La transformación de las razas en América
by Agustín Alvarez · Spanish · Gutenberg #26947 · 296,777 chars · public domain (US)
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Title: La transformación de las razas en América
Author: Agustín Alvarez
Commentator: Arturo E. de la Mota
Release date: October 18, 2008 [eBook #26947]
Language: Spanish
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"LA CULTURA ARGENTINA"
AGUSTÍN ÁLVAREZ
LA TRANSFORMACIÓN DE LAS RAZAS EN AMÉRICA
Con una introducción de
ARTURO E. DE LA MOTA
ADMINISTRACIÓN GENERAL:
CASA VACCARO, Av. de Mayo 638--Buenos Airas
1918
ÍNDICE
Agustín Álvarez
Advertencia de la presente edición
Introducción
La evolución del espíritu humano
La madre de los borregos
El mensaje de la esfinge
La palabra de dios
El criador y sus criaturas
El alfarero y los cantaros
La fe y la razon
El pasado y el presente
La escuela religiosa
La revelación y la evolución
Las últimas auroras
El pasado y el futuro
Dios medioeval y dios moderno
La sociedad presente y la futura
El porvenir
Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa
La vida y el bienestar
La vida y la salud (el costo de las velas)
La religión y la ciencia
Instituciones libres
Instituciones libres
Evolución intelectual de las sociedades
Sumario:
La barbarie.
--Cómo se realiza el progreso.
--Las civilizaciones antiguas.
--Las civilizaciones medioevales.
--La civilización moderna.
--Evolución de la moral.
El diablo en América
AGUSTÍN ÁLVAREZ
Nació en la ciudad de Mendoza el 15 de Julio de 1857. Huérfano desde la
primera edad, fue un "self made man"; si llegó a conquistar fama y
rango, no fue tan sólo por su talento original y su vasta ilustración,
sino también por sus ejemplares virtudes públicas y privadas.
Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de Mendoza; allí
encabezó una revuelta estudiantil para obtener reformas de la enseñanza
y cambios en las autoridades docentes. En 1876 se trasladó a Buenos
Aires, ingresando al Colegio Militar; en 1883 emprendió estudios
universitarios, graduándose en Derecho en 1888. Fue Juez en lo civil, en
Mendoza (1889-1890) y Diputado por esa provincia al Congreso Nacional
(1892-1896). Su doble competencia militar y forense lo llevó al cargo de
vocal letrado del Consejo Supremo de Guerra y Marina (1896-1906).
Durante los últimos quince años de su vida fue un apóstol de la
educación científica y moral, ocupando cátedras en las Universidades de
Buenos Aires y La Plata; de ésta última fue vicepresidente fundador y
canciller vitalicio.
Su carrera de escritor, iniciada en la prensa, en 1882, le llevó a
especializarse en estudios de educación, sociología y moral. Son sus
obras principales: "South América" (1894), "Manual de Patología
Política" (1899), "Educación Moral" (1901), "¿Adonde vamos?" (1904), "La
transformación de las razas en América" (1908), "Historia de las
Instituciones Libres" (1909), "La Creación del Mundo Moral" (1912), y
numerosos folletos y escritos sobre los problemas políticos,
sociológicos y éticos que constituyeron la constante preocupación de su
edad madura.
La democracia en lo político, el liberalismo en lo moral, el laicismo en
lo pedagógico y la justicia en lo social, fueron los cimientos
cardinales de su vasta obra de apóstol y de pensador, orientada en el
sentido educacional de Sarmiento y eticista de Emerson.
Su virtud y su sencillez fueron tan grandes como su consagración al
estudio y a la enseñanza; fue, siempre, un varón justo.
Falleció en Mar del Plata el 15 de Febrero de 1914.
ADVERTENCIA DE LA PRESENTE EDICIÓN
El libro editado en 1908 con el título _La transformación de las razas
en América_ constaba de 33 títulos. Los primeros 14 forman parte de la
conferencia titulada _La Evolución del espíritu humano_; los 19
restantes están incluidos en el volumen _¿A dónde vamos?_
En la presente edición se conservan los primeros 14, con su título de
conjunto y se agregan los trabajos similares: _Las ideas capitales de la
civilización en el momento que pasa_, _Instituciones libres_, _Evolución
intelectual de las sociedades_ y _El diablo en América_.
INTRODUCCIÓN
"En la América del Norte se aprendió a trabajar y a gobernar; en la
América del Sur se aprendió a rezar y obedecer".--"La herencia
moral de los pueblos hispanoamericanos". (Rev. de Filosofía, año 1,
N.º 3). _Agustín Álvarez_.
I.--ÁLVAREZ Y LA HORA ACTUAL
Nunca será más oportuno e interesante estudiar a Agustín Álvarez que en
la hora actual, tanto por lo que el hombre, la vida y su obra comportan
de halagüeño y significativo como para enfrentarlo con la incertidumbre
y regresión del momento. Vientos de reacción soplan por todas partes;
luctuosos tiempos los que corren y más luctuosos, acaso, los que se
avecinan. Reacción criollista y religiosa a la vez. El pasado bárbaro
vuelve a la escena con sus violencias primarias, su "culto nacional del
coraje". El dogma pujando por ahogar la libertad y el libre examen. El
amo esforzándose por anular la crítica y la fiscalización. En suma, las
dos fórmulas fatales: reacción política y reacción religiosa. Estado
social peligroso, formas funestas a los pueblos nuevos que han menester
savia joven e ideales nuevos.
Y no es alarmismo de pesimista el nuestro: miramos los fenómenos
sociales objetivamente, poniendo sordina a la pasión y al entusiasmo.
Según la afirmación de un escritor humorista, hábil juglar de paradojas,
"todo se había mestizado en el país: el comercio, el trabajo, la
agricultura, las vacas, los caballos, los carneros; lo único que se
mantenía criollo puro era la política. Y es lo único que no anda
bien"[1]. Acaso la única verdad de todo un libro. Esa es la política que
persiste, que triunfa; puramente empírica y sentimental, personalista.
Ni económica, ni social, ni científica. De palabras sonoras, de gestos
teatrales, de declamaciones histriónicas, sin una idea económica, sin
principio filosófico o propósito social que la determine. Es la vieja
política que vuelve--o más bien, que continúa--a pesar del cambio de
unos hombres por otros, y de las declamaciones prosopopéyicas de los
palaciegos en el Capitolio: es decir, la política de Tartufo, que ya
encontrara aquí _Luz del Día_ en su peregrinación por América, cuando,
cansada de vivir en Europa, hizo su viaje de incógnito por estas tierras
según la sabrosa creación alberdiana. Es que el señor Tartufo es un
viejo conocido nuestro. Para Alberdi era un personaje familiar. Miral
cómo retrata al tipo ideal de su mandatario, con condiciones también
ideales: "Debe tener en apariencia--dice--todas las aptitudes del
mando, pero en realidad debe carecer de todas, porque si una sola le
acompaña, eso será lo bastante para que nunca llegue al poder; con el
exterior de un gobernante nato, debe ser más gobernable que un esclavo;
debe ser un timón con el aire de un timonero; una máquina con figura de
maquinista, un carnero con piel de león, un conejo con el cuero de una
hiena, un bribón consumado con el aire grave del honor hecho hombre.
Debe ser un mentiroso de nacimiento y al mismo tiempo el flajelo de los
mentirosos para darse el aire de odiar a la mentira. El carácter es un
escollo y el vicio de decir la verdad es otro. El que ama el poder y
aspira tenerlo, debe dejarse mutilar la mano antes que abrirla, si está
llena de verdades: verdad y poder son antítesis. Debe tener el talento
de ocultar la verdad por la palabra y la prensa. La frase gobierna al
mundo a condición de ser vacía, porque la frase, como la tambora, hace
más ruido a medida que es más hueca"[2].
Esta página admirable del eminente hombre público parece escrita para
nuestra época. La tierra fantástica de su _Quijotania_, que no es sino
ésta que nosotras conocemos, fue siempre y sigue siendo aún, propicia a
los tartufos que hasta se han puesto del lado del pueblo soberano...
"Ilusos o criminales--dice un respetable escritor--gracos o dulcamaras,
su brillante fraseología sólo sirve para engañar a los crédulos y
arrastrarlos a la perdición. ¡Qué cuadro doloroso el de estas naciones
corroídas en que una fachada opulenta esconde un edificio en ruinas y en
que el aparato de la civilización sólo sirve de máscara a la decrepitud
y los vicios de la decadencia!"[3].
La regresión de esta hora histórica es innegable. Es un estado de plena
patología política. Hechos hay a granel que abonan la seriedad de este
aserto; bastará auscultar serenamente el ambiente social para
percibirlo. Es "el tinglado de la antigua farsa" que dijera Benavente.
Mas no es caso de lamentarse ni temblar: recojamos el ánimo y vayamos
hacia Agustín Álvarez. Estudiémoslo y meditemos su obra de múltiples
proyecciones sociales, fecunda y sobria en enseñanzas, que, en la recia
urdimbre de su pensamiento, robusteceremos nuestro espíritu, en su vida
austera hallaremos un modelo que imitar y en la cosecha del sembrador
encontraremos la buena semilla--todavía infecunda--para esparcirla a
todos los vientos, en la seguridad de que contribuiremos al mejoramiento
moral, social y político de este pedazo de suelo en que nos toca actuar
y vivir.
II.--EL HOMBRE Y LA OBRA
Por mi parte tengo que confesar con rubor no haber conocido a Álvarez,
sino algo después de los veinte años, vale decir, en su obra de
pensador, de moralista, de sociólogo, de educador, que lo fue en el más
alto concepto del vocablo. Su vasta, compleja e inusitada labor
esparcida en numerosos volúmenes, de filosofía, de educación, de
política y de sociología, escritos con ese sello tan característico, tan
suyo, que lo hace inconfundible entre mil.
No he conocido antes a Álvarez. Por otra parte no estoy seguro de que
hubiera comprendido en toda su intensidad e intención el valor de sus
escritos y obras, en la primera juventud en que gustamos más de la frase
que suena, de la cláusula armónica al oído, que de su contenido o
sustancia. Y no es mía la culpa; en mi lejana ciudad natal el maestro
era un desconocido y seguirá siéndolo quién sabe por cuanto tiempo. Allí
donde, según el decir suyo, tan exacto como mortificante, se gasta más
sebo y cera para fabricar velas que jabón para la higiene, claro está
que Álvarez y sus ideas no podían llegar sino de contrabando. El medio
es francamente hostil a ellas. Se lo ignora como se lo ignora a
Ameghino: sólo se los conoce de nombre. Apenas si Darwin y Comte tienen
uno que otro discípulo infiel. ¿Y cómo iba a escucharse la voz del
maestro laico, del filósofo de la libertad, del crítico agudo y mordaz
de nuestra patología política y social si aquellas sociedades
provincianas son un exponente del pasado hispano-colonial con todos sus
prejuicios y rutinas? ¿Podría oírse la voz de Álvarez, su crítica recia
y fuerte a todos los dogmas religiosos donde el espíritu manso y
serenamente episcopal del padre Esquiú preside la vida de las gentes
todavía con sus sermones en olor de santidad?
No podía percibirse, pues, su pensamiento entre el ruido ensordecedor de
las campanas echadas a vuelo diariamente, para mejor gloria del Señor,
el canto de los beaterios y la mendicante pobreza mental del pueblo.
Compréndese fácilmente que en los pueblos de provincias, donde el
fanatismo toma formas tan raras y en donde, pudiéramos afirmar sin
exageración, sólo se aprende a rezar y a despreciar el trabajo manual,
un pensador de su estirpe y de la fuerte contextura de su crítica fuese
sistemáticamente excluido. Así este virtuoso del pensamiento es casi un
extraño; sólo comienza hoy a conocérselo. Por otra parte, la prensa
gaucha y mercachifle, que tiene para el tartufo el aplauso suelto y
fácil, tuvo para él su silencio de guerra. Y se comprende bien.
El político criollo no podía ir a buscar a sus obras una frase
pertinente para ornamentar su discurso con la cita indispensable, porque
él lo tenía catalogado en un "Manual de patología". El abogado, más o
menos leguleyo y enredista, el procurador ave negra, en fin, la serie
interminable de los que cayeron bajo la agudeza mortificante de su pluma
y toda esa legión enorme de gente "buena" con que nos encontramos
diariamente, que vive tributando culto a los prejuicios más groseros y
ridículos, no podía ser amiga de Álvarez, y hoy han de prendérsele a su
nombre y a sus obras con mal disimulada saña.
Cosas, hombres, costumbres, hábitos, rutinas, prejuicios, taras
hereditarias, sedimentos sociales, todo lo enfoca bajo el haz luminoso
de su linterna este espíritu ansioso de saber y de bien.
Hurga, remueve, corta lo enfermo, lo malo, con su bisturí implacable.
Todo cae bajo la disección y el análisis. Al par del diagnóstico de la
enfermedad expresará el remedio para la cura, aunque sea el cauterio
aquí o la amputación allí.
Su humorismo provinciano se desata en el sarcasmo, en la ligera y apenas
perceptible sonrisa burlona--que me la imagino distendiendo
constantemente la comisura de sus labios--; en la crítica mordaz y fina
de los sectarismos sociales, de los órganos petrificados que pugnan por
abatir el espíritu de observación y experimentación del positivismo
científico, sin verdades reveladas ni verdades inmutables; teniendo
siempre la frase adecuada, la cita oportuna, el decir cáustico para
todas estas cosas tan feas y tan nuestras.
* * *
Pero lo que más hace resaltar el valor de su obra con acentuados
relieves, es que toda ella, como él mismo, fue el producto del esfuerzo
propio. Muchacho huérfano, conoció tempranamente el dolor de la vida, es
decir, tuvo que ser prematuramente hombre; mas eso no apagará la sed de
perfección de su espíritu, el ansia fervorosa de saber, ni amainará el
temperamento brioso y decidido. Vino a Buenos Aires, la suspirada
Buenos Aires, ciudad deslumbradora y áurea, escenario indispensable a
todas las consagraciones, no sin antes haber dado pruebas de su carácter
enérgico encabezando una revuelta estudiantil en el colegio nacional de
Mendoza, donde cursó estudios secundarios.
Así, pues, sin oro en las talegas, pero con un gran valor para la lucha,
llegó a Cosmópolis, a luchar brazo a brazo con la vida. Se formó solo en
el estudio y el trabajo, sin directores mentales, sin guías, sin tutores
de su inteligencia--la peor calamidad--siguiendo sus vocaciones unas
veces, impulsado por las necesidades otras, hasta encontrar la
definitiva orientación de su espíritu, a más de la mitad de su
existencia, siguiendo luego por ese camino de progreso hasta su muerte.
Esta condición de ser el producto de su trabajo, de no deber nada de sus
prestigios y de sus méritos conquistados a nadie, será más tarde motivo
de su orgullo, un orgullo legítimo, por cierto, que él expresará
repetidas veces al decir de sus biógrafos en pertinente y expresivo
idioma inglés: "self made man".
La vocación de los grandes caracteres suele ser el apostolado de una
idea--ha dicho un escritor contemporáneo[4], a propósito de nuestro
dilecto pensador--y Álvarez tenía todas las características del apóstol:
la fe inquebrantable que lo hace persistir en su lucha tenaz en un
ambiente hostil, puesta la mirada visionaria hacia un ideal
humanitario, de perfección social, de vida bella y mejor para todos por
la difusión cultural, pues entendía que la educación forma una segunda
naturaleza, creyendo "poder cambiar, por medio de la escuela, un pueblo
de bellacos en un pueblo de gentes de bien y una tierra de miserias y
maldiciones, en tierra de prosperidades y bendiciones"[5]. Esa es la
calurosa pasión que se descubre a través de su crítica social en sus
múltiples facetas, aunque ella se dirija más a la razón que al
sentimiento, prefiera el cerebro al corazón y busque la reflexión serena
más que la efectividad fácilmente impresionable. Por último, esa
sencillez en el escritor, despreocupación en el hombre, proverbialmente
suya, que consiste en el olvido de la propia persona para consagrarse a
los otros, al culto de una idea o ideal que suele ser siempre una
obsesión constante en los predestinados.
El hombre, su vida entera, su espíritu templado en la adversidad y los
reveses, se refleja en su obra de escritor; tan clara, tan nítida es la
imagen, que nunca es más exacto aquello del estilo y el hombre. "Y tanto
se refleja en el libro la personalidad de su autor--dice Alicia
Moreau--que al leerlo parece que surgiera de entre las páginas aquella
su original silueta, sencilla y modesta sin afectación, el gesto sobrio
y ameno, la mirada serena, la sonrisa de bondad finamente matizada de
ironía; el autor está en su obra tanto como la obra en su autor, pues
nunca un hombre fue más autorizado para hablar de moral a sus
prójimos"[6].
En vano buscaríamos en Agustín Álvarez esa unidad, esa consecuencia
espiritual, que tienen a menudo otros escritores y pensadores, entre su
juventud y la plena madurez. No existió en él. La vida lo obligó como a
tantos otros a seguir orientaciones, que acaso no fueran las predilectas
a su temperamento, y así lo vemos cambiar a menudo de rumbos. Múltiples
actividades distraen y preocupan su existencia. Militar primero--y esto
es lo más asombroso tratándose de Álvarez,--abogado, periodista, juez,
escritor, diputado, profesor universitario después.
Pero no será perdido en vano el tiempo transcurrido en los diversos
campos de su actividad; irá acumulando datos, notas diversas,
amontonando observaciones, haciendo aprendizaje en la naturaleza de los
hombres y las cosas, en las costumbres y hábitos; palpando errores,
deformaciones, vicios ancestrales, acaso siempre con esa sonrisa de
hombre bueno, "matizada de ironía", que le servirán para su ulterior
labor crítica y consultiva de escritor costumbrista y de filósofo
moralista. Eso mismo lo hará abominar de todo el pasado
hispano-colonial, sintiendo por él un santo horror, a igual de otros
grandes pensadores nuestros: Sarmiento y Alberdi; pasado que ha moldeado
ese tipo de individuos y de sociedades, resignados hasta el fatalismo,
supersticiosos, fanáticos y perezosos, como una consecuencia del pésimo
régimen político, del feudalismo de la tierra unido al detestable
régimen económico y, sobre todo, como un producto de la morfina
absorbida por siglos de cristianismo que en su afán de cultivar el alma
para la otra vida ha descuidado ésta "flaca vida terrenal", formando así
sociedades reacias a la higiene, a la cultura y al trabajo, poco aptas
para la civilización y el progreso técnico. Con su moral de
renunciamiento, de dolor y amargura, depresiva de la personalidad, que
él combatirá tenazmente sabiendo cuán hondas son sus raíces y cuán
esparcidas están, como fervoroso de la ciencia que era, sin ser
propiamente un hombre de ciencia. Por eso procurará trazar las bases de
un nuevo mundo moral, fundamentado en el culto de la vida, de la belleza
y de la libertad interna y externa, mediante la educación del individuo
en la virtud y libertad que da la sabiduría. Por eso también será un
europeísta, coincidiendo en esto, como en su pasión por la educación
popular, otra vez con Sarmiento, pues sobre todo era un apasionado del
tipo anglo-sajón. Se esforzará por mejorar el individuo trabajando en la
levadura criolla, según el modelo del norte, entendiendo así mejorar la
colectividad. Lleno de un sano optimismo, confiaba en el futuro,
labrando la dura argamasa sin temor de romperse las manos.
Trabajaba para el porvenir, generoso y desinteresado, confiando en él,
entendiendo que "todos los ideales del presente pueden ser realizados
en el porvenir como están excedidos en el presente todos los sueños del
pasado".
* * *
No hacemos aquí un estudio crítico. Esbozamos simplemente, sin mayor
pretensión, la obra junto al hombre. Eticista a la manera de
Emerson,--con quien se le ha encontrado tanto parecido--aunque no es tan
exacta la semejanza, será el Emerson del sur, más propiamente, el
Emerson argentino.
Su obra seria de escritor no comienza hasta los treinta y siete años de
su vida, con "South America", seguido de otros volúmenes que guardan una
acentuada unidad de tendencias; "Manual de patología política", que será
llamado primero "Manual de imbecilidades argentinas", cambiando más
tarde el nombre y el contenido con algunos agregados; irán apareciendo
luego otros libros más: "Ensayo sobre Educación", ¿A dónde vamos?";
hasta rematar, sereno y profundo el escritor, con "Transformación de las
razas en América", "Historia de las instituciones libres" y "La creación
del mundo moral".
Por la virtuosidad de sus ideales y la austeridad de su vida de varón
tranquilo y fuerte que "iba armado con aquel invulnerable escudo de la
bondad y de la justicia que permitía a M. Bergeret recoger la piedra que
una multitud enfurecida le arrojaba porque se había atrevido a decir la
verdad y murmurar sonriente: es un argumento cuadrangular", podemos
considerarlo como el tipo ideal del ciudadano--que dijera de Alberdi,
Jaurés,--en la más honrosa expresión del término y maestro del pueblo
también, ya que no pasó su vida como tantos escritores de
serrallo--lejos de la vida colectiva y de su época--tejiendo filigranas
y arabescos, sino que dedicola en sus últimos y laboriosos años a
instruir al pueblo y la juventud, desde la cátedra, con libros,
folletos, conferencias públicas, para libertarlo de los dogmas
religiosos y de prejuicios y rutinas de toda índole, después de haberse
libertado a sí mismo por la sabiduría; y porque es un alto exponente de
energía, de labor, de esfuerzo propio, es digno de presentarse como un
modelo, a los jóvenes y a los hombres de trabajo que luchan en la
pobreza por mejorarse día a día, llevando prendido al alma un sano y
noble ideal.
III.--EL ESCRITOR
Tenía el estilo sencillo, fácil y claro sin la rebuscada erudición de
los que quieren deslumbrar más que enseñar. Ello no significa que no
hubiera erudición en sus libros: la hay, y de buena ley, pues que era un
infatigable estudioso, un apasionado de la ciencia, gustando a menudo
fundamentar en ella sus aseveraciones. Ni aparatoso, ni solemne, a pesar
de estar llenos sus libros de sanas y saludables máximas morales que
trasuntaban su anhelo de justicia y de bien, preocupación constante de
su vida de escritor.
A veces tórnase picaresco, malicioso, agudo, para zaherir el vicio, el
prejuicio o la rutina. Es siempre pintoresco, bueno, lleno de sana
alegría, como si se hubiera propuesto curar la melancolía ingénita de
nuestro pueblo, imbuido de tristeza romántica.
Dijérase que la forma le preocupaba bien poco. Llenos están sus libros
de desaliño--sobre todo los primeros, en que hasta la gramática se
resiente--en un cierto agradable desgaire. Álvarez no es un estilista.
Podríase afirmar--como se dijo de Sarmiento--que escribe en mangas de
camisa. No importa que la palabra no suene bien, que la frase sea un
lugar común, con tal que aquélla o ésta expresen con exactitud el
concepto y se comprenda bien su significado.
No hará literatura vana de hojarasca y ampulosidad; no escribirá ni una
página en que haya el rebuscamiento alambicado de la locución, el
refinamiento esmerado de la forma, que degenera a menudo en un
verbalismo odioso, en que tanta gente de letras malgasta su tiempo. No
hará jamás ni una filigrana, ni un arabesco. A él le interesan las
ideas, los conceptos como expresión de verdades. Irá al fondo del
problema o la cuestión, y lo tratará con claridad y conocimiento. Sin
que ello importe que no guste de la belleza, como que campean en sus
libros imágenes hermosas como novias garridas y apuestas, pues que no
desdeña unir a la línea severa de la idea la curva elegante y armoniosa
del arte.
Pero siempre familiar e irónico. Esta última condición le viene de su
fuerte cepa nativa; es la socarronería del criollo que el hombre culto
ha perfeccionado y pulido.
Se le ha criticado, y con razón, que no tenía el dominio de la síntesis
artística de la prosa. Se repite a cada momento; da vueltas y rodeos
sobre un mismo tema. En tal sentido puede decirse que escribió muchas
páginas inútiles; pero no es esto aceptar aquella imputación de mal
gusto e inoportunidad que le echaron al rostro por haber dado demasiada
importancia a la cuestión religiosa. Ella la tiene, sin duda, para
preocupar a escritores y pensadores, y Álvarez estuvo en lo cierto; ya
nos ocuparemos luego de ello.
