y miserias.
(a) Publicada en _La Revista de España_, en el año de 1870.
Si esto pudo decir el Cisne de Mantua, tratándose de un milagro tan
grande, de un caso sobrenatural que lo renovaba todo y que todo lo
purificaba, ¿qué extraño es que después de una revolución, al cabo hecha
por hombres, y no por hombres de otra casta que la nuestra, sino por
hombres de aquí, educados entre nosotros, haya aún no poco que censurar
y no poco de que lamentarse? Pues qué, ¿pudo nadie creer con seriedad
que la revolución iba en un momento a hacer que desapareciesen todos
nuestros males, todos los vicios y los abusos que la produjeron? La
revolución podrá, a la larga, si es que logra afirmarse, corregir muchos
de estos males, vicios y abusos; pero en el día es inevitable que
aparezcan aún. Aparecerían, aunque los que combatieron en Alcolea en pro
de la revolución hubieran sido unos ángeles del cielo, de lo cual ni
ellos presumen, ni nadie les presta el carácter, la condición y la
virtud sobrehumana.
Mediten bien lo que acabo de decir aquellos que vieron con júbilo la
revolución, que la aceptaron y hoy se arrepienten, y aquéllos también
que siempre la tuvieron por un mal y que siguen con más ahínco
teniéndola por un mal en el día de hoy. Medítenlo, y ya conocerán que no
hay mal ahora que no se derive de los pasados, como se deriva de la
premisa la consecuencia; como nace el retoño de la raíz de toda planta
antigua, si no se arrancó de cuajo y si no se extirpó; operación más
difícil de lo que se piensa.
No es esto afirmar que el estado de nuestro país sea delicioso,
envidiable y floreciente. Nada menos que eso. En nuestro país hay mucho
desabrimiento, muchísimo mal humor, y un disgusto enorme. Y no hay que
rastrear demasiado, ni que sumirse en oscuras profundidades para
desentrañar la causa. La causa es que _donde no hay harina, todo es
mohína_. El mal, fundamento de todos los males, es entre nosotros la
escasez de dinero, o para valernos de término más comprensivo, la
penuria o la inopia. En nuestra época nos dolemos más de este mal,
porque la aspiración y el conocimiento del bien contrario están más
difundidos, no porque el mal sea nuevo. _De atrás le viene el pico al
garbanzo_, como dice el refrán. Sería, pues, una insolencia exigir de la
revolución que renovara el milagro de pan y peces, o que convirtiera las
piedras en hogazas. ¿Qué ha de hacer la revolución sino lo que siempre
se ha hecho? Esto me retrae a la memoria el modo de saludar que suelen
tener en algunos lugares de Andalucía, y que no puede ser ni más castizo
ni más propio. Salen dos hidalgos a tomar el sol muy embozados en sus
capas, y se encuentran al revolver de una esquina.--«Hola, compadre,
dice el uno: ¿cómo vamos?»--Y el otro contesta: «Trampeando: ¿y V.,
compadre?»--«Trampeando, trampeando también,» replica el que hizo la
pregunta. Así nada tienen que echarse en cara, y se van juntos de paseo,
en buen amor y compaña.
Contra un achaque tan inveterado no sé qué remedio pueda haber. El arte
de producir oro, la Crisopeya, se ha perdido por completo, y ya no
tenemos más arte o ciencia en que cifrar nuestras esperanzas, a ver si
nos saca del atolladero, que la Economía Política. Dios ponga tiento en
las manos de los que la saben y la aplican a la gestión de los negocios
del Estado. Y no lo digo porque dude yo de la ciencia. ¿Cómo dudar,
cuando la ciencia es, ha sido y será siempre mi amor, aunque
desgraciado? Dígolo a tanto de que pudiera ocurrir con algunos
economistas lo que con ciertos filólogos que estudian un idioma, pongo
por caso, el chino o el árabe, tan por principios, con tal recondidez
gramatical y tan profundamente, que luego nadie los entiende, ni ellos
se entienden entre sí, ni logran entender a los verdaderos chinos y
árabes de nacimiento, contra los cuales declaman, asegurando que son
ignorantes del dialecto literario o del habla mandarina, y que no saben
su propio idioma, sino de un modo vernáculo, rutinario y del todo
ininteligible para los eruditos: pero lo cierto es que por más que se
lamenten, quizás con razón, no sirven para dragomanes.
Tal vez se explique esto de la manera que, yendo yo de viaje por un país
selvático, acerté a explicar en qué consistía que cierto compañero mío,
gran ingeniero, que se empeñó en guiarnos con su ciencia; no atinó
nunca, y por poco no nos hunde y sepulta en charcos cenagosos o nos
pierde en bosques sombríos, donde nos hubieran devorado los lobos. Yo
estaba siempre con el alma en un hilo, pero ni un instante dudé de la
ciencia. Lo que yo alegaba era que aquella tierra era tan ruda aún, que
no comprendía la ciencia y se revelaba contra ella. Volvimos entonces a
confiar la dirección de nuestro viaje al guía práctico y lego que antes
nos había servido, y así llegamos al término que nos proponíamos.
Pudiera suceder, por último, que constando la Economía Política, si no
me equivoco, de varias partes, como son: la creación de la riqueza, su
circulación, su repartición y su consumo, hayamos por acá estudiado a
fondo las partes últimas, y hayamos descuidado bastante el estudio de la
primera, considerándola acaso como imposible de aprender, y exclamando
humilde y cristianamente con el poeta:
Es el criar un oficio
Que sólo le sabe Dios
Con su poder infinito.
Vivo yo tan seguro de esta verdad, que nunca he querido engolfarme en el
_mare-magnum_ de la Economía Política, teniendo por tan complicada toda
esta maquinaria de las sociedades, que ni remotamente he caído en la
tentación de querer averiguar cuáles son los resortes que la mueven y
cuáles las bases sobre que se sustenta. Siempre he tenido miedo de que
venga a acontecer al economista lo que al niño que, movido de
curiosidad, rompe el juguete para ver lo que tiene dentro. Mi propósito,
al escribir esta obrilla, no es, por lo tanto, discurrir económicamente
sobre el dinero: dar lecciones sobre el modo más fácil de adquirirle.
¿Quién sabe, dado que yo averiguase este modo, si, a pesar de mi
acendrada filantropía, no me le había de callar, al menos por unos
cuantos años, aprovechándome de él para mi uso privado y el de algún que
otro amigo muy predilecto? Mi propósito es sólo hablar del influjo que
ejerce el dinero en las almas: esto es, que yo no trato aquí de Economía
Política, sino de Filosofía Moral, exponiendo algunos pensamientos
filosóficos acerca del dinero, ora nacidos de mi propia meditación, ora
de la mente profunda de los sabios antiguos y modernos que he
consultado.
No quiero, con todo, que se me tenga por tan ignorante de la ciencia
económica, que al hablar y filosofar sobre el dinero, no sepa lo que es
y confunda unas especies con otras. Hace un siglo que a nadie se le
hubiera ofrecido este pícaro escrúpulo que a mí se me ofrece ahora.
Entonces la generalidad de los mortales creía saber a fondo lo que era
dinero, y nadie veía ni la posibilidad de que sobre este punto naciesen
dudas, equívocos, ni disputas. Hoy, con la Economía Política, ya es otra
cosa. Tomos inmensos se han escrito para explicar lo que es el dinero y
lo que no es. Sin duda que todas aquellas verdades, por palmarias,
sencillas y evidentes que sean, que el interés de hombres poderosos o
astutos ha tenido algunas veces empeño en encubrir o tergiversar, se han
encubierto o se han tergiversado porque siempre ha habido infinito
número de páparos en el mundo. De estas verdades, las que se refieren al
dinero, al capital o a la riqueza, son las que han ofrecido más estímulo
a estas tergiversaciones y engaños; pero aunque no pueda negarse que los
economistas, que ponen, por decirlo así, definitivamente en claro estas
verdades, hacen un gran servicio al público, no puede negarse tampoco
que la mayor parte de estas verdades son de las que se llaman de
Pero-Grullo. Para quien ignora la burla que han hecho algunos hombres de
la credulidad de sus semejantes no es concebible, por ejemplo, que un
sabio economista emplee gravemente medio tomo de lectura en demostrar
que el dinero no es un mero signo representativo de la riqueza, sino que
tiene y debe tener un valor en sí; que una peseta, no sólo representa el
valor de cualquiera cosa que valga una peseta, sino que vale y debe
valer lo mismo que cualquiera cosa que valga una peseta, y que cuatro
cosas que valgan a real cada una, y que treinta y cuatro cosas que
valgan a cuarto. Todavía han empleado más fárrago los economistas en
demostrar otra verdad, de la cual es más inverosímil que nadie haya
dudado nunca, y en cuya demostración parece absurdo, a los que no están
iniciados en los misterios de la Economía Política, que nadie se afane
con formalidad. Es esta verdad que el dinero no es toda la riqueza, sino
una parte de la riqueza. ¿A quién ha podido nunca caber en el cerebro
que no es rico cuando no tiene dinero, y tiene trigo, olivares, viñas,
casas, hermosos muebles, alhajas, telas, etc.? Si todos estos objetos
los reduce mentalmente a dinero, los aprecia y los tasa, encontrará que
tiene una riqueza, por ejemplo, de dos millones de reales. Pero al hacer
la tasación, no hace más que determinar con exactitud el valor de lo que
posee, adoptando una medida común, que es el dinero. Si en vez de los
reales, de los escudos o de las pesetas, fuesen los bueyes la medida,
diríamos que tal propietario tenía una tierra que valía quinientos
bueyes, y tal empleado un sueldo de veinte bueyes al año. La ventaja del
oro o de la plata acuñados para moneda se deduce evidentemente de lo
expuesto. ¡Bendito y alabado sea Dios que nos ha hecho nacer en una
época en que todo se averigua y se explica tan lindamente! Un buey es
poco portátil, no cabe en el bolsillo, no pasa en todos los mercados,
gasta en comer y se puede morir, y el dinero ni come ni se muere. Además
un buey puede ser más gordo o más flaco, más chico o más grande, más
viejo o más joven; mientras que un escudo es siempre un escudo, goza de
eterna juventud, y tiene o debe tener el mismo peso y la misma ley.
Tal es la gran ventaja de que goza esta ciencia. Es tan clara, tan
pedestre y tan sencilla, que los niños de la doctrina pudieran
entenderla si quisiesen. Y sin embargo (¡cosa, por cierto admirable!),
apenas dan un paso desde terreno tan firme y seguro, y desde lugar tan
claro suelen caer los economistas en un mar sin fondo o en el seno
oscuro de la noche cimeriana. La Economía Política pasa a escape, salta
de la perogrullada al sofisma con una agilidad portentosa.
En esta misma cuestión de si los metales preciosos, el oro y la plata,
son mejores que los bueyes para moneda, ocurren dificultades y
contradicciones imprevista. Sirva de muestra lo siguiente: Si la deuda
que el Estado español ha contraído y sigue contrayendo se estimase en
bueyes, no se podría rebajar en un 5 por 100, en una vigésima parte, a
no ser que las siete vacas flacas del sueño de Faraón procreasen
infinitamente y llenasen el mundo todo de bueyes cacoquimios y
encanijados; pero estimada la deuda en pesetas, se ha hecho la rebaja
con la mayor suavidad, de una sola plumada, y casi sin que nadie se
percate de ello. Los bueyes, chico con grande, a no ser hijos de las
vacas flacas, siempre serían bueyes; pero las pesetas nuevas no son como
las antiguas, y el día en que la acuñación de la nueva moneda esté
terminada, podremos asegurar que en vez de deber, por ejemplo, 20.000
millones de reales, deberemos 19.000, a no ser que la alteración de la
moneda no rece con los acreedores del Estado, y les sigamos pagando los
intereses con arreglo a la ley antigua.
Pero dejando a un lado esta cuestión, conste que, si bien aquí usamos de
la palabra _dinero_ en la acepción de _capital_ o de _riqueza_, hacemos
perfectamente la distinción de estas cosas, como la han hecho todos los
hombres de todos los siglos, sin necesidad de que los economistas los
adoctrinen. La razón que nos lleva a llamar dinero a toda riqueza, es
que el dinero es una riqueza sin la que no se puede pasar. El dinero es
además un valor que circula más fácilmente que todos los demás valores,
y que los representa y los mide. El dinero no es toda la riqueza, sino
la parte móvil, líquida y más circulante de la riqueza. La sangre no es
toda la vida en el cuerpo, y sin embargo no viviríamos si la sangre no
circulara o si toda la sangre se nos escapase; aunque no es
completamente exacta la comparación, porque no hay comparación
completamente exacta. Nada hay en el cuerpo que pueda reemplazar a la
sangre; pero en la sociedad hay algo que puede reemplazar al dinero, y
este algo es el crédito, el cual no crea un átomo más de riqueza, pero
pone en circulación y presta movilidad y casi ubicuidad e mucha parte de
la riqueza que está parada e inerte. En suma, el dinero, aunque
reemplazable por el crédito, es una parte de la riqueza, y así por esto
como por ser la parte más viva, más enérgica y más circulante, es un
dolor que se pierda. La sociedad que no tiene dinero, o el individuo que
no tiene dinero, ya están aviados. Después de largos estudios han
deducido, pues, los economistas que el _dinero es indispensable al
hombre desde el momento que el hombre vive en sociedad_; aguda
sentencia, cuya verdad resplandece más que la luz del mediodía.
