La gloria de don Ramiro
by Enrique Larreta · Spanish · Gutenberg #29920 · 546,514 chars · public domain (US)
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Title: La gloria de don Ramiro
Author: Enrique Larreta
Release date: September 6, 2009 [eBook #29920]
Most recently updated: January 5, 2021
Language: Spanish
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BIBLIOTECA DE «LA NACION»
ENRIQUE LARRETA
LA GLORIA
DE
DON RAMIRO
UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO
EDICIÓN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR
BUENOS AIRES
1911
Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a
la imprenta el 24 de julio de 1908.
_Es propiedad del autor y queda hecho el depósito que marca la ley._
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
PRIMERA PARTE
I
Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,
escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.
Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí
el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las
ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor
de los molinos y batanes en el Adaja.
¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,
y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se
acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo
animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de
sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una
sombra.
Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al
párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía
llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en
complacerle, en agasajarle.
Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas
fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban
historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras
milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de
princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía
cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada
vez más goloso de pavura y de misterio.
La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la
torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja
de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,
lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro
dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en
repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando
todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,
en el reinado anterior.
En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con
sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de
ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo
apoyado en el alféizar.
Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo
el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia
el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más
que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los
corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las
iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral
levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el
Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera
de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras
a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una
coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba
extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.
Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el
curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se
deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos
chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás
de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los
picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.
Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en
redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,
cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo
eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica
leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo
piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los
monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del
rosario.
Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos
acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea
segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo
verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la
urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el
polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del
poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando
de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado
como zumos añejos en los cajones de las sacristías.
La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían
llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de
las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya
era de noche.
Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando
un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La
ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,
por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.
Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio
de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno
alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito
sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de
cirios.
Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del
Purgatorio.
* * * * *
Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la
cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era
inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la
puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del
espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer
el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran
infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de
asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para
secarse las suelas.
Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había
dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro
años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de
platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio
mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino
soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador
Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y
galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos
desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.
Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.
Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades
vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,
de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias
en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a
punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en
los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que
mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.
El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,
había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.
Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la
brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus
castellanas espuelas por las losas de Nápoles.
Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno
de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,
calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea
tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.
A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas
retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas
de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la
vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba
con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para
remedar a los ciegos.
Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el
mar.
Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir
algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el
dedo sobre las cejas, le preguntó:
--Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?
El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su
escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.
Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.
El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su
espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas
de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al
advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso
y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a
escucharle.
Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de
los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor
destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las
vergüenzas de aquella jornada.
Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse
de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;
aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se
entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el
fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades
desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de
soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los
turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a
mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo
alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su
funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.
Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha
desesperada.
--Ya íbamos llegando a las galeras--decía.--Los moros escopeteros,
después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por
nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo
en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,
como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una
cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!--exclamó por fin,
con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el
cofre.
Una de las criadas canturrió:
¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!
Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:
--¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A
las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos
agora que falta don Juan, el de Lepanto?
Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y
alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:
--Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me
señala.
Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,
exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:
--¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de
Dios e la Virgen!
Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y
una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,
penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos
fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y
su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:
--Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos
alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?
El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:
--Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.
--Otras serán, hijo mío--repuso entonces la llorosa mujer--, las armas
que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa
Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de
religión que no ese hierro.
Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el
estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,
--¿Por esto lloráis?--la preguntó.
--No, hijo mío--repuso la madre, dominada por la congoja.--Conduéleme
una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de
Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba
de Tormes.
Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la
estancia. Algunas mujeres sollozaron.
* * * * *
El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias
tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas
cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase
dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y
resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.
Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras
del _Angelus_. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a
responder.
El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las
palmas como los niños.
Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer
aliento somnífero de la noche.
II
Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año de
1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su heredad. El
viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de octubre, la
carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,
penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora
después de la salida del sol.
Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de
misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para
asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las
iglesias vecinas.
El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas
de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer doña
Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de
la Puerta de la Mala Ventura.
Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,
recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas
almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra
rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisión la
agujereaban al azar, y una perlada moldura, que parecía simbolizar el
rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.
El resto del caserón era ruin y semibárbaro. Grandes piedras
irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los
muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme
cerradura, había servido en otro tiempo para defender la puerta a
flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.
La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas
portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.
Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en
semicírculo y encuadradas por gótica moldura rectangular. A uno y otro
lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus
cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el
pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blázques, la cabria y el
mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la
puerta, y un cincelado aldabón, arrancado quizá de algún alcázar
andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba más alta
servía para llamar desde el caballo sin apearse. En el zaguán, frente a
una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, ardía
continuamente un farolillo.
El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales
galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados
en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier, respetando,
tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,
que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en el osario de
ruinoso convento.
El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde
él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces iba y venía
bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasábase horas
enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos
y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su
espejo circular y profundo. Aquellas galerías parecían aprisionar para
el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre
ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.
El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La majestad
y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las
polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de
familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y
otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los
estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de
Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y
telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios
roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez; pero ricos
pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su
incesante sahumerio.
Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del palacio,
don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Había
traído de Segovia gran acopio de cronicones de España, mucho libro de
caballerías, no pocos de devoción, _Las Epístolas_ de Séneca, _De
Oficiis_ de Cicerón, un Salustio, un Valerio Máximo, un Virgilio y
algunos tratados de matemática celeste, a más de una esfera armilar con
zodíaco de bronce. Agregábanse los impresos y manuscritos que fue
encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes
arábigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de
un canónigo de la Iglesia Mayor.
Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que
el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los estantes. ¿Para
qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los ataques de gota se
repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto y febril le iba
desecando el húmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el
sopor le vencía, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de
pesadilla, como si la calor del sueño hiciera bullir en su cerebro las
representaciones de su pasada existencia.
Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y
la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.
En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, sólo usaba
humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al año: una, desde el
día de _Quatour Coronatorum_ hasta el día de Navidad; otra desde el
Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurrección.
Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El
corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus
ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor sombrío. Creía
descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su apellido,
etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro becerro de Segovia
nombraba siempre algún antepasado suyo en las anuales correrías de los
caballeros contra los moros de Jaén, de Sevilla, de Andújar.
Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo como
indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos
de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un
cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión de Valsaín o en
su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más accidente de bulto que sus
bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un año después de
casada, murió de sobreparto. Pero apenas estalló la rebelión de los
moriscos, a fines de 1568, don Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el
atávico rencor, reunió un día en su casa a sus amigos y parientes
demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al
soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron
acompañarle. Volcó entonces gran parte de su hacienda para armar, a su
costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.
