Germana
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Title: Germana
Author: Edmond About
Translator: Tomás Orts-Ramos
Release date: August 8, 2009 [eBook #29640]
Most recently updated: January 5, 2021
Language: Spanish
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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
EDMUNDO ABOUT
GERMANA
TRADUCCIÓN DE
T. ORTS-RAMOS
BUENOS AIRES
1918
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
INDICE
I.--El aguinaldo de la duquesa
II.--Petición de matrimonio
III.--La boda
IV.--Viaje a Italia
V.--El duque
VI.--Cartas de Corfú
VII.--El nuevo doméstico
VIII.--Los buenos tiempos
IX.--Cartas de China y de París
X.--La crisis
XI.--La viuda Chermidy
XII.--La guerra
XIII.--El puñal
XIV.--La justicia
XV.--Conclusión
I
EL AGUINALDO DE LA DUQUESA
Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los números 51 y 57,
se ven cuatro hoteles que pueden citarse entre los más lindos de París.
El primero pertenece al señor Pozzo di Borgo, el segundo al conde
Mailly, el tercero al duque de Choiseul y el último, que hace esquina a
la calle Bellechasse, al barón de Sanglié.
El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a un
patio de honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parras
centenarias. El pabellón del portero está a la izquierda, envuelto entre
el follaje espeso de la hiedra, donde los gorriones y los huéspedes de
la garita parlotean al unísono. En el fondo del patio, a la derecha, una
amplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestíbulo y
a la gran escalera.
La planta baja y el primer piso están ocupados por el barón únicamente,
que disfruta sin compartirlo con nadie un vasto jardín, limitado por
otros jardines, y poblado de urracas, mirlos y ardillas que van y vienen
de ése a los otros en completa libertad, como si se tratara de
habitantes de un bosque y no de ciudadanos de París.
Las armas de los Sanglié, pintadas en negro, se descubren en todas las
paredes del vestíbulo. Son un jabalí de oro en un campo de gules. El
escudo tiene por soporte dos lebreles, y está rematado con el penacho de
barón con esta leyenda: _Sang lié au Roy_[A].
Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, se
aburren al pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en los
vasos del Japón o se tienden sobre la alfombra alargando la cabeza
serpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzan
solemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.
El día 1.º de enero de 1853, hacia las nueve de la mañana, toda la
servidumbre del hotel celebraba en el vestíbulo un congreso tumultuoso.
El administrador del barón, el señor Anatolio, acababa de distribuirles
el aguinaldo. El mayordomo había recibido quinientos francos, el ayuda
de cámara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, el
marmitón, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises de
oro completamente nuevos. Habría celosos en la asamblea, pero
descontentos ni uno solo, y cada uno a su manera decía que da gusto
servir a un amo rico y generoso.
Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor de
una de las bocas del calorífero. Los más madrugadores llevaban ya la
gran librea; los otros vestían aún el chaleco con mangas que constituye
el uniforme de media gala de los criados.
El ayuda de cámara iba vestido de negro completamente, con zapatillas de
orillo; el jardinero parecía un aldeano endomingado; el cochero llevaba
chaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahalí de oro y
zuecos. Aquí y acullá se distinguía a lo largo de las paredes, una
fusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo más cuyo
nombre ignoro.
El señor dormía hasta mediodía, como quien ha pasado la noche en el
club, y por lo tanto tenían tiempo para empezar sus faenas. Por lo
pronto se entretenían en darle empleo al dinero y las ilusiones les
ocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquella
lechera de la fábula.
--Con esto, y lo que ya tengo ahorrado--decía el mayordomo--, puedo
redondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los días
de la vejez los tendré asegurados.
--Como es usted soltero--replico el ayuda de cámara--, no tiene que
pensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle el
dinero a ese buen señor que va a la Bolsa, y algo me producirá.
--Es una buena idea, señor Fernando--dijo el marmitón--. Cuando vaya
usted, llévele mis cuarenta francos.
El ayuda de cámara se creyó obligado también a intervenir y exclamó en
tono de protección:
--¡Vaya con el joven! ¿Qué crees tú que se puede hacer con cuarenta
francos en la Bolsa?
--Bueno--respondió el joven ahogando un suspiro--, los llevaré a la Caja
de ahorros.
El cochero soltó una ruidosa carcajada y se dio unos puñetazos sobre el
estómago gritando:
--Esta es mi caja de ahorros. Aquí es donde he colocado siempre mis
fondos, y a fe que no me ha ido mal. ¿Verdad, padre Altorf?
El padre Altorf, suizo[B] de profesión, alsaciano de nacimiento, de
elevada estatura, vigoroso, huesudo, de desarrollado vientre, ancho de
hombros, de cabeza enorme y rubicundo como un hipopótamo, sonrió con el
rabillo del ojo y produjo con la lengua un pequeño chasquido que era
todo un poema.
El jardinero, delicada flor de la Normandía, hizo sonar el dinero en su
mano y respondió al honorable preopinante:
--¡Vamos, no diga usted tonterías! lo que se ha bebido ya no se vuelve a
tener. Lo mejor que hay es esconder el dinero en una pared vieja o en un
árbol hueco. ¡Los que así lo hagan no darán de comer al notario!
La asamblea en pleno protestó de la ingenuidad de aquel buen hombre que
enterraba en flor sus escudos, sin hacerlos producir. Quince o diez y
seis exclamaciones se elevaron al mismo tiempo. Cada uno expuso su
opinión, descubrió su secreto, cabalgó en su Clavileño. Cada uno hizo
saltar las monedas en su bolsillo y acarició ardientemente las
esperanzas ciertas, la dicha contante y sonante que habían embolsado. El
oro mezclaba su aguda vocecita con aquel concierto de pasiones vulgares;
y el choque de las piezas de veinte francos, más embriagador que los
vapores del vino o el olor de la pólvora, emborrachaba a aquellos pobres
cerebros y aceleraba los latidos de sus groseros corazones.
En lo más fuerte del tumulto, se abrió una pequeña puerta que daba a la
escalera, entre el piso bajo y el primero. Una mujer, con un harapiento
traje negro, descendió vivamente los peldaños, atravesó el vestíbulo,
abrió la puerta de vidrieras y desapareció en el patio.
Todo esto pasó en un minuto y, no obstante, la sombría aparición se
llevó el buen humor de todas aquellas gentes, que se levantaron a su
paso con el más profundo respeto. Los gritos se detuvieron en sus
gargantas y el oro ya no volvió a sonar en sus bolsillos. La pobre mujer
había dejado detrás de ella como una estela de silencio y de estupor.
El primero que se repuso fue el ayuda de cámara, que era lo que se llama
un espíritu fuerte.
--¡Voto a...!--exclamó--. He creído ver pasar a la miseria en persona.
Me ha estropeado el año. Ya veréis cómo no vuelve a salirme nada bien
hasta el día de San Silvestre. ¡Brrr! tengo frío en la espalda.
--¡Pobre mujer!--dijo el mayordomo--. Ha tenido cientos y miles y ya la
veis ahora... ¿Quién creería que es una duquesa?
--Es que el vagabundo de su marido se lo ha comido todo.
--¡Un jugador!
--¡Un hombre que no piensa más que en comer!
--Un andariego que trota de la mañana a la noche, con sus piernas de
rocín.
--No es él el que me interesa: tiene lo que se merece.
--¿Se sabe algo de la señorita Germana?
--Su negra me ha dicho que cada día está peor. A cada golpe de tos llena
un pañuelo.
--¡Y sin una alfombra en su habitación! Esa niña no se curaría más que
en un país templado, en Italia, por ejemplo.
--Será un ángel para Dios.
--Los que quedan son más dignos de compasión.
--¡No sé cómo se las arreglará la duquesa para salir de este atolladero.
¡A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles más.
--¿Cuánto deben de alquiler?
--Ochocientos francos; pero lo que me extraña es que siquiera el señor
haya visto el color de su dinero.
--Si yo fuese él, preferiría tener desalquilado el piso antes que
permitir que viviesen en él personas que deshonran la casa.
--¡No seas bestia! ¿Para qué arrastrar por el arroyo al duque de La Tour
de Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son como
las llagas del barrio; todos nosotros tenemos interés en ocultarlas.
--¡Toma!--dijo el marmitón--, creo que tengo razón para burlarme. ¿Por
qué no trabajan? Los duques son hombres como los demás.
--¡Muchacho!--exclamó gravemente el mayordomo--, estás diciendo cosas
incoherentes. La prueba de que no son hombres como los demás, es que yo,
tu superior, no sería ni barón durante una hora de mi vida. Además, la
duquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni tú ni yo
seríamos capaces. ¿Tomarías tú caldo durante todo un año y en todas las
comidas?
--¡Caramba! ¡No me parece eso muy divertido!
--¡Pues bien! la duquesa pone el puchero a la lumbre cada dos días,
porque a su marido no le gusta la sopa de vigilia. El señor se come su
tapioca de caldo graso y un bistec y un par de chuletas, y la pobre y
santa mujer se conforma con los desperdicios. Es hermoso, ¿verdad?
El marmitón pareció muy conmovido.
--Mi buen señor Tournoy--dijo al mayordomo--, me interesan mucho esas
pobres gentes. ¿No podríamos enviarles algo por medio de la negra?
--¡Sí, sí! ella es tan orgullosa como los otros; no querría nada de
nosotros. Y, no obstante, tengo la seguridad de que no se desayuna todos
los días.
Esta conversación se hubiera prolongado indefinidamente a no llegar
oportunamente el señor Anatolio para interrumpirla, en el preciso
momento en que el guarda, que aun no había abierto la boca, iba a tomar
la palabra. La asamblea se disolvió más que de prisa; cada uno de los
oradores llevó consigo sus instrumentos de trabajo y en la sala de
deliberaciones no quedó más que una de esas escobas gigantescas,
llamadas cabezas de lobo.
Mientras tanto, Margarita de Bisson, duquesa de la Tour de Embleuse,
caminaba apresuradamente en dirección a la calle Jacob. Los transeúntes
que la rozaban con el codo al correr para dar o recibir los aguinaldos,
la encontrarían seguramente parecida a una de esas irlandesas
desesperadas que patinan sobre el afirmado de las calles de Londres en
persecución del penique. Hija de los duques de Bretaña, casada con un
antiguo gobernador del Senegal, la duquesa llevaba un sombrero de paja
teñido de negro cuyas cintas se retorcían como bramantes. Un velillo de
imitación, agujereado por cinco o seis sitios distintos, mal ocultaba su
cara, dándole además un aspecto extraño. Aquel hermoso rostro, sembrado
de pequeñas manchas, producía el efecto de que estuviese desfigurada por
la viruela. Un viejo chal, ennegrecido por los cuidados del tintorero y
al que la intemperie había dado un color rojizo, dejaba caer tristemente
sus tres puntas cuyos flecos rozaban ligeramente la nieve de la acera.
La ropa que se ocultaba debajo del mantón estaba tan usada, que no se
hubiese podido decir de qué clase era a la simple vista. Unicamente
examinándola de cerca y con una lupa se hubiera podido reconocer un
_moaré_ desteñido, raído, con los pliegues cortados y las franjas
deshilachadas, devoradas por el lodo corrosivo de las calles de París.
Los zapatos que soportaban tan lamentable edificio habían perdido la
forma y el color. La ropa blanca, ese distintivo de la limpieza y del
bienestar, no asomaba ni por el cuello ni por las mangas. Algunas veces,
al pasar por un charco, el vestido se levantaba por un lado y dejaba ver
una media de lana gris y un sencillo refajo de algodón negro. Las manos
de la duquesa, enrojecidas por un frío muy vivo, se escondían bajo su
chal. Al andar, arrastraba los pies, no por indolencia, sino por el
miedo de perder los zapatos.
Por un contraste que hemos podido observar más de una vez, la miseria no
había afeado a la duquesa, que no estaba pálida ni delgada. Había
recibido de sus antepasados una de esas bellezas rebeldes que lo
resisten todo, incluso el hambre. Se ha visto a presos que engordaban en
su calabozo hasta la hora de la muerte. A la edad de cuarenta y siete
años, la señora de la Tour de Embleuse conservaba aún, hermosos rasgos
de su juventud. Aun tenía el cabello negro y treinta y dos piezas en la
boca capaces de triturar el pan más duro. Su salud no respondía a su
aspecto, pero esto era un secreto que quedaba entre ella y su médico. La
duquesa estaba en los linderos de aquella hora peligrosa, y a veces
mortal, en que la madre desaparece para dejar lugar a la abuela. A
menudo soñaba que la sangre le llenaba la garganta como si quisiera
ahogarla. Oleadas de calor le subían hasta el cerebro y se despertaba
como si estuviese en un baño de vapor, del que se extrañaba salir con
vida. El doctor Le Bris, un médico joven y un antiguo amigo, le
recomendaba un régimen suave, sin fatigas y sobre todo sin emociones.
Pero, ¿qué alma, por estoica que fuese, hubiese atravesado sin
emocionarse por tan rudas pruebas?
El duque César de La Tour de Embleuse, hijo de uno de los emigrantes más
fieles al rey y de los más encarnizados contra el pueblo, fue
magníficamente recompensado por los servicios de su padre. En 1827,
Carlos X le nombró gobernador general de las posesiones francesas del
Africa occidental. Tenía apenas cuarenta años. Durante veintiocho meses
de permanencia en la colonia, se defendió valerosamente contra los moros
y contra la fiebre amarilla; después pidió un permiso para casarse en
París. Era rico, gracias a la indemnización que le habían dado, y dobló
su fortuna al casarse con la hermosa Margarita de Bisson que poseía
sesenta mil francos de renta. El rey firmó al mismo tiempo su contrato y
su cesantía, y el duque se encontró casado y destituido el mismo día. El
nuevo poder le hubiera acogido de muy buena gana entre la multitud de
los tránsfugas; incluso se llegó a decir que el ministerio Casimiro
Périer le había hecho algunas proposiciones. El duque rechazó todos los
empleos, primero por orgullo, pero también por una invencible pereza.
