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Incertidumbre

by Hermine Oudinot Lecomte du Noüy · Spanish · Gutenberg #26845 · 381,847 chars · public domain (US)

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Title: Incertidumbre

Author: Hermine Oudinot Lecomte du Noüy


        
Release date: October 8, 2008 [eBook #26845]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/26845

Credits: E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net)


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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

H. L. N.

INCERTIDUMBRE







BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires.

La novela que con el presente volumen ofrecemos a nuestros lectores, es
de un corte delicado, y de tal manera interesa, que quien empiece su
lectura es difícil la deje sin haberla saboreado hasta el final.

Tiene una tendencia altamente moral y transcendental, cual es el premio
al amante noble, desinteresado y constante, que, creyéndose inferior en
méritos a la persona amada, oculta su amor y sólo aspira a la felicidad
del ser querido.

También desarrolla otros temas de no menor interés: tales son las
vacilaciones de la mujer elegante entre el hombre de mundo superficial y
vano y el hombre honrado, trabajador y noble que carece de dotes
mundanas, y el castigo de la persona que sólo va al matrimonio como
medio de elevar la situación en que vive, aunque ésta sea bastante
buena.

Es un estudio social perfectamente acabado que ha de agradar a nuestros
lectores. Sobre todo, _Incertidumbre_ será una de las obras que más
interés ha de despertar en el bello sexo.

Su autor se oculta bajo un pseudónimo, seguramente por un sentimiento de
excesiva modestia, pues, por lo interesante de la fábula y el perfecto
estilo en que está escrita, revela altas dotes literarias. Sólo se sabe
de él que es el mismo autor de otra novela titulada _Amitié Amoureuse_,
publicada anteriormente en París, que llamó la atención de toda
Francia.




INCERTIDUMBRE




I


En una admirable noche del mes de junio reina extraordinaria animación
en el viejo castillo de Creteil. En el patio de entrada, el continuo
rodar de los carruajes no cesa hasta después de haber dado las doce en
el campanario de la iglesia. Los curiosos de la aldea se han alejado,
satisfechos de haber admirado algunas elegantes toilettes, y contemplado
la suntuosa decoración del vestíbulo, de columnas enguirnaldadas, con
flores y luces eléctricas. Todo es allí alegría, calor y perfume. Sin
embargo, no lejos de la fachada de la vasta mansión, que da sobre el
Marne, un joven se pasea a lo largo, en actitud meditabunda y de una
manera nerviosa. Ni las armonías de la orquesta del baile que dan los
Aubry de Chanzelles, en honor de los veinte años de su hija María
Teresa, ni el bullicio de las voces juveniles, que llegan hasta el
paseante solitario, por las grandes ventanas abiertas de los salones,
lo distraen de su melancolía. Las fragantes flores del jardín exhalan en
vano sus perfumes penetrantes: permanece insensible a las bellezas
misteriosas de la noche, tan absorto está en sus pensamientos. Así es
que, grande es su sobresalto, cuando un amigo, a quien no ha sentido
aproximarse, exclama, golpeándole familiarmente en la espalda:

--¡Y bien, Juan! ¿Por qué nos has dejado hace más de una hora?

--Para tomar aire.

--¿No te bastan las ventanas abiertas?

--No.

--¿Prefieres la compañía de las tinieblas a la de las jóvenes que han
venido a festejar a mi hermana?

--Desde aquí veo desfilar sus elegantes siluetas, tan bien como en el
salón.

--Creo que muy poco te ocupas de esas señoritas, amigo mío; lo que tú
miras es el suelo, y con tal persistencia, que hace un momento creía que
te ejercitabas en clasificar científicamente las piedras de los caminos.

--Te engañabas, Jaime.

El tono seco de la réplica puso fin a las bromas del recién llegado.
Distraídamente sacó una cigarrera de su bolsillo y tendiéndola hacia su
compañero:

--¿Quieres uno?--dijo.

--No, gracias.

--Son exquisitos...

--Me gusta el tabaco sin perfume; el tuyo no puede ser apreciado por un
plebeyo como yo.

--¡Como quieras!...

Jaime Aubry de Chanzelles conocía demasiado a su amigo para insistir.
Cerró la tabaquera con un golpe seco, encendió su cigarrillo, y, después
de haber lanzado al espacio algunas bocanadas de humo, dijo:

--Brillante la fiesta, ¿eh?

--Muy brillante.

--¿Por qué has desertado del cotillón?

--Podría devolverte la pregunta.

--¡Oh! yo, es bien sencillo: me substraigo a las confidencias de mi
prima. No habrás dejado de reparar que la querida Diana, siente por mí
la clásica simpatía de las personas que se han criado juntas, cuando,
por milagro, no se detestan. Pues, en estos casos, sucede una u otra
cosa. Hacia los veinte años, por poco que escaseen los pretendientes, la
prima descubre de pronto que el primo es lo que le conviene. De esta
manera, no hay miedo de equivocarse, ni sobre el carácter, ni sobre la
salud, ni sobre la fortuna. El mundo contempla el suceso con
enternecimiento. Me parece que oigo los cuchicheos: «¿Saben ustedes la
nueva? ¡Diana Gardanne se casa con su primo!--¡Oh! ¡querida mía, esto es
delicioso!--¡Un casamiento por amor!--Lo creo, ¡se adoran desde la época
en que paseaban en brazos de sus niñeras!» ¡Y así se escribe la
historia!

Divertido, a pesar suyo, por el tono burlón de Jaime y por las
exclamaciones grotescas con que recitaba su monólogo, Juan sonriéndose
murmuró:

--Exageras...

--¡Absolutamente! Nadie pondrá en duda nuestro amor ardiente; nadie se
dirá: Diana es una joven prudente; no tiene ninguno de los gustos,
ninguna de las aspiraciones de su primo; pero, como los pretendientes
no abundan, no quiere quedarse para vestir imágenes. La vida de familia
la abruma; desea llevar una vida más mundana; entonces ¿por qué no
echarle el anzuelo al primo? Y es por una serie de razonamientos
semejantes, usuales en las jóvenes extremadamente prácticas, que no se
preocupan de encontrar el amor en el matrimonio por lo que mi prima se
ha decidido a amarme.

--¡Oh! considero a Diana Gardanne incapaz de hacer tales cálculos.

--Estás equivocado. Por disfrutar de fortuna, sospecho que está decidida
a todo.

--¿La perspectiva de casarte con ella te asusta?...

--¡En efecto, nunca he tenido tanto miedo! Por eso, hace un momento, he
pretextado una repentina indisposición para substraerme a los encantos
del boston. No tengo ni sombra de carácter. Así es que evito con mucho
cuidado, desde hace dos meses, lo que la querida niña llama: «nuestras
deliciosas horas de intimidad.» Aunque su mirada es glacial y su nariz
ostenta proporciones borbónicas, me conozco: si por desgracia me hablase
de su ternura y de su admiración _por mi hermosa inteligencia_, en una
noche como ésta, sería capaz de contestarle: «¡Como no!...» o
«¡Perfectamente!» En fin, cualquiera de esas palabras apasionadas,
irreparables, que lo hunden a uno en un abismo, para toda la vida.

--No haces mal el papel de bufón; sin embargo, no carece de encanto el
casarse con una amiga de la infancia, cuyo carácter se conoce, cuyos
gustos...

--¡Inocente! ¿Crees tú que jamás pueda conocerse a una joven? ¡Casi no
me atrevo a alabarme de conocer a mi hermana!

--María Teresa tiene un carácter franco, leal... no comprendo cómo
puedes compararla...

--Ciertamente; pero, en cuanto le llegue la hora de la ambición y el
amor ¿sabemos lo que será? Papá, el otro día, le dijo, riéndose, que
tenía seducido al Conde de Chateliez... Tú, como yo, la viste sonrojarse
hasta parecer una amapola y murmurar:

--Padre, su amigo es algo maduro... ¿No ha pasado ya los cuarenta
años?... Si fuera más joven, tal vez me dejaría tentar... Seduce el
título de condesa. ¡Condesa María Teresa! ¡No haría mala frase!...

--Es cierto.

El tono sombrío con que Juan pronunció estas palabras, pareció a Jaime
tan expresivo que estuvo a punto de exclamar:--¡Ea, cuéntame tu secreto,
Juan! ¿Acaso no soy tu hermano, por nuestra larga intimidad? ¡Tómame por
confidente, pobre diablo, y sufrirás menos!

Pero guardó silencio, conociendo la naturaleza altiva de su amigo, y los
obstáculos serios que lo separan de su hermana.

Jaime piensa que lo mejor era provocar las confidencias. ¿Pero cómo? ¿El
medio más sencillo no sería demostrar a Juan la misma confianza que
reclamaba de él? Se apresuró, pues, a aprovechar la hora para llevar la
conversación a un terreno propicio:

--¡Ah! el pensamiento de las jóvenes, es para nosotros indescifrable; su
jardín secreto nos es inaccesible. Si nos aventuramos en él ¿será a
fuerza de sutileza o a golpes de hacha como conseguiremos hallar el
camino que conduce a su corazón? ¡Gran problema por resolver!

--¿Es esa la causa que te ha determinado a viajar? ¿Cuentas ejercitarte
en los corazones extranjeros, antes de atacar los de nuestras
compatriotas?

--¡Qué genio! ¡Reconozco la admirable ciencia de las sabias deducciones!
¡Has adivinado! ¡Marcho a estudiar el alma de la desconocida que amaré
quizá!, y sobre todo... ¡Oh!, muy sobre todo... por huir de la joven que
no amo. ¡Si supieras cuánta energía se tiene en estas tristes
circunstancias! ¡Es espantoso! Mañana, tomaré el rápido para Strasburgo.
Dentro de ocho días estaré en Viena. Pasaré a Budapest, y regresaré por
el Tirol austriaco y la Suiza. Y tú ¿qué piensas hacer en tus
vacaciones?

--Todavía no sé si las tendré. Tu padre y yo no podemos dejar a un mismo
tiempo la fábrica. El señor Aubry me ha parecido algo fatigado en estos
últimos días; desearía que descansase de una manera continua, en vez de
veranear, como el año pasado, yendo y viniendo de Etretat a Creteil.

--En caso que él acepte mi combinación, yo permaneceré aquí.
¡Oh!--añadió contestando a un gesto de su amigo,--¡no me compadezcas! Me
gusta la tranquilidad de mi casa. Ese pequeño pabellón que tu padre me
hizo construir allá, al extremo del jardín, a orillas del Marne, es mi
paraíso. Desde allí observo todo lo que pasa en la fábrica y en el
parque. La arboleda que me aisla, no es tan espesa que me impida ver las
avenidas... ¡He reunido tan buenos recuerdos en seis años que habito ese
pabellón!

--¡Seis años ya! Me parece que ayer hacíamos los planos. ¿Recuerdas?

--¡Si me acuerdo! Tu hermana fue el hábil arquitecto y quien dibujó el
jardín que lo rodea. Las rosas Niel y las yedras, que plantó contra las
paredes, guarnecen ahora las ventanas; no puedo abrirlas sin creer ver a
María Teresa con sus delicadas manos llenas de tierra, plantando las
enredaderas...

--¡Qué buenos tiempos eran aquéllos! Ella tenía catorce años, tú
veintitrés, yo veinte. ¡Qué dulce compañerismo nos unía entonces! ¡Y
cómo nos trataba mi buena hermanita! Por tu culpa: ¡tú aprobabas todo lo
que ella te decía!

--¡Bah, eran fantasías propias de su edad!

--¿Tú lo crees? Eran caprichos de una déspota insoportable.

--Sí, pero ¡qué corazón y qué sinceridad! ¡Jamás una mentira salió de
sus labios! ¡Qué hermosa mirada resplandecía en sus ojos cuando se le
corregían sus faltas!... siempre leves. Su inalterable alegría era
contagiosa; yo corría y jugaba con ella como un chiquillo. ¡Hermoso
tiempo en efecto! Todo eso ha pasado, concluido...

Jaime se mordió los labios para no reír; observó que el sentimiento
exaltado convierte a los más inteligentes en seres ingenuos como niños.

--Mi buen Juan, todo el mal proviene de que hemos crecido.

--Tienes razón; cada año me aleja de María Teresa, y así es mejor,
puesto que un abismo me separa de ella...

--No veo cuál es ese abismo. Tú, como mi padre, eres hijo de tus propias
obras.

--Con esta diferencia, que tu padre pertenece a una distinguida
familia; si un día conoció la miseria, antes había gozado de una buena
fortuna y vivido en la alta sociedad.

--No hagamos juego de palabras, Juan. Voy a decirte, antes de mi
partida, algo que hasta ahora he guardado para mí y que quiero hacerte
conocer: siempre he deseado que tú y mi hermana os amaseis.

--¿Estás loco?

--No, no estoy loco. Y la emoción de tu voz me prueba que la mitad, por
lo menos, de mi deseo se ha cumplido. Pero, hay que convenir, en que,
con tu maldita modestia y tu gran orgullo, nunca llegarás a nada. Cada
día te alejas más de María Teresa. La habitúas a no ver en ti más que un
empleado fiel, cuando debías hacerle comprender tu gran valor. Tú, que
tienes tan buena presencia como cualquiera de los jóvenes que la rodean;
tú, en cuanto estás cerca de ella, tomas un aire sombrío y unas
actitudes tímidas que te perjudican. Te complaces, se creería, en ser
exclusivamente el hombre de la fábrica, cuando no debías olvidar que,
educado con nosotros, casi lo mismo que nosotros, tienes el deber de
transformarte en ciertas horas en hombre de mundo.

--Pero...

--¡No me interrumpas! Es así como quiero que te reveles a mi hermana. En
vez de esto, te alejas de ella, huyes. ¿Cómo puedes esperar que ella te
descubra? ¿Piensas que por sí sola, sin que la ayudes un poco, llegará a
apreciar tu verdadero mérito, ni comprender al hombre de gran valor que
solamente mi padre y yo conocemos?

--Sin embargo, no puedo ir a tirarle de la manga y decirle: ¡Atención,
yo no soy un cualquiera!

--¡Eh! ¿Quién habla de eso? Veamos, ¿por qué no has bailado con ella
esta noche? Has pasado el tiempo vagando como un marido, de puerta en
puerta, para concluir por refugiarte aquí. Esto es absurdo, permíteme
que te lo diga.

--No, Jaime, procedo con lealtad. No es posible que yo asuma la actitud
que me indicas, sin abusar odiosamente de los inmensos beneficios que he
recibido de tu padre. ¿Sé yo el destino que él aspira para su hija?
Tengo la confianza del señor Aubry hasta el punto de que me trata como a
un hijo; tengo una amplia libertad para hablar con María Teresa veinte
veces al día ¿y me aprovecharía yo de estas circunstancias para ir a
turbar la paz de su hija, procurando hacerme amar? ¡No, mil veces no!
Tanto más, cuanto que esta vil seducción parecería inspirarse en una
especulación abominable. ¿No se sospecharía que quiero adueñarme de la
fábrica de cristales y convertirme en el sucesor de tu padre,
solicitando la mano de tu hermana?

--¡Eres intratable!

--Soy sensato. Tu hermana puede aspirar a todo. ¿Quién soy yo para ella?
Olvidas generosamente mi humilde origen, y la manera cómo tu padre me
sacó de la miseria; ¡a mí me toca acordarme!

--Pero si María Teresa supiera... quien sabe si...

--Escucha, Jaime: Vas a jurarme que no harás nada porque lo sepa. Sería
odioso y cruel. Ahora le soy indiferente ¿no me detestará si sabe que me
atrevo a amarla? Amigo mío, te lo suplico, déjala en la ignorancia. Si
ella supiese algo, yo la perdería para siempre. No tendría más esa
confianza, ese abandono, que tiene cuando me habla; nuestras relaciones
se harían tirantes, cesarían probablemente... ¡Jaime, te ruego, puesto
que me has arrancado esta confidencia, que guardes el secreto!

--Te lo prometo. Pero ¿no sería mejor que yo hablase?

--¡Me perderías! ¡No, no! cállate, ¡por favor! Si hablas, dejo la casa,
me marcho, huyo...

--Bueno, está bien, no diré nada. Adiós, Juan. Dentro de algunas horas
estaré lejos; abracémonos, pues pasará mucho tiempo antes que nos
veamos.

--Te deseo un feliz viaje, mi querido Jaime.

Se unieron en estrecho abrazo. Luego, Jaime subió al vestíbulo; su
elegante silueta se destacó sobre el resplandor del salón iluminado, y
pronto desapareció entre la muchedumbre.

Juan continuó sus paseos, no ya ante la casa, sino a la sombra
protectora de una doble fila de tilos, bóveda sombría que desciende en
suave pendiente desde el castillo hasta el Marne. Una dulce alegría,
turbada por ligeros remordimientos, embarga su espíritu. Sin dejar de
sentir infinita gratitud hacia Jaime, por no haberse indignado cuando le
reveló el misterio de su corazón, lamenta no ser ya el único dueño de su
querido secreto. Teme que una palabra, menos aún, una mirada, un gesto
de Jaime, no sea una revelación para María Teresa. Y eso, Juan, no
quiere que suceda. No solamente se reprocha su amor a la señorita Aubry
de Chanzelles, sino que su gran preocupación subsiste: Si ella supiese
que la amaba ¿no cambiaría de actitud hacia él?

Ante esta dolorosa perspectiva, sus ojos se velan, su corazón se contrae
de angustia, y murmura, desesperado:

--¿Por qué no he tenido energía para negar? ¿Qué esperaba? ¿Que Jaime
hiciera desaparecer la distancia que me separa de su hermana? ¡Locura,
locura! ¡Con tal, Dios mío, que nadie sospeche la osadía de mi sueño!

Sufre, y su pensamiento evoca, con angustiosa lucidez, el lejano pasado.
Se mira tal como era la tarde de invierno en que el azar lo puso ante el
señor Aubry, en París, en el salón escolar del sexto distrito.

Un extraño fenómeno de su memoria sobreexcitada le produce una
reminiscencia exacta no sólo de los hechos sino también de su estado de
alma de niño. Experimenta casi la dolorosa opresión que paralizó su
corazón y anudó su garganta a su entrada en el salón profusamente
iluminado. Muchos niños están ahí acompañados de sus madres o de sus
padres; él está solo y se siente pequeño, triste, desgraciado.

Los señores de la comisión escolar, sentados, tranquilos y solemnes,
detrás de una ancha mesa cubierta con tapiz verde, se le figuran jueces,
tan terribles, que trata de no ser visto; se esconde en un ángulo de la
vasta sala.

Suenan nombres lanzados por los ujieres; algunas personas se levantan,
hablan, salen. Juan mira casi inconsciente; de pronto ve adelantarse a
una mujer hacia la mesa. La voz del alcalde, señor Aubry de Chanzelles,
llega por primera vez a los oídos de Juan. El alcalde habla con claridad
en un tono grave y benévolo. En vez de amonestar a aquella mujer,
llamada a justificar las ausencias demasiado frecuentes de su hijo a la
escuela, se afana en demostrarle la necesidad de velar sobre la
instrucción y desarrollo de la inteligencia de los niños.

Juan, tranquilizándose poco a poco, escucha con atención. Cuando el
señor Aubry, inclinado hacia la pobre mujer, la interroga con bondad, y
luego oye las respuestas embrolladas de la desgraciada que se excusa de
no poder mandar todos los días a su chico a la escuela, porque le ayuda
en su trabajo, Juan no pierde una palabra de los consejos que le da el
señor Aubry al explicar el verdadero interés del niño.

La buena mujer, muy conmovida, se aleja sin poder responder.

El gran salón se halla casi desierto. El señor Aubry va a levantar la
sesión, cuando el ujier llama con voz sonora:

--¡Juan Durand!

Estas dos palabras, que hace tanto tiempo resonaron en el vasto salón de
la alcaldía de la plaza de San Sulpicio, ¿por qué prodigio, su sonoridad
llena aún los oídos de Juan? Se ve a sí mismo acercarse a la gran mesa
de tapete verde con paso vacilante, arrastrando sobre la alfombra sus
gruesos zapatos clavados.