II.
Sentadas ya estas bases, voy a discurrir y a filosofar un poco sobre las
relaciones del dinero (y en general de toda riqueza) con las costumbres
y con las más altas facultades del espíritu humano. Empezaré por
combatir algunos errores.
El primero y más capital consiste en creer que, en nuestros días, es el
dinero más estimado que en otras épocas. Nada más falso. En el día de
hoy, los hombres son como siempre; pero si alguna mudanza ha habido, ha
sido favorable. Casi se puede afirmar que los hombres se han hecho más
generosos.
Fácil me sería acumular aquí una multitud de ejemplos históricos, desde
las más remotas edades hasta ahora, a fin de probar que el interés ha
dominado al mundo desde entonces, y su imperio, lejos de aumentar,
decae. No quiero, sin embargo, hacer un trabajo erudito, sino una
meditación filosófica.
Los poetas satíricos, los novelistas, los autores de comedias de todos
los pasados siglos, han dado muestras de que en la época en que vivían
se estimaba más el dinero que en la presente. Aun los mismos refranes,
antiquísimos vestigios de lo que se llama sabiduría popular, vienen en
apoyo de lo que digo.--_Por dinero baila el perro._--_Cobra y no pagues,
que somos mortales._--_Dádivas ablandan peñas._--_Ten dinero, tuyo o
ajeno._--_Quien tiene dineros, pinta panderos._--Y así pudiera yo seguir
citando hasta llenar un pliego de impresión. Pero aún citaré otro refrán
que, por ser España un país tan católico, debe considerarse como la
hipérbole más subida de que todo se logra con dinero; de que todo se
compra y se vende, hasta lo más venerable y santo. El refrán dice: _Por
mi dinero, Papa le quiero_.
En los países de una cultura atrasada, se advierte un fenómeno, que,
conforme nos vamos civilizando y puliendo un poco más, mengua, ya que no
desaparece del todo. Es este fenómeno la deshonra, el descrédito, la
vehemente sospecha, y aun el horror que rodea al que es pobre, el cual
es aborrecido, cuando no es despreciado. El refrán antiguo español
declara que _El dinero hace al hombre entero_: esto es, que el dinero es
garantía de rectitud, de probidad y de entereza en quien le tiene. Más
lejos va aún otro refrán que dice: _La pobreza no es deshonra, pero es
ramo de picardía_. Nuestro inmortal Cervantes, haciéndose eco de este
sentimiento general, afirma, no una sola vez, que es dificilísimo _que
un pobre pueda ser honrado_. El reverendo Fray José de Valdivielso, en
su _Poema de San José_, no acierta a concebir que el Santo, padre
putativo de Nuestro Divino Redentor, y descendiente de reyes, pudiese
ser pobre y vivir de un oficio mecánico: así es que asegura que San José
era carpintero por distracción, y no para ganarse la vida:
Pues debió de tener juros reales,
Cual descendiente de señores tales.
Bien se puede apostar que a nadie se le ocurriría, en nuestro siglo,
disculpar a San José de haber sido carpintero, y suponer que tenía
Treses o Billetes hipotecarios.
Ni por la nobleza de sangre se disculpaba la pobreza; antes el tener
dinero ha sido en todos los siglos origen de hidalguía. _Dineros son
calidad_, _Más vale el din que el don_, son refranes que corroboran mi
aserto.
La profunda veneración que inspiran el dinero y quien le posee ha sido
siempre idéntica. Lo que ha disminuido algo es el horror o el desprecio
al pobre, y ciertas asechanzas de que el rico debía de verse, en lo
antiguo, perpetuamente circundado. El hombre prudente y discreto tenía,
no hace muchos años, en todas partes, y en el día tiene aún, en no
pocas, que hacer, si puede, un gran misterio del estado de su hacienda,
sobre todo si es o era muy rico o muy pobre: si es muy pobre, para que
no le desprecien; y si es muy rico, para que no le roben o le maten. De
aquí, de esta espantosa disyuntiva entre ser despreciado o amenazado de
muerte, nació aquella sentencia de los moralistas, que hoy en los países
cultos nos parece tan necia y tan absurda, de que lo que había que
desear era una medianía de fortuna, a fin de vivir feliz y tranquilo, ni
envidioso ni envidiado. Porque, a la verdad, si el dinero es un bien,
mientras mayor sea el bien, debe ser más apetecible, y no se concibe la
_áurea mediocritas_, celebrada por Horacio y por todos los poetas de
otros tiempos, sino recordando que el hombre acaudalado estaba de
continuo expuesto a que le matasen o maltratasen para robarle, ya el
emperador o el príncipe bajo cuyo imperio vivía, ya la plebe codiciosa.
Y cuando a la riqueza no iba unido un alto grado de poder, era más
constante el peligro, y casi imposible de conjurar. No creo yo que el
odio profundo que tuvimos en la Edad Media a los judíos proviniese sólo
de que eran el pueblo deicida, sino de que eran ricos. Las frecuentes
matanzas de judíos que hubo en España acaso no hubieran llegado a
realizarse, si los judíos hubieran tenido la prudencia de quedarse
pobres. Algo parecido puede afirmarse de los frailes en estos últimos
tiempos, luego que perdieron el poder y conservaron la riqueza, si bien
el escándalo ha sido menor, porque la dulzura de las costumbres, la
mayor abundancia de dinero y de bienestar, y el más concertado y
político modo de vivir de los hombres, han disminuido el aborrecimiento
de los que no tienen a los que tienen.
Prueba de esta confianza de los que tienen es que ya, en los países
cultos, nadie o casi nadie atesora. Pocos años ha, todos los que podían
atesoraban. La literatura popular está llena de historias y leyendas de
tesoros ocultos, guardados por un dragón, por un gigante o por un
monstruo terrible, que nada menos se necesitaba para que no los robasen.
Estos tesoros estaban, o se suponía que estaban, tan hábilmente
escondidos, que era menester un don sobrenatural para descubrirlos. De
aquí se originó la idea de los zahoríes, que descubrían los tesoros. La
ciencia de los zahoríes, perdiendo hoy su carácter poético y
sobrehumano, ha llegado a trasformarse en la Estadística, disciplina
auxiliar de la Economía Política, con respecto a la cual, viene a ser lo
que es la Anatomía con respecto a la Fisiología. La Estadística es un
verdadero primor de ciencia, y a fin de que de ella formen pronto los
profanos el concepto que merece, podemos definirla la ciencia que nos
cuenta los bocados. Por esta ciencia se averigua cuánta harina, cuánta
carne, cuántas judías y cuántos garbanzos se devoran al año; lo que se
gasta en ropa y en calzado; lo que se produce y lo que se consume. Todo
esto sería más fácil de averiguar si la gente, temerosa de que le
imponga el Gobierno más contribución, no disimulara un poco lo que
gasta, aparentando darse aún peor trato del que suele.
Sin embargo, el afán de ocultar la riqueza y de disimular que se tiene
algún dinero ha desaparecido casi del todo en nuestra edad. En las
pasadas era tanto el peligro que corría el dinero saliendo a relucir,
que legítimamente tenía que ser usurero quien le prestaba. El crédito,
que pone en movimiento las fuerzas productivas, apenas era conocido
entonces.
Hoy, por el contrario, el desenfado, la movilidad, la animación del
dinero, que se presenta sin temor en todas partes, menos en España, y
que se agita y circula, es lo que hace creer a los hombres poco
pensadores que vivimos en un siglo metalizado; que ahora no se piensa ni
se habla sino de dinero. ¡Qué error tan craso! Pues ¿por ventura es más
reverenciada, más adorada la imagen que sale por las calles y plazas,
aun cuando sea en muy devota procesión, y doblando todos a su paso la
rodilla, que la divinidad misma, oculta siempre en el fondo del
santuario, por temor de que la profane el vulgo con sus miradas, y hasta
cuyo nombre es incomunicable y desconocido a cuantos no están iniciados
en sus misterios?
Hay asimismo otras muchas razones para que en el día se estime menos el
dinero. Es la primera, que hay más. Es la segunda, que con el crédito
llega más fácilmente a todas partes. Es la tercera, que produce menos
intereses. (Ninguna de estas tres razones militan hoy en España. Los
economistas explicarán por qué.) Es la cuarta, y quizás la más poderosa,
que nuestro siglo, como más civilizado que los anteriores, es también
más espiritualista.
Y aquí no puedo menos de detenerme a condenar la ridícula manía de los
que dan en acusar de materialista a nuestro siglo. ¿Qué siglo hubo nunca
más espiritualista que el nuestro? La música es el arte más espiritual
de todos y florece ahora con florecimiento extraordinario. Apenas hay
tonto, el cual, si hubiera vivido dos o tres siglos ha, no hubiera
gozado más que en comer, que no goce ahora, o por lo menos que no diga
que goza, oyendo la música más sabia y alambicada. Juan Ruiz, Arcipreste
de Hita, afirma que sólo hay dos cosas esenciales que mueven al hombre:
a saber: _mantenencia_, y otra que no me atreveré a mentar, aunque el
Arcipreste la mienta, escudado con Aristóteles:
Si lo dixiese de mió, sería de culpar;
Dícelo grand filósofo; no soy yo de reptar.
¡Tan materialista era el concepto que en el siglo XIV tenía un sacerdote
católico, en la católica España, de los móviles esenciales de las
acciones humanas! Fuera de estos móviles no acertaba a descubrir otro
móvil. ¡Cuánto han variado las cosas en el día! La música mueve también
al hombre y no hay quien no guste de ir al teatro Real.
Pero el espiritualismo de nuestro siglo es sintético, y ésta es la causa
de que algunos, que no le comprenden, acusen de materialista a nuestro
siglo. En los pasados, o no se hacía caso de la materia y se la dejaba a
sus anchas como cosa perdida y dada al diablo, cayendo los que tal
hacían en el molinosismo, o se la maltrataba y castigaba como a súbdito
rebelde por donde venían las gentes a dar en el ascetismo más cruel. En
nuestra época, tratan las gentes de rehabilitar la materia, en el buen
sentido de la palabra, y la purifican cuanto pueden. La materia al fin
es obra de Dios, y, aunque algo pervertida por el pecado, no es cosa tan
abominable como se asegura. Al fin ella ha de resucitar y ha de ir al
cielo, si bien trasfigurada y gloriosa. Por eso no me parece mal que
vayamos puliéndola, perfeccionándola, hermoseándola y sutilizándola en
este mundo. Para pulirla suelen los hombres, en ciertos países
adelantados, lavarse ya todos los días, costumbre rara, cuando no
desconocida de la cristiandad, ciento o doscientos años hace, y contra
la cual aún fulminan sus anatemas el piadoso señor Veuillot y otros
santos padres. Por eso no se comprendía bien la significación del
principio de aquella oda de Píndaro: _Alto don es el agua_. Antes al
contrario, el agua era mirada con horror y con miedo, como causa de los
mayores males, sobre todo para las personas de cierta edad. De aquí el
refrán hidrofóbico tan acreditado: _De cuarenta para arriba, ni te
cases, ni te embarques, ni te mojes la barriga_. Un hombre de setenta
años, cuándo o dónde no había, o no ha caído en desuso este refrán,
debe, o debía de tener su piel cubierta de más estratificaciones que
nuestro globo. Si en este descuido de la materia, que hubo en los siglos
pasados, es en lo que consiste el espiritualismo, se debe preferir ser
materialista. Pero se me antoja que el verdadero espiritualismo consiste
en limpiarse, mondarse y purificarse, así el alma como el cuerpo. Un
hombre limpio no es capaz de sentir tan bestiales apetitos como un
hombre sucio. En muchos tratados de moral, escritos por frailes, que de
seguro se lavaban poco, he leído precauciones tan inauditas para evitar
la tentación, que me pasman y me hacen imaginar que los hombres y las
mujeres de entonces serían como la yesca, la pólvora y el fuego. Uno de
estos autores aconseja que, cuando haya que entregar algo a una mujer,
se ponga lo que ha de entregarse en alguna mesa o en algún otro sitio, y
no se dé con la mano, a fin de evitar el más ligero frote o casual
tocamiento, y añade que las personas de diferente sexo, cuando estén más
próximas, deben estar por lo menos a una distancia de cuatro varas. La
efervescencia, que supone este exceso de precaución, provenía sin duda
de la poca agua, la cual refresca, molifica y hasta espiritualiza.