Sea que hubiese gastado en menos de tres años toda su energía, sea que
la vida fácil de París le retuviera con un atractivo irresistible, es lo
cierto que durante diez años su único trabajo fue pasear sus caballos
por el Bosque y exhibir sus guantes amarillos en el _foyer_ de la Opera.
París era completamente nuevo para él, porque había vivido en el campo
bajo la férula inflexible de su padre hasta el momento de partir para el
Senegal. Gustó tan tarde de los placeres, que no tuvo tiempo para
saciarse.
Todo le parecía hermoso, los goces de la mesa, las satisfacciones de la
vanidad, las emociones del juego y hasta las austeras alegrías de la
familia. Mostraba en casa la cariñosa diligencia de un buen esposo y en
el mundo la fogosidad de un hijo de familia emancipado. Su mujer era la
más dichosa de Francia, pero no la única de quien él hiciera la dicha.
Lloró de alegría al nacer su hija, allá por el verano de 1835. En el
exceso de su felicidad, compró una casa de campo a una bailarina por la
cual estaba loco. Las comidas que daba en su casa no tenían rival, como
no fuesen las cenas que daba en la de su querida. El mundo, que es
siempre indulgente para los hombres, le perdonaba aquel derroche de su
vida y de su fortuna. Además, hacía las cosas galantemente, porque sus
placeres mundanos no levantaban un eco doloroso en su casa. En justicia,
¿se le podía reprochar que hiciese partícipes a todos de la exuberancia
de su bolsillo y de su corazón? Ninguna mujer compadecía a la duquesa,
que, en efecto, no era digna de compasión. El duque evitaba
cuidadosamente comprometerse, no se exhibía en público más que con su
esposa, y antes hubiera preferido faltar a una partida que enviarla sola
al baile.
Aquella vida por partida doble y los manejos en que un hombre de mundo
sabe envolver sus placeres, hicieron pronto brecha en su capital. Nada
cuesta más caro en París que la sombra y la discreción. El duque era
demasiado gran señor para detenerse en su camino. Nunca supo negar nada
a su esposa ni a la de los otros. Y no es que ignorase el estado de su
fortuna, pero contaba con el juego para repararla. Los hombres a quienes
el bien ha venido durmiendo se habitúan a una confianza ilimitada en el
destino. El señor de La Tour de Embleuse era dichoso como el que toma
las cartas en sus manos por primera vez. Se estima que sus ganancias del
año 1841 doblaron sus rentas y aún más, pero nada dura en este mundo, ni
siquiera la suerte en el juego; bien pronto pudo saberlo por
experiencia. La liquidación de 1848, que dejó al descubierto tantas
miserias, le demostró que estaba arruinado sin remisión. Vio que a sus
pies se abría un abismo sin fondo. Otro hubiera perdido la cabeza; él ni
siquiera perdió la esperanza. Fuese directamente a su esposa y le dijo
con la alegría de siempre:
--Mi querida Margarita, esta maldita revolución nos lo ha quitado todo;
no nos quedan ni mil francos nuestros.
La duquesa no esperaba semejante noticia y, pensando en su hija, lloró
amargamente.
--No temas nada--le dijo--; es una tempestad pasajera. Cuenta conmigo;
yo cuento con el azar. Dicen que soy un hombre ligero; ¡tanto mejor! Así
volveré a flote.
La pobre mujer enjugó sus lágrimas y le dijo:
--¡Bien, amigo mío! ¿Es que quieres trabajar?
--¡Yo! ¡Ni por pienso! Esperaré la Fortuna; es una caprichosa y se ha
portado siempre muy bien conmigo para que se despida así en redondo y
para siempre.
El duque esperó ocho años en un pequeño departamento del palacio de
Sanglié, encima de las caballerizas. Sus antiguos amigos, desde que
conocieron su situación, le ayudaron con su bolsa y con su crédito. Tomó
prestado sin escrúpulo, como hombre que había hecho préstamos sin
recibo. Se le ofrecieron muchos empleos, todos decorosos. Una compañía
industrial quiso incluirle en su consejo de administración con una
gratificación que equivalía a un sueldo. Rehusó por miedo de rebajarse.
«No tengo inconveniente, dijo, en vender mi tiempo, pero a lo que no
estoy dispuesto es a prestar mi nombre.» Así fue descendiendo uno por
uno todos los peldaños de la miseria, desanimando a sus amigos, cansando
a sus acreedores, cerrándose todas las puertas, desprestigiando un
nombre que no quería comprometer, pero sin preocuparse del traje raído
que paseaba por las calles ni de su chimenea en la que no podía echar ni
un mal pedazo de leña.
El día 1.º de enero de 1853, la duquesa llevaba al Monte de Piedad su
anillo de boda.
Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empeñar un
objeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la duquesa
no tenía ni un céntimo en casa y no se vive sin dinero, por más que el
crédito sea el gran resorte del comercio de París. Se compran muchas
cosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador una tarjeta
con un nombre conocido y una dirección elegante. Podéis amueblar vuestra
casa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero sin que tengáis
necesidad de enseñar el color de vuestros escudos. Pero hay mil gastos
cotidianos que no se hacen más que con el dinero en la mano. Un vestido
se toma a crédito, pero los remiendos se pagan al contado. Algunas veces
es más fácil comprar un reloj que una col. La duquesa disponía de un
resto de crédito que cultivaba con un cuidado religioso, pero, en cuanto
al dinero, no sabía cómo procurárselo. El duque de La Tour de Embleuse
ya no tenía amigos: los había gastado como el resto de su fortuna. Tal
compañero de colegio nos profesa cariño hasta mil francos; tal camarada
de placer llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivo
representa un valor de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree libre
de todos los deberes de la amistad; no tiene nada de qué reprocharse; ya
no os debe nada; tiene el derecho de desviar la vista cuando os
encuentra y de negaros la entrada cuando llamáis a su puerta. Las amigas
de la duquesa se habían ido apartando de ella una después de otra. La
amistad de las mujeres es seguramente más cordial que la de los hombres,
pero en uno y otro sexo no hay afecto duradero más que para sus iguales.
Se experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escalera
estrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muy
pocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con la
desgracia de los demás. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellas
que la llamaban Margarita, habían sentido enfriarse su corazón en aquel
departamento sin alfombras y sin fuego, y ya habían dejado de ir. Cuando
se les hablaba de la duquesa, hacían su elogio, la compadecían
sinceramente y decían: «Nos queremos como siempre, pero no nos vemos
casi nunca. ¡Su marido tiene la culpa!»
En aquel abandono lamentable, la duquesa recurría al último amigo de los
desgraciados, un acreedor que presta a un interés muy elevado, es
verdad, pero sin objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardaba
sus alhajas, sus encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y el
penúltimo colchón de su cama. Lo había empeñado todo a la vista del
propio duque que veía marchar uno a uno todos los objetos de su
mobiliario, despidiéndose alegremente de ellos. Aquel incomprensible
viejo vivía en su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse del
porvenir y diciendo: «¡Después de mí, el diluvio!» Se levantaba ya
tarde, almorzaba con excelente apetito, se pasaba una hora en el
tocador, se teñía el pelo, se ponía colorete, se pulía las uñas y
paseaba sus gracias por París hasta la hora de comer. No mostraba la
menor extrañeza cuando veía una buena comida sobre la mesa, y era
demasiado discreto para preguntar a su mujer cómo la había logrado. Si
la comida era magra, se condolía humorísticamente y sonreía a la mala
fortuna como otras veces a la buena. Cuando Germana empezó a toser,
bromeó alegremente sobre tan mala costumbre. Se pasó largo tiempo sin
ver que la pobre languidecía, y el día que lo advirtió experimentó una
viva contrariedad.
Cuando el doctor le anunció que sólo un milagro podía salvar a la
infeliz niña, le llamó médico _Tant-Pis_ (Tanto peor), y le dijo
frotándose las manos: «¡Vamos, vamos, eso no será nada!» El mismo
ignoraba si hablaba así para tranquilizar a la familia o es que
realmente su trivialidad natural le impedía sentir el dolor. Su mujer y
su hija le adoraban tal como era. Trataba a la duquesa con la misma
galantería que al día siguiente de la boda, y hacía saltar a Germana
sobre sus rodillas como cuando tenía tres años. La duquesa jamás le
acusó, ni en su fuero interno, de su ruina; veía en él, lo mismo que
veintitrés años antes, al hombre perfecto; tomaba su indiferencia por
valor y firmeza; esperaba en él, a pesar de todo, y le creía capaz de
levantar la casa por un golpe inesperado de fortuna.
A Germana, según el doctor Le Bris, no le quedaban más que cuatro meses
de vida. Debía caer en los primeros días de la primavera, a tiempo para
que las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La pobre joven
presentía su destino y juzgaba sobre su estado con una clarividencia
bien rara en los tuberculosos. Quizás hasta tenía sospechas del mal que
minaba a su madre. Dormía al lado de la duquesa, y en sus largas noches
de insomnio se asustaba algunas veces del sueño anhelante de la querida
enfermera. «Cuando yo haya muerto, pensaba, mamá no tardará en seguirme.
No estaremos mucho tiempo separadas; pero, ¿qué será de mi padre?»
Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores físicos
y morales tenían su asiento en aquel rincón del palacio Sanglié; y en
París, donde la miseria abunda, no había, quizás, una familia más
completamente miserable que la de La Tour de Embleuse que poseía por
todo recurso un anillo de boda.
La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en la
calle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontró
la casa cerrada; había olvidado que era día de fiesta. Entonces se le
ocurrió la idea de que tal vez habría abierto el comisionista de la
calle de Condé, pero le ocurrió lo mismo. No sabía ya dónde dirigirse,
porque los establecimientos de este género no son muy frecuentes en el
barrio de San Germán; no obstante, como el duque no podía comenzar el
año ayunando, entró en un pequeño establecimiento de bisutería de la
encrucijada del Odeón donde vendió su anillo por once francos. El
mercader prometió conservarlo tres meses, por si quería ir a buscarlo.
Guardó el dinero en una punta de su pañuelo de bolsillo y, sin
detenerse, se encaminó hacia la calle de los Lombardos. Entró en una
farmacia, compró una botella de aceite de hígado de bacalao para
Germana, atravesó el arroyo, se detuvo en una tienda, eligió una
langosta y una perdiz, y volvió, enlodada hasta las rodillas, al palacio
Sanglié. No le quedaban más que cuarenta céntimos.
El departamento que ocupaba era una construcción ligera, añadida treinta
años antes al edificio. Las cuatro piezas de que se componía estaban
separadas por tabiques de madera. La antesala daba por un lado al salón
y por el otro a un largo corredor que conducía a la habitación del
duque. Desde el salón se pasaba a la habitación de la duquesa y desde
allí al comedor que unía la habitación del duque con la de la duquesa.
La señora de La Tour de Embleuse encontró en la antesala a su única
sirvienta, la vieja Semíramis, que lloraba silenciosamente con un papel
en la mano.
--¿Qué tienes?--preguntó.
--Señora, esto es todo lo que ha traído el panadero. Si no le pagamos,
no nos dará más pan.
La duquesa recordó que, efectivamente, se le debían más de 600 francos.
--No llores más--dijo--. Aquí tienes algún dinero; ve a la panadería de
la calle del Bac y compra un panecillo de Viena para el señor y para
nosotros lo traes del otro. Llévate eso a la cocina; es el almuerzo del
señor. Y Germana, ¿ya está levantada?
--Sí, señora; el médico la ha visto a las diez. Aun está en la
habitación del señor duque.
Semíramis salió y la señora de La Tour de Embleuse se dirigió a la
habitación de su marido. Cuando se disponía a abrir la puerta, oyó la
voz del duque, clara, alegre y vibrante como un clarín.
--¡Cincuenta mil francos de renta!--decía el viejo--. ¡Ya sabía yo que
volvería la fortuna!
II
PETICIÓN DE MATRIMONIO
El doctor Carlos Le Bris era uno de los hombres más apreciados de París.
La gran ciudad tiene sus niños mimados en todas las artes, pero no
conozco a ninguno que lo fuese tanto como él. Había nacido en una
miserable y pequeña ciudad de la Champaña, pero hizo sus estudios en el
colegio de Enrique IV. Un pariente suyo, que ejercía la medicina en el
país, le dedicó desde muy joven a la misma profesión. Carlos siguió sus
cursos, frecuentó los hospitales, hizo su internado, practicó a la vista
de sus maestros y ganó a pulso todos sus diplomas y algunas medallas
que hoy constituyen el adorno de su gabinete. Su única ambición era
suceder a su tío y acabar con los enfermos que el buen hombre le dejase.
Pero cuando le vieron aparecer, armado de sus éxitos y doctor hasta los
dientes, los curanderos del país, y su tío que, después de todo, no era
otra cosa, le preguntaron por qué no se había quedado en París. Unía a
su talento unos modales tan seductores y le sentaba tan bien su gran
paletó, que se adivinaba desde el primer día que todos los enfermos
serían para él. El venerable pariente se encontraba demasiado joven para
pensar en retirarse, y la rivalidad de su sobrino dio una agilidad a sus
piernas que nunca había tenido. En resumen, el pobre muchacho fue tan
mal recibido, se le pusieron tantos obstáculos en su camino, que, de
puro desesperado, se volvió a París. Sus antiguos maestros le acogieron
con los brazos abiertos y pronto tuvo una gran clientela. Los grandes
hombres tienen el medio de no ser envidiosos; gracias a su generosidad,
el doctor Le Bris hizo su reputación en cinco o seis años. Aquí se le
apreciaba como sabio, allá como bailarín, y en todas partes como hombre
simpático y bueno. Ignoraba los primeros elementos de la charlatanería,
hablaba muy poco de sus éxitos y abandonaba a sus enfermos el cuidado de
decir que los había curado. Su casa no era un templo, ni mucho menos.
