Bocetos californianos
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Title: Bocetos californianos
Author: Bret Harte
Release date: June 1, 2008 [eBook #25671]
Language: Spanish
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BIBLIOTECA DE «LA NACION»
FRANCISCO BRET HARTE
BOCETOS CALIFORNIANOS
TRADUCIDA POR
RAMÓN VOLART
BUENOS AIRES
1911
Reservados los derechos de traducción.
ÍNDICE
Melisa
El Hijo pródigo del señor Tomás
Magdalena
El Idilio de Red-Gulch
De cómo San Nicolás llegó a Bar Sansón
La suerte de Campo Rodrigo
El socio de Tennessee
Un pobre hombre
Los Desterrados de Poker Flat
Una Noche en Wingdam
Moreno de Calaveras
Carolina--Episodio de Fiddletown
De-Hinchú, el idólatra
A principios de 1902 falleció en Londres un americano cuya vida podría
parecer singular aun en su país natal, donde por cierto abundan los
hombres que se complacen en desafiar las circunstancias de una
existencia azarosa y llena de incertidumbre. Fue sucesivamente minero,
maestro de escuela, corrector de pruebas, tipógrafo, editor y
últimamente cónsul de los Estados Unidos en Glasgow y Londres. Quiso la
suerte que le diera por escribir, y entonces este hombre hizo lo que
debieran hacer todos los que se sienten con vocación o que creen
sentirla: se inspiró en un ambiente donde había vivido por muchos años,
y copió, o mejor, idealizó costumbres y figuras de ese ambiente, con
tanto arte y tanto talento que dejó admirado al mismo Dickens cuando
este gran novelista inglés leyó por primera vez _Los Desterrados de
Poker Flat_.
El lector habrá ya comprendido que aludimos a FRANCISCO BRET HARTE, el
novelista americano. No será inútil agregar que la muerte le sorprendió
a los 62 años, cuando estaba todavía en la plena actividad de su
espíritu, habiendo editado el año anterior _Under the Redwoods_ y otro
cuento _From Sandhill to Pine_.
A los catorce años emigraba de Albany, su ciudad natal, para California,
en busca de mejor fortuna. Era en la época de la fiebre del oro, y una
verdadera corriente humana se precipitaba en los valles de este
territorio en busca de Eldorado con su relativo Pactolo. Era por lo
general la hez del mundo esta que iba a la conquista del Vellocino.
Gente de antecedentes ignorados, pero resuelta y hecha como para el
género de vida que iba a emprender. En unos pocos años aquella sociedad,
bizarramente cosmopolita, hizo todo lo que en el resto de la tierra se
ha organizado poco a poco, a través de los siglos; esto es, se ordenó,
se dio una ley y una administración. Pero entretanto, en el comienzo
(justamente cuando BRET HARTE se hallaba en California), la única ley
fue la del más fuerte y las pendencias acababan a tiros, y quien podía
imponerse tenía razón. De aquí esa vida errabunda de los _placers_, esos
mineros que jugaban en una noche una fortuna ganada en tres meses, esos
juicios sumarios contra los que violaban la ley improvisada de los
campamentos, esos aventureros formidables, héroes de garitos y terribles
Don Juanes en un país y en una época en que los favores de las pocas
mujeres que se aventuraban a vivir en un ambiente como aquél, eran
disputados con el revólver. ¡Ay de los débiles y de los cobardes! Así
nace ese intrépido Oarkust, de una frialdad temeraria, bello como un
héroe griego. Así viven los personajes de BRET HARTE en esa sociedad
caótica, mitad aventureros y mitad hombres de bien, bandidos y mineros,
varones de voluntad indomable, duros, ásperos, acerados, dispuestos a
cualquier cosa en cualquier momento, y hasta a acciones generosas y
nobles también, en caso de presentárseles la ocasión.
Porque esto es especialmente digno de notar: una indefinida melancolía
se difunde sobre todos los personajes de BRET HARTE. Esa gente parece,
después de tanto roce brutal, y de tanto combate, tener una secreta
nostalgia de amores más puros y de ideales más elevados. De esa tosca y
en ese cieno brotan como pálidas flores del destierro, figuras
encantadoras de hombres, mujeres y niños. Hay amores quiméricos,
amistades salvajes, una necesidad de querer a alguien que todo un
campamento de mineros siente prepotentemente al adoptar al pequeño
Tommy, el hijo de una desgraciada, nacido en el abandono y en la infamia
en el Roaring Camp. Y esta poesía singular os penetra en lo más íntimo
del alma, por contraste con la aspereza de esas figuras endurecidas,
como quien, ante vosotros, inesperadamente, arrancase de un tosco
instrumento las más suaves y tiernas melodías.
Durante muchos años BRET HARTE esparció estas perlas de su talento en
las revistas americanas, especialmente en el _Overland Monthly_, por él
mismo editada. Rimó también con sentimiento exquisito, delicadas poesías
como los _Poemas del Este y el Oeste_. Pero a nuestro parecer, la nota
más alta y original de su obra son, precisamente, estos cuentos, que
constituyen la _cristalización literaria_--en el sentido
stendhaliano,--de la California de los tiempos heroicos, de la tierra
del oro, de la sangre y de las aventuras, que afortunadamente para la
civilización--pero quizá no para el arte,--ha cedido ante otra
California bucólica, comercial, donde se vive tan bien como en todas
partes, y que el corte del istmo de Panamá acercará a Europa de unos
veinte días.
MELISA
I
En el lugar en que empieza a ser menor el declive de Sierra Nevada y
donde la corriente de los ríos va siendo menos impetuosa y violenta, se
levanta al pie de una gran montaña roja, Smith's-Pocket[1]. Contemplado
desde el camino rojizo, a través de la luz roja del crepúsculo y del
rojo polvo, sus casas blancas se parecen a cantos de cuarzo desprendidos
de aquellos altos peñascos. Seis veces cada día pasa la diligencia roja,
coronada de pasajeros, vestidos con camisas rojas, saliendo de improviso
por los sitios más extraños, y desapareciendo por completo a unas cien
yardas del pueblo. A este brusco recodo del camino débese tal vez que el
advenimiento de un extranjero a Smith's-Pocket, vaya generalmente
acompañado de una circunstancia bastante especial. Al apearse del
vehículo, ante el despacho de la diligencia, el viajero, por demás
confiado, acostumbra salirse del pueblo con la idea de que éste se halla
en una dirección totalmente opuesta a la verdadera. Cuentan que los
mineros de a dos millas de la ciudad, encontraron a uno de estos
confiados pasajeros con un saco de noche, un paraguas, un periódico, y
otras pruebas de civilización y refinamiento, internándose por el camino
que acababa de pasar en coche, buscando el campamento de Smith's-Pocket,
y apurándose en vano para hallarlo.
Tal vez encontraría alguna compensación a su engaño en el fantástico
aspecto de aquella Naturaleza singular. Las enormes grietas de la
montaña y desmontes de rojiza tierra, más parecidos al caos de un
levantamiento primario geológico que a la obra del hombre; a media
bajada, un largo puente rústico parece extender su estrecho cuerpo y
piernas desproporcionadas por encima de un abismo, como el enorme fósil
de algún olvidado antediluviano. De tanto en tanto, fosos más pequeños
cruzan el camino, ocultando en sus sucias profundidades feos arroyos que
se deslizan hacia una confluencia clandestina con el gran torrente
amarillento que corre más abajo, y acá y acullá vense las ruinas de una
cabaña con la piedra del hogar mirando a los cielos y conservando sólo
intacta la chimenea.
El origen del campamento de Smith's-Pocket se debe al encuentro de una
bolsa en su emplazamiento por un cierto Smith. Este individuo sacó de
ella cinco mil dóllars, tres mil de los cuales gastaron él y otros
construyendo varias minas y trazando un acueducto.
Viose entonces que Smith's-Pocket no era más que una bolsa, expuesta,
como otras bolsas, a vaciarse, pues aunque Smith taladró las entrañas de
la gran montaña roja, aquellos cinco mil dóllars fueron el primero y
último fruto de su labor. Aquella montaña se mostró avara de sus dorados
secretos y la mina poco a poco fue tragando el resto de la fortuna de
Smith. Dedicose entonces éste a la explotación de cuarzo; después a
moler este mineral, luego a la hidráulica y a abrir zanjas, y
finalmente, por grados progresivos, a guardar un establecimiento de
bebidas. Luego se cuchicheó que Smith bebía mucho; pronto se supo que
Smith era un borracho habitual, y después la gente, según acostumbra,
pensó que jamás había sido nada bueno.
Afortunadamente, el porvenir de Smith's-Pocket, como el de la mayor
parte de los descubrimientos, no dependía de la suerte de su fundador, y
otros siguieron proyectando zanjas y encontrando bolsas, de manera que
Smith's-Pocket se convirtió en un campamento con sus dos quincallerías,
sus dos hoteles, su casa-correo y sus _dos primeras familias_. Con
frecuencia, su larga y única calle quedábase asombrada por la
importación de las modas de San Francisco, traídas expresamente para
estas primeras familias; esto hacía que la ultrajada naturaleza, en el
miserable lodazal de su surcada superficie, pareciese más fea aún,
humillando de este modo a la mayoría de la población para la que el
domingo trajo solamente la necesidad de limpieza, con una muda de ropa y
sin el lujo del adorno. Había también una iglesia metodista cerca de un
barranco; un poco más allá, en la falda de la montaña, una reducida
escuela, y, además, un camposanto.
El maestro de la escuela, sentado una noche sólo ante algunos cuadernos
abiertos y trazando con cuidado aquellos atrevidos y llenos caracteres
que se suponen ser el non plus ultra de la excelencia quirográfica y
moral, había llegado hasta «las riquezas engañan», y estaba floreando el
substantivo con una falta de sinceridad en el rasgueo, que corría
parejas con el espíritu del texto, cuando oyó golpear débilmente. Los
carpinteros trabajaban con el martillo, en el techo, durante todo el
día, y el ruido no le había estorbado el trabajo en lo más mínimo; pero
el abrir de la puerta y el golpear continuo desde el interior, hizo que
levantase los ojos. Al aparecer la figura de una niña sucia y
andrajosamente vestida, sobresaltose algo su espíritu. No obstante, sus
ojazos negros como el azabache, su ordinario y despeinado pelo mate,
cayendo sobre una cara tostada por el sol, sus descarnados brazos y pies
tiznados por el rojizo barro, todo le era conocido. Acababa de llegar
Melisa Smith, la niña sin madre, de Smith.
--¿Qué puede querer de mí?--pensó el maestro. Todo el mundo conoce a
Melisa, que así se la llamaba por toda la comarca del Red-Mountain;
todos la conocían por una chica indómita. Su temperamento díscolo e
ingobernable, sus locas extravagancias y carácter desordenado, eran tan
proverbiales a su manera como la historia de las debilidades de su
padre, y eran aceptadas por los vecinos con la misma filosofía. Discutía
y luchaba con los escolares con más aguda invectiva y brazo más poderoso
que cualquiera de éstos, y el maestro la había encontrado varias veces a
algunas millas de distancia, descalza, sin medias y con la cabeza
descubierta, en los senderos de la montaña, siguiendo las pistas con el
olfato y maña de un montañés. Los mineros de campamentos situados a lo
largo del riachuelo, proveían a su subsistencia, durante estas
peregrinaciones voluntarias, por medio de donativos ofrecidos de la
manera más sincera y generosa.
No es porque no se hubiese dispensado previamente a Melisa una
protección más amplia y decidida. El reputado predicador oficial,
reverendo Josué Mac Sangley, la había colocado de criada en un hotel,
para que empezara a adiestrarse, presentándola luego a sus discípulos en
la clase de los domingos. Mas el camino que se le había trazado era
demasiado estrecho para ella. De vez en cuando tiraba los platos al
fondista, respondía prontamente a los insípidos chistes de los
huéspedes, y producía en la clase del domingo una sensación tan en
absoluto contraria a la monotonía y placidez ortodoxa de aquellas
instituciones, que por respeto y deferencia a los almidonados delantales
y moral inmaculada de los dos niños de cara sonrosada y blanca de las
primeras familias, el reverendo señor no tuvo más remedio que
expulsarla.
Así era la figura y antecedentes de Melisa, al encontrarse en pie
delante del maestro; mostrábanse aquéllos tanto por el haraposo vestido,
el despeinado cabello y los sangrientos pies, que movían a compasión,
como por el brillo de sus grandes ojos negros, cuya fijeza producía una
extraña impresión.
--Si he venido aquí esta noche--dijo rápida y atrevidamente, fijando en
la de él su dura mirada,--es porque sabía que estaba usted solo; no
quería venir cuando estuvieran aquellas chicas. Las aborrezco y ellas me
aborrecen: he aquí la causa. Usted tiene escuela, ¿verdad? ¡Quiero
aprender!
El maestro que había escuchado hasta entonces aquellas palabras con
cierta impasibilidad, hubiera otorgado la indiferente limosna de la
compasión y nada más a aquella criatura desaliñada, si al poco donaire
de su destrenzado cabello y sucia cara, hubiese añadido la humildad de
las lágrimas; pero con el instinto natural aunque ilógico de sus
semejantes, su atrevimiento despertó en él algo de aquel respeto que
todas las naturalezas originales se tributan inconscientemente unas a
otras, en cualquier posición social, y la contempló con más fijeza a
medida que continuaba aún hablando rápidamente, con la mano en la aldaba
y la mirada fija en él:
--¡Me llamo Melisa, Melisa Smith! Le juro que es así. Mi padre es el
viejo Smith, el viejo Bumero Smith, éste es mi padre. Soy Melisa Smith y
me vengo a la escuela.
--¡Bueno! ¿Y qué?--dijo el maestro.
Acostumbrada a ser contrariada y a que se la opusieran a menudo, porque
sí y cruelmente, y sin otro fin que el de excitar los vivos impulsos de
su naturaleza, la tranquilidad del maestro la sorprendió en gran manera.
Callose; principió a retorcer entre los dedos un rizo de sus cabellos, y
la rígida línea del labio superior apretado sobre los perversos
dientecitos, suavizose, experimentando un ligero temblor. Dirigió la
vista al suelo, y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor al través
de las manchas de rojizo barro y de un asoleado cutis. De súbito, se
echó hacia adelante invocando a Dios para que la matara en el acto, y
desalentada e inerte cayó de cara contra el pupitre del maestro,
llorando y gimiendo, como una Magdalena.
El maestro la alzó suavemente esperando a que se le pasara el paroxismo
de la primera excitación. Cuando, volviendo aún la cara, repetía entre
sollozos el «mea culpa» de la penitencia infantil, «que no lo quería
hacer», ocurriósele al maestro preguntarle por qué había dejado la clase
dominical.
--¿Por qué he dejado la clase del domingo? ¿Por qué? ¡Ah, sí! ¿Qué
necesidad tenía él (Mac Sangley) de decirle que era mala? ¿Por qué le
decía que Dios la odiaba? ¿Si esto era verdad, de qué le servía ir a la
clase y aprender? _Ella_ no quería deber nada a nadie que la odiase.
Sí; ella le había dicho esto a Mac Sangley.
«Sí, se lo había dicho».
El maestro se rió. Su risa era franca, pero despertó un eco tan extraño
en la pequeña casa escuela y pareció tan inconsecuente y discorde con el
gemido de los pinos del exterior, que a ella siguió un suspiro, tan
sincero, a su manera, como la risa anterior.
Sucediose un momento de grave silencio, que el maestro fue el primero en
romper, preguntando a Melisa por su padre.
¿Su padre? ¿Qué padre? ¿El padre de quién? ¿Qué había hecho por ella?
¿Por qué la aborrecían las chicas? ¡Vamos! ¿Por qué, cuando pasaba, le
decía la gente: «¡la Melisa del viejo Bumero Smith!»? ¡Oh, sí, quisiera
estar ya muerta, completamente muerta, que todo el mundo estuviese
muerto! Y rompió de nuevo en sollozos.
El maestro, a quien la escena había conmovido algún tanto, inclinado
sobre ella, le dijo lo que usted o yo podíamos haber dicho después de
oír teorías tan poco naturales en boca infantil; pero, recordando sin
duda mejor que usted o yo lo poco naturales que eran también su
andrajosa indumentaria, sus sangrientos pies y la omnipresente sombra de
su borracho padre. Asiola ligeramente, envolviéndola con su pañuelo. La
encargó que viniera temprano a la mañana siguiente y la acompañó parte
del camino dándole las buenas noches.
La luna iluminaba brillantemente ante ellos el estrecho camino. El
maestro permaneció de pie contemplando la encogida y pequeña figura a
medida que se alejaba vacilante por el camino, aguardó hasta que hubo
pasado el pequeño camposanto y alcanzado la cima de la colina, en donde
se volvió y se detuvo un instante como un átomo de sufrimiento perfilado
entre las lejanas y apacibles estrellas que pueblan el infinito.
Después, el maestro volvió a su tarea, pero las líneas del cuaderno se
desarrollaban en largas paralelas del interminable camino, sobre el cual
parecían pasar, en la noche, figuras infantiles gimiendo y suspirando.
Entonces, pareciéndole la pequeña sala de la escuela más lúgubre y
comprimida que antes, cerró la puerta y regresó a su casa.
Al día siguiente, fue Melisa a la escuela. Se había lavado previamente
la cara, y su cabello negro y ordinario llevaba trazas de una reciente
pelea con el peine, en la cual, al parecer, ambos llevaban mala parte.
La mirada desafiadora brillaba de cuando en cuando en sus ojos, pero su
manera era más dócil y modesta. Entonces comenzó una serie de pequeñas
pruebas y de sacrificios mutuos, en los cuales maestro y alumna
obtuvieron partes iguales y que aumentaron su mutua simpatía. Aunque
obediente ante la mirada del maestro, a menudo, durante el asueto,
contrariada o irritada por un desprecio imaginario, Melisa rabiaba con
furia indómita, y más de una vez algún pequeño educando, que había
querido igualar con ella sus armas de combate, palpitante, con rasgada
chaqueta y arañado rostro, buscaba protección al lado del profesor.
Hubo sobre el asunto una seria división entre los vecinos; muchos
amenazaron con retirar a sus hijos de una compañía tan mala, y otros,
con el mismo calor, defendieron la conducta del maestro en su obra
educativa.
De este modo, con terca persistencia que más adelante, al considerar lo
pasado, le pareció firmeza, el maestro sacó poco a poco a Melisa de las
tinieblas de su pasada vida, como si no fuese más que su progreso
natural en el estrecho sendero por el cual la había encaminado en la
estrellada noche de su primitivo encuentro. Teniendo presente la
experiencia del evangélico, Mac Sangley evitó con cuidado y paciencia el
escollo sobre el cual, éste, poco adiestrado piloto, había hecho
naufragar la fe reciente de la niña. Si en el transcurso de la lectura
tropezaba casualmente con aquellas pocas palabras que han levantado a
sus semejantes sobre el nivel de los más viejos, más sabios y más
prudentes, si aprendía algo de una fe que está simbolizada por el
sufrimiento, y si la antigua llama se suavizaba en sus ojos, no era
nunca bajo la fuerza de una lección. Entre la gente más sencilla de
aquellos buenos colonos se reunió una pequeña suma, por medio de la cual
la haraposa Melisa pudo vestir la ropa de la decencia y de la
civilización, y con frecuencia un rudo apretón de manos y palabras de
franca aprobación y confortamiento de alguna de esas figuras arrugadas,
groseras y vestidas con la encarnada camisa, hacían acudir el rubor a
las mejillas del joven maestro y le obligaban a pensar si eran del todo
merecidos los plácemes y tributos que se le prodigaban.
Unos tres meses habían transcurrido desde la época de su primer
encuentro y el maestro estaba entregado una noche a sus copias morales y
sentenciosas, cuando se oyó llamar a la puerta y otra vez se vio a
Melisa delante de sí. Vestida con cierta extraña pulcritud, tenía la
cara limpia, y tal vez nada, excepto el largo cabello negro y los
brillantes ojos, podía recordarle la anterior aparición.
--¿Está usted ocupado?--preguntó.--¿Puede venir conmigo?
Y al significar aquél su asentimiento, con su antigua manera
voluntariosa y decidida, dijo:
--Venga pronto, pues.
Salieron precipitadamente, y penetraron en el oscuro camino. Al entrar
en el pueblo, el maestro le preguntó a dónde iban, y ella contestó:
--A ver a mi padre.
Por primera vez oía nombrarle con aquel título filial, o darle otro
fuera del de «viejo Smith» o bien de «el Viejo». Por primera vez, tres
meses, hablaba de él, y al maestro le constaba que le había evitado
resueltamente desde el cambio experimentado en la escuela. Pero
convencido por sus ademanes, sería por demás preguntarle sus
propósitos, la siguió pasivamente por sitios solitarios, por bajas
tabernas, restaurants y salones, por casas de juego y de baile; el
maestro, precedido por Melisa, entraba y salía como un autómata. Entre
el humo y los reniegos de los antros del vicio, la niña, asida de la
mano del maestro, se paraba mirando ansiosamente, tratando de descubrir,
al parecer inconsciente de todo, el objeto que buscaba y que absorbía
todos sus sentidos. Algunos bebedores, reconociendo a Melisa, llamaban a
la niña para que les cantara y bailara, y la hubieran obligado a beber a
no interponer el maestro su respetable autoridad. Otros, reconociéndole,
les hicieron paso silenciosamente. Así transcurrió bastante tiempo. La
niña le dijo entonces al oído, que del otro lado del torrente,
atravesado por una larga palanca, quedaba aún una cabaña donde pensaba
que podía estar. Marcharon en aquella dirección, durante media hora de
fatigosa caminata, pero inútilmente. Volvían ya sobre sus pasos por la
zanja, siguiendo el canal y contemplando las luces del pueblo en la
orilla opuesta, cuando de pronto sonó agudamente en el fresco aire de la
noche un disparo de arma de fuego, que el eco se encargó de reproducir
varias veces en torno de Red-Mountain, haciendo que los perros ladraran
a lo lejos. Las luces del pueblo parecieron vibrar y moverse rápidamente
por algunos momentos. El riachuelo hirvió a su lado en borbotones
tumultuosos; algunas piedras se desprendieron de la cuesta y cayeron
ruidosamente en el agua; un fuerte viento pareció sacudir las ramas de
los fúnebres pinos, y luego el silencio se restableció más de lleno, más
profundo y más lúgubre. Entonces el maestro volviose hacia Melisa con un
movimiento instintivo de protección, pero la niña había desaparecido
entre las sombras. Impulsado por un extraño terror, corrió rápidamente
camino abajo hacia el lecho del río, y saltando de roca en roca, alcanzó
la aldea. Una vez en el centro de Red-Mountain y en las cercanías del
estribo de la palanca, miró hacia arriba y detuvo el aliento con temor;
pues en lo alto, sobre la estrecha tabla, vio la pequeña y aérea figura
de su compañera de poco ha, cruzando rápidamente como una aparición.
Subió nuevamente la orilla, y guiado por algunas luces que se movían en
torno de un punto fijo de la montaña, encontrose pronto rodeado de una
multitud de hombres sombríos y presa de profundo terror. De en medio de
la multitud salió la niña, y tomándole de la mano, le condujo
silenciosamente delante de lo que parecía ser un profundo boquete en la
montaña. Melisa tenía la cara lívida, pero su excitación había
desaparecido y su mirada era como la de una persona a quien algún
suceso, por largo tiempo esperado, hubiese acontecido; expresión que al
maestro, en su atolondramiento, le parecía casi como de alivio. Allí
delante aparecía una cabaña cuyo techo aguantaban dos maderos
apolillados. La niña señaló un montón como de vestidos andrajosos,
deshechos y echados en el agujero por el último habitante de la misma.
El maestro se aproximó y a la luz de una antorcha se inclinó sobre
ellos. Era el cuerpo inerte de Smith con la pistola en la mano y la bala
en el corazón, tendido al lado de su _bolsa_ vacía.
II
El juicio que Mac Sangley aventuró con referencia al cambio de
sentimientos que supuso haber experimentado Melisa, había ganado
terreno, y muchos pensaron que Melisa había dado con el filón de una
buena conducta. Así es que, cuando se hubo añadido una nueva tumba al
pequeño cercado, y a expensas del maestro se colocó en ella una lápida
con su correspondiente inscripción: «_La Bandera de la Red-Mountain_»,
se portó como buena e hizo lo que debía respecto de la memoria de uno de
«nuestros más antiguos zapadores», refiriéndose graciosamente a aquel
«tósigo de las más nobles inteligencias», y relegando generosamente al
olvido el pasado «de nuestro querido hermano». «Llora hoy su pérdida una
hija única, decía _La Bandera_, que es ahora una alumna ejemplar gracias
a los esfuerzos del reverendo Mac Sangley.» En verdad, el reverendo Mac
Sangley hacía gran caso de la conversión de Melisa, y atribuyendo
indirectamente a la desgraciada niña el suicidio de su padre, se
permitió intencionadas alusiones a los efectos beneficiosos de la
«silenciosa tumba», y en tan alegre contemplación redujo la mayor parte
de los niños a un estado de horror tan grande que fue causa de que los
vástagos de las primeras familias guardasen en clase silencio tal, que
bien lo hubiese querido el maestro para todo el año.
