Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
by Cirilo Villaverde · Spanish · Gutenberg #28281 · 1,103,807 chars · public domain (US)
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Title: Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Author: Cirilo Villaverde
Release date: March 8, 2009 [eBook #28281]
Most recently updated: January 4, 2021
Language: Spanish
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_CECILIA VALDES_
_O_
_LA LOMA DEL ANGEL_
NOVELA DE COSTUMBRES CUBANAS
POR
CIRILO VILLAVERDE
_Que también la hermosura
tiene fuerza de despertar
la caridad dormida._
CERVANTES
INDICE
INTRODUCCIÓN
DEDICATORIA
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII,
SEGUNDA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX, Capítulo X, Capítulo XI,
Capítulo XII, Capítulo XIII, Capítulo XIV, Capítulo XV, Capítulo XVI,
Capítulo XVII
TERCERA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII, Capítulo VIII, Capítulo IX,
CUARTA PARTE
Capítulo I, Capítulo II, Capítulo III, Capítulo IV, Capítulo V, Capítulo
VI, Capítulo VII
GLOSARIO
BIBLIOGRAFÍA
_INTRODUCCION_
_Cirilo Villaverde nació el 28 de octubre de 1812 en el ingenio_
Santiago, _cercano al pueblo de San Diego de Núñez (Pinar del Río). Su
padre era médico del ingenio y en ese medio pasó sus primeros años._
_En 1823 vino a La Habana, donde cursó estudios de pintura, filosofía y
derecho. Se recibió de Bachiller en Leyes en 1832, pero apenas ejerció
esta profesión. Sus principales actividades fueron la enseñanza y el
periodismo._
_Trabajó como maestro en los colegios Buenavista y Real Cubano de la
capital y La Empresa de Matanzas. Publicó para uso de las escuelas un
Compendio geográfico de la isla de Cuba (1845), El librito de cuentos y
las conversaciones (1847) y El librito de los cuentos (1857)_.
_Su obra es extensa y variada como periodista y literato. Colaboró en
las principales publicaciones de la época._
_Dio a conocer sus primeras narraciones--El ave muerta, La peña blanca,
El perjurio y La cueva de Taganana--en Miscelánea de Útil y Agradable
Recreo (1837) y en El Album, Engañar con la verdad, El espetón de oro y
la primera parte de Excursión a Vuelta Abajo, todas en 1838. La Cartera
Cubana insertó en su sección de folletines Amores y contratiempos de un
guajiro y Una cruz negra, en 1839. La Siempreviva en ese mismo año
publicó la primera versión de Cecilia Valdés o La loma del Ángel._
_Mientras desempeñaba su cátedra en el colegio_ La Empresa _comenzó a
escribir para_ Faro Industrial de La Habana. _De regreso a la capital,
fue uno de sus principales redactores y condueño junto a Bachiller y
Morales. En este diario aparecieron entre 1842 y 1847 la segunda parte
de_ Excursión a Vuelta Abajo _(1842)_, El guajiro _(1842)_, La peineta
calada _(1843)_, Dos amores _(1843)_, El penitente _(1844)_, La tejedora
de sombreros de Yarey _(1844-45) y otras de menor importancia, así como
multitud de notas, crónicas y artículos de crítica literaria y de
costumbres calzados con su nombre o con los seudónimos de_ Sansueña, Yo,
El ambulante del oeste, Lola de la Habana _y otros_.
_Villaverde, defensor de los ideales independentistas, participó como
propagandista activísimo en la conspiración de_ La Mina de la Rosa
Cubana _de 1848. Al ser descubierta la misma por delación de un
conjurado fue apresado en La Habana y condenado primero a muerte «en
garrote vil» y más tarde a diez años de prisión. Escapó el 31 de marzo
de 1849 con otros presos y escondido en la bodega de una goleta costera,
llegó a los Estados Unidos._
_En Norteamérica continuó luchando por sus principios políticos. Fue en
Nueva York secretario de Narciso López, a quien conocía desde 1846, y
redactor en jefe de_ La verdad. _Publicó en Nueva Orleans entre 1853 y
1854 el periódico_ El independiente, _etc._
_Se trasladó a Filadelfia en 1854, donde vivió como profesor de español
y contrajo matrimonio con Emilia Casanova, una destacada activista de la
independencia cubana._
_Regresó a La Habana en 1858, acogido a la amnistía. Aquí trabajó al
frente de la imprenta_ La Antilla, _que publicara algunas obras de
interés para nuestras letras, como los artículos de costumbres de
Anselmo Suárez y Romero, y colaboró en el periódico literario_ La Habana
_en compañía de Sterling y Calcagno, con importantes juicios críticos
sobre Betancourt y otros contemporáneos. Volvió poco después a Nueva
York, donde continuó sus labores de maestro y periodista. Fue entonces
redactor de_ La América _(1861-62)_, La Ilustración Americana
_(1865-1869)_, El Espejo _y_ El Avisador Hispanoamericano. _En 1864
fundó con su mujer un colegio en Wechawken. Durante esta segunda
estancia en los Estados Unidos continuó luchando por la independencia de
Cuba, como muchos otros cubanos de su tiempo. Sólo regresó a la Isla en
1888 por dos semanas._
_Murió en Nueva York el 20 de octubre de 1894. Su figura al morir
contaba con la admiración y el reconocimiento de sus contemporáneos por
su doble condición de patriota y novelista._
_La novela que consolidó su fama literaria fue_ Cecilia Valdés o La loma
del Ángel, _publicada en su forma definitiva en Nueva York en 1882.
Ninguna de sus obras anteriores respondió a empeño tan elevado ni
despertó como ésta el entusiasmo del público y la crítica. En ella
Villaverde recoge el panorama de la vida cubana desde 1812 hasta 1831.
Muestra sus categorías políticas, sociales y económicas y las terribles
lacras que padecían. La obra, con sus clases poderosas y sus clases
oprimidas, con sus funcionarios venales y su burguesía indolente, con
sus mulatos discriminados y sus negros esclavos, con sus familias
enriquecidas por el régimen esclavista y sus aristócratas de blasones
comprados a la decrépita monarquía española, sirve de esclarecedor
prólogo a nuestra historia republicana._
_El ambiente de esta época colonial, trasladado con amplitud y
minuciosidad a las abundosas páginas del libro, es lo decisivo en la
obra, lo que determina su vigencia en la apreciación de los críticos.
Porque_ Cecilia Valdés _está muy lejos de ser una obra perfecta. El
autor explica en el prólogo su proceso de creación; proceso que
indudablemente resintió el saldo final del trabajo. El asunto
central--drama de amor, celos, venganza y muerte--apenas difiere de los
usuales en los folletines de la época; los personajes en su mayoría no
trascienden de los rasgos externos; la acción es desarticulada y
digresiva, hurtada a la historia y los personajes principales por
criaturas y sucesos de menor cuantía; el estilo, híbrido, plagado de
debilidades románticas entre las que alborean atisbos realistas; el
lenguaje, oscilante entre el arcaísmo más rebuscando y el espontáneo
giro popular nuestro; el desenlace, atropellado, en contradicción con
las dimensiones de la narración._
_Pero_ Cecilia Valdés _es en nuestra historia literaria, a pesar de esas
abundantes y graves deficiencias, la mejor creación novelística del
siglo_ XIX.
_Muchos cubanos de hoy la conocen a través de la adaptación teatral de
Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla, musicalizada admirablemente
por Gonzalo Roig; versión que necesariamente fue vertebrada con la
historia de los protagonistas. Despojado del lujo descriptivo de su
ambiente, el asunto resulta endeble y melodramático. Esta aplaudida
adaptación confirma que lo fundamental en_ Cecilia Valdés _es el
ambiente. Su costumbrismo, de vigorosa indagación política, social y
económica, es el que atenúa sus defectos y sitúa a la obra en las
puertas de la novelística realista._
_A LAS CUBANAS_
_Lejos de Cuba y sin esperanza de volver a ver su sol, sus flores, ni
sus palmas, ¿a quién, sino a vosotras, caras paisanas, reflejo del lado
más bello de la patria, pudiera consagrar, con más justicia, estas
tristes páginas?_
EL AUTOR
PROLOGO
Publiqué el primer tomo de esta novela, en la _Imprenta Literaria_ de
don Lino Valdés a mediados del año de 1839. Contemporáneamente empecé la
composición del segundo tomo, que debía completarla; pero no trabajé
mucho en él, tanto porque me trasladé poco después a Matanzas como uno
de los maestros del colegio de _La Empresa_, fundado recientemente en
dicha ciudad, cuanto porque una vez allí, emprendí la composición de
otra novela, _La joven de la flecha de oro_, que concluí e imprimí en un
volumen el año de 1841.
De vuelta en la capital el año de 1842, sin abandonar el ejercicio del
magisterio, entré a formar parte de la redacción de _El Faro
Industrial_, al que consagré todos los trabajos literarios y novelescos
que se siguieron casi sin interrupción hasta mediados de 1848. En sus
columnas, entre otros muchos escritos de diverso género, aparecieron en
la forma de folletines:--_El Ciego y su Perro_; _La Excursión a La
Vuelta Bajo_; _La Peineta Calada_; _El Guajiro_; _Dos Amores_; _El
Misionero del Caroní_; _El Penitente_, etc.
Pasada la media noche del 20 de octubre del último año citado, fui
sorprendido en la cama y preso, con gran golpe de soldados y alguaciles
por el comisario del barrio de Monserrate, Barreda; y conducido a la
cárcel pública, de orden del Capitán General de la Isla, don Federico
Roncaly.
Encerrado cual fiera en una oscura y húmeda bartolina, permanecí seis
meses consecutivos, al cabo de los cuales, después de juzgado y
condenado a presidio por la Comisión Militar Permanente como conspirador
contra los derechos de la corona de España, logré evadirme el 4 de abril
de 1849, en unión de don Vicente Fernández Blanco, reo de delito común y
del llavero de la cárcel García Rey; quien de allí a poco fue causa de
una grave dificultad entre los gobiernos de España y de los Estados
Unidos. Por extraña casualidad los tres salimos juntos en barco de vela
del puerto de La Habana; pero nuestra compañía sólo duró hasta la ría de
Apalachicola, en la costa meridional de Florida, desde donde me encaminé
por tierra a Savannah y Nueva York.
Fuera de Cuba, reformé mi género de vida: troqué mis gustos literarios
por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones, al mundo de
las realidades; abandoné, en fin, las frívolas ocupaciones del esclavo
en tierra esclava, para tomar parte en las empresas del hombre libre en
tierra libre. Quedáronse allá mis manuscritos y libros, que si bien
recibí algún tiempo después, ya no me fue dado hacer nada con ellos;
puesto que primero como redactor de _La Verdad_, periódico separatista
cubano, luego como secretario militar del general Narciso López, llevé
vida muy activa y agitada, ajena por demás a los estudios y trabajos
sedentarios.
Con el fracaso de la expedición de Cárdenas en 1850, el desastre de la
invasión de las Pozas y la muerte del ilustre caudillo de nuestra
intentona revolucionaria en 1851, no cesaron, antes revivieron nuevos
proyectos de libertar a cuba, que venían acariciando los patriotas
cubanos desde muy al principio del presente siglo. Todos, sin embargo,
cual los anteriores terminaron en desastres y desgracias por el año de
1854.
En 1858 me hallaba en La Habana tras nueve años de ausencia. Reimpresa
entonces mi novela _Dos Amores_, en la imprenta del señor Próspero
Massana, por consejo suyo acometí la empresa de revisar, mejor todavía,
de refundir la otra novela, _Cecilia Valdés_, de la cual sólo existía
impreso el primer tomo y manuscrita una pequeña parte del segundo. Había
trazado el nuevo plan hasta sus más menudos detalles, escrito la
advertencia y procedía al desarrollo de la acción, cuando tuve de nuevo
que abandonar la patria.
Las vicisitudes que se siguieron a esta segunda expatriación voluntaria,
la necesidad de proveer a la subsistencia de familia en país extranjero,
la agitación política que desde 1865 empezó a sentirse en Cuba, las
tareas periodísticas que luego emprendí, no me concedieron ánimo ni
vagar para entregarme a la obra larga, sin expectativa de lucro
inmediato, y por lo mismo tediosa--que demandaba el expurgo, ensanche y
refundición de la más voluminosa y complicada de mis obras literarias.
Tras la nueva agitación de 1865 a 1868 vino la revolución del último año
nombrado y la guerra sangrienta por una década en Cuba, acompañada de
las escenas tumultuosas de los emigrados cubanos en todos los países
circunvecinos a ella, especialmente en Nueva York. Como antes y como
siempre, troqué las ocupaciones literarias por la política militante,
siendo así que acá desplegaban la pluma y la palabra al menos la misma
vehemencia que allá el rifle y el machete.
Durante la mayor parte de esa época de delirio y de sueños patrióticos,
durmió, por supuesto, el manuscrito de la novela. ¿Qué digo? no progresó
más allá de una media decena de capítulos, trazados a ratos perdidos,
cuando el recuerdo de la patria empapada en la sangre de sus mejores
hijos, se ofrecía en todo su horror y toda su belleza y parecía que
demandaba de aquéllos que bien y mucho la amaban, la fiel pintura de su
existencia bajo el triple punto de vista físico, moral y social, antes
que su muerte o su exaltación a la vida de los pueblos libres, cambiaran
enteramente los rasgos característicos de su anterior fisonomía.
De suerte, que en ningún sentido puede decirse con verdad que he
empleado cuarenta años (período cursado de 1839 a la fecha) en la
composición de la novela. Cuando me resolví a concluirla, habrá dos o
tres años, lo más que he podido hacer ha sido despachar un capítulo, con
muchas interrupciones, cada quince días, a veces cada mes, trabajando
algunas horas entre semana y todo el día los domingos.
Con esta manera de componer obras de imaginación, no es fácil mantener
constante el interés de la narrativa, ni siempre animada y unida la
acción, ni el estilo parejo y natural, ni el tono templado y sostenido
que exigen las producciones del género novelesco. Y tal es uno de los
motivos que me impelen a hablar de la novela y de mí.
El otro es, que después de todo, me ha salido el cuadro tan sombrío y de
carácter tan trágico, que, cubano como soy hasta la médula de los huesos
y hombre de moralidad, siento una especie de temor o vergüenza
presentarlo al público sin una palabra explicativa de disculpa. Harto se
me alcanza que los extraños, dígase, las personas que no conozcan de
cerca las costumbres ni la época de la historia de Cuba que he querido
pintar, tal vez crean que escogí los colores más oscuros y sobrecargué
de sombras el cuadro por el mero placer de causar efecto a la Rembrandt,
o a la Gustavo Doré. Nada más distante de mi mente. Me precio de ser,
antes que otra cosa, escritor realista, tomando esta palabra en el
sentido artístico que se le da modernamente.
Hace más de treinta años que no leo novela ninguna, siendo Walter Scott
y Manzoni los únicos modelos que he podido seguir al trazar los variados
cuadros de _Cecilia Valdés_. Reconozco que habría sido mejor para mi
obra que yo hubiese escrito un idilio, un romance pastoril, siquiera un
cuento por el estilo de _Pablo y Virginia_[1] o de _Atala_ y
_Renato_;[2] pero esto, aunque más entretenido y moral, no hubiera sido
el retrato de ningún personaje viviente, ni la descripción de las
costumbres y pasiones de un pueblo de carne y hueso, sometido a
especiales leyes políticas y civiles, imbuido en cierto orden de ideas y
rodeado de influencias reales y positivas. Lejos de inventar o de fingir
caracteres y escenas fantasiosas e inverosímiles, he llevado el
realismo, según entiendo, hasta el punto de presentar los principales
personajes de la novela con todos sus pelos y señales, como vulgarmente
se dice, vestidos con el traje que llevaron en vida, la mayor parte bajo
su nombre y apellido verdaderos, hablando el mismo lenguaje que usaron
en las escenas históricas en que figuraron, copiando en lo que cabía,
_d'après nature_,[3] su fisonomía física y moral, a fin de que aquéllos
que los conocieron de vista o por tradición, los reconozcan sin
dificultad y digan cuando menos: el parecido es innegable.
Apenas si he aspirado a otra cosa. Lo único que debo agregar en descargo
de mi conciencia, por si alguien juzgare que la pintura no tiene nada de
santa ni de edificante, es que, al situar la acción de la novela en el
teatro habanero y época corrida de 1812 a 1831, no encontré personajes
que pudieran representar con mediana fidelidad el papel, por ejemplo,
del payo Lorenzo, o el del pacato de don Abundio, o el del enérgico
padre Cristóbal, o el del santo arzobispo Carlos Borromeo; al paso que
abundaban los que podían pasar, sin contradicción, por fieles copias de
los Canoso, los Tramoya y los don Rodrigo, matones, bravos y
libertinos, cuya generación parece ser de todos los países y de todas
las épocas.
Tampoco ha de achacarse a falta del autor si el cuadro no ilustra, no
escarmienta, no enseña deleitando. Lo más que me ha sido dado hacer, es
abstenerme de toda pintura impúdica o grosera, falta en que era fácil
incurrir, habida consideración a las condiciones, al carácter y a las
pasiones de la mayoría de los actores de la novela; porque nunca he
creído que el escritor público, en el afán de parecer fiel y exacto
pintor de las costumbres, haya de olvidar que le merecen respeto la
virtud y la modestia del lector.
Por lo demás, si la obra que ahora sale a luz completa, no contiene
todos los defectos de lenguaje y de estilo que sacó el primer tomo
impreso en La Habana, si hay mayor corrección y verdad en la pintura de
los caracteres, si resultan eliminadas ciertas escenas y frases de
escasa o dudosa moralidad, si el tono general de la composición es más
uniforme y animado, en mucha parte a los consejos de mi esposa, con
quien he podido consultar capítulo tras capítulo, a medida que los iba
concluyendo.
C. VILLAVERDE
Nueva York, mayo, 1879
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
_Tal es el fruto de la culpa,
Tello, cosecha de dolor._
SOLÍS
Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año de 1812, seguía la
calle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesa
tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre,
cabalgaba el calesero negro. El traje de éste, las guarniciones de
aquéllas y los ornamentos de plata maciza, mostraban a las claras que
era rica la persona a que pertenecía tan lujoso equipaje. Prendida
estaba de los calamones, no sólo por el frente, sino también por un
costado y hasta la mitad del otro,--la cortina o capacete de paño con
banda de vaqueta. Sea el que fuese quien ocupaba el carruaje a la sazón,
no puede negarse que tenía interés en guardar la incógnita, aunque
parecía excusada la precaución, por cuanto no había alma viviente en las
calles, ni se divisaba otra luz que la de las estrellas, o la artificial
de algunas casas que se escapaba por las anchas rendijas de las puertas
cerradas.
Pararon de repente las mulas al trote en la esquina del callejón de San
Juan de Dios y salió a espacio y con no poco trabajo de la calesa un
caballero alto, bien puesto, vestido de frac negro abotonado hasta el
cuello, dejando ver por debajo el chaleco o chupa de color claro,
pantalones de _carranclán_ de pie, corbatín de cerda y sombrero de
castor con copa enorme y ala angosta. Por lo que podía distinguirse en
aquella media luz de las estrellas, las facciones más notables del
hombre eran la nariz, que tenía aguileña, los ojos bastante vivos, el
rostro ovalado y la barba pequeña. El color de ésta y el del cabello,
las sombras del sombrero y de las paredes alterosas del convento vecino,
lo oscurecían tal vez sin ser negro.
--Sigue hasta la calle de lo Empedrado--dijo el caballero en tono
imperioso, más bajo, apoyando la mano izquierda en la silla de la mula
de varas--y espera inmediato a la esquina. En caso que diese la ronda
contigo, di que perteneces a don Joaquín Gómez y que aguardas sus
órdenes. ¿Entiendes, Pío?
--Sí, señor, contestó el calesero; quien desde que empezó a hablar su
amo tenía el sombrero en la mano.
Y siguió al paso de las mulas hasta el punto que le indicó aquél.
El callejón de San Juan de Dios se compone de dos cuadras solamente,
cerrado por un extremo en las paredes del convento de Santa Catalina y
por el otro en las casas de la calle de la Habana. El hospital de San
Juan de Dios, que le da nombre, y que por sus altas y cuadradas
ventanas, siempre deja salir el vaho caliente de los enfermos, ocupa
todo un lado de la segunda cuadra y los otros tres, casitas pequeñas de
tejas coloradas y un solo piso, el de las últimas en particular más alto
que el nivel de la calle, con uno y dos escalones de piedra a la puerta.
Las de mejor apariencia de ellas eran las de la primera cuadra entrando
de la calle de Compostela. Eran todas de un mismo tamaño, poco más o
menos, de una sola ventana y puerta, ésta de cedro con clavos de cabeza
grande, pintadas de color de ladrillo, aquélla o de espejo o volada[4] y
de balaustres de madera gruesa. El piso de la calle se hallaba en su
estado primitivo y natural, pedregoso y sin banquetas.