Semejante a muchos chicuelos de París que han soportado duras
privaciones, Juan se presenta con una figura flaca y demacrada.
Intimidado y tembloroso, hace girar entre sus manos una vieja gorra
color azul desteñido, y se detiene ante la comisión. El alcalde examina
sus notas con aire grave. ¡Ah, desgracia! ¿por qué su rostro se llena de
severidad?

--¿Qué significa esto, señor Durand?--interroga el señor Aubry.--Hace
quince días que no se le ve a usted en la escuela. ¿Por qué eso, eh?

Juan baja la cabeza y con voz lastimera contesta:

--Es porque mamá estaba enferma y después se ha muerto.

--¿Muerto?

--Sí. La llevaron hace tres días...

Toda la severidad del alcalde desaparece; bondadosamente lo interroga:

--¿De qué enfermedad ha muerto tu mamá?

¡Oh, cómo recuerda Juan la emoción con que aquella frase fue dicha!
Súbitamente recuperó la confianza y se hizo locuaz.

--Fue un día que llovía... en el ómnibus... Estuvo enferma un mes; pero
el médico dijo en seguida que no podía hacerse nada porque estaba
cansada de haber trabajado demasiado.

--¿En qué trabajaba tu madre?

--Era costurera para las tiendas. Cosía todo el día, y hasta por la
noche. Yo quería trabajar para ayudarla, pero ella no quería. Decía
siempre: Tienes que ir a la escuela para aprender.

--¿Y tu padre?

--Hace mucho tiempo que ha muerto también; era emplomador y se cayó de
un techo cuando trabajaba.

--¿No tienes parientes?

--No, nadie.

--Después que ha muerto tu mamá ¿en dónde vives? ¿quién te da de comer?

--La portera de la casa, porque me quiere mucho. Dijo ella a su hermano,
que es carpintero, que me tomase de aprendiz, y ahora trabajo...

El señor Aubry, pensativo, no lo escuchaba ya.

Juan recuerda el miedo que sintió creyendo haber hablado demasiado.

--Señores--dijo el alcalde dirigiéndose a los miembros de la
comisión,--hemos concluido; pueden ustedes retirarse. Voy a ocuparme de
este niño.

Y cuando se quedó solo con Juan, continuó sus interrogaciones.

--¿Te gusta trabajar de carpintero?

--¡Uf! ¿si me gusta?... el patrón es muy duro, cuando se emborracha pega
fuerte.

Juan no ha olvidado aún la mirada llena de ternura con que el señor
Aubry lo contempló durante largo tiempo, mirada penetrante y buena, que
le dio valor.

--Ven acá, Juan Durand. Puesto que el oficio de carpintero no te gusta
¿quieres que yo sea tu patrón?

--¿Usted?

--Sí, yo.

Juan recuerda que dijo con desenfado:

--Pero si usted es el señor alcalde, no puede ser mi patrón...

El señor Aubry se sonreía.

--Sí, Juan, yo puedo ser tu patrón. Tengo una gran fábrica de cristales,
y muchos obreros. Tú ya tienes edad bastante para comprender lo que te
voy a decir; escúchame con atención. Yo he sido, como tú, un pobre niño
desgraciado. Como tú, yo he tenido hambre, he tenido frío. Como tú, yo
encontré un hombre que me socorrió. Me enseñó a trabajar y a tener
perseverancia y valor, y ahora soy un hombre rico, considerado. Voy a
hacer lo mismo contigo; te enseñaré a trabajar, y si tienes
perseverancia y energía también serás rico.

Así diciendo, lo tomó de la mano y marchó a hablar a la portera
protectora del huérfano.

Un mundo de pensamientos confusos agitaba el cerebro de Juan,
estupefacto. En aquella misma hora, se asombraba de su suerte
inverosímil, y en su corazón rebosaba la gratitud por los inmensos
beneficios recibidos. ¿Y para demostrar su reconocimiento iría a pedir a
su bienhechor la mano de su hija? ¡No! sería odioso, grotesco. ¡No,
jamás confiará su amor ni al señor Aubry ni a María Teresa! Cualquiera
que sea el destino que le reserve el capricho o la fantasía de la que
ama, se consagrará a ella, en recompensa de la noble acción de su padre,
que educó al hijo del pueblo, al huérfano pobre, con un esmero igual al
que dedicó para la educación de su propio hijo.

Reflexionando de esta manera, recordando el pasado, Juan llegaba ante su
pabellón, situado al borde del Marne. Era un pequeño chalet de grandes
ventanas y levantados techos de tejas rojizas. María Teresa había sido
casi su arquitecto, pues, cuando su construcción fue decidida, exigió
que se copiase fielmente cierta casita pintoresca salida de la
imaginación fantástica de Kate Greenway.

La noche huía, el día asomaba. El jardín dormido hasta hacía un momento,
en el seno de las tinieblas, empezaba a revivir; por el cielo se
extendía la argentina aurora de una finura de tonos exquisitos; los
pájaros piaban débilmente, lanzando intermitentes cantos.

El joven penetró en su casita en busca de un reposo que calmase la
agitación de sus pensamientos.




II


Pablo Aubry de Chanzelles había dicho la verdad cuando se comparó a Juan
Durand. La impresión de piedad que sintió al contemplar al niño
desgraciado, provenía en gran parte de que, como él, había conocido el
abandono, el desprecio, la indiferencia y la miseria.

Su abuelo, Eugenio Estanislao Aubry de Chanzelles, soldado de Napoleón,
al morir gloriosamente entre los hielos del Berezina, había dejado una
viuda y ocho hijos. Esta numerosa familia demandó grandes gastos para
ser educada y establecida. El padre de Pablo Aubry, último hijo del
héroe de la campaña de Rusia, habiéndose casado muy joven con una mujer
sin dote, no tardó en verse reducido a los más módicos recursos. Su
naturaleza era delicada, y los tormentos de una vida difícil acabaron de
arruinar su salud; luchó algunos años contra la mala suerte, pero la
muerte lo arrebató pronto. Como todos sus esfuerzos habían fracasado, su
familia se encontró, entonces, en una situación vecina a la miseria. Su
mujer no le sobrevivió mucho tiempo; Pablo y Matilde quedaban
huérfanos.

Estos niños fueron recogidos por un tío sin fortuna, quien, para mayor
desdicha, era un inventor desgraciado que sólo se ocupaba en gastar sus
últimos pesos en extravagantes combinaciones químicas. El oro
desaparecía rápidamente en las retortas, y, al cabo de muy poco tiempo,
se encontró en la miseria, así como sus pupilos.

Entonces fue cuando Pablo Aubry conoció días dolorosos. Su hermana
Matilde pasó a un convento, donde tenían una tía religiosa; pero él tuvo
que entrar de aprendiz: lo colocaron en una tipografía. Vivió
penosamente, pues el oficio era demasiado duro para un niño poco
preparado para el trabajo fuerte. Además, se hallaba en un ambiente
hostil, bien diferente del suyo; le hacían pagar caro la blancura de sus
manos y sus hábitos de persona bien educada. Cuando, por la noche,
volvía a su casa, dolorido de fatiga, se encontraba frente a su tío,
enloquecido y brutal, por el mal éxito de sus experiencias. Luego tenía
que partir con este triste pariente su pequeño jornal y soportar todo
género de recriminaciones.

Cuando el señor Aubry de Chanzelles recordaba esta época de su vida, en
la que, débil y abandonado, no entreveía ninguna esperanza de salvación,
sentía aún una viva emoción y se preguntaba cómo había tenido fuerzas
para resistir aquellas noches de fiebre y los malos tratamientos.

Al fin, la dura prueba terminó; un antiguo amigo de la familia de
Chanzelles, compadecido de la situación lastimosa en que vegetaban el
tío y el sobrino, ofreció a Pablo un puesto bastante ventajoso en la
fábrica de cristales de que era propietario en Creteil.

Pablo aceptó con alegría. Aquel trabajo le gustaba; se entregó a él por
completo; teniendo la dicha de encontrar en el señor Bontemps, el amigo
de su tío, un director inteligente y bueno.

Los inventos de su tutor, cuyas retortas ardían siempre, en busca de
alguna quimera, habían familiarizado a Pablo con las preparaciones
químicas; de manera que en poco tiempo pudo hacerse útil, y se hizo
apreciar.

Acababa de cumplir veintiocho años cuando estalló la guerra de 1870, que
hizo sufrir al país la vergüenza de las derrotas.

El señor Bontemps fue muerto en Gravelotte. A su lado, Pablo combatió
valientemente. Pasada la tormenta, se vio que estos horribles
acontecimientos, la guerra primero, y luego la Comuna, habían herido
mortalmente la fábrica de Creteil. Los hornos estaban apagados, las
construcciones se derrumbaban; habían recibido las balas prusianes y las
balas francesas.

La familia Bontemps propuso entonces a Pablo prestarle una corta
cantidad de dinero, para que tratase de poner la fábrica en actividad.

Pero la suma que se le entregó era tan insignificante, que el joven tuvo
que vencer las más grandes dificultades. Empezó por encender un horno, y
con dos obreros; él mismo se puso a la obra.

Los comienzos de la nueva cristalería fueron terriblemente penosos: los
días de pago eran para el señor Aubry motivo de constantes angustias.
Pero después de algún tiempo, los beneficios obtenidos por el incesante
trabajo le permitieron construir un segundo horno, luego un tercero, y
aumentar el número de sus obreros.

Finalmente, tuvo la suerte de descubrir un cristal mucho más blanco que
el Baccarat, que, con un tallado hábil, producía reflejos de diamante.

Este fue el principio de una era de gran prosperidad para la fábrica.
Llegó a tener una cantidad de demandas muy superior a la de la antigua
casa Bontemps, y, entonces, el nuevo dueño se permitió emprender obras
de arte. Se reveló ahí, fabricante de genio, creador de obras
maravillosas; así en los _vitraux_, inspirados en las antiguas
cristalerías, como en los vasos y bibelots de alto precio, de formas
exquisitas, de coloraciones raras, sus creaciones obtuvieron éxito
creciente entre los buenos conocedores.

Seguro de su porvenir, se casó. La mujer que eligió era hermosa,
inteligente y buena. Con ella, la felicidad y la prosperidad de la casa
se afirmaron, y no huyeron más del hogar del infatigable trabajador.

Hacía doce años que el señor Aubry disfrutaba de esta dichosa paz cuando
encontró a Juan Durand. Se le presentaban de improviso sus propios
sufrimientos, en el abandono y la miseria del chico. Todo el horror de
los tiempos lejanos lo asaltó violentamente, y estos recuerdos dolorosos
abogaron con elocuencia en favor del huérfano. El nuevo propietario de
la fábrica vio, en este encuentro fortuito, como la indicación de una
deuda a pagar a Dios en agradecimiento de su felicidad actual. La
fisonomía franca del desgraciado niño le agradó, e hizo promesa de dar a
Juan Durand la misma protección que él había recibido de su antiguo
patrón.




III


De esta manera fue como Juan entró de aprendiz en la fábrica de
cristales de Creteil. El señor Aubry lo confió desde luego al guardián
del establecimiento, un viejo obrero inválido, cuya mujer, como no tenía
hijos, aceptó gozosa la misión de cuidar al chico. Instalado así en
familia, en una pequeña casita a orillas del Marne, Juan se aclimató
fácilmente a su nueva residencia. Él, que conocía apenas el Sena, quedó
admirado de aquel río que se ofrecía a su constante contemplación. Las
hermosas campiñas que lo rodean, lo encantaron al extremo de apresurar
la metamorfosis de su ser moral, hasta entonces incrédulo y rebelde. Un
sentimiento de inmensa gratitud hacia su bienhechor, lo invadió; todas
las noches, al acostarse, murmuraba estas palabras infantiles, a manera
de plegaria: ¡Gracias, patrón!

Y dicho esto se dormía en plena felicidad.

Poco tiempo después, Juan era el niño mimado de la fábrica. El patrón lo
había recomendado a todos los jefes de sección, y como el chico era
inteligente y activo, se granjeó rápidamente la amistad de todos.

Un día, sin embargo, sucedió que un obrero le dio algunos golpes. El
estado de ebriedad en que se hallaba no le valió de excusa ante el señor
Aubry, que lo despidió. Desde ese día, el sentimiento de Juan hacia su
protector se convirtió en verdadera idolatría.

Los actos justos conmueven infinitamente a los niños. Por segunda vez,
el señor Aubry hería el corazón de su protegido.

Entretanto el señor Aubry se encariñaba cada vez más con aquel huérfano
que le manifestaba tan candorosamente su afecto, siempre que se le
ofrecía la ocasión. Pero precisamente porque el señor Aubry comenzaba a
interesarse seriamente por el niño, quería formarlo, como había sido
formado él mismo, en la escuela austera de la labor ruda. Lo hizo pasar
por todos los ramos de la industria cristalera; al propio tiempo lo puso
en condiciones de completar su instrucción, a fin de que se convirtiera
en un químico bastante práctico para auxiliarlo en sus experimentos, así
como también en un dibujante bastante hábil para crear formas
originales. Le procuró maestros, le suministró libros y le facilitó
todos los medios de instruirse. Juan se mostraba dócil, aprovechaba las
lecciones, los consejos, y ponía tanto celo en sus estudios como en el
trabajo de operario.

La fábrica fue bien pronto la única ocupación personal de Juan: no la
abandonaba sino para concurrir a los cursos de la noche. Se deleitaba en
ella; la escudriñaba, la recorría en todos sentidos, cuando, terminado
el trabajo, y marchados los obreros, se quedaba solo entregado a sí
mismo. Nadie conoció tan bien como el pequeño operario los pasajes
secretos ni los rincones del gran establecimiento. Allí estaba en su
casa, era dueño de ir donde mejor le pareciera, examinando todo,
interesándose por todo, tomando conocimiento de todo lo que existía en
ella hasta en los escondrijos más oscuros y olvidados. La experiencia
que Juan adquirió viviendo constantemente en esta labor, lo puso en
breve al corriente de lo que debe saber un maestro cristalero.

El oficio era duro a veces; pero al chicuelo no le pesaba, contento de
hallarse al lado de los grandes hornos rojos que no se apagaban jamás, y
que le habían causado gran estupor la primera vez que los vio. No se
cansaba de admirar las gruesas y pequeñas puertas, que daban, al
parecer, sobre el infierno, y nada para él igualaba la destreza del
obrero que soplaba botellas por la extremidad de una caña larga, o
moldeaba con hábil ademán el cristal en fusión. Todas las operaciones
diversas por las que pasaba la materia transparente, irisada y líquida,
lo interesaban con pasión, y de esta suerte se desarrollaba en él una
alma de artista, prendado de su arte.

Durante el tiempo de su aprendizaje no dejó un solo instante de tener la
más perseverante energía. Para recompensarlo, el señor Aubry lo envió a
trabajar algunos meses en las principales cristalerías de Bohemia e
Inglaterra, a fin de familiarizarlo con todos los métodos de
fabricación, y facilitarle el estudio del alemán e inglés.

En esta nueva faz de su vida la personalidad de Juan se destacó;
adquirió en sus viajes por el extranjero, una cierta seguridad, fundada
en la posesión de la ciencia de su arte.

Todo esto lo debía al señor Aubry. A medida que avanzaba en la vida,
consciente de su felicidad, comprendiendo haber encontrado en su camino
al hombre excelente que lo había recogido y educado, sentía hacia su
protector una afección sin límites.

Este culto libró a la juventud de Juan de muchas tentaciones. El
ascendiente de su patrón lo mantuvo en la vía recta, y con su
temperamento laborioso no tuvo que esforzarse mucho para satisfacer por
completo, con su conducta, a quien debía todo.

Desde que el señor Aubry hubo apreciado la naturaleza leal y afectuosa
del huérfano, no vaciló en admitirlo en su casa, para perfeccionar su
educación moral.

La señora Aubry se prestó maternalmente a desempeñar esta tarea; además
de ser muy cariñosa con el joven, le dio consejos, lo obligó a vencer su
timidez, y lo animó a hablarla como si fuera su hijo y a abrirle su
corazón.

Para Juan era una fiesta ir a pasar los domingos y los días festivos en
el antiguo hotel de los Aubry de Chanzelles, situado en la calle
Vaugirard, frente al jardín del Luxemburgo. Pero el principal atractivo
que encontraba allí, era la presencia de los niños de Aubry, Jaime y
María Teresa.

Jaime, muchacho gordinflón y bullicioso, se encariñó en seguida con este
camarada calmoso y fuerte que se sometía a sus caprichos. Su «amigo
Juan» se le hizo indispensable. No tardó el niño pobre y reflexivo en
tener una ligera influencia saludable sobre el niño rico. En cuanto a
María Teresa, demasiado pequeña para ser otra cosa que un despótico
baby, era gran favorita de Juan. Nunca había visto nada tan lindo como
esta criatura, deliciosa muñeca blanca y rosada, primorosamente vestida
con sedas, bordados y encajes, que le sonreía siempre que la tomaba en
sus brazos.

Los nueve años que lo separaban de María Teresa lo convertían en un
hombre al lado de ella. Al crecer, la chicuela no dejó de apercibirse de
la impresión que producía en Juan, que permanecía extasiado ante su
gentil personita, y supo darse aires dignos de una pequeña princesa
acostumbrada a mandar y que quiere ser obedecida. Juan, se sometía, sin
vacilar, a sus caprichos más fantásticos o imaginaciones más locas. Para
contestar a su exigente «señora,» tenía que practicar todos los oficios:
encolador de muñecas rotas, remendón de juguetes destrozados en momentos
de cólera; unas veces hacía de cochero, otras de caballo, de payaso, de
oso, de mago, etcétera. La diversidad de sus profesiones encantaba a la
chicuela.

El apego que los niños demostraban hacia su amigo, hizo más necesarias
sus visitas a la casa. María Teresa y Jaime esperaban con impaciencia el
domingo, día en que Juan llegaba con los bolsillos llenos de bibelots de
cristal, fabricados expresamente por él. Si, por acaso, Juan no podía
salir de la fábrica, la presencia de sus primos Bertrán y Diana Gardanne
no bastaba a consolar a los niños de la ausencia de su gran camarada,
tan ansiosamente esperado, y que tenía el secreto de divertirlos sin
contrariarlos jamás. Se entristecían y no jugaban.

Bien pronto, para complacerlos, Juan fue llevado más a menudo al hotel
de la calle Vaugirard. Después, poco a poco, sus buenas condiciones le
atrajeron la simpatía general, y el señor y la señora Aubry, habiendo
observado que aprovechaba inteligentemente sus consejos, lo consideraban
como miembro de la familia.

Transcurrieron los años. Juan se hizo un buen operario. Gracias a su
amor al trabajo y a su disposición para los negocios, obtuvo un puesto
preferente en la fábrica. El señor Aubry, que lo apreciaba cada día más,
concluyó por nombrarlo subdirector para procurarse algún descanso.

El señor Aubry no tuvo que arrepentirse de su determinación; comprobó
muy pronto que Juan poseía dotes naturales que no se adquieren
fácilmente: cualidades de iniciativa y grandes condiciones de
administrador. El joven se convirtió en su alter ego, en quien podía
confiar con toda seguridad. Juan sería el continuador de su obra.

Su naturaleza leal, su espíritu estudioso, su vida entera pasada en la
fábrica y en la intimidad elegante de la familia de los Aubry, le habían
formado una personalidad atrayente. Nada de ficticio había en él;
marchaba en el mundo sin preocupaciones y sin artificios. A los
veintinueve años representaba el tipo del hombre que por el doble
trabajo de sus manos y de su cerebro, llega a la plena posición de una
individualidad superior. Era un hombre fuerte: podía ganarse la vida con
su labor manual; era un intelectual también: merced a los conocimientos
adquiridos, su inteligencia creadora había sabido encontrar formas
nuevas en un arte antiguo.

