Entre naranjos
by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #30122 · 501,172 chars · public domain (US)
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Title: Entre naranjos
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release date: September 28, 2009 [eBook #30122]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
ENTRE NARANJOS
—NOVELA—
15.000
F. Sempere y C.a, Editores
CALLE DE ISABEL LA CATÓLICA, 5
VALENCIA
1904
* * * * *
PRIMERA PARTE
I, II, III, IV, V, VI
SEGUNDA PARTE
I, II, III, IV, V, VI, VII
TERCERA PARTE
I, II, III
* * * * *
PRIMERA PARTE
I
—Los amigos te esperan en el casino. Sólo te han visto un momento esta
mañana: querrán oírte; que les cuentes algo de Madrid.
Y doña Bernarda fijaba en el joven diputado una mirada profunda y
escudriñadora de madre severa que recordaba a Rafael sus inquietudes de
la niñez.
—¿Vas directamente al Casino?...—añadió.—Ahora mismo irá Andrés.
Saludó Rafael a su madre y a don Andrés, que aún quedaban a la mesa
saboreando el café, y salió del comedor.
Al verse en la ancha escalera de mármol rojo, envuelto en el silencio de
aquel caserón vetusto y señorial, experimentó el bienestar voluptuoso
del que entra en un baño tras un penoso viaje.
Después de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estación, de los
vítores y música hasta ensordecer, apretones de manos aquí, empellones
allá, y una continua presión de más de mil cuerpos que se arremolinaban
en las calles de Alcira para verle de cerca, era el primer momento en
que se contemplaba solo, dueño de sí mismo, pudiendo andar o detenerse a
voluntad, sin precisión de sonreír automáticamente y de acoger con
cariñosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocía.
¿Qué bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonante
con el eco de sus pasos! ¡Qué grande y hermoso le parecía el patio con
sus cajones pintados de verde, en los que crecían los plátanos de anchas
y lustrosas hojas! Allí habían pasado los mejores años de su niñez. Los
chicuelos que entonces le espiaban desde el gran portalón, esperando una
oportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramón Brull, eran
los mismos que dos horas antes marchaban agitando sus fuertes brazos de
hortelanos, desde la estación a la casa, dando vivas al diputado, al
ilustre hijo de Alcira.
Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio,
aunque allá en el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha de
que en la preparación del recibimiento habían entrado por mucho las
ambiciones de su madre y la fidelidad de don Andrés con todos los amigos
unidos a la grandeza de los Brull, caciques y señores del distrito.
Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después de
algunos meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil en
el patio, mirando los balcones del primer piso, las ventanas de los
graneros—de las que tantas veces se había retirado de niño, advertido
por los gritos de su madre;—y al final, como un velo azul y luminoso,
un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha de oro
los racimos de inflamadas naranjas.
Le parecía ver aún a su padre, el imponente y grave don Ramón, paseando
por el patio, con las manos atrás, contestando con pocas y reposadas
palabras las consultas de los partidarios que le seguían en sus
evoluciones con mirada de idolatras. ¡Si hubiera podido resucitar
aquella mañana, para ver a su hijo aclamado por toda la ciudad!...
Un ligero rumor semejante al aleteo de dos moscas turbaba el profundo
silencio de la casa. El diputado miró al único balcón que estaba
entreabierto. Su madre y don Andrés hablaban en el comedor: se ocuparían
de él como siempre. Y cual si temiera ser llamado, perdiendo en un
instante el bienestar de la soledad, abandonó el patio, saliendo a la
calle.
Las dos de la tarde. Casi hacía calor, aunque era el mes de Marzo.
Rafael, habituado al viento frío de Madrid y a las lluvias de invierno,
aspiraba con placer la tibia brisa que esparcía el perfume de los
huertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.
Años antes había estado en Italia con motivo de una peregrinación
católica: su madre le había confiado a la tutela de un canónigo de
Valencia, que no quiso volver a España sin visitar a don Carlos, y
Rafael recordaba las callejuelas de Venecia, al pasar por las calles de
la vieja Alcira, profundas como pozos, sombrías, estrechas, oprimidas
por las altas casas, con toda la economía de una ciudad que, edificada
sobre una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y sólo
deja a la circulación el terreno preciso.
Las calles estaban solitarias. Se habían ido a los campos los que horas
antes las llenaban en ruidosa manifestación. Los desocupados se
encerraban en los cafés, frente a los cuales pasaba apresuradamente el
diputado, recibiendo al través de las ventanas el vaho ardiente en que
zumbaban choques de fichas y bolas de marfil, y las animadas discusiones
de los parroquianos.
Rafael llegó al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la vieja
ciudad edificada sobre la isla. El Júcar peinaba sus aguas fangosas y
rojizas en los machones del puente. Unas cuantas canoas balanceábanse
amarradas a las casas de la orilla. Rafael reconoció entre ellas la
barca que en otro tiempo le servía para sus solitarias excursiones por
el río, y que, olvidada por su dueño, iba soltando la blanca capa de
pintura.
Después se fijó en el puente; en su puerta ojival, resto de las antiguas
fortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roída como si
por las noches vinieran a devorarla todas las ratas del río, y en los
dos casilicios que guardaban unas imágenes mutiladas y cubiertas de
polvo.
Eran el patrono de Alcira y sus santas hermanas; el adorado San
Bernardo, el príncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraído al
cristianismo por la mística poesía del culto, ostentando en su frente
destrozada el clavo del martirio.
Los recuerdos de su niñez, vigilada por una madre de devoción crédula e
intransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquella
estatua desfigurada y vulgar era el penate de la población, y la cándida
leyenda de la enemistad y la lucha entre San Vicente y San Bernardo,
inventada por la religiosidad popular, venía a su memoria.
El elocuente fraile llegaba a Alcira en una de sus correrías de
predicador y se detenía en el puente, ante la casa de un veterinario,
pidiendo que le herrasen su borriquilla. Al marcharse le exigía el
herrador el precio de su trabajo, e indignado San Vicente por su
costumbre de vivir a costa de los fieles, miraba al Júcar exclamando:
—_Algún día dirán: así estaba Alsira_.
—_No mentres Bernat estiga_,—contestaba desde su pedestal la imagen de
San Bernardo.
Y, efectivamente; allí estaba aún la estatua del santo como centinela
eterno, vigilando el Júcar para oponerse a la maldición del rencoroso
San Vicente. Es verdad que el río crecía y se desbordaba todos los años,
llegando hasta los mismos pies de _San Bernat_, faltando poco para
arrastrarle en su corriente; es verdad también que cada cinco o seis
años derribaba casas, asolaba campos, ahogaba personas y cometía otras
espantables fechorías, obedeciendo la maldición del patrón de Valencia;
pero el de Alcira podía más, y buena prueba era que la ciudad seguía
firme y en pie, salvo los consiguientes desperfectos y peligros cada
vez que llovía mucho y bajaban las aguas de Cuenca.
Rafael, sonriendo al poderoso santo como a un amigo de su niñez, pasó el
puente y entró en el Arrabal, la ciudad nueva, anchurosa y
despejada—como si las apretadas casas de la isla, cansadas de la
opresión, hubiesen pasado en tropel a la ribera opuesta, esparciéndose
con el alborozo y el desorden de colegiales en libertad.
El diputado se detuvo en la entrada de la calle donde estaba el Casino.
Hasta él llegaba el rumor de la concurrencia, mayor que otros días, con
motivo de su llegada. ¿Qué iba a hacer allí? Hablar de los asuntos del
distrito, de la cosecha de la naranja o de las riñas de gallos,
describirles cómo era el jefe del gobierno y el carácter de cada
ministro. Pensó con cierta inquietud en don Andrés, aquel Mentor que por
recomendación de su madre, si se despegaba de él alguna vez, era para
seguirle de lejos... Pero, ¡bah!, que le esperasen en el Casino. Tiempo
le quedaba en toda la tarde para abismarse en aquel salón lleno de humo,
donde todos al verle se abalanzarían a él mareándole con sus preguntas y
confidencias.
Y embriagado cada vez más por la luz meridional y aquellos perfumes
primaverales en pleno invierno, torció por una callejuela, dirigiéndose
al campo.
Al salir del antiguo barrio de la Judería y verse en plena campiña,
respiró con amplitud, como si quisiera encerrar en sus pulmones toda la
vida, la frescura y los colores de su tierra.
Los huertos de naranjos extendían sus rectas filas de copas verdes y
redondas en ambas riberas del río; brillaba el sol en las barnizadas
hojas: sonaban como zumbidos de lejanos insectos los engranajes de las
máquinas del riego, la humedad de las acequias, unida a las tenues
nubecillas de las chimeneas de los motores, formaba en el espacio una
neblina sutilísima que transparentaba la dorada luz de la tarde con
reflejos de nácar.
A un lado alzábase la colina de San Salvador con su ermita en la cumbre,
rodeada de pinos, cipreses y chumberas. El tosco monumento de la piedad
popular parecía hablarle como un amigo indiscreto, revelando el motivo
que le hacía abandonar a los partidarios y desobedecer a su madre.
Era algo más que la belleza del campo lo que le atraía fuera de la
ciudad. Cuando los rayos del sol naciente le despertaron por la mañana
en el vagón, lo primero que _vio_, antes de abrir los ojos, fue un
huerto de naranjos, la orilla del Júcar y una casa pintada de azul, la
misma que asomaba ahora, a lo lejos, entre las redondas copas de
follaje, allá en la ribera del río.
¡Cuántas veces la había visto en los últimos meses con los ojos de la
imaginación!...
Muchas tardes en el Congreso, oyendo al jefe que desde el banco azul
contestaba con voz incisiva a los cargos de las oposiciones, su cerebro,
como abrumado por el incesante martilleo de palabras, comenzaba a
dormirse. Ante sus ojos entornados desarrollábase una neblina parda,
como si espesara la penumbra húmeda de bodega en que está siempre el
salón de sesiones; y sobre este telón destacábanse como visión
cinematográfica las filas de naranjos, la casa azul con sus ventanas
abiertas, y por una de ellas salía un chorro de notas, una voz velada y
dulcísima cantando _lieders_ y romanzas que servía de acompañamiento a
los duros y sonoros párrafos del jefe del gobierno. De repente, Rafael
despertaba con los aplausos y el barullo. Había llegado el momento de
votar, y el diputado, viendo todavía los últimos contornos de la casa
azul que se desvanecían, preguntaba a su vecino de banco:
—¿Qué, votamos? ¿Sí o no?
La misma visión se le presentaba por las noches en el teatro Real, allí
donde la música sólo servía para hacerle recordar la voz del huerto
extendiéndose por entre los naranjos como un hilo de oro, y en las
comidas con los compañeros de comisión, cuando con el veguero en los
labios y retozándoles la alegría voluptuosa de una digestión feliz, iban
todos a acabar la noche en alguna casa de confianza donde no corriera
peligro su dignidad de representantes del país.
Ahora volvía a ver con intensa emoción aquella casa y marchaba hacia
ella, no sin vacilaciones; con cierto temor que no podía explicarse y
que agitaba su diafragma, oprimiéndole los pulmones.
Pasaban los hortelanos junto al diputado, cediéndole el borde del
camino, y él contestaba distraídamente a su saludo.
Todos ellos se encargarían de contar dónde le habían visto. No tardaría
su madre en saberlo. Por la noche tempestad en el comedor de su casa. Y
Rafael, siempre caminando hacia la casa azul, pensaba con amargura en su
situación. ¿A qué iba allá? ¿Por qué empeñarse en complicar su vida con
dificultades que no podía vencer? Recordaba las dos o tres escenas
cortas, pero violentas, que meses antes había tenido con su madre. El
furor autoritario de aquella señora tan devota y rígida de costumbres,
al enterarse de que su hijo visitaba la casa azul y era amigo de una
extranjera a la que no trataban las personas decentes de la ciudad y de
la que sólo hablaban bien los hombres en el Casino cuando se veían
libres de la protesta de sus familias.
Fueron escenas borrascosísimas. Por aquellos días le iban a elegir
diputado. ¿Es que quería deshonrar el nombre de la familia
comprometiendo su porvenir político? ¿Para eso había arrastrado su padre
una vida de luchas, de servicios al partido, realizados muchas veces
escopeta en mano? ¿Una _perdida_ podía comprometer la casa de los Brull,
arruinada por treinta años de política y de elecciones para los señores
de Madrid, ahora que su representante iba a tocar el resultado de tanto
sacrificio consiguiendo la diputación y tal vez el medio de salvar las
antiguas fincas, abrumadas por el peso de embargos e hipotecas?...
Rafael, anonadado por aquella madre enérgica que era el alma del
partido, prometió no volver más a la casa azul, no ver a la _perdida_,
como la llamaba doña Bernarda, con una entonación que hacía silbar la
palabra.
Pero de entonces databa el convencimiento de su debilidad. A pesar de su
promesa, volvió. Iba por caminos extraviados, dando grandes rodeos,
ocultándose como cuando de niño marchaba con los camaradas a comer fruta
en los huertos. El encuentro con una labradora; con un chicuelo o con un
mendigo, le hacía temblar, a él, cuyo nombre repetía todo el distrito, y
que de un momento a otro iba a conseguir la investidura popular, el
eterno ensueño de su padre. Y al presentarse en la casa azul tenía que
fingir que llegaba por un acto libre de su voluntad, sin miedo alguno.
Así, sin que lo supiera su madre, siguió viendo a aquella mujer hasta la
víspera de su salida para Madrid.
Al llegar Rafael a este punto de sus recuerdos, preguntábase qué
esperanza le movía a desobedecer a su madre, arrostrando su temible
indignación.
En aquella casa sólo había encontrado una amistad franca y
despreocupada, un compañerismo algo irónico, como de persona obligada
por la soledad a escoger entre los inferiores el camarada menos
repulsivo. ¡Ay! cómo veía aún las risas escépticas y frías con que eran
acogidas sus palabras, que él creía de ardorosa pasión. ¡Qué carcajada
aquella, insolente y brutal como un latigazo, el día en que se atrevió a
decir que estaba enamorado!
—Nada de romanticismo, ¿eh, Rafaelito?... Si quiere usted que sigamos
amigos, sea con la condición de que me trate como a un hombre. Camaradas
y nada más.
Y mirándole con sus ojos verdes, luminosos, diabólicos, se sentaba al
piano y comenzaba uno de aquellos cantos ideales, como si quisiera con
la magia del arte levantar una barrera entre los dos.
Otro día estaba nerviosa; la molestaban las miradas de Rafael, sus
palabras de amorosa adoración, y le decía con brutal franqueza.
—No se canse usted. Yo ya no puedo amar: conozco mucho a los hombres,
pero si alguno me hiciese volver al amor, no sería usted, Rafaelito.
Y él allí; insensible a los arañazos y desprecios de aquel terrible
amigo con faldas; indiferente ante los conflictos que la ciega pasión
podía provocar en su casa.
Quería librarse del deseo y no podía. Para arrancarse de tal atracción
pensaba en el pasado de aquella mujer: se decía que a pesar de su
belleza, de su aire aristocrático, de la cultura con que le deslumbraba
a él, pobre provinciano, no era más que una aventurera que había corrido
medio mundo, pasando de unos a otros brazos. Resultaba una gran cosa el
conseguirla; hacerla su amante; sentirse en el contacto carnal camarada
de príncipes y célebres artistas; pero ya que era imposible, ¿a qué
insistir comprometiéndose y quebrantando la tranquilidad de su casa?
Para olvidarla rebuscaba el recuerdo de palabras y actitudes, queriendo
convertirlas en defectos. Saboreaba el goce del deber cumplido, cuando
tras esta gimnasia de su voluntad pensaba en ella sin sentir el deseo de
poseerla, una satisfacción de eunuco que contempla frío e indiferente,
como pedazos de carne muerta, las desnudas bellezas tendidas a sus pies.
Al principio de su vida en Madrid se creyó curado. Su nueva existencia,
las continuas y pequeñas satisfacciones del amor propio, el saludo de
los ujieres del Congreso, la admiración de los que venían de allá y le
pedían una papeleta para las tribunas; el verse tratado como compañero
por aquellos señores, de muchos de los cuales hablaba su padre con el
mismo respeto que si fuesen semidioses; el oírse llamar _señoría_, él, a
quien Alcira entera tuteaba con afectuosa familiaridad, y rozarse en los
bancos de la mayoría conservadora con un batallón de duques, condes y
marqueses, jóvenes que eran diputados como complemento de la distinción
que da una querida guapa y un buen caballo de carreras, todo esto le
embriagaba, le aturdía, haciéndole olvidar, creyéndose completamente
curado.
Pero al familiarizarse con su nueva vida, al perder el encanto de la
novedad estos halagos del amor propio, volvían los tenaces recuerdos a
emerger en su memoria. Y por la noche, cuando el sueño aflojaba su
voluntad en dolorosa tensión, la casa azul, los ojos verdes y diabólicos
de su dueña, y la boca fresca, grande y carnosa con su sonrisa irónica
que parecía temblar entre los dientes blancos y luminosos, eran el
centro inevitable de todos sus ensueños.
¿Para qué resistir más? Podía pensar en ella cuanto quisiera; esto no lo
sabría su madre. Y se entregó a unos amores de imaginación, en los
cuales la distancia hermoseaba aún más a aquella mujer.
Sintió el deseo vehemente de volver a su ciudad. La ausencia y la
distancia parecían allanar los obstáculos. Su madre no era tan temible
como él creía. ¡Quién sabe si al volver allá,—ahora que él mismo se
creía cambiado por su nueva vida,—le sería fácil continuar aquellas
relaciones y preparada ella por el aislamiento y la soledad le recibiría
mejor!