Ello es lo cierto que la concupiscencia no es tan feroz en el día como
en tiempos pasados. ¿Cuánto no sorprenden aquellos penitentes
solitarios, que después de crueles y largos ayunos aun no podían domar y
poner freno a ciertas malas pasiones, que representaban en su lenguaje
místico llamándolas _el asnillo_? ¿Cuánto no espanta, por ejemplo, aquel
San Hilarión, que no comía más que una docena de higos secos al día, y
tuvo que acortarse la ración en más de la mitad, porque se sentía muy
bravo y emberrenchinado? En este sentido somos también más
espiritualistas ahora. Mientras entonces el estudio de la Teología
sobreexcitaba los sentimientos y encendía en amor el alma afectiva, amor
que con facilidad podía torcerse a mala parte; hoy, estudiando los
jóvenes briosos, desde sus tiernos años, negocios tan serios como la
Filosofía de Krause o la Economía Política, se hacen por fuerza más
morigerados y menos traviesos; adquieren una gravedad que les cae muy
bien; y todo el fuego y lozanía de la imaginación se les va, no en
coplas y requiebros a las muchachas, sino en ditirambos dulcísonos en
prosa rimada, ora al libre-cambio, ora al desestanco de la sal, ora a
otro objeto del mismo orden, que allá en lo antiguo ni se sospechaba
siquiera que pudiese ser blanco de tantos disparos poéticos y de raptos
líricos tan maravillosos.
Estos síntomas de _espiritualización_ se notan hoy por donde quiera. Ya
con la homeopatía, hasta los achaques de la materia se curan casi
espiritualmente. No se toman remedios, sino se toman, por decirlo así,
las virtualidades, el espíritu, la sombra vaporosa de los remedios.
¿Quién sabe si dentro de poco se inventarán también alimentos
homeopáticos, de que ya son precursores el extracto de carne de Liebig y
la Revalenta, y nos nutriremos con la virtualidad o la esencia eléctrica
e imponderable de los pavos y de los jamones, en vez de nutrirnos del
modo vulgar y grosero que ahora se usa?
Los recientes descubrimientos de los fisiólogos prueban la grosería con
que la naturaleza procede hasta hoy en esto de la nutrición. Asegúrase,
como verdad evidente, que en menos de un mes mudamos por completo todos
los átomos o moléculas de nuestro organismo y tomamos otros. El alma, el
principio oculto de la vida, la virtud plasmante, la energía informante,
_la forma óntica_, como la llama un sabio amigo mío, es sólo lo que
permanece. Lo demás cambia sin cesar. La vida es, pues, no por estilo
poético y figurado, sino con toda realidad, un rió, un torbellino, un
torrente impetuoso. Un caballero, de regular corpulencia, que llegue a
vivir setenta años y que pese seis o siete arrobas, puede asegurar que
ha tenido, asimilado y poseído como parte de su organismo, desde su
nacimiento hasta la hora de su muerte, unas 5.000 o 6.000 arrobas de
sustancias, las cuales, si no están dotadas de gran densidad, tal vez
formen un volumen de uno, dos o tres kilómetros cúbicos. Pregunto yo,
¿para qué es este jaleo, esta mudanza, esta incesante trasmigración de
materia, cuando la forma persiste; cuando, si tenemos una berruga,
conservamos siempre la berruga? ¿No sería mejor, y no es posible que se
descubra, el que no perdamos sustancias con tanta frecuencia, y el que
no tengamos tampoco que reponerlas de continuo? Esta si que sería
Economía, si llegara a descubrirse. ¿Qué es la vida más que un
desenvolvimiento de calórico, un fuego, una llama? Y qué, ¿no podremos
jamás sacar de su estado latente ese fluido imponderable y sutil, sin la
combustión de muchas sustancias? ¿No llegaremos nunca a producir el
fuego que mueva nuestras máquinas, sin tener que consumir toda la Flora
exuberante y gigantea de las edades primitivas, y a conservar el calor
vital sin destruir tantas formas, y sin devorar tantos seres? Yo veo
señales claras de que se acercan los tiempos de estas invenciones. La
frenología y el magnetismo han venido a demostrar las armonías íntimas y
misteriosas que enlazan el espíritu y la carne. La electro-biología es
una ciencia que empieza ahora, y que tiene aún que dar mucho de sí. Tal
vez no esté muy lejos el dichosísimo y gloriosísimo día en que,
alimentados de un modo menos grosero, se volatilicen nuestros cuerpos, y
se sostengan en el aire, y lleguen a ser ubicuos y compenetrables, y
hasta diáfanos y luminosos.
Por todas estas consideraciones y por otras que callo, a fin de no hacer
muy prolija la digresión, tengo por cierto que nuestra edad, si peca por
algo, es por _pneumatosis_ o sobra de espiritualismo.
Y sin embargo, se me dirá, en este siglo tan espiritualista, se ama el
dinero poco menos que sobre todo. Convengo en que hay este amor, pero no
en que no le haya habido siempre, y quizás más vivo. No voy a
disculparle ahora, pero sí a explicarle.
Al compás que una sociedad vaya siendo más perfecta y bien organizada,
el dinero irá adquiriendo una virtud más significativa (aproximándose a
la infalibilidad) de que es inteligente, laborioso y precavido quien le
posee. El dinero representará entonces el talento, el trabajo y otras
muchas virtudes. El no tener dinero significará, casi equivaldrá a ser
holgazán, ignorante y para poco. No hemos llegado aún, por desgracia, a
este grado de perfección social, y hay aún muchas personas que adquieren
mal el dinero. Mas como el confesar que el mayor número le adquiere mal,
aun dado que esto fuera cierto, sería ocasionado a gravísimos peligros,
y daría pretexto a los pobres para odiar a los ricos, todas las personas
razonables y amigas del orden y del sosiego públicos, debemos creer y
creemos que no hay dinero mal adquirido, mientras un tribunal no pruebe
lo contrario. Por donde legítimamente, y echando a un lado la mala
pasión de la envidia, el ser rico significa, y tiene que significar, que
vale más quien lo es que el que es pobre. En resolución, el dinero es y
tiene que ser la medida exacta del valer de una persona.
Cierto que hay algunas rarísimas virtudes y prendas superiores al
dinero, que no traen dinero, y que, en el momento en que se tuviesen o
ejerciesen con el fin de adquirir dinero, dejarían de ser tales
virtudes; pero tales virtudes tienen su precio en ellas mismas. La
virtud por excelencia es tan preciosa, que nada hay en la tierra que
pueda pagarla. Por esto me ha parecido siempre ridículo todo premio
ofrecido a la virtud. Quien se pusiera a ser virtuoso para ganar el
premio, no sería virtuoso. Ni siquiera suelen ganarse con la virtud la
fama y el respeto de los hombres, porque es difícil de averiguar si el
virtuoso lo es por firmeza y rectitud de alma o por apocamiento, necedad
o cobardía; y los hombres, como no sea la virtud muy manifiesta,
procuramos siempre atribuirla a dichas calidades negativas. Así es que,
en casi todos los idiomas antiguos y modernos, la palabra _bondad_,
apartada de su sentido recto, significa simpleza, como _dabbenaggine_ en
italiano, _euetheia_ en griego, _bonhomie_ en francés, etc., etc. Pero
como la virtud es y debe ser también superior a la vanagloria, el
virtuoso, no sólo debe serlo aún a trueque de ser pobre, sino a trueque
de pasar por un solemne majadero.
Ciertas declamaciones y diatribas contra los vicios, la corrupción y el
lujo, me han parecido siempre más propias de la envidia o de la sandez
que de un espíritu recto y juicioso. Cuando se dice, por ejemplo, el
hombre de bien está arrinconado y desatendido y vive pobremente, y tal
bribón habita en un palacio y da fiestas espléndidas; la mujer honrada
anda a pie por esas calles, llenándose de lodo, y tal manceba va con
sedas, encajes y joyas, en un soberbio coche; cuando esto se dice,
repito, yo no puedo menos de reírme en vez de conmoverme. Pues qué, ¿se
quiere que la probidad se pague con palacios, y la castidad con
diamantes y trenes? Entonces los mayores galopines se harían probos para
vivir a lo príncipe, y las _suripantas_ echarían la zancadilla a
Lucrecia y a Susana, a fin de conseguir por ese medio lo que por el
opuesto logran ahora. La verdad es que el mundo anda menos mal de lo que
se cree.
Mucho tiene que sufrir la virtud; pero si no tuviera que sufrir ¿sería
virtud? ¿Qué mérito tendría? Y sin duda que la piedra de toque, en que
se aquilata y contrasta el sufrimiento, es esta duda en que deja el
virtuoso a los demás hombres acerca de si su virtud es tontería,
impotencia o amilanamiento y poquedad de espíritu. Hombres hay que no
resisten a esta prueba. Han tenido valor para quedarse pobres, pero no
le tienen para pasar por tontos. Mujeres honradas ha habido que tienen
valor para vivir con poco dinero, mas no para que crean que ha faltado
quien se le quiera dar. ¡Dios nos libre de esta gran tentación de evitar
la nota de mentecatos y para poco! ¡Dios libre a las mujeres honradas de
esta gran tentación de evitar la nota de faltas de donaire y atractivo!
Fuera de estas excelencias y sublimidades de nuestro ser, apenas hay
otra calidad en el hombre que no tenga por medida el dinero. La ciencia
especulativa y la poesía más elevada se sustraen sólo a dicha medida. Ni
la ciencia especulativa, ni la poesía más elevada, están por lo común al
alcance del vulgo. Al sabio y al poeta rara vez la fama puede
consolarlos de ser pobres, si lo son. Los pensamientos sublimes, y la
delicadeza y el primor del estilo, son prendas que pocos saben estimar.
La gloria es casi siempre tardía para este linaje de hombres. Pocos
semejantes suyos aciertan a comprender lo que valen. Así es que su fama
va cundiendo y acrecentándose por autoridad, disputada y contradicha a
menudo, y tan lenta y pausadamente, que el sabio y el poeta suelen
morirse sin gozar de aquel respeto y aun adoración que más tarde se
tributa a su memoria.
El mismo sabio, y más aún el poeta, por excelente crítico que sea, no se
pueden consolar con la conciencia y seguridad de su valer, por los demás
hombres desconocido o negado. No saben a punto fijo si el juicio que
forman sobre ellos mismos está torcido por el amor propio.
Una obra de ingenio es harto difícil de juzgar, y la buena reputación
que adquiere se debe a pocos sujetos entendidos que logran imponer su
opinión, a veces al cabo de muchos años, cuando no de siglos. Los demás
hombres se someten a esta opinión por pereza, o porque habiendo ya
muerto el autor de la obra, les importa poco que sea celebrado y
ensalzado. La idea de que la fama de aquel autor redunda en honor de la
patria o de la humanidad toda, contribuye a que, contenidos por cierto
egoísmo, sean pocos los hombres que tiren a destruirla. Por lo demás, la
gloria de los grandes escritores suele ser póstuma y sumamente vana. De
cada mil personas que citan, por ejemplo, a Homero como al primer poeta
épico, diez a lo más, en los países cultos, le han leído, y de estas
diez, nueve se han aburrido o dormido leyéndole: una sola ha gustado
acaso de aquellas bellezas y excelencias.
La poesía, pues, en su más elevada acepción, así como la virtud en su
acepción más elevada, tiene sólo la recompensa en ella misma, en la
creación de lo ideal, en la fijación y depuración de la belleza, que
aparece escasa, mezclada con elementos extraños y fugitiva en el mundo,
y a quien el poeta aparta y sustrae de lo feo, y da una vida inmortal, a
fin de que gocen de ella las pocas almas que por su propia hermosura son
capaces de comprenderla.
Entiéndase, con todo, que, salvo las mencionadas archi-sublimes
excepciones, nada es más falso en cierto sentido que aquello de que
_honra y provecho no caben en un saco_. Al contrario, cuando el público
no honra es cuando no enriquece, y siempre enriquece cuando honra. El
más o el menos de enriquecer depende de circunstancias que nada tienen
que ver con la honra. En los países ricos y prósperos, el buen poeta
que, por la condición de su ingenio, se hace popular y famoso, se hace
también rico. Y, aparte el respeto que se le debe, Adam Smith se
equivocó al suponer que los comediantes, cantores y bailarines, ganaban
mucho dinero en compensación del decoro que perdían en su oficio, el
cual, si fuese más honrado, sería ejercido por más personas hábiles, y
esta concurrencia haría bajar el precio. Los susodichos artistas están
mucho mejor mirados en el día que en tiempo de Adam Smith, y no por eso
abundan los buenos, ni se venden baratos sus servicios. Se venden caros,
porque hay pocos que sean aptos para hacerlos; y porque la manera de
pagarlos se presta a que subsista la carestía, compartiéndose la carga
entre muchísimas personas.
