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Estudios históricos del reinado de Felipe II

by Cesáreo Fernández Duro · Spanish · Gutenberg #29078 · 632,419 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Estudios históricos del reinado de Felipe II
    
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Title: Estudios históricos del reinado de Felipe II

Author: Cesáreo Fernández Duro


        
Release date: June 9, 2009 [eBook #29078]
                Most recently updated: January 5, 2021

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/29078

Credits: Produced by PM Spanish, Pilar Somoza Fernandez and the
        Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
        (This file was produced from images generously made
        available by the Bibliothèque nationale de France
        (BnF/Gallica) at http://gallica.bnf.fr)


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTUDIOS HISTÓRICOS DEL REINADO DE FELIPE II ***




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ESTUDIOS HISTÓRICOS
DEL
REINADO DE FELIPE II


EL DESASTRE DE LOS GELVES
(1560-1561)

ANTONIO PÉREZ EN INGLATERRA Y FRANCIA
(1591-1612)


POR
D. CESÁREO FERNÁNDEZ DURO
De la R. Academia de la Historia


MADRID
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO
_Impresor de Cámara de S. M._
Don Evaristo, 8
1890




[Nota del transcriptor:

En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. El Índice se ha colocado al principio del texto en vez de al
final, como era el caso de la obra impresa, para facilitar su consulta.

Las abreviaturas, a excepción de aquellas que indican ordinales, se han
representado con el símbolo ^ precediendo la letra o letras finales
voladas, o bien añadiendo {} si dichas letras preceden una parte no
volada de la abreviatura.]




ÍNDICE.


                                                                Páginas.

El desastre de los Gelves                                              1

APÉNDICE I--Relación de la jornada que hicieron a Trípol de
Berbería las armadas católicas, años 1560 y 61                        67

Relación breve y verdadera de la jornada de los Gelves, desde el
día que arribó el armada turquesca hasta quel fuerte fué tomado
por los turcos, sacada de italiano en español                        163

APÉNDICE II--Carta de D. Juan de la Cerda, Duque de Medina Celi,
fecha en Mesina á 7 de enero de 1564, remitiendo al Dr. Páez,
Cronista de S. M., la relación que D. Álvaro de Sande había dado
á S. M. acerca de la jornada de Berbería, con anotaciones suyas      199

Epigrama dedicado á Juan Andrea Doria                                245

Antonio Pérez en Inglaterra y Francia                                249

Documentos                                                           381

Los papeles y cartas que truxo Miguel Igun sobre cosas de Francia    383

Cartas de Antonio Pérez                                              387




DESASTRE DE LOS GELVES
(1560)


La isla de los Gelves ó Gerves de nuestras crónicas, designada por los
naturales con el nombre de Jerbah y por los italianos con el de Gerbí y
Zerví, se halla al SO. de la de Malta, en el golfo de Caps ó Khabes por
latitud media de 33° 45' Norte, tan próxima á la costa de Trípoli y boca
del río Tritón, antiguo Lotofagite, que se comunicaba con la tierra
firme por un puente de madera, y aun á marea baja podía vadearse el
canalizo de separación.

En extensión superficial mide la isla unos 40 kilómetros de largo por 26
de anchura; abunda en olivos y palmares, cuyos frutos mantenían á la
población, repartida en aldehuelas y alquerías, supliendo con pozos la
carencia de ríos y fuentes de agua potable.

Rodean á los Gelves por todos lados bajos y canalizos de difícil acceso,
que obligan á las embarcaciones de algún calado á fondear á tres ó más
millas de distancia.

Siempre fué este rincón nido de piratas y peligroso padrastro de Malta,
Sicilia y Cerdeña. El Almirante de Aragón Roger de Lauria castigó los
latrocinios de aquellos naturales desembarcando en 1284. Pensó el Rey
Don Fernando el Católico reprimirlos de nuevo, y lo hiciera de su orden
en 1501 el Gran Capitán, á no estorbárselo las complicaciones de la
guerra de Italia. En fin, se organizó al efecto la expedición del Conde
Pedro Navarro en 1510: quedó en breve sometido Trípoli, saliendo de
Málaga segunda armada á las órdenes de Don García de Toledo, sobrino del
Rey Católico, padre del gran Duque de Alba, para dar fin á la jornada,
ocupando la isla de los Gerbes, yendo no menos de 16.000 infantes, sin
contar la gente marinera de las naves; dato que sirve á la medida de la
importancia de la empresa.

Verificado sin oposición el desembarco el 30 de agosto del mismo 1510,
emprendieron los escuadrones la marcha hacia el interior, llevando
D. García la vanguardia. El ardor del sol, el peso de las armas, la falta
de agua sobre todo, fatigaron tanto á los soldados, que al llegar á la
arboleda y sitio de los pozos no hubo razón ni palabra que los
contuviera, precipitándose en el mayor desorden á satisfacer la
exigencia de la sed con porfía y aun lucha de unos con otros.

Unos cuantos moros á caballo que salieron en la oportunidad, de la
emboscada en que estaban tras las palmeras, sembraron el pánico cargando
al tropel desmoralizado. En vano quiso alentarlos con la palabra
D. García de Toledo, y con el ejemplo los estimuló echando pie á tierra y
tomando una pica, con la que avanzó y contuvo al enemigo por de pronto,
seguido de muy pocos; su heróica muerte sirvió tan sólo para poner alas
al miedo y para que los fugitivos desordenaran á los escuadrones de
atrás[1]. Aquellos soldados mismos de Bugía y de Trípoli, asombro de
Europa pocos días antes, tirando las armas se arrojaban al mar ó se
dejaban degollar como carneros[2], sin que la autoridad y locución del
Conde Navarro fueran atendidas. Hubo, por otra parte, cristiano que por
entre las lanzas de los moros asía una vasija de agua y bebía
traspasado[3].

    [Nota 1: Fernando de Herrera, _Anotaciones á las obras de
    Garcilaso_.]

    [Nota 2: Pedro Mártir de Anglería, _Opus epistolarum_.]

    [Nota 3: Herrera, _loc. cit._]

La rota fué espantosa: con D. García de Toledo sucumbieron 60 capitanes
ó caballeros principales[4], calculándose, con más ó menos, en 4.000
hombres los muertos y cautivos; y como de ordinario la desmoralización
tenga consecuencias, perdiéronse luego cuatro naos con toda la gente
embarcada, y otra vez en la isla inmediata de los Querquenes, la gente,
sorprendida y acobardada, se dejó acuchillar por número muy inferior de
moros mal prevenidos.

    [Nota 4: Garcilaso, _Egloga segunda_.]

Diez años después llevó á los Gelves Don Hugo de Moncada, Virrey de
Sicilia, otra armada de cien velas conductora de 13.500 infantes y 1.000
caballos; los puso en tierra por el mes de abril (1520), y no llanamente
se abrió paso; que si el escuadrón que personalmente guiaba arrolló á
los moros, otro de los suyos cejó viéndose en aprieto. Con todo, pidió
paz el jeque de la isla, reconociéndose sometido y librando al Virrey de
ansiedades[5].

    [Nota 5: Gaspar de Baeza, _Vida de D. Hugo de Moncada: Colección de
    documentos inéditos para la Historia de España_, tomo XXIV.]

Díjose entonces en España por proverbio «Los Gelves, madre, malos son de
ganar[6],» aunque no pudiera presentirse que habían de ser teatro de
desastre harto más serio, por uno de los mayores de la historia militar
española, así en pérdidas de personal y material, como en la más
sensible de la reputación y de la confianza ganada con tantas victorias
anteriores.

    [Nota 6: Fr. Prudencio de Sandoval, _Vida de Carlos V_. Para el
    conocimiento de la desgraciada empresa de los Gelves en 1510, son de
    consultar, á más de los autores citados en las notas anteriores, Luis
    del Mármol, _Descripción del África. Reino de Túnez_.--Bernáldez,
    _Crónica de los Reyes Católicos_.--Zurita, _Anales de Aragón_ y
    _Vida de D. Fernando_.--Álvaro Gómez, _De rebus gestis_.--Oviedo,
    _Quincuagenas_, Q. I, Est. XXX.--D. Martín de los Heros, _Historia
    del Conde Pedro Navarro_.--_Colección de documentos inéditos para la
    Historia de España_, tomo XXV.]

Del suceso quedan relaciones suficientemente circunstanciadas para
juzgarlo con apartamiento de la pasión de los contemporáneos. Antón
Francesco Cirni Corso escribió una muy de atender, por la circunstancia
de hallarse en contacto con el Capitán general y conocer las
providencias del Consejo de guerra[7]. Más concisa, pero mereciendo
también la fe de testimonio presencial, es de citar la de M. T. de
Carrelières, Capitán de una compañía de franceses, relacionado con el
gran Maestre de San Juan[8]; de las varias que circulaban formó la suya
Alonso de Ulloa[9], trasladándola después al italiano con agregación de
otras campañas[10], y acaso también sirvieran al genovés Foglietta[11],
teniéndose en cuenta al redactar historias generales del reinado, tales
como las de Antonio de Herrera[12] y Luis Cabrera de Córdova[13], pues
que lo esencial de la jornada se encuentra en ellas.

    [Nota 7: _Successi dell' Armata della Maesta Catholica destinata
    all' impresa di Tripoli di Barbaria, della presa de le Gerve, etc.,
    progressi dell' Armata Turchesca, scritti per Anton Francesco Cirni
    Corso. In Venetia, appresso Francesco Lorencini da Turino_, M.DLX.
    8.º]

    [Nota 8: _Histoire de l'entrepise de Tripoli et prinse des Gerves:
    Faite par les Chrestiens en l'an 1559. Et l'issue de l'armée
    Chrestienne. Par M. T. de Carrelières, Capitain François estant en la
    diste armée, dedié a l'illustrissime Grand maistre de Malthe. A Lyon,
    Par Gabriel Cotier_, 1561. 16.º, 72 páginas.]

    [Nota 9: _Sucesso de la iornada que se començó para Trípol, año de
    1559, y se acabó en los Gelues el de 1560. Al Ilmo. y Excmo. Príncipe
    Don Gonzalo Hernandez de Córdova, Duque de Sessa. Nuevamente publicado
    por Alonso de Ulloa. Impreso en Venetia en casa de Juan Grisso. Año
    MDLXII._ 8.º--En el prólogo dice fué á sus manos el presente tratado
    que S. M. mandó hacer, y lo hizo imprimir, pareciéndole digno de ser
    leído.]

    [Nota 10: _La Historia dell' impresa di Tripoli di Barbaria, della
    presa del pegnon di Velez della Gomera in Africa, et del suceso
    della potentissima armata Turchesca Venuta sopra l' isola di Malta
    l' anno 1565. La descritione dell' Isola di Malta. Il disegno
    dell' Isola delle Zerbe et del forte fattovi da christiani, et la sua
    descrittione._ Sin año ni lugar. 4.º

    _La Historia dell' impresa di Tripoli di Barbaria fatta per ordine
    del sereniss. re catolico l' anno MDLX, con le cose avenute a
    Christianni nell' Isole delle Zerbe. Nuovamente mandata in luce. In
    Venezia, appresso Francesco Rampacetto, MDLXVI._ 4.º]

    [Nota 11: _Istoria di Mons. Vberto Foglietta, nobile Genovese della
    Sacra Lega contra Selim, e d' alcune altre imprese di suoi tempi,
    cioé dell' impresa del Gerbi, soccorso d' Oran, impresa del Pignon,
    di Tunigi, et assedio di Malta_, fatta volgare Givlio Gvastavini.
    Génova, 1598. 4.º, 671-6 páginas.]

    [Nota 12: Antonio de Herrera, _Historia general del mundo_. Primera
    parte: Madrid, 1601. En folio.]

    [Nota 13: Cabrera de Córdova, _Felipe II_: Madrid, 1876, tomo I.]

Pero aún quedaron manuscritas, circulando privadamente, algunas que en
más ó en menos se apartaban de las que alcanzaron sanción oficial. Al
cabo de los años transcurridos han venido á dar á luz los Sres. Marqués
de la Fuensanta del Valle y Sancho Rayón, en su _Colección de libros
raros ó curiosos_, una desconocida, escrita por Diego del Castillo, en
defensa de D. Álvaro de Sande[14], y no sola, toda vez que Nicolás
Antonio vió y cita en la _Bibliotheca hispana nova_, tomo I, pág. 273,
del mismo autor, otra cuyo paradero se ignora, intitulada _Historia de
la liberación de D. Álvaro de Sande y de la toma del Peñón de Vélez de
la Gomera y el suceso de la armada enviada por el gran Turco sobre la
isla de Malta_.

    [Nota 14: _Historia de la presa de los Gelves en África, y
    valerosísima defensa que hizo de la fortaleza D. Álvaro de Sande
    hasta su pérdida, dedicada al Sermo. Sr. Emmanuel Filiberto, Duque
    de Saboya, por Diego del Castillo._--_Colección de libros españoles
    raros ó curiosos._ Tomo IX, rotulado _Tres relaciones históricas:
    Gibraltar, Los Xerves, Alcazarquivir_: Madrid, imprenta de M.
    Ginesta, 1889. 8.º]

Diego del Castillo no asistió á la jornada de los Gelves que relata:
habla por referencia, pero con buenos informes, que no es aventurado
presumir procedieran del mismo D. Álvaro de Sande, á quien ampara contra
opiniones contrarias, pues refiere dichos y hechos que no constan en las
otras relaciones ni era fácil supiera de otra lengua; y la oportunidad
de sus escritos se acredita por los que van apareciendo, en prueba del
gran número de los que sin duda produjo el desastre que á tantas
familias dejaba lastimadas.

Uno se halla inédito en la Biblioteca del Escorial, por traducción del
italiano[15]; otro, que aquí aparecerá por vez primera, se guarda en la
Academia de la Historia[16], mereciendo principal consideración, así por
obra de quien presenció cuanto refiere, como por la apreciación distinta
con que juzga los sucesos: con harta severidad, tal vez; con
competencia, seguramente. D. Álvaro de Sande no sale tan bien librado
como en las relaciones impresas, en ésta, que deja suspenso y conmovido
el ánimo del lector.

    [Nota 15: Titúlase _Relación breve y verdadera de la jornada de los
    Gelves, desde el día que arribó el armada turquesca, hasta que el
    fuerte fué tomado por los turcos. Sacada del italiano en español._
    Copia en la Biblioteca de Marina, Colección MS. de Navarrete, _T-4_,
    documento núm. 13.]

    [Nota 16: Colección Salazar, _G-64_.]

Forma un códice en 4.º de 61 fojas, escritas por tres manos distintas,
por cuadernillos, por la urgencia con que se tendría que sacar la copia.
La hoja primera de guarda dice:

_La jornada de Berbería de 1560 y 1561. Escrita en la Torre del gran
Turco sigun diré por... Corrales, natural de Ocaña. Dióseme en Micyna á
31 de mayo de 1561._

Por bajo, de letra diferente, se lee:

«Está llena de mentiras.»

Corrales se nombra en dos pasajes de la relación, y, aunque no lo diga,
parece ser autor de una carta anónima que inserta, como dirigida á D.
Álvaro de Sande, y no tiene mayor categoría que la de soldado
particular.

Si no fué su escrito, otro parecido movió á D. Álvaro á dirigirse al Rey
en memorial de agravio, narrando por sí los sucesos y suplicando se
abriera información de ellos. El Duque de Medinaceli tampoco estaba
satisfecho de las versiones que corrían, ni ésta de D. Álvaro acababa de
llenar los deseos de poner á cubierto su honra, en que mordían no pocos:
se propuso, por tanto, hacer por sí también narración de los hechos; y
mientras con calma ordenaba los apuntes y disponía otros materiales,
comentó por de pronto el mencionado memorial de D. Álvaro de Sande,
remitiéndolo en tal forma al Dr. Páez, cronista del Rey D. Felipe, á fin
de que en sus oficios, donde se guardó original[17], surtiera efectos
más fáciles de lograr que con réplicas y discusiones.

    [Nota 17: Y se conserva en la Academia de la Historia, Colección
    Velázquez, _T-36_, est. 22, gr. 4, núm. 75.]

Por dicha se ha conservado este importante documento, que también ahora
se estampa, ofreciendo, con el sello personal del estilo de los dos
jefes principales del ejército en la jornada, datos con que mejor
conocerlos y juzgarlos.

Antes de hacerlo, conviene, sin embargo, recordar que, hallándose los
caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén dispersos y sin
domicilio propio después de la toma de la isla de Rodas por Solimán,
como el gran Maestre y principales dignatarios se acogieran á la ciudad
de Zaragoza de Sicilia, dióles el Emperador Carlos V para habitación y
defensa la isla de Malta y la ciudad de Trípoli, con las conquistas del
Conde Pedro Navarro y D. Hugo de Moncada.

El año de 1558, por alianza del gran Turco con el Rey de Francia é
instancias de éste, entró en el Mediterráneo armada de cien galeras al
mando de Piali-Bajá, con propósito de ganar el Condado de Niza. Las
costas de Calabria y Nápoles sufrieron mucho de esta escuadra, que se
llegó también á las islas Baleares, expugnando á Ciudadela en Menorca.
Iba allí el tristemente célebre Dragut, atenido á su antigua ocupación
de corsario desde que la conquista de la ciudad de África que gobernaba,
por el Virrey de Sicilia, Juan de Vega, le enajenó la gracia del gran
Señor, y no poco fueron debidos á su pericia marinera y práctica de las
costas los resultados de la expedición de Piali. Influyendo por lo mismo
su consejo, antes de la retirada al Bósforo, se dirigió la armada turca
á Trípoli, poniendo sitio á la ciudad por mar y tierra con asistencia
de los secuaces conservados por Dragut entre los berberiscos[18].

    [Nota 18: De estas empresas ha tratado el almirante Jurien de la
    Gravière en su libro titulado _Les Corsaires barbaresques et la
    marine de Soliman le Grand_: París, 1887. 8.º]

Mal prevenido el gran Maestre de San Juan, Gaspar de Valette, no pudo
resistir el furioso embate y repetidos asaltos de los genízaros;
faltáronle municiones, vituallas y gente, obligándole la necesidad á
capitular con seguro de las vidas. Dragut se hizo recompensar el
servicio encareciendo á Solimán la importancia de la conquista como base
de las sucesivas de Malta, Sicilia, Cerdeña y Córcega y aun de Italia,
que brindaba al Sultán por empresas dignas de su pujanza y á las que
contribuiría de buen grado. Octuvo el gobierno de Trípoli, que volvió en
sus manos á ser depósito del botín, nido de piratas, origen de
expediciones y recelo perpetuo de los habitantes de las costas de
Italia. Independientemente se entró Dragut por las tierras del Rey de
Caraván, en el interior, despojándole de una buena parte; y como la isla
de los Gelves conviniera grandemente á sus empresas, so capa amistosa
mató al jeque, ganó á los principales y se hizo señor y tirano.

Al Maestre de San Juan, Valette, antes nombrado, había sucedido
F. Parisiote, residiendo en Malta con la idea fija de recuperar á
Trípoli. La coyuntura de la paz entre España y Francia, acordada en abril
de 1559, le pareció excelente, pues que consentiría utilizar las grandes
fuerzas de mar y tierra de que disponía el Rey Católico antes de
deshacerlas. Pidió, pues, con instancia á D. Felipe la asistencia contra
los infieles, enviando por embajador á la corte al Comendador Guimarán.

Aseguraban al Monarca que era la empresa cierta ejecutándola con
celeridad y secreto, porque entretenido Dragut en cabalgadas y presas
hacia el interior de Berbería, no contando Trípoli con más de 500 turcos
de guarnición, sin repuesto de mantenimientos; asegurado el concurso del
Rey de Caraván y el de la mayoría de los berberiscos, vejados y
oprimidos de los turcos, por naturaleza soberbios, injustos y avaros; y
siendo difícil que á tiempo tuviera socorro Solimán de tan larga
distancia, concurrirían las circunstancias contra el astuto corsario y
debían de aprovecharse antes que su creciente poderío llegara á amagar
otros puntos.

Gobernaba por entonces en Sicilia por Virrey D. Juan de la Cerda, Duque
de Medinaceli, gran Señor en España, que secundó en la corte los
propósitos del gran Maestre con sus informes favorables, deseando
ocasión de honra personal en la jornada, como su antecesor en el
virreinato lo alcanzó con la conquista de la ciudad de África.

El Rey acogió con favor el pensamiento, ordenando sin dilaciones así al
Príncipe Andrea Doria, general de la mar, como á los Virreyes y
Gobernadores de Italia, facilitaran al Duque de Medinaceli, nombrado
Capitán general de la empresa, los elementos que reclamara, sin esperar
otro mandato. Sin embargo, como la armada turca se dejara ver en el
Adriático amenazando con ataques como los pasados, ninguna de las
autoridades principales quiso desprenderse de fuerzas de que podía haber
necesidad; lo que hicieron por de pronto fué cuidar la reunión en Mesina
de las escuadras de galeras, formando armada respetable á que concurrió
D. Juan de Mendoza, general de las galeras de España, y fué bastante la
prevención para que Piali regresara á Constantinopla sin intentar nada.

Pasó con las demoras la oportunidad de la jornada, que, según el consejo
del Príncipe Doria, era en los meses de septiembre y octubre, por haber
de ir la armada á costa peligrosa tan escasa de puertos como abundante
en bajíos. El Duque de Medinaceli activaba ciertamente los alistamientos
de gente, junta de navíos, acopio de municiones y raciones, haciendo
asientos ó contratas á la vez en Sicilia, Nápoles, Génova, Cerdeña;
encontraba, sin embargo, dificultades tan insuperables en las distancias
y en las comunicaciones, como en las voluntades, que no se aunan
llanamente.

En Milan, por ejemplo, estaba encargado D. Álvaro de Sande de alistar
2.000 alemanes y 2.000 italianos de los que iba á despedir el Duque de
Sessa y de conducirlos á Mesina juntamente con los 2.000 españoles que
por orden del Rey facilitaba aquel estado. Por interrupción en los
despachos se fueron los más de los alemanes á su tierra, sin que se
pudieran juntar más de tres compañías. Á esta sazón llegó nueva de la
muerte del Rey de Francia, y el Duque de Sessa retuvo los españoles,
receloso de trastornos.

Caminaron al fin los soldados á Génova; mas al llegar se encontraron con
que el embajador Figueroa había despedido las naves que estaban fletadas
y proveídas, en la creencia de no ser ya necesarias. Encontrar otras
costó quince días y alojar á los soldados en tierra. Al embarcar pasando
muestra, no recibiendo todas las pagas debidas, se amotinaron los
españoles, hiriendo al capitán Antonio de Mercado que procuraba
acordarlos, y tomaron el camino para volverse á Lombardía. D. Álvaro de
Sande y el embajador los alcanzaron á diez millas de distancia, que sólo
desandaron con promesa de recibir cuatro pagas. Una de las naves en que
habían embarcado 1.500 italianos dió al través antes de salir del
puerto, ahogándose algunos, perdiendo otros armas y ropas. Hubo que
desembarcar la gente y aderezar la nao, causa de nueva dilación.

En Nápoles surgieron entorpecimientos parecidos, mientras el Virrey
Duque de Alcalá no estuvo seguro de que podían salir del reino sin
inconveniente los soldados.

No dejaron de presentarse algunos en la armada, en razón á no ir en la
Real el Príncipe Andrea Doria, general de la mar, agobiado de los años.
De orden suya había arbolado el estandarte real su sobrino y
lugarteniente Juan Andrea Doria, «mozo brioso y mañoso, inclinado á las
cosas de mar, en cuyo manejo se había criado[19],» pero muy distante en
autoridad de la del Príncipe. D. Juan de Mendoza, general de las galeras
de España, alegó orden de S. M. para regresar á sus costas, por no estar
subordinado á Juan Andrea; otros generales lo estuvieron á más no poder.

    [Nota 19: Cabrera de Córdova, tomo I, pág. 282.]

Á principios de octubre se pasó muestra en Mesina á 12.000 hombres bien
armados, puestos bajo el guión del Duque de Medinaceli. Por
lugarteniente iba D. Álvaro de Sande; maestre de campo general D. Luis
Osorio; general de la artillería Bernardo de Aldana; administrador del
hospital el obispo de Mallorca. Embarcábanse sin cesar artillería,
municiones, vituallas y máquinas, pero iban muy retrasados los aprestos.

Se había desatendido por una ú otra razón la primera de las condiciones
que requería el éxito de la empresa: la celeridad. La segunda, la
reserva, se perdió por la tardanza misma, y por haber caído en manos de
los turcos una de las fragatas despachadas por el gran Maestre de Malta
para espiar la costa berberisca. Dragut, harto embarazado con la
hostilidad insistente de los berberiscos, tan luego supo el nublado que
de la otra parte se preparaba, despachó persona de su confianza con
cartas y regalos capaces de dar á entender la urgencia de socorro si
había de guardarse Trípoli; y tan bien la explicó el enviado, que
mientras con parsimonia seguían en Sicilia los embarcos, llegaba desde
Constantinopla un refuerzo de 2.000 turcos á la guarnición de la ciudad
amenazada, cuyas fortificaciones se aumentaron lo mismo que las
provisiones de boca y guerra.