Las Cortes iban a cerrarse, y obedeciendo las continuas indicaciones de
los partidarios y de doña Bernarda que le pedían que hiciese
_algo_—fuese lo que fuese—_algo_ beneficioso para la ciudad, una
tarde, a primera hora, cuando en el salón de sesiones no estaban más que
el presidente, los maceros y unos cuantos periodistas dormidos en la
tribuna, se levantó con el almuerzo subido a la garganta por la emoción,
para pedir al ministro de Fomento más actividad en el expediente de las
obras de defensa de Alcira contra las invasiones del río; un mamotreto
que contaba unos sesenta años de vida y aún estaba en la niñez.
Después de esto ya podía volver con la aureola de diputado _práctico_,
«celoso defensor de nuestros intereses materiales», como le titulaba el
semanario de la localidad, órgano del partido. Y aquella mañana, al
bajar del tren, entre los apretones de la muchedumbre, el diputado,
sordo a la _Marcha Real_ y a los vivas, se levantaba sobre las puntas de
los pies, buscando ver a lo lejos, entre las banderas, la casa azul con
sus masas de naranjos.
Al llegar a ella por la tarde la emoción erizaba su epidermis y oprimía
su estómago. Pensó por última vez en su madre, amante de su prestigio y
temerosa de las murmuraciones de los enemigos; en aquellos demagogos
que por la mañana se asomaban a la puerta de los cafés burlándose de la
manifestación; pero todos sus escrúpulos se desvanecieron al ver la
cerca de altas adelfas y punzantes espinos, las dos pilastras azules en
que se apoyaba la puerta de verdes barrotes, y empujando esta entró en
el huerto.
Los naranjos extendíanse en filas, formando calles de roja tierra,
anchas y rectas como las de una ciudad moderna tirada a cordel, en la
que las casas fuesen cúpulas de un verde obscuro y lustroso. A ambos
lados de la avenida que conducía a la casa, extendían y entrelazaban los
altos rosales sus espinosas ramas. Comenzaban a brotar en ellas los
primeros botones anunciando la primavera.
Entre el rumor de la brisa agitando los árboles y el parloteo de los
gorriones que saltaban en torno de los troncos, Rafael percibió una
música lejana, el sonido de un piano apenas rozado con los dedos, y una
voz velada, tímida, como si cantase para si misma.
Era ella. Rafael conocía la música; un _lieder_ de Schubert, el favorito
de aquella época; un maestro que «aún tenía lo mejor por descolgar»,
según decía la artista en el argot aprendido de los grandes músicos,
aludiendo a que sólo se habían popularizado las obras más vulgares del
melancólico compositor.
El joven avanzaba lentamente, con miedo, como si temiera que el ruido de
sus pasos cortase aquella melodía que parecía mecer amorosamente el
huerto, dormido bajo la luz de oro de la tarde.
Llegó a la plazoleta, frente a la casa, y vio de nuevo sus palmeras
rumorosas, los bancos de mampostería con asiento y respaldo de floreados
azulejos. Allí había reído ella muchas veces escuchándole.
La puerta estaba cerrada. Al través de un balcón entreabierto veíase un
pedazo de seda azul ligeramente curvado: la espalda de una mujer.
Los pasos de Rafael hicieron ladrar a un perro en el fondo del huerto;
huyeron cacareando las gallinas que picoteaban en un extremo de la
plazoleta y cesó la música, oyéndose el arrastrar de una silla, como si
alguien se pusiera en pie.
Apareció en el balcón una amplia bata de color celeste. Lo único que vio
Rafael fueron los ojos, el relámpago verde que pareció llenar de luz
todo el hueco del balcón.
—_¡Beppa! ¡Beppina!_—gritó una voz firme, sonora y caliente de
soprano.—_Apri la porta._
E inclinando su cabeza rubia obscura, cargada de gruesas trenzas, como
un casco de oro antiguo, dijo sonriendo con confianza amistosa y
burlona:
—Bien venido, Rafaelito. No sé por qué, le esperaba esta tarde. Ya nos
hemos enterado de sus triunfos: hasta este desierto llegaron la música y
los vivas. Mi enhorabuena, señor diputado. Pase adelante su señoría.
II
Desde Valencia hasta Játiva, en toda la inmensa extensión cubierta de
arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago
título de _la Ribera_, no había quien ignorase el nombre de Brull y la
fuerza política que significaba.
Cual si no se hubiera realizado la unidad nacional, y el país siguiera
dividido en taifas o waliatos como cuando existía un rey moro en Carlet,
otro en Denia y otro en Játiva, el régimen de elecciones mantenía una
especie de señorío inviolable en cada distrito, y al recorrer en el
gobierno de la provincia el mapa político, siempre que se fijaban en
Alcira, decían lo mismo.
—Ahí estamos seguros. Contamos con Brull.
Era una dinastía que venía reinando treinta años sobre el distrito, cada
vez con mayor fuerza.
El fundador de la casa soberana había sido el abuelo de Rafael, el
ladino don Jaime, que había amasado la fortuna de la familia con
cincuenta años de lenta explotación de la ignorancia y la miseria.
Comenzó de escribiente en el ayuntamiento; después había sido secretario
del juzgado municipal, pasante del notario y ayudante en el Registro de
la propiedad. No quedó empleo menudo de los que ponen en contacto a la
ley con el pobre que él no monopolizase, y de este modo, vendiendo la
justicia como favor y valiéndose de la arbitrariedad o la astucia para
dominar al rebelde, fue haciendo camino y apropiándose pedazos de aquel
suelo riquísimo que adoraba con ansias de avaro.
Charlatán solemne que a cada momento hablaba del artículo tantos de la
ley aplicable al caso, los pobres hortelanos tenían tanta fe en su
sabiduría como miedo a su mala intención, y acudían a solicitar su
consejo en todos los conflictos, pagándole como a un abogado.
Cuando hizo una pequeña fortuna, continuó en las modestas funciones para
conservar en su persona ese respeto supersticioso que infunde a los
labriegos todo el que está en buenas relaciones con la ley, pero en vez
de ser un pedigüeño, solicitante eterno del ochavo de los pobres, se
dedicó a sacarles de apuros, prestándoles dinero con la garantía de las
futuras cosechas.
Dar dinero a préstamo le parecía una mezquindad. Las angustias de los
labradores eran cuando moría el caballo y había que comprar otro. Por
esto don Jaime se dedicó a vender a los hortelanos bestias de labor más
o menos defectuosas que le proporcionaban unos gitanos de Valencia y que
él colocaba con tantos elogios cual si se tratase del caballo del Cid.
Nada de venta a plazos. Dinero al contado; los caballos no eran de
él—según afirmaba con la mano puesta en el pecho—y sus dueños querían
cobrarlos en seguida. Lo único que podía hacer, obedeciendo a su gran
corazón, débil ante la miseria, era buscar dinero para la compra,
pidiéndolo a cualquier amigo.
Caía en la trampa el infeliz labriego impulsado por la necesidad y se
llevaba el caballo después de firmar con toda clase de garantías y
responsabilidades el préstamo de una cantidad que no había visto, pues
el don Jaime, representante de un ser oculto que facilitaba el dinero,
la entregaba al mismo don Jaime, representante del dueño del caballo.
Total: que el rústico adquiría una bestia sin regateo por el duplo de su
valor, habiendo además tomado a préstamo una cantidad con crecido
interés. En cada negocio de estos, don Jaime doblaba el capital. Después
venían inevitablemente los apuros de la víctima; los intereses
amontonándose; las nuevas concesiones, más ruinosas todavía, para
amansar a don Jaime y que diese un mes de _respiro_.
Todos los miércoles, día de mercado en Alcira y de gran aglomeración de
hortelanos, la calle donde vivía don Jaime era un jubileo. Se
presentaban a pedir prórrogas entregando algunas pesetas como donativo
gracioso que no influía en la rebaja del débito; solicitaban otros un
préstamo humildemente, con timidez, como si vinieran a robar al
avariento rábula; y lo extraño del caso era que, según notaban los
vecinos, toda aquella gente después de dejar allí cuanto tenía, marchaba
contenta, con rostro de satisfacción, como si acabara de librarse de un
peligro.
Esta era la principal habilidad de don Jaime. La usura sabía
presentarla como un favor; hablaba siempre en nombre de los _otros_, de
los ocultos dueños del dinero y los caballos, hombres sin entrañas que
le _apretaban_ a él haciéndole responsable de las faltas de los
deudores. Aquellos disgustos los merecía por tener buen corazón, por
meterse a hacer favores, y tal convicción sabía infundir a sus víctimas
el demonio del hombre, que cuando llegaba el embargo y la apropiación
del campo o de la casita, aún decían con resignación muchos de los
despojados:
—El no tiene la culpa. ¿Qué había de hacer el pobre si le obligaban?
Son los otros; los otros que se chupan la sangre del pobre.
Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campo
aquí, luego otro más allá, después un tercero que unía a los dos, y a la
vuelta de pocos años formaban un hermoso huerto de naranjos, adquirido
con más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandando
sus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y el
estómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas,
tuteándolas con fraternal cariño, dándolas palmaditas en la espalda
cuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le haría morir en la
calle como un perro aquella manía de hacer favores.
Así fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad le
hicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos que le temían
como a la Ley y creían en él como en la Providencia.
Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserón
señorial que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó a
frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunque
despreciándole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintiva
solidaridad de la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos,
se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas de iglesia y estuvo siempre
al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alcira
otras personas, que las que al llegar la cosecha recogían miles de
duros; los demás eran la canalla.
Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempeñado y
dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían de
intermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón.
Era su único heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidades
el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de sus
rapiñas.
El padre sentía una satisfacción animal al verle grande, fuerte,
atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aún
por sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en las
pequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejo
usurero teniendo a su lado tal hijo!
Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho
hacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajado
él haciéndose rico? Recordaba la época en que, pobre escribiente, tenía
que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente
con el espinazo doblado. No quería que a su único hijo lo llevasen de
aquí para allá como una máquina.
—¡Mucho dorado!—exclamaba con el desprecio del que no se siente
atraído por las exterioridades,—¡mucho galón, pero al fin un esclavo!
Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la
ciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por él,
apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.
Sería abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente
deseo de antiguo rábula; ver a su vástago entrando con la frente alta en
el vedado de la ley donde él se había introducido siempre
cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una
cadena al pie.
Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de
los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases
eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se
apagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además
tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta,
regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas
tardes en el tiro del palomo, donde era más conocido que en la
Universidad.
Aquel hermoso ejemplar de belleza varonil, grande, musculoso, bronceado,
con unos ojos imperiosos, endurecidos por pobladas cejas, había sido
creado para la acción, para la actividad; era incapaz de enfocar su
inteligencia en el estudio.
El viejo Brull, que por avaricia y por prudencia, tenía a su hijo a
media ración—como él decía—sólo le enviaba el dinero justo para vivir;
pero víctima a su vez de aquellas malas artes con las que otro tiempo
explotaba a los labriegos, había de hacer frecuentes viajes a Valencia,
buscando arreglo con ciertos usureros que hacían préstamos, al hijo en
tales condiciones, que la insolvencia podía conducirle a la cárcel.
Hasta Alcira llegaba el rumor de otras hazañas del _príncipe_, como le
llamaba don Jaime al ver la despreocupación con que gastaba el dinero.
En las tertulias de familias amigas se hablaba con escándalo de las
calaveradas de Ramón; de una riña por cuestión de juego a la salida de
un casino; de un padre y un hermano, gente ordinaria, de blusa, que
juraban matarle si no se casaba con cierta muchacha a la que acompañaba
de día al taller y de noche al baile.
El viejo Brull no quiso tolerar por más tiempo las calaveradas de su
hijo y le hizo abandonar los estudios. No sería abogado: al fin no era
necesario un título para ser personaje. Además, se sentía achacoso; le
era difícil vigilar en persona los trabajos de sus huertos, y necesitaba
la ayuda de aquel hijo que parecía nacido para imponer su autoridad a
cuantos le rodeaban.
Hacía tiempo que había fijado su atención en la hija de un amigo suyo.
En la casa se notaba la falta de una mujer. Su esposa había muerto poco
después de retirarse él de los _negocios_, y el viejo Brull se indignaba
ante el descuido y falta de interés de las criadas. Casaría a su Ramón
con Bernarda, una muchacha fea, malhumorada, cetrina y enjuta de carnes,
que heredaría de sus padres tres hermosos huertos. Además, llamaba la
atención por lo hacendosa y económica, con una parsimonia en sus gastos
que rayaba en tacañería.
Ramón obedeció a su padre. Educado en los prejuicios de la riqueza
rural, creía que una persona decente no podía oponerse a la unión con
una hembra fea y arisca, siempre que tuviese fortuna.
El suegro y la nuera se entendían perfectamente. Enternecíase el viejo
viendo a aquella mujer seria y de pocas palabras indignarse por el más
leve despilfarro de las criadas, gritar a los colonos cuando notaba el
menor descuido en los huertos y discutir y pelearse con los compradores
de naranja por un céntimo de más o menos en la arroba. Aquella nueva
hija era el consuelo de su vejez.
Mientras tanto el _príncipe_ cazaba por la mañana en los montes
cercanos, y se pasaba la tarde en el café; pero ya no le satisfacía el
aplauso de los que se agrupaban en torno de la mesa de billar, ni
visitaba la _partida_ del piso superior. Buscaba la tertulia de las
personas serias, era amigo del alcalde y hablaba de la necesidad de que
todas las personas _pudientes_ estuviesen unidas para meter en un puño a
la pillería.
—Ya le pica la ambición—decía el viejo alegremente a su
nuera.—Déjale, mujer; él se abrirá paso... Así le quiero ver.
Comenzó por entrar en el ayuntamiento y pronto adquirió notoriedad. La
menor objeción en el consistorio era para él una ofensa personal;
terminaba las discusiones en la calle con amenazas y golpes; su mayor
gloria era que los enemigos se dijeran:
—Cuidado con Ramón... Mirad que ese es muy bruto.
Y junto con su acometividad, mostraba para captarse amigos, una
esplendidez que era el tormento de su padre. _Hacía favores_, mantenía a
todos los que por su repulsión al trabajo y su mala cabeza eran
temibles; daba dinero a los que servían de heraldos de su naciente fama
en tabernas y cafés.
Su ascensión fue rápida. Los viejos que le protegían y guiaban, se
vieron postergados. Al poco tiempo fue alcalde; su influencia,
encontrando estrecha la ciudad, se esparció por todo el distrito y
encontró firmes apoyos en la capital de la provincia. Libraba del
servicio militar a mozos sanos y fuertes; cubría las trampas de los
ayuntamientos que le eran adictos, aunque merecieran ir a presidio;
lograba que la guardia civil no persiguiera con mucho encono a los
_roders_ que, por un escopetazo certero en tiempo de elecciones, iban
fugitivos por los montes; y en todo el contorno nadie se movía sin la
voluntad de don Ramón, al que los suyos llamaban con respeto el _quefe_.
Su padre murió viéndole en el apogeo de su gloria. Aquella mala cabeza
realizaba su sueño: la conquista de la ciudad, el dominio de los hombres
completando el acaparamiento del dinero. Y también antes de morir vio
perpetuada la dinastía de los Brull con el nacimiento de su nieto
Rafael, producto de los encuentros conyugales instintivos e insípidos de
un matrimonio al que sólo unía la costumbre y el deseo de dominación.
El viejo Brull murió como un santo. Salió de la vida ayudado por todos
los últimos sacramentos; no quedó clérigo en la ciudad que no empujase
en alma camino del cielo, con nubes de incensario en los solemnes
funerales, y aunque los pillos, los rebeldes a la influencia del hijo
recordaban aquellos días de mercado en los cuales el rebaño de los
huertos venía a dejarse esquilar en su despacho de rábula, toda la gente
sensata que tenía que perder, lloró la muerte del hombre digno y
laborioso que, salido de la nada, había sabido crearse una fortuna con
su trabajo.
En el padre de Rafael aún quedaba mucho de aquel estudiantón que tanto
había dado que hablar. Sus gustos de libertino rústico le hacían
perseguir a las hortelanas, a las muchachuelas que empapelaban la
naranja en los almacenes de exportación. Pero tales devaneos quedaban en
el secreto; el miedo al _quefe_ ahogaba la murmuración y como además
costaban poco dinero, doña Bernarda no se daba por enterada.
No amaba a su marido: tenía el egoísmo de la señora campesina que
considera cumplidos todos sus deberes con ser fiel al esposo y ahorrar
dinero.
Por una anomalía notable, ella, tan avara, tan guardadora, capaz de
palabrotas de plazuela cuando había que defender el dinero de la casa,
disputando con jornaleros o con los compradores de la cosecha era
tolerante con los despilfarros del esposo para mantener su soberanía
sobre el distrito.
Cada elección abría una brecha en la fortuna de la casa. Don Ramón
recibía el encargo de sacar triunfante a tal señor desconocido, que
apenas si pasaba un par de días en el distrito. Era la voluntad de los
que gobernaban allá en Madrid. Había que quedar bien, y en todos los
pueblos volteaban corderos enteros sobre las hogueras; corrían a espita
rota los toneles de las tabernas; se distribuían puñados de pesetas
entre los más reacios o se perdonaban deudas, todo por cuenta de don
Ramón; y su mujer, que vestía hábito para gastar menos y guisaba la
comida con tal estrechez que apenas si dejaban algo para los criados,
era la más espléndida al llegar la lucha, y poseída de fiebre belicosa,
ayudaba a su marido a echar la casa por la ventana.
Era esto un cálculo de su avaricia. El dinero esparcido locamente, era
un préstamo que cobraría con creces en un día determinado. Y acariciaba
con sus ojos penetrantes al pequeñín moreno e inquieto que tenía sobre
sus rodillas, viendo en él al privilegiado que recogería el resultado de
todos los sacrificios de la familia.
Se había refugiado en la devoción como un oasis fresco y agradable en
medio de su vida monótona y vulgar, y experimentaba una sensación de
orgullo cuando algún sacerdote amigo la decía a la puerta de la iglesia:
—Cuide usted mucho de don Ramón. Gracias a él la ola de la demagogia se
detiene ante el templo y los malos principios no triunfan en el
distrito. El es quien tiene en un puño a los impíos.