Para Juan el mundo estaba circunscripto a la fábrica y a la familia de
Aubry; pero si no había sentido tentaciones de ampliar este círculo
estrecho, de buscar fuera de él, el ideal a que todo hombre aspira, era
porque lo tenía en ellas. Desde hacía muchos años, su pensamiento se
había acostumbrado a gozar con la presencia de María Teresa, y la
influencia misteriosa de la joven se afirmaba en él de una manera lenta,
oscura, inconsciente, pero segura.

Mientras Juan se absorbía en esta vida seria, como la juventud dichosa y
alegre de Jaime y de su hermana, exigía mayor expansión, los Aubry
transformaron poco a poco su género de existencia; recibieron más gente,
y un elemento nuevo, muy mundano, hizo su aparición en aquel hogar hasta
entonces casi austero.

A Juan le fue dado contemplar los más hermosos ejemplares de la gente
del gran mundo, de la que había oído hablar, pero que desconocía. Todos
aquellos desocupados, aquellos inútiles, se daban delante de él aires de
gran importancia, que en un principio no le chocaron; pero, como era muy
observador, sintió en breve cerca de ellos un sentimiento de
inferioridad que le hizo pensar. Se apercibió de que su aspecto y sus
maneras, contrastaban con las de aquellos jóvenes tan seductores
exteriormente. Se veía en seguida que no habían sido obreros, ellos.
Sabían vestirse con gusto, presentarse de una manera especial, hablar un
lenguaje refinado, en fin muchas cosas que revelaban la casta
privilegiada de que procedían.

Entonces, poco a poco, Juan se replegó sobre sí mismo y se alejó de la
casa, para huir de estos contactos dolorosos.

Los Aubry que lo querían mucho, atribuyeron primeramente a su carácter
huraño, su obstinación en no aparecer por el hotel sino cuando sabía que
estaban solos; redoblaron sus atenciones hacia él, pero dejaron que
procediese a su gusto, sin sospechar el sufrimiento que, de improviso,
lo había embargado. ¿Cómo podían conocer su pesadumbre, ellos que tenían
a Juan por un hombre fuerte, resuelto, superior a las vanidades humanas?
Lo colocaban demasiado alto, de donde, su estimación se hacía cruel. El
corazón sensible, el sufrimiento del hijo adoptivo, escapaba a su
penetración, y Juan se sorprendía de sentirse, de pronto, tan lejos de
ellos.

Pensaba:--Me han salvado de la miseria, me han hecho hombre; si yo
enfermara se alarmarían, pero nunca adivinarán el dolor moral que me
ahoga... ¿Conocerán nunca mi corazón? ¡Ah! si supieran hasta qué punto
sus bondades han desarrollado la sensibilidad de este corazón, si
supieran cómo los amo. ¿No se sorprenderían de mi audacia?

Y con el alma destrozada, el espíritu quebrantado, el pobre joven,
desalentado, exhalaba su ternura desconocida, murmurando:--¡María
Teresa... María Teresa!

       *       *       *       *       *

¿Cómo, por qué María Teresa, con su instinto de mujer, nada había visto?
Porque era dichosa y nada atrofía tanto el corazón como la felicidad.
Sólo la desgracia desarrolla la sensibilidad. Además, la joven estaba
tan habituada a los cuidados, a las atenciones de Juan, que le parecían
perfectamente naturales. ¿No habría acaso también en el fondo de aquel
ser de gracia y de belleza, algún otro sentimiento? Aunque Juan se
hubiera transformado, ¿no permanecería siendo para ella, el hombre del
pueblo que debía su elevación a la generosidad del señor de Chanzelles?
Ciertamente, María Teresa no manifestaba claramente esta especie de
menosprecio; pero su atavismo y su educación aristocrática, ahondaban el
pozo que separaba a ella de Juan. A medida que transcurrían los años, la
fuerza de las cosas tendía a separarlos. Juan tenía conciencia de esto,
mientras que María Teresa, acostumbrada a la adoración respetuosa de su
amigo, la aceptaba como un testimonio del reconocimiento grabado en el
corazón del niño salvado en otro tiempo por su padre.

Así, cuando algunos días después del baile, Juan acompañó a los Aubry de
Chanzelles a la estación, la joven no se sorprendió de encontrar un ramo
de soberbias rosas, cuyos tallos desaparecían en un artístico vaso de
cristal, en el vagón que el señor Aubry había encargado para el viaje,
como tampoco se admiró de hallar helados de aromas variados, en las
pequeñas cajas de metal blanco, que Boissier ha puesto a la moda en el
teatro.

Dijo simplemente:

--Usted me mima demasiado, Juan. Gracias, amigo mío.

Y como él se excusase respondiendo fríamente:

--Esto es completamente natural; yo sé que a su mamá le gustan las
flores.

--Pero ¿y los helados?

--¡Oh! no me he olvidado que cierta señorita era muy golosa, en los
tiempos lejanos en que me convidaba a sus banquetitos, a condición de
que yo no comiese nada.

Se rieron. Luego, María Teresa repuso:

--Yo ya no soy golosa...

--¡Pero aun le gustan los helados!

--Juan, usted se ha puesto insoportable. En penitencia, tome usted esta
rosa, que la llevará consigo todo el día, para que le recuerde que ha
sido mordaz con su antigua amiga... ¡Vamos, adiós!

Subió ligeramente al coche, y cerrada la portezuela, bajó el vidrio y
tendió su mano al joven; él, en equilibrio sobre el estribo, la tomó en
la suya. Permanecieron un momento silenciosos, unidos por aquel débil
lazo. Un estridente silbido hizo retroceder bruscamente a María Teresa.
Juan saltó al andén, la contempló durante un instante con pasión y
saludando por última vez se perdió entre la multitud.

Mientras el tren se ponía en movimiento, la señora Aubry murmuró:

--¡Qué excelente joven es Juan!

--¡Ciertamente! Y hombre de gran mérito, además, querida esposa.

--Sí, un excelente amigo, madre. Para mí es como un hermano mayor, más
atento que Jaime, pero a veces un poco severo... ¿no es verdad, papá?

--Es todo un hombre... Alcánzame el diario, hija mía.

María Teresa le entregó el diario, riéndose del aire de convicción con
que el señor Aubry había pronunciado: Es todo un hombre...

--Evidentemente, es un hombre, no lo dudamos... pero a mí me quieres
más, ¿cierto, papá querido?--dijo besando a su padre.

El recuerdo de Juan estaba ya lejos de ellos. Entretanto, el pobre joven
caminaba sin ver la gente que pasaba a su lado, sombrío de
desesperación.

--¡Dios mío!--murmuraba en su interior--¡cómo librarme de la constante,
de la abrumante idea que me domina! Mi corazón sufre hasta convertirme
en un alucinado. ¡Ella no pensaba en nada al darme por última vez la
mano!... ¡Pero yo, yo! ¡Con tal que no haya sentido el estremecimiento
de la mía! ¡Si por mis imprudencias fuera a perder su confianza! ¡Ah,
no; todo menos eso!

Y un pesar tan grande lo invadía, ante la sola idea de permanecer tres
meses sin verla, que había preferido seguir sufriendo como en el tiempo
pasado, a la angustia de la hora presente.




IV


Los Aubry dejaban, pues, a Creteil, en los primeros días de julio, para
instalarse en su villa de Pervenches.

Construida sobre una de las barrancas gredosas que rodean la playa de
Etretat en semicírculo pintoresco, este chalet blanco domina el mar, y
hacia el otro lado, el jardín, de verdes campos sembrados de flores,
desciende en suave pendiente, flanqueando una amplia alameda, hasta la
carretera de Bennville.

Durante la estación de baños, Etretat es una estación encantadora. María
Teresa encontraba allí numerosos amigos; además, Diana y Bertrán
Gardanne, sus primos, pasaban allí también sus vacaciones. Toda esta
brillante juventud llevaba a la casa de campo de los Aubry, una vida
alegre y feliz.

Algunas semanas después de su llegada, reinaba gran animación en el
jardín. Jugando el tennis, Bertrán, en un match con el campeón
invencible Roberto Milk, se dejaba batir vergonzosamente por la
Inglaterra, ante los ojos atentos de su amigo d'Ornay, experto jugador,
quien, furioso, le dirigía vivas recriminaciones.

María Teresa, Diana, Mabel d'Ornay, Alicia y Juana de Blandieres,
conversaban en la terraza, reclinadas en rocking-chairs.

--¿No ha hecho usted prevenir a Max Platel que hoy nos reuníamos aquí,
por la tarde, María Teresa?--preguntó con aire ansioso la linda Mabel
d'Ornay.

--Tranquilícese usted, Mabel--se apresuró a contestar la burlona
Diana;--ha sido prevenido por orden mía. ¡Qué extraña idea tiene usted
de nuestra manera de comprender los deberes para con los huéspedes, para
suponer que María Teresa y yo no trataríamos de procurar a nuestras
amigas el mayor placer posible! Y como Max Platel constituye el
atractivo de la playa, por el momento a lo menos, sería preciso ser muy
ignorante o muy culpable para no servirlo con el té, los muffins y los
bombones a la violeta.

--¿Por qué esa correlación?--preguntó Alicia de Blandieres.--¿Acaso Max
Platel es un literato a la violeta?

--¿Max Platel?... es un amigo excelente--interrumpió María Teresa.

--¡Oh!--exclamó Diana--¡para mi prima todas las personas que recibe son
sagradas, no es permitido tocarlas, ni aun con rosas sin espinas! Pero
se puede ser un amigo excelente y hacer mala literatura: son cosas que
no tienen nada de incompatible.

--¿Encuentras que es malo lo que escribe? ¡Pues no se creería, porque no
le escatimas las felicitaciones!

--Además--dijo la señora d'Ornay, joven casada hacía pocos meses,--me
imagino que usted no ha leído todo lo de Platel: escribe poco para las
señoritas.

--Diana no habla sino por lo que se dice--respondió María Teresa;--sus
críticas se refieren a los juicios de los inteligentes y en tales
asuntos las opiniones son diversas.

--Pues no es así--interrumpió con viveza Diana,--yo tengo mi opinión
personal; he leído, de Platel, _El Valle de los Lirios y La Aventura de
la señora Tarbes_.

--Entonces, si lo has leído, no has comprendido, y viene a ser lo mismo
que yo te decía. En cuanto a mí, soy de la opinión de los que, sin
haberlo leído, encuentran que tiene talento.

Diana estaba mortificada, pero Mabel d'Ornay triunfaba. Desde el
principio de la estación, Max Platel se mostraba muy solícito con ella;
la joven estaba envanecida, pues el novelista a un exterior atrayente
reunía una reputación lisonjera, y la circunstancia de que se le
reconociera talento, aumentaba el mérito de sus atenciones.

--Y nuestro amigo Huberto Martholl ¿cómo es que no se encuentra ya
aquí?--preguntó Diana.--Generalmente, cuando nos reunimos él es el
primero en llegar.

--¡Ah, sí!--dijo con animación Juana de Blandieres,--tengo muchos deseos
de verlo, a ese Huberto Martholl de quien ustedes hablan tanto!

--¿Cómo no conoce usted al hermoso Martholl?

--Estamos aquí desde hace dos días solamente, y hoy es la primera vez
que salimos. Hemos traído tanto equipaje que no podíamos encontrar nada
de lo que necesitábamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino
en traje de viaje.

--¡Naturalmente el exceso de baúles es un estorbo!--repuso Diana.--Si
usted no hubiera traído más que uno, encontraba en seguida el vestido
que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le
hubiera sido presentado, habría usted bailado con él, y hoy sería para
usted una relación antigua, mientras que ahora ¿rescatará el tiempo
perdido?

--¡Bah! ¡no creo que sea tan grande el perjuicio!

--¿Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por
aquí?--preguntó Juana de Blandieres.

--Sí, ha venido a vernos.

--¿Se quedará mucho tiempo?

--Creo que unos quince días.

--¡Oh! no es mucho; habrá que decidirlo a pasar toda la estación; hay
tan pocos flirts interesantes...

--Ya verá usted qué chic es--dijo Diana.--Pero, ahí viene con Platel:
puede empezar a contemplarlo.

--Hacia el extremo de la larga avenida, dos jóvenes avanzaban. El uno
era pequeño y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona
en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, frío, era
infinitamente más elegante.

Cuando se aproximaron para saludar a las jóvenes, todas ellas los
recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin
a quienes se espera.

--¡Y bien! ¡pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!--dijo
aturdidamente Diana, después de la presentación de Huberto
Martholl;--hace una hora que suspiramos por turno: ¿Vendrán? ¿Les has
avisado? ¡Con tal que no se hayan olvidado! Me gustaría ser esperada con
tanta ansiedad.

--Pero, señorita--respondió Platel sentándose al lado de la señora
d'Ornay,--estoy cierto que cuando usted no está, son esos los
sentimientos que se manifiestan...

--¿Lo cree usted?--replicó Diana.--Yo pienso que un novelista vale por
varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que
tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artículo suyo
muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan,
es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo más
interesante.

--Usted quiere enorgullecerme, señorita Diana. Esta acogida me confunde.
Pero le ruego que no continúe tejiéndome coronas; me conozco, no me
resolvería nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable.

Luego, mirando a las jóvenes con aire de admiración:

--Señoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras
destilan la miel de la lisonja, y son ustedes también el placer de los
ojos. Dime, Martholl--y se volvió hacia su amigo que se había sentado
entre María Teresa y Diana,--¿Puede verse algo más hermoso, más
encantador que este grupo de niñas? Se diría que están vestidas con
pétalos de flores, tan delicados son los colores que llevan.

Huberto se sonrió asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con
manifiesta satisfacción el pequeño círculo.

Platel continuó:

--No sabría expresar hasta qué punto soy esclavo de la belleza. Los
tonos armoniosos son para mí sinfonías exquisitas que me encantan, en
tanto que la reunión de ciertos colores y formas hacen rechinar mis
nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de
esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de
buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia
demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx;
pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto
estas formas graciosas adornadas con arte delicado.

--Cuánta razón teníamos en esperarlo a usted con impaciencia--suspiró la
señora d'Ornay;--no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras.

Max Platel, sintiéndose en disposición de dar una conferencia, y
halagado por su éxito, que leía en las sonrisas plácidas y en las
miradas atentas de su auditorio femenino, continuó:

--Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la
estética en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetería, ¡oh,
no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas
personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debería
tenerse cuenta de ellos y cuidárseles la decoración. En nuestra época
toda la fantasía, toda la alegría del color, se ha refugiado en el
vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya más que tristes
maniquíes, todos iguales, negros y dibujados por igual.

--¡Ah! permíteme, querido amigo--interrumpió Martholl.--Con algún empeño
y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos ínfimos
elementos.

--¿Dices esto para hacernos notar que tú has sabido realizar ese
prodigio?

--¡Puede ser!--murmuró Martholl sonriendo.--Un hombre hábil no debe
jamás desperdiciar la ocasión de hacerse valer.

Las miradas de las jóvenes le daban razón; se posaban con simpatía en su
elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la
corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde
se reflejaba el cielo.

--Admitamos que Martholl sea una excepción y que se afana por vestirse
para deleitar a sus contemporáneos; en cuanto a ustedes, déjenme darles
un consejo, mis encantadoras amigas: preocúpense siempre de ser lo más
hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno
feliz.

--Platel, debía usted habernos prevenido; esto es una conferencia.

--Seguramente...

--Entonces, voy a servirle una taza de té en reemplazo del vaso de agua
clásico de los oradores--dijo Diana levantándose.

--Acepto, señorita, y continúo: observen ustedes cómo el vestido
entristece o alegra una época: ¡la gente debía divertirse poco en la
corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que
convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolución y
las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos
espectáculos, en los cuales las víctimas aparecen engalanadas con gracia
ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos
espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginémonos ¡qué cosa
más horrorosa sería una revolución hoy, entre toda esta gente difrazada
con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trágicamente con aires
de ópera!

--¡La Revolución!--exclamó Mabel d'Ornay, simulando un temblor de
espanto para acercarse al joven novelista.--¡Brrr! espero que ya no
habrá jamás otra. ¿Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? ¿No tiene
todo lo que le hace falta?

--¡Oh, Mabel!--intervino María Teresa,--¡puede usted decir eso! ¡Hay
tanta miseria todavía!... Me sorprende que todos los que se mueren de
hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra
nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos...

--¿Culpables?... ¿culpables de qué?

--De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses,
los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el
suyo antes de la Revolución.

--Yo soy de la opinión de Mabel--dijo Diana.--Me pregunto ¿qué otros
privilegios podría reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que
sea, no llega, si tiene carácter y ambición, a ser rico y obtener todo
lo que quiere? Mira, sin ir más lejos, Juan Durand a quien esperamos
esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el
porvenir es suyo.

--Ciertamente--repuso María Teresa con viveza,--pero debías agregar que
el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una
suma de trabajo, de energía y de paciencia poco comunes, para llegar a
una posición igual a la de Juan. Además, Juan tuvo la suerte de
encontrar a mi padre quien lo dirigió y sostuvo.

--¿Quién es ese Juan?

--Un niño abandonado, que mi padre recogió en otro tiempo y que ha
sabido adquirir en nuestra cristalería de Creteil, la ciencia completa
de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara
facultad de asimilación siguió los cursos nocturnos y aprovechó toda
ocasión de instruirse. Habla el inglés, el alemán, y actualmente es
subdirector de la fábrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo
obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.

--¡Pero ese hombre es un prodigio entonces!

--No se entusiasme, Alicia--dijo Diana;--un prodigio, quizá; pero
seguramente un flirt imposible.

--¿Es feo?

--¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que sea
enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el
busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio,
severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.

--¿Por qué dices eso?--exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima con
cierta vehemencia.--Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no está
bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, que
no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con
su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no
puede realmente tener el aire de un clubman.

--La señorita María Teresa defiende admirablemente a sus
amigos--observó Platel;--esto provoca el deseo de aumentar el número de
ellos.

María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.

--Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buena
amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, usted
va a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días con
nosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor de
todas las simpatías.

--Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma--dijo Huberto Martholl, que
no perdía un solo movimiento de la joven.

La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron
hazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuando
los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches,
muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.

Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay,
para decirle a ésta, en tono de confidencia:

--¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.

Mabel d'Ornay se echó a reír:

--¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo califica
usted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia!
Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.

Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:

--¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorando
sus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!

--Pero, si Martholl no es mi flirt--gimió Mabel, mirando con inquietud
hacia Max Platel.

--Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar--continuó
alegremente Alicia.--Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de
llegar primero para plantar la bandera vencedora.

--¡Ah!--exclamó Diana,--¡después de esto, nadie se atreverá a afirmar
que la juventud femenina no es colonizadora!

La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba a
recibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche en
el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola poco
después; quería estar allí para recibir a Juan.

Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía que
Juan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así como
debían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.

Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y éste
aceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupación
moral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías de
Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.

La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó que
Juan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a su
encuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa
dulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.

Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba la
casa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado
y esperó.

Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veía
con menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, le
conservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven
consideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en que
vivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas,
pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar las
grandes cualidades de Juan:

--Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo,
a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacen
dar.

Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no es
un lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde mucho
de sus méritos.

María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del
ningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estaba
preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculo
que descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación en
que se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente.
Suspiró con real inquietud.

--¡Con tal que no se le ocurra bailar!--pensó.

En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba para
figurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En un
principio se había irritado contra sí mismo. Aislado y solitario
después, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad de
las palabras y actos mundanos.

El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresa
la noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó al
suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de
ver a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole las
manos.

--Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo con
nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay que
pensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?

Juan no contestó en seguida. Al fin consiguió dominarse y con voz casi
exenta de vestigios de emoción dijo:

--Usted es demasiado buena en añadir estas palabras de bienvenida a la
amable insistencia que han tenido en invitarme el señor y la señora
Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar;
sería hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razón de ser. ¿Para
qué serviría yo, si no trabajase?