Hay algo, sobre todo en el escritor y en el hombre, que lo hacen
inconfundible, único: es su valentía moral. Conocer la verdad, es ya,
por cierto, un mérito. Decirla sin reticencias ni eufemismos es de suyo
admirable. Pero vivirla, uniendo la idea al hecho, la teoría a la
práctica, la prédica a la acción es, a no dudarlo, una heroicidad.
Exponer sus prestigios, sus méritos, su porvenir entero es el heroísmo
moderno más alto y más noble.
Tocole vivir una época de bizantinismo desenfrenado, en que la
corrupción lo invadía todo y los valores morales se cotizaban en moneda
nacional. Un pueblo de caballeros en que no abundaba la hombría de bien,
es decir, un pueblo de respetables ladrones. El ditirambo, el
panegírico, la sumisión incondicional al potentado fue un medio de
alcanzar posiciones, de conquistar rangos y de labrar fortuna. Su
espíritu selecto chocó con el sensualismo ambiente de pillos y vividores
y lo marcó con su pluma de fuego.
Por ser el "arquetipo del sentido común o medianía intelectual"--se ha
insinuado por allí--"pudo sostener con su vida, el ejemplo de las
teorías caras a su estrecha visión". Acúsasele pues, de carencia de
amplitud de espíritu, de falta de comprensión. Contestaremos con estas
sabrosas líneas de don Miguel de Unamuno:
"Y me moriré repitiendo que la falta de austeridad no es sino falta de
inteligencia y que no es sino tontería, pura tontería, tontería de
remate lo que atrae a esa gentuza del buen tono a los centros del lujo y
del vicio. No siendo el vicio de pensar todos los demás arrancan de
deficiencias mentales. Y claro está que no llamo vicio a las pasiones, a
las fuertes pasiones, a las pasiones trágicas. Llamo vicio a la vaciedad
de los espíritus que se tienen por refinados"[7].
* * *
Álvarez fue ante todo y sobre todo un autodidacta. Como todo estudioso
tenía por costumbre--dice uno de sus biógrafos--hacer acotaciones
marginales a las obras leídas, subrayando los párrafos que le
interesaban y anotando en las primeras hojas del libro leído el número
de las que servirán a sus ulteriores consultas. Además, valíase de
cuadernos en que hacía extractos, notas, agrupaba observaciones, prontas
para ser utilizadas en sus escritos. Quedan todavía muchos de ellos sin
haber llenado su objeto--según confesión de un vástago de aquella noble
cepa tutora--a causa de la muerte prematura.
Su obra se reciente de método. El trajín de la lucha cotidiana le
impidió el reposo y la serenidad, tan necesarias a las especulaciones
del espíritu.
Su paso por la vida militar, por el periodismo, por los tribunales, ya
como abogado o magistrado, su incursión por el campo de la política, su
dedicación a la labor educacional como profesor de la enseñanza militar,
secundaria y universitaria; su actuación como miembro de numerosas
instituciones científicas o culturales, o ya en numerosos congresos
científicos de diversa índole, nacionales o internacionales; su
actuación de funcionario de la nación o provincia; todo ello le impidió
hacer su obra metódica y serenamente, en la especialización. Así en ese
afanoso bregar diario por todos los senderos fue construyendo con
admirable persistencia y energía no común. ¡Asombra el imaginar lo que
hubiera dado este cerebro bellamente constituido si la fortuna le
hubiese sido propicia y hubiera podido dedicarse por completo al
estudio, sin las preocupaciones materiales que son como el grillete para
el intelectual!
Caracteriza singularmente sus primeros libros la copiosidad en las
citas. Sus enormes lecturas enciclopédicas las va volcando allí; junto
a la observación personal de hombres, hechos y cosas que el espectador
diestro descubre al solo golpe de vista, irá la cláusula pertinente del
autor nacional o extranjero con quien hermana o coincide, acompañada de
una sabrosa acotación suya. O bien será la anécdota, el cuento, el hecho
histórico, el proverbio criollo traído a cuenta para satirizarlo y
deducir sus consecuencias lógicas. Así han sido escritos sus primeros
libros, sobre todo "South America", "Manual de patología política" y
"Ensayo sobre Educación".
IV.--LA CUESTIÓN RELIGIOSA
La cuestión religiosa ha preocupado constantemente a Álvarez. Estuvo
repicando con sin igual persistencia sobre ello; exhortando a sus
conciudadanos al estudio de la ciencia, que ponía frente a frente del
precepto religioso. Fue "un San Pablo del liberalismo", ha dicho Joaquín
V. González con sobrado acierto. Se le ha reprochado y repróchasele como
un rasgo de mal gusto esa insistencia; mas, Álvarez estaba en lo cierto.
En nuestro país la religión toma formas curiosísimas; se infiltra por
todos los rincones de la vida social: en la escuela, en el hogar, en el
gobierno, en la administración, en la ley. Y atisba con ojo avizor el
momento propicio para reconquistar la posición perdida.
Afírmase a menudo que la cuestión religiosa no es de actualidad, que
ella ha sido resuelta en nuestro país, que en el mundo ya no se
discute. Nada más falso ni antojadizo que esta aseveración. La cuestión
religiosa es de actualidad en el mundo hoy más que nunca, y se habla por
ahí de un renacimiento místico o religioso en la humanidad... Pero lo
innegable es que la guerra ha puesto en discusión las viejas normas
éticas que rigen la humanidad actual, y, en primer plano, las normas
religiosas.
En nuestro país el problema religioso es de actualidad, de Sarmiento a
esta parte, sobre todo, en su faz práctica. El registro civil con el
matrimonio civil, y la ley laica de educación, son conquistas del
espíritu laico sobre el poder religioso. Todo hace suponer que la
lucha--que ruge sordamente en los distintos grupos sociales--entre el
precepto religioso y los ideales laicos ha de acentuarse cada vez más.
Ni siquiera, pues, puede con justicia tachársele a Álvarez de inactual.
A propósito de esto, se le acusa de "materialista", de haber formado
opinión en lecturas extremadamente de esa índole--las "únicas" fuentes
de su cultura, dice un crítico--con criterio viejo, atrasado, y que vio
a través de este prisma el problema religioso.
Creemos que Ingenieros ha contestado esa inculpación de una manera
definitiva: "Nada hay en efecto--dice--más falso que la pretendida
identidad de la superstición con el idealismo, no hay nada más torpe que
sugerir al vulgo que todos los moralistas laicos son "materialistas" y
carecen de ideales", y luego agrega: "Nada hay moralmente más
materialista que las prácticas externas de todos los cultos conocidos y
el aforo escrupuloso con que establecen sus tarifas para interceder ante
la divinidad; nada más idealista que practicar la virtud y predicar la
verdad como hicieron los más de los filósofos que murieron en la hoguera
acusados de herejía. En este sentido moral--y no cabe otro para apreciar
un sembrador de ideales--Agustín Álvarez fue idealista toda su vida, no
adhiriendo jamás al materialismo de ninguna religión conocida"[8].
V.--EL EDUCADOR
Álvarez fue un maestro en el amplio sentido de la palabra. Su
temperamento de educador y su vocación por la enseñanza se manifestó en
múltiples formas. Puede decirse que fue en él una preocupación
constante.
En la cátedra universitaria enseñaba--dicen sus alumnos--con verdadero
fervor. En la conferencia pública, en el folleto y el libro pone esa
misma unción pedagógica.
"Nuestra enfermedad es la ignorancia; su causa el fanatismo"--escribe--.
"El remedio es la escuela; el médico es el maestro". Advierte que la
América vive encendiendo "velas a los santos para que vean a quienes
deben hacer milagros, y no enciende luces en la inteligencia de los
niños para alumbrar el camino de la existencia". Confía en la escuela
como el remedio de todos nuestros males; pero la escuela que da la
educación científica, basada en la observación de la naturaleza, la
educación laica, pues la escuela, en su buen entender, debe educar para
la libertad y el trabajo y no para la sumisión y el abandono. De su
preocupación sobre la materia hablan bien claro las sustanciosas páginas
que dejó al morir.
De su "Ensayo sobre educación", aparecido en momentos de mayor confusión
de planes y programas, ha dicho Máximo Victoria: "El campanero de estos
tres repiques llamaba a misa mayor cuando los escribió".
ARTURO E. DE LA MOTA.
LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU HUMANO
LA MADRE DE LOS BORREGOS
La necesidad específica del entendimiento es la explicación, como la
necesidad específica del estómago es el alimento. El hambre y la
curiosidad son, pues, los dos factores primitivos y fundamentales del
ser humano: el uno para asegurar el crecimiento físico, el otro para
asegurar el crecimiento mental, igualmente necesario para la
conservación del individuo y de la especie.
Sin alas, sin cola, sin trompa, sin garras, sin colmillos, sin veneno,
sin púas, sin cuernos, sin caparazón, sin agilidad, sólo por la
inteligencia podía el hombre sobreponerse a las demás especies animales
en la lucha por la vida; pero, en cambio, la inteligencia era de suyo un
arma o un poder susceptible de desarrollarse indefinidamente, de
levantarse más alto que los pájaros y de caer más bajo que los reptiles.
Es necesario obrar para vivir, y es necesario saber para obrar. Saber al
derecho o al revés, saber bien o saber mal, da lo mismo para
determinarse a la acción o la inacción y conducirse en ellas, y sólo es
diferente para el resultado.
Para orientarse en el mundo, más allá del hábito heredado en el
instinto, es necesario tener un concepto, una idea, una explicación del
mundo, muy burda en un principio, y de más en más elaborada después,
porque solamente las explicaciones burdas pueden satisfacer a los
entendimientos burdos, y solamente las explicaciones refinadas pueden
satisfacer a los espíritus refinados.
Así, para la credulidad fundamental del niño, del salvaje y del
ignorante, las explicaciones son tanto más creíbles cuanto son más
disparatadas, más extraordinarias, más fantásticas, que es decir, más
atrayentes, más impresionantes sobre la imaginación predominante en
ellos.
Los sistemas de explicación del universo, las creencias a priori sobre
lo desconocido, eran tan necesarias al hombre para rumbear y
desempeñarse en la maraña de bienes y de males en que se desenvuelve la
vida, como las sendas y los caminos para transitar sobre el suelo, y en
ambos terrenos el ensanche del tráfico tenía que producir necesariamente
el ensanche de la vía.
Descubrir el modo y la razón de ser propias de los hechos y de las cosas
era imposible. Imaginárselos, era fácil e inevitable, pues cercados en
todas direcciones por el misterio, urgidos por la necesidad de saber
para obrar y aguijoneados por la curiosidad de saber para saber, los
hombres tenían que recurrir fatalmente a la cavilación para descifrar
los enigmas del universo y de la vida, a fin de orientarse en el mundo y
en la vida, y la loca de la casa tuvo que ser la encargada de amueblar
y pertrechar la casa.
Para los primeros hombres, el antecedente conocido de sus acciones, el
porqué de sus actos, fue ese misterio interior que llamamos la voluntad,
y en función de este primer factor de los hechos propios se explicaron,
naturalmente, los hechos ajenos como efectos de otras voluntades en las
otras personas, en los animales y en las cosas, como el niño que se
enoja con los juguetes indóciles a sus caprichos y los rompe, porque los
cree culpables, que es decir, voluntarios; como los baqueanos de la
cordillera que creen que la montaña desconoce a los forasteros y
desencadena en seguida la tormenta para manifestar su disgusto; como los
napolitanos supersticiosos que creen que las diligencias no gustan de
los curas y se vuelcan de rabia cuando va alguno entre los pasajeros.
Tomando esta primera cosa conocida--el yo--como base o punto de
referencia para la explicación de las demás cosas, el hombre llegó
necesariamente a la personificación de todas las cosas del mundo real,
desde luego, y a la de todas las del mundo imaginario después,
suplicando en un principio directamente al sol para que enviase la luz y
el calor y evitase los nublados y los eclipses, y después a Horo, a
Dionisios, a Febo Apollo, a Jehová, a Dios, a San Antonio o a San
Francisco.
Empezando por suponer una voluntad dentro o detrás de las cosas para
explicarse las particularidades de las cosas, el hombre llegó, por
refinamientos sucesivos, a imaginarse los poderes invisibles como
productores de los hechos incomprensibles, encarnándolos después en los
fetiches para rendirles miedo, vale decir, culto.
Y una vez concebidos los factores imaginarios de los hechos y de las
cosas, sobrevino la necesidad de influir sobre aquéllos, para influir
sobre éstas, y el hechicero--embrión del obispo--tomó a su cargo en la
tribu la provechosa función de espantar a los malos espíritus para sanar
a los enfermos.
La necesidad trae la función y el funcionario trae el procedimiento. La
necesidad de actuar sobre los poderes invisibles trajo al mago y el mago
trajo la magia, hechicería en segundo grado, bifurcada ya en dos ramas o
especialidades en el judaísmo y en el paganismo, la una para apaciguar a
los poderes imaginarios irritados o propiciarlos por medio de
sacrificios, laudatorias y genuflexiones, pues "la sangre y los
sufrimientos de los humanos eran el néctar de los dioses"; la otra para
pronosticar o predecir sus determinaciones, interpretando, según el
método de los profetas, las visiones de la imaginación exaltada por el
ayuno y la soledad, en el judaísmo, o los sueños y los presagios, según
el método de las pitonisas y los augures en el paganismo.
Entretanto, al lado de las viejas mitologías y liturgias perfeccionadas,
surgen la filosofía y la literatura griegas, que, disminuyendo la
candidez humana, quebrantan primeramente el prestigio de los
adivinadores del porvenir, y luego la eficacia misma de las teogonías
corrientes para responder satisfactoriamente a la curiosidad humana
ensanchada en el mundo greco-latino. Y el hombre necesita, entonces, en
las costas del Mediterráneo, una nueva explicación de los hechos y de
las cosas, del mundo, y se la proporciona el supernaturalismo cristiano,
con los dos testamentos como nueva teoría de los hechos y de las cosas,
y con los sacramentos--hechicería en tercer grado--como nuevo vehículo
de comunicación entre los seres humanos que sufren los accidentes de la
vida y los acontecimientos del universo, y los seres sobrehumanos que
los producen, suspenden o cambian a su arbitrio.
En el Oriente quedaron los astrólogos para investigar el porvenir
interrogando a los astros, y los nigromantes para conocer las cosas
ocultas por las ciencias ocultas; en el Occidente, los exorcistas para
expulsar los demonios del cuerpo de los poseídos, y los beatos para
inducir a los muertos a producir bienes y evitar males para los vivos.
Aunque muy lentamente, porque la Iglesia, prohibiendo la duda y la
curiosidad para preservar sus dogmas, ha mellado los aguijones que
empujan a los hombres a buscar, investigar y averiguar para saber, el
entendimiento humano ha seguido creciendo siempre en amplitud y en
complejidad, con disminución consecutiva y paralela del miedo a las
brujas, duendes, diablos y basiliscos, y el último traje o catecismo de
terrores y esperanzas imaginarias, confeccionado con las revelaciones de
los profetas y de los apóstoles, llega, también, a quedarle estrecho.
El exorcismo, que había hecho víctimas a millares de millares, quemando
herejes, embrujados y endemoniados,--histéricos, locos y sabios,--no
pudo sostenerse ante la inteligencia humana llegada a más, y cayó el
primero, definitivamente, en la aurora del siglo XIX.
En un principio, la Iglesia, por entonces omnipotente, luchando contra
la incredulidad naciente, consigue mantener la integridad de su
explicación-credo, destruyendo o aplastando a los que, desde el
Renacimiento, empiezan a excederla en capacidad mental, pero éstos
siguen brotando en todas partes y en tal progresión que la guerra, la
excomunión, el tormento y la hoguera, funcionando en el máximum, no
bastan, al fin, para extirparlos, y a su turno, ella también empieza a
batirse en retirada, ante la marea creciente de los curiosos
insatisfechos con la última explicación de lo natural por lo
sobrenatural.
Porque la alquimia ha venido abriendo el camino a la física y a la
química, han renacido la filosofía, la literatura y el arte, y el
entendimiento humano, de nuevo en camino, empieza a repugnar los
milagros de los muertos y los extravíos histéricos de los profetas y de
los doctores de la Iglesia, en que siguen comulgando los pobres de
espíritu.
Una nueva explicación del mundo empieza a ser necesaria para las
inteligencias abiertas de la Europa y de la América, y la inician en el
último siglo las ciencias positivas, prescindiendo del origen
incognoscible de las cosas para explicar los hechos naturales por sus
causas naturales; abandonando el _porqué_ se producen, que hasta aquí ha
separado a los hombres en fieles e infieles, enconados y enfurecidos
recíprocamente sobre su diferente explicación a priori de los misterios
del universo, para contraerse a investigar el _cómo_ se producen, que
siendo uno mismo para todos los observadores, constituye un capital
común para los hombres de todas las razas, de todos los colores, los
lugares y los climas, un vínculo de acercamiento recíproco para
beneficio mutuo.
Y sin un sacerdocio desligado de la familia y de la patria y consagrado
exclusivamente a propagarlo y explotarlo, sin órdenes de caballería y de
predicadores a su servicio, sin jesuítas combatientes a sus flancos, sin
misioneros que la difundan, sin un pontífice a su frente, sin déspotas
que la impongan por la fuerza, la última explicación del universo y de
la vida se ensancha, difunde y extiende espontáneamente, no sobre el
filo del sable, como las religiones medioevales, sino en alas del libro
y del periódico, enrolando por su propia superioridad intrínseca a todos
los hombres y las mujeres, a medida que superan el nivel intelectual del
pasado que produjo las supersticiones oficiales de las religiones
oficiales, pues del mismo modo que el fetichismo católico, v. gr.,
resulta inadecuado para las tribus de negros de África, porque les queda
demasiado grande para su entendimiento demasiado estrecho todavía,
resulta, también, inadecuado para las inteligencias desenvueltas de la
Europa y de la América porque les queda demasiado chico y demasiado
mezquino.
De la crasa ignorancia a la más grosera superstición, y, ayudando la
benignidad del clima y la fertilidad del suelo en las regiones
privilegiadas, de una en otra superstición hasta la más alta, de la más
alta a la ciencia; del credo obligatorio al libre pensamiento, de la
verdad revelada a la verdad demostrada; de la magia religiosa a la
mecánica racional; de las palmas benditas al pararrayo; del milagro al
vapor, al ferrocarril, al telégrafo, al teléfono; de la rogativa a la
cirugía y los sueros; de la censura eclesiástica a la libertad de la
prensa; de "la santa ignorancia" a la instrucción obligatoria, tal ha
sido la marcha ascendente del espíritu humano, impelido por la necesidad
de conocer el porqué de las cosas para conducirse enfrente de las cosas.
Cuestión de millares o de centenares de siglos para subir los primeros
escalones de la evolución, de decenas solamente para los últimos, ha
llegado a ser, bajo el impulso de la instrucción pública liberal,
cuestión de sólo docenas de años para alcanzar aumentos apreciables de
capacidad mental en el individuo y en la comunidad.
Pues, según leyes sicofisiológicas conocidas, el órgano que se ejercita
se desarrolla, y alguna parte de esto o la aptitud para reproducirlo, se
transmite, también, _grosso modo_, a la descendencia, por manera que,
una vez así levantado por los hombres superiores y los medianos de una
época el nivel moral o intelectual de la subsiguiente, los de ésta,
emergiendo para su respectiva carrera desde una plataforma o base más
alta, llegan más lejos con el mismo caudal o impulso, que es lo que
explica el hecho notorio de que los hombres medianos y los superiores de
Francia, por ejemplo, tomados en conjunto, valgan muchas veces más que
los de España, en la misma pretendida raza latina, o los de la
Argentina--que tuvo un Rivadavia, un Mitre y un Sarmiento,--mucho más
que los de Bolivia, que ha tenido muchos obispos y ningún educador, en
la misma América del Sud y del Papa; lo que explica que un Voltaire, un
Michelet, un Renan, un Taine, un France, siendo un hecho natural en
Francia, serían un caso prodigioso en España, absolutamente imposible en
Marruecos.
Ahora, la superstición, que no es más que un conocimiento falso de las
cosas, es una forma de actividad de la mente--muy pobre, sin duda, pero
"más vale algo que nada"--y de acuerdo con las leyes precitadas, la
mente desarrollada por las primeras supersticiones, cuán lentamente lo
fuera, creció, al fin, en alguna parte, lo bastante para excederlas,
haciendo necesarias las segundas, después las terceras, y así
sucesivamente, hasta culminar el género en el paganismo, el budismo, el
judaísmo, el cristianismo y el mahometismo, que rematan _la edad de la
imaginación_.
Pobremente alimentada con patrañas, mitos y leyendas, la inteligencia
humana ha crecido, al fin, lo bastante para necesitar alimentos más
consistentes, explicaciones menos fantásticas y más positivas de los
hechos y de las cosas del mundo, y se inicia, entonces, _la edad de la
razón_, con el dominio progresivo del hombre sobre las fuerzas de la
naturaleza, conquistadas con los métodos positivos de investigación.
Como los hombres mismos, como los animales todos, que al término de su
limitada carrera pasan a ser carga y estorbo, cartas de más en la baraja
de la vida universal, que no puede conservar su perpetua juventud sino
por la renovación perpetua, las creencias que se prolongan más allá de
su radio de eficacia, acaban, como las uñas desmesuradamente alargadas
de los aristócratas siameses, por embarazar y estrechar la existencia,
debiendo ser, entonces, barridas por el olvido y la muerte bienhechores,
para dar lugar a nuevas entidades, a nuevas formas del movimiento
perpetuo de la materia. La evolución de las creencias ha sido paralela
con la del entendimiento, y los dioses, los semidioses y las semidiosas
actuales descienden de los fetiches prehistóricos, como el hombre
contemporáneo desciende del hombre de las cavernas.
El empeño de mantener en pie lo que ha madurado para caer y desaparecer,
se paga irremisiblemente en pérdida de vida nueva, y podría decirse que
la mortalidad prematura de los hombres por intolerancia, imbecilidad
remanente, ignorancia, miseria, suciedad, indolencia, pesimismo, etc.,
etcétera, está en los diferentes países en razón directa de la
antigüedad y de la inmovilidad de sus respectivas creencias sobre el
universo y la vida, que les impiden llegar sucesivamente a mejores
procedimientos de disminuir el mal y aumentar el bien. Basta recordar
que la peste humana, que puede ser detenida con sólo matar ratones desde
que se ha encontrado su bacilo, aniquiló la cuarta parte de la población
de la Europa, cuando las epidemias eran combatidas con rogativas y
procesiones, en el siglo XIV.
Las creencias son así un producto fatalmente pasajero del entendimiento
humano en crecimiento incesante desde que se puso en marcha huyendo del
mal y buscando el bien. Todo lo que ha sido materia de los terrores y de
las esperanzas de los hombres en una época o en un estado de la
evolución progresiva de la humanidad civilizada, ha perdido su valor en
las subsiguientes. En el árbol de la vida síquica, las hojas envejecen
también, se secan, se caen y son reemplazadas por otras en la
subsiguiente primavera del espíritu. En la inmensidad del tiempo, toda
teoría de la vida es como la paja que lleva el viento, como el árbol que
crece en el suelo y que no puede instituirse por sí mismo en ejemplar
único y definitivo del reino vegetal sobre la tierra.
EL MENSAJE DE LA ESFINGE
El primer rompecabezas en que se estrellaron los primeros caviladores
ansiosos de saber misterios interrogando a la Esfinge, fue, sin duda, el
fenómeno siempre imponente y universal de la muerte. Y una vez asomados
al "agujero de sombra", y puestos a resolver el insoluble enigma, el
deseo de ser y la imposibilidad de pensarse no siendo, les llevaron
fatalmente a imaginarse una continuación ulterior de la vida.
Y aquí fue Troya, pues la emigración de los habitantes de las tumbas y
la invasión del mundo de los vivos por los muertos, que se enseñoreaban
de todas las cosas y de todas las gentes, esparciendo sobre los dominios
de la vida las fatídicas tinieblas del reino de la nada, empezó
entonces, y no ha concluido aún, sino para una feliz minoría de
afortunados que ha conseguido ya escapar a la incontrarrestable tiranía
de los potentados de la eternidad y a la abrumadora carga de sus
representantes en la actualidad.