Resulta de lo expuesto, y aún resultaría más claro si me extendiese
cuanto pide la magnitud del asunto, que por la misma naturaleza de las
cosas, y sin que deba nadie quejarse de ello, ni hacer un capítulo de
culpas a nuestro siglo, ni a los pasados, ni a los hombres de ahora, ni
a los de entonces, lo más universalmente respetado, amado y reverenciado
es el dinero, y por lo tanto, aquel que le posee. Aun las mismas almas
celestiales y puras, enamoradas del amor, de la gloria y de todo lo
bueno y santo, andan también enamoradas del dinero, como medio excelente
de que tengan buen éxito aquellos otros enamoramientos etéreos.
La generalidad de los hombres ama más el dinero que la vida. Cualquiera
persona, por poco simpática que sea, cuenta de seguro con unos cuantos
amigos que aventurarían por ella la vida, que le harían el sacrificio de
su existencia. ¡Cuántos salen al campo en duelo a muerte por defender a
un amigo! Casi nadie, sin embargo, sacrificaría por un amigo su caudal,
ni la vigésima, ni la centésima parte de su caudal. Se está un hombre
ahogando, se está otro quemando vivo en una casa incendiada, y, dicho
sea en honra de la humanidad, rara vez falta quien por salvarle se
aventure, se arroje a las ondas embravecidas o a las llamas. Sin
embargo, el héroe salvador quizás ha rehusado algunos días antes dar una
limosna de dos reales a la persona salvada ahora tan generosamente.
Viceversa, los agraciados estiman siempre más el sacrificio que se hace
por ellos de una pequeña suma de dinero, que el de la vida misma. Y esto
por mil razones muy justas. La vida se sacrifica o se expone por
cualquiera cosa; el dinero no. No hay pelafustán que no tenga una vida
que exponer como cualquiera otra vida; pero no todos tienen dinero que
exponer o sacrificar. El funámbulo, el domador de fieras, el albañil
subido en un andamio, el minero que penetra en una mina insegura, en
fin, casi todos los hombres exponen su vida por cualquier cosa, por un
miserable jornal, por una mezquina cantidad de dinero. ¿Qué hizo más
Edgardo por Lucía de Lammermoor, qué hizo más D. Suero de Quiñones por
la señora de sus pensamientos, que lo que puede hacer y hace a cada
instante, con menos estruendo, el último perdido, por ganar unas cuantas
pesetas? Por consiguiente, una considerable suma de pesetas vale más que
los arrojos de Edgardo y que las bizarrías de D. Suero.
Es evidente que el pobre, aunque puede amar, no puede expresar su amor
de un modo tan claro y tan brillante como el rico. Así es que los ricos
suelen ser más amados que los pobres, aun por las mujeres
desinteresadas.
El dinero da asimismo mérito intrínseco, y el no tenerle le quita, le
merma o le anubla. El dinero da buen humor, urbanidad, buena crianza, y,
como diría cierto diplomático, _soltura fina_. Nada, por el contrario,
ata y embastece más que la pobreza. El pobre es tímido y encogido, o
anda siempre hecho una fiera. Toda palabra en boca del rico es una
gracia, por donde, la misma confianza que tiene de que sus gracias van a
ser reídas y aplaudidas, le da ánimo e inspiración, para ser gracioso.
El pasmo con que todos le miran, el gusto con que todos le oyen, hace
que parezca gracioso, aunque no lo sea. Pero lo es, y no cabe duda en
que lo es. Yo, por ejemplo, he oído en boca de un señor muy rico todos
los cuentecillos más groseros y sucios que refieren los gañanes de mi
tierra, y que ya ni el atractivo de la novedad debieran tener para mí ni
para nadie, y sin embargo, me he reído como un bobo, me han hecho mucha
gracia, y los he encontrado llenos de aticismo en boca de dicho señor.
Creo, además que, en efecto, lo estaban, porque yo no me movía a reírlos
ni a celebrarlos con falsa risa, ni por interés alguno. La seguridad, la
superioridad, el magnetismo sereno, que trae consigo el tener dinero,
producían este fenómeno.
No se debe extrañar, pues, que las personas ricas sean amadas y
admiradas. En el día las amamos con más desinterés que antes. Nunca, por
ejemplo, ha habido menos hombres mantenidos por mujeres que en esta
época, si se exceptúa bajo la forma legítima, aunque desairada, del
_coburguismo_. En otras edades era frecuente, casi general, y no estaba
mal mirado el _coburguismo_ ilegítimo masculino, desde Ciro el Menor con
Epiaxa, reina de Cilicia, señora es de creer que ya jamona, a quien
aquel héroe sacaba mucha moneda, hasta los galanes caballeros de la
corte de Luis XIV y Luis XV.
Lo que es el _coburguismo_ femenino, legitimo, o ilegítimo, sigue hoy
como en las primeras edades del mundo, desde Raab y Dalila hasta la
gallarda y elegante Cora. Este _coburguismo_ es más disculpable que el
masculino. Lope de Vega le disculpaba diciendo:
No estaba pobre la feroz Lucrecia,
Que, a darle Don Tarquino mil reales,
Ella fuera más blanda y menos necia.
Y Ariosto, con la leyenda _El Perro precioso_, inserta en el _Orlando_,
le disculpa mucho más. Yo no le disculpo, pero le excuso, aunque no sea
más que por el desinteresado amor y la admiración sincera que infunde el
hombre rico, como no sea una bestia, aun en las almas más escogidas y
nobles.
El hombre rico se hace en seguida gran conocedor de las bellas artes y
de la literatura, y las protege, remedando a Lorenzo el Magnífico y a
Mecenas; adorna y hermosea su patria con soberbios monumentos, como
Herodes Atico; y hace, por último, otros cien mil beneficios.
Aunque no haya sido muy moral ni muy amante del orden antes de ser rico,
luego que lo es, el mismo interés le presta por lo menos una moralidad y
una religiosidad aparentes que no dejan de ser útiles.
Infiero yo de todo lo dicho que no debemos achacar a corrupción de
nuestro siglo, ni a perversidad del linaje humano, este amor entrañable
que todo él profesa al dinero. ¿Qué otra cosa ha de amar en la tierra,
si no ama el dinero, que las representa todas, las simboliza y las
resume? Lo cierto es que casi todo lo útil, lo conveniente, lo práctico
que se hace en el mundo, se hace por este amor. El dinero es la fuerza
motriz del progreso humano, la palanca de Arquímedes que mueve el mundo
moral, el fundamento de casi toda la poesía, y hasta el crisol de las
virtudes más raras. La mayor parte de los hombres que desprecian o
aparentan despreciar el dinero, lo hacen por despecho y envidia; imitan
a la zorra, diciendo: _no están maduras_. Los que aman con sinceridad la
pobreza, los que la creen y llaman _dádiva santa desagradecida_, o son
locos, o son santos: son Diógenes o San Francisco de Asís; a no ser que
entiendan por pobreza cierta virtud magnánima que consiste en poseer y
gozar todas las cosas con desdén y desprendimiento, como si no se
poseyesen ni gozasen.
No hay nada en este mundo sublunar que proporcione más ventajas que el
tener dinero. Los pocos inconvenientes que trae, o son fantásticos, o
son comunes a toda vida humana, o se van allanando o disipando con la
cultura.
Era antes el principal, como ya he dicho, el peligro de muerte en que se
hallaba de continuo el acaudalado, como no ocultase mucho sus riquezas.
Para ser impune, paladina y descuidadamente rico, era menester ser
tirano, señor de horca y cuchillo, o algo por el mismo orden, que diese
mucho poder y defensa. Este inconveniente va desapareciendo ya casi del
todo.
Otro inconveniente, que encuentran en el dinero los corazones
extremadamente sensibles y los espíritus cavilosos, es fantástico y
absurdo. Consiste en el temor de ser amado por el dinero y no por uno
mismo. Nada más ridículo que este temor. Ya hemos probado que el dinero
es más que la vida. El dinero es, por consiguiente, una parte esencial
de la persona. Un filósofo alemán diría que el dinero se pone en el yo
de una manera absoluta. Más necio es, pues, atormentarse, porque quieren
a uno por el dinero, que atormentarse porque quieren a uno porque es
limpio, bien criado, elegante, instruido etc.; calidades todas que se
adquieren artificialmente lo mismo que el dinero; que se deben al dinero
en más o en menos cantidad. Acaso no sea yo mejor que el último mozo de
cordel de Madrid, ora física, ora intelectual, ora moralmente
considerado, y con todo, suponiéndome soltero, cualquiera linda dama
podría tener aún el capricho de enamorarse de mí, sin que nadie lo
censurara; pero, si del mozo de cordel se enamorase, todo el mundo
tendría esta pasión por una extravagancia o por una locura. Luego, en
último resultado, lo que mueve a amar, a no ser extravagantísimo el
amor, es el dinero, o algo que representa dinero, o que se adquiere con
dinero. Lo que yo he gastado en instruirme, pulirme, asearme y
atildarme, no es más que dinero.
Finalmente, la mayor y más envidiable ventaja que el dinero proporciona,
es la autoridad y respetabilidad que da a quien le tiene, y la justa
confianza que quien le tiene inspira.
III.
De estas consideraciones sobre el influjo del dinero o de la riqueza en
el individuo, quisiera yo pasar a discurrir con mayor extensión sobre el
influjo de la riqueza en la cultura y poder de las naciones; pero no
haré más que consignar aquí algunos ligerísimos conceptos. Me arredra el
temor de extraviarme, y la conciencia de mi poquísimo saber en Economía
Política, ciencia que, al cabo, después de mucho cavilar, han venido
todos los autores a coincidir con Aristóteles en que trata del dinero,
o, en general, de la riqueza, por donde la llama Crematística el sabio
de Estagira. Y es mayor infortunio aún que el de mi propia ignorancia,
el de que,
Después de haber revuelto cien mil libros
De aquesta ciencia enmarañada y torpe,
nadie logra saber a las claras lo que es riqueza. Todas las definiciones
son discordantes; y resulta que la ciencia empieza por no saber definir,
determinar y declarar el objeto de la ciencia misma. Ni está más
adelantada en la definición de las otras palabras científicas, como
valor, precio, capital, industria y cambio; lo cual no es extraño,
porque ignorándose aún lo que es riqueza, que es la idea o palabra
fundamental, por fuerza se ha de ignorar o se ha de estar en desacuerdo
sobre lo restante.
Malthus decía: «Después de tantos años de investigaciones y de tantos
volúmenes de descubrimientos, los escritores no han podido entenderse
hasta ahora sobre lo que constituye la riqueza; y mientras que los
escritores que se emplean en este negocio no se entiendan mejor, sus
conclusiones no podrán ser adoptadas como máximas que deban seguirse.»
Dedúcese de aquí, por sentencia y autoridad de Malthus, que no debemos
seguir las máximas ni hacer caso alguno de cuantos economistas le
precedieron en los siglos XVI, XVII y XVIII, y en el primer tercio del
presente. Todos estos economistas no sabían lo que decían, según
Malthus; y cuenta que entre ellos están Smith, Say, Storch, Ricardo,
Gioja, Mac-Culloch y otras eminencias. No han adelantado más
posteriormente otros sabios en dar estas definiciones. Stuard Mill
desiste de definir lo que es riqueza, y dice que basta que en la
práctica lo entendamos, con lo cual sigue adelante. Bastiat se enreda en
sus _Armonías_ con otros economistas rivales, y trata de probarles que
son unos ignorantes o unos necios que desconocen lo que es el valor.
En efecto, uno de estos economistas se empeña en demostrar que el valor
de una cosa consiste en el obstáculo vencido para producirla; de lo cual
deduce que, mientras más fácil se haga la producción, disminuyendo los
obstáculos, menos valor tendrán las cosas; de modo que, mientras más
cosas haya, seremos más pobres. Conviene, pues, crear obstáculos para la
producción, a fin de que, costando mucho el producir, valgan mucho
también las cosas producidas, y seamos ricos. Imposible parece que tales
ideas se sostengan, y hasta que se impugnen con seriedad. Entre tanto,
Bastiat, que está razonable en este punto, entiende luego el cambio, no
como es, sino como debiera ser; y sobre este cambio modelo, ideal y
fantástico, levanta todo un edificio científico que trae enamorados a
nuestros jóvenes economistas. En el cambio, no cabe duda que debe darse
siempre lo superfluo por lo necesario, y ganar, por lo tanto, todos los
cambiantes. Pero ¿es esto lo que en realidad acontece? ¿No es, al revés,
frecuentísimo el que, por vanidad, por moda, por capricho, o por
extravagancia, demos lo necesario, no ya por lo superfluo, sino hasta
por lo dañino? Se dirá que ambos cambiantes satisfacen una necesidad, y
que en este sentido ganan. Pero si por necesidad se entiende un vicio,
una manía, una mala costumbre, un apetito bestial, ¿cómo hemos de
convenir? Pues que, ¿ganan los chinos comprando opio para envenenarse
con él? ¿Ganan y prosperan los jornaleros que, de los cinco o seis
reales que tienen de jornal, emplean dos o tres en vino y uno en tabaco,
matando quizás de hambre a sus mujeres y a sus hijos? ¿Gana el marido,
débil o vano, que se empeña para que su mujer tenga palco en la Opera?