El caballero desconocido, arrimado a las paredes, debajo de los
salientes aleros de tejas, se detuvo a la puerta de la tercera casita de
su derecha y dio dos golpecitos con la punta de los dedos. Allí sin duda
le aguardaban, porque tardaron en abrir lo que tardó en pasar de la
ventana a la puerta la persona que quitó la tranca con que se cerraba
por dentro. Esa resultó ser la ama de la casa; mulata como de 40 años de
edad, de estatura mediana, llena de carnes, aunque conservaba el talle
estrecho, los hombros redondos y desnudos, la cabeza hermosa, la nariz
algo gruesa, la boca expresiva y el cabello espeso y muy crespo. Vestía
camisa fina bordada, de manga corta, y enaguas de sarga sin pliegues ni
adorno ninguno.
Había pocos muebles en la sala: arrimada a la pared de la derecha una
mesa de caoba, sobre la cual ardía una vela de cera, dentro de una
guardabrisa o fanal, y varias sillas pesadas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, clavados con tachuelas de cobre. En aquella época
esto se tenía por lujo, mucho más tratándose de una mujer de color, que
ocupaba aquella habitación como ama y no como criada. El caballero no le
dio la mano al entrar, sólo le hizo un saludo grave sin dejar de ser
gracioso y amable; lo que sin disputa era aún más extraño, pues aparte
de su diferencia de condición y de raza, la de sus edades respectivas
era notable a primera vista y no cabía entre ellos otra relación que la
de la amistad, más o menos sincera y desinteresada. Enseguida preguntó
en tono triste y acercándose a la mujer cuanto podía, a fin de no
levantar la voz, que la tenía algo bronca:
--¿Y qué tal la enferma?
La mulata sacudió la cabeza con aire todavía más triste y contestó con
tres monosílabos:
--¡Ah! muy mal.
Algo más animada, aunque sin despejársele el semblante, agregó poco
después:
--¿No se lo dije al señor? _Entodavía_ ha de acabar con ella el golpe.
--Pues qué, replicó desazonado el caballero, ¿no me dijo Vd. anoche que
estaba mejor y más tranquila?
--Lo estaba, sí, señor; pero la mañana la ha pasado muy _desinquieta_ y
agitada. Decía que le daban calor las sábanas, que le ardía la cabeza, y
varias veces ha tratado de salirse de la cama buscando aire. De manera
que fue preciso mandar por el médico. Vino y recetó un calmante: lo
tomó, porque la pobrecita toma cuanto le dan. De sus resultas ya se
duerme como una piedra, ya _dispierta_ sobresaltada. ¡Ay, señor, su
sueño se parece tanto a la muerte! Me da miedo, mucho miedo. Yo se lo
decía al señor desde un principio, el golpe era demasiado para ella. Esa
muchacha no tiene fuerzas para soportarlo. ¡Ah! mi señor, de esta hecha
la perdemos, lo estoy mirando; me lo ha dado el corazón.
Y no dijo más, porque la emoción le ahogó la voz en la garganta.
--Veo que Vd. se acobarda, _seña_ Josefa, dijo el desconocido con
dulzura y sentimiento. ¿Pues no ha tratado Vd. de convencerla de que la
separación es sólo por muy corto tiempo? No es ella ninguna chiquilla...
--¡Que si no he tratado! El señor parece que no la conoce _entodavía_.
Ella no oye razones. Es la más voluntariosa y cabecidura que ha nacido.
Además, _dende_ ese lance no está en su cabal juicio y razón. ¿El señor
mismo no trató aquella noche fatal de consolarla y tranquilizarla? ¿Y
qué sacó? Acuérdese lo que _semos_: nada. El señor va a ver por sus
propios ojos que se escogió mal el momento de someterla a semejante
prueba. No se habían pasado los cuarenta días y luego tenía una
calentura que volaba. Sí, concluyó ya del todo conmovida y llorosa--me
tengo tragado que de ésta no sale ella con juicio o con vida.
--Dios querrá, _seña_ Josefa, que no se realicen tan funestos
pronósticos, dijo el caballero preocupado. Después de breve rato
añadió:--Ella es joven y robusta, y todavía la naturaleza triunfará de
todos sus males y penas. Fío más en esto que en la ciencia oscura de los
médicos. Aparte de eso, Vd. sabe que se ha hecho lo hecho por el bien de
todos, mejor dicho... Más adelante me lo agradecerán, estoy seguro. Yo
no podía ni debía darla mi nombre. No, no, repitió como azorado del eco
de su propia voz. Nadie mejor que Vd. lo sabe. Vd. que es mujer de
razón, conocerá y confesará que así tenía que ser. Es preciso que la
chica lleve un nombre, nombre de que no tenga que avergonzarse mañana,
ni esotro día, el de Valdés, con que quizás haga un buen casamiento.
Para ello no había más remedio sino pasar por la Real Casa Cuna. Esto no
ha podido ser más doloroso para la madre, bien lo sé, que para... todos
nosotros. Pero dentro de breves días la habrán bautizado y entonces haré
que la traiga aquí María de Regla, mi negra, que tres meses hace perdió
un hijo del mal de los siete días, y la está amamantando en la Casa Cuna
por orden mía. Ella la devolverá sana, salva y cristiana a los brazos de
su madre. Yo tengo arreglado todo eso con Montes de Oca, el médico de la
Real Casa, por quien a menudo sé de la chica. Al principio lloraba mucho
y se negaba a tomar el pecho de María de Regla, por lo que enflaqueció
un poco. Pero ya todo eso ha pasado y ahora está gorda y rozagante, es
decir, según me ha informado Montes de Oca, porque yo no la he visto
desde la noche en que la hice pasar por el torno... Los ojos se me
fueron tras ella. Es indecible cuánto me costó ese paso... Pero, a otra
cosa. Vd. sabe, sin embargo, que no cabe equivocación.
--Demasiado que lo sé--dijo la mulata enjugándose las lágrimas. No puede
equivocarse, no. Por lo tocante a eso estoy tranquila, como que a pesar
de sus chillidos, que me partían el alma, le hice la media luna azul en
el hombro izquierdo, según el señor me ordenó. Yo no sé a quién le
dolería más, si a ella o a mí... La madre, la madre, mi señor, es la que
me tiene sin sosiego. Ella no puede resistir. De por fuerza pierde el
juicio o la vida. Yo se lo repito al señor.
_Seña_ Josefa, como la llamó el desconocido, se conocía que era mujer
inteligente, si bien por el descuido de su educación incurría a menudo
en las faltas de lenguaje comunes al vulgo de las gentes en Cuba. A
pesar de la madurez de sus años y de sus pesares, conservaba las
muestras de una juventud bella y distinguida, buenos ojos, la expresión
amorosa de la boca y la redondez del cuello, de los hombros y de los
brazos. Tenía el color cetrino que resulta de la mezcla de hembra negra
y varón indio; pero lo crespo del pelo y el óvalo del rostro no admitían
la probabilidad de semejante maridaje, sino el de madre negra y padre
blanco. Cuando joven llevó vida acomodada, tuvo goces y se rozó con
gente bien criada y de buenas maneras. Honda debía de ser la pesadumbre
que a la sazón la aquejaba, según eran la frecuencia de sus suspiros, la
contracción repetida de su entrecejo y la abundancia del humor acuoso en
que nadaban sus grandes ojos y le empañaban el brillo. Por lo demás,
había en su actitud más desesperación que verdadero pesar. En efecto,
como luego veremos, tenía razón sobrada para lo uno y no le faltaba para
lo otro.
Hacía ratos que ambos personajes estaban callados, cada cual a vueltas
con sus propios pensamientos, que de seguro no coincidían en ningún
punto, a tiempo que se oyeron un lamento y un grito desgarrador salidos
del interior de la casa. La mujer hizo una exclamación dolorosa, se
llevó ambas manos a la cabeza y corrió como desalada por el primer
aposento al segundo cuarto. Maquinalmente el caballero hizo con las
manos el mismo movimiento y siguió sus pasos en silencio, aunque a
cierta distancia. Allí no había más luz que la mortecina de una
lamparita de aceite en una mesa, sobre la cual se veía un nicho o
retablo de titiritero, donde se veneraba una figura de talla, con traje
talar o de mujer, que miraba al cielo y tenía clavada en el pecho una
espada, cuya empuñadura parecía de plata. En el lado opuesto había un
catre, con colgaduras de seda, ya ajadas, y a la cabecera una silla de
cuero, que en el momento que entró allí _seña_ Josefa, la había
desocupado una anciana negra, escuálida, imagen de la muerte, cuya
cabeza blanca contrastaba con el ébano de su cuello largo y huesoso.
Tenía en la mano derecha un rosario y varios escapularios al pecho sobre
la camisa blanca; ciñéndola el talle de la falda de cañamazo, una correa
negra y larga a lo fraile agustino. Estaba como embebida o rezando con
gran fervor, y al tocarle en el hombro _seña_ Josefa, alzó de repente la
cabeza, la volvió hacia la puerta del aposento, vio en ella de pie al
desconocido, hizo un movimiento de horror o de susto y desapareció por
la puerta del fondo sin decir palabra.
Ocupó su lugar _seña_ Josefa. Abrió con tiento las cortinas del lecho, y
por señas indicó al caballero que se acercara; lo que hizo éste, al
parecer, con repugnancia. Los ojos de ambos se clavaron en el rostro
pálido de una muchacha de 20 años, yaciente boca arriba y aparentemente
muerta. Porque no se movía a la sazón, tenía los ojos hundidos y
cerrados los párpados, cuyas pestañas eran tan largas que daban sombra a
las mejillas. La cabeza era lo único que tenía fuera de las sábanas, y
eso casi enterrada en la almohada, la cual desaparecía bajo una mata de
pelo negro, undoso y esparcido por todas partes en el mayor desorden. De
en medio de aquel fondo negro se destacaba el rostro ovalado, pálido de
cera de la enferma, con la barba aguda, la frente cuadrada y alta, la
boca pequeña, los labios belfos, y la nariz bastante bien hecha para
mujer de raza mezclada, como sin duda era aquélla de que ahora se trata.
El conjunto era bueno, femenil; pero había tal expresión de angustia y
melancolía en el semblante marchito por la enfermedad, que daba lástima
el contemplarle. Movida por este sentimiento tal vez _seña_ Josefa dijo
al oído del caballero:--Se ha dormido.
La contestación del caballero fue sacudir la cabeza negativamente, acaso
porque en aquel instante creyó notar un temblor convulsivo que recorría
de pies a cabeza todo el cuerpo de la paciente. Tras el temblor empezó a
levantársele el pecho, movimiento fácil de percibir por encima de la
sábana, como una ola en mar sereno que repunta, de repente, y precursor
del suspiro que exhaló enseguida del fondo del corazón, acompañado de un
gemido doloroso y agudo. Comprendiendo el caballero lo que debía
sobrevenir, sin poderlo remediar, apartó primero la vista y disimulada y
paulatinamente se retiró a los pies de la cama. Incorporada en aquel
instante la enferma, exclamó con aire de espanto:
--¡Mamita! ¿Era su merced?
--¡Hija mía! ¿Qué quieres? ¿Estás mejor?
--¡Ah! ¡Mamita! prosiguió la muchacha en el mismo aire de azorada.--La
he visto, la acabo de ver. Sí, no me queda duda. ¡Ahí está! agregó
señalando al cielo. ¡Se va! ¡Me la llevan! Debe estar muerta. ¡Ay!--Y se
le escapó otro grito desgarrador.
--¡Hija! le observó la madre afligida. _Dispierta._ Tú estás soñando o
esas son ilusiones tuyas.
--Venga acá, mamita, mire su merced misma.
Diciendo esto la atraía a sí por el brazo.
--¡Véala! ¿No es aquella la Virgen Santísima dentro de una nube dorada,
con los pies desnudos, apoyados en las alas de infinitos ángeles? Ella
es. ¡Mire! Por aquí. ¡Allá! Vea. ¡Se eleva!
--Visiones, hija mía. No hagas caso. Acuéstate y descansa.
--¿Cómo quiere su merced que me acueste, si veo que se llevan a mi hija,
la hija de mis entrañas?
--¿Pero quién se la lleva, mi vida?
--¿Quién se la lleva? ¿Pues no lo ve su merced? La Virgen Santísima. Se
la lleva en los brazos. Debe estar muerta. ¡Ah!
--Ella no se ha muerto, no lo creas; le dijo débilmente _seña_ Josefa,
pues sobre este punto no estaba más segura que la enferma. Tu niña está
viva y pronto la verás. Esos son sueños tuyos.
--Sueños, sueños, repitió la muchacha, distraída. ¿Yo soñaba? ¿No será
más que un sueño? Pero, ¿y mi hija? ¿Dónde está? ¿Por qué me la han
quitado? Y de que yo la perdiera su merced tiene la culpa, concluyó
diciendo con iracundo ademán y acento.
No tuvo valor _seña_ Josefa para replicar palabra, bien por no irritar
más a la enferma con una contradicción poco menos que inútil, bien
porque la acusación era directa y fundada. Sólo acertó a volver los ojos
hacia su derecha, con lo que los de la enferma naturalmente siguieron la
misma dirección y en consecuencia tropezaron con el bulto oscuro del
desconocido, que hacía por ocultarse tras las colgaduras de la cama.
--¿Quién está ahí? preguntó apuntando con el dedo. ¡Ah! ¡El es, el
ladrón de mi hija! ¡Mi verdugo! ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Vienes,
basilisco, a gozarte en tu obra? A tiempo llegas. Gózate a tus anchas.
Mi hija ha volado al cielo, lo sé, de ello estoy convencida, yo la
seguiré muy pronto; pero tú, tú, causa de nuestra condenación y muerte,
tú bajarás... al infierno.
--¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa santiguándose. Tú no sabes lo que dices.
Calla.
Y anegada en lágrimas se arrojó sobre su hija con el doble objeto de
impedirle que se levantara y de que siguiera en aquella terrible
increpación contra el caballero desconocido. Por prudencia o por
remordimiento, éste callaba e inclinó más la cabeza. El, de todos modos,
estaba muy disgustado y luchaba consigo mismo a fin de tomar una
resolución. Porque, previéndolo, había venido a ponerse al alcance de
las recriminaciones, al parecer justas, de la enferma, quien aunque
delirante, le echaba en cara la pérdida de su hija y la ruina de su
razón. Mas no hizo por defenderse. Se sentía, al contrario, humillado,
altamente ofendido por cuanto siendo sus intenciones las más puras,
guiadas por el deseo del bien de todos los inmediatamente interesados,
las resultas llevaban camino de ser muy desastrosas. A los ojos de su
propia conciencia la justificación era fácil; el mundo, sin embargo,
debía juzgarle por los hechos. Y a este juicio le tenía él horror
cerval.
Continuaba entre tanto la lucha entre la madre y la hija. Esta, con los
ojos de espantada, los cabellos desgreñados, la frente cubierta de sudor
copioso, las mejillas encendidas por la fiebre, repelía con ambas manos
a la madre y le repetía:--Déjame, mamita, déjame ver esa cara de hereje.
Quiero pedirle cuenta de mi hija. El me la ha quitado, él, entrañas de
fiera. Y la madre, siempre inundada en lágrimas estrechándola en sus
brazos, le respondía:--Por el amor de Dios, hija mía, por la Purísima
Concepción de María Santísima, por tu salud, por la de tu hija, que vive
y está buena, cállate, tranquilízate. Yo te lo ruego por lo que más
quiera.
Pero como se prolongase demasiado aquella lucha, se acercó el caballero
a la cama, tomó en la suya una mano de la enferma, la cual ella no
rechazó, y con voz grave, mas llena de exquisita ternura, le dijo:
--Charo, óyeme. Te prometo que mañana verás a tu hija. Vuelve en ti.
¡Cálmate! No más locuras.
Séase que de tanto bregar se le agotasen las fuerzas, séase que la
impusiese respeto la voz del desconocido, es lo cierto que la enferma,
exhalando un profundo suspiro, cayó repentinamente de espaldas en la
almohada y allí quedó por breve rato sin movimiento. No creyó menos la
madre, al pronto, sino que había expirado. Púsola con ese motivo la mano
en el corazón, y como, ya por el susto, ya porque en efecto se le había
paralizado la sangre en las venas a la paciente, no sintió por unos
instantes las pulsaciones. Así que, grandemente asustada, se volvió para
el caballero, que al parecer contemplaba impasible aquella escena muda,
y con acento de amarga reconvención le dijo:
--¿Lo ve el señor? Está muerta.
No fue esto parte a hacerle perder al caballero su natural ecuanimidad.
Lejos de ello, con mucha calma y deliberación le tomó el pulso a la
muchacha, a guisa de médico, y después dijo:
--Traiga Vd. éter. Se ha desmayado. Esta moza está muy débil, necesita
alimento.
--El médico lo ha prohibido, observó _seña_ Josefa.
--El médico no sabe lo que se pesca. Dela Vd. caldo. Pero despache con
el éter.
Traído el álcali volátil, se le aplicaron a la nariz; pero las únicas
señales de vida que dio la muchacha fue un estremecimiento de los
párpados, que no abrió por cierto, y un llorar en silencio, o hilo a
hilo, según reza la gráfica expresión vulgar. Mientras esto pasaba
delante de la cama de la enferma, asomó la cabeza blanca por entre la
puerta del fondo, medio abierta, la anciana negra antes mencionada; pero
la retiró de golpe persignándose cual si viese al diablo, sin duda
porque aún estaba allí el caballero desconocido. Al fin, éste se alejó
de aquel sitio de dolor y de tribulación, saludó a _seña_ Josefa con una
mera inclinación de cabeza, y salió a la calle murmurando en su
despecho:
--¡Y nadie más que yo tiene la culpa!
CAPÍTULO II
_Sola soy, sola nací,_
_Sola me tuvo mi madre,_
_Sola me tengo de andar,_
_Como la pluma en el aire._
Algunos años adelante, mejor, uno o dos después de la caída del segundo
breve período constitucional, en que quedó establecido el estado de
sitio de la Isla de Cuba y Capitán General de la misma don Francisco
Dionisio Vives, solía verse por las calles del barrio del Ángel una
muchacha de unos once a doce años de edad, quien, ya por su hábito
andariego, ya por otras circunstancias de que hablaremos enseguida,
llamaba la atención general.
Era su tipo el de las vírgenes de los más célebres pintores. Porque a
una frente alta, coronada de cabellos negros y copiosos, naturalmente
ondeados, unía facciones muy regulares, nariz recta que arrancaba desde
el entrecejo, y por quedarse algo corta alzaba un si es no es el labio
superior, como para dejar ver dos sartas de dientes menudos y blancos.
Sus cejas describían un arco y daban mayor sombra a los ojos negros y
rasgados, los cuales eran todo movilidad y fuego. La boca tenía chica y
los labios llenos, indicando más voluptuosidad que firmeza de carácter.
Las mejillas llenas y redondas y un hoyuelo en medio de la barba,
formaban un conjunto bello, que para ser perfecto sólo faltaba que la
expresión fuese menos maliciosa, si no maligna.
De cuerpo era más bien delgada que gruesa, para su edad antes baja que
crecida, y el torso, visto de espaldas, angosto en el cuello y ancho
hacia los hombros, formaba armonía encantadora, aun bajo sus humildes
ropas, con el estrecho y flexible talle, que no hay medio de compararle
sino con la base de una copa. La complexión podía pasar por saludable,
la encarnación viva, hablando en el sentido en que los pintores toman
esta palabra, aunque a poco que se fijaba la atención, se advertía en el
color del rostro, que sin dejar de ser sanguíneo había demasiado ocre en
su composición, y no resultaba diáfano ni libre. ¿A qué raza, pues,
pertenecía esta muchacha? Difícil es decirlo. Sin embargo, a un ojo
conocedor no podía esconderse que sus labios rojos tenían un borde o
filete oscuro, y que la iluminación del rostro terminaba en una especie
de penumbra hacia el nacimiento del cabello. Su sangre no era pura y
bien podía asegurarse que allá en la tercera o cuarta generación estaba
mezclada con la etíope.
Pero de cualquier manera, tales eran su belleza peregrina, su alegría y
vivacidad, que la revestían de una especie de encanto, no dejando al
ánimo vagar sino para admirarla y pasar de largo por las faltas o por
las sobras de su progenie. Nunca la habían visto triste, nunca de mal
humor, nunca reñir con nadie; tampoco podía darse razón dónde moraba ni
de qué subsistía. ¿Qué hacía, pues, una niña tan linda, azotando las
calles día y noche, como perro hambriento y sin dueño? ¿No había quien
por ella hiciera ni rigiera su índole vagabunda?
Entre tanto la chica crecía gallarda y lozana, sin cuidarse de las
investigaciones y murmuraciones de que era objeto, y sin caer en la
cuenta de que su vida callejera, que a ella le parecía muy natural,
inspiraba sospechas y temores, si no compasión a algunas viejas; que sus
gracias nacientes y el descuido y libertad con que vivía, alimentaban
esperanzas de bastardo linaje en mancebos corazones, que latían al verla
atravesar la plazuela del Cristo, cuando a la carrerita y con la
sutileza de la zorra hurtaba un bollo o un chicharrón a las negras que
de parte de noche allí se ponen a freírlos; o cuando al descuido metía
la pequeña mano en los cajones de pasas de los almacenes de víveres en
las esquinas de las calles; o cuando levantaba el plátano maduro, el
mango o la guayaba del tablero de la frutera; o cuando enredaba el perro
del ciego en el cañón de la esquina, o le encaminaba a San Juan de Dios,
si iba para Santa Clara:[5] que todas éstas eran travesuras dignas de
celebración en una niña de su edad y parecer.