El Duque de Medinaceli trasladó las fuerzas expedicionarias desde Mesina
á Zaragoza de Sicilia, como puerto más adecuado á las últimas
diligencias. Empleó no obstante en ellas cerca de dos meses, teniendo
las tropas embarcadas en prevención de las deserciones, riñas y motines
con que se manifestaba la mala disposición de aquel ejército, en gran
parte colecticio, á costa del consumo de las raciones acopiadas, cuya
mala calidad afectó la salud del soldado, enfermando y muriendo por
centenas en los hospitales.

En todo tiempo ha sido el logro norte de los contratistas; en ningún
acaso se echa de ver tanto como en la época de continuas guerras
marítimas de que se va tratando, en que sin previsión, sin
fiscalización, antes con la premura que no admite examen ni advertencia
se demandaban los artículos en enormes proporciones. Bien puede decirse
que más vidas ha perdido España por asentistas que por enemigos.

Hábiles y entendidos como nadie en estos negocios los genoveses, habían
tomado á cargo el suministro de raciones de la expedición, calculadas en
3.600.000, ó sean las suficientes para 30.000 hombres en cuatro meses, y
antes de salir del puerto se advirtió que estaban en putrefacción,
siendo indispensable reemplazar una parte al menos, que familiarizara á
los estómagos soldadescos con la menos adulterada ó mala.

Pasada nueva revista, resultó por enfermedades y deserciones baja de más
de 3.000 hombres, componiéndose el ejército de 37 banderas ó compañías
de españoles, 4 de alemanes, 35 de italianos, 2 de franceses y 100
caballos, griegos y sicilianos. La armada, entre naves de combate y
transporte, alcanzaba la cifra de más de 100 velas, descomponiéndose de
esta suerte:

Capitán general, Juan Andrea Doria, en la Real.--16 galeras más de su
escuadra.

General de la escuadra de Nápoles, D. Sancho de Leyva.--7 galeras, 2 de
ellas de Stefano di Mare ó Mari.

General de la escuadra de Sicilia, D. Berenguer de Requesens.--10
galeras, 2 de ellas del Marqués de Terranova, 2 de Mónaco, 2 de Visconte
Cicala.

General de la escuadra pontificia, Flaminio de Languillara[20].--4
galeras.

    [Nota 20: Herrera le nombra Flaminio Orsino.]

General de la escuadra del Duque de Florencia, Nicolo Gentile.--4
galeras.

General de la escuadra de Malta, el Comendador Carlo de Tixeres.--4
galeras, una galeota, un galeón.

Galeras sueltas de particulares.--5 galeras de Antonio Doria, mandadas
por su hijo Scipión Doria, 2 galeras de Bendinello Sauli, 2 galeotas de
D. Luis Osorio, una galeota de Federico Stait.

General de las naos, Andrea Gonzaga.--Un galeón de Fernando Cicala, 28
naves gruesas, 12 escorchapines, 7 bergantines, 16 fragatas[21].

    [Nota 21: En la composición de las escuadras hay variedad en las
    relaciones: en el total de vasos están conformes las más.]

Salieron del puerto de Zaragoza todas las naves en los días 17 al 20 de
noviembre de 1559 con desdichada estrella; un cambio brusco del tiempo
las obligó á arribar desde Cabo Passaro con dolencia de las tropas y
graves síntomas de descontento. La compañía de Don Lope de Figueroa,
formada con bandidos de Sicilia[22], que iba en el galeón de Cicala, se
sublevó; dió muerte al sargento, saqueó la carga, y poniendo fuego al
resto escapó á tierra, sin que pudieran aprehender más de 25 ó 30
individuos los que acudieran á remediar el desorden. Otro tanto quiso
hacer la compañía de Vicente Castañola, asimismo de sicilianos; y aunque
el general, por justicia y escarmiento, mandó ahorcar á tres de los
culpables, perdieron otros las orejas y fueron sentenciados á galeras
los demás, la impresión pesimista á que contribuía el naufragio de una
de las galeras de Juan Andrea Doria se dejó sentir en los ánimos,
desconfiados de la estrella y aun de la autoridad del caudillo que los
regía.

    [Nota 22: Foragidos, dice Ulloa.]

Los menos asustadizos, aquellos capitanes y soldados viejos que servían
de núcleo al ejército, pensaban que la empresa no era ya de provecho,
habiendo pasado tanto tiempo y entrado el invierno, y dábales razón la
mortandad de la gente que continuaba adoleciendo, y echándola en tierra
los patrones, perecían de hambre y mal pasar en las playas sin que se
hallase fácilmente quien les diese sepultura[23]. Apenas quedaban ya en
la armada 8.000 hombres, y no sanos; mas no por ello quiso el Duque
apartarse de su propósito y suspender el viaje.

    [Nota 23: Herrera, lib. I, cap. IX.--Cabrera de Córdova, tomo I,
    página 284.]

Parcial ó totalmente se volvió á intentar en los días de diciembre, sin
que las naves lograran montar el Cabo Passaro por la constancia de los
vientos contrarios, ni aun á remolque de las galeras. Todo el mes fué
preciso para que en dispersión llegaran á Marza Mussetto, en Malta,
punto de reunión que se les había señalado, y que las últimas alcanzaron
el 10 de enero de 1560.

Desembarcó la gente á refrescarse, y se organizó el hospital por pasar
de 3.000 los enfermos; y así, mientras el gran Maestre y Caballeros de
San Juan celebraban con salvas de artillería y arcos triunfales la
llegada de los expedicionarios, nada menos que alegría se dibujaba en el
semblante de éstos.

Mandó el Duque Coroneles para reclutar en Italia 2.000 hombres más;
pidió al Virrey de Nápoles, Duque de Alcalá, auxilio, á que acudió
enviándole tres naves con siete compañías de españoles, que sumaban
1.000 hombres; despachó al Proveedor general de la armada, D. Pedro
Velázquez, en comisión de procurar víveres en Cerdeña y otros lugares;
en una palabra, procuró rehacer aquel armamento tan castigado.

Hasta el 10 de febrero no se concluyeron los aprestos, cuya duración,
llevados al principio, era en esta fecha de seis meses. Unido á la
armada el contingente preparado por la religión de San Juan, que
consistía en las cuatro galeras y una galeota dichas, un galeón bien
artillado, con nueve piezas gruesas, sin las menores, 40 caballeros y
700 arcabuceros escogidos, dió la vela, con viento próspero de Levante,
hacia Seco del Palo, fondeadero situado entre Trípoli y la isla de los
Gelves, que había de servir de punto de reunión. En este momento
empezaba en realidad la jornada.

Las galeras hicieron su derrota por las escalas de las islas Gozzo,
Lampadosa y Querquenes, bajando de ésta á tomar el canal de Alcántara y
costear la isla de los Gelbes, entre ella y la tierra firme hacia
Oriente, con objeto de entrar en la Roqueta de los Gelves, donde se hace
aguada.

Acercándose las escuadras hacia la torre que construyeron los catalanes
en 1284, donde suele residir el jeque con alguna población, descubrieron
dos naos: la una surta en el canal que llaman de la Cántara; la otra
entre la Cántara y la Roqueta, y una milla más adentro, cerca de la
puente que comunica á la isla con la tierra firme, dos galeotas. El
Duque ordenó que aquellas embarcaciones se apresaran ó destruyeran, y
las galeras fueron en tropel, á boga arrancada, por llegar primero al
saco, sin tener en cuenta la dificultad de los canalizos. D. Sancho de
Leyva, que tenía á bordo un excelente práctico moro, abordó la primera
de las naos; á la otra llegaron Scipión Doria y Gil de Andrada con sus
respectivas galeras, hallando que dichas naos, que eran de Alejandría,
cargadas de mercancías, estaban abandonadas. De las dos galeotas
enemigas nadie se ocupó por la codicia del saco en que todos querían
poner mano, y fué falta militar de graves consecuencias. Dragut no
poseía más que aquellas dos embarcaciones, con las que luego pudo dar
aviso á Constantinopla y recibir socorro, como más adelante se supo; y
por mayor mortificación de descuidados, vino á ser conocida la certeza
de tener á bordo su tesoro por desconfianza de los moros de tierra.

¡Cuántas veces por causas pequeñísimas se han malogrado los mejores
cálculos! ¡Cuántas ha conducido al desastre la excesiva confianza!

En ese mismo canal de la Cántara, mejor dicho de Alcántara, callejón sin
salida, sorprendió el viejo Andrea Doria á la escuadrilla de Dragut
después de la toma de África. Seguro de apresarla en totalidad, ya
porque quisiera hacerlo con menos efusión de sangre, ya porque pensara
estrecharle poco á poco, se contentó con asegurar la boca del canal,
dejando descansar á sus tripulaciones; y en tanto, el inteligente
corsario con las suyas y el refuerzo de 2.000 trabajadores,
generosamente pagados, abrió canal por donde no lo había. Durante la
noche arrastró por él una á una sus embarcaciones, y al amanecer, con
asombro del Capitán general de la mar, el puerto estaba vacío: sólo
quedaba en él una señal infame con que Dragut mofaba á su enemigo, y
una vez más daba á entender el valor que tiene el tiempo en acciones de
guerra.

Habiendo comprendido el Duque de Medinaceli la conveniencia de destruir
ó tomar las dos galeotas que ahora estaban cerca del puente, en el fondo
del caño, mal podían dejar de sentirla los generales de mar, sabedores
de lo que fuera capaz de hacer con ellas Dragut; y no obstante, ni Juan
Andrea Doria, bien que se hallara enfermo por entonces, ni Gasparín
Doria, su Capitán de bandera, ni D. Sancho de Leyva, atendieron las
reiteradas instancias del Capitán general de la empresa, desdeñando la
operación de acometer con tan gran armada á dos embarcaciones, con
menosprecio de la autoridad del jefe, y con carga de la responsabilidad
que sobre ellos vino á caer por entero.

Fueron todas las galeras á dar fondo en la Roqueta, con prevención de
Juan Andrea Doria de prepararse al aguada al amanecer el día 15 de
febrero, y de desembarcar la tropa que había de proteger la operación.
D. Álvaro de Sande la dirigió en persona, formando cuatro escuadrones de
picas con mangas de arcabuceros; y aunque trataron de defender el
desembarco unos 400 turcos escopeteros á caballo, apoyados por 300 moros
á pie, y de cargar á los que llenaban los barriles, no lo consiguieron.

Tampoco á los nuestros fué posible tomar hombre vivo á los enemigos por
la ventaja de la caballería con que se reparaban, aunque dieron con tal
propósito algunas cargas á la carrera los arcabuceros, por lo que
importaba tomar lengua. De haber sabido que Dragut se hallaba en aquel
momento en la isla con poca gente, en hostilidad con la de los naturales
y lo de las dos galeras, tomara otro sesgo la jornada.

Duraron las escaramuzas hasta el obscurecer. Concluída la operación del
agua, que vino á costar algunos heridos, entre ellos Don Álvaro de Sande
de arcabuzazo en la ijada y el Capitán Pedro de Aguayo en un brazo.
Aquella noche, después del reembarco, marchó Uluch-Alí con las dos
galeras á pedir socorro al gran Señor, y Dragut pasó por el puente á
tierra firme, temeroso de que se lo cortaran.

No parece que ocurriera á nadie hacerlo: las galeras zarparon al
amanecer del día 16, pasando á Seco del Palo en espera de las naves y
aun de las galeras rezagadas, en número de ocho, á saber: las cuatro de
Malta, dos de Mónaco y las patronas de Doria y de Sicilia. Cuando
llegaron estas ocho á la Roqueta, echando gente á tierra para la aguada
sin el orden debido, por competencia sobre quién había de hacer cabeza,
los turcos, que vieron el desorden y las proas de las galeras á la mar,
descuido inconcebible, por vengar los muertos de la escaramuza anterior,
cargaron con furia, matando 150 españoles, comprendidos los Capitanes
Alonso de Guzmán, Antonio Mercado, Adrián García, Pedro Venegas y Pedro
Bermúdez[24].

    [Nota 24: Hay diferencias de apreciación de bajas en las dos aguadas
    en las narraciones de Cabrera de Córdova y Herrera: el primero dice
    que en la dirigida por D. Álvaro de Sande hubo 157 muertos y 30
    heridos, y en la de las galeras de Malta 80 muertos y cautivos,
    comprendidos los cinco Capitanes. Ulloa no consigna este suceso.]

Próximos al Seco de Palo estaban acampadas las tribus Mahamidas,
enemigas de los turcos, y al llegar las galeras se pusieron en
comunicación, informando al Duque de cuanto va aquí indicado, del paso
de Dragut hacia Trípoli con 800 caballos y de la partida de Uluch-Alí
con las galeras. Ofrecían su cooperación y la del Rey de Caraván, que
por entonces estaba en el interior, pretendiendo fuera la armada
cristiana á los Gelves y pusieran en posesión de ella á Mazaud, jeque
elegido, expeliendo á los turcos, y que hecho esto podía pasarse á
Trípoli, para cuya conquista todos ayudarían. Llevaban la voz en la
proposición los principales de la isla.

En parlamentos, consejos y discusiones, pasaron quince días sin llegar
á ningún acuerdo. Quién opinaba por la vuelta á Sicilia, visto que
Trípoli se hallaba en defensa; quién proponía la ocupación de los
Gelves, como empleo de la expedición y base para continuar lo de Trípoli
en el otoño próximo, y quién sostenía se cumpliera el objeto del
armamento, que había sido el ataque de Trípoli.

Durante las conferencias, á los efectos de la mala calidad de los
víveres, se unían los del agua salobre de aquellos lugares y las
emanaciones de los pantanos de Zuara, creciendo el número de los
enfermos. Lo estaba Juan Andrea Doria y el Comisario de Florencia Pedro
Machiaveli; habían fallecido Quirco Espínola, cuatro Caballeros de San
Juan y más de 2.000 hombres; escaseaban las raciones por haberse perdido
en los Querquenes en aquellos mismos días dos naves de provisiones, y en
la propia costa de Trípoli la nao capitana nombrada _La Imperial_, por
andar en malos tiempos en sitio de tantos bajíos.

El Duque encomendó separadamente á los jefes discurriesen lo que más
convenía, citándolos á Consejo definitivo, que había de celebrarse en la
galera Real. Al reunirse reconocieron unánimes la necesidad de la
empresa de Trípoli, pues que para ella los había enviado S. M. Católica,
juntando la armada; pero juzgáronla por de pronto irrealizable,
conviniendo al fin en ir á los Gelves en espera de la gente y naos con
que se había de reforzar la expedición. Quedaron por amigos los
Mahamidas, recibiendo regalos, con oferta de guardar el paso de la
puente á los turcos, y aun de formar un cuerpo de 400 caballos, pagados
por los cristianos.

El 2 de marzo se trasladó la armada á las cercanías del cabo Valguarnera
con mal tiempo, que estorbó el desembarco. Había de hacerse al Oeste del
castillo unas seis millas, por ser el terreno á propósito y cercano á
once pozos de agua dulce, aunque no muy buena, según las noticias de los
confidentes, confirmadas en el reconocimiento que hicieron el Cómitre
Real y el Maese de campo Miguel de Barahona.

Se puso toda la gente en tierra el 7 de marzo sin oposición alguna;
antes vinieron dos moros á hablar al Duque de parte del jeque Mazaud,
haciendo saber que había sido recibido de toda la gente de la isla por
Señor, y en este concepto se reconocía buen vasallo de S. M. Católica:
por tanto, podía volver á embarcar la tropa; y si quería comprar algunos
refrescos, que se trasladara á la Roqueta, donde el jeque iría á verse
con él para tratar del ataque de Trípoli.

Conocida la malicia de semejante embajada, aunque se contestó
blandamente y con razones que requerían el alojamiento de la gente, se
previnieron las guardias, sabiendo por un cautivo cristiano escapado
cómo toda la gente de la isla estaba unida con pensamiento de dar la
batalla juntamente con los turcos que había en el castillo.

Á 8 de marzo, formado el ejército en tres cuerpos, llevando la
vanguardia el Comendador de Malta con sus caballeros y las compañías
alemanas y francesas; el centro Andrea Gonzaga con las italianas, y la
retaguardia D. Luis Osorio con las españolas, emprendió la marcha hacia
los pozos, distantes ocho ó nueve millas de camino llano y espacioso. El
Duque desplegó el guión de Capitán general, donde tenía pintada la torre
de Babel en ruínas con esta letra: NISI DOMINUS ÆDIFICAVERIT DOMUM IN
VANUM LABORAVERUNT QUI ÆDIFICANT EAM.

Los berberiscos se prometían repetir la acción que tuvieron con
D. García de Toledo, dejando que la tropa marchara sin otra molestia que
la sed para atacarla en los pozos, que habían cegado con piedra y arena,
á excepción de uno. Confiaban en la dolencia que traía postrados á los
más de los expedicionarios, y más les animó el accidente de haberse
atascado la artillería en un pantano: mas no les salió la cuenta.

Cuando los escuadrones se acercaban al bosque, mientras lo flanqueaban
las mangas de mosqueteros, salió á limpiar los pozos una sección de
gastadores, y los berberiscos emboscados tuvieron que avanzar antes de
lo que querían, cargando la caballería con alaridos espantosos tres
veces, á pesar del destrozo que hizo en ellos la arcabucería. La
escaramuza se prolongó luego hasta el anochecer, sin que hubiera de
nuestra parte más de 30 muertos y 50 heridos, muy graves los Capitanes
Gregorio Ruiz, Bartolomé González y Frías, mientras los enemigos
tuvieron 300 muertos y 500 heridos, sin contar el desengaño.

Vieron que les convenía más el sistema de contemporización, por el cual
el jeque Mazuad hizo sumisión en forma, obligándose á pagar el tributo
mismo que la isla satisfacía al Sultán Solimán y á Dragut. Entregó en
consecuencia el castillo, y el Rey de Caraván, el jeque de Túnez y los
de las tribus Mahamidas visitaron al Duque ofreciendo servicios y
tomando á cargo la custodia del puente de la isla contra los turcos.

El ejército se alojó en campo atrincherado, al que acudían los moros con
provisiones, mientras se adoptaba en Consejo de generales el plan
sucesivo, que no dejó de tener vacilaciones, siendo por último el de
fortificar aquel castillo de fábrica romana para dejar guarnición que
tuviera segura la isla é impidiera el armamento de corsarios, á favor de
otro fuerte más pequeño en la Cántara, como llave del puerto y de la
puente.

Hizo el trazado de las obras el ingeniero Antonio Conde de concierto con
el general de artillería Bernardo de Aldana y del de marina Sancho de
Leyva, y consistía en cuatro grandes caballeros ó baluartes, que con
bastiones y cortinas encerraban la fábrica antigua; el ejército vino á
alojarse á la inmediación el 17 de marzo, distribuyéndose los trabajos
ordenadamente. Á los alemanes se encargó la excavación del foso; uno de
los baluartes á los caballeros de Malta; otro á los italianos; otro á
los españoles; el cuarto á la gente de mar, independientemente de las
secciones que acopiaban material de palmas, olivos, greda y fagina,
transportándola con camellos de la isla.

La emulación de las naciones fué muy provechosa á la rapidez de la
construcción, aunque mucha gente adolecía de fiebres malignas. En el
castillo antiguo se derribaron las almenas morunas, sustituyéndolas con
plataformas artilladas; se aderezaron las cisternas abiertas en peña
viva, ordenando á la gente de las galeras echara cada día 50 barriles de
agua y fuera trasladando á los almacenes las vituallas embarcadas. En
todo se adelantó de modo que el 23 de abril estaba el fuerte en estado
de defensa, faltando obras ligeras que podían hacer los de la
guarnición.

Constaba la designada de 2.000 infantes, españoles, italianos y
alemanes, y la compañía de caballos, teniendo por gobernador al Maestre
de campo Barahona y lugarteniente el capitán Olivera. Bendecido por el
Obispo de Mallorca, se arboló el estandarte real, saludado por la
artillería y arcabucería, y se trató de embarcar la gente que no hacía
falta.

En todo este tiempo habían ido llevando las naves desde Sicilia y
Cerdeña mantenimientos, dinero y más soldados, y se había hecho la
ceremonia de la sumisión y juramento del jeque y principales de la isla,
que lo verificaron sobre el Corán, capitulando el tributo de 6.000
escudos, cuatro avestruces, cuatro gacelas, cuatro neblíes y un camello.
Habían ocurrido por otro lado riñas y muertes entre moros y soldados, y
llegaban nuevas de armamentos en Constantinopla. Con su vista había
reclamado el gran Maestre de Malta el regreso de las galeras y gente que
necesitaba para la defensa de la isla: marcharon el 8 de abril. El
Virrey de Nápoles reclamaba también la infantería con urgencia,
influyendo todo en la terminación de la campaña.

Dióse pregón y orden de embarco el 6 de mayo, haciéndolo la infantería
italiana y parte de la española, con mucha calma: durante la operación,
dos horas antes de anochecer el día 10, llegó una fragata despachada por
el gran Maestre haciendo saber que la armada turca había tocado en la
isla de Gozzo cuatro ó cinco días antes, en número de 80 velas, que
había hecho aguada y continuaba su derrota á Trípoli al parecer, aunque
por una presa sabía el número de naves y galeras que estaban en los
Gelves.

En efecto, ocho días habían sido suficientes á Piali-Bajá para armar 74
galeras reforzadas, embarcar en cada una 100 genízaros y salir á la mar
con fuerza de vela.

Esparcida la nueva por el campamento, empaquetaron por encanto los
soldados sus efectos, corriendo á la playa en tropel y metiéndose en el
agua por asaltar los esquifes. El desorden, la gritería, la obscuridad
que comenzaba, daban á la escena un aspecto que no es fácil describir:
nadie pensaba más que en su interés, en tanto llegaba el momento de
pensar sólo en la persona. D. Álvaro de Sande dió acicate á los de la
guarnición del fuerte para entrar más municiones y víveres por un lado,
y para embarcar enfermos por el otro. El aplomo con que ordenaba y se
hacía obedecer en medio del desbarajuste, de la confusión parecida á la
de la ruína que en el guión tenía pintada el general, daba esfuerzo á
los buenos[25].

    [Nota 25: D. Álvaro de Sande disponía las cosas á su gusto. (Cabrera
    de Córdova, lib. I, pág. 295.)]

No estaban más serenos los ánimos en la escuadra. Reunido el Consejo á
bordo de la Real, sin pedirlo, manifestó Juan Andrea Doria que sólo iba
á tratarse de la manera de salir cuanto antes de los bajos, y de dar la
vela aprovechando el buen viento del Sur que felizmente estaba
entablado. Las opiniones, como de ordinario sucede, no se concertaban;
había, sin embargo, mayoría en la estimación de contar con unas doce
horas antes de amanecer, en cuyo espacio se podía embarcar la tropa y
salir con buen orden. D. Sancho de Leyva insistió en que enviados
esquifes y barcas á tierra, y trayendo una barcada de gente, salieran á
la mar las galeras: si no se descubría al amanecer la armada turca,
volverían por el resto de los soldados; en caso de avistarla,
procederían á lo que se decidiera. Debían quedar en el puerto dos
galeras destinadas al General Duque de Medinaceli y su casa.

En punto á combate, el mismo Leyva, sostenido de Scipión Doria y pocos
más votos, juzgaba que, bien combinadas las galeras con las naves,
formaban fuerza no inferior á la de los turcos, ya fondearan en línea,
interpolados, ya navegaran en grupos, pues sólo las naos, que eran 30, y
los tres galeones habían de hacer con la artillería mucho daño. No
prevaleció la opinión, sosteniendo, con Orsini, Juan Andrea Doria la
suya, de que no teniendo el Rey Católico otra escuadra, era necesario
ante todo conservarla para que junta con las galeras de España tuviera
en respeto al gran turco. Contra todos los medios indicados halló
razones, ya en la poca agua que tenían á bordo las galeras, ya en el
peligro de los bajos para las naos, ya en la imposibilidad real de que
unas y otras navegasen ó combatiesen juntas y de concierto. Decía que
los turcos llegaban descansados y fuertes, mientras en la armada
cristiana estaban fatigados y enfermos de los trabajos pasados. Tenía
por seguro que ningún hombre prudente se obstinaría en poner en aventura
las fuerzas del Rey, y, por consiguiente, protestando de cualquiera otra
opinión decidía valer más _una buena escapada que un combate en que
evidentemente se perdieran_[26]. Determinó en consecuencia que las
naves se pusieran en franquía desde luego y se preparasen para hacerlo
las galeras.

    [Nota 26: _Un bel fuggire che un bravo combattere e perdersi á
    fatto._ (Antón Cirni Corso.)]

Llegó en esto el Duque á bordo de la Real, con lo que se prolongó el
Consejo: Juan Andrea se felicitaba de la circunstancia que consentía
practicar su plan, pues nada impedía ya que las galeras marcharan desde
el momento; el Duque observó que lo impedían los soldados, pues no los
quería abandonar, y á pesar de la insistencia de Doria y de las
protestas de seguridad de la armada, se volvió á la playa, dejando
acordado un viaje de los esquifes y la permanencia en el puerto de dos
galeras ligeras para que el General embarcara con los últimos al
amanecer.