Al pronunciar estas últimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto
acento de amargura, como si se burlase de sí mismo. María Teresa notó la
ligera tristeza que trascendía a través del aire feliz de su amigo.

--Venga, Juan--le dijo tomándolo por la mano;--voy a conducirlo a su
habitación. He elegido la que tiene más linda vista; por la mañana,
cuando abra los ojos, verá el mar; eso lo distraerá de los horizontes de
la fábrica.

Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la
seguía lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abrió una
puerta y mirando a su compañero, dijo:

--Aquí está su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de
todo corazón que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.

Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le había
tomado para aliviarla, ella arrancó del ramo unas rosas, que le entregó,
agregando:

--Tome usted para su _boutonnière_, y ahora apresúrese, que la campana
de la comida sonará dentro de media hora.

--Guardo estas flores porque tienen para mí el mérito de venir de sus
manos; pero yo no sabría llevarlas con gracia en mi _boutonnière_, como
sus elegantes amigos; estaría ridículo.

--¿Por qué?--interrogó María Teresa simulando no comprender.--Son ideas
que usted se hace; déjeme colocarle las flores...

Y Juan vio con emoción, aquellas pequeñas manos colocar hábilmente sobre
la solapa de su vestido las fragantes rosas.

--¡Mire un poco--dijo sonriendo la joven.--Está usted igual a esos
jóvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall.

Media hora después la familia se encontraba reunida, y Juan recibía de
todos una acogida afectuosa. La señora Aubry tomó su brazo para pasar al
comedor; el señor Aubry se colocó entre las dos jóvenes y se apoderó
alegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrán y
Martholl, invitados ese día, seguían muy correctos.

Estos jóvenes, al lado de Juan, ofrecían un visible contraste:
delgados, pálidos, delicados, parecían no haber nacido para la lucha.
Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking,
hacían resaltar la fuerza muscular de Juan. Sus anchas espaldas, su
rostro enérgico tenían cierta belleza, una belleza viril que hacía
dominante su mirada luminosa, súbitamente dulcificada, hasta la más
infinita ternura, cuando se posaba sobre María Teresa.

Pero Diana tenía razón; Juan no era el joven sociable y seductor que
Alicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a la
noche, en el Casino. Alicia no habría mirado con buenos ojos a aquel
caballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, e
ignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de los
saludos y de los _shakehands_.

Juan, al lado de Bertrán y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres,
parecía un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de la
nación, y se destacaba entre aquellos dos jóvenes incoloros pero
selectos.

De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa de
protección física o moral; su aspecto confortaba, y su fisonomía
inspiraba confianza.

En la mesa, sentado entre María Teresa y la señora Aubry, producía la
impresión de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba,
sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor. Apenas terminado
el primer plato, el señor Aubry le dirigió la palabra.

--Y bien, amigo mío, ¿qué hay de nuevo en la fábrica? Tus últimas cartas
eran un poco lacónicas. Me debes algunos detalles.

--¡Oh! papá--exclamó María Teresa,--por favor, espere usted a estar solo
con Juan para hablar de sus asuntos. Además hay que dejarlo descansar a
este pobre joven; le hace falta. Aquí, hay una tregua; son las
vacaciones; no se habla de la fábrica.

Al oír a su hija, el rostro del señor Aubry se había oscurecido.

--Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo
siento mucho. Habría sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un
hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar
este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espíritu. Un
buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y
un hombre de acción. Ahí tienes, hija mía, un programa, que seguramente
no realizará un cualquiera. ¿No tengo razón, Juan?

Y como Juan aprobase con una inclinación de cabeza, el señor Aubry
continuó:

--¡Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son
indiferentes. ¡Ah, no! siente en su alma la misma pasión que yo por el
cristal. ¡Cómo nos entendemos! ¡Lo que hemos trabajado juntos al
resplandor de los mismos hornos, cáspita! Y es de la raza de aquellos
hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.

--Usted exagera, señor--respondió Juan;--cristalero, sea, pero
caballero, no. ¡Esta denominación le sienta a usted mejor que a mí! Sí,
yo amo a nuestra querida cristalería. Solamente que comprendo que no se
diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las
ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de
personas que ningún interés tienen. Además, aunque el estado de
cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes.
Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, ¿qué sería de
nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habría
trabajado el cristal sin convicción, en tanto que será un soberbio
abogado, bajo su toga. Y podrá sernos útil si tenemos pleitos, él nos
defenderá.

--¡Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las
causas sensacionales.

--Yo sé lo que le conviene a Jaime--interrumpió Diana:--un hermoso
crimen con un asesino difícil de defender. Lo que hace la reputación de
un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de
resonancia. Se habla más de los que dejan guillotinar a sus clientes,
que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se
dedicará a la clientela de la Corte de Asises.

La señora Aubry la interrumpió para dirigirse a Juan.

--Dime, hijo mío, espero que te quedarás con nosotros algunas semanas.
Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero
verdaderamente que pases aquí la estación entera de baños; sé que
tendrás gran placer...

--Mi mayor placer es estar con ustedes, señora, usted lo sabe bien; pero
el reposo no me conviene. No sé qué hacer cuando no me entrego a mis
ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor
tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil.
Antes de salir de allí, he organizado todo, y para el trabajo
corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es
solamente en previsión de una permanencia en Pervenches, por lo que he
tomado estas disposiciones; tengo la intención de volver a visitar las
cristalerías de Bohemia. He oído hablar de nuevos procedimientos de
fabricación; querría examinarlos, para someterlos a su aprobación, mi
querido protector.

--Bien, amigo mío, reconozco ahí tu espíritu de iniciativa; pero por el
momento, no veo la necesidad...

--¡Oh! no, tío--exclamó a su vez Bertrán,--no vuelva a caer en sus
historias de cristalería. Un poco de paciencia, que pronto vamos a
dejarlos solos; entonces podrán conversar libremente y ocuparse de sus
negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos,
pero es inútil enterarnos de cómo se hacen. Mi intervención es de mera
prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes
llegaremos a las combinaciones químicas, y como no entendemos nada,
ustedes habrán hablado sin provecho para nadie.

--Vaya--dijo Juan festivamente,--no hay nada que hacer, ¡tenemos un mal
público!

Cuando se levantaron de la mesa, María Teresa se acercó a Juan y le
preguntó si quería acompañarla al Casino.

--Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a
quedarme con su papá. Soy un ser huraño, me gusta poco la sociedad.
¿Cree usted que yo consentiría en darle la molestia de mezclar mi
persona a través de sus relaciones balnearias? Tendría que presentarme a
sus amigas ¡qué tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincón,
usted se creería obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar
conmigo. Sería, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me
permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardín,
hablando de cosas que nos interesan.

--¿Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para
abandonarnos?

María Teresa fue interrumpida por Diana:

--¡Y bien! ¿cuándo acabarán de hablar en ese rincón los dos? ¿Sabes? son
ya las diez... ¿No partiremos nunca, tía?

--Las estoy esperando, hijas mías--respondió la señora Aubry.

--Juan, ayúdeme usted, entonces.

Y María Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de
Irlanda.

Después de haberlo colocado delicadamente sobre los frágiles hombros,
Juan retrocedió, diciendo con admiración:

--¡Parece usted una reina, María Teresa!

Ella se sonrió, y le tendió las manos:

--Pero muy pobre reina, pues no sé hacerme obedecer.

Juan la acompañó hasta el coche, donde se hallaban ya la señora Aubry y
Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo
a través de los árboles, quedó allí inmóvil, como si aquella forma pura
y blanca le hubiera arrebatado el espíritu. Sentía ahora no haber ido.
¿Por qué no había querido acompañar a María Teresa al Casino? ¿No era su
más grande felicidad verla, estar a su lado? ¡Qué necedad dejar escapar
aquellos minutos preciosos en que la habría visto vivir y moverse en
aquella decoración de lujo y alegría! Sin embargo, había sido prudente
no acompañarla; conocía demasiado, por haberlo experimentado ya, el
suplicio de verla en un baile. ¡Qué celos tan espantosos sufría cuando
la veía, amable, sonriente, y siempre rodeada de jóvenes! En estas
ocasiones se había dado cuenta del estado de su corazón. En un
principio, desesperadamente, había tratado de luchar contra aquel
sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconocía el
derecho de abrigar. Si bien los años habían transcurrido, modificando su
situación y dándole la esperanza de un hermoso porvenir, creía que para
los Aubry, él era siempre el niño pobre recogido por caridad. En cuanto
a María Teresa ¿no era absurdo esperar el ser a sus ojos jamás otra cosa
que un buen empleado, a quien le hacía demasiado honor con atenderlo
amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo más profundo de
su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el
mayor tiempo posible de la presencia querida de María Teresa, y vivía en
el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un
baile o que algún joven desconocido era recibido en casa de los Aubry,
Juan, angustiado, se preguntaba:

--¿Será éste quien se la llevará?

Hasta entonces, felizmente, María Teresa se había mostrado difícil,
declarando que no se casaría nunca sin conocer bien, apreciar y amar a
quien había de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de
principios, Juan no se hacía muchas ilusiones; sabía que el
acontecimiento que él temía, más o menos tarde tendría que producirse,
pues María Teresa, rica y linda, reunía todas las condiciones de un
brillante partido.

Al salir para Etretat, se había prometido ahogar valerosamente en sí lo
que sentía. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver
a ver a la joven, después de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de
que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podría
ser para ella un simple amigo.

Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el señor Aubry se
aproximó a él:

--Y bien, Juan, ¿en qué piensas? Te andaba buscando; la noche está
magnífica; vamos a dar una vuelta por el jardín a la claridad de las
estrellas.

--Como usted quiera, mi querido señor.

Juan encendió un cigarro, y siguió al señor Aubry.

--A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un
reposo deliciosos. ¡Cómo han crecido estos árboles después de la última
vez que vine, hace tres años!

--El hecho es, mi querido amigo, que tú no tomas vacaciones con
frecuencia.

--No las necesito todavía; son convenientes para usted, que trabaja
desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que
usted pueda descansar un poco. ¡Lo tiene bien merecido después de haber
creado una inmensa fábrica que está hoy en plena prosperidad!... Yo no
tengo por qué darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio
que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fácil; basta
ser un trabajador celoso.

--No seas tan modesto, amigo mío; desde luego, un trabajador inteligente
es cosa rara; tú sabes cómo lo cuido; tú, además, tienes el espíritu
creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del éxito de tu trabajo. A
propósito ¿de qué proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas
criaturas terribles? ¿Decías que querías ver las cristalerías de
Bohemia?

--Mi verdadero pensamiento voy a decírselo a usted; nuestra cristalería
es única, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor
que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los
numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes
desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la
venta. Recuerde lo que nos costó el tallado en agujas marinas. Creo que
si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una
fabricación de objetos de venta más corriente, podríamos obtener grandes
beneficios, que nos ayudarían prodigiosamente a ensayar otras
combinaciones químicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma,
hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es
nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por
ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el ópalo nos
han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier
contratiempo, tendríamos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo,
sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren
respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se
habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco;
habría que tomar, quizá, algunas precauciones. Siempre he temido alguna
catástrofe que pudiera repercutir contra nosotros; ¡como lo veo tan
confiado a usted!...

Desde que Juan empezó a hablar de la casa Raynaud, el señor Aubry se
había puesto inquieto.

--¿Qué me dices? ¡Eso es inverosímil! ¿Estás cierto de tu información?
Sería muy grave... ¡Bah! no puedo creer, debe ser algún falso rumor; hay
gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es
una casa sólida la de Raynaud, ¡qué diablos!

--Cuando el furor de la especulación interviene, nunca se está seguro de
la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia,
y yo no tengo tanta confianza como usted.

--Tú eres juicioso y de buen consejo, lo sé; es una excelente cosa; pero
¡cáspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la
encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricaré objetos de venta
corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas
formas. Decididamente, te haces más práctico que yo; tienes el espíritu
más comercial, es evidente; estás en el movimiento, y, además, es
conveniente que las antiguas casas sean renovadas; tú eres joven,
activo, enérgico, y he pensado, con frecuencia, que podías
sustituirme... ¡No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mío, cuento
contigo para la continuación de mi obra; cuando conocí la defección de
mi hijo, una gran tristeza se apoderó de mí; es terrible, sabes, pensar
que una casa creada por mí mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de
pasar a manos extrañas. Y, entretanto, es fatal, después de largos años
de labor, la inteligencia se entorpece, la energía se debilita.
Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por
eso, sólo después que te he visto en la obra, dejándote en plena
libertad, he recuperado la tranquilidad.

--Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fábrica... ¿Qué
sería yo sin usted?

--Yo te he formado, sé lo que vales. Seguramente mi colaboración te es
útil todavía; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de
dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que tú estás allí, no
temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de
valer que eres. Tú tienes todas las condiciones que se necesitan para
continuar mi obra.

--Mi querido protector, sin usted yo no sería nada.

--Y sin ti yo me convertiría en nada. Desgraciadamente para los hombres
de mi carácter, llega un momento en que es imposible producir la misma
suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una
casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio
construido con tanto trabajo. Así, volviendo a lo que te decía durante
la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprobé la poca
afición de Jaime a nuestra industria. ¡Ah! ¡no tiene ese fuego sagrado!
¡Tener en sus manos un negocio como éste, que da, en bueno o mal año,
unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse
con ser el hijo de su papá!... ¡En fin! Contigo, sin embargo, la tarea
le habría sido fácil... Pero no, no le gusta. Tendría que levantarse
temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha
preocupado en saber que, aparte de un millón, puesto laboriosamente en
un Banco, la fábrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. ¿Qué
sería de ellos si yo desapareciese?

Te lo declaro; sólo después que te he visto dirigir las cosas, es cuando
he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. Tú
serás el continuador de mi obra. ¡Ah! la realización de mi sueño sería
que tú llegases a ser mi hijo a otro título... Pero, esto sólo puedo
desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el
derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus
destinos en materia de sentimientos. ¡No importa! para ti, para María
Teresa, para mí, este suceso constituiría nuestra mayor felicidad.

Juan, paralizado por indecible emoción, estaba absorto ante aquella
revelación; luego tomó una mano del señor Aubry y la estrechó con
fuerza, murmurando con voz ahogada:

--¡Oh, gracias, mi querido señor! pero usted tiene razón; ni usted ni yo
debemos influir...

Juan, en su profunda turbación, no pudo terminar la frase.

El señor Aubry no insistió, y hasta simuló no apercibirse de nada,
inquieto por la impresión que sus palabras habían causado en el alma de
su hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado.

Dejó de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro:

--¿No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos árboles? Voy a
ponerme el sobretodo para ir al Casino. ¿Quieres venir conmigo?

Juan dio una respuesta evasiva, y permaneció solo, quebrantado por la
emoción, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices y
angustiosos que hervían en su mente.

¿No era un sueño lo que acababa de oír? Lo dudaba, después que el señor
Aubry se había ido; pero el fuego del cigarro que brillaba aún entre el
césped, lo tranquilizó. ¿Así, pues, el señor Aubry y Jaime, no se
indignaban ante la idea de que el huérfano pudiera un día convertirse en
un hijo y en un hermano?

¡Cómo resonaban aún en sus oídos aquellas palabras mágicas! ¡Y él, Juan,
que apenas se atrevía a soñar en lo que el señor Aubry había expresado
en alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! ¡No era, pues, un
irrealizable sueño! ¡Los sentimientos que él sofocaba con tanta pena,
los alentaba en él, le daban casi el derecho de declararlos! Era
demasiado. Y, loco de alegría, se repetía las palabras de esperanza...
Entonces, una ráfaga de orgullo se apoderó de él. Gracias a su energía
para el trabajo, podía aspirar a aquella gran felicidad que era toda su
ambición: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siempre
a su lado. Y arrebatado por la imaginación, se veía paseando con María
Teresa por países que conocía bien, pero que se transformaban con la
presencia de su amada, apareciéndosele como comarcas fabulosas y
encantadas.

Al fin, se substrajo a esta alucinación, y miró a su alrededor. La
Naturaleza parecía asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas por
suaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobre
el jardín adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las flores
que, desfallecidas, exhalaban su perfume. Fue aquel un momento de
embriaguez.

Pero Juan sintió bien pronto desvanecerse su dicha. Así como el pesar,
olvidado durante el sueño, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar,
así su espíritu, que se había complacido un instante en deliciosas
fantasías, le mostró, de improviso, que aquello era para él, una simple
quimera.

--¡Qué insensato soy!--exclamó.--¿Para qué admitir esta posibilidad,
puesto que María Teresa no la aceptará nunca? ¿Acaso tengo la pretensión
de ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? ¡Si hasta me
siento molesto entre esos inútiles elegantes que ella trata como
íntimos!... ¿No soy completamente distinto de los que a ella le gustan?
¡Ah, sí! lo sé muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento más
que un contramaestre endomingado. ¡Cómo debo disgustarle, Dios mío!
¡Quién me habría dicho un día que yo aspiraría ardientemente a parecerme
a esos hombres frívolos que la rodean!

Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, que
se acercaba. La gente volvía, por grupos, del Casino; las despedidas y
los adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegre
turba se dirigía hacia las villas diseminadas en la costa.

Juan oyó, poco después, abrir la puerta de la verja del jardín. En su
estado de espíritu, le habría sido penoso hablar, aunque sólo fuera
algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales,
se ocultó en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la
forma blanca y ligera que estaba esperando.

María Teresa y Diana seguían a distancia al señor y la señora Aubry.

Se reían. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana
decía en son de burla:

--Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de
extrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres
veces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos,
confiesa que te gusta!

En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de María Teresa,
llegó hasta Juan:

--Pues sí, lo prefiero a todos los demás, porque baila el boston
admirablemente.

Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jóvenes se fueron
apagando, se sintió el ruido de las puertas que se cerraban, y luego,
poco a poco, reinó el silencio.

Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vagó al azar
por las avenidas.

Para él, todo lo que emanaba de María Teresa era grave y razonado; de
manera que, lo que acababa de decir, debía ser definitivo, estaba
seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto
Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan:
estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, María Teresa lo
prefería a todos los demás... Para que esto sucediese ¿qué le habría
dicho ese hombre? ¿Qué encanto misterioso había ejercido sobre ella?
¡Ah¡ el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan,
martirizándolo, enloqueciéndolo hasta el punto de hacerle transformar
las simples palabras: «Lo prefiero a todos los demás, porque baila
admirablemente el boston,» en una ardiente confesión de amor.

La visión de la inmensa dicha que se cernía sobre Martholl, evocó en el
espíritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida,
esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los
cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la
veía así a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo...
cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo,
sólo encontraba un rostro de mármol. No tenía la expresión dulce de los
ojos de María Teresa, sino una mirada fría, severa, que parecía
reprochar a Juan la audacia de su evocación.

Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultáneamente lo
afligían y le daban vagas esperanzas, recorría el jardín como un loco.

En su paseo incierto llegó cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo
levantar la cabeza y lo clavó en el suelo; no se atrevía a moverse por
temor de hacer crujir la arena bajo sus pies.

María Teresa, antes de desnudarse, abría la ventana de su cuarto para
gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio
estrellado.

Sus cabellos caían, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido;
apoyó los brazos sobre la balaustrada del balcón. Iluminada por la luz
rojiza de las lámparas del cuarto, y del lado del jardín, por el
resplandor pálido de los rayos de la luna, parecía un ser fantástico, de
una delicadeza y de un encanto sobrehumanos.

Juan gozó en contemplar aquella aparición, goce intenso y doloroso. En
tal momento nada podía serle más cruel. Todas sus dudas se afirmaban.
Sentía, con lucidez desesperante, que no eran sólo obstáculos materiales
los que lo separaban de ella; la voluntad misma del señor y la señora
Aubry no los acercaría; existía entre ella y él una diferencia de raza;
la misma sangre no corría por sus venas. Aquella joven elegante y fina,
bañada de luz en ese momento, no podía estar destinada a ser su mujer.
No obstante, sentía que jamás podría arrancarla de su pensamiento.