Y cuando tras una declaración como esta que halagaba su amor propio,
dándole cierta tranquilidad para después de la muerte, pasaba por las
calles de Alcira con su hábito modesto y su mantilla, no muy limpia,
saludada con afecto por los vecinos más importantes, le perdonaba a su
Ramón todos los devaneos de que tenía noticia y daba por bien empleados
los sacrificios de fortuna.
¡Si no fuera por ellos, qué ocurriría en el distrito!... Triunfarían los
descamisados, aquellos menestrales que leían los papeles de Valencia y
predicaban la igualdad. Tal vez se repartirían los huertos y querrían
que el producto de las cosechas, inmensa pila de miles de duros que
dejaban ingleses y franceses, fuese para todos. Pero para evitar tal
cataclismo, allí estaba su Ramón, el azote de los malos, el campeón de
la buena causa, que la sacaba adelante dirigiendo las elecciones
escopeta en mano, y así como sabía enviar a presidio a los que le
molestaban con su rebeldía, lograba conservar en la calle a los que con
varias muertes en su historia, se prestaban a servir al gobierno
sostenedor del orden y de los buenos principios.
Bajaba la fortuna de la casa de Brull, pero aumentaba su prestigio. Las
talegas recogidas por el viejo a costa de tantas picardías, se
desparramaban por el distrito sin que bastasen a reemplazar su hueco
algunas distracciones de fondos municipales. Don Ramón contemplaba
impávido aquel derroche, satisfecho de que hablasen de su generosidad
tanto como de su poder.
Todo el distrito miraba como una bandera sagrada aquel corpachón
bronceado, musculoso, que arbolaba en su parte superior unos enormes
mostachos en los cuales comenzaban a brillar muchas canas.
—Don Ramón: debía usted quitarse esos bigotes—le decían los curas
amigos con acento de cariñoso reproche.—Parece usted el propio Víctor
Manuel, el carcelero del Papa.
Pero aunque don Ramón era un ferviente católico (que casi nunca iba a
misa) y odiaba a los impíos verdugos del Santo Padre, sonreía
acariciándose los mostachos, muy satisfecho en el fondo de tener alguna
semejanza con un rey.
El patio de la casa era el solio de su soberanía. Sus partidarios le
encontraban paseando de un extremo a otro, por entre los verdes cajones
de los plátanos, con las manos cruzadas en la espalda anchurosa, fuerte
y algo encorvada por la edad: una espalda majestuosa, capaz de sostener
a todos sus amigos.
Allí administraba justicia, decidía la suerte de las familias, arreglaba
la vida de los pueblos; todo con pocas y enérgicas palabras, como un rey
moro de los que en aquella misma tierra gobernaban siglos antes a sus
súbditos a cielo descubierto. En los días de mercado se llenaba el
patio. Deteníanse los carros ante la puerta, todas las rejas de la calle
tenían cabalgaduras atadas a sus hierros, y dentro de la casa sonaba el
zumbido de la rústica aglomeración.
Don Ramón les escuchaba a todos, gravo, cejijunto, con la cabeza
inclinada, teniendo a su lado al pequeño Rafael, apoyándose en él con un
ademán copiado de los cromos, donde él había visto a ciertos reyes
acariciando al príncipe heredero.
Las tardes de sesión en el Ayuntamiento, el cacique no podía abandonar
su patio. En la casa municipal no se movía una silla sin su permiso,
pero le gustaba permanecer invisible como Dios, haciendo sentir su
voluntad oculta.
Toda la tarde se pasaba en un continuo ir y venir de concejales desde la
casa del pueblo al patio de don Ramón.
Los escasos enemigos que tenía en el municipio, gente de oficio—como
decía doña Bernarda—devoradora de papeles contrarios al rey y la
religión, atacaban al cacique, censuraban sus actos, y todo el rebaño de
don Ramón se estremecía de cólera e impotencia. ¡Había que contestar! A
ver: uno que fuese a consultar al _quefe_.
Y salía un regidor corriendo como un galgo, y al llegar a la casa
señorial echando los bofes, sonreía y suspiraba con satisfacción viendo
que el _quefe_ estaba allí, paseando como siempre por su patio,
dispuesto a sacarles del apuro como inagotable Providencia. «Fulano
había dicho esto y lo otro». Deteníase en sus paseos don Ramón, meditaba
un rato y acababa diciendo con fosca voz de oráculo; «Bueno; pues
contestadle aquello y lo de más allá». El partidario salía desbocado
como un caballo de carreras; todos sus compañeros se agrupaban ansiosos
para conocer la sabia opinión y se establecía un pugilato entre ellos,
queriendo cada uno ser el encargado de anonadar al enemigo con las
santas palabras, hablando todos a la vez como pájaros que de repente ven
la luz y rompen a cantar desaforadamente.
Si el enemigo replicaba, otra vez la estupefacción y el silencio; nueva
corrida en busca de la consulta, y así transcurrían las sesiones con
gran regocijo del barbero _Cupido_—la peor lengua de la ciudad—el
cual, siempre que se reunía el municipio, decía a los parroquianos:
—Hoy es día de fiesta: corrida de concejales en pelo.
Cuando las exigencias del partido le hacían abandonar la ciudad, era su
esposa, la enérgica doña Bernarda, la que atendía las consultas, dando
respuestas, en concepto del partido, tan acertadas y sabias como las del
_quefe_.
Esta colaboración en el sostenimiento de la autoridad de la familia era
lo único que unía a los esposos. Aquella mujer, falta de ternura, que
jamás había experimentado la menor emoción en su roce conyugal y se
prestaba al amor con la pasividad de una fiera amansada y fría,
enrojecía de emoción cada vez que el jefe admitía como buenas sus ideas.
¡Si ella dirigiera el partido!... Ya se lo decía muchas veces don
Andrés, el amigo íntimo de su esposo, uno de esos hombres que nacen para
ser segundos en todas partes, y fiel a la familia hasta el sacrificio,
formaba con los dos esposos la santa trinidad de la religión de los
Brull esparcida por todo el distrito.
Allí donde don Ramón no podía ir, se presentaba don Andrés, como si
fuese la propia persona del jefe. En los pueblos le respetaban como
vicario supremo de aquel dios que tronaba en el patio de los plátanos, y
los que no se atrevían a aproximarse a éste con sus súplicas, buscaban a
aquel solterón de carácter alegre y familiar que siempre tenía una
sonrisa en su cara tostada cubierta de arrugas y un cuento bajo su
bigote recio tostado por el cigarro.
No tenía parientes y pasaba casi todo el día en la casa de Brull. Era
como un mueble que interceptaba el paso en las habitaciones, y
acostumbrados todos a él, resultaba indispensable para la familia. Don
Ramón le había conocido en su juventud de modesto empleado en el
ayuntamiento, y le enganchó bajo su bandera, haciéndole al poco tiempo
su jefe de estado mayor. Según él, no había en el mundo persona de más
mala intención y con más memoria para recordar nombres y caras. Brull
era el caudillo que dirigía las batallas; el otro ordenaba los
movimientos y remataba a los enemigos cuando estaban divididos y
deshechos. Don Ramón era dado a arreglarlo todo con la violencia, y a la
menor contrariedad hablaba de echar mano a la escopeta. De seguir sus
impulsos, la gente de acción del partido hubiera hecho cada día una
muerte. Don Andrés hablaba con seráfica sonrisa de _enredarle las patas_
al alcalde o al elector influyente que se mostraba rebelde y arrojaba un
chaparrón de papel sellado sobre el distrito, promoviendo procesos
complicados que no terminaban nunca.
Despachaba la correspondencia del jefe; tomaba parte en los juegos de
Rafael, acompañándole a pasear por los huertos y cerca de Bernarda,
desempeñaba las funciones de consejero de confianza.
Aquella mujer arisca y severa, únicamente se mostraba expansiva y
confiada con don Andrés. Cuando esté la llamaba su _ama_ o la _señora
maestra_, no podía evitar un movimiento de satisfacción, y con él se
lamentaba de los devaneos del marido. Era un afecto semejante al de las
antiguas damas por el escudero de confianza. El entusiasmo por la gloria
de la casa les unía con tal familiaridad, que los enemigos murmuraban,
creyendo que doña Bernarda, despechada por las infidelidades del
cónyuge, se entregaba al lugarteniente. Y don Andrés que sonreía con
desprecio cuando le acusaban de aprovechar la influencia del jefe en
pequeños negocios, indignábase si la maledicencia se cebaba en su
amistad con la señora.
Lo que más íntimamente unía a las tres personas era el afecto por
Rafael, aquel pequeño que había de ilustrar el apellido de Brull,
realizando las ilusiones del abuelo y el padre.
Era un muchacho tranquilo y melancólico, cuya dulzura parecía molestar a
la rígida doña Bernarda. Siempre pegado a sus faldas. Al levantar los
ojos, encontraba fija en ella la mirada del pequeño.
—Anda a jugar al patio—decía la madre.
Y el pequeño salía inmediatamente triste y resignado, como obedeciendo
una orden penosa.
Don Andrés era el único que le alegraba con sus cuentos y sus paseos por
los huertos, cogiendo flores para él, fabricándole flautas de caña. El
fue quien se encargó de acompañarle a la escuela y de hacerse lenguas de
su afición al estudio.
Si era serio y melancólico, es porque iba para sabio, y en el casino del
partido les decía a los correligionarios:
Ya veréis lo que es bueno, así que Rafaelito sea hombre. Ese va a ser un
Cánovas.
Y ante aquella reunión de gente tosca, pasaba como un relámpago la
visión de un Brull jefe del gobierno, llenando la primera plana de los
periódicos con discursos de seis columnas y al final _Se continuará_; y
todos ellos nadando en dinero y gobernando a su capricho España, como
ahora manejaban el distrito.
Jamás príncipe heredero creció entre el respeto y la adulación que el
pequeño Brull. En la escuela los muchachos le miraban como un ser
superior que por bondad descendía a educarse entre ellos. Una plana bien
garrapateada; una lección repetida de corrido, bastaban para que el
maestro, que era del partido para cobrar el sueldo sin grandes retrasos,
dijera con tono profético.
—Siga usted tan aplicado, señor de Brull. Usted está destinado a
grandes cosas.
Y en las tertulias a que asistía su madre, le bastaba recitar una
fabulita o lanzar alguna pedantería de niño aplicado que desea
introducir en la conversación algo de sus lecciones, para que
inmediatamente se abalanzasen a él las señoras cubriéndole de besos:
—¡Pero cuánto sabe este niño!... ¡Qué listo es!
Y alguna vieja añadía sentenciosamente:
—Bernarda, cuida del chico; que no estudie tanto. Eso es malo. ¡Mira
qué amarillento está!...
Terminó sus estudios superiores con los padres escolapios, siendo el
protagonista de los repartos de premios; el primer papel en todas las
comedias organizadas en el teatrito de los frailes. El semanario del
partido dedicaba un artículo todos los años a los sobresalientes y
premios de honor del «aprovechado hijo de nuestro distinguido jefe don
Ramón Brull esperanza de la patria que ya merece el título de futura
lumbrera».
Cuando Rafael volvía a casa con el pecho cargado de medallas y los
diplomas bajo el brazo, escoltado por su madre y media docena de señoras
que habían asistido a la ceremonia, besaba a su padre la vellosa y
nervuda mano. Aquella garra le acariciaba la cabeza e instintivamente se
hundía en el bolsillo del chaleco por la costumbre de agradecer del
mismo modo todas las acciones gratas.
—Muy bien—murmuraba la bronca voz.—Así me gusta... Toma un duro.
Y hasta el año siguiente, rara vez se veía el muchacho acariciado por su
padre. En ciertas ocasiones, jugando en el patio, había sorprendido la
mirada del imponente señor fija en él, como si quisiera adivinar el
porvenir.
Don Andrés se encargó de su instalación en Valencia al comenzar los
estudios en la Universidad. Se cumpliría el deseo del abuelo abortado en
el padre.
—¡Este sí que será abogado!—decía doña Bernarda poseída del mismo
afán que el viejo por aquel título que era el ennoblecimiento de la
familia.
Y temiendo que la corrupción de la ciudad despertase en el hijo las
mismas aficiones del padre, enviaba con frecuencia a don Andrés a la
capital y escribía cartas y más cartas a los amigos de Valencia y en
especial a un canónigo de su confianza, para que no perdiese de vista al
muchacho.
Pero Rafael era juicioso; un modelo de jóvenes serios según decía a su
madre el buen canónigo. Los sobresalientes y premios del colegio de
Alcira continuaban en Valencia, y además, don Ramón y su esposa se
enteraban por los periódicos de los triunfos alcanzados por su hijo en
la «Juventud jurídico escolar», una reunión nocturna en un aula de la
Universidad, donde los futuros abogados se soltaban a hablar discutiendo
temas tan originales como si la «Revolución Francesa había sido buena o
mala», o «el socialismo, comparado con el cristianismo».
Algunos muchachos terribles, que habían de entrar en casa antes de las
diez, so pena de arrostrar la indignación de los padres, se declaraban
rabiosos socialistas y asustaban a los bedeles, maldiciendo la propiedad
sin perjuicio de proponerse—tan pronto como terminasen la
carrera—conseguir una notaría o un registro. Pero Rafael, siempre
mesurado y correcto no era de estos; figuraba en la derecha de la docta
asamblea, y en todas las cuestiones sostenía el criterio sano, pensando
_con_ santo Tomás y otros sabios que le señalaba el canónigo encargado
de su dirección.
Estos triunfos no tardaban en ser propalados por el semanario del
partido, que para aumentar la gloria del jefe y que los enemigos no le
tachasen de parcialidad, comenzaba siempre: «Según leemos en la prensa
de la capital»...
—¡Qué muchacho!—decían a doña Bernarda los curas de la
población.—¡Qué pico de oro! Ya lo verá usted, será otro Manterola.
Y la devota señora, cuando Rafael por fiestas o vacaciones volvía a
casa, cada vez más alto, con modales que a ella se le antojaban la
quinta esencia de la distinción y vistiendo con arreglo al último
figurín, se decía con una satisfacción de madre fea:
—Será un real mozo. Todas las chicas ricas de la ciudad le desearán. No
habrá más que escoger.
Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, las
manos finas y fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barba
rizada y cierta gracia ondulante y perezosa en su cuerpo que le daba el
aspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco alquicel y ricas
babuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de Africa.
Cada vez que volvía a su casa el estudiante, era recibido por su padre
con la misma caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetes
de Banco, pero la garra poderosa que se posaba sobre su cabeza,
acariciábale cada vez con mayor flojedad; pesaba menos.
Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de su
padre. Estaba enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave,
imponente, hablando apenas; pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos,
sólo quedaba de él el macizo esqueleto, marcábanse en aquel cuello, que
antes parecía la cerviz de un toro, los tendones y arterias entre la
piel colgante y flácida, y los arrogantes mostachos, cada vez más
blancos, caían con desmayo como una bandera rota.
Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera empañada
por lágrimas de despecho con que acogió la madre sus temores:
—Que se muera cuanto antes... ¡Para lo que hace!... Que el señor nos
proteja llevándoselo pronto.
Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que se
desarrollaba junto a él, oculto y silencioso.
Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápula
obscura y misteriosa, atravesaba el último torbellino de sus
tempestuosos deseos. La virilidad, al sentir la cercanía de la vejez,
antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y el poderoso
jefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Era
una puesta de sol que incendiaba su vida.
Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiro
loco, sin más guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos de
autoridad, llegaban como un eco doloroso a la casa señorial, donde su
amigo don Andrés intentaba en vano consolar a la esposa.
—¡Pero ese hombre!—rugía iracunda doña Bernarda.—Ese hombre nos va a
perder; no mira que compromete el porvenir de su hijo.
Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la fruta
verde, sin sazonar. Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil,
en las frondosidades de los huertos, en los almacenes de naranja, o al
anochecer, al borde de un camino, las vírgenes apenas salidas de la
niñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho liso y los
miembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las sucias
faldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidades
del partido y le veían entrar en los arrabales buscando jornaleras de
formas desbaratadas por la maternidad, a cuyos maridos enviaba con
antelación a trabajar en sus huertos. Compraba a docenas zapatos de
mujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos que al día siguiente
eran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más entusiastas
correligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendo
de sus _debilidades_, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabal
morenotes, fuertes y ceñudos, como si fueran una reproducción del
_quefe_. Por la noche, cuando don Ramón, rendido por la lucha con el
insaciable demonio que le arañaba las entrañas, roncaba dolorosamente
con un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de baba en los
tristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacos
brazos sobre el pecho, le miraba ceñuda, con unos ojos que parecían
apuñalarle y rogaba mentalmente:
—¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tanto
asco!
Y el Dios de doña Bernarda debió oírla, pues su marido marchaba
rápidamente hacia la muerte, pero como un convencido, sin retroceder ni
sentir miedo, impulsado por aquella llama que le consumía; sin
preocuparse de la pérdida de sus fuerzas y de la tos que sonaba como un
trueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de su pecho.
—Cuídese usted, don Ramón,—decían los curas amigos, únicos que osaban
aludir a los desórdenes de su vida.—Va usted haciéndose viejo y a su
edad, vivir como un joven, es llamar a la muerte.
Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieran
sus hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo que
cada trago de placer le quemaba con nuevos deseos.
Aún acarició a su hijo el día que le vio entrar en el patio, escoltado
por don Andrés, con el título de abogado. Le regaló su escopeta, una
verdadera joya, admirada por todo el distrito, y un magnífico caballo. Y
como si sólo esperase ver cumplido el deseo del viejo Brull, que él no
supo realizar, a los pocos días lanzó su última tos, sonaron
quejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orla
negra de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llegó
la gente como en procesión, para ver si el cadáver del poderoso don
Ramón Brull, que sabía detener o acelerar el curso de la justicia en la
tierra, se pudría lo mismo que los despojos de los demás hombres.
