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El enemigo

by Jacinto Octavio Picón · Spanish · Gutenberg #29137 · 562,881 chars · public domain (US)

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Title: El enemigo

Author: Jacinto Octavio Picón


        
Release date: June 17, 2009 [eBook #29137]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/29137

Credits: E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL ENEMIGO ***


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EL ENEMIGO

por

JACINTO OCTAVIO PICÓN

SEGUNDA EDICIÓN







MADRID Est. tip. de EL CORREO, a cargo de F. Fernández, CALLE DE SAN
GREGORIO, NÚM. 8

1887

Es propiedad del autor. Queda hecho el depósito que marca la ley.

_¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas: porque rodeáis la mar
y la tierra por hacer un prosélito: y después de haberle hecho le hacéis
dos veces más digno del infierno que vosotros!_

(SAN MATEO, Cap. XXIII, vers. 15.)




EL ENEMIGO



I


La casa de la calle de Botoneras, donde comienzan a desarrollarse los
sucesos que aquí se narran, tiene planta baja, con encajera a un lado
del portal y al otro tienda de pañolería; tres pisos de dos huecos a la
fachada cada uno, con recio balconaje verde, revoque de imitación a
ladrillo, descolorido por las escurriduras de las lluvias, alero
saliente de robustas vigas y bohardillas a la antigua, completando el
conjunto ciertos detalles madrileños, como varillas de hierro para las
cortinas de lona que en verano se usan, raquíticos tiestos, cestilla
pendiente de una cuerda tendida a la vecindad de enfrente para correo de
niñas o tercera de novios, y alguna jaula de codorniz o mirlo. El portal
es estrecho y largo; la escalera, de peldaños altos y empinados, como
construida adrede para recreo de cabras montaraces. En el principal
vivía, al comenzar este relato, un pañero, contratista de vestuario de
presidios, en cuyos tratos, por quedar clavado, hacía de redentor el
fisco; ocupaba el segundo un sastre de gente chula, que era además
teniente de _Voluntarios de la Libertad_, como entonces se llamaba a los
milicianos nacionales, y se recogía de noche en la bohardilla un
matrimonio, sospechado de no serlo, que pasaba el día en los soportales
de la calle de Toledo labrando cucharas de palo y vigilando un puesto en
que se vendían ligas, bolsillos de punto, castañuelas, navajas y
tinteros de cuerno.

Era la Noche Buena de 1872, y en toda la casa, de alto a bajo, sonaba
alegre vocerío. El pañero, con varios amigos y _Champagne_ de a tres
pesetas, solemnizaba un remate de subasta; el sastre obsequiaba a unos
parientes, a estilo de su tierra, con manzanilla y aceitunas aliñadas
que llamasen el apetito a honrar la cena, y los cuchareros disponían con
gente amiga su modesto festejo, saliendo de rato en rato a la escalera y
dando inútilmente grandes voces por que callasen varios chicos que,
armados de tambores, parecían dispuestos a ensordecer al mundo. Cada
piso y cada puerta dejaba escapar por sus junturas y resquicios el
rumor bullicioso que acusa la alegría; sólo en el cuarto segundo había
silencio. Ante su entrada enmudecía la algazara, como si en el interior,
triste o desierto, faltase quien festejara la santidad del día y el
bienestar de una familia. También allí, sin embargo, se preparaba la
cena, pero con más modestia y menos regocijo.

Dos mujeres, madre e hija, hablaban así, acabando de poner la mesa:

--¿Está todo?

--Falta que venga Pepe con los postres.

--¿Qué le has dicho que traiga?

--Una caja de perada, turrón... la leche de almendras ya está ahí, la
trajo la chica del café donde suele ir Pepe.

--¿Y el besugo?

--Nadando en salsa; ahora le pondrás las rajitas de limón.

--¿Qué falta?

--Aderezar la lombarda y traer a papá.

--Espera, arreglaremos esto un poco.

Doña Manuela colocó ordenadamente las sillas, avivó la luz de la lámpara
y aseguró la falleba del balcón, a través de cuyos vidrios y maderas
venían, traídos por el viento impetuoso de la noche, los ruidos de la
cercana Plaza Mayor. Oíanse, a lo lejos, sonar de tambores, chillar de
chicos, renegar de grandes, gritos, risotadas, y de rato en rato un
estrépito infernal y belicoso movido por una docena de granujas que, a
todo correr, subían y bajaban la calle Imperial, llevando cada uno a
rastra una lata de petróleo: algunas veces se entraban por la calle de
Botoneras, y cuando pasaban ante la puerta de la casa parecía que
estallaba un trueno en la caja de la escalera.

Metiéndose bajo la camilla escarbó doña Manuela el brasero, arropó el
rescoldo y, designando luego el puesto que había de ocupar cada cual en
la cena, dijo:

--Tú aquí, papá donde siempre, a su lado Pepe, luego yo, y Millán junto
a tí; ¿te parece bien?

Leocadia, ocupada en sacar del aparador una botella de tinto y otra de
Rueda, blanco, hizo como si no hubiese oído.

Era doña Manuela alta, seca de carnes, de aspecto severo y tez rugosa,
como pintan a las Parcas, pero sin expresión de dureza en el rostro. A
falta de vivacidad, sus ojos, grandes y garzos, conservaban cierta
dulzura que debió ser durante la juventud grato atractivo, y aún sus
labios, descoloridos por los años, solían entreabrirse como queriendo
recordar sonrisas reveladoras de una dentadura antes blanca y firme, si
ahora descarnada y amarilla. Algunas hebras negrísimas entre muchas
canas, y alguna línea suave en el ajado rostro, restos miserables de
encantos vencidos por el tiempo, atestiguaban de que doña Manuela no fue
fea, mas sin que la fisonomía ni el talle acusasen picardía o donaire.
Debió ser guapa moza, pero sosona y pava, y los muchos hijos que tuvo,
antes que prueba de su amorosa exaltación, fueron fruto de la vehemencia
marital.

--Mira--prosiguió--pon los almohadones en pila para que tu padre pueda
extender las piernas.

Después, con tristeza en el semblante y la voz, añadió:

--¡Otra Noche Buena! es decir, un año menos.--Y se entró al gabinete
inmediato, mientras Leocadia quedó sola mirándose y remirándose en un
espejo pequeño y malo, de esos que hacen visajes.

Las facciones de Leocadia conservaban algo de candor infantil; pero la
mirada ya tenía chispazos de malicia. Para ver mejor quitó la pantalla,
que recogía la luz reflejándola sobre la mesa, y entonces la claridad se
repartió por igual en todo el cuarto.

El aspecto del comedor era pobrísimo: a duras penas disimulaba el aseo
la escasez. El papel de las paredes, antes blanco, estaba pajizo, y sus
dibujos azules, ya tomados del humo, parecían negros. Las patas de las
sillas, nada firmes, se enredaban entre los descosidos de la pleita a
listas blancas y encarnadas; al aparador, huérfano de molduras, que
arrancó el paño de la limpieza, le faltaban tiras del chapeado de caoba;
los pocos enseres que sustentaban las tablas, eran platos ordinarios,
vasos de vidrio, tazas de loza, floreros de cristal, comprados en
banasta de a real y medio la pieza. La mesa estaba cubierta con un
mantel de granillo, con lista roja en el borde, y sobre su dudosa
blancura de lejía casera destacaban cinco platos y otros tantos
cubiertos con sus panes: bizcochada para doña Manuela, que tenía pocos
dientes, panecillos bajos para Pepe, Leocadia y Millán, y para don José
rosca muy cocida, pues el viejo hacía alarde del poder de sus
mandíbulas, única fuerza que le quedaba.

A guisa de adorno veíanse en la pared algunos cuadros; en el testero del
sofá de guttapercha desquebrajada, casi tocando con el respaldo seboso,
había bajo cristal convexo un perro de aguas, bordado a realce en
cañamazo, con una cesta de flores en la boca, y por bajo un letrero con
estambre a punto cruzado, que decía: _A sus queridos papás: lo hizo
Leocadia Resmilla. Año de_ 1864. A cada lado del chucho pendían dos
estampas iluminadas de la novela de _Matilde y Malek-Adel_, y junto a la
puerta que conducía a la cocina una litografía grande, _A la memoria de
los mártires de la Libertad_. En lo alto de la composición estaban
Riego, Torrijos, Mariana Pineda, Zurbano, Lacy, Porlier, y más abajo,
separados de aquéllos por una nube, se abrazaban Bravo, Padilla,
Maldonado y Lanuza, a cuyos pies había, como serpiente vencida, una
cadena enroscada formando caprichosos dibujos. La otra puerta que
separaba el comedor del gabinete, tenía los vidrios tapados con visillos
de algodón rojo, y cuando alguien la dejaba entornada, fácilmente se oía
el _tic-tac_ continuo de un antiguo reloj de pesas, que lanzaba un
quejido metálico antes que sonase el timbre en cada hora.

Segura de estar sola y de que nadie la veía, Leocadia siguió unos
instantes mirándose al espejo, con una horquilla entre los dientes,
atusándose el pelo... Era el tipo de la muchacha madrileña, lista,
vivaracha, de pocas carnes, bien proporcionada, esbelta, de andar firme,
cabeza pequeña y talle airoso. Tenía las facciones delicadas, de un
moreno algo pálido y sin rasgo de notable hermosura; pero en su
semblante campeaba con tal imperio la gracia, que mirándola, nadie
echaba de menos la belleza. La línea de su perfil no era pura, ni sus
ojos pardos eran muy grandes, ni su boca muy chica; pero el conjunto del
rostro resultaba monísimo: las pupilas parecían estrellas adormiladas,
la boca un nido de sonrisas inquietas; el mirar y el sonreír formaban
juntos un mohín delicioso. Sus manos, deformadas por el trajín diario de
la casa, no eran grandes; y los pies, aun mal calzados, parecían
pequeños. Su mayor encanto era el tronco del cuerpo. El pecho, ya
formado, imprimía a la tela del traje una curva preciosa, y el talle
fino solía tener ondulaciones hechas para inspirar deseos; a veces abría
y estiraba los brazos, cerrándolos luego perezosamente, cual si en el
aire hubiese algo que estrechar con amor. Si miraba sonriente, su
fisonomía parecía sensual; cuando sentía enojo, su rostro cobraba
expresión de virgen arisca y desabrida. A ratos dulce, a intervalos
áspera, siempre segura de sí misma, había en ella asomos de energía, que
antes que a la impresión del momento obedecían a la voluntad. En su
continente y su figura tenía combinados en extraña mezcla algo de la
muchacha del pueblo, que tiende a parecer señorita, y mucho de la hija
de la clase media, que recuerda inconscientemente su origen popular: con
pañuelo de seda en la cabeza, parecía menestrala; con sombrero de
flores, daría envidia a una señora. Era un tipo esencialmente madrileño;
masa que el tiempo y la fortuna modelan a su antojo con las suaves
líneas de la dama o con los rasgos graciosamente duros de la chula.
Hasta la voz indicaba en ella el germen de este dualismo: unas veces su
timbre hería desagradablemente el oído, otras lo halagaba con singular
dulzura.

--Ven, Leo, vamos a traer a papá--dijo desde el gabinete doña Manuela.

A los pocos instantes, madre e hija, luego que ésta hubo abierto de par
en par la puerta que daba al gabinete, aparecieron empujando a duras
penas la butaca en que, esforzándose por estirar las piernas, estaba
sentado don José.

--¿Lo veis, lo veis?--decía el viejo--mientras tengo dobladas las
rodillas, todo va bien; en cuanto las estiro, empieza Cristo a padecer.
Hay que decir a Pepe que mañana arregle las ruedas del sillón, si no,
vosotras no podéis conmigo.

--No tienen la culpa las ruedas--decía doña Manuela--es que la estera
está hecha girones. Vamos, ¿qué tal así?

Por fin lograron entre ambas acercarle hasta la mesa dejándole ante su
cubierto; después Leocadia se metió bajo la camilla para arreglar sobre
la banqueta los almohadones medio destripados, con objeto de que pudiera
extender las piernas, y al fin quedó el anciano iluminado de lleno por
la luz de la lámpara, mostrando en el rostro el cansancio de muchos
meses de dolor, aunque no los bastantes para borrar de su fisonomía la
bondad que constituía el fondo de su ser. El pelo y el bigote canos; las
arrugas, cierta tendencia a dejar caer sobre el pecho la cabeza, y,
sobre todo, la mirada débil, como cansada de ver las cosas de este
mundo, permitían suponer que tenía más de los sesenta. Su padre fue
mayordomo de un grande de España, quien, por los tiempos en que aún
llamaban Pepito a don José, le empleó en una oficina pública para que no
anduviera metiendo bulla todo el día en los pasillos del caserón
señorial, y aquel rasgo de caritativo egoísmo determinó el porvenir del
muchacho. Después le enviaron a una provincia, luego a otra y a otra,
hasta que, traslado este año, traslado al siguiente, anduvo Pepe media
monarquía. Siendo todavía joven se casó en una ciudad de Levante con
Manolita, ahora doña Manuela, que al décimo mes de matrimonio comenzó a
tener hijos y más hijos. Uno nació en Andalucía, otro en Castilla, otro
en Cataluña... cada permuta, cada traslado, era señal de un
alumbramiento de Manuela, bondadosa y pacífica mujer de carácter
apático, que parecía venida al mundo para cuidar una casa y poblar un
reino. Donde más tiempo permaneció la honrada pareja fue en una capital
del Norte, en la cual don José trabó amistad estrechísima con el jefe de
una oficina de Hacienda, a quien con su bondad y mucha práctica
oficinesca sacó de un grave apuro.

Fue el caso que, cuando el establecimiento del sistema tributario, el
jefe de don José quedó envuelto en un proceso, no por falta de celo,
sino por interpretar mal las órdenes nuevas. Sus compañeros y
subordinados, progresistas todos, que le aborrecían por ser carlista, le
hicieron tan escaso favor en las declaraciones, y empeoraron tanto su
situación, que a poco le mandan los jueces a presidio: en cambio, don
José puso la verdad en alto con su declaración, buscó en el mismo centro
donde trabajaba pruebas a favor del desgraciado, y sin otra influencia
que la propia hombría de bien, le salvó de la infamia, y quizá de la
muerte; así que, cuando don Tadeo Amezcua salió de la cárcel y el fiscal
de la causa le dijo confidencialmente que don José había sido su ángel
bueno, no halló en su corazón límites el agradecimiento. Repuesto luego
en su destino, tras desempeñarlo cuatro meses por dar satisfacción al
amor propio, hizo dimisión, imaginando que podía ser feliz con la
fortunita que tenía y con amigos como el que tan noblemente le amparó.

Algún tiempo después de este pequeño drama burocrático sentimental,
parió otra vez doña Manuela, y estando convaleciente, llegó de Madrid
para don José uno de los pliegos oficiales que tanto trastorno le
causaban: su traslado a Valladolid, con la orden ineludible de ir
inmediatamente a tomar posesión del nuevo cargo. ¡Aquéllos fueron
apuros! Estuvo a punto de enloquecer; pero su amigo Amezcua le sacó del
trance. Hízose don Tadeo cargo del recién nacido, entregándoselo,
después de apadrinarle, a una honrada mujer, esposa de un colono en
tierras que por allá tenía; dio dinero a don José para el viaje, y
cuando ya restablecida Manuela, les despidió al pie de la diligencia
que había de conducirles a Castilla, les dijo en su lenguaje, algo
anticuado y poco natural, pero realmente sincero:--«Marchen ustedes
tranquilos. No me pesa la gratitud, pero quiero, para acabar de cimentar
nuestro afecto, que ustedes me deban algo. Yo cuidaré del niño al igual
que si fuera mío, y cuando le asciendan a Vd. o salga Vd. de pobre, en
fin, cuando convenga, yo mismo iré a llevarle donde ustedes estén: si es
pequeño, irá bien criado; y si es mayorcito, educado como Dios manda; en
lo físico, hecho fuerte mozo; en lo moral, hecho todo un hombre.»

Triste era la separación, pero la necesidad fue ley. Partiéronse a
Valladolid marido y mujer, durándoles bastante tiempo la amargura de no
llevarse al chiquitín con sus hermanos; pero a los cuatro meses se
consolaron algo, porque doña Manuela volvió a declarar que estaba en
cinta. El cambio de aires debió tener la culpa. Antes del año, don José
era padre de otra criatura.

Aparte tan raro modo de tener que confiar un hijo a manos extrañas, y
exceptuada la fecundidad de Manuela, la existencia de don José no fue
tal que pudiera tejerse con ella una novela.

En cuantas ciudades estuvo, el trabajo consumió sus días, sus noches el
café y sus ocios la lectura de periódicos, a que era muy aficionado,
prefiriendo los progresistas: a la casa, quizá por no considerarla nunca
segura, la tuvo siempre poco o ningún apego. A cada traslado hacía
almoneda, y así pudo referir cuando viejo que en tantos o cuantos años
de servicio había dormido en cuarenta y dos camas, pasado por veintiuna
oficinas y obedecido a más de treinta jefes, ninguno de los cuales pudo
quejarse de él. Don José había nacido para empleado; su escasa
inteligencia no le permitía el lujo de tener ideas propias, y además
carecía de carácter e iniciativa para exponerse a ser mártir por meterse
a reformar rutinas. Sus impresiones, por lo general poco intensas, le
mantenían igualmente alejado del entusiasmo y la apatía: su gran virtud
era amar el trabajo con esa honrada tenacidad de las medianías que
alcanza el envidiable nombre de constancia. Algo había, sin embargo, que
le sacaba de quicio: el carlismo. Para hablar contra el _tigre del
Maestrazgo_, poner a don Luis Fernández de Córdova por cima de
Zumalacárregui y por las nubes a Espartero, se le animaban los ojos, su
lengua cobraba fuerza, sus palabras color, y hacía prodigios con la
memoria. Sabía pormenores de cuantas batallas, combates, encuentros y
marchas hicieron ambos ejércitos desde las primeras intentonas de don
Carlos María Isidro hasta el abrazo de Vergara; así que, por los meses
en que da comienzo la acción de este relato, seguía con interés
grandísimo el segundo importante alzamiento de los absolutistas, a
quienes llamaba siempre _facciosos_, porque esta palabra le parecía
envolver algo ofensivo. Como no salía de casa, su principal afán era que
le compraran periódicos, suplementos, hojas volantes o extraordinarios,
que por aquel año de 1872 se publicaban en prodigioso número, y cuantos
amigos iban a verle sabían que su conversación favorita era el curso de
la guerra, cuyas noticias él comentaba con recuerdos de la campaña del
33 al 40, y de los movimientos militares de entonces, que ahora, en
concepto suyo, debían repetirse. Pero lo que realmente impresionaba
escuchándole era que, al tratar de los curas que mandaban partidas,
hablaba de ellos igual que de los otros cabecillas, haciendo abstracción
completa de su carácter sacerdotal, sin que a pesar de su odio al
carlismo aprovechase la ocasión de condenar la conducta de los clérigos
que tal hacían. Limitábase a juzgarles en cuanto jefes militares de
mayor o menor importancia, pero sin atreverse a descargar su
indignación sobre ellos porque, siendo ministros de paz, salieran al
campo a matar prójimos. Algunas veces, por frases que se le escapaban,
daba a entender que no quería bien al clero, mas nunca salían de sus
labios improperios ni frases agresivas; y si alguien las pronunciaba en
su presencia, no sólo se abstenía de hacerle coro, sino que procuraba
torcer el giro de la conversación. Las personas de su intimidad,
sabedoras del fundamento que esto tenía, eran parcas en adjetivos duros
al hablar de los curas malos, y en cambio no perdonaban ocasión de
elogiar a cualquier capellán que se distinguiera por cosa buena, sin que
con esto lograran tampoco que don José dijese de un modo claro su
parecer sobre la gente de sotana. Respecto a condiciones morales, era lo
que el vulgo llama un bendito. Su fidelidad a Manuela, aun en la época
de su juventud, rayó en lo increíble, y con los hijos se caía de puro
bueno. Uno de sus mayores placeres consistía en que Leocadia le leyera
los periódicos, cuyas noticias de la guerra comentaba, como hablando
consigo mismo, mientras liaba los pitillos que había de fumar al día
siguiente. En estos momentos desplegaba tesoros de erudición,
refiriendo muchas anécdotas de Olózaga, O'Donnell, González Brabo,
Sixto Cámara, Calvo Asensio y Fernández de los Ríos. Otro de sus motivos
favoritos de conversación era explicar la causa de la tirria que tenía a
los Borbones, citando continuamente como uno de los libros que más le
entusiasmaban, un folleto publicado a raíz de la Revolución del 68, en
cuyas páginas figuraba la estadística de las víctimas que aquella
dinastía costó a España desde que Felipe V entró a reinar. Muchas veces
decía: «¡Qué lenguaje el de los números! Desde 1672, cuando aún vivía
Carlos II, hasta 1868, el año en que hubo más ajusticiados por delitos
políticos fue el 66.»

En 1872 don José era ya revolucionario empedernido, y su ídolo don Juan
Prim. «¡Si él viviera--repetía con frecuencia--no tendríamos guerra
civil!»

Cuando estuvo arrellanado en el sillón, pidió _La Correspondencia_.

--Déjate ahora de papelotes, papá; Pepe y Millán traerán noticias.

--Bueno, hija, bueno; pero al menos léeme los partes tomados de la
_Gaceta_, aunque esa no dice nunca la verdad.

Leocadia cogió el periódico y, aproximándose a la luz, leyó así:

«MINISTERIO DE LA GUERRA.--Extracto de los despachos telegráficos
recibidos en este Ministerio hasta la madrugada de hoy:

»_Cataluña_.--El Brigadier Arando sostuvo anteayer una acción con todas
las facciones reunidas de la provincia de Gerona, a las que batió,
causándoles bastantes bajas. El Teniente coronel Pina atacó con su
columna a las facciones reunidas de Cosco, Torres, Baltondra, Ferrer y
Moliné, que, en número de 400 hombres, se hallaban en Olsana exigiendo
la contribución. El enemigo abandonó el pueblo, dejando en poder de la
tropa 13 prisioneros, entre ellos el citado Moliné y otros Oficiales,
causándoles 11 muertos, figurando en este número el cabecilla Cosco, y
apoderándose además de 24 fusiles rayados y otras armas y efectos de
guerra.

»_Provincias Vascongadas_.--Perseguida por la columna Arana la partida
de latro-facciosos capitaneada...

       *       *       *       *       *

(Don José, interrumpiendo):--¡Eso es! ¿Latro, latro-facciosos!

Leocadia continuó:

       *       *       *       *       *

».....capitaneada por Soroeta, retrocedió anoche desde Goizueta a unos
caseríos del monte Oyarzun. En la provincia de Vizcaya, según las
últimas noticias, no quedan más que los dispersos de la partida
Maidagan. En el resto de la Península no ocurre novedad extraordinaria.»

       *       *       *       *       *

De pronto sonaron en la puerta de la casa dos aldabonazos.

--Ahí está tu hermano; baja, hija, baja.

Leocadia cogió la llave de encima del aparador, y salió sin
precipitarse. Oyose a poco en la escalera ruido de pasos sofocados por
risas, y entraron con Leocadia en la habitación dos hombres jóvenes,
pero de tipo distinto. Pepe era en varón lo que su hermana Leocadia en
mujer; un madrileño de pura raza, pálido, de mirada inteligente, mediana
estatura, palabra fácil y movimientos rápidos: el otro era su amigo
Millán, que hacía el amor a Leocadia. Pepe vestía como señorito pobre:
Millán como trabajador a quien siendo limpio le falta tiempo para
acicalarse. El primero, acercándose a su padre, le besó como pudiera
hacerlo un niño; y el segundo, antes de saludar, dirigió una mirada a la
puerta del pasillo por donde había vuelto a marcharse Leocadia con dos o
tres paquetes que trajo su hermano.

--¿Lo ves, papá?--dijo Pepe.--Cuando vengo solo, tarda esa media hora en
abrir; hoy, como sabía que éste venía conmigo, ha bajado la escalera a
saltos.

Millán, interrumpiéndole, se aproximó a la mesa y comenzó a dar
conversación a don José, por esquivar las bromas de su amigo:

--Sabrá Vd. que las partidas de Gerona se han disuelto... Lo grave es
que por el Baztán han entrado dos jefes con cien hombres, y que unidos a
otra partida, cerca de Estella, andan ya por las inmediaciones de
Pamplona.

--La _Gaceta_ no dice nada, al menos _La Correspondencia_ no lo copia.

--Pero el Gobierno lo sabe, y en el Ministerio de la Guerra no se habla
de otra cosa. El hermano de un cajista de casa está de escribiente en la
Dirección de Infantería, y allí lo ha oído.

--Y por el Maestrazgo, ¿no hay nada?

--Todavía...

--Como no tengan mano de hierro, estamos perdidos.

--Eso no; la guerra podrá durar lo que la otra, pero a Madrid no vienen.

--La cena es la que viene ahora--dijo doña Manuela, entrando con una
cazuela entre las manos.

En un papel de cigarrillo pudo haberse hecho el _menú_ de aquella pobre
gente: el clásico besugo, ensalada de lombarda, leche de almendra y los
postres traídos por Pepe; no había más. La botella de Rueda estaba
destinada a don José, que daría un par de copas a Millán. Los demás
acordaron decir que el vino blanco les irritaba mucho. De allí a poco no
quedó del besugo sino la raspa; de la ensalada, ni una hoja.

--Vaya a la salud de esas piernas--decía Millán, apurando un trago y
mirando de reojo a Leocadia.

--¡No volverán a correr como corrieron!

--Todo vuelve, don José, todo; ya ve Vd., hasta los carlistas.

Doña Manuela, picada de no haber escuchado todavía un elogio para su
guiso, comenzó a tronar contra la política.

--No sabéis hablar de otra cosa. Pues dejarles que vengan. Peores que
estos que mandan ahora no serán.

--Calla, mujer. ¡Tú que sabes! Sería un horror. Vosotros--añadió el
viejo, dirigiéndose a los muchachos--no tenéis idea de lo que hicieron
la otra vez. Siete años duró; la gente no podía salir de las ciudades,
fusilaban hasta niños y mujeres... Sería una vergüenza... ahora que el
ejército está bien armado y mejor vestido. En la otra guerra se batieron
con fusiles de pistón y hasta de chispa, y llevaban en invierno
pantalones de hilo.