Habitaba en un cuarto piso de un barrio extremo. ¿Por modestia? ¿Por
coquetería? No se sabe. Las pobres gentes de su barrio no se quejaban de
tal vecindad; él, por su parte, las cuidaba con tanta solicitud, que
algunas veces olvidaba el portamonedas a la cabecera de su cama.
El señor Le Bris era, desde hacía tres años, el médico de la señorita de
La Tour de Embleuse. Había seguido los progresos de la enfermedad sin
poder hacer nada para detenerlos. Y no es que Germana fuese una de esas
niñas condenadas desde su nacimiento, que llevan en sí el germen de una
muerte hereditaria. Su constitución era robusta y su pecho ancho;
además, su madre nunca había tosido. Un resfriado descuidado, una
habitación demasiado fría, la privación de cosas necesarias a la vida,
es lo que había producido todo su mal. Poco a poco, a pesar de los
cuidados del doctor, la pobre niña había palidecido coma una estatua de
cera y sus fuerzas la habían abandonado; el apetito, la alegría, el
aliento, la satisfacción de respirar el aire, todo le faltaba. Seis
meses antes del principio de esta historia, Le Bris había tenido
consulta con dos celebridades. Aun podía salvarse entonces; le quedaba
un pulmón, y la Naturaleza a veces se contenta con menos. Pero era
preciso llevarla sin demora a Egipto o a Italia.
--Sí--dijo el joven doctor--, ésa es la única prescripción racional; una
casa de campo a orillas del Arno, una vida tranquila y sin
preocupaciones pecuniarias... ¡Pero, ya veis!...
Y designó con el dedo los cortinajes destrozados, las sillas de paja y
el desnudo pavimento del salón.
--¡He aquí su sentencia de muerte!
En el mes de enero el último pulmón fue afectado; el sacrificio se
consumaba. El doctor casi se preocupaba ya más de la duquesa que de la
enferma. Su última esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente y
que la madre se salvase.
Hizo su visita a Germana, le tomó el pulso por pura fórmula, le ofreció
una caja de bombones, la besó fraternalmente en la frente y pasó a la
habitación del señor de La Tour de Embleuse.
El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadie
le hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres años.
--Y bien, elegante doctor--dijo con su risa sonora--, ¿qué año nuevo nos
trae usted? ¿La Fortuna, al fin, querrá venir a verme? ¡Ah! ¡bribona, si
vuelvo a pillarte! Usted es testigo, doctor, de que la espero en la
cama.
--Señor duque--respondió el doctor--, puesto que estamos solos, podemos
hablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de su
hija.
El duque hizo una pequeña mueca sentimental y dijo:
--Verdaderamente, doctor, ¿es que no se puede ya esperar nada? Yo creo,
falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.
Le Bris movió tristemente la cabeza.
--Todo lo más que yo puedo hacer--respondió--, es evitarle sufrimientos
en sus últimos días.
--¡Pobre pequeña! Figúrese usted, querido doctor, que tose todas las
noches hasta despertarme. Debe sufrir horriblemente, aunque trate de
ocultarlo. Si no hay ninguna esperanza, su última hora será la del
descanso.
--No es eso todo lo que tengo que decirle, y perdóneme usted si empiezo
el año con tristes noticias.
El duque se incorporó de un salto.
--¿Qué pasa, pues? ¡Me da usted miedo!
--La señora duquesa me inquieta desde hace algunos meses.
--¡Ah!... Efectivamente, doctor, usted abusa de los malos augurios. La
duquesa, gracias a Dios, está perfectamente. ¡Ya quisiera estar yo como
ella!...
El doctor entró en detalles que abatieron la indiferencia y la ligereza
del viejo. Se vio solo en el mundo y se estremeció de terror. Su voz
bajó de tono y se cogió a la mano del doctor como un náufrago al último
trozo de madera.
--Amigo mío--le dijo--, ¡sálveme! ¡Salve a la duquesa, quería decir! No
tengo más que a ella en el mundo. ¿Qué sería de mí? Es un ángel, mi
ángel guardián. ¿Qué es necesario hacer para curarla? Dígamelo y
obedeceré como un esclavo.
--Señor duque, lo que necesita la señora duquesa es una vida tranquila y
fácil, sin emociones, y, sobre todo, sin privaciones; un régimen suave,
alimentos escogidos y variados, una casa cómoda, un buen coche...
--Y la luna, ¿no es verdad?--exclamó el duque con impaciencia--. Le
creía a usted, doctor, hombre de más talento y de más vista. ¡Coche!
¡casa! ¡buena alimentación! ¡Vaya usted a buscarme todo eso y se lo
daré!
El doctor respondió sin inmutarse:
--Ya se lo traigo a usted, señor duque, y no tiene usted más que
tomarlo.
Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.
--¡Hable usted, pues!--exclamó--. ¡Me tiene usted en ascuas!
--Antes de pasar adelante, señor duque, debo recordarle que desde hace
tres años soy el mejor amigo de la casa.
--Puede usted decir el único sin temor a ser desmentido.
--El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...
--¡Va bien! ¡va bien!
--No olvide usted que la vida de la señora duquesa está en peligro y que
yo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.
--¡Qué diablo! Es usted el que me los proporciona a mí. Hace una hora
que me está usted hablando como el peripatético del _Matrimonio
forzado_. ¡Al grano, doctor, al grano!
--A eso voy. ¿Ha visto usted nunca en París al conde de Villanera?
--¿Al de los caballos negros?
--Precisamente.
--¡El más hermoso tronco de París!
--Don Diego Gómez de Villanera es el último vástago de una ilustre
familia napolitana transplantada a España durante el reinado de Carlos
V. Su fortuna es la más grande de toda la península; si cultivase sus
tierras y explotase sus minas, sus rentas no bajarían de dos o tres
millones. Así y todo, tiene millón y medio de renta, un poco menos que
el príncipe de Isupoff, treinta y dos años, una figura agradable, una
educación exquisita, un carácter caballeroso...
--Y a la señora de Chermidy, puede usted añadir.
--Puesto que usted sabe eso, me abrevia el camino. El conde, por razones
que ahora sería muy largo exponer, desea abandonar a la señora de
Chermidy y unirse, con arreglo a su jerarquía, con una de las más
ilustres familias. Se preocupa tan poco de los bienes de su futura, que
asegurará a su suegro una renta de cincuenta mil francos. El suegro que
él desea es usted, y me ha encargado que explore sus disposiciones. Si
usted accede, él vendrá hoy mismo a pedirle la mano de la señorita
Germana y dentro de quince días se habrá celebrado la boda.
Por de pronto, el duque saltó al suelo y miró fijamente al doctor.
--¿No está usted loco?--dijo--, ¿no se está burlando de mí? Supongo que
no olvidará usted que soy el duque de La Tour de Embleuse y que puedo
doblarle en edad... ¿Es verdad todo eso que me ha dicho?
--Como el Evangelio.
--¿Pero él no sabe que Germana está enferma?
--Lo sabe.
--¿Que está moribunda?
--Lo sabe.
--¿Desahuciada?
--Lo sabe.
Una nube pasó por el rostro del viejo duque. Se sentó en un rincón de la
fría chimenea sin darse cuenta de que estaba casi desnudo y, apoyando
los codos sobre las rodillas, se apretó la cabeza con las manos.
--Eso no es natural--añadió--; usted no me lo ha dicho todo y el señor
de Villanera debe tener algún motivo secreto para querer casarse con una
muerta.
--En efecto--respondió el doctor--. Pero haga usted el favor de volverse
a la cama. Es una historia muy larga.
El duque volvió a arrebujarse debajo del cobertor. Sus dientes
castañeteaban a causa del frío y de la impaciencia y tenía sus ojillos
fijos en el doctor con la curiosidad inquieta de un niño ante el que se
abre una caja de bombones. El señor Le Bris no le hizo esperar.
--¿Usted sabe--dijo--cuál es la situación de la señora de Chermidy?
--Viuda consolable de un marido al que no ha visto nunca.
--Yo he visto al señor Chermidy hace tres años y le aseguro por lo tanto
que su esposa no es viuda.
--¡Tanto mejor para él! ¡Diablo! ¡Marido de la señora Chermidy! Es una
sinecura que le debe proporcionar muy bonitas rentas.
--¡Así es como se hacen juicios temerarios! El señor Chermidy es un
hombre honrado y hasta un oficial de algún mérito. No creo que
pertenezca a una familia aristocrática; a los treinta y cinco años era
capitán de la marina mercante y obtuvo embarque en un navío del Estado
como oficial auxiliar hasta que, al cabo de dos años de navegación, el
ministro le firmó su nombramiento de oficial. Fue en 1838 cuando puso su
corazón y sus charreteras a los pies de Honorina Lavenaze. Esta tenía
por toda fortuna sus diez y ocho años, unos grandes ojos que usted ya
conoce, un gorro de arlesiana y una ambición sin límites. No era, ni con
mucho, tan hermosa como hoy. Ella misma me ha dicho que era seca como un
palo y negra como un cuervo, pero tenía ciertos atractivos que la hacían
desear. Reinaba en el mostrador de un despacho de tabacos y, desde el
prefecto marítimo hasta los alumnos de segundo año, toda la aristocracia
náutica de Tolón iba a fumar y a suspirar a su alrededor. Pero nada
podía trastornar aquella firme cabeza, ni los vapores del incienso ni el
humo de los cigarros. Se había jurado ser juiciosa hasta que encontrase
un marido, y ninguna seducción fue bastante para desviar su decisión.
Los oficiales la llamaban _Croquet_ (rosquilla de almendra) a causa de
su dureza; los burgueses _Ulloa_, porque había sido sitiada por la
marina francesa.
»No faltaban hombres serios que quisieran casarse con ella; en los
puertos de mar se les encuentra en abundancia. Cuando regresa de largas
travesías, el oficial de marina tiene más ilusiones, más ingenuidad, más
juventud que el día de la partida; la primera mujer que aparece a sus
ojos se le presenta tan hermosa, tan santa, como la patria que se vuelve
a ver; ¡es la patria vestida de seda! La apetitosa Honorina, vista por
Chermidy, rudo lobo de mar, fue la preferida por su candor, y aquella
oveja recalcitrante pasó a su poder bajo las barbas de sus rivales.
»Su buena suerte, que hubiese podido darle muchos enemigos, no perjudicó
en lo más mínimo su porvenir. Aunque vivía apartado, solo con su mujer,
en una quinta aislada, obtuvo un bonito embarque, que no había pedido.
Desde entonces, no ha estado en Francia más que raras veces; siempre en
el mar, ha podido hacer economías para su esposa que, por su parte, las
ha hecho para él. Honorina, embellecida por el tocador, por el bienestar
y por el aumento de carnes, ha reinado diez años en el departamento del
Var. Los únicos acontecimientos que hayan señalado su reinado son la
quiebra de un almacenista de carbones y la destitución de dos oficiales
pagadores. Después de un proceso escandaloso, en el cual su nombre no
sonó para nada, creyó prudente exhibirse en un escenario más amplio y
tomó el piso que aun ocupa en la calle del Circo. Su marido navegaba
sobre los bancos de Terranova, mientras que ella rodaba por París.
¿Asistió usted a su presentación en esta ciudad, señor duque?
--¡Sí, pardiez! y me atrevo a decir que hay pocas mujeres que hayan
hecho mejor su camino. Ser bonita y tener talento, no es nada; lo
difícil es aparentar ser millonaria, la única manera de que se le
ofrezcan millones.
--Llegó aquí con doscientos o trescientos mil francos, rebañados
discretamente aquí y acullá. Así y todo, levantó en el Bosque tal
polvareda que se habría dicho que la reina de Saba acababa de llegar a
París. En menos de un año consiguió hacer hablar de sus caballos, de sus
vestidos, de su mobiliario, sin que nadie pudiese decir nada positivo
sobre su conducta. Yo mismo la he estado visitando año y medio sin
sospechar quién era. Y la hubiese creído otra cosa durante largo tiempo,
si la casualidad no me hubiera puesto en presencia de su marido. Era en
los primeros días de 1850, ahora hace tres años, poco más o menos. El
pobre diablo acababa de llegar de Terranova y a fin de mes partía para
los mares de la China, donde había de permanecer cinco años, y
encontraba muy natural abrazar a su mujer, entre dos viajes. La librea
de _sus_ criados le hizo guiñar los ojos, y los esplendores de _su_
mobiliario le acabaron de deslumbrar. Pero cuando vio a su querida
Honorina aparecer en un traje de mañana que representaba dos o tres años
de su sueldo, se olvidó de caer en sus brazos, viró en redondo sin decir
una palabra y se hizo llevar el equipaje a la estación de Lyón. Así es
cómo el señor Chermidy me hizo entrar en la intimidad de su mujer.
Otros pormenores los conozco por el conde de Villanera.
--¿Llegamos ya?--preguntó el duque.