El largo y cálido verano no se hizo esperar. A medida que cada ardiente
día se consumía en pequeñas neblinas color gris perla en las cimas de
las montañas, y la naciente brisa esparramaba rojas cenizas sobre el
panorama, la verde alfombra que la temprana primavera había tendido por
encima de la tumba de Smith, se marchitó hasta secarse por completo.
Todos los domingos por las tardes, al entrar el maestro por el
camposanto, se sorprendía de encontrar arrojadas allí algunas flores
silvestres, tomadas en el húmedo pinar, como también toscas guirnaldas
prendidas de la pequeña cruz de madera. Algunas de aquellas guirnaldas
estaban formadas de hierbas odoríferas, de esas que las niñas gustan de
guardar en su pupitre, aquí y acullá, enlazadas con las plumas del bacai
de la vainilla y de la anémona silvestre, el maestro reparó en la
capucha azul oscuro de la adormidera o acónito venenoso. Instintivamente
y al asociar la vista de esta planta con aquellos recuerdos, experimentó
el maestro una sensación capaz de contrarrestar el efecto estético que
primero había sentido.
Un día, al dar un largo paseo por la silvestre sierra, topó en el
corazón del bosque con Melisa, sentada sobre un derribado pino, como
sobre un tronco fantástico formado por los colgantes penachos de
siniestras ramas, con la falda llena de hierbas y de piñas, y
canturreando para sí una de las negras melodías que en aquel preciso
momento había recordado. Dando muestras de franca simpatía, le hizo
lugar en su elevado trono, y con aire hospitalario y aun de protección,
con ser el maestro tan terriblemente serio, le colmó de piñones y frutas
silvestres. Aprovechó el maestro aquella oportunidad para explicarle las
propiedades nocivas del acónito, cuyos oscuros capullos veía en su
falda, y arrancó de ella la promesa de no tocar flores de aquella
planta, en tanto que fuese alumna suya. Después, habiendo puesto a
prueba su integridad, se quedó satisfecho, desvaneciéndose el extraño
sentimiento que antes le había sobrevenido.
De entre los hogares que se le abrieron a Melisa cuando se supo su
conversión, el maestro prefirió el de la señora Morfeo, un ejemplar
femenino y bondadoso de la flora del Sudoeste, conocido en su mocedad
por el apodo de «Rosa de la Pradera». Era la señora Morfeo uno de
aquellos seres que luchan resueltamente contra su propia naturaleza, por
medio de una larga serie de actos de lucha y de abnegación, habiendo
subyugado, por fin, su disposición, naturalmente descuidada, hasta tener
principios de «orden», que, al igual que el señor Pope, consideraba como
«la primera ley moral». Pero no podía gobernar del todo las órbitas de
sus satélites por regulares que fuesen sus propios movimientos, y hasta
su mismo «Jaime», tenía a veces con ella frecuentes choques. Su antigua
naturaleza afirmábase de nuevo en su descendencia. Licurgo huroneaba a
deshora en la alacena, y Arístides venía de la escuela a casa sin
zapatos, dejando tan importantes artículos en el umbral para tener el
placer de hacer un viaje por el légamo de las zanjas a pies desnudos.
Octavia y Casandra eran descuidadas en sus vestidos. Así, que, por más
que la «Rosa de la Pradera» hubiese espaldado, podado y disciplinado su
propio y ya maduro temperamento, los retoños crecieron a porfía, bravíos
y desparramados con una sola excepción. Esta única excepción la
constituía Sofía Morfeo, de quince años de edad y que realizaba la
concepción inmaculada de su madre, nítida, ordenada, y de inteligencia
calma y reposada.
La señora Morfeo tenía la amorosa debilidad de imaginarse que Sofía era
un consuelo y un ejemplo para Melisa, y siguiendo esta sofistería, la
señora Morfeo sacaba a Sofía a colación ante Melisa, cuando ésta era
mala, presentándola a la niña como modelo reverente en sus momentos de
contrición. De modo que no se extrañó el maestro cuando supo que Sofía
iría a la escuela evidentemente tan sólo como un favor para el maestro y
como un ejemplo para Melisa y todos los educandos, pues Sofía era ya
toda una señorita, como suele decirse. Como heredera de las cualidades
físicas de su madre, y en obediencia a las leyes climatológicas de la
región de Red-Mountain, la muchacha entraba en eflorescencia prematura.
La juventud de Smith's-Pocket, para quien esta especie de flor era
escasa, suspiraba por ella en abril, languidecía en mayo y la soñaba
todo el año. Serios hombrecitos rondaban la escuela a la hora de salida
y hasta algunos estaban celosos de Mac Sangley.
Quizá esta última circunstancia fue la que abrió los ojos de éste a una
observación. No le fue difícil notar que Sofía era romántica; que en la
clase necesitaba de mucha atención, que sus plumas eran siempre malas y
necesitaban cortarse; que acompañaba generalmente la súplica con cierto
éxtasis en la mirada, que no guardaba relación con el servicio que
verbalmente pedía; que a veces toleraba que las curvas de su rollizo y
torneado brazo blanco reposaran sobre el del maestro cuando estaba
escribiendo sus muestras, y que cuando tal hacía se ruborizaba y echaba
hacia atrás los rizos de sus blondos cabellos. No recuerdo si he dicho
que el maestro era joven, cosa, de todas maneras, de poca trascendencia.
Educado severamente en la escuela en que Sofía dio sus primeras
lecciones, a pesar de todo resistió como un hermoso y joven espartano,
las flexibles curvas y fascinadoras miradas, en cuyo ascetismo tal vez
pudo contribuir lo exiguo de la comida que tomaba. Por lo general,
evitaba a Sofía; pero una tarde, cuando ella volvió a la escuela en
busca de algo que había olvidado y no encontró hasta que el maestro se
encaminó a su casa con ella, quizá trató de hacerse particularmente
agradable, en parte, según imagino, para que su conducta añadiera hielo
y amargura a los ya desbordados corazones de los platónicos admiradores
de Sofía.
A la mañana siguiente de este sentimental episodio, Melisa no fue a la
escuela. Llegó el mediodía, pero no Melisa. Interrogada Sofía sobre el
asunto, dijo que habían salido juntas hacia la escuela, pero que la
voluntariosa Melisa había tomado otro sendero. Por la tarde el mismo
misterio, y al llegar la noche vio el maestro a la señora Morfeo, cuyo
corazón maternal estaba realmente sobresaltado. La señora Morfeo había
pasado todo el día buscándola, sin hallar traza que pudiera ayudar al
descubrimiento de la fugitiva. Arístides fue llamado como presunto
cómplice, pero aquel honrado muchacho consiguió convencer a la familia
de su inmaculada inocencia. La señora Morfeo alimentaba la viva
esperanza de que aún hallaría a la niña ahogada en una zanja, o lo que
casi era tan terrible, cubierta de lodo, manchada y sin esperanza de que
por medio de jabón y agua volviera a su primitivo estado. El maestro
volvió a la escuela con el corazón contristado. Al encender su lámpara y
sentarse en el pupitre, encontró ante sí una esquela, a él dirigida. La
tomó en sus manos rápidamente, no tardando en reconocer la letra de
Melisa. Parecía estar escrita en una hoja arrancada de un viejo libro de
notas, y al efecto de evitar alguna indiscreción sacrílega, estaba
cerrada con seis obleas rotas. Abriéndola casi tiernamente, el maestro
leyó lo siguiente:
«Honorable señor: Cuando lea esto, habré huido, para nunca más volver.
¡Jamás, jamás, jamás! Puede usted regalar mis abalorios a María Juanita,
y mi Orgullo de América (un cromo pintarrajeado de una caja de tabaco) a
Florinda Flanders. Pero le encomiendo no dé nada a Sofía Morfeo. No lo
haga por lo que más quiero. ¿Sabe usted cuál es mi opinión sobeo ella?
Pues, ésta: Que es detestable. Esto es todo, y nada más por hoy de su
respetuosa servidora,--_Melisa Smith_.»
Después de haber leído esta extraña epístola, el maestro quedó
meditabundo, hasta que la luna alzó su brillante faz por encima de los
montes e iluminó el camino que conducía a la casa escuela, camino
endurecido con el ir y venir de los menudos pies de los educandos.
Enseguida, más satisfecho, hizo trizas la misiva y esparció por el suelo
los pequeños pedazos.
Al día siguiente, al amanecer, se levantó rápidamente, abriose camino al
través de los helechos a modo de palmeras, y del espeso matorral del
pinar, asustando a la liebre en su madriguera y despertando la
malhumorada protesta de algunos grajos calaveras, que al parecer habían
pasado la noche en orgía; así llegó a la selvática cumbre donde una vez
había hallado a Melisa. Encontró allí el derribado pino de enlazadas
ramas, pero el trono estaba vacío. Acercose más, y algo que parecía ser
un animal asustado, moviose por entre las crujientes ramas del árbol y
corriose hacia arriba de los extendidos brazos del caído monarca, y
amparándose en algún follaje amigo. El maestro, subiendo al viejo
asiento, encontró el nido caliente aún, y mirando a lo alto hacia las
enlazadas ramas, se halló con los ojos negros de Melisa. Se miraron en
suspenso. Melisa fue la primera en hablar.
--¿Qué quieres?--preguntó secamente.
El maestro se había preparado su plan de batalla.
--Quiero algunas manzanas silvestres--dijo en tono humilde.
--No las tendrás; vete. ¿Por qué no las pides a Sofía?--Y parecía que
Melisa se desahogaba al expresar su desprecio por sílabas adicionales al
título ya algo dilatado de su tentadora compañera.--¡Eres muy malo!
--Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probado
bocado. ¡Estoy muerto de hambre!
Y el joven, en un estado de inanición extraordinario, apoyose contra el
primer árbol que encontró delante.
El corazón de Melisa se enterneció. En los días amargos de su vida de
gitana, había conocido la sensación que él tan mañosamente fingía.
Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha,
dijo:
--Cava bajo el árbol, cerca de las raíces, y encontrarás muchas; pero
cuidado en decirlo.
Melisa tenía, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero,
naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablemente
porque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba a
inquietarse. Por fin, le miró de soslayo al través de las hojas, a la
manera de un hada, y preguntó:
--Si bajo y te doy algunas, ¿me prometes mantenerte a distancia?
El maestro asintió.
--¡Así te mueras si lo haces!
El maestro aceptó resignadamente tan terrible maldición.
Melisa se deslizó del árbol, y durante algunos momentos no se oyó más
que el mascar de piñones.
--¿Estás mejor?--preguntó con cierto interés.
El maestro, dándole gravemente las gracias, confesó que se iba
reanimando, y entonces comenzó a volverse por donde había venido. Como
lo esperaba, no se había alejado mucho cuando ella le llamó. Volviose.
Ella estaba allí, de pie, pálida, con lágrimas en los ojos.
El maestro comprendió que había llegado el momento oportuno. Acercándose
a ella le tomó ambas manos, y contemplando sus húmedas pupilas, dijo en
tono insinuante al par que grave:
--Melisita, ¿te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Me
preguntaste si podías asistir a mi escuela, pues querías aprender algo y
ser más buena, y yo te dije...
--Ven--dijo la niña con presteza.
--¿Qué dirías _tú_ si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese que
estaba triste sin su pequeña alumna, y que estaba deseoso de que
volviera con él para enseñarle a ser más bueno?
Melisa bajó silenciosamente la cabeza por algunos instantes. El maestro
esperaba con impaciencia.
Dando descomunales saltos, una liebre corrió hasta cerca de la pareja, y
alzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sentó
y los contempló. Una bulliciosa ardilla se deslizó por medio de la
corteza resquebrajada de un pino derribado, y se quedó allí parada.
--Te estamos esperando, Melisita--dijo el maestro en voz baja, y la niña
se sonrió.
Las cimas de los árboles se balanceaban, movidas por el céfiro, y un
largo rayo de luz se abrió camino entre las enlazadas ramas, dando de
lleno en la indecisa cara, sorprendiéndola en una mueca de irresolución.
De pronto, agarró con su habitual ligereza la mano del maestro. Balbuceó
algunas palabras, apenas perceptibles; pero el maestro, separando de su
frente el negro cabello, la besó, y así, asidos de la mano, salieron de
las húmedas y perfumadas bóvedas del bosque por el abierto camino bañado
en la luz matinal.
III
No tan malévola en su trato respecto a los demás alumnos, Melisa
conservaba todavía, una actitud ofensiva respecto a Sofía. Quizá el
elemento de los celos no estaba apagado del todo en su apasionado y
pequeño corazón. Quizá sería tan sólo que las redondas curvas y la
rolliza silueta, ofrecen una superficie más extensa y apta para el roce.
Pero como que tales efervescencias estaban bajo la autoridad del
maestro, su enemistad a veces tomaba una forma nueva que no se dejaba
reprender.
Mac Sangley, en su primer juicio del carácter de la niña no pudo
concebir que jamás hubiese poseído una muñeca. Y es que el maestro,
parecido a muchos otros perspicaces observadores, estaba más seguro en
los raciocinios _a posteriori_ que en los _a priori_. Melisa tenía
muñeca, pero era propiamente la muñeca de Melisa una reproducción en
pequeño de ella misma. Por una casualidad, descubrió la señora Morfeo el
secreto de su poco grata existencia. Como compañera que había sido de
las excursiones de Melisa, llevaba señales evidentes de los sufrimientos
y peripecias pasadas. La intemperie y el barro pegajoso de las zanjas
borraron prematuramente su color primitivo. Era en un todo el retrato de
Melisa en pasados tiempos. Su única falda roja, ajada, estaba sucia y
harapienta, como lo había sido la de la niña. Jamás se había oído a
Melisa aplicarla cualquier término infantil de cariño. Nunca le enseñaba
en presencia de otros niños. Severamente acostada en el hueco de un
árbol cercano a la escuela, sólo le estaba permitido hacer ejercicio
durante las excursiones de Melisa, quien, cumpliendo para con su muñeca,
como lo hacía consigo misma, un severo deber, aquélla no conocía lujo
de ningún género.
Se le ocurrió a la señora Morfeo, obedeciendo a un laudable impulso,
comprar otra muñeca que regaló a Melisa. La niña la recibió curiosa y
gravemente. Al contemplarla el maestro un día, creyó notar en sus
redondas mejillas encarnadas y mansos ojos azules, un ligero parecido a
Sofía. En seguida se echó de ver que Melisa había reparado también en el
mismo parecido; de consiguiente, cuando se veía sola, le golpeaba la
cabeza de cera contra las rocas, la arrastraba a veces con una cuerda
atada al cuello, al ir y volver del colegio, y otras, sentándola en su
pupitre, convertía en acerico su cuerpo paciente e inofensivo.
No me meteré a discutir si hacía aquello en venganza de lo que ella
consideraba una nueva e imaginaria intrusión de las excelencias de
Sofía, o porque tuviese como una intuición de los ritos de ciertos
paganos, y entregándose a aquella ceremonia fetichista, imaginara que el
original de su modelo de cera desfallecería para morirse más tarde. Esto
sería un arduo problema de metafísica muy difícil de resolver.
El maestro no pudo menos de observar, a pesar de esas incongruencias
morales, el trabajo de una percepción rápida y vigorosa, propia de una
inteligencia sana. Melisa no conocía ni el titubear ni las dudas de la
niñez. Las contestaciones en clase estaban ligeramente impregnadas de
insólita audacia. Claro que no era infalible, pero su valor y aplomo en
lanzarse en honduras por las que no habrían osado bogar los tímidos
nadadores que la rodeaban, suplían los errores del discernimiento. Los
niños, por lo visto, en cuanto a esto, no valen más que las personas
mayores; pues siempre que la pequeña mano encarnada de la niña se erguía
por encima del pupitre para pedir la palabra, reinaba el silencio de la
admiración, y el mismo maestro estaba a veces oprimido por una duda de
su propio criterio y experiencia.
No obstante, ciertas particularidades que en un principio le entretenían
y divertían su imaginación, comenzaron a afligirle, y graves dudas
asaltaron su conciencia. No podía ocultársele que Melisa era vengativa,
irreverente y voluntariosa, que sólo tenía una facultad superior propia
de su condición semisalvaje, la facultad del sufrimiento físico y de la
abnegación, y otra, aunque no muy constante, atributo de fiera nobleza,
la de la verdad. Melisa era a la vez intrépida y sincera; dos cosas que
en aquel carácter venían a reducirse a una sola.
Meditó mucho el maestro sobre este particular y había llegado a la
conclusión ordinaria de aquellos que piensan sinceramente, a saber: que
él era esclavo de sus propias preocupaciones, cuando determinó visitar
al reverendo Mac Sangley para pedirle consejo y parecer. Claro que esta
decisión humillaba su orgullo, pues él y Mac Sangley no estaban en muy
buena armonía. Pero el pensamiento de Melisa se sobrepuso en él, y en la
noche de su primer encuentro, y tal vez con la superstición perdonable
de que la mera casualidad no había guiado sus pies hacia la escuela, y
con la conciencia satisfecha de la rara magnanimidad de su acción,
venció su antipatía y se avistó con el reverendo.
Mac Sangley se alegró de la visita en grado sumo. Observó, además, que
el maestro tenía buen semblante, y esperaba verle curado de la neuralgia
y del reumatismo. También le había molestado a él con un sordo dolor,
desde la última entrevista, pero tenía de su parte la resignación y el
rezo, y callándose un momento, a fin de que el maestro pudiese escribir
en su libro de memorias una receta que le dictó para curar la sorda
intermitencia, el señor Mac Sangley acabó por informarse de la
respetable señora Morfeo.
--Ornato y prez de la cristiandad es tan buena señora, y su tierna y
hermosa familia prospera--añadió el reverendo,--Sofía está perfectamente
educada, y es tan atenta como cariñosa.
Las buenas prendas y cualidades de Sofía parecían afectarle hasta tal
extremo, que se extendió en consideraciones sobre ellas un buen lapso de
tiempo. El maestro viose doblemente confuso. De un lado, resultaba un
contraste violento para la pobre Melisa, en toda aquella alabanza de
Sofía, y de otro, este tono confidencial le desagradaba al hablar de la
primogénita de la señora Morfeo; así es que el maestro, después de
algunos esfuerzos fútiles por decir algo natural, creyó conveniente el
recordar otro compromiso y se fue sin pedir los informes, pero en sus
reflexiones posteriores, daba injustamente la culpa al reverendo señor
Mac Sangley de no habérselos procurado.
Este hecho colocaba de nuevo al maestro y a la alumna en la estrecha
comunión de antes. Melisa pareció reparar el cambio en la conducta del
maestro, forzada desde hacía algún tiempo, y en uno de sus cortos paseos
vespertinos, deteniéndose ella de repente, y subiendo sobre un tronco de
árbol, le miró de hito en hito con ojos insinuantes y escudriñadores.
--¿No está usted loco?--dijo con un sacudimiento interrogativo de todo
su cuerpo.
--No.
--¿Ni fastidiado?
--No.
--¿Ni hambriento? (El hambre era para Melisa una enfermedad que podía
atacarle a uno en cualquier ocasión).
--No.
--¿Ni pensando en ella?
--¿En quién, Melisita?
--En aquella chica blanca. (Este fue el último epíteto inventado por
Melisa, que era muy morenita, para indicar a Sofía, cuya blancura
competía con la de la nieve).
--No.
--¿Me da usted palabra? (frase con que se sustituyó el «así murieses»
por sabio consejo del maestro.)
--Sí.
--¿Y por su sagrado honor?
--Sí.
Entonces Melisa le dio un beso salvaje, saltó del árbol y se escapó
volando. En los dos o tres días que siguieron se dignó parecerse más a
los niños en general, y llevar más buena conducta.
Habían transcurrido ya dos años desde la llegada del maestro a
Smith's-Pocket y como su sueldo no era grande y las perspectivas de
Smith's-Pocket, para convertirse eventualmente en capital del Estado, no
parecían del todo positivas, hacía tiempo que meditaba un cambio de
situación. Privadamente, había descubierto ya sus intenciones a los
patronos de la escuela; pero, siendo en aquel tiempo escasos los jóvenes
de un carácter moral intachable, consintió en continuar el curso hasta
la próxima primavera, pasando así todo el invierno. Nadie conocía su
intención excepto su único amigo, un tal doctor Duchesne, joven médico
criollo, conocido de la gente de Wingdam por _Duchesny_. Jamás lo
comunicó a la señora Morfeo, ni a Sofía, ni menos a los alumnos que
asistían a sus clases. Esta reserva tenía su explicación en la antipatía
constitucional a enredar, sobre todo en el deseo de ahorrarse las
preguntas y conjeturas de la curiosidad vulgar y de que nunca creía que
iba a hacer algo hasta el momento que lo había puesto en práctica.
No le gustaba pensar en Melisa. Quizá por un instinto egoísta se
esforzaba en figurarse su sentimiento por la niña como necio, romántico
y poco práctico. Incluso quiso convencerse de que sus adelantos serían
mayores bajo la dirección de un maestro más viejo y más riguroso.
Melisa tenía entonces once años, y de allí a pocos más, según las leyes
de Red-Mountain, sería una mujer. Después de todo, él había cumplido con
su deber. Cuando murió Smith, dirigió cartas a los parientes de éste y
recibió contestación de una hermana de la madre de Melisa; dando las
gracias al maestro, le manifestaba su intención de abandonar con su
marido los Estados del Atlántico en dirección a California, dentro de
poco tiempo. El maestro fundó con esto un ligero castillo en el aire,
imaginando acaso fundar la casa de Melisa; pues era fácil creer que una
mujer cariñosa y simpática podría guiar mejor su caprichosa naturaleza.
Pero, cuando el maestro le leyó la carta, Melisa escuchola como quien
oye llover, la recibió sumisamente y después recortola con sus tijeras
en figuras que representaban a Sofía, rotuladas _la niña blanca_, para
evitar errores, y que plantó sobre las paredes exteriores del edificio.
El verano tocaba a su fin, y la última cosecha había pasado de los
campos al granero, cuando el maestro pensó también recoger por medio de
un examen los maduros frutos de las tiernas inteligencias que se habían
puesto bajo su cultivo y dirección. Así es que los sabios y gente de
profesión de Smith's-Pocket se reunieron para sancionar aquella
tradicional costumbre de poner a los niños en violenta situación y de
atormentarles como a los testigos delante del Tribunal. Como de
costumbre, los más audaces y serenos fueron los que lograron obtener
los honores del triunfo y ver coronada su frente con los laureles de la
victoria. El lector imaginará que Melisa y Sofía alcanzaron la
preeminencia y compartían la atención del público. Melisa, con su
claridad de percepción natural y confianza en sí misma; Sofía, con el
plácido aprecio de su persona y la perfecta corrección en todas sus
cosas. Los otros pequeñuelos eran tímidos y atolondrados. Como era de
esperar, la prontitud y el despejo de Melisa, cautivaron al mayor número
y provocaron el unánime aplauso. La historia de Melisa había
inconscientemente despertado las más vivas simpatías de una clase de
individuos, cuyas formas atléticas se apoyaban contra las paredes y
cuyas bellas y barbudas caras atisbaban con inusitada atención. Sin
embargo, la popularidad de Melisa se hundió por una circunstancia
inesperada. Mac Sangley se había invitado a sí mismo y disfrutaba la
agradable diversión de asustar a los alumnos más tímidos con las
preguntas más vagas y ambiguas, dirigidas en un tono grave e imponente;
Melisa se había remontado a la astronomía, y estaba señalando el curso
de nuestra manchada bola al través del espacio y llevaba el compás de la
música de las esferas describiendo las órbitas entrelazadas de los
planetas, cuando Mac Sangley se levantó y dijo con su voz gutural:
--¡Melisa! Está usted hablando de las revoluciones de esta tierra y de
los movimientos del sol y creo ha dicho que esto se efectúa desde la
creación, ¿no es verdad?
Melisa lo afirmó desdeñosamente.
--Bueno, ¿y es esto cierto?--exclamó Mac Sangley, cruzándose de brazos.