A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas por una
cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la vida,
arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña de las
persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración general.
El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio
de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.
En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de un
cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de
rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero, en lo más rudo
de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un
terrible ataque de gota, recibiendo poco después el hábito de Santiago,
en pago de sus servicios.
Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores
pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
Alpujarra.
* * * * *
Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un
señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro. Tanto en
Avila como en Segovia, desdeñando la administración personal de la
propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las
funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad creía
asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostración caballeresca
de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de
Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisión
alguna en la casa, y, continuamente, los criados salían a mercar a
crédito en la vecindad lo que se iba necesitando.
Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya
altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue empeñando uno
a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, hacía
descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las
piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de
América, hacían fácilmente las veces de monedas enormes. El era, sin
embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se servía en una sopera
con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y
algún hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de
sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de
vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y
judíos.
III
Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de la
cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de
la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el tiempo sin
hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de
la platería, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la
calle, cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba
algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
hablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o un
dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba
del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,
inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y cuando cruzaba
las demás habitaciones, parecía visitar una casa extraña, dejando tras
sí como flotante congoja. Su lozanía de otros tiempos, y el mismo brillo
de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestañeo, todo
huyó prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro
monjil ahuyentó para siempre los tafetanes de colores y las graciosas
basquiñas de la adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había prometido en
casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le ligaba, fuera de
un fraternal afecto, una noble emulación en la fidelidad y el
sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de infelice rostro,
y sólo adornado de las más severas virtudes. La doncella sentía por él
invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el ánimo recio de su
padre, se resignó a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar
amistad, que era ya citada por todos en Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los
libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos
como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso, tal
vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,
cuando todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un
filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero
que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del
palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los coloquios y
raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la vida
cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una
sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los
jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose como nunca las manos
y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación el
rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar
por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba vestido a
lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras
preciosas brillaba sobre sus gregüescos acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una voz
llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El
billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de
una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio sorbió, sobre
Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó enloquecerse.
Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el seductor desaparecía
de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco después, en
Arévalo, el mismo desconocido se presentó al escudero, declarando su
nombre y su raza. Era un morisco.
--Decid a vuestro amo--exclamó al despedirse--que yo quise herille su
honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien él hizo
sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él consiente agora
en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus plantas.
El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre Guiomar
con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y creyendo que se
moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de todo, y
aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada
relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigió que se
realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de casado se partió
solo para Flandes.
Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo Sancho
Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno había
sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.
Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su
pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de aquella
sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra. Enfermiza
palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
entre sus vestidos de luto; y su alma se inclinó toda entera hacia el
rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preñez, sometió su
cuerpo a las más arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo
que era posible, la nueva reforma del Carmelo.
Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió cambiar de
residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. Allí
vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de Santo Tomás, el año de
1570, bajo la constelación de Saturno y los signos de Acuario y
Capricornio.
IV
Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin una
alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres taciturnos que
hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los obscuros días de su
niñez. La menor expansión infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre
un dedo sobre un labio. A los siete años de edad sumiose en un mutismo
melancólico, pasando horas enteras en algún escondite, las manos quedas
y el rostro como apenado. Había algo de monstruoso en el contraste de
sus tiernas facciones con el ceño de aquella frente cargada, al parecer,
de adultos pensamientos.
Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devoción.
Asistía con él todos los días a la misa de alba en las parroquias de San
Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difíciles que
ofuscaban su mente, y a las interminables letanías que hacían retorcer
de impotencia al Demonio. Diole, además, para su uso, un rosario de
quince misterios, como el que llevaban los monjes. Debía besar el suelo
humildemente ante las imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y
depositar, asimismo, su ósculo en el escapulario de los religiosos para
ganar indulgencias.
Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar
castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
noches leía; junto a su lecho, en el _Flos Sanctorum_ la historia del
santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la
Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale los
coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo, en medio
de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su
cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la
madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y
temeroso aroma de santidad.
Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El abuelo
no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el caserón, miraba
por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, subía a la
estancia de labor en el último piso de la torre, o bajaba a la cuadra de
los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba
de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salían a las
puertas, sonrientes y famélicos. La larga habitación, semejante a un
ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
parecían del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.
Nunca faltaban sobre el piso de tierra películas de ajo y pedazos de
naipes. Parte de la servidumbre pasaba allí varias horas del día
durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse
las ostentosas libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.
Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz
de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del
diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,
íbase a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
subterráneas.
La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde traída
de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el estío, se
retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El resto del año
quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El niño penetraba
en su interior todos los días para coger el huevo que una gallina
misteriosa ponía sobre los cojines de bronceado guadamacil.
* * * * *
A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le veía
internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A
través de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasión,
endechas religiosas que ardían como llama en su labio; otras, veíale
ocupado largo tiempo en copiar los hechos más notables de Jesucristo y
de su gloriosa Madre; y observó que siempre trazaba el nombre de Nuestro
Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santísima
Virgen. Le creyó asegurado, y, pareciéndole a ella misma imprudente
seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,
resolvió que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.
Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por las
doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,
gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a
despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia
un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un Ave y un
Pater, le despachaba con un beso.
Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era
una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro monótono del
caserón. El afán diverso de la vida invadió bruscamente su espíritu.
Además, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias
del hombre y el orgullo de los linajes.
Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de las
parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle después
para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo. El antiguo
soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las
inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. Así
supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero Nalvillos con la
mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le contó por primera
vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta
rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso _el
Batallador_; así como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que
fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.
La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los
inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba
los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,
subió a las almenas con las mujeres de la población todas cubiertas de
barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los
infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyéndola bien
defendida.
* * * * *
Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso
camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de San
Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo
trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero en Brujas y
en Amberes, de donde trajo su gran afición a las campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer, en
lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le llamaba
el escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda
oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a una
altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un agujero
practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco
después, oíase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,
hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al abrirse,
presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo
de llaves y en la otra un farol encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna del
templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que ayudarse con
las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba
penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
incienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada, bajo
un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una
zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros
como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios de la
techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella
elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascábase el
bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a quien todos llamaban
_la extremeña_, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las
dos campanas más gruesas, dejándole a él los clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia, subieron
los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido
hasta los tuétanos, se complacía en aquellas detonaciones espantosas que
amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a él mismo a los aires,
como una paja, en el sonoroso turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su
faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío como su
bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al
marido como a un esclavo, descargando sobre él el exceso de vigor que
renovaba en su sangre el aire purísimo de las torres. Ramiro la
observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del niño. A veces, cuando
nadie veía, levantábale en peso y acostándole sobre un escaño, trataba
de animarle y hacerle reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
* * * * *
Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia covacha,
jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el niño llamaba
al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con
su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
hablan las leyendas. La madre había sido una española de Amalfi, que el
escudero robó una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y
que, descubierta dos años después, prefirió dejarse ultimar en el
tormento antes que denunciarle.
Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de
una casucha, detrás de San Pedro.
A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre
con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de
admiración. Quitábale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,
besábale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
ella la que corría a traer la guija para la honda o la vara de la
improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso y señoril. Sin embargo,
alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su boca con la de aquella
criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal
llegó a despertarle, en el correr de los días, cierto extraño deleite,
que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.
V
Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con
quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso
Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de los
Aguilas, no tardaron en conocerse.
No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los
Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas
proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez, primer
Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde
Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blázquez, la de
los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y
casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo
databa la resolución del Consejo de que siempre que saliera gente de a
caballo de la ciudad, en servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o
adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro
linaje. Otrosí su pendonero o alférez».
En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano
y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta otra casa
clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los cinco lises
alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
rampantes en campo de azur. Los honores habían resplandecido siempre en
su familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,
unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los mejores
linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo del huerto, y
su defensa había correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo residía
breve parte del año en el solar; la corte le atraía con imán poderoso.
En cambio, la existencia muda y monástica de Avila de los Santos, donde
pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el tañido de
alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un
duro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de guzmán,
batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de
arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida
otra acción memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A
los diez y ocho años de edad era paje de Ruy Gómez de Silva, y a los
treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, más tarde, por su
comportamiento en la flota, el hábito de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en
Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el
delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a
menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido
íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía las
_Metamorfosis_, o la _Jerusalén libertada_, que las ásperas epístolas de
San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la Catedral
hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles con un
peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de
ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y Garcilaso, a Clori
y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de _El laberinto de amor_,
sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tenía entre manos una feliz
imitación de la _Arcadia_ de Sannázaro. Para él, aquella naturaleza
desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no
merecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados y
todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo
aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida cortesana,
agravado por los exquisitos refinamientos «que», según don Íñigo, «la
prudente malicia de los extranjeros brindaba a los españoles para
afeminalles el valor», habían concluido por cubrir con mentirosa
envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se
tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por
debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su
honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazón o la
mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en
el calcáneo. Sólo que los tiempos habían hecho llegar hasta él, desde
temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de
Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del
bello vivir.
Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.
La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no envilecerse en
ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo. Era de condición
levantada y espléndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre
debía palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
sombrero.
Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte
espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más ancha.
Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según antiguos modelos
del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de Florencia eran
dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y
el pomo de sus dagas.
Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de un
Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber dado
dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangrías, que le
presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale siempre gran afición, y
él contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el
Consejo de Italia a la primer coyuntura.
Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o
de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto
ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida
señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia,
comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso
eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi dorados,
provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para
cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus
manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia,
donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una
fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el precioso
florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación
innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas
alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la
gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco
tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber
tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los
marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un
movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un
pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a
mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz
astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído
en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de
la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas
blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales
internados en el misterio.
Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,
donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
* * * * *
Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa amistad
ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba
en tono altivo y profético contra la política del monarca, quien, a la
vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su
reino católico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de
hito en hito hacia las puertas, refería bajezas y crímenes recompensados
con grandes honores y mercedes.
Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó
con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de alto
y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente alguna
imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un infante
embrujado.
Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz de
profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos, como a
una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al
verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña compasión
que él mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenzó a
agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar con su enano. Hízole
enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole él mismo a
conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez años, que les
recibió en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojín
azul, entre las dueñas.
Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo los
brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción profunda,
indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso la mano sobre
el hombro y salieron.
VI
La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada casi
al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.
Componíase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del señor,
había ido mermando rápidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y
a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa
casería de los padres de doña Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa
maleza habían invadido los jardines que existieron. Los caminos sólo se
adivinaban por la alineación de los árboles. En el monte era difícil
avanzar. La naturaleza, enseñoreada durante muchos años de abandono, se
defendía ahora con la maraña, con el fustazo, con la espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el
aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos
limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente como en los
jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos parapetos
imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,
negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio. Algunas tardes subía en
el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las
escalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.
Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía alojarse con su
hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseñole, en el caballejo
de un gañán, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Además,
haciendo él mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,
mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,
le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano
hasta el oído, para que aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura de reja
y ancha hoja de dos filos.
--Este acero--decía señalando su fina espada escuderil--es doncel, no
sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
aquéste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
soldado--ha sacado más sangre que un barbero y más almas que una monja.
¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón, descalabrado a más
de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no sé cuánta gola
turquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al
empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía dentro
del pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus
músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale enseñando
esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena ventura todo
soldado que llegaba a la vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso del
monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las fogatas que
ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
tornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase mudo
un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del
sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después, incitado por la vista
del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
tranquila, poníase a referir la captura de poderosos bajeles o algún
audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perdía un solo
ademán, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasión de la
lucha le alucinaba con tal ímpetu que llegaba a creerse, él mismo, sobre
la cubierta del navío o entre los caballos y alfanjes de los infieles.
Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su
espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era
llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser
aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.
* * * * *
Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de
jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron
comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su hijo.
Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano, que era a
la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron aconsejados los
remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.
El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.
VII
Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan
empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador
se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como
el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se
tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño
levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era
aún más austero bajo aquella claridad implacable.
Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.
Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra
de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,
tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa
acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada
momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.
Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las _Aventuras de Silves
de la Selva_ y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que
formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.
Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos
la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un
rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una
medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el
agua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
--¿Dónde vais?--gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano
contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el
perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso,
mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba
en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban
llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del
mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los
caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,
vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando
encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó
por su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin
pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,
mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la
otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos
esperan», salió de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda
cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con
seis hombres armados de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto
distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces
de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un
cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.
* * * * *
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también
entre los árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo
que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y
campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.
Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los
asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra
a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo
bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.
Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas
antiguas.
Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de
estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el
oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.
Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
* * * * *
Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el
patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha
espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
--¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!--exclamó la mujer.
Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:
--¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el
rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba.
¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
--No fue Medrano.
--¿Y quién?
--Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir
corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo.
Luego hachele el pescuezo.
--¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las
barbas!--exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo
que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y
tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas
repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.
* * * * *
La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin,
al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que
invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.
Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera
entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el
niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre
el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco
soponcio.
La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del
mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin
vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don
Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el
coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a
Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus
temblorosas manitas, blancas como la luna.
VIII
Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar
sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la
coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como
lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz,
con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase
ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del
lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma
fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se
fundía de ternura.
Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para
Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba
abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la
luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas
veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado
silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale
que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no
alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida
con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a
solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las
constelaciones.
Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso
pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y
de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.
Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que
separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa
vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la
frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas
celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!
Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,
entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que
pasara a su jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo
de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados,
hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin
sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos.
Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más
menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba,
aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del
verano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el
brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión,
Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con
violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,
loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos
a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo
inolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil
aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada,
soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa
existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo
peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
--¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
--Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al
parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que
aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
cascabel.
* * * * *
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de
legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca
Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe
de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos
eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se
aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima
Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus
rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente
la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los
juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca
hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal
que ataca, de ordinario, a los donceles.
Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde
luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,
advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente
para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que
podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi
sonriente.
Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el
mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los
árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino
jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el
cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su
primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un
olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el
brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un
clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.
Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no
pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible,
brotó de su pecho.
Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.
IX
Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo
en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para
enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en
Salamanca.
Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña
Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de
la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San
Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era
escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la
tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en
las lecciones. Solía decir a su discípulo:
--Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo
poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han
de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los
sabios cristianos y gentiles.
Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello,
como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias
terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de
monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico,
adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus
sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.
Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza
en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el
nido de un ave que duerme.
Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De
esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de
soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.
En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio
donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,
súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un
velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de
un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor
que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre
franciscano.
Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia
Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue
llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros
arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de
arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los
ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a
medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los
demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes
en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos
sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a
modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la
espada.
Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en
medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de
gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:
--Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la
verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me
ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del
«Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con
harto peligro de caer de bruces en la herejía.
Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la
mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título:
_Summa Theologica_, en gordas letras antiguas.
--Esta obra, este monumento, este tabernáculo--prosiguió el
canónigo--resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol
de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en
la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra
ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a
guisa de _vestibulum_, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro
Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de
Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el
alma racional muere con el cuerpo.
Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima
de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose
las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.
Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las
claras el vértigo.
--No os importe--le dijo el canónigo al terminar--si de esta primera vez
no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.
Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y
teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese
como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo
Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más
doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y
qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a
través de sus _primos_ y _secundos_, de sus _ergos_ y _distingos_.
Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con
ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de
la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer
su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al
pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los
ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que
dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello
a más de un eclesiástico.
Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante,
si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de
la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes
eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los
Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre
moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.
¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su
envidiada grandeza? Aquél, y no otro... _Ergo_! Pero él conocía
demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los
que combatían en España los principios de los escolásticos, los que
negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies
inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad
del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos
del Demonio.
El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era
posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar
aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su
seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle
el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía
era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más
firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido.
Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.
Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero
eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, _el
Brocense_, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se
invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de
Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su _Catecismo Cristiano_.
Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde
por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,
sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para
siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.
¡La podrido a la hoguera, y amén!
¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra
de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían
escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes
se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se
lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por
medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y
Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.
El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los
procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de
cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo
elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no
sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y
desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la
bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la
Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su
tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio
en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército
de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir.
España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de
las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre
los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los
enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos,
como los soldados de Tito en Jerusalén.
Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una
bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el
fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo
derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más
prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia,
que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía
sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se
grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero
cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando
se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba
como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del _Antiguo
Testamento_, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable,
tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos.
Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un
rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran
comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que
guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,
conviene destruirlas y hacer otras nuevas.
Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres
tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces
tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos
pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un
olor raro y voluptuoso de Oriente.
Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las
horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y
repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la
llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus
escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de
dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo
súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él,
bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico,
largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban
desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de
alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el
sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su
rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!
¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de
horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.
Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la
columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,
variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible,
el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote
la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple
tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única
y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y
sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.
Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las
bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los
cedros, temblaban de lujuria como panteras...
* * * * *
Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había
levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A
aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y
de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán,
provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria
dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.
¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la
iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento
donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban
allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un
infolio.
Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía
de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las
inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes
completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer»,
«Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron
quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto
que nuestro pie remueve en los osarios.
En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y
caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don
Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble
caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego
del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida
como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que
una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.
Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al
recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo
una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre
la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un
fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar
un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir
el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la
salvación eterna.
En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale
contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y
sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la
parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un
cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del
torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no
había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar
a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase
entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de
vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces
emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y
eternos?
Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de
Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar
de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza
del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer
del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: _omnem concubitum
cum re non ejusdem speciei_, de la demonialidad o _copula cum Dæmone_,
que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el
comercio con los íncubos y súcubos de donde, _aliquoties nascuntur
homines_.
--Y es de este modo--afirmaba--como debe nacer el Anticristo, según un
gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito
Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro _el Grande_,
según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una
religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito
heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.
Era menester mucha cautela.--La tentación--decía--palpita por doquier.
Todo es arma y cebo para el Demonio.
Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un
cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la
piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.
De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto
espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y
exclamando:--_¡Vade retro, vade retro!_ El Enemigo acababa de mostrarle
en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.
Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a
concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne,
tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por
instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.
Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de
haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el _Cantar de los
cantares_, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella
le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban
los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol
al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa
reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los
cervatillos mellizos» del cantar.
Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde
dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.
Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose
frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones
más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.
¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó
a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.
Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la
calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.
X
A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un
aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas,
imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso.
Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada
apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.
Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su
tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le
enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna
pone en el mármol.
El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,
recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro
interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos
de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de
Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables,
hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el
primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se
señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila,
apellidado _El rayo de la guerra_, servía ahora de ejemplar a los
flamencos.
--¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida
gallarda y desembarazada del soldado!--exclamaba el canónigo.
No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima
carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba
tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano,
escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de
la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de
calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin
rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia
de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus
colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una
silla episcopal.
--Los muy bellacos y alicortos--decía--barruntan que apenas el águila
se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.
El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y
el gran pecado de su alma.
Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y
habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró
derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó
que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,
pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o
en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su
familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España.
Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y
conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,
llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente
Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de
Austria. Al tomar en sus manos _Los Comentarios_, era él quien conducía
las cohortes a través de las Galias; pero, en los _idus_ de marzo, más
sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y,
escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a
uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba
a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,
de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre
toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su
imaginación soñaba según las estampas.
El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la
tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo
mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le
dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre
absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a
ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en
la tierra.
Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el
Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba
rodar sus pensamientos.
Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión,
gritos de guerra, suspiros de éxtasis.
Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido
hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,
abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes
doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando
todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera
muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella
misma.
Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación
de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos
palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se
cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz
era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de
eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su
conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer
momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si
de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.
Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de
cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían
hablando de comida y de jornal:
--Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el
maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a
llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil
mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.
--¿Qué os respondió?
--Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que
haríais morir de envidia a muchos obispos.
--¿Eso dijo?
--Cabal.
--Paciencia, Martín.
Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.
Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa
leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por
debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera.
Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...
Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba
de todas las vanidades del hombre.
Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la
tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el
céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con
el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos
ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que
imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,
mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una
moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:
--¿Sois muslim o castellanuelo?
--Cristiano viejo, por la gracia de Dios--contestó Ramiro.
La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:
--Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las
ídolas--exclamó con voz agorera y fatal.--Echaréis a Agar y a su fiyo,
está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue
la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,
ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!,
los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es
buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y
serán honrados en gradas altas y aventajadas!
Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su
destino.
--¡Tu jofor, tu jofor!--balbució la morisca.
Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica,
soltola de pronto.
Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del
canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se
acercaba.
--_Chiromanciam habemus_--gritó el lectoral.
Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la
alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse
lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar
de la moneda sobre los guijarros.
Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el
canónigo compuso la siguiente oración:
--Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí
una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba
hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan
haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados
de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar
sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que
llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el
filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles
hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a
bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta
la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por
manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia
la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben
vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta
cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica.
Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o
azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según
su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal
con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las
sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de
fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.
Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido
reciamente, prosiguió:
--En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está;
pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le
hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las
cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos
habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar,
tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas
de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el
primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a
mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz
de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la
injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de
Roma.
El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto
y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron
hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al
mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua
del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían
concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de
San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.
--¿Qué hacer--continuó diciendo el canónigo--con este enemigo casero
tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día
nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche
nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro,
me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y
trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol
junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a
Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien
ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.
La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más
exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución
solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.
--Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de
España. La avaricia moderna, señores--exclamó esta vez.--¡Ah! ya son
contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de
honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los
nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos
perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos,
engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que
con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus
tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de
los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del
Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho--añadió,
bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,--si la Inquisición,
la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas
aragonesas?
Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en
el teatro de su imaginativa, prosiguió:
--¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del
reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable
para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos
traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada
cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos
pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como
alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a
las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y
abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa
llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a
Juvenal--volvió a decir,--él nos declara que no hay linaje de maldad en
que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso
opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con
la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la
naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto
emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi
que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para
rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos
de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de
carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas
cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la
mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga
llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.
Había terminado y escupió varias veces.
Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban
llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus
candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor
anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la
reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era
una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora
y su pupila fosforescía de modo extraño.
Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo
de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su
discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más
dulce:
--El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones
privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro
propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar
una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano
retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el
muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un
Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la
secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o
pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo,
que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan
de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir
sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo
mío--agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra
ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios
mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo
a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,
del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta
quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia»,
_nec misereberis earum_. Y así mismo, por boca del profeta Samuel,
mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar
hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar
rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también,
como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta
ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el
pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe
extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,
Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien
Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra
propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total
exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,
antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las
claras, rematar la obra de purificación.
--El miedo a la sangre, hijo mío--prosiguió diciendo el canónigo,--es un
bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad,
de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La
sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la
hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los
nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que
resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se
quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.
Meditó un instante y continuó:
--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a
éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas
enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo
que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los
falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay
que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería
un blando acabar, poco a poco.
Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo
le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría.
Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo
levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del
anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.
El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro,
y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que
el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,
en el barrio de San Gil.
XI
El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes,
Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey,
recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las
suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas,
preguntole con brusquedad y misterio:
--¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para
una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta
vuesamerced--agregó--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha
religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.
El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara
arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto,
después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió
con viveza.
--Sí, tal. Ya le tengo.
--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá
escogido con acierto--replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en
el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de
velludo pardo.
En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos
esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo
que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles
con las manos en la masa.
--Tenemos sospechas--agregó--de que en esta ciudad existe un escondite
de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de
Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo
con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y
abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras
abandonadas, les tienden solapadamente la mano.
Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a
su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería
compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera
en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino
de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a
explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente.
El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible
comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo,
por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.
El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas
del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había,
tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario.
Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un
esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora,
púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había
logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más
influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el
Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su
barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su
labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.
La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las
más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La
Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de
Milán, Tomás de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy
López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre
podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía
del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados
en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en
Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San
Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia
sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.
Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del
aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas
antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;
y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios
y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.
De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor
una voz desesperada que comenzó a gritar:
--¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un
lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de
sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
arrojarse a los pies de su señor.
--¿Qué sucede?--preguntó mal despierto el hidalgo.
--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega,
ahí está!--agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de
pies a cabeza como endemoniado.
En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la
boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote
levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo
centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa
agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el
rostro con el acero.
--¡Teneos, en nombre de Cristo!--gritó reciamente el canónigo, asiéndole
el brazo.
El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado
examinaba su propia sangre en los dedos.
--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,
sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa
de mí--rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y
recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, señor, que me
habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,
las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de
joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,
la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste!
Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro
y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la
ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín,
para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el
mesmo vientre?
Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:
--Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia,
y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en
Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis
harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le
deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir
sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante
mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!,
pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año,
señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto--exclamó, haciendo
sonar la uña del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazón
y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.
Todavía este puerco--exclamó señalando al lacayo--me lo enseña de lejos
con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.
Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar
la mirada.
--¡Ah, señor!--prosiguió el segundón--la postre no os sabrá tan dulce
como esperáis, ¡No! ¡No!--gritó bruscamente, golpeando con el tacón en
el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera,
semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando
desnuda su pierna muy blanca y vellosa.
Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:
--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.
El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a
cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió
a gritar:
--¡No! ¡No!...
En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de
la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de
metal y de seda.
--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber
saludado al canónigo--que reñíais a nuestro padre.