Arrepentido de la condescendencia, Doria hizo en la Real señales de
levar pasada la media noche: había ocurrido una mudanza en el viento que
trastornaba todos los supuestos. De Sur que empujaba el viaje hacia
Malta, había saltado al NE., justamente por la proa.

En tierra habló el Duque con D. Álvaro de Sande, imponiéndole de lo
ocurrido y de su propósito de embarcar por la madrugada. Al Gobernador
del fuerte dejó instrucción de cómo se había de manejar con el jeque; á
los Oficiales dijo que si pensase que la armada turca viniera contra el
castillo, se quedara con ellos; pero que siendo la armada la que estaba
en peligro, se iba á correrlo en ella. Con esto y haber conferenciado
con el Rey de Caraván y con Mazaud, asegurado de sus buenas
disposiciones, se embarcó con D. Álvaro en una fragata que les llevara á
la galera.

Empezaba á clarear el día, y á este tiempo, á fuerza de remo contra
viento y mar, se había desatracado de la costa Andrea Doria cosa de
siete millas. Unas tres á sotavento se descubrió la armada turca bien
unida y haciendo camino por la cristiana. Piali, desde la isla de Gozzo
á la Lampadosa y de ésta hacia la costa, había sufrido vientos
contrarios que le obligaron á tomar el fondeadero de Seco de Palo. Tuvo
allí noticias de las fuerzas de mar y tierra con que contaba el Duque,
acaso un tanto exageradas, y receloso del encuentro quería esquivarlo,
limitándose á poner en tierra el socorro de soldados para Trípoli; pero
tanto le instó Uluch-Alí á verificar un reconocimiento á que
personalmente se ofrecía, como tan práctico de los Gelves, que consintió
en que se hiciera con una galeota ligera, en que fué también Cara
Mustafá, Virrey de Mitilene. La suerte les deparó la presa de una
embarcación pequeña, por cuya gente supieron cuanto podían desear,
siendo ya fácil á Uluch-Alí decidir á su jefe al ataque de un enemigo
descuidado y en desorden. En la tarde anterior había fondeado por fuera
de los Gelves, á 17 millas de distancia, pensando emprender el ataque,
como lo hizo, al amanecer.

En la vanguardia cristiana iba Scipión Doria con tres galeras; y como
fué el primero en descubrir las turcas y no tenía instrucciones, arribó
hacia la Real, señalando la presencia del enemigo con el disparo de una
pieza. Ninguna disposición ordenó Andrea Doria: arribó también con la
Real en dirección del fondeadero de que había salido, con precipitación
y aturdimiento, que aumentaba la poca claridad del alba. Calaba mucho la
galera, que era hermoso buque; se tomaron mal las enfilaciones del
canal, y quedó varada en un cantil. Entonces, plegando el estandarte, se
fué á tierra Doria con el esquife, abandonando el bajel á los forzados,
que no tardaron en ponerlo á flote y unirse á las fuerzas de Piali.

Fácil es calcular la influencia que el ejemplo del General tendría en
las escuadras. Indecisos los jefes un momento, no existiendo acuerdo ni
prevención para el caso, tiró cada cual por su lado, con dispersión y
desorden tan grande, que ni aun á huir acertaban. Cinco de las galeras
de Juan Andrea arribaron como él hacia tierra, y lograron ponerse bajo
la artillería del fuerte; otras encallaron en los bajíos en número de
ocho ó diez. De las que tomaron la mar, cargadas de vela algunas, sin
medir la gran fuerza del viento, partieron los palos ó las entenas,
después de separarse de las que formaban grupo.

Los turcos dividieron su armada en dos secciones, dirigidas
respectivamente hacia los que escapaban por mar ó tierra. En éstas, que
habían varado en los bajos, hubo escenas vergonzosas: la gente se tiraba
al agua sin pensar en la resistencia, habiendo galera que fué tomada por
un bergantín ó un esquife con ocho ó diez turcos. De las que tomaron el
largo, las de Scipión Doria, de Antonio Maldonado y tres de Florencia,
escaparon por pies, defendiéndose; Flaminio de Anguillara, General
de las del Papa, resistió peleando bizarramente con tres enemigas;
D. Sancho de Leyva reunió cuatro de su escuadra, con las que hizo inútil,
pero honrosa resistencia. Cuatro veces rechazó el abordaje de las
enemigas, castigándolas[27], y hubo al fin de sucumbir al número.

    [Nota 27: Carrelières, _Histoire de l'enterprise_.]

Aparte esta defensa y el voto marinero de combatir á la armada turca
bien al ancla, bien á la vela, combinadas las galeras con las naves,
decisión que hubiera producido muy distinto resultado, las más de las
relaciones atribuyen á D. Sancho de Leyva mucha parte del fracaso.
Píntanlo de carácter díscolo, opuesto por sistema á lo que otros,
principalmente superiores, proponían. Por él escaparon las dos galeotas
de Uluch-Alí; por él se retardaron los trabajos del fuerte, en que no
quiso tomar parte, ya que lo hiciera para entorpecerlos; por él se
retrasó el embarco de soldados, teniendo ocupados los esquifes en llenar
sus galeras de aceite, lanas, frutas, ganados, con que se prometía
comerciar y lucrarse, y con lo que las abarrotó y embarazó,
imposibilitando la defensa en el combate, con mengua de su reputación,
de su nombre y de lo que debía á su autoridad de General de las galeras
de Nápoles.

Á las naves bien artilladas no osaron los turcos, contentándose con las
que en aquel desorden les eran abandonadas, acreditando la experiencia
la razón con que algunos jefes habían sostenido en el Consejo que en la
unión de las fuerzas cristianas consistía su salvación. Si al menos
hubieran hecho todos lo que Anguillara; si las galeras se mantuvieran
juntas, no tuviera la derrota tan grandes proporciones: hacía falta para
ello que el General estuviera en su puesto, y antes de combatir, celara
las disposiciones del combate, lejos de lo cual apareció que las
galeras de particulares, por no desperdiciar tan bella ocasión, estaban
también cargadas, hasta no poder más, de los frutos cogidos en los
Gelves.

Fueron apresadas[28]: de Juan Andrea Doria, _La Real Signora_,
_Condesa_, _Pellegrina_, _Presa_, _Divitia_: total, 6.

    [Nota 28: Según Cirni Corso, único que recogió pormenores.]

Del Papa, _La Capitana_, _San Pedro_, _Toscana_: 3.

Del Duque de Florencia, _La Elbigiana_: 1.

De Nápoles, _Capitana_, _Patrona_, _San Jacobo_, _Leyva_, _Mendoza_: 5.

De Sicilia[29], _Capitana_, _Patrona_, _Galifa_, _Águila_, _Capitana_,
del Marqués de Terranova; _Patrona_, de id.; _Capitana_ y _Patrona_, de
Mónaco: 8.

    [Nota 29: La escuadra de Sicilia siguió el ejemplo de la Real,
    embarrancando en los Gelves y rindiéndose sin resistencia.]

De Antonio Doria, _La Fede_, 1; de Bandinelo Sauli, 1; de Starti, 1; de
Marí, la _Patrona_, 1: total, 4.

De modo que, sin sangre, se hicieron dueños por entonces los turcos de
27 galeras y 14 naves, salvándose 17 de las primeras, que llegaron á
Trápana, y 16 de las otras en varios puertos[30].

    [Nota 30: Herrera, lib. II, cap. II, sube á 25 las naves apresadas.
    Otros anotan 28 galeras, una galeota y 27 naves apresadas. Castillo
    refiere que se perdieron en el combate 19 galeras, á saber: 4 de
    Juan Andrea Doria, 5 de Nápoles, 2 de Sicilia, una de Mónaco, 2 del
    Papa, una del Marqués de Terranova, 2 de Florencia, una de Antonio
    Doria y una de Mario. No incluye en el número otras siete galeras
    que, acertando con el canal, se refugiaron por el pronto bajo los
    cañones del fuerte; mas al fin se perdieron con éste.]

D. Álvaro de Sande acudió con arcabuceros á la playa con el fin de
proteger á los muchos que, desnudos, llegaban nadando, mientras el
Duque, Juan Andrea y el Comendador de Guimarán conferenciaban acerca de
lo que se hubiera de hacer, sin ocurrir á los dos últimos otra cosa que
salir como se pudiera de la isla.

La iniciativa era de Doria, razonando que para lo pasado no había
remedio; que los sucesos de la guerra están sujetos á la fortuna, y que
habiendo de acudir al remedio de mayores males, era bueno que el Duque
marchara inmediatamente á Sicilia para asegurar las plazas, juntando
dineros y gente. En cuanto á su persona, decidido estaba á marchar de
noche en una fragata, reunir las galeras que se hubieran salvado y dar
orden en el armamento de otras tres que en Sicilia y Malta se hallaban.

El Duque, remiso en embarcar en la armada sin los soldados, bien que
entendiera que nada tenía que hacer en los Gelves, no quiso tampoco
determinar por sí ni aceptar el consejo de Juan Andrea Doria, sin que
otros jefes deliberaran sobre lo que ante todo convendría á la honra; y
como todos juzgaran que debía acudir á su obligación en Sicilia, venció
la repugnancia.

Quiso llevar consigo á D. Álvaro de Sande, que tampoco tenía obligación
que cumplir en los Gelves: con todo, díjole éste que, considerando si le
era mejor hacer compañía á Su Excelencia ó quedar donde se hallaba,
entendía convenir lo último al servicio de Dios y del Rey y á su propio
respeto, porque habiéndose salvado mucha gente de las galeras y siendo
de diferentes naciones y calidades la acogida al fuerte, era menester
persona de mayor cargo que el Maestre de campo Barahona para tenerla á
raya y cuidar de la economía del agua y bastimentos. Ofrecía, pues, la
suya con la certeza de sucumbir en el fuerte, porque no podía hacerse
ilusiones en cuanto al socorro que hubiera de darle la armada de S. M.,
deshecha y desmoralizada; pero contaba entretener á la del Turco en el
asedio todo el verano, y librar, por consiguiente, á Sicilia y Nápoles
del gravísimo peligro de tener sobre sus costas á los mahometanos
victoriosos.

Oídas estas razones, autorizó el Duque la generosa resolución de optar
por las miserias que amagaban á los infelices de los Gelves; y llegada
la noche, los generales de tierra y mar, acompañados de algunos
íntimos, aprovecharon la distracción de los turcos, ocupados en marinar
y saquear las presas para escapar en varias fragatas. Llegaron en salvo
á Malta en _bel fuggire_, consiguiendo libertad; pero el iniciador Juan
Andrea á costa de la honra, que dejaba en lengua de marineros y
soldados.

Para el Duque fué más benévolo el juicio de los contemporáneos: las
condiciones de caballerosidad de su persona y la deferencia y agrado con
que trató á los capitanes y jefes extranjeros de la expedición,
suavizaron la consideración de las condiciones de caudillo que le hacían
falta. Dijeron, sí, que era más apto para lucir en los salones de la
corte el fausto de su arrogancia, que para dirigir en campaña una
hueste. Más severos los que se encontraban lejos del peligro, los que
para nada tenían en cuenta la situación del General derrotado, ni del
padre que sacrificaba á su propio hijo, dieron fácil sentencia, si hemos
de admitir la que condensó en estas frases el palatino cronista Cabrera
de Córdova[31]:

    [Nota 31: _Felipe II_, tomo I, pág. 296.]

«Increíble parece que una armada poderosa de gente y vasos en un
instante se arruinase de su temor más que de la fuerza vencida, con
pérdida de tanta gente, municiones, máquinas, bajeles, aumentando á los
enemigos el triunfo y la victoria tan sin sangre alcanzada, con infamia
de los cristianos; porque si las naves y galeras esperaran en batalla, ó
detuvieran el furor del enemigo, ó les costara la victoria tanto que no
se atrevieran á sitiar el fuerte, y se salvara la guarnición. Pero ¿qué
no envilece el miedo? ¿y qué no pone en confusión? ¿y qué no mete en
peligro la ambición, la satisfacción, la poca práctica, como la del
Duque, de lamentable memoria para España?»

Justicia ante todo: la ambición, la satisfacción, la ineptitud militar
del Duque, si se quiere, fueron poderosas causas del desastre; pero si
el temor, como parece cierto, lo produjo multiplicando las proporciones,
no influyó en el ánimo del General del ejército; turbó la mente y
empequeñeció el corazón del General de mar, en cuyas manos puso el
destino aquel día y los siguientes la suerte de la jornada. Juan Andrea
Doria, temeroso también en Lepanto, cuyo triunfo estuvo á punto de
comprometer, responde ante la historia del tremendo fracaso de los
Gelves, si bien Monsieur Jurien de la Gravière, siempre juicioso y
benévolo, como quien ha sentido sobre los hombros el peso enorme de la
responsabilidad, lo tiene dicho: «Vencer á los turcos en la mar en el
siglo XVI, era tan difícil como derrotar á los ingleses en los días de
Abukir y Trafalgar.»

El turco Piali desembarcó su gente; ordenó á Dragut le acudiera con la
de Trípoli y con artillería de batir, y antes de abrir trincheras
ofreció por el fuerte buenos partidos á D. Álvaro de Sande, que contestó
no pensara haberlo á tan poca costa como la armada[32]. Entonces
comenzaron las operaciones de uno de los sitios más dignos de memoria
por las circunstancias que más que de los enemigos afligían á tanta
gente inútil acogida en el fuerte, á consecuencia de los sucesos de la
armada, por falta de agua que darles, y por el plan certero de Piali de
cerrar todo acceso y dejar al tiempo el resultado, sin asaltos ni
aproches.

    [Nota 32: Herrera, lib. II, cap. II.]

Es de observar cómo en las expediciones y armadas del siglo XVI, lo
mismo en África que en América ú Oceanía, cualquiera que fueran el
objeto, el término y las dificultades, iban mujeres españolas decididas
á compartir los trabajos del soldado, sin aspiración á la gloria que
pudiera caberle. D. Álvaro de Sande se encontró en el fuerte con muchas
de estas mujeres, que hacían subir el número de bocas á más de 5.000,
cuando las raciones estaban calculadas para 2.500 en mes y medio. Para
la provisión de agua discurrió uno de los soldados evaporar la del mar,
y recogiendo las vasijas de cobre construyeron 18 alambiques que al
principio daban 30 barriles diarios, disminuídos luego por escasez de
leña[33]. Mezclándola con la salobre de los pozos del castillo y
distribuyéndola en cortísimas raciones, se fué prolongando la
distribución con malestar indecible. Mucho tenía que ser el del hambre,
cuando hubo en la guarnición quien la mitigara acudiendo al remedio en
los cadáveres de turcos; mas de todo punto se hacía irresistible el
tormento de la sed en aquella abrasada tierra, en el rigor de la
canícula, trabajando durante la noche con picos y azadones, peleando
durante el día sin reposo de un momento. Muchos perecieron en tan
atroces suplicios; muchos, no resistiéndolos, se arrojaban de la
muralla, buscando en el campo enemigo la esclavitud á trueque de un
sorbo de agua; solo al fin, D. Álvaro de Sande pretendía que la
humanidad no fuera flaca, presenciando horrores con tal de ver por un
sol más flotando al aire en el fuerte el estandarte de Castilla.

    [Nota 33: Corrales dice que un siciliano, que se llamaba el capitán
    Sebastián, ofreció destilar agua del mar, por lo que le prometió Don
    Álvaro 500 ducados en dinero y 200 de renta. Diego del Castillo
    amplía que el inventor siciliano se nombraba Sebastián Poller, y
    conforma con la utilidad que reportaron los alambiques, produciendo
    25 barriles diarios de agua, mientras hubo combustible.]

Llevada la resistencia hasta fines de junio ó sea á los ochenta y un
días de la llegada de los turcos; cuando quedaba, según se creyó, para
dos la insuficiente ración de agua, no teniendo los baluartes ningún
cañón en uso; después de caer sobre ellos 12.000 balas y 40.000 flechas;
reducida la gente á 800 hombres de armas tomar, les animó el General á
una salida desesperada que había de verificarse en dos columnas.
Llevando la cabeza de una pasó dos trincheras, arrolló las guardias
enemigas... mas no á todos inflamaba su ánimo: vió con dolor que
capitanes y soldados arrojaban las armas; vióse abandonado, teniendo que
correr hacia las galeras amparadas bajo el castillo con ánimo de
resistir todavía, y para lamentarse de la suerte, que le puso al cabo en
manos de Piali. ¡Con qué dolor refirió al Rey en el Memorial la
extremidad, en que no le acompañó la entereza ni la consideración de
todos sus capitanes!

Hubo, no obstante, quien pensó malignamente que la salida no era más que
un pretexto estudiado por D. Álvaro para dejar honrosamente el fuerte y
escapar en una fragata que había mandado alistar de antemano. Corrales
lo insinúa en su relato; otros debieron decirlo con más claridad, pues
Diego del Castillo se creyó en la necesidad de desmentirlo
escribiendo[34]:

    [Nota 34: Pág. 274, en el citado tomo de la _Colección de libros
    españoles raros ó curiosos_.]

«Después de la última salida, cuando Don Álvaro, por no poder entrar en
el castillo, se tuvo que meter en las galeras, creyendo que se queria
ir, fué una persona principal á decirle:--«Señor, yo vengo á suplicaros
que me llevéis con vos.»--Le respondió con rostro severo y
airado:--«¿Soy yo, por ventura, hombre que había de huir y dejar á mis
amigos y compañeros? Yo os prometo de no desampararlos hasta que todos
hayamos un mismo fin, y estoy muy maravillado que personas como vosotros
hayáis pensado una cosa tan indigna de mí y tan fuera de toda razón y
posibilidad; porque aunque yo quisiera irme, ¿cómo lo podría hacer, pues
agora ya debe de saber el Bajá cómo yo estoy aquí, y debe de haber
mandado tomar los pasos, de modo que sería imposible salir de aquí bajel
ninguno? Yo iré al fuerte y castigaré los que esta noche han hecho tan
gran falta al servicio de Dios y de su Rey y de sus propias honras
desamparándome vilmente en tal trance, sin estorbarles el enemigo el
seguirme, y probaré otra vez nuestra ventura de día, que quizá viéndonos
los unos á los otros, la vergüenza hará hacer á algunos lo que esta
noche pasada no han hecho. Y ya que la fortuna nos niega la victoria, no
nos quitará á lo menos el morir peleando como soldados, que vale harto
más que vivir siendo esclavos destos crueles é inhumanos bárbaros, y
seremos ejemplo á nuestros sucesores á estimar más las honras que las
vidas.»

Rendido el fuerte, rendidas las galeras, los enfermos y heridos pasaron
por la espada turca ó fueron vendidos en almoneda á las gentes de
Trípoli; los baluartes que abrigaron á los defensores, arrasados con la
tierra; quedó con ello pujante en la mar la armada turca; las costas de
Nápoles y Sicilia sufrieron las consecuencias, tanto en la retirada de
Piali como después en las acometidas de Dragut, habiendo formado
escuadra de 40 velas, sin que Juan Andrea Doria, con 17 galeras y 7
galeotas, á que fueron á juntarse las de la escuadra de España mandadas
por D. Juan de Mendoza, se atreviera á hacerle frente, antes cayeron en
manos del corsario ocho de las de la escuadra de Sicilia, tres de ellas
del Rey y cinco de particulares, en sorpresas y combates parciales.

Piali Bajá celebró el triunfo entrando en Constantinopla el 27 de
septiembre de 1560, en cabeza de su armada. Seguían á la Capitana las
galeras de fanal, en fila; iban en pos las presas, con las banderas y
estandartes por el agua, lo de abajo arriba, cerrando la marcha las
galeras sencillas turcas, empavesadas y embanderadas, haciendo disparos
de artillería.

El día 1.º de octubre llevaron en procesión á los cautivos al palacio
del Sultán: D. Álvaro de Sande, D. Berenguer de Requesens y Don Sancho
de Leyva iban á caballo; detrás marchaban los Capitanes de tres en tres,
y seguían los soldados mirando tristes cómo les precedían, arrastrando
por el suelo, sus estandartes y banderas, cuyas santas imágenes servían
de escarnio á los mahometanos. Acabada la fiesta y ceremonia, separaron
á los cristianos por categorías, llevando á D. Álvaro de Sande á un
castillo con juramento del Sultán de que no haría más la guerra, porque
en la prisión había de morir sin que hubiera para él rescate por ningún
dinero. Los demás fueron destinados al remo en las galeras; y como al
oirlo se dejara vencer de la pena un Capitán, díjole D. Alvaro: «Llore
quien se ha perdido mal, que yo como hombre me perdí[35].»

    [Nota 35: Diego del Castillo emplea la misma frase, pero en distinto
    lugar. Dice que en la retirada de la armada turca tocó en un punto
    de Sicilia llamado la Brúxula, entre Cabo Passaro y Augusta, por
    hacer aguada, y el Capitán español Sayavedra, que allí se hallaba,
    fué con salvoconducto á la galera Real del Bajá, con propósito de
    hacer algún rescate. Vió allí á D. Sancho de Leyva, D. Berenguer de
    Requesens y D. Juan de Cardona, que le recibieron con lágrimas
    en los ojos, y mirando á D. Álvaro de Sande, vió que con alegre
    semblante reía. Preguntándole el Capitán Sayavedra cómo, estando en
    aquella prisión, estaba con tan buen ánimo, le respondió: «Señor
    Capitán, llore quien se ha perdido mal, que yo, si he perdido la
    libertad, he conservado la honra, habiendo hecho en esta jornada lo
    que era obligado á Dios y á mi Rey, y como hombre he de pasar las
    adversidades y trances de fortuna.»

    Otra especie consigna Diego del Castillo: que los Bajás que asisten
    en el Diván prometieron á D. Álvaro honores y riquezas si se quería
    volver turco, y de no ser así, que sirviese al gran Señor contra el
    Sofí, sin dejar la ley que tenía; y viendo la poca estima que de
    ellos y sus promesas hacía, condenáronle á cortar la cabeza, y le
    sacaron luego á caballo muy acompañado de ejecutores; pero el Sultán
    dió contraorden, mandando llevarle á la torre del Mar Negro, donde
    estuvo con un criado y un capellán hasta que Dios fué servido darle
    libertad.

    Corrales asegura que en una historia de la jornada que D. Álvaro
    escribía en la torre, auxiliado de este capellán, llamado Carnero,
    tenía puesto que le ofrecieron el gobierno de Egipto con 50.000
    ducados de salario, si renegaba de la fe cristiana. _Créaselo quien
    quisiere_, añadía. Lo cierto es que en el memorial dirigido al Rey
    nada escribe D. Álvaro de esto.]

Muchos de los prisioneros de los Gelves murieron en el cautiverio ó lo
soportaron largos años: algunos de los significados debieron la libertad
á la favorable ocasión de las treguas ajustadas por el Emperador
Fernando con Solimán el año 1562, pues gracias á la gestión del Rey
Felipe II se asentó entre las cláusulas del tratado el canje ó entrega
de los principales, sin que alcanzara, sin embargo, el beneficio á Sande
por el juramento que decían el gran Señor tenía hecho al Profeta, y
cosa es digna de referir cómo unos pocos consiguieron librarse por sí
mismos.

El año 1564 andaba en Constantinopla una galera llevando materiales para
la fábrica del palacio del harem: movían los remos 200 esclavos
cristianos, entre ellos 16 Capitanes del Rey Católico, prisioneros de
los Gelves, á saber: ocho españoles, cinco italianos y tres alemanes; y
buscando oportunidad, armados de piedras, mataron á los turcos de
guardia y se alzaron con el bajel, llegando con felicidad á Sicilia.
Hicieron cabeza Juan Bautista Doria, genovés, y Antonio de Olivera,
castellano, Gobernador que fué del castillo de la isla después de la
muerte del Maestre de campo Barahona.

Por último, muerto Solimán, instó el Rey D. Felipe á Carlos IX de
Francia para que empleara su influencia en favor de la soltura de Sande.
Hízolo, comisionando especialmente á Francisco Salviati, Caballero de
Malta, por embajador; y aunque en un principio se negó Selim á tratar
del asunto, por ser la primera cosa que pedía su aliado al ascender al
trono, la otorgó, y D. Álvaro fué á Francia en compañía de Salviati, y
se restituyó á su casa.

Bien mereciera este soldado estudio especial de sus compatriotas más
extenso, aunque no fuera tan entusiasta como el que le dedicó el
extranjero Brantome, contemporáneo y admirador de sus condiciones, ó el
del P. Haedo en la mención que hizo en su _Historia de Argel_, reseñando
las campañas de Italia y Francia en que tomó señalada parte, reinando el
Emperador; la batalla de Muhlberg, en que fué principal instrumento de
victoria; el socorro de Malta, donde pagó á los turcos la deuda que con
ellos tenía, y el gobierno de la plaza de Orán, fin de su carrera.

D. Luis Zapata le dedicó un capítulo de la _Miscelánea_, en que algo
difiere respecto al rescate, diciendo[36]:

    [Nota 36: _Memorial histórico español_, publicado por la Real
    Academia de la Historia, tomo XI: Madrid, 1859, fol. 43.]

