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En viaje (1881-1882)

by Miguel Cané · Spanish · Gutenberg #29014 · 643,077 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of En viaje (1881-1882)
    
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Title: En viaje (1881-1882)

Author: Miguel Cané


        
Release date: May 31, 2009 [eBook #29014]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/29014

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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"LA CULTURA ARGENTINA"

MIGUEL CANÉ

EN VIAJE

(1881-1882)

Precedido por un juicio crítico de

ERNESTO QUESADA

BUENOS AIRES
«La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646

1917




INDICE


Miguel Cané

Juicio crítico de Ernesto Quesada

Dos palabras

Introducción


CAPITULO I

De Buenos Aires a Burdeos.

De nuevo en el mar.--La bahía de Río de Janeiro.--La rada y la
ciudad.--Tijuca.--Las costas de África.--La hermana de caridad.--El
Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos.


CAPITULO II

En París.

En viaje para París.--De Bolivia a Río de Janeiro en mula.--La
Turena.--En París.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cómo debe visitarse un
museo.--La Cámara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y
Pelletán.--El 14 de Julio en París.--La revista militar: M. Grévy.--Las
plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La sesión anual del
Instituto.--M. Renán.


CAPITULO III

Quince días en Londres.

De París a Londres.--Merry England.--La llegada--Impresiones en
Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cámara de los
Comunes.--Las sombras del pasado.--El último romano.--Gladstone
orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy.


CAPITULO IV

Las antillas francesas.

Adiós a París.--La Vendée.--Saint-Nazaire.--"La ville de Brest".--Las
islas Azores.--El bautismo en los trópicos.--La
Guadalupe.--Pointe-à-Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y
Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la
Sabane.--Las negras.--Las hurís de ébano.--El embarque del carbón.--El
tambor alentador.--La "bamboula" a la luz eléctrica.--La danza
lasciva.--El azote de la Martinica.--Una opinión cruda.--El antagonismo
de raza.--Triste porvenir.


CAPITULO V

En Venezuela.

La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detención forzosa.--La cara de
Venezuela.--De La Guayra a Caracas.--La Montaña.--Una necesidad
suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situación y productos.--El
coloniaje.--La guerra de la independencia.--El decreto de Trujillo.--La
anarquía.--¡Gente de paz!--La lección del pasado.--La ciudad de
Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La plaza de toros.--El pueblo
soberano.--La cultura venezolana.


CAPITULO VI

En el mar Caribe.

Mal presagio.--El Avila.--De nuevo en la Guayra.--El hotel
Neptuno.--Cómo se come y cómo se duerme.--Cinco días mortales.--La rada
de la Guayra.--El embarco.--Macuto.--Una compañía de ópera.--El
"Saint-Simon".--Puerto Cabello.--La fortaleza.--Las bóvedas.--El general
Miranda.--Una sombra sobre Bolívar.--Las bocas del Magdalena.--La
hospitalidad colombiana.


CAPITULO VII

El río Magdalena.

De Salgar a Barranquilla.--La vegetación.--El manzanillo.--Cabras y
yanquis.--La fiebre.--Barranquilla.--La "brisa".--La atmósfera
enervante.--El fatal retardo.--Preparativos.--El río Magdalena.--Su
navegación.--Regaderos y chorros.--Los "champanes".--Cómo se navegaba en
el pasado.--El "Antioquía".--"Jupiter dementat..."--Los vapores del
Magdalena.--La voluntad.--Cómo se come y cómo se bebe.--Los bogas del
Magdalena.--Samarios y cartageneros.--El embarque de la leña.--El
"burro".--Las costas desiertas.--Mompox.--Magangé.--Colombia y el Plata.


CAPITULO VIII

Cuadros de viaje

¡Una hipótesis filológica!--La vida del boga y sus peligros.--Principio
del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los vapores.--Las
chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del Magdalena.--Calma
soberana.--Los mosquitos.--La confección del lecho.--Baño ruso.--El
sondaje.--Días horribles.--Los compañeros de a bordo.--¡Un
vapor!--Decepción.--Agonía lenta.--¡Por fin!--El Montoya.--Los
caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del Magdalena.--Combates.--Madres
sensibles.--Guerra al caimán.


CAPITULO IX

Cuadros de viaje (continuación).

Angostura.--La naturaleza salvaje y espléndida.--Los bosques
vírgenes.--Aves y micos.--Nare.--Aspectos.--Los chorros.--El
"Guarinó".--Cómo se pasa un chorro.--El capitán Maal.--Su teoría.--El
"Mesuno".--La cosa apura.--Cabo a tierra.--Pasamos.--Bodegas de
Bogotá.--La cuestión mulas.--Recepción afectuosa.--Dificultades con que
lucha Colombia.--La aventura de M. André.


CAPITULO X

La noche de Consuelo.

En camino.--El orden de la marcha.--Mimí y Dizzy.--Los
compañeros.--Little Georgy.--They are gone!--La noche cae.--Los
peligros.--"Consuelo".--El dormitorio común.--El cuadro.--Viena y
París.--El grillo.--La alpargata.--El gallo de mi vecino.--La noche de
consuelo.--La mañana.--La naturaleza.--La temperatura.--El guarapo.--El
valle de Guaduas.--El café.--Los indios portadores.--El eterno
piano.--El porquero.--Las indias viajeras.--La chicha.


CAPITULO XI

Las últimas jornadas.

El hotel del Valle.--De Guaduas a Villeta.--Ruda jornada.--La mula.--El
hotel de Villeta.--Hospitalidad cariñosa.--Parlamento con un
indio.--Consigo un caballo.--Chimbe.--La eterna ascensión.--Un recuerdo
de Schiller.--El frío avanza.--Despedida.--Un recuerdo al que
partió.--Agua Larga.--La calzada.--El "Alto del Roble".--La sabana de
Bogotá.--Manzanos.--Facatativá.--En Bogotá.


CAPITULO XII

Una ojeada sobre Colombia.

El país.--Su configuración.--Ríos y montañas.--Clima.--División
política.--Plano intelectual.--El Cauca.--Porvenir de
Colombia.--Organización política.--La capital.--La
constitución.--Libertades absolutas.--La Prensa.--La palabra.--En el
Senado.--El elemento militar.--Los conatos de
dictadura.--Bolívar.--Melo.--Los
partidos.--Conservadores.--Radicales.--Independientes.--Ideas
extremas.--La asamblea constituyente.


CAPITULO XIII

Bogotá.

Primera impresión.--La plazuela de San Victorino.--El mercado de
Bogotá.--La España de Cervantes.--El caño.--La higiene.--Las
literas.--Las serenatas.--Las plazas.--Población.--La elefantíasis.--El
Dr. Vargas.--Las iglesias.--Un cura colorista.--El Capitolio.--El pueblo
es religioso.--Las procesiones.--El Altozano.--Los políticos.--Algunos
nombres.--La crónica social.--La nostalgia del Altozano.


CAPITULO XIV

La sociedad.


Cordialidad.--La primer comida.--La juventud.--Su corte intelectual.--El
"cachaco" bogotano.--Las casas por fuera y por dentro.--La vida
social.--Un "asalto".--Las mujeres americanas.--Las bogotanas.--"Donde"
el Sr. Suárez.--La música.--Las señoritas de Caicedo Rojas y de
Tanco.--El "bambuco".--Carácter del pueblo.--El duelo en
América.--Encuentros a mano armada.--Lances de
muerte.--Virilidad.--Ricardo Becerra y Carlos Holguín.--Una respuesta de
Holguín.--Resumen.


CAPITULO XV

El salto de Tequendama.

La partida.--Los compañeros.--Los caballos de la sabana.--El traje de
viaje.--Rosa.--Soacha.--La hacienda de San Benito.--Una noche
toledana.--La leyenda del Tequendama.--Humboldt.--El brazo de
Neuquetheba.--El río Funza.--Formación del Salto.--La hacienda de
Cincha.--Paisajes.--La cascada vista de frente.--Impresión serena.--En
busca de otro aspecto.--Cara a cara con el Salto.--El
torrente.--Impresión violenta.--La muerte bajo esa faz.--La hazaña de
Bolívar.--La altura del Salto.--Una opinión de Humboldt.--Discusión.--El
Salto al pie.--El Dr. Cuervo.--Regreso.


CAPITULO XVI

La inteligencia.

Desarrollo intelectual.--La tierra de la poesía.--Gregorio Gutiérrez
González.--La felicidad.--Improvisaciones.--Rafael Pombo.--Edda la
bogotana.--Impromptus.--El tresillo.--Un trance amargo.--El
volumen.--Diego Fallon.--Su charla.--El verso fácil.--Clair de lune.--El
canto "a la luna".--D. José M. Marroquín.--Carrasquilla.--José M.
Samper.--Los Mosaicos.--Miguel A. Caro.--Su traducción de Virgilio.--El
pasado.--Rufino Cuervo.--Su diccionario.--Resumen.


CAPITULO XVII

En regreso.

Simpatía de Colombia por la Argentina.--Sus causas.--Rivalidades de
argentinos y colombianos en el Perú.--Carácter de los oficiales de la
Independencia.--La conferencia de Guayaquil.--Bolívar y San Martín.--Una
hipótesis.--El recuerdo recíproco.--Analogías entre colombianos y
argentinos.--Caracteres y tipos.--La partida.--En Manzanos.--Las mulas
de Piqauillo.--El almuerzo.--El tuerto sabanero.--Una gran lluvia en los
trópicos.--En Guaduas.--Encuentros.--En busca de mi tuerto.--Un
entierro.--Recuerdo de los Andes.--Viajando en la montaña.--El viajero
de la armadura de oro.--D. Salvador.--Su historia.--Su famosa
aventura.--¡Pobre D. Juan!--Una costumbre quichua.


CAPITULO XVIII

Aguas abajo--Colón.

El álbum de Consuelo.--Una ruda jornada.--Los patitos del sabanero.--El
"Confianza".--La bajada de Magdalena.--Otra vez los cuadros
soberbios.--Los caimanes.--Las tardes.--La música en la noche.--En
Barranquilla.--Cambio de itinerario.--La Ville de París.--La
travesía.--Colón.--Un puerto franco.--Bar-rooms y hoteles.--Un día
ingrato.--Aspectos por la noche.--El juego al aire
libre.--Bacanal.--Resolución.


CAPITULO XIX

El Canal de Panamá.

Corinto, Suez y Panamá.--Las viejas rutas.--Importancia geográfica de
Panamá.--Resultados económicos del canal.--Dificultades de su
ejecución.--La mortalidad.--El clima.--Europeos, chinos y
nativos.--Fuerzas mecánicas.--¿Se hará el canal?--La oposición
norteamericana.--M. Blaine.--¿Qué representa?--El tratado
Clayton-Bulwer.--La cuestión de la garantía.--Opinión de Colombia.--La
doctrina de Monroe.--Qué significa en la actualidad.--Las ideas de la
Europa.--Cuál debe ser la política sudamericana.--Eficacia de las
garantías.--La garantía colectiva de la América.--Nuestro
interés.--Conclusión.--El principal comercio de Panamá.--Los
plátanos.--Cifra enorme.--El porvenir.


CAPITULO XX

En Nueva York.

El Alene.--El Turpial.--El práctico.--El puerto de Nueva York.--Primera
impresión.--Los reyes de Nueva York.--Las mujeres.--Los hombres.--El
prurito aristocrático.--La industria y el arte.--Un mundo "sui
generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann House.--Los teatros.--Los
hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La vida galante.--Una
tumba.--Confesión.


CAPITULO XXI

En el Niágara.

La excursión obligada.--El palace-car.--La compañera de
viaje.--Costumbres americanas.--Una opinión yanqui.--Niágara Fall's.--La
Catarata.--Al pie de la cascada.--La profanación del Niágara.--El
Niágara y el Tequendama.--Regreso.--El Hudson.--Conclusión. 270




MIGUEL CANÉ


Nació en Montevideo, en 1851, durante la emigración. Estudió en el
Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho en la
Universidad el año 1872. Perteneció al grupo de espíritus selectos que
formó la "generación del ochenta", en momentos en que la cultura
argentina se renovaba substancialmente en el orden científico y
literario.

Su actividad fue solicitada alternativamente por la política, la
diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser más
representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
Filosofía y Letras, a cuya existencia quedó para siempre vinculado su
nombre.

Inició su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
fue diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
telégrafos; después de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
Austria, Alemania, España y Francia. En 1892 fue Intendente de Buenos
Aires y poco después Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.

Publicó los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traducción de "Enrique IV"
(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
tan interesante como los anteriores.

Con excelente gusto crítico y ductilidad de estilo, cualidades que educó
en todo tiempo, logró ser el más leído de nuestros "chroniqueurs",
igualando los buenos modelos de este género esencialmente francés. Más
se preocupó de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
prefiriendo la línea esbelta a la pesada robustez, como que fue en sus
aficiones un griego de París.

Falleció en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.




JUICIO CRÍTICO DE ERNESTO QUESADA


Tarde parece para hablar del libro del Sr. Miguel Cané, resultado de su
excursión a Colombia y Venezuela en el carácter de Ministro Residente de
la República Argentina. Hoy el autor se encuentra en Viena, de Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestro país cerca del
gobierno austro-húngaro. Habrá quizás extrañado que la _Nueva Revista de
Buenos Aires_ haya guardado silencio sobre su último libro, tanto más
cuanto que--¡rara casualidad!--a pesar de ser el señor Cané conocidísimo
entre nosotros, jamás lo ha sido, puede decirse, sino de vista por el
que esto escribe. Y eso que siempre ha tenido los mayores deseos de
tratarle personalmente, por las simpatías ardientes que su carácter, sus
prendas y--sobre todo--sus escritos me merecían. De ahí, pues, que
estuviera obligado a hablar de este libro. Digo esto para demostrar que
la demora en hacerlo ha sido del todo ajena a mis deseos. El señor Cané,
periodista de raza, sabe, por experiencia, cuán absorbente es el
periodismo, máxime cuando es preciso hacerlo todo personalmente, como
sucede en empresas, del género de la _Nueva Revista_.

Había leído el espiritual artículo que sobre este mismo libro publicó en
_El Diario_, tiempo ha, M. Groussac--otro escritor a quien todavía no me
ha sido dado tratar. El sabor francés disfrazado de chispa castellana,
me encantó en ese artículo, en el cual se decían al señor Cané verdades
de a puño, terminando a la postre con un merecido elogio.
Posteriormente, y en el mismo diario, publicose una carta del criticado
autor, en la que se defendía con gracia infinita, y con finísimo
desparpajo reproducía el bíblico precepto del «ojo por ojo, diente por
diente».

Oída la acusación y la defensa, puede, pues, abrirse juicio sobre el
valor del libro. Crítico y criticado parecen estar de acuerdo acerca de
algunos defectillos, disienten en otros, y parecen no haber querido
recordar el verso clásico:

    _Ni cet excés d'honneur, ni cette indignité_

Cané es un estilista consumado. Dice en su carta que don Pedro Goyena se
intrigaba buscando su filiación literaria, y M. Groussac formalmente
declara haberla encontrado en Taine. Error completo en mi concepto. Si
de alguien parece derivar directamente Cané, es de Merimée, y el autor
de _Colomba_ comparte su influencia en esto con lo que ha dado en
llamarse el _beylismo_. No diré que tuviera la altiva escrupulosidad de
Merimée en limar hasta diez y siete veces un mismo trabajo, para no
chocar con su concepto artístico, sin importársele mucho de la
popularidad; pero sí que está impregnado de la desdeñosa filosofía del
autor del _Rouge et Noir_. Pero el autor de los _Ensayos_, como de _En
Viaje_, es más bien de la raza de Th. Gautier, de P. de Saint-Victor,
y--¿por qué no decirlo?--del escritor italiano a quien tanto festéjase
ahora en Buenos Aires: De Amicis. Es ante todo y sobre todo, estilista.
No diré que para él la naturaleza, las cosas y los acontecimientos son
simplemente temas para desplegar una difícil _virtuosité_ (para echar
mano del idioma que tanto prefiere el autor de _En Viaje_). ¡No!, se ha
dicho de De Amicis que es el ingenio más equilibrado de la moderna
literatura italiana: su pensamiento es variado y de un colorido potente;
pero atraído por su índole generosa y cortés, prefiere las descripciones
que se amoldan mayormente con su carácter: se conmueve y admira. Creo
que hay mucho de eso en Cané, pero por cierto no es el sentimentalismo
lo que campea en su libro, sino que hay mucha--¿demasiada?--grima en
juzgar lo que ve y hasta lo que hace. Cané lo confiesa en su carta.
Pero, en cambio, ¡qué facilidad!, ¡cómo brotan de su pluma las
descripciones brillantes, los cuadros elegantes! El lector nota que se
encuentra en presencia de un artista del estilo, y arrullado por el
encanto que le produce la magia de la frase, se deja llevar por donde
quiere el autor, y prefiere ver por sus ojos y oír por sus oídos.

He oído decir que el carácter del señor Cané es tan jovial como
bondadoso y franco: en su libro ha querido, sin duda, hacer gala de
escepticismo, y deja entrever con mucha--¿demasiada?--frecuencia, la
nota siempre igual del eterno fastidio. Y, sin embargo, ¡qué amargo
contrasentido encierra ese original deseo de aparecer fastidiado!
Fastidiado el señor Cané, cuando, en la flor de la edad ha recorrido las
más altas posiciones de su país, no encontrando por doquier sino
sonrisas, no pisando sino sobre flores, ¡niño mimado de la diosa
Fortuna! ¿No será quizá ese aparente fastidio un verdadero lujo de
felicidad?...

       *       *       *       *       *

Estamos en presencia de un libro de viajes escrito por una persona que,
a pesar de haber viajado mucho, no es verdaderamente un viajero. El
autor no siente la pasión de los viajes: soporta a su pesar las
incomodidades materiales, se traslada de un punto a otro, pero maldice
los fastidios del viaje de mar, el cambio de trenes, los pésimos
hoteles, etc., etc. Habla de sus viajes con una frialdad que hiela:
adopta cierto estilo semiescéptico, semiburlón, para reírse de los que
pretenden tener esa pasión tan horripilante.

«¡Cuántas veces--dice--en un salón, brillante de luz, o en una mesa
elegante y delicada, he oído decir a un hombre, culto, fino, bien
puesto: tengo pasión por los viajes, y tomar su rostro la expresión vaga
de un espíritu que flota en la perspectiva de horizontes lejanos; me ha
venido a la memoria el camarote, el compañero, el órdago, la pipa, las
miserias todas de la vida de mar, y he deseado ver al poético viajero
entregado a los encantos que sueña!».

¡Ah!, el placer de los viajes por los mismos, sin preocupación alguna,
buscando contentar la curiosidad intelectual siempre aguzada, jamás
satisfecha No hay nada en el mundo que pueda compararse a la
satisfacción de la necesidad de ver y conocer: la impresión es de una
nitidez, de una sinceridad, de una fuerza tal, que la descripción que la
encarna involuntariamente transmite al lector aquella sensación, y al
leer esas páginas parece verdaderamente que se recorren las comarcas en
ellas descriptas.

Esa vivacidad de la emoción, ese placer extraordinario que se
experimenta, lo comprende sólo el viajero verdadero, el que siente
nostalgia de los viajes cuando se encuentra en su rincón, el que vive
con la vida retrospectiva e intensa de los años en que recorriera el
mundo. Y para un espíritu culto, para una inteligencia despierta y con
una curiosidad inquieta, ¡qué maldición es ese don de la pasión de los
viajes! El horizonte le parece estrecho cuando tiene que renunciar a
satisfacer aquella amiga tiránica; la atmósfera de la existencia
rutinaria, tranquila, de esos mil encantos de la vida burguesa, lo
sofoca: sueña despierto con países exóticos, con líneas, con colores
locales, con costumbres que desaparecen, con ciudades que se
transforman, ¡con el placer de recorrer el mundo observando, analizando
y comparando! Y el maldito cosmopolitismo contemporáneo, con su furia
igualadora, por doquier invade con su sempiterno _cant_, su horrible
vestimenta, la superficialidad de costumbres incoloras--haciendo
desaparecer, merced al adelanto de las vías de comunicación, el encanto
de lo natural, de lo local, el hombre con su historia y sus costumbres,
según la latitud en que se encuentra.

El placer de los viajes es un don divino: requiere en sus adeptos un
conjunto de condiciones que no se encuentran en cada boca-calle, y de
ahí que el criterio común o la platitud burguesa no alcanzan a
comprender que pueda haber en los viajes y en las emigraciones goce
alguno; sólo ven en la traslación de un punto a otro la interrupción de
la vida diaria y rutinera, las incomodidades materiales; tienen que
encontrarse con cosas desconocidas y eso los irrita, los incomoda,
porque tienen el intelecto perezoso y acostumbrado ya a su trabajo
mecánico y conocido.

Pero los pocos que saben apreciar y comprender lo que significan los
viajes, viven de una doble vida, pues les basta cerrar un instante los
ojos, evocar un paisaje contemplado, y éste revive con una intensidad de
vida, con un vigor de colorido, con una precisión de los detalles que
parece transportarnos al momento mismo en que lo contemplamos por vez
primera y borrar así la noción del tiempo transcurrido desde entonces.

La vida es tan fugaz, que no es posible repetir las impresiones; más
bien dicho, que no conviene repetirlas. En la existencia del viajero, el
recuerdo de una localidad determinada, reviste el colorido que le
trasmite la edad y el criterio del observador: si, con el correr del
tiempo, regresa y quiere hacer revivir _in natura_ la impresión de
antaño, sólo cosechará desilusiones, porque pasan los años, se modifica
el criterio y las cosas cambian. Mejor es no volver a ver: conservar la
ilusión del recuerdo, que fue una realidad. Así se vive doblemente.

El señor Cané parece tener pocas simpatías por esa vida, quizá porque la
encuentra contemplativa, y considera que restringe la acción y la lucha.
¡Error! ¡El viajero, cuyo temperamento lo lleve a la lucha, se servirá
de sus viajes para combatir en su puesto, y lo hará quizá con mejor
criterio, con armas de mejor precisión que el que jamás abandonó su
tertulia sempiterna!

Es lástima que el autor de _En Viaje_ no tenga el «fuego sagrado» del
viajero, porque habría podido llegar al máximum de intensidad en la
observación y en la descripción de sus viajes.

No puedo resistir al placer de transcribir algunos párrafos, verdadera
excepción en el tono general del libro, y en los que describe a
_Fort-de-France_, en la Martinica:

«Las fantasías más atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny
o de Díaz, no podrían dar idea de aquel curiosísimo cuadro. El joven
pintor venezolano que iba conmigo, se cubría con frecuencia los ojos y
me sostenía que no podría recuperar por mucho tiempo la percepción _dei
rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles
de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Había en la
plaza unas 500 negras, casi todas jóvenes, vestidas con trajes de percal
de los colores más chillones, rojos, rosados, blancos. Todas escotadas y
con los robustos brazos al aire; los talles fijados debajo del áxila y
oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las
_merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pañuelo de
seda, cuyas dos puntas, traídas sobre la frente, formaban como dos
pequeños cuernos. Esos pañuelos eran precisamente los que herían los
ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel
rojo lacre, ardiente, más intenso aún que ese llamado en Europa _lava
del Vesubio_; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, ¡qué
se yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos
de órgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga
cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.
Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de
nuestro ideal estético, no podía menos de detenerme por momentos a
contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las
negras martiniqueñas.

»Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve,
despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje del
trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajo
el peso de la enorme canasta de carbón que traen en la cabeza... Al pie
del buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa y
negra, iluminada por las ondas del fanal eléctrico. Eran mujeres que
traían carbón a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las que
venían cargadas, mientras las que habían depositado su carga descendían
por otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filas
de hormigas que se cruzan en silencio. Pero aquí todas cantaban el mismo
canto plañidero, áspero, de melodía entrecortada. En tierra, sentado
sobre un trozo de carbón, un negro viejo, sobre cuyo rostro en éxtasis
caía un rayo de luz, movía la cabeza con un deleite indecible, mientras
batía con ambas manos, y de una manera vertiginosa, el parche de un
tambor que oprimía entre las piernas, colocadas horizontalmente. Era un
redoble permanente, monótono, idéntico, a cuyo compás se trabajaba.
Aquel hombre, retorciéndose de placer, insensible al cansancio, me
pareció loco»...

Y termina el señor Cané su descripción de _Fort-de-France_ con estas
líneas en que trasmite la impresión que le causó un _bamboula_:

«...Me será difícil olvidar el cuadro característico de aquel montón
informe de negros cubiertos de carbón, harapientos, sudorosos, bailando
con un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tambor
ha cambiado ligeramente el ritmo, y bajo él, los presentes que no bailan
entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres
y cada pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientos
ondeantes, en los que la cabeza queda inmóvil, mientras las caderas,
casi dislocadas, culebrean sin cesar. La música y la propia imaginación
las embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo más
intenso aún, y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada
oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece allí bajo la
forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al compañero, se
estrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los animales
enardecidos, levanta la cabeza al aire y echándola en la espalda,
muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio;
parece increíble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo.
La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se estremecen, y por
momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la
bacanal más bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento
que purificaba hasta las más inmundas orgías de las fiestas griegas: la
belleza...