Su traje ordinario, no siempre aseado, consistía en falda de zaraza, sin
más pañizuelo ni otro calzado que unas chancletas, las cuales anunciaban
de lejos su aproximación, porque sonaban mucho en las banquetas de
piedra de las pocas calles que entonces tenían tales adornos. Llevaba
también el cabello siempre suelto y naturalmente rizado. El único
ornamento de su cuello era un rosarito de filigrana, especie de
gargantilla, con una cruz de coral y oro pendiente, memoria de la madre
cara y desconocida.
A pesar de aquella vida suya y de aquel traje, parecía tan pura y linda,
que estaba uno tentado a creer que jamás dejaría de ser lo que era,
cándida niña en cabello, que se preparaba a entrar en el mundo por una
puerta al parecer de oro, y que vivía sin tener sospecha siquiera de su
existencia. Sin embargo, las calles de la ciudad, las plazas, los
establecimientos públicos, como se apuntó más arriba, fueron su escuela,
y en tales sitios, según es de presumir, su tierno corazón, formado
acaso para dar abrigo a las virtudes, que son el más bello encanto de
las mujeres, bebió a torrentes las aguas emponzoñadas del vicio, se
nutrió desde temprano con las escenas de impudicia que ofrece
diariamente un pueblo soez y desmoralizado. ¿Y cómo librarse de
semejante influjo? ¿Cómo impedir que sus vivarachos ojos no viesen? ¿Qué
sus orejas siempre alerta no oyesen? ¿Que aquella alma rebosando vida y
juventud no se asomara antes de tiempo a los ojos y a los oídos para
juzgar de cuanto pasaba en su derredor, en vez de dormir el sueño de la
inocencia? ¡Bien temprano, a fe, llamó a sus puertas la legión de
pasiones que gastan el corazón y abaten las frentes más soberbias!
Una tarde, entre otras, pasaba la chica, como de costumbre, a la
carrerita, por cierta calle de que no hay para qué mencionar ahora el
nombre. Asomadas a una de las altas y anchas rejas de hierro de las
ventanas de una casa de apariencia aristocrática, estaban dos niñas poco
más o menos de su edad y una joven de 14 a 15, las cuales, como viesen
pasar aquella exhalación, según se expresó una de ellas mismas, excitada
grandemente la curiosidad de todas, la llamaron con instancia. No se
hizo de rogar la mozuela, antes se entró, desde luego por el zaguán, y
se presentó con mucho desembarazo a la puerta de la sala, donde ya la
esperaba el grupo de las tres jovencitas. Allí, éstas la tomaron por la
mano y la llevaron delante de una señora algo gruesa, vestida con mucho
aseo, que estaba arrellanada en un ancho sillón y descansaba los pies en
un escabel.
--¡Ah! exclamó ésta cuando la hubo visto de cerca. ¡Y qué mona es! Dicho
lo cual se enderezó en el asiento, operación que le costó un buen
esfuerzo, y agregó:
--¿Cómo te llamas?
--Cecilia, respondió vivamente.
--¿Y tu madre?
--Yo no tengo madre.
--¡Pobrecita! ¿Y tu padre?
--Yo soy Valdés, yo no tengo padre.
--Esa está mejor, exclamó la señora recapacitando.
--Papá, papá, dijo la mayor de las señoritas dirigiéndose a un caballero
que estaba recostado en un sofá a la derecha del estrado. Papá, ¿ha
visto Vd. niña más preciosa?
--Ya, ya, contestó el padre casi sin volver el rostro. Dejadla en paz.
Pero apenas salieron esas palabras de sus labios, reparó en él Cecilia,
y entre admirada, y reída, dijo:
--¡Ay! Yo conozco a ese hombre que está ahí acostado. Este, por debajo
de las manos, con que ya se sombreaba la frente, le echó una mirada
fiera, en que iban pintados su mal humor y disgusto. Enseguida se
levantó y dejó la sala, sin decir más palabra. Extraño es en verdad que
sólo este hombre no sintiese simpatía por la linda callejera.
--¿Conque no tienes padre ni madre? Tornó a preguntar la buena señora,
un si es no es preocupada por la anterior escena. ¿Y cómo vives? ¿Con
quién vives? ¿Eres hija de la tierra o del aire?
--¡Ave María Purísima! exclamó la niña doblando la cabeza sobre el
hombro derecho y mirando fijamente a sus preguntadoras. ¡Ay, Jesús! ¡Qué
gente tan curiosa! Yo vivo con mi abuela, que es una viejecita muy
buena, que me quiere mucho y que me deja hacer cuanto yo quiero. Mi
madre se murió hace mucho tiempo y... mi padre también. No sé más ni me
pregunten más.
Bien quisieran las jovencitas hacer más preguntas, e informarse de otros
pormenores acerca de la vida y parentela de Cecilia; pero, por una
parte, su padre les había dicho que la dejaran en paz, y, por otra, su
madre, ya incapaz de dominar su desazón, les indicó por un gesto muy
significativo que era tiempo saliese de allí mozuela tan procaz. Colmada
de regalos y despedida al fin, Cecilia, pasaba por el zaguán en vuelta
de la calle, a sazón que bajaba de los altos un jovencito en traje
veraniego, es decir, de chupa y pantalón de Arabia quien apenas la vio,
la reconoció y le dijo desde lo alto:
--Cecilia, ¡eh, Cecilia! Oye, mira.
Ella, sin contener el paso, mas sin dejar de mirar al que le daba voces,
le decía hasta la puerta de la calle: ¡Cuico! ¡Cuico! Y al mismo tiempo
abría la mano derecha, ponía el dedo pulgar en la punta de la nariz y
movía los otros con gran rapidez. Que es una manera de burla que a
menudo se hacen los muchachos en nuestras calles, como diciendo: ¡Ah!
¡que te engañé! ¡Ah! que me escapé de tus majaderías.
No es para referir aquí la escena que se siguió a la ida de la chica de
aquella casa. Del señor y de la señora puede decirse que no volvieron a
mencionar su nombre. Las señoritas, al contrario, aún cuando tornaron a
la ventana para ver y saludar a sus amigas, que de vuelta del paseo
pasaban en sus lujosas volantas, no cesaron de hablar de Cecilia y de
repetir su nombre, ayudándoles entonces el hermano mayor, quien la
conocía y a menudo se encontraba con ella cuando iba a la clase de latín
del padre Morales, enfrente del convento de Santa Teresa.
En el medio tiempo la chica, siguiendo por la calle adelante salió a la
plazuela de Santa Catalina, cuyo terraplén, que corre por todo el
frente, subió a saltos, y luego bajó a la calle del Aguacate por una
escalera de mampostería. Una vez allí, se dirigió derecho, aunque con
cierta cautela, a la casita inmediata a la esquina ocupada por una
taberna. No tocó ni se detuvo delante de la puerta, sino que empujó con
suavidad la hoja de la derecha o macho, la cual estaba sujeta con una
media bala de hierro en el suelo. Había sido de bermellón la pintura de
dicha puerta, pero lavada por las lluvias, el sol y el tiempo, no le
quedaban sino manchas oscuras en torno de la cabeza de los clavos y en
las molduras profundas de los tableros. La ventanilla, que era de espejo
y alta, sólo tenía tres o cuatro balaustres, había perdido la pintura
primitiva, quedándole un baño ligero de color de plomo. Por lo que toca
al interior, su apariencia era más ruin, si cabe, que el exterior. Se
componía de una salita, dividida por un biombo para formar una alcoba,
cuya puerta daba precisamente hacia la de la calle, y otra a la derecha
con salida al patio angosto y no más largo que el fondo de la casita. A
la izquierda de la entrada y a la altura de una vara, había un hueco en
la pared medianera, a modo de nicho, en cuyo fondo se veía una Madre
Dolorosa de cuerpo entero, aunque muy reducido, con una espada de fuego
que le atravesaba el pecho de parte a parte. Alumbraban día y noche tan
peregrina pintura dos mariposas, es decir, dos hornillas con su pabilo
correspondiente, flotando en tres partes de agua y una de aceite, dentro
de vasos ordinarios de vidrio. Una guirnalda de todas flores
artificiales y de pedazos de cartulina dorada y plateada, ajadas,
descoloridas y polvorosas adornaba el retablo. Y en torno, por las
paredes, en el biombo y detrás de las puertas y ventanas, gran número de
letreros, por ejemplo: ¡Ave María Purísima! ¡La Gracia de Dios sea en
esta casa! ¡Viva Jesús! ¡Viva María! ¡Viva la Gracia y muera el Pecado!
Con otros muchos por el estilo, que no hay para qué repetirlos. Las
estampas, sin cuadro, pegadas a las paredes con obleas o engrudo, eran
más numerosas que los letreros, todas de santos, impresas por el
impresor Boloña[6] en papel común y recogidas de manos de los
demandantes de los conventos a cambio de limosnas, o compradas a la
puerta de las iglesias en los días de fiestas.
Reducíase a bien poco el mueblaje, aunque en su poquedad y ruina se
conocía que había visto mejores tiempos cuando nuevo. El más apetecible
de la casa era una butaca de Campeche, ya coja, con orejas grandes y
desvencijada. Agregábanse tres o cuatro sillas de cedro con asiento y
respaldo de vaqueta, del mismo estilo, fuertes, macizas y antiquísimas.
Hacía juego con ellas una rinconera de la propia madera, cuyos pies
estaban labrados en forma de pezuña de sátiro, con molduras y hojas de
parra.
A pesar de la estrechez de aquel albergue, había un gato dormilón,
varias palomas y gallinas, muy familiarizadas sin duda con sus dos
únicos huéspedes humanos, pues que iban y venían, saltaban sobre los
respaldos de las sillas, maullaban, arrullaban y cacareaban sin
consideración ni temor. A un lado de la alcoba había una cama alta,
cuadrilonga, que siempre estaba de recibo, como que era de cuero sin
curtir, cuya dureza la suavizaba un colchón de plumas, cubierto
perennemente con una colcha de mil y un retazos o taracea. Las columnas
salomónicas, en vez de colgaduras, sostenían San Blases, escapularios,
cruces de cartón, piedras de vidrio y palmas benditas de los domingos de
ramos de muchos años atrás.
En realidad aquélla no era casa sino en cuanto daba abrigo a dos
personas, porque, fuera de las dos piezas mencionadas, no tenía
comodidad ni más desahogo que el patio dicho, donde estaba la cocina,
mejor, fogón, cajoncito de madera lleno de ceniza, montado sobre cuatro
pies derechos, y protegido de la lluvia por una especie de alero de
mesilla. Nos hemos detenido tanto en la descripción de la casucha donde
entró Cecilia, porque pare su imaginación el benigno lector en el
contraste que ofrecería una niña tan linda, rebosando vida y juventud,
en medio de tanta antigualla, que no parecía sino que el cielo la había
colocado allí para decirle a cada rato al oído:--Hija, contempla lo que
serás y sé más cuerda.
Pero estamos seguros que eso era lo menos en que ella pensaba, y
entonces con doble motivo, cuanto que más le importaba que no la
sintiese entrar cierta persona que, de espaldas en la butaca, frente al
nicho, parecía rezar o dormitar. Sin embargo, por más tiento que pusiese
la picaruela en el modo de asentar la planta, no lo pudo hacer tan
callandito que no la oyese y sintiese distintamente la vieja, cuyos
oídos eran muy finos, y que entonces no rezaba ni dormía, sino que leía,
hecha un arco, en un libro pequeño de oraciones con forro de pergamino.
--¡Hola! le dijo mirándola de soslayo por encima de los aros
perfectamente redondos de sus gafas, enhorquilladas en la punta de la
nariz, a guisa de muchacho a la grupa de un caballo, ¡Hola señorita!
¿Aquí está Vd? ¿Eh? ¡Qué bueno! ¿Son éstas horas de venir a pedir la
bendición de su abuela? (Porque la chica se acercaba con los brazos
cruzados.) ¿Dónde has estado hasta ahora, buena pieza? (Habían tocado ya
las oraciones.) ¡Qué linda estabas para ir por los óleos! Y echándole
mano de pronto, en cuyo acto se le cayó el libro y se espantaron el gato
que pestañeaba a menudo sentado en una silla, las palomas y las
gallinas. Ven acá, espiritada, añadió; mariposa sin alas, oveja sin
grey, loca de cepo; ven, que he de averiguar dónde has estado hasta
estas horas. ¿Qué, tú no tienes rey ni Roque que te gobierne, ni Papa
que te excomulgue? ¿Adónde se ha visto de eso? ¿Tú no tienes más vida
que correr por las calles? ¿No se puede averiguar nadie contigo? Yo te
haré entender que hay quien puede. ¡No me quedaba que ver!
Cecilia, lejos de asustarse, ni de huir, con mucha risa se echó en
brazos de la malhumorada y gruñidora abuela, y, como para anudarle la
lengua, le entregó cuanto le habían regalado las señoritas donde había
estado.
CAPÍTULO III
_Malditas viejas,
Que a las mozas malamente
Enloquecen con consejas._
ZORRILLA
Con más zalamería y astucia de las que cabían en una niña de su edad,
Cecilia abrazó y besó a su abuela, a la cual dio el nombre de Chepilla
(alteración caprichosa de Josefa), que así generalmente la llamaban.
Bastó eso para aplacar su enojo, y nada hay en ello que extrañar,
porque, según adelante veremos, había sido tan infeliz aquella mujer,
sentía tal necesidad de ser amada por el único ser que la interesaba de
cerca en el mundo, que mantener seriedad con la nieta, hubiera sido lo
mismo que prolongar su propio martirio. Por supuesto que selló sus
labios de golpe, y no acertó a otra cosa que a contemplarla, bien así
como momentos antes había estado contemplando el dulce rostro de María
Santísima, en fervorosa oración.
Mientras la niña estrechaba por la cintura a la vieja con sus torneados
brazos y recostaba la hermosa cabeza en su pecho, semejante a la flor
que brota en un tronco seco y con sus hojas y fragancia ostenta la vida
junto a la misma muerte, la figura de _seña_ Josefa se mostraba más
extraña y fea de lo que era naturalmente. Su rostro mismo formaba
contraste con lo demás del cuerpo. Ya fuese porque tenía la costumbre de
llevarse el cabello atrás, ya porque lo sacó de naturaleza, la verdad es
que le lucía la frente demasiado ancha, la nariz grande y roma, la barba
aguda, y la cuenca de los ojos hundida. Esto daba aviesa expresión a su
semblante, no muy fácil de pasar por alto al menos avisado observador.
Aún había morbidez en sus brazos, y sus manos podían calificarse de
lindas. Pero lo más notable de su fisonomía eran sus ojos grandes,
oscuros y penetrantes, restos de una facciones que habían sido
agradables, desarmonizadas ahora por una vejez prematura.
Mulata de origen, su color era cobrizo, y con los años y las arrugas se
le había vuelto atezado, o _achinado_; para valernos de la expresión
vulgar con que se designa en Cuba al hijo de mulato y negra, o al
contrario. Podía tener 60 años de edad, aunque aparentaba más, porque ya
empezaba a blanquearle el cabello, cosa que en las gentes de color suele
suceder más tarde que en las de raza caucásica. Los padecimientos del
ánimo aniquilan primero el semblante que el cuerpo mortal del hombre.
Como veremos después, la resignación cristiana, obra de su fe en Dios,
pasto con que al fin alimentaba su espíritu en las largas horas
consagradas al rezo y a la meditación, sólo la hubiera mantenido en pie
contra los embates de su miserable suerte. Por otra parte, con el triste
convencimiento del que de una ojeada midió su pasado y su porvenir, y lo
que debía y podía esperar de su nieta, hermosa flor arrojada en mitad de
la plaza pública, para ser hollada del primer transeúnte, ya en el
último tercio de su vida, con los remordimientos de la pasada, antes de
airarse, comprendió que le tocaba aplacar la cólera de su juez invisible
y procurarse momentos de calma, ínterin sonaba la hora postrimera.
En aquélla en que la sorprende nuestra narración, aunque hubiese
cumplido los 80 de su vida, habría creído que había vivido muy poco
tiempo si llegaban sus últimos momentos y dejaba tras sí a la nieta
joven y desamparada en el mundo, y no le era dado asistir al desenlace
de un drama en que ella, bien a su pesar, sin ser la heroína,
representaba, hacía tiempo, papel muy importante. Acomodado el carácter
de _seña_ Josefa, naturalmente irascible, a la regla de conducta de que
antes se ha hablado, como medio de alcanzar el perdón de sus propias
culpas, fácil es comprender por qué, si bien justamente enojada con
Cecilia porque llegaba tarde, y por otras muchas faltas anteriores, se
sentía más bien dispuesta a disculparla que a reñirla. Después, como
ella le vino con sus zalamerías, en vez de hurtarle el cuerpo, esto la
sirvió de pretexto plausible para confirmarse en su propósito. En su
virtud, cambiando prontamente de tono y aspecto, se contentó con
preguntarle por segunda vez dónde había estado.
--¿Yo? repitió la niña apoyando ambos codos en las rodillas de la abuela
y jugando con los escapularios que le pendían del pescuezo. ¿Yo? En casa
de unas muchachas muy bonitas que me vieron pasar y me llamaron. Allí
estaba una señora gorda sentada en un sillón, que me preguntó cómo me
llamaba yo, y cómo se llamaba mi madre, y quién era mi padre, y dónde
vivía yo...
--¡Jesús! ¡Jesús! exclamó _seña_ Josefa persignándose.
--¡Ay! continuó la chica sin parar mientes en la abuela. ¡Qué gente tan
preguntona! ¿Y no sabe su merced cómo una de las muchachas aquellas me
quería cortar el pelo para hacer una _cachucha_? Sí, señor. Pero yo me
zafé.
--¡Vea Vd. espíritu maligno y por dónde trepa! volvió a exclamar la
abuela como si hablase consigo misma.
--Y si no es por un hombre, prosiguió Cecilia, que estaba acostado en el
sofá, y regañó a las muchachas y les dijo que me dejaran quieta y luego
se fue para su cuarto bravísimo... ¿Su merced no sabe quién es ese
hombre, abuelita? Yo lo he visto hablar con su merced algunas veces allá
en Paula, cuando vamos a misa. Sí, sí, él es, no me cabe duda. Y ahora
recuerdo que es el mismo que cada vez que me encuentra en la calle me
dice callejera, perdida, pilluela y muchas cosas. ¡Ah! Y dice que
mandará a los soldados que me cojan y me lleven a la cárcel. ¡Qué sé yo
cuánto más! Le tengo mucho miedo a ese hombre. ¡Debe ser muy regañón!
--¡Niña! ¡Niña! exclamó sordamente la anciana apartándola un poco de su
pecho y mirándola de un modo extraño y fijo, más enojada que
sorprendida. Pero como si le ocurriese un grave pensamiento o un
doloroso recuerdo y entre amonestarla y aconsejarla, lo que acaso
equivalía a alumbrarle aquello de que debía estar ignorante toda la
vida, su ánimo triste luchase en un mar de dudas, con sorpresa de la
nieta selló de golpe sus labios. Poco a poco fue serenándose el piélago
alborotado: se desvanecieron una después de la otra las nubes apiñadas
en aquel horizonte naturalmente sombrío; y volviendo a estrechar la niña
en sus desnudos brazos, añadió con toda la dulzura que pudo dar a su
voz, por naturaleza bronca, con toda la calma de que pudo revestir su
semblante:
--¡Cecilia! Hija de mi corazón, no vayas más a esa casa.
--¿Por qué, mamita?
--Porque, contestó la abuela como distraída, no sé verdaderamente, mi
alma, no lo sé, no podría decirlo si quisiera..., pero es claro y
constante, niña, que esa gente es muy mala.
--¡Mala! repitió Cecilia azorada, ¿y me hicieron tantas caricias, y me
dieron dulces, y raso para zapatos? ¡Si tú supieras lo que me
chiquearon...!
--Pues no te fíes, niña. Tú eres muy confiada y eso no está bien. Por lo
mismo que te chiquearon tanto debías de andar con cuatro ojos. Querían
atraerte para hacerte algún daño. Uno no puede decir de qué son capaces
las gentes. ¡Tantas cosas suceden ahora que no se veían en mi tiempo...!
Cuando menos lo que procuraban era que te descuidaras, para coger unas
tijeras y ¡tris! tumbarte el pelo. Sería una lástima, porque tú lo
tienes muy hermoso. Además, que ese pelo no te pertenece, sino a la
Virgen, que te salvó de aquella grave enfermedad... ¡Acuérdate! Yo le
ofrecí que si te ponías buena le daría tu cabellera para adornar su
efigie en Santa Catalina. No te fíes te digo.
Esto diciendo, le cogía la cabeza a la nieta entre ambas manos y le
desparramaba los copiosos rizos por la espalda y los hombros.
--Sí, replicó Cecilia apretando los labios y levantando con aire de
desdén la frente, como yo soy tan boba para que me engañen así, así...