«D. Álvaro de Sande, claro por mil hechos y mil jornadas, que siendo
tesorero de Plasencia, como Aquiles dejó las faldas largas y empuñó la
espada y lanza, y saltó en ser soldado, siendo cercado en los Gelves de
una poderosísima turquesca armada, defendió el hechizo fuerte tres ó
cuatro meses, sin se le poder entrar con muchos y muy terribles asaltos,
en los que mató infinitos turcos que quedaron por ahí tendidos en el
campo. Mas no siendo socorrido y siendo espantable y rabiosa la sed y la
hambre, que comieron las cosas viles que comen otros cercados hasta
acabarlas, y bebían el agua salada de la mar, sacada aún en poca
cantidad por alquitaras, de lo que ya toda la gente enfermara; de las
cuales tres cosas, teniendo la muerte cierta, hambre, sed y enfermedad,
rendir la plaza era vileza, defenderla era imposible, tomó un
valentísimo medio, que fué salir y morir peleando como un caballero tan
señalado. Habla y anima á su gente; confiesan y comulgan todos; dan
fuego á sus alhajuelas, que no les quedó otra cosa sino las armas, y
salen á los enemigos con ellas en la mano; hieren y matan cuantos
pueden, y al fin quedó preso D. Álvaro con mucha sangre de ambas partes,
y el fuerte de los enemigos, no fuerte, antes flaco hecho, en los
secanos y sirtes de Berbería. No se perdió reputación ninguna; otra cosa
se perdió, si no la hechura, por no ser de ningún peso ni importancia,
como parece por este soneto hecho por un valiente soldado, del que pongo
los cuatro versos primeros por no hacer más á nuestro caso:

    ¿Quién eres tú que espantas sólo en verte?
    Soy muchedumbre de árboles cortados,
    Que sobre flaca arena fabricados
    Contra toda razón me llaman fuerte.

»De allí D. Álvaro de Sande y D. Sancho de Leyva fueron llevados tras
Constantinopla, á la torre del Mar Negro, en donde el que entra jamás
sale; mas ellos salieron por gran milagro: D. Sancho, trocado por otro
turco principal que había cautivo acá, y D. Álvaro, averiguando ser
criado del Emperador D. Fernando, casado con dama suya, con el cual
Emperador el gran Turco tenía treguas por ciertos años.»

Si se compara el desastre de los Gelves con el de la _Armada
invencible_, ocurrido en 1588, parecerá algo menor la pérdida de
material en el primero, sin otra consideración que el valor comparativo
de construcción de galeras y naos, y el mayor número de piezas de
artillería que las últimas llevaban; la diferencia no es, sin embargo,
de mucha importancia, y se nivelaría á tomar en cuenta el valor
intrínseco de los esclavos y cautivos perdidos que andaban al remo. En
la moral fué por de pronto más grave la derrota de los Gelves, por dejar
en absoluto dueños y señores de la mar á los turcos, y entregadas á su
estrago no sólo las costas de Italia, sino también las de España,
mientras que el fracaso de Inglaterra poco afectaba á estas costas ni á
su navegación ultramarina, como se vió en las desastrosas expediciones
de los ingleses á la Coruña, Lisboa y Azores. La más sensible pérdida de
personas excedió con mucho en la jornada de Trípoli á la de Inglaterra.
Varían bastante las cifras recogidas por los historiadores; mas tiene
fundamentos la de Cirni Corso, que fija en 18.000 los hombres consumidos
en la fatal empresa de Berbería, mientras no pasaron de 10.000 en la
otra.

Coincidencia singular: los Duques de Medinaceli y de Medinasidonia
dieron amparo á Cristóbal Colón; y rivalizando en cierto modo con la
Corona, pretendían alistar por su cuenta naves con que se resolviera el
problema del camino del Catay, y se asentara el cimiento de la
preponderancia marítima de España. Nietos de aquellos Duques, y Duques
también de Medinaceli y de Medinasidonia, D. Juan de la Cerda y
D. Alonso Pérez de Guzmán _el Bueno_, presidieron con paralela falta de
aptitud é igual desgracia á las dos más grandes desdichas que registra
la historia naval, como que con ellas acabó aquella preponderancia.

Antón Francesco Cirni Corso formó lista de las personas principales que
sucumbieron en la triste jornada de los Gelves. No es completa esta
lista, pues por Ulloa y otros escritores se citan nombres no
comprendidos en ella: acaso hay también equivocaciones en la ortografía
italiana de que se valía el autor; pero á falta de otra, bien merece que
por testimonio de estimación se reproduzca adicionada.


CAUTIVOS EN LA ARMADA Y EL FUERTE.

General, D. Sancho de Leyva, con sus hijos
  Juan de Leyva.
  Diego de Leyva.

General, D. Berenguer de Requesens.
  Juan de Cardona.
  Fadrique de Cardona.
  Gastón de la Cerda, hijo del Duque de Medinaceli[37].

General, D. Álvaro de Sande.
  El Obispo de Mallorca.

Maestre de campo, Bernardo de Aldana.

Ingeniero, Antonio Conde.

Médico del Duque, el Licenciado Bernardo.

Capellán de D. Álvaro, Carnero.
  Baltasar Mediavilla.
  Alfonso de Pallar.

Sargento mayor, Maroto.

Coronel, Pedro del Más.

Capitanes, Sciana Smeraldo.
  Francisco Enrique.
  Orejón.
  Simón, florentino.
  Montes de Oca.
  Tomaso, italiano.
  Íñigo Hurtado.
  Francisco de Casale.
  Nicolo de Casale.
  Lope de Figueroa.
  Juan Bautista Doria, genovés.
  Antonio de Olivera.
  Monsalve.

    [Nota 37: Murió en Constantinopla.]


MUERTOS DE ENFERMEDAD.

Coroneles, Quirico Spínola.
  Diego de Ávalos.

Capitanes, Álvaro de Sande, sobrino del General.
  Alonso de Hita.
  Jerónimo Imperatore.
  Aquilante de Castillo.
  Andrea Grifo.
  Antón Cicala.
  Francisco de Cárdenas.
  Giacopo Gallupoli.


MUERTOS EN COMBATE.

General, Flaminio dell' Anguillara.
  Per Álvarez Golfín.
  Juan de Ovando.
  Cristóbal Pacheco.

Alférez, Gil de Oli.
  Sebastián Hurtado.
  Íñigo de Soto.
  Nuncibay.
  Juan Pérez de Vargas.
  Francisco Ortiz.
  Salazar.


QUEDARON EN EL FUERTE Y NO CONSTA LA SUERTE QUE TUVIERON, SI BIEN LOS
MÁS MURIERON.

Coronel, Stefano Leopart.

Sargento mayor, Martín de Lequeque.

Capitanes, Bernardino Álvarez de Mendoza.
  Federico Mazzalotte.
  Juan Osorio de Ulloa.
  Rodrigo Zapata, que entregó el fuerte.
  Juan de Funes, que capituló.
  Juan del Águila, idem.
  Jerónimo de la Cerda.
  Juan de Gama.
  Sebastián Poller, inventor de los alambiques.

Maestres de campo, Alonso Padilla.
  Miguel de Barahona.
  Jerónimo de Piantanigo.

Capitanes, Bartolomé González.
  Adrián García.
  Pedro Vanegas.
  Alonso de Guzmán.
  Pedro Bermúdez.
  Antonio de Mercado.
  Gregorio Ruiz.
  Juan de Vargas.
  Carlos de Haro.
  El Conde Galzano Anguisciolo, florentino.
  Diego de la Cerda.
  Luis de Aguilar.
  Álvaro de Luna.
  Jerónimo de Sande.
  Juan Ortiz de Leyva.
  Frías.
  Martín Galarza.
  Alonso Escobar.
  Alonso Golfín.
  Bravo.
  Gaspar de Tapia.
  Juan Paulo.
  Pedro de Aguayo.
  Juan Daza.
  Francisco Rota.
  Francisco Collazos.
  Álvaro de Luna.
  Clemente, siciliano.
  Gabriel Girardo.
  Georgio, siciliano.
  Stefano Palavicino.
  Charles de Vera.
  Mos de Indón.
  Mos de Lampujada.
  Álvaro de Lara.
  Julio Malvesín.
  Gaspar Peralta.
  Juan Antonio Spínola.
  Jerónimo de Montesoro.
  Constantino Sacano.
  Giuseppe Tremarchi.
  Juan Andrea Fantone.
  Pedro de Vida.
  Pedro de Juan.
  Lucas Calabres.
  Pedro de Almaguer.
  Juan de Zayas.
  Perucho Morán.
  Juan de Zayas.
  Juan de Castilla.
  Luis de Aguilar.
  Diego de Santa Cruz.
  Pedro de Vargas.
  Bernardino de Velasco.
  Sebastián.
  Bernardo de Quirós.
  Piantanigo.
  Borja.
  Guillén Barbarán.
  Garay.
  Fuentes.
  Juan Pérez de Vargas.
  Diego de Vera.
  Antonio Dávila.
Alférez, Sedeño.
  Herrera.
  Beltrán.
  Serrano.
  Pedro Ginovés.
  Hidalgo.
  Francisco Ortiz Zapata.
  Diego de Castilla.
  Martín de Ulloa.
  Andrea Espinguel.
  Rodrigo de Cárdenas.
  Valdés.
Comisario, Pacheco.
Contador, Juan de Alarcón.




APÉNDICE I


RELACIÓN

_de la jornada que hicieron á Trípol de Berbería las armadas católicas,
años 1560 y 61._[38]

    [Nota 38: Academia de la Historia, Colección Salazar, _G-64_.]

Fray Parisote, Maestre de los Caballeros de San Juan, codicioso de
adelantar y ennoblecer su religión, como buen administrador della,
teniendo siempre ante los ojos la perdición de Trípol, con deseo de
recobrarle, aunque no se había perdido en su tiempo que él gobernaba,
sino en el del Maestre pasado, ansí por enmendar el daño que los turcos
habían fecho en cosas de la Religión, como por el mal y desasosiego que
daban á Malta los cosarios que en Trípol se recelaban, viendo la paz y
hermandad que de nuevo había entre los Reyes de España y Francia,
parecióle oportunidad para anteponer la impresa, comunicándolo primero
con el Duque de Medinaceli, que al presente estaba en el gobierno de
Sicilia, porque á él como Visorrey de aquel reino tocaba ser General de
la impresa cuando se hobiese de hacer.

Al Duque paresció muy bien lo que el Maestre procuraba, porque allende
del beneficio grande que venía al reino quitando un tan mal padrastro,
de cabo él por su parte desearía hacer alguna cosa en Berbería, digna de
memoria, como lo había hecho el Visorrey pasado Joan de Vega en la
tomada de Africa, y ansí acordaron de escrebir los dos al Rey sobrello,
encargando la solicitud del negocio al Comendador Guimarán, que se
hallaba en la corte.

No pareció mal al Rey lo que el Maestre y Visorrey demandaban, por
amparar y favorecer una religión de tanta antigüedad y nobleza, con el
amor y afición que lo había hecho la buena memoria del Emperador, su
padre, y los Reyes de España, por el beneficio y quietud que resultaría
á sus vasallos.

Trató el negocio con los que se hallaban allí en corte, que lo
entendían, y no contento con esto dió parte dello al Príncipe Doria,
para no hacer cosa sin consejo y parecer de un hombre de tanta
reputación y que con tanta afición y lealtad había servido siempre, y de
más experiencia en semejantes cosas más que otro alguno.

En este medio, el Maestre y el Duque tornaron á escrebir sobre el mismo
negocio á S. M. Estaba de partida para España, y viendo la respuesta del
Príncipe, escribió al Duque de Medinaceli que hiciese la jornada con el
consejo y parecer del Príncipe Doria y del Maestre y Duque de Florencia,
que había de enviar sus galeras. Para ello mandó al Duque de Alcalá,
Visorrey de Nápoles, que diese la infantería española de aquel reino, y
que D. Alvaro de Sande, coronel della, la llevase, con la que el Duque
de Sesa, gobernador del estado de Milán, daría. Escribió ansí mismo á
Joan Andrea, General de la mar, que fuese á servir en la jornada con sus
galeras, sin apartarse de lo que el Duque de Medinaceli hobiese menester
del armada. Á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles,
escribió mandándole que llegados en Berbería saliese en tierra con el
Duque, y en el progreso de las cosas de guerra le aconsejase, como
prudente, todo lo que hobiese de cumplir, y al Duque escribió que no
hiciese cosa sin dar parte á D. Sancho.

El Visorrey, vista la orden de S. M., avisó al Maestre para que toviese
en orden las galeras y gente que había de servir en la jornada, y por su
parte entendió en buscar dinero para las provisiones que eran menester,
y para pagar los soldados españoles de la isla, que se les debían
catorce pagas, y para hacer de nuevo gente envió á Caldes, caballero de
la Orden de Santiago, á Nápoles, á demandar la gente y artillería que le
habían de dar.

Al Duque de Alcalá no le pareció, en tiempo tan sospechoso, quitar los
presidios de las tierras de marina, estando como estaba el armada del
gran Turco á la Belona y teniendo la nueva que tenían de la muerte del
Rey de Francia, que por este mismo respeto el Duque de Sesa había
suspendido el licenciar la gente, por no estar bien acabada de confirmar
la paz.

Todos los ministros de S. M. estaban á la mira si con el nuevo Rey
hobiese nuevo acuerdo en lo de la paz, y ansí acordaron en Consejo que
Don Alvaro de Sande viniese á Mesina, como vino; y hallando quel
Visorrey daba priesa á las provisiones, con deseo de llevar adelante la
empresa, y viendo esta determinación, por no perder tiempo, partió
D. Alvaro con las galeras á Génova, para ir de allí á Milán por la
gente.

Severino fué por pagador, con los dineros, y dió la paga en Génova, de
manera que anduvo después en pleito con los maestros racionales, que no
se le daban por bueno, aunque daba por excusa que D. Alvaro se lo había
mandado hacer ansí.

Mientras D. Alvaro fué á Milán, el Duque despidió capitanes para que
hiciesen gente en Sicilia y Calabria y repartió por todas las tierras de
la isla, que cada una diese tantos gastadores. Destos hicieron compañías
con sus capitanes y banderas.

Entre tanto que la gente de guerra se recogía á Mesina, se entendía en
embarcar la artillería y municiones y vituallas. Todo esto era tan bueno
y en tanta abundancia, que sobraba para doblado ejército del que había
de ir. Desluciólo todo la poca maña que el Comisario D. Pedro Velázquez
tuvo, ansí en el embarcar, como en el repartir; y si flojamente se pasó
en esto, muy peor lo hizo en tomar muestra á los soldados españoles de
la isla y á los calabreses y sicilianos. Dió lugar, por ser mal plático,
á que los capitanes se aprovechasen á su placer. Tomaba la muestra en la
iglesia mayor, abiertas todas las puertas, y muchas veces de noche, y
ansí, cuando pensamos llevar 15 ó 16.000 hombres, hubo pocos más de
10.000. El mismo engaño de las pagas hubo después en las raciones.

D. Alvaro volvió de Milán de mediado el mes de septiembre y trajo 18
banderas de españoles, tan pobres de gente, que no pasaban de 800 ó 900
soldados, y tres de tudescos, en que había otros 800, sin otra que se
hizo después, y 16 banderas de italianos, en que había hasta 3.000,
muchos dellos franceses y gascones. Desde á pocos días después de
llegado se echó bando, que duró una hora el publicarle, y entre muchas
cosas que decía mandaba que ningún soldado fuese á correr en Berbería ni
tomase ropa ni esclavo á otro, so pena de la vida. Fuera harto mejor
mandar que no talasen los morales y olivos de que muchos pobres
ciudadanos mesineses se mantenían, sin que cada día los teníamos en arma
con las muertes y revueltas que á cada paso se hacían, por venir muchos
foragidos del reino de Nápoles y Sicilia, con salvoconducto para servir
lo que durase la jornada.

El Duque y D. Alvaro entendían en hacer escuadrones y escaramuzas en el
Brazo de Sarranela, que dieron harto que reir á muchos y perder la
esperanza de que saliesen bien con lo comenzado.

En estas escaramuzas y niñerías acaeció que un soldado español que se
decía Herrera dió un bofetón á un caballero ginovés, hijo de Antonio
Doria. Pesóle á toda nuestra nación en el alma, por tener tanta afición
á su padre, estando este caballero á pie mirando cómo escaramuzaban los
de á caballo. El soldado, por huir de los caballos que venían torneando
el escuadrón, vino á topar con él y ponérsele delante, y sobre hacerle
apartar, le dijo palabras quel soldado se descomedió á darle el bofetón.
Metieron todos manos á las espadas, y llegaron allí luego el Visorrey y
otros muchos. El soldado se desapareció por la mucha gente que había, y
se fué á salvar en una casa donde estaba bien secreto si no le
vendieran. Diéronse tan buena maña el César Doria y sus hermanos, con
espías y sobornos, que vinieron á saber dónde estaba, y con mucha gente
armada entraron de noche y lo mataron y lleváronlo arrastrando á la
marina, mostrándolo de galera en galera con un esquife. De ahí lo
llevaron á la plaza del castillo, donde pasaba el Visorrey, haciéndole
guardia hasta el día, para que le vieran los que salían y entraban. Esto
indinó muy mucho la gente de guerra, por lo que sucedieron muertes y se
vinieron á poner carteles, sin que se hiciese castigo ni demostración
dello.

Entrando el mes de otubre con gran lluvia y tempestad de vientos, á
todos los que se les entendía algo de cosas de mar, les parecía desvarío
partir en tal tiempo una armada tan grande como aquélla, mayormente
dándose la poca priesa que se daban á embarcar lo que era menester, que,
según la torpeza y flojedad que en esto usaban, no acabarían por todo
aquel mes.

Juan Andrea Doria perdió una galera y un esquife de otra, allí en el
Faro, y decía públicamente que si las galeras que traía fueran del Rey,
como eran suyas, que no fuera á la jornada, aunque el Rey se lo había
mandado; pero que iba porque no pudiese nadie decir que dejaba más la
ida por temor de perder su hacienda, que por lo que cumplía al servicio
de S. M.

D. Berenguer de Requesens, General de las galeras de Sicilia, fué
siempre de parecer que no se fuese á Trípol, y ansí lo decía
públicamente y lo escribió al Rey, por lo que vino el Duque á desabrirse
con él y á no tratar con alguno de los que contradecían la ida. Con
D. Alvaro solamente consultaba y comunicaba todo lo que se había de
hacer.

De aquí comenzó la discordia entre los que mandaban, y con este buen
principio, á los 25 de otubre de 1560, hizo vela del puerto de Mesina la
nave _Emperial_, que iba por capitana de todas las demás, que serían
hasta 40. Iba en ella por Comisario general Andrea de Gonzaga, Coronel y
Maestre de campo general de toda la gente italiana, y las naves
anduvieron ocho días en bonanzas, dando bordos, sin poder pasar de
Zaragoza, donde se entraron el 1.º de septiembre por el mal tiempo. Este
mismo día llegaron allí las galeras con el Visorrey, y dende á pocos
días se acabaron de recoger las galeras de Cigala y otras naves que
faltaban, con gente y municiones.

Por todo el mes de noviembre no se pudo partir de Zaragoza por los malos
tiempos. Hízose muy gran daño en la campaña, cortándole los olivos y
viñas y árboles fructíferos della para quemar, robándoles las maserías,
sin dejarles buey ni oveja en ellas, ni cosa de comer.

Primero de diciembre partió de aquí la armada para Malta, y ya otra vez
habían salido y vuéltose al puerto de 20 millas de allí. Esta segunda
vez llegaron las naves y galeras á Cabo Páxaro, 60 millas de Zaragoza, y
de allí se engolfaron en el canal de Malta. Las galeras pasaron adelante
y llegaron otro día á Malta, donde fueron recibidos del Maestre y
Caballeros con mucha fiesta. Las naves volvieron aquella noche á Cabo
Páxaro con viento contrario, y las dos galeras de Mónaco con ellas, que
no pudieron proejar para tomar la isla con las demás por estar largas á
la mar. Dieron fondo todas á Cabo Páxaro; y temiéndose de unas burrascas
que comenzaron de media noche abajo, disparó la Capitana á levar, y
algunas dellas, por darse más priesa, se dejaron las áncoras y se fueron
todas á Zaragoza. Después perdieron algunas las barcar por enviar por
las áncoras. Deste mesmo puerto salieron otras tres veces, y tantas se
tornaron sin poder pasar á Cabo Páxaro.

En esto comenzó la gente á enfermar y morir á más furia quel mes pasado,
y los de la ciudad, desdeñados del estrago que se les había hecho y
hacía en la campaña, no querían acoger los enfermos, y ansí murieron muy
muchos por dejados, como los dejaban á la marina al agua y sereno.
Primero que se determinase á darles recaudo, fueron tantos los muertos,
que hubo banderas desarboladas y nave en que no quedaron 20 hombres.

Viendo esto Andrea de Gonzaga, envió una fragata á dar aviso al Visorrey
de lo que pasaba y de la poca gente que había, porque, sin los muertos,
se huían cada día muchos soldados y marineros, tanto que había muchas
naves que no podían navegar por falta dellos. Pasaron veinticinco días
que no tuvimos aviso de las galeras ni se supo dónde estaban. Andrea
Gonzaga estaba con determinación de no partir de allí sin tener
respuesta del Duque.

Á los 20 del mes se comenzó á publicar una nueva, sin cierto autor, que
las galeras habían pasado á los Gelves sin haber reposado en Malta, mas
de tomar gente y municiones. Esta nueva debieron de inventar los
zaragozanos ó los de aquellos contornos, por hacer ir de allí las naves.
Como esto se comenzó á divulgar entre los soldados, todos deseaban ser
ya allá, y ansí daban priesa en la partida, y hubo Capitanes que se
quisieron ir sin aguardar la Real, por lo que acordó Andrea Gonzaga
partir la noche de Navidad, y otro día, en amaneciendo, al salir del
puerto, llegó D. Pedro Velázquez, Comisario de la armada, en una galeota
y dió nueva que estaban en Malta.

Más adelante se descubrieron 22 galeras que traía el Comendador Guimarán
para hacer ir á las naves y pasar á Mesina por dineros. Llegadas estas
galeras á Zaragoza, hicieron lo que solían en las posesiones della.
Cargaron de leña para Mesina, y lo mesmo hicieron á la vuelta para
Malta. Las naves siguieron su camino con poco viento, y ansí tardaron
ocho días y más en recogerse todos á Malta, donde habían llegado otras
naves con siete compañías de infantería española del reino de Nápoles,
sin otras cuatro que habían venido primero á Mesina. Estas 11 banderas
trajeron harto más gente que las de Lombardía. Como iban llegando las
naves, les salía á dar orden una fragata que se fuesen á Puerto Xaloque,
ocho millas de allí. Después las mandaron venir, y trayendo algunas á
jorro las galeras, se metió un temporal tan fuerte, que las galeras las
desmampararon y se tornaron á Malta. Las naves corrieron la vuelta de
Sicilia hasta llegar á Cabo Páxaro, donde surgieron para volverse con el
primer buen tiempo. En una de ellas, en que iba un Gregorio, tocó una
compañía de calabreses. Antes que llegase al Cabo, tomando la vuelta
para entrar en él, se amotinaron los soldados y dejaron ir la nave en
popa, la vuelta de Calabria, hasta llegar al Cabo de Espartivento, y
teniendo ligado el Capitán y sus Oficiales, maltratándoles, se hicieron
echar en tierra y se fueron á sus tierras.

En el galeón de Cigala iba una compañía de sicilianos del Capitán Lope
de Figueroa y otra de gastadores. En viéndole surto, hicieron lo mesmo
que los calabreses, y aún más, porque mataron al Sargento y llevaron al
Alférez ligado en tierra, y trataban de tirarle con las escopetas. El
Capitán de la compañía había quedado en Malta. Primero que salieron del
galeón enclavaron el artillería porque no les tirasen con ella, y no
pudiendo caber todos en las dos barcas, quedaron de los amotinados hasta
24 ó 30. Los marineros y muchos soldados que no habían sido en el motín,
se juntaron y prendieron éstos, y dieron aviso á una nave questaba allí
junto, donde estaba el Capitán Artacho, que traía á cargo las siete
compañías del reino de Nápoles. Envió por ellos y trájolos á Malta,
donde ahorcaron tres de los más culpantes y siete desorejaron y echaron
á galera.

Llegados ya todos á Malta tornó la gente á morir, mucho más que en
Zaragoza: la causa de esto era el mal pasar de tanto tiempo por la mar,
y para los grandes fríos que hacía estar la gente desnuda y sin pagas,
trayendo, como traían, mucha ropa de Génova y Milán. Dejaron morir muy
mucha gente de frío por no darles á tiempo de vestir. Estaban los
monasterios é iglesias llenos de enfermos, que era la mayor compasión
verlos morir por aquellos suelos, sin darles recaudo, hasta que el
Obispo de Mallorca demandó un casal en que estuviesen, y otras casas en
el Burgo, donde los recogió y gobernó lo mejor que pudo.