El pobre joven, anonadado, no tenía ya más que un solo deseo: ¡ah! ¡si
al menos le fuera dado esperar que en la vida de María Teresa, el nombre
de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazón! ¿En qué
pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus
ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche había tenido el
placer de estrecharla.

Torturado por el sufrimiento, murmuró:

--Es locura, locura, ¡yo debería condenarme a evitarla, a no verla más!

Y ocultó la cara entre sus manos.

Cuando levantó la cabeza, las persianas estaban cerradas.

A su alrededor, ahora, todo aparecía bajo un aspecto prosaico,
desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparcía ya su claridad
sobre el misterio de la noche; la masa negra de los árboles se erguía
hostil, y los grupos de plantas floridas no formaban más que sombrías
manchas. El alma del jardín había volado.




V


A la mañana siguiente, cuando Juan se despertó, un criado le previno que
el almuerzo tendría lugar en las cercanías, en Saint Jouin, en la venta
de la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en la
casa para la partida.

A Juan lo contrarió mucho este aviso; habría deseado no mezclarse en el
movimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzgó que sería
poco cortés rehusar la invitación, y contestó que no faltaría.

Algunos momentos antes de la hora señalada, Juan, de vuelta de un paseo
solitario, por la orilla del mar, leía en su cuarto. Al oír el aviso de
Bertrán, cerró su libro con resignación y bajó. La señora Aubry lo
presentó a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jóvenes
lo saludaron; luego, después de un ligero examen, no se ocuparon más de
él. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado que
no se cuenta. Juan adivinó la impresión que había producido, dejó pasar
a los jóvenes, y subió a un coche con el señor y la señora Aubry.

De todos los nombres que la señora Aubry había pronunciado al
presentarlo, uno solo retenía su memoria: el de Huberto Martholl. A este
joven que, la víspera, durante la comida, apenas había notado, porque le
había parecido un mundano cualquiera, ¡con qué ojo investigador no lo
observaba ahora!

Juan comprobó, con profundo disgusto, que Huberto Martholl se
precipitaba tras de María Teresa, y se instalaba al lado de ella en el
break; la joven lo recibió con una sonrisa. ¡Oh! cuánto habría dado Juan
por oír las palabras que cambiaban...

De la encantadora campiña normanda, el pobre joven no vio nada; toda su
atención era atraída por las voces alegres y las risas que salían del
otro carruaje; además, estaba atormentado por lo que podía hablar el
feliz Martholl, inclinándose con tanta frecuencia hacia María Teresa.

Llegados a Saint Jouin, la juventud invadió el jardín a la francesa de
la célebre hotelera, mientras que la gente más seria, o más hambrienta,
se preocupaba del almuerzo.

Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocina
notablemente organizada, de la que salían olores incitantes, y todo el
mundo se instaló en el jardín, bajo una carpa, alrededor de una larga
mesa ya preparada.

Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes hacían
prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les
interesaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de María
Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercársele.
Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella «prefiere,
porque baila admirablemente el boston,» pensaba siempre Juan, acosado
por la frase oída.

Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos,
que le demacraban el semblante y le endurecían la mirada, seguía con
ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de María Teresa. A
pesar de sus esfuerzos, le dominó el despecho. Estaba seguro: aquél iba
a conquistar a la joven, a llevársela. Por vez primera, la veía
particularmente interesada en la conversación de su vecino de mesa;
parecía estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo
y sin hacer caso a los demás convidados.

Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de
felicidad, y este espectáculo ponía a Juan fuera de sí; se exasperaba
tanto más cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto
distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareció interminable.
Bajo la influencia del malestar moral que sentía, su cólera comprimida
llegó al más alto grado de intensidad; comprendía cuán superflua era su
presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corría el riesgo de ser
ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.

Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a
las barrancas y otros a la playa.

Juan, no sabiendo qué hacer, siguió a distancia a María Teresa; sus
amigas la llevaban hacia la orilla del mar.

La joven, una vez que miró para atrás, reparó en Juan; la expresión
dolorosa de su semblante la impresionó, se detuvo para darle tiempo a
que la alcanzase y le dijo entonces:

--Las barrancas de Saint Jouin son magníficas. ¿No es verdad, amigo
mío?

--¿Cree usted?... Sí, quizá son muy hermosas, pero es una decoración
inútil.

--¿Por qué? nada de lo que es hermoso es inútil...

--¿Realmente? ¡Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los
ojos y con el corazón...

--¿El corazón? ¿a propósito de qué dice usted eso? El placer de la vista
me basta por el momento...

--Naturalmente...

--¿Qué significa ese excéptico: naturalmente?

--Nada, en verdad.

--Me alegro.

Pero él añadió, a pesar suyo, con tono irónico, despechado por la
serenidad del lindo rostro de su amiga:

--Sería mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... ¿Qué quiere
usted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvo
que no disimulen...

--¿Disimulen qué?

--¡Qué sé yo! algún encuentro sentimental; el placer de codearse durante
largas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad de
lenguaje que no se podría usar en otra parte.

--¡Perverso! se refiere usted a la señora d'Ornay y a Platel...

Y la risa musical de María Teresa estalló en un gorjeo, acabando de
exasperar a Juan.

--¡Oh! no son ellos los únicos que aprovechan hábilmente «la ocasión...»
Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El señor Martholl,
ese feliz mortal tan elegante, ¿es tan admirable en su conversación
como en su manera de bailar el boston?

María Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de
alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella más que un
amable indiferente, miró a Juan con sincera sorpresa:

--¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor.
¿Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted así?

--¿Hay grados, entonces, en el flirt? Explíqueme usted cómo puede uno
contentarse con «un poco...» Esta dosis me parece difícil de graduar,
sobre todo, de no extralimitarla.

Al decir esto, señalaba con los ojos los grupos dispersos de los jóvenes
que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James
Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrán, y otras parejas más,
todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atracción.

Juan, repuso muy excitado:

--Explíqueme usted de una vez lo que es en su justo límite, ese odioso
flirt...

--¿El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de
una y que discretamente lo dice.

--¿Realmente? Entonces ¿cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de
su sonrisa? ¿Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas
que ustedes prodigan? ¿Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo
que siente?

--No creo que sea muy grave preferir la compañía de las personas que nos
son simpáticas.

--Posiblemente esas personas que son simpáticas no obtienen ese
resultado sino gracias al mérito de sus sastres.

--Tranquilícese usted--respondió la joven, que tomó el partido de
convertir en broma los reproches de Juan;--me ocupo muy poco de tal
asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los
jóvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen
bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como
usted está de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.

Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual,
María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.

Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo.
¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de
hacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamente
nunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro
no le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, había
permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de
nacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.

Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortado
verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde allí
dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre las
rocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El traje
claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban
principalmente su atención.

En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que la
precedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel,
Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las
primeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.

Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto su
semblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, María
Teresa saltó sin la ayuda de nadie.

Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podía
permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dándose cuenta que
su mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviar
su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.

El resto del día continuó lleno de tristezas para él. Felizmente,
Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino a
hacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.

Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la
venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habían
preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta,
declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat,
que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta pieza
alfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de
las curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, y
el desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvo
que resignarse a ver exasperarse su suplicio.

María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseo
accidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía una
secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven,
que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver el
desconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba para
reunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.

La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipado
pronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que se
encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para
tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No
era la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, pues
consideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia los
que trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a los
que tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor de
Juan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues,
al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señora
Aubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:

--¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con
nosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles de
franquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se haya
privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de
hierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta del
sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañía
a mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.

Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cólera
desapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría mucho
tiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, no
sospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no lo
supiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarle
ignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.

--¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!--pensaba, y en su
confusión habría querido implorar perdón, de rodillas.

Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven se
alejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus
sentimientos.

--Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan--dijo la señora
Aubry;--hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran
distracción; parece que se divierte mucho.

--Tiene razón--respondió tristemente el joven,--en estar alegre y
expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire
usted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah! que sea siempre
feliz, ¡qué importa lo demás!

Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno de
inspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algo
sobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable sus
juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el
señor d'Ornay y el flemático James Milk.

Huberto Martholl se había colocado al lado de María Teresa; pero Juan,
esta vez, se prometió no mirar más hacia ellos. Como tenía al servicio
de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a
pesar del bullicio, se engolfó en una conversación técnica con el señor
Aubry.

Después de comer, atravesaron el jardín para ir a bailar.

Juan se esquivó. Anduvo errante por las barrancas, paseando su
pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compañera de los tristes.
Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta él los aires de
un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.

El ritmo de aquella turbadora música de baile se imponía a su espíritu
enfermo y lo aniquilaba. Las armonías que percibía, evocaban a María
Teresa y Huberto enlazados; entonces sintió un irresistible deseo de
verlos, volvió sobre sus pasos, y pasó el resto de la noche detrás de
una de las ventanas de la sala donde bailaba.

De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, veía evolucionar a
Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel
con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban
complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atención
distraída; para él, todos allí eran cortesanos que se agitaban en torno
de la estrella, y no tenía bastantes ojos para seguir los movimientos de
María Teresa.

Estaba deliciosa en aquella decoración de muebles antiguos, destacándose
delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado
tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un sillón gótico
cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cúpula por
encima de su cabeza rubia. La contempló arrobado; así era como la veía
en sus sueños. Sentada en aquel trono torneado y extraño; con su ligero
vestido de linón y trémulas blondas, parecía una princesa de leyenda.

Duraba su éxtasis ante esta visión encantadora cuando la sombra de
Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoderó de Juan
contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa
imagen. Juan no veía ya más que el impecable traje de Martholl que
permanecía plantado allí, completamente inconsciente de la tormenta que
levantaba en el corazón de otro, su presencia delante del ídolo. ¿Aquel
hombre estaría siempre a su lado?

Juan había temido la llegada del que ella prefería; pero nunca se había
imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se
alarmó de la tempestad que rugía dentro de él, simplemente contra
aquella silueta importuna. ¿Cómo haría para asistir en lo sucesivo a
toda una serie de incidentes de los cuales éste no era más que el
preludio, desde que María Teresa y Huberto no eran novios aún? No, ¿cómo
permanecería impasible, mientras todo su ser gemiría de dolor? Si el
señor Aubry no hubiera pronunciado la víspera las palabras que alentaron
su locura, quizá se habría resignado. Pero haber entrevisto, como casi
posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad
del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella
felicidad, era demasiado duro... Lágrimas de desesperación enrojecieron
sus ojos.

En el mismo instante, la joven, sonriendo, tomó el brazo que le ofrecía
Martholl, y entonces Juan se lanzó a las espesas sombras del jardín,
para no ver más nada.




VI


Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos
y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada
día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía,
embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar
indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible
para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría
explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su
carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de
hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.

María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar
de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se
esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar
a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima
con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos
de Huberto Martholl.

Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban
el deseo que tenía de huir de Pervenches.

La ocasión que buscaba se presentó en breve.

Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la
Selva Negra.

--Parece increíble--declaraba Bertrán,--que yo no haya ido todavía por
allá.

--¿Te diviertes mucho aquí?--preguntó Juan.

--Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?

--Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre
autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy
seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios,
partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

--¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré
a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.

El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana
en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.

Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las
emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los
celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no
sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo
encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.

En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un
poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable.
Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven
hacia la vida social.

El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que
conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:

--Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las
vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño.
¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha
estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas
podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y
considerarse dichoso de que lo reciban aquí.

--¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la
sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una
razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo
abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica
despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy
cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia
nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda
afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy
conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata
si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.

--Bueno, no hablemos más--concluyó Diana;--no quiero arrancar de tu
corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué
te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club,
¿vamos?

María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de
tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en
las villas vecinas.

Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes
reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el
indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas
en tela gris.

Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se
reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido
un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía
los honores, auxiliada de sus hijas.

Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,»
jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos
por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.

Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada
conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre,
excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación.
¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego
en el tennis o en el flirt?

Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el _specimen_ más completo de
lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy
impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de
educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras,
desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las
jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.

La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba
a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables,
los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces
ninguno se había presentado como pretendiente.

Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su
sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin
dejar de comer sandwiches de caviar.

--¡Qué espiritual es usted!--repetía continuamente al joven
literato.--Nadie como usted me entretiene tanto...

--Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo
soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos
otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a
usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre
encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere
usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus
amigas?

En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de
la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión
de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada.
Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada
instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus
relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a
lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor
satisfacción era ser tenido por inglés.

Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de
alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con
James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a
hacer su corte.

--¡Al fin ha venido usted!--murmuró, cuando estuvo al lado de María
Teresa.--Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.

--¿Qué?--dijo ella con sonrisa incrédula.--¿Usted se aburría tanto? ¿Y
el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?

--No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted
lo sabe bien.

--¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!

--Tampoco, querida señorita...

--Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo
he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer
honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de
Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará
el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman
Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...

--Está usted segura...

--Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para
después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi
amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y
contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de
sol. ¡Ahí está todo!

--Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo
que...

--¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.

--¿Una majadería?

--Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece
inoportuno, falso...

--Le juro...

--¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos
serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros
amigos, salvo que usted no prefiera...

--Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de
oírla...

Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder
conversar mirando el juego.

Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y
claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la
tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la
puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue
abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o
imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

--¡Hemos ganado tres partidas!

--¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.

--¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está
el hermoso automóvil de su amigo?

--No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...

--¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios,
según dice el poeta.

María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl
y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel
d'Ornay:

--¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las
personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.

--¡Y sin fatigarse!

--Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble
en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco
justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco,
pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora
del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que
nos cautivan.

Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas
alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia,
que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban
rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan
impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza,
hacia la gracia y la belleza.

Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien
había despojado de su raqueta y de su abrigo.

Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol
se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y
oro.

María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante
aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser,
para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba
en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas
se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con
la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo
comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba
en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas
satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar,
como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa
solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su
compañera, trató de arrancarla a su contemplación:

--¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?

--No pienso--respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo
emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la
inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones
que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son
impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como
los contornos de aquellas nubes.

--Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del
sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más:
en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...

María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas
delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un
ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona
de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se
declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer
en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple,
enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo
que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente,
para contenerlo:

--¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer
para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será
suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que
perdería mucho en el cambio!

--¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué
he sido completamente conquistado.

--Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

--Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos,
ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera
a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos,
¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe
usted mis atenciones!

--Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...

--¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme
usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas
tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted
constantemente.

--¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis
sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de
la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer,
para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No...
no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo
escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi
pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

--¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo
decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que
completaría este maravilloso espectáculo?

--¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura
las más hermosas horas de la Naturaleza?

--No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que
un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.

María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto
empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la
retiró bruscamente.

--¿No me permite subir con usted a la terraza?--interrogó él.

--No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando
frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.

Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían
temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:

--¡Adiós, adiós! querido flirt.




VII


El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los días
se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o en
coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto
no dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.

El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir
de Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que había
corrido tan alegremente.

Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas de
Blandieres se ponían melancólicas.

Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida,
Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:

--No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo:
¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor. Mi madre no se
explica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quince
días. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido a
buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos
antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en la
finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con
ella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a
creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted,
exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su lado
conservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin que
usted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora de
Chanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lo
desea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.

--Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrá
gran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría que
las agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedasen
interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido
es para siempre.

--¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite tener
esperanza, verdad?

--Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.

--¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...

--¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?

--Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho de
acriminarla.

Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó a
sus labios balbuceando en un soplo:--¡La adoro!

Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aún
la voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era,
pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? La
asiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, su
empeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el
proyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto era
elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que había
frecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba... Seguramente,
consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otra
parte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie de
placeres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes,
yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y
sportiva parecían ser las favoritas de Huberto.

¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeres
que le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, se
irguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?

¿Por qué el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una
asociación de ideas, cuya lógica no percibía, se puso a hacer la
comparación entre él y Huberto, y recordó que nunca había visto en los
ojos de éste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasión que
sorprendía a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jamás había
sentido en Huberto la misma expresión de ternura profunda.

Pero ¿qué relación podía existir entre los sentimientos de afección de
Juan y el amor de Huberto? No la veía, y, sin embargo, la afección
reciente no sofocaba en su corazón el antiguo sentimiento.

En fin ¿si Huberto Martholl pedía su mano, diría que sí? Y sus padres
¿qué pensarían de este joven? Era un desocupado, un inútil. He ahí algo
que no le gustaría al señor Aubry. En realidad, parecía que el único
objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los días a su
club. Lamentó que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia
más propensa para cosas más útiles a la vida.

Con todo ¿y si se equivocaba en su estimación? ¿Si bajo aquella elegante
envoltura no encontraba luego más que una naturaleza de petimetre sin
más propósito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus
horas frívolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus
ademanes?

Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendió
el sueño.




VIII


A la mañana siguiente, cuando María Teresa se despertó, hacía un sol
bellísimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas
marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del día, todas sus
preocupaciones se disiparon. No pensó más que en vestirse rápidamente,
no sin escoger el más rosado de sus trajes de batista y el sombrero de
mañana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto
Martholl que ya debían estar esperándola en la playa.

Era la hora del baño. Siguiendo su costumbre María Teresa pasó
directamente a su casilla.

Algunos minutos después un enjambre de graciosas jóvenes descendía a la
arena. Este baño era el acontecimiento esperado de la mañana. Al llegar
a la orilla del mar, María Teresa dejó caer su peinador a sus pies y
apareció delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas
sobre ella, se lanzó ágilmente al encuentro de las olas, en tanto que
Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los
días, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de baño.

María Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el
baño; se alejó un poco dejando a las jóvenes de Blandieres disputarse a
Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba
en el placer que tendría en hacer así largos paseos en la frescura del
agua. Solamente que necesitaría un compañero robusto con quien no
tuviera que temer ningún peligro. Este protector ¿quién sería?...
Huberto, sin duda, pues... ¿Pero le inspiraba bastante confianza?...
¿Con su auxilio podría desafiar peligros?... Unirse para gozar de la
vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre más
indolente puede ser atraída y seducida por una tarea tan fácil; pero
después en los días de prueba desfallece... Comprendía que sin dejar de
gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad física y moral
que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente
lo que hubiera querido encontrar en el compañero de su elección.

La aparición de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy
mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa,
desde donde quería tirarse, se había roto una uña. Su preocupación por
este incidente le impedía desplegar su amabilidad habitual y su
excitación no se había calmado aún, cuando la señora Aubry hizo señas a
su hija para que saliera del agua.

María Teresa se aproximó a la ribera; Huberto la siguió; viéndolo nadar
tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no había quizá
en él temple para hacer un héroe, sabía presentar hermosas formas
artísticamente amoldadas en una malla de seda negra.

Cuando se hubo vestido subió a la terraza del Casino para pasearse;
Huberto se aproximó a ella y le dijo:

--¿Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir
desde lejos; para mí es un placer verla caminar. Son muy pocas las
mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo
no amaría nunca, ni aun me fijaría en una mujer que no tuviera esa
elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelación del
carácter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se
conoce la distinción de una mujer en su manera de andar. Observe usted a
la señorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda
Mabel d'Ornay ¡qué diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es
verdaderamente observador y conocedor, es fácil apercibirse que en ellas
las proporciones del cuerpo no son armónicas; hay allí, seguramente,
algún defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de
Diana.

La joven se ruborizó, pero quedó excusada de contestar porque en ese
momento llegaban Alicia y Diana.

--¡Cómo, todavía de flirt!--exclamó Alicia, acercándose;--¡es demasiado!
Diga, Martholl, espero que esto no le habrá hecho olvidar su promesa de
acompañarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a
los d'Ornay y sus amigos. ¿Vendrán ustedes, con nosotros?--añadió sin
entusiasmo, dirigiéndose a las dos primas.