--Sin embargo, hija, lo mejor de los dados es no jugarlos. Yo bien sé
que tú eres una muchacha dócil y entendida; pero estoy cierta que no
conoces a esa gente. Mira, no les hagas caso; aunque se les seque el
gañote llamándote, no vayas a donde están. Mas ahora que me acuerdo: lo
mejor es que ni por cien leguas te acerques por su rededores. Luego, ese
hombre que tú misma dices que donde quiera que te topa te pone mala
cara. ¡Sabe Dios quién será! Aunque no debemos pensar mal de nadie, con
todo, como puede ser un santo puede ser un de... (Y se persignó sin
concluir la palabra.) El Señor sea con nosotras. Además, Cecilia, tú
eres muy inocente, algo atolondrada, y en esa casa... ¿Tú no lo sabes?
hay una bruja que se roba a las muchachas bonitas. Por milagro de su
Divina Majestad has escapado. Tú estuviste allí por la tarde, ¿no?
--Por la tardecita; todavía no habían encendido las luces en las casas.
--¡Ay de ti si llegas a entrar de noche! Vamos, no vayas más en tu vida
a esa casa, ni pases tampoco por la cuadra.
--¡Anjá! Con que allí vive también un muchacho ya grande, que a cada
rato lo topo por Santa Teresa con un libro debajo del brazo. Siempre que
me ve me quiere coger, me corre detrás y sabe mi nombre...
--Estudiante, perverso, como todos ellos. Cuando menos se le cayó de las
uñas al mismo Barrabás. Pero voy viendo que tú tienes una cabecita dura
como una piedra, y que por más que me afano en aconsejarte no consigo
nada. En efecto, ¿quién ha visto que una niña tan linda como tú se ande
azotando calles, con la chancleta arrastro y el pelo suelto y
desgreñado, hasta las tantas más cuantas de la noche? ¿De quién aprendes
estas malas mañas? ¿Por qué no me has de hacer caso?
--Y Nemesia, la hija de _seño_ Pimienta el músico, ¿no se está en la
calle hasta las diez? Antenoche nada menos la topé en la plazuela del
Cristo jugando a la _lunita_ con una porción de muchachos.
--¿Y tú te quieres comparar con la hija de _seño_ Pimienta, que es una
pardita andrajosa, callejera, y mal criada? El día menos pensado traen a
esa espiritada, a su casa en una tabla con la cabeza partida en dos
pedazos. La cabra, hija, siempre tira al monte. Tú eres mejor nacida que
ella. Tu padre es un caballero blanco, y algún día has de ser rica y
andar en carruaje. ¿Quién sabe? Pero Nemesia no será nunca más de lo que
es. Se casará, si se casa, con un mulato como ella, porque su padre
tiene más de negro que de otra cosa. Tú, al contrario, eres casi blanca
y puedes aspirar a casarte con un blanco. ¿Por qué no? De menos nos hizo
Dios. Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro
o mulato ni el buey de oro. Hablo por experiencia... Como que fui casada
dos veces... No recordemos cosas pasadas. Si tú supieras lo que le
sucedió a una muchachita, cuasi de tu misma edad, por no hacer caso de
los consejos de una abuela suya, la cual le pronosticó que si daba en
andar por las calles tarde de la noche le iba a suceder una gran
desgracia...
--Cuéntemelo, cuéntemelo, Chepilla, repitió la niña con la curiosidad de
tal.
--Pues, señor: una noche muy _escura_, en que soplaba el viento recio,
por cierto que era día de San Bartolomé, en que, como ya te he dicho
otras veces, se suelta el diablo desde las tres de la tarde, estaba la
muchacha Narcisa, que éste era su nombre, sentada cantando bajito en el
quicio de piedra de su casa, mientras su abuela rezaba arrinconada
detrás de la ventana... Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Pues
señor, habían tocado ánimas en el Espíritu Santo, y como el viento había
apagado los pocos faroles, las calles estaban muy _escuras_, silenciosas
y solitarias, como boca de lobo. Pues según iba diciendo, la muchachita
cantaba y la vieja rezaba el rosario, cuando estando así, cate que se
oye tocar un violín por allá en vuelta del Ángel. ¿Qué se figuró la
Narcisa? Que era cosa de baile, y sin pedirle permiso a la abuela, sin
decir oste ni moste, echó a correr y no paró hasta la loma. Así que la
vieja acabó de rezar, creyendo que su nieta estaba en la cama, según era
natural, cerró la puerta.
--¿Y dejó en la calle a la pobrecita? interrumpió Cecilia a la contadora
con muestras de ansiedad y lástima.
--Ahora verás. La viejecita, antes de acostarse, porque ya era tarde y
se caía del sueño, cogió una vela y fue al catre de la nieta para ver si
dormía. Figúrate cuál no se quedaría ella que la amaba tanto, al
encontrarse con el catre vacío. Corrió a la puerta de la calle, la
abrió, llamó a gritos a la nieta: ¡Narcisa! ¡Narcisa! Pero Narcisa no
responde. Ya se ve, ¿cómo había de responder la infeliz si el diablo se
la había llevado?
--¿Cómo fue eso? preguntó azorada la niña.
--Yo te lo contaré, prosiguió _seña_ Chepa con calma, notando que
producía el efecto deseado su cuento de cuentos. Pues, señor, al llegar
Narcisa a las cinco esquinas del Ángel, se le apareció un joven muy
galán, que le preguntó a dónde iba a aquella hora de la noche.--A ver un
baile, contestó la inocente.--Yo te llevaré, repuso el joven; y
cogiéndola por un brazo la sacó a la muralla. Aunque era muy _escuro_,
reparó Narcisa que según iban andando el desconocido se ponía prieto,
muy prieto, como carbón; que los pelos de la cabeza se le enderezaban
como lesnas; que al reír asomaba unos dientes tamaños como de cochino
jabalí; que le nacían dos cuernos en la frente; que le arrastraba un
rabo peludo por el suelo, vamos, que echaba fuego por la boca como un
horno de hacer pan. Narcisa entonces dio un grito de horror y trató de
zafarse, pero la figura prieta le clavó las uñas en la garganta para que
no gritara, y, cargando con ella, se subió a la torre del Ángel, que,
según habrás reparado, no tiene cruz, y desde allí la arrojó en un pozo
hondísimo que se abrió y volvió a cerrarse tragándosela en un instante.
Pues esto es, hija, lo que le sucede a las niñas que no hacen caso de
los consejos de sus mayores.
Dio aquí fin a su cuento _seña_ Chepa y comenzó la admiración, el pavor
de Cecilia, la cual se puso a temblar de pies a cabeza y a dar diente
con diente, aunque sin cesar de bostezar, porque más era el sueño que el
miedo; con lo que, dando traspiés, se fue a la cama, que es a lo que
tiraba la astuta vieja. Muchos otros cuentos por el estilo le hizo a la
andariega muchacha; pero estamos seguros que no sacó otro fruto con
ellos que llenar su cabeza de supersticiones y amilanar su espíritu.
Ello es, que no por eso dejó la chica de hacer su gusto, escapándose a
veces por la ventana, aprovechándose otras del momento en que la
enviaban a la taberna de la esquina inmediata, para andarse de calle en
calle y de plaza en plaza: cuándo en pos de la incitativa música de un
baile; cuándo tras los tambores de los relevos; cuándo de los carruajes
del entierro; cuándo, en fin, de la turba muchachil que arrebata el
medio de plata en el bautizo.
CAPÍTULO IV
_Traen el pensamiento_
_Lleno de impudicia, y lo derraman_
_En torpes mil escandalosas voces,_
_Que inficionan el viento_
_Y altamente publican lo que aman._
GONZÁLEZ CARVAJAL
Cinco o seis años después de la época a que nos hemos contraído en los
dos capítulos anteriores, a fines del mes de setiembre, había dado
principio el convento de la Merced a la serie de ferias con que hasta el
año de 1832, acostumbraban a solemnizar en Cuba las fiestas titulares
religiosas, consagradas a los santos patrones de las iglesias y
conventos; novenarios coincidentes a veces con el circular del
Sacramento, introducido en el culto de Cuba desde los primeros años del
siglo por el Señor Obispo Espada y Landa.
El novenario, de paso diremos, comenzaba nueve días anteriores a aquél
en que caía el del santo patrono, prolongándose hasta otros nueve, con
lo que se completaban dos novenas seguidas. Es decir, dieciocho días de
fiesta, religiosas y profanas, que tenían más de grotescas y de
irreverentes que de devotas y de edificantes. En ese tiempo se decía
misa mayor con sermón por la mañana y se cantaba salve a prima noche
dentro de la iglesia, con procesión por la calle el día del santo.
Fuera del templo había lo que se entendía por feria en Cuba, que se
reducía a la acumulación en la plazuela o en las calles inmediatas, de
innumerables puestos ambulantes, consistentes en una mesa o tablero de
tijeras, cubiertos con un toldo y alumbrados por uno o más candiles de
quemar grasa, donde se vendía, no ciertamente artículo alguno de
industria o comercio del país, ni producto del suelo, caza, ave ni
ganado, sino meramente baratijas de escasísimo valor, confituras de
varias clases, tortas, obra de masa, avellanas, alcorza, agua de Loja y
ponche de leche. Aquello no era feriar en el sentido recto de la
palabra.
Pero esto no era por cierto el rasgo más notable de nuestras fiestas
circulares. Había en el espectáculo algo que se hacía notable por
demasiado grosero y procaz. Nos contraemos ahora a los juegos de envite
y de manos que hacían parte de la feria y que provocaban con sus
estupendas, aunque mentirosas ganancias, la codicia de los incautos. Los
dirigían y ejecutaban en su mayoría hombres de color y de la peor ralea.
Si bien groseros los artificios, no dejaban de engañar a muchos que se
daban por muy avisados. Estos tenían lugar en la plazuela o en la calle,
a la luz mortecina de los candiles o de los faroles de papel, y tomaban
en ellos parte gentes de todas clases, condiciones, edades y sexos. Para
las de alta posición social, queremos decir, para los blancos, había
algo más decente, había la casa de bailes, donde un Farruco, un Brito,
un Illas o un Marqués de Casa Calvo tenían puesta la banca o juego del
monte desde el oscurecer hasta pasada la media noche, mientras duraban
los dieciocho días de la feria.
Procurábase que la casa o casas de bailes estuviesen lo más vecino que
se pudiera a la parroquia o convento en que se celebraba el novenario.
En la sala se bailaba, en el comedor tocaba la orquesta, y en el patio
se jugaba al juego conocido por del monte. La mesa era larga y angosta,
para que cupiesen los más de los jugadores sentados a ambos lados, el
tallador a una cabeza y en la otra su ayudante, que dicen gurrupié. Para
la protección de los jugadores y de los naipes, en caso de lluvia,
frecuentes en el otoño, se tendía un toldo del alero de la casa al
caballete de la tapia divisoria de la vecina. No todos los tahures, para
vergüenza nuestra sea dicho, eran del sexo fuerte, hombres ya maduros,
ni de la clase lega, que en el grupo apiñado y afanoso de los que
arriesgaban a la suerte de una carta, quizás el sustento de su familia
el día siguiente, o el honor de la esposa, de la hija o de la hermana,
podía echarse de ver una dama más ocupada del albur que de su propio
decoro, o un mozo todavía imberbe, o un fraile mercenario en sus hábitos
de estameña color de pajuela, con el sombrero de ala ancha encasquetado,
las cuentas del largo rosario entre el índice y el pulgar de la mano
izquierda, y la derecha ocupada en colocar la moneda de oro o plata en
el punto que más se daba, perdiendo o ganando siempre con la misma
serenidad de ánimo que de semblante.
El banquero, para llamarle por su nombre más decente, era quien hacía el
gasto del alquiler de la casa, el de la música y el de las velas de
esperma con que se alumbraban la sala de baile, el comedor y la mesa del
juego. Todo esto se hacía para atraer a los jugadores. La entrada, por
supuesto, era libre, aunque el bastonero, que también tiraba sueldo, no
admitía toda clase de persona. En aquella época corría mucho la moneda
fuerte, los duros españoles y las onzas de oro. La plata menuda
escaseaba, y era cosa de oír el continuo retintín de los pesotes
columnarios y sonoras onzas, que maquinalmente dejaban caer los tahures
de una mano a otra o sobre la mesa, como para distraer el pensamiento y
de algún modo interrumpir el solemne silencio del azaroso juego.
Que nada de lo que aquí se traza a grandes rasgos estaba prohibido o no
más que tolerado por las autoridades constituidas, se desprende
claramente del hecho de que los garitos en Cuba pagaban una
contribución al gobierno para supuestos objetos de caridad. ¿Qué más? La
publicidad con que se jugaba al monte en todas partes de la Isla
principalmente durante la última época del mando del capitán general don
Francisco Dionisio Vives, anunciaba, a no dejar duda, que la política de
éste o de su gobierno se basaba en el principio maquiavélico de
corromper para dominar, copiando el otro célebre del estadista romano:
_divide et impera_. Porque equivalía a dividir los ánimos, el
corromperlos, cosa que no viese el pueblo su propia miseria y su
degradación.
Pero esta digresión, por más necesaria que fuese, nos ha desviado un
tanto del punto objetivo de la presente historia. Nuestra atención la
atraía por completo un baile de la clase baja que se daba en el recinto
de la ciudad por la parte que mira al Sur. La casa donde tenía efecto,
ofrecía ruín apariencia, no ya por su fachada gacha y sucia, como por el
sitio en que se hallaba, el cual no era otro que el de la garita de San
José, opuesto a la muralla, en una calle honda y pedregosa. Aunque de
puerta ancha con postigo, no formaba lo que se entiende en Cuba por
zaguán, pues abría derecho a la sala. Tras ésta venía el comedor con el
correspondiente tinajero, armazón piramidal de cedro, en que persianas
menudas encerraban la piedra de filtrar, la tinaja colorada barrigona,
los búcaros, de una especie de _terra cotta_ y las pálidas alcarrazas de
Valencia, en España. Al comedor dicho daba la puerta lateral del primer
aposento, ocupado en su mayor parte por dos órdenes de sillones de
vaqueta colorada, una cama con colgaduras de muselina blanca y un
armario, al que dicen en La Habana escaparate. Otros cuartos seguían a
ése, atestados de muebles ordinarios, y paralelo a ellos un patio largo
y angosto, también obstruido en parte por el brocal alto de un pozo
cuyas aguas salobres dividía con la casa contigua, terminando cuartos y
patio en una saleta atravesada y exenta.
En esta última se hallaba una mesa de regular tamaño, ya vestida y
preparada con cubiertos como para hasta diez personas; algunos refrescos
y manjares, agua de Loja, limonada, vinos dulces, confituras, panetelas
cubiertas, suspiros, merengues, un jamón adornado con lazos de cintas y
papel picado, y un gran pescado, nadando casi en una salsa espesa de
fuerte condimento. En la sala había muchas sillas ordinarias de madera
arrimadas a las paredes, y a la derecha, como se entra de la calle, un
canapé, con varios atriles de pie derecho por delante. Aquél, a la sazón
que principia nuestro cuento, le ocupaban hasta siete negros y mulatos
músicos, tres violines, un contrabajo, un flautín, un par de timbales y
un clarinete. El último de los instrumentos aquí mencionados se hallaba
a cargo de un mulato joven, bien plantado y no mal parecido de rostro,
quien, no obstante sus pocos años, dirigía aquella pequeña orquesta.
Ese se veía de pie a la cabeza del canapé por el lado de la calle. Sus
compañeros, casi todos mayores que él, le decían Pimienta, y ya fuese un
sobrenombre, ya su verdadero apellido, por éste lo designaremos de aquí
adelante. Su mirada distraída y aun sombría, no se apartaba de la puerta
de la calle, como si esperase algo o a alguien, en los momentos de que
hablamos ahora.
Pero aquella puerta, lo mismo que la ventana de bastidor cuadrado, se
veía asediada de una multitud de curiosos de todas edades y condiciones,
que apenas permitían acceso a la sala a las mujeres y hombres con
derecho o voluntad de entrar. Y decimos con derecho o voluntad porque
nadie presentaba papeleta, ni había bastonero que recibiese o
aposentase. El baile, conocidamente era uno de los que, sin que sepamos
su origen, llamaban _cuna_ en La Habana. Sólo sabemos que se daban en
tiempo de ferias, que en ellos tenían entrada franca los individuos de
ambos sexos de la clase de color, sin que se le negase tampoco a los
jóvenes blancos que solían honrarlos con su presencia. El hecho, sin
embargo, de tenerse preparado en el interior un buen refresco, prueba,
que si aquella era una _cuna_ en el sentido lato de la palabra, parte al
menos de la concurrencia había recibido previa invitación o esperaba ser
bien recibida. Así era en efecto la verdad. La ama de la casa, mulata
rica y rumbosa, llamada Mercedes, celebraba su santo en unión de sus
amigos particulares, y abría las puertas para que disfrutaran del baile
los aficionados a esta diversión y contribuyeran con su presencia al
mayor lustre e interés de la reunión.
Serían las ocho de la noche. Desde por la tarde habían estado cayendo
los primeros chubascos de otoño, y aunque habían suspendido hacia el
oscurecer, tras haber empapado el suelo, dejando las calles
intransitables, no habían refrescado la atmósfera. Lejos de ello, había
quedado tan saturada de humedad, que se adhería a la piel y hervía en
los poros. Pero no eran estos inconvenientes para los curiosos que,
según hemos dicho antes, asediaban la puerta y la ventana, hasta llenar
casi la mitad de la angosta y torcida calle; ni para los concurrentes al
baile, que a medida que avanzaba la noche llegaban en mayor número, unos
a pie, otros en carruaje. Cosa de las nueve la sala de baile era un
hervidero de cabezas humanas; las mujeres sentadas en las sillas del
rededor y los hombres de pie en medio, formando grupo compacto, todos
con los sombreros puestos; por lo cual la cabeza que sobresalía, de
seguro que tropezaba con la bomba de cristal, suspendida de una vigueta
por tres cadenas de cobre, en que ardía la única vela de esperma para
alumbrar a medias aquella tan extraña como heterogénea multitud.
Bastante era el número de negras y mulatas que habían entrado, en su
mayor parte vestidas estrafalariamente. Los hombres de la misma clase,
cuya concurrencia superaba a la de las mujeres, no vestían con mejor
gusto, aunque casi todos llevaban casaca de paño y chaleco de piqué, los
menos chupa de lienzo, dril o Arabia, que entonces se usaban
generalmente, y sombrero de paño. No escaseaban tampoco los jóvenes
criollos de familias decentes y acomodadas, los cuales sin empacho se
rozaban con la gente de color y tomaban parte en su diversión más
característica, unos por mera afición y otros movidos por motivos de
menos puro origen. Aparece que algunos de ellos, pocos en verdad, no se
recataban de las mujeres de su clase, si hemos de juzgar por el
desembarazo con que se detenían en la sala de baile y dirigían la
palabra a sus conocidas o amigas, a ciencia y presencia de aquéllas que,
mudas espectadoras, los veían desde la ventana de la casa.
Distinguíase entre los jóvenes dichos antes, así por su varonil belleza
de rostro y formas, como por sus maneras joviales, uno a quien sus
compañeros decían Leonardo. Vestía pantalón y chupa de dril crudo con
listas rosadas, chaleco blanco de piqué, corbata de seda ajustada al
cuello por un anillo de oro y las puntas sueltas, sombrero de yarey, tan
fino que parecía hecho de holán Cambray, calcetín de seda de color de
carne y zapato bajo con hebillita de oro al lado. Por debajo del
chaleco, asomaba una cinta de aguas rojo y blanco, doblada en dos y
sujetas las puntas con una hebilla también de oro. Esta servía de cadena
al reloj en el bolsillo del pantalón. Había allí otro hombre que se
distinguía más si cabe que Leonardo, aunque por distinto camino, esto
es, por lo que diferían a su opinión y se reían de sus chocarrerías los
negros y mulatos, y por la familiaridad con que trataba a las mujeres,
sobre todas al ama de la casa. Frisaba ya en los cuarenta años de edad
ese sujeto, no tenía pelo de barba, era blanco de rostro, con ojos
grandes y alocados, la nariz larga, roja hacia la punta, indicio de su
poca sobriedad, la boca grande, más expresiva. Portaba siempre debajo
del brazo izquierdo una caña de Indias con puño de oro y borlas de seda
negra. Le acompañaba a todas partes, como la sombra al cuerpo, un
hombre de facha ordinaria, notable por la estrechez de la frente, por
sus movibles y ardientes ojicos, y, sobre todo, por sus enormes patillas
negras, que le daban el aire antes de bandolero que de alguacil; empleo
que desempeñaba entonces, pues el otro a quien seguía era nada menos que
Cantalapiedra, comisario del barrio del Ángel, el cual abandonaba por
andarse tras la tentadora cuna.
Rato hacía que la música tocaba las sentimentales y bulliciosas
contradanzas cubanas, aunque todavía el baile, para valernos de la frase
vulgar, no se había rompido. Acomodaba afanosa el ama de la casa a sus
amigas particulares y de más edad en los sillones del aposento, para que
a salvo de las pisadas y tropiezos pudiesen gozar de la fiesta al mismo
tiempo que no perder de vista a los objetos o de su cuidado, o de su
cariño, que como jóvenes quedaban en la sala. Pimienta, el clarinete, se
mantenía en pie a la cabeza de la orquesta, tocando su instrumento
favorito, casi de frente para la calle, cual si no hubiese entrado aún
la persona digna de su música, o quisiera ser el primero en verla
entrar. Parecía, sin embargo, inútil este cuidado, por cuanto no entraba
hombre ni mujer que no tuviera algo que decirle al paso. A todos estos
saludos contestaba él invariablemente con un movimiento de cabeza, si se
exceptúa que cuando le tocó su vez al capitán Cantalapiedra, quien con
su acostumbrada familiaridad le puso la mano en el hombro y le habló en
secreto, contestó quitándose el instrumento de la boca:--Así parece, mi
capitán.
