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El manco de Lepanto

by Manuel Fernández y González · Spanish · Gutenberg #27900 · 330,669 chars · public domain (US)

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Title: El manco de Lepanto

Author: Manuel Fernández y González


        
Release date: January 26, 2009 [eBook #27900]

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL MANCO DE LEPANTO ***


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EL MANCO DE LEPANTO

BIBLIOTECA UNIVERSAL ILUSTRADA

EL MANCO

DE LEPANTO

EPISODIO DE LA VIDA

DEL PRINCIPE DE LOS INGENIOS

Miguel De Cervantes-Saavedra

POR

D. M. FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ







ADMINISTRACION Calle de las Hileras, número 14
1874

MADRID.--1874

Establecimiente Tipográfico de Muñoz y Reig

_Calle Cuesta de Ramón, núm._ 8




ÍNDICE


I. En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de
Sevilla por meterse a afeitar a oscuras.

II. En que se trata de una música de enamorado, acabada no muy
amorosamente a tajos y reveses.

III. De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor
que tan acongojada la tenía.

IV. En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.

V. En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de
Cervantes.

VI. En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se
sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora.

VII. En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de
Cervantes.

VIII. En que se relata una aventura que le salió al paso a Cervantes,
cuando a las aventuras de sus amores iba.

IX. De como lo que no podía amparar Cervantes, vino a ampararlo doña
Guiomar.

X. De como Cervantes encontró casa de la tía _Zarandaja_ más de lo que
había querido buscar.

XI. En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.

XII. De como se iban cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda
batalla los celos.

XIII. En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar
tan presto su historia a Cervantes, y en no amparar a Margarita.

XIV. De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la
visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.

XV. De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las
cabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia
de sus amores.

XVI. En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus
familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña
Guiomar para encubrir sus amarguras.

XVII. De como Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en
una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse
cualquiera de los Doce Pares.

XVIII. De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de
amor.

XIX. De como enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de
Dios le apartaba de los efectos de su locura.

XX. De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado
Miguel de Cervantes.

XXI. En que se ve que nada ve la justicia relativamente a Cervantes, y
se sabe que Cervantes se había perdido.

XXII. En que se sabe lo que fue de Cervantes.

XXIII. En que se habla algo de la jornada de Lepanto, y de cómo fue la
manquedad de Cervantes.

POST SCRIPTUM.




EL MANCO DE LEPANTO




I

En que se trata de un percance que le sobrevino a un barbero de
Sevilla, por meterse a afeitar a oscuras.


Había en la ilustrísima ciudad de Sevilla, allá por los tiempos en que
llegaban a la Torre del Oro, que a la margen del claro y profundo
Guadalquivir se levanta, los galeones cargados de oro que venían de las
Indias, y cuando reinaba en España el señor rey don Felipe el Segundo,
de clara y pavorosa memoria, en la calle de las Sierpes, y en una
rinconada a la que jamás llegaba el sol, como no fuese en verano y al
mediodía, un tinglado de madera, de dos altos, desvencijado y giboso, al
que llamaban casa, y en el cual vivía una valiente persona, cuyo
apellido y nombre de pila ignoraba él mismo, que si los tuvo olvidolos,
y nadie le conocía ni él respondía más que por el sobrenombre de
_Viváis-mil-años_, cortesanía que empleaba para saludar a todo el mundo.
Era de mediana edad, entre los treinta y cinco y los cuarenta, de no
mala apariencia, agradable y sonriente el rostro, morena la color,
agudas las facciones, sutil la sonrisa, la mirada rebuscona, y no
mezquino el cuerpo; vivía de rasurar y rapar, entreteniendo durante el
día sus ocios con el puntear de una vihuela morisca que le dejó su
padre, ya harto usada por sus abuelos, y cantando como un ruiseñor las
alegres canciones de la tierra, y las que él mismo componía, para lo que
se daba muy buena gracia; comadreaba a las comadres de la vecindad, y,
fuera de esto, las vendía untos y bebedizos, y las leía el sino, y las
traía a todas engañadas y pendientes de sus labios; y a tal llegaba la
fama de brujo y de hechicero del señor _Viváis-mil-años_, que más de una
vez la Inquisición se había metido en sus asuntos, y había quien se
acordaba de haberle visto con coroza y sambenito, luciendo su persona en
un auto de fe.

No se sabía si era cristiano, o judío, o moro; pero él escapaba tan bien
que mal de sus empeños con la Inquisición y con la justicia, y
continuaba rasurando y trasquilando, rasgueando y cantando, haciendo de
sus bebedizos y de su brujería industria, y estimado y querido de la
vecindad y allende.

No se le conocía a _Viváis-mil-años_ moza ni parienta de algún género,
ni vicio que de reparar fuese; vivía solo, en paz y en gracia de Dios,
como él decía, no embargante lo de los hechizos y los untos, que él
negaba; y así iba pasando nuestro hombre sin crecer ni menguar, y
siempre feliz y contento, y con una tal y tan peregrina salud, que él
afirmaba que en todos los días de su vida no le había dolido ni una uña.

La justicia le había entrecogido alguna vez de noche rondando por sitios
tenebrosos, con un estoque desnudo debajo de la capa, largo de cinco
palmos (que él había comprado en sus mocedades por veinte maravedís en
el Rastro); y por esto, y por algunos hurtos que le habían achacado
malos testimonios, le habían batanado más de tres veces las espaldas,
llevándole en burro y con acompañamiento, para edificación de las
gentes, por lo más concurrido de la ciudad; cosas todas que, decía
_Viváis-mil-años_, caían por encima y no había que echárselas en cara,
cuando no habían tenido que ver sino con sus espaldas. Buscábanle
dueñas, solicitábanle doncellas que habían necesidad de casarse;
servíanse de él, como de secretario, mozas a las cuales les estorbaba
para escribir lo negro de los ojos, y él era, finalmente, el consuelo de
las hermosas, la alegría de los galanes, el consejo de los pícaros, y
el sirve para todo. Almorzaba, comía y cenaba por diez maravedís casa de
su vecina la tía _Zarandaja_; descolgaba sus bacías, y quitaba sus
celosías a puestas del sol, y al cerrar la noche se salía sin que nadie
le sintiese; iba adonde nadie sabía, y volvía a su casa sin que la
vecindad pudiese enterarse de la hora de su vuelta.

Por los tiempos en que esta verídica historia comienza, había en la
calle de las Sierpes, no lejos de la tienda del rapista, una casa
deshabitada, grande y hermosa, con piedra de armas en el frontispicio,
de cuyas armas los entendidos sacaban el apellido Velasco de Llanes, y
que hacía luengos años que no se ocupaba, porque se decía de fama
pública que tenía duende.

Daba su gran jardín, o más bien huerta, a las medianerías de algunas
casas, y, por un punto, esta medianería era la tapia de un corralejo que
la casa del barbero tenía, y en que vagaban, tristes y con hambre, en
una perpetua umbría, cuatro gallinas, un gallo y un pato, en compañía de
un cerdo (con perdón sea dicho) y de un perro flaco que guardaba de
noche la casa. No había que dudar de que el señor _Viváis-mil-años_ era
buen cristiano, puesto que, para que el duende de la gran casa vecina no
se pasase a la mezquina casa suya, había puesto en el lomo de la tapia
de su corralejo, que daba a la huerta de la casa enduendada, un calvario
de madera, lo cual no hubiera hecho si hubiera sido judío o moro, y
había pintado una cruz en cada una de las dos ventanas que al corral
daban, y desde las cuales se veía la huerta.

Una mañana (de primavera y radiante y hermosa), al abrir una de aquellas
ventanas, el rapista vio que por la huerta de la casa vecina vagaban, no
duendes ni trasgos, sino algunas personas de muy noble apariencia, que
andaban por allí como reconociendo y tomando trazas. Era una dama como
de veinte a veinticuatro años, muy gentil y hermosa, rubia y blanca, de
buen continente y estatura, pensativa y grave, y vestida noble y
riquísimamente. Acompañábanla dueña quintañona y rodrigón avellanado, y
la hablaban con encarecimiento, y proponíanla, a lo que parecía por las
señas, composturas y arreglos en la huerta, dos maestros de obras.
Seguíanla dos pajes, el uno de los cuales llevaba una rica silla de
tijera y el otro un cojín de terciopelo con rapacejos de oro debajo del
un brazo, y terciada en el otro una rica alfombrilla. Por último, cuatro
lacayos bigotudos, con sendos espadones al cinto, la servían.

No había que dudar de que aquella era una gran señora, si no princesa,
por lo menos de título, y cuando no, riquísima; y en punto a nobleza,
rebosaba de ella y olía que trascendía. No yendo con ella persona que
por la apariencia en calidad se la igualase, había que pensar que era
viuda; que a ser doncella, padre, hermano o tutor la hubieran
acompañado.

Alegráronsele los ojos y aun las entrañas a _Viváis-mil-años_, porque se
le ocurrió que la que de tal manera, y con dos que parecían maestros de
obras, buscaba trazas y tomaba medidas en la huerta, debía haber
comprado la casa, y empezó a echar cuentas con los provechos que tan
buena vecindad podía procurarle; porque pensar que a tal divina beldad
no habían de acudir como moscas a la miel los enamorados, era ser
simple, y ya el rapista inventaba historias y enredos, que daba por
seguros, y en los cuales él andaría como una importantísima persona, lo
cual le produciría buenos escudos, cuando no sendos doblones; por todo
lo cual, y ansioso de inquirir lo que hubiese, dejó la ventana, se dejó
ir por las fementidas escaleras, y se lanzó en la calle, yendo a dar con
su cuerpo en el bodegón de la tía _Zarandaja_, que en cuanto le vio
acudió a la marmita, llenó una escudilla con uña de vaca y morcilla de
lustre, y se fue al cabo de mesa, donde, en lo último del figón, se
había sentado, como lo acostumbraba, el señor _Viváis-mil-años_.

Preguntole él, oyole atentamente ella; díjole que a lo que ella había
pesquisado, se la alcanzaba que la dama que el rapista había visto en el
jardín de la casa del duende, era una riquísima señora indiana, que,
con sus criados y algunos toneles llenos de oro, había venido de Méjico,
y aposentádose en la posada de la _Cabeza del rey don Pedro_; y que
había comprado la casa, ignorando que tenía duende, a su dueño el señor
marqués de los Alfarnaches; y que lo que el señor _Viváis-mil-años_
había visto, era que la susodicha hermosa y riquísima viuda indiana
buscaba el modo de convertir aquella huerta abandonada e inculta en un
paraíso en que solazarse.

Preguntó el rapista a la bodegonera de dónde había sacado todas aquellas
noticias, y díjole ella, que el rodrigón que había visto acompañando a
la hermosa indiana, había ido tres días antes al bodegón, y la había
preguntado quién fuese el amo de la casa deshabitada y si sabía que la
casa se vendiese, a lo que ella había contestado ocultándole lo del
duende, lo cual la había valido un buen regalo del señor marqués de los
Alfarnaches, a quien había avisado en buen tiempo, y que el señor
marqués la había dicho después, que la tal dama se llamaba doña Guiomar
de Céspedes y Alvarado, que era viuda, que apaleaba el oro, y que al
morir su marido, que había sido un viejo oidor de la chancillería de
Méjico, había hecho buenos doblones su hacienda, y se había venido a
Sevilla, de donde era natural, aunque por haberla llevado su marido a
Méjico, todos la creían y la llamaban indiana.

Comiose con muy buen apetito y con mucho placer por estas noticias su
escudilla de uña y morcilla el señor _Viváis-mil-años_, y se restituyó a
su casa, sacó la celosía y colgó las bacías a la puerta, y se puso a
rasguear la guitarra, esperando al primero que tuviese necesidad de
rasurarse.

Al otro día sobrevinieron albañiles y todo género de artistas, y
empezaron a trabajar en la casa, y a las dos semanas no había persona
que pudiese reconocerla, según que había sido de compuesta y
trastrocada, y pintada, y rejuvenecida; habíase quitado la antigua
piedra de armas y puéstose en su lugar otra, y el jardín se había
desbrozado, y poblado de estatuas y fuentes, y de tal manera que se
había hecho de él, antes selvático, intrincado y desapacible, una verde
y hermosa delicia. Carrozas, y mulas, y caballos, habían llenado las
cocheras y las caballerizas; y en el zaguán hervían los lacayos con
librea, y daba gozo el ver las escaleras alfombradas y con macetas a
todo lo largo de ellas.

En fin, un domingo, la hermosísima viuda doña Guiomar de Céspedes y
Alvarado se vino a la casa, y en cuanto en ella entró, la casa se cerró
a piedra y lodo, y de tal manera que no parecía sino que lo que en la
casa se había hecho había sido para encantarla después; la puerta
principal no se abría sino por la mañana entre dos luces, para que
saliese una silla de manos, en la cual iba sin duda la hermosísima doña
Guiomar, y una hora después, cuando la silla de manos volvía; tanto a la
ida como a la venida acompañaban la silla de manos la dueña, el
rodrigón, los dos pajes, con la silla, el cogín y la alfombra, y los
cuatro lacayos bigotudos que _Viváis-mil-años_ había visto, como hemos
dicho en otra ocasión, acompañando a la dama en el jardín o huerta de la
casa del duende.

Siguió una mañana _Viváis-mil-años_ a la viuda, y vio que la llevaban a
la catedral, y que ella se iba, seguida de los criados, a la capilla de
San Fernando; y que allí los pajes extendían sobre el blanco mármol la
alfombra, abrían la silla de tijera, y ponían delante de ella el cojín
de terciopelo con rapacejos de oro para que la bella indiana se
arrodillase. Los criados se quedaban fuera de la capilla; y una vez oída
la misa de alba, la dama se levantaba, recogían los pajes cojín, silla y
alfombra, se encaminaba la indiana a la puerta del Patio de los
Naranjos, tomaba allí su silla de manos, y se volvía a su casa.

Poníase en acecho en la catedral _Viváis-mil-años_, atisbaba, pero nada
podía sacar en claro tocante a la dama, sino que aun de rodillas era
gallarda; que sus manos, que tenían un rico rosario de perlas, eran más
nacaradas que ellas, y que oía la misa con una singular devoción: en
cuanto al rostro, lo tapaba un celoso velo de encaje, y ocultaba su
talle un cumplido manto de raja de Florencia.

Habíala visto en el jardín descubierta la faz _Viváis-mil-años_; hermosa
la había admirado, joven la había conocido, pero su imagen se había
borrado de su memoria: en vano había registrado el jardín desde su
ventana; la dama no salía a él nunca, o por lo menos de día, y
_Viváis-mil-años_ no había podido dar señas que les satisfacieran a los
ricos galanes que de él se servían para sus amores, y a los que había
hecho relación de la nueva y hermosa dueña de la casa del duende.

Los criados, o eran fieles, o temían y no daban luz, por más que
_Viváis-mil-años_ los agasajaba y los convidaba a la taberna; ellos no
decían de su señora sino que era una dama honestísima, que tenía penas y
que las lloraba en su soledad: si aquellas eran penas de amor, los
criados no lo decían, o no lo sabían, y _Viváis-mil-años_ vivía como un
alma en pena, metiendo las narices por todos los resquicios, y sin oler
nada que le sirviese para cerciorarse de qué casta de, pájaro era aquel
prodigio humano, que siendo rica y joven huía del mundo, y siendo
hermosa no buscaba el amor.

Pasaron así días, semanas y meses, siempre la misma cosa, sin dejarse
ver la dama más que de bulto entre dos luces, cuando salía de la silla
de manos, en la catedral, y volviendo a sepultarse una hora después en
el silencio y en el retiro de su casa, que permanecía cerrada, ni más ni
menos que cuando se decía estaba habitada por duendes; al jardín no
salía de día: sólo algunas noches de luna solía verla _Viváis-mil-años_,
vestida de blanco y vagando como un fantasma, yendo al cabo a sentarse
en un poyo de piedra junto a la fuente, permaneciendo allí largo tiempo
inmóvil, hasta que, al fin, se levantaba, y en paso lento atravesaba el
jardín y se metía en la casa: la luz de la luna no había sido bastante
para que _Viváis-mil-años_ hubiese visto su rostro. Desesperábase el
menguado, y decía a los caballeros que le aquejaban con preguntas, que
él creía bien que todo aquello no era realidad, sino sueño, y que había
que pensar que los duendes continuaban en la casa, y que habían tomado
la forma de la dama y de la servidumbre que la asistía, no embargante
que la tal dama y parte de sus criados con ella, fuesen a oír misa de
alba todos los días, lo cual podía ser muy bien, dado que fuesen los
susodichos duendes cristianas almas del purgatorio.

La comunidad entera de los Terceros, a los que rasuraba desde el prior
al último lego _Viváis-mil-años_, andaba también ocupada y puesta en
imaginaciones por los relatos de su rapista; y a tal encarecimiento
fueron llegando estos relatos, que llegó a los oídos de la Inquisición
la noticia de que había en Sevilla una casa habitada por gentes
sospechosas, de las cuales se murmuraban hechizos y encantos; porque
había muchas cosas extrañas. ¿Qué se habían hecho aquellas ricas
carrozas, aquellos hermosos caballos, aquellas poderosas mulas, que la
vecindad había visto entrar en la casa del duende? nadie los había
vuelto a ver. ¿Qué comían todas aquellas personas, y todos aquellos
animales? la puerta de la casa no se abría jamás. ¿Y cómo podía ser
esto? La Inquisición envió sus alguaciles para que recatadamente
observaran aquella casa que de tan antiguo tenía fama de maldita, y
viesen lo que eran sus nuevos habitantes; y los alguaciles declararon lo
que ya se sabía, esto es, que la dama iba todas las mañanas a misa de
alba a la catedral, y que la oía con recogimiento; que se volvía luego a
su casa; que la puerta, y las ventanas, y los miradores permanecían
cerrados, y que no se oía dentro ruido alguno; que la casa del duende
parecía encantada, y que sólo por un postigo del jardín salían muy
temprano seis negros esclavos, que iban a la plaza de la Encarnación y
volvían con seis grandes cestones llenos de vituallas; que, en fin, los
pocos criados que salían de la casa eran serios y pálidos como
desenterrados, y que si bien bebían cuando los convidaban, hablaban poco
y muy pensado, y no se les sacaba ni una sola palabra con referencia a
su señora.

El Santo Oficio determinó, pues, saber lo que hubiese en aquello; y una
noche a las doce, en sábado, hora en que las brujas tienden su vuelo
hacia Barahona, un familiar llamó a las puertas de la casa de la llamada
dama fantasma, que se abrieron, obedeciendo humildemente las órdenes de
la Inquisición.

Metiose por el zaguán el familiar con su negra cohorte de alguaciles, y
dio por cierto lo que de aquella casa endemoniada se había dicho a la
Inquisición, cuando vio que, en efecto, los criados eran muy pálidos y
muy serios y muy graves, y le vino de ellos un olorcillo como de tumba y
cosa del otro mundo; y mucho más cuando, avisada la dueña de la casa, y
levantada de prisa, porque reposaba, y mal recogidos los cabellos de oro
bajo una toquilla, y vestida de blanco, salió al estrado, donde el
familiar la esperaba armado de severidad y resuelto a llevarla presa, a
poco que viera en ella que le confirmase en las brujerías que a aquella
señora ociosos maldicientes achacaban; y ver a doña Guiomar y creerse
cogido por los cabezones el familiar, fue todo en un punto; porque verla
y entrarle un tal temblor que si hubiera tenido cascabeles en las
piernas hubiera causado más ruido que un tiro de mulas al trote, fue un
punto mismo; y secósele el paladar, y quedósele la lengua fría, y se le
anudó la voz en la garganta; que en todos los días de su vida él no
había visto una más garrida moza, ni más gentil dama, ni más peregrina
hermosura.

En resumen: a él, que por haber estudiado para clérigo, y haber hecho
voto de castidad, aunque no había entrado en Orden, le habían parecido
todas las mujeres, menos la Virgen María y la madre que le había parido,
artificios del diablo para perder a los hombres, entrole de súbito una
tal ansia amorosa y una tal sed de hermosura, que no se conoció a sí
propio; y el diablo se le metió en el cuerpo, y pensó que si todas las
brujas eran como aquella, vendríase a gobernar el mundo por ellas; y en
vez de hablar recio y seco y altisonante e imperativo a aquella
divinidad, besola rendidamente las manos y se declaró muy su servidor, y
aun criado. Y preguntándole ella a qué era ido a su casa tan a deshora y
con tal estrépito de aldabadas, y tal y tan pavoroso acompañamiento de
alguaciles, él, oyendo su voz, que era meliflua y clara y sonora,
figurósele que se había bajado del cielo a la tierra un ángel, y
disculpose, y disculpó a la Inquisición, diciendo que de puerta se había
engañado, y que no era allí donde él iba, sino a casa de un cierto
rapista que en la vecindad vivía, y que el diablo sin duda, por amparar
al susodicho, había hecho que él y sus alguaciles creyesen barbería la
que era noble casa de viejo solar; y rogándola encarecidamente le
perdonase, besola las manos y pidiola licencia para irse. Concediósela
doña Guiomar, pero con el prosupuesto que cuando prendiese al barbero
volviese, que ella le aguardaría, que tenía que decirle.

Con esto, saliose de la casa el familiar con su escuadrón alguacilesco,
y fue a dar de rebote casa del barbero, al que encontró oliendo a unto
de bruja, que así lo declaró un alguacil que entendía mucho en estas
cosas; y como el rapista había tardado en contestar y en abrir más de lo
justo, confirmose más esta sospecha; y examinado que fue en su persona,
se le encontró pringoso; con lo que, y con haber hallado en un rincón
ciertos pucheros y redomas, se le esposó, y no con moza gentil y
apetecible, sino con dos esposas de hierro, con cadena de alambre
recocido de las que usaban alguaciles y cuadrilleros y toda la otra
gente de presa que tenían la Inquisición y el rey para el buen servicio
de la república; y con esto y con algunos cintarazos y sopapos que se le
dieron como por vía de estimación y caricia, sacáronle mano con mano y
codo con codo, dando con él en uno de los encierros de los sótanos de la
cárcel de la Inquisición, y haciéndole, en fin, la barba como merecía,
que si él no propalara tanto disparate contra la buena reputación y
limpia vida de doña Guiomar, tal no le aconteciera; de donde se saca,
que porque Dios lo quiere, los pícaros se enredan muchas veces en los
mismos lazos que tienden a otros para que se pierdan, y en ellos se
pierden.