El hombre también había sacado un mundo de la nada, mejor dicho, una
trinidad de mundos fantásticos, lamentablemente absurdos, inicuos,
atroces, con un desván o entresuelo complementario para los cretinos y
los recién nacidos: el mundo de los eternamente felices, el de los
temporalmente desgraciados y el de los eternamente felices, mundos de
muertos resucitados que se convierten en señores invisibles,
intangibles, ubicuos y omnipotentes para el bien y el mal de los vivos,
en dioses, semidioses, ángeles, demonios, penitentes y condenados en
reclusión o en ambulación.
Desde luego, los hombres que siguen viviendo después de muertos siguen
siendo capaces de hacer bienes y males--pues esto es la característica
de la vida--y estando ya fuera del alcance de los medios defensivos y
represivos, no quedaba más remedio inmediato que encerrarlos bajo la
tierra, clavados por el centro del pecho con una sólida estaca o
asegurados con una piedra pesada sobre la fosa, para que no pudieran
salir a molestar a los vivos con sus rencores insaciados o sus venganzas
pendientes, que fue el lejano origen de los mausoleos modernos, según
Grant Allen, o, finalmente, enterrarlos "en sagrado" y hartarlos de
responsos, misas, novenas y rosarios, para que el ánima del muerto no
salga en fantasma errante a penar por este mundo, hambrienta de
oraciones de sus deudos, amigos y conocidos, para conseguir indulgencias
en el otro.
Pero los que no eran enterrados quedaban sueltos, y todas las
precauciones posibles eran naturalmente ineficaces para sujetar a los
ultrapoderosos, que resucitaban _quand même_, y removiendo las losas
salían de su sepulcro, y subían al empíreo o descendían al infierno,
desde donde llegaban a ser más poderosos aún, y más caprichosos,
rencorosos y vengativos todavía. Y del temor póstumo a los fuertes,
supuestos coexistiendo con los débiles en una forma o manera aún más
irresistible y peligrosa para éstos, nació el culto de los dominadores
muertos, y el carácter sagrado de sus descendientes directos,
considerados naturalmente como intermediarios más eficaces para
suplicarles auxilio y favores en los trances difíciles.
Así el primer jefe hereditario en el grupo humano primitivo es al mismo
tiempo sacerdote y rey, y entra en su reinado póstumo con prestigios
dobles. Desde aquí arranca el derecho divino, que queda anexo a cada una
de las dos funciones, cuando más adelante se separan, por las exigencias
de la división del trabajo.
Y como estos dioses rudimentarios eran temidos en la proporción en que
habían sido poderosos y temibles en vida, los caudillos sobresalientes
deslucían a los comunes en la imaginación de los sobrevivientes, como el
sol a las estrellas durante el día, relegándolos a subdioses, y
magnificados aquéllos después por la leyenda, vinieron a ser dioses
locales o tribales, dioses nacionales más tarde, con el triunfo de su
tribu sobre otras tribus, dioses universales, finalmente, y por el mismo
proceso de abultamiento fantástico que en la antigüedad griega levantaba
la reputación de poder sobrenatural de una estatua particular de
Júpiter, de Venus o de Minerva, sobre todas las restantes, y que en la
actualidad católica y cismática destaca la reputación milagrosa de una
entre los millares de imágenes o de estatuas de la Virgen o de los
santos, sobre todas las de un país, como sucede con la de San Nicolás de
Rusia, o con la de Luján entre nosotros, o sobre la de todos los países
como ocurre con la de Lourdes en Francia.
Rudimentaria y confusa en los primeros engendros, esta segunda
existencia del hombre se define y precisa en la imaginación, con el
andar del tiempo y de la imaginación, hasta adquirir contornos
completamente definidos, y, en ciertos momentos de la historia, aun más
definidos y precisos que los de la vida real, aunque participando
siempre de sus caracteres, pues el ideal es una destilación de la
realidad en ficciones; el hombre no puede escapar de sí mismo, y cuando
ha concebido a Dios con los materiales al alcance de su fantasía,
resulta no haber hecho más que una transfiguración de sí mismo, una
personificación de fuerza, de poder, de voluntad, de inteligencia
sublimadas.
Así, poco a poco, vino organizándose la concepción de una voluntad
previa, como antecedente del mundo real y un mundo imaginario para la
vida imaginaria, con su correspondiente regidor y juez supremo, con su
corte celestial y sus gehennas y su portero perpetuo, y, poseídos de
incurable terror ante el factor universal de la vida y la muerte, de las
plagas, las pestes, los terremotos y las tempestades, los hacedores de
dioses no volvieron a tenerlas todas consigo, ni aun cuando discurrieron
apaciguarlos con sacrificios humanos en un principio, principalmente
primogénitos, niños inocentes y doncellas, y finalmente con el
sacrificio parcial de la circuncisión, sustituida entre los cristianos
por el bautismo; con sacrificios de animales más adelante, de
preferencia corderos, palomas y toros célibes; con sacrificios de dinero
y alhajas, en último resorte, como se estila ahora; ni aún
sacrificándolo él mismo a él mismo--el sacrificio máximo--esto es,
comiéndoselo en persona, desde luego, para tenerlo adentro en manera de
específico deificante y depurante de maldades y pecados, como lo
practican actualmente los ainos de la isla de Sakalín, cuyo Dios anual
es un oso cazado cachorro en el bosque, criado con golosinas, mimado y
venerado, y al fin muerto, descuartizado, distribuido y comido
solemnemente en la gran fiesta religiosa; comiéndoselo, más tarde, en la
persona de un vicario consagrado anualmente, como lo practicaban todavía
los mejicanos en la época del descubrimiento de América; y, finalmente,
en el canibalismo simbólico de la misa, según la forma copiada del culto
de Mitra, en el pan y el vino de la eucaristía transubstanciados por
ceremonias mágicas en la carne y la sangre del hijo de Dios sacrificado
a Dios--última expresión del cordero pascual y del inocente chivo
emisario, encargado de llevarse al desierto los pecados de los hombres
y expiarlos con sus propias penurias y tribulaciones.
Dos vidas distintas, en dos mundos diferentes, con sus respectivos
regidores, implicaban, naturalmente, dos despotismos sobre una sola
existencia, dos gobiernos simultáneos con sus correspondientes
jerarquías paralelas de funcionarios para velar por el cumplimiento de
las dos clases de obligaciones del súbdito simultáneo de Dios y el
Rey--el altar y el trono. Los obispos y los curas, como delegados del
reino de los cielos para dirigir las almas, atar y desatar desde aquí
para allá, para absolver y condenar, exigir contribuciones y
consumirlas, administrar la gracia y la ira divinas, imponiendo
penitencias y excomuniones o concediendo indulgencias; el príncipe y sus
lugartenientes y delegados para las mismas funciones en lo concerniente
a los asuntos de la tierra.
Las pirámides de Egipto son un testimonio en piedra de la magnitud de
las cargas reales que recayeron sobre las espaldas de los vivos por la
invención de la vida de los muertos, en una de sus millares de formas
diferentes.
Se sabe que en algunas regiones, en épocas remotas, los esclavos eran
enterrados vivos con el cadáver del amo, y que hasta el siglo pasado era
costumbre en la India quemar vivas a las viudas con el marido difunto,
pero, generalmente, se enterraba a los muertos con provisiones en
especies materiales para la vida ulterior, principalmente granos, que,
brotando más lozanos en la tierra removida y abonada por los detritos
del difunto, dieron origen a la agricultura, según la famosa teoría de
Grant Allen, y hoy se les entierra con provisiones en especies
espirituales, porque la vida eterna tenía que ser pensada, finalmente,
sin las circunstancias de la existencia real, o de lo contrario no podía
ser eterna. Por lo tanto, sin renovación de los materiales del
organismo, sin necesidad de comer, de dormir, de beber, de vestirse,
eternamente igual, sin nada en que pensar, sin nada que hacer--fuera de
bostezar a pasto--sin amor, sin odio, sin hijos, sin día y sin noche,
sin bien y sin mal, sin pensamiento y sin acción, vale decir, sin
conducta--la más aburrida especie de vida que haya sido posible
imaginar, o bien, con hambre y sed y sueño y odio y noche y calor o frío
inextinguibles, que es decir, la más absurda.
Desde que la vida imaginaria es ilimitada por construcción imaginaria,
la vida real, con sus dichas y desdichas transitorias, es nada más que
el prólogo o la introducción a la dicha o la desdicha perpetuas, de
donde resulta que "los muertos son los vivos y los vivos son los
muertos", según la expresión de A. France, o más bien, es un
trocatintas, pues los vivos pueden obrar en el otro mundo, sacando
ánimas del purgatorio, por ejemplo, y los muertos pueden hacer todas las
cosas de este mundo, hasta proporcionarles marido a "las hijas de María"
que se lo piden a San Expedito, cuando están apuradas.
Pero, desde que los grandes objetivos del hombre, intoxicado de
terrores y de esperanzas sobre la vida futura, vinieron a estar fuera de
este mundo, este mundo quedó fuera de la atención de los hombres, y por
ende, las leyes naturales, que han proporcionado los maravillosos
recursos de la civilización moderna, quedaron en la edad media fuera del
alcance del entendimiento humano, totalmente absorbido por la
preocupación angustiosa de las entidades y de las cosas sobrenaturales,
deslumbrado por el espejismo del otro mundo hasta dar la espalda a la
vida real y el frente a la vida imaginaria, por entender que la más alta
y noble ambición del hombre era la de "sentarse eternamente a la diestra
de Dios padre", después de muerto, con lo que resultaba estúpido,
degradante y vil todo anhelo de felicidad antes de morirse.
Y el mundo real, estigmatizado como uno de los cuatro enemigos del alma,
quedó ignorado hasta la aurora de los tiempos modernos mientras se
difundía la monomanía del más allá que hizo de la Europa medioeval una
simple variante de la China contemporánea, pues si en ésta el hombre
vive para los muertos, en aquélla el hombre vivía para después de
muerto.
LA PALABRA DE DIOS
En resumen, nuestro abolengo mental, destacándose paulatinamente de las
mescolanzas de cultos, mitologías y teogonías del remoto pasado, vino a
quedar del tenor siguiente:
Dios había hecho a los hombres para el cielo, pero de modo a que se
perdiesen en la tierra, y el diablo, agarrando la ocasión por los
cuernos, se los había ganado para el infierno. Entonces, para no
quedarse solo en el cielo, Dios bajó a la tierra, eligió entre todos un
pueblo para sí y le dictó sus condiciones, que fueron olvidadas, por lo
cual, más tarde, le envió con un hijo _ad hoc_ un segundo mensaje.
Los guardianes oficiales de la primera palabra de Dios desconocieron al
Dios hijo, portador de la segunda, lo apresaron, lo juzgaron; lo
condenaron y lo ejecutaron por contraventor a las leyes de Dios padre.
Pero otros la recogieron y edificaron sobre ella la Iglesia, la casa de
Dios hijo, frente a la sinagoga, la casa de Dios padre.
Dios había hablado a Moisés entre relámpagos y truenos, cuando no se
conocían aún los derechos del hombre y los deberes del padre, que tenía
hijos y esposas, esclavos, asnos, bueyes y cabras para explotarios,
matarlos o venderlos; había hablado como un patriarca judío, como el rey
del egoísmo, estableciendo, en primer término, la obligación de amarlo a
él sobre todas las cosas del mundo, que todavía deben ser abandonadas
por los que quieran servirlo en toda regla, la más gravosa de todas las
cargas que han pesado sobre la conciencia del hombre, el deber humano
que ha producido más palos, tormentos y matanzas, más lágrimas y
sufrimientos, más miseria y más imbecilidad consuetudinaria.
Y porque Dios había cometido la indiscreción de hablar, el hombre tuvo
que callarse a perpetuidad, o hablar sólo para repetir, como papagayo
sin plumas, la palabra divina, que vino a ser la túnica de Neso de la
inteligencia humana. Y treinta y dos generaciones de hombres
transcurrieron bajo la era cristiana en la miseria, la ignorancia y la
barbarie crónicas, profiriendo u oyendo solamente la palabra sagrada,
fulminada desde el púlpito, volcán de amenazas, en erupción perpetua de
castigos en este mundo y en el otro, para los pecadores y los infieles,
en fuente inagotable de terrores imaginarios para implantar en el
corazón de los elegidos para el cielo el horror a la vida irrenunciable
y el temor a la muerte inevitable.
Y condenado por la Iglesia con penas terribles en el otro mundo y por el
poder civil con penas atroces para los deudos en éste, el suicidio, que
ha sido en el lejano Japón, como lo fue en la antigua Roma, un límite al
sufrimiento y por ende a la crueldad humana, desapareció de las
costumbres europeas y llegando, entonces, el sufrimiento y la crueldad
consecutiva al máximum de su amplitud posible, quedó centuplicado de
golpe, por la sola invención complementaria de los instrumentos de
tortura, el poder de los déspotas temporales y espirituales sobre el
creyente puesto entre la espada y el infierno, y obligado a capitular
con todas las bajezas, humillaciones y penalidades antes que afrontar la
pavorosa eternidad.
Dios había pensado, y el pensamiento de Dios--_non plus ultra_, de
suyo--paralizó de golpe a la razón y al pensamiento humano, pues, en su
calidad de ser todopoderoso, Dios no estaba obligado a ser razonable, ni
justo, ni bueno, ni acertado, y como quiera que fuese, los hombres
estaban obligados a obedecerle ciegamente, so pena de condenación
eterna, como al papa, que tampoco tiene obligación de ser el más sabio
de los hombres y asimismo tiene el derecho de ser infalible.
La razón humana, así anulada para los fines de la vida humana, vino a
ser en el entendimiento del creyente lo que el apéndice en el intestino
del hombre civilizado: un órgano superfluo, puesto que no tenía función
propia.
Y vinieron entonces para la cristiandad aquellos oscuros y miserables
diez siglos de la edad media, en dieta rigurosa de pensamiento divino,
en los que la inteligencia humana no dio un solo paso adelante,
estancada en la parálisis mental de los musulmanes y por las mismas
circunstancias: todo estaba pensado, todo estaba resuelto, todo estaba
dicho, todo estaba escrito de antemano por los profetas y los apóstoles,
bajo el dictado o la inspiración de Dios mismo, y sancionado con penas
horrorosas.
Porque los teólogos de todas las variedades, quemaban vivos
respectivamente a los que pensaban de diferente modo que ellos, y Dios
era en la edad media el rey de los teólogos, esperando a las almas del
otro de la muerte para juzgar sus intenciones y pensamientos, y
precipitarlos en el fuego eterno, si diferían del suyo, pues aunque
Jesús mismo había dicho: "haz a los otros lo que quisiérais que te
hicieran a tí", esto no rezaba con él ni con su padre, ni con sus
teólogos por aquello de "en casa del herrero, cuchillo de palo".
EL CRIADOR Y SUS CRIATURAS
En todos los tiempos el servilismo de los gobernados ha sido
particularmente grato a los gobernantes y recompensado especialmente por
éstos, y en todos los tiempos se ha brindado a los potentados
imaginarios con el manjar más apetecido por los potentados reales.
La idea de erguirse ante los poderosos y humillarse ante los humildes,
que, haciendo al hombre gentil con las mujeres, blando con los niños y
duro con los bellacos, viene suprimiendo el látigo en las escuelas, las
cadenas en las prisiones y el garrote en los hogares, esta idea matriz
de la civilización contemporánea, derivada del principio de la igualdad
de todos los hombres, es un concepto nuevo de la personalidad,
procedente del derecho humano, en contraposición al derecho divino y
netamente expresado por Jaurés el 11 de Febrero de 1895, en la cámara de
diputados de Francia, en estos términos: "Si Dios apareciese delante de
la multitud en forma palpable, el primer deber del hombre sería
rehusarle obediencia, y considerarlo como un igual con quien las cosas
han de ser discutidas, no como un amo a quien debemos someternos".
Hasta la edad moderna, los fieles penetraban compungidos y contritos en
la casa de Dios para suplicarle de rodillas, confesando sus culpas,
besando el suelo y golpeándose el pecho. Algunas sectas protestantes,
poniendo asientos y suprimiendo genuflexiones, iniciaron la entrada de
la dignidad humana en el templo, cuatro siglos antes de que fuese
abandonada en España y en América la obligación tradicional y cotidiana
del hijo, de pedir la bendición al padre con las manos en súplica y de
rodillas en el suelo.
En algunas secciones rezagadas de esta América, todavía, cuando llevan a
Dios con campanillas por las calles, para vendérselo a algún moribundo,
los transeúntes y los vecinos, se prosternan de rodillas, como los
súbditos de los potentados orientales al paso de su respectivo déspota.
En la época en que florecieron los primeros teólogos cristianos, el más
abyecto servilismo, el servilismo oriental refinado por los sutiles
griegos de la decadencia, estaba de moda en el mundo, que levantaba
templos a los emperadores reinantes para rendirles culto, y para
endiosar a Dios en las formas del tiempo, los cristianos llevaron el
ceremonial del miedo a su señor celestial hasta los últimos límites de
lo posible, hasta los últimos extremos de lo repugnante y de lo absurdo,
como si Dios hubiera "hecho a los hombres a su imagen" para que fueran
su antítesis; pera sacrificarlos en holocausto a sí mismo como Saturno a
sus hijos; para degradarlos, levantando con su omnipotencia caprichosa
más alto en la segunda vida a los que de "motu proprio" hubiesen caído
más bajo y más sucio en la primera; como si los hombres hubiesen
recibido en la existencia la carta del negro, no para que la
disfrutasen, sino para que la padecieran como una sentencia de oprobio,
por "el delito de haber nacido del pecado original".
Y a fuerza de achatarse y deprimirse para agrandar a Dios, los hombres
se redujeron a cero, los comunes a cero a la izquierda, los "ungidos del
Señor" a cero a la derecha del todopoderoso "fuente única de todo poder
y de toda autoridad en el cielo y en la tierra", sólo accesibles a sus
criaturas por la magia religiosa y por mediación de su Iglesia, que,
trayendo así su razón de ser y de valer de la profesada omnipotencia de
Dios y de la obsecuente impotencia del hombre, quedaba fatalmente
necesitada de mantener esas condiciones de su existencia para subsistir:
la superstición, la credulidad y la ignorancia, que son los tres
componentes principales de la pobreza de espíritu, y predestinada a
decaer desde el momento y en la medida en que sus pupilos encontrasen
otras fuentes de poder y de valer diferentes de la suya y más eficaces
que la suya, como es precisamente el caso de la ciencia y la
civilización laicas, que, apenas surgidas, han levantado de improviso la
capacidad natural del hombre para superar las dificultades de la vida,
por medios derivados de la inteligencia humana, y reducido la fe en el
poder de los muertos para ayudar a los vivos, a la mitad, la tercera o
la décima parte de lo que fue.
En el apogeo de su letal influencia sobre el espíritu humano, la
doctrina del achatamiento de los vivos para el engrandecimiento de los
muertos, aminoró tan considerablemente la capacidad del cristiano para
el pensamiento y la acción en este mundo, que los árabes y los turcos,
salidos de sus estériles desiertos a impulso de un nuevo y fresco
fanatismo sobre otra astilla del mismo tronco, entraron en la
cristiandad como tropilla de lobos en rebaño de carneros, y la coparon
desde el Asia Menor, el Egipto y el África Septentrional hasta más
adentro de los Pirineos, el Austria y la Polonia, donde fueron detenidos
por un resto de energía humana, salvado de la inundación de
providencialismo en aquellas poblaciones del noroeste, que tenían en el
culto aborigen de la virilidad individual sobre la fe en sí mismos, la
levadura del espíritu práctico, del que retoñaron, más tarde, los
ingredientes del _self government_, el _self help_ y el _self control_,
primeros brotes de capacidad humana para la vida humana por iniciativa
humana, que hicieron pasar a la Holanda y la Inglaterra en el siglo XVII
el imperio del mundo que fue en el XVI de la España, doblemente entecada
por los ocho siglos de fatalismo musulmán y católico a la vez, sobre la
fe en el auxilio de Jesús y de Mahoma y los cuatro subsiguientes de
fatalismo católico puro, sobre la confianza en el auxilio de la virgen y
de los santos tutelares.
EL ALFARERO Y LOS CANTAROS
"La teología cristiana, en sus principales caracteres, fue desenvuelta
durante el período más calamitoso que haya atravesado la especie humana
en los tiempos históricos, dice Cotter Morison en su magistral _Service
of Man_. La decadencia y caída del imperio romano sigue siendo la más
grande catástrofe conocida; la muerte paulatina del antiguo mundo
dilatada por cinco siglos. Todo mal afligió a la humanidad en aquel
terrible tiempo: poder arbitrario, el más cruel y exento de
remordimientos; un fisco triturante, que al fin exterminó la riqueza;
pestilencias, que llegaron a ser endémicas y despoblaron provincias
enteras, y, para coronarlo todo, una serie de invasiones de hordas
bárbaras que pasaron sobre los países como un fuego devorador. Fue en
esta edad que los fundamentos de la teología cristiana fueron
asentados--la teología de los concilios y de los padres.--La concepción
de Dios, de su relación y manejos con el mundo, fue desenvuelta en una
sociedad que gemía bajo una opresión, miseria y aflicciones sin ejemplo.
No hay necesidad de decirlo, fue una edad de grande y casi mórbida
crueldad: los juegos del circo fueron una constante disciplina de
pasiones inhumanas...
..."La crueldad, la injusticia y el poder arbitrario eran demasiado
familiares para ser chocantes, demasiado constantes para que se les
tuviera por transitorios y accidentales. El mundo que veían era tomado
como un oscuro modelo y pronóstico del mundo ideal más allá de la tumba.
Dios era un poderoso emperador, un trascendental Diocleciano o
Constantino, haciendo su gusto con lo suyo. Sus edictos corrían al
través del espacio y del tiempo, sus castigos eran eternos, y
cualesquiera que fuese, su justicia no podía ser discutida. Y así estas
palabras vinieron a ser escritas": "Tuvo merced en quien quiso tenerla,
y fue duro con quien no quiso ser blando. Tú me dirás ¿por qué encontró
culpa? ¿Pues quién ha resistido su voluntad? Ahora, ¡oh, hombre! ¿quién
eres tú para replicar contra Dios? ¿Puede la cosa formada decir al que
la ha formado por qué me has hecho así? ¿No tenía el alfarero poder
sobre la arcilla para hacer del mismo pedazo una vasija de honor y otra
de deshonor?" lo que probablemente ha contribuido más a la miseria
humana que ninguna otra expresión salida del hombre. La enseñanza de San
Pablo cayó en un suelo fértil. Por cerca de 1.500 años la conciencia
humana no se sintió chocada por ella. Desde el nacimiento de la teología
arminiana ha habido una gradual y creciente revulsión de sentimientos, y
ahora se dice llanamente que "el alfarero no tiene derecho de estar
irritado contra sus cántaros. Si los quería diferentes debió hacerlos
diferentes". Las pretensiones de un "omnipotente demonio deseando ser
cumplimentado" como todo misericordioso, cuando está ejerciendo la más
perversa crueldad, no son ya admitidas en consternado silencio. Pero si
la gran dificultad del infierno y de los castigos eternos fue felizmente
superada, aun quedan, en todo el plan de la redención cristiana,
iniquidades morales y desvíos de que ningún hombre de bien del presente,
cualesquiera que sean su religión o su teología, querría hacerse
culpable. La noción de que Dios quería ser propiciado por la muerte del
inocente Cristo es totalmente baja y bárbara natural en las edades
rudas, cuando los sacrificios costosos eran un medio reconocido de
apaciguar deidades irritadas, pero repelente ahora. Difícilmente el
hombre más depravado, en su recto entendimiento, aceptaría el castigo de
un inocente en lugar del que le hubiera ofendido. Un hombre de espíritu
elevado casi lo sufriría todo antes que afrontar semejante enormidad.
"La idea es bárbara, bien digna de aquella concepción de la justicia de
los chinos, contenta si el ejecutor consigue un sujeto para operarlo,
pero indiferente respecto a que sea el culpable o no. Sin embargo, esta
cruel y bárbara noción es el eje de la religión cristiana; a lo menos
entiendo que aun no se ha descubierto que esté fuera de la escritura.