       *       *       *       *       *

El libro del señor Cané, es, en apariencia, una sencilla relación de
viaje. Dedica sucesivamente seis capítulos a la travesía de Buenos Aires
a Burdeos, a su estadía en París y en Londres, y a la navegación desde
Saint-Nazaire a La Guayra. Entonces, en un capítulo--cuya demasiada
brevedad se deplora--habla de Venezuela, pero más de su pasado que de su
presente.

En seguida, en seis nutridos y chispeantes capítulos, describe su
pintoresco viaje de Caracas a Bogotá; su paso por el mar Caribe; el
viaje en el río Magdalena, y las últimas jornadas hasta llegar a la
capital de Colombia. A esta simpática república presta preferentísima
atención el autor: no sólo se ocupa de su historia, describe a su
capital, sino que pinta a la sociedad bogotana, sin olvidar--como lo ha
dicho M. Groussac--el obligado párrafo sobre el Tequendama. Detiénese el
autor en estudiar la vida intelectual colombiana en el capítulo, en mi
concepto, más interesante de su libro, y sobre el cual volveré más
adelante. El regreso le da tema para varios capítulos en que se ocupa de
Colón, el canal de Panamá, y sobre todo de Nueva York. Y aquí vuelve de
nuevo la clásica descripción del Niágara.

Tal es en esqueleto el libro de Cané. Prescindo de los primeros
capítulos, a pesar de que insistiré sobre el de París, porque si bien su
lectura es fácil, las aventuras a bordo del _Ville de Brest_ no ofrecen
extraordinario interés. Poco tema da el autor sobre Venezuela: más bien
dicho, deja al lector con su curiosidad integra, sobreexcitada, pero no
satisfecha. Sus pinceladas son vagas; parece como si quisiera concluir
pronto, como si tuviera entre manos brasas ardientes. ¿Por qué?

En cambio, sus pinturas de Bogotá, de la sociedad y de los literatos
colombianos, es realmente seductora: nos hace penetrar en un recinto
hasta ahora casi desconocido por la generalidad, especie de _gyneceo_
original causado por el relativo aislamiento de la vida de Colombia. No
me cansaré de ponderar esta parte del libro de Cané. Pocas lecturas más
fructíferas, pocas más agradables; ejerce sobre el lector algo como una
fascinación. Hay ahí una mezcla sapientísima del _utile cum dulci_.

Por lo demás, el libro entero está salpicado de juicios atrevidos, de
observaciones profundas. La superficialidad aparente es rebuscada: el
autor, sin quererlo, se olvida con frecuencia de que se ha prometido
ser tan sólo un jovial a la vez que quejumbroso compañero de viaje. Al
correr de la pluma, ha emitido juicios de una precisión y exactitud
admirables. Otras veces ha lanzado ideas que van contra la corriente
general. El lector no se detiene mucho en los capítulos sobre París y
Londres, cuando en la rápida lectura encuentra tal o cual opinión sobre
Francia o Inglaterra. Pero poco a poco comprende que hay allí intención
preconcebida, y cuando llega a los capítulos sobre Colombia, se
encuentra insensiblemente engolfado en un análisis sutil de aquella
constitución, que, según el dicho de Castelar, «ha realizado todos los
milagros del individualismo moderno». Entonces se refriega los ojos,
vuelve a leer, y con asombro halla que el autor critica--y critica con
fuerza--el régimen federal de gobierno. Y no es la única página en que
el libro ejerce una influencia sugestiva, forzando a meditar. Hay
párrafos, al tratar del canal de Panamá y de los Estados Unidos, que
hacen abrir tamaños ojos de asombro.

Pero sobre algunas cuestiones tuvo ya el autor un cambio de cartas con
el señor Pedro S. Lamas, como puede verse en la _Revue Sud-Americaine_.
No volveré, pues, sobre ello, siquiera por el vulgarísimo precepto de
_non bis in ídem_.

Imposible me sería analizar con detención todas y cada una de las partes
de este libro. Y ya que he dicho con franqueza cuál es la opinión que
sobre él he formado, séame permitido ocuparme de algunos de los
variadísimos tópicos que han merecido la atención del autor.

       *       *       *       *       *

Corto es el capítulo que dedica a su estadía en París el señor Cané. Y
es lástima. En esas breves páginas, hay dos o tres cuadros
verdaderamente de mano maestra. Pero el autor ha sido demasiado parco:
su pluma apenas se detiene: la Cámara, el Senado, la Academia: he ahí lo
único que ha merecido su particular atención.

Los párrafos dedicados a las Cámaras son bellísimos: los retratos de
Gambetta, de Julio Simon y de Pelletán, perfectamente hechos.

Es, en efecto, en sumo grado interesante, asistir a los debates de las
Cámaras francesas. Cuando aún estudiaba el que esto escribe en París
(1879-1880), acostumbraba asistir con la regularidad que le era
posible, a las discusiones parlamentarias.

Entonces era necesario ir expresamente por ferrocarril hasta Versailles,
donde aún funcionaba el Poder Legislativo.

Gracias a la nunca desmentida amabilidad del señor Balcarce, nuestro
digno Ministro en París, conseguía con frecuencia entradas para la
tribuna diplomática, donde, entonces como hoy, era necesario--son
palabras del doctor Cané--«llegar temprano para obtener un buen sitio».

La sala de sesiones de la Cámara de Diputados era realmente espléndida.
Hace parte del gran palacio de Luis XIV y es cuadrilonga. El presidente
estaba enfrente de la tribuna diplomática, en un pupitre elevado,
teniendo a la misma altura, pero a su espalda, de un lado a varios
escribientes, de otro a varios ordenanzas. Una escalera conducía a su
asiento. Más abajo, la celebrada tribuna parlamentaria, a la que se sube
por dos escaleras laterales. Detrás de ésta, y a ambos lados, una serie
de secretarios escribiendo o consultando libros o papeles, sea para
recordar al presidente qué es lo que se hizo en tal circunstancia, o los
antecedentes del asunto, o cualquier dato necesario.

Al pie de la tribuna parlamentaria estaba el cuerpo de taquígrafos.
Entre ellos y el resto de la sala existía un espacio por donde circulaba
un mundo de diputados, ujieres, ordenanzas, etcétera.

En seguida, formando un anfiteatro en semicírculo, están los asientos de
los diputados, con pequeñas calles de trecho en trecho. Cada diputado
tiene un sillón rojo y en el respaldo del sillón que se encuentra
adelante hay una mesita saliente para colocar la carpeta en la que lleva
sus papeles, apuntes, etcétera.

La derecha, entonces, como hoy, era minoría; el centro y la izquierda,
la gran mayoría.

Frente al cuerpo de taquígrafos encontrábanse los asientos ministeriales
y para los subsecretarios de Estado.

Las fracciones parlamentarias, perfectamente organizadas, tienen sus
espadas como sus soldados en lugares adecuados, los unos más cerca, los
otros más alejados del medio. El primero con quien tropezaba al entrar
por la puerta de la derecha era... M. Paul de Cassagnac. El primero con
quien se encontraba uno al entrar por la puerta de la izquierda era el
gran orador M. Clemenceau. El duelista de la derecha: M. de Cassagnac;
el de la izquierda: M. Perrin.

La tribuna de la prensa estaba debajo de la del cuerpo diplomático. En
la misma fila están las destinadas a la presidencia de la República, a
los presidentes de la Cámara y Senado, a los miembros del Parlamento,
etc: todos los dignatarios tienen su tribuna especial. Más arriba
estaban las llamadas galerías, donde es admitido el público, siempre que
presente sus tarjetas especiales.

Las sesiones son tumultuosísimas. Se camina, se habla, se grita, se
gesticula, se ríe, se golpea, se vocifera, mientras habla el orador, al
unísono. En presencia de semejante mar desencadenado, se comprende que
el orador no sólo debe tener talento sino sangre fría, golpe de vista y
audacia a toda prueba. La mímica le es indispensable, y la voz tiene que
ser tonante y poderosa para dominar aquella vociferación infernal. Tiene
que apostrofar con viveza, que conmover, que hacerse escuchar.

He asistido a sesiones agitadísimas, a la del incidente
Cassagnac-Goblet, a la de la interpelación Brame, y a la de la
interpelación Lockroy, que tanto conmovió a París en mayo del 79. Tiempo
hace de esto, pero mis recuerdos son tan frescos que podrían describir
aquellos debates como si recién los presenciara.

He oído, o más bien dicho: visto, oradores que no pudieron hacerse
escuchar y que bajaron de la tribuna entre los silbidos de los
contrarios y las protestas de los amigos; otros, como el bonapartista
Brame, en su fogosa interpelación contra el Ministro del Interior, M.
Lepère, dominaban el tumulto; M. Lepère en la tribuna, estuvo un cuarto
de hora sin poder imponer silencio, en medio de una desordenada
vociferación de la derecha, y de los aplausos y aprobación de la
izquierda, hasta que, haciendo un esfuerzo poderoso, gritando como un
energúmeno, acalló momentáneamente el tumulto, para apostrofar a la
derecha, diciendo: «vociferad, gritad, puesto que las interpelaciones no
son para vosotros sino pretexto de ruidos y exclamaciones. No bajaré de
la tribuna hasta la que os calléis!...»

¡Qué tumulto espantoso! Presidía M. Senard, el viejo atleta del foro y
del parlamento francés, pero tan viejo ya que su voz débil y sus
movimientos penosos eran impotentes: agitaba continuamente una enorme
campana (pues no es aquello una campanilla) de plata con una mano, y con
la otra golpeaba la mesa con una regla. Los ujieres, con gritos
estentóreos de «un poco de silencio, señores--_s'il vous plait, du
silence_», no lograban tampoco dominar la agitación. La derecha
vociferaba y hacía un ruido ensordecedor con los pies; la izquierda
pedía a gritos: «la censura, la censura». Fue preciso amonestar
seriamente a un imperialista, el barón Dufour, para que se restableciese
el silencio...

Concluye el ministro su discurso, y salta (materialmente: salta) sobre
la tribuna el interpelante; vuelve a contestar el ministro, y torna de
nuevo el interpelante... ¡qué vida la de un ministro con semejantes
parlamentos! El día entero lo pasa en esas batallas parlamentarias...
supongo que el verdadero ministro es el subsecretario.

Gambetta, el tan llorado y popular tribuno, presidía cuando M. de
Cassagnac desafió en plena Cámara a M. Goblet, subsecretario de Estado.
Estaba yo presente ese día. ¡Qué escándalo mayúsculo! Pero Gambetta
dominó el tumulto, hizo bajar de la tribuna a Cassagnac, lo censuró, y
calmó la agitación.

He oído varias veces a M. Clemenceau, el gran orador radical. Le oí
defendiendo a Blanqui, el condenado comunista, que había sido electo
diputado por Burdeos. Es uno de los oradores que mejor habla y que posee
dotes más notables. Como uno de los contrarios (hay que advertir que la
izquierda estaba en ese caso en contra de la extrema izquierda) le
gritara: «¡Basta!», él contestó sin inmutarse: «Mi querido colega,
cuando vos nos fastidiáis, os oímos con paciencia. Nadie es juez en
saber si he concluido, salvo yo mismo», y después de este apóstrofe
tranquilo, continuó su discurso...! Esa interpelación dio origen a una
respuesta sumamente enérgica por parte de M. Le Royer, entonces Ministro
de Justicia.

La organización administrativa es además admirable. Las Cámaras se
reúnen diariamente de 2 a 6-1/2, y el cuerpo de taquígrafos da los
originales de la traducción estenográfica a las 8 p. m. A las 12 p. m.
se reparten las pruebas de la impresión y a las 6 de la mañana siguiente
«todo París» puede leer _íntegra_ la sesión de la tarde anterior en el
_Journal Officiel_. Y todo esto sin contratos especiales, sin que cueste
un solo céntimo más, sin que las Cámaras voten remuneraciones especiales
al cuerpo de taquígrafos y sin ninguna de esas demostraciones ridículas
para aquellos que están habituados a la vida europea. Recuérdese lo que
pasó en 1877 entre nosotros, cuando se debatió la «cuestión Corrientes»:
_La Tribuna_ publicó las sesiones al día siguiente, y todos creyeron que
era un... milagro.

Con el régimen parlamentario francés, la tarea es pesadísima para los
diputados (no tanto para los senadores), pero insostenible para los
oradores. Y los ministros, que tienen que despachar los asuntos de
ministerios centralizados, que atender a lo que pasa en la Francia
entera, que proyectar reformas, que estudiar leyes, que contestar
interpelaciones, que preparar y corregir discursos: ¿cómo pueden hacer
todo esto? A un hombre sólo le es materialmente imposible, y añádase a
eso que tiene la obligación de dar reuniones periódicas, bailes
oficiales, etc. ¡Qué vida! Se comprende que sería ella imposible sin una
numerosa legión de consejeros de Estado, de subsecretarios, de
secretarios, de directores, etc., que no cambian con los ministros, sino
que están adscriptos a los ministerios. ¡Qué diferencia con nuestro modo
de ser! Entre nosotros, por regla general, los ministros están solos,
pues los empleados, en vez de ser cooperadores de confianza, son meros
escribientes, salvo, bien entendido, honrosas excepciones. Cuando se
reflexiona sobre la existencia que lleva un ministro en países de
aquella vida parlamentaria, parece difícil explicarse cómo pueden
atender, despachar, contestar todo; y al mismo tiempo pensar y realizar
grandes cosas.

       *       *       *       *       *

En el libro que motiva estas páginas, el autor, según lo declara, ha
procurado contar, y contar ligeramente, «sin bagajes pesados». Este
propósito, probablemente, ha hecho que no profundice nada de lo que
observa, sino que se contente con rozar la superficie.

Uno de los rasgos más característicos de Colombia, es su poderosa
literatura. La raza colombiana es raza de literatos, de sabios, de
profundos conocedores del idioma: allí la literatura es un culto
verdadero, y no se sacrifican en su altar sino producciones castizas,
pulidas, perfectas casi. El señor Cané, a pesar de su malhadado
propósito de «marchar con paso igual y suelto», y de su afectado desdén
por los estudios serios y concienzudos, llegando hasta decir: «Que nada,
resiste en el día a la perseverante consulta de las enciclopedias», no
ha podido resistir, sin embargo, al deseo o a la necesidad de ocuparse
de la faz literaria de Colombia. Condensa en 24 páginas un capítulo que
modestamente Titula: «La Inteligencia», y en el cual, protestando que no
es tal su intención, el autor trata de perfilar a los primeros
literatos colombianos contemporáneos, en párrafos de redacción suelta,
_a la diable_, para usar su propia expresión.

Habla de la facilidad peligrosa del numen poético en los colombianos; se
ocupa de don Diego Pombo, de Gutiérrez, González, de Diego Fallon, de
José M. Marroquín, de Ricardo Carrasquilla, de José M. Samper, de Miguel
A. Caro, y por último, de Rufino Cuervo. Tal es el contenido de ese
capítulo, interesantísimo, sin duda, pero incompleto y demasiado a
_vuelo de pájaro_. Leí con avidez esa parte del libro: creí encontrar
mucho nuevo: los recuerdos de un hombre que ha estado en contacto con la
flor y nata de los literatos de aquella nación privilegiada; las
picantes observaciones que presagiaba el sostenido prurito de
escepticismo y cierta sal andaluza que campea con galana finura en
muchos pasajes de este libro.

Mi curiosidad, sin embargo, no fue del todo satisfecha. La _Nueva
Revista_ había publicado ya (1881) un interesante artículo de D. José
Caicedo Rojas, sobre la _poesía épica americana_ y sobre todo
colombiana[1]; un importante y cruditísimo (1882) estudio de D. Salvador
Camacho Roldán, sobre la _poesía colombiana_, a propósito de Gregorio
Gutiérrez González[2]; y finalmente (1883) un notable juicio de D.
Adriano Páez, sobre José David Guarin[3]. En esos artículos se entrevé
la riquísima y fecunda vida intelectual de aquel pueblo; pasan ante los
ojos atónitos del lector centenares de poetas, literatos, historiadores,
críticos, etc.; se descubre una producción asombrosa, una plétora
verdadera de diarios, periódicos, folletos y libros.

Y el que está algo al cabo de las letras en Colombia, aunque resida en
Buenos Aires, conoce su numerosísima prensa, sus periódicos, sus
revistas, sus escuelas literarias; la lucha entre conservadores y
liberales, entre los grupos respectivamente encabezados por el
_Repertorio Colombiano_ y _La Patria_. Y por poco numerosas que sean las
relaciones que se cultiven con gente bogotana, a poco el bufete se llena
con _El Pasatiempo_, _El Papel Periódico Ilustrado_, etc.

Nada de eso se encuentra en el libro de Cané. Él, periodista, ha
olvidado a la prensa. Y eso que la prensa de Colombia es especial,
distinta bajo todos conceptos de la nuestra.

Pero se busca en vano el rastro de Julio Arboleda, de José E. Caro, de
Madiedo, de Lázaro María Pérez, de... en una palabra, de todos los que
sobreviven de la exuberante generación de 1844 y 1846: Restrepo, y
tantos otros. Y si esa época parece ya muy echada en olvido, queda la de
1855 a 1858, en que tanto florecieron las letras colombianas: de esa
época datan José Joaquín Ortiz, Camacho Roldán, Ancizar, Ricardo Silva,
Salgar, Vergara y tantos otros...! Verdad es que el señor Cané declara
que «no es su propósito hacer un resumen de la historia literaria de
Colombia». Bien está; pero cuando se dedica un capítulo a la
_inteligencia_ de un país, preciso es presentarla bajo todas sus faces,
mostrar su filiación, recordar sus más ilustres representantes...

El autor de _En viaje_ añade, sin embargo, a renglón seguido: «si he
consignado algunos nombres, si me he detenido en el de algunas de las
personalidades más notables en la actualidad, es porque, habiendo tenido
la suerte de tratarlas, entran en mi cuadro de recuerdos». Valga como
excusa, pero es lástima, y grande, que no se haya decidido a examinar
con mayor detención tema tan rico como interesante.

En ese capítulo falta, pues, una exposición metódica, no digo de la
historia literaria de Colombia, sino del estado actual de la literatura
en aquel país; ni se mencionan nombres como los de Borda, Arrieta,
Isaacs, Obeso y tantos otros descollantes; nada sobre la Academia, sus
trabajos, y, sobre todo, ese inexplicable silencio acerca del periodismo
bogotano!

Quizá haya tenido el Sr. Cané alguna razón para incurrir en esas
omisiones: sea, pero confieso que no alcanzo cuál puede ser. Lo deploro
tanto más cuanto que por las páginas escritas, se deduce con qué
_humour_--para emplear esa intraducible locución--se habría ocupado de
toda aquella literatura. Hay, pues, que contentarse con los rápidos
bocetos que nos traza.

Pero el Sr. Cané, con esa redacción _a la diable_--como él mismo la
califica--se deja arrastrar de su predilección: acaba de decirnos que
sólo se ocupa de las personalidades «que ha tenido la suerte de tratar»,
y sin embargo, su entusiasmo lo lleva a dedicar gran parte del capítulo
a Gutiérrez González, poeta notabilísimo, es cierto, pero que murió en
Medellín, el 6 de julio de 1872...

Se ocupa largamente de Rafael Pombo, el famoso autor del canto de
_Edda_, que dio la vuelta a América, y que mereció entre la avalancha de
contestaciones, una hermosísima de Carlos Guido y Spano, «Pombo--según
el Sr. Cané--es feo, atrozmente feo. Una cabecita pequeña, boca gruesa,
bigote y perilla rubia, ojos saltones y miopes, tras unas enormes
gafas... Feo, muy feo. Él lo sabe y le importa un pito». Refiere el
autor una aventura de la Sra. Eduarda Mansilla de García con Pombo, y a
fe que lo hace con chiste y oportunidad.

Dice el Sr. Cané que Rafael Pombo, a pesar de las reiteradas instancias
de sus amigos y de ventajosas propuestas de editores, nunca ha querido
publicar sus versos coleccionados. Y hace con este motivo una
observación que, por cierto, ha de causar alguna extrañeza entre
nosotros, porque la costumbre que se observa es diametralmente opuesta.
He aquí esa curiosa observación: «Cuántas reputaciones poéticas ha
muerto la manía del volumen, y cuántos arrepentimientos para el porvenir
se crean los jóvenes que, cediendo a una vanidad pueril, se apresuran a
coleccionar prematuramente las primeras e insípidas florecencias del
espíritu, _ensayos_ en prosa o verso...»

Pero el Sr. Cané es, a la verdad, un espíritu observador. Véase si no el
siguiente chispeante retrato de Diego Fallon, cuyos cantos _A las ruinas
de Suesca y A la luna_ son de tan extraordinario mérito. «Figuraos una
cabeza correcta, con dos grandes ojos negros, _deux trous qui lui vont
jusqû'à l'âme_, pelo negro, largo, echado hacia atrás; nariz y labios
finos; un rostro de aquellos tantas veces reproducidos por el pincel de
Van Dyck; un cuerpo delgado, siempre en movimiento, saltando sobre la
silla en sus rápidos momentos de descanso. Oídlo, porque es difícil
hablar con él, y bien tonto es el que lo pretende, cuando tiene la
incomparable suerte de ver desenvolverse en la charla del poeta el más
maravilloso kaleidoscopio que los ojos de la inteligencia puedan
contemplar... hasta que el reloj da la hora y el visionario, el poeta,
el inimitable colorista, baja de un salto de la nube dorada donde estaba
a punto de creerse rey, y toma lastimosamente su Ollendorff para ir a
dar su clase de inglés, en la Universidad, en tres o cuatro colegios y
qué se yo dónde más...»

El que eso ha escrito no es sólo un estilista, un Vanderbilt del idioma,
es más aún; es un _humorista_, legítimo discípulo de Sterne, lector
asiduo quizá del _Tristam Shandy_. Esa fácil ironía, ese buen humor
inagotable, esa fuerza superior de sarcasmo, por momentos alegre,
sonriente, burlón, en una palabra «esa rapidez de impresiones y esos
contrastes siempre nuevos, son el secreto del _humorista_».

Y cuando pinta a Rufino Cuervo, el sapientísimo autor de las
_Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano_, «trabajando con
tranquilidad, sin interrumpirse sino para despachar un cajón de
cerveza...»,--porque Cuervo no es ni más ni menos que cervecero. «Yo
mismo he embotellado y tapado, me decía Rufino» agrega el señor Cané...

Hablando de Carlos Holguín, dice que «...y esto sea dicho aquí entre
nosotros, Holguín fue uno de los _cachacos_ más queridos de Bogotá, que
le ha conservado siempre el viejo cariño». Ahora bien, ¿quiere saberse
lo que es un _cachaco_? El autor se encarga de explicarlo, y lo hace con
exquisita claridad. «El _cachaco_ es el calavera de buen tono, decidor,
con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar a diez esfinges
egipcias, organizador de cuadrillas de a caballo en la plaza, el día
nacional, dispuesto a hacer trepar su caballo a un balcón para alcanzar
una sonrisa; jugador de altura, dejando hasta el último peso en una mesa
de juego, a propósito de una rifa; pronto a tomarse a tiros con el que
le busque, bravo hasta la temeridad...» Y aplíquese esa retrato al
respetable señor Holguín!

De don José María Samper, trae un rápido boceto: «ha escrito, dice, 6 u
8 tomos de historia, 3 o 4 de versos, 10 o 12 de novelas, otros tantos
de viajes, de discursos, estudios políticos, memorias, polémicas... qué
sé yo!... Naturalmente en esa mole de libros sería inútil buscar el
pulimento del artista, la corrección de líneas y de tonos. Es un río
americano que corre tumultuoso, arrastrando troncos, detritus, arenas y
peñascos...».

En fin, largo sería seguir al autor en estos retratos, género literario
en que evidentemente descuella. Me he detenido en este punto, porque
parece que ahí se revela una nueva faz del talento del señor Cané. Tiene
el don de daguerreotipar a una personalidad en pocas líneas, presenta la
luz, la sombra, el claro oscuro que iluminan el retrato, poniendo de
relieve su lado serio y su lado cómico. Busca siempre el efecto del
contraste. Y esto es lo que me mueve a decir que tiene tendencias a ser
un verdadero _humorista_.

¿Qué es efectivamente el _humour_? Un crítico célebre lo ha definido
magistralmente. Es, dice, el ímpetu de un espíritu dotado de la aptitud
más exquisita para sentir, comprender y explicar todo; es el movimiento
libre, irregular y audaz de un pensamiento siempre dispuesto, que ama
esas trampas tan temidas de los retóricos; las digresiones, y que se
abandona con gracia a ellas cuando por casualidad encuentra un misterio
del corazón para aclararlo, una contradicción de nuestra naturaleza para
estudiarla, una verdad despreciada para enaltecerla: un pensamiento al
cual atrae lo desconocido por un secreto magnetismo, y que, bajo
apariencias ligeras, penetra en las más oscuras sinuosidades del mundo
moral, da a todo lo que inventa, a todo lo que reproduce, el colorido
del capricho, y crea por el poder de la fantasía, una imagen móvil de la
realidad, más móvil aún.