II

En que se trata de una música de enamorado acabada no muy
amorosamente a tajos y reveses.


Volviose el familiar desalado a casa de doña Guiomar, y sin más compañía
que un alguacil que le llevaba la linterna, en cuanto hubo dejado con
miedo, frío y hierros al rapista, y bajo cerrojos, y tomado recibo de su
persona; y acontecíale al tal Ginés de Sepúlveda, que así se llamaba
este honrado familiar, que no las llevaba todas consigo, y que decía
para sí que él debía ser también preso y juzgado por la Inquisición;
porque si bien se miraba, él había pecado, aficionándose a una mujer,
por en cuanto a su voto de castidad, y había faltado a su obligación en
no prender a quien se le había mandado prendiese; antes bien,
disculpádola, y excusádola, y puéstose por su pecado de su parte, sin
importársele otra cosa; y hubiera querido que le naciesen alas para
llegar pronto; y en fin, no vivía de miedo de haber ofendido a Dios, y
de ansia por que tardaba en ver aquel hermoso sol que, a la media noche,
le había deslumbrado.

Iban alguacil delante y familiar detrás, estirando a cual más podían las
zancas y alargando los pescuezos, aficionado el uno al agasajo que de
seguro le harían en aquella principalísima casa mientras esperase, y
desasosegado y agonizando el otro por volver a ver a doña Guiomar; y
esperaba el alguacil que alguna linda doncella, o dueña de no malos
bigotes viniese a él, por mandamiento de su señora, para hacerle menos
enojosa la espera; que el alguacil no podía creer sino que a cosa de
amores volvía el familiar solo a la casa, y sin color de justicia, y que
por esto se había salido de la casa sin prender a nadie; y en cuanto al
familiar, no pensaba nada, sino que de él tiraban duendes o diablos para
llevarle a su perdición; y aunque él no quería, salíasele el alma al
mezquino, como si su alma hubiese querido llegar súbitamente y juntarse
con aquella otra alma que dentro de aquel hermosísimo cuerpo vivía.

Y yendo así y como disparados familiar y alguacil, y muy cerca ya de la
casa de doña Guiomar, oyeron un rumor de voces que de la cercana
revuelta de una callejuela venía, y como templar de vihuelas; cosas que
daban a entender claramente que se trataba de dar música por algún
enamorado a la señora de su pensamiento; y había por entonces una
ordenanza que mandaba que de noche y a deshora no se diesen músicas por
las calles, so pena de dos días de cárcel y diez ducados para obras
pías; y como la gente que sonaba junta a poco trecho parecía mucha y
debía ser alegre y maleante, y ellos sólo eran dos, o diríase mejor, uno
y medio, porque el familiar aprovechaba poco, éste ordenó al alguacil
torciese el paso por la boca de una callejuela que se veía a mano, y
rodease, con lo cual el familiar creyó haber evitado aquella gente _non
sancta_; pero vio, cuando dada la vuelta se hallaba a poca distancia de
la casa de doña Guiomar, que a su puerta había un gran bulto de sombras
como de hombres, del cual salía confuso rumor de voces recatadas.

Quedáronse tras la esquina familiar y corchete, y a poco oyeron que
rompían en una muy armoniosa música las vihuelas, y que cuando se acabó
el ritornelo, una voz grave y melancólica, enamorada y dulce, cantó el
siguiente:

SONETO

     Insensible es al sol el duro hielo
    De crudo invierno en el rigor impío;
    Agua en la primavera, en el estío
    En cálido vapor se eleva al cielo.
     Siempre insensible al amoroso anhelo
    Tuve el ingrato corazón vacío:
    Mi llanto, agora, por el bien ansío,
    Lava presta será de un Mongibelo.
     ¿Quién, sino tú, señora, a tal mudanza
    Forzó a mi pecho helado y enemigo
    De todo amor y todo rendimiento,
     Que hoy espero sin sombra de esperanza,
    Vivo muriendo, y hallo mi castigo
    En la llama de amor que es mi tormento?

Calló la voz, y luego se oyó un profundísimo suspiro, que las vihuelas,
que con el canto habían terminado su música, no pudieron cubrir con sus
acordadas voces, y hubo algún espacio de tan grande silencio, que
hubiérase podido oír el vuelo de un mosquito que por allí en aquel punto
hubiera pasado; y aún duraba el encanto de la música, y el familiar no
sabía qué pensar de lo que pasaba por su poco antes ánima castísima,
cuando con más concierto y dulcedumbre que antes, volvieron las vihuelas
al ritornelo. Amor parecía que volaba en los aires y lo llenaba todo;
amor decían las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradores
palpitaba, sin saber por quién, y toda en imaginaciones sin sujeto, doña
Guiomar, y amor iba emponzoñando en su dulce veneno el corazón del
familiar, que veía delante de sus ojos, aunque allí no estaba, las
doradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente de
alabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, y
sus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudiera
competir; y batallaba el mísero con aquel amor que tan de súbito se le
había metido en el alma, como si hubiera sido tentación de Satanás, y no
fuego celeste, que del infierno venía, y había tomado por bellas
ventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojos
de la indiana.

Seguían en su ritornelo las vihuelas, limpiábase el pecho para empezar
de nuevo, tal vez con algún madrigal competidor del soneto, el encendido
amante, cuando las voces de ¡ténganse a la justicia! que vinieron de lo
alto de la callejuela, cortaron en un punto el puntear de las vihuelas,
y dejaron lugar al chocar de los broqueles, que apresuradamente los
músicos se arrancaban del cinto, y que tal vez al desenvainar las
espadas daban contra sus gavilanes; y a poco, no era ya dulce música lo
que en la calle se oía, sino áspero son de espadas, que por los raudales
de chispas que de ellas saltaban, no parecía sino que se habían allí
reunido todas las fraguas de Vulcano.

Apercibiose con asombro de sí mismo el familiar, de que él, que antes
había hecho sin empacho profesión de tímido, y tenido por gala el
parecer prudente y bien mirado, no se asustaba de lo que antes le
hubiera causado espeluznos; e íbasele la mano al pomo de la espada, que
hasta entonces había llevado por adorno, y sentíase más atrevido y más
arrojado a todo que Gerineldos, aquel amante de la enamorada sobrina de
Carlo-Magno; y pensaba que el del soneto había dicho bien, que tales
mudanzas hace el amor, que no son para creídas, según que trastrueca a
los que caen debajo de su imperio, y de menguados los cambia en altivos,
y de corderos en leones, y de no atreverse a mover un pie sin pedirle
licencia al otro, en atropelladores de todo, sin que haya quebradura que
no salten, ni obstáculo, por insuperable que sea, que no venzan; pero
puesto que a él nada le iba ni le venía en aquello, y que antes debía
alegrarse de que la ronda le desembarazara la calle y le permitiera
llegar a la puerta de la hermosísima viuda, que sin duda le esperaba,
estúvose quedo y esperando a ver en lo que aquello quedaba, cuyo fin y
remate, y de quién fuese al cabo la victoria no se veía muy claro: que
la calle veníase abajo a cuchilladas; y no dulces requiebros enamorados
se oían, sino juramentos y maldiciones, y ayes de aquellos a quienes
alcanzaba alguna dura punta; y tanto duraba aquello y tan trabado, que
claro aparecía que si los rondadores eran duros de pelar, no eran mucho
más blandos los de la ronda, ni había allí que contar con manco ni
flojo, según que arreciaba, cuanto más duraba, aquella tempestad de
tajos y reveses.

Pero acertó a acudir por la parte de abajo de la calle otra ronda, que,
como venía de refresco, embistió duro, y puestos entre dos potencias los
músicos, hubieron de ceder el campo; así pues, cubriéndose el rostro con
los embozos, y apretando dientes y puños, embistió cada cual con lo que
tenía delante, sonaron algunos tiros de pistolete, arremolináronse los
alguaciles de ambas rondas; y los músicos escaparon, dejando sobre la
calle alguna vihuela rota y algún alguacil malherido, que de ellos,
cuando se acudió al lugar de la pelea, no se halló ni uno sólo, ni se
tuvo indicio de quiénes fueran, aunque harto claro dejaron conocer, por
lo que hicieron, que todos eran hidalgos, y de los buenos.

Escapádose habían familiar y alguacil del Santo Oficio, cuando los
alcaldes y los alguaciles de la justicia ordinaria pusiéronse en
persecución de los que más bien que huían se esquivaban, por excusarse
el familiar de preguntas y de respuestas con los otros alcaldes, y el
alguacil por seguir a su superior; que lo que el familiar anhelaba era
que la calle quedase libre para entrarse en la casa de la indiana, y
contemplar otra vez al sol resplandeciente de su hermosura; y como iban
corriendo por la callejuela que daba la vuelta a la manzana donde estaba
la casa de doña Guiomar, vieron que un bulto, que delante de ellos iba,
saltaba y se agarraba a las asperezas de una tapia, y se alzaba y se
estiraba, y por el caballete de la tapia desaparecía; y no deteniéndose
por esto, siguieron familiar y alguacil su carrera, dieron la vuelta,
hallándose al fin del rodeo en la misma calle de las Sierpes donde había
pasado la pendencia, y vieron que en ella no había un alma viviente, ni
se oía otro ruido que el del vientecillo de la noche, que zumbaba
dulcemente en las encrucijadas.

Mandó el familiar al alguacil que allí le esperase, y él se fue a la
puerta de la casa de la viuda, y llamó, y abrieron en cuanto dijo cuál
era su calidad y oficio y que la señora le esperaba, y entró, se cerró
la puerta, y la calle se quedó tan en silencio y tan pacífica, como
solía estarlo a aquellas horas de ordinario.




III

De como, sin esperarlo, hallose la hermosa viuda con aquel su amor,
que tan acongojada la tenía.


Suspensa el alma, la mirada anhelante y fija por descubrir lo que
envolvía en sus sombras la oscura calle; aguzando el oído por coger una
palabra, entre el murmullo de las voces de los que hablaban bajo sus
miradores, que le fuese indicio de quiénes eran los que en aquella hora
la rondaban, la hermosa indiana estúvose con su doncella Florela; y
asomándose a la entreabierta vidriera de una ventana de su cámara, en la
cual había matado la luz, toda era cuidado y toda congojas; que
enamorada estaba, no embargante su viudez, lo que decía con harta
elocuencia que, o no había amado al difunto marido, o que le había amado
tanto, que, por la dulce costumbre, sin amor no podía pasarse. Y el
caso era que el nuevo dueño al cual su alma se rendía, había sido tan
corto en manifestarla su afición y tan rápidamente había pasado delante
de ella, diciéndola, empero, con sus encendidas miradas su deseo, que no
parecía hombre enamorado que en ocasión se pone de contemplar a la
deidad que adora, sino alma en pena y cobarde que cree tan menguados sus
merecimientos, que esquiva, cuanto puede, ser reparada por miedo del
menosprecio; y justamente por esto doña Guiomar le había estimado; por
aquella su timidez, la grandeza de su amor había medido; que no hay
afición sin cuidado, ni pasión sin ansia; ni es amor el que con mortales
recelos no desconfía del logro de la victoria; y esto lo saben bien las
mujeres, y tanto más cuanto por su hermosura son más pretendidas y
buscadas y acechadas; y doña Guiomar, que lo era grandemente, aunque no
saliese de su casa más que entre dos luces, y aun así para ir a la
iglesia, sabíalo más que otras.

La esperanza de que el sujeto de su amor, encubierto con el amigo manto
de la tenebrosa noche, viniese a decirla sus amantes penas con la
regalada cadencia de la encantadora música, despertándola de su inquieto
sueño, tenía a la hermosa indiana, toda anhelo, toda impaciencia, toda
oídos y toda ojos; y cuando oyó la voz doliente, dulce y grave del que
cantaba, y los conceptos de la amorosa canción, abriéronsela las
entrañas para recibir en ellas el encendido suspiro que fue de la
canción fin y remate, y confirmación del alma de lo que habían dicho los
labios; y saliósela de la suya otro tan amantísimo y hondo suspiro, que
si el cantor le oyera, no se tuviera por venido a un valle de lágrimas,
sino a un encantado paraíso; y no le oyó, porque a punto sonó el
¡ténganse a la justicia! de la ronda, tras lo cual vinieron las
cuchilladas y tumulto.

Acongojose con esto doña Guiomar, y al suelo viniera traspuesta, si no
la sostuviera en sus brazos su fiel doncella Florela; y cuando todo pasó
y renació el silencio y tornó la calma; bañados en lágrimas los dulces
ojos y la bella color mudada, dijo a Florela con una voz en que se
entendía claramente lo que en su alma había de temor y de esperanza:

--¡Ay, amiga Florela, que si esto es amor, a Dios pluguiera que nunca
hubiera yo amado en mi vida! ¿y quién había de decirme a mí que a tal
punto había de traerme un hombre a quien no más que tres veces he visto,
y aun así como sombra que pasa, o mentida imagen de un sueño, que al
despertar se pierde?

A lo cual respondió Florela suspirando:

--Cosa es el amor, señora, que no ha menester más que un punto para
rendir a su imperio un alma; y tanto más, cuanto más esta alma está
anegada en tristezas, y huérfana de dulces afectos.

--Calla, Florela,--dijo doña Guiomar enjugando sus lágrimas,--que me
parece que alguien viene.

Entreabrió a punto la mampara un paje, asomó la cabeza, y dijo a su
señora que el familiar del Santo Oficio que había estado antes, había
vuelto, y que decía que por la señora era venido; y doña Guiomar mandó
le llevasen al estrado, y que le rogasen que allí esperase.

Procuró sosegarse doña Guiomar, aunque esto era más para deseado que
conseguido, y dijo a su doncella:

--Mira, Florela, si es posible que los de casa averigüen si ha pasado
alguna desgracia en la riña, y si la hubo, quién o quiénes son los sin
ventura; que esto bien podrá hacerse con el pretexto de socorrer a los
que hubieren menester socorro; y vuelve, mientras yo me aliño un tanto
para ir e advertir a ese familiar aquello para lo que le he rogado que
vuelva; y no tardes, que la duda de que él haya podido quedar en el
lance, me tiene sin vida.

Saliose Florela, y doña Guiomar fue a sentarse a su tocador, y
contemplose al espejo, y hallose, más hermosa que nunca; que el amor
hace hermosos aun a los ojos feos, y a los hermosos los sublima,
haciendo de ellos un cielo; y un cielo veía en sus ojos doña Guiomar,
porque en el amor que en sus ojos hallaba, la parecía como que veía la
imagen de aquel por quien el amor acongojaba su alma; y la sucedía que
cuanto más se contemplaba, más la parecía ver en sus ojos la fugitiva
sombra de su deseo; y a tal llegó su amorosa ilusión, que creyó que no
en sus ojos, sino detrás de ella, sobre las rubias trenzas de sus
cabellos, aparecía la imagen de su anhelado, mirándola ansioso, copiado
por el espejo, y como si detrás de ella hubiese estado de rodillas.
Pareciola asimismo que una mano trémula asía una mano suya que pendía
descuidada, y que en ella unos labios ardientes posaban un amoroso beso.

Volviose estremecida doña Guiomar, y vio que de rodillas estaba junto a
ella, no una imagen vana, ni una sombra, sino un hombre, con atavío de
soldado, que anhelante la miraba, y que parecía que quería hablar y no
podía, aunque harto claro decía lo que sentía el temblor que todo su
cuerpo agitaba.

Sobresaltose doña Guiomar, nubláronsela los ojos, apretósela el corazón,
y desfalleció toda al ver que quien tenía a sus pies y oprimiéndola una
mano, que ella no tenía fuerzas para retirar, contra sus labios, era el
mismo por quien ella la dulce muerte del amor sentía; y así los dos, en
un silencio más elocuente que el mejor de los discursos, pasose algún
tiempo, hasta que recobrándose la hermosa indiana y conociendo que por
su decoro debía manifestar extrañeza y enojo por lo que sucedía,
desasió su mano de las de su enamorado, y dijo con la voz entera y
enojada:

--¿Qué es esto? ¿quién sois? ¿cómo habéis entrado aquí? ¿qué queréis?

--Hermosa señora,--dijo levantándose aquel hombre,--no mi voluntad, sino
los no sé si para mí crueles o propicios hados, son los que, cuando yo
pensaba sólo en libertarme de ser preso, aquí me han traído, para que
postrado a vuestros pies pueda deciros que vos sois mi vida, sin la cual
vivir no puedo, ni quiero; y que si en vos no hallo esperanza a mi pena,
alivio a mi enfermedad, alegría a mi tristeza, luz a mis ojos, a mi
pecho aliento y gloria a mi deseo, por condenado me doy y sin vislumbre
de redención que me salve.

A lo que doña Guiomar respondió, mirándole no tan ceñuda ya, ceño
fingido, que si ella hubiera mostrado lo que sentía en el alma en el
semblante, por bien hallado y dichoso hubiérase dado él:

--Cortés sois, bien nacido parecéisme y bien criado; dejadme que me
asombre de veros en mi presencia, entrado aquí como un salteador pudiera
entrarse, y sin más disculpa que la de la necesidad que habéis tenido de
salvaros de ser preso.

--En tal aprieto,--dijo él,--no me hubiera visto si no os viera, si
viéndoos no os amara, y por amaros no ansiara deciros mi pena; que yo
soy el que, no ha mucho, en unos tan desdichados y pobres versos, como
míos, os decía mis ansias; y si vos, señora de mi alma, esos versos
habéis oído, oído habréis también la riña, que ha sido tal, que cortada
la salvación, obligado me he visto a saltar una tapia, que es sin duda
la del jardín de vuestra casa; porque adelantando por ese jardín, y
dando en un cenador, y en él en unas escaleras, siguiendo por un
corredor, halleme junto a una puerta entreabierta, y os vi, y sin pensar
en otra cosa, acerquéme, se me doblaron las rodillas, convidome vuestra
mano de alabastro, y mis hambrientos labios besarla osaron: si lo que os
digo no fuese para vos disculpa bastante del que habéis creído
atrevimiento mío, volveré a salir de vuestra casa, importándome ya poco
de cuanto mal pudiera avenirme, que, por grande que fuese, no sería
mayor que la desgracia de haberos enojado.

--No habéis de decir,--replicó la hermosa indiana,--que poniéndoos en
peligro el salir ahora de mi casa, de ella os echo; tanto más, cuando
por venir, aunque sin licencia mía y aun sin yo conoceros, a darme
música, en tal cuidado os habéis puesto; y hagamos aquí punto a la
conversación, y entraos en ese aposento, que yo voy a ver si por acaso
ha podido oíros alguno de mis criados, y cuando todos estén recogidos y
el peligro que corréis haya pasado, podréis iros.

Y yendo a una puerta, abriola, y haciéndole seña de que pasase, él pasó
a un cuarto oscuro, donde doña Guiomar encerrole tan a tiempo, que ya
las fuerzas la faltaban para el fingimiento, y aquejábala el deseo de
trocar su severidad en dulzura, su enojo en rendimiento, y su
indiferencia en amor.

Valídose había además doña Guiomar de la industria de encerrar al aun
para ella desconocido amante suyo, porque, aunque turbada, acordose de
que en la sala la esperaba aquel familiar de la Inquisición que poco
tiempo hacía la había asustado, metiéndose de rondón y en son de amenaza
en su casa, como si hubiera ido a buscar herejes malditos; y porque
había conocido (siempre las mujeres lo conocen) que de ella el familiar
se había prendado, citole para saber por qué causa la Inquisición la
había buscado, y además para acabar de prendarle y volverle loco, con lo
cual el disgusto o el peligro de una nueva visita de la Inquisición se
evitaría.

Fuese, pues, a la sala donde el familiar la esperaba; hallole inmóvil
como una estatua, teniendo en la una mano el sombrero, puesta la otra en
los gabilanes de su inútil espada, y grave y triste y compungido;
alegráronsele los ojos al menguado cuando a él se acercó doña Guiomar
sonriendo, y habiéndose ella ido al estrado y sentádose y héchole seña
de que a su lado se sentase, él lo hizo, quedando encogido y encorvado;
y luego ella le habló de esta manera:

--Agradecida os estoy, señor, con toda mi alma, por la benevolencia con
que habéis tornado a que yo os diga lo que no puedo menos de deciros, y
es, que no sé yo por qué causa la Inquisición, que amo, respeto y
venero, ha venido, no a honrar mi casa, sino a traer a ella el juicio
engañado de la vecindad, que, sin duda, ha creído que yo no soy tan
buena y católica cristiana como tengo la ventura de serlo, y
obedientísima hija de nuestra Santa Madre Iglesia.

Comídose había con los ojos a doña Guiomar, mientras dijo las anteriores
palabras, el señor Ginés de Sepúlveda, y comiéndosela aún, y atragantado
por el hechizo de tantas y tan no vistas bellezas como en doña Guiomar
se atesoraban, dijo con la voz temblorosa y desfallecida y espantado de
sí mismo:

--Deber es del Santo Oficio de la General Inquisición, contra la
herética pravedad, extremar su celo, y tanto más en los calamitosos
tiempos en que las naciones más poderosas del mundo amparan la herejía,
engañados y perdidos sus monarcas por Satanás; que la Alemania y la
Inglaterra hierven en herejes, y aquí nos vemos obligados a hacer cada
auto de fe que espanta, y sin que este saludable rigor sea bastante para
purgarnos de la maldita simiente; así es que, señora, como esta casa que
vos habéis comprado y habitáis tenía duende...