¿Gana, en suma, el que no ahorra, el que consume más de lo que produce,
el que sobre sus rentas gasta su capital, el que tiene habilidad para
adquirir diez y tiene _necesidad_ de consumir treinta o ciento? Claro
está que no gana, sino que pierde, y al fin se arruina. Y lo que sucede
con los individuos, ¿no puede suceder, y no sucede también con las
naciones?¿Así como hay individuos poco hábiles para producir y muy
hábiles para gastar, no puede haber, y no hay, naciones con las mismas
cualidades? La holgazanería, el despilfarro y la ineptitud, ¿no pueden
darse en una nación como se dan en un individuo?
Yo no temo que ninguna nación europea, por muy plagada que esté de los
mencionados achaques, venga al fin a perderse y a destruirse, como se
destruyeron y perdieron aquellos imperios colosales del centro del Asia;
como se hundieron aquellas poderosas civilizaciones, asombro del mundo
antiguo. Yo no temo que a Madrid, a Sevilla, a Lisboa o a Florencia, les
venga a suceder lo que a Sidon y Tiro, Susa, Ecbatana, Nínive, Bactra y
Babilonia. Aunque consumiesen mucho más de lo que produjesen, el castigo
se limitaría a largos períodos de forzada abstinencia y de lastimosos
apuros, a que el atraso con relación a otros pueblos de Europa fuese
mayor, y a que siguiesen arrastrándonos y llevándonos como a remolque
las demás naciones. Pero tal es la fe que yo tengo en la virtud
progresiva, en la energía vital de la civilización europea, que ni
siquiera puedo concebir que muera una nación que esté en su seno
poderoso y vivificante. Sin embargo, la abstinencia de que hemos
hablado, los apuros, el ir a remolque y la vergüenza del atraso y de la
inferioridad, no dejan de ser rudo castigo.
Para discurrir, partiendo de un punto fijo, sobre estos asuntos tan
difíciles, convendría primero explicarse el por qué de ciertos fenómenos
que ofrece la moderna civilización europea, fenómenos al parecer
contrarios a todo aquello que en las antiguas civilizaciones se notaba;
de donde proviene el que haya hoy sentencias, que se dan por
axiomáticas, y que son enteramente contrarias a otras sentencias que
poco ha pasaban por axiomáticas también.
En lo antiguo, y al decir en lo antiguo no vamos muy lejos (Miguel
Montaigne y Machiavelli pensaban así), la rudeza y la pobreza se creía
que daban bríos y nervio a las naciones mientras que la riqueza y la
cultura las enervaban. Pobre era Alejandro y venció al rico Darío;
pobres y rudos eran los romanos y subyugaron los ilustrados, cultos y
ricos reinos de Macedonia, Siria y Egipto. Cuando los godos invadieron
la Grecia, se refiere que intentaron quemar todas las bibliotecas; pero
un astuto y discreto capitán de los godos hubo de persuadirles de que
con las bibliotecas los griegos se hacían afeminados, muelles y
cobardes, y que así era conveniente dejarles los libros para tenerlos
siempre bajo el yugo. De esta suerte las bibliotecas se salvaron.
En nuestros días, por el contrario, si una nación se propusiese
debilitar a otra, procuraría hacerla ignorante y pobre. La ciencia y la
riqueza, lejos de enflaquecer hoy a los pueblos, les dan energía y
pujanza; pero, bien consideradas las cosas, no hay en esto la menor
contradicción. En lo antiguo, solía ser uno de los más usuales modos de
adquirir riqueza el despojar a los vecinos por medio de la guerra. En el
día de hoy, si bien estos despojos, estos robos violentos siguen
haciéndose, no se hacen en tan grande escala. Las costumbres más suaves
no lo consienten. La guerra, además, este modo de despojar violentamente
una nación a otra, se ha hecho harto costosa. Los _gastos de producción_
suelen en la guerra moderna ser mucho mayores que lo _producido_, si
_producido_ puede llamarse lo que se toma contra la voluntad de su
dueño. De aquí, en primer lugar, que apenas se emprenda ya guerra alguna
con el propósito de enriquecerse; y en segundo lugar, que los pueblos
enriquecidos sean los que tienen más medio de hacer la guerra y más
probabilidad de vencer. Antes, los pueblos se hacían fuertes y guerreros
a fin de enriquecerse; en el día los pueblos se enriquecen con el
propósito de ser fuertes y guerreros. Sin duda que será un progreso más,
cuando los pueblos se enriquezcan sólo para ser más morales, más felices
y más ilustrados; pero esto aun está lejos. La manía de dominar y de
prevalecer sobre los demás no se curará en muchos siglos.
Sostienen hoy no pocos autores, Buckle entre otros, tan celebrado por
todo el mundo, que la Economía Política conspira de un modo
incontrastable a que terminen las guerras sangrientas, a que la utopía
de la paz perpetua venga a realizarse. Por esto, sin duda, y por otras
razones no menos singulares, han llegado a tan loco extremo la
admiración, la adoración y el fanatismo por la Economía Política. Para
Buckle, Adam Smith ha hecho más por la humanidad que todos los sabios,
que todos los profetas y que todos los genios inmortales que han nacido
de madre y que han revestido carne humana en este pícaro mundo. Ni las
leyes de Solon, de Numa y de Manú, ni todos los libros de filosofía, ni
los mismos Evangelios, importan un pito comparados con la _Riqueza de
las Naciones_. Según Buckle, la _Riqueza de las Naciones_ es «el libro
más importante que se ha escrito jamás; su publicación ha contribuido en
mayor grado a la dicha del humano linaje que el talento reunido de todos
los hombres de Estado y de todos los legisladores, de quienes nos
conserva la historia un recuerdo auténtico.»
Todo esto podrá ser verdad; pero también lo es que, desde el año de
1776, en que salió a luz por vez primera el libro divino, salvador,
redentor y pacificador, las guerras han sido tan frecuentes como siempre
y mil veces más espantosas por los millones de hombres que en ellas
miserablemente han perecido. Cuando no hay guerra, hay una cosa tan
mala, tal vez peor que la guerra: la paz armada. El dinero se gasta
desatinadamente en sostener ejércitos inmensos, y los hombres más
robustos, jóvenes y fuertes de Europa, apartados de todo trabajo útil,
están siempre con las armas en la mano, acechándose, espiándose y
amenazándose. Cierto que la Economía Política y el libro maravilloso de
Adam Smith no han puesto remedio a tanto mal. Si algo ha de ponerle
remedio, ha de ser la filosofía, la religión mejor entendida que en
otros siglos, y el exceso mismo del mal, que tal vez acabe por hacerle
imposible.
Los medios de destrucción se aumentan por tal arte que es de temer que
dentro de poco puedan matarse en un minuto millones de hombres; puedan
dispararse en un segundo más bombas, balas y metralla que un siglo ha se
disparaban en treinta o cuarenta años; y tales y tan estruendosos podrán
ser los disparos, que el coste de uno solo baste a mantener durante un
año a toda una familia. Horrorizados de tanto gasto y de tanta efusión
de sangre, los hombres políticos clamarán, y claman ya muchos, por la
paz y aun por el desarme; no porque Adam Smith y sus discípulos los
hayan convencido. No creo yo que Napoleón III tenga el corazón de
mantequilla y de jalea; pero el tremendo espectáculo del campo de
batalla de Solferino, de tantos millares de cadáveres, hubo de oprimirle
y angustiarle el corazón, decidiéndole a la paz, aun antes de cumplir su
promesa de hacer libre a Italia hasta el Adriático. Adam Smith y todas
sus teorías no tuvieron parte alguna en esta determinación.
Si algún pensamiento económico impide la guerra o la hace más difícil en
lo venidero, es independiente de la ciencia: no es menester haber leído
a los economistas para concebirle. El pensamiento es sencillo y claro:
es el pensamiento de lo mucho que la guerra cuesta. Los Gobiernos,
además, tienen casi siempre que acudir a empréstitos para hacer la
guerra. Los que prestan el dinero tienen interés en que el del dinero
prestado sea lo más crecido posible; por donde, aun sin contar con otras
causas, el papel de la Deuda baja, y la fortuna pública padece.
Los que tienen que perder, los hombres acaudalados, son, por
consiguiente, pacíficos; y como los que tienen dinero mandan en el día
más que nunca y ejercen una influencia grandísima sobre la opinión,
resulta que las guerras son condenadas por la opinión, cuando no hay un
fuerte estímulo de egoísmo que induzca a hacerlas; como, por ejemplo,
abrir un nuevo mercado para los productos nacionales; introducir en
algún país poco culto la libertad de comercio, las obras divinas de Adam
Smith, el opio u otra droga peor, a cañonazos y a bayonetazos;
entretener y recrear y embriagar al pueblo con gloria para que no se
fastidie y se subleve; y tal vez deshacerse, siguiendo las doctrinas de
algún economista, de aquella parte de la población que está de sobra,
que no tiene cubierto preparado en el festín de la vida, que turba o
rompe el justo equilibrio que debe haber entre el producto y el consumo,
entre los que subsisten y los medios de subsistencia.
Además de la guerra material y sangrienta, ha tomado en nuestros días
más auge que nunca otra guerra que trae a la humanidad infinitos bienes,
y que la lleva en volandas, no ya por el camino real del progreso, sino
por una trocha o atajo. Pero, como _no hay atajo sin trabajo_, de esta
otra guerra, que es la industrial y comercial, nacen temerosas
perturbaciones, duros padecimientos, horribles desengaños y
desconsoladoras ruinas. No me incumbe explicar esto ni hacer aquí la
sátira del modo de ser de las sociedades modernas. Remito al lector a
los socialistas, hijos legítimos de los economistas y sus más crueles y
acérrimos adversarios. Aun que la Economía Política no tuviese más
pecado que el haber criado a sus pechos al socialismo, no podría ser
absuelta del todo. Por lo demás, el socialismo, salvo que hasta hoy no
es más que un conato, un _desideratum_, una aspiración, es, según
algunos, esto es, será con respecto a la empírica y pedestre Economía
Política, lo que son las matemáticas sublimes con respecto a las cuatro
reglas de la Aritmética. La ciencia social o dígase la Sociología
(¡híbrido y ridículo vocablo!) está aún por inventar, aunque sostengan
lo contrario los positivistas. Lo malo es que los problemas que esta
ciencia ha planteado y no ha resuelto, y la crítica audaz, inteligente y
destructora con que ha hecho vacilar la fe en el orden social existente,
tienen a los hombres todos llenos de recelo, dentro de cada Estado,
presumiendo siempre que pueda sobrevenir la violencia a resolver los
intrincados problemas de la ciencia novísima; a desgajar de sus
cimientos todo el edificio de la sociedad con el fin de fundarle sobre
otros mejores y más sólidos. De aquí el que no haya sólo guerra o paz
armada entre unos Estados y otros, sino también guerra o paz armada,
esto es, peligro y sobresalto constante, dentro de cada Estado. En todo
lo cual no parece que ha puesto remedio la Economía Política, sino que
ha venido a empeorarlo.
No crea el discreto lector que no conozco lo que podrá decir de mis
divagaciones en este escrito. Sírvame de excusa el haberle llamado
_meditación_, y el ser la meditación sobre un asunto tan vasto y tan en
relación con todos los asuntos como es el dinero. Para tratarle a fondo,
y con la claridad, el orden y el método convenientes, me hubiera sido
necesario escribir un grueso volumen. ¿Pero por qué, se me dirá, has
elegido tan vasto asunto, cuando no pensabas escribir ese grueso
volumen, sino un artículo de periódico? A lo cual respondo: que la falta
de dinero, la penuria pública, los apuros del Tesoro, las lamentaciones
que oigo por todas partes, la esperanza que muestran algunos de que los
economistas nos van a salvar, la poca confianza que advierto en otros en
la eficacia saludable de los economistas, los discreteos de todos, los
medios que tantos proponen, convertidos en arbitristas, para llevarnos a
puerto de salvación, y las diversas explicaciones que dan sobre las
causas del grave mal que padecemos, todo me ha impulsado con
irresistible vehemencia a meditar y discurrir sobre estos asuntos, en
los cuales confieso mi escaso o ningún saber. Pero, considerándome yo
como vulgo, como profano, todavía he creído que, si no útil, al menos
podría ser entretenido y curioso el exponer lo que cavila el vulgo, lo
que alambica y divaga sobre el particular. Así es que me he hecho eco
fiel del vulgo en esta meditación, adornándola con algunas sentencias
morales sacadas de la lectura de los filósofos. No se extrañe, pues, que
yo no pruebe nada, que yo no concluya nada, que no presida un
pensamiento dominante a todo este escrito mío.
Mucho temo dilatarle haciéndome pesado; pero se me ocurren varias
observaciones que no tengo valor para pasar en silencio.