Podía advertirse que cada vez que entraba una mujer notable por alguna
circunstancia, los violines, sin duda para hacerle honor, apretaban los
arcos, el flautín o requinto perforaba los oídos con los sones agudos de
su instrumento, el timbalero repiqueteaba que era un primor, el
contrabajo, manejado por el después célebre Brindis,[7] se hacía un
arco con su cuerpo y sacaba los bajos más profundos imaginables, y el
clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones. Aquellos
hombres, es innegable, se inspiraban, y la contradanza cubana, creación
suya, aun con tan pequeña orquesta, no perdía un ápice de su gracia
picante ni de su carácter profundamente malicioso-sentimental.
CAPÍTULO V
_--¿Habéis visto en vuestra vida_
_Mujer más airosa?_
_--No._
_Ni al Parque jamás salió_
_Más aseada y bien prendida_
CALDERÓN
Mañanas de Abril y Mayo
Después de dar una vuelta por la sala, el comisario Cantalapiedra se
entró de rondón en el aposento, y en son de broma le tapó por detrás los
ojos al ama de la casa, en los momentos en que ella se inclinaba sobre
la cama para depositar la _manta_ de una de sus amigas que acababa de
entrar de la calle. La tal ama de la casa, Mercedes Ayala, era una
mulata bastante vivaracha y alegre a pesar de sus treinta y pico
cumplidos, regordeta, baja de cuerpo y no mal parecida. Atrapada y todo
por detrás, no se cortó ni turbó por eso; antes por un movimiento
natural acudió con entrambas manos a tentar las del que la impedía ver,
y sin más dilación dijo:--Este no puede ser otro que Cantalapiedra.
--¿Cómo me conociste, mulata? preguntó él.
--¡Toma! repuso ella. Por el aquel de algunas gentes.
--¿El aquel mío o tuyo?
--El de los dos, señor, para que no haya disgusto.
Tras lo cual el comisario la atrajo a sí suavemente por la cintura con
el brazo derecho y le dijo una cosa al paño que la hizo reír mucho;
aunque, apartándole con ambas manos, repuso:
--Quite allá, lisonjero. La que trastorna el juicio está al caer. Ya yo
ya... Cátela Vd.
Si con estas últimas palabras aludía la Ayala a una de las dos muchachas
que en aquel mismo punto se apearon de un lujoso carruaje a la puerta de
la casa, hecho anunciado por el movimiento general de cabezas de dentro
y fuera de ella, no cabe duda que tenía sobrada razón. No la había más
hermosa ni más capaz de trastornar el juicio de un hombre enamorado. Era
la más alta y esbelta de las dos, la que tomó la delantera al descender
del carruaje lo mismo que al entrar en la sala de baile, de brazo con un
mulato que salió a recibirla al estribo, y la que, así por la
regularidad de sus facciones y simetría de sus formas, por lo estrecho
del talle, en contraste con la anchura de los hombros desnudos, por la
expresión amorosa de su cabeza, como por el color ligeramente bronceado,
bien podía pasar por la Venus de la raza híbrida etiópico-caucásica.
Vestía traje de punto ilusión sobre viso de raso blanco, mangas cortas
con ahuecadores, que las hacían parecer dos globos pequeños, banda de
cinta ancha encarnada a través del pecho, guantes de seda largos hasta
el codo, tres sartas de brillantes corales al cuello, y una pluma blanca
de marabú con flores naturales, las que, con el pelo hecho un rodete
bajo y un orden de rizos de sien a sien, por detrás, daban a su cabeza
el aire de una gorra antigua de terciopelo negro, que es lo que ella o
su peluquero se había propuesto contrahacer. La compañera iba vestida y
peinada con poco más o menos como ella, pero no siendo ni con mucho tan
esbelta y bella, no atrajo tanto la atención.
Volvíanse las mujeres todo ojos para verla, los hombres le abrían paso,
le decían alguna lisonja o chocarrería, y en un instante el rumor sordo
de:--La _Virgencita de bronce, la Virgencita de bronce_, recorrió de un
extremo a otro la casa del baile. Que la reina de éste acababa de
presentarse, sin la orquesta, dieron de ello claras muestras la
animación y el movimiento difundidos por todas partes. Al pasar ella por
junto al clarinete Pimienta, le tocó con el abanico en el brazo,
acompañando la acción con una sonrisa, que fueron parte para que el
artista, que por lo visto esperaba aquel instante con ansia devoradora,
sacara de su instrumento las melodías más extrañas y sensibles, cual si
la musa de sus sueños platónicos hubiese bajado a la tierra y adoptado
la forma de una mujer sólo para inspirarle. Puede decirse en resumen que
el golpe del abanico surtió en el músico el efecto de una descarga
eléctrica cuya sensación, si es dable expresarlo así, podía leerse lo
mismo en su rostro que en todo su cuerpo, desde el cabello a la planta.
No se cruzaron palabras entre ellos, por supuesto, ni parecían
necesarias tampoco, al menos por lo que a él tocaba, pues el lenguaje de
sus ojos y de su música era el más elocuente que podía emplear ser
alguno sensible, para expresar la vehemencia de su amorosa pasión.
También le tocó con su abanico y se sonrió con Pimienta la compañera de
la llamada _Virgencita de bronce_ pero el menos observador pudo advertir
que el toque y la sonrisa de la una no tuvieron sobre él, ni con mucho,
la influencia mágica de los de la otra. Al contrario, sus miradas se
encontraron con natural y sereno movimiento, por donde era fácil colegir
que había inteligencia entre ella y el músico, pero aquella inteligencia
que tiene por origen la amistad o el parentesco, no el amor. Sea de esto
lo que se fuere, Pimienta siguió con la vista a las dos muchachas, en
cuanto se lo permitían las gentes, hasta que entraron en el primer
aposento, por la puerta del comedor, entonces cesó de tocar y paró la
música.
Los jóvenes blancos, con Cantalapiedra a su cabeza, se habían situado al
fin en el comedor, cerca de esa puerta de comunicación, para hallarse a
la mira, lo mismo de las mujeres que entraban de la calle, como de las
que salían a bailar en la sala. El que llamaban Leonardo, no bien notó
la aproximación del carruaje en que llegaban las dos muchachas arriba
mencionadas, se abrió camino a la calle con alguna dificultad, y se
dirigió derecho al calesero, al cual le habló en baja voz. Este, para
oírlo, se inclinó desde la silla del caballo que montaba, se quitó el
sombrero en señal de respeto, y diciendo,--sí, señor,--al punto echó a
escape con el carruaje la vuelta del hospital de mujeres de Paula.
Mientras las dos muchachas pasaban del comedor al cuarto, la más hermosa
preguntó a su amiga en tono de voz que pudieron oír algunos de los
circunstantes:
--¿Lo has visto, Nene?
--¿Te ciega el amor? contestó la compañera con otra pregunta.
--No es eso, china, sino que no lo he visto. ¿Qué quieres?
--Pues por tu lado pasó como un reguilete, cuando nosotras entrábamos.
Con esto la otra echó una rápida ojeada en torno del grupo de cabezas
que la rodeaban y se inclinaban sobre ella, en el afán de verla a su
sabor y de atraer sus miradas. Pero no cabe duda que sus ojos no
tropezaron con los del individuo, cuyo nombre ninguna de las dos
mencionó, porque torció el ceño y dio claras muestras de su desazón.
Cantalapiedra, sin embargo, oyendo sus palabras y observando su
semblante, dijo: ¡Cómo! ¿Qué, no me ves? ¡Aquí me tienes, cielo!
La joven hizo un mohín muy sonoro y no replicó palabra. Por el
contrario, Nemesia, que se perecía por los dimes y diretes, contestó con
más viveza que gracia:
--Ahí se podía estar el señor toda la vida. _Naide_ preguntaba por el
señor.
--Ni yo hablaba contigo, poca sal.
--Ni se necesita, cristiano.
--¡Qué lengua, qué lengua! repitió el comisario.
Todo esto pasó en un instante, sin volver atrás la cara las muchachas,
ni pararse a conversar, sino el tiempo necesario para que los hombres
les abrieran paso. Ya en la puerta del aposento, la Ayala recibió a sus
amigas con los brazos abiertos y muchas demostraciones de alegría y de
cariño. Y ya fuese por cumplimiento, ya porque así en efecto lo sentía,
dijo casi a gritos:--Por ustedes se aguardaba para romper el baile.
¿Cómo está Chepilla? continuó hablando con la más joven. ¿No ha venido?
Empezaba a creer que había habido novedad.
--Por poco no vengo, contestó la preguntada. Chepilla no se sentía
buena, y luego se ha puesto tan impertinente. El quitrín esperó por
nosotras media hora por lo menos.
--Más vale que no haya venido, continuó la Mercedes. Porque la cosa va a
durar hasta el alba y ella no podría resistir. Denme sus _mantas_.
Tiempo era ya de que la fiesta comenzase. En efecto, no tardó en
presentarse en el aposento ocupado por las matronas un mulato alto,
calvo, algo entrado en años, aunque robusto, quien plantándose delante
de la Mercedes Ayala, le dijo en voz bronca y con los brazos levantados:
--Vengo por la gracia y la sal para romper el baile.
--Pues, hermano, a la otra puerta, que aquí no es, repuso la Ayala con
mucha risa.
--No hay que venirme con ésas, señora, porque yo soy porfiado. Además,
que a nadie sino al ama de la casa corresponde el honor de romper el
baile; con más que es su natalicio.
--Eso sería bueno si no hubiera en esta selecta reunión muchachas
bonitas, a quienes de derecho corresponde el dominio y la gloria en
todas partes.
--Ya se ve, agregó el calvo, que no faltan esta noche en tan selecta
reunión muchas y muy bonitas muchachas, pero esta circunstancia, que
concurre también en el ama de la casa, no les da derecho a romper el
baile. Hoy en el día de su santo, Merceditas, es Vd. el ama de la casa,
donde celebramos tan fausto día, y es Vd. la gracia y la sal del mundo.
¿He dicho algo? concluyó recorriendo con la vista los circunstantes en
busca de su aprobación.
Todos, que más que menos, ya con palabras, ya con la acción,
manifestaron su aquiescencia, de manera que la Ayala tuvo que ponerse en
pie, y mal su grado seguir al compañero a la sala. Por entonces ya
habían despejado los hombres, dejando un buen espacio libre en el
centro. El calvo llevaba de la mano a la Ayala, y con ella se cuadró de
frente para la orquesta, a la cual mandó en tono imperioso que tocase un
minué de corte. Este baile serio y ceremonioso estaba en desuso en la
época de que hablamos; pero por ser propio de señores o gente principal,
la de color de Cuba le reservaba siempre para dar principio a sus
fiestas.
Bailaba aquella anticuada pieza con bastante gracia por parte de la
mujer y con aire grotesco por la del hombre, saludaron a la primera los
circunstantes con estrepitosos aplausos, y luego, sin más demora,
comenzó de veras el baile, es decir, la danza cubana, modificación tan
especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir su
origen. Uno de tantos presentes se arrestó a invitar a la joven de la
pluma blanca, como si dijéramos, a la musa de aquella fiesta, y ella,
sin hacerse de rogar ni poner ningún reparo, aceptó de plano la
invitación. Cuando pasaba del aposento a la sala, para ocupar su puesto
en las filas de la danza, se le escapó a una de las mujeres la siguiente
audible exclamación:
--¡Qué linda! Dios la guarde y la bendiga.
--El mismo retrato de su madre, que santa gloria haya, agregó otra.
--¡Cómo! ¿Que murió la madre de esa niña? preguntó muy azorada una
tercera.
--¡Toma! ¿Que ahora se desayuna Vd. de eso? repuso la que habló en
segundo lugar. ¿Pues no oyó Vd. decir que había muerto de resultas de
haber perdido a su hija a los pocos días de nacida?
--No entiendo cómo la perdió si vive.
--No me ha dejado Vd. explicar, _seña_ Caridad. Perdió a su hija a los
pocos días de nacida porque se la quitaron cuando menos lo esperaba. Hay
quien diga que la abuela, para ponerla en la Real Casa Cuna y hacerla
pasar por blanca; hay quien diga que la abuela no fue la ladrona, sino
el padre de la muchacha, que era un caballero de muchas campanillas y ya
se había arrepentido de sus tratos y contratos con la madre. Esta perdió
junto con la hija el juicio, y cuando le volvieron la hija, por consejo
de los médicos, ya fue tarde, porque si recobró el juicio, que hay quien
lo duda, no recobró la salud, y murió en Paula.
--Ha contado Vd. una historia, _seña_ Trinidad, dijo pasito la Ayala con
sonrisa de incredulidad a la mulata que acababa de hablar.
--Hija, replicó la Trinidad alto, como me la contaron la cuento; ni
quito ni pongo de mi caudal.
--Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala,
Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo
digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o
muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la
nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o
conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole
los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que
ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la
infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que
seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la
liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando.
Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió
el vuelo.
--Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el
señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo
conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.
--Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, _seña_ Caridad, voy a
sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una
mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto.
Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que
el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa,
le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora?
concluyó preguntando la Ayala.
--Por supuesto que sí, contestó _seña_ Caridad. Como a mis manos. Lo más
que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.
Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile.
Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que
pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos
muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse
y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y
aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido
de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto
tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin
cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás
con exacta medida en la danza criolla.
En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de
figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso
aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se
exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que
decían _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía
la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las
filas. En todas las _cunas_ generalmente había algún maestro a quien
cedían o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al
volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras
y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y
se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el
maestro _per se_, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces,
había la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de
sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de
la danza.
En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga
predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy
raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y
complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron
airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces,
desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo
para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada _Virgencita
de bronce_, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se
acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los
músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su
aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la
muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que
sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a
dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el
ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás
parejas y de muchos de los espectadores del baile.
La idea no más de que la hasta allí reina de la _cuna_ podía verse
obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de
cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían
mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de
ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En
aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido
tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del
tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a
nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el
compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel
socorro tan a tiempo del director de la orquesta.
CAPÍTULO VI
_Y del tumulto indiscreto_
_Que ardiente en su torno gira,_
_Ninguno le dijo: "mira,_
_Aquél te adora en secreto._
_Que oyendo y viéndote está"._
RAMÓN DE PALMA
Quince de Agosto
Habrá comprendido ya el discreto lector, que la _Virgencita de bronce_
de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma
jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta
verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su
belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos
deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado.
Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez
galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la
raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su
orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es
que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por
los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de
quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a
boca llena,--que en verbo de mulato sólo quería las _mantas_ de
seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.
Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como
contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases
últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse.
Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la
expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien
porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que
más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos
Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la
inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la
amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo
podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y
ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia.
¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos
modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas
españoles, que principia:--Labra el agua sin ser dura, un mármol
endurecido,--y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le
distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a
celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no
había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra
parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.
Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los
grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por
coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en
aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres
de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que,
tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte.
Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal
ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos
celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor
y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos
tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla;
lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección.
Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha
amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron
derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el
comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes
blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más
interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin
disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su
amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada
la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por
Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la
espalda.
--¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano,
aunque le escocía bastante.
Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la
palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como
enemigo.
--Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la
acción y la mirada.
--¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.
--Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.
--Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de
reojo.
--¿A mí? Leonardo.
--Pues a mí, Cecilia.
--No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.
--Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió
Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.
No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.
--Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo,
inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.
--Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono
y con gran rapidez.
--Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.
--Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado
esta noche.
--¿Yo...? Vida mía...
En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala
saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance
de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada
familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:--¡Oiga! ¡Qué
bien cumple un hombre su palabra empeñada!
--Niña--contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto--José
Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.
--Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.
--Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su
tiempo se maduran las uvas.
--La esperaba en la primera danza.
--Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino
en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.
--¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.
--El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada:
_Caramelo vendo_.
--¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.
--¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana
Nemesia.
--No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda
persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es
ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en
quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como
consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en
él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la
puerta y conoció...
--Chepilla no se puso _brava_ por nada de eso, mujer; interrumpió
Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la
noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había
dado mi palabra...
Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin
aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que
era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le
preguntó a Nemesia:--¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa
luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?
--Como que yo no soy baúl de _naiden_, contestó la Nemesia prontamente,
diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.)
Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.
Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al
alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que
ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:
--Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales
mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche
malas intenciones de un caballero.
--Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin
cortarse, están siempre a la orden de las bellas.
Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente
las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era
el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile.
El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una
mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala
donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de
que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de
nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la
música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos
de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo
porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores;
aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para
la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que
se dijo el título de la contradanza, _Caramelo vendo_, y a quién estaba
dedicada, a la _Virgencita de bronce_. De paso puede añadirse que la
fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y
época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto
del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas
las clases de la sociedad.
Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo
autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el
resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo
monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta.
Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: _caramelo vendo,
vendo caramelo_; al paso que los violines y el contrabajo las repetían
en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz
melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la
pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza,
¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba
sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle
empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no
quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia
se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos
referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a
bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja
a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo
a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación,
parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza
en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.
Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de
Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de
un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos,
no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del
baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y
contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La
turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su
dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de
su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no
parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se
exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que
de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los
bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no
bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento
principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho,
pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se
divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y
fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva,
agonizaba de amor y de celos?
Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con
lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían
considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no
levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la
marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro
casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la
mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres,
entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su
inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo
Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas
que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada
cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una
de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por
casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.
No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de
los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón,
los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos,
todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso.
Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y
cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que
alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya
fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de
la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y
puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en
ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.
--Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.
--Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí
a la pierna del pavo.
--Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.
--Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el
comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la
garganta?
--¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por
lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección
del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de
un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más
muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y
aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña,
tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es
carrasposa, dijo:
--¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:
_Yo te digo en la ocasión,_
_Merceditas de mis ojos,_
_Que tu vista guarda abrojos,_
_Pues que punza el corazón._
_Ten de un triste compasión,_
_Que por tus ojos suspira,_
_Que por tus ojos delira,_
_Que por tus ojos alienta,_
_Que por tus ojos sustenta_
_Esta vida de mentira._
Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y
aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos
con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta
recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de
llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de
más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una
yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios
levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que
improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario.
Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para
levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el
brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó
cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y
repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como
expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado
bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían
bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que
más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al
mismo joven Leonardo.
A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino
como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de
aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no
menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de
notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su
esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco
tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a
saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su
hermano José Dolores Pimienta.
--¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.
--Tal vez no, le replicaba ella.
--¿Y tú cómo lo sabes?
--Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con
cuchara?
--Ya, pero tú no te explicas.
--Porque no hay tiempo ahora.
--Sobrado, hermana.
--Luego, las paredes oyen.
--¡Vaya! Cuando se grita.
--Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.
--Yo no pierdo la ocasión.
--Vas a pasar un mal rato.
--¿Qué me importa si hago mi gusto?
--Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas
cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo
de eso mejor que tú, lo estoy viendo.
Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes
en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y
salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de
nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos.
Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de
brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad,
y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió
derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.
Nubes ligeras, claro oscuras, despedazadas por el viento fresco del
nordeste, pasaban unas tras otras en procesión bastante regular por
delante de la luna menguante, que ya traspasaba el cenit, y a veces
dejaba caer rayos de luz blanquecina. La calle traviesa, angosta y
torcida que llevaba el joven Leonardo no se despejó jamás, ni vio él a
derechas su camino hasta que llegó a la plazuela del hospital antes
dicho, y entonces sólo el lado izquierdo se alumbraba a ratos, pues las
paredes de la iglesia de Paula, elevadas y oscuras, proyectaban una
doble sombra sobre el espacio exento. Arrimado a ellas, sin embargo,
pudo distinguir su carruaje, los caballos del cual agachaban la cabeza y
las orejas, en su afán de evitar la lluvia y el viento que les herían de
frente. Estaba echado el capacete y no parecía el jinete por ninguna
parte, ni en la silla, su puesto acostumbrado, ni en la zaga, ni en el
vano de la ancha puerta de la iglesia, que podía servirle de abrigo.
Pero a la segunda ojeada comprendió Leonardo dónde estaba. Sentado en el
pesebrón del quitrín, le colgaban las piernas cubiertas con las botas
de campana, mientras descansaba la cabeza y los brazos, medio vuelto, en
los muelles cojines de marroquí. En el suelo yacía la _cuarta_ que en el
sueño se le había desprendido de las manos, la recogió Leonardo al
punto, levantó un canto del capacete y con todas sus fuerzas le pegó dos
o tres zurriagazos a manteniente, por las espaldas presentadas.
--¡Señor! exclamó el calesero, entre asustado y dolorido, descolgándose.