--No, querida mía--se apresuró a decir María Teresa que no quería dar
tiempo a Diana de contestar afirmativamente.--Mamá nos ha pedido hoy
que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar
concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este
pequeño trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el
Casino; ¡hasta la vista! divertirse mucho.

Y llevándose consigo rápidamente a Diana, dejó al joven en las garras de
Alicia que quería absolutamente que la acompañase hasta su casa.

Mientras se alejaban las dos jóvenes, Diana, contrariada por haber
perdido aquel paseo, dijo a su prima:

--¿Por qué has rehusado la partida en bicicleta? Tía se habría pasado
muy bien sin nosotras esta tarde.

--No, Diana; es mejor que nos quedemos con mamá. Y además, no me gusta
mucho correr así por los caminos, solas con jóvenes.

--¡Qué rígida eres! ¡Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho
mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a
aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que
sus amigas tengan más éxito que ella, y este verano, no hay duda, eres
tú quien ha tenido más éxito. Martholl era el punto de mira de todas las
jóvenes que han pasado la estación aquí. Cada una de nosotras esperaba
conquistarlo, ¡es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No
sé si es inteligente--añadió Diana, que no habiendo sido cortejada por
él, quería gratificarlo con algún defecto.--Es seguramente menos
entretenido que Platel. Huberto sólo vale cuando se le mira... es inútil
que alces los hombros, tiene algo así como la belleza del ganso, pero
la tiene, y superior, convengo en ello.

Diana estaba locuaz; continuó hablando, en tanto que María Teresa la
seguía en silencio.

--Te lo aseguro, querida, Alicia está furiosa; no puede negar que eres
tú la elegida. Al principio, estábamos siempre todas juntas, no se sabía
todavía a cuál de nosotras se dirigirían las asiduidades del señor
Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando
hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se hacía
ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para
que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho;
entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. ¡Cuida tu grano,
querida!

--¡Qué expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer
lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe...

--¿Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantará algunos jalones para
que vaya al _five o'clock_ y a los bailes de su madre. Es una buena
figura la de Huberto; deben disputárselo para adornar los salones.
Alicia no va a dejar escapar la ocasión de mostrar a sus amigas en este
invierno, el más hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido
en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentará con
el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un señor decidido a
casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres
tengan ni sombra de dote. La señora de Blandieres lleva gran tren, es
cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por
eso Juana y Alicia lo han dejado frío. Es una mariposa que elige las
flores doradas; cuando, además, son frescas y lindas como mi querida
primita, no vacila, se posa.

Las dos jóvenes habían llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la
pequeña malignidad que había insinuado a su prima, se puso a correr,
bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar.

María Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se quedó atrás,
queriendo disimular la pena que tan pérfida insinuación le había
causado. No era la primera vez que la joven se apercibía de la envidia
de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el
falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que
ella, había sido su compañera de infancia, no le guardaba rencor por su
falta de corazón, y atribuía sus saetazos a una necesidad de ironía
natural en su carácter.

Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. ¿Por qué le
había dicho todo aquello? María Teresa, humildemente, se interrogaba:
¿acaso no podía ser amada por ella misma? Verdad era que un gran número
de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por
falta de dote suficiente. ¿Y si Diana decía lo cierto, si la razón que
decidía a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?...
Sintió en su corazón una emoción angustiosa. Pero no, Diana se
equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino,
pareció conquistado; María Teresa recordaba que la había mirado con
insistencia e invitado para todos los valses. No podía conocer ya la
cifra de su dote... ¿quién lo habría informado? ¿Por qué entonces
suponer que su admiración se fundaba en cálculos interesados? ¿Por qué
no creer más bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el
placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeñas, la envidia de
su prima se revelaba a propósito de Juan, a quien no podía perdonar que
no fuera para ella también un complaciente esclavo. Juan se sometía
únicamente a las arbitrariedades de María Teresa. Toda la animosidad de
Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos años de la infancia;
esto María Teresa lo sabía bien.

¡Sí, sí, sólo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba
las palabras que había pronunciado y la causa de su veneno. Diana quería
hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba
profundamente indiferente. En realidad, sentía despecho... ¡Cuánta
mezquindad en esta manera de proceder! ¡Y decir que Diana, su prima, su
amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!...

María Teresa era bondadosa; después de haber juzgado la acción de su
prima, le buscó circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un
rostro de facciones regulares, Diana carecía de ese encanto femenino que
poseen a veces las más feas; su talle era poco esbelto, su cabellera
pobre y su tez sin frescura. La atendían de buena gana, pero si sus
amigas se ponían a su lado, no la miraban más. De ahí que María Teresa
encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco
dispuesta a regocijarse del éxito de sus compañeras. Confortada por
estas reflexiones, la joven consideró que era una tontería atribuir
importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de
Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareció
puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reunió a su
familia en el comedor, sintiéndose completamente repuesta de su corta
pero fuerte emoción.

Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jóvenes bajaron al
jardín y se instalaron en la terraza. Las dos se sentían incómodas.
María Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana
fastidiada por este silencio, no se atrevía a iniciar el único motivo de
conversación que la interesaba.

La campana de jardín anunció una visita; Diana se levantó, curiosa, y
volvió precipitadamente hacia su prima.

--¡Ah, esto es demasiado! ¡Adivina quién está ahí! ¡Martholl mismo! ¡Ha
dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta!

María Teresa disimuló la satisfacción de vanidad que le procuraba aquel
pequeño triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo
simplemente, tendiéndole la mano:

--¡Qué feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendrá un gran placer...

Diana, por el contrario, exclamó aturdidamente:

--¡Y bien! ¿y la bicicleta? Yo lo creía a usted en la granja, Dutot,
prisionero de Alicia. ¿Ha sido abandonado el paseo?

--Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis
acciones, señorita, voy a confesarlo todo. Creo que las señoritas de
Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los
manzanos; pero, en verdad, no sé nada. Diré que me preocupo muy poco de
ello. La señorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el
polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de
ustedes. Cuando supe que ustedes no irían, sin vacilar falté a la cita.
Me imagino que nadie habrá notado mi ausencia...

Diana lanzó una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga
esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del
caballero que había elegido.

--¡Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estará furiosa, si le ha
esperado; no se lo perdonará nunca.

--Sí, me perdonará, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su
alrededor hay siempre más de un comparsa perfectamente dispuesto a
desempeñar el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no
ocultaré que no sentiría ningún pesar; la señorita Alicia de Blandieres
me es completamente indiferente.

María Teresa cambió el curso de la conversación.

--Voy a prevenir a mamá que usted está aquí.

Mientras la joven se alejaba, Diana interrogó coquetamente a Huberto.

--Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace
un momento, no se extiende a todas las jóvenes que ha conocido en esta
estación y si así fuera, tanto mejor para usted; no llevará ningún pesar
en su equipaje.

--Quiero creer, señorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es
una prueba de simpatía. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por
el contrario, se detiene, y se transforma en un interés muy vivo cuando
se trata de usted o de su prima. Guardaré un recuerdo precioso de mi
permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la
necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero
que la señora de Chanzelles y su mamá de usted, querrán permitirme que
me presente en sus casas a mi regreso a París. El pesar que llevo por mi
partida, sería demasiado cruel si no me acompañase la esperanza de
volver a verlas pronto.

Diana se sonreía todavía de esta galante declaración, cuando la señora
Aubry de Chanzelles apareció en la terraza con su hija.

--Es usted muy amable en venir a vernos--dijo, tendiendo la mano al
joven.

--¡Ah, señora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy.
Vengo a manifestarles mi gran satisfacción por haberles sido presentado
y agradecerles su amable acogida.

--¿Usted se marcha entonces?

--Pasado mañana, señora. He recibido de mi madre varias cartas muy
apremiantes; yo me hacía un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez
tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no
demore más. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se
caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si
yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa allá de organizar la cacería. Estoy,
pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la
apertura de la caza.

--Veo que hay sobrado motivo para justificar su deserción. Lamento que
no se quede usted hasta el fin de la estación. Los últimos días son, a
mi juicio, los más agradables. Cuando el movimiento social se ha
calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la época lejana
en que yo venía aquí siendo joven. ¡Qué diferencia! La playa estaba
tranquila y solitaria; no se encontraba en ella más que pescadores, lo
cual no exigía el despliegue de toilettes que vemos hoy. Además, se
gozaba un poco del jardín propio y no se iba continuamente fuera de
casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports.

--No hay que hablar mal de los sports, señora; con ellos cuentan los
sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses,
no se han regenerado sino por la práctica constante de los ejercicios
físicos. En el siglo último era un pueblo anémico; hoy figura entre los
primeros, desde el punto de vista de la energía y de la resistencia;
estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o
burócratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que
debe ocupar la gimnástica en la educación.

--Tiene usted razón, los sports son excelentes para la juventud. Sabía
que usted era un fanático por ellos y que los practica todos con éxito.

--Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi
tiempo.

--Es posible que los burócratas, a quienes usted reprocha el no
dedicarse a esos placeres, según usted higiénicos, no tienen tan mala
voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirán sino ser
menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Están obligados a trabajar
para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo,
¿no descuida acaso otros trabajos más serios, por cultivar sus gustos
sportivos?

--¡Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no sé en qué ocuparlo. Mi madre
tiene tantas relaciones, que yo encontraría fácilmente una ocupación si
lo desease. En el día estoy apasionado del automovilismo. He encargado
una máquina pequeña, práctica y elegante, que me será entregada en la
primavera próxima, y si usted me permite hacerle los honores, sería muy
dichoso, señora.

--Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a
estas novedades; la tracción eléctrica, el vapor y el petróleo, son
cosas que, en breve, no tendrán secretos para ellas.

--Es necesario, tía. Seríamos muy antiguas si ignorásemos eso.

--Entonces, yo lo seré siempre, hija mía.

Huberto se había levantado para despedirse.

--Señor, en París, yo permanezco en mi casa los miércoles, de cuatro a
siete. Espero que usted nos demostrará su amistad yendo a vernos de
tiempo en tiempo.

Martholl agradeció y se retiró, acompañado de las dos jóvenes que, en
Etretat, habían tomado la costumbre de conducir a los visitantes hasta
la puerta del parque.

En el jardín, Diana volvió a dar bromas a Huberto sobre su deserción:
Alicia de Blandieres le haría pagar caro semejante proceder. La señorita
de Gardanne preveía complacientemente todo el trabajo que tendría en
hacerse perdonar por su amiga cuando Huberto la encontrase en
sociedad.

Él escuchaba vagamente, respondía apenas y miraba a María Teresa, que
caminaba con paso rítmico, levantando con mano flexible su vestido de
lana gris pálido. Este gesto inconsciente modelaba su cuerpo de líneas
perfectas, de una gracia exquisita en su esbeltez.

En sus cabellos dorados y ondeados, jugaba la luz. Con la cabeza
ligeramente inclinada hacia el suelo y los ojos entornados, como si
quisieran guardar su secreto entre sus largas pestañas, la nariz fina y
vibrante, la boca de labios rojos algo gruesos y bien dibujados, la
barba fina, el cutis transparente, ofrecía, destacándose sobre aquel
fondo de verde otoñal, un maravilloso espectáculo de belleza.

Huberto, para verla caminar más tiempo así, silenciosa y preocupada, a
dos pasos de él, habría querido que Diana fuese más habladora, y la
alameda infinitamente más larga. Era un dilettante en materia de vivir.
Se felicitaba de haber presentido «una perfección» en María Teresa, y
una fuerza creciente lo atraía hacia ella.

El espíritu hastiado de Martholl por la vida fácil que había llevado
siempre, encontraba un encanto nuevo en el estudio de aquella alma pura
y sana de la joven. Hasta entonces no había pedido al amor más que una
embriaguez ligera y un sueño dulce. Jamás esta pasajera impresión había
dejado en su cerebro y en su corazón otra huella que el recuerdo de un
placer momentáneo. En la ternura formada por sacrificios, abnegación,
consagración, en el amor serio, en fin, él no creía. Y, sin embargo,
todos los sentimientos que en otro tiempo habría calificado
implacablemente de sensiblería, hacían presa en él ahora. Encontraba
exquisito el piar de los pájaros; el rumor de las hojas estremecidas
llevaba a sus oídos melodías desconocidas; la Naturaleza se le revelaba
hermosa y fascinadora, y en su espíritu asociaba la belleza de María
Teresa a aquel culto algo pagano que lo impulsaba a desear arrodillarse
y adorar a Dios en los seres y en las cosas.

Pero llegaban a la verja. Como nunca la emoción hacía descuidar a
Huberto sus actitudes, tomó una después de otra las manos de las dos
primas, las besó con respeto, y silencioso y correcto, franqueó la
puerta y se alejó.

--¡Buen viaje, señor Posturas!--murmuró Diana cuando estuvo algo
distante.

Luego, bruscamente:

--Me adelanto, María Teresa, porque tengo que probarme un vestido antes
de comer. Hasta luego.

Y echó a correr, cortando el camino a través de los céspedes.

Cuando María Teresa estuvo sola bajo los árboles de la avenida, pensó
que un adiós definitivo le había causado a ella también alguna pena. Se
sintió turbada y un poco triste al considerar que los días felices de
aquella estación tan alegre, pertenecían ya al pasado.

Subía la avenida del parque lentamente, abstraída, cuando sintió caminar
a alguien detrás de ella. Maquinalmente se dio vuelta y no pudo reprimir
una exclamación de sorpresa al apercibir a Huberto.

--¿Usted?

--Sí, todavía yo. Perdóneme esta indiscreción; pero he visto desde el
camino a la señorita Diana que desaparecía tras de los pinos, y no he
podido resistir el deseo de verla a usted una vez más, de encontrarme
a solas un instante con usted, para darle un adiós menos trivial...

--¿El primero lo era entonces?

--En la forma, si no en el fondo... ¡Siento tanto marcharme!

--¿Tanto?

--Mucho más de lo que pudiera expresar. En usted, señorita, he
encontrado el ideal de la mujer soñada por todo hombre deseoso de ver
reunidos el encanto, la inteligencia, la belleza y la elegancia. Usted
es la más seductora, la más...

--¡Basta, por favor! no prosiga en su enumeración... Vea que me río para
no mostrar mi confusión, mi...

--¿Su?... ¡concluya, se lo suplico! ¡Su turbación es tan deliciosa!...
Si usted supiera hasta qué punto me hace feliz ese rubor, esa risa que
quiere disimular una emoción tal vez más fuerte y más sincera...

--No vaya usted a creer... he querido decir que lamento...

--¿Mi partida? ¡Dios mío! eso podría usted decirlo a Platel, a d'Ornay;
no hay ahí motivo para ruborizarse; pero yo estoy triste, profundamente
triste al separarme de usted.

--Ninguna partida es alegre; a mí me habría gustado que usted se quedase
todavía...

--¿Cierto? ¿Por qué no retenerme entonces?

--Usted se hace un poco exigente respecto a demostraciones amistosas.

--Sí, mis exigencias son terribles. ¿Me permite usted decírselas, puesto
que parece no querer adivinarlas?

Pero la leal sonrisa que resplandecía en el rostro de María Teresa
desapareció, y con expresión grave, dijo:

--¡Señor Martholl, cuidado! No se apresure a manifestar sentimientos
demasiado... vivos. La gran intimidad en que acabamos de vivir todos,
podría engañarlo sobre la naturaleza de la simpatía que usted me inspira
o que yo le inspiro a usted.

--¿Por qué dice usted eso?

--Porque me temo que usted da demasiada importancia a una atracción, muy
real, sin duda, pero cuyas bases son todavía demasiado frágiles para
implicar un sentimiento serio.

--Es usted exageradamente juiciosa... Sépalo, señorita: yo no tengo más
que un deseo, ahora que tengo que dejarla: el de volverla a encontrar. Y
no solamente para continuar una relación agradable, sino porque la
adoro. ¡No se retire, María Teresa, se lo ruego!... Sí, yo la amo a
usted, y mi más ardiente deseo es el de obtener su mano...

--Por favor, no me diga usted más nada; en París lo escucharé... ¡Quién
sabe también si el paseo que va usted a hacer a Valremont no modificará
sus ideas!

--¡Qué fría está usted y qué suspicaz! Los sentimientos que abrigo para
usted después que la he visto...

--Sí, sí, conozco esas lindas frases; por muy sinceras que sean, hágame
gracia de ellas, se lo ruego. No es la hora ni el sitio de
decírmelas--se apresuró a añadir la joven, molestada por la actitud
apremiante de Huberto.

--Entonces, ¿tengo que esperar para conocer mi suerte?--interrogó él
tomando la mano de María Teresa entre las suyas. ¡Reconozca que es un
poco duro! ¿Puedo, a lo menos, ir a visitarla en cuanto esté en París,
en los últimos días de noviembre?

--Venga usted, mamá lo ha autorizado.

--¡Si yo pudiera creer que al otorgarme este favor, usted se muestra
bien dispuesta a acceder a mi petición!--murmuró Huberto apoyando sus
labios sobre la fina mano que la joven le tendía para darle un adiós
definitivo.

María Teresa, sin responder, desprendió su mano prisionera, y,
sonriendo, pasó su brazo bajo el del joven y lo condujo suavemente hacia
la puerta del jardín, diciéndole:

--Esta vez, usted lo ha merecido, lo echo de mi casa, pisoteando los
deberes más elementales de la hospitalidad. Pero es en interés de su
estómago. Es tarde y no quiero privarlo de comer, a pesar del gran
placer que tengo en oírlo... ¡Adiós!

--¡No! diga usted: hasta la vista y hasta muy pronto; si no, no me
voy... estoy decidido, y la noche me encontrará de centinela delante de
su puerta...

La joven se sonrió, y conciliante:

--Hasta muy pronto, pues--dijo.

Estas simples palabras fueron pronunciadas en una inflexión de voz tan
suave, que llenaron de esperanza a Huberto. Se alejó bruscamente, no
queriendo comprometer la dulzura de aquel adiós.

María Teresa, apoyada contra uno de los pilares de piedra de la verja,
siguió con la vista al joven que se alejaba.

Largo tiempo lo vio sobre el camino desierto. Experimentaba una dulce
emoción. ¿Esta sensación era causada por el que caminaba allá, o por
el encanto sugestivo del crepúsculo? Una gran calma reinaba a su
alrededor; en el horizonte el mar parecía adormecerse.

Huberto miró varias veces hacia atrás, como atraído por el fluido de las
miradas de María Teresa; después, su silueta se desvaneció, lejana,
entre el polvo del camino y los últimos reflejos de una aglomeración de
nubes blancas.

Cuando el joven hubo desaparecido, María Teresa cerró los ojos un
instante. No lo veía ya, pero conservaba su imagen. El placer que sentía
por la declaración oída, se avivaba por el hecho de que quien la había
pronunciado poseía una sonrisa seductora y unos ojos persuasivos. Volvió
a ver también, oprimiendo su mano, una mano larga y blanca adornada con
un curioso anillo antiguo.

--¡Me gusta!--murmuró.




IX


Poco a poco todos abandonaban a Etretat. En el Casino, en la playa, no
se veía sino alguno que otro bañista. Una vida tranquila, retirada, en
el interior de las villas, reemplazaba al movimiento y a la animación
que había reinado durante la estación.

La señora Aubry gustaba mucho del encanto del otoño; disfrutaba
entonces, durante algunas semanas, de un verdadero reposo, por lo cual
demoraba su regreso hasta los primeros días de noviembre. Esta decisión
no era recibida de igual manera por las dos primas. Desde que no se veía
rodeada de una sociedad dispuesta a divertirse y ocupada exclusivamente
en crear distracciones nuevas, Diana se aburría espantosamente. Apurada
por volver a París, a sus visitas y a sus correrías por las tiendas, se
quejaba de la humedad de la atmósfera, de la tristeza del paisaje, de la
soledad, pues las villas se cerraban una a una y la única distracción
mundana consistía, durante el mes de octubre, en concurrir a la estación
del ferrocarril, a despedir a los que se marchaban.