Todavía Satán puede molestar a los teólogos sueltos en este mundo como
en el otro. Cuando han esplanado su eterna función de atormentar las
almas en el infierno, tienen que aclarar sus extrañas distracciones
temporales en la tierra, y explicar como pueden ser permitidas por un
Dios misericordioso. A un ángel caído, de extensa habilidad, sutileza y
dolo, le está permitido tentar a los hombres y a las mujeres, aun a los
niños, a cometer pecado, alejarlos de Cristo, poner en peligro sus
esperanzas del paraíso. Y Dios, que permite esto, es supuesto de
detestar el pecado. Si hubiera deseado que abundase, ¿qué más pudo haber
hecho que dejar al archidemonio, ayudado por legiones de diablos
menores, ir como un rugiente león buscando a quien devorar, con
constante acceso a los hombres, aun hasta el interior de su mente,
susurrando malos pensamientos, estimulando, y, sin embargo, a menudo
alejado por santa oración, siempre renovando sus asaltos sobre las
pobres almas, hasta el último instante de la mortal agonía, triunfando
más a menudo que fallando en arrastrarlas a su lugar de tormento? La
petición de Cristo, "no nos induzcas en tentaciones y líbranos del mal",
nunca ha sido oída o nunca ha sido concebida. Siempre estamos inducidos
a la tentación, nunca estamos libres del mal de este lado de las puertas
de la muerte. Un ser sobrenatural que naufragó la felicidad humana en el
paraíso, y llevó el pecado y la muerte al mundo, está nombrado para el
oficio de tentar a los hombres, en todos los tiempos, en todos los
lugares, durante la vida; capaz de entrar en la mente de sus víctimas y
pervertir su alma, en sociedad y en soledad, en el sueño, aun en la
plegaria, capaz de asumir todos los disfraces, aun de aparecer como un
ángel de luz. El seductor humano más artificioso y vil, está limitado en
cuanto al tiempo y oportunidades de corromper al inocente. Satán tiene
constantes e invisibles accesos. Ahora, un padre o guardián que
permitiera a los niños a su cargo asociarse con malos caracteres sería
justamente condenado como falto del sentimiento, del deber y de
humanidad. Pero Dios permite algo infinitamente peor, por toda la
diferencia que va de un espíritu inmortal al más libertino de los
tentadores terrestres. Que lo ensaye un padre humano e imaginad la
angustia con que vería a su inocente, inexperta hija, del brazo de un
cumplido y fascinante seductor. ¿No sería su primer paso, poner término
a semejante corruptor comercio? ¿No perdonaría ampliamente la opinión
pública las violencias de su parte si apareciese que los designios del
villano habían sido coronados con un éxito lamentable? Sin embargo, se
entiende que el padre celestial ve esto y mucho peor a cada hora y a
cada minuto del día; ve al joven, al débil, al desvalido, asaltados por
un tentador sobrenatural, su propia criatura, su ángel rebelde,
enteramente malo y perverso; y lo ve triunfar en su empresa de arruinar
a las almas. Y entonces, el traicionado, la pobre víctima humana es
castigada, no el diablo".
Proscribiendo el uso de la inteligencia moderna para la vida moderna, la
Iglesia se ha habilitado para continuar explicando los hechos del
presente con la inteligencia del pasado, y pudiendo así acuñar verdad
obligatoria para sus fieles, con errores, mentiras y absurdos, puede
confeccionarles dogmas de fe sobre lo inexplicable, lo desconocido y lo
incomprensible, sobre el pasado y el futuro de la existencia humana. De
ahí que los teólogos se hayan distinguido siempre; como dice Buckle, por
su profundo conocimiento sobre las cosas de que no se sabe nada.
De ahí también que a los dogmas del pasado para salvar el alma es el
futuro haya que tragarlos enteros, como a las cápsulas de aceite de
castor, pues el que los mastica, los vomita y pierde el medicamento: "La
primera cosa que me haya repugnado en la religión que profesaba con la
seriedad de un espíritu sólido y consecuente, es la condenación
universal de los que la desconocen o la han ignorado, dice Mme. Roland,
en sus memorias. Cuando, nutrida de historia, hube encarado la extensión
del mundo, la sucesión de los siglos, la marcha de los imperios, las
virtudes públicas, los errores de tantas naciones, me parecía mezquina,
ridícula, atroz, la idea de un _creador_ que entrega a los tormentos
eternos a esos innumerables individuos, débiles obras de sus manos,
arrojados sobre la tierra en medio de tantos peligros y en la noche de
una ignorancia de la que tanto han sufrido ya. Estoy turbada sobre este
artículo, es evidente; ¿no lo estoy también sobre algún otro?
Examinemos. Desde el momento en que un católico ha hecho este
razonamiento, la Iglesia puede considerarlo perdido para ella. Concibo
perfectamente por qué los sacerdotes quieren una sumisión ciega y
predican tan ardientemente esta fe religiosa que adopta sin examen y
adora sin murmurio; ello es la base de su imperio; y éste está perdido
desde que se razona".
LA FE Y LA RAZON
A primera vista sorprende la supervivencia de tan grandes necedades
morales e intelectuales al lado de los grandes ensanches aportados al
entendimiento humano por las disciplinas positivas de la civilización
moderna.
Pero es que aquellas enormidades representan el ideal de justicia de las
épocas que precedieron a la civilización presente.
Y los creyentes de todos los credos, desde los últimos negros de África
hasta los más encumbrados príncipes cristianos, desde los fanáticos que
se hacen aplastar por las ruedas del Jagernaut hasta los bonzos, los
derviches, los lamas y los frailes que se aburren, se maltratan y se
envician en los conventos con sus tristezas confesionales, porque cada
uno entiende que no tenerlas sería mil veces peor, puesto que sería la
perdición entera; todos están aclimatados a la religión de su comunidad
como al clima de su país, y aun orgullosos de su respectivo lote de
mogigangas y tonterías, porque en ningún momento han estado en capacidad
ni en imparcialidad para juzgarlas, porque no hay comparación posible
entre lo que se siente y lo que no se siente, entre lo que se cree y lo
que no se cree; porque no hay posibilidad de juicio para el
entendimiento adulto entre lo que es precierto y lo que es prefalso,
desde la infancia.
El caballo que ha crecido comiendo pasto duro en el campo se muere de
inanición mordiendo palos o mascando tierra frente a una pila de maíz
desgranado, como, en las grandes sequías, el hindú, vegetariano por
precepto religioso, se muere de hambre en medio de un rebaño de vacas
sagradas o profanas, y en la misma situación se encuentran los
noctámbulos del oscurantismo, que, viviendo en el tenebroso ambiente de
las verdades reveladas, se sienten enceguecidos por la claridad de las
verdades demostradas, como los topos y los murciélagos por la luz del
día.
Como los creyentes en la fatalidad de la suerte del viernes o del trece,
los creyentes en las supersticiones católicas están aclimatados desde la
infancia a la fe en los fetiches y a su régimen de terrores y esperanzas
ilusorias, y perfectamente avenidos a las infelicidades y explotaciones
conexas, por su profunda convicción de hacerse infinitamente más
infelices si las dejasen; aclimatados a la perspectiva del fuego eterno,
como a los fríos glaciales el groenlandés que sufre en las regiones
templadas la nostalgia de sus nieves perpetuas.
Pero una religión desalentadora del esfuerzo personal para el
mejoramiento de la condición personal es obstructiva o depresiva de la
acción humana como un clima ingrato o enervante, y cuando concurren las
dos circunstancias a la vez, su acción general es doble, como es el caso
en las poblaciones musulmanas que habitan la zona tórrida en el viejo
mundo, y el de las poblaciones católicas de la misma zona en el nuevo.
Por supuesto, todos tenemos creencias--la creencia es la expresión, el
resultado, la forma de la razón humana en un asunto y en una época--pero
unos tienen creencias voluntarias que pueden cambiar o dejar, como el
traje civil del particular, y otros tienen creencias forzosas, como el
uniforme del fraile o del soldado, que no pueden cambiar o abandonar sin
incurrir en penalidades; unos tienen creencias antiguas y otros tienen
creencias modernas, porque la razón humana tiene hijas mozas y tiene
hijas viejas.
EL PASADO Y EL PRESENTE
La característica mental del hombre en la edad media fue el miedo a los
muertos y el terror a la muerte. La del hombre moderno es lo inverso,
cada día más pronunciadamente, y de aquí proviene el debilitamiento
progresivo de los poderes de derecho divino, fundados sobre la
supervivencia de los difuntos, resucitados para penarlos, si fueren
malos, y para petardearlos, si fueren buenos, y que al fin empiezan a
descansar en paz, reintegrados a la tranquilidad definitiva por la razón
humana, para libertar a la vida humana de las peores formas de la
imbecilidad humana.
La decadencia de los poderes espirituales que gobiernan a los vivos por
delegación de los muertos es un hecho paralelo y concomitante con el
relevamiento de la inteligencia humana por la civilización moderna. La
que fue más grande y más fúnebre en su ya lejana época de esplendor, la
que ha perseguido, torturado y destruido a mayor número de vivos en
desagravio de los muertos, la que en mayor medida sigue achatando a los
vivientes en homenaje a los fallecidos, es ya un poder en decadencia
manifiesta, un gigante en el ocaso de su existencia; un poder social que
gravita en favor de las hijas fósiles de la inteligencia humana y en
contra de su nueva y robusta prole; un poder que fue absolutamente
incontrastable hasta el siglo XV; un poder que fue aun irresistible para
el común de los hombres, pero ya afrontable por los príncipes y los
reyes hasta el siglo XVII; un poder que después de haber hecho temblar a
los emperadores puede ser despreciado por los niños.
Su función consiste siempre en alarmar las conciencias con terrores
imaginarios para venderles a precio de oro y de salud, la tranquilidad
que el racionalismo da gratis y completa, sobre un campo de acción que
para éste se ensancha y para aquélla se restringe, día por día, en
cantidad y en calidad, pues con el procedimiento de los teólogos
cristianos para la curación de la perversidad en los hombres por el
terror del infierno viene sucediendo lo que aconteció con la curación de
los heridos en las batallas por el aceite hirviendo: que la primera vez
que faltó medicamento para la mitad de los enfermos, los cirujanos
pudieron constatar, perplejos, que los no curados sanaron más pronto.
Apenas disminuido el miedo a los males del mañana, aumentó el valor para
afrontar los males del presente, y la barbarie, la esclavitud, la
servidumbre, el despotismo, la rapiña, las pestes, la guerra, la
imbecilidad, la ignorancia y la miseria, que por 18 siglos habían
coexistido con el pensamiento antiguo no pudieron coexistir con el
pensamiento moderno,--y vienen desapareciendo rápidamente con el
crecimiento de éste por la educación liberal.
Y las concepciones cristianas que sustituyeron a las del paganismo, se
encuentran hoy en la misma situación en que se encontraron éstas en los
tiempos de Séneca, que la describió así: "La religión es considerada por
el pueblo como verdadera, por los filósofos como falsa y por los
gobernantes como útil". De ella había dicho ya Polibio: "Si fuera
posible que un Estado sólo se compusiera de sabios, semejante
institución sería inútil; pero como la multitud es naturalmente
inconstante, llena de arranques desenfrenados y de cóleras locas, ha
sido necesario apelar a esos terrores de lo desconocido y a todo ese
aparato de ficciones aterradoras para dominarla".
Es, exactamente, a 2.200 años de distancia, el mismo razonamiento en
virtud del cual los gobernantes modernos subvencionan al cura para que
asuste al pueblo con patrañas y no van a misa porque entienden que ese
insano régimen del miedo crónico por peligros imaginarios, que no es
bueno para las personas ilustradas, es bueno para los ignorantes.
Felizmente, la reciente guerra ruso-japonesa, poniendo al descubierto el
enorme flaco de esta elaboración de la docilidad humana por el aceite
hirviendo del infierno, por los terrores del más allá y no por la
educación de las multitudes para la justicia, la rectitud, la
benevolencia y la cordura, les hará ver por egoísmo lo que no han
querido ver por generosidad de alma: que las sociedades organizadas
sobre el miedo al castigo, serán siempre inferiores en poder moral a las
sociedades organizadas sobre el sentimiento de la dignidad humana.
De todos modos, la terapéutica del pasado para la salud del alma y del
cuerpo mediante la magia religiosa está herida de muerte por la ciencia
positiva, aunque no esté muerta aun. Por lo pronto, este siglo XX
empieza para los factores de milagros por fuerzas sobrenaturales con una
disminución de sesenta millones de francos en la sola Francia, que fue
siempre el granero principal del vicario de Dios en la tierra, y que
hoy, sólo con cerrarle la bolsa del Estado, ha puesto a los cardenales a
medio sueldo en Roma.
Los grandes criminales contra la religión, que la Iglesia condenó y
quemó vivos, empiezan a tener estatuas; y mientras la literatura del
infierno está en bancarrota definitiva, las ciencias sociales, que aun
no han concluido de nacer, son ya dueñas del mercado.
El espíritu de investigación que está revisando, reformando, rehaciendo
y renovando todas las ideas de los hombres sobre el universo y la vida,
que nada ni nadie ha podido detener antes, que cada día es más vigoroso,
más amplio y más decidido, y que está paseando la antorcha de la Ciencia
hasta por los terrenos vedados a la razón humana por la palabra divina,
viene también, detrás de los fugitivos de Francia y de Filipinas, a
rescatar para la moral del amor y de la simpatía, del pensamiento y la
acción, esta América del Sud, que fue consagrada a la moral del
infierno y al servilismo espiritual por sus primeros colonizadores, y
que ha sido desde entonces un infierno de odios y rencores, de
esterilidad mental y de persecuciones y atrocidades sin cuento,
simplemente porque los caudillos políticos acudieron a los mismos
resortes de gobierno que la religión había implantado en el alma de los
sudamericanos; el miedo al mal y la resignación para aguantarlo
pasivamente.
Hace apenas un siglo que empezó a desviarse hacia los sanatorios y las
clínicas, la corriente de enfermos y lisiados que antes inundaban los
santuarios de las diferentes Mecas cristianas en busca de la salud por
el milagro, y hoy ya es río lo que hace 50 años era arroyo y viceversa.
Y los mismos sacerdotes de Lourdes y de Luján, testigos fehacientes de
tantas y tan variadas curas maravillosas, cuando se enferman, llaman al
médico, su viejo rival antes proscrito y quemado vivo, y hoy triunfante
en toda la línea.
Todo viene por su orden. Ahora empieza a haber quienes piensen en la
emancipación moral del pueblo; mañana habrá quienes la realicen. "Si se
nos preguntase cuál es la fe que anima actualmente no sólo al
liberalismo político en todo el mundo civilizado, sino también a las
masas de hombres y mujeres que no pueden decir a qué escuela pertenecen,
la respuesta sería que lo que guía, inspira y sostiene a la democracia
moderna, es la convicción del progreso ascendente en los destinos de la
humanidad, dice John Morley. Y es emocionante pensar cuán nueva es esta
convicción; a cuántas mentes privilegiadas fue desconocido éste que es
el más fortificante de todos los lugares comunes... La moderna creencia
en el progreso no figuró entre los ideales del siglo XVIII, aun tomando
por sus exponentes a Voltaire, Montesquieu y Diderot, y Rousseau
concebía la historia de la civilización como la de la caída del hombre".
Y lo que la ciencia divina no ha podido realizar en 18 siglos de ayunos,
penitencias, excomuniones, autos de fe, procesiones, rogativas,
peregrinaciones, exorcismos, misas y novenas: la disminución de la
perversidad humana, que era su principal objetivo, la ciencia humana lo
ha realizado en uno solo, haciendo adelantar más a la humanidad en los
últimos cien años que en los cien mil años anteriores.
Para adecentar la vida pública y la moral privada, v. gr., la sola
libertad de la prensa ha resultado más eficaz que las legiones de
censores, confesores, inquisidores y predicadores, que torturaban
disidentes y liberales mientras el papa Alejandro VI, su hijo el
cardenal César Borgia y su hija Lucrecia, daban a la Europa cristiana el
modelo de una perversidad y depravación que no han sido superadas.
Por lo menos quince siglos fueron consagrados íntegramente al estudio de
las cosas que sólo existían en la imaginación de los visionarios de
primera agua o de contagio, y desde el doctor en teología hasta el
labriego, nuestros antepasados, ignorando casi todas las cosas
necesarias a la salud en este mundo, o sabiéndolas al revés, tenían
conocimientos seguros, precisos y detallados sobre todas las cosas
necesarias a la salud en el otro mundo. Nada sabían de las ciencias y
las artes de la salud y la riqueza en la tierra, teniendo apenas
conocimientos rudimentarios de agricultura, pero eran eruditos en
milagros y reliquias, y profundamente versados en historias de santos,
de brujas, diablos, duendes, fantasmas y sucedidos maravillosos;
ignoraban casi toda la historia y la geografía de este mundo, pero
sabían perfectamente la historia y la geografía del otro, habiendo
llegado hasta determinar la ubicación, la capacidad, la extensión y la
población del cielo, el purgatorio y el infierno, y el nombre de los
ángeles, que lo tienen, dice Hubbard, "para que la lavandera no les
confunda la ropa".
La educación de los niños sin el castigo y la emulación, por la bondad y
la simpatía como medio de apartar a los hombres del mal por la provisión
de aptitudes para el bien, de decencia y aseo, de iniciativa, dignidad,
autocontrol y valor para el trabajo, el más importante de los
descubrimientos modernos, no fue ni siquiera sospechado, y sólo pudo
pensarse en el látigo y el azúcar con que se amansa a las bestias, para
amansar a los hombres; en la recompensa y el castigo, como únicos medios
posibles, aunque ineficaces para inducirlos al bien y alejarlos del mal,
en este mundo y en el otro. "La prisión, la tortura y la muerte
constituían una trinidad bajo cuya protección la sociedad podía sentirse
segura, dice el coronel Ingersoll... Hace algunos años solamente, que
más de 200 ofensas eran penables con la muerte, en la Gran Bretaña. La
horca fructificaba todo el año y el verdugo era el hombre más ocupado
del reino--pero los criminales aumentaban... porque no hay reforma en la
degradación: todo degradado por la sociedad se convierte en su enemigo
implacable".
Desde que los hombres creyeron en el cielo y el infierno, escapar al
infierno y ganar el cielo era la gran cuestión, y la infelicidad era el
medio porque estaba dicho que los últimos serían los primeros y los
primeros serían los últimos en el reino del Señor.
En la plena seguridad de ser, en definitiva, archipagados en dicha
futura de todas sus desdichas presentes, los creyentes sinceros no se
preocuparon de evitarlas sino de padecerlas adrede, como los pordioseros
que avivan constantemente sus lacras profesionales para sacar más dinero
a los transeúntes compasivos, y como el perro de la fábula, que cruzando
el río, vio reflejado en el agua y agrandado por la refracción el trozo
de carne que llevaba en el hocico, y, creyendo que eran dos, lo soltó
para agarrar el más grande; así el bienestar presente fue abandonado
para alcanzar la dicha eterna. Y la libertad, la justicia, el progreso,
el bienestar, las ciencias y las artes, todo lo que realmente vale, no
importó ya un bledo a la conciencia humana.
Y sólo después de 1.600 años consagrados a producir los héroes de la
otra vida, y los sabios del otro mundo, cuyas imágenes pueblan los
nichos de las iglesias, pudieron las naciones cristianas empezar a
producir, al fin, los sabios de este mundo y los héroes de esta vida,
cuyas estatuas se levantan en las plazas públicas para ofrecer nuevos
modelos de conducta a las nuevas generaciones.
Y del deseo y la esperanza del bien en este mundo surgió el instrumento
del bien en este mundo; el espíritu de progreso que viene embelleciendo
y alargando la existencia, sin despojarla de esa emancipación suprema
que es la muerte, y sin descorrer la cortina que oculta el más allá en
el insondable enigma que hace el encanto de la vida, según la expresión
de Holyoake, y que desaparecería desde el momento en que la jugásemos a
cartas vistas, como en efecto desaparece por completo para los
completamente convencidos de la existencia real de la dicha y la
desdicha eternas, que vegetan en la ermita o en el claustro esa
infecunda y monótona vida de atesoradores de dicha póstuma por
abstinencia de dichas presentes, sin hogar, sin familia, sin amor, sin
afecciones, y a medias para los convencidos a medias, que en la sociedad
viven un poco para este mundo y el resto para el otro.
"Usted me pregunta ¿cómo puedo ser feliz sin la esperanza de una vida
futura? El niño que no piensa nunca en una vida futura encuentra, no
obstante, los medios de ser feliz", dice Elisa Movory Bliven. Y los
desgraciados niños a quienes se obliga a pensar en el diablo, el
purgatorio y el infierno, tienen desde entonces y según la dosis del
veneno, más o menos malogradas sus alegrías del presente por sus
aprensiones y sus temores del más allá. "El peso de la muerte se alivia
a cada generación, a medida que sus formas violentas, y sus terrores
póstumos se atenúan, dice Maeterlinck. Lo que más tememos en ella es el
dolor que la acompaña o la enfermedad que la precede. Pero ya no es la
hora del juez irritado e incognoscible el objeto único y espantoso, el
abismo de tinieblas y de castigos eternos. Nuestra moral ¿es menos alta
y menos pura desde que es más desinteresada? ¿La humanidad ha perdido un
sentimiento indispensable o precioso perdiendo un temor?"
LA ESCUELA RELIGIOSA
Por el contrario, la humanidad ha ganado inmensamente desde que empezó a
convalecer del miedo al infierno que la hizo tan miserable, tan cruel,
tan dura y tan implacable en el pasado.
La proporcionalidad del castigo con la falta, por ejemplo, ha empezado a
ser desde el siglo último la regla en las leyes de la tierra, gracias al
abogado Beccaria, y en la actualidad las personas de sentimientos
morales refinados son ya capaces de comprender la monstruosa iniquidad
de los tormentos eternos que sancionaron los iluminados por el Espíritu
Santo para castigar en el otro mundo los errores de los hombres en éste.
El presidio perpetuo con tormentos vitalicios, que fue la pena común,
hasta para muchas acciones que hoy consideramos como derecho corriente y
perfecto del ciudadano, la ergástula está desapareciendo de la
legislación de las naciones civilizadas, aun para los delitos
monstruosos y la ergástula a perpetuidad para la segunda vida subsiste
todavía en el código moral de la Iglesia medioeval, hasta para el mero
cumplimiento de los deberes naturales, que ella considera crímenes si
son realizados sin su licencia y sacramento cuando se practican con su
intervención.
Es que la moral milenaria, la moral revelada a los hombres de una vez
para siempre en la infancia de la civilización, no puede cambiar sin una
nueva revelación que anularía a las precedentes, quitando a la Iglesia
su única base posible: el origen divino y la infalibilidad, que es su
corolalario, y en cambio, puede ser inoculada al hombre moderno en la
infancia del entendimiento que corresponde a la infancia de la especie.
En ese momento crítico de la vida en que la curiosidad ingenua, sedienta
e indiscriminativa, hace su primera provisión de explicaciones sobre los
hechos y las cosas del mundo, y en que toda clase de supersticiones
puede penetrar en la mente y arraigar, el hogar, el ambiente y la
escuela tienen un rol de primera clase.
Y en esas circunstancias, el plan de la escuela religiosa es satisfacer
la curiosidad natural del niño sobre los hechos y las cosas del universo
que le rodea, con las explicaciones que los sabios antiguos, graduados
en dilatados cursos de ayuno y meditación solitaria en los desiertos, en
las cuevas, en las ruinas o en los claustros, pusieron en boca de los
dioses de entonces, para darles una autoridad que ellos no tenían, a fin
de exigir una aquiescencia absoluta, única manera posible de hacerlas
eficaces en su tiempo, y el objeto de la escuela positiva es satisfacer
esa misma curiosidad con los conocimientos positivos adquiridos por los
sabios modernos en la investigación de la naturaleza con los métodos
modernos, y sin exigir para ellos obediencia ni aquiescencia de ninguna
clase, que el progreso de la inteligencia humana ha hecho innecesarias,
desde que la verdad no trae ya de un supuesto mandato de los muertos,
sino de su concordancia con la realidad, su fuerza de convicción sobre
el entendimiento.