Interrumpiole doña Guiomar, y con muestras de sobresalto le dijo:

--¿Duende decís que tenía esta casa?

--Por ello estuvo muchos años deshabitada,--respondió el señor Ginés de
Sepúlveda;--y si vos que, por ser forastera, no lo sabíais, no la
hubiérades comprado y habitado, sin habitar estaría aún, y seguiría
deshabitada por los siglos de los siglos amen.

Creían entonces en los duendes como se creía en los artículos de fe, y
por creer en ellos doña Guiomar, imaginósela que, tal vez, no el hombre
que amaba en carne y hueso era el que se la había aparecido en su
retrete, sino una apariencia de él, tomada por algún duende maligno; y
espantose y pareciola que detrás de cada tapicería se movía un duende
travieso, y que las figuras de los lienzos que las paredes poblaban
tomaban extrañas y espantables cataduras, y que de todos los ángulos de
la sala surgían trasgos y fantasmas; y como tenía la imaginación muy
viva, porque era andaluza, venida de las Indias, asustose de tal modo,
que al familiar se asió como si hubiera creído que agarrándose a una
parte de la Inquisición, por exígua y mezquina que fuese, a ella no se
atreverían duendes, trasgos, ni espectros.

Aconteciole al señor Ginés de Sepúlveda, cuando las suaves manos de doña
Guiomar asieron las suyas y sus ojos se fijaron espantados en sus ojos,
que creyó que de él se apoderaba el diablo; espantose muy mucho más que
doña Guiomar, y aturdiose; y sin saber cómo, no encontrando otra cosa de
que ampararse, amparose del mismo peligro que le espantaba; es decir,
que se abrazó a doña Guiomar, y de tal manera, que no parecía sino
náufrago que, llevado por las furiosas olas, con una tabla se encuentra
y a ella se agarra.

¿Quién pudiera decir lo que pasó por ambos cuando en aquel abrazo, tan
súbita e inopinadamente sobrevenido, se encontraron enlazados? Pareciole
a doña Guiomar el señor Ginés de Sepúlveda, cuando le vio tan cerca, más
feo y pavoroso que todos los duendes y vestiglos habidos y por haber, y
rechazole; y él, cuando hubo sentido las corpóreas bellezas de doña
Guiomar, y alentado la ambrosia de su aliento, no defendió ya su alma
del demonio, sino que, cayendo en la tentación y olvidándose de sus
votos (que como ya se dijo, aunque seglar, de castidad había
pronunciado), y siendo valiente por la primera vez de su vida,
volteándole los ojillos grises, y todo contraído y perturbado, dijo:

--¡Amor!... ¡amor!... ¡yo te reconozco y te adoro! ¡Alma mía, que te
pierdes, perdóname, porque te fenezco en otra alma, que ya, sin ser yo
poderoso a evitarlo, es el alma mía!

--Pero ¿qué es lo que estáis diciendo, hombre,--dijo doña Guiomar,--que
me parece que os habéis vuelto loco? ¿De qué alma habláis, que decís
que es vuestra alma? Si por ventura el alma que decís es el alma mía,
ved que os engañáis, que yo no os la doy, ni mi alma puede irse a vos
sin que yo lo quiera.

A todo esto, doña Guiomar se había separado a una buena distancia del
familiar, y parecía como que éste empezaba a volver en sí, y a
arrepentirse de haberse dejado ir de aquella manera por los para él
desconocidos espacios del amor.

Doña Guiomar estaba toda encendida e indignada, y le miraba fosca: como
que aún la parecía sentir el apretón de unos brazos que la ceñían, y ver
dos ojos que, como los de un lobo hambriento, la miraban.

--Perdonadme, señora,--dijo el familiar,--que yo creo que los duendes de
esta casa maldita se han metido en mí, y me han obligado a hacer y decir
contra mi voluntad lo que he hecho y dicho; pero ya veis que a la razón
vuelvo, que respetuoso os hablo, que humillado perdón os pido; y el que
esta influencia infernal que me ha dominado no haya persistido, consiste
en que yo llevo conmigo un preservativo contra toda hechicería y
maleficio, y esos demonios familiares, que se llaman vulgarmente
duendes, han huido lanzados por la virtud de ese bendito preservativo.

--¿Preservativo tenéis contra diablos familiares?--dijo doña Guiomar.

--Sí, señora,--contestó el señor Ginés de Sepúlveda,--y ese preservativo
es la medalla, que con la cruz dominica, que como sabéis es la cruz de
la Inquisición, llevo pendiente de este cordón sobre el pecho.

--De suerte, que si yo llevara pendiente de la garganta esa medalla,
libre de duendes estaría,--dijo doña Guiomar.

--Y no sólo vos,--respondió Ginés de Sepúlveda,--sino vuestra casa y las
otras casas adonde fuéredes, como todo lugar en que os encontráredes.

--Pues mirad,--dijo doña Guiomar,--si me dais esa milagrosa medalla, os
perdono el abrazo que tan sin licencia mía, y tan contra mi voluntad y
mi pudor, me habéis dado; que en Dios y en mi ánima, este es el primer
abrazo de hombre que he sentido.

--¿Pues qué, no sois vos viuda, señora?--preguntó admirado el familiar.

--Padre fue, que no marido para mí, el buen esposo mío cuya muerte
lloro,--respondió tristemente doña Guiomar.

Atragantose el familiar cuando, por la propia confesión de los rosados
labios de doña Guiomar, reconoció en la ya bastantemente preciada
persona que le volvía el seso, un atractivo más, que era el de ser
doncella, no embargante lo de viuda, que bien puede ser esto, aunque
rara vez suceda y haya de ponerse muy en duda; pero de tal manera lo
había dicho doña Guiomar, y con tal y tan ruboroso embarazo, que había
que creerlo, y creyolo el señor Ginés de Sepúlveda, y el corazón se le
volvió de arriba abajo, y atragantose, y de tal manera, que se estuvo
bien cinco minutos sin decir palabra, y mirando espantado a la hermosa
indiana, ni más ni menos que si en ella hubiera tenido delante esa ave
fénix de la que todos hablan y ninguno ha visto; porque en doncella moza
puede con no mucha dificultad creerse, pero creer en doncella viuda, era
ya cosa recia. Y este espanto del familiar no era por que le pareciese
mentirosa doña Guiomar, que él la hubiera creído aunque ella le hubiera
dicho que no había venido al mundo por medio de mujer, sino caída de una
estrella; pero espantábale el ver que su castidad iba más y más
desmoronándose y deshaciéndose, y que el diablillo del amor con más y
más fuerza le abrasaba el alma.

Sabe Dios cuánto tiempo hubiera estado silencioso y como sujeto a un
encanto, si ella, repuesta del trabajo que la había costado aquella su
extraña confesión, no le hubiera dicho:

--Sólo hay una manera, señor mío, repito, para que yo os perdone vuestro
atrevimiento, y es que siendo, según decís, esa medalla que pendiente de
ese cordón lleváis sobre el pecho, un preservativo contra los demonios,
ya sean o no sean familiares, y contra toda casta de espíritus foletos
y malditos, me la entreguéis, para que yo pueda quedar esta noche sin
morirme de miedo en mi casa; que mañana será otro día, y ya buscaré yo
vivienda en que acomodarme, donde no haya habido nunca, ni duende, ni
trasgo, ni fantasma, ni alma en pena, ni cosa que en mil leguas al otro
mundo huela.

--No ya la medalla del Santo Oficio os daría yo, y tenedla, señora
mía,--dijo todo amor y todo rendimiento el familiar,--sino el alma,
aunque supiera que os la daba para que me la perdieseis.

--No por Dios,--dijo doña Guiomar, tomando la medalla que el familiar la
daba y poniéndosela al cuello,--que no quiero yo que por mí seáis
idólatra y os condenéis; tanto más, cuanto que yo no podría
corresponderos, porque aborrezco el amor, principio y causa de todas las
malas aventuras que a la mujer la avienen; y porque es ya tarde y el
sueño me pesa en los ojos, y porque veo que la Santa Inquisición está
ya, en vos, convencida de que yo aliento buena y vieja sangre católica,
apostólica, romana, sin que haya en ella la más mínima partícula no
limpia, ruégoos os vayáis, y si quisiereis volver a verme, lugar habrá
en hora no tan incómoda y más conveniente para mi recato.

Levantose doña Guiomar como manifestando con la acción añadida a la
palabra que el familiar sería muy discreto si se iba cuanto antes, y el
pobre hombre, mirando con ansia y todo aturdido a doña Guiomar, besola
las manos y fuese, llegando hasta la puerta de espaldas, por no
volverlas a doña Guiomar, no se sabe si por verla algún tiempo más, o
por respeto. Inclinose con gran acatamiento cuando hubo llegado a la
mampara, y luego esta se abrió y se cerró, desapareciendo el familiar,
con lo cual doña Guiomar se volvió presurosa, y sin miedo a los duendes,
por la milagrosa medalla que llevaba al cuello, a su retrete, donde,
como se ha dicho, y en un cuarto que a él daba, había dejado encerrado
al su desconocido amante, que la tenía tan sin vida.




IV

En que se sabe quién era el incógnito amante de doña Guiomar.


Trémula la mano, alborotado el corazón, encendido el bello semblante y
turbados los divinos ojos, doña Guiomar abrió la puerta del cuarto, y
dijo con la voz tan turbada que apenas si se la oía:

--¡Eh, caballero, salid si os place, yo os lo ruego!

A cuyas palabras sólo respondió el silencio, como si nadie hubiera
habido en el cuarto, que ya se ha dicho estaba oscuro como boca de lobo.

Vínosela otra vez a las mientes a la bella viuda, que aquel en quien
había creído ver a la dichosa persona que la enamoraba, no había sido un
hombre, sino un duende, que había tomado aquella apariencia para
burlarla y atormentarla, y que, a causa de llevar ella la milagrosa
medalla del Santo Oficio, el duende había huido; pero oyó a punto uno
como resuello recio de persona que duerme, que allá de lo hondo del
oscuro cuarto salía, cosa que doña Guiomar sintió más que si en efecto
su enamorado se hubiese tornado en humo y desaparecido; porque quien de
tal y tan sosegada y profunda manera se había dormido, cuando ella le
había dicho que la esperase, no debía ser muy extremado en amar; que
ella sabía muy bien, y a causa de él mismo, que el amor desvela, y tanto
más cuanto se está más cerca del objeto amado, y en términos de duda y
esperanza.

Llamó al dormido, ya con más fuerza y aun con enojo, la hermosa indiana,
y a poco se oyó un bostezo, luego pasos, y al fin apareció el incógnito,
con los ojos cargados aún de sueño y con todas las muestras de que en lo
mejor de él se le había interrumpido; y como doña Guiomar cuando le
sintió que se acercaba se hubiese ido a un canapé o escaño que allí
había, y se hubiese sentado, él tomó una silla baja que encontró al
paso, y fue a sentarse junto a doña Guiomar, tocando su falda, y de tal
manera que no parecía sino que hacía un siglo eran amantes, y con un
desenfado tal, que aunque sin dar en la descortesía, parecía mostrar la
confianza que él tenía en ser amado, si es que ya no lo era, y con toda
el alma; mirábala él con codicia, aunque sin irreverencia, y ella le
contemplaba asombrada por lo que en él veía, que harto claro se mostraba
en sus ojos; y ni el uno ni el otro decían una palabra, y ella se
turbaba más y más, y más y más se la encendía el enojado tal vez, y tal
vez amoroso semblante, y él lo conocía y tal lo mostraba, que más y más
ruborosa se mostraba ella, y más y más confusa.

Díjole ella, en fin, que era muy extraña cosa que un hombre que, como
él, de tal manera se había entrado en su casa amparándose de la
justicia, y que decía que por ella se había puesto en tal trabajo, y que
la había dado música, y tan amorosos y encendidos versos la había
cantado, viniese a dormirse como si ningún cuidado le inquietase y como
hubiera podido dormirse en su casa: a lo que él respondió mirándola
amorosísimamente, que tantas noches había pasado en vela atormentado por
sus amores, y tan desesperado y triste, que no había que admirarse de
que, cuando al fin lucía para su amor el sol de la esperanza, descansado
hubiese en alguna manera de su trabajo.

--¿Y quién os ha dicho,--exclamó ella,--que yo os amo, ni en amaros
piense, ni para vos me haya criado, ni al cabo la dureza mía para el
amor, por vos se haya deshecho?

--Dícenmelo,--respondió él,--vuestros divinos ojos, que en vano de mí se
apartan para no verme, porque con más afición y más encendidos rayos de
amor, ¿qué digo? de gloria, a mirarme tornan; dícemelo vuestro hermoso
seno, que los amantes latidos de vuestro corazón mueven; dícemelo
vuestra voz enamorada, que en vano pretende remedar al enojo; dícemelo,
en fin, mi deseo, señora mía, porque si vos no me amaráis, tormento
insoportable sería para mí la desesperada memoria de vuestra adorada
imagen, muerte mi vida, infierno mi esperanza.

--Paso, paso, señor mío,--exclamó la enamorada indiana, queriendo en
vano que no saliese a su boca en una sonrisa de contento su alma, y a
sus ojos en un volcán;--que si seguís así, creeré que mentís, que no
puede llegarse a un tal rendimiento de amor tan de súbito y por una
mujer apenas vista, y por la primera vez de amores requerida; y luego,
que yo tengo para mi, aunque puede ser que me engañe, porque yo de
amores no entiendo, ni he querido entender nunca, que el amor para ser
sublimado ha menester de todo punto ser correspondido.

--Mucho pudiera yo decir sobre esto,--repuso él;--pero aquéjame haceros
una pregunta sobre lo que acabáis de decir, de que no entendéis de
amores, ni entender de ellos habéis querido nunca.

--¿Pues no decíais vos en vuestro soneto,--repuso ella,--que vuestra
alma había sido hasta ahora hielo para el amor? ¿por qué, pues, os
maravilla que hielo haya sido hasta ahora, y que aún lo sea para el
fuego amoroso, el corazón mío?

--Casada fuisteis, señora,--dijo con tristeza el galán,--y para amargura
mía, que las venturas concedidas a otro, aunque pasadas y lícitas, y aun
santificadas por el matrimonio, dardos son de celos y ponzoña de
despecho, para el que bien ama y ser quisiera el único en el amor de la
que adora.

--En hondos discursos os metéis, y no sé qué os diga, ni qué deje de
deciros,--contestó doña Guiomar, bajando los ojos y poniéndose muy más
colorada que otras veces;--y tanto más, cuanto que no sé a quién hablo.

--De buenos y honrados padres vengo, señora,--respondió él;--hidalgo
soy; Alcalá es mi patria; cursé en las aulas de su famosa universidad;
tirome la afición a las armas, y muy más el amor a las letras; soldado
soy, y a poeta aspiro por mi desgracia, porque la poesía es sueño que
devora el alma y la finge lo que no existe, y en los espacios
imaginarios la pierde: Miguel de Cervantes Saavedra me llamo, y vuestro
esclavo soy.

--¿Miguel de Cervantes Saavedra sois vos?--exclamó con encarecimiento
doña Guiomar;--pues por ahí andan en unos papeles impresos los versos
que se recitan en casa de Arquijo por todos los buenos ingenios de
Sevilla, y entre ellos hay los, y no de los peores, que según el papel,
han sido compuestos por vos.

--Si yo hubiera podido creer,--dijo Cervantes,--que los pobres versos
míos habían de llegar a tan hermosas manos, puede ser bien que el deseo
de contentaros hubiera sido inspiración que los hiciese dignos de
Pindaro; ¿pero qué poesía queréis que haya sin amor, y cuando sólo se
escribe para ejercitar el ingenio?

--¿Y sin amor vivíais cuando esos versos compusisteis? pues o no me
amáis como decís, o me amáis desde muy poco tiempo, que ha ocho días se
vendía el papel nuevo, y versos vuestros había en él.

--Desde que perdí el corazón en el cielo de vuestras perfecciones,
señora,--dijo Cervantes,--de tal manera he ansiado, tanto he dudado, tan
grande la desdicha de mi amor he creído, que no he tenido alma ni vida
más que para ansiar y temer, y buscaros y entreveros, apareciendo con el
alba, tornándoos a vuestra casa a punto que el sol salía, menos que vos
hermoso; y todo era en mí sobresalto y congoja, y afán y miedo; que ante
vos no quería mostrarme, por no ver el desdén en vuestros ojos, hasta
que no pudiendo más, y desesperado y loco, a daros música vine, y a
deciros ese triste soneto, que en su poco valer bien muestra que las
musas están enojadas conmigo, al verse por vos, a causa del grande amor
que os tengo, por mí desdeñadas y olvidadas; bien que si vos, como me lo
hace creer el deseo, me amáis, ¿qué vale el laurel de Apolo comparado
con la gloria de teneros mía?

Responder quiso doña Guiomar, pero desfalleció la voz en su garganta;
sus ojos se posaron, exhalando un dulce fuego, en el venturoso amante;
suspiró luego tan hondamente como si el suspiro hubiera salido de lo
recóndito de sus entrañas, y dijo:

--Pues que Miguel de Cervantes sois, y antes de conoceros yo había
conocido en vuestros versos vuestra alma, y estimádola había por ellos,
quiero contaros mi historia, y por ella veréis claramente cómo, habiendo
sido casada y con buen marido, amor no conocí, ni conozco, como no sea
amor esto que me tiene hablando con vos y a deshora en mi aposento; que
para ampararos en el aprieto en que os veis, no era menester que yo os
hiciese compañía; y amor debe ser este, porque habéis de saber que no
sabía yo que hubiese cosa que vencer pudiese la fuerza de mi recato, y a
él falto hablando con vos a solas, y a tal hora; y si esto no es amor,
no sé lo que ello sea; amor es, ¿quién lo duda, cuando ocultarlo no
puedo, y si os lo niego más os lo afirmo, y vencida y enamorada os lo
confieso? Pero si creéis que ese amor mío ha de ser parte para que yo me
olvide de mi honra, a la menor señal que en mi desdoro hagáis, morirá mi
amor para que ocupe su lugar el menosprecio.

A lo cual contestó él con este cuarteta, que se salió sola y sin
licencia suya de su enamorado pensamiento:

    Amores que son del alma
    hacen callar los sentidos;
    que en verse correspondidos
    alcanzan su mejor palma.

--Así os quiero, señor mío,--contestó ella,--y por que veáis cuánto en
vos confío y cuánta es la estimación en que os tengo, para que sepáis
bien quién soy, os voy a contar mi historia; eso si no es que os aqueje
el sueño, que si tal fuese, mi doncella Florela, que es discreta, os
llevarla a un aposento donde pudierais reposar seguro.

--¡Ah! no me castiguéis,--dijo él,--por aquel impertinente sueño mío en
que me encontrasteis; y empezad, mi dulce señora, que con vida y alma os
escucho.

Quedose ella por algún tiempo pensativa y como dudando, y luego empezó
de esta manera.




V

En que doña Guiomar comienza a contar su historia a Miguel de
Cervantes.


--No puede llamarse con verdad desdichada la criatura que no lo fue
desde su nacimiento, y aun en el seno yo de mi madre, para mí empezó la
desdicha. Nací en esta hermosa ciudad de Sevilla, y en su calle que
llaman del Hombre de Piedra, y con tan dura fortuna, que el instante del
primer aliento mío, fue el del postrero de mi padre. Matáronle cuando
nací yo, y a las puertas de nuestra casa, siendo su muerte la más rara
tragedia que se vio en los pasados tiempos, ni se verá en los venideros.

Era mi padre viejo, pero alentado y tan entero, que su vejez parecía
primavera bajo nieve, o invierno que bajo su hielo tenía galas de
primavera. Natural de Méjico era mi padre, y rico, y a Sevilla vino con
unas galeras de rey, de las que era general.

Acudió el gentío a la Torre del Oro a ver la flota, y entre las damas
que estaban en los estrados que para ellas se habían puesto junto a la
orilla, asistía mi madre, que era una hermosa doncella de veinte años, y
tan desamorada y esquiva, que no parecía sino que el amor no alentaba
para ella, según que era de desabrida con todos los que se rendían a los
encantos de su hermosura. Si la hubiera contentado el claustro,
hubiérase entendido que el santo amor de Dios no dejaba en su corazón
lugar para el amor al hombre; pero tampoco era esto, porque una tía
monja que tenía en las del Espíritu-Santo quiso llevársela consigo, a lo
que ella no se acomodó, diciendo que Dios no la había hecha para que la
sofocasen tocas ni monjiles, ni para enojarse entre cuatro paredes.

Pluguiera a Dios que mi madre hubiera tenido vocación de monja, que así
yo no naciera, ni pasaran por mi familia desdichas que parecen una
maldición que alcanza a la desventurada vida mía.

Limpiose doña Guiomar con un pañizuelo los líquidos diamantes que por la
amargura de sus tristes memorias de sus hermosos ojos se desprendían,
por lo cual Miguel de Cervantes la dijo:

--Enjugarnos yo, hermosa señora mía, esas lágrimas que por vuestras
alabastrinas mejillas corren, con mis labios, si tan bienaventurado
fuera que ya me llamara vuestro esposo; y tal procuraría que fuese para
vos mi amor, que no lágrimas de amargura, sino de contento del alma
enamorada vertieseis, si es que mi amor podía enamoraros, cosa en la que
no espero, porque si la esperara, ya en la sola esperanza encontraría la
ventura milagrosa de este amor que por vos me abrasa las entrañas, y es
mi vida en mi muerte y mi contento en mi tristeza.