Ya de pie pudo verse que era un mozo mulato, bastante fornido, ancho de
hombros y de cara, más fuerte si no más alto que el que acababa de
calentarle las espaldas con el zurriago. Vestía a la usanza de los de su
oficio en la isla de Cuba, chaqueta de paño oscuro, galoneado de
pasamanería, chaleco de piqué, el cuello de la camisa a la marinera,
pantalón de hilo, botas enormes de campana, a guisa de polainas, y
sombrero negro redondo, galoneado de oro. Debemos mencionar también,
como signos característicos del calesero, las espuelas dobles de plata,
que no llevaba a la sazón el mulato de que ahora se habla.
--¡Oiga! le dijo su amo, pues lo era en efecto el joven Leonardo;
dormías a pierna suelta, mientras los caballos quedaban a su albedrío.
¿Eh? ¿Qué hubiera sucedido si espantados por casualidad, echan a correr
por esas calles de Barrabás?
--Yo no estaba _dormiendo_, niño; se atrevió a observar el calesero.
--¿Conque no dormías? Aponte, Aponte, tú parece que no me conoces, o que
crees que yo me mamo el dedo. Mira, monta, que ya ajustaremos cuentas.
Lleva el quitrín a la _cuna_, toma las dos muchachas que trajiste en él
y condúcelas a su casa. Yo te espero en el paredón de Santa Clara,
esquina a la calle de La Habana. No consientas que nadie monte a la
zaga. ¿Entiendes?
--Sí, señor; contestó Aponte, partiendo en dirección de la garita de San
José. En la puerta de la casa del baile, sin desmontarse, dijo a un
desconocido que entonces entraba:
--¿Me hace el favor de decirle a la niña Cecilia que aquí está el
quitrín?
A pesar del aditamento de _niña_ de que hizo uso el calesero hablando de
Cecilia, que sólo se aplica en Cuba a las jóvenes de la clase blanca, el
desconocido pasó el recado sin equivocación ni duda. Y ella incontinente
se levantó de la mesa y fue a coger su _manta_, seguida de Nemesia y de
la Ayala. Esta última las acompañó hasta la puerta de la calle, en donde
ya se habían agrupado los pocos hombres que aún no se habían despedido.
Allí, teniendo todavía por la cintura a Cecilia, en señal de amistad y
cariño, la dijo:
--No te fíes de los hombres, china, porque llevas la de perder.
--Y ¿yo me he fiado de alguno a estas horas, Merceditas? repuso Cecilia
sorprendida.
--Ya, pero ese quitrín tiene dueño, y nadie da palos de balde. Tenlo por
sabido. Me parece que me explico.
Con esto y con fingir Cantalapiedra que lloraba por la partida de
Cecilia, cosa que causó mucha risa, ésta y Nemesia subieron al carruaje
dándoles la mano Pimienta, y de hecho quedó desbaratada la reunión.
Podía ser entonces la una de la madrugada. El viento no había abatido ni
cesado la llovizna que, de cuando en cuando, arrojaban las voladoras
nubes sobre la ciudad dormida y en tinieblas. Conforme reza la expresión
vulgar, la oscuridad era como boca de lobo. No por eso, sin embargo,
perdió el joven músico la pista del carruaje que conducía a su hermana y
a su amiga, antes por el ruido de las ruedas en el piso pedregoso de las
calles, le fue siguiendo las aguas, primero al paso redoblando y luego
al trote, hasta que le alcanzó cerca de la calle de Acosta. Puso la mano
en la tabla de atrás, se impulsó naturalmente con la carrera que
llevaba y quedó montado a la mujeriega. Al punto le sintió el calesero
e hizo alto.--Apéate, le dijo Nemesia por el postigo.--No hay para qué,
dijo Cecilia.--Yo les voy guardando las espaldas, dijo Pimienta.--Apéese
Vd., dijo en aquella sazón Aponte, que ya había echado pie a
tierra.--¿No te lo decía? añadió Nemesia, hablando con su hermano.--Aquí
dentro va mi hermana y mi amiga, observó el músico dirigiéndose al
calesero.--Será así repuso éste; pero no consiento que nadie se monte
atrás de mi quitrín. Se echa a perder, camará; agregó notando que se las
había con un mulato como él.--Apéate, repitió Nemesia con insistencia.
Obedeció José Dolores Pimienta, conocidamente después de una lucha sorda
y terrible consigo mismo, en que triunfó la prudencia; pero cediendo y
todo en aquella coyuntura, no renunció a la resolución tomada de seguir
el carruaje. Volvió a montar el calesero y continuó la carrera derecho
hasta desembocar en la calle de Luz, torciendo allí a la izquierda hacia
la de La Habana. Cerca del cañón de la esquina estaba un hombre de pie,
guarecido del viento y de la menuda llovizna, con las elevadas tapias
del patio perteneciente al monasterio de las monjas Claras. En ese
punto, paró Aponte por segunda vez el quitrín, el hombre en silencio
subió a la zaga, diciendo luego a media voz: ¡Arrea! Partió entonces
aquél a escape, pero no sin dar tiempo a que se acercara lo bastante el
músico, para advertir que el individuo que le reemplazó en la zaga del
carruaje era el mismo joven blanco, Leonardo, que tantos celos le había
inspirado en la _cuna_.
CAPÍTULO VII
_¿Y qué modo de hombre es él,_
_es negocio moscatel,_
_es discreto vergonzoso,_
_o dulce o acibaroso?_
LOPE DE VEGA
La Buscona
En el barrio de San Francisco y en una de las calles menos torcidas, con
banquetas o losas en una o dos cuadras, había, entre otras, una casa de
azotea, que se distinguía por el piso alto sobre el arco de la puerta, y
balconcito al poniente. La entrada general, como la de casi todas las
casas del país--para los dueños, criados, bestias y carruajes, dos de
los cuales había comúnmente de plantón--era por el zaguán; especie de
casapuerta o cochera, que conducía al comedor, patio y cuartos
escritorios.
Llamaban bajo este último nombre los que se veían a la derecha, a
continuación del zaguán, ocupados, el primero por una carpeta doble de
comerciante, con dos banquillos altos de madera, uno a cada frente, y
debajo una caja pequeña de hierro, cuadrada, que en vez de puerta tenía
tapa para abrirse o cerrarse, siempre que se guardaban en ella o se
sacaban los sacos de dinero. En el lado opuesto de la casa se veía la
hilera de cuartos bajos para la familia, con entrada común por la sala,
puerta y ventana al comedor y al patio.
Este formaba un cuadrilátero, en cuyo centro sobresalía el brocal de
piedra azul de un aljibe o cisterna, donde, por medio de canales de hoja
de lata y de cañerías enterradas en el suelo, se vertían las aguas
llovedizas de los tejados. Una tapia de dos varas de elevación, con un
arco hacia el extremo de la derecha, separaba el patio de la cocina,
caballeriza, letrina, cuarto de los caleseros y demás dependencias de la
casa.
Entre el zaguán y los cuartos llamados escritorios, descendía al
comedor, apoyada en la pared divisoria, una escalera de piedra tosca con
pasamanos de cedro, sin meseta ni más descanso que la vuelta violenta
que hacían los últimos escalones casi al pie. Esa escalera comunicaba
con las habitaciones altas, compuestas de dos piezas: la primera que
hacía de antesala, tan grande como el zaguán; la segunda, todavía mayor,
como que tenía las mismas dimensiones que los escritorios sobre los
cuales estaba construida y servía de dormitorio y estudio. Con efecto,
los muebles principales que la llenaban casi, eran una cama o catre de
armadura de caoba, cubierto con un mosquitero de rengue azul, un armario
de aquella propia madera, un casaquero o percha de lo mismo, un sofá
negro de cerda, unas cuantas sillas con asiento de paja, una mesa a modo
de bufete, y una butaca campechana.[9] Sobre los tales muebles se
hallaban varios libros, unos abiertos, otros cerrados o con una o más
hojas dobladas por la punta, empastados a la española, con canto rojo,
todos al parecer de leyes, según podía notarse, leyendo los letreros
dorados en los lomos de algunos. En el sofá únicamente dos periódicos en
forma de folletos: el más voluminoso con un malísimo grabado que
representaba los figurines de un hombre, una mujer y un niño, y llevaba
por título _La moda o Recreo Semanal_,[10] el otro _El Regañón_.[11]
Abajo, en el comedor había una mesa de alas de caoba, capaz para doce
cubiertos, hasta seis butacas en dos hileras frente a la puerta del
aposento; en el ángulo el indispensable jarrero, mueble _sui generis_ en
el país, y para proporcionar sombrío a la pieza y protegerla contra la
reverberación del sol en el patio, había dos grandes cortinas de
cañamazo, que se arrollaban y desarrollaban lo mismo que los telones de
teatro. En la pared medianera entre el zaguán y la sala, había una reja
de hierro, y para dar paso a la luz exterior en esta última, dos
ventanas de lo mismo voladizas, que desde el nivel del piso de la calle
subían hasta el alero del techo. De la viga principal colgaba por sus
cadenas una bomba de cristal; de la pared del costado dos retratos al
óleo, representativos de una dama y de un caballero en la flor de su
edad, hechos por Escobar;[12] debajo de éstos un sofá, y en dirección
perpendicular al mismo, en dos filas, hasta seis sillones con asiento y
respaldo de marroquí rojo; en los cuatro ángulos, rinconeras de caoba,
adornadas con guardabrisas de cristal o con floreros de china. En la
pared, entre ventanas, una mesa alta con pies dorados y encima un espejo
cuadrilongo; llenando los huecos intermedios, sillas con profusión.
Era de notarse la cortina de muselina blanca, con fleco de algodón, que
pendía de los dinteles de las puertas y ventanas de los cuartos, como
para dar libre paso al aire y ocultar sus interioridades de las miradas
de los que pasaban por el comedor y el patio. En resumen, la casa
aquella, peculiarmente habanera, según se habrá echado de ver por la
menuda descripción que de ella hemos hecho, respiraba por todas partes
aseo; limpieza y... lujo, porque tal puede llamarse, en efecto, si se
tiene en cuenta el país, la época de que se habla, el estilo y calidad
del mueblaje, los dos carruajes en el zaguán y la capacidad misma de la
morada. ¿Vivía allí una familia decente, bien educada y feliz? Vamos a
verlo en breve.
A la hora en que principia nuestro cuento, entre seis y siete de la
mañana de uno de los días de octubre, ocupaba una de las butacas del
comedor un caballero de hasta cincuenta años de edad, alto, robusto,
entrecano, nariz grande aguileña, boca pequeña, los ojos pardos y vivos,
la color del rostro rubicunda, la cabeza redonda por detrás; signos
éstos característicos de pasiones fuertes y firmeza de carácter. Llevaba
el cabello corto, la barba rasurada completamente; vestía bata talar de
zaraza sobre chaleco largo de piqué blanco, pantalones de dril y
chinelas de ante. Descansaba los pies en una silla con asiento de paja y
con ambas manos se llevaba a los ojos un periódico impreso en papel
español de hilo del folio común, titulado _El Diario de la Habana_.[13]
Mientras leía se le presentó un muchacho como de doce años de edad,
vestido de pantalones y camisa de listadillo, que venía del fondo del
patio y traía en la mano derecha una taza de café con leche, puesta en
un plato, y en la otra un azucarero de plata. El caballero, sin
enderezarse en la butaca, tomó la taza, endulzó y se puso a sorber y
leer con toda calma, mientras el criado, con los brazos cruzados sobre
el pecho, se quedó delante de él en pie, conservando en las manos
respectivas el plato y el azucarero. Concluida la poción de café con
leche, no obstante que el muchacho se hallaba a pocos pasos, le dijo en
tono de voz atronadora:--¡Tabaco y lumbre! Salió aquél de carrera a la
cocina y volvió a poco por los cuartos escritorios, trayendo entonces
una vejiga grande con algunos cigarros[14] arrollados en el fondo y un
braserillo de plata con una brasa de carbón vegetal, medio enterrada en
un montón de cenizas. El caballero encendió un cigarro y cuando el
muchacho se disponía a emprender de nuevo la carrera, le gritó:--¡Tirso!
--¡Señor! contestó también en alta voz como si ya estuviera en la cocina
o hablara con sordo.
--¿Has estado arriba? le preguntó el amo.
--Sí, señor, _dende_ que llegó de la plaza el cocinero.
--¿Y cómo es que el niño Leonardo no ha bajado todavía?
--Es querer decir a su merced que el niño Leonardo no quiere que lo
_dispierten_ cuando ha pasado mala noche.
--¡Mala noche! repitió el caballero mentalmente. Anda (al esclavo),
despiértale y que baje.
--Señor, dijo el muchacho titubeando y confuso. Señor, su merced sabe...
--¿Qué sucede? volvió a tronar el amo, luego que echó de ver que el
esclavo se estaba parado y no le había obedecido.
--Señor, es querer decir a su merced, que el niño se pone bravo cuando
lo _dispiertan_, y...
--¿Qué? ¿Qué dices? ¡Ah! ¡Perro! Anda, corre si no quieres subir a
puntapiés.
Y como el caballero medio se incorporase para ejecutar la amenaza, no
esperó a que se la repitieran para obedecer la orden. En cuatro saltos
se puso en lo alto de la escalera, desapareciendo en el dormitorio del
joven Leonardo. A tiempo mismo que el muchacho corría escaleras arriba,
asomaba por la puerta del aposento una señora algo gruesa, hermosa, de
amabilísimo aspecto, las facciones menudas, con el cabello todavía
negro, aunque pasaba de los cuarenta de edad, vestida de holán clarín
blanco, y abrigada con una manta de burato color canario y toda ella muy
pulcra y de ademán reposado y señoril. Sentose al lado del caballero de
la bata, a quien, preguntándole por las noticias del día, dio el nombre
de Gamboa. Este le contestó entre dientes que la única importante que
traía _El Diario_ era la aparición del cólera morbus en Varsovia, donde
hacía estragos espantosos.
--¿Y dónde es eso? preguntó la señora bostezando.
--¡Toma! contestó Gamboa. Eso es muy lejos. Figúrate, allá, cerca del
Polo Norte, en Polonia. Ya tiene que rodar el señor cólera para llegar
hasta nosotros, y entonces... ¡quién sabe dónde estaremos tú y yo!
--¡Dios nos libre de horas menguadas, Cándido! volvió a exclamar la
señora con el mismo aire de indolencia de antes.
Bajaba Tirso en este punto los escalones con doble precipitación, si
cabe, de aquella con que los había subido; y a no ser porque en tiempo
agacha la cabeza, le alcanza en ella un libro que le arrojaron de lo
alto, el cual, con la violencia del golpe se hizo pedazos en la puerta
del escritorio. Don Cándido alzó la cabeza y la señora se levantó y fue
hacia el pie de la escalera, preguntando:--¿Qué ha sido eso? Por toda
respuesta el muchacho, muy asustado, le indicó con los ojos al joven
Leonardo, que se hallaba en lo alto, envuelto en la sábana, con los
puños apretados en señal de cólera y de amenaza. Pero no bien descubrió
a su madre, pues lo era aquella señora, cambió de actitud y de
semblante; e iba sin duda a explicarle la ocurrencia, cuando ella le
contuvo haciéndole una seña muy significativa, que equivalía, poco más o
menos a decirle:--Calla, que ahí está tu padre. Por lo que él, sin más
demora, dio media vuelta y se volvió al dormitorio.
--¿Viene el niño Leonardo? preguntó Gamboa al esclavo, cual si no
hubiera notado la carrera de éste, el librazo contra la puerta del
escritorio ni la acción de su esposa.
--Sí, señor, contestó Tirso.
--¿Le diste mi recado? insistió don Cándido en tono de voz más recio y
áspero.
--Es querer decir a su merced, repuso el esclavo todo turbado y
tembloroso, que... el niño... el niño Leonardo no me dio tiempo.
La señora se había vuelto a sentar, y seguía llena de ansiedad las
palabras y los movimientos del semblante de su marido. Le vio ponerse
rojo a medida que Tirso soltaba las pocas frases de que en su turbación
pudo hacer uso; aún le pareció que iba a levantarse, acaso para pegarle
al esclavo, o hacer bajar por la fuerza a Leonardo; en cuya confusa
alternativa, a fin de ganar tiempo, le dejó caer la mano derecha en el
brazo izquierdo y le dijo en voz muy baja y musical:
--Cándido, Leonardito se viste para bajar.
--Y tú ¿cómo lo sabes? replicó don Cándido con gran viveza, volviéndose
para su esposa.
--Acabo de verle a medio vestir, en lo alto de la escalinata, contestó
ella con calma.
--Pues tú siempre estás al tanto de cuando Leonardo cumple con su deber,
pero eres ciega para sus faltas.
--No sé yo que el porbrecito haya cometido ninguna, al menos
recientemente.
--¡Ya! ¿No lo decía yo? Ciega, cieguecita, Rosa, tus mamanteos van a
perder a ese muchacho. ¡Tirso! tronó don Cándido.
Antes que volviese Tirso de la cocina, en donde se había refugiado,
luego que sus amos entablaron el anterior, brevísimo diálogo, entró por
el zaguán adelante el mulato calesero que ya conocen nuestros lectores,
por aquella escena en el barrio de San Isidro y noche del 24 de
setiembre. Vestía ahora solamente camisa y pantalones cuyas piernas
estaban arremangadas hasta poco más abajo de las rodillas, como para
dejar ver el borde de los calzoncillos blancos, que formaba dientes en
vez de dobladillos. Los zapatos eran de vaqueta muy escotados, con
hebilla de plata al lado, y tenía argollas de oro en las orejas, pañuelo
atado en la cabeza, el sombrero de paja en la mano derecha, y en la
izquierda el ronzal de un caballo que traía rabiatado otro del mismo
color y estampa, ambos recién salidos del baño, pues aun escurrían agua
o sudor, y el último tenía la cola hecha un nudo. El mulato había
cabalgado en el primero desde la caballeriza al baño, cerca del Muelle
de Luz, porque todavía llevaba el sudadero, a falta de silla.
--Pero aquí está Aponte, agregó don Cándido viéndole asomar. ¡Aponte!
--No hay necesidad de que preguntes a los criados interpuso doña Rosa.
--Quiero que oigas una de las recientes gracias de tu hijo, insistió el
marido. ¿A qué hora trajiste anoche (_hablando con Aponte_) a tu amo?
--A las dos de la _madrugá_, contestó Aponte.
--¿Dónde pasó tu amo la noche? añadió don Cándido.
--Es inútil que lo diga, interrumpió la señora. Aponte, lleva esos
caballos al pesebre.
--¿Dónde pasó tu amo la noche? repitió don Cándido en voz de trueno,
viendo al calesero dispuesto a obedecer la orden de su ama.
--Es dificultoso que yo le diga a su merced mi amo, dónde pasó la noche
mi amo el niño Leonardito.
--¡Qué! ¿Cómo se entiende?
--Le digo a su merced, mi amo, que es muy dificultoso, apresuróse Aponte
a explicar, notando que don Cándido montaba en cólera; porque
primeramente yo llevé el niño Leonardito a Santa _Catarina, dispués_ lo
llevé al muelle de Luz, _dispués_ lo estuve esperando en el muelle de
Luz hasta las doce de la noche, _dispués_ lo llevé otra vuelta a Santa
_Catarina, dispués_...
--¡Basta! dijo doña Rosa enojada. Quedo enterada.
Aponte se retiró con los caballos, pasando por el comedor y el patio en
dirección de la caballeriza, y don Cándido, volviéndose para su mujer,
le dijo:
--¿Qué te-a-ele-tal? ¿No te parece reciente la de anoche? Yo no sabía
nada, sospechaba únicamente, porque conozco a mi hijo mejor que tú, y ya
has oído que se ha estado en Regla hasta las doce de la noche. Tal vez
no fue solo. ¿Quiéres oír ahora con quiénes y cómo pasó la mitad del
tiempo en Regla? ¿No lo adivinas? ¿No lo sospechas?
--Suponiendo que lo adivinase, que lo palpase, observó doña Rosa con
ligero desdén, ¿qué aprovecharía? ¿Dejaría yo por eso de quererlo como
lo quiero?
--Pero si no se trata de quererle ni desquererle, Rosa; saltó impaciente
don Cándido. Se trata de poner remedio a sus faltas, que ya rayan en lo
serio.
--Sus faltas, si las comete, no pasan de calaveradas propias de la
juventud.
--Es que las calaveradas, cuando son repetidas y no se les pone coto a
tiempo, suelen parar en cosas graves que dan mucho que llorar y que
sentir.
--Pues tus calaveradas no te trajeron, que yo sepa, serios ni graves
resultados, y eso que las suyas, comparadas con las tuyas, son meros
pasatiempos juveniles; dijo doña Rosario con refinado sarcasmo.
--Señora, repuso don Cándido irritado, por más que hiciese esfuerzo
visible por ocultarlo: sean cuales fueren las locuras que yo haya podido
cometer en mi juventud, ellas no autorizan a Leonardo para que lleve la
vida que lleva con... aprobación y aplauso de Vd.
--¡Mi aprobación! ¡mi aplauso! Esa sí que está buena. Nadie mejor que tú
es testigo de que, lejos de aprobar y aplaudir las locuras de
Leonardito, siempre le estoy aconsejando y aún reprendiendo.