Leocadia se levantó para ir a buscar la leche de almendras, y volvió en
seguida trayendo la sopera.

--Y todo eso en defensa de la religión--dijo Millán en tono de burla.

--La religión no tiene nada que ver en esto, hijos míos. Cuando se
alzaron en armas contra Fernando VII, nadie había maltratado a la
religión; durante la guerra, los batallones cristinos gastaban más
tiempo en misas que en ranchos; los liberales eran casi más devotos que
los absolutistas; nadie se había metido con la Iglesia; y luego, eso ya
lo habéis alcanzado vosotros, lo de San Carlos de la Rápita tampoco tuvo
que ver nada con la religión. No hay más sino que cuatro provincias
quieren imponer la ley a toda España. ¡Si viviera don Juan! ¡Ese sí que
era hombre! ¡Buena está la leche de almendras! En fin, ya hemos cenado.
¡Otra Noche Buena! ¡Quién sabe de aquí a la que viene!...

--La pasaremos juntos como esta--añadió Millán--quizá más
unidos;--diciendo lo cual miró a Leocadia, que bajó los ojos, entre
esquiva y pudorosa.

--Sobre todo, la pasaremos con Tirso--dijo doña Manuela.--Ya es tiempo
de que vivamos juntos. Verle llegar ahora, va a ser como parir de pronto
un hijo de treinta y cuatro años.

--¿Han vivido ustedes siempre separados?

--Casi toda la vida. Ya te hemos contado cómo fue lo de dejarle con don
Tadeo. ¿Qué habíamos de hacer? Hemos corrido más provincias que tiene el
mapa. Don Tadeo le tomó mucho cariño: ¡eso sí! No le hubiese tratado
mejor aunque fuera hijo suyo. Lo único que me supo mal, fue lo de
hacerle cura; pero no pude evitarlo. Si al menos fuera un cura como
Muñoz Torrero o Venegas, o Martín Velasco...

--Calle Vd., por Dios, don José. ¿Curas liberales? ¡Son los peores!

Pepe, Leocadia y la madre callaban, sintiendo que se hablara de aquello,
porque don José en tales casos acababa poniéndose de un humor de todos
los diablos; pero Millán, que desde tiempo atrás tenía deseos de saber
la historia del caso, fue poco a poco obligando al viejo a que la
contara.

--Ese don Tadeo estaría entregado a gente de iglesia...

--Cabalito: era un sujeto buenísimo, pero de los que se comen los
santos, y que hiló el negocio con gran finura. Tomó cariño a Tirso, eso
es indudable. Creo yo que lo primero que se le ocurrió fue darle
carrera, sin fijarse en cuál, hacerle hombre; luego sus ideas, sus
relaciones... Cuando me trasladaron de Granada a Zamora, hizo el viaje
con el chico sólo para que yo le viera; tenía ya doce años; aquello se
lo agradecí mucho, porque únicamente le había visto en dos escapadas
cortísimas que hicimos esa y yo desde Valladolid. Quisimos recoger al
muchacho entonces, en Zamora, pero por un lado, ya comprenderás, las
consideraciones a lo mucho que debíamos a don Tadeo... él insistió en
que no se le quitáramos; decía que Tirso era tan bueno, que le había
tomado tanto cariño... Además, la situación nuestra no era buena, es
decir, nunca lo ha sido, jamás hemos podido ahorrar nada. Ahora, si no
fuese por la jubilación, ignoro cómo viviríamos. En fin, para concluir,
cuando don Tadeo nos escribió que Tirso quería ser cura, ya le había
metido en el Seminario. ¿Qué íbamos a hacer? Aunque tuviera yo más
energía que un león... pues: ¡aguantarme! ¡Cualquiera se arrisca a
luchar con gente de iglesia!...

Al llegar aquí calló, temeroso de que se le fuera la lengua.

--¿Pero él tenía vocación?

Pepe, que hacía ya rato daba señales de impaciencia, no pudo aguantar
más, y rompió diciendo entre burlón y enojado:

--¡Vocación! ¡Vocación! ¿Quién sabe lo que es eso? Podrá sentirla el
hombre harto de vivir y pensar; pero un chico de diez y seis años, como
era Tirso entonces, cuando entró en el Seminario, ¿qué entendería de
consagrarse a Dios? ¡Fue una verdadera infamia, un engaño, un robo, un
secuestro _ad mayorem Dei gloriam!_

--Sí--respondió Millán--como cuando se meten los jesuitas en familia
donde hay niña con dinero, y al poco tiempo cátatela monjita.

--Exactamente lo mismo, chico. Pero es preciso ser justo. En este caso
hubo una notable diferencia a favor de don Tadeo, que era un fanático
exageradísimo, y sin embargo, un hombre muy bueno. Él debió
indudablemente encargarse de mi hermano por pagar a papá el favor aquel
de la causa que ya te hemos contado; luego sus ideas, sus amistades con
gente de iglesia, la influencia que sobre él ejercían sus amigotes, su
horror a que el muchacho aprendiera lo que se aprende en los libros
contra esa pillería, el no querer enviarle, siendo su ahijado, a un
centro de enseñanza donde los realistas de la provincia no querían
enviar a sus hijos, todo esto contribuyó al pecado. No hubo en él, al
principio, maldad de intención: don Tadeo creyó hacer una acción
meritoria, casi una obra de caridad. No se fijó en que robaba un hijo a
sus padres; su propósito fue poner una voluntad al servicia de Dios.

--Vamos, una calamidad hecha hombre.

Doña Manuela callaba porque, aun disgustándole la forma en que su hijo
se expresaba, comprendía que no le faltaba razón: Leocadia, acostumbrada
a escenas parecidas, casi no escuchaba, por tener todo aquello oído
hasta la saciedad. Además, lo que absorbía su atención, por el momento,
era andar lista para que Muían no la cogiese un pie entre los suyos
debajo de la mesa, excesillo disculpado por el amor del novio y
favorecido por la clásica camilla, con su largo refajo de bayeta verde
que caía hasta tocar en el suelo. Don José estuvo haciendo con la cabeza
signos de asentimiento mientras habló Pepe.

--Tienes razón en todo, hijo mío; don Tadeo quiso hacer un bien y nos
fastidió. Porque, la verdad, quien es de la Iglesia, sólo es de ella.
Hay días en que me parece que no tengo tal hijo.

Doña Manuela, sin ser devota, pues el echar criaturas al mundo no la
dejó tiempo para ello, profesaba cierto respeto inexplicable e
inconsciente a las cosas y personas sagradas: sobre todo, desde que su
hijo mayor se hizo cura, comenzó a tener una como sombra de veneración
indeterminada y vaga a la clase sacerdotal; así que, cuantas veces
asistía a semejantes diálogos, pasaba un mal rato. Su falta de
ilustración y su escaso sentimiento religioso, no podían prestarle armas
para luchar; pero le dolía que siendo Tirso clérigo, y habiendo por el
mundo tanta gente que les guarda consideración, su otro hijo les mirase
con tan malos ojos.

--¿Qué edad tiene ahora?--preguntó Millán.

--Echa la cuenta: de los tres hijos que nos quedan, es el mayor; nació
el año de 38, tiene ahora treinta y cuatro; luego va éste _(por Pepe)_,
que tiene veinticuatro, y esa _(por Leocadia)_, que cumplirá pronto diez
y nueve.

--Si hubieran vivido los otros, serían siete, y a todos los he criado
yo--añadió con cierto orgullo la madre--menos a Tirso. Ahora, por vez
primera, vamos a vivir juntos.

--¡Ojalá vivamos en paz!--dijo Pepe.

--¡Ave-María Purísima! ¡Qué cosas tiene este hermanito que Dios me ha
dado!

--Lo digo en serio, y no me importa que lo sepáis. Tengo miedo a la
venida de Tirso; la deseo y la temo.

Don José callaba tristemente; aquello no le agradaba; pero desde que se
supo la próxima llegada a Madrid de su hijo mayor, tenía el alma
combatida por los mismos presentimientos que agitaban a Pepe, y
escuchándole hablar, le parecía oírse a sí propio.

--Por nuestra parte--prosiguió Pepe--nadie ha de turbar esta armonía.
Aquí, lo has visto desde que nos conoces, Millán, mis padres viven para
ésta y para mí; nosotros para ellos. Estos muebles, que tienen más años
que yo, no han oído nunca una disputa ni la menor falta de respeto.
Leocadia y yo tratamos a los viejecitos con más mimo que chico a juguete
nuevo. ¿Sabes por qué? Porque no nos hemos separado nunca, ni nos hemos
acostado una sola noche sin besarnos, ni ha tenido uno dolor que no lo
sea de los demás, ni ha callado ninguno una alegría, ni ha comido nadie
un bollo sin guardar a los otros, ni se ha hecho un traje sin pensar
cuánta ropa tenía cada uno; en una palabra, chico, nuestras ideas, en mí
por convicción, en mis padres y en ésta por bondad, lo han supeditado
todo al cariño, atesorándolo día por día y hora por hora, sin mezcla de
egoísmo, sin compartirlo con nadie... (A don José se le humedecían los
ojos de gusto.) Y ahora vendrá Tirso, educado lejos de nosotros, hecho
un hombre... y le recibiremos con los brazos abiertos. Por mi parte,
estoy deseando que llegue: a más cuidados tocará papá cuantos más seamos
en casa. Pero... ¡sabe Dios!

--No hay pero que valga; parece que se te queda algo dentro del cuerpo;
pues es tan hermano tuyo como ésta, que yo misma os he parido a todos.

--No entiendes lo que he querido decir, mamá. Para nosotros todas las
dichas de la tierra están dentro de estas paredes; podemos, o procuramos
dárnoslas unos a otros. Cuando venga Tirso le oirás hablar de distinto
modo, y verás cómo hay en él alguna aspiración, alguna idea que
sobrepuja al cariño que nos tenga.

--Vaya, ¡ya pareció aquello! las ideas de ahora; calla, hijo, calla.

--Al tiempo, madre, al tiempo.

Habían concluido de cenar. Los ruidos de la calle inmediata iban cesando
poco a poco; percibíase más claro el lejano campaneo de alguna iglesia,
que anunciaba la Misa del Gallo; los chicos de las latas de petróleo
seguían pasando de rato en rato por la calle Imperial, y de los otros
pisos de la casa subían, a intervalos desiguales, cantares, villancicos,
carcajadas, gritos y algún maullido de gato que estaba toda la noche
oliendo besugo sin comerlo.

--Quitaremos la mesa--dijo doña Manuela, y comenzó por guardar para don
José lo poco que quedara de la perada y del turrón.

--¿Quiere Vd. que le acostemos entre ese y yo?--preguntó Millán al
enfermo.--Van a dar las doce; en vilo le llevaremos a Vd. a la cama.

Como antes hicieron doña Manuela y Leocadia, Pepe y Millán fueron
empujando la butaca desde el comedor al gabinete en cuya alcoba dormía
don José; Leocadia se quedó doblando el mantel y las servilletas. Un
momento después, don José se despedía desde dentro diciendo a Millán,
que había vuelto a salir al comedor:

--Si hay noticias, ven mañana, ¿eh? y tráeme algún periódico, que es la
única distracción que tengo.

--Descuide Vd., no faltaré. Adiós, doña Manuela; que pasen ustedes
buenas noches, y de hoy en un año. Adiós, Leo. ¿Quién hace el favor de
bajar a abrirme?

La muchacha, que dormitaba en la cocina, acompañó a Millán. Cuando subió
de abrirle la puerta de la calle, estaban los dos hermanos sentados en
el comedor junto a doña Manuela.

--Esperemos a que papá se duerma--decía Leocadia--no sea que nos oiga.

Dejaron pasar un rato; Leocadia destrenzó mientras tanto el escaso pelo
a su madre, recogiéndoselo con un par de horquillas, y luego hizo lo
mismo con sus largos rizos castaños. Pepe encendió un pitillo y examinó
la lámpara, como quien ha de utilizarla hasta tarde, para que luego no
faltara petróleo.

--Mucho escribes, hermano.

--Yo, cuando quiero a alguien, no soy como tú, que apenas haces caso de
Millán. Pues mira: sus intenciones no pueden ser más claras. Esta noche
he dicho yo eso de que bajabas pronto a abrirme cuando imaginabas que él
venía; pero, en fin, allá tú. A mí me parece que no estás muy expresiva
con él.

--¡Tiene gracia! ¿Quieres que me le coma con la vista? ¡Ni que fuera una
estampa!

--No vayas a pensar que quiero meterte el novio por los ojos. Lo que te
digo es que, aunque vivieras cien años, no encontrarías uno mejor.

--¿Es príncipe?

--Sí; como tú princesa.

--Pues hijo, tú bien haces el amor a una señorita de coche.

En esto se asomó al gabinete doña Manuela.

--Hijos, ya está medio dormido: vamos a hablar pronto cuatro palabras,
que estoy rendida y quiero también acostarme.

--Pues mira, mamá, lo que hay que hablar es poco; pero no queda más
medio que decidir algo. La botica se lleva un dineral; es necesario
gastar menos en todo lo demás. Yo voy a hacer un trabajo para don Luis,
que de fijo me pagará bien; pero con lo que esto produzca no hay que
contar hasta el mes que viene.

--Bueno; lo primero es despedir a la chica: aunque no son más que
treinta reales, algo es algo. Mañana llevará ésta a empeñar la colcha de
Filipinas y los candeleritos de plata.

--Lo que debíamos hacer es suprimir parte del gasto diario--dijo
Leo.--Que no traigan carne más que para papá, y con decirle que coma en
su cuarto para moverse menos, luego nosotros nos venimos al comedor, y
así no se entera.

--Yo, con tres cajetillas a la semana tengo bastante. Además, don Luis
me da algunos puros y los guardaré para picarlos. ¿Os han dicho algo de
la tienda?

--Si--repuso Leocadia--por cada docena de pañuelos pagan, según el
dibujo, de veinticuatro a treinta y seis reales, y tengo yo que poner lo
que haga falta.

--En resumen--dijo Pepe haciendo números con un lápiz al margen de _La
Correspondencia_, y murmurando entre dientes las cifras del
cálculo--tenemos veintisiete duros de la paga de papá, con diez y ocho
de mi sueldo, son cuarenta y cinco, y unos ocho o diez que le den a ésta
por los bordados... de cincuenta y tres a cincuenta y cuatro duros al
mes: quitando los veinte, lo menos, que hay que dar a la lonja por los
plazos, y el pico que falta del sastre, quedarán unos treinta y cuatro
duros... pongamos a duro diario para el gasto de la casa... la botica es
la que nos pierde.

--Pues hijo, de algún lado hay que sacarlo; ni un cuarto se malgasta...
¿Qué haríamos?

--Ahora, acostarnos; cada cual a su cama. Dejadme a mí: creo que don
Luis nos ha de sacar de apuros. Al menos yo he de hacerle un favor
que... en fin, ¿quién sabe? Adiós mamá; y tú, fea, cara de mona, hasta
mañana.--Y dando un beso a cada una, las echó suavemente del comedor.
Cogió luego la candileja que había en la cocina, fue con ella a su
cuarto, volvió trayendo sobre un cartapacio grande tintero, plumas,
papeles, sobres y tres o cuatro libros, y colocándose lo mejor que pudo,
se sentó ante la camilla.

Hasta cerca de la madrugada estuvo tomando apuntes de varios libros,
escribiendo en las cuartillas párrafos muy cortitos, como extractos,
cifras seguidas de referencias y citas. Aquello parecía trabajo
preparado para que lo aprovechara otro. Cuando en el reloj cercano
sonaron las tres, el pobre muchacho tenía ya la cabeza pesada, la vista
insegura, y su hermoso busto, inclinado aún hacia la mesa, aparecía
envuelto en una nube de humo que habían dejado en la atmósfera del
cuarto los pitillos consumidos, cuya ceniza, movida por la respiración,
revoloteaba sobre las hojas de los libros. Todavía continuó llenando
cuartillas un rato, hasta que, yertos los pies y ardorosa la frente,
recogió los papeles y los guardó en uno de los volúmenes. En seguida
sacó un plieguecillo para una carta, y quedándose un instante como
ensimismado, pensó: «La escribiré, por si no nos vemos mañana.» Luego,
al buscar los sobres, como hubiese entre ellos uno mayor y más pesado,
lo abrió, sacando de él dos o tres cartas y un retrato de mujer, el de
la señorita de coche que mentó Leocadia, y contemplándolo un momento,
murmuró: «¡Qué bonita es!» En seguida, sin que ningún ruido le
distrajese, entregado con alma y vida a sus ideas, tomó el plieguecillo
y comenzó a escribir:

«Adorada Paz:...»



II


Pepe y Millán se conocieron en 1862, cuando a los catorce o quince años
cursaban en el Instituto del Noviciado _primero de latín_.

Eran ambos entonces de escaso desarrollo físico, pero inteligentes,
guapos, listos sin exceso de picardía, y avisados sin sobra de malicia.
En su organismo endeble de madrileños criados en casas pobres,
prevalecía su entendimiento de niños educados junto a personas mayores
que, sin velar nada, hablan de todo libremente. Pepe era delgado, alto,
larguirucho, con el pelo rubio, rizoso y arremolinado, que dicen ser
indicación de genio vivo. El mirar penetrante de sus ojos parecía, al
fijarse en las cosas, querer arrancarlas la enseñanza que de ellas
brota; nunca se le cansaba la boca de preguntas, ni los oídos de
respuestas: en cambio, la impaciencia que demostraba para interrogar se
le trocaba en calma para oír. Desde pequeño, una incredulidad instintiva
le hizo regocijarse menos que otros chicos con los cuentos de brujas, y
siendo mayorcito, siempre tuvo en los labios el _¿cómo?_ y el _¿por
qué?_ A semejanza de los niños que rompen los juguetes para ver lo que
tienen dentro, él, obedeciendo quizá a una predisposición poco vulgar,
pretendía que se le diese explicación de todo; así que, para negarle lo
que pedía, era preciso, al menos, simular un razonamiento, convencerle,
con lo cual quedaba tranquilo y obediente. Su precocidad no era la que
consiste en el temprano desarrollo de algunas facultades, sino en cierta
serenidad de juicio que, dominando sobre las impresiones, le impulsaba a
rechazar lo que su entendimiento no alcanzaba. Había que explicárselo
todo, y la señal de que lo comprendía era una docilidad encantadora.
Jamás consiguió una criada divertirle con gigantes de los que tragan
carne cruda, hazañas de ladrones ni aventuras maravillosas de princesas
encantadas; pero si escuchaba a sus padres sucesos reales, casos
vívidos, algo en que hubiera verdad, entonces, con los ojitos muy
abiertos, como perrillo a quien enseñan golosina, se estaba quieto,
esperando que la relación terminara, para hacer luego preguntas y más
preguntas acerca de lo que no podía entender. Con una sonrisa muy
burlona rechazaba lo que repugnaba a sus ideas aniñadas, y a veces, las
frases que se le ocurrían, si no por el propósito, tenían por la
entonación algo de sátira.

Millán era más inocentón, más chico; había menos dificultad para
engañarle, y era también de mayor robustez y dado a juegos más
arriscados. La savia de la vida, que el primero tenía como reconcentrada
en el cerebro, había tomado en el segundo forma de energía física. Uno
era de la estirpe de los que piensan, otro de la raza de los que
obedecen. Viéndoles jugar juntos, resultaba Pepe voluntarioso, porque
Millán parecía plegarse a sus caprichos; pero, a poco que se les
observase, era fácil notar que la pasividad de éste no era sino el
reconocimiento implícito e instintivo de la superioridad de aquél.
Además, Millán tenía buenísima índole y, como complaciéndose en ello,
dejaba ver que, si en cosas de fuerza estaba la ventaja de su parte, en
todo lo restante era de Pepe la primacía. En hacer espadas de palo,
cortar tablas, correr al marro, saltar al paso, trepar por rejas y
encaramarse a tapias, no hallaba Millán competidor: para lograr premios,
disculpar travesuras y evitar regaños, tenía Pepe especial ingenio.
Sabía esperar para pedir a tiempo, dejar pasar los primeros instantes de
un enfado, no irritar el disgusto con respuestas y evocar, en ocasión
propicia, el recuerdo de lo ofrecido.

Los comienzos de su amistad fueron una especie de pacto contra el latín
y contra aquel modo de enseñar la lengua del Lacio que hacía
aborrecibles a Virgilio y a Cicerón. Formaron una sociedad de socorros
mutuos para apuntarse la lección, ahorrarse trabajo al traducir,
buscando juntos los significados en el diccionario y responder, al pasar
lista, uno por otro: hasta llegaron a reunir en común la colección de
sellos de franqueo que por entonces hacía todo chiquillo madrileño. Al
principio sólo se veían en el aula o en el claustro del Instituto, que
tiene entrada por la calle de los Reyes; luego se encontraron en el
camino al venir de sus casas, y lo anduvieron juntos, esperándose
recíprocamente en la plaza de Santo Domingo, donde llegaban casi a la
misma hora. Millán vivía en la plazuela del Biombo; Pepe en la calle de
Botoneras: aquél venía por la Costanilla de los Ángeles; éste por la
calle de las Veneras, y después seguían juntos hasta el Noviciado,
haciendo escala en cuantos escaparates hubiera algo que les llamara la
atención. Las mañanas de invierno compraban buñuelos, las tardes de
verano chufas, y en todo tiempo alfeñique, mojama, garrofa o caramelos
de a ochavo; pero su verdadera delicia consistía en repartirse una
cajetilla de pitillos, sin que jamás llegasen a reñir sobre quién
gastaba un cuarto más o menos. Durante el primer curso conservaron el
aspecto algo encogido de chicos criados entre faldas y limpios de
lenguaje, no hechos a la libertad de andar solos por la calle; mas al
poco tiempo fueron abriendo oídos a la malicia y teniendo la lengua
pronta para la desvergüenza: entróseles la picardía al pensamiento como
ciencia infusa, aprendieron a decir palabrotas, pegóseles algo de ese
impudor que se recoge al paso, y aumentaron su vocabulario con frases
soeces y giros achulados, cuyo sentido acaso no entendían, repitiendo
tales cosas por imaginar que hablando gordo harían viso de hombres
bragados. No por esto se malearon, y aquellas obscenidades y ternos que
empleaban entre sí, pero que ante nadie repetían, fueron como un cieno
que, si les ensució la boca, no les llegó a manchar el alma.

Una mañana que faltó a su clase un catedrático, se marcharon con otros
chicos a jugar a la Era del Mico, y esta escapatoria fue para ellos una
revelación. De entonces en adelante, cuando calculaban que podían
preguntarles la lección, iban a clase; pero los más de los días, luego
de pasada lista, se escurrían, o pinchándose las encías y manchándose el
pañuelo, fingían echar sangre por las narices para que les dejaran
salir, renegando de la declinación y el hipérbaton latino como de las
mayores infamias que inventaron hombres. De esta época data en la
historia de su vida la larga serie de correrías que hicieron por Madrid,
evitando siempre ir por calles céntricas donde pudieran hallarse de
manos a boca con quien diera en sus casas noticia del encuentro. Así
llegaron a conocer palmo a palmo cuantos paseos, carreteras y cuestas
rodean a la Corte, yéndose a pies que queréis por esas rondas, como
hidalgos de leyenda que marchan a ver tierras, y por entonces debió ser
cuando en casa de Millán el padre de éste, y en la de Pepe su madre,
notaron que los chicos rompían zapatos como si lo hicieran a porfía. El
famoso Marco Polo en lo antiguo, y Livingstone o Stanley en estos
tiempos, fueron junto a ellos exploradores de poco más o menos. ¿Qué
mayor expedición que ir desde el Noviciado a la Puerta de Hierro
haciendo escala en el Puente Verde para llamar _¡todas! ¡todas!_ a las
lavanderas del río? ¿Pues y el viaje a Moratalaz o Amaniel para ver
hacer el ejercicio a la tropa? ¿Y el ir a extasiarse ante los puestos de
San Isidro, en vísperas de romería, o marcharse en invierno a ver si se
había helado el Canal del Lozoya? Lo que nunca se les ocurrió fue tomar
partido en pedrea de las Peñuelas, ver ajusticiado en el Campo de
Guardias ni tratar con los barquilleros que, al juego de la cinta,
robaban dinero a los provincianos en la Montaña del Príncipe Pío. En
cambio, les divertía mucho ver en Palacio la parada o estarse en Santa
Cruz oyendo a los charlatanes perorar desde el pescante de un simón
vendiendo _grasa de león para quitar manchas_ o diciendo que tenían
polvos para matar los _insetos solitarios del estómago, que es el
intestino donde se mete la comida_. ¿Y el caudal de conocimientos que
adquirieron? Por algún tiempo se aficionaron a la mecánica, y todos los
días iban a ver desde un desmonte poner placas giratorias en las
cercanías de la estación del Norte; otra temporada se dieron a la
construcción, entreteniéndose en ver levantar piedras en edificios
nuevos; después mostraron afición a la industria, contemplando en los
balcones de la calle del Peñón las tripas de las mondonguerías, y hasta
hicieron observaciones de carácter fabril en la Ronda de Toledo con las
tiras de fósforos de cartón puestos a secar al sol. No quedó rincón
madrileño que no vieran, desde el Campo de Guardias hasta la Pradera del
Canal, y desde la Fuente de la Teja hasta las Ventas del Espíritu Santo,
ni encrucijada por donde no pasaran, siendo uno de sus placeres
favoritos examinar los lugares del Madrid antiguo descritos en novelas
de capa y espada a cuarto la entrega, en las cuales aprendieron a
retazos y malamente episodios que les hacían mirar ciertos sitios con un
respeto entre ridículo y poético, dando como seguro que Felipe II
presenció el asesinato de Escobedo desde un portal de la calle de la
Almudena, y comentando, como si hubieran asistido a ellas, la muerte de
Villamediana junto a San Ginés o aquella aventura en que Quevedo desafió
a un hidalgo que había pegado un bofetón a una señora. ¡Qué diferencia
había entre el entusiasmo con que iban adquiriendo aquella dislocada
erudición de lances madrileños y el desprecio con que miraban las
biografías latinas de Cornelio Nepote y los _Trozos escogidos_, que a
ellos les parecían la pura esencia de lo inaguantable! A clase de
Geografía y de Historia de España les gustaba ir; pero en las de Latín y
Religión no les echaban la vista encima sino en días de lluvia, cuando
no sabían dónde llevar el cuerpo. En Abril y Mayo _apretaban_, y a
primeros de Junio volvían a casa examinados, ovantes, con buena nota y
con el susto fuera del cuerpo. De esta suerte, paseando mucho y
estudiando algo, pero asimilándose su inteligencia fácilmente lo que
aprendían, llegaron a ser un término medio entre el estudiante sorbedor
de textos, que suele al fin no servir para nada, y el pigre holgazán,
que degenera en pillastre.