--No hay para qué repetirme que me amáis,--dijo doña Guiomar,--sino es
que creéis que soy desmemoriada; que ya me lo habéis dicho, y yo,
escuchándooslo y continuando en oíros, os he dicho claramente que os
amo; que si no os amara, la primera palabra de vuestro amor hubiera sido
la última; y eso de enjugarme las lágrimas con vuestros labios callarlo
debisteis, que hay tales cosas que cuando no se pueden hacer no deben
decirse; y pase esto por alto, que a galantería sin intención quiero
achacarlo, y no a otra cosa; y sin más de esto, y esperando que a mi
lado seáis tal y tan hidalgo como me lo parecéis, con la relación de mi
historia continúo, que ya que me amáis, según decís, quiero que sepáis
quién es la desventurada mujer que ha alcanzado no sé si la desdicha o
la fortuna de enamoraros. Decía yo, que a la llegada de las galeras de
que era general mi padre, y entre las damas y caballeros que a su
llegada habían acudido y ocupaban los estrados en la orilla,
dispuestos, estaba mi madre, sin más compañía que la de dos tías, viudas
y ya ancianas, que eran los únicos parientes que la quedaban, y tan
hermosa, que unos versos que un enamorado suyo, poeta tan desdeñado como
los otros que no eran favorecidos de las musas, la compuso, decían:

    Porque copien un instante
    los encantos que atesoras,
    sus puras linfas sonoras
    impulsa Bétis amante;
    y las ondas, al pasar,
    murmuran en su tristeza,
    recordando la belleza
    que ya no pueden copiar.

--No me parecen mal esos versos,--dijo Miguel de Cervantes;--madrigal
son, o más bien, madrigal doble; poeta era quien los compuso, y no de
los peores, y por míos los tomara, antes con satisfacción que empacho de
ellos; pero decidme, señora: ¿cómo es que vos habéis premiado esos
versos guardándolos en vuestra memoria? ¿quién os los recitó, o quién os
dio el papel en que estaban escritos?

--Hallose ese papel entre los de mi madre cuando murió, y a mí con su
herencia llegaron esos desdichados versos, que yo no puedo recitar sin
que se me llenen de lágrimas los ojos; que si el que esos versos
compuso no hubiera nacido o no viviera, ni muriera mi padre, ni mi madre
fuera desventurada, ni yo tendría un cruel enemigo de mi reposo.

--Lo que acabáis de decir, señora, aguija el ya grande interés con que
vuestra historia escucho,--dijo Miguel de Cervantes;--pues ¿cómo,
señora, si vuestra madre era tan ingrata y desconocida para el amor,
versos tenía, para ella compuestos por un amador desdeñado, ni cómo
este, sin ventura, pudo ser una desventura para vuestra madre entonces,
y ser hoy para vos un crudo enemigo? Decidme su nombre, que si él hizo
desdichada a vuestra madre, no lo seréis vos por él, o faltaráme por la
primera vez la fortuna en un empeño.

--Decíroslo quiero,--respondió doña Guiomar,--porque bastante habéis
hecho con darme música para que él viva atento hasta averiguar quién el
de la música haya sido, y buscarle riña; conque así, ved si una dama que
tan a su despecho tiene un enamorado o empeñado que tan celoso la
guarda, aunque tan sin razón ni derecho para ello, os conviene por lo
que pueda costaros.

--No digo yo,--respondió Miguel de Cervantes,--por el temor de un viejo,
que tal debe serlo quien, teniendo vos veintidós años, pretendió a
vuestra madre antes que vos nacierais, sino por el de todos los trasgos,
jigantes, enanos y vestiglos de los libros de caballería, y aun por el
de los doce de la Tabla Redonda que vinieran a reñiros con toda la
cohorte de magos y de encantadores que en los tales libros se nombran,
dejara yo de venir a daros música y a hablar con vos, si era que vos me
concedíais esta merced venturosa.

--Hombre de años es ya, pero no viejo,--respondió doña Guiomar,--que aún
no pasa de los cuarenta y cinco, y es uno de los capitanes más temidos y
más respetados de los ejércitos de su majestad; lo que, y sus otras
buenas cualidades, no es parte para que yo deje de aborrecerle y desee
venganza contra él, y de tal manera, que si al fin ese amor que vos
decís tenerme, y al que yo os digo correspondo cuanto corresponder
puedo, llegase a sus buenos términos, yo no me desposaría con vos, si
antes no me habíais vengado y libertado de ese hombre; que para que vos
podáis estimarle en lo que vale, sabed se llama don Baltasar de Peralta,
que ya por su buen ingenio, como por su valor, su nobleza y su hacienda,
es en Sevilla de todos conocido y estimado.

--Conózcole, y más de lo que podáis figuraros, señora,--dijo Miguel de
Cervantes un tanto sorprendido;--sé quién es, y lo que puede y lo que
vale, y cuánta es su nobleza y cuánto su ingenio; y estimádole hubiera
en mucho más, si no llevara peluca; que el quedarse, cuando la mucha
edad no lo disculpa, con la cabeza rasa y sin un pelo, como bala de
bombarda, paréceme a mí que es a efecto de malas cabilaciones y
picardías; de lo que resulta, que yo no me fío de un calvo, ni con buena
voluntad le miro; y a mayor abundamiento, llenádome habéis las medidas
con decirme que de él ansiáis venganza, que como un cruel enemigo os
persigue, y que no seríais mi esposa si antes de sus persecuciones no os
libertaba.

--Decís bien,--exclamó doña Guiomar,--en lo de vuestra enemiga contra
los calvos, que yo tengo para mí, que, como decís vos, la gran parte de
las veces lo que la calvicie causa es el fuego de los malos y perversos
pensamientos que en la cabeza arden, y queman la raíz de los cabellos y
los mata.

--No decía yo eso,--respondió Cervantes;--que San Pedro es calvo, y aun
se me antoja haber visto en alguna parte que lo fue desde mozo; pero a
mí, no sé por qué, los calvos me enojan, como me enojan otras muchas
cosas que no enojan a nadie, y cuando una cosa me enoja, sobre ella me
voy sin reparar en inconvenientes, y salga por donde saliere. Y, vive
Dios, señora, que contento estoy, porque, al fin, de lo que habéis dicho
aparece que yo puedo contentaros en algo, y ponerme en ocasión de que
sepáis que para vos tengo yo toda la sangre que late en este corazón que
os adora.

Miró tiernísimamente doña Guiomar a su enamorado, que al decir sus
últimas palabras osó besarla las manos, por lo cual no se ofendió ella,
aunque las recogió, y dijo:

--Tornando a lo que me dijisteis sobre si mi madre podía tener versos de
un amador desdeñado, os diré, que si mi madre no era fácil para el amor,
éralo, ¿y qué mujer no lo es? para la vanidad; y que aunque volvió a don
Baltasar los versos que os he recitado y otros muchos, no fue sin
guardarlos trasladados; lo que era causa de que don Baltasar, que veía,
que si bien se le devolvían sus versos, eran leídos, como lo demostraba
el ir abiertos los papeles en que se contenían, alentase esperanzas, y
siguiese a mi madre a cuantas partes iba, y la diera música, y la
rondase eternamente la calle, que de ella no se apartaba sino para comer
de prisa y dormir breves horas.

Aconteció que cuando las galeras de rey llegaron, y desembarcó de la
capitana mi padre, y subió al estrado en que mi madre con otras damas y
caballeros estaba, no lejos de mi madre estaba don Baltasar, que era
poco menos que su sombra; de modo que pudo ver mejor que lo que hubiera
querido, que cuando mi padre vio a mi madre se inmutó todo, y que mi
madre dejó ver el carmín de su sangre en sus mejillas, y sus ojos, antes
para todos tan impíos, no pudieron ocultar el fuego del amor que de
improviso, a traición, y sin que ella pudiera prevenirse, la había
abrasado el alma.

Preguntó mi padre a algunos caballeros conocidos suyos que allí
estaban, quién mi madre fuese, y destos principios vinieron a resultar
muy pronto los fines de un casamiento y de una unión dichosa; pero
turbada a poco por la orden que recibió mi padre, aun antes de los
quince días de sus bodas, para partir con las galeras a Nápoles. Bien
quería acompañarle mi madre; pero mi padre no quiso confiar a las
instables ondas el tesoro de su ventura. Quedose, pues, mi madre casada
y enamorada, y si no con el dolor de viuda, con las angustias de
ausente; que las mujeres que bien aman, aunque yo de amores no entienda,
tengo para mí que han de recelar y temer por todas partes una mudanza o
un peligro que les roben su esposo, y a verle no vuelvan.

Pasaba el tiempo, y mi padre no volvía.

Teníale el rey empleado en sus galeras, y aunque menudeaban las cartas
cuanto era posible, del afán de una carta esperada pasaba mi madre al
del recibo de otra, y tanto más, que estaba en cinta de mí, y el tiempo
pasaba, y temía mi madre que mi vida fuese para ella la muerte, y
muriese sin volver a ver a su esposo.

¡Ay, señor mío,--dijo en llegando a este lugar doña Guiomar, y soltando
con estas palabras un profundísimo suspiro,--que vamos acercándonos al
triste suceso de la más nueva desventura que ingenio humano haya podido
inventar para suspender el ánimo de sus lectores, con los no pensados y
peregrinos casos de una novela! ¡Oh traiciones no adivinadas, oh
desdichas no temidas, oh no merecidas tragedias!

Habéis de saber, señor mío, que mi madre, como esposa amante y mujer
honrada, desde el punto en que mi padre partió hizo de su casa clausura,
y de ella no salió ni para misa, que en un oratorio se la decían, ni
recibió a amigos, ni aun en sus miradores dejose ver por acaso.

Ya en esta clausura, muriéronse la una tras la otra sus dos ancianas
tías, y quedose mi madre sola con sus criados, que pluguiera a Dios no
los hubiera tenido, o por lo menos a una traidora Lisarda, que fue la
causa con sus liviandades, de lo que nunca recuerdo sin que de la
congoja de mi corazón den muestra las lágrimas que salen por mis ojos.

Suspenso estaba nuestro Miguel oyendo a su acongojada amante, que en sus
hermosos ojos dejaba ver el llanto que a ellos asomaba, como ansioso de
correr por aquellas mejillas émulas de la rosa y vencedoras de la
azucena; y en tanto la estrechaba las manos entre las suyas, sin que
ella pareciese sentirlo, embebecida en la historia de su madre, que era
el principio de sus desdichas.

Reposaba la mirada de doña Guiomar en la de Miguel de Cervantes, y la
mirada de éste en la de ella, y no parecía sino que en aquellas dos
miradas sus almas se mezclaban y se confundían para no ser más que una
sola alma.

Dejó al fin ella salir de su pecho, o más bien de su pecho se escapó,
otro profundísimo suspiro, y continuó su relación de esta manera:

--Hasta tal punto se parecía Lisarda en las proporciones de la figura y
en los movimientos a mi madre, que viéndola por detrás, sólo por la
diferencia del traje podía distinguirse a la criada de la señora.

Era además Lisarda muy hermosa y muy joven, y a estas prendas de la
persona, realzadas por la lozanía de su edad temprana, juntaba una
grande honestidad y la buena y cristiana crianza que la habían dado sus
padres, humildes, pero honrados; amábala por estas sus buenas prendas mi
madre, y por ser ella tan de su gusto, complacíala se le pareciese en la
estatura y en la corpulencia, y en aquella su gallarda manera de andar y
de accionar; cosas todas estas últimas que mi madre hubiera aborrecido,
si hubiera adivinado las cosas que sobrevinieron, y que ya vos, señor
Miguel de Cervantes, debéis haber vislumbrado con vuestro claro ingenio.

Y fue que don Baltasar de Peralta, no porque mi madre se hubiese casado
había matado, o por lo menos sujetado a los preceptos de la virtud, de
la religión y de la honra, que en sí son unos mismos, aquel su amor
tirano y voluntarioso que a mi madre había tenido y tenía, sino que muy
contrariamente, dejó a la rabia y a los celos, sin intentar siquiera
combatir con ellos, que este amor aumentasen; no dejaba la ida por la
venida a la calle del Hombre de Piedra, y pasaba en ella, oculto por una
esquina, o embebido en el hueco de una puerta, luengas horas,
particularmente de noche, ansiando ver a aquella que era la agonía de su
vida, la desesperación de su alma y el sujeto de todos sus pensamientos.

Aumentaba el fuego de su amor y la rabia de su desdicha, con no ver
asomarse jamás mi madre a sus miradores, con el de no salir nunca de
casa ni aun a misa, y con no dar más muestras de estar viva que si
hubiera estado encerrada en una tumba.

Respetando estuvo muchos días don Baltasar el decoro de mi madre, no
atreviéndose a escribirla, ni aun a darla música; pero al fin pudo más
en él la desesperación que el miramiento, y una noche llenó de músicos
la calle, y sus concertadas voces y sus bien tañidos instrumentos,
estuvieron dulcemente divirtiendo a los vecinos, sin que mi madre de
ello se apercibiese, porque habitaba un aposento allá en lo interior de
la casa, que era muy grande, y al que no podía llegar la música.

Pero la oyeron algunas criadas, que avisaron a Lisarda, que en un cuarto
próximo al de mi madre dormía, y todas se fueron a ponerse en los
miradores a gozar de la regalada música.

Habían dado en la imprudencia de llevar luz a la habitación, y en las
vidrieras del mirador se pintaba, junto al de las otras doncellas, el
bulto de Lisarda, que por ser tan semejante en el aire y en la forma de
la persona a mi madre, como ya os he dicho, don Baltasar creyó, y
creyéronlo los amigos que le acompañaban, que no era doncella que a mi
madre en el bulto se parecía, sino que era mi madre misma la que,
acompañada de sus doncellas, en el mirador estaba oyendo la música.

Esto fue bastante para que don Baltasar ardiese en esperanzas, alentase
ilusiones, diese cuerpo a las soñadas venturas de su deseo, y se creyese
ya en posesión de un tesoro que no podía ser suyo, sino a costa de la
vergüenza, de la traición, del perjurio y de la infamia de mi madre.

¡Pero a qué locuras no lleva la sombra de una esperanza a un enamorado!
Don Baltasar encontró llano lo que había creído insuperable, fácil lo
imposible, próximo lo que nunca podía llegar, trocado en ventura lo que
antes sólo había sido para él angustias y desvelos, y desesperación y
lágrimas, que a tanto puede llegar un error creído verdad por el deseo.
¿Pues cómo a ese cruel enemigo de mi madre y mío, no se le representó
que una señora tan de tal nobleza y tal y tan grande crianza como lo era
mi madre, no podía dar en la liviandad de asistir a una música que un
mal respetador de su honra la daba, en sus miradores, y dejándose ver, y
aun no sola, sino acompañada de sus doncellas, como para hacerlas
testigos de su desvergüenza? Fue así, sin embargo, y bastante necio don
Baltasar para creer en tales increíbles disparates; y alentado por este
error suyo, y creyéndose amado, o, cuando no, en camino de serlo,
arrojose al otro día a sobornar y corromper a uno de los criados, y a
fuerza de dádivas y promesas consiguió que aquel mal servidor
consintiese en tomar una carta que le dio para su señora; carta que fue
a dar por desdicha en las manos de Lisarda, que no se la dio a mi madre,
que si se la diera, en aquel punto hubiera terminado la historia.

Tomó para sí Lisarda la carta, y se la acreció la afición que ya tenía
en su alma por don Baltasar desde que le había oído cantar
amorosísimamente versos que todo eran flores, estrellas, cielos,
suspiros, desvelos, congojas y volcanes; y leyendo en la carta, que con
mil encendidas palabras de amor don Baltasar agradecía a mi madre el que
hubiese salido a los miradores a oír la música, cayó en la cuenta del
error en que don Baltasar había dado trastrocándola con su señora, y el
diablo la puso en la tentación de contestar manteniendo el engaño, que
en un punto la afición que por don Baltasar se la había entrado en el
alma la hizo perder la timidez de su honestidad, y dio lecciones a su
inexperiencia (que el amor es un gran maestro de atrevimientos
desdichados), para responder de tal manera a don Baltasar, que éste
creyó que no otra que mi madre era la que a su carta respondía, y con
esto su amor dio ya en los últimos increíbles disparates de la locura;
de modo que si llena de ternezas y encarecimientos estaba la primera
carta que Lisarda había leído, la segunda acabó con los últimos restos
de su virtud, apenas combatida cuando rendida, y se determinó a la más
negra de las traiciones que pueden, no digo ya cometerse, pero ni aun
pensarse.

Contestó Lisarda a aquella segunda carta, siempre con el nombre de mi
madre, suplicando a don Baltasar no la diese más músicas, que
escandalizarían sin duda alguna a la vecindad, y que era mejor, por lo
que a su recato convenía, fuese a hablar con ella, ya muy vencida la
noche, por una reja oscura, escondida bajo unos soportales que a una
callejuela excusada daban.

Vio con esto el cielo abierto don Baltasar, y avanzando viento en popa
por el dulce mar de su amor y de su deseo la nave de sus esperanzas,
acudió a la siguiente noche a la reja, donde acabó de perderse en su
error, y de perder a mi madre, la inocente, que un tal engaño y una tal
traición había de pagar tan caros; y no pasando mucho tiempo, porque la
infame Lisarda, oyendo con demasiada facilidad y ansioso deseo los
consejos de su lascivia, no tardó en franquear un postigo, que por un
zaguán a una oscura sala baja daba, al enamorado don Baltasar.

Temía Lisarda que si él la conocía, en aquel punto se acabasen sus
amores, y por esto recibíale siempre a oscuras y a pretexto de vergüenza
impedíale la reconociese, y el engaño duraba, y la honra de mi madre
andaba ya por calles y plazas; porque don Baltasar dijo primero el
secreto de su dicha a un su amigo, encareciéndole lo guardase, y este
otro lo dijo también muy en secreto a otro muy su amigo, y así, de amigo
en amigo y encargándose el secreto todos, todo el mundo vino a creer en
lo que no era más que un tejido de infames mentiras, en las que, sin
embargo, se creía a causa de las apariencias; porque algunos que habían
dudado, siguieron a don Baltasar, yo no sé si por un honrado celo de la
honra de mi madre, o si por celos de la dicha de don Baltasar; y vieron,
en efecto, que éste entraba en casa de mi madre por un postigo a
trasmano, muy después de la media noche, y que no salía sino muy poco
antes de la alborada.

Sucedió, al fin, que, por desdicha, estas cosas que de mi madre se
decían, llegaron a oídos de un pariente de mi padre, que tenía un oficio
de alcalde en Sevilla; y digo por desdicha, pues cuando este pariente
nuestro supo lo que de mi madre se contaba, ya mi madre estaba próxima
a su alumbramiento, que cuando hubiera sobrevenido se hubiera sabido por
la solemnidad de mi bautizo, que no podía menos de ser solemne, siendo
yo hija de un general de las galeras del rey; don Baltasar hubiera caído
de su engaño, y no hubiera podido menos de reconocer que la liviana que
desde hacía poco tiempo le concedía sus favores, no era mi madre ni
podía serlo, lo cual le hubiera movido tal vez a restaurar a mi madre en
su honra.

No lo quiso así Dios; porque nuestro pariente, cuando supo lo que de mi
madre se decía, siguió una y otra noche a don Baltasar, y las dos le vio
entrar por un postigo de mi casa ya bien adelante la media noche, y no
salir sino a la proximidad del día.

Dio con esto por cierto lo que se decía de mi madre, y no queriendo
quitar a mi padre el propio desagravio de su honra, escribiole, y de tal
manera, que mi padre, sin pedir la licencia al rey para dejar la
conducta de las galeras con las cuales estaba en las costas de Nápoles,
tomó postas para España, y se vino por tierra, temeroso de que la
instable mar le dilatase el triste y horrendo logro de la venganza de su
honra, que debía ser para él la muerte del dolor y de la pesadumbre de
la infamia.

Llegó mi padre a los pocos días y reventando caballos a Sevilla, una
noche, antes de que se cerrasen las puertas, y encubriéndose con las
sombras, fue a esconderse casa de su pariente, de quien mientras llegaba
la hora de ir a vengar su honra, oyó la triste relación de su desdicha,
y como al acabarse esta tocasen a maitines unas monjas que en la
vecindad había, y fuese ya la hora, ambos, mi padre y su pariente, bien
embozados y apercibidos, fueron a adelantar a don Baltasar, que nunca
iba sino muy pasada la media noche.

Antes de que él llegase llegaron, y ocultáronse en un soportal,
amparados de la oscuridad, y allí esperaron con el oído en el silencio y
las convulsas manos en las espadas.

No hay que pensar por esto que se prevenían a ser dos contra uno, que ni
para el castigo de un infame agravio puede el honrado valerse de
ventajas contra su enemigo, sino que a don Baltasar acompañaba un criado
que se quedaba fuera, y necesario era prevenirse contra este hombre, que
podría muy bien ayudar a su amo.

Pasó así largo tiempo, y de tal manera, que mi padre y su pariente
creyeron que por aquella noche se les escapaba la venganza.

La tardanza de don Baltasar era porque él no entraba nunca en la
callejuela donde estaban los soportales y el postigo, sino después de
haber visto el resplandor de una luz, desde la calle del Hombre de
Piedra, en los vidrios de una ventana de la parte principal de la casa,
cuya seña hacía Lisarda para que él supiese que podía ir sin cuidado; y
aquella noche Lisarda no había hecho la seña a la hora de costumbre,
porque en aquella hora estaba yo viniendo al mundo, y ella estaba junto
a mi madre.

En este punto se detuvo la hermosa indiana, y dijo a Miguel de
Cervantes:

--Perdonadme, señor mío, si aquí suspendo la relación de las desdichas
de mi familia, que con mis propias desdichas se han continuado, que el
corazón me va doliendo, más de lo que resistir al dolor puedo, al
recordarlas, y harto tiempo tenemos para que yo dé fin y remate al
cuento de mis desventuras; y porque estoy más de lo que puedo sufrirlo
fatigada, y de todo punto me es necesario el reposo, yo os ruego me deis
licencia para llamar a mi doncella Florela, a fin de que os lleve adonde
podáis acabar de pasar la noche seguro, que mañana sabremos lo que haya
de vuestro negocio, y si estáis en peligro o no lo estáis, y lo que en
todo caso haya necesidad de hacer.