--Sí--dijo Melisa, apretando con fuerza sus labios de coral.
Las hermosas figuras de las barandas se inclinaron más hacia la sala, y
una cara de santo de Rafael, con barba rubia y dulces ojos azules,
pertenecientes al mayor bribón de las minas, se volvió hacia la niña y
le dijo muy quedo:
--¡Mantente firme, Melisa!
Mac Sangley, que hasta aquel momento había tenido fija la mirada en
Melisa, dio un profundo suspiro, echó primero al maestro y después a los
niños una mirada de compasión, y luego posó su vista sobre Sofía. La
niña levantó nuevamente su regordete y blanco brazo, cuyo seductor
contorno realzaba un brazalete modelo, chillón y macizo regalo de uno de
sus más humildes admiradores, que llevaba gracias a la solemnidad del
día. Reinó un silencio sepulcral. Las redondas mejillas de Sofía eran
sonrosadas y suaves, los grandes ojos de Sofía eran muy brillantes y
azules, y la muselina blanca del trajo escotado de Sofía descansaba
muellemente sobre sus hombros blancos y rollizos. Sofía miró al maestro
y el maestro asintió con la cabeza. Entonces Sofía dijo con dulce voz:
--¡Josué mandó al sol que se parase y le obedeció!
Un sordo murmullo de aplauso se oyó por todos los ámbitos de la
escuela, pintose una expresión triunfal en la cara de Sangley, una grave
sombra en la del maestro, y una cómica mirada de contrariedad irradió de
las ventanas. Melisa hojeó rápidamente su astronomía y cerró el libro
con estruendo. Y con un gemido de Mac Sangley, estallaron murmullos de
asombro en la clase y un aullido desde las ventanas, cuando Melisa
descargó su sonrosado puño sobre el pupitre con esta revolucionaria
manifestación:
--¡Es una maldita impostura! ¡No lo creo!
IV
La larga estación de las lluvias tocaba ya a su término. Bandadas de
pájaros inundaban los campos, y la primavera mostraba nueva vida en los
hinchados capullos, y en los impetuosos arroyos. Los pinares despedían
el más fresco aroma. Las azaleas brotaban ya y los ceanothus preparaban
para la primavera su librea de color morado. En la ladera meridional del
Red-Mountain, la larga espiga del acónito se lanzaba hacia arriba desde
su asiento de anchas hojas y de nuevo sacudía sus campanillas de azul
oscuro en el suave declive de las cimas. Una alfombra de verde y mullida
hierba, ondulaba sobre la tumba de Smith esmaltada de brillantes botones
de oro, y salpicada por la espuma de un sin fin de margaritas. El
pequeño camposanto había recogido en el pasado año nuevos habitantes, y
nuevos montículos se elevaban de dos en dos a lo largo de la baja
empalizada hasta alcanzar la tumba de Smith, dejando junto a ella un
espacio. La superstición general la había evitado y el sitio al lado de
Smith esperaba morador.
Varios carteles fijados en los muros del pueblo participaban que, dentro
de un breve plazo, una célebre compañía dramática representaría, durante
algunos días, una serie de sainetes para desternillar de risa; que,
alternando agradablemente con éstos, daríase algún melodrama y
diversiones a granel. Como es natural, estos anuncios ocasionaron un
gran movimiento entre la gente menuda y eran tema de agitación y de
mucho hablar entre los alumnos de la escuela. El maestro había prometido
a Melisa, para quien esta clase de placer era sagrado y raro, que la
llevaría, y en la importante noche del estreno el maestro y Melisa
asistieron puntualmente.
El estilo dominante de la función era el de la penosa medianía; el
melodrama no fue bastante malo para reír ni bastante bueno para conmover
los espíritus. Pero, el maestro, volviéndose aburrido hacia la niña,
sorprendiose y sintió algo como vergüenza, al reparar en el efecto
singular que causaba en aquella naturaleza tan sensible. Sus mejillas se
teñían de púrpura a cada pulsación de su palpitante corazoncillo; sus
pequeños y apasionados labios se abrían ligeramente para dar paso al
entrecortado aliento; sus grandes y abiertos ojos se dilataron y se
arquearon sus cejas frecuentemente. Melisa no rió ante las sosas
mamarrachadas del gracioso, pues Melisa raras veces se reía; ni tampoco
se afectó discretamente, hasta acudir al extremo de hacer uso de su
pañuelo blanco, como Sofía, la del tierno corazón, que estaba hablando
con su pareja y al mismo tiempo mirando de soslayo al maestro, para
enjugar alguna lágrima. Pero cuando se terminó el espectáculo y el
pequeño telón bajó sobre las reducidas tablas, Melisa suspiró
profundamente y se volvió hacia la grave cara del maestro, con una
sonrisa apologética y cansado gesto.
--Ahora, vámonos a casa--insinuó.
Y bajó los párpados de sus negros ojos, como para ver una vez más la
escena en su imaginación virgen.
Al dirigirse a casa de la señora Morfeo, el maestro creyó prudente
ridiculizar la función de arriba abajo.
--No me extrañaría--dijo--que Melisa creyese que la joven que tan
bellamente representa lo hace en serio, enamorada del caballero del rico
traje, y aun suponiendo que estuviere enamorada de veras, sería una
desgracia.
--¿Por qué?--dijo Melisa, alzando los caídos párpados.
--¡Oh! Porque con el salario actual no puede mantener a su mujer y pagar
sus bonitos vestidos a tanto por semana, y, además, porque, casados, no
tendrían tanto sueldo por los papeles de amantes. Esto, con tal--añadió
el maestro--que no estén ya casados con otras; sospecho que el marido
de la bella Condesita recibe los billetes a la entrada, alza el telón, o
despavila las luces, o hace alguna otra cosa de igual refinamiento y
distinción. Por lo que respecta al joven del vestido bonito, que lo es,
realmente ahora, y debe costar a lo menos de dos y medio a tres pesos no
contando para nada aquel manto de droguete encarnado, del cual conozco
el precio, pues compré de él una vez para mi cuarto; en cuanto a este
joven, Melisa, no es mal chico, y si bien bebe de vez en cuando, creo
que la gente no debiera aprovecharlo para criticarlo tan acerbamente y
echarlo en el lodo, ¿verdad? Puedes creerme que podría deberme durante
mucho tiempo dos pesos y medio, antes no se lo echase en cara como en
Wingdam lo hizo la otra noche aquel hombre.
Melisa había tomado la mano del maestro entre las suyas, procurando
mirarle a los ojos, pero el joven los mantuvo desviados con firmeza.
Melisa tenía una vaga idea de la ironía, permitiéndose a veces una
especie de humor sardónico, que se manifestaba por igual en sus acciones
y en su manera de hablar. Pero el joven continuó de este talante, hasta
que hubieron llegado a casa de la señora Morfeo y hubo depositado a
Melisa bajo su cuidado maternal. Se le ofreció descanso y un refresco
que rehusó, restregándose los ojos, para evitar las miradas de sirena de
los ojos azules de Sofía, excusose y se fue derecho a casa.
Durante los dos o tres días siguientes al arribo de la compañía
dramática, Melisa iba tarde a la escuela, y a causa de la ausencia de
su constante guía, el paseo usual del maestro la tarde del viernes, fue
por una vez omitido. Al retirar el joven sus libros, preparándose para
abandonar la escuela, sonó a su lado una infantil voz:
--¿Con su permiso?
El maestro se volvió y encontrose con Arístides Morfeo.
--¿Qué ocurre?--dijo el maestro con impaciencia,--¡digan! ¡Pronto!
--Bueno, señor, yo y Hugo creemos que Melisa se va a escapar nuevamente.
--¡Cómo! ¿Qué significa esto, caballerito?--dijo el maestro con el
injusto enojo con que siempre recibía las noticias que no le eran
gratas.
--Melisa, señor, no se queda nunca en casa, y Hugo y yo la vemos hablar
con uno de aquellos cómicos y en este momento está con él, y, además,
ayer nos dijo a Hugo y a mí que podía echar un discurso tan bien como la
señorita Celestina Montemoreno, y se puso a declamar...
Y el niño se calló, como asustado.
--¿Qué cómico?--exclamó el maestro.
--Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler de
oro... y cadena de oro--dijo Arístides, poniendo períodos en lugar de
comas para poder dar paso a su respiración.
El maestro sintió una opresión desagradable en el pecho y en la
garganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se salió a
la calle. Arístides trotaba a su lado, esforzándose en igualar el paso
de sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando éste se paró
de repente y Arístides dio con él un fuerte topetazo.
--¿Dónde estaban hablando?--preguntó, como siguiendo la conversación.
--En la Arcada--dijo Arístides.
Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo.
--Ve corriendo a casa--dijo al niño.--Si Melisa está allí, ven a la
Arcada y dímelo, y si no está quédate en ella; ¿oyes?
Y Arístides se escapó al trote de sus cortas piernecillas, desplegando
toda su velocidad.
A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocido
un largo e irregular edificio, conteniendo taberna, salón de billar y
restaurant. Al cruzar el joven la plaza, observó que dos o tres
transeúntes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente durante
un buen trecho. Arreglose el vestido, sacó el pañuelo y se enjugó la
cara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna había
su habitual número de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente.
Una cara le miró tan fijamente y con expresión tan extraña, que el
maestro se paró, encarándose con él, y entonces vio que no era más que
su propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizo
creer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tomó de una
mesa un número de _La Bandera de Red-Mountain_, y trató de recobrar su
serenidad, leyendo la sección anunciadora.
Atravesó luego la taberna, el restaurant y entró en la sala de billar.
Melisa no estaba allí. De pie, al lado de una de las mesas, había un
individuo que llevaba en la cabeza un sombrero de hule con anchas alas,
que el maestro reconoció en seguida por el agente de la compañía
dramática. Era un hombre eminentemente antipático por la manera de
llevar la barba y el pelo. En vista de que el objeto de su cuidado no
estuviese allí, se volvió hacia el hombre del sombrero negro. Este había
reparado en el maestro, pero con la astucia común en la cual siempre se
estrellan los caracteres vulgares, afectó no verle. Contoneándose con un
taco en la mano, aparentaba apuntar a una bola en el centro del billar.
El maestro permaneció de pie delante de él, hasta que alzó los ojos. En
el momento que sus miradas se cruzaron, el maestro fuese a su encuentro
derechamente.
Cuando principió a hablar, algo se le fue subiendo a la garganta que
retardaba su palabra; su propia voz le asustó; tan profunda y vibrante
sonaba. Pero moderó sus impulsos pues quería a toda costa evitar un
escándalo.
--He sabido--principió,--que Melisa Smith, una huérfana, una de mis
alumnas, ha estado tratando con usted para seguir su profesión. ¿Es esto
exacto?
El hombre del sombrero de azabache se inclinó de nuevo sobre la mesa, y
como si jugara, de un golpe vigoroso de taco lanzó la bola contra la
tabla con absoluta falta de lógica. Después, dando la vuelta a la mesa,
recogiola y la colocó en su punto primitivo. Hecho esto, y preparándose
para otra jugada, dijo:
--Supongamos que así sea.
El maestro se atascó de nuevo, pero, haciendo un íntimo esfuerzo que
quizá trascendió al exterior, continuó:
--Si es usted caballero, únicamente tengo que decirle que soy su tutor y
responsable de su educación. Usted sabe, tan bien como yo, la clase de
vida que pretende ofrecer a un corazón virgen y henchido de ilusiones.
Por poco que se haya usted enterado, tiene que saber que la he sacado de
una existencia peor que la muerte, la he arrancado del lodo de las
calles y quizá de una futura corrupción. Estoy tratando de hacerlo otra
vez. Tenemos que hablar formalmente, pues las circunstancias así lo
exigen. La niña no tiene padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. ¿Es
que usted trata de sustituir a alguna de estas personas?
El cómico examinó la punta de su taco y miró después en torno, con aire
displicente, y hasta en sus labios pareció dibujarse una sonrisa
sardónica.
--Sé que es una niña extraña y voluntariosa--continuó el maestro,--pero
es mejor de lo que era. Me parece que aún tengo alguna influencia sobre
ella. Así es que le ruego y espero que no tome más cartas en este
asunto, sino que, como hombre y como caballero, no ose estorbarla en su
camino. Además, tengo grandes deseos...
Aquí las palabras se atravesaron otra vez en la garganta del maestro, y
la frase quedó entrecortada.
El hombre del negro chambergo, interpretando mal el silencio del
maestro, alzó la cabeza con una risa irónica y salvaje y exclamó:
--¿La quiere para usted sólo, verdad? ¡Ni una palabra más!
El tono en que había pronunciado aquellas palabras, la mirada de que
habían ido acompañadas, y, más que todo, la naturaleza del hombre que se
atrevía a soltar tamaño insulto, hirieron como una saeta la dignidad del
joven preceptor. La retórica que mejor convence a esta clase de
animales, es un golpe. Poseído el maestro de esta verdad, y encontrando
ya sólo de este modo expresiva la acción, hizo acopio de toda su energía
para dar a puño cerrado en el cínico rostro de aquel malvado.
El golpe echó a rodar por un lado el reluciente chambergo y el taco por
otro, y arrancó el guante y la piel de la mano del maestro; destrozó los
ángulos de la boca del patán y echó a perder la forma particular de su
barba de un modo lamentable. Oyose un grito, una imprecación, una pelea,
y el pisotear de mucha gente. La muchedumbre penetró apresuradamente en
la sala, se separó a derecha e izquierda y sonaron dos tiros que se
oyeron casi al mismo tiempo. Se arrojaron todos sobre los contrincantes,
y se vio al maestro de pie, sacudiéndose con la mano izquierda los tacos
encendidos, de la manga de su chaqué. Alguien le detenía por la otra
mano. Mirósela y vio que todavía sangraba del golpe, pero entre sus
dedos lucía una hoja de acero. No pudo recordar cuándo ni cómo vino a su
poder.
La persona que le sujetaba por la mano, era el señor Morfeo, que
arrastró al maestro hacia la puerta, pero éste se resistía y se esforzó
en articular el nombre de «Melisa», tan bien como lo permitía su boca
contraída y convulsa.
--Todo va bien, hijo mío--dijo el señor Morfeo.--Está en casa.
Y juntos salieron al camino. Durante el trayecto, el señor Morfeo le
dijo que Melisa había entrado corriendo en la casa algunos momentos
antes, y le había arrancado de ella, diciendo que mataban al maestro en
la Arcada. Con el deseo de estar solo, el maestro prometió al señor
Morfeo que no buscaría otra vez aquella noche al agente y se alejó en
dirección al colegio. Al acercarse a él se asombró de hallar la puerta
abierta, y aún más de encontrarse a Melisa acurrucada detrás de una
mesa.
El carácter del maestro, como lo he indicado antes, tenía al igual que
la mayor parte de las naturalezas de excesiva susceptibilidad, su base
de egoísmo. La cínica burla proferida por su reciente adversario, bullía
aún en su espíritu. Probablemente, pensó, otros darían semejante
interpretación a su afecto por la niña, tan vivamente demostrado, y que
aun sin esto, su acción era necia y quijotesca. Y, además, ¿no había
ella voluntariamente olvidado su autoridad y renunciado a su afecto? ¿Y
qué habían dicho todos? ¿Cómo es que sólo él se empeñaba en combatir la
opinión de todos para tener finalmente que confesar tácitamente la
verdad de cuanto se le había predicho? Había provocado una ordinaria
reyerta de taberna, con un quídam soez y villano, y arriesgado su vida
para probar ¿qué? ¿Qué es lo que había probado? ¡Nada! ¿Qué dirían sus
amigos? Y, sobre todo, ¿qué diría el reverendo señor Sangley?
La última persona a quien en estas reflexiones hubiera querido
encontrar, era Melisa. Con aire de contrariedad dirigió sus pasos hacia
su pupitre, y le dijo en breves y frías palabras, que estaba ocupado y
que deseaba estar solo. Levantada, Melisa, tomó la silla abandonada y
sentándose a su vez, escondió su cabeza entre las manos. Alzó de nuevo
la vista, y ella permanecía aún allí, de pie; le estaba mirando a la
cara con expresión contristada y pesarosa.
--¿Le has muerto?--exclamó.
--¡No!--dijo el maestro.
--¿Pues no te di yo el cuchillo para eso?--dijo la niña rápidamente.
--Me dio el cuchillo--repitió el maestro maquinalmente.
--Sí, te di el cuchillo. Yo estaba allí debajo del mostrador. Vi cuándo
comenzó la lucha y cómo cayeron los dos. Él soltó su viejo cuchillo y yo
te lo di. ¿Por qué no le mataste?--dijo Melisa, rápidamente, con un
centellear expresivo de sus negros ojos y alzando una mano amenazadora.
El maestro sólo pudo expresar su asombro con la mirada.
--Sí--dijo Melisa,--si lo hubieses preguntado, te hubiera dicho que me
iba con la compañía de cómicos. ¿Sabes por qué? Porque no me quisiste
decir que ibas a dejarme tú a mí. Yo lo sabía, te oí decírselo al
doctor. Yo no iba a quedarme aquí sola con los Morfeo, preferiría morir.
Hubo una pequeña pausa y Melisa sacó de su pecho algunas hojas verdes,
ya marchitas, y mostrándolas con el brazo tendido, y con su rápido y
vívido lenguaje y con la extraña pronunciación de su primitiva infancia,
en que reincidía en los momentos de excitación, dijo:
--Ahí tienes la planta venenosa que mata y que tú mismo me enseñaste. Me
iré con los actores o comeré esto y moriré aquí. Todo me es igual. No me
quedaré donde me aborrecen y soy despreciada. Tampoco me dejarías, si no
me despreciases y aborrecieses.
Y, esto diciendo, su apasionado pecho palpitó con fuerza y dos grandes
lágrimas aparecieron en el borde de sus párpados, pero las sacudió con
el extremo de su delantal, como si fuesen insectos inoportunos.
--Si me encierras en la cárcel--dijo Melisa fieramente,--para separarme
de los actores, me envenenaré. Si mi padre se mató, ¿por qué no puedo
hacerlo yo también? Dijiste que un bocado de aquella raíz me mataría y
siempre la llevo aquí.
Y golpeó su pecho con fiereza.
Por la imaginación del joven maestro pasó la vista del lugar vacío al
lado de la tumba de Smith, y el porvenir del débil ser que temblando de
pasión tenía ante sí, inquietó vivamente su espíritu. Asiole ambas manos
entre las suyas, y mirándola de lleno en sus sinceros ojos, le dijo:
--¿Melisita, quieres venirte _conmigo_?
Melisa le echó los brazos al cuello, y dijo, llena de alegría:
--Sí.
--Pero ahora, ¿esta noche?
--Tanto mejor.
Agarrados de las manos salieron al camino, al estrecho camino por el que
una vez la habían conducido sus cansados pies a la puerta del maestro, y
que parecía no deber pisar sola ya más. Miriadas de estrellas
centelleaban sobre sus cabezas. Para el bien o para el mal, la lección
había sido aprovechada, y detrás de ellos la escuela de Red-Mountain se
cerró para siempre, dejando un rastro imperdurable.
EL HIJO PRÓDIGO DEL SEÑOR TOMÁS
Todo el mundo sabía que el señor Tomás andaba en busca de su hijo, y por
cierto que era éste un buen truhán.
Así es que no fue un secreto para sus compañeros de viaje, que venía a
California con el único objeto de efectuar su captura. Sinceramente y
con toda franqueza, nos puso el padre al corriente así de las
particularidades físicas, como de las flaquezas morales del ausente
hijo.
--¿Relataba usted de un joven que ahorcaron en Red-Dog por robar un
filón?--decía un día el señor Tomás a un pasajero del vapor.--¿Recuerda
usted el color de sus ojos?
--Negros--contestó el pasajero.
--¡Ah!--dijo el señor Tomás, como quien consulta un memorándum
mental,--los ojos de Carlos eran azules.
Y alejábase inmediatamente. Quizá por tan poco simpático sistema de
pesquisas o por aquella predisposición del Oeste, a tomar en broma
cualquier principio o sentimiento que se exhiba con sobrada
persistencia, las investigaciones del señor Tomás sobre el particular
despertaron el buen humor de los viajeros del buque.
Circulose privadamente entre ellos un anuncio gratuito sobre el tal
Carlos, dirigido a _Carceleros y Guardianes_, y todo el mundo recordó
haber visto a Carlos en circunstancias dolorosas, pero en favor de mis
paisanos debo confesar que, cuando se supo que Tomás destinaba una
fuerte suma a su justificado proyecto, sólo en voz baja siguieron las
bromas, y nada se dijo, mientras él pudo oírlo, que fuera capaz de
contristar el corazón de un padre, o bien de poner en peligro el
provecho que podían esperar los bromistas de toda calaña. La proposición
de don Adolfo Tibet, hecha en tono jocoso, de constituir una compañía en
comandita, con el objeto de encontrar al extraviado joven, obtuvo, en
principio, favorable acogida.
Psicológicamente considerado, el carácter de el señor Tomás no era
amable ni digno de atención. Sus antecedentes, tal como él mismo los
comunicó un día en la mesa, denotaban un temperamento práctico, aun en
medio de sus extravagancias. Tuvo una juventud y edad madura ásperas y
voluntariosas, durante las cuales había enterrado a disgustos a su
esposa, y obligado a embarcarse a su hijo, experimentó de repente una
decidida vocación para el claustro.
--La agarré en Nueva Orleáns el año 59--nos dijo el señor Tomás, como
quien se refiere a una epidemia.--¡Pásenme las chuletas!
Tal vez este temperamento práctico fue el que lo sostuvo en su
indagación aparentemente infructuosa. No tenía en su poder indicio
alguno del paradero de su fugitivo hijo, ni mucho menos pruebas de su
existencia. Con la confusa y vaga memoria de un niño de doce años,
esperaba ahora identificar al hombre adulto.
Sin embargo, lo consiguió. Lo que no dijo jamás es cómo se salió con la
suya. Hay dos versiones del suceso. Según una de ellas, el señor Tomás,
visitando un hospital, descubrió a su hijo, gracias a un canto
particular, que entonaba un enfermo delirante, soñando en su edad
infantil. Esta versión, dando como daba ancho campo a los más delicados
sentimientos del corazón, se hizo muy popular, y narrada por el
reverendo señor Esperaindeo al regreso de su excursión por California,
jamás dejó de satisfacer a los oyentes. La otra, menos sencilla, es la
que yo adoptaré aquí, y, por lo tanto, debo relatarla con la detención
que se merece.
Era después que el señor Tomás desistió de buscar a su hijo entre el
número de los vivos y se dedicaba al examen de las necrópolis y a
inspeccionar cuidadosamente las frías lápidas de los cementerios. Un
día, visitaba con cuidado la Montaña Aislada, lúgubre cima, bastante
árida ya en su aislamiento original, y que parece más árida aún por los
blancuzcos mármoles con que San Francisco da asilo a los que fueron sus
ciudadanos, y los protege de un viento furioso y persistente, que se
empeña en esparcir sus restos, reteniéndolos bajo la movediza arena que
parece rehusar cobijarlos. Contra este viento, el viejo oponía una
voluntad no menos férrea y tenaz. Todo el día se pasaba con su cabeza
dura y gris, cubierta por un alto sombrero enlutado, hundido hasta las
cejas, leyendo en alta voz las inscripciones funerarias. Las citas de
las Santas Escrituras le gustaban y se complacía en corroborarlas con
una Biblia manual.
--Aquélla es de los salmos--dijo un día al cercano enterrador.
El interpelado calló.
Sin inmutarse en lo más mínimo, el señor Tomás se deslizó en la abierta
fosa, entablando un interrogatorio más decidido.
--¿Ha tropezado usted alguna vez en su profesión con un tal Carlos
Tomás?
--¡El diablo se lleve a Tomás!--replicó el enterrador fríamente.
--Si no tenía religión creo que ya lo habrá hecho--respondió el viejo,
trepando fuera de la tumba.
Quizá diera esto ocasión a que el señor Tomás tardara más tiempo del
ordinario en salir del cementerio. Al regresar de frente hacia la
ciudad, principiaron a brillar ante él las luces, y un viento impetuoso,
que la neblina hacía sensible, ya le impelía hacia adelante, ya como
puesto en acecho le atacaba enfadosamente desde las desiertas calles de
los suburbios. En uno de estos recodos otra cosa no menos indefinida y
malévola, se arrojó sobre él con una blasfemia, encarándole una pistola
y requiriéndole la bolsa o la vida. Pero se encontró con una voluntad
de hierro y una muñeca de acero: agresor y agredido rodaron agarrados
por el suelo; en el mismo instante, el viejo se irguió, tomando con una
mano la pistola que había podido arrebatar y con la otra sujetando con
el brazo tendido la garganta de un joven de hosco y salvaje semblante,
que pretendía deshacerse con esfuerzos sobrehumanos.