Hacia 1868 se graduaron de bachiller, siendo ya dos mocitos que echaban
requiebros a las modistas, y poco después sus familias determinaron
darles carrera. Ambos padres decidieron que estudiaran leyes. En don
José, que era un español a la antigua y para quien no había profesión
seria sino refrendada por un título académico, influyó mucho el recuerdo
de la respetabilidad que a sus ojos tuvieron los oidores y magistrados
de chancillerías y audiencias mientras él andaba de provincia en
provincia como humilde empleado. No se le ocultó que había de costarle
muchos sacrificios, pero cedió a la tentación de ver a su hijo hecho
personaje de toga con vuelillos. Para él la abogacía era lo de menos: al
decir abogado, no concebía al chico defendiendo pleitos sino
administrando justicia. Millán siguió el ejemplo de Pepe, porque
estimaba bueno cuanto éste hacía.

La vida de verdaderos estudiantes les duró poco. Ambos tuvieron que
abandonar la carrera apenas empezada. El infortunio se cebó en sus
hogares de modo parecido, y aquella amistad de niños, fundada en juegos
y paseos, fue lazo que vino a estrechar la desgracia.

El padre de Millán tenía en los barrios bajos una modesta imprenta
donde, por hacer favor a un amigo, tiró varios números de cierto
periódico clandestino. Una noche le sorprendió la policía, y cerrando
la imprenta se llevó al dueño al Saladero, donde permaneció, gastándose
los ahorros en un cuarto de pago, hasta que el 29 de Setiembre las
turbas le sacaron poco menos que en triunfo con otros presos políticos.
Lo que no pudo devolverle la justicia popular, enérgica pero tardía, fue
el dinero prodigado a carceleros y guardianes para que no le molestaran,
y al escribano para que activara la causa, ni tampoco la parroquia
perdida con la clausura de la imprenta. Cuando el pobre hombre salió de
la cárcel, consumida su fortuna, tuvo que resignarse a ser oficial de
cajista. A sus años el golpe era demasiado duro, y una afección crónica
que tenía en los ojos se le agravó tanto, que le fue imposible continuar
trabajando. Millán no dudó un instante respecto a la determinación que
debía seguir:«--Padre--dijo--como me he criado en la imprenta, conozco
el oficio y todo lo que en él se hace. Búsqueme Vd. trabajo, que con mi
jornal habrá para los dos, al menos para Vd., que yo necesito poco.» Los
libros de Derecho, apenas manejados, cedieron el puesto a las cuartillas
de original: Millán entró de corrector de pruebas en uno de los primeros
establecimientos tipográficos de Madrid, cuyo principal al poco tiempo
le encomendó gran parte de la dirección de la imprenta: soñó con ser
letrado y quedó reducido a la condición de obrero, en lo más noble que
puede producir la inteligencia humana, pero obrero al fin, sujeto a un
jornal que merma con la fiebre de un día y acaso falta en la ocasión en
que es más necesario. Cuando tomó aquella resolución, dijo a Pepe,
dándole cuenta de su situación:--«¡Cómo ha de ser! Vamos a seguir rumbo
distinto: tú llegarás donde te lleve la suerte; en cuanto a mí... soy
hombre al agua.» Pepe demostró a su amigo que la desgracia no era fuerza
bastante a quebrantar la ley que le tenía. A veces iba por la tarde a
hacerle compañía a la imprenta; al anochecer solía buscarle para pasear
juntos, y si le encontraba en la calle, cuanto más derrotado y pobre de
ropa le veía, mayor afecto le mostraba, cuidando de no darle ni aun
aquellas bromas que, si antes le parecían lícitas, ahora se le antojaban
ofensivas.

Dentro de aquel año les igualó la desgracia. La exigua cantidad de renta
del Estado, en que don José tenía invertidas sus economías, quedó, con
los préstamos que sobre ella tomó y por el retraso de los pagos,
reducida casi a la nada; la jubilación sufrió considerable descuento,
las modestas alhajas de doña Manuela presto aprendieron el camino del
_Monte_, y hasta las ropas hubo que empeñar. En la casa de la calle de
Botoneras penetró al fin la escasez, con su cortejo de tristezas, como
antes había penetrado en la pobre imprenta de los barrios bajos; pero si
Millán sabía un oficio, Pepe carecía de conocimiento alguno que pudiera
serle útil contra el infortunio. Entonces se pensó en buscar para él una
colocación o destino. Las cartas que escribió don José, las visitas que
hizo hasta que se lo impidió su dolencia, las antesalas que cruzó, no
son para contadas. Por fin, un antiguo amigo suyo _metió_ al chico, con
un empleo de 5.000 reales, en la Biblioteca del Senado. Pepe, como
funcionario público, iba a ganar casi la mitad de lo que daban a Millán
por regentar la imprenta.

Si cuando chicos no les maleó el exceso de libertad, de grandes no les
doblegó la desgracia; ni tampoco intentaron, por salir de apuros, vadear
malamente aquella torcida corriente de su vida que comenzaba a
encresparse. Juntos nadaron a pecho abierto contra ella; y sin pensar
que podían por malas artes vivir a lo perdido, o abandonar a sus
familias, comenzaron a trabajar, Millán en la imprenta que le
confiaron, y Pepe en su humilde empleo de la Biblioteca del Senado. Como
éste tenía más horas libres que aquél, y se iba muchos ratos a hacerle
compañía, Millán le rogaba con frecuencia que le ayudase, de donde se
originó que, durante una larga temporada en que hubo prisas en la
imprenta, Pepe se pasó noches enteras corrigiendo pruebas; lo cual su
amigo le enseñó con pocas advertencias, y él perfeccionó en algunas
semanas. Una alteración de personal que hubo por entonces en la
imprenta, inspiró a Millán la idea de que aquel favor, que su amigo
frecuentemente le hacía, sólo para ganar tiempo y anticipar la hora de
salir juntos, podía redundar para Pepe en una ganancia, no grande, pero
sí oportuna, dada la situación de su casa, donde la necesidad se iba
entrando a banderas desplegadas desde que comenzó a agravársele a don
José la enfermedad de las piernas. Ello fue que, al cabo de tres meses,
estando un domingo de paseo, y solos, Millán le dijo:

--Tengo que proponerte una cosa. Creo que te conviene, pero no he podido
resolver nada sin contar contigo.

--Habla, chico.

--Desde hace más de tres meses que arreció el trabajo, vienes casi
todas las noches a buscarme, y para una vez que consigo acabar temprano
y podemos ir un rato al café o a dar vueltas charlando por las calles,
lo general es que tengas que quedarte allí conmigo corrigiendo
galeradas. Al principio no sabías lo que te pescabas, lo que tú
corregías tenía yo que volver a mirarlo. Hoy, la verdad, lo que para un
cajista cualquiera ofrecía ciertas dificultades, lo has aprendido tú en
seguida y bien. Por otra parte, me parece una primada que a lo mejor te
pases allí horas enteras sin sacar nada en limpio... En fin, chico, ayer
se ha marchado uno de los correctores, el que iba de noche... ¿quieres
la plaza? Si se lo digo al amo, te la da. Tú le convendrías a él con
pedirle dos reales menos que otro cualquiera, y a tí, como son pocas
horas, de noche, y yo te taparé cuando faltes... vamos, que puedes ganar
eso... si no te repugna... Díselo a tu padre.

--Y ¿por qué me ha de repugnar? ¿Qué tengo que decírselo a mi padre?
Acepto desde ahora... y te lo agradezco de veras. Puedes creerme: ya ves
cómo estamos en casa.

--Siempre serán diez y ocho o veinte reales más al día.

No era posible aumentar la amistad que les unía; pero este rasgo
contribuyó mucho a afianzarla y, además, hizo que fuera su trato más
frecuente, por la índole del trabajo que les ocupaba. Así, los que de
muchachos comenzaron juntos a corretear por las calles y pisar las aulas
del Instituto; los que juntos pensaron seguir una carrera de las
reservadas a gente, si no poderosa, al menos acomodada, juntos también,
forzados a renunciar a ella, emprendieron la pendiente áspera, y a veces
sin fin, que suben en la vida los que se mantienen por sus manos.
Menudearon con esto las idas de Millán a casa de Pepe, y aquél, que
cuando chico no paró ojos en la hermana de su amigo, fue luego
encariñándose con ella hasta que, insensiblemente, como a veces quiere
el amor que sean estas cosas, se fijó en lo bonita que era, consideró
las pocas exigencias que había de tener mujer tan hecha a batallar con
la necesidad, y pensó que le convenía para propia. Como esta idea fue
resultado de mucho mirar a Leocadia, hablar con ella y observarla,
buscando ocasiones en que estudiarla el genio, lo notaron los padres y
el mismo Pepe; de suerte que casi antes de que Millán demostrara su amor
con atenciones y cuidados, ya ellos lo habían sorprendido sin enojo en
sus impaciencias y miradas. Leocadia empezó a recibir las pruebas del
afecto de Millán con el agrado natural que tiene la mujer para acoger
las primeras palabras dulces que escucha; contenta, satisfecha, casi
agradecida, mas sin que el querer produjera en ella impresión tan honda
como la que estaba haciendo en Millán. Éste, si no se sentía aún
verdaderamente enamorado, estaba en camino: a ella, más que el novio
mismo, le gustaba la sensación moral, nunca experimentada, de saber que
había un hombre que gozaba mirándola. Sus corazones no estaban, sin
embargo, verdaderamente unidos. A veces, cuando sentados todos, de
noche, en torno de la camilla, leían periódicos o jugaban al tute por
distraer a don José, Millán, espiando a Leocadia con el rabillo del ojo,
creía descubrir en su fisonomía de madrileña vivaracha un gesto
indefinible, un nublarse repentino de las pupilas, una ligera sombra de
tristeza, en medio de la risa, que delataban incompletamente cierto afán
de aspiraciones vagas o impulsos latentes de ambición mal entendida.
Doña Manuela y don José dieron a los chicos por novios apenas hubo
indicio para ello: Pepe, más listo, adivinó que Millán quería a su
hermana, pero que ella no estaba tan enamorada como él.




III


En su primera época de estudiante, casi niño, no fue Pepe de esos
muchachos que se sientan lo más cerca posible del maestro, aprendiendo
de memoria, como loros, cuanto se les manda, antes por obediencia y
aplicación irreflexiva que por verdadero amor a estudios que aún no
entienden; pero tenía inteligencia sobrada para comprender que había de
llegar un día en que de todas aquellas asignaturas y materias, que
juntas querían meterle por fuerza de golpe en la cabeza, tendría que
fijarse en alguna, decidirse y estudiarla, confiando a la perseverancia
en el trabajo su porvenir y el amparo de los suyos. Durante esos años,
en que el hombre ignora la realidad de sus tendencias y la índole de
aquello a que debe dedicarse, él, entre dudas y vacilaciones, pugnaba
por determinar _lo que sería_, como si a todos permitiera la fortuna
marcar el rumbo de su vida. Por fin, la afición a la historia y el
interés que, apenas comenzó a hombrear, mostró para seguir en
conversaciones o lecturas la marcha de los sucesos políticos--tan
agitados en aquel tiempo--le hicieron inclinarse a la abogacía, carrera
en que la antigüedad de los pueblos, la política, el derecho y las
letras, aparecían a sus ojos formando, no un camino más o menos ancho,
sino un conjunto de senderos que podían llevarle a suertes prósperas y
varias. Su existencia tenía un fin doble, y así lo comprendía él: ser
obrero de su propia fortuna y sostén de sus padres. Pero estas ideas no
despertaban en su ánimo temor de lucha ni necesidad de abnegación.
Llegar a _ser algo_, le parecía cosa natural. ¿No llegaban otros?
Propósito de desinterés en aras de su familia, nunca lo hizo su
pensamiento. Se dijo sencilla y espontáneamente que era necesario en su
casa, que allí quien debía trabajar era él, sin imaginar jamás que sus
más penosos esfuerzos por lograrlo pudieran llamarse abnegación o
sacrificio, ni siquiera deber: lo haría porque sí, porque era el hermano
mayor, el único hombre de la casa. En sus cálculos no entraba Tirso para
nada. Si no, ¿quién lo haría?

El cambio que la desgracia ocasionó en la vida material de Pepe, fue en
un principio apenas sensible: al pronto, todo se redujo a que los pocos
libros de texto que había comprado anduviesen rodando de la mesa del
comedor a la de su cuarto, hasta que él los guardó por no verlos.
Aparentemente, con ocultar aquellos libros se borró en la familia la
idea de que Pepe había tenido que renunciar a la carrera: doña Manuela,
que era buena, pero poco avisada, sintió cierta amargura; la resolución
de su hijo la entristeció, por ser señal inequívoca de grandes
privaciones:--«El pobre ha tenido que dejar los estudios»--decía, sin
poder profundizar todo lo que en esta frase iba envuelto. A Leocadia le
mortificó el suceso más que a su madre, pero de otro modo. Mientras Pepe
se limitó a trocar la clase por el destino del Senado, decía:--«A mi
hermano le han empleado»--y en el tono con que lo pronunciaba descubría
algo de amor propio satisfecho. El verdadero disgusto lo tuvo cuando, a
consecuencia de la proposición de Millán, entró Pepe de corrector en la
imprenta: aquello de que su hermano ganara un jornal la impresionó
amargamente, en parte por lo que significaba tal determinación, y más
aún por vanidad herida. Su gran temor era que Pepe llegara a ponerse
blusa para trabajar, como si en este detalle fuese envuelta toda la
ruina de la casa. Transigía con la pobreza, con la miseria, con todo;
pero a lo vergonzante, no enterando al prójimo de humillaciones que no
le importaban. La mayor pesadumbre fue para don José. Los tres años de
Derecho que cursó Pepe, le habían acostumbrado a pensar en su educación
como en un esfuerzo costosísimo, mas para él lleno de encantos. El
humilde empleado que pasó la vida a salto de mata, de oficina en
oficina, de centro en centro, sin apoyo ni valimiento, había logrado
adquirir tales hábitos de orden y economía, que iba a serle posible dar
carrera a este hijo, y dársela a su gusto, no como se la dieron al otro.
El pobre viejo no alcanzaba por qué medio sería ello; pero con los ojos
de la imaginación veía al chico ya vestida la toga de vuelillos blancos,
con el birrete puesto, la placa en el pecho y sentado en un sillón de
alto respaldo, escuchando informes de abogados que, al dirigirse a él,
hablarían con profundísimo respeto... y, de repente, vinieron el
descuento, las pérdidas, los atrasos, la jubilación, reduciéndose el
futuro juez a empleadillo colocado por el favor de un amigo, y a merced
de quien tuviese influjo para quitarle cualquier día la plaza en
provecho de otro. La resolución adoptada por Pepe de ir a trabajar con
Millán, hirió dolorosamente el ánimo de don José: pero hubiera sido
difícil precisar qué impresión le hizo más mella, si el dolor de ver a
su hijo llevado a tal extremo, o el orgullo de considerarle tan fuerte
ante la adversidad. Las lágrimas de ternura se secaron pronto en sus
ojos: el engreimiento no se le borró del alma.

El más duro para resistir a la desgracia, fue quien más perdía con ella:
el mismo Pepe, que, así como no dio importancia al sacrificio, no se
entregó tampoco a esa resignación callada y triste, cuyo silencio sofoca
el dolor sin mitigarlo. Su carácter varió algo, sin que él se diera
cuenta, mas no llegó a sufrir una verdadera trasformación. Las fibras de
su corazón eran tales, que no podían bastardearse al ser azotadas por la
desgracia, como no hubieran cambiado tampoco acariciadas por la fortuna.
Aquella incredulidad burlona con que siempre acogió cuanto no podía
aclarar razonándolo, se acentuó y se hizo más amarga; su gracia para
zaherir cobró acritud, sus chistes tomaron tono de quejas dichas en
broma; pero la propensión cómica quedó dominando siempre en sus labios,
pronta a ridiculizar cuanto sus ideas y aficiones le señalaban digno de
vituperio. Los reveses no le arrancaron el entusiasmo por lo que amaba,
ni exacerbaron su escepticismo; pero, al convencerse de que las
condiciones de la vida habían variado por completo para él, adquirió una
serenidad que, contrastando con los pocos años, daba a sus frases un
dejo amargo y melancólico. Aun las sátiras más enérgicas parecían brotar
tristemente de su boca.

Pasadas las primeras semanas de aquella existencia nueva, dividida entre
la biblioteca del Senado, donde su trabajo consistía en dar libros a
quien raza vez se los pedía, y las tareas de la imprenta, donde bajo la
inspección de Millán iba siendo cada día más útil, comenzó a
experimentar cierto reposo que él comprendía no ser definitivo, pero que
le halagaba por verlo reflejado en la casa. Su vida de empleadillo y
jornalero le producía un puñado de duros, con los cuales había para ir a
la compra y casi con igual frecuencia a la botica. De la abogacía no se
volvió a hablar: lo de seguir carrera fue un sueño, y, sin embargo, el
haber tenido que renunciar a ella era la pesadumbre de toda la familia.
Cada cual la sentía a su manera: doña Manuela no decía sino:--«¡Hijo
mío, cuánto trabaja!» El padre no se recataba para confesar a voces aun
delante de gentes:--«Estará en la imprenta.» Leocadia, sin disimular la
repugnancia a lo que en su hermano había de obrero, hablaba del
_destino_ o el _empleo_, y cuando le veía volver a casa, instintivamente
le miraba a las manos, temiendo que trajera en ellas alguna señal sucia
de su honrosa labor. No lo podía evitar: tenía esa vanidad madrileña que
pretende cubrir con perifollos de seda la falta de ropa blanca, y que
prefiere el adorno de la sala al cuidado de la alcoba.

Pepe participó también, en cierto modo, de ese sentimiento que tiende a
ocultar al prójimo la propia miseria. Hubo una persona a quien no tuvo
el valor de confesar que trabajaba en la imprenta de Millán, y esa
persona fue su novia, la señorita de coche, como la llamaba Leocadia.
Pepe había dicho claramente a Paz la situación de su familia; que su
padre era un antiguo y modesto funcionario de Hacienda; que él tuvo que
abandonar la carrera por falta de recursos para seguirla, ateniéndose a
un empleo concedido casi por caridad; pero no pasó adelante: nada dijo
de la imprenta, del apoyo de Millán, de las galeradas, ni de sus tareas
de jornalero. En un principio no fue completamente franco por aquella
misma pícara vanidad de Leocadia, y después por falta de valor: aun
conociendo a Paz como llegó a conocerla, tuvo miedo a decirla:--«El
hombre a quien amas, tú, la señorita rica, mimada por la fortuna, va por
las noches a ganarse un jornal que cobra los sábados como los herreros
y los albañiles.» Imaginó que la perdería: era a sus ojos enteramente
absurdo que Paz, después de saber esto, siguiera enamorada de él. La
vida moderna le ofrecía a cada paso ejemplos de hijas de familias
poderosas a quienes por un capricho amoroso había que casar con un mal
periodista, con un abogadillo, con un cualquiera, aún de lo más pobre de
la clase media; pero, ¿quién vio jamás en estos tiempos que una señorita
hecha a pisar alfombras y ceñirse el talle con sedas, entregara la mano
a un jornalero? Pepe calló, sin temor a que ella supiera toda la verdad,
pero sin valor para decirla con sus propios labios. Al oírla exclamar
con frecuencia entre apasionada y mimosa: «¡Pepe mío, cuánto te quiero!»
le acometían impulsos de revelarla aquello que él ocultaba como una
infamia; pero luego, contemplándola vestida con todos los primores del
lujo, retiraba las manos o se las examinaba al descuido, temeroso, como
su hermana, de hallar impresa en ellas la sucia mancha del trabajo.




IV


Don Luis María de Ágreda, senador electivo, gracias al patrimonio e
influencia que tenía en su pueblo, era uno de los antiguos progresistas
obstinados en sobrevivir a su partido; de aquellos que ponían sobre todo
la Soberanía Nacional, y para quienes la España contemporánea no produjo
sino cuatro hombres de gran valer: Mendizábal, por la desamortización;
Espartero, por haber vencido al carlismo; Olózaga, por haber hablado
antes que nadie de los _obstáculos tradicionales_; y Prim, por seguir
sus huellas.

La fortuna de don Luis, con ser respetable, no era sino resto de lo
mucho que gastó su padre en conspirar contra Sartorius y Narváez; pero
lo que mejor heredó fue un grande amor al partido progresista, mucha
antipatía a la demagogia, que se le antojaba cosa pagada con el oro de
la reacción, y una repulsión invencible a moderados y carlistas. Los
trabajos de don Luis en juntas y comisiones del partido; los artículos,
proyectos y dictámenes que escribió, serían incalculables, e infinitas
las veces que proyectó terciar en los debates; pero jamás tuvo ánimo
para romper a hablar en público ni para enviar dos cuartillas a un
periódico. No era tonto y lo parecía, porque sin tener realmente
influencia entre los suyos, imaginaba que su consecuencia y lealtad
debían darle mayor importancia de la que gozaba, resultando algo
vanidoso. Como la palabra obedecía mal a su pensamiento, huía los
diálogos largos y las conversaciones en corro, limitándose a hacer
signos de afirmación o negación con la cabeza, y cuando más, a decir
frases concisas, que tomaban en sus labios tono de sentencias
pretenciosas. Muchos le consideraban como hombre formal, pero de cortos
alcances, y algunos le trataban de burro serio. Aquéllos andaban más
cerca de lo cierto; porque sin ser don Luis una inteligencia
privilegiada, era honrado y de carácter firme, aunque algo agriado, por
imaginar que debía brillar y bullir más en su partido.

Lo que constituía su verdadero título de gloria, para quien llegase a
saberlo, era la educación que dio a su hija. A los treinta y dos años
enviudó y se propuso que Paz, cuando él faltara, estuviese en
condiciones de vivir por sí, sin ajeno auxilio, que supiera manejar su
fortuna y aprendiese a conocer su corazón, para no dejarla expuesta a
rapacidades tutorescas ni a errores de su inexperiencia. Muchas veces la
dijo:--«Has de saber cuánto tienes, duro por duro; y has de pensar
siempre en lo que vayas a hacer, para que ni el prójimo te robe ni tú te
engañes.»

Paz estuvo una temporada de tres años en un colegio dirigido por monjas,
lo cual no era muy del agrado de su padre; pero ¿qué hacer, si no había
en Madrid otro linaje de casas de educación? Allí aprendió a escribir
con bonita letra, a hablar bastante bien en francés y rudimentos
incompletos de muchas cosas: de coser poco, de bordar algo y de rezar
mucho. Sin salir del colegio sabía también cuanto ocurría en Madrid,
hasta interioridades de familias que a nadie importaban; pero, por lo
visto, para _las madres_ no había secretos; así que, los domingos de
salida, don Luis se maravillaba escuchando a su hija cosas que él no oía
ni a los murmuradores del Casino. Esto, y un tantico de vanidad que se
fue despertando en el alma de Paz, indujeron a su padre a sacarla del
colegio-convento; mas aunque quiso hacerlo con gran tiento y
circunspección, tuvo por fin que ser enérgico, porque las santas mujeres
habían procurado atraerse la voluntad de la niña. ¿Les indujo a ello la
bondad de Paz? ¿Ambicionaron la conquista de su preciosa voz para la
capilla? ¿Prendáronse quizá del entusiasmo con que era de las primeras
en gastar sus ahorros de colegiala rica comprando, ya la sabanilla del
Cristo, ya la toca de la Virgen, ya el encaje para el paño del altar?
Ello fue que un día de fiesta, no pudiendo don Luis ir a buscarla, envió
con el carruaje a una parienta, quien a la hora del almuerzo volvió
sola, refiriendo que la _buena madre_ había dicho que _mademoiselle_ Paz
no salía. Don Luis, pensando que su hija estaba mala, fue inmediatamente
a verla y, a disgusto de la superiora, hubo que traer la niña a
presencia del padre, quien pasó un rato muy malo observando que su Paz,
sin estar castigada, ni enferma, se allanaba de buen grado a permanecer
allí, en vez de irse a pasar el día con él. Por fin consiguió que su
hija le siguiese, y aquella noche no la permitió volver al colegio.
«Aquí no hay más _madres_ que yo»--dijo don Luis--y desde entonces se
consagró al cuidado y educación de su hija, sin perder por eso su
desmedida afición a la cosa pública. Las cartas de la superiora y las
embajadas del capellán, hicieron en vano esfuerzos por recobrar la oveja
descarriada, mas no lograron que tornase al redil. De allí en adelante,
don Luis toleró que Paz, de tarde en tarde, gastara algo en sabanillas,
mantos y encajes, pero no la dejó volver a poner los pies en el
convento. La mansedumbre, que es gran virtud, evitó que las monjas se
ofendieran: no salió de sus labios palabra de reproche, nada intentaron
para exacerbar la devoción naciente, quizá la vocación frustrada de Paz;
pero tampoco se olvidaron de recordarla en días determinados y
festividades solemnes que en un extremo de Madrid había una santa casa
que se honraba con haberla tenido por discípula y a la cual debía enviar
de cuando en cuando alguna limosna para obras de caridad, algún ramo de
flores para aquel altar, en cuyas gradas se arrodilló tantas veces.