Ahora bien; léase con atención el último libro del señor Cané y se
encontrará confirmada la exactitud de esa pintura en muchos y repetidos
pasajes. Y casi me atrevería a asegurar que es justamente en los pasajes
en que el autor se ha abandonado con más naturalidad a esa tendencia,
que el lector con más justicia se complace.

Edmundo De Amicis, en algunos de sus libros afortunados, ha hablado de
la página magistral, la página clásica, la página estupenda que todo
escritor debe tener conciencia de haber escrito o poder escribir, para
poder así llegar a la posteridad. Una de esas páginas, por ejemplo, es
la que se refiere a la «riña de gallos» en el libro sobre _España_. En
aquellas 5 o 6 páginas, dice un crítico, se hallan reunidas, amalgamadas
hasta la cuarta potencia, todas las cualidades de De Amicis: la sutileza
del observador, el vigor del colorido, la elegancia del estilista, y,
junto con todo esto, aquella variedad, abundancia y riqueza
archimillonaria del idioma, por lo cual es verdaderamente descollante.

¿Pueden aplicarse estas palabras de Barrili al señor Cané? ¿El autor de
_En viaje_ ha condensado ya todas sus cualidades, ha dado su nota más
alta? En cada libro que escribe el señor Cané, se revela una faz
distinta de su espíritu: esto hace difícil en extremo la tarea del
crítico severo, fácil a lo sumo la del benévolo, pues en justicia hay
tanto que alabar!

Por eso, una crítica justa--a pesar de que el señor Cané ha dicho que
es la «que más difícilmente se perdona, como los palos que más se
sienten son los que caen donde duele»--en este caso, puede con leal
imparcialidad tributar cumplido elogio al escritor que se ha revelado
_humorista_ de buena ley, confirmando su vieja reputación de estilista
brillante.

       *       *       *       *       *

Y es lástima grande que con tan brillantes cualidades, no sea el señor
Cané más que un _dilettante_ en las letras. Se nota que aquel autor no
siente en sí la vocación del escritor; escribe como un _pis aller_.
Dotado como pocos para ello, jamás ha considerado a las letras sino como
un accesorio, y en el fondo se me ocurre que es el hombre más
desprovisto de vanidad literaria. Las letras son para él queridas
pasajeras, que se toman y se dejan rehuyendo compromisos, y a las que no
se pide sino el placer del momento, sin la preocupación del mañana. Su
temperamento, sus más vehementes inclinaciones, lo llevan a la vida
política, a la acción; es hombre de parlamento, orador nato, a quien el
ejercicio del poder, sea en ministerios o a la cabeza de cualquier
administración, parece producir una satisfacción que degenera en dulce
embriaguez. Es un literato que desdeña las letras, y a quien la
política, como Minotauro implacable, ha devorado sin remedio. Escribirá
aún de vez en cuando, quizá, pero lo hará con la sonrisa de escepticismo
en los labios, y como calaverada de gran señor.

La política es la gran culpable en la vida americana: fascina a los
talentos jóvenes, los seduce y los esteriliza para la producción
intelectual serena y elevada; los embriaga con la acción efímera, los
gasta y los deja desencantados, imposibilitándolos para volver al culto
de las letras, y esclavizados por la fascinación de la vida pública.
Sacrifican así, esos espíritus escogidos, una gloria seria y permanente,
por una gloria inconsistente y del momento.

Cané principió por dejarse seducir por el diarismo político y derrochó
un espléndido talento en escribir artículos de combate que,
deslumbradores fuegos de artificio, vivieron lo que viven las rosas, el
espacio de unas horas. ¿Quién se acuerda hoy de ellos? Su propio autor
los ha olvidado quizá, y con razón, porque son producciones condenadas
de antemano a muerte prematura.

Pero, si bien se explica que un hombre de ese temple sacrifique las
letras por la política, no se comprende cómo sacrifica la vida pública
activa por la tranquilidad del ocio diplomático. Puede que el
temperamento un tanto epicúreo del autor de _En Viaje_ algo haya
influido en este súbito cambio de frente; pero renunciar a la vida
parlamentaria, a la prensa política, al gobierno activo, para refugiarse
en un retiro diplomático, cuando se encontraba en plena juventud, sin
haber llegado siquiera a la mitad de la vida, lleno de vigor, de
aspiraciones, de sangre bullidora...! Misterio! La vida diplomática
tiene, es cierto, nobilísima esfera de acción, pero para un hombre de
esas condiciones se asemeja a un suicidio moral. Porque si las funciones
diplomáticas permiten disponer de ocios, es preciso llenarlos, y si no
se les llena con la labor literaria, un temperamento demasiado activo
corre peligro de emplearlos en apurar hasta las heces el cáliz de
Capua,--y ese cáliz es fatal.

Me hace acordar el señor Cané a la figura tan simpática y tan análoga de
aquel brillantísimo espíritu francés que se llamó Prevost-Paradol;
también fue un escritor que pudo haber fácilmente traspuesto las más
altas cumbres: dotes, preparación, ambición, todo poseía. El éxito le
sonrió siempre... Pero abandonó las letras por la política, y cambió la
lucha activa por el reposo diplomático. Aquel bello talento se
esterilizó por completo.

Se me viene a la memoria un incidente verdaderamente gráfico en la vida
de Prevost-Paradol. Un día, un amigo le decía: «¿Por qué no escribe
usted la historia de las ideas parlamentarias? Hay ahí un libro
interesante y digno de tentar su talento. Y él respondió: Qué feliz es
usted de creer todavía en los libros, en las frases, y de encariñarse
con todos esos juguetes inútiles que sirven de pasatiempo a los
desocupados!... Y añadió: Sólo el poder es verdadero. Conducir a los
hombres, dirigir sus destinos, llevarlos a la grandeza por caminos que
no se les indica, preparar los acontecimientos, dominar a los hechos,
forzar a la fortuna a obedecer, he ahí el objetivo que es preciso tener
y que sólo alcanzan las voluntades fuertes y las inteligencias
elevadas!»

Se me figura que el diplomático Cané más de una vez pensará con
melancolía en esas palabras. Si es cierto que el epicureísmo le ha
hecho desertar de la lucha ardiente, se ha vengado de tal cobardía moral
ahogándolo en ese fastidio que eternamente pone de manifiesto el autor
de _En viaje._ Aún es tiempo, sin embargo, de que reaccione; y si la voz
aislada de un extraño pudiera servir de suficiente profecía, que no la
considere como viniendo de una Casandra de aldea, sino que trate de no
justificar aquel verso famoso:

    _L'armure qu'il portait n'allait pas a sa taille._
    _Elle était bonne au plus pour un jour de bataille_
    _Et ce jour-là fut court comme une nuit d'été._

ERNESTO QUESADA.

Mayo de 1884.




EN VIAJE

(1881-1882)

     Al pueblo colombiano, en estos momentos de amargura, dedica la
     reedición de este libro, como homenaje de respeto y cariño

MIGUEL CANÉ.

Diciembre de 1903.




DOS PALABRAS

Las páginas de este libro han sido escritas a medida que he ido
recorriendo los países a que se refieren. No tengo por lo tanto la
pretensión de presentar una obra rigurosamente sujeta a un plan de
unidad, sino una sucesión de cuadros tomados en el momento de reflejarse
en mi espíritu por la impresión. Habiéndome el gobierno de mi país hecho
el honor de nombrarme su representante cerca de los de Colombia y
Venezuela, pensé que una simple narración de mi viaje ofrecería algún
interés a los lectores americanos, más al cabo generalmente de lo que
sucede en cualquier rincón de Europa, que de los acontecimientos que se
desenvuelven en las capitales de la América española. Puedo hoy asegurar
que las molestias y sufrimientos del viaje han sido compensados con
usura por los admirables panoramas que me ha sido dado contemplar, así
como por los puros goces intelectuales que he encontrado en el seno de
sociedades cultas e ilustradas, a las que el aislamiento material a que
las condena la naturaleza del suelo que habitan, las impulsa a aplicar
toda su actividad al levantamiento del espíritu.

He procurado contar y contar ligeramente; pienso que un libro de viajes
debe marchar con paso igual y suelto, sin bagajes pesados, con buen
humor para contrarrestar las inevitables molestias de la travesía, con
cultura, porque se trata de hablar de aquéllos que nos dieron
hospitalidad, y, sobre todo, sin más luz fija, sin más guía que la
verdad. Cuando la pintura exacta de ciertas cosas me ha sido imposible
por altísimas consideraciones que tocan a la delicadeza, he preferido
omitir los hechos antes que arreglarlos a las exigencias de mi
situación. Rara vez se me ha ofrecido ese caso; por el contrario, ha
sido con vivo placer cómo he llenado estas páginas que me recordarán
siempre una época que por tantos motivos ha determinado una transición
definitiva de mi vida.

En esta reedición, única que se ha hecho desde la publicación de _En
viaje_, en 1883, se ha suprimido bastante en los primeros capítulos, de
los que sólo se han conservado algunos contornos trazados al pasar, que,
como los de Gambetta, Gladstone y Renán, pueden interesar aún. El autor
no ha agregado _una sola palabra_ a su primera redacción. El lector
podrá ver así si el tiempo ha sancionado o corregido los juicios que los
hombres y las cosas de aquel tiempo y en aquella parte de América
sugirieron al autor.

Diciembre, 1903.




INTRODUCCIÓN


Creo poder asegurar que el número total de argentinos que han llegado a
la ciudad de Bogotá desde el siglo XVI hasta la fecha, no excederá de
diez, inclusive el personal de la legación que iba por primera vez en
1881 a saludar al pueblo en cuyo seno se desenvolvió la acción de
Bolívar. Ese aislamiento terrible, consecuencia de las dificultades de
comunicación y causa principal, tal vez, de los tristes días por que ha
pasado la América española antes de su organización definitiva, no ha
sido tenido en cuenta por la Europa al formular sobre nuestro
desgraciado continente el juicio severo que aún no ha cesado de pesar
sobre nosotros. Nos ha faltado la solidaridad, la gravitación recíproca,
que une a los pueblos europeos en una responsabilidad colectiva, que los
mantiene en un diapasón político casi uniforme, y que alienta y sostiene
de una manera indirecta, en los momentos de prueba, al que flaquea en la
ruta. Las leyes históricas que presiden la formación de las sociedades,
se han desenvuelto en todo su rigor en nuestras vastas comarcas. El
esfuerzo del grupo intelectual se ha estrellado estérilmente durante
largos años contra la masa bárbara, representando el número y la fuerza.
La anarquía, esa cáscara amarga que envuelve la semilla fecunda de la
libertad, ha reinado de una manera uniforme en toda la América y por
procedimientos análogos en cada uno de los pueblos que la componen,
porque las causas originarias eran las mismas. Para algunos países
americanos, esos años sombríos son hoy un mal sueño, una pesadilla que
no volverá, porque ha desaparecido el estado enfermizo que la producía.
¿Qué extranjero podrá creer, al encontrarse en el seno de la culta
Buenos Aires, en medio de la actividad febril del comercio y de todos
los halagos del arte, que en 1820 los caudillos semibárbaros ataban sus
potros en las rejas de la plaza de Mayo, o que en 1840 nuestras madres
eran vilmente insultadas al salir de las iglesias? Si el camino material
que hemos hecho es enorme, nuestra marcha moral es inaudita. A mis ojos,
el progreso en las ideas de la sociedad argentina es uno de los
fenómenos intelectuales más curiosos de nuestro siglo. Y al hablar de
las ideas argentinas, me refiero a las de toda la América, aunque el
fenómeno, por causas que responden a la situación geográfica, a la
naturaleza del suelo y a la poderosa corriente de emigración europea, no
presenta en ninguna parte el grado de intensidad que en el Plata.

Los americanos del Norte recibieron por herencia un mundo moral hecho de
todas piezas: el más perfecto que la inteligencia humana haya creado. En
religión, el libre examen; en política, el parlamentarismo; en
organización municipal, la comuna; en legislación, el _habeas corpus_ y
el jurado; en ciencias, en industria, en comercio... el genio inglés. En
el Sur, la herencia fatal para cuyo repudio hemos necesitado medio
siglo, fue la teología de Felipe II, con sus aplicaciones temporales, la
política de Carlos V y aquel curioso sistema comercial que, dejando
inerte el fecundo suelo americano, trajo la decadencia de la España, ese
descenso sin ejemplo que puede encerrarse en dos nombres: de Pavía al
Trocadero. Así, cuando en 1810 la América se levantaba, no ya tan sólo
contra la dominación española, sino contra el absurdo, contra la
inmovilidad cadavérica impuesta por un régimen cuya primer víctima fue
la madre patria misma, se encontró sin tradiciones, sin esa conciencia
latente de las cosas de gobierno que fueron el lote feliz de los pueblos
que la habían precedido en la ruta de la emancipación. De los americanos
del Norte hemos hablado ya; hicieron una revolución «inglesa», fundados
en el derecho inglés. Por menos de las vejaciones sufridas, Carlos I
murió en el cadalso y Guillermo III subió al trono en 1688. Los
habitantes de los Países Bajos, al emprender su revolución gigantesca
contra la España absolutista y claustral, al trazar en la historia del
mundo la página que honra más tal vez a la especie humana, tenían
precedentes, se apoyaban en tradiciones, en la «Joyeuse Entrée», en las
viejas cartas de Borgoña. La Francia, en 89 tenía mil años de existencia
nacional, y si bien destruyó un régimen político absurdo, conservaba los
cimientos del organismo social--93 fue un momento de fiebre;--vuelta la
calma, la libertad conquistada se apoyó en el orden tradicional.

Nosotros, ¿qué sabíamos? Difícil es hoy al espíritu darse cuenta de la
situación intelectual de una sociedad sudamericana hasta principios de
nuestro siglo. No teníamos la tradición monárquica, que implica por lo
menos un ideal, un respeto, algo arriba de la controversia minadora de
la vida real. Jamás un rey de España pisó el suelo de la América para
mostrar en su persona el símbolo, la forma encarnada del derecho divino.
¡Virreyes ridículos, ávidos, sin valor a veces para ponerse al frente de
pueblos entusiastas por la dinastía, acabaron de borrar en la conciencia
americana el último vestigio de la veneración por el personaje fabuloso
que reinaba más allá de los mares desconocidos, que pedía siempre oro y
que negaba hasta la libertad del trabajo!

No sabíamos nada, ni cómo se gobierna un pueblo, ni cómo se organiza la
libertad; más aún, la masa popular concebía la libertad como una vuelta
al estado natural, como la cesación del impuesto, la abolición de la
cultura intelectual, el campo abierto a la satisfacción de todos los
apetitos, sin más límites que la fuerza del que marcha al lado, esto es,
del antagonista.

La revolución americana fue hecha por el grupo de hombres que habían
conseguido levantarse sobre el nivel de profunda ignorancia de sus
compatriotas. Las masas los siguieron para destruir, y en el impulso
recibido pasaron todos los límites. Al día siguiente de la revolución,
nada quedó en pie y los hombres de pensamiento que habían procedido a la
acción, fueron quedando tendidos a lo largo del camino, impotentes para
detener el huracán que habían desencadenado en su generoso impulso.
Entonces aparecieron el gobierno primitivo, la fuerza, el prestigio, la
audacia, reivindicando todos los derechos. ¿Formas, tradiciones,
respetos humanos? La lanza de Quiroga, la influencia del comandante de
campaña, la astucia gaucha de Rosas. Y así, con simples diferencias de
estilo e intensidad, del Plata al Caribe. Recibimos un mundo nuevo,
bárbaro, despoblado, sin el menor síntoma de organización racional[4]:
¡mírese la América de hoy, cuéntense los centenares de millares de
extranjeros que viven felices en su suelo, nuestra industria, la
explotación de nuestras riquezas, el refinamiento de nuestros gustos,
las formas definitivas de nuestro organismo político, y dígasenos qué
pedazo del mundo ha hecho una evolución semejante en medio siglo!

¿Quiere esto decir que todo está hecho? ¡Ah! no. Comenzamos. Pero las
conquistas alcanzadas no son de carácter transitorio, porque determinan
modos humanos, cuya excelencia, aprobada por la razón y sustentada por
el bienestar común, tiende a hacerlos perpetuos.

El primer escollo ha sido para nosotros, no ya la forma de gobierno, que
fue fatalmente determinada por la historia y las ideas predominantes de
la revolución, sino la naturaleza del gobierno republicano, su
aplicación práctica. La absurda concepción de la libertad en los
primeros tiempos originó la constitución de gobiernos débiles, sin
medios legales para defenderse contra las explosiones de pueblos sin
educación política, habituados a ver la autoridad bajo el prisma
exclusivo del gendarme. Esa debilidad produjo la anarquía, hasta que la
reacción contra ideas falsas y disolventes, ayudada por el cansancio de
las eternas luchas intestinas, trajo por consecuencia inmediata los
gobiernos fuertes, esto es, las dictaduras. Y así han vivido la mayor
parte de los pueblos americanos, de la dictadura a la anarquía, de la
agitación incesante al marasmo sombrío. Es hoy tan sólo, cuando empieza
a incrustarse en la conciencia popular la concepción exacta del
gobierno, que se dota a los poderes organizados de todos los medios de
hacer imposible la anarquía, conservando en manos del pueblo las
garantías necesarias para alejar todo temor de dictadura. En ese
sentido, la América ha dado ya pasos definitivos en una vía
inmejorable, abandonando tanto el viejo gusto por los prestigios
personales, como por las utopías generosas pero efímeras de una
organización política basada en teorías seductoras al espíritu, pero en
completa oposición con las exigencias positivas de la naturaleza humana.
Sólo así podremos salvarnos y asegurar el progreso en el orden político.
Soñar con la implantación de una edad de oro desconocida en la historia,
consagrar en las instituciones el ideal de los poetas y de los filósofos
publicistas de la escuela de Clarke, que escribía en su gabinete una
constitución para un pueblo que no conocía, es simplemente pretender
substraernos a la ley que determina la acción constante de nuestro
organismo moral, idéntico en Europa y en América. Reformar, lentamente,
evitar las sacudidas de las innovaciones bruscas e impremeditadas
conservar todo lo que no sea incompatible con las exigencias del
espíritu moderno; he ahí el único programa posible para, los americanos.

Puede hoy decirse con razón que el triste empleo de intendente de
finanzas, en las viejas monarquías, se ha convertido en el primer cargo
del gobierno en nuestras jóvenes sociedades. El estudio de las
necesidades del comercio, la solicitud previsora que ayuda al desarrollo
de la industria, la economía y la pureza administrativas, son hoy las
fuentes vivas de la política de un país. «Hacedme buena política y yo os
haré buenas finanzas», decía el barón Louis a Napoleón. En el mundo
actual, una inversión de la frase debiera constituir el verdadero
catecismo gubernamental.

En cuanto a la situación de la América en el momento en que escribo
estas líneas, puede decirse en general que, salvo algunos países como la
República Argentina y Méjico, que marchan abiertamente en la vía del
progreso, está pasando por una crisis seria, cuyas consecuencias tendrán
indiscutible influencia sobre sus destinos. Una guerra deplorable, por
un lado, cuyo término no se entrevó aún, ha llevado la desolación a las
costas del Pacífico hasta el Ecuador. La patria de Olmedo es hoy el
teatro de una de esas interminables guerras civiles cuya responsabilidad
solidaria arroja el espíritu europeo sobre la América entera.

La guerra del Pacífico fue el primero de los graves errores cometidos
por Chile en los últimos cuatro años. No es este el momento, ni entra en
mi propósito estudiar las causas que la originaron ni establecer las
responsabilidades respectivas; pero no cabe duda que la influencia
irresistible de Chile, la lenta invasión de su comercio y de su
industria a lo largo de las costas del Océano, desde Antofagasta a
Panamá, se habría ejercido de una manera fatal, dando por resultado la
prosperidad chilena, más seguramente que por la victoria alcanzada. En
1879 el que estas líneas escribe visitó los países que habían iniciado
ya la larga contienda. Recorriendo mis apuntes de esa época, algunos de
los que han sido publicados, veo que los acontecimientos han justificado
mis previsiones, cuando auguraba la victoria de Chile y no veía más
medio de poner término a la lucha que la interposición amistosa de los
países que se encontraban en situación de ser oídos por los
beligerantes.

Chile, por la gravedad de sus exigencias, perdió dos ocasiones
admirables de arribar a la paz: después de la toma de Arica y después de
la ocupación de Lima. La victoria no había podido ser más completa;
Bolivia, en el hecho, se había retirado de la lucha, y el Perú estaba
exánime a sus pies, desquiciado, sin formas orgánicas, sin gobierno. La
desmembración exigida, el vilipendio de un vasallaje disfrazado, la dura
actitud del vencedor, hicieron imposible la formación de un gobierno
capaz de aceptar tales imposiciones. Actitudes semejantes traen
obligaciones gravísimas; se necesita, para hacerlas fecundas, una
rapidez de acción y una cantidad de elementos de que Chile no podía
disponer. Después de Chorrillos, era necesario marchar, sobre Arequipa,
ocupar firmemente el Perú entero, esto es, proceder a la prusiana. Chile
se ha estrellado contra esa imposibilidad material; sólo es dueño de la
tierra que pisan sus soldados, pero sus soldados no son numerosos y en
cada encuentro, aunque la victoria le quede fiel, sus filas clarean y no
es ya posible reemplazar las bajas. Si se piensa que Chile no tiene
inmigración que trabaje, mientras sus hijos se baten, se comprenderá la
penosa situación de la agricultura y de la minería, los dos principales
ramos de la industria chilena. Luego, la creación de un elemento
militar, cuyos males están aún sin conocerse por Chile, el
desenvolvimiento de una inmensa burocracia por las necesidades de la
ocupación, los gastos enormes que ésta importa, la corrupción, que es
una consecuencia fatal de tales situaciones, el decaimiento del
comercio, son razones más que suficientes para preocupar a los chilenos
que aman a su país y miran al porvenir.

Chile, inspirado por un orgullo nacional mal entendido, ha dificultado
la acción de los gobiernos que en nombre de sentimientos de humanidad y
alta política hubieran deseado ofrecer sus buenos oficios para preparar
una solución. Fue un error cuyas consecuencias sufre en este momento.

En cuanto al Perú, su situación es tan deplorable, que no se concibe que
la prolongación de la lucha pueda empeorarla. Rara vez se ha visto en la
historia la desaparición más completa de un país, en sus formas
ostensibles. Pero esta larga y terrible crisis ha puesto de manifiesto
la profunda debilidad de su organización y los vicios que la minaban.
Cuando la paz se haga, y algún día se hará, el Perú saldrá lentamente de
su tumba, pensando en hacer vida nueva, en la paz, en el orden y el
trabajo. Maldecirá los raudales de oro del guano y el salitre, y sólo se
ocupará de cultivar su suelo admirable. La lección ha sido sangrienta;
pero la vida de los pueblos no es de un día, y pronto las amargas horas
pasadas aparecerán a los peruanos como el punto de partida de una época
de prosperidad.

En las páginas que van a leerse, dedicadas en su mayor parte a Colombia
y Venezuela, se verá cuál es la situación de ambos países. He sido
relativamente parco en mi apreciación de la actualidad de Venezuela,
porque se encuentra en un momento de plena evolución. El hombre que hoy
la gobierna, el general Guzmán Blanco, representa sin duda un régimen al
que los argentinos tenemos el derecho histórico de negar nuestras
simpatías. Pero sería una torpeza confundirlo con los vulgares
dictadores que han ensangrentado el suelo de la América. El progreso
material de Venezuela bajo su gobierno es indiscutible, y la paz, que ha
sabido conservar en un país donde la guerra hasta ahora diez años era el
estado normal, le será contada como uno de sus mejores títulos por el
juicio de la posteridad. Pero, lo repito, no es este el momento de
formular una opinión sobre Venezuela; ensaya sus nuevas instituciones,
tantea la adaptación de nuevas industrias a su suelo maravilloso y
pasarán algunos años antes que su reciente organización tome caracteres
definitivos.

Los países americanos situados sobre el Atlántico han sentido más rápida
e intensamente la acción de la Europa, fuente indudable de todo
progreso, y han conseguido emanciparse más pronto de la rémora
colonial. Es con legítimo orgullo cómo un argentino puede hablar hoy de
su país, porque no hay espectáculo que levante y consuele más el corazón
de un hombre, que el de un pueblo laborioso, inteligente y ávido de
desenvolvimiento, marchando con firmeza, al amparo del orden y de la
libertad, en el camino de sus grandes destinos. El ejemplo de prudencia
admirable que en sus relaciones internacionales ha dado la República
Argentina, no será infecundo para la América. Con tradiciones guerreras,
con un pueblo habituado a la lucha constante, para el que los combates,
como para los viejos germanos, tienen atractivos irresistibles,
sosteniendo causas consagradas por un derecho palmario, hemos sabido
acallar los enérgicos ímpetus del patriotismo entusiasta, para
encerrarnos y perseverar en una política correcta y prudente que al fin,
honorablemente, nos ha dada la más grande de las victorias que puede
alcanzar un pueblo americano: la paz.