III
Cuando doña Bernarda se vio sola y dueña absoluta de su casa, no pudo
ocultar su satisfacción.
Ahora se vería de lo que era capaz una mujer.
Contaba con el consejo y experiencia de don Andrés, más unido a ella que
nunca y con la figura de Rafael, el joven abogado sostenedor del nombre
de los Brull.
El prestigio de la familia seguía inalterable. Don Andrés, que con la
muerte de su patrón había adquirido en la casa una autoridad de segundo
padre, se encargaba de mantener las relaciones con las autoridades de la
capital y los señorones de Madrid. En la casa, se atendían lo mismo las
peticiones: encontraban igual acogida los partidarios fieles y se hacían
idénticos favores, sin que desmayara la influencia en los lugares que
don Andrés llamaba «las esferas de la administración pública».
Llegó una elección de diputados, y como siempre, Doña Bernarda sacó
triunfante al individuo que le designaron desde Madrid. Don Ramón había
dejado la máquina ajustada y montada perfectamente; sólo faltaba el
engrase para que siguiera marchando, y allí estaba su viuda, siempre
activa, apenas notaba el más leve chirrido en los engranajes.
En el gobierno de la provincia se hablaba del distrito con la misma
seguridad que en otros tiempos.
—Es nuestro. El hijo de Brull tiene igual fuerza que su padre.
La verdad era que a Rafael no le interesaba mucho el partido. Mirábalo
como una de las fincas de la familia cuya legítima posesión nadie le
podía disputar, y se limitaba a obedecer a su madre:—«Ve con don Andrés
a Riola. Nuestros amigos se alegrarán de verte». Y emprendía el viaje
para sufrir el tormento de una paella interminable, en la cual los
partidarios le acongojaban con su regocijo alborotado y los obsequios
ofrecidos entre los rústicos dedos.—«Convendría que dejases descansar
al caballo unos días. En vez de pasear ve por las tardes al casino. Los
correligionarios se quejan porque no te ven». Y abandonando aquellos
paseos que eran su único placer, se hundía en un ambiente denso, cargado
de gritos y humo, donde había de contestar a los más ilustrados del
partido que, llenando de ceniza los platillos del café, querían saber
quién hablaba mejor, Castelar o Cánovas, y en caso de una guerra entre
Francia y Alemania, cuál de las dos naciones vencería; asuntos que
provocaban disputas y enfriaban amistades.
La única relación entablada voluntariamente con el partido era cuando
cogía la pluma y fabricaba para el semanario algún artículo sobre «El
Derecho y la Moral», o «La Libertad y la Fe», resabios de estudiante
aprovechado y laborioso; largas tiradas de lugares comunes con
fragmentos de lecciones de Metafísica, que nadie entendía y excitaban
por lo mismo la admiración de los correligionarios, los cuales decían a
Don Andrés guiñando los ojos:
—¡Qué plumita! ¿eh? Cualquiera discute con él... ¡Qué _profundo!_...
Cuando su madre no le obligaba por las noches a visitar la casa de algún
_pudiente_, al que convenía tener contento, leía; no ya como en Valencia
los libros que le prestaba el canónigo, sino obras que compraba
siguiendo las indicaciones de los periódicos; volúmenes que respetaba su
madre con la santa veneración que la inspiraba el papel cosido y
encuadernado, sólo comparable al desprecio que sentía por los
periódicos, dedicados casi todos ellos a insultar las cosas santas y
favorecer los instintos de la pillería.
Aquellos años de lectura al azar y sin los escrúpulos y temores de
estudiante, abatían sordamente muchas de sus firmes creencias; rompían
la horma que los amigos de la madre habían metido en su pensamiento; le
hacían soñar con una vida grande, de la que no tenían ni noticias los
que le rodeaban.
Las novelas francesas le trasladaban a aquel París que obscurecía el
Madrid apenas conocido en su época del doctorado; los relatos de amores
despertaban en su cuerpo de joven y virtuoso, sin otros deslices que los
vulgares desahogos de la crápula estudiantil, un ardor de aventuras y de
complicadas pasiones en el que latía algo del intenso fuego que había
consumido a su padre.
Vivía en el mundo ideal de sus lecturas, rozándose con mujeres
elegantes, perfumadas, espirituales, de cierto arte en el refinamiento
de sus vicios.
Las hortelanas tostadas por el sol que enloquecían a su padre como
brutal afrodisíaco, causábanle la misma repugnancia que si fuesen
mujeres de otra raza; seres de una casta inferior. Las señoritas de la
ciudad, parecíanle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos de
egoísmo y economía de sus padres, conociendo el precio a que se vendía
la naranja, sabiendo el número de hanegadas con que contaba cada
aspirante a su cariño, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que la
honradez consistía en ser implacable con todo el que no se amoldaba a su
vida tradicional y mezquina.
Por esto le causaba hondo tedio su existencia monótona y gris, separada
por ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que le
envolvía como un perfume exótico y excitante, surgiendo de entre las
páginas de los libros.
Algún día se vería libre, levantaría las alas; y esta liberación había
de realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayoría de edad,
como el príncipe heredero ansía el momento de ser coronado rey.
Desde niño le habían acostumbrado a esperar este suceso que dividiría su
vida en dos, presentándole nuevos caminos para marchar rectamente a la
gloria y la riqueza.
—Cuando mi niño sea diputado—le decía la madre en sus raros arrebatos
de expansión cariñosa—como es tan guapo, se lo disputarán las chicas y
se casará con una millonaria.
Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida de
Rafael, sin alteración alguna; una existencia de aspirante, seguro de su
destino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era como
los niños nobles de otros siglos, que, agraciados en la cuna por el
monarca con un título de coronel, aguardaban jugando al trompo la hora
de ir a ponerse al frente de su regimiento. Había nacido diputado y lo
sería; ahora esperaba entre bastidores.
Su viaje a Italia, en la peregrinación papal, fue lo único que alteró la
monotonía de su existencia. Guiado por el canónigo, visitó más iglesias
que museos: teatros sólo vio dos, aprovechándose de la flojedad que las
peripecias del viaje causaban en el carácter austero de su guía. Pasaban
indiferentes ante las famosas obras artísticas de los templos y se
detenían a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros.
Pero aún así pudo ver Rafael confusamente y como de pasada, un mundo
distinto al de su país, donde fatalmente debía arrastrarse su
existencia. Sintió el roce de la misma vida de placer y pasión que
absorbía en los libros como vino embriagador; y aunque de lejos, admiró
en Milán la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, el
esplendor de una aristocracia señorial y artista en perpetua rivalidad
con la de París y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigrada
en busca del sol, paseando sus _canotiers_ de paja, las cabelleras de
oro de las _misses_ y sus parloteos de pájaro por los jardines donde
meditaba el sombrío poeta y relataba Bocaccio sus alegres cuentos para
alejar el miedo a la peste.
Aquel viaje, rápido como una visión cinematográfica, dejando en Rafael
una confusa maraña de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirvió
para dar a sus pensamientos más amplitud y ligereza, para hacer mayor
aún el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.
Sentía la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba el
ansia de aventuras de la juventud, y dueño de un distrito heredero de un
señorío casi feudal, leía con el respeto supersticioso de un patán, el
nombre de un escritor, de un pintor cualquiera; «gente perdida que no
tiene sobre qué caerse muerta», según declaraba su madre, pero que él
envidiaba en secreto, imaginándose una existencia llena de placeres y
aventuras.
¡Cuánto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en los
libros de Mürger, formando regocijada banda; paseando la alegría de
vivir y el fiero amor al arte por ese mundo burgués, agitado por la
calentura del dinero y las manías de clases! ¡Talento para escribir
cosas hermosas, versos con alas como los pájaros, un cuartito bajo las
tejas, allá en el barrio Latino; una Mimi pobre pero sentimental, que le
amase hablando entre dos besos de _cosas elevadas_ y no del precio de la
naranja como aquellas señoritas que le seguían con ojos tiernos; y a
cambio de esto daría la futura diputación y todos los huertos de su
herencia, que aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas,
todavía le proporcionaban una renta deshonrosa para sus ensueños de
bohemio!
El continuo contacto con estas fantasías le hacía intolerable su vida de
jefe obligado a intervenir en los asuntos de sus partidarios, y a riesgo
de enfadar a su madre, huía del casino, buscando la soledad del campo.
Allí se desarrollaba con más soltura su imaginación, poblando de seres
fantásticos el camino y las arboledas, conversando muchas veces en voz
alta con las heroínas de unos amores ideales, arreglados conforme al
patrón de la última novela leída.
Una tarde, al finalizar el verano, subía Rafael la pequeña montaña de
San Salvador, inmediata a la ciudad. Le gustaba contemplar desde aquella
altura el inmenso señorío de la familia. Toda la gente que habitaba la
rica llanura—según decía don Andrés describiendo la grandeza del
partido—llevaba el apellido de Brull como un hierro de ganadería.
Rafael, siguiendo el camino pedregoso de rápidos zigzags, recordaba las
montañas de Asís que había visitado con su amigo el canónigo, gran
admirador del santo de la Umbría. Era un paisaje ascético. Los peñascos
azulados o rojos asomando sus cabezas a los lados del camino; pinos y
cipreses saliendo de sus hendiduras, extendiendo sobre la yerma tierra
sus raíces tortuosas y negras como enormes serpientes; a trechos,
blancas pilastras con tejadillo, y en el centro, ocupando un hueco,
azulejos con los sufrimientos de Jesús en la calle de Amargura. Los
cipreses agitaban su puntiagudo gorro verde como queriendo espantar las
blancas mariposas que zumbaban sobre los romeros y las ortigas; los
pinos extendían arriba su quitasol, proyectando manchas de sombra sobre
el camino ardiente, en el cual, la tierra endurecida por el sol, crujía
bajo los pies.
Al llegar Rafael a la plazoleta de la ermita, descansó de la ascensión,
tendiéndose en el banco de mampostería que formaba una gran media luna
ante el santuario.
Reinaba allí el silencio de las alturas. Los ruidos de abajo, todos los
rumores de vida y labor incesante de la inmensa llanura, llegaban
arrollados y aplastados por el viento, cual el susurro de un lejano
oleaje. Entre la apretada fila de chumberas que se extendía detrás del
banco, revoloteaban los insectos, brillando al sol como botones de oro,
llenando el profundo silencio con su zumbido. Unas gallinas—las del
ermitaño—picoteaban en un extremo de la plazoleta, cloqueando y
moviendo rudamente sus plumas.
Rafael se abismaba en la contemplación del hermoso panorama. Con razón
le llamaban paraíso sus antiguos dueños, aquellos moros cuyos abuelos,
salidos de los mágicos jardines de Bagdad y acostumbrados a los
esplendores de _Las mil y una noches_, se extasiaron sin embargo al ver
por primera vez la tierra valenciana.
En el inmenso valle, los naranjales como un oleaje aterciopelado; las
cercas y vallados de vegetación menos obscura, cortando la tierra
carmesí en geométricas formas; los grupos de palmeras agitando sus
surtidores de plumas, como chorros de hojas que quisieran tocar el cielo
cayendo después con lánguido desmayo; villas azules y de color de rosa,
entre macizos de jardinería; blancas alquerías casi ocultas tras el
verde bullón de un bosquecillo; las altas chimeneas de las máquinas de
riego, amarillentas como cirios con la punta chamuscada; Alcira, con sus
casas apiñadas en la isla y desbordándose en la orilla opuesta, toda
ella de un color mate de hueso, acribillada de ventanitas, como roída
por una viruela de negros agujeros. Más allá, Carcagente, la ciudad
rival envuelta en el cinturón de sus frondosos huertos; por la parte del
mar, las montañas angulosas, esquinadas, con aristas que de lejos
semejan los fantásticos castillos imaginados por Doré, y en el extremo
opuesto los pueblos de la Ribera alta, flotando en los lagos de
esmeralda de sus huertos, las lejanas montañas de un tono violeta, y el
sol que comenzaba a descender como un erizo de oro, resbalando entre las
gasas formadas por la evaporación del incesante riego.
Rafael, incorporándose, veía por detrás de la ermita toda la Ribera
baja; la extensión de arrozales bajo la inundación artificial; ricas
ciudades, Sueca y Cullera, asomando su blanco caserío sobre aquellas
fecundas lagunas que recordaban los paisajes de la India; más allá la
Albufera, el inmenso lago como una faja de estaño hirviendo bajo el sol;
Valencia cual un lejano soplo de polvo, marcándose a ras del suelo sobre
la sierra azul y esfumada; y en el fondo, sirviendo de límite a esta
apoteosis de luz y color, el Mediterráneo; el golfo azul y temblón,
guardado por el cabo de San Antonio y las montañas de Sagunto y Almenara
que cortaban el horizonte con sus negras gibas como enormes cetáceos.
Mirando Rafael en una hondonada las torres del ruinoso convento de la
Murta, casi ocultas entre los pinares, evocaba la tragedia de la
reconquista; lamentaba la suerte de aquellos guerreros agricultores
cuyos blancos alquiceles aún parecían flotar entre los naranjos, los
mágicos árboles de los paraísos de Asia.
Era un cariño atávico. La herencia mora que llevaba en su carácter
melancólico y soñador, le hacía lamentar—contrariando sus creencias
religiosas—la triste suerte de los creadores de aquel edén.
Se imaginaba los pequeños reinos de los walís feudatarios; señoríos
semejantes al de su familia, sólo que en vez de estar cimentados en la
influencia y el proceso, se sostenían con la lanza de aquellos jinetes
que así labraban la tierra como caracoleaban en juntas y encuentros con
una elegancia jamás igualada por caballero alguno. Veía la corte de
Valencia con sus poéticos jardines de Ruzafa, donde los poetas cantaban
versos melancólicos a la decadencia del moro valenciano, escuchados por
las hermosas, ocultas tras los altos rosales. Y después sobrevenía la
catástrofe. Llegaban como torrente de hierro los hombres rudos de las
áridas montañas de Aragón, empujados al llano por el hambre; los
almogávares desnudos, horribles y fieros, como salvajes; gente inculta,
belicosa e implacable, que se diferenciaba del sarraceno no lavándose
nunca. Varones cristianos arrastrados a la guerra por sus trampas; los
míseros terrenos de su señorío empeñados en manos del israelita; y con
ellos un tropel de jinetes con cascos alados y cimeras espantables de
dragón; aventureros que hablaban diversas lenguas, soldados errantes en
busca de la rapiña y el saqueo bajo la cruz; «lo peor de cada casa», que
apoderándose del inmenso jardín, se instalaban en los palacios, y se
convertían en condes y marqueses para guardar con sus espadas al rey
aragonés aquella tierra privilegiada que los vencidos seguirían
fecundando con su sudor.
«¡Valencia, Valencia, Valencia! Tus muros son ruinas; tus jardines
cementerios, tus hijos esclavos del cristiano»... gemía el poeta
cubriéndose los ojos con el alquicel. Y como banda de fantasmas,
encorvados sobre sus caballos pequeños, nerviosos, finos, que parecían
volar con las patas rectas, arrojando humo por las narices, Rafael veía
pasar al pueblo valenciano, a los moros, vencidos y debilitados por la
abundancia del suelo, huyendo al través de los jardines, empujados por
los invasores brutales e incultos para ir a sumirse en la eterna noche
de la barbarie africana.
Y siguiendo con la imaginación la fuga sin término de los primeros
valencianos que dejaban olvidada y perdida una civilización cuyos
últimos vestigios resucitan hoy en las universidades de Fez, Rafael
sentía el mismo disgusto que si se tratara de una desgracia de su
familia o su partido.
Mientras en aquella soledad evocaba las cosas muertas, la vida le
rodeaba con su agitación. En el tejado de la ermita revoloteaba una nube
de gorriones; en la falda de la montaña pastaba un rebaño de ovejas de
rojizos vellones, las cuales, al encontrar entre los peñascos alguna
brizna de hierba, se llamaban con melancólico balido.
Rafael oyó voces de mujeres que subían por el camino, y tendido como
estaba vio aparecer sobre el borde del banco e ir remontándose poco a
poco dos sombrillas; una de seda roja, brillante, con primorosos
bordados como la cúpula de afiligranada mezquita, la otra de percal
rameado, modesta y respetuosamente rezagada.
Dos mujeres entraron en la plazoleta, y al incorporarse Rafael,
quitándose el sombrero, la más alta, que parecía la señora, contestó con
una leve inclinación de cabeza, y se dirigió al otro extremo,
volviéndole la espalda para contemplar el paisaje.
La otra se sentó a alguna distancia de Rafael, respirando penosamente
con la fatiga de la ascensión.
¿Quiénes eran aquellas mujeres?... Rafael conocía toda la ciudad y jamás
las había visto.
La que estaba cerca de él, era indudablemente una servidora de la otra;
la doncella, la acompañante. Vestía de negro, con cierta gracia
sencilla, como una de esas _soubrettes_ francesas que él había visto en
las novelas ilustradas.
Pero el origen campesino, la rudeza nativa, se revelaba en las manos
cortas, con las uñas anchas y aplastadas, y el dorso afeado con ligeras
manchas amarillas; en los pies gruesos y pesados, a pesar de mostrarse
cubiertos por unas elegantes botinas que delataban con su finura haber
pertenecido antes a la señora. Era bonita, con la frescura de la
juventud. Tenía unos ojos grises, grandes, crédulos, de cordero sencillo
y retozón: el pelo lacio, de un rubio blanquecino, colgaba en desmayadas
mechas sobre la cara tostada y rojiza, sembrada de pecas. Manejaba con
torpeza la cerrada sombrilla, y de vez en cuando miraba con ansiedad la
doble cadena de oro que descendía del cuello a la cintura, como si
temiese la desaparición de un regalo largamente solicitado.