LA REVELACIÓN Y LA EVOLUCIÓN
La concepción judía que informa los dos testamentos, y según la cual la
marcha de la humanidad es un proceso de decadencia apenas contenido,
porque el hombre salió perfecto de las manos del creador y se deterioró
a perpetuidad por el pecado original, la más diametralmente opuesta al
concepto moderno de la evolución ascendente de la especie humana, fue un
concepto común a todos los pueblos antiguos, el fruto natural del
pesimismo resultante de la impotencia del hombre ante los males de la
tierra y la omnipotencia de las leyes naturales, inconquistadas por la
inteligencia humana.
Y en todas, el ideal consciente o subsconsciente fue la permanencia o el
acercamiento al estado o condición en que el hombre estuvo en contacto
con la sabiduría máxima de su respectivo Confucio o Salomón, o en
comunicación con la divinidad misma por los respectivos profetas o
apóstoles; todos vivían con el pensamiento en el pasado y confiando en
el auxilio póstumo de los antepasados; todos entendían que los tiempos
felices, los tiempos heroicos, los tiempos santos estaban detrás y no
delante de la humanidad presente. Los estudios de los filósofos y de los
teólogos--utopistas retrospectivos--la enseñanza en las escuelas, la
predicación en los púlpitos, todo estaba orientado sobre la ansiada
vuelta al pasado glorioso, o santo, o dichoso. La sabiduría era una
fórmula verbal salida del pasado y del misterio.
Y así, el don capital de la especie humana: la posibilidad de mejorarse
indefinidamente, quedaba siempre más o menos anulado por todas las
doctrinas religiosas o filosóficas que entendían darle nueva vida,
porque "toda teoría es gris, y el árbol de la vida es siempre verde",
como dijo Goethe, porque el pensamiento humano es como el agua, que
estancada se corrompe y en movimiento se purifica. Aunque haya caído del
cielo en gotas cristalinas y oxigenadas, de la inmovilidad del charco o
del pantano se enturbia, poblándose de inquilinos dañosos, de microbios,
infusorios, larvas y guzarapos. Así las miriadas de mogigatos,
sacristanes, legos, frailes, monjas, ermitaños, abates, canónigos, curas
y obispos, sobrevenidos por generación espontánea de alimañas en el
pensamiento cristiano, estancado desde el siglo III y corrompido en
consecuencia inevitable, por los credos, los dogmas, las bulas, los
breves y los cánones.
Es que el mal de todas las religiones está en su esencia misma, en que
no pueden reverdecer constantemente como el árbol de la vida, reponiendo
con hojas verdes las hojas secas y con nuevos retoños los troncos
viejos; en que no puedan cambiar y caminar con el progreso del espíritu
humano. Son un soplo de vida y acción, una llamarada de infinito que
alumbra y deslumbra un momento, como lo hizo el mahometismo en los
tiempos históricos, para caer después en un nuevo plan de oscuridad
mental, de esterilidad espiritual y moral. La filosofía, la literatura y
el arte griego viven aun, reincorporados a nuestro caudal intelectual.
De las religiones egipcia, griega y romana que imperaron por tantos
siglos, no queda nada, nada, si no es el lamentable fetichismo
incorporado a las iglesias griega y latina, de las que tampoco quedará
nada.
En la Europa y la América cristiana, como en la China, como en el África
musulmana, el pasado espiritual primaba en absoluto sobre el presente;
la palabra del "maestro", de los profetas y de los apóstoles era la
última ratio del espíritu humano. Como el Cid, que ganó batallas después
de muerto, San Juan Crisóstomo, San Agustín y Santo Tomás, han triunfado
por muchos siglos en todas las controversias. En derecho, en medicina,
en ciencias naturales, "lo que pensaron los sabios antiguos" hacía ley
para los sabios modernos. Los más atrasados, vale decir, los más
versados en el saber antiguo, eran los más calificados para enseñar el
pasado al presente, y a ese título la Iglesia fue la institutriz
universal.
Recién cuando en el siglo XIX la paleontología, la filología, la
arqueología, etc., etc., pusieron en descubierto el enorme error de
aquellas concepciones, demostrando que el hombre cuanto más antiguo
había sido menos fuerte y menos sano, menos sabio y más bárbaro, surgió
la teoría de la evolución ascendente y se empezó a concebir la
perfección del hombre como un hecho del presente y del futuro, y el
espíritu humano pudo transferir su orientación y sus objetivos del
servicio de los muertos al servicio de los vivos, de los males que
fueron a los males que son, del mundo de la nada al mundo de la vida,
del estancamiento al progreso, del quietismo a la acción, del
absolutismo a la libertad, de la tradición a la evolución, "trasladando
el centro de gravedad intelectual y emocional de Dios a la humanidad",
el inmenso acontecimiento que se está realizando en nuestros días, y que
será el principio de una transformación universal más grande y más feliz
que todas las que la han precedido en el curso del tiempo.
Por el momento estamos en el período de transición, con la escuela
religiosa que, ayudada por la inercia intelectual que comportan 18
siglos de oscurantismo, en credulidad e ignorancia crónicas, educa a los
niños para las verdades y las virtudes del pasado, y la escuela liberal
que los educa para las posibilidades del presente en rumbo al porvenir;
con escuela sectaria que cierra y la escuela positiva que reabre la
curiosidad humana, esa benéfica hambre de saber y de inventar que nos
da, en término medio, una maravilla por semana.
Entre nosotros, el progreso del liberalismo es bastante satisfactorio,
si se considera que surgimos a la refulgente libertad moderna desde la
miserable intelectualidad medioeval, tan celosamente preservada por los
frailes en la España y en sus colonias; que aun no llevamos un siglo de
vida independiente y que su primera mitad fue, fatalmente, la
prolongación del terrorismo y del oscurantismo coloniales, que hicieron
fracasar la temprana iniciativa liberal de Rivadavia, y proscribieron la
ilustración clausurando las escuelas en la época de Rosas, después de la
cual fueron reabiertas bajo la férula de los sacerdotes--beneficiarios
en todas las épocas de salvajismo; que nuestra instrucción pública sólo
es aproximadamente laica desde 1884; que hasta el setenta y tantos los
internos de los recientes colegios nacionales solíamos tener que fugar,
todavía, saltando las paredes del fondo para escapar a la confesión
obligatoria en semana santa; que la humanidad no produce sino un
educador en cada siglo, como dijo Emerson, y que recién empezamos a no
echar de menos a Sarmiento en la dirección superior de la instrucción
pública; que nuestra ley de matrimonio civil es de ayer y la estadística
arroja, ya en nuestra gran capital dos tercios de matrimonios sin
intervención del cura; que la casi totalidad de nuestros hombres maduros
tuvieron fresco el entendimiento cuando estaban verdes y no se habían
difundido aún, con los ferrocarriles y la prensa, las ideas y los
sentimientos modernos, cada día más amplios en el amor a la verdad y a
la humanidad, que inducen a las almas bien templadas a trabajar en este
mundo de los vivientes para dejarlo a su partida mejor que lo
encontraron a su llegada, a la inversa de ese mezquino sentimiento de
los creyentes en la magia religiosa que los induce a dar y legar a las
iglesias para el bien de su alma exclusivamente.
LAS ÚLTIMAS AURORAS
El siglo XIX es el punto de partida de una nueva era más preñada de
beneficios para los hombres que la que se abrió con el sermón de la
montaña; es el momento del tiempo en que los hombres más altamente
civilizados empiezan a dejar de pedirle a Dios que los haga buenos y
sabios y fuertes, para esforzarse en serlo por sí mismos; a
desentenderse de los mundos imaginarios para sacar partido del mundo
real, saliendo del redil de la revelación para conquistar la naturaleza,
cambiando su punto de mira del pasado al porvenir, del fatalismo al
determinismo, de la oración a la acción, del desalentado pesimismo al
animoso optimismo, sueltas las alas del espíritu para explorar todos los
horizontes sin pasaporte de la autoridad eclesiástica; emancipados de
esa tonta piedad por los muertos que mantiene a los creyentes llorando
estúpidamente sobre las miserias remediables del presente por las
desgracias irremediables del remoto pasado, afligidos por los
sufrimientos de Jesús, de los mártires y de todos los difuntos y
perfectamente insensibles a los sufrimientos de los vivientes;
esclavizando al prójimo para explotarlo en vez de apropiarse las fuerzas
de la naturaleza para libertar los brazos del hombre, horadar las
montañas, surcar los mares, canalizar los ríos, acortar las distancias y
penetrar en las entrañas de las cosas para descubrir sus leyes, aislar
los microbios, inventar los sueros y los anestésicos y descubrir la
pedagogía y la psicología, la asepsia y la antisepsia, que les
permitieran llegar a sus propias entrañas físicas y mentales, para
extirparse las infecciones, los tumores, los cálculos y los quistes, los
malos humores y las malas pasiones, en la plena seguridad de que haya o
no haya Dios, el que haya hecho más bienes y menos males, el que haya
sido más útil a los suyos y a los extraños, el que menos haya padecido
de la ira del odio y más haya disfrutado del amor y la amistad, en una
palabra, el que "haya sido una grande alma en este mundo, tendrá más
probabilidades de ser una grande alma en cualquier otro mundo".
En el siglo XIX, en efecto, se ha librado la batalla decisiva entre los
nuevos y los viejos ideales, que se baten ya en retirada. Los derechos
del hombre están desalojando a los del sacerdote y del rey, la nobleza y
el clero han perdido sus privilegios seculares, la dignificante
solidaridad está sustituyéndose a la humillante caridad, ha tenido lugar
la emancipación de los siervos y la liberación de los esclavos, y detrás
de ellos el obrero socialista, no el obrero católico que se empeña en
seguir siendo del cura, el obrero ha entrado a ser persona, con derecho
de vivir, de pensar y de luchar por la emancipación económica, para el
mejoramiento de su condición social por una más justa participación en
los frutos de su trabajo. Y finalmente, la mujer, la hija y esclava
espiritual del confesor--el secular intruso en el hogar católico--suegro
suplementario en el matrimonio religioso, recuperando su personalidad,
se incorpora, ella también, al movimiento emancipador de la raza humana
subyugada por la Iglesia divina.
Entretanto, felices nosotros que podemos presenciar en estos momentos el
crepúsculo de lo que fue y la aurora de lo que será. Dichosos nosotros
que podemos pensar y decir sobre el futuro y el pasado lo que se nos
venga a la mente, sin temor de que nos atormenten, nos quemen o nos
destierren los ministros de Dios ofendido y enojado por ello, como lo
hacían con nuestros abuelos, casi sin temor de que nos injurien, nos
calumnien y nos persigan, como lo hacían con nuestros padres, los
representantes oficiales del Dios de bondad.
Los que tienen motivos sobrados para estar quejosos, apenados y tristes
no somos, ciertamente, los que tenemos la conciencia libre de terrores
fantásticos y a nuestro alcance la ciencia, que es el poder de hacer
milagros efectivos, sistema Edison, Röntgen, Marconi, etc., etc., sino
los fabricantes de terrores y milagros imaginarios, los sacrificadores
de la verdad humana a la verdad divina, los ayer omnipotentes
fulminadores de las iras y de las venganzas del Todopoderoso, hoy
expulsados como leprosos mentales de la nación más adelantada de la
Europa, y sin poder defenderse, porque aquella arma formidable con que
gobernaron al mundo hasta el siglo XVIII--la excomunión--está reducida
por el progreso de la razón humana al modesto rol de carabina de
Ambrosio.
EL PASADO Y EL FUTURO
Si un loco antihumanitario se echara hoy a buscar un medio de gravar a
los hombres con el máximum de incapacidades, gastos, trabajos y
penalidades, para el más inútil de los objetivos imaginables,
seguramente no podría encontrar nada tan eficaz como las religiones
reveladas "antes de la ciencia y la civilización", como dice A. France.
Por ese doble juego de gobiernos simultáneos, mancomunados y
superpuestos sobre el pueblo, el temporal para las necesidades de este
mundo, el espiritual para las necesidades del otro, nuestros antepasados
treparon la cuesta de la vida con dos enormes pulpos sobre las espaldas,
que les impedían desarrollarse y crecer, arrebatándoles todavía la mayor
parte del mezquino fruto de sus amenguadas energías, en compensación del
trabajo que se tomaban para coartarles el pensamiento--que es una forma
del movimiento, como la electricidad, el magnetismo o la luz,--matarles
el espíritu de iniciativa y tutearlos después que les habían tullido la
capacidad de obrar y de conducirse solos.
Aprender de memoria el ininteligible catecismo--el librejo más lleno de
absurdos y patrañas después del Corán--asistir obligatoriamente a todos
los actos y ceremonias religiosas, diurnas y nocturnas, no pensar sin
permiso del cura, ayunar, confesarse, comulgar, hacer penitencias,
afligirse y llorar en los días y horas prefijados, obedecer a la campaña
de la iglesia como las mulas al cencerro de la madrina, pagar a los
sacerdotes los diezmos y primicias, fuera de los impuestos
extraordinarios por milagros accidentales y por cada uno de los
acontecimientos de la vida, desde el nacimiento hasta después de la
muerte, en los funerales y los "cabos de años", todo bajo pena de
excomunión, persecución, confiscación de bienes, y destierro o muerte.
Comprar al príncipe el derecho de vivir sometido a todos sus caprichos y
brutalidades, y el de trabajar bajo los reglamentos más estúpidamente
antieconómicos, en el mejor de los casos--en el del hombre libre--eran
ciertamente condiciones sociales, económicas y morales que hacían
imposible la prosperidad del habitante y el progreso de la nación.
Sólo por la disminución del gobierno espiritual de la Iglesia y del
gobierno temporal de los príncipes, y en la medida en que se lograban al
influjo de la filosofía y de las ciencias renacientes, por explosiones
sucesivas de los doblemente oprimidos y explotados, ha venido
acrecentándose la capacidad humana por la vida humana.
Y como en los países protestantes disminuyó primero el gobierno
eclesiástico por la secesión con el papado y la supresión de los
milagros, la confesión, la comunión, las indulgencias y el óbolo de San
Pedro, fue en ellos donde primero se acrecentó por la fe en la ayuda
propia que sustituyó a la fe en el auxilio milagroso de los santos, la
capacidad del individuo y la correlativa prosperidad de las naciones. Y
como en España y en Italia fue más cargosa la tiranía eclesiástica,
fueron también en ellas más agobiado el individuo y más empobrecida la
comunidad por la Iglesia que había hecho de las sagradas escrituras no
un faro sino un presidio de la inteligencia humana, un presidio sin aire
y sin luz, al que los protestantes le pusieron con el libre examen,
puertas y ventanas.
Cuando los romanos llegaron al Egipto, no pudo resistirles, porque los
sacerdotes absorbían en este país la tercera parte de la riqueza
nacional, para sus inútiles mojigangas. A su vez las exacciones del
fisco romano, centuplicadas por la avaricia insaciable de los
publicanos, habían destruido _in situ_ la fuerza del imperio, desde
mucho antes de las invasiones de los bárbaros, y las explotaciones de la
avaricia sacerdotal, reforzada por el Santo Oficio y los jesuítas, y
admirablemente secundada por la imbecilidad de los reyes y de los
ministros fanáticos, que expulsaron a los judíos y a los moros para
hacer la unanimidad católica, convirtiendo al habitante en siervo de la
Iglesia y a los 3|5 del territorio fértil en bienes de mano muerta,
aniquilaron tan radicalmente la energía humana del imperio en que no se
ponía el sol, que, sin empujones de afuera, se cayó de decadencia
espontánea por debilidad intrínseca, como se están cayendo los pueblos
musulmanes del presente.
Y como es natural que el remedio sea más grande donde es más grande el
mal, según ocurrió en la revolución francesa, si los países latinos
aventajaran a los anglosajones en desprenderse completamente de ese
enervante y costoso gobierno de las conciencias por el Vaticano, como lo
ha iniciado la Francia, recobrarían, en el futuro, el terreno perdido en
el pasado.
Porque se puede prever, desde ahora, la universal superabundancia de
capacidad humana para los problemas de la vida humana, que sobrevendrá
cuando hayan desaparecido del todo, con la clase sacerdotal que los
explota, los problemas de la vida futura, que hoy consumen todavía parte
tan considerable de la energía humana en costosas ceremonias
absolutamente inútiles y en afanes sobre el vacío para hallar las más
diversas y disparatadas soluciones ilusorias de lo insoluble.
DIOS MEDIOEVAL Y DIOS MODERNO
El concepto de la glorificación de Dios por la anulación voluntaria del
hombre, arrodillado ante su creador, de miedo a su creador, que es la
idea madre subyacente en la ordenación católica del pensamiento humano,
la que engendró el oscurantismo, el misticismo y el monasticismo sobre
la abdicación de la razón, de la virilidad, de la voluntad y de la
dignidad humanas, la que informa toda la conducta de la Iglesia en su
guerra sin cuartel contra todos los progresos de la humanidad por
iniciativa del hombre, ese principio fue el alma de las sociedades
cristianas del pasado, fundadas sobre el derecho divino, fatalmente
sectario, autoritario y absolutista.
El concepto de la glorificación del Creador por el engrandecimiento
intelectual, moral y material de sus criaturas, fruto superior de la
razón moderna, formada lenta y subrepticiamente por la filosofía
moderna, sobre los restos del pensamiento griego salvado por los árabes
del vandalismo cristiano de los primeros siglos de fe, este principio
esencialmente afirmativo y constructivo, concorde con la ley de
evolución, por el que el hombre marcha paralelo con las fuerzas de la
naturaleza y fortalecido por ellas, como diría Emerson, tan
diametralmente opuesto al principio esencialmente negativo e inactivo de
la teología cristiana que se propone, como el paganismo, contrarrestar
las energías de la naturaleza con la magia religiosa, esta dignificante
y operante concepción de la vida, levadura del liberalismo y alma de la
civilización moderna, fue adoptada y apadrinada desde su nacimiento por
la franc-masonería, que se reconstituyó para propender al
desenvolvimiento de la verdad, la justicia y la fraternidad, sobre los
Derechos del Hombre, al fin proclamados netamente en la declaración de
la independencia americana, y sobre las ruinas de la Bastilla, en el
último tercio del siglo XVIII.
Hay, pues, una oposición fundamental, perfectamente caracterizada desde
1864 por el Syllabus de Pío IX, entre la manera cómo entienden concurrir
al progreso los albañiles del templo de la justicia, que, prescindiendo
de las diferencias de raza, nacionalidad, color, condición social y
opinión política o religiosa, trabajan para ensanchar la libertad, la
igualdad y la fraternidad humanas, y la manera cómo entienden servir a
Dios los hombres y las mujeres que renuncian al esfuerzo, al pensamiento
y la acción, y se confinan en la pasividad y la esterilidad voluntarias
de la oración, la penitencia y la humillación, en este mundo de los
vivos, para ser recompensados en el de los muertos.
LA SOCIEDAD PRESENTE Y LA FUTURA
En estas sociedades que descansan, todavía, sobre el lujo y la miseria,
sobre la ociosidad de los unos y el trabajo de los otros, lo que los
padres quieren procurar a sus hijos no es la capacidad para producir,
sino la capacidad para disipar, la posibilidad de disfrutar sin
producir, en una palabra: la riqueza. Y lo que hombres y mujeres buscan
principal o secundariamente en el matrimonio, es la dote inmediata o la
herencia en perspectiva.
Y desde que la riqueza confiere la posibilidad de alcanzar los honores y
los privilegios, y la satisfacción de todos los gustos, los apetitos y
las vanidades en boga, y aun la de comprar a la Iglesia la salvación
eterna, y que ella pueda ser adquirida por medios ilícitos o perversos,
con más o menos riesgos, hay un premio eventual para la depravación
moral, una seducción permanente--que en muchos países y en ciertas
ocasiones suele hacerse irresistible--para la mentira, el robo, el
peculado, el fraude, el asesinato y la guerra.
Sin duda la profesión de bellaco, que es entre los musulmanes y que por
tantos siglos ha sido en la cristiandad el medio más rápido y eficaz de
conquistar honores y privilegios y de alcanzar títulos de nobleza, en el
achatamiento universal de los pobres de espíritu que elaboraba la
Iglesia, se viene haciendo cada vez más peligrosa y menos lucrativa y
honorífica, con el reverdecimiento de la energía al influjo de los
ideales modernos, pero, todavía, y particularmente en los países
católicos y ortodoxos, el inquilino de la sociedad contemporánea está
instalado en un plano fuertemente inclinado hacia la perversidad humana,
resultando siempre más o menos ineficaces para contenerlo arriba todos
los terrores en uso, civiles o religiosos, y todos los surtidores
permanentes o occidentales de energía moral.
Pero, según el rumbo que llevan las ideas avanzadas del presente, en la
sociedad del porvenir, lo que los padres querrán dejar a sus hijos, lo
que buscarán en el matrimonio los hombres y las mujeres, será "la salud
o la plenitud que responden a sus propios fines y tienen para ahorrar,
correr e inundar los alrededores y crujir por las necesidades de los
otros hombres", como dice Emerson; será la aptitud para conducirse y
prosperar por sí mismo, la capacidad intelectual, moral y física para la
felicidad humana por la fraternidad humana, la sensatez, la dulzura, la
belleza de alma; por el trabajo, el amor y la amistad, según aquella
exacta definición de la dicha, que la hace consistir en "tener siempre
algo que hacer, alguien a quien amar, alguna cosa que esperar".
Transformados así los ideales directrices de la conducta individual,
esclarecida y reafirmada esa tendencia natural primaria del espíritu a
estimar a los individuos según el bien que produzcan para los demás
hombres, que no ha suscitado los tiranos y los usureros, pero sí los
mártires de las ciencias y las artes, los héroes de la libertad, de la
justicia, de la fraternidad, de la filantropía, los exploradores, los
inventores, los educadores, los pensadores, los músicos, los poetas, los
conspiradores, los patriotas, el bienestar del individuo, que hasta
ahora "depende de lo que se anexa, absorbe o apropia, dependerá de lo
que irradie", como dice Hubbard, y entonces el plano en que se desliza
la conducta personal en la sociedad habrá invertido su inclinación de la
iniquidad a la rectitud, del egoísmo al altruismo, de la soberbia a la
benevolencia, de la insolencia a la cortesía, de la hipocresía a la
sinceridad, de la mentira a la verdad, y habrá llegado para el común de
las gentes esa situación de las almas superiores en todos los tiempos,
desde Sócrates, Platón, Jesús, Epicteto y Marco Aurelio, hasta el
filósofo de Massachussets, que la describe así: "Todo hombre tiene
cuidado de que no le engañe su vecino. Mas llega un día en que se cuida
de no trampear él a su vecino".
EL PORVENIR
En el siglo XIX la vida humana ha sido alargada en diez años por la
supresión de las epidemias, tanto y tan inútilmente suplicada a Dios,
puesto que dependía del adelanto de las ciencias humanas que él no podía
crear y difundir, y de las obras de salubridad que él no podía
construir; por la disminución de la miseria que dependía de la libertad
política, de los métodos económicos y de las máquinas que él no podía
inventar; por la disminución de la imbecilidad humana mediante la
educación y la instrucción, que Dios no puede hacer y que están haciendo
las escuelas y las universidades.
"El cuerpo, que es el irreconciliable enemigo del alma en la doctrina
cristiana" está recibiendo ahora, hasta de los creyentes en la virtud
póstuma, de la mugre y de las llagas, atenciones que el gran Pascal
hubiera considerado pecaminosas.
En el último siglo la pena de muerte ha sido gradualmente restringida, y
reducidas las prisiones en número y en grado de mortificación a la mitad
de lo que fueron en el precedente, y la tendencia está pronunciada en el
sentido de transformarlas en reformatorios por el trabajo y la
instrucción, mientras una educación más racional acabe por hacerlas
innecesarias, pues "las malas pasiones no son, como dice Manuel Ugarte,
carne del hombre, sino enfermedad adquirida del ambiente en la niñez".