Erigido el principio de arbitraje en invariable línea de conducta,
resolvimos por ese medio las cuestiones que había suscitado la guerra
con el Paraguay, a la que tan bárbaramente se nos provocó en 1865. Más
tarde, la larga controversia de límites con Chile fue resuelta por una
transacción directa que, no sólo satisfizo el honor de ambas naciones,
sino que aseguró al comercio universal la libre navegación y la
neutralidad del Estrecho de Magallanes. Sólo tenemos pendiente en el día
de la fijación definitiva de nuestras fronteras con el Brasil. En
documentos que han visto la luz pública, el gobierno argentino ha
propuesto ya al gabinete de San Cristóbal la adopción del arbitraje. Sea
por este medio, sea por transacción directa, hay el derecho de esperar
que la cuestión será resuelta sin necesidad de apelar a la guerra, cuyos
resultados serían fatales seguramente a aquel de los dos pueblos cuya
obstinación la haga imprescindible.

La era de las discordias civiles se ha cerrado también en el suelo
argentino, porque las causas que la producían han cesado, con la
organización definitiva de la nación. Desde los extremos de la Patagonia
a los límites con Bolivia, desde los márgenes del Plata al pie de los
Andes, no se oye hoy sino el ruido alentador de la industria humana, no
se ven sino movimientos de tierra, colocación de rieles, canalizaciones,
instalaciones de máquinas, cambios diorámicos de suelos vírgenes en
campos labrados. Las ciudades se transforman ante los ojos de sus
propios hijos que miran absortos el fenómeno; las rentas públicas se
duplican; el oro europeo acude a raudales, para convertirse en obras de
progreso; el crédito se extiende y se afirma; la emigración aumenta.
Tenemos motivos de pura satisfacción, pero al mismo tiempo graves
responsabilidades. Es necesario conservar la paz interna a todo trance y
hacer una verdad constante de nuestras instituciones; en una palabra:
seguir la ruta en que marchamos.

Si hay algún país americano en estos momentos cuya situación requiera
calma, prudencia sabia, en una palabra, es indudablemente el Brasil;
gobernado por un príncipe que ha sabido conquistar el cariño de sus
súbditos y el respeto del mundo, tiene elementos en su seno para
conjurar los graves peligros que lo amenazan. Su situación financiera no
es tranquilizadora; el aumento de los gastos sin una progresión análoga
en los ingresos, los empréstitos sucesivos en vista de la adquisición de
elementos de guerra y las deficiencias dolorosamente comprobadas en el
sistema administrativo: he ahí las causas principales de una crisis que
no tardará en tomar proporciones alarmantes. Por otro lado, pronto
desaparecerá--y para siempre--de la constitución brasileña la triste
sombra de la esclavitud. Sea falta de previsión en el gobierno, sea
enceguecimiento sistemático de los propietarios rurales, el hecho es
que, si bien esa liberación será un honor para el Brasil, su industria
va a pasar por un momento angustioso cuando sea necesario acudir al
trabajo libre para reemplazar al trabajo esclavo. La aparición de la
cuestión de salarios, de las huelgas, la escasez de brazos por la
insignificante inmigración, la difícil vigilancia policial sobre el
millón y medio de negros que de la noche a la mañana van a recuperar su
libertad, muchos de ellos lleno el corazón de odios, todas las
dificultados de un cambio radical van a constituir una crisis económica
formidable.

Por otro lado, la situación política amenaza perturbaciones, el espíritu
democrático gana camino cada día, así como los síntomas de segregación
en un porvenir no lejano. Falta homogeneidad en ese vasto y despoblado
territorio; las aspiraciones de los tres grupos del Norte, Centro y Sur,
no siguen rutas paralelas. Una agitación sorda trabaja las provincias
del Imperio, y la dinastía, personificada en absoluto en el Emperador
dignísimo que rige los destinos de este pueblo, corre grandes riesgos de
desaparecer el día, que Dios aleje, de la muerte de Don Pedro II.
Pueden fácilmente adivinarse el resultado y las consecuencias para el
Brasil, si su mala estrella lo lleva en las actuales circunstancias a
suscitar una guerra americana. Hay, indudablemente, un partido que la
desea, sea guiado por sentimientos de un egoísmo antipatriótico, sea en
la esperanza de romper el nudo de dificultades por el sistema de
Alejandro. Bueno es no olvidar que el instrumento indispensable para esa
operación es, ante todo, la espada del héroe macedonio.

El Brasil, lo repito, puede conjurar sus peligros con una política
internacional franca y pacífica, con reformas radicales en su sistema
financiero, y con una aplicación más práctica y verdadera del régimen
parlamentario. De él, exclusivamente de él, depende vivir en paz con
todos los pueblos de América, que aplaudirían sus progresos, pero que
opondrían una muralla de acero a lodo acto inspirado por ambición de
engrandecimiento territorial.

El Uruguay no ha salido aún de la época difícil; el militarismo impera
allí y el elemento inteligente ha sido diezmado en el esfuerzo generoso
por implantar la libertad. Los destinos de ese pedazo de tierra
maravillosamente dotado, constituyen hoy uno de los problemas más graves
de la América. Antigua provincia del virreinato del Río de la Plata, el
pueblo oriental tiene la misma sangre, las mismas tradiciones, el mismo
idioma, que el que a su lado marcha al progreso a pasos de gigante. Las
leyes históricas de atracción parecen dibujar una solución mirada con
ojos simpáticos a ambas márgenes del inmenso estuario común, pero que
ningún gobierno argentino provocará por medios violentos. El día que los
orientales pidan, por la voz de un congreso, volver a ocupar su puesto
en el seno de la gran familia, serán recibidos con los brazos abiertos y
ocuparán un sitio de honor en la marcha del progreso, como lo ocuparon
siempre en las batallas donde corrió mezclada su sangre con la
argentina. Entretanto, el que atribuya al gabinete de Buenos Aires
propósitos anexionistas, se engaña por completo. En primer lugar,
nuestro sistema federal no permite sino incorporaciones de Estados
federativos, y en segundo término, la política argentina tiene por base
inmutable el respeto a la voluntad popular. Jamás, por la violencia, se
aumentará en un palmo el territorio argentino.

Amo mi buena tierra americana sobre todas las regiones de la tierra. ¿Es
porque en ella se extienden los campos de mi patria, de la que mi alma
vive cerca, aunque de lejos mi cerebro se consuma por ella en el anhelo
ardiente de servirla? ¿Es porque en la colectividad moral de los hombres
que la habitan, veo brillar la altura del carácter, la abnegación de la
vida, la lealtad y el honor? No lo sé; pero en mis momentos de duda
amarga, cuando mis faros simpáticos se oscurecen, cuando la corrupción
yanqui me subleva el corazón o la demagogia de media calle me enluta el
espíritu en París, reposo en una confianza serena y me dejo adormecer
por la suave visión del porvenir de la América del Sur; ¡paréceme que
allí brillará de nuevo el genio latino rejuvenecido, el que recogió la
herencia del arte en Grecia, del gobierno en Roma, del que tantas cosas
grandes ha hecho en el mundo, que ha fatigado la historia!

Si es una ilusión, perseveremos en ella y hagámonos dignos de que nos
visite con frecuencia; sólo pensando en cosas grandes se prepara el alma
a ejecutarlas. Que un americano descienda a lo más íntimo de su ser,
donde palpita un átomo del alma de su pueblo, que la consulte, y luego
de comprobadas sus pulsaciones vigorosas, se atreva a negar que está
pronto a todas las evoluciones que puedan llevar a la cumbre. Los
hombres no son nada, las ideas lo son todo. Las rencillas locales son
ínfimas miserias que enferman y esterilizan el espíritu de aquel que de
ellas se ocupa; hay algo más arriba, es el porvenir, es la suerte de
nuestros hijos, es el honor de nuestra raza. Al trabajo, pues; el tiempo
vuela y a su amparo las transformaciones se operan como si la mano de
Dios las produjera.

Septiembre, 1883.




CAPITULO I

De Buenos Aires a Burdeos.

De nuevo en el mar.--La bahía de Río de Janeiro.--La rada y la
ciudad.--Tijuca.--Las costas de África.--La hermana de caridad.--El
Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos.

     _Once more upon the waters;_ _Yet once more!_

     (BYRON, Ch. II. III.)


       *       *       *       *       *

¡Eternamente bello ese arco triunfal del suelo americano! Parece que el
mar hubiera sido atraído a aquella ensenada por un canto irresistible y
que, al besar el pie de esas montañas cubiertas de bosques, al reflejar
en sus aguas los árboles del trópico y los elegantes contornos de los
cerros, cuyas almas dibujan sobre un cielo profundo y puro, líneas de
una delicadeza exquisita, el mismo océano hubiera sonreído desarmado,
perdiendo su ceño adusto, para caer adormecido en el seno de la armonía
que lo rodeaba. Jamás se contempla sin emoción ese cuadro, y no se
concibe cómo los hombres que viven constantemente con ese espectáculo al
frente, no tengan el espíritu modelado para expresar en altas ideas
todas las cosas grandes del cielo y de la tierra. Tal así, la naturaleza
helénica, con sus montañas armoniosas y serenas, como la marcha de un
astro, su cielo azul y transparente, las aguas generosas de sus golfos,
que revelan los secretos todos de su seno, arrojó en el alma de los
griegos ese sentimiento inefable del ideal, esa concepción sin igual de
la belleza, que respira en las estrofas de sus poetas y se estremece en
las líneas de sus mármoles esculpidos. Pero el suelo de la Grecia está
envuelto, como en un manto cariñoso, por una atmósfera templada y sana,
que excita las fuerzas físicas y da actividad al cerebro. Sobre las
costas que baña la bahía de Río de Janeiro, el sol cae a plomo en capas
de fuego, el aire corre abrasado, los despojos de una vegetación
lujuriosa fermentan sin reposo y la savia de la vida se empobrece en el
organismo animal.

Así, bajad del barco que se mece en las aguas de la bahía; habéis visto
en la tierra los cocoteros y las palmeras, los bananos y los dátiles,
toda esa flora característica de los trópicos, que hace entrar por los
ojos la sensación de un mundo nuevo; creéis encontrar en la ciudad una
atmósfera de flores y perfumes, algo como lo que se siente al
aproximarse a Tucumán, por entre bosques de laureles y naranjales, o al
pisar el suelo de la bendecida isla de Tahití... Y bien, ¡quedáos
siempre en el puerto! ¡Saciad vuestras miradas con ese cuadro
incomparable y no bajéis a perder la ilusión en la aglomeración confusa
de casas raquíticas, calles estrechas y sucias, olores nauseabundos y
atmósfera de plomo!... Pronto, cruzad el lago, trepad los cerros y a
Petrópolis. Si no, a Tijuca. Petrópolis es más grandiosa y los cuadros
que se desenvuelven en la magnífica ascención no tienen igual en la
Suiza o en los Pirineos. Pero prefiero aquel punto perdido en el declive
de dos montañas que se recuestan perezosamente una en brazos de la otra,
prefiero Tijuca con su silencio delicioso, sus brisas frescas, sus
cascadas cantando entre los árboles y aquellos rápidos golpes de vista
que de pronto surgen entre la solución de los cerros, en los que pasa
rápidamente, como en un diorama gigantesco, la bahía entera con sus
ondas de un azul intenso, la cadena caprichosa de la ribera izquierda,
las islas verdes y elegantes, la ciudad entera, bellísima desde la
altura. No llega allí ruido humano, y esa calma callada hace que el
corazón busque instintivamente algo que allí falta: el espíritu
simpático que goce a la par nuestra, la voz que acaricie el oído con su
timbre delicado, la cabeza querida que busque en nuestro seno un refugio
contra la melancolía íntima de la soledad...

¡Proa al Norte, proa al Norte!

Una que otra, bella noche de luna a la altura de los trópicos. El mar
tranquilo arrastra con pereza sus olas pequeñas y numerosas; los
horizontes se ensanchan bajo un cielo sereno. La soledad por todas
partes y un silencio grande y solemne, que interrumpe sólo la eterna
hélice o el fatigado respirar de la máquina. A proa, cantan los
marineros; a popa, aislados, algunos hombres que piensan, sufren y
recuerdan, hablando con la noche, fijos los ojos en el espacio abierto,
y siguiendo sin conciencia el arco maravilloso de un meteoro de
incomparable brillo que, a lo lejos, parece sumergirse en las calladas
aguas del Océano. Abajo, en el comedor, el rechinar de un piano agrio y
destemplado, la sonora y brutal carcajada de un jugador de órdago, el
ruido de botellas que se destapan, la vocería insípida de un juego de
prendas. Sobre el puente, el joven oficial de guardia, inmóvil,
recostado sobre la baranda, meciéndose en los infinitos sueños del
marino y reposando en la calma segura de los vientos dormidos. De
pronto, cuatro pipas encendidas como hogueras, aparecen seguidas de sus
propietarios. Hablan todos a la vez: cueros, lanas, géneros o aceites...
El encanto está roto; en vano la luna los baña cariñosa, los envuelve en
su encaje, como pidiéndoles decoro ante la simple majestad de su
belleza. Hay que dar un adiós al fantaseo solitario e ir a hundirse en
la infame prisión del camarote...

He aquí las costas de África, Goroa, con su vulgar aspecto europeo;
Dakar, con sus arenales de un brillo insoportable, sus palmas
raquíticas, su aire de miseria y tristeza infinita, sus negrillos en sus
piraguas primitivas o nadando alrededor del buque como cetáceos. La
falange de a bordo se aumenta; todos esos «pioneers» del África vienen
quebrantados, macilentos, exhaustos. Las mujeres transparentes,
deshechas, y aun las más jóvenes, con el sello de la muerte prematura.
Así subió en 1874 aquella dulce y triste criatura, aquella hermana de
caridad de 20 años, que volvía a Francia después de haber cumplido su
tiempo en los hospitales del Senegal. Silenciosa y tímida, quiso marchar
sola al pisar la cubierta; sus fuerzas flaquearon, vaciló y todas las
señoras que a bordo se encontraban, corrieron a sostenerla. Todos los
días era conducida al puente, para respirar y absorber el aire
vivificante del Océano: los niños la rodeaban, se echaban a sus pies y
permanecían quietecitos, mientras ella les hablaba con voz débil como un
soplo e impregnada de ese eco íntimo y profundo que anuncia ya la
liberación. ¡Jamás mujer alguna me ha inspirado un sentimiento más
complejo que esa joven desgraciada; mezcla de lástima, respeto, cariño,
irritación por los que la lanzaron a esa vía de dolor, indignación
contra ese destino miserable! Parecía confundida por los cuidados que le
prodigaban; hablaba, con los ojos húmedos, de los seres queridos que iba
a volver a ver, si Dios lo permitía... A la caída de una tarde serena se
abrió ante nuestras miradas ávidas el bello cuadro de la Gironde,
rodeado de encantos por las sensaciones de la llegada. La alegría
reinaba a bordo; se cambiaban apretones de manos, había sonrisas hasta
para los indiferentes. Cuando salvamos la barra y aparecieron las
risueñas riberas de Paulliac, con sus castillos bañados por el último
rayo de sol, sus viñedos trepando alegres colinas... la hermana de
caridad llevaba sus dos manos al pecho, oprimía la cruz y levantando los
ojos al cielo, rendía la vida en una suprema y muda oración... Cuando la
noticia, que corrió a bordo apagando todos los ruidos y extinguiendo
todas las alegrías, llegó a mis oídos, sentí el corazón oprimido, y mis
ojos cayeron sobre estas palabras de un libro de Dickens, que, por una
coincidencia admirable, acababa de leer en ese mismo instante: «No es
sobre el suelo donde concluye la justicia del cielo. Pensad en lo que es
la tierra, comparada al mundo hacia el cual esa alma angelical acaba de
remontar su vuelo prematuro, y decidme, si os fuere posible, por el
ardor de un voto solemne, pronunciado sobre ese cadáver, llamarlo de
nuevo a la vida, decidme si alguno de vosotros se atrevería a hacerlo
oír»...

¡Salud al Tajo _mezzo-cuale_! ¡Qué orillas encantadas! Es una
perspectiva como la de esos juguetes de Nuremberg, con sus campos verdes
y cultivados, sus casillas caprichosas en las cimas y los millares de
molinos de viento que, agitando sus brazos ingenuos, dan movimiento y
vida al paisaje. He ahí la torre de Belén, que saludo por quinta vez.
¿Cómo es posible filigranar la piedra a la par del oro y la plata? ¿De
dónde sacaban los algarbes el ideal de esa arquitectura esbelta,
transparente, impalpable? Hemos perdido el secreto; el espíritu moderno
va a la utilidad y la obra maestra es hoy el cubo macizo y pesado de
Regent's Street o de la Avenida de la Opera. Un albañil árabe ideaba y
construía un corredor de la Alhambra o del Generalife, con sus pilares
invisibles, sus arcos calados; todos los ingenieros de Francia se reúnen
en concurso, y el triunfador, el representante del arte moderno,
construye el teatro de la Opera, esto es, ¡un aerolito pesado, informe,
dorado en todas las costuras!

El ancla cae; una lancha se aproxima, dentro de la cual hay dos o tres
hombres éticos y sórdidos; se les alargan unos papeles en la punta de
una tenaza. Apruebo la tenaza, que garantiza la salud de a bordo,
probablemente comprometida con el contacto de aquellos caballeros.
Estamos en cuarentena. Los viajeros flamantes se irritan y blasfeman;
los veteranos nos limitamos a citarles el caso de aquel barco de vela
salido de San Francisco de California con patente limpia y llegado a
Lisboa, habiendo doblado el Cabo Hornos y después de nueve meses de
navegación, sin hacer una sola escala y que fue puesto gravemente en
cuarentena, a causa de haber arribado en mala estación. Porque es
necesario saber que en Lisboa la cuarentena se impone durante los
primeros nueve meses del año y se abre el puerto en los últimos tres,
haya o no epidemias en los puntos de donde vinieron los buques que
arriban a esa rada hospitalaria. Esta suspensión de hostilidades tiene
por objeto sacar a licitación la empresa del lazareto, fuente principal
de las rentas de Portugal. ¿Estamos?

Bajan veinte personas; cada una pagará en el lazareto dos pesos fuertes
diarios, es decir, todas, en diez días, dos mil francos. Venimos a bordo
más de 300 pasajeros, que descenderíamos todos si no hubiese cuarentena,
pasaríamos medio día y una noche en Lisboa, gastando cada uno, término
medio, en hotel, teatro, carruaje, compras, etc., 15 pesos fuertes;
total, unos 20.000 francos, aproximadamente, de los que cinco o seis
entrarían por derechos, impuestos, alcabalas, patentes y demás, en las
arcas fiscales. Economía portuguesa.

¡Qué rápida y curiosa decadencia la de Portugal! La naturaleza parece
haber designado a Lisboa para ser la puerta de todo el comercio europeo
con la América. Su suelo es admirablemente fértil y sus productos
buscados por el mundo entero. En los grandes días, tuvo el sol
constantemente sobre sus posesiones. Sus hazañas en Asia fueron útiles a
la Inglaterra. Vasco dobló el cabo para los ingleses, y los esfuerzos
para colonizar las costas africanas tuvieron igual resultado. La
independencia del Brasil fue el golpe de gracia, y en el día... ¡nadie
lee a Camöens!

El golfo de Vizcaya nos ha recibido bien y la Gironde agita sus flancos,
cruje, vuela, para echar su ancla frente a Pauillac antes de anochecer.
A lo lejos, entre las márgenes del río que empiezan a borrarse envueltas
en la sombra, vemos venir dos lanchas a vapor. Desde hace dos horas, la
mitad de los pasajeros están con su saco en la mano y cubiertos con el
sombrero alto, al que un mes de licencia ha hecho recuperar la forma
circular y que, al volver al servicio, deja en la frente aquella raya
cruel, rojiza, que el famoso capitán Cutler, de Dombey and Son,
ostentaba eternamente. Una lancha, es la de la agencia. Pero, ¿la otra?
Para nosotros, oh, infelices, que hemos hecho un telegrama a Lisboa,
pidiéndola, a fin de proporcionarnos dos placeres inefables; primero,
evitar ir con todos ustedes, sus baúles enormes, sus loros, sus pipas,
etc., y segundo, para pisar tierra veinte horas antes que el común de
los mortales. El patrón del vaporcito lanza un nombre; respondo, reúno
los compañeros, me acerco a algunas señoras para ofrecerles un sitio en
mi nave, que rehúsan pesarosas; un apretón de manos a algunos oficiales
de la Gironde que han hecho grata la travesía, y en viaje.

Es un sensualismo animal, si se quiere, pero no vivo en las alturas
etéreas de la inmaterialidad y aquella cama ancha, vasta, las sábanas de
un hilo suave y fresco, el silencio de las calles, el suelo inmóvil, me
dan una sensación delicada. Al abrir los ojos a la mañana, entra mi
secretario. Conoce Burdeos al revés y al derecho; ha visto el teatro,
los Quinquonces, ha trepado a las torres, ha bajado a las criptas y
visitado las momias, ha estado en la aduana y sabe qué función se da esa
noche en todos los teatros. Y entretanto, ¡yo dormía! El no lo concibe,
pero yo sí. A la tarde, le anuncio que me quedaré a reposar un par de
días en Burdeos y una nube cubre su cara juvenil. Tiene la obsesión de
París; le parece que lo van a sacar de donde está, que va a llegar
tarde, que es mentira, un sueño de convención, ajustado entre los
nombres para dar vuelta la cabeza a media humanidad... Así, ¡qué brillo
en aquellos ojos, cuando le propongo que se vaya a París esa misma
noche, con algunos compañeros, y que me espere allí! Titubea un momento;
yendo de noche, no verá las campiñas de la Turena, Angulema, Poitiers,
Blois, ¡pero París! ¡Y vibrante, ardoroso como un pájaro a quien dan la
libertad, se embarca con el alma rebosando llena de himnos!




CAPITULO II

En París.

     En viaje para París.--De Bolivia a Río de Janeiro en mula.--La
     Turena.--En París.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cómo debe visitarse
     un museo.--La Cámara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y
     Pelletán.--El 14 de Julio en París.--La revista militar: M.
     Grévy.--Las plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La
     sesión anual del Instituto.--M. Renán.


A mi vez, pero con toda tranquilidad, tomo el tren una linda mañana, y
empezamos a correr por aquellos campos admirables. Los viajeros
americanos conocemos ya la Francia, París y una que otra gran ciudad del
litoral. La vida de la campiña nos es completamente desconocida. Es uno
de los inconvenientes del ferrocarril, cuya rapidez y comodidad ha
destruido para siempre el carácter pintoresco de las travesías. Mi padre
viajó todo el Mediodía de la Francia y la Italia entera en una pequeña
calesa, proveyéndose de caballos en las postas. Sólo de esa manera se
hace conocimiento íntimo con el país que se recorre, se pueden estudiar
sus costumbres y encontrar curiosidades a cada paso. Pero entre los
extremos, el romanticismo no puedo llegar nunca a preferir una mula a un
_express_. Uno de mis tíos, el coronel don Antonio Cané, después de la
muerte del general Lavalle, en Jujuy, acompañó el cuerpo de su general
hasta la frontera de Bolivia, junto con los Ramos Mexía, Madero, Frías,
etc. Quedó enfermo en uno de los pueblos fronterizos, y cuando sus
compañeros se dispersaron, unos para tomar servicio en el ejército
boliviano, otros en dirección a Chile o Montevideo, él tomó una mula y
se dirigió al Brasil, que atravesó de oeste a este, llegando a Río de
Janeiro después de seis u ocho meses, habiendo recorrido no menos de 600
leguas. Más tarde, su cuñado don Florencio Varela, le interrogaba sin
cesar, deplorando que la educación y los gustos del viajero no le
hubieran permitido anotar sus impresiones. Cané había realizado ese
viaje estupendo, deteniéndose en todos los puntos en que encontraba
buena acogida... y buenas mozas. Pasado el capricho, volvía a montar su
mula, y así, de etapa en etapa, fue a parar a las costas del Atlántico.
Admiro, pero prefiero la línea de Orleans, sobre la que volamos en este
momento, desenvolviéndose a ambos lados del camino los campos luminosos
de la Turena, admirablemente cultivados y revelando, en su solo aspecto,
el secreto de la prosperidad extraordinaria de la Francia. Los canales
de irrigación, caprichosos y alegres como arroyos naturales, se suceden
sin interrupción. De pronto caemos a un valle profundo, que serpea entre
dos elevadas colinas cubiertas de bosques; por entre los árboles,
aparece en la altura un castillo feudal, de toscas piedras grises, cuya
vetustez característica contrasta con la blancura del humilde _hameau_
que duerme a su sombra; las perspectivas cambian constantemente, y los
nombres que van llegando al oído, Angulema, Bois, Amboise,
Chatellerault, Poitiers, etc., hacen revivir los cuadros soberbios de la
vieja historia de Francia...