Rafael dejó de examinarla para fijarse en su señora. Su vista recorría
aquella nuca rematada por la apretada cabellera rubia, como una cimera
de oro; el cuello blanco, redondo, carnoso; la espalda amplia y esbelta,
oculta, bajo una blusa de seda azul, adelgazando sus líneas rápidamente
en el talle y ensanchándose después, para marcar el contorno de las
caderas bajo la falda gris ajustada en armónicos pliegues como los paños
de una estatua, y por cuyo borde asomaban los sólidos tacones de unos
zapatos ingleses, encerrando el pie pequeño, ágil y fuerte.
La señora llamó a su doncella. Su voz sonora, pastosa, vibrante, lanzó
unas palabras de las que apenas pudo Rafael alcanzar las principales
sílabas. El rumoroso silencio de la altura pareció plegarlas y
confundirlas; pero el joven estaba seguro de que no había hablado en
español. Era sin duda una extranjera...
Mostraba admiración y entusiasmo ante el panorama; hablaba rápidamente
a su doméstica, señalándole las principales poblaciones que desde allí
veía, citándolas por sus nombres, que era lo único que llegaba
claramente a los oídos de Rafael. ¿Quién era aquella mujer nunca vista
que hablaba en idioma extranjero y conocía el país? Tal vez la esposa de
algún exportador francés o inglés de los que se establecían en la ciudad
para la compra de la naranja. Y obligado por el aislamiento y la
vulgaridad de su vida a una dolorosa continencia, devoraba con sus ojos
los contornos de aquella mujer, el dorso soberbio, opulento y elegante
que parecía desafiarla con su indiferencia.
Vio Rafael cómo cautelosamente salía de su casa el ermitaño, un rústico
que vivía de las personas que visitaban aquellas alturas. Atraído por el
aspecto de la desconocida señora se presentaba a saludarla ofreciéndola
agua de la cisterna y descubrir en su honor la milagrosa virgen.
Volviose la señora para contestar al ermitaño, y entonces pudo
contemplarla Rafael con toda tranquilidad. Era alta, muy alta, tal vez
tenía su misma estatura, pero amortiguada por curvas que delataban la
robustez unida a la elegancia. El pecho opulento y firme y sobre él una
cabeza que causó honda impresión en Rafael. Le parecía ver a través de
una nube—del cálido vapor de la emoción—los ojos verdes, grandes,
luminosos, la nariz graciosa, de alillas palpitantes y rosadas, y aquel
cabello rubio que caía sobre la tez blanca, con transparencias de nácar,
surcada de venas débilmente azules. Era un perfil de hermosura moderna,
graciosa y picante. Rafael creía encontrar en aquellos rasgos la huella
de innumerables artistas. La había visto antes. ¿Dónde?... no lo sabía.
Tal vez en los periódicos ilustrados, en los álbums de bellezas
artísticas; era posible que en las cajas de fósforos que reproducen las
beldades de moda. Lo cierto era que ante aquel rostro visto por primera
vez, sentía en su memoria la misma impresión que al encontrar una cara
amiga tras larga ausencia.
El ermitaño, excitado por la esperanza de la propina, llevábalas hacia
la ermita, a cuya puerta se asomaban curiosas su mujer y su hija,
deslumbradas por los enormes brillantes que centelleaban en las orejas
de la desconocida.
—Entre usted, _señoreta_—decía el rústico.—Le enseñaré la Virgen
¿sabe usted? la Virgen del Lluch, la legítima, la que vino ella sola
desde Mallorca hasta aquí. Allá en Palma creen tener la verdadera, ¿pero
qué han de decir ellos? Les hace rabiar la idea de que Nuestra Señora
prefiere a Alcira, y aquí la tenemos, probando que es la verdadera con
los portentosos milagros que realiza.
Abría la puerta de la pequeña iglesia fresca y sombría como una bodega,
mostrando en el fondo, metida en un altar barroco de oro apagado, la
pequeña imagen con el manto hueco y la cara negra.
El buen hombre, recitaba a toda prisa, como quien la sabe de memoria, la
historia de la imagen. Era la Virgen del Lluch, la patrona de Mallorca.
Un ermitaño vino huyendo de allá, no se sabía por qué: tal vez por
alguna sarracina de las de aquella época de guerras y atropellos, y para
salvar a la Virgen de profanaciones, se la trajo a Alcira, edificando
aquel santuario. Llegaron después los de Mallorca para restituirla a su
isla, pero como la celestial señora les había tomado ley a Alcira y a
sus habitantes, volvió volando sobre el mar sin mojarse los pies, y los
baleares, para ocultar este suceso, labraron una imagen igual. Todo era
cierto, y como prueba allí estaba el primer ermitaño enterrado al pie
del altar, y allí la Virgen con su carita negra a consecuencia del sol y
la humedad del mar que la ennegrecieron en su milagroso viaje.
La señora escuchaba al buen hombre sonriendo ligeramente; su doncella
aguzaba el oído con el miedo de perder alguna palabra de un idioma
comprendido a medias, y sus ojazos de campesina crédula, iban de la
imagen al narrador, expresando admiración por tan portentoso milagro.
Rafael las había seguido dentro de la ermita, y se aproximaba a la
desconocida que afectaba no verle.
—Esta es una tradición—se atrevió a decir cuando el rústico acabó su
relato.—Ya comprenderá usted, señora, que aquí nadie acepta tales
cosas.
—Así lo creo—contestó gravemente la hermosa desconocida.
—_Traición_ o no, Don Rafael—gruñó el ermitaño con descontento—así lo
contaba mi abuelo y todos los de su época, y así lo cree la gente.
Cuando tanto se ha dicho, por algo será.
En la mancha de sol que proyectaba el hueco de la puerta sobre las
baldosas, se marcó la sombra de una mujer.
Era una hortelana pobremente vestida. Parecía joven, pero su cara pálida
y flácida como de papel marcando los salientes y cavidades de su cráneo,
los ojos hundidos y mates y las mechas de cabello sucio que se escapaban
por bajo el anudado pañuelo, dábanla aspecto de enfermedad y miseria.
Caminaba descalza, con los zapatos en la mano, balanceándose
penosamente, con las piernas abiertas, como si experimentara inmenso
dolor al poner las plantas en el suelo.
El ermitaño la conocía mucho, y mientras la infeliz, jadeante por la
ascensión, y el dolor de sus pies desnudos, se dejaba caer en un
banquillo, contaba él su historia en pocas palabras a la señora y a
Rafael.
Estaba muy enferma; una dolencia de la matriz que acababa con ella
rápidamente. No creía en los médicos que, según ella, «la engañaban con
palabras»; además repugnaba a su pudor de buena mujer, cristianamente
educada, prestarse a vergonzosas exhibiciones de los órganos enfermos.
Conocía el único remedio: la Virgen del Lluch acabaría por curarla. Y
todas las semanas, descalza, con los zapatos en la mano, subía la penosa
cuesta, ella que en su huerto apenas podía moverse de la silla y
necesitaba que el marido la arrease para cuidar la casa.
El ermitaño se aproximó a la enferma, tomando una pieza de cobre que
llevaba en la mano. Quería unos gozos como siempre, ¿eh?
—¡_Visanteta, uns gochos!_—gritó el rústico asomando a la puerta.
Y entró en la iglesia su hija, una mocetona morenota y sucia, con ojos
africanos: una beldad rústica que parecía escapada de un aduar.
Se acomodó en un banco, volviendo la espalda a la virgen con el gesto de
mal humor del que se ve obligado a hacer todos los días la misma cosa, y
con una voz bronca, desgarrada, furiosa, que hacía temblar las paredes
del santuario, comenzó una melopea lenta, cantando la historia de la
imagen y sus portentosos milagros.
La enferma, arrodillada ante el altar sin soltar los zapatos, mostrando
por entre las faldas las plantas de los pies amoratadas y sangrientas
por los arañazos de las piedras, repetía el estribillo al final de cada
estrofa, implorando la protección de la Virgen.
Su voz sonaba débil, triste, como un vagido de niño enfermo. Tenía los
macilentos ojos fijos en la imagen con una expresión dolorosa de
súplica, y se cubrían de lágrimas mientras la voz sonaba cada vez más
trémula y lejana.
La hermosa desconocida mostraba cierta emoción ante el espectáculo. La
doncella arrodillándose y siguiendo con movimientos de cabeza el
sonsonete del canto, rezaba en un idioma que al fin conoció Rafael; era
italiano. La señora miraba a la enferma con ojos de conmiseración.
—¡Qué gran cosa es la fe!—murmuró con suspirante voz.
—Sí, señora; una cosa hermosa.
Y Rafael hubiera añadido alguna frase retórica y _brillante_ de las
muchas que había leído en los autores _sanos_, sobre las grandezas de la
fe; pero en vano rebuscó en su memoria; no había nada: aquella mujer
turbaba profundamente su timidez de solitario.
Terminaron los gozos. Con la última estrofa desapareció la cerril
cantante, y la enferma se incorporó trabajosamente, poniéndose en pie
tras varias tentativas dolorosas.
El ermitaño se acercó a ella con la obsequiosidad de un tendero que
ensalza los géneros del establecimiento.—¿Iba aquello mejor? ¿Probaba
la visita a la Virgen?... La pobre enferma, cada vez más pálida,
revelando con una mueca de dolor las terribles punzadas que sufría en
sus entrañas, no se atrevía a contestar por miedo a ofender a la
milagrosa señora. «¡No sabía!... Sí... realmente debía estar mejor...
¡Pero aquella subida!... Esta promesa no había dado tan buen resultado
como las anteriores, pero tenía fe: la Virgen sería buena para ella y la
curaría».
A la salida de la iglesia, mientras revelaba su esperanza con palabras
entrecortadas, fue tanto el dolor, que casi se tendió en el suelo. El
ermitaño la colocó en su silla y corrió después a la cisterna para
traerla un vaso de agua.
La doncella italiana, con los ojos desmesuradamente abiertos por el
susto, quedó ante la pobre mujer consolándola con palabras sueltas que
le arrancaba la lástima _«¡Povera! ¡poverina!... ¡coraggio!»_ Y la
hortelana, en medio de su desfallecimiento, abría los ojos para mirar a
la extranjera, no comprendiendo las palabras, pero adivinando su
ternura.
La señora salió a la plazoleta. Parecía hondamente impresionada por
aquel dolor. Rafael la seguía fingiéndose distraído, algo avergonzado
de su insistencia, y deseando al mismo tiempo una oportunidad para
reanudar la conversación.
Respiró con amplitud la señora al verse en aquel espacio abierto,
inmenso, donde la vista se perdía en el azul del horizonte.
—¡Dios mío!—dijo como si hablase con ella misma.—¡Qué tristeza y qué
alegría al mismo tiempo! Esto es muy hermoso. ¡Pero esa mujer!... ¡esa
pobre mujer!
—Hace ya años que la veo así,—dijo Rafael, fingiendo conocerla mucho,
a pesar de que hasta entonces rara vez se había fijado en la pobre
hortelana.—Todos los de su clase son gente muy especial. Desprecían a
los médicos, no les atienden, y se matan con estas bárbaras devociones,
de las que esperan la salud.
—¡Quién sabe si lo suyo es lo mejor! El mal es invencible, y la ciencia
puede contra él tanto como la fe. A veces, menos aún... ¡Y pensar que
reímos y gozamos mientras el mal pasa por nuestro lado rozándonos sin
ser visto!...
A esto no supo Rafael qué contestar. ¿Pero qué mujer era aquella? ¡Qué
modo de expresarse, caballeros! Acostumbrado el pobre muchacho a las
vulgaridades y soseces de las amigas de su madre, y bajo la impresión de
aquel encuentro que tan profundamente le turbaba, creía estar en
presencia de un sabio con faldas, un filósofo venido de allá lejos, de
alguna sombría cervecería alemana, para turbarle bajo el disfraz de la
belleza.
La desconocida quedó en silencio, con los ojos fijos en el horizonte. En
su boca, grande, de labios sensuales y carnosos, por entre los cuales
asomaba la dentadura espléndida y luminosa, parecía apuntar una sonrisa
acariciando el paisaje.
—¡Qué hermoso es esto!—dijo sin volverse hacia su acompañante.—¡Cómo
deseaba volver a verlo!
Por fin llegaba la ocasión para hacer la ansiada pregunta: ella misma se
la ofrecía.
—¿Es usted de _aquí_?—preguntó con voz trémula, temiendo que su
curiosidad fuese repelida por el desprecio.
—Sí, señor—se limitó a contestar la señora.
—Pues es particular. Nunca la he visto a usted...
—Nada tiene de extraño. Llegué ayer.
—¡Ya decía yo!... Conozco a todas las personas de la ciudad. Me llamo
Rafael Brull, y soy hijo de don Ramón, que fue muchas veces alcalde de
Alcira.
Ya lo había soltado. El pobre muchacho sentía la comezón de revelar su
nombre, de decir quién era, de hacer sonar aquel apellido famoso en el
distrito, para que su personalidad adquiriera realce ante la
desconocida. Influida ella por el ejemplo, tal vez dijese quién era.
Pero la hermosa señora se limitó a acoger su declaración con un ¡ah! de
fría extrañeza, que no revelaba siquiera si su nombre le era conocido.
Pero al mismo tiempo, le envolvió en una rápida mirada investigadora y
burlona que parecía decir:
—Este muchacho tiene buena presencia, pero debe ser tonto.
Rafael enrojeció, adivinando que había cometido una simpleza al revelar
su nombre sin que nadie se lo preguntara, con la misma prosopopeya que
si estuviera en presencia de un rústico del distrito.
Se hizo un silencio penoso. Rafael quería salir de esta situación, le
molestaba ver a aquella mujer glacial, indiferente; tratándole con
cortesía desdeñosa, sosteniendo con gran corrección las distancias para
evitar la familiaridad. Pero puesto ya en la pendiente, se atrevió a
seguir preguntando:
—¿Y piensa usted permanecer mucho tiempo en Alcira?...
Rafael creyó que se hundía el suelo bajo sus pies. Una nueva mirada de
aquellos ojos verdes: pero esta vez fría, amenazadora, algo así como un
relámpago lívido, reflejándose en el hielo.
—No sé...—contestó con una lentitud que parecía subrayar su
desdén.—Yo acostumbro a abandonar los sitios cuando me fastidio en
ellos.
Y tras una nueva pausa, miró a Rafael de frente, para saludarle con un
frío movimiento de cabeza.
—Buenas tardes, caballero.
Rafael quedó anonadado. Vio cómo se dirigió a la portalada del santuario
llamando a la doncella. Cada uno de sus pasos, cada balanceo de las
arrogantes caderas, parecía levantar un obstáculo entre ella y Rafael.
La vio cómo inclinándose cariñosamente sobre la hortelana enferma, abría
un pequeño saco de raso que le presentaba su doncella; y rebuscando
entre brillantes baratijas y bordados pañuelos sacaba la mano llena,
brillando la plata entre sus dedos. La vació sobre el delantal de la
asombrada campesina, dio algo también al ermitaño, que no manifestaba
menos sobresalto, y abriendo la sombrilla roja emprendió la marcha
seguida por la doncella.
Al pasar frente a Rafael, contestó al sombrerazo de éste con una
inclinación elegante, casi sin mirarle, y comenzó a bajar la pedregosa
pendiente de la montaña.
La seguía el joven con la mirada, al través de los pinos y los cipreses,
viendo empequeñecerse aquel cuerpo soberbio de mujer fuerte y sana.
En torno de él parecía flotar aún su perfume, como si al alejarse le
dejara envuelto en el ambiente de superioridad, de exótica elegancia que
emanaba de su persona.
Vio Rafael aproximarse al ermitaño, ganoso de comunicar su admiración.
—_¡Quina señora!_ decía poniendo los ojos en blanco para expresar su
entusiasmo.
Le había dado un duro, una rodaja blanca de las que hacía muchos años,
por culpa de la poca fe, no subían a aquellas alturas. Y allí estaba
_Visanteta_, la pobre enferma, sentada en la puerta de la ermita mirando
fijamente su delantal, como hipnotizada por el brillo del puñado de
plata; duros, pesetas dobles y sencillas, monedas de cincuenta céntimos;
todo el contenido del bolso; hasta un botón de oro que debía ser de
algún guante.
Rafael participaba del asombro. ¿Pero quién era aquella mujer?
—_¿Yo qué sé?_—contestaba el rústico. Y guiándose por las palabras
incomprensibles de la doncella, añadía con gran convicción:—_Será
alguna fransesa... Una fransesa rica_.
Volvió Rafael a seguir con la vista las dos sombrillas que descendían la
pendiente como insectos de colores. Disminuían rápidamente. Ya no era la
grande más que un punto rojo: ya se perdía abajo en la llanura entre las
verdes masas de los primeros huertos... ya había desaparecido.
Y al quedar solo, completamente solo, Rafael sufrió una gran explosión
de ira. Le parecía odioso aquel lugar donde tan tímido y tan torpe se
había mostrado. Le molestaba ver aún allí el relampagueo de aquella
mirada fría, repeliéndole, evitando la aproximación. Le avergonzaba el
recuerdo de sus estúpidas preguntas.
Y sin contestar al saludo del ermitaño y su familia, se lanzó monte
abajo con la esperanza de volver a encontrarla, no sabía dónde. Rodaban
las rojas piedras bajo sus pies. El heredero de don Ramón, esperanza del
distrito, iba furioso; agitaba sus manos con nervioso temblor, como si
quisiera abofetearse. Y con acento agresivo, como si hablase con su _yo_
que abandonando la envoltura del cuerpo caminase delante de él, gritaba:
—¡Imbécil!... ¡estúpido!... _¡¡Provinciano!!_
IV
Doña Bernarda no llegó a sospechar el motivo por el cual su hijo se
levantó al día siguiente pálido y ojeroso como quien ha pasado una mala
noche. Tampoco sus amigos políticos adivinaron por la tarde la razón por
la que Rafael, haciendo buen tiempo, fuese a encerrarse en la atmósfera
densa del Casino.