--¡Ya! Por un lado le aconsejas y le reprendes, y por otro le das
quitrín y calesero y caballos y media onza de oro todas las tardes para
que se divierta, triunfe y corra la tuna con sus amigos. No apruebas ni
aplaudes sus locuras, pero le facilitas el modo y medios de cometerlas.
--Eso es, yo facilito el modo y medio cómo se pierda el muchacho. Tú no,
tú eres un santo. ¡Oh! Sí, tu vida ha sido ejemplar.
--No sé a qué conduce tan amarga sátira.
--Conduce a que eres muy duro con él, y a que estaría buena tu aspereza
si fueses intachable, si no hubieses pecado...
--¿Me tiene él en tan buen concepto como el que la merezco a Vd. señora?
¿Sabe que yo haya pecado?
--Tal vez lo sepa.
--Si Vd. no se lo ha contado...
--No hay necesidad de que yo le enseñe cosas malas. Sería madre
desnaturalizada si tal hiciera. Pero él no es ningún tonto, y luego fue
demasiado público, escandaloso lo de María de Regla.
--No sería mucho que haya llegado a sus oídos y le provoque a imitarte.
El mal ejemplo...
--Basta, señora, dijo don Cándido más desazonado que irritado. Creía,
tenía razón para esperar que Vd. hubiese dado eso al olvido.
--Mala creencia, porque hay cosas que no es posible olvidarlas jamás.
--Ya lo veo. Lo que quiere decir eso es, que me he engañado; quiere
decir que las mujeres, algunas mujeres, no olvidan ni perdonan ciertas
faltas de los hombres. Pero, Rosa, agregó cambiando de tono, nosotros
vamos fuera del carril y eso no está bien. La verdad es que si yo soy
muy duro, como dices, con Leonardo, tú eres muy débil, y no sé yo qué
será peor. El es un loco, voluntarioso y terco, necesita freno más que
el pan que come. Advierto, sin embargo, con dolor, que, por pensar en mi
dureza, le llevas sin querer, por supuesto, como por la mano a su pronta
perdición. De veras, Rosa, tiempo es ya de que sus locuras y sus
debilidades cesen; tiempo es ya de tomar una determinación que le libre
a él de un presidio y a nosotros de llanto y de infamia eternos.
--¿Y qué remedio adoptar, Cándido? Ya es tarde, ya él es un hombrecito.
--¿Qué remedio? Varios. En los buques de guerra de S. M. hasta a los
hombronazos se les mete en cintura. Pensando estaba que no le vendría
mal oler a brea por corto tiempo. Apuradamente mi amigo Acha, comandante
de La Sabina, está empeñado en enseñarle la maniobra. Ayer nada menos me
dijo que me resolviera y se lo entregara, seguro de que le pondría más
derecho que un mastelero de gavia. Sí, ésa fue la expresión de que hizo
uso. De todos modos, estoy resuelto a poner freno a las demasías de ese
mozo.
Conmoviose doña Rosa al oír las últimas palabras de su marido, mucho más
al notar el tono de firme resolución con que las emitió; y parte para
ocultar las lágrimas que le rebosaban en los ojos, parte por variar el
objeto de una conversación que le hería en lo más vivo del alma, se
levantó otra vez y se dirigió al patio. En aquel momento mismo bajaba
Leonardo la escalera, vestido como para salir a la calle; y ella, que
sintió sus pasos, retrocedió al sitio que acababa de dejar al lado de su
marido, y en tono de humilde súplica, con voz temblosa por la emoción,
le dijo:
--Por el amor de ese mismo hijo, Gamboa, no le digas nada ahora. Tu
severidad le rebela y me mata a mí.
--¡Rosa! murmuró don Cándido echándole una mirada de reconvención. Tú le
pierdes.
--¡Prudencia, Cándido! replicó doña Rosa, respirando más libremente;
porque comprendió que su esposo estaba inclinado por entonces a ejercer
aquella virtud. Advierte que ya es un hombre y que le tratas como si
fuera un niño.
--¡Rosa! repitió don Cándido con otra mirada de reconvención ¿Hasta
cuándo?
--Será ésta la última vez que interceda por él, se apresuró a decir doña
Rosa. Te lo prometo.
En esto acababa de bajar la escalera el joven Gamboa y se encaminó
derecho a su madre, la cual le salió al encuentro como para mejor
protegerle del enojo de su padre. Pero éste, silencioso y cabizbajo, ya
penetraba en el escritorio y no vio o se hizo que no vio al hijo besar a
la madre en la frente, ni la seña con que ella le indicó que debía
saludar también a su padre.
Leonardo no dijo palabra, ni hizo ademán de cumplir con la indicación.
Sólo se sonrió, levantó los hombros y se encaminó a la calle, llevando
debajo del brazo izquierdo un libro empastado a la española, con los
cantos rojos, y en la mano derecha una caña de Indias cuyo puño de oro
figuraba una corona.
CAPÍTULO VIII
_¡Para hacer bien por el alma_
_Del que van a ajusticiar!_
ESPRONCEDA
El reo de muerte
Tiró el estudiante en dirección de la Plaza Vieja por la calle de San
Ignacio. En la esquina de la de Sol tropezó con otros dos estudiantes
poco más o menos de su edad, que en toda apariencia esperaban su
llegada. El uno de ellos no es desconocido para el lector, pues le ha
visto en la _cuna_ de la calle de San José. Nos referimos a Diego
Meneses. Era el otro de figura menos galana y esbelta, agregando a su
baja estatura un cuello muy corto y hombros bastante levantados, entre
los cuales llevaba como enterrada una cabeza redonda y chica. Había
cierta confusión en su frente más angosta y levantada; los ojos tenía
pequeños y penetrantes, la nariz algo arremangada, la barba aguda y la
boca fresca y húmeda, por cierto la más expresiva de sus menudas
facciones; el cabello crespo y así en su semblante como en su cuerpo se
descubría desde luego la gran malicia que animaba su travieso espíritu.
Junto con una fuerte palmada en el hombro, Leonardo le dio el nombre de
Pancho Solfa. Este, medio sonreído, medio mal humorado del golpe dijo:
--Cada animal tiene su lenguaje, y el tuyo, Leonardo, es a veces muy
expresivo.
--Porque te quiero te aporreo, Pancho. ¿Quieres otra caricia?
--Basta, chico. Y se desvió, haciendo un movimiento con la mano
izquierda.
--¿Qué hora es? preguntó Leonardo. Recuerdo que no le di cuerda anoche a
mi reloj y se ha parado.
--Las siete acaban de dar en el reloj del Espíritu Santo, respondió
Diego. Nos marchábamos sin ti, creyendo que se te habían pegado las
sábanas.
--Por poco no me levanto en todo el día. Me acosté tarde y mi padre me
hizo llamar al amanecer. Él, como se acuesta con las gallinas, madruga
siempre. ¿No les parece a ustedes que hay tiempo de dar una vueltecita
por la Loma del Ángel?
--Soy de opinión que no, dijo Pancho. A menos que tú, cual otro Josué,
tengas la virtud de parar el sol.
--Te pereces por una cita, Pancho, venga o no venga a pelo. ¿Pues no
sabes que el sol no camina desde que Josué le mandó parar su carrera? Si
hubieses estudiado astronomía sabrías eso.
--Di, más bien, que si hubiera estudiado historia sagrada, dijo Meneses.
--El cuento es, observó Pancho, que sin estudiar a fondo una cosa y
otra, sé que el caso participa de ambas y no son ustedes los que me
corrigen la plana.
--A todas éstas, caballeros ¿qué lección tenemos hoy? No concurrí a la
clase el viernes, ni he abierto el libro en todo este tiempo.
--Govantes señaló para hoy el título tercero, que trata del derecho de
las personas, respondió Diego. Abre el libro y verás.
--Pues no he saludado esa materia siquiera, agregó Leonardo. Sólo sé que
según el derecho patrio, hay personas y hay cosas; que muchas de éstas,
aunque hablan y piensan, no tienen los mismos derechos que aquéllas. Por
ejemplo, Pancho, ya que te gustan los símiles, tú a los ojos del Derecho
no eres persona, sino cosa.
--No veo la similitud, porque no soy esclavo, que es a quien considera
cosa el derecho romano.
--Ya. No eres esclavo, pero alguno de tus progenitores lo fue sin duda y
tanto vale. Tu pelo al menos es sospechoso.
--Dichoso tú que le tienes flechudo como los indios. Si vamos a
examinar, sin embargo, nuestros árboles genealógicos respectivos,
hallaremos que aquéllos que pasan por ingenuos entre nosotros, son
cuando menos libertinos.[15]
--Resuellas por la herida, compadre. Vamos, que no es ningún pecado
amarrar la mula tras de la puerta. Mi padre es español y no tiene mula;
mi madre sí es criolla y no respondo que sea de sangre pura.
--Es que tu padre por ser español, no está exento de la sospecha de
tener sangre mezclada, pues supongo que es andaluz, y de Sevilla
vinieron a América los primeros esclavos negros. Tampoco los árabes, que
dominaron en Andalucía más que en otras partes de España, fueron de raza
pura caucásica, sino africana. Por otra parte, era común ahí, entonces,
la unión de blancos y negros, según el testimonio de Cervantes y de
otros escritores contemporáneos.
--Ese rasguito histórico, don Pancho, vale un Potosí. Se conoce que la
cuestión de razas te ha costado algunos quebraderos de cabeza. No paro
yo en eso la atención, ni creo que hace bulto ni peso la sangre
mezclada. Lo que puedo decir es que, no sé si porque tengo algo de
mulato me gustan un puñado las mulatas. Lo confieso sin empacho.
--La cabra siempre tira al monte.
--El refrán no viene al caso; mas si lo dices para afirmar que no te
gusta la _canela_, peor para ti, Pancho, porque eso quiere decir que te
gusta el _carbón_, género mucho más inferior.
En este punto de su conversación iban, cuando entraron por los portales
de la Plaza Vieja llamados del Rosario. Estos los forman unas cuatro o
cinco casas, pertenecientes a familias nobles o ricas de La Habana, con
anchos balcones, apoyados en altos arcos de piedra, cuyas luces cubren
durante el día unas cortinas de cañamazo, a manera de velas mayores de
barcos. El piso superior de esas casas lo ocupan los dueños o
inquilinos, que viven de sus rentas; pero en los bajos, salones en
general oscuros y poco ventilados, tienen sus tiendas unos mercaderes al
por menor, que llaman baratilleros, quinquilleros propiamente dichos,
los cuales, en absoluto, son españoles, por lo común montañeses. Dentro
guardan el acopio de géneros y baratijas, y al frente, bajo los arcos de
piedra, exponen lo que se entiende por quincalla en unas vidrieras o
muestrarios portátiles, que descansan sobre una especie de tijeras. Por
la mañana temprano los exponen y por la noche los guardan.
Poco después de las siete de la mañana se principia generalmente la
primera de las operaciones aquí mencionadas. Los mercaderes, de dos en
dos, sacan las vidrieras, sujetando uno por una cabeza, otro por la
otra, como si fueran ataúdes o que pesaran mucho para un solo hombre.
Algunos estaban ya expuestos, y los vendedores se paseaban por delante
de ellos en mangas de camisa, a pesar del airecillo de la mañana, cuando
entraron en los portales nuestros tres estudiantes.
Llevaban la delantera Leonardo y Diego, riendo y charlando, sin hacer
caso de los mozos españoles que iban y venían, afanados en la obra de
exponer sus mercancías a tiempo. Detrás, y a paso mesurado, inclinada la
cabeza y taciturno, los seguía su condiscípulo Pancho, y ya por esto, ya
porque les chocase su facha, la verdad es que el primer buhonero con
quien tropezó le echó mano por un brazo y le dijo: ¡Hola, rubio! ¿no
quieres comprar un par de navajas de primera? Se desprendió de éste con
un esguince y le cogió otro para decirle: Acá, primo, vendo gafas
excelentes. Adelante se le interpuso un tercero para ofrecerle tirantes
elásticos; un cuarto para meterle por los ojos cortaplumas vizcaínos,
superiores a los ingleses. Rodando de uno para otro, ora sonriéndose,
ora haciendo un gesto de enfado, el ya molesto estudiante logró
adelantar algunos pasos. Al fin, rodeado por varios baratilleros más
dispuestos a la burla que a encarecer sus baratijas, se quedó parado y
cruzó los brazos. Por fortuna en aquel momento le echaron de menos sus
compañeros, volvieron la cara y notaron el cerco que le habían formado.
Ignorando la causa, Leonardo, que era intrépido, retrocedió a la
carrera, penetró por fuerza por el corrillo y sacó a su amigo del apuro.
Mas así que se informó por él mismo de lo que había pasado, rió de ganas
y le dijo: Te tomaron por montuno, Pancho. Tú también tienes una
figura...
--Mi figura no tiene nada que ver con el asunto, le interrumpió Pancho
de mal talante; es que estos españoles tienen más de judíos que de
caballeros.
Siguiendo la calle de San Ignacio nuestros estudiantes, a poco andar
desembocaron en la Plazuela de la Catedral. Cuando llegaban a los
portales de la casa conocida por de Filomeno, les llamó la atención un
grupo numeroso y compacto de pueblo que entraba en la misma por el lado
opuesto, es decir, por la calle de Mercaderes y el Boquete. La
vanguardia, compuesta en su mayor parte de gente de color, hombres,
mujeres y muchachos sucios, harapientos y descalzos, ya marchaba, ya
hacía alto, y de cuando en cuando volvía atrás la cabeza, como por
resorte. Entre dos filas de soldados equipados a la ligera, pues su
uniforme consistía de chaqueta de paño azul, pantalón blanco, canana
atada al cinto por delante, sombrero redondo y carabina corta, que
portaban por los tercios, iban hasta doce mulatos y negros vestidos en
traje talar de sarga negra, con caperuza de muselina blanca, cuya punta
larga flotaba por detrás de la cabeza, a guisa de gallardete; y cada
cual llevaba en la mano derecha una cruz negra de brazo corto y árbol
largo. Cuatro de esos lúgubres hombres conducían al hombro, en silla de
mano, a una al parecer criatura humana, cuya cabeza y cuerpo
desaparecían bajo los pliegues de un paño negro (manto de estameña),
cayendo a plomo por fuera de todo el aparato.
A un lado de este ser misterioso venía un sacerdote con sotana negra de
seda, bonete en la cabeza y un crucifijo en ambas manos; al otro un
negro bastante joven, robusto y ágil. Este vestía pantalón blanco,
sombrero redondo y chaqueta de paño negro, en cuya espalda se le
descubría una como escalera bordada de seda amarilla. Eso indicaba su
oficio, y era nada menos que el verdugo. Andaba a paso medido y no
levantaba los ojos del suelo. Detrás venía un hombre blanco vestido de
calzón corto, medias de seda, chupa de paño y sombrero de tres picos,
todos de color negro. Este era el escribano. Inmediato a él marchaba un
militar de alta graduación indicada por los tres entorchados de la
casaca y el sombrero de tres picos galoneado de oro, con pluma blanca de
avestruz. Cerraban el cortejo otros negros y mulatos en el traje negro
talar y caperuza blanca, ya descrito, y más pueblo, todos moviéndose en
solemne y silenciosa procesión, pues no se oía otro ruido que los pasos
acompasados de la tropa y la voz gangosa del sacerdote recitando las
oraciones de los moribundos.
Por esta rápida descripción advertirá el lector habanero que se trataba
de un reo de muerte que conducían al patíbulo, acompañándole los
hermanos de la Caridad y de la Fe, institución religiosa compuesta
exclusivamente de gente de color que se ocupaba en asistir a los
enfermos y moribundos y en enterrar a los muertos, principalmente los
cadáveres de los ajusticiados. Es bien sabido que la justicia española
lleva su saña hasta las puertas del sepulcro, y he ahí la necesidad de
la institución religiosa dicha, que se encarga de recoger el cadáver del
criminal y de darle sepultura, en vez de los parientes y amigos,
privados de esos oficios por la ley o la costumbre.
La tropa que custodiaba al reo en tales circunstancias, en La Habana al
menos, era un piquete de la célebre partida de Armona, especie de
guardia civil, establecida por Vives, que desempeñaba el papel de la
policía de otras partes: el militar de alta graduación, el mayor de
plaza, a la sazón coronel Molina, después castellano del Morro, en cuyo
empleo murió cargado con el odio de aquéllos a quienes había oprimido y
explotado mientras desempeñó el primero de estos cargos: el individuo
que conducían al suplicio de la manera referida no era hombre, sino
mujer y blanca; la primera tal vez de su clase que ejecutaban en La
Habana.
CAPÍTULO IX
_...Esta es la justicia_
_Que facer el Rey ordena..._
EL DUQUE DE RIVAS
D. Alvaro de Luna.
Contarse merece, siquiera sea brevemente, la historia de la mujer cuyo
delito se castigaba con la pena de muerte. Casada con un pobre
campesino, vivía en los arrabales de la pequeña población del Mariel, no
sabemos cuanto tiempo hacía, ni hace mucho al caso tampoco. Pero sin ser
joven ni hermosa, contrajo ella relaciones ilícitas con un hombre
soltero del mismo pueblo. Séase que el marido averiguara lo que pasaba y
amenazara tomar venganza, séase que los amantes quisieran librarse de
aquel estorbo, el hecho fue que entre los dos concertaron matarle. Y
conseguido esto, que no cuesta gran trabajo matar a un hombre, trataron
de ocultar las huellas del crimen descuartizando el cadáver y arrojando
a un río inmediato los cuartos ensangrentados, cosidos en un saco. Tales
fueron los hechos principales dilucidados en la causa.
Ahora bien, ¿qué papel desempeñó la mujer en el horrible drama? Eso no
se puso en claro. En su defensa desplegó tan desinteresada como rara
elocuencia el joven y brillante abogado Anacleto Bermúdez,[16] que
acababa de llegar de España, en cuyos consejos se había recibido de
abogado e hizo en esa causa su estreno como hábil criminalista. El hecho
era atroz, sin embargo, y la criminalidad de la mujer quedó probada,
pues si no había herido con su propia mano, había tomado parte principal
en el asesinato y en la ocultación del cadáver. Se hizo, por tanto,
necesaria su condenación a último suplicio, aunque éste fuese el de
horca, pues que entonces sólo se aplicaba el del garrote a la gente
noble, suceso todavía más raro en Cuba que el de ejecutar a una mujer
blanca.
La pena de muerte en horca, en los dominios españoles era, si cabe, más
terrible que la del garrote, introducida o generalizada algún tiempo
después de aquel a que nos referimos ahora. El verdugo, así que ataba
dos sogas al pescuezo del reo, le lanzaba desde lo alto de la escalera,
se le montaba a horcajadas en los hombros, y con los calcañales le
golpeaba el estómago para apresurar su fin; deslizándose por los pies
del ajusticiado, cuyo cadáver, dentro de un traje talar, quedaba
meciéndose al aire libre por ocho horas, a dos varas del suelo.
Semejante espectáculo no debía presentarse en La Habana con una mujer
blanca, por vulgar que ella fuese u horrible su delito.
En tal situación, y cuando hubo fallado el recurso de una supuesta
preñez, Bermúdez solicitó y obtuvo como gracia especial que se la
hiciera morir en garrote. Recordará el lector que siete u ocho años
después de aquel a que nos contraemos ahora, se abolió el suplicio de
horca en Cuba, y que hallándose la cárcel en el ángulo occidental del
edificio conocido por la Casa de Gobierno, donde funcionaba asimismo el
Ayuntamiento con todas sus dependencias, donde residía el Capitán
General con las suyas, y existían las escribanías públicas, tenía el
reo que recorrer una larga y angustiosa carrera antes que se pusiera fin
a su vida en el campo de la Punta, inmediato a la mar. En efecto, por la
calle de Mercaderes pasaba a la plazuela de la Catedral, torcía luego a
la de San Ignacio, luego a la de Chacón, luego a la de Cuba, enseguida
por la orilla de la muralla a pasar por debajo de la puerta abovedada y
oscura llamada de la Punta, en que había cuerpo de guardia y daba salida
a los cadáveres de la ciudad que llevaban a enterrar en el cementerio
general.
Al salir por aquella puerta de plaza sitiada, podía distinguir el reo a
lo lejos, frente al arrecibe de la costa contra la cual se rompían las
olas del mar en menudos copos de brillante espuma, la máquina terrible,
horca, garrote o banquillo en que había de tener fin su vida. Para los
de ánimo apocado, la muerte con todos sus horrores era fuerza que se les
presentase mucho antes de recibirla. Por suerte, la mujer de que ahora
hablamos, desde el momento que la metieron en capilla perdió las
fuerzas, y con ellas la conciencia de su horrible situación, siendo
preciso, como se ha visto, que la condujeran al lugar del suplicio en
silla de mano, sentarla a brazos en el banco del garrote, y, muerta ya,
dislocarle la vértebra del cuello para sofocar en su pecho el último
soplo de vida.
Cinco o seis años después de los sucesos que acaban de referirse, había
cambiado de un todo el aspecto del campo de la Punta. Al yermo desolado
y polvoroso que limitaba al oeste las primeras casas de madera de la
barriada de San Lázaro, por el sur rimeros de tablas y alfardas
importadas de los Estados Unidos del Norte de América, por el norte la
mar y el castillo de la Punta, que asomaba sus enanas almenas detrás de
apiñadas calderas férreas de Carrón para la elaboración del azúcar,
sucedió un edificio de tres cuerpos, macizo, cuadrangular, erigido por
el Capitán General don Miguel Tacón para cárcel pública, depósito
presidial y cuartel de infantería.