La solicitud deste Obispo fué parte á que no muriesen muy muchos más de
los que murieron. D. Sancho de Leyva hizo adereszar otras casas en que
recogía los enfermos que cabían, y los hacía curar y gobernar muy bien
de sus dineros, visitándolos él cada día, mandando á los que los tenían
encargo que no les dejasen faltar nada. Fué obra para en Malta de gran
caridad y de harto más provecho para los pobres que nadie podrá creer,
sino los que vieron la necesidad que allí pasaron enfermos y sanos.

Con toda esta mortalidad no faltaban cada día en casa del Maestre
máscaras, danzas y fiestas de damas, y torneos y sortijas, con tanto
placer y regocijo como se pudieran hacer al tornar de la jornada con
victoria.

Aquí se tomó muestra á la gente italiana en la campaña, contándolos en
el escuadrón por hileras, y diciendo el Duque de Vivona que había pocos
más de 3.000, en los que allí había, que aún faltaban naves por
desembarcar su gente, el Duque de Medinaceli le dijo que no dijese que
eran tan pocos, de manera que lo entendiese nadie, como si los que
salían á verlo no miraran lo mesmo que el Duque, y algunos Capitanes,
creyéndose que se hacía la muestra para darles dineros, recogían criados
de caballeros que trajeron allí. Conociéndolos algunos que iban con el
Duque, se los mostraron y no hizo caso dello; y vista la poca gente que
había en las naves, hubo grandes contrastes sobre si se iría adelante ó
no. Todos eran de parecer que se tornasen; D. Álvaro sólo tuvo fuerte en
que se fuese, tratando de pusilánimos á los que contradecían. El Duque
deseaba en extremo salir con lo que había comenzado, viendo que un
hombre de tanto valor y experiencia como D. Álvaro, en cosas de guerra,
mayormente en Berbería, donde había hecho tantas y tan buenas cosas,
facilitaba tanto la empresa, tenía esperanza de salir con ella, y ansí
acordó de enviar capitanes á Sicilia y Nápoles á hacer gente de nuevo,
dándoles orden que nos viniesen á hallar en Trípol.

En este medio tornaron las galeras que habían ido á Mesina. El Visorrey,
fastidiado de haberse detenido tanto en Malta, dió priesa á la partida,
y á los 9 de hebrero se salió de casa del Maestre sin despedirse dél ni
hablarle, se fué á embarcar. El Maestre quisiera tornarle aquella noche
á casa y no pudo.

Otro día se partió con toda la gente y armada; las galeras sacaron fuera
las naves que habían de ir. Licenciaron algunas ansí por la falta de
gente como de vituallas, y pudiera licenciarse más, que hubo nave que
fué con 200 quintales de bizcocho, sin gente ni otro cargo. La licencia
que dieron á los pobres patrones fué para acabarlos de echar á perder,
porque allende de no pagarles lo servido, les tomaron las gumenas y
áncoras y marineros, para darlos á los que iban á servir, y sobre todo
esto, compuso muchos dellos el alguacil real de Joan Andrea, como hizo á
otros en Mesina.

Dióse orden á todas las naves que siguiesen la capitana, sin decirles
dónde habían de acudir si acaso se perdiesen unas de otras, como suele
acontecer. La general llevaba orden de ir á Cabo de Palos; caminaron
todo aquel día y la noche con viento próspero; después se les volvió el
tiempo de manera que vinieron á descaecer á los Secos de los Querquenes,
donde surgieron, aunque no todas, que algunas habían perdido la Real por
un mal temporal que duró poco.

Las galeras partieron de Malta ya tarde, el mismo día que las naves, y
llegadas al paraje de una isla que se dice la Lampadosa, donde se había
de hacer agua y leña, por la falta que hay della en Berbería, pasáronse
sin tomalla, caminando derechas á la isla de los Gelves, donde llegaron
sobre tarde.

Antes de llegar descubrieron dos naves: fueron D. Sancho de Leyva y
Scipión de Oria, y tomó cada uno la suya; la gente dellas se huyó en
tierra. También descubrieron dos galeotas en la Cántara. Según se ha
entendido de los esclavos dellas, estaban ya los turcos para huirse en
tierra si vieran que iban nuestras galeras á ellas. Debiéronlo dejar por
ser ya tarde. Ellas se huyeron aquella noche y hicieron harto daño.
Tomaron algunos bajeles pequeños que se habían perdido de las naves, y
fué el Truchalí, que las traía, á Constantinopla á solicitar la venida
de la armada. Nuestras galeras se recogieron todas á la Roqueta, y otro
día por la mañana echaron gente en tierra para hacer agua; y como los de
la isla habían descubierto las galeras el día antes, acudió mucha gente
de pie y caballo: pusiéronse en unos palmares allí cerca. El Visorrey
tenía en tierra hasta 3.000 hombres, y hecho el escuadrón, mandó salir
arcabuceros que fuesen á escaramuzar con los enemigos. Trabóse de manera
la escaramuza que duró cinco ó seis horas, y tan reñida, que vinieron
hartas veces á las espadas. No osaban los nuestros alargarse mucho del
escuadrón por la caballería de los enemigos. Muchos soldados pelearon
este día muy bien. Hubo muertos y heridos de todas partes, aunque pocos.
No se tomó ninguno para lengua, que fué harto mal para nosotros no saber
lo que había en la isla antes de partir della.

Después quel Duque entendió que las galeras habían hecho su aguada, por
ser ya tarde mandó retirar la gente del escaramuza, y al recoger, que
se recogían al escuadrón, comenzaron á cargar los enemigos, con la grita
y alarido que suelen, y acercáronse tanto, que hirieron algunos en el
mesmo escuadrón.

Á D. Álvaro dieron este día un arcabuzazo, andando á caballo. No le hizo
mal. Anduvo muy bueno este día en dar orden, y todo lo demás que se
debía á su cargo y reputación. Toda la gente se embarcó, sin que los
enemigos hiciesen más mal, aunque al embarcar, por darse algunos más
priesa que era menester, hubo alguna desorden.

Aquella misma noche se fueron las galeras y vinieron el día siguiente á
hallar las naves surtas en los Secos. Proveyeron de agua á muchas naves
que les faltaba, que con la priesa del partir de Malta no habían tomado
el agua que habían menester. De allí partieron todos juntos á Cabo de
Palos, donde llegaron otro día.

Al salir de Malta quedaron nueve galeras que no partieron con la
Capitana: las ocho dellas partieron aquella misma noche: la patrona de
Cigala se quedó en el puerto: las ocho siguieron el mismo marinaje que
las primeras: llegaron á los Gelves con dos horas de día á la misma
Roqueta donde las otras habían estado, y teniendo necesidad de tomar
agua, juntáronse los Capitanes de infantería española; fueron á hablar
al Duque de Vivona, que venía en la Capitana de Florencia, para ver si
la hacían; el Duque les dijo que iba allí como hombre particular, que no
tenía cargo para dar orden; que ellos, como hombres de guerra, viesen
lo que era menester, que él les favorescería con su persona y criados, y
ansí determinaron los Capitanes de salir en tierra con sus Oficiales y
hasta 300 hombres, hecho un escuadrón. Dellos apartaron hasta 30
arcabuceros, y pusiéronlos en un alto, cerca del escuadrón, para que
tirasen de allí unos moros de á caballo para que no se acercasen á
estorbar el hacer del agua, y ansí estuvieron todo el tiempo que duró el
hacerla. Hecha el agua, se comenzaron á embarcar algunos soldados, y con
ellos el Capitán Joan de Funes, y el Capitán Joan del Aguila había harto
que había embarcado diciendo que no se sentía bueno. Los otros cinco
Capitanes no se quisieron embarcar hasta los postreros. En esto se
levaron unas galeras para mejorarse á otro puerto á donde descubriesen
los moros para tirarles. Como los enemigos les vieron vueltas las popas
y retirarse los arcabuceros que les tiraban para irse á embarcar,
cerraron con ellos y rompiéronlos. Entrando dentro en la mar,
secutándolos, mataron y prendieron hasta 150 hombres; los presos fueron
muy pocos; murieron todos cinco Capitanes peleando muy valerosamente
delante sus soldados. El Capitán Adrián García, Pedro Vanegas, Pedro
Belmudes, Antonio Mercado y D. Alonso de Guzmán. Éstos se perdieron de
buenos, que bien se pudieran embarcar si quisieran. Tuvieron por mejor
morir que no desamparar sus soldados. Los demás se recogieron á las
galeras, quién á nado, quién en los esquifes. Partiéronse luego de allí
con este buen suceso, y vinieron á Cabo de Palos. A todos dió pena esta
desgracia.

En Cabo de Palos se supo de unos jeques de alarbes que vinieron á
ofrecerse de servir contra los turcos, como Dragut quedaba en los Gelves
con 400 caballos y hasta 1.500 hombres de pie entre turcos y moros, y
quél era el que había escaramuzado con los nuestros al agua, y el que
había hecho el daño en la gente de las ocho galeras, y quel día antes
que llegasen nuestras galeras había peleado con la gente de la isla, al
paso, y roto y muerto muchos moros gervinos, y robado y quemado los
casales y haciendas de los que no eran de su parcialidad. Por no darnos
maña el día de la escaramuza de tomar lengua ni meter un moro de los que
llevábamos en tierra para que supiese lo que había y lo que se sabía de
Trípol, como era razón que se supiese, dejamos de prender allí á Dragut,
que los mismos de la isla ayudaron á ello, y tomándole el paso, no
podría en ningún modo escapar, y ansí hacíamos la jornada de Trípol y la
de los Gelves con prenderle. Por eso dicen que no hay mejor adivino quel
que bien piensa lo que hace, y ansí los que tienen cargo, mayormente en
cosas de guerra, por muy discretos y avisados que sean, no han de hacer
cosa sin consejo y parescer de muchos, lo que no se hizo en esta
jornada, y ansí sólo ella se puede llamar guerra sin consejo.

En Cabo de Palos estuvimos todo el mes de hebrero sin poder pasar
adelante por los malos tiempos. Aquí se perdió la nave _Imperial_,
remolcándola las galeras de una parte á otra.

Salvóse la gente della y repartiéronla por las otras naves. Ahogáronse
dos sacando el artillería de batir que traía. Perdióse harta pólvora,
balas y cuerda y muy muchas vituallas. Aquí comenzaron algunos de nuevo
á quejarse del Visorrey, diciendo que no hacía caso de nadie ni llamaba
á Consejo los Oficiales de S. M., que eran diputados para ello, y muchos
señores y caballeros que venían á servir, por lo que comenzaban á
suceder mal algunas cosas, y ansí acordaron pedir lista de la gente que
había á los Capitanes de los soldados que cada uno tenía, porque se dijo
que había muchos enfermos.

Vista la poca gente que había, se determinaron en la ida de los Gelves,
de Cabo Palos; escribieron al Bajá del Caruán, y enviaron un moro á
Trípol por espía para saber la gente que tenía Dragut dentro y ver si se
fortificaba. Diéronle tres escudos, y no volvió con la respuesta.
También asoldaron unos jeques de alarbes para que viniesen á servir en
los Gelves. Vinieron á tiempo que no fueron menester.

Primero de marzo, al hacer del alba, hicimos vela para los Gelves con
muy buen tiempo, donde llegamos aquella misma noche, y reforzó tanto el
viento, que fué muy gran ventura no perderse muchas naves al tornar de
los Secos. Los cinco días siguientes hizo una tormenta tan deshecha,
refrescando el viento de hora en hora, que á hallarnos en playa, se
perdía todo el armada sin remedio alguno.

Á los siete días desembarcó toda la gente en la isla, á la parte de
poniente, á una torre que dicen de Valguarnera, questá ocho millas
pequeñas del castillo, lugar nada cómodo para desembarcar, porque las
naves estaban cinco millas largas de tierra, y las galeras más de tres,
y sin nada desto, por ser parte donde no había agua. Luego se puso
diligencia en hacer pozos y no se halló agua, por lo que padesció la
gente harta sed. Tardóse todo el día en desembarcar los soldados y
artillería. Esta parte donde desembarcamos es la más estéril de toda la
isla, y ansí no parescía hombre por toda la campaña.

Aquella tarde vino un moro viejo á caballo con otro de á pie con él, de
parte del jeque y los gervinos, diciendo que no querían pelear contra la
gente del Rey Felipe, antes se holgaban y se tenían por muy dichosos en
estar debajo de su amparo y protección, y ofrescían de ayudar de muy
buena gana á echar á Dragut de Trípol y de toda Berbería. El Virrey le
recibió alegremente, agradeciendo al jeque y á los de la isla la
voluntad que mostraban al servicio de S. M., y ansí él les ofrescía
hacerles todo buen tratamiento, que en el castillo tratarían lo que
cumplía á todos.

El viejo era hombre de bien: se partió muy contento; pero el que venía
con él no era todo bueno; pero bien lo pagó, que lo mataron otro día en
la escaramuza. Este tuvo cuenta con la poca gente que venía, y con ver
que mucha della estaba flaca y maltratada. Dió de todo relación á los
moros, persuadiéndoles que nos diesen la batalla y peleasen antes que
hacer acuerdo alguno con cristianos.

Otro día bien de mañana comenzó á caminar el campo, marina á marina, en
muy buena orden, la vuelta de los pozos, donde habíamos de alojar.
Estaba un poco más de cinco millas de allí. Andrea Gonzaga iba de
vanguardia con un escuadrón de italianos: la Religión, tudescos y
franceses iban con otro escuadrón de batalla; la infantería española iba
de retaguardia, cada tercio por sí. En su orden cada escuadrón llevaba
delante piezas de campo y mosquetes, y ansí caminamos hasta los pozos
sin descubrir moro que nos diese empacho. Desde los pozos se descubrían
muy muchos moros entre unos palmares, bien adelante al paso por donde se
iba al castillo.

Llegada la vanguardia á los pozos, se entendió en limpiarlos, y sin
aguardar en su orden hasta que llegase la batalla, salió el Coronel
Spínola con algunos arcabuceros italianos hacia los palmares. Como los
moros vieron caminar esta gente adelante, alteráronse, paresciéndoles
que no se afirmaba el campo aquella noche en los pozos, sino que pasaban
al castillo, questaba poco más de dos millas de allí, donde tenían los
más facultosos las mujeres y hijos y haciendas; y como entre ellos había
muchos de la parte de Dragut, amigos de alteraciones y revueltas, que no
venían bien en que se hiciese paz, con esta ocasión comenzaron á decir á
los demás: «Ya veis que los cristianos pasan al castillo con desinio de
tomar nuestras mujeres y hijos por esclavos: lo mismo querían hacer de
nosotros; mejor es que muramos peleando por nuestra libertad, que no
dejarnos engañar con palabras y ser esclavos, cuanto más, que siendo
como somos doblada gente que ellos, sanos y rebustos, haciendo lo que
debemos, no hay duda sino que será nuestra la vitoria, siendo los
cristianos tan pocos y muchos dellos enfermos y malparados. Por eso,
determinaos á pelear y acometámosles luego, porque ya que no les podamos
romper, vienen tan cansados y tan embarazados con las armas que traen,
que nos saldremos dellos y nos volveremos, sin que nos puedan alcanzar
ni enojar. A lo menos no nos quejaremos de nosotros mismos por haber
dejado de probar nuestra fortuna.»

El jeque, que era nuevo y no tenía los de la isla tan á su devoción que
pudiese estorbarles que dejasen de concurrir con los que procuraban
alteraciones y desasosiegos, y así persuadidos de los demás, comenzaron
todos juntos á dar voces y alaridos, tomando puños de tierra y
echándolos en alto para adelante, ques señal entre ellos de querer
pelear, y juntamente con esto dispararon escopetas á los nuestros, y
ansí se comenzó la escaramuza.

En esto arribaba la infantería española á los pozos. Tardó tanto, por
desempantanar una pieza de artillería que traían los de vanguardia. En
sintiendo la arcabucería en los palmares, mandaron marchar la artillería
y gente delante, y fué bien menester, porque de otra manera degollaban
todos los que habían salido con el Coronel Spínola, por ser pocos y
haberse alargado más de lo que era razón.

El escuadrón los recogió y afirmóse poco más de cien pasos de las
primeras palmas. Los moros cobraron grande ánimo en ver que los nuestros
les habían vuelto las caras, y vinieron con gran ímpetu, hechos un
horror á acometer el escuadrón. Su cuerno derecho cerró animosa y
determinadamente con la arcabucería questaba por guarnición del lado
izquierdo de nuestro escuadrón á la parte de la marina; pero no con
menos valor resistieron los nuestros el ímpetu y furor de los enemigos,
sin tornar paso atrás, disparando una vez los arcabuces, no teniendo
lugar para tornar á cargarlos, por estar ya revueltos con los moros.
Vinieron con ellos á las espadas; los hicieron retirar huyendo, quedando
dellos 43 muertos en el mismo lugar que embistieron, sin otros muchos
que mataron en el alcance. El otro cuerno izquierdo suyo, que venía á
dar por la parte derecha del escuadrón nuestro, y la media línea, que
venía á dar con el frente dél, viendo el mal suceso de los primeros, se
retiraron sin osar llegar á las manos.

En este medio jugaba nuestra artillería por todas partes, que ponía gran
temor en los enemigos. Tornóse de nuevo á otra escaramuza; sustentáronla
gran rato el Capitán Gregorio Ruiz y Bartolomé González, reparándose con
los fosos de unas viñas, de donde hicieron harto daño en los moros,
hasta que llegó de nuevo con más gente el Capitán Joan Osorio de Ulloa,
y pasó tan adelante, que faltó poco perderse él y los que le seguían.
Viendo los enemigos tan pocos, y que de mal pláticos habían disparado
los arcabuces todos juntos, dieron sobre ellos y hiciéronlos tornar con
más priesa de la que habían traído. Fueron causa éstos, con su mal
orden, que los dos Capitanes que hasta allí se habían mantenido bien,
desamparasen los puestos y se retirasen, y hirieron en el alcance á
Gregorio Ruiz de una lanzada, de que murió dende á pocos días. Perdióse
gente en esta retirada, y perdiéranse todos si el escuadrón no marchara
á socorrerlos.

Las retiradas vergonzosas que hicieron este día los arcabuceros
italianos y los nuestros, fueron por ir más adelante de lo que debían,
sin llevar picas que los amparasen. El Duque, para la poca plática que
tenía en semejantes cosas, anduvo este día muy bueno, alegrando y
animando la gente, acudiendo á todas partes, dando la orden que
convenía; lo que no hicieron otros que eran más obligados á ello, con
quien tuvieron muy gran cuenta los soldados.

Los pocos caballos que teníamos, que serían hasta 20, que los demás no
eran desembarcados, sirvieron bien. Á D. Luis Osorio, Maestre de campo
de la gente de Sicilia, mataron el caballo y matáranlo á él si no lo
socorrieran, y peleó como muy buen caballero este día, y todo lo que
duró la jornada hizo lo que debía. Los moros tenían 5 ó 6 caballos, en
que andaban los que los gobernaban; pero serían 13 ó 14.000 hombres de á
pie; los nuestros podrían llegar hasta 7.000.

Murieron este día, de nuestra parte, 30 hombres; pocos más saldrían
heridos, y casi todos de lanza y espada, porque tenían muy pocas
escopetas. De los moros, entre muertos y heridos, pasaron de 500, según
dijeron ellos mismos.

Después de acabada de recoger la arcabucería de la escaramuza, por ser
ya tarde y estar la gente fatigada del trabajo y sed, que hubo hombres
que cayeron en el escuadrón muertos de sed, mandó el Duque retirar la
gente al alojamiento, que estaba hecho á los pozos, donde se halló poca
agua y mala.

Estando este día en la furia de la escaramuza vino á faltar la pólvora y
cuerda; y yendo á pedirla á Aldana, General de la artillería, respondió
que enviaba por ella á las naves. Vino bien que era ya tarde, que podía
ya durar muy poco la escaramuza, y si mal recaudo dió el Comisario en
las municiones del artillería, harto peor fué en las vituallas, que
salimos tan bien proveídos, que á tornar cuatro ó seis días de mal
tiempo, como los pasados, pereciéramos de hambre.

Toda aquella noche se oyeron muy grandes llantos de las moras que
andaban retirando los muertos. Tardamos allí cuatro días mientras las
galeras hicieron agua y desembarcaron vituallas de las naves. No se
consintió salir estos días á escaramuzar con los moros, aunque ellos
venían á demandar escaramuza. Harto mejor hubiera sido haberlo excusado
el primer día, hasta ver si los moros estaban en la determinación que
habían dicho.

Xama y otro moro, que servían en la compañía de Suero de Vega, salieron
una noche por la isla á tomar lengua y trujeron un moro.

Desde á dos noches tornó á salir Lope Osorio, teniente de la misma
compañía, y dió en unos casales, cerca de su campo, y trajo siete moros
y moras y mató algunos que se defendieron. Hecha la paz dió el Duque
libertad á todos y los pagó á los soldados. No por ello nos dieron ellos
los esclavos cristianos que tenían en la isla.

Desde á tres días vino un moro á caballo, viejo, y llegó á un tiro de
arcabuz de nuestras trincheras, donde se apeó y hincó un palo en tierra.
Dejó allí una carta y alargóse. Fueron por ella y trajéronla al Duque.
Dijeron que era para tratar de nuevo la paz, y tarde vino un moro viejo
con una carta de crédito de D. Alonso de la Cueva en que le abonaba por
hombre de verdad. Este fué con demandas y respuestas, y no concluyéndose
nada, determinó el Duque pasar adelante.

A los 12 del mes mandó echar bando para la partida, mandando, so pena de
la vida, que ningún soldado se empachase en tomar prisionero ni ropa
mientras se pelease. Toda la gente iba muy alegre y contenta en oir el
bando, teniendo por cierto que se pelearía. La infantería española iba
de vanguardia; los franceses, alemanes y Religión, en batalla; los
italianos, de retaguardia, todos en sus escuadrones en muy buen orden.
D. Luis Osorio iba delante de los escuadrones con una manga de
arcabuceros españoles, y ya que la vanguardia llegaba cerca de los
enemigos questaban al paso, salió el mismo moro que solía venir á
nuestro campo. El Duque mandó hacer alto á la gente por ver lo que
quería el moro. Demandó un cristiano por rehén y trujo un moro criado
del jeque en cambio suyo. Estos estuvieron detenidos hasta que
concluyeron los patos, y fueron quel jeque daría el castillo y la isla
quedaría por el Rey, y que enviándole un salvoconducto vendría á verse
con el Visorrey y á tratar lo demás que le pedían; y que por cuanto él y
algunos de sus moros tenían en el castillo sus mujeres é hijos, y
sacándolos, estando allí los soldados, podría haber alguna desorden, le
suplicase que por aquella noche solamente se volviese á los pozos, quel
prometía su palabra dar desembarazado el castillo por todo el día
siguiente.

El Duque holgó complacer al jeque en aquello, y mandó volver la gente al
alojamiento, publicando que era hecha la paz, de lo que pesó muy de
veras á los soldados, yendo, como iban, ganosos de pelear, teniendo por
tan cierta la victoria. Un soldado de la compañía de Orejón, diciéndole
que era hecha la paz, vino en tanta desesperación, que se dió dos
puñaladas por los pechos, de que murió dende á pocas horas. Sobre el mal
contento que los soldados llevaban, llovió toda aquella noche y lo más
del día siguiente. Hizo esta agua muy gran daño en la gente, porque no
había tiendas en tierra en que se reparasen, sino de algunos caballeros
y Oficiales. Desto vinieron después á adolecer y morir muchos. El jeque
entregó el castillo, como lo prometió, y fueron otro día á poner el
estandarte real en él, y dende á dos días fué el Duque y otros muchos
señores y caballeros por mar á él, y disinaron el fuerte. Andaban tan
siguros entre los moros, que se pudieran hallar burlados, porque
tuvieron oportunidad para prenderlos sin que nadie se lo estorbara.

Á los 18 partió todo el campo para el castillo. Este mismo día se
comenzó la fortificación dél. Alojóse todo el ejército á rededor dél.
Los italianos á la parte de Poniente; la Religión, alemanes y franceses
al Mediodía; los españoles á la parte de Levante. Desta manera teníamos
torneado el castillo por la parte de tierra: todo lo demás era mar. Los
moros traían provisiones de pan y carne en abundancia, porque lo vendían
como querían, que en esto nunca hubo orden ni en tierra de amigos ni
enemigos. Compramos la leña y el agua, cosa no vista jamás en el campo,
y tan cara, que se vendía al principio una carga de agua por cuatro
asperos, que son tarín de la moneda de Sicilia, que vale doce tarines un
escudo. Después calaron á dos asperos, y á este precio se bebió siempre.
Pozos hartos había, pero amargos y salados. Dos que había buenos, del
uno se servía el Visorrey y del otro tomaba quien podía. Con toda esta
carestía, no se dió paga entera á los soldados desde que partimos de
Mesina hasta que se perdió el fuerte, sino dos escudos en tres veces que
les dieron socorro, y así murieron muy muchos por no tener dineros con
que gobernarse.