Conocía Cervantes que a poco que él hiciese, doña Guiomar no llamaría a
su doncella; antes bien dejaría con mucha voluntad venir el día,
entretenida con él en blanda y amorosa plática; no lo hizo, empero,
porque para primera vista ya había alcanzado más favores que los que él
se había atrevido a desear; que tal era la grandeza del enamoramiento
en que por aquella hermosísima señora suya se encontraba, que a sueño y
fingimiento de su deseo tenía el encontrarse a solas con ella y a sus
pies, y asiéndola las manos, y gozando de la luz de sus ojos, que no
encubrían el contento del alma, y encantado con la dulzura de su voz,
que de ángel, más que de mujer le parecía.

Así pues, vino en lo que doña Guiomar quería sin quererlo, más por
miramiento a su recato que por voluntad, y habiendo ella llamado a
Florela, él se fue con ella, dejando a doña Guiomar confusa y
sobresaltada con aquella aventura, que tan sin esperarlo ella la había
llevado la ventura de sus amores, o tal vez el principio de otras más
grandes y más dolorosas desventuras.




VI

En que se contiene una carta de Cervantes para doña Guiomar, y se
sabe a lo que Florela se aventuró por servir a su señora.


No dice la historia si los amantes descansaron lo que quedaba de noche,
que no era mucho por ser verano, pero sí que cuando al alba fue Florela
a despertar a su señora como de costumbre para que fuese a misa,
encontrola ya vestida, señal de que el lecho se la había hecho enojoso,
y tan hermosa con las suaves ojeras y con la melancolía que mostraba su
semblante, que deidad más que mujer parecía.

Preguntó con desmayada y dulce voz a su doncella si había visto señales,
al pasar por el aposento del escondido, de que éste hubiese despertado;
y Florela no supo qué decir, sino que debía de dormir el buen soldado,
porque cuando ella pasaba por la puerta del aposento, adonde pocas horas
antes le había conducido, escuchado había un cierto ruido, que si no se
parecía al roncar de una persona que está en siete sueños, no sabía ella
a lo que se parecía.

Suspiró la bella indiana, porque se la representó que aquella
tranquilidad de sueño no convenía, como ella hubiese querido, con las
congojas y con la inquietud, de ella no conocidas hasta entonces, que de
sus ojos habían ahuyentado el sueño; y acordándose de que le había
encontrado dormido antes, cuando fue a sacarle del cuarto en que le
había encerrado para ir a hablar con el familiar del Santo Oficio, se la
apretó el corazón, y sobresaltose su vanidad, y fue necesario que se
acordase de las amorosas razones y de las encendidas miradas de su
amado, para que en alguna manera se la endulzase el amargor que en su
alma había sentido.

Mandó a Florela hiciese salir a algún criado a inquirir si en la calle
había alguna novedad, o persona apostada o en espera que a corchete o
alguacil o cosa de justicia se pareciese, y cuando supo que el barrio
estaba tranquilo y que en diez calles a la redonda no había ni aun olor
de gente de justicia, alegrose, o más bien, aunque ella quiso no
conocerlo y se engañó a sí misma, contristose, porque mejor hubiera
querido tener una excusa para que de su casa no saliese Miguel de
Cervantes por aquel día.

--Ahora bien, Florela amiga,--dijo a su doncella;--yo te ruego guardes
el secreto de lo que sabes, ya que sabes bien que yo no he buscado la
ocasión en que me he visto, y por estar tú allí detrás de las cortinas,
como yo te mandé, a solas no he estado con ese hidalgo, y bien has
podido oír lo que hemos hablado.

--Eso no, señora,--contestó Florela,--porque sin ser yo poderosa a
evitarlo, por más que procuré resistirlo, cogiome el sueño, y de tal
manera, que bien puedo jurar que ni aun entre sueños he oído nada.

--¡Válgate Dios por sueño, Florela!--exclamó doña Guiomar toda encendida
y confusa, por las imaginaciones en que a causa de su sueño podía dar su
criada;--¿y para qué había yo de haberte mandado que detrás de las
cortinas te sentaras, sino para que fueras testimonio a ti misma de lo
honesto de mi conversación con ese hidalgo? Anda, anda, Florela, y dile
que ya puede salir sin temor, y sácale tú misma por el postigo del
huerto antes de que venga el día más claro, y que Dios le ayude, y a El
plegue que no vuelva, que estoy sintiendo barruntos de que no le he
conocido sino para mi desdicha.

Volvió a poco Florela toda sobresaltada, diciendo:

--¡Ay, señora, que ese hombre no parece, ni han quedado de él más
señales que si se hubiese deshecho en aire!

Entrole en oyendo esto a doña Guiomar otra vez, y con mucho más efecto,
su temor a los duendes, y se apresuró a mirar si tenía aún en su seno
aquella poderosa e inestimable medalla del familiar de la Inquisición, y
hallola; y temió que aquel hombre con quien había hablado, no hubiese
sido otra cosa que una imaginación suya, o cosa de encantamiento y
hechicería, de la cual se había librado por la virtud de la santa
medalla.

Pero no pudo durar mucho en esta creencia, porque habiendo mandado a
Florela fuese a registrar de nuevo el aposento, volvió con un papel en
la mano, y dijo:

--Por la ventana descolgose sin duda, señora, que abierta la he hallado,
y sobre la mesa este papel escrito que os traigo.

--Dame acá,--dijo ansiosa doña Guiomar.

Y vio que el papel decía lo siguiente:

«Hermosa señora de esta enamorada alma mía, y digo mal, porque debiera
decir vuestra; y ni aun así digo bien, porque no puedo llamarla vuestra,
si vos no queréis admitirla en vuestra alma, que es el único asiento
donde puede estar sin condenarse, esta que ya no sé si en vuestra alma
es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de acá para allá por
el helado viento de la desventura arrebatado.»

Llevose la mano sobre el corazón doña Guiomar, ya acabada de perder de
amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos
ponía, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continuó leyendo,
pálida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue:

«Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queráis vos, que,
después de Dios, sois lo que más yo amo, si es que puede llamarse
bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es más bien
agonía y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y
infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se
resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de mí, que al verme a ella
sujeto, yo mismo me desconozco y de mí dudo, y parece que siendo no soy,
y que, no siendo, soy más que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo
que en mí es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en mí se
hace, quiero deciros, que acordándome del papel y del tintero que
conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre
musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes
alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he
querido escribiros por que sepáis que cuando yo vuelva a veros, más que
por lo de anoche, de la justicia habréis de ampararme; y quedad con
Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propósito bajo
vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queréis mejor, señora mía,
por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla,
podéis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en
que por vos voy a meterme. Y no os digo más, que bien creo yo que con lo
dicho me habéis comprendido, y a Dios os quedad y en mí pensad,
pagándome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de
vos en esta encendida alma vuestra me llevo.»

--¡Ay, Florela!--dijo la hermosa indiana,--que no sé qué piense, ni qué
tema, ni qué espere, ni qué haga, ni qué deje de hacer. Este hombre que
así se nos entró anoche, por la justicia perseguido, a ampararle
obligándome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en él vivo y
en él muero, y ansio lo que no sé a qué violento término, ni nunca vista
ni oída pasión puede llevarme. ¡Ay, cielos tiranos, que habéis hecho que
cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los
comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en
este papel me dice, y cuán preñado está de peligros y temores; que él
sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que
sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi
desembozadas razones del papel que el alma mía me ha escrito, que él se
ha puesto en términos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi
impío perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede
tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia
aumente la saña que en mi desventurado corazón en contra de él, y en
vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de
esta carta juzgas, y ayúdame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada,
tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no sé qué haga, ni
qué deje de hacer, ni qué espere, ni qué tema.

Leyó el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razón la
ponía, doña Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco,
empero con el gracejo de sus pocos años y de su doncellil belleza, la
dijo:

--¿Pues hay más, sino que yo arremeta al rodrigón García, y le tome
prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de
mis cabellos, y de García acompañada, y de muchacha trocada en rodrigón
viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averigüe, y con
vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de
que en el empeño, que a él pudiera costarle caro y a vos, se meta?

--¿Conocerasle tú, Florela?--dijo doña Guiomar con la voz un tanto
cuanto sonando a celos.

--Cien años pasaran, y entre mil le viera, y conociérale,--respondió
Florela.

--¿Pues cómo le has visto tú, o cómo te ha mirado él,--exclamó, ya con
la voz y la mirada enemigas, doña Guiomar,--que así, no habiéndole
visto más que por breves momentos, no puede despintársete?

--Con vuestro deseo, señora,--contestó Florela,--que a mí se ha pasado
por la mucha lealtad y amor que os tengo.

--No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a
otra, ni que por lealtad esto suceda,--dijo doña Guiomar.--Y paréceme a
mí que no en sosegado y tranquilo sueño ese hidalgo ha pasado el tiempo
desde que de aquí se partió, sino en plática contigo, traidora, que
puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se
usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella.

--Cosas son esas, señora,--respondió Florela,--que vuestro grande amor
por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que
parezcan ciertas cosas que ni aun en sueños verdad han sido, ni pudieran
serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien
cuánta es la primacía que sobre mí os han dado naturaleza y fortuna, aun
todavía no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa,
que en Dios y en mi ánima, que cada cual tiene en este mundo lo que le
hace falta, a más de aquello, que nunca falta un roto para un descosido;
y sosegaos, señora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a
lo que importa, y dejadme hacer, que Dios será servido que todo llegue
a felice término.

Y con esto Florela se fue a buscar al rodrigón García para disfrazarse,
y acompañada de él ir a lo que el curioso lector verá más adelante, si
continuare leyendo.




VII

En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de
Cervantes.


Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de
nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector,
manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.

Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de
Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha
bastado el libro inmortal que se intitula _El Ingenioso hidalgo don
Quijote de la Mancha_, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha
podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores.
Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna
de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete
en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe
tiene entre manos.

Corría por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el año
de gracia de 1571, y tenía Miguel de Cervantes veinticuatro, aún no
cumplidos.

Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado
en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de
condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento
de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza avara de
sensaciones.

Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos,
con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos
los hombres de ingenio, era enemigo.

Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la
cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un
empeño de monta y honra.

Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la
misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la
sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas
lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había
menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel
de Dios en una criatura mortal y perecedera.

El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama _Don
Quijote_, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía
Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su
amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.

A compasión mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en él
se reflejó harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lágrimas
que no sonrisas arrancara a los que tienen alma don Quijote, y en él se
advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le
comprendía, _pedazos de sus míseras entrañas_.

De un sueño de amor deshecho por la fea y severa verdad, pasaba nuestro
ingenio a otro sueño de amor, que cual los anteriores, se desvanecía
como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y
deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la
luz del día.

Almas hay tan grandes, que en el mezquino suelo no encuentran empleo
digno de ellas, y de sí mismas se alimentan y en sí mismas buscan el
engaño a su certidumbre y el consuelo a sus pesares.

Entretenía Cervantes su tiempo antes de que conociese, por desgracia o
ventura suya, a doña Guiomar, con los divertimientos y el humor alegre
que por todas partes brindaba Sevilla a los que moraban en ella, y
especialmente, con las juntas de poetas que se hacían, casa de un tal
Arquijo, hombre muy dado a las buenas letras, y donde todos los que
concurrían se esforzaban por lucir su buen ingenio. Cuna de ellos y
madre, y fecunda, ha sido siempre Sevilla, no escaseando tampoco los
pintores y los escultores, y llegando a poseer glorias tan esclarecidas
como Herrera, que en tiempos de Cervantes vivía, y Velázquez y Murillo,
que después vinieron, con otros muchos, que de sí han dejado
imperecedera fama.

Las salas de los tenientes de armas, y las palestrillas que en Tablada y
en el Pópulo, fuera de muros, y dentro de ellos en las plazas y lugares
más públicos se mantenían, eran frecuentemente visitadas por Cervantes y
sus amigos, donde nuestro ingenio lucía su gran destreza, ya con espada
prieta, ya con espada y daga; allí donde había mozas de empeño, gente
alegre, decidora y maleante, música y alegre bullicio, era cosa fácil
encontrar a nuestro Miguel, siempre dispuesto al lucimiento del ingenio,
a las locuras de la mocedad y a los percances de la riña.

Pasaba así los días tranquilo y contento, sin que nada le conturbase el
alma, nuestro mozo, hasta que una mañana entre dos luces, volviendo con
otros amigos de inquietar el sueño a un canónigo, no por él, sino por
una muy hermosa sobrina suya, a la que habían dado música, Cervantes,
que solo hacia su posada se iba, que estaba junto al postigo del Carbón,
entre este y el del Aceite, en una mala calleja y con vecindad no muy
limpia, al llegar a la puerta del patio de los Naranjos de la Catedral,
que al pie de la Giralda aparece, topose con una rica silla de manos que
conducían lacayos y resguardaban criados, y que no era otra que aquella
en que iba nuestra doña Guiomar de Céspedes y Alvarado, la llamada la
hermosa indiana, no embargante fuese hija de Sevilla.

Diole en la nariz cierto husmillo a gloria a Miguel de Cervantes, porque
de una pequeña parte que vio, sacó un todo de perfecciones; y fue
aquella pequeña parte una mano blanquísima, enriquecida con hermosos
cintillos, que descansando iba, y por debajo de las cortinas, en la
portezuela de la silla de manos; mano de alabastro, torneada; mano que
hablaba en favor del brazo, y que, siguiendo por él, hacía soñar en un
cuerpo humano poco menos que divino.

Apoderose de Miguel un pensamiento de tal manera tentador, aunque él no
hubiese podido juzgar más que de aquella mano, que le trasportó a sus
ensueños amorosos, y a aquella su ansia de encontrar, una mujer en la
cual pudiesen hallar buen empleo sus aficiones de cuerpo y alma; en
resumen, aquel ángel humano que su alma había fingido y compuesto, y que
hasta entonces había buscado en vano.

Dio nuestro mozo en el claustro o patio de los Naranjos tras la silla,
pero recatadamente y sin dejarse sentir de los que la conducían y
resguardaban, y vio que, llegada la silla a la puerta del Perdón, allí
se detenía, y se abría la portezuela, y salía la dama, toda rebozada,
pero tan gallarda, que si empeñado iba ya por la mano Miguel,
arrebatósele el alma a los espacios imaginarios a la vista de todo el
cuerpo, aunque le encubriese y un tanto le dificultase el cumplidísimo
manto de raja de Florencia.

Entrose en el templo doña Guiomar, sus criados con ella, y tras ellos
Cervantes, que amparándose de los altos pilares que las soberbias naves
de aquella sin par catedral sustentan, fue adelantando del uno en el
otro hasta que llegó a un punto donde pudo ver sin ser visto a doña
Guiomar, que en la capilla de San Fernando habíase metido y
arrodilládose sobre la alfombrilla y el cojín que la habían puesto sus
pajes.

Crecía en tanto la luz de la mañana, que por las pintadas vidrieras en
el templo penetraba, y como doña Guiomar, sofocada por el calor, que le
hacía, y bueno, aquella mañana, sin que a templarle bastase el fresco
ambiente de la catedral, se levantase el velo, Miguel de Cervantes acabó
de perderse, ganado por la peregrina y casi sobrenatural hermosura de
la hermosísima indiana; y tanta codicia fue en los ojos de Miguel, que
adelantó para ponerse más cerca, y como si el alma, que se le salía por
los ojos e iba a buscar su deleite en aquella grandísima hermosura,
hubiese tenido algo de hechizo y encantamiento, doña Guiomar volvió la
cabeza, ni más ni menos que si la hubieran llamado, y sus lucientes ojos
negros, con todo su esplendor, fueron a dar en los ya turbados ojos de
Cervantes, que se sintió en el corazón herido, y sintió miedo y escapó,
huyendo por la primera vez de un enemigo; que bien puede llamarse
enemigo a aquel que, apenas visto, la voluntad nos roba y a la suya nos
somete, y nuestra libertad cambia en esclavitud ansiosa, llena de dudas
y sobresaltos; que ver lo que para nosotros es un tesoro largo tiempo
codiciado, sin tener a la par la certeza de su posesión, en espanto nos
pone, y nuestro cuidado afanoso y nuestro sobresalto causa.

Lo que por Miguel de Cervantes pasaba, pasado había al verle, o dígase
mejor, al entreverle, y en un punto, por doña Guiomar; si la ponzoñosa
saeta del amor había herido el corazón de Cervantes, traspasado había el
de doña Guiomar; si él había sentido las bascas de una dulce muerte, no
menos poderosas sentíalas ella, y si él ansiaba llegar a la resolución
de aquellas sus dolorosas dudas, no menos lo ansiaba ella.

Aconteció lo mismo en tres días consecutivos: acechando Cervantes a doña
Guiomar, entreviéndole ella un momento, y enamorándose ambos más y más a
cada vez que se entrevían, hasta que al fin Miguel, no pudiendo ya
guardar en su pecho el volcán amoroso que en él, abrasándole, se
alimentaba, juntó a sus amigos, pidió le acompañasen con sus guitarras,
compuso el soneto que ya se conoce, y aquella noche se fue a cantarle
bajo los balcones de doña Guiomar, sobreviniendo por esto lo que ya se
ha relatado.

Acaso fue venturoso de la fortuna para Cervantes el que, necesitado de
salvarse de los alguaciles que le perseguían, saltase la tapia del
jardín de la casa de doña Guiomar.

Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las
estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos
y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas maderas los unos,
y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que
al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa
fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran
concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban
amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un
dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que
en el jardín de una casa principalísima había entrado, y de que aquella
casa no podía ser otra que la de la nobilísima, y, sobre todo
encarecimiento, bella indiana, cuya parte principal daba a la calle de
las Sierpes.

No había tomado medidas sobre aquella casa, ni reconocido sus linderos
Cervantes, que esta es cosa de ladrones o de alguaciles, o tal vez de
amantes desdeñados que de malas trazas se amparan para el mal logro de
sus deshonestos deseos, y hacen y obran como si ladrones o alguaciles
fuesen; pero fuese que nuestro Miguel, por enamorado, por un secreto
instinto y por algunas señales, no dudosas, de favor que doña Guiomar le
había dejado ver las pocas veces que por un momento se habían visto, y
además, por la buena fortuna que con las mujeres hasta entonces había
alcanzado, no hubiese temido desdenes, y en reconocimientos de lugares
flacos por donde entrar, como por asalto y sorpresa, en la casa de la
señora de su alma, ni aun había pensado.

Alegrósele, empero, el alma cuando, tan sin traición y tan obligado,
dentro se vio de aquel jardín, por el cual, y por alguna comunicación
que acaso encontraría fácil, podría llegar hasta las plantas de aquella
que tan sin alma le tenía, y sorprenderla tal vez melancólica y
pensativa a impulsos del encendido amor en que él anhelaba ardiese; y
sin más detenerse, hollando silenciosamente la blanca y menuda arena,
que entre flores y plantas formaba calles y laberintos, fue a dar en un
corredor cubierto de enredaderas, y como allí hiciese oscuro, prosiguió
a tientas, y a poco halló a diestra mano una escalera, al cabo de la
cual, y no a mucha altura, dio en un corredor, que le llevó derechamente
a una mampara, y abriéndola hallose más a oscuras que antes; pero por la
luz que se dejaba ver en unos como resquicios de puerta, yendo a ella
abriola recatadamente, y quedose como extasiado y suspenso, que en un
rico camarín, sentada, de espaldas a él, delante, de un espejo de
Venecia, descubrió a doña Guiomar, que, con el tesoro de sus dorados
cabellos se entretenía.

Batíale el corazón a nuestro mancebo, y no sabía si paraíso de su
ventura era aquel a cuya puerta se encontraba, o triste lugar donde del
vuelo de sus amorosas ilusiones cayese en el negro abismo de un mortal
desengaño; y como la blanca estera de palma, ricamente labrada y
matizada con vivos y bien contrapuestos colores, le convidase a llegar
sin ruido adonde ella estaba, llegose hasta tocarla casi, y viola,
copiada por el espejo, con la mirada absorta, y triste y melancólica, y
tan pensativa de amor, y de un tal amor y tan del alma, y tan encendido,
que él no pudo dudar de que a efectos de la poco antes pasada música
nacían aquellas imaginaciones amorosas que en los lucientes ojos de doña
Guiomar tan al vivo se representaban, y pareciéndole a Miguel, o más
bien sintiendo que no una criatura mortal y perecedera contemplaba,
cuya beldad había de perderse en la edad o en la muerte, sino una
divinidad inmortal, trasunto de todas las bellezas que el alma puede
fingir en lo no conocido, aunque esperado, ardiósele el alma,
desmayósele el cuerpo, y como quien adora arrodillose, y sin ser
poderoso a otra cosa, convidándole la una mano de doña Guiomar, asiola
como se dijo y besola, siendo este el principio de lo que ya se ha
relatado, hasta el punto en que nuestro Miguel escribió la carta que
Florela encontró en el aposento, donde no a reposar, sino a que soñase
locuras por su venturoso amor, le había llevado.

Y en efecto, para perder el juicio era lo que a Cervantes le acontecía;
que por más que él hubiese confiado en su hasta entonces buena fortuna
con las mujeres; por más que grato asombro y anhelo hubiese visto en las
miradas y en el semblante de doña Guiomar, cuando pasajeramente se la
había aparecido, habíale puesto en grandes cuidados y confusiones el
considerar que una dama tan principal y tan rica, como doña Guiomar lo
parecía, y tan celestialmente hermosa, y tan en el tiempo, por su lozana
juventud, de los amorosos y soñados deseos, tener debía quien la
sirviese y enamorase, y tal vez tratado de casar con ella estuviese,
máxime viviendo en la populosa y opulenta Sevilla, patria y asiento de
tanto rico, noble y galán caballero; allí donde todo, el cielo y la
tierra, el sol ardiente y la hermosura y la frondosidad de los árboles,
y las limpias aguas, a amar convidan.