El espacio descubierto que quedó al lado septentrional de ese edificio,
todavía se obstruyó más con la construcción de unos cobertizos de madera
para abrigo de una parte del presidio, empleada en picar piedra menuda a
martillo, con destino al empedrado de las calles de la ciudad, según el
sistema de McAdam. Pero, de todos modos, así quedó separada la prisión
de la Casa de Gobierno; los presos pasaron a un edificio, aunque
defectuoso en muchos respectos, fabricado expresamente para su desahogo
y seguridad; hubo más conveniente separación de sexos y de delitos, y,
en especial, se redujo a la tercera parte la _via crucis_ de los
infelices reos de muerte, pues que apenas se cuentan doscientos pasos de
la cárcel nueva a la orilla del arrecife, donde se efectuaban las
ejecuciones capitales. De allí y de la Punta, a la parte opuesta,
salieron a recibir la muerte del patriota y del héroe, años adelante,
Montes de Oca y el joven Facciolo; el General López y el español Pintó;
el bravo Estrampes; y, en nuestros días, Medina y León y los inocentes
estudiantes de la Universidad de La Habana.
Incorporáronse los tres amigos a la lúgubre procesión, y la acompañaron
por el costado de la Catedral hasta la puerta del Seminario, edificio
que se extiende por el fondo de ella y da sobre el puerto. No habían
abierto aún la entrada a las aulas, y el golpe como de doscientos
estudiantes de derecho, filosofía y latín, la flor de la juventud
cubana, se dilataba desde las gradas de piedra de la portería hasta el
cuartel de San Telmo por un lado, y por el otro largo trecho hacia las
bocacalles del Tejadillo y de San Ignacio, a causa de la estrechura de
la vía. Por un movimiento espontáneo, la muchedumbre estudiantil se
dividió en dos filas, dando paso franco por medio de la calle a la
extraña comitiva, a la cual precedía un rumor sordo como de enjambre de
abejas que busca donde posarse.
Hizo alto por un momento ante la puerta del Seminario, para dar tiempo a
que cuatro hermanos de la Caridad y de la Fe relevasen a los que
portaban la silla de mano desde la cárcel. La figura entre tanto, no
cambió de posición ni hizo el menor movimiento; pero aunque los pliegues
del manto negro ocultaban por completo sus facciones, su nombre y la
historia de su crimen corrieron de boca en boca entre todos los
estudiantes.
--Nadie diría que llevan ahí a una mujer, dijo un estudiante de latín.
--En efecto, más parece la estatua de una llorona que ser viviente,
agregó otro.
--El remordimiento la agobia, dijo un tercero. Por eso dobla la cabeza
sobre el pecho.
--Ya, exclamó un estudiante alto, de aspecto amulatado; el caso no es
para menos. Ahora supongo yo que está horrorizada de su propio crimen.
--¿Pero está probado, como luz del mediodía, según reza la ley de
Partida, preguntó nuestro conocido Pancho, que Panchita mató a su
marido?
--Tan cierto es que lo mató que le van a dar garrote, volvió a observar
el estudiante amulatado, con cierta sonrisa de desdén. Por más señas que
después de muerto le hizo tasajo, y, cosiéndole en un saco de henequén,
le arrojó al río para pasto de los peces.
Todo eso no constituía un argumento de la criminalidad de Panchita
Tapia, y su tocayo iba a replicar cuando otro estudiante se interpuso
diciendo en voz campanuda y acento español:
--Por un tris hace la chica con su consorte lo que dispone la ley de
Partida que se haga con el parricida. Sólo faltó que el saco fuera de
cuero, que tuviese pintadas llamas coloradas al exterior y que hubiese
puesto en el interior un gallo, una víbora y un mono, animales que no
conocen padre ni madre.
--La ley de las Doce Tablas,[17] se apresuró a decir Pancho alzando la
voz y empinándose un tanto, contento de poder corregirle la plana al
estudiante españolado--copiada _pedem litterae_ en las Partidas, que
mandó compilar don Alfonso el Sabio--no habla de gallos, sino de perro,
víbora y mono, y no porque estos animales conozcan o desconozcan padre o
madre, sino simplemente para entregar el criminal a su furor. El Código
Alfonsino considera parricida aún a la mujer que mata a su marido. La
práctica hoy día es arrastrar al reo en un serón atado a la cola de un
caballo hasta el pie del patíbulo. De suerte que, si no arrastran a
Panchita Tapia, acusada de ese horrendo crimen, la razón es porque no lo
consienten nuestras costumbres. He dicho.
Con esto Pancho se alejó prontamente de aquel grupo, cosa de no dar
tiempo a una réplica de parte del estudiante españolado. Pero éste se
contentó con decir, viéndole alejarse:
--Se conoce que el chico ha estudiado la lección.
En aquel mismo punto se abrieron las ponderosas hojas de cedro de la
puerta del Seminario, más conocido entonces bajo el nombre de Colegio de
San Carlos. El gran patio lo constituían cuatro corredores anchos, de
columnas de piedra, formando un cuadrado. En el centro había una fuente,
y por todo el derredor naranjos lozanos y frondosos. En el lado opuesto
a la entrada principal, a la izquierda, había una escalera de piedra que
conducía a los claustros de los profesores; a la derecha, una reja que
separaba el corredor de un callejón oscuro y húmedo, por el cual se
penetraba en un salón lateral, largo y sucio, separado de las aguas del
puerto por un jardín o huerto de tapias elevadas. Hacia allá daban unas
cuatro ventanillas altas por donde entraba la única luz que a medias
alumbraba el salón. Contra la pared de enfrente, en el centro, se
poyaba una mala cátedra, y a ambos lados de ella había muchos bancos de
madera, rudos, fuertes y de elevado respaldo, colocados
transversalmente.
Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a
la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello
redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único
seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de
La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en
1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas,
quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus
discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la
desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el
norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.
En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente
del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi
todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos
profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la
izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando
acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes
de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban
en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del
patio.
En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de
derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se
detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada
conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra
podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro
blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca
grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso.
Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa.
El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla
del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello
corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio
inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos
agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza
de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos
mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido
y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía,
Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes,
distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y
el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de
América.
Precedía a éste la fama de sus escritos en el _Mensajero Semanal_, que
publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado
padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y
eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre
todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su
polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don
Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María
Heredia.
De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política,
comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La
Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían
por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría
de plano el gobierno de la colonia.
Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por
haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue
bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de
curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de
Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al
salón de clase, adonde él los seguiría en breve.
Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con
gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre _Himno del
desterrado_ y su no menos famosa oda _Al Niágara_, inclusa en la
colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de
botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia,
aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera.
Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo
del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los
estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro
escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en
la silla de paja, a mano constantemente.
No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del
seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la
entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor,
y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver
los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro.
Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba
la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a
entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el
catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no
obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150
estudiantes de varios cursos.
Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna
claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del
catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por
el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En
este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo
había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su
carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la
cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que
vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando
para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista
toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó
por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó
explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego
ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro
de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la
cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual,
Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de
Leonardo--el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el
pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba
en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se
quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor
dijo:--el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego
al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro
por medio, dijo a Gamboa:--Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que
no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y
entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:
--Maldito si he estudiado la lección.
Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse,
continuó:
--Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso
de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es
de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos
principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.
Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el
dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de
las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el
asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron
una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el
mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del
texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas.
Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano;
luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este
último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y
de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la
esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad
antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el
patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces
en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en
ella.
Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando
muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había
tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y
anotador de las _Recitaciones de Heinecio_,[19] de texto en el Colegio
San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues
había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo,
prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.
CAPÍTULO X
_Engañó al mezquino_
_Mucha hermosura;_
_Faltó la ventura,_
_Sobró el desatino;_
_Errado el camino_
_No pudo volver_
_El que por amores_
_Se dejó prender._
D. HURTADO DE MENDOZA
Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su
profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula,
según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta
que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida,
cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en
dos columnas tras él, en respetuoso silencio.
Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la
galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se
distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que
les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de
ellos seguiría la carrera eclesiástica.
Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que
se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se
precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al
corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera
vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.
Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un
grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que
termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de
Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que
era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara,
bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres
constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda
capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano
derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño
de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del
Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla
sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa
del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y
condiciones que llevaban la misma dirección.
Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban
en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a
sustituir a las _volantes_ o calesas, que venían usándose desde fines
del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el
único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados,
recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque
nuestros quitrines ni nuestras _volantes_ se construyen en realidad para
tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no
calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por
eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda
su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte,
vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra
de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y
los hombros y brazos descubiertos.
Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin
aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por
el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos
sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la
iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de
cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban
arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de
África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas
enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a
un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de
madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de
tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del
burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así
calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio
de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y
comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes
todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían
mejor.
La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San
Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado,
según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una
misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de
diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular
se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la
iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas
partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.
Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel
Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre,
especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto
al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos
escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que
arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a
la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.
En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra,
se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función,
como de la que ahora se trata, se descubre toda entera--el altar mayor
al fondo, retablo de madera de dos cuerpos--más allá de las dos puertas
laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros
dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de
relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de
menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y
en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se
veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un
nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el
maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y
encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se
levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en
disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia,
se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra
escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a
la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que
corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que
circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente,
tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese
malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero
de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en
levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo
que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el
asta bandera y casi concluido la obra principal.
Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las
escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al
hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni
pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que
tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su
voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa,
prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas
bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza.
Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque
siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se
sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo
gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a
una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.
Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros,
y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le
parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de
tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado
opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a
las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho
de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo
que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo
entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que
era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del
estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de
piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario,
le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que
éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:
--¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el
brazo.
--¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.
--¿A quién? ¿Qué dices?
--A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte
opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia
acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de
distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?
No sé aún de quién hablas.
--De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su
hermana Rosa.
--Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y
trigueña, allá era la más linda del partido.
--Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y
palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta
mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.
--Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.
--¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero
más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la
sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y
jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de
primera. No menos que tu Rosa.
--Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama
enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si
vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.
--Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una
muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea
más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del
corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas
muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se
figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.
--¿Dónde parará ella?
--De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las
monjas Teresas.
--¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con
Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que
no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un
moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender
impunemente.
--Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes
hacer por aplacar su enojo...
--Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la
tuvo jamás en tratándose de mujeres?
--¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.
Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el
breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por
desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en
estatura, y le dijo serio:
--Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para
Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.
--No lo comprendo, dijo Meneses.
--Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando
con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.
Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba
el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó
a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en
medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las
vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas,
alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que
los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le
cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:--Adivina
quién soy.
En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante,
en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era
robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo,
luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó
al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal
de respeto y arrepentimiento, le dijo:--Pido a Vd. mil perdones,
caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la
culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.
Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero
desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor
y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella
ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a
pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo
la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza
tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra
más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y
rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera
una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como
era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde
había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y
se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses,
quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen
corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los
arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el
seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.
Si con esto se le pasó el enojo o cesaron sus lamentos, los estudiantes
no se detuvieron a averiguarlo. Adelante, en la calle del Tejadillo
corta la de Compostela en ángulo recto y luego se encuentra la del
Empedrado, dicha así por haber sido la primera en que se empezó a
ensayar el sistema de pavimento de las calles de La Habana con chinas
rodadas y arroyo en medio. Por ella torció Leonardo a la derecha, y
después de saludar a sus compañeros y decir a sus íntimos amigos Meneses
y Solfa que podían, si querían, esperarlo en la plazoleta inmediata de
Santa Catalina, donde se reuniría con ellos dentro de un cuarto de hora.
Pero siendo ya la de almorzar, según la costumbre de Cuba, ellos
prefirieron continuar a sus casas respectivas, y así se separaron de
Leonardo hasta la noche en la feria del Santo Ángel Custodio.
Una vez solo el estudiante de derecho, cambió de paso y de aspecto
repentinamente. Se puso serio y pensativo, mucho más de lo que cabía
esperar en un carácter tan alegre y vivaz. Era que le preocupaba
demasiado la aparición en La Habana y en la feria, de la joven de
Alquízar a quien denominó Isabel Ilincheta. No obstante que lo negase,
estaba enamorado de ella, y recelaba que su repentina llegada diese
ocasión a revelaciones desagradables, sobre todo, al descubrimiento de
sus veleidades, que, por pervertido que tuviese el sentimiento de la
decencia, no podían hacerle honor ni dejar de sacarle los colores a la
cara.
Varias veces se detuvo y pegó con la punta del bastón en las angostas
losas de la acera, de cuyo lujo gozaba entonces, entre otras pocas, la
calle famosa de lo Empedrado. Entre seguir y volverse fluctuaban
grandemente, pues es bueno que se sepa que aquella no era la dirección
de su casa. Dio, al fin, un golpe más recio que los demás con la caña,
se la echó al hombro, como solía, y apresuró el paso, murmurando:--¡Qué
diablos! A lo hecho, pecho. Todo esto, para confirmarse en la resolución
tomada.
A poco andar se encontró en la esquina de la calle del Aguacate, y
arrimado a las alterosas paredes del Convento de Santa Catalina, no hizo
alto hasta cerca de la esquina en que la calle de O'Reilly corta la que
llevaba a la sazón. Allí, dirigió una mirada oblicua a la ventanilla
cuadrada y alta de una casucha en la acera opuesta, inmediata a la
esquina. Dicha casucha la hemos descrito minuciosamente al final del
capítulo II de esta verídica historia. Las hojas de la ventanilla se
hallaban entornadas, y por entre los balaustres de cedro, se veían los
pliegues de una cortinilla de muselina blanca, la cual se agitaba
ligeramente entonces, ya a causa del airecillo de la mañana, ya de los
movimientos de alguna persona que estuviese detrás. En la misma
disposición, aunque inversa, se veía la desvencijada puerta: la media
bala de hierro, de que hemos hablado en otra parte, impedía que se
cerrase del todo.
Que había una persona apostada entre la hoja entornada de la ventanilla
y la cortina blanca, no cabe duda ninguna, porque apenas Leonardo cruzó
y puso la mano derecha en el hueco que dejaba en el marco un balaustre
caído, cuando se asomó la cara más linda de mujer que quizás existía en
aquel tiempo en La Habana. A su vista, aunque los ojos de la mulata
despedían rayos, y no de amor, sino de cólera, quedó completamente
subyugado Leonardo, y se olvidó de Isabel, de los bailes de Alquízar y
de los paseos por las guardarrayas de palmas y de naranjos en los
cafetales de esa comarca. El lector de los primeros capítulos de esta
historia tiene delante a Cecilia Valdés. Mantenía los ardientes labios
apretados, la sangre quería brotarle de sus redondas mejillas, el
abultado seno con dificultad se contenía dentro de las ligaduras del
traje de yocó. Al fin fue ella la primera a hablar, diciendo más con el
semblante que con la voz:
--¿Para qué ha venido?
--Acabo de salir de la clase, contestó Leonardo en tono humilde y bajo,
mas recio.
Cecilia miró al soslayo para adentro, con la mano izquierda abierta hizo
seña a Leonardo que bajara algo más la voz y añadió con vehemencia:
--Le han visto hace poco en la loma del Ángel.
--Puede ser, venía para acá.
--Pero se ha detenido mucho, la distancia no es tan grande. ¡Ah!
¡Maldita la mujer que ama!
--Nada se ha perdido, Cecilia. Heme aquí.
--Ya. ¿Mas quién sabe la causa de su demora? Tal vez una mujer...
--Mujer no, te lo juro.
--No me jure, porque entonces menos le creo. El caso es que Chepilla ya
está de vuelta de Paula y Vd. se aparece ahora. Ya no hay tiempo de
hablar. Hace rato que llegó. Rezaba y dormitaba, supongo que de cansada;
y ya levanta la cabeza y pone el oído de ético. (Esto lo dijo mirando
otra vez hacia dentro.) A Vd. no le interesa mi amistad, se conoce, y
soy una boba que le espero. ¡Maldita sea la mujer que quiere como yo!
--Tu desesperación me asusta, alma mía. Siento el percance, será mañana.
--Es que Chepilla no va todos los días a Paula.
--Me levanté cerca de las siete. Tú sabes a la hora que vinimos de
Regla, cerca de la una de la madrugada.
--Eso no impidió que yo me despertase al amanecer. Me acosté con el
cuidado y Vd. no, esto hace mucha diferencia.
--Déjate de ese tono irónico que no te sienta ni un poquito. Demasiado
sabes tú que te idolatro.
--Obras son amores y no buenas razones, y el hombre que no cumple con
una cita...
--No me condenes de ligero. Ya te he dicho la causa de mi demora. Te
protesto, sin embargo, que lo siento en el alma, y ya te probaré...
--Malhaya viene tarde. En vano me protesta de su cariño. La persona que
quiere bien no engaña. Sí, Vd. me está engañando. Me tiene muy herida.
Váyase. Truena Vd., no habla.
Leonardo le cogió la mano y se la llevó a los labios, sin que ella
opusiera la menor resistencia, por donde conoció que había pasado el
furor de la tormenta y que la muchacha admitiría su visita en primera
oportunidad. Con esto él siguió camino y al entrar en la calle de
O'Reilly, puso el pie izquierdo en el estribo de una volanta que bajaba
de la puerta del Monserrate, zarandeándose dentro de dos larguísimas
varas, pendientes de dos enormes ruedas y del lomo de un verdadero
Rocinante, y quedó sentado en el cojín de vaqueta. El estremecimiento
producido por la repentina entrada del joven, llamó la atención del
calesero, quien incontinente volvió la cara a fin de ver la casta de
pasajero que había conseguido sin solicitarlo ni esperarlo. Este, a
tiempo de caer en el asiento, tronó en voz campanuda y de mando:--A
casa.
--¿Y dónde vive el niño? naturalmente preguntó el azorado calesero.
--¡Bruto! ¿Que no lo sabes? Calle de San Ignacio esquina a Luz. Arrea.
--¡Ah! exclamó el calesero, y le pegó tan fuerte latigazo a la pobre
bestia en los ijares, que se estremeció toda dentro de la armazón de
huesos, doblándose casi en dos, bien del dolor, bien del peso del
carruaje, del pasajero y del jinete.
Mientras el estudiante, sacudido como una pelota va camino de su casa en
la desvencijada volante séannos permitidas algunas reflexiones. ¿A qué
aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El
era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La
Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer
matrimonio, no sería ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo
apellido sólo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre
mezclada se descubría en su cabello ondeado y en el color bronceado de
su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la
única quizás con que contaba para triunfar sobre el corazón de los
hombres; mas eso no constituía título abonado para salir ella de la
esfera en que había nacido y elevarse a aquélla en que giraban los
blancos de un país de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de
sangre más mezclada, se rozaban en aquella época con lo más granado de
la sociedad habanera, y aún llevaban títulos de nobleza; pero éstas o
disimulaban su oscuro origen o habían nacido y se habían criado en la
abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre más turbia y
cubre los mayores defectos, así físicos como morales.
Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que
jamás ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontáneo
de su ardiente naturaleza y sólo veía en el joven blanco el amante
tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que
podían aspirar a su corazón y a sus favores. A la sombra del blanco, por
ilícita que fuese su unión, creía y esperaba Cecilia ascender siempre,
salir de la humilde esfera en que había nacido, si no ella, sus hijos.
Casada con un mulato, descendería en su propia estimación y en la de sus
iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida
como la cubana.
El calesero, entre tanto, bajó por la calle de O'Reilly al trote, tomó
la de Cuba, cruzó diagonalmente la plazoleta de Santa Clara, torció
luego a la calle de San Ignacio, y sin adelantarse un paso paró la
carrera a la puerta de la casa que le habían designado. Aquélla era una
prueba de que el negro calesero no merecía el dictado de bruto que le
dio Leonardo al entrar en la volante. No había acabado de parar ésta,
cuando el estudiante saltó a la acera y con la misma rapidez le lanzó
una moneda al calesero. Recibiola él en el aire, se la llevó a los ojos,
vio que era una peseta columnaria, se persignó con ella, picó espuelas y
siguió viaje, diciendo:--Mucha salud, niño.
CAPÍTULO XI
_De mi patria_
_bajo el desnublado cielo_
_no pude resolverme a ser esclavo,_
_ni consentir que todo en la natura_
_fuese noble y feliz menos el hombre._
JOSÉ MARÍA HEREDIA
A Emilia.
Creyó advertir Leonardo cuando saltó de la volante a la acera, que un
militar, en completo uniforme, que caminaba de prisa hacia la Plaza
Vieja, se había separado de la segunda ventana de su casa, y que
contemporáneamente se había desprendido de un postigo de la misma el
bien conocido rostro de una de sus hermanas. Apresuró el paso, y, en
efecto, a través de otro postigo de la reja del zaguán, vio a su hermana
mayor Antonia, en el acto de alzar la cortina para entrar en el primer
aposento, por la puerta que daba a la sala. Le desazonó más de lo que
pued
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