Cuando la felicidad humana era poca y la infelicidad era mucha, aquélla
alcanzaba apenas para unos cuantos acaparadores y ésta sobraba para el
resto de los hombres. Por efecto de los trabajos de las ciencias y las
artes liberales que suprimen progresivamente la segunda, y de las
reivindicaciones del pueblo que extienden periódicamente la primera, la
educación de la inteligencia y de los sufrimientos, el bienestar y la
dicha, podrán alcanzar para todos los hombres y las mujeres, y aun
sobrar algo para los animales inferiores que también lo necesitan.
"El misterio de la justicia, que antes estaba en manos de los dioses,
resulta estar en el corazón del hombre, que contiene al mismo tiempo la
pregunta y la respuesta, y que quizás algún día se acordará de ésta",
dice Maeterlinck.
"Llegará a ser materia de asombro, dice Spencer, que haya existido
gentes que encontraran admirable disfrutar sin trabajar, a costa de los
que trabajaban sin disfrutar", y sir Oliver Lodge encuentra ya extraño
que un individuo pueda vender un pedazo de la Inglaterra para su
beneficio particular.
"La humanidad está creciendo en inteligencia, en paciencia, en
benevolencia--en amor", dice Hubbard. Los hombres de bien empiezan a
encontrar en los afectos del hogar y de la amistad alegrías y
satisfacciones bastantes para sentirse ampliamente compensados de todas
sus virtudes en la tierra. Con el adelanto de la inteligencia, la bondad
y la sensatez humanas; con la creciente abundancia de producciones en
perspectiva por el desarrollo de las artes y las ciencias; que acabarán
por suprimir la ignorancia, el vicio, el crimen, el dolor y la miseria;
con la atenuación progresiva de las desigualdades del presente, que son
el fruto de las iniquidades del pasado, por el mejoramiento incesante de
la capacidad moral del individuo, se perfila en lontananza un tipo de
hombre superior, que, sabiendo extraer del lado noble de la naturaleza
humana todo el bienestar a que aspire, no sentirá la necesidad de que
sus buenas acciones sean premiadas con recompensas desproporcionadas, ni
castigadas con penas eternas los que le causen males pasajeros.
La materia de la religión, que es la necesidad de castigar en un mundo
imaginario los males impunes del mundo real, y de premiar en otra vida
las bondades no gratificadas en ésta, está viniendo a menos
constantemente por el progreso moral de la especie humana, y se puede
prever desde ahora que, cuando todas las acciones malas sean castigadas
o perdonadas, y todas las buenas sean premiadas aquí, Dios se quedará
sin tener nada que hacer allá, y a menos que se empeñe en ser más malo
que los hombres, castigando lo que éstos olvidan, y dándoles, _quand
même_, recompensas a que no aspiren, se verá obligado a clausurar
definitivamente el purgatorio, el infierno y el cielo, dejando sin
empleo a todos sus ministros en la tierra.
Y recién entonces podrán los hombres vivir inexplotados y en paz, y ser
dichosos, en este mundo y en los otros.
Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa
LA VIDA Y EL BIENESTAR
En el siglo XIV, en el que 25:000.000 de habitantes--casi la mitad de la
población de Europa--sucumbieron de la peste negra, los peligros que
asediaban permanentemente al habitante, provenían de los poderes
sobrenaturales a los que les eran atribuidas las sequías, las
inundaciones, las epidemias, los terremotos, las pestes, las cosechas y
los triunfos de la guerra.
Tres horas diarias de pensamiento y de acción, en término medio por cada
hombre y cada mujer, estaban empleadas en precaverse de los males y
asegurarse los bienes individualmente, y un ejército permanente de
teólogos en la más radical ignorancia de la higiene la agricultura, la
pedagogía y la mecánica, estaba dedicado a asegurar el bienestar general
por procedimientos místicos, percibiendo en compensación,
coercitivamente, el diez por ciento de la producción ajena y
voluntariamente otro tanto en donativos.
Era como si cada persona llevase sobre sus espaldas una plancha de plomo
de diez a veinte kilos de peso, para asegurarse la posibilidad de
andar, suponiéndola imposible sin esa carga, y la diferencia más
importante entre los colonizadores anglosajones y latinos del nuevo
mundo fue el mayor gasto inútil de éstas en el seguro de vida, por el
mayor empleo y el mayor costo de los servicios espirituales obligatorios
e indispensables para estar "en gracia de Dios" y a cubierto de los
demonios. Se explicaría así el ningún resultado de la libertad política
para labrar el bienestar general, hasta que sobrevino por la instrucción
pública el descreimiento, que llevó a emplear en mejoras agrícolas el
dinero que se malograba en la compra de indulgencias, y en médico y
boticas lo que se gastaba en pagar curaciones imaginarias a los santos.
Que la multiplicación de los templos y de los teólogos en una región no
tiene influencia de ninguna clase sobre los caracteres del suelo y del
clima, ni sobre la criminalidad, ni suprime los terremotos y los
tiranos, ni detiene las epidemias ni las pestes, cualquier persona
sensata podría observarlo; pero el que mostraba síntomas de sensatez era
perseguido a muerte por los poderes públicos, y el mismo Blas Pascal,
que se hacía torturar las carnes con un cilicio, para asegurarse la
salud a la moda del tiempo, no se vio libre de persecuciones.
En esas condiciones de la vida medioeval, ningún progreso era posible,
porque la imbecilidad humana era igual a la capacidad humana, y
gravitando más duramente allí donde el clima era menos clemente, la
insurrección empezó en los arenales del Brandemburgo, y prosperó en la
Alemania del Norte, desde que los príncipes vieron en la Reforma el
medio de apoderarse de los cuantiosos y codiciados bienes de las
iglesias, que producían el empobrecimiento universal por el expendio del
consuelo universal.
Del mismo modo en Inglaterra, la necesidad de contener las extracciones
de dinero a Roma, (ascendentes en la Francia del siglo XVI a 700.000
escudos anuales), que enflaquecían al país para retornar en reliquias e
indulgencias, indujo a prescindir del milagro, substituido por "la
angustia mental" que inutilizó el domingo inglés, y a confiar en el
"self-help", que paulatinamente trasladó al hombre del rol pasivo al rol
activo, de la devoción a la acción, desalojando a la Providencia en la
política y en la producción, para iniciar esa prodigiosa transformación
de la agricultura rutinaria en la agricultura científica, que culmina en
Norte América.
El remanente de riqueza retenido para las necesidades nacionales por la
supresión del "drenage del ahorro para la expiación del pecado", vino a
ser para las naciones del Norte de la Europa Central, que habían sido
hasta entonces las más pobres, el comienzo de una prosperidad creciente
hasta nuestros días, particularmente acelerada con el refuerzo del
"self-help" por el empleo del vapor, que "es casi un inglés", como dijo
Emerson.
La civilización medioeval consistió en el empleo de las fuerzas
sobrenaturales captadas por procedimientos teológicos para la defensa de
la vida, y la civilización moderna consiste en el empleo de las fuerzas
naturales captadas por procedimientos físico-químicos. Los países
musulmanes y los cristianos del Oriente, Armenia y Abisinia han quedado
fieles al primer plan, y los cristianos del Occidente han empleado
simultáneamente los dos, en proporciones tan diferentes, que en la
actualidad, mientras la América del Norte tiene diez escuelas por cada
iglesia y cuatro caballos de vapor por cada habitante, la Rusia y mucha
parte de la América del Sur tienen todavía diez iglesias por cada
escuela nacional y un décimo de H. P. por habitante. Nosotros tenemos
cerca de cuatro escuelas por cada iglesia (5.000 y 1.290).
Hasta el siglo XVIII, la enseñanza primaria, secundaria y universitaria
estaban arregladas para conferir al educando un poder indirecto sobre el
ambiente por la consecuencia de la gracia divina y el patronato de los
santos, a fin de que éstos cambiaran o predispusieran los fenómenos
naturales en manera favorable a los intereses personales del respectivo
devoto, y la enseñanza arreglada para conferir al hombre un poder
directo sobre los recursos ambientes por medio de los instrumentos, las
máquinas y los procedimientos científicos, sólo empezó a acentuarse
desde los comienzos del siglo XIX. Se inicia entonces francamente la
decadencia de las ciencias sobrenaturales y el desarrollo creciente de
las ciencias naturales, y de sus aplicaciones a la defensa de la vida y
la sociedad, al ensanche de la producción y de las comunicaciones, al
mejoramiento de las relaciones entre los individuos y entre los pueblos
por la comunidad de artes y de ciencias, aun en la disparidad de
creencias, y el carbón de piedra engorda prodigiosamente a los más
mientras los otros siguen enflaqueciendo por el empleo del milagro,
"costoso y de rendimiento incierto".
Como el poder actual de las naciones depende de la proporción de fuerzas
naturales que han puesto al servicio de la vida nacional, por el cultivo
y el empleo de la inteligencia humana, la "Reina del Océano" en el siglo
XVI, no tiene hoy ni escuadra, y el más remoto país, que era entonces
desconocido, pero que ya practicaba por una feliz intuición de la
ciencia moderna el aseo personal, ha llegado a ser una de las grandes
potencias de la era presente, en sólo cuarenta años de no emplear
ninguna parte de los recursos fiscales en pagar auxilios imaginarios y
de invertirlos íntegramente en la apropiación de las energías naturales,
primer caso en el mundo de aplicación de los métodos modernos de vida
con prescindencia casi absoluta de los métodos medioevales.
En cambio, parece que, por compensación o por la urgencia de recuperar
el tiempo perdido, los pueblos que se despiertan más tarde del
supernaturalismo al racionalismo, se despiertan más completamente. Así
la Francia, así el Portugal, que han expulsado a los frailes, cuando
Inglaterra no puede todavía establecer la enseñanza laica y obligatoria
que tienen aquéllas, porque la resisten los obispos y sus hechuras en la
Cámara de los Lores, y se ve aventajada por los norteamericanos y los
franceses en las industrias que requieren una mayor inteligencia en el
obrero.
Del mismo modo, parece también que la más cristiana de todas las
virtudes cristianas, que es la imprevisión espontánea en el salvaje,
deliberada en el anacoreta, es reemplazada por la más anticristiana, que
es la previsión, con mayor empuje en los pueblos que llegan más tarde a
practicarla.
No obstante la conminación evangélica a vivir como el lirio del valle y
el pájaro del bosque, sin pensar en el mañana, sin sembrar y sin
guardar, fue posible el ahorro desde que cesó la costumbre de invertir
el dinero sobrante de esta vida en la otra y se le ocupó entonces en la
industria o el comercio y en préstamos a los gobiernos extranjeros. Y el
capital inglés, el primeramente formado, fomentó el progreso de todo el
mundo y particularmente en la América del Sur que sin él estaría aún en
la barbarie.
Luego, a proporción que los franceses dejaban de preocuparse de las
tribulaciones de los antepasados para atender a las de los
descendientes, la Francia que había sido, al estallar la gran
Revolución, el país de menos capitales y de más bellas deudas, pasando
de un extremo al otro y yendo hasta economizar el número de hijos para
aumentarles la dote, ha llegado a ser el país que tiene más capitales y
más préstamos a cobrar.
Las otras naciones, donde el ahorro ha seguido aplicándose a la
obtención de las energías sobrenaturales para asegurar la salud de los
vivos y el bienestar de los muertos, Rusia, España, Turquía, Portugal,
Austria-Hungría, no han pasado aún de las condiciones de prestatarios a
la de prestamistas.
LA VIDA Y LA SALUD
(_El costo de las velas_)
Enjaezado por una manera particular de concebir la vida y sus
incidencias, el individuo está determinado en el curso de su existencia
por sus respectivos arneses mentales, llevando las riendas, de
ordinario, las necesidades sobrenaturales en el que las padece, las
naturales en todos y alternativamente los gustos, los vicios, las
virtudes, el amor o el odio preponderantes en cada momento dado. Toda la
diferencia con el caballo de tiro está en que uno lleva los arneses por
fuera y a la vista y el otro los lleva por dentro e invisibles, salvo,
por supuesto, los que llevan el duplicado del espíritu en el traje
profesional.
Diferencias mentales insignificantes de individuo a individuo, se hacen
enormes cuando son, por acumulación, diferencias de millones a millones
de individuos. Muchas hebras de paja reunidas detienen el paso de un
elefante y muchas menudencias acumulativas detienen la marcha de una
nación.
En su forma originaria, el misticismo era la subordinación de la salud
del cuerpo a la salud del alma, de modo que toda disminución de aquello
debía importar necesariamente un mejoramiento de la vida.
El espíritu práctico, que fue la característica del pueblo romano en la
antigüedad, resurgió en oposición al espíritu místico y llegó a ser una
característica de los pueblos que se plegaron a la Reforma,
particularmente de los anglosajones, mientras el espíritu medioeval
continuó siendo la característica de los pueblos que quedaron fieles al
misticismo medioeval.
Y acentuándose con el andar del tiempo la nueva tendencia, se ha llegado
en el más práctico de los pueblos modernos a hacer de la religión misma
un instrumento de sugestión mental para la salud corporal, en la llamada
"Christian Science" de Mrs. Eddy.
En virtud de la doctrina de la expiación del pecado por el sufrimiento,
y en repudio de las costumbres paganas, el desaseo fue erigido en virtud
religiosa, y más tarde Mahoma estableció las abluciones como una
práctica religiosa.
Con esto, en la lucha por la salud, este elemento de superioridad quedó
de parte de los musulmanes, que conquistaron dos grandes porciones de la
Europa, estableciendo en ellas una civilización más alta que la que
habían desalojado.
Esa ventaja fue después contrarrestada y superada por el mayor
desenvolvimiento de las ciencias y las artes entre los cristianos, al
influjo del racionalismo naciente, con más fuerza o contra menores
resistencias en algunas regiones, en manera que dos o tres siglos más
tarde las naciones cristianas de Europa eran muy desigualmente
poderosas.
En el siglo XII, la defensa de la salud se realizaba por las oraciones y
los amuletos en el Oriente; por las oraciones y las reliquias en el
Occidente. La Reforma, que fue un movimiento de carácter económico para
la abolición del comercio de indulgencias y reliquias, descalificó el
milagro para descalificar el vehículo de la extorsión, y por esta
coyuntura pudo renacer la higiene pagana en la fórmula del "mens sana in
corpore sano", por el baño y los sports, a punto de que puede decirse
que la higiene por métodos naturales renació protestante y anglo-sajona
principalmente.
Cuando los enfermos sanaban por milagro solamente, tenían razón de ser y
no existían la higiene y la terapéutica, que estaban condenadas por la
Iglesia en defensa de la castidad y de la taumaturgia respectivamente;
la mortalidad igualaba a la natalidad y el crecimiento vegetativo de las
poblaciones era nulo o insignificante, estando la salud de los vivos
encomendada a la voluntad de los muertos en la heroicidad o la santidad.
Decreció en cambio la población de alimañas y parásitos externos, de los
inquilinos del desaseo, colaboradores inconscientes de la salvación
medioeval, con el empleo del jabón y de la camisa visible y lavable que
inventó Burmmel, novedades que se han abierto camino muy lentamente allí
donde el sentir de los teólogos había encontrado su complemento popular
en el viejo refrán "chancho limpio nunca engorda".
Definiendo la nueva manera de realizar la defensa de la vida contra la
insalubridad ambiente, los norteamericanos decían que "la civilización
de un país se mide por el consumo de jabón", y consiguientemente, la
incivilización debía medirse por el consumo de velas a los santos para
el mismo objeto.
Cuando el milagro era el agente exclusivo para la conservación de la
salud, la mortalidad excedía del 30 por mil, y en razón de la enorme
mortalidad infantil, el término medio de la vida humana no pasaba de
quince años, que se han doblado primeramente para los anglosajones,
porque la higiene experimental ha hecho descender la mortalidad a cerca
de 15 por mil, mientras excede todavía del veinticinco en la cepa
española. Calculando para ésta un promedio de 20:000.000 de habitantes
en el siglo XIX, y tomando la cifra sajona para la gente que ha muerto
inevitablemente, y su diferencia con la cifra española e
hispanoamericana para la que ha muerto evitablemente, la higiene mística
nos habría costado veinte millones de vidas, prematuramente aniquiladas
en el siglo en que se ha consolidado la higiene racional.
Y a continuar en la misma relación, otros veinte millones de vidas, con
otros dos mil millones de pesos se perderán, evitablemente, en
holocausto a la fe en la higiene y la terapéutica sobrenaturales.
"La principal industria de la Edad Media, dice Seignobos, era la cría de
abejas por la cera para alumbrar las iglesias, y la miel para endulzar
los vinos". En Rusia, donde el pueblo analfabeto es el 97 % y se sigue
practicando la defensa de la salud por medio de las velas de cera, de
cada mil niños, 495 mueren antes de los 5 años. En dos años de
administración norteamericana, la mortalidad, que era de 132 0|00 bajo
la dominación española, descendió a 22 0|00 en Cuba[9].
Según las informaciones telegráficas de Santiago de Chile, el mes pasado
han perecido allí setecientos niños de menos de un año, pero todo el
horror de este hecho queda fuera de los arneses mentales del
hispanoamericano, como estuvieron antes fuera del alcance de sus
sentimientos la tortura, la servidumbre, la esclavitud, el despotismo,
la ignorancia y la miseria consecutiva.
Para el modo de ver de un teólogo soltero, esos niños habrían ido
derechamente al cielo o al limbo, según que estuviesen bautizados, y
"san" se acabó. La pérdida que ello importa para el país y para la raza,
siendo una ganancia para el cielo, no se toma en cuenta, pues para el
que tiene arneses de ir al otro mundo, judío, cristiano, musulmán, etc.,
los intereses de este mundo quedan fuera de la respectiva carretera,
cuando las anteojeras son muy grandes y puede aún llegar al punto de
destino sin haber dado un paso en este planeta. Vale decir que, en un
solo mes y de una sola procedencia, la población de aquellos parajes se
habrá aumentado con 700 párvulos a perpetuidad por consignación
eclesiástica.
LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA
El objetivo de la ciencia es la vida que transcurre en el mundo natural,
y el de la teología es la que transcurre y la que no transcurre, y está
en primer término.
Como la vida y las leyes naturales son las mismas en todas partes, hay
una sola ciencia verificable de la vida y más de cuatro mil religiones o
ciencias inverificables de la vida y de la muerte.
Si la salvación depende de no comer jamón o de no beber alcohol, o de
beber tres gotas diarias de orines de vaca sagrada, o de no comer vaca
profana en día viernes, son asuntos que están fuera de la ciencia
positiva, porque los problemas imaginarios sólo pueden ser planteados y
resueltos por las ciencias imaginarias.
Porque la mente tiene el privilegio de salir de la realidad, construirse
realidades mentales, poblar con ellas el mundo natural, y arreglar a
ellas la conducta personal, pudiendo desacertar en mayor o menor medida,
lo que tendrá una influencia más o menos desfavorable sobre el sujeto y
sus alrededores y ninguna sobre su teología, pues todo el mal que de
ésta resulte será considerado como una fatalidad inevitable o como
infinitamente inferior a los bienes inverificables. Por esto la ciencia
es buscada como el pan, en razón de las utilidades reales que
proporciona a todo el que la use, y la religión se hereda como el color
de la piel y se la aguanta, por mucho que reduzca las posibilidades
individuales y nacionales, por las utilidades imaginarias que
proporciona al que la cree y que no proporciona al que no la cree y que
por esto no la busca, ni la quiere o la repudia.
La vida puede ser reducida o rebajada en diferente porcentaje por un
andamiaje de terrores y esperanzas ilusorias o por la disminución de los
sentidos o del intelecto, o por las dos desgracias juntas, y el saldo
será diferente pero la conformidad será igual, correspondiendo a cada
diferente plan de vida un coeficiente de duración diferente también.
"La mente que va paralela con las leyes de la naturaleza estará en la
corriente de los acontecimientos, y fortalecida con las fuerzas de
éstas", dice Emerson. Y la que no vaya paralela no será fortalecida, y
la que vaya en contra será debilitada por ellas, pues el hombre puede
hacer su verdad y extraviarse con ella, pero no puede hacer la verdad
del mundo exterior y extraviarlo en la misma dirección.
Como los peligros y las defensas sobrenaturales sólo existen por
creación del espíritu humano, son diferentes en especie y en grado en
todas las gestiones y latitudes y susceptibles de ser abandonados o
mantenidos, disminuidos o aumentados, por simple cambio del pensamiento,
sin que cambie en el mundo otra cosa que el empleo de la vida del sujeto
mismo, que cesará de gastar en ellos si cesa de creer en ellos, o
gastará el doble si cree el doble, en perjuicio o en beneficio de los
respectivos intermediarios, por esto instintivamente interesados en
mantener en la más alta tensión el terror sobrenatural para ordeñarlo
con más provecho, a cuyo efecto hacían creer antes a las gentes que el
mundo existía por y para las creencias y se acabaría si ellas cesaban.
Como en la Europa central y occidental los teólogos no lograron mantener
en tensión máxima universal el terror religioso, la inteligencia humana
pudo emanciparse del peligro teológico y llegar a engrandecerse con todo
el poder de las energías cósmicas, que trabajan gratuitamente para todo
el que aprende a gobernarlas.
En los males imaginarios, el empresario del remedio es, por supuesto, el
más entusiasta y el más infatigable propagandista del peligro: cada cual
se preocupa de hacer creer en la realidad del infierno de que puede
sacar penados, siendo al mismo tiempo el más ardoroso negador de la
existencia de los otros infiernos de que sacan otros especialistas.
Pero resulta que sobre los peligros y los temores sobrenaturales del
pasado están injertadas, no solamente las instituciones religiosas, sino
también las instituciones políticas del pasado, con lo que hay dos
grandes y poderosos interesados en su mantenimiento, desde que su
cesación comportaría el derrumbamiento de entrambos. Y la mayor
complicación proviene de la competencia internacional, que impone la
educación del pueblo, so pena de anularse brusca o lentamente el país
que la suprima o la reduzca. El dilema es inevitable: ser comido
lentamente por los frailes, los derviches, los bonzos, con elevada
mortalidad y miseria grande, para ser luego despojado o absorbido de
golpe por los rivales o levantarse y andar como ellos.
Y la solución que se ha encontrado para cultivar los poderes
intelectuales sin destruir o disminuir el miedo a los peligros
sobrenaturales, obviando el antagonismo entre la casualidad natural y la
sobrenatural, es la enseñanza religiosa de las ciencias profanas; el
cultivo de la memoria sin despertar el raciocinio, por la ingestión de
explicaciones depuradas en respuestas hechas, aprendidas y almacenadas
en la mente para responder a preguntas hechas, a fin de que el educando
atraviese la escuela, el colegio y la universidad con anteojeras de
mula, "con sujeción estricta a los textos", viendo lo que ponen delante
y no lo que le substraen o queda a los costados, como Renan, que recibió
las órdenes menores en San Sulpicio sin saber que había existido la
revolución del 89.
Pero el individuo habilitado solamente para repetir como un fonógrafo,
con o sin variaciones, lo que le han enseñado en la ciencia
circunscripta por la fe, no podrá ser más que un loro sabio, de grande
o aun de maravilloso vocabulario, y el país que cultive todos los
poderes intelectuales del habitante estará siempre mucho más arriba del
que sólo cultive alguna parte. Aun edificando el saber sobre la
capacidad pasiva de asimilar conocimientos, la enseñanza religiosa corre
graves riesgos de despertar inopinadamente la capacidad activa,
suscitando en un seminarista un Combes, y un France en un discípulo de
los asuncionistas.
Mariano Moreno, el alma de la revolución de Mayo, era doctor en teología
de la Universidad de Chuquisaca, como Voltaire era discípulo de los
jesuítas, porque la misma educación calculada para atrofiar las alas del
espíritu, fracasa en las inteligencias descollantes no habiendo
procedimiento que valga para transformar los cóndores y las águilas en
aves de corral.
De la casualidad milagrosa, que es la base de la escuela eclesiástica,
no ha salido ningún invento, ningún descubrimiento, pero han salido
todos los actores de la Revolución Francesa, los terroristas, los
nihilistas, y los anarquistas; y de las Universidades fundadas y
regenteadas por obispos, salieron todos los emancipadores de la América
del Sur, consistiendo así su único mérito en haber servido para lo que
no fueron establecidas.