Desde que se entró en la isla hasta mediado de abril, enfermó y murió
muy mucha gente de fiebres contagiosas. Hubo día que murieron 50 y 60
hombres, hasta que comenzó la gente á hacerse al aire de la tierra, ques
muy sano. El Visorrey envió á decir al jeque que viese cuándo querían
venir á tratar lo que había dicho, quél enviaría el seguro. Él se
resolvió en no querer venir, diciendo que á su padre habían muerto
turcos por fiarse dellos; que no quería que le sucediese á él lo mismo
con cristianos, y ansí acordaron que se viesen un día en la campaña. El
jeque vino acompañado de más de 4.000 moros, y firmóse una milla del
castillo. D. Alvaro salió á él con muchos caballeros, por ver si le
podría hacer entrar en el campo, pero no aprovechó nada con él.

Viendo que no quería pasar adelante, volvió D. Alvaro y llevó al Duque,
y llegando, se saludaron el uno al otro con mucho amor, y apartados de
la gente hablaron un rato por una lengua que tenían consigo, y dende á
poco se despidieron y se volvió el Virrey al campo y el jeque á su casa,
questaba dentro en la isla, 10 ó 12 millas de allí, y dende á pocos días
vino el Papa del Caruán. El Visorrey lo recibió y hospedó
honrosísimamente.

En este medio todos trabajaban á porfía en levantar el fuerte, aunque
muchos eran de parescer que no se hiciese allí, por la falta que había
de agua y por no poder dar socorro á los navíos que le vernían á
vituallar. Cuanto más lo contradecían, tanto más priesa se daban en la
obra. Unos traían fajina, otros palmas, otros entendían en la fábrica,
otros abrir el foso. Esto hacían los tudescos porque se lo pagaban muy
bien. Todo lo demás hacían los soldados por no haber ya gastadores:
todos eran muertos de mal pasar, y harta parte dellos en Sicilia: en
las mismas cárceles en que estaban depositados moríanse por no darles de
comer.

La obra del fuerte crecía cada día cosa no creedera, por andar como
andaban trabajando en él los soldados á porfía. El gran Comendador de
Francia, General de las galeras, á cuyo cargo venían los 1.000 hombres
que la Religión daba entre caballeros y soldados, viendo que se atendía
solamente á la fortificación de la fuerza, sin tratarse más de ir á
Trípol, que era para el efeto que daba la Religión aquella gente, sin
cinco galeras y una galeota y dos galeones y seis piezas de artillería
de batir, sin otras piezas de campaña, con el recaudo de municiones que
convenía para todas, demandó licencia y se fué con ellas, y mucha gente
y caballeros enfermos.

Por la misma causa se pudieran licenciar todas las naves que allí
estaban detenidas, con los soldados que no eran menester y gente inútil,
reservando los que habían de quedar en el fuerte y los que pudieran ir
en las galeras, y mandar asimismo á Sicilia para que despidiesen la
gente que se había mandado hacer desde Malta, y no hacerla venir, como
vino, sin ser menester. No solamente no se hizo esto, ni aun nos
acordamos de dar aviso nunca de lo que hacíamos ni dónde estábamos,
porque desde los 10 de hebrero que partimos de Malta hasta de mediado de
abril, no supieron allí ni en Sicilia de nosotros. Con este descuido
teníamos á todos con pena, temiendo no fuésemos perdidos por los malos
tiempos que habían corrido los meses pasados.

En esto llegó un Caballero de la Religión en una fragata que inviaba el
Maestre á buscarnos. Éste dió aviso que estaban en Malta naves detenidas
con gente y municiones, por no saber dónde nos venían á buscar, y así se
acordó de inviar á Cigala con 10 ó 12 galeras á hacer venir estas naves.
Vinieron á la fin de abril con muchas municiones y cuatro compañías de
sicilianos. No desembarcaron todos, por estar, como estábamos, de
partida. Con Cigala volvieron tres galeras de la Religión, que por la
mucha gente que les había enfermado y muerto, habían desarmado las dos.

En este tiempo vino al Visorrey un moro gervino y le dijo que venía de
Trípol y que hacía saber que teniendo Dragut nueva cierta que la armada
del turco era en viaje para venirle á socorrer y que la nuestra estaba
para partir, había mandado llamar á él y á otros moros de la isla y
dícholes que viniesen á los Gelves, encargándoles muy mucho que
procurasen con los moros de la isla y alarbes, hacer alguna revuelta con
los cristianos para entretenerlos que no partiesen tan presto, hasta que
llegase su armada, certificando este moro al Visorrey que el armada
sería allí dentro de ocho ó diez días; y cuando no hallase ser verdad lo
que decía, se pondría en prisión con dos hijos que tenía, para que les
cortasen las cabezas. El Duque le agradeció mucho el aviso y le mandó
dar diez escudos.

Dende á dos días sucedió la revuelta de quel moro había avisado, en el
zoco, donde ellos se ajuntaban á vender el día de mercado. Fueron
alarbes los que comenzaron, pero no ganaron nada. En ella murieron
dellos más de 50, sin otros muchos que se tornaron en prisión. Acertóse
otro día á ahorcar un ladrón que estaba días había condenado. Los moros
se dieron á entender que era por la revuelta, y así tornaron á la
contratación como de primero. El jeque ahorcó otro moro de los que
habían sido origen del alboroto. El Duque mandó soltar todos los
prisioneros y volverles lo que les habían tomado, y envió con su
secretario Monreal al jeque, siete esclavos negros que se habían huído
de sus amos para venir á ser cristianos. Paresció mal á todos, porque
cuando quisieran complacer al jeque y á sus dueños, pudieran pagárselos.
No tuvo tanto cuidado el jeque de inviarnos los que se iban á él de
nuestro campo á tornar moros, que fueron tres ó cuatro mozuelos mal
informados. No solamente no los inviaba, pero teníaselos en su casa
públicamente, que los viesen todos los cristianos que iban á negociar
con él. Dende á dos días tornaron á tocar arma á las compañías questaban
de guardia fuera del campo, sin haber otra cosa más.

En esto llegaron dos fragatas de Nápoles, en que venía Hernando Zapata
de parte del Visorrey, á dar aviso cómo era fuera el armada turquesca, y
á dar priesa á D. Sancho de Leyva y D. Álvaro de Sande y al Maestre de
campo Aldana, que se fuesen con la gente que allí había de aquel reino.
Juan Andrea había días que daba priesa á la partida, por estar ya el
fuerte en defensa, que no le faltaba más que el parapeto, y el
caballero que él había tomado á cargo le había ya hecho. Lo demás, la
gente que quedaba de guarnición lo podía hacer, pues no le faltaba otra
cosa, estando ya las dos cisternas llenas de agua.

Á los 25 de abril se había determinado que partiésemos, y pudiéramoslo
hacer, quedando el fuerte de la manera questá dicho. Con toda esta
solicitud de Joan Andrea y la furia que había de nuevas de armada
estábamos tan de reposo como si tuviéramos certinidad que estuviese en
el atarazonal de Constantinopla, sin considerar la falta que hacía al
reino de Nápoles la gente que allí teníamos suya y haber dejado á
Sicilia empeñada y sin un hombre de guerra, habiendo traído parte de los
pocos soldados que tenían los castillos y dejando á muchos dellos sin
pólvora ni municiones, y estando allí los más de los Capitanes darmas de
las tierras de marina y los Sargentos mayores de las milicias del reino
de Sicilia.

Después de haber hecho muchas visitas el secretario Monreal al jeque,
trajo los capítulos del concierto, y contenían que los moros de la isla
diesen á S. M. cada un año, en reconocimiento de vasallaje, 6.000 doblas
y ciertos halcones, y con ellos otros animales pequeños del tamaño de
cabras salvajes, que tienen la piel pintada, á manera de gamos. Esto se
pregonó por bando público, mandando que tratásemos y tuviésemos los
zervinos por leales vasallos de S. M. Tanto duró su lealtad cuanto
comenzó el armada turquesca á parecer.

Al principio de mayo comenzó á embarcarse la gente. Á los diez en la
tarde, á hora de vísperas, llegó una fragata de Malta que inviaba el
Maestre, y dió aviso cómo el armada del turco había hecho agua en el
Gozo, isla ocho millas de Malta, y había partido de allí tres días
había, cuatro horas antes que esta fragata partiese. Á esta isla del
Gozo vino el armada desde Modón sin dar nueva de sí ni tocar en otra
banda. Llevaba la proa á Trípol, y el tiempo los hizo descaer á Malta.
Allí, en el Gozo, tomó la armada un maltés que había poco que faltaba de
los Gelves, y fué tan ruin y tan mal cristiano, que porque le prometió
el Bajá libertad, dió nueva de nuestra armada y le dijo de la manera que
estaba, y le dió orden para que se pudiese aprovechar mejor de nuestras
galeras. Después le dijo otro moro de los Alfaques lo mismo,
certificando lo que el maltés había dicho, diciéndole que había
discordia entre el General de la mar y el de la tierra sobre el partir.
Estos le dieron ánimo de venir á buscar nuestra armada, y viniendo hacia
los Gelves costeando la Berbería, Luchalí y Caromostafá venían tres ó
cuatro millas del armada y descubrieron unas naves nuestras á la vela,
que salían de los Gelves ya tarde á puesta de sol. Hicieron humo desde
las galeras para que el armada amainase, que iba á la vela, y así viendo
la señal amainaron. Este Caromostafá y Luchalí vinieron aquella noche en
una barca á reconocer nuestras galeras, y dieron nueva al Bajá cómo las
dejaban surtas.

Cuando la fragata de Malta llegó, la más de la gente estaba embarcada; y
como se entendió nueva cierta quel armada turquesca teníamos tan cerca,
los que hasta allí se burlaban de las nuevas pasadas, diciendo que eran
cosas fingidas con invidia, para poner miedo, porque dejase de dar fin á
una cosa tan principal como la que se hacía, conosciendo su error y mal
gobierno, andaban como fuera de sí, caminando de una parte á otra sin
hablarse unos con otros, ni publicar la nueva, ni dar expediente á lo
que en semejantes casos suelen hacer los prudentes.

Juan Andrea Doria llamó á su galera los Generales y Capitanes de galeras
y les dijo la nueva que la fragata había dado, para que viesen lo que se
debía hacer. En estas juntas y consejos de mar, habiendo propuesto Juan
Andrea el caso, el primer voto era el del General del Papa; tras éstos
hablaban D. Sancho y D. Berenguel, y el del Duque de Florencia, Cigala y
Scipión Doria y los demás.

Flaminio del Angilara dijo que se entendiese en la partida, porque ya
quel enemigo hobiese pasado á Trípol, como se tenía por cierto, no podía
faltar de venir presto á buscar nuestras galeras.

D. Sancho de Leyva dijo que partiesen luego las naves, pues las hacía
buen tiempo para salir á la mar, y entre tanto que cargaban las naves
tuviesen los esquifes de las galeras en tierra para que se embarcase el
Visorrey y toda la más gente que pudiese venir, y se fuesen con las
naves sin apartarse dellas, porque yendo juntos no era parte á enojar
las 64 ó 66 galeras que los enemigos traían; y pues el fuerte quedaba
tan bien artillado, no era mucho que en un tiempo como aquél le quedase
más gente de los 2.000 soldados que se había acordado dejar en él, que
después vendría á tomarlos.

Cigala dijo que era poca vergüenza y poca reputación embarcarse el
Visorrey sin la gente que había de ir, y que parescería que iba huyendo.
Que si el armada hubiera tomado el camino de los Gelves aquel día
hobiera amanecido allí, habiendo partido del Gozo antes de la fragata
que trajo el aviso, y que se fuesen las naves y esperasen con las
galeras á tomar la gente que quedaba por embarcar y hacer su aguada.

Scipión Doria fué del parescer de Cigala y algunos otros que allí
estaban.

Estando en el Consejo, vinieron el General de la Religión y Sicilia, y
fueron del parecer de Don Sancho. En estos dos pareceres se resolvieron
todos, aprobando unos el parescer de D. Sancho y otros el de Cigala. Á
Joan Andrea paresció bien lo que D. Sancho había dicho, y llamó al
patrón de la fragata de Malta y demandóle con qué tiempo había venido y
por dónde. Después de habérselo dicho, se aseguraron todos más diciendo
que pues el armada no había parescido aquel día, sería ida á Trípol.

El Comendador Guimarán se halló presente á esto. Fué requerido que
dijese su parescer, y no quiso, diciendo algunos que no tenían agua para
sus galeras y que por esto que no se debían de partir tan presto, por lo
que se tornó á altercar sobre los paresceres.

Dijo Scipión Doria que se saliesen 10 ó 12 millas á la mar, y si al día
no descubriesen larmada, volverían por la gente y harían su aguada. A
todos paresció bien el consejo deste mozo. Acordaron de hacerlo así.
Guimarán, aunque no había hablado hasta allí, viendo esta determinación,
decía que era muy mal hecho hacer embarcar al Virrey tan
arrebatadamente.

Este Guimarán era favorito de Juan Andrea y medio ayo suyo, aunque era
harto más discreto el Juan Andrea que él. Este fué siempre torcedor á
que tardase allí tanto el Juan Andrea, por complacer al Virrey, porque
los Maestres y los Caballeros de Malta han menester tanto los Virreyes
de Sicilia, que no pueden vivir si no los tienen contentos. El Cigala,
que era de la misma opinión, andaba por reconciliarse con el Virrey,
porque aunque al principio aprobaba la empresa, diciendo que no era
menester para ella más que pan y paciencia, después anduvo remontado con
los demás; y viendo ya que estaban al cabo y que le había menester en
Sicilia para cobrar el sueldo de sus galeras, ya siete, y el Guimarán
por no tener designio á más de lo que les cumplía, fueron parte á hacer
perder el armada.

Guimarán se fué á tierra y dió parte al Virrey de lo que pasaba en las
galeras. El Duque vino á las galeras, pasadas dos horas de noche, y dijo
que le faltaban por embarcar los tudescos; que les había dado su palabra
de no ir sin ellos, y que le diesen los esquifes de las galeras para
embarcarlos. Juan Andrea mandó á todas las galeras que inviasen todos
los esquifes en tierra, y que si él se levase antes que viniesen, que
le siguiesen sin aguardarlos, y que todos guardasen muy bien el agua que
tenían.

Juan Andrea se levó, pasadas tres horas de noche y más, para salir á la
mar, como habían acordado, sin aguardar los esquifes, y fué causa que se
dejase de salvar mucha gente principal que se embarcara en ellos de las
galeras que encallaron.

Dende á poco se metió viento de afuera y mar, que no les dejaba pasar
adelante, por venir por proa, y por no cansar la chusma dió fondo bien
cerca de donde el armada turquesca estaba surta, sin que nuestras
galeras ni Scipión, que era de guardia, las descubriesen hasta que era
ya el día. Algunas galeras nuestras acertaron á dar fondo junto al
armada, y en descubriéndola hicieron trinquetes y se metieron en huída,
y así vinieron otras muchas á hacer lo mismo, de mano en mano; y siendo
ya todas á la vela, trabajaban por salir á la mar, teniéndose á la orza
cuanto podían, por hallarse muy dentro y sotavento del armada de los
enemigos.

Como los turcos vieron huir nuestras galeras tan derramadas, sin orden
ninguna, hicieron vela sobre ellas, y como venían en popa, ganábanles
mucho camino, y la Real, viéndose tan dentro á tierra que no podía salir
á la mar, hizo el caro para entrarse por el canal al fuerte. Siguiéronla
26 ó 27 galeras y las 4 galeotas. Tomaron dellas los turcos las 18 ó 19.
La Real encalló tan lejos del fuerte, que no se pudo favorecer dél. Las
galeotas y otras tres galeras ligeras se entraron por el canal hasta
surgir en el reparo, sin perder nada. La patrona de Sicilia y otras dos
galeras de las de aquel reino se perdieron muy ruinmente por
desampararlas, así los capitanes dellas, como los de infantería que iban
allí con sus soldados, aun encallado tan cerca del fuerte que no podían
llegar á ellas sino con esquifes, porque la artillería dél hacía estar á
largo las galeotas de los turcos que las habían seguido. Como las
desampararon, huyéronse los más de los esclavos y forzados dellas y
saqueáronlas. Ayudáronles á ello los mismos marineros con muchos
esquifes y fragatas que entendían en este servicio, sin haber quien se
lo estorbase ni castigase. La _Condesa_, que había encallado junto á
éstas, combatió todo el día muy bien, disparando artillería á las
galeotas y á la Real, que estaba ya por los turcos. Á la tarde, con la
creciente, se entró ésta con las demás en el reparo, y salieron dos
galeotas de las nuestras por ver si podían recobrar una galera; y
después de haber disparádose artillería de una y otra parte, se tornaron
sin osar llegar á las manos. A una galera del Marqués de Terranova, que
la habían desamparado como las otras, se metió fuego, porque no se
aprovechasen della los turcos. Estaba llena de olio soto, cubierta y
embarazada con lana y mercancías. Desta manera iban las más de nuestras
galeras, que tuvieran trabajo escapar puestas en caza, aunque las de los
enemigos eran tales, que no había en todas 20 galeras ligeras para
poderlas alcanzar.

Las galeras que se tuvieron á la mar se escaparon. De las naves se
perdieron nueve de las más pequeñas; parte dellas había ya desamparado
la gente, y pasádose á los galeones y naves gruesas que iban bien
artilladas. Nenguna destas se perdió, ni de otras que quisieron pelear.
Una nave arragucesa peleó muy bien: dió un cañonazo á una galera que la
seguía, que le llevó 19 remeros y cinco soldados, y viendo esto los
demás, se alargaron della. Á otra daba caza el Bajá, después de haber
tomado una galera. Disparó un cañón que le pasó por entre los fanales,
que espantó á Dramuxo, Arráiz y Cómitre Real, y le dijo qué quería hacer
de aquélla, si quería perder de gozar de la victoria que había habido.
Los galeones fueron siempre disparando artillería á las galeras que los
seguían, haciéndolas estar bien largas dellos, sin perder de hacer su
camino.

Perdiéronse nuestras galeras tan ruinmente, que entre todas sólo dos ó
tres pelearon. La _Mendoza_ de Nápoles quedó sin gente: toda murió
combatiendo. Murieron en ellas el Alférez Gil de Oli y el Alférez
Sebastián Hurtado y otro Alférez que se decía Iñigo de Soto, peleando
como muy buenos soldados. Aunque en las demás no se peleó, no por eso
dejaron de matar los turcos mucha gente en ellas, paresciéndoles que no
era vitoria si no la ensangrentasen.

Á Flaminio, General del Papa, mató una bala de artillería. Prendieron á
D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, con dos hijos
suyos, D. Juan y D. Diego. El D. Juan venía en la _Leyva_ con gente de
su compañía, y sólo él tomó armas para los enemigos, y se fué á la proa
de la galera con una espada y una rodela para defender que no entrasen
los turcos.

Prendieron á D. Berenguel, General de las galeras de Sicilia, con
D. Juan de Cardona, su yerno. Estos se perdieron por hacer lo que debían
en seguir al General. Prendieron á D. Gastón de la Cerda, hijo del
Visorrey de Sicilia, y al Obispo de Mallorca, y D. Fadrique de Cardona,
y el Maestre de campo Aldana y otros muchos caballeros y Capitanes.
Salvóse Juan Andrea en una fragata. Estaba muy flaco de una recaída.
Había llegado dos veces á morir, y como llegó en tierra, vinieron algunos
á consolarle; respondió que se contentaba de haber perdido la hacienda y
no la honra, como otros, aunque de esta vuelta no se le puede dar honra
alguna ni loar su buen gobierno, pues dejó de salir con tiempo á la mar,
y desamparó las naves, que no lo había nunca de pensar. Había de
entender que los queran de opinión que se fuesen de por sí las naves, no
tenían gana de pelear ni hacer lo que debían; solamente lo hacían por ir
escapulos para huir, y ya que se determinaran á ir sin ellas, si
quisieran, pelear con las 45 ó 46 galeras que tenían, y cuatro galeotas
tan buenas, que pasaban por galeras, sin muchas fragatas y bergantines.

En teniendo nueva de los enemigos, tomaran más gente, que en esto
pudieran llevar la ventaja que ellos tenían de más galeras; hiciéranlos
estar día y noche con las armas en la mano y no llevarlas en cubierta
como las llevaban. Debieran tomar ejemplo de Faser Bay, renegado corso,
General de Rodas, el cual, teniendo nueva que el gran Prior de Francia
andaba por aquellas mares con cinco galeras de la Religión y una
fragata, pudiendo armar más galeras, armó solamente cuatro y le fué á
buscar, y hallándolas en la isla de Candía, combatió con ellas y les
tomó una galera.

Podrá decir el Rey nuestro Señor por el suceso de estas galeras, lo que
dijo la buena memoria del Emperador su padre por lo de la Previsa: «que
donde no está su dueño, ahí está su duelo.»

Disparando este día una pieza de artillería de lo alto del castillo á
unas galeotas, reventó y hirió y mató siete ó ocho hombres. Erró muy
poco de matar al Duque. De los heridos y muertos, los cuatro ó cinco
eran criados suyos.

Aquella noche se embarcaron el Duque y Juan Andrea secretamente en
sendas fragatas para ir á Sicilia. No les hizo tiempo para partirse:
fuéronse la noche siguiente. No se tuvo nada bien el Duque, ya que se
iba, irse sin hablar á la gente. Fueron cinco ó seis fragatas juntas, en
que iban el Conde de Vicar, D. Pedro de Urrias y otros muchos
caballeros.

Tratándose aquel día si los enemigos metiesen gente en tierra ir á
estorbárselo, preguntó D. Alvaro al Duque qué armas llevaría. El Duque
le respondió que allí tenía armas y un volante; pero que no iría, por
quedar en el fuerte á dar orden de lo que era menester. D. Alvaro dijo
que tampoco saldría él. Este mismo salieron de la isla el Papa del
Caruán y el Infante de Túnez y el jeque con los moros de su parcialidad.

El Bajá se recogió dende á dos días con las galeras que allí habían
quedado: era la mayor parte de la armada, porque hasta con 30 fué dando
caza el Bajá á las galeras y naves. Dispararon mucha artillería las unas
y las otras. Al juntarse tuvimos miedo no hubiesen tomado las fragatas
en que iban el Virrey y Juan Andrea: dende á pocos días supimos cómo
habían llegado á Malta en salvamento, donde hallaron algunas de las
galeras que se habían escapado.

D. Alvaro de Sande, después de ido el Duque y los que iban con él,
comenzó á cortar dellos, y inviando D. Enrique de Mendoza, uno de los
que se habían ido, por una armadura que había dejado, dijo D. Alvaro que
llevasen las armas del conejo. Quejábase ansí mismo de D. Pedro
Velázquez, diciendo que por culpa suya, sin 200 botas de vino y más, sin
otras vituallas que se llevaban las naves, por no haber dado orden que
lo desembarcasen. En esto tenía muy gran razón, aunque por lo que él
estaba más mal con él, era por no haberle querido dar dineros de la
corte á cuenta de su salario, y porque había dicho el Duque que no se
fuese de la fuerza hasta que se fuese Don Alvaro. No decía mal en
conservador, porque si el Duque no se iba, hacía lo que debía á buen
caballero y buen Capitán, quedándose á favorescer la gente que había
traído consigo, para morir con ellos, y nunca el fuerte se perdía, que
todavía se diera orden á pelear; el jeque se viniera con él al castillo
y el Papa y el Infante no se fueran, y no osaron los turcos meter gente
en tierra, sino vieran idos éstos; ni el Rey de Túnez diera las
vituallas con que se entretuvo el armada, si el Visorrey desde allí le
escribiera agradeciéndole lo que le había inviado á ofrecer,
reconciliándole con Don Alvaro de la Cueva, alcaide y General de la
Goleta.

Cinco días después de perdidas las galeras, nos estuvimos mano sobre
mano mirándonos unos á otros sin trabajar en el fuerte. Después se
comenzó á traer fajina, que era menester pelear para tomarla. En muy
pocos días se hizo el parapeto del fuerte, y el lienzo de la marina,
questaba á la parte de poniente, se detuvo, por ser de piedra. Tornóse á
hacer de fajina y tierra, porque se pensó que los enemigos batieran por
aquella parte. En esto llegó de Trípol Dragut con sus galeras, y
determinóse el Bajá á echar gente en tierra, y envió á Monsalve, uno
de los que se habían preso en las galeras, con una carta suya para
D. Alvaro; pero no la quiso tomar ni ver: trató mal de palabra al
Monsalve, y dijo que si no mirara al amistad que tenía con el Capitán
Monsalve su hermano, le hiciera un castigo ejemplar, y así le invió luego
con su carta diciéndole que dijese al Bajá que pues Dios les había dado
una tan gran vitoria en mar, sin pelear, que viniese á probar su ventura
en tierra.

Á muchos Capitanes pesó oir esta respuesta, así por no haber hecho caso
dellos, como porque les paresció que se pudiera ver la carta entre
todos y responder con el comedimiento que era razón, pues la crianza y
cortesía no impidió jamás el combatir. Un esclavo cristiano que escribió
la carta, dijo que el Bajá inviaba por ella á pedir el fuerte,
ofresciendo en cambio todo buen partido que le pidiesen.