Los más bulliciosos correligionarios le rodearon para hablar una vez más
de la gran noticia que hacía una semana traía revuelto al partido. Iban
a ser disueltas las Cortes; los diarios no hablaban de otra cosa. Dentro
de dos o tres meses, antes de finalizar el año, nuevas elecciones, y con
ellas el triunfo ruidoso y unánime de la candidatura de Rafael.
Don Andrés y los más graves de sus adeptos, andaban preocupados
recordando fechas y haciendo cuentas con los dedos, como cortesanos que
forman sus cálculos en vísperas de la declaración de mayor edad del
príncipe.
El íntimo amigo y lugarteniente de la casa de Brull, era el más
enterado. Si las elecciones se verificaban en la fecha indicada por los
periódicos, a Rafael le faltarían unos cuantos meses, cinco o seis,
para cumplir los veinticinco años. Pero él había escrito a Madrid
consultando a los personajes del partido; el ministro de la Gobernación
se mostraba conforme, _había precedentes_, y aunque a Rafael le faltase
el requisito de la edad, el distrito sería para él. Ya no enviarían de
Madrid más _cuneros_. Se acabaron los señorones desconocidos. Y toda la
grey _brullesca_, se preparaba para la lucha con el entusiasmo ruidoso
del que sabe que el triunfo está asegurado de antemano.
Todas estas manifestaciones dejaban frío a Rafael. El, que tanto había
deseado la llegada de las elecciones para verse libre, allá en Madrid,
permanecía insensible aquella tarde como si se tratara de la suerte de
otro.
Miraba con impaciencia la mesa de tresillo donde don Andrés con otros
tres prohombres jugaba su diaria partida, y esperaba el momento en que
viniera cual de costumbre a sentarse junto a él, para que le
contemplasen en sus funciones de Regente, cobijando bajo su autoridad y
sabiduría de maestro al príncipe heredero.
Bien mediada la tarde, cuando el salón del casino estaba menos
concurrido, la atmósfera más despejada, y las bolas de marfil quietas
sobre el paño verde, don Andrés dio por terminada la partida,
aproximándose a su discípulo, rodeado como siempre por los partidarios
más pegajosos y aduladores.
Rafael fingía escucharles mientras preparaba mentalmente la pregunta que
desde el día anterior deseaba hacer a don Andrés.
Por fin se decidió:
—Usted que conoce a todo el mundo. ¿Quién es una señora muy guapa que
parece extranjera y que encontré ayer en la montañita de San Salvador?
Comenzó a reír el viejo, echando atrás la silla para que su vientre
estremecido por la ruidosa carcajada, no chocase con el borde de la
mesa.
—¿También tú la has visto?—dijo entre los estertores de su risa.—Pues
señor, ¡que ciudad esta! Llegó anteayer, y todos la han visto ya, y no
hablan de otra cosa. Tú eres el único que faltaba a preguntarme... ¡Jo!
¡jo! ¡jo! ¡Pero qué ciudad esta!
Después, extinguida su risa, que asombraba a Rafael, continuó más
tranquilo:
—Pues esa señora extranjera, como tú dices, es de aquí, y ha nacido en
la misma calle que tú. ¿No conoces a doña Pepa, _la del médico_, como la
llaman; una señora pequeña que tiene un huerto junto al río y vive en
una casa azul que se inunda siempre que sube el Júcar? Era dueña de la
casa que tenéis un poco más arriba de la vuestra, y se la vendió a tu
padre; la única compra que hizo don Ramón, ¿no te acuerdas?
Sí, creía conocerla. Poniendo en tensión su memoria salía de los más
remotos rincones una señora vieja, arrugada, con la espalda algo curva,
y una cara de simpleza y bondad. La veía con el rosario al puño, la
silla de tijera al brazo y la mantilla sobre los ojos, como cuando
pasaba por frente a su puerta saludando a su madre, la cual decía con
aire protector:—Esa doña Pepa es muy buena; un alma de Dios... La única
persona decente de su familia.
—Sí; sé quien es; la conozco,—dijo Rafael.
—Pues esa _señora extranjera_—continuó don Andrés—es sobrina de doña
Pepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora ha
ido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno,
que tanto dio que hablar en sus tiempos...
¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquel
nombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez.
Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo; de súbitas
alarmas en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza temblorosa; de
amenazas, cuando negándose a dormir porque le acostaban temprano, su
madre le decía con voz imperiosa:
—Si no callas y duermes, llamaré al doctor Moreno.
¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba como si las hubiera
visto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas;
los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltación, y el
cuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull,
evocándola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena
persona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período de
su vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño,
al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le miró con sus ojos
de brasa acariciándole las mejillas bondadosamente, con una mano que al
arrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todos
los chicuelos cuando les acariciaba el doctor.
¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él con
terribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabía
ciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión;
pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes
y cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo
tenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos
conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en
la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que
sostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la
indignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que a
costa de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en el
púlpito. Y lo peor era que con tales brujerías, no había enfermedad que
se resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales, entre
la tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto como
temor. Devolvía la salud a los que habían declarado incurables los
viejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerables
sabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en su
elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevos
medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y
libracos que recibía de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba en
su murmuración la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres,
añadiendo muchas veces una limosna; e indignábales la testarudez con que
se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos
principios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesor
para ponerse en tales manos.
—¡Pillo! ¡Hereje!... ¡Descamisado!...—exclamaba doña Bernarda.
Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos
eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre
mostrábase por entonces más sombrío que nunca, y apenas salía del patio.
A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el
entrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros...
todos menos la casa de Brull.
La monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madrid
los hombres de la revolución de Septiembre. Los industrialillos de la
ciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles en
las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a
los que antes les habían tenido bajo el pie. Se daban en las calles
vivas a la República, faltaba poco para que se encendieran cirios ante
la estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos,
aclamaciones, _Marsellesa_ a todas horas y percalina tricolor,
destacábase el fanático médico, predicando en las plazas, hablando en
las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en
las veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiasta
hasta el lirismo, repetía con diversas palabras las mismas odas
oratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España de
una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son
de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la
historia.
La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al
cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un _meeting_, pasaba
por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá,
ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.—«¿Hasta
cuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y
aunque nadie la insultaba ni la pedía un alfiler, hablaba de la
necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedían la
República, eran de la _Repartidora_, como ella decía; al paso que
marchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría el
saqueo de la casa; tal vez el degüello de ella y su hijo.
—¡Déjalos, mujer!—decía el caído cacique con burlona sonrisa—No son
tan malos como crees. Que sigan cantando su _Marsellesa_ y dando vivas,
ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Los
carlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.
Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. «Un excelente
chico, al que los libros habían trastornado». Le conocía mucho; habían
ido juntos a la escuela, y jamás quiso unirse al coro de maldiciones
contra Moreno. Lo único que pareció molestarle, fue que a raíz de la
proclamación de la República, los entusiastas del doctor quisieran
enviarle diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco,
cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no había
osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le
inspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...
Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería del
triste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era un
sedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la
que cumplía sus gustos sin obstáculo alguno. Sus convicciones le
arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos,
provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en
las organizaciones de partido, y después de una reunión pública, pasaba
días y días encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin más
compañía que la de su hermana, dócil devota que le adoraba, aunque
lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafael
recordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a las
principales familias, obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.
El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad.
¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aquel
talento portentoso era adquirido con _malas artes_, fruto de su
impiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar el
violoncello, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían a
pasar con él algunos días,—todos gente greñuda y estrambótica, que
hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta
unción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira,—la gente se
agolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los que
poco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones y
ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.
—Sí, don Andrés—dijo Rafael;—recuerdo perfectamente al doctor Moreno.
El miedo que le había inspirado en la niñez, y las diabólicas melodías
que por la noche llegaban hasta su camita, estaban aún frescos en su
memoria.
—Pues bien—continuó el viejo;—esa señora es la hija del doctor. ¡Qué
hombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el 73! Ahora
que todo aquello está tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algo
sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado
completamente por la música. Tenía cosas graciosísimas. Se casó con una
hortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era... para
perpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gente
fuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posición de la
esposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa,
fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valió
a la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencia del parto murió a los pocos
días, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados
esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.
Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Les
agitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones donde el
ahondar de la vida ajena es el más vivo de los placeres.
—Y ahora viene lo bueno—continuó don Andrés,—El loco del doctor tenía
dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las
habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no
lo sabéis), es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que se
sacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o se
diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo
preocupado con el nombre que había de ponerla. Quería llamarla Emilia
para hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba más
Leonora, (¡fijáos bien! no digo Leonor), Leonora, que según nos dijo él,
era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera que
leía él a ratos perdidos, como yo leo el periódico. El recuerdo del
extranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantas
vecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran por
nombre Leonora. Figuráos qué contestaría el cura después de buscar en
vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamiento
y tuve que intervenir. Era antes de la Revolución; mandaba González
Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del
orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Póo. Y sin
embargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! se plantó en la iglesia, donde
no había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a su
gusto. Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sin
cuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana.
En la disputa llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidos
en la sacristía, cuadrilla de _bramantes_...
—Les llamaría brahamantes—interrumpió Rafael.
—Sí, eso es: y también bonzos; así, por chunga; de esto me acuerdo
bien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor.
Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco:—«Será Leonora por
razones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo se
las explicase». ¡Qué tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre
y yo para amansar a los buenos curas: querían formarle un proceso por
sacrilegio, ultrajes a la religión y qué se yo cuántas cosas más. Nos
dio lástima. ¡Ay, hijo mío! en aquel tiempo una causa así era más de
cuidado que hacer una muerte.
—¿Y cómo ha seguido llamándose?—preguntó un amigo de Rafael.
—Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor;
tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen que
es muy guapa; se parecerá a su madre, que era una rubia, la más buena
moza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora,
no era gran cosa como _finura_, pero nos dejó asombrados a todos...
—Y Moreno ¿qué se hizo?—preguntó otro.—¿Es verdad, como se dijo hace
años, que se había pegado un tiro?
—Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quién
sabe! ¡se marchó tan lejos!... Cuando al caer la República volvió el
tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún que
al morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetado
más que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid,
daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejándonos en
completa libertad para barrer lo que quedaba de la revolución, y los que
antes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no les
tomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; iba
al huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado a
Leonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo su
afecto... ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda
su banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles de
Alcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de la
derrota, le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo tenía
una alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso de
sus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él. Aprendía
rápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violoncello del papá,
y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmenso
montón de solfas que guardaban en el granero, junto con los libros
malditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa y
sonora. «Será una artista, una gran artista», decía el padre
entusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de sus
protegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela,
que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué os
parece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de que
haya nacido aquí».
Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos y añadió tras larga
pausa:
—La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como ya
mandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; no
le hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa, era lo
único que nos le traía a la memoria. Supimos un día, por su hermana doña
Pepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudad
donde estuviste tú, Rafael: a Milán, que, según me han contado, es el
mercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una gran
tiple. Ya no le vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa debió marchar bien.
Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo, y en unos
cuantos voló toda la fortunita que el doctor había heredado de sus
padres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa que
era de los dos hermanos, para enviarle el último dinero y se trasladó al
huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta
horas. Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantas
mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonado
por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que murió en un
hospital solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz y
que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la
maldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con
reyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijos
míos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artista
porque toca la guitarra, y además, figura entre los de la cáscara amarga
y le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que ha
seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer.
Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro,
un apellido extranjero. Como es tan métomeentodo ese Cupido y en su
barbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquería
de doña Pepa a saludar a la _eminente artista_, como él dice. Cuenta que
no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una
casa; de trajes de seda... ¡la mar!; sombreros, no sé cuantos; estuches
sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía la
maldita encargó a Cupido que avisara al jefe de estación para que envíe,
así que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnúmero
de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestan
un capital por su traslado... ¡Y, eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que le
cuesta de ganar!
Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo, dándole con
el codo a Rafael, que le escuchaba absorto.
—¿Pero se queda aquí?—preguntó el joven.—¿Acostumbrada a correr el
mundo, le gusta este rincón?
—Nada se sabe de eso—contestó don Andrés;—ni el mismo Cupido pudo
averiguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos se ha
traído la casa encima como el caracol.
—Pues es fácil que se aburra pronto—dijo un amigo de Rafael.—¡Si cree
que aquí la van a admirar y mimar como en el extranjero!... ¡La hija del
doctor Moreno! ¡del médico descamisado, como le llama mi padre! ¿Han
visto ustedes qué personajes?... Y luego, ¡con una historia! Anoche se
hablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo señor que no
prometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es como
esas tierras donde se baila el _can can_ y no hay vergüenza, se lleva
chasco.
Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.
—Sí; ¡hijos míos! se lleva chasco. Aquí hay mucha moral, y sobre todo,
mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero
no queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vida
sin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criada
franchuta que dicen ha traído... Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis lo
que le dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo de
vivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habló del señorío de
Alcira, hizo un gesto burlón como si se tratara de gente despreciable de
poco más o menos. Esto es lo que más se comentaba anoche por las
señoras. ¡Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandes
personajes!...
Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar una idea provocando
su risa.
—¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo, y has
estado en aquellos países, podías dedicarte a conquistarla, aunque sólo
fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también hay
personas. Dicen que es muy guapa y ¡qué demonio! la cosa no será
difícil. ¡Cuando sepa quién eres!...
Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de que
el prestigio de su _príncipe_ era tal, que forzosamente había de turbar
a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de la
tarde anterior, le parecían una crueldad.
Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una
pavorosa visión y añadió con tono respetuoso:
—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriría
un gran disgusto.
El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caer
en medio de la conversación puso serios a todos los del corro.
—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar la
conversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han
pasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.
—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no la
habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija,
han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer,
que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se
sabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagaba
por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los
curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras
que se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedaba
oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera
ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos
hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando
las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he
considerado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho...
mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no será
tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don
Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de
él?...
Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto
deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació;
sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el
primer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdad
de lo desconocido.
Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad,
vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la
ciudad no iría a ella.
¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde,
paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero
Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa.
Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.
A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella
barbería empapelada con láminas de _El Motín_ y presidida por el
retrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde
jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella
mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?
Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin
atreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo,
siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella
alquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecía
la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.
Por entre la arboleda veía el balcón de la casa y con él una mujer
desdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacudía para
borrar los pliegues de la opresión en las maletas.
Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que había visto
en la tarde anterior, acompañando a su señora.
Creyó que la muchacha le miraba, que le reconocía por entre el follaje,
a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que
se ve sorprendido en plena travesura, volvió la espalda y se alejó
rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción,
como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, sólo con
llegar a las inmediaciones de la casa azul.
V
Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre la
comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de los
árboles. La tierra rojiza de los campos obscurecíase bajo el continuo
chaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de
los huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosa
del cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajo
el diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el país del sol.
El río crecía. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla líquida,
chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones
removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al
Júcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en la
orilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.
—_¿Munta?..._—preguntaban los que vivían en el interior.
—_Sí que munta_—contestaban los ribereños.
El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente había
echado raíces en medio de su curso.
Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmada
curiosidad. Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar los
puentes, buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquella
inundación sería como todas. Era inevitable de vez en cuando la cólera
del río: hasta había que agradecerla, pues constituía diversión
inesperada; una agradable paralización de trabajo. La confianza moruna
daba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempo de sus
padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población:
algunas casas la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora la
catástrofe?... El río era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto de
un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglos
de vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el _padre_ San
Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y único
capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de
olas rojizas.
Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecía
estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal
tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de
la corriente, o descendían por las callejuelas vecinas al río para
colocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose,
llegase hasta ellas.
La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de los
grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y
después de mirar al río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvían
muy ufanos, parándose en todas las casas, para dar su opinión sobre la
crecida.
Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, que
agitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia de
la sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si en
media hora el río había subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba poco
para venir a las manos por si esta riada era más importante que la
anterior.
Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerables
ojos; el río hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguas
rojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de las
orillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros en
los setos y en las tapias.
La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas de
Cuenca. Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y los
curiosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las
aguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otra
provincia.
Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en la
obscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficie
reflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas
ribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.
En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las
puertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y los
hombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso,
poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algún borriquillo
que retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.
Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la
noche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hecho
alarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba
con infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase el
peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si serían
ellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?...
Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelas
convertidas en acequias.
—_¡El pare San Bernat!..._ _¡Que traguen al pare San Bernat!_
Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello como
el glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que
hiciese el milagro.
Había que ir al ayuntamiento: obligar a los señores de viso, gente algo
descreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.
En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregas
callejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito de
guerra: _¡San Bernat! ¡San Bernat!_ Los hombres, remangados de piernas y
brazos, o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prenda
que jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldas
a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de
bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas
mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo,
iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban
crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la
vociferante multitud.
—_¡San Bernat!_ _¡San Bernat!_... _¡Viva el pare San Bernat!_
Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un pueblo
amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los
aleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a la
delirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba
la negra avalancha.
Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaran
algo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas,
viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón enormes como arcabuces.
Parecía que iban a matar al río.
El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la
casa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles y
gente de la ronda, para hacer frente al motín.
—_¿Qué voleu?_—preguntaba el alcalde a la muchedumbre.
¡Qué había de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santo
omnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con su
presencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes,
gracias a lo cual aún existía la ciudad.
Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa de
su incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanas
al río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera!
¡Querían que saliese el santo! ¡Que hiciera el milagro, como siempre!
Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios,
aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que en
otros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de la
orilla, para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo,
desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.
El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le
atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero era
grave falta no consultar al _quefe_. Por fortuna, cuando la gran masa
negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ella
silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.
Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular
manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido,
dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su
normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus
sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo
había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las
elecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegar
con más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero
debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su
padre en tales casos.
Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el
deseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:
—Concedido: que saquen a _San Bernat_.
Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se
dirigió a la iglesia.
Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco,
bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo
que él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir en
procesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada
paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en
rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en qué
postura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turba
de vociferadores?
Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al
cura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua
de Cuenca.
—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta el
peligro y se hace más precisa la salida del santo.
—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarla
pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se
han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdense
de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes.
Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.
La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una
escena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen
sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por
varios siglos de fanatismo.
—Puesto que ustedes lo quieren, sea—dijo por fin.—Saquen el santo y
que Dios se apiade de nosotros.
Una aclamación inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de la
iglesia, saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia y sobre las
apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno que
otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiñendo de
escarlata las mojadas caras.
Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito;
gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él la
bendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa,
como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las
imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro
de Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tanto
éxito en la corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primer
ministro, y cuando su señor tuvo que andar en tratos con el rey de
Aragón, envió a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba el
príncipe Hamete.
En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet.
Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagorosos en
la calma de la noche al través de las ojivas, conmueven el alma del
joven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos por
el encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de San
Bernardo de Clairveux y vuelve algún tiempo después al reino de Valencia
para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los
monarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y convierte
a sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia y
María, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompañar al hermano en
sus predicaciones.
Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estado
feudatario, especie de jefatura de kabila militar, le había sucedido su
primogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se
afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos y
miserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantos
jinetes sale en persecución de sus hermanos. Los encuentra junto a
Alcira ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada, corta el
cuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran la
frente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón, adorado con
fervor por los pequeños; el príncipe hermoso, convertido en vagabundo y
pordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.
La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación en
generación, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentos
justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo,
convencida de que era el primer ministro de Dios como lo había sido del
rey moro de Valencia.
Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de la
isla corría la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus
zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeres
guardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas
subidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas,
levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenas
que adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.
Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y
al través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanas
constelaciones, los cirios de los altares.
Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cada
vez más fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona.
¡Qué chasco iba a llevarse! Hacía bien en aprovechar la ocasión soltando
tanto agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.
La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el
apretado gentío.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_—gritaban a la vez un sinnúmero de voces
roncas.
—_¡Vítol les chermanetes!_—añadían otros corrigiendo la falta de
galantería de los más entusiastas.
Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, también
figuraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era
cosa sabida hasta por los niños, que no había fuerza en el mundo capaz
de arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntas
todas las caballerías de los huertos, y tirando un año, no conseguirían
moverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por la
tradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza—según decían los
comentadores alegres—y no queriendo perder de vista a sus hermanas,
para salir él de su altar, habían de ir éstas por delante.
Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose en
su peana sobre las cabezas de los devotos.
—_¡Vítol les chermanetes!_
Y las pobres _chermanetes_, goteando por todos los pliegues de sus
vestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, obscura,
tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.
Los músicos probaban los instrumentos preparándose a soplar la Marcha
Real. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillaba
sobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, con
fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.
La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_
Pero la música y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépito
horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la
ciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era una
verdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que
parecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida
del santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban con
fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos;
disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles;
repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, y
la muchedumbre aficionada a correr la pólvora, arremolinábase
gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la
humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce,
cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirir
palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.
Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso del
santo. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilar
las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a
ambos lados, conteniendo el gentío.
Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por el
vaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un
sollozo histérico.
—_¡Ay, pare San Bernat!_ _¡Pare San Bernat, salveumos!_
Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y
levantándoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos
poderosos atletas.
—_¡Agárralo!_ _¡Qu’ el bese!_
Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano
que parecía una garra. Le asía del primer sitio que encontraba;
elevábale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lo
devolvía como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez,
automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la
regularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso era
demasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido,
aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálico
hábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a los
pequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose los
chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvían
a adherirse a las faldas de sus madres.
Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores del
ayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir las
primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con
que le cubría el sacristán; y la muchedumbre de hortelanos confundidos
con los músicos, que más atentos a mirar donde ponían los pies que a los
instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros,
las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado de
un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada
esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel
oleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios,
tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, los
brazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajando
chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En
balcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con la cabeza resguardada
por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros,
dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y de
esperanza.
—_¡Salveumos, pare San Bernat!_... _¡Salveumos!_...
La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del arrabal.
Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vez
más mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil como
otras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que la pondría freno.
Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban los
callejones.
Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente empujada por la fe,
descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos,
levantando el hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua
adelante hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros.
Había que acompañar al santo.
Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en los
arrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilaba
antes de meterse en el río.
—_Entre, agüelo_—gritaban con fe las mujeres.—_El pare San Bernat el
curará._
Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros se
acordaría también de él.
Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente en
el agua dando diente con diente.
La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los
robustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en el
agua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogían
a la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos y
desnudos saliendo del agua para sostener al santo; un pólipo humano que
parecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus
lomos.
Detrás iban el cura y los _mandones_ a horcajadas sobre algunos
entusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de
caballerías, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.
El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda daba
órdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de la
callejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, el
recular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir el
impulso de la corriente. Creían que cuando más entrase el santo en el
río más pronto bajarían las aguas. Por fin el instinto de conservación
les hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra,
repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.
Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a la
muchedumbre.
—_¡Vítol el pare San Bernat!_... ¿Y aún dudaban de su inmenso poder los
vecinos de los pueblos inmediatos?... Allí estaba la prueba. Dos días de
lluvia incesante, y de repente, no más agua; había bastado que el santo
saliera a la calle.
E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzándose a
las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los
barrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fábrica
de madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje de
cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.
Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río,
hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana y
llevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente en
cabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente,
el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo que
respondía el cura:—«¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! ¡A
casa!»
Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puente
entre un grupo de conocedores del país, que lamentaba los daños de la
inundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo noticias
alarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aislado
por las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban las
escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo las
aguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían por
aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los
obstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de
remo de la veloz corriente.
Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad.
Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era un
mal inevitable de su vida y lo acogían con resignación. Además, hablaban
de los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza.
Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con los
marineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna. No quedaban más
que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el
nivel del agua.
Y se consultaban las señales puestas en el río, promoviéndose terribles
discusiones. Rafael vio que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.
Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el río
después de entrar en él el _pare San Bernat?_ No, señor; no subía: eran
mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroces
hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón que
aseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar mal parado al
milagroso fraile.
Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al
barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña,
que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente
sencilla.
Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de
adolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchacho
el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la
ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y
romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel
_Cupido_ era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y
mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener _cosas_
y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el
único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le
impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenes
admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.
Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la
gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barbero
como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a
Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en
un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos
ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el
continuo roce de los parroquianos.
Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con
buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le
tuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.
—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que
malicia.
No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y
ridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en su
barbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a
leer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían al
barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos
que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid
leían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía»,
se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande,
esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles
y perversas insolencias.
No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo
al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algún
huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido
para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir
entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo
ocurrido.
Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos
les servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los
que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor,
según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el
maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con
traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la
cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de
billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos de
Cupido».
Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se
establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un
gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y
mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el
gobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas
no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San
Bernardo iría a parar al mar.
Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estaba
próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por
sus impiedades.
Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la
inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habían
dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en
un huerto. No sería esta la única desgracia. Caballos y cerdos habían
pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos
remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.
El barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le
oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no
se atrevía a indicar. Por fin se decidió:
—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunas
veces, ¿no ocurrirá algo?
—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primera
inundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será un
lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre
sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto... ¡Mira que venir de tan
lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...
Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele la
proposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.
—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?
—¡Ir allá!... ¿Y cómo?
Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un
hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese
graciosísima.
—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la _célebre diva_ nos vea
llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su
susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.
—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo
que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera una
desgracia!...
El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.
—Tú te interesas también por la _ilustre artista_... ¡Ah pillo! También
te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lo
dijo ella.
—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?
—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una
tarde.
Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había
añadido que le parecía «un muchacho tonto».
Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No
olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí,
inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la
presencia de un hombre?
—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó a
Valencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; más
segura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he visto
remar; yo no soy manco... ¿Vamos?
—Andando—dijo el barbero con resolución.
Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la
barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.
El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por
arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda,
manteniéndolo junto a la orilla.
Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de la
expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de
salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera
gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael y
allá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Qué
hombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablaba
contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento
de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las
aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael,
encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridad
partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles
entusiastas que querían acompañar al _quefe_; ahogarse con él si era
preciso.
Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la
barca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafael
para el timón.
—¡_Solteu_! ¡_solteu_!—ordenó el hijo de doña Bernarda.
Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos
cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.
Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas
altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había
de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos
sumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y a
la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíanse
pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que
apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar en
ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por
la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si
mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se
creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su
audacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban
las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que
parecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando
la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos
en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la
ciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca: ¡Viva
don Rafael! ¡viva Brull!
Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una
familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y
pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a
penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.
De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a la
realidad.
—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las
aguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.
Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y
su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos
con los sumergidos obstáculos.
Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con
ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables
riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el río
libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad
y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.
Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las
señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad,
más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua,
una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento,
arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la
líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los
cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y
monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.
El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, no
mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los
vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonados
en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la
llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones
sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un
tren a gran velocidad.
—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos en
el río. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.
El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por
la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella
vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.
La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas
crujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañas
que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de
muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero la
corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos
tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.
La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá,
gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que
brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en
los huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez en
cuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote,
como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando
otro paso.
Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro,
evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a
qué lado estaba el río. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos
sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados
callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin
dirección.
Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase
pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se
agarraban a la quilla.
—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿No
ves ninguna luz?
—Nada.
El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que
asomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por las
húmedas y pesadas tinieblas.
Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía
más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de
fatiga.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? y
embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación,
creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha
y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían
eternamente sus cadáveres.
Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La
dejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tan
penosamente buscada.
—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla y
vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo
importante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en la
obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, al
menos sabremos dónde estamos.
Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco a
poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercas
tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba
agrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras
siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.
La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de una
casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el
piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo
estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las
habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de
embarcaderos en aquel lago inmenso.
—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.
Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa
dulzura, rasgó el silencio.
—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!
Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.
—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos.
¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!
Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica
obscuridad.
—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; no
llores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en una
barquilla de nácar a prestarnos auxilio.
Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona que
parecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.
Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del
balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y
alborozadas por el inesperado arribo.
Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del
antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte
para amarrar la barca.
Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la
cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta
cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que
permanecía sentado y encogido junto al timón.
—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta
es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con
usted?...
El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta
pregunta.
—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha
visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya,
y él es quien me metió en la aventura.
—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse
lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de
sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante
y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.
Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza,
agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le
siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.
Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en
una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la
ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento
verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después
la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las
tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme
bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que
parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de
frente, dominado por una invencible timidez.
—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta
locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía!
Pero pase usted.
Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer
bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena de
orgullo.
Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones
de muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a las
paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos,
subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de
espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se
habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba
en su modesta casa.
Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja,
apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas
y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla
haciendo chistes sobre la inundación.
—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Ha
venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?
La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a
los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin
pareció enterarse de lo que le decían.
—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con este
tiempo? ¿Y si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!
Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían a
Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le
acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar
la vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámpara
de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho
que había conocido en el paseo a la ermita.
La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del
peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a
descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad,
se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.
—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contarán
mañana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos
pecados.
Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a
otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores no
podían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados y
desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos, bastaba verles! Y
colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo
que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos
rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.
—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Que
coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si
les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?
Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto
despótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba
en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de
llaves y ruidoso abrir de cofres.
Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron,
mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y con
la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.
Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un
lío de ropas.
—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la
guerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.
Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas
mejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche de
rosa.
—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille
usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí
tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.
Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes
cascadas de encajes en el pecho y las mangas.
Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso era
aquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?...
¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por la
extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata
habitación para ponerse la bata.
—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo he
encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta que
está chorreando.
El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba
bien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.
Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en la
casa que ella no admitía réplicas.
—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.
Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó
a tirarle de la chaqueta.
El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar
por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba
por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajado
en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora,
le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase
desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella? Estaba en un
mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las
tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy
lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa
sábana de agua.
—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.
Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el
aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con
intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles,
le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y el
chaleco.
Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una
preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como
fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y
a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven
comprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles de
francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso de
pisarlo.
Leonora reía de su timidez.
—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva
usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena.
Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San
Petersburgo.
Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en
él, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.
Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el
comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envuelto
en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar
la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual
una tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanos
reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abría
desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de
aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta
la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que
según ella, era el más gracioso de todos los demonios.
Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la
obscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcado
interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.
La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de una
epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella
suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en
la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él,
aumentaba esta ilusión.
Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.
—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es un
arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en su
barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que el
barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no creía que
aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.
—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar su
aventura.
—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no
de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la
vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir
ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me
hacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los
lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de
la última postura como los romanos y temía perecer aquí como una rata
sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo que
he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos
sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay más
molestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muy
hermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en un
lago. ¿Verdad, Rafael?
—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.
—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensación
del momento.
Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba
la ligera alusión al pasado.
Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la
conversación.
—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos
agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido
usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas
conoce?
Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera
una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su
pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días,
pero se contuvo y se asió a un pretexto.
—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el
talento de usted.
Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.
—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué
sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de
Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de
aquí.
Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.
—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni
pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para
engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le
han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes,
apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor
mío.
El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies.
Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que
hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de
Leonora.
—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómica
indignación.—¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita,
su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡qué
monstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!
Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando
con una carcajada su delito.
—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonora
aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono
fraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como la
mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me
mostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo las
cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han
aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted que
se la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menos
cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas
encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.
Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía
en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle el
alma.
—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Es
verdad o no lo que digo?
—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto
bruscamente.
—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para que
usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamos
amigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento.
Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivas
situaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le consideraré
como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi
ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no
reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre
el tormento de mi vida.
—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.
—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y la
expresión del joven.—¿_Y si no puedo_? ¿Por qué no ha de poder usted?
¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve
usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan
ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído
cantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que los
muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no
comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su
necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con
miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta será
su casa.
Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:
—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero
a pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí.
No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad...
¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...
Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho
rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.
Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a
Leonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que
parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los
plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar,
transparentando una claridad lívida.
Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose
instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de
cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:
—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en
niñerías y ser un camarada formal?
Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus
dedos como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.
—¡Amigo!... me resignaré ya que no hay otro remedio.
—Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un
sacrificio; usted no me conoce, pero créame a mí que me conozco bien.
Aunque llegase a amarle (y esto no será nunca), saldría usted perdiendo.
Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y
de dos que lo saben bien.
—Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche.
También espero yo que usted llegará a conocerme.
—Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no
se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas
novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo
agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga... ¿Quiere
usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontré allá en la ermita,
me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a
triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres
encuentran. Después, al verle rondando esta casa, se aumentó mi
desprecio y mi rabia. «¿Pero ese señoritín qué se habrá figurado?» ¡Lo
que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado
en su cara y su figura: no me había dado cuenta de que es usted guapo...
Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por
su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.
—Pero después de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen
amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted,
capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta
grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque
estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en
mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce
imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga.
Después, el día que menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la
primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el
pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y
¡a mover las alas! Le escribiré; le enviaré periódicos que hablen de mí
y usted verá como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde
Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de
este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin
tropezar con el fastidio.
—¡Que tarde ese momento!—dijo Rafael.—¡Que no llegue nunca!
—¡Loco!—exclamó Leonora.—Usted no sabe cómo soy. Si estuviera aquí
mucho tiempo, acabaríamos por reñir y pegarnos. En el fondo odio a los
hombres; he sido siempre su más terrible enemiga.
Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con
grotescos contoneos: se aproximaba al balcón con doña Pepita para
contemplar el amanecer.
Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso
celaje: la inmensa sábana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo.
Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la
inundación; árboles arrancados de cuajo, haces de cañas, techumbres de
paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadías
del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que,
poco a poco iban engrosándose con nuevos despojos de la corriente.
Allá lejos, en el límite de la laguna, movíanse con regularidad algunos
puntos negros, agitando sus patas como moscas acuáticas, en torno de las
casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lámina de
agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la
Armada, traídos en ferrocarril hasta el límite de la inundación.
Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era
indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba
salir al encuentro de aquellas barcas.
Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despojó con gran
disgusto de su capa de pieles.
Le parecía que abandonándola, iba a perder el calor de aquella noche de
dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que había estado
horas enteras apoyado en él.
Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora
le miraba fijamente.
—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin
esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por
el balcón como esta noche.
—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza
que pareció conmover a Leonora.
Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus
pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.
—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en
premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como
en la escena. Bese usted.
Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró
ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco
movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su
mano.
—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós!
¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.
—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero
sosteniendo la barca.
—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la
barca está muy baja.
Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El
barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.
—¡Adiós! ¡adiós! ¡muchas gracias!—gritaban desde el balcón la tía, la
doncella y toda la familia del hortelano.
Rafael, abandonando el timón, con el rostro vuelto a la casa, sólo veía
aquella arrogante figura, que agitaba un pañuelo saludándoles. La vio
mucho tiempo, y cuando las copas de los árboles sumergidos le ocultaron
el balcón, inclinó la cabeza, entregándose al silencioso placer de
saborear la dulzura que aún sentía en sus labios.
VI
Las elecciones pusieron en movimiento a todo el distrito. Había llegado
el momento solemne para la casa de Brull y todos sus fieles, no seguros
aún de la omnipotencia del partido, como si temieran a ocultos enemigos
que podían presentarse inesperadamente, se agitaban en la ciudad y los
pueblos lanzando cual grito de victoria el nombre de Rafael.
Pocos se acordaban de la inundación. El sol bienhechor había secado los
campos; los huertos se mostraban más hermosos que nunca, como si el río,
al invadirlos, les hubiese fecundado con nueva vida; se anunciaba una
cosecha magnífica, y sólo como recuerdo de la catástrofe quedaba algún
seto aplastado, alguna cerca desmoronada, algún camino hondo con los
ribazos destruidos.