--Así es verdad--contestó el hidalgo;--me reñía porque os enviaba ese
caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.
El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban
bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo
turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los
arabescos de plata y de oro.
Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas
que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El
rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como
despertando:
--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña--exclamó.--Peor
para él si no sabe aceptar su condición.
Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en
las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos
crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de
insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y
descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.
De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo,
apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro
hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave
y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de
hierro.
--¿Qué pensará vuesamerced--exclamó, dirigiéndose al lectoral--de tamaña
vergüenza?
Luego, encarándose con su esposo:
--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya
para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.
El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban
nerviosamente los brazos del sillón.
Doña Urraca prosiguió:
--¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja
volver por la honra de vuestra casa?
Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.
--Ya os he dicho mil veces, señora--replicó levantando la frente y
mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia
como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y
que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por
ventura--agregó poniéndose en pie--es cosa de nada un linaje que viene
de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con
dos condestables de Castilla?
Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo
de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su
preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los
mancebos, díjoles con imperio:
--Vosotros seguidme.
Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos
hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por
el corredor el golpeteo de las espuelas.
Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía
decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó
un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza
afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella
delicada misión.
Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un
viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como
una mujer.
XII
El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón
inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.
No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.
Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en
un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.
Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a menudo,
descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del
almenado _Cimborio_, que forma a la vez el ábside de la Catedral y el
torreón más ancho y más fuerte de la muralla.
Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la
irritación del insomnio, como una ablución de rocio.
La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
encendiera su primer rubor en el naciente.
No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.
La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.
El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de hierbas
invisibles que sus pies hollaban al caminar.
Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como
suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en tonos
lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y flotar una
confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,
que él asemejaba a la claridad que la eucaristía difunde en el alma.
Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre el
cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se
alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta
desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la evocación
legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís, Lanzarote...
desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los
castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...
Un gallo cantó.
Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era fácil
leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la piedra.
Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se
distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,
abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían sobre el
adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó a disiparse, a
hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra purpúrea se encendió en
el naciente, comparable a un alfanje de cobre.
En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de la
Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen de
aurora.
Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto
a San Pedro.
Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.
El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la
Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
adoradores del becerro.
--He aquí--exclama--que el Señor se sirve agora de este signo, harto
elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de
Mahoma.
Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo
deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión no le
encamina derecho a los más grandes honores.
Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel
mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle después
como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había dicho que
comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. ¿No
sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?
No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando Vargas
Orozco mandó en busca de su discípulo.
Sentáronse en un escaño de la sala capitular.
Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,
enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el arrabal
de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los
bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era preciso
hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas palabras:
--Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un
amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo propósito.
Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la
iglesia. El canónigo volvió a decir:
--Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan
aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por servir
a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos a otros ese
tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo que
acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga, de
confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más ligero
el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su rosario,
envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal con las
cuentas.
--Esto que agora emprenderéis--agregó el lectoral--será en servicio de
la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos, dejaos conducir
por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios
designios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería
plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del
cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
navegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y
el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna; sólo un tosco
relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño, como si aquello
bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahondó la abertura, y una
nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los
obreros introdujo la mano y sacó un pequeño objeto de metal. Era una
espuela, un acicate verdoso y roído. El canónigo tomolo respetuosamente
en la mano, y levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a
través de la vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:
--¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le habrá
hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el emblema
de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor. Su solo
ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.
Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto
grave y casi compungido, prosiguió:
--¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa
y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!
Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
sepulcro, terminó de este modo:
--Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la vieja
honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el alma
desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.
Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria. Ramiro
le imitó.
XIII
El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada
energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y
quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las horas y las horas
imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias de imperio y de
grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a lo largo del
porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.
El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compañero de
su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de su madre, buscó el
trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un Núñez Vela, a un
Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dávila, a Nuño Zimbrón.
Soñó con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin
ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tardó en
advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y
que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio,
los demás se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia
él, aquella tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.
--¿Por qué? ¿Por qué?--se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y
sin querer pensar en la venganza,--¿por qué no me ha sido dado lograr
esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbécil y a veces a un
malvado, a un felón?--No maliciaba aún el peligro de aquel ingenuo
aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendían.
Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el único
amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo calor:
--Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me hacen
gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para haceros mi
primer capitán.
Rengifo, a quien todos llamaban _el enano_, por su mezquina estatura,
giró sobre sus talones y respondió con enfado:
--¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e os
haga mi capitán?
Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos
veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo la espalda.
* * * * *
Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.
El temor del peligro le había dejado para siempre desde los primeros
años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia
vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a duplicar su ardimiento.
Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.
Quién sabe si no se le había escogido deliberadamente, desde la Corte,
con la traza de una casual designación. De todos modos, aunque así no
fuera, el monarca oiría muy pronto su nombre.
A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,
imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale ver
ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose gravemente
y echándole al cuello la venera de un hábito.
Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no
atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada templada
en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don Rodrigo del
Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo
del jubón.
Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando
un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la cuesta del
mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más tráfago y rumor
que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y
al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos
casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada
instante estallaba una gresca. Oíase el continuo rumor soñoliento de
tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.
Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban
gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores
aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas
la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, sí, en
su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún sangriento clavel,
prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofrecía y se esquivaba
al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenían
para contemplarla. Algunos la susurraban al oído palabras en algarabía.
Otros levantaban la cabeza y sorbían el aire como camellos,
libidinosamente.
Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna mozuela, o
zapatos infantiles con que después obsequiaba a las madres moriscas.
Comenzó sus paseos con el corazón encogido por el odio; pero, poco a
poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y
la dulzura que recogía de todo los rostros, le fueron ablandando la
entraña y haciéndole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella
vida graciosa y sensual de los musulmanes.
Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más concurrido se
levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un morisco a quien
llamaban _el Nazareno_, por su semejanza quizá con algún Crucifijo muy
barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la mañana o a las seis
de la tarde, caía a aquel figón toda clase de gentes. Trajineros que
dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que
entraban secándose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,
olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba también las
piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, poníase a
observar por debajo del aludo sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral
y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos
ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oración, y, al notar que
aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro
se retiró orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó
en advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo
aquellos ritos diabólicos, y que _el Nazareno_ los cohechaba con solo un
rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.
Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no pudo
contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde
entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.
Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por
detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte detonación
y a la vez breve silbido que pasó por encima de su cabeza. Volvió la
mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.
Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la espada y recorrió
velozmente el paraje en todo sentido. No había nadie. Al continuar su
camino y al descubrirse instintivamente, advirtió, a uno y otro lado de
la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.