--Un poco de paciencia. La señora Chermidy había distinguido a don Diego
algún tiempo antes de la llegada de su marido. Era su vecina en el
teatro de los Italianos y había sabido mirarle con tales ojos que se
hizo presentar a ella. Todos los hombres le dirán que sus salones son
los más agradables de París, aun cuando no se encuentre a otra mujer que
a la dueña de la casa. Pero Honorina se multiplica. El conde se apasionó
por ella, llevado del mismo espíritu de emulación que perdió al pobre
Chermidy. Y la amó tanto más ciegamente, por cuanto ella le otorgó todos
los honores de la guerra y pareció ceder a una inclinación irresistible
que la arrojaba en sus brazos. El hombre más inteligente se deja prender
en este lazo y todo el escepticismo se estrella contra la comedia del
amor verdadero. Don Diego no es un atolondrado sin experiencia. Si
hubiera adivinado el menor interés, sorprendido un movimiento calculado,
se habría puesto en guardia y todo estaba perdido, pero la ladina llevó
su habilidad hasta el heroísmo. Agotó todos los recursos de su
presupuesto, gastó hasta su último sueldo e hizo creer al conde que le
amaba por él. Llegó hasta exponer su reputación, que tanto había cuidado
hasta entonces, y se hubiera comprometido locamente a no impedírselo él.
La condesa viuda de Villanera, una santa mujer, un prodigio de vejez y
de rigidez, parecida a un retrato de Velázquez, escapado del lienzo,
tuvo conocimiento de los amores de su hijo y no encontró nada que decir.
Prefería verlo en relaciones con una mujer de mundo, que perdido entre
los placeres fáciles en los cuales se arruina el cuerpo y se envilece el
alma.
»La delicadeza de la señora Chermidy era de carácter tan quisquilloso,
que don Diego no pudo ofrecerle ni la menor bagatela. Lo primero que
aceptó de él, después de un año de intimidad, fue una inscripción de
cuarenta mil francos de renta. Estaba encinta de un hijo que nació en
noviembre de 1850. Ahora, señor duque, llegamos al fondo de la cuestión.
»La señora Chermidy dio a luz en Bretéche-Saint-Nom, detrás de San
Germán. Yo estaba allí. Don Diego, ignorando nuestras leyes y creyendo
que todo era permitido a las personas de su condición, quería reconocer
al niño. Los primogénitos de la familia Villanera son marqueses de los
Montes de Hierro. Yo le expliqué el axioma de derecho: _Is pater est_, y
le demostré que su hijo debía llamarse Chermidy o no llamarse de ningún
modo. Precisamente el marino había estado en París en enero último y
esto bastaba para salvar las apariencias. Después de deliberar un buen
rato cerca de la cama de la parturienta, ésta nos dijo que su marido la
mataría infaliblemente si ella intentaba imponerle esta paternidad
legal. El conde añadió que el marqués de los Montes de Hierro no
consentiría jamás en firmarse Chermidy. Resumiendo, inscribí al niño en
la alcaldía con el nombre de Gómez, hijo de padres desconocidos.
»El noble padre, dichoso y desgraciado a la vez, comunicó tan importante
acontecimiento a la venerable condesa. Esta ha querido ver al niño, y ha
hecho llevarlo a su lado, en su hotel del _faubourg_ Saint-Honoré, donde
aun está. Tiene dos años, goza de buena salud y se parece ya a las
veinticuatro generaciones de los Villanera. Don Diego adora a su hijo, y
no se consuela de ver en él a un niño sin nombre y, lo que es peor,
adulterino. La señora de Chermidy es una mujer capaz de remover las
montañas para asegurar a su heredero el nombre y la fortuna de los
Villanera. Pero la más digna de compasión es la pobre viuda. Ella prevé
que don Diego no se casará nunca ante el temor de desheredar a su hijo
amado; que desarraigará su fortuna para podérsela entregar, que venderá
las tierras de la familia y que de su ilustre nombre y grandes dominios
no quedará nada dentro de medio siglo.
»Ante este conflicto, la señora Chermidy ha tenido un rasgo de genio y
ha dicho a don Diego: «Cásese usted. Busque una esposa de la primera
nobleza de Francia y obtenga, por medio del acta de matrimonio, que ella
reconozca a nuestro hijo como suyo. Siendo así, el pequeño Gómez será su
hijo legítimo, noble por padre y madre, heredero de todos los bienes de
la familia. En cuanto a mí, no se preocupe usted, me sacrifico por los
dos.»
»El conde ha sometido el proyecto a su madre, que está dispuesta a
firmar a dos manos. La noble dama ha perdido ya sus ilusiones sobre la
señora Chermidy que cuesta más de cuatro millones a don Diego y que
habla de retirarse a una choza para llorar la dicha perdida pensando en
su hijo. El señor de Villanera cree cándidamente en su falsa resignación
y creería cometer un crimen abandonando a esta heroína del amor
maternal. Para terminar, y con objeto de acallar sus nobles escrúpulos,
la señora Chermidy ha susurrado al oído del conde: «Cásese usted por
poco tiempo. El doctor le buscará una esposa entre sus enfermas.» Yo he
pensado en la señorita de La Tour de Embleuse y he venido a confiarme
absolutamente en usted, señor duque. Este matrimonio, por extravagante
que parezca a primera vista, y aunque dé a usted un nieto que no es de
su sangre, asegura a la señorita Germana un fin dulce y tranquilo y una
prolongación de la existencia; salva la vida a la señora duquesa, y, en
fin...
--Me da a mí cincuenta mil libras de renta, ¿no es eso? Pues bien,
querido doctor, le doy a usted las gracias. Dígale al señor de Villanera
que soy su servidor. A mi hija podré enterrarla tal vez, pero no
venderla.
--Señor duque, realmente lo que propongo a usted es un negocio, pero si
yo lo creyese indigno de un caballero, no hubiera intervenido en él,
puede creerme.
--¡Pardiez! doctor, cada uno entiende el honor a su manera. Hay el honor
del soldado, el honor del tendero y el honor del noble que no me permite
ser el abuelo del pequeño Gómez. ¡Ah! ¡el señor de Villanera pretende
legitimar a sus bastardos! Eso es Luis XIV puro, pero nosotros no
estamos aliados a la familia Saint-Simon. ¡Cincuenta mil francos de
renta! Yo he tenido ciento veinte mil, señor, sin haber hecho nunca
nada, ni bueno ni malo. ¡Y no me apartaré de las tradiciones de mis
antepasados para obtener menos de la mitad!
--Me permito llamarle la atención, señor duque, sobre el hecho de que la
familia Villanera es digna de tal alianza. El mundo no encontraría nada
que decir.
--¡No faltaría más sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confieso
que en cualquiera otra circunstancia me consideraría muy honrado. Don
Diego Gómez de Villanera es bien nacido, he oído elogiar a su familia y
a su persona. Pero, ¡qué diablo! ¡no quiero que se diga que la señorita
de La Tour de Embleuse tenía un hijo de dos años el día de su boda!
--No dirán nada, ni lo sabrá nadie. El reconocimiento será secreto, y
después, ¿quién se ocuparía de eso más tarde? Ni la ley ni la sociedad
establecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijo
legítimo.
--¿Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor de
Santo Tomás de Aquino, con el señor de Villanera a su derecha, la señora
Chermidy a su izquierda con un niño de dos años en los brazos, y el
sepulturero cerrando la comitiva? Eso es sencillamente abominable, mi
pobre doctor. No hablemos más de ello... Diga usted... ¿Y es muy
complicada esa ceremonia del reconocimiento?
--No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todo
queda en regla.
--Esa frase es la que sobra. No hablemos más de ello. Ni una palabra a
la duquesa, ¿me lo promete usted?
--Se lo prometo.
--¿Y usted cree que verdaderamente está tan mal la pobre duquesa? ¡Pero
si está tan ágil como cuando tenía quince años!
--El estado de la señora duquesa es bastante serio.
--¿Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podríamos curar?
--Respondo de su vida si obtengo de usted...
--Usted no obtendrá nada absolutamente. ¡Yo soy de piedra roqueña, mi
querido amigo! Y ya ve usted si mi negativa tiene mérito, ¡tal vez no
hay diez luises en toda la casa! A fe de gentilhombre que si alguien
muriese aquí no se encontraría con qué enterrarle. ¡Tanto peor! ¡tanto
peor! ¡nobleza obliga! El duque de La Tour de Embleuse no es un ama
seca, ¡y sobre todo del hijo de la señora Chermidy! Antes me dejaría
morir en un jergón. Doctor, estoy muy contento de que me haya puesto a
prueba y no le guardo ningún resentimiento. Nunca se conoce bien uno a
sí mismo y no estaba muy seguro de la cara que pondría ante cincuenta
mil francos de renta. Usted ha pulsado mi honor que ¡gracias a Dios! ha
respondido bien... ¿El señor de Villanera ofrece el capital o sólo la
renta?
--A elección de usted, señor duque.
--Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. ¡Pero cuando yo le
decía que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace mucho
tiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reñidos.
Ahora quiere tentarme... ¡como si no! ¡Adiós, querido doctor!
El señor Le Bris se levantó de la silla. El duque le retuvo por la mano.
--Fíjese usted en que lo que hago es heroico. ¿Usted no ha sido jugador?
¿Conoce usted las cartas?
--Juego al _whist_.
--Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mío, que cuando
una vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazar
sus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condeno
a perpetuidad.
--Acepte usted, pues, señor duque, y no desprecie a la fortuna. ¡Cómo!
yo le traigo a usted en mis manos la salud para la señora duquesa, el
bienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre niña que
se extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que se
derrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un niño magnífico
que podrá unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, ¿a qué
precio? Mediante una cláusula de dos líneas en el acta de matrimonio. ¿Y
usted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarse
a sí mismo, antes que prestar su nombre a un niño extraño? ¿Cree usted
que con eso cometería un crimen de lesa nobleza? ¿Es que no sabe usted a
qué precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partes
desde las Cruzadas? ¡Cuántos nombres salvados por milagro o por
habilidad! ¡Cuántos árboles genealógicos rejuvenecidos por un injerto
plebeyo!
--¡Casi todos, querido doctor! Le citaría más de veinte sin salir de
esta misma calle. Además, los Villanera pertenecen a la aristocracia más
pura; no veo inconveniente en una alianza con esos señores. Con una
condición, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sin
hipocresía. Mi hija puede reconocer un hijo extraño en el interés de dos
ilustres casas de España y de Francia. Si alguien pregunta por qué, se
le contestará que por razones de Estado. ¿Y usted salvará a la duquesa?
--Respondo de ella.
--¿Y a mi hija también?
El doctor movió lentamente la cabeza. El viejo continuó con tono de
resignación:
--¡Qué le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. ¡Pobre niña!
¡Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar!
¡Cincuenta mil francos de renta! ¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!
En aquel momento entró la duquesa y su marido le hizo un resumen de los
ofrecimientos del doctor con transportes de una admiración infantil. El
señor Le Bris se había levantado para ofrecer su silla a la pobre mujer
que corría sin descanso desde por la mañana. Con los codos sobre la
cama, frente a frente del duque, escuchó con los ojos cerrados todo lo
que aquél quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razón
vacila, había olvidado sus propias objeciones. No veía más que una cosa
en el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimiento
llegó hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corría y de su
vida amenazada. Pero esta revelación resbaló sobre su corazón sin
herirlo.
Abrió los ojos, y volviéndolos tristemente hacia el doctor, le dijo:
--Y bien, ¿Germana está condenada sin remisión, puesto que esa mujer no
tiene miedo de casarla con su amante?
El doctor intentó persuadirla de que no se había perdido toda esperanza,
pero ella le detuvo con el gesto.
--No mienta usted, pobre amigo mío. Esas gentes han puesto su confianza
en usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientemente
enferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por una
casualidad viviese, si un día llegase a colocarse entre los dos para
reclamar sus derechos y expulsar a la amante, el señor de Villanera
podría echar en cara a usted que le había engañado. Y usted no habrá
querido exponerse a eso.
El señor Le Bris enrojeció a su pesar, porque la duquesa decía la
verdad; pero salió de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Le
pintó como un noble corazón, un caballero de antaño perdido en nuestro
siglo.
--Puede usted creer, señora duquesa, que si nuestra querida enferma
llegase a salvarse, lo debería a su marido. El no la conoce, no la ha
visto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotros
al decidirse a colocar una esposa legítima entre su amante y él. Pero
cuanto mayor sea su interés en esperar el día de la viudez, más creerá
de su deber el retrasarlo. No sólo rodeará a su esposa de todos los
cuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirse
en enfermero de ella y velarla noche y día. Le garantizo a usted que
tomará el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Es
español e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por su
madre y una ternura apasionada por su hijo. Esté usted segura de que el
día en que le conceda la mano de su hija, se habrá acabado todo entre él
y la señora Chermidy. Llevará a su mujer a Italia; yo les acompañaré y
usted también, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos tres
para ayudarle, señora duquesa.
--¡Diablo!--añadió el duque--. No hay nada imposible; todo puede ocurrir
en este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaría
cincuenta mil francos de renta?
Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía a
sus ojos.
--Amigo mío--dijo--, es muy triste el que los padres hereden a los
hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo
bendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante en
que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amado
sea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo un
ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi
juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.
--¡Ta! ¡ta!--exclamó el duque--. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma,
querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.
--¡En cuanto a mí...!
Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque
la comprendió.
--¡Eso es!--dijo--; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Y
entonces qué será de mí?
--Usted será rico, padre mío--dijo Germana abriendo la puerta del
comedor.
La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija;
pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firme
y resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.
Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de _Poliuto_. Un
pálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como una
aureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no se
veía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de
oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa
cabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el fin
y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo del
cuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez
de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no
tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.
Se sentó familiarmente al borde de la cama, pasó el brazo derecho
alrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia sí.
Después designó la silla a Le Bris y le dijo:
--Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia esté completa.
No me arrepiento de haber escuchado detrás de las puertas. Yo me temía
que no hubiese servido para gran cosa; esta discusión me ha demostrado
que aún podría ser útil a los míos. Ustedes son testigos de que no tengo
ningún aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella.