Ya las aldeas y villorrios aumentan a cada instante, se aglomeran y
precipitan, con sus calles estrechas y limpias, sus casas de ladrillo
quemado, sus techos de pizarra y teja. Los caminos carreteros son
anchos, y el pavimento duro y compacto, resuena al paso de la pesada
carreta, tirada por el majestuoso percherón, que arrastra sin esfuerzo
cuatro grandes piedras de construcción, con sus números rojizos. Luego,
túneles, puentes, viaductos, calles anchas, aereadas, multitud de
obreros, movimiento y vida. Estamos en París.

       *       *       *       *       *

A mediodía, una visita a los viejos amigos queridos, que esperan dulce y
pacientemente y que, para recibiros, toman la sonrisa de la Joconda, se
envuelven en los tules luminosos de la Concepción, o despojándose de sus
ropas, ostentan las carnes deslumbrantes de Rubens. Al Louvre, al
Luxemburgo; un día el mármol, otro el color, un día a la Grecia, otro al
Renacimiento, otro a nuestro siglo soberbio. Pero lentamente, mis
amigos; no como un condenado, que empieza con la «Balsa de la Medusa» y
acaba con los «Monjes» de Lesueur y sale del Museo con la retina
fatigada, sin saber a punto fijo si el Españoleto pintaba Vírgenes;
Murillo, batallas; Rafael, paisajes, o Miguel Ángel, pastorales. Dulce,
suavemente; ¿te gusta un cuadro? Nadie te apura; gozarás más
confundiendo voluptuosamente tus ojos en sus líneas y color, que en la
frenética y bulliciosa carrera que te impone el guía de una sala a otra.
El catálogo en la mano, pero cerrado; camina lentamente por el centro de
los salones: de pronto una cara angélica te sonríe. La miras despacio;
tiene cabellos de oro y cuyo perfume parece sentirse; los ojos, claros
y profundos, dejan ver en el fondo los latidos tranquilos de una alma
armoniosa. Si te retiene, quédate; piensa en el autor, en el estado de
su espíritu cuando pintó esa figura celeste, en el ideal flotante de su
época, y luego, vuelve los ojos a lo íntimo de tu propio ser, anima los
recuerdos tímidos que al amparo de una vaga semejanza asoman sus
cabecitas y temiendo ser importunos, no se yerguen por entero. Luego,
olvídate del cuadro, del arte, y mientras la mirada se pasea
inconsciente por la tela, cruza los mares, remonta el tiempo, da rienda
suelta a la fantasía, sueña con la riqueza, la gloria o el poder, siente
en tus labios la vibración del último beso, habla con fantasmas. Sólo
así puede producir la pintura la sensación profunda de la música; sólo
así, las líneas esculturales, ondeando en la gradación inimitable de las
formas humanas, en el esbozo de un cuello de mujer, en las curvas
purísimas, y entre los griegos castas, del seno; en los hombros
contorneados de una virgen de mármol o en el vigor armónico de un efebo;
sólo así, da la piedra el placer del ritmo y la melodía. Naturalmente,
la materialidad de la causa limita el campo; una cabeza del Ticiano, una
bacanal de Rubens, un interior de Rembrandt, un monje de Zurbarán, darán
una serie de impresiones definidas, vinculadas al asunto de la tela. He
ahí por qué el mármol y el lienzo son inferiores a la música, que abre
horizontes infinitos, dibuja catedrales medioevales, envuelve en nubes
de blanca luz sideral, lleva en sus ondas invisibles mujeres de una
belleza soñada, os convierte en héroes, trae lágrimas a los ojos,
pensamientos serenos al cerebro, recorre, en fin, la gama entera e
infinita de la imaginación...

A las dos de la tarde, a la Cámara o al Senado. En la primera preside
Gambetta, con su eterno espíritu chispeante, levantando un debate de los
bajos fondos del fastidio como una palabra que trae sonrisas hasta a los
labios legitimistas. Un ruido infernal, una democracia viva y
palpitante, un movimiento extraordinario; en la tribuna, elocuencia de
mala ley, verbosa y vacía unas veces, metódica y abrumadora otras. He
ahí que la trepa una nueva edición de los ministros de guerra
argentinos, de antes de la expedición al Río Negro; oigámosle: «La razón
por la cual no ha sido posible batir hasta ahora a Alboumena, es
simplemente la falta de caballos. El árabe, veloz, ligero, sin los
útiles que la vida civilizada hace indispensables al soldado francés,
vuela sobre las llanuras, mientras el pesado jinete europeo lo persigue
inútilmente». Conozco, conozco el refrán. He aquí un comunista melenudo
que acaba de despeñarse desde la cúspide de la extrema izquierda para
tomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo la
abolición del presupuesto de cultos. Las izquierdas aplauden; el centro
escribe, lee, conversa, se pasea, perfectamente indiferente; la derecha
atruena el aire con interrupciones. Un hombre delgado reemplaza al
fanático y lo sucede con la misma intemperancia, intransigencia,
procacidad vulgar: es el obispo de Angers. Las izquierdas ríen a
carcajadas, el centro sonríe, la derecha protesta, aplaude con frenesí.
Gambetta lee tranquilamente, de tiempo en tiempo, sin apartar los ojos
del libro, estira la mano y busca a tanteo la campanilla y la hace
vibrar: «_Silence, Messieurs, s'il vous plait!_»--repiten cuatro
ujieres, con voz desde soprano hasta bajo subterráneo. Nadie hace caso;
el ruido aumenta, se hace tormenta, luego el caos. El orador se detiene
y la ausencia de su letanía llama a la vida real a Gambetta, que levanta
la cabeza, ve las olas alborotadas, destroza una regla contra la mesa,
da un campanilleo de cinco minutos, adopta un aire furibundo, se pone de
pie y grita: «_Mais c'est intolérable! Veuillez écouter, Messieurs!_»
Luego, toma el anteojo de teatro, recorre las tribunas pobladas de
señoras, hace sus saludos con la mano, recibe veinte cartas, habla con
cuarenta diputados que suben a su asiento para apretarle la mano; y
mientras lee, mira, habla, escribe o bosteza, agita sin reposo la
incansable regla contra la mesa, y repite, de rato en rato, como para
satisfacción de conciencia, su eterno «_Veuillez écouter, Messieurs!_»,
que los ujieres, como un eco, propagan por los cuatro ámbitos del
semicírculo.

Entretanto, abajo se desenvuelven escenas de un cómico acabado; el
intransigente Raspail da de tiempo en tiempo un grito y Gambetta lo
invita a acercarse a la tribuna a fin de poder ser oído en sus
interrupciones sin sacrificio de su garganta. Baudry-d'Asson, un nulo de
la derecha, cuyo faldón izquierdo está en manos del obispo de Angers,
lanza improperios a cada instante, a pesar de los reiterados tirones de
su mentor; a despecho del orador, se traban diálogos particulares
insoportables; los ministros, en los bancos centrales, conversan con
animación, mientras son vehemente y personalmente interpelados en la
tribuna, y sobre toda aquella vocería, movimiento, exasperaciones,
risas, gritos y denuestos, las tribunas silenciosas, graves, inmóviles
en su perfecto decoro.

En el Senado, el ideal de Sarmiento. Desde las altas tribunas, la Cámara
parece un campo de nieve. Cabezas blancas por todas partes. Preside León
Say, con su insoportable voz de tiple, gangosa y nasal. Ancianos que
entran apoyándose en sus bastones y cuyos nombres vuelan por la barra.
Son las viejas ilustraciones de la Francia, en las letras, en las artes,
en la industria, en la ciencia y en la política. Bulliciosos también los
viejecitos; los años no les pueden hacer olvidar que son franceses. La
regla y la campanilla del presidente están en continuo movimiento. El
espectador tiene gana de exclamar: «_Fi donc, Messieurs; a votre âge!_»
Nadie escucha al orador, hasta que la orden del día llama a la discusión
de la ley de imprenta, en revisión de la Cámara de Diputados. Por un
artículo se impone a los funcionarios públicos la acusación de calumnia.
Julio Simon se dirige a la tribuna; distinguidísima figura de anciano,
cara inteligente, voz débil y una habilidad parlamentaria portentosa.
Protesta contra el espíritu del artículo; a su juicio, los funcionarios
tienen el derecho de ser calumniados; su única acción, la única defensa
a que deben acudir, es su conducta, irreprochable, sin sombras. En
cuestiones de prensa quiere la libertad hasta la licencia. Se le oye con
atención y respeto; pero los republicanos de la situación creen que el
propósito del adversario de Gambetta es destruir la bondad de la ley,
llevando las concesiones hasta los últimos límites y haciéndola odiosa a
las clases conservadoras. Simon está en pleno triunfo; hace pocos días,
con motivo de la ley de educación, ha conseguido introducir por asalto
el nombre de Dios en la cola de un artículo. Por el momento, desenvuelve
una lógica de hierro, y ocupando audazmente el terreno de sus
contrarios, hace flamear con más vigor su propio estandarte. La derecha
aplaude y vota con él. Un hombre de fisonomía adusta, entrecano, voz
fuerte, sucede en la tribuna al eminente filósofo. Es Pelletán, el
riguroso contendor del imperio, el compañero de Simon en el Cuerpo
Legislativo, el autor de aquellos panfletos candescentes de _La
profesión de fe del siglo XIX_, el _Mundo marcha_, etc. No habla,
pontifica; no arguye, declama. Se agita como sobre un trípode y sus
palabras se arrastran o retumban con acentos proféticos. Destruye, no
obstante, la sofística de Simon, y sin injuriarlo por su intención, hace
ver el caos que sobrevendría a la prensa sin ningún género de moderador.
El voto le da el triunfo.

Luego, la sesión se arrastra, levántome y tomo mi sombrero para
trasladarme al Palacio Borbón. En el Senado encuentro siempre vacía la
tribuna diplomática; en la Cámara tengo que llegar temprano, para
obtener un buen sitio. Es que aquí, Gambetta por sí solo, es un
espectáculo, y todos los extranjeros de distinción que llegan a París,
obtienen tarjetas de sus ministros respectivos, se instalan en la
tribuna diplomática y se hacen insoportables por sus preguntas en
inglés, alemán, turco, italiano o griego, sobre quién es el que habla,
si Gambetta hablará, cuál es Paul de Cassagnac, cuál Clemenceau, dónde
está Ferry, por qué se ríen, cuál es la derecha, etc., etc.

Estaba en París el 14 de julio y presencié la fiesta nacional. La
revista militar en Longchamps fue pequeña: 15.000 hombres a lo sumo.

He ahí los altos dignatarios del Estado. El aspecto de M. Grévy me trae
a la memoria un pensamiento de La Bruyère, que él sin duda ha meditado:
«Los franceses aman la seriedad en sus príncipes». Aquel rostro es de
piedra; las facciones tienen una inmovilidad de ídolo, los ojos no
expresan nada y miran siempre a lo lejos, los labios no tienen color ni
expresión. Movimientos de una cultura glacial, de una rigidez
automática, aunque sin afectación. Es el tipo de la severa seriedad
republicana, como Luis XIV lo fue de la pomposa seriedad monárquica. El
director Posadas decía en 1814: «No conseguiremos vivir tranquilamente y
en orden mientras seamos gobernados por personas con quienes nos
familiaricemos». Es una verdad profunda que puede aplicarse a todos los
pueblos; el poder requiere formas exteriores, graves, serenas, y el que
lo ejerce debo rodearse, no ya de la majestad deslumbradora de una corte
real, pero sí de cierto decoro que imponga a las masas. M. Grévy, no
sólo es querido y respetado hoy por todos los republicanos franceses,
sino que los partidos extremos, hasta las irascibles duquesas del viejo
régimen, tienen por él alta consideración.

Gambetta, casi obeso, rubicundo, entrecano, lo acompaña, así como León
Say y los ministros. Todos los anteojos se clavan en el grupo, pero la
primera mirada es para Gambetta. El prestigio del poder atrae y fascina.
¡Qué fuertes son los hombres que consiguen sobreponerse a esa atmósfera
de embriaguez en que viene envuelta la popularidad!...

Llega la noche; la circulación de carruajes se ha prohibido en las
arterias principales. Por calles traviesas me hago conducir hasta la
altura del Arco de Triunfo, echo pie a tierra, enciendo un buen
cigarro, trabajo por la moral pública ocultando mi reloj para evitar
tentaciones a los patriotas extranjeros y heme al pie del monumento,
teniendo por delante la Avenida de los Campos Elíseos, con su bellísima
ondulación, literalmente cuajada de gente e iluminada _a giorno_ por
millares de picos de gas y haces de luz eléctrica. Me pongo en marcha
entre el tumulto. Del lado del bosque, el cielo está cubierto de
miriadas de luces de colores, cohetes, bombas que estallan en las
alturas y caen en lluvias chispeantes, violetas, rojizas, azules,
blancas, anaranjadas. Al frente, en el extremo, sobre la multitud que
culebrea en la Avenida, la plaza de la Concordia parece un incendio. A
mi lado, por delante, hacia atrás, el grupo constante, eternamente
reproducido, aquel grupo admirable de Gautier en su monografía del
_bourgeois_ parisiense, el padre, empeñoso y lleno de empuje, remolcando
a su legítima con un brazo, mientras del otro pende el heredero cuyos
pies tocan en el suela de tarde en tarde. La mamá arrastra otro como una
fragata a un bote. Se extasían, abren la boca, riñen a los muchachos,
alejan con ceño adusto al _marchand de coco_, al de _pain d'épices_, que
pasa su mercancía por las narices infantiles tentándolas
desesperadamente. Un movimiento se hace al frente; un cordón de obreros,
blusa azul, _casquette_ sobre la oreja, se ha formado de lado a lado de
la Avenida. Avanzan en columna cerrada cantando en coro la Marsellesa.
Algunos llevan banderas nacionales en la gorra o en la mano. Chocan con
un grupo de soldados, éstos, más circunspectos, pero cantando la
Marsellesa. Una colisión es inevitable; espero ver trompadas, bastonazos
y _coups de savate_. Por el contrario, fraternizan, se abrazan, _Vive la
République!_ y vuelta a la Marsellesa. Más adelante, un grupo de
obreros, blusa blanca, del brazo, dos a dos, cantas la Marsellesa y
pasan sin fraternizar junto a los de blusa azul. Algunos ómnibus y
carruajes desembocan por las calles laterales; el cochero, que no trae
bandera, es interpelado, saludado con los epítetos de _mauvais citoyen_,
de _réac_, etc. Me detengo con fruición debajo de un árbol, porque
espero que aquel cochero va a ser triturado, lo que será para mi un
espectáculo de incomparable dulzura, una venganza ligera contra toda la
especie infame de los cocheros de París. Pero aquél es un _engueuleur_
de primera fuerza. Habla al pueblo con acento vinoso, dice mil gracejos
insolentes, en el _argot_ más puro del _voyou_ más canalla, y por
fin... canta la Marsellesa. La muchedumbre se hace más compacta a cada
momento y empiezo a respirar con dificultad. Llegamos a la plaza de la
Concordia: el cuadro es maravilloso. Al frente, la rue Royale,
deslumbrando y bañada por las ondas de un poderoso foco de luz eléctrica
que irradia desde la esquina de la Magdalena. A la derecha, los jardines
de las Tullerías, claros como en medio del día, con sus juegos de agua y
las estatuas con animación vital bajo el reflejo. Un muchacho se me
acerca: _Pour un sou, Monsieur, la Marseillaise, avec des nouveaux
couplets_. Compro el papel, leo la primer copla de circunstancias y lo
arrojo con asco. Más tarde, otro y otro. Todos tienen versos obscenos.
_Achetez le Boulevardier, vingt centimes!_ Compro el _Boulevardier_; las
aventuras de _ces dames_ de Mabille y del Bosque, con sus nombres y
apellidos, sus calles y números, sobre todo, los actos y gestos de la
Barronne d'Ange... ¡Indigno, innoble! Entro un instante en el jardín;
¡imposible caminar! Regreso, y, paso a paso, consigo tomar la línea de
los boulevares. La misma animación, el mismo gentío, con más bullicio,
porque los cafés han extendido sus mesas hasta el medio de la calle. La
Marsellesa atruena el aire. ¡Adiós, mi pasión por ese canto de guerra
palpitante de entusiasmo, símbolo de la más profunda sacudida del rebaño
humano! ¡Me persigue, me aturde, me penetra, me desespera! Tomo la
primer calle lateral y marcho durante diez minutos con rapidez. El ruido
se va alejando, la calma vuelve, hay un calor sofocante, pero respiro
libremente bajo el silencio. Dejo pasar una hora, porque me sería
imposible dormir: ¡mi cuarto da sobre el bulevar! Al fin me decido y
vuelvo al bullicio: las 12 de la noche han sonado y no queda ya en las
anchas veredas, desde el bulevar Montmartre hasta la plaza de la Opera,
sino uno que otro grupo de retardatarios, y aquellas sombras lívidas,
flacas y míseras, que corren a lo largo del muro y os detienen con la
falsa sonrisa que inspira una piedad profunda... Todo ha pasado, el
pueblo se ha divertido y M. Prud'homme, calándose el gorro de noche,
dice a su esposa: _Madame Prud'homme, on a beau dire: nous sommes dans
la décadence. Sous Sa Majesté Louis-Philippe!_

Otro aspecto de ese mundo infinito de París, en el que se confunden
todas las grandezas y miserias de la vida, desde las alturas
intelectuales que los hombres veneran, hasta los ínfimos fondos de
corrupción cuyos miasmas se esparcen por la superficie entera de la
tierra, es la sesión anual del Instituto para la distribución de
premios. Renán, no sólo debe presidir, lo que es ya un atractivo
inmenso, sino que pronunciará el discurso sobre el premio Monthyon,
destinado a recompensar la virtud.

El pequeño semicírculo está rebosando de gente; pero la concurrencia no
es selecta. Falta el atractivo picante de una recepción; sólo se ven las
familias de aquellos que la Academia ha sido bastante indiscreta para
designar a la opinión como los futuros laureados. Pero reina en aquel
recinto un aire tal de serenidad, se respira una atmósfera intelectual
tan suave y tranquila, que es necesario hacer un esfuerzo para
persuadirse de que se está en pleno París y en la sala de sesiones del
cuerpo que agita al mundo con sus ideas y progresos. Los ujieres son
políticos, afables, hablan gramaticalmente, como corresponde a cerebros
académicos, y cuando el extranjero les pregunta el nombre de alguno de
los inmortales cuya fisonomía le ha llamado la atención, responden con
suma familiaridad, como si se tratara de un amigo íntimo; _Mais c'est
Simon, Monsieur!--Pardon; et celui-là?--Ah! celui-là, c'est Labiche:
drôle de tête, hein?_

A las dos en punto de la tarde, las bancas se llenan y los miembros del
Instituto llegan con trabajo a sus asientos, invadidos por las señoras,
que obstruyen los pasadizos con sus colas y crinolinas. M. Renán ocupa
la presidencia, teniendo a su derecha a M. Gaston Boissier, y a su
izquierda a M. Camille Doucet, uno que agitará poco la posteridad. Los
tres ostentan la clásica casaca de palmas verdes, que les da cierto
aspecto de loros, aquella casaca tan anhelada por de Vigny, que el día
de su recepción, encontrando en los corredores de la Academia a
Spontini, con palmas hasta en la franja del pantalón, se echó en sus
brazos exclamando: _Ah! mon cher Spontini, l'uniforme est dans la
nature!_

Dejemos pasar un largo y correcto discurso de M. Doncet, que el anciano
lee en voz tan baja, que es penoso alcanzarla. Un gran movimiento se
hace, el silencio se restablece y una voz fuerte, ligeramente áspera,
empieza así: «Hay un día en el año, señores, en que la virtud es
recompensada». Es M. Renán quien habla.

Un vago enjambre de recuerdos vienen a mi memoria y agitan mi corazón.
La influencia de aquel hombre sobre mis ideas juveniles, la
transformación completa operada en mi ideal de arte literario por sus
libros maravillosos, la música inefable de su prosa serena y radiante,
aquella _Vida de Jesús_, libro demoledor que envuelve más poesía
cristiana que los _Mártires_, de Chateaubriand, libro de panegírico; sus
narraciones de historia, sus fantasías, sus discursos filosóficos, toda
su labor gigante, había forjado en mi imaginación un tipo físico
característico. Ese hombre tan odiado, contra el cual truena la voz de
millares de frailes, desde millares de púlpitos, debía tener algo del
aspecto satánico de Dante cruzando solitario y sombrío las calles de
Ravena; alto, delgado, grave y severo, con ojos de mirar intenso, cuerpo
consumido por la constante excitación intelectual... ¡Era un prior de
convento del siglo XV el que hablaba! Su ancha silla no podía contener
aquellos miembros voluminosos, repletos; un tronco obeso y prosaico, un
vientre enorme, pantagruélico... y la risa rabelesiana, franca, sonora,
que sacude todo el cuerpo. La cara ancha, sin barba, reposando sobre un
cuello robusto, con una triple papada, la mirada viva y maliciosa, los
ademanes sueltos y cómodos. ¡Qué espíritu, qué chispa! Habló dos horas
sobre la virtud, sencilla y alegremente, con elevación, con irresistible
elocuencia por momentos. Pero cada diez minutos asomaba su cabeza
juguetona _le mot pour rire_; él daba el ejemplo, dejaba el manuscrito,
comenzaba por sonreír, miraba a Julio Simon, que se retorcía a
carcajadas en un banco próximo, sobre todo cuando el _trait_ había
rozado de cerca la política y todo el voluminoso cuerpo de Renán se
agitaba como si Momo le hiciese cosquillas. Reíamos todos a la par y los
ujieres mismos se unían al gozoso coro. Cuando concluyó, dándonos las
gracias por haber ido a oírlo bajo aquella temperatura, lo que
constituía un acto de verdadera virtud, cuando se disipó la triple salva
de nutridos aplausos y me encontré en la calle tenía todavía en el oído
la voz jocosa y en los ojos las ondulaciones tumultuosas de aquel
vientre que se agitaba con el último soplo de la risa, gala del cura de
Meudon, más franca y comunicativa que el inextinguible reír de los
dioses de Homero.




CAPITULO III

Quince días en Londres.

     De París a Londres.--Merry England.--La llegada.--Impresiones en
     Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cámara de
     los Comunes.--Las sombras del pasado.--El último romano.--Gladstone
     orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy.


¡Oh, portentosa comodidad de la vida europea! Luego al hotel, paso un
momento al salón de lectura, tomo el _Times_ para buscar si hay
telegramas de Buenos Aires, leo la buena noticia de la organización
definitiva de la compañía del ferrocarril Andino y me pongo de buen
humor, pensando que en breve, la dulce y querida Mendoza estará ligada
al Plata por la arteria de hierro. Antes de dejar el diario, echo una
mirada a los anuncios de teatro: Covent-Garden: sábado, última
representación del _Demonio_, de Rubinstein, con la Albani, Lasalle,
etc.; lunes, _Don Juan_; miércoles, _Dinorah_; viernes, _Etoile du
Nord_, por la Patti. Dispongo de quince días libres antes de tomar el
vapor de América; he leído el anuncio el viernes a la tarde; tengo
hambre de música; París está insoportable... Un telegrama a Londres a un
amigo para que me retenga localidades y a la mañana siguiente, heme
volando en el tren del Norte en dirección a Calais. Mis únicos
compañeros de vagón son dos jóvenes franceses de Marsella, recién
casados, que van a pasar una semana en Londres, como viaje de boda. No
hablan palabra de inglés, no tienen la menor idea de lo que es Londres,
ni dónde irán a parar, ni qué harán. Victimas predestinadas del guía, su
porvenir me horroriza. Henos en Calais; aquel mar infame, que en 1870,
en una larga travesía entre Dover y Ostende, me hizo conocer por primera
y última vez el mareo, parece un lago de la Suiza. Piloteo a mis amigos
del tren, atravesamos el canal en hora y tres cuartos, sobre un soberbio
vapor, y tomamos de nuevo el tren en Dover. Bellísimas las campiñas de
aquel suelo que en los buenos tiempos del pasado, aún en medio de la
salvaje tragedia de las dos Rosas, se llamó _Merry England_, tiempo de
que los alegres cuentos de Chaucer dan un reflejo brillante y que
desaparecieron para siempre bajo la atmósfera glacial de los puritanos.
Los alrededores de Chatham son admirables, y la ciudad, coquetamente
tendida sobre las márgenes del río, levanta su fresca cabeza sobre los
raudales de esmeralda que la rodean. Todos los campos cultivados;
bosques, colinas, canales. Un verde más claro que en las campiñas de la
Normandía que acabo de atravesar. Estaciones a cada paso, que adivinamos
por el ruido al cruzar como el rayo su frente, sin distinguir más que
una masa informe. El tren ondea y a favor de la curva, vemos a lo lejos
una mole inmensa, coronada de humo opaco. Empezamos a entrar en Londres,
estamos ya en ella y la máquina no disminuye su velocidad; a nuestros
pies, millares de casas, idénticas, rojizas; vemos venir un tren contra
nosotros; pasa rugiendo bajo el viaducto, sobre el que corremos. Otro
cruza encima de nuestras cabezas, todos con inmensa velocidad. Y
andamos, cruzamos un río, nos detenemos un momento en una estación,
volvemos a ponernos en camino, atravesamos de nuevo el mismo río sobre
otro puente. La francesita, atónita, se estrecha contra el marido, que a
su vez tiene la fisonomía inquieta y preocupada. Es la inevitable y
primera sensación que causa Londres; la inmensidad, el ruido, el
tumulto, producen los efectos del desierto; uno se siente solo,
abandonado, en aquel momento adusto y de un aspecto severo...
¡Charing-Cross! Al fin; me despido de los compañeros, un abrazo al amigo
que espera en la estación, un salto al cab, que sale como una saeta,
cruzamos doscientas calles serpeando entre millares de carruajes, saludo
al pasar Waterloo Place y compruebo que el pobre Nelson tiene aún, en lo
alto de su columna, aquel deplorable rollo de cuerda, que hace tan
equívoca la ocupación a que se entrega; enfilamos Regent's Street, veo
el eterno Morning-House de Oxford Corner, que me orienta, y un momento
después me detengo en la puerta del Langham-Hotel. Son las seis y media
de la tarde; a las siete y media se alza el telón en Covent-Garden.