A consecuencia de esto, y a precio de rebajar la mentalidad nacional por
la enseñanza anticientífica de la ciencia, a menudo equivalente a
escamotearla, y de que son víctimas en primer término los huérfanos y
las clases conservadoras, los poderes dogmáticos sólo consiguen aplazar
su derrumbe para hacerlo más completo en definitiva. Bajo la enseñanza
religiosa, la Francia monárquica llegó a ser más republicana y más
librepensadora que la Inglaterra liberal, cuyo Parlamento votaba, en
1840, 30.000 libras para escuelas y 70.000 para las caballerizas del
rey.
Abrazando la causa del liberalismo, la casa de Saboya levantó la
monarquía levantando a la Italia, y apoyándose en el clericalismo, la
casa de Braganza perdió la corona, atrasando, empobreciendo y endeudando
a Portugal.
La América del Sur se encuentra en plena evolución del espíritu místico
al espíritu práctico en algunas partes, y en plena regresión en otras.
Para la prosperidad de las poblaciones, un ferrocarril, un puerto, una
escuela, un banco, son infinitamente más eficaces que un obispado, y es
con ellos que, en sesenta años de liberalismo tibio, la Argentina ha
hecho descender el precio del oro del 2000 al 227 0|0, mientras Colombia
lo ha hecho ascender al 5000 0|0 y perdido a Panamá en 18 años de
reaccionarismo rabioso. Con su prodigioso santuario, Catamarca no ha
podido aún salir de la pobreza consuetudinaria, y con la agricultura
científica, Mendoza ha aumentado sus recursos de medio a cuatro y medio
millones de pesos en 25 años, aún teniendo adentro, como las manzanas
averiadas, a los más hábiles despojadores de viudas ricas y beatas, que
pagan el más alto tributo al miedo religioso, en dinero acumulado por
sus maridos descreídos que pasa al activo de la riqueza eclesiástica.
La penetración de los instrumentos materiales de la civilización moderna
es inevitable aun en los países en que el hombre vive sintiendo,
pensando y pereciendo en los viejos moldes y en pos de aquellos va la
infiltración de las métodos mentales de que proceden. El vapor, el
ferrocarril, el automóvil, son los precursores del régimen
constitucional y del librepensamiento en Turquía, en Persia, en China,
en Rusia.
Se ve cuán profundo era el pensamiento de lord Acton, el famoso católico
inglés, cuando decía, en referencia al gran pontífice que dejó nacer y
crecer al modernismo: "Pienso que León XIII es el primer Papa que haya
sido bastante sabio para desesperar, y sentido que debía empezar una
nueva partida y gobernar por extrañas estrellas sobre mares
desconocidos".
INSTITUCIONES LIBRES[10]
El problema que las instituciones libres deben resolver es el del
gobierno de las sociedades humanas, a gusto y beneficio de los
gobernados, y el mayor inconveniente para la buena gestión de los
intereses ajenos, es la tendencia espontánea del individuo a preferir su
propia voluntad y su propia conveniencia a las de los otros tanto más
cuanto le sean menos afines por la sangre, el espíritu, el suelo, la
lengua o el color, y las maneras de suprimirlo o atenuarlo son,
naturalmente, la división del poder en varias ramas, que se contrapesen
recíprocamente, y su contralor por la opinión pública.
En la antigüedad, solamente los griegos, que hicieron los primeros
ensayos de confederación y de gobierno del pueblo por el pueblo, y los
romanos, que se dedicaron a la conquista con incorporación, concibieron
el problema y trabajaron para resolverlo, ensayando una gran variedad de
formas políticas incompletas, que fracasaron sucesivamente, y
desarrollando la cultura del entendimiento en una medida tan vasta que,
aun preterida porque "no servía para salvarse", durante la noche de diez
siglos en que nuestros antepasados se olvidaron de las necesidades de la
tierra para delirar con el cielo, el purgatorio y el infierno, ha venido
a ser la fecunda simiente de que procede la civilización moderna.
Las repúblicas griegas, en quienes el instinto de la venganza era
todavía más grande que el sentimiento de la justicia, que ignoraban los
derechos de las minorías, como nosotros en la primera mitad del siglo
pasado, y no llegaron a conocer ni la división, ni la limitación de los
poderes, ni los grandes beneficios recíprocos de la benevolencia para
los vencidos, condenados siempre al ostracismo y la conspiración, fueron
asimismo el paraje en que el pensamiento humano pudo levantarse y
desenvolverse con mayores holguras.
Como dice Renan, "el estado habitual de Atenas era el terror. Jamás las
costumbres políticas fueron más implacables, jamás la seguridad de las
personas fue menor. El enemigo estaba siempre a diez leguas; todos los
años se le veía aparecer; todos los años era necesario guerrear con él.
Y en el interior, ¡qué serie interminable de revoluciones! Hoy
desterrado, mañana vendido como esclavo, o condenado a beber la cicuta;
después, lamentado, honrado como un dios; todos los días expuesto a
verse arrastrado a la barra del más inexorable "tribunal
revolucionario", el ateniense que, en medio de esta vida agitada, jamás
estaba seguro del día siguiente, producía con una expontaneidad que nos
asombra".
La república romana, que llegó a realizar en cierta manera la división
de los poderes y el principio de la responsabilidad, tuvo, en
consecuencia, una vida más robusta y una existencia más larga, pero,
desconociendo el principio de la representación, tiranizó fatalmente a
los pueblos vencidos, tanto menos oídos en la opulenta capital cuanto
más esquilmados en la remota provincia, y el ejercicio del despotismo
afuera, inhabilitando a los dominadores para la práctica de la libertad
en casa, substituyó paulatinamente a los gustos y las formas
republicanas, el absolutismo y las pompas orientales.
Y aquella incomparable agrupación humana que empezó como escuela de
libertad política, terminó en cátedra de absolutismo asiático, inoculado
a la parte más civilizada del mundo antiguo, en cinco siglos del más
absorvente centralismo.
La ley, que había empezado por ser la expresión de la voluntad del
pueblo, acabó por ser nada más que la expresión de la voluntad del
príncipe, según la máxima de las Institutas, que sir John Fortescue
declaraba en el siglo XV "completamente extraña a los principios de la
ley inglesa": _quod principe placuit, leges habet vigorem_.
"Más esfuerzos han sido necesarios para formular la idea de que el
hombre es libre que para saber que la tierra se mueve alrededor del sol,
dice Ihering. La historia ha trabajado infinidad de años, millones de
hombres gimieron en la esclavitud y ríos de sangre han corrido en los
tiempos más recientes, antes de que aquel principio se realice".
Y esto se refiere ya al segundo de los obstáculos mayores que ha
encontrado el problema de las instituciones libres.
Porque el terror a lo desconocido y la necesidad de saber para obrar o
abstenerse, han originado las seis mil explicaciones diferentes de los
fenómenos naturales por los poderes sobrenaturales que llamamos
religiones, y éstas han puesto fuera del contralor de la razón y de la
experiencia humanas los asuntos que más interesaban, al dar carácter
sagrado a las concepciones primitivas, tanto más sagradas cuanto más
antiguas, vale decir, cuanto más absurdas.
Por supuesto, el entendimiento se adapta a las creencias en que ha sido
amamantado como el paladar a los alimentos, y toda religión es tenida
por los que la profesan, y mayormente por los que de ella viven, como el
mayor bien posible. Por sus efectos morales, intelectuales y económicos
sobre las sociedades, todas son desastrosas en diferente medida, según
la historia y la estadística, que los creyentes no pueden entender, y
que los estadistas deben tomar en cuenta, si realmente les interesa el
porvenir de su país.
"Una religión es una causa de debilidad para un país", ha dicho el
marqués Ito. Y en efecto, sea que se propongan gobernar a los vivos a
gusto y beneficio de los muertos, para que sean felices después de
muertos, como las derivadas del judaísmo, sea que se propongan
defenderlas contra los malos espíritus, como las de la China, el África,
la Oceanía y la América salvajes, toda religión es una doble
defraudación a la energía humana, desde luego porque inducen a
ejercitarla en vías tan costosas como estériles, y después por las
servidumbres y las limitaciones que imponen al individuo a trueque de
beneficios imaginarios, dependiendo la extensión de los males que
producen del grado de poder político de que disponen para cohibir al
pensamiento dentro de sus recintos cerrados.
Así, nada les debe la libertad, pero el despotismo les debe mucho, pues
han sido siempre un resorte de gobierno, y precisamente el que ha dado
continuidad y estabilidad al poder, al proveerlo del único carácter que
podía hacerlo hereditario--el carácter sagrado--desde que las
capacidades naturales no se transmiten necesariamente de padres a hijos.
Los del primer dictador romano que fue proclamado dios, quedaron por
esta sola circunstancia en condición superior a la de todos los demás
ciudadanos romanos, y para evitar que el suyo quedara, como el de
Cromwell, en el común. Napoleón se hizo ungir de potestad divina y
consagrar por el papa.
De aquí que todo poder dinástico y toda aristocracia hereditaria sean
los aliados naturales de alguna religión, es decir, de la forma
particular de instrumentación del terror a lo desconocido de que
proviene o en la que descansa su autoridad o su superioridad extra
personal.
Nada fue así más natural que la "Santa Alianza", en la que los déspotas
europeos, sacudidos por los primeros estallidos del sentimiento
renaciente de la libertad, al finalizar el siglo XVIII, se concertaron
para destruirla, sostenerse mutuamente y ayudar a Fernando VII a sofocar
la independencia de sus colonias americanas, que el papa, por su parte,
había excomulgado desde el primer momento.
En las poblaciones helénicas de que surgieron las repúblicas griegas y
la romana, como en las tribus germanas, la virilidad individual por la
fuerza, el talento y la salud, era un desideratum nacional, el
valimiento actual pesaba más que el mérito ancestral, y la religión era
un auxiliar del estado, en categoría tan secundaria, que los héroes
semidioses de la mitología griega provienen del campo de la acción
laica, a diferencia de la civilización cristiana, en la que provienen
del campo de la acción religiosa; a diferencia también de la
civilización moderna, en la que provienen del campo de la acción
política, social, científica y educacional.
En las tribus germanas que poblaban la Inglaterra en la época de Tácito,
el jefe civil era un funcionario elegido, no en mérito de su nacimiento
sino en el de sus hechos, para administrar la justicia y presidir las
asambleas de los hombres libres, en las que los sacerdotes sólo tenían
misión para guardar el orden; el jefe militar era elegido para cada
expedición común, en mérito de sus proezas en anteriores expediciones
personales voluntarias, y la conservación del carácter electivo y del
poder limitado y revocable de los reyes anglosajones, en frente del
poder absoluto e irrevocable de los reyes de derecho divino, erigidos
por el cristianismo, ha sido durante doce siglos la gran obra del pueblo
inglés en beneficio de la civilización liberal.
Porque el proceso de asiatización de la Europa, que rebajó el estandarte
de la vida en todo el continente, desde la fe en el esfuerzo humano a la
fe en la gracia divina, aun en Escocia con el protestantismo y en
Irlanda con el catolicismo, fue menos eficazmente llevado o más
felizmente resistido por las tendencias indígenas en la Inglaterra, el
país que relativamente ha producido menos santos y más políticos,
exploradores, pensadores e inventores, el único país donde la libertad
ha fluido del espíritu de independencia, no obstante las excomuniones
reiteradas de los papas contra todas las cartas sucesivas de libertades;
donde el derecho político ha salido de los precedentes ensanchados por
crecimiento natural, como planta indígena, y no de trasplante o ingerto
como planta exótica; donde un mayor interés por los bienes positivos,
contrarrestando las exageraciones del idealismo visionario, originó la
mayor aptitud para el comercio, la industria y la colonización, dando
margen para ese espíritu práctico que se desinteresa de los modos de
pensar para atender a los modos de obrar, a la inversa de ese espíritu
sentimental impreso a los hombres por el cristianismo y el mahometismo,
que prescinde de los hechos y se infeuda a las doctrinas, hasta no poder
producir más que santos y mahdis, es decir, momias espirituales, manera
de pasividad mental que el estancamiento social secular convierte en
instinto nacional, que la Inquisición llevó al máximum en España,
extinguiendo el foco aislado de liberalismo de Aragón, y de que provino
entre nosotros la feroz intransigencia de unitarios y federales sobre
doctrinas políticas liberales sostenidas por los procedimientos más
brutalmente tiránicos.
Con el espíritu del _self government_, se preservó también en la Gran
Bretaña el amor a la justicia y el instinto de progreso, adormecidos en
el continente por la confianza en la justicia divina y la esperanza del
cielo para los pobres de espíritu; anquilosados en las civilizaciones de
la India y la China por la institución de las castas cerradas y el
mandarinismo, que oponían una barrera infranqueable a las capacidades
particulares, y se salvaron precisamente por el sistema de las clases
abiertas, pues la nobleza misma no era hereditaria sino el título de par
y por el hijo mayor, quedando así la aristocracia interesada en la
suerte de los comunes de la que participaban sus demás descendientes.
De estos factores provino esa resistencia siempre vencida y siempre
renaciente del pueblo contra los desmanes y la avaricia de los reyes y
de los papas, que alcanza su primera grande etapa en la Magna Carta,
arrancada al rey Juan por los barones en 1215, eludida a menudo después,
pero jamás borrada del espíritu público, donde se conserva con la fijeza
de una constelación en el firmamento; reconfirmada y ampliada en el
parlamento de Simón de Monfort, en 1265, echando al mar en Dover la bula
que contenía la excomunión del papa contra los barones rebeldes para
quedar, desde entonces, como el gran faro nacional para los días de
tormenta o de niebla política, mientras en el continente, aun en Escocia
y en Irlanda, y con la sola excepción de la Holanda y la Suiza, la
sumisión cristiana a la autoridad divina de los papas, los pastores y
los reyes, bajo la forma protestante, la católica o la ortodoxa, hacía
tabla rasa de todos los sentimientos de independencia individual o
comunal, y mayormente en España, donde el Santo Oficio, sentaba sus
reales y sus instrumentos de tortura veintiún años después del
nacimiento de la Magna Carta en Inglaterra, para modelar a nuestros
mayores por el terror máximo en el plan de la más grande intolerancia
sectaria y de la más completa sumisión pasiva al altar y al trono.
Y desde 1534 esta abdicación universal de la capacidad natural del
hombre en la capacidad divina de la iglesia fue reconfirmada con la
fundación de la compañía de Loyola, y el consiguiente orgullo fanático
de los siervos favoritos de Dios exteriorizado medio siglo después, en
la "invencible", enviada, dice Fiske, "para extrangular la libertad en
su patria predilecta, por el tirano más execrable y cruel que haya
visto jamás la Europa tirano cuya victoria hubiera significado no
simplemente la usurpación de la corona de Inglaterra, sino el
establecimiento de la Inquisición española en el tribunal de
Westminster".
La característica de la civilización greco-romana, que en veinte siglos
preparó el terreno sobre el cual se extendieron, más tarde, en simple
substitución, las civilizaciones cristiana y árabe, y lo que hizo
posible su prodigiosa expansión sobre los países y los continentes
vecinos, fue la circunstancia de que la religión--regional, sin
cosmología sagrada, sin dogmas teológicos y sin gerarquía
eclesiástica--no cohibiera mayormente el libre juego de las capacidades
naturales, como la parte progresiva de la misma circunstancia en
Inglaterra--su tolerancia con las costumbres y las religiones
particulares de los países conquistados hasta el punto de tener dos
religiones oficiales en el mismo reino unido, constituido en cuna de la
libertad y refugio de los perseguidos de toda la Europa,--explica la
incesante expansión inglesa; como la misma circunstancia, bruscamente
producida en Francia sobre el orden político y militar, por la
revolución del 89, y a que se refería Napoleón al decir que todo soldado
llevaba en su mochila el bastón de mariscal de Francia, explica la
inopinada expansión francesa y la epopeya napoleónica, como la misma
circunstancia sobre el terreno educacional, comercial e industrial en
Norte América explica su portentosa prosperidad; como el cristianismo
sin la ciencia europea en Abisinia, y la ciencia europea sin
cristianismo en el Japón, explican el estancamiento secular del primero
y el prodigioso desenvolvimiento repentino del segundo; como la
circunstancia inversa--el fanatismo sin pensamiento y sin ciencia,--en
España y Portugal, explica a su vez, el estancamiento regresivo a la
manera musulmana de aquel imperio ibérico en que no se ponía el sol,
cuando aquello de que ha salido toda la potencialidad moderna--el
espíritu humano--estaba aún en todas partes prisionero de los siglos
pasados, como dice Ugarte; cuando la esperanza en los milagros de la fe
obstruía en todas partes el advenimiento de los milagros de la ciencia y
la inteligencia humanas.
"Entre las grandes naciones modernas fue únicamente la Inglaterra, dice
Fiske, la que en su desenvolvimiento político se mantuvo más
independiente de la ley romana y de la iglesia romana, y la única que
salió del crisol medioeval con su gobierno propio teuton
substancialmente intacto".
"De Homero a Constantino la ciudad antigua es una agrupación de hombres
libres que tiene por objeto la conquista y la explotación de otros
hombres libres", dice Taine. De Constantino adelante, otros objetivos
para la vida dirigen la conducta por otros rumbos, pues una nueva
concepción del hombre y del mundo, que ha hecho camino en el espíritu de
las masas y llegado finalmente a la supremacía política y social, ha
invertido todos los valores humanos, descalificando el pensamiento y la
acción, la alegría, la salud y la fuerza y exaltando la esterilidad, la
tristeza, la suciedad, la enfermedad, y la pobreza, porque el ideal y el
destino del hombre han sido magnificados en el bien y en el mal y
situados fuera de la humanidad, en un otro mundo que será el inverso del
presente. La moral, que Aristóteles hacía consistir en "la utilidad
social", consiste según los teólogos en "la sumisión a la voluntad de
Dios", es decir, en la utilidad de Dios.
Esto se llama la "civilización cristiana", y a ella son convertidos los
demás semibárbaros europeos por la persuación o la fuerza. Desde
entonces, la ciudad medioeval es una agrupación teocrática de
visionarios a la expectativa del fin del mundo y del juicio final,
levantando castillos, presidios, horcas y fortalezas para defenderse de
la barbarie natural de los malvados vivos, y santuarios, templos,
conventos y oratorios para procurarse la gracia divina, conseguir
milagros y defenderse de la barbarie sobrenatural de los malvados
muertos, a quienes la teología ha dado una segunda existencia,
infinitamente peor que la primera, en los demonios, las brujas, los
duendes, los fantasmas, las ánimas en pena, etc., etc.
Esta civilización cristiana, que considera al hombre perdido desde el
pecado original, en imperiosa necesidad de salvarse, incapaz de
conducirse por sí mismo y necesitado de curatela, sucedió a la
civilización greco-romana, imperando exclusivamente en el continente
europeo hasta el siglo XVIII, en diversas formas, y en una de las peores
fue importada al nuevo mundo por la España en el XV.
La cosa vino así: un enviado especial del autor de todo lo que existe,
que los judíos esperaban y siguen esperando aún, había descendido entre
ellos, a la tierra, para iluminar el camino de la vida a los hombres, en
una época en que la brújula, la ciencia, la navegación a vapor, las
escuelas, los ferrocarriles, la libertad, y "esos signos de la idea,
esas santas letritas de plomo que han esparcido el derecho y la razón
por el mundo", como dice France, eran insospechables, y, naturalmente
les había aconsejado lo mejor posible en la ocasión: la resignación ante
las calamidades inamovibles del presente mediante la esperanza de un
bienestar póstumo.
Este programa de vida era un sistema de compensación ideal de los males
de la tierra, calculado para dar la capacidad de sobrellevarlos
pacientemente, y no la de superarlos poco a poco, que sólo podía
provenir del acrecentamiento indefinido de la inteligencia humana por el
ejercicio, que son el método y el objetivo de la civilización moderna.
Por el contrario, empujado por la propia lógica de los suyos, el
cristianismo creó nuevas formas de males para agrandar las recompensas
del cielo--que es el plan y el objetivo de la vida
conventual--instituyendo para los infieles las penas más atroces y para
los fieles las torturas morales por los terrores del infierno, y las
torturas físicas por el cilicio, las privaciones y las penitencias,
prohibiendo la medicina, las diversiones y los anestésicos, porque
tendían a disminuir el dolor y la tristeza, que eran tenidas como
fuentes de dicha futura.
Lo que había empezado como ensueños de esperanzas, degeneró en pesadilla
de horrores futuros, sustentados y acrecentados por una gerarquía de
profesionales en las cosas del otro mundo, que llegaron a constituirse
en un segundo poder público, que enseguida vino a ser el más fuerte de
los dos, para empezar a declinar, a su turno, cuando empezó a elaborarse
la civilización moderna, que tiende a suprimir la tristeza, el dolor, la
pobreza de espíritu, la miseria, el miedo y el castigo por la educación,
la instrucción y la dignificación.
Pues, como dice Renan, "no es del cristianismo que han salido las ideas
liberales, sino del espíritu moderno, formado sin duda en parte por el
cristianismo, pero libertado del cristianismo. La ortodoxia las maldecía
desde luego; después, cuando ha visto que era imposible detener el
torrente, que la humanidad seguía su camino, inquietándose poco de
dejarla atrás, se ha puesto a correr detrás de su pupila infiel, a
hacerse la apurada, a pretender que había querido lo que ha sucedido--y
que se le debe mucho reconocimiento por ello".
Pero es justo decir que el programa cristiano de conformidad con los
males de la tierra, considerados como castigos del cielo por los pecados
de los hombres, sólo atenuables por la oración, la penitencia y las
peregrinaciones, ha sido superado en su acción enervante de la energía
humana, por otra religión igualmente fatalista salida en el siglo VII de
la misma cepa judía: "el _islamismo_, de la palabra _islam_, que
significa resignación a la voluntad de Dios".
Con la transferencia operada por Constantino, de la protección imperial
y de las rentas y bienes del antiguo culto oficial al nuevo, la iglesia
llegó a ser un poder político, y como estaba organizada en el plan del
pastor y el rebaño, que es decir, en manera más opuesta a la autonomía
moral del individuo, la libertad quedó aplastada bajo dos lápidas, y el
problema de las instituciones libres para el libre desenvolvimiento de
la personalidad, desapareció de la escena en que se trataba sólo de
"apacentar a las ovejas del Señor", a gusto y beneficio del propietario
por sus delegados y representantes, los obispos y los príncipes, sólo
responsables ante él, y por ende omnipotentes e irresponsables ante la
majada humana.
Ellos podían poner la mano sobre todos impunemente; nadie podía ponerla
sobre ellos sin quedar condenado ipso facto. La libertad individual no
había llegado antes a un estado de mayor aniquilamiento doctrinario,
pues era entendido que todo mal provenía de la perversidad del diablo o
de la ira de Dios, todo bien de su gracia y toda autoridad de su
voluntad, trasmitida por ordenación en la gerarquía eclesiástica y por
herencia y unción o por usurpación y consagración en el orden político,
ejerciéndose por delegación descendente.
Este era el orden de cosas consuetudinario cuando reaparecieron en la
Europa cristiana traídas por los ex-prisioneros de las cruzadas, las
ciencias y las artes griegas, que fueron un poderoso estimulante de
actividad mental, y consiguientemente, de diferenciación del medio
ambiente. "La cultura antigua, dice Renan, como los ríos que desaparecen
en la arena, tuvo un curso secreto, no traicionando su existencia sino
por débiles hilos de agua, hasta que reapareció gloriosamente en el
Renacimiento con todas sus virtudes fecundantes. Ella fue la levadura
intelectual de las naciones modernas".
En efecto, como el árbol y el fruto en la simiente, los descubrimientos
científicos, las máquinas y las invenciones que han elaborado las
instituciones libres, la salud, la riqueza y el bienestar, estaban en el
camino inaugurado por Euclides, Sócrates, Fídias, Aristóteles y
Arquímedes, y no estaban en la senda en que trabajaron Zoroastro,
Moisés, Confucio, Buda, Jesús y Mahoma, como que no han sido encontrados
por sus respectivos secuaces o fieles, sino, por sus rebeldes, herejes o
infieles a medias o a enteras, que, apartándose de esta vía, se echaron
a andar por aquella.