Así como así este mundo es una bien triste morada para los que no pueden
respirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis padres un
porvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casaré
con el conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias,
querido doctor; a usted debemos nuestra salvación. Gracias a usted, el
desarreglo de esas gentes devolverá el bienestar a mi excelente padre y
la vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habrá sido inútil. Me
quedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombre
sin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doy
todo a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No se
desobedece a los enfermos. ¿Verdad, doctor?
--Señorita--respondió tendiéndole la mano--, es usted una santa.
--Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme.
Rogaré a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.
Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural,
como la serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; le
parecía que el alma de su hija iba a escapar como un pájaro al que se ha
abierto la jaula. Estrechó a Germana entre sus brazos y le dijo:
--¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. El
señor de Villanera es un hombre de corazón.
La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:
--El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París,
puesto que aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamente
mi deuda. Ya sé yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. ¿Qué
diría, ¡Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La señora
Chermidy tendría el derecho de hacerme expulsar de este mundo por la
justicia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al señor
de Villanera?
El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.
--Bueno--dijo ella--, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaré
de muy buena gana. Siempre me han gustado los niños.
La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.
--Si Dios es justo--murmuró--, no nos separará; nos llevará a todos
juntos.
--No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirá
para sí mismo.
--Te lo prometo--respondió ingenuamente el viejo.
Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruoso
que se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, se
emocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.
Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en la
mesa.
--Adiós, señoras--dijo el doctor--; voy a llevar esas buenas noticias al
conde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.
--¿Tan pronto?--preguntó la duquesa.
--No tenemos tiempo que perder--añadió Germana.
--Mientras tanto--dijo el duque--, almorcemos.
III
LA BODA
El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa
confitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizo
llenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien pronto
delante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana era
propietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso. El
conserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbre
significaban una visita para su señora.
Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo le
cogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo
advirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel
momento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña de
la casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente la
mano.
Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de
encina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas y
cuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, que
manejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señora
Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza
muerta; el techo era una copia del _Banquete de los dioses_; la
alfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araña
flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba
implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea
de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz
con su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesa
correspondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas
de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenían
de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.
Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podido
hacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señora
Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos de
París son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y la
miseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al
frío sin resfriarse.
La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco.
Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en su
estuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni más
muelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edad
para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el más
perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administración
resulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa,
pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan y
los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismo
resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia
economía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria
en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con las
apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado
su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor
cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas,
pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz de
arrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta,
pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus
antiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla:
tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca
como una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. La
salud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca
pequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorriones
hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscuras
como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia
y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de
un negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de un
cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco,
sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir
en los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas
como el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambición
insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una
energía capaz de todos los crímenes.
Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, con
los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se
adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas,
redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usar
botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus
pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos,
las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero
la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa
fruta.
Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es que
los enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogonías
antiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstante
Hesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.
El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españoles
caballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes ha
ridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese su
origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habían
legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Era
un joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego y
un alma apasionada. Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, y
nunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero su
sonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. La
alegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad
representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no
se distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su
larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; tenía
los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del
color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haber
pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño no
hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco
amarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construir
piedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento;
no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. En
cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos
se advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y sus
piernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitud
aristocrática. Finalmente, tenía la estatura de un granadero y la
apostura de un príncipe.
Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de la
señora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábil
que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los
más difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimiento
sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las
cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas
gentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaquerías
de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien
hubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba por
el interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido nada
y él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía un
favor y él le estaba reconocido.
Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fácil
adivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en el
espacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era más
humilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros el
reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha
elegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de su
hijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de la
fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que
probaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.
El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él un
contraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchacho
guapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estatura
regular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni mucho
menos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decía
muchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía con
un aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillas
castañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca.
No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar.
Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero me
habría extrañado mucho que se echase al agua por él. Además, se veía que
no llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.
Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para la
clientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo más
bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que se
acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el _faubourg_
Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en
la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su
posición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque al
lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una
solicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respeto
y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de este
sentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévola
que puede llevarle muy lejos.
Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo,
_la llave de los corazones_. Yo sé de una casa donde se le llama, y no
sin motivo, _la tumba de los secretos_. Sus jóvenes clientes del
_faubourg_ Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las
noches el escenario de la Opera y le llamaban _mata ratas_. En cambio,
en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de
_Nuevo Continente_.
--Y bien, Tumba de los secretos--dijo la señora Chermidy con su ligero
acento provenzal--, ¿ha cumplido usted mi encargo?
--Sí, señora.
--¿Se trata de la tísica en cuestión?
--Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.
--¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentido
interés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómo
el Cielo recompensa mi compasión.
--Doctor--preguntó el conde--, ¿ha hablado usted de las condiciones?
--Sí, querido conde; las aceptan todas.
La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.
--¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al
contado!
El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:
--Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de
que habría llorado.
--¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un
episodio del mercado de esclavas!
--Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.
--¡Galante está usted!
El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El
conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de
enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.
--Me satisface mucho--dijo el conde--que sea ella quien haya adoptado
esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez
les habría juzgado mal.
--Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían
pan en casa.
--¿Pan?
--Pan, sin metáfora.
--Adiós--dijo el conde--. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta
mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le
preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya
gentes que carezcan de pan?
--He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no
tenía un millón para ofrecerles como hoy.
El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su
madre. La linda mujer quedó con el doctor.
--Puesto que hay gentes que carecen de pan--dijo--, veamos, doctor, ¡una
taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del
pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.
--Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.
--¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?
--Sin duda... en coche.
--Creí que estaba más enferma.
--¿Usted por lo visto quería un casamiento _in articulo mortis_?
--No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase a
curar!
--La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.
--¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted,
Llave de los corazones!
--¡Ay! señora, no me siento en peligro.
--¡Cómo ay!
--Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.
--Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?
--¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?
--¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.
El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono más
natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería:
--¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para
corregirme. Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como los
perros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión de
instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré a
esa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.
Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador y
se entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo
se dejó vestir sin fijarse: ¡tenía otras preocupaciones más
importantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinación
inteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podía
convertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello más
que un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médico
para que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus más
queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena
estrella, de todo, en fin.
Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de
sonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella,
extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma
tienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de año
nuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma.
Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.
Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabía
hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más le
interesaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba más
firme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiado
orgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo de
conocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con la
mejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todo
aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia
que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca
un tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontento
de los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputación
de la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan pronto
diciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me ha
comprendido.»
En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre,
que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio de
interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la
preocupaba.
--Doctor--le dijo--, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si los
tísicos pueden curar?
El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nada
que temer de tal enfermedad.
--No se trata de mí--repuso--. Es que me intereso vivamente por una
pobre niña que tiene los pulmones destrozados.
--Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la
homeopatía.
--Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura
que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.
--Se le puede curar.
--El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?
--Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le
aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir
tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de
glóbulos.
--¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir
con un solo pulmón.
--Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...
--¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!
--Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería.
No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es
generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al
relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven
para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus
vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta
negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez,
sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la
enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta
servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos
vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo
pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.
--Ahora comprendo--contestó la señora Chermidy--. ¿Entonces, si se
matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraría
algunas que no tienen los pulmones como es debido?
--Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.
Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de la
chimenea del salón. La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata,
curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros,
que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que un
animal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los
sesenta años.
--Doctor--le dijo--, tendría usted que haber llegado un momento antes;
se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señor
P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un
solo pulmón. ¿Qué le parece a usted?
El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.
--Señora--respondió--, el pulmón es a la vez el más delicado y el más
indispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por un
prodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos no
han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que
espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados.
Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con
el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado
frío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, no
se respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán que
prolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba su
cotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y de
respirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que le
rodeaba!
--Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir del
pecho?
--Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.
--¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven
y robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia,
hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre
como usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?
--¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.
--¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?
--El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos que
nacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germen
de la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momento
de desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someter
uno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le
contaré un caso observado por mí.
--Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en
escuchar a un hombre como usted.
--Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la
calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Su
marido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dos
se adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murió
en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidió la
cuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre me
envió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que no
podía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a una
regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; había
cometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme al
programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque el
mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder de
nada.
La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumió
en una melancólica meditación.
Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que
engaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo
cuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado que
Chermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el
agua es un enfermo en peligro de muerte.
Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeño
Gómez. Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas
honradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con una
moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la
víspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligros
que no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastrar
al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la
señora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría a
reclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour de
Embleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer,
ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiado
hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.
Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otro
expediente. El conde está enamorado y es padre; haré de él lo que
quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su
hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyo
mal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que el
viejo alópata era un original capaz de inventar las teorías más
absurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitía
algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana
guardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo
que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas
curaciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de la
prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus
escrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se
prometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella
hubiese tomado todas sus precauciones.
Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y el
conde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían ido
cumpliendo al pie de la letra.
Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre.
La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta,
seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre
dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una mueca
aristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchó
el relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa de
otras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo
nada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de su
matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza
de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas
veces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios de
hacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho. La viuda
no tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido
tardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa
salvando el nombre de los Villanera.
Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a su
carroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón la
condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió la
puerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour de
Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo lo
que se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una
silla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como había
podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque
llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que el
de un maestro de escuela.
La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse no
podía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte de
su hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre de
mundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintió
frío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que se
comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismo
juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiado
apresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. No
obstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expuso
fríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario,
todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo
sobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una voz
metálica:
--Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la
señorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego
Gómez de la Villanera, mi hijo.
El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por la
elección del señor de Villanera.
Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar a
Germana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir de
espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la
encontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente y
pensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vez
fuese la nuera que me convendría.»
Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego que
jugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastante
original; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a la
débil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacer
pedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. El
niño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y
excesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, no
había visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivía
entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La
viuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía y
recibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente
traicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educación
clandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo la
librea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que se
trataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien de
náufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraña
familia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de su
edad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dos
años que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seis
palabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es
siempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la vieja
condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su
madre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando,
en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la
multitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a
pie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones y
le decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!»
No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda
lo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. Todo
París sospechaba su situación, pero el mundo establece una gran
diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Así
podía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas que
respondiesen de su virtud.
La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha y
aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y
describió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que era
preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso
sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que
no dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprar
inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna
oculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes y
para que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. La
madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de
salir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nieto
y le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en un
nombre!»
Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunas
horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus
encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie
el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el
cajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección al
palacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señora
Chermidy.
Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. La
señora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como
Clitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar la
frente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de _Pablo y
Virginia_ en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos para
su familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros que
ya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió los
cajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores han
sido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro.
Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocráticas que se habían
abierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garras
de un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro
amarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a sus
oídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales de
Germana.
La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor
duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las
nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos
del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre
educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad
estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos
prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido
bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os
llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron
los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna
solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún
dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de
casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos
pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y
procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.
Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella
arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la
boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones
que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo
ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas.
Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su
hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama
estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado,
ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió
gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de
acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la
prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas;
agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más
desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla,
hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego
lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la
lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el
amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el
desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y
hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes
de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se
vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que
él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase
la boda.
Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y
le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de
un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha
confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver
entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía
muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de
reconocimiento que conmovieron a la duquesa.
Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las
amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un
ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba
difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y
fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor
Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día
fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del
doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo
miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas
veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba
en su coche.
La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel
zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento
amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente,
aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la
corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía
más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse
y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer
que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin
inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en
la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no
aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama
de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana
condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las
fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas
quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que
estalla la abnegación del sexo sublime.
El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones
sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había
dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías
y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la
solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones.
Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro
de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a
parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que
ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los
placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de
Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la
idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se
necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni
soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su
corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se
sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en
dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la
vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a
los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir
juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y
a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró
rotundamente que no abandonaría Francia.
--¿Es que no estoy bien aquí?--decía--. ¿Qué necesidad hay de agitar al
viento una antorcha que se extingue?
En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le
Bris.
--Querida condesa--dijo Germana--, ¿es absolutamente necesario que me
enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no
quisiera que mi madre dejase París.
--¡Pues que se quede!--respondió la condesa con su vivacidad española--.
No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie.
Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.
El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con
él.
--Además--añadió el señor Le Bris--, la duquesa no nos sería
precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten
adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería
perjudicial para la señora duquesa.
En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa
el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la
señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría
con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.
El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a
abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho
tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la
duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los
ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es
pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida,
pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es
uno de los privilegios del amor.
Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y
quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó
al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.
--Veinte mil francos--contestó el doctor--. De esos cobro cinco o seis
mil.
--¿Y el resto?
--Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los
juzgados.
--¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?
--Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe
contarse por meses, quizás por semanas.
--¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!
El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en
todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama
y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la
muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y
sonoro que se llama el dinero.
Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El
conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El
señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le
llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:
--Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.
--¡Y la mía!--añadió el viejo--. Usted nos ha prestado un gran servicio,
doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.
El joven respondió cortésmente:
--Es cosa hecha, señor duque.
Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba
gratuitamente.
El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para
probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella
triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había
descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.
--¿Para qué?--dijo la enferma--. No he de usarlo más.
Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.
--Está bien; temí que no se hubiesen fijado.
Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.
--Mamá--dijo Germana--, ¿se acuerda usted de los versos del poeta
Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la _Revista de Ambos Mundos_?
«Todos los caminos debían florecer,
Porque la hermosa novia iba a salir;
Debían florecer, florecer y granar,
Porque la hermosa novia iba a pasar.»
¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!
«Todos los caminos debían gemir,
Porque la hermosa muerta iba a salir;
Debían gemir, debían llorar.
Porque la hermosa muerta iba a pasar.»
La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su
cobardía.