Es la primera que, en el estado actual de la civilización, y aun estoy
por afirmar que siempre, no acontece con las naciones lo que con los
individuos, los cuales, como ya dijimos, pueden ser sabios, santos o
poetas y ser pobres. Una nación, si es inteligente y activa, por santa,
por sabia y por heroica y poética que sea, tiene que hacerse rica
también. Si se queda pobre, da marcadas y evidentes señales de que no es
inteligente, o de que no es activa, o de que padece alguna enfermedad
secular de que no ha logrado curarse.
Decía, en 1629, el Padre Maestro Fray Benito de Peñalosa y Mondragón, en
un curiosísimo libro que dio a la estampa, que el ser España muy
católica y muy monárquica, y el tener otras tres excelencias más,
causaban su despoblación y su ruina. Lo mismo asegura Buckle, en
perfecta consonancia con el Padre Peñalosa, a quien ha adivinado y no
leído. Nuestra religiosidad y nuestro amor y fidelidad a los reyes nos
han traído tan perdidos y tan atrasados. En cambio, según el mismo
Buckle, en Escocia ha habido y hay gran prosperidad y progreso. Allí,
aunque también tienen la desgracia de ser sobrado religiosos, han tenido
la fortuna y la excelente cualidad de ser muy desleales a sus soberanos.
Los escoceses, dice Buckle, han hecho la guerra a casi todos sus reyes,
han decapitado a varios, han asesinado a otros; y hasta han vendido a
uno de ellos, por cierta suma de dinero que les hacía mucha falta. Esta
cordura de los escoceses les ha valido el prosperar y el progresar, y
sobre todo la gloria de que el salvador Adam Smith nazca entre ellos.
La extraña doctrina que acabo de exponer, idéntica en Buckle y en
Peñalosa, no puede refutarse o censurarse con ironía. Es menester
desecharla con seriedad. No es asunto de burla. No. La riqueza y la
prosperidad y la cultura no acuden a los pueblos, porque los pueblos
abandonen a Dios y maten o vendan a sus príncipes.
En un individuo, tal vez la bondad y excelencia del carácter han sido
obstáculo a la fortuna: en un pueblo, no queremos ni podemos creerlo.
Por consiguiente, si España está hoy pobre y atrasada, culpa es, no de
sus virtudes sino de sus vicios; no de buenas calidades, sino de malas.
Dan otros por causa de nuestro atraso y de nuestra pobreza la aridez y
esterilidad del suelo, que ofrece pocos recursos; pero aunque dicha
aridez y dicha esterilidad fuesen ciertas, como una nación no vive sólo
del suelo, sino del ingenio y de la laboriosidad de sus hijos, no podría
esta falta ser origen del mal. En los siglos pasados y en los presentes
hubo y hay naciones ilustres que han florecido en suelo estéril. El
suelo del Atica es un ejemplo de esto, y a su esterilidad atribuye
Tucídides el que allí viniese a formarse tan glorioso y próspero Estado,
porque, en los principios de la civilización griega, los hombres huyeron
de los terrenos fértiles, invadidos o infestados continuamente de
ladrones y piratas, y vinieron a refugiarse en Atica, para estar al
abrigo de las depredaciones y devastaciones. Venecia, que fue tan
poderosa y rica, tuvo también un origen semejante, y fue fundada en unas
lagunas por gente fugitiva de los bárbaros invasores de Italia. La misma
Escocia será todo lo pintoresca y linda que se quiera, pero no hay quien
no convenga en que naturalmente es estéril; sin duda, más estéril que
España. Lo propio puede afirmarse de Holanda y de otros muchos países,
si apartamos de ellos con la imaginación lo que por mejorarlos han hecho
ya el arte y el ingenio.
Pensadores hay que se van al extremo opuesto, y atribuyen la
inferioridad soñada o verdadera de nuestra civilización a la abundancia
de mantenimientos y a la facilidad de la vida para la gente pobre. Esto
dicen que afloja todo resorte de acción y que hace al pueblo débil y
propenso a la servidumbre: mientras que en los países donde el pueblo ha
tenido que luchar mucho y que vencer grandes obstáculos para ganarse la
vida, luego que los vence y vive, es más digno y enérgico, y menos
sufrido de ninguna especie de yugo y de sujeción. Ponen por ejemplo de
tal aserto la India y el Egipto, y no se ha de negar que son ejemplos
que tienen fuerza. Sostienen, además, que la causa del atraso de Irlanda
y de su humillación han sido la abundancia y la baratura de las patatas.
Más razón llevan, a mi ver, los que piensan así, que los que atribuyen
el atraso, o mejor dicho el estancamiento a la esterilidad del suelo;
pero yo no me atrevo a dar la razón ni a unos ni a otros; y sobre todo,
en el caso particular de España. No creo que ni el clima, ni el suelo,
ni la fertilidad, ni la exuberancia de la naturaleza y de sus productos,
sean ni hayan sido entre nosotros como en la India y en el antiguo
Egipto, ni hayan podido nunca producir efectos semejantes.
Dicen otros pensadores, que piensan poco, que todo nuestro mal proviene
de los malos Gobiernos. Sentencia es esta indigna de refutación. Ningún
país, a no estar bajo el yugo de una tiranía invencible, tiene más
gobierno que el que se da y merece. Cuanto hay en España de más
enérgico, de más ilustrado, de más discreto, la ha gobernado ya. Apenas
habrá quedado hombre de alguna nota en todos los partidos que no haya
sido Ministro. Si todos han sido inhábiles, fuerza es conjeturar que
España no da más de sí.
No falta tampoco quien atribuya nuestro atraso al ningún amor al
bienestar y al lujo; a que nos contentamos y conformamos con vivir mal,
y, no sintiendo el aguijón del deseo de goces, no nos movemos al
trabajo. Este raciocinio es absurdo por la falsedad de la premisa en que
se funda. Todos los hombres, y peculiarmente los españoles, salvo algún
extravagante, prefieren comer _foie-gras_ y pavo trufado a comer
chanfaina y revoltillos; vestir ricos paños y terciopelos, a vestir
bayeta; vivir en un palacio, a vivir en una choza; y andar en coche, a
andar a pie. No es una ciencia oculta el saber que hay coches, buena
cocina, excelentes manjares, telas de seda, joyas de oro y pedrería, y
otros muchos deleitosos objetos, ni es menester tener un alma muy
levantada para ambicionarlos. No hay nadie que no los ambicione. Si del
deseo, del afán de ser ricos, dependiese la riqueza, España sería una de
las naciones más ricas del mundo.
Síguese, pues, que no sabemos por qué es pobre España, a no ser que
afirmemos, y a esto me inclino yo, que somos pobres por una calidad
opuesta a la que acabamos de mencionar: por el amor al lujo, por el
despilfarro, por el desorden, porque somos indiscretamente muy rumbosos
y generosos, y sobre todo, porque no sabemos gastar y gastamos sin
discernimiento y sin lucimiento. De este defecto adolecen y han
adolecido siempre en España los particulares y el Estado.
En tiempo de Felipe II, cuando estábamos en la cumbre de la prosperidad,
cuando dominábamos y despojábamos tantas regiones, cuando
La tierra sus mineros nos rendía,
Sus perlas y coral el Océano;
Campanella se pasma de que tanta riqueza se disipe sin saber cómo, y de
que siempre estemos sin un real y pidiendo prestado. «_Est_, dice,
_admiratione dignum, quomodo consumatur tanta divitiarum vis, sine ullo
emolumento; cum videamus Regem fere perpetua inopia laborare, atque
etiam ab aliis mutuo accipere._» Lo mismo ocurría entonces entre los
particulares que en el Estado. En ningún país se puede decir con más
verdad que en España, que no se sabe dónde se va el dinero. Al caer la
dinastía austriaca, que se había enseñoreado de lo mejor del mundo,
Madrid era (permítaseme lo vulgar de la expresión) un corral de vacas.
¿Dónde estaban los palacios, los templos, los monumentos, las estatuas?
En parte alguna. ¿En qué gastamos las riquezas de América? ¿En qué
empleamos el botin de los pueblos subyugados?
La inopia nos trabajaba entonces tanto o más que en el día, y la inopia
nos humilló y nos hizo bajar de la altura en que nos habíamos puesto.
En el día de hoy, el movimiento ascendente de la civilización europea
nos lleva en pos sí, y no puede negarse que en medio de mil disgustos,
de mil apuros y de doscientas mil mortificaciones de amor propio
nacional, España progresa y se mejora; pero _buenos azotes le cuesta_.
La torpeza en el producir y la mayor torpeza en el gastar tienen la
culpa de estos azotes.
Yo soy un libre-cambista teórico furibundo. Bastiat y Cobden me han
convencido: pero en la práctica me asusto del libre-cambio. ¿Qué hay en
España que pueda competir libremente con los productos extranjeros? El
vino quizás; y con todo, salvo el vino de Jerez, los demás vinos
españoles suelen ir a Francia, les echan un poco de zumo de moras, de
alumbre y de raíz de lirio, y nos le vuelven a vender, dándonos una sola
botella en el precio que recibimos por una o dos o tres arrobas. Esto
es, que damos cincuenta o sesenta botellas por una del mismo líquido,
con la ligera modificación del alquimista o boticario.
¿Qué mar de vino, qué rió de aceite no tendrá que gastar cualquiera rica
dama andaluza para comprar un vestido de casa de Worth? Pues ¿si la dama
es de Almería y tiene que comprarse el vestido de Worth con el producto
del esparto? Entonces tendrá que mondar y desnudar centenares de leguas
cuadradas para vestir su lindo y airoso cuerpo. De casi todos nuestros
cambios, más o menos libres, puede decirse lo mismo. Hasta el precio del
trasporte nos es perjudicial, estableciendo natural y fatalmente un
derecho protector en contra de nuestras voluminosas, groseras y pesadas
mercancías. Y todo esto, sin contar con el fraude, con la burla, con lo
que vulgarmente se llama primada. Por cuentecillas de vidrio de colores,
por clavos y otras baratijas, tomaban los compañeros del capitán Cook
cuanto había de bueno y exquisito en Otahiti. Algo de esto, aunque en
menor proporción, ocurre siempre en los cambios entre un pueblo
adelantado y otro más atrasado. A menudo se dan objetos que tienen un
verdadero valor, por otros que no tienen ninguno, sino el de la moda o
el capricho. La sola palabra _chic_, abreviatura del nombre de un
menestral borracho que bailaba el can-can primorosamente, ha producido a
todas las industrias parisienses, legítimas e ilegítimas, un número
considerable de millones.
Se dirá que éstos no son argumentos serios; que si la palabra _chic_ es
tan productiva, debemos inventar nosotros otra palabra que lo sea más;
que en nuestras manos está echarle al vino, desde luego, todos los
polvos y drogas que le echan en Francia, o descubrir, fabricar o
confeccionar algunos primores por los cuales nos den tanto o más que lo
que damos por los vestidos de Worth. Pero a esto se contesta que, aun
siendo nosotros capaces de tales invenciones, no acertaríamos a darles
valor, porque aún no tenemos el prestigio y la autoridad que se
requieren. Además que, según aseguran muchos autores y pretenden haber
demostrado, los españoles estamos dotados de una incapacidad invencible
para todas aquellas artes e industrias que conducen a hacer más
agradable, más cómoda, más dulce la vida. Personas muy religiosas y
patrióticas, entre ellas un académico de la Historia, en su elegante
discurso de recepción, han sostenido que esta ineptitud, calificada de
sublime, es una prueba de nuestro gran ser, de nuestros pensamientos
levantados y celestiales, de nuestro severo espiritualismo. Buckle
coincide también en este pensamiento, como coincide con el P. Peñalosa,
pero explicándolo todo a su manera. Según él, la causa principal de esto
son los terremotos, frecuentísimos y terribles en España, los cuales nos
traen siempre asustados y contritos, y no acaban de quitarnos el temor
de Dios, con lo cual no es posible el progreso. Se infiere, por lo
tanto, que por culpa de los terremotos no tenemos chic, ni tenemos un
sastre como Worth, ni una fabricadora de sombreros como Mme. Virot, ni
un abaniquero como M. Alexandre: en suma, no sabemos hacer nada o casi
nada primoroso. Nuestro orgullo, además, nos impide buscar salida para
nuestras mercancías, encomiándolas, presentándolas y ofreciéndolas con
insistencia. Casi todos los españoles tenemos por artículo de fe y por
norma de nuestra conducta mercantil aquello de que _el buen paño en el
arca se vende_, y cuanto paño fabricamos nos parece bueno.
Deduzco yo de todo lo dicho que en España pudieran por ahora salir
fallidas las leyes del libre cambio, porque al fin no hay ley ni regla
sin excepción, y que, a no ser por otra ley más poderosa, la ley de
afinidad europea, que nos hace seguir el movimiento ascendente de toda
esta gran república o confederación de naciones, las agonías que pasamos
pudieran convertirse en muerte. Entre tanto, es indudable para mí, y
para todo el que no esté obcecado por vanas teorías, que España consume
hoy mucho más de lo que produce. Y esto, no sólo el Estado, sino también
la sociedad. En balde nos afanamos por enjugar el déficit. Es menester
trabajar mucho más o gastar mucho menos. Es menester, sobre todo, no
pedir prestado; no seguir trampeando.