Estos pensamientos habíanle entristecido el alma, y hecho de su amor,
más que una pasión de los sentidos, un deliquio celeste que le
trasportaba y le hacía sentir la gloria, vislumbrada en la tierra antes
que el fenecimiento de su cuerpo hubiese permitido a su alma volar a los
espacios empíreos.

Asombrábase Miguel de esta trasmutación que en sí sentía, que él hasta
entonces de tal manera no había amado, ni aun creído pudiese ser el
amor.

Y aconteciole que creyó que con la vida de doña Guiomar vivía, que con
sus alegrías se alegraba, que se entristecía con sus tristezas, que
suyos eran sus anhelos y sus cuidados, y que, en resumen, de sus dos
almas una sola alma habíase hecho, unido y juntado, de tal manera, que
ni aun la muerte podía partirla; y odio sintió hacia aquel eterno
perseguidor y siniestro enemigo que en don Baltasar de Peralta doña
Guiomar tenía, y que de tal manera había sido la sentencia y el destino
de su vida, obligándola a encerrarse y a no mostrarse fuera de su casa
sino bajo el amparo de la santidad del templo; y aun así acompañada y
guardada por bravos a sueldo, armados hasta los dientes; y como
Cervantes era mal sufridor de amenazas, y necesitaba muy pequeña causa
para poner mano a la espada y cerrar a cuchilladas, siquiera fuese con
una legión de diablos, punzole más de lo que era menester para llevarle
a una determinación aquel perseguimiento que doña Guiomar sufría, y
aquel perpetuo peligro que la amenazaba; y como yendo y viniendo en
estos pensamientos la blanca aurora se hubiese anunciado ya en las
vidrieras de la cámara donde Florela le había encerrado, fue a la
ventana y abriola, y hallose con que daba sobre una plazoleja por la que
nadie pasaba, y reconociendo más, halló que bajo la ventana había una
reja de cuerpo entero, que podía servirle de escala; visto lo cual, y no
queriendo desaparecer sin saladar a doña Guiomar, y sin empeñar con ella
una cita para la siguiente noche, sacó de debajo de su coleto de ámbar
de soldado, un cañuto de hojalata, donde un tintero de cuerno (con
perdón sea dicho) con un enrollado papel en blanco guardaba, y
sacándolos, escribió la carta que Florela halló, y que doña Guiomar leyó
toda congoja y sobresaltos; hecho lo cual, y guardado el tintero en el
cañuto, y este en la parte de adentro del coleto, ciñose su espada y sus
pistoletes, que para buscar un reposo que no había hallado habíase
desceñido, calose el chapeo al soslayo, que así, sin ser matón, le
llevaba por hábito, terciose la capa, fuese a la ventana, echose fuera,
puso en el coronamiento de la reja los pies, y deslizose al suelo y
alejose, volviendo antes de doblar la esquina la cabeza, para mirar a la
abierta ventana por donde, dejándose dentro la mitad del alma, había
sacado la otra mitad doliente con el dolorido cuerpo; y exhalando
hondísimos suspiros, tomó la marcha a gran paso y sin saber adónde; pero
acordose a poco de que ir podía a buscar a un bachiller su amigo, que en
la pasada ronda le había acompañado, y al que, si no había sido preso
por lo de las cuchilladas con la justicia, hallaría en casa de una su
amiga buscona con ribetes de dama, y que no muy lejos junto a la iglesia
y plaza del Salvador vivía.




VIII

En que se relata una aventura que le salió al pavo a Cervantes,
cuando a las aventuras de sus amores iba.


Era este bachiller un valiente sujeto, con atrevimientos de poeta y
realidades de bravo, y lo que mejor tenía y le hacía en ocasiones útil y
necesario, era que se sabía de memoria la vida y milagros, y la
habitación y las costumbres, y hasta lo mínimo de los que en Sevilla y
en sus alrededores vivían y algo valían. A este bachiller Carrascosa,
que así se llamaba, iba a agarrarse nuestro Miguel, si era, se repite,
que no le había agarrado la justicia, a fin de que dónde iba y dónde
vivía le dijese, aquel irreconciliable enemigo de amor de su bella
indiana; y ya apretaba los dientes y crispaba el puño Cervantes, ante él
creyéndose en algún apartado sitio donde le llevase, y a sus pies le
viese ensangrentado y muerto de alguna buena estocada, y a su doña
Guiomar alegre y tranquila al verse libre de aquella su pavorosa y
eterna pesadilla; y con estas imaginaciones, y sin pensar en las cuentas
en que con la justicia iba a meterse tan sin vacilación ni empacho,
íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama,
que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de
sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía.

Y al mismo tiempo versos improvisaba, de los cuales el sujeto era ¿ni
cómo podía ser otro? aquella adorada hermosa; y tal vez por un
enternecimiento de amor expresado en un concepto poético que en su
imaginación nacía y moría, asomaba una lágrima a sus ojos, que de bravos
se tornaban en enamorados.

Yendo así por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de
la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina, donde
su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido;
cuando aún el perezoso sueño en el lecho retiene sabrosamente a todo el
mondo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron unos
tristes ayes que al doblar una calleja le alcanzaron, y mirando al lugar
de donde aquellos venían, vio que hacia él delantaban cuatro hermanos de
la cofradía de la Paz y Caridad, que sobre sus hombros, en un medio
ataúd, llevaban el cuerpo difunto de una mujer, que para sus desposorios
con la muerte había sido vestida con el humilde hábito de San Francisco,
y detrás venía, abatida la cabeza, mal cubierta con un manto de usada
sarga y humildemente vestida, una mujer, que era la que los
inarticulados ayes daba.

Deshacíase en lágrimas la triste, y Cervantes no podía ver si era joven
o vieja, porque a más del manto que su cabeza cubría, caíanla sueltas
sobre el semblante dos grandes y pesadas crenchas de negrísimos
cabellos; pero reparando bien, y Cervantes reparó, porque tenía el alma
viva y potente, y aunque la embargase un cuidado, perspicacia hallaba y
reflexión y fijeza para lo que ante él de súbito aparecía, sacábase en
claro, que joven y hermosa debía ser, porque unos tales, tan ricos y tan
sedosos cabellos, parte eran de una hermosura, y demostración de
juventud, y Dios no da comúnmente de una hermosura una parte, sin dar
también las otras partes que a un hermoso todo contribuyen.

Un perro viejo y lanudo, cabizbajo y triste, torpe y cansado, de los que
se llamaban ingleses de muestra, y que para la caza son muy estimados, a
la doliente mujer seguía, mostrando, cuanto en un irracional puede
mostrarse, un dolor que tenía mucho de humano.

El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agonía que
aún en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a
pesar de los años y de la muerte, aún en ella aparecían, el desconsuelo
de la mujer que tras la difunta iba, su mísera apariencia, y el perro
que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente
iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma
compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al
pasar el lúgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la
otra se persignase; y aún no había acabado el padre nuestro, ni llegado
a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dejó el camino que
llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oración y
el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para él
buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de
librar a su doña Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse
encontrado; y así, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el
cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrás, y
luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a
la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana tañía a misa de
alba, y en la cancela del templo detuviéronse los cofrades, dejando el
medio ataúd en tierra, y la mujer doliente se arrodilló en las gradas
del pórtico, y el perro se allegó a la difunta y la lamió el semblante;
en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela,
y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las
había abierto volvió a su sitio y a los pies del ataúd, y él y los otros
tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia
entraron, y Cervantes también, pero quedose bajo el coro, a la sombra de
un pilar, sumido más que nunca en sus amorosos y lúgubres pensamientos,
ya mezclados y entristecidos por aquella mala aventura con que se había
tropezado, y cuidadoso por la influencia que sobre él y sus cosas podía
tener aquel encuentro; y ocurriósele que tal vez Dios le había puesto
delante la muerte para advertirle y retraerle de los malos propósitos
con que iba a tomar lenguas de un hombre para matarle; y poníasele por
delante, que por mucha razón que él encontrase en su amor, y en la
persecución y en la desgracia que doña Guiomar sufría por don Baltasar
de Peralta, aquella razón no era bastante, ni teníala jamás un hombre,
para destruir una criatura que él no había criado ni podía criar; y
acometíale un tumulto de dudas y confusiones, que de una parte le
embraveía la airada y pertinaz malevolencia contra la diosa de su amor,
de su enemigo, y de otra se le venía poderosa a la memoria, y conmovía
su alma cristiana, la divina palabra de nuestro Redentor Jesucristo,
que había predicado el perdón al enemigo y el amor al prójimo.

En tanto, los cofrades habían sacado un tapiz negro, que habían
extendido en el crucero, y sobre él habían puesto a la difunta, y a las
esquinas del tapiz cuatro candeleros deslustrados, con unos trozos
desiguales de amarillo cirio; y a un lado se había arrodillado la mujer,
y junto a ella habíase echado el perro con el hocico entre las patas, y
entrádose habían los hermanos de la Caridad en la sacristía.

Algunos fieles madrugadores habían entrado en la iglesia y arrodilládose
acá y allá; había sonado el tercer toque de misa, y a poco salió al
altar un celebrante con casulla de _réquiem_; y rezada que fue la misa y
cantado el responso, el celebrante entrose en la sacristía, y salieron
otra vez los hermanos de la Paz y Caridad, con la difunta cargaron, y
seguidos de la mujer y el perro salieron de la iglesia.

Siguiolos Cervantes, y con él algunos de los piadosos fieles, y vio que
el entierro se entraba por las puertas del cementerio, y entrándose él
también, pasando por entre las tumbas sobre el césped sembrado de
blancos huesos, que gran descuido había entonces en los cementerios,
llegó con las otras personas caritativas a un negro rincón en la umbría,
donde una profunda sepultura se veía abierta; y allí pareció de nuevo el
sacerdote, y asistían los sepultureros, y se cantó el último responso,
y quitada la difunta del medio ataúd, lo que decía harto claro la gran
pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya había
llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los
ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un pañizuelo para que
sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habiéndola dado la pala con
algo de tierra, un sepulturero, la arrojó sobre el cadáver temblorosa, y
en el mismo punto de las desfallecidas manos fuésele la pala, y dando
una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera, si Cervantes, que
como a impulso de un poder incontrastable se había llegado, en sus
brazos no la sostuviera.

Acudieron las personas caritativas que al enterramiento habían venido a
una fuente que en el cementerio había, y trajeron agua, y para rociar
con ella el semblante a la desmayada se lo descubrieron, y entonces
apareció la más peregrina hermosura que podía imaginarse; pero flaca,
como si largo tiempo hubiese sido maltratada por la dura e impía mano de
la miseria, y tan pálida, que no parecía sino otro cuerpo difunto al que
hubiese de darse sepultura.

Abriéronsele a Cervantes las entrañas, alborotósele el corazón, espanto
le cogió el alma, porque pareciole que algo que no podía comprender, a
aquella desmayada beldad le atraía.

Y aquello no era amor, que resplandeciente y soberana, sin dejar lugar a
otros amores, su alma llenaba la divina imagen de doña Guiomar; ni era
compasión tampoco, por más que de ella estuviese lleno lo que por la
desmayada hermosura sentía; y en fin, no podía explicarse aquella nueva
pasión, tan no conocida de él, que de él se apoderaba.

Dio, en fin, muestra de que en sí volvía la desmayada con un
dolorosísimo suspiro; abrió los ojos, y como por acaso al abrirlos
encontrase los ojos de Miguel en ella fijos, con un compasivo y tierno
espanto, y sintiéndose en sus brazos, estremeciose, y esforzándose llegó
a ponerse de pie, pero tan débil, que en el brazo de Cervantes hubo de
apoyarse, quedando abatida y doblegada.

Gente pobre era, que los pobres son los que más madrugan, la que al
entierro había acudido, y viendo que la hermosa joven necesitada de
socorro, y aun de alguna caritativa limosna parecía, fuéronse
esquivando, que la pobreza tiene aún este dolor, que no puede seguir los
impulsos de su caridad; y habíanse ido cura y monaguillo, y con ellos
los cofrades, y cubierta ya la huesa, ídose habían también los
sepultureros, y solos en su solo cabo, con su dolor y su conmiseración,
habíanse quedado la desconocida joven y Cervantes, y junto a ellos el
perro con el hocico siempre pegado a la tierra.

--Decirme habéis, señora,--exclamó Cervantes con la voz trémula,--en qué
puedo yo ampararos y serviros; que bien creo, a lo que parece, que niña
y pobre, sola y sin amparo en el mundo os habéis quedado.

--Dios me concederá en su gran misericordia,--contestó ella,--la merced
de no tenerme mucho tiempo apartada de la adorada madre mía; y Dios oiga
mi perdón al de endurecidas entrañas, y mal cristiano y mal caballero,
que a tal desesperado punto de extrema desventura nos ha traído; que
ella a su duro rigor resistir no pudo, y yo en la más desdichada de las
orfandades me encuentro.

--No ha de decirse,--exclamó Cervantes,--que habiéndoos yo en un tan
duro trance hallado, sola y huérfana quedáis en el mundo; en mí tenéis
un hermano, señora, y muy recia cosa será, que siendo yo quien soy, y
con el aliento que Dios ha querido darme, no encuentre modo, si no de
consolaros, de ampararos al menos; y asíos bien a mi brazo y teneos
firme, que a, vuestra casa vamos.

--Soledad, y negrura, y miseria, que no otra cosa en mi casa
hallaríamos; y a más que como en ella no queda más para mi que la
memoria de mis acerbas desventuras, cuando con mi madre dejela, la llave
dejé al casero.

Requirió su bolsa Cervantes, y hallose con que sólo tenía en ella tres
reales sencillos y cinco cuartos con tres maravedises segovianos, que la
pobreza era en él cosa continua, y las pagas del ejército no andaban
tan prestas como hubiera sido menester.

Lo ruin de su hacienda puso en confusiones a nuestro mozo, que no sabía
qué hacer con aquella criatura que la desgracia le había deparado y que
por su buen corazón había acogido; llevarla a una posada ser no podía,
que las posadas estaban de ordinario llenas de gente mala y licenciosa,
y más entonces, que por la empresa que se preparaba contra el turco,
había en Sevilla cuatro banderas de infantería, a las que alistados los
unos por su amor a las armas y por lo grande del propósito, otros por su
necesidad, y muchos por tener la inmunidad de bandera para escapar de
las garras de la justicia por desaguisados que habían cometido, acudían
a centenares soldados, que se desbandaban por la ciudad y llenaban los
mesones y las hospederías, gastando alegremente el dinero que se les
daba de enganche; hervía, otrosí, Sevilla de marinería y gente de leva
de las galeras que en el Guadalquivir estaban para embarcar la gente que
se reclutase, y no podía llevarse a cualquier parte, y dejarla sola, a
una doncella tal como Margarita, cuya hermosura era bastante, no ya para
excitar a soldado aventurero o galeote dejado de la mano de Dios, sino
al mismo anacoreta San Antonio el del yermo.

Pues llevarla a su casa Cervantes, no podía ser, que él vivía con tres
camaradas, el mejor de los cuales no le hubiera querido el diablo por
empeño, y hubiera sido como meter una paloma en un nido de gavilanes.

Urgía además antes que todo, acudir al desfallecimiento en que Margarita
se encontraba, y que era tal, que apenas si la pobre joven podía dar un
paso, y colgada iba del brazo de Miguel, y arrastrada y llevada por él,
que no andando.

Hambre parecía tener la triste de días, y tal vez hambre había sido la
enfermedad de su madre.




IX

De como lo que no podía amparar Cervantes vino a ampararlo doña
Guiomar.


Tropezábase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta
hostería, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre,
noble y rica, pero olíales el resuello a las más a una legua a carestía,
y no era la menguada bolsa de Miguel la que podía atreverse con ninguna
de ellas, ni aun con la más humilde; no había que pasar de bodegón, y
aun así, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostería, y
acordándose del de la tía _Zarandaja_, que en una revuelta de la calle
de las Sierpes estaba, y al que podía llegarse sin pasar por delante de
la casa de la bella indiana, a él se fue, y en ella dio al fin a punto
que el sol asomaba por el Oriente, y la tía _Zarandaja_, que ya para el
despacho había, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con
algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad habían
alborotado, y que habían tenido por remate el que la Inquisición
prendiese al señor _Viváis-mil-años_, cosa que ponía espanto en aquellas
buenas comadres, la que más y la que menos parienta próxima, y hermana
en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las
barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas
valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas,
que no era sola la del bodegón de la tía _Zarandaja_ la en que se las
veía.

--Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,--dijo Cervantes
entrándose por el bodegón,--habéis de darme para esta pobre joven, que
harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena
taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasañejo de Montilla.

--Medio muerta tráela vuesa merced, señor soldado,--dijo la tía
_Zarandaja_, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiñando con
el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;--y con
sólo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se verá
cuando saliere, si es la misma que cuando entró.

Y entrose la tía _Zarandaja_, y fuese a las hornillas, y sentáronse a un
lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, él pensativo,
ella triste y abatida; cuando hete aquí que se presentó, a la puerta, y
en ella se detuvo, y adentro miró con curiosidad y atención, y su mirada
se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraña persona.

Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se
fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque
parecía pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y más años de los
que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con
botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca
rubia de guedejas desmadejadas, pañizuelo blanco y rosario con medallas
pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes
lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrigón, en fin, en el traje,
pero sólo en la apariencia, que quería ser de viejo, sin conseguirlo;
que el vigor de la juventud se patentiza a sí mismo, por mucho que
quiera encubrírsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien
contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a
despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente
despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y ásperas
que bajo ella nacían: a disfraz trascendía todo el pergeño del rodrigón,
y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habíase
disfrazado, túvola Cervantes; y como ella creciese en la atención con
que le miraba, pasando sus ojos de él a Margarita y de Margarita a él,
en más cuidado se puso, y acabó por convencerse de que el fingido
rodrigón no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano
con todos aquellos trebejos y nariz postiza había cargado, y antojósele
que tal vez aquello tenía que ver algo, y aun mucho, con su adorada doña
Guiomar; y no se engañaba, porque el rodrigón fingido no era sino
Florela, que con las ropas del rodrigón García había procurado
encubrirse, añadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo había
usado ella para una mogiganga, y que había guardado.

Era el caso que, como ya se dijo, doña Guiomar, toda cuidadosa por la
extraña partida de Cervantes y por la carta que la había dejado, había
encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una
desgracia que doña Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don
Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no había podido
disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para
que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que
sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escapó, hasta
que con Margarita entró en el bodegón de la tía _Zarandaja_; acasos hay
que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimañas
del diablo para enredar más las cosas; y así sucedió en esta ocasión,
porque habiéndose ido Florela a casa de la tía _Zarandaja_ a tomar
lenguas, por si podía descubrir algo (que ella conocía a la tía
_Zarandaja_, porque la había vendido no sé qué brevajes, medicinas y
hechizos, contra un mozo de cuadra, o dígase palafrenero, de la misma
servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este
conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podría darle indicios, y
buscarle quien la aconsejara, acompañara y guiara), como vio a Cervantes
con Margarita casa de la tía _Zarandaja_, conociole, y alterose toda, y
no supo qué hacerse; y cuando Cervantes sospechó, poniéndose en lo
cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba,
podía ser muy bien una criada de doña Guiomar, a quien ésta hubiera
mandado le buscase, levantose y se encaminó a ella para preguntarla.
Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes,
no sabía qué hacerse, poseída de un miedo súbito, echose fuera de la
puerta del bodegón al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba,
y diose a correr, y doblando una próxima esquina, metiose por la
callejuela a que daban las tapias del jardín de la casa de su señora, y
llegó al postigo por donde había salido, y del cual tenía llave, y
entró, y no se creyó segura hasta que tornó a cerrar, poniendo aquel
reparo entre ella y Cervantes, que la había perseguido.

Creerla no quería doña Guiomar, cuando la oyó decir que a Cervantes
había encontrado en un tan no decente lugar como el bodegón de la tía
_Zarandaja_, y en compañía de una hermosísima joven en hábito de miseria
y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella
misma por sus propios ojos podría convencerse si la siguiese, perdida
toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la
locura de sus celos, que no lo serían si hasta la locura no llegasen,
amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importársele nada de otra
cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales
ansias la ponía, hizo que sin dilación Florela la prendiese un manto, y
en el momento con ella saliose por el jardín y el postigo, y se fue a
dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su
hermosura, en el bodegón de la tía _Zarandaja_, en donde se entró de
rondón y como si hubiese ido a buscar allí lo que más que la vida y la
honra la importase.

Olor de gloria diole en los vientos (que ella tenía algo de podenca, y
aun pudiera decirse que de vulpeja) a la tía _Zarandaja_, al ver entrar
tan reciamente en su casa a una tan principalísima dama; y reconociola,
aunque no la había visto sino una sola vez y de refilón, desde las
ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardín; alegrósela el
alma toda, porque olió aventura, y vio celos, y conoció que de quien la
enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su
casa estaba con la hermosa y doliente joven.

Perseguido había Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez
de su fuga y la delantera que le llevaba, y habíase vuelto cuando
Florela se había puesto a salvo por el postigo, entrándose por el cual,
había certificado a Cervantes de que no se había engañado cuando había
supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doña Guiomar,
que la había enviado para que le buscase; lo cual había sido para
nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorosísima esperanza de su
amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por él, no podía ser
menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba
la escudilla de caldo con vino generoso que la tía _Zarandaja_ la había
llevado, vio que doña Guiomar se metía por el bodegón como fuera de sí,
y en él reparaba, y se detenía sobresaltada, tuvo por cierta su ventura,
y levantose y hacia doña Guiomar se fue todo cortesanía y rendimiento.