Como Paz era buena, el tesoro de cariño que halló en su casa la hizo
olvidarse pronto del colegio, y aquella afición mongil se apagó como con
la mano. La libertad de acción, el sano orgullo de mandar en su casa
como dueña y, sobre todo, el habilidoso amor de padre, ahogaron a tiempo
el piadoso secuestro que pudo haber sobrevenido. Bastaron unas cuantas
semanas de esta vida, y el colegio, antes impregnado de cierta poesía
plácida, quedó reducido en la imaginación de Paz a un conjunto de
recuerdos fríos e incoloros. Al cabo de un año don Luis, escogiendo con
cautela las casas donde la llevaba, comenzó a presentarla en la titulada
buena sociedad, con lo cual sus galas y tocados la preocuparon mucho más
que antes la ropa de las santas imágenes: el gabinete lleno de primores
y el lecho mullido le fueron más gratos que el frío dormitorio y la
estrecha cama de colegiala; las flores que se ponía en el pelo cortadas
por su mano en el jardincito de la casa, destronaron a los ramilletes de
trapo de los altares; y para colmo de impiedad, la primer sinfonía de
Mozart que oyó tocar sonó en sus oídos más grata que las letanías,
salves y motetes.

La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casas
extrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrando
a reinar en su propio hogar. A poco de vivir con su padre, la enteró
éste de sus negocios, explicándola en qué consistía su fortuna,
ayudándose de ella para el manejo de intereses, con lo cual Paz llegó a
persuadirse de que don Luis era un hombre honrado, y el origen de cuanto
tenía decente y limpio. En cambio, comenzó a ver que ni todas las casas
ni todos los hombres eran como su casa y su padre. Aunque incompleto y
velado por la educación y la hipocresía, el mal llegó claro a sus ojos,
causándola una sensación parecida a la que sufriría quien, hecho sólo a
respirar aire puro, entrara de pronto en una atmósfera viciada. El
instinto suplió a la picardía, el ingenio a la malicia: no pudo la
imaginación desentrañar las causas de las cosas, pero vio los efectos y
fue bastante para que se le entrase al alma un miedo sano.

En su espíritu hubo dos impulsos simultáneos: el despertar a la
inquietud moral de la vida y la desconfianza de hacer a nadie partícipe
de sus emociones. Con su padre tenía toda la sinceridad posible; mas
esos misteriosos deseos, esas dudas ingenuas que la mujer reserva para
dichas en voz baja al elegido de su corazón, no salieron de sus labios.
Las frases galantes y las lisonjas la infundían una previsión
desasosegada, un terror vago que la impedía mostrarse complacida: era
semejante a un pájaro que tuviese miedo a la red. Cuando algún hombre
halagaba su oído con ternezas o la pedía esperanzas, ella,
involuntariamente, se acordaba de tantas infelices mal casadas y parejas
desavenidas, de los hogares que parecían fondas, donde marido y mujer
acusaban indiferencia, desvío, cuando no repugnancia. El amor propio no
la dejó renegar de su hermosura; pero su instinto la señaló un peligro
en su riqueza. Ser querida por sí, le pareció fácil: saber cuál amor
sería sincero, lo juzgó imposible. Hubiera querido disimular el
bienestar de su casa, y a veces sentía impulsos de extravagantes
humoradas, ansia de ocultar su facilidad de logro, a semejanza de esos
príncipes que viajan de riguroso incógnito para agradecer la simpatía
que inspiren y oír el lenguaje de la franqueza. «El mejor traje--solía
decir--es el que más disimula lo que cuesta.»

       *       *       *       *       *

Una tarde vio Pepe entrar en la biblioteca del Senado un caballero como
de cincuenta años, alto, canoso, con el rostro enteramente afeitado y de
aspecto excesivamente limpio, que dirigiéndose al principal encargado,
le dijo:

--Vengo a pedir a Vd. un favor. ¿Podrá Vd. recomendarme uno de estos
muchachos que tiene Vd. aquí, a sus órdenes, para que venga unas cuantas
mañanas a mi casa y me ayude a poner en orden mi librería? Me han hecho
los estantes nuevos, y hay que trasladar los libros de sitio. Un chico
juicioso, ¿eh?

--¿Oye Vd. esto?--preguntó el jefe a Pepe, y dirigiéndose al caballero,
añadió.--Nadie más a propósito: su formalidad y su ilustración le
servirán a Vd. mucho. Casi es abogado...

El que hizo la petición miró a Pepe, y con la autoridad que le daban sus
años, le habló así:

--Vamos a ver, joven. A un muchacho, aunque no lo necesite, nunca le
viene mal un puñadillo de duros. ¿Ha oído Vd. lo que hemos hablado?
¿Quiere Vd. venir a mi casa unas cuantas mañanas?

--Sí señor, y haré lo posible por complacerle.

--Bueno, pues cuento con Vd. ¿Cuándo empezaremos? porque yo lo tengo
allí todo revuelto.

--Cuando Vd. quiera.

--Mañana mismo. Le espero por la mañana a las once.

Cuando se hubo marchado, Pepe dio las gracias al bibliotecario y le
preguntó quién era aquel señor.

--Es don Luis María de Ágreda, senador, muy buena persona. De estos que
no hablan nunca, y progresista a la antigua, pero muy rico. No hace más
que asistir a las votaciones, aunque está diciendo siempre que va a
hablar... y nunca habla.

Después le dio las señas de la casa de don Luis y se separaron.




V


Acudiendo a la cita del señor de Ágreda, a las diez y media de la mañana
siguiente entraba Pepe en el _hôtel_ que aquél habitaba, situado al
final de la Castellana. Atravesó el jardín, pequeño y bien cuidado,
subió las escalerillas, llenas de macetas, que parecían estar
custodiando dos magníficos perros de bronce, y entró en el despacho, que
formaba parte de la planta baja.

El piso era de maderas ensambladas, las colgaduras magníficas, cómodo y
lujoso el mueblaje; todo acusaba mucho dinero. La mesa indicaba orden,
gran pulcritud y poca labor: cuanto había sobre ella estaba bien
colocado; pero sin que se notase en nada la confusión, propia del
trabajo continuo. Los libros eran pocos, ricamente encuadernados, y sin
señales de manejo frecuente: no debían ser aquellos los que era preciso
ordenar. En dos testeros de pared cubierta de un papel muy oscuro
rameado de oro, había dos retratos de mujer. En uno, el traje y el
peinado a la moda de 1850, pero, sobre todo, la pintura, lamida como
rebuscando finezas, delataban la mano de uno de aquellos artistas que
conservaron reminiscencias del estilo elegante de don Vicente López, sin
haber adquirido el vigor de los buenos pintores contemporáneos nuestros.
La dama estaba peinada con el pelo hecho dos grandes ondas, muy
alisadas, y tenía las facciones parecidísimas a la retratada en el otro
lienzo; pero resultaba la belleza de la primera más completa y armónica.
A pesar de esta diferencia, se parecían tanto, que era fácil adivinar su
parentesco. Debían ser madre e hija, a juzgar por la edad que
representaba cada una y por la diferencia de los trajes. El retrato de
la más joven era una doble maravilla, por el modelo y la factura. Un
trozo de impalpable gasa la cubría los hombros, a modo de gola antigua;
tenía el rostro casi en sombra, los ojos ceñidos de un livor oscuro,
ligeramente inclinada hacia adelante la cabeza y puesta entre el pelo
una pluma de color de rosa, ingrávida, suelta, que parecía pronta a
moverse al más ligero soplo.

Los dos balcones del despacho daban al jardín y, a través de los
listones de las persianas caídas, se veía una pequeña estufa con plantas
de flores costosas, destinadas a morir en los búcaros de un gabinete o
prendidas en el pecho de una mujer bonita. Completaban el adorno de los
muros unos cuantos grabados ingleses, un retrato de Olózaga, en
litografía, con dedicatoria autógrafa, y un título de coronel honorario
de la Milicia Nacional del 54, encerrado en rica moldura y expedido a
favor del padre de Paz.

De pronto entró don Luis.

--Me gusta la puntualidad. Venga usted conmigo, y verá Vd. si hay aquí
para rato.

Penetraron en una habitación contigua, enteramente llena de libros,
donde tres estantes de roble nuevos y vacíos ocupaban otras tantas
paredes, mostrando sus enormes huecos de madera limpia, recién labrada e
impregnada del olor al barniz. En el centro había una gran mesa, también
llena de libros, y además libros por todas partes: en el suelo, encima
de las sillas y amontonados en los rincones, todos revueltos como en
casa donde anduvieran de mudanza.

Aquel día no ocurrió más sino que don Luis dio algunas instrucciones a
Pepe y éste comenzó a poner en orden los volúmenes, marchándose
enseguida con el tiempo preciso para almorzar antes de ir al Senado. Al
salir de la casa, tranquila la imaginación, sólo se hacía una pregunta:
«¿Qué gente será ésta?»

       *       *       *       *       *

Tres mañanas llevaba Pepe de buscar tomos para juntar los de distintas
obras, colocando éstas luego lo mejor posible, cuando al cuarto día,
estando en el despacho despidiéndose de don Luis, oyó de pronto abrir
cautelosamente una puerta a su espalda y una voz de mujer preguntó:

--¿Puedo entrar?

Era la señorita del retrato, la de la pluma color de rosa. Llevaba
puesto un traje casero muy sencillo, blanco, corto, huérfano de adornos
y cuyas mangas descubrían los brazos: mostraba el cuello desahogado y
libre; el pelo húmedo hacia las sienes, y la tez algo encendida, como
azotada por el frescor del agua. La figura se destacó por claro sobre el
cortinaje oscuro, semejando personaje de dibujo fantástico. Sorpendida
al ver que don Luis no estaba solo, se detuvo un instante sin soltar el
tirador de la puerta, dudando si adelantar o volverse.

--¿Estorbo?

--No, hija, entra.

Pepe, que se disponía a marcharse, la saludo; contestole ella, y
cogiendo de sobre la mesa un periódico, se puso a leer. La escena fue
rápida, casi muda: el aparecer ella y el despedirse él, ocurrió en un
momento. «¡Qué bonita es!»--se decía luego Pepe al echar a andar, ya
fuera de la verja del jardinillo de la casa.

Durante las mañanas sucesivas, don Luis entró en varias ocasiones a ver
cómo llevaba el muchacho su trabajo, que cundía poco, porque el rato que
pasaba allí era corto. Los armarios se iban llenando, sin embargo, y don
Luis observó que, al mismo tiempo de guardar los libros, Pepe tomaba
nota de ellos en unas tarjetas grandes, para formar un índice. Esto le
gustó: el chico debía ser listo. Paz entró también alguna vez a buscar a
su padre, y llegó a cambiar con Pepe frases triviales. Un día hablaron
del tiempo, otro de un reciente y criminal atentado contra los Reyes. El
lenguaje de ella era el propio de una señorita bien educada que no se
desdeña de conversar con aquellos a quienes la fortuna no espropicia: el
de Pepe era respetuoso, casi tímido, de hombre no hecho a pisar casas
tan bien puestas ni a tratar con señoras de aspecto tan aristocrático.

Un día Paz, ya vestida para salir con su padre, estaba esperándole en el
despacho, mientras Pepe, con la puerta de comunicación abierta,
escribía en el cuarto de los libros papeletas para el índice. Paz leía
un periódico, en pie junto a un balcón; Pepe, aprovechando la ocasión,
la miraba disimuladamente, entre plumada y plumada. La muchacha era
preciosa. Su talle sin artificio que la oprimiera exageradamente, tenía
al cambiar de postura movimientos que acusaban formas esbeltas de curvas
admirables. El pelo, casi negro, recogido y alisado con extremada
modestia, avaloraba la blancura mate y dorada de la tez, vivificada por
venas finísimas y azuladas. Las facciones muy graciosas y menudas, sin
mezquindad, formaban una fisonomía móvil y animada, como la de aquellos
serafines de Goya, inspirados en los rostros picarescos de las hijas del
pueblo. Los ojos, de un azul oscuro y limpio, traían a la memoria el
cielo de las noches serenas de Granada, y los labios, que a veces
esmaltaba de blanco mordiéndoselos ligeramente con un movimiento
involuntario, parecían una flor de matiz encendido. La boca, roja como
herida reciente, y el azul límpido de los ojos, inspiraban ideas
distintas, siendo la severidad de su mirada, guarda puesta en defensa de
la dulzura de los labios.

No sintiendo Paz ningún ruido en el cuarto donde estaba Pepe, ni
siquiera chocar de libros contra tablas, ni el resbalar de la pluma
sobre el papel, dirigió la vista hacia el muchacho y le sorprendió
mirándola; él bajó la cabeza y prosiguió escribiendo, disgustado,
temeroso de que aquello la pareciese mal, y Paz se desvió un poco del
sitio donde leía, pero naturalmente, sin ademán de enojo. Al cabo de un
rato, al colocar Pepe unos libros en su sitio, volvió a mirarla sin que
ella entonces pudiera verle. En cambio él la contempló a su gusto; mas
de pronto se oyó la voz de don Luis que llamaba a su hija, y al soltar
ésta el periódico, por muy presto que quiso Pepe apartar los ojos, le
sorprendió Paz por vez segunda en flagrante delito de admiración, a
pesar de lo cual, al verle marchar poco después, no mostró enfado en
gesto ni en palabras, despidiéndose de él afablemente.

Pocos días después ocurrió casi lo mismo. Pepe, sólo por disfrutar de
aquél regalo de la vista, que la fortuna le ofrecía, miró varias veces a
Paz, y ella lo notó, sin dar señal de desagrado, antes al contrario,
sintiendo cierta tranquila complacencia con aquel homenaje mudo que la
rendía un hombre imposibilitado por su posición para adularla con
esperanza de lograr favores. Ella le miró también alguna vez a
hurtadillas, advirtiendo que el muchacho, no sólo no tenía mala figura,
sino que era lo que se llama un hombre guapo. Su fisonomía acusaba
inteligencia, sus ojos lealtad; es decir, reunía los dos rasgos
principales de la hermosura masculina. Entonces se despertó en Paz algo
de coquetería, no le parecieron mal aquellas miradas, y agradecida al
culto que empezaba a recibir, permaneció en el sitio donde estaba. En
días sucesivos entró varias veces al cuarto de los libros sin necesidad,
sólo por saborear aquel placer desconocido de aceptar un tributo que
halagaba su vanidad de niña bonita. Pero esta coquetería se le entró al
alma, sin que ella lo advirtiera, del mismo modo que Pepe se daba el
gusto de contemplarla sin segunda intención. Paz decía algunas veces
para sus adentros: «¡Pobre muchacho!» Pepe pensaba: «¡Parezco tonto!»
Ninguno advertía que aquel juego era peligroso. ¿Cómo había él de
imaginar que Paz estuviese al alcance de su deseo, ni quién se atrevería
a despertar en ella recelo de aquel desdichado?

Mas fue Dios servido--como decían los místicos--que comenzase a suceder
con las palabras lo mismo que con las miradas. Hablaron unas cuantas
veces de cosas indiferentes, y él, aun conteniéndose, por temor a
parecer atrevido, siempre halló ocasión de mostrar cortesía, ingenio y
gracia. Sus maneras carecían de atildamiento rebuscado y enfadoso, y sus
frases estaban exentas de esa vulgaridad que hace el lenguaje de un
hombre igual al de los demás: en lo que hablaba había siempre algo
original; su tristeza parecía sincera, su gracia tenía un dejo amargo.
Paz no podía analizar en qué estribaba ello, pero le gustaba hablar con
Pepe, quien siempre la llamaba señorita, expresándose mucho mejor que la
mayor parte de los caballeretes que por haberla visto una noche en un
baile la llamaban por su nombre de pila.

       *       *       *       *       *

El arreglo de la librería tocaba a su término: unas cuantas mañanas más,
y todo quedaría en orden. Pudo haberse concluido antes, pero lo
estorbaron dos causas: la primera, que don Luis, cayendo en la cuenta de
que podía escribir al distrito por mano ajena, ni más ni menos que un
ministro, empleó a Pepe como amanuense; y la segunda, que las
conversaciones de éste con Paz fueron adquiriendo mayor desarrollo y
duración cada día. Oyéndole, se olvidaba ella de que era sólo algo más
que un criado: hablándola perdía él la noción de la distancia que les
separaba. Algunos de estos diálogos tomaron giro extraño.

--Hoy no le quitaré a Vd. tiempo. ¡Estoy más aburrida!... Voy de
tiendas, a escoger un regalo para una amiga que se casa, y no sé qué
comprar. Tiene diez y ocho años: fue compañera mía de colegio.

--Esa edad tiene precisamente mi hermana.

--No sabía que tuviera Vd. hermanos.

--Además, tengo otro hermano mayor, que es cura. Pero de fijo no me veré
yo en el apuro de comprar a Leocadia regalo de boda.

--¿Por qué?

--Las muchachas de la condición de mi hermana no hallan fácilmente quien
las ame.

--Pues ¿de qué condición es su hermana de Vd.?

--La vida de mi padre nos ha colocado en una situación muy modesta,
señorita, pero superior a la de los infelices que necesitan ganar un
jornal. Pertenecemos a esas últimas capas de la clase media que tocan de
cerca la pobreza, y las mujeres de esta clase son muy difíciles de
casar.

--No se me alcanza la razón.

--Es muy sencilla. No pueden casarse con un obrero, porque lo estorba la
diferencia de vida y de gustos, y es raro que lleguen a enamorar a un
rico. En cuanto a los hombres de posición análoga a la suya... a esos
les está vedado el matrimonio.

--¡Qué ideas tan raras!

--No; es frialdad para considerar las cosas. ¿Qué hogar puede crear, ni
qué existencia ofrecer a su novia un hombre que gana, por ejemplo, lo
que yo? Desengáñese Vd., señorita, el matrimonio no está al alcance de
todas las fortunas.

--¡Cuando digo que piensa Vd. cosas muy raras! ¿De modo que una muchacha
pobre no puede enamorar a un hombre rico, y viceversa?

--Lo primero no es tan difícil; pero el viceversa es punto menos que
imposible.

--Explíquese Vd.

--Los encantos de la mujer no necesitan la ayuda del dinero. Las
cualidades morales y la belleza lo pueden todo. La misión del hombre es
más difícil: primero, tiene que saber agradar, luego debe disponer de
medios para sostener una familia.

--¿Y si esos medios los lleva la mujer? ¿O es que Vd. no cree que deba
casarse el pobre con mujer rica? Pues lo estamos viendo a cada paso.

--Hay algo de eso. El amor y el oro hacen juntos grandes cosas; pero
¡que pocas veces se unen! Además, créame Vd., señorita, siempre resulta
sospechoso el hombre pobre que enamora a una rica. Las beldades
adineradas son para nosotros como los brillantes para las modistillas,
que cuando los lucen nadie los imagina honradamente ganados.

--Es decir, que hablando clarito, y sin dulcificar las cosas, en
nosotras la fortuna puede ser un obstáculo a la felicidad.

--Ha acertado Vd. mi modo de pensar. Nunca debe el hombre pedir amor a
la que puede enriquecerle. ¿Cómo creerá ella en su sinceridad? ¿Cómo
adquirirá la certeza de que es ella, ella misma, el objeto de la
adoración? A una divinidad que nada concede, le es dado creer en la
sinceridad de los que la rezan; pero un dios que pagara con oro las
oraciones, ¿cómo estaría cierto del amor que le ofrecieran?

--¡Qué sutilezas y qué modo de entender las cosas! Entonces, según Vd.,
la mujer rica no puede hallar sino marido rico. Pues no es así. Todos
los días se casan ricas con pobres.

--No: ocurre que señoritas más o menos acaudaladas se unen a pillos bien
vestidos, elegantes, instruidos y hasta bien educados; pero no habrá Vd.
visto nunca que una señorita rica se case con un hombre digno y
verdaderamente pobre.

--Según... Con un pobre, pobre, vamos, que no tenga donde caerse muerto,
no.

--Es natural. El oro inspira a la mujer desconfianza de la buena fe del
hombre. ¿Quién es capaz de descubrir la verdad en corazón ajeno? Por eso
no debe nunca exponerse nadie a que le culpen de ambicioso cuando sólo
pretende ser amado.

--Tristes verdades, si lo son, para las ricas.

Quizá nada tuvieran de extraordinario las frases de Pepe, pero ella no
había oído nunca hablar así.

Otro día compró Paz para su gabinete un espejo antiguo con marco de
talla, una verdadera obra de arte. Hojas de vid, tallos de yedra,
flores, acantos, cintas y volutas encerraban la luna de ancho bisel: fue
preciso restaurarlo, y cuando acabada la obra lo entregaron, mandó
dejarlo en el despacho para que lo viese su padre, y allí lo vio también
Pepe al descargarlo los mozos. Ella, con esa alegría infantil de quien
ostenta una adquisición nueva, le dijo:

--Mire Vd. mi compra. En todo Madrid no hay otro igual. Y barato. Cinco
mil reales.

Pepe, al examinar el espejo, hizo un gesto involuntario.

--¡Qué! ¿Es feo? Luis XV, barroco puro... ¿O le parece a Vd. caro?

--No; es precioso.

--Entonces... ¡Vamos, hombre, hable Vd.! ¿Vale menos de lo que me ha
costado?

--Señorita, y ¿con qué título puedo yo permitirme comentar sus actos ni
aquilatar sus gustos?

--No se trata de eso. ¿Es que le parece a usted mucho dinero? Cuando yo
tengo confianza con Vd., debía Vd. tenerla conmigo.

--El marco es hermoso y vale lo que cuesta.

--No es Vd. sincero.

--¿Por qué, señorita?

--Se lo conozco a Vd. en la cara; sea usted franco, hombre, sea Vd.
franco. Le ha parecido a Vd. un despilfarro, ¿verdad?

--¿Y con qué derecho podría yo pensar así?

--Vaya, pues deseo que me lo diga Vd.; le doy a Vd. carta blanca para
que hable, vaya, que quiero que hable Vd.

Era un capricho de niña mimada: curiosidad de saber por qué causa lo que
a ella le parecía natural producía mala impresión en el prójimo.

--Lo que me ha dicho mi pensamiento--repuso Pepe tímidamente--es que el
dinero no tiene igual valor para todos.

--¡Qué modo tan delicado tiene Vd. de decir las cosas!; pero cinco mil
reales no son para nadie más que doscientos cincuenta duros.

--Que representan para una familia pobre doscientos cincuenta días de
vida.

--En eso tiene Vd. razón. No se debían comprar ciertas cosas mientras
hay quien se muere de hambre... pero así está el mundo. Sí, ya lo veo:
una locura como esta representa el bienestar de muchos.

--Y a veces, la vida de algunos.

--De modo--siguió Paz--que Vd. es de esos que dicen que todo debía
repartirse entre todos.

--No, señorita. Hay males que no tienen remedio. Habría también que
repartir el entendimiento y la virtud, y eso es imposible. Yo no he
hecho sino pensar que, si a veces la fortuna escoge bien aquellos a
quienes favorece, otras, en fuerza de ser ciega, raya en cruel.

--Perdóneme Vd. Conozco que he cometido una torpeza. Pero no toda la
culpa es mía.

--¿Por qué, señorita?

--No he debido enseñar a Vd. ese trasto. Por lo que otras veces he oído,
su situación, de Vd., dicho sea sin ofenderle, pues en ello no hay
injuria, no es nada lisonjera. He hecho mal, he sido indiscreta,
¿verdad?

--Señorita, ¡no se ensañe Vd. conmigo! mis palabras no encerraban la
menor censura.

--No, si la mitad de la culpa es de Vd.

--No entiendo.

--La cosa es clara. Usted ha hecho por su ingenio y con su conversación
que yo le trate como a un amigo, y me he tomado la libertad de enseñar a
Vd. lo que no debía.

--¿Quiere Vd. decir que ha enseñado joyas a un mendigo?

--No, Pepe; eso me lastima.

Paz se dolió de aquella respuesta, y desviando de él la mirada, guardó
silencio; mas su actitud y la expresión de su semblante no indicaron
enojo, sino amargura. Parecía que quien la había hablado de tal modo
tenía autoridad para hacerlo. Pepe dijo sorprendido:

--Perdóneme Vd.; pero el error no es mío. Ha tomado Vd. como grito de la
pobreza escarnecida, acaso de una envidia inconsciente lo que ha sido
una observación sencillísima. ¿Cómo ha podido Vd. creer que yo me
atreviera a tanto? ¿Qué soy para Vd., señorita? Sólo dirigiéndome la
palabra me honra Vd. ¿Había de pagarla con descortesía o ligereza?

--No se hable más del caso. Lo que quiero, es saber que no le he
ofendido a Vd.--Y le tendió amistosamente la mano.

Ambos quedaron perplejos, y desde entonces fueron más reservados uno
para con otro. Paz se reconvino mentalmente, pareciéndole que hiriendo a
Pepe en el pudor de la pobreza había cometido una acción muy fea. Pepe
no acertó a definir lo que sentía.

Sus vidas comenzaban a unirse como en el lecho del río suelen juntarse,
arrastrados por la corriente, el grano de arena y la partícula de oro.




VI


Cuando Pepe terminó el trabajo para que fue llamado, dejó de ir a casa
de don Luis: algo parecido al miedo le alejaba de allí. La última mañana
que estuvo, se marchó aprovechando un momento en que no podían
observarle. Preguntáronle sus padres si le habían pagado, y
repuso:--«No estaba don Luis; ya le veré en el Senado.» Lo cierto era
que, como en casa del señor de Ágreda quien satisfacía todo gasto era
Paz, a Pepe le repugnó la idea de que fuese ella quien le pusiera en la
mano el puñado de duros ofrecido por su padre. Por primera vez sentía
brotar en el fondo del alma la soberbia: un mal impulso era precursor
del más noble sentimiento; que así a veces, en el espíritu del hombre,
como en la vida de la Naturaleza, precede la sombra al esplendor del
día.

Trascurrida una semana sin que Pepe volviese a la casa, Paz se acusó de
ello, ya preocupada con aquella desaparición, y pensó en el _pobre
muchacho_ cual si fuese un amigo ofendido: se acordó también de que no
le había pagado, pero no se le ocurría modo discreto de enviarle el
dinero. ¿Por un criado? No acertaba a explicarse la causa, mas por nada
del mundo se hubiera valido de tal medio. ¿Escribirle? Al imaginarlo, no
fue temor de herirle lo que cruzó por su imaginación, sino algo como
miedo vago, pudor mortificado por sí mismo.

Al fin no hizo nada, ni aun se atrevió a hablar a su padre; pero no dejó
de pensar en ello, y hubo día en que, al cruzar por el cuarto de los
libros, experimentó hastío y tristeza.