Prescindiendo de la honra de España que ha sido puesta en la picota y
sacada a la vergüenza en muchas casas de contratación, las condiciones
con que nos dan dinero son espantosas, judaicas, usurarias por modo
heroico. Cada millón nos cuesta más de cuatro, que si hoy son nominales,
podrán ser efectivos, si por un milagro de la Providencia llegamos a
salir de la miseria presente. Hacemos un contrato aleatorio; jugamos con
nuestro porvenir; de suerte que, si alguna vez tenemos el gusto de
mejorar de fortuna, este gusto se acibarará con el disgusto de deber
realmente cuatro a quien no nos prestó más que uno; de proporcionarle
una moderada ganancia de 400 por 100 en el capital. Entre tanto, los
intereses que pagamos son por lo menos de un 12 por 100. Tal vez nos
arreglemos por tal arte que sean de un 16 o de un 18.
Cualquiera trato o negociación que se haga, o se haya hecho o se esté
haciendo, para obtener dinero, disimulará tal vez el sacrificio a los
ojos profanos; pero no le mitigará. Es seguro que el dinero que tomemos,
por enrevesado que sea el método de tomarle, nos ha de costar lo mismo o
más que por el método sencillo y expeditivo de emitir Treses. Trasmitida
la operación al idioma pintoresco del vulgo, será siempre _tirar de los
pies a un ahorcado_.
Dicen los que entienden de Hacienda, que es menester proporcionarse
recursos y que no nos los podemos proporcionar con menos sacrificios. Si
esto es así, Dios me libre de criticar al Sr. Ministro de Hacienda. Lo
único que yo diré y digo es que el artificio de tomar prestado de un
modo tan ruinoso no es muy ingenioso, ni muy sutil, ni muy peregrino, y
que, si la ciencia de la Hacienda consiste en eso sólo, se puede suponer
que no hay tal ciencia de la Hacienda, y que el último patán puede hacer
lo mismo que el profesor más hábil.
He vacilado y vacilo aún en publicar esta _Meditación_, harto rara;
estos desordenados pensamientos míos, que la angustia en que vivimos y
el terror que infunde en algunos corazones la ciencia económica
española, me han inspirado, sin poderlo yo remediar.
Repito asimismo que aquí no se aducen otras razones que las del mero
sentido común más rastrero; y que desde la bajeza de este sentido común
a la altura de la ciencia ha de haber una distancia infinita.
Todo esto lo reconozco y lo proclamo. Sin embargo, tal es el amor que
tenemos a nuestros hijos, y la presente _Meditación_ es hija mía, que
aunque haya nacido enclenque y ruin; no he de atreverme a matarla. Más
bien me atreveré a darle vida, aunque sea vida efímera y trabajosa,
publicándola en un periódico, y exponiéndome por amor paternal a las
iras o al menosprecio de los sabios, que tal vez hacen en este momento
la felicidad de la patria. Tal vez murmuramos, como murmuraba la chusma
a bordo de las carabelas la víspera de aquella feliz y memorable aurora
en que por vez primera aparecieron a los ojos espantados de los europeos
las risueñas y fecundas costas del Nuevo Mundo. Tal vez murmuramos, como
murmuraban los israelitas en el desierto porque no llegaban a ver la
Tierra Prometida; y eso que el Maná y las codornices que les daba su
Moisés no costaban nada, y los millones que nos da nuestro Moisés
cuestan mucho.
En fin, sea como sea, yo me atrevo a publicar esta endiablada
_Meditación_. Al cabo, no soy esparciata para dar muerte a mis hijos
enfermizos, aunque tenga que ser esparciata y tengamos que ser
esparciatas todos los españoles para tragar la salsa negra, si siguen
las cosas así.
Considere el pío lector que esta _Meditación_ es como un entretenimiento
y nada más, y sea verdaderamente pío, que harto lo exige el caso. Lea mi
_Meditación_ sobre el dinero como quien lee un libro de cocina cuando
tiene hambre, y hallará en mi _Meditación_ algún consuelo y alivio.
Si por dicha, que no es de esperar, mi _Meditación_ no pareciese muy
mala, tal vez me animaría yo a escribir otra sobre las contribuciones y
los empréstitos de España, diciendo siempre lo que dice el vulgo y nada
más que lo que dice el vulgo, sin meterme en honduras.
LAS ESCRITORAS EN ESPAÑA
Y ELOGIO DE SANTA TERESA(b).
Nada podría lisonjearme y agradarme más que el encargo que me habéis
dado de contestar al bello discurso que acabamos de oír. Su autor,
recibido hoy en el seno de esta corporación, está unido a mí por lazos
de parentesco, y, lo que es más estimable y grato, por amistad de mucho
tiempo, jamás interrumpida hasta ahora y que promete no serlo nunca.
(b) Discurso leído en la Real Academia Española, el 30 de Marzo
de 1879, en la recepción del Conde de Casa-Valencia.
Si la disposición de ánimo, que de este afecto nace, no tuerce mi
juicio, inclinándole a la benevolencia, me atrevo a afirmar que la obra
literaria, que el nuevo Académico nos ha leído, corrobora las razones
que para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad,
tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de crítica
juiciosa.
Pero, por mucho que valga su discurso, el Conde de Casa-Valencia había
exhibido antes otros títulos de más valer para aspirar a tomar asiento
entre vosotros.
No pocas veces he discutido yo con él acerca de un punto importantísimo
en la historia de toda literatura, y singularmente de la española, en
nuestros días. Fundábase nuestra controversia en este aserto, que
dábamos por sentado: en nuestra España apenas tiene el escritor el
incentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no debe suponerse
que sea él y no el amor de la gloria quien a escribir estimule.
La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o escasez
de incentivo, era un bien o un mal para las letras.
Como yo no vengo aquí a hacer pública confesión de mis culpas, no diré
si por carácter vacilo; pero sí confesaré que, salvo en ciertas
cuestiones de primer orden, en que sostengo siempre la misma opinión,
rayando en tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, que
considero secundarias, vacilar con demasía y no acabar nunca de
decidirme, fluctuando entre los más encontrados pareceres. Percibo o
imagino qué percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya me
siento solicitado por unos, ya atraído por otros, en direcciones
opuestas.
En este asunto de las letras mal remuneradas me ocurre, mil veces más
que en otros, tan lastimosa fluctuación.
Prescindo del interés que como escritor me induce a desear que los
libros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganar
la vida. Y libre mi criterio de esta seducción, diré en breves frases lo
que en pro de ambos pareceres se presenta a mi espíritu.
Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un tratado del célebre
Alfieri, cuyo título es _Del Príncipe y de las letras_. Nada me parecía
más razonable que lo que allí se afirma. Todavía, en tiempo del autor,
los poetas, los filósofos, los que componían historias, todos los
escritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o gozaban
remuneración por sus trabajos de algún magnate, monarca, tirano o señor
espléndido, que los protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declama
con severa elocuencia y se desata en invectivas y en raudales de
indignación. Para complacer al príncipe, magnate o tirano, a quien se
sirve y de quien todo se espera o teme, importa adular, encubrir a
menudo las verdades más provechosas al género humano y emplear un estilo
sin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misión en
lo que vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la protección y
tutela del tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivir
independiente, y que, de esta manera, escribiendo sólo por amor a la
gloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo y purísimo de
adoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga obras
merecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generaciones
futuras, a quienes sirvan de guía y norte.
Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba gracias
fervientes al cielo porque me había hecho nacer en una edad en que las
cosas habían cambiado de tal suerte, que el escritor, contando con el
público, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin de no
incurrir en su enojo se veía obligado a callar las más útiles y hermosas
teorías.
Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que hoy se llama
público y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamaba
vulgo, ¿no es tirano también? ¿No es menester adularle si queremos ganar
su voluntad? ¿No conviene decirle las cosas que le deleitan para tenerle
propicio? ¿No se necesita callar las verdades más sanas para que no se
enfade?
Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el público y el
pueblo fuesen la misma entidad, aún se podría sostener que posee, si no
reflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad o la belleza,
instinto semi-divino y casi infalible que le lleva a fallar sobre todo
ello con justicia. Pero, entre las muchedumbres que gozarán, a no
dudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige,
siempre o casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve y
sutil, muy tupida, donde la voz se embota y apaga o el escrito se
detiene, sin llegar ante los ojos o sin penetrar en los oídos de ese
vulgo o de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera candidez
sabría decidir lo justo, si la voz o el escrito se pusiera a su alcance.
Detenidos éstos en la mencionada capa social, sólo de ella pueden los
escritores esperar hoy el galardón que apetecen. Lo malo es que las
gentes que forman esta capa social son, a mi ver, poco a propósito para
el fallo. Egoístas en grado sumo, se dejan arrastrar de la pasión o del
interés del momento. Hasta lo más excelso y trascendental se subordina a
la moda: ora por moda son creyentes; ora por moda son impíos. A la
adulación se hallan tan propensos como el más engreído tirano. Y suelen
carecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de las
letras, han dado pruebas brillantísimas. Bien puede ponerse en duda que
haya habido jamás clase media bastante ilustrada para competir en tino,
al proteger la poesía y las demás letras humanas, con Pericles, Augusto,
Mecenas, Bembo, Leon Décimo, Lorenzo el Magnífico, Luis XIV de Francia y
el Duque de Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y escudriña bien este
negocio, qué cosas tan útiles al linaje humano se hubieron de callar los
protegidos por no incurrir en el desagrado de sus egregios protectores.
¿Qué prohibiría decir, por ejemplo, el Duque de Weimar a Herder,
Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy a entender que ellos
dijeron todo lo que quisieron, y que, sin miedo de perder el favor del
amable soberano que los hospedaba y regalaba con generosa magnificencia,
permítaseme lo familiar de la frase, se despacharon a su gusto.
No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razón; pero es
menester hacer extensivo su argumento no sólo al escritor que se somete
a un príncipe, sino también al escritor que al público se somete. Por
donde vendrá a inferirse que la verdadera independencia y nobleza de
quien escribe está en el propio ser de su alma y no en la circunstancia
exterior de que viva asalariado por un príncipe o por un mercader de
libros que le paga con lo que del público cobra.
Sea como sea, en el día este segundo modo de ganar algo con las letras
es el único posible. Los príncipes no son señores de vidas y haciendas;
apenas se halla tirano, amable o no amable, que pueda disponer de la
fortuna pública para proteger a los poetas y literatos; y lo más natural
es que éstos se hagan pagar por el público su trabajo; porque no se ha
de confundir por ningún estilo el antiguo patrocinio de los príncipes
con lo que hoy se llama protección oficial. Esto, por muchas garantías
que se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, tiene todos
los inconvenientes de los otros dos modos de protección. En lo tocante a
servilismo baja hasta lo ínfimo, pues no se trata ya de adular a los
Médicis o al distinguido y simpático Duque de Weimar, sino al Ministro,
tal vez zafio y oscuro, al Director, tal vez lego, y acaso, acaso, al
triste Oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primores
del estilo, la atildada compostura, que para ganar la protección de la
Corte se requerían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo que
de esta protección oficial, concedida en virtud de prosaicos
expedientes, sólo nace una literatura enfermiza y enteca, como planta
criada en invernáculo: libros de pacotilla, sin elevación ni libertad de
espíritu en quien los escribe, y desprovistos además de aquella
distinción y de aquella pulcritud aristocráticas, que siempre son un
mérito, no existiendo otros de más sustancia.
Así, pues, yo propendo a creer que es inútil, si no por todo extremo
nociva, la protección oficial a la literatura, y en particular a la
amena, y sólo comprendo que proteja y subvencione el Estado ciertas
producciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumir
razonablemente que no cuentan en una nación, medio culta siquiera, con
un público que pase de cien personas, como por ejemplo, un libro de
matemáticas sublimes, erizado de fórmulas, signos y figuras, y
atiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo demás, o dígase
novelas, versos, historia, política, y hasta filosofía, el público debe
pagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se escriba o que se escriba de
balde.
Casi se puede afirmar que tal es el caso en España.
Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal o es un bien? Yo, a pesar de
mis vacilaciones, y a pesar del interés personal que me lleva a creer lo
contrario, creo que es un bien.
Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo que
decir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen.
Por decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayor
hechizo que el de que nos escuchen o nos lean? Fiado en este hechizo,
trazó Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compañía o
sociedad de oyentes, que se haría pagar por oír a los autores. El
filósofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numen
agitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija con
invencible brío, escribirán sus filosofías, sus poesías y sus visiones,
aunque nada les valgan. El escribir entonces será de veras sacerdocio:
algo de devotísimo y sagrado que no se tomará por oficio. Se escribirán
pocos libros medianos. Sólo se escribirán algunos buenos.
Y se escribirán muchos pésimos, por los alucinados de la gloria; pero
esto no obsta, porque el rió del olvido los arrastrará en su corriente,
a poco de haber salido a luz y sin dejar huella ninguna.