Pero ella, antes que él llegase, con voz airada y trémula le dijo:

--¿Qué queréis? ¿A dó venís? ¿Qué buscáis? ¿En dónde nos hemos visto, ni
qué empeños tenemos, ni qué palabras entre nosotros han mediado, ni
cómo ni cuándo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que así
os acerquéis a mí, como si para ello tuvieseis autoridad y razón
bastante? Volveos al lado de quien estábais, y dejad a los demás que a
sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.

Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la
mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas
estuvieron también a aquellas palabras, Margarita asombrada y la tía
_Zarandaja_ alegre.

--Ingrato sería yo para con Dios,--dijo Cervantes,--si no le bendijese
por haberme traído al mundo para este momento de suprema ventura, señora
mía; y ruégoos que os soseguéis y me escuchéis, que cuando me hubiereis
oído, bien sé yo que razones hayaréis en lo que veis y os enoja, más
para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es
lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algún aposento de esta
casa pasemos, donde en compañía de esta doncella, con la cual me habéis
encontrado, me oigáis, y la oigáis a ella, y sepáis que no traidor para
con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran
desventura, con la cual, para ventura mía a lo que presumo, me he
encontrado.

--No ha de ser aquí donde yo os oiga,--dijo doña Guiomar,--y donde a esa
sinventura deje; que ya que vos decís, y yo quiero creerlo, que como
hidalgo y cristiano la habéis amparado, ampararla quiero yo, que mejor
podré hacerlo y más honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se
hable más de esto, y véngase conmigo esa doncella y con mi rodrigón, y
vos id luego, que ya sabéis dónde está la puerta principal de mi casa.

Con asombro había visto todo lo que había sucedido desde que en el
bodegón entró la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con
un mayor asombro oyó aquellas palabras; y como con la cólera se le
hubiese descompuesto el manto a doña Guiomar, y dejádola al descubierto
la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riquísimos
cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse allí, y hasta
tal punto haber llegado, la encendía el purísimo semblante, aficionose a
ella, y túvola por buena, y a más por gran señora, que no mostraba menos
por su continente y su atavío doña Guiomar, y levantándose a ella fuese,
y asiéndola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el
sentimiento, la dijo:

--Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por
este caballero con el cual me habéis hallado; y pues también le
conocéis, señora, como se muestra por lo que con él hablado habéis, sin
duda habéis también conocido cuánta debe haber sido y ser la desventura
en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecéis y
porque sepáis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.

Y con esto, dándola el brazo doña Guiomar, para que en él se sostuviese,
salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardín se encaminaron, y
por él entraron en la casa.




X

De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que
había querido buscar.


Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doña
Guiomar, Margarita y Florela.

Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los límites de la locura,
había visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada
hasta volverse loca por él, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a
su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella
como el bodegón de la tía _Zarandaja_, ni con tan celoso ahínco allí le
hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo
a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta,
que más por separarla de él se la había llevado que por caridad, puesto
que ella fuese de condición tierna y caritativa. Contento estaba
Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le había puesto el
encendido amor en que por él ardía doña Guiomar, y parecíale que ya su
vida y su alma habían encontrado buen empleo, y la codicia de ver de
nuevo a doña Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes
miradas, de las que para él se la salían del alma; pero temía, si iba,
no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel
enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo había perseguido a su
madre y a ella la perseguía. Aborrecía ya a aquel hombre Cervantes, y
por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razón
cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que había
causado a la madre de doña Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque
ardía en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los
encantos de su bien amada, deteníase, y pensaba en que tal vez sería
mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conocía
a todo el mundo en Sevilla, y debía conocer a don Baltasar de Peralta, y
preguntarle cuál fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal
manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasión de matarle. Y
estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudiría en el momento
a la casa de la hermosa indiana, o iría, para lo que se ha dicho, a
buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el figón un
hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos,
subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de
gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.

Pareciole a Cervantes que, además de lo abatido del sombrero y lo subido
del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevínole contra él, el ver
que, cuando junto a él pasó le miró como con recelo, y yéndose a una
puertecilla que allá en lo último del bodegón se veía, hizo seña a la
tía _Zarandaja_ de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se
fue la tía _Zarandaja_, y cuando se hubo entrado por ella cerrola,
quedándose solo en la primera parte, o dígase en la parte pública del
figón, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco años,
cariredonda, rubicunda y sucia, que a la tía _Zarandaja_ servia.

Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su
pobreza no le consentía ser más largo en la dádiva), y teniéndola ya por
suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conocía bien
apreciada), preguntola quién fuese aquel, que, aunque encubierto, por su
soberbia y su talante parecía caballero, y de los principales.

Díjole ella que aquel señor era uno de los a quien su ama servía; y
preguntándola Cervantes cuáles fueran estos servicios, ella le nombró
una cáfila de ellos tal, que sin más información quedaron hechas todas
las alabanzas, y representados todos los méritos de la tía _Zarandaja_,
y que eran tales, que si la Inquisición o la justicia ordinaria los
hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla
viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al señor que acababa
con la tía _Zarandaja_ de encerrarse, dijo la moza que su ama le traía
engañado, chupándole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar,
para que le amase, a aquella misma señora que vivía en la vecindad, y
que poco antes había estado allí. Con estas noticias creyó conveniente
Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto
del figón hubiese salido, y para saber cuándo esto sucediese, fue a
esconderse detrás de un poste de un soportal que en una rinconada frente
del figón había. Pasó bien media hora antes de que el embozado saliese,
y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata,
volviose al figón, y púsose delante de la tía _Zarandaja_, que se turbó,
y por encubrir su turbación le dijo:

--Bien se os conoce que sois honrado, y que tenéis conciencia, y que no
habéis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino
trasañejo de Montilla, que se tomó aquella desventurada doncella con
quien primero vinisteis.

--Pues si de conciencia entendéis,--dijo Cervantes,--llevadme adonde a
solas podáis decirme lo que con vos habló, buena madre, ese caballero
embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.

--¡Ah, señor soldado!--dijo la tía _Zarandaja_, más conforme que
antes,--que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le
remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.

--¿Y un milagro es lo que ese señor ha menester?--dijo Cervantes.

--Y tan milagro, que sería más fácil resucitar a un muerto. Pero ya,
señor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la señora doña
Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa
vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda oírnos, que más de lo
que pensáis el secreto importa.

Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y
siguiéndola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y
lóbrego, en el que no entraba más luz que la que venía de un altísimo
patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba,
y allí, sentándose la tía _Zarandaja_ en una estera y Cervantes en un
taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera
desesperada, desde hacía mucho tiempo, a doña Guiomar, y que con ella
quería casarse; pero que ella ni aun de él dejaba verse, porque para que
no la viese se mantenía encerrada en su casa, y no salía sino entre dos
luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en
silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran
cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no había habido medios
bastantes para obligarlos a que a su señora desirviesen, dejándola
arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba
hubiera enviado para apoderarse de ella: añadió la vieja que aquel día
aquel caballero había ido a pedirla noticias de quién fuese el que la
noche anterior había dado música a la hermosa viuda, y si no lo sabía,
que lo averiguase, como asimismo de la causa por qué la Inquisición
había estado, antes de la música, en casa de la viuda, y en vez de
prenderla a ella, había preso al rapista _Viváis-mil-años_; y que ella
le había dicho que no sabía nada, pero que procuraría averiguarlo.

Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la tía _Zarandaja_, y cuando
hubo ésta acabado, la dijo:

--¿Y nada os preguntó ese hombre acerca de mí, que cuando junto a mí
pasó, pareciome que me miraba con recelo?

--Sí que me preguntó, y con encarecimiento,--contestó la tía
_Zarandaja_;--pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me
importa mucho más servir a la buena señora, mi vecina, que al otro.

--¿Y qué os parece, madre, si yo me casara con doña Guiomar?--dijo
Cervantes.

A lo que respondió la vieja:

--Si no os casaseis con ella, o casado seríais, o estaríais dejado de la
mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretáis de
papa, ¿dónde le podríais encontrar mejor? Y que ella está enamorada, y
celosa, y rabiando por que vos la pidáis la mano, no me lo digáis a mí,
que en esto de amores soy yo maestra. Y si doña Guiomar no os quisiere,
y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta
las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que allí me
quemen viva.

--Pues dándome ya por casado con doña Guiomar,--dijo Cervantes,--mirad
si yo os recompensaré bien por lo que ahora me sirváis; antes ha de
faltaros talego, que escudos para llenarle.

--Pues diga vuesa merced, señor soldado,--dijo relumbrándole los ojos la
tía _Zarandaja_.

--Quédese aquí por ahora,--dijo Cervantes,--que yo vendré más tarde y
hablaremos.

Y con esto saliose, y ya más resuelto, fuese a la casa de doña Guiomar,
a la que halló en su retrete con Margarita.




XI

En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.


--Tan a tiempo venís, señor Miguel de Cervantes,--le dijo doña Guiomar
apenas hubo entrado,--que esta señora iba a empezar a relatarme sus
desventuras.

Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, parecía ruborosa y
como con miedo; pero no embargante esto, cuando oyó los pasos de
Cervantes y las palabras que doña Guiomar, con la voz no muy segura, le
había dirigido, alzó la vista y en él la fijó, y de tal manera, que él
se encontró entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes
y enamorados ojos de doña Guiomar, y de otra los más tímidos, aunque no
más castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de
su madre y por la tristísima orfandad en que se veía, no se defendía
del amor que por Cervantes en el alma se le había entrado, y le mostraba
claramente en su mirar ansioso. Reparó en esto doña Guiomar, y
apretósele el corazón, y empezó a nacer en ella la enemistad amarga de
los celos contra Margarita; que a ella le parecía que Cervantes no
miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la
hermosa huérfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las
bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes
ojos mostraba, que era para que doña Guiomar temiese, y mucho, por el
buen suceso de sus amores.

Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que él
creía, y no sin razón, que por más que doña Guiomar hubiese dado
muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzándose
después, sin algún miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el
bodegón de la tía _Zarandaja_, del encendido amor que le tenía, que este
amor era de dificilísimo logro; que podía ser muy bien que, estando aun
en los principios de aquel amor, por grande que él fuese, de los
principios no pasase; antes bien, con la reflexión se amenguase y
desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa,
viene a parecer imposible, y tanto cuanto más imposible se la cree,
tanto más empeño en ella se pone, y tanto más se estima aquello que
puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y
la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para
ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sábelo todo el mundo;
y sabíalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas
del mundo era graduado _in utroque_, como lo muestra claramente la gran
perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado
en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular más los
ansiosos celos de doña Guiomar, miró tiernamente, y como con codicia, a
Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa
voluntad y una afición honesta, que podía muy bien compararse con el
amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho
habían abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto
encendido el volcán de sus amorosas ansias por ella, para que otra
mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni
apagarle.

Sentose entre las dos Cervantes en el canapé; procuró apagar doña
Guiomar con el disimulo el fuego de su celoso cuidado, posó Margarita su
mirada en el suelo, y habiéndola rogado la bellísima, enamorada y celosa
viuda comenzase el cuento de sus desdichas, ella empezó de esta manera:

--Mi nombre es Margarita de Ledesma; el lugar de mi cuna la villa de
Vitigudino, en Castilla, donde tenían alguna hacienda mía honrados
padres. Llamábase él don Diego de Ledesma, y ella doña Isabel Ampuero;
nobles eran, aunque no ricos, y me criaron en la comodidad, el temor de
Dios y el ejemplo de honestísimas costumbres, y crecía yo contenta y
feliz, sin sospechar siquiera que hubiese penas en el mundo.

Venturosos conocía a mis padres, venturosos a los que me rodeaban;
hermoso era cuanto veía, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y
yo no podía creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura,
contento y hermosura. Llegué a mis quince años, y requiriome de amores
el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requirió,
porque aunque él por mí de amores se abrasase, como después pareció,
nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, osó decirme el cuidado en que
por mí se encontraba; ni aun fue él quien a mis padres lo dijo, sino los
suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que así se llamaba este mi
primer enamorado, viendo que cada día estaba más melancólico y más y más
se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por
él que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijéronmelo mis padres, y
yo, que no sabía qué cosa fuese amor, ni necesidad alguna de él sentía,
ni cosa encontraba en Gaspar que a él me llevase, dije a mis padres que
los obedecería, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin
pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo haría,
por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con él concertaron, esperando
que con el trato y comunicación vendría el amor, de que entonces yo no
daba ni aun remota señal. Como yo era niña, tratose que el casamiento no
se haría sino de allí a dos años, cuando yo cumpliese los diez y siete;
y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, según lo que en su carta me
dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a
Sevilla, y de allí partió en una galeota para las Indias Occidentales.
Por algún tiempo yo recibí cartas suyas, que mi madre me leía y yo no
entendía, porque felizmente mi corazón dormía tranquilo sin que le
despertasen amorosos cuidados; pero al año no vino de las Indias carta
de Gaspar, y se esperó en vano que viniese, y tanto tiempo pasó, que se
dio a Gaspar por muerto; y aconteció entonces que, pensando yo que por
mí solamente se había partido a las Indias, y que yo, sin quererlo,
había sido la causa de su desventura, empezó a labrarse en mí por él una
primera afición y congoja; que se me representaba en sueños triste y
enamorado, y tan macilento y pálido, que no parecía sino cosa del otro
mundo. Desasosegueme, y acabé al fin por sentir un amor tan extraño, que
yo no podía darme cuenta de lo que sentía; y acometiome una dolencia
que no entendían los médicos, pero que, harto de prisa iba
desmejorándome y acabándome. Pensaron mis padres que trayéndome entre el
tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraería, y a ella
me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a
divertimientos, adonde concurría la gente más garrida y más noble de
Sevilla. Gastábase en esto mi padre, llevado del entrañable amor que me
tenía, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no
mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran número de
jóvenes y hermosos caballeros, no se me iba a mí de la memoria aquel
pobre Gaspar que por mí a las Indias se había ido, y por mí sin duda
había muerto; y aparecíaseme con mucha más frecuencia en sueños, y más
melancólico, y a cada aparición con más semejanza de un alma en pena.
Así es que los galanteos de los jóvenes señores que me buscaban
enojábanme, y de tal manera mostrábame yo con ellos impía e incapaz de
amores, que acabaron por llamarme la niña de _diamante_: yo tenía en el
alma al sin ventura Gaspar, y él la llenaba de tal manera, que no
quedaba para otra pasión ni aun el lugar más mínimo; yo creía que esto
era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasión que yo no puedo
decir cómo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo
para cualquier otro afecto.

Suspiró Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al
principio de su historia se encontraba. Oídola había atentamente doña
Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasión, la
dijo:

--¿Y Gaspar decís que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga
mía, y que de Castilla era y de Vitigudino?

--Si que así es,--respondió Margarita.

--¿Y sabéis si, por ventura, ese Gaspar tomó bandera en Sevilla para los
tercios de Méjico?

--De Méjico nos escribía,--respondió Margarita;--pero él nunca nos dijo
en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entró callolo, sin
duda por no dar pesadumbre a sus padres.

--Un alférez he conocido yo,--dijo doña Guiomar,--que Gaspar se llamaba,
y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y
apostura.

--¿Llamábase por acaso Gaspar de Valcárcel, señora mía?

--Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin
ventura,--dijo doña Guiomar.

--Pues sin ventura le llamáis,--contestó con la voz triste Margarita,
mirando con sus ojos serenos a doña Guiomar,--noticias debéis tener
seguras de sus desdichas.

--Prendose el señor Gaspar de Valcárcel,--dijo doña Guiomar,--de una
señora, que ni a su amorosa pasión ni a la de nadie podía corresponder
honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada
estaba con un oidor de aquella real chancillería.

Aguzó el oído Cervantes, porque sabía él bien que doña Guiomar era viuda
de un oidor de la real chancillería de Méjico, y no dudó de que doña
Guiomar era aquella por quien el alférez Gaspar de Valcárcel había
olvidado en Méjico los amores que había dejado en España, y disculpole;
porque aunque Margarita era bella como la flor de la qué el nombre
tenía, y niña y pura, comparada con doña Guiomar, era lo que la violeta
comparada con la azucena, o con el sol la luna; y díjose para sí, que a
él, en el coleto del malaventurado alférez, hubiérale acontecido lo
mismo; y disimuló sus imaginaciones, y continuó escuchando atento.

--Pues que vos le conocisteis, señora,--dijo Margarita,--y a la dama que
sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue
causa de que de mí se olvidase, decidme os ruego cuáles fueron sus
aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron.

--Combatido había como bueno contra los indios bravos,--dijo doña
Guiomar,--el señor Gaspar de Valcárcel; merecido había, por tanto, que
el virey le hiciese alférez, y, más aún, que le diese este empleo en los
alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcárcel vino a
residir de asiento en Méjico, y a tratarse con las personas más
calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernán Cortés y joya
de España en las Indias, moraban. Conoció a la dama que os he dicho, y
aunque ella no le diese causa ni razón alguna para que a su honra se
atreviese solicitándola, que el que solicita a una mujer casada, por
serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la
solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la
honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a más
de ser únicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada
en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin
castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un
alguacil de los más agrios de la cámara de su esposo, hombre de puños y
de alientos, y díjole:

--Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a mí, que hacerte quiero una
confianza, esperando que harás lo que te cumple, en agradecimiento a lo
que a tu señor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada
vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alférez de los alabarderos
del virey, que se llama Gaspar de Valcárcel, y que cuando le apretares
los puños, le digas: «Ahí va eso de parte de mi señora.»

Y aconteció, que a la otra mañana encontraron sin sentido en la plaza,
molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si
se va si se viene, al señor Gaspar de Valcárcel, sin que nadie supiese,
ni él lo dijo, quién de tal manera ni por qué causa le había malparado.

Convaleció nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan
escarmentado quedó, que ni osó volver a poner sus ojos en aquella dama,
ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que había
sufrido.

--Tan al por menor estáis, señora mía,--dijo a este punto
Margarita,--que no es dable que no seáis vos aquella dama, que con tanta
justicia mandó castigar al ciego y enloquecido, más bien que culpable,
enamorado mío. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien
se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco.

--Yo soy en efecto,--dijo doña Guiomar,--y dígoos a lo de la disculpa
que en el que fue vuestro enamorado encontráis, que no la merecía; que
no una locura de amor le llevó a punto de ofenderme, sino un apetito
desordenado y asqueroso; y no pasión tuvo por mí, sino empeño tenaz por
el que olvidó hasta el último vislumbre de su honra; que no atreviéndose
a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y más grave castigo,
tiró a vengarse, y como no tenía de qué, porque la justicia que se sufre
no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando
contra mí inauditas calumnias, que por fortuna mía acabaron donde
empezaron. Y aquí, para que sepáis lo que sucedió, empieza esta
historia, que es la prosecución de la que yo os he contado ya, señor
Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engañado mi padre por la
traición que a mi madre hacía su doncella Lisarda haciendo creer a don
Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una
doncella suya, tenía amores, mi padre, llamado por un su pariente,
acudió a sorprender, engañado, a la que creía su esposa adúltera.
Dejamos mi relato, señor Miguel de Cervantes, en el lugar en que,
habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por él don Baltasar de
Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase,
metiéronse por él espada en mano mi padre y su primo Francisco de
Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido.

Y como este pariente mío llegó a ser, andando el tiempo, mi marido, lo
sabréis cuando llegue la hora. Decía yo que por el postigo, aun
entreabierto, entráronse empujándole, y espada en mano, mi padre y su
primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta
abrió una linterna que a prevención llevaba, y encontráronse con que,
hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del
postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a
aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose
Lisarda a los pies de mi padre y confesó su delito, pidiéndole con
lágrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la había
cogido por don Baltasar de Peralta, al engaño la había llevado de
hacerle creer, recibiéndole siempre a oscuras, que no era ella, sino su
señora quien le recibía. A lo cual, ciego de furor mi padre, contestó
atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volviéndose luego
a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le había, aunque no hubiese
sido sino engañándose, con él cerró, y a poco cayó mi padre sin vida,
que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba.
Huyó espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente
Francisco Rivalta salió tras él, siguiéndole sañudo y loco, y sin poder
alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el
alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdió en las oscuras y
revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del
lugar de la tragedia, y vino sobre sí, y pensó en lo que le acontecía, y
vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse
hallado en el lance, le prenderían, y prendiéndole le impedirían el
tomar venganza y justicia, como el quería tomarla por su mano, de don
Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella
recatadamente, como había salido con mi padre, por un postigo. Y
sucedió, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevenía, mi madre me
daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de
las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron sólo
hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo
abierto, por donde claramente, a lo que parecía, el autor o los autores
de aquellas muertes habían escapado.

Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impío
decirla recién parida que se había quedado viuda y con aquellas
apariencias; el mundo no juzga más allá de lo que se ve en la
superficie, y todos echaron a la peor parte lo que había acontecido, y
díjose, porque así lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura
de Lisarda, secretamente se había venido de Nápoles, y con Lisarda se
veía en secreto, y que tal vez algún otro enamorado, celoso de Lisarda,
las dos muertes había hecho.

Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la
verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza
quería tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guardó el secreto.
Buscó la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallándolos, y
mediando los ruegos y las dádivas de Francisco de Rivalta, se echó
tierra sobre los muertos, y con ellos se enterró para mi madre el
secreto de la muerte de su esposo, a quien en Nápoles creía. Pero no
recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribió anunciándole
mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese,
puesta en un angustiosísimo cuidado, escribió al mayor de los tercios de
Nápoles pidiéndole noticias de su esposo. Entretúvola aquel caritativo
caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no
pudiendo más defenderse, lo que él en verdad sabía, esto es, que mi
padre había pedido licencia y partido para España, sin que hubiese
vuelto a saberse lo que de él había sido. Y como Lisarda hubiese
desaparecido también, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su
esposo, por ella secretamente a Sevilla había venido, llevádosela, y con
ella desaparecido. Callábase todavía Francisco de Rivalta, porque tenía,
y con razón, por más cruel para mi madre la verdad que la duda; y
asistíala, que adolecido había mi madre gravísimamente de tristeza, y
agravábase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable
dolor de su desventura. Desaparecido había también don Baltasar de
Peralta, como gota de agua que cayó en la mar, y Francisco de Rivalta no
le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al
fin halló el remedio a su desventura en la muerte.