--Espere usted--dijo--, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar
dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La
Tour de Embleuse?
Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de
la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y
el doctor Le Bris. Todo el _faubourg_ fue invitado a la misa. El señor
de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le
molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas
partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la
discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En
todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda.
Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían
del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de
Santo Tomás de Aquino.
La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la
encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a
su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella
comedia.
Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado.
Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda,
mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo
retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una
encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el
bulevar.
Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la
novia aun estaba viva.
Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a
los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí
retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era
necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de
reposo.
IV
VIAJE A ITALIA
Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama
de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de
porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían
salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez,
durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido
reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y
movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco
tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar
despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en
volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más
espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de
la Edad Media la habían representado en los misales.
--Si me duermo--pensaba--, nadie vendrá a despertarme; me han dejado
aquí para que me muera.
Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes
secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le
crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien
pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver
la vida a la inocente máquina.
Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones.
Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto
al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en
esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores
sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama.
La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre
sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió
hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha,
que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas
blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo
único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de
cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso
agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el
techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos
querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló
sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el
movimiento que hizo la despertó.
Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al
joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella
linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar
a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La
condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente
sobre los almohadones.
--Hija mía--le dijo con emoción mal contenida--, te presento al marqués
de los Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El
pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le
devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón
emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su
pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media
voz:
--¡Hijo mío!
La viuda la abrazó agradecida.
--Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.
--¡Mamá!--repitió el niño sonriendo.
--¿Quieres que sea tu mamá?--preguntó Germana.
--Sí--respondió.
--Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!
--¡No!--repitió el niño sin comprender lo que decía.
Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez
no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta
le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar
a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de
vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la
alfombra.
Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había
estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún
hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados,
y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado
las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo
como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una
ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era
superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde
fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto.
De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el
más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar
a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo
disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los
caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas
que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez
leguas.
Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y
robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era
fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se
redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir,
y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma
le dijo:
--¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.
Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar.
La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún
sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se
repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho,
para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en
todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen
marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado
su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan
cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que
moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus
esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.
Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el
fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño
estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre
sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento,
dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o
acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le
preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una
crueldad sangrienta:
--Esto va bien, sufro mucho.
Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre
las ruedas.
El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de
Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la
misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia
entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se
fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho
a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más.
El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de
los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada
de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se
aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de
tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos
de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del
vecino.
--¡Vamos a Florencia!--dijo ella.
Y don Diego hizo enganchar para Florencia.
Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su
desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música
de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron
su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla
expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver
el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas
pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la
impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva.
Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad
no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que
el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una
vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las
grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel
arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral.
Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en
Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules
ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien
elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los
ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de
las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad
ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La
ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso
buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos
días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la
Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o
bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se
desplomaba.
Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de
lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche,
tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.
--Es una ciudad por mi estilo--dijo con una sonrisa amarga--; es justo
que los muertos se consuelen entre sí.
Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado
desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un
corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La
luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía
al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no
tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron
tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de
diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una
fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir
la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad
y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.
Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que
distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los
pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir
bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los
Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y
la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano
romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La
alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de
aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos
interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma
quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí
misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba
nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se
adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen
ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se
ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las
nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel.
«Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.»
Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y
que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló
de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban
nada bueno.
La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de
la _Corona de hierro_ invitó a los caballeros a bajar al comedor;
estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía.
El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió.
La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y
de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos
habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que
la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que
digiere bien.
--Yo, señor--decía a su vecino--, si nunca llegase a padecer del pecho,
lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de
vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de
París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo:
los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin
duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no
es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas
noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por
lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de
ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez?
--Sí.
--¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?
--No.
--Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el
derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se
le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le
haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del
brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón
de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores
dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada
mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así
hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a
la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus
cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo
menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en
París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza.
Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de
cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su
propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio,
rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus
compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno
que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire
es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me
contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde
pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York
y el capitán le hizo arrojar al agua.
Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante
discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación,
cuando el joven inglés tomó la palabra.
--Pues yo, señor--dijo--, hace dos años estaba tan enfermo como esa
joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían
firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí
en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí
esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó.
El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas
redondas de Italia:
--¿Usted ha estado tísico, señor?
--En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.
Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado.
Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en
el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de
Corfú.
El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él
con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató
a su enfermo para saber cómo se había curado.
Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La
enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.
--Venga usted--dijo a su marido--. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se
fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de
curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya
tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha
vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé;
para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan
hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.
Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.
--Germana--le dijo--, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré
mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú
le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?
La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una
emoción que rayaba en el delirio:
--¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre?
¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien.
Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande
hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has
elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el
momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos
robos que cometo...
Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del
hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No
obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a
Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un
vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú.
V
EL DUQUE
El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de su
hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho;
el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su
esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus
ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo,
con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación.
Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de
que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había
vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su
mujer y no se equivocó.
La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las
fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran
parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a
esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro
de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los
dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida
enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males
que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los
sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si
vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico,
como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el
relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar
nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por
lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema
nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la
terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría
jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada
correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la
torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar.
Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa
al estado crónico.
Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero
su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía
regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había
procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho.
Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía
haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal
daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la
señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de
don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de
Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo
mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor
vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día,
febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus
favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto
desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la
señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que
debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y
tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era
preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más!
El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una
vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos
cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese,
resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba
fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus
fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran
reservas extraordinarias para sus últimos años.
Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El
primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras
tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto
era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que
esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su
disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero
el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese
dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y
conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de
12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en
cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó
de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres
vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más
necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un
secreto entre su cajón y él.
No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos
que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los
desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo
pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel
hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus
faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le
repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba
nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído
tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más
que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran
artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la
ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de
una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los
hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor
obstinado de la duquesa por el duque.
No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un
hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna
se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de
antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza
cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los
hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena
compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había
comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había
pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se
despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de
esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel
mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive,
hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le
aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su
tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí
mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió
_champagne_, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la
dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de
provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia
escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la
apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le
respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban
en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se
conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de
un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de
un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.
El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así,
concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el
respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su
carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en
el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en
su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su
familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado
en su casa; no tenía, pues, nada que temer.
El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una
popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le
vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado
de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en
su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la
gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero
aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos
eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado
ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil,
en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis
XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores
franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos
tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se
desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las
fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se
resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse
con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de
la abyección en los hombres desocupados y ricos.
El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la
mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de
Sanglié y la señora Chermidy.
El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los
de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda
de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre,
al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo.
Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado
alojamiento, por el honor del linaje.
El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era
guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre[C]. Su rostro
abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto
como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de
cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de
Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante
rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y
vivía por vivir bien.
Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se
le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia
coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y
del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba
nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado
de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y
frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los
teatros de ópera y luego hacía su partida de _whist_ en el club. Buen
jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en
pintura y bastante buen jinete para ganar un _steeple chase_, pero
demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o
en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en
política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo,
generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía
caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los
egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las
formas más simpáticas del egoísmo.
La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la
habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun
sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes
aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por
los cabellos al hombre que se ahoga.
Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su
casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza
que oculta tan bien la adulación:
--¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo
le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído
usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía
desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a
sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea,
¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién
nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a
comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar
a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?
El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta
bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de
reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos;
una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen
ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se
encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona
sus diversiones donde puede.
--Venga usted conmigo--continuó el barón--, y yo le juro que le haré
encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el
cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie.
Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para
eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también
soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni
el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo,
que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o
condenarse más que con sus iguales.
Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque
que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus
viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó
a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al
vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes
de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona,
pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había
conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna
de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no
le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos
metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por
convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran
paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia
ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo
pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.
El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su
club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió
nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida
excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores
falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban
a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre
estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte.
La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía
a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita
de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa
del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de
nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector.
Los abonados del club jugaban al _whist_ y al _écarté_ con un cierto
atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por
puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si
aventuraba una fuerte suma en una partida de _écarté_, nadie tenía el
derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de
escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se
interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como
un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido
por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada,
que no sentía el tirón de la brida.
Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda
aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías
que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de
sus iguales. El _faubourg_ Saint-Germain, como el hijo respetuoso de
Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano.
Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia.
¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para
las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado
comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a
preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan
buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella
flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A
nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había
aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de
su fortuna.
El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su
palabra. No le encerró en el _faubourg_ como en una fortaleza y le hizo
ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta
sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era
aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos
maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas
pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del _faubourg_
a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían
espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea
estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las
gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que
llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y
salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de
costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno
y grave que reina en los antiguos salones del _faubourg_, pero se baila
decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los
abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron
el duque y la señora Chermidy.
Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la
boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a
expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca
la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal
conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El
duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí
se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo
hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que
plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar
desvergonzadamente a las que no lo son.
El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar
en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes
en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó
familiarmente a su lado y le dijo:
--Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos
admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto
de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por
los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano
izquierda.
La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago,
comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada.
Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el
duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un
gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la
opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la
cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos.
El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras
de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante,
que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una
emoción contenida o admirablemente fingida:
--Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me
pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar.
Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más
tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio.
El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama,
pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que
había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de
intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que
hombre prevenido vale por dos.
Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había
llorado.
--Señor duque--le dijo--, he hecho todo lo posible por olvidar las
palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del
todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso.
El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La
señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado
irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior.
Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la
turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de
Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria
insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en
su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre
familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de
haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del
_faubourg_ y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos
nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con
que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más
que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su
bienhechora.
--Yo comprendo--continuó--, que usted no puede tener mucha estimación
por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble
corazón, si conociese la historia de mi vida.
Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del
Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus
manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y
parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había
oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese
abierto una información con todas las formalidades del caso.
Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres,
que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y
su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le
había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había
distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor
Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy!
¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China!
Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió
modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable
de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto
lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital;
era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la
soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la
primera vez que le vio en los Italianos.
El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán
bien dichoso.
Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor,
probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no
es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los
asuntos de interés con los asuntos del corazón.
Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a
la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre.
Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba
por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la
pobre abandonada para darle noticias del pequeño!
Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de
elegancia.
--En fin--añadió--, aquí me tiene usted más sola que nunca, en esta
ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los
tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado
triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes
por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de
La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me
humillaría y me haría muy desgraciada.
Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del
señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó
engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de
cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo.
El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un
cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles
a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de
Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su
posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de
que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase
Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía
de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su
fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la
servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos
empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de
sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le
compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para
ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil
porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban
demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus
menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para
tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer
una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.
La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue
tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener
ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a
algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el
conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al
suegro de su amante?
Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le
importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la
cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de
Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris.
Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no
ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el
médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más
odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida
por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer
ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de
todas las leyes divinas y humanas.
No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería,
piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las
cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su
siniestra curiosidad.
El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones
finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los
vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en
provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos
los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para
la navegación.
El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él,
estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente
como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres.
Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador
le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la
equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis.
Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la
señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo
para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile,
el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se
acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las
costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su
vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento
en que estaba perdido sin remedio.
La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba
tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso
cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un
beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia,
aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún
temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma
fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que
una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba
dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se
olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato
hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al
respeto.
Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más
estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas
de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró
de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin
pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos
abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano
trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un
cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa
había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del
salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer
perversa.
La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión,
buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de
ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que
exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los
campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que
languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa
del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba
demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y
unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió
que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba
con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de
ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía.
La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la
mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió
que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas
jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un
invitado con el que no había contado: el Amor.
La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después
de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus
propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese
trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña
en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas
horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin
remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no
retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de
prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo,
por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en
desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso
despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a
la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en
caso de desgracia.
No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía
todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un
temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin
atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una
mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba
que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y
guardando siempre la superioridad sobre el donante.
Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el
ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:
--Acepto, señor duque.
El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta
novicio al que se rompiese la cuerda del globo[D]. Creyó estar en el
séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:
--Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado?
El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el
momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio
despreciable.
Ella contestó al pensamiento de su adversario:
--Señor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de
colocarme, valen tanto más cuanto que son más ricas. Yo he heredado
cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es
tan limpia que la podría realizar sin pérdida en un mes. Ya ve usted que
hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio más
elevado. Esto le prueba a usted que también tengo el medio de darme por
nada. Si yo le llego a amar, lo que quizás ocurra, el dinero no será
nada entre nosotros. El hombre a quien yo dé mi corazón tendrá encima
todo lo demás.
El duque cayó desde lo más alto y dio rudamente contra el suelo. Era
tan desgraciado al guardar su millón como se había sentido feliz al
recibirlo. La señora Chermidy pareció tener piedad de él.
--Niño grande--le dijo--, no llore usted. He empezado por decirle que
aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.
El señor de La Tour de Embleuse sonrió como un moribundo que ve
entreabrirse el cielo.
--Soy yo quien ha enriquecido a usted--le dijo--. Le conocía de antiguo,
o por lo menos conocía su reputación. Usted se ha comido su fortuna con
una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el último
representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. También
es usted, sin saberlo, el único hombre de París capaz de interesar
seriamente el espíritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted
no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habría
sido más grande que Sardanápalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le
diesen un millón; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis
medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted
en su cajón es un papelote que nunca le serviría para nada. El día 22 de
junio cobrará usted sus 25.000 francos; de aquí a entonces no hará más
que vegetar. Contraerá deudas y sus rentas no harían más que enriquecer
a los acreedores. Deme usted su inscripción de renta y yo haré que la
venda mi agente de cambio. Guardaré el capital, porque no me fío de
usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no
crea que éste será de cincuenta mil francos; serán ochenta mil o cien
mil, quizá más. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los
pies allí; y sé que se gana todo lo que se quiere con algunos millones
en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable
invención para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin
preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro
ni el trabajo, ¡viva la especulación! Es lo mismo que el juego en gran
escala y usted es jugador, ¿no es cierto?