Poco a poco la luz se hizo en su alma. Sus oídos, hechos a la lisonja,
no escucharon nunca frases que la turbaran; nada la hicieron sentir
aquellos hombres que podían desearla como joya colocada al alcance de
sus manos, y ahora ella ponía espontáneo y terco empeño en recordar los
dichos más sencillos, las más insignificantes galanterías de un pobrete,
a quien aterraba un gasto de cinco mil reales. Aquello le parecía unas
veces romántico hasta la ridiculez, otros ratos sentía ganas de llorar.

       *       *       *       *       *

Una mañana de la primavera de 1872--ocho o nueve meses antes de aquella
cena en que los padres de Pepe hablaron de la próxima llegada de
Tirso--estaban en San Pascual, de Recoletos, tocando a misa de once. El
sol iluminaba el césped de los jardinillos, abrillantado por la humedad
y oscurecido a trechos por las sombras de las acacias, cuyo aroma
embalsamaba el aire. Sobre el azul intenso del cielo destacaban las
copas verdinegras de algunos pinos; el ramaje, entre morado y carminoso,
de los árboles del amor, fingía detalles de fondo japonés, y de los
recuadros encharcados se alzaba el olor penetrante de la tierra mojada.
Los niños jugaban en el suelo, esmaltando la arena amarillenta con sus
trajecitos de colores claros, o se caían llorando en las socavas de los
árboles, mientras las niñeras reían en coro desvergüenzas de algún
lacayo. En los bancos, y cada cual con su periódico en la mano, había
algunos señores viejos, tipos de militares retirados, de ancianos
achacosos que, sacudiendo el entumecimiento del invierno, salían en
busca de un rayo de sol tibio. En el aguaducho, cargado de vasos,
descollaban el fanal de los azucarillos y la botija con espita, tras
cuya gruesa panza se ocultaban el tarro de las guindas y la bandeja de
los bollos, en tanto que la aguadora, dando conversación a un guarda,
fregaba en el lebrillo las cucharillas de latón. Por el centro del paseo
circulaban rápidamente algunos carruajes de caballos briosos y,
siguiendo la línea de las sillas de hierro, se veían parados unos
cuantos simones con el jamelgo caído el cuello y el cochero tumbado en
el pescante deletreando _El Cencerro_. Al otro lado, los tranvías
corrían sobre los railes, obstruidos por carros y camiones, que sus
conductores apartaban de la vía renegando al oír el pito de los
mayorales, y por la larga acera de piedra, en silencio, paso a paso de
arriba a abajo, se aburría autoritariamente la pareja de guardias de
orden público, entonces llamados _amarillos_, sin otro consuelo que
echar miradas subversivas a las criadas de buen ver. De las calles
vecinas iban llegando recién peinadas y coquetas las señoritas deseosas
de que el novio se hiciera el encontradizo, las niñas ávidas de jugar y
las mamás cargadas de devocionarios sujetos con gomas encarnadas. Unas
caminaban de prisa con la ligereza de la impaciencia, otras cansadas con
la gordura de los años; luciendo, según su gusto, primores de elegancia,
arreglos de taller casero, rarezas del capricho, exageraciones de la
moda, algunas calculada sencillez y todas empeño de agradar. A la misma
puerta del templo parábase de cuando en cuando una berlina blasonada, y
lentamente se apeaba de ella una dama; cuanto más poderosa menos
engalanada, mostrando en los ojos la soñolencia que deja el trasnochar,
y en el rostro marchito las huellas ardorosas de la atmósfera de las
fiestas. A pasitos rápidos y cortos, inclinado el cuerpo hacia la
tierra, con la cabeza baja y la conciencia temerosa del retraso, venían
pegadas a las fachadas de las casas las viejecillas de zapatos de cabra
y mantón negro, y adelantándose a ellas iban las muchachas devotas que,
como ignorando el poder de la juventud, piden incesantemente al cielo
dichas que puede darles el mundo. La campana seguía llamándolas con su
tañer monótono, y todas entraban como manada al redil: feas, bonitas,
ricas, miserables, virtuosas, perdidas, santas, pecadoras, madres,
cortesanas, vestales del hogar o sacerdotisas del amor, todas,
codeándose, juntas, desaparecían sorbidas por la puerta de la iglesia,
levantando al entrar un cortinón más pesado que una losa y dejando
entrever rápidamente una atmósfera cargada, sucia, humosa y salpicada
por el resplandor amarillo de las velas.

Durante toda la mañana se estaba renovando aquel público, femenino en su
mayoría, y la puerta seguía tragando mujeres para arrojarlas luego a la
calle pasados veinte o treinta minutos, al cabo de los cuales se las
veía salir abriendo sombrillas o desplegando abanicos, porque la luz del
sol las ofendía, acostumbrada ya su retina a la oscuridad de la sagrada
cueva.

También entraban algunos hombres; pero el mayor número de ellos
permanecía en los jardinillos formando corros, comentando noticias del
día acabadas de leer en los periódicos que los vendedores voceaban en
torno suyo con los _últimos partes del Norte_. Hacia la calle de Alcalá
se oía el cascabeleo de los ómnibus que iban al apartado de los toros, y
andando despacito por el paseo, inundado de sol, venía el borriquillo
con sus serones llenos de macetas, escuchándose gritar de rato en rato
al mocetón que lo guiaba: _el tieestóo de claaveles doobles_... Quien se
acercase a los corros podía oír fragmentos de conversaciones y notar,
tal vez, que algunos de los que hasta allí acompañaron a su mujer o su
hija defendían las ideas del siglo con palabras impregnadas de impiedad
moderna.

--Las partidas van en aumento.

--Dicen que el Rey se marcha al ejército del Norte.

--Si esto no se sostiene, vamos derechos a Don Carlos.

--Pues crea Vd. que el fanatismo religioso nos envilece ante la Europa
culta.

--Yo a quienes tengo miedo es a los republicanos. Vamos derechos a un
noventa y tres espantoso.

--Todas las malas pasiones se han abierto camino.

--¡Hasta que se forme una liga de _los que tienen que perder_!

--¡Cada día un _meeting_! Estoy de manifestaciones pacíficas hasta por
cima de los pelos.

--¡Calle Vd., hombre, por Dios! Eso no es compatible con el gobierno.
¡En tiempo de don Ramón y don Leopoldo no había _mitins_! Esto se va.

--Pues yo creo que el Rey gana simpatías.

--¿Qué ha de ganar, hombre? ¡Si es extranjero!

--Está Vd. en un error, señor mío: eso no significa nada. La historia
demuestra que Carlos I y Felipe V eran también extranjeros.

De un grupo de señoras salían voces atipladas y chillonas: trataban de
trapos, modas, chismes y criados.

--Chica, no sabe una qué ponerse: este es del año pasado.

--Pues te sienta muy bien. Mira, mira, allí va la de Rodete. La otra
tarde fue de las que estuvieron en la Castellana con mantilla blanca y
peineta para hacer rabiar a los Reyes.

--¡Qué porquería! A mí la Reina me da lástima.

--Hija, ¿qué quieres? ¡como la de Rodete fue azafata de doña Isabel!
Pues yo he oído que los alfonsinos se mueven mucho:--Y la que esto
decía miraba de reojo a un caballero que, sentado en una butaca de
hierro, seguía con la vista al grupo de las damas.

Dos pollitas apartadas de sus mamás sostenían, haciendo dengues y
mohínes, un diálogo muy vivo.

--¿No entráis?

--No: el padre Enrique dice la misa muy despacio. Además, quiero dar
tiempo a que llegue _ese_. Mamá le deja ya entrar en casa. Está el pobre
muchacho que bebe los vientos.

--¿Y el tuyo?

--Este Junio acaba.

--Hija, lo mismo decías hace un año. ¡La carrera que tenga ese!...

--Pues a mí me gusta. ¡Está más cariñoso!

--Chica, con esos trajes de rayas parecen zebras.

--Adiós, que se va mamá con las de Zangolotino!

--Abur, remononísima.

Los _sietemesinos_, echando humo por la boca y luciendo americanas del
verano anterior, parodiaban a don Juan Tenorio.

--Te digo que esa señora no es tal señora, y me han dicho que _torea_.

--Vamos, chico, ¡que te calles! Yo la he seguido dos tardes, y ni
siquiera me ha mirado.

--Pues me consta que va a citas.

--¡Sí! Las ganas.

--Ya salen... adiós.

La campana sonaba con más fuerza; los mendigos de la puerta del templo
entristecían la voz cuanto les era posible; las amas de cría comenzaban
a desfilar como burras de leche; las señoras entraban o salían de la
iglesia, lanzándose miradas envidiosas; el calor arreciaba, y el paseo
se iba quedando poco menos que desierto, oyéndose por la acera de piedra
el firme taconear de las muchachas que pasaban, medio ocultas por las
anchas sombrillas de colores chillones, mientras las madres llamaban a
los niños, que corrían como perrillos jugando a las mulas o se detenían
a mirar las estampas que veían al paso en mano de los vendedores de
periódicos. Lentamente se fue marchando todo el mundo, y la campana cesó
de tocar: sólo quedaron allí el estanquero, sentado junto a su cajón, la
mujer del aguaducho volcando sobre un plato muy cóncavo el puchero del
cocido que acababa de traerla un chico, y la pareja de _amarillos_ que,
paseo arriba, paseo abajo, llegaba desde la Cibeles hasta la Casa de la
Moneda.

Al mismo tiempo que el sacristán, con su manojo de llaves y su sotana
manchada de cera, salió a cerrar la puerta del templo, salieron también
dos señoras: una, modestamente vestida de negro, canoso el pelo, rugoso
el rostro, con aspecto de dueña modernizada, mitones de encaje y zapatos
de rusel; la segunda, elegantísimamente puesta y en extremo sencilla,
sin adornos ni joyas. Eran Paz y su aya.

--No ha venido el coche--dijo aquélla--Vamos a sentarnos un rato, que ya
no tardará.--Y se puso a hacer dibujos en la arena con el palo de la
sombrilla.

La vieja miraba al aire, como quien piensa en las musarañas. La fuerza
del sol iba en aumento; las sombras de las acacias dibujaban ya
enérgicamente en el suelo contornos muy negros, y por los jardinillos no
pasaba sino algún transeúnte aguijoneado por la esperanza del almuerzo,
o algún señor viejo arrastrando penosamente los pies sobre la arena. La
aguadora estaba saboreando su frugal comida, y el estanquero dormitaba
echado de bruces sobre la piedra de probar la moneda. De repente llegó
el coche de Paz y se detuvo junto al paseo ancho.

--Vámonos--dijo ésta viendo tirarse al lacayo del pescante.

Al poner Paz el pie en el estribo se volvió de pronto para fijarse en el
traje de una señora que pasaba, y notó que, a pocos pasos de ella, iba
un hombre; Pepe. La niña vaciló un instante: su primer impulso fue
llamarle, pero sintió en el rostro una oleada de calor y, avergonzada de
su propia idea, tomó asiento junto a la vieja. Entonces la vio Pepe y se
quitó el sombrero: ella le saludó con una inclinación de cabeza, dando a
su mirada cierta expresión de afectuosa confianza, y después, durante
unos segundos, se quedó inclinada hacia la ventanilla: Pepe permaneció
inmóvil. Al arrancar los caballos tornó Paz a mirarle, y entonces, sin
darse cuenta de ello, sus ojos se clavaron con tristeza en el muchacho,
dejando luego caer los párpados lentamente, como si en aquella mirada
pretendiera enviarle una expresión de simpatía y una queja. Pepe, que no
se había movido aún, quedó suspenso, confuso, con la admiración que
produce una impresión nunca sentida. No fue presuntuosidad de vanidoso
la que se le entró al alma, ni vanagloria súbita de aventuras absurdas,
sino una sorpresa grandísima. ¿De qué nacían aquellas muestras de
agrado, comedidas, pero clarísimas? El instante de vacilación al subir
al coche, y luego la mirada dulce y triste, ¿qué querían decir? Aquella
expresión afectuosa impregnada de modestia, pero ostensible, ¿a qué
obedecía? Quizá no fuese todo sino un poco de esa simpatía que, a modo
de limosna, dispensa el poderoso al miserable. El pesimismo, compañero
eterno de la desgracia, le dijo que acertaba. ¿Qué otra cosa podía ser?
Pero luego la imaginación venció a la cordura y el desvarío del
pensamiento se sobrepuso a la mentida frialdad de que Pepe quiso hacer
alarde ante sí propio. Su ánimo fue pasando rápidamente del mayor
desaliento a la más caprichosa esperanza, y por fin, tras muchas
alternativas de animación y desfallecimiento, temiendo que lo novelesco
degenerase en ridículo, decidió no volver a poner nunca los pies en casa
del señor de Ágreda, ni a pasar jamás por Recoletos a las horas de misa.

Efectivamente... al otro domingo fue a Recoletos con el intento de
_verla_ sin que ella lo notase y, al divisar el coche, entró en la
iglesia, quedándose en sombra, junto al mamparón de ingreso. Un momento
después entraron Paz y el aya, confundidas en un grupo con otras
mujeres: dejolas pasar, y cuando se arrodillaron, avanzó hasta colocarse
en lugar propicio para poder mirarla a su sabor, sin ser visto.

La iglesia estaba envuelta en una semisombra gris y sucia: la luz que
caía de las altas ventanas de la cupulilla, ocultas por gruesas cortinas
azules, no bastaba a esclarecer el ambiente. De rato en rato sonaban
campanillazos, y otras veces el chocar de los cuartos dentro del cepillo
que un monago presentaba a los fieles pidiendo, _para el cultooo de esta
santa iglesiaaa_. Pepe sentía una zozobra inexplicable: cada dos minutos
formaba resolución de irse; pero sus pies no se movían... De cuando en
cuando el remover de las sillas producía un estrépito entrecortado y
seco, tras el cual sólo se oía un ruido bajo y sordo, semejante al que
producen las culebras arrastrándose entre hojarasca seca. Todo el mundo
rezaba... El humo de los cirios y ese olor humano y acre de gente
aglomerada en espacio cerrado, viciaban la atmósfera. Delante, y a la
derecha del altar mayor, había otro portátil que sustentaba una Virgen
de túnica blanca y manto azul, figurando salir de una gruta hecha, como
peñasco de nacimiento, con corcho y cartón piedra. Este era el punto más
luminoso del templo. Media docena de velas altas y delgadas, de pábilo
muy fino, porque fuese mayor su duración, alumbraban a la santa imagen,
que era de rostro aniñado y yesoso, excepto en los pómulos, donde tenía
fuertes rosetas carminosas.

Las manos, en que el artista se había esmerado, eran excesivamente
pequeñas, y a lo largo del cuerpo caían los pliegues de la túnica,
tallada en pliegues rectos, pero duros, mal imitados de las esculturas
paganas. Pepe miraba alternativamente a Paz y a la Virgen. ¡Qué
diferencia! La verdadera divinidad era aquélla. En sus ojos resplandecía
toda la vida que faltaba en los de la imagen. ¡Qué hermosa era la obra
de Dios! ¡Qué risible la labrada por el hombre!

Paz oía misa con recogimiento, volviendo tranquilamente las hojas del
devocionario, que a veces dejaba sobre la falda, pero sin alardes de
unción religiosa: su rostro no se entristecía con compunción exagerada,
ni tenía ese lento parpadear que es a los ojos lo que el estertor a la
respiración.

La misa pasó en un soplo; el cura volvió hacia la sacristía, haciendo
pausadas genuflexiones ante los altares, y cuando Pepe quiso salir halló
obstruida la puerta por un grupo de gente que se le había adelantado,
obligándole a detenerse. Ellas dos se dirigieron también a la salida. La
vieja no le vio; iba pugnando porque no la estrujaran, sin preocuparse
de otra cosa; pero Paz le sorprendió en el momento de levantar el seboso
cortinón de la puerta. Él, en cuanto puso el pie en la calle, se alejó
algo, siguiendo la línea de la acera; ellas salieron en seguida, y la
muchacha miró a derecha e izquierda, hasta que, al tropezar su vista con
Pepe, le saludó turbada en el instante de subir al coche. Después, Pepe
creyó notar que se levantaba la ventanilla trasera, y luego, igual que
la vez pasada, vio a Paz sacar la cabeza para volver a decirle adiós con
la mano.

El muchacho se fue a su casa como loco. Al ir a tirar del cordón de la
campanilla, tuvo que detenerse un momento y hacer propósito de que sus
padres no le conocieran en el rostro que le ocurría algo extraordinario.
Leocadia le dijo al verle entrar:

--¡Chico, vaya un capricho! ¿Te has puesto la mejor ropa que tienes para
salir tan temprano?




VII


En los corrillos del Senado se susurró por centésima vez que don Luis
María de Ágreda terciaría en la discusión de cierto proyecto de ley. El
pobre señor lo deseaba con toda su alma, pero no se atrevía.

Todo el valor lo malgastaba en casa, unos ratos dando vueltas por el
despacho como fiera enjaulada, y otros apoyado de codos en el respaldo
de una butaca, que su imaginación convertía en tribuna. ¡Entonces sí que
se le venían a los labios períodos redondos, argumentos irrebatibles,
frases enérgicas, preguntas de las que no tienen respuesta, todo género
de arranques oratorios, hasta que, agotadas las ideas y sin saber
enlazar las palabras, tenía que callarse! Tal era la disposición de su
ánimo cuando una tarde entró en la biblioteca del Senado, huyendo de un
noticiero que quería saber si era cierto que tuviese intención de
hablar. Pepe, al verle entrar, se fue derecho a él, afectando mostrarse
servicial, pero en realidad con propósito decidido de buscar manera de
frecuentar su casa. El pretexto ya lo tenía pensado, y no era malo.

--¡Pero, hombre--le dijo cariñosamente don Luis--es Vd. famoso! Cumplió
Vd. bien conmigo, me arregló Vd. la biblioteca, y ¡abur! no ha vuelto
Vd. a parecer; de modo que quien está en falta soy yo.

--No hablemos de eso, señor de Ágreda, ya tendré yo el gusto de ir a
saludarle y a recibir sus órdenes.

Después comenzó a poner en práctica un plan que días atrás se le había
ocurrido, diciéndole:

--¿Conque va Vd. a consumir un turno con motivo de ese proyecto de
Fomento? ¿Desea Vd. que le busque antecedentes? Ya es público que
intervendrá Vd. en el debate.

--Gracias, gracias; aún no estoy decidido.

Aquel hombre, discreto y cuerdo en todos los actos de su vida íntima,
sintió una turbación indefinible. Era, como don Quijote, razonable,
sensato para todo, menos para aquella maldita manía oratoria que hacía
en su cerebro oficio de libros de caballería, llenándole el magín de
extravagancias y ambiciones.

--¿Conque se dice que hablaré?

--Sí, señor. Se da por seguro. Y, a propósito, voy a permitirme decir a
Vd. que acerca de la materia del debate hay aquí datos importantes. En
tiempos anteriores a la Revolución, se trató de eso. Si Vd. no quiere
molestarse, o sus ocupaciones se lo impiden, podría yo tomar algunas
notas y dárselas.

Al señor de Ágreda un sudor se le iba y otro se le venía: aquello era
como si en las calles se esperase ya su discurso. Las palabras de Pepe
tenían algo de aura popular y mucho de tentación. Le faltó energía para
confesar la verdad y contestar: «No señor, no hablo, ni soy capaz de
hablar, ni me pasará la voz de la garganta.» Lejos de esto, repuso
débilmente, como luchando consigo mismo:

--Bueno, bueno; pues si en los _Diarios de Sesiones_ hay algo de eso, ya
me lo indicará Vd., aunque yo tengo un arsenal de apuntes... La cuestión
es antigua... Ya, hacia el año cincuenta y siete...

Salió de allí verdaderamente aterrado, sin querer pararse con nadie,
temeroso de que le preguntaran: «¿Habla Vd.?» Se marchó a pie sin
esperar el coche, y por las calles se dijo a sí propio el más elocuente
discurso que han oído Cámaras en el mundo. Pepe, al verle partir no pudo
reprimir el gozo:

--¡Ya lo creo que volveré a verla!

Durante varios días se dedicó a rebuscar antecedentes relativos a aquel
proyecto de reformas en Fomento, y en unas cuantas cuartillas anotó todo
lo pertinente al caso: disposiciones análogas, decretos contrarios,
intentos parecidos, opiniones de hombres políticos, contradicciones de
unos, disidencias de otros, y ordenándolo formó un conjunto heterogéneo,
especie de historia de la cuestión tratada, lista de elogios, censuras,
inconvenientes y ventajas de lo proyectado, que parecía fruto de una
laboriosidad constante, signo de larga atención y gran conocimiento de
la materia; lo que se llama un trabajo concienzudo. No faltaba sino
estudiarlo primero y aprovecharlo luego, decidiéndose a defender las
disposiciones hechas en unas u otras épocas. Después, todo era cuestión
de atrevimiento y desparpajo para hilvanar cuatro párrafos sobre la
buena fe o la malicia del gobierno, según el punto de vista que se
tomara.

Al quinto día de haber estado don Luis en la biblioteca del Senado, le
esperó Pepe en un pasillo.

--¡Señor de Ágreda!

--¡Ah! caramba, ¡ya no me acordaba! (Esta era la más desenfadada mentira
que salió de sus labios.)

--He reunido infinidad de datos que pueden ser a Vd. de gran utilidad.

--Poco hay que yo no conozca; pero en fin, lo agradezco mucho... ¿Tiene
Vd. ahí los apuntes?

Pepe llevaba las cuartillas en el bolsillo, mas no le convenía dárselas
allí.

--No, señor, no las he traído. ¿Qué necesidad tiene nadie de enterarse?
Además, para ahorrar a Vd. trabajo material, que es lo único que yo
puedo hacer, bueno será que, con los papeles en la mano, le indique el
origen de ciertas cosas, para que Vd. no se mortifique.--Dicho esto,
esperó impaciente la respuesta.

--Vaya, vaya... Pues mañana por la mañana, a la hora que solía Vd. ir
antes, le espero en casa. Tiene Vd. razón, no hace falta que se sepa...

Por su gusto, le hubiese citado para aquella noche, o se le hubiera
llevado en seguida a un café, a cualquier parte. Cuando, de allí a poco,
entró en el salón de sesiones, no podía coordinar las ideas. Lo que
había hecho Pepe le indicaba que las gentes contaban con un discurso
suyo. No era ilusión; no estaba representando un papel de comedia, sino
dentro de la realidad. Se sentó en su escaño habitual, y sin oír nada de
lo que sus compañeros discutieron aquella tarde, se preguntó con el
pensamiento más de cien veces:--«¿Qué habrá hecho ese muchacho?»

A la hora de comer dijo a su hija:

--Creo que me van a comprometer para que hable. Por supuesto, que no me
cogerán desprevenido. Mañana puede que venga a traerme unos datos que he
tomado en la biblioteca aquel muchacho que arregló los libros.

Paz le oyó entre turbada y contenta, pero su alegría fue mayor que su
inquietud.

       *       *       *       *       *

A la hora fijada estaba allí Pepe, con su línea de conducta trazada de
antemano, como general que, tras madurar un plan de batalla, se decide a
realizarlo. Le era preciso extremar la astucia puesta en juego para
frecuentar la casa hasta obtener dos cosas: primera, ver a Paz y
estudiar en su rostro la impresión que produjera su presencia; y
segunda, si la muchacha no mostraba enojo, procurar por todos los medios
imaginables que le quedara franca la entrada. Harto sabía que a título
de amigo, como visita, de igual a igual, nunca le admitirían; pero ¿qué
le importaba si conseguía ver a Paz y salir de dudas? Don Luis le
recibió en el despacho. Sobre una de las butacas se veían un periódico
de modas y un cestito de labor.--«Esto es de ella»--imaginó Pepe, y este
_ella_ que subrayó con el pensamiento, le pareció ambiciosamente
ridículo.

--Vamos a ver--dijo don Luis entrando--ante todo, agradezco muy de veras
su atención; pero dudo que hayamos encontrado algo nuevo. ¡He estudiado
tanto el asunto!

--Aquí tiene Vd.--contestó Pepe entregándole las cuartillas.

--Siéntese Vd. un momento.

El senador comenzó a leer para sí, y su fisonomía fue tomando una
expresión indefinible: pugnaba por disimular la emoción y no podía.
Debió sentir que los ojos se le animaban y, para disfrazar aquel signo
de agrado, frunció el entrecejo, aunque murmurando: «sí, sí, aquí veo
algo nuevo.» Luego prosiguió devorando renglones; pero cada instante le
era más imposible sofocar el gozo y, temiendo que se lo conocieran en la
cara, dejó de leer.

--Basta, tengo bastante; lo agradezco muchísimo; aprovecharé algo, si
señor; ¡vaya si aprovecharé!

Pepe casi no le oía. ¿Se perdería su astucia? ¿No aparecería Paz por
allí?

--Quisiera que observase Vd.--dijo, por alargar la entrevista--que he
procurado reunir todo lo que se habló al iniciarse hace años el
proyecto: aquí está lo que propuso González Brabo... esto es de Bravo
Murillo, estas notas de Calvo Asensio...

Don Luis tuvo que suspender la lectura: cada cuartilla se le antojaba un
billete de entrada a la inmortalidad. ¡Vaya si hablaría! Del hombre
estimado sólo por consecuente, iba a surgir el orador.

Oyose en esto ruido de pasos, y se asomó Paz a la puerta del despacho, a
tiempo que su padre repetía:

--Gracias, muchas gracias.

--No sé de qué se trata--dijo ella entonces a Pepe;--pero yo también se
las doy a Vd.

Don Luis cogió de nuevo los papeles, que parecían tener imán para sus
manos y, entre tanto, los muchachos se miraron en silencio. Pepe
arrostró con franqueza la mirada de Paz. ¡Cuánto hubiera dado en aquel
instante por poder decirla con los ojos todo el tropel de ideas
vanidosas, de ambiciones absurdas que habían anidado en su pensamiento,
sin callarla nada, miedo, esperanza ni pobreza! Paz tuvo que disimular
su alegría, por no aparecer desapudorada; mas no hizo mohín de disgusto
ni frunció siquiera el lindo entrecejo. Para ninguno de ambos era ya
secreto la atracción que habían ejercido uno sobre otro.

--Sí, señor; de esto se puede sacar partido--murmuraba don Luis.