--Joven--dijo el señor Tomás, apretando sus delgados labios.--¿Cómo se
llama usted?
--¡Tomás!
La férrea mano del anciano resbaló desde la garganta al brazo de su
prisionero, aunque sin disminuir la presión con que le tenía asido.
--Carlos Tomás, ven conmigo--dijo luego.
Y llevose a su cautivo al hotel en que se hospedaba.
Lo que tuvo lugar allí no ha trascendido fuera, pero a la mañana
siguiente se supo que el señor Tomás había dado con el hijo pródigo.
Sin embargo, ni la apariencia de los modales del joven justificaban a un
perspicaz observador la anterior narración. Serio, reservado y digno,
entregado en cuerpo y alma a su recién encontrado padre, aceptó los
beneficios y responsabilidades de su nueva condición con cierto aire de
formalidad, que se asemejaba al que hacía falta a la sociedad de San
Francisco y que ella arrojaba de sí. Algunos quisieron despreciar esta
cualidad como una tendencia a «cantar salmos», otros vieron en esto las
cualidades heredadas del padre, y estaban dispuestos a profetizar para
el hijo la misma dura vejez; pero todo el mundo convino en que era
compatible con los hábitos de hacer dinero, en los cuales padre e hijo
habían coincidido de un modo singular.
Y, no obstante, el anciano parecía que no era feliz.
Quizá porque la realización de sus deseos le había dejado sin una misión
práctica; tal vez, y esto es lo más probable, sentía poco amor por el
hijo que había con tanta fortuna recobrado. La obediencia que de él
exigía, le era otorgada de buen grado; la conversión en que había puesto
su alma entera, fue completa, y, a pesar de todo, nada de esto le
satisfacía su espíritu. Había cumplido con todos los requisitos de su
deber religioso al redimir a su hijo, y, no obstante, parecíale que
faltaba algo a su brillante acción. En semejante duda, leyose la
parábola del Hijo Pródigo, que no había perdido nunca de vista en su
peregrinación, y observó que había omitido el festín final de
reconciliación. No parecía ofrecérsele nada mejor a la deseada cualidad
del ceremonioso sacramento entre él y su hijo; de manera, que un año
después de la aparición de Carlos, se preparó a darle un banquete
suntuoso.
--Reúne, llama a todo el mundo, Carlos--dijo solemnemente,--para que
todos sepan que te he sacado de los abismos de la iniquidad y de la
compañía de los cerdos y de las mujeres perdidas, y mándales que coman,
beban y se regocijen.
No sé si el anciano tenía para esto otro motivo, no analizado todavía.
La hermosa casa que había mandado construir sobre las arenosas colinas,
parecíale a veces solitaria y triste. A menudo, sorprendíase a sí mismo,
tratando de reconstruir con las graves facciones de Carlos las de aquel
niño cuyo vago recuerdo tanto le ocupó en el pasado y que tanto hoy le
preocupaba. Imaginábase que era ésta señal de que se le acercaba la
vejez y con ella una nueva infancia.
Un día, en su sala de ceremonias dio de manos a boca con un niño de uno
de los criados, que se aventuró a llegar hasta allí, y quiso tomarle en
sus brazos: pero el niño huyó ante su hosco y arrugado semblante. Por
todo esto, pareciole muy pertinente reunir en su casa la buena sociedad
de San Francisco, y de entre aquella exposición de doncellas elegir la
compañera de su hijo. Después tendría un nieto, un niño a quien criar
desde el principio y a quien amaría, como no amaba a Carlos.
Inútil es decir que todos fuimos al convite. Aquella distinguida
sociedad vino provista de aquella exuberancia de animación, alegría y
locuacidad, sin freno ni respeto alguno para el anfitrión, que la mayor
parte distribuyó del modo más generoso posible, principalmente a costa
de los festejados. La cosa hubiera terminado con escándalo, a no
pertenecer los actores a la más alta escala social.
En efecto, el señor Tibet, dotado por naturaleza de ingenioso humorismo
y excitado además por los brillantes ojos de las muchachas Jonnes, se
portó de una manera tal, que atrajo las serias miradas de don Carlos
Tomás, quien se le acercó, diciendo casi al oído:
--Parece que se siente usted malo, señor Tibet; permítame que le
conduzca a su carruaje. (Resiste, perro, y te echaré por la ventana).
Por aquí, si gusta; la habitación está caldeada y quizá podía
perjudicarle.
Inútil es decir que sólo una parte de este discurso fue perceptible para
la sociedad y que el resto lo divulgó el señor Tibet, sintiendo en el
alma que su repentina indisposición le privase de lo que la más
excéntrica de las señoritas Jonnes, bautizó con el nombre «el ramillete
final de la fiesta», y que voy a referir.
El acontecimiento se guardaba para el final de la cena. Probablemente el
señor Tomás hacía la vista gorda ante la desordenada conducta de la
gente joven, abstraído en la meditación del efecto dramático que tenía
en incubación.
En el momento de levantarse los manteles, púsose de pie y golpeó
solemnemente sobre la mesa. Entre las muchachas Jonnes, se inició una
tosecita que contagió todo aquel lado de la mesa. Carlos Tomás, desde un
extremo de aquélla, alzó la mirada con tierna expectación.
--Va a cantar un himno.
--Va a rezar.
--¡Silencio! ¡que es un discurso!
Estas voces dieron vuelta a la sala.
Y el señor Tomás empezó:
--Hoy hace un año, hermanos y hermanas en Jesucristo--dijo con severa
pausa,--un año cumple hoy, que mi hijo regresó de correr los lodazales
del vicio y de gastar su salud con las hijas del pecado.
La risa cesó de golpe.
--Véanle ahora, ¡Carlos Tomás, levántate!
Carlos Tomás obedeció.
--Hoy hace un año y ahora pueden contemplarle.
A la verdad, era un hermoso hijo pródigo, allí de pie, con su severo
traje de última moda. Un pródigo arrepentido, con ojos tristes y
obedientes, vueltos hacia la dura y antipática mirada del autor de sus
días.
La señorita Smith, un capullo de quince años, sintió en las puras
profundidades de su loquillo corazón un movimiento de involuntaria
simpatía hacia él.
--Quince años hace que abandonó mi casa--dijo el señor Tomás,--hecho un
pródigo y un libertino. ¡Pero yo mismo era un hombre de pecado!... ¡Oh,
amigos en Jesucristo! Un hombre de ira y de rencor.--(«Amén»--añadió la
mayor de las Jonnes). Pero, alabado sea Dios, he huido de mi propia
cólera. Cinco años ha que obtuve la paz que supera a la humana
comprensión. ¿La tienen ustedes, amigos?
Un subcoro de «no, no», por parte de las muchachas, y un «venga el santo
y seña» por la del teniente de navío, Coxe, de la corbeta de guerra de
los Estados Unidos, _El Terror_, sirvieron de contestación.
--«Llamad y se os abrirá». Y cuando descubrí lo errado de mi camino y
la preciosidad de la gracia--continuó el señor Tomás,--vine a darla a mi
querido vástago. Busqué por mar y por tierra sin desmayar. No esperé que
él viniera a mí, lo cual podría haber hecho, justificándome con el libro
de los libros en la mano, sino que le busqué en el cieno, entre los
cerdos, y... (el final de la frase se perdió por el roce de los vestidos
de las señoras al retirarse). Obras, hermanos en Jesucristo, es mi
divisa; «por sus obras los conoceréis» y ahí están las mías, que todos
pueden juzgar a la luz del día.
Y, al decir esto, el señor Tomás, gesticulando y haciendo extrañas
muecas, miraba fijamente hacia una puerta abierta que daba a la terraza,
atestada hacía poco de criados mirones y convertida ahora en escena de
un tumulto infernal.
En medio del ruido, cada vez creciente, un hombre, miserablemente
vestido y borracho como una sopa, se abrió paso por entre los que se le
oponían, y penetró en la sala con paso nada seguro. El brusco cambio
entre la neblina y la oscuridad de fuera, y el resplandor y el calor de
dentro, lo deslumbraron, así es que en su estupor quitose el estropeado
sombrero y lo pasó una o dos veces ante sus ojos, mientras se sostenía,
aunque con poca seguridad, contra el respaldo de un sofá. De pronto, su
errante mirada cayó sobre la pálida fisonomía de Carlos Tomás, y con un
destello de infantil inteligencia y una débil risa de falsete, echose
hacia adelante, agarrose a la mesa, hizo caer los vasos, y, finalmente,
se dejó caer sobre el pecho del joven.
--¡Carlos! ¡Caramba de truhán! ¿qué tal?
--¡Silencio! ¡Siéntate! ¡Calla!--dijo Carlos Tomás, forcejeando
rápidamente por desembarazarse del abrazo de su inoportuna visita.
--¡Mírenlo!--continuó el forastero, sin hacer caso del aviso y con la
mayor despreocupación.
Y en tono de amorosa y expresiva admiración, y reteniendo al pobre
Carlos con vacilante muñeca, lleno de ternura, prosiguió:
--¡Contemplen, pues, a este pillastre! ¡Carlos, así Dios me condene,
estoy orgulloso de ti!
--¡Salga usted de casa!--dijo el señor Tomás, levantándose con la
amenazadora y fría mirada de sus ojos grises, y haciendo acopio de
autoridad.--Carlos, ¿cómo te atreves?...
--¡Cálmate, vejete! Carlos, ¿quién es ese tío, vamos? ¡Corre!
--¡Cállate, insensato! ¡Vamos, toma esto!--Y con mano nerviosa Carlos
Tomás llenó de licor una copa.--Bebe y vete, hasta mañana... en
cualquier parte, pero déjanos; vete en seguida y déjanos en paz.
Pero antes de que el miserable pudiera beber, el anciano, pálido de
rabia, precipitose sobre el intruso, y asiéndolo con sus poderosos
brazos y arrastrándolo a través del grupo de asustados comensales que
los rodeaban, alcanzó la puerta abierta de par en par por los criados,
cuando Carlos Tomás exclamó, con un grito angustioso:
--¡Deténgase!
Parose el anciano. A través de la puerta, abierta de par en par, la
neblina y el viento llevaron al interior una oleada de frío.
--¿Qué significa esto?--preguntó, volviendo hacia Carlos su colérico
rostro.
--¡Nada! Pero, deténgase, se lo suplico... Aguarde hasta mañana, pero no
esta noche. No lo haga. Se lo ruego. Por el amor de Dios, no haga usted
eso.
En el tono de la voz del joven, o tal vez en el contacto del miserable
que luchaba entre sus poderosos brazos, había un no sé qué indefinible y
extraño. Sea como fuere, un terror confuso e indefinible se apoderó del
corazón del anciano, que murmuró con voz salvaje:
--¿Quién es este sujeto?
Carlos no contestó.
--¡Atrás todos!--gritó con voz de trueno el señor Tomás a los convidados
que lo rodeaban.--¡Carlos, ven aquí! Yo te lo mando, yo... yo... yo...
yo te ruego... me digas quién es este hombre. Ahora mismo.
Dos personas, tan sólo, oyeron la contestación que salió, débil y
quebrantada, de los labios de Carlos Tomás:
--ES SU HIJO.
* * * * * * *
Al día siguiente, cuando el sol había rebasado las áridas colinas de
arena, los convidados habían desaparecido de los festivos salones del
señor Tomás. Las luces ardían aún pálidas y tristes en los desiertos
salones, y en medio de este abandono, sólo tres personas se acurrucaban
apretadas en un ángulo de la fría sala, formando confuso montón. La una,
tendida en un canapé, dormía el sueño de la borrachera; sentábase a sus
pies el que hemos conocido por Carlos Tomás, y junto a ambos, encogida y
rebajada a la mitad de su tamaño encorvábase la figura del señor Tomás,
la mirada hosca, los codos sobre las rodillas y tapándose con las manos
los oídos, como para evitar la voz triste y suplicante que parecía
llenar los ámbitos de la habitación.
--Bien sabe que no empleé voluntariamente artificio alguno para engañar
a usted. El nombre que di aquella noche fue el primero que me vino a las
mientes; precisamente el nombre de uno a quien creí muerto; el del
disoluto compañero de mi vida de libertino. Cuando más tarde me
interrogó usted, empleé el conocimiento que de él había adquirido, para
enternecer su corazón y ganarlo para una vida honrada. ¡Juro que
únicamente fue por esto! Y cuando me dijo quién era, vi por primera vez
abrirse ante mí una nueva vida... entonces... entonces... ¡oh, señor!
sí, estaba hambriento, desnudo y sin recurso, cuando iba a robar su
bolsillo; me sentía solo en el mundo, infeliz y desesperado, cuando
quise robar la ternura de un padre dolorido.
El anciano permanecía imperturbable. Desde su suntuoso lecho, el
recobrado hijo pródigo roncaba confiadamente.
--Yo no tenía padre que pudiese reclamar. Jamás conocí otro hogar que el
que he tenido hasta estos momentos. Caí en la tentación. ¡He sido tan
dichoso... tan dichoso!
Irguiose y permaneció de pie ante el viejo.
--No tema que me interponga entre su hijo y la herencia. Parto hoy de
este lugar para jamás volver. El mundo es grande, y, gracias a su
bondad, sé ahora ganarme la vida honradamente. ¡Adiós! ¿No quiere usted
aceptar mi mano?... Sea. ¡Adiós!
Y dio media vuelta para marcharse. Pero, cuando llegó a la puerta,
retrocedió de repente, y alzando entre ambas manos la encanecida cabeza
del anciano, la besó unas y más veces con efusión.
--¡Carlos!
No hubo contestación.
--¡Carlos!
Incorporose el anciano estremecido y corrió bamboleándose débilmente
hacia la puerta. Estaba abierta. Por ella llegaba el tumulto de una gran
ciudad que despierta, y entre este tumulto las pisadas del hijo pródigo
que se perdían a lo lejos, para siempre.
MAGDALENA
El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dando
frecuentes sacudidas. En su interior éramos siete personas que no
habíamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino a
dejar sin concluir la última cita poética del juez, mi honorable vecino.
El hombre alto sentado junto a éste, dormía con el brazo pasado por la
colgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objeto
fofo e indefinible, parecía que se hubiese ahorcado a sí propio, y le
hubieran cortado la cuerda que le había servido de instrumento. En el
asiento posterior, la señora francesa dormitaba también, conservando una
actitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posición del
pañuelo caído sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara. Otra
señora de Virginia City, que viajaba en compañía de su esposo, yacía en
un ángulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos que
inundaban por completo su persona. No se percibía otro ruido que el
chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de
repente la diligencia se paró, y oímos unas voces que llegaban
confusamente hasta nosotros. El conductor sostenía un vivo diálogo con
alguien en el camino, diálogo que nos pareció debía ser poco halagüeño a
juzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplaba
pudimos apreciar; «puente arrastrado», «camino inundado», «paso
imposible» y otras por el estilo. El silencio más absoluto reinó un
momento, y después una misteriosa voz lanzó desde el camino este
consejo:
--Prueba en casa de Magdalena.
Al dar el vehículo una brusca vuelta, alcanzamos a vislumbrar los
caballos delanteros, y luego un jinete que se desvanecía en la bruma.
Indudablemente, emprendíamos el camino de la casa de Magdalena.
¿Quién era y dónde estaba Magdalena? El juez, nuestra autoridad, dijo no
recordar aquel nombre, y eso que conocía por completo el país; el
viajero canadiense opinó que Magdalena tendría alguna posada; pero lo
único que realmente supimos fue que la crecida de las aguas nos había
cortado el camino por el frente y por la espalda, y que Magdalena era
nuestra tabla salvadora. Por espacio de diez minutos nos encharcamos por
un tortuoso camino, ancho a duras penas para la diligencia, y nos
detuvimos delante de un reja atrancada y aforrada, fija a una extensa
pared de cerca de unos dos metros de alto. Aquello era, sin duda
alguna, la casa de Magdalena. Pero, sin duda alguna también, aquella
mujer no tenía posada. El cochero bajó y tanteó la puerta, que estaba
sólidamente cerrada.
--¡Magdalena! ¡Magdalena!
Nadie contestó.
--¡Magdalena! ¡Tú, Magdalena!--continuó el cochero con irritación cada
vez más patente.
--¡Magdalena!--añadió el correo persuasivamente.--¡Oh, Magdalenita!
Pero la tal Magdalena, al parecer insensible, dio la callada por
respuesta. El juez acababa de bajar el vidrio de la ventanilla, sacó
fuera la cabeza, y comenzó una serie de preguntas que, a ser contestadas
satisfactoriamente, hubieran dilucidado, sin duda alguna, todo aquel
misterio. A todo esto replicó el auriga que si no saltábamos del coche
para ayudarle en llamar a Magdalena quizá tendríamos que permanecer toda
la noche en él.
Nos levantamos, pues, y llamamos a Magdalena en coro, y luego cada cual
a solo, y apenas hubimos acabado, cuando un hibernés, compañero de
viaje, gritó desde el imperial: ¡Magdalena! con un acento tan extraño
que todos nos echamos a reír. Mientras nos estábamos riendo, nuestro
cochero dijo a voz en grito:
--¡Silencio!
Todos prestamos oído, y con infinita admiración oímos que el coro de
¡Magdalena! se repetía a la otra parte de la pared, juntamente con el
final e infame grito del hibernés.
--¡Extraordinario eco!--dijo el juez.
--¡Extraordinario y remaldito!--exclamó el conductor, con
desprecio.--Sal ya de ahí, Magdalena, y muéstrate en persona de una vez.
Sé humana. No juegues al escondite; yo no bromearía en tu lugar,
Magdalena--continuó Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltas
pateando.
--¡Magdalena!--continuó la voz.--¡Oh, Magdalena!
--¡Mi buen señor!--dijo el juez, en el tono más patético.--Imagínese lo
inhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, a
mujeres desamparadas. ¡Señor mío de mi alma! Pensar que...
Una letanía de Magdalena terminando con una carcajada interrumpió su
peroración.
Yuba-Bill acabó la paciencia; tomando del camino una pesada piedra
derribó la verja, y seguido del correo penetró en el cercado: nosotros
tomamos la misma dirección. Reinaba la más completa oscuridad, y todo
cuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con su
húmedo follaje a cada ráfaga de viento, fue que estábamos en un jardín o
cosa parecida.
--¿Conoce usted al inquilino de esta casa?--preguntó el juez a
Yuba-Bill.
--No; ni ganas--contestó Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en su
persona, por tan contumaz individua, a toda la compañía pionera de
diligencias.
--¡Pues, sí que la hemos hecho buena!...--replicó el juez, pensando en
la verja allanada.
--Mire usted--dijo Yuba-Bill, con delicada ironía,--¿no haría mejor en
volverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro.
Y dicho y hecho, empujó la puerta de la casa.
En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada únicamente
por el rescoldo de un fuego que se extinguía en un rincón de la
chimenea.
La luz vacilante que aquel rescoldo despedía daba relieve al grotesco
dibujo de las paredes extrañamente pintadas. Distinguíase una persona
sentada en gran sillón de brazos junto al hogar.
Todo esto lo vimos, apiñados en el umbral detrás del conductor y del
correo.
--¡Hola! ¿Dónde está Magdalena?--dijo Yuba-Bill, al misterioso
solitario.
Aquella figura no habló ni se movió.
El cochero se acercó furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro el
ojo de la linterna que llevaba en la mano.
Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramente
arrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidad
característica del búho. Los grandes ojos erraron desde la cara de
Yuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientes
miradas en aquel objeto deslumbrador.
Bill estaba ciego de coraje.
--Vamos. ¿Es usted sordo? ¡De todas maneras no será mudo!; ¿no es
verdad?
Yuba-Bill sacudió por el hombro aquella figura inmóvil.
Con gran sobresalto por parte nuestra, cuando Bill quitó la mano de
encima del venerable forastero, éste fue encogiéndose hasta quedar
reducido a la mitad de su tamaño y convertirse en un lío informe de
trapos viejos.
--¡Maldita sea mi estampa!--dijo Bill, retirándose despechado.
Rehecho de la primera impresión, el juez se adelantó y volvimos a
enderezar aquel misterioso invertebrado en su posición primitiva.
Se encargó en seguida a Bill y a su linterna que se dedicasen a explorar
el terreno, pues era evidente, dada la impotencia del solitario, que
debía tener a mano sirvientes, y todos nos acercamos al fuego para secar
nuestros chorreantes vestidos.
El juez, que había recobrado su autoridad y que no había cesado de
desplegar su talento en la conversación, vuelto hacia nosotros y de
espaldas al fuego, nos dirigió la palabra, como a un jurado imaginario,
del modo siguiente:
--Ciertamente que nuestro distinguido amigo aquí presente, se encuentra
en aquella disposición descripta por Shakespeare, como la de la marchita
y amarilla hoja, o bien ha sufrido algún percance que abatió de un modo
prematuro sus facultades físicas e intelectuales. Dado que sea
realmente...
Aquí fue interrumpido por un grito extraño de «¡Magdalena! ¡Oh,
Magdalena, Magdalena!» y por todo el coro de Magdalenas en un tono
semejante al que ya conocemos.
Todos nos miramos por un momento, con alguna alarma. Yo en particular,
abandoné rápidamente mi posición, pues la voz parecía provenir
directamente de mi espalda. No tardamos mucho en descubrir la causa: una
gran urraca estaba posada sobre la repisa, en la bóveda de la chimenea,
sumida en un silencio sepulcral que contrastaba singularmente con su
anterior volubilidad. Aquella voz fue la que oímos desde el camino, y
nuestro amigo no era responsable de la descortesía. Nuestro auriga,
Yuba-Bill, que penetraba en aquel momento de regreso de una pesquisa
infructuosa, tuvo que contentarse con la explicación, no sin que el
sentado paralítico se librara de una fiera mirada. Como cumple a todo
buen cochero, había buscado y encontrado, por fin, un cobertizo en donde
acomodar sus caballos, pero regresaba calado, y como de costumbre,
malhumorado.
--Nadie más que éste hay en diez millas a la redonda de la casucha, y al
maldito viejo le consta eso perfectamente.
Pero en seguida se probó que no andábamos equivocados en nuestras
apreciaciones, pues apenas hubo cesado Bill de gruñir, cuando hacia la
entrada oímos un paso rápido y el roce de un vestido empapado en agua;
la puerta se abrió de par en par, y apareció una joven que, mostrándonos
con su sonrisa los destellos de sus blancos dientes, y el centellear de
sus ojos negros, con una carencia absoluta de toda ceremonia y timidez,
entró, cerró la puerta y apoyose jadeante contra ella.
--Yo soy Magdalena para todo cuanto les plazca.
Y aquella era Magdalena. Aquella joven de ojos vivarachos, de turgente
pecho, cuyas faldas, de ordinaria tela azul, no podían ocultar, mojadas
por la lluvia, la belleza de las curvas femeninas a que esculturalmente
se adaptaban. Desde su cabello castaño, cubierto por un sombrero
impermeable de hombre, hasta los diminutos pies y tobillos sepultados en
las cavidades de unos zapatos de colosal tamaño, todo era en ella
gracioso; así apareció Magdalena riéndose de nosotros de la manera más
alegre, franca y bonachona.
--Vean, señores--dijo falta de aliento y apoyando coquetamente su
pequeña mano contra el costado, sin tener en cuenta nuestra confusión,
que no encontraba palabras para expresarse, ni los extraños visajes de
Yuba-Bill, cuyo rostro había caído en una expresión de extemporánea e
imbécil alegría,--vean, como estaba a más de dos millas de distancia
cuando les vi pasar por la carretera, pensé que podían detenerse aquí, y
he venido con la mayor prisa, sabiendo que no había en casa nadie más
que Juan; no extrañen, pues, que haya llegado echando los bofes.
En esto Magdalena, con un arranque malicioso, que esparció sobre
nosotros una lluvia de gotas, quitose el sombrero de hule, se esforzó en
echar hacia atrás su cabello, en cuya operación perdió dos horquillas,
sonriose y pasó al lado de Yuba-Bill, poniendo airosamente las manos
atrás. El juez fue el primero en volver en sí y trató de componer un
requiebro, después de haber torturado en vano su cerebro.
--¿Le molestaré pidiendo a usted aquella horquilla?--dijo gravemente
Magdalena.