María Teresa, por lo contrario, gozaba ante aquella playa desierta y le
encontraba encantos no sospechados.

Después de la partida de la muchedumbre abigarrada y tumultuosa de los
bañistas, le parecía que la Naturaleza cambiaba de aspecto. Para
recibir a los huéspedes fugaces, para no espantar los ojos de los
ciudadanos, más habituados a las decoraciones teatrales, parecía que a
su real magnificencia, esta Naturaleza consentía en mostrarse más vulgar
y menos salvaje. Debía ser una concesión hecha a estos profanos, venidos
de las ciudades para pasmarse de admiración ante ella, durante dos
meses, y que, transcurrido este tiempo, se apresuraban a huir y
olvidarla.

El mar también se presentaba de otra manera a la vista de la joven, más
grandioso y más trágico, batiendo incesantemente las costas abruptas.

¿Era este paisaje el mismo que habían contemplado los concurrentes al
Casino? Ahora flotaban sobre él vaporosos velos de brumas, y aquella
tierra normanda color verde de esmeralda pálida, sin horizontes,
humedecida por la niebla, parecía salida, como en las primeras edades
del mundo, de las ondas y del caos. María Teresa, que conocía todos sus
rincones, procuraba a su imaginación el placer de evocar regiones
desconocidas en los mismos sitios donde existían granjas, villas y
aldeas.

Era sobre todo en los días en que el cielo estaba más brumoso y causaba
más ilusiones, cuando María Teresa prefería pasear a través de los
campos. Seguida de Flog, su perro de pelo rojizo, vagaba al gusto de su
fantasía por los senderos que serpenteaban entre los matorrales.

De tiempo en tiempo, desatendía la Naturaleza para pensar en Huberto. Lo
veía bajo la alameda, besándole las manos. ¡Era, pues, cierto! ¡La
amaba! Nadie hasta entonces le había hablado así. De aquella voz
musical, arrulladora, le venían las primeras palabras de amor que
hubiera oído. ¿Por qué le había gustado a él? ¿Por qué ella, más bien
que alguna de las otras? ¿La encontraba, pues, más seductora, más
amable, más inteligente que las demás jóvenes que conocía? La había
elegido entre sus amigas, tan hermosas... Jamás se le ocurrió que
pudiera ser la preferida. Y, sin embargo, Huberto no esperaba sino una
palabra suya para pedir su mano. De lejos, se le representaba más
seductor. Recordaba sus actitudes elegantes, su rostro distinguido
cortado por un bigote dorado. La idea de que fuera un espíritu
superficial, no inquietaba a la joven, tanto la había conquistado su
flirt galante, cuyo recuerdo exageraba, y a veces se sorprendía contando
los días que la separaban del miércoles en que lo volvería a ver.

¡Cuánto lugar ocupaba en su vida, aquel desconocido de ayer! Pensando
siempre en él, recordaba las reuniones, los bailes, los paseos, todas
las ocasiones que había aprovechado, solícito, para acercarse a ella y
expresarle sus sentimientos.

Después de agotar estos recuerdos, formaba proyectos para el porvenir;
pero, cuando imaginaba lo que sería su existencia si el destino los
unía, no se representaba más que fiestas, viajes, diversiones de todas
clases. Se le hacía imposible evocar la imagen de una vida tranquila,
íntima, serena, en la calma del hogar, en compañía de aquel mundano tan
imperiosamente absorbido por la vida exterior.

No; no se veía con él, al lado del fuego, trabajando a la luz de la
lámpara, con niños jugando a su alrededor. Huberto no sería jamás un
hombre de casa, capaz de comprender estos íntimos placeres. ¡Y ella
habría deseado imitar a sus padres que eran tan felices en su
inalterable comunidad! El señor y la señora Aubry envejecían juntos, en
una ternura recíproca que los años no debilitaban.

Su ejemplo probaba a María Teresa que no se engañaba ambicionando los
goces de la familia. En la tarde de la vida, la felicidad consiste en
hallarse juntos; pero para disfrutar de la dulce paz del hogar, no hay
que abandonarlo por mucho tiempo, si no el encanto se rompe y la
felicidad vuela para no volver más.

El alma fuerte y recta de María Teresa la hacía prudente, aunque
estuviese bajo la influencia sugestiva de Huberto, y si
inconscientemente prolongaba el misterio de su decisión, era para
estudiar a aquel futuro novio y no exponerse a entregar a un ser indigno
la hermosa y noble ternura que los corazones apasionados transforman en
perdurable amor.

Tanto para dedicarse a estos pensamientos, María Teresa buscaba la
soledad, cuanto para huir de su prima, cuyas observaciones la
horripilaban, porque acentuaban el lado snob que lamentaba encontrar en
Huberto.

Un día que la joven volvía de un largo paseo, encontró a Diana leyendo
en el salón, recostada sobre un diván. Esta al ver entrar a su prima la
recibió con una risa burlona.

--¡Es posible ponerse en ese estado! ¡Pero si estás cubierta de barro!
Dime ¿qué extraño placer encuentras en caminar durante horas enteras
sobre la tierra mojada? Dirás lo que quieras--continuó, después de un
bostezo prolongado,--el campo es insípido en esta época, y es necesario,
para complacerse en él, tener gustos muy extravagantes o... ¡estar
enamorada! Felizmente, mi tía acaba de darme una buena noticia; nos
vamos después del día de Todos los Santos, es decir el martes. ¡Ya era
tiempo! Se me figuraba ser uno de esos vestidos apolillados que se
olvidan en los armarios.

--Me gustan tus comparaciones--dijo María Teresa mirando humear sus
botines húmedos ante el fuego de la chimenea;--no son vulgares.

--Escucha--exclamó Diana que ya seguía otra idea,--vamos a estar bien
ridículas al llegar a París: sombreros de paja en pleno noviembre...

--¡Bah! los reporters de la moda no hacen guardia alrededor de las
estaciones como en el Club Hípico.

--Me inquieta un poco el trayecto de la estación a casa, pero no tengo
otra cosa que ponerme, y se necesitan varios días para enterarse de lo
que se usa y otros tantos para elegir entre las creaciones nuevas.

--¡Puedes estar tranquila! no quedarás deshonrada porque te vean con una
toilette que no es de otoño.

--Depende de la persona que encuentre. No quisiera que fuera Martholl,
por ejemplo.

--¿Por qué eso?

--Porque constituye, para mí, el árbitro de la elegancia. Es curioso
cómo entiende de toilettes femeninas. ¿No has notado que nos mira
siempre de pies a cabeza como si fuera un juez en un concurso de
belleza? Así es que halaga cuando pronuncia flemáticamente «Tiene usted
un lindo vestido» o «Ese sombrero es maravilloso.» A mí me ha otorgado
algunos elogios, en este verano ¡pues bien! quedé tan orgullosa de ellos
como el día en que gané un conejo, tirando al blanco en la feria de
Neuilly, después de haber agujereado seis veces el centro.

--Sin duda, Martholl se alegraría mucho de oírte a juzgar por el efecto
que te producen sus elogios; ese joven debe poseer el alma de un gran
modisto.

--¿Es con intención de despreciarlo como hablas así? Hay ironía en tus
palabras...

María Teresa no se dignó contestar; Diana calló un instante y repuso,
mirando socarronamente a su prima:

--¿Quieres que te diga una cosa? Tú eres muy reservada; no quieres
hacerme confidencias; disimulas tu juego. Vamos a ver, confiesa de una
vez que te ha hecho la corte.

--Si te has apercibido, es inútil preguntármelo.

--Me gustaría saber en qué punto está ese flirt trascendental, y si
Huberto te agrada.

--Ciertamente que me agrada; pero no lo conozco bastante para tener un
sentimiento definitivo hacia él.

--¿Esperas, para decidirte, verlo en París en traje de ciudad? ¿Temes
otra desilusión como la que tuvimos el año pasado, al encontrar de
levita y sombrero alto, a aquel Marcelo Mingot que nos había parecido
tan bien aquí, con su gran fieltro gris y su elegante traje de ciclista?

--¡No, no! sobre este punto estoy tranquila; de cualquier manera que
Martholl esté vestido, ha de ser siempre con el esmero que le vale
tantas admiradoras. Quisiera solamente, para tomar mi resolución, ver a
Martholl con más frecuencia, para conocerlo mejor.

--¿Sabes una cosa? ¡Pues bien, me ha sorprendido que se entusiasmara
tanto contigo!

--Eres muy amable; tu cumplido me conmueve.

--Antes de sublevarte, espera que me explique: Te concedo que tienes
todo lo que se precisa, y más de lo que se precisa, para gustar a los
más difíciles, puesto que eres rica y linda.

--Rica sobre todo ¿no es verdad?... Gracias ¡decididamente estás
dispuesta a hacerme justicia!

--Solamente que--continuó Diana imperturbable,--moralmente, no eres la
mujer que le conviene; tú no eres bastante fastuosa ni aficionada al
gran mundo. Seguramente, se creería que estás en él, pero, yo te
conozco, sé que con frecuencia te sales de él porque no te diviertes.

--¿Entonces?

--Entonces, creo que hay incompatibilidad de caracteres entre ustedes.

--¡Antes de buscarnos motivos de ruptura, sería prudente esperar a que
Martholl pidiera mi mano!

--Si no la ha pedido todavía, la pedirá, puedes estar segura, y no veo
qué razón te haría rechazar a un novio tan extraordinariamente chic.
Anda, no lo dudes, hay muchas probabilidades de que pronto seas la
señora de Martholl. Tú no quieres aparecer como aceptándolo muy
ligeramente; pero eso es una táctica.

--¡Oh, Diana!--protestó María Teresa;--¿por qué no has de creer en lo
que yo te digo?

--¡Pero si tú no me dices nada!

--¿Por qué he de decirte que amo a Huberto cuando todavía no es verdad?

--¡Me gusta ese «todavía» desprovisto de artificios; es revelador!...
Querida mía, querría que tomases una decisión. Te confesaré,
francamente, que me alegraré de veros casados; primero, porque siendo tú
mucho más linda que yo, me perjudicas; después, porque podríamos salir
solas. ¡Se acabaron las acompañantes! ¡qué suerte! ¡Sin contar con que
tu casamiento pondría en circulación en nuestro mundo a algunos jóvenes
más; los amigos de tu marido serían mis amigos! ¿Por qué no he de contar
con ellos?

--Esta vez, sí, me explico tu deseo de verme encadenada; pero ¿qué
importa, para tus proyectos, que sea a Martholl o a cualquier otro?

--Es que Huberto me place. Lo encuentro muy bien. Cuando vayamos juntas
al teatro me gustará tenerlo en el fondo del palco; los hombres como él,
hacen valer a las mujeres que acompañan. Es gentleman desde su peinado
hasta la forma de sus zapatos, y, al mismo tiempo, tiene una distinción,
una desenvoltura... ¡Dios nos preserve del señor vulgar, del maniquí
siempre endomingado o de la cabeza de peluquería! ¡Prefiero una cabeza
de turco!

--¡Adelante con las comparaciones!... ¡Pero, estaría yo fresca si tomase
tus ocurrencias a lo serio! Con tu manía por lo chic y el buen tono, te
olvidas de la más noble aspiración: la ternura del corazón que debe
identificar al hombre con la mujer. Las exigencias del mundo son muy
mezquinas comparadas con ese placer del alma. La intimidad sin amor, sin
un amor tan noble, tan dulce como el que une a mis padres ¿qué sería
para mí? ¡Un martirio! Permíteme, pues, que reflexione, antes de
arriesgar mi porvenir, para apresurar tu emancipación y procurarte la
vanidad decorativa de lucir a mi marido en el fondo de tu palco. ¡En
cambio, te prometo tenerte al corriente de mis decisiones, puesto que te
interesan tan directamente! Pero te pido, encarecidamente, que cuando
volvamos a París, no pregones a son de trompeta que soy novia de
Huberto, pues no lo soy aún.

--No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es
porque no tiene ninguna importancia.

--Es precisamente lo que te reprocho, querida mía. Si no atribuyes
ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los
interesados.

--¡Si me reprendes, no diré una palabra más!--dijo Diana recogiendo su
libro que se le había caído al suelo.

Sin embargo, después de un corto silencio, repuso, temiendo haber
contrariado a su prima:

--Cuando estemos en París ¿quieres que salgamos juntas? Iremos a tomar
el lunch al Palacio de los Campos Elíseos, y a probarnos sombreros, y a
ver los modelos del incomparable Doucet, ¿quieres?

Pero María Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego,
amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le
parecía oír distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora,
inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de
la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden
diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de
decidirse.

--¿Acaso conocía al que solicitaba unirse a ella? Cierto es que dos
meses de intimidad en el mar, ayudan a formar opinión sobre las
personas. No le había faltado tiempo para conocer a Huberto como flirt;
sabía a no dudar, que era un sportman perfecto, que su conversación de
hombre de club distraía agradablemente a su auditorio, pero se daba
cuenta también que, moralmente, le era perfectamente desconocido. ¿De
qué vivía la inteligencia de aquel hombre? ¿Cuál podía ser la naturaleza
de sus aspiraciones, el valor de su conciencia, el objetivo de su vida?
¿Hacia qué ambiciones o ensueños dirigía su voluntad?

Preveía su sufrimiento si descubría, demasiado tarde, que no se
entenderían nunca sobre ciertas cuestiones, y que las cosas que ella
consideraba más importantes, que tocaban a su corazón, lo dejaban
indiferente, si no hostil.

Lejos de imitar a la mayor parte de las jóvenes que no piden al ansiado
novio más que fortuna o una posición envidiable, ella se preocupaba
principalmente de las cualidades del alma del hombre a quien entregaría
su vida. Presentía que el matrimonio es cosa grave y que no deben
ligarse ligeramente los nudos. Para tener la seguridad de conservar
siempre su mano en la de un compañero elegido, hay que saber, primero,
si esa mano es leal, si podrá proteger, dirigir y amparar, en todas las
vicisitudes de la vida.

Educada por una madre inteligente y seria, que se había dedicado a
desarrollar el corazón y el espíritu de su hija, María Teresa había
aprendido que a veces es peligroso juzgar a las personas por su exterior
más o menos brillante; por lo cual deseaba, para apreciar la cultura
moral e intelectual de Martholl, que se presentasen otras circunstancias
distintas del período del flirt de los baños de mar. Su sensatez la
inducía a escuchar la voz de la razón que le aconsejaba no precipitar su
elección, no apresurarse a contraer compromiso bajo la influencia de la
atracción innegable que sentía hacia aquel joven.




X


Los Aubry de Chanzelles habían regresado a París hacía un mes. Ocupaban
un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas,
la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una
discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur,
frente a los jardines del Luxemburgo, hacían atrayente esta mansión.

A pesar de toda la calma de María Teresa, el tiempo que medió entre el
día de llegada y el miércoles en que debía recibir a Martholl, le
pareció largo. ¿Qué corazón de joven no se sentiría turbado por la
esperanza del amor entrevisto?

Este primer día de recepción, tan impacientemente esperado, llegó por
fin.

Hacia las tres, la joven, sola en el salón, gozaba anticipadamente del
placer que debía causarle la visita de Huberto. ¿Cómo lo encontraría?
¿Siempre enamorado a pesar de las semanas de separación? ¿Y si no venía?
Esta última idea la tenía ansiosa; consultaba la hora con inquietud.

Para disipar su enervamiento, se acercó a una ventana, levantó la
cortina de antiguo guipur, y miró hacia el jardín que se extendía ante
ella.

En aquel día de sol de diciembre, nada había revelado el invierno ni la
Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las
plantas, si los árboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como
esqueletos descarnados. Una luz clara esparcía sus rayos, y las avenidas
hormigueaban de niños alegres, primavera de carne en aquella estación
atrasada. Las hojas secas cubrían de manchas amarillas y oscuras la
arena de los caminos. Las niñeras adornadas con cintas de mil colores,
llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebés, en tanto que
las siluetas pálidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos
fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro
pintoresco que bien podía haber distraído el espíritu de María Teresa
del pensamiento que la absorbía; pero la contemplación del Luxemburgo no
calmaba su impaciencia. Sus miradas seguían con frecuencia los coches
que surcaban la calle, y si alguno de ellos parecía querer detenerse
delante de la puerta de su casa, la joven sentía latir su corazón un
poco más ligero.

Un buen rato hacía que estaba allí cuando Diana entró silenciosamente en
el salón. Se aproximó a un espejo para contemplar el efecto de su
vestido de tela roja bordada, pasó una mano ligera sobre sus negros
cabellos, y volviéndose hacia su prima, que no la había sentido:

--Y bien ¿qué haces en ese puesto de vigía?--le dijo.

María Teresa se estremeció como sorprendida en falta, pero reponiéndose:

--¡Hola! ¿eres tú, Diana?--respondió sin moverse de su
observatorio.--Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...

--¿Y qué ves venir?

--¡Nada!

--Espías simplemente la llegada del que esperas.

María Teresa, un poco abochornada, se ruborizó. Entonces Diana se
aproximó a ella, pasó un brazo alrededor de su cintura, y miró, a su
vez, hacia afuera.

--¿De qué lado debe venir el hermoso Martholl?

--¡Pero si es probable que no venga!--murmuró María Teresa, descontenta
de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.

--¡Eh!--dijo Diana con incredulidad.--¡Que Martholl se olvide de venir,
he ahí, estoy segura, una cosa que tú no temes que suceda! Es fácil
prever que se hará anunciar al sonar las cinco.

María Teresa recorría el salón simulando ocuparse en arreglar las cosas;
removía las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots,
levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de té, donde
el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmóvil en su
puesto de observación, la llamó:

--Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriñar la calle. ¿Ha regresado
tu hermano?

--Sí, anteayer.

--¿Y está contento de su viaje a Austria? Parece que no tardó en plantar
en el camino al estudioso Juan.

--Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques.

María Teresa se sonrió.

--Entonces estará maravillado de aquel país.

--¡Perversa!

--No, de veras, me alegro que Bertrán se haya divertido tan fácilmente;
es de los que gozan con todas esas pequeñas satisfacciones de vanidad...
¡Cuánto los envidio!

--¡Que tú puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se
explica!

--¿Por qué?

--Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar.

--Puede ser...--murmuró María Teresa, distraída.

Su mirada erraba por el salón; de pronto, designando sobre una consola
Luis XV, un jarrón de cristal verde incrustado de oro, que sostenía un
gran ramo de violetas de Parma, exclamó:

--¡Mira qué linda copa!... Juan acaba de mandármela de Bohemia.

--A propósito, ¿qué se hace tu Juan? ¿No lo veremos nunca?

--Está aún en Alemania. Creo que le gusta aquel país, porque no habla de
volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontró muy
atareado. Mañana, Jaime estará aquí; si deseas otras noticias, él te las
dará más frescas.

--Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostaría que se nos va a
presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en
llamarse señora Durand. Es como para afligir: ¡señora Durand! ¡mamá
Durand!

--Todos los nombres pueden ser ridiculizados así... ¿Entonces tú, para
casarte, tendrás en cuenta el nombre que llevarán tus tarjetas?

--La verdad es que no me gustaría dejar de ser Diana Gardanne para
convertirme en la señora Durand, la señora Dupont o la señora Boucher;
se me figura que tendría un aire de vulgaridad espantosa.

--Pues yo, cuando he soñado en las cualidades que pudiera tener mi
marido, nunca he formulado el deseo de que esté adornado con un nombre
decorativo. ¡Ahí viene mamá!

--¡Buen día, tía!--exclamó Diana.

--Buen día, querida mía--dijo la señora Aubry, besando a la
joven.--¿Veré hoy a tu madre?

--No, tía; mamá está con jaqueca, como siempre; pero Bertrán vendrá a
buscarme.