Pepe, que se resistía a marcharse sin dar cima a sus propósitos, trató
de prolongar la visita y, mirando hacia el cuarto de los libros, repuso:

--Quisiera concluir de arreglar aquí algo que olvidé días pasados.

--Haga Vd. lo que guste.

Pepe pasó a la pieza contigua, y don Luis, sin poderse contener, hojeó
de nuevo las cuartillas. Paz dejó trascurrir unos minutos, y en seguida
entró también a la estancia inmediata. Pepe, sin vacilar, se acercó a
ella y, en voz baja, con acento de sinceridad, la dijo:

--Señorita, esta vez no me ha traído la casualidad, sino la astucia;
pero, si mi presencia la enoja, no volveré jamás a verla a Vd. No
necesita Vd. decir una sola palabra: me bastará su silencio... No nos
volveremos a ver nunca.

Paz no desplegó los labios y, sin embargo, a los ojos de Pepe se asomó
toda la dicha de su alma. La señorita, la muchacha rica, escuchó
aquello sin el menor movimiento de enfado, presa de una turbación
deliciosa: él, entonces, la ofreció la mano y ella la estrechó
rápidamente entre las suyas, sintiendo al mismo tiempo que se la
enrojecía el rostro. Ninguna frase de todos los idiomas de la tierra
hubiera podido ser tan elocuente como aquel sonrojo. En seguida salieron
al despacho, sin hablarse. Cuando él se marchó, Paz corrió hacia su
cuarto, se acercó a un balcón y, levantando un poco el visillo, le vio
desaparecer tras los troncos de los árboles del paseo.

La partícula de oro se había adherido al grano de arena: la corriente de
la vida debía arrastrarlos juntos desde aquel día.

Don Luis permaneció en el despacho contemplando las cuartillas: «¡Si
esto es un discurso!--murmuraba.--¡Si no hay más que añadir al
principio: _Señores_, y al final: _He dicho!_ ¡Ah! sí, y algo de
relleno; unos párrafos... mi consecuencia, la lealtad al gobierno, la
libertad, el amor a las instituciones!»

Era cosa resuelta; los taquígrafos tendrían que trabajar por causa
suya.




VIII


Por fin habló don Luis. Al cabo de muchos años de silenciosa vida
parlamentaria, el _Diario de Sesiones_ imprimió su nombre, no sólo en el
tipo común empleado para las votaciones, sino también en letras
negrillas que saltaban a la vista, diciendo: EL SEÑOR ÁGREDA: _Pido la
palabra_. Cuando leyó su nombre en los extractos de los periódicos,
todavía sintió escalofríos de miedo. Al comenzar su discurso el salón
estaba casi lleno, por la novedad de escuchar a un senador que dejaba de
ser _monosílabo_: luego muchos oyentes se salieron a los pasillos; mas
como la peroración fue corta, aún quedó número bastante para que no
hiciera mal papel. En el banco azul permanecieron dos ministros. Pepe le
escuchó desde el fondo de una tribuna: los datos, apuntes y citas de sus
cuartillas salieron íntegros de los labios de don Luis, quien únicamente
puso al principio un parrafito de su cosecha para pedir benevolencia,
imitado de los doscientos mil análogos que había oído hasta entonces,
añadiendo también alguna que otra frase para enaltecer la importancia
de lo que iba diciendo. Cuando se le olvidaba algo de lo mucho que
confió a la memoria, echaba mano de las cuartillas que traía copiadas de
su puño y letra. Hacia la conclusión quiso extenderse en consideraciones
originales; pero se le atravesaron en la garganta y terminó declarando
que no proseguía por no molestar más la atención de la Cámara. Un buen
orador hubiera podido fundar un verdadero triunfo sobre los materiales
reunidos por Pepe: don Luis quedó bien y nada más. Al acabar sonaron
algunos aplausos en los bancos de la mayoría, y todo el mundo dijo que
había estado discreto y que aquello representaba gran conocimiento del
asunto. Un ministro felicitó al orador y esto le compensó el disgusto
que le dieron los periódicos de oposición limitándose a decir que el
señor Ágreda había consumido un turno en pro. En cambio, a la hora de
comer fueron a verle muchos amigos y después estuvo con su hija en el
concierto del Retiro, dando vueltas y más vueltas, como torero que por
la tarde ha metido el brazo con fortuna en una buena estocada.

Al retirarse a casa le decía Paz:

--Di, papaíto, ¿te han servido los papeles que te trajo aquel muchacho
del Senado?

--Algo, algo: el chico no es tonto... tiene buena voluntad y parece
listo.

--Sí, ¿eh?

Paz no sabía cómo sugerir a su padre la idea de que utilizara de algún
modo los servicios de Pepe, pues comprendía que don Luis no necesitaba
secretario ni escribiente. En realidad, su malicia llegaba tarde; la
vanidad satisfecha se había adelantado al amor impaciente. El orador iba
ya pensando en abordar otro asunto antes de la clausura de las Cortes.
Además, la fortuna favoreció a los enamorados, porque los electores de
don Luis, acostumbrados a su largo mutismo, le dispararon una nube de
telegramas de felicitación, tras del telégrafo usaron del correo y, como
fue preciso contestar a tanta enhorabuena, el senador determinó emplear
a Pepe como escribiente.

Una mañana llegó éste no hallándose don Luis en casa, y pasó a la pieza
de los libros, inmediata al despacho: poco después apareció Paz,
disimulando su turbación y haciéndose la distraída. Hasta entonces sólo
habían cambiado unas cuantas frases, pero sin tener una conversación
formal: por lo tanto, la primera vez que hablasen a sus anchas, la
entrevista tendría importancia, dada la grata complicidad establecida
entre ambos. Paz, después de saludarle, no se atrevió a desplegar los
labios: carecía de experiencia en tales achaques; pero su instinto
femenino le decía que no era ella quien debía hablar primero, y
apoyándose en el marco del balcón dejó pasar unos instantes. Pepe se
levantó de su asiento, y acercándose a ella, a distancia que acusaba
mayor respeto que impaciencia, la dijo:

--Señorita, mi primer deber es suplicarla que me perdone. Confieso que
me ha cegado la vanidad. No espero una indulgencia que no merezco. Lo
que he hecho está mal, lo sé, y, sin embargo, no he podido contenerme.
¿A qué mentir, si Vd. debe comprender lo que pasa en mi alma?

Ella quiso hablar y Pepe hizo ademán de que le dejase proseguir.

--Antes de que Vd. me diga una sola palabra, quiero yo ser enteramente
franco con usted. Mi posición, mi vida, mi pobreza, y quién sabe si mi
educación también, me separan de Vd. He cometido la imprudencia de dejar
asomar a los ojos lo que sentí al conocer a Vd... Luego creí ver que Vd.
no mostraba enojo, porque quizá el desprecio le parecería demasiado
cruel, y así ha llegado esta situación, en que no hay más que un
culpable: mi vanidad. Debo reparar mi error a fuerza de franqueza.

Este lenguaje dio alas al carácter vivo de Paz.

--Sí, tiene Vd. razón; comprendo que hago mal; no he debido venir hoy a
este cuarto; pero es que yo soy tan leal como usted. Usted quiere que
crea en su sinceridad; yo también tengo derecho a exigir que no me tache
Vd. de coqueta ni piense Vd. que soy capaz de divertirme en humillarle.

--Reflexione Vd. lo que dice, señorita. Es Vd. demasiado buena para
pagar con burla y desprecio el sentimiento que ha despertado en mí; pero
no se inspire Vd. en la lástima que de mí sienta, sino en los impulsos
de su propio corazón; no olvide Vd. que seguir escuchándome ahora es
contraer... Lo que con otro hombre sería un juego, conmigo sería un
escarnio.

Ella, desasosegada, sonrió, mirándole como quien da a entender que acaso
no esperaba oír tanto, y le atajó la frase.

--¡Jesús, Dios mío! ¡Cuánto pide Vd! ¡Antes tan humilde, y ahora tan
exigente!

--¿Exigente?

--Sí; apuesto a que iba Vd. a decir _contraer compromiso_.

Él calló: Paz, haciéndose la distraída, se alejó dos o tres pasos y,
mirando de nuevo a Pepe, continuó:

--Debía bastarle a Vd. ver que no estoy enfadada...

--Luego, ¿aun sabiendo Vd. lo que pasa en mi corazón permite Vd. que yo
siga viniendo a esta casa?

--¿No volverá Vd. a hablarme de su pobreza? No sé en qué consiste; pero
cuando usted dice algo que puede humillarle, parece que yo soy la
humillada.--Y quiso marcharse.

--No, señorita; oígame Vd. un momento. ¡Si Vd. supiera comprender lo que
es para mí su indulgencia!

Sin dejarle acabar, se dirigió a la puerta del despacho, y en voz muy
baja, con un mohín encantador, volvió a repetirle:

--Exigente, exigente.

¿Qué más podía desear? «No estoy enfadada»--le había dicho--«no vuelva
Vd. a hablarme de su pobreza.» Pretender mayor claridad sería
insensatez.

       *       *       *       *       *

Al cabo de dos meses sus diálogos eran ya muy distintos; que cuando la
estimación abre vereda, el amor ensancha y allana pronto el camino. Ni
Paz sentía ya cortedad, ni Pepe manifestaba aquella desconfianza
fundada en lo distinto que se le ofrecía el porvenir de cada uno: las
frases que cambiaban eran protestas de cariño, promesas de firmeza, todo
el repertorio monótono y vulgar de los enamorados, siempre romántico y
exagerado, pero eternamente delicioso.

Una circunstancia mediaba, sin embargo, entre ambos, modificando sus
caracteres. Ella, a pesar de su viveza, temerosa de mortificar la
susceptibilidad de Pepe, le trataba con una consideración que a ninguno
otro hubiera guardado; y él, frío, descreído, burlón, dispuesto siempre
a endulzar la realidad con su buen humor, era ante Paz reflexivo y
serio, cual si le infundiese miedo aquella intimidad amorosa, que, a
juicio suyo, no podría resistir al tiempo o habría de estrellarse contra
las asperezas de la vida.

No siéndoles fácil verse con tanta frecuencia como ellos desearan,
acabaron por establecer, para su uso particular, un servicio de correos.
La iniciativa fue de Pepe: el cartero merece capítulo aparte.




IX


En la imprenta de Millán había un chico, mezcla de aprendiz y ordenanza,
a quien apodaban _Pateta_. Él decía llamarse Pepe Maldonadas, pero no
conservaba memoria de su familia. Nadie sabía su origen; ni él mismo.
Sólo recordaba haber vivido en Puerta de Moros, recogido en casa de una
verdulera, tía suya, que, por considerarle muy niño, no le habló jamás
de sus padres.

Una mañana la pobre vieja, que solía retrasarse en el pago de la
licencia municipal del puesto de legumbres, fue llevada a la prevención
y, de resultas, tomó tal sofocón, que murió a las pocas horas, viniendo
el chico a quedar en la calle, sin más amparo que Dios, con la travesura
por instinto y la ignorancia por guía. Un matrimonio de la vecindad le
dio albergue durante cinco semanas, mas esta caridad antes fue deseo de
tener ayudante que propósito de favorecerle; pues cuando la mujer no le
obligaba a subir del río un talego de ropa, superior a sus fuerzas, el
marido, que era sillero, le ponía verde o morado hasta los hombros,
forzándole a teñir espadañas en un patio que parecía cisterna. Cuando
ellos comían, si sobraba, era para Pepe; si no había restos, gracias que
le dieran pan con que rebañar la cazuela del cocido; así que las hambres
y una felpa con que le obsequiaron por meter en la tina de lo verde lo
que había de ser morado, acabaron con la paciencia del muchacho. Se
escapó, y entonces fue la época más conturbada de su vida. Fregar en
tabernas, donde tenía las propinas por salario; ayudar a un chulo a
vocear quincalla; recoger y vender colillas; dormir en los quicios de
las puertas: esta existencia llevó por espacio de unos cuantos meses,
sucio, descalzo, desarrapado, hambriento y ostentando por entre los
desgarrones de la camiseja el pecho dorado y fuerte como un bronce
antiguo. Sólo dos cosas hubo que no ensayase para buscarse el sustento:
no pidió limosna ni robó.

Acertó a pasar una mañana por la calle de las Maldonadas, donde tenía
fábrica de buñuelos un conocido de la verdulera difunta; le preguntó el
buñolero que cómo vivía; repuso el chico que _peor_; y tanta lástima
supo inspirar, que allí se quedó cuidando de la venta al menudeo, sin
promesa de recibir otro pago que la comida y lugar donde dormir. El
sillero no volvió a saber de él. Los chicos que antes tuvo el buñolero
de dependientes, cual más, cual menos, todos le robaron; Pepe Maldonadas
fue de fidelidad intachable. Antes que amaneciera, su amo y un aprendiz
sobaban la masa dispuesta en el lebrillo, y luego freían con rara
rapidez bolas, tortas y cohombros: Pepe, mientras tanto, arreglaba los
veladores, mezclaba algo de harina al azúcar de espolvorear, fregaba
vasos, ponía cada cosa en su puesto y, cuando se abría la tienda,
colocado de pie en la puerta, despachaba buñuelos a grandes y chicos,
formando en la grasienta superficie de zinc que cubría la mesa un montón
de cuartos y _ochavos del moro_, cuyo sucio contacto le dejaba los dedos
manchados de verdín. Ni se comía un buñuelo ni escamoteaba un ochavo.
Nadie le enseñó matemáticas y, sin embargo, para dar las vueltas de la
moneda era más listo que un cambista. Si quedaban buñuelos de la
víspera, los despachaba los primeros; al servir _medias_ de aguardiente,
cuando presumía que el gaznate del parroquiano estaba insensible, daba
lo barato al precio de lo caro, y para los favorecedores constantes de
la casa iba a buscar la pasta recién frita, humeante, en que aún no se
habían bajado las burbujas del aceite hirviendo. El amo se encariñó con
él en tal grado, que comenzó a tratarle como a hijo, y hasta determinó
que fuese por las tardes a la escuela, donde, en unos cuantos meses,
aprendió a leer, escribir y contar. Al año de estar en la buñolería, la
hija del amo, que era una chiquilla saladísima de catorce años, enfermó
de viruelas y, cosa rara en la gente del pueblo, dotada en tales casos
de tanto valor como ignorancia, los vecinos, conocidos y amigos dejaron
a la enfermita y sus padres en completo abandono. La moza que iba a
barrer y fregar desapareció sin pedir un pico que le debían del salario,
y el chulo que ayudaba a amasar y freír se despidió cobardemente: sólo
Pepe permaneció allí día y noche, sin ir a jugar con los chicos del
barrio ni ocuparse en otra cosa que cuidar a la muchacha. Guiado de
clarísimo entendimiento, se fijaba bien en cuantas alteraciones sufría,
para decírselas al médico, y luego le daba las tomas que la recetaban,
con los intervalos debidos, arropándola en seguida como una niña a su
muñeca. Cuando, por haber entrado la enfermedad en el período de
descamación era más fácil el contagio, Pepe, que no lo ignoraba, redobló
sus cuidados y, durante la convalecencia, se estuvo constantemente
haciendo compañía a la muchacha, satisfaciendo sus caprichos y tolerando
sus impertinencias, hasta que, dada ya de alta, tornó a su puesto de
antes y siguió vendiendo cohombros a los chicos y ensartando buñuelos
toda la mañana en los juncos, lo cual, con el manejo de los ochavos,
acababa por dejarle los dedos sucios y pringosos: luego, de cuatro
brincos, se plantaba a ver a la chica. Así pagaba Pepe su deuda de
gratitud para con aquella gente; mas su principal se portó también como
bueno.

--Tú eres ya de la casa:--le dijo un día--busca otro dependiente para el
despacho. Y vamos a ver, ¿quieres seguir oficio? Dilo como si fueses mi
hijo.

Pepe repuso que quería ser cajista, porque en la escuela donde le
enviaron se había _echao_ un amigo a quien sus padres pusieron en una
imprenta, con lo cual el muchacho siempre tenía los bolsillos llenos de
estampas de entregas, romances de ciego, restos de tiradas de aleluyas y
pedazos de carteles de toros.

Tras permanecer dos o tres meses en imprentas de mala muerte, entró al
fin en la de Millán, que era conocido del buñolero, y allí echó raíces
en seguida; es decir, que apreciado por listo y obediente, le tomaron
cariño. El día lo pasaba aprendiendo la caja, adiestrándose en componer
y distribuir; luego empezó a hacer _monos_ y _remiendos_, y a la noche
se iba por las calles a vender un _veinticinco_ de un periódico que allí
se tiraba. Lo que le producía esta venta lo guardaba para sí, y el
jornal de la semana lo ponía íntegro el sábado en manos del buñolero;
pero lo que más le gustaba era entregárselo a Isabelita,
diciendo:--«Anda, da eso a tu padre.»

Los demás aprendices, envidiosos de aquel compañero de quien se hacía
más caso que de ellos, comenzaron a tomarle tirria y jugarle malas
pasadas. Un día le quitaron de la tartera el almuerzo, sustituyendo la
tortilla con polvos de imprenta. Otra vez, como estuviera en mangas de
camisa, le estamparon en la espalda una galerada recién impresa, con la
tinta fresca de un letrero que decía: «Se vende este perro.» Hasta
llegaron a rellenarle las botas con la grasa de untar las ruedas de la
máquina, mientras él estaba trabajando con alpargatas para mayor
descanso. Entonces apareció el _gatera_ madrileño, valiente, arriscado,
dicharachero y dispuesto a darse de cachetes o puñetazos con el más
bravo, y a echarle la zancadilla al mismo nuncio. Con unos cuantos
pescozones oportunos se hizo respetable. Cierto día, otro aprendiz de
más edad sacó contra él una navajilla. Pepe se la quitó de las manos, le
sujetó fuertemente metiéndose la cabeza del agresor entre las piernas, y
por castigo le descosió con el cuchillejo la costura trasera del
pantalón, dándole luego en lo que el sol ni el agua vieron jamás, unos
cuantos azotes: después le devolvió tranquilamente la navajilla,
diciendo:--«Toma, _boceras_; eso no sirve más que _pá_ partir pan.»--A
las horas de trabajo era modelo de laboriosidad: cuando llegaba el
momento de hacer diabluras, era de la piel de los demonios. Parecía
haber en él dos tipos distintos: uno para la tarea, otro para las
travesuras; y diríase que, como correspondiendo a estos dos seres, tenía
dos fisonomías diversas. Inclinado sobre la caja buscando tipos,
ajustando palabras en el cajetín, o distribuyendo letras, su frente
solía plegarse con un entrecejo serio de obrero ya machucho: entonces no
hablaba y fija la atención en lo que hacía, sus ojos negros adquirían
cierta expresión de gravedad cómica: en la calle, corriendo o jugando,
con el pelo alborotado, tostada la tez, ladeada la gorrilla, descarado
el mirar y rebosando malicia, traía a la memoria los chicos de las
antiguas novelas picarescas. Los compañeros le llamaron primero el
_Tiznao_, porque era muy moreno, como un beduino desteñido a fuerza de
lavaduras: por fin le apodaron _Pateta_, y con este _alias_ se quedó. A
Millán, conocedor de los antecedentes de Pateta, le había caído en
gracia el muchacho: Pepe simpatizó mucho con él por un solo detalle.
Estaba corrigiendo una tarde pliegos de un libro, cuando se le presentó
Pateta en actitud humilde.

--¿Qué quieres?

--Pedirle a Vd. un favor, porque el señor Millán no ha _venío_.

--Vamos, di.

--Pues yo tengo novia. Es decir, novia mía, la verdad, no es; pero ya
nos hablamos algo... y mañana es su santo. Mire Vd., he compuesto este
letrero y quería ponerlo con letras _dorás_ de purpurina, en esta
tarjeta de orla que _ma costao_ dos _riales_. Bueno, pues... que me
digan ustedes cómo lo hago y me dejen hacerlo en la máquina, o donde
sea, luego que se marchen _esos_.

Pepe examinó la cartulina, adornada con flores y amorcitos, que le
presentaba el chico, y vio el letrero que traía hecho con los tipos más
escojidos de la casa.

«_A Isabel Gorillo, en sus días._» (Esto en un gótico muy complicado), y
luego, debajo: «_Por José Maldonadas._» (Aquí las letras eran de mucho
ringorrango.)

--Y esta Isabel, ¿quién es?

--La hija de mi amo. (Pateta continuaba llamando amo a su protector.)

--¿La de las viruelas?

--Sí, señor; pero no le ha _quedao_ señal. _Tié_ la cara que da gloria.

--¿Y sabe tu amo?...

--Saberlo... no sé; porque yo no he dicho esta boca es mía. Como _tién_
dinero, no quiero que crean... ¿entiende Vd.? Pero ya se lo malician;
porque yo, ni a los novillos voy, aunque me sobren los cuartos, con tal
de estarme en la trastienda hablando con ella.

--Bueno, hombre, bueno; anda, guarda eso o déjalo aquí, y a última hora
que te diga el señor Ramón lo que debes hacer, y acábalo limpito.

Este pequeño servicio que Pepe prestó a Pateta, se lo pagó él con
creces. Si llovía de pronto, ya estaba el muchacho corriendo a la calle
de Botoneras a buscarle el paraguas: si había que ir al estanco por
tabaco, volvía en un decir Jesús; para traerle café de uno que había
cerca de la imprenta, nadie andaba más ligero, y si la cafetera venía
fría, la arrimaba a la máquina de vapor, sin lamer la media tostada o
escamotear azúcar, como hacían otros.

       *       *       *       *       *

Tal fue el cartero que escogió Pepe para asegurar su correspondencia con
Paz, ocultándola, por supuesto, que él trabajaba en la misma imprenta
donde aquél era aprendiz.

--Si te pido que me hagas un favor, ¿podré contar contigo?--le dijo un
día Pepe.

--Mande Vd. lo que quiera--repuso el futuro cajista.

--La cosa ha de quedar entre tú y yo; no quiero que nadie lo sepa,
¿entiendes? Ni el señor Millán.

--Ni las piedras.

Jamás faltó al secreto. Cuando Pepe pasaba dos o tres días sin ver a Paz
la escribía, y Pateta, a la hora de salir del trabajo, emprendía el
camino del _hôtel_, donde ella, prevenida por la impaciencia, le
aguardaba tras la vidriera del balcón de su cuarto. La estufa del jardín
tenía inmediato a la verja un horno pequeño hecho de ladrillos y
recubierto de baldosas, que servía para entibiar la atmósfera en que
crecían las flores: Pateta se acercaba allí, espiando el momento en que
ningún criado pudiera verle, y metiendo el brazo por entre los barrotes
de la verja, depositaba la carta bajo una de aquellas baldosas mal
afirmadas. Al día siguiente recogía del mismo sitio la contestación,
valiéndole tan largos paseos, y sobre todo el agrado con que prestaba su
servicio, alguna cajetilla del estanco que Pepe le daba, y a veces un
café con media tostada, que le hacía relamerse de gusto.




X


El cariño de la enamorada pareja y la angustiosa situación de Pepe
crecieron a la par. El importe de la jubilación de don José, el fruto
del trabajo de su hijo, lo poco que Leocadia ganaba bordando y lo que
procuraba ahorrar doña Manuela, todo se invertía en médico y botica. Así
llegó el invierno de 1872 y aquella triste cena de Noche Buena, en que
se habló de la próxima venida de Tirso y en que, después de irse Millán,
ya acostado el pobre viejo, trataron los hijos y la madre de lo que
convenía hacer, sin llegar a resolver nada, porque la común abnegación
no producía una miserable moneda de cobre.

A la semana siguiente la situación se agravó con la noticia de que
llegaba Tirso: la carta en que éste lo anunció no debía precederle sino
dos días. Pepe escribió a su novia de esta suerte, mezclando con las
frases de amor el recelo que le inspiraba aquel hermano desconocido:

«Adorada Paz:

Tienes razón: Aunque nos vemos casi diariamente, son tan pocas las
ocasiones en que podemos hablar con libertad, que por fuerza han de ser
nuestras cartas largas y frecuentes. Las cosas que te escribo quisiera
decírtelas: lo que no te conmoverá leído, mis palabras te lo llevarían
al alma en fuerza de sinceridad. Pero comprendo que no hay remedio, y
aun temo que estas dificultades de ahora no sean sino anuncio de otras
mayores: créeme, nuestro cariño ha de costarnos muchas lágrimas. Será
todo lo romántico que quieras, y es opuesto a mi modo de pensar hablar
en tono amargo de ciertas cosas; pero yo, que de todas las
preocupaciones me río, he venido a estrellarme contra una de las más
poderosas. La distancia que nos separa no sería mayor si tú fueses reina
y yo lacayo, como los personajes de aquel drama francés que estabas
leyendo la otra tarde. La situación de mi familia, nuestra pobreza, todo
lo que me estorba para abrirme camino en la vida, me separa de tí. Tu
padre ocupa una posición envidiable: ¿cómo quieres que dé su hija a un
hombre que ha tenido que abandonar la carrera por falta de unos cuantos
duros al año para libros y matrículas?

Pero un día de vida, es vida. Yo no renunciaré jamás a tí, no te diré
nunca que me dejes, y cuando seas tú quien me diga que no debemos volver
a vernos, callaré, porque tendrás razón. Parece que yo, burlón y
descreído, sin preocupaciones, vengo a estrellarme contra el obstáculo
más risible, pero más fuerte: contra las _conveniencias sociales_.
Desengáñate, nuestro amor tiene que ser una novela muy corta, ridícula
para contada, triste para nosotros, únicos que hemos de tomarla en
serio. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Quién se cansará antes? ¿Tú de
esperarme? ¿Yo de amarte? Quien no se fatigará jamás será el tiempo, que
pasará haciéndote cada día más buena y más hermosa, quizá más rica, y a
mí más desgraciado y pobre. No imagines que deseo romper nuestras
relaciones: saber que me quieres, recibir una carta en que me hablas de
tu cariño, oírte alguna vez que me recuerdas cuando sufres y que te
falta algo en los goces por no tenerme al lado, son cosas que me llegan
al alma y me dejan orgulloso de mi mismo. ¡Si supieras de qué modo te
las paga mi corazón! ¡Si pudieses leerme los pensamientos, adivinarme
las ideas, esconderte entre los caprichos de mis sueños!... Pero quiero
que, al mismo tiempo que de mi amor, estés persuadida de mi lealtad.
Antes que se lo oigas a tu padre, quiero ser yo quien te lo diga. ¿Qué
porvenir puedo ofrecerte? No, yo no te dejaré nunca; y si llegas a ser
algún día más juiciosa o más interesada, no te echaré maldiciones de
comedia, sino que me separaré de tí resignado, queriéndote como te
quiero ahora y guardando en lo mejor de la memoria el recuerdo del amor
que me hayas tenido. Jamás te arrojaré en cara falta de energía, ni
desfallecimiento de constancia. ¡Es tan natural que me olvides! Harto
has hecho con empezar a quererme, aunque luego te pese.