El juez alargó displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla
perdida fue devuelta a su dueña, y Magdalena, cruzando el cuarto, miró
con interés la cara del tullido. Los solemnes ojos del enfermo miraron
los de la mujer con una expresión verdaderamente desusada. La vida y la
inteligencia parecían luchar para volver a aquella tosca y arrugada
cara. Magdalena volvió otra vez sobre nosotros sus negros ojos y sus
blancos dientes sonriéndose con una elocuencia singular.
--¿Este pobre impedido es?...--preguntó el juez con indecisión.
--Juan--dijo Magdalena.
--¿Su padre acaso?
--No.
--¿Hermano?
--No.
--¿Esposo?
Magdalena, lanzando una mirada rápida y penetrante sobre las dos
pasajeras, de quienes había observado que no participaban de la
admiración general de los hombres respecto a ella, dijo con gravedad no
exenta de soberbia:
--No; es Juan.
Hubo una enojosa pausa. Aproximáronse entre sí las pasajeras, y el
canadiense miró, abstraído, el fuego. En cuanto al hombre alto aparentó
replegar su mirada sobre sí para poderse sostener en aquel aprieto; pero
la risa de Magdalena, que era contagiosa, rompió el silencio.
--¡Ea!--dijo vivamente,--deben ustedes tener apetito, ¿no es verdad?
¿Quieren ayudarme a preparar la merienda?
No faltó quien de muy buena gana se brindase. A los pocos instantes,
Yuba-Bill andaba ya atareado, como Caliban, en llevar trozos de leña
para aquella Miranda; el correo molía café en el mirador; a mí me fue
asignada la delicada tarea de cortar tocino, y el juez ayudó a todos con
sus bienhumoradas y atinadas observaciones. Y cuando Magdalena,
eficazmente ayudada por el juez y por nuestro hibernés, pasajero de
cubierta, puso la mesa con toda la loza disponible, ya habíamos
recobrado todos nuestro buen humor, a pesar de la lluvia que batía las
ventanas, del viento que bajaba a bocanadas por la chimenea, de las dos
señoras que cuchicheaban entre sí, en un rincón, y de la urraca que
desde su ennegrecido vasar subrayaba con satíricos graznidos su
entretenido diálogo. Mediante la luminosa ayuda del fuego que
chisporroteaba ya, pudimos ver un paño de pared empapelado con
periódicos ilustrados, dispuestos con sumo arte y femenina discreción.
El improvisado mueblaje estaba compuesto con envases de velas y cajas de
embalaje, tapadas con calicó de alegre color, o con pieles de geneta.
Una barrica de harina, ingeniosamente transformada, constituía el
sillón del paralítico. En conjunto, puede afirmarse que la limpieza más
exquisita y el más pintoresco gusto reinaban en los escasos detalles de
aquella rústica vivienda.
La merienda fue un triunfo culinario. Pero lo que triunfó en toda la
línea fue nuestra sociabilidad, debido, principalmente, al raro tacto de
Magdalena en llevar la conversación, haciendo por sí todas las preguntas
e imprimiendo en todo una naturalidad que rechazaba cualquier idea de
disimulo, por parte nuestra, de manera que hablamos de nosotros mismos,
de nuestras esperanzas, del viaje, del tiempo, y unos de otros; de todo,
menos del bueno del paralítico y de nuestra amable patrona. En honor a
la verdad, no ocultaré que la conversación de Magdalena no era nunca
elegante, rara vez gramatical y que a veces empleaba expresiones cuyo
uso está por lo general reservado a nuestro sexo; pero las decía con
tales destellos de dientes y ojos, e iban, como de costumbre, seguidas
por una risa tan peculiar de unos labios frescos y retozones, que todo
podía pasar sin grave quebranto de la moral más frágil.
De repente, durante la comida, oímos un ruido como el roce de un cuerpo
pesado contra los muros exteriores de la casa; inmediatamente después se
sintió rascar y olfatear junto a la puerta del salón.
--Es Joaquín--dijo Magdalena en contestación a nuestras interrogadoras
miradas.--¿Desean verle?
Y apenas habíamos tenido tiempo de contestar, cuando abrió la puerta, y
nos dejó ver un lanudo oso a medio crecer que inmediatamente se levantó
sobre sus patas traseras, mientras las manos colgaban en actitud
mendicante, y contempló a Magdalena con una admiración que le daba
cierta semejanza con Yuba-Bill (y éste me perdone).
--Miren, ese es mi perro guardián--dijo Magdalena a modo de
exordio.--¡Oh, pero no muerde!--añadió al ver la justa alarma de las dos
pasajeras, que estaban sentadas en un ángulo,--¿verdad, viejo Tofi?
Esta última pregunta iba dirigida al sagaz Joaquín.
--Voy a decirles una cosa, señores--continuó Magdalena, después que hubo
dado de comer y cerrado la puerta al pequeño plantígrado.--Han tenido la
suerte de que Joaquín no hubiera andado rondando por ahí esta noche.
--¿Dónde estaba?--preguntó el juez.
--Conmigo--contestó Magdalena.--¡Dios me valga! Trota a mi lado, por la
noche, como si fuera un fiel esclavo.
Durante un corto intervalo, guardamos silencio todos y escuchamos el
viento; en nuestra imaginación se pintaba Magdalena en camino a través
de los bosques y de la lluvia, escoltada por su feroz guardián. Me
parece recordar que el juez dijo algo de «Una y de su león»; pero
Magdalena lo recibió como lo hizo con las demás galanterías, con fría
impasibilidad. Creo que se dio cuenta de la admiración que excitaba, por
lo menos la de Yuba-Bill no podía dejar de observarla; pero su misma
franqueza estableció una perfecta igualdad entre todos, cruel y
humillante para los miembros más jóvenes de nuestra compañía.
La escena del oso nada añadió a favor de Magdalena en la opinión de las
personas de su sexo que estaban presentes. Así es que, terminada la
comida, se manifestó una frialdad tal en las dos pasajeras, que las
ramas de pino traídas por Yuba-Bill y echadas como en sacrificio al
hogar, no pudieron contrarrestarla del todo. Magdalena lo sintió, y
declarando de repente que era tiempo de retirarse, se levantó para
acompañar a las señoras a un cuarto vecino en donde tenían el lecho que
se les había destinado.
--Ustedes, señores, tendrán que acampar por ahí fuera, cerca del fuego,
de la mejor manera que puedan--añadió,--pues no hay otra habitación en
la casa.
La chismografía, caro lector, no ha sido jamás, según opinión
generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me
veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de
Magdalena, cuando nos apiñamos cuchicheando, sonriéndonos y trocando
entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hipótesis respecto de
nuestra bonita patrona y su extraño huésped: creo que hasta llegamos a
empujar a aquel imbécil paralítico, que estaba quieto como una esfinge,
sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del
pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo más vivo y animado
de la discusión, abriose de nuevo la puerta y entró Magdalena.
Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes había
surgido ante nuestra vista. Tenía los ojos bajos y titubeó un momento en
el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y parecía haber dejado
tras sí la franca resolución que horas antes nos había encantado.
Entrando en el cuarto, arrastró un banquillo hasta el sillón del
paralítico; sentose, y dijo echándose la manta sobre las espaldas:
--Señores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedaré
aquí esta noche.
Puso en su mano la mano marchita del inválido y volvió la mirada al
fuego que se extinguía lentamente.
Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento
instintivo de que esto no era más que un preliminar de relaciones más
confidenciales, y quizá también por cierta vergüenza de nuestra anterior
curiosidad. La lluvia batía aún sobre el techo: violentas ráfagas de
viento removían las pavesas con momentáneos destellos; en un momento de
sosiego de los elementos, Magdalena levantó de repente la cabeza, y
echándose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y
exclamó:
--¿Hay alguno entre ustedes que me conozca?
Nadie contestó.
--¡Piénsenlo otra vez! Yo vivía en Marysville, el 53: todos me conocían
por cierto con razón. Yo tuve el Salón Polka, hasta que vine a vivir
aquí con Juan. Como de esto hace seis años, tal vez he cambiado algún
tanto.
Quizá la desconcertó el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia
el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continuó:
--Sospeché que alguno de ustedes debía reconocerme; pero, de todas
maneras, no importa; lo que yo iba a decir es que este Juan--y al
nombrarlo tomó su mano entre las de ella--me conocía si ustedes no me
conocen, y gastó mucho dinero en mi compañía. Calculo que gastó cuanto
poseía. Un día, por este invierno hará seis años, Juan vino a mi cuarto
interior, se sentó en mi sofá, como lo ven ahora en aquel sillón, y
luego ya jamás volvió a moverse por sí mismo, herido como por un rayo y
sin darse cuenta de lo que le ocurría. Los médicos dijeron que la causa
era su mal modo de vivir, pues Juan fue siempre algo libertino y
calavera, que no curaría, y que, de todas maneras, jamás volvería a ser
lo que antes. Se me aconsejó que lo mandase a Frisco[2] al hospital,
puesto que ya no servía para nada, y que toda la vida sería una
criatura; pero yo, quizá porque había algo en la mirada de Juan, o tal
vez porque nunca había tenido una criatura, me opuse a ello tenazmente.
Yo era rica en aquella ocasión. Mi popularidad era inmensa; hasta
caballeros, tales como usted, señor, iban a mi casa; vendí mi comercio y
compré esto que está, como quien dice, en un rincón de mundo.
¿Comprenden?
Una intuición poética singular hizo que mientras hablaba cambiase poco a
poco de posición, de manera que las mudas ruinas del enfermo se
interpusieran entre ella y sus oyentes. Oculta en la sombra, ofrecíalas
como una tácita apología de sus acciones. Aquella figura de expresión
enigmática y silenciosa, hablaba aún en favor de ella; anonadada y
herida por el rayo divino, extendía aún en torno de ella su invisible
brazo. Desde la oscuridad, pero estrechando todavía su mano, continuó:
--Transcurrió mucho tiempo antes de que pudiese acostumbrarme a las
cosas de por aquí, pues estaba habituada a la sociedad y a sus gustos y
comodidades. Busqué una mujer que pudiera auxiliarme, pero fue en vano,
y por otra parte no osaba fiarme de un hombre. Ahora, con los indios de
los alrededores que me ayudan de vez en cuando, y con lo que me mandan
de North Fork, Juan y yo vamos pasando. De tarde en tarde, en tiempo, el
médico subía de Sacramento: preguntaba por la criatura de Magdalena,
como llama a Juan, y cuando se marchaba, solía decir: «Magdalena, es
usted un portento: Dios la bendiga», y después de esto, no me parecía la
vida tan triste y desabrida. Pero la última vez que estuvo aquí, al
abrir la puerta para marcharse, dijo:
--Soy de opinión, Magdalena, que su criatura acabará por hacerse hombre
y dará honra a su madre. ¡Pero no aquí, Magdalena, no aquí!
Y se me figuró que se iba triste y... y... y...
Al llegar aquí, la voz de Magdalena y su cabeza parecieron perderse por
completo en la oscuridad.
--La gente de los alrededores es muy buena--dijo Magdalena después de
una pausa, saliendo de la penumbra.--Los hombres de la bifurcación del
río dieron vueltas por aquí, hasta que comprendieron que no me hacían
maldita la falta, y las mujeres ¡son tan bondadosas!... no han venido
una sola vez. Estuve muy sola hasta que recogí a Joaquín en los bosques
cercanos, cuando no era más alto que un gato, y le enseñé a pedir la
comida; pero ahora tengo, además, a Poli, ésta es la urraca, sabe
infinidad de juegos, y por las noches me acompaña con su charla, de
manera que se me figura que no soy el único bicho viviente que aquí se
cobija. Y este Juan--dijo Magdalena con su risa de antes y saliendo del
todo a la claridad del fuego,--este Juan, señores, les maravillaría de
ver cuánto sabe; a veces, le leo todas aquellas cosas de la pared, y a
menudo le traigo flores y las contempla con tanta naturalidad como si
leyera algo en su interior. ¡Bendito sea Dios!--dijo Magdalena con su
franca risa,--todo aquel lado de la casa le he leído este invierno. ¡Si
supiesen lo que le entusiasma a Juan la lectura!
--¿Por qué--preguntó el juez--no se casa con la persona a quien ha
consagrado toda su juventud?
--Comprenderá usted, amigo--dijo Magdalena,--que esto sería jugarle una
mala partida a Juan, abusar de su desamparo, además que, en siendo ambos
marido y mujer, sabría yo que estoy obligada a hacer lo que ahora hago
de mi propio sentir y arbitrio.
A lo que replicó el juez, después de haberlo madurado plenamente:
--Sin embargo, todavía es usted joven y tiene atractivos.
--Se hace ya tarde--dijo gravemente Magdalena,--y deberíamos dormir ya
todos. Señores, buenas noches.
Y arrebujando su cuerpo con la manta, Magdalena se tendió al lado del
sillón de Juan, con la cabeza apoyada contra el taburete donde éste
descansaba los pies y no habló más ya. El fuego se fue extinguiendo
lentamente en el hogar. Todos echamos mano a nuestras mantas en
silencio, y pronto no se oyó otro ruido que el gotear de la lluvia sobre
el techo y la fatigosa respiración de los que uno tras otro se iban
durmiendo.
Despuntaba casi el día, cuando desperté de un sueño agitado. La pertinaz
lluvia había cesado, las estrellas centelleaban, y a través de la
ventana sin postigos, la luna llena, alzándose por encima de los
fúnebres pinos, penetraba en el cuarto, bañando con sus rayos de plata
la solitaria figura del sillón. Pareciome que la onda de luz
deslumbradora inundaba en regenerador bautismo la humilde cabeza de la
mujer cuyos cabellos, como en la bella y dulce leyenda del Evangelio,
besaba los pies del que amaba: hasta prestó una bondadosa poesía al
irregular perfil de Yuba-Bill que con abiertos y pacientes ojos velaba
en guardia, medio recostado entre este grupo y los viajeros. Esta
impresión de encanto artístico meció mi espíritu suavemente,
contribuyendo quizá a que conciliara de nuevo el sueño, del que no
desperté sino entrado el día al grito de ¡al coche! que, de pie e
inclinado sobre mí, lanzaba nuestro buen cochero.
El café nos esperaba sobre la mesa, pero Magdalena había desaparecido.
Dimos vuelta a toda la casa y aún nos detuvimos mucho tiempo después de
enganchados los caballos; pero no volvió; no cabía duda que, evitando
una despedida formal, nos dejaba partir como habíamos venido.
Instaladas en la diligencia las señoras, volvimos a la casa y
estrechamos, silenciosos y con solemne gravedad, la mano del paralítico
Juan, reponiéndole en su asiento después de cada apretón de manos.
Echamos una última mirada en torno del cuarto, y sobre el taburete donde
Magdalena se había sentado, después de lo cual nos dirigimos al camino
para ocupar con lentitud nuestros asientos en la diligencia que nos
aguardaba.
El látigo chasqueó y nos pusimos en marcha, pero cuando llegamos al
camino real, la diestra mano de Yuba-Bill hizo que los seis caballos
cayeran sobre sus patas traseras y la diligencia se paró bruscamente:
allí, en una pequeña eminencia junto al camino, estaba Magdalena,
flotante el cabello, centelleantes los ojos, ondeando el pañuelo y
entreabiertos sus labios por un último adiós. Nosotros, en contestación,
agitamos nuestros sombreros, las señoras no pudieron contener una última
mirada de curiosidad, y entonces Yuba-Bill, como si temiese una nueva
fascinación, azuzó locamente sus caballos, dando el coche tan terrible
sacudida que caímos todos sobre las banquetas.
Durante el trayecto hasta el North Fork, no cambiamos una sola palabra;
la diligencia paró en el Hotel de la Paz. El juez, tomando la delantera,
nos acompañó hasta la sala común y ocupamos gravemente nuestros puestos
junto a la mesa.
--¿Están llenas sus copas, señores?--dijo solemnemente el juez
quitándose su blanco sombrero.
--Sí, señor.
--Entonces, a la salud de Magdalena. Que Dios la bendiga.
Y todos apuramos de un sorbo su contenido.
EL IDILIO DE RED-GULCH
Sandy[3] estaba beodo. Bajo una mata de azalea encontrábase en el suelo,
tendido, casi en la misma actitud en que había caído hacía algunas
horas. El tiempo transcurrido desde que se tendió allí no lo sabía ni le
importaba, y cuánto tiempo continuaría allí tendido era para él cosa que
igualmente le tenía sin cuidado. Una filosofía tranquila, nacida de su
situación física, se extendía por su ser moral, y lo saturaba por
completo.
Duéleme tener que confesar que el espectáculo de un hombre borracho, y
de este hombre borracho en particular, no constituía en Red-Gulch
ninguna novedad. Aprovechando la ocasión, un humorista del lugar había
erigido junto a la cabeza de Sandy un cartel provisional que llevaba
esta inscripción: _Resultado del aguardiente Mac Corcil; mata a una
distancia de cuarenta varas_. Debajo había una mano pintada que señalaba
la taberna de Mac Corcil. Pero imagino que ésta, como otras muchas de
las sátiras locales, era personal, y más bien una reflexión sobre la
bajeza del medio que sobre la inmoralidad del fin. Fuera de esta
chistosa excepción, nadie molestó al beodo. Un asno extraviado, suelto
de su recua, comiose las escasas hierbas de su alrededor, y limpió de
polvo con sus resoplidos el lecho del hombre tendido; un perro
vagabundo, con aquella profunda simpatía que siente la especie por los
borrachos, después de lamer sus empolvadas botas, se había echado a sus
pies, y yacía allí guiñando un ojo a la luz del sol; a manera perruna,
adulaba con la imitación al humano compañero que había escogido.
Entretanto las sombras de los árboles dieron poco a poco la vuelta hasta
ganar el camino, y sus troncos cerraban ya el césped de la libre pradera
entre paralelos gigantescos de negro y amarillo, y algunas ráfagas de
polvo rojizo, levantadas al paso de los caballos de tiro, se dispersaban
en dorada lluvia sobre el hombre acostado. Sandy permanecía inmóvil; el
sol descendió más y más, y entonces el reposo de este filósofo fue
interrumpido, como otros filósofos lo han sido, por la intrusión de un
sexo poco amigo en general de elucubraciones filosóficas.
Doña María, como la llamaban los alumnos que acababa de despedir de la
cabaña de madera con pretensiones de colegio, situada al extremo del
pinar, daba su paseo vespertino. El magnífico arbusto de azaleas bajo el
cual descansaba el bueno de Sandy, ostentaba un racimo de flores de
insólita belleza que atrajeran sus miradas desde el otro lado de la
carretera; ella, que no había reparado en el yacente vecino, cruzola
para arrancarlo, eligiendo su camino por entre el encarnado polvo, no
sin sentir cortos y terribles estremecimientos de asco y refunfuñar un
poco entre dientes. De repente tropezó con Sandy.
Un agudo grito de inconsciente terror se escapó de aquel pecho femenino,
pero una vez hubo pagado este tributo a la física debilidad, volviose
más que atrevida, y se paró un momento, a seis pies, por lo menos, de
distancia del monstruo tendido, recogiendo con la mano sus blancas
faldas, en actitud de huir. Sin embargo, ni un ruido ni el más tenue
movimiento se produjeron en la mata. Reparando en seguida en el sátiro
cartelón, derribolo con su menudo pie, murmurando:--¡Animales!--epíteto
que probablemente, en aquel momento, clasificaba con toda oportunidad en
su mente a la población masculina de Red-Gulch; pues doña María, poseída
de ciertas maneras rígidas que le eran propias, no apreciaba aún
debidamente la expresiva galantería por la que el californiano es tan
justamente celebrado de sus hermanas californianas, así es que tenía tal
vez muy bien merecida la reputación de _tiesa_ que gratuitamente la
habían otorgado sus conciudadanos.
En aquella posición, observó también que los inclinados rayos solares
calentaban la cabeza a Sandy más de lo que ella juzgó ser saludable, y
que su sombrero estaba echado inútilmente en el suelo en pleno abandono
de sus funciones. El levantarlo y colocárselo en la cara, era obra que
requería algún valor, sobre todo teniendo como tenía los ojos abiertos.
Sin embargo, lo hizo, tomando en seguida las de Villadiego. Pero, al
mirar hacia atrás, sorprendiose al ver el sombrero fuera de su sitio y a
Sandy sentado y mirando a todos lados como para orientarse.
La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de su
conciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benéficos
y saludables; además, desde la niñez, se había negado a echarse con el
sombrero puesto; sólo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero;
y, por último, su derecho a prescindir de él cuando le diese la gana le
era inalienable. Esa fue la íntima representación de su mente, pero, por
desgracia, su expresión externa era confusa y se limitaba a la
repetición de la siguiente incoherencia:
--¡El sol está bien! ¿qué hay? ¿qué hay, sol? ¡Magnífico!
Se detuvo doña María, y sacando nuevo valor de la ventajosa distancia
que le separaba de él, le preguntó si le faltaba algo.
--¿Qué ocurre? ¿qué hay?--continuó Sandy con voz aguardentosa.
--¡Levántese, hombre degenerado!--dijo exasperada.--¡Levántese y váyase
a casa!
Sandy se levantó zigzagueando. Medía seis pies de altura; doña María
temblaba. Sandy adelantó con ímpetu algunos pasos y parose de súbito.
--¿Por qué me he de ir a casa?--preguntó de repente con seriedad.
--Para tomar un baño--contestó la maestra lanzando una ojeada a su sucia
persona con gran indignación.
De pronto, con infinito contento de doña María, Sandy se quitó la levita
y chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas, y con la cabeza hacia
adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en dirección al
torrente.
--¡Virgen santa! ¡Este hombre va a ahogarse!--dijo doña María.
Y entonces, con femenil inconsecuencia, echó a correr hacia el colegio y
se encerró con llave en su cuarto.
Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huéspeda, la
mujer del herrero, se le ocurrió a doña María preguntarle con gazmoñería
si su marido atrapaba curdas con frecuencia.
--Abner--contestó reflexivamente Filomena,--déjeme que lo piense: Abner
no ha estado chispo desde la última elección.
Entonces le hubiese gustado a doña María preguntarle si en tales
ocasiones prefería tenderse al sol y si un baño frío era perjudicial,
pero esto hubiera provocado una explicación a la que no tenía ganas de
dar publicidad. De manera que se contentó con abrir sus grandes ojos,
sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de la
florescencia del sudoeste, y después dejó a un lado la cuestión. En una
sabrosa epístola que escribió a su mejor amiga de Boston podía leerse lo
siguiente:
«Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es aún la
menos digna de objeción. Por de contado, querida, me refiero a la
masculina. No sé nada que pueda hacer tolerable a la femenina».
Al cabo de una semana había doña María olvidado ya por completo este
episodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra
dirección. Con cierta extrañeza notó que todas las mañanas un fresco
ramo de flores de azalea aparecía por entre las demás, sobre su pupitre.
En un principio, no fue muy grande su extrañeza, puesto que los niños
conocían su cariño para las flores, y mantenían siempre adornado su
pupitre con anémonas, heliotropos y lupinos; pero al ser severamente
interrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramito
de marras.
Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba próximo a la ventana, fue
acometido de repente por una risa espasmódica, al parecer inmotivada y
atentatoria a la disciplina escolar. Lo más que doña María pudo sacarle
fue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada salió de
su colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina de
la escuela, dio con el quídam borracho, a la sazón completamente sereno,
corrido a más no poder y con cara suplicante y cariñosa.
Doña María no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventaja
femenil, si no se hubiese fijado, algo confusa también, de que el patán,
a pesar de algunas leves señales de pasada disipación, tenía agradable
aspecto; era una especie de rubio Sansón, cuya sedosa barba, de color de
trigo, jamás había conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las
tijeras de Dalila. Así es que la cáustica frase que bailaba en la punta
de su lengua expiró en sus labios y se limitó a recibir una tímida
excusa con altiva mirada, recogiéndose la falda como para evitar la
proximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, sus
ojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelación.
Involuntariamente se echó a reír, y toda la gente menuda se rió también,
y sin saber por qué se sintieron muy felices.
Unas semanas después de esto, y en un día caluroso, sucedió que a dos
chicos pernicortos les pasó una desgracia en el umbral de la escuela con
un cubo de agua que habían traído laboriosamente desde la fuente, y que
la compasiva doña María tomó el cubo para llevarlo a su destino. Al pie
de la cuesta, una sombra cruzó el camino y un brazo vestido de una
camisa azul, la alivió con destreza de aquella carga, que empezaba a
quebrantar sus delicadas articulaciones. Doña María sintiose a la vez
enojada y confusa.
Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con cierto
despecho:
--Si más a menudo llevases esto por tu cuenta harías mucho mejor.
Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que siguió, y
dio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropezó, lo cual
hizo que los niños riesen otra vez, risa de que participó doña María,
hasta el punto de que sus pálidas mejillas se tiñeron débilmente de
carmín. Al día siguiente, apareció misteriosamente un barril al lado de
la puerta, y con igual misterio cada mañana quedaba lleno de agua fresca
de la fuente.
Y no sólo eran éstas las únicas delicadas atenciones que recibía esta
joven singular.
El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas las
aldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantería en ofrecer
siempre el asiento del pescante al bello sexo, había exceptuado de esta
atención a doña María, y bajo el pretexto de que tenía costumbre de
blasfemar en las cuestas, ponía la mitad de la diligencia a su
disposición. Jacobo Melín, de oficio jugador, después de un silencioso
viaje en la misma diligencia que la maestra, arrojó una botella a la
cabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombre
en una taberna. Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad
era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal,
contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse a
profanar su sagrado recinto.
La monótona procesión de cielos azules y soles deslumbradores, de cortos
crepúsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fue
interrumpida algún tanto por los incidentes que se acaban de relatar.
La maestra se aficionó a pasear por los bosques apacibles y silenciosos;
quizá creía con Filomena que los balsámicos olores de los pinos hacían
bien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menos
frecuente y su paso más firme; quizá había aprendido la eterna lección
que los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a oídos ya atentos ya
indiferentes; así es que un día dispuso una partida campestre hacia
Selva Negra y se llevó a los niños consigo.
¡Cuán infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, de
las esparramadas cabañas, de las amarillas zanjas, del clamoreo de
locomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, del
color chillón de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero
barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado el
último montón de roca triturada y arcilla, cruzando la última disforme
hendidura, ¡cómo abrían sus largas filas para recibirles los
hospitalarios árboles! ¡Con qué indefinible alegría los niños, no
destetados por completo del pecho de la generosa madre común, se echaron
boca abajo sobre su rústico y atezado seno con extrañas caricias,
llenando el aire con su risa! y ¡de qué manera doña María, esa persona
felinamente desdeñosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretada
falda, cuello y puños inmaculados, lo olvidó todo y corrió como una
codorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo y
palpitante, suelta la trenza de cabello castaño, el sombrero colgando
del cuello por una cinta, dio de repente en lo más espeso del bosque con
el malaventurado Sandy!
Inútil es indicar aquí las explicaciones, disculpas y no sobrado
prudente conversación que allí se sostuvo. Sin embargo, parece que la
maestra había ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Sólo
diré que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los niños, con
aquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes,
reconocieron en él un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso
bigote, y se tomaron otras libertades según su inveterada costumbre.
Sobre todo, su admiración no conoció límites, cuando les armó un fuego
contra un árbol y les enseñó otros secretos de la vida de monte. Al cabo
de dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los pies
de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la
pendiente de la cuesta, tejía coronas de laurel con el regazo lleno de
mil variadas flores. Su posición era muy parecida a la que tenía cuando
le había encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza.
Aquella naturaleza fácil y sensual, a la que la bebida había dado una
exaltación fantástica, era de temer que encontrase en el amor algo
parecido al arrebato alcohólico.
Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Su
imaginación vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partir
el cráneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquella
profesora de rostro pálido y de grises ojos. Como mi gusto sería ahora
presentarle en una situación heroica, con gran dificultad contengo mi
pluma en este momento, y únicamente me abstengo de introducir semejante
episodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de esto
ocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la más bella de
mis lectoras perdonará la omisión, recordando que en una crisis
verdadera, el salvador es siempre algún forastero poco interesante, o
bien un poco romántico agente de autoridad, y jamás un Adolfo.
Durante un buen rato, permanecieron allí, sentados en plácida calma,
mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces
de los niños jugando a escondite llegaban algo débiles desde la
hondonada.
Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podría ser
interesante, no pudo traslucirse.
Los pájaros, siempre curiosos, sólo pudieron saber que la maestra era
huérfana; que salió de la casa de su tío para ir a California en busca
de salud e independencia; que Sandy era huérfano también; que llegó a
California en busca de aventuras, que había llevado una vida de
agitación desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles que
desde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda debían de
parecerles estúpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pasó la
tarde, y cuando los niños se reunieron otra vez, y Sandy, con una
delicadeza que la maestra comprendió perfectamente, se despidió de ellos
con toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareció a todos
aquel día el más corto de su vida.
Conforme el sol del largo y árido verano iba marchitando las plantas
hasta la raíz, la época de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismo
local, se iba secando también. Un día más, y doña María sería libre ya,
o, por lo menos, Red-Gulch no la vería en toda una estación. Sola en la
escuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio
cerrados, mecíase en uno de aquellos ensueños a que, con peligro de la
disciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no hacía mucho
tiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdos
silvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propios
pensamientos, que le pasó inadvertido un suave golpear en la puerta, o
bien lo tradujo por una lejana extraña alucinación. Cuando por fin se
afirmaba más claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadas
mejillas se dirigió a la puerta, preguntando, ¿quién hay?
En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extraño
contraste con su ademán irresoluto y lleno de timidez.
La maestra reconoció al primer golpe de vista a la dudosa madre de su
anónimo discípulo. Contrariada quizá, tal vez enojada, invitola
fríamente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puños y
cuello, y recogió su corta falda castamente. Quizá esto fue motivo de
que la turbada forastera, después de dudar un momento, dejase al lado de
la puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y se
sentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, al
comenzar, era ronca.
--Me han dicho que se va usted mañana a la bahía, y no podía dejarla
marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi
Tomasito.
En opinión de doña María, Tomasito era un buen chico y merecía algo más
que el pobre cuidado que de ella podía esperar.
--¡Gracias, señora, gracias!--dijo la forastera, sonrojándose aún a
través de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su «pintura
de batalla», y procurando en su confusión arrastrar el largo banco más
cerca de la maestra.--Le doy a usted las más cumplidas gracias. Y, sin
ánimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente más dócil y cariñoso,
ni mejor que él. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existe
maestra más paciente, más bondadosa, más angelical que la que él ha
tenido la feliz estrella de encontrar.
Doña María, sentada muy peripuesta detrás de su pupitre, con una regla
al hombro, abrió a esto sus ojos grises, pero guardó silencio.
--Bastante sé--prosiguió rápidamente aquélla,--que mujeres como yo no
pueden halagarla. No debía tampoco entrar aquí en mitad del día, pero
vengo a pedir un favor, no para mí, señora, no para mí, sino para mi
pobre hijito.
Gracias al interés que observó en los ojos de la joven maestra, se
animó, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color
de lila, continuó en tono confidencial:
--Señora, ya ve usted que nadie más que yo tiene derecho sobre el niño,
y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El año pasado
tuve intención de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando se
habló de traer aquí una maestra, esperé hasta que la vi a usted y
entonces creí la cosa arreglada y que podía guardar a mi hijo algún
tiempo más... ¡Si supiese, señora, lo que él la quiere! Si pudiera oírle
hablar de usted a su bonita manera, si él pudiera pedirle lo que ahora
le pido yo, sería usted incapaz de oponerse a ello. Es natural--continuó
con rapidez, con una voz que tembló extrañamente, entre orgullosa y
humilde,--es natural que la ame, señora, pues su padre, cuando le
conocí, era un caballero, y es forzoso que el niño me olvide tarde o
temprano... así es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo a
pedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, al
más querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... le
lleve en su compañía.
Y, esto diciendo, la forastera se había levantado, y postrándose de
rodillas a sus pies, tenía agarrada la mano de la joven entre las
suyas.
--Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de él, para que lo
ponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... a
olvidar a su madre. Puede usted hacer con él lo que le parezca; lo peor
que haga será bueno, comparado con lo que aprenderá a mi lado. Con tal
que no hiciese más que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, de
este hogar de pena y de vergüenza. ¿Lo hará? ¡Dígame que lo hará! ¿No es
verdad? Lo hará; no puede, no debe negármelo. De este modo, mi hijo se
hará tan puro, tan dócil como usted misma, y cuando haya crecido le dirá
el nombre de su padre, el nombre que hace años no han pronunciado mis
labios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aquí Sandy. ¡Doña
María, no retire su mano! ¡Doña María, contésteme! ¿Se llevará a mi
hijo? ¡No vuelva la cara! ya sé que no debería contemplar a una mujer
como yo. ¡Pero por Dios, señora, sea clemente! ¡Que esta mujer me deja!
Doña María se levantó, y a la luz del expirante crepúsculo tentó su
camino hasta la abierta ventana; allí permaneció en pie, apoyada contra
el marco, con los ojos fijos en los últimos rosados matices del
crepúsculo. Quedaba todavía algo de aquella luz en su pura y tersa
frente, en su níveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero todo
desapareció lentamente. La suplicante se había arrastrado aún de
rodillas hasta su lado.
--Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo. Aguardaré
aquí toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya usted
resuelto. No me lo niegue ahora. ¿Se lo llevará? lo veo en su hermosa
cara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soñando. Lo veo
en sus ojos, doña María. Va a llevarse a mi hijo.
El postrer rayo del crepúsculo, que serpenteó hasta el cenit, reflejose
en los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctuó y apagose
desapareciendo en el ocaso. El sol se había puesto en Red-Gulch. En el
crepúsculo y silencio la voz de doña María sonó majestuosamente.
--Me llevaré al niño; envíemelo esta noche.
Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de la
falda de doña María, y de buena gana habría sepultado su ardiente cara
en sus virginales pliegues, pero no se atrevió y se puso en pie.
--¿Ese hombre conoce su intención?--preguntó de repente la maestra.
--No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al niño para conocerlo.
--Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo. Comuníquele lo que
ha hecho. Dígale que me he llevado a su hijo, y hágale saber que jamás
debe ver... ver... otra vez al niño. Allí donde vaya éste, él no debe
venir; dondequiera que me lo lleve, él no debe seguir. Basta, pues.
Estoy cansada y... me queda aún mucha tarea.
Y la acompañó hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvió.
--Buenas noches.
Se hubiera echado a los pies de doña María, pero, en el mismo momento,
la joven le tendió sus brazos, estrechó por un momento contra su puro
pecho a la pecadora mujer, y después empujó y cerró la puerta con llave.
Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tomó
el hereje Bill a la mañana siguiente las riendas de la diligencia Silio
Gullon, pues aquel día uno de sus pasajeros era la maestra, doña María.
Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior,
refrenó de repente los caballos y esperó respetuosamente mientras
Tomasito saltaba del coche por orden de la maestra.
--La otra mata: no aquélla, Tomasito.
El interpelado sacó su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una alta
mata de azalea, volvió con ella hacia doña María.
--¿Adelante?
--Adelante.
Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch.
DE COMO SAN NICOLÁS LLEGÓ A BAR SANSÓN
Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. El
North Fork se había salido de madre y la Rattlesnake Creek estaba
impracticable.
Bajo una enorme extensión de agua que alcanzaba la base de las montañas
desaparecían los gruesos cantos rodados que durante el verano habían
señalado el vado en el cruce de Sansón.
El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger;
el último correo fue abandonado en los túneles y su jinete salvó la vida
luchando a brazo partido con la corriente.
Como observaba el _Alud de la Sierra_ con cierto orgullo local, «un
área» tan grande como el Estado de Massachusetts, está a estas fechas
bajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor.
El barro era denso en el camino de la montaña. En la carretera, galeras
que ni la fuerza física ni el ingenio podían arrancar de los baches en
que habían caído, obstruían el paso, y los tiros de caballos rezagados y
las blasfemias mostraban más que otra cosa el camino de Bar Sansón.
A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por un
viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansón, en la
Nochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrina
que la borrasca sacude en los viejos triglifos de pétreo entablamento.
Mientras la noche descendía sobre el campamento, unas pocas luces
brillaban, al través de la neblina, desde las ventanas de las cabañas a
entrambos lados del camino, surcado a la sazón por riachuelos
desordenados y azotado por violentas ventoleras.
Afortunadamente, la mayoría de los vecinos estaban recogidos en el
almacén de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cual
escupían, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidad
social, que relevaba a todos de cualquier otra ocupación.
Como la crecida de las aguas había suspendido las faenas de las minas y
del río, hacía ya mucho tiempo que los medios de diversión se habían
agotado en Bar Sansón. Además, la subsiguiente falta de dinero y
aguardiente quitaba el gusto hasta la más inocente diversión.
El mismo señor Perrín abandonó el Bar con cincuenta pesos en el
bolsillo, única cantidad que alcanzó a realizar de las grandes sumas
que llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio.
--Si me dijesen otro día, si me dijesen que señalara una bonita aldea en
donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero,
pudiera divertirse a menudo y alegremente, diría que Bar Sansón; pero
para un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, no
produce lo suficiente.
Como la familia del señor Perrín la formaban únicamente damas elegantes,
citamos esta observación más para dar una idea de su humor que de sus
deberes.
Formando abigarrado conjunto, encontrábanse reunidas aquellas personas
con la indiferente apatía que engendra la pereza y el fastidio.
Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, les
hizo volver en sí.
Sólo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alzó la
cabeza, pero nadie más del grupo dio a conocer el menor interés hacia el
hombre que entraba pausadamente, por cierto.
Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansón le
llamaban «El viejo».
A pesar de esto, parecía aún de complexión fresca y juvenil, y su
cabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta años. De
cara simpática y complaciente, tenía una aptitud así como la del
camaleón para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteres
de los que entraban en su trato.
Acababa de dejar a unos compañeros de diversión, así es que, de
momento, no observó la gravedad del grupo, pero golpeó amistosamente por
la espalda al hombre más próximo, y se echó en una silla que vio libre.
--¡Acabo de oír la cosa mejor del mundo, muchachos! ¿Conocen ustedes a
Melín? ¿El de allá abajo, Joaquín Melín, el hombre más divertido de Bar?
Pues Joaquín nos estaba contando el cuento de más chispa que...
--¡Melín es un animal!--interrumpió una voz seca.
--Un cuadrúpedo--añadió otro, en tono sepulcral.
Y el silencio volvió a reinar después de estas declaraciones.
El viejo miró rápidamente en torno al grupo. Luego, su cara se
transformó poco a poco.
--Es verdad--dijo, después de un momento de reflexión,--es realmente una
especie de cuadrúpedo, algo tiene de animal, no puede negarse.
Y frunció el ceño, como en dolorosa meditación de la ignorancia e
imbecilidad del impopular Melín.
--Hace un tiempo bien triste, ¿verdad?--añadió, engolfándose en la
corriente del general sentimiento.--Mala la van a pasar los obreros y
poco dinero corre esta temporada... Y mañana es Navidad.
Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se
traslució claramente si era de satisfacción o de disgusto.
--Sí--continuó el viejo en el tono lúgubre que desde los últimos
momentos involuntariamente adoptara,--esto es... se me ocurrió la idea,
¿comprenden? de que tal vez les gustaría venir a mi casa y pasar allí
una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustaría... ¿Quizá no están en
buena disposición?--añadió con simpática solicitud, observando las caras
de sus oyentes.
--No diré que no--respondió Tomás Flavio, algo más animado.--Puede que
sí. ¿Pero y tu mujer, viejo? ¿Qué tal va?
El viejo titubeó.
Todo Bar Sansón sabía que las experiencias conyugales no habían sido
felices para él.
Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido las
más vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un día éste
convidó a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase
plenamente probada.
Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tímida e inocente
criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron
que retirarse corridos y avergonzados.
La delicada sensitiva no se repuso fácilmente del choque de tan
extraordinario ultraje.
Le costó trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de un
armario en que estaba escondido y escaparse con él. Para consuelo del
marido, le dejó abandonado un niño de tres primaveras.
La actual consorte del viejo había sido su cocinera: mujer corpulenta,
de carácter brutal.
Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que la
casa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera él en
su casa convidaría a quien le pluguiese, aun cuando haciéndolo pusiera
en peligro su salvación. Los espíritus malignos, añadió además,
lucharían en vano contra él.
Todo esto dicho con una sequedad y vigor perdidos en esta traducción
obligada.
--Naturalmente... seguro... esto es--dijo el viejo frunciendo también el
entrecejo.--No hay nada de particular. Es mi casa; yo mismo he levantado
todos sus maderos. No hay por qué temerla. Tal vez grite un poco, como
hacen las mujeres, pero volverá a las buenas.
El viejo fiaba, para sus adentros, en la exaltación del licor y en el
poder de un valeroso ejemplo para sostenerse en semejante situación.
Hasta aquel momento, Federico Bullen, oráculo y cabeza de Bar Sansón, no
había hablado. Pero se quitó la pipa de los labios y prorrumpió:
--Viejo, ¿y cómo sigue tu niño Juanito? Se me figuró algo enfermizo la
última vez que lo vi en el camino tirando piedras a los chinos, y no
parecía interesarle eso en gran manera. Ayer pasó por aquí una tropa de
ellos, ahogados en el río, y pensé en Juanito. ¡Oh! ¡cómo los echaría de
menos! ¿Tal vez estorbaremos si está enfermo?
Visiblemente afectado, no sólo por este cuadro patético de la privación
de Juanito, sino también por tan circunspecta delicadeza, se apresuró
el padre a asegurarle que Juanito estaba mejor y que _un poco de broma
quizá le mejoraría algún tanto_.
Entonces Federico se levantó, y desperezose diciendo:
--Ya estoy. Enséñanos el camino. En marcha.
Y con un salto y un aullido característicos, precediolos, saliendo a
fuera.
Al pasar por delante del hogar agarró un tizón encendido, acción que
repitieron los demás de la partida, siguiéndolo de cerca, codeándose, y
antes de que Daniel, el asombrado propietario de la droguería, conociera
la intención de sus huéspedes, la sala estaba completamente desocupada.
Hacía una noche más oscura que boca de lobo. Las improvisadas antorchas
se extinguieron a la primera racha de viento y únicamente los rojos
tizones oscilando en las tinieblas como fuegos fatuos iluminaban
vagamente el estrecho sendero.
Este les conducía por la cañada del Pino arriba, a cuya entrada se
escondía en la cuesta una ancha pero baja cabaña con un techo primitivo
hecho de cañas y cortezas de pino.
Era el hogar del viejo y a la vez entrada de la mina en que trabajaba
cuando lo hacía.
Una vez allí el acompañamiento, se paró un momento por delicada
deferencia al anfitrión, que llegó de la retaguardia jadeante.
--Quizá hicieran ustedes bien en aguardar un segundo aquí fuera,
mientras yo entro y veo si todo está corriente--dijo el viejo con una
indiferencia que estaba muy lejos de su ánimo.
La indicación fue buenamente aceptada; la puerta se abrió y cerró tras
del anfitrión, y sus compañeros, apoyando las espaldas contra la pared y
cobijándose bajo el alero del tejado, esperaron con el oído atento.
Por algunos momentos no se oyó más sonido que el gotear del agua del
alero y el de las ramas que luchaban contra el viento que las sacudía,
crujiendo por encima de sus cabezas.
Los convidados principiaron a inquietarse y cuchichear indicaciones y
sospechas que pasaron de boca en boca.
--Sospecho que para empezar ya me le ha roto la crisma.
--Le habrá metido en el túnel y allí le dejará emparedado, seguramente.
--Le tendrá en el suelo y estará sentada encima.
--Probablemente está hirviendo algo para echárnoslo; apartémonos de la
puerta por lo que pudiera ser.
Pero en este momento el pestillo crujió, abriose despacio la puerta, y
una voz dijo:
--Entren a cubierto de la lluvia.
La voz no era la del viejo ni la de su mujer.
Era una voz infantil, cuyo débil timbre quebrantaba aquella ronquera
antinatural, que sólo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro del
alcohol.
Apareció ante ellos la figura de un niño, cuya cara podía haber sido
bonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldades
aprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y el
abandono.
Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conocía que acababa de
levantarse de la cama.
--Entren--repitió--y no hagan ruido. El viejo está allí hablando con
madre--prosiguió señalando un cuarto adyacente, que parecía ser una
cocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia.
--Suéltame--añadió el niño refunfuñando y dirigiéndose a Federico Bullen
que le había agarrado envuelto en la manta y fingía quererle echar al
fuego del hogar.
--¡Déjame, maldito viejo loco! ¿oyes?
Puesto así a raya Federico Bullen, dejole en el suelo, mientras que los
hombres entraron silenciosamente, colocándose en el centro del cuarto y
alrededor de una larga mesa de toscas tablas.
Inmediatamente Juanito encaminose con gravedad hacia un armario y sacó
varios objetos que colocó sobre la mesa pausadamente.
--Ahí tienen ustedes aguardiente y bizcochos, arenques ahumados y queso
(y en su camino hacia la mesa dio una dentellada a este último). Y
azúcar. (Sacó con mano muy sucia un puñado.) Hay también manzanas secas
en la alacena; pero no me chocan. Las manzanas hinchan. Helo aquí
todo--terminó.--Olvidábame el tabaco. Ahora a ello y sin temor: no hago
caso de la vieja; al fin y al cabo, no me es nada ¡Ea, pues!
Y se retiró hacia el umbral de un reducido cuarto, apenas mayor que un
armario, separado del cuarto principal por un tabique y que tenía una
pequeña cama en su pequeño y oscuro recinto.
Se detuvo allí un momento de pie mirando la compañía, saliéndole los
desnudos pies por debajo de la manta, y se despidió haciendo un ligero
movimiento.
--¡Escucha Juanito! ¿Vas a acostarte otra vez?--dijo Federico.
--Sí, voy--respondió con decisión el interpelado.
--¿Pues qué tienes, vejete?
--No estoy bueno.
--¿Cómo?
--Tengo fiebre. Y sabañones. Y reuma--contestó Juanito.
Y se hundió entre las sábanas. Después de una pausa momentánea, añadió
desde la oscuridad:
--Y el corazón me duele.
Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre sí y
después al fuego.
A pesar del apetitoso banquete que se les presentaba, pareció que caían
otra vez en el desaliento de la droguería de Daniel, cuando la voz
quejumbrosa del viejo, incautamente elevada, llegó hasta la reunión de
un modo bastante claro para ser oída.
--En esto te sobra la razón... Es mucha verdad... Claro está que lo
son. ¡Una cuadrilla de borrachos y holgazanes!... y ese Federico Bullen
es el peor de todos. ¿Es que no tiene juicio para venirse aquí, habiendo
en casa un enfermo y sin que tengamos provisión de ninguna clase?... Ya
se lo decía yo... Bullen, le he dicho, ¿es que estás borracho o loco
para pensar tal cosa?... ¿Y a Conrado? ¿Cómo ha podido ocurrírsete
convertir mi casa en un campo de Agramante, teniendo a mi niño enfermo?
Es que quisieron venir, te digo. He aquí lo que debe esperarse de esta
canalla del Bar.
Una carcajada homérica siguió a esta desgraciada manifestación.
En este momento, sea que fuera oída la risa en la cocina, o que la
iracunda compañera del viejo hubiese apurado todos los restantes modos
de expresar su desprecio e indignación, lo cierto fue que cerraron una
puerta trasera con gran estrépito.
Todos permanecieron suspensos hasta que reapareció el viejo, ignorando
por fortuna la causa del último estallido de hilaridad y sonriendo
hipócritamente.
--Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la señora Mac
Fadden--dijo a modo de explicación y con aire indiferente, al tomar
asiento entre los comensales.
Y, cosa singular, se necesitó de este adverso incidente para aliviar el
embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se
recobró con el regreso del anfitrión.
No intentaré contar los chistes del banquete de Nochebuena. Basta decir
que la conversación se caracterizó por la exaltación intelectual, el
cauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisión retórica y por
el mismo discurso lógico y coherente que distinguen a estas varoniles
reuniones en localidades más civilizadas y en donde reina el más fino
trato social.
No se rompió un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaron
inútilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez de
aquel artículo.
Sería casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta.
--Es preciso callar--dijo Federico alzando la mano.
Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato.
--¡Oh, padre!
El viejo se levantó apresuradamente introduciéndose en la habitación del
enfermo. Al poco rato reapareció.
--El reuma le vuelve con fuerza--dijo--y necesita unas fricciones.
Tomó de la mesa la damajuana de aguardiente y la sacudió. Estaba vacía
completamente.
Federico Bullen dejó su taza de hojadelata con una risa forzada. Los
demás hicieron lo propio.
El viejo examinó el contenido y dijo más animado:
--Me parece que hay bastante. Esperar un momento; vuelvo en seguida.
Y entró de nuevo en el cuartito, llevándose una camisa vieja de franela
y el aguardiente.
Como la puerta quedó entreabierta, se oyó distintamente el siguiente
diálogo:
--Dime, hijo mío, ¿dónde te duele más?