De que los libros no valgan dinero resultará que todos aquellos hombres
de entendimiento, que sirven para algo, harán mil cosas útiles y no
escribirán. Sólo escribirán los verdaderamente inspirados, los amantes
de la gloria, los punzados e impelidos por el estro, los que tienen algo
grande y nuevo que decir, o el que absolutamente no sirve para nada, y,
como ha seguido carrera literaria, se hace escritor, desesperado de no
poder ser otra cosa y para consolación en su desventura.
Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente los que, llenos de
terror de que haya tanto letrado en España, dicen que deben dificultarse
las carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en más
humildes menesteres; porque nuestras aficiones hidalgas o señoriles no
lo consentirán nunca; y, si el que estudia algo, aunque sea poco, se
convierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere regalo y
favor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en las
Universidades, se convertirá en hacendista, y las cosas empeorarán. Un
poeta, por perverso que sea, es al cabo menos dañino que cualquiera
aspirante a ministro de Hacienda, o a banquero o a director del Tesoro.
El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son dañinos
los muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus obras.
Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más próspero del pueblo para
quien se escriben, hay que lamentar hoy cierta plétora. Así en
Inglaterra. Tauchnitz, editor de Leipzig, hace una edición de autores
ingleses, contemporáneos los más. Es de presumir que sólo publica lo
mejor. Su biblioteca o colección, no obstante, consta ya de mucho más de
mil volúmenes. Convengamos en que esto pone grima. ¿Es posible que el
espíritu humano, por fértil que sea, tenga suficientes primores,
novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volúmenes, o habrá
harto de repeticiones y de palabrería? Lo confieso: al ver esta viciosa
lozanía, esta intrincada selva o matorral de libros, que nacen donde se
pagan, casi me avengo a que no se paguen aquí o se paguen mal, a fin de
que sólo escriban los que por ilusión sandía se creen _genios_, o los
que tienen algo de _genios_ y no pueden menos de escribir. Los libros de
aquéllos pasarán y los pocos de éstos quedarán, como conviene que
queden, sin confundirse en el fárrago insulso de tanto como por oficio
se escribe.
Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los autores
no suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunque
yo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien me
guardo de confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se peca
gravemente en esto, donde los libros valen. Hay, verbigratia, una
Historia de Inglaterra, que se toma por modelo. No empieza la narración
sino doscientos años ha. El autor murió dejando escritos, en unos ocho
tomos de la citada edición de Tauchnitz, ocho años sobre poco más o
menos de dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy hubiera sido
menester en el autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalen, a
fin de escribir doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia uno
que no leyese muy de priesa tendría que consumir lo mejor de su vida.
Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escritor sea bien
retribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sea. Y
es una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacar
a luz obras inmortales con larga meditación y estudio, sino que las
mejores obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como por
milagro y caso divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antes
de atinar con una buena.
En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el trigo
nace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaña y otras yerbas
perniciosas; y, sin embargo, no es razón que, a fin de evitar que la
cizaña nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en él buena
simiente. Ya vendrá en su día y sazón quien escarde el haza o sembrado,
y arranque lo que allí ha nacido de más, a fin de que el trigo crezca,
medre y cunda sin ahogo.
Esto, en las letras, lo hace la crítica. Porque yo me figuro, pongo por
caso, que había de haber un sin número de cantos o narraciones populares
sobre la guerra de Troya, y que sin duda algún sabio discreto desechó lo
más y escogió lo menos y más hermoso, y, enlazándolo entre sí con
artificio y orden, compuso los maravillosos poemas de la Ilíada y de la
Odisea. Y del gran moralista antiquísimo de los chinos, no ya por
presunción se colige, sino que a ciencia cierta se sabe, que de fatigosa
cantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por vanas y frívolas, ya
por repetidas, reunió lo mejor y más sustancioso, y esto le dio la fama,
el crédito y la autoridad semidivina de que él goza entre los de su
nación y casta, con provecho y bienandanza de todos.
Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho, aunque
se nos antoje que no es de mérito, porque sin tanta rapsodia no hubiera
salido la Ilíada, y sin tanta sentencia no hubiera podido extraer las
suyas el sabio Confucio.
En España, dejando en suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mi
entender para todo hay razones, se escribe poco en proporción de lo que
en otros países se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España,
no suele ser lo peor lo que, por incuria o falta de estímulo, queda
inédito o pasa ignorado.
Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones ilustres,
que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de gran
importancia unas, y otras de sabrosísima lectura, andan perdidas en los
periódicos, o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadie
las imprima y publique en colección: así, por ejemplo, los escritos de
D. Agustín Durán, de D. Antonio Alcalá Galiano, de D. José Joaquín de
Mora y de otros.
Los españoles son más aficionados al tumulto del espectáculo público que
a la soledad y al retiro, y más se avienen con emplear los oídos en
escuchar, que los ojos en leer las creaciones del ingenio, por donde
éste suele mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y en la
tribuna. De aquí que nuestra Academia elija gran parte de sus individuos
entre los autores dramáticos y los oradores.
De los últimos hay varios que apenas han dejado escritos, por faltarles
tiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron es
fácil rastrear y columbrar cuánto hubieran acertado al hacerlo, si con
afán hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de escritores
que los adornaban. Valga como muestra la bellísima cita, hecha por el
Conde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un artículo del
Sr. Ríos Rosas, _La mujer de Canarias_, única producción en prosa, que a
más del discurso de recepción aquí, confieso conocer, como trabajo
meramente literario, de tan eminente republico y tribuno.
El nuevo Académico, a quien tengo la honra de contestar, se cuenta entre
aquellos que vienen principalmente aquí a título de oradores, como
Pacheco, Olózaga, Gonzalez Bravo y el citado Ríos Rosas.
Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto digna de este premio.
Fácil y discreto en cuanto dice, une el Conde, a la elegancia de la
frase, la nitidez, la corrección y el método, que valen tanto para
hacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al auditorio y
ganan las voluntades; la firmeza que infunde el convencimiento; y la
circunspección, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se ajustan
tan bien con la índole del hombre de Estado.
Pero el nuevo Académico no ha lucido sólo en las Asambleas políticas las
dotes que como orador le distinguen, sino que, durante tres años, ante
numeroso y complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesantes
lecciones sobre _La libertad política en Inglaterra_, las cuales, con
aplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente la
política, corren impresas en tres volúmenes. En ellos, a más de campear
las excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticias
históricas, para la generalidad de nuestros compatriotas desconocidas, y
muchas advertencias y máximas, sacadas con tino y agudeza de los mismos
hechos que se refieren.
Entre otros trabajos del Conde, es muy de alabar además uno bastante
extenso, publicado en la _Revista de España_, con el título de _La
embajada de Don Jorge Juan en Marruecos_, en el cual, no sólo se
descubren excelentes condiciones del estilo propio para la narración
histórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y reflexiva de que el autor
da tantas señales en las precitadas lecciones.
De su discurso de recepción sería petulancia en mí el hacer aquí
panegírico. ¿Cuál mejor que vuestro aplauso? ¿Qué prueba más clara de su
mérito que el deleite e interés incesante con que le habéis oído?
Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni la
premura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos, que en estos
días me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior,
habrían de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la cortedad
de mi entendimiento no lo estorbasen.
El tema sobre que versa el discurso no puede serme más simpático; pero
esto no basta.
Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en asistir a estas
reuniones, encarece mi amigo y compañero la capacidad que hay en ellas
para el cultivo de las letras y cuán útil y conveniente es que las
cultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con la
suya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones.
Lo poco que yo añada será para esforzarlas.
El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al del
hombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espíritu de ellas concibe
sería, a mi ver, monstruoso, si no diese señales de que es de mujer. Mas
esta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presupone
inferioridad mucho menos. La diferencia está en las condiciones y
calidades: en algo que se siente de un modo confuso y que es difícil de
determinar y de expresar.
Pero la diferencia existe, y, aunque no sea más que por esta diferencia,
deben escribir las mujeres. Si sólo escriben los hombres, la
manifestación del espíritu humano se dará a medias: sólo se conocerá
bien la mitad del pensar y del sentir de nuestro linaje. En los pueblos
donde la mujer vive envilecida en la servidumbre, y no se la deja
educarse y saber, la civilización no llega jamás a completo
florecimiento: antes de llegar, se corrompe o se marchita. Es como si al
alma colectiva de la nación o casta donde esto ocurre se le cortase una
de las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismo
atrofiado o inerte por la parálisis.
Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la operación
más inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y consolador sostener esta
diferencia. Si yo cayese en la tentación de hacerme espiritista y de dar
fe a la _palingenesia_, _metempsícosis_, o como quiera llamarse,
imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que pueblan el
éter insondable, entendería que la mujer siempre quedaba mujer; pues
tendría yo una desazón grandísima si me volviese a hallar, en Urano o en
Júpiter, con la linda señora, a quien hubiese amado en nuestro planeta,
aunque fuese de un amor más platónico que el de Petrarca por Laura,
convertida en caballero o en algo equivalente, según los usos de por
allá.
No puede ser mero accidente orgánico el ser de un sexo o de otro, sino
calidad esencial del espíritu que informa el cuerpo.
Repito, no obstante, que no implica esto que se dé inferioridad en las
mujeres, ni en el alma ni en los órganos que la sirven. Los españoles
nos hemos inclinado siempre a creerlas superiores en todo. El sublime
concepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia que Calderon,
no una, sino varias veces, pone en boca de sus galanes:
Que si el hombre es breve mundo,
la mujer es breve cielo.
Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto _diálogo_ que escribió _en
laude de las mujeres_, titulado _Ginaecepaenos_, se extrema en ponderar
lo superiores que son en todo las mujeres, valiéndose para ello de las
doctrinas escolásticas, de la historia, de la teología y de los
argumentos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con _darwinismo_
profético y piadoso, que Dios sacó de lo menos acabado y perfecto lo más
perfecto y acabado. Del hombre sacó a la mujer, no sin menoscabo y
detrimento, pues que le sacó una costilla; y de la mujer, sin detrimento
ni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo bacón, en quien quiso
humanarse. Otra observación no menos curiosa del _Ginaecepaenos_ es que
el hombre fue creado por Dios en cualquiera parte, mientras que a la
mujer la creó Dios en el Paraíso.
Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que la
mujer, aun cuando no escriba, influye benéficamente inspirando lo mejor
de cuanto se escribe. ¿Qué poesía, qué drama, qué leyenda, qué novela,
no tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspirado por su amor
y deseoso de conquistar su amor, canta casi siempre el poeta. Mas no
contentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas de inspirar sólo,
han querido y debido escribir también, a fin de que una de las faces de
nuestro espíritu, colectivamente considerado, no quede en la sombra, sin
dejar rastro y sin dar razón permanente de sí.
El nuevo académico, concretándose a nuestra patria, ha hablado con
elogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras que
enriquecen el idioma castellano con sus producciones.
Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extenderse
demasiado, no puede esto hacerse por completo. España ha sido tierra
fecundísima en escritoras, y el Conde de Casa-Valencia ha tenido que
hablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.
Con más reposo y tiempo, que los que tengo ahora, no me sería difícil,
ya que no completar, añadir algo, citando otras autoras de la época
cristiana, y hasta hablando de las poetisas muslímicas, que las hubo en
gran número y muy notables.
Un compañero nuestro, el académico correspondiente D. Gumersindo
Laverde, pronto, por dicha, llenará este vacío. Sé que reúne noticias
con diligencia, y que escribe sobre el asunto. Yo espero que Dios mejore
su quebrantada salud, así por lo mucho que estimo y quiero a tan
laborioso, entendido y modesto amigo, como para que el público goce del
libro que acerca de las escritoras españolas está componiendo, y que
será de seguro bueno y provechoso; como toda obra suya.
Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo, sobre lo que ha dicho el Sr.
Conde, en alabanza de nuestra gran poetisa doña Gertrudis Gomez de
Avellaneda; pero temo repetir lo que ya en algunos escritos míos, a que
me remito, dije de sus obras líricas y de alguna dramática.
La premura del tiempo me incita además a no hablar de la gran poetisa,
para consagrarme todo, en lo que puedo decir aún sin fatigar vuestra
atención, a otra mujer, a otra poetisa harto más asombrosa, hija de
nuestra España y una de sus glorias mayores y más puras; la cual, aun
considerándolo todo profanamente, me atrevo a decir, sin pecar de
hiperbólico, que vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo.
Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhábil; pero mi intento es sano
y de vivo entusiasmo nacido. Mi admiración y mi devoción son tales, que
si respondiese mi capacidad a mi afecto, diría yo algo digno y grande en
su elogio.
Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de esta compatriota y
llamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que yo le
admire, he de poner a Shakspeare, a Dante, y quizás al Ariosto y a
Camoëns; Fenelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no se
adelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desde
que son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun queda
inmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.
Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervoroso
católico, como los santos, los doctores y los prelados sus
contemporáneos la ensalzaban. No voy a hablar
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