¿Cuántas veces te habré dicho todo esto? No te sorprenda, porque obedece
a mi idea fija, a mi cavilación constante. Vamos, no concibo el
fundamento de tu amor. Yo te amo por lo buena, por lo hermosísima que
eres. Pero tú, ¿por qué me quieres? Soy extraño a cuanto te rodea, vives
en una atmósfera de lujo que casi desconozco, como yo vivo entre
privaciones que tú no puedes calcular, y ojalá te sean siempre ajenas;
el menor de tus caprichos no podría yo satisfacerlo con muchas semanas
de trabajo; las gentes que te hablan han de usar un lenguaje hasta
despreciativo para las que están en situación análoga a la mía; si
entraras en casa de mis padres y vieses estas paredes, estos muebles,
dudarías si ofrecer dinero por lástima o disimular lo que notares, por
imaginar que podías ofendernos señalando tanta escasez: y, a pesar de
todo, dices que el mejor sitio de tu corazón es para mi cariño, y me has
enseñado cartas mías con mi nombre borrado con tus besos. ¡Bendita seas!
No, no me dejes, ni tengas nunca juicio, si el tenerlo ha de consistir
en olvidarme; ni pienses en el porvenir, que yo tampoco pienso, sino que
te adoro con toda mi alma.

Ahora, como nada te oculto, quiero que sepas lo que ocurre en casa. Mi
hermano Tirso, el cura, el que se ha educado y ha vivido siempre alejado
de nosotros, debe llegar pasado mañana. Ignoramos el motivo de su
venida; ni palabra sabemos de sus propósitos, nada nos ha dicho. Hace
poco tiempo escribió que tal vez tuviera que hacer un viaje a Madrid:
luego lo dio por cosa segura, ahora anuncia que llega. Mis padres, como
es natural, se alegran; en Leocadia y tu Pepe, si he de ser franco, el
sentimiento que domina es el de la curiosidad. Sólo hemos visto a Tirso
una o dos veces, siendo muy pequeños, y dentro de pocas horas vamos a
tenerle aquí. Iré a buscarle a la estación y le conoceré por los
hábitos; si no, tendrían que decirme: «ese es.» ¡Estaría gracioso que
bajaran al mismo tiempo del _vagón_ dos curas jóvenes! Con esto,
comprenderás que tengo motivos para estar preocupado. ¿Cuál será la
situación de mi hermano? ¿Qué le habrá pasado? Si su posición es
desahogada, menos mal; y no lo digo porque me ahorre trabajo; pero, ¿y
si viene tan pobre como nosotros? Seremos cinco en lugar de cuatro los
que hayamos de vivir mal. ¿Por qué habrá dejado su curato?

Quizá venga a pretender algo; mas de ser así, ¿por qué no consultarlo
antes con nuestro padre? Tú, que conoces mi modo de pensar, aunque no
por completo, comprenderás que abrigue ciertos temores. Tirso es cura,
y en esta casa hay muy poca devoción. Mi padre nunca habla de eso;
mamá, con cuidarnos, tiene bastante; a Leocadia le gusta ir a la iglesia
cuando hay grandes fiestas, a falta de otras más divertidas pero más
costosas que le están vedadas; y en cuanto a mí... callo: no quiero que
me llames herejote. En fin, no estoy tranquilo.

Basta por hoy: no te quejarás de que escribo poco.

Está con cuidado, porque mañana, si puedo, iré a ver si tiene tu padre
algo que mandarme.

Tuyo siempre,

PEPE.»

La carta que, en contestación a ésta, halló Pateta al día siguiente bajo
las baldosas inseguras del horno de la estufa, decía:

«Querido Pepe mío:

Por Dios te pido que no me atormentes así. Te lo he dicho mil y mil
veces. Te quiero porque sí, porque creo que eres el mejor de los
hombres, y no me preguntes más. ¿No sueles decir que mi padre no me ha
educado como a las otras mujeres? Pues eso será. Si tuvieses una gran
fortuna, acaso habría mayor facilidad para que fuéramos uno de otro;
pero te querría igual que ahora, no podría darte ni una hilacha más de
cariño. Conque no me vengas con tristezas ni tontunas, ni vuelvas a
decir que te deje, ni que si te dejo yo te aguantarás. Si lo piensas, es
porque no me quieres. ¿Soy rica? Pues mejor. Ya saldrás de pobre, y si
no, yo lo mismo te he de querer, con tal de que tú no mires a ninguna
otra mujer. ¿Lo entiendes? Es lo único que no te perdonaría nunca.
Quedamos en que no volverás a las andadas ni me escribirás majaderías:
no merecen otro nombre las cosas que dices. Mi padre podrá no dejarme
casar contigo; pero, ¿casarme con otro? ¡Eso si que no! Lo que es de
esto te responde _tu_ Paz. Vamos, yo no entiendo esas _sublimidades_
tuyas de sacrificios y tonterías. No he pensado, ni pienso, ni pensaré
jamás en dejarte por nada de este mundo. ¿Lo sabes? Yo, que tantos
libros he leído de los que tiene mi padre, me acuerdo de que don Quijote
dice que todos los caballeros andantes llevaban en el escudo un letrero.
Bueno, pues tú y yo somos dos caballeros andantes con este letrero:
_cariño_ y _paciencia_. ¿Te gusta? Pues a callar y no perdamos el
tiempo en augurios tristes. Aseguran las gentes que quien espera
desespera: no importa. Yo me conformo con que me ames mucho. Me parece
que esto no tiene nada que ver con las _conveniencias sociales_, con la
humildad de tu casa, ni con tu amargura. Si me quisieses igual que yo a
tí, no exigirías más. ¿Crees que me van a meter monja o a casar por
fuerza con algún príncipe de cuento de hadas? ¿Soy yo tonta? ¡Ya verás,
ya verás, cuando te conozca mi padre como te conozco yo!

Respecto a la venida de tu hermano, nada puedo decirte, pero se me
figura que todo lo ves negro. Hasta que no sepas cuál es su situación,
no hay por qué apurarse. Si viniera a pretender, debías atreverte a
pedir a papá que le recomendase a alguien. ¿Te enfadarás si te digo que
tus temores me parecen tontos? ¿Ha de ser malo porque es cura?
Indudablemente, esto es lo que se te ha ocurrido. En verdad, la cosa es
rara, ser tan grandes los hermanos y no conocerse, pero ya verás cómo no
tenéis por eso disgustos. Y si los sufres, yo te querré un poquito más,
para que nada pierdas.

Adiós, tristón mío. No te olvida nunca tu

PAZ.»




XI


El seguir Tirso la carrera eclesiástica, fue una de esas cosas graves
que en la vida del hombre se resuelven rápidamente y con escasa
intervención del interesado.

Aquél don Tadeo, amigo de su padre, que por pagar una deuda de gratitud
se hizo primero cargo de la educación y luego del porvenir del chico,
era honrado y bueno, pero fanático en opiniones políticas y creencias
religiosas. Su exceso de fe y de realismo era sincero, e indiscutible su
influencia y prestigio entre los partidarios de la legitimidad y la
gente de iglesia en la región que habitaba. Durante largos períodos, en
los que mandó el partido moderado, conservó don Tadeo su destino en la
Hacienda de la provincia y fue uno de tantos carlistas protegidos por
los _polacos_, quienes consideraban menor peligro atraerse partidarios
del Pretendiente que transigir con liberales. Pasados algunos años, y
gobernando un ministerio progresista, sus compañeros y subordinados le
prepararon la terrible asechanza cuyo funesto desenlace atajaron las
declaraciones de don José. El expediente o causa formado contra él no
dio más resultado que su destitución; pero este hecho, que pasó
inadvertido para el resto de la nación, fue en la localidad suceso
importantísimo. De allí en adelante, don Tadeo quedó para sus enemigos
convertido en un pobre hombre, y a los ojos de sus partidarios como un
mártir: él, imaginando convertir en provecho su caída, se dedicó por
entero a ser instrumento de las ideas a que siempre tuvo inclinación. La
clerecía de la capital de la provincia, que en un principio le consideró
como víctima, después, por su entereza, le tuvo como varón enérgico, y
viendo en él un carácter dispuesto a la lucha con mayor libertad que los
eclesiásticos, le adjudicó tácita e insensiblemente la jefatura. Llegó a
ser lo que hoy se llama un obispo de levita, al par que jefe local de un
partido. A su casa iban continuamente los canónigos de la catedral, los
misioneros que con frecuencia hacían excursiones a la ciudad, los
periodistas católicos y hasta el prelado de la diócesis. A juicio de
esta gente, el encargarse don Tadeo de la educación y porvenir de Tirso
fue un acto meritorio: pensaron que pagaba su deuda de gratitud del
mejor modo que jamás lo hiciera nadie y, sobre todo, aquello de
arrancar un hijo a las garras de un padre progresistón y acaso hereje,
les pareció cosa admirable. Por su parte, don Tadeo no se recató de
decir de don José que era una lástima que tuviera tendencias
_liberalescas_.

Crió a Tirso un ama en una aldea, como pudiera hacerlo una cabra; un
sacristán, protegido por don Tadeo, le enseñó de pequeño a leer,
escribir, contar y rezar; a los ocho años sabía ayudar a misa, y a los
catorce ya pudo su padrino utilizarle para escribir cartas y hacer
recados de los que no se confían a sirvientes. En cambio a sus padres
les escribía muy poco y, cuando lo hacía, antes era por instigación de
don Tadeo que por impulso propio. Los amigos de aquél, viéndole educado
en el santo temor de Dios, le trataban con singular afecto y, en
reciprocidad, Tirso se volvía todo respeto para con aquellos señores,
que a él se le figuraban magnates. Los curas, especialmente, le merecían
extraordinaria consideración. El hablar y tratar de cerca a los que
pocas horas antes había visto oficiando en el templo con lujosos trajes
y teniendo al pueblo prosternado en torno, era a sus ojos lo que hubiera
sido para chico crecido entre soldados codearse con jefes. Sin poder
darse cuenta de la grandeza de las ideas representadas por aquellos
hombres, le seducía la posición que ocupaban en la ciudad. Andar bajo
palio, hablar desde el púlpito y dar la mano a besar, le parecían
mayores signos de prestigio que ir a caballo con música delante, espada
en mano y batallones detrás; así que, cuando su padrino le dijo que
estudiara para cura, su infantil imaginación acogió la noticia con una
emoción muy semejante a la alegría. ¿Qué otra carrera había de darle un
hombre entregado a servir medio de guía, medio de agente a los intereses
y la parcialidad del clero? Un canónigo fue quien decidió la suerte del
muchacho, contestando así a don Tadeo, que le consultaba sobre el
particular:--«No podía Vd. pensar cosa mejor. Si el chico es de los
elegidos y _sale_ una lumbrera de la Iglesia, ¡qué gloria para Vd.! Si
no es así... pues tendrá una profesión tan buena como otra cualquiera.
Y, por lo que toca a sus padres--añadió--comprendería que se quejasen si
Vd. marcase al chico otra senda; pero, ¿quién puede llevar a mal
propósito tan noble?»--Poco tiempo después entraba Tirso en el
Seminario, donde, dicho sea de paso, por influencia de los que le
llevaron no sufrió la novatada que padecían los demás.

Entonces comenzaron a dar sus frutos el alejamiento de la familia y el
desconocimiento de sus padres en que pasó Tirso los primeros años de su
vida. La voz del egoísmo sonó poderosa y convincente, diciéndole que don
Tadeo podía _hacerle hombre_; que su familia, en cambio, carecía de
medios para ello. Le habían hablado tanto del temor de Dios y tan poco
de su propia madre, que le halagó la idea de ser ministro del Señor.

El primer efecto de la enseñanza religiosa fue hacerle comprender que su
porvenir correspondería a las esperanzas que abrigó viendo y envidiando
a los que frecuentaban la casa de su protector. Las lecciones de sus
maestros y los libros que le pusieron en las manos, le dijeron que la
misión del sacerdote era superior a cuanto podía imaginar su ambición.

El más ilustre de los profetas, el precursor San Juan, tuvo la dicha de
poner _una vez_ las manos sobre la cabeza de Cristo: él, como sacerdote,
le tendría todos los días en las suyas, y le consagraría con sus
palabras. Los ángeles están continuamente cerca de Dios; pero ¿qué ángel
posee, como él había de gozarlo, el poder de perdonar los pecados? En
las entrañas de la Virgen encarnó el Verbo, pero una sola vez: en sus
manos de sacerdote, por virtud de frases salidas de sus labios,
encarnaría el Verbo todos los días, y no en forma mortal, como le
concibió María de Nazareth, sino impasible, inmortal, glorioso, como
está en los cielos. ¿Qué poder ni dignidad había igual al suyo?

Dos rasgos distintos de su personalidad comenzaron a desarrollarse en él
durante esta época de su vida, mientras fue estudiante en el Seminario.
Su inteligencia, tardía en comprender, se acostumbró a admitir lo que le
daban pensado, como preferible al trabajo de pensar por cuenta propia; y
la facilidad con que pudo seguir la carrera por aquella protección que
se le dispensaba, le hizo poco humilde.

No fue cura de los de carrera breve, que sólo estudian rudimentos de
latín, filosofía mermada y algo de moral jesuítica, sino que siguió la
carrera lata, empapándose de Teodicea, Patrología, Hermenéutica, Derecho
Canónico y Disciplina Eclesiástica, hasta el doctorado en Teología, en
todo lo cual trascurrieron ocho años, al cabo de los que se ordenó _de
menores_.

¡Día feliz aquél en que la simple tonsura le hizo soldado de la milicia
de Cristo! Mas esta dicha no brotó en su alma al calor de la fe, ni se
esperanzó su buen deseo con lo que podría hacer manejando las divinas
armas que le serían concedidas, sino que nació del contacto producido
por la docilidad con que acogió las palabras que tantas veces había
escuchado prometiéndole, en cuanto fuese sacerdote, la supremacía sobre
los otros hombres. _El sacerdote es embajador que habla en nombre de
Dios, y despreciarle es injuriar a quien le envía_, le dijeron,
tomándolo de San Juan Crisóstomo, repitiéndole esta y otras frases
análogas hasta la saciedad, para empaparle de la alteza de su misión,
como hacían los oráculos paganos con aquellos a quienes aspiraban
someter a su servicio. Las órdenes menores de portero, lector, exorcista
y acólito le parecieron llenas de encanto, por la suma de dignidades que
indicaban y por las que anunciaban. ¡Ser portero de la casa de Dios!
¡Leer al pueblo la divina palabra! ¡Lanzar al enemigo malo fuera del
cuerpo en que hace presa! ¡Poder acercarse al _Sancta Sanctorum!_ ¡Qué
grandiosos y envidiables privilegios!

Llegó por fin el día de recibir las órdenes mayores. La Iglesia,
dirigiéndose a los que le presentaban y aludiendo a él y sus compañeros,
preguntó si eran dignos (_¿scis illos dignos esse?_): luego le impuso
varios días de retiro y ejercicios, y después ungió y santificó sus
manos, poniendo en ellas la patena y el cáliz al par _que, con asombro
de los ángeles_, pronunciaba el Prelado solemnemente estas palabras:
_Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Misasque celebrare, tam pro
vivis quam pro defunctis, in nomine Domini, Amén_: y en seguida colocó
las manos sobre su cabeza diciendo: _Accipe Spiritum Sanctum, quorum
remiseris peccata, remittuntur eis; et quorum retinueris, retenta sunt_.

El gusano nacido de la fiebre pecadora, el fruto del amor profano, el
hijo de la pasión carnal, fue súbitamente redimido de impureza y elevado
a una dignidad mayor que la de los reyes, revestido con poder análogo al
de Dios, como decían los libros en que le hicieron estudiar. Ya era
sacerdote; ya podía intervenir en la parte más noble del gobierno de los
hombres, en el cuidado del alma. Mas buscar en el fecundo seno de la
Naturaleza las causas de las cosas, le dijeron que era revolver
impurezas de la materia; bucear en la conciencia para iluminar su razón
con la Verdad, lo tacharon de impío; leer la vida de los pueblos, lo
motejaron de trabajo estéril, porque el dedo de la Providencia traza los
destinos del hombre; escuchar los latidos de su corazón, le advirtieron
que era rendirse al deleite, y contra el amor pusieron en sus labios,
pervertidas y desvirtuadas, las palabras de Cristo a su madre: _¿Qué
tengo yo contigo, mujer?_

Don Tadeo, lejos de dejarle abandonado a sus propias fuerzas, le
proporcionó curato; y Tirso, después de su primera misa en la capital de
la provincia, que dio ocasión a una fiesta que fue un recuento de
fuerzas realistas, marchó a vivir a un pueblo, mejor dicho, valle, entre
cuyas ásperas desigualdades estaba esparcido el caserío de miserables
viviendas y pobres gentes, sobre quienes debía comenzar a ejercer su
santo ministerio. Entonces se consagró por entero a las necesidades de
su estado: las misas, bautizos, bodas, confesiones y entierros; la
predicación, y el tomar parte a veces en los juegos de sus feligreses,
fueron sus principales ocupaciones. Los pocos libros que llevó a su
retiro acabaron por servir de peana a una imagen encerrada en una urna:
el estudio se le hizo enojoso. A los cuatro meses, su única lectura era
la de un periódico católico absolutista recomendado por el obispo de la
diócesis: la Teología, las Sagradas Escrituras, los Santos Padres,
cuanto representaba labor intelectual, quedó olvidado, surgiendo en su
lugar otro género de motivos de actividad para el pensamiento, y
sustituyendo distinto linaje de devoción a la contemplación seria de los
misterios y los dogmas.

Antes, aunque poco, se preocupó algo de si la religión natural, que
excluye toda revelación, basta al hombre para salvarse; de si por la
experiencia de los sentidos o por medio de la conciencia puede llegarse,
como por la fe, al conocimiento de Dios; de si el método demostrativo es
mejor que el hipotético y analítico: pero muy luego tales impulsos se
aquietaron, y como si aquella vida campestre influyera en él,
sobreponiendo lo material a lo ideal, cayó en una devoción ramplona, y
su pensamiento, sin tender a espaciarse, quedó encerrado en
infranqueables lindes. Los primeros sermones que pronunció fueron de
hombre que ha comenzado a estudiar: al cabo de un año, la santificación
de las fiestas, la Inmaculada Concepción, los carceleros del Papa, los
milagros modernos, las impiedades del matrimonio civil, la infamia
llamada libertad de cultos, fueron sus temas favoritos; y los
campesinos, que al principio no le entendían, empezaron a entusiasmarse
con su palabra, de la que no fue avaro, sino que la prodigó,
experimentando algo semejante al orgullo de la misión cumplida. Cuando
desde lo alto del púlpito miraba congregado el rebaño de fieles que le
oía con devoto silencio, imaginaba estar realizando el más alto y noble
de los destinos humanos.

En su conducta nada había censurable. Llenaba con tanto celo su deber,
que apenas, muy de tarde en tarde, escribía una carta, sobria y breve, a
sus padres, ya habituados a aquel alejamiento, como padres de hijo
marino que navega al otro lado del mundo. Su vida era reposada,
monótona, sin emociones que le agitaran ni cavilaciones que le
desvelasen; existencia plácida, quizá egoísta, de una tranquilidad
análoga al silencio del campo.

Desde las ventanas de su cuarto abarcaba con la vista ancho espacio,
extensos plantíos de nabos, frondosos maizales, hondonadas de donde
subía rumor de agua corriente, casas pequeñas y dispersas, medio ocultas
entre la frondosidad de enormes castaños acopados, y allá, en lo alto de
algún cerro, una ermita con la cruz del tejadillo tronchada por el
viento. En las laderas de los montes, la tierra parecía a trechos
ingrata a todo esfuerzo humano, las cumbres estaban coronadas de peñas
calvas con los ángulos roídos por los siglos, y los picachos de granito
se erguían enhiestos en desprecio del tiempo. El cielo de aquella
región casi nunca estaba sereno: a la mañana y a la tarde, en toda época
del año, el suelo se cubría de neblinas que, lamiendo las vertientes y
los altos, se alzaban poco a poco hasta formar nubes que, apoyándose en
las crestas de la sierra, tendían el vuelo por los aires,
confundiéndose, hacia el confín del horizonte, con otras nubes que
venían de montes más lejanos. Lo diseminado del caserío contribuía a la
soledad de Tirso; así que tenía poco roce con sus feligreses, casi las
precisas relaciones, dada su posición; de suerte que, ni el respeto se
mermaba con la confianza, ni la frecuencia del trato podía engendrar
intimidad. Hacía muchos años que en aquellos contornos no se recordaba
un cura tan reservado y poco comunicativo.

Tirso era de carácter rudo; su aspereza parecía fruto de cierto orgullo
íntimo por el cumplimiento del deber, y con los campesinos guardaba
siempre una reserva calculada, cual si pensase que convenía a su
prestigio de sacerdote el apartamiento de las miserias humanas. Lo que
más contribuyó a su buena fama, fue la indiferencia que manifestó hacia
las mujeres desde que tomó posesión del curato. Hablando con los hombres
era frío, de pocas y secas palabras; pero esta frialdad y aspereza
subían de punto al tratar con las mujeres: para ellas sólo tenía en los
labios acritud y en el pensamiento recelo. Su juventud y la vida libre
del clero en aquellas tierras, hacían resaltar más esta antipatía a la
mujer. Los familiares que en las oficinas del obispado manejaban el
registro secreto de la conducta de los clérigos de la diócesis, tardaron
muchos meses en convencerse de que no era mujeriego, y el espionaje, de
que no se vio exento por ser ahijado de don Tadeo, sólo logró averiguar
que, valiéndose de lo cercano que estaba su curato a la ciudad, Tirso
solía irse a la población un par de veces al mes, permaneciendo en ella
algunas horas, sin que nadie supiera dónde ni a qué iba. Sobre esto hizo
mil conjeturas la malicia; pero nada se llegó a saber con certeza.

Tal fue la vida de Tirso durante los primeros años de su estancia en
aquellos campos, donde seguramente no era fácil que se realizasen todas
las promesas de dignidades y grandezas que le hicieron su propia
imaginación y los que le consagraron al sacerdocio. Luego, de pronto, y
en muy pocas semanas, su vida mudó por completo de rumbo.

        *       *       *       *       *

En pueblos y aldeas comenzó a notarse extraña inquietud y desusado
movimiento, sustituyendo, a las conversaciones sobre el estado del campo
o el cuidado de las haciendas, diálogos que expresaban, no temor, sino
esperanza de próximos trastornos.

Se sabían con indignación cosas irritantes, y se comentaban con ira. La
Revolución, que había hecho jurar a los sacerdotes una Constitución
sacrílega, y que ciñó la corona de San Fernando a un hijo del carcelero
del Papa, parecía lanzada a nuevos y execrables excesos; los gobiernos
que se sucedían en Madrid estaban compuestos de enemigos de la Iglesia;
de algunos de los ministros se dijo que eran protestantes, y se añadía
que en la corte se fraguaba una conspiración para suprimir el sueldo a
los párrocos y arrojar de sus conventos a las pobres monjitas que
escaparon a la _persecución_ del año 68. A estas noticias, esparcidas
primero cautelosamente, y luego en violentos impresos, respondió la
comarca con intenso desasosiego. Las gentes se hablaban ávidas de
recibir y comunicarse nuevas que justificaran la exaltación de los
ánimos; los que no sabían leer, es decir, el mayor número, se reunían en
corros a oír las relaciones que en cartas o periódicos se hacían del
estado de España, que semejaba haber caído en poder de moros;
comenzaron a pronunciarse con respeto nombres de cabecillas olvidados; y
personas que jamás hicieron alarde de su opinión, manifestaron sin
rebozo que, si en aquellos valles volvía a resonar el grito de _Dios,
Patria y Rey_, contestarían a él con entusiasmo. En los pueblos, cada
púlpito era una tribuna; cada sacerdote, un orador que, poseído de santa
indignación, se olvidaba de alabar a Dios por señalar a sus enemigos con
el dedo; recordábanse en las tertulias hazañas de la _otra guerra_,
narradas con carácter de leyenda, y de continuo atravesaban el país
viajeros que, deteniéndose a guisa de emisarios en los caseríos,
repetían palabras que eran consignas, o frases de esperanza en el
alzamiento, ya cercano. Hasta las mujeres atizaban el fuego, como si
anhelasen la lucha, teniendo en poco la vida de sus hijos.

Una tarde, ya puesto el sol, llegó a casa de Tirso un hombre, y tras
conferenciar con él breve rato, partió en dirección a otro pueblo
cercano. Al día siguiente, Tirso metió en una balija y un baúl pequeño
parte de sus ropas, y cuando cerró la noche, acompañado de un labriego
de su confianza, se encaminó a la ciudad, en cuyas afueras le esperaba
un criado, que cargó con el equipaje. Pocas horas más tarde, don Tadeo
y dos caballeros amigos suyos celebraron ante él una entrevista, le
dieron algún dinero, instrucciones y orden de marchar a Madrid. El
curato quedó abandonado; mas ¿qué importaba descuidar la salud de unos
cuantos por el servicio de todos? Era necesario un agente discreto,
seguro, desconocido por ser nuevo, y de quien nadie pudiese sospechar:
don Tadeo designó a Tirso, y éste tomó el tren para la corte.

Por eso no escribió ni dijo nunca a sus padres cuál era el objeto de su
viaje.