Detúvose al llegar aquí doña Guiomar; el corazón se la había oprimido,
y las lágrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos
ojos.

Oídola había Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una
melancólica pena Margarita. Desahogó con sus lágrimas el dolor de
aquellos sus tristísimos recuerdos doña Guiomar, y enjugándose los ojos,
continuó con voz desfallecida.

--Huérfana quedé cuando aún no contaba un año, con mucha hacienda y
mucha nobleza; pero sola y sin más arrimo que aquel mi lejano pariente,
que fue después el buen esposo mío. Un labrador que tenía en
arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su
cargo tomome; y libre ya del cuidado mío, mi pariente, Francisco de
Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saña, al causador de
tanta desdicha. Era él joven aún, graduado en letras humanas, en leyes y
en sagrada teología y cánones, y como he dicho, alcalde del crimen en
Sevilla. Por mí a su vara renunció, que pareciole cosa imposible atender
a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre
mío, en que mi orfandad le había puesto. Atrasose en su carrera por
buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre él, en el nombre
de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andúvose tres años,
gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre,
vislumbrándole a veces, sin encontrarle nunca, y perdiéndole de nuevo
cuando más esperanza tenía de ponerse a una distancia de él del largo de
las espadas. Pero Dios no quería que aquel irreconciliable enemigo de mi
familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le
castigaseis vos, señor Miguel de Cervantes.

--Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy
agradecido,--dijo Cervantes;--y justo es que una tan grande hermosura
como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se
hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dígoos,
que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano
momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hércules o a los
peligros de la encantada Puente Mantible, que si así fuera, mayor sería
mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y poniéndola
en cuestión con lo imposible, más estimaríais y a mayor amor por mí os
llevaría, el encendido amor que os tengo.

--No creo yo que sea posible ir más allá de donde, no sé si por mi
ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no
extrañéis que esto delante de esta doncella aquí presente os diga, que
ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de
amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la
honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no
pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos
más de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de
Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don
Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de él había logrado, volviose
a su casa de Sevilla, y encomendó a la Providencia de Dios el castigo de
nuestro contrario; y pasó él tiempo cuidando él mi hacienda, y yo
criándome, y habiendo yo cumplido seis años y él treinta, vínose al
pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me habían
criado, y púsome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tías,
hermanas de mi padre, que allí eran señoras de piso. Vendió la hacienda
que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos
años, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillería de
Valladolid, y por último nombráronle presidente de sala de la real
chancillería de Méjico. Larga era la distancia a que de mi iba a
ponerse, y o renunciaba el honorífico y encumbrado oficio que se le
había dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Había
yo cumplido ya mis diez y ocho años, y enseñádome habían las buenas
madres todo lo que enseñarme podían.

Mis dos ancianas tías habían muerto la una tras la otra. A tomar el velo
habíase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfección de
la vida monástica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento
había, que aunque decían que el mundo estaba gobernado por Satanás, y
que en él la perdición acechaba a las criaturas, decíame a mí la luz
natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivían en el mundo,
no debían ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se había
acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decían, metíanme
más en apetito de conocerle.

En fin, que yo no tenía vocación para la clausura, y así lo dije a mi
buen padre y pariente cuando me preguntó sobre ello. Visto por él lo
cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el
monasterio estaba de ojos, luego de él sacome y llevome a una casa
noblemente alhajada, en que para servirme había una respetable dueña, o
más bien aya, señora viuda, de grande virtud, honestidad y
entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de
mano, todo como había de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la
clara nobleza de mi linaje; y él, para evitar murmuraciones, fuese a
otra casa, y no me veía más que al día breves momentos, y aun así,
tratándome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan
avarienta mirándome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no
entendía de amores, por barrunto conocí que él de mí estaba enamorado, y
que por su edad y sus achaques, que le hacían parecer más viejo que lo
que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se
atrevía; muy por el contrario, mandaba a doña Agueda me llevase a
cuantos divertimientos podía yo concurrir honestamente, y en esto veía
yo que él buscaba que, conociendo el mundo y tratándome con él, de algún
caballero que de mí fuese digno me enamorase, para con él casarme. Pero
era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escribían versos, y
me daban música, y por mí con otros se enemistaban y reñían, haciendo de
mi calle palenque nocturno, donde más de alguno dejó entre rabiosas y
celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quería agradarme,
y no había rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese;
visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el
cariñoso modo de mi trato con él, que a pesar de sus años y sus
dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi
recato, propúsome un día, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar
la muerte en su propio atrevimiento, si quería con él casarme.

Díjele que sí, sin saber lo que me decía, que era yo tan inocente como
cuando entré en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y
regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convenía; y antes de que el
festín de las bodas se terminase, díjome mi aya doña Agueda no sé
cuántas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la
fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo
otras cosas que tampoco entendí; y rodeada de las doncellas, de honor,
lleváronme a lo que mi madrina llamaba el tálamo, y que yo no sabía qué
cosa fuese, y metiéronme en una habitación o cámara lujosamente ornada,
en la que había un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con
flores, y allí me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aquí que
entró mi esposo pálido y convulso, y alentando apenas, y a mí se vino a
abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrás tres pasos, y espanteme y
extendí hacia él los brazos, como para impedir que me tocase.

--¿Pues qué, señora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmóvil y
como si le hubiese herido un rayo,--no sabéis que sois mi esposa y que
ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno?

Siguiose a esto una conversación, por la que el desdichado don Francisco
de Rivalta vino a convencerse de que yo con él sin amor me había casado,
y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino
que, dando un profundo suspiro, me dijo:

--Siéntolo, porque si mañana os prendareis de alguno, amarle no podréis,
sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo
juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os
conociere, con mi muerte os dejaré libre, para que podáis ser dichosa.
Entre tanto, por padre tenedme.

Y sin decir más, saliose, pálido como un muerto, y preñados de lágrimas
los ojos, sin que yo llegase a comprender todavía la causa de aquello,
que era para mí lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra
cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene.

Llevome mi esposo a Méjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le
llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus
asuntos propios en España habíanle concedido. Gente es la de Méjico rica
y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si
don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casándose
conmigo, había dado, abierto había nuestra casa a los saraos y a los
festines, y no parecía sino que para convidarlos a ellos buscaba a los
caballeros más jóvenes, y más galanes, y más ricos; y de tentaciones me
rodeaba, sin apartar de mí la vista, y aguzando la experiencia que le
habían dado sus largos años de judicatura, todo por ver si yo a alguno
me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amándome, por su amor
venturosa hacerme. Perdido había yo, en fuerza de las solicitudes y
galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera
inocencia, o más bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conocía harto
bien el grande sacrificio en que por amor mío mi buen esposo se
empeñaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de él,
que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que
cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde
se le busque; que él viene cuando menos se le espera y en el alma se nos
entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos
buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueño de
nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del
cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma
Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra.

Suspiró doña Guiomar, partiósele de los ojos, aunque involuntariamente,
una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego
abrasó el corazón de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la
bellísima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo
que sentía la vedara el uso de la palabra.

No menos confusa y turbada parecía Margarita, y agitábasela el seno,
como si una potente fuerza dentro de él se hubiera conmovido inquieta.
Conocíase adorado Cervantes por la hermosísima doña Guiomar y por la
bellísima Margarita amado, y dolíale, y no sabía qué hacerse, y
acometíanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban;
porque si bien él era mozo galanteador que no reparaba en
inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no había
dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y
encontrábase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y
homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y
dulce y enamorada, parecíale doña Guiomar una divinidad; y no había
lugar a que dudase; que tratándose de que perdiese su libertad bajo el
yugo, tal vez durísimo, del himeneo, doña Guiomar era sin contradicción
y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como él no pudiera
partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que
por Margarita sentía, o había de tenerla por amiga, cosa que los
hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que
tratándose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como
Margarita, infamia hubiera sido, prevaleciéndose de sus inocentes amores
y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca
valía, en malos pañales criada y a todo puesta; así es que Cervantes no
sabía qué hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban
harto claros, no aceptaba, heríala a un tiempo en su vanidad y en su
amor, y aceptándolos la perdía y a doña Guiomar ofendía, y él mismo se
ofendía en sí mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin
exponerse a caer en los despeñaderos que en él se encuentran, y tanto
más, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en
ellos, atrás no podemos volvernos y nuestra perdición es segura, y quien
en el peligro se mete conociéndole, las desventuras que le sobrevengan
merece. Conocíalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en
ello aparecía confuso y turbado, tanto casi como las dos de él
enamoradas doncellas. Al fin doña Guiomar, rompiendo su silencio,
continuó de esta suerte:

--Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi
esposo, si no con el amor de mi alma, dándole la posesión de esta mi
persona que tan hermosa le parecía, y, aunque procurelo, ser no pudo,
que él tenía mucha experiencia y mi intento conocía, y que aquello por
lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino
compasión y agradecimiento; y evitolo, y sufrió su martirio en silencio,
y como estaba achacoso y más viejo que por sus años debía serlo,
agraváronse sus dolencias y con él al fin acabaron; que murió el
desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo
pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para
comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los
grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habíala hecho, y
buena: ¿pero qué era su hacienda comparada con la opulenta hacienda mía?
¿ni de qué podía servirme más que de amargura, siendo así que la tenía
por su muerte?

Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas
cubrió la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mío,
pareció que de otra fosa ignorada salía, para poner en mi corazón ira y
espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conocía más
que por la relación que de él me había hecho mi esposo; digo que apenas,
después de los primeros meses del luto, a la calle salí, y en mi casa
empecé a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido,
hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese
ignorado que yo ignoraba su nombre, conociéndole por el mortal enemigo
de mi familia, el capitán don Baltasar de Peralta. Perturbeme al oír su
nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando
todos se fueron y con él me quedé sola, que él de intento para procurar
la ocasión se había hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a
todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de mí se decían,
y que Gaspar de Valcárcel, alférez de alabarderos del virey, había
propalado), túvoseme por liviana muy más que antes, y por mujer que,
olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada
reparaba ni se detenía, y que no era ya el alférez Valcárcel el único y
sólo favorecido por mí, sino que también de mis favores gozaba el
capitán don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitán de los
alabarderos del virey, de España para sucederle había ido.

Nadie pudo oír lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don
Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con él me vi a solas;
que después de manifestarle que al oír su nombre le había conocido como
el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazándole con mi
venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como
hubiera podido sonreírse un demonio, y díjome saliendo de mi estrado:

--¡Vive Dios, que o habéis de ser mía, o tanto haré, que habéis de soñar
conmigo como si soñarais con el diablo!

Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías de las
doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y
esperaba a los señores, doña Guiomar dijo:

--Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los negros sucesos
de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y
déjese la prosecución para después de la siesta, que en el jardín nos
juntaremos.

Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella, Margarita y
Cervantes a comer con ella se fueron.




XII

De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda
batalla los celos.


Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla
de oro y plata, que no la mesa de una dama particular parecía, sino la
del opulento Lúculo.

Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados, doña Agueda,
ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su capellán, docto licenciado,
ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa
bendijo, después de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los
aguamaniles, empezó la comida, tan variada y tan suculenta, que más que
comida ordinaria, banquete de Estado parecía.

Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana,
y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solícitos y
diestros, y seis u ocho en número, las viandas servían, yendo sin cesar
de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.

Duró la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de
haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo
cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los
pensamientos que le combatían, aunque en el semblante sus efectos
disimulase; y disimulaba doña Guiomar, pero mostrábase taciturna; y en
cuanto a Margarita, no podía pasar bocado, porque su triste madre se la
representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recién
enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre había
abandonado se la ponía en comparación con aquella ostentosísima sala,
ennoblecida por tablas y lienzos de los más estimados pintores
sevillanos, y con aquella riquísima mesa, cargada de oro y plata, de
flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecían
los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la
Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros.
Amargábala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no
mostrarse desagradecida, fuerza se hacía para comer, y comiendo se
martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo
necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre,
las lágrimas se la subían a los ojos, y el mayor tormento que sufría era
contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cuánto la aventajaba en
hermosura y riqueza doña Guiomar, y que ni aún esperar por soñación la
era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre
ella y doña Guiomar.

Entretuvo como pudo la conversación el capellán con las noticias que por
Sevilla corrían, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la
liga del rey Católico con los venecianos para su guerra contra el Gran
Turco.

Terciado había en la conversación Cervantes, y puesto en cuidado a sus
dos enamoradas, porque decir le oyeron que él sentía mucho que su
compañía de infantería no era de las que habían de embarcarse para ir
contra el Turco, sino que se embarcaría para Nápoles; y temían que,
según encarecía su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin
no se pasase a una de las compañías que muy presto habían de embarcarse
en las galeras que debían zarpar para Mesina.

La comida, de suyo triste, más triste se hizo para ellas con la noticia
de que, si no contra el Turco, para Nápoles había de embarcarse
Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, fuéronse todos a dormir
la siesta, que así era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos
enamoradas no pudiesen conciliar el sueño, combatidos como estaban por
sus graves, celosos y tristes pensamientos.

Pero cuando sonaron las Ave-Marías de las tres, levantáronse todos,
aliñáronse, y habiendo avisado doña Guiomar que los esperaba en un
sombroso cenador del jardín, allá se fueron, y a doña Guiomar
encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas
enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador
cerraban, dejándole en aquella hora, que era la del gran calor, en una
media luz y con tal frescura, que allí no se conocía que fuese verano y
en el punto más caloroso.

Servida había en una mesa una limonada para el refresco, y tomádole que
hubieron, Cervantes y Margarita pusiéronse el uno a un lado y el otro al
otro de doña Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lánguida,
continuó su relación de esta manera.




XIII

En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar
tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.


--Decía yo,--dijo doña Guiomar--cuando la hora del comer llegando,
suspendió mi historia, que el capitán don Baltasar de Peralta,
apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que
murió mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeño, y una al
parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de
mi casa con la prohibición de no volver a ella; y aquí empieza la
tragedia del alférez Gaspar de Valcárcel, que desesperado y codicioso
don Baltasar de mostrarme cuánto me amaba y cuánto por mi honra miraba,
aunque él hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Méjico,
hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcárcel, que no lo
necesitaba mucho, para que contra mí la viperina lengua soltase, ya
trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en
hacerme su mujer, por aquello de que quien porfía consigue, y de que no
hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y doliéndole que de
la qué, según él creía, había de ser su mujer se dijesen cosas bajas,
deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un día que encontró a Gaspar
de Valcárcel entre otros caballeros extremando contra mí sus calumnias,
díjole:

--Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se
atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una señora,
puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los
labios por donde se manifiestan queman; y señal de buen estómago,
aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego
le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado
tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no
se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las
arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es
ficción traidora, villanía intencionada, puñalada dada a traición,
ponzoña administrada a trasmano, como es todo lo que vos decís, alférez,
de esa señora, (para hablar, de la qué debíais bañaros la boca con agua
rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no
difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor
y asesino cobarde, que por la espalda en el corazón hiere a quien
debiera honrar y reverenciar; y adviértoos que a lo que digo no admito
réplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales
nunca oídas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el
veneno asqueroso que de vuestra boca mana.--A lo cual no contestó el
alférez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que
tales cosas no podían decírsele a él, no ya públicamente, sino que ni
aun en secreto, sin que él cortase, quemase la lengua y arrancase el
corazón al que a tanto se había atrevido. Y con esto, aquella noche el
alférez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado
se fueron, y allí don Baltasar, con más fortuna, o más valor, o más
destreza que Valcárcel, matole, dándole a los primeros embites de la
pelea una estocada tal, que el corazón partiole; y el mísero a quien su
mala lengua, o más bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeño
que don Baltasar, había matado, no pudo ni aun decir ¡Dios me valga!

Contomelo al otro día uno que de todo había sido testigo, o por
servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese
cuánto por mí había hecho, y en qué trance por mi honra se había puesto.
Ya sabéis, pues, doña Margarita, a qué mal fin llegó, por sus malos
pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queréis, podéis
continuar vuestra historia, que yo no interrumpí sino para deciros lo
que del alférez Valcárcel había sido.

--Ignoraba yo,--dijo Margarita,--que tal fuese el hombre con quien mis
padres mi casamiento trataron, y al que no sé si amé; porque ahora
conozco que el amor es muy distinto de lo que yo había creído. Y como al
decir estas palabras, por más que quisiese disimularlo, se la fuesen los
dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doña
Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel
mismo punto nació en ella contra Margarita.

Disimuló, no obstante, y dijo:

--Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla,
que ya veis con cuánta atención y buen deseo os escuchamos.

--No ha de ser sin que vos acabéis vuestro relato,--señora,--dijo
Margarita, que lo que del mío queda, aunque sea bien doloroso, es harto
breve.

--Pues no falta gran cosa a mi historia,--dijo doña Guiomar,--y sigo en
ella por complaceros y porque se acabe la porfía. Y habéis de saber que
matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me
favoreció por esto, sino que a peor punto llevó mi fama; que todos
dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar había
cegado de amores por mí, propuéstose había casarse conmigo, y pretendido
atajar una maledicencia, que cuando él fuese mi esposo había de
alcanzarle; y si antes era el difunto Valcárcel el solo que contra mí
vomitaba maledicencias, una vez él muerto, avivado el incendio de la
calumnia por el móvil de la envidia, dieron en decir de mí tales cosas a
propósito de las músicas y de las rondaduras con que don Baltasar me
afligía, que ya abandonada en Méjico de todos, que de mí huían como si
hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido
infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi
marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata
labrada que en nuestra casa había, embarqueme para España y llegue a
Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la
casa de la Contratación las barras de oro y plata que de las Indias
truje, y al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que
casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la
memoria de mi marido correspondía; y no siempre en el mesón de la Cabeza
del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una
granja que de mis padres era; y así se han pasado bien dos años, y
hubiérame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo,
lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi
retiro por el eterno enemigo de mi familia y mío, de tales asechanzas me
vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis
criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don
Baltasar de juntar un ejército de salteadores, y combatir la granja y
robarme, cosa que en Sevilla no es fácil, donde hay tanta gente de
guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus
buenos vasallos. Víneme, pues, otra vez al mesón de la Cabeza del Rey
don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mandé buscar, y hallaron esta,
y visítela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella
víneme, harto ajena de creer que duende en la casa había, y que por ello
la Inquisición había de visitarme, y aparecérseme duende que me
perturbara y me pusiera en ocasión en que yo hasta ahora no me he visto,
ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dejó el
familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de mí
hubiera podido ser.

Y como al acabar su relato doña Guiomar sacara del hermosísimo seno la
medalla que la noche anterior la había dado el señor Ginés de Sepúlveda,
sintió Cervantes un no sé qué de desabrimiento y de celosa rabia, que
hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le
salieran los indicios; que antojósele (antojo ocioso y aun calumnioso
de enamorado) que doña Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que
no inmaculada doncella, como él había creído, sino que se agradaba de
parecer tan rara en lo tocante a la condición en que se hallaba, como
era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se había
dicho en Méjico, y que había costado la vida al alférez Gaspar de
Valcárcel, y que ella no había tenido empacho en referir, no era sino
muy cierto; y que tal vez en él no buscaba marido amante, sino marido
pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los
abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y
el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.

Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tenía el alma noble,
porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que
villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que
sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados
recelos los lleva.

Inocente había sido en contar con tal lisura su historia doña Guiomar, y
claras muestras había dado de no conocer el mundo; que el calumniado que
de la calumnia de que es víctima habla, es uno más que a la calumnia que
le sacrifica ayuda. Y esperárase a lo menos doña Guiomar a que, por ser
mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera
castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera
contarle lo qué, no habiendo llegado a aquellos términos, era ocasionado
a los recelos, que como no podía menos de ser, a nuestro Miguel, que era
hombre de una grande experiencia, acometieron.

Imprudente había sido doña Guiomar confiando en su inocencia, y más aún
en el amor de su soldado; y si hubiera su corazón visto cuando ella sacó
de su seno la medalla del señor Ginés de Sepúlveda, arrepentídose
hubiera de su imprudencia; que Cervantes creyó, que si el familiar no la
había preso, a causa había sido de algún inapreciable favor con que la
rectitud del enviado de la Inquisición doña Guiomar había torcido; y no
tuvo la medalla que de su hermosísimo seno doña Guiomar había sacado,
sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no
había sido otra la intención de doña Guiomar que la de espantar a
Margarita, a la que una vez recibida no se atrevía a echar a la calle,
para que ella de su _motu proprio_ se fuese, atemorizada al saber que la
casa tenía duende, y que para defenderse del mal era necesaria una
medalla de la Santa Inquisición, que ella no tenía. Celosa andaba doña
Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atraído por aquellos dos
opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque más cerca de
doña Guiomar, no muy distante de Margarita, había mirado más de una vez
a esta con encendido ahínco, y hartas señales había dado Margarita,
aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se había encendido en su
pecho; todo lo cual había nublado y ennegrecido los inquietos espíritus
de doña Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes había hablado
y había sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad,
se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en el
cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y
arrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:

--Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que
estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a más que es
descortesía.

--Pues, señora,--dijo Florela,--ahí está, y por vos pide, aquel señor
familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad
de hablaros.

--Pues que allá voy dile,--respondió doña Guiomar.

Y como Florela se fuese, continuó:

--Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a
espera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si os dejo para ir a
ver lo que la Inquisición de mí quiere.

Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de sobresalto, del
cenador saliose llena de celosos cuidados

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