--Me duele todo. Ora aquí y ora ahí debajo; pero es más fuerte de aquí a
aquí. Corre, padre, friega fuerte.
Y el silencio parecía indicar una viva fricción. Entonces, Juanito dijo:
--¿Pasas un buen rato allí fuera, padre?
--Sí, hijo mío.
--¿Es Navidad mañana, verdad?
--Sí, hijo mío. ¿Cómo te sientes ahora?
--Mejor, frota un poco más abajo. ¿Y qué es Navidad? Dime: ¿por qué es
tal fiesta?
--¡Oh, es un día!...
Aquí, al parecer, pudo más el dolor que la infantil curiosidad, pues
hubo un silencioso intervalo, durante el cual el viejo continuó
frotando. Al poco rato, Juanito continuó:
--Madre dice que en todas partes, menos aquí, todos se dan cosas unos a
otros por ese día. Dice que hay un hombre que le llaman San Nicolás,
¿comprendes? Pero no un blanco, sino una especie de chino, que baja por
la chimenea la noche antes de Navidad, dejando cosas a los niños como yo
que han tenido cuidado de dejar allí sus botas. Eso... eso es lo que me
quería hacer creer... Vamos, padre, ¿dónde estás frotando? Estás a un
kilómetro del sitio... Dime: ¿no habrá inventado esto para hacernos
rabiar a ti y a mí?... No frotes ahí... Contesta.
En medio del silencio nocturno que parecía cernerse sobre la casa, se
oía claramente el murmullo de los cercanos pinos como arpas eólicas
tañidas por el viento.
--Vamos, no seas así, padre, pues pronto me voy a poner bueno. ¿Qué
hacen esos hombres ahí fuera?
El viejo entreabrió la puerta y miró distraídamente.
Los hombres estaban sentados en buena compañía, con unas cuantas monedas
de plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos.
--Están armando... algún juego. Ya se las arreglan--contestó a Juanito y
volvió a sus fricciones.
--Me gustaría ser mano y ganar dinero--dijo reflexivamente Juanito,
después de un corto silencio.
Por todo consuelo, el viejo repitió lo que a todas luces era para él
estribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta que
diesen con el filón, en la mina, tendría mucho dinero, y serían muy
ricos.
--Sí--dijo Juanito,--pero no lo encuentras. Además, dar con él o que yo
lo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestión de suerte.
Pero es muy extraño lo de Navidad, ¿no es cierto? ¿Por qué la llaman
Navidad?
Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huéspedes, sea
por un vago sentimiento de incongruencia, la contestación del viejo fue
tan baja, que quedó aprisionada entre las paredes de la habitación.
--Sí--dijo Juanito, con interés ya algo decaído.--Me han hablado ya de
_Él._ Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto daño como antes.
Ahora cúbreme bien con la manta y--añadió murmurando bajo la
ropa--siéntate a mi lado, hasta que me duerma. ¿Oyes?
Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de la
manta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de que
no le burlase en su justa pretensión.
El viejo esperó pacientemente algunos minutos.
La inusitada tranquilidad de la casa excitó su curiosidad; con la mano
desasida y sin levantarse, abrió cautelosamente la puerta y atisbó hacia
la sala.
Con gran extrañeza, la vio oscura y vacía.
Pero en aquel instante un leño que humeaba en el hogar se rompió, y a la
luz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a los
amortiguados tizones.
--¡Hola!
Federico se sobresaltó, púsose de pie y fue hacia él, medio
tambaleándose.
--¿Los compañeros dónde han ido?--dijo el viejo.
--Al momento vuelven por aquí. Han salido a fuera a dar un pequeño
paseo. Les estoy esperando. ¿Qué miras tan fijamente, viejo?--añadió con
risa forzada,--¿vas a creer que estoy borracho?
Podía habérsele perdonado al viejo la suposición, pues los ojos de
Federico estaban húmedos y su cara como un tomate.
Hízose un poco el remolón, y volvió a la chimenea. Bostezó, desperezose,
abrochó su levita, y dijo riendo:
--El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No te
levantes--prosiguió, cuando el viejo hizo un movimiento para librar su
manga de la mano de Juanito.--No hagas cumplidos. Puedes quedarte ahí
donde estás; me voy al instante. Ya están aquí.
Llamaron suavemente a la puerta.
Federico Bullen abriola, con un ademán se despidió del viejo y
desapareció.
El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que aún inerte le
detenía fuertemente, no siendo fácil desprenderse de ella. Era pequeña,
débil y flaca; pero quizá por ser pequeña, débil y demacrada cedió a su
presión y, aproximando aún más la silla a la cama, apoyó sobre ella la
cabeza, sorprendiéndole el sueño en esta actitud.
La habitación osciló y se desvaneció ante sus ojos; reapareció, se
desvaneció de nuevo, oscureciose y le dejó dormido del todo.
En tanto, Federico Bullen cerró la puerta, y se juntó a sus camaradas.
--¿Estás listo?--dijo Conrado.
--¡Listo!--dijo Federico,--¿qué hora es?
--La una--contestó,--¿puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entre
ida y vuelta.
--Así me parece--contestó Federico brevemente.--¿Está la yegua aquí?
--Bill y Jaime la tienen ya en el pinar.
--Pues que la guarden un momento.
Volviose y entró otra vez cautelosamente en la casa.
Guiado por la débil luz de la vela que se corría y del amortiguado
fuego, observó que la puerta del cuartito estaba abierta y se fue hacia
ella de puntillas.
El viejo roncaba echado en su silla, con las piernas extendidas, la
cabeza hacia atrás y el sombrero calado hasta las cejas.
A su lado, sobre una estrecha cama de madera, yacía Juanito envuelto
estrechamente como una momia en la manta, que le tapaba todo, excepto
una parte de la frente y una manecita cárdena y estirada que pugnaba
inútilmente por entrar.
Federico Bullen avanzó un paso, titubeó y miró por encima del hombro la
desierta sala.
Reinaba el silencio más profundo.
Con súbita resolución se inclinó sobre el dormido muchacho, separando
con ambas manos sus grandes bigotes.
Mas, en el instante de hacerlo, un travieso soplo de aire que le
acechaba, giró en torbellino por la chimenea abajo, reanimando el hogar
y despidiendo viva claridad, de la que huyó Federico como asustado.
Sus compañeros le esperaban ya en el pinar.
Dos de ellos luchaban para sujetar en la oscuridad un ser extrañamente
disforme, el cual a medida que Federico se acercaba, fue delineando su
figura. Era la yegua.
El cuadrúpedo no tenía, en realidad, bonita estampa.
Nada notable ofrecía desde su romo hocico hasta sus alzadas ancas, y
desde su arqueado espinazo, oculto por las raídas y tiesas _machillas_
de una silla mejicana, hasta sus gruesas, derechas y huesosas piernas,
no tenía una sola línea de la gracia y noble aspecto que distingue a su
especie.
Con los blancos ojos medio ciegos, pero malignos, su labio inferior
colgante y su monstruoso color, era incapaz de despertar el más leve
sentimiento estético.
--Bueno--dijo Conrado,--cuidado con las herraduras, muchachos, ¡arriba!
Ojo con no descuidarte en agarrar ante todo las crines, y cuida de
agarrar en seguida el otro estribo. ¡Arriba!
Montó atropelladamente el jinete, pateó luchando el solípedo,
apartáronse con precipitación los espectadores y volaron sacudidas en
círculo las herraduras, retemblando la tierra a los saltos del animal.
Por último, sonaron las espuelas y partió _Jovita_. Federico, en las
tinieblas, gritó:
--¡Bien va!
--Al volver no tomes el camino de abajo, a no ser que apremie el tiempo.
¡No la detengas al bajar la cuesta! A las seis te esperamos en el vado.
En marcha. ¡Hop! ¡Adelante!
Y chispearon las piedras, crujió ruidosamente la grava del camino y
Federico se hundió en la oscuridad.
* * * * * * *
¡Oh, musa! canta; ¡la cabalgada de Federico Bullen! ¡Oh, musas, venid en
mi ayuda para cantar los caballerescos varones, la sagrada empresa, las
hazañas, la batida de los patanes malandrines, la terrible cabalgada y
temerosos peligros de la flor de Bar Sansón! ¡Ah, musa mía! ¡Desdeñosa
estás!... Nada quiere con este animal coceador y con su andrajoso
jinete, y fuerza me es seguirlos en simple prosa.
Eran las dos; apenas alcanzara Rattlesnake-Hill, y ya en aquel intervalo
_Jovita_ había hecho gala de todos sus vicios, y sacado a relucir todas
sus habilidades.
Tres veces tropezó. Dos veces alzó el romo hocico en línea recta con las
riendas, y resistiendo el freno y la espuela, echó a correr locamente a
través de campos y sembrados.
Dos veces se puso de manos, y se dejó caer hacia atrás, y dos veces el
ágil Federico tuvo que recurrir a todo su ingenio y buena estrella para
recobrar su asiento.
Y una milla más adelante, al pie de una prolongada colina, estaba
Rattlesnake-Creek.
Federico sabía que allí le esperaba la prueba capital de su habilidad,
si quería llegar al término de su jornada. Apretó los dientes, encajó
sus rodillas en los costados de la yegua y cambió su táctica de defensa
en una enérgica ofensiva.
Excitada y enardecida _Jovita_, emprendió el descenso de la cuesta.
El artificioso Federico fingía detenerla con represión manifiesta, y
mentidos gritos de temor.
Inútil es añadir que _Jovita_ en seguida emprendió vertiginosa carrera.
Ni es necesario fijar aquí el tiempo empleado en el descenso; está
inscrito en las crónicas de Bar Sansón.
Sólo diré que al cabo de un momento, pareciole a Federico que le
salpicaba el barro de las inundadas orillas de Rattlesnake-Creek.
Conforme a los planes de Federico, el empuje que había adquirido la
llevó más allá del margen, y teniéndola a propósito para un gran salto,
se lanzaron en medio de la impetuosa corriente del río.
Unos momentos de lucha, coceando y nadando, y Federico respiró
ruidosamente, después de ganar la orilla opuesta.
El camino desde Rattlesnake-Creek hasta Red-Mountain era bastante bueno.
Sea porque el baño en Rattlesnake-Creek hubiese templado su maligno
ardor, o bien porque el arte con que Federico la condujo le hubiese
demostrado la superior malicia de su jinete, _Jovita_ ya no malgastaba
su energía sobrante en vanos caprichos, y parecía haber adquirido una
grave solemnidad.
Una vez tan sólo coceó con las piernas traseras, pero fue por la fuerza
de la costumbre; otra vez se espantó, pero fue por una maldita vieja que
se interpuso en el camino con un monumental cesto en la cabeza.
Fosos, montones de grava, trozos que emergían sembrados de fresca
hierba, volaron bajo sus piernas que parecían infundidas de extraño
vigor.
Empezó a resollar; una o dos veces tosió ligeramente, pero no
disminuyeron su fuerza ni la velocidad de su carrera.
A las tres había pasado la Red-Mountain y comenzaba el descenso hacia el
llano.
Diez minutos más tarde, el cochero de la rápida diligencia _Pionner_ fue
alcanzado y dejado atrás por un «hombre sobre un caballo _pinto_», según
expresión del conductor.
A las tres y media Federico se alzó sobre sus estribos y lanzó una
exclamación.
Al través de rasgadas nubes brillaban las estrellas, y frente a él, más
allá de la llanura, se alzaban dos agujas, dos astas de banderas y una
silueta de objetos negros escalonados.
Federico sacudió sus espuelas y blandió su _riata_. Precipitose
_Jovita_, y un momento después penetraron a la carrera en Tuttleville, y
pararon en la plaza de la Fonda de las Naciones.
Lo que ocurrió aquella noche en Tuttleville no forma, precisamente,
parte de esta historia.
Pero sin pecar de prolijo puedo manifestar que, cuando _Jovita_ hubo
pasado a poder del somnoliento mozo de cuadra, a quien muy pronto le
sacudió el sueño con un par de coces, Federico salió con el tabernero a
dar una vuelta por el pueblo que dormía silencioso.
Las luces de unas pocas tabernas y casas de juego brillaban aún, pero
evitando la tentación, pararon delante de varias tiendas cerradas, y
llamando repetidamente después del consiguiente griterío, consiguieron
hacer levantar de sus camas a los propietarios y obligándoles a
desatrancar las puertas de sus almacenes y a exponer sus géneros a los
importunos visitantes.
En algunos puntos no se pudieron librar de ciertas maldiciones, pero las
más de las veces por interés o por necesidad se mostraron complacientes,
y terminando la entrevista del modo más cordial.
Eran las tres cuando acabó esta ruta, y con un pequeño saco de goma
impermeable, atado con correas a sus espaldas, Federico volvió a la
posada.
Pero allí le acechaba la Belleza. La Belleza opulenta en encantos y
ricos vestidos, persuasiva en el hablar y española en el acento.
En vano repitió la invitación del _Excelsior_.
El hijo de las sierras rechazó a la Belleza con gallardía, no sin
mitigar el desaire con una sonrisa y su última moneda de oro.
Volvió a montar después, y emprendió su camino por la triste calle
abajo, y luego por la llanura siempre lúgubre. Muy pronto la negra línea
de casas, las aguas y el asta de bandera se perdieron en lontananza
detrás de él, como si la tierra las hubiese tragado.
El tiempo había amainado. El aire era penetrante y frío, las siluetas de
los cercanos mojones se percibían ya; eran las cinco y media cuando
Federico alcanzó la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado.
Con objeto de evitar la rápida pendiente había tomado un camino más
largo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso _Jovita_ se hundía hasta
las orejas a cada paso.
No era muy buena preparación para una seria subida de cinco millas; pero
_Jovita_ arremetió con su habitual, ciega e impetuosa furia, y media
hora más tarde alcanzó la extensa llanura que conduce a
Rattlesnake-Creek: treinta minutos más, y llegaban a la meta.
Federico soltó ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua,
excitola con un silbido, y tarareó una canción.
Espantose de pronto _Jovita_, y dio un salto que hubiera desmontado a un
árabe.
Agarrado a las riendas, estaba un hombre que había saltado desde la
cuneta y al mismo tiempo se alzaban ante él y en el camino un caballo y
otro jinete en la oscuridad.
--¡Afloja tu bolsa, canalla!--dijo en voz de mando y con una blasfemia
la segunda fantasma.
Federico sintió a la yegua temblar debajo de sí y como si fuese a caer
desplomada.
Sabía lo que esto significaba, y se preparó.
--Apártate, Simón, te conozco, maldito bandido; déjame pasar o verás...
Dejó la frase sin terminar.
La yegua levantó las patas al aire con un salto terrible, sacudiendo del
bocado a la persona que la había agarrado y descargó su mortal
malevolencia contra el obstáculo detentor.
Una blasfemia rasgó los aires, sonó un pistoletazo, caballo y salteador
rodaron por el suelo y un momento después _Jovita_ estaba a cien metros
de aquel funesto lugar.
Pero el brazo derecho del jinete, destrozado por una bala, colgaba
inerte a su lado. Sin disminuir la velocidad, cambió las riendas a su
mano izquierda.
Algunos momentos más tarde viose obligado a parar y a apretar la cincha,
que, mal asegurada, podía estúpidamente lograr lo que no habían
conseguido el peligro ni el ataque.
Esta operación requirió unos minutos de suprema angustia.
Sin embargo, no temía la persecución. Mirando al cielo, vio que las
estrellas de oriente palidecían, y que las lejanas cumbres, perdida su
espectral blancura, se destacaban ya con sombrías tintas sobre un cielo
cada vez más argentino. El día se le venía encima.
Haciendo un heroico esfuerzo y completamente absorto en una sola idea,
olvidó el dolor de su herida, y montando de nuevo corrió hacia
Rattlesnake-Creek.
Pero el aliento de _Jovita_ era ya entrecortado, Federico vacilaba en la
silla y el cielo se aclaraba ya del todo.
--¡Adelante! ¡Corre, _Jovita_! ¡oh, día, si pudiese detenerte con una
mano!
En los últimos pasos sentía ya un zumbido en sus oídos.
El brazo del jinete desangraba más y más...
Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado y
desvanecido y no reconoció el terreno que pisaba.
¿Había tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek?
Federico iba por el recto camino.
Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes había vadeado, estaba
desbordado, y las aguas invadían los campos vecinos, de modo que se
interponía entonces como rápido e irresistible río entre él y
Rattlesnake-Hill.
Por primera vez en aquella noche, sintió Federico el corazón oprimido.
Todo fluctuaba ante sus ojos, y el río, la montaña y la temprana aurora
giraban a su alrededor con velocidad vertiginosa.
Entonces los cerró, concentrándose en sí mismo para recobrar la
conciencia que empezaba a vacilar.
En aquel breve intervalo, por algún fantástico procedimiento mental, el
cuartito de Bar Sansón y el grupo del padre e hijo dormidos, apareció a
su vista.
De repente abriéronse de nuevo sus ojos; tiró su levita, la pistola, las
botas y la misma silla, ató fuertemente a sus espaldas el precioso lío;
con las desnudas rodillas apretó los costados de _Jovita_, y tendido
sobre el lomo del animal la azuzó hacia la corriente.
Un grito se alzó desde la orilla opuesta, mientras que la cabeza de un
hombre y de un caballo se mostraban por algunos momentos sobre la
batalladora corriente, para ser arrastrados luego fuera del río, por
entre descuajados árboles y viscosas masas de lodo.
* * * * * * *
El fuego se había extinguido en el hogar. La vela de la habitación
interior espiraba, y en la puerta dieron un fuerte aldabonazo.
El viejo despertó sobresaltado.
Descorrió precipitadamente el cerrojo, pero dando un grito retrocedió
ante la choreante y deshecha figura que vacilaba en el umbral.
--¡Federico!
--¡Silencio! ¿Despertó ya?
--No; ¿pero... Federico?
--¡Calla, animal! Tráeme un poco de aguardiente, vivo.
Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella misma
noche, pues el viejo voló en su busca y volvió con... una botella vacía.
Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado.
Titubeó, y agarrándose del tirador de la puerta, llamó con una señal al
viejo mientras aseguraba el bulto de la espalda.
--Hay algo aquí en ese lío para Juanito. Quítamelo. A mí me es
imposible.
Lleno de turbación, el viejo desató el lío y colocolo ante el pobre
Federico que estaba desfalleciendo.
--¡Abrelo, en seguida!
Hízolo con dedos temblorosos.
Contenía tan sólo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero
relucientes de pintura y oropel. Inútil es decir que todos llevaban
impresas las huellas de la odisea que habían seguido.
En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el agua
irreparablemente, y sobre el último una mancha de sangre extendía su
fatídico contorno.
--No parece gran cosa, en verdad--balbuceó Federico tristemente.--Pero
es lo mejor que hemos podido hacer. Recíbelos, viejo, y pónselos en sus
zapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza.
El viejo tomolo en sus brazos.
--Dile--añadió Federico sonriendo débilmente,--dile que San Nicolás ha
venido.
Y de esta manera, manchado de lodo y sangre, casi desnudo, anonadado,
andrajoso, con un brazo colgando inerte a su lado, San Nicolás llegó a
Bar Sansón, y cayó desfallecido en el umbral de una mísera vivienda.
El sol extendía ya por el firmamento sus dorados rayos; elevose
dulcemente, y con inefable amor pintó de rosadas tintas los lejanos
picachos.
Y el albor de Navidad acarició tan tiernamente a Bar Sansón, que la
montaña entera, como sorprendida en una acción generosa, se sonrojó
hasta las nubes.
LA SUERTE DE CAMPO RODRIGO
Agitábase en conmoción Campo Rodrigo. Cuestión de riñas no sería, pues
en 1850 no era esta novedad bastante para reunir todo el campamento. No
solamente quedaron desiertos los fosos, sino que hasta la especería de
Tut contribuía también con sus jugadores, quienes, como todos sabían,
continuaron reposadamente su partida el día en que Pedro el francés y
Kanaka Joe se mataron a tiros por encima del mostrador, frente mismo de
la puerta. Formando compactos grupos estaban los vecinos reunidos ante
una tosca cabaña, hacia el lado exterior del campamento. Se cuchicheaba
con verdadero interés, y a menudo se repetía el nombre de una mujer,
nombre bastante familiar en el campamento: Genoveva Sal.
Hablar de ella prolijamente sería contraproducente. Basta consignar que
era una mujer grosera y desgraciadamente muy pecadora, pero al fin y al
cabo la única mujer del campamento Rodrigo, que precisamente pasaba la
crisis suprema en que su sexo requiere mayor suma de cuidados y
atenciones.
Viciosa, abandonada e incorregible, padecía, sin embargo, un martirio
cruel aun cuando lo atienden y dulcifican las compasivas manos
femeninas.
En aquel aislamiento original y terrible, sin duda había caído sobre
ella la maldición que atrajo Eva en castigo del primer pecado. Tal vez
formaba parte de la expiación de sus faltas, que en el momento en que
más falta le hacía la ternura intuitiva y los cuidados de su sexo, sólo
se encontrara con las caras indiferentes de hombres egoístas. De todos
modos, creo que algunos de los espectadores se encontraban afectados
compadeciéndola sinceramente. Alejandro Tipton pensaba que aquello era
muy duro «para Sal», y conmovido con tal reflexión, se hizo por el
momento superior al hecho de tener escondidos en la manga un as y dos de
triunfos.
Hay que confesar que el caso no era para menos. No escaseaban en Campo
Rodrigo los fallecimientos, pero un nacimiento no era cosa conocida.
Varias personas habían sido expulsadas del campamento resuelta y
terminantemente, y sin ninguna probabilidad de ulterior regreso; pero
ésta era la primera vez que en él se introducía alguien _ab initio_. He
aquí la causa de la sensación.
--Oye, Edmundo--dijo un ciudadano prominente, conocido por León,
dirigiéndose a uno de los curiosos.--Entra aquí y mira lo que puedas
hacer, tú que tienes experiencia en estas cosas.
Y a la verdad que la elección no podía ser más acertada. Edmundo en
otros climas había sido la cabeza putativa de dos familias.
Precisamente, a alguna informalidad legal en ese proceder, se debió que
Campo Rodrigo, pueblo hospitalario, le contase en su seno. Todos
aprobaron la elección y Edmundo fue bastante prudente para acomodarse a
la voluntad de sus conciudadanos. La puerta se cerró tras del
improvisado cirujano y comadrón, y todo Campo Rodrigo se sentó en los
alrededores de la cabaña, fumó su pipa y aguardó el desenlace de la
tragedia.
La abigarrada asamblea contaba unos cien individuos; uno o dos de éstos
eran verdaderos fugitivos de la justicia, otros eran criminales y todos
del «qué se me da a mí». Exteriormente no dejaban traslucir el menor
indicio sobre su vida y antecedentes. El más desalmado tenía una cara de
Rafael, con profusión de cabellos rubios: Arturo, el jugador, tenía el
aire melancólico y el ensimismamiento intelectual de un Hamlet: el
hombre más sereno y valiente apenas medía cinco pies de estatura, con
una voz atiplada y maneras afeminadas y tímidas. El término truhanés
aplicado a ellos constituía más bien una distinción que una definición.
Individualmente considerados, quizá faltaban a muchos los detalles
menores, como dedos de la mano y pies, orejas, etc.; pero estas leves
omisiones no le quitaban nada de su fuerza colectiva. El más hábil de
entre ellos, no tenía más que tres dedos en la mano derecha; el más
certero tirador era tuerto de solemnidad.
Tal era el aspecto físico de los hombres dispersos en torno de la
cabaña. Formaba el campamento de Campo Rodrigo un valle triangular entre
dos montañas y un río, y era su única salida un escarpado sendero que
escalaba la cima de un monte frente a la cabaña, camino iluminado
entonces por los plateados rayos de Diana.
La paciente podía haberlo visto desde el tosco lecho en que yacía. Podía
verlo serpentear como una cinta de plata, hasta expirar en lo alto
confundido con las nubes. Un fuego de ramas de pino carcomidas fomentaba
la sociabilidad en la reunión. Lentamente, reapareció la alegría natural
de Campo Rodrigo. Cambiáronse apuestas a discreción respecto al
resultado: Tres contra cinco que Sal saldría con bien de la cosa;
además, también apostose que viviría la criatura y se atravesaron
apuestas aparte sobre el sexo y complexión del futuro huésped. En lo más
recio de la animada controversia, oyose una exclamación de los que
estaban más cercanos a la puerta, y todo el mundo aguzó los oídos.