Con esta ocasión pudiéramos entretener algunos días el armada en
demandas y respuestas, para que mientras ellos perdían tiempo en esto,
tuviésemos lugar de fortificarnos mejor, y Sicilia y Nápoles proveer sus
marinas y estar más apercibidos, porque cuanto más se detuvieran en
esto, menos tiempo tuvieran para sitiarnos, y así no se pasara en el
asedio el trabajo y necesidad que se pasó de agua.

D. Alvaro mandó llamar los Capitanes que allí habían quedado, aunque no
todos tenían allí sus compañías, y díjoles que él había quedado allí
para guardar aquel fuerte; que hiciesen todos como él y jurasen de no lo
rendir hasta morir todos en la defensa. Los Capitanes dijeron todos que
eran muy contentos. Dende á tres días los tornó a juntar diciéndoles que
entre ellos eligiesen seis Capitanes para que uno de ellos gobernase si
acaso matasen á él y al Gobernador Barahona. A esto dieron por respuesta
que hiciese él la elección de los seis Capitanes como mejor le
pareciese.

Los turcos asaltaron de noche nuestras galeras: no pudieron llegar á
ellas por el reparo que tenían en torno de árboles y antenas; y así se
retiraron luego sin la jornada, porque les tiraban del fuerte y de las
mismas galeras.

Los turcos estaban muy confiados que las espías que traían en nuestro
campo harían lo que les habían prometido. Fué de esta manera. Que
teniendo Dragut nueva cierta que nuestra armada venía sobre él, invió un
portugués y otros renegados á Italia á saber lo que se hacía. Algunos
dellos, como hombres pláticos en la lengua, entraron por soldados en las
compañías que venían á servir en la jornada: éstos dieron siempre aviso
en Trípol á Dragut, y en los Gelves iban cada noche á hablarle. Uno se
ofreció á quemar las municiones; otro, de atosigar el agua de las
cisternas; otro, de dar fuego á las galeras. Con las promesas destos
persuadió Dragut al Bajá que intentase tomar el fuerte. También inviaron
algunos renegados que animasen y ayudasen en ello. Decían éstos que se
huían de los turcos por tornarse á la fe, que los habían hecho renegar
por fuerza siendo niños.

Vínose á descubrir el tratado una tarde. Puestas ya las guardias,
estando unos soldados apartados un poco del campo, vieron ir uno hacia
el de los enemigos. Llamáronle: él, por disimular más su bellaquería,
esperó; llegaron á él y prendiéronle. Fué de tan poco estómago, que por
el camino comenzó á turbarse y confesar su maldad. Prendieron algunos de
la liga; otros, en ver prender sus compañeros, se pusieron en cobro. Los
presos confesaron la traición, y así los ahorcaron de los pies como á
traidores.

La noche primera que saltaron en tierra, que fué á los 16, vino un
renegado á nuestro campo y dijo cómo los enemigos tenían en tierra ocho
piezas de artillería por encabalgar, y que habían con ellas salido pocos
más de 2.000 hombres, y que los demás se desembarcarían el día
siguiente, y que en los de tierra había muchos desarmados, de los que
venían por remeros en la armada, que habían salido para gastadores.
Fueron muchos con él á D. Alvaro, diciéndole que pues había tan buena
oportunidad para romper aquellos turcos que eran en tierra, que saliesen
aquella noche á ellos. D. Alvaro respondió: «Dejadlos llegar, que yo
haré de las mías.»

Esta noche se pudiera hacer harto daño en los enemigos. Excúsase
D. Alvaro con decir que lo dejó, temiéndose de los moros de la isla no
cargasen sobre nosotros al retirar, no sucediendo bien la salida, y los
turcos por la otra parte, de manera que no pudiésemos resistir á todos.
Teníamos la retirada marina á marina, llana y descubierta, y no era
lejos del fuerte más de dos millas el lugar donde los turcos habían
desembarcado, que era en los mismos pozos donde nosotros habíamos estado
diez días, y teníamos más de 70 caballos, con los de la compañía, y los
caballos que había dejado el Visorrey y otros caballeros, no teniéndolos
los enemigos ni los de la isla caballos con que enojarnos, porque aún no
eran llegados los caballos alarbes que esperaban; y si se dejó por
entretener allí la armada, porque no fuese á hacer mal en Sicilia ó en
el reino de Nápoles, el mejor entretenimiento fuera matarle la gente, de
manera que no la pudiera echar en tierra, y tuviera harto que guardar
sus galeras con los que llevaba. Los enemigos sacaron su artillería y
municiones en tierra sin que les diésemos empacho, más que tocarles
algún arma.

Otra noche invió D. Alvaro á un caballo ligero que se llama Miguel de
Huerta, buen soldado, que fuese marina á marina y mirase si hallaba
siete barriles pasada una mezquita que estaba entre el campo y el
fuerte. Halló cinco barriles; caminando adelante por ver si toparía con
los otros, halló dos medias botas. Volvióse á decirlo á D. Alvaro, y
invióle á que lo dijera á Quirós, Capitán de caballos. Aquella noche
estaba la gente y caballos á punto para salir fuera. Debía de haber
concierto con algún renegado, y faltó el designio, pues se dejó de ir.

La noche siguiente inviaron al mismo por ver si estaban allí los
barriles; no hallándolos, pasó adelante; vió salir del campo de los
enemigos nueve caballos con dos antorchas encendidas; metiéronse
adentro, en la isla; él se acercó á sus trincheas sin que nadie le
sintiese ni viese; había gran silencio en el campo; parescióle que
dormían todos; tocóles arma y vió que acudían todos á la marina huídos.

No partió de los pozos su campo hasta tener encabalgada la artillería y
que llegasen los caballos y gente de pie que esperaba Dragut. Entre
tanto caminaban por la isla muy á su placer, haciendo daño en las casas
y posesiones de los que se habían ido con el jeque. Tomaron de su casa
media culebrina y otras piezezuelas pequeñas de bronce.

Venían cada día los turcos á reconocer el fuerte desde unos palmares que
estaban á tiro de cañón dél. De allí tiraban á la gente que estaba de
guardia á los pozos, donde había cada día escaramuzas, donde había
muertos y heridos de todas partes.

Mucha gente de la que se había escapado de las galeras perdidas y de la
que se había quedado por embarcar, se iba cada noche á Sicilia en
fragatas y barcos por no tener que comer, que no les daban ración á
éstos ni á otros muchos que morían de hambre, y la que daban á los
soldados era tan poca. Cuando tuvimos agua nos faltó el pan, y cuando
volvió á faltar el agua, lo daban de sobra. Para esperar asedio, como
esperábamos, no se acertó á dejar ir esta gente. Harto mejor fuera
estivar las galeras, fragatas y barcos, y de toda la gente inútil y
heridos inviarlos á Sicilia, y retener los sanos y gobernarlos de manera
que se sustentaran para poder servir. Desta manera se aventuraban á
salir las galeras y se deshacía de la gente que empachaba.

Luego que los enemigos fueron en tierra, mandó D. Alvaro entrar en el
fuerte todos los españoles, dejando fuera los alemanes, italianos y
franceses, llegados bien al fuerte y reparados con muy buena trinchea.
Comenzóse á murmurar desto, y así los metió á todos dentro y mandó salir
fuera banderas de españoles. Dende á pocos días mandó desamparar
aquellas trincheas y metió toda la gente dentro. Estábamos tan
estrechos, que no se podía andar por el fuerte. En el contraescarpe del
foso quedaron hasta 400 soldados, y dende á poco los fueron á quitar
porque se iban á los turcos. Dentro, en el fuerte, mudaban cada día
compañías de una parte á otra, y con esta inquietud anduvimos hasta el
cabo.

Los enemigos comenzaron á caminar la vuelta del fuerte diez días después
de desembarcados, y firmáronse entre unos palmares, donde estuvieron
tres días. Aquí se pudiera salir bien á hacerles daño, por estar tan
cerca, que podía haber una milla entre su campo y el fuerte. Alcanzaba
allá nuestra artillería.

Salieron una noche, estando allí los enemigos, hasta 150 soldados, y
antes que llegasen á las trincheas de los turcos eran descubiertos, y
así se volvieron sin hacer nada. De aquí comenzaron los enemigos á hacer
trinchea para venir cubiertos con su artillería, sin que la nuestra les
pudiese hacer mal.

Salían del fuerte cada día cuatro compañías á la guardia; la que más
lejos estaba, serían 500 pasos del fuerte: una de la parte de poniente,
donde los enemigos venían; las dos compañías, á los pozos; la otra, á
las casas de Dragut, que estaban á la marina por la parte de levante.
Teniendo bien reconocido los turcos la poca gente que había en ellas y
el mal reparo que tenían, el último de mayo á medio día coménzaron á
venir por la parte de poniente y á los pozos, dando muestra de querer
escaramuzar como otras veces solían. Viendo que comenzaban á salir los
nuestros á la escaramuza y retirábanse por alargarlos más,
asegurándolos desta manera, cerraron con ellos de tropel más de 3.000
turcos y los caballos alarbes, que eran los que más daño hacían en los
nuestros y mejor peleaban. Nuestra gente era tan poca, que ni los que
estaban de guardia ni otros que habían ido á escaramuzar, pudieron
resistir la furia de los enemigos, y así se retiraron con ruín orden y
harta pérdida de buenos soldados que se hallaron delante en la
escaramuza. Nuestra caballería no pareció nada á la de los enemigos;
estúvose hecha alto sin osar salir á favorescer nuestra infantería. Los
caballos de los enemigos que salieron á esto, serían hasta 100; los
demás venían con otros 4 ó 5.000 turcos que venían atrás caminando con
la artillería. Pelearon tan bien estos pocos caballos de alarbes y tan
valerosamente, que vinieron entre los soldados hasta llegar á las
propias trincheas que tenía por reparo la gente que alojaba fuera del
fuerte, sin temer la arcabucería y artillería que se les disparaba dél.
Si nuestros caballos lo hicieron ruinmente este día, muchos hubo entre
los de á pie que, por tenerles compañía, huyeron muy sin vergüenza, y
Capitanes con quien se tuvo gran cuenta.

D. Alvaro de Sande los trató muy mal de palabra, diciéndoles que
renegaba de la parte que tenía de caballero, si ellos lo eran. Viendo la
carga que los enemigos venían dando á los nuestros, acudieron muchos
soldados por aquella parte para salir á socorrer. No lo pudieron hacer
tan presto que ya los nuestros no fuesen recogidos en las trincheas, y
queriendo de nuevo salir á los enemigos, se puso delante el Gobernador
Barahona y los hizo tornar. Los turcos se quedaron en las trincheas
viejas donde se solía alojar nuestro campo, y pusieron en ellas muchos
estandartes y banderetas.

Los alemanes pelearon este día muy bien; mataron muchos turcos,
favoreciendo las compañías que eran de guardia á los pozos. La compañía
que estaba á la marina de levante, se retiró á su salvo sin recibir daño
ninguno. Todo lo que quedó del día se entendió en tirar escopetas y
arcabuces de una parte á otra, no cesando nuestra artillería de disparar
á donde veía que podía hacer mal.

Aquella misma tarde, acabado de recoger su campo, comenzaron á tirarnos
con dos piezas de artillería por la parte de poniente. Tomaban de una
marina á otra en torno del castillo, ocupando harto más sitio del que
podían guardar con la gente que ellos traían. En tanto que ellos
estuvieron desta manera, hobo grande oportunidad para aprovecharnos
dellos, si en nosotros hobiera juicio y valor para intentarlo, teniendo
como teníamos gente para poder darles la batalla, aunque fueran hartos
más de los que eran, porque sin la gente que había de quedar en el
fuerte, quedaron los tudescos y compañías de italianos y españoles que
estaban por embarcar, sin otros muchos que habían salido de las galeras
que se perdieron y la gente que tenían las siete galeras y cuatro
galeotas que allí estaban. Con todo esto nos sitiaron, y ganaron los
pozos aquel día.

La pérdida de estos pozos fué toda nuestra ruína, porque si los
manteníamos, como era razón que se hiciera, no se nos muriera la gente
de sed ni se huyera á los enemigos. Fué muy gran bajeza perderlos,
teniendo gente demasiada para guardarlos, estando tan cerca como estaban
del fuerte y tan descubiertos para favorescer la gente que allí
estuviese, con la artillería dél, estando, como estaban, quinientos
pasos del fuerte. D. Bernaldino de Velasco dió voces sobre que se
guardasen; el Capitán Clemente, siciliano, que es un valiente soldado, y
de los que mejor entienden la fortificación, se obligaba á guardarlos
con 500 hombres. Pudiéransele dar 2.000 y quedar el fuerte con más gente
de la que había menester, y cuando bien éstos se perdieran, viniérales á
faltar á los enemigos gente y tiempo para poder sitiar la fuerza: como
no se sintiera en ella la falta de agua que hubo, no eran parte seis
tantos turcos á tomarla. Toda la gente que allí había quedado se pudiera
muy bien entretener con las municiones que quedaban en el castillo, de
comer, porque para 2.000 hombres que allí habían de quedar en la fuerza,
les quedaba de comer para diez y ocho meses, y dos cisternas de agua, la
una con 18.000 barriles y la otra con 13.000, sin palmo y medio que
tenía ella de agua cuando se comenzó á hinchir. Esta más pequeña estaba
dentro del castillo. Sin tener más agua que ésta nos encerramos, con
darse de ordinario 5.500 raciones, sin mucha otra gente á quien no se
daba ración.

El Capitán de las galeotas del Duque vino á D. Alvaro á pedirle de comer
para la gente dellas ó licencia para irse. Respondióle que no tenía que
darle, y en lo de la licencia hiciese lo que quisiese, que él no
entendía cosas de mar ni era marinero. Hallándose allí acaso Charles de
la Vera, le dijo que pues al Duque no había quedado otra cosa que
aquellas galeotas, que las remediase, porque no fuesen á perderse.
Respondióle muy enojado que las remediase él; que el Duque se había ido
y dejádole allí; que era un hombre remiso y su secretario flojo, no
acababa nunca de concluir cosa, y así fué discurriendo por el mayordomo
y los demás, tachando á cada uno de lo que le parescía.

Viendo esto el Capitán, que ya no había donde hacer agua, se fué otro
día con sus galeotas y otras dos que había allí: una de D. Luis Osorio y
la otra de Federico Stait. La de Stait se perdió por no seguir la
conserva, habiendo ya escapulado el armada. Fué mal empleada la pérdida
en su patrón, porque fué el que mejor se trató de cuantos sicilianos
vinieron á ella. Dende á pocos días, queriendo hacer lo mismo la
_Condesa_ del Príncipe y otra de Vindinelo, y alistadas ya y puestas en
orden para partir, se les fué un esclavo y dió aviso á los enemigos, por
lo que se dejó la ida.

A 2 de junio, primero día de Pascua de Espíritu Santo, salieron por la
parte de Levante 600 hombres de todas naciones, y llegados á las
trincheas de los enemigos, se las ganaron, matando y hiriendo muchos,
hasta hacerles desamparar el artillería. Enclaváronle dos piezas della,
con punteroles, por no llevar recado de otra cosa. Pudiéranles quemar
la pólvora: no osaron hacerlo por no quemarse ellos también. Pasaron
adelante secutando la vitoria hasta llegar cerca de la tienda de Dragut.
Entrando en otra que estaba junto á ella, mataron muchos turcos,
entrellos un hombre principal. Súpose después que era el Sanjach Bay de
Negroponte. Todos iban huyendo, si no por unos turcos principales que
los hicieron volver á cuchilladas, diciéndoles la poca gente de que
huían, porque aún no habían llegado todos los que habían salido al
efeto; y de los que entraron, hobo algunos que por embarazarse á robar,
dieron lugar á que los enemigos se rehiciesen y degollasen muchos de los
nuestros, los que mejor habían peleado y más se habían adelantado
siguiendo los enemigos, y así ellos, al retirarse, que se retiraron los
nuestros, los siguieron animosamente hasta meterlos en el fuerte, donde
quedaron muchos turcos muertos á la marina, junto al muro del caballero
Gonzaga. Murió este día el Conde Galván, placentín, y el Capitán Carlos
de Haro, peleando como muy valerosos Capitanes. También murió Uncibay,
Alférez de Galarza, con muy buenos soldados de su compañía, que entraron
con él en la tienda del Visorrey de Negroponte. Era un muy valiente
hombre este Alférez, y así peleó este día como tal.

Esta salida se conoció claramente el efeto que se hobiera hecho á haber
salido 2 ó 3.000 hombres á pelear con los enemigos, porque si este día
reforzaran con otros 1.500 ó 2.000 hombres más, no hay que dudar sino
que era nuestra la vitoria. Después de retirada esta gente, dijo
D. Alvaro al Capitán Galarza que se había dejado ganar la mano derecha
de Carlos de Haro al estar por las trincheas de los turcos; que no había
guardado la orden que le dió. El Galarza respondió que ninguno podía
decir con verdad que había pasado á pelear delante dél, ni ganádole la
mano; y á lo que decía de guardar la orden, que no le había dado orden
ninguna. D. Alvaro le dijo que se fuese y que no respondiese otro día
tan aficionadamente.

Esto de la orden paresce que se conforma con lo que dicen los soldados
que salieron aquella mañana. Estando ya á la trinchea de los enemigos,
se afirmaron un poco. Viendo esto los soldados, dijeron á los Capitanes:
«¿Qué hacemos que no pasamos adelante? Asaetearnos han aquí los turcos,
habiéndonos descubierto.» Respondió Carlos de Haro que no tenía orden
para más. No pensó D. Alvaro que esta gente llegara donde llegó, ni que
pasasen de las trincheas, pues no les tuvo socorro para pasar adelante.
Este Capitán Galarza era un buen soldado, y sacó dos arcabuzazos en la
rodela, y dende á pocos días le mataron en el caballero de San Juan de
un arcabuzazo.

Desta salida comenzaron los enemigos á recogerse más y fortificarse con
trincheas altas de tierra y fajina, y enviaron caballos y gente de pie
al paso de la Cántara, por donde se entraba de tierra firme á la isla,
creyendo que esperábamos socorro del jeque ó del Rey de Caruán.

A los 3 de junio hizo un calor tan excesivo y ardía tanto el sol, que
teníamos por cierto que era fuego que los enemigos habían puesto á la
campaña; y como había cuatro días que eran perdidos los pozos y no
habían aún comenzado á dar agua de ración, padescióse tanto de sed, que
murieron más de 50 hombres, sin más de 300 que quedaron muy al cabo,
tendidos en tierra, dando voces por agua. Verdaderamente fué inhumanidad
grande de Barahona dejar morir aquella gente, pudiéndola remediar con
bien poca de agua.

Deste día hicieron principio de pasarse muchos á los turcos, y vinieron
tantos á desvergonzarse tanto en la ida, que se habían huído más de 500
y muertos otros tantos y más de sed, porque los que no tenían ración, y
algunos que no les bastaba dos cuartuchos de agua que daban, iban á
beber á una gruta de una agua salada que había en ella, que mató á todos
los que la bebieron. Corrompíalos, quitándoles la gana de comer, y los
ponía secos, y así se iban consumiendo sin poderles dar remedio.

Ibamos cada día retirando y estrechando tanto, que perdimos un pozo de
agua amarga que estaba junto á las trincheas donde estábamos, no 30
pasos de ellas. Este pozo tenía agua en abundancia, y aunque amargaba,
mataba la sed y no hacía el daño que la salada hizo. A haber sustentado
este pozo, remediara mucho la necesidad que se pasaba, y no se nos
morían los caballos de sed, por no querer nunca beber de la salada.
Cincuenta ó sesenta pasos deste pozo estaban otros dos de la misma
suerte de agua.

Un siciliano que llamaban el Capitán Sebastián se ofreció á sacar agua
dulce para beber de la de la mar. D. Alvaro le prometió 500 ducados en
dinero y 200 de renta. Hiciéronse muchos alambiques y henchíanlos de
agua de la mar y les daban fuego, y destilaba agua dulce y muy buena,
sana, sin ningún sabor de sal. Hacía 40 barriles della, que bastaban á
dar ración á 700 hombres. Cada Oficial, sin esto, hizo su alambico para
su casa, y muchos vivanderos hicieron los suyos, con que sacaban agua
para vender. Vendíanla al principio á un real el cuartucho; después fué
faltando leña, y vino á valer á dos reales el cuartucho, ques media
azumbre de la medida de España.

Esta agua fué muy gran parte á que no muriese mucha más gente de la que
murió. La cisterna que estaba fuera del castillo, tuvo muy poca. No se
dió á un mes entero ración della. O se salía, ó por el mal recado que
pusieron en ella, porque la hallamos rota. Una mañana que habían sacado
agua della, temióse no la hobiesen abierto para atosigarla. Súpose que
lo habían hecho soldados por robar el agua.

Viendo ya al cabo esta cisterna, en quien más confianza teníamos, se
comenzó á hacer la mezcla de la salada. Á dos barriles de agua de la
cisterna y uno de los alambiques, se echaba otro barril de salada. Esto
hizo mucho daño á la gente, que con saber á la sal, no solamente no
quitaba sed, pero daba más. Los calores eran tan grandes, y así
padescían los soldados más de lo que se puede encarescer; puestos todo
el día al sol, sin beber agua que les matara la sed, y esa miseria de
ración que se daba, quitaban parte della algunos Capitanes á sus
soldados, por lo que vino D. Álvaro á tratarlos muy mal y deshonrarlos.
Otros vendían el agua. Hubo Capitán en prisión por esto. Por otra parte,
se hurtaban tantas raciones, que fué hasta causa que nos perdiésemos,
porque por ello vino á faltarnos el agua tan presto, de que estaba D.
Álvaro desesperado en ver la bellaquería y poco miramiento de los
Capitanes en un tiempo de tanta necesidad, habiéndoles tomado juramento
que dijesen los soldados que tenían, aunque harto mejor fuera tomarles
muestra.

Diciendo á Juan Daza que cómo era posible que viniese á faltar tan
presto el agua, le mostró cómo se daban 4.000 y tantas raciones. Esto
fué ya al cabo de la jornada. Probóse de hacer pozos en el fuerte, de
que se sacó agua en abundancia, tan salada, que no se podía beber.

Tratándose de tomar lengua para saber cómo estaban los enemigos, se
acordó que saliese un soldado por la parte de levante de las galeras y
se fuese la vuelta de las trincheas de los enemigos, como que se pasaba
á ellos, como lo hacían otros cada hora, para salir con los caballos y
tomar alguno de los que saliesen á tomarlo, que estaban ya tan
arregostados los turcos de los que se iban, que en viendo ir uno la
vuelta de las trincheas, no salían 20 á tomarle. Como éste partió de las
galeras antes que se diese aviso en el fuerte para que le tirasen,
salieron unos á él y hobiéranle de matar si no se acogiera á una barca.
Después salió otro y salieron á él siete ú ocho turcos; como fueran un
poco en la mar, él se iba deteniendo por alargarlos más. En esto
salieron seis caballos y cortáronles el paso; alancearon dos dellos que
no se dejaban prender, y dieron con uno en tierra dos veces, hasta que
llegaron soldados de pie y lo prendieron. Los otros se escaparon: uno
dellos hirió un caballo y otro tomó la lanza á otro de caballo. Este
prisionero dijo cómo habíamos perdido de haber vitoria aquella mañana
que se salió á ellos; que todos iban desbaratados, y que á importunación
de Dragut estaba allí el Bajá. Que eran pocos más de 6.000 hombres, y
que para sacar éstos había sido menester desarmar las galeras. Que cada
día iban turcos á ellas á hacerles guardia, temiéndose no fuesen sobre
ellas los cristianos, y que estando como estaban, 40 ó 50 galeras que
viniesen las tomaban todas, por estar con tan pocos turcos y tan llenas
de cristianos.

Otras muchas veces se salió á tomar lengua y no se pudo, porque todos se
dejaban matar por no venir en prisión. Por la parte de poniente salieron
cuatro Capitanes italianos á caballo haciendo lo mismo que los primeros,
y mataron algunos turcos y trajeron á uno vivo. Estos dos solos se
prendieron en todo el tiempo que duró el asedio. Este último dió aviso
cómo los enemigos tenían desino de tomar las galeras.

Otra vez se ordenó inviar un soldado que tuviese el primer moro que le
llegase á tomar, hasta que llegasen soldados á socorrerle, porque en
este tiempo no había caballos. Este soldado salió y lo había hecho tan
bien, que dos turcos que llegaron á él juntos los detuvo asidos
entrambos un gran rato, y fueron tan de poco los que habían de
socorrerle, que no salieron y lo dejaron matar de los turcos.