La vida de las sociedades humanas depende de la producción y la
distribución de la riqueza, y, hasta el advenimiento de las ciencias y
de las máquinas en el siglo XVIII, promovidas entrambas por el método
experimental descubierto por Bacon en el XVI, la producción de la
riqueza, confiada principalmente a los esclavos y a los siervos
embrutecidos por el exceso de trabajo y de supersticiones, fue mezquina
y precaria, y hasta la consolidación y difusión de los principios
políticos ingleses, su distribución estuvo a merced de la avaricia de
los poderosos, que, en tiempo de guerra se comían los huevos y la
gallina, y en tiempo de paz los huevos y los pollos.
"Como la de todas las civilizaciones antiguas, la causa principal de la
caída de Roma, fue la desigual distribución de la riqueza con la
resultante esclavitud de la población, dice H. Spencer. En vez de
producción de riqueza por medio de la ciencia y la industria hubo
anexión de riqueza por guerra y conquista, en monopolio de las clases
gobernantes, que por ella se corrompieron".
Las leyes romanas, que daban al acreedor el derecho de vender como
esclavo a su deudor, fueron hechas por los acreedores, dice Brooks
Adams, y la expoliación capitalista mató al imperio romano. Eran, en
efecto, en manos de los usureros, una máquina de arruinar a los más en
beneficio de los menos. Y así, cuando la conquista del Egipto,
abaratando el trigo en Roma, arruinó a los agricultores que trabajaban a
crédito en Italia, fueron estos vendidos con sus tierras, y millones de
hombres libres descendieron de este modo a la condición de siervos de la
gleba.
En las provincias, los procuradores de los prestamistas romanos al 4
0|0 mensual, y los publicanos o empresarios de contribuciones, eran un
flajelo más temible que las pestes y las inundaciones. "Además de la
contribución territorial, había una sobre las industrias, que se pagaba
cada cinco años. Cuando llega la época de la _colación lustral_, dice un
escritor de entonces, no se oyen en la ciudad más que llantos y
lamentos. Los que no pueden pagar reciben palos y maltratos; las madres
venden a sus hijos para satisfacer a los colectores. Los contribuyentes
eran sometidos a tormento en algunos casos", agrega Seignobos.
El régimen del terror supersticioso por males y peligros imaginarios, en
que vivía el hombre en la pura civilización cristiana, y la servidumbre
espiritual a los dogmas absurdos y al absolutismo de la iglesia, fue
fatal a la libertad y a todos los intereses humanos que estuvieron
subordinados a los intereses divinos. "Nadie puede ahora hacerse una
idea de lo que fue el estado mental de un hombre en el siglo IX," dice
Huxley. Por más altamente educado que fuese, su vida era un campo de
permanente entre santos y demonios por la posesión de su alma. La vida
medioeval fue en lo principal tan angustiada por el miedo de los malos
espíritus como la de cualesquiera salvaje de nuestro tiempo, dice
Robertson en su _Short History of Christianity_; pues el pueblo había
conservado la noción de sus espíritus hostiles, y el diablo cristiano
era el Dios de ese reino.
La vida también, era tan breve como apenas pueden concebirla los
modernos, tan alta era la mortalidad normal, tan frecuentes las
pestilencias, tan poco entendidas las enfermedades; y la cercanía de la
muerte hacía a los hombres atolondrados o aterrorizados. Donde la
ignorancia y el temor van unidos, es el reino de la superstición. La
religión consistía de ordinario en un empleo perfectamente supersticioso
de los sacramentos del bautismo y la eucaristía; un temor constante de
la actividad del diablo; un uso singularmente mecánico de los
formularios; una intensa ansiedad de poseer o de beneficiarse por las
reliquias, cuya fácil manufactura debe haber enriquecido a muchos; un
temor crónico de la brujería; y una concepción tan literal del
purgatorio y del infierno, que su universal fracaso en enmendar o
controlar la conducta es una revelación de la inconsecuencia de la
moralidad media. Es a menudo difícil distinguir en la religión medioeval
entre la sugestión devota y la criminal. En la vida del italiano S.
Romualdo (siglo X) se dice que cuando insistió en dejar su retiro en
Cataluña, donde había ganado una reputación de santidad, los catalanes
proyectaron matarlo para poseer sus reliquias. El mismo, por su parte,
apaleó a su padre casi hasta matarlo para hacerlo consentir en su
profesión de vida religiosa. Tales ideas morales desarrollaron en los
siglos 13, 14 y 15 los movimientos crónicos de los Flagelantes a cuyas
salvajes auto-torturas públicas no pudieron poner coto ni la Iglesia ni
el Estado mientras duró la manía".
Las profesiones instruidas, que en la civilización moderna ascienden a
57, según el cómputo de Hubbard, sólo llegaban a tres en la civilización
cristiana: predicador, abogado y médico. Aún en el siglo XVII, las
materias que se enseñaban en los seminarios a los confesores de los
reyes y directores de la sociedad eran: Teología Moral, Liturgia o Ritos
y Disciplina Eclesiástica. "Lo que se llamaba el conocimiento
enciclopédico en las escuelas, dice Robertson, consistía en las reglas
de la gramática latina, dialéctica o lógica elemental, retórica, música,
aritmética, geometría elemental y alguna astronomía tradicional. Las
tres primeras constituían el _Trivium_, o curso de introducción en las
escuelas medioevales; las otras el _Quadrivium_: juntas "las siete artes
liberales".
Las únicas profesiones lucrativas eran: la guerra, reservada a los
nobles, y la religión para los segundones de los nobles en los
beneficios mayores y para los plebeyos en los menores. El exceso de
sacerdotes era tal que las prebendas eclesiásticas--más disputadas y con
más artimañas que los empleos políticos en nuestros días--se vendían
para cuando ocurriera la vacante y hasta en 2.ª, 3.ª o 4.ª andana.
No combatiendo la inicua distribución de la riqueza sino su producción
misma, el cristianismo fue un grande error económico, político y moral,
aun siendo un grande progreso relativo sobre el paganismo. Por lo
pronto, empobreció a las poblaciones cristianas, hasta ponerlas en la
imposibilidad de resistir a la invasión de los árabes. Aniquilando por
la resignación el deseo de mejorar, desalentó el esfuerzo, acrecentando
la indigencia por la esterilidad, la inactividad y el misticismo, desde
luego, y por la avaricia insaciable de las iglesias después.
Porque todo se arreglaba por dinero y sumisiones en Roma, residencia del
poder absoluto para atar y desatar, para vender el perdón y la
indulgencia divinas, y no eran el crimen o el vicio, expiables por el
arrepentimiento, los que tenían que pagar el más alto rescate.
Las matanzas de judíos--creadores y víctimas perpetuas del odio
religioso--hoy excepcionalmente perpetradas por las masas fanáticas, lo
eran, entonces, por los gobiernos, con el aplauso de los pueblos y las
bendiciones de los papas.
Es que la barbarie no había sido suprimida por el cristianismo, sino
trasladada desde el campo de la lucha por los bienes reales al campo de
la lucha por los bienes ideales, perdiéndose en estética lo que se ganó
en ética, en mentalidad y en virilidad lo que se ganó en castidad y en
mansedumbre.
Consiguientemente, los sentimientos se distendieron y las costumbres se
suavizaron por un lado, para contraerse y endurecerse respectivamente,
por el otro, hasta que la ciencia moderna, entibiando las esperanzas y
los terrores medioevales, desarmó los odios religiosos por la tolerancia
y levantó, por la industria y la escuela, en frente de las clases
privilegiadas por el nacimiento o la ordenación, las clases
privilegiadas por el talento, el saber y la energía, que están
transformando al mundo con una rapidez sin igual en la historia de la
especie humana.
Y después de veinte siglos de sensualismo sobre el ideal de la belleza
en la mujer, en el hombre y en el arte, vinieron diez siglos de
misticismo sobre el ideal de la santidad en las personas y en las cosas;
a las luchas por predominio sucedieron las luchas por los credos, tan
devastadoras y sanguinarias éstas como aquéllas; la disputa por las
reliquias reemplazó a la disputa por las hembras, y la guerra de Troya
por la posesión de Elena, tuvo su contra parte en las cruzadas por la
posesión del Santo Sepulcro, que costaron nueve millones de vidas entre
cristianos y musulmanes.
Porque había un artículo más valioso que el oro y las perlas y las
piedras preciosas y la belleza femenina. Para robar huesos de santos y
demás reliquias, los monges de la Edad Media se preparaban con tres días
de ayunos y oraciones, como los bandidos calabreses y los rateros
napolitanos, que se encomiendan a la Madonna para asegurar su concurso
antes de dar el golpe. La mentira, la felonía, la traición, la estafa,
todo les parecía lícito para lograr la posesión de estos talismanes
milagrosos.
Hoy mismo, de los países de Europa, son la España, la Turquía y la
Rusia, los que pagan la contribución más grande a los poderes
sobrenaturales, para evitar las calamidades naturales, y a la vez los
más castigados por ellas y por las humanas de yapa, inclusive por esas
que son una vergüenza para todo país civilizado, porque provienen del
desaseo y la ignorancia: la mortalidad infantil y el hambre; "azotes de
Dios" que la ciencia humana ha reducido y suprimido respectivamente.
Por lo demás, la crueldad humana había cambiado de objetivos y de
formas, casi sin merma apreciable. Los mismos hospitales eran, por la
suciedad, lugares de tormento y pudrideros humanos, como los presidios y
los _in pace_. Las leyes y las costumbres eran igualmente bárbaras, pero
en otro sentido. Infinidad de acciones u omisiones, antes y después
lícitas, eran penadas entonces con la pérdida de la vida, la libertad,
los ojos, la lengua, las manos o los bienes.
"Con respecto a la crueldad la evidencia sobreabunda, dice también
Robertson. En Nuremberg se ha conservado una colección de instrumentos
de tortura, empleados hasta la Reforma. Es un arsenal de horror. Tales
máquinas de atrocidad fueron el expediente punitivo normal en un mundo
en que los sacerdotes enseñaban la crueldad por el ejemplo. Ellos
presidían o asistían cuando los herejes eran atormentados o quemados
vivos; y toda su concepción de la moral estaba encaminada a tales
métodos. Considerando al loco como poseído del demonio, enseñaban que
debía ser duramente castigado y huido el leproso como castigado por
Dios".
En la Edad Media dos poderes mancomunados, el civil y el eclesiástico
hacían el trasiego de la riqueza producida por los gobernados a los
gobernantes; los diezmos y primicias eran de institución divina y el
derecho al trabajo era definido por los jurisconsultos como "un derecho
real que el príncipe puede vender y que los súbditos deben comprar".
Tres insaciables vampiros enflaquecían al productor maniatado por la
ignorancia, la tradición y los reglamentos: el fisco, la iglesia y el
bandolerismo, que era el oficio de los nobles, contra los cuales era
impotente la justicia,--que sólo existía como fuente de recursos, por
vía de extorsión, hasta el punto de que se prefiriese apelar al duelo
como un medio menos oneroso para dirimir las contiendas de intereses,
dice Hanotaux. El habitante no podía alejarse 12 leguas de su residencia
sin correr peligro de muerte, dice Seignobos, y como en el continente
los bienes del clero y los de la nobleza estaban libres de impuestos, al
finalizar la época moderna, la sociedad europea era la explotación más
inicua del estado llano por las clases privilegiadas. Según el viajero
inglés Young, al estallar la Gran Revolución, el siervo estaba en la
condición de bestia de labranza, trabajando de sol a sol para los
ociosos, y alimentándose de raíces en los malos tiempos.
Especialmente la iglesia, absorviendo y acaparando constantemente los
bienes positivos para producir bienes imaginarios, con la explotación
del milagro y de los sacramentos sobre las almas por ella misma
aterrorizadas, rebajando la inteligencia a la pasividad del absurdo
obligatorio, que "en mano del clero el lenguaje y el arte de escribir se
habían convertido en medios de matar el sentido común", como dice
Robertson, enflaqueciendo la voluntad subalternizada a la de los santos
y los demonios que hacían la suerte favorable o adversa; la Iglesia
ingerida en todos los actos de la vida para manejar y usufructuar a las
personas como intermediario exclusivo entre la impotencia de los vivos y
la omnipotencia de los muertos, era un poder asfixiante de la sociedad
civil.
Aliviada la situación en Inglaterra, Alemania y Holanda, por la Reforma,
que secularizó los bienes eclesiásticos y suprimió la deprimente
confesión auricular y el dispendioso culto de las reliquias, y agravada
en Francia por las Dragonadas y la expulsión de los hugonotes, que
exportó para aquellos países, con los industriales, las industrias
francesas, este país, que había alcanzado en _l'élite qui fait la
foule_, un más alto nivel de cultura, y no tenía, como la España, un
continente colonial para ordeñarlo en beneficio de la metrópoli, vino a
ser el paraje en que hicieron crisis las iniquidades de la civilización
cristiana, agotando los límites de la dignidad humana agrandada y de la
paciencia achicada por los filósofos del siglo XVIII.
La seguridad de vida y bienes y la libertad de pensamiento y de acción,
que son la materia de las ciencias políticas, asuntos completamente
extraños a la teología y bases esenciales de la prosperidad de los
pueblos, sólo podían provenir de aquellos principios políticos que
germinaban en la Gran Bretaña cuando César conquistaba las Galias, y que
en su natural desenvolvimiento han llegado a crear el gobierno del
pueblo por sus propios representantes, contra el principio cristiano del
gobierno de los hombres por los delegados y representantes de Dios, que
fue regla en la Edad Media y en la primera parte de la época moderna.
"En el siglo XVII, dice Seignobos, la sociedad europea tenía bases
análogas en todas las naciones: la autoridad absoluta del Estado y de la
Iglesia. El poder del soberano emana de Dios y no tiene límite... No era
posible publicar libros sin el consentimiento del gobierno, y los
habitantes podían ser presos indefinidamente. No existía, pues, garantía
de ningún género, ni libertad individual; este régimen es lo que se
llama _despotismo_. No se admitía más que una iglesia, en cada país, y
los habitantes estaban obligados a practicar el culto del Estado. Este y
la Iglesia se ayudaban mutuamente, los gobiernos, persiguiendo a los
herejes y obligándolos a someterse al clero, y el clero imponiendo la
obediencia al rey como un deber religioso".
Esto era el "antiguo régimen", que en Inglaterra, emancipada del
centralismo romano y papal, sin necesidad de ejército para su defensa
exterior y sin los peligros que entraña para la libertad, como dice
Fiske,--existía ya muy atenuado, que por entonces lo fue aún más con la
revolución de 1688, el bill de derechos y el de la tolerancia, y que en
la actualidad sólo subsiste en el orden espiritual, porque el hombre es,
naturalmente, más progresivo en lo que concierne al estómago, que en lo
que concierne a la cabeza, porque los apetitos de orden inferior no
pueden ser satisfechos con alimentos ficticios como los de orden
superior; porque la libertad de pensar es inoficiosa para los que no
saben pensar, y es odiosa a los que están inhabilitados para disfrutarla
por una opción paternal previa que la excluye o la hace innecesaria,
hasta el punto de que todo creyente, budhista, católico, ortodoxo,
brahmanista, protestante o mahometano se sienta contento y feliz de las
creencias a que está aclimatado, y que por esto supone son las mejores,
y como la fuerza de toda creencia tradicional descansa sobre el
argumento hotentote: "lo creyeron nuestros padres", aumenta o disminuye,
por lo tanto, con el número de los adherentes, que sienten una
valorización de sus creencias en la aceptación que de ellas hagan los
otros y una desvalorización en el repudio.
Y mientras no hay en Inglaterra memoria de violencia contra la libertad
en el orden de los bienes, existen todavía violencias a la libertad en
el orden de las ideas: enseñanza obligatoria de creencias absurdas a los
niños en la escuela pública, viven aún personas que han padecido
condenas de los tribunales por delitos mentales, como el de herejía, por
ejemplo, abolido recién en 1865, y está fresco aún el caso de Bradlangh,
dos veces excluido del parlamento por negarse a prestar el juramento
religioso, finalmente abolido también.
Puede decirse, por lo tanto, que el "nuevo régimen" ha existido parcial
y progresivamente en Inglaterra desde los tiempos históricos, con el
espíritu germano de independencia individualista que ha elaborado las
instituciones libres, sorteando los formidables escollos del absolutismo
cristiano, por ese espíritu de transacción que entra por mitad en la
composición de la sensatez humana y ni por un ápice en aquél, y gracias
al cual ha podido surgir la más amplia libertad política en la monarquía
hereditaria, mediante esa ingeniosa combinación por la que, si la
sabiduría divina del rey se equivoca, los ministros pagan el pato.
Que le ha permitido, finalmente suprimir la rebelión por el meeting y
las revoluciones por el gobierno de la oposición triunfante en los
comicios, gracias también a esa otra doctrina de compromiso entre la
democracia y la monarquía, según la cual el rey reina, pero gobierna el
parlamento por el ministerio responsable, a la inversa del continente,
donde el sistema inglés se estrelló con las doctrinas regalistas de los
doctores de la Iglesia, de Bossuet y de Fenelón, que hacían de la
abnegación una virtud denigrante en los jefes de estado por institución
divina, falso concepto que indujo siempre a los caudillos latinos al
absolutismo, en Europa y en América y que Carlos X expresaba en esta
fórmula que lo llevó a perder la corona en la revolución de 1830:
"prefiero ser aserrador a reinar en las condiciones del rey de
Inglaterra".
En el continente, por el contrario, prevaleció el absolutismo congénito
del derecho divino sustentado por la Iglesia, y como, por la plasticidad
del espíritu humano, todo régimen es un vivero de modalidades
personales, una escuela de hábitos de pensamiento, de sentimiento y de
acción, al finalizar los tiempos modernos estaban consolidadas por el
tiempo las tendencias mentales de las poblaciones que se designan con el
nombre de raza latina, y que explican su ineptitud para moverse dentro
de las instituciones liberales, procedentes de la ordenación opuesta,
que radica en el pueblo mismo la fuente del poder, con _delegación
ascendente_.
"La gran característica del sistema constitucional inglés--el principio
de su crecimiento, el secreto de su construcción--dice Stubbs, es el
desarrollo continuado de las instituciones representativas desde el
primer estado elemental, en que son empleados para propósitos locales y
en la más simple forma, hasta aquel en que el parlamento aparece como la
concentración de toda la maquinaria local y provincial, el depositario
de los poderes de los tres estados del reino".
En la Francia del siglo XVIII fue una calamidad aguda y pasajera, porque
todo volvió a reacomodarse al centralismo tradicional; pero en la
América latina, donde el cambio de régimen tuvo lugar también exabrupto,
la ineducación política para el _self government_ asumió las
proporciones de calamidad continental crónica, porque la
desconcordancia entre la constitución escrita y las costumbres
existentes, entre el carácter fundamentalmente flaco de iniciativa,
arbitrario y autoritario del habitante, irrespetuoso de la libertad
ajena por estar educado en el régimen católico dinástico de la
imposición y la sumisión forzadas, y el carácter esencialmente
democrático de las nuevas formas políticas traídas de Norte América, que
dejaban al descubierto toda esa incapacidad de conducirse que el régimen
paternal acrecienta por el desuso en el rebaño y encubre por el exceso
de gobierno, obligó a suplementar los poderes limitados del nuevo
régimen con los ilimitados del antiguo, hasta convertir a los nuevos
estados libres en simples despotismos democráticos, como lo fueron las
repúblicas italianas de la Edad Media.
El antecedente de esta incapacidad para el _self government_ y el de la
barbarie, la ferocidad, la crueldad y el terror consecutivos estaban en
la madre patria, donde el espíritu humano estuvo por más largo tiempo y
más diametralmente alejado del sentimiento de la moral humana y de la
idea de las instituciones libres, por el "deber sagrado de sumisión
pasiva al altar y al trono" creado y encarnado por el catolicismo, y
Robertson, en el lugar citado, los describe así:
"El principal efecto de la inquisición se ve en España, donde el período
sarraceno había sido de grandes fuentes de nuevo pensamiento y
conocimientos. Cuando fue permanentemente introducida en 1236, fue
recibida por una gran parte de la población con temor y disgusto, y el
primer gran inquisidor fue asesinado en Aragón. Es un error suponer que
había algo en el carácter español, especialmente favorable a sus
métodos. La ortodoxia española es un producto manufacturado y representa
el triunfo, bajo circunstancias especiales, del elemento fanático que
pertenece a todas las naciones".
"Se calcula que en 36 años, 200.000 vidas fueron destruidas por la
inquisición española. Sus métodos fueron la negación de todo principio
de justicia. Todo testimonio, incluyendo el de los criminales, niños y
aun idiotas, era válido contra la persona acusada, mientras sólo era
oído en su favor el de los insospechables; todos los procedimientos eran
estrictamente secretos; los falsos informes eran rara vez castigados, y
el principio general era que todo acusado debía ser de alguna manera
culpable, siendo la inquisición, como el papa, infalible. La cámara de
torturas difícilmente podía fallar en suministrar las pruebas que se
querían. Ningún reinado semejante de terror y horror ha ocurrido en
ningún otro período de la historia de Europa; y solamente en las
prácticas de los buscadores de brujas entre los salvajes puede encontrar
paralelo su atrocidad sistemática".
"Después del fracaso de la Invencible Armada contra Inglaterra, los
inquisidores decidieron que la causa de la ira divina era su indebida
tolerancia de la herejía, y un millón de moros reacios fueron
miserablemente arrojados de la España, como lo habían sido un siglo
antes 160.000 judíos. En un solo auto de fe, en Salamanca, fueron
quemados 6.000 volúmenes".
"Como toda civilización subsiste por el juego de la variación
intelectual, la España fue entonces despojada de una gran parte de sus
recursos mentales y materiales; y a la larga el continuado trabajo de la
inquisición consolidó la detención de su brillante literatura por
siglos, manteniéndola desprovista de ciencia mientras el resto de la
Europa la estaba acumulando. Introduciendo la inquisición la Iglesia
había destruido la civilización específica de la Francia meridional; y
de allí adelante aplicando la máquina a la civilización de España la
redujo a la inanición".
"La ganancia neta por el protestantismo consiste en la disrupción de la
tiranía espiritual centralizada. Las grietas en la estructura dieron
espacio para el aire y la luz, en un tiempo en que nuevas corrientes
empezaban a soplar y nueva luz a brillar. Veinte años antes del cisma de
Lutero, Colón había descubierto el nuevo mundo. Copérnico, muerto en
1543, dejó su enseñanza al mundo en que el protestantismo acababa de
establecerse. Al principio del siglo siguiente, Kepler y Galileo
empezaron a extender los soñados viejos límites del universo. La era
moderna estaba en pleno desarrollo; y con ella el cristianismo empezó la
de su declinación".
"Es evidente que desde mediados del siglo XVII las ciencias físicas por
su propio método y carácter minaron la teología. En ellas fue posible la
prueba racional y la convicción inteligente, en lugar de la eterna
esterilidad del debate teológico sobre proposiciones irracionales. En la
segunda mitad del siglo XIX, finalmente la balanza del pensamiento
filosófico ha sido abrumadoramente hostil a las creencias cristianas, y
es significativo el hecho de que en estos tiempos su defensa se apoya
más frecuentemente sobre su utilidad que sobre su verdad". (Es decir, se
vuelve al punto de vista de Polibio).
"Se ha dicho con amplia verdad que mientras la Grecia con su disciplina
dialéctica, exhortaba a los hombres a concordar recíprocamente sus
creencias, y la Iglesia cristiana les manda conformarlas a sus dogmas,
el espíritu moderno requiere que se acomoden a los hechos. Tal espíritu
promovió primero, y fue después inmensamente promovido por el estudio de
las ciencias naturales".
Hablando siempre _grosso modo_, podríamos decir que la Grecia creó, con
las bellas letras y las bellas artes, la levadura del progreso material
e intelectual. Roma el derecho civil; la Palestina el misticismo y la
teología sobre la doctrina de la caída del hombre en el Paraíso por la
pérdida de la inocencia, que coloca el estado de perfección en el
comienzo de la especie, y que es exactamente el reverso de la teoría
moderna de la evolución o del progreso incesante y continuo, y que la
Inglaterra ha creado, por otras vías y en el mismo transcurso de
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