Covent-Garden, en los grandes días de la _season_, tiene un aspecto
especial. El mundo que allí se reune pertenece a las clases elevadas de
la sociedad, por su nombre, su talento o su riqueza. Dos mil personas
elegidas entre los cuatro millones de habitantes de Londres, un centenar
de extranjeros distinguidos, venidos de todos los puntos de la tierra:
he ahí la concurrencia. Se nota una comodidad incomparable; la animación
discreta del gran mundo, temperada aún por la corrección nativa del
carácter inglés; una civilidad serena, sin las bulliciosas
manifestaciones de los latinos; la tranquila conciencia de estar _in the
right place_... Corren por la sala, más que los nombres, rápidas miradas
que indican la presencia de una persona que ocupa las alturas de la
vida; en aquel palco a la derecha, se ve a la princesa de Gales con su
fisonomía fina y pensativa; aquí y allí, los grandes nombres de
Inglaterra, que al sonar en el oído, despiertan recuerdos de glorias
pasadas, generaciones de hombres famosos en las luchas de la
inteligencia y de la acción. No hay un murmullo más fuerte que otro; los
aplausos son sinceros, pero amortiguados por el buen gusto. El aspecto
de la platea es admirable: más de la mitad está ocupada por señoras
cuyos trajes de colores rompen aquella desesperante monotonía del frac
negro en los teatros del continente. Pero lo que arrastra mis ojos y los
detienen, son aquellas deliciosas cabezas de mujeres; no hablo aún de
los rostros, que pueden ser bellos e irregulares. Me refiero a la
cabeza, levantándose, suelta, desprendida, el pelo partido al medio,
cayendo en dos hondas tupidas que se recogen sobre la nuca, jamás lisa,
como en aquellos largos pescuezos de las vírgenes alemanas. El cabello,
rubio, castaño, negro, tiene reflejos encantadores; pueden contarse sus
hilos uno a uno, y la sencillez severa y elegante del peinado, saliendo
de la rueda trivial y caprichosa, que cambia a cada instante, hace
pensar que el dominio del arte no tiene límites en lo creado.

Henos en el foyer. Qué vale más, ¿este espactáculo de media hora o el
encanto de la música, intenso y soberano bajo una interpretación
maravillosa? Quedémonos en este rincón y veamos desfilar todas esas
mujeres de una belleza sorprendente. Marchan con firmeza; la estatura
elevada, el aire de una distinción suprema, los trajes de un gusto
exquisito y simple. Pero sobre todo, ¡qué color incomparable en aquellos
rostros, en cuyo cutis parece haberse «disuelto la luz del día»; con qué
tranquilidad pasan mostrando los hombros torneados, el seno firme, los
brazos de un tejido blanco y unido, la mirada serena, los labios
rosados, la frescura de una boca húmeda y un tanto altiva!... Tengo a mi
lado, en el _stall_ contiguo, una señora que no me deja oír la música
con el recogimiento necesario. Debe tener treinta años y el correcto
gentleman que la acompaña es indudablemente su marido. Han cambiado
pocas, pero afectuosas palabras durante la noche. Por mi parte, tengo
clavado el anteojo en la escena... pero los ojos en las manos de mi
vecina, largas, blancas, transparentes, de uñas arqueadas y color de
rosa. Sostiene sobre sus rodillas una pequeña partitura de _Don Juan_,
deliciosamente encuadernada. La lee sin cesar, y sus pestañas negras y
largas proyectan una sombra impalpable sobre el párpado inferior. El
pelo es de aquel rubio oscuro con reflejos de caoba que tiene perfumes
para la mirada... La Patti acaba de cantar su dúo con Mazzetto;
aplaudimos todos, incluso mi vecina, que deja caer su _Don Juan_. Al
inclinarme a tomarlo, al mismo tiempo que ella, rozó casi con mis labios
su cabello... Recojo el libro, se lo entrego y obtengo en premio una
sonrisa silenciosa. Cotogni está cantando con inefable dulzura la
serenata, mientras en la orquesta los violines ríen a _mezza voce_, como
_les lutins_ en la sombra de los bosques... ¡Pero el inglés que acompaña
a mi vecina, debe ser un hombre feliz!

De nuevo en el foyer; he ahí el lado bello e incomparable de la
aristocracia, cuando es sinónimo de suprema distinción, de belleza y de
cultura, cuando crea esta atmósfera delicada, en la que el espíritu y la
forma se armonizan de una manera perfecta. La tradición de raza, la
selección secular, la conciencia de una alta posición social que es
necesario mantener irreprochable, la fortuna que aleja de las pequeñas
miserias que marchitan el cuerpo y el alma, he ahí los elementos que se
combinan para producir las mujeres que pasan ante mis ojos y aquellos
hombres fuertes, esbeltos, correctos, que admiraba ayer en Hyde Park
Corner. La aristocracia, bajo ese prisma, es una elegancia de la
naturaleza.

El sentimiento predominante en el viajero que penetra en las ruinas de
los templos védicos de la India, pasea sus ojos por las soberbias
reliquias de Saqqarah o de Boulaq, más aún que visita los restos del
Coliseo de Roma; es una mezcla de recogimiento y de asombro, una
sensación puramente objetiva, si puedo expresarme así. Nuestra
naturaleza moral no está comprometida en la impresión, porque los mundos
aquellos se han desvanecido por completo y su influencia es
imperceptible en los modos humanos del presente. No así cuando se marcha
bajo las bóvedas de Westminster; no así cuando se asciende
silenciosamente a ocupar un sitio en la barra de aquella Cámara de los
Comunes cuyas paredes conservan el eco de los acentos más generosos y
más altos que hayan salido de boca de los hombres en beneficio de la
especie entera. En vano advierto el espíritu, alarmado por la emoción
intensa, que la memoria despierta en el corazón ofuscando el juicio; en
vano advierte que la historia inglesa no es sino el desenvolvimiento del
egoísmo inglés, que esas libertades públicas, tan caramente
conquistadas, eran sólo para el pueblo inglés, que por siglos enteros
vivieron amuralladas en la isla británica, sin influencia ninguna sobre
los destinos de la Europa y del mundo. El pensamiento se levanta sobre
ese criterio estrecho y aparta con resolución el detalle para contemplar
el conjunto. Entonces se ve claro que la lenta elaboración de las
instituciones libres se ha efectuado en aquel recinto y que la palabra
de luz ha salido de su seno, en el momento preciso, para iluminar a
todos los hombres...

Penetra la claridad por el techo de cristal; la sala es pequeña e
incómoda, con cierto aire de templo y de colegio. Los diputados se
sientan en largos bancos estrechos, sin divisiones ni mesas por delante.
El speaker está metido en un nicho análogo a aquellos en cuyo fondo
brilla una divinidad mongólica. A su derecha, en el primer banco, los
ministros... Miro con profunda atención eso escaño humilde. ¡Cuántos
hombres grandes lo han ocupado en lodos los tiempos! ¡Cuántos espíritus
poderosos, inquietos, sutiles, hábiles, han brillado desde allí! Me
parece ver la sonrisa sardónica de Walpole, mirando con sus ojos
maliciosos a aquel mundo que domina degradándolo; el aire elegante de
Bolingbroke, la majestad teatral de Chatham, la inquietud, la
insuficiencia de Addington, la indiferencia de gran tono de North, la
cara pensativa y fatigada de Pitt, la noble fisonomía de Fox, la rigidez
de un Perceval o de un Castlereagh, la viril figura de Canning, la
honesta y grave de Peel, el rostro fino y audaz de Palmerston, la astuta
cara de Disraeli, y tantos, tantos otros cuyos nombres vienen a
millares, cada uno con su séquito propio. En eso otro banco estaba
sentado Burke, el día sombrío para Fox, en que el huracán de la
Revolución Francesa, salvando el estrecho, rompió para siempre los
vínculos de amistad sagrada que unían a los dos tribunos. Allí caía
Sheridan, rendido, con la mirada opaca, el rostro lívido por los excesos
de la orgía, y allí se levantaba para gritar a Pitt, para azotarle el
rostro con esta frase que cimbra como un látigo: «¡Sí, no ha corrido
sangre inglesa en Quiberon, pero el honor inglés ha corrido por todos
los poros!» Allí Wilberforce, más allá Mackintosch... ¿Cómo recordar a
todos? Pero ahí están: su espíritu flota sobre esa reunión de hombres, y
el extranjero que no tiene el hábito de ese espectáculo, cree verlos,
cree oírlos aún con sus voces humanas. En el banco de los ministros,
Gladstone, Bright, Forster... Pero el último romano domina a todos. En
él concluye por el momento la larga serie de los grandes hombres de
estado en Inglaterra. La herencia de Beaconsfield está aún vacante entre
los tories: ¿cuál es el whig que va a cubrirse con la armadura del
anciano Gladstone, que se inclina ya sobre la tumba? ¿Cuál es el brazo
que va a mover esa espada abrumadora? No lo hay en el suelo británico,
como no hay en la casa de Brunswick un príncipe capaz de levantar el
escudo de un Plantagenet. La Inglaterra lo sabe y sigue con pasión los
últimos años, los últimos relámpagos de ese espíritu de incomparable
intensidad, los últimos esfuerzos de esa inteligencia extraordinaria que
ha salvado los límites marcados por la naturaleza. Helo ahí: ha
trabajado en su despacho 12 horas consecutivas, en las finanzas, en la
política externa, teniendo los ojos fijos en el interior del Asia, donde
el protegido de la Inglaterra cede en este momento el campo a un rival
afortunado; en el extremo austral del África, donde los toscos paisanos
holandeses desafían de nuevo el poder inglés; una hora para comer, y en
seguida a la Cámara. Su cabeza de águila está reclinada sobre el pecho.
¿Reposa? ¿Medita? No; escucha al adversario que impugna su obra magna,
su testamento político, ese «bill de Irlanda» con él que ha querido
contrarrestar el torrente enriquecido por tres siglos de dolores y
amarguras, el bill con que quiere modificar en un día un régimen
petrificado ya, como el generoso Turgot quería modificar el antiguo
régimen en Francia, con sus «asambleas provinciales»... De pronto, un
estremecimiento agita su cuerpo; levanta la cabeza, mira a todos lados,
y al fin, inclina el cuerpo, para ponerse rápidamente de pie, así que el
impugnador haya concluido. Un soplo nervioso corre por la asamblea.
_Hear, hear_! _Gladstone_! M. Gladstone, dice a su vez el speaker. El
primer ministro toma el primer sombrero que tiene a mano, pues nadie
puede hablar descubierto y se pone de pie. ¡Cómo se apiñan los
irlandeses en su escaso grupo de la izquierda! La pequeña figura de
Biggar, una especie de Pope, se hace notar por su movilidad. Parnell
está allí; ha hablado ya. Si la herencia política de O'Connell es
pesada, la tradición de su elocuencia es abrumadora... Oigamos a
Gladstone: ante todo, la autoridad moral, incontrastable de aquel hombre
sobre la asamblea. Liberales, conservadores, radicales, independientes,
irlandeses, todo el mundo le escucha con respeto. Habla claro y alto: su
exordio tiene corte griego y el sarcasmo va envuelto en la amargura
sombría de haber vivido tantos años para alcanzar los tiempos en que
bajo las bóvedas de Westminster se oyen las palabras que acaban de herir
dolorosamente su oído. Poco a poco, su tono va descendiendo, y por fin
toma cuerpo a cuerpo a su adversario, lo estrecha, lo hostiliza, lo
modela entre sus manos, y dándole una figura deforme y raquítica, lo
presenta a la burla de la Cámara, como Gulliver a un liliputiense. La
víctima lucha; interrumpe con un sarcasmo acerado; Gladstone, en señal
de acceder a la interrupción, toma asiento rápidamente; pero, al ver
caer el dardo a sus pies, como si hubiese sido arrojado por la mano
cansada del viejo Priamo, lo toma a su vez, y, con el brazo de Aquiles,
lo lanza contra aquel que deja clavado e inmóvil por muchas horas. ¡Oh!
¡la palabra! Sublime manifestación de la fuerza humana, único elemento
capaz de sacudir, guiar, enloquecer, los rebaños de hombres sobre el
polvo de la tierra! Tiene la armonía del verso, la influencia penetrante
del ritmo musical, la forma de los mármoles artísticos, el color de los
lienzos divinos. ¡Y entre los raudales de su luz, las olas de melodía,
las formas armoniosas como el metro griego, van el sarcasmo de Juvenal,
la flecha de Marcial, la punta incisiva de Swift, o el golpe contundente
de Junius el sublime anónimo!...

Hay más profunda diferencia entre la vida social y los aspectos urbanos
de París y Londres, que entre Lima y Teheran. Parece increíble que baste
una hora y media de navegación, el espacio que un hombre atraviesa a
nado, para operar una transformación tan completa. Salir de una calle de
París para entrar diez horas después en una de Londres, observar el
aspecto, la fisonomía moral del Támesis, después de haber pasado un par
de horas estudiando el movimiento del Sena, da la sensación de haberse
transportado en el hipógrifo de Ariosto a la región de los antípodas.

Nunca me ha fatigado la _flânerie_ en las calles de Londres; no hay
libro más elocuente e instructivo sobre la organización política y
social del pueblo inglés. No intento hacer una descripción de lo que en
ellas he visto, sentido, porque las páginas se suceden a medida que los
recuerdos se agolpan, y tengo ya prisa por dejar la Europa y hundirme en
las regiones lejanas de los trópicos.

Pero aún tengo presente aquella rápida recorrida del British Museum, en
que empleamos tres o cuatro horas con Emilio Mitre, cuya ilustración
excepcional e inteligencia elevada, hacen de él un compañero admirable
para excursiones. ¡Qué lucha aquella, de uno contra otro, pero casi
siempre de ambos contra nosotros mismos! Metidos en Nínive y Babilonia,
el tiempo corría insensible, mientras el Egipto, a dos pasos, nos miraba
gravemente con los grandes ojos de sus esfinges de piedra o nos parecía
oír piafar los caballos del Parthenón en los mármoles de lord Elguin...
¡Qué impresión causan, no ya la inscripción grandiosa que conserva en
pomposo estilo la memoria de los gloriosos hechos de un Rhamsés o de un
Sennachérib, sino esos simples ladrillos rojizos, donde, ahora quince o
veinte mil años, un asirio humilde consignó en caracteres cuneiformes
las cláusulas de un oscuro contrato de venta o la escritura de una
hipoteca! Los detalles de la vida humana en aquellos tiempos en que los
hombres tenían hasta una configuración de cráneo distinta a la nuestra,
y por lo tanto, movían su espíritu dentro de diversa atmósfera, nos
llamaban más la atención que las narraciones del diluvio, que los sabios
han desterrado de los viejos muros de Nínive con gritos de entusiasmo.
Luego, la Grecia inimitable, y en ella, el inimitable Fidias. Abajo, los
soberanos trozos del Parthenón; arriba, las aéreas figurinas de
terracotta encontradas en Tanagra. No tienen más que diez o doce
centímetros de altura; pero ¡qué perfección, qué delicadeza exquisita!
¡Cómo, bajo aquellos velos que las cubren como mantos de vestal, se ve,
se siente el movimiento armónico del cuerpo! Unas encogidas, otras en
marcha y aquéllas... ¿recuerdas, Emilio, la ráfaga criolla que nos
envolvió?... ¡jugando a la taba! Sí; encorvada, una deliciosa estatuíta
sigue con avidez los giros del pequeño hueso, mientras su partner espera
paciente el turno. Miramos con atención y pudimos comprobar que la taba
había _echado_ lo contrario a suerte. ¿Y los autógrafos? ¿Cómo
desprenderse de las vidrieras que los contienen, cómo arrancar los ojos
de ese vivo retrato de los grandes hombres, cuya mano parece palpitar
aún en el trozo de esas líneas incorrectas pero firmes?... ¡Y todo ese
museo portentoso, centro, núcleo, panorama, del espíritu humano en el
tiempo y el espacio! No hay una fuente de sensación más pura, más alta,
que la contemplación de esas riquezas artísticas y científicas; penetra
en el alma, es cierto, un hondo desconsuelo, cuando la deficiencia de la
preparación intelectual hace que un mármol sea mudo para nosotros; pero,
sin duda alguna, los horizontes de la inteligencia se ensanchan en cada
visita a un mundo semejante.

Una visita al Brown, que se mece gallardamente en las aguas del Támesis,
a la altura de Greenyde. Uno de los objetos de mi viaje a Inglaterra ha
sido ver la gran nave argentina. El pabellón flotando en la popa me
llenó de indecible emoción, que se aumentó por la cordial acogida que
recibí de la oficialidad argentina, con su digno comodoro a la cabeza.
Visitamos el buque en todas las direcciones, se me explican sus
maravillas, se me narra la curiosidad europea que ha despertado por su
nueva construcción y mientras contemplo sus cañones poderosos, sus
flancos de acero, su lanzatorpedos, sus ametralladoras, todos esos
bárbaros elementos de destrucción, recuerdo con alegría que, hace ya
muchos años, buques de guerra argentinos surcan los mares, sin que la
paz, que es nuestra aspiración y nuestra riqueza, haya sido turbada.
¡Sea igual el destino del Brown; que sus cañones no truenen sino los
días de ejercicio, que su bandera respetada y amada por todos los
pueblos de la tierra, no se ize jamás a su mástil en son de guerra, y si
la agresión la hace inevitable, que el pecho de los hombres que lo
dirijan sea tan fuerte como sus escamas de hierro, que lo sepulten en el
Océano antes de arriar el pabellón blanco y celeste!




CAPITULO IV

Las Antillas francesas.

     Adiós a París.--La Vendée.--Saint-Nazaire.--"La ville de
     Brest".--Las Islas Azores.--El bautismo en los trópicos.--La
     Guadalupe.--Pointe-à-Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y
     Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la
     Sabane.--Las negras.--Las hurís de ébano.--El embarque del
     carbón.--El tambor alentador.--La "bamboula" a la luz
     eléctrica.--La danza lasciva.--El azote de la Martinica.--Una
     opinión cruda.--El antagonismo de raza.--Triste porvenir.


Pasé unos pocos días en París preparándome para la larga travesía y
despidiéndome de las comodidades de aquella vida que, una vez que se ha
probado, con todas sus delicadezas intelectuales y con todo su confort
material, aparece como la única existencia lógica para el hombre sobre
la tierra. ¡Qué error, qué triste error el de aquellos que no ven a
París sino bajo el prisma de sus placeres brutales y enervantes! Lo que
tiene precisamente de irresistible ese centro, es su atmósfera elevada y
purísima, donde el espíritu respira el aire vigoroso de las alturas. La
ciencia, las artes, las letras, tienen allí sus más nobles
representantes, y una hora en la Sorbona, en el colegio de Francia o en
la Escuela Normal, hacen más por nuestra educación intelectual que un
mes de lectura...

Volamos sobre los campos de la Vendée, la patria de Larochefoucauld y
d'Elbée, de Cadoudal y Stofflet, la tierra de los _chouans_, donde
Marceau hizo sus primeras armas, donde Hoche se cubrió de gloria. Se nos
ha hecho cambiar de tren dos o tres veces, lo que nos pone de un humor
infernal, y en la mañana llegábamos a Nantes, que el tren atraviesa a
lento paso. He ahí las paisanas bretonas con sus características tocas
blancas, con sus talles espesos; he ahí el río famoso, teatro de las
_noyades_ de Carrier, recuerdo bárbaro que horroriza a través del
tiempo. Somos aves de paso, y por mi parte, lamento no tener un par de
días que dedicar a Nantes; pero, como no he hecho sino cruzarlo, desisto
de ir a pedir fastidiosos datos a una guía cualquiera y me apresuro a
llegar al antipático puerto de St.-Nazaire, la Guayra francesa, como le
llamó el secretario cuando hubo conocido el símil en las costas del mar
Caribe. En la línea de Orleans, habríamos llegado a las cinco de la
mañana; en la del Oeste, después de un fastidiosísimo viaje, llegamos a
las diez. Perdimos más de dos horas en obtener nuestros equipajes, y por
fin, todo en regla, nos trasladamos al vapor Villa de Brest, que
esperaba, amarrado al Dock y con las calderas calientes, el momento de
la partida.

Siento placer aún en recordar aquel mundo de a bordo, tan heterogéneo,
tan complejo y tan diferente del que estaba habituado a encontrar en los
mares que bañan la parte oriental de la América.

La travesía es larga, pues de St.-Nazaire a la Point-à-Pitre, en la
Guadalupe, no se emplean menos de quince días. Pero durante esas dos
semanas la animación no desmayó un momento en el Ville de Brest, y el
buen humor supo convertir en motivo de broma hasta la detestable comida
que se nos daba.

He ahí las Azores, últimas perlas vacilantes en la antigua y espléndida
corona portuguesa. El capitán, por una galantería, se aparta ligeramente
de la ruta y lanza el buque entre dos islas, cuyo aspecto verde, alegre,
rompiendo la matadora monotonía del Océano, encanta la mirada y levanta
el corazón. Ambas están cultivadas prolijamente, y el esfuerzo humano se
ostenta en todas las faldas de la montaña. Aspiramos un momento con
delicia la atmósfera cargada de emanaciones vegetales, y luego el grupo
de islas empieza a perderse en el horizonte, desvaneciéndose como una
ilusión.

Estamos en los trópicos; el calor comienza a ser sofocante y las largas
horas que se extienden del almuerzo a la comida, son realmente
insoportables. La mayor parte de los pasajeros, aun el nuevo gobernador
de la Martinica, cruzan el mar por primera vez, y la tripulación, con el
permiso del comandante, organiza la clásica función del bautismo
tropical.

No he podido averiguar de dónde viene esa fiesta característica; algunos
suponen que fue un recurso empleado por Colón para distraer el
conturbado espíritu de sus compañeros. El hecho es que alegra el ánimo
decaído por la monotonía de la navegación.

Relatarla sería muy largo, desde el momento en que, trepado en lo alto
del cordaje, un mensajero del padre Trópico dirige sus preguntas al
comandante, hasta el día siguiente en que la función se desenvuelve y
aparece el mencionado personaje cabalgando en dos marineros encorvados,
cubiertos con una piel de toro, que se mantienen en esa actitud durante
horas enteras. Los discursos son originales y chispean de la gruesa sal
gala; luego viene el bautismo que consiste en recibir sobre la cabeza
una poca de agua sacada de una enorme pila de goma y sufrir un simulacro
de afeite. Pero en seguida la cubierta se convierte en la azotea de
nuestros antiguos cantones de carnaval. El agua corre a torrentes, los
golpes se suceden, la algazara llega a su colmo. En mi calidad de viejo
marino, me abstuve por completo y di mis poderes al abate Mazdel, que,
en un traje ligerísimo y con unos enormes bigotes pintados con betún, se
debatía denodadamente contra los infinitos agresores que lo cubrían de
agua y harina. El comandante no puede recuperar el mando del buque hasta
el momento en que hace dar la campana la señal de haber terminado la
fiesta. Como por encanto todo desaparece y «le père Tropique», «le père
Neptune» y demás personajes fabulosos, despojados de sus atributos
fantásticos, se dedican con resignación a lavar el puente y frotar los
bronces...

Después de una larga travesía de quince días, avistamos las pintorescas
costas de la Guadalupe y el vapor arroja el ancla en la bahía de la
Pointe-à-Pitre. El efecto óptico es admirable; la lujuriosa vegetación
de los trópicos, tan característica siempre, se ostenta ante los ojos
extáticos de los europeos, que contemplan en silenciosa admiración los
elegantes cocoteros con sus frutos apiñados en la altura y los bananos
de anchas y perezosas ramas, lentamente mecidas por el viento.