XII


El día anterior a la llegada de Tirso a Madrid, mientras don José, doña
Manuela y Leocadia le esperaban con la satisfacción que consentía la
larga separación sufrida, Pepe se entretuvo en arreglar para su hermano
su propio cuarto, trasladando de la habitación que él ocupaba a otra más
chica y de peores condiciones un armarito, dos perchas, el aguamanil y
dos sillas, todo lo que componía su mobiliario, diciendo que él paraba
poco en casa y, además, en cualquier parte estaría bien. Salió
perdiendo en el cambio, pero sabía que aquello agradaría al padre.
Leocadia barrió el suelo y fregó los cristales del cuarto cedido, y la
madre preparó ropa para el lecho. Con destino a Tirso se compró un
catre; pero Pepe lo tomó para sí y cedió también para su hermano la
cama, que era de hierro. La víspera de que el viajero llegase, cuando
todo estaba dispuesto para recibirle, don José, mientras le acostaban,
decía a Pepe:

--Hijo mío, por más que discurro, no puedo adivinar cuál sea el motivo
de su venida.

--Ya nos lo dirá él.

--¿Y por qué no explicarlo antes? Te confieso que me preocupa esto
mucho. ¿De donde habrá sacado el dinero del viaje? Lo que yo pienso no
tiene vuelta de hoja. Si antes ha tenido cuartos, ¿cómo no se le ha
ocurrido nunca enviar un céntimo ni venir a vernos? y si los tiene
ahora, de repente, ¿cómo se los ha procurado?

--Lo mismo he pensado yo; pero no te devanes los sesos, que mañana
sabremos a qué atenernos. Lo principal es que viene y que estás
contento. Yo también me alegro más de lo que parece, y eso que la
situación es rara ¿verdad? Porque lo cierto es que ni ésta (_por
Leocadia_) ni yo le hemos visto desde que éramos chicos.

--No hablemos, no hablemos de eso, que se me amarga la alegría. Tú
bajarás a la estación, ¿eh?

--Sí, pero... no sé como me las arreglaré... A quien se le contara el
caso, se echaría a reír. ¿Cómo diablos le conoceré?

--Hombre, él vendrá con hábitos. Le llamas, y con darle una voz...

--El tren llega a las siete y veinticinco; de modo que, si no trae
retraso, a las ocho y cuarto u ocho y media podemos estar aquí.

Nadie en la casa concilió el sueño aquella noche. Pepe se levantó a las
seis, y poco después bajó a la estación del Norte.

Hacía fresco, y para entrar en calor comenzó a pasear por el andén,
presa de una impaciencia en que acaso era curiosidad la mayor parte:
cada dos minutos miraba al reloj, y constantemente tenía el oído atento,
esperando escuchar un timbre eléctrico, una campanada, un silbido,
cualquier señal que anunciase la llegada del tren.

La falta de movimiento hacía que los ruidos fueran escasos: sólo se oían
el penetrante sonido de una banda de cornetas que aprendía a tocar
llamada por bajo del cuartel de la Montaña y el cansado grito con que
se animaban varios mozos que, arrimando el hombro a un furgón, iban
empujándolo hacia el muelle de descarga. En el andén no había casi
nadie. Veíanse a lo lejos los cobertizos que resguardan las mercancías,
las largas filas de vagones polvorientos, la arena de las vías
ennegrecida por las escorias del carbón, las líneas paralelas de los
railes abrillantados por el roze, y el arbolado de la cuesta de
Areneros, cuyo ramaje comenzaba a ponerse amarillo con los ardores del
verano. Poco a poco fue llegando gente; empleados que venían
desperezándose, mozos que sacaban de junto a las básculas los carretones
de los equipajes, otros ocupados en recoger lamparillas de los coches, y
algunos que traían grandes atados de cántaras vacías, devueltas por los
lecheros a su punto le origen. Después aparecieron las autoridades de
menor cuantía, dos _parejas_ y un inspector que hacía molinetes con el
bastón para que se viesen las borlas mugrientas. De pronto sonó un
timbre, y luego una campana: el tren había salido de la estación
inmediata. Trascurrieron veinte minutos, y de repente, en la curva de la
Moncloa, asomó la locomotora arrastrando con sus últimos esfuerzos el
tren, que produjo al pasar sobre las placas giratorias un ruido
estrepitoso de hierro golpeado contra hierro. Cuando se detuvo la larga
fila de vagones y comenzaron los viajeros a bajarse, Pepe fue
registrando con la vista los departamentos uno por uno, mas no vio salir
de ellos ningún cura. Miró a las gentes que ya se habían apeado, y
tampoco. Entre los recién llegados que se agolpaban a la puerta de
salida, no había clérigo alguno. Pasaron unos instantes y, disminuida ya
la confusión, se fijó en un hombre que quedó en medio del andén, solo,
mirando desorientado a todas partes, sin soltar una cesta y un saco de
alfombra que llevaba en las manos, dudosamente limpias.

Vestía traje oscuro, cuyo chaquetón, muy abrochado, sólo dejaba ver el
cuello de la camisa: la pechera desaparecía tras una corbata negra y
ancha hecha dos nudos; toda su ropa era ordinaria, pero nueva; llevaba
las botas blancuzcas por el poco betún o el mucho roze, y de uno de los
bolsillos del chaquetón pendía la borlita de un gorrito de pana. Pepe
clavó los ojos en aquél hombre, y luego, poniéndose a pocos pasos y a su
espalda, le llamó en voz baja, casi con timidez:

--¡Tirso!

Volviose de pronto el recién llegado, y entonces el muchacho le abrió
los brazos, diciendo:

--Soy Pepe.

El abrazo que se dieron fue largo y apretado, sincero tal vez, pero de
fijo nadie lo sabrá nunca.

De tan extraño modo se conocieron dos hombres a quienes la Naturaleza
había hecho hermanos.

--¿Y los padres?--preguntó Tirso con más interés en la entonación que
calor en la mirada.

--Buenos... esperándote.

Parecía que ambos empleaban el tú con trabajo.

--Vamos allá.

Reclamaron juntos el equipaje, confiáronselo a un mozo, a quien dieron
las señas de la casa donde lo había de llevar, y salieron de la
estación.

--Vamos a tomar un coche: ¡hoy es día de gastar dinero!--dijo Pepe.

--¿Para qué? ¿Está lejos la casa?

--Lejos, no; pero tienen mucha gana de verte. Todo está preparado... tu
cuarto dispuesto... ¡Verás qué guapa es Leo y como te reciben todos!

--No, no: vamos a pie.

--Anda, no seas niño; un _pesetero_ nos lleva en seguida.

--¡No!: quiero ir a pie.

Y pronunció el _no_ firme, rotundo, seco, como quien suele dar a la
palabra la energía de una voluntad terca.

--Entonces, vamos deprisa, que estarán impacientes.

Echaron a andar. La mañana era fresca y agradable. Madrid recibía a su
huésped con un cielo azul, limpio y hermoso. Subieron por la Cuesta de
San Vicente, y poco antes de llegar a la puerta, Tirso, mirando frente a
ella un edificio pequeño en cuyos muros exteriores había escritos dos
versículos de la Biblia, preguntó, torciendo el gesto:

--¿Es una capilla protestante?

--No: es un asilo que ha hecho la Reina María Victoria, la mujer de
Amadeo, para que estén recogidos los hijos de las lavanderas mientras
ellas trabajan.

Tirso desvió la vista sin contestar.

Siguiendo a buen paso su camino, continuaron por la calle de Bailén
cambiando frases indiferentes, sin atinar con lo que mutuamente debían
decirse, ambos cohibidos, como extraños a quienes la casualidad ha
puesto en contacto. Lo familiar se les antojaba osado, y cada cual temía
que el interés pareciese curiosidad. Querían dar a las palabras
entonación cariñosa, y no acertaban a decirse sino cosas que les eran
ajenas. Desembocaron en la plaza de Oriente.

--Mira, Tirso, estamos en Palacio.

El forastero contempló un instante el soberbio edificio sin poder
contener una expresión de disgusto, cual si allí viviera alguien a quien
personalmente aborreciese. En esto Pepe se arriesgó, por fin, a
preguntar algo que satisficiera la espectativa que en sus padres y en él
mismo había despertado el viaje.

--Vamos, hombre, ¿y cómo ha sido esto? ¿Qué te trae a Madrid?

--Ya te contaré, ya te contaré: ahora no... ¡Qué lástima que viva ahí
dentro un extranjero!--añadió, mirando con saña hacia Palacio.

Más adelante, en la entrada de la calle Mayor, se detuvo para ver la
fachada del convento del Sacramento.

--¿Qué iglesia es esa? ¿Es parroquia?

--Hombre, la verdad... con certeza no te lo puedo decir; pero creo que
ahora está ahí la parroquia de Santa María.

--Poco enterado estás. Anda, vamos a entrar un momento.

--Hombre, ¡si nos están aguardando!

--No importa, dos minutos.

Pepe no comprendía que su hermano dilatara ni tan corto espacio de
tiempo el abrazar a sus padres. Por disculparle instintivamente, se
dijo, sin embargo, que aquella era la primera iglesia de Madrid que
Tirso había encontrado al paso y que, siendo cura, el hecho no tenía
nada de sorprendente. Bajaron la escalinata que conduce a la fuente, y
en la puerta del templo, Pepe, que iba fumando, dijo:

--Aquí te espero, no tardes; déjame los sacos.

--¡Ah! ¿no entras?

Tirso penetró solo en la iglesia y Pepe se quedó mirando cómo los
aguadores llenaban las cubas en la fuente. Pasó entretenido unos cuantos
minutos, luego volvió los ojos hacia la portada, pareciéndole
inexplicable que su hermano no saliera en seguida; pero trascurrió un
buen rato, y nada, Tirso no volvía. Miró el reloj, dio dos o tres paseos
por delante de la fachada, sin soltar los sacos, y volviendo a subir las
escaleras, dirigió otra vez la vista hacia la iglesia. Salieron dos
viejas y un señor muy gordo, encasquetándose un gorro negro antes de
ponerse el sombrero; mas Tirso dentro permanecía.--«¡Qué calma!--pensaba
Pepe--¡Sabiendo cómo estarán en casa!»--De pronto sacó otra vez el
reloj y, notando que había pasado casi un cuarto de hora, se le acabó la
paciencia y bajó la escalerilla: aún se detuvo unos instantes en la
puerta, mas en balde. Al fin entró por su hermano.

La nave del templo era toda sombras, en cuyo fondo ardían unas cuantas
velas, sin que las llamas lograran disipar la oscuridad. A la izquierda,
al pie de un altar, estaba Tirso hincado de rodillas, juntas las manos
sobre el pecho y muy humillada la cabeza. Como Pepe no tenía costumbre
de verle, le fue preciso adelantar bastante para cerciorarse de que era
él. Cuando iba ya a tocarle en un hombro, Tirso se puso en pie, hizo
ante el altar una lenta genuflexión, se persignó y salió despacito. Al
verle llegar a la puerta, Pepe, que había vuelto a salir, le dijo,
procurando no dar acritud a sus palabras:

--Pero, ¿tú sabes la impaciencia con que estarán en casa?

Tirso, imperturbable, se detuvo un momento a leer un cartel de fiestas
religiosas, y luego contestó con severa y pausada entonación:

--Lo primero, es lo primero.

Desde allí anduvieron deprisa, pero yendo siempre Tirso con retraso de
un par de pasos.

«Vaya--pensaba Pepe--este es cura hasta los tuétanos.»

       *       *       *       *       *

En uno de los balcones del piso segundo de su casa de la calle de
Botoneras estaban esperándoles doña Manuela, Leocadia, y tras ellas,
hundido en una butaca sin poder incorporarse, por la debilidad de las
piernas, don José, que a cada minuto preguntaba:

--¿No vienen? ¿No les veis?

Al fin desembocaron los dos hermanos por el arco de la Plaza Mayor.

--¡Allí están!--gritó Leocadia y, dirigiéndose hacia la puerta, bajó la
escalera rápidamente hasta el portal, donde abrazó a Tirso, mientras
Pepe decía:

--Ya le tenemos aquí: vamos, vamos arriba.

Doña Manuela les recibió con los brazos abiertos en el descansillo del
principal; y como don José se hubiese quedado solo, con las puertas
abiertas, se le oía gritar, alterada la voz:

--¡Tirso, Tirso!

La madre se le estaba comiendo a besos.

Pepe y Leocadia, llevando cada uno un saco, entraron en el comedor:
detrás venían Tirso y su madre.

En vano pretendió el pobre viejo levantarse: pudo incorporarse apoyando
fuertemente las palmas en los brazos del sillón; mas, al intentar
sostenerse sobre las piernas, tuvo que dejarse caer en el asiento.
Tirso, entonces, llegó hasta la butaca y abrazó a su padre, quien,
cogiéndole la cabeza entre las manos y oprimiéndosela contra su pecho,
permaneció unos instantes sin proferir palabra, presa de una emoción
honda y callada. Hubo un momento de profundo silencio. Tirso sintió caer
una lágrima sobre su cuello; doña Manuela y Leocadia les miraban, sin
atreverse a separarlos, ambas impacientes por acercarse; Pepe, temeroso
de que aquella impresión dañara a su padre, se adelantó hasta la butaca
y, apartando suavemente a Tirso, dijo:

--Que haya para todos; los demás, ¿no somos nadie?

--¡Ya ves, hijo mío, cómo estoy!

--Paciencia, padre: la misericordia de Dios es infinita.

--Yoduro de potasio, cueste lo que cueste; mucho yoduro--añadió Pepe.

Durante la mañana toda la familia, menos Pepe, que tuvo que ir a casa
del señor de Ágreda, permaneció reunida en el comedor entregada a la
alegría del suceso; pero había en aquella situación algo anormal que
ponía trabas al contento. El hijo que por primera vez pisaba el hogar
de sus padres, a los treinta y cuatro años, revestido del carácter
sacerdotal, parecía un extraño recibido con afectuosos extremos; la
franqueza que con él empleaban resultaba tímida, como si a sus padres y
su hermana les fuera difícil tratarle con verdadera intimidad.
Especialmente doña Manuela, no sabía qué hacerse: las preguntas
cariñosas, las frases regocijadas se le paraban en los labios, atajadas
por un respeto vago; quería bromear, y le era imposible; las palabras no
respondían a las ideas que ansiaba expresar. Diríase que su cariño hacia
Tirso, privado por largos años de dar muestra de vida, surgía
repentinamente, pero entorpecido por lo anómalo de las circunstancias.
Había ratos en que ninguno sabía de qué conversar con él. Quien parecía
más dueño de sí era don José, sin tener tampoco realmente con su hijo la
libertad que debiera. Leocadia experimentaba una fuerte impresión de
curiosidad. Se había sentado en uno de los brazos de la butaca de su
padre y, como Tirso ocupaba una silla baja, ella le veía de alto a bajo,
mirándole y remirándole la coronilla, muy sorprendida de que un hermano
suyo tuviese aquello en la cabeza.

A las doce volvió Pepe y almorzaron, ocupando cada cual su puesto en
torno de la mesa. Tirso, entonces, permaneció un momento en pie; tomó
una libreta, marcó sobre ella ligeramente con el cuchillo una cruz antes
de partirla y, al dejar los pedazos sobre el mantel, extendió las manos,
murmurando con los ojos medio cerrados:

--_Benedice Domine nos, et hec tua dona quæ de tua largitate sumus
sumpturi_...

Ninguno respondió a la oración. Todos, entre sorprendidos y
contrariados, guardaron silencio unos instantes: doña Manuela fue la
única que, no por hipocresía, sino por docilidad, movió los labios, como
si rezara en voz baja. El primero que se atrevió a hablar, fue Pepe:

--A ver, chico, a qué te sabe el pan de tu casa.

--Lo que da el Señor, es bueno, donde quiera que lo dé.

Pepe añadió:

--Menos las enfermedades, escaseces, disgustos y otros obsequios...

--Con todo lo cual se prueba el temple del alma y se depura la virtud.
La desgracia es el crisol de la fe.

--Y pasa uno la vida que es un gozo: aunque yo creo que eso de
someternos a pruebas es calumnia que levantáis al Ser Supremo.

--¡Ah! ¿Llamas a Dios el Ser Supremo? ¿Eres libre pensador?

--¡Quién sabe lo que uno es? Pero como no me gusta la comedia que
estamos representando aquí bajo, chicheo en algunas escenas.

--Ya te mostraré yo remedio a todo. Rezando, implorando el favor divino,
no queda en el pensamiento espacio a la impiedad.

--¡Cuántas oraciones resultarán impías a los ojos de Dios! ¡Con qué
frecuencia se confundirán en la plegaria del devoto la esperanza del
beneficio propio y la avidez del mal ajeno!

--Esa no será oración, sino blasfemia. El mal y la oración son
incompatibles. Oración es _aptisima arma, thesaurus prepotens, divitias
inexhaustas pariens, fons et radix omnium bonorum_. Virtud, misa,
predicación, sacramentos, austeridad, limosna... todo puede subsistir
con el pecado menos la oración, que es al espíritu del hombre como el
aire al pulmón. Por eso dijo Orígenes: _Horrendum est diem sine oratione
transigere_, y el Profeta: _Desolatione, desolata est terra, quia nullus
est qui recogitet corde_.

--Mal se hermanan esa bondad divina, eternamente importunada por la
súplica humana, y la existencia del mal sobre la tierra.

--¿Qué te extraña? ¿No brotan en el mismo prado la flor que recrea, la
fécula que nutre y la ponzoña que mata?

--¿Y que falta hacía crear la ponzoña?

--El mal es en la tierra como piedra de toque para el alma. ¿Piensas que
en prosperidad imperturbable sería mejor el hombre?

--Mira, Tirso, no me gusta probar ideas propias con testimonios ajenos;
pero contesta a este raciocinio de Epicuro: ya ves si lo tomo de
antiguo.

--A ver qué herejías paganas te han enseñado en la Universidad.

--O Dios quiere evitar el mal y no puede, o puede y no quiere, o ni
quiere ni puede, o puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente;
si puede y no quiere, es malo, y, por consiguiente, no es Dios; si no
puede ni quiere, es impotente y malo; y, por último, si quiere y puede,
¿de dónde diablos procede el mal, que no lo evita?

--Discutir no es creer: la razón agobia al pensamiento, la fe lo dilata.
Quédate con tus dudas y déjame con mis consuelos. Para tí, la soberbia
humana: para mí, la gracia divina.

--¿Y qué es eso? ¿Qué es la gracia?

--¿Crees en el progreso moderno?

--Sí.

--¿Sabes fijamente cómo, por qué y con arreglo a qué leyes late, palpita
y vuela el fluido eléctrico? No, y, sin embargo, crees en el telegrama
que te llena de gozo. Pues así es la gracia: maravilloso su origen,
secreto su camino; su fin, dulcísimo. Créeme, hermano, el hombre sin la
idea de Dios, es aspa de molino sin viento que lo mueva, fuego sin aire
que lo sople. Inteligencia en que no haya fe, sea aniquilada: es como
aquel árbol oriental de sombra dañina que, aun hecho leña y consumido
por las llamas, envenena el ambiente con las cenizas aventadas.

--Con lo cual venimos nada menos que a justificar el Santo Oficio.

--¡No vas descaminado!--exclamó Tirso trémula la voz.

Doña Manuela y Leocadia no entendían bien todo aquello: don José, ya
inquieto, golpeaba una copa con el recazo del cuchillo, cual si quisiera
que el timbre del cristal ahogara las frases de sus hijos.

Pepe no quiso contestar lo que se le ocurrió en respuesta a las últimas
palabras de su hermano.

El diálogo recayó luego sobre el viaje y sus molestias; después hablaron
de lo caro que cuesta todo en Madrid; de la agitación de la vida
cortesana; de lo mucho que hay que andar para ir a cualquier parte, y de
otras cosas, que asemejaron la conversación a la que pudieran haber
sostenido con un amigo forastero.

--¿Y qué iglesias hay por aquí cerca?--preguntó Tirso.

Tuvieron que hacer memoria para contestar: sólo doña Manuela quiso
responder en seguida.

--San Justo... y la Concepción Jerónima... y...

--Más cerca está San Isidro--decía Leocadia.

--¿En cuál de ellas oís misa?

Nadie repuso.

--Vais indistintamente a cualquiera, ¿eh? Pues eso no es bueno. La misa
debe oírse siempre en el mismo templo, y si es posible en el mismo altar
y dicha por el mismo sacerdote.

--Yo te diré lo que pasa, hijo mío--respondió don José.--En primer
lugar, ya ves, yo no me puedo mover, y tu madre no se aparta de mí un
momento. ¡Si vieses cuánto da que hacer en una casa un hombre como yo,
imposibilitado! Pepe no tiene tiempo para nada... y esa pobre, ni
siquiera pasea: no tiene quien la acompañe...

--La verdad es que vivimos muy sujetos, chico; ya lo irás viendo. Ésta y
mamá no se mueven de aquí, casi nunca salen: yo, entre unas cosas y
otras, trabajo de diez a doce horas diarias...

Tirso comprendió que todas eran disculpas: frunció el entrecejo, y su
mirada tuvo un destello frío y duro como el brillo del acero. Le costó
violentarse, pero se contuvo y calló.

Al caer la tarde se vistió de hábitos y esperó impaciente a que
anocheciese por completo, sin cesar de mirar hacia el balcón, donde la
luz iba faltando.

--Si te vas--le dijo su padre--espera. Pepe ha salido, pero vendrá
pronto y te acompañará.

Tirso esquivó la respuesta cuanto pudo, y al fin, apremiado por la
insistencia de don José repuso:

--No, no hace falta que nadie se moleste: no quiero sino dar una vuelta
por cualquier parte, tomar el aire un rato.

Al cerrar la noche se fue sin preguntar nombre alguno de calle, como
quien ya sabe dónde se propone ir y se obstina en ocultarlo. Doña
Manuela y Leocadia se asomaron al balcón, y la última, al verle pasar
bajo un farol y desaparecer por el arco hacia la Plaza Mayor, tuvo una
frase, que era la abreviatura de la situación por que atravesaba la
familia.

--¡Qué raro se me hace esto! ¡Parece mentira que sea de casa!

Cuando volvió, al cabo de una hora, no contó dónde estuvo ni lo que
hizo, limitándose a hablar del bullicio y la animación de la corte.
Luego dijo:

--Mucho he andado por esas calles; y ¡cuanta estampa fea y obscena hay
en algunas tiendas! Pero, aunque llevaba hábitos, nadie se ha metido
conmigo.

--¿Pues qué?--repuso Pepe--¿creías que te iban a comer?

--No hubiese sido extraño que me insultaran. ¡Como ahora la impiedad
anda libre y se nos persigue y nos maltrata quien quiere!...

--Ríete de eso: ya te convencerás de que es mentira. No hay tal impiedad
ni tal persecución: en fin, tú lo verás a poco que andes por Madrid.

--Te advierto que me importaría poco. ¿Acaso no tengo buenos puños?




XIII


Aunque el sueño y la fatiga del viaje le rendían, no se recogió Tirso
aquella noche sin escribir una larga carta, que acaso tuviera relación
con la salida que hizo por la tarde. Mientras doña Manuela y Leocadia
acostaban al padre, él se puso a escribir.

La luz de la lámpara iluminaba de lleno su rostro cetrino y anguloso:
tenía los ojos grandes, pardos y tercos al mirar; la frente alta, afeada
por cierta depresión hacia las sienes; los labios recios y las facciones
salientes y toscas, como de talla mal labrada. Dábanle aspecto de dureza
el pronunciado ceño, que fruncía involuntariamente, y un viso oscuro que
le quedaba por lo fuerte de la barba, aún recién afeitada. Parecía
hombre sujeto a sensaciones tardías, pero intensas y durables, pronto a
convertir la firmeza en obstinación y la frialdad en violencia. Su
dulzura, cuando la mostrara, debía ser forzada; su ira, sincera: todo
acusaba en él un carácter antes propio de la energía del luchar que para
la complacencia del querer. Su alma, poseída de devoción sombría, debía
sentir mejor el vehemente proselitismo de Pedro Arbúes que el dulce amor
a Dios de Santa Teresa. Su progenie sacerdotal no estaba entre los
mansos de corazón, sino entre aquellos clérigos que imaginaron abrirse
las puertas del cielo con el hacha de combatir moros. Su fervor
religioso tenía asomos de entusiasmo bélico. San Pablo cortando la oreja
al soldado romano por defender a Cristo, o Santiago batallando en
Clavijo, eran a sus ojos mil veces más gloriosos que San Hilario
proscribiendo la fuerza. Unos adoran al Señor, otros pelean por dilatar
su reino en la tierra: Tirso era de éstos. Mientras tuviese la Iglesia
incrédulos que amordazar, fueros que defender o privilegios que exigir,
la vida contemplativa se le antojaba propia de espíritus mezquinos. A
las lecturas místicas, que arroban la imaginación, prefería esas
leyendas de audaces misioneros que son los caballeros andantes de la fe.
Un versículo del Evangelio le agradaba sobre todos; aquél que dice: «_No
he venido a traer al mundo la paz, sino la espada_.»

       *       *       *       *       *

A la mañana siguiente se levantó temprano y no salió. Estuvo oyendo a
Leocadia leer periódicos a su padre, y aunque permaneció largo rato con
ellos, no pronunció palabra alguna acerca del objeto de su viaje. Cuando
por la noche estaban doña Manuela y Leocadia acostando a don José, éste
dijo a su hija:

--¿Suele venir Pepe muy tarde?

--No: casi siempre antes de las doce.

--Pues espérale hoy y dile que entre a la alcoba: tengo que hablar con
él.

Madre e hija adivinaron de lo que se trataba, mas ninguna dio a entender
la sospecha. A todos sorprendía por igual el prolongado silencio de
Tirso. Era realmente extraño que no diese la menor explicación acerca
del viaje. Acaso vino sólo por ver a sus padres, pero no era esto
creíble en quien dejó pasar tantos años sin hacerlo. Una sola conjetura
había que fuese lógica: ¿habría venido a pretender? ¿querría ser
canónigo? ¿tendría quien le apoyara?

Antes de media noche llegó Pepe, y Leocadia, que le estaba esperando,
entró con él a la alcoba de sus padres, donde doña Manuela dormía
profundamente y don José aguardaba desvelado. Leocadia oyó sin chistar
el corto diálogo que sostuvieron padre e hijo.

--Pepito, ¿no te choca esto?

--Mucho, pero no atino con la causa.

--Es que ni una palabra... ¿a tí tampoco te ha dicho nada?

--Tampoco.

--Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda 

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