No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le
recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez
le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea
del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin
embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y
luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó
súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,
deteniéndolo el brazo:
--Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.
Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa
ataujía de oro purpúreo.
Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.
No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas
veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado
con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las
puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había
dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...
Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el
semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
representándose, a la vez, toda la escena lejana...
Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una
cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.
Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y
parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y
galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de
los hidalgos.
Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de
cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por
un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas,
los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el
vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los
ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no
era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los
hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido
quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso
corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado
del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra
el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero,
volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra
a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el
viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos.
Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se
desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que
el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y
de oro purpúreo.
--¿A qué pensar en esto?--se dijo por último.--Lo que importa es que
estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío!
Sin esta máscara no podré continuar.
Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro,
desfilaron por su mente.
El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura
de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una
flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro
se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez
de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y
temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.
Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del
Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso.
Era casi de noche.
XIV
Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de
Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del
arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.
Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el
aspecto de un mercado berberisco.
Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor
de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más
lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.
--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo.
Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los
jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de
alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.
Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
bailadoras.
Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros,
mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las
aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de
altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.
Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto
halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas
cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre
los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro
de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas,
a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos
laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y
no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se
dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban.
Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer
de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero
que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
del galgo.
Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le
quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de
los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en
forma de codorniz.
Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos
pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de
posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable
volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El
pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre
cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las
heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo
formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos
avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro
lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.
En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la
cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria.
Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y
siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la
anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.
--¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?--preguntó la mujer,
mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
Luego, misteriosamente, bajando la voz:
--¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más
cosa en el día que perfumarse e cantar.
El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer
habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
--Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la
zaga de mí, sin hablarme.
Ramiro la siguió desde lejos.
Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares
eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje
junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las
flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera
desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como
en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las
paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían
pensar en una casa cristiana.
Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble
gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con
sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave
peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta
criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos
entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de
luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo,
difícil de apreciar, se detuvo.
Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la
mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a
juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del
ambiente.
Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de
caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún
episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.
--Si mi constelación--decíase ahora a sí mismo--no anuncia que he de
morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el
contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces
un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió
el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su
sentido.
Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia
con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre
obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes
contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos
policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas
incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de
cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:
--¡Aixa! ¡Aixa!--en el silencio.
Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color
de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra,
introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole
soñar!
Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz
sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos
cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del
zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una
alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que
sucede a los baños.
Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida
de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de
terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la
desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.
La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por
el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos
destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la
oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también
su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?...
Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las
cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de
ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible
mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.
De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas
se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.
El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y
amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes,
los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño,
púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y
corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de
pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si
aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a
mirar hacia la misma parte del muro.
Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,
rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr
por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las
abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la
criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una
tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y
entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar,
presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose,
con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso
de Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su
conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los
baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,
el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo
corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los
admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un
anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San
Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el
sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios
excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en
fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el
estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,
todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí
estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de
su juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el
torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía
a tomar las babuchas en el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un
grito de espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del
baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos
retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde
tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la
hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su
rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas
guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado
carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al
reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica,
que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante
claro y tranquilo como la luna.
--¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?--exclamó.--¡Bienvenido seas! Perdón,
si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al
sombrero.
--No me hizo daño la flor--replicó Ramiro,--pero sí vuestra risa.
--¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida
cabe la reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba,
ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.
Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena
preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba
sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;
y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer
semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras
sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio
polvillo de lujuria y de nigromancia.
XV
Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares
de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo,
desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su
existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía
ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese
columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes
aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba
en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia
quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de
correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,
clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando
presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus
recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando
fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un
guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el
vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que
aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que
buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del
canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas
sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío
para facilitar su comisión?
Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que
era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.
Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el
dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos
húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda
visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan
severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus
labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como
si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya
era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,
junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le
arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole
los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso
delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le
llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar,
destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,
insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida
habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus
ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas
de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de
cendal, perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago
de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta
prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,
por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático
hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las
dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual
ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como
sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le
preguntaba:
--¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma
creencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta
el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
--¿Lo juras? ¿Lo juras?
El, buscándola, musitaba como ebrio:
--¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las
almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje
evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo
Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el
saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,
nuestro espíritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de
Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--¿De dónde
podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a
mí ningún hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo será el milagro y la
dicha del universo.»
Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua,
con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.
«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y
pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el
ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio,
sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola
de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales
envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y
Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.
Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada
compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más
íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su
frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la
respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:
--Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por
alguna calleja nos miraremos con odio.
--Será o no será--respondió la sarracena.--Los destinos van colgados de
nuestro cuello.
Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días
acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un
taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un
librejo centenario, prorrumpió:
--Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me
darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
--Está en palabras harto ascondidas.
Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser
la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.
Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los
almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
--Es fácil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y
jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre
de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la
plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca
ríe, camina despacio.
Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro
azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En
seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había
advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo
dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la
contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre
fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte
le sobrecogiera en dicho estado.
Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema
Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro
estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,
resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los
párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba
cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas
cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios
alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias
inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a
abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el
supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la
danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera
Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser
Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del
sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la
mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su
mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a
inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer
de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de
arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente,
como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo
maduro de aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los
codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas
sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y
otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante
agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba
profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una
música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son
ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro
y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró
sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor
sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero
todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus
pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas
visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los
ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a
sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas,
apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas,
se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla
el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los
lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la
madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y
acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria
en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima
muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios,
el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de
claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de
los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del
éxtasis.
El la llamó varias veces:--¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!--palpándola los brazos,
las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y
glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa
él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.
Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada
con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores
sobre la muerte.
XVI
Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera
vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto
día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la
daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue
grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y
revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una
jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,
sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,
indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería.
Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el
morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la
anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa
misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la
calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus
talones y se puso a caminar hacia el naciente.
--Segura estoy--dijo la anciana a Ramiro--que este perro vase agora a
juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte--agregó, señalando
en la dirección de Santo Tomás:--Algún lazo os quieren armar, señor
caballero.
Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.
Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura
mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas.
Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo,
era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin
embargo, el acceso no era difícil.
Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro
entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su
caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los
brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre
las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una
terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.
Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en
torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro,
una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el
hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también:
la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su
almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y
luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor
contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la
boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras
sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.
Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en
silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en
medio de la terraza.
Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una
larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban
tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus
parentescos.
Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su
mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.
El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de
los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el
caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba
hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la
religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de
grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso
entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos
conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?
El y ellos callaban.
De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana
más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el
costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó
distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.
Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior del
_idzan_, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en
medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,
hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.
Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y,
entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,
entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita
palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.
Ella dijo:
«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme
tormento.»
El replicó:
«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,
gime cuando el sol toca el poniente.»
Y siguieron alternando:
«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando
llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los
hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el
remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de
Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi
otro quibla que el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió
que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un
acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la
conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de
Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El
kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra
amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la
polvareda de los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem.
¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da
vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de
la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo
impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su
pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la
campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,
respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,
tocaban las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese
traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y
cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual
desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se
redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo
odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez,
en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
ojos del mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
anochecer.
XVII
Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al
señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió
para acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si
buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas
personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de
indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.
--Bien respondido--replicó don Alonso--si fuera yo algún oficioso
impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
siempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
--Corren acerca de vuesa merced--añadió, tratando de atenuar con una
sonrisa la dureza de las palabras--las más peregrinas especies. Unos
propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien
asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una
vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas
patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de
hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a
explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre
encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio
algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había
recibido en nombre de Su Majestad.
--¡Ah! Harto bien se me alcanza--agregó--de dónde pueden venir esas
aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando
determine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y
mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le
dijo:
--Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan
limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que
acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea,
dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en
cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
honores.
* * * * *
La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda
claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el
olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro
de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había
querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese
a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había
logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos
muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante
cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro
de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida
abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se
desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en
algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se
inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el
momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él
quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas
invenciones que le había referido el hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de
la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los
primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba
ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor
de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya
fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en
lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla
perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus
propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,
con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le
sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban
al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del
fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
negro amasijo, repelente.
Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más
enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y
quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano
sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento
superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo,
semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,
la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían
hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su
pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede
arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra
vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo
instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para
arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado
derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la
apostasía y el perjurio.
La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale
por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante
enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas
blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y,
demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,
sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en
lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.
Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los
recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente
los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no
hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la
cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre
el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una
puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil,
lasciva, y cuasi llorosa.
Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,
le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había
revelado lo que pasaba por él.
--Es secreto--agregó--que a ti mismo se te asconde.
Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los
sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso
recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por
aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante
ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la
anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La
cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La
cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban
de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello
significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la
hechicería.
Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la
catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara
de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas
manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:
--Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en
grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa
jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden
resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me
extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura
corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la
tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba
de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como
nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los
tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas
reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a
eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais,
de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha
de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no
llevara, al menos, estos hábitos graves!
Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche
tentaría la sorpresa.
Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el
libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica
prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer
parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme
mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y
apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.
* * * * *
Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya
entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le
diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la
capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana.
Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas
historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio.
Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar
numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,
invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el
plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción
peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a
distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo
en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los
muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica,
espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en
animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios
entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus
conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica,
que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una
corneja!
Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura,
Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del
lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con
sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y
desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso
bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin,
otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como
boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que
nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana
estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la
primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó
los azulejos.
Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la
sombra con el estoque.
XVIII
Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había
hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando
rabiosamente la víscera.
Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor
cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga
hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para
siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo
viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo
las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el
tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.
Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen
dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La
habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por
alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía
chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos
de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.
Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido
de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las
losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina
al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo
entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.
El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura
de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;
pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía
bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la
vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y
columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los
campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida
calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las
otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.
Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel
calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.
Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado
personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos
numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.
Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez
más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta
recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.
Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando
luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque
tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales
del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado
tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los
divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió,
hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!
Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se
había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con
sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que
el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La
sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las
manos y los brazos con respetuosa sensualidad.
Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba
todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía
significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya
punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su
discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba
junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro
escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar
la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el
yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro
mundo.
Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la
puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron
de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
--¡El bajá!
Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas
se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado
presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.
A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes
ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo
entrado en la cuadra del baño, exclamó:
--¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de
las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy
quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que
acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su
amada le puso la mano sobre los ojos.
El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el
alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban
aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le
rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de
los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.
Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor
de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados,
emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,
desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con
certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su
virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.
Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo
menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el
resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su
imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en
el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible
apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de
estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy
hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando
su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos
secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de
sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto,
sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los
cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.
Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con
el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de
larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las
dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
desapareció en la tiniebla.
Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,
fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón,
un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío
del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para
ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa
luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,
abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su
cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:
--¡Ebni! ¡Ebni!...
Luego sobrevino el desmayo.
Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,
hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la
vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones
de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y
Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un
ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia
hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en
precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como
a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de
pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre,
la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se
ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado
junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente
y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo
único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica
arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y
refinados.
--Voy a dejarte--exclamó.--La maldición de los creyentes ha caído sobre
mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero
pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia,
avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan
huir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
--¿Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida.
--Sí--contestó el mancebo.
--¿Lo juras?
--Lo juro.
--Eso basta--replicó el musulmán; agregando:--¡Alá, para él la oración y
la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el
espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia,
flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro.
Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra.
Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro
que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le
esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había
visto montar y alejarse.
XIX
Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y
determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al
siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.
Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un
largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían
tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber
revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba
empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante
compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la
idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la
muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se
hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesia _juradera_ del
reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba
haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a
punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por
haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el
mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado
resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
--¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de
declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,
así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
--No puede ser--replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como
confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído
en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su
discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no
volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había
tiempo que perder.
--Valor, valor, hijo mío--exclamó.--Si habéis de morir o no de esta
cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta
sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras,
cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al
oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez
junto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino,
hizo llamar al lectoral.
--¿Cree vuesa merced--le preguntó--que existe algún medio honroso de
anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy
dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele,
sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?
--Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel--respondió el
Canónigo--en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del
alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a
saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó,
puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito
contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga
ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa--dice, si mal
no recuerdo, la ley del Rey Sabio--no fue establecido para mal facer;
mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto
en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y
legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más
precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos
anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y
de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte
sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las
peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en
favor de los enemigos de la religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no
vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le
hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina
Maj
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