El calor es violento y todos anhelamos saltar a tierra, cuando se nos
anuncia que la Pointe-à-Pitre está en cuarentena porque hace allí
estragos la fiebre amarilla. Para nosotros no habría inconveniente en
descender, por cuanto en los puertos de la costa del Caribe, a donde nos
dirigimos, habita con tanta frecuencia ese huésped temible, que lo
consideran ya como de la casa. Pero, como de la Guadalupe sale el anexo
que debe conducir a sus destinos a los pasajeros para Cayena y en este
punto serían sujetados a cuarentena, se evita el contacto en su
obsequio. Este aislamiento no impide--lo que me hace sonreír sobre la
eficacia de las cuarentenas en todas partes del mundo--que nos proveamos
de víveres en abundancia, especialmente de frutas. Vuelvo a ver el
sabroso aguacate, que los franceses llaman avocat, los peruanos palta,
que varía de denominación en cada estado de Colombia y que Humboldt
llamó tan exactamente manteca vegetal. Aparece la chirimoya, el clásico
fruto tropical, con su gusto a pomada, y el mango indigesto, que
trasciende desde lejos a esencia de trementina. Los miramos con ojos
ávidos, porque el calor incita, pero la prudencia vence y
absteniéndonos, nos evitamos una fiebre segura.

Por la tarde levamos anclas nuevamente, y dos horas después nos
detenemos en Basse-Terre, en el costado opuesto de la isla. El aspecto
es menos brillante que el de la Pointe-à-Pitre, y tampoco nos es posible
bajar a tierra. Al caer la noche continuamos viaje, y al alba tocamos
por breves momentos en Saint-Pierre, la capital comercial de la
Martinica, como Fort-de-France es su capital política. Apenas clareaba,
seguimos la marcha, de manera que me sería imposible dar la menor idea
de ese puerto, que aseguran ofrece un bellísimo cuadro a la mirada.

Por fin, henos en Fort-de-France, el antiguo Port-Royal, el teatro de
tantas y tenaces luchas entre ingleses y franceses, la patria de la
dulce Josefina Beauharnais, cuya estatua, en el lascivo traje del
Directorio, se levanta en la plaza; he ahí el punto donde pasó su
juventud aquella mademoiselle d'Aubigné, que debía casarse en primeras
nupcias con un rimador paralítico y mendicante y en segundas con un
señor Borbón, que reinó sesenta años en Francia bajo el nombre de Luis
XIV.

De un lado de la bahía, el viejo fuerte Real, grave aun con el equívoco
reflejo de su importancia pasada, pues rara vez consiguió detener los
desembarcos ingleses. Del otro, inmensos depósitos de carbón. Atrás,
montañas áridas y tristes. Es del otro lado de la isla, en la tierra
alta, donde se vuelven a ver los extensos cafetales y las llanuras
verdeadas por la robusta caña de azúcar. Allí la naturaleza es tan bella
como fecunda y sustenta la reputación admirable de la soberbia Antilla
francesa.

Los pasajeros para las Guayanas nos han dejado ya, y estamos en completa
libertad para bajar o no a tierra. Preguntamos si hay fiebre, deseando
secretamente una respuesta negativa; pero, a pesar de cerciorarnos de
que la enfermedad fatal reina en Fort-de-France, nos resolvemos a
descender, persuadidos de que el buque, inmóvil y pegado a tierra, bajo
un calor de 37°, no es el refugio más seguro para evitar el contagio. El
nuevo gobernador ha bajado pomposamente hace dos horas.

No olvidaré nunca el aspecto de la plaza, la _sabane_, como allí le
llaman, en el momento que penetramos en ella, después de ascender una
ligera cuesta. Toda la población baja, el soberano pueblo, está reunido,
con motivo de la recepción del gobernador, que en ese momento pasaba en
un landó, vestido de toda etiqueta, con un funcionario negro como las
penas a su lado, y otro no más rubio al frente. ¡Cómo comprendí aquella
mirada que me dirigió, aquel saludo cortés, pero tan impregnado de
profunda desolación! Me saqué el sombrero y saludé con respeto a aquel
mártir, que salía de los salones de París, para ir a reinar sobre la
isla tropical.

Las fantasías más atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny
o de Díaz, no podrían dar una idea de aquel curiosísimo cuadro. El joven
pintor venezolano, que iba conmigo, se cubría con frecuencia los ojos y
me sostenía que no podría recuperar por mucho tiempo la percepción _dei
rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles
de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Había en la
plaza unas quinientas negras, casi todas jóvenes, vestidas con trajes de
percal de los colores más chillones: rojos, rosados, blancos. Todas
escotadas y con los robustos brazos al aire; los talles, fijados debajo
del áxila y oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las
_merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pañuelo de
seda, cuyas dos puntas, traídas sobre la frente, formaban como dos
pequeños cuernos. Esos pañuelos eran precisamente los que herían los
ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel
rojo lacre ardiente, más intenso aún que el llamado en Europa lava del
Vesubio; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, ¡qué sé
yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos de
órgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga
cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.
Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de
nuestro ideal estético, no podía menos de detenerme por momentos a
contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las
negras martiniqueñas. Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente,
es cuando se las ve despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y
sucio traje del trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con
la tierra, bajo el peso de la enorme canasta de carbón que traen en la
cabeza... Una noche de las que permanecimos en Fort-de-France, encontré
mi lecho en el hotel tan inhabitable o tan habitado, que me vestí en
silencio, gané la calle, y a riesgo de perderme, me puse en camino hacia
el vapor. Declaro que hay que resistir menos asaltos desde la porte
Saint-Martin hasta la Avenida de la Opera, a las 11 de la noche en los
bulevares de París, o de 11 a 12 en la vereda del Critérium en Londres,
que en aquella marcha incierta bajo una noche oscura. Las hurís
africanas se suceden unas a otras y en un francés imposible, grotesco,
os invitan a pasar el puente del Sirat; basta, para no sucumbir,
recordar el procedimiento de Ulises y taparse, no ya los oídos, sino las
narices, lo que es más eficaz. Pululan, salen de todas partes, hasta que
es necesario apartarlas con violencia. Por fin llegué a bordo, guiado
por una luz eléctrica, colocada sobre el puente... Así que subí, el
oficial de guardia me llamó y me mostró el cuadro más original que es
posible concebir. Al pie del buque y sobre la ribera, hormigueaba una
muchedumbre confusa y negra, iluminada por las ondas del fanal
eléctrico. Eran mujeres que traían carbón a bordo, trepando sobre una
plancha inclinada las que venían cargadas, mientras las que habían
depositado su carga, descendían por otra tabla contigua, haciendo el
efecto de esas interminables filas de hormigas que se cruzan en
silencio. Pero aquí todas cantaban el mismo canto plañidero, áspero, de
melodía entrecortada. En tierra, sentado sobre un trozo de carbón, un
negro viejo, sobre cuyo rostro en éxtasis caía un rayo de luz, movía la
cabeza, como en un deleite indecible, mientras batía, con ambas manos y
de una manera vertiginosa, el parche de un tambor que oprimía entre las
piernas colocadas horizontalmente. Era un redoble permanente, monótono,
idéntico, a cuyo compás se trabajaba. Aquel hombre, retorciéndose de
placer, insensible al cansancio, me pareció loco. «Es simplemente un
empleado de la compañía, a sueldo como cualquiera de nosotros;--me dijo
el joven oficial--hace cuatro horas que está tocando y tocará hasta el
alba con brevísimos momentos de reposo. Una vez quisimos suprimirlo;
pero cuando llegó el día, no se había hecho la mitad de la faena de
costumbre. Por otra parte, usted mismo ya a advertirlo». Llamó a un
marinero, le dio una orden, y éste descendió en dirección al negro del
tambor. «¿Ve usted el movimiento, el entusiasmo con que todas esas
negras trabajan? Mire aquella especialmente; tiene 18 años y pasa, no
sólo por una de las más bellas, sino de las más altivas y pendencieras.
Véala usted mecer las caderas lascivamente mientras sube; ha bebido un
poco de _cacholí_, pero lo que más la embriaga es su propio canto, al
compás del eterno redoblar». En esto se hizo el silencio; las negras
todas se miraron unas a otras, los cantos empezaron a morir en sus
labios; algunas se detenían, colocaban el canasto en tierra, se sentaban
sobre él y cruzando sus piernas, inclinaban la cabeza como perdidas en
una melancolía nostálgica. Las hormigas que viajaban sobre las tablas se
hacían raras; el movimiento cesaba en tierra, cuando por uno de los
boquetes de la cubierta apareció la cara sudorosa y ennegrecida de uno
de los contramaestres, quien, levantando en alto un candil, gritó con
voz de trueno: «¡Du charbon, sang-Dieu! Et toi, cré nom d'un fainéant,
fais donc rouler ton machin!» El oficial sonrió, el tambor se hizo oír
de nuevo y el trabajo empezó a recuperar su animación anterior.

Un momento después se dio la señal de reposo que debía durar media hora.
Por indicación del oficial, tiré una moneda al negro del tambor y grité
recio: «¡Vamos, muchachas, una _bamboula_ endemoniada!» Me será difícil
olvidar el cuadro característico de aquel montón informe de negros
cubiertos de carbón, harapientos, sudorosos, bailando con un entusiasmo
febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tambor ha cambiado
ligeramente el ritmo y bajo él, los presentes que no bailan entonan una
melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres y cada
pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientos ondeantes, en
los que la cabeza queda inmóvil; culebrean sin cesar. La música y la
propia animación los embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un
paroxismo más intenso aún y las mujeres, enloquecidas, pierden todo
pudor. Cada oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece
allí bajo la forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al
compañero, se estrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los
animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y mira echándola a la
espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay
cansancio; parece increíble que esas mujeres lleven diez horas de un
rudo trabajo. La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se
estremecen y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a
mordiscos. Es la bacanal más bestial que es posible idear, porque falta
aquel elemento que purificaba hasta las más inmundas orgías de las
fiestas griegas: la belleza. No he visto nada más feo, más repulsivo,
que esos negros sudorosos; me daban la idea de orangutanes bramando de
lascivia...

Por fin, a un nuevo grito del contramaestre, el baile cesó,
restableciéndose el silencio como por encanto, y las hormigas
volvieron, un momento después, a trepar laboriosamente las tablas,
cargadas con sus pesados canastos y proyectando, bajo las ondas de luz,
las negras figuras de sus cuerpos sobre la vaga sombra que cubría el
suelo.

       *       *       *       *       *

¡Los negros!, he ahí el mal terrible de la Martinica. Explotada por los
valerosos plantadores del pasado, no tardó, como todas las Antillas,
como las dos Américas, en ser uno de los principales mercados para el
comercio de ébano animal; las costas de la Senegambia, de la Guinea y
del Cabo, suministraban esclavos en abundancia a los atrevidos corsarios
de las interminables guerras de los siglos XVI, XVII y XVIII. Estos,
cuando las presas faltaban, ponían rumbo al África y volvían con las
bodegas repletas de la negra mercancía... Recuerdo que una noche, a
bordo del Ville-de-Brest, conversaba con un médico que se dirigía a
Panamá, contratado para el servicio sanitario de los trabajos del canal.
Era un escéptico absoluto, un hombre de teorías hechas e intransigentes.
Hablamos de la esclavitud, y sin ascender a la región suprema de la
moral, manifesté simplemente la repugnancia estética que me causaba la
explotación del hombre por el hombre. Su réplica fue característica:
comenzó declarándome que, si juzgaba la cuestión desde el punto de vista
de la filosofía religiosa, nada tendría que objetarme, porque todo sería
inútil. Pero que, si por el contrario, era yo un positivista convencido,
creyendo en la evolución constante y por lo tanto en el encadenamiento
de los seres organizados, tendría que ser lógico admitiendo que el
negro, como el caballo, como el toro o las aves se encontraba a un nivel
bien inferior al nuestro y podíamos, en consecuencia, utilizarlo
legítimamente en la satisfacción de nuestras necesidades--¡Pero a eso
paso, usted aceptaría hasta la práctica de comernos a los negros!--¡No,
porque la carne de vaca es mejor y las vacas no pueden cortar la caña ni
recoger el tabaco!--¡Aquel hombre era un socialista en absoluto y no
caían de sus labios sino planes de reforma con vistas a la felicidad
humana sobre la tierra!...

Fue en 1848, a favor de la revolución de febrero y por los esfuerzos de
M. Schelder, director de colonias entonces y actual senador inamovible,
cuando los negros de la Martinica y de la Guadalupe se emanciparon. Pero
el verdadero antagonismo, la lucha terrible entre los blancos,
reducidos a un número insignificante, y la gente de color, estalló en
1870, cuando la revolución del 4 de septiembre fijó el sufragio
universal como base del nuevo organismo político de la Francia. Los
blancos, descendientes de los señores feudales del pasado, dueños de las
capitales, de la fuerza inicial, de la cultura, pretendieron dirigir la
masa oscura y tratarla, poco más o menos, como en nuestras pampas trata
el estanciero a los gauchos, en todo lo que a política se refiere. Pero
fue entonces cuando apareció el gremio terrible de los mulatos, zambos y
cuarterones, herederos de los malos instintos de las dos razas que
representan, y habiendo bebido en las escuelas el barniz de ilustración
necesaria para fundar periódicos incendiarios y proclamar en las plazas
públicas, delante de un auditorio imbécil y fanático, el exterminio de
los antiguos señores. En la actualidad, todos los diputados a las
cámaras francesas por la Martinica, Guadalupe y la Guayana, son mulatos;
pero la lucha social se ha circunscrito a la Martinica. Es a muerte: el
blanco no tiene más garantías que la guarnición militar, enviada de la
metrópoli, y su valor personal, que lo hace respetable. Hace diez años
que los blancos, únicos propietarios territoriales, únicos industriales,
únicos hombres de progreso en la isla, no se acercan a las urnas. No
tienen voz ni voto, como durante veinte años no lo tuvieron los hombres
honrados en la circunscripción de Nueva York. Se vengan con su altivez,
con su orgullo desmedido. El jefe de uno de los buques de estación naval
en las Antillas, era un completo caballero, estimado, inteligente y
bravo, pero hombre de color; jamás pisó un salón de Fort-de-France o de
Saint-Pierre. Ese mismo oficial francés, encontrándose en la Habana, fue
expulsado, en un café, del punto destinado exclusivamente a los blancos.
Sus oficiales hicieron propia la causa y estuvo a punto de estallar un
deplorable conflicto...

Ese antagonismo entre los hombres de progreso y la raza, que no ha
hecho, no hace, ni podrá hacer jamás nada en ese sentido, es la
principal causa de la decadencia actual de la Martinica. Como se ha
agitado en las cámaras francesas la idea de imponer el servicio militar
obligatorio a las colonias, pues estaban exentas hasta ahora, los
blancos de la Martinica temen que los contingentes que allí se levanten,
se empleen en la guarnición de la isla, en cuyo caso perderán la última
garantía que les quedaba en los soldados europeos. Ahora bien; no hay
negro que no sea comunista, como no hay canónigo que no sea
conservador. El día que suceda lo que se teme, habrá una invasión a las
propiedades de los blancos que, reprimida o no, traerá seguramente la
ruina.

En esa expectativa, los grandes propietarios de los ingenios han tomado
la determinación de deshacerse de los mismos, organizando en Francia
sociedades anónimas con un capital tres o cuatro veces mayor que aquel
que representaba el ingenio para su propietario primitivo. Por lo tanto,
debiendo la finca rendir un interés triple al anterior, no sólo los
salarios disminuyen en relación, sino también la riqueza pública.

Tal es la situación de esa antigua y rica colonia; los hombres de estado
empiezan a preocuparse seriamente de ella; pero, dada la naturaleza de
las causas que determinan el malestar, es bien difícil encontrar el
remedio sin ir contra las ideas absolutas de igualdad que hoy imperan en
Francia.




CAPITULO V

En Venezuela.

     La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detención forzosa.--La
     cara de Venezuela.--De la Guayra a Caracas.--La Montaña.--Una
     necesidad suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situación y
     productos.--El coloniaje.--La guerra de la independencia.--El
     decreto de Trujillo.--La anarquía.--¡Gente de paz!--La lección del
     pasado.--La ciudad de Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La
     plaza de toros.--El pueblo soberano.--La cultura venezolana.


Pasamos tres días en la Martinica dándonos el inefable placer de pisar
tierra y respirar otra atmósfera que la de a bordo. La fiebre amarilla
reinaba, aunque no con violencia, y debo declarar que se condujo con
nosotros de una manera bastante decorosa, pues, despreciando los sanos
consejos de la experiencia, no sólo tomamos algunas frutas, sino que
pasamos los tres días bebiendo licores y refrescos helados.

Por fin, al caer la tarde del 21 de agosto, levamos anclas, y después de
despedirnos a cañonazos del gobernador, que desde la linda eminencia en
que está situada su casa, agitaba el pabellón, nos pusimos en viaje,
rumbo a Costa Firme. Navegamos esa noche, todo el día siguiente y en la
mañana del tercero apareció la lista negruzca de la tierra. Pronto
fondeamos frente al puerto de La Guayra, pequeña ciudad recostada sobre
los últimos tramos de la montaña y que, a lo lejos, con sus cocoteros y
palmas variadas, presenta un aspecto simpático a la mirada.

Allí nos despedíamos de aquellos que habían concluido su viaje, cuando
un viejo amigo de Buenos Aires, el Dr. Dubreil, se me presentó a bordo,
junto con el cónsul general de la República Argentina en Venezuela, D.
Carlos R. Rohl, uno de los jóvenes más simpáticos que es posible
encontrar.

Es difícil formarse una idea del placer con que se ve una cara conocida
en regiones de cuya vida social no se puede formar concepto. Una sola
fisonomía es una evocación de una multitud de recuerdos...

Les comuniqué mi proyecto de continuar viaje hasta Sabanilla, en las
costas de Colombia, remontar el Magdalena y luego dirigirme a Bogotá,
por donde debía dar principio a mi misión. A una voz me informaron que
ese plan era irrealizable, por cuanto el río Magdalena no tenía agua en
ese momento. Si seguía viaje, o me veía obligado a retroceder desde
Barranquilla, en la boca del río, o si persistía en remontarlo, corría
riesgo de quedar varado en él, sabe Dios qué tiempo, bajo un calor
infernal y una plaga de mosquitos capaz de dar fiebre en cinco minutos.
Resolví, en consecuencia, descender en La Guayra y comenzar mi tarea por
Caracas.

El mar estaba como una balsa de aceite, lo que llamaba la atención de
los venezolanos, poco habituados a esa mansedumbre, tan insólita en
aquella rada de detestable reputación. Bajamos, pues, y una vez en
tierra, todo el encanto fantasmagórico de la ciudad, vista desde el mar,
se desvaneció para dar lugar a una impresión penosa. «Venezuela tiene la
cara muy fea», me decía un caraqueño, aludiendo al aspecto sombrío,
desaseado, triste, mortal, de aquel hacinamiento de casas en
estrechísimas calles que parecen oprimidas entre la montaña y el mar.

El calor era insoportable; La Guayra semeja una marmita dentro de la
cual cayeran, derretidos, los rayos del sol. Nos sofocábamos
materialmente dentro de aquel infame hotel Neptuno, en el que, en época
no lejana, debía pasar tan atroces tormentos. Contengo mi indignación
para entonces y prometo no escasearla, en la seguridad de que todos los
venezolanos han de unir su voz a la mía en un coro expresivo.

A las dos de la tarde tomamos un carruaje, pasamos por la aldea de
Maiquetia, situada a pocas cuadras de La Guayra, a orillas del mar, y
comenzamos la ascensión de la montaña. El camino, en el que se emplean
seis horas, es realmente pintoresco. El eterno aspecto de la montaña,
pero realzado aquí por la vegetación, los cafetales cubriendo las
laderas, y aquellas gigantescas escalinatas talladas en el cerro a fin
de obtener planos para la cultura, que recuerdan los curiosos sistemas
de los indios peruanos bajo la monarquía incásica. Se sube, se baja, se
vuelve a subir, y a cada momento una nueva perspectiva se presenta a la
mirada. Todo ese camino de La Guayra a Caracas está regado por sangre
venezolana, derramada alguna en la larga lucha de la independencia, pero
la más en las terribles guerras civiles que han asolado ese hermoso
país, impidiéndole tomar el puesto que corresponde a la extraordinaria
riqueza de su suelo.

Nada más delicioso que el cambio de temperatura a medida que se
asciende. Desde la línea tropical venimos respirando una atmósfera
abrasadora que se ha hecho en La Guayra casi candescente. En la montaña,
el aire puro refresca a cada instante y los pulmones, no habituados a
esa sensación exquisita, respiran acelerados, con la misma alegría con
que los pájaros baten las alas en la mañana.

El viaje en coche es pesado y mortificante, por las continuas sacudidas
del camino que está destruido constantemente por las lluvias y la
frecuencia del tránsito. Miro al porvenir con envidia observando los
trabajos que se hacen, en medio de tantas dificultades, para trazar una
línea férrea. ¿Se llevará ésta a cabo? Por lo menos, me consta que es
una aspiración colectiva en Venezuela, porque de ella, como de algunas
otras no muy extensas, depende la transformación de aquel país[5].

A las ocho y media de la noche llegamos por fin a aquel valle delicioso
tantas veces regado por sangre y en cuyo seno se ostenta Caracas, la
noble ciudad que fue cuna y que es tumba de Bolívar.

Antes de pasar adelante, conviene arrojar una mirada de conjunto sobre
el maravilloso país que acabo de pisar, asombrado por las mil
circunstancias especiales que hacen de él una de las regiones más
favorecidas del suelo americano. El Océano baña las costas de Venezuela
en una extensión inmensa y sus entrañas están regadas por ríos colosales
como el Orinoco, el Meta y demás afluentes, que cruzan territorios que,
como el de la Guayana, tienen aún más oro en su seno que el que buscaban
los conquistadores en las vetas fabulosas del Eldorado...

¿Qué productos de aquellos que la necesidad humana ha hecho precisos no
brotan abundantes de esa tierra fecundada por el sol de los trópicos? El
café, el cacao, el añil, el tabaco, la vainilla, cereales de toda clase,
y en los dilatados llanos ganados en tanta abundancia como en nuestras
pampas. Añadid su proximidad providencial de los Estados Unidos y de
Europa, los dos últimos focos en la evolución del progreso humano sobre
la tierra, puertos naturales, estupendos, como el de Puerto Cabello y el
futuro de Carenero, y miraréis con el asombro del viajero la postración
actual de ese país, no comprendiendo cómo la obra de los hombres ha
podido contrarrestar hasta tal punto la acción vigorosa de las fuerzas
naturales.

Una vez más tenemos los argentinos que bendecir la aridez aparente de
nuestras llanuras, el abandono colonial en que se nos dejó, el
aislamiento completo en que vivimos durante siglos y que dio lugar a la
formación de una sociedad democrática, pobre pero activa, humilde pero
laboriosa. Entre todos los pueblos sudamericanos, somos el único que ha
tenido remotas afinidades con las colonias del Norte, fundadas por los
puritanos del siglo XVII. Tampoco había oro allí y la vida se obtenía
por la labor diaria y constante. Entretanto el Perú, cuya jurisdicción
alcanzaba hasta las provincias septentrionales de la Argentina, Quito,
el virreinato de Santa Fe, la capitanía general de Venezuela, eran
teatro de las horribles escenas suscitadas por la codicia gigante de los
reyes de España, tan ferozmente secundada por sus agentes.

La suerte de Venezuela fue más triste aun que la del Perú; vendida esa
región por Carlos V, en un apuro de dinero, a una compañía alemana,
viéronse aparecer sobre el suelo americano aquellos bárbaros germanos
que se llamaron Alfinger, Seyler, Spira, Federmann, Urre; y que no
encontrando oro a montones, según soñaban, vendían a los indios como
esclavos para Cuba y Costa Rica, llegando Alfinger hasta alimentar a sus
soldados con la carne del infeliz indígena. En aquellas bárbaras
correrías que duraban cuatro y cinco años, desde las orillas del mar
Caribe a las más altas mesetas andinas, la marcha de los conquistadores
quedaba grabada por huellas de incendio y de sangre. Fue en una de esas
excursiones gigantescas que el viajero moderno, recorriendo las mismas
regiones con todos los elementos necesarios, apenas alcanza a
comprender, dónde Federmann, partiendo de Maracaibo y recorriendo las
llanuras de Cúcuta y Casanare, mortales aun en el día, apareció en lo
alto de la sabana de Bogotá, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, al
tiempo que Benalcázar, salido de Quito, plantaba sus reales en la parte
opuesta de la planicie, formando simultáneamente el triángulo Quesada
que, después de remontar el Magdalena, había trepado, con un puñado de
hombres, las tres gradas gigantes que se levantan entre el río y la
altiplanicie. ¡Cómo tenderían ávidos los ojos los tres conquistadores
sobre la sabana maravillosa donde pululan millares de chipchas,
entregados a la agricultura, tan desarrollada como en el Perú!...