La puerta del salón se abrió. Dos señoras ancianas, vestidas de negro,
entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la
señora Aubry acogió con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado
introdujo a Huberto Martholl.

Diana se inclinó hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:

--¿No te decía que vendría hoy?

María Teresa, un poco turbada, la escuchó apenas. Seguía con la mirada a
Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente
ante la señora Aubry. La joven se sorprendió de que no se precipitase
hacia ella, y al mismo tiempo comprendía que esta exigencia de su
emoción, era incompatible con las reglas del trato social. ¡Qué extraña
naturaleza se descubría! Ella misma había calmado el ardor de los
sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habría querido que
manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepción en vez de
una alegría, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de
visitante correcto y dueño de sí mismo.

Después de algunos instantes, consagrados a la señora Aubry, Martholl
pasó a saludar a María Teresa; ésta, por un esfuerzo de voluntad,
recobró su calma habitual, y el apretón de manos que se dieron, fue
perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo
desaparecer pronto la turbación que se había producido entre ellos. Los
llevó al salón chico, bajo pretexto de que la conversación interminable
que la señora Aubry sostenía con sus primas de provincia, la incomodaba;
instaló a Huberto confortablemente, y exclamó semiseria y semi-irónica:

--Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazón,
¿está en buen grado para nosotras?

--Ciertamente, más que nunca; ¿lo dudaban ustedes? Marca treinta grados
sobre cero.

--María Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, ¡dudaba!

--¡Diana!--exclamó María Teresa, realmente ofendida por la ligereza de
su prima.

--Y bien, ¿no es verdad, acaso?

Para desvanecer la animosidad que sentía nacer entre las dos jóvenes,
Martholl, con habilidad, se dirigió a María Teresa.

--No lamente lo que acaba de decir la señorita Diana, pues me ha hecho
muy feliz.

--¿Feliz?

--Sí, señorita; porque, sin ella, quizá no habría conocido la confianza
justificada que usted tiene en mí. He creído que este miércoles no
llegaría nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han
parecido contener más días que los otros. ¿Saben ustedes que he
experimentado una verdadera sensación de vacío después de haberme
separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme
atrás, y después, sólo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir
a pasar dos días a Etretat. Pero me retenían en Valremont. Mis funciones
me hacían indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la
fuga.

--Sí, sí, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido
mucho--repuso Diana.--¿Había mujeres lindas entre las invitadas?

--Algunas. ¿Y ustedes qué han hecho durante el fin de la estación a la
orilla del mar? ¡Aquello debía estar espantosamente triste, cerrado el
Casino, abandonada la playa! No conozco nada más insípido que permanecer
en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En
octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estación de la caza.

María Teresa levantó sus lindos ojos, y dijo sorprendida:

--¿Es decir que usted no se habría encontrado bien en Etretat, por la
única razón de que en esa época del año, no es de buen tono quedarse?
¿Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitación para
algún castillo, precisamente en la época de la caza?

Huberto adivinó la ironía en la sonrisa fina de su interlocutora; quedó
dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia:

--¡Tiene razón él! ¡Aquello era un horror! ¡Cómo me he aburrido cuando
se fue todo el mundo! Vivíamos como lobos; no se veía a nadie.

--Por eso mismo me agradaba Etretat--repuso María Teresa.--Me gusta la
soledad, la vida contemplativa. ¡Qué descanso verse libre de los
indiferentes!

--¿Es por mí por quien dice usted eso?--protestó Huberto.

María Teresa se sonrió con malicia.

--No; a usted lo habría soportado muy bien algunas horas por día. Lo que
me gusta después de la estación de los baños, es esa gran calma que
permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un
placer a otro.

Huberto comprendió que contrariaba a María Teresa no emitiendo opiniones
más de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consideró, pues,
prudente agregar:

--Es muy cierto que cuando uno está bien instalado en su casa, con
libros, el tiempo pasa ligero; además, ustedes montarían a caballo, sin
duda...

--No. Como Jaime y Bertrán se hallaban en Alemania, no teníamos a nadie
que nos acompañase. Nos contentábamos con dar grandes paseos a pie, y
admirar las puestas de sol; eran magníficas, ¿no es verdad, Diana?

--Confieso que no tengo el alma tan poética como tú, querida mía, y que
soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de
muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas
reuniones del Casino.

Un movimiento se produjo en el salón. Las parientas de la señora Aubry
se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jóvenes, cuyas
toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tímidas,
la temible insolencia del lujo parisiense.

Las recién llegadas, Mabel d'Ornay, la señora de Blandieres y sus
hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.

--¡Qué feliz encuentro, señor Martholl!

--Justamente--dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada aparecía entre
blondas,--justamente esta misma mañana, yo le decía a mamá, que formaba
su lista de invitados para nuestro té: no olvide al señor Martholl,
tengo un interés especial en que venga.

Huberto se inclinó.

--Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, señorita.

Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se
mantenía en las notas agudas; continuó:

--No me agradezca nada; mi invitación es interesada. De todos mis
amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston
con usted.

Y al hablar, ponía en toda su personita una gracia risueña capaz de
seducir a los más recalcitrantes, lo que no impidió que Martholl le
respondiese:

--Siento, señorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero
no podré quedarme hasta el cotillón; tengo la obligación de ir a otra
tertulia.

--¡Oh, qué fastidio!--murmuró ella contrariada.

Luego, recuperando su aplomo, y acompañando su frase con una alegre risa
comprometedora, añadió:

--Veremos; ya sabré yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno
se divierte más, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegría,
no permitiré que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.

Huberto se contentó con decir:

--El hombre es débil, y si usted emplea armas que no se puedan
resistir...

--A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el
aspecto de una amazona mutilada--observó Diana, indicando con un gesto
el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de
breitschwantz.

--A propósito de amazona, ¿no han ido ustedes al bosque, después de su
regreso?

--No, Bertrán trabaja por la mañana, y Jaime no llegará de Viena hasta
de aquí a unos días.

--¡Y yo que recorría la gran avenida todas las mañanas, en busca de
ustedes!...--dijo Martholl.

--¿A qué hora va usted?

--Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta
demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa;
lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.

Mientras la juventud conversaba así, de una manera general, el criado
introducía sucesivamente a Max Platel y a Bertrán Gardanne. Cada uno de
los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. María Teresa y
Diana pasaban y volvían a pasar entre todos, ofreciendo tazas de
chocolate, de té, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas,
dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se
deslizaban.

En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproximó a Huberto:

--La señorita María Teresa es una armonía viva--dijo, mientras su mirada
la seguía por el salón.

El joven literato tenía razón. Desde su vestido color malva, hasta sus
cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de
su voz algo velada, acentuaba más el encanto armonioso de su persona;
sólo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza
fina.

En medio de todas aquellas jóvenes engalanadas y hermosas, se destacaba
como una excepción, tan marcada era la expresión indefinible y casi
sobrenatural que el vigor y la elevación de sus pensamientos imprimían a
su fisonomía. En ese día nada era más misterioso ni más melancólico que
su semblante.

Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno
suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atención.

Una voz sonó de pronto en una risa argentina:

--¿Cómo? ¿Platel está aquí y todavía no se le ha oído? ¡es inverosímil!

--Mabel reclama su trovador--exclamó Diana.

--¡Aquí está!--gritó alegremente Platel, avanzando hacia el círculo
formado por las jóvenes.

Se sentó en un asiento bajo, casi a los pies de la señora d'Ornay, y
miró curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la
hizo exclamar:

--¡Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mío! ¿Qué quiere usted
inventariar?

El literato transportó su mirada sobre la linda persona que cubierta de
terciopelo y azabache, se movía entre crujidos de seda.

--Excúseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que
tengo el honor de venir a casa de la señora de Chanzelles; me pongo,
pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaución, para mí,
indispensable; ciertos muebles me son tan antipáticos, que no podría
verlos dos veces, y el más insignificante bibelot me abre horizontes
sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.

--Y bien, está usted contento de mí, ¿volveré a verlo?--preguntó la
señora Aubry, riéndose del dicho del joven.

--Sí, señora--contestó Platel, inclinándose,--estoy muy contento; hay en
sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la
sensación del arte; está el arte mismo. Pero nunca temí una desilusión;
antes de venir, sabía lo que iba a ver: la señorita María Teresa no
puede sembrar sino belleza a su alrededor.

Hubo un murmullo de aprobación.

Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfacción
sin dejar de interesarse por sí mismo, y María Teresa continuaba
circulando en medio de esta discreta animación, llevando de un grupo a
otro su sutil melancolía y su soledad.

Hallándose en su casa, en medio de sus amigos, ¿qué extraño malestar la
convertía en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversación y
charla vacías le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo,
resonaban en su corazón como golpes de martillo. Su primo Bertrán,
provocado por la señora de Blandieres, que dirigía la conversación, con
la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos
del gran mundo, refería su viaje a Austria, y la acogida que le habían
hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendación de su tío
Aubry para el embajador de Francia, con quien tenía relaciones
amistosas.

El joven, embriagado de grandeza, narraba sus éxitos y la invitación con
que había sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de
Luxemburgo, residencia imperial.

Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates húngaros,
archiduquesas y algunos príncipes alemanes, había trastornado la cabeza
a este hijo de ricos burgueses, que ahora sentía un verdadero
sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy
envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con
la presencia de testas coronadas, decía:

--Solamente allí puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se
encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes
señores.

Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, añadió:

--No es como en Francia, donde todas las clases están espantosamente
mezcladas.

--Tiene usted razón, querido amigo--aprobó Martholl;--esto ha concluido;
nunca más nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo,
actualmente, es una aglomeración singular de «rasta cueros» y de
advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio más
que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en
ninguna parte si ejercía el comercio. ¡Por desgracia, todo ha cambiado!
El dinero hace abrir de par en par las puertas de los últimos rebeldes.
Así es que no me sorprendería encontrar uno de estos días, en el gran
mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de
caballos.

--¡No diga usted semejante cosa!--exclamó con indignación muy noble la
señora de Blandieres, protestando en nombre de todas las señoras que,
como ella, hacían profesión de tener salón abierto.

--Por eso--continuó Martholl, con gran pesar de Bertrán, que deseaba
contar la historia de una cacería de ciervos, a que lo había invitado un
archiduque,--por eso, en Francia, la fisonomía de los salones ha
cambiado prodigiosamente. No se podrá citar uno solo donde no haya
mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes
fortunas en productos alimenticios, farmacéuticos, industriales más o
menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradición de
la exquisita cortesía francesa que, en otro tiempo, nos señalaba a los
ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: ¿qué figura quieren
ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una
trastienda? No aportan a las reuniones sociales más que un espíritu
embotado por la preocupación de los negocios, y no buscan, al frecuentar
los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones.
¡Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les
aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que
contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que
conocen todos.

--¡Lo creo!... Nada más que de pensarlo, siento frío--suspiró
irónicamente Platel.--¡Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque
supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura
necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una
barrera infranqueable!... ¡Horrible labor, amigo mío!

Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la
teoría eminentemente aristocrática de Martholl, surgieron de todos
lados; luego la conversación recuperó su curso tranquilo, en tanto que
María Teresa sentía aumentar su malestar moral. ¿Por qué Martholl sentía
tales cosas? ¿Cómo osaba decirlas? ¿De qué muslo de Júpiter habría
salido su familia? ¿Qué noble genealogía de héroes o hidalgos, protegía
aquel nombre de Martholl?

El resto de la conversación no fue escuchado por la joven. Un
pensamiento desolador absorbía su espíritu. Pero en breve fue despertada
por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto,
apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas
afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecían brotar de
los sentimientos más sinceros.

Huberto aprovechó el momento para acercarse a ella y murmurar:

--No he podido conversar con usted; ¿cuándo volveré a verla? ¿Puedo
venir antes del miércoles próximo?

María Teresa lo miraba. ¡Qué elegante era, qué seductor! A pesar de la
intranquilidad de su corazón, hizo, sonriendo, un signo de cabeza
afirmativo, y le tendió la mano, la pequeña mano fuerte y confiada que,
si él era digno, le entregaría en breve, como esposa.

El salón, lleno de animación y alegría algunos minutos antes, quedó
solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban aún en el
aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.

La señora Aubry, que se había puesto a leer al lado del fuego, volviose
de pronto y vio a su hija sentada en un rincón, con aire pensativo.

--¿En qué piensas?--le preguntó.--No debes estar muy fatigada de tus
conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.

--Es cierto, mamá, estoy preocupada.

--Hace algún tiempo que me apercibo de eso, hija mía--dijo la señora
Aubry con ternura.--No he querido preguntarte nada; esperaba tus
confidencias.

--Tú lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazón, que muy pocas
cosas tengo que contarte, creo...

--Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... ¿Huberto Martholl te
gusta?

--Me gusta, madre querida...

--¿Y bien?

--Es que...

--Veamos, voy a ayudarte, querida mía; ¿sabes si tú le gustas a él?

--Sí... pero esta simpatía que siento por él ¿basta para que me case? No
sé todavía si lo amo; me halaga ver que se ocupa de mí más que de las
otras jóvenes, y me agradan mucho las galanterías que me dice. Esto es
todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha
sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado más sólidamente
nuestra atracción recíproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una
gran desilusión, te lo confieso, querida mamá.

--Entonces, reflexiona bien, hija mía. De la elección que hacemos,
depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no
te dejes influenciar por ninguna consideración fútil. El señor Martholl
parece una excelente persona, es de buena familia, reúne todas las
condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si tú te decides
en favor suyo, ninguna objeción tendremos que hacer, tu padre y yo;
nuestro único pesar sería, sin embargo, que el señor Martholl
permaneciese desocupado.

--¡También yo espero que no esté resuelto a pasarse toda la vida sin
hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres
para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.

La puerta acababa de abrirse; el señor Aubry entró. Al ver a su mujer y
a su hija, una sonrisa iluminó su rostro. María Teresa se precipitó
hacia él, y poniéndole su frente a besar:

--Buenas tardes, papá--le dijo.

--Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga mía. ¡Y bien! ¿qué tal ha
estado el primer miércoles?

--Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.

--¡Ah, ah! ¿ya? No pierde su tiempo ése; sospecho que tiene sus
motivos... ¿Se conserva siempre hermoso? ¿Tú no dices nada, María
Teresa?

--¡Sí, querido papá! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y
¿no tengo razón?--interrogó la joven con una linda sonrisa.

--Mi querida María Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo
modo. Si algún día tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad
del señor Martholl, no será seguramente por ese lado por el que
miraré... ¡Ah! preveo que esto sucederá dentro de poco tiempo; ¡está muy
apurado ese joven! Puede ser que también sea tu opinión, chicuela...
¿Qué debo contestarle? Tú me lo dirás ¿no es cierto?

Hubo un silencio. El señor Aubry se recostó en una poltrona; luego, al
cabo de algunos minutos, exclamó, desperezándose:

--Hijas mías, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable;
he hecho a la vez de patrón y de obrero. Este diablo de Juan,
demorándose en venir, me recarga la tarea. Es que él solo se ocupa de
todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.

--¿Y por qué no lo llamas, amigo mío? Haces mal en fatigarte de ese
modo.

--Querida mujer, por la sencilla razón de que Juan tiene que terminar un
buen trabajo en Alemania. Además--añadió sonriendo el señor Aubry,--hago
cuestión de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera,
¿no sería confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?

--Nunca creeremos eso, Pablo--dijo cariñosamente la señora Aubry,--pero
es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes
que puedes confiar en Juan.

--No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo ha
sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos
últimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.

--¡Qué entusiasmo, papá querido!

--Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito de ello.

Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba atentamente la cara de
su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.

--En fin--aconsejó,--no te fatigues; te encuentro algo cansado desde
hace algunos días, sobre todo hoy...

--¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no vayas ahora a
ponerte cavilosa.

Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente el brazo de
su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequeña, y agregó
alegremente:

--¡A la mesa, hijas mías!

Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se instaló
cerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu volaba lejos de lo
que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su
impaciencia, que no había podido disimular, de volver a ver a Huberto, y
en el placer mezclado de angustia que había experimentado al encontrarlo
siempre encantador, enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turno
se presentaron a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, de
Platel, de la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajo
bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huésped
de los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había dicho,
más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la
industria.»

¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la fortuna
por la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido educada en el
culto del trabajo y de la energía individual, ella, que admiraba la obra
de su padre, se había sentido ofendida por aquella disposición de
espíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con tanto desprecio de cosas
respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, debía haber
comprendido cuánto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre
¿no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que había ganado
¿no era más honorable aún por haber sido ganada en la industria con su
propio trabajo? Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esas
palabras insignificantes de que están sembradas las conversaciones
sociales.

--Es imposible--se repetía, queriendo convencerse a toda costa,--que un
ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su
propio mérito al «inútil,» cuyo único bagaje consiste en una línea de
abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.

Luego, poco a poco, olvidó este motivo de discordia y dejó volar su
fantasía recordando las manifestaciones del amor que el joven parecía
sentir hacia ella.




XI


La señora de Blandieres era muy amiga de infancia de la señora Aubry.
Huérfana y sin fortuna, se había casado muy joven con Héctor de
Blandieres, coronel retirado de caballería. Durante doce años tuvo que
dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una
vida monótona e incómoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le
sobrevino con la edad, había adquirido un carácter agrio y mostraba
gustos difíciles.

La muerte de su marido la libró de tales incomodidades. Deseando huir de
un lugar donde tanto había sufrido, abandonó el castillo de Blandieres,
lo vendió, y fue a instalarse en París, con la firme intención de
indemnizarse de los tristes años que había pasado. Arrendó un hermoso
departamento en la calle General Foy, y terminado su período de luto, se
lanzó al mundo con frenesí.

Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y
solicitada. Esta existencia de placeres la absorbió completamente.
Visitar mucho y recibir más aún, fue su única ocupación; sentía por la
vida social, verdadero fervor.

Ocupada únicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen
las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difícil
de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este
fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus
esfuerzos en las crónicas de los diarios relatando sus paseos y sus
recepciones; las líneas de elogios de los ecos sociales la halagaban,
aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la inserción. Esta
consideración, completamente secundaria para ella, no amenguaba su
satisfacción.

La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de
la señora Aubry, los salones de la señora de Blandieres presentaban un
magnífico aspecto, y la alegría era ya grande cuando los Aubry llegaron.
La primera persona que María Teresa percibió, fue a Huberto, quien,
semioculto detrás de una tapicería de Beauvais, no quitaba los ojos de
la puerta de entrada. La joven se sintió lisonjeada al verse así
esperada.

Martholl avanzó hacia ella en el momento en que, habiéndose quitado el
amplio abrigo de pieles, apareció, fresca y luminosa, con su vestido de
tul pálido.

--¿Sería indiscreto si le rogase que me reservara todos los
valses?--preguntó él, ofreciéndole el brazo.

--Sería algo más que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante
monopolio--respondió sonriendo María Teresa.--¿Cree usted que no
encontraré tan buenos bailadores como usted entre todos esos jóvenes?

--No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe
bien por qué espero bailar con usted sola esta noche...

Y mientras hablaba, con una presión suave de su brazo, sobre el cual se
apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia él. María Teresa, turbada,
trató de separarse un poco.

Huberto continuó:

--¿Quiere usted que la lleve donde están sus amigas? Hay allá, al
extremo de los salones, un rincón florido en el que esas señoritas han
establecido su cuartel general. Están hermosísimas esta noche; Mabel
d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; está usted maravillosa
con su toilette.

--Vaya--dijo María Teresa con coquetería,--no me haga tantos
cumplimientos al empezar la noche, no tendría nada que decirme a las dos
de la mañana.

--Tiene usted muy pobre idea de mi imaginación; ¿le parece que tan
pronto quedaré agotado? Además, la admiración que tengo por usted me
hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables
días e interminables noches.

--¿El talento de Scheherazade sería escaso al lado del suyo, entonces?

--No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar
durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiración
que yo.

Hablando

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