--Lo he sido.
--Y lo es aún. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en común
nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras
esperanzas.
--Los dos formaremos como uno solo.
--En la Bolsa, al menos.
--¡Honorina!
Honorina pareció sumirse en una profunda reflexión y ocultó el rostro
entre sus manos. El duque se apoderó de ellas poniendo fin así a aquel
eclipse de belleza. La señora Chermidy le miró fijamente, sonrió con
melancolía y le dijo:
--Perdóneme usted, señor duque, y olvidemos nuestros castillos en el
aire. Nos extraviábamos en el porvenir como dos niños en el bosque. Era
un dulce sueño, pero no pensemos más en ello. No tengo el derecho de
despojarle, aunque sea para enriquecerle. ¿Qué dirían de mí? ¿Qué
pensarían de usted mismo? ¡Si la señora duquesa se enterase de lo que
habíamos hecho!
La señora Chermidy sabía perfectamente que para hacer odiosa a una mujer
ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos.
El duque respondió altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus
negocios y que además lo tenía prohibido.
--Pero--continuó la tentadora--usted tiene una hija; y todo lo que usted
posee debe volver a ella. No estaría bien.
--Pero--replicó el duque--mi hija tiene un hijo que es el de usted.
Nuestras fortunas irán juntas al pequeño marqués. ¿Acaso no somos de la
misma familia?
--Usted ya me dijo eso otra vez, señor duque; pero aquel día me causó
menos placer que hoy.
La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y se
guardó mucho de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido y
desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El
duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le
quedaba el derecho de visitar su caja y encontró en ella, hasta nueva
orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de
aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con
una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le
transportó a los Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles,
cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupándose incluso de
los gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las manos y se dijo
riendo:
--Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la
guerra, les mataría de hambre sin piedad.
VI
CARTAS DE CORFÚ
_El doctor Le Bris a la señora Chermidy._
«Corfú, 20 abril 1853.
»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted,
que nuestra correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco lo
esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que él tomase la
resolución heroica de privarse de sus cartas ni del placer de
escribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todo
los médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.
»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio,
cuya chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; la
lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invadía
hasta nuestros camarotes. El mareo no perdonó más que al niño y a la
enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida
y para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda sociedad una
familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de
la compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente
el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no nos
honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no sabían
el francés. A la menor claridad subían al puente con sus álbumes para
dibujar unos paisajes que parecían _plum-puddings_. Después de una
eterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a buen
puerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. El
camino de la vida está empedrado de decepciones.
»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en
la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí a
fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con
nuestras piernas. Mi pobre enferma está cada vez peor; el viaje la ha
fatigado más aún que si se hubiese mareado. La señora de Villanera no la
abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a
mí, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es inútil ensayar un
tratamiento que añadiría sufrimientos sin aumentar las probabilidades de
curación. ¡Es usted muy dichosa, señora, de tener tanta belleza como
salud!
»Si esta crisis no es la última, intentaré el amoníaco o el yodo. El
yodo triunfa en algunos casos; los señores Piorry y Chartroule lo
emplean con éxito. ¿Usted será tan amable que nos envíe el aparato del
doctor Chartroule y una provisión de cigarrillos yodados? Todo lo
encontrará en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del
bulevar. El amoníaco también da buenos resultados; pero el único remedio
con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. Así, pues, viva
usted en paz, ténganos un poco de cariño y ayúdenos a cumplir nuestro
deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa había traído para que
le sirviese, ha caído enfermo de las fiebres de Italia, aunque ésta no
sea la estación de las fiebres. Es un enfermo más y un servidor menos.
»La alegría y la salud tienen una magnífica representación en la casa:
el pequeño Gómez. El día que lo vuelva usted a ver será bien dichosa. Se
lo ve crecer y hasta creo ¡Dios me perdone! que está embellecido. Será
menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que
parecería cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos
huraño; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras
con una impetuosidad que sería inquietante en una niña.
»Don Diego está en negociaciones con un descendiente de un dux para
alquilar una casa que le convendría mucho. La campiña está dividida en
una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos
ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente más
habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles
aristocráticos que conservan un aire de grandeza en medio de su
desolación, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos
alquilar la villa Dandolo, quizá no estaremos del todo mal. Bastará con
poner algunos vidrios en los balcones. La exposición es admirable, al
Mediodía, sobre el mar. El jardín, muy hermoso. Los vecinos son nobles y
dicen que algunos hablan el francés. ¿Pero quién sabe si tendremos
tiempo de entablar conocimiento con ellos?
»No echaré de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva
bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Nápoles. La
explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una
ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos
fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeño Gibraltar.
Yo asisto todas las mañanas a las evoluciones de un regimiento de
escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es
antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeñas arcadas y una
linda cabeza en cada balcón. El barrio judío es repugnante, pero se
encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lápiz de Gavarni. La
población se compone de griegos, italianos, judíos y malteses, pero
todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos también un teatro
en el que dan representaciones de _Juana de Arco_ del maestro Verdi. Yo
fui una noche, aprovechando que la enferma tenía menos de 120
pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se
levantó respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el _God save
the Queen_. Es una costumbre establecida en todas las posesiones
inglesas. No le extrañe a usted que se represente la muerte de Juana de
Arco ante un público inglés; el autor del libreto ha tenido cuidado de
modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un
enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una
coraza de papel de plata y agita una bandera del tamaño de un abanico
hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:
_Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta._
»Llega la heroína sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica
que está mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una
romanza con su voz más fuerte y expira entre los aplausos de la sala.
Todos los habitantes de Corfú están convencidos de que Juana ha muerto a
consecuencia, no sólo de una herida, sino también de una serie de
gorgoritos.
»El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted
si es apasionado de Verdi. ¿No fue en una representación del _Hernani_
cuando su mirada se encontró por primera vez con la de usted? Pero el
pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. ¡Qué marido, señora,
para aquella que sea su esposa definitiva!
»Los periódicos nos han traído noticias de la China que usted ha debido
leer con tanto interés como nosotros. Parece que esa nación ha tratado
ligeramente a dos misioneros franceses y que la _Náyade_ se ha puesto en
camino para castigar a los culpables. Si la _Náyade_ no ha cambiado de
comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedición.
Cada uno para sí y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades
imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie.
Se dice que los chinos son pésimos artilleros, aunque se alaben de haber
inventado la pólvora. Sin embargo, no hace falta más que un obús
clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.
»Adiós, señora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no
tendría fin. Pero, después del placer de conversar con usted, es
necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la
habitación vecina. ¡Placer, deber! dos caballos muy difíciles de uncir
juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar
todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre
el yunque y el martillo. Aprécieme si puede, compadézcame si quiere, no
me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el próximo correo recibe un
sobre orlado de negro, hágame el honor de creer firmemente que no tengo
ningún derecho a su reconocimiento.
»Beso la mano más linda de París.
»CARLOS LE BRIS.»
_La condesa viuda de Villanera a la señora de La Tour de Embleuse._
«Villa Dandolo, 2 mayo 1853.
»Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana está mejor. Nos hemos
cambiado de casa esta mañana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he
tenido que hacer todo. Tenía que arreglar los baúles, envolver a la
enferma en algodón, vigilar al pequeño, buscar el coche y casi enganchar
los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En
España se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi
alrededor como un moscardón; he tenido que hacerle sentar en un rincón.
Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los demás; el que me
ayuda me incomoda. ¡Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la
mejor ocasión! Voy a enviarle a París para que se cure, y le ruego que
me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo
mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en
casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magníficas; el
afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las
diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis
gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con
un cocinero indígena que quería echar pimienta en todo, incluso en las
sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya
duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado
sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.
»La victoria es nuestra, a fe de viejo capitán. Nuestra hija se curará,
estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches
desagradables en esta ciudad de Corfú. No se decidía a dormir y tenía
que mecerla como a un niño. Comía únicamente por darme gusto; nada le
apetecía, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba más
que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no
desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido
dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.
»Había oído decir muchas veces que una madre quiere a sus hijos en razón
de los disgustos que le dan; esto no lo sabía por experiencia. Todos los
Villanera, de padre a hijo, son como los árboles que se plantan en el
campo y crecen. Pero desde que usted me confió el pobre cuerpo de esa
hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra niña para
impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a
respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazón con una
fuerza inusitada. Yo no era madre más que a medias, puesto que no había
tenido ocasión de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo
más que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor
el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las
madres. _¡Ave María, mater dolorosa!_
»No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivirá. Dios no me hubiera
dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este
mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros
sentimientos con arreglo a la duración de lo que amamos, y yo amo a
Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La
Providencia se burla de la ambición, de la avaricia y de todas las
pasiones humanas, pero respeta los afectos legítimos y no separa nunca a
los que se aman piadosamente en el seno de la familia. ¿Por qué me
hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de
arrebatármela de entre los brazos? Sería un juego cruel e indigno de la
bondad de Dios. Además, el interés de nuestra raza está ligado a la vida
de esa niña. Si tuviésemos la desgracia de perderla, un día u otro
volvería a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos
iglesias, no permitirá que un nombre como el nuestro sea llevado por la
señora Chermidy.
»No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no
entienden de esas cosas. El verdadero médico, es Dios en el cielo y el
amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que
compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros días. Ya verá
usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las mañanas, mi hijo,
mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para
añadir a la de Germana. El pequeño une sus manos como nosotros; yo
pronuncio la oración y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.
»Don Diego ama a su mujer; ya se lo había dicho a usted. La ama con un
amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de
otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me produciría horror.
Tiene por ella la adoración religiosa que un buen cristiano dedica a la
santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y
velada que resplandece en el fondo del santuario. Los españoles somos
así. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza
mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una
imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta
imagen de las santas del Paraíso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos
compañeros se alistaron bajo el estandarte de María, dieron a todos los
hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.
»Cuando esté curada, ¡ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a
que la pobre virgencita pálida haya recobrado los colores de la
juventud. Su cuerpo, hoy, no es más que una urna de cristal transparente
con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por
sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los
perfumes generosos de la campiña hablen a su corazón y hagan latir sus
sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado
sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo
los grandes naranjos del jardín, entonces entrará en una nueva
belleza... y don Diego tiene ojos. Sabrá establecer una diferencia entre
sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendré que
mostrarle en qué grado una belleza noble y casta, realzada por todo el
brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a
los halagos impúdicos de una bribona. Mientras tanto, ya está en buen
camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado París, no ha escrito
ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazón lejos de la
indigna que le perdía. La ausencia que fortifica las pasiones honradas,
mata en muy poco tiempo aquellas que sólo subsisten por el hábito del
placer.
»Quizá también nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor.
Hasta el presente es sólo a mí, de toda la familia, a quien quiere.
Claro está que no hablo del pequeño marqués: ya sabe usted que lo quiso
desde el primer día. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una
indiferencia que se parece mucho al odio. También es verdad que ya no le
maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de
resignación. Tolera su presencia, no se extraña de verle a su lado y se
va acostumbrando a él. Mas no es necesario ser un lince para leer en su
rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada
instante, quizás el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que
ha cometido faltas. ¡Ay, pobre amiga mía! la indulgencia es una virtud
propia de nuestra edad; los jóvenes no la practican. No obstante, debo
reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeños resentimientos.
Su cortesía con don Diego es irreprochable. Conversa con él horas
enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le
responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fría y
resignada. Un hombre menos delicado no advertiría que es aborrecido; mi
hijo lo sabe y la perdona. Ayer me decía: «Es imposible detestar a los
amigos con más encanto y bondad. Es el ángel de la ingratitud.»
»¿Cómo acabará todo esto? Bien, créame usted. Tengo confianza en Dios,
tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos,
incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya
estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el
sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus
hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sería recibida aquí
con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido
quisiera también tomar los aires del campo, le podríamos preparar un
buen alojamiento.
»Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis
afectos y de mis dolores. La quiero cada vez más, a medida que su hija
me va siendo más querida. La distancia que nos separa no podrá enfriar
una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho,
pero nuestras oraciones se confunden todos los días al pie del trono de
Dios.
»CONDESA DE VILLANERA.
»P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven.
Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimatarían aquí.»
_Germana a su madre._
«Villa Dandolo, 7 mayo 1853.
»Mi querida mamá: El viejo Gil, que le entregará esta carta, le dirá lo
bien que se está aquí. No es en Corfú donde ha cogido las fiebres; fue
en la campiña de Roma; de modo que no tenga usted ningún cuidado.
»He estado bastante enferma después de mi última carta, pero mi segunda
madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El señor de Villanera
quizá también le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a
mí, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algún tiempo para
emborronar cuatro carillas de papel; pero, ¿querrá usted creer que me
falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupación muy agradable en
la que empleo diez o doce horas diarias.
»Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo
haber estado tan mal en París. Puede usted creer que muchas personas en
mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la
vida con una obstinación increíble. ¡Cómo se cambia! ¿Y en qué consiste
que yo no vea las cosas con los mismos ojos?
»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin
que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son
cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi
esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando
muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán
faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en
cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor
de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas
veces si me ocurriese una desgracia.
»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han
contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de
usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me
acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es
perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la
auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito;
el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a
todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he
salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán
que esperar bastante tiempo.