Todo se reparaba con relativa rapidez y la gente mostrábase contenta
hablando del pasado peligro con desprecio. ¡Hasta la otra!
Además, se había repartido mucho dinero. Llegaron socorros de la capital
de la provincia, de Madrid, de toda España, gracias al trompeteo
lastimoso de la prensa, y los hortelanos, con la credulidad del devoto
que atribuye todos sus bienes a la protección del santo patrono,
agradecían la limosna a Rafael y su madre, proponiéndose ser cada vez
más fieles a la poderosa familia. ¡Viva el padre de los pobres!
Doña Bernarda, viendo próximos a realizarse sus ensueños de ambición, no
se daba un momento de reposo. Indignábase ante la indiferencia y
frialdad de su hijo. El distrito era suyo, pero no había que dormirse.
¿Quién sabe lo que a última hora podían hacer los enemigos del orden,
que eran bastantes en la ciudad? Había que ir a tal pueblo para decir
cuatro palabras a los electores ricos; visitar al alcalde del otro para
que viera _que se le hacía caso;_ moverse mucho, que toda la gente se
preocupara de su persona.
Y Rafael obedecía, pero evitando que le acompañase don Andrés, pues a la
ida o a la vuelta pasaba unas cuantas horas en la casa azul o suprimía
por completo el viaje para quedarse allí temblando al volver a casa por
si su madre se enteraba de tales distracciones.
Doña Bernarda conocía aquella nueva amistad. Sin otra preocupación que
la salud y los actos de Rafael, y ayudada por el chismorreo de una
ciudad curiosa, nada hacía su hijo que no lo supiera a las pocas horas.
Hasta tenía noticias, por una indiscreción de Cupido, de aquel
arriesgado viaje de noche y a través de los peligros de la inundación,
para ir a presentarse a _la cómica_, como ella decía con rabioso acento
de desprecio.
Entonces ocurrieron las tormentosas escenas que habían de dejar en
Rafael una profunda impresión de amargura y miedo.
La dureza del carácter de doña Bernarda quebrantó al joven, haciéndole
comprender con cuánta razón había temido siempre a su madre. La áspera
devota, con su coraza de virtud y sanos principios, le aplastó desde las
primeras palabras. ¿Se había propuesto deshonrar la casa? Ahora que tras
muchos años de trabajos iba a alcanzar el fruto de tantos sacrificios
¿quería, por su afición a una cómica, ponerse en ridículo dando motivos
de burla a los enemigos? E indignada, no vaciló en rasgar brutalmente el
velo de prudencia tras el cual se habían desarrollado misteriosamente
sus desventuras y sus rabias conyugales; no dudó en volcar sobre la
cabeza del hijo todas las miserias ocultas de su matrimonio.
—Lo mismo que tu padre—exclamó iracunda doña Bernarda.—No puedes
negar su sangre: mujeriego, amigo de las perdidas, capaz por una
cualquiera de comprometer la suerte de la casa... ¡Y yo, grandísima
tonta, trabajando por ellos! ¡olvidando la salvación de mi alma, para
lograr que llegues donde no llegó tu padre!... ¡Y cómo me lo
agradeces!... ¡Lo mismo que aquél! con un disgusto a cada momento.
Humanizándose después, sintiendo la necesidad de comunicar sus proyectos
para lo porvenir, pasó de la ira a la amistosa confidencia, y comenzó a
revelar a Rafael el estado de la casa. Ocupado él en hojear librotes y
en las cosas del partido, no sabía cómo marchaban los asuntos. Ni
necesitaba saberlo: para eso estaba ella. Pero quería que conociera las
brechas que en su fortuna habían abierto a última hora las locuras de su
padre.
Ella hacía milagros de economía. Muchas deudas estaban pagadas ya;
llevaba levantadas algunas hipotecas; gracias a su buena administración,
ayudada por el fiel don Andrés; pero la carga era grande y en muchos
años no conseguiría librarse de ella.
Además (y al llegar aquí doña Bernarda se mostraba más tierna y con voz
insinuante), ya que era el primer hombre del distrito, debía ser el más
acaudalado; lograrlo no resultaba difícil. Todo consistía en ser buen
hijo, en dejarse guiar por ella, la que mejor le quería en el mundo...
Ahora diputado y después, cuando volviera de Madrid, a casarse. No
faltarían buenas muchachas, educadas con el temor de Dios, y además
millonarias que se darían por contentas siendo su mujer.
Rafael la atajó con una débil sonrisa. Ya sabía de quién hablaba su
madre; de Remedios, la hija del más rico de la ciudad, un rústico de
suerte loca que inundaba de naranja los mercados de Inglaterra, ganando
por instinto, a despecho de todas las combinaciones comerciales.
Por esto le recomendaba su madre con tanto interés que visitase aquella
casa, enviándole a ella con cualquier pretexto. Además, doña Bernarda
llevaba a Remedios a la suya con frecuencia, y rara era la tarde que al
entrar en su casa Rafael no encontraba a aquella muchacha tímida, torpe
y de una belleza insignificante, vestida con trajes que aprisionaban
cruelmente su soltura de chicuela criada en los huertos, transformada
rápidamente en señorita por la buena suerte del padre.
—Pero mamá—dijo Rafael sonriendo—¡Si yo no pienso casarme!... ¡Si
eso, cuando llegue, ha de ser a gusto mío!
La madre y el hijo quedaron moralmente separados después de la
borrascosa entrevista. Era una situación que recordaba a Rafael su
infancia, cuando después de una travesura encontraba la miraba fiera y
el rostro ceñudo de su madre. Pero ahora, esta seriedad agresiva se
prolongaba días y días.
Al entrar en casa por las noches se veía interrogado durante la cena en
presencia de don Andrés, que no osaba levantar la cabeza ante la
poderosa señora. ¿Dónde había estado? ¿A quién había visto?... Rafael
sentía el espionaje, siguiéndole en sus paseos por la ciudad y el campo.
—Hoy has estado en casa de la cómica... ¡Cuidado, Rafael! ¡me vas a
matar!
Y Rafael, para ir a casa de _la cómica_, se ocultaba como en su época de
niño, cuando robaba fruta en los huertos; marchaba por sendas y ribazos
al abrigo de los setos, y la vista de una hortelana o de un muchacho le
obligaba a pesados rodeos. Y el hombre que hacía esto era el mismo que
en aquel instante llenaba con su nombre todo el distrito; aquel de quien
los alcaldes y prohombres decían con plena convicción.—«Aquí no hay más
diputado que don Rafael. Ese procurará por nosotros».
Don Andrés se esforzaba por consolar a su ama. Todo aquello era un
capricho de muchacho. Había que dejarle que se divirtiera. Al fin era un
joven guapo y de buena casa. En su cinismo de viejo acostumbrado a las
fáciles conquistas del arrabal, guiñaba sus ojos maliciosamente,
creyendo que Rafael había conseguido un triunfo completo en la casa
azul. Sólo así podía explicarse su asiduidad en las visitas, la mansa
rebeldía a la autoridad maternal.
—Esas cosas, por dulces que sean, acaban por cansar, doña
Bernarda—decía el viejo sentenciosamente.—La cómica levantará el vuelo
cualquier día; además, deje usted que Rafael vaya como diputado a Madrid
y vea aquel mundo; a la vuelta no se acordará de esa mujer.
El fiel lugarteniente de los Brull se hubiera asombrado al ver lo poco
que conseguía Rafael.
Leonora no era la misma de la noche de la inundación. Pasado el encanto
del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella
entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los
muchos que en la vida habían girado en torno de ella. Le miraba como un
mueble más de su casa que todas las tardes venía a colocarse ante su
paso; un autómata que se presentaba para pasar horas y horas
contemplándola, pálido y emocionado, con el encogimiento de la
inferioridad, contestando sus palabras muchas veces con simplezas que la
hacían reír. Su ironía y aquella franqueza de que hacía gala, le herían
cruelmente.
—Hola, Rafaelillo—le decía muchas tardes al verle llegar.—¿Pero por
qué viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. ¿Qué
dirá su mamá?
Y Rafael sufría cruelmente; se avergonzaba de sí mismo, pensando en lo
que ocurría en su casa; en las iras que arrastraba para llegar allí.
Pero le era imposible librarse de la atracción que sobre él ejercía
Leonora.
Además, ¡qué tardes aquellas en que quería ser buena; cuando cansada de
pasear por el huerto, fastidiada en su carácter ligero y voluble por la
monotonía de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el salón
poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el recogimiento de un
devoto, se sentaba en un rincón, y contemplando los soberbios hombros
sobre los cuales ondeaban como plumas de oro los rizados bucles de la
nuca, oía aquella voz hermosa que sonaba dulce y velada, mezclándose a
los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas
entraba la respiración del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoño,
el perfume sazonado de las naranjas maduras que asomaban sus caras de
fuego entre los festones de hojas.
Era Schubert, con sus melancólicas romanzas, el músico preferido; la
dominaba en aquella soledad el encanto de la música triste. Su alma
pasional y tumultuosa parecía desmayarse, enervada por el perfume de los
naranjos. Algunas veces, de repente, venía a morderle el recuerdo de sus
triunfos escénicos, la gloria artística conquistada sobre las tablas, y
golpeando el piano con la sublime furia de la cabalgada de las
walkirias, lanzaba el ¡_hojotoho_! de Brunilda, el grito de guerra
impetuoso y salvaje de la hija de Wotan; relincho armónico con el cual
había puesto en pie a muchos públicos y que en aquella soledad
estremecía a Rafael, haciéndole admirar a su amiga como una divinidad
extraña; cual una diosa rubia de ojos verdes, acostumbrada a cabalgar
sobre los hielos, entre los torbellinos del huracán, y que en el país
del sol se resignaba a ser mujer.
Otras veces, echando atrás su hermoso busto, como si contemplara con la
imaginación salones festoneados de rosas, en los que danzasen huecas
faldas, pelucas empolvadas y tacones rojos, rozaba las teclas, haciendo
sonar un minuetto de Mozart, vagoroso como un perfume elegante, cual la
sonrisa de una boca de princesa, pintada y con lunares postizos.
Rafael no olvidaba la noche de amistad; la mano entregada a sus labios
en aquel mismo salón. Una vez intentó repetir la escena, e inclinándose
sobre las teclas, quiso besar la diestra de Leonora.
La artista se estremeció, como si despertase. Relampaguearon sus ojos
con ira, y sin dejar por esto de sonreír, levantó amenazante la mano,
con todo su fantástico brillo de pedrería, como si fuese a abofetearle:
—Cuidado, Rafael: es usted un chiquillo y le trataré como a tal. Ya
sabe que no gusto de que me molesten. No le despediré; pero si sigue así
¡va usted a llevarse cada bofetada!... ¡Qué pegajoso! Eso sólo se
permite una vez, y no olvide usted que cuando yo quiero que me besen la
mano, comienzo por darla voluntariamente... Ya no hay más música; se
acabó. Vamos a entretener al niño para que esté quietecito.
Y comenzó una de aquellas revistas de equipaje que entusiasmaba a
Rafael; una exhibición de recuerdos de su vida artística que al joven le
parecían nuevos avances en su intimidad con Leonora.
Contemplaba sus retratos en las diversas óperas por ella cantadas; una
numerosa colección de hermosas fotografías, llevando al pie el nombre
del gabinete en casi todos los idiomas de Europa; en alfabetos raros que
hacían parpadear a Rafael. La Elisabeta, pálida y mística, del
_Tanhäuser_, había sido retratada en Milán; la Elsa, ideal y romántica
de _Lohengrín_, era de Munich; había una Eva, cándida y burguesa de _Los
maestros cantores_, fotografiada en Viena, y una Brunilda soberbia,
arrogante, de mirada hostil y centelleadora, que llevaba al pie el sello
de San Petersburgo. Esto sin contar un sinnúmero de otras fotografías,
recuerdo de temporadas en el Convent-Garden de Londres, el San Carlos de
Lisboa, los grandes coliseos de toda Italia, y los teatros de América,
desde el de Nueva York al de Río Janiero.
Rafael, manejando aquellas cartulinas enormes sentía la impresión del
que pasea por un puerto y percibe el perfume de países lejanos y
misteriosos, contemplando los barcos que llegan. Cada retrato parecía
envolverle en el ambiente de su país, y desde el tranquilo salón,
impregnado de la respiración del silencioso huerto, creía pasear por
toda la tierra.
Las fotografías representaban siempre los mismos personajes: las
heroínas de Wagner. Leonora, adoradora rabiosa del genio alemán,
hablando de él con intima confianza, como si le hubiera conocido, no
quería cantar otras óperas que las suyas, y con el afán de abarcar la
obra del maestro, no vacilaba en comprometer su prestigio de artista
fuerte y vigorosa, interpretando los personajes delicados.
Rafael se fijaba en los retratos uno por uno: aquí parecía más esbelta y
triste, como si acabara de salir de una enfermedad; allí fuerte y
arrogante, como si desafiara la vida con su hermosura.
—¡Ay, Rafael!—murmuraba ella pensativa.—No todo son alegrías. Yo he
pasado mis tempestades como todos. He vivido mucho, y estos pedazos de
cartón son capítulos de mí existencia.
Y mientras ella soñaba saboreando el pasado, entusiasmábase Rafael
contemplando el retrato de Brunilda, una hermosa fotografía en cuyo robo
había pensado más de una vez.
Aquella era Leonora; la walkiria arrogante, la hembra fuerte y valerosa,
capaz de darle de bofetadas al más leve atrevimiento y de manejarle como
un niño. Bajo el casco de acero brillante como un espejo, con sus dos
alas de blancas plumas, caían los rubios bucles, brillaban con salvaje
furor los ojos verdes y parecían palpitar las aletas de la nariz con
indomable fiereza. El manto colgaba del cuello, redondo, carnoso y
fuerte; la coraza de escamas de acero hinchábase con la presión del
pecho mórbido de arrogante dureza, y los brazos desnudos, revelando el
vigor del músculo bajo la suave curva de la grasa femenil, se apoyaban,
uno en la lanza y otro en el escudo brillante y luminoso, como una
lámina de cristal. Estaba allí con la majestad de la diosa; era una
Palas de la mitología septentrional, hermosa como el heroísmo, terrible
como la guerra. Rafael comprendía el enardecimiento loco, la conmoción
eléctrica de los públicos al verla aparecer entre las rocas de lienzo
pintado, haciendo temblar las tablas con su paso vigoroso, elevando con
rudeza sobre las blancas alas del casco la lanza y el escudo y lanzando
el grito de la walkiria, el _¡hojotoho!_ que, repetido en el tranquilo
huerto, parecía estremecer las calles de follaje con una corriente de
entusiasmo.
Aquella mujer caprichosa, aventurera y alocada, de cuya vida de artista
tantas cosas se contaban, había paseado por el mundo la arrogancia de la
virgen guerrera soñada por Wagner consiguiendo inmensos triunfos. En un
libro abultado, de desiguales hojas, donde guardaba con minuciosa
puerilidad de cantante todo lo que habían dicho de ella los periódicos
del mundo, encontraba Rafael un eco de las estruendosas ovaciones.
Miraba los recortes de papel impreso, muchos de ellos amarillos ya por
el tiempo, y pasaba ante sus ojos la visión de teatros llenos de
elegantes descotes y pecheras rígidas y brillantes como corazas;
ambientes caldeados por la luz y el entusiasmo, donde centelleaban ojos
y joyas, y en el fondo, con su casco y su lanza, ella, la walkiria
dominadora, saludada con aplausos y gritos de admiración.
En aquellas hojas encontraba grabados de ilustraciones reproduciendo los
retratos de la artista, biografías y artículos de crítica relatando los
triunfos de la célebre diva Leonora Brunna—que éste era el nombre de
guerra de la hija del doctor Moreno,—retazos y más retazos de papel
impreso en castellano puro y americanizado; columnas de letra apretada y
clara de los periódicos ingleses, párrafos sobre el papel basto y sutil
de la prensa francesa e italiana; compactas masas de caracteres góticos
que turbaban los ojos de Rafael, e ininteligibles garabatos rusos que
parecían caprichos de una mano infantil. Y todos alabando a Leonora,
rindiendo un tributo universal al talento de aquella mujer, mirada con
desprecio por los burgueses de Alcira. Rafael admiraba a su amiga con la
misma emoción que si se hallase en presencia de una divinidad y sentía
odio y desprecio ante la grosera y áspera virtud de los que hacían el
vacío en torno de ella. ¿Por qué había venido allí? ¿qué motivo la había
impulsado a abandonar un mundo de triunfos donde todos la admiraban,
para meterse en una vida estrecha para un corral?
Después venía la exhibición de recuerdos más íntimos; joyas
hermosísimas, costosos juguetes, relatos de las _seratas d’onore_
presentados en el _camerino_, mientras el público aplaudía delirante, y
ella, bajando su lanza, saludaba en las candilejas, bajo una lluvia de
talco y flores, rodeada de lacayos que sostenían grandes ramos. Rafael
contemplaba un medallón con el retrato venerable de don Pedro del
Brasil; el emperador artista que saludaba a la cantante en una
dedicatoria trazada con brillantes; planchas de oro y pedrería, recuerdo
de entusiastas que tal vez comenzaron por desear la mujer y se
resignaron admirando la artista; pintarrajeados diplomas de sociedades
dándola las gracias por su concurso de funciones benéficas; un abanico
de la reina Victoria con la fecha de un concierto en el palacio Windsor;
una pulsera regia de Isabel II, como recuerdo de varias veladas en París
en el palacio Castilla, y un sinnúmero de costosas chucherías, de
caprichos riquísimos, presentes de príncipes, grandes duques y
presidentes de repúblicas americanas. Hasta había carteras con áureas
dedicatorias, y la piel gastada por el roce y el tiempo, conteniendo
enormes papelotes, acciones de ferrocarriles a través de países
salvajes, títulos de propiedad de territorios sobre los cuales habían de
levantarse ciudades; valores de empresas locas que se desarr
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