Dominando el rumor del aire entre los pinos que agitaba, el murmullo de
la rápida corriente del río y el chisporroteo del fuego, oyose un grito
agudo, quejumbroso, un grito al que no estaban avezados los habitantes
del campamento de Campo Rodrigo. Las hojas cesaron de gemir, el río cesó
en su murmullo y el fuego de chisporrotear: parecía como si la
Naturaleza hubiese suspendido sus latidos.
El campamento se levantó como un solo hombre. No sé quién propuso volar
un barril de pólvora, pero prevalecieron más sanos consejos, y sólo se
acordó el disparo de algunos revólvers en consideración al estado de la
madre, la cual, sea debido a la tosca cirugía del campamento, sea por
algún otro motivo, fenecía por momentos. No transcurrió una hora sin
que, como ascendiendo por aquel escarpado camino que conducía a las
estrellas, saliese para siempre de Campo Rodrigo, dejando su vergüenza y
su pecado. No creo que tal noticia preocupara a nadie a no ser por la
suerte del recién nacido.
--Pero, ¿podrá vivir ahora?--preguntaron todos a Edmundo.
Su contestación fue dudosa. El único ser del sexo de Genoveva Sal que
quedaba en el campamento en condiciones de maternidad, era una borrica.
Suscitose breve debate respecto a las cualidades de semejante nodriza,
pero se sometió a la prueba, menos problemática que el antiguo
tratamiento de Rómulo y Remo y al parecer tan satisfactoria.
Disponiendo todos estos adminículos, se pasó todavía otra hora. Por
último, se abrió la puerta y la ansiosa muchedumbre de hombres, que ya
se había formado en cola, desfiló ordenadamente por el interior de la
fúnebre cabaña. Inmediato del bajo lecho de tablas, sobre el cual se
dibujaba fantásticamente perfilado el cadáver de la madre envuelto en la
manta, había una tosca mesa cuadrada. Encima de esta había una caja de
velas, y dentro, envuelto en franela de un encarnado chillón, yacía el
recién llegado a Campo Rodrigo. Al lado mismo de la improvisada cuna,
había colocado un sombrero; pronto se comprendió su destino.
--Señores--dijo Edmundo con una extraña mezcla de autoridad y de
complacencia _ex oficio_,--los señores tendrán la bondad de entrar por
la puerta principal, dar la vuelta a la mesa y salir por la puerta
posterior. Los que deseen contribuir con algo para el huérfano,
encontrarán a mano un sombrero que se ha dispuesto para el caso.
El primer visitante entró con la cabeza cubierta, pero al girar una
mirada en torno suyo se descubrió, y así, inconscientemente, dio el
ejemplo a los demás, pues en tal comunidad de gentes, las acciones
buenas y malas tienen efecto contagioso. A medida que desfilaba la
procesión, se dejaban oír los comentarios críticos, dirigidos más
particularmente a Edmundo en su calidad de expositor y cirujano.
--¿Y es eso?
--El ejemplar es verdaderamente minúsculo.
--¡Qué encarnado está!
--¡Si no es más largo que un revólver!
Pero lo verdaderamente característico fueron los donativos: una caja de
rapé, de plata; un doblón; un revólver de marina, montado en plata; un
lingote de oro; un hermoso pañuelo de señora primorosamente bordado (de
parte de Arturo, el jugador), un prendedor de diamantes; una sortija
también de diamantes (regalo sugerido por el precedente, con la
observación del dador de que vio aquel alfiler y lo mejoró con dos
diamantes); una honda; una biblia (dador incógnito); una espuela de oro;
una cucharita de plata cuyas iniciales no eran precisamente las del
generoso donante; un par de tijeras de cirujano; una lanceta; un billete
de Banco de Inglaterra, de cinco libras, y como unos doscientos pesos
sueltos, en oro y en monedas de todo cuño. Mientras duró la ceremonia,
Edmundo mantuvo un silencio tan absoluto como el de la muerta que tenía
a su izquierda y una gravedad tan indescifrable como la del recién
nacido, que yacía encima de la mesa.
Un ligero incidente rompió la monotonía de aquella extraña procesión.
Al inclinarse León curiosamente sobre la caja de velas, la criatura se
volvió, y en un movimiento de espasmo agarró el errante dedo del minero
y por un momento lo retuvo con fuerza.
León puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se
esforzó en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.
--¡Maldito bribón!--dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado
de los que se podrían sospechar de él.
Y al salir, mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolo
con extraña atención.
Este examen provocó la misma original observación respecto del angelito.
En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.
--¡Ha reñido con mi dedo!--dijo a Alejandro Tipton, mostrando este
órgano privilegiado.
--¡Maldito bribón!
Habían dado las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. En la
cabaña, donde alguien velaba, ardían unas luces; Edmundo no se acostó
aquella noche ni León tampoco; éste bebió a discreción y relató
gustosamente su aventura de un modo invariable, terminándola con la
calificación característica del recién nacido; esto parecía ponerle a
salvo de cualquier acusación injusta de sensibilidad, y León no era
hombre de debilidades... Después que todos se hubieron acostado, llegose
hasta el río, silbando con aire indiferente. Remontó después la cañada,
y pasó por delante de la cabaña silbando aún con significativo descuido.
Sentose junto a un enorme palo campeche y volvió sobre sus pasos y otra
vez pasó por la cabaña. Al llegar allí, encendió pausadamente su pipa, y
en un momento de franca resolución llamó a la puerta.
Edmundo la abrió.
--¿Cómo va?--dijo León, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de
velas.
--Perfectamente--contestó Edmundo.
--¿Ocurre algo?
--Nada.
Sucedió una pausa, una pausa embarazosa. Edmundo continuaba con la
puerta abierta; León recurrió a su dedo, que mostró a Edmundo.
--¡Se peleó con él el maldito bribón!--dijo, y partió en seguida.
Al amanecer del día siguiente, tuvo Genoveva Sal la ruda sepultura que
podía darle Campo Rodrigo; después, cuando su cuerpo hubo sido devuelto
al seno del monte, celebrose una reunión formal en el campamento para
discutir lo que debería hacerse con su hijo, recayendo el acuerdo
unánime y entusiasta de adoptarlo. Pero a la vez se levantó un animado
debate respecto de la posibilidad y manera de subvenir a los dispendios
de su mantenimiento. Digno de consignarse es que los argumentos no
participaron de ninguna de aquellas feroces personalidades a que
conducían, por lo general, las discusiones en Campo Rodrigo. El
excirujano propuso enviar la criatura a Red-Dog, a cuarenta millas de
distancia, en donde se le podrían prodigar femeniles cuidados: pero la
desgraciada proposición encontró en seguida la más unánime y feroz
oposición. Indudablemente, no se quería tomar en cuenta plan alguno que
encerrase la idea de separarse del recién venido.
Más desconfiado, Tomás Rider observó que aquella gente de Red-Dog podía
cambiarlo y endosarles otro, incredulidad respecto a la honradez de los
vecinos campamentos que prevalecía en Campo Rodrigo tocante a todos los
asuntos.
La proposición de tomar una nodriza encontró también en la asamblea una
oposición formidable. Díjose, en primer lugar, que no se alcanzaría de
una mujer decente el que aceptara como hogar Campo Rodrigo, y añadió el
orador que no hacía falta nadie de otra especie. Esta indirecta, poco
caritativa para la difunta madre, por dura que pareciese, fue el primer
síntoma de regeneración del campamento. Edmundo nada dijo; tal vez por
motivos de delicadeza no quiso meterse en la elección de su posible
sucesor, pero cuando le preguntaron, afirmó resueltamente que él y
_Jinny_, la borrica antes aludida, podían componérselas para criar al
pequeñuelo. Algo de original, independiente y heroico había en este
plan, que gustó al campamento, por lo que se ratificó la confianza a
Edmundo, enviándose a Sacramento por unos pañales.
--Cuidado--dijo el tesorero poniendo en manos del enviado un saco de
arena aurífera que se pudo encontrar;--encajes, trabajos de filigrana y
randas... todo lo que sea menester.
Aunque parece milagro, la criatura salió adelante; tal vez el clima
vigoroso de la montaña se encargó de subsanar las deficiencias de la
cría. La Tierra amamantó con sus ubres a este aventurero. En aquella
atmósfera de las colinas, al pie de la sierra, en aquel aire vivo, de
olores balsámicos, encontró cordial a la vez purificante y vivificador,
que le servía de alimento, o bien una química sutil que convertía la
leche de burra en cal y fósforo y demás nutritivos elementos. Edmundo se
inclinaba a creer que era lo último, y su solícita y esmerada atención.
--Yo y la burra--decía--le hemos servido de padre y madre.
Y añadía a menudo, dirigiéndose al envoltorio mal pergeñado que tenía
delante:
--Nunca jamás te vuelvas contra nosotros.
Al cabo de treinta días, hízose evidente la necesidad de dar nombre al
niño, pues hasta entonces había sido conocido como «el corderito», «el
niño de Edmundo», «el cayote», alusión a sus facultades vocales, y aun
por el tierno diminutivo de «el maldito bribón». Sin embargo, pronto se
dijo que esto era vago y poco satisfactorio, y finalmente prevaleció una
nueva opinión. Los aventureros y jugadores son supersticiosos: Arturo
declaró un día que la criatura llevaba la _suerte_ a Campo Rodrigo, y a
la verdad el campamento no había sido desgraciado en los últimos
tiempos. Así, pues, éste fue el nombre convenido, con el prefijo de
Tomasín, para hacerlo un poco más cristiano. No se hizo alusión alguna a
la madre, y el padre poco importaba.
--Mejor es--dijo el filosófico Arturo--dar de nuevo las cartas, llamarle
_La Suerte_ y comenzar el juego otra vez.
Se señaló, pues, día para el bautizo. A juzgar por la despreocupada
irreverencia que reinaba en Campo Rodrigo, puede imaginarse lo que venía
a significar dicha fiesta. El maestro de ceremonias era un tal Boston,
célebre taravilla, y la ocasión parecía prestarle magnífica ocasión para
lucir sus chistes y agudezas. Este ingenioso bufón pasó dos días
preparando una parodia del ceremonial de la iglesia, con algunas
alusiones de sabor local. Ensayose convenientemente el coro y se eligió
padrino a Alejandro Tipton. Después de la procesión llegó éste a la
arboleda con música y banderas al frente, y la criatura fue depositada
al pie de un altar simulado. Pero de pronto apareció Edmundo, y
adelantándose al frente de la muchedumbre en expectativa, dijo lo
siguiente:
--No es mi costumbre echar a perder las bromas, muchachos--y en esto
irguiose el hombrecillo resueltamente, haciendo frente a las miradas en
él fijas,--pero me parece que esto no cuadra. Es hacer un desafuero al
chiquitín, eso de mezclarle en bromas que no puede comprender. Y
respecto a la elección de padrino, dijo en tono autoritario:--Quisiera
saber quién tiene más derechos que yo.
Un grave silencio siguió a estas palabras, pero sea dicho en honor de
todos los bromistas, el primer hombre que reconoció la justicia fue el
organizador del espectáculo, privándose así del legítimo disfrute de su
trabajo.
Aprovechando estas ventajas, continuó Edmundo rápidamente:--Pero,
estamos aquí para un bautizo y lo tendremos: Yo te bautizo, Tomás La
Suerte, según las leyes de los Estados Unidos y de California, y... en
nombre de Dios. Amén.
Por primera vez se profería en el campamento el nombre de Dios de otro
modo que profanándolo. La ceremonia que acababa de celebrarse era tal
vez más risible que la que había concebido el satírico Boston, pero,
cosa extraña, nadie reparó en ello. Tomasín fue bautizado tan
seriamente como lo hubiera sido bajo las bóvedas de un templo cristiano,
y en igual forma tratado y considerado.
Y así fue cómo principió la obra de regeneración de Campo Rodrigo,
operándose en el campamento un cambio imperceptible. Lo que primeramente
experimentó las primeras señales de progreso, fue la modesta vivienda de
Tomasín. Limpiada y blanqueada cuidadosamente, fue luego entarimada con
maderas, empapelada y adornada. La cuna de palo rosa traída de ochenta
millas sobre un mulo, como decía Edmundo a su manera, fue digno remate
de todo aquello. De este modo, la rehabilitación de la cabaña fue un
hecho consumado. La numerosa concurrencia que solía pasar el rato en
casa de Edmundo para ver cómo seguía La Suerte, apreciaban el cambio, y,
en defensa propia, el establecimiento rival, la especería de Tut, se
restauró con un espejo y una alfombra. Consecuencia saludable de estas
novedades, fue fomentar en Campo Rodrigo costumbres más rígidas de aseo
personal; además, Edmundo impuso una especie de cuarentena a aquellos
que aspiraban al honor de tener en brazos a La Suerte. Claro que esto
fue una mortificación para León, quien, gracias al descuido de una
varonil naturaleza y a las costumbres de la vida de fronteras, había
creído hasta entonces que los vestidos eran una segunda piel que, como
la de la serpiente, sólo se cambiaba cuando se caía por carecer de
utilidad. No obstante, fue tan sutil la influencia del ejemplo ajeno,
que desde aquella fecha en adelante apareció regularmente con camisa
limpia y cara aún reluciente por el contacto del agua fresca. Tampoco
fueron descuidadas las leyes higiénicas, tanto morales como sociales.
Tomasito, al que se suponía en necesidad permanente de reposo, no debía
ser estorbado por ruidos molestosos, así es que la gritería y los
aullidos tan connaturales a los habitantes del campamento, no fueron
permitidos al alcance del oído de la casa de Edmundo. Los hombres
conversaban en voz baja o bien fumaban con gravedad india, la blasfemia
fue tácitamente proscrita de aquellos sagrados recintos, y en todo el
campamento la forma expletiva popular: maldita sea la suerte o maldita
la suerte, fue desechada por prestarse a enojosas interpretaciones. Sólo
fue autorizada la música vocal por suponérsele una cualidad calmante, y
cierta canción entonada por Jack, marino inglés, desertor de las
colonias australianas de S. M. Británica, se hizo popular como un canto
de cuna. Se trataba del relato lúgubre de las hazañas de la _Aretusa_,
navío de 74 cañones, cantado en tono menor, cuya melodía terminaba con
un estribillo prolongado al fin de cada estrofa. Era de ver a Jack
meciendo en sus brazos a La Suerte con el movimiento de un buque y
entonando esta canción de sus tiempos de fidelidad. No sé si por el
extraño balanceo de Jack, o por lo largo de la canción--contenía noventa
estrofas, que se continuaban en concienzuda deliberación hasta el
deseado fin,--el canto de cuna causaba el efecto deseado. Al volver del
trabajo, los mineros se tendían bajo los árboles, en el suave crepúsculo
de verano, fumando su pipa y saboreando las melodiosas cadencias de la
composición. Una vaga idea de que esto era la felicidad de Arcadia, se
infundió a todos.
--Esta especie de cosa--decía el Chokney Simons, gravemente apoyado en
su codo--es celestial.
Le recordaba a Greenwich.
En los calurosos días de verano, generalmente llevaban a La Suerte al
valle, donde Campo Rodrigo explotaba el metal precioso. Allí, mientras
los hombres trabajaban en el fondo de las minas, el pequeñuelo
permanecía sobre una manta extendida sobre la verde hierba. La intuición
artística de los mineros acabó por decorar esta cuna con flores y
arbustos olorosos, llevándole cada cual, de tiempo en tiempo, matas de
silvestre madreselva, azalea, o bien los capullos pintados de las
mariposas. De allí en adelante, se despertó en los mineros la idea de la
hermosura y significación de estas bagatelas que durante tanto tiempo
habían hollado con indiferencia. Un fragmento de reluciente mica, un
trozo de cuarzo de variado color, una piedra pulida por la corriente del
río, se embellecieron a los ojos de estos valientes mineros y fueron
siempre puestos aparte para La Suerte. De esta manera, la multitud de
tesoros que dieron los bosques y las montañas para Tomasín, fue
incalculable. Circundado de juguetes tales como jamás los tuvo niño
alguno en el país de las hadas, es de esperar que Tomasín viviese
satisfecho. La felicidad se asentaba en él, pero dominaba una gravedad
infantil en todo su aspecto una luz contemplativa en sus grises y
redondos ojos que alguna vez pusieron a Edmundo en grave inquietud. Era
muy dócil y apacible. Dicen que una vez, habiendo caminado a gatas más
allá de su corral o cercado de ramas de pino entrelazadas que rodeaban
su cuna, se cayó de cabeza por encima del banquillo, en la tierra
blanda, y permaneció con las encogidas piernas al aire, por lo menos,
cinco minutos, con una gravedad y un estoicismo admirables, levantándolo
sin una queja. Otros muchos ejemplos de su sagacidad sin duda se
sucederían, que desgraciadamente descansan en las relaciones de amigos
interesados. No carecían muchos de cierto tinte supersticioso.
Por ejemplo. Un día León llegó en un estado de excitación verdaderamente
extraordinario.
--No hace mucho--dijo,--subí por la colina, y maldito sea mi pellejo, si
no hablaba con una urraca que se ha posado sobre sus pies. Charlando
como dos querubines, daba gozo verles allí tan graciosos y desenvueltos.
De cualquier manera que fuese, ya corriendo a gatas por entre las ramas
de los pinos o tumbado de espaldas contemplase las hojas que sobre él se
mecían, para él cantaban los pájaros, brincaban las ardillas y se abrían
las flores suavemente. La Naturaleza fue su nodriza y compañera de
juego, y tan pronto deslizaba entre las hojas flechas doradas de sol
que caían al alcance de su mano, como enviaba brisas para orearle con el
aroma del laurel y de la resina, le saludaban los altos palos campeches
familiarmente, y somnolientas zumbaban las abejas, y los cuervos
graznaban para adormecerlo.
Así transcurrió el verano, edad de oro de Campo Rodrigo.
Feliz tiempo era aquél, y la Suerte estaba con ellos. Las minas rendían
enormemente; el campamento estaba celoso de sus privilegios y miraba con
prevención a los forasteros; no se estimulaba a la inmigración, y al
efecto de hacer más perfecta su soledad, compraron el terreno del otro
lado de la montaña que circundaba el campamento en donde hubiese cuajado
perfectamente el célebre _adversus hostem, eterna auctoritas_ de los
romanos. Esto y una reputación de rara destreza en el manejo del
revólver mantuvo inviolable el recinto del afortunado campamento. El
peatón postal, único eslabón que los unía con el mundo circunvecino,
contaba algunas veces maravillosas historias de Campo Rodrigo, diciendo
a menudo:
--Allí arriba tienen una calle que deja muy atrás a cualquier calle de
Red-Dog; tienen alrededor de sus casas emparrados y flores, y se lavan
dos veces al día; pero son muy duros para con los extranjeros e
idolatran a una criatura india.
La prosperidad del campamento hizo entrar un deseo de mayores adelantos;
para la primavera siguiente se propuso edificar una fonda e invitar a
una o dos familias decentes para que allí residiesen, quizá para que la
sociedad femenina pudiese reportar algún provecho al niño. El sacrificio
que esta concesión hecha al bello sexo costó a aquellos hombres, que
eran tenazmente escépticos respecto de su virtud y utilidad general,
sólo puede comprenderse por el entrañable afecto que Tomasín inspiraba.
No faltó quien se opusiera, pero la resolución no se podía efectuar
hasta el cabo de tres meses, y la misma minoría cedió, sin resistencia,
con la esperanza de que algo sucedería que lo impidiese, como en efecto
sucedió.
El invierno de 1851 se recordará por mucho tiempo en toda aquella
comarca. Una densa capa de nieve cubría las sierras: cada riachuelo de
la montaña se transformó en un río y cada río en un brazo de mar: las
cañadas se convirtieron en torrentes desbordados que se precipitaron por
las laderas de los montes, arrancando árboles gigantescos y esparciendo
sus arremolinados despojos por doquier. Red-Dog fue inundado ya por dos
veces, y Campo Rodrigo no tardaría en correr la misma suerte.
--El agua llevó el oro a estas hondonadas--dijo Edmundo,--una vez ha
estado aquí, otra vendrá.
Y aquella noche el North-Fork rebasó repentinamente sus orillas y barrió
el valle triangular de Campo Rodrigo. En la devastadora avenida que
arrebataba árboles quebrados y maderas crujientes, y en la oscuridad
que parecía deslizarse con el agua e invadir poco a poco el hermoso
valle, poco pudo hacerse para recoger los desparramados despojos de
aquella incipiente ciudad. Al amanecer, la cabaña de Edmundo, la más
cercana a la orilla del río, había desaparecido. En el fondo de la
hondonada, encontraron el cuerpo de su desgraciado propietario; pero el
orgullo, la esperanza, la alegría, la Suerte de Campo Rodrigo no
pareció.
Emprendía ya el regreso con corazón triste, cuando un grito lanzado
desde la orilla los detuvo; era una barca de socorro que venía contra
corriente. Dijeron que, unas dos millas más abajo, habían recogido un
hombre y una criatura medio exánimes. Quizá algunos los conocería si
pertenecían al campamento.
Una sola mirada les bastó para reconocer a León, tendido y magullado
cruelmente, pero teniendo todavía en los brazos a La Suerte de Campo
Rodrigo.
Al inclinarse sobre la pareja extrañamente junta, vieron que la criatura
estaba fría y sin pulso.
--Está muerto--dijo uno.
León abrió los ojos desmesuradamente.
--¿Muerto?--repitió con voz apagada.
--Sí, buen hombre, y tú también te estás muriendo.
Y el rostro de León se iluminó con una suprema sonrisa.
--Muriéndome--repitió,--me lleva consigo. Conste, muchachos, que me
quedo con La Suerte.
Y aquella viril figura, asiendo al débil pequeñuelo, como el que se
ahoga se aferra en una paja, desapareció en el tenebroso río que corre a
abocarse en la inmensidad del mar.
EL SOCIO DE TENNESSEE
Jamás conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el ignorarlo no
causó nunca en nuestra sociedad el menor disgusto, puesto que en 1854 la
mayor parte de la gente de Sandy-Bar[4] se bautizó nuevamente.
Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el
traje, como en el caso de _Dungaree-Jack_, o bien de alguna singularidad
en las costumbres, como en el de _Saleratus-Bill_, así nombrado por la
enorme cantidad de aquel culinario ingrediente que echaba en su pan
cotidiano, o bien de algún desgraciado _lapsus_, como sucedió al _Pirata
de hierro_, hombre apacible e inofensivo, que obtuvo aquel lúgubre
título por su fatal pronunciación del término _pirita de hierro_. Tal
vez haya sido esto principio de una tosca heráldica; pero me inclino a
pensar que, como en aquellos días el verdadero nombre de un individuo
descansaba únicamente en su deleznable palabra, nadie hacía de ello el
más leve caso.
--¿Te llamas Clifford, no es verdad?--dijo Boston, dirigiéndose con
soberano desprecio a un tímido recién llegado al campamento.--El
infierno está empedrado de tales Cliffords.
Y acto continuo presentó al desgraciado, cuyo nombre por casualidad era
realmente Clifford, como el _Papagayo Carlos_, repentina y profana
inspiración que pesó sobre él para siempre.
Volvamos ahora al socio de Tennessee, a quien siempre conocimos por este
título relativo, aunque más tarde supimos que existió como una
individualidad distinta y separada. Según informes, parece que en 1853
se marchó de Poker-Flat[5] para San Francisco, con el propósito
manifiesto de buscar mujer, aunque no pasó más allá de Stocktown.
Una vez allí, se sintió atraído por una joven que servía a la mesa en la
fonda en que había tomado habitación. Un día le dijo algo que la hizo
sonreír no desfavorablemente, y romper con alguna coquetería un plato de
pan tostado contra la seria y sencilla cara, que se le dirigía,
retrocediendo luego a la cocina. Siguiola, y pocos momentos después
regresó cubierto por más pan tostado, pero victorioso. Al cabo de ocho
días se casaron ante un juez de paz y volvieron a Poker-Flat.
Confieso que se podría sacar más partido de este episodio, pero prefiero
narrarlo tal como corría por las cañadas y tabernas de Sandy-Bar, donde
todo sentimiento se modificaba por un subido barniz humorista. Poco se
supo de su felicidad matrimonial hasta que Tennessee, que vivía entonces
con su socio, tuvo un día ocasión de decir por cuenta propia algo a la
novia, que «la hizo sonreír no desfavorablemente», retirándose ésta
hacia Marisvilla, a donde la siguió Tennessee y donde pusieron casa, sin
requerir la ayuda de ningún funcionario judicial. El socio de Tennessee
sobrellevó sencilla y pacientemente, según su costumbre, la pérdida de
su mujer; pero la sorpresa de todo el mundo fue cuando, al volver un día
Tennessee de
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