Fue en Venezuela, en aquella costa de Cumaná, de horrible memoria, donde
se levantó la voz de Las Casas, llena de sentimiento de humanidad más
profundo. El que haya leído el libro del sublime fraile, que es el
comentario más noble del Evangelio que se haya hecho sobre la tierra,
sabe que ningún pueblo de la América ha sufrido como aquél.

Más tarde, la independencia, pero la independencia a la manera del Alto
Perú, con sus desolaciones intermitentes, con sus Goyeneche, con su
Cochabamba, con los cadalsos de Padilla, de Warnes, etc.

Es aquí donde la lucha tomó sus caracteres más sombríos y salvajes; es
aquí donde Monteverde, Boves, el asombroso Boves, aquella mezcla de
valor indomable, de tenacidad de hierro y de inaudita crueldad, Morales,
y al fin Murillo, el émulo de Bolívar, arrasaban, como en las escenas
bíblicas, los pueblos y los campos y pasaban al filo de la espada
hombres, mujeres, niños y ancianos. Es aquí donde el Libertador lanzó el
decreto de Trujillo, la guerra a muerte, sin piedad, sin cuartel, sin
ley. Leer esa historia es un vértigo; cada batalla, en que brilla la
lanza de Páez, de Piar, Cedeño y mil otros, es un canto de Homero; cada
entrada de ciudad es una página de Moisés. Caracas es saqueada varias
veces, y en medio de la lucha se derrumba sobre sí misma, al golpe del
terremoto de 1812. Sus hijos más selectos están en los ejércitos o en la
tumba; pocos de los que se inmortalizaron en la cumbre de San Mateo,
alcanzaron a ver el día glorioso de Carabobo.

Si alguna vez ha podido decirse con razón que la lucha de la
independencia fue una guerra civil, es refiriéndose a Venezuela y
Colombia. De llaneros se componían las hordas de Boves y Morales, así
como las de Péez y Saraza. El empuje es igual, idéntica la resistencia.
La disciplina, los elementos bélicos, están del lado de España; pero los
americanos tienen, además de su entusiasmo, además de los hábitos de
vida dura, jefes como Bolívar, Piar, Urdaneta, Páez y más tarde Sucre,
Santander, etc. ¿Crueldad? Idéntica también, pese a nosotros. Al
degüello respondía el degüello, a la piedad, rara, rara vez la piedad.
El batallar continuo, la vista de la sangre, la irritación por el
hermano muerto, inerme, exaltaban esos organismos morales hasta la
locura. Bolívar hace sus tres campañas fabulosas y a lomo de mula
recorre Venezuela en todas direcciones, hace varias veces el viaje de
Caracas a Bogotá, de Bogotá a Quito, al Perú, ¡a los confines de
Bolivia! Veinte veces ha visto la muerte ya en la batalla, ya en el
brazo de un asesino. Páez combate como combatía Páez, en primera fila,
enrojecida la lanza hasta la cuja, en ¡ciento trece batallas! ¿Qué
soldado de César o de Napoleón podría decir otro tanto?...

       *       *       *       *       *

Como resultado de una guerra semejante, la destrucción de todas las
instituciones coloniales, más o menos completas, pero instituciones al
fin, el abandono absoluto de la industria agrícola y ganadera, el
enrarecimiento de la población, la ruina de los archivos públicos, la
desaparición de las fortunas particulares, la debilitación profunda de
todas las fuerzas sociales. Recuérdese nuestra lucha de la
independencia; jamás un ejército español pasó al sur de Tucumán; jamás
en nuestros campos reclutaron hombres los realistas. Más aún: en medio
de la lucha se observaban las leyes de la guerra, y después de nuestros
desastres, como después de nuestros triunfos, el respeto por la vida del
vencido era una ley sagrada. Ni las matanzas de Monteverde y Boves se
han visto en tierra argentina, ni sobre ella ha lanzado sus fúnebres
resplandores el decreto de Trujillo.

Después... la triste noche de la anarquía cayó sobre nosotros. La guerra
civil con todos sus horrores, Artigas, Carreras, Ramírez, López; más
tarde, Quiroga, Rosas, Oribe, acabaron de postrarnos. Pero Venezuela
tomó también su parte en ese amargo lote de los pueblos que se
emancipan. Nuestros dolores terminaron en 1852 y pudimos aprovechar la
mitad de este siglo de movimiento y de vida para ingresar con energía en
la línea de marcha de las naciones civilizadas. Hasta 1870 Venezuela ha
sido presa de las discordias intestinas. ¡Y qué guerras! La lucha de la
independencia hizo escuela; en las contiendas fratricidas, el partidario
vivió sobre el bien del enemigo, y al fin, la riqueza pública entera
desapareció en la vorágine de sangre y fuego. Llegad a una habitación de
las campañas venezolanas y llamad: en la voz que os responde, notáis aún
el ligero temblor de la inquietud vaga y secreta, y sólo gira la puerta
para daros entrada, cuando habéis contestado con tranquilo acento:
«¡Gente de paz!»[6].

¡Gente de paz! He ahí la necesidad suprema de Venezuela. El sueño está
virgen aún: sus montañas repletas de oro, sus valles húmedos de savia
vigorosa, las faldas de sus cerros ostentan al pie el plátano y el
cocotero, el rubio maíz en sus declives y el robusto café en las
cumbres.

¡Gente de paz! El pueblo es laborioso, manso, dócil, honrado
proverbialmente. ¡Dejadle trabajar, no lo cercenéis con el cañón o con
la espada, hacedlo simpático a la Europa, para que la emigración venga
espontáneamente a mezclarse con él, a enseñarle la industria y vigorizar
su sangre!

¡Gente de paz para los pueblos de América! Aquellos tiempos pasaron:
pasó la conquista, pasó la independencia, y la América y la España se
tienden hoy los brazos a través de los mares, porque ambas marchan por
la misma senda, en pos de la libertad y del progreso. Tomo dos frases en
los _Opúsculos_, de Bello, la primera sobre la conquista, la segunda
sobre la independencia, que, en mi opinión, concretan y formulan el
juicio definitivo de los americanos que piensan y meditan sobre esos dos
graves acontecimientos:

«No tenemos la menor inclinación a vituperar la conquista. Atroz o no
atroz, a ella debemos el origen de nuestros derechos y de nuestra
existencia, y mediante ella vino a nuestro suelo Aquella parte de la
civilización europea que pudo pasar por el tamiz de las preocupaciones y
de la tiranía de España»[7].

«Jamás un pueblo profundamente envilecido ha sido capaz de ejecutar los
grandes hechos que ilustraron las campañas de los patriotas. El que
observe con ojos filosóficos la historia de nuestra lucha con la
metrópoli, reconocerá sin dificultad que lo que nos ha hecho prevalecer
en ella, es cabalmente el elemento ibérico. Los capitanes y las legiones
veteranas de la Iberia transatlántica fueron vencidos por los caudillos
y los ejércitos improvisados de otra Iberia joven que, abjurando el
nombre, conserva el aliento indomable de la antigua. La constancia
española se ha estrellado contra sí misma»[8].

He ahí cómo debemos pensar respecto a la España, abandonando los temas
retóricos, las declamaciones ampulosas sobre la tiranía de la metrópoli,
sobre su absurdo sistema comercial, que le fue más perjudicial que a
nosotros mismos, y recordando sólo que la historia humana gravita sobre
la solidaridad humana. El pasado es una lección y no una fuente de
eterno encono.

La ciudad de Caracas está situada en el valle que lleva su nombre y que
es uno de los más bellos que se encuentran en aquellas regiones. Bajo un
clima templado y suave, la naturaleza toma un aire tal de lozanía, que
el viajero que despunta por la cumbre de Avila, cree siempre hallarse en
el seno de una eterna primavera. El verde ondulante de los vastos
plantíos de caña, claro y luminoso, contrasta con los reflejos intensos
de los cafetales que crecen en la altura. Dos o tres imperceptibles
hilos de agua cruzan la estrecha llanura, y aunque el corte de los
cerros sobre el horizonte es algo monótono, hay tal profusión de árboles
en sus declives, la baja vegetación es tan espesa y compacta, que la
mirada encuentra siempre nuevas y agradables sensaciones ante el cuadro.

La ciudad, como todas las americanas fundadas por los españoles, es de
calles estrechas y rectangulares. Sería en vano buscar en ellas los
suntuosos edificios de Buenos Aires o Santiago de Chile; al mismo tiempo
que las conmociones humanas han impedido el desarrollo material, los
sacudimientos intermitentes de la tierra, temblando a cada borrasca que
agita las venas de la montaña, hacen imposibles las construcciones
vastas y sólidas. Todo es allí ligero, como en Lima, y el aspecto
interior de las casas, sus paredes delgadas, sus tabiques tenues,
revelan constantemente la temida expectativa de un terremoto. Durante mi
permanencia en Caracas tuve ocasión de observar uno de esos fenómenos a
los que el hombre no puede nunca habituarse y que hacen temblar los
corazones mejor puestos. Leía, tendido en un sofá de mi escritorio y en
el momento en que García Mérou se inclinaba a mostrarme un pasaje del
libro que recorría; se lo vi vacilar entre las manos, mientras sentía
en todo mi cuerpo un estremecimiento curioso. Nos miramos un momento,
sin comprender, el tiempo suficiente para que los techos, cayendo sobre
nosotros, nos hubieran reducido a una forma meramente superficial.
Cuando notamos que la tierra temblaba, corrimos, primero al jardín; pero
venciendo la curiosidad, salimos a la calle y observamos a todo el mundo
en las puertas de sus casas; caras llenas de espanto, gente que corría,
mujeres arrodilladas, un pavor desatentado vibrando en la atmósfera. Una
o dos paredes de nuestra casa se rajaron, y aunque sin peligro para
nosotros, no así para aquellos que la habiten en el momento de la
repetición del fenómeno.

La ciudad, en sí misma, tiene un aspecto sumamente triste, sobre todo
para aquellos que hemos nacido en las llanuras y que no podemos
habituarnos a vivir rodeados de montañas que limitan el horizonte en
todos sentidos y parecen enrarecer el aire. Hay, sin embargo, dos puntos
que podrían figurar con honor en cualquier ciudad europea: la plaza
Bolívar, perfectamente enlosada, con la estatua del Libertador en el
centro, llena de árboles corpulentos, limpia, bien tenida, delicioso
sitio de recreo para pasar un par de horas oyendo la música de la
retreta, y el Calvario.

El Calvario es un cerro pintoresco y poco elevado, a cuyo pie se
extiende Caracas. En todas las guerras civiles pasadas, la fracción que
ha conseguido hacerse dueña del Calvario, lo ha sido inmediatamente de
la ciudad. De allí se domina Caracas por completo, y ni un pájaro podría
jactarse de contemplarla más cómodamente que el que se encuentra en el
lindo cerro.

Se sube en carruaje o a pie, por numerosos caminos en zigzags, muy bien
tenidos, rodeados de árboles y plantas tropicales, hasta llegar a la
meseta de la altura, donde, en el centro de un jardín frondoso, se
levanta la estatua del general Guzmán Blanco, actual presidente de los
Estados Unidos de Venezuela. Se nota en todos los trabajos del Calvario
la ausencia completa de un plan preconcebido; parece que se han ido
trazando caminos a medida que las desigualdades del terreno lo
permitían. Aquí una fuente, más adelante un banco cubierto de bambús
rumorosos, allí una gruta, y por todas partes flores, agua corriendo con
ruido apagado, silencio delicioso, vistas admirables y un ambiente
fresco y perfumado. A pesar del cansancio de la subida, pocos han sido
los días que he dejado de hacer mi paseo al pintoresco cerro. Siempre
solo, como el Santa Lucía en Santiago de Chile, como la Exposición en
Lima, como el Botánico en Río, como el Prado en Montevideo, como Palermo
en Buenos Aires. Sólo los domingos, los atroces y antipáticos domingos,
se llenaba aquello de gente, paqueta, prendida con cuatro alfileres,
oliendo a pomada y suspirando por la hora de volver a casa y sacarse el
botín ajustado. Nunca fui un domingo; pero las tardes serenas de entre
semana, la quieta y callada soledad, el sol tras el Avila, sonriente en
la promesa del retorno, las mujeres del pueblo trepando lentamente a
buscar el agua pura de la fuente, para bajar más tarde con el cántaro en
la cabeza como las hijas del país de Canaán, los pájaros armoniosos,
buscando a prisa sus nidos al caer la noche, el camino de la Guayra,
esto es, la senda por donde se va a la luz y al amor, a Europa y a la
patria, perdiéndose en la montaña, cruzada por la silenciosa y paciente
recua cuya marcha glacial, indiferente, parece ser un reproche contra
las vagas agitaciones del alma humana; todo ese cuadro delicado persiste
en mi memoria en el marco cariñoso de los recuerdos simpáticos.

La ciudad tiene algunos edificios notables, como el teatro, el palacio
federal del Capitolio, etc.

Me llamó mucho la atención la limpieza de la gente del pueblo bajo, cuya
elegancia dominguera consiste en vestirse de blanco irreprochable. Es
humilde, respetuoso y honesto. En Venezuela es proverbial la seguridad
de las campiñas, por las que transitan frecuentemente arrias conductoras
de fuertes sumas de dinero, sin que haya noticia de haber sido jamás
asaltadas.

La diversión característica del pueblo de Caracas es la plaza de toros,
que funciona todos los domingos. El pobre caraqueño (me refiero al
_lowpeople_), que no tiene los reales suficientes para pagar la función,
se considera más desgraciado que si le faltara que comer. Mis
sirvientes, haraganes y perezosos, adquirían cierta actividad a contar
del viernes--y cuando quería hacerles andar listos en un mandado, me
bastaba anunciarles que a la primera tardanza no habría toros, para
verlos volar.

En la plaza, que no es mala, se aglomeran, gritan, patean, juegan los
golpes, hacen espíritu, gozan como los españoles en idéntico caso,
atestiguando su filiación más con su algarabía que con su idioma. Pero
las corridas de toros en Venezuela se diferencia en dos puntos
esenciales de las de España. En el primer punto, el toro, de mala raza,
medio atontado por los golpes con que lo martirizan una hora en el
toril, antes de entrar a la plaza, trae los dos cuernos despuntados.
Toda la lucha consiste en capearlo y ponerle banderillas, de fuego para
los poltrones, sencillas para los bravos. Una vez que el bicho ha
cumplido más o menos bien su deber, sea pegando serios sustos a los
toreadores, sea huyendo sin cesar con el aire imbécil, se abre un portón
y es arrojado a un potrero contiguo. En cuanto a los «artistas» que tuve
ocasión de ver, todos ellos criollos, eran, aunque de valor
extraordinario, deplorablemente chambones. Cada vez que el toro se
fastidiaba y arremetía a uno de ellos, era seguro ver al pobre capeador
por los aires o hecho tortilla contra las barandas, lo que no causa
mucho placer que digamos. Cuando el toro es bravo y el hombre hábil y
valeroso, las simpatías se inclinan siempre al hombre; a mí me sucedía
lo contrario.

La verdadera diversión consiste, pues, en la observación del público
ingenuo, alegre, bullicioso como los niños de un colegio en la hora de
recreo. Venía de Londres, donde, aun en las más grandes aglomeraciones
de pueblo, se nota ese aire acompasado, frío, metódico, del carácter
inglés; la tumultuosa espontaneidad de los caraqueños contrastaban
curiosamente con ese recuerdo, pintando la raza de una manera enérgica,
así como la varonil arrogancia de los muchachos corriendo con sus
diminutas _ruanas_ el novillo de postre.

Fuera de los toros, no hay otra diversión pública en Caracas, salvo los
meses de ópera, al alcance sólo de las altas clases. Pero el pueblo no
pide más, y si no escaseara tanto el _panem_, sería completamente feliz
con el _circenses_.

Desde la época colonial Caracas fue renombrada por su cultura
intelectual y citada como uno de los centros sociales más brillantes de
la América Española. Su universidad famosa ha producido más de un
ilustre ingenio cuya acción ha salvado los límites de Venezuela. Aún en
el día posee distinguidos hombres de letras, historiadores, poetas y
jurisconsultos, algunos de los cuales, arrastrados desgraciadamente por
la vorágine política, han vivido alejados de su país, privándolo así de
la gloria que sus trabajos le hubieran reportado.

El tono general de la cultura venezolana es de una delicadeza exquisita.
Nunca olvidaré la generosa hospitalidad recibida en el seno de algunas
familias que conservan la vieja y honrosa tradición de la sociedad
caraqueña. Pago aquí mi deuda de agradecimiento, no sólo personal, sino
también como argentino. El nombre de mi patria, querido y respetado, fue
el origen de la viva simpatía con que se me recibió. Nada impone más la
gratitud que el afecto y consideración manifestados por la patria
lejana.




CAPITULO VI

En el mar Caribe.

     Mal presagio.--El Avila.--De nuevo en la Guayra.--El hotel
     Neptuno.--Cómo se come y cómo se duerme.--Cinco días mortales.--La
     rada de la Guayra.--El embarco.--Macuto.--Una compañía de
     ópera.--El "Saint-Simon".--Puerto Cabello.--La fortaleza.--Las
     bóvedas.--El general Miranda.--Una sombra sobre Bolívar.--Las bocas
     del Magdalena.--Salgar.--La hospitalidad colombiana.


Salí de Caracas el martes, 13 de diciembre; el día y la fecha no podían
ser más lúgubres. Pero, como en cada día de la semana y en cada uno de
los del mes he tenido momentos amargos, he perdido por completo la
preocupación que aconseja no ponerse en viaje el martes, ni iniciar nada
en 13. En esta ocasión, sin embargo, he estado a punto de volver a creer
en brujas, tantas y tan repetidas fueron las contrariedades que encontré
en el camino.

Una vez más volví a cruzar el Avila, buscando el mar por las laderas de
las montañas, desiguales, abruptas, caprichosas en sus direcciones, con
sus valles estrechos y profundos. Los trabajos del ferrocarril se
proseguían, pero sin actividad; es una obra gigante que me trajo a la
memoria los esfuerzos de Weelright para unir a Santiago de Chile con
Valparaíso, los de Meiggs para trepar hasta la Oroya, y los que esperan
en un futuro próximo a los ingenieros que se encarguen de cruzar los
Andes con el riel y unir Mendoza con Santa Rosa. El ferrocarril de la
Guayra a Caracas, es, a mi juicio, obra de trascendencia vital para el
porvenir de Venezuela, así como el de la magnífica bahía de Puerto
Cabello a Valencia. La nación entera debía endeudarse para dar fin a
esas dos vías que se pagarían por si mismas en poco tiempo.

Al fin llegamos a la Guayra, después de seis horas de coche realmente
agobiadoras, por las continuas ascensiones y descensos, como por el
deplorable estado del camino. Apenas divisamos la rada, tendimos,
ávidos, la mirada, buscando en ella el vapor francés que debía
conducirnos a Sabanilla y que era esperado el referido día 13. Me entró
frío mortal, porque, al notar la ausencia del ansiado Saint-Simon, pensé
en el Hotel Neptuno, en el que tenía forzosamente que descender, por la
sencilla razón de que no hay otro en la Guayra. Allí nos empujó nuestro
negro destino y allí quedamos varados durante cinco días, cuyo recuerdo
opera aún sobre mi diafragma como en el momento en que respiraba su
atmósfera.

Los venezolanos dicen, y con razón, que Venezuela tiene la cara muy fea,
refiriéndose a la impresión que recibe el extranjero al desembarcar en
la Guayra. En efecto, la pobreza, la suciedad de aquel pequeño pueblo,
su insoportable calor, pues el sol, reflejándose sobre la montaña,
reverberando en las aguas y cayendo a plomo, eleva la temperatura hasta
36 y 38 grados, y el abandono completo en que se encuentra, hacen de la
permanencia en él un martirio verdadero. Pero todo, todo lo perdono a la
Guayra, menos el Hotel Neptuno.

Creo tener una vigorosa experiencia de hoteles y posadas; conozco en la
materia desde los palacios que bajo ese nombre se encuentran en Nueva
York, hasta las chozas miserables que en los desiertos argentinos se
disfrazan con esa denominación. Me he alojado en los hoteles de nuestra
campaña, en cuyos cuartos los himnos de la noche son entonados por
animales microscópicos y carnívoros; he llegado, en medio de la
Cordillera, camino de Chile, a posadas en cuya puerta el dueño,
compadecido sin duda de mi juventud, me ha dado el consejo de dormir a
cielo abierto, en vez de ocupar una pieza en su morada; he dormido
algunas noches en las postas esparcidas en la larga travesía entre Villa
Mercedes y Mendoza; he pernoctado en Consuelo, comido en Villeta y
almorzado en Chimbe, camino de Bogotá... pero nada, nada puede
compararse con aquel Hotel Neptuno que, como una venganza, enclavaron
las potencias infernales en la tétrica Guayra. ¿Describirlo? Imposible;
necesitaría, más que la pluma, el estómago de Zola, y al lado de mi
narración, la última página de _Nana_ tendría perfumes de azahar. Baste
decir que el mueblaje de cada cuarto consiste en un aparato sobre el que
jinetea una palangana (que en Venezuela se llama ponchera) con una media
naranja de mugre invertida en el fondo. Luego, una silla, y por fin, un
catre. Pero un catre pelado, sin colchón, sin sábanas, sin cobertores y
con una almohada que, en un apuro, podría servir para cerrar una carta
en vez de oblea. El piso está alfombrado...¡de arena! No penséis en
aquella arenilla blanca y dulce a la mirada, que tapiza los cuartos en
las aldeas alemanas y flamencas, perfectamente cuidada, el piso en que
se marcaba el paso furtivo de Fausto al penetrar en la habitación de
Margarita; el piso hollado por los pies de Hermann y Dorotea. No; una
arena negra, impalpable y abundante, que se anida presurosa en los
pliegues de nuestras ropas, en el cabello y que espía el instante en que
el párpado se levanta para entrar en son de guerra a irritar la pupila.
Allí se duerme. El comedor es un largo salón, inmenso, con una sola
mesa, cubierta con un mantel indescriptible. Si el perdón penetrara en
mi alma, compararía eso mantel con un mapa mal pintado, en el que los
colores se hubieran confundido en tintas opacas y confusas; pero, como
no puedo, no quiero perdonar, diré la verdad: las manchas de vino, de un
rojo pálido, alternan con los rastros de las salsas; las placas de
aceite suceden a los vestigios grasosos... Basta. Sobre esa mesa se
coloca un gran número de platos: carne salada en diversas formas, carne
a la llanera, cocido y plátanos, plátanos fritos, plátanos asados,
cocidos, en rebanadas, rellenos, en sopa, en guiso y en dulce. Luego que
todos esos elementos están sobre la mesa, se espera religiosamente a que
se enfríen, y cuando todo se ha puesto al diapasón termométrico de la
atmósfera, se toca una campana y todo el mundo toma asiento. Así se
come.

Así pasamos cinco días, fijos los ojos en el vigía que desde la altura
anuncia por medio de señales la aproximación de los vapores. De pronto,
al tercer día, suena la campana de alarma. ¡Un vapor a la vista! ¡Viene
de Oriente!...¡Francés! ¡Qué sonrisas! ¡Qué apretones de mano! ¡Qué
meter aprisa y con forceps todos los efectos en la valija repleta, que
se resiste bajo pretexto de que no caben! Un paredón maldito frente al
hotel quita la vista del mar; esperamos pacientemente y sólo vemos el
buque cuando está a punto de fondear... ¡No es el nuestro!

Pasábamos el día entero en el muelle, presenciando un espectáculo que no
cansa, produciendo la punzante impresión de los combates de toros. El
puerto de la Guayra no es un puerto, ni cosa que se le parezca; es una
rada abierta, batida furiosamente por las olas, que al llegar a los
bajos fondos de la costa, adquieren una impetuosidad y violencia
increíbles. Hay días, muy frecuentes, en que todo el tráfico marítimo se
interrumpe, porque no es materialmente posible embarcarse. Por lo
regular, el embarco no se hace nunca sin peligro. En vano se han
construido extensos tajamares: la ola toma la dirección que se le deja
libre y avanza irresistible. ¡Ay de aquel bote o canoa que al entrar o
salir al espacio comprendido entre el muelle y la muralla de piedra, es
alcanzado por una ola que revienta bajo él! Nunca me ha sido dado
observar mejor esos curiosos movimientos del agua, que parecen dirigidos
por un espíritu consciente y libre. Qué fuerzas forman, impulsan, guían
la onda, es aún cuestión ardua; pero aquel avance mecánico de esa faja
líquida que viene rodando en la llanura y que, al sentir la proximidad
de la arena, gira sobre sí misma como un cilindro alrededor de un eje,
es un fenómeno admirable. Al reventar, un mar de espuma se desprende de
su cúspide y cae bullicioso y revuelto como el caudal de una catarata.
Si en ese momento una embarcación flota sobre la ola, es
irremisiblemente sumergida. Así, durante días enteros, hemos presenciado
el cuadr

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