Á los 6 comenzaron á batir con seis piezas de artillería el lienzo de la
puerta del castillo, desde la misma puerta hasta el turrión de la mano
derecha, donde teníamos las municiones, porque no pretendían hacer otro,
sino quitárnoslas. Nosotros trabajamos en repararlas y mudarlas donde
estuviesen en seguridad. Mudaban luego la batería donde sabían que las
habíamos puesto. De los que se iban sabían todo lo que hacíamos; pero no
hicieron daño en ellas con la artillería, ni cosa en el fuerte de pensar
que estar por batería, más que derribar alguna marama del castillo y
desencabalgar algunas piezas de artillería nuestras. Pasaron después la
artillería adelante y batieron el turrión de la marina del castillo. En
éste hicieron más batería que otro ninguno. Pusieron dos piezas á la
marina con que batieron las galeras hasta meterlas en fondo, que no se
podía estar soto cubierta, que de lo demás, ya ellas estaban en seco en
pasando la cresciente.

En las galeras mató mucha gente la artillería, que de 3.000 balas que
tiraron mientras duró el cerco, el mayor daño que hicieron fué en las
galeras. Al Capitán D. Diego de la Cerda, estando de guarda en ella, le
mataron una yegua en que iba y á él le cortaron una pierna, de que
murió. Viendo los turcos que la guardia que metían de noche á las
galeras salía el día en tierra, acordaron venir á tomárnoslas con
desino de batir dellas el fuerte, porque lo más flaco dél era á la
marina. Á los 22 de junio por la mañana aguardaron la menguante y
salieron de sus trincheas por la parte de levante hasta 2.000 hombres,
trayendo algunas escalas. Iban tres dellos delante con estandartes en
las manos, corriendo hacia las galeras. Tocóse luego arma en el fuerte y
comenzaron á salir soldados, á quien más presto podía, por la puerta de
la marina, y por una escala que estaba al caballero de San Juan. La
gente iba de muy buena gana, unos de meterse en las galeras para
defenderlas y guardarlas; otros para pelear con los enemigos para
estorbarles que no llegasen á ellas hasta que los nuestros estuviesen
dentro, haciéndoles retirar por dos ó tres veces, hasta que unos turcos
que andaban á caballo les daban de cuchilladas. Estos caballos pasaron
dos veces por nuestra gente, entre el fuerte y las galeras, haciendo
carrera entre los nuestros como si hobieran de jugar cañas, tanto que
dieron lugar á que los turcos metiesen las banderas sobre dos galeras
que estaban sin gente. La una había servido de hospital y habían sacado
la gente y heridos della por la artillería que les hacía daño. La otra
estaba medio deshecha.

Poco les duró estar en ellas; echáronlos desde las otras luego á
arcabuzazos. Retiráronse los turcos con hartos heridos y muertos. De los
nuestros murieron algunos, y los más dellos mató nuestra artillería por
andar mezclados con los enemigos. Peleóse muy bien este día: era cosa de
ver cuán reñida pelea fué. No dejaron salir mucha gente del fuerte,
porque estaban los turcos con aparencia de querer arremeter, y creíase
que aquella gente que era fuera, en venir como venían con escalas, diera
en el fuerte por la parte de la marina.

Al retirar que se retiraban los que habían venido á las galeras,
arremetieron otros por la parte de Levante, hasta llegar junto al
fuerte. Pusieron banderetas junto al contraescarpe del foso. Retiráronse
luego por el daño que hacía en ellos nuestra arcabucería. Salió herido
este día el Gobernador Barahona de un arcabuzazo de que murió dende á
pocos días, en público contento de todos, porque era mal criado y
demasiadamente cruel: con todo esto era solícito y valiente. También
murió el Capitán Diego de Aguayo desgraciadamente de una pieza de
artillería nuestra que tomó fuego de un barril que se quemó.

Aquella noche se puso fuego en las dos galeras donde habían estado los
turcos. Harto mejor fuera deshacerlas y aprovecharnos de la leña dellas.
De ahí adelante se metió muy buena guarda en ellas, sin partir dellas de
día ni noche.

En este medio se pasaba mucha gente á los turcos y morían muchos, así
por la falta de medicinas como por el mal gobierno que había en el
hospital, que aun para enterrar los muertos no nos supimos dar maña,
sino echarlos de la muralla abajo, para que entendiesen los enemigos lo
poco que podíamos durar, porque huyéndose y muriendo tantos, no podía
faltar de verse presto el cabo de nosotros.

Algunos que se huyeron del armada de los enemigos dijeron á D. Alvaro
les habían dicho unos renegados, que se espantaban de nosotros, cómo no
salíamos á ellos á medio día, que eran idos todos por aquellos jardines
á sestear. Lo mismo decían los cristianos esclavos que salían á trabajar
á las trincheas, y nosotros los víamos ir cada día desde el castillo.

No aprovechaba nada con D. Alvaro que dejase salir á ellos, antes reñía
con los que salían alguna vez á escaramuzar. Todo el día se le iba en
decir mal de Capitanes y soldados; lo mismo hacían ellos dél. Uno que
deseaba la enmienda desto, le echó una carta del tenor siguiente:

     «Iltre. señor: Los que se desvelan y ponen toda su felicidad en ser
     tenidos y tratados de ilustres, debríanse preciar de serlo, así en
     obras de buenos cristianos, como de animosos caballeros.

     »Digo esto, señor, porque se dice públicamente de vos que vivís
     como gentil y gobernáis como tirano, y que si hobiérades hecho la
     centena parte de lo que habéis dicho, pudiéramos caminar de aquí á
     Constantinopla sin topar con enemigos. Tratándose un día á la tabla
     del Maestre de Malta que había poca gente para jornada, por la
     mucha que había muerto, dejistes: que cuando se determinasen todos
     á no ir, vos solo iríades con la galeota de Estait á tomar á
     Trípol, y que os echasen con una fragata en Berbería, que con una
     espada y una rodela la conquistaríades toda, diciendo que eran
     cobardes y hombres nacidos en hora menguada los que ponían
     dificultad á la ida.

     »Tratándose otro día delante el mismo Maestre que faltarían
     vituallas, porque había cuatro meses y más que se comía de las que
     habíamos embarcado, dejistes que no eran menester, que de las
     piernas de turcos comeríamos (paréceme que nos aliñamos mal á
     cortarlas, agora que fueran bien menester, teniendo la falta que
     tenemos de carne), y que respondió el Maestre, como sabio, diciendo
     que tenía por mejor llevar pan que no ir en aquella confianza.

     »Antes que el armada metiese gente en tierra, publicábades que
     daríades á saco vuestro pabellón el día que viésedes que sacaban
     artillería, porque se la habíades de ganar y tomar en prisión á
     Dragut y otros turcos, para cambiar con D. Gastón y demás que allí
     tienen nuestros.

     »Ya salieron dos millas del fuerte harto pocos turcos sin que
     saliésemos á ellos, y viniéndonos cada día á buscar, pocos y sin
     orden, no consentíades que se saliese á escaramuzar con ellos.

     »Perdistes los pozos en un día, pudiéndolos muy bien guardar,
     sabiendo que importaba la vida de todos mantenerlos, habiendo dicho
     muchas veces al Duque que no tenía la fuerza mucha necesidad de
     agua, porque los 2.000 hombres que habían de quedar en ella
     bastaban á defender los pozos á toda la potencia del gran Turco, y
     que con aquellos soldados os atrevíades vos á ir por tierra de aquí
     á Turquía.

     »Harta más gente se ha perdido entre los que han muerto de sed y
     huídose á los turcos, que se podían aventurar en haber guardado
     los pozos, como fueron muchos de parecer que se hiciese.

     »Respondéis á lo que os dicen que mandéis dar recado á los heridos,
     que los dejen morir, porque no coman las vituallas. Buena manera es
     ésta de animar á los sanos á pelear.

     »Decís mal del Duque, que es un hombre remiso y que se fué de
     miedo; que para vos se guardan semejantes empresas que ésta. El día
     que se ofreció pelear, el Duque, para la poca experiencia que tenía
     en cosas de guerra, lo hizo tan bien, que echó en vergüenza á los
     muy pláticos y bravosos. Su venida aquí, y la estada que hizo y la
     ida de agora, todo ha sido por consejo y parescer vuestro.

     »Decís que ya no hay soldados que peleen, y que ningún Capitán se
     os viene á ofrecer de querer salir á los enemigos, porque no hay
     alguno que tenga valor y ánimo para ello, y que echáis en más cargo
     al Rey en guardarle esta fuerza con tan ruín gente, que Antonio de
     Leyva en guardarle á Pavia y Milán con tanto buen soldado como
     tenía. Con éstas y otras cosas que estarían mejor por decir, tenéis
     desdeñada toda la gente de guerra, y dicen que si vos gobernásedes
     y peleásedes como el Sr. Antonio, que tenéis Oficiales y soldados
     que harán lo que los suyos, y que si en ellos hobiese la falta que
     decís, no se os habrían echado á los pies suplicándoos que los
     dejásedes salir á pelear fuera, como lo han hecho, el Coronel Mas,
     el Capitán Alvaro de Luna, Jerónimo de la Cerda, Rodrigo Zapata,
     Galarza, Juan Ortiz de Leyva y otros Capitanes y Oficiales y
     soldados particulares.

     »Dábables por respuesta que se dejasen gobernar, y ansí dicen que
     en vos solo está la culpa; que os estáis encerrado siempre sin dar
     una vuelta al fuerte ni consultar con nadie lo que cumple, ni dar
     orden á nada, y sobre todo, mandáis agora de nuevo echar agua
     salada en las raciones que se dan á los soldados, que los destempla
     y quita el comer á todos, de modo que en pocos días los pondrá
     tales que no se hará provecho dellos.

     »Si os teméis de largo asedio, acometed luego los enemigos, porque
     cuanto más lo dilatáredes, menos gente ternéis para ello, y la que
     hobiere estará tan débil y flaca, que no podrá pelear. Así que,
     señor, mirad con tiempo en esto y juntad vuestros Capitanes; dadles
     parte dello y deliberad lo que más cumple á todos; porque os hago
     saber que todas las naciones que aquí hay os dan culpa del mal
     suceso de las galeras, diciendo que por odio y rencor que teníades
     con algunos, fuísteis cabsa que tardasen aquí más de lo que era
     menester. Todos piensan avisar al Rey, tanto de lo pasado como de
     lo presente.

     »Héoslo querido señor, decir, porque deseo que salgáis con
     honra de aquí, por lo que debo al servicio de Dios como cristiano,
     y al de S. M. como vasallo suyo, para que trabajéis de hacer algún
     buen hecho en enmienda de lo pasado, pues hay tanta oportunidad
     para ello, siendo los enemigos tan pocos y estando tan repartidos y
     derramados, que es muy gran bajeza de los que aquí nos hallamos
     habernos dejado sitiar de otros tantos turcos como aquí éramos
     soldados.

     »En el fuerte de los Gelves á los 28 de junio, año de 1560.»

De allí adelante comenzó D. Alvaro á salir y acariciar los soldados,
mandando dar dineros á los que hacían algún buen hecho ó buen tiro con
el arcabuz, y á los 4 de julio, teniendo determinado salir á los
enemigos, como la mañana de Pascua, se dejó porque se fueron aquella
noche á dar aviso á los turcos siete ú ocho bellacos, y así se mandó
echar bando que cualquiera que matase al que se pasaba á los enemigos,
le darían seis escudos.

Hubo hartos que ganaron el precio, porque con la golosina del dinero
hacían mejor guardia. Todavía salieron de día á una trinchea que venía á
la gruta, donde mataron algunos turcos. Los demás la desampararon. No
pasaron adelante los nuestros por ser pocos. Las veces que se salió á
estas cosas y á escaramuza, inviaban tan pocos, que nunca se hizo cosa
que luciese, porque en lugar de reforzarlos y ayudarles con gente,
cuando iban ganando tierra á los enemigos, apenas eran llegados á las
manos cuando los mandaban retirar, y hacíanlo de manera que siempre
dejaban allá los mejores soldados, por no ir á la vanguardia á dar la
orden que se retirasen, sino darla en la retaguardia, y así venían á
quedar solos los que iban delante. La culpa de esto estaba en los
Sargentos mayores.

A los 6 tornaron los enemigos por la misma parte á acometer á las
galeras, aunque no con tanta gente como la primera vez, ni duraron tanto
en el combate por el daño que rescibían dellas y del fuerte. Así se
volvieron, á pesar de los que los mandaban: no bastó palos ni
cuchilladas á hacerlos volver.

No salió gente á ellos este día del fuerte por estar bien proveídas las
galeras esta vez segunda que vinieron por tierra. Entraban por la parte
de Poniente muchos turcos; pero no se acercaron como los otros, porque
debían de ir con más gana de robar que de pelear.

Viendo los enemigos que no podían con las galeras, se habían determinado
dar asalto al fuerte, y un mal cristiano que se pasó á ellos aconsejó
que no lo hiciesen, diciéndoles que estábamos muy apercibidos con
ingenios de fuego esperándolos, cargada el artillería con dados y
cadenas, que si arremetían recibirían gran daño y no harían nada.

El consejo deste les hizo dejar el desiño que tenían: pasaron dos piezas
de artillería al campo de los pozos, y continuaron una trinchea que
tenían comenzada que venía á dar al caballero Doria. Después de haber
combatido por tierra dos veces las galeras, tentaron por la mar, y á los
8 vinieron del armada con hasta 130 esquifes y barquetas y algunos
bergantines empavesados con piezas de artillería pequeñas y mosquetes y
ingenios de fuego, con mucha gente de pelea en ellos. Los que traían la
artillería y mosquetes combatían con las galeras, mientras los demás
trabajaban con hachas y sierras y otros instrumentos romper la palizada
y cadenas que nuestras galeras tenían por reparo, de manera que con más
de 20 pasos no se podía acostar ningún bajel á ellas. Mientras los
enemigos entendían en combatir y romper la palizada, no perdían tiempo
los nuestros, tirando á unos y á otros, haciendo gran daño en ellos por
tenerlos cerca y á caballero, tirándoles de mampuesto, seguros con los
reparos que habían hecho para ello, porque las galeras estaban muy bien
abestionadas por la parte que las batían y empavesadas por todas partes.
El artillería del fuerte hacía gran daño en los enemigos; echóles á
fondo dos esquifes y una barca y matóles mucha gente: con todo esto
pelearon hasta hora y media de día, porfiando de romper la palizada, y
viendo que no podían, se retiraron con pérdida de más de 300 entre
heridos y muertos.

Fué de ver el combate este día. Duró dos horas y media y más, porque
vinieron una hora antes que amaneciese sobre las galeras. De los
nuestros salieron hasta 30 heridos y los muertos no llegaron á 10.
Pelearon muy bien. Halláronse este día en las galeras el Coronel Mas,
caballero francés de la Orden de San Juan; el Capitán Fantón, Piantanido
y Almaguer. Todos estos Capitanes se señalaron esta jornada como buenos
soldados en todo lo que se les encomendó.

Este mesmo día esperábamos que diesen asalto al fuerte, porque estaban
los turcos en arma con demostración de querer arremeter. Harto mejor
fuera de acometerlos nosotros, pues estaba entendido que el estar así
recogidos era de miedo, por ser pocos, que les faltaba aquella gente que
combatía en las galeras, porque saliendo por la parte de Poniente pocos
soldados de los nuestros, comenzaron á huir los turcos y desamparar las
trincheas, y llegáronse con los del montón.

Aquella noche se metió fuego á las dos galeras por tener menos que
guardar, y para lo que después sucedió, fuera mejor quemarlas todas, por
quitar desinios que nadie se fuese á favorescer en ellas, y porque
hiciera más servicio en el fuerte la gente que se ocupaba en guardarlas,
y por estar ya los turcos tan cerca del fuerte, que no se podía entrar
ni salir á ellas sin gran riesgo, y así mataban cada día los más de los
que les llevaban agua y de comer, tanto que no se osaba ya ir de día á
proveerlas; y viendo los turcos que iban de noche, aguardaban á un
barcón que estaba cerca dellas, al paso, y allí prendieron muchos en
veces, así de los que iban á llevar la provisión, como de los que
entraban y salían de guarda.

Como los turcos vieron que no podían nada con las galeras en cuatro
veces que habían probado de combatirlas, tornaron de nuevo á trabajar en
la trinchea que solían, hasta llegar á la gruta para quitárnosla,
creyéndose que con ella nos entreteníamos, sin tener otra agua para
beber.

Viéndolos venir tan cerca con esta trinchea, fueron algunos á decir á
D. Alvaro que era mal hecho dejar venir los enemigos tan adelante.
Respondíales que los dejasen llegar. Por la marina de Levante vinieron
también con otra trinchea hasta llegar al parapeto del foso, y arrimados
á él levantaron un turrión con palmas y tierra. Lo más de entorno del
fuerte, que era piedra, que á 200 ni 300 pasos no se podía hacer
trinchea. Cuando llegaban á estas partes, la hacían de noche con tierra
y fajina. Era cosa de admiración la solicitud y atrevimiento que tenían
en arriscarse á trabajar donde tantos morían.

Este turrión que comenzaron á levantar descubría todo el caballero de
Gonzaga. El Capitán Juan de Funes estaba de guardia en él; fué á Don
Alvaro y díjoselo: respondióle que tenía miedo de los enemigos y por eso
venía con ese mensaje. El Juan de Funes le dijo que ya él sabía cómo él
peleaba, y salióse enojado diciendo que no entraría más en su casa ni le
daría aviso de nada. D. Alvaro le mandó llamar; comenzóle á acariciar
diciéndole: «Vos no sabéis que habemos de venir con los enemigos á las
manos: dejadlos; lléguense cuanto quisieren.»

En pocos días levantaron otros tres turriones, que no aprovechó para que
los dejasen de hacer tirarles mucha artillería y salir á quemárselos.
Éstos descubrían los caballeros y todo el fuerte, de manera que no se
podía andar por él ni estar en las tiendas, que por todo llovía balas y
flechas. Mataron al Capitán D. Luis de Aguilar y á Tapia, y á Alvaro de
Luna hirieron, de que murió.

Después del armada, éste se puede alabar que sirvió extremadamente bien,
aunque no tenía allí su compañía. Daba cada día cinco ó seis vueltas al
fuerte, lo que no hacía Capitán ni Oficial ninguno.

A los 19 acometieron dar asalto por todas partes y cargaron á la parte
de la gruta y ganáronla. Perdióse en ella el Alférez Juan Pérez de
Vargas con siete soldados. No llegaron por otra parte alguna á pelear.
Ganada la gruta, caminaron por el foso hasta llegar al caballero Doria,
y comenzaron á cavar y sacar palmas dél, y hobo turcos tan animosos que
subieron arriba hasta el parapeto, donde los mataron. Los de abajo
cavaban todavía en el caballero, por no haber través donde les hiciese
mal.

De arriba les echaban trompas y ollas de fuego artificial y barriles de
pólvora, con que quemaron muchos, mas no para que se les quitase de
cavar.

No se podía descubrir nadie en nuestra muralla que no los asaeteasen
desde sus torreones y desde el mismo parapeto de nuestro foso, donde se
había puesto su escopetería, porque había días que lo había mandado
desamparar D. Alvaro por los muchos que se iban de allí á los turcos,
que desde el día del gran calor hasta que nos perdimos, siempre se
fueron, pocos ó muchos. Todos los que se fueron eran italianos y
españoles, que de los tudescos y franceses hubo muy pocos ó ningunos que
se fuesen, y esos que se iban no eran de su nación, sino que andaban
entre ellos por saber la lengua. Fuéronse algunas mujeres tudescas, y
así se pueden loar estas dos naciones no haber caído en una tan gran
maldad.

Viendo los enemigos que tan á su salud los dejaban cavar en el
caballero, sin salir á estorbárselo, se llegaron aquella noche á los
demás, y hicieron lo mismo, y en tres días los pusieron de manera que se
podía subir á caballo por ellos. Cuando los enemigos vinieron á esto,
teníamos muy poca artillería de que servirnos, que mucha había reventado
y otra por encabalgar, y para las piezas pequeñas no se hallaban ya
balas. Esto fué por la mala orden que tuvo al principio el Gobernador
Barahona, que antes que nos sitiasen no se descubría el turco una milla
que no le hacía tirar 20 piezas, y así sin provecho gastó los cañones y
vino á faltarnos cuando más lo hobimos menester.

Como los enemigos iban trabajando en cavar y derribar los caballeros,
íbamos por la parte de dentro cortándolos y fortificándonos lo mejor que
podíamos. No se entendía en otro todas las noches, porque de día no se
podía trabajar por estar, como estábamos, descubiertos. Del campo de los
enemigos se echaron flechas escritas y otras con pólizas de avisos para
que estuviésemos apercibidos que querían dar asalto.

Un renegado entró muchas veces á hablar con D. Alvaro; no se supo lo que
trataba con él: algunos quieren decir que era echadizo, y así los
renegados que hablaban cada noche desde sus trincheas con los nuestros
decían que nos guardásemos, que nos engañaba aquel renegado, que
estuviésemos avisados que quería huirse D. Alvaro del fuerte, que nos
rindiésemos con tiempo, que nos harían todo buen partido. En esto se
huyó un cristiano del armada: dijo la falta que tenían de vituallas,
por lo que tenía por cierto que se irían muy presto.

A los 23, ya tarde, arremetieron por la parte de Levante al caballero de
Gonzaga y á la cortina que estaba hasta el de La Cerda, y teniendo tan
buena entrada, no tardaron de subir arriba. Menos tardaron los nuestros
en echarlos abajo, peleando animosamente, hiriendo y matando en los
enemigos, haciendo lo mismo todas las veces que porfiaron á subir.
D. Alvaro anduvo este día como muy buen caballero, haciendo lo que debía,
así á buen General como á buen soldado, con un crucifijo en las manos,
animando á todos, mostrándole el Capitán en cuyo nombre combatían.

El combate este día fué bien reñido y duró más que ninguno de los
pasados, y durara mucho más si el día diera lugar á ello, porque los
turcos que mandaban daban palos y cuchilladas á los que se retiraban de
la batería, y reforzaban cada hora el combate. Estos días hobo muchos
heridos y muertos de los turcos. De los nuestros muy pocos. Murió el
Capitán D. Jerónimo de Sande, sobrino de D. Alvaro, peleando como buen
caballero. Dió luego su compañía D. Alvaro al Sargento della, que se
llamaba Francisco Ortiz, un muy valiente soldado. Matáronle dende á dos
días en el mismo lugar. Al Alférez Salazar mataron nuestros soldados por
tirar á unos turcos con quien peleaba. Desta manera murieron muchos esta
jornada por la poca plática de nuestra arcabucería. Los enemigos mataron
desde su campo, dentro en el fuerte, el tiempo que duró el asedio muy
mucha gente, y entre ellos Capitanes y Oficiales de todas naciones muy
valientes y animosos, que por no saber sus nombres los dejo de nombrar.
Al Coronel de tudescos hirieron de un arcabuzazo en la cabeza en el
caballero de la Cerda, de que murió dende á pocos días. Pesó á todas
naciones la muerte deste Coronel, que era muy valiente y muy bien
quisto. Tomó D. Alvaro la Coronelía para sí y puso un Teniente en ella.
A Piantanido, Maestre de campo de los italianos, mataron el día de la
gruta en el caballero de San Juan de un arcabuzazo: murió luego en
cayendo. Era un muy valiente soldado y solícito y muy bien entendido en
cosas de fortificación. El mismo día mataron al Capitán Juan Ortiz de
Leyva, muy buen soldado. Al Capitán Escolar habían muerto dos días
había.

La noche que se había dado el asalto al turrión de San Juan, llegó una
fragata de Sicilia con cuerda, que era bien menester, y medicinas, de
que había tanta necesidad, que hobiera dado la vida á muchos á venir
antes. Dende á dos días estaba despedida para irse. Impidióla D. Alvaro,
y mandó al Capitán Pedro y á su hermano que pusiesen en orden otra
fragata de un trapanés que estaba allí por la corte desde que el Duque
se fué.

Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del
fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque
de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos,
y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos,
publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador
Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y
el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido
de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de
D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro
dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres
ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos
Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había
de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á
ganarles los pozos.

Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los
Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear,
dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes
y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y
iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña
con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los
particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un
cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.

D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán
Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre
de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que
tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida
y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen
desde allí sus partidas.

Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro
con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba
cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y
una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada
desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el
peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á
Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en
la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese
el dedo pulgar.

La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con
tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella.
Comenzando á salir, se dió por nombre _Jesús_, dando á entender á todos
que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los
pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que
estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron
que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á
éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.

Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al
Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole
que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo
que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las
barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro
había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque
había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro
de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.

Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más
calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el
Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los
demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se
decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo
con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le
dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia,
questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos
arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron
luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano
derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos
que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20
particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron,
pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:--«¡Vitoria, vitoria!»
que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron
reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San
Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales.
En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó
D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que
tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.

Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y
otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que
estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los
turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del
fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia
se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era
menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería
como solían y flechas, como otras veces.

Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los
tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á
ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir
la gente de arrancada.

A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban
recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo
salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que
se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la
gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién
por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber
cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella
mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De
aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al
Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio
de Nápoles, tomaron en prisión.

Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y
yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su
tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba
en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que
se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al
agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan
por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había
salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros
particulares se recogieron al castillo.

El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la
Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila,
D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no
tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos
suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.

Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán,
Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles
de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.

El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó
mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías,
y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos
Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados.
Respondióle Juan Pérez de Varga

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