»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su
pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una
visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un
gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he
atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para
ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas
ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja
iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca
que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o
seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y
accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre,
porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas
trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como
un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la
población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se
compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras;
se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa
de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar
escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en
este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo
misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.
»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala
de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted
que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo
lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada
de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está
pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más
limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer
de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis
sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La
buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño
marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi
lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos,
pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su
cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada.
Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a
los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de
Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene
verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al
aire libre: es la costumbre del país.
»Mis balcones, en número de cuatro, dan al Levante y al Mediodía. Desde
las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten
y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda
bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi
disposición: el uno al norte de la casa, limitado por un muro más
complicado que la gran muralla de la China; el otro al Mediodía, bañado
por el mar. El jardín del norte está plantado de olivos, de azufaifos y
de nísperos del Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, de
higueras, de limoneros, de áloes, de chumberas y de parras gigantescas
que lo invaden todo, que trepan a todos los árboles y se encaraman en lo
más alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la cabra del
reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro,
ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado de
semejante dicha. ¡Pero si viviese!...
»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho
días eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un
romántico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias
melenudas. Hemos cortado los árboles a hachazos, ni más ni menos que en
una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabrá
usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no
me las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El perfume
que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro
como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas
florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo
parte en su dicha y se me ensancha el corazón. ¡Qué hermosa es la
tierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste abandonar este
mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin
embargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!
»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubiera
consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han
brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aquí para verlas. Las
toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: «Aun estoy
entre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra sombra. Si
hemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos
árboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»
»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos?
Son blancos en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios
como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en
las ramas de los limoneros. ¿De qué color serán dentro de seis meses? No
pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los árboles; el mar
azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita
sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y enflaquecidas;
siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz
de usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buen
sol, esos árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantos
amigos que piden gracia para mí y que no me dejarán morir. Quisiera
tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi
suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos
del mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria,
que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido
jamás, nunca he hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarme
vivir con los demás, confundida entre la multitud de los seres que
respiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y además, no soy muy cara de mantener.
»Por desgracia, hay gentes que se pondrían luto si yo curase y que no se
consolarían jamás si me viesen viva. ¿Qué le vamos a hacer? Están en su
derecho. He contraído una deuda y tengo el deber de pagarla.
»Mi querida mamá, ¿qué piensa usted del señor de Villanera? ¿Qué
concepto tienen de él en París? ¿Es posible que un hombre tan sencillo,
tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos
por primera ver hace poco días; son unos hermosos ojos capaces de
engañar al más listo.
»Adiós, mi buena madre; rece por mí y vea si puede obtener de mi padre
que vaya un día a la iglesia con usted. Si él hiciera eso por su pequeña
Germana, la conversión sería completa y yo quizá me salvaría. Debe haber
una recompensa allá arriba para los que conducen un alma a Dios. ¿Pero
quién podrá tener crédito en el cielo si no es usted, querida santa?
»Con una ternura infinita soy siempre su respetuosa hija
»GERMANA.
»P. S. Los besos para mi padre son los que hay a la derecha de la firma;
los de usted son los de la izquierda.»
VII
EL NUEVO DOMÉSTICO
El duque no enseñó a la señora Chermidy la carta de la condesa, pero le
hizo leer la de Germana.
--Ya ve usted--le dijo--; ha adelantado la mitad del camino en su
curación.
Ella se esforzó en sonreír y respondió:
--Usted es un hombre dichoso; todo le sale bien.
--Menos el amor.
--¡Paciencia!
--No se puede tener mucha a mi edad.
--¿Por qué?
--Porque no hay tiempo que perder.
--¿Quién es ese viejo Gil que le trae las cartas? ¿un correo?
--No; es un ayuda de cámara que pide un substituto. La señora de
Villanera encarga a la duquesa que le busque un buen criado.
--Eso no es fácil en París.
--Hablaré al mayordomo de mi amigo Sanglié.
--¿Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude también? _Le Tas_[E]
tiene siempre media docena de criados en la manga; es una verdadera
agencia de colocaciones.
--Si _le Tas_ tiene algún protegido que establecer, le tomaré de muy
buena gana. Pero tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es un
hombre de confianza, un enfermero.
--_Le Tas_ debe tener enfermeros; tiene de todo.
_Le Tas_ era la doncella de la señora Chermidy. No se la veía nunca en
el salón, ni siquiera por casualidad; pero los amigos íntimos de la casa
se sentían muy honrados de entablar conocimiento con ella. Era una
doméstica con sus 120 kilos de peso, compatriota y hasta algo pariente
de la dueña de la casa. Se llamaba Honorina Lavenaze, como su ama; pero
su deformidad hacía que todo el mundo la conociera por _le Tas_. Aquel
fenómeno viviente, aquel montón de grasa, aquel paquidermo femenino,
había seguido durante quince años a la señora Chermidy en la buena y en
la adversa fortuna. Había sido la cómplice de sus progresos, la
confidente de sus pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en un
rincón del fuego, como un monstruo familiar, leía en las cartas el
porvenir de mamá; la prometía el reino de París, como una bruja de
Shakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba sus
disgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la servía con una devoción
canina. No había ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, ni
libreta en la Caja de ahorros, y no quería nada para sí. Tenía diez años
más que la señora Chermidy, y esto, así como su obesidad enfermiza, le
daba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en su casa; no
se despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos. Mientras
pudiese satisfacer sus necesidades, _le Tas_ no tenía ni ambición, ni
codicia, ni vanidad personal; se consideraba rica, brillante y
triunfante en la persona de su bella prima. Aquellas dos mujeres,
estrechamente unidas por una amistad de quince años, formaban un solo
individuo. Era una cabeza con dos caras, como la máscara de los cómicos
de la antigüedad. De un lado, sonreía al amor, del otro hacía muecas al
crimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultaba
porque hubiera causado horror.
La señora Chermidy prometió al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismo
día, efectivamente, habló con _le Tas_ acerca del criado que se podría
enviar a Corfú.
La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curación de
Germana, pero era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta y
riesgo. Sabía que un crimen es siempre una torpeza y su situación era
muy envidiable para que se expusiera a perderla en un mal negocio.
--Tienes razón--le dijo _le Tas_--, nada de sangre. Hay que dejar eso.
Un crimen nunca aprovecha a su autor; sólo resulta útil a los otros. Se
mata a un rico en la carretera y se le encuentran cien sueldos en el
bolsillo. Todo lo demás va a parar a los herederos.
--¡Pero aquí soy yo la que hereda!
--No heredarías si te sorprendiesen en un delito. Por de pronto, ella
puede morir de muerte natural. Y si esto no bastase, puede haber alguien
que la ayude, pero sin nuestra intervención.
--¿Qué hacer, pues?
--Interesar a alguien en la muerte de Germana. Suponte un enfermo que
dijese a los que la asisten: muchachos, cuidadme bien; el día de mi
muerte tendréis todos mil francos de renta. ¿Crees tú que ese hombre
viviría mucho tiempo? Creo que sería fácil encontrar un mozo inteligente
que interpretase a su manera las órdenes del médico. Se le darían sus
mil francos de renta, y los herederos...
--Heredarían. Comprendo perfectamente. Pero, ¡es tan difícil la
elección! ¿Y si tropezásemos con un hombre honrado?
--¿Es que los hay?
--_Le Tas_, calumnias al género humano. No hay muchos hombres capaces de
jugarse la cabeza por mil francos de renta.
--Estoy segura de que si enviásemos allá abajo un hombrecillo que yo
conozco, un verdadero bribón de París, pálido como una manzana que no ha
madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes
sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al
cabo de quince días se habría hecho cargo del porvenir que se le
ofrecía.
--Tal vez. ¿Pero y si erraba el golpe?
--Entonces habría que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un
práctico que tenga costumbre de esas cosas.
--Veo que te acuerdas de Tolón, hija mía.
--¡Toma! allí hay sujetos muy a propósito para eso.
--¿Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?
--Los hay que ya han cumplido.
--¿Dónde encontrarlos?
--Búscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.
Algunas horas después de esta conversación, la señora Chermidy, bella
como la virtud, hacía los honores de su salón a personas de las más
respetables de París.
Entre los concurrentes de su casa había un viejo solterón de humor
alegre, de conversación espiritual, gran aficionado a los libros nuevos,
asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias
inéditas; tan irreprochable en la elección de sus palabras como en la de
sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantería francesa.
Era jefe de negociado en la prefectura de policía.
La señora Chermidy le sirvió con sus propias manos una taza de te, al
mismo tiempo que le dirigía una sonrisa inefable. Conversó largo tiempo
con él, le obligó a agotar su repertorio y oyó con el mayor interés
cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, después de muchos años,
cometió una injusticia con sus amigos y se apartó de su imparcialidad
habitual.
El excelente hombre se creía estar en el cielo y tamborileaba con sus
dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfacción visible.
No obstante, como no hay compañía, por buena que sea, a la que no haya
que dejar, el señor Domet se dirigió discretamente hacia la puerta
cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte
personas en el salón. La señora Chermidy lo llamó en voz alta con la
graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.
--Querido señor Domet--le dijo--, es usted demasiado encantador para que
le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aquí, a mi lado, y
cuénteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.
El excelente hombre obedeció con muy buena voluntad, aunque tenía por
principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protestó diciendo
que había agotado toda su provisión y que, a menos de inventar, ya no
tenía nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un círculo a
su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas
más indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre
la _Máscara de hierro_, se le incitó a que dijese el verdadero nombre
del autor de las _Cartas de Junio_, se le pidieron detalles sobre el
anillo de Gyges, sobre la Conspiración de las pólvoras, sobre el Consejo
de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invitó a que expusiera su
opinión sobre los resortes de gobierno. El señor Domet respondió a todo
alegremente, rápidamente, con ese buen humor de las personas de edad
que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente
tranquilo y se removía en su sillón como un pescado en la sartén. La
señora Chermidy, siempre bondadosa, acudió en su auxilio y le dijo:
--Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo
también quien le libre de sus manos, pero con una condición.
--Acepto con los ojos cerrados, señora.
--Se dice que casi todos los crímenes que se cometen son ejecutados por
gentes que ya han tenido que ver con la justicia, por licenciados de
presidio. ¿Es ésa la palabra?
--Sí, señora.
--Pues bien; explíquenos usted lo que es un licenciado de presidio.
El amable funcionario se quitó sus lentes, los limpió con el pañuelo y
volvió a colocarlos sobre su nariz. Todos los que quedaban en el salón
se reunieron a su alrededor y se dispusieron a escuchar. El duque de La
Tour de Embleuse se colocó tranquilamente al lado de la chimenea sin
sospechar que asistía al asesinato de su hija. Las gentes de mundo
tienen una curiosidad de _gourmet_ y los pequeños misterios del crimen
son un plato de exquisito gusto para los espíritus estragados.
--¡Dios mío! señora--dijo el jefe de negociado--, si es una simple
definición lo que usted pide, no tardaré en estar en la cama. Los
licenciados de presidio son aquellos que ya han cumplido su condena.
Permítame usted que le bese la manó y me despida.
--¡Cómo! ¿Eso es todo?
--Absolutamente. Y tenga usted en cuenta que yo soy, en Francia, el
hombre que mejor conoce a esas gentes. No he visto ni uno solo, pero
tengo sus expedientes entre mis papeles; conozco su pasado, su presente,
su profesión, su residencia y podría enumerarlos a todos por sus
nombres, apellidos, nombres falsos y apodos.
--Así es como César (sea dicho sin comparación) conocía a todos los
soldados de su ejército.
--César, señora, mejor que un gran capitán, fue el primer jefe
administrativo de su época.
--¿Y había licenciados de presidio en la república romana?
--No, señora, y bien pronto tampoco los habrá en Francia. Nosotros
comenzamos a imitar el ejemplo de los ingleses que han reemplazado el
presidio por la deportación. La seguridad pública ganará y la
prosperidad de nuestras colonias no perderá nada. El presidio era la
escuela de todos los vicios; los deportados se moralizan por el trabajo.
--¡Tanto peor! Yo echo de menos los licenciados de presidio. Será una
pérdida sensible para los autores de folletines. Pero, en fin, señor
Domet, ¿qué es de esas gentes? ¿Qué hacen? ¿Qué dicen? ¿Dónde viven?
¿Cómo van vestidos? ¿Dónde se les encuentra? ¿Cómo se les puede
reconocer? ¿Aun van marcados?
--Algunos; los decanos de la orden. La marca ha sido suprimida en 1791,
restablecida en 1806, y abolida definitivamente por la ley de 28 de
abril de 1832. Un licenciado de presidio se parece en todo a un hombre
honrado. Se viste como quiere y ejerce la profesión que se le ha
enseñado. Desgraciadamente casi todos han aprendido a robar.
--¿Pero habrá buenas gentes entre ellos?
--No muchas. ¡Figúrese usted, con la educación del presidio! Además, les
es bastante difícil ganar su vida honradamente.
--¿Por qué?
--Son conocidos sus antecedentes y los patronos no se muestran muy
aficionados a admitirlos. Sus compañeros de taller los desprecian. Si
tienen dinero y se establecen por su cuenta, no encuentran obreros.
--¿Se les reconoce, pues? ¿De qué modo? ¿Si alguno quisiera entrar a mi
servicio, cómo podría yo saber quién era?
--No tenga usted cuidado. Les está prohibida la residencia en París,
porque la vigilancia sería muy difícil. Se les señala una residencia en
provincias, en una ciudad pequeña, y la policía local no los pierde de
vista.
--¿Y si viniesen a París sin permiso?
--Entonces habrían infringido la orden y les haríamos deportar de nuevo,
en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.
--Así, ¿ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?
--El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las
casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para
las guaridas.
--¡Bondad divina! ¡estamos en la edad de oro! Seño
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